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Dentro o contra el Estado

Leo Panitch y Sam Gindin están, afortunadamente, lejos de ser seguidores de las modas.
En una época en la que académicos e intelectuales públicos alabaron la globalización
como equivalente a la muerte del Estado-nación, aseguraron que la mirada crítica se
fijara, en cambio, en la reorganización neoliberal del Estado. Reconocen que aunque el
Estado-nación ha sido transformado desde el final del largo boom [económico?], la idea
de que ha sido usurpado es errónea. Esa posición, sostienen, está basada en la
“equivocada noción de que, al hacerse global, los mercados capitalistas estaban
escapando de, sobrepasando o decreciendo al Estado”. Mientras otros concibieron a las
multinacionales operando “libres” de las imposiciones estatales Panitch y Gindin
señalaron que el capital “depende de muchos Estados” para “mantener los derechos de
propiedad, supervisar [el cumplimiento de] los contratos, estabilizar las divisas,
reproducir las relaciones de clase y contener las crisis”.

The Making of Global Capitalism comienza con Panitch y Gindin delineando su


conceptualización de la naturaleza del Estado. Mi contribución al debate es
principalmente en respuesta a esa sección y a cómo los autores conciben el Estado en
relación con la lucha de clases. Al mencionar la presencia en Marx de sólo los contornos
superficiales de una teoría del Estado, basan sus análisis en las innovaciones de Nicos
Poulantzas y Ralph Miliband. Argumentan que Estados, clases y mercados han sido
mutuamente constituidos por el capitalismo, pero rechazan lo que ven como una
tendencia a analizar el Estado como un derivado de leyes económicas abstractas. Las
“categorías conceptuales” de Marx, argumentan, fueron “desarrolladas para definir las
relaciones estructurales y las dinámicas económicas particulares al capitalismo” pero
sólo pueden tener un valor significativo si “guían un entendimiento de las decisiones
tomadas, y las instituciones específicas creadas, por actores [agentes?] históricos
específicos”. “Lo que los Estados hacen en la práctica”, por tanto, “y cuán bien lo
hacen, es el resultado de complejas relaciones entre actores societales y estatales la
correlación de fuerzas entre las clases, y, no menos importante, el alcance y el carácter
de las capacidades de cada Estado”. Por consiguiente, los Estados desarrollan distintas
instituciones y capacidades para facilitar el éxito de la acumulación [capitalista], y para
hacer frente a las interrupciones reales y probables [del ciclo de la acumulación].

Es en este marco conceptual en el que describen la “autonomía relativa” de los Estados


capitalistas: no como desconectada de las clases capitalistas [sic], sino como poseedora
de capacidades autónomas para actuar en nombre del sistema como una totalidad”.
Argumentan que el Estado es, por un lado, un Estado capitalista (al servicio de los
intereses de la clase dominante), mientras que al mismo tiempo funciona con autonomía
relativa de las relaciones sociales inmediatas de acumulación (lo que quiere decir que no
es la expresión mecánica de los patrones de acumulación). Esto es, lo que “los Estados
pueden hacer autónomamente, o hacer en respuesta a las presiones societales, está en
último término limitado por su dependencia del éxito de la acumulación del capital. Es
sobre todo en este sentido que su autonomía es relativa”. Esta aproximación ha sido una
temática recurrente en la obra de Panitch, y en otros trabajos cita la célebre formulación
de Poulantzas según la cual el Estado capitalista, a largo plazo, sólo puede responder a
los intereses de la clase o las clases dominantes.*

*[“Todas las disposiciones adoptadas por el Estado capitalista, incluso las impuestas por
las masas populares, se insertan finalmente, a la larga, en una estrategia a favor del
capital, o compatible con su reproducción ampliada” Estado, poder, socialismo pp. 225-
226]

¿Cómo entonces explicar la interdependencia y relativa autonomía del Estado y la


producción? Para Panitch y Gindin la implicación es que el Estado y la acumulación
siguen dos lógicas diferentes entremezcladas entre ellas; que son conjuntos de
relaciones sociales separados pero interactuantes. Sin embargo, la naturaleza de esa
correlación se deja sin aclarar. Mientras señalan que la función del Estado es garantizar
el control de la clase dominante en general, esto no nos dice por qué este es el caso
específicamente. La implicación de esto es importante, ya que la cuestión es central para
el desarrollo de estrategias que pretendan transformar las relaciones sociales.

Al avanzar hacia una mejor comprensión del Estado capitalista es mejor, argumentaré,
considerar el Estado y la producción capitalista como momentos diferenciados del
mismo conjunto de relaciones sociales. Aquí es útil seguir a autores como Simon Clarke
y Colin Barker que argumentan que debemos comenzar desde lo que el modo de
producción es, y de cuáles son el conjunto de las relaciones sociales que lo constituyen.
En su crítica de Poulantzas, igualmente aplicable a la tesis de Panitch y Gindin, Barker
dice lo siguiente: al hacer su trabajo, los trabajadores no sólo producen objetos sino
también plusvalía, reproduciendo las relaciones de control y explotación. “Todo el
orden social –las relaciones de familia, Estado, ciencia, educación, etc.– deberían ser
entendidas como elementos perpetuamente producidos y reproducidos creados por
individuos activos reales en sus interconexiones sociales”. Por lo tanto, en la sociedad
capitalista, como en otras sociedades de clase, la lucha entre clases es fundamental para
comprender cómo la sociedad se mantiene y cuáles son las condiciones para su
derrocamiento.

Para Panitch y Gindin, como para Poulantzas y Miliband, la naturaleza del Estado no se
deriva de esas actividades sociales fundamentales. Las formas de actividad de las clases
explotadas no son presentadas como un elemento central de su teoría del Estado, y
existe por tanto una distancia apreciable entre sus análisis y el de Marx. Para Marx, el
Estado no es simplemente una expresión de la voluntad o los intereses de la clase
dominante (ya sea los de una fracción o del capital en general) sino una parte integral de
las relaciones sociales capitalistas entendidas en su totalidad.

El mismo Marx prestó atención a esta conexión (entre las condiciones inmediatas de
producción en una sociedad determinada y la naturaleza de todo el conjunto de
relaciones sociales que surgen de ellas) en un pasaje del tercer volumen de El Capital:
“La forma económica específica en la que plustrabajo impago se bombea de los
productores directos, determina la relación entre gobernantes y gobernados, a medida
que crece directamente de la propia producción y, a su vez, reacciona sobre ella como
un elemento determinante”. La forma básica del Estado, así como la de otras
instituciones sociales, se basa en esas relaciones fundamentales, incluso si las
características únicas de cualquier sociedad significan que existen “variaciones y
gradaciones infinitas en apariencia, que únicamente pueden comprenderse mediante el
análisis de estas circunstancias empíricamente dadas”. Dicho de otra manera, en los
Grundrisse, Marx escribe sobre “la concentración del todo en el Estado”.

Al separar el análisis del Estado de la forma mercancía y la relación del capital, Panitch
y Gindin son incapaces de explicar por qué el Estado toma la forma que toma en el
capitalismo contemporáneo. Poner el foco en cómo cambian los autores [¿?] del aparato
estatal oscurece más que clarifica, ya que no nos dice cómo y mediante qué procesos
dichos cambios suceden. Tal enfoque sostiene que las acciones del Estado son tanto
relativamente autónomas de la acumulación como también resultado del dominio
burgués sobre él –de hecho una amalgama de aspectos de Poulantza y Miliband.

La conclusión de Panitch y Gindin es que el Estado necesita ser transformado


políticamente si ha de funcionar para reflejar un equilibrio diferente de las fuerzas de
clase (o para actuar para intereses de clase diferentes). Esto los conduce a calificar la
lucha de clases por fuera del Estado como economicista, y a tratar el poder político y
económico como algo separado. Tienen una tendencia a interpretar la correlación de
fuerzas entre las clases en la era posterior a la Segunda Guerra Mundial a partir de la
composición de las políticas estatales, en lugar de a través de la correlación de fuerzas
fuera del Estado. De ahí que las largas décadas del boom son presentadas como un
momento de fortaleza de la clase obrera debido a que las políticas keynesianas estaban
en funcionamiento. No obstante, un examen más detallado revela que en muchos países
la fuerza transversal de la clase obrera durante partes significativas de este período fue
débil y sectores clave de la clase obrera estaban en retirada (por ejemplo en EEUU,
Francia y Australia desde el final de la guerra hasta finales de los ’60). Por otro lado, el
período neoliberal es visto como uno de estabilidad del poder de clase capitalista porque
los Estados han sido capaces de implementar políticas anti-obreras y de globalizar los
mercados. Las tensiones internas e internacionales en el proyecto neoliberal son
minimizadas porque las políticas de la globalización neoliberal, junto con sus burócratas
estatales asociados, son dominantes. Por ejemplo, el debate sobre techo de la deuda
estadounidense es descartado como un juego político irracional en vez de como un
reflejo (aunque distorsionado) de las tensiones reales entre los intereses capitalistas
individuales y los intentos estatales de estabilizar el capitalismo norteamericano -por no
hablar de sus relaciones internacionales.

Esto deja la explicación de Panitch y Gindin acerca de lo que constituye lo político –que
es su preocupación central- relativamente aislada de la presión de la correlación de
fuerzas entre las clases fuera del Estado. Esto se hace especialmente evidente en la
conclusión del libro, donde argumentan que “las actuales revividas demandas por
justicia social y democracia real [pueden] sólo materializarse a través de… un cambio
fundamental del poder político, que implique cambios fundamentales en el Estado, así
como en las estructuras de clase. Esto tendría que comenzar con la conversión de las
instituciones financieras que son la sangre vital del capitalismo global en un servicio
público que habría de facilitar, dentro de cada Estado, la democratización de las
decisiones que rigen la inversión y el empleo”. Tal perspectiva –la de una serie de
transiciones dramáticas en las existentes políticas, funciones y responsabilidades de los
Estados como paso previo para que una genuina democratización sea posible- parece
tener escasa conexión con las estructuras más amplias de las fuerzas sociales de clase
donde el capital sigue siendo dominante sobre el trabajo. En consecuencia, la capacidad
de la agencia colectiva para transformar las sociedades desde abajo parece descansar en,
de alguna manera, convertir unos Estados que permanecen impermeables a la
transformación democrática. No está claro cómo Panitch y Gindin tienen la intención de
resolver esta paradoja.

Si, en cambio, consideramos los Estados como un subconjunto concentrado de las


relaciones sociales capitalistas, emerge una perspectiva harto diferente. El camino más
probable para la transformación social sería una intensificación de la lucha de clases
contra las operaciones de los Estados, instituciones cada vez menos capaces de
gestionar efectivamente esa resistencia. Esto no excluye intentos transitorios para dar
cabida a algunas demandas de clase hostiles dentro de las políticas estatales. Sin
embargo, imaginar que con carácter previo a cualquier ruptura con el capitalismo habrá
necesariamente regímenes progresivos transicionales de governanza –reflejo de
cambiantes equilibrios de las fuerzas de clase- está fuera de lugar. Panitch y Gindin
están en lo correcto al localizar el foco de la lucha de clases política en el Estado
capitalista, pero se equivocan al presumir que la resolución de ese conflicto de clase
ocurrirá dentro del Estado. Es decir, consideran al Estado como el campo más
importante dentro del cual se libra la lucha de clases, antes que partir desde el
reconocimiento de que el Estado capitalista, la forma más concentrada de relaciones
sociales de la dominación capitalista, no puede ser transformado para dar a luz el muy
diferente mundo que, todos acordamos, es urgentemente requerido.