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EL EJEMPLO DE GENEROSIDAD DE PABLO

Sirviendo al Señor […] y con pruebas que vinieron sobre mí por causa de las intrigas
de los judíos (Hch. 20:19)

Al dirigirse Pablo a los ancianos efesios, y describir el ejemplo de su propio ministerio,


conduce la atención de ellos a lo que conocen por experiencia, de primera mano, en
cuanto a su coherente ministerio en medio de ellos. «Vosotros bien sabéis cómo he sido
con vosotros todo el tiempo, desde el primer día que estuve en Asia» (20:18). Al hablar
de cómo se comportó estando en medio de ellos, cita su humildad, su compasión y su
generosidad. «Sirviendo al Señor con toda humildad, y con lágrimas y con pruebas que
vinieron sobre mí por causa de las intrigas de los judíos» (20:19).

Con anterioridad hemos visto que la presencia y el ministerio de Pablo en Éfeso


estuvieron marcados por las virtudes de la humildad y la compasión. En este capítulo
analizaremos la tercera virtud de un ministro idóneo y fiel del evangelio, como se
describe e las palabras «y con pruebas que vinieron sobre mí por causa de las intrigas
de los judíos». Consideremos, pues…

1. Lo que estas palabras describen

2. Lo que implican sobre el carácter y el papel de Pablo como ministro del evangelio

3. Lo que el ejemplo de Pablo nos dice sobre el carácter y el papel adecuados de


quienes desempeñan el oficio pastoral.

1. ¿QUÉ DESCRIBEN ESTAS PALABRAS?

¿Qué quiere decir Pablo cuando afirma: «Vosotros bien sabéis cómo he sido con
vosotros todo el tiempo, desde el primer día que estuve en Asia, sirviendo al Señor […],
con pruebas que vinieron sobre mí por causa de las intrigas de los judíos»? Prosigue
apelando al conocimiento que tienen, de primera mano, sobre su ministerio; esta vez,
sin embargo, alude a lo que ellos saben acerca de las condiciones o circunstancias en
las que ha servido al Señor en medio de ellos.

Como podemos ver en capítulos anteriores de Hechos, desde el principio de su


ministerio el apóstol tuvo que predicar el evangelio enfrentándose a graves oposiciones
por parte de la mayoría de sus compatriotas judíos. Consideremos los relatos
siguientes:

Pero Saulo seguía fortaleciéndose y confundiendo a los judíos que habitaban en


Damasco, demostrando que este Jesús es el Cristo. Después de muchos días, los
judíos tramaron deshacerse de él, pero su conjura llegó al conocimiento de Saulo. Y
aun vigilaban las puertas día y noche con el intento de matarlo; pero sus discípulos lo
tomaron de noche y lo sacaron por una abertura en la muralla, bajándolo en una canasta
(9:22-25).

Y estaba con ellos moviéndose libremente en Jerusalén, hablando con valor en el


nombre del Señor. También hablaba y discutía con los judíos helenistas; mas éstos
intentaban matarlo. Pero cuando los hermanos lo supieron, lo llevaron a Cesarea, y de
allí lo enviaron a Tarso (9:28-30).

El siguiente día de reposo casi toda la ciudad se reunió para oír la palabra del Señor.
Pero cuando los judíos vieron la muchedumbre, se llenaron de celo, y blasfemando,
contradecían lo que Pablo decía (13:44-45).

Y la palabra del Señor se difundía por toda la región. Pero los judíos instigaron a las
mujeres piadosas y distinguidas, y a los hombres más prominentes de la ciudad, y
provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé, y los expulsaron de su comarca
(13:49-50).

Aconteció que en Iconio entraron juntos en la sinagoga de los judíos, y hablaron de tal
manera que creyó una gran multitud, tanto de judíos como de griegos. Pero los judíos
que no creyeron, excitaron y llenaron de odio los ánimos de los gentiles contra los
hermanos. Con todo, se detuvieron allí mucho tiempo hablando valientemente confiados
en el Señor que confirmaba la palabra de su gracia, concediendo que se hicieran
señales y prodigios por medio de sus manos. Pero la multitud de la ciudad estaba
dividida, y unos estaban con los judíos y otros con los apóstoles. Y cuando los gentiles
y los judíos, con sus gobernantes, prepararon un atentado para maltratarlos y
apedrearlos, los apóstoles se dieron cuenta de ello y huyeron a las ciudades de
Licaonia, Listra, Derbe, y sus alrededores; y allí continuaron anunciando el evangelio
(14:1-7).

Pero vinieron algunos judíos de Antioquía y de Iconio, y habiendo persuadido a la


multitud, apedrearon a Pablo y lo arrastraron fuera de la ciudad, pensando que estaba
muerto (14:19).
Pero los judíos, llenos de envidia, llevaron algunos hombres malvados de la plaza
pública, organizaron una turba y alborotaron la ciudad; y asaltando la casa de Jasón,
procuraban sacarlos al pueblo. Al no encontrarlos, arrastraron a Jasón y a algunos de
los hermanos ante las autoridades de la ciudad, gritando: Esos que han trastornado al
mundo han venido acá también; y Jasón los ha recibido, y todos ellos actúan contra los
decretos del César, diciendo que hay otro rey, Jesús. Y alborotaron a la multitud y a las
autoridades de la ciudad que oían esto. Pero después de recibir una fianza de Jasón y
de los otros, los soltaron. Enseguida los hermanos enviaron de noche a Pablo y a Silas
a Berea, los cuales, al llegar, fueron a la sinagoga de los judíos (17:5-10).
Pero cuando los judíos de Tesalónica supieron que la palabra de Dios había sido
proclamada por Pablo también en Berea, fueron también allá para agitar y alborotar a
las multitudes. Entonces los hermanos inmediatamente enviaron a Pablo para que fuera
hasta el mar; pero Silas y Timoteo se quedaron allí (17:13-14).

Cuando Silas y Timoteo descendieron de Macedonia, Pablo se dedicaba por completo


a la predicación de la palabra, testificando solemnemente a los judíos que Jesús era el
Cristo. Pero cuando ellos se le opusieron y blasfemaron, él sacudió sus ropas y les dijo:
Vuestra sangre sea sobre vuestras cabezas; yo soy limpio; desde ahora me iré a los
gentiles. Y se quedó allí un año y seis meses, enseñando la palabra de Dios entre ellos.
Pero siendo Galión procónsul de Acaya, los judíos se levantaron a una contra Pablo y
lo trajeron ante el tribunal, diciendo: Este persuade a los hombres a que adoren a Dios
en forma contraria a la ley (18:5-6, 11-13).

Al llegar a Éfeso, las condiciones no son distintas a los demás lugares donde Pablo ha
intentado servir a su Señor.

¿Por qué estamos en peligro a toda hora? Os aseguro, hermanos, por la satisfacción
que siento por vosotros en Cristo Jesús nuestro Señor, que cada día estoy en peligro
de muerte. Si por motivos humanos luché contra fieras en Éfeso, ¿de qué me
aprovecha? Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, que mañana moriremos
(1 Co. 15:30-32).

Porque no queremos que ignoréis, hermanos, acerca de nuestra aflicción sufrida en


Asia, porque fuimos abrumados sobremanera, más allá de nuestras fuerzas, de modo
que hasta perdimos la esperanza de salir con vida. De hecho, dentro de nosotros
mismos ya teníamos la sentencia de muerte, a fin de que no confiáramos en nosotros
mismos, sino en Dios que resucita a los muertos, el cual nos libró de tan gran peligro de
muerte y nos librará, y en quien hemos puesto nuestra esperanza de que El aún nos ha
de librar (2 Co. 1:8-10).

Más tarde, en 2 Corintios, Pablo hablará de la gran variedad de sufrimientos que tuvo
que soportar por amor a Cristo y a su iglesia (cf. 6:3-10; 7:2-5; 11:22-28). Observen, en
especial, esta declaración: «Cinco veces he recibido de los judíos treinta y nueve
azotes» (11:24). Este era el castigo más severo que las autoridades judías podían
aplicar legalmente.

Pablo recuerda a los ancianos efesios que ha servido al Señor en medio de ellos «con
pruebas que vinieron sobre mí por causa de las intrigas de los judíos». Lo que está
diciendo con esto es que las circunstancias de su ministerio entre ellos fueron muy
difíciles. Trae a su memoria que su servicio allí había tenido un gran coste personal, y
que había sufrido mucho a causa de los incesantes complots de los judíos en su contra.
Ellos lo sabían de primera mano. Era algo que no se podía negar, y que no debían
ignorar al considerar su ejemplo como ministro del evangelio. Si querían imitarlo en su
servicio a Cristo, su evangelio y su iglesia, también deben estar preparados para
emularlo en sus sufrimientos, sobre todo a manos de aquellos que odian la verdad.
2. ¿QUÉ SUGIEREN ESTAS PALABRAS ACERCA DEL CARÁCTER Y DEL PAPEL
DE PABLO COMO MINISTRO DEL EVANGELIO?

El ejemplo de Pablo muestra que era un hombre generoso, dispuesto (como le dice a
los corintios) «muy gustosamente gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré» por las
almas de los hombres (2 Co. 12:15). Desde el principio, en Damasco, un espíritu de
abnegación y autosacrificio había marcado todo su ministerio anterior. También había
sido el carácter de su ministerio desde el primer día que había puesto sus pies en Asia.
Y, por lo que sigue en 20:22-24, Pablo deja claro a estos hombres que sigue hasta
Jerusalén, con los ojos bien abiertos, sabiendo que las circunstancias no serán distintas
allí.

Y ahora, he aquí que yo, atado en espíritu, voy a Jerusalén sin saber lo que allá me
sucederá, salvo que el Espíritu Santo solemnemente me da testimonio en cada ciudad,
diciendo que me esperan cadenas y aflicciones. Pero en ninguna manera estimo mi vida
como valiosa para mí mismo, a fin de poder terminar mi carrera y el ministerio que recibí
del Señor Jesús, para dar testimonio solemnemente del evangelio de la gracia de Dios.

Pablo no se engaña a sí mismo, esperando ser recibido con respeto y tolerancia por sus
paisanos en Jerusalén. Por el contrario, sabe que puede esperar una oposición enérgica
y violenta por su parte. Con todo, sigue adelante, sin apego a su vida: para él lo más
importante es acabar su carrera y el ministerio recibido del Señor Jesús. Ha sufrido
enormemente. ¡Con toda seguridad, ha cumplido con su parte! Pero no; está dispuesto
a sufrir más aún, si así puede «dar testimonio solemnemente del evangelio de la gracia
de Dios». En su carácter como ministro, Pablo era un hombre generoso, abnegado, con
gran capacidad de autosacrificio.

En su papel de ministro del evangelio, Pablo reconoció su llamado a sufrir lo que fuera
necesario por el bien de la iglesia de Cristo. A los corintios les dice:

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios
de toda consolación, el cual nos consuela en toda tribulación nuestra, para que nosotros
podamos consolar a los que están en cualquier aflicción con el consuelo con que
nosotros mismos somos consolados por Dios. Porque así como los sufrimientos de
Cristo son nuestros en abundancia, así también abunda nuestro consuelo por medio de
Cristo. Pero si somos atribulados, es para vuestro consuelo y salvación; o si somos
consolados, es para vuestro consuelo, que obra al soportar las mismas aflicciones que
nosotros también sufrimos. Y nuestra esperanza respecto de vosotros está firmemente
establecida, sabiendo que como sois copartícipes de los sufrimientos, así también lo
sois de la consolación (2 Co. 1:3-7).

Pablo sabía que, en sus aflicciones como ministro del evangelio, no sufría como persona
privada solamente, sino por el bien del pueblo de Dios. Entendía que el propósito de
Dios en sus aflicciones no se limitaba a su propia santificación, sino al «consuelo y
salvación» del pueblo de Dios (2 Co. 1:6). Lo que soportó fue por amor a ellos, para que
pudieran experimentar el consuelo del evangelio y la salvación de sus almas.

El papel pastoral de Pablo incluía soportar cualquier sufrimiento personal necesario que
beneficiara a aquellos a los que tenía bajo su cuidado. Y esto es lo que tenía en mente
cuando escribió a los Colosenses: «Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros,
y en mi carne, completando lo que falta de las aflicciones de Cristo, hago mi parte por
su cuerpo, que es la iglesia, de la cual fui hecho ministro conforme a la administración
de Dios que me fue dada para beneficio vuestro, a fin de llevar a cabo la predicación de
la palabra de Dios» (Col. 1:24-25). Por supuesto que Pablo no está diciendo que sus
sufrimientos complementen en modo alguno el padecimiento expiatorio de Cristo. En la
muerte de Cristo y en sus sufrimientos para la remisión de los pecados de su pueblo
nada falta. No son necesarios ni complemento ni socio. Mediante una sola ofrenda (el
sacrificio por los pecados) Cristo perfeccionó para siempre a su pueblo en el perdón
completo de nuestros pecados (cf. Heb. 10:14). No obstante, el padecimiento
sustitutorio de Cristo por nuestro pecado no representa la totalidad de los sufrimientos
que benefician a la iglesia. El pueblo de Dios recibe muchas bendiciones a través del
sufrimiento de sus ministros.

3. LO QUE EL EJEMPLO DE PABLO NOS DICE SOBRE EL CARÁCTER Y EL PAPEL


ADECUADOS DE QUIENES DESEMPEÑAN EL OFICIO PASTORAL.

En primer lugar, la lección es indudablemente obvia: los pastores han de ser


hombres abnegados con capacidad de autosacrificio. Esto no se cita entre los
requisitos ministeriales que hallamos en 1 Timoteo 3 y Tito 1, pero se ve por todas partes
en el ejemplo de Cristo y de sus apóstoles. Y lo vemos encarnado en la exhortación de
Pablo a Timoteo: «Participa conmigo en las aflicciones por el evangelio […]. Sufre
penalidades conmigo, como buen soldado de Cristo Jesús». Para el ministro, las
palabras de Cristo tienen una relevancia especial, cuando afirma: «Si alguno quiere
venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame» (Lc. 9:23).
El hombre que solo esté dispuesto a llevar la cruz ordinaria del cristiano, y no la cruz
especial de un pastor, no tiene nada que hacer en el ministerio pastoral.

En segundo lugar, el ejemplo de Pablo nos muestra que la porción del pastor
consiste en sufrir por el pueblo de Dios. Está llamado a morir a diario por ellos (1 Co.
15:31). Su nombramiento por parte de Dios y la obra soberana de este requieren que
sea afligido para consuelo y salvación de ellos (2 Co. 1:6). Su papel consiste en
completar lo que falta de las aflicciones de Cristo por amor a su cuerpo, que es la iglesia
(Col 1:24).

En algunos casos, la porción del pastor supone soportar ciertas cosas para que, al final,
pueda ser más comprensivo. Suelo decir a los estudiantes ministeriales que jamás
llegarán a ser gran cosa como pastores hasta que hayan sufrido en un marcado grado,
al menos hasta que les hayan dado una gran patada en la barriga. Solo entonces serán
capaces de entrar en el oficio con una compasión real por los sufrimientos de su gente
y ministrarles verdadero consuelo. La clase de teología pastoral nunca los adecuará
como la experiencia personal. Solo allí, en el crisol de sus propias aflicciones,
aprenderán lo que significa sufrir. Aprenderán la verdadera compasión por los santos
sufrientes de Dios. Estoy absolutamente convencido de que hay pruebas y aflicciones
que los pastores sufren por la razón principal de «que nosotros podamos consolar a los
que están en cualquier aflicción con el consuelo con que nosotros mismos somos
consolados por Dios» (2 Co. 1:4). No pretendo saber todo lo que Dios ha estado
haciendo en las pruebas por las que he pasado, pero una cosa tengo clara: su intención
es que su pueblo se beneficie de que yo sea afligido de estas formas.

En otros casos, el pastor actúa a modo de escudo, absorbiendo golpes para que no
caigan sobre su gente. La mayoría de esto ocurre sin que lo sepan, pero es una parte
real de la porción del pastor. Más tarde (20:29), Pablo hablará de lobos feroces que
vendrán de afuera buscando devorar al rebaño y hombres perversos de en medio de
ellos que intentarán arrastrar discípulos tras ellos. Con frecuencia, y sin que la
congregación lo sepa, el pastor debe salir a enfrentarse con estos enemigos, espada y
escudo en mano. A él no lo ven hasta que ha acabado la batalla, cansado y tal vez
ensangrentado por el conflicto; a pesar de ello, no tienen por qué saber que agotó sus
fuerzas y derramó su sangre por ellos.

Y aunque en estas cosas se le escatima, no ocurre lo mismo con el sufrimiento semanal


asociado a las tareas ordinarias del pastor para beneficio de las almas de su gente. No
menospreciaré en modo alguno las aflicciones que todos los cristianos experimentan en
su llamado, pero el gasto emocional que requiere la obra del ministerio es en verdad
extraordinario, y de manera sostenida. Casi todo lo que ustedes dicen o hacen tiene
ramificaciones a largo plazo (incluso eternas) para las personas a las que ministran. Su
descuido en un consejo dado, en una doctrina o práctica enseñadas o en el gobierno
ejercido puede seguir a una oveja durante todos los días de su vida. El pastor que
entiende esto vive en una ansiedad continua que lo lleva a no dejar piedra sin remover
no sea que represente de forma errónea al Señor o que confunda a sus ovejas. El
verdadero pastor experimenta, a menor escala, lo que Pablo vivió en una escala
apostólica, cuando afirmó: «Además de tales cosas externas, está sobre mí la presión
cotidiana de la preocupación por todas las iglesias» (2 Co. 11:28). El verdadero pastor
siente angustia por el estado de las ovejas bajo su cuidado. Y, en cuanto a algunos,
puede decir lo que Pablo afirmó de los gálatas: «Hijos míos, por quienes de nuevo sufro
dolores de parto hasta que Cristo sea formado en vosotros» (Gá. 4:19).

La guerra espiritual que un pastor experimenta es, prácticamente, sin fin. Él es, por
supuesto, el objeto especial de los ataques del diablo, porque el enemigo sabe que si
logra lisiar al pastor, podrá asolar al rebaño. Asimismo, su lucha diaria con la Palabra
suele ir acompañada de intensas batallas con su propio pecado que permanece. Con
frecuencia oigo a cristianos que se lamentan por lo difíciles que les resultan sus
devociones personales, porque tienen que pelear con el pecado que permanece o con
pensamientos errantes. Multipliquen esa experiencia de treinta minutos hasta llegar a
las ocho o diez horas, y sabrán lo que es un día de preparación de sermón. A pesar de
ello, el pastor que quiere alimentar a las ovejas no puede excusarse de este tipo de
sufrimiento y salir de su estudio con algo adecuado para su alimentación.

Existen otras formas en que los pastores son llamados a sufrir por las almas de su gente,
sobre todo en tiempos de persecución; pero me voy a abstener. Con estas descripciones
basta para subrayar el punto que deseo exponer: que quien aspira al oficio de pastor
debe esperar sufrir y ha de estar dispuesto a ello, como autosacrificio por el bien de las
ovejas de Cristo.

Mi propósito al decir estas cosas es instarlos a que oren por sus pastores. No estoy
intentando ganarme su empatía para que hagan algo más por nosotros. Cristo nos ha
apartado para esto, como parte de nuestro llamado, y lo hacemos de forma voluntaria y
sin sentirnos obligados. Aun así, les ruego que oren fervientemente por nosotros, para
que no tengamos apego a nuestra vida, que esta no sea tan importante como terminar
nuestra carrera y el ministerio que recibimos del Señor Jesús, para dar testimonio
solemnemente del evangelio de la gracia de Dios. Somos hombres de carne y hueso; y
el mundo, la carne y el diablo nos instan a evitar el sufrimiento. Oren por nosotros, para
que el enemigo no tome ventaja sobre nosotros, sino que seamos buenos soldados de
Cristo Jesús, fieles en llevar la cruz que nos ha llamado a cargar.

Y le pregunto a mis hermanos en el ministerio: ¿Están dispuestos a sufrir en la causa


de Cristo? ¿Han establecido un límite a sus padecimientos? Para Pablo, ese límite era
su vida, por la que no sentía apego por amor al evangelio. ¿Estamos dispuestos a
negarnos a nosotros mismos hasta ese punto? Puede ser que nuestro Señor no nos
pida nunca semejante sacrificio; pero nos pida lo que nos pida, sobrellevémoslo con
buena disposición en su servicio. Thomas Boston dice:

No debemos ser escogedores de cruces. Cada uno ha de tomar la suya propia, la que
le ha sido asignada por sabiduría soberana, que es el mejor juez para decidir cuál es
más adecuada para nosotros. Estamos preparados para pensar que podríamos llevar
otra cruz mejor que la que tenemos delante, pero esto no es sino una mentira del
corazón que está a favor de cambiar la cruz presente y manifiesta una falta de
abnegación.1

EL EJEMPLO DE COMPASIÓN DE PABLO


Sirviendo al Señor […] con lágrimas (Hch. 20:19)

Hemos visto que, al describir el ejemplo de su propio ministerio. Pablo dirige la atención
de los ancianos efesios a lo que conocen por experiencia y de primera mano. Habla con
la plena seguridad de un hombre que sabe que tiene un control sobre sus conciencias
logrado por su ministerio coherentemente honorable, idóneo y fiel en medio de ellos.
«Vosotros bien sabéis cómo he sido con vosotros todo el tiempo, desde el primer día
que estuve en Asia» (Hch. 20:18).

Cuando detalla cómo se ha comportado entre ellos, Pablo cita en primer lugar su
humildad, su compasión y su abnegación: «Sirviendo al Señor con toda humildad, y con
lágrimas y con pruebas que vinieron sobre mí por causa de las intrigas de los judíos»
(20:19). En el último capítulo, consideramos la primera de estas virtudes y vimos que la
presencia y el ministerio de Pablo habían estado marcados por la cualidad de la
humildad. Había servido al Señor «con toda humildad». En este capítulo tomamos la
segunda virtud de un ministro fiel e idóneo del evangelio, que se exhibe en las palabras
«y con lágrimas».1
¿Qué significan estas sencillas palabas? Al nivel más básico, y tomando sus palabras
de forma literal, el apóstol está diciendo que el llanto ha acompañado su ministerio entre
ellos. Y esto significa, sin duda, que no se limitó a comportarse como un frío funcionario
sin sentimientos, centrado en un programa personal o cumpliendo simplemente con su
trabajo, sin respeto por ellos ni por sus necesidades. Por el contrario, estuvo entre ellos
como un hombre que los amaba, cuyo corazón ansiaba su salvación y su crecimiento
en gracia y que, realmente, lloró por ellos. Posteriormente, al encargar a estos hombres
su propio deber, les recomienda: «Estad alerta, recordando que por tres años, de noche
y de día, no cesé de amonestar a cada uno con lágrimas» (20:31). En otra ocasión,
escribe a los corintios diciendo: «… por la mucha tribulación y angustia del corazón os
escribí con muchas lágrimas» (2 Co. 2:4). En una palabra, las lágrimas de Pablo eran
el desbordamiento de su corazón que se derramaba en amor por los perdidos y por el
pueblo de Dios.

En las palabras «con lágrimas», Pablo afirma que su ministerio entre los efesios había
estado marcado por la virtud de la compasión. ¿Pero qué relevancia tiene esto para
nosotros? De nuevo, asumiendo que el ejemplo de Pablo está recogido para instruirnos
a nosotros, les insto a considerar lo siguiente: el ministerio del evangelio que recibirá la
bendición de Dios, que será digno de imitación por parte de los hombres fieles que
vendrán después y que merecerá el respaldo del pueblo de Dios tendrá la compasión
como una de sus marcas de distinción.

Al iniciar el tema del ejemplo de ministerio compasivo de Pablo, consideraremos tres


cosas:

1. La fuente del ministerio compasivo de Pablo


2. Los objetos del ministerio compasivo de Pablo
3. El fruto del ministerio compasivo de Pablo

1. LA FUENTE DEL MINISTERIO COMPASIVO DE PABLO


Aquí formulamos una pregunta sencilla: ¿Cómo llegó Pablo a sentir tal amor por los
efesios que lloró por ellos? No pretendo afirmar que esto que sigue sea una respuesta
completa, pero creo que al menos estas tres cosas contribuyeron ampliamente al amor
y la compasión (hasta las lágrimas) que vemos manifestados en el ejemplo de Pablo.
Su amor por los efesios y las lágrimas derramadas por ellos estaban arraigados en…

Su experiencia personal del evangelio de Cristo


Su imitación personal del ejemplo de Cristo
Su encarnación personal de la presencia de Cristo

En primer lugar, la compasión que Pablo sentía por los efesios y las lágrimas que vertió
por ellos se remontan a su propia experiencia del evangelio de Cristo. Pablo había
llegado a ver, en términos personales, lo que significa estar perdido. Aunque hubo una
época en la que se consideraba hebreo de hebreos y fariseo de fariseos, por la
compasiva misericordia de Dios llegó a convencerse de pecado y se vio tal y como era
en verdad, es decir, un pecador perdido y merecedor del Infierno, sin esperanza y sin
Dios en el mundo. En una palabra, Pablo conocía de primera mano la experiencia de la
perdición. Y sabía perfectamente lo que significaba que, de repente, la propia conciencia
despertara a un entendimiento de tan desesperada condición. Sabía por experiencia
propia lo que quería decir hallarse bajo la maldición de la ley. Conocía los terrores de
tomar conciencia de hallarse bajo la ira de Dios, precipitándose de cabeza al juicio. Por
tanto, sabiendo que «todos nosotros debemos comparecer ante el tribunal de Cristo
[…], conociendo el temor del Señor» afirma: «persuadimos a los hombres» (2 Co. 5:10-
11).

Pablo también había llegado a ver, en términos personales, lo que significa ser
perdonado de sus pecados por la compasiva misericordia de Dios. Si podemos tomar
prestadas las palabras de John Newton en Faith’s Review and Expectation (más
conocido como Amazing Grace [Gracia Sublime]), Pablo sabía lo que significaba poder
cantar

Sublime gracia del Señor


Que a mí, pecador salvó
Fui ciego mas hoy veo yo
Perdido y El me halló

Su gracia me enseñó a temer


Mis dudas ahuyentó
¡Oh cuán precioso fue a mi ser
Cuando Él me transformó!

En 1 Ti. 1:12-16, Pablo relata la evaluación de su propia conversión.


Doy gracias a Cristo Jesús nuestro Señor, que me ha fortalecido, porque me tuvo por
fiel, poniéndome en el ministerio; aun habiendo sido yo antes blasfemo, perseguidor y
agresor. Sin embargo, se me mostró misericordia porque lo hice por ignorancia en mi
incredulidad. Pero la gracia de nuestro Señor fue más que abundante, con la fe y el
amor que se hallan en Cristo Jesús. Palabra fiel y digna de ser aceptada por todos:
Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, entre los cuales yo soy el
primero. Sin embargo, por esto hallé misericordia, para que en mí, como el primero,
Jesucristo demostrara toda su paciencia como un ejemplo para los que habrían de creer
en Él para vida eterna.

En su propio caso, en la misericordia que le fue mostrada como «el primero de los
pecadores», Pablo había visto la magnitud del corazón de Dios hacia los pecadores y
su disposición a perdonar aun a los más viles y endurecidos ofensores. Como en su
caso, y a pesar de ser el mayor de los pecadores, había sido objeto de tal paciencia y
misericordia, confiaba en que todos los que vinieran a Cristo serían reconciliados con
Dios.

La experiencia personal de Pablo en cuanto al evangelio lo moldeó, en gran medida,


como ministro compasivo del evangelio. Se veía a sí mismo, de manera muy acertada,
en el papel de embajador de Cristo, enviado a ofrecer la misma redención que él había
recibido. Y lo hizo en el único espíritu adecuado para quien ha entendido la misericordia
que él mismo ha recibido en el perdón de sus propios pecados, y que comprende la
embajada que se le ha sido encomendada. A los corintios les dice lo siguiente:

De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he
aquí, son hechas nuevas. Y todo esto procede de Dios, quien nos reconcilió consigo
mismo por medio de Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; a saber, que Dios
estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando en cuenta a los
hombres sus transgresiones, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la
reconciliación. Por tanto, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio
de nosotros; en nombre de Cristo os rogamos: ¡Reconciliaos con Dios! (2 Co. 5:17-20).

La palabra traducida «os rogamos» (de, omai, 5:20) significa «pedir con urgencia, con
la implicación de una presunta necesidad».2 Pablo predicó como quien entendía la
necesidad de sus oyentes, la urgencia de su perdición. Y con el amor de Cristo (que se
había mostrado tan ricamente en su propio caso) constriñéndolo, instó a los hombres a
ser reconciliados con Dios. Por tanto, cuando predicaba, no hablaba como quien habla
monótonamente, con frialdad e indiferencia, sino como un pecador que había sido
salvado y que hablaba con la urgencia y la compasión de un embajador de la
reconciliación. Comentando este texto, Hughes afirma:
El mensaje de la reconciliación no es algo que el embajador de Cristo anuncie con
desapego impersonal. Se le han confiado unas noticias vitales para las personas que
están en desesperada necesidad. Por esta razón, ruega a sus oyentes. No podemos
dejar de detectar la fuerte nota de urgencia y compasión en el lenguaje del apóstol. Ve
a los hombres como Dios lo hace, en un estado de perdición; en su poder está la palabra
que, por ser la de la reconciliación, ellos deben escuchar por encima de todas las
demás; y, porque está proclamando lo que Dios, en su misericordia y su gracia, ya ha
hecho por ellos en Cristo, su voz conlleva la autoridad de la voz de Dios.3
En segundo lugar, la compasión que Pablo tenía por los efesios y las lágrimas que
derramó por ellos deben remontarse a su imitación personal del ejemplo de Cristo.
¿Dónde aprendió Pablo que su corazón debía desbordar compasión por aquellos a
quienes ministraba? ¿Dónde aprendió que los embajadores de Cristo debían predicar
el evangelio de la reconciliación manifestando así su misma compasión? La respuesta,
en su nivel más básico, es que lo aprendió del ejemplo de Cristo mismo.

Cuando Cristo vio a las multitudes «tuvo compasión de ellas, porque estaban
angustiadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor» (Mt. 9:36). Leemos que, en
una ocasión, desembarcó y vio a una gran multitud, «y tuvo compasión de ellos y sanó
a sus enfermos» (Mt. 14:14). En otra oportunidad, la compasión de Jesús surgió al ver
a la multitud hambrienta, y dijo: «No quiero despedirlos sin comer, no sea que
desfallezcan en el camino» (Mt. 15:32). Otra vez, cuando dos ciegos clamaron pidiendo
misericordia, fue «movido a compasión» y tocó los ojos de ellos, sanándolos (Mt. 20:34).
Este es el mismo Cristo que, al acercarse a Jerusalén y ver la ciudad, «lloró sobre ella
diciendo, ¡si tú también hubieras sabido en este día lo que conduce a la paz!» (Lc. 19:41-
42).

Pablo les dice a los corintios que, en su postura hacia los inconversos, sigue el ejemplo
de Cristo, no buscando su propio provecho, sino el de muchos para que puedan ser
salvos (1 Co. 10:32—11:31). ¿Debemos suponer que su imitación de Cristo se detiene
simplemente con su ejemplo de abnegación? ¿Acaso no deberíamos mirar más allá y
ver la compasión de Cristo que lo impulsó a negarse a sí mismo por la salvación de su
pueblo? ¿No deberíamos decir que, así como Pablo imita la generosidad de Cristo,
también reproduce su corazón de compasión? Al emular a Cristo, el apóstol siente
compasión por las ovejas en apuros y dispersadas. Comportándose como su Señor lo
hizo, Pablo no puede despedir a las personas hambrientas del pan de vida, no sea que
se desmayen por el camino. Actuando como lo hizo su Señor, contempla a los hombres
con amor, piedad y llora por ellos, sintiendo dolores de parto hasta que Cristo sea
formado en ellos (cf. Gá. 4:19). En su compasión, en sus lágrimas, ¡el siervo es como
su Señor!

En tercer lugar, la compasión que Pablo sentía por los efesios y las lágrimas que
derramó por ellos se remontan a su encarnación personal de la presencia de Cristo.
Aquí es importante considerar varios textos que hablan claramente de la presencia
personal de Cristo en la predicación de su palabra.

El que a vosotros escucha, a mí me escucha, y el que a vosotros rechaza, a mí me


rechaza; y el que a mí me rechaza, rechaza al que me envió (Lc. 10:16).
Tengo otras ovejas que no son de este redil; a ésas también me es necesario traerlas,
y oirán mi voz, y serán un rebaño con un solo pastor (Jn. 10:16).

Porque Él mismo es nuestra paz, quien de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared
intermedia de separación, aboliendo en su carne la enemistad, la ley de los
mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un nuevo
hombre, estableciendo así la paz, y para reconciliar con Dios a los dos en un cuerpo por
medio de la cruz, habiendo dado muerte en ella a la enemistad. Y vino y anunció paz a
vosotros que estabais lejos, y paz a los que estaban cerca; porque por medio de Él los
unos y los otros tenemos nuestra entrada al Padre en un mismo Espíritu (Ef. 2:14-18).

Pero vosotros no habéis aprendido a Cristo de esta manera, si en verdad lo oísteis y


habéis sido enseñados en Él, conforme a la verdad que hay en Jesús (Ef. 4:20-21).4
Porque todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo. ¿Cómo, pues, invocarán
a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y
cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no son enviados? Tal
como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el evangelio del
bien! Sin embargo, no todos hicieron caso al evangelio, porque Isaías dice: Señor,
¿quién ha creído a nuestro anuncio? Así que la fe viene del oír, y el oír, por la palabra
de Cristo (Ro. 10:13-17).5
Mi propósito al citar estos textos es enfatizar que la voz de Cristo se oye dondequiera
que Él esté presente con sus siervos en el ministerio de la Palabra. Jesús dijo que
aquellos que oyen la predicación de Sus discípulos le oirán a Él (Lc. 10:16). Al edificar
la iglesia de Cristo, Pablo dice que Cristo mismo predicará paz a los judíos y a los
gentiles (Ef. 2:17). Además, añade que al aprender a Cristo, «lo oísteis» (Ef. 4:20-21).
Y afirma que cuando los hombres oyen la predicación del evangelio, escuchan a
«aquel» de quien se predica (Ro. 10:14).

Ahora bien, ¿acaso sería un salto de lógica demasiado grande decir que donde se
escucha la voz de Cristo por medio de Sus siervos, esta tendrá la misma cualidad de
compasión que marcó Su ministerio terrenal? Aun llegando a esta conclusión por
deducción, seguramente es correcto decir que la compasión que resaltó el ministerio
paulino fue, en grado relevante, el fruto de la presencia de Cristo con él, obrando en él
y a través de él para ministrar a su pueblo.

Hermanos, quienes escuchen la voz de Cristo a través de nosotros deberían percibir


también el tono de la misma y no solo la forma de sus palaras. No diré que Cristo jamás
habló con tono de reprobación y que, por tanto, nunca debemos hacerlo; sin embargo,
con toda seguridad, el tono predominante en la predicación de Su evangelio era de
compasión por los pecadores perdidos. Esto, por encima de todo, es lo que queremos
imitar de nuestro Señor.

2. LOS OBJETOS DEL MINISTERIO DE COMPASIÓN DE PABLO


Pablo sentía compasión tanto por los perdidos como por el pueblo de Dios. Su corazón
anhelaba a ambos tipos de personas. Deseaba fervientemente que escaparan a la ira
venidera; pero más que esto, quería que una vez salvos crecieran en gracia y utilidad
en el reino de Dios.

La compasión de Pablo por los perdidos se puede ver en todo lo que hacía por ellos.
¿Cómo, si no, se explican los largos viajes, los abnegados esfuerzos y las repetidas
pruebas, arriesgando hasta su propia vida, de no ser porque tenía un corazón de amor
y compasión por los perdidos? En este punto, consideremos su propio testimonio.

Digo la verdad en Cristo, no miento, dándome testimonio mi conciencia en el Espíritu


Santo, de que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón. Porque desearía yo
mismo ser anatema, separado de Cristo por amor a mis hermanos, mis parientes según
la carne […]. Hermanos, el deseo de mi corazón y mi oración a Dios por ellos es para
su salvación (Ro. 9:1-3; 10:1).

Porque aunque soy libre de todos, de todos me he hecho esclavo para ganar a mayor
número. A los judíos me hice como judío, para ganar a los judíos; a los que están bajo
la ley, como bajo la ley (aunque yo no estoy bajo la ley) para ganar a los que están bajo
la ley; a los que están sin ley, como sin ley (aunque no estoy sin la ley de Dios, sino bajo
la ley de Cristo) para ganar a los que están sin ley. A los débiles me hice débil, para
ganar a los débiles; a todos me he hecho todo, para que por todos los medios salve a
algunos (1 Co. 9:19-22).

A causa de su amor por los perdidos, ¡Pablo se extendió en formas que lo llevaron
mucho por el camino de las pruebas y los inconvenientes! ¿Quién de entre nosotros
puede sondear las profundidades de una compasión que desearía ser «anatema
(maldito) de Cristo» con tal de que solo uno de sus compatriotas se salvara? John Brown
afirma:

Si ser expulsado por el Salvador asegurara la recepción y salvación de todo el pueblo


judío, expresa su disposición a someterse a ello. Pero como esto era imposible, y como
él lo sabía bien, todo lo que podemos deducir razonablemente de ese pasaje es que su
apego por sus compatriotas era tan grande que estaba listo a hacer o sufrir cualquier
cosa, dentro de los límites de lo posible, con tal de que la salvación de ellos quedara
asegurada por estos esfuerzos y sufrimientos. Esta extraordinaria expresión para un
estado de sentimientos no haya forma adecuada de lenguaje más común. Pretendía
manifestar tan alto grado de afecto como un hombre pueda sentir por el hombre.
Entendiéndolo así, no es la expresión de un deseo perentorio real, sino la declaración
de que si fuera coherente con la voluntad de Dios y para la gloria de Cristo, estaba
dispuesto a cambiar su condición con la de los desdichados judíos incrédulos. Estos,
aun siendo sus hermanos, sus parientes según la carne, eran también sus enemigos
activos, tenaces e imparables, por lo que su declaración ha de considerarse como una
explosión incontenible de generosidad y benevolencia sin precedente. Sin embargo, por
lo que la excede al infinito, ese amor que sobrepasa todo conocimiento es el que indujo
al Justo no solo a desear convertirse en maldición, sino que como Pablo dice: «Cristo
nos redimió de la maldición de la ley, habiéndose hecho maldición por nosotros» para
que «nosotros fuéramos hechos justicia de Dios en Él».6

En una palabra, la compasión de Pablo por los perdidos era como la de Cristo. Estaba
dispuesto a convertirse en una maldición, si ese sufrimiento personal llevaba el fruto de
liberar a los hombres de la maldición. No podía morir bajo la maldición de Dios en lugar
de los perdidos, pero podía decir: «A todos me he hecho de todo», para que por medio
de esa abnegación como la de Cristo, algunos pudieran aprovecharse del beneficio de
la salvación.
Una vez más, Pablo no se contentaba con que los hombres escaparan a la ira de Dios
contra los pecadores. Anhelaba que, una vez salvos, pudieran crecer en gracia y utilidad
en el reino de Dios. Este deseo se manifestó en un corazón que se derramaba por el
pueblo de Dios, de nuevo a cambio de un gran precio personal. Su compasión por los
santos fue evidente en la forma como trató con ellos y en todo lo que sufrió por ellos.
Solo un corazón lleno de amor y compasión por el pueblo de Dios explica la disposición
de Pablo a sufrir por ellos e incluso a manos de ellos para que pudieran crecer en gracia
y en el conocimiento de Cristo. Consideremos otra vez su propio testimonio.

Doy gracias a mi Dios siempre que me acuerdo de vosotros, orando siempre con gozo
en cada una de mis oraciones por todos vosotros, por vuestra participación en el
evangelio desde el primer día hasta ahora, estando convencido precisamente de esto:
que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo
Jesús. Es justo que yo sienta esto acerca de todos vosotros, porque os llevo en el
corazón, pues tanto en mis prisiones como en la defensa y confirmación del evangelio,
todos vosotros sois participantes conmigo de la gracia. Porque Dios me es testigo de
cuánto os añoro a todos con el entrañable amor de Cristo Jesús (Fil. 1:3-8).

Más bien demostramos ser benignos entre vosotros, como una madre que cría con
ternura a sus propios hijos. Teniendo así un gran afecto por vosotros, nos hemos
complacido en impartiros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias
vidas, pues llegasteis a sernos muy amados. Porque recordáis, hermanos, nuestros
trabajos y fatigas, cómo, trabajando de día y de noche para no ser carga a ninguno de
vosotros, os proclamamos el evangelio de Dios. Vosotros sois testigos, y también Dios,
de cuán santa, justa e irreprensiblemente nos comportamos con vosotros los creyentes;
así como sabéis de qué manera os exhortábamos, alentábamos e implorábamos a cada
uno de vosotros, como un padre lo haría con sus propios hijos, para que anduvierais
como es digno del Dios que os ha llamado a su reino y a su gloria (1 Ts. 2:7-12).

Nuestra boca, oh corintios, os ha hablado con toda franqueza. Nuestro corazón se ha


abierto de par en par. No estáis limitados por nosotros, sino que estáis limitados en
vuestros sentimientos. Ahora bien, en igual reciprocidad (os hablo como a niños)
vosotros también abrid de par en par vuestro corazón (2 Co. 6:11-13; 7:2-3).
¡Pablo amaba al pueblo de Dios! Y el amor que sentía hacía que estuviera dispuesto a
sufrir por ellos. Estaban «en su corazón» y «los añoraba con el entrañable amor de
Cristo».

3. EL FRUTO DEL MINISTERIO COMPASIVO DE PABLO

Ciertamente, muchas cosas maravillosas se originaron en la representación compasiva


de Cristo y del evangelio que marcaron el ministerio de Pablo; sin embargo, aquí quiero
centrarme en un punto importante. El Señor utilizó de forma poderosa la compasión de
Pablo por las personas, para abrir los oídos de los hombres al ministerio de la Palabra.
Debía recibirse como principio general de que la pasión sin la compasión es calor sin
calidez. La Palabra de Dios predicada sin amor puede ser precisa y convencer de juicio,
pero jamás alcanzará al corazón del oyente, donde debe hacerse la obra real del
evangelio. La mente puede alcanzar la mente, pero solo el corazón puede llegar al
corazón. Únicamente cuando, en el corazón del predicador, más que una mera pasión
por sus sujetos, también se halla compasión por sus oyentes, podrá conseguir sus oídos
y sus corazones. Y solo entonces será capaz de hacerles bien.

A lo largo de su larga asociación con los corintios, Pablo tuvo que decirles muchas cosas
duras, cosas difíciles de decir y de oír. A pesar de todo, al final, se hizo con sus oídos y
sus corazones, y ellos recibieron sus amonestaciones. ¿Qué fue lo que logró que estos
necesitados creyentes prestaran oído a Pablo? De nuevo, consideremos su testimonio.
La gracia del Señor Jesús sea con vosotros. Mi amor sea con todos vosotros en Cristo
Jesús. Amén (1 Co. 16:23-24).

Pues por la mucha aflicción y angustia de corazón os escribí con muchas lágrimas, no
para entristeceros, sino para que conozcáis el amor que tengo especialmente por
vosotros (2 Co. 2:4).
No dando nosotros en nada motivo de tropiezo, para que el ministerio no sea
desacreditado, sino que en todo nos recomendamos a nosotros mismos como ministros
de Dios, en mucha perseverancia, en aflicciones, en privaciones, en angustias, en
azotes, en cárceles, en tumultos, en trabajos, en desvelos, en ayunos, en pureza, en
conocimiento, en paciencia, en bondad, en el Espíritu Santo, en amor sincero (2 Co.
6:3-6).

Y yo muy gustosamente gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré por vuestras almas.
Si os amo más, ¿seré amado menos? (2 Co. 12:15).

Al final, los corintios estaban deseando escuchar a Pablo, no solo porque lo que decía
era verdad, sino porque lo creyeron cuando dijo: «Mi amor sea con todos vosotros en
Cristo Jesús. Amén» (1 Co. 16:24).
Pablo dice a los ancianos efesios: «Vosotros bien sabéis cómo he sido con vosotros
todo el tiempo, desde el primer día que estuve en Asia, sirviendo al Señor con toda
humildad, y con lágrimas […]; por tres años, de noche y de día, no cesé de amonestar
a cada uno con lágrimas» (Hch. 20:18, 19, 31). Estas eran las palabras de un hombre
que no se preguntaba si le escucharían. Su ministerio había estado marcado por la
compasión de un pecador salvado por gracia, por la compasión de un siervo de Cristo
que imitaba a su Señor, por la compasión de un hombre que encarnaba la presencia de
Cristo entre ellos, por la compasión de un hombre que se había gastado a sí mismo por
sus almas. En Pablo habían experimentado, en cierta medida, el amor de Cristo que
este les había ministrado por medio de su siervo. John Dick afirma:

Sus lágrimas expresaban su tierna preocupación por las almas de los hombres, de la
compasión con la que contemplaba a los que perecían en sus pecados, y con su
empatía por los discípulos en sus aflicciones comunes y sus sufrimientos por la religión.
No era un hombre de carácter severo e insensible; en él se conjuntaban un corazón
tierno y un enérgico entendimiento. No predicaba el evangelio con la indiferencia de un
filósofo que resuelve una cuestión abstracta de ciencia; predicaba con todos los afectos
que el evangelio, con su importante diseño y sus interesantes doctrinas, estaba
calculado para provocar. Susceptible de las emociones del amor y la compasión, no se
avergonzaba de derretirse en lágrimas ante la necedad y la perversión de la impiedad.
«Muchos andan como os he dicho muchas veces, y ahora os lo digo aun llorando, que
son enemigos de la cruz de Cristo».7
En el último capítulo sugerí un principio que debería regular nuestro pensamiento sobre
el ministerio pastoral de la iglesia. Y ese principio es que un ministerio que puede
esperar la bendición de Dios, que es digno de imitación por parte de los fieles hombres
que vengan después, y que es digno del respaldo del pueblo de Dios estará marcado
por la coherencia en el despliegue de aquellas virtudes que reflejen el ejemplo de Cristo
y de sus apóstoles, y que encarne los principios del evangelio mismo.

En este capítulo hemos considerado el ejemplo de la compasión de Pablo. Hay hombres


maravillosos que trabajan en el ministerio del evangelio; sin embargo, también los hay
que aparentemente carecen de la virtud de la compasión. No debemos creer cualquier
informe negativo que escuchemos, porque «justo parece el primero que defiende su
causa hasta que otro viene y lo examina» (Pr 18:17). No obstante, existen casos de
pastores que tratan a su gente de forma fría y sin corazón. Con toda seguridad,
podemos preguntarnos con razón si estos hombres entienden realmente el evangelio,
o si de verdad encarnan la compasión de Cristo en sus tratos pastorales. Las iglesias
tienen una clamorosa necesidad de hombres de compasión que aman a los perdidos y
al pueblo de Dios así como aman la verdad. Recuerden, hermanos ministeriales, la
pasión sin compasión es calor sin calidez y matará en lugar de curar a los enfermos por
el pecado.

¿Pero dónde adquiriremos semejante compasión? ¡Este tipo de amor no procede de los
genes de Adán! Por naturaleza somos egoístas y no tenemos amor, ni siquiera hacia
quienes nos aman. ¿Acaso no necesitamos la poderosa gracia divina para amar como
deberíamos? ¿No necesitamos el amor de Dios derramado en nuestros corazones por
el Espíritu Santo, no solo para persuadirnos del amor que Él tiene por nosotros, sino en
tal medida que lleguemos a ver cuánto amor debemos a los demás pecadores como
nosotros? ¿Acaso no debemos hallar esa compasión única, que adorna el evangelio,
en la misma fuente donde Pablo se imbuyó de ella? Si esto es verdad, hermanos —y
sin lugar a dudas a debemos decir que lo es—, entonces debemos considerar nuestra
propia experiencia del evangelio, nuestra propia imitación del ejemplo de Cristo, y
nuestra propia encarnación de la presencia de Cristo.

No existe sustituto de la profunda experiencia personal y transformadora de vida del


evangelio de Jesucristo. Solo Dios conoce el corazón de los hombres; ¡pero son tantos
los ministros que parecen no haber sido convertidos! ¿Cómo pueden tales hombres,
extraños a su propia necesidad como pecadores así como al remedio del evangelio que
está en Cristo, derramar su corazón en compasión por los que están muertos en sus
delitos y pecados? Un ministro puede solidarizarse con las necesidades sociales o
emocionales y desear que las cosas vayan mejor en la vida; pero el corazón de quien
no tiene una experiencia personal del evangelio bíblico no puede decir: «El deseo de mi
corazón y mi oración a Dios por ellos es para su salvación». Y no «rogará» a los
hombres «en nombre de Cristo:
¡Reconciliaos con Dios!».

Antes de que ningún hombre aspire a la obra del ministerio del evangelio, ha de estar
seguro de ser un cristiano concienzudamente convertido, que ama el evangelio y que
ha aceptado a Cristo. Esto es elemental. Y si usted es, en la actualidad, un ministro en
la iglesia de Cristo, haga una buena evaluación de su propio caso. ¿Puede decir con
Pablo: «Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, entre los cuales yo soy
el primero»? ¿Puede decir: «Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive,
sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por fe en el Hijo
de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí»? Tómese en serio la
amonestación de Pablo: «Poneos a prueba para ver si estáis en la fe; examinaos a
vosotros mismos. ¿O no reconocéis a vosotros mismos que Jesucristo está en vosotros,
a menos de que en verdad no paséis la prueba? (2 Co. 13:5). Asegúrese doblemente
de su propio caso antes de pretender ministrar en el nombre de Cristo a otros.

Tampoco existe sustituto para la imitación personal del compasivo ejemplo de Cristo.
En el mismo lugar donde Pablo habla de su política de abnegación, afirmando: «Así
como también yo procuro agradar a todos en todo, no buscando mi propio beneficio,
sino el de muchos, para que sean salvos», también dice: «Sed imitadores de mí, como
también yo lo soy de Cristo» (1 Co. 11:1). Esta es parte de una verdadera sucesión
apostólica —no como la que reivindica Roma—, pero una sucesión de hombres que
imitarán al apóstol, así como él imita la amorosa abnegación de Cristo. O, como Pablo
dirá a los ancianos efesios en otra ocasión: «Sed, pues, imitadores de Dios como hijos
amados; y andad en amor, así como también Cristo os amó y se dio a sí mismo por
nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios, como fragante aroma» (Ef. 5:1-2).

Hermanos, ¿están ustedes imitando a Cristo en su ministerio? ¿Están sus corazones


comprometidos o tan solo sus mentes y sus bocas, sus pies y sus manos? Adopte como
meta ministerial principal el ser como su Señor, y conocerá su bendición y verá avanzar
la Palabra en demostración del Espíritu y poder.

De nuevo, como vimos en el último capítulo, detrás del ejemplo de Pablo hay algo más
que el nivel por el cual deberían ser juzgados los ministros. De entrada, la exigencia del
evangelio es que todo cristiano imite el ejemplo de Cristo. La amonestación bíblica a
todos los que llevan el nombre de Cristo es: «Como escogidos de Dios, santos y
amados, revestíos de tierna compasión» (Col. 3:12). «En conclusión, sed todos de un
mismo sentir, compasivos, fraternales, misericordiosos» (1 P. 3:8). «Sed afectuosos
unos con otros con amor fraternal; con honra, daos preferencia unos a otros» (Ro.
12:10). Hermanos, si la virtud de la compasión cristiana no se halla en gran medida
entre nosotros, la vida de la iglesia pronto tendrá el frío helor de la muerte. Cuando la
compasión de Cristo ya no se puede ver en los rostros (y los hechos) de su pueblo, el
Espíritu de Cristo, que produce amor como su primer fruto, se entristecerá y se
marchará. Como Pablo escribe más tarde a estos efesios: «Y no entristezcáis al Espíritu
Santo de Dios, por el cual fuisteis sellados para el día de la redención […]. Sed más
bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, así como
también Dios os perdonó en Cristo» (Ef. 4:30-32). Esta es una descripción de cómo
actúa el amor de los hermanos. Y sin este tipo de amor en acción, entristecemos al
bendito Espíritu y hacemos que se retire de nosotros.
EL EJEMPLO DE HUMILDAD DE PABLO
Sirviendo al Señor con toda humildad (Hch. 20:19).

Al describir su forma de conducta entre los efesios, Pablo menciona primero su


humildad, su compasión y su abnegación. «Sirviendo al Señor con toda humildad, y con
lágrimas y con pruebas que vinieron sobre mí por causa de las intrigas de los judíos»
(20:19). En este capítulo, consideraremos la primera de estas virtudes de un ministro
idóneo y fiel. Pablo afirma que su presencia y su ministerio habían sido marcados con
la cualidad de la humildad. Asevera haber servido al Señor «con toda humildad
(tapeinofrosu, nh). Esta palabra no se halla en las listas de vocabulario griego elemental
estudiada por los estudiantes ministeriales, pero quizá debería figurar en ellas, porque
denota el rasgo esencial de un ministerio que sigue el ejemplo apostólico.

Lo primero que hay que resaltar de esta virtud es su gran importancia a la luz de lo que
el Nuevo Testamento afirma sobre la misión de Cristo y su mensaje. Una característica
prominente de la misión de Jesús es la degradación de los orgullosos y la exaltación de
los humildes. Vemos este énfasis, por ejemplo, en el Magnificat de María. Ella habla de
la obra de Dios en su propio caso (es decir, al convertirla en la madre de Cristo), y,
después, mira más allá, al significado de la venida del Hijo de Dios a una mayor escala
del plan divino de la redención.

Mi alma engrandece al Señor,


y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador.
Porque ha mirado la humilde condición (tapei, nwsij) de esta su sierva…
Ha hecho proezas con su brazo;
ha esparcido a los soberbios en el pensamiento de sus corazones.
Ha quitado a los poderosos de sus tronos;
y ha exaltado a los humildes (tapeino, j);
a los hambrientos ha colmado de bienes
y ha despedido a los ricos con las manos vacías.
(Lucas 1:47-53)

María está asombrada de la extraordinaria misericordia que la ha convertido a ella, una


doncella de «humilde condición», en la madre de Cristo. Y, tal como ella lo ve, esto no
es otra cosa que la manifestación del propósito y del significado de la venida de su Hijo.
Él es la pieza central del plan de Dios para «esparcir a los soberbios y “exaltar a los
humildes”».

Como parte de su dispersión de los orgullosos y su exaltación de los humildes, Cristo


destronó en realidad la «virtud» de la nobleza de pensamientos (megalofrosu, nh) tan
valorada por el mundo pagano y la remplazó con la cualidad de la humildad o modestia
(tapeinofrosu, nh). De hecho, esta ocupa el primer lugar entre las virtudes cristianas;
tanto es así que Basilio la definió como la casa del tesoro que contiene todas las demás
cualidades.1
Cristo exhibió esta virtud en perfección sin pecado. Dijo: «Tomad mi yugo sobre vosotros
y aprended de mí, que soy manso y humilde (tapeino, j) de corazón» (Mt. 11:29). Pablo
habla de la necesidad cristiana de imitar la humildad de Cristo: «Haya, pues, en vosotros
esta actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios,
no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí
mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose
en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y
muerte de cruz» (Fil. 2:5-8). A pesar de si grandeza, Cristo asumió el papel de siervo.
Como él mismo afirmó: «Entre vosotros yo soy como el que sirve» (Lc. 22:27).

En una palabra, la humildad o la mansedumbre es una virtud de siervo y aquel que llega
al pueblo de Dios en este espíritu no lo hace como señor para ser servicio, sino como
ministro para servir en el nombre de Dios. ¿Resulta, acaso, sorprendente que Pablo,
cuya pasión de vida y ministerio era la imitación de Cristo, se presentara como lo hace
en Ro. 1:1, afirmando: «Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, apartado
[es decir, en mi papel de siervo y apóstol de Cristo] para el evangelio de Dios» (Ro.
1:1)? ¿Nos extraña que hable de sí mismo como lo hace en 2 Co. 4:5, cuando dice:
«Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a
nosotros como siervos vuestros por amor de Jesús»?

La evaluación más básica de Pablo en cuanto a la posición a la que Dios le había


llamado puede resumirse en el título «Siervo de Cristo, Siervo del evangelio, Siervo de
los santos». Dirigiéndose a los ancianos efesios les dice: «Vosotros bien sabéis cómo
he sido con vosotros todo el tiempo, desde el primer día que estuve en Asia, sirviendo
al Señor con toda humildad». Pablo está afirmando que no había estado entre ellos
como señor para ser servido, sino como siervo en los negocios de su Señor. Había
estado allí para servir a Cristo, servir al evangelio y servirlos a ellos. Y la prueba, la
marca que lo distinguía en este papel, la virtud que dio tanto encanto y poder a su
ministerio, y que encomendó el evangelio a la conciencia de todos los hombres, fue la
cualidad del siervo, la humildad, que exhibió sistemáticamente entre ellos.

Detengámonos por un momento y consideremos quién hace esta afirmación. ¿Quién


era el hombre que fue a Éfeso para trabajar en la obra del evangelio? ¿Quién era este
Pablo que había convocado a los ancianos de la iglesia y ahora se dirigía a ellos en lo
referente a su propio ejemplo y al deber de ellos? Fue el predicador y el misionero de
mayor educación teológica de la iglesia apostólica. Más aún, fue investido por Cristo
mismo con el oficio de apóstol, mediante revelación especial. Cristo lo había escogido
como instrumento principal por medio del cual reveló las doctrinas fundamentales que
debían regular el pensamiento de la iglesia para todos los siglos venideros. Además,
fue dotado de dones milagrosos en tal medida abundante, que estando en Éfeso, por
ejemplo, hasta los pañuelos con los que se había secado el sudor, llevados a los
enfermos les transmitía virtud sanadora.
Con todo, y a pesar ello, Pablo no se vanagloriaba. Como dice a los corintios: «Por la
gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no resultó vana; antes bien he
trabajado mucho más que todos ellos, aunque no yo, sino la gracia de Dios en mí»
(15:10). Al regresar a la iglesia en Antioquía, tras su primer viaje misionero, él y Bernabé
«informaron de todas las cosas que Dios había hecho con ellos, y cómo había abierto a
los gentiles la puerta de la fe» (Hch. 14:27). Pablo acreditaba todo el éxito de su
ministerio a Dios.

Además, a pesar de su educación, dones y oficio, se movió entre el pueblo de Dios y


les ministró, no con un sentido de suficiencia personal para la obra, sino de nuevo, como
les indica a los corintios: «Y estuve entre vosotros con debilidad, y con temor y mucho
temblor» (1 Co. 2:3). En 2 Corintios, dice:
Pero gracias a Dios, que en Cristo siempre nos lleva en triunfo, y que por medio de
nosotros manifiesta en todo lugar la fragancia de su conocimiento. Porque fragante
aroma de Cristo somos para Dios entre los que se salvan y entre los que se pierden;
para unos, olor de muerte para muerte, y para otros, olor de vida para vida. Y para estas
cosas ¿quién está capacitado? (2:14-16).

Y esta confianza tenemos hacia Dios por medio de Cristo: no que seamos suficientes
en nosotros mismos para pensar que cosa alguna procede de nosotros, sino que
nuestra suficiencia es de Dios, el cual también nos hizo suficientes como ministros de
un nuevo pacto, no de la letra, sino del Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu da
vida (3:4-6).

No son estas palabras que expresen una falsa humildad. Reflejan el reconocimiento
muy real que Pablo hace: separado de la gracia y la capacitación de Dios, él es
completamente insuficiente para llevar a cabo el ministerio que Cristo le encomendado.

Además, Pablo no se enseñoreaba sobre la herencia de Dios. No era como Diótrefes,


al que le gustaba tener la preeminencia. No trataba a los inferiores con desprecio y
desdén, aunque estos lo trataran con frecuencia en una forma vergonzosa. Sabía que
los orgullosos nunca se habían medido por ningún parámetro que no fuera la propia
opinión engañada y envanecida de sí mismos. Estos hombres estaban comprometidos
en la autopromoción, un vicio que el humilde siervo de Cristo, consciente de su propia
debilidad y limitaciones, no podía ni imaginar imitar. Como dijo a los corintios: «Porque
no nos atrevemos a contarnos ni a compararnos con algunos que se alaban a sí mismos;
pero ellos, midiéndose a sí mismos y comparándose consigo mismos, carecen de
entendimiento» (2 Co. 10:12).

La virtud más básica del carácter de Pablo, forjado por el Espíritu, que con tanta riqueza
adornó su ministerio, era su humildad. Esta le había abierto más puertas y asegurado
más utilidad que toda la agresividad de los hombres que continuamente se lanzaban
sobre el pueblo de Dios. Fue esta cualidad la que lo capacitó para predicar el evangelio
sin hipocresía. Y fue ella también la que le permitió controlar la conciencia del pueblo
de Dios cuando los exhortó como lo hace con estos efesios, a vivir «de una manera
digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad y mansedumbre»
(Ef. 4:1-2). ¿Podemos imaginar la respuesta de los efesios a esta exhortación, de no
haber sido verdad las palabras de Pablo: «Vosotros bien sabéis cómo he sido con
vosotros todo el tiempo, desde el primer día que estuve en Asia, sirviendo al Señor con
toda humildad»? Si Pablo no hubiera sido lo que afirmaba ser, los oídos de los ancianos
efesios se habrían cerrado a todo lo demás que profiriera.

Considerando lo que hemos visto (hasta este momento de nuestro estudio), quiero
sugerir un principio que debería regular nuestro pensamiento en cuanto al ministerio
pastoral de la iglesia. Ese principio es que un ministerio digno de imitación y del respaldo
del pueblo de Dios estará marcado por la coherencia en la exhibición de aquellas
virtudes que reflejen el ejemplo de Cristo y de sus apóstoles, y que encarne los principio
del evangelio mismo. Ningún hombre debería estar en el ministerio del evangelio si no
ordena su vida y su ministerio según los principios hallados en este texto, es decir, de
acuerdo con el ejemplo apostólico presentado en el ministerio de Pablo.

Hasta aquí hemos considerado el ejemplo de la humildad de Pablo. Durante los pasados
cuarenta y cinco años he tenido el privilegio de ayudar a formar a hombres para el
ministerio del evangelio. He visto a muchos aspirantes a dicho cargo. Aquellos que han
resultado ser prometedores y de utilidad potencial en el ministerio para los hombres han
poseído la virtud de la humildad. Por el contrario, los que han estado llenos de sí mismo,
siempre con afán de protagonismo, nunca abiertos a la valoración de sus hermanos, se
han convertido en una lacra para las iglesias y, a pesar de la imagen que han intentado
proyectar, no han servido a Cristo ni al evangelio, ni a los santos.

Tenemos el solemne deber de ordenar la casa de Dios según un nivel bíblico que incluye
el respeto adecuado a la imagen del ministro del evangelio que Cristo ha colocado en
su Palabra. Ese nivel requiere (en parte) coherencia en la humildad. Todo hombre que
carezca de esta cualidad no podrá ser hallado «irreprochable» e «irreprensible» (1 Ti.
3:2; Tit. 1:6-7). No tenemos la libertad de dejar a un lado el parámetro bíblico, por mucho
que tengamos otras razones para juzgar que un hombre es adecuado para la obra. Si
este fue el nivel por el que la iglesia debía juzgar la adecuación incluso de los apóstoles,
no podemos dejarlo a un lado como si no tuviera importancia.

El ejemplo de humildad de Pablo tiene, por supuesto, más relevancia que el nivel por el
cual han de ser juzgados los ministros. En última instancia está la exigencia del
evangelio de que todo cristiano imite el ejemplo de Cristo. El Pablo que se dirigió a los
ancianos efesios es, primeramente, un hombre cristiano y apóstol solo en segundo
lugar. Tiene dos llamados: primero, a ser un cristiano piadoso y solo después de esto a
ser un ministro del evangelio. Su deber de ser humilde está arraigado en primer lugar a
su primer llamado. Cristo le ordena a Pablo que se revista de humildad primordialmente
como hombre cristiano. Y, a partir de la realidad de lo que él es como cristiano humilde
y piadoso, es como sirve a Cristo en su iglesia.
La amonestación de la Biblia a todos los que llevan el nombre de Cristo es: «…todos,
revestíos de humildad (tapeinofrosu, nh) en vuestro trato mutuo, porque Dios resiste a
los soberbios, pero da gracia a los humildes» (1 P. 5:5). La dinámica de la vida de la
iglesia requiere esto de todos nosotros. Por esta razón, la Biblia nos amonesta: «Siendo
del mismo sentir, conservando el mismo amor, unidos en espíritu, dedicados a un mismo
propósito. Nada hagáis por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde
(tapeinofrosu, nh) cada uno de vosotros considere al otro como más importante que a
sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de
los demás. Haya, pues, en vosotros esta actitud que hubo también en Cristo Jesús […]
se humilló (tapeino, w) a sí mismo» (Fil. 2:2-8).

Si la virtud de la humildad cristiana no se halla en gran medida entre los miembros de


una congregación, la vida de la iglesia degenerará en un club «yo», en el que todos
buscan ser servidos y nadie quiere servir. Este no fue el ejemplo de Cristo ni está de
acuerdo con su instrucción.
Entonces, cuando acabó de lavarles los pies, tomó su manto, y sentándose a la mesa
otra vez, les dijo: ¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor; y
tenéis razón, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os lavé los pies, vosotros
también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que
como yo os he hecho, vosotros también hagáis. En verdad, en verdad os digo: un siervo
no es mayor que su señor, ni un enviado es mayor que el que le envió. Si sabéis esto,
seréis felices si lo practicáis (Jn. 13:12-17).

La virtud de la humildad es una parte vital del carácter de un hombre a semejanza de


Cristo y de un pastor según el modelo apostólico. Es un reflejo del propio ejemplo del
Jefe de los Pastores. Y es indispensable para conseguir y mantener la conciencia de
los hombres en las cosas relacionadas con su paz. Describiendo la autoevaluación
adecuada que todo hombre cristiano debería hacer, Thomas Charles dijo con gran
acierto:

Si nos humillamos delante de Dios, también lo haremos en nuestra conducta externa


hacia las demás criaturas. Si tenemos plena conciencia de que no tenemos nada, sino
lo que recibimos a diario, nuestro comportamiento para con aquellos de los que Dios
nos ha distinguido mediante dones superiores, estaremos verdaderamente persuadidos
de nuestra pobreza. En vano fingiremos humillarnos debidamente ante Dios y estar
persuadidos de nuestra pobreza, si nuestra conducta hacia los hombres es orgullosa y
pretenciosa…
Si en verdad creemos que recibimos todo lo bueno de Dios, no podemos gloriarnos
como si no fuera así. En la proporción que creamos esto, no podremos gloriarnos en
nosotros mismos en nada, sino tan solo en Dios, el dador de todo lo bueno y de todo
don perfecto. ¿Tenemos gracia? La hemos recibido. ¿Creemos esto? Entonces no
podemos gloriarnos frente a quienes no la tienen; nuestra conducta hacia ellos debe
estar llena de modestia y humildad, de piedad y compasión. ¿Somos eminentemente
distinguidos por dones útiles y ornamentales? ¿Están abundantemente bendecidos
estos dones y nuestras tareas? Todo esto procede de Dios, ¿pero lo creemos? Si es
así, no deberemos menospreciar a quienes no lo tienen, sino que con toda humildad y
laboriosidad debemos emplearlos para la gloria de Dios y para beneficio de otros. Si
creemos que lo hemos recibido todo de Dios, no nos resultará posible atribuirnos nada,
sino la vergüenza; porque nada podemos calificar como nuestro, sino el pecado. En
cuanto a nuestro entendimiento, todo lo que pertenece a nuestro propio ser es tinieblas;
y en lo tocante a nuestro corazón, todo lo que nos pertenece es su impiedad y su
engaño; y si nuestras manos y lengua han hecho algo bueno es porque Dios las ha
utilizado. Toda la luz que existe en nuestra mente… procede del Padre de luces; y todo
lo bueno de nuestro corazón desciende de arriba. No hay nada que sea nuestro, sino el
pecado y la vergüenza; si nos gloriamos en nosotros mismos, debemos gloriarnos en
nuestra vergüenza…

Aquel que se juzga correctamente, mide cada día su religión por su humildad, y su
humildad por el grado de influencia que tiene en la mente, revistiéndola de los estados
de ánimo suaves, benevolentes y celestiales que se adaptan al miserable pecador que
vive por la paciencia y la misericordia de Dios, y adornando la totalidad del hombre
exterior con la conducta afable, humilde y cortés convirtiéndolo en alguien que no puede
gloriarse de algo bueno como si no lo hubiera recibido.2