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Io mi ricordo. Una tarde de domingo, hace tanto. Creo que no hacía calor.

Mi amigo
H. vivía en un barrio barrio, llamémosle. En esa época tenía calle de tierra y
cunetas; no hace tanto llegaron las bondades del asfalto y hoy es un barrio como
cualquier otro. Yo iba mucho a la casa de él, porque era mi mejor amigo y porque
me llevaba bien con su padre, que murió hace poco. Supongo que lo envidiaba. Era
un tipo jodón y vital y seguramente contrastaba con el mío. Creo que también fue
esa edad en la cual los padres de los otros siempre son mejores que los nuestros, o
la vida de los otros es mejor que la nuestra. Los viejos de H. se llevaban para el
culo, ella era muy bruta y a él le molestaba, pero al menos no se peleaban delante
nuestro. ¿A H. le daba vergüenza su madre? No lo sé, creo que no. El papá de H., M.,
creo que me quería. Me confió cosas una tarde en que estábamos los dos solos, aún
no recuerdo bien por qué, tomando cerveza, “porque vos sos más hombre que los
otros”. Los otros eran los amigos de H.. Supe que tenía una amante a la cual le
tiraba unos pesos cada tanto. Creo que esto nunca lo supo nadie.
Esa tarde estábamos en la vereda tal vez tomando mate. Un domingo en ese barrio
tomando mate en la vereda era algo tan parecido a la soledad como una celda de
clausura a un monje. Pasa por la vereda de enfrente – las veredas angostas,
desparejas, difíciles de caminar para la gente grande – una mujer que en ese
momento me pareció vieja, tal vez de la edad que tengo yo ahora, pero bastante
bien vestida, arreglada como para agradar. Después supe a qué me hizo acordar: a
las líneas de Te recurdo Amando, esas que dicen “y tu caminando lo iluminas
todos, los cinco minutos te hacen florecer”. Creo que así iba la tipa. M. comentó con
su voz finita – que mi amigo H. heredó -, de manera socarrona y creo que
despectiva, ahí va para el polvito de los domingos, y, un polvito no se le niega a
nadie, una vez a la semana, zácate, polvito. ¿Habrá sido, como diría un psicólogo
berreta, proyección? No lo decía juzgando, era una mera descripción. Años más
tarde, recordando la escena (la escena es eso, una imagen quieta, detenida en el
tiempo. Es por eso que es un error pensar hacia atrás, ver en qué la hemos pifiado,
analizando escenas; nuestra vida se mueve, es una película, son imágenes girando
a veces con delicadeza en nuestro tiempo, a veces con la vorágine de la tontería y la
sinrazón, pero nuestra vida no es una imagen quieta) pienso que me hubiera
gustado que la mujer que pasaba por la vereda de enfrente fuera a encontrarse con
su amante semanal, ojalá que lo pasara bien, y que el coito hebdomario fuera un
resarcimiento a una vida que no sé por qué imagino triste, bucólica y gris. La
imagino tocando timbre en la casa pobre, arreglándose el pelo mientras espera que
le abran, la sonrisa que lo ilumina todo, el beso rápido en la boca, la descarga y el
alivio, combustible necesario para una semana de eso que pomposamente
llamamos la vida.