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Biblioteca del Polimodal

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PANORAMA DE LA LITERATURA ARGENTINA

Escrituras, temas, estilos

A lfredo E . Fraschini

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PANORAMA DE LA LITERATURA ARGENTINA Escrituras, temas, estilos A lfredo E . F rasch in

PANORAMA DE LA LITERATURA ARGENTINA

Escrituras, temas, estilos

A lfredo

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Kapelusz

DEPARTAMENTO DE EDICIONES Dirección: Martha Güerzoni de García Lanz

Editor: Jorge Darrigrán Copieditora: Dora Di Sari! Proyecto: Sara Melgar

DEPARTAMENTO DE ARTE Dirección: Sandra Donin

Diagramación: Martín Castro Diseño de tapa: Ariana Jenik Ilustración de tapa: Mariana Rodríguez Nemitz Ilustración: Pablo De Bella

Están prohibidas y penadas por la ley la reproducción y la difusión totales o parciales de esta obra, en cualquier forma, por medios mecánicos o electrónicos, inclusive por fotocopia, grabación magnetofónica y cualquier otro sistema de almacenamiento de información, sin el previo consentimiento escrito del editor.

KAPELUSZ editora s.a. San José 831 CP: 1076 Buenos Aires Tel. 382-7400 ISBN 950-13-2440-0 Hecho el depósito que establece la ley 11.723 Libro de edición argentina

Introducción

Palabras al alumno, 6 Palabras al docente, 8

Módulo 1. Nacimiento e infancia de nuestra literatura

El punto inicial, 11

R om an ce eleg iaco , Luis de Miranda, 11

La A rgentina, Ruy Díaz de Guzmán, 12

La A rgentina y conquista d el Río

d e la Plata, Martín del Barco Centenera, 12

La cultura colonial, 13 Luis de Tejeda: el primer poeta, 13 Soneto a Santa R osa d e Lim a,

Luis de Tejeda, 14

Testimonios de otro viaje, 14

El lazarillo d e ciegos cam inantes,

Concolorcorvo, 14 La cultura virreinal, 15

O da a l m ajestuoso P aran á,

Manuel J. de Lavardén, 16 Literatura culta y literatura popular, 17 Soneto, Juan Baltasar Maciel, 17

,

Hacia una literatura rioplatense, 19

S obre la libertad d e escribir, Mariano Moreno, 19

C anta un guaso

Juan Baltasar Maciel, 18

O ración in au gu ral

,

Bernardo de Monteagudo, 19

M archa patriótica,

Vicente López y Planes, 20

P or la libertad a Lim a el 10 d e ju lio d e 1821,

Juan Cruz Varela, 21 La preocu p ación , Juan Cruz Varela, 22

Bartolomé Hidalgo:

un claro antecedente de la gauchesca, 22 Un g au ch o d e la G u ardia d el M onte

contesta

D iálogo p atriótico

Bartolomé Hidalgo, 23

R

R

Otros textos

,

Bartolomé Hidalgo, 22

,

elación qu e h a ce el g au ch o

am ón C ontreras

,

Bartolomé Hidalgo, 24

R

om an ce heroico, Pantaleón Rivarola, 25

C

anción p atriótica, Esteban de Lúea, 25

Loa a l excelentísim o C abildo,

Fray Cayetano Rodríguez, 25

a l excelentísim o C abildo, Fray Cayetano Rodríguez, 25 Módulo 2. Las generaciones rom ánticas

Módulo 2. Las generaciones rom ánticas

Un largo camino hacia la república, 27

D ogm a Socialista: O jeada retrospectiva,

Esteban Echeverría, 27

B ases y pu n tos d e p artid a

,

Juan Bautista Alberdi, 28 Unitarios o federales; urbanos o campesinos;

criollos o extranjeros, 29 Facu n do, Domingo F. Sarmiento,

29

Romanticismo: política y estética, 30

Discurso en la inauguración del Salón Literario, Juan María Gutiérrez, 31 Echeverría y la renovación de la literatura, 31 Sobre el arte d e la poesía, Esteban Echeverría, 31 La cautiva, Esteban Echeverría, 32 El m atadero, Esteban Echeverría, 35

F acu n do: entre la narrativa y el ensayo, 38

Facu n do, Domingo F. Sarmiento, 39

A m alia: historia de un amor frustrado, 42

A m alia, José Mármol, 43

Una mirada sobre los personajes y las cosas, 43 ¿Y la literatura rosista?, 45

H im no d e los restauradores,

José Rivera Indarte, 46

A la

m em oria d el p oeta Ju a n C ruz Varela,

José Rivera Indarte, 46 Romanticismo tardío, 47

E l cu erpo y el alm a, Ricardo Gutiérrez, 47

Prom eteo, Olegario V. Andrade, 48

Otros textos

E

l h og ar patern o, Domingo F. Sarmiento, 49

E

l n ido d e cóndores, Olegario V. Andrade, 49

Módulo 3.

y barbarie rural

Civilización urbana

El país después de Rosas, 51 ”

del Campo, Hernández, 51 Santos Vega, Hilario Ascasubi, 52 Fausto, Estanislao del Campo, 52

M artín Fierro y la frontera, 53 M artín Fierro, José Hernández, 53 La vuelta d e M artín Fierro, 55

Entre la ciudad y el campo, 57 Santos Vega, Rafael Obligado, 58 Literatura y vida ciudadana en el 80, 59 Viajes y observaciones, Eduardo Wilde, 60

“Aquí me pongo a cantar

Ascasubi,

3

P or m ares y p o r tierras, Eduardo Wilde, 60 Vida m odern a, Eduardo Wilde, 61

Retrato y caricatura, 6 l

Flirt, Fray Mocho, 96 Roberto J. Payró:

periodista, narrador, dramaturgo, 96

R

etratos y recuerdos, Lucio V. Mansilla, 62

C

om icios baratos, Roberto J. Payró, 98

La g ran ald ea, Lucio

V. López, 62

P

on cho d e verano, Roberto J. Payró, 98

Ig n acio P irovano, Eduardo Wilde, 63

Ju ven ilia, Miguel Cañé, 64

Del Realismo al Naturalismo. Eugenio Cambaceres, 66 Sin rum bo, Eugenio Cambaceres, 67 El ciclo de la Bolsa. Julián Mattel, 69 La Bolsa, Julián Martel, 70

Otros textos

La lluvia, Eduardo Wilde, 74 Una excursión a los in dios ranqueles, Lucio V. Mansilla, 74

Q uilito, Carlos María Ocantos, 75

Módulo 4. Las letras del nuevo siglo

Política, artes y ciencias entre las luces del Centenario, 77 Rubén Darío: una presencia definitoria, 78

A

utobiografía, Rubén Darío

P

alabras lim inares, Rubén Darío, 78

Carlos Guido Spano: la delicada transición del Romanticismo al Modernismo, 79

Realidad, ciencia-ficción y mundos extraños en la prosa de Lugones, 98 Otros textos

Cosas d e la política, Nemesio Trejo, 100 Los hom bres sin person alid ad , José Ingenieros, 100

H as vuelto, Evaristo Carriego, 101

Módulo 5. La masas, el poder y las letras

Después del Centenario, 103

E sp a todos la cobija

Horacio Quiroga:

la revelación de una experiencia, 105

,

Arturo Jauretche, 104

A

la deriva, Horacio Quiroga, 106

Ju

a n D arién, Horacio Quiroga, 107

El

p eca d o orig in al d e A m érica,

Héctor A. Murena, 108 Hacia una nueva novela argentina, 109 Ricardo Güiraldes:

el rescate del mundo gauchesco, 109

D on Segundo Som bra,

Ricardo Güiraldes, 109

H

ojas a l viento, Carlos Guido Spano, 79

La canción criolla: del sainete al disco, 112

M

arm órea, Carlos Guido Spano, 79

P

ara qu ererte nací, Antonio Martino, 112

Myrta en el bañ o, Carlos Guido Spano, 80

H

opa, hopa, hopa,

O da a u n a m u jer am ada,

Carlos Guido Spano, 80 Leopoldo Lugones y la culminación

de un estilo, 81

José Alonso y Trelles, 113 Roberto Arlt: entre la picaresca

y la utopía, 113

E lju gu ete rabioso, Roberto Arlt, 114

El

buque, Leopoldo Lugones, 81

Los siete locos, Roberto Arlt, 115

D

electación m orosa, Leopoldo Lugones, 82

El

turco qu e ju eg a y sueña, Roberto Arlt, 116

C

laro d e luna, Leopoldo Lugones, 82

Oliverio Girando y Alfonsina Storni:

A

los g an ad os y las m ieses,

dos formas de transgresión, 117

Leopoldo Lugones, 83 Eljilgu ero, Leopoldo Lugones, 84 Periodismo y literatura entre dos siglos, 85

Salu do a l hom bre, Alfonsina Storni, 117 Voy a dorm ir, Alfonsina Storni, 118 El auge del tango, 118

C

anillita, Florencio Sánchez, 85

Tango, Ricardo Güiraldes, 118

Del circo al teatro, 86 Ju a n M oreira, Eduardo Gutiérrez, 87 El sainete criollo.

El tango, Jorge Luis Borges, 118

G riseta, José González Castillo, 119

La novia ausente, Enrique Cadícamo, 119

Un patio de conventillo

,

88

El

d ía qu e m e qu ieras, Alfredo Le Pera, 120

La

com parsa se divierte, Alberto Vacarezza, 88

El

últim o organito, Homero Manzi,

120

Los disfrazados, Carlos M. Pacheco, 89

N

aranjo en flor, Homero Expósito, 120

Definición de la escena nacional, 90 El drama rural. Florencio Sánchez, 90

Los hermanos Discépolo, testigos y fiscales de una época, 121

 

La gringa, Florencio Sánchez, 91

Los sainetes de Armando, 121

Gregorio de Laferrére, genuino

M

ustafá, Armando Discépolo, 122

representante de la comedia urbana, 93

M

ateo, Armando Discépolo, 123

Locos d e verano, Gregorio de Laferrére, 93 Las d e B arran co, Gregorio de Laferrére, 94

Los tangos de Enrique, 124 Torm enta, Enrique Santos Discépolo, 124

La picaresca criolla, 95

C

am balache, Enrique Santos Discépolo, 125

4

El

cine y la radio, nuevos caminos

Arrabales, esquinas y patios, 145

de la comunicación estética, 125 Las grandes preocupaciones nacionales.

Eduardo Mallea y las dos Argentinas, 126

H istoria d e u n a p asión arg en tin a,

Eduardo Mallea, 126 Sociología del porteño. El hom bre qu e está solo y espera, 127 Ezequiel Martínez Estrada:

C alle con alm acén rosado,

Jorge Luis Borges, 145

El infinito y los laberintos, 145

E l h a ced o r o el

fin de una etapa, 146

^■Borges y yo, Jorge Luis Borges, 146

L eopoldo Lugones, Jorge Luis

Borges, 146

A rte p oética, Jorge Luis Borges, 147

La transición, 147

el

hombre y la naturaleza, 127

La n och e cíclica, Jorge Luis Borges, 147

R

ad iog rafía d e la pam pa,

La construcción de un “aleph” poético, 148

Ezequiel Martínez Estrada, 127 Leopoldo Marechal: tradición clásica, vanguardia y vida cotidiana, 128

Julio Cortázar: Latinoamérica y el exilio, 149 Lo fantástico y la irracional, 149 La palabra y la imagen, 150

A

dán B u en osayres, Leopoldo Marechal, 129

Torito, Julio Cortázar, 150

Otros textos

La n och e bocarriba, Julio Cortázar, 151

C

arta a Borges, Macedonio Fernández, 130

R

ayuela: búsqueda y discusión, 151

Fu i a l río, Juan L. Ortiz, 130

R

ayu ela,

Julio Cortázar, 151

E span tapájaros, Oliverio Girando, 131

M ódulo 6. D e las vanguardias

a la p osm od ernid ad

Del peronismo al antiperonismo, 133 La democracia vigilada, 133 Autoritarismo y violencia, 134 El precio de una dura experiencia, 134 Una vez más, la identidad nacional como problema, 135 Rodolfo Kush:

cultura e identidad nacional, 135

La sed u cción d e la b arb arie ,

Rodolfo Kush, 136

G eocultura d el h om bre am erican o,

Rodolfo Kush, 136 Cultura oficial y cultura popular, 136 Héctor A. Murena:

Europa, América, la Argentina, 137

P oten cialidades, H. A. Murena, 138

La lección a los desposeídos:

Martínez E strada, H. A. Murena, 138

Ix*s años 60: el cambio y la apertura, 140 Una visión estética de la historia

y de la vida, 140

Bomarza lo bello y lo monstruoso, 141 B'-jmarzo, Manuel Mujica Láinez, 141 La ciudad y su historia menuda, 142

B h om brecito d el azu lejo,

Manuel Mujica Láinez, 143 El desarrollo de la televisión, 144

Jorge Luis Borges:

una presencia ineludible, 144

B u en os A ires (de E logio d e la som bra),

Jorge Luis Borges, 145 B u en os A ires (de El otro, el m ism o), ': rge Luis Borges, 145

Ernesto Sabato:

de la ciencia a la literatura, 153

H om bres y en gran ajes, Ernesto Sabato, 153

S obre algu n os m ales d e la ed u cación ,

Ernesto Sabato, 154

Narrativa y revelación, 154 Los tiempos finales, 155

A bbad ón el ex term in ador,

Ernesto Sabato, 155 El teatro: lo viejo y lo nuevo, 156 En busca del público perdido, 157 Sergio de Ceceo y una nueva visión

del mundo clásico, 157

E l reñ id ero, Sergio de Ceceo, 158

Roberto Cossa y el “neogrotesco”, 158

G ris d e au sen cia, Roberto Cossa, 159

La cultura popular y las manifestaciones folclóricas, 160

Un fenómeno llamado rock nacional, 160 Frente al nuevo milenio, 161 Otros textos La casa, Carlos Gorostiza, 162

V ariacion es sob re el tiem po,

's -01ga Orozco, 162

D avid can ta su salm o, Marco Denevi, 163

P

G

B

5

roy ecto, 164

losario, 166

ib liografía, 168

Palabras al alumno Al hojear este libro, te encontrarás con un puñado de escritores argentinos.

Palabras al alumno

Al hojear este libro, te encontrarás con un puñado de escritores argentinos. Algu­ nos de ellos, como Florencio Sánchez, Horacio Quiroga, Alfonsina Storni y Julio Cortázar, nacidos en otras tierras, pero ar­ gentinos por elección y permanencia en un modo de ser, pensar y sentir. Verás también que, de acuerdo con la división en etapas que hemos adoptado, en ese puñado hay

representantes del período colonial, de los primeros años de vida independiente, de los duros tiempos de enfrentamientos entre unitarios y federales, de la Organización Nacional, de los años iniciales del siglo XX, del lapso entre las dos guerras, y de los tiempos modernos, a lo largo de la segun­ da mitad de ese siglo.

Presencias y ausencias

Es probable que conozcas a muchos de los escritores citados, ya porque hayas leí­ do sus obras, o porque, a través de la tele­ visión, la radio, los diarios o las revistas, hayas tenido noticia de sus vidas, de sus opiniones políticas, religiosas o literarias, y de lo que otros han pensado, dicho o es­ crito sobre ellos o sobre sus producciones. Es probable, también, que conozcas a otros y los eches de menos en estas páginas;

y te preguntes dónde están Baldomero Fernández Moreno y Adolfo Bioy Casares, por ejemplo, o busques en vano a los poetas “de Boedo y Florida”, de los que seguramente oíste hablar, y te deje con­ fundido la ausencia de algunos escritores de los que recordás algún pasaje leído en clase, algún poema memorizado para un acto escolar o alguna opinión que te ha dejado pensando.

Quizás te

¿Las vidas

resulte curioso que

nos de­

tengamos mucho en sus textos y digamos muy poco sobre sus biografías; que sien­ do el tema de este libro eminentemente

o las obras?

literario, hagamos puntuales referencias a las circunstancias históricas, políticas y sociales que dieron marco a la composi­ ción y publicación de esos textos; y que

6

junto a las creaciones consideradas “gran- des”, por su calidad, su estilo o la fama que han alcanzado, hayamos colocado

no siempre han tenido lugar en los libros destinados a la formación estudiantil, co­ mo el sainete, el tango, la canción folcló-

otras manifestaciones de la literatura que rica y el rock.

Literatura y marco cultural

Creemos (y esto lo ha afirmado Jorge Luis Borges repetidas veces) que cuando un escritor ha concluido una obra, esta ya no le pertenece; y que al ser humano que en determinados momentos de su vida escribe ficciones o poemas, le ocurren cosas que no tienen por qué volcarse puntualmente en tales creaciones. Pero a la vez pensamos que, más allá de las experiencias persona­ les del escritor, el entorno en el que piensa y produce ejerce una notable influencia en su obra, que proviene fundamentalmente de su posición frente a la realidad política,

cultural y social en la que se halla inmerso.

/En cuanto a lo “grande” y lo “peque-

ñ o "7l° erudito y lo popular, son califica­ ciones que las circunstancias han elabora­ do en su momento y que no tienen por qué seguir vigentes. La sonoridad de un verso, la fuerza expresiva de un diálogo,

la agudeza de una descripción, la tensión

narrativa, la originalidad de una metáfora

o la belleza de una imagen pueden darse

tanto en un texto de Borges o de Mujica Láinez como en uno de Charly García o Enrique Santos Discépolo. ~J

Lectura y motivación

Queremos que conozcas a los autores que aparecen aquí y que disfrutes de sus textos. Aspiramos a que, a partir de ellos, te acerques a otros autores y otros textos. Estamos seguros de que esos conocimien­ tos y esas lecturas te ayudarán a com­ prender la historia cultural de tu país y los fenómenos de los que hoy sos actor y es­ pectador.

Confiamos en que las actividades indi­ viduales y colectivas que proponemos, así como el proyecto de investigación con el que cerramos el libro, te inducirán, con la

guía de tus profesores, a vincular obras y autores y establecer líneas de contacto en­ tre la literatura y las otras artes.

Nos gustaría, por fin, que el placer de

la lectura y el conocimiento de los proce­

sos culturales que permitieron el naci­ miento de esas obras, te motivaran para escribir y convertirte así, vos también, en un creador de situaciones, de belleza, de ideas, y en un crítico de la realidad histó- rico-social y de las creaciones ajenas.

Un largo camino comienza, necesaria­ mente, con un paso. Atrevete a darlo.

7

X

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y de las creaciones ajenas. Un largo camino comienza, necesaria­ mente, con un paso. Atrevete a

Palabras al docente

Vicisitudes de un libro de literatura

producto

cualquiera, un libro, por ejemplo, es útil se­ guir el camino de la eliminación y comen­ zar por decir qué es lo que ese producto, en este caso, un libro, no es.

Esta no es una historia de la literatura ar­ gentina porque una obra de esas caracterís­ ticas, hecha con seriedad y buen criterio, demandaría centenares de páginas que aquí no tenemos. Visto al revés, una historia comprimida en límites tan estrechos no se­ ría más que un catálogo de nombres, obras, movimientos y fechas. Y este libro no lo es.

A

veces,

para

presentar

un

Tampoco puede considerárselo un ma­

nual,

entendido como

síntesis histórica

o

estética de la literatura argentina, porque no cubre, aun con las limitaciones propias de un texto de ese tipo, la totalidad, o al me­ nos la mayor parte del complejo proceso de una literatura de ricas raíces y abundantes y muy variados frutos.

Y si se lo calificara como antología co­ mentada de textos de autores argentinos, se estaría viendo un sólo perfil de la obra, que contiene, es verdad, muchos fragmen­ tos de esos autores, aunque su inclusión no depende de un criterio previo de clasi­ ficación y ordenamiento, ni específicamen­ te comentados de acuerdo con pautas preestablecidas.

Presencias y ausencias

Nos hemos propuesto, en estas páginas, presentar un panorama de la literatura argen­ tina a través de algunas muestras de distintos géneros y autores, elegidos por su indiscuti­ ble calidad literaria y por la importancia que manifestaron en el momento de producirse y en la influencia que ejercieron sobre el pen­ samiento o las letras argentinas.

Ello no significa que dejemos de lado a otros porque no los consideremos impor­ tantes o representativos. Con ellos podría­ mos hacer varios libros similares a este, e igualmente seguiríamos en deuda con otros poetas, narradores, dramaturgos o ensayis­ tas de los muchos y buenos que hay en las letras argentinas.

8

Literatura, historia y sociedad

Frente a los muy diversos modos de pe- riodizar la literatura argentina, complejo te­ ma sobre el que se han llegado a hacer congresos con especialistas, hemos optado por cortes vinculados con la evolución po­ lítica y social del país: la época colonial y los primeros años de vida independiente, el largo enfrentamiento entre unitarios y federales, la Organización Nacional y los grandes contrastes entre la vida porteña y la vida rural, los años de progreso y ex­ pansión y las oleadas inmigratorias, la irrupción de las masas en el campo políti­ co con sus secuelas de inestabilidad demo­ crática y las alternativas de los últimos tiempos. Ello nos permite encuadrar con

mayores márgenes de interpretación cada fenómeno literario en su contexto socio- cultural.

Hemos tratado de compilar textos de dis­ tintos géneros y especies en cada módulo; pero a la vez consideramos que no debían faltar en ellos las expresiones de la cultura popular, literarias y poético-musicales, co­ mo el sainete, el tango, las producciones de inspiración folclórica, el rock y otras simila­ res. De allí, la inclusión de algunos textos ensayísticos de autores que han trabajado sobre la problemática cultural argentina y los distintos tipos de cultura que conviven en nuestra sociedad.

El libro en el aula

Nos hemos esforzado por idear activi­ dades que fueran motivadoras de nuevas lecturas y a la vez, incentivadoras de la producción individual y la discusión co­ lectiva amplia y enriquecedora.

Incluimos también un Proyecto final, de­ liberadamente pautado, para que además de ofrecer una propuesta determinada sirva

como modelo de organización y presenta­ ción de otros que el alumno deba realizar.

No dudamos de que hay en el libro más huecos que materiales; pero estamos segu­ ros de haber trazado un camino a través del cual el docente podrá ir llenando esos hue­ cos a partir de su propia formación y expe­ riencia.

A lfred o E. F ra sch in i

9

Nacimiento e infancia de nuestra literatura Los primeros cronistas y poetas. La cultura colonial. La

Nacimiento e infancia de nuestra literatura

Los primeros cronistas y poetas. La cultura colonial. La cultura virreinal. N eoclasicism o y barroco. Literatura y política. Poesía patriótica de nivel culto y popular

La cultura virreinal. N eoclasicism o y barroco. Literatura y política. Poesía patriótica de nivel culto

El punto inicial

Allí levantamos una ciudad que se llama Buenos Aires, esto quiere decir buen viento. También traíamos de España, sobre nuestros buques, setenta y dos caballos y yeguas, que así llegaron a dicha ciudad de Buenos Aires. Allí, sobre esa tierra, hemos encontrado unos indios que se llaman Querandís, unos tres mil hombres con sus mujeres e hijos; y nos tra­ jeron pescados y carne para que comiéramos.

A.sí contaba el soldado alemán Ulrico Schmidel, integrante de la expedición de Pedro de Mendoza, los primeros momentos de la historia de la ciudad fundada en 1536 por el Adelantado a orillas del Río de la Plata. Entre la historia y la novelael texto -e l primero en su género12* escrito en esta

parte del continente y titulado Viaje al Río de la Plata- registra los sucesos de esa vida dura, en una aldea rodeada por un foso y una empalizada, pendiente, para su susten­ to, de la buena relación con los indígenas. Uno de esos episodios recuerda un caso de antropofagia provocada por el hambre:

Fue tal la pena y el desastre del hambre que no bastaron ni ratas ni ratones, víboras ni otras sabandijas; hasta los zapatos y cueros, todo tuvo que ser comido. Sucedió que tres españoles robaron un caballo y se lo comieron a escondidas; y así que esto se supo se les prendió y se les dio tormento para que confesaran. Entonces se pronunció la sentencia de que se ajusticiara a los tres españoles y se los colgara en una horca. Así se cumplió y se los ahorcó. No bien se los había ajusticiado, y se hizo la noche y cada uno se fu e a su casa, algunos españoles cortaron los muslos y otros pedazos del cuerpo de los ahorcados, se los lle­ varon a sus casas y allí los comieron. También ocurrió entonces que un español se comió a su propio hermano que había muerto.

U lrico Schm idel Viaje al Río de la Plata, Buenos Aires, Ediciones Nuevo Siglo, 1995.

Esta penuria es el primer motivo inspi­ rador de desarrollo literario en estas tierras. Luis de Miranda, uno de los ocho clérigos

Lo que más que aquesto* junto nos causó ruina tamaña fu e la hambre más extraña que se vio; la ración que allí se dio fueron seis onzas u ocho malpesadas; las viandas más usadas eran cardos que buscaban, y aun estos no los hallaban todas veces; el estiércol y las heces

que venían con Mendoza, lo recoge en su

Romance elegiaco.

que algunos ni digerían muchos tristes los comían que era espanto. Allegó la cosa tanto que como en Jerusalén, la carne de hombre también la comieron. Las cosas que allí se vieron no se han visto en escritura, ¡comer la propia asadura de su hermano!

Luis de M iranda Romance elegiaco, en Losfundadores, Buenos Aires, CEAL, 1967.

1 Para el estudio puntual de la literatura narrativa se recomienda la consulta de Alicia Susana Montes de Faisal, El viejo o ficio d e con tar historias. El discu rso narrativo. Buenos Aires, Kapelusz, 1999 (Biblioteca del Polimodal). 2 Género (literario): cada una de las tres grandes formas de la literatura: la narrativa, la poesía lírica y el teatro. ? Aquesto: arcaísmo por “esto”.

11

Miranda atribuye a estas desgracias un origen de orden moral: la condena a muer­ te, sin derecho a juicio, de Juan de Osorio, ordenada por Mendoza en las costas de Río de Janeiro.

No muchos años más tarde el cronista asunceño Ruy Díaz de Guzmán (1558-1629) recogió el episodio y lo incluyó en un capí­

tulo de La Argentina manuscrita-.

En este tiempo padecían en Buenos Aires cruel hambre, porquefaltándoles totalmente la ración, comían sapos, culebras, y las carnes podridas que hallaban en los campos, de tal manera que los excrementos de los unos comían los otros, viniendo a tanto extremos de hambre como en tiempo que Titoy Vespasiano tuvieron cercada a Jerusalén y comieron car­ ne humana; así le sucedió a esta mísera gente, porque los vivos se sustentaban de la carne de los que morían, y aun de los ahorcados porjusticia, sin dejarles más que los huesos, y tal vez hubo hermano que sacó la asadura y entrañas a otro que estaba muerto para susten­ tarse con ella.

Ruy Díaz de Guzmán

La Argentina,

Buenos Aires, Secretaría de Cultura de la Nación, 1994.

Esta obra histórico-novelesca abarca los hechos acaecidos en estas tierras del sur americano a lo largo del siglo XVI y primeros

años del XVII; y su título se vincula con el de un extensísimo poema escrito hacia 1580 por

el

sacerdote Martín del Barco Centenera, que

fue testigo de la segunda fundación de Bue­ nos Aires por Juan de Garay: Argentina y

conquista del Río de la Plata. El nombre que

después tomaría el territorio de nuestro país significa “platense” o “de plata”, a partir del nombre latino de la plata, “argentum”.

Del indio chiriguana encarnizado en carne humana origen canto solo, por descubrir el ser tan olvidado del Argentino Reyno, gran Apolo, envíame del monte consagrado ayuda con que pueda aquí sin dolo al mundo publicar en nueva historia de cosas admirables la memoria.

M artín del B arco C entenera

La Argentina y Conquista del Río de la Plata,

Buenos Aires, Secretaría de Cultura de la Nación, 1994.

En un estilo renacentista* algo recargado

de escaso nivel poético, con manifiestas

huellas del poeta latino Virgilio (siglo I a. C.) y del español Alonso de Ercilla4, Cente­ nera mezcla leyendas fabulosas con hechos

y

históricos acaecidos en el Plata, el Perú, Tu- cumán y Brasil desde el descubrimiento del Río de la Plata hasta la segunda fundación de Buenos Aires.

4 Véase Alonso

* El asterisco remite al Glosario que figura al final del libro.

de Ercilla, La A rau can a. Buenos Aires, Kapelusz, 1970 (GOLU).

©

12

1. M anuel M ujica Láinez recrea en “El ham­

bre” -el primer cuento de su libro Misteriosa

Buenos Aires- el episodio de las penurias vi­

vidas por los hombres de Pedro de M endo­

za en la aldea recién fundada. Se sugiere la lectura de este cuento por parte de todo el ‘curso y la formación de tres equipos para el análisis de sus fuentes. Un equipo trabajará sobre el relato de Schmidel; otro, sobre el ro­ mance de Luis de M iranda; el tercero, sobre la crónica de Ruy Díaz de Guzmán. Los alumnos redactarán un informe final en el que señalarán las coincidencias y diferen­

La cultura colonial

La colonización del territorio americano, efectuada desde mediados del siglo XVI hasta fines del XVII estuvo signada por el estilo autoritario de gobierno impuesto por los Austria desde la corona española y por una creciente intolerancia religiosa de parte de los poderes civiles y religiosos. Hasta 1776 los territorios de las actuales repúblicas de Chile, Bolivia, Paraguay, Uruguay y la Ar­ gentina pertenecían al Virreinato del Perú, y las ciudades más importantes del centro y noroeste argentino -Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán, Salta, Jujuy- estaban ali­ neadas en una ruta obligada hacia Lima.

A principios del siglo XVII Buenos Aires era una aldea portuaria habitada por una burguesía* medianamente adinerada rodea­ da de numerosos esclavos y sirvientes, con una actividad casi exclusivamente ceñida al comercio y el contrabando. No existían bi­ bliotecas públicas ni colegios, y los pocos intelectuales que allí vivían se conformaban con la lectura de algunos libros que llega­ ban de Europa y con reuniones en casas

Luis de Tejeda: el primer poeta

Alumno de una de las primeras promo­ ciones del Colegio Máximo de Córdoba fue el poeta Luis de Tejedá (1604-1680), ilustre representante del barroco* literario

cias entre cada fuente y el cuento de M uji­ ca Láinez. 2. En esta etapa de la historia americana se es­ criben obras historiográficas muy importantes

como La Argentina manuscrita de Ruy Díaz de

Guzmán, los Comentarios reales de Garcilaso

de la Vega, el Inca, y la Verdadera historia de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz

del Castillo. Se sugiere la formación de equipos para que cada uno de ellos compare fragmen­ tos de las tres obras en aspectos estilísticos e ideológicos y elabore un informe para discutir en clase.

particulares para comentar esos libros y otros temas de interés.

Córdoba, en cambio, poseía en ese tiem­ po los caracteres de una ciudad con inquie­ tudes intelectuales y estéticas. La radicación de la sede del obispado del Tucumán y la acción educativa de los jesuítas en la ciudad mediterránea, crearon las condiciones para la fundación de una casa de altos estudios en 1613, el Colegio Máximo, que luego se convertiría en Universidad de Córdoba. An­ tes de finalizar el siglo ya existía allí un es­ tablecimiento preparatorio, que hoy llama­ ríamos de enseñanza media, el Colegio de Nuestra Señora de Monserrat, y una nutrida biblioteca que a mediados del siglo XVIII llegó a poseer cerca de diez mil volúmenes.

A Córdoba venían a estudiar jóvenes provenientes de las ciudades del Tucumán, el Alto Perú, el Guayrá, Cuyo y el Río de la Plata; y a dar clases, profesores de todas las latitudes europeas, especialistas en Filoso­ fía, Teología, Ciencias y Letras.

americano, cuyo soneto en honor de San­ ta Rosa de Lima es un modelo de discurso poético* místico-ético*.

13

y Letras. americano, cuyo soneto en honor de San­ ta Rosa de Lima es un modelo

Nace en provincia verde y espinosa tierno cogollo; apenas engendrado entre las rosas, sol es ya del prado, crepúsculo de amor, mayo de rosas.

De los llantos del alba apenas goza; cuando es del Dueño singular cuidado, temiendo, o se lo tronche algún arado, o se lo aje mano artificiosa.

Mas ya del cairel desaprisiona la virgen hoja, previniendo engaños; la corta y pone en su guirnalda o zona.

Así esta virgen tierna en verdes años cortó su Autor, y puso en su corona:

¡Oh, bien anticipados desengaños!

Luis de Tejeda “Soneto a Santa Rosa de Lima”, en Obras (selección), Buenos Aires, Secretaría de Cultura de la Nación, 1994.

La marca de Góngora sé detecta en expre­ siones complejas como “llantos del albd’ y “crepúsculo de am of, y en el encadenamien­ to de imágenes y metáforas que conforman

una alegoría. A través de este recurso, el poe­

ta

delinea la vida virtuosa de Rosa y manifies­

ta

la necesidad del “Dueño” y “A utof (Dios),

Testimonios de otro viaje

¿Cómo eran por entonces los paisajes y

las ciudades de la región que luego sería el Virreinato del Río de la Plata? ¿Cómo eran

y cómo vivían sus habitantes rurales y ur­

banos? ¿Qué medios de comunicación existían? Un entretenido libro con larguísi­

mo título -E l lazarillo de ciegos cam inan­ tes desde Buenos Aires hasta Lima, con sus itinerarios según la más puntual observa­ ción, con algunas noticias útiles a los nue­

de hacerla morir joven para evitar que las fuerzas del mundo puedan dañarla.

Tejeda es autor de un extenso texto en verso y prosa, poblado de experiencias au­ tobiográficas y reflexiones morales: El Pere­ grino en Babilonia5, que recoge el tema del viaje cuyo modelo es la Odisea homérica.

vos comerciantes que tratan de muías; y

otras históricas- cuyo autor, Calisto Busta- mante Carlos Inca, alias Concolorcorvo, compuso a partir de las memorias del fun­ cionario de correos don Alonso Carrió de la Vandera, nos brinda una descripción co­ lorida de paisajes, personajes, usos y cos­ tumbres de las regiones atravesadas en el viaje del título. Así habla de Buenos Aires:

Esta ciudad está situada al Oeste del gran Río de la Plata y, me parece, se puede contar

por la cuarta del gran gobierno del Perú, dando el prim er lugar a Lima, el segundo al Cuz­

Haypocas casas altas, pero algunas

bastante desahogadas y muchas bien edificadas con buenos muebles, que hacen traer de la

co, el tercero a Santiago de Chile y a esta el cuarto. (

)

rica madera delJaneiro por la Colonia del Sacramento. Algunas tienen grandes y coposasp a ­

rras en suspatios y traspatios. (

No hay estudiospúblicos, por lo que algunos envían sus hi­

)

jos a Córdoba y otros a Santiago de Chile, no apeteciendo las conveniencias eclesiásticas de

su país, por ser de muy corta congrua6y sólo suficientes para pasar una vida frugal. (

ta ciudad está bien situada y delineada a la moderna, dividida en cuadras iguales y sus ca­ lles de igual y regular ancho, pero se hace intransitable a pie en tiempo de aguas, porque las grandes carretas que conducen los bastimentos y otros materiales, hacen unas excavaciones

en medio de ellas en que se atascan hasta los caballos e impiden el tránsito de los de a pie,

) Es­

5 Este es, en rigor, el título del segundo tramo de la obra, que Ricardo Rojas tomó como título general para la edi­ ción de la obra que él dirigió. 6 Congrua: ganancia, poder económico.

14

principalmente el de una cuadra a otra, obligando a retroceder a la gente, y muchas veces a quedarse sin misa cuando se ven precisados a atravesar la calle.

C oncolorcorvo

El lazarillo de ciegos caminantes. Buenos Aires, Emecé, 1997.

El texto de Concolorcorvo registra por primera vez la figura del gaucho, al que llama ■gauderio", con estos caracteres:

Estos son unos mozos nacidos en Montevideo y en los vecinos pagos. Mala camisa y peor lestido, procuran encubrir con uno o dos ponchos, de que hacen cam a con los sudaderos del caballo, sirviéndoles de alm ohada la silla. Se hacen de una guitarrita, que aprenden a tocar muy mal y a cantar desentonadamente varias coplas, que estropean, y muchas que sacan de su cabeza, que regularmente ruedan sobre amores. Sepasean a su albedrío por to­ da la cam paña y con notable complacencia de aquellos semibárbaros colonos, comen a su costa y pasan las semanas enteras tendidos sobre un cuero cantando y tocando. Sipierden el caballo o se lo roban, les dan otro o lo toman de la campaña enlazándolo con un cabres-

to muy largo que llaman rosario.

Ob. cit.

Desde un ángu\o más técnico y erudito, la descripción geográfica y etnográfica fue abordada en la misma época por Thomas Falkner -físico inglés, discípulo de Newton que enseñó en la Universidad de Córdo­

b a- en su Descripción de la Patagonia y sus adyacencias en Sud América, y por Pe­ dro Lozano en su Descripción del Gran

Chaco Gualumba. Los aspectos históricos fueron estudiados entonces por varios es­

pecialistas vinculados con la orden jesuíti- ca y con el emprendimiento cultural cor­ dobés: Nicolás del Techo. Franfois Charle- voix y Martín Dobritzhoffer. entre otros, escribieron tratados de historia de los pue­ blos e instituciones de la región. Otros dos profesores de Córdoba. Antonio Machioni y Alonso de Barzana escribieron gramáti­ cas y vocabularios de algunas lenguas in­ dígenas americanas.

1. Los centros educativos de los jesuítas dieron gran importancia al desarrollo de la música. Do- ménico Zipoli, llamado “el Vivaldi de Córdoba”, compuso numerosas obras de claro estilo barro­ co. Se sugiere que los alumnos escuchen algunas obras de Zipoli 7 y de Vivaldi, y con apoyo del profesor de Música realicen una comparación técnica, formal y estética, entre unas y otras.

2. Varios templos católicos del centro y noroes­ te argentino -como la Catedral de Córdoba- tienen rasgos del llamado barroco americano , variante local con caracteres propios del barro­ co español. Los alumnos buscarán material grá­ fico sobre estos templos y, con ayuda del profe­ sor de Plástica, organizarán una clase sobre es­ te estilo.

La cultura virreinal

La creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776 da a Buenos Aires un impul­ so político notable que se refleja en la cul­ tura y en las letras.

La expulsión de los jesuítas, en 1767, ha­ bía provocado cambios importantes en la

Existe una producción discográfica del sello Melopea contiene varias obras de Zipoli.

educación y la cultura de la región del Tu- cumán y una virtual anulación de activida­ des culturales en las Misiones del Guayrá. Intelectuales, artistas y artesanos provenien­ tes de esos centros educativos se instalaron en Buenos Aires y se incorporaron a los grupos locales de acción cultural.

992) titulada M úsica d e las m isiones d e C hiquitos que

15

Durante la gestión virreinal de Juan José de Yértiz y Salcedo se funda el Real Colegio de San Carlos, en el predio de la llamada "manzana de las luces” (actuales calles More­ no. Perú. Alsina y Bolívar, en las proximida­ des de la Plaza de Mayo), y cerca de allí se levanta el Teatro de la Ranchería8. En el Co­ legio se irán formando intelectual e ideológi­ camente los hombres que habrán de dirigir el trayecto de la transformación política de las colonias en una nación independiente. En el escenario de la Ranchería los porteños cono­ cerían muchas obras de origen europeo y también el primer drama argentino, Siripo, de Manuel José de Lavardén, obra de la cual só­ lo se conservan algunos fragmentos.

Este escritor, más conocido por su pro­

ducción

lírica,

es

un

representante

del

neoclasicismo*, tendencia estética a la que adhirieron varios poetas de entonces, entre ellos el autor de nuestro Himno Nacional, Vicente López y Planes.

En abril de 1801, durante la gestión del virrey Joaquín del Pino, aparece el primer

periódico porteño, El Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Historiográfi-

co, fundado por Francisco Cabello y Mesa. En ese número inicial Lavardén publica su “Oda al majestuoso Paraná”, obra que pro­ voca polémicas críticas, imitaciones y paro­ dias. Inspirado en las Geórgicas de Virgilio, el poeta da sentido didáctico9a sus versos (agrega incluso algunas notas explicativas al texto), que acaso por esto mismo pier­ den vuelo poético y adquieren una expre­ sión más adecuada a la prosa.

Augusto Paraná, sagrado río, primogénito ilustre del Océano, que en el carro de nácar refulgente, tirado de caimanes recamados de verde y oro, vas de clima en clima, de región en región,vertiendofranco suavefrescor y pródiga abundancia, tan grato al portugués como al hispano.

Manuel Jo sé de Lavardén “Oda al majestuoso Paraná” (versos 1-8), en La Lira Argentina, Buenos Aires, Academia Argentina de Letras, 1982.

Con estas palabras Lavardén inicia su in­ vitación al río para que descienda desde la escondida gruta en la que se había replega­ do a causa de la incursión de los corsarios ingleses. Desea que ese retorno sea acom­

pañado con señales de victoria y escoltado por sus afluentes, el Paraguay y el Uruguay, a los que presenta como dioses tributarios. A su paso, los campos sedientos recobrarán su fecundidad.

Extiéndete anchuroso, y tus vertientes, dando socorros a sedientos campos, den idea cabal de tu grandeza. No quede seno que a tu excelsa mano deudor no se confiese. Tú las sales derrites, y tú elevas los extractos de fecundos aceites; tú introduces el humor nutritivo y, suavizando

8 Teatro de la Ranchería: Es el primer teatro que tuvo la ciudad de Buenos Aires en la época del virrey Vértiz. 9 Didáctico: relativo a la enseñanza; sentido didáctico es sentido educativo.

16

el árido terrón, haces que admita de calor y hum edadfermentos caros.

Tras el presagio de que las riquezas materiales mencionadas promoverán el desarrollo de las artes, las ciencias y las in-

“O da al majes­

tuoso Paraná" de Lavardén, la “Silva a la agri­ cultura en la zona tórrida” de Andrés Bello, y "A los ganados y las mieses” de Leopoldo Lu- gones; y establecer una comparación formal y

1. Leer en forma completa la

Ob. cit., versos 47-56.

dustrias, Lavardén finaliza con una visión triunfal de los reyes de España Carlos IV y María Luisa de Parma.

temática entre ias tres obras.

2. Leer las Geórgicas de Virgilio y buscar en esa obra los elementos fundamentales en los cuales los poetas citados se inspiraron.

Literatura culta y literatura popular

La oposición entre lo “culto” y lo “popu­

lar” que caracteriza a tantos campos de la cultura argentina, sobre todo el de las letras, se manifiesta por primera vez en dos com­ posiciones de Juan Baltasar Maciel, canciller

y director de estudios del recién fundado Colegio de San Carlos y promotor de la ac­ tividad teatral en Buenos Aires.

Con motivo del triunfo de Pedro de Ce- vallos (gobernador de Buenos Aires que

Cuando el invicto Eneas vio rendido aljoven Lauso, que a sus pies postrado, sintiendo de su suerte elfatal hado maldice el polvo que mordió rendido;

no te aflijas, le dijo condolido, por ser despojo de mi brazo airado; que el mayor timbre de tu orgullo osado, es ser mi espada la que así te ha herido.

en 1776 se convirtió en primer Virrey del Río de la Plata) sobre los portugueses que pretendían invadir la Banda Oriental, Ma­ ciel escribe un soneto en lengua culta, adornada con todo tipo de recursos retó­ ricos*, con una puntual alusión al pasaje del canto X de la Eneida de Virgilio en el que Eneas mata a Lauso, hijo de su enemi­ go el rey etrusco Mecencio, y con men­ ción de personajes míticos, en el mejor es­ tilo neoclásico.

Tal es ¡oh, generosos lusitanos!, la gloria que revela vuestra caída cuando del gran Cevallos sois trofeos.

Pues mucho gana quien se rinde a ma­ nos de este hijo de Minerva, que la egida blandió mejor que Ulises y Teseo.

Ju an Baltasar M aciel

‘Soneto. Se consuela a los portugueses vencidos por Excmo. D. Pedro Cevallos”, en La literatura virreinal, Buenos Aires, CEAL, 1967.

Y con el mismo motivo, escribe un ro­

mance octosilábico en lengua coloquial, de dudosa ortografía, con sintaxis sencilla y lé­ xico salpicado de términos típicos de los suburbios y de la zona rural, titulado “Can­

ta un guaso10, en estilo campestre, los triun­ fos del Excmo. D. Pedro Cevallos”. Es, sin duda, el más lejano antecedente de la lite­ ratura gauchesca.

10 Guaso: ordinario, rústico; para algunos es sinónimo de “gaucho”.

Aquí mepongo a cantar abajo de aquestas talas, del mayor guaina del mundo

los triunfos y las gazañas, del Señor de Cabezón que porfuerza es cam arada de los guapos Cabezones que nada tienen de mandrias. Hé de puja, caballero

y bien vaia toda su alma

que a los portugueses jaques

a surrado la badana.

Como a obejas los ha arriado

y repartido en las pampas,

donde con guampas y lazo sean de nuestra lechigada.

Su colonia, raz con raz,

desque queda con la playa,

y en ella ¿quando la otra

harán de azulejos casas? Perdone Señor Ceballos

mi rana silvestre y guaza,

que las germanas de Apolo

no habitan en las campañas.

“Canta un guaso

Ju an Baltasar Maciel

”,

en La literatura virreinal,

Buenos Aires, CEAL, 1967.

(En nivel culto actual, el texto dice.- Aquí me pongo a can tar/ debajo de estos talas/ del mayor hombre del mundo / los triunfosy las hazañas, / del Señor de Cabezón / que porfu er­ za es cam arada / de los guapos Cabezones / que nada tienen de cobardes/H om bre de va­

lor, caballero, / y bien vaya toda su alm a / que a los portuguesesfanfarrones / les ha dado una paliza. / Como a ovejas los ha arreado /y repartido en las pampas, / donde con cuer­

nos y lazos/sean de nuestra cuadrilla. (

la playa, /y en ella ¿cuándo la otra/ harán de azulejos casas?/Perdone Señor Cevallos/ mi

rana silvestre y sencilla, / que las hermanas de Apolo / no habitan en los campos.)

)

Su colonia, ras con ras11111,/d esd e que queda con

La única alusión mitológica del texto -las “germanas de Apolo”, esto es, las Musas*, que no habitan en nuestros campos- sirve para renegar de las referencias al mundo clásico en un texto popular. Paralelamente, la mención de la “rana silvestre y guasa”

-cuyo croar poco tiene de canto refinado- es una clara oposición a figuras como el ruiseñor y otras aves tantas veces evocadas por los poetas para subrayar la excelencia de su canto.

1. Los conceptos de “culto" y "popular” han sido muy discutidos y confrontados en la Argentina, por las connotaciones sociales y políticas que ellos encierran. Se sugiere la formación de tres equipos que investigarán aspectos “cultos” y “populares" en distintas manifestaciones de la cultura argentina: la literatura, la música y la plástica, por ejemplo. Pueden establecer com­ paraciones formales, de vocabulario y recursos, temáticas y técnicas, entre la poesía de Borges y el tango o el rock; entre la música sinfónica y

las manifestaciones folclóricas; entre la pintura de Fernando Fader y los dibujos de Florencio Molina Campos.

Será muy importante el asesoramiento de los pro­ fesores de Música y Plástica para este trabajo.

2. Con los informes obtenidos puede realizarse un debate sobre lo culto y lo popular en las ar­ tes y las letras argentinas, coordinado por el profesor de Literatura y los profesores de Músi­ ca y Plástica.

11 Ras con ras: borde con borde, de manera pareja.

18

Hacia una literatura rioplatense

El proceso de enriquecimiento cultural iniciado con el virreinato y desarrollado par­ ticularmente durante las gestiones guberna­ mentales de Juan José de Vértiz y Joaquín del Pino se manifestó en el periodismo, el teatro, la educación, las artes plásticas y la música.

Los sucesos políticos acaecidos en Euro­

pa y en América durante los primeros años

del siglo XIX -

leónico, invasiones inglesas, Revolución de

expansión del poder napo­

Mayo, campañas militares libertadoras, de­ claración de la independencia, entre otros - motivaron a los escritores rioplatenses para la composición de obras alusivas de distin­ to tipo (artículos periodísticos, discursos, obras teatrales, poemas). “La Patria es una

nueva musa que influye divinamenté’, de­

cía Fray Cayetano Rodríguez a propósito de esta actividad literaria.

Así defendía Mariano Moreno, tonces, la libertad de expresión:

por en­

¿No sería la obra más acepta a la humanidad, porque la pondría a cubierto de la opreso­

ra esclavitud de suspreocupaciones, el dar ensanche y libertad a los escritores públicos para que las atacasen a vivafuerza, y sin compasión alguna? Así debería ser seguramente: pero la triste experiencia de los crueles padecimientos que ban sufrido cuantos han intentado com­

Desengañémonos alfin que los

pueblos yacerán en el embrutecimiento más vergonzoso, si no se da una absoluta franquicia y libertad para hablar en todo asunto que no se oponga en modo alguno a las verdades san­ tas de nuestra augusta religión, y a las determinaciones del gobierno, siempre dignas de

nuestro mayor respeto. (

niones; tengamos menos amorpropio; dese acceso a la verdad y a la introducción de las lu­ ces y de la ilustración: no se reprima la inocente libertad depensaren asuntos del interés uni­ versal; no creamos que con ella se atacará jam ás impunemente al mérito y la virtud, porque hablando por sí mismos en sufavor y teniendo siemprepor árbitro imparcial alpueblo, se re­ ducirán a polvo los escritos de los que indignamente osasen atacarles.

batirlas, nos arguye la casi imposibilidad de ejecutarlo. (

)

)

Seamos, una vez, menos partidarios de nuestras envejecidas opi­

M ariano M oreno “Sobre la libertad de escribir”, en Gaceta de Buenos Aires, 21 de junio de 1810.

Y así caracteriza a la revolución americana Bernardo de Monteagudo:

Empezó nuestra revolución y en vano los mandatarios de España ocurrirán con mano tré­ mula y precipitada a empuñar la espada contra nosotros: ellos erguían la cabeza y juraban apagar con nuestra sangre la llama que empezaba a arder; pero luego se ponían pálidos al ver la insuficiencia de sus recursos. La Plata rasgó el velo; La Paz presentó el cuadro; Quito arrostró los suplicios; Buenos Aires desplegó a la fa z del mundo su energía y todos los pueblos juraron sucesivamente vengar la naturaleza ultrajada por la tiranía. Ciudadanos, he aquí la época de la salud: el orden inevitable de los sucesos os ha puesto en disposición de ser libres si queréis serlo: en vuestra mano está abrogar el decreto de vuestra esclavitud y sancionar vues­ tra independencia. Sostener con energía la majestad delpueblo, fom entar la ilustración; tales deben ser los objetos de esta sociedad patriótica, que sin duda hará época en nuestros anales, si, como yo lo espero, fija en ellos los esfuerzos de su celo y amorpúblico.

Bernardo de M onteagudo

Oración inauguralpronunciada en la apertura de la Sociedad Patriótica la tarde del 13 de enero de 1812.

19

Política y poesía

Desde un punto de vista literario, lo más valioso de toda esa producción inspirada en sucesos políticos, como testimonio y como manifestación estética, es la serie de poe­ mas aparecidos en periódicos y revistas en­ tre 1801 y 1824 que en su mayoría fueron recopilados bajo el título general de La Li­

ra Argentina.

De los 132 poemas que incluye la colec­ ción, 37 son de autor anónimo, y el resto de poetas como Fray Cayetano Rodríguez, Juan Cruz Varela, Francisco de Paula Casta­ ñeda, Vicente López y Planes, Bartolomé Hidalgo, y otros de menor fama. Con res­ pecto a su temática y a sus formas, dice Pe­ dro Luis Barcia:

“Cuanto hecho militar o civil reafirme el camino de la independencia iniciado en Ma­ yo, encontrará aquí su celebración poética. Lasform as preceptivas - la loa, la oda, el can­ to, las canciones y marchas m usicalizadas- son maneras de encomio, vivaspoéticos, expre­ siones delfestejo, de la alabanza, de la conmemoración; form as del aplauso por los triunfos en los campos de combate o los aciertos decisivos en los salones de asam bleas y congresos. El ánimo que nutre esta poesía es común a todos los poetas del momento. ”(La Lira Argentina.

Edición crítica, estudio y notas de Pedro Luis Barcia. Buenos Aires, Academia Argentina de Letras, 1982J.

Uno de esos poemas es la “Marcha pa­ triótica” de Vicente López y Planes que la Asamblea del año XIII consagró como Him­ no Nacional. Inspirado en La Marsellesa de Rouget de Lisie y en el Canto guerrero p a ­ ra los asturianos de Gaspar de Jovellanos, el texto de López y Planes que musicalizó Blas Parera y hoy cantamos en la versión

reconstruida por Juan Pedro Esnaola, es una oda lírico-épica* en nueve octavas de versos decasílabos y un coro constituido por dos octosílabos y dos decasílabos.

El apostrofe* inicial exhorta a los hom­ bres a contemplar el surgimiento de una nación:

Oíd, mortales, el grito sagrado:

¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! Oíd el ruido de rotas cadenas; ved en trono a la noble Lgualdad. Se levanta a la fa z de la tierra una nueva y gloriosa nación, coronada su sien de laureles y, a sus plantas, rendido un León.

Vicente López y Planes “Marcha patriótica”, en La Lira Argentina, edición citada.

El sentimiento de libertad que conmueve

vinculadas con las guerras de la indepen-

a toda Latinoamérica se manifiesta en el dencia en distintos países del continente:

Himno en las interrogaciones retóricas

¿No los veis sobre México y Quito arrojarse con saña tenaz? ¿Y cual lloran bañados en sangre Potosí, Cochabamba y La Paz?

20

¿No lo veis sobre el triste Caracas luto y llantos y muerte esparcir? ¿No los veis devorando cualfieras todo pueblo que logran rendir?

Ob. cit.

Pero Buenos Aires se pone a la cabeza de la resistencia y logra la victoria: los tira- nos se repliegan y los pueblos americanos

saludan al argentino por su triunfo sobre los opresores,

La victoria al guerrero argentino con sus alas brillantes cubrió,

y azorado a su vista el tirano

con infamia a la fuga se dio. Sus banderas, sus armas se rinden por trofeos a la libertad

y sobre alas de gloria alza elpueblo trono digno a su gran majestad.

Vocabulario, sintaxis, recursos y alusio­ nes definen el carácter neoclásico del texto de López y Planes; y otro tanto puede de­ cirse de la música de Parera.

Uno de los poetas más notables registra­ do en La Lira Argentina es Juan Cruz Vare- la (1794-1839), hombre de vasta cultura,

Ob. cit.

traductor de Virgilio y Horacio, propulsor de un estilo neoclásico abundante de re­ cursos retóricos y alusiones eruditas. Su oda sobre la liberación de Lima por parte del general San Martín -e n la que se obser­ van reminiscencias de Horacio- rescata el valor de la poesía como trasmisora de la memoria heroica.

Sólo es dado a los versos y a los dioses sobrevivir al tiempo. ¿Quién ahora

a Eneas y sus hechos conociera?

¿Quién de Príamo triste los atroces dolores, y la llama asoladora de su infeliz ciudad, si no viviera la musa de Marón? Ysin Homero, ¿quéfuera ya de Aquiles? Los loores

cantad, cantad del inmortal guerrero,

y tributadle honores

que no puede mi lira, porque es débil la musa que me inspira.

Ju an Cruz Varela “Por la libertad a Lima el 10 de julio de 1821”,

en La Lira Argentina, ed. cit.

Una fuerte carga ideológica antiautori­ taria y anticlerical trasciende de algunas de sus composiciones. Así en “La preocu­ pación” 12 apunta Varela contra el fanatis­

mo irracional que la reforma eclesiástica emprendida por el gobierno liberal de 1823 había provocado en algunos secto­ res sociales. Luego de evocar el sacrificio

12 Este título, que encierra una clave de la filosofía epicúrea, fue cambiado por “La superstición” en ediciones pos­ teriores del poema.

21

de Ifigenia por parte de su padre Agame­ nón, instigado por el sacerdote Calcas,

¡Religión!, ¡religión!, tu nombre santo doquiera se profana;

y en vano la deidad manifestarse bondadosa ha querido

a la menguada inteligencia humana.

Los mismos que escucharla han pretendido,

entre tiniebla densa

y entre negra impostura

han logrado ocultar su lumbre pura.

para obtener la victoria en Troya, exclama el poeta:

La religión es hoy el instrumento, como siempre lo ha sido, de la astucia, la intriga; y confundido, el resplandor de la verdad divina, todo el orbe camina en ciega oscuridad, lo mismo ahora que en los siglos de atrás; y elpueblo ignora lo que saber debiera si, al gritar ¡Religión! no se mintiera.

Ju an Cruz Várela

“La preocupación” (versos 54-71), en La Lira Argentina, ed. cit.

esta

composición es un pasaje del Libro I del

poema didáctico Acerca de la naturaleza

de las cosas de Lucrecio, poeta latino del siglo I a. C., que hizo conocer en Roma el pensamiento epicúreo*. Es muy probable que Varela la haya consultado en su ver­ sión original, en la biblioteca del Colegio de San Carlos.

La fuente

literaria y filosófica

de

Más allá de su condición de poeta, Juan Cruz Varela mostró una particular preocu­ pación por el problema educativo y la mi­ sión de los intelectuales en la contención del pensamiento popular, en un momento en que la intolerancia y el fanatismo habían convertido a la palabra escrita en un instru- * mentó de agresión y a las columnas de los periódicos en campos de batalla verbal.

Bartolomé Hidalgo: un claro antecedente de la gauchesca

Pero La Lira Argentina registra también poesía escrita en lengua popular como los cielitos y los diálogos del oriental Bartolomé Hidalgo (1788-1822), que pueden conside­ rarse antecedentes válidos de la poesía gau­ chesca. En uno de esos “cielitos” (el nombre

Quien anda en estos maquines13

es

un conde Casa-Flores,

a

quien ya mis compatriotas

le

han escrito milprimores.

Cielito digo que no, siempre escoge don Fernando para esta clase de asuntos hombres que andan deletreando.

alude a un tipo de canción bailable típica de la llanura bonaerense) el poeta, identificado como “un gaucho de la Guardia del Monte”, saluda irónicamente al Conde de Casa Flo­ res, enviado español de Fernando VII resi­ dente en la corte de Río de Janeiro.

El conde cree que ya es suyo nuestro Río de la Plata:

¡cómo se conoce, amigo, que no sabe con quién trata!

Allá va cielo y más cielo, cielito de Casa-Flores, Dios nos librará de plata pero nunca de pintores.

Bartolom é Hidalgo

“Un gaucho de la Guardia del Monte contesta al manifiesto de Fernando VII y saluda

al conde de Casa-Flores con el siguiente cielito, escrito en su idioma”,

en La Lira Argentina, ed. cit.

! Maquines: intrigas, trampas.

22

Los motivos críticos de la política y las malas costumbres sociales aparecen en va­ rios de sus “diálogos”, así llamados porque en ellos son dos los interlocutores: Jacinto Chano, capataz de una estancia en las islas del Tordillo, y Ramón Contreras, gaucho de la Guardia del Monte.

Augusto Raúl Cortazar, estudioso de las manifestaciones folklóricas argentinas, dice que los “Diálogos” de Hidalgo “tie-

’nen elementos comunes en su estructura, fon d o y form as. Jacin to Chano y Ramón Contreras son los únicos interlocutores; a modo de introducción se relatan siem pre episodios que tienen p or eje al caballo, que ocupaba, en efecto, un prim er plano en el mundo mental del gaucho. Las visi­ tas hechas y retribuidas a pesar de la dis-

Roba un gaucho unas espuelas

tan da que separa a los amigos, son moti­ vos para mostrar actitudes, costumbres, modos de comportamiento del gaucho que se entrelazan con la exaltación de las glo­ rias guerreras y los ideales ciudadanos”. (A.R. Cortazar, Folclore y literatura. Bue­

nos Aires, Eudeba, 1964).

En el “Diálogo patriótico interesante” Chano pasa revista a los acontecimientos de los últimos años y hace hincapié en la falta de unión de los compatriotas y las deficien­ cias de la ley, que debería ser pareja para porteños y provincianos, para pobres y ri­ cos; luego ataca la corrupción y el mal uso de los dineros públicos; finalmente, a través de un episodio paradigmático, denuncia la desigualdad en el tratamiento de la justicia a gauchos y puebleros.

tiene una casualidá

o

quitó algún mancarrón,

ya se ve

se remedió

o

del peso de unos medios

Un descuido que a un cualquiera

a

algún paisano alivió;

le sucede, sí señor,

lo

prienden, me lo enchalecan,

al principio mucha bulla,

que él es un hombre de honor.

y

en cuanto se descuidó

embargo, causa, prisión,

le

limpiaron la caracha,

van y vienen, van y vienen,

y

de malo y saltiador

secretos, almiración,

me lo tratan, y a u n presidio lo mandan con calzador. Aquí la lay cumplió, es cierto, y de esto me alegro yo;

 

¿qué declara? que es mentira,

¿Y la mosca? No se sabe, el Estao la perdió,

quien tal hizo que tal pague.

el

preso sale a la calle

Vamos pues a un Señorón;

y

se acabó la junción.

Bartolom é Hidalgo Diálogo patriótico interesante entre Jacinto Chano, capataz de una estancia en las islas del Tordillo, y el gaucho de la Guardia del Monte”, en La Lira Argentina, ed. cit.

El ya citado Cortazar afirma que los sen­ timientos que animan a estas composicio­

nes son “el am or a la patria sobre todo, y, como consecuencia, el ansia ardorosa y por momentos conminatoria, de unión, de con­ cordia, dejusticia y libertad. No se expresan como invocaciones abstractas, sino queflu ­ yen naturalmente de los temas propios de una conversación de gauchos y se apoyan en la referencia a los sucesos candentes del

momento, ya locales y menudos, ya de reso­ nancia nacional’.

Tal vez la más famosa de las produccio­ nes poéticas de Hidalgo es la que contiene el relato de la celebración del duodécimo aniversario de la Revolución de Mayo en Buenos Aires, obra que anticipa ciertos re­ cursos festivos del Fausto de Estanislao del Campo.

23

¡Ah, fiestas lindas, amigo! No he visto en los otros años junciones más mandadoras,

y mire que no lo engaño.

El veinticinco a la noche como es costumbre empezaron.

Yo vi unas grandes columnas

en coronas rematando

y ramos llenos de flores

puestos a modo de lazos. Las luces como aguacero

colgadas entre los arcos,

el cabildo, la pirami,

la recoba y otros lados.

Bartolom é Hidalgo “Relación que hace el gaucho Ramón Contreras a Jacinto Chano, de todo lo que vio en las fiestas mayas en Buenos Aires, en el año 1822”, en La Lira Argentina, ed. cit.

Hidalgo, al ofrecer una visión costumbris­ ta de la ciudad en la que se llevan a cabo los festejos, coloca al gaucho, sin ridiculizar­ lo, como observador o actor de una serie de

pruebas o manifestaciones festivas, como el palo enjabonado, los bailes y la carrera de sortija, entre otros.

Vine a la plaza: las danzas

premios para el que llegase.

seguían en el tablado;

El

inglés era baqueano:

y

vi subir a un inglés

se

le prendió al palo viejo,

en un palo enjabonado

y

moviendo pies y manos

tan alto como un ombú,

al

galope llegó arriba,

*

y allí en la punta colgando

una chuspa con pesetas, una muestra y otros varios

Después de la muerte de Hidalgo siguie­ ron apareciendo estas “relaciones de fiestas

1. Leer en forma completa el Fausto de Esta­ ”

nislao del Campo y la “Relación

lomé Hidalgo y analizar los recursos emplea­ dos por uno y otro poeta para caracterizar el relato que un gaucho hace de un aconteci­ miento público como una función en el Teatro Colón en un caso, y la celebración patriótica en el otro.

de Barto­

2. Escribir un relato de alguna celebración pa­

triótica en la plaza principal de la ciudad en que el alumno vive.

3. Los alumnos, acompañados por el profesor,

asistirán a una función teatral, y luego efectua­ rán, individualmente, una crítica de la obra y ha­ rán observaciones sobre la reacción del público en distintos momentos de la representación.

©

y al grito, ya le echó mano

a la chuspa y se largó

de un pataplús hasta abajo.

Ob. cit., versos 173-188.

mayas”, firmadas o anónimas, en periódicos porteños, durante varios años.

4. Los hombres de Mayo han sido tomados co­

mo protagonistas de obras de distintos géneros en la literatura argentina moderna. Se propone la formación de cuatro equipos, cada uno de los cuales leerá una de las siguientes obras: Maria­

no Moreno de Gustavo Gabriel Levene, Tres jue­

ces para un largo silencio de Andrés Lizarraga, El arrabal del mundo de Pedro Orgambide, y La revolución es un sueño eterno de Andrés Rivera.

Luego elaborará un informe en el que se anali­ cen las semblanzas que cada autor ofrece de los principales personajes de su obra. Los cuatro informes se leerán en clase y se organizará un debate, dirigido por el profesor, sobre la visión que dan los libros de historia acerca de aque­ llos personajes y la que aparece en las obras leídas.

24

Sudamericanos,

mirad ya lucir de la dulce patria

la aurora feliz.

La América toda

se conmueve alfin.

a sus caros hijos convoca a la lid,

y

a

la lid tremenda

que va a destruir

a cuantos tiranos

ásenla oprimir.

De la gloria el genio ardor varonil infunda en los pechos; su fuerza sentid.

Romance heroico

Y vos, oh, gran Carlos cuarto,

dueño y señor de esta tierra, recibid los corazones que con am or os presentan estos humildes vasallos que tan distante os veneran. No queremos otro Rey, más corona que la vuestra. Viva España en nuestros pechos; vuestra lealtad nunca muera. Vos, ilustre Ciudad, ciudad fiel a toda prueba, recibid los parabienes de todos la enhorabuena.

Pantaleón Rivarola en La literatura virreinal, Buenos Aires, CEAL, 1967.

Si el déspota impío

atentare vil

vuestra libertad,

al punto acudid.

«

Esteban de Lúea

En La Lira Argentina, ed. cit.

Loa al excelentísimo Cabildo

Al que es de las virtudes ornamento,

y padre de este pueblo tan glorioso,

es muy débil señores mi instrumento

para encom iar su celo laborioso:

templa la lira, y desde elfirm am ento veloz desciende Apolo luminoso por elogiar en el divino coro

a este sabio Cabildo con decoro.

Fray Cayetano Rodríguez

en La Lira Argentina, ed. cit.

25

Las generaciones románticas La Argentina dividida. Cultura unitaria y cultura federal. Europeísm o y criollismo.

Las generaciones románticas

La Argentina dividida. Cultura unitaria y cultura federal.

Europeísm o y criollismo. El movim iento

G eneración de 1837. Literatura e ideología. Segunda generación romántica.

rom ántico en la Argentina.

iento G eneración de 1837. Literatura e ideología. Segunda generación romántica. rom ántico en la Argentina.

©

26

Un largo camino hacia la república

“Nosotros hemos tenido dos existencias en el mundo -decía Juan Bautista Alberdi en el Fragmento prelim inar al estudio del derecho- una colonial, otra republicana. La primera nos la dio España, la segunda, la Francia. ”

1 3 esde la instalación de la Primera Junta, en 1810, que gobernaba en nombre del rey de España Fernando VII, hasta la pro­ mulgación de la Constitución Nacional de 1853, uno de los puntos más delicados que debieron afrontar las clases políticas argentinas fue el de la forma de gobierno. Las ideas democráticas de la Revolución Francesa y los ecos de la filosofía suarista* que habían recogido los intelectuales for­ mados en Córdoba, en Charcas o en el Co­ legio de San Carlos ponían acuerdo sobre la forma representativa* y republicana*; pe­ ro la realidad de un territorio inmenso, apenas poblado con cierta densidad en ciu­ dades muy distantes unas de otras, con di­ ficultades económicas serias, y la acción de caudillos regionales que cuestionaban el centralismo porteño, creaba serias dudas sobre la conveniencia de un sistema unita­ rio* o federal*. Los diversos estatutos y constituciones anteriores y posteriores a la declaración de la independencia en 1816 optaron por el unitarismo, pero el fortaleci­ miento de las provincias -logrado en gran medida durante la guerra de expulsión de

los españoles realistas- a través de la ac­ ción ideológica y armada de sus caudillos hizo fracasar las intenciones de aquellos documentos.

Hasta 1828 -fecha del fusilamiento del federal Manuel Dorrego por el unitario Juan Lavalle- la antinomia unitario/federal pare­ ce centrada en una forma de gobierno, en un equilibrio de poderes entre la nación y las provincias. La aparición de Juan Manuel de Rosas en el panorama político cambia los caracteres de dicha oposición. El gober­ nador de Buenos Aires, autotitulado federal, concentra en su persona no sólo la suma del poder público sino la representación exterior de las Provincias Unidas del Río de la Plata, instalando así una forma de gobier­ no típicamente unitaria.

Lo federal pasa a ser sinónimo de resis­ ta y lo unitario -calificado de “salvaje” por el rosismo-, sinónimo de anti-rosista. De Constitución Nacional, ni hablar.

Un texto de Esteban Echeverría (1805- 1851) echa luz sobre esta división.

Vosotros creisteis que al emanciparnos de los partidos de nuestro país -se refiere a las

ideas de confraternización expuestas en el Dogma Socialista de la Asociación de Mayo, de

1837- queríamos ponernos en lucha con ellos y disputarles la supremacía social: os engañasteis. Queríamos solamente, haciendo abstracción de las personas, traer las cues­ tiones políticas al terreno de la discusión, levantando una bandera doctrinaria. Queríamos echar en nuestra sociedad dilacerada y fraccionada en bandos enemigos un principio nuevo de concordia, de unidad y de regeneración. Queríamos, en suma, levantar la tradi­ ción de Mayo a la altura de una tradición viva, grandiosa, imperecedera, que, al través de los tiempos y de las revoluciones, brillase siempre como la estrella de esperanza y de sal­ vación de la Patria. Eso mismo queremos hoy y por ese interés, más grande que cualquiera otro, volvemos a mortificar vuestras nimias susceptibilidades.

Ya veis, pues, que si ahora como entonces os volvéis a imaginar que intentamos arrojar con un cisma una nueva tea de discordia entre las pasiones que nos dividen, os volveréis a engañar, y a reproducir en vuestros corrillos las cómicas escenas del pasado.

Esteban Echeverría

Dogma Socialista: Ojeada retrospectiva, en La Cautiva, El matadero y otros escritos,

Buenos Aires, CEAL, 1967.

27

Teniendo en cuenta la experiencia histórica y la visión de Echeverría, ¿podríamos hablar de una cultura unitaria y una cultura federal?

En nuestro trabajo La Cultura Argentina dedicamos un espacio a la caracterización de la cultura unitaria y la cultura federal como manifestaciones opuestas, y entre otras cosas, de­

cimos que “la cultura unitaria es la democracia, el respeto al disenso ideológico; es la aper­ tura a las ideas románticas provenientes de Francia e Inglaterra y el consiguiente rechazo del despotismo ilustrado -y por entonces ni siquiera ilustrado- español, con su carga de re­ presiones con máscara religiosa, con su pesado neoclasicismo y su ceguera a las form as de progreso; es la adhesión a los sistemas económicos liberales y flexibles, y la abjuración de to­ da form a de monopolio; es la búsqueda de perfeccionam iento de las instituciones a través de la educación de los ciudadanos y la negación al culto de los personajes providenciales, por creíbles que parezcan sus promesas.

La culturafederal es, en la superficie, el refinamiento de un Pedro De Angelis, elpolígrafo que acompañó a Rosas a lo largo de todo su gobierno; son las temporadas de ópera, ballet y conciertos en los lujosos teatros porteños; son las vastas lecturas y los estudios lingüísticos de Rosas; pero en elfondo es también el culto a la personalidad, a la autoridad y al paternalis- mo; y es la censura, el rechazo a todo lo moderno, sobre todo si viene de Francia o de Ingla­ terra; es el mantenimiento de una primitiva economía pastoril; es la obsecuencia de persona­ jes subalternos, concretada a veces en poemas, himnos o cantos rayanos en la chabacanería.

La cultura unitaria se elaboró a distancia, en el exilio, lejos de la problemática concreta de un país que seguía su marcha; la culturafederal se desarrolló dentro de esepaís, pero con fronteras cerradas, conociendo la realidad cotidiana pero negándose a otras realidades trascendentes. Lo más grave de esta situación es que, más allá de toda dicotomía, estaba enjuego un mo­ delo de país. Yese país terminó modelado con muchas cargas negativas de uno y otro bando.

Las contradicciones que nos persiguen hasta hoy no son casuales.

A. Fraschini, T. Fritzsche, y F. Leocata, La Cultura Argentina, Buenos Aires, Docencia, 1995. Tomo I.

Detrás de esta división subyace otra más profunda, que se agudizará en los tiempos de la Organización Nacional: la del criollis­ mo frente al europeísmo.

El pensamiento anti-rosista veía en la fi­ gura del criollo, en su carácter conservador

y a veces conformista, un obstáculo para el progreso.

Juan Bautista Alberdi (1810-1884) propo­ ne una apertura a la inmigración europea como medio de progreso y cultura para es­ tas latitudes americanas.

Cada europeo que viene a nuestrasplayas nos trae más civilizaciones en sus hábitos, que luego comunica a nuestros habitantes, que muchos libros de filosofía. ¿Queremos plantar y aclim ataren América la libertad inglesa, la culturafrancesa, la laboriosidad del hombre de Europa y de Estados Unidos? Traigamos pedazos vivos de ella en las costumbres de sus ha­ bitantes y radiquémoslas aquí.

Ju an Bautista Alberdi

Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina,

Buenos Aires, Estrada, 1970.

Alberdi entiende que la educación de las masas populares a través del contacto con personas de mayor nivel cultural y el au­ mento sustancial de la población distribuida

y el au­ mento sustancial de la población distribuida en los extensos territorios vacíos sudameri­ canos

en los extensos territorios vacíos sudameri­ canos contribuirán a formar un país digno, según los cánones de su ideología liberal y progresista.

28

Hacedpasar el “roto”, el “gaucho”, el “cholo”, unidad elemental de nuestras masas popu­ lares, por todas las transformaciones del mejor sistema de instrucción; en cien años no ha­ réis de él un obrero inglés, que trabaja, consume, vive digna y confortablemente. Poned el millón de habitantes, que form a la población media de estas Repúblicas, en el mejorp ie de educación posible, tan instruido como el cantón de Ginebra en Suiza, como la más culta provincia de Francia: ¿tendréis con eso un grande y floreciente Estado? Ciertamente que no:

un millón de hombres en territorio cómodo para cincuenta millones, ¿es otra cosa que una miserable población?

Se hace este argumento: educando a nuestras masas, tendremos orden; teniendo orden vendrá la población de afuera. Os diré que invertís el verdadero método de progreso. No ten­ dréis orden ni educación popular, sino por el influjo de masas introducidas con hábitos arraigados de ese orden y buena educación.

1. Los alumnos realizarán, con ayuda del pro­ fesor de Historia, una investigación sobre los movimientos migratorios en la Argentina, des­ de mediados del siglo XIX hasta la actualidad. Se determinarán primero las etapas de inmi­ gración y se las encuadrará en cada contexto político y social. Luego se examinarán estos fe­ nómenos teniendo en cuenta los países de ori­ gen, la cantidad de inmigrantes y los lugares de radicación en nuestro país. Los resultados finales se volcarán en un informe que será comentado y discutido en clase.

Ob. cit.

2. Cada alumno escribirá un breve ensayo so­ bre el tema “Los extranjeros en mi barrio / o en mi ciudad / o en mi provincia; su vida, sus apor­ tes, su integración”. Recordar que el ensayo es una prosa literaria sin estructura prefijada que admite la exposi­ ción y la argumentación lógica, junto a las di­ gresiones, en un escrito breve sin intención de exhaustividad. Recomendamos la consulta de El

ensayo o la seducción de lo discutible de Ana

Bravo y Javier Adúriz, Buenos Aires, Kapelusz,

1999.

Unitarios o federales; urbanos o campesinos; criollos o extranjeros

Esta larga serie de oposiciones, que se extiende más allá de la elección de una for­ ma de gobierno, un enfrentamiento políti­ co, una distribución geográfica o una dife­ rencia de niveles de formación escolar o

técnica, tiene su mejor representación sim­ bólica en la frase de Sarmiento “Civilización y barbarie”, con la que subtitula su libro más famoso, Facundo.

Esta es la historia de las ciudades argentinas. Todas ellas tienen que reivindicar glorias, civilización y notabilidades pasadas. Ahora el nivel barbarizadorpesa sobre todas ellas. La barbarie del interior ha llegado a penetrar hasta las calles de Buenos Aires. Desde 1810 has­ ta 1840, las provincias que encerraban en sus ciudades tanta civilización fueron demasia­ do bárbaras empero, para destruir con su impulso, la obra colosal de la revolución de la In­ dependencia. Ahora que nada les queda de los que en hombres, luces e instituciones tenían, ¿qué va a ser de ellas? La ignorancia y la pobreza, que es la consecuencia, están como las aves mortecinas, esperando que las ciudades del interior den la última boqueada para de­ vorar su presa, para hacerlas campo, estancia. Buenos Airespuede volver a ser lo quefue, por­ que la civilización europea es tan fuerte allí que a despecho de las brutalidades del gobierno,

29

se ha de sostener. Pero en las provincias, ¿en qué se apoyará? Dos siglos no bastarán para volverlas al camino que han abandonado, desde que la generación presente educa a sus hi­ jos en la barbarie que a ella le ha alcanzado. Pregúntasenos abora ¿por qué combatimos? Combatimos para volver a las ciudades su vida propia.

Dom ingo Faustino Sarm iento

Surge del texto que Sarmiento asocia la civilización con la ciudad y la barbarie con el campo, y esta actitud proviene no sólo de su formación intelectual sino, en gran medida, de su experiencia personal; y que

Facundo.

Buenos Aires, Kapelusz, 1970. (GOLU)

esa antinomia sólo puede superarse con un fuerte impulso educacional.

A propósito de ella, dice Jorge Luis Borges en su edición comentada de la obra:

El Facundo nos propone una disyuntiva -civilización o barbarie- que es aplicable, según juzgo, al entero proceso de nuestra historia. Para Sarmiento, la barbarie era la llanura de las tribus aborígenes y del gaucho; la civilización, las ciudades. El gaucho ha sido reempla­ zado por colonos y obreros; la barbarie no sólo está en el campo sino en la plebe de las gran­ des ciudades y el demagogo cumple la función del antiguo caudillo, que era también un de­ magogo. La disyuntiva no ha cambiado. “Sub specie aeterniiatis”fbajo la apariencia de eter- nidadj el Facundo es aún la mejor historia argentina.

Dom ingo Faustino Sarm iento Facundo. Edición anotada y comentada por Jorge Luis Borges. Buenos Aires, El Ateneo, 1974.

Volveremos luego sobre el Facundo, para definir y discutir sus valores literarios.

1. Con el asesoramiento de los profesores de His­ toria y Formación Ética y Ciudadana, los alumnos investigarán, en los documentos constitucionales redactados entre 1810 y 1994, las características del gobierno representativo, republicano y federal y aplicarán sus conclusiones al estudio de la eta­ pa que se desarrolla en el presente Módulo.

2. A través de la observación de la realidad co­ tidiana, cada alumno escribirá dos “Cartas de lectores” dirigidas a algún diario: una se titula­ rá “Actos de barbarie" y la otra “Actos de civili­ zación". El profesor seleccionará algunas de esas cartas para comentarlas y generar un de­ bate en el curso.

Romanticismo: política y estética

El pensamiento unitario y europeísta -y en este contexto al hablar de Europa se ex­ cluye a España- introduce en la Argentina los principios estéticos e ideológicos del romanticismo.

Desde 1830 entraban en Buenos Aires li­ bros de autores franceses e ingleses, como

Lord Byron, Víctor Cousin, Frangois René de Chateaubriand, Walter Scott y Alexandre Dumas, entre otros, que los jóvenes, sobre todo, leían y comentaban en las tertulias.

En la Librería Argentina de Marcos Sas­

tre comenzó a funcionar, en 1837, un lugar de encuentro de intelectuales que se llamó

30

Salón Literario. En él intervinieron escrito­ res de la talla de Esteban Echeverría, Vicen­ te Fidel López, Félix Frías, Juan Bautista Al- berdi y Juan María Gutiérrez, entre otros.

En la reunión inaugural Marcos Sastre manifestó el propósito central del Salón:

contribuir al perfeccionamiento de la ju­ ventud a través de la lectura guiada y ac­ tualizada de obras progresistas y Juan María Gutiérrez señaló la necesidad de es­ tudiar prioritariamente lo nacional, ya que la literatura de cada pueblo se apoya en su geografía y en su historia.

Esta importación del pensamiento y de la literatura europea no debe hacerse ciegamen­ te, ni dejándose engañar por el brillante oropel con que algunas veces se revisten las inno­ vaciones inútiles o perjudiciales. Debemos fijarnos antes en nuestras necesidades y exigen­ cias, en el estado de nuestra necesidad y su índole, y sobre todo en el destino que nos está reservado en este gran drama del universo en que lospueblos son actores. Tratemos de dar­ nos una educación análoga y en arm onía con nuestros hombres y nuestras cosas; y si he­ mos de tener una literatura, hagamos que sea n acional que represente nuestras costum­ bres y nuestra naturaleza, así como nuestros lagos y anchos ríos sólo reflejan en sus aguas las estrellas de nuestro hemisferio. Antes de ser sabios y eruditos, civilicémonos: antes de des­ cubrir y abrir nuevos rumbos en el campo de las ciencias físicas o morales, empapémonos del saber que generosamente nos ofrece la Europa culta y experimentada.

Ju an M aría G utiérrez Discurso en la inauguración del Salón Literario el 23 de junio de 1837, en El ensayo romántico, Buenos Aires, CEAL, 1967.

Echeverría y la renovación de la literatura

El mismo año de la inauguración del Sa­ lón Literario se publica la primera composi­ ción poética valiosa del romanticismo riopla- tense: La Cautiva de Esteban Echeverría, obra con la que parecen cumplirse los pro­ pósitos de crear una literatura identificada con el medio geográfico e histórico y con las modalidades expresivas de nuestro pueblo.

Echeverría escribió una serie de notas y reflexiones con el propósito de incluirlas en alguna edición de sus obras. Juan Ma­ ría Gutiérrez las recogió después de la muerte del poeta, y aquí transcribimos al­ gunas de ellas que seguramente echarán luz sobre el texto de La Cautiva al que nos referiremos luego.

La renovación de la literatura estriba principalmente en la perspectiva de los objetos y de las ideas. El aspecto de una montaña varía según el punto de donde se la observa, y la hu­ m anidad con el curso de las edades cam bia de posición al contemplar el universo y exami­ nar los sucesos y las cosas.

La poesía nacional es la expresión animada, el vivo reflejo de los hechos heroicos, de las costumbres, del espíritu, de lo que constituye la vida moral, misteriosa, interior y exterior de un pueblo. La poesía romántica vive de recuerdos y esperanzas; es lo pasado y elporve­ nir. Lo presente no le interesa sino en cuanto se encadena con las dos regiones del mundo que habita.

Sabido es que las concepciones del hombreprimitivo son espontáneas; que la hum anidad

1 Progresista: renovador, que tiende al progreso, que se opone a lo conservador.

31

en su cuna es inspirada y reflexiva; de ah í resulta qu e toda la poesía prim itiva sea parto del entusiasm o y de la f e y, p o r consiguiente, em inentem ente lírica. Las pasion es entonces son un verdadero canto.

E steb an E ch ev erría “Sobre el arte de la poesía”, en Prosa literaria, Buenos Aires, Estrada, 1971.

La C autiva

Es este un poema dividido en nueve can­ tos y un epílogo. Echeverría destaca, en una advertencia preliminar netamente románti­ ca, la necesidad de adecuación de la forma y el fondo de la composición; por eso mis­ mo elige los versos octosílabos, que consi­ dera entre los más hermosos y flexibles de nuestra lengua, y los agrupa en décimas, ro­ mances y octavas, y en ciertos pasajes, pa­ ra lograr efectos de rapidez o de lentitud, opta por los hexasílabos y los decasílabos, respectivamente.

Un episodio de la lucha fronteriza entre

blancos e indígenas -e l cautiverio de

la jo-

Era la tarde y la hora en que el sol la cresta dora de los Andes. El desierto inconm ensurable, abierto

y misterioso a sus pies

se extiende, triste el sem blante, soliario y taciturno com o el mar, cuando un instante

el crepúsculo nocturno

p on e rienda a su altivez.

El segundo canto, titulado “El festín”, muestra la ferocidad del indio en m edio de

ven María, la huida de ella junto a su espo­ so Brian de las tolderías y la muerte de uno y o tro - es el eje argumental que permite al poeta trazar cuadros de dolorida belleza, en el m ejor estilo romántico.

La incorporación del desierto com o mar­ co paisajístico de gran parte del poem a es un recurso que acentúa la soledad de los personajes y adquiere categoría de sím bolo de la soledad de los artistas e intelectuales en una sociedad barbarizada.

Así pinta Echeverría, con criterio a la vez estético y moral, el desierto que separa a la civilización de las tolderías:

Gira en vano, reconcentra su inm ensidad, y no encuentra la vista, en su vivo anhelo do fija r su fu g a z vuelo

com o el p á ja ro en

D oquier cam pos y heredades

d el ave y bruto guaridas;

doqu ier cielo y soledades

d e Dios sólo conocidas,

qu e Él solo p u ed e sondar.

el mar.

E steb an E ch ev erría

El m atadero. La cautiva.

Buenos Aires, Kapelusz, 1970. (GOLU)

la

malón.

fiesta

con

que

coronan

el

regreso

del

Arden y a en m edio del cam po cuatro extendidas hogueras, cuyas vivas llam aradas irradiando, colorean

hogueras, cuyas vivas llam aradas irradiando, colorean el tenebroso recinto donde la chusm a horm iguea.

el tenebroso recinto donde la chusm a horm iguea. En torno a lfu eg o y sentados unos lo atizan y ceban;

32

otros la jugosa carne al rescoldo o llama tuestan; aquel come, este destriza. Más allá, alguno degüella con afilado cuchillo la yegua al lazo sujeta, y a la boca de la herida por donde ronca y resuella,

En el canto séptimo, “La quemazón”, Ma­ ría, rodeada por el humo y el fuego y car­ gando el cuerpo de su esposo herido, huye tratando de acercarse a un arroyo. La alter-

Era la plaga que cría la devorante sequía para estrago y confusión:

de la chispa de una hoguera, que llevó el viento ligera, nació grande, cundió fiera la terrible quemazón.

Ardiendo sus ojos relucen, chispean; en rubios manojos sus crines ondean, flam eando también:

la tierra gimiendo,

La muerte de María, tratada con criterio pictórico y emoción contenida, es una mues-

Murió; por siempre cerrados están sus ojos cansados de errar por llanura y cielo, de sufrir tanto desvelo, de afanar sin conseguir. El atractivo está yerto de su mirar. Ya el desierto, su útimo asilo, los rastros de tan hechiceros astros no verá otra vez lucir.

y a borbollones arroja

la caliente sangrefuera, en pie, trémula y convulsa, dos o tres indios se pegan como sedientos vampiros, sorben, chupan, saborean

la sangre, haciendo murmullo,

y de sangre se rellenan.

Ob. cit.

nancia de estrofas de versos octosilábicos con las de versos hexasilábicos es un recur­ so sonoro del poeta para intensificar el apu­ ro y la agitación de la joven.

los brutos rugiendo, los hombres huyendo, confusos la ven.

Sutil se difunde, camina, se mueve, penetra, se infunde; cuanto toca, en breve, reduce a tizón. Ella era; y pastales, densos pajonales, cardos y animales, ceniza, humo son.

Ob. cit.

tra valiosa de imágenes de colores, luces, sombras y texturas propias del romanticismo.

Pero de ella aún hay vestigio. ¿No veis el raro prodigio? Sobre su cándida frente aparece suavemente un prestigio encantador. Su boca y tersa mejilla rosada entre nieve brilla,

y revive en su semblante

la frescura rozagante

que marchitara el dolor.

33

Ob. cit.

Carlos Altamirano y Beatriz Sarlo, en sus

Ensayos argenntinos. De Sarmiento a la vanguardia, opinan que en La Cautiva se

sintetiza un tema presente en la sociedad, el de la relación entre la ciudad -símbolo de la civilización cristiano-europea- y el cam­

po bárbaro “donde se borran los límites en­ tre el mundo rural organizado y el mundo desierto, es decir, el espacio indio, límites que la cultura repite una y otra vez en los

1. Leer en forma completa La Cautiva y formar

varios equipos para que cada uno trabaje uno

o dos cantos del poema según los puntos que sugerimos a continuación:

-

Análisis métrico, estrófico y de rima.

-

Análisis de recursos poéticos -construcción de

la

frase, tipos de adjetivación, imágenes, metá­

foras, personificaciones- y apreciación del valor

expresivo de los mismos en su contexto.

- Tratamiento de los personajes: retratos, sem­

pueblo de frontera y que el malón vuelve permanentemente contenciosos. Y con res­

pecto a la figura de María, “la fuerza inves­

tida en estepersonajefem enino reafirma los valores de la civilización y tiene un carác­ terfundacional en más de un sentido: a la grandeza sobrehumana del escenario am e­ ricano, a la crueldad sin límites, precultu­ ral, del salv aje, la cultura opone su mode­ lo moral y social. ”

blanzas espirituales, acciones y reacciones. - Tratamiento del tiempo y del espacio.

2. En nuestro Panorama de los movimientos lite­

rarios de esta misma colección, hay una serie de consideraciones y testimonios sobre el movi­ miento romántico en Europa y América. Se su­ giere que los alumnos comparen los principios del Romanticismo europeo con los que pueden leerse en los textos de los hombres del Salón Li­

terario de 1837.

El matadero: prim er cuento argentino

Un par de años después de la publicación de La Cautiva, el mismo escritor compone la primera narración alegórico-testimonial* de las letras argentinas, El matadero, que fue dado a conocer por Juan María Gutiérrez mucho después de la muerte de Echeverría.

Es un relato ubicado en Buenos Aires,

, ponemos debe ser 1839, uno de los peores en la represión ideológica del rosismo. Con motivo de las torrenciales lluvias que inun­ daban a la ciudad, no entraban en el Mata­ dero de la Convalescencia, o del Alto, las re­ ses necesarias para la alimentación, por lo menos de niños y enfermos. Al cabo de die­ ciséis días logran hacer llegar una tropilla de cincuenta novillos. Mientras están faenando las reses en medio de una turba que grita e

durante la Cuaresma del año 183

que su­

insulta, un toro que se escapa y un niño que muere decapitado por un lazo, aparece un unitario a caballo. Matasiete, uno de los fae- nadores, lo derriba e invita a los otros a atra­ par y atar al muchacho para afeitarlo “a la fedérala” y someterlo a alguna tortura degra­ dante. En medio de los forcejeos por desnu­ darlo y la resistencia del joven a soportar la afrenta, este sufre un ataque hemorrágico y muere sobre la mesa de tormento.

Este texto de Echeverría, que tantas lec­ turas -sociológica, estética, psicológica, his­ tórica- admite, marca el inicio del desarro­ llo de una especie narrativa, el cuento, que alcanzará en la Argentina niveles de exce­ lencia poco frecuentes en autores como Horacio Quiroga, Fray Mocho, Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, entre otros.

34

Antonio Pagés Larraya, uno de los más importantes investigadores de las letras argenti­ nas dice al respecto:

'El matadero preside la historia del cuento argentino. La preside no sólo en un sentido cronológico, pues el poder suscitante que sus páginas conservan adquiere el significado de

una pauta invariable. Un soplo recio, vivificante, en contraste con la insulsez de la literatu­

ra sin arraigo en la tierra, las recorre y las mantiene inmarchitas.(

de por su vigor como diseño costumbrista, por la audaz rudeza de su form a, por lo que re­

)

El matadero sorpren­

fleja como ambiente social y lo que representa como alegato político. (

) Por su estilo bre­

ve, directo, por su rotunda franqueza -en imprevista contraposición con los rasgos román­ ticos de la restante producción de Echeverríar- este cuento constituye un sugestivo anticipo naturalista *. Entroncado en la fuerte corriente realista * española, tiene una entonación nueva, de original acento americano.

Antonio Pagés Larraya Estudio preliminar a Cuentos de nuestra tierra. Buenos Aires, Raigal, 1952.

Estructuralmente, se distinguen en el tex­ to un primer tramo descriptivo, de la ciudad y del matadero, y un segundo tramo narra­ tivo, con el episodio del joven unitario.

La descripción de la ciudad azotada por la lluvia incesante prepara el clima trágico, casi apocalíptico2, en que ocurrirán los he­ chos.

Los caminos se anegaron, los pantanos se pusieron a nado y las calles de entrada y sali­ da a la ciudad rebosaban de acuoso barro. Una tremenda avenida se precipitó de repente por el Riachuelo de Barracas, y extendió majestuosamente sus turbias aguas hasta elpie de las barrancas del Alto. El Plata, creciendo embravecido, empujó esas aguas que venían bus­

cando su cauce y las hizo correr hinchadas por sobre campos, terraplenes, arboledas, case­

Parecía el amago

ríos, y extenderse como un lago inmenso por todas las bajas tierras. ( de un nuevo diluvio.

)

Esteban Echeverría

El matadero. La cautiva.

Buenos Aires, Kapelusz, 1970. (GOLU)

La voz de los sacerdotes comprometidos con el régimen agregan, acomodadas a sus

fines, las profecías del Apocalipsis, acordes con la situación angustiosa de la población.

Es el día del juicio, elfin del mundo está por venir. La cólera divina rebosando se derra­ ma en inundación. ¡Ay de vosotros, pecadores! ¡Ay de vosotros, unitarios impíos que os mo­ fáis de la iglesia, de los santos, y no escucháis con veneración la palabra de los ungidos del Señor! ¿Ah, de vosotros si no imploráis misericordia al pie de los altares! Llegará la hora tre­ menda del vano crujir de dientes y de lasfrenéticas imprecaciones. Vuestra impiedad, vues­ tras herejías, vuestras blasfemias, vuestros crímenes horrendos, han traído sobre esta tierra las plagas del Señor. La justicia del Dios de la Federación os declarará malditos.

La descripción del matadero traslada la concentración de la desgracia a ese limita­ do lugar de muerte y sangre de animales que, en pocas horas, se transformará en

Ob. cit.

ámbito de muerte y sangre humanas. En vi­ sión casi carnavalesca desfilan los persona­ jes grotescos, si no siniestros, que pululan entre el barro y las reses.

2 Apocalíptico: desastroso, que revela el final de los tiempos.

35

La perspectiva del m atadero a la distancia era grotesca, llena de anim ación. Cuarenta y nueve reses estaban tendidas sobre sus cueros, y cerca de doscientas personas hollaban aquel suelo de lodo regado con la sangre de sus arterias. En torno de cada res resaltaba un grupo de figuras hum anas de tez y raza distintas. La figura más prom inente de cada gru­ p o era el carnicero con el cuchillo en mano, brazo y pecho desnudos, cabello largo y revuel­ to, cam isa y chiripá y rostro em badurnado de sangre. A sus espaldas se rebullían, caraco­ leando y siguiendo los movimientos, una com parsa de muchachos, de negras y mulatas achuradoras, cuya feald ad trasuntaba las arpías de la fábu la, y entrem ezclados con ellas algunos enormes mastines, olfateaban, gruñían o se daban de tarascones p or la presa.

La violencia y la sangre del matadero,

de manera similar a lo que ocurre en

sociedad, se infiltran en las mínimas ac-

la

Ob. cit.

ciones, y hasta los juegos de los chicos y las conductas de los animales se conta- gian de ellas.

Por un lado dos m uchachos se adiestraban en el m anejo del cuchillo, tirándose horrendos tajos y reveses; por otro, cuatro, ya adolescentes, ventilaban a cuchilladas el derecho a una tripa gorda y un mondongo que habían robado a un carnicero; y no de ellos distante, por­ ción de perros, flacos ya de la forzosa abstinencia, em pleaban el mismo medio p ara saber quién se llevaría un hígado envuelto en barro. Simulacro en pequeño era este del modo bár­ baro con que se ventilan en nuestro país las cuestiones y los derechos individuales y sociales.

El revuelo que provoca la huida desen­ frenada de un toro, el casi cómico espec­ táculo de un inglés revolcado en el barro con su caballo asustado por la gritería, y la

Ob. cit.

recuperación y sacrificio del animal consti­ tuyen una articulación que lleva al episo­ dio más importante del cuento: la captura del unitario, la tortura y la muerte.

—¡Allí viene un unitario! —y al oír tan significativa palabra toda aquella chusma se de­ tuvo como herida de una impresión subitánea.

—¿No le ven la patilla en form a de U?No trae divisa3 en elfraqu e 4 ni luto en el sombrero. —Perro unitario. —Es un cajetillas. —Monta en silla como los gringos. —¡La M azorca con él! —¡La tijera! —Espreciso sobarlo.

— Trae pistoleras p or p in tar6 .

— Todos estos cajetillas unitarios son pintores7com o el diablo. —¿A que no te le animás, Matasiete?

Ob. cit.

Divisa: distintivo; la divisa federal, de uso obligatorio, era una especie de escarapela roja con dos cintas. El luto (una cinta negra) por la muerte de Encarnación Ezcurra, era también obligatorio. ^ Fraque: chaqueta, saco. ’ Cajetilla: elegante, de aspecto aristocrático.

7 P>ntar: hacer alarde de algo, mostrarse; aún hoy, en lenguaje coloquial porteño, se dice “hacer pinta”.

Pintor: el que alardea o “hace pinta”.

36

Echeverría marca aquí el contraste entre el aspecto interior del joven unitario, bien vestido, prolijo, con la patilla y la barba re­ cortada en forma de U, y otros caracteres europeos, y el de los integrantes del mata­ dero; contraste que refleja, una vez más el que se da culturalmente entre los rosistas y los opositores. Se plantea una diferencia cul­ tural que surge a la vista, entre dos sectores bien marcados de la sociedad argentina.

Ante el juez del matadero, caudillo de los matarifes que ejerce una especie de suma del poder en el matadero, por delegación del mismo Rosas, el joven unitario sufre las vejaciones que le infligen los ayudantes del siniestro personaje. Y allí Echeverría incluye un diálogo de juez y víctima que recuerda a los agones* de la tragedia griega.

—¿Por qué no traes divisa? —Porque no quiero. —¿No sabes que lo manda el Restaurador? —La librea8 es para vosotros, esclavos, no para los hombres libres. —A los libres se les hace llevar a la fuerza. Sí, a la fuerza y a la violencia bestial. Esas son vuestras armas, infames. ¡El lobo, el tigre, la pantera, también son fuertes como vosotros! Deberías andar como ellos, en cuatro patas. —¿No temes que el tigre te despedace? —Lo prefiero a que maniatado me arranquen, como el cuervo, una a una las entrañas. —¿Por qué no llevas luto en el sombrero por la heroína? —Porque lo llevo en el corazón por la patria que vosotros habéis asesinado, infames.

Ob. cit.

La imagen de la víctima atada a quien los cuervos devoran las entrañas es una alusión a Prometeo, el héroe griego que recibió ese castigo por su rebeldía contra los dioses9.

La descripción de la muerte del unitario amarrado a la mesa de torturas es breve, pe­ ro contundente. La imagen de la cruz y la desnudez recuerdan el martirio de Jesucristo.

Susfuerzas se habían agotado. Inmediatamente quedó atado en cruz y comenzaron la obra de desnudarlo. Entonces un torrente de sangre brotó borbolleando de la boca y las na­ rices deljoven, y extendiéndose comenzó a caer a chorros por entrambos lados de la mesa. Los sayones quedaron inmóviles y los espectadores estupefactos.

Echeverría cierra el relato con una refle­ xión que pinta en pocas pero coloridas pinceladas un cuadro siniestro de su tiem­

Ob. cit.

po, y resume en la imagen de un matade­ ro el estado de la sociedad en que le ha to­ cado vivir.

En aquel tiempo los carniceros degolladores del matadero eran los apóstoles que propa­

gaban a verga1011y puñal la federación rosina n, y

saldría de sus cabezas y cuchillas. Llamaban ellos salvaje unitario, conforme a la jerga in­ ventada por el Restaurador, patrón de la cofradía, a todo el que no era degollador, carnice­ ro, ni salvaje ni ladrón; a todo hombre decente y de corazón bien puesto, a todo patriota ilustrado amigo de las luces y de la libertad y por el suceso anterior puede verse a las claras que elfoco de la federación estaba en el matadero.

no es difícil imaginarse qué federación

Ob. cit.

8 Librea: en la Antigüedad, uniforme característico de servidores y esclavos. 9 En este mismo módulo hay referencias al poema P rom eteo de Olegario Andrade, en el que se desarrolla tam­ bién el tema del autoritarismo que castiga con crueldad a sus víctimas.

10 Verga: palo, látigo.

11 Rosina: rosista.

37

D ocum ento histórico-sociológico y alegoría

En nuestro ya citado trabajo La Cultura Argentina, al realizar una evaluación del cuen­

to de Echeverría, afirmamos que “más allá de su intención estética, El matadero pu ede con­ siderarse un documento histórico o sociológico. Alegóricam ente alude a la violencia de un sectorpolítico que detenta elpoder. Cabe adem ás una lectura de acuerdo con un código re­ ligioso, teniendo en cuenta el apoyo que la Iglesia Católica brinda a Rosas. La lluvia es re­ mem oración del antiguo diluvio y de la salvación de losjustos. La época de acción es la Cua­ resma (los cuarenta días que preceden a l sacrificio de Jesucristo), con referencia concreta a l décim o sexto día (víspera del de Dolores). La justicia, según los predicadores, es dispen­ sada p or el “Dios de la Federación ”. Los unitarios son tildados de impíos, herejes, blasfemos. La abstinencia de carne hace llover sobre el pueblo millones de indulgencias plenarias. En­ carnación Ezcurra es patrona de los carniceros, elegida p o r sus virtudes cristianas. Losf e ­ derales arrastran al infeliz joven “com o los sayones a l Cristo”. Pide un vaso a lju ez p ara re­ frescarlo. El unitario le daría a su enemigo una de hiel. Finalm ente m uere atado en cruz. El narrador llega a la conclusión de que los carniceros eran los apóstoles que propagaban

la Federación, y

Rosas, el patrón de la cofradía."

A. Frasch in i, T. Fritzsch e, y F. Leocata,

La Cultura Argentina, ed. cit.

1. Leer en forma completa El matadero de Este­

ban Echeverría y efectuar un análisis del texto de acuerdo con las siguientes pautas:

- Posición del autor en el relato.

- Estructura del relato: división en secciones

mayores y menores; descriptivas o narrativas; reflexivas o polémicas.

- M anejo de los tiempos y los espacios.

- Lenguaje y escritura: niveles de lengua en el vocabulario y la morfosintaxis. - Tratamiento de los personajes.

- Recursos expresivos: discurso directo, imáge­ nes, metáforas, ironías.

- Lectura política, psicológica y sociológica del cuento.

2. Se sugiere a los alumnos la escritura de un

cuento cuyo argumento, ubicado local y tempo­

ralmente en la Argentina de hoy, refleje los as­

pectos negativos de la cultura y los sistemas

políticos y económicos que nos rigen.

3.

El

dram aturgo

contem poráneo

Ricardo

M onti escribió una obra titulada La oscuridad

de la razón, cuyo argumento, inspirado en la

Orestíada de Esquilo, está am bientado en un lu­

gar de Sudamérica (sin duda alguna, Buenos

Aires) en 1830. Algunos críticos han visto en el

personaje de M a ria n o (trasposición del O res­

tes de la tragedia griega) un retrato de Este­

ban Echeverría. Se recomienda la lectura de

esta obra y el análisis psicológico y social de

sus personajes, con el fin de discutir en clase las condiciones de un hombre ilustrado y pen­

sante frente a un esquema social rígido y retar­ datario.

F a c u n d o : entre la narrativa

y el ensayo

En 1845 apareció en Santiago de Chile, primero como folletín* en el periódico El

Progreso, y luego en

forma

de libro,

una

obra con la que Sarmiento intentaba

des­

prestigiar a Rosas y a los caudillos y a la vez justificar la causa y el accionar de los exilia­

dos argentinos: Civilización y barbarie. Vi­ da de Ju an Facundo Q uiroga12.

12 Este título de la primera edición fue luego m odificado por el de F acu n d o. C ivilización y b arb arie.

La obra

está

organizada

en

una

Intro­

ducción y tres partes. En la Introducción,

Sarmiento presenta los objetivos de su tra­ bajo: buscar la explicación de lo que está ocurriendo en el país a través de la interpre­ tación de los hechos del pasado colonial,

las características geográficas, las costum­ bres y las tradiciones. Para iniciar puntual­ mente dicha explicación convoca a Facun­ do, un hombre irracional y primitivo, una especie de héroe romántico movido por las pasiones y una firme voluntad.

¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte p ara que, sacudiendo el ensangrentado pol­ vo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la inda secreta y las convulsiones inter­ nas que desgarran las entrañas de un noble pueblo! Tú posees el secreto, ¡revélanoslo! Diez años aún después de tu trágica muerte, el hom bre de las ciudades y el gaucho de los llanos argentinos, a l tom ar diversos senderos en el desierto, decían: “¡No!¡No ha muerto!¡Vive aún! ¡Él vendrá!”¡Cierto! Facundo no ha muerto: está vivo en las tradiciones populares, en la p o­ lítica y revoluciones argentinas; en Rosas, su heredero, su complemento; su alm a ha p asa­ do en este otro m olde más acabado, más perfecto; y lo que en él era sólo instinto, iniciación, tendencia, convirtióse, en Rosas, en sistema, efecto y fin . La naturaleza campestre, colonial y bárbara, cam bióse en esta metamorfosis, en arte, en sistema y en política regular capaz de presentarse a la fa z del mundo, com o el m odo de ser de un pueblo encarnado en un hom bre que ha aspirado a tom ar los aires de un genio que dom ina los acontecimientos, los hom bres y las cosas.

D om ingo Faustino Sarm iento Facundo, Buenos Aires, Kapelusz, 1970. (GOLU)

Dice al respecto Jorge Luis Borges en el ya citado comentario a la obra:

Sarmiento com prendió que p ara la com ­ posición de su obra no le bastaba un rústico anónim o y buscó la figura de más relieve, que pudiera personificar la barbarie. La ha­ lló en Facundo, lector sombrío de la Biblia, que había enarbolado el negro pendón de los bucaneros, con la calavera, las tibias y la sentencia Religión o Muerte. Rosas no le ser­

vía. No era exactam ente un caudillo, no ha­ bía m anejado nunca una lanza y ofrecía el notorio inconveniente de no haber muerto. Sarmiento precisaba un fin trágico. Nadie más apto para el buen ejercicio de su plum a que el predestinado Quiroga, que murió acribillado y apuñalado en una galera. El destino fu e misericordioso con el riojano; le dio una muerte inolvidable y dispuso que la contara Sarmiento.

Estructura de la obra

La primera parte del Facundo consta de cuatro capítulos relacionados: el pri­ mero, con el aspecto físico de la Argenti­ na; el segundo, con los caracteres, cos­ tumbres e ideas que esa geografía engendra

(el gaucho malo, el cantor, el baqueano, el rastreador); el tercero, con la vida so­ cial del gaucho; y el cuarto, con las cir­ cunstancias que produjeron la Revolución de 1810.

El m al que aqueja a la República Argentina es la extensión: el desierto la rodea por todas partes y se le insinúa en las entrañas; la soledad, el despoblado sin una habitación humana, son, p or lo general, los límites incuestionables entre unas y otras provincias. Allí la inmensi­ d ad p or todas partes: inmensa la llanura, inmensos los bosques, inmensos los ríos, el horizon­ te siem pre incierto, siempre confundiéndose con la tierra entre celajes y vapores tenues que no dejan en la lejana perspectiva, señalar elpunto en que el mundo acaba y principia el cielo.

39

y vapores tenues que no dejan en la lejana perspectiva, señalar elpunto en que el mundo

En ese paisaje, tan parecido al de los de- siertos árabes, se asientan personajes carac-

terísticos, similares en algunos casos a los del mundo islámico, como “el gaucho malo”.

Es un personaje misterioso; mora en la pam pa; son su albergue los cardales; vive de per­ dices y mulitas; y si alguna vez quiere regalarse con una lengua, enlaza una vaca, la vol­ tea solo, la mata, saca su bocado predilecto y abandona lo demás a las aves mortecinas. ( ) Si el acaso lo echa alguna vez de improviso entre las garras de la justicia, acomete a lo más espeso de la partida y, a merced de cuatro tajadas que con su cuchillo ha abierto en la ca­ ra o en el cuerpo de los soldados, se hace paso por entre ellos y, tendiéndose sobre el lomo del caballo para sustraerse a la acción de las balas que lopersiguen, endilga hacia el desier­ to, hasta que poniendo espacio conveniente entre él y susperseguidores, refrena su trotón y

marcha tranquilamente. (

)

Este hombre divorciado con la sociedad, proscrito por las le­

yes; este salvaje de color blanco, no es en elfondo un ser más depravado que los que habi­

tan las poblaciones.

Ob. cit.

Y en ese mismo paisaje se desarrollan pe- queóos ambientes que distraen al hombre

de su vida sin emociones ni alternativas, co­ mo la pulpería.

Allí concurren cierto número de parroquianos de los alrededores; allí se dan y adquie­

ren las noticias sobre los animales extraviados; trázanse en el suelo las marcas del ganado; sábese dónde caza el tigre; dónde se le han visto rastros al león; allí, en fin, está el cantor;

allí se fraterniza por el circular de la copa y las prodigalidades

vida tan sin emociones, eljuego sacude los espíritus enervados, el licor enciende las imagi­ naciones adorm ecidas: Esta asociación accidental de todos los días viene por su repetición a form ar una sociedad más estrecha que la de dondepartió cada individuo, y en esta asam ­ blea sin objeto público, sin interés social, empiezan a echarse los rudimentos de las reputa­ ciones que, más tarde, y andando los años, van a aparecer en la escena política.

de los que poseen. En esta

Ob. cit.

La gente que se movía en esas grandes extensiones, generalmente guiada por al­ gún caudillo local, tenía ideas de libertad distintas de aquellas de los habitantes de

las pocas ciudades diseminadas en la Re­ pública. Por eso la Revolución de Mayo tuvo una significación diferente para unos y otros.

Para las campañas, la revolución era un problem a; sustraerse a la autoridad del rey era agradable, por cuanto era sustraerse a la autoridad. La cam paña pastora no podía mirar la cuestión bajo otro aspecto. Libertad, responsabilidad delpoder, todas las cuestiones que la revolución se proponía resolver eran extrañas a su manera de vivir, a sus necesidades. Pe­ ro la revolución le era útil en este sentido: que iba a dar objeto y ocupación a ese exceso de vida que hemos indicado y que iba a añadir un nuevo centro de reunión, mayor que el tan circunscripto al que acudían diariamente los varones en toda la extensión de las cam pa­ ñas.

La biografía propiamente dicha de Juan Facundo Quiroga ocupa la segunda parte del libro, capítulos V a XIII. Allí Sarmiento desarrolla un relato de la vida del caudillo

O

riojano en el que acentúa los caracteres de violencia y audacia de su personalidad, tanto en los hechos privados como en los públicos.

40

Sus ojos negros, llenos de fuego y sombreados por pobladas cejas, causaban una sensa­

ción involuntaria de terror en aquellos sobre quienes alguna vez llegaban a fijarse, porque Facundo no miraba nunca defrente, y por hábito, por arte, por deseo de hacerse siempre te­

rrible, tenía de ordinario la cabeza inclinada y m iraba por entre las cejas. (

tura de su cabeza, revelaba sin embargo, bajo esa cubierta selvática, la organización pri­

La sociedad en que nacen da a estos

vilegiada de los hombres nacidos para mandar. (

caracteres la manera especial de manifestarse: sublimes, clásicos, por decirlo así, van al

)

La estruc­

)

frente de la hum anidad civilizada en unas partes; en otras su mancha, su oprobio.

terribles, sanguinarios y malvados, son

Ob. cit.

Muchas páginas del Facundo están dedi­ cadas a describir y analizar los enfrentamien­ tos entre unitarios y federales y entre caudi­ llos provinciales, lo que Sarmiento llama “la guerra social”. En esa guerra, batallas como La Tablada, Oncativo y Ciudadela le sirven al autor para enriquecer los retratos y semblan­

zas, militar y política, tanto de Facundo Qui- roga como de sus seguidores y enemigos, particularmente el general José María Paz.

El asesinato de Quiroga en Barranca Ya­ co y la referencia al castigo de sus atacan­ tes cierra la segunda parte de la obra.

Llega el día, porfin, y la galera se pone en camino. Acompáñanle, a más delpostillón que va en el tiro, el niño aquel, dos correos que se han reunido por casualidad y el negro, que va a caballo. Llega al punto fatal y dos descargas traspasan la galera por ambos lados, p e­ ro sin herir a nadie; los soldados se echan sobre ella con los sables desnudos, y en un mo­ mento inutilizan los caballos y decuartizan al postillón, correos y asistente. Quiroga enton­ ces asoma la cabeza, y hace por un momento vacilar a aquella turba. Pregunta por el co­ mandante de la partida, le manda acercarse, y a la cuestión de Quiroga “¿Qué significa es­ to?”, recibe por toda contestación un balazo en un ojo que le deja muerto. ( )

El gobierno de Buenos Aires dio un aparato solemne a la ejecución de los asesinos de Juan Facundo Quiroga; la galera ensangrentada y acribillada a balazos estuvo largo tiem­ po expuesta al examen del pueblo, y el retrato de Quiroga, como la vista del patíbulo y de los ajusticiados, fueron litografiados y distribuidos por millares, como también extractos del proceso, que se dio a luz en un volumen en folio. La Historia imparcial espera todavía datos y revelaciones para señalar con su dedo al instigador de los asesinos.

La tercera parte, integrada por los capítu­ los XTV y XV, contiene una dura condena al gobierno de Rosas, que califica de “unita­ rio” y una exhortación a la unidad nacional mediante la instalación de un nuevo orden político y social.

Uno de los problemas literarios que pre­ senta Facundo es la dificultad de encua­ drarlo dentro de un género definido. Por un lado, la combinación de una biografía con

Ob. cit.

una rigurosa exposición de ideas, lo acerca al ensayo o a la novela histórica; por otro, no faltan en el texto situaciones planteadas y resueltas como escenas teatrales y pasajes en los que Sarmiento se muestra como un maestro de oratoria social y política. Esta in­ definición ligada a una combinación inteli­ gente de recursos de los distintos géneros es característica del Romanticismo al que Sarmiento adhirió ideológicamente y dedi­ có largas lecturas.

41

1. Analizar los retratos y semblanzas de los per­ sonajes principales del Facundo. Observar qué rasgos físicos y psíquicos de cada uno destaca Sarmiento.

2. Cada alumno elegirá un personaje histórico

argentino y trazará un retrato físico y psicológi­

co de él. Estos trabajos pueden comentarse y discutirse en clase.

3. El cine argentino ha llevado varias veces a

la pantalla la vida de Facundo Quiroga. Se su­

giere que se proyecte una de las versiones y que se discuta en clase el resultado de la adap­ tación del texto sarmientino al lenguaje cine­ matográfico.

4. La figura de Quiroga ha atraído la atención

de Jorge Luis Borges. El poema “El general Qui­ roga va en coche al muere" y el cuento “Diálo­ go de muertos” son claros ejemplos de esa atención. Se recomienda la lectura y el comen­ tario de ambos textos.

A m a lia : historia de un amor frustrado

Si bien a mediados del siglo XEX se co­ nocían algunas novelas de autores argenti­ nos, la que realmente marca el rumbo ini­ cial es Amalia, de José Mármol (1818-1871), aparecida como folletín en La Semana de Montevideo, en 1851, y publicada como li­ bro, en su versión definitiva, en 1855, en Buenos Aires.

Si bien se trata de una novela política, pues describe con apasionamiento los años de terror bajo el rosismo y traza un colori­ do cuadro de la situación del país en ese tiempo, Mármol prefirió darle el nombre de la protagonista, como hacían muchos nove­ listas románticos europeos. Esta elección es coherente con el tratamiento de algunos te­ mas a lo largo del relato: el peso de los sen­ timientos frente a la razón; la valoración de los aspectos locales y costumbristas, la divi­ sión del mundo en buenos y malos.

Amalia transcurre en Buenos Aires du­ rante cinco meses de 1840, uno de los años en que la represión gubernamental actuó con mayor violencia, particularmente entre mayo y octubre, y el episodio inicial -el asesinato de un grupo de unitarios que in­ tentaba escapar a Montevideo- es un hecho real que da motivo al autor para desarrollar su historia.

Esta combinación de lo real-histórico con la ficción novelística se da también en los personajes: junto a Rosas, su hija Ma-

se da también en los personajes: junto a Rosas, su hija Ma- nuelita, su cuñada María

nuelita, su cuñada María Josefa Ezcurra, sus hermanas, y algunos funcionarios como Corvalán, Cuitiño, Victorica, y el embajador de Inglaterra, aparecen seres inventados por Mármol o inspirados en figuras reales, como Amalia Sáenz de Olavarrieta, Eduardo Belgrano, Daniel Bello (acaso un autorretra­ to de Mármol o una idealización de Esteban Echeverría), y los casi grotescos don Cándi­ do y doña Marcelina.

A través de una historia de amor frustra­ do, Mármol se interna en los mecanismos de una sociedad sometida a un régimen au­ toritario que también la frustra.

Amalia Sáenz de Olavarrieta es una jo­ ven viuda tucumana de ideología unitaria que vive en una amplia residencia de la Ca­ lle Larga (actual avenida Montes de Oca, en el barrio de Barracas). Su primo Daniel Be­ llo, también unitario, ayuda a los persegui­ dos del régimen a huir hacia Montevideo. Uno de ellos es el joven Eduardo Belgrano, quien ha resultado herido en una embosca­ da contra los fugitivos, y a quien Bello ha­ ce refugiar en casa de Amalia. Allí la salud de Belgrano se recupera lentamente bajo los cuidados de Amalia, y entre ambos na­ ce un afecto que se va intensificando hasta convenirse en verdadero amor.

Una red de intrigas y delaciones maneja­ da por María Josefa Ezcurra termina en una violenta irrupción de la Mazorca en la casa

42

de Amalia, cuya consecuencia es la muerte de la protagonista, la de Belgrano y los otros personajes que allí se encontraban.

Esta línea argumental se desarrolla en cinco extensas partes integradas por varios

capítulos, con una “Explicación preliminar” y una “Especie de epílogo”, que sirven pa­ ra ubicar al lector en el antes y el después de la historia contada.

En la explicación, Mármol manifiesta:

La mayorparte de los personajes históricos de esta novela existen aún, y ocupan la mis­ ma posición política o social que en la época en que ocurrieron los sucesos que van a leer­ se. Pero el autor, por una ficción calculada, supone que escribe su obra con algunas gene­ raciones de por medio entre ély aquellos. Yes esta la razón por que el lector no hallará nun­ ca en presente los tiempos empleados al hablar de Rosas, de su fam ilia, de sus ministros.

Y en el epílogo:

Jo sé M árm ol Amalia, Buenos Aires, Kapelusz, 1971. (GOLU)

La crónica, que nos revelará más tarde, quizás, algo interesante sobre el destino de cier­ tos personajes que han figurado en esta larga narración, por ahora sólo cuenta que al si­ guiente día de aquel sangriento drama, los vecinos de Barracas que entraron por curiosi­ dad en la quinta asaltada, no encontraron sino cuatro cadáveres: el de Pedro, cuya cabe­ za había sido separada del tronco, y los de tres miembros de la Sociedad Popular Restaura­ dora; y que allí estuvieron hasta la oración de ese día, en que fueron sacados en un carro de la policía, a la vez que eran robados los últimos objetos que quedaban en las cómodas, mesas y roperos.

Ob. cit.

Una mirada sobre los personajes y las cosas

Mármol manifiesta una particular dedica- de su novela, realiza el de Amalia, incluyen-

do todos los detalles característicos de las heroínas románticas:

ción en el trazado de retratos de sus perso- najes. Así, al comienzo de la segunda parte

Había algo de resplandor celestial en esa criatura de veintidós años, en cuya hermosura la Naturaleza había agotado sus tesoros de perfecciones, y en cuyo semblanteperfilado y be­ llo, bañado de una palidez ligerísima, matizado con un tenue rosado en el centro de sus mejillas, se dibujaba la expresión melancólica y dulce de una organización amorosamente

sensible. (

suspiro arom atizado con las esencias de su corazón. (

vidia al cincel que labró la Venus de losMédicis (

sillón; y su pequeño pie, desnudo, dentro de una chinela de cabritilla, se escapaba del pei­

nador de batista.

)

Sus labios rojos como la flor del granado, se abrieron para dejar libertad a un

)

)

Sus brazos, que habrían dado en­ se extendían descuidados sobre los del

Ob. cit.

En cambio, el retrato de Rosas se desa­ rrolla en acción, a lo largo de extensos diálogos y descripciones; pero su presen­ tación, al comienzo de la obra, es muy ori­

ginal, ya que, sin nombrarlo y partiendo del espacio y los personajes que lo ro­ dean, lo caracteriza claramente en unos pocos trazos.

En el cuarto de la mesa cuadrada había cuatro hombres en derredor de ella.

El primero era un hombre grueso, como de cuarenta y ocho años de edad, sus mejillas carnudas y rosadas, labios contraídos, frente alta pero angosta, ojos pequeños y encapota­ dos por elpárpado superior, y de un conjunto, sin embargo, más bien agradable, pero cho­ cante a la vista. Este hombre estaba vestido con un calzón de paño negro, muy ancho, una chapona colorpasa, una corbata negra con una sola vuelta al cuello y un sombrero de p a­ ja, cuyas anchas alas le cubrirían el rostro a no estar en aquel momento enroscada hacia arriba la parte que daba sobre su frente.

Los tres hombres eran jóvenes de veinticinco a treinta años, vestidos modestamente, y dos de ellos excesivamente pálidos y ojerosos.

El hombre del sombrero de paja leía un montón de cartas que tenía delante y losjóvenes escribían.

En un ángulo de esta habitación se veía otra figura hum ana y, al parecer, con vida. Era la de un viejecito de sesenta a sesenta y dos años de edad, de fisonom ía enjuta, escuálida, sobre la que caían las guedejas de un desordenado cabello, casi blanco todo él, y cuyo cuer­ po flaco, y algo contrahecho por la elevación del hombro izquierdo sobre el derecho, estaba vestido con una casaca militar de paño grana, cuyas charreteras cobrizas, con sus canelo­ nes más decrépitos que el portador de estas, caían de los hombros, la una hacia el pecho y la otra hacia la espalda.

El hombre de sombrero de paja es Rosas y el aspecto casi grotesco de sus acompa­ ñantes, un marco adecuado a su figura.

El crítico argentino David Viñas concibe a Rosas y Amalia como símbolos de dos mun­ dos opuestos13, y se detiene en dos descrip­

Ob. cit.

ciones, la de la casa de Rosas y la del dormi­ torio de Amalia, para mostrar cómo Mármol aplica su mirada de modo distinto en cada caso, subrayando de ese modo la diferencia de uno y otro ámbito.

Así describe la casa de Rosas:

Del zaguán, doblando a la derecha, se abría el muro que cuadraba elpatio, por un an ­ gosto pasadizo con una puerta a la derecha, otra alfon do y otra a la izquierda. Esta últi­ ma daba a un cuarto sin comunicación, donde estaba sentado un hombre vestido de ne­ gro y en una posición meditabunda. La puerta delfon do delpasadizo daba entrada a una cocina estrecha y ennegrecida; y la puerta de la derecha, porfin, conducía a una especie de antecám ara que se com unicaba con otra habitación de mayores dimensiones, en la que se veía una mesa cuadrada, cubierta con una carpeta de bayeta grana, unas cuantas si­ llas arrinconadas a la pared, una montura completa en un rincón y algo más que descri­ biremos dentro de un momento.

Y así, el dormitorio de Amalia:

Ob. cit.

Toda la alcoba estaba tapizada con papel aterciopelado de fon do blanco, m atizado con estambres dorados, que representaban caprichos de luz entre nubes ligeramente azuladas. Las dos ventanas que daban al patio de la casa estaban cubiertas por dobles colgaduras, unas de batista hacia la parte interior, y otras de raso azul, muy bajo, hacia los vidrios de

13 Ver David Viñas, Literatura y política. Buenos Aires, Sudamericana, 1995.

la ventana, suspendidas sobre lazos de metal dorado, y atravesadas con cintas corredizas que las separaban, o las juntaban con rapidez. Elpiso estaba cubierto por un tapiz de Ita­ lia, cuyo tejido, verde y blanco, era tan espeso, que el pie parecía acolchonarse sobre algo­ dones al pisar sobre él. Una cam a francesa, de caoba labrada, de cuatro pies de ancho y dos de alto, se veía en la extremidad del aposento, en aquella parte que se comunica con el tocador, cubierto por una colcha de raso colorjacinto, sobre cuya relumbrante seda caían los albos encajes de un riquísimo tapafundas de Cambray. Una pequeña corona de marfil, con sobrepuestos de nácarfigurando hojas dejazmines, estaba suspendida del cielo rasopor una delgadísima lanza de metalplateado en línea perpendicular con la cam a y de la coro­ na se desprendían las ondas de una colgadura de gasa de la India con bordados de hilo de plata, tan leve, tan vaporosa, que parecía una tenue neblina abrillantada por un rayo de sol.

de

Mármol sobre la casa de Rosas es atenta, preocupada, quiere reconocer y saber,

tiende a avanzar: “nos hundimos, nos adentramos y no podem os volver atrás en esa casa que a la vez nos penetra”. En

esa

cambio,

mirada no enumera objetos sino que los

Opina

David Viñas

que

la

mirada

en el dormitorio de Amalia,

1. En las décadas de 1920 y 1930 los temas referidos al periodo rosista, y particularmen­ te los que se tratan en Amalia, fueron toma­ dos por autores de canciones. Hay numero­ sos valses, tangos, milongas y otros tipos de composiciones populares grabados por fa ­ mosos vocalistas de entonces. El poeta Héc­ tor Pedro Blomberg es autor de muchas de esas canciones, cuyas letras pueden consul­ tarse en los cancioneros publicados por CEAL, Ricordi, y otras editoriales. Existen tam­ bién producciones discográficas de estas obras, accesibles en comercios dedicados a la música popular de Buenos Aires. Se propo­

¿Y la literatura rosista?

Durante el largo gobierno de Rosas la casi totalidad de los intelectuales porteños y de otras ciudades argentinas debió elegir entre el silencio y el exilio. La represión ideológica, tanto política como religiosa, y el peligro de ser catalogado como “salvaje unitario” y correr serios riesgos de vida, obligaron a la escritura secreta y a la publi­ cación fuera de los límites del país. Una

Ob. cit.

comenta, deteniéndose en los detalles y adornos. Los adjetivos de significación du­ ra y sombría que abundan en la primera de las descripciones se oponen a la clari­ dad y delicadeza de los que adornan la se­ gunda. Es la rusticidad de Rosas frente a la urbanidad de Amalia, dos polos de una so­ ciedad dividida.

ne una audición de este material y un análi­ sis de su letra y su música.

2. La novela de Mármol es muy rica en des­

cripciones de ambientes interiores. Se sugiere que los alumnos escriban textos descriptivos inspirados en los lugares que habitualmente frecuentan (la casa, el barrio, la escuela, el club, los comercios, otras instituciones).

3. Agrupados en equipos, los alumnos realiza­

rán un guión televisivo de la novela, eligiendo previamente aquellos pasajes que ofrezcan las mayores posibilidades tanto en lo visual como

en el desarrollo de los diálogos.

generación de exiliados y proscriptos se enriquece, como vimos, con los nombres de Esteban Echeverría, Juan Cruz Varela, José Mármol y Juan María Gutiérrez, entre otros.

Sólo un intelectual de fuste, el escritor e investigador italiano Pedro De Angelis, per­ maneció al lado de Rosas durante toda su

45

gestión y se vio marginado y duramente in­ juriado después de la derrota de Caseros.

De Angelis escribió biografías de Rosas, Estanislao López y el general Arenales, re­ copiló todas las leyes y decretos promulga­ dos en Buenos Aires entre 1810 y 1835, y publicó una inmensa colección de docu­ mentos históricos y literarios vinculados con la cultura de estas latitudes, entre los que se cuentan el poema La Argentina de Martín del Barco Centenera y La Argentina manuscrita de Ruy Díaz de Guzmán.

Alza, ¡oh, Patria!, tu frente abatida, de esperanza la aurora lució; tu adalid ''' valeroso ha jurado restaurarte a tu antiguo esplendor.

¡Oh, gran Rosas! tu pueblo quisiera mil laureles poner a tuspies; mas el gozo no puede avenirse con el luto y tristeza que ves. ¡Aguilary Latorre no existen! Villafañe, el invicto, murió;

y a tu vida tal vez am enaza

de un

malvado el cuchillo feroz.

Cuatro años más tarde, desde una ópti­ ca totalmente opuesta, su homenaje se di­ rige a un escritor ilustre que ha muerto en

En lecho de dolor yace tendido

el vate ilustre y de la Patria ausente,

la horrenda esclavitud, las penas siente, no el dejar este mundo aborrecido. Cien guerreros de nombre esclarecido, cercan su estancia en además doliente,

y el noble moribundo alzó la frente

Pero el tono de la época lo dan obras de escasa calidad literaria, llenas de elogios desmedidos y fanático endiosamiento de la figura del Restaurador, compuestas por poe­ tas menores como José Rivera Indarte -fer­ voroso resista convertido, por circunstancias poco claras, en feroz anti-rosista-, Claudio Cuenca y Francisco Baraja, entre otros.

En 1835, Rivera Indarte escribía estas en­ cendidas estrofas en honor del gobernador de Buenos Aires, poseedor y ejecutor de la suma del poder.

Delpoder la Gran Suma revistes,

a la patria tú debes salvar;

¡Que a tu vista suspire el honrado

y al perverso se mire templar!

La ignorancia persigue inflexible, al talento procura animar. ¡Y ojalá que tu nombre en la historia una página ocupe inmortal!

Jo sé Rivera Indarte “Himno de los Restauradores”,

en La época de Rosas. (Antología),

Buenos Aires, CEAL, 1967.

el exilio provocado por la intolerancia del régimen para quienes piensan de manera distinta.

diciendo con acento dolorido:

¡Cara esperanza de la Patria mía,

dichosos más que yo!, con fuerte brazo

la coyunda141516romped que la mancilla'6;

y daréis muerta ya la tiranía,

a mis hijas asilo en su regazo,

a m í una tumba en la Argentina orilla.

José Rivera Indarte “A la memoria del poeta Juan Cruz Várela”, en ob. cit.

14 Adalid: caudillo, conductor (especialmente, en la guerra).

15 Coyunda: soga, correa; en sentido figurado, sometimiento, sujeción.

16 Mancillar: manchar, lastimar.

Romanticismo tardío

A partir de la Constitución de 1853 se produce en la Argentina un reacomoda­ miento de ideas políticas y culturales, con nuevos objetivos. Ha quedado atrás el en­ frentamiento entre federales y unitarios, pero se acentúa el de las provincias con el centralismo porteño. El contacto con Euro­ pa, reducido durante el rosismo, se inten­ sifica a través del ingreso de importantes obras literarias provenientes de Francia, Italia e Inglaterra; de ese modo se ponen al alcance del público las ideas estéticas, políticas y filosóficas que predominan en los países europeos y que se inscriben en el punto más alto y rico del Romanticismo. Varios elementos sustanciales de este mo­ vimiento, como el individualismo, el des­

creimiento de ciertos valores, el dolor de la soledad y el pesimismo, se incorporan a los poetas argentinos que viven en esta nueva etapa histórica. Ellos forman la “segunda generación romántica” de nuestro país.

Ricardo Gutiérrez (1838-1896), gran mé­ dico, fundador del Hospital de Niños de Buenos Aires, es uno de esos poetas. Su li­ bro Lázaro incorpora la figura del gaucho desde el ángulo del fatalismo y la soledad;

sus otros poemarios, El libro de las lágrimas y El libro de los cantos, siguen la línea me­

lancólica de los románticos europeos como Lord Byron. El fragmento que reproduci­ mos a continuación es una muestra valiosa de su estilo.

Sobre los llanos de la tierra mía, sobre los montes de la tierra extraña, sobre el abismo de la mar inquieta, sobre elfúnebre campo de batalla,

¡Parece que la fuerza del destino el cuerpo mío de tu cuerpo aparta, la senda tuya de mi senda borra, la vida mía de tu vida arranca,

como una sombra,

y

lejos hunde

como un fantasma,

y

lejos alza

¡ah, siempre lejos de tu hogar querido

el rumbo sin oriente de mi huella,

la trom ba17de la vida me arrebata!

el

paso sin reposo de mi planta!

Ricardo Gutiérrez “El cuerpo y el alma”, en Selección de poemas. Ricardo Gutiérrez / Olegario Víctor Andrade, Buenos Aires, CEAL, 1967.

Olegario Víctor Andrade (1839-1882) re­ presenta al romántico combativo, en su de­ fensa de la Confederación contra el centralis­ mo porteño desde el periodismo y al poeta capaz de describir la sencilla vida provincia­ na y los afectos familiares y a la vez de abor­ dar temas mayores, como la gesta sanmarti- niana o los antiguos mitos helénicos.

Interesado en la figura de Prometeo, el

titán18 castigado por Zeus por haber robado el fuego para entregárselo a los hombres, Andrade realizó una serie de investigaciones sobre las distintas versiones literarias que ese mito había tenido a lo largo de la histo­ ria y compuso, finalmente, un extenso poe­

ma en el que exalta la lucha del titán contra

el poder de los dioses

be los suplicios a los que la venganza de es­ tos lo someten hasta morir.

olímpicos 19 y descri­

17 Tromba: torbellino. 18 Titán: gigante; los titanes (o gigantes) se rebelaron contra los dioses, según la mitología griega. 19 Olímpicos: los grandes dioses de la mitología griega que vivían en el monte Olimpo.

Tendido está el gigante,

que am arraron

tras larga lucha fiera, con templadas cadenas de diam ante:

los cíclopes20 soberbios,

aún su pecho jad ea com o cráter hirviente; y, cada vez que se retuerce inquieto,

el

sol vela su frente,

y

la vieja montaña bam bolea.

Convidados hambrientos al salvajefestín de su martirio vienen los cuervos, en revuelta nube

El martirio de Prometeo tiene puntos de contacto con otros casos históricos, como el de Sócrates, el de Jesucristo y el de Ga- lileo, víctimas del fanatismo y la intoleran­ cia (recordemos el episodio de la tortura y muerte del joven unitario en El m atadero de Esteban Echeverría). El enfrentamiento entre una antigua religión autoritaria y ven-

1. Los alumnos leerán en forma completa el Pro­ meteo de Andrade y buscarán otras versiones del mito para establecer comparaciones sobre el tratamiento que cada versión da. No deben

faltar el Prometeo encadenado de Esquilo, el Pro­

meteo de Edgard Quinet y el de Leopoldo Lugo- nes (en este caso, los fragmentos de la obra re­ feridos específicamente al mito).

verdugos turbulentos que Júpiter envía, enfurecido,

a desgarrar la entraña palpitante de su rival temido.

Así en la larga noche de la historia bajan a escarnecer el pensamiento,

a apagar las centellas de su gloria,

con asqueroso aliento, odios, supersticiones, fanatism os; y, con ira villana,

el buitre del error clava sus garras

en la conciencia hum ana.

O legario V íctor A ndrade

Prometeo, en ob. cit.

gativa y el concepto de redención del hom­ bre por el amor y la solidaridad ponen en pie de igualdad, para Andrade, a Prometeo y Jesucristo, tanto en el hecho puntual de la muerte injusta y cruel, com o en la tras­ cendencia de esa muerte y en la firmeza con que ambos obran, más allá del dolor y el miedo.

2. A p a rtir de las lecturas de Echeverría,

M árm ol y Andrade, y del examen de otras instancias históricas en las cuales la repre­ sión y la censura cobraron sus víctimas, los alumnos escribirán un breve ensayo sobre el tema “Libertad y autoritarismo. Una visión del fin de un m ilenio”.

20 Cíclopes: gigantes mitológicos con un solo ojo en medio de la frente.

Otros textos

El hogar paterno

La casa de mi madre, la obra de su industria, cuyos adobes y tapias pudieran computar­ se en varas de lienzo tejidas por sus manos para pagar su construcción, ha recibido en el transcurso de estos últimos años, algunas adiciones que la confunden hoy con las demás ca­ sas de cierta medianía. Su form a original, empero, es aquella a que se apega la poesía del corazón, la imagen indeleble que se presenta porfiadam ente a mi espíritu, cuando recuer­ do los placeres y pasatiempos infantiles, las horas de recreo después de vuelto de la escuela, los lugares apartados donde be pasado horas enteras y semanas sucesivas en inefable bea­ titud, haciendo santos de barro para rendirles culto en seguida, o ejércitos de soldados de la misma pasta para engreírme de ejercer tanto poder.

Hacia la parte del sud del sitio de treinta varas de frente por cuarenta de fondo, estaba la habitación única de la casa, dividida en dos departamentos: uno sirviendo de dormito­ rio a nuestros padres, y el mayor de sala de recibo con su estrado alto y cojines, resto de las tradiciones del diván árabe que han conservado los pueblos españoles. Dos mesas de alga­ rrobo indestructibles, que vienen pasando de mano en mano desde los tiempos en que no había otra madera en SanJuan que los algarrobos de los campos, y algunas sillas de estruc­ tura desigual, flanqueaban la sala, adornando las lisas murallas dos grandes cuadros al óleo de Santo Domingo y San Vicente Ferrer, de malísimo pincel, pero devotísimos, y here­ dados a causa del hábito dominico. Apoca distancia de la puerta de entrada elevaba su co­ p a verdinegra la patriarcal higuera que sombreaba aún en mi infancia aquel telar de mi madre, cuyos golpes y traqueteo de husos, pedales y lanzadera, nos despertaba antes de sa­ lir el solpara anunciarnos que un nuevo día llegaba y con él la necesidad de hacer por el trabajo frente a sus necesidades.

Dom ingo Faustino Sarm iento en Recuerdos de provincia, Buenos Aires, Kapelusz, 1970.

El nido de cóndores

Muchas nubes pasaron a su vista; holló muchos volcanes; su plumaje mojaron y rizaron torrentes y huracanes.

Es algo más querido lo que causa su agitación extraña:

¡un recuerdo que bulle en la cabeza del viejo morador de la montaña! En la tarde anterior, cuando volvía vencedor inclemente, trayendo los despojos palpitantes en la garra potente, bajaban dos viajeros presurosos la rápida ladera; un niño, y un anciano de alta talla y blanca cabellera.

H ablaban en voz alta, y el anciano con acento vibrante, “¡Vendrá, exclamaba, el héroe predilecto de esta cumbre gigante!”

El cóndor, al oírlo, batió el vuelo; lanzó ronco graznido, y fu e a posar el ala fatigada sobre el desierto nido.

Inquieto, tembloroso, como herido de fúnebre congoja pasó la noche, y sorprendiólo el alba con su pupila roja. (fragmento)

Olegario V íctor Andrade en ob. cit.

Civilización urbana y barbarie rural

Buenos Aires y la Confederación. Literatura porteña y literatura de la pam pa. La literatura gauchesca en las guerras civiles. El m undo de la frontera y el M artín Fierro. La prosa culta. La G eneración del 80 y la crisis política y financiera de 1890.

de la frontera y el M artín Fierro. La prosa culta. La G eneración del 80

El país después de Rosas

L os vencedores de Caseros constituían un

grupo cuyo único elemento de unión era el odio hacia Rosas y los personajes que se movían a su alrededor. Incluso en el plano militar, había numerosos soldados de ori­

gen extranjero a los que hubo que retribuir

su colaboración.

Sin embargo, todos coincidieron al princi­ pio en la necesidad de celebrar un acuerdo nacional y redactar una Constitución Nacio­ nal. El Acuerdo de San Nicolás y la Constitu­ ción de 1853 cumplieron con estos objetivos, pero el país estaba ya dividido entre Buenos Aires y el resto de las provincias, unidas ba­ jo el nombre de la Confederación Argentina. Las batallas de Cepeda (1859) y Pavón (1861) marcan los puntos de mayor conflic­ to y el triunfo final del centralismo porteño.

Numerosas familias provenientes del exi­ lio y gran cantidad de inmigrantes europeos se integran poco a poco a una sociedad que va adquiriendo nuevos caracteres. Un fuer­ te impulso dado a la educación y a la cul­ tura durante los gobiernos de Sarmiento y Avellaneda y una paulatina aniquilación del indígena en las luchas de fronteras van de­ lineando un país que poco tenía que ver

con aquel de los unitarios y los federales. Un verdadero caudillo nacional, el general Julio Argentino Roca, encarna entonces el sistema político autoritario pero progresista conocido como el “unicato”.

No obstante, las diferencias sociales en­ tre pobres y ricos en la ciudad, y entre por­ teños y campesinos en la provincia de Bue­ nos Aires y en el resto del país, se acentúan aceleradamente. En 1890, una grave crisis financiera provoca la ruina de numerosos empresarios y el enriquecimiento de unos pocos especuladores; estalla una revolu­ ción popular y el presidente Miguel Juárez Celman es obligado a renunciar.

Buenos Aires, a la que muchos llaman “la gran aldea”, es una ciudad que se acer­ ca a ritmo acelerado a sus modelos euro­ peos, con sus salones, sus clubes, sus tea­ tros, sus exposiciones, su periodismo y su literatura.

En las pulperías, los gauchos cantores si­ guen improvisando al son de la guitarra, mientras otros poetas recogen y dan nueva vida a las sencillas formas sobre las que cantan sus experiencias, alegrías, dolores y esperanzas.

"Aquí me pongo a cantar

"

Ascasubi, del Campo, Hernández

Hemos visto en el primer Módulo cómo ya a fines del siglo XVIII se registran com­ posiciones en lengua popular campesina, y hemos señalado a Bartolomé Hidalgo como importante autor de “cielitos” y poesías pa­ trióticas compuestas también en ese nivel

de lengua.

Hacia 1830 se consolida la figura del gaucho federal. Su imagen ideal puede ver­ se en el cuadro de Monvoisin titulado, pre­ cisamente, Gaucho federal, un paisano que

lleva el caballo de la rienda, listo para mon­

tar; su rostro es tostado y su mirada, enér­

gica; lleva sombrero alto de panza de burro con cintillo rojo, pañuelo floreado atado a

la cabeza, poncho pampa de vistosos colo­ res, chiripá oscuro y botas de potro con es­ puelas. El caballo lleva una manta bordada con las letras F O M, Federación o Muerte.

El gaucho unitario, a su vez, surge con la Revolución de los Libres del Sur, en 1839, se agrupa en torno de Juan Lavalle y se convierte en un perseguido después de la derrota de Quebracho Herrado. Su vesti­ menta es similar a la del otro gaucho, pero difieren los colores: en lugar del rojo, pre­ dominan el blanco y el celeste.

Unos y otros componen y cantan cielitos con los que animan a sus respectivas tropas en pie de guerra.

51

y el celeste. Unos y otros componen y cantan cielitos con los que animan a sus

Hilario Ascasubi (1807-1875) es uno de los primeros poetas que, en lengua popular, dan testimonio de los problemas políticos y sociales del país durante la época rosista.

Su periódico El Gaucho de Campaña y su

semanario Aniceto el Gallo recogen compo­ siciones poéticas y artículos interesantes; y su Paulino Lucero, cielitos, décimas, medias cañas y pericones que ilustran a los habi­ tantes de la campaña sobre graves cuestio-

¡Qué lindo! En la Patria nueva el pueblo santafesino alzó el poncho, acreditando ser Federal argentino.

nes políticas del momento.

Santos Vega o

Los Mellizos de la Flor es su obra más famo­

sa; en ella Ascasubi se propone

“poetizar la

vida del gaucho, en los cam pos y las p rad e­

ras argentinas”.

Veamos un fragmento del “Cielito patrió­ tico” dedicado por Aniceto el Gallo a los san- tafesinos que luchan junto a Urquiza contra Rosas.

Ya en

los cam pos del Rosario

las pam pas parecen montes, p or cien colum nas que form an

en la llanura horizontes.

Cielito, vana esperanza la que tuvoJu an M anuel que la santafesinada se haría m atar p or él.

¡Mi cielo!, y de lejos brillan las arm as a l resplandor del sol en los escuadrones de Urquiza el Libertador.

H ilario A scasubi

en Santos Vega y otros poem as.

Buenos Aires, CEAL, 1967.

Estanislao del Campo (1834-1880), cu­

yo

graciosamente el de Ascasubi, fue tam­ bién periodista y poeta. Su poema gau- checo Fausto, escrito en forma de diálogo (com o ciertas com posiciones de Bartolo­ mé Hidalgo) entre el Pollo y el paisano Laguna, narra las experiencias de un gau­ cho durante la representación de la ópera

seudónimo

Anastasio

el Pollo

imita

Fausto de Charles Gounod en el primitivo teatro Colón. El tono humorístico está acentuado por la falta de com prensión adecuada de la obra, por parte del Pollo. Así, por ejemplo, describe la escena en que el viejo Doctor Fausto invoca al D e­ monio para que, mediante un pacto, lo ayude a conseguir el amor de la joven Margarita:

¡Viera a l Diablo! Uñas de gato, flacón, un sable largóte, gorro con plum a, capote,

y una barba de chivato

Medias hasta la berija :.

con cada ojo com o un charco,

y cada ceja era un arco

p ara correr la sortija.

“Aquí estoy a su m andao, cuente con un servidor”.

Le dijo el D iablo a l Dotor, que estaba m edio asonsao.

“Mi Dotor, no se me asuste que yo lo vengo a servir:

p id a lo que ha de pedir

y ordenem é lo que guste”.

El Dotor m edio asustao

le contestó que se juese

—Hizo bien, ¿no le parece? D ejuram ente 2, cuñao.

Estanislao del Cam po Fausto. Buenos Aires, Kapelusz, 1974. (GOLU)

Berija (o verija): ingle. Dejuramente: seguramente.

52

Este tratamiento de la figura del gaucho con tintes grotescos y hasta ridículos se ex­ tendió en la literatura de fin del siglo XIX,

M

a r tín F ie rr o y la frontera

A mediados del siglo pasado, la frontera separaba dos mundos bien diferenciados: la zona de los pastos tiernos y el desierto, las tierras de los blancos y las tolderías del in­ dio. El gaucho de esa época estaba ligado por intereses a los blancos pero su forma de vida y sus costumbres lo acercaban más a los indios.

José Hernández (1834-1886), un federal no rosista que ejercía el periodismo y se acercaba a la política, compone en 1872

El gaucho Martín Fierro, con la intención

de diferenciarse de otros poemas gauches­ cos que sólo aspiran a entretener al lector o

Aquí mepongo a cantar al compás de la vigüela, que el hombre que lo desvela una pena estrordinaria3, como el ave solitaria con el cantarse consuela.

pasó al sainete criollo y hasta fue empleada en el cine.

ridiculizar al personaje. Siete años más tar­

de aparece La vuelta de Martín Fierro, se­

gunda parte del poema que, en el futuro, ha de llamarse simplemente Martín Fierro, y sus partes. "La Ida” y “La Vuelta”.

En el poema, el protagonista representa un tipo humano altivo e indolente que per­ tenece a una clase social postergada. Her­ nández no imita el lenguaje de los gauchos; más bien lo recrea y enriquece.

Siguiendo la tradición de las epopeyas*, que comienzan con el anuncio del canto y el pedido de auxilio a los seres del más allá, Martín Fierro inicia así la suya:

Pido a los Santos del Cielo que ayuden mi pensamiento;

les pido en este momento

que voy a contar mi historia

me refresquen la memoria

y aclaren mi entendimiento.

Jo sé H ernández Martín Fierro, Buenos Aires, Kapelusz, 1968. (GOLU)

En el primer canto se enumeran los múl­ tiples sentidos que el cantar asume en todo el poema: consuelo, inspiración natural,

Que no se trabe mi lengua ni mefalte la palabra;

el cantar mi gloria labra,

y poniéndom e a cantar,

cantando me han de encontrar aunque la tierra se abra.

posibilidad de gloria, desafío, opinión, an­ helo de libertad.

y si me quieren probar

salgan otros a cantar

y veremos quién es menos.

Mi gloria es vivir tan libre

como el pájaro del Cielo,

 

no

hago nido en este suelo

Yo soy toro en mi rodeo

an

d e 4 hay tanto que sufrir;

y toroso en rodeo ajeno,

siempre me tuve por güeno,

3 Estrordinaria: extraordinaria 4 Ande: donde.

y nadie me ha de seguir cuando yo remonto vuelo.

53

En el segundo hay una nostálgica evoca­ ción de la vida campesina de épocas pasa­ das, tal como muchos poetas épicos o líricos

Y apenas la m adrugada em pezaba a coloriar, los pájaros a cantar,

y las gallinas a apiarse5 era cosa de largarse cada cual a trabajar.

Este se ata las espuelas,

se sale el otro cantando,

uno busca un pellón blando,

Los cantos tercero y cuarto se refieren a la leva6*, los padecimientos en la frontera, la huida y el retorno doloroso al pago. Allí aparecen personajes siniestros que contri-

hacen cuando aluden a la Edad de Oro*, en la cual el trabajo, más que una pesada nece­ sidad, es una ocasión de mostrar habilidades.

este un lazo, otro un rebenque,

y los pingos relinchando

lo llam an desde elpalenque.

Y mientras dom aban unos,

otros a l cam po salían

y la hacienda recogían,

las m anadas repuntaban,

y an sí sin sentirpasaban entretenidos el día.

buyen a las desdichas del gaucho, como el Juez de Paz, el Comandante, el Pulpero; y dos grupos profundamente antipáticos para Fierro: los gringos y los indios.

A m ielJu ez me tomó entre ojos

y

n

Allí sí se ven desgracias

en la última votación;

lágrimas, y aflicciones;

me le había hecho el remolón

aides9 le pid a perdones

y

no me arrim é ese día,

a l indio, pues donde dentra

y

él dijo que yo servía

roba y m ata cuanto encuentra

a

los de la esposición 8.

y

quem a las poblaciones.

Era un am igo delJefe que con un boliche estaba, yerba y tabaco nos daba

p or la plum a de avestruz,

y hasta le hacía ver la luz

a l que un cuero le llevaba.

Dos muertes, la del Moreno y la del gua­ po provocador, marcan profundamente la vida de Fierro como gaucho matrero. Una noche, lo rodea una partida que viene a

Pegué un brinco y entre todos sin miedo me entreveré; hecho ovillo me quedé

No salvan de su fu ror

ni los pobres angelitos10;

viejos, mozos y chiquitos los mata del mesmo 11 modo; que el indio lo arregla todo con la lanza y con los gritos.

prenderlo. Fierro se defiende con tanta va­ lentía que uno de los policías, llamado Cruz, se pone de su parte y juntos definen la lucha.

Tal vez en el corazón lo tocó un Santo Bendito

a un gaucho que pegó el grito,

y

y a me cargó una yunta,

y

dijo: “¡Cruz no consiente

y

p or el suelo la punta

que se com eta el delito

de mifacón lesjugué.

 

de m atar a n sí12 un valiente!"

5 Apiarse: apearse, bajar del lugar donde estaban dur­

miendo.

6 Leva: reclutamiento obligatorio de soldados. ' Gringo: extranjero.

8 Esposición: por

"oposición”.

54

9

10 Angelitos: niños, criaturas de corta edad. 11 Mesmo: por “m ismo”. 12 Ansí: por “asi”.

Naides: por "nadie”.

Ya y 13 nomás se me aparió14 dentrándole a la partida; yo les hice otra embestida

A partir del canto décimo será Cruz

quien cuente su vida y sus desdichas, que tienen mucho en común con las de Fierro. Cruz no posee la capacidad del otro para el

Ya veo que somos los dos

astillas del mesmo palo; yo paso por gaucho malo

pues entre dos era robo;

y el Cruz era como lobo

que defiende su guarida.

canto, pero es un amigo incondicional. Juntos deciden marchar a la tierra de los in­ dios. pues hasta allí no llega el poder del gobierno.

que viva entre los infieles,

yo seré cruel con los crueles,

ansí m i suerte lo quiso.

y

usté anda del mesmo modo,

y

y o p a ’ acabarlo todo,

Y siguiendo elfie l del rumbo

sabré de ellos algo cierto.

a

los indios me refalo15.

se entraron en el desierto.

Pido perdón a mi Dios que tantos bienes me hizo; pero dende que es preciso

no sé si los habrán muerto en alguna correría, pero espero que algún día

La v u elta d e M a rtín F ierro

En la segunda parte del poema, el prota­

gonista continúa la narración de su vida, para lo cual vuelve a pulsar la guitarra que había destrozado al concluir la primera. Luego, a lo largo de nueve cantos, se desa-

El indio pasa la vida

robando o echao de panza; la única ley es la lanza

a

que se ha de someter;

lo

que le falta en saber

lo

suple con desconfianza.

Todo el peso del trabajo lo dejan a las mujeres;

el indio es indio y Uo quiere

Tras la muerte de Cruz, víctima de la vi­ ruela, se inicia el episodio de la cautiva, una mujer castigada duramente junto con su hi- jito, al que un indio mata. Fierro lucha con el indio hasta que logra vencerlo y huye con la pobre mujer hacia la tierra de los blancos. Al llegar, encuentra a dos de sus hijos.

rrolla el tema de la vida en las tolderías, jun­ to a Cruz. Con detenimiento aparecen deta­ lladas las costumbres de los indios, la situa­ ción de la mujer, la preparación y ejecución de los malones.

ap iar 16 de su condición, ha nacido indio ladrón

y como indio ladrón muere.

Cuanto el hombre es más salvaje trata pior a la mujer; yo no sé que pueda haber sin ella dicha ni goce, ¡feliz el que la conoce

y logra hacerse querer!

En este punto, Hernández cambia la voz cantante del poema, que pasan a ser el hijo mayor y el hijo menor de Fierro, su­ cesivamente. El primero cuenta su doloro- sa experiencia en una cárcel, injustamente acusado de una muerte; el segundo, su vi­ da miserable junto a su tutor, el Viejo Viz­ cacha, cuyos consejos son un verdadero manual de conducta cínica17.

13 Ay: por “ahí”.

16

Apiar: salirse, alejarse.

14 Se me aparió: se puso a mi lado. 15 Me refalo: me resbalo, me escapo.

1

Cínico: falso, hipócrita.

Elprim er cuidao del hombre es defender el pellejo; llévate de mi consejo, fíjate bien en lo que hablo:

el diablo sabe por diablo pero más sabe p or viejo.

Hacete am igo delJuez, no le des de qué quejarse, y cuando quiera enojarse

Fierro se encuentra con Picardía, el hijo de Cruz, quien también cuenta su vida con distintos patrones, sus habilidades en el jue­ go, su caída en una leva y su permanencia en la frontera. Su relato constituye una de­ nuncia sobre la triste condición social del gaucho.

Ya en el tramo final de la obra, aparece el Moreno, hermano del que Fierro mató años atrás, quien lo desafía a una payada, esto es, un canto alternado entre los dos, a través del cual se verá quién es mejor can­ tor e improvisador.

Martín Fierro lo interroga sobre los can­ tos del cielo, la tierra, el mar y la noche; de

vos te debes encoger, pues siem pre es güeno tener palenque ande ir a rascarse.

Yo voy donde me conviene y jam ás me descarrío, llévate el ejemplo mío

y llenarás la barriga;

aprendé de las hormigas, no van a un n oqu e18 vacío.

dónde nace el amor y qué entiende por ley. El Moreno reponde con gran habilidad y formula sus preguntas a Fierro acerca del tiempo, la medida, el peso y la cantidad; a las que el gaucho contesta con gracia y sa­ biduría. Finalmente, cuando comienzan a payar sobre temas estrictamente rurales, el Moreno se declara vencido, pero recuerda que hay una muerte que no se olvida (la de su hermano) y que sobre ella decidirá el destino.

Todos se alejan, y antes de separarse, Fierro da una serie de consejos a sus hijos, frutos de la experiencia y de una concien­ cia moral adquirida con el sufrimiento.

Yo nunca tuve otra escuela

M

uchas cosas pierde el hom bre

que una vida desgraciada; no estrañen si en la jugada

que a veces las vuelve a bailar; pero les debo enseñar

alguna vez me equivoco;

y

es bueno que lo recuerden:

pues debe saber muypoco

si