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PERSPECTIVAS Y RETOS

ÉTICA DE LA SEXUALIDAD Y DEL MATRIMONIO


E D U A R D O LÓ PEZ AZPITARTE

ÉTICA DE LA SEXUALIDAD
Y DEL MATRIMONIO

II Edición

SANRMIO
Titulo l[DAD y DEL MATRIMONIO

Puede imprimirse
Guillermo Gándara E.
Provincial de la Sociedad de San Pablo
México, D. F. 10-1-1994

Nada obsta
Heriberto Jacobo M.
Censor
México, D. F. 15-1-1994

Primera edición española. 1992


2*edición mexicana. 2000

D. R. 0 1994 by EDICIONES PAULINAS, S. A. DE C. V.


Av. Taxqueña 1792 - Deleg. Coyoacán - 04250 México, D. F.

Impreso y hecho en México


Printed and made in México

ISBN: 970-612-032-7 edición mexicana


ISBN: 84-285-1499-2 edición española
INTRODUCCIÓN

1. La situación actual:
una doble amenaza
Es un fenómeno generalizado el desconcierto que hoy existe
en tomo a la sexualidad. Muchos sacerdotes y educadores
experimentan un malestar profundo ante una situación a la
que no saben cómo enfrentarse. El desajuste entre su forma de
pensar y la praxis que les rodea provoca un fuerte sentimiento
de malestar. Aceptan, a lo mejor, que su formación fue dema­
siado rigorista e inadecuada como para transmitirla de nuevo
a las generaciones actuales, pero tampoco llegan a compren­
der la naturalidad con que los jóvenes actúan en este campo.
El puritanismo de antes, que provocó un mundo de sospechas,
recelos y culpabilidad, se ha convertido en una permisividad
casi absoluta, que no admite ningún tipo de normas o criterios
éticos. La ruptura de los esquemas anteriores, que no han sido
reemplazados por otros, los deja indefensos, sin saber lo que
pueden decir ni qué orientaciones ofrecer.
Un doble peligro amenaza, entonces, que nos vuelve inca­
paces para afrontar este desafío y nos despoja de la responsa­
bilidad que pesa sobre cualquier educador. El primero consis­
te en quedarse simplemente en una denuncia retórica, como
un intento de satisfacer la propia conciencia, para no sentirse
colaboradores de la nueva situación. La condena y el rechazo
de estos comportamientos, que no se ajustan a las pautas tra­
dicionales, dejan, por lo menos, el convencimiento de que la
culpabilidad recae sobre los otros, sin ninguna implicación
por nuestra parte. La ineficacia de esta actitud resulta tan
manifiesta que no es necesario detenemos en su explicación.
Baste añadir solamente que es demasiado cómoda y no exime
tampoco de la responsabilidad.
5
Pero es posible además un segundo riesgo, que encierra
todavía peores consecuencias. La inseguridad de acercarse a
un mundo tan diferente, que ni responde a nuestros principios
ni podemos controlarlo, provoca una tolerancia benévola que
no se atreve a intervenir. Hasta la presentación de un proyecto
ético o educativo parece casi vergonzoso, por miedo a que nos
señalen como anticuados e ineptos para valorar la cultura de
nuestro tiempo. Oponerse a los imperativos y modas del
ambiente se hace molesto, sobre todo cuando no existe segu­
ridad en aquello que se propone. Aunque, a nivel personal,
cada uno sepa cómo ha de actuar y comportarse, se evita
cualquier tipo de consejo u orientación, para que cada uno
viva como le parezca. Hay un abandono de la misión edu­
cativa ante la incapacidad de cumplir con semejante tarea. Y
el clima que se respira en este campo no va a favorecer
precisamente una maduración de la sexualidad. Ninguna de
estas alternativas satisface a la preocupación por ofrecer una
meta razonable y cristiana.

2. Constatación de una realidad:


la necesidad de una renovación

Frente a esta situación, tan normal y generalizada, cabe una


doble consideración. Hay que reconocer, en primer lugar, que
el rostro de la sexualidad no ha sido demasiado seductor en
el cristianismo. Sin caer en exageraciones o críticas, que no
tienen en cuenta el contexto cultural de otras épocas, la ima­
gen presentada ofrecía muchos inconvenientes y lagunas, que
dificultaron una reconciliación pacífica y armoniosa en la
conciencia cristiana. La educación que, en este terreno, han
recibido las generaciones anteriores, pertenece a una etapa
que ha de darse por superada. Aunque la buena voluntad y el
fin pretendido fueran excelentes, las consecuencias que de ahí
se han derivado, y que sufrimos todavía en parte, tenemos que
considerarlas como negativas. El miedo y un sentimiento de
culpabilidad excesivo formaban una frontera bien vigilada que
unpedia el acceso a una zona peligrosa, de la que era mejor
permanecer alejado. El silencio y la ignorancia eran buenos
colaboradores para no sentir su amenaza.
6
Es verdad que estas posturas pudieron tener una explica­
ción histórica y que han sido ya superadas en la ética cristia-
na; pero una cierta mentalidad de fondo permanece todavía
latente y aún son muchos los que se valen de este lastre
negativo para rechazar cualquier planteamiento ético, como si
este esfuerzo incluyera siempre una mentalidad retrógrada y
alienante.
Frente a las sombras del pasado, nace hoy una actitud
antagónica y diferente que busca sustituir el miedo y el peca­
do por la verdad del sexo. Las ciencias que afectan a esta
dimensión de la persona han disipado ya muchas ignorancias
e ingenuidades, purificando una atmósfera demasiado enrare­
cida. Hemos llegado al fin de una clandestinidad y esto se
celebra como una verdadera conquista. El abrazo de la recon­
ciliación se ha hecho posible. Y, como cristianos, hay motivo
para alegrarse por la superación de antiguas barreras y tabúes
irracionales.
La primera obligación, por tanto, radica en la urgencia de
una información adecuada, que sepa compaginar los conoci­
mientos científicos, pedagógicos, éticos y religiosos dentro de
esta tarea. La educación sexual exige también una preparación
para que el modelo ofrecido tenga el crédito y las garantías
que exige nuestro mundo actual, si deseamos que nuestra
oferta se haga creíble. La necesidad de un planteamiento re­
novado es una de las tareas más urgentes de la ética y de
cualquier proyecto educativo. ¿No existe una despreocupación
excesiva en muchos padres, sacerdotes y educadores cristianos
sobre este tema?

3. La nueva visión de la sexualidad:


las ambigüedades de un planteamiento

Sin embargo, seria absurdo fomentar un ingenuo optimismo,


como si la liberación del sexo, prisionero durante tanto tiem­
po, hubiera que aceptarla como un hecho positivo en todos los
órdenes. Frente a una visión demasiado espiritualista y unifor­
me, como la que se ha vivido hasta las épocas más recientes,
nos encontramos hoy en medio de una sociedad que presenta
diferentes antropologías sexuales de signo muy contrano a la
7
anterior. Si antes era el alma la que debía liberarse de todas
las ataduras y esclavitudes del cuerpo, para alcanzar un nivel
de espiritualización, ahora es el cuerpo quien debe despojarse
de todo aquello que le impida su expresión más espontánea y
natural. La permisividad absoluta y un naturalismo biológico
son el denominador común de muchas corrientes modernas.
La óptica de cada una podrá tener matices algo diferentes,
pero todas coinciden en una visión físico-anatómica del sexo,
como si se tratara de un fenómeno puramente biológico, sin
ninguna trascendencia y significación.
A partir de este presupuesto, se añadirán después otros
análisis complementarios. Los estudios sociológicos y una
pseudojustificación médico-sanitaria intentan probar este nue­
vo planteamiento. No hay otra meta que convertir el sexo en
un lugar de diversión y entretenimiento, en una fuente de
placer y compensación, en un juego que drena tensiones y
elimina el aburrimiento y el tedio de la vida. La única norma,
cuando se busca 1* compañía, es el respeto a la voluntad libre
del otro y evitar la violencia. La negativa a los deseos espon­
táneos, la ascesis que integra o renuncia a las exigencias de
las pulsiones biológicas, cualquier normativa ética que regule
la conducta sexual, son fuerzas alienantes que culpabilizan e
impiden disfrutar del placer benéfico. La moral, por tanto, es
el fruto de una mentalidad arcaica y temerosa que, bajo la
amenaza de sus obligaciones, aleja al sexo y lo esconde como
el fruto prohibido.

4. La razón de un rechazo:
hacia una sexualidad sin mensaje

A cualquiera que recorra ciertos libros publicados para la


formación sexual, haya visto esos programas de televisión que
se consideraban muy científicos y modernos, contemple la
imagen ofrecida por tantas películas y manifestada en la pu-
icidad, o penetre en la mentalidad oculta de campañas infor­
mativas recientes no le costará mucho trabajo descubrir este
^tropología. Fuera de las conductas patológicas, que
^°r esta con<fóción, no hay fronteras que delimi-
on sexual. Cada persona podrá vivir como quiera
8
y le apetezca, con tal de que evite la presencia de un hijo no
deseado. De ahí que toda la preocupación educativa se centre
en informar y poner al alcance los métodos anticonceptivos.
El éxito de tales antropologías estará siempre bastante asegu­
rado, porque responden a las inclinaciones instintivas del ser
humano. Con la conciencia ahora de que su conducta queda
justificada con el apoyo de las ciencias y goza de una apro­
bación bastante universal.
Es lógico, por ello, que cuando se ofrece un proyecto ético
con otras perspectivas, la reacción inmediata sea de rechazo,
porque resulta menos “agradable” y levanta de inmediato las
sospechas de otros tiempos. No podemos, sin embargo, que­
damos con los brazos cruzados. Se requiere un esfuerzo lúci­
do para que la gente descubra lo razonable de nuestra pro­
puesta y porqué no estamos satisfechos con una visión que
nos parece muy corta y limitada. No negamos el carácter
lúdico del sexo, ni el valor del placer como factor de equili­
brio y felicidad, ni su función lenitiva contra la fatiga y el
cansancio. El que experimentara un sentimiento de repugnan­
cia o desprecio manifestaría que algo no funciona del todo
bien en su interior. El problema es de otra índole. Lo que no
queremos es que la sexualidad se limite a ser una acción
utilitaria y productiva para la obtención de un placer y pierda
por completo su dimensión expresiva y simbólica. Es decir,
que se la despoje de todo contenido humano, como si fuera un
simple fenómeno zoológico, hasta convertirla en un hecho
insignificante, en una palabra vacía, en una expresión sin
mensaje. Se trata, sencillamente, de saber hacia dónde orien­
tamos esa pulsión y que significado le damos.
Ésta es justamente nuestra intención al escribir estas pági­
nas. Ofrecer a los alumnos de teología, sacerdotes, padres,
maestros y educadores una visión de la sexualidad que supere
las limitaciones de épocas pasadas, pero con los datos nece­
sarios para que sepan enfrentarse a las nuevas ideologías con
un espíritu crítico. Que entre los modelos de una sociedad
cada vez más pluralista, la oferta de una ética sexual cristiana
se haga comprensible y razonable a los demás, aunque no
siempre la compartan, y ayude al convencimiento interior para
que cada persona se sienta también comprometida en la rea­
lización de semejante proyecto.
9
C apítulo 1

PLANTEAMIENTOS
PARA UNA REFLEXIÓN ÉTICA

1. Un punto de partida:
la realización del proyecto ético

La conducta que el hombre acepta en su vida constituye una


respuesta adecuada al proyecto que cada uno ha hecho de su
propia existencia. Se vive con un estilo característico o de una
forma determinada, porque así se consigue la meta propuesta.
El camino que nos lleva hacia ese ideal exige un comporta­
miento concreto. La ética no es nada más que un itinerario en
nuestra aventura humana para obtener lo que parece digno y
deseable. El ser humano no puede vivir en un estado perma­
nente de indecisión, pues su personalidad quedaría psicológi­
camente descentrada, sin un eje básico y consistente en tomo
al cual pueda unificarse1.
Este mismo sentido, que buscamos darle al conjunto de
nuestra existencia, hay que irlo descubriendo también en cada
una de nuestras actividades personales. Se trata de encontrar
ahora el significado y destino de la sexualidad, en coherencia
con el proyecto ético, que oriente nuestra conducta y ayude a
la realización del hombre como persona en esta dimensión
específica de nuestro ser. En función de este esquema más
concreto y determinado —cuál es la función del sexo como
realidad humana— podremos deducir aquellos valores éticos
fundamentales que humanizan la conducta sexual. Cualquier

1 C f E. L ópez A zpitarte, Fimdamentación de la ética cristiana, Paulinas,


Madrid 1991, c. 2, especialm ente p. 51-56.

11
comportamiento que no respete estas exigencias básicas o
impida su realización habrá que catalogarlo como negativo y
deshumanizante.
Ya insistimos anteriormente en la dificultad que encierra
el descubrimiento de los valores éticos, cuando se pretende
aplicar los principios más evidentes y universales a las múl­
tiples situaciones de la vida real. Saber lo que es mejor para
el hombre no se realiza sin un diálogo abierto y sincero con
todas las ciencias y bajo la influencia de una determinada
óptica cultural, que explican su carácter histórico y evoluti­
vo2. Por eso, la historia de las costumbres sexuales revela una
variedad impresionante de éticas, de acuerdo con el sentido
otorgado a la sexualidad. Conductas perfectamente coherentes
—tal y como aparecen en los diferentes códigos morales y sin
tener en cuenta las transgresiones que siempre han existido—
con el grado de conocimientos científicos y la cultura latente
en cada época histórica o en las diversas áreas geográficas 3.

2. Paradoja y ambivalencia de la sexualidad:


explicación de una doble actitud

La concretización de estos valores, sin embargo, reviste una


dificultad especial. La sexualidad se ha vivido siempre, a lo
largo de la historia, en un clima de enigma y de misterio,
como una realidad asombrosa y fascinante que ha provocado
con mucha frecuencia una doble actitud paradójica. Produce
instintivamente una dosis de miedo, recelo y sospecha, y
despierta, al mismo tiempo, la curiosidad, el deseo y la ilu­

* Ib, c. 6, 151-186.
Pueden verse algunas anotaciones históricas en J. J. L ópez I bor y otros,
El libro de la vida sexual, Danae, Barcelona 1968, 33-98. Tam bién en AA.VV.,
Estudios sobre sexualidad humana, Morata, Madrid 1967, 39-183; J. L. F lan-
drin. Le sexe et I Occident. Évolution des attitudes et des comportements, Du
Seuil París 1981; D. J acquart-C l. T homasset, Sexualidad y saber médico en
a Edad Media , Labor, Barcelona 1989; G. C apelli, La concezione della
corporeitá-sessualitá tungo la storia , CredOgg 48 (1988) 43-55; E. B orrego ,
¡dea de la sexualidad y crisis de la antropología , Proyección 36 (1989) 215-
íí . y \ UMAGELLh Solitudo carnis. Vicende del corpo nel medioevo , II
v ^ ,?0,i ^ 0 0in ! ? ,1990 Una breve síntcsis dc ética sexual cristiana en M.
in « Ah < * de am° r y de ¡a sexualidad* Perpetuo Socorro, Madrid 1991",

12
sión de un acercamiento. Es un hecho fácilmente constatable
en la psicología de cada persona, donde aparece, si no se ha
reprimido ningún elemento, esta tensión contradictoria. Se
busca, se desea e, incomprensiblemente, se teme y se rechaza.
Si el hombre nunca puede acercarse a la realidad de una
manera fría y aséptica, mucho menos podrá hacerlo cuando se
enfrenta al fenómeno sexual. Se trata de una esfera cargada de
riqueza simbólica y emotiva, y existe el peligro de eliminar
alguna de estas dimensiones para estudiarlas sólo desde una
perspectiva aislada.
Es lo que ha sucedido con mucha frecuencia en la historia,
cuando se ha intentado comprender su naturaleza insistiendo
con exclusividad en el aspecto negativo y misterioso o, por el
contrario, subrayando únicamente su carácter atractivo y pla­
centero. Desde la antigüedad esta doble postura se ha ido
entretejiendo, de manera casi continua, en todos los tiempos,
explicando el deslizamiento operado tanto hacia un rigorismo
absoluto como hacia una concepción hedonista y demasiado
ingenua. Son dos visiones extremistas y radicales, que impi­
den un análisis completo y objetivo, al caer o en un puritanis­
mo que fomenta la turbación, el silencio, la preocupación, o
en un naturalismo biológico que se toma la revancha con un
exceso de morbosidad.

3. Tabú, miedo y rigorismo

El sexo, en primer lugar, ha sido un terreno abonado para la


génesis y el crecimiento de muchos tabúes4. Cuando una zona

4 El tabú se opone a noa (lo que es vulgar y ordinario) y significa que


determ inados objetos no pueden ser utilizados con normalidad, sin una serie
de precauciones. Quedan elevados a un rango superior, sagrado, y encierran
por ello una am enaza para el que los utilice indiscrim inadam ente. Sigue
siendo interesante el libro de M. Douglas, De la souillure. Essai sur les
notions de pollution et de tabou , Vrin, París 1971; J. G oetz, Tabou et morale ,
StMiss 27 (1978) 1-34; G. P arrinder, Le sexe dans ¡es religions du monde.
Le C enturión, París 1986; P. A vis, Eros and the Saered, SPCK, Londres 1989,
K. M arx (ed.), Religión et tabou sexuel , Université, Bruselas 1990 y G.
C abellas, La sexualidad. Visión de las religiones antiguas, BibFe 18 (1¥V¿)
5-20. Para la im p o rtancia y form ación de los ritos 9UC cv'¿an f 8 m a f f
consecuencias, P h . O liviéro -T. O rel, L expérience rituelle . RechbcKei
(1990) 329-372.

13
resulta arriesgada y peligrosa por su aspecto misterioso, se
levanta de inmediato una barrera a su alrededor que impide el
simple acercamiento. Es como una frontera que conserva en
su interior algo cuyo contacto mancha, cuya violación, aun­
que involuntaria, produce una sanción automática. Las cos­
tumbres más antiguas de todos los pueblos testimonian este
carácter de la sexualidad. Determinados factores biológicos y
naturales exigen una serie de ritos y purificaciones. La absti­
nencia sexual es obligatoria en algunas épocas especiales, por
ejemplo durante el período de guerra o de siembra. Ante el
asombro que revela lo desconocido, se intenta evitar cualquier
contagio y huir lo más posible de lo que se vivencia como un
peligro inconcebible. Es una actitud de alejamiento respetuo­
so frente al miedo que brota de un misterio inexplicable.
El rigorismo de la antigüedad en tomo a estos temas fue
impresionante. La distinción clásica entre el logos (la razón)
y el alogon (lo irracional) adquirió una importancia extra­
ordinaria. Para la filosofía estoica lo fundamental consistía en
vivir de acuerdo con las exigencias de la razón humana, mien­
tras que el placer y los deseos corporales se convierten en los
enemigos básicos de ese ideal. La virtud aparece como una
lucha constante para evitar todo tipo de placeres. Su moral se
centraba en un esfuerzo heroico y continuado para eliminar
las pasiones y liberar al hombre de sus fuerzas anárquicas e
instintivas hasta conducirlo a una apatía (falta de pasión) lo
más completa y absoluta posible. La sentencia de Séneca: “La
temperancia nunca busca el placer por sí mismo’', o la máxi­
ma atribuida a los pitagóricos: “No hagas nada por pura de­
lectación”, son bien expresivas del clima rigorista en los
mismos ambientes paganos 5.

4. Una mentalidad de fondo:


la desconfianza hacia lo corporal

Lo más opuesto a la dignidad humana era el obnubilamiento


de la razón que se opera en el placer sexual. Esta lucidez

5 Sobre la influencia de estas corrientes en el c r i s t i a n i z o prim itivo, c f R.


antalamessa (cd.), Etica sessuale e matrimonio nel cri iesimo delle ori-
gtm, Vita e pensiero, Milán 1976 y C h. M unier, M am et virginité dans

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intelectual era mantenida como norma suprema por otras co­
rrientes de pensamiento. Por eso el acto matrimonial, donde
la persona renuncia precisamente a esta primacía de la razón,
es algo indigno y animalesco. El mismo nombre de pequeña
epilepsia, como era considerado por la ciencia médica de
entonces, supone ya un atentado contra la condición básica
del ser humano6. El espíritu tiene que avergonzarse de todo
lo que diga relación con el instinto.
Las tendencias maniqueas añaden un nuevo aspecto pesi­
mista en esta atmósfera cargada de sospechas y desconfianzas.
El cuerpo y la materia han sido creados por el reino de las
tinieblas y se han convertido en la cárcel y tumba del alma,
que de esa forma queda prisionera y sometida a las exigencias
de la carne. De nuevo el cuerpo aparece como el lugar som­
brío, como la fuente del mal, como la caverna del pecado. Su
ética será también un intento de evitar el contacto con la
materia, que mancha, culpabiliza y rebaja el espíritu a una
condición brutal.
El esfuerzo, como una lógica consecuencia, estaba orien­
tado hacia la liberación progresiva de esta prisión para el
conocimiento limpio de la verdad y de la belleza eterna. La
muerte aparece en este horizonte —recuérdese a Sócrates en
el Fedón— como el momento cumbre para conseguir la liber­
tad. Las rejas y mazmorras de los sentidos dejan paso al alma,
liberada ya de sus bajas pasiones y sin obstáculos para la
contemplación7.

l ’Église ancienne { ltr- l l f siécles)y P. Lang, París 1987. En el capitulo XV


sobre la virginidad podrá encontrarse más bibliografía en tom o a este tema.
6 El m ism o santo Tom ás dice en esa linea: "... el hombre se vuelve bestial
en la cópula, porque no puede m oderar con la razón el placer del coito y la
fuerza de la concupiscencia" (S. Th„ I, 98, 2 ad 3). Sobre el estoicismo, c f M.
Pohlenz , Die Stoa. Geschichte einer geistigen Bewegung , 2 vols., Van-
denkoech, G otin g a 1948-1949; M. S panneut, D u stol'cisme des Peres de
l Église. De Clément de Rome á Clément d Alexandrie, Du Seuil, París 1957,
y Pemanence du Stol'cisme. De Zénon á Malraux, J. Duculot, Gembloux 1973;
AA.VV., Les sto id en s , G allim ard, París 1962; E. E lorduy, El estoicismo,
Gredos, M adrid 1972; J. É tienne, Sagesse et prudence selon le stofcisme ,
RevThLouv I (1970) 175-182; J. B. V alero, El estoicismo de Pelagio, EstEcl
57 (1982) 39-63; M. C olish , The Stoic Tradition from Antiquitv to the Early
Middle Ages , E. J. Brill, Leiden 1985, y M. Isnardi, Stoichi antichi, 2 vols.,
Utet, Turín 1989.
7 C f H. CH. P uech , Le manichéisme , Civilisation du Sud, F*
Decret, Moni et la tradition manichéenne , Du Seuil, París 197 , frique

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De ahí toda la corriente ascética y rigorista que se mani­
festaba en las máximas y consejos de aquellos autores. El
matrimonio era una opción prohibida para los verdaderos ele­
gidos y, si se toleraba para aquellos que no pudieran contener­
se, era con la condición de no procrear, a fin de que no se
multiplicaran las esclavitudes del alma en el cuerpo. Podría
elaborarse un amplio florilegio de frases y sentencias donde la
hostilidad hacia la materia, el alejamiento de la mujer, la
malicia de la procreación, la pecaminosidad del acto sexual,
el desprecio del matrimonio y el odio a la carne constituirían
una monótona repetición, mientras se defendía, por el contra­
rio, las excelencias de la continencia y la virginidad.
Esta corriente negativa seguirá teniendo otras múltiples
traducciones históricas. Los gnósticos de los primeros tiem­
pos y las tendencias maniqueas y estoicas en el ambiente
grecorromano tendrán su prolongación posterior en los cátaros
de la Edad Media, los alumbrados y místicos del renacimiento
y las exageraciones más recientes del jansenismo. Todos ellos
no son sino brotes acentuados, entre otros varios, de una ideo­
logía oculta y permanente en el espíritu humano que compar­
te, en este terreno, la misma mentalidad de fondo: una des­
confianza, lejanía y miedo frente a todo lo relacionado con el
cuerpo, el placer, la sexualidad y el matrimonio, aunque las
razones que han conducido hasta este desprecio hayan sido
muy diferentes.
“Bajo el influjo de ideas platónicas, el cuerpo fue considerado
a lo largo de muchos siglos como algo inferior al alma. Por
tanto, la mejor postura vital consistía en liberarse de lo corporal,
con sus necesidades y tendencias, y aspirar a la pureza espiri­
tual de la vida del alma retirada del mundo; su influjo se exten­
dió a la moral del amor, a la educación, a la reflexión filosófica
del hombre, a las ideas sobre el bien y el mal, a los conceptos
teológicos y otras muchas cosas similares” 8.

Manichéenne (IV - V siécles). Étude historique et doctrínale , Ét. Augusti-


niennes, París 1978.
/*• F,orenza-J. B. M etz, El hombre como unidad de cuerpo v alma ,
MS, II, 665 (n. 3). Un resumen de las influencias que todas estas doctrinas
tu™ ronJ ei. cristianism o puede verse en el interesante y docum entado
es io de C. T resmontant, La méthaphysique du christianisme et la naissan-
ce ae la phtlosophie chrétienne , Du Seuil, París 1961; V. M elchiorre, II
corpo, Scuola, Brescia 1984; M. D espland, Cristianisme: dossier corps ,

16
A partir de estos presupuestos, la imagen de una antropolo­
gía demasiado espiritualista —sin darle a este adjetivo ningún
contenido religioso— ha estado presente a lo largo de la histo­
ria. La ética que se deducía de semejante proyecto se caracteri­
zaba, como hemos visto, por su desprecio hacia todo lo
relacionado con la materia —sexualidad, cuerpo, matrimo­
nio— . La educación estaba orientada a que todos estos ele­
mentos negativos se mantuvieran alejados, lo más posible, de
la vida humana. Sin olvidar tampoco que la génesis de esta
moral se fraguó al margen del cristianismo, aunque después,
como diremos enseguida, se sintiera influenciado por esta
corriente.

5. En busca de la reconciliación:
el nacimiento de nuevos mitos

Pero, por otra parte, como la sexualidad aparece tan atractiva


y tentadora, siempre se ha encontrado el camino para lograr
con ella una plena reconciliación, que superase el ambiente de
misterio y sospecha de la postura anterior. De una o de otra
manera se ha buscado sacralizar su existencia para que el
hombre la viva sin miedo, como una realidad benéfica o
positiva. Es la función que han tenido los mitos de todos los
tiempos. Si el tabú asusta y aleja, el mito hace del sexo una
realidad sagrada con la que es necesario llegar a encontrarse
y vivir en perfecta armonía.
El mito relata siempre una historia sagrada que tuvo lugar
en la aurora de los tiempos. Algo que los dioses realizaron
como un acontecimiento primordial. Es un mundo de arque­
tipos, cuyas imitaciones quedan reflejadas en la naturaleza
y en la sociedad humana. Así, la sexualidad encuentra tam­
bién su modelo en el mundo de los dioses, donde la fecundi­
dad, el amor y el matrimonio son funciones sagradas. La
encamación de estas realidades se manifiesta no sólo en los

Du Ccrf, París 1987; AA.VV., Le fruit deféndu. Les chrétiens et Ia sexualité


de l'antiquité á nous jours. Centurión, París 1985; U. Ranke-H einemann, Des
eunuches pour le Royaume des cieux. L ’Église et la sexualité, Lafont, París
1990. Un ju icio sobre el pesim ism o y parcialidad de este libro en A. D ermien-
ce ,
FetT 21 (1991) 376-379.

17
fenómenos de la naturaleza, como la siembra, sino en los
gestos humanos y acciones rituales que imitan los comporta­
mientos divinos. El hombre se asocia a lo sagrado con esta
imitación y el hecho profano se consagra de esta manera. De
ahí el sentido religioso que se descubre incluso en las orgías
y en la prostitución sagrada. Vincularse con estos ritos no es
una profanación, sino un pretendido encuentro con la misma
divinidad9.
Aunque con tonalidades bastante diferentes, el hedonismo
ha hecho del placer el fin último de todas las acciones, como
regla y norma de la misma moralidadl0. No se trata de con­
denar todas sus enseñanzas, sino el radicalismo de algunos de
sus puntos. Desde los postulados clásicos de Epicuro hasta las
soflamas más recientes de la llamada revolución sexual, se ha
repetido la misma cantinela, aunque ahora con una letra dis­
tinta. El reconocimiento del placer como un fenómeno que
puede abrazarse sin ningún temor, por su bondad innata; el
derecho a seguir las apetencias biológicas y naturales, a las
que no se puede renunciar sin caer en la represión; la exalta­
ción del gozo sexual como fuente de bienestar y alegría; la
denuncia y aniquilamiento de todo obstáculo que impida la
búsqueda de cualquier satisfacción; y la libertad en la utiliza­
ción del propio cuerpo sin ninguna cortapisa se proclaman
como un nuevo mensaje de salvación.

* M. Eliade, Lo sagrado y lo profano , Guadarrama, Madrid 1967, espe­


cialmente el c. 2; L. C encillo, Mito: semántica y realidad , Edica, M adrid
1970; P.-C. C ourtes, Le mythe et le sacré , RevThom 72 (1972) 392-407. Ver
también algunas de las afirmaciones condenadas de los begardos, beguinas y
alumbrados en J. D e G uibert, Documenta ecclesiastica christianae perfectio-
nis studium spectantia, Gregoriana, Roma 1931, I53ss, 236ss, AA.VV., Sexua-
lité et religión, Du Cerf, París 1988; P. Avts, o c. (n. 4). Algunos de estos
fenómenos en ambientes religiosos en M. A lcalá, "Tercera vía" y antigüe­
dad cristiana, RyF 194 (1976) 333-348. En esta línea va la interpretación de
ciertos comportamientos durante la misa de pascua que analiza M. C. J aco -
belli, Risus Paschalis. El fundamento teológico del placer sexual , Planeta,
Barcelona 1990.
10 Una síntesis de las diferentes posturas en J. L eclercq , Las grandes
lineas de la filosofía moral, Gredos, M adrid 1960, 82-116; J. É tienne , La
phtlosophie du plaisir dans l antiquité , RevThLouv 2 (1971) 202-210; F.
LeS idéolo8ies contemporaines du plaisir , LetVie 114 (1973) 41-
’ ' . A*°*A G ual-E. A costa, Etica de Epicuro. La génesis de una moral
«ii/í/ana, Barra!, Barcelona 1974; M. V illegas, Placer en DETM, 1447-1454;
w . í >oim id , Epicuro e l epicureismo cristiano , Paideia, Brescia 1884; E. L le -
do, t i epicureismo Una sabiduría del cuerpo, del gozo y de la amistad ,

18
6. Las antropologías permisivas:
postulados de la revolución sexual

La ruptura con la mentalidad tabuística es completa y en mu­


chos casos alcanza ya un extremismo radicalizado. Las
afirmaciones de los que se consideran en cabeza de este
movimiento progresista son de una claridad impresionante:
hay que liberarse de cualquier sentimiento de culpa y dar
cauce a los propios sentimientos sexuales sin necesidad de
avergonzarse; la sociedad, incluso, debería ofrecer las estructu­
ras indispensables que favorezcan este tipo de comunicación,
de acuerdo con los gustos y apetencias de cada persona, sin
que ninguna conducta llegue a condenarse como inaceptable:
“ U n in d iv id u o y u n a c o le c tiv id a d tie n e n m ás lib e rta d se x u al si
d is p o n e n d e m á s o p c io n e s p o s ib le s e n tre un m ás e s p e so n ú m ero
d e a c tiv id a d e s p o s ib le s . L la m a re m o s lib re a a q u e lla so c ie d a d en
la c u a l v e n g a n a c e p ta d a s sin n in g u n a lim ita c ió n la m a s tu rb a c ió n ,
lo s j u e g o s s e x u a le s e n tre a d o le s c e n te s , el c o ito p re m a trim o n ia l,
la h o m o s e x u a lid a d , y to d a s las p o stu ra s del c o ito , así c o m o to d a s
las o tra s fo rm a s d e re la c ió n se x u a l d iv e rsa d el c o ito . S e h a b la rá
d e u n a lib e rta d s e x u a l re d u c id a si la e le c c ió n e s lim ita d a ” 11.

W. Reich, símbolo para muchos de esta nueva revolución,


trabajaba ya hace años, desde una perspectiva psicológica, por
una sociedad menos enfermiza y neurótica12. A la regulación
del instinto por la moral oponía la “autorregulación por la
economía sexual”. La primera “es en sí patológica y crea el
propio caos que pretende controlar. Es el enemigo originario
de la moralidad natural”. La esencia de la segunda “consiste
en el rechazo de toda norma o regla absoluta” 13. Su pensa­
miento se basa en la estructura del carácter humano, como

M ontesinos, Barcelona 1984; AA.VV., Croire pour plaisir, LumVit 43 (1988)


9-78; J. S alem , Tel un dieu parmi les hommes. L ’éthique d ’Epicure, J. Vrin,
París 1989.
11 J. V an U ssel, La repressione sessuale%Bompiani, Milán 1971, 10.
12 Sobre su historia, com pleja y accidentada, E. D íez A raujo, Wilhem
Reich. sexo y revolución , Verbo 17 (1978) 551-595. Para el estudio de los
diferentes autores y corrientes, c f M. S imón, Comprender la sexualidad hoyt
Sal Terrae, S antander 1978, 73-98; N. G alli, Educación sexual y cambio
cultural, Herder. Barcelona 1984; R. R odrIguez-C. Rojas, Marcase. Fromm,
Reich, el freudomarxismo , Cincel, Madrid 1985.
11 W. R eich , La revolución sexuaL Roca, México 1976, 39.

19
coraza que reprime y obstaculiza la pulsión sexual. El conflic­
to no se da desde dentro del psiquismo humano, como preten­
día Freud, sino entre el mundo exterior y la satisfacción de sus
necesidades. La persona normal es la que no encuentra ningún
obstáculo y puede dar salida tranquilamente a estas exigencias
orgásticas, mientras que el neurótico se siente reprimido por la
familia y la sociedad. Lo único importante es liberarlo de su
esclavitud y orientarlo hacia una actividad sexual completa.
Al recorrer sus páginas comprueba uno las consecuencias
radicales de semejante postura. No hay que mantener la
abstinencia de ningún tipo, pues además de ser “peligrosa y
perjudicial para la salud”, ella misma constituye “un síntoma
patológico”. Recomendarla a los jóvenes “equivale a preparar
el terreno a una neurosis que aparecerá un día u otro, o al
menos a una anemia de la alegría del vivir y del trabajo” 14.
Nadie puede reprobar el adulterio, la poligamia o la infideli­
dad en el amor, ya que “nadie pensará en reprochar a alguien
de no querer llevar los mismos vestidos durante años o de que
se canse de comer todos los días el mismo plato” 15. El que
nunca haya mantenido una relación adúltera es por estar “bajo
la presión de un sentimiento de culpabilidad irracional y, por
tanto, neurótico” ,6. Las mismas comunas han fracasado por­
que no se ha conseguido todavía “la aptitud para cambiar de
relación duradera sin dolor ni pena” 17. Y es que la tesis fun­
damental sigue siendo para todos la búsqueda del placer en
todas sus posibilidades, sin ninguna limitación prohibitiva. “El
amor es un féretro cuando sobre él se fúnda una familia” l8.

7. La antropología naturalista:
un humanismo zoológico

La misma mentalidad está presente en esta nueva orientación.


El punto de partida y el denominador común es ahora el es-

14 Ib, 116 y 118.


15 Ib, 135.
14 Ib. 131.
1» i se*u?Ue' Plon’ París »970, 333. Cito esta edición, porque
u in u n d a parte, La lucha por la "nueva forma de vida" en la Unión Sovié-
/íca.» no se encuentra en la edición española.
N M a ílle r’ // prigionero del sessoy Bom piani, Milán 1971, 130.

20
tudio del ser humano como un simple mamífero. No se acepta
nada que esté fuera o por encima de la experiencia. El interés
se centra en el análisis de los componentes biológicos, los
únicos que se pueden examinar con criterios científicos, sin
necesidad de recurrir a otros criterios de interpretación, que
escapan a este único tipo de experiencia. La sexualidad huma­
na, y la de los animales, está regulada por los mismos meca­
nismos automáticos, marginando los componentes afectivos y
racionales que se dan en nuestra psicología. Todo tiene una
explicación en los constitutivos genéticos y biológicos del
individuo, ya que no existe ninguna diferencia significativa en
el comportamiento sexual de los diversos mamíferos. Cual­
quier valoración ética no tiene cabida en este planteamiento,
pues constituiría una violación de la ciencia experimental,9.
Así, con una pseudojustificación científica y sanitaria, se
presenta una imagen de la sexualidad despojada de contenido
humano para reducirse a la descripción objetiva de los fenó­
menos biológicos. Con personas que se ofrecen a este tipo de
experiencias, incluso pagadas a sueldo, se analizan los estí­
mulos más adecuados, el tiempo de reacción orgánica, la pre­
sión sanguínea, el número de pulsaciones en cada fase de la
respuesta sexual, las condiciones que la favorecen o dificultan
y las diferencias en los mecanismos del hombre y de la mujer.
La observación directa, la encuesta y la filmación son los
métodos elegidos para medir con exactitud la base fisiológica
de la conducta sexual, como condición primera e indispensa­
ble para el conocimiento de su naturaleza1920.
Nada hay que oponer a la información sobre estos aspec­
tos, que resulta también necesaria y conveniente, sino a la
primacía que se les otorga como si fueran los más importantes
y al olvido de otras dimensiones a las que no se les da mayor
relieve, a pesar de que forman parte de la estructura y psico-

19 C f J. L. Ruiz de la P eña, Las nuevas antropologías. Un reto a la


teología , Sal Terrae, Santander 1983; E. López Azpitarte, Ética y vida: de­
safíos actuales , Paulinas, M adrid 19902, c. 2, especialm ente p. 28-37.
20 Baste recordar la enorm e bibliografía publicada con esta orientación,
entre la que sobresalen autores tan conocidos como A. C. K insey, La conducta
sexual del hombre y La conducta sexual de la mujer, Siglo XX, Buenos Aires
1967; S. H ite, El informe Hite. Estudio de la sexualidad femenino, Plaza-
Janés, Barcelona 1977, y Mujeres y amor. Nuevo informe Hite , Plaza-Janes,
Barcelona 1988; A. P ietropinto-J. S imenauer, El mito masculino. Estudio de

21
logia humanas. Por otra parte, se repite con énfasis que se
trata de presentar una descripción “neutra" de la sexualidad
para que cada uno tome después sus propias decisiones en
este terreno, sin el deseo de influir en las convicciones perso­
nales, pero ellos mismos se encargan, a partir de la antropo­
logía presentada, de sacar sus propias conclusiones valorati-
vas. Y es que si las exigencias fisiológicas están por encima
de cualquier otra consideración, parece lógico que los esfuer­
zos de una autodisciplina sea el mejor camino para dañar
permanentemente la personalidad de un individuo, o se sub­
raye, por citar sólo algunos ejemplos, el carácter tonificante y
enriquecedor de las relaciones extramatrimoniales para supe­
rar el aburrimiento de una fidelidad monógama. Y es que si
el ser humano es un simple mamífero, no hay por qué regular
sus exigencias biológicas y naturales.

8. Los peligros de toda antropología dualista

En el fondo de esta concepción se encuentra también un claro


y perfecto dualismo. Si antes se despreciaba todo lo corpóreo
y sexual como indigno del hombre para fomentar un esplritua­
lismo descamado, ahora se cae en una visión puramente bio­
lógica y materialista, con olvido de la dimensión espiritual,
como si el ser humano fuese un simple mono desnudo21. El
rigorismo y la permisividad sin ningún límite parten de una
antropología común: la absoluta separación entre el psiquismo
y la corporalidad, entre el espíritu y la materia, entre lo racio­
nal y lo biológico. La única diferencia consiste en la valora­
ción que se otorga a cada uno de esos elementos. Lo que para
unos tiene la primacía, no cuenta apenas para los otros.
la sexualidad en el hombre, Plaza-Janés 1978; W. H. M aster-V. E. J ohnson ,
Respuesta sexual humana, Inter-Médica, Buenos Aires 1978, y El vinculo del
placer, Grijalbo, Barcelona 1978; E. F. L. O choa , 200 preguntas sobre el
sexo. Temas de Hoy, Madrid 1991, donde el único criterio ético “veraz y
universal" es la nocividad física y psicológica. Sobre esta obra, c f J. M. de
^ octora Ochoa y su libro : reflexiones de un moralista , Surge
íI o T iq o 0 * ’
49 (1991) 261-277, con sus aspectos positivos en 375-392. Es la m ism a línea
que hoy también se acentúa en programas de TV, libros de educación sexual,
y por psicólogos que afirman— no quieren tocar la dim ensión ética, pues
sólo^ exponen los datos de la ciencia.
D. Morris, El mono desnudo , Plaza-Janés, Barcelona 1969.

22
Si la persona esta constituida por dos elementos antagóni­
cos como el espíritu y el cuerpo existe el riesgo de subrayar
la supremacía de uno con el correspondiente desprecio del
otro. La antropología espiritualista, como ya aparece en la
filosofía estoica, pretende liberar al alma de sus cadenas cor­
porales que le impiden su verdadera realización. El esfuerzo
ascético para no dejarse llevar por los impulsos de la carne,
el dominio de los sentidos, la renuncia concreta al placer
sexual e, incluso, al mismo matrimonio constituyen el mejor
camino para una vida auténticamente libre y racional, sin el
lastre pesado de esos elementos materiales. El ideal por exce­
lencia consiste en conseguir la mayor espiritualización, al
margen por completo de la sexualidad que ensucia y escla­
viza.
El riesgo contrario es también una realidad. Cuando se
valora con exceso lo biológico, se margina con frecuencia el
otro componente humano, para dejarse llevar por las exigen­
cias naturales. Es el cuerpo humano quien debe liberarse aho­
ra de cualquier sometimiento a los imperativos absurdos y
alienantes del espíritu. Hay que despojarse de lo trascendente
y espiritual para dedicarse a la exaltación de los sentidos y al
disfrute del placer que nos ofrece la propia anatomía humana.
El culto al cuerpo se convierte, entonces, en una nueva litur­
gia moderna, que rechaza cualquier otra adoración en la que
él no esté presente22. Es decir, para expresamos de una ma­
nera simbólica: de un espíritu sin sexo hemos pasado a un
sexo sin espíritu. La opción entre angelismo y zoología apa­
rece como la única alternativa posible.

9. Un camino intermedio:
razones para una condena

Frente a esta doble actitud extremista, la Iglesia ha querido


seguir un camino intermedio. Su magisterio ha ido condenan­

22 S. S pinsanti, II corpo nella cultura contemporánea, Queriniana, Brescia


1983; A. N. T errin , II corpo e il sesso nella cultura contemporáneo, CredOgg
48 (1988) 5-15; B. B ennassar, Culto al cuerpo. Entre el tabú, la banalaactón
y la idolatría, BibFe 14 (1988) 375-398; E. F abbri, Consumir o vivir la
sexualidad: problemática de la juventud, hoy, Cías 40 (1991) 463-482.

23
do de manera constante todas las herejías y exageraciones
relativas al sexo, al cuerpo o al matrimonio, aunque estuvie­
ran muy extendidas y se justificaran con argumentos espiri­
tuales. Las razones para esta condena han sido muy variadas,
pues existen demostraciones de todo tipo. Pero resulta recon­
fortante y consolador encontrarse con una, en concreto, que
utiliza con mucha frecuencia y constituye un rotundo mentís
de cualquier pesimismo exagerado. Dios es el autor de la
sexualidad y del matrimonio, y no podrá ser nunca perverso
lo que ha brotado de sus manos y ofreció como un regalo a
los hombres en aquella primera aurora de la creación. La idea
aparece ya en los primeros Padres y se repite de nuevo siem­
pre que sobre estos temas volvía a recaer una acusación ex­
tremista y radicalizada23. A un nivel ideológico, la actitud
eclesial, frente a todas las corrientes negativas y rigoristas, ha
sido clara y explícita.
Y todavía con más fuerza, si cabe, se ha mantenido tam­
bién firme ante cualquier clase de hedonismo, que redujera la
persona a simple biología. No ha querido tampoco caer en la
ingenuidad de que lo referente al sexo está libre de peligros,
como si se tratase de algo que, además de bueno, se conserva­
ra siempre en un clima de inocencia. La experiencia demues­
tra, con objetividad y desde todos los ángulos, que es un área
donde puede brotar la anarquía, el caos y el libertinaje. El gran
error de muchos ideólogos de la revolución sexual consiste en
creer que, cuando se destruyan las barreras de una opresión, el
instinto aparecerá como una fuerza dócil y perfectamente ca­
nalizada. Y es que resulta demasiado ingenuo pensar que la
simple ruptura con ciertos tabúes o la negación de cualquier
normativa vaya a posibilitar por sí misma una mayor emanci­
pación del hombre. Meyer ha escrito unas páginas breves, pero
de una densidad extraordinaria, para denunciar el riesgo oculto
en este proceso. Su punto de vista es puramente psicológico y
tal vez por ello su grito de alerta sea más significativo:
ME1 que hayamos desenmascarado un intento de convertir a la
sexualidad en un demonio, no significa que ésta seá inofen­
siva... la contraposición popular entre amor y odio es demasiado

, G uibert, o.c. (n. 9), donde ofrece abundantes testim onios de


las condenas efectuadas por la Iglesia en diferentes épocas.

24
burda. La frase ‘haz el amor y no la guerra’ significa muchas
veces: haz el amor, que es una forma mucho más divertida de
hacer la guerra. Al silenciar las posibilidades que tiene lo sexual
de deslizarse hacia lo agresivo, se abren caminos a nuevos ta­
búes y nuevas ideologías. La ‘oleada sexual’, en la medida en
que suprima tabúes, será apta para provocar la emancipación del
hombre, y el empeño del psicoanalista habrá de ser que se rea­
lice con prudencia y con cuidado. Pero en la medida en que la
oleada sexual va a implantar nuevas dependencias y nuevos
tabúes, es preciso estar alerta” 24.

Contra esta falsa ilusión la Iglesia ha levantado su voz.


Creo que si tuviéramos que descubrir el significado más hon­
do de sus enseñanzas, a pesar de todas sus limitaciones y
lagunas, sería precisamente éste: un grito constante de alerta
para no tropezar en el lado opuesto de las tendencias pesimis­
tas y acercarse al sexo con una excesiva y engañosa natura­
lidad. En este sentido, su magisterio ha querido ser un servi­
cio y una ayuda a la persona para tenerla en guardia contra
cualquiera de ambos extremismos.

10. El peso de la historia


en la enseñanza de la Iglesia

Con esto, sin embargo, no hemos dicho todo. El equilibrio


pretendido no se ha conservado siempre en el centro, si tene­
mos en cuenta las consecuencias prácticas que muchas veces
se han derivado de su doctrina. Hoy está de moda echar en
cara a la Iglesia su oscurantismo y hacerla responsable de
todos los conflictos, neurosis y represiones en este terreno.
Seria absurdo negar su influencia negativa, como veremos de
inmediato, pero no convendría olvidar tampoco que la expli­
cación última se halla en otros factores ajenos a ella. “El
cristianismo tiene menos culpa en la actitud antisexual típica­
mente occidental que la que muchos (incluso autores cristia­
nos) le han atribuido” 25. El peso y el lastre que conserva su

‘4 A. M eyer, Consecuencias de la "destabuización sexual, SelecTeol 11


0 9 7 2 ) 359.
25 J. V an U ssel , o.c. (n. 11), 7.

25
historia tiene causas mucho más complejas, aunque su ins­
trucción religiosa y su moral hayan marcado decisivamente la
actitud de muchos cristianos.
El rigorismo de las ideologías paganas en tomo al placer
sexual era bien significativo, como dijimos. Y hubiera resul­
tado incomprensible, y hasta escandaloso, que el cristianismo
predicara una moral más laxa y amplia que la de los filósofos
paganos. Las citas y ejemplos de los autores clásicos se uti­
lizan con frecuencia cuando se abordan los temas sexuales.
De esta manera, el paganismo se convierte en una fuente de
autoridad para fundamentar las exigencias cristianas. Lo mis­
mo que, en épocas posteriores, autores y corrientes determi­
nadas más rigoristas influirían también en la traducción cris­
tiana de estos problemas. El intento por evitar los peligros del
sexo le ha hecho fomentar, en la práctica, una actitud de
sospecha a veces excesiva. La historia ofrece abundantes tes­
timonios de esta orientación26.
A pesar de que el matrimonio se ha considerado siempre
como un sacramento de gracia, no ha constituido nunca un
verdadero camino de santidad. El seguimiento verdadero de
Cristo sólo era posible en la opción virginal, que se conside­
raba como un estado superior y más perfecto27. La vida con­
yugal quedaba relegada a los que, por una u otra causa, no
podían aspirar a una perfección tan sublime. La división clá­
sica de la moral sexual, mantenida hasta nuestros días, resul­
taba ya expresiva al contraponer la castidad perfecta de los
solteros con la castidad imperfecta propia de las personas
casadas28, como si la cima de esta virtud estuviera reservada
exclusivamente para aquéllos.

Una breve síntesis en A. M lotek, II rigorismo morale delta chiesa


primitiva occidentales RevTeolM or 11 (1979) 419-433; R. C antalamessa (e d ),
o.c. (n. 5); A A .W ., o.c. (n. 8); P. B rown, The Body and Society. Men, Women
and Sexual Renunciation in Early Cristianity , Colum bia U niversitv, Nueva
V /v » l/ 1 ACO J

Ver lo que diremos más adelante en el capitulo sobre la virginidad. Una


visión breve en J. Joubert, Virginité ou vraies noces , RevDrCan 40 (1990)
-133. Santo Tomás coloca al m atrim onio en el últim o rango de los sacra­
mentos, “pues posee lo mínimo de espiritualidad” (In IV Sententiarum , d. 2,
q. U . 3 ad 1).
Asi aparecía en todos los manuales de moral, incluso en algunos pos-
Barcelona 1968°376 ^ C° m° A ' VAN K0L■ Theoi° 8 ‘a Moralis I, Herder,

26
Durante mucho tiempo la entrega sexual exigía un motivo
que la justificara, pues la simple expresión de amor no parecía
suficiente para evitar todo pecado. La procreación y dar el
débito son las únicas razones para permitir el “uso del
matrimonio” —término tradicional suficientemente significa­
tivo— . Todas las demás expresiones que no estuviesen orien­
tadas hacia esa meta, no eran actos propiamente matrimonia­
les, sino dignos más bien de la prostitución. Las mismas
caricias entre los cónyuges, sin esa finalidad, se llegaron a
considerar pecados mortales. De ahí que uno de los autores
más eminentes y famosos del siglo XVIII explica, por citar un
ejemplo revelador, que la autorización dada por la Iglesia para
contraer matrimonio a los viejos y estériles sólo es lícita con
la “intención de vivir castamente o usar del matrimonio úni­
camente para responder y no para pedir el débito conyugal” 29.
Las prácticas cristianas, que aconsejaban una abstinencia
sexual los días de comunión o en determinadas épocas litúrgi­
cas y festividades, se consideraban como el ideal más perfecto
del matrimonio y han permanecido hasta tiempos recientes30.*10

:g C h B illuart, Summa Sancti Thomae hodiernis accademicarum mori-


bus accommodata, Vivés, París 1886, vol. 2, 2 ad obi. 5. Como en caso de
no casarse podrían com eter otros pecados m ayores, conviene disim ular y no
hacer hincapié en los posibles pecados de su matrimonio. Este autor murió a
mitad del siglo XVIII. C f los estudios de L. V ereecke, Mariage et sexualité
au déchn du Moyen Age , L ’éthique sexuelle des moralistes post-tridentins, y
Mariage et plaisir sexuel che: les théologiens de l'époque moderne (1300-
1789), en De Guillaume d ’Oekham á Saint Alphonse de Liguori, Collegium
S. Alfonsi, Roma 1986, 345-368; 509-530 y 531-552; P h. L ecrivain, La montée
du rigonsme aux ¡7 et 18* siéeles , Christus 34 (1987) 183-190.
10 J. V. Polc , Vita eoniugale e communione quotidiana dei laici, Late-
ranum 42 (1976) 203-238; F. L eist, Amour. sexe et mariage , Paulines, Québec
1970, 65-89, con variados testim onios. Lo mismo que en J. E. K erns, La
teología del matrimonio , Euram énca, Madrid 1978. “Ahora bien, si hay un
punto que no ofrezca ninguna duda en la doctrina cristiana es que la conti­
nencia definitiva, com pleta, en el m atrim onio debe ser considerada como el
ideal objetivamente más perfecto , que todo pastor de alm as puede y debe
presentar com o tal y hacia el cual debe exhortar a los fieles” (F. D antec,
Voyez comme ils s ’aiment, Quim per 1963, 192. Ver también 125-127; 191-
198 y 253-258. Los subrayados son del autor). Se podrían traer algunos
testim onios actuales que defienden la abstinencia com o ideal de la pareja
cristiana, a no ser que se realice el acto matrimonial para consum ar el matrimo­
nio, tener hijos, o en algunas fiestas significativas, aunque de estas últimas
también se puede prescindir. C f n. 21 del c. 12.

27
11. Consecuencias negativas:
dificultades para la educación

Es verdad que todas estas posturas pudieron tener una expli­


cación histórica y que fueron ya superadas en la ética cristia­
na, pero una cierta mentalidad de fondo permanece todavía
latente. Son muchos los prejuicios que dificultan un acerca­
miento limpio y espontáneo al fenómeno de la sexualidad.
Nos ha faltado una actitud de mayor transparencia, prudente
sí, pero también sin temores tan acentuados. Porque las con­
secuencias que de ahí se han derivado, y que sufrimos todavía
en parte, tenemos que considerarlas como negativas. No du­
damos de que el fin pretendido resultaba aceptable: evitar, en
lo posible, los engaños escondidos en la fuerza sexual. Y lo
mejor era levantar una buena muralla que ocultase, cuanto
pudiera, las llamadas e insinuaciones provenientes de esa re­
gión. El miedo se convertía, entonces, en una frontera que
impedía el paso por un terreno peligroso, aunque con frecuen­
cia quedara disfrazado bajo la máscara de una ética rigorista.
Lo importante era mantener el sexo alejado. El silencio y la
ignorancia constituían a su vez una buena ayuda para seme­
jante finalidad.
En un clima como este de nerviosismo y suspicacia, lógica­
mente la educación sexual tendía a evitarse. Era necesario
acudir a mentiras piadosas y fábulas para no saciar la curio­
sidad normal sobre estos temas, y el conocimiento se efectua­
ba a escondidas, en una atmósfera clandestina y chabacana,
como si la sexualidad fuese un coto cerrado, adonde había que
entrar por la fuerza y de manera subrepticia.
La educación ofrecida resultaba más bien contraproducen­
te por una sencilla razón. La primera norma pedagógica exige
que el educador esté convencido y entusiasmado de aquello
que enseña. No basta manifestar este aprecio con la palabra.
Los contenidos más auténticos y eficaces son aquellos que
transmitimos sin querer, de forma inconsciente, los que des­
cubren nuestra verdadera actitud interior, encerrada muchas
veces bajo nuestras ideas y mensajes externos y racionaliza­
dos. Aunque se “piense” de una manera se puede “vivir” por
dentro de otra, y esta vida es la que verdaderamente comuni­
camos a través de un lenguaje mucho más significativo: el de
28
nuestras reacciones afectivas. El rubor, el miedo, las medias
palabras, el cambio de conversación, el nerviosismo, la falta
de naturalidad, el pudor excesivo..., como la espontaneidad
artificial, el prurito de información, la morbosidad y chaba­
canería..., impiden que todo lo bueno que se afirme consiga
su objetivo. No creo exagerado afirmar, por ello, que en nues­
tros ambientes cristianos la vivencia profunda del sexo era
demasiado problemática 31 para poder transmitir una estima y
aprecio equilibrado de su valor personal. Cada uno recordará
múltiples anécdotas de su historia anterior y de la que hemos
vivido hasta épocas recientes32. Pero lo importante no son los
hechos en sí, curiosos y superficiales en muchas ocasiones,
sino el simbolismo que todos ellos revelan: hemos temido
demasiado al sexo.
Y lo curioso es que se ha conseguido lo contrario de lo
que se pretendía. En lugar de olvidarlo se ha convertido en el
centro del interés y de la preocupación cristiana. Mientras que
nos manteníamos insensibilizados ante otros problemas éticos
más urgentes e importantes, el esfuerzo religioso recaía de
ordinario sobre este tema, que se vivía con una dosis mayor
de ansiedad e inquietud. Podría decirse incluso que se fomen­
taba un cierto erotismo larvado, pues cuando se oculta lo
sexual con énfasis, nace un instinto de curiosidad mayor, que
nunca llega a saciarse por vivirse en esa atmósfera semioculta.
Como los psicólogos dicen, el desnudo natural no es porno­
gráfico, a no ser que el sujeto esté ya “pervertido’', porque no
hay nada que descubrir. El deseo característico de lo erótico
necesita un estímulo para levantarse, y queda movilizado
cuando se conserva una oscilación permanente entre lo real y
lo imaginario. En el momento en que lo imaginado desapare­
ce, tal deseo resulta satisfecho y se apaga con posteridad. Por1

11 C f J. M. P ohier , En el nombre del Padre Estudios teológicos v psico-


analíticos. Síguem e, Salam anca 1976, 163-214; J. E. K erns, o.c. (n. 30). La
influencia de estos factores inconscientes en R. A ffemann, La sexualidad en
la vida de los jóvenes , Sal Tcrrae, Santander 1979, 271-287. Ver también 1.
C orpas, Apuntes para una interpretación cristiana del placer , TheoXav 38
(1988) 183-190; T. A natrella . Le sexe oublié , Flammarion, París 1990.
' 2 F. B lazquez, Cuarenta años sin sexo , Sedmay, Madrid 1977, donde
recoge abundantes anécdotas y hechos que testimonian esta realidad. También
F. L eist, Sesso e religiones A. M ondadori, Vcrona 1974, con la 2. parte
dedicada a recoger testim onios personales; AA.VV.. o.c. (n. 8).

29
eso en los mecanismos eróticos de todo tipo hay que mantener
siempre un juego constante entre lo visto y lo no visto, entre
lo oculto y lo manifestado, como una promesa ofrecida, que
nunca llega a realizarse. Se busca descubrir algo, pero creando
la conciencia de que otras cosas quedan soterradas * .

12. El riesgo de un espiritualismo exagerado

Si aplicamos estos datos a la pedagogía practicada en muchos


ambientes, comprenderemos cómo hemos fomentado, sin que­
rer y con buena voluntad, situaciones malsanas desde un punto
de vista psicológico, en las que el deseo se rechaza por las
presiones de una rígida educación, pero, al mismo tiempo, es
alimentado en su dinámica interna precisamente por esas ba­
rreras psíquicas de las medias palabras y del misterio, que lo
impulsan al descubrimiento de lo imaginado.
A veces se ha conseguido una reacción contraria, todavía
más absurda y desastrosa: la de poner entre paréntesis la se­
xualidad, marginarla de la vida, como si se tratase de un dato
del que es posible prescindir. El ideal cristiano se ponía en la
búsqueda de un cierto angelismo que eliminaba todo lo rela­
tivo al mundo del sexo, incluidas las más mínimas reacciones
o mecanismos instintivos. La castidad ha sido siempre desig­
nada como la virtud angélica por excelencia. No dudamos de
que esta denominación pueda entenderse de manera aceptable:
la anarquía instintiva de la libido debe evolucionar hacia un
estado de integración y de armonía, que busque imitar desde
lejos la situación radicalmente distinta de los seres espiritua­
les. Pero la expresión no deja de ser ambigua, porque, de
hecho y en la práctica, muchos la han traducido corho un
intento de suprimir la sexualidad en cualquiera de sus mani­
festaciones. “Pretender vivir como un ángel cuando se tiene
un cuerpo, aboca muy pronto a cierto desequilibrio grande de
la persona, si no es también a algún exceso de inmoralidad” 34.

^ L- López A zpitarte, Erotismo v pornografía: hacia una clarificación


del concepto . Proyección 38 (1991) 43-53. Más adelante hablarem os sobre
este tema.
V. Costa, Psicopedagogia pastoral de la castidad , M arfil, Alcoy 1968,

30
Un ideal de pureza que no tuviese presente esta dimen­
sión, caería en un irrealismo catastrófico, pues el ser sexuado
es una exigencia fundamental de la persona e implica un
mundo de fuerzas, pulsiones, deseos, tendencias y afectos que
se habrán de integrar ciertamente, a través de un proceso
evolutivo, pero del que nunca se puede prescindir. La castidad
no es sinónimo de continencia. Esta puede darse también en
sujetos inmaduros, sin problemas aparentes en este campo,
pero cuya tranquilidad es periférica por haberse obtenido con
una fuerte represión35. Las consecuencias no tardan en mani­
festarse por otros caminos, que aparentan no estar en relación
con el sexo, pues lo reprimido conserva una tensión constante
por salir, aunque necesita de otras máscaras y disfraces para
no ser reconocido por la conciencia. La psicología ha sabido
denunciar el auténtico significado de algunos comportamien­
tos pseudoéticos cuya motivación permanece desconocida al
individuo36.
Semejante riesgo aumenta en este terreno concreto. Como
constatar la realidad instintiva del sexo, con todo lo que ella
supone, rompería nuestra imagen ideal y narcisista, lo mejor
es evitar esos desengaños mediante la represión de los deseos,
tendencias, impulsos, curiosidades naturales. El individuo así
se cree casto, pues no experimenta ninguna “tentación”, pero
sólo habrá conseguido, durante el tiempo que pueda mante­
nerla, una pura continencia biológica. Su psiquismo quedará
herido y, antes o después, surgirán otros síntomas de su con-
flictividad interior 37. La castidad no trata de eliminar la pa­
sión ni el impulso, sino que busca el vivirlos de una manera
adulta, madura e integrada. Es la virtud la que humaniza el
mismo deseo para canalizarlo armónicamente. Y mientras no

35 La represión no es un fenómeno consciente por el que se renuncia a un


determ inado im pulso, sino un m ecanism o inconsciente que im posibilita el
conocim iento de la propia realidad, pues elim ina de tal manera lo que le
resulta m olesto e inaceptable, que hace desaparecer cualquier síntoma que
haga sospechar su existencia. Recomiendo la lectura de L. C encillo, Libido,
Terapia y Ética , Verbo Divino, Estella 1974.
36 C f E. L ópez A zpitarte, o.c. (n. I), 107-121.
37 Com o ejem plo, J. L emaire-E. L emaire A rnaud, La imagen
la sexualidad a través de los conflictos conyugales, Concilium 100 (1 )
463-474; H. S. K aplan , La nueva terapia sexual I, Alianza, Madrid 1978.
201-224.

31
partamos de la realidad que todos llevamos, como seres sexua­
dos, no existe ninguna posibilidad de progreso y maduración.

13. El fin de la clandestinidad:


urgencia de un nuevo planteamiento

Frente a estas sombras más o menos acentuadas del pasado,


que nadie se atreverá a negar, encontramos hoy una actitud
diferente que busca sustituir el miedo y el temor por la verdad
del sexo38. Esto supone la superación de antiguas barreras,
pues si hay algo característico en el hombre moderno es su
ilusión por escapar del misterio, de un destino inexplicable y
simplemente impuesto, sin mayor convencimiento o aclara­
ción.
No cabe duda de que el estudio científico de la sexualidad
ha disipado muchas de estas ignorancias y purificado en
muchos aspectos la atmósfera que se respiraba. El psicoaná­
lisis, en concreto, ha servido para destrozar muchos idealis­
mos ingenuos y para un encuentro con la realidad al desnudo,
sin máscaras que ocultan a veces comportamientos menos
limpios. Penetrar en las regiones del inconsciente ha sido una
conquista de primer orden para intentar descubrir la dimen­
sión sexual no armonizada, inmadura, que se da en conductas
a primera vista alejadas de este problema.
Todas las demás ciencias han aportado también datos de
interés extraordinario para comprender mejor la naturaleza del
sexo y ayudamos a deducir su riqueza de contenido y expre­
sividad. El mundo de los primitivos, el comportamiento de
los animales, los datos sociológicos, los conocimientos actua­
les de la medicina, los mecanismos de la biología, las ense­
ñanzas de la historia, las diferentes ideologías filosóficas...,
constituyen diversas aportaciones, entre otras, que iluminan y
enriquecen nuestra visión actual. El que se quiera engañar o
permanecer ignorante no será ya por falta de medios y posi­
bilidades. Podríamos decir que hemos llegado definitivamente

A. H esnard, Apunte sobre el desconocimiento que, en general, hav


u i t sexual en AA.VV., La sexualidad , Fontanella, Barcelona 1969, 259-
261; T. A natrella, o c (n. 31).

32
al fin de una clandestinidad39, en la que el sexo estaba prisio­
nero y oculto, como si fuera un peligroso delincuente, y sólo
así pudiera evitarse la amenaza de su liberación.
Este acercamiento progresivo a la verdad no será nunca un
obstáculo ni un reto a la ética cristiana, sino una ayuda necesa­
ria a su mejoramiento y perfección. No tener en cuenta seme­
jantes avances y las correcciones consecuentes que de ellos se
derivan es un atentado contra la credibilidad y permanencia
de la misma moral. Las exigencias sexuales que no tienen una
suficiente fundamentación racional no provocan ningún eco
en amplios sectores del mundo moderno, al considerarlas sin
el crédito y la garantía indispensable para un compromiso
posterior. La necesidad de un planteamiento renovado por
este camino es una de las tareas más urgentes de la ética
sexual40.
Hay que reconocer, de cualquier manera, que la enseñanza
oficial de la Iglesia se encuentra en un momento de crisis
profunda. No es solo que hoy se quebranten sus normas vi­
gentes, como ha sucedido siempre en la historia y en todos los
campos de la praxis, sino que existe un rechazo positivo y un
disentimiento claramente manifestado41.
w P. B alvet, Fin de una clandestinidad , en AA.VV., o.c. (n. 38), 261-
267 A pesar de todo, la inform ación se sigue recabando de forma clandestina.
C f H C errud, Estudio comparado sobre la procedencia de conocimientos
sexuales en adolescentes de Madrid y Santander , Complutense, Madrid 1979.
40 El intento de renovación efectuado por AA.VV., La sexualidad huma-
na Nuevas perspectivas del pensamiento católico , Cristiandad, Madrid 1978.
tiene planteam ientos bastante discutidos. C f F. J. Elizari, La sexualidad hu­
mana Boletín bibliográfico , M oralia 2 (1980) 71-83, donde recoge y comenta
diferentes ju icio s sobre la obra. Entre las libros publicados en castellano,
pueden verse: A. H ortelano , Problemas actuales de moraL Sígueme, Sala­
manca 1980, 225-278; F. J. E lizari, Reconciliación del cristiano con la sexua­
lidad , PPC, M adrid 1982; AA.VV., Sexualidad y vida cristiana , Sal Terree,
Santander 1982; X. T hévenot, Pautas éticas para un mundo nuevo, Verbo
Divino, Estella 1988; P. T revijano, Madurez y sexualidad, Sígueme, Salaman­
ca 1988; M. V idal, o.c. (n. 3), y Ética de la sexualidad , Tecnos, Madrid 1991;
M. C uyas, Antropología sexual , PPC, M adrid 1991.
41 Sobre las diferentes encuestas realizadas, c f M. Schofield, El compor­
tamiento sexual de los jóvenes , Fontanella, Barcelona 1972; K. K riech, Crisis
actual de la moral sexual en la comunidad católica , Concilium 100 (1974)
418-431; M. H unt, La conducta sexual hoy , Edhasa, Barcelona 1978, X.
T hévenot, Les chrétiens et les deviances sexuelles , Supplément 32 (1979)
424-444; W. S krzydlewski, Etica e sesso , Angelicum 55 (1978) 341*365, S.
A cquaviva, Comportamiento sexual v cambio social en una sociedad en tran­
sición , Concilium 193 (1984) 365-373; AA.VV., La sexualidad en un mundo

33
La vida sigue unos cauces bastante diversos a los señala­
dos por la moral, hasta el punto de que muchos se preguntan
si no se ha perdido ya la batalla en este terreno. El fenómeno
de la sexualidad es un hecho patente que ha desbordado, en
casi todas las sociedades, los límites éticos, culturales o so­
ciológicos mantenidos hasta el momento como pautas orien­
tadoras. Es más, cualquier normativa produce de inmediato
una reacción contraria, pues el derecho a una plena libertad,
respetando exclusivamente el querer del otro, no admite nin­
guna limitación. La liberación sexual forma parte y se con­
vierte casi en símbolo de la conquista que el hombre ha de
conseguir en todos los campos de su actividad. La “contesta­
ción”, manifestada en esta zona del sexo, adquiere así un
significado mucho más amplio y extensivo: la ruptura con
otros valores que se han considerado demasiado alienantes.

14. La deshumanización del sexo:


una amenaza actual

Lo que no cabe duda es de que el peligro del mundo moderno


no reside en fomentar el esplritualismo de otras épocas. Los
mitos actuales han rebajado el sentido de la sexualidad hasta
despojarla de todo contenido humano, como si fuera un simple
fenómeno zoológico o una forma vulgar de entretenimiento y
diversión. De esta manera se ha convertido en un hecho insig­
nificante, en una palabra vacía, en una expresión sin mensa­
ert cambio, Fund. Banco Exterior, Madrid 1985. Sobre el am biente español,
G. R odríguez de Echevarría, El adolescente español , Instituto de Estudios
Políticos, Madrid 1974, especialm ente 181-228; M. S anz A güero , La sexua­
lidad española. Una aproximación sociológica , Paulinas, M adrid 1975; M.
G utiérrez C alvo, Sexualidad de los universitarios , Autor, Salam anca 1978;
E. Sánchez, Anotaciones sobre la sexualidad juvenil , RyF 210 (1984) 58-69;
G. C asanueva. Actitudes sexuales y cambio de actitudes sexuales , C om pluten­
se. Madrid 1984; A A .W ., Juventud española 1984, Fundación Santa M aría,
Madrid 1985; A A .W ., Sexualidad y juventud, RevEsÜuv 19 (1985); C. M alo
de M olina, La conducta sexual de los españoles , Repórter, Barcelona 1985;
J. J. T oharia, Cambios recientes en la sociedad española , Instituto Estudios
económicos, Madrid 1989; S ecretaría, Informe sobre la conducta sexual de
MÍSJ° V 146 (l9 8 9 ) 19’24’ A A .W ., Jóvenes españoles
* ™ d n d 1990; J. M. de Lahidalga, Juventud vasca y familia-matri-
momo, hoy. Lumen 39 (1990) 469-493; i. S astre. ¿Por qué pasa lo que nos
pasa' La etica sexual a examen, SaIT 79 (1991) 261-270.

34
je *4142. Hoy más que nunca, la literatura de información sexual
se ha multiplicado y está al alcance de todos. No tenemos nada
en contra de este conocimiento mayor que evite las ignoran­
cias de otros tiempos. Lo que resulta desolador es recorrer
tantas páginas escritas en las que el sexo es pura anatomía,
mera función biológica 3. A este nivel, la sexualidad humana
sería una copia exacta de la que aparece en el mundo de los
animales. Un mecanismo anónimo y despersonalizado, donde
el psiquismo queda sustituido por la simple zoología.
Al romper su relación con la persona, el sexo se desliza
insensiblemente hacia una mercancía de consumo. Todos so­
mos conscientes de la esclavitud profunda creada en la socie­
dad por estas exigencias artificiales. Lo único que interesa es
abrir cada vez más las apetencias para que el campo de las
necesidades se amplíe con unos intereses muy concretizados
y la sexualidad se utilice constantemente con este fin lucrati­
vo, como un objeto de compraventa. El mayor mérito de
Marcuse ha sido sin duda la denuncia de este chantaje social­
mente admitido, del que la masa y el pueblo no puede hacerse
consciente. El hombre unidimensional es un perfecto robot al
servicio de una sociedad que lo domina y le concede una
pseudoliberación, que le hace sentirse libre44. Para caer en la

a: P. R icoeur, La maravilla, lo errático, el enigma, en AA.W ., o.c (n.


38), 9-21. “ El levantam iento de los entredichos sexuales ha producido un
curioso efecto que la generación freudiana no había conocido, la pérdida del
valor a causa de la felicidad: lo sexual vuelto prójim o, disponible y reducido
a una sim ple función biológica se vuelve propiam ente insignificante” (p. 17).
J. G afo, La "espiral del sexo ”: valores y señales de alarma , SalT 70 (1982)
495-509, G. M ora , Nuevas reflexiones sobre ¡a sexualidad . CuadOrFam 104
(1986) 9-32; B B ennassar, o .c . (n. 22); F. M orandi, Crisi e futuro della
sessualitá , CitVit 46 (1991) 376-384.
41 Un análisis y valoración sobre los libros de educación sexual, reparti­
dos en bastantes com unidades autonóm icas, en J. L. R iesco, Iniciativas para
la educación sexual: análisis y valoración , MisJov 146 (1989) 13-18: “El
concepto cristiano de la sexualidad y el que estos organism os oficiales nos
presentan son radicalm ente distintos, tanto en su principio como en su orien­
tación posterior” (p. 17).
44 Ver fundam entalm ente sus dos obras más conocidas, Eros y civiliza­
ción, Seix y Barral, Barcelona 1968, y El hombre unidimensional, Seix y
Barra!, Barcelona 1969. La bibliografía sobre Marcuse ha sido abundante. Un
buen resum en de su pensam iento en M. S imón, o.c. (n. 12), 99-118; J. Gómez
C affarena, Meditación sobre Marcuse . RyF 200 (1979) 216-225; D. S abiote,
El problema del humanismo en Erich Fromm y Herber Marcuse, Universidad
Pontificia, Salam anca 1983; R. R odríguez-C. R ojas, o.c . (n. 12).

35
cuenta de esta instrumentalización basta echar una mirada al
fenómeno de la pornografía tal y como se vive en muchos
ambientes actuales y en ciertos medios de comunicación.
Por este camino es natural que el sexo ya no se viva como
un compromiso de la persona, sino más bien como una forma
de entretenimiento y diversión, como si se tratara de un juego
infantil. Algunos sociólogos han apuntado el hecho de que,
en una sociedad tan sexualizada, la prostitución ha disminui­
do en contra de lo que cabría pensar. Sin embargo, la expli­
cación del fenómeno resulta sencilla: el papel que antes repre­
sentaba la prostituta lo desempeña ahora la compañera. La
felicidad y frecuencia de unas relaciones sexuales cambiantes
disminuye la necesidad del prostíbulo45.

15. Una experiencia de frustración

La consecuencia última de este liberalismo sexual es un sen­


timiento hondo de vacío y decepción. Cuando sólo resta el
placer instantáneo, el hastío amenaza al hombre, que no puede
quedarse satisfecho con tales experiencias. Las olas de protes­
ta que se han levantado a veces en la misma juventud no tie­
nen por qué tener un origen moralizante o religioso. Pueden
interpretarse como un cansancio psicológico que produce la
saturación. Es el desencanto de una experiencia que ya resulta
aburrida y frustrante, aunque se repite con obsesión como un
intento de compensarse por el engaño sufrido. La sensación de
-que se ha ido demasiado lejos no brota de los ambientes o
ideologías puritanas46. Un psicólogo, discípulo de Reich, des­
pués de una larga estancia en la India, se ha atrevido a dar el
siguiente juicio sobre nuestra civilización erótica occidental:
“Cuando he vuelto a Occidente he descubierto que existían
tres cosas, de las cuales era mejor no hablar, para no desacre­
ditarse. La primera era Dios: me di cuenta de que el solo nom-

45 G. Struck, Sexo y moralidad , Concilium 35 (1968) 316. C f tam bién los


dalos analizados por M. H unt, o.c. (n. 41), 178-184.
Es un fenómeno que se ha dado en m últiples países, donde se vuelve
a reconstruir barreras y costumbres que habían desaparecido con anterioridad.
s psico ogos interpretan este movim iento com o un síntom a de cansancio v
frustración, que ciertamente no afecta a la m ayoría de la sociedad.

36
brc de Dios era ofensivo y susceptible de provocar la cólera. La
segunda era el amor, que no resultaba admisible sino cuando
está precedido del verbo h acer. La tercera incongruencia, en fin,
era el afirmar que el celibato y la soledad pueden ser experien­
cias positivas, cnriquecedoras e incluso gratificantes'147.

En el extremo de esta pendiente aparece la posibilidad de


la misma perversión, como un escape para encontrar nuevos
y originales estímulos, cuando lo normal sólo provoca el
aburrimiento. Parece un hecho comprobado que allí donde el
progresismo sexual ha dado mayores pasos y facilita las ex­
periencias sexuales con toda naturalidad, el índice de compor­
tamientos anormales ha ido en aumento. Las estadísticas de
estos países así lo confirman48. El hombre se esfuerza por
cuantificar sus experiencias, disminuyendo progresivamente
el elemento normal y cualitativo.

16. La solución autoritaria:


una condena sin concesiones ni conformismos

Ante una situación como ésta, en la que todos estamos sumer­


gidos, caben diferentes posturas. Para unos, la explicación es
demasiado obvia: hemos llegado hasta aquí como consecuen­
cia de un relajamiento progresivo, producto de la excesiva
tolerancia, del confusionismo ideológico, del simple dejar
hacer y del miedo por ir contra corriente. La solución habría
que buscarla por el extremo contrario: una vuelta a las normas
claras y taxativas, que regulan la conducta del hombre. Dejar­
se de concesiones en la interpretación de los principios, para
no terminar en una práctica cada vez más liberal y relajada.
La desconfianza, motivada por teorías llamadas modernas y
que han minado la seguridad de lo antiguo, ha llevado a este
libertinaje. El fracaso ha sido demasiado evidente para conti­
nuar por el mismo camino. Hay que levantar la voz con fuerza
y denunciar con valentía esta deshumanización actual. La

47 W. G rossman, Le gorou. le sexe et le veritahle orgasme, Psychologie


63 48
<1975>
C f J. J.
2 9 ’
López Ibor, o.c. (n. 3), 150-151; R. A ffemann, oc
,
(n. 31), 79-
I I I .

37
culpa de tales excesos recae, en parte, sobre aquellos respon­
sables que no han sabido —o no han querido— con su auto­
ridad tomar unas medidas más eficaces.
El problema es demasiado complejo para tratarlo aquí con
mayor amplitud, pero desde luego no parece ésta la solución
más adecuada ni suficiente. Hoy no basta ya la repetición de
unas normas, por muy verdaderas que sean, si no se indican,
al mismo tiempo, los valores que en ellas se encierran. La
imposición autoritaria de unas obligaciones éticas sólo sirve
para mantener una sumisión infantilizada en aquellos que no
aspiran a vivir de una manera adulta. La gente tiene derecho
a saber el porqué de lo mandado como imperativo moral y esa
pregunta no es siempre fruto de la rebeldía o falta de docili­
dad, aunque a veces se proponga en ese clima, sino una
manifestación de la madurez humana y evangélica. El esfuer­
zo por encontrar la respuesta adecuada es la tarea de una ética
actual y no la mera repetición de lo que siempre se ha dicho.
Si esa respuesta no existe, o no sabemos darla, de poco sirve
lo que vayamos a decir49.
Esta es la razón de que una moral, como la presentada
hasta hace poco en nuestros manuales de teología, no puede
ya elaborarse. Y el problema no está tanto en la permanencia
o no de sus principios cuanto en el estilo en que se habían
fraguado. A nadie se le puede obligar a la aceptación de una
norma obligatoria sin un convencimiento interno de que así
debe actuar para su propio bien, y para agradar a Dios, en el
caso de los creyentes. De nada vale crear individuos castos
materialmente si con anterioridad no hemos formado personas
convencidas. La honradez conduce en algunas ocasiones a
matizar o a dar por superados antiguos presupuestos, pero este
amor a la verdad no tiene por qué llevar a una degradación de
la conducta, si no es a los que buscan aprovecharse de todo
para su interés.
Mantener en teoría los principios no ha sido nunca un
método válido para encauzar la vida humana. Aun en las
épocas de un rigorismo social extraordinario, la relajación y
el mal seguían existiendo. Es verdad que no es lícito renun­
ciar al ideal y al bien teórico como metas hacia donde convie­

C f E. López A zpitarte, o.c. (n. 1), 95-106.

38
ne orientar la conducta. Sin embargo, parece como si lo que
se pretendiera fuese sólo una especie de respeto y adoración
de la ley, aunque la praxis vaya por otros derroteros lejanos.
No es difícil encontrarse con personas que mantienen una
rigidez impresionante en sus criterios, intolerantes en el mun­
do de los principios, y que después, en la práctica, tienen una
comprensión y tolerancia benévola. Lo fundamental consiste
en defender los esquemas tradicionales, aunque no influyan
casi nada en la realidad de la vida. La psicología podría decir
alguna palabra para revelar el significado oculto de este com­
portamiento. No cabe duda de que los principios se convierten
para algunos en una madre buena y acogedora. Su defensa es
el intento infantil de mantener la tranquilidad de la propia
conciencia, que no quiere ningún tipo de comprensión confor­
mista.

17. Una postura de resignación y silencio

Al hablar así no intentamos eliminar el valor y la importancia


de la normativa ética, sino señalar simplemente los límites de
una solución autoritaria. Por eso tampoco aceptamos una
postura de resignación y silencio que pretenda construir la
moral con el imperativo de los hechos. Estos intentos de
acomodación, de reducir las exigencias a los datos sociológi­
cos, son fruto de un conformismo cobarde y el servicio que
se prestaría por este camino a la humanidad sería demasiado
pequeño. Una postura que se ha generalizado con exceso ante
una situación que, muchas veces, no se sabe cómo abordarla.
Aunque no se esté de acuerdo con ella, sólo queda un silencio
resignado, que impide cualquier otra manifestación contraria.
La psicología podría también encontrar una explicación
más profunda. A veces, el aplauso popular, el deseo de no
contradecir o el miedo a ser tachados de conservadores se
convierten en una tentación para no intervenir ni manifestar
nuestro pensamiento. Al narcisismo humano le duele ofrecer
una imagen que no está valorada en el ambiente que se vive.
De ahí que, bajo la aparente excusa del respeto, se dé, en
realidad una abstención que, en el fondo, es un deseo de no
deteriorar el propio rostro frente a los demás. El no estar a la
39
moda intelectual que se lleva es un motivo de crítica y de
rechazo, cuyas consecuencias se quieren evitar. En otros, tal
vez con más frecuencia, es una falta de preparación para exa­
minar los problemas que hoy se plantean con una mentalidad
adecuada. La buena voluntad no basta por sí sola si no va
acompañada, al mismo tiempo, de la suficiente preparación.
En cualquier hipótesis, el simple dejar hacer no provoca
ninguna maduración ni lleva a una mayor libertad. El análisis
crítico permite descubrir que en el fondo de tal "liberación”
existe un nuevo tipo de esclavitud. Los antiguos ídolos que­
dan sustituidos por otras imágenes nuevas igualmente falsas.
De ahí, como nos recuerda Cox, la urgencia de exorcizar los
demonios modernos del sexo50. Y es que el puritanismo exa­
gerado de antes y el desenfreno de ahora tienen idénticas
raíces: la sumisión ante la sexualidad como un destino im­
puesto. Las formas concretas de esta imposición serán dife­
rentes. Si la conducta estaba regida con anterioridad por una
normativa rigorista e impuesta por diversas presiones, hoy
existe la "obligación” de comportarse como mandan las nue­
vas formas liberadoras, "si no se quiere caer en la sospecha de
alguna anomalía” 51. Lo de menos es cómo se manipula, que
supone un aspecto secundario. Lo importante es constatar que
ni unos ni otros han sido libres y auténticos. La meta de toda
manipulación tiende justamente a esto: es una forma de vio­
lencia psíquica que entorpece la capacidad de juicio y dificul­
ta el ejercicio de la libertad; una verdadera tiranía, que no deja
de ser paradójica por instalarse en un clima donde se mantie­
ne el derecho a la más completa libertad sexual. Con razón se
plantea la pregunta de si nos encontramos ante un proceso de
liberación o de manipulación descarada52. Y cuando la liber­

50 H. Cox, La ciudad secular , Península, Barcelona 1962, c. 9. Aunque no


comparta todos sus puntos de vista, véase la crítica tan fuerte que hace contra
la aparente liberación sexual. A. A. G uha, Moral sexual v represión sexual ,
Granica, Barcelona 1977.
tt. Schelsky, Sociología de la sexualidad , Nueva Visión, Buenos Aires
1963, 212. En este estudio sobre los aspectos sociológicos se insiste en el
carácter coercitivo de los m odelos y formas de conducta, hasta el punto de
hablar de una libertad forzada” y de “una imposición de la libertad sexual” .
J. B run, Alienación y sexualidad , en AA.VV., o.c. (n. 38), 189-201.
- Sobre el tem a de la m anipulación, C h .-N . N odet , Libération de
1 ñomme" Reflexións psychanalitiques, Supplém ent 27 (1974) 424-444; M.
Vidal, Manipulación de la conciencia moral, M oralia I (1979) 163-180; R.

40
tad, que se defiende y exalta, es una pura ilusión, el engaño
se hace mucho más trágico y lamentable.

18. El simbolismo de la sexualidad

Una vez más nos encontramos obligados a mantener el equili­


brio entre dos extremos. No hay que imponer con la fuerza
exclusiva de la autoridad, pero tampoco basta una tolerancia
que renuncia al intento de convencer. La sexualidad requiere
un cauce para convertirse en una expresión humana, y por ello
es imposible estar de acuerdo con las múltiples manifestacio­
nes deshumanizantes, que se observan con tanta frecuencia,
aunque la forma mejor de iluminar el camino no sea tampoco
el recuerdo impositivo de la ley51*53. Es necesario, ante todo,
descubrir los valores que en ella se encierran desde una pers­
pectiva humana y sobrenatural. Las exigencias que de ahí
dimanen orientarán la manera de realizamos, como personas
humanas y como hijos de Dios, en esta zona de nuestra exis­
tencia. El primer paso será, pues, acercamos al significado y
simbolismo de la sexualidad humana, como punto de partida
para una fundamentación de la moral.

B urgaleta Á lvarez, La manipulación frente a la autorrealización personal,


EstFil 29 (1980) 9-31; J. A. L unares , Violencia a la libertad desde la con -
ciencia moral, EstFil 29 (1980) 133-135.
51 M. B ellet, Realidad sexual v moral cristiana , Desclée, Bilbao 1V7J, .
G afo , Una pastoral del sexo que supere las "rebajas ” y el arcaísmo moral,
SalT 67 (1979) 843-853.

41
C apítulo 2

SIMBOLISMO DE LA SEXUALIDAD
HUM ANA

1. Hacia una antropología unitaria


Todo intento de acercarse al hombre desde una óptica dualista
se encuentra condenado al fracaso, por el peligro de caer en
cualquiera de los extremismos apuntados con anterioridad. El
ser humano aparece, entonces, como ángel o como bestia,
según la dimensión que se haya acentuado. La eliminación del
sentido psicológico y transcendente de la materia, o el olvido
de la condición encamada del espíritu, da al ser humano un
carácter demasiado animal o excesivamente angélico. Y entre
ese reduccionismo biológico e idealismo ingenuo se desliza el
hombre real y ordinario de cada día.
Una antropología con estos presupuestos está viciada des­
de sus raíces para captar el sentido y la dignidad de la mate­
ria, del cuerpo y de la sexualidad. O lo corpóreo constituye la
parte sombría de la existencia, en la que el alma se siente
prisionera y condenada a vivir escondida, como en su propia
tumba; o las meras exigencias biológicas prevalecen de tal
manera, que lo humano ya no tiene cabida ni merece consi­
deración alguna.
La materia y el espíritu —aunque entendido de formas
diferentes— han sido siempre considerados como los princi­
pios constitutivos del hombre. La mutua relación existente
entre ambos, sin embargo, no se ha explicado de una misma
manera. Sin entrar ahora en el análisis de otras interpretacio­
nes, quisiéramos insistir en la que nos parece más conveniente
y eficaz. Desde la intuición clásica de santo Tomás sobre el
alma como forma del cuerpo, hasta las más modernas re­
43
flexiones con sus variados matices, se insiste en una tonalidad
de fondo común, que se caracteriza por su oposición a toda
clase de dualismo1.
Si hay algo que especifica a la persona humana es su uni­
dad misteriosa y profunda. Es una totalidad que no está com­
puesta por dos principios, como si se tratara de una simple
combinación química de elementos para dar una nueva reac­
ción. La teoría hilemórfica —composición de materia y for­
ma— ha podido inducir en ocasiones a una excesiva separa­
ción entre ambos elementos, sobre todo cuando el pensamiento
cristiano se traducía bajo los nombres de cuerpo y alma. Esta,
como sustancia espiritual, era inmortal e incorruptible, a pesar
de su vinculación con la materia, destinada a desaparecer. El
dualismo aparecía de nuevo con todas sus lamentables con­
secuencias2. El espíritu humano tendría, entonces, un cuerpo
en el que se injerta y permanece como algo distinto de la sim­
ple materia. Sería como un ángel venido a menos, como una
libertad encadenada, como una luz sumergida en la opacidad.
El dualismo griego penetró en la mentalidad de algunos
padres de la Iglesia, aunque rechazaran su traducción más
gnóstica y maniquea. La oposición de la carne al espíritu fue
una tendencia bastante difusa, que fomentó el rigorismo ascé-*81
1 C f F. P. F iorenza-J. B. M etz, El hombre como unidad de cuerpo r alma,
en MS, II, 661-715; J. G evaert, El problema del hombre Introducción a la
antropología filosófica , Sígueme, Salamanca 1978, 69-114; A. V ergote, Le
Corps. Pensée contemporaine et categories bibhques, RcvThLouv 10 (1979)
159-175; M. J. N icolás, Le corps humain , RevThom 79 (1979) 357-387; J. L.
Ruiz de la Peña, Las nuevas antropologías. Un reto a la teología, Sal Terrae,
Santander 1983; B. C. B azán, La corporalité selon saint Thomas, RevPhLouv
81 (1983) 369-409; I. F ucek, L ’unitá e la dignitá della persona n e ll’an-
tropologia sessuale cristiana , M edMor 39 (1989) 465-489; D. T ettamanzi, La
corporeitá umana Dimensioni antropologiche e teologiche, M edM or 39 (1989)
677-701; P. L eenhouwers, Reflexiones antropológicas sobre la sexualidad ,
VidRel 70 (1991) 184-192.
Ver el interesante estudio de C. T resmontant, El problema del alma ,
Herder, Barcelona 1974. Con esto no querem os negar la inm ortalidad del
alma, ni la resurrección del cuerpo tal y com o lo explica la fe cristiana. C f
M. J. N icolás. Le corps humain et sa résurrection , RevTh 79 (1979) 533-545;
J. L. R uiz de la P eña, La otra dimensión. Escatologia cristiana , Sal Terrae,
1986; AA.VV., Destín du corps, histoire du salut , LetVie 166
(1984) 2-94; G. B landino, Modern Science and the Inmortal,tv o f the Human
Person, Teresianum 38 (1987) 305-323; J. A. D omínguez, La resurrección de
la carne, en AA.VV., Creo en la vida eterna , Cete, T oledo 1989, 179-206;
J. T homas, Reincarnation et résurrection , Études 374 (1991) 235-244; A.
T ornos, Escatologia II, Com illas, Madrid 1991, 144-202.

44
tico y un desprecio del cuerpo. La lectura de la Biblia se rea­
lizó a partir de una óptica helenista y el alma se identificó con
el espíritu, mientras que el cuerpo quedó confundido con la
carne, lugar del pecado y de la condena. Aunque en la antro­
pología veterotestamentaria, como veremos en el próximo ca­
pítulo, no se presentaba este dualismo, semejante visión estu­
vo condicionada por un dato teológico. Había que garantizar
no sólo la unidad esencial del ser humano, sino defender al
mismo tiempo la inmortalidad del alma. Platón ofrecía una
base sólida para defender la independencia del espíritu, como
elemento eterno y divino, pero que se hacía prisionero al intro­
ducirse en la materia. Aunque ios Padres aceptaban la digni­
dad y el valor del cuerpo humano y su unidad substancial, no
evitaron del todo el peligro de subrayar la trascendencia e im­
portancia del alma, como componente más característico.
Particular importancia tuvo la postura de san Agustín, debi­
do, tal vez, a su vinculación anterior con el maniqueísmo.
Aunque la materia y el espíritu sean realidades buenas, como
criaturas nacidas de la mano de Dios, el pecado ha roto la
armonía primera, creando un profundo desajuste. La concu­
piscencia ha invadido de tal manera la corporalidad que ésta
se convierte en un enemigo del alma para apartarla del bien.
Su pesimismo por el sexo, por mucho que se quiera interpre­
tar con benevolencia, es una realidad evidente3.

2. La unidad radical del ser humano:


dimensión corpórea del espíritu

Sin embargo, la clásica teoría hilemórfica da pie para una


visión mucho más unitaria y profunda de lo que aparece en
estas expresiones de tipo platónico, que resultaban populares
' V. G rossi, Lineamenti di antropología patrística , Borla, Roma 1983: H.
C rouzel, Les Peres de l'Église: leur conception de la sexualité. Seminarios
24 (1984) 52-66; P. L anga, San Agustín y el progreso de la teología matri­
monial, Sem inario C onciliar, T oledo 1984; H. C rouzel, La concupiscence
charnelle selon saint Augustin , BullLitEccl 88 (1987) 287-308; J. L. L arrabe,
Espiritualidad v castidad matrimonial según S. Agustín , EstAgus 22 (1987)
235-259; J. M arcilla , El matrimonio en la obra pastoral de S. Agustínr,
A ugustinus 34 (1989) 31-117; C. B urke, 5. Agustín y la ética conyugal,
A ugustinus 35 (1990) 279-287; E. M asutti. II problema del corpo tn S.
Agostino, Borla, Roma 1990.

45
por su esquematismo y sencillez. La forma que configura a
una estatua de mármol no es una realidad distinta a la materia
con la que está construida. Nunca podría existir si no es bajo
una figura determinada, aunque fuera en su estadio más pri­
mitivo e informe. Ella es la que hace posible su conocimiento
y diferenciación. Algo análogo acontece en las estructuras
humanas. Hablar del alma como forma del cuerpo es decir de
otra manera que nuestra corporalidad es algo singular y dife­
rente a cualquier otra materia animada. Todo humanismo que
no haga de la persona una simple realidad biológica, tendrá
que admitir ese plus, de cualquier manera que se le designe,
que la convierte en una realidad superior y cualitativamente
distinta. Una forma de existir que se caracteriza por la profun­
da unidad entre las dos dimensiones de su ser.
El conocimiento de Aristóteles, con su teoría hilemórfica,
sirvió para insistir en la unidad del compuesto humano, pero
se hacía más difícil comprender la inmortalidad del alma,
puesto que la forma vinculada estrechamente con el cuerpo
tendría que desaparecer con la destrucción de éste. Fue santo
Tomás de Aquino quien integró la antropología aristotélica en
la concepción cristiana, dándole una interpretación con nue­
vos matices.
La experiencia personal nos lleva al convencimiento
inmediato de que el sujeto de todas las operaciones espiritua­
les y corporales es la persona humana. El mismo que piensa,
ama, comprende y desea es el que siente el dolor y el hambre,
contempla el paisaje o escucha la música4. No existen prin­
cipios diferentes para cada una de nuestras actividades. Lo
que llamamos cuerpo y alma no son, pues, dos realidades
distintas que se dan en nuestro ser, ni dos estratos o niveles
que pudieran limitarse en su interior. Tenemos una dimensión
que nos eleva por encima de la materia inorgánica, de las
plantas y de los animales, pero esa fuerza transcendente, que
muchas veces designamos como alma5, no tiene nada que ver
^El mismo c idéntico hombre es el que percibe que el que entiende y
siente (S.Th.%I, q. 76, a. 1). C f A. S chOpf, El problema alma-cuerpo desde
la perspectiva fenómeno lógica y psicoanalitiea, DialFil 8 (1992) 4-18.
St . Strasser, Le probléme de l ’áme , Nauwelacrts, Lovaina 1953, donde
explica con mayor detención la m ultiplicidad de significados que el térm ino
reviste; J. L. V iellard-B aron, Le dualisme de la m e et du corps , J. Vrin, París

46
con el mundo de los espíritus puros. El nuestro, a diferencia
del angélico, se encuentra todo él transido por la corporalidad.
No es como el conductor de un automóvil, el jinete que do­
mina al caballo o el marino que conduce la embarcación, sino
como la forma, según hemos dicho, que configura una ima­
gen: no puede existir sin una íntima fusión con la materia. Su
tarea consiste en integrar los múltiples elementos de ésta y
darles una permanencia, en medio de los cambios y evolucio­
nes que experimente, aunque ella pueda tener una subsistencia
posterior, de la que nos habla la revelación6.
Tal vez el nombre de alma resulta insostenible para algu­
nos, pero el lenguaje que otras muchas concepciones moder­
nas utilizan en la explicación del ser viviente —principio vital,
entelequia, idea directriz o inmanente y, sobre todo, el térmi­
no estructura empleado por los mismos mecanicistas— apunta
a esta misma finalidad7.
Por ello, no es exacta la afirmación de que el ser humano
tiene un cuerpo. La categoría del tener no es aplicable en este
ámbito de la corporalidad. Habría más bien que decir que el
hombre es un ser corpóreo, un espíritu encamado que exige,
actúa y se manifiesta en todas sus expresiones somáticas. La
única posibilidad de revelarse, de entrar en comunión con los
demás, de expresar su propia palabra, tiene que efectuarse
mediante una encamación. Hasta las realizaciones más subli­
mes del pensamiento están marcadas por este sello, sin poder
nunca renunciar a esta fusión con la materia. Sólo es capaz de
actuar cuando está comprometido el cuerpo y encuentra en él
su apoyo y expresividad8.

6 I. F ucek , Prospettive teologiche ed etiche in tema de corporeitá umana,


M edM or 40 (1990) 933-948. Adem ás de la bibliografía citada en la nota 3.
7 “ Podem os poner el nom bre que nos guste a esta estructura o a esta
forma subsistente, que es el sujeto que permanece durante la vida, mientras
que los elem entos m ateriales se van renovando incesantemente. Aristóteles la
llamó con la palabra griega psvque , traducida posteriorm ente al latín por
anima, de donde ha derivado nuestro término románico alma. Si esta palabra
desagrada se puede buscar otra. No tiene im portancia esta cuestión ter­
m inológica. Lo im portante es tener un vocablo que signifique esta realidad
estructural, que no es un elem ento material, sino que integra una multiplici­
dad m aterial y que perm anece inmutable a lo largo de la vida del organismo
C. T resmontant, o.c. (n. 2), 143.
* En esta línea no podem os olvidar el lenguaje privilegiado de la liturgia,
la danza y los ritos humanos, que la cultura y costumbres de cada época han

47
Lo que vulgarmente designamos como cuerpo humano no
es uno de los elementos, sino el resultado de esa misteriosa
unión, donde el alma ya se encuentra incluida. Su ausencia
haría de esa realidad un simple cadáver, un montón de materia
disgregada. No existe, pues, dualidad entre el alma y el cuer­
po, ya que al adjetivarlos como humanos estamos diciendo
que se trata de un alma encarnada o de un cuerpo animado,
que es exactamente lo mismo. En esta antropología, vivir
corporalmente no constituye para el “alma” una especie de
castigo, rebajamiento o humillación, sino la plenitud de todas
sus posibilidades. Al ser un espíritu camal necesita cons­
tantemente de la materia para realizar cualquiera de sus fun­
ciones.

3. El significado espiritual del cuerpo

Debido a esto la totalidad del cuerpo humano se nos manifies­


ta también, por otra parte, como una realidad radicalmente
distinta de cualquier otro fenómeno viviente. Nuestras estructu­
ras corpóreas tienen una cierta analogía cuando las compara­
mos con las del mundo animal, por ejemplo9. Muchos meca­
nismos y reacciones poseen un parecido orgánico con las que

ido creando y que resulta ininteligible para el no iniciado en este idioma. Para
ampliación del tema, A. A uer, II senso della corporahtá e del la sessuulita
dell'uomo , en A A .W ., L'uomo e la sua sessualitá , Queriniana, Brcscia 1968,
13-46; G. Scherer, Nueva comprensión de la sexualidad , Síguem e, Salam anca
1968, 67-104; M. J oussé, L'antropologie du geste, Resma, París 1970; J.
M arIas, Antropología metafísica. La estructura empírica de la vida humana,
Alianza, Madrid 1970; J. F ast, El lenguaje del cuerpo , Kairós, Barcelona
1971; M. M erleau-P onty , Fenomenología de la percepción, E diciones 62,
Barcelona 1975 (la 1.a parte está dedicada al cuerpo); T. G offi, Corporeitá,
en A A .W ., Trattato di etica teológica , Dehoniane, Bolonia 1981, II, 335-
397; A A .W ., Le corps et son langage , MedHom 151 (1984); G. G atti, II
significato del corpo in etica sessuale, EunDoc 40 (1987) 103-119; G. Mo-
reschini, La riflessione teológica attuale sulla corporalitá-sessualitá , Cred-
Ogg 48 (1988) 56-67; E ditorial, Chi é l'uomo? ¡I rapporto tra anima e
corpo, CivCatt 142/1 (1991) 109-190; L. C asini, La riscoperta del corpo,
^ (1991) 365- 376; C l . O livier, La dimensión corporal del espíritu,
VidRel 70 (1991) 164-172.
Sobre la conducta de los animales, cf S. A. B arnett, La conducta de los
animales y del hombre, Alianza, Madrid 1979; E. C ruells, El comportamiento
animal. Salvat. Barcelona I983!; V. B rown, Los lenguajes secretos de los
animales. Labor, Barcelona 1988.

48
observamos en otros animales e incluso en los seres anima­
dos. Desde este punto de vista puede ser objeto de estudio
para el zoologo, el físico, el cirujano, o el investigador, Que
se queda en el análisis de tales peculiaridades externas/Esta
dimensión orgánica, sin embargo, no agota el significado de
la corporalidad cuando la adjetivamos como humana. El cuer­
po no es un simple elemento de la persona. Es el mismo ser
humano quien se revela y comunica a través de esas estruc­
turas. De ahí que su expresividad más profunda no logre
descubrirse si leemos sólo el mensaje de su anatomía o de las
leyes biológicas que lo determinan.
Un médico podrá indicar la terapia más adecuada para una
infección ocular o el método más conveniente para una frac­
tura en la mano, pues cuando observa el ojo o el brazo del
paciente no tiene otro objetivo que la curación de tales órga­
nos para que puedan cumplir con una determinada función: la
de ver lo mejor posible y poder utilizarla sin otras limitacio­
nes. Los conocimientos necesarios e imprescindibles en el
cumplimiento de su misión los habrá aprendido en las clases,
libros, hospitales y laboratorios. Pero un estudiante que co­
nozca sólo la anatomía de estos órganos no podrá comprender
sin más su auténtico significado hasta que no se enfrente con
unos ojos llenos de ternura o sienta el cariño de una caricia.
Y es que la mirada y la mano del hombre no sirven sólo para
ver o tocar. Son acciones simbólicas que nos llevan al cono­
cimiento de una dimensión más profunda, y sirven para hacer­
la presente y manifestarla: el cariño que estaba oculto en el
corazón.
El cuerpo queda de esta manera elevado a una categoría
humana, henchido de un simbolismo impresionante, pues hace
efectiva una relación personal, sostiene y condiciona la posi­
bilidad de todo encuentro y comunicación. Cualquier expre­
sión corporal aparece de repente iluminada cuando se hace
lenguaje y palabra para la revelación de aquel mensaje que se
quiere comunicar. Es la ventana por donde el espíritu se aso­
ma hacia afuera, el sendero que utiliza cuando desea acercarse
hasta las puertas de otro corazón, la palabra que posibilita un
encuentro. Su tarea no consiste principalmente en unos obje­
tivos biológicos, indispensables sin duda para la propia exis­
tencia, sino en servir, sobre todo, para esta otra función: la de
49
ser epifanía de nuestro interior personal, como un idioma
común para entrar en comunión con los otros.
Por eso la presencia silenciosa de dos cuerpos-almas hu­
manas puede convertirse sin más en un diálogo significativo
y, con un gesto sencillo, hablar más fuerte y enérgicamente
que con muchas palabras. Como un verdadero sacramento,
simboliza y hace presente lo que de otra forma no se podría
conocer, ni llegaría a existir. Su miseria, como su grandeza y
dignidad, no radica en las limitaciones o en las complejidades
maravillosas de sus mecanismos, sino en la calidad o bajeza
del mensaje que se quiere transmitir. Es la voz que resuena
para despertar un diálogo y crear compañía o para descubrir
el desprecio y odio que se experimenta. Por el momento no
necesitamos más. Sólo hemos querido subrayar esta dimen­
sión comunicativa para caer en la cuenta, desde el principio,
de que lo corporal tiene un sentido transcendente, de apertura
y revelación, más allá de un enfoque simplemente biológico.
El cuerpo humano es algo más que un conjunto anatómico de
células vivientes.

4. La sexualidad humana:
un doble estilo de vida

Ahora bien, esta corporalidad aparece bajo una doble mani­


festación en el ser humano. El hombre y la mujer constituyen
las dos únicas maneras de vivir en el cuerpo, cada uno con su
estilo peculiar y con unas características básicas diferentes.
Estas diferencias sexuales no radican tampoco exclusivamente
en una determinada anatomía. Sus raíces primeras tienen un
fundamento biológico en la diversidad de los cromosomas
sexuales, que influyen en la formación de la glándula genital
(sexo gonádico), encargada de producir las hormonas corres­
pondientes para la formación de los caracteres secundarios de
cada sexo10. Pero por encima de ella encontramos también
una tonalidad especial, que reviste a cada uno con una nota

Más adelante, en el c. 6, al hablar sobre los estados m tersexuales,


ampliaremos este punto sobre la evolución de la identidad sexual y sus com ­
ponentes biológicos, psicológicos y culturales.

50
específica. El espíritu se encama en un cuerpo, que necesaria­
mente tiene que ser masculino o femenino, y por esa per­
meabilidad absoluta de la que antes hablábamos, la totalidad
entera de la persona, desde sus estratos genéticos hasta las
expresiones más anímicas, se siente transido por una singular
peculiaridad.
La sexualidad adquiere así un contenido mucho más ex­
tenso que en épocas anteriores, donde quedaba reducida al
ámbito de lo exclusivamente genital. Ella designa las caracte­
rísticas que determinan y condicionan nuestra forma de ser
masculina o femenina. Es una exigencia enraizada en lo más
profundo de la persona humana. Sólo podemos vivir como
hombres o como mujeres. Y el diálogo que surge de la rela­
ción entre ambos no tiene ni puede tener el mismo signo que
el mantenido con las personas de idéntico sexo. En el primer
caso existe un enfrentamiento recíproco, que no se da en el
otro, como consecuencia de la bisexualidad humana en todos
los niveles. En este sentido, el simple hecho de nuestra exis­
tencia nos hace sexuados y convierte nuestra comunicación en
un encuentro sexual.
Negar esto supondría un error pedagógico lamentable, ya
que nadie puede prescindir de esta dimensión. La meta edu­
cativa se centra en que el niño llegue a vivir con plenitud su
destino de hombre o mujer. Dos vocaciones diferentes carac­
terizadas por su personalidad y que matizan los demás com­
ponentes psicológicos, afectivos y espirituales de la persona.
El ser humano queda configurado de tal manera que la misma
anatomía adquiere un significado transcendente, como atribu­
to de unos rasgos peculiares. Hasta sus mismas estructuras
biológicas fundamentan, en su globalidad, la diversidad de
funciones y de caracteres psicológicos. La vinculación de este
doble nivel biopsíquico se hace patente en el lenguaje simbó­
lico del psicoanálisis11.

11 M. O raison, Le mystére humain de la sexualité , Du Seuil, París 1966,


R. S ublon, Masculinité el fém inité%RevDrCan 24 (1974) 177-201; F. G iun-
chedi Freud e la donna , RivTcolM or 14 (1982) 343-361; P. Miccou, La
condición humana hoy: ser hombre-ser mujer. Perspectivas fenomenológtcas
sobre ¡a sexualidad humana , RevAgust 30 (1989) 155-199.

51
5. Características de la genitalidad:
diferencias fundamentales

La genitalidad, por el contrario, hace referencia a la base


biológica y reproductora del sexo y al ejercicio, por tanto, de
los órganos adecuados para esta finalidad. A su esfera perte­
necen todas aquellas actividades que mantienen una vincula­
ción más o menos cercana con la función sexual en su sentido
estricto. Será siempre una forma concreta de vivir la relación
sexual, pero no la única ni tampoco la más frecuente y nece­
saria. Esta dos dimensiones de la misma persona se hallan a
veces vinculadas, aunque en otros muchos momentos no ten­
ga por qué darse esa identificación.
Una falta de claridad ha motivado múltiples ambivalen­
cias y equívocos, ya que la confusión de ambos conceptos
tenía que llevar necesariamente a consecuencias lamentables.
La renuncia al ejercicio de la genitalidad implicaba un recha­
zo de todo lo sexual. La idea de que es necesaria una madu­
ración, en este último campo, consideraba imprescindible la
aceptación plena de lo genital. Distinguir con mayor precisión
estos aspectos supondría la posibilidad de obtener una evolu­
ción plena de nuestro ser masculino o femenino, con todo lo
que ello supone, sin acceder al otro terreno cuando, por las
razones que sean, no se quiere penetrar en él. La misma sexo-
logia ha insistido en esta clarificación: “Se puede decir que en
su aspecto esencial, es decir, en su aspecto psíquico, la sexua­
lidad humana puede alcanzar un desarrollo considerable, pres­
cindiendo casi por completo de la colaboración del sistema
genital” 12.
Que hombre y mujer mantengan una relación psíquica*5

A. Hesnard, La sexologie nórmale et pathologique , Payot, París 1950,


10 (Tr. cast.: Caralt, Barcelona 1970). Esta diferencia es tratada adm irable­
mente por P. C hauchard, L ’equilibre sexueL Fayard, París 1961: “Que la
sexualidad no deba identificarse con la genitalidad, que representa solam ente
uno de los aspectos de aquélla, es cosa sabida y hartas veces repetida; pero
no siempre nos damos cuenta de que esta distinción tiene su preciso funda­
mento biológico”, 27; G. S antori, Aspectos médico-biológicos de la educa-
ío*y< n ^ PERETTI (dir.), La educación sexual , Herder, Barcelona
5, 67-80. Otros hablan de sexo para referirse al com ponente biológico de
la persona y de sexualidad para la dim ensión afectiva del ser sexuado. C f F.
G i a r i m n !, Proposta sistemático di una morale sessuale. Esc Ved 12 (1982)

52
supone no introducir ahora ningún otro elemento que haga
referencia a la genitalidad. Si no fuera así, tendríamos que
negar por completo la existencia de cualquier amistad seria y
verdadera o creer que la única explicación válida tiene su
origen en otras pulsiones. Es más, un síntoma de armonía e
integración radica en el hecho de mantener relaciones sexua­
les, sin que éstas despierten resonancias a otros niveles. Fren­
te al otro sexo habría que fomentar siempre una actitud equili­
brada y realista. Lo que ha pasado con la imagen de la mujer
es también un síntoma de este confusionismo. Se ha hecho de
ella un objeto de tentación o apetencia, como si fuera una
amenaza peligrosa, o se la ha idealizado como una especie de
virgen simbólica y protectora. Parece como si no existiese
otra alternativa, mientras que entre ambos extremos —Eva o
María— se escapa la realidad de la única mujer, que ni es una
seductora perversa ni un ser que resulte indiferente y sin re­
sonancias en la psicología del hombre13.

6. La reciprocidad de los sexos:


un fenómeno universal

La experiencia de todos los tiempos ha constatado un fenóme­


no universal: la llamada recíproca y mutua entre estas dos
formas de existir y comportarse. Hombre y mujer se sienten
invitados a un diálogo humano, como si buscasen una com-
plementación ulterior que sólo pueden alcanzar el uno frente
al otro. La explicación de este hecho la encontramos ya en el
mito conocido de la media naranja, tal y como Platón lo
describe en El banquete. El hombre, en la aurora primera de*197
13 C f las reflexiones sobre este punto de J. M. Pohier, Psicología y teo­
logía, Herder, Barcelona 1969, 390-391; J. M. A ubert, La mujer, antifeminis-
mo v cristianismo, Herder, Barcelona 1976, donde recoge abundantes testim o­
nios históricos, y L ’exil Jeminin. Antiféminisme et christianisme, Du Cerf,
París 1988. Tam bién L. L eloir, La femme et les Péres du désert, ColICist 39
(1977) 149-159; G. A. G ardin, Sessualitá e virtu di castitá nella formazione
seminaristica. Una ricerca sui libri di meditazione per seminartsti pubblicati
in Italia dal 1946 al 1960, Academia Alfonsiana, Padua 1983; G. A oostinuc-
ci-G. C ampanini, La questione femminile: Chiesa e historia. Piemme, Casale
M onferrato 1989, y J. J oubert, La virginité ou les vrais noces, RevDrCan 40
(1990) 117-133, especialm ente 126-128, y recogido después en Le corps
sauvé, Du Cerf, París 1991, 15-39.

53
los tiempos, cobija el poder y la fuerza del ser humano com­
pleto y fiie Júpiter quien, para debilitarlo en su fortaleza casi
divina, lo partió en dos mitades. Desde entonces cada una
camina con la ilusión de un nuevo encuentro, en busca de
aquella unidad primera, para recuperar la superioridad perdi­
da. La descripción es significativa para interpretar una viven­
cia común. La mujer sólo puede descubrirse como tal ante la
mirada complementaria del hombre, y el hombre sólo llega
también a conocerse cuando se sitúa delante de la mujer. Por
ello permanece oculta la nostalgia de una mayor sintonía, que
se despierta y explícita en ese deseo mutuo por el que se
sienten atraídos14. Negar esta llamada sería una nueva forma
de represión o ingenuidad.
Es cierto que esta polarización de los sexos ha sido elabo­
rada, en gran parte, por la cultura dominante y nadie podrá
negar tampoco que semejante cultura contenía un marcado
carácter machista. Esto significa, sin duda, que la imagen del
“eterno femenino” no responde en muchos puntos a ningún
dato objetivo y realista, sino a otros intereses ocultos del
hombre como dominador. Las críticas de muchos contra esta
falsificación está fundamentada, aunque no estemos de acuer­
do en todos sus contenidosl5. Lo que más destaca sobre todo,
14 Platón, El banquete o del amor, OC, Aguilar, Madrid 1981, 574-578.
Las diferentes explicaciones históricas de este fenóm eno en A J eanniere ,
Antropología sexual, Estela, Barcelona 1966. También el libro más clásico de
V. Klein , El carácter femenino. Historia de la ideología , Paidós, Buenos
Aires 1951, o los estudios de F. J. B uytendijk, La mujer. Naturaleza-Aparien-
cia-Existencia , Revista de O ccidente, Madrid 1955; P h . L ersch , Sobre la
esencia de ¡os sexos, Autor, M adrid 1968; G. P iaña, La questione fem m inile ,
en AA.VV., Corso di Morale , Queriniana, Brescia 1983, II, 367-395; S. M artí-
A. PestaNa, Sexo Naturaleza y poder, Nuestra Cultura, M adrid 1984; S. M arti,
¿La mujer nace o se hace?, IgVi 121 (1986) 17-23; G. P. Di N icola, Ugua-
glianza e differenza. La reciprocitá uomo donna, Cittá Nuova, Roma 19892;
P. L. A ssoun, Mystére de l ’étre sexué et inconscient. La dijférence anthropo-
logique saisie par la psychanalyse, LetVie 194 (1989) 31-47.
S. D e B eauvoir, El segundo sexo, Siglo XX, Buenos Aires 1972; J.
Stuart M ill-H. T aylor M ill, La igualdad de los sexos , G uadarram a, M adrid
1973; B. F riedman, La mística de la feminidad, Júcar, M adrid 1975; A. M artín
G uerrero, Antología del feminismo, Alianza, M adrid 1975; P. R eeves, Poder
femenino y dominio masculino. Sobre los orígenes de la desigualdad sexual ,
itre, Barcelona 1986; C. de F r Ias G arcía, La vivencia actual de lo femenino.
Reformas realizadas, reformas a realizar, IgVi 121 (1986) 7-15* F P iolet,
Cene moitié si dangereuse, LetVie 194 (1989) 5-13; A. W atts, ’Naturaleza.
hombre y mujer, Kairós, Barcelona 1989; M." J. G arcía C allado, Automargina-
ción de la mujer, Moralia II (1989) 179-190.

54
en una visión histórica del tema, es el papel inferior, negativo
y subordinado que ha representado la mujer1617.

7. Visión negativa de la feminidad

En su mismo nacimiento aparece ya con una radical imperfec­


ción. Según los presupuestos científicos, en los que todavía se
apoyaba santo Tomás, habría que definirla como un ser que se
ha quedado a medio camino, sin alcanzar el grado pleno de
evolución y desarrollo propio del hombre,7. La complemen-
tariedad con éste quedaba restringida al ámbito de la procrea­
ción, pues no tiene otro papel relevante dentro de la existencia
humana: “Ya que para cualquier otra tarea el varón es ayuda­
do mejor por otro hombre que por la mujer” l8. Esta idea era

16 L. V ela, La relación varón-mujer, MisAb 69 (1976) 418-422; E. G il,


"Ser hombre " y 'ser mujer " en las distintas culturas, Communio (ínter.) 4
(1982) 212-222; K. L ehmann, La valoración de la mujer, problema de antro­
pología teológica , Com m unio (Ínter.) 4 (1982) 237-245; G. Boiardi, Sessua-
litá maschile e femminile tra natura e cultura , MedMor 33 (1983) 12-24; M.
F. G iuliani, Condifáo sócio-politico-económico-religiosa da mulher na cultu­
ra greco-latina , RevCulBib 11 (1987) 69-96; H. M eyer-W illmes, Naturaleza
de la mujer e identidad femenina , Concilium 214 (1987) 443-452; A. M uñera,
Visión teológica de la sexualidad jemenina , TheoXav 38 (1988) 205-234; S.
T uber, La sexualidad femenina y su construcción imaginaria, Arqueros, Bar­
celona 1988; P. G allegos, La mujer es también una persona , CieTom 116
(1989) 553-572; D. S ingles, La différence, destín ou projet ?, LetVie 194
(1989) 59-70; G. D evereux, Mujer y mito , FCE, México 1989; E. Góssmann,
La construcción de la diferencia de las mujeres en la tradición teológica
cristiana , Concilium 238 (1991) 421 -
17 K. E. Borresen , Subordination et equivalence. Nature et role de la
femme d'aprés Augustin et Thomas d'Aquin , Mame, París 1968, y L ’anthro-
pologie théologique d 'Agustín et Thomas d Aquin La typologie homme-femme
dans la tradition et dans l'église d aujour dui , RechScRe! 69 (1981) 393-406;
A. B ernal P alacios, La condición de la mujer en santo Tomás de Aquino , en
EscVed 4 (1974) 285-336; J. F lamand, La femme. Nature et sexualité. L'heri-
tage d'Aristote , ScEccl 27 (1975) 107-120; E. G. Estébanez, La cuestión
feminista en Aristóteles , EstFil 33 (1984) 9-39. J. W inandy, La femme: un
homme manqué ?, NouvRevTh 99 (1977) 865-870, afirma, sin embargo, que
el texto de A ristóteles no significa un hombre imperfecto, sino que tiene las
apariencias de un m acho mutilado. Y una interpretación más benévola del
pensam iento de santo Tomás en P. C amus, Le mvthe de la femme chez Saint
Thomas d'Aquin , RevThom 76 (1976) 243-265 y 394-409; F. F. C entore,
Thomism and the Female Bodv, Angelicum 67 (1990) 37-56; L. M. M aloney,
El argumento de la diferencia de las mujeres en la filosofía clásica y el
cristianismo primitivo , Concilium 238 (1991) 409-419.
11 S.Th ., I, q. 92, a. 1.

55
común en muchos ambientes desde la antigüedad. El pasaje
del Génesis, donde aparece como ayuda y compañera, sugiere
a san Agustín la siguiente reflexión: “Si la mujer no fue crea­
da para ayudar al hombre en la creación de los hijos, ¿para
qué ayuda fue creada? Si lo fue para trabajar juntos la tierra,
aún no existía el trabajo que necesitara su ayuda; y si hubiera
sido necesaria, mejor hubiese sido la compañía del hombre; lo
mismo puede decirse sobre la compañía, si la soledad fuera lo
que le molestaba. ¿No es mejor para convivir y charlar la
reunión de dos amigos que la del hombre y la de la mujer?” '9.
Defender la igualdad de derechos para ambos es una
empresa de reciente creación, que todavía tardará tiempo en
conseguir sus objetivos. Superar los prejuicios colectivos in­
conscientes y las imágenes estereotipadas que persisten sobre
el tema no es trabajo a corto plazo. Tanto en la sociedad civil
como en la eclesiástica se requieren unas nuevas convicciones
que impulsen a una mentalidad práctica de signo diferente.
Esta misoginia por la que la mujer permanece relegada a una
categoría inferior es un hecho social a todos los niveles, a
pesar de las declaraciones y denuncias contrarias ~°. Decir que*6

De Genesi ad litteram, 1, IX, c. 5 (n. 9), PL 34, 396. Con cslos prc-
supuestos, su conclusión es evidente: “no encuentro, por tanto, qué ayuda
puede prestar al hombre la mujer, si elim inam os la de dar a luz” . Ver también
el cap. 2 (n. 4), PL 34, 395. N. B lazquez, Feminismo agusfiniano , Augustinus
27 (1982) 3-53, hace una interpretación dem asiado benévola al pensam iento
de san Agustín hasta considerarlo com o “uno de los m ayores líderes del
verdadero feminismo”. Más objetivo me parece K. E. B orresen, Equivalencia
y subordinación según san Agustín. Naturaleza v papel de la mujer , Augus-
tinus 30 (1985) 97-197, C f también la bibliografía citada en la n. 3.
20 Com o b ib lio g rafía g eneral, me rem ito a M. S alas , Selección bi­
bliográfica sobre problemática femenina , RyF 192 (1975) 235-240. Tam bién
ofrece multitud de datos y anécdotas interesantes J. M. A ubert, o.c. (n. 13);
M. Martinell, Igualdad mujer y hombre en la iglesia , CuadOrFam 59 (1975)
107-139; N. Ribes, La mujer en la sociedad actual , VyV 38 (1980) 103-120;
E. McDonough, La mujer en el nuevo derecho canónico , C oncilium 205
(1986) 399-410; J. M.* Díaz Moreno, La mujer en la Iglesia , Icade 9 (1986)
129-146; R. Bofill, Las mujeres en la Iglesia, mayoría silenciada , M isAb 5-
6 (1987) 72-95; O. González de Cardedal, Situación de la mujer en la Iglesia
y en la sociedad actual, MenlbAm 264 (1988) 13-17; A. Dermience, Eglise
etfemimsme: 1975-1987, FetT 19 (1989) 96-116; M. Pintos, La mujer en la
/^/ejia, Paulmas, Madrid 1990; G. Heinzelmann, Donna nella Chiesa. Proble-
mi del femminismo cattolico , Xenia Edizioni, Milán 1990; E. Menghini, La
donna nella societá e nella chiesa, EDB, Bolonia 1991. C f tam bién los si-
guientes números m onográficos consagrados a este tema: ¿Mujeres en una
Iglesia de hombres?, Concilium 154 (1980) 5-148; La mujer en la sociedad

56
existe reciprocidad y complemento no significa, pues, que los
contornos de la masculinidad y feminidad estén dibujados con
exactitud y justicia.
Que la antropología anterior haya absolutizado la visión
masculina con evidentes exageraciones no supone, sin embar­
go, que todos los intentos por concretar esas características
hayan sido una pura ilusión. Aunque no sea posible trazar una
frontera definida entre los datos culturales y los ofrecidos por
la naturaleza, la alteridad y peculiaridades del hombre y de la
mujer son de alguna manera irreductibles. A las diferencias
biológicas y corporales corresponden otras anímicas, aunque
el medio ambiente y la presión social acentúen, eliminen o
impongan ciertos patrones de conducta, que se hacen presen­
tes en la misma revelación, a pesar de los avances que en ella
se constatan*21.
Es más, me atrevería a decir que lo más importante no es
descubrir los diversos tipos de factores que la determinan,
sino constatar el valor y la función que encierran. En todas las
culturas ha existido siempre una división de tareas entre ambos
sexos, aunque se haya repartido de forma diferente. “Ser
hombre” y “ser mujer” no son accidentes del ser humano, sino
que pertenecen inseparablemente a su esencia22. Por eso los

v en la Iglesia , MisAb 73 (1980) 323-479; Les femmes: l ’Église en cause ,


LetVie 151 (1981) 2-117; ¿ a mujer, Communio (ínter.) 4 (1982) 210-296; La
mujer, ausente en la teología y en la Iglesia , Concilium 202 (1985); Mujeres
en un mundo masculino , IgVi 121 (1986); Mujer y cristianismo , IgVi 126
(1986); La mujer. Novedad de un antiguo proyecto, SalT 76 (1988) 747-815;
La mujer hoy en la Iglesia v en la sociedad , Testimonio 113 (1989); La mujer,
realidad y promesa* Moralia 11 (1989) 151-272; A mulher na ¡greja%RevCul-
Bib 33 (1990) 3-175; La mujer en la Iglesia , PastMis 178-179 (1991); La
questione fem minile , CredOgg 68 (1992).
21 J.-Y T herial, La femme chrétienne dans les textes pauliniens, ScEspr
37 (1985) 297-317; M. D umais, Las mujeres en la Biblia . Experiencia e
interpelaciones , Paulinas, Madrid 1987, y Langage sexiste et traductions de
la Bible , ÉetTh 19 (1988) 241-253; C. B asevi, La dottrina di san Paolo sulla
sessualitá umana e la condizione della donna in ICor%AnTh 1 (1988) 51-72;
A. D ermience, Bible et féminisme , FetT 19 (1989) 544-570; J. B ernard, Quel-
ques notes sur le fem m e dans la Bible. MelScRe! 47 (1990) 67-104; M.
M orgen, Les fem mes dans i ’Évangile de Jean , RevDrCan 40 (1990) 77-96; M.
G arzonio, Gesü e le donne , Rizzole, Milán 1990; J. A. O ñate, La mujer en
el evangelio de san Juan%AnalVal 16 (1990) 35-119. Como visión general,
X. P ikaza, La mujer en las grandes religiones, Desclée, Bilbao 1991.
22 Aunque es algo antiguo, conserva un gran interés el articulo de E.
M etzke, Antropologie des sexes. Remarques philosophiques sur I état de la

57
psicólogos insisten en la necesidad de esta polarización, aun
en la hipótesis de que la tipología de cada uno surgiera exclu­
sivamente de unos condicionamientos culturales. Si no tuvie­
se ninguna otra explicación, habría que aceptarla de todas
formas como un fenómeno de enorme valor positivo 3. No es
preciso eliminar su existencia, sino la desigualdad, la aliena­
ción y el raachismo que tantas veces le ha acompañado.

8. Dinámica del encuentro:


el diálogo entre hombre y mujer

Lo que ahora nos interesa, al margen de todas las discusiones


que puedan darse, es descubrir el sentido humano de esta
alteridad. Si el cuerpo es la gran metáfora del hombre, sería
absurdo quedarse en la pura literalidad de esa palabra, sin
llegar a comprender su mensaje simbólico. Cuando el eros se
despierta, incluso dentro de una tendencia homófila, provoca
una irradiación psíquica agradable, que orienta hacia el punto
de atracción. Los elementos constitutivos de ese impulso
encierran una dinámica de cercanía y encuentro, pero aquí
tampoco es lícita una postura superficial frente a este fenó­
meno.
Son muchas las formas de convertir la tensión recíproca
en una búsqueda interesada, con una dosis profunda de egoís­
mo, donde el lenguaje pierde todo su contenido humano y
enriquecedor. El diálogo se mantiene con una palabra inexpre­
siva y hasta grosera, porque no hay nada profundo que comu­
nicar. El acercamiento se produce por una simple necesidad.
El cuerpo y la presencia del otro vienen a llenar un vacío. Se
anhela y enaltece, porque gratifica, complementa, gusta o
entretiene. Todo menos caer en la cuenta de que lo humano
de esta relación exige un mensaje interpersonal. El otro per-*

question , LetVie 43 (1959) 27-52; A A.VV., Desarrollo de las diferencias


sexuales. Marova, M adrid 1972; H. J. E ysenck-G. W ilson, Psicología del
sexo. Herder, Barcelona 1981; L. Irigaray, Éthique de la dijférence sexuelle ,

0989^ 8 M € I984i E' FUCHS’ L° dÍffÍCÍ¡€ Par° le d€ l° différence' LetVie 194


S* r h Aio 7o AÍJ i o ¿ 0 5€xualidad en la vida de los jóvenes , Sal Terrae,

58
manece ignorado para utilizar solamente lo más secundario de
su ser.
Cuando el encuentro sexual, en este sentido amplio del
que ahora hablamos, se reduce a la superficie, permanece
cautivo de las manifestaciones más externas y secundarias o
no termina, más allá de las apariencias, en el interior de la
otra persona, la sexualidad humana ha muerto. Hemos matado
lo único que la vivifica y se la ha postergado a un nivel
radicalmente distinto e inferior. El epitafio más bello sería
aquella frase de Valerie: “Yo soy también el cuerpo que tú
quieres que sea solamente” 24. Y ya dijimos que, cuando del
cuerpo se elimina el espíritu, sólo resta un pedazo de carne.
Todavía existe un paso ulterior, en el que el hombre y la
mujer alcanzan una comunión más honda y vinculante, a tra­
vés de la genitalidad. El impulso sexual lleva, en ocasiones,
hasta el abrazo de los cuerpos como la meta final de todo un
proceso evolutivo. ¿Qué significado reviste este gesto corpo­
ral? ¿Cuál es el simbolismo y la finalidad que manifiesta?

9. La pulsión genital:
necesidad de una perspectiva humana

La conducta instintiva es una forma de comportamiento inna­


to, sin necesidad de ningún aprendizaje, que aparece como la
respuesta del organismo ante un estímulo específico. Todos
tenemos experiencias concretas de cómo se patentiza en la
vida ordinaria. El gesto de mamar por parte del niño desde su
nacimiento o el picoteo del ave al salir del cascarón son ya
una reacción de ese tipo. Los mecanismos del impulso sexual
tienen una estructura biológica bastante parecida a la de cual­
quier otro instinto, y los múltiples elementos que entran en
juego para ponerlos en movimiento son semejantes en casi
todas las especies. Todos ellos poseen una teleología hacia el
apareamiento en los animales y la entrega corporal en el ser
humano25.
24 En la novela de A. Malraux, La condición humana, Planeta, Barcelona
1979, 162.
25 L. B onoure, El instinto sexual . Estudio de psicología animal, Morata,
Madrid 1962; C h . W. L loyd y otros. Reproducción humana y conducta sexual,

59
Hablar, sin embargo, de la pulsión sexual como si se tra-
tara de un fenómeno idéntico al instinto de los animales, sería
lamentable por muchas razones. La raíz de tanta imprecisión
o parcialidad para una lectura humana del sexo nace de esta
identificación inadmisible. De acuerdo con la definición clá­
sica de que la ley natural revela aquello que la naturaleza
enseña a todos los animales26, el hombre debería encontrar en
las estructuras biológicas de aquéllos el destino de su propia
naturaleza. La orientación y sentido de la sexualidad animal
iluminaba el comportamiento básico que debiera darse tam­
bién en la humana.
Ahora bien, si queremos descubrir el valor típicamente
humano de su contenido, hay que partir de este presupuesto:
“La índole sexual del hombre y su facultad de engendrar supera
maravillosamente lo que hay en los niveles inferiores de la
vida” (GS 51). La misma biología señala diferencias muy
específicas para descifrar esta superación admirable. La si­
guiente constatación ya es de por sí representativa.
Si observamos la conducta sexual del animal, se manifies­
ta en seguida como un fenómeno sincronizado, dentro de un
ritmo, con una evidente finalidad procreadora. El mecanismo
interno de los ciclos del estro depende de las diferentes hor­
monas que lo despiertan y estimulan, pero sólo tiene lugar en
aquellos momentos en que la fecundación se hace posible. El
hecho indica un marcado carácter fecundo. La concepción
constituye siempre el término final del apareamiento, ya que
la sexualidad no parece tener otra meta, al menos a primera
vista, y queda perfectamente regulada por la fisiología de su
ciclo. Cuando la parada no se efectúa durante el tiempo de la
ovulación, existen mecanismos accesorios para la guarda y

Jims, Barcelona 1966, 373-403; M. D e C eccaty , Ensayo de enunciado bio­


lógico, en A A .V V ., La sexualidad , F ontanella, B arcelo n a 1969, 71-85;
E. C ruells, o.c. (n. 9); J. y M. G ribbin , La diferencia del uno por ciento
Sociobiologia del ser humano, Pirámide, Madrid 1990.
Dada por Ulpiano, el fam oso jurista de Roma. “ De esta m anera la
norma orientadora del hombre queda configurada precisam ente por la dim en­
sión menos racional. ‘Lo que la naturaleza enseña a todos los anim ales' es el
punto básico de toda conducta, m ientras que lo más específico del hom bre se
mantiene como accidental y secundario. Las exigencias de nuestra condición
animal aparecen, entonces, como más im portantes y fundam entales que las
típicamente humanas” (E. López A zpitarte, Fundamentación de la ética cris­
tiana, Paulinas, Madrid 1991, 137-150, la cita en p. 143).

60
retención del esperma, a fin de obtener con posterioridad el
único objetivo: la reproducción y subsistencia de la especie27.
La misma limitación de la prole se realiza de una forma
natural y espontánea, en función de otras circunstancias que la
ecología moderna ha podido conocer y examinar con mayor
precisión. Cuando las crías, por ejemplo, resultan inaceptables
por la densidad excesiva del espacio vital, el impulso genési­
co se apaga e imposibilita nuevos nacimientos. La demografía
queda así regulada por un descenso del instinto sexual. En
este sentido puede decirse que el sexo, en el mundo de los
animales, encierra una teleología armoniosa para conseguir su
destino. Su regulación a ciertos períodos y a las necesidades
de la especie le dan un sentido exclusivamente procreador.

10. El destino procreador:


un horizonte incompleto

A medida que se avanza hacia los primates, se comienza a


constatar un uso del sexo que excede a las necesidades de la
reproducción. Este fenómeno en el hombre alcanza ya una
evidencia completa. Existe una desarmonia profunda entre la
búsqueda de la procreación y el deseo que invita y estimula
al encuentro de la pareja. Cuando la fecundidad no es posible
—períodos agenésicos normales, época de embarazo, lactan­
cia o menopausia—, la llamada sexual puede levantar su voz.
Aquí se da, en contraposición a lo observado en los animales,
una escasa fertilidad, pero unida a una atracción genésica per­
manente. El hombre busca la entrega corporal fuera de los
tiempos fecundos, y el índice de su dimensión procreadora se
revela, por el contrario, muy pequeño en relación con el ejer­
cicio de su sexualidad. Ésta aparece como un lujo inútil y
exuberante, como una abundancia superflua, si su destino
exclusivo fuera la función reproductora28. ¿Cuál es, entonces,
el sentido pleno que encierra?
27 E. A. D augherty, Enseñanzas de la zoología , en AA.VV., El control de
natalidad , Cristiandad, M adrid 1966. I I 1-132; y las interesantes observacio­
nes de P. F raisse, Las dos fuentes de la sexualidad . en AA.VV., o.e (n. 25),
86-94; R. C havin, Le modéle animal, Hachette, París 1982.
28 Puede verse el bonito estudio sobre el significado del sexo en i. GurrcoN,
L 'amour humain%M ontaigne, París 1963, 161-205; E. Fl'CHS, Le destr et a

61
Es cierto que el estudio y análisis de todo su complejo
maravilloso, desde cualquier perspectiva que se examine, nos
confirma su ineludible orientación hacia la fecundidad. Ex­
cluir que el hijo está completamente dentro de su horizonte
sería cerrar los ojos a una realidad que se impone por sí
misma. Todo el proceso gonádico, hormonal, anatómico y
psicológico, en sus diferentes etapas y reacciones, está progra­
mado para que esta finalidad pueda alcanzarse, y en sus mis­
mas estructuras biológicas aparece escrito con evidencia este
mensaje, que no se debe ocultar o reducir al silencio: “La
respuesta sexual humana es una secuencia ordenada y muy
racional de acontecimientos fisiológicos, cuya meta consiste
en preparar los cuerpos de dos miembros del sexo opuesto
para que se cumpla la reproducción de la especie”
El ser humano, cuando se deja conducir por los datos que
detecta en su naturaleza, llega sin dificultades a esta conclu­
sión. De la misma manera que el ojo es un órgano que sirve
para ver o el oído posibilita la captación de sonidos, la sexua­
lidad tiene como destino y tarea la procreación. En todas las
épocas y culturas, aun cuando los otros aspectos se mantuvie­
ran más en el olvido, este otro permanecía firme e inalterable.
El hijo aparecía siempre como una consecuencia posible de
todo el proceso anterior. Es lo que se ha exaltado de una
manera constante a lo largo de toda la tradición y constituía,
como veremos después, el principio básico de la ética sexual.
Pero de igual modo que no podemos negar esa orienta­
ción, tampoco es lícito limitarse a ella, como si agotara por
completo todo su significado. Habría que insistir de nuevo en
el simbolismo de la corporalidad como lenguaje de una comu­
nicación más humana y personalista. Una reducción de este
tipo imposibilitaría comprender el auténtico valor de la sexua­
lidad, de la misma manera que las expresiones de un rostro no
sirven sólo para distinguir en un fichero a los diferentes indi­
viduos30. Es más, si aquélla tuviera una función exclusiva-

tendresse, U b o r ct Fides, Ginebra 1979, 5-27; L. Ciccone, Sessualitá e per­


sona. i valori etici, MedMor 40 (1990) 61-91.
jo J*; S lnger* La nueva terapia sexual I, Alianza, M adrid 1978, 23.
papel tan importante de esta forma de lenguaje se com prende fá"
CI mente por el desconcierto que se siente ante un ciego de nacim iento, en el
que no se ha desarrollado este lenguaje", J. G evaert, o.c. (n. I). 97.

62
mente fecunda, hubiera sido mejor y mucho más perfecta una
libido reglamentada de forma idéntica a como se vive en el
mundo de los animales. El deseo sexual se manifestaría exclu­
sivamente vinculado con los mecanismos de la reproducción,
y, cuando ésta no fuera posible, permanecería en un estado de
tranquilidad y reposo absoluto. Para algunos, incluso, aquí
estaría el ideal hacia el que tender, ya que no encuentran otra
dimensión al ejercicio del sexo. Los animales vendrían a
convertirse así en modelos típicos y ejemplares de la conducta
humana. En la especie humana, sin embargo, lo que no está
regulado por una dinámica instintiva natural, ha de obtenerse
con el sacrificio y la educación.

11. Las influencias psicológicas


en el reino animal

Precisamente los estudios pacientes y minuciosos sobre el


reino animal aportan observaciones de enorme interés para
constatar algo que podría resultamos paradójico. Deberíamos
decir simplemente que los animales no son tan animales como
nosotros creemos. Su conducta parece transida por otra serie
de tendencias y reacciones, que superan con mucho la mera
instintividad. Cualquier amante y conocedor de sus costum­
bres y comportamientos hallará un amplio anecdotario, para
cuya explicación tendría que acudir al lenguaje humano del
psiquismo. Actúan y se comportan con unas manifestaciones
muy parecidas a las humanas, como si el miedo, la soledad,
el cariño, la fidelidad, el agradecimiento, la compañía, el éxito,
el bien del otro... tuviesen profundas resonancias en su psi­
quismo. Y es que la sorpresa resulta tan mayúscula, que nos
inclinaríamos a negar su verosimilitud si no fuese porque tales
comportamientos han sido observados y analizados con toda
clase de garantías y de una manera científica31.

11 Recom iendo la interesante lectura de R. Chavtn, Conductas sexuales


del animal, en AA.VV., Estudios sobre sexualidad humana, Morata. Madrid
1967. 23-36; L. Bonoure, o.c. (n. 25), AA.VV., Lecturas sobre comportamien­
to animal. Siglo XXI, Madrid 1982; M. Manzanedo, La cogitativa del hombre
}' ¡o inteligencia de los animales , Angelicum 67 (1990) 329-363. Y, sobre
todo, el relato de S. S trum , Presque humain. voyages chez les Baboums,

63
En el campo de la sexualidad estas influencias psíquicas
juegan un papel relevante. Hoy se conoce con bastante preci­
sión la riqueza de contenido oculta en los ritos precopulato-
rios, que no sólo tienen un efecto evocador, como estímulo
para el apareamiento —tal y como antes se creía— , sino que
presentan un carácter marcadamente simbólico. Entre gran nú­
mero de pájaros, sobre todo marinos, se requiere la entrega y
aceptación de una ofrenda “nupcial” — la pesca de un pez—,
imprescindible para realizar la cópula. No parece que los ani­
males vivan en un estado de promiscuidad sin que, al poco
tiempo, surja la formación de parejas, dentro de una jerarquía
perfectamente organizada, donde la fidelidad, muchas veces,
tiene una importancia extraordinaria. Las consecuencias del
“adulterio” han conducido a estados depresivos y de abatimien­
to, de los que sólo llegan a recuperarse con la vuelta del "ser
querido”, cuando de nuevo es posible la entrega sexual. “Todo
sucede como si el psiquismo animal presentase, a ese nivel,
las mismas estructuras y la misma riqueza (en el plano afecti­
vo) que el psiquismo humano” 32.
La comparación tal vez parezca excesiva, pero sabiendo
que no se trata de fábulas piadosas o historias edificantes,
habría que aceptar la importancia de los factores psíquicos por
encima de los puramente biológicos u hormonales. Ni siquie­
ra en el reino animal los mecanismos sexuales tienen su ex­
plicación definitiva en estos últimos. Lo que resultaba dema­
siado insignificante y anodino, como si se tratara de una
perfecta máquina sincronizada, se hace mucho más variado y
flexible. El ritmo del instinto puede quedar roto por la presen­
cia de otros elementos que impiden su programación o la
llenan de un contenido diferente. ¿No se podría decir que los
animales tienen también su pequeño corazón? Y es que al no
tener otro lenguaje para expresar este mundo, tenemos que
designarlo con las mismas palabras que explican la conducta
personal.

, r a n s ivvu, donde la autora, que vivió varios años con estos monos,
cuenta la importancia y los gestos de am istad que se dan entre ellos. Los
I,k~C m?S .hur n°S” qUC forTT,an Partc dc estas conductas, quedan muy
subrayados también en R C havin, o. c. (n. 27).
R. Chavin n n (n 11 \ l t

64
12. Dimensión unitiva de la sexualidad humana

Estas influencias psicológicas adquieren ya en el ser humano


un relieve extraordinario. Bastaría recordar los múltiples con­
flictos sexuales de toda índole, que no tienen ninguna patolo­
gía orgánica33. El sexo encierra una resonancia de exquisita
sensibilidad para recoger los sentimientos más profundos,
incluso aquellos que escapan a nuestro control o son reprimi­
dos al inconsciente. La armonía o el desajuste sexual no es
problema de química. Sus raíces penetran por todos los rinco­
nes del psiquismo, favoreciendo u obstaculizando una plena
comunión. Y es que el encuentro sexual, para vivirlo en un
clima humano, requiere unos presupuestos afectivos como
condición indispensable34.
Para la entrega absoluta hay que superar una serie de barre­
ras inhibitorias, que impiden la satisfacción inmediata del de­
seo. El intervalo entre este y aquella puede prolongarse duran­
te mucho tiempo, aunque ese blocaje se desconozca con
frecuencia. Son múltiples las actitudes internas y sociales que
dificultan el acercamiento a lo sexual, y cuya función consis­
te, además de otras posibles explicaciones, en una revaloriza­
ción de los actos instintivos. La estimulación erótica tiene
siempre en sus comienzos una valencia agresiva, una dosis de
hostilidad y expectación. Cualquier individuo que se acerca a
ciertas zonas de nuestra intimidad se experimenta de inmedia­
to como un huésped o extranjero. Para dejarle caminar hacia
dentro tiene que resultar conocido, descubrirse como un ser
benéfico, amigo y compañero, del que uno se puede fiar sin
temores. El miedo a una sorpresa molesta, al engaño, a la
violación psicológica, impide una mayor sintonía y comuni­
cabilidad. La solución exige una previa conquista, llena de
33 L. C encillo , Raíces del conflicto sexual , Guadiana, Madrid 1975; J.
W ili, La pareja humana: relación v conflicto, Morata, Madrid 1978 (con
abundante bibliografía en castellano), H S ingfr. o . c (n. 29), vol. 1, 175-263,
y La evaluación de los trastornos sexuales, Grijalbo, Barcelona 1985.
34 M e rem ito al estudio de F. D uyckaerts, La formación del vinculo
conyugal, G uadarram a, Madrid 1966. de indudable interés y profundidad; D.
T ettamanzi, La sessualitá umana: prospettive antropologiche, etice e peda-
gogiche , M edM or 34 (1984) 129-154; G. C andelier, Sexuahté et personante .
RevDrCan 39 (1989) 115-154; M. C uyas. Dimensáo relacional do sexo, Bro-
téria 130 (1990) 285-305; R. Russo, Sessualitá e amore. Orientamenti delta
ricerca teologico-morale , Asprenas 38 (1991) 61-82.

65
sinceridad y ternura, que abra las puertas del corazón ’5. Cuan­
do el cariño acerca y funciona con plenitud, la ofrenda del
cuerpo se hace símbolo y palabra de ese diálogo íntimo.
De esta manera la sexualidad manifiesta también una
dimensión unitiva. La explicación del exceso y abundancia
con que se presenta en la familia humana no puede ser otra
que ésta: además de para procrear y mantener la especie, que
sólo llega a realizarse en muy contadas ocasiones, su misión
radica en ser un vínculo de cercanía y amor personal. Si el ser
humano se expresa, habla y se revela a través de sus gestos
corporales, el sexo participa también de este lenguaje comu­
nicativo. La entrega corporal es la fiesta del amor, la palabra
repetida de dos personas que se han ofrecido el corazón como
un regalo mutuo y significativo.
“ Este amor se expresa y perfecciona singularm ente por la
misma actuación del matrimonio, de ahí que los actos en que los
cónyuges se unen entre sí íntima y castamente sean honestos y
dignos, y cuando se ejercitan de un modo auténticam ente hum a­
no significan y fomentan la mutua donación con la que uno al
otro se enriquecen con agradecimiento y alegría” (GS 49).

Sólo así, cuando la actividad sexual se halla transida por


el amor, deja de ser una función biológica para integrarse de
lleno en una atmósfera humana, sin la cual es imposible
comprender su verdadero simbolismo. La posibilidad perma­
nente de ejercitarla en circunstancias donde la procreación
queda excluida por la naturaleza es un ofrecimiento a la inte­
ligencia y libertad de la persona para que descubra este nuevo
sentido.

13. Amor y procreación:


mutuas vinculaciones

La unidad de esta doble corriente unitiva y procreadora es un


dato que se descubre oculto en el fondo de otras reflexiones.*

Dentro del mismo matrimonio, esta experiencia resulta frecuente. Cuan-


n ífirfln tíIStl” 0 Una v ían!a 0 Por cualquier acontecim iento, aun insig-
re c o n c iliw ! W pos,b e . a t0t3l'dad en la entrega si una palabra de cariño y
reconciliación no cicatriza antes las pequeñas heridas.

66
Esta vinculación afectiva brota como una exigencia de la
misma procreación, y la procreación aparece como un deseo
insistente del amor conyugal. Para probar esto último bastaría
caer en la cuenta de algunas vivencias ocultas. Cuando el
amor se intensifica hasta una altura conyugal, la nostalgia
latente de un hijo, con esa persona a la que así se quiere,
aflora de una manera espontánea. A veces dará miedo expli-
citar ese deseo, porque supondría una infidelidad con el pro­
pio cónyuge o una entrega que no debe admitirse por otras
razones, pero esta ilusión tímida y secreta anida silenciosa en
el corazón. Y es que el hijo aparece siempre en el horizonte
psicológico de dos personas como la encarnación y pro­
longamiento del amor que se profesan.
Pero el camino inverso también se realiza. El amor no es
algo que se injerta desde fuera para cumplir con la tarea pro­
creadora, sino una exigencia intrínseca de esta función. Está
comprobado que la unión entre las parejas de los animales es
tanto más duradera cuanto más necesaria resulta para la super­
vivencia de la especie. Ahora bien, el hombre es el mamífero
que nace en un estado mayor de indigencia; va a necesitar por
más tiempo del apoyo de sus padres y requiere un clima de
amor, como condición indispensable para su desarrollo y
madurez36. La procreación humana no es un puro fenómeno
reproductivo que termina con el alumbramiento, sino que
supone un largo período de tiempo y unos factores psicológi­
cos y ambientales que condicionan su evolución posterior.
Cualquier psicólogo podría señalar las múltiples heridas que
se dan en este proceso por falta de acogida, segundad, cariño
y protección. El hijo, como persona, es mucho más fruto del
amor que de la biología paterna. Es impresionante ver cómo
estas carencias primeras repercuten más adelante, de forma
diferente, en la personalidad de cada individuo.
Los zoólogos han constatado, en sus estudios sobre los

36 R. S pitz, El primer año de la vida del niño%Aguilar, Madrid 1973 , 108-


116, donde habla de los estudios realizados sobre los transtornos por carwicia
afectiva. D. Stern, La primera relación madre-hijo, Morata, Madrid 1978, J.
Ajuriaguerra, Primera infancia , Instituto de Ciencias del Hombre, Madrid
1978; M. Cabada Castro, El amor como energía social humanizadora, en-
sam iento 40 (1984) 33-54; T h . de Saussure, El proceso de autoidenttficación,
Concilium 216 (1988) 163-180.

67
primates, una serie de peculiaridades que se hallan en estrecha
correlación: a medida que aumenta la actividad sexual suele
darse un decrecimiento en el número de hijos, unos periodos
más largos de gestación, mayor dependencia de las crías y una
solicitud materna más pronunciada37. Todo parece ordenado a
reforzar lo que llamaríamos la vida de familia. La acentuación
de estas características en la especie humana explicaría ade­
más otros fenómenos más específicamente suyos, como la
menopausia —no podría procrear hasta el final de la vida sin
negar la posterior ayuda a su prole— y la tendencia monogá-
mica para fortalecer la unión amorosa en el hogar. Amor y
procreación se exigen y complementan cuando la genital idad
se efectúa dentro de una relación personal.

14. La maduración de la libido:


exigencias psicológicas

Freud ha sido uno de los autores que ha insistido más en este


doble carácter del sexo. Por una parte, considera como un
signo de madurez el que las diferentes pulsiones de la infancia
queden canalizadas y ordenadas a la procreación como meta
final. Lo contrario sería una “inhibición del desarrollo” 38.
Incluso lo característico de todas las perversiones sexuales es
el desconocimiento de esta función39.
Las repetidas afirmaciones en este sentido nos pueden pa­
recer ya algo exageradas. Sin embargo, hay una verdad in­
discutible en todo su pensamiento. La maduración de la libi­
do lleva consigo esa capacidad, que no se reduce tampoco
a la simple biología de la reproducción, como si el hom­
bre fuese un simple semental. El proceso hacia la paterni­
dad es algo más que poseer las capacidades fisiológicas, y la

17 E. A. D augherty, o.c., (n. 27).


M S. F reud, Tres ensayos para una teoría sexual , OC, IV, B iblioteca
Nueva, M adnd 1972-1975, 1216. “El final del desarrollo está constituido por
a llamada vida sexual normal del adulto, en la cual la consecución del placer
entra al servicio de la función reproductora” (ib, 1209).
“Calificamos, en efecto, de perversa toda actividad sexual que, habien­
do renunciado a la procreación, busca el placer com o un fin independiente de
ia misma {Lecciones introductorias al psicoanálisis , OC, I, 325).

68
misión procreadora no radica sólo en la multiplicación de los
hijos40.
De igual manera, acentúa la necesidad de que el amor y
la ternura se hagan presentes para que el comportamiento
sexual resulte humano: “La no coincidencia de ambas corrien­
tes da con frecuencia el resultado de que uno de los ideales
de la vida sexual, la reunión de todos los deseos en un solo
objeto, no pueda ser alcanzado” 41. Es más, la disociación de
estos dos elementos constituye la raíz de ciertas conductas
patológicas y, en concreto, la impotencia de aquellos que “si
aman a una mujer, no la desean, y si la desean no pueden
amarla” 42. Sin rodeos de ningún género, no tiene miedo en
proclamar que, para ser feliz con una conducta libertina, se
requiere, como condición previa, haber superado el respeto a
la mujer. Es decir, el rechazo y la renuncia a las exigencias
primeras del amor43. Por eso no es extraño que uno de los
síntomas más indicadores y reveladores de la perversión, en
sentido psicológico, sea el carácter apersonal de la conduc­
ta, cuando no llega a establecerse ninguna comunicación hu­
mana.
El desarrollo progresivo de la madurez sexual apunta ha­
cia esa meta, en la que confluyen las dos corrientes citadas.
La sexualidad, conforme se aleja de la etapa infantil —en

40 En este sentido, el m ism o Freud admite lo que hoy designamos como


una paternidad responsable y considera “necesario auxiliar con el consejo
médico a un m atrim onio que se propone limitar el número de hijos... Teóri­
camente constituiría uno de los mayores triunfos de la Humanidad y una de
las más im portantes liberaciones de la coerción sexual” {La sexualidad en la
etiología de las neurosis , OC, I, 325).
41 O.c (n. 38), 1211.
42 Sobre una degradación general de la vida erótica, en OC, V, 1712.
Poco antes había dicho: “ El fundam ento de la enfermedad es de nuevo, como
muy probablem ente en todas las perturbaciones neuróticas, una inhibición del
proceso evolutivo que conduce a la libido hasta su estructura definitiva y
normal. En el caso que nos ocupa no han llegado a fundirse las dos corrientes
cuya influencia asegura una conducta erótica plenamente normal: la corriente
‘cariñosa* y la corriente ‘sensual*’’ (ib, 1710-1711). Y “la normalidad de la
vida sexual se produce por la confluencia de las dos corrientes dirigidas sobre
el objeto sexual y el fin sexual, la ternura y la sensualidad , o.c. (n. 38),
1216.
43 “ Aunque parezca desagradable y, además, paradójico, ha de afirmarse
que para poder ser verdaderam ente libre, y con ello verdaderamente reliz en
la vida erótica, es preciso haber vencido el respeto a la mujer , o.c. (n. ;,
1714.

69
donde la separación es radical—, va vinculándose de manera
constante con el afecto para alcanzar la cumbre suprema, en
la que sexo y amor se unifican por completo. El impulso
sexual que busca sólo la gratificación solitaria, que se orienta
hacia la otra persona, sea cual fuese su sexo, pero de forma
confusa e indeterminada, o que se entrega a una concreta,
aunque sin firmeza ni estabilidad, se encuentra todavía en las
etapas introductorias de una fase, que señala el camino ascen­
dente hacia la maduración psicosexual definitiva y plena. La
renuncia a esta tarea supone el estancamiento y la fijación en
un estadio infantil e inmaduro44.
Los psicólogos insisten en esta urgencia por superar las
etapas evolutivas. Desde una sexualidad oral hay que condu­
cir al individuo, mediante una educación lenta y constante,
hacia una sexualidad genital, que se caracteriza precisamente
por su aspecto oblativo y por su actitud para un cariño inter­
personal y auténtico45. Las diferentes fases que atraviesa, por
encima de los términos alegóricos utilizados, marcan una lí­
nea progresiva, hasta hacer del sexo una palabra dócil en
manos del hombre. Las energías y pulsiones del instinto no

44 Las consecuencias de este desajuste pueden tener una influencia deci­


siva sobre la fidelidad conyugal, pues ocurre que “com o la psique y el sexo
no tienen nada en común, una persona de estas características se vea im po­
sibilitada para tener una experiencia sexual intensa con alguien que le es
psicológicamente muy cercano...”, o que “aquellos hom bres que poseen un
alto grado de interioridad y que se sienten psíquicam ente m uy unidos a su
esposa echen una cana al aire”, o “una integración deficiente de la sexualidad
acarreará tras de sí un frecuente cam bio de pareja (a no ser que existan
represiones que lo impidan)” , R. A ffemann, o . c . (n. 23), 206-207.
Un resumen sintético de cada etapa, con sus características especiales,
en L. Cencillo, o . c . (n. 33), 91-93. Para los educadores recom iendo la lectura
de R. Affemann, o . c . (n. 23), 35-37. Tam bién C. Destombes, Evolución de la
sexualidad en la infancia y en la adolescencia , en M. Gaudefroy (dir.),
Estudios de sexologia , Herder, Barcelona 1969, 167-180; M. T. Corcuera,
Algunos elementos psicológicos de la sexualidad , en A A .W ., Sexualidad v
moral cristiana, Herder, Barcelona 1972, 79-129; L. A ncona, Implicaciones
psicológicas de la educación sexual, en M. Peretti (dir.), o.c. (n. 12), 81-105,
y D. Orlando, La educación sexual en la infancia y en la niñez (ib.), 113-
135, P. F. Villamarzo, Características y tratamiento de la sexualidad infan­
til, Narcea, Madrid 1982; J. Money-A. T. Ehrhardt, Desarrollo de la sexua­
lidad humana . Morata, M adrid 1982; F. López- A. Fuertes, Para comprender
la sexualidad, Verbo Divino, Estella 1989, c. IV; R. M .' Calvet, La se-
i í n €° rÍa analitica (M gica del objeto y subjetividad), EstFil 40

70
desaparecen, sino que se encauzan e integran de manera armo-
niosa en una comunión cada vez más profunda; como la fuer­
za del agua, que puede ser una fuente de riqueza y aprovecha­
miento si está bien canalizada, o producir la catástrofe, si no
se consigue una buena regulación.

15. Entre una doble alternativa:


la opción por el amor

Creo que aquí se plantea el núcleo fundamental de toda la


problemática reciente. Suele decirse que el rasgo más típico
de la sexualidad moderna es haber superado su destino prima­
rio y casi exclusivo a la procreación. Todas las encuestas
manifiestan esta ruptura entre sexo y fecundidad, y estos
hechos se aceptan como un postulado común, que no se dis­
cute hoy en la mayoría de los ambientes46. Lo difícil, enton­
ces, es llenar con otro contenido lo dejado por la concepción
anterior. Si el sexo no sirve sólo para procrear, ¿qué otro
sentido podemos encontrarle? En el fondo, no existe más que
una doble alternativa: o lo ponemos al servicio del amor, que
dignifica a la persona e integra sus otros objetivos47, o se
convierte sólo en un placer y diversión, al margen de toda
vinculación afectiva. Se trata, en último término, de hacer de
él una simple acción utilitaria y productiva, que sirve para
obtener un fin determinado, o un gesto simbólico y expresivo,
destinado a manifestar de forma visible la actitud interior del
que lo realiza. Las consecuencias de una u otra opción serán
muy diversas, pues cada proyecto, hacia el que se orienta la
praxis, señalaría un itinerario bastante divergente. ¿Qué ra­
zones tenemos para elegir el primer camino?
No parece que exista un argumento definitivo que impon­
ga esta visión como la única posible y con todas sus conclu­
siones. Muchos se acercan a la sexualidad desde otros pun-4

44 Véase la bib lio g rafía citada en la nota 41 del capítulo anterior. Es


verdad que en la tradición se hablaba también de otros fines, pero siempre
con un carácter secundario y subordinado a la procreación, como veremos
más adelante al tratar de la ética matrimonial.
J. D urs V on W brdt, Polivalencia de la sexualidad , Concihum lüu
(1974) 488-496.

71
tos de vista para encontrar en ella un desahogo fisiológico,
un escape de la tensión nerviosa, una forma de entrenamien­
to, una gratificación personal, o una droga que estimula y
eleva el tono. Su función es fundamentalmente interesada y
utilitarista, como un hecho que reporta beneficios y gratifica­
ciones. Si el sexo ha dejado ya de estar vinculado con la
procreación, se requiere ahora una nueva conquista, hay que
desligarlo también del amor. Su lenguaje es más prosaico y
realista de lo que hemos señalado y, desde luego, resulta in­
comprensible para una mayoría, que no quiere descubrir su
significación más humana, como si fuese algo que no radica
en su propia naturaleza. El placer que provoca y que, incluso,
se comparte no tiene por qué tener un contenido afectivo y
amoroso.
Sin embargo, hay un síntoma que por su importancia lla­
ma la atención. A pesar del mayor liberalismo de nuestro
mundo actual, existe una tendencia acentuada hacia el amor
como constitutivo del sexo. “El análisis de los datos previa­
mente ofrecidos en esta investigación ha demostrado que, al
contrario de lo que suelen sostener ciertos apologistas de la
libertad sexual, el placer sexual y la cercanía emocional aún
siguen estrechamente ligados para mucha gente” 48. Es lo que
se ha dado en llamar la permisividad con afecto49. Hasta los
autores que han analizado la sexualidad desde una perspectiva
puramente biológica han confirmado esta experiencia. Si el
simple placer puede lograrse mediante cualquier tipo de acti­
vidad genital, el placer humano y totalizante oxige un contex­
to de amor y compromiso50. Tal vez por aquí pudiera ex­
plicarse el hastío y aburrimiento de aquellos que, después de

* M. Hunt, La conducta sexual hoy, Edhasa, Barcelona 1978, 277.


V. Packard, La sociedad y el sexo. Tolerancia y represión en el mundo
desarrollado, Cuarto Mundo, Buenos Aires 1974, 16-17; M. Sanz Agüero, La
sexualidad española, Paulinas, Madrid 1975, 59-67; A A .W ., La sexualidad
humana. Muevas perspectivas del pensamiento católico , C ristiandad, Madrid
1978, 97-99.
50 Ver las condiciones de W. H. Master-V. E. Johnson, Respuesta sexual
humana, Inter-Médica, Buenos Aires 1978; S. Hite, El informe Hite. E s tu d io
de la sexualidad femenina, Plaza-Janés, Barcelona 1977, 373-381, donde se
recogen abundantes testim onios de la im portancia que tiene el am or en las
ones sexualeis aun entre personas que lo consideran com o sim ple rea­
lidad biológica. Sobre el enfoque de estos análisis ya dijim os algo al hablar
de la antropología biologicista en el capítulo anterior.

72
tantas libertades, han quedado con un sentimiento de frustra­
ción, como si hubiera algo más profundo que no se ha llenado
con las simples experiencias placenteras.
Todo ello nos hace creer que esta opción es algo razona­
ble, más de acuerdo con la dignidad de la persona, y cuya
validez se confirma con la práctica concreta de muchas pare­
a s . Al que no lo comprenda no se le puede imponer. Cuando
un idioma se hace ininteligible hay que comenzar aprendiendo
el significado de cada palabra para convertirlo después en un
signo de relación. Probablemente, al que no haya querido
nunca, le será difícil captar este mensaje. El problema no se
resolvería con la discusión, sino con ese aprendizaje previo
del amor 5I; como el que piensa que ve bien y no se da cuenta
de su miopía hasta que descubre una nueva visión con las
gafas.
La raíz de lo dicho hasta ahora nos llevaría a una reflexión
que pudiera parecer más metafísica, pero que está llena de un
fuerte realismo. Se trataría de comprender por qué la felicidad
que anhela el corazón humano no llega a encontrarla en la
búsqueda del puro placer hacia el que se siente atraído. Aquí
tropezamos con un dato sorprendente: ¿cómo es posible que
la satisfacción placentera no conduzca a la felicidad? El placer
ha surgido siempre como ilusión salvadora, que ofrece una
respuesta al ansia de plenitud. ¿Por qué no llena esta esperan­
za? ¿Por qué termina sin cumplir la palabra que prometió?

16. La ambigüedad del placer:


paradoja de una invitación

El tema ha sido motivo de estudio en toda la reflexión filo­


sófica desde que el ser humano experimentó en su propia
carne la antinomia paradójica entre esas dos invitaciones atra­
yentes: la llamada del placer y el deseo de la felicidad52. Sería

1 Podríam os hacer aquí el m ism o com entario de J. P. Sartre ante un texto


im presionante de Odón de Cluny, que describe a la mujer como algo n*use®-
bundo, puerco y asqueroso: “Para sentir la imperdonable idiotez de esta homilía
es suficiente haber am ado una vez". n07m
C h . D uquoc, Réflexion théologique sur la sexualité, LetVie 97 t >
89-108; J. M. Pohier, En el nombre del Padre. Estudios teológicos y pstco-

73
demasiado simplista caer de nuevo en un radicalismo extre­
mo que negara al placer su consistencia y significado, como
si ¿era algo negativo e indigno, o lo convirtiera en el centro
mágico de la existencia humana, como su valor definitivo.
Ninguna de estas exageraciones explicaría la paradoja apunta­
da. Sólo el camino intermedio nos haría comprender su sen­
tido y, al mismo tiempo, su ambigüedad.
Si hay algo evidente es la sensación de bienestar que el
placer produce cuando acompaña y se vincula a una actividad
sensible. En el momento en que dejara un sitio para la
insatisfacción, porque la conciencia no se sintiera rebosante,
no podríamos catalogarlo como tal. Su tarea consiste en llenar
los deseos y necesidades de cualquier tipo que todavía están
sin respuesta. Alcanzarlo supone la conquista de una meta
soñada, y es lógico que, después de obtenerla, brote un estado
de reposo y tranquilidad. Por eso el placer descansa, tonifica
y recompensa. La persona se siente invitada a sumergirse en
él para hacer llevadera la vida y para buscar un alivio a sus
preocupaciones y dificultades. Allí experimenta una alegría
acogedora, donde ya nada puede molestarle. Es como si ese
momento denso quedara paralizado, sin pasado ni futuro, al
abrigo de cualquier otra inquietud. Pero es aquí precisamente
donde radica el carácter tentador.
Su llamada e invitación está llena de una ambigüedad
confusa. El individuo busca poseerlo, porque quiere satisfacer
su deseo de felicidad e infinitud, pero el placer por su propia
naturaleza es limitado, trágicamente pasajero. Una vez pasada
la experiencia momentánea, nos devuelve al contacto con la
vida y sus problemas, como si despertáramos de un sueño a
la realidad. Lo que parecía suficiente para hacemos felices

analíticos .S íg u em e, Salamanca 1976, 172-185, donde analiza estas antino­


m ia e p acer y de la felicidad. “ Porque cuanto más se olvide el paciente
ae la persona amada, y más se concentre exclusivamente en el placer, tanto
«tniiaiL ? ? eSt€' CSte m ot*vo Ia prevención de los transtom os
rana-F C C ncur^t,co sc basa en la educación para que el individuo
comneniAríAn3!!!^ \ cntr®^a " fuga de la frustración existencial hacia la
Í S u o . U ÍUCC “ U caza del P‘acer P « o cuanto m is esté un
hecho” fV F ^ d ' CT’ ta" í° m*s *° esPant* y ahuyenta por ese mismo
m a y exietencialismo, FCE, M éxico 1978,
MelScRel 40 (1983 i 3-29- M n DS 'ESALLE' ^ Plaisir>le bonheur et lajo ie ,
Paoline, T inta 1988. ’ ' Dl Ma*t,n i* Sessualilá. linguaggio d 'amore.

74
provoca un desengaño posterior. Es la frustración del que
comprende de pronto que todo es mentira, cuando la felicidad
estaba ya al alcance de la mano y la ve alejarse de nuevo hasta
otra ocasión. Como fenómeno pasajero, quebradizo y mi­
núsculo, no alcanza los límites sin fronteras de la felicidad, la
dimensión inabarcable, henchida de plenitud y escondida en
ese deseo. Por ello el placer se revela como su mayor adver­
sario, pues busca encerrar, en el instante caduco y dentro de
unos límites reducidos, lo que es ilimitado e infinito, y pre­
tende apagar su sed insaciable con unas pequeñas gotas de
satisfacción. El placer satisface a la felicidad, pero en la me­
dida en que la empequeñece y subordina a sus limitadas posibi­
lidades. Por eso, cuando la actividad sensible y placentera se
hace objeto de la felicidad, la condena al fracaso no tiene
remedio. Es querer algo imposible y recibe, como fruto, lo
único que el placer ofrece: unos momentos de satisfacción
pasajera.
Lo mismo sucede con el encuentro hombre-mujer. La
satisfacción que de ahí se deriva es recíproca, fiero también
limitada. Ninguno de los dos puede convertirse para el otro en
un mero objeto saturante. El placer vivido en una relación así
quedaría marcado por un vacío lamentable cuando, al desapa­
recer, dejara a cada uno sumido en el abandono y la soledad.
Un adagio de los antiguos es muy revelador al referirse en
concreto a la relación sexual: Omne animal triste post coitum
est. La tristeza surge al final del placer, porque nunca podrá
dar lo que a veces se le exige. Es demasiado pequeño para
responder a las expectativas que despierta y siempre produce
la honda amargura de una promesa incumplida.

17. El camino hacia la felicidad:


la experiencia del amorSi

Si existe algo capaz de cubrir el deseo de felicidad, hay que


referirse de inmediato al amor. Sólo él consigue cerrar cual­
quier herida humana para no dejar el dolor de la insatisfac­
ción, de lo que no ha podido realizarse. En esta tendencia
hacia el cariño como meta es donde el placer adquiere su
sentido verdadero, pues se revela como signo y expresión de
75
una conducta que no se sostiene por él, con su fragilidad
momentánea, sino por una fuerza que lo transciende y perma-
nece incluso cuando ha desaparecido. Al convertir la relación
sexual en una ofrenda amorosa, ya no hay sitio para la tristeza
y el vacio. Si el placer se oculta, la llama del amor calienta,
como un rescoldo, y el gozo de la entrega continúa, llenando
de felicidad el corazón de los que así se quieren. El placer se
vive, entonces, no como un objetivo primario, sino como un
símbolo de la entrega amorosa y un soplo que la anima y
densifica.
Seguir por un camino diferente fomentaría un diálogo
erróneo o mentiroso, ya que la promesa de ofrecer lo que el
otro busca, latente y escondida en el ansia de satisfacción, no
llega nunca a realizarse. Al contrario, la frustración repetida
de estas experiencias provocará, si existe todavía un espacio
mínimo para la ternura y el afecto, una sensación de repug­
nancia y rechazo; y si han desaparecido también todas las
resonancias sentimentales, la sexualidad se reduce a una repe­
tición mecánica y absurda, como el que busca en la droga el
objeto de su felicidad. De esta manera, el placer queda des­
vinculado de lo único que podría darle consistencia y llenarle
de toda su densidad humana. En vez de ser un lugar de en­
cuentro y una cita para el amor, se convierte en un factor
destructivo. Porque cuando dos seres se aman no es sólo la
fuerza del placer lo que los lleva a unirse. También ello, pero
su motivo último no radica ahí, sino en el carácter simbólico
y figurativo de un cariño que necesita encamarse.
Si hemos hablado del sexo como lenguaje de amor, esto
supone la necesidad de un lento aprendizaje. Nadie nace con
el idioma estudiado y los conocimientos básicos para entablar
una conversación. Aquí también se pasa por una situación
parecida a la del niño que aprende a hablar. Necesita recorrer
un camino que le lleve, desde los primeros balbuceos infan-
tiles, hasta la posibilidad de una expresión adulta. Y la sexua­
lidad requiere una idéntica andadura: sus gestos inexpresivos
deben hacerse palabra y mensajeS3.*45

La sexualité d:J f l ! aTa * la joie' LetVic 1 14 (1973) 82-103; E. B arbotiN,


447; H. onthropologique, Supplém ent 27 (1974) 445-
45) 133-154- p ’ u J 7 tJ [ Crdad *e ? sexualidad humana , en A A .W ., o c. (n-
h 5 ' P BRAIDO’ U sexualidad en la persona , en M. P eretti (dir.).
76
Resumiendo un poco lo dicho podríamos decir que la
sexualidad se nos manifiesta como una fuerza compleja y
llena de ambigüedades; abarca la vida entera del individuo y
se vincula con la totalidad de la persona, radica en su biología
y se hace transparente en su mensaje. Realidad animal carga­
da de humanismo, tiene una historia íntima y secreta que se
desarrolla a través de la comunidad. Es un lugar para el gozo
y la alegría, y puede llevar a la amargura, a la anarquía, a la
catástrofe o al fracaso, ser comunión o lejanía, inocencia o
perversidad. Es el hombre libre quien puede descifrar el mis­
terio y la paradoja que encierra, cuando hace de ella una
forma de comunión y encuentro, y se transforma en vida fe­
cunda si es vivido a un nivel conyugal.
El punto de partida de nuestras reflexiones nace, pues, de
esta doble dimensión unitiva y procreadora de la sexualidad
como fundamento de la ética. Por ello, la educación sexual no
puede reducirse a una simple información de las diferentes
funciones y mecanismos biológicos. Como tampoco el espi-
ritualismo ignorante de otras épocas cumplía con esta tarea. Si
ahora hemos rescatado al cuerpo de su prisión y oscurantismo
mediante el conocimiento técnico y las aportaciones científi­
cas, sería vergonzoso olvidar la reconquista del espíritu; libe­
ramos de las cadenas del miedo, del recelo, de la ignorancia
para caer en otras esclavitudes peores.
Pero antes de examinar qué consecuencias se derivan de
estos planteamientos concretos, veamos cómo !a palabra de
Dios ilumina y confirma esta misma orientación de base.*1982

o c (". 45), 45-66; W. R o m o , Amor y sexualidad , TyV 18 (1977) 287-302; A.


Donval, Un avenir pour l ’amour. Une nouvelle éthique de la sexualité , Le
C e n t u r i ó n , París 1976, 47-64; F. G i u n c h e d i , Sul piacere sessuale , RassTeoI 23
(1982) 220-235, y Significato umano e cristiano delta sessualitá , CivCatt
135/2 (1984) 444-454; A A .W ., Educación sexual, educación para el amor,
MisJov 76-77 (1983); E. H e s s , La sexualidad en la educación integral, SM,
Madrid 1983; C o n g r e g a c i ó n p a r a l a E d u c a c i ó n C a t ó l i c a , Orientaciones edu­
cativas para el amor humano , E cclesia 2155 (1983) 20-35; J. L. L a r r a b e , Las
recientes Orientaciones educativas sobre el amor humano . Pautas^de educa-
c,on sexual. Surge 44 (1984) 95-108; G. P i a ñ a , L ’educazione all'amore nel
c o « „ to della formazione integróle delta personalitá, Seminarium 24 (1984)
•M-174; b Q oya Amor p J ologia y sexualidad, RevEspir 44 (1985) 439-
, ? 5 ’ G - G a t t i , a.c. ( n . 8 ) ; J. B a s t a i r e , Eras sauvé ou le je u de *
199l°Mr* D esclée’ P a r í s 199° ; s G a l v e , Diálogo de amor y sexo, CCS, M adna

77
C apítulo 3

VISIÓN BÍBLICA DE LA SEXUALIDAD

1. El contenido de la revelación:
una luz sobre las reflexiones humanas

No tratamos de encontrar ahora las normas concretas que so­


bre el comportamiento sexual pudieran darse en la Escritura.
Acercarse a la revelación con una mentalidad moralizante no
es fácil por un doble motivo. En primer lugar, porque cada
texto necesitaría una exégesis detallada y minuciosa, reserva­
da al especialista. Encontrar su interpretación y significado
auténtico es un camino difícil y complicado, que impide al­
canzar algunas veces una cierta unanimidad1. Y por otra par-

1 Como estudios más generales, P V a n I m s c h o s t , Teología del Antiguo


Testamento, Eapsa, Madrid 1969, 641-660 (sobre la moral sexual 1en i KT)
R. C De K ruijf, La sessualitá nella Bibbia%Paoline. Ban 1970,_ _ ’
Les peches de sexualité dans le Nouveau Testamenta StMor 8 ( ) *
M. L e k o , II problema etico del corpa (Un saggio di teología btbhcaKSOAo
13 (1975) 67-107; N M. Loss, Bibbia e sessualitá Una s'*™*0?* /
na " interroga la parola di Dio scritta , Salesianum 38 (19 ) •
R o d e n a s , La moral sexual en ¡os catálogos de virtudes y víaos e ep
paulino, AnCal 19 (1977) 265-299; A. M o r e n o , Significado de la sexua
en el Antiguo Testamento , TyV 18 (1977) 251- 268; M. A- La
sexualidad humana en el Nuevo Testamento , TyV 18 (I ) Q
D u m a i s , Couple et sexualité selon le Nouveau Testamenta Eet *ao
72; E. Hamel, La sexualité iluminée par la révélation* StMiss 2 (
325; E. F uchs, Le désir et la tendresse , Labor et Fides. G i n e b r a ^
78; F. L age, Naturaleza . cuerpo v alma en la antropología i amor e
T e sta m e n to M oraba 2 (1980) 319-336; R. P enna, 40_51 C.
sessualitá dal Antico al Nuovo Testamento , Sem inanum ( Fvan&elios,
Domínguez, L o s lazos de la carne. Apuntes sobre sexua i a Bibbia,
Proyección 32 (1985) 299-321; A. M attiou . La realta sess“alf ' ^ , 0. ¡I
Piemme, C asale M o n ferrato 1987; A. F anuli. <- o '7’0^ 1 d arbaouo ,
" « s a g g io del Antico Testamento . C redO gg 48 30-42
Corporeitá e sessualitá nel Nuovo Testamento , CredOgg

79
te no bastaría la enseñanza aislada de una frase o de un libro,
núes la palabra de Dios se nos revela también en una evolución
progresiva, paralela a las diferentes culturas y ambientes en
que se encama, con las matizaciones propias y acomodadas a
una situación especial. La visión del Pentateuco no puede ser
idéntica, por ejemplo, a la que aparece en los libros sapiencia­
les, ni la virginidad se valora de la misma manera en el AT
que en el NT. Un estudio en esta línea sería ingenuo intentar
realizarlo aquí, para aplicar los datos bíblicos a nuestros pro­
blemas de ahora, sin tener en cuenta una serie de presupuestos
metodológicos2.
Para saber si una conducta es buena o pecaminosa no hay
por qué apoyarse en una cita bíblica, que con tanta frecuencia
acomodamos a nuestras categorías actuales. De la misma
manera que el silencio sobre algún determinado comporta­
miento no es signo de su licitud ética. Pero sí resulta útil
contemplar cómo la revelación valora e ilumina nuestras re­
flexiones humanas sobre un fenómeno universal como éste.
Por ello, nos reducimos a una labor de síntesis muy genera­
lizada, dejando al exegeta el sentido más literal de las distin­
tas afirmaciones. ¿Qué es, por tanto, lo que la Biblia afirma
sobre la sexualidad en su conjunto?

2. Un punto de partida:
la antropología unitaria

Lo primero que llama la atención en la Biblia, como punto


e partida de toda su reflexión posterior, es la concepción
tan unitaria que tiene del ser humano. Los términos que uti-
iza no encierran la misma significación que revisten en la

Cf ,0das ' f afirniac'° nes de N. M. Loss, a.c. (n D


d,recovet morales do f Ues" on j f u eoractére des ¡ugement des valeurs d
Go 'TL m X Z to lZ T "V
TeS'eo,0*
23; M. Dumais, U laJZaíl
,a7 m ' DocCa,h 72 <1975> 763'766; í
ío "órale, R ivTeolM or 3 (1975) 1*
modéle biblique. É e tT h V í | 976M 47* i™** ‘‘I V'e COUrS Reí Uxion sf t
du Nouveau Testament ÉetTh ín nañnl® * cara€,¿re norm an/ des eerti
o b lig a n ,e h a n n o T ia d ic ^ l IZ í ? 1 29 *- ' 45’ G S egaLLA, Quale
540-569. donde hace un eatudin hÍ* i de' N.U0V0 Testamento, ScCatt 115 ( l987>
distinguir entre lo v ^ y l ó ° p t ,lrerod,fCren,eS Ímem° S * exPlicaci6n ^

80
actualidad para nosotros, cuando los interpretamos desde
una antropología dualista. Es más, su enseñanza no parte de
una visión filosófica o metafísica que intenta desvelar la na­
turaleza del hombre, sino de un contexto religioso que cen­
tra su atención en las relaciones de Dios con su criatura,
aunque esa fe se exprese también dentro de una cultura deter­
minada.
El término hebreo más cercano, utilizado para designar al
cuerpo, es el de basar que equivale a la piel —superficie de
un organismo viviente—, a la carne —la parte muscular del
organismo— o para indicar cualquier otro aspecto de la cor­
poralidad de los vivientes, sobre el que ahora no vamos a
detenemos \ Expresa, por tanto, la realidad del ser humano en
su dimensión más visible y extema, pero no como un princi­
pio material opuesto a otro espiritual, sino como representa­
ción global de toda la persona, que nos recuerda nuestro ori­
gen primero. Somos un adam, formado con el polvo del suelo
(Gén 2,7; 3,19), pero por encima de cualquier otra realidad
material o de un simple cadáver, que nunca será designado
con este término. Se trata de algo viviente, porque Dios ha
infundido su aliento —nephes—, su espíritu —ruah— que
hace posible la vida.
El espíritu, si se considera como separado del cuerpo, no
equivale al alma de los griegos. Es una fuerza vivificante que
permanece en Dios sin ninguna especificación, mientras que
el cuerpo es lo que designa al ser humano. Su estructura
corpórea está vivificada por ese aliento divino que nos cons­
tituye como personas. El basar es la carne espiritualizada que
nos eleva a nuestra condición humana. La corporeidad apare­
ce así como el elemento esencial con el que el hombre se
identifica y se expresa, sin que tal dimensión encierre ningún
significado pecaminoso o negativo. La perspectiva es muy
diferente a la del dualismo griego, muy presente en la re­
flexión cristiana, que lo vio siempre como algo despreciable,
cárcel del alma y lugar del pecado. Por eso, desde el comien­
zo de la revelación, la Biblia nos descubre otro horizonte
trucho más esperanzador y religioso.

c 3 C f M. Leko, // p r o b le m a e tic o d e l c a rp o . Un s a g g io d i te o lo g ía b ib lia ,


StMor 13 (1975) 67-105; R, C avedo, C o r p o r e id a d , NDTB, 335-351.

81
3 Lo sagrado y lo profano
en el marco de la creación

En el marco grandioso de las primeras páginas del Génesis


existe ya una meditación profunda sobre el fenómeno humano
de la sexualidad. Sabemos que en ellas se ha querido dar una
explicación teológica del mundo que nos rodea, y como un
dato más, que requiere aclaración, el hombre se enfrenta con
su existencia corporal y bisexuada.
La primera reflexión sobre este hecho está llena de un
optimismo extraordinario. Cuando Dios deja posar sus ojos en
la obra entera de la creación, capta su bondad y su pureza
internas. Cada una de las realidades que han ido brotando de
sus manos amorosas quedan consagradas por este nacimiento
sobrenatural. "Y vio Dios que era bueno”, es la antífona de
gozo repetida después de cada versículo creador, como el que
queda satisfecho con cada obra que va realizando. Porque
todo es transparente y limpio, no hay lugar para el miedo o
para el pecado. El mundo entero se convierte en una teofanía
gigantesta de Dios, porque su amor, su poder, su hondura, su
misterio se han ido dibujando de una forma lejana en este
lienzo maravilloso de la creación.
De esta visión sacralizada no puede excluirse tampoco la
sexualidad. Es buena y santa, porque su origen se remonta
también a esta génesis divina, y nada de lo que ha nacido de
Dios queda manchado por la iniquidad. Una postura como esta
supone una ruptura completa y radical con todo el ambiente
religioso y con las culturas de aquellas épocas. El relato de
estas primeras páginas, si se lo compara con las concepciones
de las tribus vecinas a Israel, aparece como un intento evidente
de desmitificación. Como faltaba el concepto de creación, la
sacralidad del sexo no se deriva por haberlo recibido como un
regalo que la divinidad otorga a los seres humanos, sino por la
existencia de un mito en aquellas culturas. La vida de los dio­
ses era considerada como el modelo y prototipo de los com­
portamientos humanos. Como en ese mundo trascendente se
dan también las relaciones sexuales entre el dios padre y la
diosa madre, semejante conducta quedaba reflejada en las re-
ÜntnnCS hombre’muÍer- La un'ón sexual era santificada, por
tanto, en cuanto que reproducía una acción divina.
82
El politeísmo de los pueblos antiguos había permitido
encontrar una representación sagrada para los diferentes as­
pectos de la experiencia sexual, y cada uno de los ritos en
tomo a ella que los hombres realizaban se captaban como
formas sacramentales del encuentro con la divinidad. Dicho
de otra manera, la sexualidad y sus múltiples manifestaciones
aparecían como sagradas por ser una imitación de las expe­
riencias que se daban en el mundo de los dioses. Las orgias,
llevadas a cabo en los mismos templos, expresaban este con­
tenido religioso. De hecho, el proceso de transformación ope­
rado era en sentido inverso: se quería sacralizar a la sexuali­
dad proyectando sobre los dioses la conducta humana; y esto
se hizo a tal extremo que en ese otro mundo lejano se daba,
como un reflejo fiel de los mortales, el adulterio, la prostitu­
ción, la infidelidad, la poligamia o el divorcio4.
La oposición del pensamiento bíblico a este ambiente fue
total. De los arquetipos sexuales paganos, el lenguaje de la
creación no conserva nada más que uno: la creencia en un
solo Dios creador y padre, pero sin ninguna otra relación con
otros dioses o diosas. La imagen de Dios que se presenta al
israelita tiene un carácter original e inédito comparada con la
de otros pueblos. No ha surgido del pensamiento humano, ni
su vida sexual es un mito que pueda servir de modelo a la de
los hombres. La sexualidad aparece libre de todos los ritos
mágicos que la transforman en una realidad sagrada, pues la
revelación rechaza de plano el fundamento mítico de esta
sacralidad.
La violencia de esta ruptura resultó tan excesiva, que Is­
rael no llegó a asimilarla por completo. A lo largo de su
historia sintió el peligro constante de una vuelta a las costum­
bres idólatras y mágicas, de las que no siempre se supo apar­
tar. Sin embargo, no por este proceso de desacralización el
sexo se considera como un mero dato profano. Aunque no sea
Como fuente de documentos y material iconográfico, siguen siendo
insustituibles las obras de J. B. Pritchard, The Anden Near Easter Text
Relating to the OT. University Press, Princeton 1955'. The Anden Near East
in Ticíures Relating to the OT {ib , 1954) y The Anden Near East Supplemen-
tary Texis and Pictures Relating to the OT (ib, 1969); M . B e r n o s , ( h
Sexualité et religions. Textes r e u n ís , Du Cerf, París 1988; P. Avis, Eros and
the Sacred , SPCK, Londres 1989; S. A c q u a v i v a , Eros. morte ed espertenza
religiosa, Laterza, Roma 1990.

83
reflejo de lo que ocurre en el mundo divino, ha recibido de él
su consagración por llevar consigo la marca y el signo creador
que Dios ha puesto en todas las cosas. Como todo aquello qUe
comenzó a existir al comienzo de los tiempos, la sexualidad
ha recibido una significación religiosa. No serán ya los ritos
sagrados los que harán de ella una realidad santa, sino el gran
rito consecratorio que Dios realizó en la creación. El gesto
de benevolencia divina explica por sí mismo su carácter sa-
grado \

4. Los relatos fundamentales del Génesis:


la dimensión procreadora

La lectura de los relatos fundamentales del Génesis revela la


presencia directa de Dios en la formación de la primera pare­
ja. Tanto el relato del Gén 1,26-28, perteneciente a la llamada
fuente sacerdotal, como el del Gén 2,18-24, un texto más
antiguo, tomado del documento yavista, explicitan esta inter­
vención divina de una manera directa: “Y dijo Dios: hagamos
al hombre a nuestra imagen y semejanza..., y creó Dios al
hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hem­
bra los creó”6. En el otro texto se descubre la misma volun­
tad soberana: “El Señor Dios dijo: no está bien que el hombre
esté solo; voy a hacerle el auxiliar que le corresponde. Enton­
ces Dios echó sobre el hombre un letargo, y el hombre se
durmió. Le sacó una costilla y creció carne desde dentro. De
la costilla que le había sacado al hombre, el Señor Dios formó
una mujer y se la presentó al hombre” 7.
Ambas descripciones coinciden en esta síntesis fundamen­

i d d ^*RELOT’ Parej ° humana en la Escritura, Euram érica, M adrid 1963.


p , .B auer’ La vi5lé¡n de la protohistoria en la Biblia , en J. S c h r e i n e r (dir ),
raiaora y mensaje del Antiguo Testamento, Herder, Barcelona 1973, 1 16- 132;
A. B o n o r a , Cosmos, en NDTB, 351-372.
^nsóstom o batía insistido en el carácter netam ente con-

Hom XX ^ 62 l 3 5 t “ “ " “h "1** Un° S0'° " ( /" ^


la n ^ ^ 1 ° . do5>le rela,°. además de la bibliografía citada en
buen com entario. Entre oíros, P. V an
I. Sígueme, Saíamancá319726 'l89 204* E * c Teohgla. del An,‘S«° T e s ta m e n to
los relatos de la creación, b,bFe u \ l 9 9 2 ) 21-3¿ SeXUaMad ^

84
tal: la creación del hombre, en su doble cualidad de varón y
hembra, no tiene su origen en ningún principio mitológico, ni
su dimensión sexual ha sido causada por alguna potencia
maligna, sino que todo es fruto de la palabra imperante y
creadora de Dios. La polaridad sexual no es fuerza divina,
sino una realidad profana, pero si el sexo comienza a existir,
como el mundo entero, por esa libre voluntad, también entra
en relación directa e inmediata con Dios y con una finalidad
concreta. Por ello, el prototipo de la bisexualidad humana
queda dibujado en estas primeras páginas, tal y como brota de
las manos cariñosas de Dios y en función de los designios por
Él señalados. ¿Cuáles son éstos en la enseñanza de este doble
relato?
El primer texto del Génesis, donde aparece el binomio
hombre-mujer como el culmen y corona de toda la obra crea­
dora, acentúa el aspecto procreador de la sexualidad: “Y los
bendijo Dios y les dijo Dios: creced, multiplicaos, llenad la
tierra..?' (Gen 1,28). El mandato no deja lugar a dudas: es el
destino asignado a la primera pareja humana, y a las que de
ahí van a surgir, para que aseguren la multiplicación de los
seres sobre la tierra. Con esta finalidad han sido creados como
varón y hembra a imagen de Dios. Lo específico del hombre,
expresamente señalado, es convertirse en icono, en una epifa­
nía del ser que le ha dado la vida.
En esta insistencia con que se describe al ser masculino y
femenino, como el hombre-imagen de Dios, se ha querido ver
también un reflejo de la vida trinitaria8. Creo que, al menos,
es una perspectiva que encaja dentro de la revelación, apun­
tada frecuentemente por los santos padres, una vez que cono­
cemos ese misterio. Dios, en efecto, no vive en la soledad que
imagina nuestra razón cuando subrayamos su unicidad. Tam­
bién en Él se da como una sociedad de amor, un intercambio
de comunión entre las personas que forman su única natura­
leza. Según nuestra manera de hablar, y manteniendo intactos
los datos que la revelación y la teología nos aportan, tendría­
mos que decir que en Dios existe una familia, cuyo reflejo se

Esta concepción ha sido am pliam ente desarrollada por K. B arth, Dog-


matique III, |, Labor et Fides, Ginebra 1960, 195-209; F. Frost Hommeet
á iim a ge de Dieu. Signification humaine et chrétienne de la sexuahte,
MelScRel 38 (1981) 161-177.

85
patentiza en este diálogo del hombre y de la mujer, y su
despliegue correspondiente en la fecundidad del matrimonio.
El padre, la madre y el hijo constituyen la comunidad fami­
liar, que muestra una gran analogía, por su mutua referencia,
con la comunidad amorosa de Dios. Tal vez por ello san
Pablo recuerda, en sentido inverso, que los que no quisieron
glorificar a Dios e hicieron de Él una imagen semejante al
hombre corruptible, han llegado al extremo de la perversión,
señalando de forma concreta la negativa total a la fecundidad
en sus relaciones sexuales (cf Rom 1,21-28).

5. La dimensión unitiva:
el gran regalo de Dios

El otro relato de la creación, mucho más antiguo que el an­


terior, está lleno de imágenes poéticas, que en otro tiempo tal
vez tuvieron un significado mitológico9, pero que, no por eso,
reviste menos importancia desde nuestro punto de vista. Al
contrario, la riqueza de sus expresiones, a través de su estilo
literario, contiene datos interesantes para comprender el sig­
nificado de la atracción entre el hombre y la mujer.
Así como en la narración sacerdotal su explicación parte
del caos que se observa en el cosmos, esta otra supone, como
punto de arranque, un desierto árido y seco, que Dios irá
transformando en un oasis encantador, donde el hombre apa­
rece como dueño y soberano. A partir de ahí la descripción
adquiere una fuerza singular. La soledad del hombre produce
en Dios por vez primera la impresión de que algo no estaba
bien en su obra creadora: “No está bien que el hombre esté
solo. Voy a buscarle un auxiliar que le corresponda” (Gén
2,18). Cuando se nos describe la creación del hombre en el
texto sacerdotal —“varón y hembra los creó” (Gén 1,27)—,
se había dicho también: “Y vio Dios todo lo que había hecho
y era muy bueno” (Gén 1,31). Ahora no se atreve a emitir un*197

AA « T 5, Influencia del Antiguo Testamento en la ética sexual , en


“Une a ^ o u U u ™ Salaman™ 1972, 35-58; M. de H erodE,
VAnclan TTs a Z n ^ ^ Vexégé' e d* Gen 2,18-24 dans les écrits de
(1977) 329 3 ? r J u d a i*m *et du Nouveau Testamenta RevThLouv 7

86
juicio tan positivo, pues no acepta como un bien que el hom­
bre sea un ser solitario.
La presencia de los otros vivientes —animales y a v e s-
no ha bastado para cubrir la soledad humana, a pesar de su
dominio y superioridad sobre ellos: “El hombre puso nombre
a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las
fieras salvajes, pero no encontró el auxiliar que le correspon­
día” (Gén 2,20). En el momento en que utiliza sus atributos
de rey de la creación, imponiendo el nombre como un signo
de su poder, se hace sentir de nuevo la necesidad de una
ayuda, y el sentimiento de esta soledad le domina sobre el
gozo mismo de su soberanía. Ahí queda como una nostalgia
profunda, un vacío de tristeza que es necesario eliminar con
una compañía humana. El Génesis pretende demostrar que el
animal no participa de nuestra propia naturaleza y que se
muestra incapaz, por tanto, de llenar también nuestro cora­
zón lrt.
En esta situación afectiva es cuando la mujer se hace pre­
sente como el gran regalo de Dios. El éxtasis que va a sufrir
el hombre, sinónimo de estupor, de la suspensión de sentidos,
anuncia, como en otras ocasiones, un gran acontecimiento11:
“Entonces el Señor Dios echó sobre el hombre un letargo, y
el hombre se durmió. Le sacó una costilla y creció carne desde
dentro. De la costilla que le había sacado al hombre, el Señor
Dios formó una mujer y se la presentó al hombre. El hombre
exclamó: ‘¡Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi
carne! Su nombre será Hembra, porque la han sacado del hom­
bre'. Por eso el hombre abandona padre y madre, se junta a su
mujer y se hacen una sola carne" (Gén 2,21-24).

El grito de exclamación manifiesta esa alegría inmensa de


la que el hombre se siente lleno al haber encontrado por fin
el reflejo suyo, su enfrente, la compañera y ayuda que anhela-*
Y esto sin negar la función afectiva que juegan muchos animales do­
mésticos en la psicología de las personas, por encima a veces de las relacio­
nes humanas. C f J. Lucereau-J. Joucla, L 'animal de compagnie, Etudes 37
< W l) 193-200.
" Otros casos de “sopor" en Gén 15,12, 20,3.6; 28,12; 31,10.24; 37,1-11;
ISam 26,12; Is 29,10; Dan 7,1; Zac 1.8, etc., aunque el empleo de estas
visiones en los sueños de los falsos profetas contribuirá a desacreditar c s u
•°rma de com unicación divina. J. M. Husser, Songe comme proctdé Utterai-
e 4 propos de Gn 20, Rev.ScRel 65 (1991) 157-172.

87
ba en su interior, lo único que ha podido elegir y hacia lo qUe
se siente atraído entre todos los seres que acaban de desfilar
ante él. Acaba de brotar una comunidad más fuerte que nin­
guna otra —1"por eso el hombre abandona padre y madre y se
junta a su mujer’ — en la que los dos se sienten identificados
en una sola carne y en un solo corazón
La ayuda y comunión es claro que no se refiere sólo a una
atracción sexual. El diálogo que aquí aparece entre el hombre
y la mujer tiene resonancias afectivas y personales mucho
más íntimas. Cuando el AT afirma que "Dios es la ayuda” del
hombre, su significado es de una profundidad extraordinaria.
Es la roca firme, el báculo donde uno se puede apoyar, la luz
que ilumina, el escudo que defiende y alegra, el auxilio en
que se confia, el baluarte y la fortaleza de los débiles, asilo
en la tormenta, escucha atenta y cariñosa, sustento y alivio en
el trabajo, lugar para el reposo, ciudadela en el día de la
angustia...,3. Por ello, no es extraño que el Eclesiástico, ha­
ciendo una alusión manifiesta a este texto del Génesis, dé
también al encuentro con la mujer un horizonte infinitamente
más amplio:
“Mujer hermosa ilumina el rostro y sobrepasa todo lo de­
seable; si además habla acariciando, su marido no es un mortal;
tomar mujer es el mejor negocio: auxilio y defensa, columna y
apoyo. Viña sin tapia será saqueada, hombre sin mujer andará
vagabundo” (Si 36,22-25).

No se puede expresar mejor, ni con menos palabras, la


intención profunda de Dios sobre la realidad sexual. La llama­
da recíproca entre el hombre y la mujer queda orientada, desde
sus comienzos, hacia esa doble finalidad. Por una parte, es
una relación personal, íntima, un encuentro en la unidad, una
comunidad de amor, un diálogo afectivo pleno y totalizante,
cuya palabra y expresión más significativa se encama en la
entrega corporal; pero por otra, esta misma donación, produc-

NouvRevTh^ M G,LBERT< 'V™ ™ule chair’ (Gen 2.241


refiere sólo a i • Cn £*oní*e P ^ b a cómo esta expresión no se
mucho m is r' lac,on«» sexuales, sino a un com prom iso personal
PdJ u t ' r L V CML' L° S,uP °re di Adam° Per .7 d o n o d i Eva
" t t M l. S d'8ni,a,em- NuoAreo8 (1989) 7-28.
otras imágenes p are a d a s"0* S8lm° S aparecen con mucha frecuencia éstas y

88
to del cariño, se abre hacia una fecundidad que brota como
destino y consecuencia. Cuando a Cristo, en una ocasión, le
argüyeron sobre un problema que afectaba a la relación con­
yugal, no dudó un momento en referirse a este proyecto pri­
mero como el modelo típico que había de mantenerse por
encima de todas las limitaciones humanas: "¿No habéis leído
aquello: ‘Ya al principio el creador los hizo varón y hem­
bra’?" (Mt 19,4). Y al hombre no le queda otro remedio que
aceptar el orden establecido por Dios u.

6. La fecundidad en la Biblia:
diferentes motivaciones

Esta doble dimensión de la sexualidad humana ha sido des­


pués ampliamente acentuada por toda la Biblia, pero no de
manera tan sintética y exacta15. La fecundidad ha sido pre­
ocupación constante en el pueblo de Israel, aunque no sólo
por motivos religiosos. Dentro de la vida rural y agrícola los
hijos se convierten de inmediato en una fuente de riqueza, y
en aquellas épocas, sobre todo, en las que la idea de la inmor­
talidad no estaba afirmada claramente, el deseo oculto de esta
quería suplirse de alguna manera por la supervivencia de los
hijos. Pero sin excluir esta y otras motivaciones diferentes, la
procreación aparece como un valor religioso fundamental.
Desde la primera invitación a llenar la tierra, como fruto de
la bendición divina (Gén 1,28), la promesa de una posteridad
numerosa aparece vinculada, como un regalo de Dios, a la
fidelidad del hombre l6.
Ser rico en hijos es sentirse al mismo tiempo depositario
de la promesa hecha a Abrahán: "Mira al cielo; cuenta las
estrellas si puedes. Y añadió: 4Así será tu descendencia’" (Gén
15,5). De ahí la dimensión religiosa de la misma genealogía:
P. D acquino, Storia del matrimonio cristiano alia luce delta Bibbia, 2
,V E,,e di Ci, Leum ann 1984 y 1988. J . .
19?o A. M. D ubarle , Amor y fecundidad en la Biblia , Paulinas, Madrid

,, C f Éx 23,26; Dt 7,5 y 12; Lev 26,9. Tam bién M. Gilbert, “Soyez


Jtcond et multipUez" (Gen 1,28), NouvRevTh 96 (1974) 729-742, y Lfl prv-
<Wio/r ce qu en sait le Libre de la Sagesse, NouvRevTh 111 (1989) 824-

89
el que no ha nacido de esta familia no pertenece al pueblo de
la alianza; el que no ha llegado a ser padre ha roto la historia
salvífica, que desborda de una a otra generación. En este
contexto' la esterilidad es considerada como un castigo, una
vergüenza, una terrible maldición17, y la fecundidad como un
bien absoluto, algo que es necesario conseguir de la forma y
por los medios que sea, sin pararse en escrúpulos excesivos18.

7. El matrimonio como símbolo


e imagen de la alianza

La insistencia de la Biblia en la fecundidad no disminuye, sin


embargo, la importancia del amor ni lo considera como una
dimensión añadida o superflua. El sentido completo de la
bisexualidad humana hay que seguir encontrándolo, según la
línea del Génesis, tanto en el proyecto de fundar una familia
como en la creación de una comunidad de amor. No preten­
demos ahora discutir cual de los dos aspectos mantiene la
primacía, ni mucho menos ver si la duplicidad y jerarquiza-
ción de fines, que se hizo después clásica en la moral de la
Iglesia, encuentra aquí su fundamento. Son problemas ajenos
a la mentalidad e interés de los autores sagrados. Lo único
que buscamos subrayar es que el aspecto amoroso adquiere
también un lugar de privilegio.
Hay rasgos significativos que surgen como de repente en
medio de una narración, pero que descubren la densidad del
cariño existente. El caso de Ana y del padre de Samuel nos
muestra que el amor es suficiente para cubrir el dolor de la
esterilidad. Cuando se lamentaba de su desgracia, Elcaná se
Y asi es vivida incluso por las mujeres preferidas de los patriarcas,
antes de sentirse bendecidas por Dios: Sara con Abrahán (Gén 11,30 y 16,2):
Rebeca con Isaac (Gén 25,21); Lía y Raquel con Jacob (Gén 29,31 y 30,1).
A n a,la madre de Samuel (ISam 1,5-8); la misma Isabel en el Evangelio (U
1,7). Ver también Is 4,1 y 47; Jer 18,21; Os 9,12. Absalón hace un monumen-

ñU^'SU(2ns0am l8.Í8P)eS * ^ dÍCh°: N° ,e"g° hÍJ° ^ m'


3 ProsI'tu' rse para obtener descendencia a su
afrenta de la ?Ar "j j j m' 8ma ley del levirato buscaba eludir l»
unTdL ™ h ^ ' CUnd,d,d: CU3ndo hombre ha m uerto sin descendencia-
qve procun,r ^ un ^ » i» viuda, pues “*•
SU nombre no se borrará de Israel" (Dt 25,5.10; Gén 38.11 y 16.1-16).

90
acerca para decirle: “Ana ¿por qué lloras y no comes? ¿Por
qué estás triste? ¿Es que no soy yo para ti mejor que diez
hijos?” (1 Sam 1,8). Jacob, para obtener en matrimonio a
Raquel, sirve durante siete años, “que se le antojaron como
unos cuantos días, de tanto que la amaba” (Gén 29,20), y
cuando se siente engañado por Labán, no tiene inconveniente
en servir otros siete años con tal de unirse con la mujer que
desea. Por eso, durante la época de los libros históricos, apa­
recen con frecuencia una serie de parejas ideales que, en medio
de los condicionantes sociológicos y de las limitaciones de
aquel tiempo, sirven como modelos concretos de amor conyu­
gal. Su ejemplaridad no resulta hoy tan convincente, pues se
vive con serias lagunas como el concubinato, cierta libertad
sexual, desprecio y utilización de la mujer, etc., pero no ol­
videmos que por el momento no eran posibles otras exigen­
cias mayores ,g.
La pedagogía de Dios dará un nuevo paso con la enseñan­
za de los profetas, cuya voz se alza como una denuncia im­
petuosa e irresistible contra tantas falsificaciones religiosas.
El pueblo entero y sus representantes más cualificados oyen
con asombro la cruzada emprendida. Hay que volver de nuevo
a la interioridad seria, a vivir la alianza con toda profundidad,
a no olvidar que el amor de Dios por los hombres es la ex­
plicación última de su existencia y comportamiento. Pero lo
verdaderamente inédito hasta ese momento es el simbolismo
que van a emplear los profetas como fondo de sus enseñanzas:
el matrimonio como signo e imagen de la alianza divina.

8* Las enseñanzas de los profetas:


Oseas o el testimonio de una vida

Oseas es el primero que utiliza el nuevo lenguaje para ex­


plicar la comunidad de amor entre Yavé y su pueblo (Os
1-3). Sabemos cómo los profetas, y en general los autores
sagrados, se han valido siempre de gestos simbólicos para

i. 1 ^ er las parejas ideales en P. G relot, o.c (n. 5). Sobre la situación de


d »a!T1,,a y del m atrim onio en aquellos tiem pos, R. De V avx* Institución
% x?!l8Uo l a m e n t o , H erder, Barcelona 198S\ 49-101; P. D acquino. o c .
' n ,4 )> vol. i.

91
expresar el mensaje divino20, pero en este caso es la misma
vida del profeta, y su matrimonio en concreto, los que se
convierten en símbolos de la verdad que predica. Oseas es
invitado por Dios a tomar como esposa a Gomer, una prosti­
tuta entregada a los cultos de fecundidad cananeos. Después
de algún tiempo, ésta lo abandona para caer de nuevo en el
adulterio, dándose a otros amantes. Según las leyes vigentes
en aquella época (Dt 24,1; Lev 21,7), una mujer en estas
condiciones no podría volver a su primer marido, pero Oseas,
sin embargo, por obedecer a la palabra de Dios, prescinde de
la ley y vuelve junto a ella, a quien recibe y perdona con un
cariño impresionante: “Vete otra vez, ama a una mujer amante
de otro y adúltera, como ama el Señor a los israelitas, a pesar
de que siguen a dioses extranjeros” (Os 3,1).
El mensaje, testimoniado con su vida, no puede ser más
explícito. Oseas ha amado, ama todavía, olvida y perdona a
una mujer que no ha respondido a su amor. El pueblo de
Israel ha caído también en la prostitución y en la infidelidad:
“El país está prostituido y alejado del Señor’ (Os 1,2). Esta
apostasía se manifiesta sobre todo en los múltiples ritos pa­
ganos, que habían contaminado la práctica del verdadero ya-
vismo. Israel ha tomado la iniciativa del divorcio, por eso los
hijos del profeta reciben nombres que denotan una creciente
severidad de Dios. Al último se le llama “no-pueblo-mío,
porque vosotros no sois mi pueblo y yo no estoy con voso­
tros” (Os 1,9). Yavé se siente abandonado una vez más, des­
pués de haber establecido una alianza de amor en el Sinaí.
Ninguna palabra mejor para expresar este hecho que el térmi­
no adulterio, pues se trata de una auténtica infidelidad, y nin­
gún otro símbolo más expresivo e hiriente que el propio
matrimonio de Oseas para proclamar el cariño de Dios: así
también Dios ama a su pueblo. Un matrimonio concreto ha
servido de vehículo para el conocimiento de una verdad reve­
lada, a través de una experiencia tan dramática y llamativa,

La m®nta*,dad semítica captaba perfectamente el valor de los símbolos.


2“ 1 ^ 2 U2 R ^ ? ^ i ^ i o f^ Uí nda P™ l0S libros g r a d o s : IRe 11,29-39 y
t í e Í ^ J ^ t l9í Mc 1 U 2 - ,4; 21.10-13 Cf P. D iel, L e symbo-
aZ cü Z J l A ’ y 0 tl ,PaHs 1975; F - F* ancois , D e la G e n é s e a
Ronde París i976 ^ ^ t h a p h y s i q u e et s y m b o liq u e d e la B .b le , , Tabk

92
esta realidad se nos ha hecho mucho más comprensible. El
testimonio de una vida conyugal es la acción profética en
la que se encama un mensaje con más fuerza que la sola
palabra21.

9. L a imagen del adulterio en Jeremías

El libro de Jeremías emplea también, de manera constante, el


símbolo del matrimonio. El pecado de Israel, su infidelidad,
su idolatría y los excesos sexuales ligados al culto de los
dioses quedan estigmatizados en la alegoría de la unión con­
yugal.
Hay un primer momento de nostalgia: “Recuerdo tu cariño
de joven, tu amor de novia, cuando me seguías por el desier­
to, por tierras yermas" (2,2); pero la vida ulterior ha cambiado
por completo el panorama de esperanzas e ilusiones: “Igual
que una mujer traiciona a su marido, así me traicionó Israel”
(3,20). La imagen del adulterio se hace familiar en sus afir­
maciones y una vez más se alude a la prohibición legal de un
segundo matrimonio en estas condiciones: “Si un hombre
repudia a una mujer, ella se separa y se casa con otro, ¿vol­
verá él a ella?, ¿no está esa mujer infamada? Pues tú has
fornicado con muchos amantes, ¿podrás volver a mí?” (3,1).
Sin embargo, a pesar de todas las amenazas, el profeta ter­

21 P. Grelot, Oseas, profeta del amor conyugal, SelecTeol 5 (1976) 76-


78; M. Adinolfi, Appunti sul simbolismo in Osea e Geremia, EuntDoc 25
(1972) 126-178; J. Mejía, Amor, pecado, alianza. Una lectura del profeta
Oseas, UCA, Buenos Aires, 1977; L. López de las Heras, El mensaje del
profeta Oseas, Studium 20 (1980) 3-36; W. Vogel, " Osée-Gomer" comme
' Yaweh-Israer. Os 1-3 , N ouvR evTh 103 (1981) 711-727; B. Renaud, Le
ivre d Osée 1-3. Un travail complexe d'édition , RevScRel 56 (1982) 159-
* y Pide lité humaine et jidelité de Dieu dans le livre d Osée l~3y RevDr-
U n 33 (1983) 184-200; H. W. Wolff, Oseas hoy Las bodas de la ramera,
gueme, Salam anca 1984; A. Feuillet, A ux origines de la mystique nuptial
du Cantique des Cantiques. Le prophéte Osée . Divinitas 35 (1991) 107-113;
• ‘ DEL Valle, La sexualidad. Simbologia matrimonial en los escritos pro-
J™cos' BibFe 18 (1992) 37-50. Véanse tam bién los comentarios a éste y a
^ o s profetas en G. V on Rad, o, c, (n. 7), n . Teología de las tradiciones
J : ? tlCQS en ¡sr<**el\ E. Schillebeeckx, El matrimonio: realidad terrestre y
Sí*lvacióny Síguem e, Salam anca 1968; A A .W ., l o *
en ín ’ *?5rhonianc. Bolonia 1986, con estudios sobre el símbolo de la alianza
108 Aferentes libros de la Biblia.

93
mina señalando la fidelidad infinita de un amor que no acaba
ni se consume: “Con amor eterno te ame, por eso prolongué
mi lealtad; te reconstruiré y quedarás construida, capital de
Israel” (31,3-4). f _. .
Más allá todavía se vislumbra a lo lejos la nueva y defini­
tiva alianza, que constituye la cumbre espiritual del mensaje
de Jeremías: “Meteré tu ley en su pecho, la escribiré en su
corazón, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (31,33). La
vivencia del amor conyugal implica una perspectiva de fide­
lidad, dentro de los límites reconocidos del derecho vigente,
y por ello puede servir como símbolo apto para intuir el sig­
nificado de la alianza de gracia; pero Dios romperá incluso
estas mismas limitaciones jurídicas para descubrir la eterni­
dad del amor que ha prometido en su matrimonio con los
hombres.

10. La alegoría de Ezequiel


y los cantos de Isaías

El profeta Ezequiel, en una larga alegoría, reproduce toda la


historia de Israel con un relieve singular. El capítulo 16 es de
una ternura impresionante. Jerusalén aparece como una niña
recién nacida, desnuda y abandonada en pleno campo, cubier­
ta por su propia sangre, sin nadie que le lleve los cuidados y
el cariño necesarios. Dios pasa junto a ella, la recoge, la guarda
y la cuida hasta llegar a enamorarse de ella: “Te comprometí
conjuramento, hice alianza contigo..., y fuiste mía” (16,8). La
descripción es ampliada con múltiples y valiosos regalos, que
le otorgan el esplendor y la majestad de una reina. La unión
parece afirmada aún más por el nacimiento de hijos e hijas
(16,20). Una infidelidad así revestiría el carácter de un crimen
imperdonable; sin embargo, la tragedia entra de nuevo en
escena, ahora con un dramatismo especial.
El pago vuelve a ser la prostitución, pero efectuada de una
manera constante: “En las encrucijadas instalabas tus puestos
y envilecías tu hermosura; abriéndote de piernas al primero
que pasaba, continuamente te prostituías” (16,25); olvida por
comp eto su historia pasada: “Con todas sus abominables
fornicaciones, no te acordaste de tu niñez, cuando estabas
94
desnuda y en cueros, chapoteando en tu propia sangre” (16,22)*
y el motivo de su pecado era precisamente “para irritarme”
(16,26). Es más, en lugar de recibir el precio de su compor­
tamiento, ella misma ofrece los regalos y joyas de su matri­
monio para atraer a los amantes. A las prostitutas les hacen
regalos; tú, en cambio, diste tus regalos de boda a tus aman­
tes; los sobornabas para que acudieran de todas partes a for­
nicar contigo. Tú hacías lo contrario que las otras hembras: a
ti nadie te solicitaba, eras tú la que pagabas y a ti no te
pagaban y obrabas al revés” (16,33-34). Pero la perspectiva
queda de nuevo abierta al arrepentimiento y al perdón: “Yo
me acordaré de la alianza que hice contigo cuando eras moza
y haré contigo una alianza eterna” (16,6o)22.
Los cantos de Isaías reproducen las líneas apuntadas: la
ruptura con Sión no será definitiva y el retomo al hogar de la
esposa abandonada se realizará más adelante: “Como a mujer
abandonada y abatida te vuelve a llamar el Señor; como a
esposa de juventud, repudiada —dice tu Dios—. Por un ins­
tante te abandoné, pero con gran cariño te reuniré” (54,6-7).
Serán tiempos de amor permanente: “No se retirará de ti mi
misericordia ni mi alianza de paz vacilara” (54,10). El resul­
tado de este matrimonio restablecido es impresionante. La
esposa de Yavé no será sólo el pueblo, sino la humanidad
entera transformada por la gracia (54,1-3). En el fondo late la
idea de una Jerusalén escatológica, que san Pablo aplica a la
Iglesia del cielo (Gál 4,27).

11* El simbolismo profético:


significado de la entrega conyugal

Lo importante de todo este lenguaje profético, para nosotros,


reside en su presupuesto de base. Si los profetas se han valido
del matrimonio para que el hombre vislumbre cómo son sus
propias relaciones con Dios, a nivel personal y colectivo, es
necesario que el amor conyugal sea capaz de descubrir este
misterio de alianza. La vinculación de dos personas reviste así

en *ha historia sim bólica de Israel, expresada en este capítulo, :se rw ueva
latp P°r me<l*0 de un paralelism o entre Jerusalén y Samaría. “ .
la costumbre existente de tener una mujer legítima y otra con

95
un carácter de comunión extraordinario o, al menos, es posi-
ble que adquiera esta densidad significativa. Como gesto y
experiencia humana tiene que estar llena de este valor trascen­
dente y amoroso: ser un signo e imagen de la amistad y del
cariño divino. La historia de un amor, con sus progresos y
crisis, con sus gozos y tinieblas, fue el reflejo de una intimi­
dad profundamente misteriosa. El corazón de Dios se nos
hace de esta manera mucho mas comprensible.
Al proclamar este mensaje de salvación, los profetas nos
han hecho también una teología del matrimonio y han acen­
tuado con una fuerza extraordinaria, aunque sin buscarlo de
manera directa, cuál debe ser el significado de la entrega
conyugal. Es más, el vínculo del matrimonio es tan consisten­
te que el término empleado para designarlo —berit— es el
mismo que se utiliza para nombrar la alianza de Dios con los
hombres. No se puede pensar que la dimensión unitiva no
haya estado presente en la palabra de Dios.
Esta comunidad de amor no se refiere sólo a su aspecto
más espiritual, sino que abarca también la relación sexual más
íntima. Sabemos cómo el verbo utilizado por la Biblia para
expresar la donación corporal es conocer, y Dios se queja
constantemente, sobre todo a través de Oseas, de que su pue­
blo no ha llegado a conocerlo de verdad23. La cercanía que El
esperaba, como respuesta a su entrega, no se ha conseguido
nunca con plenitud. Hay una falta de intimidad y conocimien­
to por parte del ser humano que se echa de menos en el marco
de la mutua amistad. “Conocer un hombre a su mujer” nos
evoca, por tanto, este hondo sentido de la intimidad, de la
entrega profunda en todos los órdenes, de la revelación pro­
gresiva y recíproca hasta formar una sola carne, una sola vida,
como una sola persona. Malaquías ha sintetizado lo que he­
mos visto hasta ahora, al hablar contra el divorcio con estas
palabras. Porque el Señor dirime tu causa con la mujer de tu
juventud, a la que fuiste infiel aunque era compañera tuya,
esposa de alianza. Uno solo los ha hecho de carne y espíritu,
ese uno busca descendencia divina; controlaos para no ser
infieles a la esposa de vuestra juventud” (Mal 2,14-15).13

13 E. SCHILLEBEECKX, o.c. (n. 21), 82-83.

96
12. La literatura sapiencial:
principales características

Toda la literatura sapiencial nos enseña el lado profundamente


humano del amor y de la sexualidad. La mayor parte de estas
obras surgieron de la comunidad judía de Alejandría y en
contacto con la civilización griega, de mentalidad bastante
diferente. La experiencia del exilio produjo cambios socioló­
gicos que afectaron a la vida moral, familiar y religiosa del
pueblo. De ahí que el conjunto de sus enseñanzas tenga ma­
tices diferentes a los de las otras épocas.
Un primer aspecto revelador: la fecundidad no aparece
más como un bien absoluto ni la esterilidad, por tanto, es
considerada tampoco como maldición. Desaparece en gran
medida la poligamia y la ley del levirato no tiene vigencia. La
virilidad no hay que ponerla en el hecho de tener hijos, sino
en otras actitudes éticas más importantes. Una fecundidad
puramente biológica no tiene sentido sin el temor del Señor24.
En segundo lugar, se acentúa la grandeza del amor conyu­
gal y el relieve que toma la mujer como ayuda y compañera.
Hay, no cabe duda, una tonalidad mucho más cercana al se­
gundo relato del Génesis. Con las citas abundantes de estos
autores podría hacerse una espléndida descripción de lo que
significa la mujer en la vida del hombre: “Quien encuentra
mujer encuentra un bien, alcanza favor del Señor” (Prov
18,22). “Vale mucho más que las perlas” (Prov 31,10), pues
“tomar mujer es el mejor negocio” (Si 36,24). Por ello, “di­
choso el marido de una mujer buena..., sea rico o pobre estara
contento y tendrá cara alegre con toda razón” (Si 26,1-4). Los
elogios que recibe en el canto último de los Proverbios alcan­
zan una altura y belleza excepcional (Prov 31,10-31). La fun­
ción femenina es algo más que la sola maternidad. El porqué
de tales alabanzas no tiene otra explicación que el cariño
presente en el centro del hogar.

La
Cf Por ejemplo, Sab 3,13-14; Si 16,1-3. M A. M a r t in J u Ar e z ,

validad. Aporte de los escritos sapienciales, BibFe 18 (1992) 51-66.

97
13. Un evangelio del amor:
el Cantar de los Cantares

Y es que en esta corriente sapiencial hay un influjo escondido


de aquella otra que nació con anterioridad en el Cantar de los
Cantares, una auténtica antología de coplas, llenas de encanto
y poesía, kkun evangelio del amor erótico y de la sexuali­
dad” 25. La visión del amor queda enaltecida hasta límites que
resultaron desconcertantes para muchas mentalidades. No era
explicable que el Espíritu pudiera comunicar su mensaje a
través de las expresiones usadas entre dos amantes ardiente­
mente enamorados. Cualquiera de sus estrofas rebosa esta
atmósfera a primera vista profana. Lo que aquí aparece es un
amor cargado de emociones y afectos, enraizados en la belleza
física de la persona amada. Sin embargo, el que este libro
forme parte integrante de la Biblia es suficiente para que no
provoque recelos.
Ya hemos visto cómo Dios se ha dirigido a los hombres
con un lenguaje de amor y es aquí donde su palabra se hace
más apremiante y decisiva. El texto contiene abundantes alu­
siones a toda la literatura bíblica y, por ello, se ha interpre­
tado con mucha frecuencia, a la luz de la revelación, con un
sentido alegórico26. El Dios vivo del Sinaí se comprometió un
día con su esposa para darle su vida y su amistad, y este
diálogo seguirá caminando, a través de los siglos, hasta el
momento de la gracia final, del amor definitivo. Una vez más
nos encontramos con el símbolo clásico de la alegoría nupcial*1982

25 E. Schillebeeckx, o.c. (n. 21), 73; J. B. Wrre, A Study o f the Language


q f Love in the Sortg o f Songs and Anden Egyptian Poetry , Scholard Press,
Mtssonla 1978; D. L ys, Le Cantique des Cantiques. Pour une sexualité non
amhigüe LetVie 144 (1979) 39-53; R. J. T ournay, Quand Dieu parle aux
V [ ? mour Etudes sur I* Cantique des Cantiques , Gabalda, París
1982, R. E. Murphy, Un modelo bíblico de intimidad humana: "El Cantar de
los Cantares , Concilium 141 (1979) 95-102; F. R aurell, Erotic Pleasure in
cln¡aZg 0ÍDng
í Sm “ 8num 24 <1983> 3-45; O. R avas,. Cantar de tos

a interpretaciones L. Krinetzki, Notas introductorias


¿ T dr l0S C° n,ares' SelecTeo1 5 (1966) 92-98; M.-L-
82 8R F Acr de f S Cantares• "una llama de Yavé'\ SelecTeol 5 (1966)
i o T e L Z lto lÑ Sagrada Texto y Comentario Anti;
^ „ M8dnd ,9 6 9 ’ 587-5 9 <: R T ournay , El Cantar de
ios cantares. Texto y comentario, Eapsa, Madrid 1970.

98
para describir las relaciones entre el Señor y su pueblo. La
literatura cristiana ha visto también aquí un modelo de la
unión mística entre Cristo y el alma27.
Finalmente en el libro de Tobías el aspecto unitivo de la
sexualidad se explica con plena evidencia. Es más, las varian­
tes en algunos de sus capítulos manifiestan una doble tenden­
cia significativa, acentuándose en una la importancia de la
procreación, mientras que en la otra —la versión original y
más auténtica— se subraya la primacía del amor. San Jeróni­
mo, en su Vulgata, recoge la primera orientación, más de
acuerdo con la línea fundamental del Pentateuco. La muerte
de los siete maridos que hasta el momento había tenido Sara
se debía a la realización del acto conyugal en busca del placer
y sin motivo procreador (Vg Tob 6,17-22). El consejo del
ángel para evitar la muerte del propio Tobías era no ceder, por
tanto, a los impulsos de la carne y mantener, durante las tres
noches posteriores a la boda, una abstinencia sexual, para
unirse después con la finalidad de traer hijos y continuar la
raza de Abrahán. La insistencia en la fecundidad es manifies­
ta. Tobías se acercará a su mujer, cumplido el plazo, por amor
de la sola posteridad, en la que el nombre de Dios sea bendito
por los siglos28.
Sin embargo, el texto original prescinde de todas esas
consideraciones para mantener solamente la bella plegaria de
Tobías en su misma noche de bodas. La alusión al Génesis se
limita al recuerdo de Eva como ayuda y compañera:

*7 Múltiples testimonios en P. P árente, The Canticle o f Cándeles in Mys-


dcal Theology, CathBiblQuart 6 (1944) 142-158; J. De M onleón, Le Cantique
des Cantiques. Commentaires mysdques d ’aprés les Peres de l Église, Nouve-
lles Ed. Latines, París 1969. Puede verse un ejemplo en J. de U rgel, Mystica
explicado in Candca Candcorum (PL 67, 961-994),
He aquí el texto de la Vulgata: “Al mismo tiempo, Tobías exhortó a la
doncella y le dijo: ‘Levántate, Sara, y hagam os oración a Dios hoy y mañana
y después de m añana, porque estas tres noches las pasaremos unidos con Dios
y* pasada la tercera noche, harem os vida m atrim onial, pues nosotros somos
lujos de santos y no podem os ju n tarn o s a m anera de los gentiles, que no
conocen a D ios'. Levantándose am bos, oraban juntos con mucho fervor, para
que se dignase D ios co n serv a rlo s sanos. Y dijo Tobías: ‘¡Señor, Dios e
nuestros padres, bendígante los cielos y la tierra y el mar y las fuentes y los
os y todas las criaturas que hay en ellos! Tú formaste a Adán c
ha lerra y le diste a Eva com o ayuda. Ahora tú sabes, Señor, 9ue ° ™ °
hermana como esposa no m ovido por la lujuria, sino por el so o deseo de
ncr h,J°« que bendigan tu nom bre por los siglos de los siglos (Tob 8.4-9).
99
‘‘Bendito eres, Dios de nuestros padres, y bendito tu nombre
por los siglos de los siglos. Que te bendigan el cielo y todas tus
creaturas por los siglos. Tú creaste a Adan, y como ayuda y
apoyo creaste a su mujer, Eva: de los dos nació la raza humana.
Tú dijiste: no está bien que el hombre esté solo, voy a hacerle
a alguien como él que le ayude. Si me caso con esta prima mía,
no busco satisfacer mi pasión, sino que procedo lealmente.
Dígnate apiadarte de ella y de mí, y haznos llegar juntos a la
vejez” (Tob 8,5-7).

14. Explicación de una realidad:


la tragedia del pecado
La Biblia, por otra parte, no cierra los ojos a la trágica rea­
lidad del ser humano en este terreno. Frente al mundo lumi­
noso de la creación se alzan las sombras de la sexualidad
corrompida. Los múltiples desórdenes que destrozan esta
orientación humana y religiosa son condenados repetidas ve­
ces de una forma concreta. La lista impresionante de tragedias
y pecados relacionados con el sexo no sería fácil sintetizar,
sobre todo porque el Antiguo Testamento, más que una re­
flexión general sobre el pecado como fenómeno religioso,
complejo y teórico, lo personifica encamado en los indivi­
duos, lugares, épocas y acontecimientos. El abismo abierto
entre los planes de Dios y las realizaciones humanas se refle­
jan constantemente en las páginas de la revelación. Así el
ideal de la sexualidad, como vínculo unitivo y como fuerza
procreadora, es decir, como amor fecundo y como fecundidad
amorosa, queda manchado por las perversiones de todo tipo:
divorcio, poligamia, prostitución, incestos, adulterios, orgías,
crímenes pasionales, celos y envidias, violaciones, travestis-
mo y bestialidad, como si el proyecto primero de la pareja, en
la mañana de la creación, fuese una ingenua utopía.
El capítulo 3 del Génesis nos explica también la etiología
de estos hechos lamentables. El pecado ha dejado sentir sus
resonancias en la sexualidad, rompiendo la bondad y armonía
de su creación. La concupiscencia y el deseo sexual se vivi­
rá*^* desde ese momento, como una tara de nuestra naturaleza
caída. La anarquía de la pulsión tiene su origen en aquella
experiencia cismática del paraíso, que provocó en la primera
pareja un sentimiento de culpabilidad. El relato de la caída va
100
inserto muy significativamente entre dos afirmaciones parale­
las, pero contradictorias. La primera cierra el anuncio gozoso
de la comunidad nueva y grandiosa que acaba de surgir en el
matrimonio: “Los dos estaban desnudos, el hombre y su mujer,
pero no sentían vergüenza” (Gén 2,25). La segunda expresión!
colocada inmediatamente después de la caída, indica el cam­
bio que viene a operarse: “Se les abrieron los ojos a los dos,
y descubrieron que estaban desnudos” (Gén 3,7).
El diálogo mantenido con Yavé está lleno de matices con
una enorme riqueza psicológica, los cuales señalan el ambien­
te de cisma y de separación. La pareja en la que Dios había
soñado estaba construida sobre una solidaridad perfecta. El
hombre había acogido a la mujer con un grito de alegría in­
contenible (Gén 2.23), pero ahora la culpa está “en la mujer
que me diste por compañera” (Gén 3,12). Ya no es posible
referirse a los dos, como al hombre en singular del relato
primero, para hacerlos partícipes de las gracias y bendiciones
(Gén 1,28); la ruptura operada exige que la palabra de Dios
se dirija a cada uno por separado para escuchar su propia
condena (Gén 3,16-17). La dialéctica del sufrimiento, como
estructura radical del ser humano en sus tareas más especí­
ficas —maternidad y trabajo (Gén 3,16-19)—, sustituye al
gozo anunciado de la fecundidad y del dominio sobre la tierra
(Gén 1,28). Y es que la pareja, modelo de unidad y compe­
netración, y símbolo de la raza humana sexuada, ha quedado
rota en su base. El egoísmo instalado, desde entonces, en lo
más profundo del ser humano, hace ya difícil la actitud de
apertura y entrega, la dimensión personal, extática, en tensión
amorosa hacia el otro. La razón fundamental de que el sexo
no se viva como un gesto de inocencia ahonda sus raíces en
esta primera experiencia trágica y dolorosa. No es extraño que
la sexualidad adquiera, entonces, una totalidad sombría, y se
convierta casi en algo impuro y malvado.

15. Orientaciones generales


del Nuevo Testamento

taras y sombras que oscurecen la sexualidad humana son


demasiado evidentes, pero frente a esta situación hemos
101
encontrado en el AT la enseñanza repetida de que el ideal
trazado por Dios, cuando la criatura no estaba contaminada
con el pecado y aun después de la caída, exige una superación
constante. La esperanza iluminada que se intuye en la Ínter-
pretación mesiánica del protoevangelio va a convertirse en
una gozosa realidad con la venida de Cristo. La recreación de
lo que estaba perdido será un nuevo comienzo en la historia
del hombre.
Es verdad que en los evangelios el centro de interés va por
otro camino. La preocupación fundamental se refiere a otros
problemas mucho más básicos, como el fenómeno de la incre­
dulidad frente a la revelación o el de la pseudojusticia de los
escribas y fariseos frente a la gratuidad de la salvación. Los
pecados contra la caridad, el peligro de las riquezas, la nece­
sidad del perdón y del servicio mutuo... adquieren un relie­
ve mayor que la importancia concedida a los comportamien­
tos sexuales. Si hay algo claro en el NT es que todo tiene
que estar al servicio del amor, el nuevo y gran mandamiento
de Cristo. Por ello es posible que hasta las prostitutas pre­
cedan en el reino de los cielos a los que sólo han mantenido
una pureza exterior y farisaica (Mt 21,31). Pero tampoco
vamos a detenemos aquí en el análisis de las afirmaciones
particulares29, sino en una reflexión más de conjunto y gene­
ralizada. En este sentido, si algunos de los aspectos de la
sexualidad resultan algo marginados, como el referente a la
fecundidad, otros alcanzarán un relieve más pronunciado,
como la indisolubilidad del matrimonio o el hecho de la vir­
ginidad cristiana. Sin embargo, los datos que nos aportan
vienen a coincidir en su conjunto con los que ya hemos visto
en el AT.
El simbolismo nupcial, aplicado esta vez a la alianza de
Cristo con su Iglesia, continúa en la revelación neotestamenta-
ria. Bastaría recordar las numerosas veces que el reino de
Dios se nos describe bajo la alegoría de las bodas o como el
banquete que hace el rey por el matrimonio de su hijo30. “Esta
i ea está de tal manera indicada en la literatura neotestamenta-

Hdn/4 . (n. 1), J. L. Larrabe, S o b r e lo s p e c a d o s d e s e x u a -


lidai i ; Lumcn 37 <1988> 249-275. '
3.29; íc o r ’l U 3 ' ' 25J' 12; U 5’34'35; 12’35‘36; 14’16‘24; J"

102
ria, que el término gamos no designa directamente el matri­
monio humano, sino más bien las bodas escatológicas de
Cristo y de los rescatados” 31. En el Apocalipsis, la consuma­
ción de la alianza, más allá del tiempo y en un clima de
paraíso reencontrado, con reminiscencias del Génesis sobre el
“serán dos en una sola carne”, se describe explícitamente como
las bodas del cordero.
En esta atmósfera conyugal, la clásica imagen de san Pablo
( E f 5,25-33) no resulta extraña ni sorprendente. Cuando quiso
expresar el misterio de la revelación divina, la nueva alianza
sellada con la sangre de Jesús no tuvo otro símbolo más
explícito que la misma amistad matrimonial. En el texto del
Génesis (Gén 2,24) descubre una prefiguración profética de la
unión de Cristo con su Iglesia, una verdad largo tiempo oculta
y misteriosa, pero que ahora se nos hace más comprensible y
patente por esta experiencia del cariño conyugal. Aquí tam­
bién, como en el pasaje de san Mateo sobre el matrimonio
(Mt 19,4-6), la referencia al ideal primero de la creación apa­
rece claramente explicitada, y la línea profética, que habíamos
visto con anterioridad, es llevada hasta sus últimas conse­
cuencias: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo
amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella” (Ef 5,25)32.
Si Cristo, impulsado por su amor, ha hecho lo indecible por
llenar a su esposa de gracia y santidad, de igual manera la
entrega del hombre a la mujer tiene que estar transida por el
mismo cariño. La unidad entre ambos se hace tan profunda
que desaparece toda posibilidad de ruptura y división, pues

M E. Schillebeeckjc, o.c. (n. 21), 115-116. “Cuando trata de cuestiones


sexuales, el N uevo T estam ento no cita nunca el texto del Génesis de la
tradición sacerdotal, que pone de relieve la dim ensión procreadora de la
sexualidad... Es claro que en el tiem po del Nuevo Testamento no se concibe
la vida conyugal concreta sin la perspectiva de los hijos, pero no es menos
claro que los textos neotestam entaríos ponen el acento sobre otra dimensión
del sentido de la sexualidad que la eficacia procreadora”, M. D umais, o.c.
1), 67, nota 37.
Para la interpretación de este texto c f D. von Allmhn, Lo famille e
^ simb°Hque fam iliale dans le paulinisme , Éd. Universitaires, Fnburgo
J?®1; A - S. Di M arco , Ef. 5.25-6.9: teología della famiglia, RivBiblt 31
09 8 3) 189-207; C h . D ieterlé , Status des textes bibliques et theologte du
c°uplet LetVie 174 (1985) 61-72 Sobre el tema de la subordinación de la
? UJCr cn la doctrina de san Pablo, J.-Y. T herial, La femme cArtaenne ¿ww
textes Pauliniens , S cE spr 37 (1985) 297-317. Con la bibliografía citada en
nota 21 del capitulo 2.

103
“el que ama a su mujer a sí mismo se ama (Ef 5,28). A más
ya no es posible aspirar.

16. Carácter sagrado y personalista


de la relación sexual
No es necesario insistir en que la misma antropología unita­
ria, como herencia del judaismo, se halla también presente en
el pensamiento paulino. El cuerpo —soma— no es tampoco
un componente del ser humano, sino expresión de su unidad
psicofisica y estrechamente vinculado con la actividad sexual.
Pero la idea, tantas veces repetida en todas sus cartas33, de
que la Iglesia es el cuerpo de Cristo, que Él mismo ha san­
tificado y purificado “mediante el baño del agua en virtud de
la palabra” (Ef 5,26), hace referencia sin duda al gesto del
bautismo por el que los hombres quedamos limpios y lavados.
Este dato básico en su teología le produce una nueva motiva­
ción en materia sexual. Está preocupado porque los neófitos,
convertidos a la fe, no pueden ya vivir como los paganos34,
pero lo original de su pensamiento reside no en que parte de
una reflexión antropológica o ética, sino en que la condena de
estas actitudes brota de una exigencia bautismal, de la vida
pascual cristiana. El texto más denso se encuentra en su pri­
mera carta a los corintios.
La presencia de ciertos gnósticos libertinos, para los que
esta actividad no llega a manchar el espíritu —el único here­
dero del reino—, le provoca una exposición religiosa que
demuestra, al mismo tiempo, el carácter profundamente hu­
mano y personalista de la relación sexual. Para aquéllos la
experiencia sexual no tiene ninguna trascendencia, pues se
trata de un gesto tan caduco e indiferente como el que toma
un alimento, destinado de inmediato a la destrucción. Lo que
intenta exponer es precisamente la radical diferencia entre una
actividad vulgar e insignificante que alimenta al cuerpo y un
cuerpo que se entrega para compartirlo con otra persona:
Pero el cuerpo no es para la lujuria, sino para el Señor. Y el
Señor para el cuerpo, pues Dios, que resucitó al Señor, nos
33
34
^ICor ^6,9; •lTim16;i1,8-11;
^ 3' 30;
G il1Cor
5,19;,2E
mf; 5,3ss.
Gál 3-28; Co1 2,8 ss , etc.

104
resucitará también con su poder ¿Se os ha olvidado que sois
miembros de Cristo? ¿Y voy a quitarle un miembro a Cnsto
para hacerlo miembro de una prostituta? ¡Ni pensarlo! ¿No sa­
béis que unirse a una prostituta es hacer un cuerpo con ella? Lo
dice la Escritura: ‘Serán los dos un solo ser’ En cambio, estar
unidos al Señor es ser un espíritu con el. Huid de la lujuria’
cualquier perjuicio que uno cause queda fuera de uno mismo; en
cambio, el lujurioso perjudica a su propio cuerpo. Sabéis muy
bien que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está
en vosotros porque Dios os lo ha dado. No os pertenecéis, os
han comprado pagando; pues glorificad a Dios con vuestro
cuerpo” (ICor 6,13-20).

Por razón del bautismo el hombre entero, hasta en sus


estructuras corporales, ha sido transformado por la presencia
salvadora de Cristo. El cuerpo participa también de este des­
tino, que le lleva a convertirse en una realidad sagrada, pro­
piedad exclusiva de Dios, a cuyo dominio ha sido transferido.
Camina desde ahora impregnado por la fuerza pneumática,
que ha resucitado el cuerpo de Jesús 35. De ahí la urgencia de
glorificar a Dios en el propio cuerpo; pero esa glorificación
no es posible mientras la unión sexual no manifieste la ple­
nitud y totalidad de su significado.
La entrega corporal, en efecto, no es un gesto periférico e
insignificante, sino que expresa, desde un punto de vista antro­
pológico, un mensaje profundo. No se reduce a una simple
necesidad biológica, como “la comida es para el estómago”
(ICor 6,13), sino que la donación del cuerpo, como símbolo
del hombre entero, supone la ofrenda de toda la persona, que
no se realiza en la unión con una prostituta. La relación sexual
auténtica no es valerse del otro para alimentar una urgencia de
placer o un vacío psicológico, sino para vivir una comunión
a niveles más profundos. Así se comprende la afirmación un
tanto original de que con la lujuria se daña al propio cuerpo,
pues no se emplea para el servicio al que está destinado, como
la mentira daña y pervierte la posibilidad de comunicación.
Con esta dimensión simbólica y religiosa, la vida sexual
no se concibe nunca como pecaminosa. La tentación de la15

15 “Toda la moral sexual enseflada por el apóstol está fundada ^ U idea


* / ? ' E \ dc Crist0" <° Cullmann, Des sources de
a Méologie chrétienne , Delachaux et Niestlé, Neuchátel 1969, 9 ).

105
continencia no era una ilusión lejana entre la comunidad de
Corinto. Bajo la influencia del esplritualismo griego, para el
que las realidades corpóreas son malas por su naturaleza e
imposibilitan la vida del espíritu, se predicaba una abstinencia
matrimonial: “Está bien que uno no se case” (ICor 7,1). Los
consejos del apóstol muestran un equilibrio realista extraordi­
nario. Un comportamiento como éste supondría el desconoci­
miento de los deberes mutuos entre los esposos, pues por la
entrega matrimonial se pertenecen el uno al otro: “La mujer
ya no es dueña de su cuerpo, lo es el hombre; ni tampoco el
hombre es dueño de su cuerpo, lo es la mujer” (7,4). La
continencia, aunque sea un ideal del que hablará a continua­
ción, puede darse también en el matrimonio, pero de una
forma temporal y pasajera, para fomentar la vida de oración.
Lo contrario sería imprudencia y un posible engaño, ya que
“cada uno tiene el don particular que Dios le ha dado” (7,7).
Por ello, “siga cada uno en el estado en que Dios lo llamó”
(7,20)36.
La conducta de los cristianos no debió siempre responder
a ese ideal de la castidad. También en el NT se hallan innu­
merables testimonios de los desórdenes que en este terreno se
producían. La inmoralidad era un hecho manifiesto, sobre todo
en las grandes ciudades, donde el relajamiento llevaba a una
creciente degeneración, y las exhortaciones a huir de los vi­
cios de la impureza se repetían de manera frecuente. Por ello

ÍA Para un estudio más profundo de este tema, me remito a F. Lage, La


enseñanza de San Pablo sobre el matrimonio , Pentecostés 13 (1975) 153-172
(con la bibliografía ahí citada). Con posterioridad R. P uigdollers, Notas para
una interpretación de I Cor 7, RevCatTeol 3 (1978) 245-260; J. M. C ambier,
Doctrine paulinienne du mariage chrétien. Étude critique de I Cor 7 et d Eph
5.21-23 et essai de leur traduction actuelle , ÉetTh 10 (1979) 13-59; P. Ri*
chardson, Judggement in Sexual Matters in I Corinthians 6,1-11, NT 25
(1983) 37-58; E. Byrne, Sinning Against One's Own Body: Paul's Understan•
the Sexual Relotionship in Corinthians 6,18 , CatBiblQuart 45 (1985)
608-616; J. M. C asciaro, La disputa de Jesús con los saduceos (Mt 22. 23ss)-
e*e8ét,cos Para una teología bíblica del cuerpo v del sexo , en
A T t r ' n SimP°sl0i Bibli™ Español, Caja de Ahorros, Córdoba 1987, 419*
! ’ w n j 1' La dottrina dt san Paolo sulla sessualitá umana e la condi*
t m l i r n !! d, ° r a m 1 ? ° r ’ AnTh 1 (,9 8 8 > 5 ,-?2; M. O rge, El propósito
idpnt ie onntlos 7 Un discernimiento sobre la puesta en práctica del
1988?¿ u T J T y nn L ^ XT ¿ y e l c e lib a t0 * Claret.anum 27 (1987) 5-125, 28
(I Cor 5 6í <Llm t ^ ^ T r e v i j a n o , A propósito del in c e s tu o s o
(i c o r 3-6), Salm anticense 38 (1991) 129-153.

106
es posible enumerar un catálogo amplio de comportamientos
explícitamente condenados37.

17 . Un antagonismo en el hombre:
la carne y el espíritu

La raíz de esta situación la volvemos a encontrar en el hecho


del pecado. El hombre vive una lucha a muerte entre la carne
y el espíritu como consecuencia de su desarmonía original.
Esta oposición es un tema muy repetido en las cartas paulinas
y explica el fenómeno de no poder hacer aquello que quisié­
ramos: ‘‘Quiero decir: Proceded guiados por el espíritu y nunca
cederéis a deseos rastreros. Mirad, los objetivos de los bajos
instintos son opuestos al espíritu, y los del espíritu a los bajos
instintos, porque los dos están en conflicto. Resultado: que no
podéis hacer lo que quisierais” (Gál 5,16-17).
Para la cxégesis de este y de otros textos parecidos hay
que superar la mentalidad propia del dualismo griego, ajena
por completo a la concepción cristiana más auténtica. La
explicación tan frecuente de que el alma es la sede de las
virtudes y el cuerpo aparece como el receptáculo de todos los
vicios, no representa de ninguna manera la oposición bíblica
de la carne y del espíritu38.
La simple lectura de otros pasajes paulinos nos orienta
hacia otra interpretación39. Según ella, el hombre entero pue-

C f los estudios de H. Humbert, A. Ródenas y M. Dumais citados en la


n. 1.
’* El siguiente texto de Lactancio expresa esta ideología, frecuente dentro
del pensamiento cristiano: “ Asi pues, según ya lo hemos dicho, lo mismo que
(el hombre) está com puesto de dos elementos, de un alma y de un cuerpo, asi
en una están contenidas las virtudes y en otro los vicios, y mutuamente se
pelean. Porque los bienes del alma, que consisten en la dominación de los
deseos, se oponen al cuerpo, y los bienes del cuerpo, que consisten en toda
suerte de placeres, son los enemigos del alma. Mas cuando las fuerzas del
alma, al com batir los deseos, logran reprim irlos, se hace verdaderamente
semejante a Dios" {De ira Dei, 19, PL 7, 135). Otros textos en la misma línea
Cn L eist, Amour. sexe et mariage , Paulines, Québec 1970, 25“^ -
,t B. M ariani, Corpo-anima-spirito in S. Paolo.. EuntDoc 14 (1961) 304-
^*8; J. A. R obinson, El cuerpo. Estudio de teología paulina , Anel,
1968; J. M urphy 0 ‘C onnor, L *existence chrétienne selon saint Paul, Du Cerf,
Parts 1974; M. L eko, o.c. (n. 1). F. L ace. La imagen bíblica del cuerpo,
Communio 2 (1980) 541-552; F. Raurell, Lineamenti di antropología moneo.

107
de encontrarse bajo la esfera de la carne o del espíritu, pero
teniendo en cuenta que la carne no aparece en este lenguaje
como sinónimo de cuerpo, sino que significa, al menos en
estos textos concretos, un estilo de vida ajeno al mundo de la
gracia. Vivir según la carne es la expresión empleada para
señalar la situación pecadora de cualquier actividad humana,
incluso aquellas que designamos como estrictamente espiri­
tuales. En ella se fundamentan también los pecados de "ido­
latría, hechicería, odios, discordias, celos, envidias, rencillas,
disensiones, divisiones, homicidios” (Gál 5,20-21), que no
están vinculados para nada con el cuerpo humano. Los deseos
corporales no son contrarios a los del alma, sino que la tota­
lidad de la persona, en su doble dimensión, es la que se revela
contra la llamada e invitación de Dios. Por lo mismo, el es­
píritu no equivale a la parte espiritual, como contrapuesta a la
material, sino que significa la posibilidad ofrecida al hombre
de vivir, en cuerpo y alma, su nueva apertura al Señor. De
esta manera la siembra del espíritu transforma nuestra propia
corporalidad en un lugar privilegiado de gracia (ICor 15,44).
Cuando san Pablo habla de este dualismo entre carne y
espíritu no hace, por tanto, una reflexión filosófica sobre los
componentes del ser humano, sino una teología de la doble
posibilidad existente en su enfrentamiento con Dios: “Los que
viven sujetos a los bajos instintos son incapaces de agradar a
Dios. Vosotros, en cambio, no estáis sujetos a los bajos ins­
tintos, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros” (Rom
8,9).
Esto supone, por una parte, admitir la posibilidad de que,
tanto en nuestras funciones corporales como espirituales, el
desorden y el pecado se hagan presentes, pero, por otra, la
recreación operada por Cristo manifiesta la esperanza de un
rescate para nuestra corporalidad ya redimida40. Si vivimos en
un mundo de pecado, las amenazas y los riesgos consiguien­
tes son idénticos para ambas actividades. La necesidad de*13
t, v i T C/ Ca? C ^ onfcrrato ,986> especialmente 193-226; 1. F ucek , Prospet•
933 € e.tic*le in tema di corporeitá umana , M edM or 40 (1990)
67-91 ’ SALAS’ U sexualidad AP°rte del corpas paulino , BibFe 18 (1992)

Ouelle1 J r!/ danS tíne seule c h a ir ' LetVie 194 ( 1989> 71-81; C
113. ’ ^ ^ t d a d Aporte de la tradición sinóptica , BibFe 18 (1992) 92-

108
estar alerta se impone en cualquier tipo de conducta, se en­
cuentre o no relacionado de forma directa con la dimensión
material; y si creemos que Jesús nos ha liberado, el cuerpo no
queda excluido tampoco de esta salvación. Las fuerzas del
mal residen en el corazón y se infiltran en la totalidad de
nuestro ser, aunque la gracia de Dios ha sembrado ya una
semilla que posibilita al hombre una vida bajo el influjo de la
gracia.

18. La glorificación del cuerpo


en el mensaje cristiano

En la carta a los romanos, san Pablo nos vuelve a dar una


perspectiva luminosa, al mencionar el destino interno del
cosmos y del estado actual de su redención. Lo que se afirma
del universo puede aplicarse con la misma fuerza al ámbito de
la sexualidad. Allí aparece el mundo sujeto a la vanidad, a la
nada, como consecuencia de su situación pecadora (Rom 8,20).
La decisión interna, espiritual, por la que el hombre ha que­
rido alejarse de Dios, rompió la armonía de las cosas y en
ellas, como en un espejo, resplandece el desorden íntimo in­
troducido por el pecado. Ahora cualquier realidad humana se
convierte en una fuerza destructora, que puede llevamos hacia
el vacío y la más completa soledad. Como el dinero, la inte­
ligencia o el prestigio, también la sexualidad y el cuerpo
aparecen como posibles aliados de la seducción. Que el mun­
do es vano, caduco y sin consistencia no significa nada más
que la ambigüedad dolorosa en la que se halla colocado: ser
un lugar de condena o de salvación. De ahí que, sin caer en
un pesimismo exagerado, tampoco hay motivo para una exce­
siva ilusión. La posibilidad de resbalar hacia esa zona oscura
del pecado pesa sobre nosotros —sobre nuestra alma y sobre
nuestro cuerpo— como una amenaza permanente.
San Pablo no olvida añadir, sin embargo, que si la crea­
ción está sometida a la esclavitud, encierra también una espe-
ranza de que “se verá liberada” (8,21) por la fuerza del Espí-
ritu. Las imágenes empleadas para comprender esta actitud de
cara al futuro no pueden ser más significativas. La humani­
dad otea impaciente” (8,19), con un dolor ilusionado como la
109
mujer que sufre cuando va a dar a luz (8,22), con un anhelo
interior por “el rescate de nuestro ser (8,23). El amor de Dios
penetra por su encamación hasta en las raíces de nuestra con
poralidad, y la encamación significa que Jesús, al asumir el
cuerpo humano, lo rescata de su perversión y caducidad para
darle un nuevo destino, que lo eleva hasta una comunión con
Dios. Cuando san Pablo dice que los cuerpos son miembros
de Cristo (ICor 6,15), no es ninguna consideración piadosa o
una afirmación exagerada. La naturaleza humana de Cristo ha
sido constituida como cabeza del universo, y esto supone que
el mundo entero, de una forma misteriosa que no nos ha sido
revelada, queda sometido al influjo y presencia de Jesús. El
término bíblico utilizado —anakephalaiosis— indica claramen­
te esta incorporación bajo la cabeza.
Los milagros no son, entonces, un mero signo del poder,
sino un descubrimiento de las nuevas posibilidades que encie­
rra la naturaleza en manos del Salvador. Prefiguran, por asi
decirlo, la existencia definitiva que nos aguarda, donde el
orden quedaría de nuevo restablecido y el cuerpo liberado de
su angustia y dolor. La curación de los enfermos y la resurrec­
ción de los muertos anuncian la transformación que se efec­
tuará “para alcanzar la libertad y la gloria de los hijos de
Dios” (Rom 8,21). Esta realidad salvadora no se ha manifes­
tado por completo para nosotros, “pues con esta esperanza nos
salvaron” (Rom 8,24), pero para el cuerpo de Jesús el anuncio
profético de lo que nos espera se ha hecho ya un espléndido
presente con la resurrección y ascensión a los cielos. Lo mismo
podíamos decir del misterio de la asunción en cuerpo y alma
de la Virgen. En esos cuerpos, transidos de gloria, podemos
leer el destino del nuestro y la renovación que poseemos,
aunque todavía como semilla y embrión. El Espíritu perma­
nece como herencia para llevar a cabo esta tarea transforma­
dora.
El mensaje cristiano se aleja de esta manera de cualquier
concepción pesimista, en la que el cuerpo aparece como una
cárcel o a lo más como una sala de espera hasta el momento
de la visita definitiva de Dios. El cuerpo es el lugar destinado
para construir nuestra eternidad, lo mismo que no es posible
otra salvación que la de esta tierra redimida por Jesús y trans-
ormada dolorosamente en un espacio de gracia.
110
Como resumen de todo lo dicho podríamos afir™
revelación, en su conjunto, confirma los • anrmarquela
habíamos encontrado en la reflexión humana stí¡¡0S í**08 que
doble dimensión unitiva y procreadora v la - SCX0: su
presente a causa del pecado. Precisamente e" él
y para conseguir estos objetivos la ética se no s,tuac,ón
una exigencia imprescindible. No es nosihl.» J ™ ' 3 como
yecto sin un esfuerzo educat.vo que cón roí ^ CSte Pro‘
pulsión sexual. ¿Cómo llegar a conseguirlo? * * Canal'Ce la

NI
C apítulo 4

CRITERIOS PARA U N A FUNDAMENTACIÓN


DE LA ÉTICA SEXUAL

1. Necesidad de una ética:


radical insuficiencia del instinto

Vivir la sexualidad con este perfil humano no se consigue de


una manera espontánea siguiendo las leyes del instinto. La
educación se hace imprescindible en todos los órdenes para
superar ese estadio infantil y egoísta en el que sólo se busca
la satisfacción inmediata de las propias apetencias y capri­
chos. La conducta, abierta a cualquier posible configuración,
necesita un esfuerzo ascético y una dosis seria de renuncia, si
quiere alcanzar un mínimo de madurez y equilibrio humano.
El paso de la naturaleza a la cultura es obra de la libertad, en
función de los valores proyectados, que no concuerdan de
ordinario con los intereses instintivos. El niño no es un hom­
bre en miniatura, como si encerrara escondidas todas sus
posibilidades posteriores. Su capacidad es más bien de tipo
embrionario, porque no podrá desarrollarla mientras no se la
oriente por el camino adecuado.
La pulsión sexual no escapa tampoco a este presupues­
to- El gran error de Reich, y otros ideólogos, ha sido creer
que, cuando el ser humano se libere de toda normativa,
la libido aparecerá como una fuerza dócil e integrada, ya
Que sus componentes destructores, agresivos y egoístas son
una consecuencia exclusiva de la represión moral. En e
fomento en que ésta desapareciera descubriríamos el rostro
docente y benéfico de una sexualidad armónica y sin con ic
113
to s1. Semejante optimismo no deja de parecer a la mayoría un
sueño demasiado ingenuo. La historia de las costumbres sexua­
les aporta una conclusión significativa, que constituye, al
mismo tiempo, un mentís rotundo al mito de la absoluta li­
bertad en este terreno, tan repetido por ciertos movimientos,
como si en la vuelta a ese supuesto primitivismo pudiera
encontrarse la solución a los problemas actuales.
El hecho tiene una comprobación científica: a lo largo de
todas las culturas, a pesar de las manifestaciones diferentes y
por encima de las ideas religiosas o profanas que la sustentan,
nunca ha faltado una cierta normatividad. Ni siquiera en los
pueblos primitivos, donde la sexualidad produce la impresión
de vivirse en un clima espontáneo, sin límites o prescripcio­
nes, la libertad de comportamiento no es plena, sino que se
halla sujeta por múltiples normas higiénicas, culturales o reli­
giosas de todo tipo2. Aunque sus fundamentos resulten para
nosotros desfasados o se hayan ido superando por el progreso
de la ciencia, el dato es objetivo: determinadas trabas han im­
pedido siempre el ejercicio anárquico del sexo. Si nunca han

1 Véase la critica de Reich en A. Del Noce, Alie radici della crisi, en


AA.VV., La crisi della societá permissiva , M ilán 1972, 110-142 N G alli.
Educación sexual y cambio cultural, Herder, Barcelona 1984, 47-93. No cree­
mos, sin embargo, que H. Marcuse acepte sin m ás este planteam iento, aunque
algunos autores asi lo interpretan (entre otros el citado Del Noce), pues él
mismo afirma que semejante liberación “ llega a ser para Reich una panacea
para los males individuales y sociales” y que en sus prim eros ensayos “pre­
valece un restante primitivismo que anticipa las salvajes y fantásticas ocu­
rrencias de los últimos años” (Eros v civilización , Seix Barral, Barcelona
1966, 220).
Me remito a los estudios R. Mohr, La ética cristiana a la luz de lo
etnología, Rialp, Madrid 1962; A. Tüllmann, Vida amorosa de los pueblos
naturales, Laía, Barcelona 1963; B. de Rachewiltz, Eros negro. Costumbres
sexuales en Africa desde la prehistoria hasta nuestros días, Sagitario, Madrid
1967; R. Bastide, La sexualidad entre los primitivos , y L. Thore, Lenguaje
v en AA.VV., Estudios sobre sexualidad humana , M orata, Madri
*. ^ 73-101; M. Mead, Sexo y temperamento en las sociedades
primitivas, Laia, Barcelona 1973; A. Moraldi-Daninos, Evolución de las cos­
tumbres sexuales, Guadarram a, M adrid 1974; A A .V V ., Western Sexualit}^
Precept in Past and Present Times, Basil Blackw ell, Oxfo
’ * * annahill, Storia dei costumi sessuali , Rizzoli, Milán 1985. Y sob
^ B Malinowski, La vida sexual de los salvajes , Morata.
Chiraon iqq < ^ ?ex an<* RePression in Savage Societw U niversity PfC* ’
la tnU. — • ^u,cn c°nstató, por ejem plo, que en las islas Trobiand, don
a U nrn CS ®ran<k ’ uno de los tabúes m ás fuertes es no desear ni rni
^ 0p,tt que es precisam ente lo que m uchos sueñan y pretenden.

114
sido las mismas, tampoco han dejado de existir todas. Y es
que en el fondo, se ha dado una intuición más o menos
consciente, pero cuya veracidad no es posible poner en duda:
la radical insuficiencia del instinto para regular un comporta­
miento humanizante.

2. El camino para una maduración humana

Todos sabemos que el niño es un ser profundamente egoísta


desde el punto de vista psicológico y que reacciona exclu­
sivamente en función de sus propias necesidades cercanas e
inmediatas. Lo único que busca es la satisfacción de sus exi­
gencias en el momento que las experimenta. Al no tener pers­
pectivas de cara al futuro, su visión se reduce al presente que
le rodea, sin comprender por qué ha de renunciar a lo que
ahora le satisface. Su moral queda subordinada a gratificar lo
antes posible las apetencias que siente, quedando la conducta
sometida al puro egoísmo de su instintividad. Nada sería más
funesto para la educación que dejarlo abandonado en manos
de esta fuerza anárquica y descontrolada. Si el animal puede
satisfacer sus propios impulsos a un ritmo instintivo, y esta
conducta queda ordenada por la maravillosa teleología de la
que están dotados, en el ser humano se hace imposible seme­
jante regulación. Educar a una persona es ayudarle a que
domine e integre el mundo de sus pulsiones por la renuncia
al goce de un capricho o el abandono, al menos, para un
tiempo posterior3.
La sexualidad no escapa tampoco a este presupuesto
elemental. La fuerza que la regula tiene también en sus co­
mienzos una dosis fuerte de egoísmo, de agresividad y de
anarquía incontrolada, cuya existencia latente ya se constata
en las diferentes etapas infantiles que recorre. Aquí sucede lo
mismo que con el lenguaje. La capacidad de expresarnos y
entrar en comunicación con los demás es anterior al idioma,
Per° este no resulta viable, si no existe una cultura que lo
y facilite. La moral pretende, por tanto, la humaniza-
López Azpitarte, Fundamentación de la ética cristiana*
huma^ 991 * c * donde insisto en la urgencia de la educación y
na para regular la conducta instintiva.
115
ción de la libido, purificándola de sus componentes agresivo^
y mentirosos convirtiéndola en una palabra expresiva corno
vehículo de encuentro y de comunión personal. La llamada
instintiva encierra una inclinación psicológicamente perversa,
como diría Freud, en cuanto que busca al otro como un objeto
de placer, como una forma de dominio y posesión y como un
instrumento subordinado a la propia necesidad.
El egoísmo se introduce y camufla incluso bajo aparien­
cias superficiales positivas, ya que no es fácil eliminar por
completo una cierta tendencia afectiva que interesa mantener,
aunque sea a niveles inconscientes, para no herir la imagen
narcisista de sí mismo, cuando una mayor sinceridad o un
mejor conocimiento llegarían a descubrir actitudes llenas de
infantilismo e inmadurez. El peligro de estancarse en la peri­
feria del sexo es evidente. La vida descubre con frecuencia
que el engaño, en este terreno, es tan frecuente como en el de
la palabra. Al fin y al cabo, aquí también se trata de aprender
un lenguaje que sepa expresar la verdad de los sentimientos,
y más aún que en la conversación, resulta tentador muchas
veces evadirse con una mentira.

3. Exigencias psicológicas para la maduración

Purificar la libido de sus elementos anárquicos y convertirla


en palabra, como signo de un encuentro personal, no se rea­
liza sin un empeño educativo y sacrificado. Las mismas exi­
gencias psicológicas para una maduración se convierten aquí
en imperativos éticos. La meta suprema de la psicología, que
impulsa hacia un sexo oblativo y amoroso, es a la que orienta
también la moral. Las alabanzas de Freud para toda la corrien­
te ascética cristiana no nacen de su fe, ni de su aprecio al
catolicismo, sino de su admiración por la riqueza psíquica que
ha podido aportar a una humanidad demasiado corrompida.
es difícil comprobar que la necesidad erótica pierde con­
siderable valor psíquico en cuanto se le hace fácil y cómoda la
satisfacción. Para que la libido alcance un alto grado es necesa­
rio oponerle un obstáculo, y siempre que las resistencias natu-
ra es opuestas a la satisfacción han resultado insuficientes, han
ere o los hombres otras convencionales, para que el amor

116
constituya verdaderamente un goce. Esto puede decirse tanto de
los individuos como de los pueblos. En épocas en que la satis
facción erótica no tropezaba con dificultades (por ejemplo du
rante la decadencia de la civilización antigua), el amor perdió
todo su valor, la vida quedó vacía y se hicieron necesarias
enérgicas reacciones para restablecer los valores afectivos in­
dispensables. En este sentido puede afirmarse que la corriente
ascética del cristianismo creó para el amor valoraciones psíqui­
cas que la antigüedad pagana no habia podido ofrendarle jamás.
Esta valoración alcanzó su máximo nivel en los monjes ascéti-
eos” 4.

Para que el individuo no quede prisionero del placer instin­


tivo se requiere una serie de obstáculos que provocarán sin
duda malestar y tensión interior, pero que son los que llevan
adelante el proceso evolutivo. No se trata de fastidiar con las
normas, ni de imponerlas autoritariamente a beneplácito del
educador, sino por un motivo auténtico, con intención altruis­
ta, en el momento oportuno y con la intensidad adecuada. La
vía del menor esfuerzo no conduce a la maduración y reduce
paulatinamente el ámbito de la libertad. El ser humano que
nos presenta la psicología profunda está plagado de contradic­
ciones y deseos contrapuestos, que la educación habrá de
integrar en una personalidad unitaria y con mayor armonía. Si
cualquier tensión se libera de inmediato en la búsqueda del
placer, el desajuste inicial no mejora. La energía necesaria
para crecer, desde la multiplicidad anárquica hasta el mayor
grado posible de integración, se ha gastado en otras funciones
sin sentido y el ser humano queda sin hacer, en las manos de
una instintividad primitiva y sin horizonte.

Dificultades actuales

La pulsión sexual encierra desde sus comienzos una dosis


fuerte de egoísmo, agresividad y anarquía incontrolada, cuya
existencia aparece en muchas manifestaciones, aunque a veces
camufladas bajo apariencias superficiales engañosas. Tenden-
negativas que impiden una relación madura y que impo-
Mna ^g ra d a ció n general de la vida ascética. OC, V, B ibliote»
Cva’ M«drid 1972-1975, 1715.

117
sibilitan una vinculación afectiva y totalizante. El esfuerzo de
purificación no puede eliminarse, y para ello no existe otro
camino que la negativa a muchas de las gratificaciones inme­
diatas. Hay otro destino posterior, que justifica y compensa
cualquier renuncia necesaria5. Es verdad que el ambiente con­
sumista de nuestra sociedad dificulta una ética basada en el
aguante y en la espera de un futuro mejor, pues no se soporta
la tensión de una necesidad presente, ni se acepta el displacer
provocado por una ascética educativa. El hambre de consumo
ha convertido el sexo en una fuente de placer, dejando a la
persona en una etapa primaria de su evolución. Por ello la
moral sigue siendo hoy un requisito de primera necesidad, a
pesar de todas las actitudes hostiles a ella que proliferan.
Tal vez exista una corriente de fondo mucho más trans­
cendente. Es la idea difundida con aires científicos de que el
dominio de la sexualidad no es posible o, incluso, de que
semejante control predispone o indica ya una base neurótica.
La abstinencia sería la consecuencia y el fruto de una inma­
durez psicológica, manifestación de alguna patología interna
o el camino inevitable hacia cualquier otro desequilibrio.
Negar esta posibilidad iría contra la evidencia de los hechos,
cuando el esquema de conducta se hace represivo, autoritario
e inconsciente.
La maduración de la libido no se reduce a la simple
continencia, que podría estar motivada por otros mecanismos
más o menos patológicos. Pero la afirmación contraria seria
también una realidad si en lugar de la abstinencia habláramos

En ambientes de la nueva izquierda se propugna la ilusión de que única


y precisamente por medio de dejar crecer puede la sexualidad alcanzar un
desarrollo óptimo para bien del particular y de la sociedad. Esa forma de
educación conducirá a una fijación de la sexualidad infantil, a la perversión
de los instintos parciales, al vacío del sentido de la sexualidad genital y, con
ello, a una pérdida de la capacidad de am ar en el individuo y en la sociedad
ío*7o^FFEMANN’ ^ a sexuQkdad en la vida de los jóvenes, Sal Terrae, Santander
979, 50-51). Desde esta perspectiva psicológica, es llam ativa la insistencia
que sobre la necesidad de soportar las tensiones y huir de la liberación
inmediata, aparece en el libro. C f pp. 51, 70, 72, 89, 156-159, 2 0 7 - 2 0 8 , 225
p / ^ y? cl que han insistido m uchos autores, c f L. C encillo,
tite e s del^ ^ ^ 0 sexual, Guadarram a, M adrid 1975, 19-41; M. V. A ttaRD.
°™~'?scetical Dimensións o f Sexuality and Lo ve, Sem inarium 36 (198)
, Go^.a * Amor. psicología y sexualidad , RevEspir 44 (1985) 439-465,
l Q Q f r u " £ Er,° S Í aUvé ou leJeu de 1 «seise et de lam our, Desclée, P«<s
• M- CuvAs- Dimenso relacional do sexo. Brotéria 130 (1990) 2 8 5 -3 0 5

118
.. ia absoluta liberación. Y es que los excesos de una ética
pedagogía castradora no pueden servn de pretexto para un
laxismo sin límites, como las exageraciones y barbaridades de
éste no justificarían el retomo a una ascética absurda e incom­
prensible. El problema no consiste en la defensa o elimina­
ción de la moral, sino en conocer cuáles son los criterios
fundamentales, que habrían de ir después concretizándose, para
conseguir el humanismo y la maduración del sexo.

5 Presupuesto de la ética tradicional:


importancia de la función procreadora

Las enseñanzas de la Iglesia han intentado siempre denunciar


las ambigüedades ocultas en este terreno, pero me parece que
el defecto mayor de sus normas tradicionales no ha sido el
rigorismo en que se gestaban, sino el presupuesto básico de
toda su normativa concreta, que no abarcaba el significado
pleno de la sexualidad. Un nuevo planteamiento ético no tiene
por qué reducir las exigencias, cuya formulación podrá ser
incluso más severa que las anteriores en algunos puntos; pero
lo que sí se necesita es que broten de una visión más completa
del simbolismo sexual6.
Un recorrido por toda la tradición nos llevaría a este prin­
cipio, que se ha mantenido siempre como la norma suprema
y orientadora, para la rectitud o falsedad de cualquier compor­
tamiento: “El semen humano y el deleite venéreo han sido
ordenados por Dios únicamente a la procreación de los hom­
bres en legítima unión conyugal” 7.
San Agustín fue sin duda el primero que hizo una síntesis
bastante completa de esta orientación, que perdurará durante
duchos siglos en la Iglesia. Un enfoque pecaminoso y nega­
tivo de la sexualidad le lleva a encontrar en la procreación un

228-24(1 ^m ^VEN0T% C m fia /iu m o v desarrollo sexual, Concilium 175 (1982)


attun» ' ^ Dl M artini, Maturitá e sesso. La maturitá umana condizione per
La * U.n dialogo sessuale , Elle di Ci, Leumann 1988; C h . E. Curran,
S. Botfb 6 S!? ue^ e catholique d 'hier á demain , LetVie 200 (1991) 112-13 ,
66 (1991° 227 259nU€Va exange^zac*°n' una nueva ^tica conyu&a*' Mcdc n
B'lb»o io Í ; A» requi-M . Z alba , Compendio de teología moral. Mensajero.
5> 215. El subrayado es del autor.

119
motivo justificante para la admisión de ese placer: “Con |
propagación de los hijos se compensa lo que se cede a ^
incontinencia en el matrimonio’ .
Aunque con santo Tomás se da un paso adelante, ya qUe
su visión del sexo es mucho más positiva, sin embargo |a
dimensión fecunda continúa apareciendo como la más impor­
tante y fundamental. Es el destino que la naturaleza señala a
todos los animales. Si no se requiere ya ninguna causa para
hacer bueno su ejercicio, sí necesita orientarse en función de
sus exigencias naturales. Todos los actos deben tener como
meta la procreación y realizarse de tal manera que no impo­
sibiliten ese objetivo9. La sexualidad aparecía sólo como una
fuerza reproductora y el hijo venía a ser el precio exigido por
la experiencia gratificante del acto conyugal. Todavía Pío XI,
al condenar el onanismo, mantenía esta postura: “Criminal
licencia esta que algunos se arrogan, porque sólo desean sa­
tisfacer su placer sin la carga de los hijos” l0.
Ya sé que no siempre se ha formulado la ética con esta
crudeza extraordinaria, pero leyendo los manuales que acen­
túan con tanto énfasis este carácter surge u m sospecha
seria de que lo único, o al menos lo que más interesaba, era
la salvaguardia de semejante orientación 1!. De ahí que la ca-1

1 De coniugiis adulterinis, II, c. 12 (PL 40, 478-479). Los estudios sobre


el tema en san Agustín han sido abundantes. L. J anssens , M a tr im o n io y
fecundidad De la ‘Casti connubii ’ a la ‘Gaudium e l s p e s ', Mensajero, Bilbao
1968; R. Simón, Sexualité et mariage c h e z Saint A u g u s t i n , Supplémcnt 27
(1974) 155-176; E. Samek Ludovici, Sessualitá, matrimonio e c o n c u p is c e n z a
in Sant Agostino, en A A .W ., Etica sessuale e matrimonio n e l c r is tia n e s im o
delle origini. Vita e Pensiero, M ilán 1976, 212-272; A. T rape, L a c o n tr a c c e -
zione in S. Agostino, Lateranum 44 (1978) 32-47; D. Covi, E l v a l o r y e l fin
de la actividad sexual según san Agustín, Augustinus 19 (1974) 113-116 y
118-126, y Libido e suo contesto operativo secondo 1'antropología agos finia-
na, Laurentinum 21 (1980) 3-26; P. Langa, San Agustín y el progreso d e la
teología moral, Estudio Teológico, Toledo 1984; H. C rouzel, L a c o n c u p is c e n -
ce chamelle selon saint Augustin , BullLitEccl 88 (1987) 287-308; J. L. La-
ffo o n ’ ^P i^tuolidad y castidad matrimonial según S. Agustín, EstAgus 2.
235-259; C. Burke, San Agustín y ¡a ética convugol, Augustinus 3
(1990) 279-297. '
Para una visión histórica m ás com pleta, véase lo que direm os más ade
tn te en el c. 10, al hablar sobre la teología de los fines en el matrimonio.
„ Casii connubii, AAS 22 (1930) 559.
U n w u in e n , por ejemplo, de la ética m atrim onial: “Entre los cónyuges
?íín ' a * "^<13 las acciones que favorecen la procreación...; b) leventen
c oj ..., las acciones que la entorpecen, pero no gravem ente; c) gravemen

120
cnística haya girado constantemente en tomo a esta problemá-
' v nue la razón última de cualquier pecado radicara en esta
> la fcual'-lal

5 Olvido de la dimensión unitiva:


el pecado contra el amor

Sin negar este aspecto, ni detenemos ahora en las discusiones


que plantea, sí creo imprescindible superar de una vez este
unilateralismo evidente. La experiencia demuestra que para
regular la libido no basta la aplicación de este principio, que
resulta insuficiente. Más aún, habría que defender que tampo­
co es el de mayor importancia, pues si todo quedara ordenado
por la búsqueda posible del hijo, el matrimonio podría llegar
a vivirse como una especie de prostitución: el encuentro de
dos personas que satisfacen su necesidad, mediante el pago de
un compromiso fecundo en lugar de dinero. Comprendo que
la expresión es un tanto exagerada y caricaturesca, pero indica
las posibles consecuencias de una postura que sóío insiste en
la urgencia de la procreación. Y es que el acto sexual, antes
de ser fecundo, tiene que hacerse unitivo y amoroso. De lo
contrario, no se comprende cómo la simple búsqueda y aper­
tura a la fecundidad justifica por sí misma una conducta vacía
de cariño.
Es verdad que todo esto estaría de alguna manera presente
en la tradición, pero nunca se explicitaba con un cierto relie-
ve %y este olvido mantenía la conciencia tranquila, aun cuan-

^ cííos son las acciones que im piden gravem ente la generación”, A. M. Arre-
GUI-M. Zalba, o.c. (n. 7), 718
ñores ^ m,smo M. Z alba acepta que, al hablar del amor, los teólogos ante-
cía nú n? ° ‘^noraron Por com pleto, aunque le atribuyesen menor importan-
dipnitnt ° S autores actuales y trataro n con m ayor parquedad de él”, De
cree ma¡n m om * et fam iliae fovenda . Periódica 5 (1966) 399. J. Fuchs
castitnt» cmbar 8 °> que “ la teología m uy poco o casi nada lo trataba (De
aspecto " ° rdine sex u ali• PU G ’ Rom a ,9 6 3 ’ 42>* En ,a c u a lid a d es un
Delépine^ • r Se subraya aún en los docum entos jurídicos y procesales. O.
dans r ¿ ' , Lommunio vitae et amoris coniugalis”. La courante personnaüste
Can 33 / 1qo ^ j urtsPn identielle et doctrínale de la Rote / 969-1980, Rev r
% J ' 9 5 3 \ 5 2 - 8 0 y 293-312; F. C ervantes, El amor y el sexo en el
AA.Vv os últimos Sumos Pontífices, Sem inanum 36 (1984) •
consortium totius vitae ”, U niversidad Pontificia, Salamanca I9M>,

121
do la comunión personal no existiera. De hecho, muy p0cas
personas se sentían culpables por la falta de cariño en su vida
sexual y muchas eran las que se preocupaban exclusivamente
por no pecar contra la procreación. Hasta la misma termino,
logia conserva un significado restrictivo. Usar mal del matri.
monio equivale en las confesiones a impedir ese fin, como si
la única manera deshonesta de vivir el encuentro conyugal
radicara en esa negación. La poca importancia otorgada a las
exigencias del cariño es tan llamativa, que no creo que exista
ningún documento eclesiástico en la enseñanza multisecular
de la Iglesia donde se afirme, como se ha hecho por vez
primera en la Humanae vitae, que todo acto que no nazca del
amor va contra el recto orden l3. La ética sexual no puede
reducirse, por tanto, a cumplir con esta función procreadora.

7. La negación del carácter lúdico:


hacia una revalorización humana del placer

Esta misma insistencia, junto el recelo tradicional frente al


placer, ha hecho que la sexualidad pierda para muchos cristia­
nos su carácter festivo. La satisfacción que provoca debía
quedar al servicio de la especie, como un estímulo y compen­
sación para el cumplimiento laborioso de esa tarea l4. El ideal
sería casi intentar eliminarlo, pues la búsqueda exclusiva de la
experiencia placentera constituía para muchos un motivo de
pecado hasta épocas recientes. Y desde luego, nunca se pre-*38
G. C andelier, L'importance juridique de l ’amour dans le mariuge, RcvDrCan
38 (1988) 252-295; J. H ervada , Obligaciones esenciales del m a t r i m o n i o ,
IusCan 31 (1991) 59-83.
“Justamente se hace notar que un acto conyugal im puesto al cónyuge,
sin considerar su condición actual y sus legítim os deseos, no es un verdadero
acto de amor, y prescinde, por tanto, de una exigencia del recto orden mora
en las relaciones entre los esposos*’ (HV 13). Con esto recogía la orientación
del concilio, que subraya en este cam po la necesidad de unos criterios 9uC
mantienen integro el sentido de la mutua entrega y de la hum ana procread n-
en un ^contexto de auténtico am or” (GS 51). ..
La providencia de Dios para im pulsar suavem ente al hombre, no s
con la razón, sino con el gozo sensible, a aquellas operaciones con las 9U
debía buscar la conservación de la especie, vinculó a ellas un gran p
para que con su deseo los hombres se m ovieran a procrear y tuvieran algu
compensación por los trabajos y preocupaciones de la procreación” (M.
ba, Theologiae Moralis Compendium , Edica, M atriti 1958, 739).

122
ntaba como un comportamiento digno del cristiano, ya que
¡degrada a un nivel inferior. Sin embargo, ninguna clase de
lacer por el simple hecho de serlo, se debe catalogar como
ecaminoso. La satisfacción que produce no es nada más que
Pl signo de una plenitud que acompaña a una actividad sen-
eib|e, de tal manera que si dejara en la conciencia un senti­
miento de vacío y frustración no se podría considerar como
una experiencia placentera. Querer excluirlo a toda costa de la
existencia sería síntoma de una estructura muy cercana a lo
patológico15.
Nadie puede negar los riesgos inherentes a todo goce sensi­
ble. Esta plenitud de la sensibilidad es una invitación a sumer­
girse en ella y a valorizarla de tal manera que el placer aparez­
ca como un absoluto de la vida. Lo que es un fin secundario,
un aspecto accidental, una adjetivación de la conducta, se
diviniza como valor supremo. El hombre siente la tentación,
cuando experimenta su calor y cercanía, de convertirlo en un
ídolo, pero el pecado no nace de la satisfacción producida,
sino del gesto idolátrico con que lo acepta y adora. Desmiti-
ficar las múltiples formas con que se absolutiza el placer ha
sido una tarea educadora de todos los tiempos.
Ahora bien, para evitar este peligro no podemos condenar­
lo negándole su propio valor. Esta condena absoluta manifies­
ta que somos culpables de estimarlo en demasía. Al tener
miedo de que se convierta en todo, queremos desprestigiarlo
J M. Power, El cristiano ante el placer, Concilium 100 (1974) 497-
506. Una buena sintesis sobre la valoración del placer en la tradición en B.
Schlegelberger, Rapporti sessuah. Prima e fuori del matrimonio, Paoline,
oma 1973, 40-47 Baste recordar com o ejem plo los problemas suscitados
P°r el libro de P. C h anson, Art d'aim er et continence conjúgale, Ed. Fami-
>aes, París 1949, donde se defiende el valor del encuentro sexual, de un sano
erotismo, y explica el m étodo del abrazo reservado. Al año siguiente se
exn?016 *mPr} matur * poco después se retira de la venta, con una condena
CP'*0S0 del dom inico H. M. Feret, Art d'aimer et vie spirituelle
lenne' 131-158, y en 1952 aparece un momtum del Sto. Oficio. Los
diferenti
FroA/p CS a? )ntec¡n '« M o s históricos del problem a en J. C. Ford-G. Kelly.
191-1Jís*2*'!/ te°l°8 la moral contemporánea , II, Sal Terree, Santander 1966,
(19791 j 0->e[ ^as re^ cx >ones de R. S imón, Ascése et éthique. Supplément 3
CienTom.no97’ R * L arra Aeta , El olvido del placer en la moral cristiana.
Alphonse 4 1-87; L. V ereecke, De Guiilaume d'Ockham a Jflw»
Weber C ollcgium S. A lfonsi, Roma 1986, cc. 17, 24 y 25; Ph.
Coma,’ a Ü €Ur et P^ai5lr' valeur chrétienne , LumVit 43 (1988) 57 . •
(1988) 183 ^ ^ para una interpretación cristiana del placer, TheoXav

123
hasta su completa eliminación. Su legitimidad no proviene de
que esté al servicio de otra función, como recompensa perm¡
tida por haber conseguido otra finalidad. Dentro de su ambi.
güedad, y con los peligros que encierra, es un fenómeno éti­
camente neutro. Como siempre las dos posturas extremas |e
niegan su función dentro de la existencia humana. Ni el he.
donismo exagerado ni el ascetismo morboso han sabido colo­
carlo en su verdadero contexto.
Cuando se idolatra, esta actitud de adoración es una men­
tira y, si brota de una conducta perversa, el placer queda
herido por esa misma malicia. Pero si se rechaza como norma
o se le considera pecaminoso, fuera de esas circunstancias, no
hay otra explicación que el error o la patología. Entre ambos
extremos, la reconciliación y su defensa se hacen necesarias.
Mientras no se le absolutice como valor supremo o acompañe
a una conducta deshumanizante, el placer ha de considerarse
como bueno y apetecible. Así el problema no está en saber si
hay que aprobarlo o condenarlo, sino on valorar la actividad
de la que es inseparable o descubrir la primacía que se le
concedeI6.
El encuentro sexual debería recuperar, entonces, para si
esta dimensión placentera. Es una exaltación gozosa para
celebrar la fiesta del amor y alimentar el cariño, donde no
deben estar ausentes el juego, la alegría y la satisfacción más
plena entre dos personas que mutuamente se entregan y com­
parten sus vidas. El cuerpo se hace lugar de cita, palabra y
mensaje, símbolo de un encuentro total que expresa, a través
de su ofrenda, la felicidad de una comunión.

8. Peligros de un reduccionismo excesivo:


preocupación exclusiva por la genitalidad

Al insistir en la función procreadora, finalmente, la ética quedó


reducida a la pura genitalidad, como si la excitación v e n é re a

f ^or otra P®rtc. resulta extraño que estos miedos y recelos no se dcn
trente a otro tipo de placeres más “espirituales”. Santo Tomás, por ejempwj
cuando trata sobre si los bienaventurados en el cielo verán las penas de •
condenados no duda en responder afirmativamente, para que su felicidad
complazca más: S u p p lem en tu m P a rtís ///, 94, 1, conclusio.

124
¿instituyese la única fuente posible de pecado. Los manuales
C'lo se ocupaban de este aspecto, e incluso cuando hacían
eferencia a otras acciones se analizaba exclusivamente el
neligro más o menos remoto que tenían de provocar una re­
acción genital y la causa más o menos justificante que pudiera
existir para la aceptación de ese riesgo'7. La complejidad de
estos factores, en sus diferentes grados, motivaba una serie de
orientaciones concretas que se multiplicaban sin fin.
La problemática sobre los bailes, besos, caricias, espec­
táculos, lecturas, miradas, etc., estaba tejida con esta mentali­
dad. El cuerpo humano —y hasta el de los mismos anima­
les— aparecía escrupulosamente dividido en zonas anatómicas
cuya valoración radicaba en su poder estimulante, según fuera
el sentido que sobre ellas actuara y teniendo en cuenta otras
circunstancias personales. La moral consideraba pecaminoso
cualquier comportamiento que pudiera despertar esa reacción
venérea sin ningún motivo justificante 18. Algunos autores lle­
gaban a defender que la simple aceptación de ese riesgo,
aunque no se consintiera en el placer, si tenía lugar, era ya
suficiente para una falta grave |l\
La imperfección de este planteamiento no está en lo que
afirma, que podría admitirse como orientación básica, elimi­
nando mucho de su casuismo extremo, sino en lo que olvida
y deja por completo en la penumbra. La ética tiene que ir más
allá de la pura genitalidad, pues en toda relación sexuada
pueden darse actitudes que, sin repercutir para nada en esa
zona, constituyen una conducta deshumanizante. El encuentro
entre sexos diferentes es posible que adquiera matices utilita-i*

E1 nombre clásico y ordinario era el de acciones im púdicas , acciones


3Ue’ P°r olra Parte, pueden ser buenas, meritorias y limpias, pero que se las
dignii a b a ^asi con
rrm un sentido_____________
peyorativo.
La casuística, según estos principios, era de una prolijidad exuberante.
DosiKiSta ^ tact0, s°bre todo, se consideraban desde todas las perspectivas
graveé ^ ^ an lugar a una larga enumeración de pecados más o menos
tizaria ^UC SC Pue<*en leer en cualquier manual. Precisamente por las concre-
moraUceS Un minuc*osas es curioso observar la relatividad de los juicios
Kcient* 3Ue aparecen en las diferentes épocas históricas. Un ejemplo todavía
399^08 dr CSt? Cn A Van Kol, T h e o lo z ia M o ra lis 1, Herder, Barcelona 1968
una vaIaJ t0 C Capítu,° siguiente, al hablar del erotismo, intentaremos hacer
” Las Cl°n de estas conductas.
l. l33!^4COntrovcrsias sobre este punto en J. C. Ford-G Kelly, o.i . <n W

125
rios y egoístas. La búsqueda del otro no interesa como pers0.
na, sino como un motivo de satisfacción solitaria, aunque
afecte sólo a su psicología y no produzca resonancias a otros
niveles.
Si el interés que despierta el compañero se sustenta en |a
utilidad que reporta, o crea una actitud cerrada para instalarse
en el gozo que no se comparte, los gestos, las palabras, la
mirada, la sonrisa o el paseo están manchados en sus raíces
primeras. Existe una falsificación de fondo que impide un
auténtico diálogo humano. Aunque lo genital no intervenga,
es necesaria la denuncia de aquellos comportamientos que
adulteran la relación sexual en su sentido más amplio.

9. El amor como base y fundamento:


entre la plenitud y el vacío

Para no caer en estas limitaciones apuntadas, nuestro punto de


partida coloca a la persona en el centro, para hacer de su
sexualidad una relación amorosa que, cuando se viva en el
matrimonio como donación y entrega corporal, quede orienta­
da también hacia la procreación. Esto significa que el eje de
toda la ética tiene que ser el amor. La afirmación tal vez
parezca demasiado abstracta y subjetiva y hasta podría consi­
derarse como una escapatoria para cualquier tipo de libertina­
je. Camuflada bajo capa de amor estamos asistiendo a una
serie de atropellos impresionantes y de conductas mentirosas.
Y es que una de las asignaturas más difíciles de aprender y de
vivir sigue siendo el arte de am ar20.
Cuando decimos que el sexo tiene que llenarse d e cariño
y de ternura no conviene crear ambigüedades y c o n fu s io n e s .
La imagen del amor que se dibuja en nuestra s o c ie d a d es
muchas veces una auténtica caricatura, un producto fa lsifica d o
de su verdadero rostro. En todos los idiomas modernos hacer
el amor ha venido a significar desgraciadamente cualquier
tipo de relación sexual. Pero tal vez cuando descubramos su
contenido nos daremos cuenta de que la moral sexual mantic

20 Recomendamos el pequeño libro de E. Fromm, E l a r te d e a m a r - V 0


Paidós, Buenos Aires 197'
in vestig a ció n s o b r e la n a tu r a le z a d e l a m o r ,

126
ne una meta mas alta y todavía mas exigente, aunque los
caminos que a ella conducen no sean siempre los m.smos que
c o r r í a m o s con antenondad. ¿Que supone, entonces amar !

u n a persona?'
La mitología nos aporta una primera constatación Aun
l o s autores antiguos no ofrezcan siempre la misma EeneaT

gia, muchos consideran a Eros. el dios del amor, como foto


de la unión de Ares y Afrod.ta ", Su padre es el dios guerrero
por excelencia, el símbolo de la fuerza y del poder capaz de
vencer todas las dificultades y destruir a sus enemigos Reves
tido de armadura y cubierta su cabeza con un casco destruye
los carros, deshace murallas, supera cualquier adversidad Es
el impresionante dios de la guerra, que se hace odioso y ad
versarlo del propio Zeus. El único punto débil, del que se
aprovechan sus adversarios, es su ímpetu ciego ’e irracional
Su madre, sin embargo, surge de la espuma del mar sin fuer
za ni consistencia, como las olas que se deshacen en la arena.
Lo único que posee es el arte de la conquista y de la seduc­
ción. Con su sonrisa calma los vientos y las tempestades v
consigue lo que pretende hasta de sus mismos enemigos
El Amor, hijo de ambos, hereda las cualidades contradicto-
nas de sus padres. En él se armonizan una serie de aspectos

Además del libro de F romm citado en la nota a n t e r i o r .^


L'amour h u m a in , M ontaigne. París 1963. K.. OJT'I Ls. , j a m ista d ,
dad. Razón y Fe. M adrid 1969. 73-154. P. ^
Revista de Occidente. M adrid 1972. V. F F rankl. sí c j castidad
to o . FCE. México 1978. 184-234. M. C abello. ^ " 5 “
en la edad evolutiva. S cm inanum 36 (1984) 136-15— 2. . hace-
E Cusí, Juventud y pareja " Reflexiones sohn' el “5. 47. T. Arella-
mos cuando decimos que amamos , C u ad O rram lü J U t , -a creada
NO, Del amor. PPC. M adrid 1987. J M DE £ ^ Z n m o n io .
ola teología del matrimonio "El arte de amar “e J ' r0 *. c a í . ] S atnt-
consecuencias prácticas . L um en 36 (1987) 405-42 y afecto y la
Arnaud, Yo amo. Integración de los dinamismos del p a • mJínffK)W|o,
elección. Sal Terrac, Santander 1988: G. C ereti, Amor, a m i s i a a . ¡
Herder, Barcelona 1990; C l . F u ro . Et lesjeunes. L apprentis. g
Christus 39 (1992) 163-171. J .. #Vvl , Labor. Bar-
* Cf 1. E rr andone a ( d tr ) . Diccionario del mundo c fl ’ de
«lona 1954. 32-34; 141-142. 616. Para otros autores sf nalUraleza
del que tiene m ucho -que-
y se siente, al mismo tiempo. ^
pobre *
'Agente. Lo que cl cristianism o anortó en estos ambientes en J L** ®
í'*ncU
nctennet¿ ^ ’ c n s lianism o aportó en estos - — D. _ d-
1Église L L nZUveauté de l 'amour chrétien du prochain selon les Peres ae
' WelScRel 45 (1988) 59-82.

127
antagónicos que indican su origen y manifiestan su verdader
naturaleza. Se le representa como a un niño, necesitado de
protección y ayuda constante, imagen de la debilidad, símbolo
de una dependencia absoluta, vacío de poder e indigente, ¡n.
capaz de valerse por sí solo sin la colaboración de los demás*
pero, al mismo tiempo, está dotado también de una capacidad
y fuerza extraordinaria, con su arco y sus flechas se dispone
a triunfar en las más difíciles tareas, sabiendo que nadie podrá
escaparse a su influjo halagador. Es la energía misteriosa que
asegura la perpetuidad de la vida y doblega a las voluntades
más firmes. Una naturaleza, por tanto, compleja y contradic-
toria: fuerza y debilidad, plenitud y vacío, dinamismo y re­
ceptividad, liberación y dependencia, constancia y fugacidad,
entrega salvadora y egoísmo interesado: la ambigüedad que
todos sentimos en nuestras propias experiencias personales.
De ahí que, bajo un mismo nombre y a la sombra de un
término tan positivo, puedan encontrarse actitudes muy
diferentes.

10. La necesidad de una purificación progresiva

Lo primero que deberíamos recordar, por tanto, es la impure­


za del amor en sus comienzos. El ser humano nace en un
estado de orfandad impresionante, incapaz de valerse por sí
mismo para cubrir sus necesidades biológicas y afectivas. Debe
sentirse acogido, no sufrir el rechazo de los que le rodean,
experimentar el calor y la presencia de un cariño que haga de
su existencia un lugar confortable23. Si el niño comienza a
querer a los que le cuidan es únicamente por la g r a tif ic a c ió n
que le producen y por la utilidad que tales personas le com­
portan. Amar equivale a ser amado.
Los mecanismos de esta primera experiencia actúan des­
pués con posterioridad. Lo único que sucede es que, a m e d id a
que somos mayores, se aprende mucho mejor a encubrir e
egoísmo radical e ingenuo de los pequeños. Es el equívoco

ta n * ; ^ C El amor como energía social h u m a n i z a d o r a ,


abada C a stro ,

C o n rir° ,ÍL 984)df. S aussure, El proceso de autoideníifi^aCt


T h.
Concihum 216 (1988) 163-180.

128
tan corriente de que el hecho de amar se confunda con la
Ivneriencia de sentirse querido, de encontrar en el otro algo
nue me interesa, sirve, llena o gratifica. Hay que reconocer
núes que el cariño tiene siempre su origen en una necesidad
v carencia. Se empieza a amar para llenar un vacío; se quiere
oorque hay urgencia de ayuda y protección; se busca el en­
cuentro para colmar la propia soledad, hasta el punto de que
algunos afirman que el enamoramiento es siempre consecuen­
cia de una insatisfacción interior, de una penuria afectiva que
se quiere superar, pues nadie se enamora si está satisfecho
consigo mismo y seguro de su propio valer24. Una visión
demasiado pesimista, que no compartimos, pero con una base
de verdad y realismo. Durante la infancia, cuando no se ha
r e c ib id o la alimentación afectiva necesaria para satisfacer las
carencias primeras, o se dio con una sobreabundancia que no
dejó casi espacio para las saludables frustraciones, el hambre
insatisfecha buscará saciar con los otros la anemia psicológica
o se le hará insoportable cualquier limitación posterior. En
ambos casos, la relación amorosa se dificulta por las experien­
cias tenidas con anterioridad.
En este contexto, la persona corre peligro de quedar instru­
mental izada en función de las necesidades, de quererla en
tanto en cuanto me sirva de provecho, de buscarla por todo lo
que ella ofrece, aunque ese egoísmo natural e innato en el
corazón de las personas se encubra y disimule de múltiples
maneras. Para estos casos empleamos una palabra mentirosa
que oculta otra realidad. A una actitud como esta, aunque
tenga gamas muy diferentes, lo único que le queda de cariño
es el nombre con que la designamos.
Por eso, aunque parezca extraño y contradictorio, un test
espléndido para medir la profundidad y limpieza del cariño es
analizar la actitud de despojo frente a la persona o realidad
que se ama. Nunca es posible querer de verdad mientras no se

Que ti ^ ad*c se enam ora si, aunque sea parcialm ente, está satisfecho de o
v e<stnCne ^ dc. 9ue cs El enam oram iento surge de la sobrecarga dep
cotidia^ T im posibilidad de encontrar algo que tenga valor en la exi
conscipn» ^ s' nto m a’ de la predisposición al enamoramiento no es *
de no " de enam orarse, de enriquecer lo existente, sino el sentido p ro íu n ^
C T l dc no ^ n e r nada que valga y la vergüenza de no tenerlo O*.
N1* Enam<>ramiento y amor , G edisa, Barcelona 1985 , 74).

129
esté dispuesto a prescindir interiormente de ese amor, c o ^
signo de que el otro ya no es término de una necesidad, sino
sujeto de un deseo. El que quiere porque no puede vivir sin
esa experiencia, hará del amado un objeto que gratifica, Un
alimento que colma y satisface, un alivio que serena y gratN
Tica, pero sin quedar seducido por la dignidad y el atractivo
de su persona. Es una traducción psicológica del radicalismo
evangélico de que sólo se gana cuando se está dispuesto a
perder: “El que ama su vida, la pierde” (Jn 12,25).
Este paso de la necesidad al deseo no es posible sin una
dosis de conflicto y frustración, que hacen tomar conciencia
de que el otro, con su diferencia y autonomía, no es un valor
utilitario, un cobijo para la soledad o un remedio contra las
dificultades, sino alguien que vale la pena quererlo por sí
mismo. Los místicos han descrito mejor que nadie la etapa de
silencio y purificación que se pasa, tanto en ese itinerario
hacia Dios como en el camino del amor humano, antes del
encuentro más profundo. Entonces, el cariño también calma,
serena y tonifica. La purificación no elimina el gozo y la
alegría posterior, sólo posibilita vivirlos ahora de una manera
distinta.

11. Búsqueda del carácter exclusivo


y original de la persona

Hablar de amor no es posible, por tanto, mientras no camine­


mos en busca del carácter único, exclusivo y singular de cada
persona para amarla por lo que ella es, y no por lo que ella
tiene, manifiesta o comunica. Es un proceso que separa cada
vez más del propio egoísmo, para poner en el tú ajeno el
centro de gravedad de nuestra existencia. Se llega poco a poco
a que el interés no lo despierte ya lo que el otro posee o
comunica, sino lo intransferible y exclusivo de su persona.
Por ello no es posible trasladar el amor a ningún otro, aun
cuando reproduzca las mismas expresiones, cualidades y va"
lores de aquel a quien se amó. Y es que cuando se quiere de
verdad a alguien, se hace absolutamente insustituible, porque
o que se ama es su originalidad única e irrepetible.
El amor va más allá de las cualidades que el ser amu*
130
a0 contiene. Es verdad que cuando se le quiere en seno
:c desea para él lo mejor, enriquecido con toda clase de
lores, y la alegría de verlo con este ropaje de cualidades es
benéfica y altruista. No es el provecho que pudiera obtener-
se de su inmensa riqueza humana. Es que cualquier cosa pare­
ce pequeña al corazón del amante para la gloria y felicidad
del amado. Pero también es verdad que el canño seguirá exis­
tiendo, incluso con más fuerza aún, aunque no tuviera o
se quedara sin nada, porque se apoya en aquello que perma­
nece como intransferible, como algo que nunca falta ni des­
aparece.
Cuando se ha penetrado hasta el fondo, la misma super­
ficie es querida y aceptada como es, con sus aspectos positi­
vos y limitaciones, pero no tanto por el valor intrínseco que
contenga, sino por tratarse de una realidad que pertenece a la
persona amada y a través de la cual ella se nos comunica. El
amor verdadero no es ciego, como a veces se dice; al contra-
no, su visión es tan aguda y penetrante que ninguna otra
alcanza a descubrir lo valioso que se encuentra detrás de la
superficie. Lo que menos le importa es la fachada y si ante
esta también se siente extasiado, es porque, allá dentro, habita
alguien que la llena con su propio encanto y majestuosidad.
La mirada del amante no es frívola, como la de cualquier
espectador; sabe captar la belleza de lo externo, porque pe­
netra hasta el esplendor incomparable de la persona y, como
aquello le ha servido de camino introductorio, también lo
estima y lo valora. Es el dulce recuerdo que flota sobre los
lugares y objetos que han sido tocados por la presencia de una
persona querida.
Aquí se encuentra el punto decisivo para el análisis de
su autenticidad. Mantener a la persona en el centro de esa
vivencia y saber que cuando todo lo demás que posee be-
eza*cualidades, simpatía, inteligencia, poder, riqueza, etc.
tnteresa por sí mismo o por su utilidad, es que no valora­
dos lo único que tiene mayor importancia. Sus cualida-
es han podido servir para invitar a un conocimiento profún-
°' Para *r descubriendo el misterio de su interior, y hasta
nn^0 Un est,mulo para continuar la difícil aventura, pero*
a vez que haya nacido, el amor no necesita de más funda-

131
12. Totalidad de la entrega

De igual modo, su respuesta exige una entrega total. La do-


nación de aquello que tengo sería demasiado insignificante si
no simbolizara la entrega de algo mucho más profundo. Si
para querer a los demás bastara desprenderse de ciertas cosas
pero reservándose el corazón, el cariño se transformaría en
una máscara farisaica, en un gesto de disimulo. Cuando san
Pablo dice que cualquier acción, por extraordinaria que fuese
—mover los montes, repartir la hacienda a los pobres o dis­
frutar de algún carisma—, no sirve para nada sin amor o es
como una campana ruidosa o unos platillos estridentes (1 Cor
13,1-3), no afirma sólo una verdad religiosa, sino que subraya
un presupuesto humano anterior: la exigencia de una interio­
ridad para valorar los gestos y expresiones externas. La lucha
contra este vacío en el culto litúrgico y en la praxis moral ha
sido constante en la revelación, pues la vida religiosa y ética,
sin la entrega interior, es un puro formulismo mentiroso y un
engaño tan sutil, que deja incluso la satisfacción de una con­
ciencia tranquila.
Igualmente en el amor. Si porque se ha dado algo pudié­
ramos quedar tranquilos, como tantas veces sucede, es por no
haber comprendido todavía que el único regalo significativo
tiene que nacer del corazón, que se abre y se despliega en las
múltiples pequeñeces de los gestos diarios. Amar es la comu­
nión de dos personas que mutuamente se han ofrecido como
regalo su yo más íntimo y profundo. De aquí se siguen algu­
nas consecuencias importantes.
La primera sin duda es la totalidad de la entrega. Todo lo
que se tiene es posible repartirlo entre varios por tratarse de
valores divisibles. El dinero, el tiempo, la atención o cual­
quier otra cosa se puede distribuir de tal manera que sea posi­
ble reservar una parte para las propias necesidades o para las
P^PS individuos. Jugamos con cantidades que exigen una
división para su reparto. Es más, la entrega de algo puede
encubrir la negación del don personal. Pero cuando se otrenda
a través de un gesto amoroso el yo único e irrepetible, no hay
más remedio que entregarlo en su totalidad. Poner límites es
un síntoma de que sólo se entrega aquello que se tiene, lo que
se puede regalar sin necesidad de donarse. Dicho con otras
132
labras, ia dinámica del amor es totalizante. Quien guarda
pa zona acotada, que no esta dispuesto a ofrecer nunca es
Üüraue nunca llegó a querer de verdad. La reserva es un límite
fronterizo que el amor jamás construye. Rico no es, por tanto
i que tiene mucho, sino el que está capacitado para donarse’
De ahí que la pobreza, a veces, de pueblos y familias los
capacite para una generosidad y altruismo mayor, pues como
no tienen nada que ofrecer, sólo cabe la propia entrega.
Habría que sospechar, no obstante, de ciertos altruismos
aparentes que no permiten ser sujetos pasivos de un favor por
parte de los demás, como si fuera un gesto indigno y egoísta
que se opone a esta actitud anteriormente descrita. No hay que
olvidar, sin embargo, que aceptar el don ofrecido por los otros
es una de las formas más bellas y profundas de vivir la
oblatividad25. El que da se encuentra siempre situado en un
nivel superior, como el que posee riquezas de las que los
demás no gozan, mientras que el que recibe reconoce con ese
hecho su indigencia y pobreza, pero se abre a ese regalo porque
busca, sobre todo, la felicidad del prójimo que siente la ale­
gría de prestar una ayuda o de satisfacer cualquier otra nece­
sidad.

13. Dimensión universal:


apertura hacia los otros

La auténtica experiencia amorosa tiene siempre una dimen­


sión universal, con destino a todos los hombres. No se podría
amar y entregarse a más de uno si el cariño fuese una simple
cosa que, cuando se reparte, supusiera una pérdida imposible
e recupcrar. Llegaría entonces un momento en que no habría
nada que ofrecer, pues todo se habría entregado. El cariño ha
e medirse con otras matemáticas diferentes. El hecho de darlo
nunca resta ni empobrece, ya que es la única moneda que se
* u Aplica cuando no se pretende ahorrar. Si alguna vez se ha
xperimentado la gracia de la amistad, a través de un indivi-
concreto, semejante experiencia descubre ineludiblemente

( 1980^ 81^ . ^ ELLET’ ^ ur un malheur posible du "don total , 352


c¡ón de n DE Dios Galocha, La madurez a je c tiv o -se x u a l: s is e m
postbles indicadores , Educadores 30 (1888) 225-244.

133
el valor de la persona. A partir de ese momento, todas las
demás adquieren un relieve extraordinario. El amor se con­
vierte entonces en una fuente inagotable de riqueza abierta a
todos los seres humanos. Él vislumbra mejor que nada lo qUe
hay oculto en su interior y los valores inéditos que posee.
Esto no significa que todos sean queridos con la misma
intensidad. Las resonancias afectivas nunca serán idénticas
pues se hace imposible sentir hacia ellos la misma fuerza
sentimental. Por otra parte, el amor tiene matices muy dife­
rentes, según la persona hacia la que vaya dirigido. No es lo
mismo el cariño de los padres, de los amigos o el de los
esposos26. Cada uno conserva sus características peculiares,
aunque todos coinciden en una base común: se trata de una
relación que ha iluminado, como antes decíamos, el valor de
lo que significa ser persona. Alguien que vale por sí mismo
y que supera la categoría de lo útil y de lo práctico.
Por eso, el que haya aprendido a querer una vez, está ya
preparado para relacionarse con los demás, incluso con el
extraño y desconocido, con una tonalidad de espíritu diferen­
te. Ya sabe el respeto impresionante que toda persona se
merece. Aunque no llegase a un nivel de trato mayor, existe
ya una capacidad embrionaria que posibilitaría el desarrollo
posterior de una relación afectiva. Si esta actitud de fondo no
se encuentra ante el otro, podría ponerse en duda la autenti­
cidad de lo que llamamos cariño. Y es que cuando las fron­
teras se cierran hacia afuera, para instalarse en el gozo inti-
mista y sin ninguna apertura hacia los demás, es muy probable
que semejante experiencia no haya superado aún los primeros
estadios de inmadurez egoísta.

14. Hacia una fidelidad eterna:


más allá de la muerte

Finalmente el a m o r supone una estabilidad y p e r m a n e n c ia ,


algo muy próximo a lo que llamamos perpetuidad, pues si las

E r , d^ S dc l°s diferentes matices en E. F romm , o .c . (n. 20), 60-99.


temñtt/'ni *w fundamentales de amor . (Planteamiento históricos^
temático), NyG 32 (1985) 7-28.

134
nalidades psíquicas o físicas son factibles de cambio, el ser
H¡ la persona, lo que constituye su meollo más auténtico, es
l o que permanece por encima de todas sus mutaciones La
historia de cada uno lleva consigo un proceso constante de
evolución en el que, lo mismo que adquirimos nuevas reali­
dades estamos sometidos a la pérdida de otras muchas. Si
amo a la persona, la seguiré queriendo a pesar de sus cambios
superficiales, porque la razón de la entrega radica precisamen­
te en algo que no pasa ni podrá desaparecer.
En este sentido, el amor va más allá de la muerte, cuando
el cuerpo ha desaparecido y sólo queda la presencia intocable
del recuerdo. En contra de lo que pudiera parecer, la misma
existencia ocupa un plano secundario, no porque el afecto no
busque una encarnación visible y cercana, que repercute en la
propia sensibilidad, sino porque el motivo que lo alimenta se
ha hecho independiente hasta de su vida e inmediatez. Existe,
como un aire misterioso que se respira, sin necesidad de que
el amado se halle presente.
Cuando hoy se constata el miedo, tal vez con más inten­
sidad que en otras épocas, a un compromiso definitivo, la
explicación podría encontrarse por aquí. La fidelidad no es
problema de sentimientos2 . Es un caminar por encima de los
estados superficiales, un superar el trágico mundo del haber,
de lo cósico, para permanecer en lo fundamental. La ignoran­
cia de lo que vaya a suceder da a la promesa su valor meri­
torio, pues supone que el compromiso no está hecho con la
imagen que se forma o que se quisiera del otro, al que no se
intenta limitar en el futuro con ningún esquema, sino que la
Palabra fiel se ha convertido en una invitación a que la otra
persona se realice como tal y me reconozca a mí también
como sujeto libre y responsable. La única forma de mantener
e amor a lo largo del camino no es huir del compromiso
esto sería más bien un miedo cobarde e inmaduro—, sino
en Penetrar hasta la hondura del ser, más allá de los intereses
superficiales, para quedar seducido por la persona.
a rivalidad excesiva del celoso nace del miedo a un
ompetidor inesperado. Quien ama es lógico que experimente
una posible pérdida. Por ello, los celos son tam-

Anipliaré este punto en el último capitulo sobre la fidelidad.

135
bién síntomas de que el sujeto no resulta indiferente, aunque
a veces broten de un ansia de posesión por mantener un objeto
patrimonial que interesa conservarlo. Pero si este riesgo exis­
te, la forma de remediarlo no es la cárcel ni el castigo. En
tales circunstancias, la relación amorosa deja de existir y ej
excesivamente celoso termina por provocar aquello que tenic,
porque el amor nunca se puede vivir como un servicio obli­
gatorio y a la fuerza. La fidelidad es una exigencia que sólo
puede plantearse al amante, nunca a la persona amada. Frente
a una sociedad utilitaria, en que las cosas están hechas cada
vez más para un servicio momentáneo, tenemos que afirmar
con más fuerza que nunca el amor es un gesto fiel con ansias
de eternidad.

15. Características del amor conyugal:


un nuevo centro de gravedad

El amor conyugal tiene todavía otros rasgos que lo especifi­


can y distinguen. Diríamos, de forma sintética, que adquiere
un carácter exclusivo y totalizante. Así como la amistad pue­
de repartirse entre varios, la conyugalidad no brota mientras
el tú no se convierta en alguien único e insustituible. Es la
experiencia afectiva más profunda que se pueda sentir: en el
mundo no hay nadie con tanto relieve y significado como esa
persona singular. Desde ahora en adelante existe un nuevo
centro de gravedad, que representa la ilusión más bella en el
áspero camino de la vida. Se ha vivenciado de pronto que la
felicidad no tiene otra meta que el servicio, la entrega y la
donación total al ser amado.
Esto provoca en el otro cierto narcisismo, porque le hace
sentirse cargado de un valor impresionante. Ser amado así
significa conocerse, a pesar de la propia pobreza y limitación,
como una persona tan grandiosa que no admite ninguna riva­
lidad. Es el gozo de saber que para el otro no existe nadie tan
valioso como el propio yo. Pero si hay un amor recíproco, lfl
gratificación se acepta no para sumergirse y recrearse sólita-
ñámente en ella, sino porque se ha comprendido que en esa
inmensa alegría ha puesto el amante su misma felicidad. La
respuesta mejor es hacerle comprender y sentir que ha conse-
136
.ido SU mayor ilusión: la plena felicidad del amado. A estas
í r a s si la infidelidad produce un amargo dolor, no es tanto
3 r el hecho de haberlo perdido, es más bien la tristeza de
fber constatado la propia incapacidad de hacerlo feliz.
ha La más grave dificultad contra lo afirmado hasta ahora
cría considerarlo como demasiado utópico e ingenuo. Y la
Vdad es que a veces hay también mucho de esto, pues se
busca en la experiencia amorosa una especie de paraíso infan­
til donde no haya espacio para la diferencia y limitación,
como si el cariño impidiera sentir la propia finitud o eliminara
cualquier sufrimiento Quedará, pues, siempre un “resto”
sin llenar plenamente que mantiene el deseo insatisfecho, como
una promesa que nunca acaba de llegar.
En cualquier caso, cuando observamos las formas de amor
ordinario, tal y como hoy se manifiestan en la mayor parte de
nuestra sociedad, es cierto que no encontramos mucho pare­
cido con el esquema anterior. Algunos creen incluso que se
trata de un intento imposible. El corazón humano está podrido
en lo más íntimo de su naturaleza y ha destrozado por com­
pleto la dinámica del amor. Tal vez con esto se pretenda
hallar una justificación a la propia debilidad, pero de lo que
no cabe duda, como la experiencia también lo señala, es que
la aspiración hacia esa meta constituye una posibilidad al
alcance de las personas. No será fácil subir hasta el extremo
y remontarse hasta la cumbre más alta, pues la única benevo­
lencia total se da en Aquel que no tiene indigencia ninguna,
pero un intento de ascensión progresiva, de avance continuo,
está dentro de nuestra pobre libertad. La ética impulsa seme­
jante tentativa para no permanecer dormidos en la propia co­
modidad, para que, aunque hayamos desviado la mirada,
ao quedemos satisfechos en el fracaso. Su objetivo, como
t iremos en el capítulo siguiente, es la denuncia contra tan-
^ ormas falsas, hipócritas y mentirosas de vivir el encuen-
braSCXUa^ en cualquiera de sus niveles. Hacer, en una pala-
» que el lenguaje del sexo sea de verdad una palabra de

137
16. Exigencias comunitarias y sociológicas:
los planteamientos del psicoanálisis

Su grito de protesta, sin embargo, no ha de levantarse sólo


contra los tallos individuales, sino contra las condiciones
sociales existentes que dificultan e impiden esta humaniza,
ción del sexo. En la historia se ha insistido solamente en la
dimensión individual de la sexualidad y apenas se ha explici.
tado con la misma fuerza la influencia del ambiente en la
configuración del comportamiento sexual.
Freud ya puso de manifiesto la enorme conflictividad exis­
tente a lo largo de todo el proceso evolutivo. La sexualidad no
es una fuerza unificada en sus comienzos, sino un haz de
impulsos parciales, que se manifiesta de formas diferentes a
través de un itinerario progresivo. Las diversas etapas infanti­
les por las que atraviesa repercuten después positiva o nega­
tivamente —según el éxito alcanzado en su recorrido ante­
rior— sobre la vida sexual del adulto29. De ahí la urgencia de
una acción pedagógica y educativa durante este período, que
mantenga una postura equilibrada entre una conducta basada
exclusivamente en el principio del placer y la que reprime
tales impulsos bajo la tiranía excesiva del principio de reali­
dad. El niño se encuentra, pues, en manos de una sociedad
que inconscientemente, pero con una extraordinaria eficacia,
modela e imprime a su sexualidad una determinada configu­
ración. Cuando lo definió simplemente como un “perverso
polimorfo” 30, sólo quería insistir en esa absoluta plasticidad
de su psiquismo, que lo hace indefenso frente a las influencias
de su ambiente y de sus relaciones afectivas, desde los prime­
ros momentos de su existencia.
Estas influencias sociales, que puso de relieve el psicoaná­
lisis, no fueron bien recibidas por los ideólogos marxistas. Sus
descubrimientos los consideraron como producto de una socie­
dad burguesa, irreconciliable con el materialismo dialéctico. No
son los problemas psíquicos e internos, sino las estructuras
sociales, las que dibujan un determinado modelo de sexualida <
que sirve también para mantener las diferencias de clases, oS

i! y * - ’ P°T ejemplo, L. Cencillo, o.c. (n. 5).


Una teoria sexual, OC (n. 4), II, 1205.

138
rivilegios del poder y hacen del oprimido una persona débil
P !¡n resistencia. Sin embargo, pronto se constató la importan-
^ de este análisis en el estudio de la misma realidad social
sfel psicoanálisis no tolera nada —arte, religión, mitos, educa­
ción cultura— que permanezca a las sombras del inconscien­
te su valentía hay que llevarla al extremo y no creer en la
posibilidad de un verdadero cambio interior mientras no se
eliminen las estructuras sociales vigentes. Muchos psicoanalis­
tas se quedaron a medio camino en la lucha por la verdad,
temerosos ante el inconsciente colectivo, sin llegar hasta las
últimas conclusiones. Por eso deberían encontrar en el marxis­
mo su enriquecimiento y complementandad.

17. M a rx ism o y p s ic o a n á lis is :


un e n fo q u e c o m p le m e n ta r io

Pero por otra parte, el marxismo debería aprovecharse tam­


bién de los métodos aportados por el psicoanálisis para la
explicación de otros fenómenos, cuya etiología pertenece más
al ámbito del psiquismo que de la economía. La docilidad
impresionante de las masas a un totalitarismo autoritario no
puede comprenderse nada más que por los elementos de na­
turaleza psicológica. A la justificación demasiado materialista
y extema del marxismo, el psicoanálisis demuestra cómo esas
ideologías son expresiones racionalizadas de otras necesida­
des instintivas, que influyen extraordinariamente en la con­
ducta humana, pues las leyes económicas actúan también sobre
ttna psicología compleja que tiene su propia estructura y sus
mecanismos de reacción. Su empleo, por consiguiente, lleva
a un conocimiento mucho más ampliado de las fuerzas que
regulan el proceso social y una seguridad mayor en la
comprensión de los procesos históricos y de las ideologías
ln uyentes de cualquier sociedad.
Reich representa una de las primeras tentativas de esta
rlnc^ ac^ n y es considerado como fundador de la corriente
eu ^roarxista ' 1. Pero ha sido E. Fromm, desde un marxis­

lo fon d am ^ 'i08” lo11* Cltada en la n. 12 del c. I y lo que allí


T f de su P«ns«mienlo. También J. Taberner-C. Rojas. Marcase,
ftch: el freudomarxi.tmo. Cincel, Madrid 1985.
139
mo mucho más humanista, quien ha progresado por esta Iínea
aunque con diferencias muy significativas. El papel de |¡¡
sexualidad no alcanza un nivel tan alto y preponderante como
en otros autores, sino que va a insistir con más fuerza en la
importancia de la sociedad para el modelado de lo qUe ¿|
llama el carácter social. La maduración de la persona no se
consigue nada más que por la vía del amor oblativo, hecho de
respeto, comprensión, responsabilidad y espíritu creativo. La
pulsión sexual requiere esta misma orientación para conseguir
la meta de toda pedagogía educativa: llegar a ser, en lugar del
simple tener. O dicho con otras palabras, abandonar la opre­
siva carga de tantos deseos y ambiciones materiales, mercan-
tilistas e interesadas, para reencontrarse con las exigencias
más hondas e íntimas del ser, que postula el amor, el placer
y la comunión. La savia del judío que, aunque se confiesa
increyente, ha conocido el mensaje revelado, se halla latente
en todo su pensamiento32.
Su protesta nace, entonces, contra el tipo de sociedad en
la que vivimos, donde los valores fundamentales son el
mercantilismo, la posesión y la competitividad, que bloquea
en sus raíces el desarrollo del amor e impide que el sexo se
viva en un clima de relación personalizada. Semejantes esque­
mas, especialmente cuando son transmitidos por las institu­
ciones, moldean al individuo de tal manera que lo imper­
meabilizan para el descubrimiento y praxis de las necesidades
más humanizantes. Fromm está muy lejos, por tanto, de las
proclamas ingenuas y libertarias de la revolución sexual. El
ser humano requiere una configuración de su conducta y sexua­
lidad. El punto clave consiste en conocer qué normas orien­
tadoras se ofrecen y qué mecanismos se utilizan para su
imposición. La enorme influencia de estos factores sociales en
el proceso psicológico de formación exige una preocupación
mucho más grande por la dimensión politica y social del sexo.

32.Para.un ^ lis is más a fondo de su doctrina, A. C aparrós, El cara**


!LfS^FUn E: ich Fromm, Sígueme, Salamanca 1975; F. M oreno, Hont r ¿¡
d pen3ami ent 0 de Fromm , FCE, México 1981; D. Sabiote.
taciÁni ii eL ^uman*smo en Erich Fromm y H erbert M arcuse . (Una con}
tación), U. Pontificia, Salamanca 1983.

140
El hombre unidimensional:
18‘ la urgencia de una reforma

Í0S análisis de Marcuse han insistido mucho en este influjo


cial No basta la lucha y la ascesis del instinto para doble­
g o a otros valores superiores, sino que se requiere un paso
más El principio de realidad, con la correspondiente dosis de
renuncia, sigue siendo una verdadera exigencia humana. Sin
embargo, no hay que justificar con él un exceso de represión,
como sucede en nuestra sociedad capitalista. El error funda­
mental consiste en no distinguir con claridad los procesos
biológicos, donde la renuncia se hace muchas veces necesaria,
v la superrepresión impuesta por la dominación social. Una
civilización absolutamente liberada sería absurda e impensa­
ble, pero tampoco se puede aceptar la esclavitud alienante de
una sociedad en la que la persona se valora por la ley de la
producción y del consumo.
El hombre unidimensional es el gran retrato de la persona
dominada en todos los aspectos de su vida e incapaz de una
existencia libre por haberse convertido en un gigantesco robot
dentro de las industrias modernas. Pide, por ello, no una mera
revolución política o económica, sino un cambio radical de
toda la existencia para que la sociedad deje de ser una fábrica,
en la que se imponga al ser humano lo que debe pensar (con­
trol de la educación), lo que debe hacer (alienación del traba­
jo), lo que debe comprar (control del consumo) y hasta lo que
debe desear (presión de la publicidad), dándole, al mismo
tiempo, la conciencia de que actúa con autonomía. En el
análisis de las nuevas sociedades modernas, se esconde, bajo
apariencias democráticas, una terrible estructura totalitaria
asada en la explotación del hombre por el hombre.
Si el hombre moderno ha llegado a esta dosis de erotización
esenfrenada no es consecuencia exclusiva de su perversión,
?ln° ^as condiciones económicas y laborales en las que se
a a sumido. La principal realidad que se impone, como una
DrnH^Cconstante de renuncia a sus satisfacciones, es el factor
Que r ^ f 0’ dentro de un sistema donde no caben otros valores
una v ;?cac’a V el consumismo. El trabajo se ha convertido en
Prese . a(*era a^ enación, más deshumanizante todavía por la
ncia de la máquina, que anula todo sentido creador.
141
En esas condiciones de asfixia humana, por faltar espacio
para el ocio y la tranquilidad, el sexo busca un desahogo
instintivo, una compensación meramente genital. El hombre,
vasallo del sexo, es un fruto de tantas esclavitudes laborales.
De ahí la perspectiva utópica de que, al ser liberado de estas
condiciones, alcance una libertad más humana y pueda vivir
la sexualidad en toda su dimensión. Por ello repite de manera
constante que el progreso no debe continuar en una línea
cuantitativa —más dinero, más libertad, más comodidades,
más sexualidad—, sino que ha de dar un salto cualitativo, que
rompa las ideologías y los sistemas provocadores de la insa­
tisfacción reinante en la sociedad actual 33.

19. Requisitos sociales para la educación

Cuando la sexualidad se legitima como puro valor de consu­


mo, como búsqueda compensatoria de fracasos afectivos, la­
borales o económicos, cuando se impone un modo de conduc­
ta contrario a la dignidad del sexo como normal y aceptable,
se necesita mucha fortaleza y autonomía para no caer en los
esquemas de comportamiento ajeno a nuestro ideal. Si la
educación es un elemento insustituible, sería absurdo presen­
tar una ética que no tuviese en cuenta los presupuestos bási­
cos para que aquélla pudiera efectuarse. Educar es hacer al
hombre sensible para sentirse impresionado por los valores
humanos, pero esta sensibilidad valorativa no es posible sin
un mínimo de cultura, ambiente y educación. Antes de exigir
una determinada moral hay que protestar y mejorar primero
una serie de circunstancias que condicionan, en gran parte, la
misma maduración del individuo.
Decir que la sexualidad es un lenguaje de amor cuando13

13 C f la bibliografía citada en la n. 44 del c. 1. Además, R. R eiche.


Sessualitá e lotta di classe, Laterza, Bari 1969; J. M. Pohier, ¿ E s u n i d i m e n ­
sional el cristianismo?, Concilium 65 (1971) 187-199; H. D e L avalette,
Sexualité et politique. RechScRel 62 (1974) 55-80; J. M. A ubert, S e x u a l i t é
et vie sociale, Supplément 27 (1974) 458-479; A. V alsfcchi, Nuevos caminos
de la ética sexual, Sígueme, Salamanca 1974, 56-61; J. B asabe, Sexualidad
y política, MisAb 69 (1976) 403-409. E. López A zpitarte, La dimensión
social de la sexualidad, EstEcl 56 (1981) 1237-1252; N. G alli, o . c . (n. 1), 58-

142
rcv*iw -
un nivel humano superior. Entre otras ra7 a
utilizaría un idioma que para esa persona rü” ’ P°rque se
clima social que ha respirado, le resultaría , 'oncreta- por el
comprensible. Como el absurdo de enseñar ? 0^ 0 e in'
todavía no conoce el abecedario: 3 eer a cluien
“En este caso, como entre tantos otros, el camino verda­
deramente real de la moralidad sexual pasa por la transformación
de las condiciones económicas. No me meto en cómo llevarlas
a cabo. Pero lo que no se puede negar de ninguna manera es que
esa transformación social es lo que quiere la moral sexual y no
seguir predicando y condenando tranquilamente instalados en
un confort —quizá bien relativo— adquirido precisamente gra­
cias al trabajo de esas gentes" J\

Pedir que el sexo se convierta en un lenguaje de amor


cuando la familia y la sociedad educan para el individualismo,
la competencia, el interés y provecho personal no deja de ser
absurdo y contradictorio. La estructura psicológica que domi­
na en nuestras relaciones sociales con los demás se impondrá
también en el ámbito del sexo. Y si la persona socialmente no
ha sido educada para un encuentro solidario y oblativo.será
muy difícil que la sexualidad llegue a vivirla con este talante
humanista y cristiano. Cómo se pueden concretizar algo más
estos criterios básicos es lo que veremos en el siguiente capí­
tulo.70

70 ^ Bellet, Realidad sexual y moral cristiana, Desclée, Bilbao

143
C a p ít u l o 5

EXIGENCIAS BÁSICAS
DE LA MORAL SEXUAL

1. Niveles fundamentales:
las concretizaciones del amor

La sexualidad es una acción llena de simbolismo que mani­


fiesta una actitud amorosa de encuentro y comunión. Pero,
como sucede también con otros comportamientos humanos,
encierra al mismo tiempo un carácter utilitario por la compen­
sación y el placer que reporta. Sirve para expresar el amor
interior y gratifica hondamente al individuo que la vive *; como
la comida, que es una fuente de bienestar biológico y puede
convertirse, a la vez, en un símbolo de amistad y afecto. La
ambigüedad de estas acciones resulta evidente. Sobre ellas cae
la amenaza de que pierdan su dimensión simbólica para redu­
cirse a su aspecto puramente placentero, en el que sólo se
busca la propia satisfacción y utilidad. Si hemos insistido en
la importancia y urgencia del amor como criterio básico, es
con el deseo de superar semejante riesgo y aprender este len­
guaje complejo, donde se mezclan dinamismos contrapuestos2.
El cariño y la ternura se hallan entretejidos con otras pulsio-

w . ^ López Azpitarte, Fundamentación de la ética cristiana, Paulinas,


Madnd 1991, 200-202.
Véase la critica que hace de este planteamiento G. Fourez, CAoúr éthi-
et cor*ditionnement social. Centurión, París 1979. 169-179. Sin
^ mismo que él dice acerca del am or podría aplicarse al sentido de libera-
de, ’ que él pone com o fundam ento de la ética sexual. Tanto las <*igcncws
coL autén*'co com o las de la auténtica liberación necesnan p o st^ o res
o ^ ,ZxacÍOncs’ «o van a ser adm itidas por los que defiendan u n.
acepción e ideología diferente en la significación de esos vocablos.

145
nes más orgánicas e instintivas, que se han de integrar armo­
niosamente en una palabra común, llena de significado.
Aunque ya se han analizado las características de este
amor, que lo distinguen de tantas falsificaciones e hipocresías,
tal criterio resulta aún demasiado abstracto en su generalidad.
Sin intentar todavía una valoración ética de los comporta­
mientos concretos, quisiera determinar un poco más cómo
deben encamarse las exigencias de ese amor en los diferentes
niveles de la personalidad con los que el sexo se encuentra
vinculado. Son valores básicos en cualquier actividad de este
tipo, que servirán como puntos de referencia en nuestras va­
loraciones éticas de los capítulos posteriores.
Voy a fijarme en tres niveles que me parecen más
fundamentales. El persona/, que busca la maduración y el
equilibrio de la propia libido para canalizar esta fuerza en
función del proyecto presentado. El relaciona/, donde entran
las diversas formas de diálogo, para que la llamada que se
despierta hacia el otro se viva como un gesto de comunión
respetuosa. Y finalmente el social, para que no se olvide la
dimensión pública y comunitaria que se hace presente en este
campo concreto.

2. El nivel personal:
hacia la maduración de la libido

La humanización de esta libido, en todas sus expresiones, es


el requisito primero para una conducta sexual. Cualquier
normativa busca defender, en cada uno de los niveles en que
se aplique, la pureza y la verdad del cariño, descubrir la su­
perficialidad de los sentimientos, desenmascarar los engaños
sutiles, impedir la comercialización y el juego de las perso­
nas, poner en guardia contra los peligros del placer, evitar un
estancamiento en el desarrollo y maduración de la persona, y
no dejarse arrastrar por el instinto, que dificulta el diálogo
trans^enle, respetuoso y sensible. Se trata de condenar, en
a ra’ a mentira de actitudes que se adjetivan m u c h a s
veces como amorosas.
no MenrJ¡ijnte^raC'° n ^ sexo en e* psiquismo de cada uno
posible sin un esfuerzo ascético y educativo, que lleve
146
• reconciliarse con esa real,dad, integrar sus
anárquicas, moldearla con una configuración í C,as
que no se convierta en algo incontrolable sm n ^ S ’ P3ra
dominio, como una fuerza caótica que se ’imnon b,' 'dad de
voluntad. No quiero con ello caer en un 3 Pr°pia
si el sexo fuera una corriente impetuosa perfecuSem’ C°m°
üzada. Ya diré al final del capítulo lo d , S aiT e! T*'
,Uta y definitiva integración, pues queda s,en!pre en el “n S í
algún resto que no se ha humanizado por completo o Z T Z
se resigna a vivir para siempre renunciando a sus teídenci °
mas primitivas. Creer que todo está integrado o que algS T
se alcanzara esta completa integración nace de una i Z * n
demasiado narcis.sta, que pretende ignorar nuestro frágil emú
librio. Pero no vale tampoco, apoyándose en este presumSto
renunciar a cualquier tentativa y dejarse conducir por las ne
cesidades biológicas.
Para evitar equívocos, nacidos con frecuencia de prejui­
cios interesados, convendría distinguir con nitidez entre el
instinto y la pulsión, que se consideran muchas veces como
términos sinónimos '. El primero es una exigencia enraizada
en la misma biología, con un determinismo muy concreto y
específico, que no hay más remedio que satisfacer, aunque tal
satisfacción pueda obtenerse en proporciones diferentes. La
naturaleza ha dotado a todos los animales, incluido al ser
humano, de una serie de comportamientos innatos, orientados
a la consecución de un objetivo ineludible para la propia
supervivencia. Sus mecanismos están regidos por una base
neurológica y muscular que desencadenan una respuesta in­
evitable. El hambre, la sed o el descanso, por citar algunos
bien conocidos, revisten tales características y son im­
prescindibles para la existencia humana. Se podra comer en
mayor o menor cantidad, pero nadie puede renunciar a im
mínimo de alimentación para vivir, por muy gran e que
su ascetismo y sobriedad. Son leyes que fijan y deteimi
conducta sin necesidad de ningún aprendizaje previo.

n r 11 Biblioteca Nueva,
1 Cf S. Freud, L os instintos y sus destinos ,
Madrid 1972-1975, 2039-2052.
147
3. Determinismo animal
y responsabilidad humana

El comportamiento de los animales está regido por este mun­


do instintivo que dirige también su conducta sexual. Como ya
insistimos en otra ocasión, el ser humano nace en un estado
de indefensión mucho mayor que el de los irracionales, al no
estar protegidos, como ellos, por la fuerza eficaz de los ins­
tintos. De alguna manera, no tenemos una garantía de fabri­
cación, que encauce nuestras acciones con una teleología pre­
cisa. Pero si bajo este aspecto somos débiles y estamos
desguarnecidos, nuestra grandeza radica precisamente en esta
aparente debilidad4. Muchos de estos instintos primitivos,
como el sexual, aparecen modificados en el ser humano y se
transforman en una pulsión. El rígido determinismo de aqué­
llos, aunque no desaparece por completo, se rompe y se fle-
xibiliza. El “perverso polimorfo”, dúctil y maleable como un
pedazo de cera, posee la capacidad de autodeterminarse y
autodirigirse por su propia libertad.
La pulsión, entonces, no protege ni modera con la eficacia
del instinto, pero permite otro tipo de dominio responsable,
para orientarla hacia otros posibles objetos. Esto significa que
no constituye ninguna necesidad que se ha de satisfacer irre­
misiblemente, pues, a pesar de una cierta orientación, no está
determinada por completo.
La libido humana, por tanto, no posee un objeto tan fijo
como la de los animales, ni resulta necesario su ejercicio
genital como si se tratara de una verdadera exigencia. Tendrá
una orientación más común hacia la alteridad con el otro sexo,
pero puede configurarse de otras formas diferentes, buscar
otros estímulos, obtener nuevos tipos de satisfacciones, hasta
el punto de que es posible ciertas desviaciones que no se
encuentran en el reino animal. Incluso su base orgánica es
bastante menor, ya que las funciones y mecanismo biológicos
están mucho más influenciados por factores psíquicos, socia­
les o culturales. Es decir, el ser humano no es un animal que
necesita de una domesticación para crearle reflejos condicio­
nados, sino que requiere fundamentalmente una educación

4 Cf E. López Azpitarte, o .c. (n. 1), 47-51.

148
^ponsable para darle la configuración de**,* a m
pulsiones. H
por otra parte, esta tarea se realiza a lo laron a»
ces0 histórico5. La libido no es una fuerza estática q™
rece de pronto en el despertar de la adolescencia. Su génest
comienza desde as pnmeras experiencias mfantiles, como “
dinamismo frag.l que intenta unificar armoniosamente en «S
tensión posterior las múltiples pulsiones parciales de las éoo
cas anteriores. Es como la corriente final de un río donde se
junta y entremezclan diversos afluentes. Se podrá o no estar
de acuerdo con los presupuestos freudianos, pero nadie duda
de la complejidad de este proceso evolutivo, en el que inter­
vienen una serie de factores que no dependen siempre de
nuestra voluntad y sobre los cuales el inconsciente mantiene
siempre un dominio relativo.
En cierto sentido, durante esta primera época de la infan­
cia, no habría que hablar tanto de la educación sexual cuanto
de la educación afectiva, ya que la sexualidad no es nada más
que un aspecto del equilibrio y maduración de cada individuo.
No es el sexo lo que se educa, sino la personalidad entera que
se abre, poco a poco, hacia un estadio de oblatividad. Sería
absurdo, como ya dijimos, que alguien pudiera vivir el sexo
como lenguaje de amor, cuando se le orienta para estar cen­
trado sobre sí mismo, para buscar siempre un beneficio en los
otros y aprovecharse de los demás, para mercantil izar, en una
palabra, cualquier relación humana. No son los presupuestos
mejores para la maduración sexual, porque tampoco humani­
zan ni maduran a la persona.

4. Nivel interpersonal:
el erotismo y la pornografía

Este nivel personal es el que capacita para un diálogo con el


otro sexo. Pero cuando hablamos de amor no queremos tam-
c.. J Laplanche-J. B. Pontaus. D ic c io n a r io d e P sic o a n á lisis, Ubor, Bar-
h u lm 96 *• M -69i J- Money-A.T. Ehrhardt. D e sa r ro llo d e la sex u a lid a d
Morata, Madrid 1982; X. Thévenot, Cristianism o y d e sa rro llo sexu al,
) e V UUV 1S (1982> 228-240; J. Cristino, S ex u a lid a d y d esarro llo ,
f \ \ o L f í ° UCÍÓn s e x u a l d e s d e e l a c i m i e n t o h a sta la p u b e rta d , Facultad de
,0S0fia > Letras, G ranada 1984.

149
poco caer en un esplritualismo ingenuo y peligroso, como Sj
en la fuerza que impulsa a la búsqueda sexual o genital de|
compañero no hubiesen elementos biológicos e instintivos,
que forman también parte de esa misma llamada. Eliminar
tales contenidos se hace una tarea imposible, a no ser que se
repriman o encubran bajo falsas apariencias. Lo importante
es, una vez más, que no sean ellos los que predominen, sino
que permanezcan integrados dentro de la corriente afectiva y
amorosa. Para comprender cómo es posible tal armonía, vale
la pena clarificar previamente los límites entre el erotismo y
la pornografía.
Hacer una valoración humana y ética de este fenómeno no
es fácil, precisamente por los puntos de vista tan distintos
desde los que se realiza. En cualquier hipótesis, habría que
plantearse una pregunta previa sobre la que vamos a reflexio­
nar, antes de sacar ninguna conclusión: ¿Hay que designar
como obscena y pornográfica cualquier exhibición del sexo?
¿No puede darse una manifestación erótica plenamente acep­
table? Dicho de otra manera: ¿existe alguna diferencia entre
erotismo y pornografía?
La confusión de ambos términos conduce a unos extremis­
mos radicales. Si lo erótico se identifica con lo pornográfico,
será siempre rechazable, sin que pueda darse ninguna carta de
ciudadanía a este tipo de manifestaciones, por su vinculación
estrecha con una pornografía grosera y deshumanizante. La
identificación que aparece en el lenguaje y en la conciencia
generalizada de muchos lleva a una condena sin paliativos. El
erotismo y la pornografía tienen como objetivo una misma
finalidad: la estimulación del sexo en su sentido más biológi­
co y genitalizado, aunque después puedan diferenciarse por
otros aspectos marginales y accesorios. El deseo de distinguir
es ya un error lamentable, pues “querer rechazar la pornogra­
fía admitiendo el erotismo es tanto como pretender engañar a
quien está dispuesto a ser engañado, porque uno y otro pres­
cinden del contenido espiritual de los actos humanos; rebajan,
en definitiva, al hombre situándolo en el plano de la pura
animalidad 6. Lo erótico entra de lleno en el campo de la

J. A. Castro Fariñas, Pornografía, erotismo v derecho , en AA.VV.. Lv


pornografía, Centro de Estudios Sociales, Valle de los Caídos, Madrid 1977.

150
degradación y d e Ja pato lo g ía, y tal distinción

““ ,U e " ° “ * ' ‘" “ ' re


O, por el contrario, si el eros parece dio™
habrá que aceptar al mismo tiempo los e l e m E j
C0S que irremisiblemente contiene. Se trata de coS T I
cercanos y fronterizos que no admiten ninguna
clanficatoria. Podrá darse una descripción aPS n a ¿ “E i "
ca, configurada por la cultura del momento, donde sé en7~
mezclan muchos elementos comunes, y que imposibilitan ^
tanto, cualquier intento de distinción. Las consecuencias' Z
de ah. se deducen son coherentes con tales premisas El fenó
meno pornográfico forma parte de la naturaleza humana, como'
un elemento mas del que no se puede prescindir Es más.
dentro de la compleja psicología del hombre, juega tambS
importantes funciones positivas, como después apuntaremos
que no se deben eliminar con ninguna norma condenatoria!
entre otras razones, porque “hacer un delito de una falta que
nadie puede definir es... "mostruosamente tonto’” 7.

5. Características peculiares

Esta dificultad en discernir no significa, sin embargo, negar


sus diferencias. Es verdad, como ya dije, que en el lenguaje
normal y hasta en los mismos diccionarios se identifican y
confunden sus significados. La película, novela u obra que se
adjetiva como erótica indica el carácter pornográfico de la
misma. Creo, sin embargo, que existen elementos suficientes
para una mayor clarificación.
Ya en El Banquete de í latón, el eros (amor) aparece en
labios de Sócrates con unos rasgos significativos. Es un ge-

79-147 (la cita en la p. 140). Algo parecido afirma búsqueda del


el erotismo y la pornografía tienen en común es ^ cI placer, redu-
Pjaeer, aislado de su contexto genético. Se tra . . . medio de refi-
ciéndolo a su aspecto fisiológico m ás soez 0 censura. CivCatt 135/2
natmentos reb u sca d o s". Erotismo, pornografía
(1984) 49-52 (la cita en la p. 49). P»idós, Buenos Aires 1969.
D. Loth, Pornografía, erotismo y llteratu¿ ' aoncada, Alianza, Madrid
loo ,Vcr íambién J. F errater M ora -P. C ohn, É
W , 160.

151
niecillo divino, poderoso, indomable, fecundo, fuerte y em.
prendedor, como hemos visto, pero que, al mismo tiempo^
experimenta la necesidad, se siente pobre e indigente, a la
búsqueda constante de una plenitud que le falta, de un corrí-
plemento que anhela para su completa satisfacción. En el fondo
de su nostalgia hay un anhelo de la Belleza suprema y tras­
cendente8. Es, por tanto, el dinamismo que nos hace trascen­
der lo material y visible para elevamos hasta el Bien supremo.
Incluye ciertamente el atractivo de índole sexual, por el qUe
el hombre y la mujer se sienten llamados a una comunión
recíproca y complementaria, pero sin quedar reducido a él,
pues abarca también todo el mundo de símbolos que fomenta
el interés humano, moviliza la fantasía, despierta la emoción
que gratifica y satisface, pero que ahonda también el ansia de
un bien superior. En este sentido, el erotismo sería algo que
llena ciertamente la propia indigencia, pero que encamina hacia
la plenitud del amor. Una promesa que ofrece satisfacción y
quietud, pero que deja a medio camino y abre el horizonte,
precisamente por su menesterosidad, a un valor más trascen­
dente y definitivo.

6. El simbolismo erótico del cuerpo

Si el cuerpo es la gran metáfora del ser humano, el único


sendero posible para entrar en relación con los demás y la
palabra más original y primitiva de cualquier comunicación,
tiene que jugar un papel importante en la experiencia amoro­
sa. Al ser el principal mediador de todo encuentro, se convier­
te en el gran signo erótico del deseo amoroso. Como signo,
sugiere, moviliza, atrae y estimula hacia la comunión, donde
entran también el placer, la sexualidad y hasta la misma ge-
nitalidad, pero revela y manifiesta, justamente por su carácter
de mediador, la existencia de algo que colma la nostalgia de
plenitud. El erotismo se apoya, pues, en el cuerpo humano, se*•

r f i PoLATÓ” ’ El Ban<f uete 0 amor, OC, Aguilar, M adrid 1981, 583-590.


• 0BI^ ’ ^ a théorie platonicienne de i ’amour , Gregoriana, Roma 1964; J
l Uómez M untAn, Itinerario platónico del amor , Pensam iento 22 (1966) 23-
79-90 CARRIZ0SA’ La erótica en la filosofía de Platón , CuesTeol 17 (1991)

152
siente atraído por las múltiples llamadas que lo seducen pero
nunca se acerca a el o lo ofrece como simple realidad bioló­
gica o instintiva y como puro instrumento de placer, sino que
lo descubre como portador de un mensaje humano, y lo pre­
senta como palabra significativa que invita a una comunión
personal. Se designa como erótico, por tanto, a todo ese
mundo de signos y mediaciones que con los gestos, imágenes
y palabras moviliza a la psicología para abrirse a este tipo de
am0r' 11 ' ,
La riqueza y la limitación de esta inclinación amorosa
—de naturaleza diferente a lo que el cristianismo designó
después como amor (<agape)^— tiene sus propias leyes y me­
canismos psicológicos. Por su propia naturaleza exige una
oscilación permanente entre lo real y lo imaginario, un juego
constante entre lo oculto y lo revelado, como un contraste de
luz y de sombras, de apertura y misterio, de promesa cercana
que despierta la ilusión y valoriza con una cierta lejanía, con
el silencio de una espera, la conquista y seducción del amado.
Si se consumara desde el principio la felicidad ofrecida, ya no
existiría lo imaginario y el deseo desaparecería, satisfecho,
hasta otra ocasión
El auténtico erotismo busca impedir la vulgaridad, el abu­
rrimiento, la rutina, la mera instintividad, creando una atmósfe­
ra de misterio, encanto, respeto, búsqueda y admiración. Pero
no se trata de una técnica refinada para disfrutar del placer o
de un estudio científico sobre los mecanismos biológicos que
lo favorecen o disminuyen. La corriente erótica, como el dios
pequeño que conduce hacia regiones superiores, subraya por
encima de todo la supremacía de la persona, va más allá de
la pura biología y hace del cuerpo un sendero que no acaba
en el gozo de su posesión. Es el encuentro con el otro lo que
anhela, la apertura hacia la comunión personal, como un don
que regala para ofrecer un poco de alegría e ilusión, y como
signo de su propia indigencia y soledad, que mendiga también
Una limosna para su vacío interior11.

J L iebart, Ancienneté el nouveauté de l'amour


^ ' « Pires de lE g lise , MeIScRcI 45 (1988) 59-82 J.
P X mo ™ la ¿tica fenomenotógica de los valores. DiálF. 6 (1990) 195 212.
,, AA.Vv., Lérotism e, Éd. Universitaires, ’I L „ ..6
A. Blanch, Erotismo y pornografía , RyF 192 (I

153
7. L a p o rn o g ra fía :
u n a d e g r a d a c ió n d e l e r o tis m o

Y es aquí precisamente donde reside todo su peligro y amb,.


güedad. No alcanza la densidad y hondura del auténtico amor
cristiano, ni siquiera es comparable con los rasgos de una
verdadera amistad, que brotan de otros presupuestos distintos
y reflejan un rostro con una fisonomía diferente. Es una fuer-
za espontánea que hace salir de sí mismo, pero demasiado
frágil todavía para romper siempre el círculo egoísta que nos
rodea. El diálogo que comienza puede resbalar hacia un sim­
ple monólogo, la apertura iniciada inclinarse hacia un encuen­
tro interesado, donde el otro ya no es sujeto de relación, sino
objeto que satisface y del que uno se apodera y lo utiliza para
su exclusivo provecho e interés. Los signos eróticos pierden
su sentido trascendente, no impulsan más allá de la corpora­
lidad, como si no hubiera otro horizonte que la llamada del
instinto, y la biología se convirtiera en la meta última de todo
el proceso. Desde el momento en que el erotismo no continúa
su itinerario hasta la comunión personal y se estanca en lo
biológico e instintivo, el cuerpo queda rebajado para conver­
tirse en un estímulo pornográfico.
La pornografía podría definirse, entonces, como la degrada­
ción del erotismo o como una erotografía de baja calidad.
Haciendo alarde de realismo, con pseudojustificaciones saca­
das de la naturaleza y de datos aparentemente científicos, se
elimina toda la dimensión humana del eros y la preocupación
se centra en lo físico, en el placer egoísta, para conseguir con
la técnica más eficaz la mayor satisfacción posible. El cuerpo
no es lugar de cita ni sendero de comunión, sino un simple
pedazo de carne que alimenta y sacia la soledad y el vacío
interno. Y el mismo sujeto que así lo ofrece se destroza como
persona, pues lo entrega como una vulgar mercancía a quien
haya pagado más.
Lo pornográfico es, por tanto, la antítesis del erotismo, ya
que constituye su más completa y absoluta destrucción. La
misma etimología descubre ya su trágico significado. PorneiR
es el término griego que se aplica a la prostitución, y prosti-
tuirse es ofrecer el cuerpo como una mercancía, darlo Para
que otro lo utilice a cambio de unas monedas.
154
p o s ib ilid a d d e u n d e s liz a m ie n to :
|a m ira d a d el e s p e c ta d o r

La frontera entre ambos conceptos, por lo que hemos dicho


hasta ahora, se hace demasiado permeable. La posibilidad de
deslizamiento hacia lo pornográfico se halla siempre presente
en cualquier signo erótico, ya que la libertad e intención de la
persona es la que, fundamentalmente, puede rebajarlo a un
nivel instintivo o darle una dimensión humana, sobre todo
cuando ambos aspectos se entremezclan con frecuencia en una
misma realidad, aunque la proporción sea diferente según los
casos concretos. Es más, una determinada representación que
pudiera ser pornográfica sacada de su contexto, se purifica de
este carácter integrándola dentro de un conjunto, donde ad­
quiere su verdadero significado. Baste pensar en los frescos
de ciertas catedrales, cuya expresión, aislada del simbolismo
que representan en armonía con otras, resultaría un tanto
obscena e indigna.
Esto significa que el “ojo" o el “corazón" del espectador
son un factor preponderante para ver un mismo símbolo con
una óptica bastante diferente. La dimensión pornográfica va a
depender de la lectura e interpretación que cada uno le quiera
dar a los signos eróticos. Sobre la obra de arte más exquisita
y armónica puede proyectarse una mirada turbia y rastrera que
elimine por completo su mensaje artístico y humano. De la
misma forma que el ojo limpio sabe purificar mucho sus ele­
mentos pornográficos para descubrir, por encima de todo, sus
valores eróticos y trascendentes. La pornografía que mancha,
recordando la frase de Jesús (Cf Me 7,21), no es tanto la que
viene de fuera, sino la que sale del corazón del hombre. El
escándalo de unos frente a la naturalidad de otros tal vez
radique, muchas veces, en que se proyecta sobre los demás las
propias vivencias y reacciones. Sin negar tampoco que el
naturalismo" de estos últimos puede suponer también una
visión demasiado biologicista o una justificación aparente de
°tras motivaciones, como las “exigencias del guión" para cier-
tas escenas.

155
9. Influencias culturales:
diversas lecturas de la realidad

Además de las actitudes personales, es cierto también que |a


cultura ejerce una influencia extraordinaria en la expresividad
de los signos para darles un significado erótico o pornográfi.
co. En una época determinada, o dentro de un clim a social
concreto, ciertas formas aparecen como hechos norm ales y
aceptables o están cargadas de contenido negativo. El ambien­
te cultural hace también que el acercamiento a la realidad se
efectúe a partir de unos valores que matizan su lectura e in­
terpretación ,2. Esto relativiza aún más las fronteras entre lo
erótico y pornográfico, según los criterios h istó rico s de cada
momento o los que predominan en una d eterm in ad a región.
Películas que escandalizaron hace algunos años son vistas hoy
con toda naturalidad, sin que levanten la cu rio sid ad morbosa
que entonces despertaron. Lo mismo que el que buscara un
carácter pornográfico al desnudo de ciertas etn ias convendría
que analizara su interior13.
En esta relatividad histórica y cultural, que no puede ne­
garse, se apoyan algunos para la tolerancia y perm isividad de
cualquier comportamiento. No se han de p ro h ib ir o condenar
manifestaciones que, a lo mejor, dentro de algunos años, van
a perder su sentido obsceno y morboso. Más bien, habría que
ir superando esos prejuicios y valoraciones absurdas, educan­
do a la gente desde el principio para que se enfrente con el
mundo del sexo en un clima de libertad absoluta. Los miedos,
prohibiciones y sentimientos de culpa son los que condicio­
nan y fomentan las vivencias pornográficas. La solución no
consiste en promover una campaña moralizante, sino en crear
un ambiente sociológico, donde todo se admita con naturali­
dad y sin ninguna limitación.
La conclusión no creo que se deduzca de esos c a m b io s y*143

. r ..
^ PEZ Azpitarte, oc (n. 1), c. 6. No com prendo cómo se puede
efínir la cultura como “el conjunto de descubrim ientos y creaciones humanas
enlazados con el móvil de buscar a Dios”, J. A. C astro F ariñas, a.c. (n. 6).
143.
hakuk^0d1 ^ a .rCCUCrdo.c* comcntario de una anciana en el Camerún, que me
i iww-ü 80 / C 3 rc*aJacrá” de las jóvenes africanas, porque en lugar de HevaJ
sujetador * aire’ como s‘cmPrc se ha hecho, ahora empiezan a utiliz»r c

156
fluctuaciones culturales. Aunque cada época tenga criterios
algo diferentes, que condicionan la mayor o menor tolerancia
de ciertas expresiones y comportamientos, existen algunos
valores fundamentales cuya vigencia parece incontestable.
Desde un punto de vista ético y humanista habría que afirmar
y defender que todo lo que sea una instrumentalización de la
persona, fomente la búsqueda del mero placer sin ningún tipo
de relación humana, subraye exclusivamente los aspectos bio­
lógicos del sexo, invite al ejercicio de la pasión instintiva e
incontrolada, incite a la violencia, agresividad o falta de res­
peto, o se convierta en una fuente de ganancias económicas o
de intereses políticos, resulta indigno y deshumanizante. Nin­
guna persona sensata aceptará que un proyecto como este sea
el modelo de sexualidad que ha de imponerse en nuestro
mundo. Si el mensaje de una obra ya hemos dicho que puede
ser traducido por la perversidad o limpieza de la persona, es
evidente que existen también muchos mensajes objetivos, cuya
lectura es tan explícita que no cabe otro tipo de interpretación.
Lo que ahí se busca no es nada más que la exaltación del
sexo, en manos de la instintividad utilitaria y egoísta.

10. Significado verdadero del pudor:


el respeto a la intimidad

A la luz de estas consideraciones deberíamos enfocar todos


los problemas éticos, comenzando por las primeras manifes­
taciones de la cercanía y atracción sexual. La educación del
pudor aparece como paso previo para esta humanización. Santo
Tomás lo considera como una pasión que provoca cierta ver­
güenza y malestar cuando se penetra en este terreno1. Es un
mecanismo psicológico e instintivo de defensa, una reacción
espontánea, que actúa como un freno frente a impresiones o
posturas que pudieran herir la sensibilidad. Aunque se mani­
fieste a veces como un sentimiento casi patológico, que se
Aplicaría por diversas causas, su función en el hombre tiene
Una exquisita finalidad, pues intenta mantener el clima intimo
y necesario para que el sexo no pierda su misterio y su can
II-Il. 144 y 145. Cf J.-Ci. B ologne, Histoire de la pudeur.
París 1986
157
dor. Ocupa un lugar intermedio entre la desvergüenza sin lí­
mites y la mojigatería absurda e ignorante 5.
El pudor sexual oculta aquello que, aunque sea bueno, no
se debe revelar por el momento a cualquier persona. Es una
exigencia con raíces biológicas, pero que descubre la signifi­
cación suprautilitaria del cuerpo humano, que no está hecho
para convertirlo en un objeto de placer, de entretenimiento, o
en una forma de comercialización. Por eso hay circunstancias
en que la desnudez no tiene nada de impúdico y el vestido,
sin embargo, puede constituir un atentado contra el pudor, si
lo único que intenta es ofrecer el cuerpo como una mercancía.
El respeto a ese recinto humano de la corporalidad está im­
puesto por el valor expresivo e íntimo que contiene y, por
ello, no se da en el mundo de los animales o de los niños,
donde el cuerpo no alcanza este nivel de significación.
Las manifestaciones corporales tienen que vivirse como
un don responsable, como gesto de amor encamado, aunque
no lleguen a la entrega absoluta del matrimonio, ni pueden
jamás desvincularse de la persona que las entrega o de aquella
que las recibe. Están cargadas de un lenguaje que no debería
convertirse en mentira o en burla hiriente. Y la única palabra
válida que se afirma en las miradas, conversaciones y caricias
es la del respeto y aceptación del otro como persona
Impúdico, según esto, es toda forma de comportarse que,
al acentuar el sexo, disminuye el valor de la persona y aumen­
ta el peligro de cosificarla. Lo mismo que el pudor psicoló­
gico protege el centro íntimo de la mirada curiosa e inopor­
tuna, el pudor sexual mantiene una atmósfera de reverencia y
delicadeza hacia el cuerpo. Y si una apertura psicológica
permanente sería insoportable, la falta total de aquél acabaría
también por destrozar todo el encanto del sexo. Directamente
es una defensa de la castidad, pero indirectamente supone una
protección de la persona. Cuando el amor, por el contrario, ha*16

B. Peters, La volear morale de l'intimité personelle, StMor 2 (1964)


191-254, donde hace un precioso análisis fenomenológico de lo que supone
la intimidad y el sentido auténtico del pudor como defensa y salvaguardia
También K. Wojtyla, Amor y responsabilidad. Razón y Fe, Madrid 1969.
193-214; E. López Azpitartei Ética y vida: desafíos actuales , Paulinas, Ma­
drid I991*\ c. 18
16 C f las reflexiones de L. Rossi. Naturismo/Nudismo , en DETSL l442’
1446.

158
comunicación, ya no hay motivo para temer
„na conducta indiscreta que pisotee los valores personales. El
deseo está orientado hacia el bien del otro, que no podrá
sentirse utilizado, n. experimentar la necesidad de ocultarse
orno medida precautoria. El sentimiento de vergüenza ha sido
superado por la calida fuerza del cariño. Si el pudor no des­
aparece por completo, es que existen otras raíces más ocultas
o queda el miedo de que el egoísmo intente aprovecharse de
la confianza y libertad otorgadas.
La moralidad no reside sólo en el peligro de lo genital,
sino en la forma de enfrentarse con la otra persona como
simple objeto de interés, cuando lo único que se aprecia y
busca son los aspectos secundarios y marginales del otro. Se
trata de valores canjeables que cualquiera puede ofrecer, por­
que no importa casi nada la dimensión personal del que los
tiene. La acentuación excesiva de las cualidades o de la belle­
za y anatomía del cuerpo demuestra que no hay apenas espa­
cio para una valoración más humana y comprometida. Es el
fenómeno que aparece en muchos juegos eróticos, en los que
ia relación no tiene consistencia ni seriedad, pues la gratifica­
ción afectiva que produce está llena todavía de excesivas
impurezas psíquicas. La imagen publicitaria de la mujer, por
citar un ejemplo, simbolizaría el relajamiento y degradación
con que tantas veces se contempla esta relación heterosexual.

11. La regulación del impulso genésico:


exigencias personales

la misma forma, el amor debería regular las necesidades


del impulso genésico, para que se viva de acuerdo con sus
vigencias teleológicas y con las que se derivan por el hecho
de estar situado en un contexto de diálogo y comunión. El
°Djeto de la actividad genital es el placer que satisface a a
tensión creada y provoca, por ello, un sentimiento de pleni-
ud- Tal gozo —ya lo hemos visto— invita a considerarlo
^omo el valor por excelencia, a disfrutarlo como una Pron**^
JJl 'mites, a buscarlo para que apague el deseo de _
'dad biológica. Todo eso existe, pero no es lo mas onpw®?-
’ Pues su carácter fugaz y momentáneo deja siempre el vaci
159
de una nostalgia mayor. Desde el momento en que se centra
el interés sobre la mera satisfacción sensible, el contexto
humano desaparece, la persona queda reducida a ser un sim­
ple instrumento, y la llamada recíproca se extingue, como el
mismo deseo genital, hasta que el impulso lleve de nuevo a
la búsqueda del otro por un atractivo muy epidérmico e inte­
resado, para negarle precisamente su papel de compañero.
El placer es símbolo de vida, pero manifiesta también la
propia finitud y limitación no sólo por su caducidad, sino
porque el otro se hace presente como algo distinto, de lo que
nadie se puede apoderar, y que hace descubrir las propias
indigencias. Se desea porque falta algo, pero hay que respe­
tarlo en su diferencia a pesar de la fuerza que quisiera acapa­
rarlo. El deseo de plenitud ha de aceptar los límites, sin
manipular al otro, para hacerlo simple instrumento de la sa­
tisfacción. La violencia, que es una manera de rechazar la
alteridad, está siempre escondida para evitar justamente la
diferencia ineludible que recuerda la pobreza de cada ser. Por
eso, esta experiencia hiere, más o menos inconscientemente,
el componente narcisista de toda relación humana, ya que nos
enfrenta con nuestra condición mortal.
El ser “una sola carne”, con todo su profundo significado,
no es la búsqueda de una simbiosis para recuperar un sueño
infantil de omnipotencia o el mito de un poder que fue destrui­
do, sino que obliga a un comportamiento transido por el res­
peto y la ternura, como el único camino que fomenta la comu­
nión, sin negar la herida, y que acepta la dualidad que se supera
con el abrazo. El aspecto de gratificación forma parte del com­
ponente sexual. Su olvido, incluso, no tiene que ver nada con
la oblatividad y el cariño. Pero tal gesto ha de ser signo tam­
bién de una benevolencia que se niega a toda forma de cosifi-
cación, agresividad, perversión, engaño o juego narcisista.
La tarea de este esfuerzo transciende la simple informa­
ción técnica y hasta las obligaciones que dimanan del carácter
procreador de la sexualidad. El deber de la amistad y c o m p a ­
ñerismo en la pareja, tan frecuentemente olvidado, es más
urgente y difícil que el oficio paterno o maternol7. La convi-

CüET0’ reflexiones en torno a la sexualidad del hombre


contemporáneo. VyV 18 (1977) 305-306.

160
vencía permanente es un trabajo que nunca termina y desde
luego, como decía Byron, es mucho más fácil morir por la
persona que se ama que vivir siempre con ella. La construc­
ción de esta comunidad tiene bastante de artesanía, en la que
el corazón trabaja mucho mejor que el propio cuerpo aunque
los dos tienen que ir unidos para que el placer sea amoroso y
el amor se haga placentero.
En este contexto la ética sexual aparece como un requisito
para que el diálogo comunitario entre el hombre y la mujer,
en sus diferentes facetas, adquiera una maduración oblativa, y
que cualquier tipo de relación a través del cuerpo no viole el
misterio y la dignidad de la persona, ni olvide lo que ello
significa: algo más que estancarse en la superficie de la piel,8.

12. El nivel social:


un doble aspecto

El cariño, finalmente, tiene también una dimensión social, a


pesar de que muchos lo consideren como un asunto privado.
Es cierto que a nadie se le puede imponer el amor a una
persona, pero la mutua donación sitúa a los cónyuges en un
nuevo ámbito que por su propia naturaleza exige un vínculo
con la sociedad. Ella es la única que puede legitimar la cons­
titución de esta célula y declarar oficialmente su existencia
con todas sus obligaciones y derechos. Lo que dos personas
realicen en privado pertenece al mundo de su intimidad y no
tiene ninguna trascendencia pública, pero el cariño conyugal
deja de ser un hecho oculto para convertirse en un fenómeno
público por las múltiples influencias que de él se derivan.
El bien común se apoya en gran parte sobre la estructura
de la familia, y esta comunidad primera no puede desligarse,
entonces, de sus obligaciones sociales, como si se tratara de
Una realidad solitaria e individualista. Es evidente que tal
intervención requiere un carácter jurídico, aunque lo impor-
tonte no sea la forma que revista, sino la necesidad y urgencia
alguna reglamentación que indique las condiciones para su

Sobre las formas deficientes del encuentro, en


II, Revista de Occidente, Madnd 1965, 135-152
a y c a l i d a d d e l o tro

161
existencia jurídica en orden a exigir sus derechos y a sentirse
responsable de sus obligaciones. De ahí que la legalización
del matrimonio haya sido una constante histórica a través de
las diferentes épocas, culturas e ideologías, como indicaremos
más adelante19.
Pero de alguna manera también, la sociedad debe ejercer
un cierto control sobre la manifestación y publicidad de todo
lo relacionado con el sexo. Se trata de ver si el bien común
exige una amplia tolerancia en este terreno o deberían prohi­
birse, al menos, aquellas conductas y expresiones públicas
que supongan un mal social o hieran la sensibilidad de la
gente. También el ambiente limpio y respirable, en el campo
del erotismo y de la pornografía, es una exigencia de la eco­
logía humanista. La dificultad surge cuando se intenta poner
unos límites concretos en una sociedad tan pluralista que no
comparte los mismos presupuestos y perspectivas.

13. La tolerancia civil y jurídica:


discusiones actuales

Hoy son muchos los que abogan por una libertad de expresión
ilimitada. La autonomía, como un derecho del ser humano,
implica el rechazo de toda norma coactiva en este terreno. La
revolución sexual es una conquista en el proceso libertador de
la sociedad moderna. El aniquilamiento de esas barreras supo­
ne la muerte de un mundo que las necesitaba para subsistir y
el advenimiento de otro nuevo completamente distinto. Su
destrucción es un signo positivo, que abre a la esperanza. Lo
contrario supondría una vuelta atrás, hacia una política protec­
cionista y paternal, como si los ciudadanos no fueran aún
personas mayores.
Las razones que se dan a favor de esta postura, o las que
se exponen para negarla y mantener su prohibición legal,
dentro de los límites adecuados, han sido múltiples y varia­
das. No creo fácil un análisis pormenorizado de cada una de
ellas, porque los datos sociológicos que se aportan no siempre

19 De este aspecto hablaremos en el capítulo sobre las relaciones prcnia*


«moma es. li podrá encontrarse la bibliografía correspondiente.

162
coinciden, o se interpretan de diferente manera Ci
man que la tolerancia fomenta la agresividad s e x S l^ ? í '
la curiosidad morbosa, incita a un proselitiLo 8
U i t u y e un peligro para el bien c o m t °
libera la violencia reprimida, como un drenaje de 1« n ñ i ^
nes incontroladas, produce a corto plazo un sentimiento £
náusea y aburrimiento que disminuye la morbosidad, y L í
cumple con una función social: dar alimento a estos m eZT
terosos para que no busquen sus satisfacción en otros lu e íS
y personas Como las alcantarillas de aguas negras, es m eS
dar una salida canalizada a sus apetitos que dejarlos que flu
yan por cualquier parte . 1
Si se tiene en cuenta, además, que el influjo de los medios
de comunicación y el ambiente que se respira no son tanto un
motor, sino un signo del cambio y evolución que se va efec­
tuando, y que. por otra parte, su influjo no recae nada más que
sobre los individuos indecisos y sin mayor convicción, habría
que inclinarse hacia una permisividad jurídica, al menos de la
pornografía designada como blanda. Una postura tolerante con
todo tipo de manifestaciones de esta índole y que está más en
consonancia con el derecho a la libertad del que tanto se
habla.

14. Los límites de una regulación:


una ética de mínimos

El problema, sin em bargo, me parece más profundo J*®


trarse únicam ente en tos aspectos positivos o
determinada opción. T odos los países han regu o
manera lo ob scen o, com o fenómeno nocivo a a
Aunque no existe una definición jurídica uní orm ,20

20 J. A. Sobrino , Pornografía y manipulación del ^ a A-W -,


315-332; D. F errer M artin . Derecho, erotismo y p , 'ce'n0 e i diritn
° c„ > 6), 37-78; S. L ener , Leduca:io»e y Sul concetto
,e u<>mo nella Corte Europea , CivCatt 128'2 1 awrence-H, Miller,
J Pornografía oggi, CivCatl 129/2 (1978) g r^sseil. Mommo-
rornografia y sexualidad. Argonauta. Barcelona 1w • _ /(mor erénco y
v m°ral. Siglo XX, Buenos Aires 1983; L. ®AJ ^ | 985; F. Auwom.
Pornografía, Cuestión abierta, Guadalupe, Buenos A
eroiisnio, Garzaott, Milán 1990.

aceptarse como válida, dentro de las diferencias culturales y
de regiones, aquella que adjetiva como tal lo que ofende al
pudor, que afecta a la dimensión personal de cada individuo,
y va contra las buenas costumbres vigentes en una sociedad
concreta. El criterio es suficientemente amplio y acomodati­
cio, a pesar de su vaguedad, pero sirve para deducir algunas
conclusiones.
La vida privada e íntima de las personas no está sujeta a
ningún tipo de reglamentación. Lo que cada una haga en pri­
vado pertenece al ámbito de su propia responsabilidad, aun­
que se tratara de aberraciones manifiestas. La legislación civil
no tiene ninguna función en este campo, pues su objetivo se
centra en la salvaguardia del bien social y común. Incluso una
cierta tolerancia sería aceptable para que existan espectáculos
donde algunos puedan satisfacer sus necesidades, sin que ten­
gan que buscarlos por otros sitios o molestar a otras personas.
La ley regularía, entonces, su existencia y funcionamiento
para evitar el peligro del escándalo, perversión, proselitismo,
exhibición o propaganda pública, que afectara a otros intere­
ses sociales21.
Lo que parece inaceptable es la libertad absoluta de expre­
sión, como si el derecho a ella fuera siempre ilimitado, o
bastara, en estos casos, la posibilidad del rechazo para los que
piensen o deseen actuar de otras maneras. El que defendiera,
por ejemplo —para poner una hipótesis extrema—, el valor
del bestialismo, la ley no tendrá que condenarlo por su actua­
ción privada, pero sí debería proteger a la sociedad contra
aquellos que intentaran promover y propagar este tipo de re­
lación sexual como plenamente humano y aceptable. Y es
que, a pesar de la relatividad existente, y de acuerdo con la
conciencia moral del ciudadano medio, ya apuntamos antes la
existencia de algunos criterios básicos que deberían mantener­
se. Aun en las sociedades más tolerantes se impone, al menos,
una ética de “mínimos”, con la que una gran mayoría estará
conforme.

DE De las buenas costumbres a la ética civil: reflexión


= l , UrgC 47 (19,89) 342' 358; S t- ^ ato, II fenómeno di dijfuswne di
masía delta pornografía, AggSoc 43 (1992) 213-223.

164
j5 Un problema más de fondo:
la Imagen social de la sexualidad

Porque la preocupación no ha de centrarse directa ni exclu


sivamente sobre los daños o beneficios personales Lo que
está en juego es la imagen de la sexualidad que se impone en
el ambiente y que, poco a poco y de manera casi inconsciente
se asimila hasta convertirse en el modelo ideal. Es cierto que
una educación puritana y rigorista ha impedido un encuentro
espontáneo y natural con el sexo, pero la superación de esos
tabúes está llevando a una nueva reconciliación con él, de la
que va desapareciendo todo su contenido humano, su riqueza
personal y su simbolismo más au té n tic o L o s medios de
comunicación social, con el deseo aparente de una mejor
educación, lo están transformando en una realidad biológica,
demasiado instintiva, puramente placentera, en la que es po­
sible cualquier forma de actuación, donde priman los criterios
sociológicos sobre los éticos y humanistas. La formación ra­
dica en la técnica, en los conocimientos anatómicos, en las
encuestas sociológicas, en la conciencia de que cada uno es
libre para actuar como quiera y en la superación de cualquier
límite o norma que se consideren como prejuicios, sin que
apenas aparezca en este discurso, que también es necesario en
algunos aspectos, y se olvidó en otras épocas, su dimensión
más humana y afectiva23.
Las consecuencias pueden ser peores a corto y largo. Seme­
jante presentación no educa para el dominio y control de las
pulsiones, para la ascética humana, para el amor y la ternura,
para el respeto a la dignidad de la persona, sobre todo de la
mujer24, y para la fidelidad del cariño. Y una sociedad que

G M ora , Nuevas reflexiones sobre la sexualidad* * CuadOifam 104


(l9?6) 9-32, B. B ennassar , Culto al cuerpo. Entre el tabú, la banalidad y la
uolatna, BibFe 14 (1988) 375-398.
, . . ^ G riti, Eros á l'im age , Études 368 (1988) 339-346, • ■
1 1™ para la educación sexual: análisis y valoración, MisJov I (¿
' l* ^ UCEK’ Pornografía nei mass-media. In m n/pa* * documento
Z T * ' Magistero cancheo. MedMor 50 (1990) 265-300.
p . ^ g r a fí a y violencia en las comunicaciones sociales P
* R n 425 (l9 8 9 ) 34‘38- , , ( / W /£/ debate sobre la
Pornnü" ? SBORNE> La construcción sexual de la rea ‘^ r !imT.tx.KaSe, Midrid
1989 ^ raf*a en seno del feminismo contemporáneoK P
• con abundante bibliografía.
165
favorece, fomenta e invita a superar todo sentimiento de cul­
pa, para vivir con un liberalismo absoluto el fenómeno sexual,
no es signo de progreso, sino de retroceso y deshumanización.
No pretendemos imposiciones absurdas y trasnochadas, pero
tampoco hay que resignarse a dar gusto en todo, sin otra
orientación que la llamada del instinto. La masa se inclina con
mayor facilidad hacia la tolerancia más completa, con la ex­
cusa, además, de que el que no quiera tendrá derecho a com­
portarse como juzgue oportuno, pero olvidando que el bom­
bardeo continuo en sentido contrario y el clima que se crea
terminan por imponer otra imagen diferente.

16. Los factores políticos y económicos

El problema se hace más complejo cuando intervienen otros


factores políticos y económicos que encuentran en la sexua­
lidad un campo importante para sus intereses particulares. La
represión o liberación del sexo ha tenido siempre relaciones
muy estrechas con la política, que ha pretendido valerse de él,
como puede hacerlo con el deporte, para sus objetivos pecu­
liares. Que duda cabe que el control del sexo manifiesta con
mucha frecuencia la docilidad y el sometimiento de los in­
dividuos a la opresión del estado autoritario :\ La psicología
freudiana, considerada al principio como una ciencia alienante
y aburguesada, penetró en el marxismo, según hemos visto,
como instrumento válido para explicar la obediencia incon­
dicionada de las masas a las grandes dictaduras, que aparentan
un fuerte apoyo popular. De la misma manera que, en otras
ocasiones, se ofrece como alimento y engaño para distraer al
pueblo de otras preocupaciones más importantes y urgentes.
Pero mucha mayor importancia tienen los intereses
económicos. Como en el caso de la fabricación de armamen­
tos, de la producción de droga o anticonceptivos, existe una
inversión de capital impresionante que ha de hacerse rentable
con un mercado cada vez más amplio y consumista. Bajo la
bandera de la libertad y del progreso, se están defendiendo

354* E‘ FUCHS’ Sexualidad y p °der en la Iglesia , Concilium 217 (1986) 349-

166
unas ganancias d e extraordinaria rentabilidad, que „n n ^
ponerse en peligro por cualquier forma de c m H * B?Uede"
do de la prostitución es so lo un aspecto au n n .l , E mun'
S gíco y lam entable, d e la utiliza^ ^
para el provecho prim ario d e otros27. Que n J io l personas
esta finalidad se hace presente en el campo CUB? 0
ue lo que s e busca e s la promocióu del « ,
sólo se le mira y considera com o objeto financiero ’ “
Lo que está en j uego, por tanto, es la imasen n,.» ’e c.
sobre la sexu alid ad 28. Y frente a las d iv ^ S s L o ^ lo S s
permisivas y naturalistas de cualquier clase, en las S
pornográfico se in clu ye com o un elemento más hav aue h.
char por otra con cep ción m ás humanizante y 'personalista'
donde lo erótico tenga su espacio adecuado, pero sin deseen'
der al nivel inferior d e la pornografía. Si el erotismo tiene un
valor humano, ludico y placentero, esto última lo degrada v
envilece a sim p le utilidad y mercancía. El ambiente social que
influye poderosam ente en la educación de los individuos
debería regularse con una legislación adecuada, para evitar
aquellas m an ifestacion es que, sin puritanismos ni temores
absurdos, só lo buscan la epidermis del sexo. El uso de la
mujer en la publicidad seria, por ejemplo, un tema digno de
reflexión y de cam bio.

17. Valoración del pecado sexual:


Escritura y tradición

Así pues, la moral explícita como exigencia lo que la


raleza misma de la sexualidad postula: un amor que se

^ ^ G . Piera J1MÉNE2, El dinero y lo pornografía, en AA.W,

,, !1 G. Carlier. Prostitution el drots humada, FetT RevFomSoc


Urbez, ¿a prostitución en España. Una marEinacu”> J ^ tÍMI ¿es entona et des
176 «989) 443-455; G. Caruer-F. Meert, La P ^ J ^ ^Q U u^nm ensión
J*nes. Un cri! Une action!, FetT 21 (1991) 541-546. N. »<j« y Teoriat
etica y jurídica de la prostitución, Studiu® ~ ( /joon 111-127.
explicativas del fenómeno prostitucional, Studiuin ^tenores. de N•
r “ Ver
G*Uj, Ver
£dlV ' re------
‘“ ‘e sa n te estudio,
el interesante ya citado en capítulos
estu d io , ya sntenorco.
gaiceteos -
*984, donde
“Mltóa ^
M2, Educación e * u a t yy cambio
ssexual u ltu ra l. Hender,
cambio ccultural, Duestn 1984,
H e t d . Batéeteos donde
sociedad
Wall» I.c crentes antropologías
------------- n.ie bov existenque en hoyn «existen
~ en nuestra sociedad .
167
na en los gestos corporales para moderar el dinamismo ciego
de la pulsión. Éticamente será positivo todo comportamiento
que ayude a la consecución de los objetivos propuestos. P0r
el contrario, y desde un punto de vista negativo, el pecado va
a consistir en una búsqueda deshumanizante, egoísta y priva­
da de esos contenidos. Toda falta se convierte por este motivo
en una individualización aislante de la sexualidad, en cuanto
esta desintegre y rompa el sentido relacional o mantenga
paralizada su evolución. La ética tiene, por tanto, como que­
hacer fundamental la ruptura de todo narcisismo. Pero, ¿cómo
podemos valorar la importancia de estos comportamientos
negativos?
Las dos fuentes de la moral católica han sido siempre la
palabra de Dios explicada por la Iglesia y la reflexión humana
sobre las exigencias de la ley natural29. Sin embargo, cuando
queremos catalogar la gravedad de un pecado, no basta acudir
con ingenuidad a cualquier cita de la Escritura, pues las cate­
gorías en que ella se mueven no corresponden a las nuestras
tradicionales. Decir que la fornicación o impureza es un pe­
cado mortal, porque “los que se dan a eso no heredarán el
reino de Dios” (Gál 5,21), es omitir que para san Pablo la
misma consecuencia producen las discordias, envidias, renci­
llas, divisiones, iras y celos, que no alcanzan de ordinario en
nuestra moral una idéntica condenación. Aunque la impureza
aparece como pecado importante, no es fácil deducir siempre
de tales afirmaciones la dosis de culpabilidad que encierra
cualquier comportamiento de acuerdo con la división entre
pecado mortal y venial30. La cosmovisión que sobre el hom­
bre y el sexo aparece en sus páginas ilumina y fundamenta la
reflexión posterior, aunque no pueda encontrarse siempre la
importancia concreta de cada conducta. Como dice la
Conferencia episcopal alemana: “La Escritura no contiene
enseñanza alguna detallada sobre la conducta sexual, pero
aduce respuestas importantes a los interrogantes que nos for-

29 Sobre e s te te m a , E. López Azpitarte, La ética cristiana: ¿fe o razón’


3™ ~ ¡ ^ ? nJ . orno a ^ fundamento, S a l T e rr a e , S a n ta n d e r 1 9 8 8 .
Lt la bibliografía citada en las n. 1 y 2 del c. 3. Por eso no podemos
admnr la argumentación bíblica de M. Zalba, Theologiae Moralis Compe»-
para n. j ?6*’ ^^tod 1958, 751 y 753, donde cita diferentes pasajes del
pan> P " *" '• grave de los pecados sexuales.

168
muíamos” Jl. Por ello no queda otro caminn ,
sobre el significado del sexo para tfanúslw ? meditaci0"
pisoteado en una conducta. r el va*or ético
La moral tradicional ha clarificado con .
dos en esta materia. Cualquier comportamiento S f *•*****
litario (masturbación), o con personas del mkm ^ 0 V ^
mosexualidad), sin amor (prostitución) 0 í f (ho*
institucionalizado (relaciones prematrimoniales! n CSt*r ya
la procreación (anticonceptivos), o la fidelidad a j megUC
■¡» (adulterio). lo cons.de,, slemp*
abstracto, no podemos negar la objetividad d e t a l l ™ E
r Cualquiera de ellas seM a u„ a l e u ^ S
las exigencias inherentes a la sexualidad. Cenarse al ««L
a su tendencia fecunda es la razón de fondo para cad W < te
esas condenas.
El interés específico de la moral radica en la defensa de
ambos aspectos, que han de ser asumidos en una tarea respon­
sable; y la persona que no se preocupa por evitar los riesgos
del instinto e integrarlo armoniosamente en su personalidad,
de acuerdo con estas orientaciones, está cerrada a un valor
serio y trascendente del amor. Desde una perspectiva ética
habría que designar esta postura como grave. Es la negativa
a una exigencia básica del ser humano, como grave sería la
actitud de quien no se preocupa en absoluto de la veracidad
de sus relaciones con los demás. Al descender a los actos
concretos, por el contrario, las enseñanzas de los manuales
han sido valoradas hoy con nuevas matizaciones.

18. El problema de la gravedad:


razones de un planteamiento

El principio de la no parvedad de materia resulta


muchos de un rigorismo excesivo y poco fiindamen
_ este d®*
11 El cristiano ante la sexualidad Acctón
«mentó en La sexualidad. Actuales ortentaci de
**• 1975, 54. retm » • 1l5 " K d e to
n u ' >4r* no c ‘tar u na lista *ar8® de *• J í^ w jlo g l»
“ •H*mho: "En vista . un. m ejor Z e ts e a ^ *
lleji» y de U p sicología actual, los autores
169
Con él se aceptaba en la práctica que, fuera del matrimonio,
cualquier acto venéreo directamente voluntario, por muy pel
queño e insignificante que fuese, debía considerarse como
materia grave e importante. Es decir que, a no ser por falta de
libertad o de conocimiento indispensable, supondría siempre
un pecado mortal*33.
Parece claro que ni la Escritura ni los santos padres apor­
tan datos para semejante opinión, pues ningún moralista pre­
tende defenderla hoy por ese camino34. La doctrina de la
Iglesia no es tampoco definitiva ni obligatoria, aunque de
ordinario ha preferido la interpretación más estricta, ya que
sus intervenciones aisladas no aparecen con un carácter doc­
trinal absoluto: “La Iglesia no ha decretado nada en esta
materia con un juicio definitivo” 35. Y por ello, dentro de una
valoración teológica, esta doctrina se ha mantenido siempre
como una opinión común36. El argumento más fuerte había

m o ra l so n del p a re c e r d e q u e e n m a te ria d e l s e x to m a n d a m ie n to o d e castidad


e x iste la parvitas materiae. N o d e b e m o s p o n e r d if e r e n c ia e n tre m o ra l sexual
la ju s tic ia y o tro s m a n d a m ie n to s y v irtu d e s ” ( DETM , 1 0 1 4 ) P Boyle, Par-
vitas materiae in sexto in Contemporary Catholic Thought, U n iv e rs ity Press
o f A m e ric a , L a u h a m 1987.
33 E ste ú ltim o e ra el c a m in o s e g u id o p o r a lg u n o s a u to re s q u e , sin negar
el p rin c ip io de la n o p a rv e d a d , se m o s tra b a n m á s b e n é v o lo s y to le ra n te s en
la p rá c tic a. M. Oraison, Vie chrétienne et problémes de la sexualité, Lethie-
lle u x , P a rís 1952. G. Hagmaier-W. Gleason, Orientaciones actuales de psi­
cología pastoral, Sal T e rra e , S a n ta n d e r 1964, 9 7 -1 1 9 . L a m is m a e n se ñ a n z a de
la Ig le s ia a d m itía e sta p o s tu ra . C f Carta pastoral de los Obispos de Lombar-
dia y Venecia, 19, y la D e c la ra c ió n Persona humana , 8 y 9, e n La sexualidad,
o.c. (n. 31), 2 9 , 81 y 83.
M “ P a ra p ro b a r el p rin c ip io e s ta b le c id o , n o p o d e m o s a p o r ta r absolutam ente
n a d a d e la E s c ritu ra o de lo s P a d re s y m u y p o c o d e la a u to r id a d eclesiástica.
El m a y o r a rg u m e n to p ro v ie n e d e l c o n s e n tim ie n to d e lo s te ó lo g o s , q u e además
es p ro te g id o p o r la a u to rid a d e c le s iá s tic a d e ta l m a n e ra q u e la d o c trin a ex­
p u e sta h a y q u e c o n s id e ra rla c o m o c ie r ta ” , A . V an K ol , Theologia Morahs I.
H e rd e r, B a rc e lo n a 1968, 395.
M . Z alba, o.c. (n. 3 0 ), I, 7 5 3 . E l m is m o Z a lb a , a l c o m e n ta r la afirm a­
c ió n d e Persona humana , 10: “ L a s e x u a lid a d c o m p o r ta p a ra la v id a humana
v a lo re s ta n e le v a d o s , q u e to d a v io la c ió n d ire c ta d e e s te o r d e n e s o b jetiv am en ­
te g ra v e , a firm a q u e tal v e z h a s id o d ic h a in c id e n ta lm e n te y “ re su lta , P°r
ta n to , m e n o s o b lig a to ria ” . S o b re lo s a rg u m e n to s e n q u e s e a p o y a comenta.
L a d e m o s tra c ió n p o r e s ta s c ita s n o e s m u y c o n s is te n te . H a y q u e confesa1
ta m b ié n q u e u n a rg u m e n to d e r a z ó n ( ...) s e h a c e p a r a m u c h o s (...) difl*
c ilm e n te p ro b a tiv o " , Declaratio de quibusdam quaestionibus ad sexual**
ethicam spectantibus, P e rió d ic a 6 6 (1 9 7 7 ) l l l .
A sí al m e n o s se en se fia e n to d o s lo s ú ltim o s m a n u a le s q u e h e repasado-
S m e m b a rg o , a lg u n o s lib r o s d e b a c h i lle r a t o h a n p r e s e n t a d o e s ta doctrtn*

170
P Aquaviva, en 1612, prohibiendo a los iesuit« ‘*1°
siquiera como tolerable la doctrina de la
tuvo un influjo extraordinario hasta la época actual39 ^
condiciones, aunque se admitiera oficálmente la p o s S l S
intrínseca de la sentencia contraria, la casuística moral aue
tuvo su origen en la Compañía, cuyos autores fueron criticT
dos de un cierto laxismo, quedó orientada de manera <asi
definitiva por esta línea rigorista40.
Por eso, al leer los diversos autores resulta curioso y lla­
mativo no encontrar nunca una razón válida y convincente
para todos. Da la impresión de que sólo se intenta justificar

como enseñada por la fe C f por ejemplo, V. S ánchez, La moral católica, SM ,


Madrid 1962, 189
J. M. D íaz M oreno . La doctrina moral sobre la parvedad de materia
"in re venerea ’ desde Cayetano a San Alfonso. Estudio antológico y ensayo
de síntesis, ArchTeolG ran 23 (1960) 4 -1 3 8 ; E. Orsenigo, La parvitá di ma­
teria nella luxuria riflessioni storico-dottrinali, S cC att 92 (1964) 425-442.
El prim er a u to r, sin e m b a r g o , h a c a m b ia d o p o sterio rm en te de opinión. C f La
parvedad moral de la lujuria Notas de teología pastoral en tomo a la
panedad de materia. S a lT 6 2 (1 9 7 4 ) 6 0 4 -6 1 7 .
M V er el d o c u m e n ta d o e s tu d io d e K. H . Kleber, De parvitate materiae ¿a
sexto. Ein Beitrag zur Geschichte der katholischen Moraltheologie, Pustet,
R egensburg 1 9 7 1 , q u ie n a n a l iz a lo s d o c u m e n to s de la tradición para dem os­
trar cóm o n o se h a d a d o u n p le n o c o n s e n tim ie n to en e ste punto. Tam bién M.
Batén, Pensamiento de Tomás Sánchez S.L sobre moral sexual. U niversidad
de G ra n a d a, G r a n a d a 1 9 7 6 , s o b r e to d o lo s d o c u m e n to s finales, y Nuevos
datos acerca de la par\'edad de materia “in re venerea \ P entecostés, 15
0 9 7 5 ) 9 5 -1 0 3 .

‘ de la semencia contraria, donde se admite que


y no y debe absolver al penitente que defiend

de todo d movía*»*»

171
lo que con anterioridad estaba aceptado por un sentido de
obediencia. Su fiindamentación ética no llega a probar la gra.
vedad de sus conclusiones. El hecho de que los argumentos
de unos sean rechazados por otros y que los de éstos no sean
admitidos por los primeros indica ya una falta de solidez y
consistencia41.
Tal vez una de las razones de mayor peso sea el peligro
que supone una actuación incoada del instinto sexual. Poner
en movimiento un dinamismo como este incluye el riesgo de
no poderlo detener cuando se quiera, como el que se lanza por
una pendiente helada e intentara pararse a mitad de camino.
Pero aun así no resulta claro el porqué la más mínima acep­
tación tiene que ser mortal en este terreno y, en otros muchos,
con los mismos peligros, podrá considerarse sólo como ve­
nial. La discriminación efectuada entre el sexo y los restantes
problemas éticos es demasiado evidente para que no suijan
sospechas sobre su falta de objetividad. A lo mejor, si hubié­
ramos tomado en serio las afirmaciones tan repetidas de Cris­
to sobre el peligro de las riquezas y la experiencia histórica de
tantas injusticias elaboradas con el dinero, nuestra moral eco­
nómica sería hoy mucho más rigorista que la ética sexual. El
evangelio, al menos, se muestra mucho más comprensivo con
las deficiencias sexuales, aunque también las condena, que
con otros pecados en los que hemos admitido una benevolen­
cia mayor por no enjuiciarlos siempre como graves. Lo que se
apunta como regla de prudencia y un aviso contra la ligereza
de comportamiento para justificar la moral anterior no puede
constituir en todas las circunstancias un pecado mortal.

19. Las nuevas matizaciones

Con esto no pretendemos negar la importancia y gravedad de


las faltas en este terreno. La sexualidad tiene una función

juici0 ^ Díaz Moreno acerca de ios dos argumentos fruid*'


" el siguien,e' Sobr« el primero de la ordenación natund
nos '"‘eresa dejar anotado que. aunque los últimos pn»'
todo un nrrfahi1* • jU* se aP°yan no sean totalmente valederos, cs c
lo4m>miemn J n, n,° ^ an4,isis Y sobre el peligro próximo de *

8POdiC,ÍC0' ^
172
decisiva en la maduración de la persona y en su apertura a la
comunidad humana. Una negación teórica o práctica del sig­
nificado profundo del sexo constituye un desorden, que debe­
ría catalogarse como grave por atentar contra una estructura
tan fundamental del ser humano42. Ni creo que nadie, fuera de
algún extremista radicalizado, ponga en duda semejante prin­
cipio. Lo que resulta mucho más difícil hoy día de aceptar es
que la más mínima transgresión constituya objetivamente un
pecado grave. La malicia del acto radica en la renuncia a vivir
los valores de la sexualidad, que en cada gesto concreto se
eliminan. Si una conducta aislada no llegara a herir grave­
mente el sentido de aquella, se debería admitir, como en otros
campos de la moral, la parvedad de materia.
Por otra parte, la abundante superproducción de pecados
mortales ha descendido de forma impresionante en la actuali­
dad. Es la consecuencia lógica de un análisis que ha penetrado
mucho más a fondo en la esencia misma de lo que significa
una ruptura con Dios. Toda la literatura en tomo a la opción
fundamental ilumina, con una nueva visión más realista y
evangélica, el valor ético de nuestros actos particulares. Ellos
participan de la moralidad en la medida en que sirven para
crear, mantener o producir un cambio de actitud. Serán bue­
nos o malos en cuanto colaboran o dificultan la realización
del ideal que nos hayamos propuesto. Y es evidente que desde
esta perspectiva, sin caer en el extremo contrario de negar que
un acto concreto pueda cambiar la opción, habrá que descu­
brir la densidad humana de éste y ver si posee la tensión
suficiente e indispensable para romper con la opción tomada .

20. Dificultades para una valoración ética:


lo psicológico y lo pecaminoso
Esta dificultad nace de la complejidad misma que posee la
libido humana. La sexualidad, como ya apuntamos,^ts ®
organización frágil de pulsiones parciales que, a través de su
evolución histórica por las diversas etapas que atraviesa, bus-
3 rundel, Sexualidad, en SM 6, 330-331. cuy. postun me p « « e
Just» y equilibrada.
E. López Azpitarte, o .c . (n. 1), 340-359.
173
ca su satisfacción con diferentes objetos. A lo largo de todo
este proceso son inevitables ciertos desajustes y regresiones,
como consecuencia de factores externos que no dependen de
nuestra voluntad. Cualquiera de estas dificultades obstaculiza
en proporciones desconocidas, la armonía y conjunción pos-
tenor.
Esto explica la posibilidad de conductas insatisfactorias,
que incluso deben catalogarse como éticamente importantes,
pero que no siempre brotan de una libertad personal. Nadie
está libre de estos condicionantes que forman parte también
de las acciones consideradas como voluntarias. Existen mu­
chos comportamientos conscientes que escapan, sin embargo,
al control del propio sujeto. Son actos más o menos compul­
sivos, aun sin la conciencia de esta limitación, que no se
llegan a dominar por completo y que brotan a veces en los
momentos más inesperados. Las causas de esta compulsividad
no se descubren fácilmente, pues integran el patrimonio de
tantas experiencias vividas desde la primera infancia, que se
entremezclan con los elementos educativos, ambientales y
fisiológicos en la personalidad de cada individuo44.
En teoría, habría que distinguir, por tanto, entre lo que
nace de una verdadera libertad —lo pecaminoso— y lo que es
producto de una responsabilidad condicionada —lo psicológi­
co—. La dificultad práctica, sin embargo, radica en medir el
grado de esa fuerza irresistible que aparentemente doblega,
cuando, en tales circunstancias, queda siempre un espacio para
la cooperación libre, donde se hace presente la cobardía, la
falta de tensión o la comodidad excesiva.
Precisamente por esto último, nada de lo dicho con anterio­
ridad debe convertirse en una tentación al laxismo. También
es necesaria una honestidad grande y sincera para sospechar,
por lo menos, y reconocer, si es posible, el margen de cola­
boración prestada. La falta de limpieza psicológica, el soñar
despierto, la búsqueda de ciertos estímulos, la negativa a dar
los primeros pasos que no parecen peligrosos, las pseudojus-
tificaciones e intereses ocultos que disminuyen el deseo * *74

..... JOBA7 ^ *70 ; p? ? tas eticas para lm mundo nuev°i V e r b 0 D ,v,n 0 ,


74‘79; J; M DE Lahidalga, A propósito de la sexualidad en
los
aejicientes m entales , S urge 46 (1 9 8 8 ) 293-3 1 2 - F. G iunchedi nSo"
sull universo mentali dei perversi, RassTeol 31 (1990) 355-373.

174
luchar, el pacto cobarde con la realidad que se vive
!... son
e le m e n to s de una tensión interior que más adelante ]
in c o n tr o la b le .
parece

2i La humildad ante Dios:


entre el fariseísmo y la culpabilidad excesiva

Todo esto no puede eliminar la condena objetiva de tantos


comportamientos ilícitos. Nadie podrá decir que la masturba­
ción, como forma aislada y solitaria, sea el mejor camino para
vivir la sexualidad, o que una vida conyugal cerrada capricho­
samente a la procreación constituya el ideal del matrimonio.
Creemos en la existencia del pecado y del pecado mortal,
pues humanamente sería ingenuo lo contrario y teológicamen­
te una barbaridad, pero no estamos tan seguros de las aplica­
ciones rigurosas en algunos casos, ni que todos los actos
concretos expresen siempre un cambio profundo de actitud.
En este sentido la claridad tradicional en la clasificación de
los pecados queda algo difíiminada. No es problema de ma­
temáticas, sino de una valoración compleja de muchos elemen­
tos, que no resulta fácil dilucidar en todas las ocasiones.
Hay que evitar, por ello, un doble extremismo entre el
sentimiento farisaico de la persona autosatisfecha, que se
considera indemne de todo fallo y merecedora de la benevo­
lencia divina, y la culpabilidad del que se hunde por no su­
perar sus conflictos. Ninguna de las dos posturas se justifica
con el evangelio. El ser humano actúa siempre con una mez­
cla de luces y sombras, de cobardía y buenos deseos, de ilu­
sión y conformismo, de libertad y condicionantes, cuyas fron­
teras permanecen en la penumbra45. Sólo Dios es capaz de
conocer la situación real de cada uno. La fe es un estímulo
para sentirse a gusto delante de Él, sin saber con certeza y
exactitud el fondo más auténtico de nuestro interior.

175
La santidad no exige ningún esteticismo virtuoso. Éste
será necesario, a lo más, cuando la Iglesia desea presentar j
una persona como ejemplo y modelo de entrega. El sí a Dios,
como valor supremo, es posible ofrecerlo también en el des­
arreglo y compulsión de una conducta que no responde a las
normas éticas, cuando esos gestos, sin conocer en qué medi­
da, escapan al control del individuo. La impotencia y la cul­
pabilidad se entremezclan en proporciones desconocidas, de­
jando al sujeto sumido en la ignorancia de su condición. Tal
desconocimiento será un problema para el narcisista, que
necesita sentirse gratificado por su propia imagen, pero el
auténtico cristiano vive contento en su misma opacidad. Su
interés está centrado mucho más en servir a Dios y ayudar a
los otros que en la preocupación por su perfeccionismo indi­
vidual. Una aplicación concreta de estos principios generales
la iremos realizando en los capítulos siguientes.

176
Capítulo 6
e s t a d o s in t e r s e x u a l e s
Y CAMBIO DE SEXO

1. La existencia de ciertas patologías

Ciertamente no se trata de fenómenos normales y frecuentes


en la vida ordinaria. Algunos casos pertenecen al ámbito de
las patologías genéticas que son estudiados en la bibliografía
científica, sin que tengan mayores resonancias sociales1. Otros,
en cambio, son aireados por la prensa, sobre todo si se trata
de personajes conocidos. La transexualidad y el travestismo
son las conductas más corrientes y conocidas del público. En
el fondo de todas ellas hay siempre un cierto desajuste entre
los datos genéticos y los procesos siguientes que deberían
conducir hacia la identidad sexual de la persona2.
Es lógico que se busquen las terapias más eficaces para
reajustar estas disfunciones que, al margen de sus repercusio­
nes biológicas, tienen también una enorme influencia sobre la

1 Uno de los autores que estudió más a fondo cstosM1*®!? M«drid 1929;
ftÓN, Los estados intersexuales en la « / w i e tomaiw, . 1953; G.
Cl. O verzier, La intersexualidad, Ed. Científico-Medica, Barcelona 1»
Dreifus, Les intersexualités , PUF, Parts 1972. . cfR . C alle, Las
Sobre los problem as generales de la w ArrOBY (ed.), Desarrollo
desviaciones sexuales, Darsana, M adrid , rqudREáu-B Granger,
de las diferencias sexuales, M arova, Madrid ’. y aplicaciones de
Problemas de orientación sexual, en AA.V 285-303» J. Money-A.
terapias de la conducta , Debate, Madn Morata, Madrid 1982; J
J E hrhardt, Desarrollo de la sexualidad Hea¡íh andPadtolog\\
Money, Lovemaps. Clinical Concepts o f 1 dolescence and Matu-
ftraphilia and Gender Transposition w C QfmíHElMER, La eI#**°*
J y , Irvington Publ., N ueva Y ork 1985; A. m el desa-
t e fe x o , Akal, M adrid 1986; J.
"olio del sexo y el género , Pirim ide, Madnd 19W-
177
psicología del individuo, hasta destruir en bastantes ocasiones
su tranquilidad y equilibrio interior. El cambio, incluso, del
sexo, mediante la cirugía plástica, aparece como una de las
soluciones posibles. ¿Qué pensar de todos estos procedimien­
tos desde un punto de vista ético? Antes de ofrecer unas re­
flexiones valorativas, apuntemos de una forma sumaria cómo
se realiza el largo proceso evolutivo hacia la plena identidad
sexual.

2. Las primeras etapas:


del sexo cromosómico al sexo hormonal

Todos sabemos, desde las primeras nociones de genética, que


uno de los 46 pares de cromosomas de la especie humana es
el encargado de configurar el sexo de la persona \ La presen­
cia en el cigoto de dos cromosomas XX dará origen a una
mujer, mientras que la pareja XY lo será del hombre. En esta
región del Y se encuentran, por tanto, el gen o los genes
responsables de esta diferenciación. Es lo que podríamos lla­
mar el sexo cromosómico.
Desde aquí se enviarán a las gónadas, todavía indiferencia­
das, la información suficiente para la elaboración de los ova­
rios o de los testículos — sexo gonádico— . En el sujeto con
gónadas masculinas se da la regresión de los conductos de
Müller por la presencia de una substancia inhibidora, y bajo
la acción de la testosterona los conductos wolfianos se trans­
forman en los genitales internos, mientras que la dihidrotes-
tosterona produce la configuración de los órganos externos.
Menos claro es el mecanismo que provoca el proceso inverso
en la mujer, aunque parece que comienza con la producción
de los estrógenos4. En cualquier caso, es evidente que existe
también un sexo hormonal, producto del anterior, que influye

169-184 ALLER’ ÁSpeCt°S enéticos de la sexualidad humana , VyV 42 (1984)

La diferenciación testicular se form a entre los 45-60 prim eros días,


qU,C el. ovano cn I» mujer tarda algún tiem po más. C f G. H aMBURO*
en h? rmonas c u a le s en el desarrollo de las diferencias sexuales
m m n» 0* f¡ uma"a* E. M accoby, o. c. (n. 2), 181-201; A. S erra. SvU<
mp neníi biologiche della sessualitá , CivCatt 139/2 (1988) 425-439.

178
en la configuración masculina o femenina del ser humano En
,odo este proceso de diferenciación genital juegan tambSn
‘papel importante ciertos tejidos que deben Z
por parte de las hormonas esteroides y cuya c a p S a d f e
respuesta depende de la presencia en sus células de algunos
enzimas y receptores. *

3, Evolución posterior:
del sexo morfológico a la alteridad sexual

La proporción y diferencias de hormonas son las que, a su


vez, posibilitan el sexo morfológico o fenotipo que distinguen
el cuerpo masculino del femenino. La diversidad biológica es
tan manifiesta que constituye el criterio más inmediato y
evidente para la adjudicación de la identidad sexual de hom­
bre o de mujer. Una diferencia que afecta también al cerebro
en el área del neocortex, relacionada con las experiencias
conscientes y la actividad cognoscitiva5. La diversidad anató­
mico-estructural de los dos hemisferios es bien conocida,
aunque los mecanismos que la condicionan sean todavía ob­
jeto de un intenso estudio para un conocimiento mayor. Pero
no hay duda de que el cerebro masculino y femenino son dos
variantes biológicas del cerebro humano.
A partir de estos datos fundamentales, el ambiente y la
educación posterior contribuyen también de manera importan­
te a la formación del sexo psicológico', la vocación de todo ser
humano a vivir su existencia con las características propias de
su sexualidad masculina o femenina. Supone la aceptación de
su naturaleza específica y la respuesta adecuada a sus exigen­
cias concretas. Estas mismas diferencias morfológicas y bio­
lógicas conducen normalmente hacia la reciprocidad entre
ambos polos. El sevo heterófilo busca su complementación en
el encuentro con el otro, como invitación mutua a una pleni­
tud mayor6.

s L: De M arinis -A. B arbarino-A. Serra, Biología delta differenzianone


MedM or 34 (1984) 155-165. . .. oncosaMí, e*
F a H ampson, Causas determinantes de la 7qÍ o? H ^ Ey-
y conducta , Siglo XXI,
"■ G lenn, Psicología del sexo . Hcrdef, B u o c l* *
179
A lo largo de este lento y complejo itinerario puede darse
una serie de fallos y desajustes, cuya etiología nos resulta aún
desconocida en muchas ocasiones, a pesar de los grandes
progresos que se van dando en este terreno.

4. Patologías genéticas y hormonales

Algunas anomalías genéticas del mismo cromosoma sexual son


causa de ciertas patologías. Así, por citar sólo las más conoci­
das, en el síndrome de Tumer, con una composición XO, la
falta del segundo cromosoma imposibilita la diferenciación de
los ovarios o testículos, y la ausencia o disminución de otras
hormonas necesarias para la evolución posterior. Son mujeres,
aunque de ordinario estériles, y exigen una terapia de estróge-
nos para su desarrollo fisiológico. Por el contrario, en el sín­
drome de Klinefelter (XXY), la presencia de otro cromoso­
ma X obstaculiza el influjo masculinizante del Y. Suelen ser
estériles, con órganos rudimentarios y ciertas apariencias fe­
meninas como la ginecomastia (desarrollo de los senos)7.
Otras veces se da una verdadera inversión del sexo, cuan­
do en individuos fenotípicamente masculinos, sin grandes dife­
rencias con el varón normal, se encuentra un cromosoma XX,
o cuando en sujetos de apariencias femeninas y órganos geni­
tales externos e internos de mujer, existe un cromosoma XY,
que caracteriza al hombre. Es decir, se da una completa con­
tradicción entre el sexo cromosómico y el sexo gonádico que
orienta la evolución posterior en sentido contrario8.

Desarrollo sexual y de género: procesos de sexuación y a s i g n a c i ó n del gé­


nero, y F. López, Adquisición y desarrollo de la identidad sexual v de género.
en J. F ernández (ed.), o.c. (n. 2), 25-46 y 47-69; B. L loyd ,' Las repre­
sentaciones sociales del género , en J. B runer-H. H aste, La elaboración del
sentido. La construcción del mundo por el niño , Paidós, Barcelona 1990, 139*

Un buen resumen de estas y otras anom alías en la evolución sexual en


io Áa Lloyd, Reproducción humana y conducta sexual , Jim s, Barcelona
a a 1™ 17.5; D e lc la u x -m - G utiérrez, Sexualidad normal v patológica,
en AA.VV., Manual de Psiquiatría, (Carpos, M adrid 1980, 713-727. Algti«oS
han querido ver en el cariotipo XYY, presente en ciertos crim inales, una base
genética para el asesinato y otras conductas sexuales patológicas, aunque
semejante teoría no esté admitida por otros.
i. fj L eí ma qVC Mta anoma,ía se da en uno de cada 40.000 niños, mienti*
proporción en la mujer es aún más pequeña: una por cada 400.000. Tomado

180
En otros casos, incluso con una comn™;,. -
norm al, la persona es portadora, al mismo
o v á rico y testicular, bien en ™ sola g ó n a í o’S J ? tejid°
radas. Este herm afroditism o verdadero es muy ^ n t i ^
pecie humana y provoca una disfunción p a r e d d a 7 ? ,!L •
ya que los órganos externos pueden pertenecer a c u a t a E u
los sexos, pero con m anifestaciones características del ^ 7
rio. La inversión, en esta última anomalía, no es com nl^l

,a Pr7 " C'af I? ' d° btle tejÍd° g7 adal que exPlica e s t a S S JS


sexual. En todos estos casos de inversión, la normalidad «¡J
supuesto, no es absoluta, pues son posibles otras alterador^
sobre todo
toao en iala eapauiuau
capacidad de reproducción. tn
uc reproauccion. En el pseudoher-
pseudoher’
mafroditismo3 laslas gónadas
monadas pertenecen
nertenerpn a
a un
„ n osolo
l rt csexo,
a L aunque
sus órganos externos son una mezcla gradual e intermedia de
ambos.
Una deficien cia hormonal, producida por otras causas,
podría dar lugar a la existencia de hombres con algunas carac­
terísticas fem eninas — ginecomastia, distribución de grasas,
falta de v ello — , o a mujeres con ciertas apariencias viriles. A
veces, no revisten m ayor importancia, aunque no respondan
por completo al fenotipo ideal y, en ocasiones, tengan alguna
repercusión p sicológica.

5. Otras disfunciones sexuales:


la oposición entre el soma y la psicología

El fenómeno de la transexualidad ha sido objeto e


dios más recien tes9, y su interés sobrepasa el de los 1
científicos para despertar también la curiosidad y e .
no de la gente. Son individuos, sobre todo de sexo m

* V All í * . a c 178-179. donde eue 9 e ™ * ^ mb,ít' h ****

""•to1'¿"''iTnL’rjrS—TU
«ctualizada, fue H. Benjamín. The f" ^ ndentiti ¡exuette.
Nueva York 1966. C f también, R. StolleR, R e e n tr e ^ corjK. Cen-
Gailimard, París 1979; F. Castagnet, Sexe d e 1 * jw/ievi duua,
•“non, París 1981; G. Perico, ^ SpmSANti,
e m o ra li, AggSoc 32 (1981) / 53’7J ^ i or j 2 (1982) 225-237; C.
?*,r°pologico-m orali d e ll ’id entitá sessuale, . . p ^ s 1983.
M|U-0, Horsexe- Essai sur le trmstxualtsme, r »
181
n o l0, que, desde el punto de vista psicológico, se sienten del
sexo contrario. Existe una clara y radical oposición entre Su
fenotipo y su psicología, que les lleva a vivir en una tensión
permanente. Mujeres que se creen prisioneras en un cuerpo de
hombre —o al revés— y desean liberarse de los atributos
biológicos que les impiden comportarse de acuerdo con sus
deseos más profundos. Si en algunas formas más ligeras es
suficiente una terapia psicofarmacológica, en otras la cirugía
aparece como la única alternativa para adecuar el cuerpo a su
identidad sexual psicológica y conseguir una serenidad y equi­
librio mayor. El transexual está convencido de ser un verda­
dero error de la naturaleza, que desea superar a toda costa,
dentro de sus posibilidades limitadas. La técnica ha hecho
posible la creación de vaginas o penes artificiales que suplen,
de alguna manera, la ablación de los órganos masculinos o
femeninos.
El rechazo del propio sexo no es identificable con la
anomalía anterior. Aquí la persona es consciente de su identi­
dad sexual y se reconoce como es, aunque querría y le hubiera
gustado pertenecer al sexo diferente. De la misma manera que
en el travestismo, donde el sujeto desea utilizar la ropa que no
le corresponde, sin que esto suponga tampoco, al menos en
todos los casos, una verdadera disfunción. Podría tener otras
raíces más profundas, como un mecanismo de defensa contra
la angustia de la castración n, o ser signo de una transexua-
lidad; pero de ordinario, sobre todo en ciertos ambientes, se
ha convertido en una forma de ganar dinero, que no está
exenta de originalidad o de un cierto amaneramiento. Final­
mente la homosexualidad, de la que hablaremos en un próxi­
mo capítulo, es la inclinación erótica hacia el propio sexo, sin
que exista tampoco un rechazo de la propia identidad.
apertura heterófila no se ha desarrollado en este caso y ^
individuo no busca en ella su propia complementariedad.*i.

tnw m í^ jr i« ,cas SCfl,a an quc se da un caso entre 30.000 hombres, m>cn*


' ‘T mUj CreS la Pr°P °rci<to es de una por cada 400.000.
i . <~hazaud, Las perversiones sexuales, Herdcr, Barcelona 1976, 87-W

182
, placía una valoración ética:
el ideal de toda terapia

Hemos visto, pues, cómo pueden darse ciertos desajustes en


los diferentes niveles del proceso evolutivo. La normalidad
supone una adecuación para que todo se desarrolle en coheren­
cia con el destino primero, escrito ya en los cromosomas sexua­
les. ¿Cómo valorar, entonces, las intervenciones que buscan
corregir las anomalías disfuncionales que hemos apuntado?
Todos están de acuerdo en la licitud de aquellas ayudas
psicológicas, farmacológicas y hasta quirúrgicas, si fueran
necesarias, que configuren a la persona en función de su sexo
genético. Las diversas técnicas, del tipo que sean, tendrían un
marcado carácter terapéutico, para evitar el disformismo que
podría causar problemas biológicos y psicológicos más o me­
nos acentuados. El sentido común y las circunstancias de cada
persona determinarán qué medio parece el más adecuado, para
no comenzar con aquellos que resulten los más agresivos. La
meta ideal de toda terapia debería estar orientada hacia una ar­
monía, lo más completa posible, con la constitución primera.
Es más, si la configuración externa está lo suficientemente
definida y el sexo psicológico ha sido educado de acuerdo con
ella, sin que haya existido ninguna otra duda o problemática,
sería lícito insistir en el fenotipo aceptado. En la hipótesis de
alguna ambigüedad, aunque se descubriera que el sexo cromo-
sómico o gonádico es diferente; la adecuación sería demasia­
do traumática en todos los órdenes, si ahora se pretendiera un
cambio tan radical, sobre todo si la situación era desconocida
P°r la persona. Algunos casos de este tipo se han descubierto
incluso después del matrimonio, cuando la pareja pretendía
descubrir las razones de su esterilidad. Evitar otros conflictos
Mayores justificaría mantener una situación anómala, que no
ha provocado especiales problemas,2. f .
Lo mismo que la terapia psicológica es la única e caz,
como camino para la reconciliación, cuando se trata de perso­
na que no aceptan el destino impuesto por la naturaleza» o c
havestis, cuyo comportamiento no se fundamente en raz
12 Sgmccia, A ipetti morali del traasessaa-
lisnio, Asi lo aceptan, entre
MedMor 34 (1984)
otros, E.
181-205.
183
económicas o sea indicio de una cierta transexualidad. Las
mayores dificultades se dan, precisamente, en este último caso,
sobre el que vamos ahora a detenemos.

7. La transexualidad:
una doble explicación etiológica

Todavía quedan muchas lagunas e incertidumbres para justifi.


car esa desarmonía existente entre el cuerpo y la psicología.
Dos explicaciones fundamentales se dan.
Para unos, los factores hormonales y biológicos son los
más importantes, aunque se desconozca el momento preciso
de esos errores cruciales, antes o después del nacimiento. Hay
algunos hechos significativos que avalan esta opinión. En los
gemelos monocigóticos la proporción de transexuales alcanza
el 50%, mientras que en los dicigóticos, sólo el 8,3%l3. Hay
pruebas de que sujetos que habían sido educados y habían
vivido como mujeres modificaron su identidad, mediante un
tratamiento de testosterona, y el sexo biológico termina por
predominar sobre el psicológico y educativo l4. También se ha
constatado la ausencia del antígeno HY —proteína específica
necesaria para el sexo gonádico testicular— en los transexua-
les masculinos, mientras que se ha descubierto presente en las
mujeres que no aceptaban su condición L\
Otros, sin embargo, insisten más en la importancia de los
factores psicológicos y ambientales16. Algunas experiencias
parecen confirmar también esta nueva hipótesis. Hermafrodi-
tas análogos desde un punto de vista cromosómico y gonádico
han desarrollado con posterioridad el sexo psicológico —mas­
culino o femenino— en el que habían sido educados. La in­
fluencia de estos elementos culturales aparece clara en el caso

w R? SEKTHAL’ Ge»*ic Theory and Anormal Behavior ,


Muer™ York, citado por L. De M arinis , a.c. (n. 5), 163.
líM u/i/íw/.^ rba * ino-L. D e M a rinis , Ruolo degli ormoni gonadici su t
sw u a h zzn w n e cerebral^ McdMor 35 (1985) 724-729.
etici c lin i r i ^ IA’0\ T°darello-f . M atarrese , II t r a n s e s s u a l i s m o aspe»
M L J teraP€utiC1' McdMor 35 (1985) 746-765.
McdMor 34 (\Q 9 A ^ ]ii% en tÍJ )SÍC^‘atr'ci e Psic°logici del transessualism0'

184
de un gemelo que, como consecuencia de una penectomía,
durante los primeros meses —producto de un error en el
momento de la circuncisión , fue quirúrgicamente configu­
rado y recibió una educación como mujer, mientras que su
h e r m a n o continuó con su identidad masculina. Al cabo de
muchos años, la diferencia psicológica de ambos se mantiene,
producto de las influencias externas recibidas17.

8. El recurso a la cirugía:
criterio básico de la identidad sexual

Cualquiera que sea su explicación, la realidad es que algunos


individuos, a los que no se les puede considerar como viciosos
o perversos sexuales, sufren un desajuste profundo que les
provoca un fuerte malestar. Es verdad que el fenómeno se mani­
fiesta, a veces, de forma superficial y sin raíces más hondas.
En estas situaciones, un cierto tratamiento psicológico e, in­
cluso, algunas ayudas farmacológicas son suficientes para re­
solver un problema que no reviste mayor trascendencia. Pero,
en otras, el recurso a la cirugía se presenta también como la
única alternativa válida o complementaria a otros tratamientos.
¿Qué pensar sobre este cambio o adecuación del sexo?
El problema de fondo radica, como veremos, en aceptar
qué elemento de esta disfunción —lo biológico o lo psicoló­
gico— constituye la base y el criterio primario de la identidad
sexual en la persona. De acuerdo con la doble explicación
anterior, que acabamos de exponer, la solución ética va a ser
también diversa.

9* La ilicitud de una intervención:


primacía de los datos biológicos

Para los primeros, la biología ha de constituir el presupuesto


fundamental de las intervenciones posteriores. En ella se des-
cubre el destino dado por la naturaleza que nos conduce a
v>vir como hombres o como mujeres. Es un dato de tal im­

17 Una critica de esta teoría en A. B/uwawno, a.c. (n. 14).

185
portancia que siempre se habrá de respetar. Si la psicólogo
en algún caso, no se ajusta a esta realidad básica, la terapia no
puede consistir en sacrificarla a las exigencias de aquélla, sino
en conformar la tendencia psicológica a la constitución
irrenunciable del propio organismo biológico. La identidad
somática, que no se reduce exclusivamente al fenotipo, ha de
prevalecer como norma primera, al margen de las ambigüeda.
des sexuales que podrían darse en algunos casos de hermafro­
ditismo o pseudohermafroditismo, de los que acabamos de
hablar poco antes.
Una cirugía para transformar el cuerpo en función del deseo
psicológico será siempre inaceptable, pues se trata de una
mutilación que no tiene nada de terapéutica, ya que se extir­
pan unos órganos sanos y en condiciones, para suplirlos con
otros completamente artificiales, incapaces de cumplir con su
función específica. Por otra parte, tampoco resulta eficaz para
la superación del conflicto, pues por muy perfecta que sea la
operación, el aparente cambio de sexo sigue siendo frustrante
La disociación anterior entre el soma y la psique, se cambia
ahora por un nuevo contraste entre los elementos artificiales
externos y su propia constitución sexual. La experiencia ha
hecho rebajar las ilusiones que se habían creado en un prin­
cipio de que fuera la solución más eficaz y adecuada.
Por tanto, no queda otro camino que la terapia psicológi­
ca. Y aun en la hipótesis de que semejante tentativa no resulte
válida, se trata de una situación llevadera, que puede hacerse
soportable con un poco de esfuerzo y ayuda. Si la simple
inclinación a comportarse contra las exigencias de la propia
biología se permitiera, habría también que aprobar otras con­
ductas, impulsadas por querencias psicológicas, que no res­
ponden al ideal de una sexualidad adulta y equilibrada. La
masculinidad o feminidad no son simples dinamismos psí'
quicos, sino que encuentran su explicación en el ámbito de la
corporalidad, como substrato inalienable, que nadie tiene de­
recho a modificar. La libertad y el dominio de la persona
están, en este caso, limitados por el respeto y la fidelidad al
hecho de haber nacido hombre o m ujer18.

etici, M ^ M o r ^ T o ^ ) ? 1 1 ^
sualismo, MedMor 36 (1986) 806-813 ’ P * “*

186
10 . Tolerancia de una adecuación:
importancia de la psicología

La otra opinión que aboga por su licitud, parte desde una


perspectiva diferente. La importancia de la identidad sexual,
en el caso de una disociación, se atribuye mucho más a la
psicología que a los datos biológicos. Es evidente que, cuan­
do esta anomalía fuera reducible con cualquier otro tipo de
terapia, no habría que acudir a otros remedios más enérgicos
y agresivos. Pero con mucha frecuencia, la persona que se
siente extraña y prisionera de un sexo que no responde a su
psicología, vivirá siempre, si se trata de un transexualismo
auténtico y profundo, en un conflicto permanente e irreversi­
ble, como algunos afirman. La presencia de unos órganos que
contradicen su identidad psicológica es la causa de esta grave
molestia que le incapacita para un comportamiento social
adecuado. Sus aspiraciones y sentimientos más íntimos cho­
can contra una biología, que le impone una conducta para la
que se vivencia radicalmente incapacitada y le impide actuar
de acuerdo con sus inclinaciones más profundas, que para ella
constituyen su verdadera personalidad.
La búsqueda de una armonía es lícita y deseable. Ahora
bien, cuando la tendencia psíquica se constata como irrever­
sible y definitiva, la única alternativa existente es acomodar
su morfología, en la medida de lo posible, a su identidad
psicológica. Esta dimensión parece más importante y priorita­
ria que la de los mismos datos biológicos, capaces de sufrir
una aparente adecuación, que se hace inviable en el otro nivel
de su personalidad. Es cierto que se da una mutilación de
órganos sanos, pero estaría justificada por el principio de
totalidad, como una acción necesaria para superar la angustia
y la tragedia de quien se siente patológico por la presencia de
algo que le destruye por dentro. Aunque no pueda darse un
auténtico cambio de sexo, se busca la curación de un drama
personal a través de unas transformaciones aparentes y arti­
ficiales pero que revisten una importancia y significación que,
en ocasiones, llegan a ser decisivas.
Si, en los casos de una cierta ambigüedad, todos aceptan
^ ^atamiento concorde con la identidad en que la persona ba
s«Jo educada, aunque el sexo gonádico sea distinto y existan
187
manifestaciones del contrario, no se ve por qué la interven­
ción quirúrgica se hace inadmisible cuando el desajuste alcan­
za sólo los niveles psicológicos. El respeto y la fidelidad hay
que mantenerla también a los datos de la psicología, sin que
la intervención sobre el propio cuerpo deba quedar orientada
exclusivamente por los elementos biológicos I9.

11. Una condición necesaria:


el análisis y diagnóstico de cada caso
Tal vez los estudios y experiencias para valorar las posibi­
lidades e inconvenientes de las diversas terapias no hayan
alcanzado aún una amplitud suficiente para deducir una con­
clusión definitiva. Cada opinión insiste en los aspectos nega­
tivos de la contraria, mientras refuerza los que le convienen.
Pero, en el fondo, el problema que subyace, como antes decía,
es aceptar qué dimensión es la más importante para la iden­
tidad sexual: los datos ofrecidos por la naturaleza biológica o
los que están presentes en la psicología del ser humano.
Por eso, cuando la decisión sea tomada después de una
valoración diagnóstica y estructural de la personalidad del
paciente, en la que la adecuación quirúrgica del sexo aparezca
como la única viable y eficaz, no me atrevería a negar su
licitud ética. El simple deseo por cambiar la morfología cor­
poral que no esté fundamentado en un análisis serio y cientí­
fico sería insuficiente para su tolerancia moral. Se trata de una
opción extrema para situaciones irreversibles, que podrían
encontrar por aquí la solución, aunque no fuera completa, a
un problema dramático.

12. El matrimonio de los transexuales:


diferentes situaciones
Otro problema diferente sería el posible matrimonio de estas
personas. El nuevo Derecho Canónico no trata para nada del
Son favorables a estas intervenciones, J. Money-A. T. E hrhardt, (Jomo,
tonna. ragazzo. ragazza , Rusconi, Milán 1976; F. C astagnet, o . c . (n. 9); 0-
Perico. a.c. (n. 9); S. S pinsanti, a.c. (n. 9); F. M. B oscia , a.c. (n. 15); *
Pr UtQ3 t ttCa3 Para un mundo nuevo' Verbo Divino, Estella 19*J
J. Gato, Intersexualidad y transexuahdad , RyF 225 (1992) 403-418

188
tema, probablemente por la disparidad de criterios éticos v
científicos que existen en la actualidad. De acuerdo con sus
orientaciones generales, no parece válido el matrimonio cele­
brado por un autentico transexual para cumplir, dentro de la
pareja, con unas funciones que su psicología rechaza de ma­
nera absoluta. La legislación actual admite como incapaces
para contraerlo a “quienes no pueden asumir las obligacio­
nes esenciales del matrimonio por causa de naturaleza psíqui­
ca”20. La repugnancia a vivir conforme a sus manifestaciones
corporales le impide asumir las obligaciones de una conviven­
cia conyugal, aunque exista la posibilidad de tener hijos.
Cuando el rechazo del sexo somático se detectara después
del matrimonio, habría que analizar si, con anterioridad al
compromiso, estaban ya presentes las raíces de esta anomalía,
como parece más lógico, que no se había manifestado con
toda su fuerza y dramatismo. La nulidad del compromiso sería
también admitida, en esta hipótesis, sin ninguna dificultad.
En los casos de ambigüedad física, cuando se trata de co­
rrecciones o disonancias accidentales, que no afectan al disfor-
mismo somatopsicológico, nadie pone obstáculo a su cele­
bración, siempre que los cónyuges estén capacitados para el
ejercicio de la vida conyugal, aunque resulte estéril e infecunda.
La mayoría, no obstante, niegan la validez del matrimonio
cuando los órganos sexuales han sido artificialmente construi­
dos, en oposición al sexo gonádico, ya que lo juzgan como
una unión donde no existe una verdadera heterosexualidad.
Los órganos postizos, sobre todo si se trata de una configura­
ción masculina, imposibilitan la relación conyugal propia de
los cónyuges. Algunos, sin embargo, juzgan prematuro pro­
nunciarse, cuando el cambio se realiza para crear unas apa­
riencias femeninas. Aun los que aceptan la licitud de estas
operaciones no se atreven a permitir el posterior matrimonio.
El que algunas legislaciones civiles lo autoricen no constituye
ningún argumento para su tolerancia moral.

10 Canon 1095, 3 o. C f F. G ilde las H eras, Valoración dejos


100*1 en la jurisprudencia sobre el múfnmomo, JourRdEth
r , 3¿ ; 0 O ’D onovan . Transsexualism and Christian H m " * * * ^
^ 0 9 8 3 ) 135. 162; F. R. Aznar G il,
S a ! ^ 10* cn AA W .. El "consortium totius vitae . Univerc
«manca 1986. 281-343.
189
C a p ít u l o 7

LA MASTURBACIÓN

1. Entre la obsesión y la trivialidad

Ante un fenómeno como la masturbación existe el peligro


todavía de mantener una doble actitud extremista y radicali­
zada. Por una pane, hay quien sigue obsesionado con él, como
si se tratara del problema básico y más importante de la vida
cristiana. Se mantiene una constante preocupación que quisie­
ra evitar, a cualquier precio, por toda experiencia relacionada
con un gesto como este. Y se olvida que la castidad no con­
siste en la simple ausencia de semejante manifestación, sino
en la maduración progresiva e integrada de la libido, que
puede estar ausente de una persona aparentemente “casta”
cuando la conducta ha sido reprimida por el miedo o una
excesiva culpabilidad1.
Por otro lado, frente a las exageraciones y excesos de
otras épocas, es fácil caer en el extremo contrano, presentan­
do la masturbación como un hecho cargado de valores posi-

1 Me im presionó m ucho la siguiente afinnaci . he encontrado


do afirmar que en todos los am bientes, j ^ o s o habían conocido U
duchos más casos anorm ales en los individuos q payard, P*rk
fose masturbatoria que en los otros (Sacerdoct nrtetica pastoral
61). Venia a confirm
rontirm ar una experiencia < ^
^Sicólogos,^ existe
existeotro otrotipo
úpo
había
de— ya jra ensenado.
enseñado. Y es que, com o señalan 1 °^
----- « ... _ _”* ^ ^ kc peijudictales.
ju d i c i a l e s , como
de “erecciones” psicológicas m ás U n a “virtud" q u e
consecuencia v.i« de
uc una represión en este terreno, uy*n a cristiana.
^ A.
a H ortela no

^ros comportamientos no parece qi


portam ientos no parece qiic tenga n* ^ SUjet0 “puede ¡a
tas llam a ---- “
— “m asturbaciones espiritualizadas . P / prob¡emas actúa
abstenerse
t e n e r s e de lo que es m a te ria lm e n te !s e lfre s a n te s tambün la*
H. Sígueme. Salamanca 1 9 8 0 . 5 6 8 ) ^ ^ ^ „ F. Von OaMW*.
wnes sobre las form as espirituales d c a u 96-101
Fl <>*mpo de la madurez sexual. Marfil, Aleey
191
tivos y que la hacen, en muchos casos, deseable, benéfica y
hasta obligatoria. El único peligro consistiría en un falso sen.
timiento de culpabilidad, que debería excluirse con una ade­
cuada educación, lejos de toda mentalidad puritana. No hay
que darle ya ninguna importancia, a no ser que se trate de un
síntoma patológico, en el ámbito de la pedagogía o de la
moral. Admitir la malicia de este comportamiento iría contra
las conclusiones más unánimes de la ciencia moderna2.
Sin llegar tal vez a este realismo, es cierto que para mu­
chos, en la práctica, es un comportamiento aceptado con una
dosis grande de tranquilidad, y sin apenas ninguna connota­
ción pecaminosa, cuando se trata de una manifestación tan
amplia y generalizada. La preocupación ética ha desaparecido
casi por completo, como producto de una mentalidad arcaica
que todavía perdura en algunas conciencias. El cambio supo­
ne la conquista irreversible de una sociedad secularizada que
no se deja impresionar por prejuicios religiosos o morales.

2 “Una sociedad no autoritaria no pondría ningún obstáculo a la satisfac­


ción de las necesidades naturales. No se contentaría, por ejemplo, con nc
impedir la relación amorosa entre dos adolescentes, sino que les daría plena
protección. No se contentaría, por ejemplo, con no prohibir la masturbación
infantil; trataría severamente a todo adulto que im pidiese al niño desenvolver
su sexualidad natural” (W. R e i c h , La revolución sexual , Roca, México 1976,
35). “A través de nuestras consideraciones..., hemos asum ido que el autoero-
tismo no sólo es esencialmente normal, sino bueno" (M. Hunt, La conducta
sexual hoy, Edhasa, Barcelona 1978, 130-131). “No faltan autores que adop­
tan un lenguaje poético para defender la m asturbación, que en vez de un vicio
combatido por maestros moralistas es ‘el paso natural por el que se llega al
amor cálido y generoso de la juventud y al am or sereno y positivo del
matrimonio en la madurez” ’ (AA.VV., La sexualidad humana . Nuevas pers*
pectivas del pensamiento católico. Cristiandad, M adrid 1978, 251). “Ahora
bien, la masturbación durante la adolescencia no sólo tiene la función de
satisfacer el deseo o aliviar la tensión sexual, sino que tam bién ayuda a
conocer el propio cuerpo, permite satisfacer determ inadas necesidades en la
fantasía, favorece la autoestima y la sensación del propio valor, e incluso, en
ocasiones, sirve para superar otro tipo de tensiones, ansiedades, etc o
López-A. Fuertes, Para comprender la sexualidad , Verbo Divino, Estela
1989, 83). C f J. L. R iesco, Iniciativas para la educación sexual' Análisis*
valoración, MisJov 146 (1989) 13-18, donde analiza los folletos repartidos
por algunas comunidades autonómicas para la educación sexual. En la misn1
•!«Ciílí,f VC ^ 0 CHOA« 200 preguntas sobre sexo , Temas de hoy*
Madnd 1991 Sobre esta obra cf J. M. de L ahidalga, La doctora O choa v
“^ ^ jy ie x io n e s de un moralista , Surge 49 (1991) 261-277 y 375-392. Ufl#
Ü ! 18nífi? l2 ^ dc J^vcncs ,a consideran como un fenóm eno comp^1*
(1984) 6 l " * ^ ^Anchez, Anotaciones sobre la sexualidad juvenil , Ryf *

192
Según esto, ¿ha sido exagerada la postura de la moral m
este punto? ¿Podemos seguir condenando la masturbaciS
como antes o se ha dado una modificación radical en la va-
loración ética? ¿Es simplemente un fenómeno natural y bio-
lógico O implica otros aspectos más profundos de la persona’
Para intentar la formación de un juicio ético equilibrado resul­
tan necesarias una serie de consideraciones previas que nos
lleven más allá de la obsesión o la trivialidad.

2. La complejidad de un hecho:
diferentes significados

Nos encontraremos ante todo, y en contra de lo que pudiera


parecer a primera vista, frente a una conducta de extraordina­
ria complejidad, cuyo significado puede ser múltiple y varia­
do, de acuerdo con las circunstancias y momentos peculiares
de cada individuo. De ahí la dificultad de encontrar una de­
finición exhaustiva y aplicable a todos los casos, pues sería
imposible enmarcar dentro de una sola todas las posibilidades
latentes en ese comportamiento3. Los dos rasgos más carac­
terísticos que aparecen en la mayoría de ellas —excitación
sexual de manera solitaria y egoísta— no resultan válidos
para todas las ocasiones.
En primer lugar, porque la masturbación no debiera que­
dar reducida, como toda la ética del sexo, a lo puramente
genital, sin darle mayor trascendencia a las otras actitudes
autoeróticas que se revelan en el psiquismo. Lo único que
interesaba era la realidad del orgasmo o del placer expenmen-
tado, cuando la verdad es que, sin la existencia de tales gestos
externos, se puede uno enfrentar a la sexualidad en su sen-

"La dificultad de una definición exhaustiva y aplicable a to ta


resulta de la multiplicación de los puntos de vista tal como p u e d e ^ * " *
en «a elección de los términos... Definir la mastuibación
P01* * Presupondría ya resueltas algunas cuestiones
Aeren especialmente a su carácter natural, su frecuencia, el pape^ cucstióo
j cucrP ° ’ el grado de importancia de la descarga .
AL¿ ,e™¡nologi« esrev elad o ra,a su vez. de
Í S f g » . L a m a s tu r b a c ió n e n e l a d o le sc e n te . H f a
£ ' , ,M F- N. RuirtREZ, A s p e c to s y
n en e l a d o le s c e n te , Complutense, Madrid 1990,
193
tido más amplio— con una actitud que reviste el mismo sig­
nificado narcisista e inmaduro que la búsqueda solitaria de 10
genital4. De la misma forma que una relación heterosexual en
sus apariencias, y hasta dentro del matrimonio, podría tener
un carácter masturbatorio mucho más protundo que la misma
experiencia aislada de un adolescente. Lo que reviste verda­
dera importancia para la maduración y equilibrio de la perso­
na es la forma de vivir el sexo en su conjunto, y no la mera
genitalidad. Hay, pues, que examinar por debajo de todo, aun
cuando se diera una aparente continencia, la cara interna de la
pulsión sexual para ver la dinámica y orientación que lleva.
Más allá de la biología se encuentran otras reacciones psíqui­
cas tan importantes o más que las anatómicas.
Tampoco basta insistir en sus motivaciones egoístas, como
si el masturbador fuese siempre un ser doblado sobre sí mis­
mo y sin ninguna apertura hacia la alteridad, con miedo hacia
el ambiente que le rodea y que hace al individuo sumergirse
placenteramente en un clima de imaginación y afecto solita­
rio. El problema puede tener también otras raíces y ni siquie­
ra la búsqueda gratificante del placer explica su génesis o
permanencia posterior. La gama de significados es abundan­
te y se requiere, por tanto, una individualización bastante per­
sonal.
Hay que reconocer, sin embargo, que la masturbación se
vive con mayor frecuencia a un nivel genital y, cuando se
habla de ella, conserva de ordinario esta impostación. Vamos
a fijamos ahora en ésta, su forma más universal y corriente,
para ver los diferentes factores que la condicionan, antes de
entrar en su valoración ética.

A pesar de que el aumento de la masturbación femenina es un dato


evidente [Cf M. H unt, o . c . (n. 2), 103-106], esto mismo explicaría su inciden*
cía menor con relación a los hombres. El sexo de la mujer está menos gcn'*
ta izai o, pero en ella se daría con más frecuencia esta masturbación con
ona i es psicológicas. La coquetería excesiva, la búsqueda del adorador, c
deseo incesante de seducir podrían ser algunos ejemplos simbólicos. Otros.
nMiiíi^í)ntran0, r®^uc®n 1° genital al placer del orgasmo, como si lo decisivo
f 8U. obtc" f ión’ s'n ^ar*e niayor importancia ética o psicológica
de nmnmu cr,orcs- Es un dato que he constatado en la conciencia, incluso,
de personas mayores y bien formadas.

194
D e s c u b r im ie n to d e u n a n u e v a realid ad
3.
La sexualidad, aunque presente desde el comienzo de la vida
humana5, se corporaliza con una fuerza impresionante a partir
de la adolescencia. En la época de la pubertad no solamente
las estructuras anatómicas han alcanzado una mayor evolu­
ción, sino que las funciones glandulares y los diferentes estí­
mulos específicos provocan la llamada del instinto e invitan
a la correspondiente gratificación. La unión de todos estos
elementos hace que, desde un punto de vista biológico, apa­
rezca una dosis de tensión, que busca ser liberada a través de
las secreciones naturales. Por ello, cuando no son provocadas,
suelen tener lugar de una forma espontánea, sobre todo en el
sueño, aunque a veces pasen inadvertidas y su ausencia tam­
poco suponga ninguna anomalía especial6.
El joven descubre un mundo inédito y fascinante, a pesar
del negativismo que haya tenido su educación, cuando se
encuentra con los fenómenos psíquicos y biológicos de su
propia naturaleza sexual. La curiosidad, despierta ya en épo­
cas muy anteriores, alcanza aquí una invitación suprema por
la transformación que experimenta el cueipo. Las circunstan­
cias harán que un día tropiece con el placer escondido y
misterioso, que intuía desde antes sin comprenderlo, o que se
le manifieste de pronto sin saber el porqué.
Una experiencia masturbatoria, que supone el encuentro,
por encima de todo, con una emoción placentera, tiende a
repetirse por la vinculación profunda entre la percepción y las
emociones agradables que de ella se derivan. Cuando ambos
aspectos se canalizan hacia una situación gratificante, el sim­
ple recuerdo de esa experiencia es suficiente para despertar el
deseo de repetirla. Como toda función psicofísica, la emoción
deja un residuo oculto que favorece e incita a una especie de
toxicomanía. La aparente facilidad de conseguir lo que se
ousca es también un factor positivo para la formación e

del ,a sexualidad infantil me remito a la bibliografía dada g ucn06


f . 1 c 2 También A. Novetello. U m a stu rb a ció n en e l nina. Proteo, buenos
*,res 1969 ««
Para |0s mecanismos diferentes que despiertan v
cT jCUS,0nes b io ló g ic s, C h. W. Llovd
° * d? c ta sexual. Jims, Barcelona 1966. 419-437; G. Santo* .
s o lo g ia . Razón y Fe, Madrid 1969. 134-141.

195
hábito. Podrían crearse incluso ciertos reflejos condicionados
unidos a situaciones que no constituyen por sí mismas estí’
mulos específicos. Determinadas acciones normales e indife­
rentes motivarán, por sus vinculaciones afectivas con ese gesto
la existencia de una tensión característica que impulsa a |a
gratificación.
El mismo miedo, provocado por una educación rigorista y
por el sentimiento consecuente de culpabilidad, podría crear
una sensación de vértigo que llevase a la caída. Como el
temor a caerse en el que aprende a montar en bicicleta o se
acerca al borde de una altura, produce de inmediato un des-
control que imposibilita conseguir lo que, en circunstancias
normales, no supondría mayor dificultad7. La falta de con­
fianza o la impresión latente de que es un hecho irremediable
cortarán sin duda muchas de las energías necesarias. Cual­
quiera puede constatar el influjo negativo de estos sentimien­
tos en el momento decisivo, por ejemplo, de una competi­
ción deportiva o de otras múltiples acciones de la vida ordi­
naria.

4. Etapa evolutiva hacia una integración personal

La adolescencia es, además, una etapa de transición, en la que


el joven debe renunciar a una actividad infantil, como la mas­
turbación, pero sin poder alcanzar todavía una relación hete­
rosexual. Se trata de una situación incómoda e inestable. La
maduración conseguida en su anatomía no se produce con la
misma celeridad en su vida anímica y psicológica. Se encuen­
tra biológicamente preparado para el ejercicio de una activi­
dad que no le resulta posible por muchos motivos en el campo
de su psiquismo. La masturbación seria, en este sentido, una
primera apertura hacia la heterosexualidad, que no llega a
realizarse en toda su plenitud. El acercamiento al otro sexo
comienza de una forma aislada y solitaria en la realidad, por0

y °-. P sic o ló g ic a m e n te p re c o z y b o m b a rd e a d o o b s e s iv a m e n te pof 0


c a e «« ” lu c *1as v e c c s Po r s e n tir u n a e s p e c ie d e v é rtig o . V e que $
a b ism o te rm tn .f0 a m c n te f u e n ta d e e llo , n o q u ie r e c a e r s e y, s in em bargo,
0 C (n I) 56 9 ^ e n ®u y sc c a e ir r e m e d ia b le m e n te ” , A . Hortela

196
como un prólogo introductorio hacia el encuentro con la otra
persona.
De ahí la importancia otorgada por los psicólogos al
mundo imaginativo de los adolescentes*. En él se manifiesta
el carácter ambivalente de la etapa evolutiva, la postura inter
media entre una fase autoerótica y la nueva apertura incipiente
hacia los demas. Por eso es frecuente que tales actos solitarios
estén acompañados ya por imaginaciones que revelan un de­
seo más o menos implícito de relación y comunión amorosa.
Lo que a primera vista aparece como soledad y aislamiento
tiene una corriente de fantasía claramente heterosexual. En el
fondo, se despierta un deseo de encuentro con el otro, que por
el momento no puede llegar a realizarse. A través de la ima­
ginación se mantiene una tendencia vaga a la intimidad, de
cercanía amorosa. Por ello, en contra de lo que pudiera creer­
se, la ausencia de estos pensamientos no es un síntoma posi­
tivo y benéfico, pues manifestaría más bien que la gratifica­
ción masturbatoria no constituye ya un puente hacia la etapa
posterior, sino una regresión o estancamiento de signo di­
ferente. El hecho de que las primeras experiencias psicoafecti-
vas con el otro sexo resuelven o aminoran en gran parte este
fenómeno, es índice evidente de lo que significa con frecuen­
cia esta etapa primera de la juventud.
En esta época no podemos olvidar tampoco el papel
estimulante que representa la vida afectiva y sentimental del
adolescente. Los sentimientos de soledad afectiva, de inde­
pendencia y autonomía personal, de incomprensión por parte
del ambiente que le rodea, de frustración frente a los ideales
abstractos y un tanto imaginarios, las dificultades y primeros
tropiezos, los fracasos en los estudios... impulsan a encontrar
una especie de compensación agradable y placentera. Es una
experiencia demasiado cercana y asequible para no buscar en
ella un consuelo y pequeño refugio ante las situaciones que se9

9i , E* qu5 meJ°r ha tocado este aspecto ha sido A J \ £/ problema


’ M. Mateu A ragonés, L a s e x u a lid a d d e j a a d 53-63; G P*-
NA7_a ^ t u r b a c i ó n . A s p e c to s m é d ic o s. CuadOrFarri J ne¡ contesto
oenJ ' f ' o n s id e r a z io m m o r a li s u lla s e s s u a lita d e a ^ p, PietkhA.
, ra le d e lta c r e s c it a , Salesianum 40 sessu ali / Analisi delta
^ 1 ATTINU Sviit*PPo adoíescenziale e comportamenti .
Mtaa210»* « ttu a le , MedMor 41 (1991) 247-282.
197
presentan como negativas. El calor y el placer, que la ví(ja
real niega, se equilibra asi de alguna manera.
Todo este cúmulo de circunstancias hace que la tendencia
hacia la masturbación, durante este tiempo de crecimiento
madurativo, pueda considerarse normal desde una perspecti­
va psicobiológica. Patológico sería precisamente lo contrario
—la ausencia completa de esta inclinación—, pues indicarla
que existe algún obstáculo o problema de diversa índole que
dificulta el desarrollo lógico y coherente de la sexualidad. La
normalidad, de la que hablan muchos psicólogos, hay que
situarla a este nivel de tendencia e inclinación como etapa
pasajera hacia una fase posterior. Las transformaciones fisio­
lógicas de la pubertad con su fuerza y aspecto novedoso, junto
con la lejanía y recelo frente al otro sexo, y teniendo en
cuenta la inestabilidad de todo el período evolutivo, explican
por qué, en la práctica, esta tendencia se manifiesta a través
de los actos masturbatorios con una frecuencia estadística
elevada9. Pero, aunque sea comprensible, fácil y comente
este último hecho, no significa que se trate de una experiencia
necesaria para la maduración de la personalidad, como si al
que no la hubiera realizado le fuese imposible conseguirla.
Sólo cuando este dominio sea producto de una fuerte represión,
como antes dijimos, podría catalogarse como deficiencia psi­
cológica más o menos profunda,0.
La insatisfacción de fondo que produce la experiencia mas­
turbatoria, a pesar de su carácter gratificante, puede provocar
una renuncia a tales prácticas y estimular hacia otras formas

Las múltiples estadísticas sobre este comportamiento señalan siempre un


alto porcentaje, que alcanza el 90 ó el 95 por 100 en el sexo masculino. Cf
A. A lsteens, o . c . (n. 3), 65-69; A. V alesso, L'autoerotismo nell a d o l e s c e n t e
Marietti, Turín 1970, 82-85; M. V idal, Moral del amor v d e la s e x u a lid a d
Perpetuo Socorro, Madrid 1991, 308-310, donde resume las encuestas d<
diferentes autores. Puede verse una amplia información sobre este comporta
miento en las diversas culturas y civilizaciones en H. E llis, Études de psv
chologie sexuelle, Alean, París 1964, 163-248 (Tr. cast.: Estudios d e psico
logia sexual, Studium, Madrid 1969).
El mismo A lsteens, que insiste en “la normalidad" de este proceso
a tnna sin reticencias que: “A lo sumo diremos que la ausencia de masturba
«L í C *SCr aIn!?*?ua y rcsP°nder, si viene el caso, a una consigna repre
nhli9iitñf4 in C^ra<^a \0,c' ín- 3), 68], pero sin darle por supuesto un sentido
í Y nccc“ no a esta frecuencia estadística. Como dice la declaración
de los ^ c tír humanos’^ 08 *1CCÍ10S no const'tuyen un criterio del valor mora

198
más deseables de encuentros afectivos, que rompan la soledad
y el sentido compensatorio que tantas veces revisten. Hay una
conciencia más honda de un cierto vacío, aunque no se exnli-
cite con toda claridad, porque sólo se consigue una relativa
descarga tensional que no llena psicológicamente. O es posi­
ble también que esta misma insatisfacción las fomente con la
ilusión y esperanza escondida de que resulten por fin plenifi-
cantes.

Otros factores posteriores:


diferentes significados

Por eso. este comportamiento suele reducirse después de la


adolescencia, en circunstancias normales, aunque a veces se
prolonga y estabiliza en una etapa posterior. La masturbación
adulta, y hasta en la misma vejez, reviste significados diferen­
tes Habrá ocasiones en las que mantenga un carácter sustitu-
tivo, cuando la abstinencia de las relaciones heterosexuales,
por las razones que sean, lleva a encontrar en ella una especie
de sustitución imperfecta, donde el factor imaginativo juega,
por ello, un papel importante. A falta de otra posibilidad mejor
se opta por este recurso. Se buscaría un desahogo fisiológico
a una cierta tensión, que no se llega a dominar, sobre todo si
los viejos hábitos dificultan una actitud de mayor resistencia.
La falta de esfuerzo e integración, que lleva al abandono in­
mediato en manos del placer, puede suponer un serio obs­
táculo al desarrollo personal, pues indica una dosis de egoís­
mo y aislamiento digna de atención. El grado extremo sería el
de aquellos que encuentran aquí su mayor felicidad. Lo que
comenzó siendo un simple medio se ha convertido ya en un
fin casi absoluto. Hasta dentro de la vida matrimonial, esta
práctica resulta más deseable y gratificante.
Sin embargo, existen otras series de factores
e esta misma realidad, que se dan con mayor “
°davia que en la época anterior de la juventud.
concreto a todo el mundo de motivaciones mas o men

México; f ^ l K\ pf!coiogla
n ones adultas. Grijalbo, Barcelona 1980.
199
conscientes, cuya influencia práctica es absurdo rninusvalorar
Los mecanismos del hombre son demasiado complejos para
saber de inmediato cuáles son las raíces auténticas de su com­
portamiento. Y en este terreno son múltiples las causas qUe
condicionan y fomentan un hábito semejante. Agresividades y
venganzas ocultas, miedos irracionales, deseo de castigo per.
sonal por la culpabilidad engendrada con tales prácticas, ilu­
siones profundas inconfesadas, nostalgias que no se quieren
reconocer, ciertas gratificaciones “buenas" que no culpabili-
zan, pero despiertan la dinámica sexual, y otras mil variedades
de todo tipo se ocultan por debajo de la masturbación.
A veces hasta crear un círculo vicioso. La angustia y depra­
vación experimentada, al sentirse arrastrado por una fuerza
que no se llega a dominar, aumenta los sentimientos negati­
vos y, al mismo tiempo, tal situación afectiva engendra esta
práctica como un intento de disminuir la angustia, como una
función defensiva contra la ansiedad. El sujeto comprende
que es absurda su postura, pero no consigue eliminarla. La
misma confesión juega un papel más psicológico que religio­
so. Es una búsqueda para obtener la tranquilidad, que posibi­
lita el paso a un nuevo intento de superación posterior, más
que la manifestación de un arrepentimiento por la posible
ruptura de una relación personal. En estas situaciones suelen
darse hasta reacciones de tipo mágico, que intentan recuperar
la “limpieza” perdida.
En el extremo de este camino la masturbación aparece
como el síntoma de una patología más aguda, de un desajuste
psicológico de la personalidad, hasta llegar a vivirse como
una fuerza compulsiva. Las reacciones pueden resultar incom­
prensibles, con una falta elemental de lógica, pues ni siquiera
el placer ocupa una especial relevancia y no existen motiva­
ciones racionales que justifiquen semejante comportamiento.
Revelan ya una falta de armonía e integración interna, que
requeriría un tratamiento peculiar. No es la causa sino la
expresión de que existe algo por dentro que no funciona con
un mínimo de normalidad12.

Cauieri^L* lJimj.<*!i-Cr' nteS ^ V's‘0nes Que aparecen entre lo s au to res.


d,St,ngUCn entrc u" conduce a la satisface ¡¡
Hecho re p e tid o y 'm a J ° h P0* amient0' cuando cl act0 se convierte en
P® • y masturbación propiamente dicha, cuando la imposl*cl

200
Con esto no hemos pretendido elaborar una lista completa
de los factores que motivan o condicionan el fenómeno de la
masturbación. El único objetivo era insistir en la complejidad
de su etiología para no quedarse en una interpretación dema­
siado simplista, que se reduzca a la pura manifestación de ese
gesto sin conocer más a fondo sus posibles lecturas o signi­
ficados. Para ello habrá que tener en cuenta fundamentalmen­
te la etapa evolutiva en que se realiza, su frecuencia esporá­
dica o habitual, su estrato biológico o psicológico, su carácter
normal o patológico, sus resonancias en el desarrollo y madu­
ración de la persona. Cualquier planteamiento pastoral o edu­
cativo, e incluso su misma valoración ética, en gran parte
tiene que encontrar aquí su punto de partida y fundamento. De
estos dos puntos trataremos a continuación.

6. La fundamentación teológica:
Escritura y tradición

Tanto la argumentación teológica como su fundamentación


ética admiten hoy nuevos matices, que las diferencian en cier­
to sentido de lo afirmado en épocas anteriores. Se han supe­
rado algunos presupuestos morales que no resultan del todo
convincentes.
La base bíblica en la que se apoyaba su condena no pare­
ce tan clara y explícita como se había creído con anteriori-*13

psicológica que se revela descubre ya una regresión inmadura, egocéntrica,


cerrada a la presencia del otro. Relazione introduttiva sugli aspctti psiquio-
'n n , en AA.VV , L ’autoerotismo , Ateneo Salesiano, Roma 1964, 58; F. Bro-
narsk! ( ió , 172-176) insiste, desde un punto de vista psicológico, en la dife­
rencia entre autofilia — am or desordenado a sí mismo, como puede
otras formas de conducta— , autoerotismo —complacencia afectiva de idéo-
,lco signo a la que se experim enta de ordinario por personas del otro sexo—
y autosexualism o — experiencia sexual sin ninguna relación hacia otras per­
sonas— ; a . Hortelano, o . c (n. I), 566-568, se refiere a tres tipos dlfeJ«nt!»-
« « tu rb ació n patológica, fisiológica y psicológica; A Alsteens, o.c («•>>.
113-l 15. recoge la división de F. von Gagern entre not-onamey
s'g ú n exista la capacidad de mantener relaciones sociales o dl^ ul* .
7 « ó n con los dem ás; AA.VV.. o.c. (n. 2). 252-254 d-voden la m a s t u r ^
* : '? s adolescentes en compensatoria, por necesidad, P*t0,óg“ * J ?
«údicas y hedonista. En último término, se trata de v e r l . mayor > m e * *
¡«Ponancia, que un comportamiento como este reviste, según sus ratees y
«otivaciones.
201
dadl3. En la Escritura existen abundantes textos que afectan
de un modo genérico al sexo y condenan de forma específi.
ca determinadas desviaciones y comportamientos, pero un aná­
lisis de las diferentes afirmaciones lleva a la siguiente conclu­
sión, generalmente admitida por los autores: no aparece
ninguna condena directa y expresa contra esta práctica deter­
minada14. Esto no supone admitir que la masturbación no sea
pecado. Sería una conclusión demasiado ligera y sin la lógica
más elemental, pues la Biblia no es un manual para confeso­
res donde se encuentren todas las conductas pecaminosas. Es
fácil incluso que una acción como esta deba incluirse en las
condenas generales que se dan contra las impurezas y desór­
denes de todo tipo15. Lo único que decimos es que así como
otros comportamientos quedan excluidos de la vida cristiana,
contra este no existen afirmaciones tan categóricas y explícitas.
El vocabulario empleado en los diferentes textos no responde
nunca a los términos griegos que se utilizaban para hablar de
este acto16.
La tradición de la Iglesia ha sido mucho más taxativa. Es
verdad que, según los estudios realizados, no es fácil encon­
trar tampoco una clara condena en la literatura patrística: "Los
padres de la Iglesia han silenciado prácticamente el tema de
la masturbación. Tampoco se hace mención de la masturba­
ción en relación con la penitencia pública en la primitiva
13 Los textos más frecuentes empleados han sido los siguientes: Lev 15,16,
Dt 23,10-12; Gén 38,6-10; Si 23,16-17; ICor 6,9-10; F f 5,7, Gál 5,19-21.
Rom 1,24; ITes 4,3-4.
14 Ver el estudio completo de H. H umbert, Les peches de s e x u a h t é dans
le Nouveau Testamenta StMor 8 (1970) 149-183. Una de las conclusiones del
autor es la siguiente: “Ninguna condenación es form ulada contra la bestiali-
dad (a diferencia del AT) y el vicio solitario” (p. 183). Hay que c o n c l u ir ,
pues, que el AT, lo mismo que el NT, no ofrece ningún texto seguro referente
a la condena de la m asturbación (C f A. P lé-B. H áring , L a m a stu rb a ció n i,
Paulinas, Madrid 1971, 21). C f también la bibliografía de la n. 1, en el c
Aunque no se puede asegurar que la Sagrada Escritura reprueba este
pecado bajo una denominación particular del mismo, la tradición de la I g ^ 1*
ha entendido, con justo motivo, que está condenado en el Nuevo Testamento
cuando en él se habla de ‘im pureza’, de ‘lascivia’ o de otros vicios contrario*
a a castidad (Persona humana, 9). El sentido procreador y unitivo otorga
L l “ Xr al'.dadJ huimana haría P °co com prensible el no rechazo de la
ciiarwtn a ra<^,c,t^n talmúdica, sin em bargo, se m uestra m ucho más rigon
„ c,e .^Ul <luien eyacula en vano el semen se parece a quien vierte
“ T V / Í A„ P lé - o c ( o 14). 20.
C f A. Plé, o . c (n. 14), 31, n. 10.

202
Iglesia” l7. Sin embargo, resulta curioso la importancia y pre­
existente en tomo a las poluciones nocturnas18
o c u p a c ió n
Parece como si el deseo de pureza ritual, muy cercano a la
mentalidad del Antiguo Testamento sobre estos temas, preva­
leciese todavía sobre la pureza ética, la única que limpia ver-
(laderamente el corazón humano.
Como en otros puntos de la moral cristiana, la práctica de
las confesiones, sobre todo a partir de los libros penitenciales
de la alta Edad Media, motivó los célebres catálogos de pe­
cados y sus correspondientes penitencias. La lista de posibles
faltas, en todos los campos, es de una amplitud impresionan­
te. La masturbación tiene también una mención frecuente,
aunque la penitencia impuesta sea de ordinario mucho más
leve, máxime si se trata de adolescentes, que cuando se habla
de otros pecados sexuales,9. Se acepta como un pecado más,
pero sin alcanzar todavía el relieve impresionante que tiene a
partir del Renacimiento.
Se ha insistido en que fue Gerson el primer autor rigorista
sobre este punto. Desde luego algunas de sus afirmaciones no
dejan lugar a dudas. Para subrayar la gravedad de esas faltas
en los pequeños, afirma sin temor que: “Aun cuando, por
razón de la edad, no se haya concluido la polución..., hace
perder la virginidad a un niño más que si este, a la misma
edad, hubiese frecuentado las mujeres":o. Por este tiempo se
1 C h. E. C urran , .Ven Look at Christian Moraiitv, University Press, Notre
Dame 1968, 213; G. C apelli, Autoerotismo Un problema morali nei primi
secoli cristiam?%Dehoniane, Bolonia 1986. Sólo algún texto de Casiano hace
referencia explícita a esta conducta.
" A Ple, o c (n. 14), 24. Más adelante afirma: “Apenas existe w autor
monástico o m edieval que no haya tratado de la polución nocturna , iA 32,
n. 15.
. “Los milos, sin em bargo, entre los doce y veinte altos que cometan los
crímenes ap untados serán castigados con la mitad de la pena dicna l •
B'eler. The Irish PemtemiaLs, Institute fot Advanced Studies. Doblin. IW i,
l00). En otros penitenciales, a pesar de todos los posibles pecados qu
encuentran contra la castidad, no aparece para nada la “ “ ^ f ^ a T a d ^
Au in d e L ille, Líber poemientialis, Naiwelaerts. Lovama
*nte, he encontrado incluso algunas Sumas de confesores en qu
«ueho de las im aginaciones nocturnas y absolutamente nad.L**
^ n . Por ejem plo. T h o m a e C h o b h a n . Summa confessorum. Nauwelaem.
^ m a 1969. ^
p . G e r s o n , De confessione moHitiei en hacer
Pan, 1971, 72. El tratado es un modelo perfecto de lo que no * debe l»em
cn confesonario.
publican también una serie de libros en los que los autores
médicos y escritores —algunos afectiva e ideológicamente tan
lejanos del catolicismo como Rousseau y Voltaire—, descri­
ben las trágicas y funestas consecuencias, en todos los órde­
nes, que produce el vicio solitario21. No es de extrañar que la
ignorancia sobre los procesos biológicos y sobre la sexualidad
en general motivaran confusiones desprovistas de fundamento
científico y que los mismos moralistas católicos encontrasen
en estos escritos una confirmación estupenda a sus valoracio­
nes éticas.

7. La enseñanza de los manuales

Las intervenciones de la Iglesia, desde el nacimiento de los


manuales de moral, evitaron cualquier intento de mayor laxi­
tud. Las proposiciones que parecían algo más avanzadas que­
daban condenadas de inmediato. Uno de los autores, conside­
rado como el príncipe de los laxistas, era el cisterciense Juan
Caramuel. De su obra Theologia moralis fundumcntahs fue­
ron sacadas dos proposiciones que condenaron, como escan­
dalosas y perniciosas para la práctica, Alejandro VII e Inocen­
cio XI, respectivamente. Sus afirmaciones son exageradas aún
hoy día y, en este sentido, no revisten mayor interés. La

El libro publicado por S. A. Tissot, m édico suizo (1728-1797), y que


tuvo numerosas ediciones en diferentes lenguas, tiene ya un titulo significa­
tivo: Traité de l'onanisme, dissertation sur les maladies produites par /u
masturbation. Ver también J. J. Rousseau, L ’Emile ou l'éducation , Garmer.
París 1961, lib. IV, 415-418. C f Th. Tarczylo, Sexe et liberté au siécle des
Lumiéres, Presses de la Renaissance, París 1983, para ver cómo el tema de
la masturbación fue objeto de múltiples estudios entre los médicos del si­
glo XVIII, insistiendo en su carácter perjudicial. Un típico ejemplo puede
verse en A. Fontana, Manuale per leducazione , M ilán 1834, 203-204, donde
se acentúan con fuerza extraordinaria aspectos que se han mantenido presen­
tes en nuestra educación: la falta de apetito, la palidez del rostro, obnublación
de la vista, dolores de cabeza y de la esDina dorsal, m uertes dolorosas e

c ut u, L iuiciia in ig iv » -' - , ...


tim onios m édicos. Mayor d
mentación en A. Neret, Document pour une histoire de l'éducation se*ue
Neret, París 1957.

20 4
condena recae no sobre el hecho en sí, sino sobre todo el
contexto que se afirma. En una se identifica la masturbación
con la sodomía y bestialidad, como pecados de especie leve
idéntica . Y en la otra se afirma que la masturbación no está
prohibida por el derecho natural y que sería buena, por tanto
y obligatoria, en algunas circunstancias, si Dios no la hubiese
prohibido bajo pena de pecado mortal23.
La tradición de los manuales ha sido unánime en este
punto. La doctrina de la Iglesia se configuró con bastan­
te exactitud en el siglo XVII y, sin apenas variaciones de
importancia, se ha mantenido hasta la época actual. Sus
puntos fundamentales podrían sintetizarse de la siguiente ma­
nera:
La masturbación directa y voluntaria es siempre por su
propia naturaleza un pecado grave, sin que deba eximirse de
esta culpabilidad a los niños y adolescentes en circunstancias
normales y ordinarias24. La búsqueda del placer será admisi­
ble cuando esté orientada a la procreación y dentro del matri­
monio. Por ello, no es lícita su aceptación, aunque se produ­
jese de manera casual e involuntaria, a no ser que, con una
distinción un tanto abstracta y retorcida, la voluntad se gozase
sólo en el hecho de constituir un alivio a la naturaleza25. Ni
tampoco es admisible con fines terapéuticos, pues se temía

“La m asturbación, la sodomía y la bestialidad son pecados de la misma


especie ínfima, y por tanto basta decir en la confesión que se procuró la
polución’. DS 2040 (1124).
“La m asturbación no está prohibida por derecho natural. De ahí que si
Dios no la hubiera prohibido, muchas veces seria buena y algwia vez obli­
gatoria bajo pecado m ortal” , DS 2149 (1199).
Pió XII expresó su pensamiento claramente: “Por lo tanto, rechazamos
como errónea la afirm ación de quienes consideran como inevitables las caídas
en l°s artos de la pubertad que, por ello, no merecerían que se hiciese gran
caso de ellas, com o si no fuesen faltas graves, porque de ordinario, añaden,
a pasión suprim e la libertad necesaria para que un acto sea moralmente
imputable" [AAS 44 (1952) 275]. Ver también el discurso a los psicoterapeu-
las [AAS 45 (1953) 279-280]. Baste recordar, por estos artos, las reacciones
* produjeron en tom o a la tesis doctoral de M. O kaison. V* *
'P ro6/< W s de la sexual!,é. Lethielleux. Parts 1952. hasta su n e t a * >« «■
í * * de libros prohibidos por un decreto del 3-1-1955 [AAS 47 (J M S H fl.
£ historia de todo lo sucedido en M. O raison, R econdenan. Hémenos,
8Ueme. Salam anca 1969, 190-198. v
p, U » diferentes divisiones sobre la polución indirectamen
776 7a7r M ZaLBA' Compendium theotogiae moral« I. Hdtca. Madnd W 5 .

205
que con tales excepciones quedara socavado el principio bá-
sico de la ética sexual: que el placer venéreo está destinado
exclusivamente a su finalidad procreadora
Existe una malicia diferente entre el placer solitario qUe
va acompañado de orgasmo (acto completo) y aquel otro qUe
no llega a producirlo (acto incompleto). Este último constitu­
ye también un pecado mortal para las personas no casadas.
La malicia de la masturbación indirectamente voluntaria,
como consecuencia de actos o situaciones que pudieran pro­
vocarla (actos indirectos o impúdicos —así se llamaban en los
manuales—), dependerá del peligro más o menos próximo
que presenten tales circunstancias y de las razones más o
menos graves y justificantes para aceptar ese riesgo.

8. La fundamentación ética:
importancia de la procreación

La valoración teológica de estas enseñanzas no parece a mu­


chos moralistas que tengan un carácter definitivo e inmutable
Representan la opinión común de una larga época, pero esto
no impide que se aporten nuevas matizaciones que no pudie­
ron tenerse en cuenta con anterioridad. Las ciencias humanas
han ido aportando nuevos datos para una visión del problema
más justa y adecuada. En las motivaciones de esta condena y
en el planteamiento ético de algunos casos es donde la evo­
lución se ha planteado con mayor claridad.
Los autores están de acuerdo en que no todas las razones
son suficientes, ni es fácil tampoco encontrar una argumenta­

C f la respuesta negativa del Sto. O ficio sobre la masturbación pr0*’11*


rada para un análisis espermático en AAS (1929) 490. La misma doctrina
el discurso de Pío XII al Congreso de urología en AAS (1953) 378, y *
participantes al II Congreso mundial de la fertilidad y esterilidad en AAS
(1956) 472. Un resumen com pleto de las principales intervenciones de
Iglesia en AA.VV., o.c. (n. 2), 246-250, y G. D uranü, S e x u a lité el fo t
th e se d e th é o lo g ie m o r a le % Fides, Montreal 1977, 214-226. En la instnicd
de la Congregación para la doctrina de la fe. E l r e s p e to d e la vida
n? C¿e ?[e y la. d ig n id a d d e la p r o c r e a c ió n II, 6, se repite esta misma docto
ai hablar sobre la inseminación artificial homologa: “ La masturbación, ^
d ! ^ J * A qUe normalmcntc se P le u r a el esperm a, constituye otro signo de
nriviidn'd*1* aun. cua[*do se realiza en vista a la procreación, esc gesto
privado de su significado unitivo”, PPC, M adrid 1987, 51.

206
ción que pudiera considerarse unánime27. Se han superado va
posturas precientificas que consideraban a la polución como
un aborto en potencia, al considerar que sólo en el semen
masculino se hallaba encerrado el hombre28, o la juzgaban
como una pérdida inútil que iría contra la conservación de la
especie humana ~ . Tampoco resulta definitivo probar su ma­
licia, como se ha hecho hasta tiempos muy recientes, porque
si el placer sexual pudiera buscarse fuera del ámbito procrea­
dor, nadie aceptaría la posibilidad de un hijo y los deberes del
matrimonio. El placer sería como un premio y gratificación a
la búsqueda de la fecundidad30. El argumento, sin embargo,
con más frecuencia utilizado ha sido el designarla como un
pecado contra la naturaleza. Así se denomina en todos los
textos. Pero, ¿qué significa esta afirmación? ¿Contra qué atenta
un gesto como éste?
El siguiente párrafo de uno de los manuales mejores y
más tradicionales sintetiza con claridad el argumento más
clásico y frecuente: “Como la facultad generativa y su actua­
ción ha sido dada al hombre únicamente para el bien de la
procreación y a esta no puede proveerse adecuadamente si no
es en el matrimonio, se sigue que ningún uso deliberado de
aquella facultad se permite a los solteros” 31.
La razón, por tanto, de la malicia intrínseca reside en su

El mismo M Z alba, oc (n. 25), afirma: “Los teólogos aceptan unáni­


memente que la polución directamente voluntaria está prohibida por el dere­
cho natural, aunque al construir la argumentación racional no todos aporten
pruebas constringcntes” (p. 773).
1 Con este presupuesto la argumentación de santo Tomás resultaba lógi*
Por tanto, después del pecado de homicidio, que destruye una naturaleza
humana viviente en acto, este tipo de pecado parece ocupar el segundo pues-
t0" (Summa contra gentiles III, 122). La idea era una opinión común en la
antigüedad griega. C f J. Flamand. La femme Narure et sexualité. L hérttage
“ Aristote, ScEccl 27 (1975) 107-120. Sobre los conocimientos médicos en la
^ edla‘ cf D Jacquart-Cl. Thomasset, Sexualidad}' saber medico en la
<*d Media, Labor, Barcelona 1989. ,
Todavía santo Tomás tiene que hacer equilibrios para permitir el uso
r 1* matrimonio a las personas viejas y estériles, pues se trata, según él, de un
* Cr° accidente: “T oda ley mira a las situaciones más comunes, no a los
bidentes y particularidades” (De malo, 15. 2, 14). Paua-
mip ar8um ento principal que da Tomas Sánchez (c • Q naadá
? * Tomás Sánchez S I sobre moral sexual.
” 76. 233-249), y que se h . manten.do h as* en los mmnmles más «oenies.
)? confirmación alI menos
—v iu n O I I I V I I V O de la doctrina enseñada.
U V aaa
M. Z
**alba
■- , o . c . (n. 25), 761.

207
negativa radical a la procreación. Eliminar esta finalidad
primera del sexo es la esencia del pecado y el único motivo
para negar su licitud en cualquier hipótesis, aun cuando se
trate de admitir el placer involuntariamente provocado, 0 se
buscara por otras razones no libidinosas, como en el caso, por
ejemplo, de un análisis espermático. Si la sexualidad no tiene
sentido al margen de la procreación, y si cualquier fallo en
esta esfera hay que considerarlo, por la no parvedad de ma­
teria, como gravemente pecaminoso, la masturbación bajo
cualquier forma y condiciones será siempre un pecado mortal
Es una conclusión que se impone con toda lógica y exactitud
a partir de esos presupuestos.

9. L a m a d u r a c ió n de la s e x u a li d a d :
requisitos psicológicos

Nadie se atreverá a negar la dimensión procreadora del sexo,


pero tampoco parece que tenga que ser el único criterio, ni el
más importante, para iluminar su valoración etica. Si tenemos
en cuenta el significado de la sexualidad humana, tal y como
la planteamos en un capítulo anterior, podemos comprender
mejor lo que representa el fenómeno masturbatorio dentro de
una reflexión más totalizante y personalista. No es sólo una
negativa a la fecundidad, sino que habría que darle mucha
más importancia al carácter solitario, autista, egocéntrico,
como un obstáculo grave a su aspecto unitivo, de encuentro
y comunión32.
Dentro de esta perspectiva sería falso mantener que la mejor
forma de maduración humana y sexual sea precisamente esta
práctica concreta. No nos referimos ya a sus consecuencias

La mayoría de los moralistas prefieren seguir hoy esta forma de *9^


mentación. La misma declaración Persona humana , 9, ha supuesto un avanC
en relación a los anteriores planteam ientos, cuando afirm a: “Le tal**- *
c ® relación sexual requerida por el orden moral: aquella relación fl
rea iza el sentido integro de la mutua entrega y de la procreación human®
el contexto de un amor verdadero”. C f el com entario de M. B bnzo. El
erotismo, en AA.VV., Algunas cuestiones de ética sexual Comentario »
D* A e l C' f n c ^ erlona humana" de la Sagrada Congregación parala d»
El * 1'nl{f A d1,Ca, JMadrÍd 1976' '31-135. donde insisfe en esta o r ie n ta ^
articulo habla sido publicado con anterioridad en L ’Osservatore R°l#'

208
sobre la salud biológica del individuo, que sólo se darán en
casos verdaderamente patológicos, sino a su resonancia en el
psiquismo. El que quisiera vivir su sexualidad de esta manera
tendría razón para sentirse preocupado, pues opta por un cami­
no opuesto al sentido relacional que aquélla encierra. El sim­
ple abandono a la necesidad que se experimenta, sin una dosis
de esfuerzo y renuncia para superarla, supone una dificultad
seria para la evolución posterior, pues “sólo el soportar la ten­
sión puede hacer que el desarrollo progrese” 33. Los mismos
psicólogos no han dejado de señalar los peligros que le son
inherentes y que se manifiestan con relativa facilidad cuando
se convierte, sobre todo, en un hábito adquirido34: el riesgo de
quedarse en un estado narcisista, la excesiva genitalización del
sexo, el utilizarlo como una droga para escapar a otros com­
promisos o convertirlo en analgésico para encubrir otros pro­
blemas, son las consecuencias más frecuentemente señaladas,
aun cuando no aparezca como síntoma de un desajuste más
profundo. Y es que la dinámica del instinto requiere una su­
peración de esta etapa, que nunca jamás constituye el ideal de
la maduración y del equilibrio humano.
Los sentimientos de culpabilidad no tienen siempre raíces
religiosas. Son la manifestación de una incoherencia intema,
puesto que el alterocentrismo aparece como un movimiento
característico del crecimiento personal y su negativa provoca
una sensación de vacío y falta de plenitud, con resonancias
psicológicas que pueden detectarse incluso en aquellos que
conscientemente no experimentan ningún complejo de cul­
pa35. Hasta el mismo placer obtenido resulta insatisfactorio

'' R. A ffemann , La sexualidad en la vida de los jóvenes, Sal T erra,


Santander 1979, 156
34 En cualquier autor que trate de estos temas pueden en co n tr^e pare­
a s consideraciones. A. H esnard, La sexologie nórmale et patholo^quc
Payot, París 1959, 285-306; A. Alsteens. o.c. (n. J l8' l ^ * . ^ T ^ aue
Hunt, a pesar de su liberalismo, no duda en afirmar. La pro «leunos
acu rran a ella ha aum entado seguramente ante el hccho 9 u
entusiastas de la libertad sexual hayan dicho, sin f u n d a m e n iJ Í f^ u¿re,as y
Masturbación es categóricam ente buena, que n° t,cn* ma
* * jam ás ha de ser excesiva'’ [o.c (n. 2), 132]. M ‘ F- N.
(n 3). 155-195. trae una abundante lista de autores que hablan de estas
consecuencias psicológicas. A Alstíens. o .c
, E Blos, L e s a d o ie s c e n ts . Stock, Pira¡ W J ,93’ A* A
(n 91; M.B F. N. Ruipérez, o c. (n. 3). 234-239.
209
por ausencia de las emociones que despierta el compañero, en
un clima donde la relación y el diálogo humano no tienen
relevancia36.
Estas consideraciones fundamentales, que sólo apuntamos
con brevedad, son suficientes para que el juicio ético y obje­
tivo sobre la masturbación tenga que ser negativo. La sexua­
lidad posee una significación decisiva para la madurez de la
persona y su integración con los demás. Tiene un destino y
una meta hacia la que se debe orientar el esfuerzo y la educa­
ción. Aquel que no se preocupe y comprometa en la realiza­
ción de esta tarea renuncia a una obligación grave e importante
de su vida, Quien por haber llegado al autoconvencimiento de
que es un gesto sin mayor trascendencia, elimina el intento de
superar esta práctica, adopta una postura absurda y lastimosa,
en la que el único perjudicado será su propia persona. No
parece que entre los moralistas exista la menor duda en la
objetividad de este planteamiento. ¿Significa esto que todo acto
masturbatorio ha de considerarse necesariamente como pecado
grave? Su aplicación a los individuos concretos requiere una
mayor matización, que imposibilita un juicio único y genera­
lizado para todos los casos y situaciones.

10. La culpabilidad subjetiva:


dificultades para una exacta valoración

Es justo reconocer que, en el campo de la culpabilidad sub­


jetiva, ha existido, desde hace algún tiempo, una actitud
benevolente en el enjuiciamiento ético de cada acto personal.
De hecho, y a pesar de algunas advertencias oficiales, muchos
autores habían ya limado ciertos rigorismos sobre la frecuen­
cia y gravedad de las caídas37. Ya indicamos antes la compIe'
Si cuando se recurre a la masturbación... el individuo ya exige un
o jeto exterior para entablar relaciones sexuales, pese a que se encuentre
.Vla centrad ° sobre el objeto de su propio cuerpo, no podem os esperar en
. f ° í f Un° ^u c . k owwuirbación le produzca una satisfacción sexual cotn*
r»f« A / t * a?8ust,a vendrá a ser la consecuencia natural de este onanismo .
' . « d e T a « k tom ad, de A. Alsteens, o.c. (n. 3). 124-125.
asi, a . Snoeck, M a stu rb a tio n e t p é c h é g r a v e en A A VV P u b erte et
u f h w í r a r . M i mí-158: j. c
S an tan d er^9 M iT’w , ' " " * ‘e° logla moral t e m p o r á n e a I, Sal T e n *
d ,963> 215 0» Prl(nera edición castellana apareció en 1958) Y“

210
jidad enorme de un fenómeno como este. Son muchos los
factores que entran en juego para tener siempre una idea neta
de la propia culpabilidad. Cuando la masturbación es una
búsqueda compensatoria por el rechazo sufrido en el hogar;
una venganza sutil contra Dios, porque Él no ha solucionado
los problemas que interesaban, la forma de llamar la atención
o el síntoma de un conflicto más hondo, y el individuo ignora
este mecanismo e intenta corregir, sin éxito, por no dar con
la raíz del problema, ¿hasta qué punto su conducta puede ser
gravemente pecaminosa? ¿Quién sabrá el grado exacto del
influjo ejercido por tales motivaciones inconscientes?
Aunque los autores hablan de las notas y características
para diferenciar los casos normales, en los que la libertad
parece suficiente, de aquellos en los que suele darse una dis­
minución llamativa 3\ es difícil, sin embargo, trazar una fron­
tera nítida entre una y otra situación. Si hay ocasiones en las
que se puede tener una adecuada certeza, en otras sería atre­
vimiento una aseveración absoluta en cualquier sentido. No
son las apariencias superficiales, sino los procesos interiores
que escapan a primera vista, los que pueden determinar a la
acción. Lo que para uno resulta suficientemente libre podría
estar más condicionado de lo que se cree, y lo que otro acepta
como una realidad dolorosa e irremediable, de la que está
convencido que no es posible prescindir, a lo mejor es la
consecuencia de otras decisiones anteriores en las que el in­
dividuo tuvo la posibilidad de elegir y no quiso39.

entonces se afirm aba, poco después de la alocución citada de Pío XII (n. 24),
que "la teología m oral está dispuesta a adm itir que dificultades c impe­
dimentos subjetivos de la libertad excusan al hombre ordinario, o a la mujer,
de pecado grave con más frecuencia de lo que se hubiera sospechado en e
Pasado”, R. Gleason, Aspectos morales de la masturbación, en Orientaciones
actuales de psicología pastoral, Sal Tercae, Santander 1964, 248 0» edición
original data de 1959). _ Al l07fi
46^9 V- C° sta, Psicopedagogia pastoral de la castidad, Marfil, Alcoy 1978,
“Las más de las veces únicamente a posteriori se llega a
¡}Ue Punto el curso de la propia vida ha quedado influenciado P°r „ .
«cisiones sem ejantes, equivalentes a cambios de aguja de un
f e 4 6505 m om entos de decisión se sigue b v b del " « JE E *
rt reducido los m árgenes de la propia libertad y en of** mohienta de
^ p a r e z c a n ”. R. Affemann, o c (n. 33), ^ e l£ £ ¡ ¡ ! E £
cM* j #d hum ana con relación al pecado, E. Lrtrez ^
ón * la ética cristiana. Paulinas, Madrid 1991, 331-359.

211
Existe, además, un dato objetivo que hace reflexionar para
no caer en un moralismo estrecho. Todos sabemos el porcen­
taje tan alto de jóvenes —y no sólo en esta época de mayor
erotización— que pasan por esta etapa masturbatoria. Ahora
bien, sería una tremenda injusticia afirmar que, desde el punto
de vista religioso, la casi totalidad de la juventud, al menos
masculina, vive unos años sin tensión ni ideales éticos, aban­
donada por completo a la impulsividad instintiva, y en una
situación que se considera como gravemente pecaminosa.
Con esto deseo evitar una vez más los dos extremos:
condenar sin misericordia y con rigor, o absolver por comple­
to con ingenuidad. Afirmar que todo acto de masturbación es
siempre subjetivamente grave en cualquier circunstancia o que
la falta de libertad y conocimiento hay que suponerla sólo en
rarísimas ocasiones, es demasiado gratuito y tal exageración
no sirve ni siquiera como una ayuda pedagógica40. Pero creer
que no hay tampoco por qué preocuparse de cara a la madu­
ración sexual, y que los actos concretos no pueden ser signi­
ficativos de una actitud oculta, ambigua, poco limpia y descui­
dada, sería también un engaño y un falso servicio a la
educación. En cualquier hipótesis, aunque con toda certeza no
existiese la más mínima culpa moral, resultaría desaconsejable
una total despreocupación, pues queda un camino todavía por
recorrer para una integración humana, y nadie debería sentirse
psicológicamente satisfecho hasta no alcanzar esa última meta.
La importancia de una actitud masturbatoria debe tener
también un valor diferente, de acuerdo con el significado
característico que revista. No es lo mismo cuando se realiza
con una despreocupación hacia los valores profundos del sexo,
cuyo ideal no se trabaja por conseguir, que cuando brota en
una etapa evolutiva, a pesar de los sinceros intentos por con­
trolarse. Siempre será una deficiencia y una laguna objetiva,
pero si un acto aislado y pasajero no compromete gravemente
la evolución armónica de la persona, ni destruye plenamente

j . m,SFna enseñanza aparece en P ersona h u m a n a , 9: “ La inmadurez


de« m n l^ri« Cen?,a’ qUC a ,vcces puede P a n g a r s e más allá de esto edad, d
atenuando -i psJJu,C0 ? f* hábito contraído pueden influir sobre la conducís*
S v ^ e m ^ CtCr dcl,berado dc> a« o y hacer que no haya siempre fall
la ausencia de ^ n » W , 2 r f g ^ v e " “ PUed' PreSUm' r C° m° re8“ *

212
el sentido de la sexualidad, son muchos los autores actuales
que lo juzgarían con mayor benevolencia41.
De cualquier manera, lo más importante es descubrir la
pedagogía adecuada y la orientación pastoral más apta para
que, evitando cualquier extremismo, se consiga una progresi­
va superación de esta fase, sin aceptar el estancamiento o una
ulterior regresión. En esta línea van los siguientes consejos
prácticos.

1 1 . Orientaciones pastorales:
necesidad de una evolución progresiva

La castidad no es el centro de la ascesis cristiana y no puede


centrarse la atención sobre ella de tal manera que se dificulte
la integración de lo sexual en la dinámica de la persona. La
maduración de esta en todos sus niveles constituye la meta
del humanismo cristiano, y el mejor camino para intentar
alcanzarla no es la preocupación obsesiva. Hay que abrir a la
persona hacia la comunión y oblatividad. Donde domina el
caos y el libertinaje del sexo se revela siempre una desarmo-
nía más íntima: “Podemos, pues, concluir que el comporta­
miento sexual (no sólo como actuación, sino como tendencia
y necesidad) es ‘una expresión, una manifestación de la per­
sona’, y las modalidades de expresión de la sexualidad dicen,
con un lenguaje sutil, aunque diáfano, las actitudes más pro­
fundas del ser humano” 42. En este sentido, el sexo será un
termómetro para medir el avance, retroceso o estancamiento
de la personalidad. Indispensable para esta madurez es la
aceptación de la propia realidad con sus deficiencias y limi­
taciones, sin culpabilidades ni autojustificaciones infantiles.
Ello exige una imagen de Dios verdadera, un sentido serio de
lo que es el pecado, un enfrentarse, en último término, con el
slgnificado auténtico de la moral.

c J C f , por ejemplo, C h. E. J. F. Dedek, C o n te m p e ra n - ^ M o r a li^

AAv v ndÉtica
Ward* Nucva York ,971’ 58’6l; A JAVaR V, ^
v medicina , Guadarrama, Madrid 1973, - '
¿* ^
^ r 6 flc,¿n, en DETMy 630-631; A. A lsteens
m^ EUN0> ° c ("• 1). 573-574. G. Durand, 0 cJ n- ‘¿ f t , ? 8’229’ *
AN£* o.c. (n . 33), 159-166. M. V idal, o . c . (n. 9), 330-332.
v - C osta, o.c (n. 38). 159.
213
Esto supone que aquí, más que en otros puntos de la ética,
hay que instaurar una pastoral de progreso. No es posible’
sobre todo en ciertas circunstancias, alcanzar un dominio
suficiente de manera rápida. Dicho de otra forma, es necesaria
a veces la renuncia a un éxito inmediato. A un enfermo no se
le puede decir nunca que mañana estará completamente sano,
ni darle más esperanzas de las posibles. Por no aceptar esta
necesidad de avance progresivo vienen los desánimos, des-
pués de las deficiencias tal vez inevitables por el momento.
Lo más importante no es conseguir un control rápido de la
fuerza que arrastra —lo que también puede conseguirse con la
represión—, sino la armonía interior capaz de canalizarla pro­
gresivamente.
La masturbación no es siempre problema de voluntad.
Tenemos sólo una, que puede mostrarse firme y con fortaleza
en todas las actividades de la vida menos en esta; y no vamos
a decir que sólo en este terreno se encuentra debilitada. Ni
tampoco supone necesariamente un egoísmo voluntario y
culpable, aunque se dé casi siempre una actitud psicológica
egocéntrica e inmadura. Si es la manifestación de otras situa­
ciones internas más complejas, si brota como consecuencia de
una crisis evolutiva, si ha creado ya un cierto hábito o un
reflejo condicionado, sería muy difícil su eliminación repen­
tina e incluso hasta contraproducente. En estos casos la mas­
turbación, como la fiebre, constituye un síntoma o una señal
de alarma, y el hecho de que desapareciera de forma artificial
no significaría que la infección quedaba superada. Y lo im­
portante no es sólo eliminar el síntoma, sino purificar la raíz
morbosa que lo crea.

12. Sentido de los gestos:


visión optimista y evangélica

En estos casos, la responsabilidad moral no debería caer tanto


sobre los. actos concretos y determinados; lo que habría que
hacer es valorar la actitud básica de la persona de cara a su
maduración humana y sexual. A l individuo que pusiera su
interés en un esfuerzo serio por superar estas dificultades, que
m entara con ilusión acercarse poco a poco al ideal y a laS
214
exigencias de su maduración, que evitara las situaciones
ambiguas y sus justificaciones interesadas, habría que juzgar­
lo con benevolencia, pues sus caídas aisladas serían con­
secuencias todavía molestas de una situación complicada y
en vías de solución. La opción fundamental que tenga en
este terreno servirá mucho para acercarse a la moralidad de
tales acciones43. En orden a la eficacia educativa, ayuda­
rá mucho más esta visión optimista y estimulante que no la
amenaza temerosa de una culpabilidad, de la que puede inclu­
so dudarse44. La mayor culpa se revelaría con certeza en la
negativa libre y aceptada a este trabajo de superación progre­
siva.
No llegar a saber con exactitud el grado de pecaminosidad
será preocupante para el narcisista o el fariseo, que se satisfa­
ce con su propia imagen y necesita estar seguro del pecado
grave para recuperar su belleza interior, aunque sea de una
manera tan superficial y ritualista, pero no para el que de
veras ama a Dios y le tiene su corazón abierto, que es lo único
que le importa.
La confesión no debería quitar, por ello, un cierto malestar
psicológico, una insatisfacción humana de que resta un cami­
no largo de superación; y no servir, como sucede con frecuen­
cia, además de para perdonar la culpa en el grado que la
hubiere, para producir también una tranquilidad psíquica de
que todo se ha arreglado con la penitencia sacramental. El
perdón y la paz de Dios debe tener un significado diferente a

La siguiente afirmación de santo Tomás confirma este planteamiento de


la más pura teología clásica: “Aunque por un pecado mortal se pierda la
gracia, sin embargo la gracia no se pierde fácilmente, pues al que la posee
no le resulta fácil realizar ese acto por la opción contraria que tiene (De
ventóte, 27-1, ad 9). “ Los manuales de teología moral que no consideran la
opción fundamental ni prestan gran atención a la forma en que la gracia de
ios obra en nosotros dan, con frecuencia, la impresión de que un cristiano
puede caer siete veces al día en pecado mortal y salir de él otras tantas. Desde
“n punto de vista psicológico es impensable. Con todo, puede variar la opción
fundamental. Esto es posible, sobre todo, cuando no está aún afirmada ct
2 ? 01 ‘os estratos de nuestro ser mediante las actitudes correspondientes (B.
H^ ¿ ng, Libertad y fidelidad en Cristo !. Herder. Barcelona 19*1. 2261
. “No hay que recurrir al miedo, a las amenazas o a las in mi
* Cir4« e r físico o espiritual, si no se quieren favorecer «tadosobsesivos
comprometen el equilibrio sexual y fijan al sujeto sobre si mismo (Con-
« e o a c i ó n S a r a l a E d u c a c i ó n C a t ó u c a . O rientam enti educan* p er la fo rn a

,0»« al celibato sacerdotole, Vaticano. Roma 1974. 73).

215
esta otra tranquilidad de contenido humano, fruto de la inte-
gración y armonía sexual.

13. Descubrimiento de las motivaciones más hondas:


los consejos superficiales

Una terapia apropiada no puede darse mientras no se conozca


la razón de fondo que motiva el comportamiento. Es verdad
que el tiempo y las circunstancias variantes producen muchas
veces un mejoramiento y curación sin otras razones aparentes,
pero si se logra intuir qué posibles motivos determinan su
existencia, el camino se hace mucho más rápido y eficaz.
Todos estamos de acuerdo en que el que roba para cometer un
adulterio es más un adúltero que un ladrón. La afirmación
podría traducirse al caso que nos ocupa con la misma lógica.
El que se masturba por buscar un refugio a su fracaso, por no
encontrar un mínimo de hospitalidad y cariño, por huir de su
propia realidad o para mentirse a sí mismo..., habría que decir
que es un cobarde, un ingenuo, o un mentiroso más que un
impuro. Mientras no se logre trabajar contra estas motivacio­
nes profundas, los otros remedios serán más bien secundarios
y marginales45. Y si aquellas motivaciones existen, como
sucederá de ordinario, habrá que insistir mucho más en su
propia eliminación que en atajar directamente sus consecuen­
cias. Las condiciones sociológicas, el clima familiar, la edu­
cación dada, la tensión de algunas situaciones personales..-
pueden tener más trascendencia sobre el individuo que su
propia responsabilidad.
Por eso no basta aquí una pastoral de paños calientes o de
consejos superficiales. No hay derecho a decir que todo es
cuestión de interés o de falta de voluntad y que bastan unas
determinadas prácticas, aunque sean religiosas, para la cura­
ción de un hábito como este. No dudamos de la fuerza que
supone la gracia y de su influjo a nivel psicológico, Pef0
pediríamos un milagro moral si quisiéramos exigir de la de­

so b re d e b e rá s e r o rie n ta d a m á s s o b re e s ta s c a u sa s op
m en re U ^ Z ^ !T,Cta de! fc n ó m c n o ’ s ó l° s e p o d r á fa v o r e c e r efica*
mente la evolución del mstmto del muchacho” (ib, 53).

216
voción a la Virgen o de la comunión frecuente la solución de
un problema que pertenece más bien a otras esferas. Lo mis­
mo que si para curar cualquier otra anomalía psíquica o bio­
lógica intentáramos fomentar sólo una mayor vivencia religio­
sa. Esta no dejará de tener validez para descubrir un sentido
a todos los acontecimientos y como ayuda a las exigencias
humanas y sobrenaturales que recaen sobre la responsabilidad
del individuo, pero la actuación de Dios no repercutirá, salvo
en casos muy excepcionales, sobre las dificultades psicoló­
gicas46. Es más, si la última posibilidad que se ofrece para la
curación es el recurso a los medios sobrenaturales, existe el
peligro de crear una profunda decepción al comprobar, como
es lógico, que m siquiera el recurso a Dios puede arreglar la
situación planteada. Pero el fracaso no estaría en el sujeto
afectado, sino en los que se han atrevido a orientarlo de esa
manera.
Así, sin negar la meta de la sexualidad humana, ni la
responsabilidad del hombre en su trabajo para conseguirla,
buscamos una actitud positiva de ilusión y de esfuerzo perso­
nal, y el intento de encauzarlo por los caminos que parecen
más eficaces y auténticos.

217
C apítulo 8
LA HOMOSEXUALIDAD

1. El rigorismo sociológico:
una condena sin paliativos

Hay que reconocer que nos encontramos frente a un fenómeno


ante el que resulta difícil una postura objetiva y neutral. Pare­
ce que no cabe otra alternativa posible que la de su aceptación
o rechazo. Y cualquiera de estas actitudes que se tomen —a
favor o en contra, de mayor tolerancia o de condena— tiene
el peligro de una interpretación exagerada desde el ángulo
opuesto. Como si la defensa de ciertos aspectos y la acepta­
ción de los nuevos datos científicos fuera necesariamente una
manifestación interesada y proselitista, o como si la crítica de
algunas hipótesis y planteamientos recientes tuviera que ser
un signo de conservadurismo sospechoso y alienante. Frente
a la alegría triunfalista de algunos por haber conseguido, en
Parte, una discusión pública, sin necesidad de ocultar lo que
es un hecho innegable y que se había mantenido oculto en el
más estricto silencio, se ha producido también en otros gru­
pos un sentimiento de lucha y animadversión por lo que con­
sideran un intento de laxismo y relajamiento social1. Como
C o m o e je m p lo recuérdese la reacción masiva, capitaneada por Ana
nsl ____ • . . . i . ___ J _____ • _ i.n » ¡/(ie «> rifn in «tA n O fifi
Utyand, qUe ha conseguido la abolición de un decreto antidiscrmunatono en
patena de trabajo, aprobado en 1976, por el consejo municipal de Miami.
, ntre sus
_ pancartas figuraban l g u n a s tan un..».»
. n i aalgunas ___ “Matad un homo-
brutales como
.e*ual por am nr » r ric tn " Rc®cciones
fnW s i c i ó T am0r a 9 rist0
p ^ r r in n c c de
de otras
otras épocas
épocas en en R.R. C C arrasco
arrasco,
,
» n •' rePr?sión sexual en Valencia. Historia de los sodomitas ( i565-
^ flife st C^ es* Barcelona 1986. Por el lado contrarío, no han faltado tampoco
Í!0mose*fC|0?eS
■«.iliciones P'ntorescas.
pintorescas. Abundantes testim onios en /ala F.H.A.R.
normalidad. (Frente
A.
„ «sexual a de“ acción revolucionaria). D o cu m en to s contra c o n tr a normalidad, A.
osch. Barcelona 1979.

219
sucede de ordinario en todos los problemas candentes, las
ideologías se han radicalizado por ambos extremos.
La actitud más frecuente de cara a este comportamiento ha
sido sin duda muy negativa. En el fondo de la conciencia
popular se da un rechazo sin paliativos y en todos los órdenes.
El homosexual es un pervertido indeseable, sobre quien caen
las más duras críticas y condenas, una especie de cáncer para
la sociedad, que debería defenderse por todos los medios de
semejante peligro. Es algo vergonzoso y terriblemente humi­
llante para nuestra cultura. Son objeto de chistes y burlas en
la conversación y ambientes ordinarios, pues hablar de ellos,
al menos sin una sonrisa despectiva y lacerante, se toma como
indicio de una posible complicidad. Muchos experimentan a
lo sumo un sentimiento de compasión y lástima ante esos
pobres desgraciados que viven de forma clandestina, al mar­
gen de la sociedad, como una secta de viciosos pervertidos.
Todos los datos históricos que pudiéramos recoger en tomo
al tema van casi siempre en la misma dirección: el clima
sociológico ha sido y es francamente hostil, y la misma Igle­
sia ha reforzado este clima de hostilidad, existente en la cul­
tura de otras épocas2. Bastaría analizar la reacción espontánea
que produciría en cada uno de nosotros el simple hecho de
saber que un buen amigo tiene esa tendencia. Y para que esta
actitud haya fraguado con tanto esfuerzo, como un incons-

Sigue siendo fundamental el estudio de D. S. B ailey, Homosexuality ani


the Western Christian Tradition, Longmans, Londres 1955. Ver también J c
V ilbert, Aux origines d'une condamnation: l'homosexualité dans ¡a ^0!fí¿
antifue etl'Eglise des premiers siécles, LetVie 147 (1980) 15-28; J. BosweU
Christianity Social Tolerance and Homosexuality Gav People in Western
Europe
.. . 'from the —© Beginning
..... "a yjo f the \~nri¿uun
Christian c.ru
Era ¡uto me
the Fourteenth CentuO'•
UDlVCTSItV ftf
Umversity of f'hipo/tA *——_i a1980; A. G
Chicago Press. Chicago ~ arcía ”V aldés
— -, H is to r ia >
p r e s e n te d e la h o m o se x u a lid a d , Akal, Madrid 1981; J. G afo , C r i s t i a n
om osexu alidad. L u ces y s o m b r a s d e un a in te r p r e ta c ió n h is tó r ic a , en A A
H am osexu ah dad: cie n c ia y c o n c ie n c ia , Sal Terrae, Santander 1981, W^}rJ¡
ThenYav Üí’ / f H o f t ° neS te ° M g ic o - p a s to r a le s en to r n o a la h o m o se x u a l
2p4nn-
2 T M ' ’ ■«/-x.iw,
“ (1985» don“' recoge las condenas nngons.as
187-210' uonae g o n » loa * £
cánones antiguos; AA.VV / , _____ Aviles e t ft
lisrieuses f W ^ ^omosexuel(le) dans les societés civiles t
,985; A‘ M irabet, Homosexualidad hoY, f
r i a c ? T Z * m 5 ' U -217; J ' An*ald,, Entre Vinterdit et la c o m p h c %
222 u t v f . dr s Vé,hi<!ue chrétienne. ÉtThRel 72 ( lM 7> ¡ J .
y desDfeciaiivn' '* ei)gu*je castellano descubrirla este matiz hu
de LZ " ap',Ca a 109 homosexuales. J. Martin,
< * « p r e s , o n e , A s o n a n t e s en « p a ñ o l . L é x ic o d e s c r ip ti v o . Istmo.

220
cíente colectivo, se ha requerido un bombardeo sociológico
constante de forma negativa3.
Cada uno se acerca desde una perspectiva diferente, pero
con un fondo peyorativo semejante en todos: el policía como
a un posible transgresor, el psiquiatra como a un enfermo
neurótico, el padre de familia como a un corruptor de meno­
res, el sacerdote como a un pecador, el hombre ordinario
como a un ser lamentable. De ahí el drama silencioso y so­
litario de tantas personas, encerradas en su propio dolor por
tener y experimentar una tendencia distinta de la mayoría y de
la que muchas veces no se es responsable.

2. Necesidad de un nuevo planteamiento:


los datos de la ciencia

Las raíces de este rigorismo tan frecuente penetran en los


niveles más ocultos del corazón humano. Los psicólogos cons­
tatan, en efecto, que uno de los temores inconscientes más
profundos es el miedo a la homosexualidad, como a la castra­
ción4*1. Por eso construimos sin damos cuenta una serie de
barreras para defendemos de cualquier posible amenaza o
peligro de contagio. Ahora bien, la misma psicología nos
enseña que, incluso en la persona heterosexuada, puede darse
con mucha frecuencia una dimensión homófila en proporcio­
nes diferentes, aunque no se convierta en la componente más
honda y pronunciada. De la misma manera que en el homo­
sexual se da también una fuerza heterófila, que no es tampoco
la dominante.
Si tenemos en cuenta ambos factores —miedo inconscien­
te y una dosis real de homosexualidad, como datos científica­
mente objetivos—, resulta explicable que uno de los mecanis­

3 En alguna encuesta, el 80% de los consultados (84% varones y 77%


mujeres) apoyarían sin reserva una ley contra la homosexualidad. Y es e
ngorismo no decrece demasiado entre las jóvenes generaciones (74\A hasta
«os treinta y cuatro años y 87% después de los cincuenta y cinco). M Sanz
AhOero, La sexualidad española. Una aproximación sociológica, Pauhni>s.
Madrid 1975, 98. Este porcentaje no desciende en ^
AN.c Htz, Anotaciones sobre la sexualidad juvenil, RyE xjaHHH 1975
1o ' L. Cencillo. Ralees del conflicto sexual. Guadarrama. Madnd 1975.
J8-40.

221
mos inconscientes de defensa sea precisamente la agresividad
desprecio y rechazo de los homosexuales. De esta forma, al
proyectar sobre ellos nuestra indignación, puede producirse
un sentimiento positivo, pero engañoso, de que semejante rea­
lidad no tiene que ver con la propia psicología. El que así se
comporta podrá tener la sensación de que posee una persona­
lidad “limpia”, lejana por completo de aquello que teme, y
cuya simple posibilidad no está dispuesto a reconocer de nin­
guna manera. Quiero decir con esto que cuanto mayor sea el
fanatismo y la repugnancia frente a la homosexualidad, será
probablemente porque existe una necesidad mayor de ocultar
su existencia o una negativa plena a reconciliarse con la pro­
pia verdad.
En la base de todo racismo existe un miedo a perder la
propia seguridad frente al diferente, al extraño, al desconocido
que, por ello, se cataloga como peligroso e inferior 5. ¿Tiene,
pues, la homosexualidad todas estas características negativas?
¿Es el homosexual un ser perverso, enfermizo, anormal o
pecador?
Un conocimiento más humano y científico de este fenóme­
no ha provocado un cambio de actitud, al menos en grupos y
ambientes más reducidos, que han intentado una reflexión
actualizada sobre el tema. Se busca la eliminación de antiguos
prejuicios, que han caracterizado de una manera tan lamenta­
ble el perfil humano del homosexual hasta impedir incluso el
encuentro y la relación con otras personas. Ciertas afirmacio­
nes, como veremos, han desaparecido ya del vocabulario cien­
tífico, y una parte de la sociedad se ha hecho más respetuosa
y comprensiva al haber salido a la superficie lo que se man­
tenía en secreto y silenciosamente hasta hace poco. La abun-
dante bibliografía, en estos últimos años, es un signo evidente
de esta notoriedad, y manifiesta también la evolución paula*
tina que se va operando6.

.^ ^ A m ado L e v y - V a l e n s i n , Le grand désarroi . aux sources de I


' , Ed. Universitaires. París 1973, y su articulo Qui esl lu>m°'
“ a m ivaccuía,, eu\ acc«sé, LetVie 147 (1980) 5-14.
MoratL homosexuales vistos por si mismos v p o r sus
W om o f M a m e , T ours 1967; M-
sóbre la homosexualidad, Herder, Barcelona 1969; M
1969-' W de 10 homosexualidad. F ontanella. B a r c c l o »
• 1 S e n o e r ’ * reconnaílre hom osexueP Vers une stlualion nou#‘l('
222
3 . Hacia una valoración diferente:
los debates actuales

Los intentos para una nueva valoración ética no han faltado


tampoco en el campo de la moral. Frente a la condena tajante
de la Iglesia contra estas prácticas se han presentado otras
hipótesis y planteamientos que llevarían a la aceptación, o a
la tolerancia al menos, de este comportamiento cuando el
sujeto se encuentra de tal forma determinado por su tendencia
que sería peor negarle tal posibilidad7.
Más aún. No se trata ya de eliminar posturas, argumentos,

Mame, Tours 197U, J. C orraze, La homosexualidad y sus dimensiones, Eapsa,


Madrid 1972, F. G u s , i'na messa a punto della omosessualitá. Marietti, Turin
1972, E Amado, oc (n 5); M D aniel-A. B aldry, Les homosexuels (lie
afYective et sexuelU ■), C asterman, París 1973: M. S. Weinberg-C. J. Williams,
Homosexuales masculinos. Fontanella, Barcelona 1977; A. García Pérez, La
rebelión de los homosexuales, Autor, Madrid 1977; E. Nuñez, Homoeróticos,
Autor, Madrid 1977, C. Á lvarez, Liberación homosexual, Laia, Barcelona
1977; B Montoya. L o s homosexuales, Dopesa, Barcelona 1977; M. Sanchis-
E. Robins, Hombres v mujeres homosexuales, Fontanella, Barcelona 1978; W.
H Master-V. E J ohnson, Homosexuality in Perspective. Brown and Coro-
pany, Boston 1979 (con abundante bibliografía en inglés); A. P. Bell-M. S.
Weinberg, Homosexualidades. Informe Kinsev, Debate, Madrid 1979; M.
Sachir, Hombres v mujeres homosexuales, Fontanella, Barcelona 1978; E. A.
Leopazza, Notas sobre la homosexualidad, FoIHum 25 (1987) 757-766; S. L.
Jones-D E W orkman , Homosexualit}' The Behavioral Sciences and the
Church, PsychTheol 17 (1989) 213-225; M. Ruse, La homosexualidad. Cáte­
dra, Madrid 1989.
Sin duda, el libro m ás significativo y polémico ha sido el de J. J.
M c N e i l l , La Iglesia ante la homosexualidad, Grijalbo, Barcelona 1979. Un
amplio y docum entado estudio sobre esta obra y los problemas surgidos con
su publicación en M. R o z a d o s T a b o a d a . La Iglesia v la homosexualidad.
RcvEspDerCan 35 (1979) 531-583. Otras criticas del libro en M. A l c a l á , La
Iglesia v el homosexual, un libro polémico, RyF 195 (1977) 603-611, F.
G i u n c h e d i , La Chiesa e 1'omosessualitá, CivCatt 130/4 (1979) 468-478, J. A.
L l i n a r e s , La Iglesia y el homosexual según J. McNeil, CienTora 107 (1980)
1-204. Estos nuevos planteamientos pueden verse también en M. O r a i s o n ,
El Problema homosexual, Taurus, Madrid 1976; A A .W ., Omosessualitá e
'oscienza cristiana , Claudiana. Turin 1976; N. P i t t t n g e r , Time for Consent.
A Christian’s Approach to Homosexualit>\ S.C.M. Press, Londres 1976, H.
M Spijker, Homotropia , Atenas. Madrid 1976; M. M acourt Towardsa
Theology 0f Gav Liberation. S.C.M. Press. Londres 1977; A A .W ..
Í daf •"‘mana. Cristiandad, Madrid 1978, 226-248; B. A.
ViaJ " y and Christianitv. A Rewiew Duscussion, The Thomist 46 (1982) W9-
« 5 ; J. F. H arvey. The Homosexual Person. New Thinhng m PastorvI Care.
W m s Press. San Francisco 1987; A A .W .. The Vanean
J-fossroad, Nueva York 1988; B. L eers, Homossexuais e inca da libertafo.
ca<ninhada. PersTeol 19 (1988) 293-316.

223
motivos o imágenes desfasadas en tomo al homosexual, en 10
cual todos deberíamos estar de acuerdo. Hay una ambición
posterior, que se hace patente en algunas publicaciones. Se
busca su defensa absoluta, como una forma de relación plena-
mente comparable a la heterosexualidad. Que el instinto se
oriente hacia el otro sexo es consecuencia exclusiva de la
cultura y la educación. La sociedad tiene una fobia tan mar­
cada contra comportamientos no aceptados por ella, que repri­
me de inmediato cualquier sentimiento o deseo no hetero­
sexual. Si la atracción entre los sexos diferentes aparece como
la más ordinaria, la razón “se debe a que la heterosexualidad
es animada y la homosexualidad desalentada. Es, pues, natu­
ral que los chicos jóvenes prefieran a las chicas” 8.
El ideal sería lo opuesto de lo que hoy acontece. Si una
mayoría de personas fiieran homosexuales no habría por qué
preocuparse; al contrario, pues “la comunidad homosexual se
halla en una posición especialmente favorable para contribuir
a la liberación de la comunidad humana de las relaciones
sexuales despersonalizadas y abrir así una nueva posibilidad
de amor y amistad verdaderos entre los sexos” 9. El esfuerzo
por conseguir esta “igualdad de derechos” nos conducirá a
una cultura diferente, donde la heterosexualidad no se impon­
ga ni tenga prevalencia, aunque todavía sea un sueño dema­
siado lejano por desgracia,0.
En la cumbre de estas aspiraciones encontraríamos los
postulados de ciertos movimientos homófilos, que defienden
el “orgullo de ser gay” como la forma más plena y totalizante
de relación y como el único camino para una sociedad igua-
litaría. Incluso por debajo de ciertas exigencias objetivas y
con la bandera de unas reivindicaciones justas, se defiende
una libertad sexual sin fronteras, la eliminación absoluta de
otros valores personales y sociológicos que no tienen por Que
destruirse. Con el nombre de tabú y represión —y de esto ha
existido mucho— se denomina cualquier tipo de normativl

idcJ oue L untivers konosexuel, R. LafTont, París 1971, 162,


b “ dry 7? IUAgarCS< t n ,a mism a * m ueven M ' ° AN
T
WJ*I
McNeiu1, 5o.c’ . A(n.
* M,RABET’
7), 197. 0 <"• 2 >’
libro. VCf M‘ Hoffmann’ ° c <¡». 8),' 237-241, las últimas conclusiones de *ü

224
dad, hasta aquella que sirve para la maduración del sexo y de
la persona11. No dudo de que cuando estos movimientos tra­
bajan y luchan de una manera pintoresca y exaltada, en vez de
fomentar una toma de conciencia serena y objetiva sobre mu­
chos aspectos de este fenómeno, provocan más bien un au­
mento del rechazo colectivo y de los prejuicios anteriores. El
proselitismo rabioso y descarado no ayuda desde luego a la
causa homosexual.
Pero, sin caer en estas últimas exageraciones, habría tam­
bién que preguntarse: ¿Es una conducta plenamente natural y
aceptable? ¿Supone un camino verdadero para la realización
humana y sexual? ¿Se trata de un comportamiento ético? Para
la respuesta a estas y a las anteriores preguntas se requiere un
examen previo de algunos datos fundamentales sobre la natu­
raleza y génesis de esta orientación.

4. Características fundamentales
de la homosexualidad

Es necesario ante todo delimitar el concepto de lo que en­


tendemos por homosexualidad en su verdadero sentido. La
imagen popular que lo identifica con un tipo afeminado, o
algunas estadísticas que la incluyen en cualquier forma de
relación con el propio sexo, no tienen ninguna base objetiva.
El homosexual auténtico no suele tener nada de afeminado.
Puede ser un tipo ordinario y corriente, sin que haya podido
comprobarse con certeza científica unos rasgos morfológicos

' Diferentes textos en F.H.A.R., o.c (n. 1). Asi, por ejemplo “Pero no
existe amor igualitario sin lucha, porque la sociedad ha hecho del amor un
^ d io de perpetuar la desigualdad. Y la forma concreta de lw h ^ no ha>
escapatoria posible, es el paso por la homosexualidad’ (p. 105). Mu
esbianas organizadas que comparten estas tareas feministas radica“ ¿ S u "
n i Cstratc8,a de esperar a que todas las mujeres se conviertan en
(pU Eínnhofk, La hom osexualidad femenina, ¿Sometimiento a l a " ° ™ a¿
[ y e ,P a c ió n ^ A nagram a, Barcelona 1978,
a\QStl0n homosexual, Fontam ara, Barcelona 1978. En roies
macK°\m° V,mientos hom ór,los españoles se encuentran la s p
U ^ A tm hn: dc los ^ n c e p to s de matrimonio, pareja púbhco,
com ?d J * " cl aborto; supresión de toda p « " ¡p a c ió n
d c m c n o r c s » c t c ’ C f A . de F l ü v ia , L os mo_ ^ j W il l ia m s .
o r °(5e* Ual en el Estado español, apéndice a M. S.
tn. 6), 485-501.
225
específicos que lo diferencien de otros sujetos heterosexuales.
Las pequeñas diferencias halladas por algunos autores, y qye
no pueden considerarse como determinantes, no se relacionan
de ordinario con formas femeninas o viriloides que hagan
encontrar en el propio sexo un aspecto complementario. Estos
sujetos, motivos de comentarios chistosos y grotescos, no
suelen ser siempre homosexuales, a pesar de sus apariencias.
La correlación entre el morfotipo y el comportamiento psico-
sexual no resulta demasiado evidente12.
Del mismo modo, no basta constatar que un sujeto ha
tenido alguna o varias experiencias sexuales con personas del
mismo sexo para catalogarlo como homosexual. Es una extra­
polación poco seria y suele utilizarse por quienes pretenden
demostrar la normalidad y frecuencia de este fenómeno, que
afectaría al 50% de la población,3. Una experiencia como ésta
puede tener un mero valor gratificante o estar motivada por
factores ajenos a una homosexualidad verdadera: la ausencia
del otro sexo en determinados ambientes, una etapa transitoria
de la evolución sexual, como seducción y curiosidad por un
comportamiento desconocido. Lo que sí es evidente es que no
todos los que han tenido estas prácticas han de considerarse
como homosexuales. De la misma manera que su ausencia no
significa tampoco poseer una orientación heterosexuada, pues
el descubrimiento de este hecho puede retardarse hasta épocas
posteriores, al quedar reprimido por diversos factores.
Lo que caracteriza al homófilo no es tanto el ejercicio,
sino la tendencia hacia las personas del propio sexo, de idén­
tico sabor y significado a la que se obtiene en la relación
heterosexual. Hay que diferenciar, pues, con exactitud la con-

J. C orraze, o.c. (n. 6), 98-104. “Aunque no hay ningún estudio seno
respecto a esto, de acuerdo con las estadisticas m encionadas y con otros datos
recogidos por el FAGC y otros movimientos gays, los trasvestis y los homo­
sexuales afeminados son una minoría comparados con el resto de los homo­
sexuales, aunque, dada su excentricidad, han sido desde siem pre los
vistosos (De una entrevista a J. P etít, Avui , 9-XII-1982).
tiflr» n f í i M ♦Da'1IEL' A Baudry’ o c (n 6), 48-49. Una supuesta base cien-
Kin« vP í?« ? afirmación pudieron ser las estadísticas publicadas porjj;
racio n a v Im Ít * P0^0 sospechoso de conservadurismo, afirma: “ Las
“ l « h .ñ unes que incurTÍÓ han desorientado a in n ú m e ra ^
Barcelona^ U78 v (M' HuNT' L a co n d u c ' a hoV\ Ef ^
S “i
226
dición homosexual, que radica en la orientación psicológica,
del comportamiento que se manifiesta en los actos horneé
sexuales l4. Como la libido posee, entre sus componentes, el
sexo (lo genital), el eros y el amor, también aquí podría darse
un encuentro donde predominara alguna de estas dimensiones.
De ahí que, aunque en la práctica se utilizan como sinónimos,
debería distinguirse entre la homosexualidad en su sentido
estricto, el homoerotismo y la homofiliaI5. No se trata sólo de
una división teórica, sino que tiene su aplicación en la vida
ordinaria. Es una atracción psico-erótico-sexual en la que
puede primar alguno de estos elementos sobre los otros, como
acontece también entre el hombre y la mujer.
Esto no excluye una absoluta incompatibilidad con una
inclinación diferente. Lo mismo que el ser humano posee
hormonas y rasgos morfológicos masculinos y femeninos, no
habría por qué excluir una cierta bisexualidad más o menos
acentuada hacia un lado u otro. Es un dato proclamado tam­
bién con fuerza por los defensores de la homofilia ’6.
Sin entrar ahora en las posibles explicaciones de este he­
cho 1, los autores están de acuerdo en que aquélla no se perfi­
la sólo por su inclinación, sino fundamentalmente por el re­
chazo y repugnancia hacia el sexo opuesto. La fuerza de este

M Algunos autores insisten en el comportamiento, como un elemento


necesario para su aceptación. “ Yo no diagnostico a los pacientes como homo­
sexuales a menos que hayan manifestado una conducta sexual abierta (I.
Bieber, A sp ecto s c lín ico s “
d e la h o m osexualidad m asculina , en S. Rado (ed.).
H om osexualidad en e l hombre y en la mujer, Hormé, Buenos Aires 1967,
107); D. L. C reson, Homosexualitv . Clinical and Behavioral Aspects, en W.
Reich, E n cyclo p ed ia o f Bioethics I, The Free Press, Nueva York 1982, 651.
Otros no lo creen imprescindible: J. M armor, Introducción, en J. Marmor
(ed ), B io lo g ía v sociología d e la homosexualidad, Hormé, Buenos Aires
^"39; M. R use, o c . (n. 6), 15.
Muchos creen que este último es “el término preferido por los mismos
homófilos, quienes estim an expresa mejor el conjunto de su personalidad
IM. Daniel-A. B audry, o.c, (n. 6), 17]. Otros, sin embargo, afirman que se
trata de una m aniobra evidente, ya que el vocablo homófilo tóUSt*
9ue el de homosexual y puede seducir a algunos ingenuos, perdía
9ue el peligro es menor, cuando parece excluirse lo sexual, si .
(n. 6), 15.
. * “Se debe, por tanto, rehusar sin ninguna duda la
'dad en hom osexuales y heterosexuales, sobre la cual se n D aniel-A
? ° condenatorio de muchos de los moralistas tradicionales . M. Daniel a
Bai^RY, o.c. (n. 6), 43. , ...
De ello hemos tratado algo en el capitulo VI.

227
sentimiento será variable, según el grado de bisexualidad rei­
nante en cada individuo. A medida que los componentes he­
terosexuales disminuyan, esta incapacidad se irá haciendo
mayor. Es decir, sólo cuando estas características se dan en
proporciones superiores a las contrarias habría que hablar de
homosexualidad auténtica. Si no, también podría decirse que
muchos homosexuales no lo son, por haber tenido otro tipo de
experiencias o conservar una dosis de atracción hacia el otro
sexo18. En este sentido, según las diferentes estadísticas, no
parece que la media supere el 6% de la población 19.

5. Otros factores personales:


sus diferentes manifestaciones
Bajo una misma denominación, sin embargo, pueden ence­
rrarse comportamientos muy diferentes. Como en medicina,
habría que decir que no existe la homosexualidad, sino perso­
nas homosexuales, y evidentemente cada una llegará a vivirla
de manera distinta, según sus rasgos personales. Tal vez un
concepto demasiado unívoco y abstracto ha absolutizado cier­
tos signos específicos que a lo mejor no corresponden sino a
un grupo determinado y concreto. Esto explicaría los dogma­
tismos existentes por ambas partes. Si unos insisten, por ejem­
plo, en la incapacidad de una auténtica relación amistosa, por
la presencia de múltiples elementos psicológicos perturbado­
res, otros creen hallar en ella un modelo de altruismo y ser-
vicialidad muy superior al de la amistad heterófila.
Lo mismo podría decirse de otras características, tanto
positivas como negativas, que se han adjudicado al homose­
xual . Es verdad que algunos han hecho del sexo una obse-
No dejaría de ser razonable suponer que puede hallarse un fuen®
componente heterosexual en aproximadamente la tercera parte de los hombres
homosexuales que suelen participar en este tipo de investigaciones”, A ^
« S‘ Weinbe* °’ 0 c ("• 6), 79. Cuando am bos com ponentes fuese"
" ° 8encontrar<^ T10s ante un sujeto bisexual. El estudio de este aspee
en W. H ^ M a s t e r - V . E. Johnson, o . c . (n. 6), 144-176. „ha
alo n J r X ! relac,ón a otTas ¿pocas, “nuestros datos no nos otorgan pmc°
H t e ( n ln\2 ) m^ 7 ° Cn ,aS incidcncias dc la conducta homosexual . M

l e c t u r a ^ d í c *tair ^ea|*m on*08 de estas visiones diferentes. La


S m p lo s b,b,,0grar,a dada en la n. 6 aportará de inm ediato abundantes

228
sión, y que en su comportamiento se traslucen a veces proble­
mas interiores, que manifiestan ciertos síntomas de fragilidad
psicológica, o que viven en un clima de perversidad, pero
sería injusto creer que todo esto es un patrimonio exclusivo
de ellos o que todos necesariamente tienen que actuar así. Es
necesario eliminar muchos tópicos y simplismos en la imagen
del homosexual, pues no existe una forma única y homogé­
nea, aunque puedan hallarse elementos comunes.
Las mismas deficiencias, inmadureces y limitaciones se
dan con mucha frecuencia en las relaciones heterosexuales. El
hecho de que un hombre se sienta atraído por una mujer no
es signo suficiente de que su normalidad psicológica sea
mucho mayor. Su encuentro podría estar cargado de múltiples
elementos negativos —interés, posesividad y acaparamiento,
búsqueda exclusiva del placer, falta de comunión, exceso de
narcisismo, etc.— que a lo mejor no se hallan con tanta fuerza
en otros homosexuales. Desde una perspectiva psicológica, la
libido —sea cual sea su orientación— es posible vivirla de
una forma inmadura, pues alcanzar un nivel de oblatividad,
como meta de la maduración, resulta difícil para todos. Por
eso, dentro del mundo homosexual, pueden darse sin duda
bastantes diferencias y divisiones, de acuerdo con la persona­
lidad de cada individuo21.
Es evidente que la homosexualidad en la mujer —llamada
también lesbianismo— encierra otros matices que la diferen­
cian, en parte, de la masculina. Su carácter menos genitaliza-
do y el hecho de que la sociedad les permita ciertas manifes­
taciones afectivas, inadmisibles para los hombres, hace que su
existencia sea menos percibida e incluso que permanezca
°culta y larvada hasta para la propia persona. Los rasgos, sin
embargo, más distintivos parecen tener su explicación en su
estructura peculiar22.
En esta linea consideramos de enorme interés los abajos
A. P. Bell-M. S. W einbero, o .c . (n. 6) y W. H. Mast^r ' . m vauiatriaues
6) Sobre otras diferentes divisiones, A. Overing. <
* l f 'o m o sexu a Iité , en AA.VV., o r. (n. 6), 31-35; G. Spiiaoe, 1
Manifestaciones homosexuales, en A Krkh , o-C- (<*■ ’ SocioJoeia de
A p a r tir d e F re u d , Payo., Parts 1969. 207-2MJP. Usso W * * *
(" h™ ° £ xuaU<¡ad Aproximación a la realidad espadóla, en A . ••

p n Las diferencias més llamativas pueden ve™ h e t e r o -


P Bsll-M. S. Weinbero, o. c . (n. 6): mayor ptesenc.a de elemen
229
Para nuestro punto de vista, por su mayor importancia
pastoral, habrá que tener en cuenta una doble división, seña­
lada por todos los autores. Aquella que podríamos denominar
como periférica, más de superficie, producto más bien de
ciertas condiciones o circunstancias accidentales y motivadas
sobre todo por factores externos o ambientales. Su arraigo y
profundidad suele ser mucho menor que cuando nos encontra­
mos con una homosexualidad definitiva y estable, cuyas raí­
ces penetran en el psiquismo de la misma personalidad y por
causas más primitivas e inconscientes. Los criterios para esta
clasificación no resultan siempre evidentes, pues esta última,
tal vez oculta y reprimida, podría revelarse por medio de una
situación fortuita y pasajera.

6. La génesis de la homosexualidad:
complejidad del problema

La complejidad se aumenta todavía al intentar descubrir su


génesis y las causas que la hacen posible. Hasta épocas muy
recientes se ha insistido mucho en su carácter perverso y
anormal. Aunque las hipótesis presentadas hayan sido muy
diferentes —factores genéticos, somáticos, endocrinos, psico­
lógicos o sociales—, todos estaban de acuerdo en que se tra­
taba de una verdadera anomalía. Los mejores tratadistas, en
los diferentes campos, la colocaban siempre en el apartado de
las desviaciones sexuales y patológicas23.
sexuales, menor actividad genital, más propensas a la relación personal con­
tinuada y a la fidelidad, número menor de compañeras, m ayor incidencia de
matrimonios, experimentan menos dificultades sociales. O tros trabajos sobre
el tema, F. S. C a p r i o , L ’h o m o se x u a lité d e la f e m m e , Payot, París 1959; M-
E c k , o.c. (n. 6), 306-345; M . A l o n s o M i g u e l , Los p r o b le m a s de la h om ose­
x u a lid a d fe m e n in a . RyF 192 (1975) 157-170; M . L a g o - F . P aramelle. La
fe m m e h o m o se x u e lle , Aubier, París 1976; S. H i t e , E stu d io d e ¡a sexualidad
fe m e n in a , Plaza-Janés, Barcelona 1977, 306-327; R. S e r r a n o V i c e n s , Informe
s ex u a l d e la m u jer e s p a ñ o la , Líder, Madrid 1978; F P e r r i e r - W . G r a n o f f , Le
d é s ir e t le fé m e n in . Aubier, París 1979.
IQ J n ó r m a le e t p a th o l o g iq u e , P a y o t , 1P a n *
JC Í o /o * / e
qao ? C o m p e n d io d e s e x o lo g ia , R a z ó n y Fe, M a d r i d
j ? A N T 0 R I*
07a’ J 9 HAZaud» L a s P e r v e r s io n e s s e x u a le s . H e r d c r , Barcelona
• 55l75\ Lo m ,s m o cu c h o s d ic c io n a r io s : J. L a pla n c h e -J. B. P o n t a l is .

D ic c io n a rio d e p s ic o a n á lis is . Labor. Barcelona 1971, 285-288; L. Eidelbbrg.


e n c ic lo p e d ia d e l p s ic o a n á lis is , Espaxs, Barcelona 1971, 213-215; F. DorscH.

230
Hoy existe un movimiento de signo contrario para liberar
al homófilo de todas esas sospechas enfermizas, producto
exclusivo de una visión que estaba enormemente matizada por
el prejuicio heterosexual y los datos aportados por la medici­
na24. Los esfuerzos van en todas las líneas, y se busca el
mayor número de argumentos para llegar a esta conclusión: la
homosexualidad es un hecho tan aceptable y válido como la
misma heterosexualidad. Se trata simplemente de una variante
en la forma de vivir el sexo.
Y el problema se acentúa por la falta de un vocabulario
común en la utilización de tantos términos demasiado ambi­
guos. Cuando se trata de conocer si nos encontramos ante un
comportamiento normal o anormal —aquí reside, según creo,
el planteamiento de fondo— , no cabe duda de que semejante
denominación reviste múltiples significaciones, según sea el
punto de vista que tengamos delante. Un mismo hecho podrá
ser normal y explicable cuando se conocen las causas que lo
condicionan, y no serlo desde otra perspectiva, si se valora su
frecuencia estadística o el dinamismo de su teleología. Sufrir
una enfermedad es un hecho normal y ordinario en la vida de
una persona, pero todos prefieren, desde este punto de vista,
seguir siendo ‘‘anormales".
Por eso es difícil de armonizar la lectura de tantas opinio­
nes. Al que no domina la materia no le queda otro camino que
reflexionar sobre los datos o confiarse en la autoridad de los
especialistas. Los primeros no deben ser tan evidentes cuando
los segundos no llegan a ponerse de acuerdo. Tal vez ello
indique la necesidad de proseguir estos estudios hasta alcan­
zar una mayor aclaración en varios puntos que no aparecen
del todo definitivos.*45
Diccionario de psicología , H erder, Barcelona 1976, 705. G
£ omosessualitá: problema pastorale per la chiesa, CivCatt 13 I
560-569, habla aún de patología y neurosis.
4 C f C. D omínguez, Homosexualidad l datos y refl™Ione5’ - í .fgoQ.
interpretación según S. Freud; IH: replanteamientos, Proyección 27 { )
51-68, 227-242 y 295-310. El mismo Freud no escapa tampoco a « t o r t u c a ,
aunque su pensam iento no parezca tan negativo como algunos^cretan.
formee inconnue du désir,
Bonnet, Une form disir, LetVie
LetV.e 147 ( I W M -**■ £ • £ £ £
honnvortii-tlisjnsj ¿enfermedad
r homosexualidad, ? on pecado
necado?,
?, pillar
Silla 2 ( 433 - 448 - J. A.
•Jan, Revolución y hermenéutica sexual, Concilium I ( ^ (1985)
Rodríguez, Homosexualidad: una enfermedad sai nombre, SisWm»
83-101.

231
7. Diferentes explicaciones

La orientación sexual humana está determinada por progra­


mas genéticos complejos y procesos bioquímicos, en los que
pueden intervenir múltiples factores. Su existencia, para algu­
nos, es inherente a la constitución orgánica, pues si estuviera
condicionada por causas externas, debería ceder ante nuevos
condicionantes. El porcentaje tan alto de gemelos monocigó-
ticos con la misma tendencia homófila y la incidencia mayor
incluso entre familiares cercanos, por encima de la media
normal, parecen confirmar este presupuesto 25. Otros han in­
sistido en el influjo de la hormonas masculinas o femeninas,
que diferencian la parte del cerebro conocida como el hipotá-
lamo. La impregnación hormonal del individuo, durante su
desarrollo embrionario, determinará con posterioridad su in­
clinación hacia uno u otro sexo26, aunque las experiencias
realizadas no han sido demasiado convincentes.
Sin negar la posibilidad de estos elementos biológicos,
que pueden predisponer y condicionar de alguna manera, las
influencias psico-sociológicas parecen ser las prevalentes. “Hay
que afirmar que tanto el comportamiento sexual general, como
también el homosexual, dependen fundamentalmente de fac­
tores educativos o culturales, pero al mismo tiempo debe
insistirse que quedan pendientes no pocos interrogantes que
no excluyen una raíz biológica de la sexualidad” 27. Ello su­
pondría que si no se llega a la heterosexual idad es por un
“algo”, por una “deficiencia”, por un condicionante determi­
nado que impide u obstaculiza el acceso. Las relaciones fami­
liares, a través de las figuras paternas; los procesos de apren-

M. H irschpeld, El homosexual como sexo intermedio , en A. M.


o.c. (n. 6), 182-186; A. J. C ooper, Aetiology o f Homosexuahty , en J ^
Loraine (ed.), Understanding homosexuality, Elsevier, Nueva York 1978, 1*
aa F0, B'olo&a de la homosexualidad humana: ¿Transición o salto ?, eI¡
AA.VV., o.c. (n. 2), 19-33; R. C. P illard-J. Poumadere-R. A. C arreta. ¿
Jamily study o f sexual orientation, ArchSexBeh 11 (1982) 511-520; J. Moya-
W A A ™ * * 1*010™* aSpectos bioló&cos y psicológicos , M oralia 10 (1988)

^ AMBUR/° ^ ' ^ UNDE« L°s hormonas sexuales en el desarrollo de lo5


H íln ^ü h f S€XUales en lat conducta humana, e n E . M a c c o b y ( e d . ) . Desarrollo
tu»?LU 'íerer?fta3 sf? tíales' Marova, Madrid 1972, 181-201; J. M oney-A- t
E h r h a r d t , Desarrollo de la sexualidad humana , M orata, Madrid 1982.
J. Gafo, o.c. (n. 25), 27.

232
dizaje en función de los modelos y experiencias tenidas en
este terreno; las circunstancias del medio ambiente y otros
múltiples factores van a condicionar la orientación de la libi­
do en un sentido o en otro28. Evidentemente que la apertura
hacia el otro sexo se realiza también por un “algo”, por la
presencia de otros condicionantes, que posibilitan esta diversa
estructuración.
Hablar de deficiencias u obstáculos en la evolución
homosexual no significa la existencia de ninguna patología.
También el heterosexual está afectado por otra serie de difi­
cultades que impiden, en muchas ocasiones, una maduración
mayor, sin que tales elementos lo conviertan en una persona
enfermiza. Es más, pueden darse individuos con la libido
onentada hacia el propio sexo, que posean un equilibrio y
psicología más rica y madura que la de otros heterosexuales.
Lo que afecta a una dimensión de sus vidas no tiene mayores
influencias en el conjunto de su personalidad. Sin olvidar
tampoco que, al menos en muchos casos, no se trata de una
opción libremente elegida por el sujeto, sino impuesta al
margen por completo de su voluntad.

8. El punto decisivo:
¿qué tendencia tiene la sexualidad?
Ante un hecho como éste, el problema principal consiste en
ver qué alternativa resulta mejor para el ser humano, pues ahí
radica el presupuesto de base para toda valoración ética. Con
enorme respeto para los que afirmen lo contrario, creo que la
heterosexualidad aparece para la gran mayoría como el desti-
n° y la meta hacia la que se debe tender*9. No es sólo la
consecuencia de una cultura determinada, aunque nadie nie-
81* su influjo, sino que algo más debe existir en la realidad

f **Un buen resumen de las diversas teorías etiQlógicas CT E ^ ^ o ^ f


í¡ AA.VV., ¿ in v m o sexual. As múltiples raizes
S ^-D .
Editora, Rio de Janeiro 1973; L. ta E^W orkman. n e BeHa
ral Sciences and the Chureh, PsychTheol 17 ( ^ homosexualidad nun­
ca m ^éasc’ P°r cjcropl0* ,Bsiguiente afñmacion^ Pcr(* ^ otra parte, la
hetf ucdc ser un ideal. Estoy totalmente de J. J.
^ s e x u a l i d a d en cuanto tal no puede ser nunca tampoco un toe*
N|UL* o.c (n. 7), 211.
7. Diferentes explicaciones

La orientación sexual humana está determinada por progra­


mas genéticos complejos y procesos bioquímicos, en los que
nueden intervenir múltiples factores. Su existenc.a, para algu.
nos, es inherente a la constitución orgánica, pues si estuviera
condicionada por causas externas, debería ceder ante nuevos
condicionantes. El porcentaje tan alto de gemelos monocigó-
ticos con la misma tendencia homófila y la incidencia mayor
incluso entre familiares cercanos, por encima de la media
normal, parecen confirmar este presupuesto Otros han in­
sistido en el influjo de la hormonas masculinas o femeninas,
que diferencian la parte del cerebro conocida como el hipotá-
lamo. La impregnación hormonal del individuo, durante su
desarrollo embrionario, determinará con posterioridad su in­
clinación hacia uno u otro sexo26, aunque las experiencias
realizadas no han sido demasiado convincentes.
Sin negar la posibilidad de estos elementos biológicos,
que pueden predisponer y condicionar de alguna manera, las
influencias psico-sociológicas parecen ser las prevalentes. “Hay
que afirmar que tanto el comportamiento sexual general, como
también el homosexual, dependen fundamentalmente de fac­
tores educativos o culturales, pero al mismo tiempo debe
insistirse que quedan pendientes no pocos interrogantes que
no excluyen una raíz biológica de la sexualidad” 27. Ello su­
pondría que si no se llega a la heterosexual idad es por un
algo , por una “deficiencia”, por un condicionante determi­
nado que impide u obstaculiza el acceso. Las relaciones fami-
íares, a través de las figuras paternas; los procesos de apren-

o c 2(„M M I^ Hr : E! h?m°sexual como sexo intermedio, en A. M. Krich.


Loraine (e<n f W ’ j Cooper, Aetiology o f Homosexuahtv , en J A
23; J Gaf^ homosexual«y, Elsevier. Nueva York 1978, I-
AA VV , o'c. (n 21 iq ° ho™os*x'“,lulad humana: ¿Transición o salto ?, en
famdy srudv of sexual ’ * C' P,LLARD’J- Poumadere-R. A. C arreta. 1
La 11 (1982) 511-520; J. Moya,
409-443. P tos biolo&cos y psicológicos, Moralia 10 (1988)
G. Hamburg-D LuNnp /„«. l
diferencias sexuales en la h°rmonas sexuales en el desarrollo de las
de las diferencias sexuales Marr? bu™ar]a' cn E- Maccoby (ed.). Desarrollo
E" W Oesanollo t l ^ ,972’ « 1 -2 0 1 ; J. Money-A- T.
L Gafo, o.c. (n. 25), 27 ^ humana, Morata, Madrid 1982.

232
dizaje en función de los modelos y experiencias tenidas en
estc terreno; las circunstancias del medio ambiente y otros
múltiples factores van a condicionar la orientación de la libi­
do en un sentido o en otro2*. Evidentemente que la apertura
hacia el otro sexo se realiza también por un “algo”, por la
presencia de otros condicionantes, que posibilitan esta diversa
estructuración.
Hablar de deficiencias u obstáculos en la evolución
homosexual no significa la existencia de ninguna patología.
También el heterosexual está afectado por otra serie de difi­
cultades que impiden, en muchas ocasiones, una maduración
mayor, sin que tales elementos lo conviertan en una persona
enfermiza. Es más, pueden darse individuos con la libido
orientada hacia el propio sexo, que posean un equilibrio y
psicología más rica y madura que la de otros heterosexuales.
Lo que afecta a una dimensión de sus vidas no tiene mayores
influencias en el conjunto de su personalidad. Sin olvidar
tampoco que. al menos en muchos casos, no se trata de una
opción libremente elegida por el sujeto, sino impuesta al
margen por completo de su voluntad.

8. El p u n to d ecisivo:
¿q u é te n d e n c ia tie n e la sex u alid ad ?

Ante un hecho como éste, el problema principal consiste en


ver qué alternativa resulta mejor para el ser humano, pues ahí
radica el presupuesto de base para toda valoración ética. Con
enorme respeto para los que afirmen lo contrano, creo que la
heterosexual idad aparece para la gran mayoría como el desti­
no y la meta hacia la que se debe tender^. No es sólo la
consecuencia de una cultura determinada, aunque nadie nie­
gue su influjo, sino que algo más debe existir en la realidad

Un buen resumen de las diversas teorías ecológicas en E. Gius. ox.


n 6); A A .W ., A inverso sexual As múltiples railes da homassexuahdade
mag° Editora, Río de Janeiro 1973; L. Stanton-D. E. Ww u m n . The Beha-
v*oral Sciences and the Church, PsychTheol 17 (1989) 213-225.
rft * Véase, por ejemplo, la siguiente afirmación: "La h o m o s e x u ^ d n u ^
j*puede ser un ideal. Estoy totalmente de acuerdo. j
Jfcrosexualidad en cuanto tal no puede ser nunca tampoco un ideal , .
McNe,L o.c. (n. 7), 211.

233
cuando se ha mantenido de una manera tan constante y gene-

^ S e rá difícil distinguir lo que es producto de una y otra,


ñero parece incomprensible que lo cultural no tenga ninguna
raíz en la naturaleza y que, en este sentido sus concrctizacio-
nes no estén a su vez condicionadas por los datos naturales
del hombre. A pesar de las posibles falacias y extrapolacio­
nes la cultura tiene también su explicación y fundamento, y
no parece que la humanidad entera se haya equivocado por
completo al proponer este camino para la realización sexual.
Si la homofilia fuera uno de los ideales de la sexualidad
humana, deberíamos admitir que una sociedad en la que sólo
ella existiera, o en la misma proporción que alcanzan los
heterosexuales, sería plenamente lógica y aceptable. Semejan­
te hipótesis constituiría una opción tan buena como la presen­
te, sin que existiera ningún motivo de preocupación o extra-
ñeza.
Que la homosexualidad se dé en el mundo de los animales
no tiene otro valor que el de probar que es posible, dentro de
la biología, como un fenómeno más de los que pueden insta­
larse en la naturaleza. De ahí no pueden deducirse conclusio­
nes para probar su “normalidad”, pues el hecho tiene su ex­
plicación en otras causas, como la ausencia del sexo opuesto,
comportamientos relacionados con expresiones de jerarquía y
dominio, aceptación del compañero como si fuera del sexo
contrario, etc.30. De la misma manera, el que haya florecido
en algunas culturas no tiene otro valor que el de una simple
constatación que nadie podrá negar, pero que admite también
diferentes lecturas31. Sin pretender ahora comparar estas con-*S
o

R ,?vENÍIST®NV¿fl ambisexualidad en los animales, en J. M armor (cd.),


m>M/ü i ’• ° E ^roRE’ D°minio del macho y conducta de aparea-
S o l975, 228!249.en ^ S“ ° > c a d u c a humana, Stglo XXI,

M DA«Ü?|Sei Pnr fJemp'° ' la doble inlerPr«tación dada a la cultura griega por
I.V7'yr ¡ u blond- r
antica, Einaudi Turin I98S- D over’ 1 omosessualitá nella Grecia
uso * /MX J “ s ^ o X y, * fa sexualidad. 2. El
esta préctici a ^ s J h„ í. Í ' Madnd ,987- l72'208: “ Parece, pues, que
diversas y atravesada ncir ,m y comente, estaba rodeado de apreciaciones
y atravesada por un juego de valoraciones y desvaloraciones bastante

234
dudas con otras, también existen en la vida muchas formas de
comportamiento que no por eso se consideran ideales
Para aceptar como prácticos y orientadores unos princi­
pios, que afectan profundamente no sólo a la vida de los indi­
viduos, sino a toda la comunidad, y en un punto tan básico e
importante, no se requiere una certeza absoluta. Basta que se
presenten como los más seguros y aconsejables. Un comporta­
miento contrario sería sólo admisible cuando existiera una
plena garantía y segundad de que constituye un auténtico va­
lor, un bien para la persona y para la sociedad en que vive.
Ahora bien, creo que hay una base suficiente, a pesar de algu­
nas opiniones contrarias, para no admitir la homosexualidad
como un camino válido en la evolución y desarrollo del sexo,
como una meta hacia la que se pueda dirigir la educación.
Aquí reside, a mi manera de entender, el punto clave de
cualquier planteamiento. Si pudiera probarse que es una
inclinación tan humana y deseable como la contraria, no exis­
tiría ningún problema. La historia la ha contemplado con un
ngorismo extraordinario, que estamos empezando a superar
gracias a los nuevos enfoques y perspectivas, pero, por el
momento y según la opinión mayoritaria de los mismos cien­
tíficos, no alcanza una idéntica valoración objetiva. Con toda
la comprensión y fraternidad que se quiera —porque todos
somos hombres “inacabados, anormales e imperfectos”—,
debería mantenerse que la “situación homosexual en un sujeto
—como a su vez otras muchas situaciones o manifestaciones
de la vida afectiva— es algo anormal” 3:.
No deja de ser significativo que hasta sus más acérrimos
defensores, aunque también por motivos externos, afirmen:
Prácticamente, todas las autoridades concuerdan en que el
primer objetivo del asesoramiento debe ser guiar a la persona
Que tiene un problema homosexual a una adaptación hetero­
sexual siempre que sea posible... Esta dirección debería em­
prenderse con independencia del juicio moral que uno tenga
<|e las prácticas homosexuales” 33. ¿Qué valoración ética ten­
dría, entonces, este comportamiento?
para hacer difícilmente descifrable la moral que lo gobema-
* i2 »
176); C. C alame (e d ), L 'amore in Grecia, Laterza, Ban 1988.
u / ' V .. V. ALAM fc I C U .J , t
,3 M. O raison,. o n cr . (n. 7),
1Y 51.
3 J. M cN eil, o c (n. 7), 228
235
9. Los d a to s de la re v e la c ió n

Lo primero que conviene dejar claro, aunque sea de sentido


común es que el simple hecho de tener tendenc.as homo­
sexuales de sentir atracción hacia el prop.o sexo, no entra en
el campo de la moralidad. Nadie es malo ni bueno por encon­
trarse con una orientación y unos sentimientos que no puede
alejar de sí y que, incluso, los experimenta como un destino
impuesto al margen de su voluntad, de manera parecida a
como nacemos hombre o mujer. Desde el momento en que la
homofilia no se basa en una opción elegida no hay lugar para
la culpa en la existencia de esa orientación34. El pecado tiene
otras categorías que no radican en la existencia pura y simple
de un fenómeno psicológico, sino que supone la aceptación
libre y voluntaria de las prácticas homosexuales.
En la Biblia existen abundantes testimonios que las
consideran como pecado, como conducta contraria a los de­
signios de Dios 3\ Sobre el célebre pasaje de Gomorra (Gén
M Juan Pablo II lo reco rd ab a e x p líc ita m en te en su alocución a los obispos
de Estados U nidos, O ssR om , 7-X-1979, 61. E sta d ife re n c ia e n tre condición y
comportamiento ya hab ía sid o a ce p ta d a p o r la D e c la ra c ió n Sobre algunas
cuestiones de ética sexual, 8: “ E ste ju ic io de la E s c ritu ra no p e rm ite concluir
que todos los que padecen de esta an o m alía son del to d o re s p o n s a b le s p erso­
nalm ente de sus m a n ife s ta c io n e s ” , E d ica , M ad rid 1976, 14. S in embargo,
alguna interpretación inex acta m o tiv ó u n a a c la ra c ió n m á s e x p líc ita en una
carta p o sten o r de la Congregación para la Doctrina de la Fe a los obispos
de la Iglesia católica sobre la a te n ció n p asto ral a las p e rs o n a s h o m o sex u a le s.
El texto, que provocó fuertes c ríticas p o rq u e, seg ú n d e c ía n , h a sta la m ism a
i condición hom osexual se ju z g a b a com o p e c a m in o s a , a firm a : “ E s n ecesario
I precisar, por el contrarío, que la p a rtic u la r in c lin a ció n de la p e rs o n a hom o­
sexual, aunque en sí no sea pecad o , co n stitu y e sin e m b a rg o u n a ten d en cia,
m ás o m enos fuerte, hacia un co m p o rta m ie n to in trín s e c a m e n te m a lo d esd e el
punto de vista m oral. P or este m otivo la in c lin a ció n m is m a d e b e s e r co n si­
derada com o objetivam ente d e so rd en a d a ” , 3 [C f E c c le sia 2293 (1986) 27-34]
t s evidente que no se habla para n ad a de c u lp a b ilid a d , sin o d e q u e , en teoría,
w a m ejor no tenerla. C f B. A. Williams, Homosexuality: the New V a tic a n
S,a,emem. U S , 48 (1987) 259-277; G. D. Coleman, The Va,icón S,atemen,
(1987) 727-734¡ R N ugent, Homosexuality and
™irjeUe J Z C nh,nS' lrThQu?rt 53 <'987) 66-74; G. Perico, La cura pasto-
Soc 3 8 Í1987WO * ° m?se¿ suali‘n un recente documento delta S. Sede, Agg-

<S l 6 8IÍ987T97E- , 2 r ,DALCA- ”“ " a " *

27; I C O T M U T ^ n Ó 'c f H 2h ‘3; l9’22 *'30; 1Re l4 ’24' Rom


Nouveau Testament q/m ’ o Í*UMBERT• Les péchés de sexualité dans le
la Biblia ¿Es tán 8 <19703 149 ' 83; G. Ruiz, La homosexualidad en
4 ,an ,axa" va la undena bíblica de la homosexualidad?, *
236
,9,1-29), algunos autores no están de acuerdo, a pesar de
haber dado su nombre a este comportamiento, en que la con­
dena recaiga sobre la homosexualidad de sus habitantes. Sin
embargo, hay que reconocer que a su favor existen fuertes
presunciones, aunque para Lot la falta más grave radique en
el rechazo de la hospitalidad36. Tampoco parece que los ve­
cinos de Guibeá (Jue 19,22-30) quisieran cometer actos ho­
mosexuales con el levita, sino que deseaban más bien conocer
si era extranjero y violar además a sus concubinas, como así
lo hicieron después. Otros textos se refieren más bien a la
prostitución sagrada (Dt 23,18-19), como se daban en las cos­
tumbres cananeas, para que no se contaminara el culto del
Señor, o se prohibían tales actos hasta con la pena de muerte
(Lev 18,22 y 20,13) por el miedo de Israel a que se introdu­
jeran esa prácticas entre sus miembros. En cualquier caso, si
esas leyes existían es porque se trataba de un peligro real y se
valoraba de forma negativa.
De igual manera se insiste en la necesidad de una
hermenéutica que supere los límites históricos y culturales de
esas enseñanzas y su interpretación aislada fuera del contexto.
La consecuencia de tal exégesis lleva a la conclusión de que
no existe fundamento bíblico para su valoración negativa. Así
las condenas del Nuevo Testamento se aplican exclusivamen­
te a los casos de pederastía y a los proxenetas que reducen a
los niños a la esclavitud; se dirigen a los comportamientos
que nacen en un ambiente de orgía, desenfreno y perversidad,
o como consecuencia y castigo por haber rechazado el cono­
cimiento de Dios; y se rechazan, finalmente, por tratarse de

VV., o c (n 2), 97-111; G Strecker, Homosexualitát in biblischer Sicht,


KcrDog 28 (1982) 127-141; R. Scroggs. The New Testament and Homosexua-
'0‘ Contextual Background for Contemporary Debate, Fortress Press.Tilwle: -
no ,983; P M Urleja, The Bihle and Homosexuaüty, BiblioStt 140
59-266; G. P. Sheppard. The Use o f Scripture wtthm thenCAr“ ^ * ? ' í f
dwe Conceming Same-Sex Orientad Persons, USetnQuaRev 40 (1985) 13
Z P . V D. Osten-Sacken. Paulinisches evangelium and¿ •< * ‘^ ¿ £ 1 “
««• Í 'M , ZEvanEth 31 (1987) 36-81; M. Gilbekt, La Bihle el I homose-

fot,,/ 1 " v m u s e x u a n i e , en
lQtPm?°Ur ¡es homop hiles, Fayard, París 1972, *3-59,
rctoe, Labor et Fides, Ginebra 1979, 31-36.

237
actos realizados por heterosexuales que actúan contra su pro­
pia inclinación, pues se ignoraba entonces que pudiera darse
una estructura diferente. Todo lo cual impíde la utilización de
estos textos en los planteamientos actuales .
Es indudable que los criterios hermeneuticos son necesa­
rios para el estudio de la Biblia, pero con ellos también son
muchos los autores que descubren en sus páginas una visión
de la sexualidad claramente heterófíla, con su doble dimen­
sión amorosa y fecunda. Si hay motivos para creer que inter­
pretaciones erróneas han exagerado el carácter nefando de los
actos homosexuales, tampoco están exentos de error los que
niegan por completo el valor de tales enseñanzas. Por eso no
estamos de acuerdo con que “una exégesis bíblica incorrecta
ha conducido a la Iglesia, durante dos mil años, a aumentar
la repulsa que hiere al prójimo homófilo” 38. Ni las interpre­
taciones en su conjunto han sido tan incorrectas, ni ello tam­
poco tendría que suponer un cambio en la valoración.
Dejando al margen, como hemos dicho, prejuicios y
rigorismos, el mensaje revelado viene a confirmar lo que la
reflexión humana mantiene todavía como una meta: la orien­
tación heterosexual de la persona aparece objetivamente como
el destino mejor. Por eso no admitimos tampoco que “la
condición homosexual esté de acuerdo con la voluntad de
Dios ’39, como si ella fuese también un auténtico valor para la
persona.

Dcspiiés de su análisis bíblico, J. J. McN eill, oc (n 7), 62-103. con­


cluye: “No parece haber una condena clara de tal relación en la Escritura: más
aun, en ules circunstancias quizá pudiera admitirse que una relación homo-
mt«n 581,8 aC** °S ,dca^es positivos de las Sagradas Escrituras”. Como el
lmll8, cf)nscientc dc su absoluta oposición a toda la doctrina
el ra7onamí«nt V8i0r j C m,S conclu* ™ “ no se apoya en más autoridad que
donde ° S ^1°* ? UC hc ProP°rcionado”, n. 61. Y es en este punto
' “ a su l,br° ban »'do más duras. Lo mismo H. van de Spijki*'
M í Fontanella, Barcelona 1971. 60-92. y o.e. (n. ’ )■
c ,o; b- uers- o- 7>“ <>ue "en
los seres humanos son es,á subyaccnte el presupuesto de quc
310. s homosexuales y as¡ fueron creados por Dios .

S - C ^ nPJrcJJ’
S C- p ^ Uc ^n )ndres
d u s 7 1967*
^ ^ 71° xChristian
^ Understanding
~ oj
- the Homosesual
píio, como: todos lo* liüñk!?’ 273' ^ frasc Podría admitirse en un sentid®
permisivo de Dios. h 5 que “ A tecen, nacen al menos del ‘‘querer

238
jq Valoración ética:
nuevas perspectivas

Con esto sólo hemos hablado de su valoración abstracta y


objetiva, pero aun aceptando este presupuesto, del que pane
la gran mayoría, queda su aplicación posterior a los indivi­
duos particulares. Si el tener una inclinación como esta no es
muchas veces imputable a la propia voluntad, ¿cómo deberían
juzgarse los actos concretos de una persona homófila?
Se oye decir con frecuencia que la Iglesia ha mantenido
una postura intransigente de absoluto rechazo, muy distinta a
la que Jesús tuvo con los más necesitados, y cuyas consecuen­
cias han sido trágicas y lamentables. Los homosexuales que
no quieren perder su fe y desean encontrar en ella un motivo
de ayuda y esperanza terminan cayendo en una profunda neu­
rosis depresiva; se sienten criminales y pecadores ante su
propia conciencia. Y si logran superar este sentimiento inter­
no de culpa, a pesar de todas las prohibiciones, saben que no
pueden mantenerse en comunión oficial con una doctrina que
los condena4u. ¿No cabria la posibilidad de admitir como lí­
cita una relación homosexual, al menos en determinadas si­
tuaciones? ¿Por qué, si esta persona es así, no puede vivir de
acuerdo con su inclinación? ¿Es humano exigir un comporta­
miento que resulta inalcanzable para tantos individuos?
Estas y otras preguntas parecidas han hecho surgir nuevas
reflexiones en el campo de la moral. Sería difícil dar ahora
una síntesis de las diferentes posturas adoptadas sobre el tema,
pero creo que en casi todas se da un denominador bastante
común. La permisividad ética de estos actos homosexuales,
en una relación personal de afecto y cariño, quedaría aceptada
P°r la siguiente consideración de fondo, expresada con suma
b r e v e d a d 41.

Las estadísticas dem uestran que los homosexuales suelen estar más
•tejados de las prácticas religiosas que los heterosexuales y que sus senti­
re m o s religiosos aum entan el m alestar por la experiencia de culpa, bajo
concepto de si m ismos y un índice mayor de no aceptabilidad. C f A. P. Bell-
WEtNBERG, o.c. (n. 6), 195-205.
p La aceptación de este planteamiento se presenta con diversos matices.
„ira M. Oraison la norm a ha de buscarse por el camino de la mayor huma-
'^ación posible, y el placer intercambiado, en una mutua y respetuosa rela-
ón’ puede ser el único nivel accesible: “¿Puede hablarse en tal caso de un

239
F1 ideal de una persona homófila podría ser la sublima-
ción de esa tendencia, pero puesto que una conducta así |e
resulta heroica e imposible, sólo le resta una doble posibili­
dad' vivir de una manera clandestina, perversa y en el anoni­
mato de la promiscuidad y de los bajos fondos, o intentar, al
menos una mayor humanización del instinto mediante una
comunión personal y afectiva. Considerar estos últimos gestos
como pecaminosos supondría quitarle el único camino de
reconciliación con su propia verdad; hundirla en una conducta
más represora y despersonalizante, y mantenerla en un clima
neurótico y de constante culpabilidad. La homosexualidad no
debe reprimirse, como ninguna pulsión, ni vivirla como un
mero placer egoísta. Entre ambos extremos podría aceptarse
como expresión de amor, pues aunque tenga aspectos ne­
gativos —no alcanza el ideal del sexo— manifiesta sin duda
algunos positivos, en cuanto se aparta de otros comportamien­
tos peores y más perversos. Por ello las exigencias objetivas
de la moral deberían acomodarse a las situaciones y posibili­
dades concretas de cada individuo.
No juzgo desacertado que la eticidad de una conducta se

pecado?” [o.c. (n. 7), 131]. C h. E. Curran acepta la teoría del compromiso
“En un sentido, la acción concreta homosexual no es objetivamente mala,
porque ante la presencia del pecado constituye la única alternativa viable para
el individuo”, aunque, desde otra perspectiva, en ella se manifiesta la fuerza
del mal (Catholic Moral Theology in Dialogue, University Press, Notrc Dame
1975, 216-217). El libro de N. Pittinger está lleno de mayores ambigüedades
y de un cierto confusionismo: si la condición o estado homosexual no es
pecaminoso, tampoco pueden catalogarse como culpables los gestos físicos,
pues la abstención sería “inhumana, injusta y sobre todo anticristiana”. Si
existe, por tanto, una intencionalidad amorosa, los actos no serán pecamino-
cuant0 conlnbuyen al desarrollo de la personalidad; en caso contrario,
deberían considerarse como malos [o.c. (n. 7), ce 5 y 8]. J. van de Spuker
na evolucionado desde una postura tolerante —“como la máxima realización
a e la s posibilidades personales", aun sin alcanzar todavía "el estado de la
perfección objetiva” [o. c. (n. 37), 2 0 5 ] - hasta creer que esa meta resulta
abstinencia total o temporal en sus manifestaciones aroo-
verdadmm™!*XUa ** * f ° <'ue nos rem',e a aquel dualism o que no se toma
c T m ^ Z Z l ” SCT,° 81 hombre” [»•«• <"• 7). 41-42], Él mism o se cataloga
S n T T S r “ ÍC,!.,Ud simPlemente “tolerante" en su anterior publ"
compromiso inevOaW' *ambién «' A g u a je del mal menor, de un
siva de m ^ d ^ m » v ! , COn ,la, re,alidad' pues ello supone la búsqueda prog«'
fo íl * d e ,la renunc,a y abstinencia— , p a rí afirmar q*
taba a ser expresión dT S**ua estar moralmente justificada si do*
(n. 7), 60], Un amor humano de verdad y constructivo I®-

240
analiz3 también por sus consecuencias Estáham
brados a una moral demasiado esencialista d c 2 >L ^ ° StUm-
Jo malo se median por unas categorías a b s S c ^ v üf l y
muchas veces a la realidad. La reflexión moden^ J ?Jenas
00 de la ética, se orienta decididamente ñor 6 cam'
don teleológica. donde la primacía se otorea a las
cias dramáticas o positivas que puedan seguirse de
determinada. Si un comportamiento provoca, en ™
muchos más efectos benéficos y pos.t,vS que l a m e n t E
n0 se podría juzgar como pecaminoso, aunque tampoco con,
tituya ningún modelo de imitación4-’. Sin embargo Radica
ción de esta teoría a cualquier forma de conducta debe te ñ í
en cuenta algunos presupuestos fundamentales. Y en el campo
concreto de la homosexualidad sería conveniente propon»
otras reflexiones preñas. De lo contrario, lo que pudiera ser
aceptable en teoría tal vez no lo fuera tanto en su aplicación
práctica.

11. Presupuestos fundamentales:


¿conformismo o superación?

El primer problema que exige un estudio mayor es el de su


posible terapia. Si damos por razonable la opinión generaliza­
da de que la heterotropía es la mejor orientación del impulso,
hacia ella debiera dirigirse la educación como profilaxis, y la
misma readaptación posterior, en la medida de lo posible.
Con la misma firmeza y experiencia con que algunos autores
niegan la curación de la auténtica homosexualidad, otros de­
fienden la eficacia de un tratamiento que serviría, por lo menos,
Para una profunda mejora43. Dar por supuesto que no es po-

. j ¡a ¿tica cristiana, Paulinas,


* Cf E. López A zpitarte, Fundamentadon
Madrid 1991, 197-213. . M dos qcmplos. “Segi»
Entre las opiniones contradictorias, v^anf® otropf» de un hombre n
os conocimientos actuales de la c*c”c,¡a’ V spuke*' o .c - (®-
P¡fcde transformarse en una heterotropía , H. terior¡%pero no hablé»
\ contrario, “a pesar de lo que a p r i o r i (o * í** adecuadamente o n e n ,
n^ ° «n estos casos una terapia a<*ec c\ ^ íCñ hemos
Puedan decir algunos autores..., en nuestra jal tipo de person»
^ue los comportamientos homosexuales se supeian .^. g Johnso ,
86 L. Cencillo, o.r. (n. 4), 142. W. H. MA
241
sible ningún tipo de curación o mejoramiento, significaría
adoptar d e sd e el principio una actitud demasiado conformista.
A nadie, sobre todo si se trata de una tendencia adquirida 0
superficial habría que desanimarlo de un intento como éste,
ni fomentar por las buenas este conformismo pasivo, que eli­
minaría por completo la búsqueda de otras posibilidades44.
Aun en la hipótesis de que semejante situación fuese irre­
versible por alguna causa, no conviene olvidar que la licitud
de una conducta no se justifica por lo que se es, sino por lo
que se debe ser. Quiero decir que si los homosexuales tienen
derecho a vivir como ellos son, este principio habría que
aplicarlo con la misma lógica a cualquier otro comportamien­
to. Por idéntico motivo el heterosexual o el fetichista podrían
dejarse conducir por sus tendencias respectivas, sin tener en
cuenta que una simple inclinación no es suficiente para huma­
nizar las fuerzas pulsionales.
Dentro y fuera del matrimonio, los que no han querido y
los que no han podido casarse necesitan una integración del
sexo para vivirlo de acuerdo con su objetivo. Si la mera ins-
tintividad fuese criterio suficiente para normativizar la con­
ducta, la moral quedaría reducida a un biologismo brutal y
anárquico. Sentir una necesidad sería signo de una exigencia
ética y cada una de aquéllas tendría derecho a pedir las nor­
mas adecuadas a su propia psicología. Al hombre que se
entrega a una mujer porque no ha podido casarse, no tendría­
mos nada que decirle. Por ello, sí creemos discutible la opi­
nión de que nada se opone a que los homófilos tengan una
moral propia fundada sobre su sistema de valores y su con­
cepción del mundo 45. La ética, como ciencia de valores que
I 0111!!!13 ^ concjucta, debería sufrir un cambio constante en
tuncion de las situaciones personales. Y es que el ser humano

~™ ¡. á ^ X Z : ÍL S L Ll9; r 1' ""


trata de unan^ f S rc^ ° ¿ Z 0StUra de ° RA,S0N. quien, admitiendo que
o curación [o.c. fn 71 V7i ^ j qUC no se debc buscar esta posible mejora
wwsario que se comporte" VÍVa ‘‘como uno P,ensa qUC C $
“ D ^ Cr ^ AC,BÍbl1^<W6>ei?Zl22.',aC10neS de SU IÍbr°' ^

242
necesitará siempre una dosis de esfuerzo y trabajo para la
búsqueda de los caminos humanizantes. El déficit y la limi­
tación, patrimonio universal en todos los campos, no justifi­
can abandonarse a la propia realidad, pues por encima de ella
se encuentra la meta hacia la que debemos dirigir nuestra
conducta.

12. La superación de un dilema:


el camino hacia el ideal

Por otra parte, el dilema de fondo, que con frecuencia se


plantea, no me parece exacto y plenamente objetivo, al menos
en todas las ocasiones: a la persona homófila, o se le deja
ejercer el sexo de acuerdo con su inclinación y con una dosis
de amor y de cariño o. de lo contrario, llegará a vivirlo de una
manera perversa, libertina o neurótica. De ahí la posibilidad
ética de una opción por lo que se considera como un mal
menor, un compromiso, o hasta un derecho.
No convendría olvidar, sin embargo, aunque esta afirma­
ción parezca demasiado conservadora, que una de las caracte­
rísticas de la sexualidad humana es la capacidad que ella
encierra de poder ser asumida sin el ejercicio de la genitali-
dad. “Cuántos desastres serían evitados si ciertos médicos
dejaran de considerar que el ejercicio de la sexualidad es
absolutamente indispensable a la salud y al equilibrio”46. Es
evidente que la simple abstención fomentaría una actitud neu­
rótica si los mecanismos psicológicos no funcionaran con
normalidad, si con ella la pulsión, en lugar de integrarse ar­
mónicamente en el conjunto de la persona, quedara soterrada
y reprimida; pero nadie podrá afirmar que esta sea siempre la
única alternativa. Si así fuera, tendríamos que aplicar el mis­
mo criterio a otras situaciones más o menos parecidas. El que
Permanezca soltero contra su voluntad, porque la vida no le
haya ofrecido otras posibilidades, o el cónyuge de un ma­
trimonio fracasado tendría el mismo “derecho para buscar
°tras compensaciones. Son muchos los homosexuales que, a
“ AA.VV., Célibat et sexuatité. Cotoque du
c'* * /ra ía is. Du Seuil, P a rís 1970, 129. L a afirmación podi* confirmarse
Con m ú ltip le s c ita s d e s d e un punto de vista humano y psicológico.

243
„esar de su inclinación, pueden vivir sin una expresión geni­
al como muchos heterosexuales pueden hacerlo s.n necesi­
dad de ceder a sus impulsos diferentes^
Admito que en ciertas patologías homofilas como se
dan también en la persona heterosexual-, incluso por otros
factores más marginales, se haga mas difícil esta integración.
Hay individuos con capacidad para controlarse y otros a los
que no les resulta tan fácil o no pueden conseguirlo. La liber­
tad llegará a encontrarse disminuida por una serie de condi­
cionantes o a desaparecer por completo47, pero entre los ex­
tremos del dilema —perversidad o una cierta humanización
por el cariño— quedaría el camino intermedio propio de todos
los seres que se esfuerzan por alcanzar el ideal, a pesar de sus
deficiencias y limitaciones, en un trabajo constante de supe­
ración. El hecho de no conseguir la meta, si creemos que vale
la pena aspirar a ella, no es motivo para situarse cómodamen­
te en niveles anteriores. En la aventura de la vida nunca de­
bemos olvidar nuestra vocación de peregrinos, que impide
aquí, como en otras zonas, dejarse vencer por el cansancio. Si
de verdad me encontrase con una persona cuya única posi­
bilidad fuera el dilema propuesto, también aceptaría un “com­
promiso” que evitase mayores consecuencias negativas48. Esto
47 “ Indudablem ente, esas p erso n as h o m o s e x u a le s d e b e n s e r a c o g id a s , en
la acción pastoral, con com prensión. . T a m b ié n su c u lp a b ilid a d d e b e ser ju z ­
gada con prudencia”, Sobre algunas cuestiones.. , o.c. (n. 3 4 ), n. 8, p. 14. “ Al
respecto es necesario volver a re fe rirse a la sab ia tra d ic ió n m o ra l d e la Iglesia,
la cual pone en guardia c o n tra g e n e ra liz a c io n e s en el ju ic io d e lo s casos
p articulares. De hecho, en un caso d e te rm in a d o , p u e d e n h a b e r e x is tid o en el
pasado o pueden to d av ía s u b sis tir c irc u n sta n c ia s ta le s q u e re d u c e n y hasta
quitan la libertad del in d iv id u o ” , C ongregación para la D octrina de la F e,
o.c (n 34), n. 11.
, n Piíra SU va,oración ética Pucde verse también, con un criterio equilibra-
oo, B. HAring Homosexualidad, en DETM, 454-461; G. D urand, S e x u a l i t é el
joi ^yntftese de theologie morale, Fides, Montreal 1977, 235-281; M. Alcala,
s u l ¿ 7 ¿ T ' RyF 2?° (1979) 6 4 - 7 6 - F - G.unchedi, Rilievi e prospettive
/"«■L! T omosessuale, RassTeol 20 (1979) 426-443; T. G offi, S i t u a r e
T H ÉV E N ^//L n COntf st,° “ 'VO, Seminarium 36 (1984) 2 1 0 - 2 1 8 ; X.
1985 T , o b ñ ^ c l “eS el mor“‘e chrétienne. Du Cerf, París
Gutndon H o r n o s , ^ * j *! 4 Pesar ^as deficiencias que sédala A
A propos d'un livre de
Test Case for Christian # r l?7"84^* J P H an,gan, Homosexuality. The
iako, Madurez y Elhlcs' rP aul'S' Press, Mahwah 1988; P. T mvi-
*>peni «ici d /ir ------ rnnn'fu 81» ? 1n' ,S<llamanca '988. 121-139; M. C assani.
del amor y de la 3 9 (l989> M V idal, M orí
sauaUd°d, Perpetuo Socorro. Madrid 1991*. 257-283.
244
supuesto, ¿qué orientaciones fundamentales deberíamos ofre-
cer en la pastoral con estas personas?

13. Directivas pastorales:


aceptación y respeto de la persona

Hay un primer punto fundamental en el que no insistiremos


nunca demasiado. Mientras no seamos capaces de aceptar al
homosexual como una persona, todo intento de ofrecer una
ayuda resulta íalso y mentiroso. Para ello se requiere una pu­
rificación previa de tantos prejuicios conscientes e inconscien­
tes que dificultan esta relación. El que tropecemos con indivi­
duos que han hecho de su tendencia una forma de perversión,
que se aprovechan de la clandestinidad y del engaño, que
mantienen un proselitismo lleno de amenazas y violencias
psicológicas, no es motivo para considerar a todos los demás
con el mismo criterio. La indignación que pudiera provocares
tan justificada como la que nace ante otras conductas perver­
sas. Pero frente a este grupo se halla el de aquellos que llevan
con dolor y con una tristeza solitaria el no ser como los demás.
Que una persona se atreva a descubrimos su situación
interior, sobre todo en nuestros ambientes, donde se siente
con más intensidad la vergüenza y el rechazo, es suficiente
para tener una actitud de agradecimiento y de respeto grande.
Esta acogida que brota desde dentro, y no como una obliga­
ción de compromiso, es indispensable y benéfica para todo el
diálogo posterior4g. Al menos existe la posibilidad de com­
partir con otros y de manifestar hacia fuera lo que hasta ahora
se vivía como una tragedia intima y personal.

14. La búsqueda de un mejoramiento:


límites y posibilidades
Como segundo paso habría que llegar a un conocimiento sobre
el grado y la fuerza de esta inclinación. Saber distinguir si se

^ 49 “Probablemente nuestro hallazgo más sobresaliente se refiere a los


Jfcctos de un ambiente acogedor”, M. S. Weinberg-C. J. Williams, o .c. (n. 6),

245
trata de una raíz profunda e inveterada, o es producto de
circunstancias más o menos pasajeras; si es absoluta y com-
pleta o participa también de una cierta bisexualidad. Sobre
todo en aquellos casos más superficiales y ligeros, no se debe
excluir una posible mejora y hasta un éxito bastante definitivo
hacia la heterosexualidad. Algunas organizaciones homófilas
y significativas, como la Mattachine Society, comparten esta
orientación de fondo.* “Basándonos en nuestra experiencia (la
angustia, la vergüenza y la humillación que tanto hemos pa­
decido), aconsejaríamos sin vacilar a cualquiera que no se
haya convertido aún en homosexual activo, pero que tenga
dudas respecto a sí mismo, que elija el otro camino si pue­
de” 50.
Estos casos benignos son de un diagnóstico bastante po­
sitivo y sería absurdo que, por defender unos derechos utópi­
cos, cerráramos las puertas de una posible adaptación al al­
cance de la mano. Aun para aquellos decididamente homófilos,
un tratamiento psicológico suele ser provechoso:
“Hay que subrayar aquí el hecho de que, en co n tra de una
opinión bastante difundida, la h o m o se x u alid a d es con mucha
frecuencia susceptible de ser in flu en ciad a fav o ra b le m e n te por
los diversos tratam ientos terap éu tico s..., y es, p o r tan to , necesa­
rio que el m édico abandone la actitu d n eg ativ a, sin ceder, sin
em bargo, a un exagerado o p tim ism o q u e, e n tre o tras cosas,
podría incluso tener una actitud c o n tra p ro d u c e n te ”

No se pretende aquí cambiar la estructura que parece


definitiva, sino de buscar una reconciliación consigo mismo,
que integre un dato más de la vida del que ya no podrá pres­
cindir. La experiencia médica confirma el mayor equilibrio
que se deriva de este intento, hasta conseguir una integración
suficiente para una vida normal, sin graves complicaciones.
*na,iC<!inC^Crán e^emen*al Para esta armonía psicológica reside,
sin duda, en esta comunión con la propia realidad, sea cual
ere, que elimina tantas tensiones, inconformismos y rebel-
ías in enores del que no se acepta como es. Como condición

“i&vestigar todas* j c *n " 2 2 8 , q u ' e n a c o n s e ja tam bién


sexuales norm ales" ( S ) * ,^ C8 l°8rar c a p a c id a d e s y re la c io n e s hetero-
G. Santori, Compendio de sexología, R az ó n y F e. M a d rid 1969, 472.

246
indispensable para esta terapia, se insiste en la necesidad de
qUe sea una opcion del mismo cliente y que nazca de una
fuerte motivación \

15. Hacia una auténtica sublimación

La misma renuncia al ejercicio de la sexualidad no tiene por


que resultar neurotizante ni problemática. Como en la soltería
impuesta por otras circunstancias, hay siempre un lugar para
la sublimación, difícil de conseguir, pero no imposible. De­
pende mucho de la intensidad de los estímulos sexuales y de
la actitud práctica que el sujeto adopte ante ellos. Existen
homosexuales que logran sin mucha dificultad dominar la
propia inclinación mientras que en otros la lucha y el esfuerzo
para contenerse se hace dura y continua.
La sublimación, que puede darse por múltiples caminos,
no significa una transformación automática de las pulsiones ni
mucho menos una represión generadora de otros gestos per­
turbadores, patológicos e incoercibles. Se busca dar salida a la
libido dentro de una orientación global, que abarque la vida
entera y que satisfaga, por otros medios y al servicio de otras
tareas, las exigencias del sexo. Sin negar que tal mecanismo
se hace más penoso en algunas psicologías, hay que reconocer
sus posibilidades e intentar aprovecharlas al máximo53.
Aun a riesgo de parecer demasiado espiritualista, no dudo
de que la fe auténtica constituiría una ayuda profunda en tales
circunstancias. Un sentimiento neurótico de culpabilidad no
es posible que se dé en quien haya conocido más de cerca el
rostro verdadero de Dios. La salvación es una gracia ofrecida
sobre todo a los que se sienten más débiles e impotentes. Lo
dnico que obstaculiza este don es precisamente la autosufi­
ciencia y el creerse justificado por una vida perfecta (Le
^8,11). Lo cual significa que el sendero para acercarse con
may°r fidelidad a Dios es sentir el peso de la propia incapa-
j^dad, cuando, a pesar de los esfuerzos, no llega a conseguirse
a nieta pretendida. Y es que a través de un paso lento y

H. Master-V. E. Johnson, o . c (n. 6), 331 ^


GarcIa. Freud v la sublimación, EstFil 40 (1991) 317-33 .

247
cansino con una conducta que por fuera parece condenable,
el corazón puede sentirse henchido de una grac.a gigantesca.
“A quien nada m á s puede ofrecer, tal vez Dios no le pida más
que un sollozo de impotencia

16. El camino de la amistad:


un intento justificado

Dentro de la literatura actual sobre el tema se insiste también


en la conveniencia de una amistad estable como el medio más
asequible de sobrellevar una vida solitaria cargada de tantas
dificultades. Para algunos esto supondría necesariamente el
reconocimiento, incluso social y jurídico, de la pareja homo­
sexual con la consiguiente justificación para toda clase de prác­
ticas. Creen que la continencia sólo se consigue a costa de la
salud y del equilibrio psicológico y, por eso, optan vivir jun­
tos, como el único remedio para superar su drama solitario. El
respeto por esta opción, después de luchas, dudas y ambigüe­
dades, no significa compartirla. Otros, sin embargo, ofrecen el
camino de una amistad, pero sin llegar a tales extremos5'.
Sin negar la ambigüedad y los peligros que en ella pudie­
ran encerrarse, la integración de la homofilia es posible dentro
de una amistad personal y responsabilizada. Cuando existe
una ilusión progresiva nadie tiene derecho a descalificar un
intento en el que se busca la superación de la mera sexualidad
dentro de un clima mucho más humano y respetuoso.*12
Van der Meersch, La máscara de carne, Plaza-Janes, Barcelona
121.
u cJempI° de los primeros, ya hemos citado las obras de M Hoff-
T 1 ?E, SpiJKEIL M. Daniel, etc. Cf Colectivo de homosexuales
^ ^ lesia ante ¡o homosexualidad, MisAb 77 (1984) 746-750,
oa de* u n! °traS C(íSi?' se af,rma: “Muchos homosexuales eludieron la tram-
maduras ^® n¡i,¡¡cu,dad * cl s« o despersonalizado, estableciendo relaciones
humanos inteQ^anCHmpaflC^0, ,0 que a muchos perm itió crecer como seres
no si conviertan SUS ,mPu,sos sexuales dentro de su personalidad Para
mentó bajo su contro^n11118/ 1161^ comPuls' va o negativa, sino en un instru*
üdad de una amistad 8 cxprcs,ón del a™or hum ano”, 749. La P0^ 1'
otros muchos, como 8 PCSar dc sus dificultades, la aceptan tainbi
parecen válidas e intereuf ?***? Cn ,a bib,i°g rafia citada en la nota 48. M
284-294, sobóla I * " ™ 0 ™ dc X. Thévenot, o . c . (n
continencia. P *or® frente a las personas incapaces dc vivir e

248
También las relaciones amistosas entre el hombre y la
jer están llenas de elementos eróticos y, en ocasiones
ocultan otros motivos poco transparentes. Aquí no cabe otra
norma que la honradez limpia y el estar dispuestos a evitar las
posibles consecuencias negativas. El esfuerzo humano por este
ideal asequible es digno de respeto y admiración, siempre que
n0 constituya un obstáculo para personas que podrían reorien­
tarse, o se convierta en una fuente de perversión. Sólo la
prudencia y un conocimiento de las situaciones concretas darán
pie para los consejos oportunos en cada caso.
Aunque esta amistad llevara en ocasiones a prácticas homo­
sexuales, no habría que imponer sin más la ruptura. En cual­
quier hipótesis sería muchas veces un mal menor que el pe­
ligro de la promiscuidad o que los desequilibrios de una vida
solitaria en tales sujetos Se buscaría evitar los males mayo­
res, aunque no sea posible eliminarlos por completo. Estamos
hablando de personas que desean una superación progresiva y
que no eligen esta posibilidad para aprovecharse tranquila­
mente de las facilidades que pudieran encontrar. Si el único
camino que les queda para seguir adelante, sobre todo en
casos extremos de soledad depresiva, tiene estos peligros,
habría motivos suficientes para aceptarlos dentro de los prin­
cipios generales de la moral, sabiendo que avanzan y sueñan
con una etapa superior.

17. Frente a la posibilidad del matrimonio:


necesidad de un diagnóstico previo

Entre los consejos posibles no se debe incluir nunca el ma­


trimonio, como se hacía en otras épocas. Tal experiencia no
liene ningún sentido terapéutico para los verdaderos homo­
sexuales. No se requiere mucha perspicacia para comprender
jjue el remedio resulta peor que la enfermedad y que los pro­
b a s serían todavía mayores con el agravante de afectar

s,lul Hablo del mal menor para que nadie pueda creer que acepto. esas
°"cs como meta o ideal y para evitar falsas
la m L T Cho más ló8 ico y humano utilizar aquí, como en o J£*ibie
C í o ’ Un t^rm *no positivo: seria la búsqueda del mayor bien pos,ble,
en cuenta todas las circunstancias que entran J $

249
aqu
que
poc
ciói
un
y si
matrimonial.
“Las mism as razones que d e sa c o n se ja n re c u rrir a las reía-
n o n es heterosexuales con fines te ra p é u tic o s, v alen también por
lo que se refieren al m atrim onio, q u e no p u e d e y no debe con­
siderarse com o una cura de la h o m o se x u a lid a d , sin o solamente
como una meta que, en el m om en to o p o rtu n o , p o d rá ser indica­
da al paciente y que este podrá en una p a rte de los casos alcan­
zar, si su modo de com portarse y de re s p o n d e r a la terapia ha
demostrado un suficiente viraje a su p s ic o s e x u a lid a d y permite
alim entar una razonable seguridad p ara el u lte rio r desenvolvi­
miento de su vida por los cam in o s de la n o rm a lid a d ” 57

Las dudas objetivas que pudieran existir deberían resol­


verse con el diagnóstico de una persona especializada. Un
análisis de la estructura psicológica se hace necesario, pues
las defensas represivas, que podrán ocultar durante algún tiem­
po la realidad interior, terminarán cayendo más adelante.
Si el matrimonio, donde es posible el amor y la ternura,
no es remedio eficaz para el mejoramiento, mucho más hay
que excluir la relación sexual con personas de otro sexo. La
práctica demuestra los traumas mayores que produce, con tanta
frecuencia, el encuentro con la prostitución. Los sujetos que
pretenden salir de la duda o creen que desaparecerá su tenden-
cía por tener tales relaciones, suelen terminar en peores con-
diciones y am mayores perplejidades. El clima de esos am-

mejoramiento y curación.

° SW0W- (n. 51), 470.


250
I La reforma de la legislación:
límites de una condena

Finalmente, otro problema distinto sería la legislación civil


sobre la homosexualidad, cuya reforma ha sido siempre uno
de los puntos exigidos por todos los movimientos de libera­
ción. Todavía, incluso en países democráticos y tolerantes, las
leyes continúan siendo rigoristas, aunque no siempre se apli­
quen en la práctica. Creo que aquí demandan una petición
justa y objetiva, y habría que trabajar lógicamente para que se
eliminara todo carácter discriminatorio que los excluya, como
seres diferentes e indignos, de alguna actividad, o los consi­
dere peligrosos, como cualquier otro tipo de vago y malean­
te58. Ser homosexual, en teoría, puede ser tan peligroso o
rechazable como ser heterosexual. El peligro y la perversidad
no existen por tener una u otra tendencia, sino en la orienta­
ción práctica que se le dé a cualquiera de ellas. El descontrol,
la perversión de menores, el escándalo público y la corrup­
ción del ambiente no es patrimonio exclusivo de una inclina­
ción determinada. Una ley de peligrosidad social no debe
reducirse a lo que las personas son, sino a lo que las personas
hacen. La honestidad, el respeto a los demás, la delicadeza, el
compromiso, la responsabilidad y otros muchos aspectos po­
sitivos se encuentran con idéntica proporción en estos indivi­
duos.
La simple razón de experimentar esta tendencia no es
motivo justificante para negar ciertas posibilidades, mientras
no demuestren con su conducta, como cualquier otra persona,
que son indignas de tal confianza. Por ello, semejante condi­
ción no debe ser obstáculo para desempeñar una tarea o elegir
S Cf V. Domingo L oren , L os hom osexuales a n t e la ley\ Plaza-Janes, Bar-
Cc ona 1978. Hasta la reform a de la Le\ de peligrosidad y rehabilitación
social del 26 de diciem bre de 1978 estaban implicados en ella “los vagos
g u ía le s , hom osexuales, mendigos habituales, ebrios y toxicomanos, etc. .
tn*e los estados de peligrosidad, de acuerdo con la reciente reforma, no se
Centran ya los homosexuales. Para las deficiencias, sin embargo, que
Presenta, F. B u e n o A r u s , C riticas form uladas a la Ley de
^ h a b ilita c ió n s o c ia l , RyF 200 (1979) 30-40; J. P e t h . £7 *
451 AocS,^ n homosexual, A priori 6-7 (1983) 57-66; A. Mirab ¡miistbie mi‘
no'. 85, d°nde recoge tam bién algunos documentos; R. M° h . j7
^ n cu rights democracy ™re€ ar&u*entsfor '
251
un trabajo, si tienen, como 1m personas heterosexuales, Un
control suficiente de su libido •
En esta línea la reforma del derecho penal, con vistas a no
considerar como actos criminales las relaciones homófilas qUe
no atenten contra el bien común, es también aceptable. Lo que
dos individuos realicen en la esfera de su intimidad no tiene
por qué ser castigado, aunque constituyera una falta ética, de
igual modo que la ley no penetra en la vida privada de per­
sonas heterosexuales cuyas relaciones fueran deshumanizantes
y pecaminosas, cuando no se traspasan los límites del bien
común; es decir, cuando no son producto de la violencia física
o psicológica, ni se practican con personas menores de edad,
o se realizan públicamente, hiriendo la sensibilidad normal
del grupo. El porqué un mismo comportamiento, deshonesto
en ambos casos, es juzgado de distinta manera tiene su expli­
cación en lo dicho anteriormente. El rigorismo personal se ha
convertido en jurídico.
Sin embargo, una despenalización absoluta, como también
se exige, y el reconocimiento de los mismos derechos que
cualquier otra persona no deja de tener serios inconvenientes,
pues supondría no defender el derecho de otros individuos
frente a esas consecuencias negativas. Aquí, como en otros
campos de la conducta, la defensa encuentra su apoyo en una
justa legislación, que prohíba aquellos actos que, por sus
características de violencia, proselitismo de menores, daños a
terceros o escándalo, atenten contra la conciencia mayoritaria
de la sociedad.
Por eso, me parece legítimo oponerse también al recon oci­
miento, como matrimonio legal, de las parejas homófilas, para
no dar la impresión de que es una forma de vida tan válida y
aceptable como la de hombre y mujer60. Otra cosa sería la*10

tíci* lef ,slaciones excluyen a los homosexuales de la w


que la 3 d,plomát,co Para evitar posibles escándalos. No cabe duda
Personas, en Io b ^ u ii Í m t , C n e esPecia,es inconvenientes para e s t
305] pero cuando «a n° entTamos ícf X. T hévenot, o . c . (n. 48), 29
madur^y Una cstructura integrada, capaz de un control
10 Cf las reflexión» Ps,co*ágicos, la posibilidad queda abierta.
«dadTlZ Z lZ l t í T * PUnc t0 W R Affemann’ La la u d a d »
posteriormente, ^cuando d«l» T^rrae> Santander 1979, 181-183. Como da
dad conyugal se Drodu7m a acPd que la realización de la como
^ produzca dentro de un marco social cerrado, no lo hacemos
252
constatación de una convivencia estable para obtener ciertos
beneficios sociales y un tratamiento fiscal más adecuado. Lo
mismo que podrían reconocerse otros tipos de relaciones fa­
miliares o amistosas, que hicieran posible cumplir con debe­
res de gratitud en el campo de las herencias y donaciones, por
ejemplo. Otro punto discutido es el derecho de adopción y el
recurso a las técnicas de fecundación artificial. Los inconve­
nientes que recaerían sobre el hijo, en esas circunstancias,
hacen dudar a muchos de su conveniencia legal, aunque tales
procedimientos están aceptados en algunos países. Son limi­
taciones que no deben nacer de ningún prejuicio o desprecio,
sino de un planteamiento que, aunque no todos lo compartan,
es consecuente con los presupuestos en que se apoya.

una intención discrim inadoni y en base al viejo tabú. Yo lo ProPp"8®


£*4 n d « una m aduración lo menos perturbada posible del joven hacu. la
* » c id a d de am ar heterosexualmente” (188-189). P BoucAUD ie r » ^ "
y *™ e, le droit. LelV 174 (1985) 37-48; F. D ' A g o s t t n o . Matnmomo Ira
’xosesíuali?, RevTeoM or 12 (1990) 175-181.
253
Capítulo 9
l a s r e l a c i o n e s p r e m a t r im o n i a l e s

1. Los motivos tradicionales de una condena:


interrogantes actuales

La Iglesia ha condenado siempre todo tipo de relación sexual


al margen del matrimonio, bajo el nombre de fornicación. El
punto de partida de esta enseñanza era la dimensión procrea­
dora del sexo. Su destino primario no podría conseguirse por
otro camino, pues la ausencia de un clima amoroso y acoge­
dor haría imposible la evolución y desarrollo del hijo. La
procreación, en efecto, no es un simple mecanismo biológico.
El ser humano nace en un estado de indigencia y orfandad
absoluto, y su maduración requiere, como dijimos, una dosis
impresionante de cariño. Por ello, la familia ha tenido a lo
largo de la historia esta función acogedora y educativa, para
la que no se ha encontrado todavía, a pesar de todas las cri­
ticas que se le pueden hacer, una alternativa mejor1. El cum-*42

Para el que desee un conocimiento mayor sobre el tema de la familia,


en el que no vamos a detenemos, me remito a las recientes monografías: La
Jamilia. Hacia nuevos modelos de convivencia familiar. MisAb 71 (1978)
325-476; Familia v caridad. Corintios XIII 9 (1979); Famiglia e pastoraje
°8gi, ScCatt 108.(1980) 3-139; Famliles d'ici demain, Proyet 144 (1980);
Familia, comunidad a construir. MisJov 45 (1980); Vivre d aimer. mariage
et famille, CommctLit 6 (1980); Familia v cambio social. ICADE 4 (1985);
Lo familia zarandeada , SaIT 74 (1986) 339-394, La Familia. Coromunio
Onter.) 8 (1986) 546-632; Estudio sobre la familia española. Mimsterm del
/ab ajo , Madrid 1987; II matrimonio e la famiglia, SacrDoc 34 (1989) 2
42«; ll matrimonio e la famiglia. CredOgg 52 (1989);
MisAb 1 (1991); AA W . , Estudio sobre la Familia. Papers 36 (1991). Ver
ambiín A. V alsecchi. Familia, en DETM. 380-392: P. Bdtro. *
0 familia contemporánea. Sígueme. Salamanca 1973; M. Gómez j^ ns'
la abierta y comprometida, Perpetuo Socorro. Madrid 1981. y Familia pa-

255
nlimiento de esta obligación fundamental exigía la estabilidad
de un compromiso, sin que otros factores ajenos pusieran en
peligro la permanencia de un amor indispensable.
Si el matrimonio aparecía como el único lugar adecuado
para el ejercicio de la genitalidad era por una razón constatada
y de larga experiencia: la libertad absoluta, al margen de |a
pareja, se ha vivido siempre como una herida profunda en el
corazón de los cónyuges. De ahí la sexualización exclusiva del
matrimonio en todas las culturas, con una mayor o menor
amplitud y tolerancia, para que la extraconyugal idad del sexo
no se convierta en una ruina del hogar2.
Frente a esta normativa se levantan una serie de comporta­
mientos que, aunque bajo el mismo concepto, revisten
significaciones muy diferentes. No puede valorarse de idénti­
ca forma la relación mantenida con una prostituta que la de
una pareja de novios llena de cariño y respeto mutuo. Entre
ambos extremos quedarían otras múltiples prácticas —simple
aventura sexual, la entrega como signo de amistad sin ningún

triarcal burguesa y teología moral. Iluminación histórica del tema, M oralia


4 (1982) 275-288; A. P a scu a l , La familia, a examen, M a ñ a n a L d ., Madrid
1977; R. Benjamín, Devenir de la famille, S u p p lé m e n t 33 (1 9 8 0 ) 4 6 1 -4 7 5 ; O
Henrivaux, Famille et éducation chrétienne, L u m V it 35 (1 9 8 0 ) 2 7 5 -2 8 5 , J
Equiza, Origen de la familia, ¡a propiedad privada y el estado Estudio crítico
de la obra de F Engels, L um en 30 (1 9 8 1 ) 2 2 9 -2 5 4 ; E. G a rc ía L ó n tz, El
misterio educativo de la familia, E d u c a d o re s 24 (1 9 8 2 ) 4 0 3 -4 1 2 ; 1 A lberdi,
Un nuevo modelo de familia , P a p e rs 18 (1 9 8 2 ) 8 7 -1 1 2 ; J. L. R ecio, L os
cambios en la familia española, D o cS o c 50 (1 9 8 3 ) 8 5 -1 0 3 , B Riñes, Quel
avenir pour quedes familles?, L etV 174 (1 9 8 5 ) 17-35; J B o ix , Evolución de
la familia (1960-85), C u ad O rF am 100 (1 9 8 5 ) 11-24; M . F e r n a n d e z del R ies-
go universalidad y futuro de la familia, E s tA g u s 21 (1 9 8 6 ) 379-403;
J.M.D e Lanidaloa, La familia “tercera ola” según Tofjler: apostillas, Lumen
( ) 421-441, El arte de amar ” de Fromm y la familia, reflexiones
pastorales, Surge 45 (1987) 117-135, y En auge, hoy, los hogares uniperso-
nales: reflexión etico-pastoral. S u rg e 48 (1990) 413423; E L ó p e z A z pit a RTE,
u T m . n * ¡a familia: presupuestos fundamentales. P ro y e c c ió n 33 (1986)
t¡n¡rd.'f .,P o R m o ' ramilla y sociedad: Crisis v supervivencia de ¡a las-
Pasttoi en soc,edad plural, C a rth a g in e n s ia 4 (1988) 79-96; 0
C o m iló n v ° M 8, ‘a Óe “ fa m ' U a' Sl8ucme' S a la m a n c a 1988; J. S. B otero,

Ha, StMo/27 0 9 8 9 H M 178WM “ V<0Í n" <?Va h r"**


familiares. M o ra l* 13 ( i w n 3 3 M 5 f r T ¡ J reohgia de la fam'Ha y r °‘Z do
el matrimonio? t V , 34*031'356* J Martínez Cortés, ¿Esta amenazado
fu m ü T c o Z s ^ m a Z 'n t n 8 0 ( l 9 9 2 > ^ A- L ó p e z C a ba ll er o . La
'• Cf M Vidal J “ >"•/**«<>. RevFomS°<: 47 (1992) 83-97.
Madrid 199|», 46Í-472 ** y * la sexualldad< Perpetuo Socorro.

256
coiApí'001*50’ }a unÍ®n íjbre, el adulterio y hasta el cambio de
pareja o matrimonio colectivo— que tienen en común la ne­
gativa a vivir el sexo dentro de la institución matrimonial.
El aumento de la mayoría de estas conductas no es proble­
ma sólo de libertinaje o relajación. Existen muchos intentos
para demostrar que, al menos en determinadas circunstancias,
son portadoras de valores positivos y benéficos, que impedi­
rían su rechazo total y absoluto3. Es evidente que en algunas
de estas situaciones podrían encontrarse ciertos aspectos enri-
quecedores, que no siempre se dan en el matrimonio, pero me
parece que un planteamiento así no abarca la totalidad del
problema.
Sin enumerar ahora los motivos de diversa índole que han
fomentado esta nueva actitud, en el fondo de todas las
discusiones actuales hay una triple interrogación a la doctrina
tradicional de la Iglesia: ¿Por qué la sexualidad debe ser ex­
presión de un amor conyugal? ¿Por qué este amor tiene que
estar institucionalizado? ¿Por qué con anterioridad a su insti-
tucionalización no son lícitas las relaciones sexuales? La res­
puesta a estas preguntas constituirá el motivo de nuestras
reflexiones.

2. La urgencia del cariño conyugal

Hay un hecho constatable según las más recientes estadísti­


cas: la decadencia progresiva de la prostitución como fenóme­
no social, aunque no se haya eliminado, por supuesto, ni ja­
más llegue a conseguirse4. La razón no se debe, como es*9

1 R. Blondon, Mariage eollective , en A A .W ., Teach-in sur ¡a sexualité,


Ed. L’Homme, M ontreal 1970, 97-106; G. v N. O'Neill. Le mari^ e of ^ i
Hachette, París 1975; A A .W .. La sexualidad humana, Cristiandad, Madrid
l978, 165-174; E. F uchs , Valeurs éthiques el nouvelle conjugalité. Essai
d évaluation, LetV 174 (1985) 49-59; J. M. Díaz Moreno, P^ a.¿ Q^ a^ m,°n
ni°: nuevos modelos Actitudes cristianas ante ellos, SalT 80 (19 ) -
Sólo un 19% se ha iniciado con ellas frente al 52% de ace '
Se acude la mitad de las veces y sólo un 3% había acudido «
U" a*°. C f M. H unt, La conducta sexual hoy, Edhasa, Madnd 1978 W.
y * «n estudio de este fenómeno, A A .W .. Estudios 5Xwló^ i e r Z s t i -
Prostitución en España , Dis, Madrid 1974; D. Dallavrac
Aymá, Barcelona 1975 (con bibliografía); R O sborne, Las pro
t V s a , Barcelona 1978; L. U rbez, La prostitución femenina, RyF 2W (i*

257
lóeico a un mayor ascetismo virtuoso, sino a una experiencia
bastante común, que no deja de ser significativa: la necesidad
de vincular el sexo con una vivencia de cariño. Aunque sea
nada más que para obtener una mayor gratificación, los ele­
mentos afectivos se van haciendo más imprescindibles .
Como esta posibilidad es hoy más frecuente que en épocas
anteriores, acudir a la prostituta se hace menos urgente y nece­
sario. La cosificación de una persona resulta demasiado gro­
sera si no existe un mínimo de afecto y cercanía. La búsqueda
del otro como simple instrumento de placer es un atentado
que nadie se atreve a justificar. Es cierto que su práctica se
oculta ahora bajo formas más sofisticadas y elegantes, pero se
necesita una falta casi total de sensibilidad para no darse
cuenta de su carácter deshumanizante. No es poco ya que una
fuerte mayoría haya superado esta primera etapa, donde apa­
rece la absoluta separación entre sexo y amor.
Sin embargo, parece insuficiente todavía este primer presu­
puesto. La entrega plena en la comunión corporal no puede
ser expresión de una simple amistad o de una cercanía afec­
tiva más o menos profunda, sino que requiere una densidad
amorosa, que sólo se encuentra en el cariño conyugal; es decir,
cuando hacia el otro se desliza el afecto con un sentido tota­
lizante y exclusivo, pues amar conyugalmente significa que la
otra persona se ha convertido en un alguien único e insusti­
tuible. Ya no es posible una donación mayor ni un cariño más
fuerte que vaya dirigido hacia otro sujeto. ¿Por qué ha de
vivirse el sexo con esta plenitud? ¿No puede ser también un
lenguaje entre personas amigas y compañeras?
La argumentación tradicional, al insistir casi exclusiva­
mente en la dimensión fecunda, era mucho más lógica y evi-
ente. No era lícita ninguna relación que eliminara el destino
primario del sexo. El hijo no puede buscarse sin la estabilidad
e a pareja, que posibilite el clima necesario para su desarro-

ílmSM 4 5 5 . 7 c SPt f “' Una ,m arS m a c l° " p erm a n en te, Rev-


sens, Fides. MonUeal IQ« 7 ki d ' NADtAU’ U P ^ t i t u ñ o n . u ne a f l u i r é de
Dimensión ética y jurídica ’d * ) B laz° UEZi P rostitución, en D E T M ,, 874-889.
toral de la L l e s L ^ n h t l i * ° pros“,uc,ón<Studium 22 (1982), Etica p a ­
rias explicativas del renám ™ 05'" ™ ? " ’ S,udium 2 6 0 9 8 6 ) 379-426. y Tea-
’ Ver lo que va d 7 ,W . p¿ osUtuc,onal- Studium 31 (1991) l l l - l 27-
referencias al?i citadasJ 80616 68,6 asPect0 al final del c. 2, con l»s

258
||0y maduración psicológica. Las preguntas surgen cuando la
aparece, a l margen de la procreación, con toda su
sex u a lid a d
fuerza unitiva.
Sin negar este último aspecto, que hemos subrayado en un
capítulo anterior, tampoco podemos olvidar que el hijo entra
también en el horizonte de la pareja y forma parte de su
proyecto totalizador. En este sentido la reflexión clásica, como
decíamos al principio, sigue teniendo vigencia: el sexo libre
constituye un atentado contra la conyugalidad y destruiría la
atmósfera necesaria para su acogida y aceptación.

3. El simbolismo de la sexualidad:
un lenguaje verdadero

Pero no es sólo su carácter procreador lo que fundamenta esta


postura. La intuición de fondo existente en ella encierra un
nuevo significado desde una óptica más personalista. La en­
trega corporal revela un simbolismo mucho más profundo: lo
que expresa y produce es precisamente la conyugalidad. Es
decir, que aunque no busque la procreación, cuando se vive a
un nivel humano, es una fuerza procreadora de amor. Por eso
las relaciones extraconyugales se han vivido siempre, y toda­
vía se vivencian, como un atentado contra la comunión con­
yugal. Su ejercicio llevaría lógicamente, si no existen otras
reservas o impedimentos, a la creación de otra comunidad
afectiva. La herida y el dolor del adulterio no es producto
exclusivo de prejuicios y tabúes, sino que atenta contra la
integridad del yo, como la muerte o alejamiento de un ser
querido6. El mismo fracaso de las comunas, cuando el sexo
se ha querido repartir entre todos, no se explica tampoco
por motivos éticos o religiosos7. La psicología tiene unas
‘ Recomiendo la lectura de B. M uldworf, El adulterio, Guadarrama.
Madrid 1979, por sus interesantes v prácticas reflexiones M. H unt, o.t.
(n 4), afirma: “Varias encuestas recientes sobre actitudes han revelado, por
Propio, que la reprobación tradicional de las relaciones extramatnmoniales
J10 se ha debilitado” (p. 305). Y poco después explica: “La mayor parte de
'a gente continúa desaprobando tal conducta, porque cree que en cianw ^ *
c ser fantasía para ser realidad socavará y pondrá en pe igro a
unjana m¿s importante de su vida” (p. 307). ..... u _ murin-
^ara evitar problem as, en algunas comunas se ha pro i i ^
nes sexuales con m iem bros del grupo. C f G. S.tbon, Retour a Ko*a, Le

259
leyes que el hombre no puede transgredir sin ninguna impu.

md Y es que cuando el hombre y la mujer comulgan a través


de sus cuerpos están utilizando un lenguaje de extraordinaria
importancia. La frase bíblica que los destina a ser una sola
carne —sinónimo de persona— tiene resonancias populares y
psicológicas. Se trata de un gesto apocalíptico, en su sentido
etimológico, por el que mutuamente se revelan su propia in­
timidad y buscan gozosamente una compenetración sin lími­
tes ni fronteras8. Se celebra la fiesta del amor, que transforma
la propia existencia, para entregarla como ofrenda y recibir
también la del otro como un regalo. El éxtasis del placer es
el sendero por el que dos corazones se juntan para repetirse de
nuevo lo de siempre: la alegría de haberse conocido, de sen­
tirse privilegiados por un amor que los fusiona. Son una sola
carne no porque se junten sus cuerpos, sino porque con ello
manifiestan que ya han donado el corazón.
Por eso, aunque el encuentro no se realice en el anonima­
to, ni esté privado por completo de una vinculación afectiva,
la simple amistad parece demasiado poco para lo que se ex­
presa con ese mensaje. Si el amor al otro no reviste estas
características de totalidad y exclusivismo —a nadie como a
él—, la palabra que el cuerpo pronuncia dice mucho más de
lo que existe en realidad y el gesto se convierte, entonces, en
una mentira. Es posible que el clima afectivo les lleve a creer
que se quieren con esta hondura, cuando lo que prima, en
realidad, es el simple deseo de compartir una experiencia
gratificante. No se puede dar, por tanto, la ofrenda del cuerpo
a una persona con la que no se comparte la vida definitiva­
mente y para siempre. Es el simbolismo de una comunión tan
profunda, que sería falso utilizar ese lenguaje cuando aquella
se hace imposible por diferentes motivos. La experiencia podrá
res tar positiva y benéfica, porque se vive en una relación
humana que supera la gratificación egoísta —de ahí la faci-*

22‘24- Ni en todas ellas la comunidad cx.^


las experiencias de los 1i7¡5»VC#1CS’ J ' DE Lah1Dalga> La familia conyugal
26 (1977) 254-280 butzm de Israel, hoy: una valoración critica . Lumen

89 m/ 1 bS ^ U¡ Z ^ €tíJ € Chair' (Gén 2>2 NouvRevTh 100 (1978) 66-


* dans une se**le chair, LetV 194 (1989) 71-81
260
|idad ética con que a veces se acepta-, pero en el fondo
qUeda s.cmpre un margen de falsedad. Se promete y expresa
lo que, al menos por el momento, no están todavía dispuestos
a entregarse.
Así la vida conyugal aparece como el ámbito más adecua­
do para que el sexo pueda vivirse con todo su significado y
plenitud. Ahora bien, si sólo aquí la sexualidad alcanza su
más completa expresión, ¿es necesario institucionalizar de
algún modo la formación de la pareja?

4. Un punto de partida:
hacia la nueva situación

Podría afirmarse con bastante exactitud que, a través de todos


los tiempos y culturas, la pareja —formada por el hombre y
la mujer— ha estado orientada siempre hacia el matrimonio
con la intención, al mismo tiempo, de formar una familia. La
institucionalización de ese amor, aunque con formalidades y
ritos diferentes, era una exigencia socialmente admitida, que
no levantaba tampoco ninguna dificultad o contestación. Las
críticas fueron siempre bastantes restringidas y esporádicas, y
dirigidas, sobre todo, contra algunas formas concretas de exi­
gir el compromiso.
Lo más característico de nuestra situación actual ha sido
precisamente la disociación de estos tres elementos, que se
habían mantenido estrechamente vinculados. Pareja, familia e
institucionalización caminan, con frecuencia, por senderos
diversos que no llegan a encontrarse. La fórmula más frecuen­
te es la unión libre, la cohabitación sin ningún vínculo ju­
rídico, la apariencia de matrimonio sin otro apoyo o ratifica­
ción social que la simple aceptación de ambas personas. Se
discute si esta práctica seguirá en aumento allí donde ya se
vive con cierta normalidad. Las estadísticas ofrecen ya una
serie de datos, que comienzan a preocupar. La nupcialidad,
*|Ue había mantenido proporciones muy estables durante los
dos últimos siglos, ha sufrido un descenso alarmante . En

conn/M' Zimmermann, Cotíple libre , Cerdic, Estrasburgo 1983; R.


auPJ eS n° n marié** L a b o re t Fidcs, Ginebra 1985; A A .W .. ^
mar*age%LetV 174 (1985). J. Werckmeister, Le manage et la fam

261
algunos países, una de cada tres parejas no llegan a institucio­
nalizar su amor. Y son más todav.a los que no encuentran
ninguna utilidad en el compromiso civil o religioso, ni l0
juz¡an necesario para el éxito de su convivencia.

5 . La valoración cristiana:
un nuevo acercamiento

La respuesta del cristianismo, de acuerdo con los principios


actuales de su legislación, es suficientemente conocida y explí­
cita: cualquier tipo de vida conyugal, al margen del matrimo­
nio canónico, se convierte para el católico en una situación
irregular e inaceptable. Aunque se haya dado cierta mitiga­
ción en las penas, el concubinato no tiene ningún reconoci­
miento eclesiástico y es rechazado desde una perspectiva
moral.
La reflexión cristiana, sin embargo, no debería acercarse
al análisis y valoración de este fenómeno con una visión
demasiado objetivista, en la que no cabe otra postura que la
condena generalizada, olvidando otros aspectos y dimensiones
que lo condicionan y favorecen. Una conducta tan extendida
y universal no se explica sólo por la perversión, la mala vo­
luntad o el libertinaje, aunque tampoco pueda excluirse en
todas las ocasiones, sino por los condicionantes sociológicos
y culturales que provocan semejante conducta 10 y constituyen*16

Fronce. éxvlution des idées et des com portem ents d epuis 197 2 . RevDrCan 36
un nacoí o ^’ ^ Chalvon-D emersay, Les couples non manes, MédHom
( 989) 9-13; J. Rubellin (ed.), Les co n cu b in a g es en Europe. Aspects
aT v v r CNRS, París 1989. Sobre la situación en España,
•' f n . nf ‘? í cambi» en la estructura fa m ilia r , RcvEspInvSoc 21
116 a a w * AWY ’ U s parelles no casades, QüesViCr 135/136 (1987) I-
CIS ,, en EsPaña Un es»‘d i° en Madrid v Barcelona,
Cor^ , 8 ; AA Vy - Jóvenes esPaño¡es *». SM. Madrid 1989, J. A
AAw ir ir i lle n e s de cara al m atrim onio, MisJov 154 (1989) 23-35;
dalga, 22 (l9 9 0 > 229-253; J M ot UH,'o
(1990) 58-73 cohabitación : reflexión ético pastoral, Surge 48

(1985) 140-149^ maria%e: opproche so c io lo g iq u e , LumVit 40


/ éngagement ou non enano om portem ents et m entalités des je u n e s fa c e a
141: J. M. de Lahidaic f T menJ matrimoni<*l> RevDrCan 36 (1986) H 9’
flexión pastoral, y Nuestrn* S. ^ venes f rente al "p re-m a trim o nio ", hoy: re-
jovenes y el m atrim onio, h o y : reflexión pastoral
262
un reto también para nuestros planteamientos teológicos y
pastorales.
El mismo Juan Pablo II manifiesta esta sensibilidad que
desea hacer extensiva a toda la Iglesia: “Los pastores y la
comunidad eclesial se preocuparán por conocer tales situado-
ncs y sus causas concretas, caso por caso” y3 que su exis~
tencia puede partir de factores muy diferentes. El Papa ha
señalado algunos, en particular, como se hizo también en el
Sínodo sobre la familia, que suponen un matiz más bien ne­
gativo: rebeldía y rechazo de todo lo institucional; inmadurez
religiosa que se manifiesta en el miedo a todo tipo de promesa
estable y para siempre; la búsqueda del placer; desprecio por
la familia; pérdida de ventajas económicas o peligro de otros
daños y discriminaciones; consecuencia de la ignorancia y
pobreza de muchas situaciones injustas; costumbres tradicio­
nales... Nadie negará que mucho de esto puede existir, pero si
hay que acercarse “a los que conviven con discreción y res­
peto” y ofrecerles “una iluminación paciente..., para allanar el
camino hacia la regularización de su situación”, el análisis ha
de recoger también otros aspectos más profundos, que ahora
intentamos sintetizar.

6. Factores condicionantes:
la privatización del matrimonio

Es un dato evidente que la esfera pública nos deja cada vez


más insatisfechos, pues en ella no son reconocidos los aspec­
tos más auténticos de nuestra personalidad, que se siente
ahogada por la masificación y el anonimato. En un mundo
tecnoburocratizado, donde sólo se busca la eficacia de la pro­
ducción, y las relaciones humanas se superficializan de forma
tan utilitaria, el hogar aparece como uno de los pocos espa­
cios en los que se descubre la dimensión personal, el contacto
cercano y la aceptación amorosa. La vida que se desarrolla en
j Piaña Contesto socio-cultwraíe.
^ r g e 44 (1986) 150-165 y 220-238; G.
■' c u i M o r 22
RevTeolMor « ((1990)
, y v u ) 233-236; L.
l . Voyé, l manage reUg,eUX:
Un* __ . . . o _r ' __ 10 <1
Une émancipation du sacré%SocCom 38 (1991) Madrid 1982,
" Exhortación Apostólica FamiUaris contorno. PPC, Madnd i »ba
P* 101
11 .

263
el trabajo se ha hecho demasiado inhóspita y es necesario otro
centro psicoafectivo, de inestimable valor, en el que se en­
cuentre la acogida, el abrigo y el reposo, como una compen-
sación a tantas otras frustraciones. A pesar de todas sus limi-
taciones y críticas, el hogar sigue siendo uno de los centros
más cálidos de nuestro mundo. De ahí, la importancia que
encierra, en el ámbito psicológico y afectivo, la familia mo­
derna y nuclear. . . .
Esta búsqueda de calor amoroso ha reducido aún más la
función social de la familia, que ha dejado de ser un vínculo
de integración, abierto a la sociedad, para convertirse en un
nido caliente que protege de las amenazas exteriores. De ser
un sujeto privilegiado de la vida comunitaria, como su núcleo
y fundamento, ha pasado a considerarse como el centro afec­
tivo por excelencia, lugar de recuperación y descanso, al
margen por completo de cualquier otra vinculación extema.
Así se comprende que este proceso haya terminado en la pri­
vatización del matrimonio. Este no es ya un compromiso
público, sino la asociación completamente libre de dos perso­
nas que buscan su felicidad en la experiencia de un encuentro
amoroso. La vida común es un asunto estrictamente privado,
que sólo tiene referencias públicas por razones muy secunda­
rias y de orden utilitario. Hay demasiada burocracia y
anonimato en la vida social para que lo jurídico penetre tam­
bién en el único reducto íntimo que le queda al ser humano.

7. Primacía de lo afectivo sobre lo institucional:


el presente frente a lo duradero

La primacía de lo conyugal se subraya con fuerza y está por


encuna de cualquier otro objetivo, para intensificar la relación
ae la pareja, como el valor más importante. El amor, en la
convivencia común, es el drenaje para las múltiples tensiones,
? L CT ,se trata de un sentimiento tan personal y privado,
sobre la „ra aP°^rse S0^re ninguna obligación legal, sino
de nuestras Pr°Pias emociones. La misma
mrda ^n«ltUye n,"gU"a ayuda Para su crecimiento y salva-
se c°™*rte en un obstáculo que
y sta destruye. Lo importante es la intensidad
264
de la relación afectiva. Cuando esta se apaga o desaparece el
compromiso jurídico es algo irrelevante que no sirve nada
más que para mantener unas apariencias hipócritas. Este cam­
bio de acento hacia lo personal infravalora los vínculos socia­
les para insistir, sobre todo, en la cohesión de la pareja.
En este contexto se revaloriza, por el contrario, la opción
por el presente, que no se debe sacrificar a un futuro incierto
y desconocido. La promesa es mientras dure el cariño, estén
de acuerdo y lo pasen bien. La duración no aparece como algo
valioso, pues será siempre mejor una experiencia corta y pa­
sajera, con tal de que sea fuerte, que una lánguida y más
prolongada. El reconocimiento y la aceptación del placer
sexual alcanzan también un enorme relieve como elemento
que cohesiona a la pareja, como un motivo extraordinario de
compensación y como fuente de enriquecimiento y gratifica­
ción personal, pero sin que suponga ningún compromiso o sea
fuente de alguna obligación posterior. Se considera como un
hecho estrictamente privado, donde no queda espacio para
otras exigencias v obligaciones, ni hay que protegerlo con
otras garantías jurídicas. La entrega del cuerpo no simboliza
ninguna donación más estable o un deseo de continuidad.
Interesa exclusivamente la inmediatez, sin mirar hacia un
futuro que, por el momento, no se pretende construir; aunque
tampoco se excluya una permanencia mayor, si la experiencia
se prolonga de forma positiva. Hay que disfrutar intensamente
lo que ahora se posee y dejarse conducir por el gozo que
invade la actualidad, sin preocupaciones molestas por el por­
venir lejano y desconocido.

8* Una autonomía sin límites

Existe, en el fondo, una exaltación grandiosa de la propia


libertad, sin ningún control que pueda limitar sus ansias. Tal
vez se busque un rechazo, más o menos implícito, a determina
dos comportamientos históricos que hoy nos resultan a *
Inaceptables, pero que estuvieron vigentes en el modelo
Adicional de familia. La función otorgada a cada uno de los
s?xos, en la que la mujer representaba siempre e *
n°r y secundario, tal vez sea uno de los motivos
265
tales. No se tolera más la injusticia de tales atribuciones qUe
no se quieren reproducir en los nuevos esquemas. La autono­
mía es una característica básica de cada uno de los sexos. Ni
siquiera es lícito coartar la libertad del otro para negarle cual­
quier posibilidad que se presente. Hasta los celos son conde­
nables, pues nacen de una posesividad que limita. El mismo
intercambio sexual no es algo exclusivo de la propia pareja,
sino que permanece abierto y libre hacia otras personas.
La libertad absoluta es, pues, un postulado intangible. Si
hasta ahora pertenecía al orden de los medios, como camino
y condición para obtener un objetivo, ahora se convierte ella
misma en un fin. Ha perdido su carácter teleológico para
hacerse autónoma e independiente, sin ponerla al servicio de
una meta que la justifique. El cariño no debe imponer ningún
freno o cortapisa, aunque en él se busque un refugio protector.
Si no cumple con este destino, la pareja pierde toda su razón
de ser, y la exigencia jurídica que obligara a mantenerla de­
bería considerarse como una farsa. Cuando el fracaso se hace
presente, la única alternativa sensata es la búsqueda de otra
oportunidad, que haga posible una nueva experiencia gozosa
y gratificante. El divorcio, si hubiera algún compromiso legal,
se defiende como un derecho al que nadie puede oponerse.

9. Rechazo de las apariencias sociales:


un desprecio de la fidelidad jurídica

Es posible también que pueda darse una especie de protesta


anárquica, de pública denuncia contra las experiencias concre­
tas y lamentables que se vivieron en la propia familia. Una
repulsa, aunque exagerada y unilateral, del modelo ofrecido
por as generaciones anteriores. A los jóvenes, sobre todo, los
resu ta insoportable vivir las apariencias sociales de tantas
1V°rCÍadas Por ^entro y sin apenas ninguna riqueza
un j ^ Ue se mantienen juntas por la permanencia de
institución1! 1?° ^ *aS Pr?s*ones del ambiente. Para ellos, 1*
dica aue nhu * causa Pernera de esta absurda fidelidad jurí-
soportar. * mantcner unidos a los que ya no se pueden
Precisamente, como demuestran algunas encuestas,
266
cohabitación se busca como una huida de ese clima, donde no
han encontrado cobijo, ternura y un cariño comprensivo
Necesitan una alimentación afectiva de la que han estado fal­
tos, y que no podrán hallar, según creen, en las mismas es­
tructuras que ellos vivieron. La vida en común ha de basarse
exclusivamente sobre la voluntad libre de cada miembro. Todo
lo exterior a este compromiso libre e intemo ha de conside­
rarse como muy secundario y, cuando esa voluntad se rompe
o desaparece, la validez de lo jurídico pierde toda su eficacia.
Obligar a una convivencia mutua, en tales circunstancias, es
una cruel caricatura y un gesto irracional de hipocresía y
engaño.

10. Miedo al compromiso definitivo:


la importancia del momento presente
Vivimos, finalmente, en una sociedad en la que la ruptura de
un compromiso no constituye ya un abandono o traición; al
contrario, aparece más bien como un gesto de valentía y co­
raje para romper con todo lo anterior, que ahora se vive como
una carga pesada e impuesta. La persona libre no se deja
encadenar por el pasado, como tampoco debe cerrarse a un
futuro inédito y desconocido, excluyendo otras posibilidades
que ignora en el momento actual de su compromiso. Lo único
importante es la fidelidad al tiempo presente que ahora tiene
entre manos y del que puede disfrutar12.
Si este ambiente se respira en nuestro mundo actual, la
institucionalización del amor aparece como un absurdo, ya
que no se valora el compromiso jurídico, y sólo serviría para
fomentar un sentimiento culpable de angustia, que estaña
motivado por otros intereses ocultos. Tal vez el cariño pueda
^rar toda la vida y, a lo mejor, se piensa con nostalgia e
¡fusión en semejante posibilidad, pero si algún día se quiebra,
por su naturaleza tan frágil, no debe producir la rabia, ni que
su fracaso provoque una herida al psiquismo. No vale la pena
arriesgarse por algo definitivo que se aleja de nuestras capa-
edades humanas.
cJ ! .Sobrc ^ tema de la fidelidad hablaremos más adelante en el último

267
En una sociedad de consumo, todo esta hecho para que se
gaste v haya que sustituirlo lo más pronto posible. La rentabili­
dad es el criterio primario y en ella no entra lo que dura y
permanece, pues no fomenta la demanda. Este talante se da
También en el mundo de las relaciones personales. La conse­
cuencia por tanto, se hace lógica y comprensible: cualquier
compromiso, sobre todo si es definitivo, despierta miedos y
temores profundos frente al futuro imprevisto e incierto. Se
valora más bien como una alienación que despoja de la liber­
tad e impide la toma de nuevas decisiones.

11. El matrimonio-asociación:
un triunfo del individualismo

En resumen, hemos pasado de un modelo de matrimonio-


institución, donde prevalecía la fuerza de lo jurídico, la obli­
gación legal, el vínculo permanente, a un matrimonio-asocia­
ción que busca la solidaridad afectiva, mientras dure, pero sin
ningún compromiso social. Es el triunfo del individualismo
sobre la dimensión pública y comunitaria de una alianza como
esta. El amor se proclama como un nuevo juramento que no
encierra la perpetuidad, ni necesita tener como testigos a la
autoridad eclesiástica o civil.
Por otra parte, aunque pueda resultar paradójico, estas pa­
rejas cumplen, en bastantes casos, las mismas funciones que
las que institucionalizaron su compromiso. De la misma
manera que los problemas y conflictos no son patrimonio
exclusivo de aquéllas. Es más, muchas no rechazan esa posi­
ble institucionalización para más adelante —de hecho, termi­
nan por casarse—, cuando hayan experimentado en la práctica
una armonía y compenetración suficiente para el futuro. Se
trataría más bien de un matrimonio de prueba. Quieren un
conocimiento lo más completo posible, en todos los órdenes,
para asegurar con anterioridad, a través de la vida en común,
a 6 SU ^ltura c°nvivencia y evitar los fracasos fre-
emes de tantos matrimonios, aunque no lleguen a separarse.
en el c a n i^ ^ í manera’ kay que reconocer que lo jurídico,
no p a r ¿ e ^ Í ! ^ n° goza de buena prensa, pues la ley
empre puesta al servicio de la vida y de la pers°'
268
na< Un sentimiento como el cariño conyugal es algo tan inti­
mo, exclusivo y privado, que el intento de darle una norma­
tiva resulta casi inconcebible, como un atentado contra la
naturaleza misma del querer. El matrimonio, se repite con
frecuencia, es la tumba definitiva del amor y termina por
convertirse muchas veces en una prostitución legalizada. Si
dos personas no se sienten comprometidas por amor en su
mutua fidelidad, mantenerlas unidas por una obligación jurí­
dica provoca una fuerte repugnancia. Sería hacer de la pareja
un lugar de odio y de amargura. Y en estas condiciones ya
sabemos lo mucho de infiemo que se oculta bajo las aparien­
cias externas de algunas familias. ¿Para qué sirven, entonces,
los papeles, la burocracia y la institución?
En toda caricatura hay siempre ciertos rasgos que respon­
den a la realidad. Sería injusto negar todas las críticas que se
hacen contra la institucionalización concreta del matrimonio y
los múltiples deseos manifestados de una reforma profunda
del derecho1 El tema es amplio y discutido para abordarlo,
ni tampoco parece necesario. A pesar de todo, la doctrina de
la Iglesia sigue siendo, en su conjunto, sensata y razonable.
Intenta demostrar cómo no se da ese antagonismo entre el
amor y la institucionalización de semejante experiencia14. A

13i. M D íaz M oreno, La regulación canónica del matrimonio. Pro­


blemática y posibilidades, Pentecostés 13 (1975) 227-252; W. Ernsi, Le ma-
riage comme institution el sa mise en cause actuelle, París 1978; M. Vidal,
Institución matrimonial: perspectivas éticas, Moralia 2 (1980) 20-31; L.
Rchjssel, L évolution récente des comportements matrimoniaux. Point de vue
d'un démographe, RevDrCan 32 (1982) 7-17; R. Grimm, L'institution du
mar¡age Essai d ‘éthique fondamentale, Du Cerf, París 1984, Les couples non
manés, Labor et Fides, Ginebra 1985; M. Legrain. La dialectique du mariage
et du sacrement, LetV 174 (1985) 83-92; J. M. de Lahidalga, Vivir en pareja:
r**flexión ético-cristiana, RyF 218 (1989) 403-411.
Sobre estos puntos, C h. Duquoc, Le mariage aujourd hui. Ámour et
1Htitution, LetVie 82 (1967) 33-62; J. P. Thiel, La antropología cultural y ¡a
'Witución del matrimonio. Concilium 55 (1970) 168-182; A.
»im°n y vida de/ matnmomo en a a .VV., Matrimonio civil y matr^ n?” °
el>g>oso, Paulinas. Madrid 1973. 97-103; C h . UrtBVM, “
*Pn«/ence matrimonióle et de I 'anthropologie au cours de u ’
S S " 27 0 9 7 7 ) 84-102; J. B ernhaRD. Évolution dusens dt- /« / « * « * •
205*0*'°" n mana8 e dans lÉ glise d Occ¡ident, 219-231; Ph.
% ¿ , ° '¿ E Dn;ECHIN. /5" ur« " ° '/ í tmaf e r « f 7 ^ M 9 3 - 3 0 2 ; J- Gaudemet.
Pía declararon de couple, btudes 372 (19W) . Pourauoi se
¿ I T " du su p le s , RevDrCan 40 (1990) 3- * H - ^ Pou">U°
• t e s m a r ia g e s d e s c h r i ti e n s . Duculot. París
269
nart¡r de la experiencia y fenomenología del mismo cariño se
JÜdría descubrir más fácilmente el carácter complementario
del elemento institucional.

12. El amor y la institución:


dos aspectos complementarios

La palabra de amor que dos personas se ofrecen supone un


cambio radical en la existencia de cada una. Cuando un chico
le dice a una chica, después de un período de conocimiento
mutuo, que la quiere como a su esposa, el significado de esa
expresión está lleno de contenido y tiene una consistencia
mucho mayor que un gesto ordinario de amistad o compañe­
rismo. Se ha vivenciado silenciosamente, como una gracia
inaudita, que la felicidad se encuentra en la comunión y en­
trega al compañero.
Lo que desea manifestarle, en el fondo, es que ya se ha
convertido para él en un valor único e insustituible, del que
no puede prescindir. Su vida adquiere una nueva orientación,
cuyo centro de gravedad comienza a ser el tú de la persona
amada. Por eso brota, como una consecuencia, un compromi­
so de fidelidad que no desea agotarse con el tiempo. Quisie­
ran caminar juntos hasta la eternidad para compartir siempre
las penas y los gozos de la vida. Los dos buscan la entrega
mutua para realizar una tarea común, un proyecto que desean
construir unidos más allá de una atracción fugaz, de una com­
placencia afectiva pasajera y de un entretenimiento esporádi­
co. Para amar no basta decir “yo te amo”; en el cariño está
incluido también el “para siempre”, pues un amor que no
afronte el tiempo será pequeño e inconstante. Con anterioridad
al sí, realizado ante la autoridad competente, ha nacido ya un
compromiso serio de fidelidad, que constituye el corazón de
la nueva actitud creada.
Una vivencia de este tipo siente, además, la necesidad de
cerse pública y visible. La experiencia más ordinaria descu­
re la tendencia a comunicar a los otros la nueva situación
que ha surgido en la vida. No hay razón alguna para ocultar
80 exPenmenta como dicha gozosa, que llena de sen-
la existencia presente y futura. Pensemos, como un sin­
270
toma revelador, en el sufrimiento de un amor “imposible”
cuando no puede vivirse, por los motivos que sea, en un clima
abierto, de cara a los demás. La clandestinidad roba al cariño
una parte de su naturalidad y alegría, como el que mantiene
y oculta algo que no le pertenece.
Si descubrimos ahora lo que significa la institucionaliza-
ción, caeremos en la cuenta de que no puede considerarse
nunca como un obstáculo o una amenaza al amor. Ella viene
a realizar precisamente lo que la palabra significa. Manifiesta
y confirma el deseo más profundo de los mismos cónyuges. Si
lo que ellos buscan es hacer de su cariño una realidad estable,
creadora de una nueva comunidad, y hacer partícipes a los
otros de su nacimiento y consistencia, el compromiso jurídico
manifiesta y garantiza esta misma orientación. Institucionali­
zar el amor es dejarse llevar de sus propias exigencias, confir­
mar lo que él mismo anhela desde su dinamismo interior.

13. La dimensión social


y comunitaria de la conyugalidad

Por otra parte, aunque parezca extraño, conviene insistir con


fuerza en la dimensión social del amor, a pesar de su carácter
íntimo y personalizado. Es curioso que en un mundo donde la
preocupación por lo social ocupa la primacía de muchas
reflexiones no se quieran aceptar las exigencias comunitarias
de la conyugalidad. A nadie se le puede imponer un compro­
miso como este, pues sería monstruoso e imposible crear una
obligación jurídica allí donde el corazón no se siente cogido;
pero, una vez que brota y es libremente aceptado, la sociedad
oo puede permanecer indiferente ni en silencio ante esa situa­
ción. Semejante cariño ha dejado de ser un hecho privado
para convertirse en un fenómeno social y público por las
Atiples influencias que de él se derivan. Lo que dos perso-
nas realicen en la intimidad de sus vidas no tiene ninguna
Ascendencia pública, pero desde el momento en que exigen
fechos o nacen obligaciones y responsabilidades frente a os
emás, la dimensión jurídica se hace ineludible. E ,e”
mun se apoya en gran parte sobre la estructura de la familia,
y es‘a comunidad8primera no puede desligarse, entonces, de
271
sus obligaciones sociales, como si se tratara de una realidad
solitaria e independiente.
La mutua donación total y definitiva sitúa a los cónyuges
en un nuevo ámbito que por su propia naturaleza exige un
vínculo con la sociedad. Ella es la única que puede legitimar
la constitución de esta célula y declarar oficialmente su existen­
cia, con todas sus obligaciones y derechos. La autoridad de­
jaría de cumplir una función básica si no buscara integrar, con
una reglamentación justa, la existencia de la familia dentro de
los esquemas comunitarios. Es evidente que tal intervención
requiere un carácter jurídico, aunque lo importante no sea la
forma que revista, sino la urgencia y necesidad de alguna
reglamentación. De ahí que la legalización del matrimonio
haya sido una constante histórica a través de todas las épocas,
culturas e ideologías. La pareja que buscara una escapatoria a
esta exigencia no tiene ningún derecho a que se le confiera un
estatuto real, como algo objetivo y existente15.
Si además admitimos, desde una perspectiva religiosa, que
el amor adquiere una resonancia sacramental, eso significa
que el cariño de los cónyuges participa de la gracia que Dios
ha ligado a su Iglesia. Aquí aparece una realidad nueva en el
seno de la comunidad salvadora. La vocación de esas perso­
nas a vivir su amor queda consagrada a través del sacramento,
que no puede ser un simple rito o un acto legal mandado por
la Iglesia, sino un gesto de Jesús, que se hace presente en ese
mismo amor y lo transforma para convertirlo en símbolo de
realidades trascendentes, cuyo contenido sobrenatural supon­
drá también una vinculación profunda con toda la familia
eclesial . El encuentro de dos personas que mutuamente se*237

Cf las páginas dedicadas a la socialización del amor por A. H .


o r t e l a n o

f actuales de moral II, Sígueme, Salam anca 1980, 359-414; P


,_ £ ^ nouveaux coupies et le droit, LetV 174 (1985) 37-48; E.
individueflt ít tQnt ? Uj r re^o n n e lle . Remarques sur ¡es dimensión*
£ 3 5 mQtri^ n i a l canonique, RevDrCan 35 (1985
237 242 M V ^ ° ’ ■ "°" ** RevTeolM or 22 (1990)
'» v' F ^ ’ ° C■(n- 2)- 473-497.
Santander 1980’ r n w ? TD*Tn Sexualidad y matrimonio hoy. Sal TerrM.
? ¿ ° / oo, ® ^ ÜDY- Le mariage des chritiens. Étude h*
ecclisiale de 1‘engaiement B ernhard, A propos de la dimensio
Tu*A. llsacram A t!del m^Mmm0nÍa ' RevScRel 58 «984) 137-149; E. R
56-67. a matrimonio: storia e teología, CredOgg 52 ( |9íiV

272
aman y se entregan no es ya un simple gesto h u m a n a a
extraordinaria importancia para los amantes. La fe descubre
aqu¡ una dimensión trascendente: dentro de ese cariño DáS
se ha hecho presente y ha querido valerse de él como tem e
de gracia y amistad. El amor no será, pues, nunca algo aislado
y solitario dentro de la pareja humana y cristiana. Instituciona­
lizarlo es tomar conciencia de su dimensión social, de su
exigencia comunitaria a todos los niveles. Pero la institución
es, al mismo tiempo, una salvaguardia para defender su
permanencia e invitar a un mejoramiento constante.

14. El derecho: defensa de la conyugalidad


y garantía de permanencia

La historia del derecho matrimonial civil y eclesiástico aporta


enseñanzas valiosas para demostramos* cómo cualquier re­
glamentación ha ido surgiendo con este carácter de defensa.
El cambio y la evolución de las exigencias jurídicas se ha
efectuado precisamente en función de los valores fundamen­
tales del matrimonio. Se trata de evitar, por encima de todo,
las grietas que pudieran minar sus cimientos. Si bastara la
pura manifestación del cariño realizado en la más estricta
intimidad, para ev itar las consecuencias trágicas que pudieran
derivarse contra la comunidad civil y eclesiástica, no habría
que pensar en ninguna otra reglamentación. Pero la experien­
cia ha enseñado que para ello es necesario saber al menos
cuándo el compromiso matrimonial se realiza, y el mínimo de
condiciones indispensables para que se convierta en una rea­
lidad pública17.
Aunque hoy exista una queja generalizada contra las
estructuras de cualquier tipo, el ser humano no puede desarro­
llarse, en ningún campo de su trabajo, sin la ayuda y el apoyo
Vie le prestan. Nadie tiene capacidad de valerse por
j no encuentra un entorno que complemente sus posibihda-
. ?• No negamos los riesgos anejos a toda institucionaliza-
Cl0n»Que la convierten a veces en una fuerza destructora

A cstc aspecto resulta interesante E. Schillebeeckx^ # 203-


332 terrestre y misterio de salvación , Sígueme, Sal

273
io que debería fomentar, pero tampoco conviene subrayar con
exceso sus límites e imperfecciones. La v.da también demues­
tra que lo individual tiende a desaparecer, pierde eficacia y se
inclina hacia la desintegración cuando no encuentra una base
que le dé consistencia y estabilidad. Toda obra que pretenda
una cierta permanencia requiere un mínimo de institucionali-
zación. Es una exigencia de nuestra condición humana y, por
eso, hasta los más acérrimos individualistas se aprovechan
constantemente de las estructuras sociales, con las cuales, sin
embargo, no quieren comprometerse.
Tal vez podría creerse, en una hipótesis demasiado inge­
nua, que el ideal de las relaciones conyugales debiera ser el
compromiso privado de fidelidad, sin ningún otro recurso a
elementos extemos. Pero aquí, lo mismo que en otras esferas,
no conviene olvidar lo frágil y quebradizo de la condición
humana, que podría superarse, en gran parte, por esta garantía
legal desde una triple perspectiva.
Lo más importante de la conyugalidad no es ciertamente
el compromiso publico, sino la vinculación amorosa que se ha
ido gestando en silencio, de una manera latente y progresiva.
La pareja se siente casada por dentro antes de su regulación
civil o eclesiástica. Pero buscar esta última supone una dosis
mayor de reflexión y seriedad, que por necesidad psicológica
aumenta y se clarifica cuando la promesa queda instituciona­
lizada y ante testigos.
La densidad y firmeza de un pacto jurídico no se la puede
equiparar con la que nace de un gesto privado, por muy sin­
cero que parezca. El amor no es un juego o un sentimiento
veleidoso, que ofrece una fidelidad para romperla de nuevo al
menor inconveniente. Antes de otorgar un sí tan comprome-
U o hay que pensarlo mucho, y su dimensión jurídica es una
invitación a ello. Si tenemos en cuenta los múltiples engaños
y condicionamientos que penetran en nuestro mundo senti-
, a unión libre no vendrá a favorecer la limpieza y
c n ^ rCnC,a de la opción amor°sa. La falta de contrato no
más r ! l e„!nJ lgn0 df mayor autenticidad, ni una búsqueda
co pudiera ser ^ ^°e ^entro‘ Sentirse dispensado de lo juridi-
dad del cariñn^i/01™ de eludir fácilmente la última serie-
hacia una devaln ^ue esta moneda continuara b ajan d o
una devaluacón progresiva. La soltería - y la liberación
274
de todo com prom iso- podría ser una nueva moda que se nos
acerca1 •

15. La fidelidad de un compromiso:


una invitación a superarse

La comunidad creada por el amor de dos personas participa


también de una cierta fragilidad. Ese “nosotros”, que se abre
al futuro con la ilusión de una permanencia indefinida, está
sometido a las presiones del tiempo, cambios psicológicos,
crisis y dificultades por las que hay que pasar sin remedio. La
relación humana se hace en ocasiones una historia vacilante,
y nadie está seguro de no sentirse afectado algún día por esas
inquietudes. Los conflictos, en proporción diferente según las
situaciones y personas, forman parte del ser matrimonial, y su
existencia tiene un significado análogo a la crisis de madura­
ción y crecimiento de cualquier persona19. La institucionali-
zación por parte de la sociedad aparece, entonces, como una
garantía y un estimulo para mantener la promesa.
Es cierto que el derecho defiende al amor desde fuera y
nunca podrá sustituir a la dinámica interna que lo mantiene,
pero en el momento en que esta capacidad de comunión se
debilite, está dispuesto a intervenir como ayuda salvadora. Su
obligatoriedad restaura muchas veces las posibles grietas que*3

11 E Sullerot. P o u r le m e ille u r e l s a n s le p ir e , Fayard, París 1985; M.


Fernández del Riesgo , E l b o o m q u e s e a c e rc a : vivir so lte ro s , CuadRealSoc
33'34 (1989) 1 5 -2 4 .
Lemaire, L o s c o n f l i c t o s c o n y u g a le s , Desclée, Bilbao 1971. y Le
‘•owp/e. sa vie, s a m o r í L a s tr u c tu r a tio n d u c o u p le hum a in , Desclée, P«1S
A- C hapman, C o n flic to s e n e l m a tr im o n io , Bmguera, ,
JA Willi, L a p a r e ja h u m a n a : r e la c ió n y c o n flic to . Mónita, M a d * d l9 7 ^ J .
. .° '0’ Y e iM ic in c o le c c io n e s d e c o n v iv e n c ia m a trim o n ia l, nnáhsis
t e er 1980’ y U s r e l a a o n e s h u m a ñ a s „ rf m u n d o d e f
la psicología p rofunda . SalT 74 (1986) 367^378. L. F. ~
2 ? “ m a lr ‘ m aníales M oralia 3 (1981) 56-70. R. ^ f f ^ a ' r e a -
Z o T yfam ,lia- IpPEM . Buenos Aires 1987; G ¿ M
W * 1, p r o ^ e m o í .v perspectivas en común), G r i j a l b o . T ratet,
U T 01,' Fra8ililé* conjugales , Eludes 368 (1988) 7 4 7 - 7 5 8
k 2 r PkfaCe á ' W Centurión. París 1989. L
totíá. Ja en crisis' d iálo g o 170 (1991) 19-26; M. J m (1992)
la P o c e ja : e le m e n to s , c o rto c ir c u ito s , c a n e lo n e s . S a n

275
lo ponen en peligro y es una invitación constante a salir del
cansancio y monotonía, que había cubierto el rostro de la
persona amada.
Esta misma garantía recíproca nos abre también a otra pers­
pectiva fecunda, que no es lícito tampoco marginar: la necesi­
dad de justicia que lleva consigo el amor. Es verdad que este
la transciende y va más allá, pero el auténtico cariño no podrá
nunca contradecirla. Es más, ni siquiera llegaría a serlo si no
parte de un reconocimiento y aceptación de los derechos del
otro como persona. Esto significa que la fidelidad como deber
tiene que sustituir en ocasiones a la fidelidad como sentimien­
to. No será nunca el ideal del matrimonio, pero mayor injus­
ticia sería aprovecharse de unas vivencias pseudoamorosas o
imponer una ruptura que olvidase por completo las obligacio­
nes contraídas y los derechos de otras personas.
Comprendo que la realidad ha podido ir a veces por otros
caminos y que lo jurídico llegue a convertirse en un legalismo
vacío. La ley no suple nunca al compromiso de fidelidad
interior, pero no por ello podemos minimizar su función y sus
valores; se pone al servicio del amor, como su confirmación,
signo y garantía, y lo acompaña como un recuerdo y estímulo
para que progrese y madure. Si a pesar de todo viene su
muerte, la ley no podrá ser el asesino, pues sólo estaba para
su defensa y protección. Y son muchos los factores que tra­
bajan para que el cariño termine destruido, para que se agote
con el tiempo. Si algún peligro hay en la institucionalización
es sentirse asegurado con exceso y dormirse amparado por
ella, olvidando que el amor es una recreación y un nacimiento
constante, que sólo puede efectuarse desde el corazón, y no
por ninguna fuerza legal.
Entendido de esta manera, el problema cambia por com-
p eto. La preocupación se plantearía no para ver por qué hay
que aceptarla, sino en descubrir por qué precisamente se desea
rec azar y suprimir. Un análisis sincero sobre las motivacio-
f °n ü ^UC aParecen en estas actitudes agresivas de cara
siemnrp-* P * &acIarar ciertas oscuridades y mentiras que no
siempre interesa conocer.

276
16. Un problema de fondo:
el miedo a lo definitivo

Todos tenemos experiencias múltiples de que la última moti­


vación —y a veces la más verdadera— queda oculta a nuestra
conciencia por una serie de racionalizaciones y argumentos
que nos impiden conocer su existencia real. El rechazo y la
crítica que hoy despierta en muchos, sin negar su objetividad
en algunos aspectos, podría tener otras raíces más ocultas y
generalizadas: el miedo al compromiso20.
El hecho tiene su explicación en nuestra cultura actual,
sometida con más fuerza que nunca al reino de lo provisorio.
La movilidad y el cambio se convierten en valores positivos
frente al orden y dogmatismo de otras épocas. Lo carismático
tiene una fuerza mayor que lo institucional, hasta el punto de
que el compromiso se realiza precisamente por la ruptura y
renuncia al sistema establecido. Lo importante es quedarse
libre para tomar cualquier nueva decisión que pudiera presen­
tarse. La provisionalidad de todo aparece como una nueva
exigencia del hombre, un ser histórico y evolutivo. El que se
compromete es por miedo a enfrentarse a su propia libertad.
Si esto es cierto, en parte, hay que reconocer que existe
también una libertad con miedo al compromiso. El hombre de
la ley, que busca la perseverancia absoluta de la idea por
encima de las circunstancias personales y de los nuevos datos
históricos, o el hombre del instante, que reniega de sus com­
promisos pasados o futuros para gozar solamente del momen­
to presente, no quieren vivir en el tiempo. Ambas posturas
implican una seria falta de madurez. Y el haber caído con
exceso en un legalismo puede llevamos ahora a una anarquía
sin sentido. Entre la libertad sin límites y los límites sin liber­
tad hay que buscar un camino equilibrado en el que lo jurí­
dico no ahogue con exceso y la autonomía acepte el control
necesario.
Hoy habría que insistir en la función positiva y enriquece-
dora del compromiso. No es ahora el momento de hacerlo. Un
hombre es infinitamente más de lo que seria si se redujera a*

* Ver las sugerentes observaciones de V. Ayíl, In ven tor la f i d e h t i a t a


ei»ps d e c e r titu d e s p r o v is o ir e s . Chalet. Lyon 1976.
277
lo que tiene en este momento. Es un ser de lejanía y futuro.
Por eso no puede haber sumisión a lo inmediato, sino qUe
debe acoger las nuevas situaciones, los cambios y el creci­
miento para integrarlos en un proyecto. Y si no fuera por las
amenazas del tiempo, no comprobaríamos nunca la autentici­
dad de nuestras fidelidades. De la persona que no arriesga su
futuro con una promesa, ni sabe mantener su palabra, bastante
poco se puede esperar. El compromiso es lo que da sentido a
la vida y evita el incesante “turismo” del que simplemente se
pone a andar, sin ningún itinerario por delante. Y hoy se habla
mucho de la importancia del amor, pero se trabaja mucho
menos para mantenerlo a lo largo del camino
Supuesta la necesidad de esta institucionalización, queda
el último problema que resolver: por qué, hasta ese momento,
estas relaciones sexuales se consideran ilícitas.

17. Génesis de una doctrina:


los nuevos planteamientos

Tal vez no sea fácil encontrar en la tradición datos suficientes


para responder a esta pregunta, como hoy se presenta en
nuestro mundo actual. La situación psicosociológica es bas­
tante diferente a la de otras épocas, y la misma esencia y
elementos constitutivos del matrimonio no quedaron clarifica­
dos de manera unánime hasta el siglo XII, y sólo dentro de
nuestra cultura y mundo cristiano21. Saber cuándo comienza
el matrimonio es indispensable para hablar o no de relaciones
prematrimoniales. Aquellos autores, por ejemplo, que lo con-*183

m a tr iln * Thíel,a.c. (ii. 14); E. Hillman, E l d e s a r r o llo d e la s estru c tu ra s


j. c™síía n a si y Ph. Delhaye, F ija c ió n d o g m á tic a d e la te ología
183' 197’ y 2«-248; J Gaudemet. E l vincule
Z n d T v L íT n ,umbre d,e la aha Edad Medi°< y 0 F ra sen - Laforma'
d iv ir tió S l^ r T r en la E dad M ed ia > e" AA VV- M atrimonio y
b gucinc’ Salamanca 1974, 85-110 v 111-133 A C alvo Estepa,
(1982) 7 M 0 ¡T r ^ s a c r a m e n t0 ¿ e l m a tr im o n io , ScripVit 29
rin d iL ó u b m du ^ ' r ^ 16»' AA W „ Évolulion du principe i '
tudio. sobre la n L Z Í T ñ ,RevDrCa" .38 0 9 8 8 ) 3-187. con diferentes es-
Y sobre todo el e x ctl.n i. rwl n’a,nm on'° a lo largo de la historia Cristian •
Cerf. P ariT l 987 * de 1 O m m a t . Le mariage en Occidcnl,

278
sideran existente desde el momento en que los novios com­
prometidos con los esponsales, tenían el acto conyugal, no
afirmarían que se trataba de una relación previa22. Otros in­
cluso defendían, aunque para nosotros no tienen ninguna vi­
gencia práctica, que estos esponsales constituían una especie
de matrimonio incoado, donde la entrega sexual era moral-
mente lícita23.
A lo largo de la historia, y a medida que se han ido
clarificando algunos aspectos de la institución matrimonial, la
postura negativa ha sido constante, sobre todo a partir del
siglo XVII. Algunos moralistas clásicos mantenían una dife­
rencia entre lo permitido a los novios y a las personas solte­
ras, aunque no todos están de acuerdo en la lectura crítica de
estos textos por la terminología utilizada y su significación
diferente. Sin embargo, ninguno aceptaba como ética la plena
unión sexual24. Esta mayor apertura fue también desapare­
ciendo en los autores posteriores hasta llegar a una normativa
común para todos: la entrega sexual y cualquiera de sus
manifestaciones previas, no debe efectuarse fuera del matri­
monio Por eso la moral del noviazgo no tenía ningún apar­
tado especial, sino la añadidura de unos cuantos consejos fi­
nales para la guarda de la castidad durante ese tiempo. Aunque

22 Era la teoría preconizada por Graciano, al que siguieron otros autores.


Cf E. Schillebeeolx, o c. (n. 17), 252-265, M. Zimmermann, Marutge. couple
libre et
ci duruii a n o n i q u e , LetV
r o i l c(.unuruquc, lciv 174 *♦ (1985)
i /* vi 7o j ; 73-82
*
23 i
*3 Una .___ de las diferentes
síntesis j r___ ______ _ ___
concepciones históricas y discusiones
histói
planteadas sobre los esponsales, en M. V idal, o c . (n. 2), ■422-429. » * * -» * * •
'* T. S ánchez, De soneto matrimonn sacramento. lib. 9, d. 46, n. 48,
afirma: “Los esponsales excusarían de pecado mortal a aquel placer que es
comienzo de la unión conyugal y que en las perdonas del todo libres seria
pecado mortal” . De manera parecida pensaban algunos otros autores. Véase,
Sln embargo, la diferente interpretación dada a estas afirmaciones de Sánchez
P°r A. Vermeersch, De castitate et de vitiis contrariis, PUG, Roma 1 •
"?• 30-32, y por F. C apello. De sacramentis, Marietti, Turín 1953, ,
139-143.
.4 ¡í Ya los s a l m a n t i c e n s e s creen más probable la semencia « m tra n a a
Stoehez, Cursus Theologiae Moralis VI, n. 57. En la misma Un®, « g o n to
. 'to d o s los autores posteriores. S. A l f o n s o , Theologia ', ,
* , lv . cap. ii. dub. II. dice: “La segunda sentenca. mucho n ^ P ^ ^
II 1 1 Ve *>ay que seguir por completo, enseba que t , ef ° , novios de
¡¡towdos en la teología clásica ‘impúdicos’) están Todo, los
m•Ü"S¡na manera que se prohíben por completo * * ,41 repetirán la
^ " to le s posteriores, excepto el de A. Vermectsch. « <»- 24>‘
mism« doctrina.
279
con nuevas matizaciones, los documentos mas recientes de la
Iglesia han venido a confirmar la misma negativa26.
Sin embargo, “la doctrina de la Iglesia cristiana, según la
cual las relaciones sexuales han de restringirse al matrimonio,
se ve frecuentemente impugnada como teoría, y en la práctica
se la ignora casi por completo” 27. Las estadísticas así ]0
demuestran y lo más significativo de todo es la falta creciente
de culpabilidad frente a un fenómeno como este, aunque to­
davía los motivos religiosos sean los más eficaces y primarios
para su no aceptación28. Hay que reconocer, no obstante, que
una gran mayoría las acepta como lícitas sólo cuando en la
pareja existe ya un serio vínculo afectivo. Hasta el punto de
que, según las observaciones recogidas, se requerirían las si­
guientes condiciones: “ 1.a) Las relaciones sexuales prematri­
moniales se consideran convenientes sólo cuando la pareja
tenga una relación de confianza, lealtad, dedicación y amor ya
puesta a prueba en el tiempo. 2.a) Sólo cuando la pareja sea
lo suficientemente madura para comprender las consecuencias
que esas relaciones pueden tener para ellos mismos, sus fami­
lias y los niños que puedan resultar de su unión. 3.a) Sólo
cuando cada miembro de la pareja sea tan devoto del otro y
haya llegado a un grado tal de madurez que ambos comiencen
a pensar en planes conjuntos a largo plazo. Esta devoción
mutua sería conocida y reconocida por sus amigos íntimos y
sus padres”29.
Al margen de los abusos y falsas libertades, no cabe duda
de que este planteamiento tiene una dosis de seriedad objeti-

Pueden encontrarse con su comentario en A. Luneau, La p e r m is s iv ité


*e'ero~*f*uelle chez les jeunes adultes. Documents du magistére: présenla-
tion^rejlexwns, suggestionS, ÉetTh 8 (1977) 9-46.
u ? •m0r?!ii l£ Inf ° rme presentado al Consejo británico de las
o u « ^ ' J ^ £ ‘ Madn,d 1968- ,9 - Abundantes encuestas sobre este punto
pueden encongarse en la bibliografía citada en el c. 1. n. 41.
religiosos v d* i M' HuNT’ o c <n- 4). '7 6 . aparecen los motivos
—i s u p e r i o r a l»« 1180 entre los m4s jóvenes, como la primera causo
tunnóco óñ* 'J?"u,lC5
olvidar taünooco p la n te s — Ipara no realizar
» " "o realizar esta
esta experiencia.
experiencia. NoNo sese udebe
c-
_ f tampoco que |as encueftins
tampoco que las encuestas m manifiestan_r más
__________ j ___ /,,n»que
una tendencia uní uno
y puesta aludía p !?" “ ,icitud lle,tud /eviste
reviste un sentimiento de m ayor pprogresismo
ro g re s a n
ror eso los res» tn/i»» a ___ ______ . . . en
los^ue se hace la coM1¡ ° i.rt8U Ud°* d e p e n d e n a veces de los am b ie n tes <

desarroilado^Cmj^ M m ^ a ÍCJto Tolerancta y represión en el mvn^>


’ 0 Mundo- Buenos Aires 1974, 16-17
280
va. Vivimos en un ambiente muy distinto al de épocas nasa
das, en el que existía una serie de factores sociológicos v
ambientales que protegían una abstinencia sexual. La elimina­
ción de algunos podrá suponer un avance sin duda, pero su
influjo era decisivo para la guarda de una norma que no re-
vestía mayores dificultades.

18. Condicionantes de la situación actual

El valor simbólico de la virginidad femenina ha decaído con


una fuerza extraordinaria. Haber perdido lo que de tabú se
ocultaba en esas concepciones no hay por qué lamentarlo,
sobre todo cuando se buscaba mantener exclusivamente la
mera integridad anatómica, como si se tratara de un auténtico
mito. Sin embargo, todavía persiste, ocultada en medio de
tanta libertad progresista, una doble óptica para enfocar el
comportamiento del hombre y la mujer, ya que muchos jóve­
nes siguen exigiendo para su matrimonio una chica virgen, sin
que para ellos se requiera, en cambio, ninguna condición30.
Hoy no se puede ya admitir tampoco, como preparación
aconsejable, la lejanía y vigilancia de otros tiempos, durante
la época del noviazgo31. La mayor frecuencia y posibilidades,
las circunstancias sociológicas que impiden a veces la cele­

30 De las encuestas a las que hacíamos referencia en la nota 27 se recoges


algunos datos que no necesitan comentario. La mayoría de los hombres aún
—entre el 50 y el 60%— aceptan para ellos las relaciones sexuales prema­
trimoniales, pero m enos del 20% las permite para la mujer. Tratándose de sus
hijos, cerca de la mitad las juzga convenientes, si su hijo es varón, y sólo en
torno al 5% las tolera para su hija. Las mismas preguntas son respondidas por
ks mujeres, con una proporción parecida, aunque algo más baja en todas las
respuestas.
B a s ta ría leer los consejos prácticos dados a veces en los manuales de
moral. Para evitar los peligros posibles se aconsejaba la rapidez del noviazgo
y la poca frecuencia en el trato. El mismo san Alfonso creía demasiado
benévola la opinión de Roncaglia, que permitía a un joven visitar a su novia
P^ra poder conocerla: “Especulativamente esta opinión parece razonable, pero,
Seccionado por la experiencia, yo no permitiría a un joven ir a casa de su
R e t i d a , ni a esta o a sus padres recibirlo en su casa más de una o dos
eces. Pues rara vez encontré a uno que no haya pecado en “
* ' nos de palabra o con el pensamiento, puesto que todas
^versaciones entre los prometidos son incentivo y no P“e d e n „
' mPuros hacia aquello que tendrá lugar en el ma

281
bración del matrimonio, cuando los jóvenes se encuentran ya
preparados y con ilusión para realizarlo, hacen más difícil
mantener durante muchos años una tensión constante entre la
llamada genésica y la renuncia a esa gratificación. El mismo
ambiente erótico en que vivimos aumenta la dificultad. Los
estímulos sexuales, a través de múltiples medios, producen un
bombardeo continuo más hondo y estimulante de lo que a
primera vista se cree. Insistir en ello no significa caer en una
obsesión sexual. Es una realidad constatable que no se puede
negar. Algunos la confiesan sin miedo ni eufemismos:
“De esta form a hem os creado para los a d u lto s jó v e n e s sol­
teros una com binación particu larm en te d e s d ic h a d a de ambientes
em ocionales. Son co n stan tem en te b o m b a rd e a d o s — po r medio
de estilos de vestir, d iversiones, an u n cio s, e t c . - con lo que
quizás constituya la fuerza m ás h áb ilm en te tra z a d a de estímulos
eróticos que jam ás ha sido am asada. S us te m o re s y fantasías
sexuales son estudiados po r los in v e stig a d o re s de la conducta y
d esp iad ad am ente e x p lo tad o s p o r los b u h o n e ro s de los mass
m edia..., y, sin em bargo, tran sm itim o s a n u e s tra j uvent ud inal­
terada una serie de tabúes de co m p o rta m ie n to , q u e en una socie­
dad saturada de sexo parece d ia b ó lic a m e n te c re a d a para produ­
cir en un alto nivel la d uplicidad y d e s e s p e ra c ió n ” 32.

Ante esta situación, cuando lo sexual va a formar parte


también de su vida futura, son muchos los que se preguntan
por qué retrasar hasta el momento del matrimonio una expre­
sión de su amor. Lo mismo que se tantean otras posibilidades
antes del sí definitivo, ¿no sería buena la experiencia de una
plena armonía conyugal en todos los órdenes? ¿Qué motivos
existen para semejante condena?

19. Para una valoración ética:


reflexiones previas

No parece posible acudir a la Escritura para encontrar allí la


nrípn^f • 3 eC,U?fa' ^ 0S autores están de acuerdo en que las
ma ta|Cv°nCS cas no Pueden aplicarse sin más al proble-
_____ y^omo hoy se presenta. Si “resulta claramente de1

H- Cox, La ciudad secular. Península, Barcelona 1968, 227.

282
conjunto de las cartas paulinas, que son condenaras todas las
relaciones sexuales fuera del m atrim onio” 33, no tendrían por
qué incluirse en esa condena cuando se dan entre personas
comprometidas y con el deseo incluso de casarse en un próxi-
m0 futuro, que no depende exclusivam ente de ello s34.
En el cam po de la m oral nunca debe aspirarse a una
argumentación de tipo m atem ático cuya evidencia se imponga
sin la m enor duda o vacilación. Cuando se trata de optar entre
varias conductas, hay que descubrir en su conjunto cuál de
ellas resulta m enos peligrosa y más humanizante. En nuestro
caso, se pretende conocer lo que sería m ejor para la madura­
ción y éxito del am or conyugal: una libertad de relaciones con
anterioridad al m atrim onio o su exclusión hasta el momento
de institucionalizarlo.
Parece absurdo no adm itir que, bajo ciertos aspectos, po­
dría ser una experiencia positiva. Es una expresión y una
forma de p erfeccionarse en el am or, com o sucederá después
en el m atrim onio. M e resisto a creer que un acto cargado de
cariño y un gesto de donación deba considerarse una cosa fea
e impura. No veo por qué la sim ple fórm ula jurídica llene de
belleza y ternura lo que antes se catalogaba com o inmundo y
degradante. Es en el corazón y no en la ley donde se escribe
el mensaje de la sexualidad.
Por otra parte, entre la m aduración afectivo-sexual y el
matrimonio suele darse un largo período de espera, que se
prolonga de ordinario contra la propia voluntad de los novios.
Si tenemos en cuenta esta situación tan frecuente; la etapa de
continencia, com o una negativa constante a los impulsos
13 H. Humbert, Le p e c h e s d e sexu a lité dans le Nouveau Testamenta S tM or
8 (1970) 175. L o s d a to s b íb lic o s s o b re la s e x u a lid a d p u e d en v erse en la
bibliografía d e la n o ta 1, e n el c a p itu lo III.
A si p ie n s a n la m a y o ría d e lo s m o ra lis ta s a ctu ale s. C. J. Snoeck, M atn -
•nonio e in stitu cio n a liza c ió n de las relaciones sexuales , C o n ciliu m 55 (197ü)
‘ 79> F. Bockle, E th o s d e l a m o r , e n A A . W . , Sexualidad prem atrim onial.
S|guem e, S a la m a n c a 1973 2 2 -2 9 ; D. Tettamanzi, Rapporti prem atrim onial e
'órale c ristia n a , D e v e n o , M ilá n 1973, 4 4 -5 4 ; L. R o ssi, Relaciones prema-
oniales , e n D E T M , 9 2 3 ; B . Schlegelberger, Rapporti sessuali prima
* ° * d e l m a trim o n io , P a o lin e , R o m a 1973, 19-32; A. Luneau, o . c (n 2 6 L 1 9-
*El e s tu d io m á s c o m p le to e s, s in d u d a , el d e M. Dv m m s , Coup ^
5* le N o u v ea u T es,a m en ,. É etT li 8 (1 9 7 7 ) 4 7 -7 2 . M . Z al W j O J »
Í1QVi[busdam q u a e stio n ib u s a d sexualem ethicam sL*ctann¡™*' de
i ' 97. 7) 9 6 . a f ir m a q u e e l d o c u m e n to o fr e c e s ó lo “ u n m te o to m o d e sto «
" n rm a c ió n b íb lic a , n o u n a e s tr ic ta d e m o stra c ió n .

283
parecería inhumana, sobre todo porque ese amor
se x u a le s ,
,Tene también una dimensión genésica estim ulad a con |as
expresiones normales y lícitas de su cariño A lgunos insisten
incluso en que los sentimientos de ansiedad, m iedo y culpa
son aptos para provocar un rechazo del sexo en la vida futura
y una serie de conflictos, más o m enos acentuados, en |as
relaciones interpersonales. La falta de naturalidad en este te­
rreno dificultaría el equilibrio y la arm onía posterior, como
consecuencia de una prolongada renuncia a las exigencias
profundamente sentidas y rechazadas por otras motivaciones.
Dentro de la misma esfera religiosa, un com portam iento que
parece lógico, al vivenciarse com o contrario a la voluntad de
Dios y de la Iglesia, puede producir un am biente de malestar
interior, propicio para la elim inación de otros valores sobrena­
turales, incompatibles con esta conducta 35.
Estas posibles dificultades no podem os negarlas del todo,
pero tampoco conviene m agnificarlas. Los riesgos aparecen
siempre en un clima que no tiene por qué ser norm al ni ne­
cesario. Con otra actitud más sana, consciente y natural, que
brota de una postura positiva y m adura ante el sexo, los pe­
ligros suelen reducirse al mínimo o d esaparecer por completo.
La misma armonía sexual no es ninguna garantía para el
éxito en el matrimonio, que depende sobre todo de otros fac­
tores personales mucho más im portantes y necesarios. Si a
veces se apunta como una de las causas — nunca entre las
primarias— de los conflictos conyugales; su explicación radi­
ca en una falta de conocimiento y hábito fácilm ente supera­
ble, o se encuentra, por el contrario, en otras zonas más hon­
das de la personalidad. En el cuerpo se explicitan con enorme
resonancia los problemas afectivos del corazón, pues al tratar­
se de una donación total, todos los factores psíquicos y espi"
rituales la ayudan o dificultan. D ifícil es que una pareja fra­
case por este solo motivo. Y si el fracaso se da por otras
razones es lógico que también en este terreno repercuta •*9

Lemaíre T* entenc*er» un tanto exageradas— de l '1^

« T C o n c i i iumcaiooZ m ) ' m % a¡ idad a ,ravés de los c° 4 '


Me ha lla m a ^ ^ a JtenciAn malrimo»ial, Lohlé, Buenos Aires 1969, 10®'J
pequeñas en cu e sta s ^ h e v fsto ^ 1 ^ ° s ig n if ,c a ,iv ° — t»u e ' c n tr' *1
9 isto , a la d e s a rm o n ia s e x u a l, c o m o caus

284
H abría que dem ostrar, por fin, que los matrimonios que
no han tenido estas relaciones son más problem áticos que los
que las han tenido, o que éstos han alcanzado un grado mayor
de m adurez que los anteriores. Y hasta ahora parece demos­
trarse en la práctica que allí donde ha habido una mayor libe-
ralización en este terreno los valores profundos del amor no
se han descubierto con m ás fuerza y plenitud. Por eso, incluso
admitiendo la conveniencia de estas relaciones para algunos
aspectos, y las posibles dificultades, que no tienen por qué
darse, tendríam os todavía que exam inar los valores positivos
que aporta una abstinencia aceptada con normalidad y que la
siguen haciendo aconsejable.

20. L a a u te n tific a c ió n del a m o r:


un re q u is ito del noviazgo

Ya hem os dicho que entregar el cuerpo cuando el corazón no


está seguro de su cariño, es una m entira e hipocresía. El sexo
no puede ser nunca la fuerza que m antiene y fomenta unas
relaciones personales m aduras. Lo prim ero que se requiere,
pues, es que el am or, com o realidad independiente y básica,
se haga expresivo a través del diálogo corporal. El noviazgo
debería ser, entonces, una etapa educativa y pedagógica hacia
la m aduración de ese am or y que sirviera, al mismo tiempo,
como prueba para la verificación de su autenticidad.
Saber si dos personas se quieren no es fácil, sobre todo en
sus com ienzos y en una etapa de maduración. Decirle a dos
enamorados que lo que sienten, a lo mejor, no es cariño au­
téntico es una verdad de la que sólo se van a dar cuenta más
adelante, cuando hayan descubierto lo que es am ar en seno o
cuando se hayan alejado el uno del otro. La experiencia de­
muestra lo fugaz y quebradizo de muchos enamoramientos,
Rué se consideraban poco m enos que indestructibles. El mun­
do afectivo es dem asiado intenso para no sentirse muchas
veces engañado. ... .
En esta situación prim eriza no hay todavía posibilida

se le atribuye m ayor importancia cnjre l°s *h


casados. Un buen estudio sobre la etiología
S Kaplan, La nueva terapia sexual I, Alianza, Madrid 1978, 105-263.

285
para discernir si el cariño verdadero esta presente en esas
relaciones. Como el am or es siem pre en sus com ienzos egoís-
ta y el sexo una realidad que se presta a gratificaciones in-
teresadas de todo tipo, se requiere un tiem po de espera y
purificación que ayude a descubrir lo que existe en el fondo.
No hay que extrañarse de esa base egoísta estím ulo funda­
mental para toda educación afectiva— , sino que hay que ¡r
subordinándola cada vez más al deseo auténtico del bien re­
cíproco. Y esta capacidad m ínim a de donación se debe com-
probar con todo realismo.
Las relaciones prem atrim oniales, lejos de ayudar a este
discernim iento auténtico, d ific u ltaría n m ás bien o hasta
destruirían esta posibilidad. Hay que d eterm inar con los he­
chos, y no solo con las palabras, que en la base de todo está
presente el amor, que no puede apoyarse en las sim ples emo­
ciones placenteras. Si por el solo hecho de sentir que se quiere
a una persona se admitieran tales relaciones, habría muchos
motivos para dudar de la veracidad de este lenguaje. Por
debajo de esas palabras y sentim ientos podrían existir otras
actitudes cargadas de egoísmo, intereses ocultos y búsquedas
compensatorias que por ser recíprocas y gratificantes se adje­
tivan como amorosas. El sim ple agradecim iento por el placer
compartido y el deseo de una nueva repetición hacen que se
llame cariño a lo que no es, a lo m ejor, sino una atracción
interesada. A nadie prestaríamos ningún servicio si con tanta
ligereza se fomentara el engaño, y el rostro del am or quedara
todavía más desfigurado. Ya son dem asiados los que no creen
en él para seguir aumentando tanta desilusión.

21. La maduración de la sexualidad:


exigencias personales del instinto

Todos sabemos que los impulsos anárquicos de cualquier cía*


la ^Y nar^n ^ n e^ect0 ^ t i v o sobre la co m unión personal, y
v i o S - concret0’ se encuentra llena de elementos
del amor ®lm^U SIV0S» pueden ocultarse bajo la máscara
un S Z h l ' Am0S JCÓm° la Pulsión necesita, para vivirse en
dCSde Un Punt0 de vista Psicológico, un»
ismo, aunque la palabra parezca demasía
286
añeja- Es la única form a de que se convierta, en manos del
hombre, en una fuerza dócil, flexible y constructora. La con­
tinencia del noviazgo aparece así com o un camino espléndido
de m aduración, un test significativo para descubrir si el sexo
es sólo una expresión o constituye la misma sustancia del
amor.
Para la futura felicidad del m atrim onio es absolutamente
necesario que las personas se dem uestren, en la práctica, que
la llamada recíproca sexual y la necesidad de poseerse mutua­
mente queda subordinada y transida por la presencia de ese
cariño. Si porque se am a a una persona resulta imposible
prescindir de la entrega corporal, existen razones para pregun­
tarse si el predom inio pertenece al sexo o al afecto. El que no
es capaz de am ar en la continencia no podrá hacerlo tampoco
en el encuentro conyugal. D ecir, com o a veces sucede, que "si
me amas tienes que entregarm e tu cuerpo”, es una forma sutil
de chantaje. Puede denotar un cariño dem asiado unidimensio­
nal, que no abarca el afecto, la ternura, la sensibilidad, la
comunión de ideas y sentim ientos, la aceptación de la realidad
y el respeto im presionante ante la intimidad del otro. Es decir,
resulta lícito poner en duda la lim pieza y maduración del
amor.
Un esfuerzo de sinceridad sería útil para penetrar en el
mundo de las m otivaciones m ás oscuras e inéditas que expli­
can estos com portam ientos. Pienso en las posibilidades reales
que la experiencia nos enseña: procesos autojustificativos para
reconciliarse con una actitud, de la que no se es capaz de
prescindir por lo que sea; un deseo de asegurar por la pose­
sión del cuerpo lo que no resulta tan seguro con la promesa
de fidelidad dada; m iedo íntim o a un posible abandono si no
Se “ata” lo conseguido hasta ahora; una forma de protesta
reaccionaria co ntra la educación y moral tan negativa de otras
¿Pocas...
Lo im portante es que el sí del matrimonio nazca de un
compromiso responsable, m ás allá de la necesidad física o e
sentimiento. La prueba puede m anifestarse en la aceptación de
estos dos aspectos: el deseo, por una parte, de formar una so a
carne; y la d ecisión consciente y explícita, por otra,
^ convencim iento positivo, de sacrificar el gesto sup _
ese am or hasta el m atrim onio. Un sacrificio necesario muchas
287
veces para después, pues, aunque el hecho de estar ya casados
no prohíba esa expresión, se dará una serie de m otivos dife­
rentes que impide, como una exigencia del respeto y de la
ternura la entrega sexual. Y nada hay m as deshonesto que
una relación así cuando el am or precisam ente exige un com­
portamiento distinto. La mujer, en concreto, sabe mucho de
estas “violaciones” — sin negar ahora otros aspecto s del pro­
b le m a - cuando la intimidad conyugal no se ha aprendido a
vivir ,n este clima.

22. Dificultades para un conocimiento mutuo

Si existe algo importante para el porvenir del m atrim onio es


la aceptación del compromiso, después de un conocimiento
mutuo y profundo que evite las decepciones posteriores, cuan­
do llega el encuentro con la realid ad 37. Ya el noviazgo es un
momento difícil para esa tarea, pues se vive de ordinario con
el deseo de conseguir una conquista, de o btener una seduc­
ción. Para ello la imagen del propio yo, sin m alicia e incons­
cientemente, se ofrece adornada con un idealism o excesivo,
que manifiesta más lo que uno quiere que lo que de hecho es.
Se necesita honestidad y cierto tiem po para encontrarse con el
tú real, con el que se ha de com partir la vida entera, y ver si
es posible esa convivencia a todos los n iv e le s 38.
Una relación sexual prem atura en ese período de análisis
y objetivación vendría a suponer un obstáculo m ucho más
fuerte. La gratificación obtenida, la urgencia de volverla a

Las estadísticas señalan la mayor incidencia del divorcio en los prime*


í J a. .conyu8aI* Como causa primera del conflicto se apunta la
p cocí del matrimonio, bien por un embarazo previo, por ser demasiado
L i f T c 0 í ° r ha?eí tCnido un Pcríodo corto de noviazgo. Son los factores que
m asüficultan el descubrimiento verdadero del otro
Duneta a u ^ n H0^ D e PreParati°ne pastorali ad matrimonium christianu*
Z 10V \ ^ n ° £ ,Ca 66 U 9 7 7 ) P a p a l m e n t e 1 4 2 -1 5 8 ; P. D elooz, a.c

celebración dt>¡ f • Cuidado pastoral y requisitos previos a


E R £ D IA »
(1981) 169-224- j ,m£ nt0' se^ n el proyecto del nuevo código , AnVa
153-164M L L ^ ° 0NNEAU’ & ™ " e r . porquoi ?. Christus 31 ( ^
la préparation au man P™torales et canoniques des responsables
ne^matrimonióle • P ^ n 5 / \ R e v D r C a n 3 6 ( ‘ 9 8 6 ) 9 1 -1 0 3 ; A . C a n t a n . 0 * ' ^
(1990) 153-160. P atl° n QU maria8e et vie com m une , RevDrCan

288
experimentar, el afecto y la cercanía que provocan, impulsan
al convencim iento de una absoluta sintonía, cuando a io mejor
n0 existe nada m ás que una vinculación tenue y pasajera No
se necesita m ucha experiencia para com prender que la mayo­
ría de los fracasos posteriores es por haber llegado al matri­
monio ignorantes de la superficialidad de su afecto. Ni siquie­
ra, como a veces se dice, tendría un valor probatorio. Resulta
imposible exp erim en tar lo que significa ese gesto cuando no
existe todavía la com unidad de vida que lo llena de contenido.
De la m ism a form a que el éxito o fracaso de tal experiencia
n0 prejuzga en nada la capacidad de ambos para la armonía
futura y la superación de los conflictos. Por eso, y a pesar de
todo, creo que la abstinencia sexual sigue siendo el camino
más válido y aceptable.
Tenemos que ser sinceros, sin embargo, y admitir la posibi­
lidad de unas relaciones prem atrim oniales que nacen de un
cariño verdadero y autentificado. Son personas comprometi­
das que no pueden, por el mom ento, institucionalizar su amor
por diferentes m otivos. A la palabra de fidelidad que mutua­
mente se han ofrecido con todo su corazón, no le falta nada
más que su regulación jurídica. ¿Cómo juzgar la moralidad de
este com portam iento?

23. U na d o b le o b lig a ció n :


la c a s tid a d y el o rd e n ju ríd ic o

Admitir una d oble distinción, insinuada por algunos autores ,


entre las ex ig en cias de la castidad y las que provienen del
orden sexual, p odría servir para una clarificación del tema. La
primera q ueda reg u lad a por la virtud de la temperancia y en­
cuadra al p lacer dentro de su verdadera dimensión humana.
Ella invita a v iv ir el sexo com o un encuentro de amor orien
fodo a la fecundidad. C ualquier gesto que no brotara de aquí
ú*ta contra las exigencias fundam entales de su propia siguí
^ c ió n y sim bolism o. E l segundo supondría, además, la acep-17

17 T P^ r 'jeny l0' 1 FurHS>D e ca sti,a le e l fo?0) !6°*sungue


G w i. Etica sexual cristiano, Atenas. Madrid ' . ¿trecho
;ntre las condiciones para que la relación sexual sea auténtica y ei
*jercitar ese comportamiento.
289
tación de un orden jurídico que regule socialm ente el comp0r.
¡amiento del mismo instinto ya hum anizado. Requeriría, en
nuestro caso, la necesidad de una cierta mstitucionalización
para garantizar, como dijimos, el com prom iso entre los esp0.
sos y sus relaciones con la com unidad. Bajo esta perspectiva,
unas relaciones prematrimoniales, com o expresión verdadera
de cariño, no deberían considerarse com o una falta contra |a
castidad, sino más bien contra el orden sexual exigido.
Plantear el problema en estos térm inos evita los peligros
y exageraciones de un doble extrem ism o. Por un lado se su­
pera la actitud, demasiado generalizada en la tradición, de
otorgarle al elemento jurídico una preponderancia, como si
fuera lo único o lo más importante dentro del m atrim onio. En
la práctica, se daba por supuesta la eticidad de las relaciones
sexuales por el simple hecho de estar ju ríd ic am e n te casados,
aunque no fueran expresivas del am or y entrega de los cón­
yuges. En este caso, sí existiría un pecado contra la castidad,
aunque no contra el orden sexual, pues falta un factor básico
para la licitud de esa conducta, que de ninguna m anera queda
suplido por la existencia de la institucionalización.
Pero, por otra, no se debe m inusvalorar tam poco este úl­
timo requisito, por nuestra alergia p re se n te por todo lo
institucional, como si no tuviese ninguna trascendencia e
importancia. Si el amor es lo prim ero, no es lo único ni ex­
clusivo, pues requiere también un ám bito de sociabilización
objetiva para encam ar en él la plenitud de su mensaje. Si
antes subrayábamos con dem asía lo ju ríd ic o , ahora corremos
el riesgo de eliminarlo con excesiva facilidad.
De cualquier manera, habría que p reguntarse con sinceri-
ad qué resulta más deshonesto: vivir las relaciones en un
c ima de profundo cariño, aunque no estén todavía institucio­
nalizadas, o convertirlas en una m era satisfacción egoísta, sin
contení o amoroso como tantas veces sucede en el matri-
l pesar de ser ya m arido y m ujer. D ifícilm ente
deha «J^r° ,arSC ^ Ue Una con*ra el recto orden jurídico
mas grave que un atentado contra el am or.

290
2 4 . El argumento más utilizado:
diversas interpretaciones

Cuando se intenta probar la absoluta necesidad de esta exi­


gencia ju ríd ica, hay que reconocer honestam ente que no existe
ningún argum ento apodíctico y definitivo. Un análisis a fondo
de las diferentes razones aducidas ha llevado a la siguiente
conclusión: "L o s m oralistas no han conseguido hasta ahora
aportar una prueba convincente de la que se deduzca que la
cópula en c u a lq u i e r c a s o deba quedar reservada ai matrimo-
■y> 40
nio
El argum ento de m ayor fuerza utilizado es el de que se
trata de una ley fundada en la presunción de un peligro uni­
versal. A unque las consecuencias negativas sean diferentes
según la óptica de cada autor, existe bastante unanimidad en
este punto No tenerla en cuenta supondría un riesgo grave
para la sociedad y para la m ism a pareja. Esta afirm ación me
parece objetiva y razonada, pero quedaría por solventar una
pregunta posterior, de la que se ha discutido con frecuencia en
la historia: t,puede darse alguna excepción en el cumplimiento
de esta ley?
Las posturas tradicionales no llegaron a ser compartidas
por todos, ni se consiguió jam ás una opinión común. Frente
a los autores que defendían esa posibilidad cuando la persona
tuviera certeza de que, en su caso, esos peligros quedaban
eliminados po r com pleto, otros afirm aban que semejante hi­
pótesis nunca llegaría a darse, ya que excusar de la obligación
en una situación co ncreta com porta siem pre el riesgo de que
se dism inuya la observancia eficaz de la ley y no se cumpla,
por tanto, con su últim a finalidad: la defensa de los intereses
com unitarios y personales. A lgunos, incluso admitiendo la
posibilidad de sem ejante excepción para otras cuestiones, no
quieren aplicarla a las relaciones prem atrim oniales .
No ju z g am o s rechazable la validez objetiva de la primera
opinión. Su fuerza tradicional e intrínseca imposibilita mante­
ner que, siem pre y en cualquier hipótesis, toda relación previa 40

40 B. Schlegblberoer, o .c . (n. 34), 368. El C^¿M93l0r 015


UMS? atores clásicos eran de esta misma o p i m ó n . C f ^ ^
, Un desarrollo de las diferentes opiniones en B. Schlegelb ger,
34), 147-188.

291
al matrimonio haya de considerarse com o ilícita. P or eso cree­
mos acertada la siguiente afirmación: “Es preciso confesar, con
todo que la reflexión ética no halla razones apodícticas para
concluir que toda relación íntim a m atrim onial resulta deshu­
manizante y pecaminosa. Queda claro solam ente que su exclu­
sión, como norma generalizada, se im pone para el bien obje­
tivo de la sociedad y también de los interesados, en la mayor
parte de los casos por lo m enos” 42. N egar los posibles abusos,
en los que se apoyan otros autores para rech azar esta postura,
sería demasiada ingenuidad, pero tales peligros no invalidan
una opción seria, honesta y com prom etida en algunas ocasio­
nes, aun cuando vaya contra la norm a general. C om o la virtud
de la epiqueya exime a veces de cualquier ley, sin que puedan
excluirse falsas in terpretaciones43, aquí ta m p o co cabe otra
actitud que la de una sinceridad enorm e y responsab le que no
puede darse sino en aquellos que estim an, aceptan y valoran
en sus debidas proporciones a la m ism a institución. Un plan­
teamiento que prescindiera con relativa facilidad del elemento
jurídico desembocaría en un aumento creciente de los matrimo­
nios clandestinos o pseudom atrim onios, con gravísim o daño
para la sociedad, que se ha visto obligada a rechazarlos en su
legislación. No sería difícil encontrar, en las circunstancias
ambientales de hoy, muchas parejas que se creyeran dispensa­
das de esa exigencia y prescindieran, por ello, de toda norma
institucional. Lo jurídico es tam bién una ex igencia ética de la
que no se puede eximir, a no ser en algún caso particularm en­
te extremo y grave. La aplicación casuística de este principio,
en lugar de servir para ún discernim iento m ejor, podría utili­
zarse para facilitar ciertas opciones que no nazcan de una re­
flexión íntima y muy personal. *270

HMner^m ^ A 3' P a tr im o n ia l e s , RyF 199 (1979) 580. De ig»*1


Noviazgo, en DETM 708- l *n °* moral'stas actuales, como A. Valsecchi,
(». 15 * 600- G Pi*Ñ. n ^ RoSSI' a c <"• 34). 926-927; A. Hortelano, a.c
Morale 0. Querinianí di e,ica ses™ ale, en AA.W ., C orso*
n J. F \ 983> 345-346; M VtDAL, o.c. (n. 2). 435
270, recogido tn E t i M c r J ü n f !**"" naturale^ - Periódica 69 ( 1980) 251*
•9*4, 139-155. <lana in una societá se c o la rizza la , Piemme, Ronia

292
2 5 . Reflexiones actuales sobre el tema

Con el deseo de una m ayor objetivación, y para evitar todo


subjetivism o, se han presentado otras hipótesis en el campo
de la reflexión m oral. Com o la sim ple persona privada no se
considera suficiente, pues supondría el olvido de la dimensión
com unitaria im prescindible, se pretende una mayor amplitud
en la interpretación de la form a extraordinaria del matrimonio
(canon 1116), para poder realizarlo m ediante la notificación a
los testigos, tal y com o se exige en los casos urgentes44. Pero
no parece que con ello se llegara a solucionar muchos más
casos que con la form a ordinaria de contraerlo.
Se ha querido tam bién dar un horizonte m ayor al mismo
concepto de m atrim onio. La única institucionalización posible
para el ca tó lico se efectúa hoy por la m anifestación del
consentim iento, según las condiciones exigidas por el derecho
canónico. Esta form a se caracteriza por su instantaneidad,
queda realizada en un m om ento concreto y hasta ese instante
no se le concede ninguna consistencia jurídica. En otras épo­
cas y culturas — en la nuestra quedan restos de esas antiguas
costum bres— , el pacto conyugal se iba realizando de manera
progresiva, a través de una serie de cerem onias y prácticas43.
Era lo que se llam aba el m atrim onio in f i e r i.

** Así, F B óckle , o.c (n. 34), 52-54; K. H. Peschke, Etiax cristiana.


Teología M o ra le a lia luce d el Vaticano //, II, Urbaniana, Roma 1985, 564-
565. El canon 1116 pemite contraer matrimonio sin observar los requisitos
ordinarios, cuando estos no se pueden cumplir por la ausencia del sacerdote.
45 Sobre la evolución histórica y cultural, U. Navarrete, D e vinculo
m atrim onu in th eo lo g ia e l in iu re canónico , en AA.W., Vinculum matrimo­
niales PUG, Roma 1973, 99-140; F. Rigaux, Unas reflexiones sobre el 'tra­
tamiento ju r íd ic o ” d e la re a lid a d co nyugal , en AA.W., o.c. (n. 14), 137-145,
y los trabajos de E. Chouchena, C. Chevata y D. Zahan, en A AW ., M atri­
m onio..., o.c. (n. 21), 51-81; V. Mulago, M ariage traditionel africain et
mariage c h rétien . StMiss 27 (1978) 53-134; M. Lbgrain, ' hrétie**'
modéle un iq u e? D es q u estio n s venues d ’A friq u e , Chalet, París 1978, Diversi
* A t u r e s e t m a ria g e ch rétien . LumVit 40 (1985) 207-220, y M v i M t r
cultures. Supplément 161 (1987) 7-20. Aun dentro de la misma Igtoia «tn-
canat la valoración ética de las relaciones sexuales, dentro de un mammomo
P°r etapas, no es unánime. Véanse estos dos documentos “
mayoría de los miembros de la asociación aceptan ,a P0^ 1^
' parejas la ayuda de los sacramentos precisamente A ^ W ^ e powoo
'■«portante de su vida". Conferencias efiscotales del Cow» ,
! T chad, Les fonctions de la familte
DocCath 77 (1980) 444-449 (la cita en p. 445). “Puerto que hoy los novtos
293
Aun dentro de la legislación actual se observan com o tres
etapas de alguna manera sucesivas: el sí de los contrayentes
otorgado tantas veces en la intim idad; su m anifestació n públi­
ca delante de la autoridad com petente, y la consum ación pos-
tenor del matrimonio. Algunos se preguntan, entonces, si no
sería posible anticipar esta última, antes del com prom iso so-
lemne, creando alguna forma previa de institucionalización,
como un comienzo introductorio a la vida m atrim onial. En
este caso las relaciones sexuales perm itidas no serían propia­
mente prematrimoniales, pues se darían ya dentro de un ma­
trimonio incipiente, que se va realizando hasta su total pleni­
tud. Se trataría de darle una m ayor firm eza social y pública a
lo que hoy constituye, com o el noviazgo, los esponsales o la
petición de mano, un hecho privado y sin ninguna vinculación
jurídica46.
No vamos a discutir las posibilidades y lím ites de las
actuales reflexiones sobre el te m a47. T odos adm iten la nece­
sidad de una cierta institucionalización y no puede negarse
que han existido otras formas diferentes de realizarla y que,
en teoría, serían posibles otras nuevas, incluso m ejores que
las existentes en la actualidad. Pero volveríam os de nuevo a
preguntamos por qué no son lícitas las relaciones sexuales
con anterioridad a ese momento. Si los esfuerzos realizados
solventan algunas dificultades, no disipan po r com pleto todas
las dudas.*60

CTjpiczan a cohabitar antes de l a conclusión definitiva del matrimonio, el


lat <J*UC UDa cohabitación no es conform e al evangelio, ni a
a^ CanaS cn muchos Los que así cohabiten no deben
sacr cntos"’ SlMP°sio de C onferencias de e p is c o p a l e s

t e c h r é t í m £ Aj f ^ ' Re™m"landQt'on sur le maríage et la vie d e fa m é


entre los m oralistaj^rf*’ Doc9 j th 78 (1981) 1020. L a misma diferencia Hay
prises avec 'le marino SC? tld o restTlctivo, D - N othomb, La pastorale au*
toleran^ R. 45 O 984) 57-74; y con sentido
60 (1989) 7 3 - 7 7 ’ l°Re Rar ^taPes c^ez Karimojond , Telema 5

in s is te n e n l^ o w ió n d /ü .2 7 , .“ 2 8 2 * M - V id a l , o .c . (n . 2 ), 4 3 6 -4 4 0 .
tn m o n ia l. uevas in s titu c io n a liz a c io n e s p ara el a m o r p re m a

42).
y A. H oR m A N o^^0’(il *ld5)flC5 9 ? ^ ) apilTltadas por M ' CuYÁS’ a x (n‘

294
26. C o n c lu s ió n

La respuesta debería ir por el cam ino que hemos apuntado. Lo


que tiene v erdadera im portancia es que el noviazgo se viva
como una auténtica escuela y verificación del amor, cuyo
aprendizaje resulta siem pre difícil y arriesgado, máxime cuan­
do el sexo prem aturo despierta falsas esperanzas e ilusiones
sin fundam ento. Si ese cariño no existe, la relación será siem­
pre m entirosa, y cuando dos personas han llegado a quererse
de verdad, habrán descubierto con una inmensa alegría que
tienen otras m últiples form as de m antener su comunión amo­
rosa. Sin negar la posibilidad de alguna excepción, por moti­
vos justifican tes y serios, el valor de la norma sigue teniendo
vigencia.
La dificultad m ayor radica en que ese trabajo ascético de
dominio y m aduración, aunque pedagógicam ente sea necesa­
rio, no despierta ningún interés, ni se le concede otra utilidad
en el am biente que reina. Por eso, cuando el problema se
presenta, no basta dar una norma, teniendo en cuenta que los
argumentos de autoridad no resultan hoy especialm ente váli­
dos, sino que la ayuda m ejor consistirá en descubrir las mo­
tivaciones existentes por debajo de esa tensión insoportable.
Sin olvidar que, para vivir el sexo de una manera controlada
y sin fuertes presiones, se requiere una serie de condicionan­
tes previos, que cada uno tendrá que conocer según las cir­
cunstancias.
La seriedad de este esfuerzo servirá mucho para discernir
los diferentes grados de m oralidad que pueden darse en un
mismo co m p o rtam ie n to 48. El que creyera que por esta absten­
ción responsable y conscientem ente aceptada iba a quedar
estancado en su am or, o no supiera cóm o mantenerlo y ma­
durarlo, ten d ría razones para poner en duda su sinceridad o
sus propias posibilidades. 1

reconocen estas diferentes si-


1 L o s m is m o s d o c u m e n to s d e l m a g is te rio
*“**iones objetivas y personales. A. Luniau, a.c. (n. 26), 15-17.
295
Capítulo 10
LA ÉTICA MATRIMONIAL:
d i m e n s i ó n AMOROSA Y PROCREADORA

1. El a m o r y la p ro c re a c ió n :
u n a d o b le ex ig en c ia ética

La sexualidad hum ana, cuando se vive dentro de la vida


matrimonial, ya hem os dicho que encierra una doble dimen­
sión: unitiva y procreadora. La entrega corporal es el símbolo
y la m anifestación de un am or exclusivo, que se abre y encar­
na en la procreación. De la m isma manera que esta requiere,
a su vez, para que sea auténticam ente humana, un clima de
cariño, indispensable para la educación posterior. Nadie pue­
de poner en du d a estas dos exigencias fundamentales del
matrimonio, de las que se derivan tam bién una doble obliga­
ción ética: la de am arse con un cariño fiel y único que lleva
a una com unión total, y la de quedar abiertos al hijo, como
prolongación del propio am or. La paternidad y la vinculación
afectiva ap arecen así com o la tarea ineludible de toda pareja.
Si el d inam ism o del sexo estuviera estrictamente regula­
do* com o en el m undo de los anim ales, no se plantearía nin-
conflicto ético, pues todo quedaría dirigido por la teleo-
°gía del instinto, que sólo se despierta cuando la procreación
es posible. En la especie hum ana la pulsión sexual es mucho
dúctil y com pleja, dejando en manos de la libertad su
te n ta c ió n y destino. Se desea com o lenguaje de amor, sin
Ocluir su ca rácter lúdico, festivo y placentero, pero no siem-
f * debe b u scar la procreación com o fruto inmediato. ¿Sena
£ * 0, entonces, elim in ar su dim ensión fecunda o habré de
^ n f ic a r s e m ás bien el gozo de una comunión amorosa? Dicho
297
jerarquía e importancia que se otorgue a estos valores inhe­
rentes a la sexualidad. Por eso vale la pena que, antes de
reflexionar sobre cada uno de ellos en los siguientes capítulos,
tengamos una visión de conjunto sobre la elaboración de esta
doctrina a lo largo de la historia.

2. Primacía histórica de la procreación:


la génesis de una doctrina
Durante muchos siglos, la tradición ha insistido de forma casi
exclusiva en la primacía de la procreación. La doctrina quedó
perfectamente formulada en el antiguo D erecho Canónico: l‘La
procreación y la educación de la prole es el fin primario del
matrimonio; la ayuda mutua y el rem edio de la concupiscencia
es su fin secundario1’ La duplicidad y je rarq u izació n de estos
fines era ya un patrimonio antiguo que venía desde lejos.
Todos están de acuerdo en que el origen hay que buscarlo
en san Agustín, el gran teólogo, cuya síntesis sobre el matrimo­
nio perduraría largo tiempo en la historia. N o sólo recoge los
datos importantes de sus antecesores, sino que elabora y ofre­
ce una visión personal mucho más com pleta y razonada. El
punto de partida que justifica su p ensam iento es un doble
enfoque de la unidad matrimonial. La n aturaleza social del ser
humano comienza con esa prim era unión entre el hombre y la
mujer a los cuales no los creó D ios po r separado ni juntó
como extraños, sino que a ella la creó de él, señalando tam­
bién la fuerza de la unión en el costado del que ella es fot'
mada. Se unen efectivamente por el costado aauello s que cami-

298
La conclusión que hem os subrayado es bastante significa­
tiva. El hijo aparece no com o fruto del amor espiritual y
profundo de los cónyuges, sino com o una consecuencia de su
unión sexual. Es decir, el m atrim onio puede considerarse como
una com unidad am istosa de am or o como una institución
ordenada a la fecundidad. Veamos su reflexión sobre cada
uno de esos aspectos.
Todas las alabanzas que atribuye al matrimonio, se refie­
ren de ordinario a esta prim era com unidad espiritual, donde el
sexo no tiene que hacer acto de presencia. Más aún, a medida
que el am or se desvincule de su expresión cam al, la pareja
cristiana conseguirá una com unión más estable. La continen­
cia total aparece así com o el ideal y la meta del matrimonio
creyente. A quellos que son capaces de seguir este camino, por
mutuo acuerdo, no sólo no com prom eten la estabilidad de su
amor, sino que llegan a fortalecerlo con mayor solidez, ya que
su vinculación no se apoya sobre los placeres del cuerpo, sino
sobre el afecto voluntario del corazón '. El esfuerzo por libe­
rarse de la concup iscencia fom enta y refuerza la caridad con­
yugal, ya que "cuanto más se reprim e aquélla, con tanta más
fuerza se confirm a ésta’' 4.
De ahí su interés en dem ostrar, por encima de todo, que
dos personas pueden ser cónyuges sin necesidad de la unión
corporal \ com o fue verdadero el m atrim onio de José y María
“quienes nunca llegaron a unirse” 6. Asi se explica también la*19
nio e c o n c u p is c e n z a in sant Agustino, en A A .V V ., Etica sessuale e matrimo­
nio nel c r i s t i a n c s i m o delle o r i g i n i . V ita e P e n siero . M ilán 1976, 212-272; D.
Covi, El valor y el fin de la actñidad sexual según san Agustín\ A ugustinus
19 (1 9 7 4 ) 1 1 3 -1 2 6 , y Libido e suo contesto operativo secondo l antropología
o g o s tm ia n a % Laurentinum 21 (1 9 8 0 ) 3 -2 6 ; F G il Hellín. L o s ’bona matnmo-
nir de san A g u s t í n . R e v A g u s 23 (1 9 8 2 ) 129-185; P. L anga. Sa*' A&s*ín y
el progreso de la teología matrimonial. S e m in a rio C o n ciliar, T o led o 1984, J.
Marcilla, El matrimonio en la obra pastoral de S Agustín, A ugu stin u s 34
(1989) 3 1 -1 1 7 .
De nuptiis et concupiscentia , lib. 1, c. 11. n.® 12 (PL 44. 420). De
c°nitígus adulterinis, lib. 2, c. 12, n.° 12 (PL 40, 478-479).
, Serr*o 51, c. 13, n.° 21 (PL 38, 345). . hí
Contra lu lia n u m , lib. 5, c. 16, n.° 62 (PL 44. 818). La opmi n .
se a s u m í a en que “de ningún modo puede darse matrimonio cuando
“ t*» '« cópula", ib. lib. 5 c. 12. n.« 46 (PL 44. 810)
r “¿Por qué no van a permanecer casados los qpe ^ cantes
"""«ician a la cópula, si José y Mana permanecieron cónytges, ctmcupis.
"ca llegaron a unirse por mutuo consentimiento. De V
n" a- lib. I, c. 12, n.° 13 (PL 44, 422).
299
validez de los matrimonios que no han podido ten er hijos o
de aquellos que se contrajeron en la ancianidad, cuando el
ardor de la pasión ha perdido su fuerza . D esde esta perspec­
tiva, la abstinencia no sólo se convierte en un ideal, sino que
ni siquiera la procreación hay que buscarla com o una exigen-
cia fundamental del matrimonio.
Es curiosa, en este sentido, la explicación que hace sobre
la castidad de los patriarcas en el AT. En aquella época las
relaciones sexuales eran necesarias para la subsistencia del
pueblo elegido. Por eso, la continencia era im posible para
aquellos que tenían la obligación de procrear, pero en la nue­
va situación creada por Cristo, esta obligación ha desapareci­
do por completo: “La castidad del celibato es m ejor que la
castidad conyugal. Abrahán no practicó de hecho nada más
que la segunda, pero como hábito poseía las dos. Fue casto
como esposo y lo hubiera podido ser sin esposa; pero en
aquellas circunstancias no fue o p o rtu n o 8. Si todos fuesen
capaces de abrazar la continencia, “ la ciudad de Dios se lle­
naría con más rapidez y más pronto llegaría el fin de los
tiempos” 9. El caso de los abelonios lo p resen ta como un
modelo ejemplar. Eran trabajadores del cam po, cuyos matri­
monios se habían com prom etido con voto de castidad y los
hijos que mantenían habían sido a d o p ta d o s10. El énfasis que
pone en la virginidad, cuando habla p recisam ente del matn-
monio, manifiesta con evidencia su actitud personal: “Cuanta
más virtud tienen los esposos, m ás pronto renuncian de co­
mún acuerdo a sus relaciones cam ales” 11.
Si todo esto tiene sentido com o com unidad natural, mu*
cho más factible resulta si a ello se le añade la concepción
cristiana de la fidelidad y de la indisolubilidad del matrimo-
nio. Los celos y las sospechas desaparecen, cuand o marido y*2

* Ib Í T ° i C0" ' T ,\ lib '• c- 3- n ° 3 (p L 40., J/D).


. í' b c- }}■ »• 27 (PL 40, 392).
2, c; 12,’ nV 12 (PL0!!!),°4 7 g-4 7 9 )4° ’ 38° ' 3 8 ,) ' De coniu8 iis adullerinis. '
“ 87 (PL 42, 47).
« ■ ^ f c d ' E ¡ L Kb- 1 C- ?• n " 3 (PL 4°. 275). Es cunoso c o n -g
®on que se refiere a la * matrimonio, la frecuencia extraordin
» ^gimdad. Lo mismo que. .1 habí*'*
nrginiiate, lrb I, c. 9, (^ 4 ^ '“o^°n,menc'a’ 9ue se case" De Stt

300
mujer han espiritualizado su am or y no necesitan para nada el
ejercicio de su sexualidad. El ideal de la pareja cristiana seria
la unión profunda de dos personas, que tienen como meta una
vida virginal. H asta aquí no existe ningún problema. Las di­
ficultades van a surgir al tratar del segundo aspecto, mucho
más com plejo y oscuro en la m entalidad de la época: el
matrimonio com o com unión corporal.

3. Circunstancias personales y ambientales:


la búsqueda de un equilibrio

Son m uchas las circunstancias personales y culturales que


inevitablem ente han de condicionar su pensam iento en una
determinada dirección. En prim er lugar, no puede olvidarse el
mundo de sus propias experiencias personales que le marca­
ron con toda seguridad. La vivencia de sus quince años, junto
a una m ujer de la que tuvo un hijo, le hizo ver “la distancia
que hay entre la reserva del contrato conyugal, concluido con
miras a la procreación, y el pacto de am or voluptuoso, donde
el hijo nace a pesar de la voluntad contraria de sus padres” ,2.
Si a esto añadim os el clim a de orgía y desenfreno, tan fre­
cuente en aquella época, es com prensible que su punto de
partida sea b astan te pesim ista. El m ism o vocabulario que
utiliza sobre el sexo es altam ente significativo. Los términos
de tiniebla, m ancha, vergüenza, esclavitud, pasión y otros
muchos parecidos son frecuentes en sus escritos. Incluso cuan­
do habla de la belleza o encantos de la mujer, es para denun­
ciar, con un sentim iento de culpa, la seducción y fugacidad
que él m ism o había experim entado.
Más im portancia todavía alcanza el clim a polémico en que
nacen sus reflexiones. Por una parte, se encuentra con todas
las tendencias negativas en tom o al m atrimonio y, más en

“ C o n fesio n es , lib. 4, c. 2, n.• 2 (PL 32, 693-694). Sobre los «yeetts


fo n a le s , puede verse la interesante obra de P. Brown. Biografía *
de H ipona , Revista de Occidente, Madrid 1969. Este concubinato ™
C.0n «acritud a lo que significa una situación semejante en nuestro tumpo
* veces equivalía en la práctica a una especie de rnatnmonio
tuvo que separarse de ella, a instancias
^ madre, confiesa que su corazón “quedó destrozado y
,,nW*w. ib, lib. 4, c. 15, n.° 25 (PL 32, 732).
301
concreto, a la procreación. El gnosticism o, bajo sus múltiples
formas libertinas y rigoristas, c° inc|d ía en negar al m atrimo-
nio su orientación a la fecundidad . Esta c o m e n te antigua,
con la que ya se enfrentó san Pablo en la Iglesia de su tiempo,
tuvo una prolongación en el m am queísm o, contra el que luchó
de una forma tan directa san Agustín.
El dualismo maniqueo distinguía un d oble principio -~e|
reino de la luz y de las tinieblas— que se m ezclan confusamen­
te en las personas. Su ética era un intento por rescatar las par­
celas luminosas inherentes y ocultas en lo som brío de la mate­
ria. De ahí, las c o n sec u en cias p r á c tic a s de un ascetismo
riguroso, que prohibía el m atrim onio a los verdaderos elegidos.
Aquellos que por debilidad no pudieran contenerse, se les per­
mitía la unión sexual, pero con la condición de evitar los hijos
para no multiplicar las esclavitudes que encerraran a la luz en
las tinieblas. La hostilidad hacia el m atrim onio y, sobre todo,
hacia la procreación era m anifiesta en sem ejante ideología14.
En el otro extremo se acentuaba la postura contraria. Las
tendencias libertinas, incluso con una base ideológica, habían
penetrado también en el am biente cristiano. E xisten testimo­
nios de los desenfrenos que se encubrían con lenguaje religio­
so: “Hay quienes designan a cualquier acción venérea pública
como una mística com unión..., y ju zg an que ella les conduce
al reino de Dios” 15. Este optim ism o excesivo sobre la sexua­
lidad era mantenido, en tiem pos de san A gustín, por lo jovi-
nianos, que cometían el error de “ igualar el m atrim onio con
la virginidad1 l6, y por toda la teología p elagiana que, al negar

Una síntesis de los p la n te a m ie n to s h is tó ric o s a n te s d e san Agustín en


r , . ANCA’ aSusíiniano de "crescite et multiplicamini " (Gen
EstA gus 18 (1983) 3-38. S obre el g n o s tic is m o c f F. G ar c ía B azan , Cmosis
lo esencia del dualismo gnóstico, C a s ta ñ e d a , M a d r id 1 9 7 8 ; G . F i l o r a n o .
Roma^l<fsn>5 ^ M } 0 ¿ Ul¡ lllu m in ^ o n e n e llo g n o s tic is m o , August.manuni.
a

“ monde Un,vcrsi,¿ ca
el hecho^de í |Vosol^os q u ien es c o n sid e rá is la p ro c re a c ió n d e los hijos. P*
ta c o h a h i Uga n a la c a ™ . c o l u n p e c a d o m á s «
O M a ru cH eo ru m , 1 8 .6 5 (PL 32. I 3 ™ tf

TodI e U a S EN^ DX P’r R,A' ' 4 (P° 8< ''V a r a ' " * 1’
>odo «po de libertinaje sexual. " vfl/en ‘°S *w 9 ** P
I® 2.^2,T(W.V<3 f

c b' ’’ C' l9, n ° 19 <PL 4°. 405>:
»). Es un error del que trata con frecuencia.
Ketrocto"0'10'
302
la concupiscencia en la situación redim ida del bautizado, se
enfrentaba al sexo sin ningún tem or o prevención. No sólo el
matrimonio es algo bueno; tam bién la sexualidad está libre de
pecado y corrupción, pues el cristiano no lleva encima las
consecuencias del pecado o rig in a ll7.

4. Bondad del matrimonio y malicia de la sexualidad:


una síntesis difícil

San A gustín se enfrenta, entonces, con la necesidad de pro­


teger, por una parte, la bondad del matrimonio y de la procrea­
ción contra todas las tendencias pesim istas, y la de evitar por
otra los peligros e ingenuidades del sexo, o un laxismo exa­
gerado en la m oral del placer. Si el matrimonio es bueno, el
ejercicio de la sexualidad se halla transido por la malicia y el
desorden de la concupiscencia. Se trata de un mal que deberá
justificarse por algún m otivo: “En efecto, lo mismo que es un
mal usar mal de los bienes, de la misma manera es un bien
usar bien de los m ales"'*. Por ello, cuando busca el sentido
del m atrim onio com o unión biológica de sexos diferentes, el
significado del encuentro sexual, su respuesta se repite de
manera constante: la procreación será el motivo básico que
justifica ese placer: “ La procreación de los hijos es la razón
primera natural y legítim a de las n u p cias"l9.
Este vínculo entre m atrim onio y procreación no tiene ori­
gen cristiano. Era una doctrina com ún en muchas ideologías
de la é p o c a 20. N o es extraño, por tanto, que él también lo
acentúe dentro de su visión cristiana y lo mantenga como
criterio decisivo de la ética matrimonial: “Aquél que va más
ajlá de esta necesidad (procreadora) no obedece ya a la inte­
ligencia sino a la p a s ió n " 21. Por ello, la ley eterna no permite

" P L ancia , o .c . (n . 2 ). 2 5 5 -2 6 9 ; C. T ib il f t t i . T eología p e la g ia n a su


C€h b a io /m a trim o n io % A g u s tin ia n u m 27 (1 9 8 7 ) 4 8 7 -5 0 7 , H.
^ P isc e n c e c h a r n e lle s e lo n s a in t A u gu stin . B u llL itE ccl 88 (1 9 ) " '
2 9U7r *F‘ San A g u stín y la s e x u a lid a d m a trim o n ia l, A u g u stm u s 35 (1 9 9 0 ) 17V

I! Hetractationes, lib. 2, 22, 2 (P L 32, 639L


De coniugiis adulterinis, lib ., H, c. 12, n. 12 (P * ¿ ¿ .¿ g
dona J- T N° onan. Contraeeption el mariage, Dv Cerf, P»ns 1969, 6V6B,
j,c a P ° r ta te x to s b ie n s ig n ific a tiv o s .
Oe b o n o comugali, lib . I . c. 10. n * I I (P L <0. » » •
303
otras relaciones sexuales que las necesarias a la fecundidad^
y exigirlas sin este motivo constituye, al m enos, una falta
venial2223. De ahí su crítica contra aquellos que se atreven a
juntarse con sus mujeres durante el tiem po del em barazo o en
períodos considerados agenésicos, según la m edicina de en­
tonces24. La única excepción a esta norm a se daría cuando la
relación sexual se acepta para evitar el adulterio del otro
cónyuge, pero el esposo que la pidiera p o r esa causa no qUe.
daría exento de culpa25.
Desde este presupuesto se acerca a la E scritura para encon­
trar en ella una nueva y definitiva confirm ación. El pasaje del
Génesis, donde la mujer es presentada al hom bre como su
ayuda y compañera, le suscita la siguiente reflexión:
“Si la mujer no fue creada para ayudar al hombre en la pro­
creación de los hijos, ¿para qué ayuda fue creada? Si lo fue para
trabajar juntos la tierra, aún no existía el trabajo que necesitara
su ayuda; y si hubiera sido necesaria, mejor hubiese sido la
compañía del hombre; lo mismo puede decirse sobre la compa­
ñía, si la soledad era lo que le molestaba. ¿No es mejor para
convivir y charlar la reunión de dos amigos que la del hombre
y la mujer?” 26.

Aunque san Pablo permita las relacio n es sexuales como


un remedio a la incontinencia — “no sea que el diablo os
tiente si no podéis conteneros” (IC o r 7,5)— , esta conducta no
deja de ser pecaminosa. R ecogiendo la interpretación de san
Jerónimo, que traduce el térm ino latino in d u lg e n tia como
venia, concluye que sería absurdo afirm ar que no hay pecado,
allí donde se concede el perd ó n 27.

22 Contra Faustum manichaeum, lib. 22, c. 61 42,


zí De bono coniugalU lib. 1, c. 7, n.° 6 (PL 40, 3/5). gí
24 Ib, lib. 1, c. 6, n.° 5 (PL 40, 377); De moribus tccie
chaeorum, c. 18, n.° 65 (PL 32, 1373). .
24 Ib, lib. 1, c. 7, n.# 6 (PL 40, 378). ^ Con
24 De Genesi ad Htteram, lib. 9, c. 5, n.° 9 (PL 34, ayj1
presupuestos su conclusión es evidente: “no encuentro, P°r „ y cr tan*®'
puede prestar la mujer al hombre, si eliminamos la de dar a uz
el c 2, n.# 4 (PL 34, 394-395).
De bono coniugali, lib. 1, c. 10, n.° 11 (PL 40, 38D-
304
5. U na m e n ta lid a d d u a lista :
in flu jo s p o ste rio re s

No es necesario insistir más. El aspecto procreador, que ya


estaba presente con anterioridad, alcanza con san Agustín su
co nfirm ación d efin itiv a en aquella época, dentro de una
m entalidad dualista que va a m antenerse durante mucho tiem­
po. La oposición entre la com unidad am orosa del matrimonio
y la unión sexual queda dem asiado acentuada. Lo único que
justifica esta últim a es la finalidad procreadora, pero descubrir
la dim ensión unitiva no era por el m om ento posible. El mun­
do de la am istad y del sexo aparecían divorciados, como fuer­
zas irreconciliables. Si algo podem os decir de su doctrina es
que fue de una lógica im presionante. Buscó la única solución
aceptable en aquellos m om entos para que se viviera el sexo
con toda su dignidad, y de ahí sacó las consecuencias prácti­
cas. Q uererle exigir m ás sería tan absurdo como echarle en
cara a los galenos de entonces no haber utilizado en su me­
dicina la eficacia de los antibióticos. Pero ya tenemos a la
p rocreación com o la norm a básica y prim era de la ética
m atrim onial, pues “con la propagación de los hijos se com­
pensa lo que se cede a la incontinencia en el matrimonio” a .
No hay que extrañarse, por ello, del rigorismo que manten­
drán m ás adelante todos los autores que en él se inspiran. Las
m últiples citas que podrían recogerse vuelven a recordar su
pensam iento: “ Los cónyuges perm anecen sin culpa en la unión
que realizan no para satisfacer su pasión, sino para recibir la
p ro le29, pues “cuando alguno vive lujuriosamente, yendo más
allá de la necesidad de procrear hijos, ya está en pecado M.
Los libros penitenciales, que orientaron durante muchos si­
glos a los confeso res en la práctica de la confesión sacramGi-
tal, aplican tam bién la doctrina agustiniana con todas sus
consecuencias. B aste un ejem plo como testimonio y confir­*l

me coniugiis adulterinis, lib. 2, c. 12, n. 12 (P L . • ^


San G regorio M agno, Moralia, lib. 32, c. 20 . n. 3 9 ( m ach o s
l<xlo e s te p e r ío d o h a s ta la p rim e ra e s c o lá s tic a , p u e d en v e r s e 0f
The amplexus reservona
te s tim o n io s e n A . Exner, o tta w a 1963.
Catholic Doctrine on the Use of Marriage, U m v e rsity P ress, O tta

10 S an I sidoro db S evilla, De ecctesiasticis a 20


8 12), donde se hace referencia a la doctrina de san Agustín.
305
n,acjórr “Si alguno tiene una m ujer esten l no la abandonará
L SU esterilidad, pero deberá vivir en continencia y el ma.
tVimonio será bendecido, si persevera en la castidad del cuer­
po hasta que Dios pronuncie un ju icio ju sto y verdadero sobre
ellos'’31.

6. La naturaleza de la sexualidad:
nuevas reflexiones

Durante la primera escolástica, bastantes teólogos y canonis­


tas hablan de una doble finalidad del m atrim onio, según se le
considere antes o después del prim er pecado. En un primer
momento, su única función fue la procreadora para asegurar la
multiplicación de la especie, aunque se había discutido mucho
cómo hubiera llegado a realizarse. D espués de la caída, sin
embargo, la unión sexual aparece tam bién com o rem edio a la
naturaleza pecadora. Su búsqueda com enzaba a estar permiti­
da, pero con la intención siem pre de procrear, a la que se
añadía la de dar el débito pedido y evitar la incontinencia del
cónyuge. Aun así, el que se gozara con el p lacer presente en
la unión sexual cometería un pecado leve, pues “ si algún
hombre santo se uniera a su propia m ujer por caridad y de
ningún modo le agrada la delectación ahí presente; más aún,
si hasta le resultara odiosa, entonces tal relación se realiza sin
ningún pecado; lo cual rara vez sucede” 32.
La influencia de Aristóteles sobre otras corrientes filosó­
ficas del pasado iba a ser decisiva en este punto: “ El placer
propio a una actividad válida es bueno y el que produce una
acción indigna es malo” 33. La abundancia de placer que la
naturaleza ha puesto en el coito es p recisam ente para que se
desee con más fuerza la perm anencia de la esp ecie y para que
la delectación del que actúa perfeccione la acció n ’” *4. Santo

bit UnivCTsUv^NueC» vM’i,G¡'¡í,,ER' Medieval Mandbooks o f penalice, Colu"’'


e' « g l o T L « a T J „ ° rk ' 938t P' 95 Uno de los más utilizados dura
mujer ealtril, tos dos v w ír iT ? E" el Cas0 de quc a,gun0
4 p T " AUXE¿ , 2. CNRS. * ■

” San GwimwoMaqÍÍo Espasa-Calpe, Madrid 1972. P- 2í5'


MaONO- ,n d. 26, a. 7; d. 31. « 31
’ y S em en u a ru m .
306
Tomás se m antiene fiel a esta línea, cuando afirma que “el
mismo juicio cae sobre la acción y el placer. El placer de una
acción buena es bueno, el de una acción mala es malo” 35
Ahora no se trata de ver cóm o puede justificarse, sino de
profundizar en la naturaleza del sexo para com prender cuándo
su ejercicio está perm itido y aceptar, por consiguiente, la
delectación que de él se deriva.
El concepto básico de ley natural, como capacidad del ser
humano para gobernarse a sí m ism o y convertirse en pequeña
providencia, sigue teniendo aún valid ez36, pero cuando hace
referencia a las inclinaciones naturales, su pensamiento, tal
vez, se hace tam bién tributario de la época. La sexualidad,
desde esta perspectiva, se m anifiesta como una inclinación
idéntica a la del m undo de los animales. Según la división
admitida con anterioridad, existe un derecho natural, propio y
específico para regir el com portam iento de éstos, y un dere­
cho de gentes, exclusivo para los seres humanos. La defini­
ción tantas \c c e s repetida de que el hombre es un animal
racional parte, en el fondo, de este mismo presupuesto. Antes
de especificarse por su racionalidad, el hombre pertenece al
género com ún de los anim ales. Siguiendo la definición de
algunos ju rista s, la ley natural, en este nivel, manifiesta lo que
la naturaleza enseña a todos los animales “como es la unión
del m acho y de la hem bra, la educación de los hijos y otras
sem ejantes" ' 7.
Si la sexualidad abarca a todos los animales, sus exigen­
cias prim eras no son las propias y características de la perso­
na, sino las que dim anan del m undo irracional. Las realidades
biológicas expresan tam bién la voluntad de Dios, como autor
y dueño de la naturaleza. Ella nos ofrece, por tanto, los pri­
meros p rincipios m orales de actuación a los que deberá some­

Supplementum%q. 4 9 . a. 6. _ .__
J * S o b re e l te m a d e la le y n a tu ra l, c f E. LOrez A m * m " «
* '« itíea cristiana, P a u lin a s . M ad rid 1991, 137-150. d onde p r e s t o l «
P roblem as d is c u tid o s e n to m o a e s te c o n ce p to , ju n to con pe

. ” S T A ^ I - I I , q. 9 4 . a. 2 c . L a d e fin ic ió n v a ria í* S d o «
d e R o m a : “ E l d e re c h o n a t u n l e s lo q u e '» sin o de
°S a n im a le s . P o rq u e e s te d e re c h o no es p ro p io d e g t n [C orpus
°*> s lo s a n im a le s q u e n a c e n e n el c ie lo , e n la t t e r n y « el m r
ur,s civilis. In s t. I. 2 . II).
307
terse la misma razón hum ana38. Lo que los anim ales conocen
a través de sus instintos, la razón lo descubre im preso en las
tendencias naturales39.

7. Exigencias genéricas y personales:


otra forma de dualismo
Según los anteriores presupuestos, la p rocreació n continúa
siendo, aunque por caminos diferentes, el valor fundamental
del sexo. Toda la estructura biológica tiene un m arcado carác­
ter procreativo y la misión del m atrim onio participa de esta
misma orientación40. Como había dicho san A gustín, la única
ayuda que la mujer puede prestar al hom bre es con miras a
esta finalidad procreadora41. Aquí tam bién exim en de pecado
las relaciones que buscan m antener la fidelidad del otro cón­
yuge, pero exigirlas por ese m otivo supone un exceso venial
pecaminoso contra la virtud de la te m p e ra n c ia 42.
La primacía de este aspecto es tan im portante que su nega­
ción constituye el grupo más perverso de pecados contra la
naturaleza. No respetar el destino de las estructuras sexuales,
como sucede, por ejemplo, en la m asturbación o en el onanis­
mo, se considera más grave — por su carácter c o n tr a natu-
ram— que la fornicación y el adulterio. En estos, al menos,
es posible mantener las exigencias genéricas del orden bioló­
gico y su dimensión fecunda. La conclusión, aunque parezca
extraña, es coherente con las prem isas establecidas. La razón
lo específicamente humano— ha de som eterse a estos pri­
meros principios, como base indispensable de la ley natural.
Junto a esta visión del m atrim onio, o rien tad a a la procrea­
ción, según estas exigencias genéricas fundam entales, la ley
natural humana lo acepta tam bién com o una m anifestación de
su carácter social, orientada hacia la am istad y la ayuda mutua
entre el hombre y la m ujer43. Según esto, la person a, en cuan­

„ ir***• *54, a. 12.


*„J "»• !¡I!i,qo.557
Ib', 'I-», q. 57, \ a. 3;3. SuppUn ,en,um' H
---------------- q 65, 8a. 1
152.
*■ i 7 í a C2 l; De ma,° ' q 5' *• S Th ' q
« q <9. a. 6.
* '' q S4’ * l2- y MI. q. 94, a. 3 ad 2.
308
to anim al, ha de buscar en su m atrim onio como objetivo pri­
mario la dim ensión fecunda, y en cuanto ser dotado de razón
la unión am orosa con su cónyuge, pero sin excluir la norma­
tiva anterior. La sexualidad ya no necesita ninguna razón
justificante para ejercitarla, pero sí debe responder a sus exi­
gencias naturales. A hora, lo m ism o que antes, la procreación
será el valor prim ero. Las otras finalidades permanecen en
segundo plano, una vez que se haya cum plido con la obliga­
ción fundam ental. A unque no se hable aún de la duplicidad y
jerarquización de fines, la idea estaba presente y se mantenía
como denom inador com ún y presupuesto de base. Las conse­
cuencias m orales tendrán que ser las m ism a s:44Aquel que usa
de la cópula por el placer que procura, sin ordenarla a su fin
natural, obra contra la naturaleza; y esto también es verdade­
ro, si la cópula se realiza en condiciones no aptas para la
consecución de este fin'144.

8. Un c a m in o q u e a v a n za :
n u ev a s m o tiv ac io n es para el encuentro conyugal

Según estos criterios, santo Tom ás no debería tampoco admi­


tir las re la c io n e s sexuales en tiem po de em barazo o en
m atrim onios estériles; sin em bargo, su interpretación es más
benévola que la dada por sus predecesores: “Si la generación
de m anera accidental, no pudiera seguirse de la emisión del
semen, esto no va contra la naturaleza ni es pecado, como
sucede, por ejem plo, si la m ujer es estéril” 45. El criterio moral
no será otro que la insem inación en el órgano adecuado de la
mujer, aunque la procreación no sea posible por otras causas
ajenas a la voluntad. La finalidad procreadora no tiene por
qué darse en todos y cada uno de los actos, pues la prohibi­
ción se lim ita a realizar la cópula de tal manera que aquel a
no se im pida de form a voluntaria.
Estas excepciones, al margen del fin procreador, se van a
ir am pliando de form a progresiva. Algunos se atreven por vez
Primera a criticar el pesim ism o existente en la tra ici

* Commentum in libros ¡V Sententiarum, d. 33, q. L * ^


Contra Gentiles, 3, 122.
que el acto sexual nunca se realiza sin alguna culpa. No sólo
para evitar la incontinencia o m antener la fidelidad del cón­
yuge, como ya se decía, sino que es lícito pedirlo para huir de
la propia fornicación. La misma salud se convierte tam bién en
un motivo justificante y hasta la búsqueda del placer se con­
sidera aceptable! “Afirmo que se puede desear el placer, en
primer lugar, por el gusto del placer m ism o y adem ás para
evitar el aburrimiento y la pena de una m elancolía que provie­
ne por la ausencia de este placer. Las relaciones conyugales
que sirven para evitar la tristeza, nacida por la falta de placer
sexual, no son culpables” 46. De m anera explícita se abando­
nan posturas de autores antiguos y recientes considerados de
gran autoridad. Que las nuevas opiniones fueron algo llama­
tivas se deduce por la prudencia aconsejada de no predicarlas
a la gente, sino en la confesión y de form a privada. Como
diría Mair, cuando repasaba la doctrina de los doctores, son
“hombres en mi opinión dem asiado rígidos” y sus opiniones
sólo sirven para “crear en muchas parejas conciencia de peca­
do” o habrá que interpretarlas con ciertas restricciones “por
miedo a condenar a todos los cónyuges” 47.
Por este tiempo se insinúa tam bién otra posibilidad. Hasta
el momento sólo se había enfocado el problem a de la licitud
o pecaminosidad de la cópula, considerada en la terminología
clásica como acto perfecto, pero, ¿qué pensar de los actos
imperfectos, es decir, de aquellos que no llegan a producir el
orgasmo? Es evidente que en ellos no puede existir una inten­
ción procreadora, ¿son lícitos dentro del m atrim onio? ¿Por
qué motivos pueden aceptarse?

• La sexualidad sin finalidad procreadora:


los actos imperfectos

el gran teól° g ° del matrimonio, sintetizaría


^ J i a n a a d las nuevas corrientes más liberales, que permi-

T? c ,,T r hw* Parts 1519, 31a.nal,zacl pensam,emo


Sententiarum ,

310
tían estos actos incom pletos. Siempre que estuvieran justifica
dos por alguna causa los consideraba lícitos y, aun buscados
por el solo p lacer, nunca pasarían de pecado venial4". El amor
aparece tam bién com o m otivo válido para este tipo de expre-
siones.
Es fácil que, com o el pesim ism o agustiniano sirvió de
apoyo en algunos puntos a la doctrina protestante, este hecho
impulsara algo al abandono de aquellas normas rigoristas. Pero
la doctrina de fondo perm anece intocable: la realización del
acto conyuga! sólo está perm itida si no se pone obstáculo a
la procreación, tal y com o hem os indicado. El fin primario
del m atrim onio así lo exige, aunque ya sólo para los actos
completos Una doctrina que se hace común y mayoritaria a
través de los m anuales que salieron después del concilio de
Trento4l\
Sin em bargo, a partir del siglo XVII renace un movimien­
to de inspiración patrística, cuyo rigorismo extremo desembo­
caría en la herejía jansenista. El resultado de este endureci­
miento por parte de autores católicos produce una nueva
severidad en las cuestiones referentes al matrimonio. Frente a
la mayoría de las opiniones existentes, se vuelven a negar los
avances efectuados sobre las m otivaciones del acto sexual o
la licitud de los actos incom pletos.
La procreación y dar el débito son otra vez las únicas
razones para perm itir el uso del matrimonio. Todas las demás
expresiones que no estén orientadas hacia esa finalidad, no
serán actos propios del m atrim onio sino de la prostitución.
Las m ism as caricias entre los cónyuges, sin sem ejarte finali-
dad, han de considerarse com o pecados mortales . De a h ,
Que B illuart, u n o de los autores más famosos y eminentes de
esta época, explica, por citar un ejemplo revelador, que a
autorización dada por la Iglesia para contraer matrimonio a
l°s viejos y estériles sólo es lícita con “la intención de vivir
J r\ |!K Q A 44 I) ° 8, 5 V 12.
De soneto matrimonii sacramento, lio. v, a. ’ ' <0 9 . 5 5 2 .
” Cf U p an e que ded.ca a este tiempo L.
V- Patuzzi, Ethica christiana sive theologta Th+ologia eknsúana
^ P- 2, tr. 10. disp. 2, c. 17, n • 4 y ^ ^ AC° ^ ^ 2^ .
&matico-moralis%Roma 1773, t. 9, lib. 2, d. 4. c. » • • ^
amina theologico-moralis, Lúea 1780, t l Vcr& cke, o.c.
^ pueden encontrarse en A. Exnfr, o.c. (n. 29), 174-1*4,
m. 49)

311
castamente o usar del m atrim onio únicam ente para responder
y no para pedir el débito conyugal” ' .
Las acusaciones de laxismo contra m u ch o s autores se
repitieron con frecuencia, hasta el punto de que lograron con-
seguir de Inocencio XI, después de serios esfuerzo s, una con­
dena de ciertas proposiciones consideradas com o escandalo­
sas, entre las que había una referente a la ética matrimonial:
“El acto matrimonial ejercitado por el solo placer carece por
completo de toda culpa y falta venial” 52. Sin em bargo, tal
condena no tuvo m ayor influencia en la práctica, entre otras
razones porque se interpretó de una m anera am plia. P o r el
só lo p la c e r se quería significar, según observaron algunos, la
exclusión de los otros fines del m a trim o n io 53.
San Alfonso intenta, como en otros puntos de su enseñan­
za, seguir un camino intermedio entre las posturas extremas.
Así entre las dos opiniones, la de orientación más liberal
—que defiende la licitud de los actos im perfectos no ordena­
dos a la cópula— , y la más estricta — que los ju z g a grave­
mente pecaminosos— , se queda en el centro afirm ando que
constituyen un pecado v en ial54. A unque su doctrina es más
severa que la de otros autores, por m iedo tam bién a ser acu­
sado de laxista, nos descubre nuevos horizontes e insiste de
forma repetida en el am or como m otivo lícito para el ejercicio
de la sexualidad55.

Ch. B illuart, Summa Sancti Thom ae hodiernis a c a d e m ic a r u m moribus


,V¿S’ P aris ,8 8 6 ’ vo1- 2 ’ 2 a d ° b i. 5. C o m o e n caso de no
los nivJÜ Ü!?411 ?P .meteJ m ay o re s p e ca d o s, c o n v ie n e d is im u la r y n o insistir en
dí SU m a trim o n io - A lg u n o s a u to re s m o ra lis ta s de este
X T ^ r npdT d0S POr SUSherejías ja n s e n is ta s . C f D T h C II. t. 6. col
Ctarittus 34 (1987)" 183-*90 W’ U m° " l i e du riS o rism e a u x 17 et s,écles'
” DS. 2109 (1159).
* San t o Z C
MN.SL ? nUS n '° lo g ¡a e m o ra lis, 9. 3. 32-33.
3, tr 4, c 2 d 2 n ° J í i Ll™ R,° ' Theologia Moralis, R o m a 19 0 5 -1 9 1 2 . I>b
n iL ' . I ’ ’ "o - 6. c. 2. d 2 a l n ° o t ?
StMor 2?O M 7)S35? 3l ,f *?Jíeva,ir dü rigorisme el du Uguo^
nidod p a s t o r a i S o a A ^ l ^ V'DAL' Fren" °> g r i s m a moral, b e *
<*nd 1986. mis re su m id ~ n T on <l696-l™7), Perpetuo Socorro. M»
histórico de la moral a f f o a la benignidad. S ig n ifi^
NTa»te. Modelos morale, SiZ ' r ^ T * X'} 10 (,988> l57- |9 l : E
moral, Moralia 10 (1988) 467-484°^° ^ on,° en historio d

312
10 Jerarquía y subordinación de los fines:
una sín te sis doctrinal

Poco a poco la u n an im id a d se hace m ayor en to m o a estas


cuestiones, au n q u e de vez en cuando algún autor pretenda
trasladamos a los tie m p o s a n te rio re s 56. C om o diría la C a s ti
connubii: “ H ay, pues, tanto en el m ism o m atrim onio com o en
el uso del derech o m a trim o n ia l, fines secundarios, com o la
ayuda m utua, el fom ento del am or y la seducción de la co n ­
cupiscencia, cuya c o n sec u ció n de ninguna m anera queda pro­
hibida a los esp o so s, con tal de q uedar a salvo la naturaleza
intrínseca del acto y, p o r tanto, la subordinación debida al fin
primario” 57. En la p rác tica , esto equivale a respetar la función
procreadora, sin o b stá cu lo s (m ed io s anticonceptivos) que la
imposibiliten, cuan d o se realiza el acto m atrim onial com pleto,
pero no im pide, co m o se ad m itía por la casi totalidad de
autores, el ejercic io de la sex u alid ad en los actos incom pletos
por cualquier fin h onesto.
De nuevo, sin em b arg o , nos v olvem os a encontrar con una
doble visión del m a trim o n io y con una doble finalidad. El
mismo Pío XI hace referen c ia al