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Garnsey P. y Saller R.

El Imperio Romano
Resumen
En comparación con la capital, las provincias estaban expuestas de modo directo a los
procesos de transformación cultural, asimismo, las costumbres y las ideas romanas circulaban
principalmente en las ciudades, mientras que, donde la urbanización seguía siendo
subdesarrollada, así como en el campo en general, las repercusiones de la cultura imperial
fueron mucho menores.
De modo parecido, en las provincias orientales, donde ya existía una cultura cívica indígena,
arraigada y floreciente, no se hizo ningún intento de trastornarla o modificarla.
La receptividad a las culturas ajenas, especialmente a la de los griegos, cuya superioridad
cultural no discutían las clases gobernantes romanas, mejoró a resultas de la integración
política del Mediterráneo por parte de Augusto y recibió estímulos específicos de los
emperadores filohelénicos.
En cuanto a las artes visuales, el rasgo principal del periodo fue la creación de un arte oficial
del imperio con su propio mensaje reconocible y su propio repertorio de formas artísticas.
Uniendo ciertas tradiciones y convencionalismos estilísticos que ya se empleaban mucho en
los últimos tiempos de la república, el arte del periodo de Augusto proporcionó una sólida
base para esta utilización nueva y específica del arte oficial como propaganda. Las obras de
arte (ya fueran esculturas o «artes menores» como los objetos de plata y los camafeos) y la
arquitectura servían para reforzar las pretensiones y los propósitos del propio emperador.
La romanización fue hija de la unión de las iniciativas del gobierno central y las respuestas
locales a ellas. En muchas partes de Occidente, lo que ocurrió fue el trasplante a un marco
urbano creado artificialmente, por mediación de los emperadores y sus representantes, de una
serie de elementos metropolitanos: una lengua, un sistema de educación, una religión, una
arquitectura y un arte.
El fenómeno clave es el crecimiento de las ciudades. La romanización obtuvo sus éxitos más
resonantes en los lugares donde el crecimiento urbano era más pronunciado: la península
ibérica (sobre todo en el sur y en el este), el sur de Francia y el norte de África. La urbanización
de estas regiones generó una raza de políticos y funcionarios nativos o inmigrados que podían
ser absorbidos por una jerarquía social de tipo tradicional en Roma.
La administración romana impuso el latín como lengua oficial en las ciudades que fundó en
Occidente, haciendo caso omiso de todas las lenguas locales, ya fueran ibéricas, célticas,
púnicas o libias. Las elites urbanas tuvieron oportunidad de conocer la educación al estilo
romano
En un nivel aún más bajo, los logros educativos del alumno medio de una escuela municipal no
eran altos, ya se tratara de Madaura, la ciudad natal de Apuleyo, o de la población hispana de
Isona (CIL, II, 4465). Si bien todas las ciudades teman sus grammatici preparados para impartir
una educación literaria básica, los maestros de retórica distaban mucho de ser ubicuos, y sólo
el estrato superior de la elite podía permitirse el lujo de cursar los normales estudios de
retórica —y no hablemos de los de derecho— en las ciudades de mayor importancia.
Cabe argüir que el ejército, allí donde sus efectivos eran numerosos, constituía el principal
instrumento oficial de romanización, en la medida en que «reciclaba» campesinos después de
darles a conocer la cultura dominante. Sin embargo, el ejército tendía de forma creciente a
reclutar sus efectivos entre las familias de los soldados «en el campamento» y a formar un
orden cerrado, aislado tanto de la población del lugar como del resto de la sociedad
provincial.31 Las elites locales eran difusoras en potencia de la cultura romana más allá de los
límites de la ciudad. Eran ellas las que estaban en contacto con la masa de súbditos de Roma,
esto es, con los habitantes del campo, en su calidad de terratenientes y «empleadores» de
mano de obra, patronos, acreedores y representantes de la autoridad urbana. Un indicio de la
romanización de los caudillos británicos o gálicos era la sustitución de las chozas de madera,
circulares o rectangulares, por villas con corredor cuyos cimientos eran de piedra, a las que
cada vez con más frecuencia se dotaba también de baños, calefacción bajo el suelo y mosaicos.
Estas casas de campo de estilo romano indicaban que su propietario era leal al nuevo orden y
que su posición dentro del mismo había subido.32

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