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Estudio-vida de Romanos

CONTENIDO

1. INTRODUCCIÓN
2. EL EVANGELIO DE DIOS
3. LA FUENTE DE LA MALDAD Y EL CAMINO DE RESTRICCIÓN
4. LA VANIDAD DE LA RELIGIÓN Y LA DESESPERANZA TOTAL DEL MUNDO
5. LA JUSTIFICACIÓN SEGÚN DIOS
6. EL EJEMPLO DE LA JUSTIFICACIÓN
7. LA EXPERIENCIA SUBJETIVA DE LA JUSTIFICACIÓN (1)
8. LA EXPERIENCIA SUBJETIVA DE LA JUSTIFICACIÓN (2)
9. EL RESULTADO DE LA JUSTIFICACIÓN: EL PLENO DISFRUTE DE DIOS EN
CRISTO
10. EL DON EN CRISTO SOBREPASA LA HERENCIA EN ADÁN
11. LA IDENTIFICACIÓN CON CRISTO
12.LA ESCLAVITUD DE LA LEY EN NUESTRA CARNE (1)
13.LA ESCLAVITUD DE LA LEY EN NUESTRA CARNE (2)
14.LA LIBERTAD DEL ESPÍRITU EN NUESTRO ESPÍRITU (1)
15.LA LIBERTAD DEL ESPÍRITU EN NUESTRO ESPÍRITU (2)
16.LA LIBERTAD DEL ESPÍRITU EN NUESTRO ESPÍRITU (3)
17. LA SANTIFICACIÓN EN VIDA
18.HEREDEROS DE LA GLORIA (1)
19.HEREDEROS DE LA GLORIA (2)
20. HEREDEROS DE LA GLORIA (3)
21.HEREDEROS DE LA GLORIA (4)
22. LA ELECCIÓN DE DIOS, NUESTRO DESTINO (1)
23. LA ELECCIÓN DE DIOS, NUESTRO DESTINO (2)
24. LA ECONOMÍA DE LA ELECCIÓN DE DIOS
25. LA TRANSFORMACIÓN REALIZADA AL PONER EN PRÁCTICA LA
VIDA DEL CUERPO (1)
26. LA TRANSFORMACIÓN REALIZADA AL PONER EN PRÁCTICA LA
VIDA DEL CUERPO (2)
27. LA TRANSFORMACIÓN REALIZADA AL PONER EN PRÁCTICA LA
VIDA DEL CUERPO (3) Y AL ESTAR EN SUJECIÓN, AL AMAR Y AL PELEAR
LA BATALLA
28. LA TRANSFORMACIÓN QUE SE REQUIERE PARA RECIBIR A LOS
CREYENTES (1)
29. LA TRANSFORMACIÓN QUE SE REQUIERE PARA RECIBIR A LOS
CREYENTES (2)
30. LA CONSUMACIÓN DEL EVANGELIO
31.UNA PALABRA DE CONCLUSIÓN
32. EL CONCEPTO BÁSICO DE ROMANOS
33. LOS ASUNTOS BÁSICOS DE LOS CAPÍTULOS DEL CINCO AL OCHO
34. LIBRADOS DEL PECADO, DE LA LEY Y DE LA CARNE
35. LIBRADOS DE LA MUERTE (1)
36. LIBRADOS DE LA MUERTE (2)
37. LA LEY PRESENTADA EN LOS CAPÍTULOS SIETE Y OCHO DE
ROMANOS
38. LA VIDA Y LA MUERTE SEGÚN SE PRESENTAN EN LOS CAPÍTULOS
DEL CINCO AL OCHO DE ROMANOS
39. PERMANECEMOS EN CRISTO AL OCUPARNOS DEL ESPÍRITU
40. EN LA VIDA DIVINA SOMOS SALVOS DEL PECADO Y DE LA
MUNDANALIDAD
41.EN LA VIDA DIVINA SOMOS SALVOS DE SER NATURALES
42. EN LA VIDA DIVINA SOMOS SALVOS DEL INDIVIDUALISMO
43. EN LA VIDA DIVINA SOMOS SALVOS DE SER LOS QUE CAUSAN
DIVISIÓN
44. EN LA VIDA DIVINA SOMOS SALVOS DE LA MANIFESTACIÓN DEL
YO (1)
45. EN LA VIDA DIVINA SOMOS SALVOS DE LA MANIFESTACIÓN DEL
YO (2)
46. REINAMOS EN VIDA POR LA GRACIA
47. EL SIGNIFICADO DE REINAR EN VIDA
48. REINAR EN VIDA SOBRE LA MUERTE
49. REINAR EN VIDA SOBRE SATANÁS
50. LA CARNE Y EL ESPÍRITU
51.SERVIR EN EL EVANGELIO DEL HIJO DE DIOS
52. LA DESIGNACIÓN
53. LA FILIACIÓN PRESENTADA EN EL LIBRO DE ROMANOS
54. DESIGNADOS POR LA RESURRECCIÓN
55. DESIGNADOS POR EL ESPÍRITU DE SANTIDAD
56. DESIGNADOS MEDIANTE EL ESPÍRITU MEZCLADO
57.LA JUSTICIA ES EL PODER DEL EVANGELIO
58. LA ELECCIÓN DE LA GRACIA
59. LA PRÁCTICA DE LA VIDA DEL CUERPO
60. EL DIOS TRIUNO SE IMPARTE A SU PUEBLO CON MIRAS A QUE SE
CUMPLA SU PROPÓSITO ETERNO
61.LA IMPARTICIÓN DEL DIOS TRIUNO SE LLEVA A CABO EN CONFORMIDAD
CON SU JUSTICIA, POR MEDIO DE SU SANTIDAD Y PARA SU GLORIA
62. LA VIDA DEL DIOS TRIUNO IMPARTIDA EN EL HOMBRE
TRIPARTITO
63. NO SE TRATA DE UNA VIDA INTERCAMBIADA SINO DE UNA VIDA
INJERTADA
64. LA TRANSFORMACIÓN Y LA CONFORMACIÓN SE LLEVAN A CABO
POR MEDIO DE LA VIDA INJERTADA (1)
65. LA TRANSFORMACIÓN Y LA CONFORMACIÓN SE LLEVAN A CABO
POR MEDIO DE LA VIDA INJERTADA (2)
66. DIOS CONDENÓ AL PECADO EN LA CARNE
67. EL DIOS PROCESADO COMO LA LEY DEL ESPÍRITU DE VIDA
68. DIOS CONDENÓ AL PECADO EN LA CARNE PARA QUE PODAMOS
ESTAR EN EL ESPÍRITU
69. ESTAMOS EN EL ESPÍRITU PARA EXPERIMENTAR LA OBRA DEL
ESPÍRITU

PREFACIO

Lo que más llama la atención en las epístolas de Pablo es la economía neotestamentaria


de Dios (Ef. 1:10; 3:9; 1 Ti. 1:4). Esta economía divina, en calidad del misterio de Dios
que en otro tiempo se mantuvo oculto pero que después fue revelado en la dispensación
de la gracia (Ef. 3:9, 5; Col. 1:26), es el misterio de Dios, que es Cristo como
corporificación de Dios (Col. 2:2, 9), y el misterio de Cristo, que es la iglesia como
Cuerpo de Cristo (Ef. 3:4; 1:23). Pablo, con miras a revelarnos esta economía, utiliza una
estructura básica e intrínseca en sus escritos, a saber: Dios en Su Trinidad —el Padre, el
Hijo y el Espíritu—, quien se imparte en Su pueblo escogido, redimido y regenerado,
como su vida, su suministro de vida y su todo, a fin de hacer de ellos Sus hijos y
miembros de Cristo (Ro. 8:29; Ef. 5:30). Como Sus hijos, ellos son edificados
conjuntamente hasta ser Su morada en el espíritu (Ef. 2:21-22), y como miembros de
Cristo, ellos son concertados en la vida divina hasta ser Su Cuerpo (1 Co. 12:12-13). De
este modo, ellos experimentan una unión orgánica espiritual con Él (1 Co. 6:17),
participan de Su filiación divina (Ef. 1:5) y disfrutan de Sus inescrutables riquezas en
Cristo (Ef. 3:8) hasta ser Su plenitud (Ef. 3:19) y convertirse en Su expresión en Cristo
por medio del Espíritu, una expresión que se manifiesta en esta era y por la eternidad.
¡Qué economía tan maravillosa es la que se nos revela en estas catorce epístolas!

Witness Lee
Anaheim, California, U.S.A.
7 de junio de 1984
ESTUDIO-VIDA DE ROMANOS
MENSAJE UNO

INTRODUCCIÓN

Cuánto agradecemos al Señor que nos haya proporcionado este entrenamiento, el cual
trata de la vida cristiana normal y de la vida de iglesia adecuada. Prestaremos toda
nuestra atención a lo relacionado con la vida cristiana y la vida de iglesia. Por ende,
aunque es necesario conocer las verdades básicas y los principios de la Palabra divina,
nuestro propósito no es celebrar un entrenamiento acerca de las doctrinas; más bien,
todo el entrenamiento estará enfocado en el libro de Romanos. Necesitamos estudiar
cabalmente la Epístola a los Romanos de la Versión Recobro. Este mensaje es una
introducción a esta epístola.

I. LA POSICIÓN QUE EL LIBRO DE ROMANOS


OCUPA EN LA BIBLIA

Primero debemos saber cuál es la posición que esta epístola ocupa en la Biblia. Para
saber esto, tenemos que estudiar la Biblia en su totalidad.

A. La Biblia presenta el romance


de una pareja universal

La Biblia presenta un romance. ¿Había usted escuchado esto antes? Tal vez le parezca
un concepto secular y poco espiritual; no obstante, si usted ha profundizado en el
pensamiento de la Biblia, se dará cuenta de que, en un sentido santo y puro, la Biblia
habla del romance de una pareja universal.

1. Dios en Cristo, el Novio

El varón de esta pareja es Dios mismo. Aunque Él es una Persona divina, es Su deseo ser
el varón de esta pareja universal. Dios mismo, después de pasar por un largo proceso,
llegó a ser Cristo, el Novio.

2. El pueblo redimido de Dios es la novia

La mujer de esta pareja es un ser humano corporativo, el pueblo redimido de Dios, que
incluye a los santos del Antiguo Testamento y del Nuevo. Después de un largo proceso,
esta mujer corporativa llegará a ser la Nueva Jerusalén, la novia.
3. El romance universal presentado
en el Antiguo Testamento

A lo largo del Antiguo Testamento, este romance santo es revelado en repetidas


ocasiones.

a. La historia de un matrimonio

Inmediatamente después del relato de la creación encontramos la historia de un


matrimonio (Gn. 2:21-25), en el cual Adán tipifica a Cristo como el esposo, y Eva tipifica
a la iglesia como la novia. En Efesios 5 vemos que la pareja tipificada por Adán y Eva, es
Cristo y la iglesia. Esta tipología revela que las personas que forman la pareja universal
tienen que provenir de la misma fuente. Dios creó únicamente a una persona, Adán, y de
ésta procedió otra persona, su esposa. Eva no fue creada aparte de Adán, sino que
procedió de él. Ella fue formada de una costilla, de un hueso tomado de Adán, lo cual
indica que los dos procedieron de la misma fuente. En la pareja universal la esposa debe
proceder del esposo. De la misma forma, la iglesia debe proceder de Cristo. Es menester
que las dos personas de esta pareja provengan de la misma fuente y tengan la misma
naturaleza. Además, deben participar de la misma vida. La naturaleza y la vida de Adán
eran a la vez de Eva, es decir, ella tenía la misma vida y naturaleza que Adán. Los dos
provinieron de la misma fuente y tenían la misma vida y la misma naturaleza. No hay
duda de que ambos también tenían el mismo vivir, pues vivían juntos. Eva vivía por
Adán y con él, y Adán vivía por Eva y con ella.

En esta pareja se halla el secreto del universo, el cual consiste en que Dios y Sus
escogidos deben formar una pareja. ¡Aleluya! Nosotros, los escogidos de Dios, y Dios
mismo somos de la misma fuente, y tenemos la misma vida y naturaleza. Por lo tanto,
también debemos tener un mismo vivir. No vivimos por nosotros ni para nosotros, sino
con Dios y para Él, y Él vive con nosotros y para nosotros. ¡Aleluya!

b. Dios como esposo y Su pueblo como esposa

En varias ocasiones en el Antiguo Testamento Dios se refiere a Sí mismo como el


Esposo, y a Su pueblo como Su esposa (Is. 54:5; 62:5; Jer. 2:2; 3:1, 14; 31:32; Ez. 16:8;
23:5; Os. 2:7, 19). Dios deseaba ser el esposo y quería que Su pueblo fuese Su esposa.
Muchas veces los profetas se refirieron a Dios como el Esposo y a Su pueblo como la
esposa. Como seres humanos, nosotros tenemos el concepto religioso de que Dios es el
Todopoderoso, por lo cual nos sentimos constreñidos a adorarle. Pero díganme los
hermanos casados, ¿es eso lo que esperan de sus esposas? Supongamos que su esposa
tuviera el concepto de que usted es enorme y que tiene un cuerpo gigantesco, y por eso
se le acercara con una actitud de adoración, inclinándose y arrodillándose para adorarle.
¿Qué le diría usted? Seguramente le diría: “Querida esposa, no seas tonta. No necesito a
alguien que me adore, sino a una querida esposa que me abrace y me bese. Si tan solo
me dieras un besito, me elevaría por el aire”. Ciertamente nuestro Dios es el Dios
Todopoderoso, y nosotros Sus criaturas debemos adorarle; muchos versículos de la
Biblia nos hablan de esta clase de adoración a Dios. Sin embargo, ¿nunca ha leído en los
libros de Isaías, Jeremías, Ezequiel y Oseas, que Dios desea ser un esposo? En la
antigüedad el pueblo de Dios edificó el templo y estableció un sistema de adoración que
incluía el sacerdocio y los sacrificios. Cierto día Dios intervino y habló por medio del
profeta Isaías, diciendo: “Estoy cansado de esto. Estoy hastiado de vuestros sacrificios.
Quiero vuestro amor. Yo soy vuestro Esposo y vosotros debéis ser Mi esposa. Deseo
tener una vida matrimonial. Estoy solo, os necesito. Os necesito como Mi pueblo
escogido para que sean Mi esposa”.

c. El romance pleno presentado


en el Cantar de los cantares

Entre los treinta y nueve libros del Antiguo Testamento se encuentra un libro llamado el
Cantar de los cantares. Este libro presenta más que un simple romance; habla de un
romance fantástico. ¿Ha leído alguna vez de un romance que pueda compararse con el
Cantar de los cantares? De acuerdo con mi apreciación, el Cantar de los cantares es el
romance más fino jamás escrito, en el cual se habla de dos personas enamoradas. En el
Cantar de los cantares vemos a una mujer enamorada de un hombre y exclamando:
“¡Oh, si me besara con los besos de su boca! De esto tengo sed”. Inmediatamente su
amado se le acerca, y ella deja de hablar acerca de su amado y empieza a dirigirse
directamente a él (Cnt. 1:2-3), diciendo: “Tu nombre es dulce” . “Mejores son tus amores
que el vino”. “Atráeme, amado mío. No me des enseñanzas, atráeme hacia Ti. No
necesito un pastor ni un predicador; no necesito a un líder ni a un apóstol; necesito que
me atraigas a Ti. Atráeme; en pos de ti correremos”. ¡Qué romance tan maravilloso!

En el caso de Adán y Eva vemos que dicha pareja provino de la misma fuente y que tenía
la misma naturaleza, vida y vivir. En los libros de Isaías, Jeremías, Ezequiel y Oseas,
vemos que Dios desea tener una esposa que viva juntamente con Él. Dios anhela tener
una vida de matrimonio, con el fin de que la divinidad viva juntamente con la
humanidad. Pero Su pueblo le ha fallado. Sin embargo, en el Cantar de los cantares
encontramos la verdadera vida matrimonial. ¿Cuál es el secreto de tal romance? El
secreto consiste en que la esposa debe tomar al esposo no sólo como su vida y su vivir,
sino también como su persona.

Como indicamos en el entrenamiento informal de 1972, el Señor usó varias figuras


retóricas en el Cantar de los cantares para caracterizar a la mujer que le buscaba
mientras ella pasaba por las diferentes etapas de su crecimiento en vida. La primera
figura que Él usó fue una compañía de caballos (Cnt. 1:9). Los caballos son fuertes y
están llenos de energía y personalidad, y siempre buscan su propia meta. Gradualmente,
por la obra del amor, esta mujer que le anhelaba, cambió: dejó de ser una compañía de
caballos y se convirtió en un lirio fragante, hermoso y floreciente (2:2). La mujer que le
buscaba fue transformada en un lirio carente de voluntad, emoción y personalidad.
Finalmente, llegó a ser una columna. Aunque la palabra columna denota algo fuerte, la
mujer fue comparada con una columna de humo (3:6), y no con una de mármol. Ella fue
transformada en una columna de humo que permanecía firme e inmutable en el
universo, aunque a la vez era muy flexible. Me gusta ver que las esposas jóvenes sean
columnas de humo y que digan: “Mi voluntad se halla en el corazón de mi esposo, mi
emoción está en él, y mi mente está en la suya. Yo soy simplemente una columna de
humo”. Dicha columna no tiene personalidad propia; no tiene mente, emociones ni
voluntad. Cuando el esposo dice a tal esposa: “Vámonos”, ella en seguida obedece. Por el
contrario, si el esposo dice: “Permanezcamos aquí por la eternidad”, ella no antepondrá
problema alguno. No obstante, los informes que recibo acerca de los matrimonios
jóvenes dicen todo lo contrario. Si el hermano dice: “Vámonos”, la esposa se resiste a
obedecer. Y si el esposo dice: “Quedémonos”, la esposa insiste en irse. Ella es todavía
como una yegua salvaje de Egipto que tira de los carros de Faraón. Es posible que tal
hermana busque al Señor, pero aún trae arrastrando los carros de Faraón. Ella necesita
dejar su carga. ¿Cómo puede lograr esto? Lo hace liberándose de su mente, emociones y
voluntad, y convirtiéndose en una columna de humo.

La mujer que buscaba a su amado en el Cantar de los cantares finalmente llegó a ser un
palanquín para transportar a aquél a quien amaba (v. 9). Ella había logrado negarse a sí
misma, negar su persona; y su amado, Cristo el Señor, llegó a ser la Persona dentro de
su ser. Ella misma se convirtió en un palanquín que transportaba a la Persona de Cristo.
Más tarde, ella llegó a ser un huerto en el cual se cultivaba algo para la satisfacción de su
amado (4:12-13). Finalmente, se convirtió en una ciudad (6:4), la Nueva Jerusalén (Ap.
21:2), dejando su persona misma, reemplazándola con la poderosa Persona de Cristo en
ella. ¡Alabado sea el Señor! Éste es el romance santo.

4. El romance universal presentado


en el Nuevo Testamento

Ahora veamos la manera en que se presenta este romance en el Nuevo Testamento.

a. Cristo como el Novio en los Evangelios


Sin lugar a dudas, los Evangelios nos presentan una narración completa acerca de Cristo
como nuestro Salvador. Sin embargo, ¿se ha dado usted cuenta de que los cuatro
Evangelios (Mt. 9:15; Mr. 2:19; Lc. 5:34; Jn. 3:29) también nos muestran que Cristo vino
como el Novio? Él vino en busca de Su esposa. Cuando los discípulos de Juan el Bautista
vieron que muchos abandonaban a Juan para seguir al Señor Jesús, Juan mismo les dijo
que eso no los debía perturbar, porque el incremento, es decir, los seguidores, le
pertenecía a Cristo, quien era el Novio (v. 30). El Novio ha venido por la novia. ¿Qué es
la novia? Es el incremento de Cristo. Cada uno de los cuatro Evangelios presenta a
Cristo como el Novio que viene en busca de la novia.

b. El esposo y la esposa en las Epístolas

Las epístolas del Nuevo Testamento claramente describen y comparan a Cristo y la


iglesia con el esposo y la esposa (Ef. 5:25-32; 2 Co. 11:2). Si conocemos la revelación que
las Epístolas nos presentan, estaremos de acuerdo en que éstas revelan a Cristo como
nuestro Esposo y a los creyentes como Su complemento, es decir, Su esposa. Debemos
ser uno con Él, en cuanto a la fuente de donde provenimos, en cuanto a la vida, a la
naturaleza, y aun en cuanto a nuestro vivir diario.

c. El matrimonio de Cristo y Su pueblo


revelado en el libro de Apocalipsis

En el libro de Apocalipsis Cristo es revelado celebrando Sus bodas (Ap. 19:7) y la Nueva
Jerusalén es presentada como Su esposa (21:2, 9). En el capítulo 19 de Apocalipsis
vemos que Cristo disfrutará de Su fiesta de bodas, y en el capítulo 21 se nos dice que la
Nueva Jerusalén será Su esposa. Los últimos dos capítulos de la Biblia, Apocalipsis 21 y
22, nos muestran que la máxima consumación de toda la Biblia reside en esta pareja
universal: el esposo y la esposa.

5. La pareja universal y el hombre universal

Además, la Biblia nos dice que esta pareja, formada por estas dos personas, es una sola
carne (Gn. 2:24; Ef. 5:31). Adán y Eva eran una sola carne; por eso, eran también un
solo hombre. Cristo y Su pueblo escogido constituyen un solo hombre corporativo y
universal; Cristo el Esposo es la Cabeza (4:15) y la iglesia, la esposa, es el Cuerpo (1:22-
23). Con el tiempo estos dos llegan a ser un solo hombre corporativo, todo-inclusivo y
universal. En Efesios 5 la iglesia es presentada como la esposa, y en Efesios 1 es
presentada como el Cuerpo de Cristo. Ella es la esposa de Cristo y Su Cuerpo. Cristo es
su Esposo así como también su Cabeza. De manera que Cristo y la iglesia constituyen un
solo hombre corporativo y universal. Éste es el tema medular de la revelación divina
contenida en la Palabra de Dios: una pareja y un hombre. En esta pareja el Dios Triuno
es el Esposo, y Su pueblo escogido es la esposa. En este hombre Cristo es la Cabeza, y Su
pueblo escogido es el Cuerpo. Ésta es la revelación central de toda la Biblia. En la pareja
el aspecto principal es el amor, y en el hombre el aspecto principal es la vida. El amor es
lo prevaleciente con respecto a Cristo y la iglesia como pareja, y la vida es lo
predominante en cuanto a Cristo y la iglesia como hombre.

B. El Antiguo Testamento predice a Cristo

1. Las profecías acerca de Cristo

El Antiguo Testamento predice a Cristo en forma de profecías, ya sea en palabras claras,


tipología, figuras o sombras. Si leemos el Antiguo Testamento cuidadosamente,
descubriremos muchas clases de profecías claras y patentes acerca de Cristo. El Antiguo
Testamento anunció de quién nacería el Cristo y predijo también el lugar de Su
nacimiento y muchos otros eventos de Su vida. Podemos encontrar una gran cantidad de
versículos que profetizan acerca de Él. Además de dichas profecías hay tipos, figuras y
sombras que revelan y describen a Cristo con lujo de detalle. Así que, el Antiguo
Testamento es considerado una revelación de Cristo (Lc. 24:27, 44; Jn. 5:39).

2. La iglesia profetizada por medio de


tipos, figuras y sombras

El Antiguo Testamento también da predicciones acerca de la iglesia, aunque no en


palabras claras, sino en tipos, figuras y sombras. La iglesia nunca fue mencionada
específicamente en palabras claras en el Antiguo Testamento; más bien, era un misterio
escondido (Ef. 3:3-6). No obstante, fue predicha por medio de un gran número de tipos,
figuras y sombras. Los tipos y sombras se dividen principalmente en dos categorías. La
primera se compone de las esposas de todos los hombres que tipificaron a Cristo. Eva
era un tipo de la iglesia (5:31-32). Rebeca, la esposa de Isaac, también tipificaba a la
iglesia (Gn. 24). Rut tipificaba a la iglesia (Rt. 4), así como la sulamita en el Cantar de
los cantares (Cnt. 6:13). En el idioma hebreo, sulamita es el género femenino de
Salomón, o sea, los dos tienen el mismo nombre, uno es Salomón en masculino y el otro
es también Salomón, pero en femenino. Esta sulamita era también un tipo de la iglesia.
La segunda categoría incluye el tabernáculo y el templo; ambos eran tipos de la iglesia.
Aunque la iglesia no fue mencionada en el Antiguo Testamento con palabras claras y
patentes, fue tipificada de una manera completa.

C. El Nuevo Testamento cumple lo


que el Antiguo Testamento predice
¿Qué podemos decir del Nuevo Testamento? El Nuevo Testamento es el cumplimiento
del Antiguo Testamento. Todo lo que el Antiguo Testamento predijo con respecto a
Cristo y a la iglesia fue plenamente cumplido en el Nuevo Testamento.

1. El Cristo individual presentado


en los Evangelios

Los cuatro Evangelios constituyen una biografía viviente de una Persona maravillosa,
pues revelan al Cristo individual, la maravillosa Persona que vino a cumplir el Antiguo
Testamento. Tal vez usted haya leído los Evangelios sin percatarse de los muchos
aspectos acerca de Cristo que se revelan en ellos. En los Evangelios de Mateo y Juan, se
presentan por lo menos sesenta aspectos acerca de Cristo. Como hemos indicado en
ocasiones anteriores, en el primer capítulo de Mateo vemos que Cristo es Jesús, Jehová
el Salvador, y Emanuel, esto es, Dios con nosotros. En el capítulo 4 Él es revelado como
una gran luz. En los capítulos siguientes lo vemos como Aquel que es superior a David,
Aquel que es mayor que el templo, que Salomón y que Jonás, el Moisés viviente con los
preceptos actuales, y el Elías viviente quien cumple las profecías. Al leer el libro de
Mateo cuidadosamente, encontraremos por lo menos treinta aspectos más de Cristo.
Éstos se mencionan en el primer estudio-vida que hicimos sobre Mateo. Cristo es el
verdadero David, Moisés, Salomón e incluso el verdadero templo. Cristo lo es todo. En el
Evangelio de Juan podemos encontrar veinte ó treinta aspectos más del Señor. Por
ejemplo, Cristo es la luz, el aire, el agua, el alimento, el Pastor, la puerta y los pastos.
Cristo es todo-inclusivo: Él es verdaderamente la realidad de todo. ¿Ha recibido usted
esta visión acerca de Cristo? Es verdad que Él es nuestro Salvador, pero Él es mucho
más que eso. Él lo es todo. ¡Cristo es maravilloso!

Nadie puede decir en definitiva lo que Cristo es. Si usted dijera que Él es Dios, yo le diría
que Él es un hombre, y si usted dijera que Él es un hombre, yo le contestaría que Él es
Dios. Si usted dijera que Él es el Hijo de Dios, yo afirmaría que es Dios el Padre, pero si
usted declarara que Él es Dios el Padre, yo proclamaría que Él es Dios el Espíritu. Y si
usted asegurara que Él es el Creador, yo diría que es el Redentor. ¡Cristo lo es todo!

2. El Cristo corporativo descrito en


el libro de los Hechos

Después de los Evangelios se encuentra el libro de los Hechos. ¿Qué es el libro de los
Hechos? En Hechos vemos la propagación, el incremento y el agrandamiento de esta
Persona maravillosa, quien estaba limitada y encerrada en un pequeño hombre, Jesús.
Pero en Hechos Él se ha reproducido, incrementado y agrandado. Él se incrementó al
entrar en Pedro, Juan, Jacobo, Esteban, e incluso en Saulo de Tarso. Él se propagó al
entrar en decenas de miles, y aun en cientos de miles de creyentes, logrando que todos
ellos fueran hechos parte de Él. En conjunto, todos estos creyentes juntamente con Él
llegaron a ser el Cristo corporativo. Por lo tanto, podemos decir que en los cuatro
Evangelios tenemos al Cristo individual, pero en Hechos tenemos al Cristo corporativo.
Al final de Hechos vemos tanto al Cristo individual como al Cristo corporativo. Sin
embargo, no sabemos cómo el Cristo individual puede convertirse en el Cristo
corporativo. ¿Cómo podemos nosotros, una gran multitud de creyentes, llegar a formar
parte de Cristo?

3. La definición completa del


Cristo corporativo se da en Romanos

Veamos lo que el libro de Romanos nos dice con respecto a esto. Romanos nos explica la
manera en que el Cristo individual llega a ser el Cristo corporativo, y cómo nosotros,
quienes éramos pecadores y enemigos de Dios, podemos ser parte de Cristo y constituir
así Su único Cuerpo. El libro de Romanos nos ofrece una definición completa de este
hecho, revelando detalladamente la vida cristiana y la vida de iglesia. Así que, podemos
acudir al libro de Romanos para ser adiestrados en la vida cristiana y en la vida de
iglesia. Romanos nos proporciona un esquema de estos dos asuntos. Ahora sabemos la
posición que ocupa el libro de Romanos en la Biblia.

II. LAS SECCIONES DEL LIBRO DE ROMANOS

Aquí debemos estudiar las diferentes secciones del libro de Romanos. El Señor nos ha
revelado ocho palabras claves que denotan las ocho secciones de este libro:
introducción, condenación, justificación, santificación, glorificación, elección,
transformación y conclusión. Debemos tener presentes estas ocho palabras. Nunca
había visto dicho esquema de Romanos hasta que recientemente el Señor me lo
concedió. Aunque hace veintidós años conduje un estudio minucioso del libro de
Romanos con los santos en Taiwán, debo reconocer que el bosquejo que entonces
utilicé, ahora me parece demasiado viejo. Pero el bosquejo basado en las ocho palabras
que marcan las ocho secciones, es nuevo y actualizado. Debemos prestar mucha
atención al contenido de estas ocho secciones.

A. Introducción: el evangelio de Dios

La introducción (1:1-17) define el tema del libro de Romanos, que es: el evangelio de
Dios. Éste constituye el contenido de la introducción. En el próximo mensaje veremos lo
que es el evangelio de Dios.

B. La condenación: la necesidad de ser salvos


Después de la introducción tenemos la sección sobre la condenación (1:18-3:20), la cual
nos muestra la necesidad que tenemos de la obra salvadora de Dios. Todos estamos
desahuciados y nos encontramos sin esperanza bajo la condenación de Dios. Por lo
tanto, necesitamos Su salvación.

C. La justificación: el logro de la salvación

La tercera sección, la justificación (3:21—5:11), revela lo que la salvación logró. En


relación con la justificación tenemos otros tres elementos: la propiciación, la redención
y la reconciliación. Los examinaremos cuando lleguemos al capítulo 3. Por ahora, sólo
hablaré brevemente al respecto. La obra justificadora de Dios depende de la redención
que Cristo realizó. En otras palabras, sin la redención Dios no tendría la manera de
justificar a los pecadores. Por lo tanto, podemos afirmar que la justificación depende de
la redención, y que ésta tiene un aspecto principal, la cual es la propiciación, que sirve
como su estructura principal. La propiciación es la parte principal de la redención de
Cristo porque nosotros los pecadores teníamos una gran deuda con Dios. Debido a esta
gran deuda nos encontrábamos en un problema muy grave. Pero tal problema vino a
quedar resuelto por Cristo mediante Su sacrificio propiciatorio. En virtud de que esta
propiciación resolvió nuestros problemas con Dios, recibimos la redención. Ahora Dios
tiene la base legal para justificarnos fácilmente gracias a la obra redentora de Cristo. Así
que, la justificación depende de la redención, cuya parte principal es la propiciación.
¿Qué es entonces la reconciliación? La reconciliación es el resultado de la justificación.
Todo esto ha sido cumplido. ¡Aleluya! Aunque por ahora usted no entienda claramente
todos estos términos, puede decir al Señor: “Señor, no entiendo todos estos términos,
pero te alabo porque todo esto ha sido realizado”.

La justificación nos lleva a Dios. De hecho, no sólo nos lleva a Él, sino que también nos
introduce en Dios. Por lo tanto, podemos disfrutarle plenamente. La versión King
James usa la frase nos regocijamos en Dios (5:11). No sólo nos regocijamos en Dios,
sino que lo disfrutamos. Dios mismo es nuestro disfrute. En esto consiste la
justificación.

D. La santificación:
el proceso de la vida en la esfera de la salvación

Después de esto tenemos la santificación (5:12—8:13). ¡Cuán bueno es estar en Dios y


disfrutarle! Sin embargo, no debemos mirar nuestra condición. Muchas veces, mientras
me encontraba disfrutando a Dios, alabándole y participando de Sus riquezas, el sutil
enemigo vino y me dijo: “Mira tu condición; recuerda cómo trataste a tu esposa esta
mañana”. En el momento que yo aceptaba su acusación, descendía del cielo al infierno y
me sentía profundamente desanimado. A veces yo estaba en mi habitación alabando al
Señor, y mi esposa se encontraba en la cocina preparando la comida, cuando Satanás me
acusaba de cómo había tratado a mi esposa esa mañana. Por eso, tenía miedo de que ella
escuchara mis alabanzas y viniera a callarme, diciendo: “¿Cómo te atreves a alabar al
Señor, no te acuerdas cómo me trataste en la mañana?” Después de ser justificados,
necesitamos ser santificados.

¿Qué significa ser santificado? De nuevo podemos usar el ejemplo del té. Si agregamos
té en una taza de agua pura, el agua absorberá el té, es decir, el agua será “teificada”. En
el mejor de los casos, nosotros somos agua pura, aunque tal vez no seamos tan puros,
sino sucios. Aun si fuéramos agua pura, nos faltaría el sabor, esencia y color del té.
Necesitamos que el té entre en nuestro ser. Cristo mismo es el té celestial y está en
nosotros, ¡Aleluya!

Recientemente les hice saber a los santos en la ciudad de Anaheim que nuestro Dios es
revelado progresivamente a lo largo del libro de Romanos. En el capítulo 1 Él es el Dios
que lo creó todo; en el capítulo 3, es el Dios que redime; en el capítulo 4, es el Dios que
justifica; en el capítulo 5, es el Dios que reconcilia, y en el capítulo 6, el Dios que
identifica. Al llegar al capítulo 8 vemos que nuestro Dios ahora está dentro de nosotros.
¡Cristo está en nosotros! (Ro. 8:10). Ya no es solamente el Dios que obra en creación,
redención, justificación, reconciliación e identificación, sino que Él está ahora en
nosotros, en nuestro espíritu. Cristo está en nosotros llevando a cabo la obra de
transformación y santificación, tal como el té que, al ser inmerso en el agua, infunde su
elemento en ella, para que finalmente el agua sea totalmente “teificada”, esto es, para
que tenga la apariencia, el sabor y el olor del té verdadero. Si le sirviera a usted un poco
de esta bebida, le estaría sirviendo té y no simplemente agua.

Si yo les preguntara a ustedes si están justificados o no, todos responderían: “¡Aleluya!”


“Fuimos justificados gracias a que Cristo realizó la redención. Dios nos reconcilió y
ahora lo disfrutamos”. Esto es maravilloso. Sin embargo, ¿qué diremos acerca de la
santificación? ¿Ya están ustedes santificados? Si algunos de los hermanos casados
afirman estar santificados, probablemente sus esposas no estarían de acuerdo y dirían:
“Los hermanos ciertamente han sido justificados, pero dudamos que hayan sido
santificados”. Hermanos, ¿han sido sus esposas santificadas? Esposas, creen que sus
esposos ya están santificados? Algunas pueden decir que sus esposos han sido
santificados un poquito. Otras pueden sentir que ellos han mostrado cierta mejoría.
Pero yo no estoy hablando de mejorar, sino de ser santificados, es decir, de que Cristo
sea forjado dentro de nuestro ser, tal como la esencia, el sabor y el color del té satura el
agua. En esto consiste la santificación.
E. La glorificación: el propósito de la salvación

La siguiente sección del libro de Romanos trata de la glorificación (8:14-39), la cual


revela el propósito de la salvación de Dios. Después de la santificación, se necesita la
glorificación. Nuestro cuerpo necesita ser glorificado. Aunque un hermano sea muy
santo, todavía necesita que su cuerpo sea glorificado, debido a los defectos y
limitaciones del cuerpo físico. Cuando el Señor Jesús regrese, seremos glorificados. Por
ejemplo, ahora tengo que usar lentes gruesos y peculiares, pero cuando el Señor venga,
me glorificará. En aquel entonces no sólo habremos sido justificados y santificados, sino
que seremos glorificados, es decir, nuestro cuerpo será redimido. La glorificación es la
plena redención de nuestro cuerpo.

Esta glorificación revela el propósito de la obra salvadora de Dios, el cual es producir


muchos hermanos para Cristo. Originalmente Cristo era el Hijo unigénito de Dios, pero
ahora, el Unigénito es el Primogénito. Todos nosotros pasaremos por un proceso que
nos hará los muchos hermanos de Cristo y los muchos hijos de Dios. En el siguiente
mensaje veremos que Cristo es el prototipo y que nosotros somos Su reproducción, una
producción en serie. Aquel pequeño Jesús fue procesado y designado como el Hijo de
Dios, y nosotros de la misma forma estamos siendo procesados para ser designados
como los muchos hijos de Dios. Él es el Hijo primogénito, y nosotros somos Sus muchos
hermanos. Éste es el propósito de la salvación de Dios.

F. La elección:
la economía de la salvación

Después de la glorificación, llegamos a la elección, la cual revela la economía de la


salvación (9:1—11:36). Dios tiene un propósito y una economía. Su economía tiene como
fin el cumplimiento de Su propósito. Dios es muy sabio y lo dispone todo con el fin de
cumplir Su propósito. Él sabe lo que está haciendo. Él sabe quiénes son Sus escogidos y
cuál es el momento justo para llamarlos. Con respecto a Dios, el objetivo de la elección
es cumplir Su propósito, en cuanto a nosotros, dicha elección constituye nuestro
destino.

G. La transformación:
la práctica de vida en la esfera de la salvación

Después de la etapa de la elección, viene la sección relacionada con la transformación, la


cual revela la práctica de la vida en la esfera de la salvación (12:1—15:13). En esta sección
vemos la práctica vital de todo lo que el proceso de la vida produjo. Todo lo producido
en la sección de la santificación se pone en práctica en la sección de la transformación.
Con el tiempo, la santificación se convierte en la transformación. En cierto sentido
estamos en el proceso de la santificación, pero en otro, también nos encontramos en el
proceso de la transformación. Estamos en el proceso y práctica de esta vida con el fin de
poder vivir de manera práctica la vida del Cuerpo y tener un diario vivir apropiado. Cada
aspecto de la vida apropiada del creyente y de la vida de iglesia adecuada, se encuentra
incluido en la sección de la transformación. Mientras somos santificados, también
estamos en el proceso de ser transformados de una forma a otra y de un aspecto a otro.
¡Alabado sea el Señor porque todos nos encontramos en el proceso vital de la
santificación para la práctica vital de la transformación!

H. La conclusión:
la máxima consumación de la salvación

La última sección del libro de Romanos es la conclusión, la cual alude a la máxima


consumación de la salvación (15:14—16:27). Dicha consumación no es simplemente el
Cuerpo, sino las iglesias locales como las expresiones del Cuerpo. ¡Aleluya! El libro de
Romanos comienza con el evangelio de Dios y concluye con las iglesias locales. En
Romanos no tenemos la iglesia local simplemente en doctrina, sino las iglesias locales
en la práctica. Veremos en mensajes posteriores que en Romanos 16 se mencionan
muchas iglesias.

III. LAS ESTRUCTURAS PRINCIPALES DE ROMANOS

En el libro de Romanos podemos encontrar tres estructuras principales: la salvación, la


vida y la edificación.

A. La salvación

La primera de estas estructuras es la salvación, y se encuentra revelada en Romanos


1:1—5:11, y en 9:1—11:31. La salvación incluye la propiciación, la redención, la
justificación, la reconciliación, la elección, y la predestinación. Dios nos predestinó en la
eternidad pasada. Luego, nos llamó, nos redimió, nos justificó y nos reconcilió consigo
mismo. De esta manera, tenemos una salvación completa.

Debemos conocer la diferencia que existe entre la redención y la salvación. La redención


es lo que Cristo realizó a los ojos de Dios, y la salvación es lo que Dios ha llevado a cabo
en nosotros tomando como base la redención de Cristo. La redención es objetiva,
mientras que la salvación es subjetiva. Cuando la redención se convierte en nuestra
experiencia, llega a ser la salvación.

B. La vida
La salvación es para la vida revelada en Romanos 5:12—8:39. En esta sección la palabra
vida se usa por lo menos siete veces, y según el capítulo 8, esta vida es cuádruple, lo cual
estudiaremos cuando lleguemos a dicho capítulo.

C. La edificación

En la última parte del libro de Romanos, del 12:1 al 16:27, se habla de la edificación, esto
es, del Cuerpo de Cristo expresado por medio de todas las iglesias locales. La salvación
es para la vida, y la vida es para la edificación. Así que, las tres estructuras principales
del libro de Romanos son la salvación, la vida y la edificación.
ESTUDIO-VIDA DE ROMANOS
MENSAJE DOS

EL EVANGELIO DE DIOS

El tema del libro de Romanos es el evangelio de Dios (1:1). Los creyentes suelen decir
que hay cuatro Evangelios: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Sin embargo, Pablo también
considera como evangelio la epístola que él escribió a los romanos. En los primeros
cuatro libros del Nuevo Testamento el evangelio trata de Cristo en la carne tal como
vivió entre Sus discípulos antes de Su muerte y resurrección. Después de Su encarnación
y antes de Su muerte y resurrección, Él andaba entre Sus discípulos, pero aún no estaba
en ellos. En el libro de Romanos el evangelio se relaciona con Cristo como Espíritu, y no
con el Cristo en la carne. En el capítulo 8 de Romanos vemos que el Espíritu de vida que
mora en nosotros es Cristo mismo. Cristo vive ahora en nosotros. El Cristo presentado
en los cuatro Evangelios andaba entre los discípulos, pero el Cristo descrito en el libro
de Romanos se halla dentro de nuestro ser. El Cristo de los cuatro Evangelios es el
Cristo después de Su encarnación y antes de Su muerte y resurrección. Como tal, Él es el
Cristo que vive fuera de nosotros. Pero en Romanos, Él es el Cristo después de Su
resurrección. Como tal, Él es el Cristo que mora en nosotros. Este Cristo es más
profundo y subjetivo que el que vemos en los Evangelios. Debemos tener presente que el
evangelio que se presenta en Romanos alude al hecho de que Cristo como Espíritu vive
en nosotros después de Su resurrección.

Si únicamente tenemos el evangelio que presenta a Cristo en el aspecto que se describe


en los primeros cuatro libros del Nuevo Testamento, nuestro evangelio es muy objetivo.
Necesitamos el quinto evangelio, el libro de Romanos, el cual nos revela el evangelio
subjetivo de Cristo. Nuestro Cristo no es simplemente el Encarnado que vivió como
humano después de la encarnación y antes de la resurrección, o sea, el Cristo que estaba
entre los discípulos. Al contrario, nuestro Cristo es más elevado y subjetivo. Él es el
Espíritu de vida que está en nosotros. Este Cristo es muy subjetivo para nosotros. Los
capítulos 14 y 15 de Juan revelan que Cristo morará en Sus creyentes, pero esto no se
cumplió sino hasta después de Su resurrección. Por lo tanto, el libro de Romanos es el
evangelio del Cristo resucitado, lo cual muestra que Él es ahora el Salvador subjetivo
que vive en Sus creyentes. Así que, este evangelio es aun más profundo y más subjetivo.

I. PROMETIDO EN LAS ESCRITURAS


Este evangelio fue prometido por Dios mediante los profetas en las escrituras, lo cual
indica que el evangelio de Dios no fue algo que con el tiempo se añadió por casualidad,
sino que, según lo revelado en la Biblia, fue planeado y preparado por Dios en la
eternidad pasada. Antes de la fundación del mundo, Dios planeó el evangelio. Así que,
en muchas ocasiones en las Santas Escrituras, desde Génesis hasta Malaquías, Dios
habló en forma de promesa mediante los profetas, con respecto a este evangelio.

II. ACERCA DE CRISTO

El tema del evangelio de Dios es una Persona, Cristo. Sin duda, el evangelio incluye el
perdón, la salvación, etc, pero estos elementos no constituyen el punto central. El
evangelio de Dios se centra en la Persona del Hijo de Dios, Jesucristo nuestro Señor.
Esta maravillosa Persona tiene dos naturalezas: la naturaleza divina y la naturaleza
humana, es decir, divinidad y humanidad.

A. Del linaje de David

Pablo menciona primero la humanidad de Cristo, y no Su divinidad, diciendo que Cristo


provino del linaje de David según la carne (Ro. 1:3). Esto alude a Su naturaleza humana,
a Su humanidad.

B. Designado Hijo de Dios por la resurrección

Después Pablo dice que Cristo “fue designado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu
de santidad, por la resurrección de entre los muertos” (1:4). Esto es una clara referencia
a la divinidad de Cristo. ¿Por qué Su humanidad se menciona antes de Su divinidad?

Pablo menciona primero la humanidad de Cristo porque con esto preserva la secuencia
del proceso de Cristo. Primero, Cristo pasó por el proceso de la encarnación al hacerse
carne. Luego, Él pasó por el proceso de la muerte y resurrección. Por medio del segundo
paso, Él fue designado Hijo de Dios por Su resurrección. Cristo pasó por dos pasos, el
primero fue la encarnación, y el segundo, la muerte y resurrección. Por medio de estos
dos pesos, Cristo primero llegó a ser carne, mediante la encarnación, y segundo, llegó a
ser el Hijo de Dios, a través de la muerte y resurrección. El primer paso introdujo a Dios
en la humanidad, y el segundo, introdujo al hombre en la divinidad. Cristo como
Persona divina, antes de Su encarnación, ya era el Hijo de Dios (Jn. 1:18); incluso
Romanos 8:3 dice: “...Dios, enviando a Su Hijo...” Debido a que Cristo ya era el Hijo de
Dios antes de Su encarnación, ¿por qué necesitaba ser designado Hijo de Dios por la
resurrección? Porque por medio de la encarnación Él se puso un nuevo elemento, la
carne, es decir, la naturaleza humana, y dicho elemento no tenía nada que ver con la
divinidad. Antes de Su encarnación Cristo ya era una Persona divina, y como tal, era el
Hijo de Dios, pero la parte humana de Él, el Jesús hecho carne con la naturaleza
humana que había nacido de María, no era el Hijo de Dios. Esa parte de Él era
únicamente humana. Cristo, por Su resurrección, santificó y elevó esa parte de Su
naturaleza humana, Su humanidad, y fue designado el Hijo de Dios en Su naturaleza
humana por Su resurrección. Así que en este sentido la Biblia dice que Él fue
engendrado Hijo de Dios en Su resurrección (Hch. 13:33; He. 1:5).

Usemos el ejemplo de una pequeña semilla de clavel. Cuando dicha semilla es sembrada
en la tierra, crece y florece mediante un proceso que podríamos llamar su designación.
Cuando contemplamos la pequeña semilla de clavel antes de que ésta sea sembrada en
tierra, es difícil determinar qué clase de semilla es. Sin embargo, una vez que se siembra,
crece y florece, entonces podemos designar su nombre por medio de su florecimiento.
Por consiguiente, todos podemos identificarla y decir: “Es un clavel”. Tanto la semilla
como la flor son el clavel, pero la forma de la flor es muy diferente a la forma de la
semilla. Si la semilla permaneciera sin echar flores, para la mayoría de la gente sería
muy difícil determinar que es un clavel. Pero una vez que crece y florece, es designada
como un clavel por todo aquel que la vea.

Cuando Cristo estuvo en la carne, durante los treinta y tres años y medio que vivió en la
tierra, Él era exactamente como una semilla de clavel. Aunque el Hijo de Dios estaba en
Él, nadie podía reconocerlo tan fácilmente. Pero al ser sembrado mediante la muerte y
al crecer mediante la resurrección, Él floreció. Mediante este proceso, Cristo fue
designado Hijo de Dios y elevó la carne, es decir, la naturaleza humana. Él no se quitó la
carne, la humanidad, sino que la santificó, la elevó y la transformó, siendo designado,
junto con Su humanidad transformada, el Hijo de Dios con el poder divino. Antes de Su
encarnación como Hijo de Dios, no poseía la naturaleza humana, pero después de Su
resurrección y por ella llegó a ser el Hijo de Dios junto con la humanidad elevada,
santificada y transformada. Él ahora proviene tanto de lo humano como de lo divino. Él
es linaje de David así como Hijo de Dios. ¡Él es una Persona maravillosa!

Cristo se hizo carne para realizar la obra de redención, la cual requiere el


derramamiento de sangre. Es verdad que la divinidad no tiene sangre; sólo la
humanidad la tiene. No obstante, la redención exige el derramamiento de sangre,
porque sin derramamiento de sangre no hay perdón de pecados (He. 9:22). Así que,
Cristo se hizo carne para poder efectuar la obra de redención. Sin embargo, la redención
no es la meta de Dios; sólo es el medio que abre el camino para obtener la vida. En el
Evangelio de Juan, Cristo fue presentado primero como el Cordero de Dios que quita el
pecado del mundo (Jn. 1:29) con el fin de redimir al hombre. Luego Juan lo presentó
con la paloma que da vida (vs. 32-33). Primero, Cristo realizó la redención para
nosotros, luego, Él llegó a ser nuestra vida. Cristo se hizo carne para llevar a cabo la obra
de redención en benefició nuestro, y fue designado el Hijo de Dios por la resurrección,
con el fin de impartirse a Sí mismo en nosotros como vida. El primer paso de este
proceso se dio para efectuar la redención, y el segundo, para impartir la vida. Ahora el
Cristo resucitado está en nosotros como nuestra vida. El Cristo resucitado como Hijo de
Dios es nuestra vida. Todo aquel que tiene al Hijo de Dios, tiene la vida (1 Jn. 5:12).

La primera sección del libro de Romanos habla de la redención realizada por el Cristo
encarnado. Romanos 8:3 dice que Dios envió a Su Hijo en semejanza de carne de pecado
y condenó así al pecado en la carne. La segunda parte de Romanos trata de la
impartición de vida. Romanos primero revela a Cristo como el Redentor en la carne, y
luego lo revela como el Espíritu vivificante. En Romanos 8:2 encontramos el término el
Espíritu de vida, el cual es una referencia al Espíritu que mora en el creyente como
Espíritu de Cristo, quien es Cristo mismo en nosotros (8:9-10).

¿Por qué empieza de esta manera el libro de Romanos? Cada libro de la Biblia empieza
de una manera particular que difiere de los demás. La manera en que Pablo empieza el
libro de Romanos se relaciona con la meta de este libro, la cual vemos en los versículos
29 y 30 del capítulo 8. Esta meta es producir muchos hijos para Dios, lo cual requiere la
redención, la impartición de vida, y un modo de vivir en el cual esta vida puede
expresarse. Por ser hombres de condición caída y pecaminosa, necesitamos la
redención, la vida divina y un vivir en que expresemos la vida divina, para ser
regenerados, transformados y plenamente glorificados como hijos de Dios. Finalmente,
todos seremos hijos de Dios en plenitud.

Dios tenía un solo Hijo, Su Hijo unigénito. Sin embargo, no estaba satisfecho con un
solo Hijo; Él deseaba engendrar muchos hijos e introducirlos en la gloria. Por esta
razón, usó a Su Hijo unigénito como modelo o prototipo con el cual producir muchos
hijos. ¿Se da cuenta usted de que Cristo pasó por un proceso para ser designado el Hijo
de Dios, y que nosotros también pasamos por este mismo proceso con el fin de ser
designados los muchos hijos de Dios? Originalmente Cristo era el único Hijo de Dios.
Pero en cierto momento este Hijo de Dios se encarnó y fue llamado Jesús. Después de
treinta y tres años y medio Jesús fue designado el Hijo de Dios por la resurrección. En
ese momento Dios obtuvo un Hijo que tenía tanto divinidad como humanidad. Antes de
Su encarnación, el Hijo de Dios solamente poseía la divinidad, pero después de Su
resurrección, este Hijo de Dios poseía tanto divinidad como humanidad. ¡Aleluya! Ahora
la humanidad tiene parte con el Hijo de Dios. El Hijo de Dios hoy tiene tanto la
humanidad como la divinidad.

¿Y qué podemos decir acerca de nosotros? Nosotros nacimos como hijos de hombre,
pero renacimos como hijos de Dios. Todos, ya sea hombres o mujeres, somos hijos de
Dios. En cierto sentido, Dios no tiene hijas. Aunque el Señor Jesús tiene muchos
hermanos, Él no tiene hermanas. En este sentido, cada hermana es un hermano. Todos
somos hermanos y todos somos hijos de Dios. Somos hijos de Dios porque el Espíritu
del Hijo de Dios entró en nosotros (Gá. 4:6). Tal como el Hijo de Dios entró en la carne
mediante la encarnación, así también el Espíritu del Hijo de Dios entró en nosotros,
quienes somos carne. Por lo tanto, en cierto sentido, cada uno de nosotros es igual a
Jesús. Jesús era un hombre de carne y hueso en el cual moraba el Hijo de Dios, y
nosotros somos exactamente lo mismo. ¿No es verdad que usted es un hombre de carne
y hueso y en usted mora el Hijo de Dios? Ciertamente es así. Pero no debemos seguir
siendo sólo eso, ¿o sí? De hecho, estamos en espera de ser designados. Estos hombres de
carne van a ser designados por medio de la santificación, la transformación y la
glorificación. ¡Aleluya! Aunque ahora somos carne, es un hecho que seremos designados
hijos de Dios por medio de la santificación, la transformación y la glorificación. El
tiempo se acerca en que todos podremos declarar: “¡En virtud de nuestra resurrección
hemos sido designados los hijos de Dios!” Si usted hace una proclamación pública de
que usted es hijo de Dios, todo el mundo lo juzgará diciendo que está loco. Recordemos
la manera en que la gente trató al Señor Jesús cuando Él declaró ser el Hijo de Dios.
Simplemente lo crucificaron. Pero por medio de la muerte y la resurrección Él fue
designado el Hijo de Dios. Después de que Jesús resucitó, ya no fue necesario que Él
declarara ser el Hijo de Dios, pues ya había sido designado. Hoy en día, si decimos a
otros que somos hijos de Dios, ellos pensarán que estamos perturbados mentalmente.
Sin embargo, según el libro de Romanos, pronto llegará el día de la manifestación
gloriosa de los hijos de Dios, cuando seremos designados en gloria como los hijos de
Dios. No será necesario hacer ninguna proclamación, pues espontáneamente seremos
designados los hijos de Dios.

Romanos 1:3-4 presenta a Jesús como el prototipo, y en Romanos 8:29-30 los muchos
hijos de Dios son presentados como la producción en serie. Este mensaje tiene el
propósito de mostrarnos el prototipo. Al respecto, se tiene al Espíritu de santidad, la
carne y la designación del Hijo de Dios, ¡Alabado sea el Señor! Nosotros también
tenemos al Espíritu de santidad interiormente, la carne humana exteriormente, y
además seremos designados plenamente los hijos de Dios.

III. PROCLAMADO POR LOS ENVIADOS

Ahora avancemos en el libro de Romanos y examinemos cómo se predica el evangelio de


Dios. Este evangelio es predicado por los enviados, quienes son los apóstoles (1:5),
aquellos que son apartados para este fin. No todos los creyentes son apóstoles, pero en
cierto sentido, todos son enviados por el Señor para llevar a cabo la predicación del
evangelio.
A. En el espíritu

Este evangelio es predicado en el espíritu (1:9). Debemos notar que en este versículo la
palabra espíritu está escrita con letra minúscula, lo cual indica que no se refiere al
Espíritu Santo. Todos los creyentes tienen el concepto de que para predicar el evangelio
deben estar en el Espíritu Santo. Nunca he escuchado a nadie que diga que para
predicar el evangelio debemos estar en nuestro espíritu. Pero así nos dice Pablo en este
versículo. La predicación del evangelio depende de nuestro espíritu. Pablo dijo que
servía a Dios en su espíritu en el evangelio de Su Hijo. Cuando prediquemos el
evangelio, no debemos usar artimañas, sino ejercitar nuestro espíritu.

¿Cuál es la razón por la que solamente en el libro de Romanos Pablo declara que él sirve
a Dios en su espíritu? Porque en este libro él debate con los religiosos quienes
comúnmente pretendían servir a Dios, no en el espíritu, sino en la letra, en los
formalismos y en las doctrinas. En el libro de Romanos Pablo aconseja que en la obra de
Dios, lo que seamos, lo que tengamos, lo que hagamos, todo debe ser en el espíritu. En
Romanos 2:29 él dice que sólo en el espíritu podemos ser el verdadero pueblo de Dios, y
que la circuncisión verdadera no es la que se practica exteriormente en la carne, sino la
del corazón, en el espíritu. En 7:6 él indica que debemos servir a Dios en novedad del
espíritu. En el libro de Romanos Pablo hace mención de nuestro espíritu humano once
veces. La última mención se encuentra en 12:11, donde dice que debemos ser fervientes
en espíritu. La predicación del evangelio de Dios es totalmente un asunto de nuestro
espíritu.

B. Mediante la oración

Para llevar a cabo la predicación del evangelio se necesita mucha oración (1:9).
Necesitamos orar por los incrédulos y por el evangelio. Al predicar el evangelio, la
oración es mucho más necesaria que nuestro esfuerzo humano. Si no oramos lo
suficiente, nuestra predicación del evangelio no llevará fruto.

C. Con ahínco

En tercer lugar, debemos predicar el evangelio con ahínco (1:13-15). Si estamos en serio
con el Señor respecto a la predicación del evangelio, debemos hacerlo ejercitándonos en
nuestro espíritu y con mucha oración y fervor. Las técnicas y artimañas no producirán
resultados. Todos debemos ejercitar nuestro espíritu para tocar a otros, orar y estar
preparado con ahínco. Si usted mismo no es inspirado por el evangelio, jamás podrá
inspirar a otros; si el evangelio no puede convencerle ni siquiera a usted, no espere
convencer a nadie; si usted mismo no llora con el evangelio, no espere que otros se
arrepientan. Pero si nosotros lloramos, otros llorarán de arrepentimiento. Una vez leí la
biografía de un hermano que llevaba mucho fruto en el evangelio. No predicaba mucho;
pero cuando intentaba predicar, lloraba delante de la audiencia. Al ver sus sinceras
lágrimas, muchas personas rompían a llorar y se arrepentían. Esto es predicar el
evangelio con ahínco.

IV. RECIBIDO POR LOS LLAMADOS

El evangelio de Dios es recibido por los llamados (1:6-7). ¿Qué hacen los que son
llamados? Ellos creen. Por lo tanto, el evangelio siempre es recibido por los llamados y
los creyentes. Nosotros somos tales llamados. Somos llamados a salir de todo nuestro
medio ambiente. Al responder en fe, entramos en Aquel en quien creemos.

Romanos nos presenta el ejemplo de Abraham, quien fue llamado por Dios a salir del
linaje creado. Este linaje creado cayó habiendo abandonado a Dios para seguir muchas
cosas ajenas a Él, volviéndose inútil para Dios. Dios renunció a ese linaje, pero llamó a
salir del mismo a un hombre, Abraham. Así que, Abraham llegó a ser el padre del linaje
llamado, es decir, un linaje no creado, sino llamado. Nosotros fuimos llamados a salir de
todo lo ajeno a Dios: de la vieja creación, el mundo, el linaje humano y aun de nosotros
mismos. Fuimos llamados a salir de lo bueno y lo malo, de todo lo que no es Dios. Por lo
tanto, ser llamado es salir de cualquier cosa que no sea Dios mismo.

Después de ser llamados, creímos. Creer significa entrar por fe. Creer en Jesucristo no
significa simplemente creer que Él existe, sino entrar en Él por fe. Creer en Dios es
entrar en Dios por fe. Creer requiere que reconozcamos que estamos sin esperanza y que
somos incapaces de agradar a Dios. Necesitamos renunciar a nosotros mismos y poner
fin a todo lo que somos, tenemos y podemos hacer. Esto es creer. Por el lado negativo,
creer significa desechar y olvidar todo lo que somos, tenemos y podemos hacer, y por el
lado positivo, significa tomar a Dios como nuestro todo, depositando todo nuestro ser en
Él, confiando plenamente en lo que Él hizo, puede hacer y hará por nosotros. En otras
palabras, creer es simplemente poner fin a nosotros mismos y depositarnos en Dios
poniendo toda nuestra confianza en Él. Si creemos de esta manera, Dios lo contará como
justicia y se verá comprometido a salvarnos.

El evangelio es recibido por todos aquellos que son llamados a salir de todo lo que no es
Dios, aquellos que han creído en el Dios Triuno, desechando todo lo que ellos son,
tienen y pueden hacer, y confiando plenamente en Dios y en lo que Él hizo, puede hacer
y hará por ellos. Si usted, como tal persona, recibe el evangelio de Dios, ciertamente
confesará: “He llegado a mi fin y ya no vivo yo, mas Cristo vive en mí; no necesito hacer
nada porque Él ya lo ha hecho todo y lo hará todo por mí. Todo lo que tengo, todo lo que
soy y todo lo que puedo hacer ha llegado a su fin por medio de mi fe en Él. Ahora, Él es
mi todo”. Ésta es la clase de personas que recibe el evangelio de Dios.

A. Mediante la obediencia de la fe

Los llamados reciben el evangelio de Dios mediante la obediencia de la fe (Ro. 1:5). ¿Qué
significa esto? Bajo la ley de Moisés Dios decretó diez mandamientos para que el pueblo
los obedeciera. Esta clase de obediencia era la obediencia de la ley, la obediencia de los
mandamientos, pero en la presente era, la de la gracia, el mandamiento único de Dios es
creer en Jesucristo. Dios no requiere que guardemos ningún otro mandamiento. No
importa lo que somos; debemos obedecer el mandamiento de Dios y creer en el Señor
Jesús. Todo aquel que en Él cree, será salvo, pero el que no cree, ya ha sido condenado
debido a su incredulidad (Jn. 3:18). Cuando obedecemos el mandamiento único de Dios,
tenemos la obediencia de la fe. Ésta es la razón por la que el Señor Jesús dijo en Juan
16:8-9 que el Espíritu Santo convencería al mundo de pecado, por no haber creído en el
Señor. Hoy en día existe un solo mandamiento: creer en el Señor Jesús; y hay un solo
pecado: el no creer en Él. Si uno cree en Él, tiene la obediencia de la fe y, por lo tanto,
recibe el evangelio de Dios. A los ojos de Dios la persona más obediente es aquella que
cree en el Señor Jesús, y la persona más desobediente es aquella que rehúsa creer en Él.
Lo que ofende más a Dios es que no creamos en Su Hijo y lo que le agrada más es
nuestra fe en Él. Cuando un pecador, un hijo pródigo, dice: “Oh, Dios, te doy gracias por
enviar a Jesucristo; creo en Él”, el Padre es complacido al máximo. Dios se alegra
cuando ve que alguien obedece la fe.

B. Dando por resultado la gracia y la paz

El resultado de recibir el evangelio mediante la obediencia de la fe es gracia y paz. La


gracia es Dios en Cristo como nuestro todo y nuestro disfrute, y la paz es el resultado de
este disfrute. Esta paz es el reposo, el bienestar y la satisfacción que tenemos en nuestro
ser interior; no proviene de lo externo.

V. EL PODER DE DIOS

Este evangelio es poder de Dios para salvación (Ro. 1:16). En el libro de Romanos la
salvación significa mucho. La salvación aquí no se refiere solamente a que seremos
salvos de la condenación de Dios y de la perdición eterna, sino también de nuestra vida
natural, de nuestro yo, de nuestro individualismo y de causar divisiones. Esta salvación
nos salva por completo, permitiendo que seamos santificados, conformados,
glorificados, transformados, edificados con los demás creyentes en un solo Cuerpo, y
que seamos diligentes en guardar la unidad sin causar ninguna división en la vida de
iglesia. El evangelio de Dios es el poder de Dios que da por resultado una salvación
plena, completa y máxima. Es el poder de Dios para todo aquel que cree. ¡Alabado sea el
Señor! Nosotros sí creemos.

VI. LA JUSTICIA DE DIOS SE REVELA


EN EL EVANGELIO

¿Por qué es tan poderoso el evangelio? El evangelio es poderoso porque la justicia de


Dios se revela en él (1:17). Según Juan 3:16, la salvación proviene del amor de Dios, y
según Efesios 2:8, la salvación es obtenida por la gracia. Pero aquí Pablo no dice que
esta salvación brote del amor de Dios o que sea obtenida por Su gracia, sino que la
salvación se basa en la justicia de Dios.

Ni el amor ni la gracia están relacionados con la ley. Ninguna ley obliga a la gente a
amar ni a dar gracia. Ya sea que ame a mi prójimo o no, me encuentro dentro de la ley, y
si ejercito gracia para con otros o no, no violo ninguna ley. En cierto sentido, Dios no
está obligado a amarnos. Si Él quiere, puede amarnos, y si no, bien puede olvidarnos.
Además, Dios tampoco está comprometido legalmente a concedernos Su gracia. Cuando
Él se siente feliz, puede decirnos: “He aquí, toma Mi gracia,” pero cuando esté
disgustado, bien puede alejarse de nosotros. Repito que Dios no está obligado
legalmente ni a darnos Su amor ni a concedernos Su gracia. Pero a diferencia de esto, la
justicia está estrechamente ligada con la ley. Ya que Cristo cumplió todos los justos
requisitos de la ley, Dios se ve obligado a salvarnos. Cuando usted diga: “Señor Jesús, Tú
eres mi Salvador”, bien puede volverse a Dios y decirle: “Dios, Tú tienes que
perdonarme. Quieras o no, debes hacerlo. Si me perdonas, eres justo, pero si no lo
hicieras, serías injusto”. Sea atrevido y hable con Dios de esta manera. Debido a que
Cristo ya cumplió todos los justos requisitos de la ley, Dios está obligado por Su justicia
a salvarnos. La justicia es una obligación de mucho peso. Dios está comprometido por la
justicia y tiene que salvarnos. Él no tiene otra alternativa: Dios tiene que salvarnos
porque es justo. En 1 Juan 1:9 se dice que si confesamos nuestros pecados, Dios es justo
para perdonar nuestros pecados porque Cristo murió por nosotros y derramó Su sangre
por nosotros. Por lo tanto, Dios tiene que limpiarnos. El evangelio que Pablo predicaba
era poderoso porque la justicia de Dios se revelaba en él. Cuando lleguemos al capítulo
3, veremos la justicia de Dios.

A. Por fe y para fe

La justicia de Dios se revela en el evangelio por fe y para fe (Ro. 1:17), lo cual quiere
decir que si tenemos fe, tenemos la justicia de Dios. Esta justicia proviene de nuestra fe
y produce fe en nosotros. No debemos creer que no tenemos fe, pues si invocamos el
nombre del Señor Jesús, Él será rico para con nosotros. Cuando clamamos: “Oh Señor
Jesús”, Él mismo se convierte en nuestra fe. Tal vez usted siente que no tiene fe. Como
respuesta, quisiera contarle una experiencia que tuve hace más de cuarenta años
mientras leía un libro acerca de la seguridad de la salvación. Aquel libro aseveraba que si
creemos, somos salvos. Inmediatamente me surgió la pregunta: “¿Creo en el Señor
realmente? ¿En verdad tengo fe?” La duda creció en mí. Por algunos días estuve
perturbado acerca de esto, al grado que perdí el apetito y el sueño. Según mi propia
sensación no tenía fe. Después de varios días en los cuales estaba yo muy preocupado, el
Señor tuvo misericordia de mí y me brindó Su ayuda. Él me dijo: “Hombre necio, debes
plantearte este asunto desde otro ángulo y preguntarte a ti mismo: ‘¿En verdad no creo
en el Señor?’ Incluso trata de no creer”. Debo confesar que después de que intenté no
creer en el Señor Jesús, no fui capaz de hacerlo. Simplemente no pude dejar de creer en
Él. Esta experiencia comprueba que sí tengo fe. Si usted siente que no tiene fe,
simplemente intente dejar de creer. Cuando se convenza de que no puede dejar de creer,
habrá comprobado que sí tiene fe. ¡Alabado sea el Señor porque todos tenemos fe! Si
tenemos esta fe, la justicia de Dios es revelada a partir de ella y para ella. Cuanto más
intente derribar su fe, más comprobará que no puede hacerlo, porque la fe se ha
arraigado en usted. Dentro de usted se encuentra algo que la Biblia llama “la fe”. Si
usted tiene esta fe, tiene la justicia de Dios.

Decir que la justicia de Dios es revelada no quiere decir que no existiera de antemano.
Simplemente significa que, aunque previamente ya existía, no se había revelado o no se
había hecho visible. Porque lo que se puede revelar es, obviamente, algo que ya existía.
Por ende, la justicia de Dios es revelada a partir de la fe y para la misma.

Daré un ejemplo de este hecho mostrándoles a ustedes este hermoso calendario. Este
calendario obviamente ya existía desde hace cierto tiempo, pero justamente ahora es
revelado a ustedes. ¿Cómo es revelado? Es revelado basado en su capacidad de ver y por
haber sido puesto frente a sus ojos. Si ustedes fueran ciegos, el calendario no podría ser
revelado, porque la revelación del calendario depende de su vista y llega a ustedes por
medio de ella. De igual forma la justicia de Dios existe y ha existido durante muchas
generaciones. Debido a que creemos en el Señor Jesús, tenemos fe, y esta fe es nuestra
vista espiritual. A partir de esta fe, y para ella, la justicia de Dios es revelada. Por lo
tanto, la justicia de Dios es revelada por la fe y para la fe en el evangelio. ¡Alabado sea el
Señor!

B. Los justos por la fe tendrán vida y vivirán

La justicia de Dios se revela en el evangelio para que los justos por la fe tengan la vida y
vivan (1:17). En este versículo, la palabra griega traducida “vivirá”, tiene dos
aceptaciones “vivir” y “tener vida”. La versión en el idioma chino la traduce: “tener
vida”. La concordancia de Young también nos dice que esta palabra griega quiere decir
“vivir y tener vida”. Este versículo es una cita del libro de Habacuc 2:4, el cual es citado
en tres ocasiones en el Nuevo Testamento. Lo podemos encontrar en Hebreos 10:38,
donde, conforme al contexto, significa que el justo vivirá por la fe. En Gálatas 3:11
significa que el justo tendrá vida por la fe, ya que el contexto de Gálatas 3 dice que la ley
no puede vivificar a las personas (v. 21), es decir, que el único medio por el que la gente
puede tener vida es la fe. Así que, en Gálatas 3 no es cuestión de vivir, sino de tener la
vida en sí. Pero Romanos 1:17 incluye ambos sentidos: tener vida y vivir. Por lo tanto,
podemos traducir este versículo de la siguiente manera: “Mas el justo por la fe tendrá
vida y vivirá”.

Esta frase tan breve puede considerarse como un extracto de todo el libro de Romanos.
El libro de Romanos tiene tres secciones. La primera abarca la justificación y su
resultado, mostrándonos la manera de ser justos delante de Dios. La segunda nos dice
cómo tener vida al obtener la justificación de vida (5:18). La condenación de Dios nos
trae muerte, pero Su obra de justificación nos trae vida. Por último, la tercera sección
nos dice cómo debemos vivir. Después de recibir esta vida, necesitamos vivir por ella y
expresarla, principalmente al poner en práctica la vida del Cuerpo. La última sección de
Romanos, del capítulo 12 al final del capítulo 16, se ocupa del asunto de nuestro modo
de vivir, revelando que principalmente necesitamos tener la vida de iglesia. Las iglesias
locales forman la parte principal de nuestro vivir según lo revelado en el capítulo 16. Por
lo tanto, todo el libro de Romanos trata de tres asuntos: ser justos, tener vida, y vivir de
manera apropiada. ¡Alabado sea el Señor porque todos nosotros fuimos justificados y
recibimos la vida divina! Ahora podemos expresar esta vida mayormente en el Cuerpo,
en la iglesia local. Ésta es la manera de vivir por la vida divina. El justo por la fe tendrá
vida y vivirá.
ESTUDIO-VIDA DE ROMANOS
MENSAJE TRES

LA FUENTE DE LA MALDAD
Y EL CAMINO DE RESTRICCIÓN

En este mensaje hablaremos primero sobre la fuente de la maldad, según se presenta en


la sección acerca de la condenación ejercida sobre la humanidad, y luego sobre el
camino de restricción, según se presenta en la sección acerca de la condenación que cae
sobre los que se justifican a sí mismos. Pablo, después de introducir el libro de
Romanos, presenta el tema de la condenación en cuatro aspectos: sobre la humanidad
en general (1:18-32); sobre los que se justifican a sí mismos, en particular (2:1-16); sobre
los religiosos, específicamente (2:17—3:8); y sobre todo el mundo, en su totalidad (3:9-
20). Primeramente, Romanos revela que la condenación ha venido sobre la humanidad
en general. Aquí la humanidad está dividida en dos clases principales: la clase de los que
se justifican a sí mismos, y la clase religiosa y culta. Pero a fin de cuentas, todo el mundo
se encuentra bajo condenación. Ya que seamos buenos o malos, religiosos o incrédulos,
todos estamos bajo la condenación de Dios. Aunque no queremos ahondar más en el
tema de la condenación, hay dos puntos relacionados con ésta que exigen más atención
debido a la importancia que ellos revisten. El primer punto es la fuente de la iniquidad,
de la maldad. Debido a esta fuente negativa, la humanidad es maligna y perversa. Así
que, en este mensaje veremos la fuente de la maldad del hombre. En segundo lugar,
necesitamos ver el camino de restricción. Es cierto que existe una manera de restringir
la impiedad. Puesto que nosotros ya fuimos salvos de la condenación, no es necesario
poner mucha atención a ella. Sin embargo, debemos tomarla en cuenta para estar
conscientes de que hay una fuente de la impiedad, y de que existe una forma de
restringirla.

I. LA CONDENACIÓN EJERCIDA SOBRE LA HUMANIDAD

A. La fuente de la maldad

Ahora debemos considerar la fuente de la maldad. Esta sección de Romanos (1:18-32)


muestra cuatro factores relacionados con esta fuente maligna.

1. Reprimen la verdad con la injusticia

El primer factor negativo de la fuente de la impiedad consiste en reprimir la verdad con


la injusticia (v. 18). ¿Qué es la verdad? La verdad no es simplemente una doctrina o
cierto conocimiento; la verdad es la realidad, algo sólido y substancial. La realidad
principal de todo el universo es Dios mismo. Decir que Dios no existe es una afirmación
completamente vana, pero proclamar la realidad de Dios es una afirmación sólida,
substancial, genuina y verdadera. Dios sí existe y es verdadero. Nadie puede negar la
realidad de Dios ni refutar el hecho de Su existencia, porque la existencia de Dios es una
realidad contundente. Sin embargo, desde el principio los hombres han repudiado la
realidad de Dios y han intentado suprimirla. No les interesó la realidad de Dios, no la
aprobaron ni desearon aferrarse a ella. Así que, reprimieron la verdad con la injusticia.
Hoy en día en Estados Unidos podemos ver por todos lados la impiedad del hombre,
pues los periódicos están saturados con noticias impuras, vergonzosas y perversas.
¿Cuál es la razón por la cual el país líder del mundo está saturado de maldad y de hechos
vergonzosos? Porque la mayoría de la gente no aprueba la verdad, sino que
equivocadamente insiste en suprimirla. Éste es el factor más insidioso de la fuente de la
maldad.

2. No aprueban tener a Dios


en su pleno conocimiento

A pesar de que los hombres sabían que Dios existía, lo comprobaron, lo sometieron a
prueba y determinaron no tenerlo en cuenta ni conocerlo. No aprobaron tener en su
pleno conocimiento a Dios (v. 28). Un gran número de eruditos y hombres profesionales
rehúsan creer en Cristo. Cuando se les pregunta acerca de Dios, contestan: “Sabemos
que hay un Dios, pero no nos interesa creer en Él”. Esta clase de personas rechazan
abiertamente el conocimiento acerca de Dios. Debemos sustentar nuestro conocimiento
de Dios, pues es muy lamentable y terrible rechazarlo.

3. No glorifican a Dios ni le adoran

Desde tiempos antiguos los hombres conocían a Dios pero no lo glorificaron; ni siquiera
le dieron las gracias, ni le adoraron ni le sirvieron (vs. 21, 25). Éste es otro factor
negativo producto de la fuente de la maldad. En efecto, es uno de sus mayores aspectos.
Sin embargo, si glorificamos a Dios, le damos gracias, le adoramos y le servimos,
seremos guardados y protegidos de todo mal. Ahora hay tantos divorcios e inmoralidad
en el mundo debido a que el hombre rehúsa glorificar y adorar a Dios. Alguien que
glorifica, agradece, adora y sirve a Dios, nunca llegará a divorciarse. El divorcio y la
inmoralidad provienen de una sola fuente, a saber: el rehusar adorar a Dios. No
menospreciemos la adoración a Dios ni pensemos que glorificarle es algo insignificante.
Adorar y glorificar a Dios es de suma importancia para nuestro vivir humano. También
debemos darle gracias a Dios, pues hay innumerables razones por las cuales debemos
hacerlo. Hay personas que no agradecen a Dios sino hasta que llegan a la hora de su
muerte. Aunque ya para entonces es muy tarde, eso es mejor que nada.

Necesitamos darnos cuenta de cuán importante es glorificar, agradecer, adorar y servir a


Dios. Supongamos que tengo muy mal genio, o sea, un carácter feo y pésimo. Si intento
suprimirlo, ciertamente no tendré éxito. Sin embargo, si constantemente estoy dando
gracias a Dios y alabándole, ésta será la mejor manera de escapar de mi condición.
Siempre que se encuentre a punto de perder la paciencia debe decir: “Voy a servir a
Dios, no tengo tiempo de enojarme. Dios, te doy gracias porque eres mi Dios y mi
Creador. Sin Ti, ni siquiera existiría. Te debo aun mi propia existencia. Por todo esto te
doy gracias, te adoro y te sirvo”. Si usted hace esto, será liberado inmediatamente de su
mal genio. ¡Cuánto necesitamos adorar a Dios!

4. Cambian la verdad de Dios

La consecuencia de todo lo anterior fue que el hombre cambió la verdad de Dios por algo
diferente (vs. 23, 25). Es terrible y lamentable que el hombre se volviera a otras cosas
para sustituir a Dios con ellas, porque Dios es la gloria y la realidad del universo.
Cuando Dios es expresado, se ve la gloria. Cambiar la verdad de Dios significa
reemplazarlo a Él por algo diferente. El hombre cambió a Dios por los ídolos. Dios es la
gloria, pero los ídolos son falsedad y mentira. ¡Cuán insensato y deplorable fue que el
hombre cambiara a Dios por los ídolos! La mayoría de los ciudadanos estadounidenses
han aprendido que no deben adorar ídolos fabricados, aunque algunos todavía lo
practican. Sin embargo, una gran cantidad de ellos han cambiado a Dios por ídolos
creados por ellos mismos, como por ejemplo un futuro exitoso, una posición social,
títulos universitarios y muchas otras metas humanas. Ellos se ocupan de estos ídolos y
no de Dios. Por lo tanto, ellos también han cambiado a Dios por sus ídolos.

Si consideramos cuidadosamente estos cuatro aspectos de la fuente de la maldad,


veremos que constituyen el origen de todo tipo de maldad y pecaminosidad.

A. Abandonar a Dios y el resultado de ello

Ahora examinaremos lo que sucede cuando el hombre abandona a Dios.

1. Abandonados por Dios

Lo primero que sucede cuando el hombre abandona a Dios es que Dios lo abandona a él.
Los que renuncian a Dios le obligan a abandonarlos. Esto es lo más deplorable. No hay
nada más terrible que ser abandonado por Dios. Deberíamos decirle: “Dios, aun si yo te
abandonara, por favor, no me abandones. Tal vez yo pueda ser tan necio que me aleje de
Ti. Pero Señor, sé misericordioso conmigo y nunca me abandones”. Es necesario orar de
esta manera, porque es algo terrible ser abandonado por Dios. Cuando Dios abandona a
una persona, ésta jamás vuelve a hacer lo bueno. Nunca más mejorará, sino que
descenderá cada día más, e irá de mal en peor.

Cuando una persona abandona a Dios, obliga a Dios a abandonarla, y según Romanos 1,
Dios entrega a tales personas a tres cosas terribles. Primero Dios los entrega a la
inmundicia (v. 24), esto es, que dicha persona inmediatamente se verá envuelta en cosas
impuras. En segundo lugar, Dios los entrega a pasiones deshonrosas (v. 26), esto es, a
deseos vergonzosos. No me gusta ni aun mencionarlos con mis labios limpios. Es posible
que tales personas se conviertan en sodomitas, entregándose a pasiones malignas y a
afectos sin restricción, deshonrando aun sus propios cuerpos unos con otros. En tercer
lugar, Dios los entrega a una mente reprobada (1:28). Si uno no aprueba tener en su
pleno conocimiento a Dios, Él lo entregará a una mente que Él desaprueba. La mente de
los pecadores jamás podrá ser aprobada por Dios. Por ejemplo, Dios no aprueba una
mente que se ocupa con pensamientos acerca del divorcio. Observe la sociedad
pecaminosa de hoy. Nadie tiene una mente que pueda ser aprobada por Dios. Él los ha
abandonado a todos y los ha entregado a una mente reprobada, porque lo que ellos
hacen es impropio. Son tan necios y vergonzosos en sus prácticas pecaminosas. Su
conducta es totalmente reprobable. Sin embargo, ellos continúan en el pecado porque
Dios los ha entregado a una mente reprobada.

2. La fornicación: una violación al orden divino

Cuando una persona ha sido entregada por Dios a la inmundicia, a las pasiones
deshonrosas y a una mente reprobada, cae en la fornicación (vs. 24, 26, 27). ¿Conoce
usted el verdadero significado de la fornicación? Cometer fornicación es violar el
principio divino que nos dirige y controla, y tal violación trae confusión. La economía de
Dios establece que cada hombre tenga una sola mujer, y que cada mujer tenga un solo
hombre. Esto no se relaciona solamente con la economía de Dios, sino también con el
principio gobernante divino. Los que han sido abandonados por Dios harán casi
cualquier cosa para quebrantar este precepto, violando así el principio gobernante que
establece el matrimonio, es decir, un solo hombre para una sola mujer. El resultado de
esto es la fornicación, es decir, una violación del orden divino. ¿Por qué se enredan en la
fornicación? Lo hacen por causa de la inmundicia, las pasiones deshonrosas y la mente
reprobada. Cuando los hombres rechazan a Dios, Él los entrega a la fornicación.

La fornicación es el origen de todo tipo de perversidad (vs. 29-32). Al final del capítulo 1
de Romanos, Pablo enumera las diferentes clases de perversidad y describe cómo son las
personas perversas, tales como los murmuradores, los detractores y los aborrecedores
de Dios. Con esto podemos darnos cuenta de que si alguien rechaza a Dios, Él lo
entregará a las pasiones, la confusión y a toda clase de maldad imaginable.

II. LA CONDENACIÓN QUE CAE SOBRE


LOS QUE SE JUSTIFICAN A SÍ MISMOS

La porción de Romanos que habla de la condenación que cae sobre los que se justifican
a sí mismos (2:1-16), junto con la condenación ejercida sobre la humanidad en general,
nos muestra el camino de restricción.

A. El camino de restricción

Ahora llegamos al camino de restricción, la manera de restringir lo maligno y perverso.


Me gusta esta parte de Romanos. Todos nosotros, especialmente los jóvenes, debemos
prestar toda nuestra atención a este camino.

1. Conocer a Dios por medio de la creación

El primer elemento del camino de restricción consiste en conocer a Dios por medio de la
creación (1:19-20). Las cosas invisibles de Dios, Su eterno poder y Su naturaleza divina,
pueden conocerse por medio de Su creación. Los cielos y la tierra manifiestan las cosas
invisibles de Dios. Hace aproximadamente veinte años que los hermanos de Taiwán
reunieron material bibliográfico acerca de los científicos más sobresalientes de los siglos
pasados. Ellos descubrieron que sólo un pequeño porcentaje de estos científicos
afirmaron no creer en Dios. La gran mayoría de ellos creía en Dios. En una ocasión leí
un artículo en el que le preguntaron a Einstein si creía en Dios o no. Él contestó: “Su
pregunta es un insulto para mí. ¿Cómo puede un científico como yo dudar de la
existencia de Dios?” Si usted estudia ciencia, ésta le dirá que Dios sí existe.

Aunque yo no soy científico, tengo cierto conocimiento sobre el cuerpo humano. Muchas
veces, mientras predicaba acerca de Dios, les pedía a las personas que consideraran sus
propios cuerpos. Les he dicho: “Piensen en lo maravilloso que es su cuerpo, ¿quién lo
formó?” Todo el vello de nuestro cuerpo crece hacia abajo, únicamente el vello interior
en nuestra garganta crece hacia arriba. Esto es muy significativo, porque si el vello en
nuestra garganta creciera hacia abajo, moriríamos debido a que la flema no podría ser
expulsada. ¿Quién nos hizo de esta forma? Además, consideremos el maravilloso diseño
del rostro humano. La boca fue puesta en el lugar preciso, ¡qué inadecuado y qué
terrible sería que nuestra boca estuviera ubicada entre nuestros ojos! Además, ¿ha
pensado usted alguna vez en la función de nuestras cejas? Ellas funcionan como un
paraguas, evitando que el sudor entre en nuestros ojos. ¿Quién nos diseñó de esta
forma? Recientemente fui sometido a dos operaciones en mi ojo derecho. El cirujano me
mostró una réplica del ojo humano; específicamente me señaló el cristalino y la retina.
De inmediato vi que el ojo humano era una réplica exacta de la más sofisticada cámara
fotográfica. Nadie puede fabricar una cámara fotográfica que se iguale al ojo humano.
¿Quién hizo todas estas cosas? Nuestra dentadura tiene también un diseño
extraordinario. Nuestros dientes incisivos actúan como navajas al frente de la boca,
cortando todo lo que se ponga entre ellos, luego, la lengua pasa la comida hacia atrás, a
los molares, los cuales son como piedras de molino que muelen los alimentos para
hacerlos digeribles. Mientras las muelas llevan a cabo su función, se efectúa la secreción
de la saliva con el fin de licuar el alimento. Esto es maravilloso. ¿Quién pudo hacerlo
así? Debemos decir: “Señor, gracias. Tú eres mi Creador. Tú me hiciste de esta forma tan
maravillosa”.

Al contemplar la creación en general, y el cuerpo humano en particular, ¿cómo


podríamos decir que Dios no existe? Incluso un médico ateo tiene que confesar que debe
de existir un Ser todopoderoso que creó el cuerpo humano. Por lo tanto, por medio de
las cosas creadas podemos darnos cuenta del poder eterno y de la naturaleza divina de
Dios. Cuando vemos a Dios en la belleza y en las maravillas de Su creación, tenemos que
adorarle y glorificarle. Conocer a Dios por medio de Su creación es lo primero en
restringir la maldad.

2. Asirse de la verdad con la justicia

Debemos asirnos de la realidad de Dios con la justicia, aprobando tener a Dios en


nuestro pleno conocimiento (1:18, 28). Debemos glorificarle, darle gracias, adorarle y
servirle (vs. 21, 25). Es de suma importancia practicar estas cuatro cosas. Como abuelo,
quiero dirigir una palabra a mis nietos que asisten a este entrenamiento. Yo sé lo que es
la vida humana. Por favor, créanme cuando les digo que adorar a Dios jamás será
incorrecto. Lo primero que ustedes los adolescentes deben aprender es adorar a Dios.
No existe otra cosa que sea de igual importancia. Sería algo reprobable para mí que mis
hijos ganaran millones de dólares pero que no supieran adorar a Dios. No quisiera ver
que mi segunda y tercera generación prosperen materialmente, pero no adoren a Dios.
Prefiero verlos asistir a las reuniones dispuestos para aprender cómo adorar a Dios. La
mayor bendición en la vida humana es ser adiestrado en adorar a Dios.

3. Obedecer la ley que por naturaleza está en uno

Además, debemos actuar conforme a la naturaleza que está en nosotros (2:14). Algunas
personas son tan espirituales que condenan todo lo natural. Parece que ellas sienten que
todo lo natural está mal, y que es imposible que algo de nuestra naturaleza pueda ser
bueno. En cierto sentido, estoy casi totalmente de acuerdo con esto, pero en otro
sentido, les advertiría que no desatiendan completamente su naturaleza. La naturaleza
del hombre fue creada por Dios y originalmente era buena porque correspondía a Dios y
a Su ley. Originalmente todo lo que nuestro Padre creó, incluyendo nuestra naturaleza,
era bueno. Ciertamente nuestra naturaleza fue envenenada por la caída, no hay duda de
ello. No obstante, como seres humanos, la naturaleza buena que Dios creó permanece
en nosotros, y debemos actuar de acuerdo con ella. Debemos prestar atención a lo que
nuestra naturaleza nos indica. Aunque alguien pueda argumentar que robar no tiene
nada de malo, su misma naturaleza interior protestará cada vez que sea tentado a robar.
Aun los saltabancos admitirán que, mientras ellos roban un banco, su naturaleza les
dice: “No hagas esto”. No obstante, ellos no la obedecen. Sucede lo mismo con cada
malhechor. Siempre que ellos cometen algo indebido, su naturaleza no está de acuerdo.
Debemos atender a lo que nuestra naturaleza nos indica interiormente.

En Romanos 2:14-15 Pablo dice que cuando las naciones que no tienen la ley hacen por
naturaleza lo que es de la ley, muestran que la ley está escrita en sus corazones. La ley de
Dios tiene una función en nuestra naturaleza. Ésta corresponde a la ley de Dios porque
fue hecha por Él. Él nos dio Su ley en conformidad con Su naturaleza, al igual que un
legislador establece una ley de acuerdo con su propia naturaleza. Dios creó al hombre
conforme a lo que Él es. Por consiguiente, tanto la ley que Dios dio, como el hombre que
Él creó, corresponden el uno al otro. De manera que no necesitamos una ley exterior,
porque interiormente tenemos la función de la ley escrita en nuestra naturaleza.
Simplemente debemos vivir conforme a ella.

4. Escuchar la conciencia

Junto con nuestra buena naturaleza, tenemos también una conciencia (v. 15). Nuestra
conciencia es una entidad maravillosa, y debemos escucharla. A pesar de que los
médicos no pueden localizar la conciencia, nos es imposible negar el hecho de que la
tenemos. Nuestra conciencia protesta constantemente dentro de nuestro ser. Cuando
uno discute con sus padres, su conciencia le dice: “No debes hacer esto”. Si los ofende,
su conciencia le perturbará durante tres noches. Todo esposo que desea divorciarse de
su esposa, tendrá la experiencia de que su conciencia lo dejará convicto. Todo ser
humano tiene una conciencia. Éste es un asunto crucial. En la vida cristiana normal
todos debemos atender adecuadamente a nuestra conciencia.

5. Atender a los razonamientos correctos

Además de nuestra naturaleza y nuestra conciencia, contamos con los razonamientos de


nuestra mente (v. 15). No seamos tan espirituales como para decir que nuestra mente es
absolutamente innecesaria, porque en ella se hallan los buenos razonamientos. En
ocasiones estos razonamientos nos acusan y nos condenan, y otras veces nos justifican y
nos defienden. A menudo, cuando nos proponemos llevar a cabo cierta cosa, nuestros
razonamientos entran en conflicto, pues unos razonamientos dicen: “Sí, esto es
correcto”, y otros se oponen diciendo: “No, eso está mal”. Todos hemos tenido esta
experiencia. Debemos prestar atención a nuestra naturaleza, a nuestra conciencia y a
nuestros razonamientos, los cuales funcionan en nuestro interior.

Hemos visto los cinco elementos que colaboran para restringir la maldad. Éstos son:
conocer a Dios por medio de Su creación, asirnos de la verdad de Dios con la justicia,
vivir conforme a nuestra naturaleza, escuchar a nuestra conciencia, y atender a nuestros
razonamientos apropiados. Si seguimos todos estos principios, seremos restringidos y
guardados de participar en todo tipo de maldad. Aunque seamos salvos y nos
encontremos viviendo conforme a una de las experiencias del libro de Romanos,
descritas en los capítulos del 5 al 8, es imprescindible que conozcamos la fuente de la
maldad y la manera de restringirnos de hacer el mal. ¡Aleluya por la luz que hemos
encontrado! Necesitamos conocer a Dios por medio de Su creación y abrazar Su verdad
en justicia. Necesitamos aprender a conducirnos de acuerdo con nuestra naturaleza,
obedecer la voz de nuestra conciencia, y atender a los razonamientos apropiados que se
levantan en nuestro interior. Si practicamos todo esto, estaremos protegidos contra el
presente siglo maligno.

ESTUDIO-VIDA DE ROMANOS
MENSAJE CUATRO

LA VANIDAD DE LA RELIGIÓN
Y LA DESESPERANZA TOTAL DEL MUNDO

En este mensaje hablaremos acerca de la vanidad de la religión, mostrada en la


condenación ejercida sobre los religiosos (Ro. 2:17—3:8), y la desesperanza total que es
producto de la condenación total ejercida sobre el mundo (3:9-20). Como ya hicimos
notar, Pablo habló de los cuatro aspectos de la condenación: sobre la humanidad, en
general; sobre los que se justifican a sí mismos, en particular; sobre los religiosos,
específicamente; y sobre el mundo en su totalidad. Esto se reviste de significado. En
estos cuatro aspectos de la condenación ejecutada por Dios, encontramos cuatro
elementos: la fuente de la maldad, el camino de restricción, la vanidad de la religión, y la
desesperanza total.

I. LA CONDENACIÓN EJERCIDA SOBRE LOS RELIGIOSOS


Primero consideremos la vanidad de la religión. La cultura es la mejor invención
humana, y en ella lo principal, lo más elevado, es la religión. La cultura humana necesita
la religión, porque sin ella sería una cultura salvaje. Si la religión fuera eliminada de la
cultura humana, ésta sería vulgar y primitiva. Por esta razón la mayoría de la gente
respeta la religión.

En toda la historia de la humanidad, las dos mejores religiones que han existido son el
judaísmo y el cristianismo. Éstas son las religiones verdaderas; son religiones sanas,
genuinas y fundamentales. Ambas procedieron de la misma fuente, la cual es la
revelación divina de la Biblia. Además de estas dos religiones, hay otra, el islam, que es
una falsificación del judaísmo. En realidad la fuente del islam es el judaísmo. El Corán,
el libro sagrado de los musulmanes, es en realidad una imitación del Antiguo
Testamento, aunque se han hecho algunos cambios a su contenido con el fin de
propagar un gran número de falsedades. El Corán incluso habla acerca de Cristo,
reconociendo que Él es superior a Mahoma. Según el Corán, Cristo nunca fue
crucificado; cuando la gente intentaba crucificarlo, los ángeles descendieron y le
llevaron al cielo. El Corán incluso menciona que este Jesús regresará. Así que, es
evidente que el islam y su libro sagrado, el Corán, son una falsificación.

Hablando con propiedad, aparte del judaísmo, el cristianismo y la falsa religión del
islam, no hay más religiones. El budismo no es una religión, sino una insensatez. La
religión enseña a la gente a adorar a Dios, pero en el budismo ni siquiera existe un Dios.
Al preguntarse uno acerca del confucianismo, uno se dará cuenta de que las enseñanzas
de Confucio tampoco constituyen una religión, pues son simplemente enseñanzas éticas
que no tienen ninguna relación con Dios. Confucio, en sus escritos clásicos, tal vez
mencione a Dios en una o dos ocasiones, y no le llama Dios, sino que lo define como “los
Cielos”. Por lo tanto, no debemos considerar al confucianismo como una religión. En
este globo terrestre sólo existen tres religiones; hay dos auténticas –el judaísmo y el
cristianismo– y una falsa: el islam.

Aun en las dos religiones genuinas, lo único que encontramos es vanidad. No


necesitamos la religión, sino a una persona viviente. No necesitamos algo relacionado
con Dios, sino a Dios mismo. No necesitamos una manera de adorar a Dios; al contrario,
necesitamos que la persona viviente de Dios entre en nuestro ser. Cuando Dios nos dio
la Biblia no tenía la intención de darnos una religión. Él quería revelarse a Sí mismo en
nuestro interior por medio de la santa Palabra. No obstante, los judíos primitivos
formaron una religión basada en el Antiguo Testamento. Más tarde, el cristianismo creó
una religión aun más prevaleciente porque obtuvo veintisiete libros más que los judíos.
Los judíos tenían solamente treinta y nueve libros para establecer con ellos su religión,
pero el cristianismo tiene sesenta y seis. Así que, el cristianismo llegó a ser una religión
aun más prevaleciente. Sin embargo, cuanto más prevaleciente sea una religión, más
vanidad contiene.

Sé que puedo ofender a algunas personas al hablar de esta manera. La palabra


cristianismo suena muy dulce y hermosa a los oídos de muchos cristianos, y les ofende
oír decir que el cristianismo es vanidad. Si usted se ofende por esto, es una prueba de
que es sumamente religioso. Yo no he dicho que Cristo sea vanidad, ni que los cristianos
lo sean, pero sí proclamo enfáticamente que el cristianismo es vanidad. Todos los
“ismos” son vanidades. La iglesia es muy valiosa, pero si le agregamos un “ismo”, se
convierte en vanidad. Aceptamos a Cristo, a los cristianos y a la iglesia, pero no
aceptamos ningún “ismo”. Esto no es mi enseñanza, pues si acudimos a la Palabra pura
de Dios en el Nuevo Testamento, encontraremos el término Cristo, e incluso el término
cristianos (Hch. 11:26). Sin embargo, el término cristianismo no aparece en la Biblia, ni
la celebración de la Navidad. Un “ismo” le fue añadido a Cristo. Celebrar la Navidad es
vanidad. Cuando la gente adorna e ilumina el pino navideño, lo hace por la influencia de
cierto sistema, de un “ismo”, y esto es vanidad. Debemos guardarnos de la religión,
porque la religión es vanidad.

A. Tienen un nombre externo

Ahora consideremos algunos aspectos acerca de la vanidad de la religión. El primero de


ellos es que la religión tiene un nombre externo (Ro. 2:17). Recientemente fui a cortarme
el pelo, y el peluquero me comentó que asistiría a la misa de Navidad. Yo aproveché la
oportunidad para preguntarle cuánta gente habría, a lo que él me contestó: “Usted sabe,
éste es sólo un deber religioso, muchos asisten a misa solamente una vez al año,
precisamente en la Navidad”. Aquí podemos ver un ejemplo de la vanidad de la religión:
asistir a misa una vez al año como un deber religioso, simplemente para seguir siendo
católico de nombre. ¿Qué clase de creyente es éste? Es un creyente sólo de nombre. Si
usted es genuino en su espíritu, o sea, si es un creyente genuino, ¡qué maravilloso es
esto! Sin embargo, si carece de realidad y se conforma con mantener una costumbre
religiosa con un nombre externo, esto no tiene sentido. Simplemente es vanidad.

B. Tienen un conocimiento externo de Dios

El segundo aspecto de la vanidad de la religión es que ésta sólo tiene un conocimiento


externo, u objetivo, de Dios (2:17-18). Conocer a Dios de una manera externa mediante
la letra y el conocimiento religioso, es simple vanidad. Necesitamos conocer a Dios
interiormente, en nuestro espíritu, de modo que tal conocimiento sature todo nuestro
ser. Necesitamos tal conocimiento interior y subjetivo de Dios.
C. Toman las santas Escrituras de manera externa

El tercer aspecto de la vanidad de la religión es que los religiosos toman las Escrituras
sólo objetivamente (3:2). Tanto los judíos como los cristianos tienen la Biblia, pero para
muchos la Biblia ha llegado a ser un libro de supersticiones; pues la toman de una
manera supersticiosa. Algunos cristianos me han dicho que tienen temor de ir a dormir
sin tener una Biblia cerca. Si no tienen una Biblia junto a su almohada o sobre la mesita
de noche, no pueden dormir en paz, pues piensan que ésta sirve para ahuyentar a los
demonios. Éste es un concepto supersticioso. Otros cristianos usan la Biblia para buscar
en ella dirección, pero lo hacen de una forma por demás extraordinaria y curiosa. Creen
que si abren la Biblia al azar y ponen su dedo a ciegas sobre ella, el versículo que su dedo
indique les dará la dirección divina que deben seguir. En cierta ocasión escuché de una
persona supersticiosa que abrió su Biblia y su dedo señaló el versículo que dice que
Judas fue y se ahorcó (Mt. 27:5). Me pregunto qué habrá hecho esa persona. Es algo
terrible usar la Biblia de esta manera tan supersticiosa. Debemos desechar todas estas
prácticas vanas.

Por supuesto, la mayoría de los judíos ortodoxos y de los cristianos genuinos no toman
la Biblia de esta manera, pero tampoco la toman de una manera real y viviente. A ellos
únicamente les interesan las enseñanzas según la letra, pero no prestan atención a la
persona viviente, Cristo. En Juan 5:39-40 el Señor Jesús dijo a los judíos religiosos que
ellos sólo escudriñaban las Escrituras en busca de conocimiento, pero que no acudían a
Él para obtener la vida. La mayoría de los cristianos de hoy se encuentran en esta misma
categoría. Así que, la Biblia no significa mucho para ellos en cuanto a la vida y a la
realidad.

D. Guardan las formas externas


conforme a la letra

Algunas personas religiosas guardan las formas y ordenanzas externas de la letra (Ro.
2:27-28). Tomemos el ejemplo del bautismo. Muchos cristianos queridos insisten en su
concepto del bautismo por inmersión. Yo mismo estoy totalmente a favor de que,
conforme a las Escrituras, el bautismo debe ser por inmersión, y jamás bautizaría a
nadie por aspersión. Sin embargo, este asunto se ha convertido casi por completo en una
simple forma externa carente de realidad. Todos debemos evitar los formalismos
externos. Al respecto, Pablo dijo a los judíos que la circuncisión de ellos debería ser del
corazón, si no era así, era completamente objetivo y no genuino. La verdadera
circuncisión es algo interior, del corazón, y es en el espíritu. Esto mismo es aplicable al
bautismo, porque en cierto sentido el bautismo reemplaza a la circuncisión. En el
Antiguo Testamento se practicaba la circuncisión, y en el Nuevo, ésta ha sido
reemplazada por el bautismo. Así como la circuncisión carece de realidad si se practica
como un simple rito externo, de igual manera el bautismo deja de ser genuino si lo
consideramos sólo como una ordenanza objetiva y exterior. Siento decir que la mayoría
de los bautismos se han degradado hasta convertirse en un formalismo externo.

Puedo usar como ejemplo mi propia experiencia. Al principio de mi vida cristiana fui
rociado con unas cuantas gotas de agua por un pastor evangélico. Pero más tarde
entendí que esto era incorrecto, ya que no estaba en conformidad con las Escrituras.
Entonces fui bautizado por inmersión en el mar, por un maestro cristiano de la
Asamblea de los Hermanos. Después de esto, alguien me dijo que era incorrecto ser
bautizado en el mar, porque el agua no debía ser agua salada, sino agua dulce. Según
este nuevo concepto, la gente debía seguir el ejemplo de Jesús y ser inmerso en un río.
Entonces, tal vez otro pastor argumentaría que tampoco esto era válido, porque no se
realiza en el mismo río Jordán. Finalmente comprendí que aun si la gente fuera
bautizada en el río Jordán, alguien más diría que incluso eso era incorrecto, porque no
era el lugar exacto en donde el Señor había sido bautizado. Los argumentos se han
vuelto interminables, y las críticas y opiniones, injustas e incoherentes.

Algunos han argumentado y discutido acerca del bautismo durante siglos, porque se
aferran a una forma externa. Otros, como los miembros del grupo cristiano llamado la
sociedad de amigos y la señora Penn Lewis, han repudiado el bautismo físico y externo.
Aunque no estoy de acuerdo con esto, quisiera advertirle a usted y decirle que no debe
defender cualquier forma que sea correcta según su propio punto de vista. Usted no es el
Señor, ni tampoco lo soy yo. Ya sea que haya sido bautizado en agua caliente o en agua
fría, en agua salada o potable, en un río o en un océano, una o varias veces, la simple
forma externa no es tan importante. Necesitamos la realidad interna. Le aconsejo que
no practique nada como una simple forma externa. No debemos ceñirnos a ninguna
forma, sino poner toda nuestra atención en la realidad.

E. Carecen de la realidad interior en el espíritu

La religión es vanidad porque carece de la realidad interior del espíritu (2:29). Romanos
2:29 nos enseña que todo lo que somos, todo lo que hacemos y todo lo que tenemos,
debe estar en el espíritu. Si usted es un judío y es circuncidado, su circuncisión debe ser
en el espíritu. Si usted es cristiano y es bautizado, su bautismo debe ser también en el
espíritu. Todo debe ser hecho en el espíritu. El espíritu aquí, por supuesto, se refiere al
espíritu humano. ¿Por qué debemos hacerlo todo en nuestro espíritu? Porque ésta es la
parte de nuestro ser donde Dios puede morar. Es el sitio preciso, la base misma desde
donde Dios puede actuar a nuestro favor. Si usted es un cristiano que permanece en su
espíritu, entonces es uno que camina con Dios. Si actuamos en nuestro espíritu, en
realidad actuamos juntamente con Dios. Si no tenemos a Dios, todo es vano, pero con
Él, todo es realidad. Por lo tanto, debemos volvernos a nuestro espíritu. Si amamos a
nuestro prójimo, debemos amarlo en nuestro espíritu, de lo contrario, nuestro amor no
será genuino, sino político. Pero si en cambio, amamos en nuestro espíritu, nuestro
amor va acompañado con Dios. Cuando los hermanos casados dicen a su esposa que la
aman, deben decirlo juntamente con su espíritu. Si tal amor no está en el espíritu, es un
amor fraudulento y político. Muchas esposas han sido engañadas por el amor
fraudulento de sus esposos. Si decimos una palabra, ésta debe ser en el espíritu. Si éste
es el caso, nuestras palabras irán acompañadas con Dios; de lo contrario, serán
fraudulentas y vanas. Nuestro espíritu es el órgano por medio del cual Dios puede
tocarnos, y nosotros podemos tocar a Dios. Todo lo que somos y todo lo que hacemos
debe ser en el espíritu. Esto no tiene nada que ver con la religión; esto es realidad.

F. Practican los mismos actos malignos


que los que no son religiosos

Finalmente, las personas religiosas practican los mismos actos malignos que los que no
son religiosos (2:21-22). Parece que no hay diferencia alguna entre las personas
religiosas y las que no lo son, pues todas son exactamente iguales. A pesar de que los
judíos eran muy religiosos, se comportaban aun peor que los gentiles.

En esta porción de la Palabra, que aborda el tema de la condenación ejercida sobre los
religiosos, podemos ver que la religión no significa nada, que es totalmente vana. Por lo
tanto, debemos alejarnos de ella y no tener ninguna relación con ella. Nuestra única
necesidad es la persona viviente del Dios Triuno.

II. LA CONDENACIÓN EJERCIDA SOBRE EL MUNDO


EN SU TOTALIDAD: LA DESESPERANZA TOTAL

Ahora llegamos a la condenación ejercida sobre todo el mundo, la cual manifiesta una
desesperanza total (3:9-20). La situación mundial no tiene ninguna esperanza de
solución. No trate de curar, corregir ni mejorar este mundo. En efecto, debe renunciar a
toda esperanza, pues la condición de este mundo es incurable.

En esta sección de Romanos Pablo describe al hombre como un ser totalmente maligno
y presenta suficientes pruebas de que la condición del mundo es irremediable. No hay
quien entienda, y no hay quien busque a Dios (3:11). Todos se han desviado y se han
hecho inútiles (3:12). No hay justo (3:10) y no hay quien haga lo bueno. En otras
palabras, no existe un hombre justo ni un hombre bueno. ¿Sabe la diferencia que existe
entre un hombre bueno y uno justo? Si yo trabajara para usted con un salario mensual
de 500 dólares, y usted rehusara pagarme, usted sería un hombre injusto. Pero si me
pagara según lo acordado, sería un hombre justo. Si yo no trabajara para usted, pero al
ver mi necesidad, mediera 500 dólares como una dádiva, eso sería un acto de gracia, y al
hacerlo usted sería un hombre bueno. Sin embargo, Pablo afirma que entre todos los
seres humanos del mundo, no hay ninguno que sea justo ni bueno. ¿Cree usted esto? Yo
sí lo creo. No debemos pensar que nosotros somos la excepción. Nadie es justo ni bueno.
Por lo tanto, toda la humanidad se encuentra sujeta al juicio de Dios (3:19). La
condición del mundo no tiene esperanza alguna.

¿En dónde estábamos antes de ser salvos? Todos nos hallábamos bajo el justo juicio de
Dios. Todos estábamos equivocados. Ninguno buscaba a Dios ni le entendía. Todos y
cada uno de nosotros nos habíamos desviado y alejado de Dios y habíamos sido hechos
inútiles. Ninguno de nosotros era justo ni bueno. Todos nos encontrábamos bajo el justo
juicio de Dios. En esto podemos ver la condición del mundo, la cual es una condición sin
esperanza alguna.

Aprecio los escritos de Pablo. En la sección acerca de la condenación, vemos la fuente de


la maldad, la manera de restringirla, la vanidad de la religión y la condición desesperada
del mundo. Aquí vemos la conclusión de los escritos de Pablo acerca de la condenación:
todo el mundo está sujeto al justo juicio de Dios. ¿Dónde estaríamos todos y qué tipo de
personas seríamos si no hubiéramos sido salvos? Estaríamos bajo el juicio de Dios y sin
ninguna esperanza. Sin importar lo que hacíamos anteriormente, lo que teníamos ni
dónde nos encontrábamos, estábamos bajo el justo juicio de Dios. Con el tiempo todos
comprendimos nuestra gran necesidad de la salvación de Dios. Esta sección acerca de la
condenación despeja el camino hacia la salvación de Dios y abre la puerta para entrar a
esta salvación. No importa quiénes somos, necesitamos a Cristo y Su redención.

Pablo escribió la sección acerca de la condenación con el fin de preparar el camino para
ministrar a Cristo en nuestro ser. La meta final del evangelio de Pablo es ministrarnos a
Cristo. Cuando lleguemos a Romanos 8, encontraremos un versículo que dice: “... Cristo
está en vosotros ...” (8:10). Ésta es la meta de Pablo. Ya sea que formemos parte de la
humanidad en general, de los que se justifican a sí mismos, de los religiosos, o de las
personas comunes del mundo, necesitamos a Jesús. Lo que necesitamos se halla en
nuestro espíritu. No debemos prestar atención a las cosas o hechos externos, sino
volvernos a nuestro espíritu. Sólo allí podemos tocar y disfrutar a Cristo. Los escritos de
Pablo acerca de la condenación nos abren el camino para recibir a Cristo y para que
Cristo entre en nuestro ser.
ESTUDIO-VIDA DE ROMANOS
MENSAJE CINCO

LA JUSTIFICACIÓN SEGÚN DIOS

En este mensaje llegamos a la sección que trata de la justificación, una verdad llena de
significado (3:21–5:11). Dios levantó a Martín Lutero para que librara una feroz batalla a
favor de la justificación, una gran verdad doctrinal de la Biblia. Aunque Lutero
contendió por la verdad de la justificación, nos toca a nosotros entender la manera en
que la justificación se relaciona con la propiciación, la redención y la reconciliación. En
este mensaje abarcaremos todos estos términos y trataremos de explicarlos claramente.
No obstante, primero necesitamos tomar en cuenta qué es la justicia de Dios.

I. LA JUSTICIA DE DIOS

A. Dios en relación con la equidad y la rectitud

¿Qué es la justicia de Dios? Podemos decir que la justicia de Dios es lo que Dios es en
relación con la equidad y la rectitud (Ro. 3:21-22; 1:17; 10:3; Fil. 3:9). Dios es justo y
recto. La justicia de Dios es todo lo que Él es en Su equidad y rectitud. Lo que Él es en Su
equidad y rectitud en realidad es Su persona. Por lo tanto, la justicia de Dios es Dios
mismo, es una persona, y no simplemente un atributo divino.

B. Cristo es la justicia de Dios para los creyentes

Muchos cristianos afirman erróneamente que ellos poseen la justicia de Cristo. Nosotros
no debemos decir esto. Nuestra justicia no es la justicia de Cristo, sino Cristo mismo. La
persona de Cristo, y no el atributo de Su justicia, es lo que nos ha sido hecho la justicia
de Dios (1 Co. 1:30). No debemos decir que la justicia de Cristo ha llegado a ser nuestra
justicia, sino que Cristo mismo es nuestra justicia. Nuestra justicia ante Dios es la
persona viviente de Cristo, y no el atributo de Su justicia. La justicia de Cristo es
nuestra. En otras palabras, Dios hizo a Cristo, quien es la corporificación de Dios,
nuestra justicia.

C. Los creyentes son hechos


la justicia de Dios en Cristo

En 2 Corintios 5:21 vemos que los creyentes son hechos la justicia de Dios en Cristo.
Pablo no dice que los creyentes son hechos justos, sino que son hechos justicia. Fuimos
hechos la justicia de Dios en Cristo. Éste es un asunto muy profundo. ¿Cómo podemos
nosotros llegar a ser la justicia de Dios? Cristo lo logra al forjarse en nosotros. Hemos
visto que Cristo es la corporificación de Dios, y que la persona viviente de Dios es
justicia. Por lo tanto, la justicia, Dios y Cristo son una misma entidad. La justicia de Dios
es Dios mismo. El hecho de que este Dios esté corporificado en Cristo hace que Cristo
sea la justicia de Dios. Cristo fue forjado en nosotros, y nosotros fuimos puestos en Él.
Fuimos mezclados con Cristo, lo cual nos hizo uno con Él. De esta manera, llegamos a
ser la justicia de Dios. Pablo declara: “Porque para mí el vivir es Cristo” (Fil. 1:21).
Puesto que Cristo ha sido forjado en nosotros, podemos decir juntamente con Pablo:
“Porque para mí el vivir es Cristo”. Supongamos que tenemos un vaso de agua. Cuando
añadimos té al agua y lo mezclamos, el agua deja de ser agua simple y se convierte en té.
De la misma manera, cuando Cristo se forja en nuestro ser, llegamos a ser uno con Él.

La justicia de Dios no sólo es Dios mismo con Su equidad y rectitud, ni tampoco es


solamente la persona viviente de Cristo; incluso nosotros, quienes fuimos hechos uno
con Cristo, somos la justicia de Dios. La persona viviente de Cristo, la misma justicia de
Dios, ha sido forjada en nuestro ser, y nosotros hemos sido puestos en Él. Por lo tanto,
hemos sido hechos la justicia de Dios. Debido a esto tenemos que proclamar: “Yo soy la
justicia de Dios; he sido justificado. Dios es la justicia y yo también lo soy. Yo soy la
justicia de Dios en Cristo. Yo soy lo mismo que Dios es. He sido plenamente justificado.
Dios y yo nos identificamos por completo. Yo apruebo a Dios y Él me aprueba a mí; nos
aprobamos mutuamente”. Esto es la justificación por la fe.

Algunos podrían pensar que no debemos decir que nosotros aprobamos a Dios. No
obstante, todos nosotros tenemos que aprobarle. Dios desea ser juzgado y aprobado por
nosotros (Ro. 3:4). De manera que, podemos decir a Dios: “Tú nos has aprobado, y
nosotros te aprobamos a Ti”.

D. La justificación: ser aprobados conforme a


la norma de la justicia de Dios

¿Qué es la justificación? La justificación es el resultado de haber sido aprobados por


Dios en conformidad con Su norma de justicia. La norma es Su justicia, no la nuestra.
Aunque pensemos que somos justos, nuestra justicia sólo alcanza medio centímetro. Por
muy justos que seamos o por muy justos que nos creamos, cuando mucho nuestra
justicia medirá uno o dos centímetros. Cuánto mide la justicia de Dios? ¡Es ilimitada!
¿Cree usted que Dios puede aprobarnos basándose en nuestra propia justicia? Es
imposible. Es posible que uno actúe rectamente con todos los que le rodean, con sus
padres, sus hijos y sus amigos, pero esa justicia jamás será capaz de justificarlo ante
Dios. Uno podrá justificarse conforme a su propia norma de justicia, pero dicha norma
no lo capacitará para ser justificado por Dios conforme a Su norma. Necesitamos ser
justificados por la fe. Ser justificados ante Dios por la fe significa ser aprobados por Él
conforme a la norma de Su justicia.

¿Cómo puede Dios justificarnos de esta manera? Lo puede hacer porque se basa en la
redención de Cristo. Somos justificados cuando la redención de Cristo es aplicada a
nosotros. Si no hubiera tal redención, le sería imposible a Dios justificarnos. La
redención es la base de la justificación.

II. LA OBRA REDENTORA DE CRISTO

A. La expiación hallada en el Antiguo Testamento

Cuando llegamos al tema de la obra redentora de Cristo, es necesario examinar la


expiación efectuada en el Antiguo Testamento (Lv. 16:34; 25:9).

1. La expiación

La reconciliación con Dios en el Antiguo Testamento se efectuó por medio de la


expiación (Lv. 25:9; Nm. 5:8). La expiación significa que se ha establecido una relación
de paz entre Dios y nosotros debido a que han sido satisfechos Sus justos requisitos.

2. La cubierta expiatoria del arca

La cubierta expiatoria era la tapa del arca (Ex. 25:17-22; Lv. 16:14; He. 9:5). Bajo esta
cubierta estaba guardada la ley, la cual era llamada el testimonio de Dios (Ex. 25:21).
¿Por qué se le llamaba el testimonio de Dios? Porque la ley da testimonio de lo que Dios
es. La ley de Dios da pleno testimonio de Él y lo expresa por completo. Sobre la cubierta
expiatoria estaban los querubines de gloria, los cuales representaban la expresión de
Dios (Ex. 25:19-20; He. 9:5; Ro. 3:23). Por lo tanto, debajo de la cubierta se encontraba
el testimonio de Dios, que mostraba qué clase de Dios es Él, y encima de ella estaban los
querubines de Su gloria, que expresaban Su gloria.

La cubierta expiatoria era rociada con la sangre de la expiación (Lv. 16:14, cfr. 18). En el
día de la expiación era derramada la sangre del sacrificio expiatorio, la cual se introducía
en el Lugar Santísimo y se rociaba sobre la cubierta expiatoria. Esa sangre hablaba en
favor del pueblo. Había un problema entre Dios y Su pueblo. Todos los hombres habían
pecado y carecían de la gloria de Dios y, por ende, se originaron dos grandes problemas
que separaban al hombre de Dios: el problema de los pecados y el problema de que el
hombre carecía de Su gloria. No había forma de reconciliarse con Dios. Aunque el
pueblo necesitara la gracia de Dios, y aunque Dios tuviera suficiente gracia que
suministrarle, era imposible acercarse el uno al otro. La única forma de lograrlo fue la
expiación. En los tiempos del Antiguo Testamento, la reconciliación, o la expiación,
requería un sacrificio de sangre derramada, la cual era introducida en el Lugar
Santísimo y rociada sobre la cubierta del arca. Como ya vimos, bajo la cubierta se
encontraba la ley, que exponía y condenaba al pueblo cuando intentaba acercarse a
Dios, y sobre la cubierta se hallaban los querubines de gloria, quienes observaban todo
lo que ahí acontecía. Cuando la sangre expiatoria era rociada sobre la cubierta del arca,
satisfacía los justos requisitos de la ley de Dios y las exigencias de Su gloria. Por lo tanto,
sobre la cubierta expiatoria del arca, Dios pudo reunirse con el hombre, hablarle y tener
comunión con él de una manera lícita, sin contradecir Su justicia ni Su gloria. Fue en ese
lugar donde Dios y el hombre se hicieron uno. Ésta fue la expiación.

B. La redención en el Nuevo Testamento

1. La propiciación

La expiación del Antiguo Testamento tipificaba la propiciación presentada en el Nuevo


Testamento, donde ésta se menciona por lo menos cinco veces. En 1 Juan 2:2 y 4:10 se
nos dice que el propio Cristo, el Hijo de Dios, es la propiciación por nuestros pecados.
En ambos versículos la palabra propiciación en realidad significa “sacrificio”, y debería
traducirse “sacrificio propiciatorio”. La palabra griega es ilásmos, la cual significa “lo
que propicia”, es decir, un sacrificio propiciatorio. En 1 Juan 2:2 y 4:10 el Señor Jesús es
el sacrificio propiciatorio por nuestros pecados. Otro vocablo griego relacionado con la
propiciación es ilastérion, y podemos hallarlo en Hebreos 9:5 y Romanos 3:25. Esta
palabra significa “el lugar donde fue hecha la propiciación.” Los libros de referencia más
confiables indican que la palabra ilastérion, usada en estos dos versículos, significa “el
lugar de la propiciación.” La versión King James usa las palabras asiento de
misericordia, y en la Septuaginta, la traducción griega del Antiguo Testamento, esta
palabra se traduce “asiento de misericordia” en Éxodo 25 y Levítico 16, refiriéndose al
lugar donde Dios le concede misericordia al hombre. Así que, ilastérion es el lugar de la
propiciación. Además, en Hebreos 2:17 se encuentra la palabra griega iláskomai, la
forma verbal del sustantivo ilásmos. La versión KingJames traduce iláskomai usando la
palabra reconciliar; sin embargo, debe traducirse “propiciar”. Cristo hace propiciación
por nuestros pecados. En el Nuevo Testamento se menciona la propiciación cinco veces
en relación a Cristo: dos veces se refiere a Cristo mismo como el sacrificio propiciatorio,
otras dos ocasiones se refiere al lugar donde se realizaba la propiciación, y una vez se
refiere a la acción propiciatoria de Dios.

Además de estas cinco referencias respecto a la propiciación que se halla en el Nuevo


Testamento, encontramos que esta misma raíz griega es usada en la oración del
recaudador de impuestos en el templo (Lc. 18:13). La versión King James traduce lo que
el recaudador de impuestos oró usando las palabras: Dios, ten misericordia de mí. Sin
embargo, en el griego esto realmente significa: “Dios, sé propicio a mí. Soy pecaminoso
ante Tu vista y necesito propiciación”.

¿Cuál es el significado de la propiciación? ¿Cómo podemos distinguirla de la redención y


de la reconciliación? Si leemos el Nuevo Testamento cuidadosamente, descubriremos
que la reconciliación incluye la propiciación. Sin embargo, existe una diferencia entre las
dos. La propiciación implica que uno tiene algún problema con otra persona, debido a
que le ha ofendido o le debe algo. Por ejemplo, si yo le ofendo a usted o le debo algo,
tenemos un problema. Debido a esto, usted exige algo de mí, y si yo no satisfago esta
exigencia, el problema no podrá resolverse. De manera que, existe la necesidad de una
propiciación.

La palabra griega ilásmos da a entender que yo le he ofendido a usted y, por eso, le debo
algo. Existe un problema entre nosotros que constituye un obstáculo en nuestra
relación. Por lo tanto, la propiciación tiene que ver con la relación entre dos personas:
una persona ha ofendido a la otra y le debe algo y, por eso, debe hacer lo necesario para
satisfacer las exigencias de la otra. Si el ofensor quiere aplacar al ofendido, tiene que
satisfacer sus exigencias. La Septuaginta usa el término griego ilásmos en Levítico 25:9
y en Números 5:8 para traducir la palabra hebrea que [en español] se traduce
“expiación”, porque ilásmos significa “conciliar dos personas y unirlas.” De esta manera,
las dos personas llegan a ser uno.

Cuando existe una separación entre dos personas y éstas procuran regresar a la unidad,
es necesaria la propiciación. La propiciación significa hacernos uno con Dios porque ha
ocurrido una separación entre nosotros y Él. ¿Cuál era el problema que nos mantenía
alejados de Dios y qué nos impedía tener comunión directa con Él? El problema era
nuestros pecados, los cuales nos mantuvieron lejos de la presencia de Dios e impidieron
que Él viniera a nosotros. Por lo tanto, necesitábamos la propiciación para satisfacer las
exigencias de Dios. Cristo realizó esta propiciación en la cruz ofreciéndose a Sí mismo
como el sacrificio propiciatorio. En la cruz Él efectuó la propiciación por nosotros y nos
regresó a Dios, haciéndonos uno con Él.

2. La redención

¿Cuál es la diferencia entre la propiciación y la redención? La palabra redimir implica


volver a comprar algo que originalmente era suyo pero que se había perdido. Por
ejemplo, este himnario me pertenece. Si yo lo perdiera y, al hallarlo, pagara de nuevo un
precio para recuperarlo, lo estaría redimiendo. Así que, la redención significa volver a
tomar posesión de algo al pagar un precio por ello.

Nosotros originalmente pertenecíamos a Dios. Eramos posesión Suya, pero nos


perdimos por causa del pecado. No obstante, Dios nunca renunció a nosotros, sino que
pagó un gran precio para recuperarnos. Esto es la redención. Aun después de que nos
habíamos perdido, Él deseaba recobrarnos. Pero esto no fue fácil para Él, porque
cuando nos perdimos, nuestro ser se contaminó con el pecado y con muchas otras cosas
negativas que eran contrarias a Su justicia, a Su santidad y a Su gloria. Debido a que
estuvimos perdidos, teníamos muchos problemas con Dios en cuanto a Su justicia, Su
santidad y Su gloria. Los requisitos de la santidad, justicia y gloria de Dios que pesaban
sobre nosotros eran tan grandes que nos era imposible satisfacerlos. El precio era muy
alto. Pero Dios lo pagó por nosotros, recuperándonos a un costo sumamente alto. Cristo
murió en la cruz para efectuar nuestra redención eterna (Gá. 3:13; 1 P. 2:24; 3:18; 2 Co.
5:21; He. 10:12; 9:28). Su sangre obtuvo eterna redención para nosotros (vs. 12, 14; 1 P.
1:18-19).

3. La reconciliación

El problema de ser un enemigo es mucho más serio que el que exige la propiciación. Si
yo fuera su enemigo, la propiciación sería inadecuada. Para esto más bien yo necesitaría
la reconciliación. Los pecadores necesitan propiciación, pero los enemigos requieren
reconciliación. La enemistad constituye el problema más serio que existe entre Dios y el
hombre. Cuando éramos enemigos de Dios, no sólo necesitábamos propiciación, sino
también reconciliación. La propiciación se encarga principalmente del problema de los
pecados, pero la reconciliación, además de los pecados, se ocupa de resolver la
enemistad. Por lo tanto, la reconciliación incluye la propiciación. Romanos 5 nos dice
que antes de ser salvos éramos pecadores así como enemigos de Dios. Como pecadores
necesitábamos propiciación, y como enemigos nos hacía falta la reconciliación. La
diferencia entre propiciación y reconciliación reside en que la propiciación resuelve el
problema de los pecados, mientras que la reconciliación resuelve ambos problemas: los
pecados y la enemistad.

La reconciliación se basa en la redención efectuada por Cristo (Ro. 5:10, 11) y fue llevada
a cabo por medio de la obra justificadora de Dios (2 Co. 5:18-19; Ro. 5:1, 11). Por lo
tanto, la redención juntamente con la justificación produce la reconciliación.

Principalmente hemos definido ciertos términos, tales como la justicia de Dios, la


justificación, la propiciación, la redención y la reconciliación. Con la definición
apropiada de estos términos, podemos entender el significado de ser justificado. Ahora
nos centraremos en el estudio de la justificación.

III. LA JUSTICIA DE DIOS SE HA MANIFESTADO

¿Qué es la justificación? La justificación es la manifestación de la justicia de Dios.


Aunque la justicia de Dios siempre ha existido, no nos fue manifestada sino hasta que
creímos en el Señor Jesús e invocamos Su nombre. En aquel momento la justicia de
Dios se nos reveló. Cuando la justicia de Dios es revelada, se manifiesta, y esto sucede
cuando creemos en el Señor Jesús. La manifestación de la justicia de Dios se menciona
dos veces en el libro de Romanos. Romanos 1:17 dice que la justicia de Dios se revela por
fe y para fe. Su justicia se revela a nosotros en el evangelio a partir de la fe, dando por
resultado nuestra fe. Más tarde, Romanos 3:21 dice que aparte de la ley se ha
manifestado la justicia de Dios, atestiguada por la ley y los profetas.

A. Aparte de la ley

El hecho de que la justicia de Dios se manifieste aparte de la ley significa que no tiene
nada que ver con ella. Nunca debemos confundir la justicia de Dios con la ley. Debemos
entender que son dos asuntos completamente distintos y que no guardan ninguna
relación entre sí. No podemos obtener la justicia de Dios por medio de la ley. En cuanto
a la justicia de Dios, la ley ha caducado. La ley estuvo vigente durante la antigua
dispensación. Pero ahora, sin la ley y aparte de ella, la justicia de Dios se ha manifestado
por medio de la fe de Jesucristo.

B. Por medio de la fe de Jesucristo

A muchos estudiantes de la Biblia les es muy difícil entender la frase la fe de Jesucristo


(3:22). Unos dicen que esto se refiere a nuestra acción de creer en Jesucristo. Otros
argumentan que se refiere a la fe de Jesús, y que Su fe llega a ser nuestra. Yo lo diría de
la siguiente manera: la verdadera acción de creer en el Señor Jesús se efectúa por medio
de la fe de Jesucristo. Creemos en Jesucristo por Su fe, pues nosotros no tenemos fe.
Jesús es el Autor y Perfeccionador de nuestra fe (He. 12:2). Cuanto más nos observamos
y más nos examinamos a nosotros mismos, más rápido desaparece nuestra fe. La fe no
es invención nuestra y no puede ser iniciada por nosotros. Es imposible para nosotros
generar la fe, porque es un aspecto de Cristo mismo. De hecho, la fe es el propio Cristo.
Gálatas 2:20 dice que vivimos por la fe del Hijo de Dios. Yo no vivo por mi fe; en
realidad, yo no tengo fe propia, sino que vivo por la fe del Hijo del Dios viviente, quien sí
tiene fe y quien ha llegado a ser mi propia fe. Si usted se mira a sí mismo, nunca hallará
fe, pero si se olvida de sí mismo y dice: “Oh Señor Jesús, te amo”, la fe inmediatamente
surgirá en su interior. Esta fe es la fe de Jesús, o también podemos decir que es Jesús
mismo que cree en nosotros. Por lo tanto, la expresión por la fe de Jesucristo se refiere
al hecho de creer en Jesucristo por medio de Su fe.

La justicia de Dios se manifiesta aparte de la ley al creer nosotros en Jesucristo por Su


fe. Creemos en Cristo por Su fe, no por la nuestra. Cristo es nuestra fe. Nunca diga que
no puede creer, porque sí lo puede hacer, siempre que así lo quiera. Pero no trate de
creer por sí mismo, porque cuanto más trate de hacerlo, menos fe tendrá. Simplemente
diga: “Oh Señor Jesús, te amo. Señor Jesús, eres tan bueno”. Si hace esto, la fe vendrá
inmediatamente. Nosotros creemos en Jesucristo por Su fe, y procediendo de esta fe y
para esta fe la justicia de Dios se revela a todo aquel que cree.

C. Satisface los requisitos de


la justa ley de Dios y de Su gloria

La justicia de Dios se ha manifestado para satisfacer los requisitos de Su justa ley y de


Su gloria (Ro. 3:23). Cuando creemos en el Señor Jesús, recibimos la justicia de Dios, la
cual cumple con todos los requisitos de Dios. En Romanos 3 vemos que los requisitos de
Dios se clasifican en dos categorías: los de Su justicia y los de Su gloria. Pablo menciona
claramente la ley de Dios y Su gloria. Todos hemos quebrantado la ley de Dios y todos
carecemos de Su gloria. Por lo tanto, Romanos 3:23 dice que todos han pecado y carecen
de la gloria de Dios.

¿Por qué Pablo repentinamente menciona la gloria de Dios? La respuesta se relaciona


con el propiciatorio, o la cubierta propiciatoria, mencionado en el versículo 25. Es muy
probable que mientras Pablo escribía esta porción de Romanos tuviera en mente el arca
del testimonio, en especial la cubierta propiciatoria. Sobre esta cubierta estaban los
querubines de gloria. Ya hicimos notar que debajo de la cubierta se hallaba la ley, la cual
exponía la pecaminosidad de las personas y las condenaba, y sobre la cubierta se
encontraban los dos querubines, los cuales representaban la gloria de Dios y observaban
todo lo que hacía el pueblo. Debajo de la cubierta estaba la ley que expone, y sobre ella,
los querubines que lo observaban todo. La ley que exponía y condenaba, representaba
los justos requisitos de Dios establecidos en conformidad con Su ley, y los querubines
que observaban representaban los requisitos de la gloria de Dios, los cuales
concordaban con Su expresión. A menos que estos requisitos fuesen cumplidos y fuese
satisfecho Dios, era imposible que los pecadores tuvieran contacto con Dios y que Él se
comunicara con ellos. ¡Aleluya por la sangre expiatoria! La sangre expiatoria era rociada
sobre el propiciatorio satisfaciendo así los requisitos de la justa ley de Dios y de Su
gloria.
La propiciación no sólo es una acción, sino también un lugar. La propiciación provee un
lugar donde Dios puede reunirse con el hombre. Pablo declaró con confianza, bajo la
inspiración del Espíritu Santo, que este lugar de propiciación es Jesucristo. Dios
presentó a Cristo como propiciatorio (3:25), el cual es el lugar de la propiciación donde
Dios puede reunirse con el hombre. Este lugar es la persona misma de Jesucristo, el
Señor. Aunque muchos creyentes aman al Señor Jesús y entienden cuán valioso Él es
para ellos, tal vez no sepan que Cristo es el lugar de la propiciación donde Dios puede
reunirse con nosotros y donde nosotros podemos tener contacto con Dios. Antes de que
supiéramos esto, teníamos temor de acercarnos a Dios, pero ahora que lo sabemos, el
temor ha desaparecido. Podemos reunirnos con Dios sobre Cristo, el propiciatorio. Éste
es el significado de los escritos de Pablo en el capítulo 3 de Romanos. Él utilizó la
tipología del arca con su cubierta para mostrar el significado de la justificación.

En este universo el Señor Jesús fue presentado como el propiciatorio, el lugar de


propiciación, y todos los pecadores pueden venir a Él para encontrarse con Dios. ¿En
dónde nos encontramos nosotros hoy? Estamos sobre el propiciatorio. Tenemos una
base, un lugar dónde reunirnos con Dios, y Dios tiene la misma base para comunicarse
con nosotros. ¿Dónde está la ley? La ley se halla debajo de la cubierta propiciatoria;
Cristo el propiciatorio la cubre. ¿Dónde está la gloria de Dios? Está sobre nosotros, pero
ya nada reclama de nosotros porque ahora nos encontramos sobre Cristo, quien es
nuestro lugar de propiciación. Aquí sobre Él somos justificados. Sobre este propiciatorio
somos iguales a Dios en cuanto a Su justicia. Sobre este propiciatorio existe una
correspondencia entre Dios y nosotros, y aquí nos aprobamos mutuamente. Nosotros
aprobamos a Dios, y Dios nos aprueba a nosotros. Dios nos justifica a nosotros, y
nosotros lo justificamos a Él.

¿No es verdad que es una osadía decir que nosotros podemos justificar a Dios? Pero
Romanos 3:4 nos da la base para decir esto. Este versículo dice que Dios debe ser
declarado justo en Sus palabras y que debe vencer cuando sea juzgado. Nosotros
podemos justificar a Dios. Yo he hecho esto en varias ocasiones. Aunque reconocía que
era un pecador, no seguía a Dios a ciegas, sino que hacía lo posible para verificar Sus
palabras. Finalmente aprobé a Dios al comprobar Su veracidad. No tenga temor de
estudiar acerca de Dios e investigar un poco para comprobar si Él es veraz. Si usted
investiga acerca de Dios, encontrará que Él es mil por ciento o aun un millón por ciento
justo y verdadero. Entonces usted justificará a Dios. Dios y nosotros nos aprobamos
mutuamente uno al otro sobre Cristo, el propiciatorio.

Conforme a nuestra experiencia, Dios no nos aprobó primeramente; nosotros lo


aprobamos a Él primero. No podemos imaginar cuánto tiempo invirtió Dios para
convencernos de Su justicia. Nosotros éramos rebeldes y decíamos: “No me agrada Dios,
Dios no es justo”. Todos pensamos de esta manera antes de ser salvos. Muchas personas
hablan en contra de Dios diciendo: “Si Dios es justo, ¿entonces por qué hay tantos
pobres en el mundo? Si Dios es recto, entonces por qué entre las naciones no existe la
equidad?” Admiten que existe un Dios, pero argumentan que Él no es justo. Muchos de
nosotros podemos confesar lo mismo, que anteriormente pensábamos que Dios estaba
equivocado y que no era justo. Sin embargo, Dios ha sido muy paciente con nosotros,
interviniendo de muchas maneras en nuestras vidas hasta que finalmente nos convenció
de Su justicia. ¿Quién justificó primero a quién? Nosotros justificamos a Dios primero.
Cuando fuimos convencidos por Dios acerca de la autenticidad de Su justicia, lo
justificamos y aun lloramos de arrepentimiento, diciendo: “Dios, perdóname. Soy tan
pecaminoso y tan impuro. Necesito Tu perdón”. Cuando invocamos el nombre del Señor
Jesús, no sólo fuimos puestos en Cristo, sino también sobre Él. Ahora nos encontramos
sobre Cristo, nuestro propiciatorio, donde Dios y nosotros podemos justificarnos
mutuamente. Ahora podemos proclamar: “Dios, Tú eres justo. No tengo más problemas
contigo”. Luego Dios nos contesta: “Querido hijo, Yo tampoco tengo más problemas
contigo”. Primero nosotros aprobamos a Dios, y luego Dios nos aprobó. Nosotros
justificamos a Dios y luego Él nos justificó. Todo esto se llevó a cabo sobre Cristo,
nuestro propiciatorio. Bajo Él, la ley ha quedado cubierta, y sobre Él, los querubines se
encuentran gozosos de ver la mutua justificación que ocurre sobre Él como la cubierta
propiciatoria.

¿En dónde nos encontramos ahora? Estamos sobre Cristo Jesús, quien es el lugar
mismo donde se efectúa la propiciación. Estamos sobre el propiciatorio. La ley está bajo
nuestros pies, y la gloria de Dios está sobre nuestra cabeza rebozando de satisfacción. La
ley ha sido silenciada y no puede hablar más contra nosotros, pero la gloria de Dios
puede regocijarse de nosotros, pues ha sido satisfecha. Aquí, sobre el propiciatorio,
disfrutamos la plena obra de justificación que Dios efectuó por nosotros.

IV. LA JUSTICIA DE DIOS SE HA DEMOSTRADO

A. A los santos del Antiguo Testamento

La justicia de Dios fue demostrada a los santos del Antiguo Testamento cuando Dios
pasó por alto los pecados de ellos. Pablo usa la expresión pasado por alto en Romanos
3:25. Durante los tiempos del Antiguo Testamento, los pecados del pueblo nunca fueron
quitados, sólo fueron cubiertos por la sangre expiatoria. Sus pecados no fueron quitados
sino hasta que Jesucristo vino y murió en la cruz como el Cordero de Dios que quita el
pecado del mundo (Jn. 1:29). Antes de que el Señor Jesús muriera en la cruz, los
pecados de los santos antiguotestamentarios permanecieron, aunque la sangre
expiatoria, la cual tipificaba la sangre de Cristo, los cubrió. Debido a que Dios es justo,
Él tenía que pasar por alto aquellos pecados. La sangre expiatoria era derramada en la
presencia de Dios, y el justo Dios se veía obligado a pasar por alto todos los pecados que
habían sido cubiertos por aquella sangre. Al pasarlos por alto, Dios demostró Su justicia
para con ellos.

Quisiera presentar un ejemplo de esto. Supongamos que yo le debo un billón de dólares


a cierta persona. Aunque es imposible para mí pagar esta cantidad, estoy comprometido
a pagarle a esta persona. Sin embargo, yo tengo un amigo que es multimillonario. Mi
amigo declara a ambas partes que no hay problema, que él pagará el precio total de
dicha deuda, y firma un pagaré como garantía de ello. Una vez que el pagaré es
entregado y aceptado, yo quedo libre, debido a la justicia de mi amigo. De igual manera,
los santos del Antiguo Testamento tenían una enorme deuda con Dios. Pero había un
pagaré —la sangre del sacrificio expiatorio que era rociada sobre la cubierta
propiciatoria— el cual garantizaba que Cristo vendría y quitaría los pecados. Este pagaré
cubría todos los pecados de los santos antiguotestamentarios. Cristo reemplazó este
pagaré al morir en la cruz y pagó el precio total. Por lo tanto, debido a Su justicia, Dios
se vio obligado a pasar por alto los pecados. Al hacer esto, Él demostró Su justicia a los
santos del Antiguo Testamento. Éste es el significado de Romanos 3:25.

B. A los santos del Nuevo Testamento

La justicia de Dios fue demostrada también a los santos del Nuevo Testamento cuando
Dios los justificó. Dios nos justificó gratuitamente por Su gracia, mediante la obra
redentora de Cristo y la fe de Jesús (3:24, 26). Ya que Cristo pagó el precio por nuestros
pecados y realizó la plena redención para satisfacer todos los requisitos de Dios, Dios,
por ser justo, tiene que justificarnos. En cuanto a Dios, la justificación se realiza por
medio de Su justicia, pero con respecto a nosotros, la justificación que recibimos se basa
en Su gracia, la cual se nos dio gratuitamente, en comparación con una justificación
basada en la obra de la ley. Para ser justificados por obra de la ley necesitamos
esforzarnos y trabajar, pero para ser justificados por la redención que es en Cristo, no
hay ninguna necesidad de nuestras obras, sino que se nos da gratuitamente por Su
gracia. Nosotros no somos merecedores de Su gracia. Pero Dios está comprometido por
Su justicia a justificarnos por causa de la obra redentora de Cristo, la cual cumplió con
todos los requisitos divinos. Así que, Dios ha demostrado Su justicia a los santos del
Antiguo Testamento al pasar por alto sus pecados, y a los santos del Nuevo Testamento,
al justificarlos. Hoy Dios no simplemente pasa por alto nuestros pecados, sino que nos
justifica. Dios nos ha justificado.

V. LA JACTANCIA QUEDA EXCLUIDA


Con base en todo lo anterior, no hay lugar para la jactancia. Ninguno de nosotros tiene
algo de qué jactarse. No fuimos justificados por la ley de las obras, sino por la ley de la fe
(3:27), y ésta no se originó en nosotros, sino en el Cristo viviente.

VI. DIOS JUSTIFICA A DOS PUEBLOS

Dios, quien es uno, justifica tanto a los judíos como a los gentiles (3:30). Él es el Dios del
pueblo judío y del pueblo gentil (3:29). Al decir esto, Pablo abre el camino para la
formación del Cuerpo de Cristo. Si la manera en que Dios trata a un pueblo es diferente
de la manera en que trata a otro, nos sería difícil disfrutar la realidad del Cuerpo. Pero
este único Dios tiene una sola forma de relacionarse con toda la gente, la de reunir a
todos los diferentes pueblos y hacerlos uno solo. Ya seamos judíos o gentiles, nuestro
Dios nos justifica igualmente. Entre nosotros se encuentran varios hermanos y
hermanas del pueblo judío, y Dios los justificó de la misma manera que nos justificó a
nosotros los gentiles. Dios nos justificó a todos nosotros para que podamos ser uno,
formando así el Cuerpo de Cristo.

Dios justifica a los de la circuncisión con una justificación que proviene de la fe, y a los
de la incircuncisión por medio de la fe. Debemos notar las diferencias en estas
expresiones: la justificación de los judíos, los de la circuncisión, proviene de la fe, y la
justificación de los gentiles, los de la incircuncisión, se efectúa por medio de la fe. ¿Qué
significa esto? Los judíos ya tienen ante Dios la posición de ser Su pueblo. Ellos, a pesar
de su incredulidad y su impureza aparente, aún mantienen esta posición. Debemos
reconocer este hecho y ser cuidadosos en la manera en que nos referimos a los judíos,
porque Dios dirá de ellos: “Ellos son Mi pueblo”. El hecho de que los judíos tengan la
posición de ser el pueblo de Dios es de suma importancia, y debemos respetarlo. En
Génesis 12:3 Dios prometió a Abraham, el patriarca de los judíos, que todo aquel que lo
bendijera sería bendecido por Dios y que todo aquel que lo maldijera sería maldecido
por Dios. Hoy en día Dios sigue cumpliendo la promesa que hizo en Génesis 12:3. Todo
aquel que toque a los judíos o los maldiga será maldecido. A lo largo de los veinticinco
siglos pasados esto se ha cumplido sin excepción, cada individuo o nación que ha
maldecido a los judíos, ha sido maldecido, y todo el que ha bendecido a los judíos, ha
sido bendecido.

Hoy los judíos no están bien con Dios con respecto a su condición, pero en términos de
su posición, siguen siendo Su pueblo. En otra porción de Romanos Pablo dice que la
elección de Dios es irrevocable (11:28-29). El pueblo judío fue elegido por Dios, y la
elección de Dios es eterna. No importa cuán incrédulos sean los judíos en la actualidad,
ellos siguen siendo el pueblo de Dios con respecto a Su posición. Por lo tanto, cuando
Dios justifica a los judíos, lo hace con una justificación que proviene de la fe, y no
directamente por medio de la fe. ¿Por qué no lo hace directamente por medio de la fe?
Porque los judíos ya tienen la posición. Sin embargo, cuando Dios justifica a los gentiles,
Él lo hace por medio de la fe, porque ellos están lejos de Él. Existe una gran distancia
entre los gentiles y Dios. Puesto que los judíos, los de la circuncisión, ya tienen la
posición, su justificación proviene de la fe, pero como los gentiles se hallan
completamente alejados de Dios, ellos son justificados por medio de la fe. Es por la fe
que los gentiles obtienen la posición correcta. De todas formas, en ambos casos es un
asunto de fe.

Un mismo Dios nos justifica a todos. Tanto los judíos como los gentiles están bajo un
solo Dios y en un mismo camino. La palabra de Pablo en Romanos 3:29-30 abre el
camino para el Cuerpo de Cristo presentado en el capítulo 12. Sin importar si somos
judíos creyentes o gentiles creyentes, somos un solo Cuerpo en Cristo bajo la única
economía del único Dios.
ESTUDIO-VIDA DE ROMANOS
MENSAJE SEIS

EL EJEMPLO DE LA JUSTIFICACIÓN

Tengo gran aprecio por el libro de Romanos porque se escribió de una forma sólida y
sustancial. Aunque este libro aborda muchas doctrinas, en realidad se escribió conforme
a hechos y experiencias. La base del libro de Romanos es la experiencia. Por ejemplo, la
justificación parece ser un asunto doctrinal, pero el apóstol Pablo, además de
presentarnos la doctrina de la justificación, nos da un ejemplo viviente de ella: la
persona de Abraham (Ro. 4:1-25). En este mensaje veremos en Abraham un ejemplo de
la justificación. Él es nuestro modelo o patrón. El nombre de Abraham significa “padre
de multitudes”. Según las Escrituras, Abraham fue el padre tanto de los creyentes judíos
como de los creyentes gentiles (Ro. 4:11-12, 16-17; Gá. 3:7-9, 29). Todo aquel que
pertenezca a la fe, sea judío o gentil, es descendiente de Abraham.

I. AQUEL QUE FUE LLAMADO

Abraham fue aquel que Dios llamó. Dios creó a Adán, pero llamó a Abraham. Existe una
gran diferencia entre ser creado y ser llamado. El libro de Génesis se divide en dos
secciones principales: la primera abarca los primeros diez capítulos y medio de Génesis
y relata la historia del linaje creado, el cual tiene por padre y cabeza a Adán; la segunda,
que comienza con la segunda mitad del capítulo 11 y termina al final del libro, narra la
historia del linaje llamado, del cual Abraham es padre y cabeza. La historia del linaje
creado, según la crónica de Génesis, culmina en la edificación de la torre y la ciudad de
Babel, (del griego “Babilonia”). Sobre esta torre estaban escritos los nombres de los
ídolos de aquella civilización, lo cual significa que el linaje creado se volvió totalmente a
la idolatría. Ésta es la razón por la cual Pablo dice que el linaje humano había cambiado
a Dios por los ídolos (1:23-25).

Pablo escribió el capítulo 1 de Romanos de acuerdo con la historia narrada en Génesis. A


partir de Caín el hombre desaprobó tener en su pleno conocimiento a Dios y lo
abandonó. La humanidad abandonó a Dios y edificó la ciudad de Enoc, la cual según el
relato de Génesis 4 fue la primera cultura humana sobre la tierra. Mediante aquella
cultura el linaje humano vino a degradarse más y más hasta que terminó en un estado
de corrupción en el cual permaneció hasta el tiempo en que Dios lo juzgó con el diluvio.
Por la misericordia de Dios, ocho personas fueron salvas por medio del arca, la cual
tipifica a Cristo. El número ocho significa resurrección, lo cual indica que aquellas
personas fueron salvas y preservadas en resurrección. En cierto sentido, Noé fue la
cabeza de un linaje nuevo. Sin embargo, poco después, en Babel, los descendientes de
Noé también abandonaron a Dios según consta en Génesis 11. Cuando ellos cambiaron a
Dios por los ídolos, culminaron el abandono de Dios por parte del hombre. Antes del
diluvio, el hombre no había abandonado por completo a Dios, pero después del diluvio,
los descendientes de Noé lo abandonaron completamente al caer en la idolatría.

La fornicación vino después de la idolatría. Después de Babel, surgió Sodoma, una


ciudad de fornicación. Las palabras sodomía y sodomita indican los más vergonzosos
actos de fornicación. Los habitantes de Sodoma violaron su propia naturaleza, lo cual
resultó en gran confusión. Durante los tiempos de Génesis 19, el linaje humano, el cual
había abandonado a Dios y se había vuelto a los ídolos, cayó en la sodomía, trayendo
como resultado toda clase de perversidad.

Todo esto constituye los antecedentes de Romanos 1. Este capítulo narra la historia de la
caída del hombre, donde vemos que la humanidad no aprobó tener en su pleno
conocimiento a Dios, se volvió de Dios a los ídolos, cayó en la fornicación, y practicó
todo tipo de perversidad.

Durante el terrible proceso de la caída, la humanidad se volvió de Dios a los ídolos y lo


abandonó por completo. Como consecuencia, Dios también abandonó a la humanidad.
Es como si Dios hubiera dicho: “Ya que vosotros me habéis dejado, Yo también los
abandonaré”. El linaje creado abandonó a Dios, y como consecuencia de ello, Dios
también lo abandonó a él.

Sin embargo, Dios llamó a un hombre y a su esposa a salir de esa generación perversa.
Dios no tuvo la intención de llamar a una tercera persona, sino sólo a una persona
completa, esto es, a un hombre con su esposa. Si usted es soltero, está incompleto. Sin
una esposa, usted es una persona incompleta; por eso, necesita su complemento. Una
pareja es una entidad completa. Por lo tanto, Dios llamó a una persona completa:
Abraham con su esposa.

Tal vez pensemos que nosotros no nos hemos entregado por completo a Dios. Sin
embargo, Abraham, a quien tenemos por padre y modelo, tampoco se entregó a Dios de
manera absoluta. Cuando fue llamado por Dios a salir de Ur de los caldeos, no sólo llevó
con él a su esposa, sino también a otros parientes suyos.

Dios llamó a Abraham apareciéndose a él como el Dios de la gloria (Hch. 7:2-3). Dios no
lo llamó mediante simples palabras; al contrario, lo llamó mostrándole Su gloria.
Abraham fue atraído al ver la gloria de Dios.
Nuestra experiencia es la misma. En cierto sentido nosotros también vimos la gloria de
Dios. Cuando escuchamos el evangelio y fuimos conmovidos en lo más profundo de
nuestro ser, vimos la gloria de Dios. ¿No es verdad que cuando usted fue salvo, vio la
gloria de Dios? Yo la vi cuando era un joven ambicioso. En ese entonces no tenía
ninguna intención de recibir a Dios, pero cuando el evangelio irrumpió en mi interior,
no pude menos que decir: “Dios, quiero recibirte”. No puedo negar que la gloria de Dios
apareció ante mí. Tal experiencia es indescriptible. No existen palabras humanas
capaces de describir lo que vimos cuando el evangelio entró en nuestro corazón. Sólo
podemos decir que el Dios de la gloria se nos apareció, cautivándonos y llamándonos.
Nosotros, al igual que Abraham, fuimos llamados por el Dios de la gloria.

Abraham era exactamente igual que nosotros. No debemos pensar que nosotros no
somos iguales que él. No debemos apreciar a Abraham y menospreciarnos a nosotros,
porque estamos en el mismo nivel que él. Todos somos Abraham. Él no era una persona
superior o sobresaliente. Cuando escuché la historia de Abraham en mi niñez, pensé que
era alguien extraordinario. Sin embargo, al leer la Palabra años más tarde, me di cuenta
de que había muy poca diferencia entre Abraham y yo. Pude ver que prácticamente
éramos iguales. Aunque Abraham fue llamado por Dios, no tuvo el suficiente valor para
dejar aquella tierra idólatra, lo cual forzó a Dios a usar al padre de Abraham para sacarlo
de Ur. Abraham fue llamado, pero en realidad su padre fue el que tomó la iniciativa para
salir. Ellos salieron de Ur de los caldeos y moraron en Harán. Pero como Abraham aún
no tenía el suficiente valor para seguir a Dios en forma absoluta, Dios se vio forzado a
llevarse a su padre. Cuando su padre murió en Harán, Dios lo llamó por segunda vez.

El primer llamamiento de Abraham se halla en Hechos 7:2-4, y el segundo, en Génesis


12:1. Debemos notar la diferencia que existe entre estos dos llamamientos. De acuerdo
con Hechos 7:2, Dios llamó a Abraham a salir de dos cosas: de su tierra y de su
parentela. Conforme a Génesis 12:1 otro elemento le fue añadido a este llamamiento, la
casa de su padre. En el primer llamamiento, se le pidió dejar su tierra y su parentela,
pero en el segundo, se le requirió dejar su tierra, su parentela y la casa de su padre.
Abraham y su esposa tenían que marcharse solos. Dios le quitó a su padre y no quería
que llevara a ningún otro familiar con él.

Si analizamos lo que Abraham hizo, nos daremos cuenta de que no somos los únicos que
no obedecemos el llamamiento del Señor en forma absoluta. Nuestro padre Abraham
fue el primero que siguió a Dios pero con reserva. Abraham sentía nostalgia por lo que
dejaba, y no quería salirse solo, así que llevó a su sobrino Lot con él. Esto constituyó una
violación al llamamiento divino. Aunque Abraham respondió al llamamiento del Señor y
salió, en cierto aspecto desobedeció ese llamamiento. De igual manera, la mayoría de
nosotros hemos respondido al llamado que Dios nos ha hecho, pero todavía en nuestra
respuesta actuamos en forma contraria a Sus palabras. Ninguno de nosotros ha
respondido al llamamiento de Dios en forma absoluta. No obstante, Dios sigue siendo
absoluto. A pesar de que nosotros no respondemos de manera absoluta, Dios cumplirá
cabalmente lo que prometió al llamarnos.

Abraham amaba mucho a su sobrino Lot, y Dios usó a Lot para disciplinar a Abraham.
Finalmente, Lot se separó de Abraham, y éste obedeció al llamamiento de Dios sin
reserva alguna. Ya no estaba con él ni su padre ni su sobrino, sólo quedaron él y su
esposa. Finalmente, él había dejado su tierra, su parentela y la casa de su padre. Sin
embargo, le faltaba dejar una cosa más, o sea, le faltaba hacer a un lado a sí mismo.
Abraham se aferraba a sí mismo.

Podemos ver que Abraham seguía aferrándose a sí mismo, por la manera en que
reaccionó a la sugerencia de Sara de que procreara un hijo con Agar. Aunque esta
proposición fue hecha con una buena intención, iba en contra del llamamiento de Dios.
Abraham debía haber ejercitado su discernimiento y no haber escuchado a su esposa. La
sugerencia de Sara fue un factor que demostró que Abraham permanecía en su viejo yo,
esa parte de él aún pertenecía a la vieja creación. Dios quería llamar a Abraham a salir
de cada parte de la vieja creación, no únicamente de su tierra, de su parentela y de la
casa de su padre, sino también de sí mismo. Es como si Dios le dijera: “Tú no debes
hacer nada, debes salir aun de tu yo. Yo haré todo por ti. Pero no puedo hacer nada
mientras permanezcas en ti mismo”. No obstante, Abraham aceptó la sugerencia de Sara
y, como resultado, nació Ismael. Ése fue un error tan serio que los judíos siguen
sufriendo por ello. ¿Por qué cometió Abraham tal error? Porque él seguía actuando en sí
mismo. Había abandonado muchas otras cosas, pero no había renunciado a su yo.

¿Cuándo renunció Abraham a sí mismo? Él dejó de aferrarse a sí mismo después de


haber cumplido cien años, cuando ya se consideraba casi muerto. Ciertamente, toda
persona muerta ha salido de sí misma. A la edad de cien años, Abraham se vio a sí
mismo y dijo: “Estoy acabado, estoy prácticamente muerto”. Romanos 4:19 dice:
“...consideró su propio cuerpo, ya muerto, siendo de casi cien años...” Esto indica que él
finalmente había emergido de sí mismo. Entonces llegó a ser una persona llamada en
todo aspecto. ¿Ha sido usted llamado? Aunque usted es una persona que ha sido
llamado por Dios, aún no ha renunciado a su yo.

Como hemos visto, el linaje creado se había degradado hasta tal punto que había
cambiado a Dios por los ídolos. Como consecuencia Dios no pudo hacer nada con ellos.
Para Dios, el linaje creado, de quien Adán fue cabeza, estaba desahuciado, y por eso Dios
lo abandonó por completo. Sin embargo, de entre el linaje creado y caído Dios llamó a
Abraham para que saliera del mismo y fuese padre y cabeza de un nuevo linaje, el linaje
llamado. ¿A cuál linaje pertenecemos nosotros, al creado o al llamado? Ciertamente
pertenecemos al linaje llamado. No obstante, somos iguales que nuestro padre
Abraham. Nosotros, al igual que él, vamos respondiendo al llamamiento del Señor poco
a poco, y no de manera absoluta. Todos estamos en el proceso de responder a Su
llamamiento. No importa cuán débiles seamos, estoy seguro de que finalmente le
seguiremos completamente. Pero debemos estar dispuestos a cooperar con Su
llamamiento y a abandonar todo lo que no sea Dios mismo. Cuanto más rápido lo
obedezcamos, mejor. Le animo a usted a que se apresure y salga de todo lo que no es
Dios.

II. EL CREYENTE

El linaje llamado llegó a ser el linaje de los creyentes. Abraham fue primero alguien que
había sido llamado y luego llegó a ser un creyente. Él lo había abandonado todo y no le
quedó otra alternativa que seguir adelante, poniendo toda su confianza en Dios. Tuvo
que confiar en Dios, pues no sabía ni siquiera a dónde se dirigía. Dios sólo le había dicho
que saliera de su tierra, de su parentela y de la casa de su padre, pero no le dijo hacia
dónde debía ir, forzándolo así a confiar en Él. Abraham aprendió a decir: “Yo
simplemente confío en Dios, voy a dondequiera que Él me guíe”. Si estudiamos la
historia de Abraham, descubriremos que durante toda su vida él siempre confió y creyó
en Dios. Dios no esperaba que él hiciera nada. Es como si Dios le hubiera dicho:
“Abraham, Yo te llamé. No tienes que hacer nada, pues Yo lo haré todo por ti. Sólo
permanece conmigo. Cuando Yo me mueva, muévete. Debes ir a dondequiera que Yo
vaya. No hagas nada por ti mismo ni para ti mismo”. Esto es lo que significa confiar en
Dios.

Mucha gente tiene la idea equivocada de que creer en el Señor Jesús es simplemente
decir: “Señor Jesús, creo en Ti. Te recibo como mi Salvador”. Esto es correcto, pero
acarrea consecuencias transcendentales. Significa que debemos llegar a nuestro fin y
admitir que no somos nada, que no tenemos nada, y que nada podemos hacer. En cada
paso y a cada momento tenemos que confiar en Él. No sé cómo se deben hacer las cosas,
lo único que sé es que debo confiar totalmente en mi Señor. He sido llamado a salir de
todo lo que no es Dios, y ahora sólo creo en lo que Él es. Creo en Él y en todo lo que Él
ha realizado por mí. Creo en lo que Él puede hacer y hará por mí. He depositado toda mi
confianza en Él. Éste es el testimonio del linaje que ha sido llamado y que cree. Como
hijos de Abraham, el padre de los creyentes, somos un pueblo creyente (Gá. 3:7-9).

A. El Dios que llama las cosas que no son,


como existentes
¿En qué clase de Dios creyó Abraham? ¿Quién es el Dios en quien creemos nosotros? El
Dios en quien Abraham creyó era el Dios que llama las cosas que no son, como
existentes (Ro. 4:17). El Dios de Abraham llama las cosas que no son, como si fueran.
Esto quiere decir que Él crea todo de la nada. Dios es el Creador. Abraham creyó en este
Dios y lo aplicó a su situación. En un sentido, Abraham era incapaz de procrear un
heredero. No obstante, Dios llamó a Isaac a existir. Aunque Isaac aún no existía, Dios
declaró: “Habrá un Isaac”, e Isaac nació. Dios llamó algo que no era, como existente.
Éste es el Dios en quien tenemos que creer, pues Él es el Creador todopoderoso, quien
llama lo que no es, como existente.

B. El Dios que da vida a los muertos

El Dios en quien Abraham creyó es el Dios que da vida a los muertos (4:17). Esto
significa que Dios puede resucitar a los muertos. Abraham experimentó este gran poder
de resurrección cuando ofreció a Isaac en sacrificio, conforme al mandato de Dios.
Abraham fue obediente y cuando ofreció a Isaac, creyó que Dios era poderoso aun para
levantarlo de entre los muertos (He. 11:17-19). Él creía que Dios daría vida a su hijo y
que él lo recibiría de nuevo en resurrección.

Debemos creer en el Señor Jesús de la misma forma. Creemos en Dios el Creador, quien
llama las cosas que no son, como existentes, y también creemos en Aquel que da vida,
que levanta a los muertos. Él puede crear algo de la nada y puede dar vida a los muertos.

Podemos aplicar esto a la vida de iglesia. Tal vez usted sienta que la situación en su
iglesia local es muy pobre. No sólo es muy pobre, sino que de hecho, no es nada.
Debemos decir al Señor: “Señor, ven a nuestra situación y llama las cosas que no son, y
hazlas existir”. Puede ser que usted emigre a cierta localidad y descubra que es un lugar
lleno de muerte. Precisamente ésa es la razón por la que Dios lo envía allí. Por lo tanto,
usted debe creer en Aquel que da vida a los muertos.

En 1949 fui enviado a Taiwán. Yo tenía el concepto de que esa isla era una región muy
atrasada. Había estado viviendo y laborando en Shangai, la ciudad más grande del
Lejano Oriente, donde la obra del Señor era muy prevaleciente, y donde unos mil santos
asistían a las reuniones. Teníamos diecisiete hogares en donde los santos se reunían y
distribuíamos cuatro publicaciones periódicamente. Repentinamente se me pidió salir
de la China continental y fui enviado a la pequeña isla de Taiwán. Cuando analicé la
situación, me desanimé profundamente. No podía hacer nada, ni deseaba hacer nada.
No tenía ningún ánimo para laborar en un país tan atrasado, cuyo pueblo era tan
deficiente. Me dejé caer sobre la cama mirando fijamente hacia el techo y diciéndome:
“¿Qué estoy haciendo aquí, por qué vine a este lugar?” Me volví hacia mi esposa y le hice
esta pregunta: “¿Por qué vinimos a este lugar? ¿Qué podemos hacer aquí?” Yo me
encontraba muy perturbado y mi esposa no sabía qué decirme. Pero un día, el Dios que
llama las cosas que no son como existentes y que da vida a los muertos, tocó mi corazón
y me dijo que no me desanimara. Después de eso sentí una gran carga por la obra en
Taiwán. En menos de cinco años, crecimos mucho, y de trescientos cincuenta hermanos
llegamos a ser veinte mil. Tan sólo durante el primer año tuvimos un incremento de casi
treinta veces. Muchos de los que fueron salvos durante ese tiempo son ahora
colaboradores en la obra del Señor.

Debemos creer en el Dios que llama las cosas que no son como existentes y que da vida a
los muertos. No nos desanimemos por la situación de nuestra localidad, ni digamos que
en ella todo es pobreza y muerte, porque dicho lugar es el lugar correcto para nosotros y
para Dios. Si la situación es pobre, contemos con el rico y poderoso Dios, quien llama las
cosas que no son, como existentes. Si la situación se halla en muerte, contemos con el
viviente Dios, quien da vida a los muertos. Las circunstancias que nos rodean le dan a
Dios la oportunidad para impartir vida en medio de la muerte. No debemos quejarnos,
sólo debemos invocar al Señor y creer en Él. No debemos desanimarnos por la condición
de nuestras familias. Uno no debe decir que su esposa es pobre espiritualmente, ni que
su esposo está en muerte. Cuanto más hable de la pobreza de su esposa, más se
empeorará su condición. Cuanto más se queje de que su esposo está en una situación de
muerte, peor él estará. Lo que debe hacer es declarar: “Mi esposa tiene muchas
carencias, pero mi Dios no. Mi esposo está en muerte, pero mi Dios no lo está. Mi Dios
es el Dios que crea las cosas de la nada y que da vida a los muertos. Él no da vida a los
vivos, sino a los muertos. Mi situación es una excelente oportunidad para que Dios se
manifieste”.

III. LA FE CONTADA POR JUSTICIA

Esta clase de fe es contada por Dios como justicia (Ro. 4:3, 22). Cuanto más creemos en
Dios de esta forma, más sentimos que Él se agrada de nosotros. Ésta es la justicia de
Dios puesta a nuestra cuenta como resultado de nuestra fe. Como vimos en el mensaje
anterior, la fe es el propio Cristo que vive en nosotros. Cuando Cristo entra en nosotros
como Aquel que cree, Él mismo viene a ser nuestra fe. Es entonces cuando Dios cuenta
nuestra fe como justicia. Así que, tenemos tanto la fe como la justicia, lo cual significa
que estamos ganando más de Cristo. Lo tenemos a Él como nuestra fe y justicia. Él
mismo es la fe por la cual creemos en Él, y la justicia que Dios añade a nuestra cuenta. Él
es nuestro todo. Cuanto más creemos en Él, más ganamos de Él, y más de Él Dios nos
da.

IV. LA CIRCUNCISIÓN RECIBIDA COMO UN SELLO


La fe que le fue contada a Abraham por justicia no dependía del rito externo de la
circuncisión, pues la circuncisión vino después. Abraham recibió la señal de la
circuncisión como un sello de la justicia de la fe que era suya mientras aún estaba
incircunciso (4:11). La circuncisión, como una forma externa, era sólo un sello de la
realidad interior. Si carecemos de la realidad, las formas externas no significarán nada.
Pero si tenemos la realidad, es posible que ocasionalmente necesitemos alguna forma
externa como sello. La circuncisión fue este tipo de sello para Abraham. Además, fue un
sello para los creyentes gentiles, los de la incircuncisión, de quien Abraham era también
padre.

V. ABRAHAM FUE HECHO EL PADRE DE LA FE

Por lo tanto, Abraham llegó a ser el padre de la fe (Ro. 4:16; Gá. 3:7-9, 29). Él fue el
padre de los de la incircuncisión, quienes tienen la misma fe (Ro. 4:11), y de los de la
circuncisión, quienes siguen las pisadas de esta fe (4:12). Abraham era el padre de
ambos grupos: los creyentes judíos y los creyentes gentiles. Si usted cree en el Señor, es
hijo de Abraham. Todos los creyentes son sus descendientes.

VI. ABRAHAM RECIBIÓ LA PROMESA DE QUE ÉL Y SU DESCENDENCIA


SERÍAN HEREDEROS DEL MUNDO

La promesa hecha a Abraham y a su descendencia consistió en que serían herederos del


mundo (4:13). Éste es un asunto de gran importancia. Abraham y sus descendientes
heredaron a Dios y también heredarán el mundo. Que todos los demás contiendan por
controlar el mundo, de todos modos, el mundo será nuestro. Después de que las guerras
terminen, Dios dirá: “Que Mi pueblo herede el mundo”. Esta promesa no fue hecha
mediante las obras de la ley, sino por la justicia de la fe. ¿Quién heredará la tierra?
Aquellos que han sido llamados y que han creído en el Señor Jesús, los que tienen a
Cristo como su fe y su justicia. Tenemos la plena seguridad de que el mundo será
nuestro. No es necesario pelear ni esforzarnos, sino sólo creer en los poderosos hechos
de Dios. Todos los días leo las noticias internacionales para ver lo que Dios está
haciendo, especialmente en el Medio Oriente. Es maravilloso vivir en esta era, en la cual
Dios está obrando incesantemente. Dios no sólo está actuando a favor de los judíos, sino
también a nuestro favor. Un día muy cercano, el mundo pertenecerá a los creyentes y
herederos de Abraham.

¿Cree usted esto? Tengo la plena confianza de que un día heredaremos la tierra.
Debemos estar seguros de este hecho, pues la Biblia lo afirma. Cristo mismo está
ansioso por regresar y recobrar la tierra. Él tiene mucho más interés en la tierra que en
los cielos. El Señor regresará a tomar posesión de la tierra, no sólo para Sí mismo, sino
también para nosotros. Somos los herederos de la promesa y, sin lugar a dudas,
heredaremos el mundo.

VII. LA EVIDENCIA DE LA JUSTIFICACIÓN DE DIOS

La evidencia de la justificación de Dios es el Cristo resucitado (4:22-25). Me gusta


mucho el himno que dice:

Como nuestro substituto


Aceptaste a Jesús;
Fue juzgado siendo justo,
¿Cambiarías de actitud?
Como prueba de justicia
A Tu diestra se sentó;
Pues Tus requisitos justos,
Por completo Él cumplió.

Esto quiere decir que el Cristo resucitado, quien se sienta a la diestra de Dios, es la
evidencia de que fuimos justificados. La muerte redentora de Cristo fue plenamente
aceptada por Dios como la base sobre la cual Él nos justifica, y el hecho de que Cristo
resucitara de entre los muertos constituye una prueba definitiva de ello. Ésta es la
evidencia de la justificación que Dios nos ha dado.

La muerte de Cristo cumplió y satisfizo totalmente los justos requisitos de Dios, de


modo que estamos justificados por Dios mediante Su muerte (3:24). Su resurrección
comprueba que Dios queda satisfecho con la muerte de Cristo y que nos justificó por
causa de la misma, y que en Cristo, el Resucitado, somos aceptados delante de Dios.
Además, como Resucitado, Él también está en nosotros para vivir por nosotros una vida
que pueda ser justificada por Dios y que siempre sea aceptable a Él. Por lo tanto,
Romanos 4:25 dice que Él fue resucitado para nuestra justificación.
ESTUDIO-VIDA DE ROMANOS
MENSAJE SIETE

LA EXPERIENCIA SUBJETIVA DE LA JUSTIFICACIÓN

(1)

EXPERIMENTAR A DIOS EN LA JUSTIFICACIÓN

El capítulo 4 de Romanos es muy profundo. No debemos entenderlo de manera


superficial. Si profundizamos en este capítulo, veremos que en él se revela el hecho de
que la justificación adecuada y viviente constituye una de las obras más profundas de
Dios, la de llamar al hombre caído a salir de todo lo que no es Dios y a regresar a Él
mismo. Dios creó al hombre para Sí, pero éste cayó. La caída del hombre significa que el
hombre ha sido separado de Dios por haber seguido algo que no es Dios. El hombre que
había sido creado para Dios, cayó y, alejándose de Dios, siguió otras metas. Por muy
bueno o malo que sea cierta cosa, si ésta no es Dios, y si separa al hombre de Él, ella
constituye una caída. En la obra justificadora de Dios, Él llama al hombre caído a dejarlo
todo y a regresar a Él. Por lo tanto, cuando Dios llamó a Abraham, no le dijo a dónde
debía ir, porque deseaba hacer que Abraham volviera a Él mismo. A cada momento y
paso tras paso, el corazón de Abraham tenía que unirse a Dios. Necesitaba confiar en
Dios para todo y no alejarse de Su presencia ni por un momento. En otras palabras,
tenía que ser uno con Él.

Después que Dios llamó a Abraham a salir de Ur de los caldeos, lo adiestró a creer en Él.
Como hemos visto, creer en Dios significa entrar en Él por fe y ser uno con Él. Creer de
esta manera es admitir que no somos nada, que no tenemos nada y que nada podemos
hacer. Al creer de esta manera, aceptamos la necesidad de llegar a nuestro fin. Así que,
creer en Dios significa poner fin a nuestro yo y permitir que Él reemplace nuestro ser y
que Dios sea todo lo que nosotros hemos de ser. Desde el primer momento en que
creemos en Él, no debemos ser nada; debemos llegar a nuestro fin y permitir que Dios lo
sea todo en nosotros. Éste es el significado preciso de la circuncisión. Incluso pedir al
Señor que circuncide nuestro corazón es inadecuado, porque el significado más
profundo y adecuado de la circuncisión es morir y permitir que Dios sea nuestro todo.

Cuando alguien ha sido llamado por Dios de esta manera, el Dios viviente se infunde a Sí
mismo en él. La palabra infundir es importante porque describe lo que sucede en el
llamamiento de Dios. El Dios viviente se infunde espontáneamente en aquél a quien Él
llama. Como resultado de esto, aquel que fue llamado es atraído por Dios y hacia Dios.
Inconscientemente, el elemento y esencia del Dios viviente es infundido en el interior
del que ha sido llamado, y él reacciona o responde a Dios creyendo en Él. Esta reacción o
respuesta es la fe.

Cuando usted oyó el evangelio de gloria respecto al Señor Jesús, usted se arrepintió, lo
cual significa que Dios lo llamó a salir de todo lo que no fuera Él mismo. En ese
momento, aun sin que usted lo supiera, el Cristo viviente se infundió en su ser mediante
Su evangelio de gloria (2 Co. 4:4). El elemento de Cristo entró en su ser y usted fue
atraído hacia Él. Por su parte, usted le respondió, y esa reacción espontánea fue un acto
de fe. El Cristo que se había infundido en usted vino a ser su propia fe. Así que, la fe no
se origina en nosotros, sino que viene de Dios. La fe no es algo aparte de Cristo, sino
Cristo mismo infundido en nosotros, quien produce una reacción dentro de nuestro ser.

Nuestro acto de creer es un “eco”. ¿Cómo podría haber un eco si no hubiera primero un
sonido? Sería imposible. Cristo es el sonido. Cuando este sonido llega a nuestro corazón
y a nuestro espíritu, produce una reacción, un eco. Esta reacción es el aprecio que
tenemos por Él y la fe que tenemos en Él. Esta fe es en realidad Cristo mismo quien
responde al evangelio dentro de nosotros. Por lo tanto, Dios nos cuenta esta fe por
justicia. Cuando Cristo se infundió en usted, hubo una reacción en su interior, o sea,
usted creyó. Después de que usted creyó en el Señor Jesús, Dios reaccionó, contando por
justicia la fe de usted, la cual es Cristo. Si leemos la Biblia superficialmente, no
podremos encontrar esta experiencia, pero si entramos en las profundidades de las
Escrituras, ciertamente la hallaremos. Es como si Dios dijera: “Pobre pecador, no tienes
justicia en ti mismo. Sin embargo, Yo, el Dios viviente, al hablar contigo, infundo Mi
esencia en tu ser. Ésta producirá en ti una reacción de fe hacia Mí, y Yo responderé a esa
fe contándola por justicia”. Cuando Dios hace esto por nosotros, produce en nosotros
una reacción de afecto y amor hacia Él. Dicha reacción es nuestra fe, la cual no se
origina en nosotros, sino que es la esencia misma del Cristo viviente dentro de nuestro
ser. Esta fe regresa a Dios y causa en Él otra reacción hacia nosotros, o sea que la justicia
de Dios es contada como nuestra, de modo que obtenemos algo que nunca habíamos
tenido antes. Esto es lo que experimentamos de Dios en la justificación.

Por consiguiente, tenemos la justicia de Dios, la cual es Cristo. Isaac era un tipo de
Cristo. Abraham, nuestro padre de la fe, recibió la justicia de Dios y a Isaac. De igual
forma, nosotros hemos recibido la justicia de Dios y a Cristo, quien es el Isaac de hoy.
Con esto vemos que Dios llamó las cosas que no eran, como existentes. Cuando vinimos
a Dios, el día en que fuimos salvos, no teníamos nada. No obstante, Dios se nos apareció
y llamó las cosas que no eran, como existentes. Anteriormente no teníamos la justicia de
Dios, pero en un instante la obtuvimos. Antes de ese momento no teníamos a Cristo,
pero después de unos minutos, lo recibimos.

Una vez que llega a ser nuestra experiencia la justicia de Dios y de Cristo, la
mantendremos como un tesoro sumamente valioso. Entonces proclamaremos: “Tengo la
justicia de Dios. Tengo a Cristo”. Sin embargo, un día Dios vendrá a nosotros y dirá:
“Ofrécemelo en el altar”. ¿Lo hará usted? De cada cien creyentes, ni uno solo está
dispuesto a hacerlo. En cambio dicen: “Oh Señor, no me pidas que haga eso. Yo haría
cualquier otra cosa, menos ésta”. No obstante, debemos recordar las reacciones que van
y vienen entre el hombre y Dios. Tanto la justicia de Dios como Cristo son para nosotros,
pues vinieron mediante la reacción de Dios hacia nuestra fe. Ahora debemos devolver
esta reacción a Dios, ofreciéndola en sacrificio a Él. Si reaccionamos de esta manera,
Dios volverá a reaccionar. La primera reacción de Dios era llamar las cosas que no son
como existentes. Su segunda reacción es dar vida a los muertos. Este asunto es muy
profundo.

Según Romanos 4, el resultado final de esta serie de reacciones es el Cristo resucitado.


Este Cristo resucitado ahora está en los cielos, lo cual indica claramente que Dios está
satisfecho y que nosotros fuimos justificados. El Cristo resucitado está sentado en el
tercer cielo a la diestra de Dios como una evidencia definitiva de que todos los requisitos
de Dios fueron satisfechos y de que nosotros fuimos total y adecuadamente justificados.
Sin embargo, este Cristo resucitado no sólo está en los cielos, sino también en nosotros,
impartiéndonos Su vida para que llevemos una vida de justificación. Por lo tanto, la
justificación no está simplemente relacionada con nuestra posición ante Dios, sino con
nuestra manera de ser. La muerte de Cristo nos dio una justificación en cuanto a nuestra
posición, y la resurrección del Cristo que está en los cielos es una prueba de esto. Pero
ahora el Cristo resucitado también vive en nosotros, reaccionando en nuestro interior y
llevando una vida de justificación con respecto a nuestra manera de ser. Finalmente,
somos justificados en términos de nuestra posición así como de nuestra manera ser. No
sólo tenemos una justificación objetiva, sino también una justificación subjetiva. Ahora
podemos vivir esta justificación.

Esta justificación es la circuncisión verdadera y viviente. ¿Qué es la circuncisión? La


circuncisión consiste en que lleguemos a nuestro fin y entremos en Dios. La circuncisión
nos da fin y hace germinar a Dios dentro de nosotros. Los judíos no se interesan por la
realidad interior de la circuncisión; a ellos únicamente les interesa la forma externa, la
práctica de cortar un pedazo de carne. Ante Dios esto no es la circuncisión. Para Dios la
circuncisión significa cortarnos, morir y permitir que Dios germine en nosotros, para ser
nuestra vida a fin de que tengamos un nuevo comienzo. Esta circuncisión es el sello
exterior de la verdadera justificación interior.
Abraham experimentó al Dios que llama las cosas que no son como existentes. Mediante
el nacimiento de Isaac, Abraham experimentó a Dios de esta manera. Además, por la
resurrección de Isaac, Abraham experimentó al Dios que da vida a los muertos. Hay dos
clases de Isaac: el Isaac que nació, y el Isaac resucitado. El Dios en quien Abraham creyó
tuvo estos dos aspectos. Abraham creyó en el Dios que llama las cosas que no son como
existentes, y en el Dios que da vida a los muertos.

No importa quienes somos ni cuál es la situación en la que nos encontramos, la


condición humana en general no es real, lo cual significa que nada existe en realidad. La
segunda condición general de todo el mundo y de todas las cosas, es la carencia de vida.
Así que, la condición prevaleciente del hombre tiene dos aspectos: el hecho de que nada
existe en realidad y que todo está lleno de muerte. Pero el Dios en quien nuestro padre
Abraham creyó, y en quien nosotros también creemos es el Dios que llama las cosas a
existir de la nada. Cuando nosotros decimos: “Nada”, Él dice: “Algo”. Cuando nosotros
decimos: “No hay”, Él dice: “Sí, hay”. No diga que la iglesia en cierto lugar está
deficiente. Tal vez lo sea según su opinión, pero no lo es a los ojos del Dios en quien
Abraham creyó. Dios le dirá: “Tú dices que nada existe, pero después de un momento,
Yo llamaré algo a existir”. Supongamos que la persona de James Barber no existiera.
Pero si Dios quisiera que existiera un James Barber, Él simplemente llamaría: “James
Barber”, y éste empezaría a existir. Esto quiere decir que Dios llama las cosas que no
son, como existentes. Cuando Dios dijo a Abraham: “Tu descendencia será como las
estrellas de los cielos”, en ese tiempo nadie existía como descendencia de Abraham.
Abraham no tenía ni un solo descendiente. No obstante, Dios hizo tal declaración con
relación a la descendencia de Abraham, y Abraham lo creyó. Aproximadamente un año
después, el primer descendiente de Abraham llegó a existir, pues le nació un hijo
llamado Isaac. Por medio del nacimiento de Isaac, Abraham experimentó al Dios que
llama las cosas que no son, como existentes.

Sin embargo, ésta fue sólo la mitad de su experiencia con Dios, porque Abraham
también experimentó al Dios que da vida a los muertos. Cuando Abraham recibió a
Isaac después de ofrecerlo a Dios sobre el altar, él experimentó al Dios que da vida a los
muertos. En cierta localidad puede ser que una iglesia se encuentre en una condición
llena de la muerte, pero nunca debemos hacer un juicio rápido acerca de ella, porque
Dios es poderoso para dar vida a los muertos. Cuando una iglesia está muerta, eso
proporciona una excelente oportunidad para que el Dios en quien Abraham creyó
intervenga e imparta vida en ella.

EL PROPÓSITO DE DIOS EN LA JUSTIFICACIÓN


El entendimiento común de los creyentes con respecto a la justificación es el siguiente:
somos pecadores, Dios es justo y santo, y no hay forma de tener contacto con Él ni de
que Él tenga contacto con nosotros. Así que, Cristo murió en la cruz y realizó la
redención mediante el derramamiento de Su sangre. Fuimos redimidos por Su sangre, y
así Dios tiene una base para justificarnos. Todo esto es absolutamente correcto. Sin
embargo, el apóstol Pablo no concluyó la sección acerca de la justificación con esto, o
sea, al final del capítulo 3. Cuando estudié el libro de Romanos siendo un cristiano
joven, pensé que el capítulo 4 era innecesario. Me parecía que el tema de la justificación
había sido plenamente concluido al final del capítulo 3, que el capítulo 5 estaba
íntimamente relacionado con el capítulo 3, y que el capítulo 4 debería de haber sido
eliminado. Más tarde comprendí que el apóstol Pablo no era nada superficial. Su interés
era más profundo que la redención; él se ocupaba del propósito de Dios. La redención
en sí no es el propósito de Dios, sino el proceso por el cual Él realiza Su propósito. En
Romanos 3 vemos que la redención produce la justificación, pero todavía no vemos el
propósito de Dios. ¿Cuál era el propósito de Dios en la justificación? Para contestar esta
pregunta Pablo utilizó la historia de Abraham como un ejemplo, un cuadro, que explica
lo que el lenguaje humano no puede explicar. Si analizamos y estudiamos el cuadro
presentado en el capítulo 4, nos daremos cuenta de que éste es más profundo y abarca
mucho más que el capítulo 3.

Anteriormente teníamos el concepto de que la justificación estaba relacionada sólo con


los pecados. Sin embargo, al leer Génesis 15, donde la fe de Abraham fue contada por
Dios como justicia, no hallamos ninguna mención del pecado, pues el pecado no tenía
nada que ver con ello. En Génesis lo crucial era la descendencia que llegaría a ser un
reino para el cumplimiento del propósito eterno de Dios. Abraham no fue llamado por
Dios a salir simplemente porque Dios tuvo misericordia de su condición pecaminosa.
Dios no dijo: “Abraham, tú eres muy pecaminoso. No quiero que vayas al infierno. En
Mi misericordia he venido a llamarte a salir de tu condición caída”. Éste no fue el caso
en absoluto. En Génesis 1 se nos dice que Dios creó al hombre a Su propia imagen para
que le expresara, y que éste era un hombre corporativo y no un hombre individual. Dios
creó un hombre corporativo en el cual estaba incluido tanto el varón como la mujer.
Según Génesis 5:2, tanto Adán como Eva fueron llamados Adán, lo cual indica que Dios
creó un solo hombre corporativo para que le expresara y ejerciera Su dominio. En otras
palabras, Dios quería tener un reino o esfera donde pudiera expresar Su gloria. Aunque
éste era el propósito de Dios, el hombre cayó y se alejó de ello. Habiéndose alejado de
Dios y desviado completamente del propósito divino al ocuparse de otras cosas, el
hombre cayó en el pecado. No obstante, la implicación en Génesis 15 no es el pecado,
sino la manera en que se llevaría a cabo el propósito de Dios. Este asunto no se relaciona
con la salvación, sino con la realización del propósito de Dios. Con tal que usted tome
parte en el cumplimiento del propósito de Dios, usted será salvo.

El cristianismo es muy superficial, pues le da más importancia a la salvación del hombre


que al propósito de Dios. La obra justificadora de Dios no tiene por objetivo la salvación
del hombre, sino el cumplimiento del propósito de Dios. ¿Cuál es la razón por la cual
Dios le escogió a usted? No le escogió principalmente para la salvación, sino para Su
propósito. ¿Para qué lo llamó Dios? No lo llamó para ir al cielo, sino para cumplir Su
propósito. Cuanto más usted participe en el propósito de Dios, más segura estará su
salvación. Sin embargo, si sólo se interesa por su salvación, puede errar el blanco del
propósito divino. La salvación en sí misma no es la meta; más bien, la salvación tiene
como fin el propósito de Dios. Así que, se puede decir que la finalidad de la justificación
de Dios es el cumplimiento de Su propósito.

No encontramos ninguna mención del pecado en Génesis 15. Dios dijo a Abraham:
“Mira ahora los cielos y cuenta las estrellas ... así será tu descendencia”. Abraham creyó,
y su fe le fue contada por Dios como justicia. La justificación que Dios le concedió a
Abraham no tenía ninguna relación con el pecado, pero sí tenía que ver con el propósito
de Dios, con obtener una descendencia con la cual producir un reino y cumplir el
propósito divino. Es por esto que el apóstol Pablo, en Romanos 4, después de referirse a
Génesis 15, donde la fe de Abraham le fue contada por justicia, mencionó la promesa
dada a él y a su descendencia, de que heredarían el mundo (Ro. 4:13). ¿Qué relación
tiene la justificación con heredar el mundo? ¿Por qué Pablo mencionó esto en el capítulo
4? Abraham y sus herederos deben heredar el mundo por el bien del reino de Dios, y la
finalidad de éste es el cumplimiento del propósito de Dios. Romanos 4 nos dice que la
justificación no se le da al hombre para que vaya al cielo o para que sea salvo. La
justificación capacita a Abraham y a todos sus herederos creyentes para heredar el
mundo y para ejercer el dominio de Dios sobre esta tierra, según se menciona en
Génesis 1. Si únicamente tuviéramos Romanos 3, diríamos que la justificación, la cual se
basa en la obra redentora de Cristo, es para nuestra salvación. Sin embargo, el capítulo 4
revela claramente que Dios justifica a Sus escogidos no simplemente para salvarlos, sino
expresamente para que ellos hereden el mundo con el fin de que puedan ejercer el
dominio de Dios sobre la tierra.

EL RESULTADO DE LA EXPERIENCIA
SUBJETIVA DE LA JUSTIFICACIÓN

De acuerdo con Génesis 15:6, Abraham creyó la palabra de Dios acerca de que su
descendencia sería como las estrellas de los cielos, y Dios contó la fe de Abraham por
justicia. Aunque Abraham recibió la justicia de Dios en ese tiempo, no entendió mucho
acerca de ella. Esta justicia era muy abstracta, no era sólida ni tangible. Es posible que
para Abraham la justicia no fuese más que un término.

En Génesis 16 encontramos el nacimiento de Ismael. Aunque Dios le había concedido la


justicia a Abraham, él no tenía nada en concreto. Así que, Sara sugirió que produjera un
hijo por medio de Agar, y como consecuencia Abraham usó su propia fuerza y vigor para
producir a Ismael. Abraham, con respecto a su posición, tenía la justicia de Dios, pero en
su carácter, en su propio ser, no la poseía. Lo único que tenía era un Ismael. Por lo
tanto, Dios intervino, y pareció decir: “Abraham, tú debes ser un hombre completo. Yo
soy un Dios completo. Debes creer Mi palabra y confiar en Mí. Yo he contado tu fe por
justicia. Así que, no debes hacer nada por tu propia cuenta esforzándose por producir un
Ismael con la intención de cumplir Mi propósito. Ismael no es la justicia que Yo te he
acreditado. Tienes que cesar todas tus propias obras. Para que recuerdes este hecho, te
voy a circuncidar”. La circuncisión vino a ser necesaria simplemente porque Abraham,
por esfuerzo propio, seguía obrando por su propia cuenta con el fin de cumplir la justicia
de Dios. Gálatas 4 nos dice que Agar tipifica la ley. Producir un Ismael por medio de
Agar significa valerse de las obras de la ley, las cuales no pertenecen a la justicia de Dios.
Abraham tuvo que aprender que tenía que llegar a su fin, cesar de valerse de su propio
vigor y ser circuncidado.

En Génesis 17 Dios le habló acerca de Isaac, prometiendo establecer Su pacto con él. En
tipología Isaac representa a Cristo como la justicia que Dios les cuenta a los creyentes
por la fe. En Génesis 15 Abraham obtuvo la justicia de Dios en cuanto a su posición.
Cuando Isaac nació, él obtuvo una justicia en su carácter, él tuvo una experiencia
verdadera de la justicia de Dios.

El entendimiento de muchos creyentes es demasiado superficial. Ellos razonan: “Somos


pecadores. Cristo murió por nosotros. Si creemos en Él, por Su sangre Dios nos dará Su
justicia y nos justificará”. De acuerdo con este concepto la justicia es meramente
objetiva y tiene que ver sólo con nuestra posición. Sin embargo, basados en nuestra
experiencia podemos entender que la justicia que nos fue contada en el momento en que
creímos, es Cristo mismo. Isaac tipifica a Cristo. Por eso, podemos decir que Isaac
representa nuestra justicia. De hecho, la justicia de Dios no es un simple término
abstracto, sino una persona, el Cristo resucitado. Este Cristo resucitado llega a ser para
nosotros nuestro Isaac actual. Aunque recibimos la justicia de Dios cuando creímos, no
sabíamos que esta justicia era en realidad Cristo mismo, el Hijo de Dios.

Inmediatamente después de recibir a Cristo, decidimos hacer buenas obras para Dios, lo
cual significa que nos casamos con Agar y produjimos un Ismael. Recordemos que
Ismael tipifica las obras de la ley. Aunque nos esforzáramos por hacer buenas obras,
Dios nos diría: “Echa fuera a Ismael, Yo no quiero eso. Debes ser anulado y puesto en la
cruz. Debes llegar a tu fin. Tienes que ser circuncidado. Necesitas que Mi Hijo nazca en
ti y brote de ti como la justicia viviente de Dios”. Es así que podemos tener una
experiencia genuina de la justicia de Dios y que somos justificados en posición así como
en carácter.

Después de que Abraham recibió a Isaac, estaba completamente satisfecho con él. De
igual manera, cuando nosotros tenemos una experiencia personal de Cristo, nos
sentimos muy satisfechos y decimos: “Hace unos años conocí la justicia de Dios, pero
nunca tuve la experiencia de que dicha justicia era Cristo mismo. Pero ahora,
experimento y disfruto a Cristo como la justicia de Dios”. Sin embargo, mientras usted
está disfrutando a su Cristo individualmente, Dios aparece como lo hizo con Abraham y
dice: “Ofréceme a tu Isaac”. Tal vez el Señor le pida que acuda a la iglesia y se ocupe sólo
por ella. Esto lo incomoda, y usted contesta: “No me interesa la iglesia. Mientras tenga
mi experiencia personal con Cristo, ¿no es suficiente con esto?” Esta clase de respuesta
demuestra que usted no está dispuesto a ofrecer a su Isaac sobre el altar; pero si usted
ofrece a su Isaac individual a Dios, Él reaccionará otra vez y le concederá como
recompensa miles de Isaacs. Abraham ofreció un solo Isaac, pero él recibió a cambio
miles de descendientes. Dichos descendientes formaron el reino, la nación de Israel, con
el propósito de ejercer el domino de Dios. Ésta es la razón por la que Pablo dijo que
Abraham y sus herederos heredarían la tierra.

El Cuerpo de Cristo está implícito aquí. En el capítulo 12 encontramos el Cuerpo:


“Nosotros, siendo muchos, somos un solo Cuerpo en Cristo”. En el capítulo 14 Pablo
define el Cuerpo de Cristo como el reino de Dios, diciéndonos que debemos recibir a
todos los hermanos por causa del reino de Dios. Romanos 14:17 dice que el reino es
justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. La vida práctica del Cuerpo es el reino de Dios y
tiene como fin cumplir el propósito de Dios.

Un día el Dios de la gloria vino a nosotros por medio de la predicación del evangelio.
Fuimos atraídos, convencidos y empezamos a apreciar a nuestro Dios. Durante ese
tiempo, el Dios de gloria infundió cierto elemento de Su Ser divino en nosotros, y
creímos en Él espontáneamente. Entonces dijimos: “Oh Dios, soy un pecador. Te doy
gracias porque Tu Hijo Jesucristo murió en la cruz por mí”. Pudimos decir esto porque
el Cristo vivo había obrado en nosotros a fin de producir la capacidad para creer.
Después de eso, si alguien hubiera tratado de convencernos de que no creyéramos en
Cristo, nos habría sido imposible dejar de creer en Él. Nada ni nadie puede lograr que
dejemos de creer, porque en realidad nuestra fe es el Cristo viviente que obra en
nosotros y reacciona hacia Dios de nuestro interior. Inmediatamente después de que
reaccionamos hacia Dios de esta manera, Él reaccionó hacia nosotros justificándonos.
Entonces tuvimos la sensación de que fuimos perdonados y justificados por Dios, pues
experimentamos paz y gozo. En seguida, todos decidimos hacer el bien, es decir,
comportarnos adecuadamente, amar a nuestra esposa, someternos a nuestro esposo.
Pero todo lo que produjimos fue un Ismael. En aquel momento comprendimos que
necesitábamos ser anulados, es decir, circuncidados, para que Dios tuviera la libertad de
obrar en nosotros con el fin de producir al Isaac de hoy, que es Cristo, la realidad de la
justicia de Dios. Una vez que tenemos a este Cristo, debemos ofrecerlo a Dios para poder
recibirlo en resurrección. El resultado de esto es el reino, la vida de iglesia. Esto es el
Cuerpo de Cristo.

Pablo escribió Romanos 4 porque quería mostrar que la meta de la justificación es


cumplir el propósito de Dios, el cual consiste en obtener un solo Cuerpo, el reino, donde
Él se exprese y ejercite Su dominio sobre la tierra. Por lo tanto, Romanos 4 es la base
para los capítulos del 12 al 16 de Romanos, donde vemos la vida práctica del Cuerpo, la
vida de la iglesia y la vida del reino.
ESTUDIO-VIDA DE ROMANOS
MENSAJE OCHO

LA EXPERIENCIA SUBJETIVA DE LA JUSTIFICACIÓN

(2)

Cuando Pablo escribió el libro de Romanos, debe de haber tenido en mente el Antiguo
Testamento. En Romanos 1 se hace una clara referencia al libro de Génesis. La cláusula
que dice: “Las cosas invisibles de Él ... se han visto con toda claridad desde la creación
del mundo, siendo percibidas por medio de las cosas hechas”, se refiere a Génesis 1. Las
“cosas invisibles” que son los atributos divinos, pueden ser percibidos por medio de la
creación. Así que, Pablo empezó el libro de Romanos haciendo alusión al primer
capítulo de Génesis. Además, el relato de Pablo acerca de la condenación ejercida sobre
la humanidad, sigue las etapas de la caída del hombre narradas en Génesis. En Génesis
4 Caín desechó a Dios y no aprobó tenerle en cuenta, y en Génesis 11 vemos que el linaje
humano caído había abandonado a Dios y se había vuelto a los ídolos. Ellos cambiaron
la gloria de Dios por ídolos vanos, y se degradaron cayendo en fornicación y confusión,
lo cual se manifestó plenamente en Sodoma. Esto resultó en la práctica de todo tipo de
perversidades imaginables. Pablo utilizó la historia de la corrupción de la especie
humana como trasfondo para desarrollar la sección de Romanos sobre la condenación
de la humanidad. En Romanos 3 Pablo hace alusión al arca de Dios con su cubierta,
mostrando así a Cristo como el lugar de propiciación. Por lo tanto, también escribió
Romanos 3 teniendo presente el Antiguo Testamento. Además, cuando Pablo llegó a la
conclusión de la justificación, tomó como ejemplo principal la historia de Abraham. La
historia de Abraham nos proporciona un modelo completo de la genuina y subjetiva
justificación de Dios. Si sólo tuviéramos los escritos de Pablo de Romanos 3, jamás
podríamos apreciar las profundidades de la obra justificadora de Dios. Sólo tendríamos
la semilla de la justificación, sin la médula.

DIOS SE TRANSFUNDE AL HOMBRE

Me parece necesario hablar un poco más acerca de la experiencia subjetiva de la


justificación. Siento profundamente en mi espíritu que Romanos 4 debe ser plenamente
revelado al pueblo del Señor. Como dijimos anteriormente, el capítulo 4 de Romanos, el
cual nos presenta la experiencia de Abraham con Dios, es mucho más profundo de lo
que podemos imaginar. Abraham es un ejemplo de la experiencia que todo hombre
llamado tiene con Dios. Nos faltan las palabras humanas para poder describir tal
experiencia. Después de considerar seriamente este asunto, he seleccionado la palabra
transfundir con el fin de que nos ayude a entender la interacción que se efectúa entre
Dios y el hombre.

La aplicación de la electricidad depende del interruptor, y podemos decir que la potencia


de la electricidad es aplicada a través del mismo. En esto consiste la transfusión. La
electricidad celestial se encuentra muy lejos, en los cielos, pero aquí en la tierra es el
lugar donde debe ser aplicada. Si esta electricidad divina ha de llegar a nosotros,
necesitamos una transfusión. Así que, Dios se transfunde a Sí mismo a nosotros. Una
vez que recibamos esta transfusión, experimentaremos una infusión celestial a medida
que se infiltre en nuestro ser la esencia de Dios. La infusión del elemento divino nos
saturará e impregnará. La transfusión trae consigo la infusión, la cual nos satura del
elemento de Dios.

LA FE ES UNA REACCIÓN

Esta saturación produce una reacción. Las virtudes espirituales y los atributos divinos
que son transmitidos a nuestro ser producirán una reacción en nuestro interior. La
primera reacción es creer, o sea, ejercer nuestra fe. Ésta es la definición más elevada de
la fe. La fe no es nuestra habilidad o virtud natural. La fe es nuestra reacción hacia Dios,
la cual se produce cuando Dios se transfunde a nosotros e infunde Sus elementos
divinos en nuestro ser. Cuando los elementos divinos saturan nuestro ser, reaccionamos
hacia Dios y esta reacción constituye un acto de fe. La fe no es una virtud humana, sino
una reacción provocada por la infusión divina, la cual satura e impregna todo nuestro
ser. Una vez que tenemos tal fe, jamás la perderemos. Nuestra fe forma parte de nuestro
ser intrínseco, porque ha sido infundida en él y ha llegado a ser parte de nuestra
constitución intrínseca. Aunque queramos dejar de creer, nunca podremos lograrlo. A
esto se refiere la Biblia cuando habla de creer en Dios.

Si mi memoria no me falla, Pablo nunca usó la expresión por la fe en Jesús. Sin


embargo, por lo menos dos o tres veces mencionó “la fe de Jesús”, lo cual causa
problemas a la mayoría de los traductores. Algunos de ellos, hallando difícil definir
dicha frase, cambian la preposición de por en. Si cambiamos la preposición, la cláusula
sería “la fe en Jesús” y significaría que creemos en Jesús por nosotros mismos. Pero esto
no fue lo que Pablo quiso decir. Pablo dijo que creemos en el Señor Jesús por medio del
propio Señor Jesús quien es nuestra fe. Ya que nosotros no tenemos la habilidad de
creer, necesitamos tomar a Cristo como nuestra habilidad para creer. Debemos creer en
el Señor Jesús por medio de Su fe. He tratado de entender esto por unos cuarenta años.
En el pasado expliqué que la fe era Cristo forjado en nosotros. Ésta era la mejor
definición que tenía en ese tiempo. Sin embargo, en estos últimos días el Señor me ha
dado una mejor manera de definir la fe: la fe es nuestra reacción hacia Dios producida
por Su transfusión, infusión y saturación.

EL PROCESO DE LA TRANSFUSIÓN

¿Cómo se lleva a cabo la transfusión divina? Dios es la electricidad celestial y, como tal,
viene a Sus escogidos. Por ejemplo, Dios vino a Abraham apareciéndose a él. Si
estudiamos Génesis del capítulo 11 al 24, incluyendo la narración de Hechos 7,
descubriremos que Dios apareció a Abraham en varias ocasiones. Hechos 7:2 dice que el
Dios de la gloria apareció a Abraham. Ciertamente Abraham fue atraído por la
apariencia del Dios de la gloria. El hecho de que fuese atraído por Dios simplemente
significa que Dios se transfundió a Sí mismo en Abraham sin que éste lo comprendiera o
estuviera consciente de ello. Esto es semejante al tratamiento de radiación practicado
por la medicina moderna. Los pacientes son expuestos a los rayos X, sin estar
conscientes de los haces de radiación que están penetrando en ellos. Dios mismo es la
radiación más potente que existe. Si somos expuestos a Su radiación por una hora, Él se
transfundirá a Sí mismo a nosotros. Por medio de esta transfusión, nosotros seremos
infundidos, saturados e impregnados con Dios mismo.

LA TRANSFUSIÓN TAL COMO SE VE EN EL EVANGELIO

En toda predicación apropiada del evangelio, debe haber una transmisión en la cual
Cristo se infunde a Su pueblo. ¿Cómo puede transfundirse Cristo a nosotros? Lo hace
por medio de la predicación del evangelio. Siempre que predicamos el evangelio de
Jesucristo de una manera normal, el Cristo viviente se aparecerá, lo cual transfundirá a
Cristo a Su pueblo.

Puedo confirmar esto por mi propia experiencia. Aunque nací en China y aprendí las
enseñanzas de Confucio, éstas no me atrajeron en absoluto. El cristianismo como
religión tampoco me atrajo. Cuando tenía diecinueve años el Señor envió a una hermana
joven a predicar el evangelio en mi pueblo natal. Yo tenía curiosidad de verla. Cuando
me senté en el salón de reunión y escuché su canto y su predicación, se apareció la gloria
de Dios y fui atraído por Él. Nadie tuvo que convencerme para que creyera. Al
escucharla, Dios se transfundió a Sí mismo en mí, y esta transfusión me cautivó y
conquistó, causando en mí una reacción positiva. Después de la reunión, mientras
andaba solo por el camino, alcé mis ojos hacia el cielo y dije: “Dios, Tú sabes que soy un
joven ambicioso, pero aun si la gente me prometiera dar todo el mundo para que fuera
mi imperio, yo lo rechazaría. Sólo quiero a Ti. Desde este día en adelante quiero servirte.
Quisiera ser un pobre predicador yendo de villa en villa, diciéndole a la gente cuán
bueno es el Señor Jesús”. De esta manera, el Cristo viviente se transfundió en mi ser.
Inmediatamente reaccioné a Dios, y Dios reaccionó de vuelta a mí. Mi reacción hacia
Dios fue un acto de fe en Él, es decir, creí en Él. En respuesta a mi reacción, Dios me
justificó, me dio Su justicia, Su paz y Su gozo. La justicia de Dios reaccionó hacia mi, y
desde ese momento he tenido esa justicia. Cristo fue hecho la justicia de Dios para mí.
Así que, tuve gozo y paz, y fui lleno de esperanza. Había sido justificado por Dios. Él me
había llamado a dejar todo lo que no fuera Él mismo.

Una vez que Cristo se transfunde a Sí mismo en nosotros, nunca más podemos escapar;
de ahí en adelante tenemos que creer en Él. Estoy muy familiarizado con lo que pasó en
diferentes casos como resultado de mi propia predicación del evangelio. Algunos
dijeron: “No sé qué me pasó. Después de escuchar a ese predicador, al regresar a casa
me dije que yo no quería tener nada que ver con Cristo, que Jesús no me agradaba. Pero
algo había entrado en mí. Traté de no hacer caso a ello, pero no pude. Y aunque no
quiero regresar, algo dentro de mí me impulsa a ir a escucharlo una y otra vez”. ¿Qué es
esto? Esto es el efecto de la transfusión de Cristo en el hombre. Como resultado de esta
transfusión, brota una reacción: creer en Jesús por la fe de Él.

DIOS APARECE A ABRAHAM

Dios apareció a Abraham una y otra vez. Muchos de nosotros hemos sostenido un
concepto erróneo acerca de Abraham, a saber, que él era un gigante de la fe. Cuando de
joven escuché esto, me impresionó y dije: “Olvídate de ello, nunca podrás ser un gigante
de la fe”. Más tarde, al estudiar la historia de Abraham, me di cuenta de que él no fue un
gigante de la fe; sólo Dios es tal gigante. Dios como el gigante de la fe se transfundió a Sí
mismo en Abraham. Después de que Abraham pasó tiempo en la presencia de Dios, no
pudo menos que creer en Él, porque Dios se había transfundido en él. De esta manera,
Abraham fue atraído por Dios y reaccionó hacia Él con fe. Su reacción fue su acto de
creer. Supongamos que un hombre pobre hubiera visitado a Abraham y hubiera dicho:
“Abraham, yo sé que tú no tienes ningún hijo. El año que viene te daré la capacidad para
que tengas un hijo con tu esposa”. Abraham habría echado a ese hombre diciéndole que
dejara de hablar tonterías. Pero el que apareció a Abraham era el propio Dios de la
gloria. Dios no sólo le apareció en Génesis 15; hubo otras apariciones de Dios anteriores
a ésta.

En Hechos 7 se encuentra el relato de la primera vez que Dios apareció a Abraham.


Otras dos ocasiones se hallan en Génesis 12. En la primera de éstas (vs. 1-3) Dios dijo a
Abraham que saliera de su tierra, de su parentela y de la casa de su padre. Y en la
segunda (vs. 7-8), Dios le prometió que le daría la tierra como heredad a su
descendencia. Después de esto, Abraham, quien tenía poca experiencia en cuanto a
tener fe, descendió a Egipto. Dios apareció a Abraham por cuarta vez en Génesis 13:14-
17, diciéndole que alzara la vista y mirara al horizonte en todas direcciones, y que toda la
tierra que alcanzara a ver la daría a él y a sus hijos. Por lo tanto, la ocasión narrada en
Génesis 15:1-7 es en realidad la quinta vez que Dios apareció a Abraham; ya no era
ninguna novedad para Abraham. Dios se le había aparecido repetidas veces, y él ya
había experimentado las riquezas de la aparición de Dios y había llegado a depender de
ellas. Durante las primeras cuatro apariciones, el elemento divino ya había sido
transfundido y infundido en su ser, pues cuando Dios aparecía a Abraham, no lo dejaba
inmediatamente, sino que permanecía con él por un período de tiempo. ¿Cuánto tiempo
permaneció Abraham con Dios en Génesis 18? Aproximadamente se quedó con él
durante medio día, conversando con él por horas como con un amigo muy íntimo.
Durante toda la visita Abraham era infundido con Dios. La quinta vez que Dios apareció
a Abraham (Gn. 15), le dijo que su descendencia sería tan numerosa como las estrellas
del cielo. Para ese entonces, Abraham había experimentado una infusión de Dios tan
rica, que le llevó a creer. “Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia” (Ro. 4:3;
Gn. 15:6).

La fe de Abraham no provino de su habilidad natural, ni se originó en sí mimo. El hecho


de que Abraham creyera en Dios fue el resultado de una reacción a la radiación celestial,
una respuesta a la infusión divina. En lenguaje figurado, la fe de Abraham era
simplemente Dios mismo operando en él como radiación. ¿Cuál es la fe apropiada? La fe
genuina es Dios que obra en nosotros. Ésta es la razón por la cual Dios contó la fe de
Abraham por justicia. Es como si Dios estuviera diciendo: “Esta fe es algo que procede
de Mí. Es algo que me corresponde. Ésta es la justicia de Abraham delante de Mí”. ¿Qué
justicia era ésa? Era la justicia de Dios.

LA EXPERIENCIA ADICIONAL DE ABRAHAM

La palabra divina de la Biblia es muy profunda, y nosotros no somos capaces de


entenderla si la leemos de manera superficial. Abraham recibió el elemento de Dios
mediante el proceso de la infusión divina. Aunque la justicia había sido contada a favor
de Abraham, él aún no la había experimentado de una manera sólida y concreta. De
igual forma, nosotros tenemos a Cristo como nuestra justicia, pero realmente no le
hemos experimentado de una manera substancial. Desde el momento en que invocamos
Su nombre, recibimos a Cristo, y Él vino a ser nuestra justicia. Sin embargo, es menester
que Él llegue a ser nuestra experiencia. Así que, necesitamos a Sara.

Sara tipifica la gracia. Agar, la concubina de Abraham, tipifica la ley (Gá. 4:22-26).
Ciertamente tenemos a Cristo dentro de nosotros, pero no le experimentamos de una
manera plena. ¿Quién puede ayudarnos a tener esta experiencia? Sara. Recordemos que
Sara tipifica la gracia de Dios. No debemos cooperar con la ley acudiendo a Agar, sino
que debemos colaborar con la gracia yendo a Sara. Si nos unimos a Sara,
experimentaremos a Cristo como nuestra justicia. No vayamos a la ley ni nos
propongamos a hacer buenas obras. Es preciso recordar la experiencia de Pablo según lo
relatado en Romanos 7, donde dice: “El querer el bien está en mí, pero no el hacerlo”. Si
uno decide hacer el bien, esto significa que se ha vuelto a la ley. Si se propone honrar a
sus padres, amar a su esposa o someterse a su esposo, está acudiendo a la ley y
casándose con Agar. El resultado de esta unión será siempre un Ismael. Pero si se une a
la gracia, esta unión producirá a Cristo, el verdadero Isaac.

Isaac representa la experiencia sólida de la justicia que Dios contó a favor de Abraham.
El día que usted creyó en el Señor Jesús, Cristo le fue concedido e infundido en su ser.
Usted respondió en fe, y esa fe le fue contada por Dios como justicia. De esta forma,
Dios hizo a Cristo su justificación y su justicia. Sin embargo, en aquel momento usted
aún no tenía la experiencia de la misma. Después de ser salvo, acudió a Agar, a la ley,
tomando la decisión de hacer el bien. Hasta cierto grado tuvo éxito, pero un Ismael fue
producido. Ahora tiene que unirse a la gracia de Dios, a Sara. Con Sara siempre
experimentará de manera genuina al Cristo que ya recibió.

En tipología, la justicia que Dios contó a favor de Abraham era Isaac. Según Génesis
17:21, Dios vino a Abraham y dijo: “Estableceré Mi pacto con Isaac, el que Sara te dará a
luz por este tiempo el año que viene” (heb.). En Génesis 18:10 Dios volvió a decir lo
mismo pero con otras palabras: “De cierto volveré a ti el año próximo por esta época, y
he aquí Sara tu mujer tendrá un hijo” (heb.) Si conjugamos estos dos versículos,
entenderemos que el nacimiento de Isaac era en realidad la venida de Dios.
Lamentablemente, algunas versiones obscurecen estos dos versículos usando la frase en
el tiempo de la vida. La traducción correcta es: “El año próximo por esta época”. El
Señor dijo a Abraham que el nacimiento de Isaac al siguiente año sería la venida de
Dios. Por lo tanto, concluimos que el nacimiento de Isaac era un evento extraordinario:
era la venida de Dios.

LA EXPERIENCIA DEL CREYENTE

Podemos aplicar todo esto a nuestra experiencia. En la predicación del evangelio, por
medio de la aparición y transfusión de Cristo, reaccionamos a Dios y creemos en Él
mediante Cristo como nuestra fe. Entonces Dios contó esta fe por nuestra justicia, lo
cual constituyó una verdadera experiencia de Cristo en el momento de nuestra
salvación. Esto fue un regreso de Cristo, una venida adicional de Cristo a nosotros,
después de que reaccionamos a Dios creyendo en Aquel que es nuestra fe. Como
resultado de la aparición de Cristo y de Su transfusión divina, Él mismo llegó a ser
nuestra fe, con la cual reaccionamos o respondimos a Dios. Dios nos contó esta fe por
nuestra justicia, y luego Cristo mismo en Su venida adicional llegó a ser la justicia de
Dios para nosotros. Por medio de la venida adicional de Cristo a través de la gracia de
Dios, obtuvimos a Cristo como nuestra justicia delante de Dios. Podemos resumir este
proceso de la siguiente manera: En Su aparición y transfusión, Cristo llegó a ser nuestra
fe hacia Dios, y como una reacción de Dios, Cristo vino a ser la justicia de Dios para
nosotros. Finalmente, Cristo llegó a ser nuestra verdadera experiencia.

Además, no sólo tenemos a Cristo como la justicia de Dios contada como la nuestra, sino
que también tenemos la experiencia de Cristo como nuestro Isaac. Valoramos mucho
esta experiencia, estimándola como algo sumamente valioso y precioso y apreciándolo
como nuestro unigénito.

LA SATISFACCIÓN DE DIOS DEPENDE DEL CUMPLIMIENTO DE SU


PROPÓSITO

Puede ser que Dios aparezca de nuevo y pregunte: “¿Estás dispuesto a seguir adelante
conmigo? ¿Deseas disfrutar Mi aparición adicional? Si quieres esto, debes ofrecerme a
Isaac. Ofrecer en sacrificio lo que Yo te he dado. Esto no quiere decir que tengas que
echar fuera a Isaac, sino que debes ofrecérmelo a Mí. Esto es, traer al Cristo que has
experimentado, ponerlo sobre Mi altar y ofrecérmelo para que Yo sea satisfecho. Lo que
tú has experimentado de Cristo ha venido a ser tu porción, y eso te satisface. Ahora, Yo
te pido que me ofrezcas esa porción para que Yo sea plenamente satisfecho”. ¿Harías
esto? De cien creyentes que han tenido esta clase de experiencia, ni uno solo está
dispuesto a cumplirlo. Todos argumentan: “¿Cómo puedo renunciar a mi valiosa y
preciosa experiencia de Cristo? Es incorrecto que se me pida que renuncie a ella. Nunca
podré estar de acuerdo con esto”. Sin embargo, todo aquel a quien se le ha pedido
ofrecer a Dios su experiencia de Cristo, como su Isaac, y no ha estado dispuesto a
hacerlo, ha experimentado la muerte en su vida espiritual. A tales personas Dios
pareciera decirles: “Ya que tú valoras tu Isaac, y no estás dispuesto a ofrecerme esta
experiencia, dejaré que te quedes con ella. Pero no puedo avanzar contigo. Tú tienes tu
disfrute y satisfacción, pero Yo no tengo el Mío. No puedo utilizarte en el cumplimiento
de Mi propósito”.

Abraham ofreció a Isaac para satisfacer a Dios, lo cual constituyó un verdadero


holocausto. Sobre el monte Moriah Dios fue plenamente satisfecho. En Génesis 22
vemos que Dios no es únicamente el Dios que llama las cosas que no son como
existentes —ciertamente Él fue revelado como tal en Génesis 15 y 17—, pero también Él
es el Dios que da vida a los muertos. A los ojos de Dios Isaac murió cuando Abraham lo
puso sobre el altar y alzó el cuchillo para inmolarlo. Dios detuvo a Abraham,
prohibiéndole que matara a Isaac. En tipología esto quiere decir que Dios impartió vida
al Isaac muerto. Según Hebreos 11:17-19, Isaac fue resucitado, y Abraham lo recibió de
nuevo de parte de Dios en resurrección. Esto resultó en una transfusión e infusión
adicional de Dios, que saturó ricamente el ser de Abraham.

La experiencia espiritual que Abraham tuvo, alcanzó su nivel más alto en el monte
Moriah. Como resultado de esto, Abraham llegó a ser tan espiritual y maduro en vida,
que en Génesis 24 él tipifica a Dios el Padre. ¿En dónde pudo alcanzar esta madurez? En
el monte Moriah, donde él recibió la máxima porción de Dios. Dios el Padre se
transfundió a él. Por lo tanto, Abraham llegó a ser padre no solamente de un Isaac
individual, sino de miles de descendientes quienes corporativamente constituyen el
reino de Dios sobre la tierra para el cumplimiento de Su propósito eterno.

Ahora podemos ver por qué Pablo, después de escribir Romanos 3, fue conducido a usar
la historia de Abraham en el capítulo 4 para mostrar el clímax de la justificación de Dios.
El propósito de la justificación de Dios es lograr una reproducción de Cristo en millones
de creyentes. Estos creyentes o santos, como la reproducción de Cristo, llegan a ser los
miembros de Su Cuerpo (Ro. 12:5). El Cuerpo entonces constituye el reino de Dios sobre
la tierra (Ro. 14:17) para el cumplimiento del propósito de Dios. El Cuerpo como reino
de Dios es revelado en Romanos del capítulo 12 al 16. Todas las iglesias locales son
expresiones del Cuerpo de Cristo como reino de Dios. La iglesia como reino de Dios no
se compone de un solo Isaac, sino de muchos Isaacs, quienes proceden de la
justificación de Dios. Todos estos Isaacs son el producto de una subjetiva y profunda
experiencia de justificación.

VOLVER AL ÁRBOL DE LA VIDA

Todavía necesitamos ver algo más. Volvamos de nuevo al primer capítulo de Génesis.

Según Génesis 1, el hombre no sólo fue creado por Dios, sino también para Dios y
conforme a Él. El hombre fue creado conforme a Dios a fin de que pudiera expresar la
imagen de Dios y ejercer el dominio de Dios, para la edificación de Su reino. El hombre
fue creado de esta manera por causa de este propósito tan elevado. En Génesis 2 vemos
que Dios fue representado por el árbol de la vida, lo cual indica que el hombre creado
según Dios debía comer continuamente de este árbol. El hombre necesitaba acercarse a
Dios, tener contacto con Él, y recibir la transfusión e infusión de Dios en su interior. Sin
embargo, el hombre falló en hacer esto y volvió a la fuente incorrecta, el árbol del
conocimiento. Así que, el hombre que fue hecho conforme a Dios, se alejó de Él. Éste es
el significado preciso de la caída del hombre.
Dios apareció a Abraham para llamarlo a salir de esa condición caída, lo cual significa
que Dios deseaba hacer que el hombre volviera a Él. Cuando Dios llamó a Abraham a
salir de Ur de los caldeos, nunca le dijo a dónde debía ir, porque la intención de Dios era
traerlo de nuevo a Sí mismo. El hombre debía volver a Dios a fin de que Dios pudiera
infundirse en él.

Dios, al llamar a Abraham a salir de Ur, estaba volviéndolo al árbol de la vida. El


principio del árbol de la vida es la dependencia; por el contrario, el principio del árbol
del conocimiento es la independencia. Acudir al árbol de la vida significa depender de
Dios; en cambio, desviarnos hacia el árbol del conocimiento significa abandonar a Dios.
Cada día y en todo momento tenemos que depender de Dios como nuestra vida y nunca
alejarnos de Él. Por lo tanto, Abraham fue devuelto a Dios, al árbol de la vida. Cuando
Dios le apareció a él, también le apareció el árbol de la vida. Todo el tiempo que
Abraham pasaba en la presencia de Dios, él disfrutaba del árbol de la vida. Siempre que
esto pasaba, más de la esencia de Dios se transfundía en él. De esta manera, Dios
adiestró a Abraham a siempre recibir la transfusión y la infusión de Dios, a ser
totalmente saturado de Él, y a no actuar más por sí mismo. Ésta no fue una lección fácil
para Abraham.

Hoy en día nosotros estamos bajo el mismo adiestramiento. Dios nos llamó a salir de
nuestra condición caída, y a volver a Él, al árbol de la vida. Ahora mismo estamos
gozando de Su transfusión, infusión y saturación. No debemos hacer nada por nosotros
mismos. Nuestro yo debe ser anulado. El viejo yo debe ser cortado y sepultado para que
Dios pueda ser nuestro todo. Entonces podremos afirmar realmente: “Ya no vivo yo,
mas vive Cristo en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo en la fe del Hijo de
Dios” (Gá. 2:20). Ésta era la vida de Abraham. Hoy nosotros, siendo los descendientes
de Abraham, somos iguales a él. Seguimos sus pisadas de fe y estamos bajo la obra
saturadora de Dios.

Mientras estamos en este proceso, tenemos varias reacciones hacia Dios. Nuestra
primera reacción es creer en Él con la fe de Cristo. Esto causa otra reacción de parte de
Dios, que consiste en que Cristo es contado como nuestra justicia. Después de esto, tal
vez actuemos por nosotros mismos cometiendo alguna falta. Acudimos a la fuente
equivocada, que es Agar, la ley, y engendramos un Ismael. Después de esto, necesitamos
ser circuncidados, lo cual trae una experiencia adicional de Cristo como nuestro Isaac
actual. Posteriormente, se nos pedirá ofrecerle nuestro Isaac a Dios como sacrificio para
Su satisfacción. Si obedecemos este mandato, Dios reaccionará una vez más dándonos
una experiencia de resurrección que produce muchos Isaacs. Una vez que ofrecemos
nuestra experiencia individual de Cristo a Dios, nos encontraremos en la iglesia
rodeados de muchos Isaacs, y obtendremos la experiencia corporativa de Cristo.
Entonces dejaremos de ser individualistas y seremos un reino, el Cuerpo de Cristo, el
cual cumple el propósito de Dios.

Éste es el significado más profundo de la justificación mostrada por el ejemplo de


Abraham. Debemos reconocer que la fuente de todo esto es la transfusión, infusión y
saturación de Dios. Este proceso de transfusión e infusión produce muchas reacciones
entre Dios y el hombre. Este tráfico o intercambio entre nosotros y Dios, nos hace uno
con Él, y hace posible la existencia de un hombre universal y corporativo para el
cumplimiento del propósito eterno de Dios. En este proceso, la divinidad se mezcla con
la humanidad. Esto es la consumación de la justificación de Dios.

ESTUDIO-VIDA DE ROMANOS
MENSAJE NUEVE

EL RESULTADO DE LA JUSTIFICACIÓN:
EL PLENO DISFRUTE DE DIOS EN CRISTO

Al final del capítulo 3 de Romanos Pablo define la justificación desde el punto de vista
divino, y en el capítulo 4 presenta la historia de Abraham como ejemplo de dicha
justificación. Romanos 5:1-11 debería considerarse como la conclusión de la enseñanza
de Pablo acerca de la verdad de la justificación. Esta conclusión revela el resultado, el
producto, de la justificación. Estos once versículos enumeran muchos elementos
maravillosos que resultan de la justificación que Dios nos otorga.

En Romanos 5:1-11 Pablo menciona seis palabras sobresalientes: amor, gracia, paz,
esperanza, vida y gloria. El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por
el Espíritu Santo (v. 5). Tenemos acceso a esta gracia en la cual estamos firmes (v. 2). Ya
que hemos sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios (v. 1). Como resultado
de esto, nos gloriamos en la esperanza de la gloria (v. 2). El versículo 10 nos dice que
seremos salvos en Su vida. Finalmente, esperamos ser participantes de la gloria de Dios
(v. 2). Estos seis elementos forman parte del resultado de la obra justificadora de Dios.
¿Desea usted recibir el amor y la gracia de Dios? ¿Desea tener paz y esperanza? ¿Espera
participar de la vida divina y eterna de Dios y estar en Su gloria? Para tomar parte en
todo lo mencionado, uno necesita la justificación. Todo esto es nuestra porción como
resultado de la justificación divina.

Junto con estas seis palabras significativas tenemos tres personas maravillosas. (Aunque
no me gusta el término personas debido a que ha sido mal entendido en cuanto a las
enseñanzas acerca de la Trinidad, aun así, no existe otro término más adecuado en
nuestro lenguaje humano para describir a la Deidad). En Romanos 5:1-11 vemos las tres
personas que constituyen el Dios Triuno. El versículo 5 habla del Espíritu Santo,
diciéndonos que éste ha derramado el amor de Dios en nuestro corazón. Luego, el
versículo 6 nos dice que mientras aún éramos débiles e impíos, Cristo murió por
nosotros. Finalmente, el versículo 11 dice que ahora podemos gloriarnos en Dios. La
versión King James emplea la frase nos gozamos en Dios, la cual significa que Dios ha
venido a ser nuestro disfrute. Nos gozamos, exultamos y nos gloriamos en Dios porque
Él es nuestro disfrute. De esta manera, Romanos 5 revela seis elementos maravillosos y
tres personas admirables. Tenemos amor, gracia, paz, esperanza, vida y gloria. Como
resultado de la obra justificadora de Dios, tenemos al Espíritu Santo, a Cristo, y a Dios
mismo como nuestro disfrute. ¡Oh, esta porción de la Palabra es tan rica!
Necesitaríamos una gran cantidad de mensajes para abarcar este tema adecuadamente.

I. JUSTIFICADOS Y RECONCILIADOS

Originalmente no sólo éramos pecadores, sino también enemigos de Dios. Pero


mediante la muerte redentora de Cristo, Dios nos justificó y nos reconcilió consigo
mismo (5:1, 10-11). Esto se llevó a cabo cuando creímos en el Señor Jesús. Mediante la fe
recibimos tanto la justificación como la reconciliación, lo cual nos abrió el camino y nos
introdujo a la esfera de la gracia para que pudiéramos disfrutar a Dios.

II. EL AMOR DE DIOS ES DERRAMADO


EN NUESTROS CORAZONES

En la esfera de la gracia lo primero que disfrutamos es el amor de Dios. “El amor de Dios
ha sido derramado en nuestros corazones mediante el Espíritu Santo que nos fue dado”
(5:5). Muchas veces en nuestra vida cristiana necesitamos ser alentados y afirmados.
Cuando pasamos por períodos de sufrimiento, es posible que surjan en nosotros dudas y
preguntas. Quizás usted se pregunte: “¿Por qué tengo tantos problemas en mi vida
cristiana? Por qué se me presentan tantas dificultades y pruebas?” Puede ser que se
levanten estas preguntas e incertidumbres debido a nuestras circunstancias. Aunque
surjan estas preguntas, no podemos negar que el amor de Dios está en nuestro interior.
Desde el día en que invocamos al Señor Jesús por primera vez, el amor de Dios fue
derramado en nuestro corazón por el Espíritu Santo. Esto quiere decir que el Espíritu
nos da la revelación del amor de Dios, nos lo confirma y nos da seguridad del mismo. El
Espíritu Santo, el cual mora en nuestro interior, parece decir: “No dudes. Dios te ama.
Tal vez por ahora no entiendas por qué debes pasar ciertos sufrimientos, pero un día
dirás: ‘Padre, te agradezco por las pruebas y tribulaciones que me hiciste pasar’”.
Cuando usted entre por las puertas de la eternidad dirá: “Alabado sea el Señor por los
sufrimientos y pruebas que pasé durante el transcurso de mi vida, pues Dios las usó para
transformarme”.
¡Oh, el amor de Dios ha sido derramado en nuestro corazón! Aunque estemos afligidos,
deprimidos y nos hallemos en pobreza, no podemos negar que el amor de Dios está
presente en nosotros. ¿Podemos acaso negar que Cristo murió por nosotros? Él murió
por pecadores tan impíos como nosotros. Antes éramos enemigos de Dios, pero Cristo
derramó Su sangre sobre la cruz para reconciliarnos con Dios. ¡Qué gran amor es éste!
Si Dios nos dio a Su propio Hijo, ciertamente no haría nada para lastimarnos. Dios es
soberano. Él sabe lo que es mejor para nosotros. Él es quien toma las decisiones, y no
nosotros. Nos parezca o no, lo que Dios ha planeado para nosotros será nuestra porción.
Nuestro Padre ya ha preparado todo lo que a nosotros se refiere. Simplemente debemos
orar: “Señor, haz Tu voluntad en mí. Yo simplemente quiero lo que Tú quieras. Lo dejo
todo completamente en Tus manos”. Ésta será nuestra respuesta para con Dios cuando
nuevamente nos demos cuenta de que Él nos ama tanto que ha derramado Su amor en
nuestros corazones por medio del Espíritu Santo.

III. ESTAMOS FIRMES EN LA ESFERA DE LA GRACIA

Romanos 5:2 dice: “Por medio del cual también hemos obtenido acceso por la fe a esta
gracia en la cual estamos firmes”. La gracia es la esfera en la cual estamos firmes. Donde
la gracia esté es ahí donde debemos permanecer. No me pregunte dónde debe estar
usted. Ya debería saber que es en la gracia donde usted debe estar establecido. Siempre
que usted se sienta fuera de la esfera de la gracia, debe regresar a ella de inmediato.
Cuando sienta que está a punto de argumentar con su esposa y perciba que está fuera de
la esfera de la gracia, deje lo que esté haciendo, regrese a la esfera de la gracia, y
permanezca ahí.

No es necesario cometer pecado para quedarse fuera de la gracia. Basta con quedarnos
detenidos sin avanzar por un rato y sentiremos que nos hemos mudado de la esfera de la
gracia a otra esfera. ¿Qué debemos hacer en tal caso? Debemos orar: “Señor,
perdóname. Tráeme de nuevo a la esfera de la gracia”. Regresamos a la gracia de la
misma manera en que entramos en ella originalmente. Entramos a la esfera de la gracia
mediante la justificación por fe. Simplemente confesamos nuestros pecados a Dios,
recibimos al Señor Jesús como nuestro Salvador, aplicamos Su sangre y fuimos
justificados. La justificación nos introdujo en la gracia en la cual estamos firmes.
Siempre que actuamos equivocadamente y sentimos que estamos fuera de la gracia,
debemos repetir la misma oración: “Oh Dios, perdóname. Límpiame con Tu preciosa
sangre”. Si usted hace esto, será traído de nuevo a la gracia instantáneamente.

Ya que fuimos justificados por la fe y estamos firmes en la esfera de la gracia, tenemos


paz para con Dios por medio del Señor Jesucristo (5:1). Pablo no dice que tenemos paz
con Dios, sino que tenemos paz para con Dios. No hemos terminado aún nuestra
jornada [espiritual]. En el mundo espiritual, primero entramos por la puerta y luego
andamos por el camino. La justificación por fe es la puerta que se abre ante nosotros
dándonos el libre acceso, la entrada, al amplio campo del disfrute. Una vez que
entramos por la puerta de la justificación, debemos avanzar por el camino de la paz. Los
pecadores no tienen paz. Romanos 3:17 dice que cuando éramos pecadores nunca
conocimos el camino de la paz. Sin embargo, hoy andamos en él.

Si uno va andando en cierta dirección y no siente paz en su interior, debe detenerse.


Sólo debe avanzar si tiene la paz. Según Lucas 7:50 el Señor Jesús dijo a la mujer
pecadora después de que ella fue salva: “Ve en paz”. Los jóvenes, después de haber sido
salvos, deben andar por el camino de la paz. A cualquier lugar que vayan, siempre deben
seguir el camino de la paz. Si no tienen paz, no deben ir. Todo lo que hagan y
adondequiera que vayan, deben proceder en paz. Si no tienen paz, es mejor que no
hagan nada. La gracia se nos da para que estemos firmes; la paz se nos da para nuestro
caminar. Si en cierto lugar nos sentimos que no estamos en la esfera de la gracia, no
debemos permanecer allí. Y si no tenemos paz en cuanto a tomar cierta dirección, no
debemos seguir caminando en ese sentido. Permanezcamos en la gracia y caminemos en
paz.

IV. DISFRUTAMOS A DIOS JACTÁNDONOS,


EXULTANDO Y GLORIÁNDONOS EN ÉL

En la esfera de la gracia nos gloriamos en Dios (5:11). La palabra griega que se traduce
“gloriarse” tiene por lo menos tres connotaciones: jactarse, exultar o regocijarse, y
gloriarse. Así que, nos jactamos, exultamos, y nos gloriamos en Dios. Al permanecer en
la esfera de la gracia y al andar en el camino de la paz, constantemente nos jactamos,
exultamos y nos gloriamos en nuestro Dios. Esto quiere decir que le disfrutamos. Dios se
nos da como nuestra porción a fin de que le disfrutemos. Éste es el Dios en quien nos
jactamos, exultamos y nos gloriamos.

A. Nos gloriamos en las tribulaciones

Nuestro ser natural necesita ser santificado, transformado y conformado. Por lo tanto,
Dios nos hace pasar por diversas tribulaciones y sufrimientos para nuestro propio bien.
Esto se revela claramente en Romanos 8:28 y 29, donde se nos dice que Dios hace que
todas las cosas cooperen para bien, a fin de que podamos ser conformados a la imagen
de Su Hijo. Así que, las tribulaciones y los sufrimientos tienen como fin nuestra
transformación. Todos apreciamos la paz, la gracia y la gloria, pero a nadie le gusta la
tribulación. Recientemente fui sometido a dos operaciones en mi ojo derecho. Aunque
no me agrada tal sufrimiento, debo reconocer que en los últimos años nada me había
favorecido más que estas dos operaciones.

La tribulación es en realidad la encarnación de la gracia junto con todas las riquezas de


Cristo. Esto es semejante a la encarnación de Dios en Jesús. Aparentemente Él era sólo
un hombre llamado Jesús, pero en realidad era Dios mismo. Aparentemente nuestro
entorno nos trae tribulaciones, pero en realidad nos trae la gracia de Dios. Al leer
Romanos 5 cuidadosamente, descubrimos que la tribulación no se encuentra en el
mismo nivel que la gracia, sino en un nivel inferior. Los seis elementos que
mencionamos anteriormente —el amor, la gracia, la paz, la esperanza, la vida, y la gloria,
juntamente con las tres personas de la Deidad— sobrepasan la tribulación. No obstante,
ésta es la visitación de la gracia.

Si decimos que nos agrada la gracia pero no la tribulación, es como si dijéramos que
amamos a Dios pero no a Jesús. No obstante, debemos saber que rechazar a Jesús
equivale a rechazar a Dios. De igual manera, rechazar la tribulación es rechazar la
gracia. ¿Por qué se encarnó Dios? Porque Él quería venir a nosotros. La encarnación de
Dios fue la visitación de Dios en Su gracia. Sin lugar a dudas, todos amamos dicha
visitación. Si amamos Su visitación, debemos amar Su encarnación. Sucede lo mismo
con la gracia y la tribulación. La tribulación es la encarnación de la gracia que nos visita.
Aunque amamos la gracia de Dios, debemos también besar la tribulación, la cual es la
encarnación de la gracia, la dulce visitación de la gracia de Dios.

La señora Guyón decía que ella besaba la cruz que le era dada. A muchos no les agrada
la cruz, porque trae tribulación y sufrimiento. Por el contrario, la señora Guyón besaba
cada experiencia de la cruz que se le presentaba, y estaba dispuesta a que vinieran más
sufrimientos cada día, porque ella comprendió que con la cruz venía Dios mismo. Ella
dijo en una ocasión: “Dios me da la cruz, y la cruz me trae a Dios”. Ella siempre le daba
la bienvenida a la cruz, porque cuando tenía la cruz, tenía a Dios. La tribulación es una
cruz; y la gracia es Dios, quien se nos da como nuestra porción para que lo disfrutemos.
Esta gracia principalmente nos visita en forma de tribulaciones.

La experiencia de la tribulación produce perseverancia (5:3). Ésta es superior a la


paciencia, pues es el producto de la paciencia más el sufrimiento. Ninguno de nosotros
nació con perseverancia, sino que ésta se produce por medio del sufrimiento de la
tribulación. Por lo tanto, Pablo dijo que la tribulación produce perseverancia.

Podemos obtener esta perseverancia mediante las pequeñas experiencias cotidianas de


nuestra vida. Algo que me disgusta es oír el tono de ocupado cuando marco un número
telefónico. ¿Pregunta usted por qué? Porque tengo poca perseverancia. Otra cosa
pequeña que me disgusta es esperar a alguien que ha llegado tarde a una cita. Aunque
tales detalles son un sufrimiento para mí, me ayudan a obtener perseverancia.

La perseverancia produce un carácter aprobado (5:4), el cual es una calidad que se


produce al soportar y experimentar tribulación y prueba. A veces es difícil para los
hermanos jóvenes obtener la aprobación de otros. Necesitan la perseverancia que
produce esta calidad o carácter aprobado. La tribulación produce la perseverancia, y la
perseverancia trae consigo una calidad aprobada. Algunas versiones traducen esta
palabra griega como experiencia. Esto es correcto, porque se obtiene un carácter
aprobado por medio de la experiencia. Sin embargo, no es la experiencia misma, sino el
atributo o virtud que se adquiere a través de la experiencia del sufrimiento. Cuanto más
uno sufra, más perseverancia tendrá, y más se producirá la virtud o el carácter que es
aprobado por Dios. Esto no es un atributo que recibimos por nuestro nacimiento
natural.

Consideremos el ejemplo del oro nativo. Aunque verdaderamente es oro, está sin refinar
y no tiene atractivo. Necesita que el fuego lo purifique. Cuanto más el oro es expuesto al
fuego, más calidad adquiere. Después de pasar por fuego y de ser probado, el oro
adquiere una calidad que salta a la vista. La mayoría de los jóvenes son como el oro en
bruto. Ellos no requieren ser pulidos ni abrillantados, lo que necesitan es pasar por
fuego. Algunos de los santos que aman al Señor, por tener cierta cantidad de vida y luz,
piensan que ya están capacitados para servir al Señor. Sin embargo, les falta el carácter
aprobado. Por un lado, ellos pueden ser productivos adondequiera que vayan, pero por
otro, aún están en bruto y carecen de las virtudes que les hacen personas dinámicas,
atentas y agradables. En vez de ser aprobados son desaprobados. ¿Por qué al principio
de la vida cristiana nuestra situación es muy buena y al paso del tiempo se vuelve pobre
y deficiente? Es porque al principio teníamos un don y la luz. Pero debido a que somos
material en bruto y nos falta un carácter aprobado, ese don y la luz disminuyen en
nosotros. Si tenemos la virtud de un carácter aprobado, jamás causaremos problemas
para los demás. Todos debemos orar: “Señor, concédeme el carácter apropiado”.

Si usted ora de esta manera, el Señor le preguntará: “¿En verdad estás resuelto? Si su
respuesta es afirmativa, el Señor propiciará las circunstancias para producir un carácter
apropiado en usted. Por ejemplo, puede ser que Él le dé la esposa más apropiada y útil
para producir esta calidad en usted. La mayoría de las esposas son una excelente ayuda
en el sentido de que cooperan con Dios para producir el carácter aprobado en Sus
siervos. La mayoría de los siervos del Señor necesitan tal clase de esposa. Las esposas no
ayudan a los esposos, sino a Dios. El carácter de las esposas ayuda a Dios a producir el
carácter aprobado en los esposos
Dios es soberano. Muchos de nosotros entendemos que no sólo hemos sido llamados,
sino también atrapados. Debemos ser esclavos de Cristo Jesús; no tenemos otra
alternativa. Si yo hubiera tenido otra opción, la habría tomado. No obstante, tengo que
ser esclavo del Señor. Aunque seamos esclavos de Cristo, nos falta el carácter aprobado.
Esto preocupa a Dios y nos hace daño. Además, también molesta a los santos y a toda la
familia de Dios. Por un lado, podemos ayudarlos, pero por otro, los perjudicamos. Por
medio de la luz y el don que tenemos, les brindamos ayuda, pero debido a que nos falta
el carácter aprobado, les hacemos daño. Así que, necesitamos que se produzca en
nosotros el carácter aprobado, lo cual sólo se logra mediante la perseverancia.

B. Nos gloriamos en la esperanza


de participar de la gloria de Dios

Además de obtener un carácter aprobado, tenemos esperanza (5:4). ¿Qué es esta


esperanza? Es la esperanza de que un día seremos introducidos en la gloria de Dios
(5:2). Aunque permanezcamos en la gracia y caminemos en la paz, no estamos aún en la
gloria. Pero pronto vendrá el día cuando seamos introducidos en esta gloria. ¿Qué es la
gloria? Como mencionamos en varias ocasiones, la gloria es Dios mismo expresado.
Siempre que Dios se expresa, tenemos la gloria. Esto es muy similar a la corriente
eléctrica tal como sea expresada en una lámpara. La expresión de la electricidad es la
gloria de la misma. No podemos ver la electricidad, pero sí disfrutamos de su brillo en
los focos y en las lámparas, el cual constituye la expresión o gloria de la electricidad. De
igual manera, la gloria es Dios expresado.

Esta gloria viene, y nada puede compararse con ella. Algunos versículos indican que
Dios traerá muchos hijos a la gloria (Ro. 8:18; 2 Co. 4:17; 1 Ts. 2:12; He. 2:10; 1 P. 5:10).
Aquí y ahora podemos disfrutar a Dios en la esperanza de la gloria venidera. Mientras le
disfrutamos en esta era, esperamos la gloria venidera. Veremos más acerca de esto
cuando lleguemos al capítulo 8 de Romanos.

V. SALVOS EN LA VIDA DE CRISTO

Al disfrutar a Dios de esta manera, somos salvos en Su vida. Romanos 5:10 dice: “Mucho
más ... seremos salvos en Su vida”. Diariamente necesitamos ser salvos de muchas cosas
negativas. Necesitamos ser salvos de nuestro mal genio y de nuestro yo. Al disfrutar a
Dios a través de los sufrimientos, necesitamos ser salvos en Su vida. En Su vida
necesitamos ser salvos del pecado que nos asedia, es decir, de la ley del pecado y de la
muerte. También en Su vida es preciso que seamos salvos de ser mundanos, esto es, que
seamos santificados. Además, necesitamos ser salvos de nuestro ser natural, es decir, ser
transformados y salir de nuestra vida natural. También es menester que seamos salvos
de nuestro yo, de nuestra persona, o sea, que seamos conformados a la imagen de Cristo,
el Primogénito de Dios. Y finalmente en Su vida necesitamos ser salvos de ser
individualistas, es decir, ser edificados con otros en un solo Cuerpo. Esta lista de
salvaciones en la vida de Cristo serán plenamente definidas en los siguientes capítulos.
Esta clase de salvación en vida es el disfrute principal que tenemos en Dios.

La justificación nos introdujo en la esfera del disfrute. En ella estamos firmes en la


gracia, caminamos en la paz, padecemos en esperanza, y disfrutamos a Dios en las
tribulaciones. Al sufrir y disfrutar somos salvos en Su vida. Éste es el resultado de la
justificación.
ESTUDIO VIDA DE ROMANOS
MENSAJE DIEZ

EL DON EN CRISTO SOBREPASA


LA HERENCIA EN ADÁN

Si leemos el libro de Romanos cuidadosamente, observaremos que la sección sobre la


justificación termina en Romanos 5:11, lo cual significa que en la primera parte de
Romanos hay dos secciones principales que abarcan dos temas: la condenación y la
justificación. La sección sobre la condenación comienza en 1:18 y termina en 3:20, y la
sección que trata de la justificación empieza en 3:21 y concluye en 5:11.

En la sección sobre la justificación, Pablo habla de nuestra posición externa delante de


Dios. Originalmente estábamos llenos de pecado y necesitábamos la obra redentora de
Cristo, ya que ésta es la base sobre la cual Dios nos justifica. La justificación cambia
nuestra posición. Anteriormente nos alábamos bajo condenación, pero ahora nuestra
posición es que hemos sido justificados. Como resultado de esta justificación, tenemos
amor, gracia, paz, esperanza, vida y gloria, y también a Dios, a Cristo y al Espíritu Santo.
Aunque disfrutemos de estos seis elementos que están llenos de significado, y de las tres
maravillosas personas de la Deidad, todo esto lo tenemos principalmente de una manera
externa y objetiva. No obstante, en la sección sobre la justificación, Pablo nos da algunos
indicios de que, más tarde, él abordará el tema de nuestra persona interior.

Encontramos el primer indicio en Romanos 4:24-25, donde Pablo habla del Cristo
resucitado. El Cristo crucificado nunca podría entrar en nuestro ser, pero el Cristo
resucitado sí puede. Nuestro Cristo no sólo fue crucificado para realizar nuestra
redención, sino que también resucitó para impartir Su vida en nosotros. Por lo tanto,
Romanos 4:24-25 da a entender que Cristo entrará en los que hayan sido justificados y
llevará en ellos una vida de justificación.

Podemos ver otro indicio en Romanos 5:10, donde dice que seremos salvos en Su vida.
La forma verbal seremos implica experiencias en el futuro. En los pasajes anterior a
Romanos 5:10, se nos dice que ya fuimos salvos, porque fuimos redimidos, justificados y
reconciliados. Entonces, ¿por qué este versículo nos dice que “seremos” salvos? Aunque
hemos sido salvos por medio de la muerte de Cristo, la cual nos trajo la redención, la
justificación y la reconciliación, aún no hemos sido salvos en cuanto a ser santificados,
transformados y conformados. La redención, la justificación y la reconciliación
requieren la muerte de Cristo, en la cual Él derramó Su sangre, mientras que la
santificación, la transformación y la conformación requieren que Su vida obre en
nosotros. La muerte de Cristo en la cruz nos salvó de una manera objetiva, pero Su vida
nos salvará de una manera subjetiva. El Cristo crucificado nos salvó objetivamente en la
cruz, pero el Cristo resucitado que reside en nuestro interior nos salva subjetivamente.
Es preciso que Su vida entre en nosotros. Finalmente, en Romanos 8, que comprende la
conclusión de la sección que trata de nuestro modo de ser, vemos que Cristo está en
nosotros (8:10). Anterior a lo que se abarca en el capítulo 5, Cristo fue crucificado en la
cruz, pero aún no estaba dentro de nosotros. Pero en el capítulo 8 Cristo ya no se halla
más en la cruz, sino dentro de nuestro ser. El Cristo que mora en nuestro interior es la
vida que nos salvará subjetivamente después de habernos salvado objetivamente.
Necesitamos ser salvos más y más. Fuimos salvos del infierno y de la condenación, lo
cual es una salvación que tiene que ver con nuestra posición objetiva. Pero ahora
necesitamos ser salvos de nuestra manera de ser, es decir, de nuestro viejo hombre, de
nuestro yo, de nuestra vida natural, etc.

Otro indicio de que un cambio ocurrió a partir de 5:11 se ve en el hecho de que se usan
las dos palabras pecado y pecados. Anterior a Romanos 5:12 la palabra pecado siempre
se encuentra en plural, pero de repente, en Romanos 5:12, aparece en singular. ¿A qué
se debe este cambio? Los pecados son externos y tienen que ver con nuestra posición,
pero el pecado es interior y tiene que ver con nuestro modo de ser. Los pecados
externos, los que tienen que ver con nuestra posición, es decir, nuestros hechos
pecaminosos, los resolvió por completo la muerte de Cristo, pero el pecado que se
encuentra en nuestro modo de ser, es decir, nuestra naturaleza pecaminosa, todavía no
ha sido solucionado. A partir de Romanos 5:12, Pablo comienza a enfocar el pecado que
tiene que ver con nuestra manera de ser.

Además, aunque ya en Romanos 5:11 estamos en Dios y en Cristo, todavía no tenemos


muchas experiencias ni de Dios ni de Cristo viviendo en nosotros. Estamos en Dios, nos
gloriamos y gozamos en Él, y nos mantenemos firmes en la esfera de la gracia, pero no
hemos experimentado en plenitud a Dios y a Cristo morando en nuestro ser. El hecho de
que estemos en Cristo tiene que ver con nuestra posición objetiva, pero el que Cristo esté
en nosotros, especialmente que viva y more en nuestro ser, tiene que ver con nuestro
modo de ser y con nuestra experiencia. Primero es necesario que estemos en Cristo, y
entonces Él puede morar y vivir en nosotros. Encontramos ambos aspectos de esta
verdad en Juan 15:4, donde dice: “Permaneced en Mí, y Yo en vosotros”. “Permaneced
en Mí” significa estar en Cristo; y “Yo en vosotros” significa que Cristo vive en nosotros.
Primero nosotros estamos en Él, y luego Él vive en nosotros. El hecho de que Cristo viva
en nosotros es presentado en Romanos, de 5:12 a 8:30, que es la sección sobre la
santificación y la glorificación, las cuales se ocupan de nuestro modo de ser y de nuestra
naturaleza, y no de nuestro comportamiento exterior. Pablo se refirió a nuestro
comportamiento en las secciones precedentes. En la sección que se extiende de 5:12 a
8:30 del libro de Romanos, Pablo se ocupa de nuestra naturaleza, de nuestro yo. Si no
distinguimos estos aspectos claramente, no podremos entender de forma adecuada esta
sección.

Al llegar a la sección sobre la santificación, es crucial entender que el don de Cristo


sobrepasa la herencia que tenemos en Adán. Ya que todos nacimos de Adán y en él,
heredamos todo lo que él es y tiene. ¿Cuáles son los elementos de nuestra herencia en
Adán? Son dos cosas terribles: el pecado y la muerte. No importa si somos buenos o
malos, como resultado de ser descendientes de Adán, heredamos el pecado y la muerte.
Pero, ¡alabado sea Dios por el don en Cristo! El don en Cristo sobrepasa la herencia en
Adán. No se pueden comparar los dos.

I. DOS HOMBRES, DOS HECHOS


Y DOS RESULTADOS

En Romanos 5:12-21 tenemos dos hombres, dos hechos y dos resultados. Este pasaje es
difícil de retener en la mente porque todo lo que se halla en él trasciende nuestro
entendimiento. Por naturaleza no tenemos en nuestro lenguaje el concepto que se revela
en este pasaje de las Escrituras, pues si lo tuviéramos, fácilmente nos impresionaría el
pensamiento de Pablo. ¿Acaso usted se ha imaginado alguna vez que en todo el universo
existen sólo dos hombres? Es probable que no, pero esto es un hecho a los ojos de Dios.
Para Dios solamente existen dos hombres: Adán y Cristo. Nosotros mismos no somos
nadie, pues todos estamos incluidos ya sea en el primer hombre o en el segundo. Todo
depende de nuestra posición. Si estamos en Adán, somos parte de él, pero si estamos en
Cristo, somos parte de Cristo. Hace cincuenta años yo me encontraba en Adán, pero hoy
estoy en Cristo y siempre estaré en Él.

A. Dos hombres

1. Adán

Adán fue el primer hombre (1 Co. 15:47). Él no sólo fue el primer hombre, sino también
el primer Adán (v. 45). Cuando Adán fue creado por Dios (Gn. 1:27), no tenía nada de la
naturaleza divina ni de la vida de Dios. Él era simplemente la creación de Dios, la obra
de Sus manos.

2. Cristo

Cristo es el segundo hombre (1 Co. 15:47) y el postrer Adán (v. 45). ¿Qué significa que
Cristo sea el segundo hombre y el postrer Adán? Significa que Él es el último hombre.
Después de Él, no hay un tercer hombre, porque el segundo es el último. Esto excluye
definitivamente la posibilidad de un tercer hombre. No se considere a usted mismo
como el tercer hombre, pues Cristo es el segundo hombre y el postrer Adán. Después de
Él, ya no hay otro.

El segundo hombre no fue creado por Dios. Al contrario, es un hombre mezclado con
Dios. Él es Dios encarnado como hombre (Jn. 1:14). El primer hombre no tenía nada de
la naturaleza divina ni de la vida de Dios, porque él era meramente creación Suya. El
segundo hombre es la mezcla de Dios con Su criatura y está lleno de la naturaleza divina
y de la vida de Dios. Es un hombre mezclado con Dios, un Dios-hombre. La plenitud de
la Deidad está corporificada en Él (Col. 2:9; Jn. 1:16).

B. Dos hechos

1. La transgresión de Adán en el huerto de Edén

Romanos 5:14 menciona la transgresión de Adán, la cual consistía en comer del árbol
del conocimiento del bien y del mal en el huerto del Edén. Después de que Dios creó al
hombre Adán, lo puso delante del árbol de la vida, lo cual indica que Adán debía
participar de este árbol. Esto lo habría capacitado para recibir la vida de Dios y para
vivir con Dios. Pero Adán falló: desechó el árbol de la vida, que representaba a Dios
como vida, y se volvió al árbol del conocimiento, que representaba a Satanás como la
fuente de la muerte. Así que, la transgresión de Adán consistió en dejar el árbol de la
vida y seguir en pos del árbol del conocimiento (Gn. 2:8-9, 17; 3:1-7). El árbol de la vida
produce vida, pero el árbol del conocimiento produce muerte. Esto significa que Adán
rechazó la vida y escogió la muerte.

2. La obediencia de Cristo en la cruz

La obediencia de Cristo en la cruz (Fil. 2:8) constituye el segundo hecho. Este acto de
obediencia, un hecho justo realizado por Cristo, dio fin al hombre de conocimiento (Ro.
6:6). Adán condujo al hombre al conocimiento, convirtiéndolo en un hombre de
conocimiento. Y Cristo, por Su obediencia en la cruz, puso fin a este hombre, e hizo
volver al linaje humano a la vida. En 1 Pedro 2:24 dice que la muerte de Cristo restauró
al hombre volviéndolo a la vida, y Juan 3:14-15 afirma que Cristo fue levantado en la
cruz con el fin de hacer volver al hombre a la vida eterna. Por lo tanto, la obediencia de
Cristo en la cruz puso fin al hombre caído que había elegido el conocimiento, es decir, el
hombre de muerte, y lo llevó a la vida, convirtiéndolo en un hombre de vida.

C. Dos resultados
Estos dos hombres efectuaron dos hechos, y estos dos hechos produjeron dos
resultados.

1. El resultado de la transgresión de Adán

a. El pecado entró en el mundo

El pecado entró en el mundo por medio de la transgresión de Adán (5:12). Parece que en
el libro de Romanos, del capítulo 5 al 8, el pecado se menciona de una forma
personificada. Es como una persona que puede reinar (5:21), enseñorearse de otros
(6:14), engañarlos y matarlos (7:11) y morar en ellos y dominar la voluntad de ellos (7:17,
20). El pecado está vivo y es sumamente activo (7:9). Así que, este pecado debe de
referirse a la naturaleza maligna de Satanás, el maligno mismo, quien mora, actúa y
obra en la humanidad caída. El pecado es en realidad una persona maligna. Por medio
de la transgresión de Adán, este pecado se introdujo en la humanidad.

b. Los muchos fueron constituidos pecadores

Como resultado de la desobediencia de Adán, los muchos, incluyéndonos a nosotros,


fueron constituidos pecadores (5:19). No sólo fuimos hechos pecadores, sino que
también fuimos constituidos así. No fuimos creados para ser pecadores, sino que fuimos
constituidos así. Un elemento no creado por Dios se inyectó en nuestro ser y nos
constituyó pecadores. No es por casualidad que somos pecadores; somos pecadores
porque así fuimos constituidos. El pecado fue forjado en nosotros y llegó a ser nuestra
propia constitución. Por lo tanto, el pecado no es solamente un hecho externo, sino un
elemento interno y subjetivo que forma parte de nuestra constitución. De modo que,
somos pecadores típicos por naturaleza.

c. Todos los hombres fueron condenados a muerte

Además, todos los hombres fueron condenados a muerte (5:18). Todos los hombres han
nacido de Adán y en él. De manera que, por el delito de Adán, todos los hombres fueron
condenados a morir en él, tal como él fue condenado.

d. La muerte reinó sobre todos los hombres

Así que, la muerte reinó sobre todos los hombres (5:14). La muerte ha llegado a ser un
rey que rige sobre todo. “Así como el pecado reinó en la muerte” (5:21), así la muerte
reina por medio del pecado.

e. En Adán todos mueren


El resultado final de la transgresión de Adán es que en él todos mueren (1 Co. 15:22).
Todos murieron en Adán. A veces decimos que cierta persona está moribunda. Cuando
escuché esta expresión por primera vez, me dije: “No solamente esa persona está
moribunda, sino que todos están así”. No diga que usted está vivo, porque al igual que
todos, está moribundo. Uno vive para morir. Cuanto más vive, más muere. En cierto
sentido no vivimos, sino morimos. Todos nacimos para morir porque hay un poderoso
rey que reina sobre nosotros: la muerte. Dicho rey fue investido de poder por el pecado,
que es su precursor. De manera que, todos los hombres nos encontramos bajo el reinado
de la muerte. Esta persona tan horrible fue establecida para reinar sobre la humanidad.
Cuando nacimos en Adán, empezamos a morir. Antes de que el hombre muera, comete
pecados, y el pecado apresura la hora de la muerte. Cuanto más uno peque, más pronto
morirá; y cuanto menos peque, más retardará el día de su muerte. Si no queremos morir
pronto, no debemos pecar. Debemos permanecer apartados del pecado.

2. El resultado de la obediencia de Cristo

¡Alabado sea el Señor porque tenemos el segundo hombre, el segundo hecho y el


segundo resultado! ¿Cuál es el resultado de la obediencia de Cristo?

a. La gracia vino

La gracia vino (Jn. 1:17) mediante la obediencia de Cristo. “La gracia de Dios [abundó]
para los muchos” (Ro. 5:15). Pablo no dijo que la vida abundó. Esto es semejante al caso
de la transgresión de Adán, en la cual el pecado vino primero y la muerte vino después.
De la misma forma, por medio de la obediencia de Cristo, la gracia vino primero y la
vida vino después. La muerte es contraria a la vida, y la gracia es contraria al pecado. El
pecado vino por medio de la transgresión de Adán. En cambio, la gracia vino por medio
de la obediencia de Cristo. El pecado es la personificación de Satanás, quien vino a
envenenarnos, perjudicarnos y traernos muerte. Y la gracia es la personificación de
Dios, quien vino a traernos vida y disfrute. Por medio de la transgresión de Adán el
pecado entró en el género humano como veneno, causando la destrucción del hombre;
pero mediante el hecho justo y obediente de Cristo, Dios vino como gracia para nuestro
disfrute.

b. Los muchos fueron constituidos justos

Romanos 5:19 nos dice que “por la obediencia de uno solo [Cristo], los muchos serán
constituidos justos”. No solamente somos justos, sino que fuimos constituidos justos. Si
usted pinta mi piel de verde, eso no afectará mi constitución interior. Sin embargo, si
inyecta pintura verde en mi sangre, gradualmente todo mi ser será constituido con
pintura verde. Esto no sería simplemente pintura exterior, sino una constitución
interior. Cuando el Dios viviente entra en nuestro ser como la gracia, somos constituidos
justos.

c. La justificación de vida para todos

Un resultado adicional de la obediencia de Cristo es que recibimos la justificación que


conduce a la vida (5:18). Ya que fuimos constituidos justos, alcanzamos el nivel de la
justicia de Dios y estamos a la par con ella. Por eso, espontáneamente recibimos una
justificación que conduce a la vida. En Adán, por medio de su delito, fuimos condenados
a morir; pero en Cristo, y gracias a Su hecho de justicia, fuimos justificados para vida. La
finalidad de la justificación es la vida. Primero obtenemos la justificación y, luego,
recibimos la vida. Exteriormente, la justificación cambia nuestra posición;
interiormente, la vida cambia nuestro modo de ser. Ahora tenemos tanto la justificación
en el aspecto exterior, en posición, como la vida en el aspecto interior, para nuestra
manera de ser.

d. La gracia reinó por la justicia para vida eterna

Romanos 5:21 dice: “...la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante
Jesucristo, Señor nuestro”. La gracia reina. Nosotros los creyentes tenemos otro rey
porque ahora estamos en otro reino. Anteriormente estábamos en el reino de la muerte,
y mediante la muerte el pecado era nuestro rey. Pero ahora estamos en el reino de la
vida, y tenemos por rey a la gracia. El que “la gracia reine por la justicia para vida
eterna” es un pensamiento muy profundo. ¿Por qué debe reinar la gracia por la justicia?
Porque anteriormente éramos pecadores. Si no hubiéramos sido constituidos pecadores,
habríamos sido limpios y justos, sin tener nada en nuestro ser que contradijera el
carácter de Dios. Si ése hubiera sido el caso, no habríamos necesitado la justicia. Sin
embargo, la realidad es que fuimos constituidos pecadores. ¿Cómo podría la gracia, la
cual es Dios mismo, reinar sobre personas tan impías? La gracia necesita un
instrumento o medio, con el cual reinar. Dicho instrumento, o medio, es la justicia de
Dios. Así que, la gracia reina por medio de la justicia de Dios para vida eterna. Debido a
que Cristo murió en la cruz a fin de realizar la redención en beneficio nuestro, y debido a
que la justicia de Dios nos ha sido revelada, tenemos la base para disfrutar a Dios como
gracia, y sobre esta base incluso tenemos derecho legal a disfrutarle como tal. Por lo
tanto, la gracia puede reinar mediante la justicia para vida eterna.

Apliquemos esto a nuestra experiencia. Supongamos que yo soy un pobre pecador


moribundo. Estoy condenado a morir, y la muerte reina sobre mí. Pero un día me doy
cuenta de que Cristo murió en la cruz para realizar la redención divina, y la justicia de
Dios me es revelada. Como pecador, acudo a Dios bajo la sangre redentora de Cristo.
Inmediatamente la justicia de Dios le obliga a justificarme, y Él llega a ser mi porción.
Yo tengo el derecho de tomarle como mi porción porque la obra redentora de Cristo ha
cumplido todos los justos requisitos de Dios. Ahora tengo la posición y el derecho para
tomarle como mi porción. Él no puede rechazarme. Por causa de Su justicia, está
comprometido a venir a mí como la gracia para que le disfrute. La gracia que me es dada
significa que recibo un don que no merezco. Si yo trabajara para usted, usted tendría
que pagarme, por obligación, no por gracia. Pero si usted me regalara quinientos
dólares, esto sería gracia, pues yo no los merezco ni me los he ganado. Mediante la
justicia de Dios recibo la gracia, la cual no merezco.

Dios se nos ha dado como una gracia que no merecemos. Nunca hemos trabajado para
obtenerla, ni podríamos ganárnosla por nosotros mismos, pues el precio de la gracia es
demasiado alto. Dios simplemente se nos da como gracia por medio de Su justicia. Esta
gracia viene a ser nuestra porción para nuestro disfrute, y reina en nosotros mediante la
justicia, lo cual produce la vida eterna. Esto no se refiere a la bendición eterna sino a la
vida eterna, la cual podemos disfrutar desde hoy. No nos referimos a la vida humana ni
a la vida creada, sino a la vida divina, la cual es eterna e increada.

Por la sangre de Cristo legalmente tenemos derecho a tomar a Dios como nuestra
porción, y recibimos de Él algo que no merecemos, el cual es la gracia que se nos da
como nuestro disfrute. El resultado de este disfrute es la vida eterna, la cual
transformará todo nuestro ser. Nos santificará por completo efectuando un cambio
profundo en nuestro modo de ser. Es de esta manera que llegaremos a ser personas
santificadas, transformadas, conformadas y glorificadas.

e. En Cristo todos seremos vivificados

En Adán todos morimos pero en Cristo todos somos vivificados (1 Co. 15:22). La
transgresión de Adán trajo muerte a todos sus descendientes y aún lo sigue haciendo,
pero la obediencia de Cristo logra que todo hombre viva. En Adán todos mueren, pero
en Cristo todos son vivificados. La transgresión de Adán dio por resultado muerte para
todos los hombres, pero la obediencia de Cristo produjo vida para todos.

II. CUATRO ENTIDADES GOBERNANTES

Hemos visto dos hombres, dos hechos y dos resultados. Estos dos hombres junto con
sus dos hechos y los dos resultados produjeron cuatro entidades gobernantes. Tenemos
que conocer estos hombres, hechos y resultados, y también las cuatro entidades
gobernantes a fin de entender claramente Romanos 5:12-21.

A. El pecado
1. Se introdujo por medio
del primer hombre

El pecado entró en la humanidad por medio del primer hombre (5:12). Por la
desobediencia de Adán, el maligno, en forma de pecado, entró en el mundo. El mundo
aquí se refiere a la humanidad en general, porque, en un sentido, la palabra mundo en el
Nuevo Testamento denota la humanidad. Por ejemplo, Juan 3:16 dice que Dios amó al
mundo, lo cual significa que Dios amó a la humanidad. Así que, el pecado entró en la
humanidad, en la naturaleza humana, por medio del primer hombre, Adán.

2. Mora en el cuerpo caído del hombre

El pecado, después de haber entrado en el linaje humano, estableció su morada en el


cuerpo caído del hombre (Ro. 7:17, 18, 21, 23). El pecado no mora en nuestra mente,
alma ni espíritu, sino en nuestro cuerpo. Pablo dijo que el pecado moraba en él, que la
ley del pecado estaba en los miembros de su cuerpo, y que en su carne no moraba el
bien, sino el mal (7:17, 18, 23). El pecado mora en nuestro cuerpo. Aunque el cuerpo
humano creado por Dios era bueno, una vez que el pecado se inyectó e hizo su hogar en
él, este cuerpo se convirtió en carne. Dios no creó la carne, la cual es una mezcla entre lo
creado por Dios y el pecado, que es el maligno mismo. Así que, el cuerpo vino a ser la
carne, y el pecado mora en ella. Toda concupiscencia se origina en la carne.

3. Tiene por poder la ley

El poder del pecado es la ley (1 Co. 15:56; Ro. 7:11). Sin la ley el pecado no tiene ningún
poder. Según Romanos 7:11, el pecado nos mata por medio de la ley porque la ley le da
su poder. El pecado usa la ley como una navaja capaz de darnos muerte. En 1 Corintios
15:56 leemos: “El poder del pecado [es] la ley”. No acuda a la ley, porque si lo hace, se
encontrará con la navaja del pecado que trae muerte. Nosotros somos totalmente
incapaces de guardar la ley, y sería una necedad intentar hacerlo. Si intentamos guardar
la ley, el pecado usará la misma ley para matarnos.

4. Reina por medio de la muerte

El pecado reina por medio de la muerte (5:21; 6:12). El pecado, al igual que cualquier
otro rey, necesita una autoridad para reinar. La autoridad del pecado es la muerte. El
pecado tiene la autoridad de ejercer su reinado en la muerte. Romanos 5:21 y 6:12
muestran que el pecado rige como un rey.

El pecado está en nuestra carne, en nuestro cuerpo caído, y no es un simple hecho de


maldad; al contrario, es la personificación misma del maligno. En Romanos 7:21 Pablo
dijo que “el mal” estaba consigo. La palabra griega que se traduce “el mal” en este
versículo, denota lo que es maligno en carácter. Esto debe referirse al carácter maligno
de Satanás mismo. No tengo la menor duda de que el pecado que entró en nuestro
cuerpo es la encarnación de Satanás. Cuando el hombre comió el fruto del árbol del
conocimiento, ese fruto entró en su ser. De hecho, todo lo que comemos entra en
nuestro cuerpo. Ya vimos que el árbol de la vida en el huerto de Edén representa a Dios
mismo, y el árbol del conocimiento, a Satanás. Por lo tanto, cuando el hombre participó
del árbol del conocimiento, tomó a Satanás, el maligno, recibiéndolo en su ser. El cuerpo
que Dios creó al principio no tenía ningún mal en él. La Biblia dice que el hombre
creado por Dios era bueno en gran manera y completamente recto (Gn. 1:31 Ec. 7:29).
Pero después de la caída, otro elemento, el pecado, la misma naturaleza del maligno, fue
inyectado en el cuerpo del hombre. Este pecado reina en nosotros. Su poder se basa en
la ley y ejerce su dominio en la muerte.

B. La muerte

1. Se introdujo por medio del pecado

La muerte es la segunda entidad gobernante, la cual se introdujo por medio del pecado
(Ro. 5:12), porque éste abrió el camino para que la muerte entrara en la humanidad. El
aguijón de la muerte es el pecado (1 Co. 15:56). Un aguijón, al igual que el aguijón de un
escorpión, contiene veneno. De la misma manera, el pecado acarrea el elemento del
veneno. Una vez que el pecado nos envenena, experimentamos la muerte.

2. Por causa de un solo hombre,


la muerte reina sobre todos los hombres

Por medio del delito de Adán, la muerte reina sobre todos los hombres (Ro. 5:17, 14).
Según Hebreos 2:14, Satanás tiene el imperio de la muerte. Por lo tanto, Satanás está
íntimamente relacionado con la muerte. El pecado introduce la muerte, la cual reina con
poder bajo el control de Satanás. Así que, Satanás se relaciona con la muerte, la muerte
con el pecado, y el poder de éste es la ley. De ahí que, nunca debemos permitir que nos
controle la ley, el pecado, la muerte ni Satanás.

C. La gracia

1. Vino por medio del segundo hombre

Juan 1:14 nos dice que cuando Cristo se encarnó como hombre, Él estaba lleno de
gracia. Juan 1:17 dice que la ley fue dada por Moisés, pero que la gracia vino por medio
de Jesucristo. La gracia vino con Cristo. Esto quiere decir que cuando Cristo está
presente, la gracia también está presente. Así como el pecado es la personificación de
Satanás, la gracia es la personificación de Cristo. Por lo tanto, la gracia es Cristo mismo,
la corporificación de Dios. ¿Qué es la gracia? La gracia es Dios encarnado para ser
nuestro disfrute. Dios se ha dado a Sí mismo a nosotros para nuestro disfrute. Si
comparamos 1 Corintios 15:10 con Gálatas 2:20, veremos que la gracia de Dios es Cristo.
En 1 Corintios 5:10 Pablo afirma que él laboró más abundantemente que los demás
apóstoles, aunque reconoce que no fue él mismo, sino la gracia de Dios que estaba con
él. Y en Gálatas 2:20 Pablo afirma que no vivía más él, sino que Cristo mismo era quien
vivía en él. Por lo tanto, la gracia es simplemente la persona viva de Cristo. En 2
Corintios 13:14 también se menciona que la gracia es Cristo. Así que, Cristo es la gracia
de Dios. Cuando Cristo viene a nosotros como Dios corporificado para ser nuestro
disfrute, tenemos la gracia. Esta gracia vino mediante el segundo hombre.

2. Sobreabunda y reina por


la justicia para vida eterna

Esta gracia abunda, se multiplica y reina por medio de la justicia para vida eterna (Ro.
5:15, 20, 21). Hemos visto que por medio de la obra redentora de Cristo obtenemos la
justicia de Dios, y que ésta nos da la base para reclamar a Cristo como nuestra gracia.
Esta gracia constantemente se multiplica y sobreabunda, lo cual da por resultado que
reine para vida eterna. El resultado no es algo material ni temporal, sino eterno y divino,
algo que pertenece al reino de la gracia, esto es, la vida divina de Dios. Cuanto más
gracia disfrutamos, más vida tenemos. Esta vida nos santifica, transforma, conforma y
glorifica. Esta vida viene de la gracia.

D. Los creyentes

Los creyentes también reinan, porque son reyes.

1. Recipientes de la abundancia
de la gracia y del don de la justicia

Romanos 5:17 dice que “reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la
abundancia de la gracia y del don de la justicia”. ¿Cómo podemos reinar en vida?
Reinamos en vida recibiendo la abundancia de la gracia. Debemos considerar el
significado práctico de la abundancia de la gracia. Supongamos que usted enfrenta
cierto problema. Si le es fácil resolverlo, significa que usted tiene la debida provisión de
gracia. Pero si la situación le parece insoportable, esto prueba que carece de la
abundancia de la gracia. Tal vez tenga la gracia, pero en una porción muy pequeña. En
realidad, carece de la abundancia de la gracia. En muchas ocasiones ciertos hermanos se
ofenden cuando hablamos franca y abiertamente con ellos. ¿Por qué se ofenden? Porque
no tienen suficiente gracia. Si la tuvieran, les sustentaría y capacitaría para recibir una
palabra dura. El que alguien nos dé una palabra dura es algo muy difícil de soportar. A
todos nos gusta escuchar palabras blandas, agradables y melodiosas. Los aduladores
saben cómo endulzar sus palabras. Sin embargo, si a usted únicamente le gustan las
palabras blandas, será fácilmente engañado. Es mucho mejor hablar con franqueza. En
Colosenses 4:6 Pablo nos dice que nuestro hablar siempre debe ser sazonado con sal.
Esto quiere decir que debemos ser restringidos en nuestro hablar. Las palabras más
beneficiosas son las palabras francas y no endulzadas ni aduladoras. Debemos aprender
a aceptar la palabra franca. Si usted está lleno de la gracia, es decir, si tiene la
abundancia de esta gracia, aceptará de buena gana cualquier clase de palabra.

Pablo tenía cierto problema, un aguijón en su carne, y le pidió tres veces al Señor que se
lo quitara (2 Co. 12:7-9). Parece como si el Señor le hubiera contestado: “No te quitaré el
aguijón. Tienes que soportarlo por medio de Mi gracia. Mi gracia es suficiente para ti”.
¿Qué es la gracia? La gracia es la encarnación de Cristo, es Cristo mismo como nuestro
disfrute. Cuando disfrutamos esta gracia, el resultado siempre será vida. Usted será rico
en vida. Cuanto más soportemos penalidades mediante la gracia, más seremos llenos
con la vida.

Así que, Pablo dijo que la gracia no sólo abundó para los muchos, sino que también la
gracia reinará en nosotros para vida eterna. La multiplicación de la gracia
continuamente produce la vida. Es imprescindible que la gracia sobreabunde. Romanos
5:20 dice: “Donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia”. La gracia siempre excede
al pecado. Aunque el pecado es poderoso, la gracia es más poderosa. La gracia es mucho
más fuerte que el pecado. Debemos abrirnos a la gracia y ensanchar nuestra capacidad
para recibir gracia sobre gracia. Juan 1:16 dice: “Porque de Su plenitud recibimos todos,
y gracia sobre gracia”. Cristo es la fuente de la gracia, y aun más que eso, Él es la gracia
misma. Si nos abrimos a Él y recibimos “la abundancia de Su gracia”, seremos llenos con
la vida.

Esta vida es en realidad el crecimiento en vida del que habla Romanos 6. Es también la
vida santificadora, liberadora, transformadora y conformadora. Finalmente, esta vida
será la vida glorificadora. Éste es el resultado de disfrutar a Cristo como la gracia.

2. Reinan en vida por un Hombre, Cristo

Ya que la gracia reina para vida, así nosotros, quienes recibimos la abundancia de la
gracia reinaremos en vida por uno solo, Jesucristo (5:17). Desde el principio del libro de
Romanos hasta el versículo 11 del capítulo 5, la vida se menciona muy poco. Romanos
5:10 dice que seremos salvos en Su vida, y Romanos 1:17 dice que el justo tendrá vida y
vivirá por la fe. Sin embargo, cuando llegamos a la sección sobre la santificación,
encontramos una frase enfática en Romanos 5:17, la cual nos dice que “reinaremos en
vida”. Por lo tanto, podemos “andar en novedad de vida” (6:4). Reinamos en vida y
andamos en novedad de vida porque hemos recibido la abundancia de la gracia en
Cristo. Hoy en día, por medio del hombre Jesucristo, mediante la abundancia de Su
gracia, no sólo tenemos vida eterna, sino que podemos reinar en esta vida sobre todas
las cosas y en todas las situaciones, y podemos andar en novedad de vida.
ESTUDIO-VIDA DE ROMANOS
MENSAJE ONCE

LA IDENTIFICACIÓN CON CRISTO

Romanos 5:12 marca un gran cambio de tema en la redacción de Pablo en el libro de


Romanos. Ya hicimos notar que este cambio marca un giro de los pecados al pecado, de
nuestra posición a nuestro modo de ser, y de la justificación a la santificación; o
podríamos también decir, de la salvación a la vida. Después de dar este giro, Pablo se
ocupa de nuestra persona en lugar de nuestra conducta. En los primeros cuatro
capítulos y medio de Romanos, Pablo se preocupa principalmente de los hechos del
hombre, no del hombre mismo, y abarca de manera cabal los hechos pecaminosos del
hombre caído. El hombre fue trasladado de su estado caído a la esfera de la gracia,
donde puede disfrutar a Dios. Sin embargo, éste fue simplemente un cambio de estado,
esfera y posición. Hasta ahora no ha habido cambio alguno en el hombre mismo, en su
naturaleza ni en su modo de ser. Aunque los hechos del hombre fueron tratados y su
condición cambió, el hombre mismo no ha sido tocado.

A partir de Romanos 5:12 Pablo se ocupa del hombre mismo. Debemos avanzar dejando
atrás la condición del hombre, de la situación y circunstancias en las cuales se halla, así
como de su estado general, pues todos estos asuntos fueron solucionados
completamente en los capítulos anteriores. Tales problemas han sido resueltos, y el
hombre ha sido limpiado, perdonado, justificado y reconciliado. Ahora el asunto en
cuestión es el hombre mismo. En ninguna otra parte de la Palabra divina se pone al
descubierto al hombre tal como en el libro de Romanos, del capítulo 5 al 8. En estos
capítulos Pablo presenta un diagnóstico profundo del ser humano. En efecto, parece
usar cada instrumento espiritual disponible para diagnosticar la enfermedad del
hombre.

¿Qué clase de hombre se pone al descubierto en esta sección de Romanos? Un hombre


que contiene el pecado, que se encuentra bajo el dominio del pecado y, por ende, bajo el
justo juicio y condenación de Dios. Este hombre fue envenenado con la naturaleza
maligna de Satanás y herido por el aguijón del veneno de pecado. El hombre mismo está
completamente lleno de pecado; es un pecador no sólo en sus hechos terribles, sino
también en su modo de ser y en su naturaleza. En cuanto al hombre mismo se refiere, él
es totalmente pecaminoso. El pecado se encuentra en su cuerpo caído, y él mismo está
bajo el dominio de la muerte por haber sido juzgado y condenado por Dios. Éste es el
diagnóstico presentado en los capítulos del 5 al 8 de Romanos.

Antes de continuar con Romanos 6 quisiera revisar el material que presentamos en la


última parte del capítulo 5: los dos hombres, los dos hechos y los dos resultados,
juntamente con las cuatro entidades gobernantes. Aunque en el capítulo 10 tratamos
concisamente todos estos asuntos, tal vez beneficie al lector si los abordamos ahora
desde otro punto de vista.

Lo que ahora pretendo hacer es establecer una distinción clara y definida entre todo lo
que pertenece a Adán y todo lo que pertenece a Cristo. Para hacer esto, podemos utilizar
la terminología de débito y crédito que se usa en la contabilidad. Con base en las dos
columnas de débito y crédito, podemos hacer cálculos y mantener una cuenta. No soy el
primero en usar el término cuenta para referirme a los asuntos espirituales, pues el
apóstol Pablo, quien era un buen contador celestial, ya usó este término. En varias
ocasiones en el libro de Romanos, Pablo emplea la palabra considerar, la cual también
significa “contar”, “imputar” o “tener calculado”. Primero, Dios contó la fe de Abraham
como justicia (4:3, 9, 22). Cuando Abraham reaccionó o respondió a Dios, es decir,
cuando creyó en Él, Dios, como el Contador principal de los asuntos celestiales, miró las
cifras y pareció decir: “La fe de Abraham debe ser contada por justicia. Yo acredito a
Abraham con justicia”. Así que, Dios sumó justicia en la columna de crédito en la cuenta
de Abraham. Además, Pablo dijo que el pecado no se carga a la cuenta de uno donde no
hay ley (5:13). Decir que el pecado no es contado equivale a decir que no es
contabilizado. Sin la ley, el pecado existía, pero no estaba asentado en el libro de
contabilidad de Dios. Cuando llegamos a Romanos 6, debemos usar las matemáticas
espirituales y usar la contabilidad (v. 11). Ya que fuimos crucificados juntamente con
Cristo y resucitados juntamente con Él, debemos registrar este hecho en nuestro libro de
contabilidad, es decir, debemos contarnos o considerarnos a nosotros mismos muertos
al pecado y vivos para Dios.

Procedamos a definir las dos columnas, una columna de débito y otra de crédito o haber,
una para Adán y la otra para Cristo. El primer asiento que aparece en la columna de
débito en el registro contable es Adán mismo, quien constituye un gran débito para
todos nosotros. El asiento que viene inmediatamente después de Adán, es la
transgresión, o cualquier otro sinónimo de ésta, como delito o desobediencia. Según
Romanos 5, los términos transgresión, delito y desobediencia, se refieren exactamente a
lo mismo; son usados intercambiablemente para designar la caída de Adán. Esta caída
causó un tremendo débito, el cual, al traducirse en cifras contables, es una gran suma
que llega a los billones. El tercer asiento de la columna de débito es el pecado, el cual
entró por medio de la transgresión de Adán. Conforme a Romanos 5, el juicio ejecutado
sobre los hombres, el cuarto asiento de la columna de débito, aparece después del
pecado. Nuestro Dios es muy sobrio. No solamente es justo sino también sobrio: Él
siempre está alerta y nunca duerme. Inmediatamente después de que Adán cometió la
transgresión, Dios intervino y ejerció Su juicio. Así que, el juicio siempre viene después
del pecado. No pensemos que debemos esperar hasta el día de nuestra muerte para ser
juzgados, porque todos fuimos juzgados en Adán desde hace seis mil años. Fuimos
juzgados aun antes de haber nacido. De manera que el juicio es el cuarto elemento de la
columna de débito. El quinto elemento es la condenación. Dios condena después de
juzgar. Por lo tanto, Adán, juntamente con todos aquellos que están incluidos en él, se
halla bajo la condenación. Ya que todos procedemos de Adán, todos estábamos incluidos
cuando él fue condenado.

¿Cuál es el total que resulta de la columna de débito? El total resultante es la muerte. Así
que, podemos anotar la muerte como el sexto asiento de dicha columna, aunque en
realidad ésta es la suma total de los cinco primeros asientos. La suma que resulta de
Adán, más la transgresión, el pecado, el juicio y la condenación, dan como resultado la
muerte; éste es el resultado final de la columna universal de débito que aparece en el
libro de contabilidad del género humano.

Pero, ¡aleluya por la columna de crédito! En la contabilidad universal también existe


una columna de crédito. El primer asiento de esta columna es Cristo, quien está en
contraste con Adán, aunque en realidad no existe comparación alguna entre los dos.
Pablo dice: “Pero no es el don de gracia como fue el delito” (5:15). Adán no es como
Cristo, ni siquiera se puede comparar con Él. Cristo es muy superior a Adán. Cuando
Cristo es contabilizado en la columna de crédito, billones de ceros vienen después de Su
cifra. Estoy tan feliz de que toda esta suma esté ahora en nuestro haber. No me preocupa
el débito relacionado con Adán. Pues ahora tengo a Cristo.

Inmediatamente después de Cristo tenemos el segundo asiento de la columna de


crédito, el cual es la obediencia. La obediencia de Cristo al someterse a la muerte de cruz
es llamada Su acto de justicia. Estos dos términos, obediencia y acto de justicia son en
realidad sinónimos. El acto de Adán es llamado transgresión, delito y desobediencia;
pero el acto de Cristo es llamado obediencia o acto de justicia. ¿Cuál es el valor de la
obediencia de Cristo? No existe computadora que pueda calcular semejante cifra.

Tal como la obediencia y la justicia de Cristo están en contraste con la desobediencia y la


transgresión de Adán, de igual manera la gracia queda en contraste con el pecado. Por lo
tanto, la gracia es el tercer asiento registrado en la columna de crédito o haber. ¿Cuál
elemento es más prevaleciente, el pecado o la gracia? Pablo nos dice claramente que no
existe comparación porque “donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (5:20).
¿Hasta qué punto la gracia excede al pecado? No lo sé, y aun Pablo mismo simplemente
asegura que “mucho más”. No debemos preocuparnos por el débito del pecado, porque
el haber de la gracia es mucho más abundante (5:17).

Hemos visto que el juicio es el cuarto asiento de la columna de débito. ¿Cuál asiento de
la columna de crédito corresponde a éste? Es el don de la justicia (5:17). Tal vez usted
nunca antes haya entendido este asunto. ¿Cuál es el significado de la palabra don en el
capítulo 5 de Romanos? Algunos dirán que significa hablar en lenguas, y otros afirmarán
que se relaciona con los dones milagrosos. Sin embargo, al leer Romanos 5, vemos que
el don aquí mencionado se refiere a la justicia de Dios. Romanos 5:17 habla de la
abundancia de la gracia y del don de la justicia. La gracia de Dios ha sido revelada,
viniendo a nosotros y dándonos un don gratuito: la justicia de Dios. Si usted lee
Romanos 5 una y otra vez, se dará cuenta de que esto es así, que el don mencionado en
Romanos 5 es la misma justicia dada a nosotros por la gracia de Dios. Ya vimos que la
gracia es Dios mismo como nuestro disfrute. Como resultado de este disfrute, la gracia,
que es la justicia misma de Dios, nos es concedida como un don. Como resultado directo
del pecado vino el juicio, y como resultado de la gracia, obtenemos la justicia. De
manera que, la justicia es contraria al juicio. En tanto tengamos la justicia de Dios, no
estaremos bajo Su juicio. La justicia elimina el juicio. Si yo tengo la justicia de Dios,
¿quién puede juzgarme? Al tener Su justicia soy tan justo como Dios. En tanto tengamos
el don de Su justicia, nadie podrá juzgarnos.

Después del don de justicia, aparece en la columna la justificación, la cual es contraria a


la condenación. Hasta aquí tenemos un total de cinco asientos en la columna del haber.
La suma total de todo esto es la vida, la cual puede también considerarse el sexto
asiento.

Hagamos el balance de nuestra cuenta. Tenemos la muerte como la suma total de la


columna de débito, y la vida como la suma total de la columna de crédito. ¿Cuál es
mayor? Ciertamente la respuesta es: la vida. Pero no hablamos de nuestra vida física (la
vida bíos, Lc. 8:14), ni de nuestra vida anímica (la vida psujé, Mt. 16:25, 26; Jn. 12:25),
sino de la vida de Dios, la cual es divina, eterna, increada e ilimitada y capaz de sorber la
muerte (la vida zoé, 11:25; 14:6; Col. 3:4). Esta vida es Cristo mismo como nuestra vida
de resurrección. Por esto, la suma total en la columna de crédito o haber es mucho
mayor que el total que arroja la columna de débito.

Tomando todo esto como base, podemos ahora pasar a Romanos 6. Si no tuviéramos
Romanos 5 como nuestra base, nunca podríamos entender claramente Romanos 6. Ya
no se trata de dos situaciones o condiciones distintas, sino de dos personas, o dos
hombres. El primer hombre es Adán con todos los débitos en su contra, y el segundo es
Cristo con todo el crédito a Su favor. ¿A cuál de estas personas pertenece usted?

I. IDENTIFICADOS CON CRISTO


EN SU MUERTE Y RESURRECCIÓN

Ya que todos nacimos en Adán, ¿cómo podemos decir que ahora estamos en Cristo?

A. Bautizados en Cristo

En Romanos 6:3 Pablo dice: “¿O ignoráis que todos los que hemos sido bautizados en
Cristo Jesús, hemos sido bautizados en Su muerte?” Aunque nacimos en la primera
persona, Adán, fuimos bautizados en la segunda, Cristo. ¡Cuán lamentable es que los
creyentes argumenten acerca de la formalidad externa del bautismo! Algunos disputan
acerca de la clase de agua que deben usar, y otros discuten acerca del método más
correcto de bautizar a la gente. Ser bautizados significa ser introducidos en Cristo y en
Su muerte. No importa si somos buenos o malos, nacimos en Adán. Pero ahora vemos
otro hombre, Cristo. ¿Cómo podemos entrar en Él y ser parte de Él? Lo hacemos al ser
bautizados en Él. El significado del bautismo es poner al hombre en Cristo. Esto no es
simplemente un rito o un formalismo, sino una experiencia llena de significado. En el
acto del bautismo debe efectuarse un verdadero traslado espiritual, y si no tenemos una
profunda comprensión de esto, no debemos participar en el bautismo. Nunca debemos
bautizar a nadie de manera puramente ritualista. Debemos tener la certeza y el
entendimiento de que al bautizar a alguien lo ponemos dentro de Cristo. Una vez que
entendemos el significado del bautismo, no volveremos a permitir que éste se convierta
en un simple formalismo. El bautismo es un acto por medio del cual introducimos a los
miembros de Adán en la muerte, trasladándolos así de Adán a Cristo. Al ser bautizadas,
las personas son puestas en Cristo. En Romanos 6:3 la preposición griega, en la frase
bautizados en es eis y da a entender que uno es puesto en Cristo. ¡Cuántos han errado el
blanco en este asunto del bautismo por causa de sus argumentos facciosos acerca de las
formas y los métodos! Siempre que bauticemos a alguien, solamente debe interesarnos
introducirlo en la Persona de Cristo. Es terrible perpetuar un ritual, pero es maravilloso
bautizar a las personas introduciéndolas en Cristo.

¡Alabado sea el Señor porque fuimos bautizados en Cristo! Aunque nacimos en Adán,
mediante el bautismo fuimos identificados con Cristo en Su muerte y resurrección.
Mediante Su muerte y resurrección Cristo fue transfigurado, pasando de la carne al
Espíritu. Aun Cristo mismo necesitó la muerte y la resurrección para ser transformado y
pasar de la carne al Espíritu. De igual manera, mediante la identificación con Cristo en
Su muerte y resurrección, fuimos trasladados de Adán a Cristo. Cuando fuimos
bautizados en Cristo, fuimos trasladados: antes formamos parte de Adán, ahora
formamos parte de Cristo. Ahora no estamos más en Adán. Estamos completamente en
Cristo. Éste es el hecho de la identificación. Ahora debemos ver y entender claramente
dos asuntos adicionales relacionados con esto.

B. Bautizados en Su muerte:
creceremos juntamente con Él
en la semejanza de Su muerte

Romanos 6:5 dice que “hemos crecido juntamente con Él en la semejanza de Su


muerte”. ¿Qué significa esto? La expresión la semejanza de Su muerte en Romanos 6:5
se refiere al bautismo. El bautismo es la semejanza de la muerte de Cristo. En el
bautismo hemos crecido juntamente con Cristo. Los traductores de la Biblia han
encontrado gran dificultad al traducir la expresión crecer juntamente. Sin embargo, si
nos apegamos al significado de esta palabra según el idioma original, la dificultad será
resuelta. Esta palabra griega es la misma que se usa en la parábola del sembrador, en
Lucas 8:7, donde se refiere a los espinos que crecieron juntamente con el trigo. De igual
manera nosotros hemos crecido juntamente con Cristo. Cuando fuimos bautizados en
Cristo, en un sentido morimos, pero, en otro sentido, empezamos a crecer. Esto es muy
similar a la siembra de semilla en la tierra. Aparentemente la semilla es sembrada, pero
en realidad empieza a crecer. Al ser bautizados en Cristo todos hemos crecido
juntamente con Él en la semejanza de Su muerte, y ahora seguimos creciendo
juntamente con Él. Ya hemos crecido, y aún seguimos creciendo.

C. Andamos en novedad de vida

También crecemos juntamente con Cristo en la semejanza de Su resurrección (Ro. 6:4-


5). ¿Qué es la semejanza de Su resurrección? Es la novedad de vida. Todos los creyentes
debemos andar en novedad de vida y todos debemos ver estas dos verdades: hemos
crecido juntamente con Cristo en el bautismo y crecemos juntamente con Él en la
semejanza de Su resurrección, es decir, en la novedad de Su vida de resurrección. Si
vemos esto, habremos entendido que hemos muerto con Él y que ahora crecemos
juntamente con Él. Fuimos sepultados con Él en el bautismo, y ahora crecemos con Él
en Su resurrección, es decir, en Su vida divina. Debemos andar conforme a lo que
vemos, es decir, debemos andar en novedad de vida.

II. SABER Y CONSIDERAR

A. Saber al recibir la visión


En Romanos 5 vimos que nacimos en Adán y que en él fuimos constituidos pecadores.
Pero en Romanos 6 hemos sido bautizados en Cristo e identificados con Su muerte y
resurrección. Así que, ahora estamos en Cristo. Ya que estamos en Él, todo lo que Él ha
experimentado es también nuestra historia. Él fue crucificado y resucitó. Así que, Su
crucifixión y resurrección son también nuestras. Éste es un hecho glorioso, el cual no
sólo debemos entender, sino también ver. Necesitamos orar y pedirle al Señor que Él
nos dé una visión clara del hecho glorioso de que estamos en Él, y de que fuimos
crucificados y resucitamos juntamente con Él. Para saber esto es necesario que
tengamos una visión o revelación al respecto. Esta visión es esencial para nuestro
conocimiento. Después de ver cierto asunto, ya no podemos decir que no lo conocemos.
Dios realizó el glorioso hecho de ponernos en Cristo; así que, fuimos crucificados y
resucitamos junto con Él.

Nuestro conocimiento se basa en lo que vemos, y lo que vemos emana de la visión que
hemos recibido. Necesitamos una visión para ver que fuimos crucificados con Cristo en
Romanos 6:6-7, y que hemos resucitado juntamente con Él en Romanos 6:8-10. Si
hemos visto estos dos aspectos de la realidad de nuestra identificación con Cristo,
sabremos que estamos muertos al pecado y que vivimos para Dios.

Éste no es un asunto que dependa de nuestra fe, sino de nuestra visión. Cuando
recibimos la visión de este glorioso hecho, lo único que podemos hacer es creer en ella y
entender que morimos juntamente con Cristo y que también resucitamos junto con Él.
Mediante esta visión recibimos plena seguridad de que estamos muertos al pecado y que
ahora vivimos para Dios.

Debo subrayar una vez más que necesitamos recibir una visión para poder ver el
glorioso hecho revelado en Romanos 6. Muchos creyentes sólo tienen el conocimiento
doctrinal de este capítulo, pero nunca han recibido la visión de la verdad que en él se
revela. Entender algo de manera doctrinal es completamente diferente a recibir la visión
acerca de ello. El problema relacionado con Romanos 6 es muy común entre los
creyentes. Muchos creen entender la doctrina presentada en Romanos 6, pero jamás
han visto el hecho que contiene este capítulo. Otros hacen hincapié en la necesidad de
creer, pero si uno no ve el hecho, será difícil creer mediante el entendimiento doctrinal.
Una vez que usted reciba la visión con respecto al hecho, creerá en ello
espontáneamente. Por lo tanto, lo que Pablo quiso decir por “sabiendo esto”, es en
realidad la necesidad de ver el hecho mediante una visión espiritual. Así que, todos
debemos orar pidiendo que el Señor nos libre de estar satisfechos con el entendimiento
doctrinal de Romanos 6 y nos conceda una clara visión en nuestro espíritu para que
veamos el hecho glorioso revelado en este capítulo. Entonces conoceremos la realidad
del mismo.
B. Considerar al creer

Basados en lo que vemos del hecho revelado en Romanos 6, debemos hacer nuestro
balance de contabilidad espiritual. Debemos considerarnos a nosotros mismos muertos
al pecado pero vivos para Dios (6:11). Por un lado, debemos considerarnos muertos al
pecado; por otro, debemos considerarnos vivos para Dios, lo cual se basa en lo que
hemos visto. Ya que he visto que morí juntamente con Cristo y que crezco juntamente
con Él en Su resurrección, automática y continuamente me considero muerto al pecado
y vivo para Dios. Éste es un asunto que requiere llevar una contabilidad de nuestra
parte. Tenemos un gran crédito a nuestro favor en nuestra cuenta, el cual se basa en que
estamos muertos al pecado y vivos para Dios.

Considerarnos muertos es creernos muertos al ver los hechos. Al verlos, nos


consideramos muertos al pecado y vivos para Dios creyendo que fuimos crucificados y
resucitamos con Él. Al ver el hecho, nos creemos incluídos. Entonces podemos
considerarnos muertos al creer lo que hemos visto.

A muchos cristianos se les enseñó la técnica de considerarse muertos al pecado, e


intentan practicarla. Pero finalmente, todos podemos comprobar por nuestra propia
experiencia que dicha técnica no da resultado. Éste no es un asunto que dependa de una
técnica, sino de ver el hecho o la realidad, lo cual da por resultado una fe espontánea. El
simple hecho de utilizar la técnica de considerarnos muertos, basados en un
entendimiento doctrinal, sin ver la realidad del hecho, nos llevará siempre al fracaso.
Sólo después de que el apóstol Pablo menciona el asunto de saber como resultado de
haber visto el hecho (vs. 6, 10), él nos indica que debemos considerarnos muertos al
pecado pero vivos para Dios (v. 11). Para esto se necesita la visión que produce la fe. Si
hemos visto el hecho, creeremos y, basados en esto, nos consideraremos muertos.

III. COOPERAMOS AL RECHAZAR EL PECADO Y


AL PRESENTAR NUESTRO SER

Al considerarnos muertos al pecado pero vivos para Dios, debemos presentar nuestros
miembros a Dios como “armas de justicia” (6:13). La mayoría de las versiones no
traducen esta porción de la Palabra de esta forma, o sea, en vez de armas usan la
palabra instrumentos. Sin embargo, la misma palabra griega se usa también en 2
Corintios 6:7 en la expresión que se traduce “armas de justicia”. Pablo dice que él tiene
las armas de justicia. Así que, en Romanos 6 también se habla de armas de justicia y no
de instrumentos de justicia, debido a la guerra que existe entre la justicia y la injusticia.
Romanos 7:23 comprueba que dentro del hombre se libra una feroz batalla. Además,
Romanos 13:12 nos dice “vistámonos con las armas de la luz”. Esto también demuestra
que hay una batalla que se está llevando a cabo. En dicha batalla no necesitamos
instrumentos, sino armas. Cada miembro de nuestro cuerpo constituye un arma.
Debemos estar siempre alerta para la batalla, pues estamos constantemente en guerra.
Una vez que entendemos que estamos muertos al pecado y vivos para Dios,
considerándolo hecho, debemos presentar nuestros miembros como armas de justicia
para pelear la buena batalla.

Además, debemos presentarnos a nosotros mismos a Dios como esclavos, y nuestros


miembros como armas de justicia (6:16, 19, 22). Si nos presentamos a Dios como
esclavos y presentamos nuestros miembros como armas de justicia, seremos
santificados espontáneamente, lo cual significa que tomamos parte con el Cristo
resucitado quien mora en nosotros como nuestra vida. Nos mantenemos firmes en la
vida eterna. De esta forma le damos a la vida eterna la oportunidad de obrar dentro de
nuestro ser, para separarnos de todo lo común y santificarnos. El resultado de presentar
todo nuestro ser a Dios es la santificación. Así que, en nuestra experiencia primero
vemos, luego nos consideramos muertos, después presentamos nuestro ser ante Dios,
luego rechazamos el pecado y, finalmente, cooperamos con Dios.

Debemos rechazar el pecado porque todavía mora en nuestro cuerpo caído (6:12). No
cooperemos más con el pecado. Debemos rechazarlo y cooperar con Dios. No debemos
ser tan espirituales que lleguemos a la pasividad total. La pasividad es terrible. Si somos
pasivos, podemos fácilmente engañarnos. No debemos ser ni pasivos ni activos, ya que
ni lo uno ni lo otro es de valor alguno. ¿Qué debemos hacer entonces? Debemos ver el
hecho consumado, considerarnos muertos al pecado y vivos para Dios, rechazar el
pecado y cooperar con nuestro Dios. No debemos hacer nada por nuestra propia cuenta.
Usted no debe tratar de amar a su esposa o someterse a su esposo por sus propias
fuerzas, ni debe esforzarse por ser amable o caballeroso por sí mismo. Lo que debe hacer
es rechazar el pecado. Cuando el pecado venga a usted con una proposición, debe
decirle: “Pecado, apártate de mí, no tengo nada que ver contigo”. No permita que el
pecado continúe enseñoreándose de usted (6:14). Esto quiere decir que debe rechazar el
pecado y volverse a Dios diciendo: “Señor, soy Tu esclavo, quiero cooperar contigo. Si
amo o no a mi esposa, depende de Ti. En el asunto de amar, yo quiero cooperar contigo.
Deseo ser Tu esclavo. Seguiré todo lo que Tú hagas y cooperaré contigo”. No sea ni
pasivo ni activo. Simplemente rechace el pecado y coopere con Dios. Si hace esto, no
sólo será justo, sino también santificado. Experimentará un gran cambio subjetivo que
afectará su manera de ser.

El resultado de la santificación es la vida eterna (6:22). Así que Romanos 8 viene


después de Romanos 6. Romanos 6 concluye con la santificación que se da para vida
eterna, pero Romanos 8 comienza con el Espíritu de vida. No me pregunte dónde se
debe ubicar Romanos 7. Aunque este capítulo está en la Biblia y no puede ser quitado, sí
puede ser erradicado de nuestra experiencia. Bien podríamos saltar del final del capítulo
6 al principio del capítulo 8.

Lo que el apóstol Pablo quiere decir en Romanos 6 es que, por un lado, participamos del
hecho de haber sido crucificados y de haber resucitado con Cristo, y por otro, del hecho
de que tenemos la vida divina. El hecho de haber sido crucificados y de haber resucitado
con Él, nos trasladó de Adán a Cristo. La vida divina nos capacita para llevar una vida
santificada. Es imprescindible ver que hemos sido trasladados. Basándonos en esta
visión, por fe nos consideramos trasladados. Luego debemos cooperar con la vida
divina, rechazando el pecado y presentando nuestro ser y nuestros miembros a Dios.
Tenemos la base para rechazar el pecado porque ahora “no estamos bajo la ley sino bajo
la gracia” (6:14). El pecado no tiene ninguna base ni derecho de exigir algo de nosotros;
por el contrario, al mantenernos bajo la gracia, tenemos todo el derecho para rechazar al
pecado y su poder. A la vez, al estar firmes del lado de Cristo, presentamos nuestro ser y
nuestros miembros como esclavos a Dios, con el fin de que la vida divina pueda obrar en
nuestro ser santificándonos, no sólo en cuanto a nuestra posición ante Dios, sino
también en cuanto a nuestra manera de ser, lo cual se logra por medio de la santa
naturaleza de Dios.

En resumen, podemos decir que todos los creyentes fuimos bautizados en Cristo. Al ser
bautizados en Él, fuimos identificados con Él en Su muerte y resurrección. Hemos
crecido juntamente con Él en Su muerte y estamos ahora creciendo juntamente con Él
en Su vida de resurrección. Vemos que estamos muertos al pecado y vivos para Dios, y lo
consideramos así en nuestro libro de contabilidad celestial. Basados en este hecho
contable, nos presentamos como esclavos a Dios y presentamos nuestros miembros
como armas de justicia. Esto proporciona la oportunidad para que la vida divina dentro
de nosotros haga su obra santificadora. Entonces aprendemos a rechazar el pecado y a
cooperar con Dios. El resultado de todo esto es la santificación, la cual produce la vida
eterna. ¡Alabado sea nuestro Señor!

ESTUDIO-VIDA DE ROMANOS
MENSAJE DOCE

LA ESCLAVITUD DE LA LEY
EN NUESTRA CARNE

(1)
En Romanos 5:12-21 vimos que el don que se tiene en Cristo sobrepasa la herencia que
se da en Adán. Romanos 6 revela nuestra identificación con Cristo. Pero para tener una
experiencia genuina de este hecho, debemos prestar atención a dos elementos negativos
que se hallan en el capítulo 7 de Romanos: la ley y la carne. Romanos 7 pone de
manifiesto la esclavitud del pecado en nuestra carne. Fuimos identificados con Cristo
por medio del bautismo, hemos crecido juntamente con Él en la semejanza de Su
muerte, y ahora crecemos juntamente con Él en la semejanza de Su resurrección, pero
con todo y eso la ley y la carne aún existen. Podemos presentarnos a Dios como esclavos
y presentar nuestros miembros como armas de justicia a fin de ser santificados y
disfrutar de las riquezas de la vida divina, pero aún existe la ley de Dios, la cual está
fuera de nosotros, y la carne, que es parte de nuestro ser.

¿Cuál es la razón por la cual Pablo, en el capítulo 7, habla tan detalladamente acerca de
la ley y de la carne? Porque Romanos 6:14 dice: “No estáis bajo la ley, sino bajo la
gracia”. En Romanos 5 y 6 Pablo explica claramente que ya no estamos bajo la ley, sino
bajo la gracia. Sin embargo, no explica cómo es posible esto. Ya que en 6:14 Pablo dijo:
“No estáis bajo la ley”, él tenía que escribir otro capítulo para explicar la razón por la
cual no estamos bajo la ley. Si no existiera Romanos 7, jamás podríamos entender
claramente este asunto. Aunque la ley todavía existe, ya no estamos bajo ella; en efecto,
ya no tenemos nada que ver con ella. ¿Acaso Dios revocó la ley? ¿La anuló o abolió?
Categóricamente la respuesta es: “No”. ¿Cómo entonces podemos decir que ya no
estamos bajo la ley? ¿Cómo podemos quedar libres de la ley? ¿Cómo podemos librarnos
de la ley? La respuesta a todas estas preguntas se encuentra en Romanos 7,
específicamente en los primeros seis versículos. Esta porción de la Palabra nos explica
plenamente la razón por la cual ya no estamos bajo la ley. Si entendemos Romanos 7:1-
6, sabremos cómo hemos sido librados de la ley.

I. LOS DOS MARIDOS

Si queremos entender la manera en que hemos sido librados de la ley, debemos conocer
los dos maridos que se presentan en Romanos 7. En el capítulo 5 tenemos dos hombres,
dos hechos y dos resultados, además de las cuatro entidades gobernantes. En Romanos
7:1-6 hallamos dos maridos, y en 7:7-25 tenemos tres leyes. ¿Quiénes son estos dos
maridos presentados en Romanos 7?

Como joven cristiano yo tenía muchos deseos de conocer la Biblia. Era especialmente
difícil descubrir quién era el primer marido en Romanos 7. Procuré reunir las mejores
exposiciones bíblicas al respecto, pero aun así no pude determinar quién era el primer
marido en Romanos 7. ¿Acaso este marido era la ley? ¿O era la carne? Pregunté a todos
los que conocían bien las Escrituras, pero ninguno de ellos entendía con claridad este
asunto. Algunos me dijeron que el primer marido era la ley, mientras que otros
aseguraban que era la carne. Leí Romanos 7 una y otra vez, haciendo todo lo posible por
entenderlo. Continué estudiando este asunto por años. Hace veintidós años dirigí un
estudio minucioso del libro de Romanos, pero incluso en esa época no estaba
absolutamente seguro de quién era el primer marido. Pero ahora, después de muchos
años de estudio y experiencia, entiendo claramente este asunto.

¿Quién es el primer marido en Romanos 7? Debemos abordar esta pregunta teniendo en


mente toda la Biblia, porque es menester interpretar cada versículo a la luz de toda la
Biblia. Así que debemos adoptar este punto de vista con respecto al primer marido de
Romanos 7.

ESTUDIO-VIDA DE ROMANOS
MENSAJE DOCE

LA ESCLAVITUD DE LA LEY
EN NUESTRA CARNE

(1)

En Romanos 5:12-21 vimos que el don que se tiene en Cristo sobrepasa la herencia que
se da en Adán. Romanos 6 revela nuestra identificación con Cristo. Pero para tener una
experiencia genuina de este hecho, debemos prestar atención a dos elementos negativos
que se hallan en el capítulo 7 de Romanos: la ley y la carne. Romanos 7 pone de
manifiesto la esclavitud del pecado en nuestra carne. Fuimos identificados con Cristo
por medio del bautismo, hemos crecido juntamente con Él en la semejanza de Su
muerte, y ahora crecemos juntamente con Él en la semejanza de Su resurrección, pero
con todo y eso la ley y la carne aún existen. Podemos presentarnos a Dios como esclavos
y presentar nuestros miembros como armas de justicia a fin de ser santificados y
disfrutar de las riquezas de la vida divina, pero aún existe la ley de Dios, la cual está
fuera de nosotros, y la carne, que es parte de nuestro ser.

¿Cuál es la razón por la cual Pablo, en el capítulo 7, habla tan detalladamente acerca de
la ley y de la carne? Porque Romanos 6:14 dice: “No estáis bajo la ley, sino bajo la
gracia”. En Romanos 5 y 6 Pablo explica claramente que ya no estamos bajo la ley, sino
bajo la gracia. Sin embargo, no explica cómo es posible esto. Ya que en 6:14 Pablo dijo:
“No estáis bajo la ley”, él tenía que escribir otro capítulo para explicar la razón por la
cual no estamos bajo la ley. Si no existiera Romanos 7, jamás podríamos entender
claramente este asunto. Aunque la ley todavía existe, ya no estamos bajo ella; en efecto,
ya no tenemos nada que ver con ella. ¿Acaso Dios revocó la ley? ¿La anuló o abolió?
Categóricamente la respuesta es: “No”. ¿Cómo entonces podemos decir que ya no
estamos bajo la ley? ¿Cómo podemos quedar libres de la ley? ¿Cómo podemos librarnos
de la ley? La respuesta a todas estas preguntas se encuentra en Romanos 7,
específicamente en los primeros seis versículos. Esta porción de la Palabra nos explica
plenamente la razón por la cual ya no estamos bajo la ley. Si entendemos Romanos 7:1-
6, sabremos cómo hemos sido librados de la ley.

I. LOS DOS MARIDOS

Si queremos entender la manera en que hemos sido librados de la ley, debemos conocer
los dos maridos que se presentan en Romanos 7. En el capítulo 5 tenemos dos hombres,
dos hechos y dos resultados, además de las cuatro entidades gobernantes. En Romanos
7:1-6 hallamos dos maridos, y en 7:7-25 tenemos tres leyes. ¿Quiénes son estos dos
maridos presentados en Romanos 7?

Como joven cristiano yo tenía muchos deseos de conocer la Biblia. Era especialmente
difícil descubrir quién era el primer marido en Romanos 7. Procuré reunir las mejores
exposiciones bíblicas al respecto, pero aun así no pude determinar quién era el primer
marido en Romanos 7. ¿Acaso este marido era la ley? ¿O era la carne? Pregunté a todos
los que conocían bien las Escrituras, pero ninguno de ellos entendía con claridad este
asunto. Algunos me dijeron que el primer marido era la ley, mientras que otros
aseguraban que era la carne. Leí Romanos 7 una y otra vez, haciendo todo lo posible por
entenderlo. Continué estudiando este asunto por años. Hace veintidós años dirigí un
estudio minucioso del libro de Romanos, pero incluso en esa época no estaba
absolutamente seguro de quién era el primer marido. Pero ahora, después de muchos
años de estudio y experiencia, entiendo claramente este asunto.

¿Quién es el primer marido en Romanos 7? Debemos abordar esta pregunta teniendo en


mente toda la Biblia, porque es menester interpretar cada versículo a la luz de toda la
Biblia. Así que debemos adoptar este punto de vista con respecto al primer marido de
Romanos 7.

D. La posición del hombre regenerado:


la de una verdadera esposa

La posición del nuevo hombre, el hombre regenerado, es la de una esposa genuina. La


regeneración restaura nuestra posición original.

1. El viejo hombre fue crucificado


El primer marido del que habla Romanos 7:2-3 no es ni la carne ni la ley, sino el viejo
hombre que encontramos en Romanos 6:6, el cual fue crucificado juntamente con
Cristo. Al leer Romanos 7:1-6 cuidadosamente, descubrimos que existe una relación
entre este pasaje y Romanos 6:6.

Muchos creyentes han tenido dificultad para entender el significado del primer marido
mencionado en Romanos 7, porque la mayoría de ellos pasa por alto el hecho de que
nosotros los creyentes, después de ser salvos, tenemos dos posiciones o estados, el viejo
y el nuevo. Debido a la caída, nos hemos deslizado a un estado viejo, pero gracias a la
regeneración, hemos adquirido un estado nuevo. Por la caída somos el viejo hombre,
pero mediante la regeneración somos el nuevo hombre. Como el viejo hombre, éramos
el esposo, pero como el nuevo hombre somos la esposa. Así que, tenemos dos estados o
posiciones.

Estudiemos esto más a fondo analizando la relación que existe entre Romanos 7:1-6,
Romanos 6:6 y Gálatas 2:19-20. Romanos 7:1 dice: “La ley se enseñorea del hombre
mientras éste vive”. Este versículo no presenta ninguna dificultad. En 7:2 se nos dice
que “la mujer casada está ligada por la ley al marido mientras éste vive; pero si el marido
muere, ella queda libre de la ley referente al marido”. Debemos notar que no dice que
“ella vive” sino que “éste vive”. Si el marido muere, la esposa queda libre de la ley del
marido. Romanos 7:3 nos dice que si mientras el marido vive, la mujer se une a otro
hombre, ella cometerá adulterio. Pero si el marido muere, ella queda libre de la ley de
éste, y bien puede casarse con otro.

Los siguientes tres versículos de Romanos 7 presentan algunas dificultades. El punto


crítico se encuentra en 7:4. Examinemos este versículo con esmero: “Así también a
vosotros, hermanos míos, se os ha hecho morir a la ley mediante el cuerpo de Cristo”.
No fuimos puestos a muerte mediante un suicidio, sino mediante el cuerpo de Cristo, lo
cual quiere decir que morimos en la cruz de Cristo. La cláusula mediante el cuerpo de
Cristo modifica a la palabra muerte, indicando la clase de muerte a que se refiere. No
fue un suicidio, sino una crucifixión, juntamente con Cristo. Cuando Cristo fue
crucificado, nosotros morimos juntamente con Él. Debemos comparar esto con
Romanos 6:6, que dice: “Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado
juntamente con Él”. ¿No cree usted que este versículo, donde se menciona la crucifixión
de Cristo de la cual nuestro viejo hombre participa, corresponde a Romanos 7:4, donde
dice que se nos ha hecho morir mediante el cuerpo de Cristo? Debemos admitir que
estas dos declaraciones corresponden entre sí. No cabe duda que “vosotros” a quienes
“se os ha hecho morir a la ley mediante el cuerpo de Cristo”, mencionado en 7:4, es el
mismo “viejo hombre” quien “fue crucificado juntamente con Él” en 6:6. Para decirlo de
manera más sencilla, el “vosotros” de 7:4 es el mismo “viejo hombre” de 6:6.
Romanos 6:6 dice que el viejo hombre fue crucificado juntamente con Cristo para que el
cuerpo de pecado sea anulado. El viejo hombre, y no el cuerpo, fue crucificado. Si usted
dice que su cuerpo fue crucificado, lo que usted necesita es un funeral para ser
sepultado. ¿Qué le ha pasado entonces a su cuerpo? El cuerpo fue anulado y quedó ya
desempleado. El viejo hombre fue crucificado, pero el cuerpo permanece. Ya que el viejo
hombre fue crucificado, el cuerpo ha quedado desempleado. No obstante, Romanos 6:6
continúa con la cláusula a fin de que no sirvamos más al pecado como esclavos. El viejo
hombre fue crucificado, pero nosotros todavía vivimos. Sin embargo, no debemos servir
más al pecado como esclavos.

Ahora vayamos a Gálatas 2:19. Este versículo dice: “Porque yo por la ley he muerto a la
ley, a fin de vivir para Dios”. ¿Estamos entonces muertos o vivos? ¿Somos dos personas
o una? Con este versículo podemos ver que ahora vivimos en dos estados distintos:
existe un viejo “yo” y un nuevo “yo”. El viejo yo está muerto para que el nuevo pueda
vivir. Ésta no es mi propia interpretación, sino una cita directa de Gálatas 2:19, donde
dice que yo he muerto para poder vivir. Si no muero, nunca podré vivir, o en otras
palabras, muero para vivir. ¿A qué he muerto? Según Gálatas 2:19, he muerto a la ley.

Gálatas 2:20 declara: “Con Cristo estoy juntamente crucificado”, lo cual indudablemente
corresponde a Romanos 6:6 y 7:4. Estos tres versículos tienen una estrecha relación
entre sí. Gálatas 2:20 dice: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo”.
¿Cómo podemos estar crucificados y continuar viviendo? ¿Estamos muertos o vivos?
Las dos proposiciones son ciertas. En calidad de viejo hombre, estoy muerto; en calidad
de nuevo hombre, estoy vivo. Aunque yo vivo, ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí. Me
gustan estas tres frases y la vida que ahora vivo, ya no vivo yo, y mas vive Cristo. Si las
analizamos, entenderemos claramente nuestro estado o posición dual. Con Cristo estoy
juntamente crucificado, y la vida que ahora vivo, ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí.
Esto es maravilloso. Ésta es la enseñanza que más se destaca en la Biblia. Luego, Gálatas
2:20 dice: “Y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios”. Este
versículo revela que el creyente vive en dos estados o posiciones, el del viejo hombre y el
del nuevo hombre regenerado.

Nos fue difícil reconocer el viejo marido en Romanos 7:4 porque no prestamos la debida
atención al estado dual del creyente. Como el viejo hombre, éramos el marido, pero
como el nuevo hombre, somos la esposa.

Ahora regresemos a Romanos 7:4, donde dice: “Así también a vosotros hermanos míos,
se os ha hecho morir a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para que seáis unidos a otro,
a aquel que fue levantado de los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios”. En este
versículo Pablo yuxtapone un funeral y una boda. Por un lado, fuimos sepultados, por
otro, nos casamos. Hemos muerto para poder casarnos con otro. En Romanos 7:4
morimos para volver a casarnos, en Gálatas 2:19 morimos para vivir. Si no tuviéramos
una posición o estado dual, ¿cómo podría ser esto posible? Morimos con respecto a
nuestro estado viejo, para poder casarnos con otro, con Aquel que fue levantado de los
muertos, conforme a nuestro estado nuevo, a fin de llevar fruto para Dios.

Ahora llegamos a Romanos 7:5-6. El versículo 5 dice: “Porque mientras estábamos en la


carne, las pasiones por los pecados, las cuales obraban por medio de la ley, operaban en
nuestros miembros a fin de llevar fruto para muerte”. Este versículo habla de lo que
éramos antes. El versículo 6 dice: “Pero ahora estamos libres de la ley, por haber muerto
a aquella en que estábamos sujetos, de modo que sirvamos en la novedad del espíritu y
no en la vejez de la letra”. Cuando estábamos en la carne (v. 5), éramos el viejo marido.
Pero cuando fuimos liberados de la ley (v. 6), llegamos a ser la esposa. Hemos sido
liberados de la ley del viejo marido, habiendo muerto a aquella ley a la que estábamos
sujetos.

Ahora podemos entender claramente quién es el viejo marido: nuestro viejo hombre. Y
la esposa es nuestro nuevo hombre regenerado. Como viejo hombre, estamos muertos,
pero como nuevo hombre, estamos vivos. Como viejo marido, morimos, pero ahora,
como la esposa, vivimos. Veremos más adelante que la esposa hace dos cosas: lleva fruto
para Dios, y sirve en novedad del espíritu.

4. Ahora Cristo es nuestra Cabeza

Los creyentes, sean hombres o mujeres, son seres regenerados y, como tales, forman
parte de la esposa. Ya que Cristo es nuestro marido, debemos depender de Él y tomarlo
como nuestra Cabeza (Ef. 5:23). Si hacemos esto, llevaremos fruto para Dios en
resurrección (Ro. 7:4) y le serviremos en novedad del espíritu (7:6). No andaremos más
en la carne, sino en la novedad del espíritu.

Este pensamiento profundo corresponde a la profundidad de la justificación de Dios


vista en el ejemplo de Abraham. En dicha justificación, Dios llamó a Su pueblo escogido
a salir de todo lo que no era Dios y de su condición caída para volverse a Él mismo, a fin
de que ellos no dependieran más de sí mismos para su sustento, sino que dependieran
totalmente de Dios. Esto significa que debían volverse a Dios y tomarlo como su esposo.
Tomar a Dios como nuestro esposo quiere decir que debemos poner fin a todo lo que
somos, tenemos y podemos hacer, y confiar en Él para todo lo que necesitamos. Tomar a
Cristo como nuestro esposo también significa creer en Él. No debemos vivir más por
nosotros mismos, sino por Cristo. Debemos permitir que Cristo viva por nosotros. Por
esto, la profunda verdad presentada en Romanos 7:1-6 corresponde a la que se presenta
en el capítulo 4 de Romanos con respecto a la justificación, a saber: Dios desea hacernos
volver a Él mismo y lograr que pongamos toda nuestra confianza en Él. No debemos
vivir ni actuar más por nosotros mismos, ni hacer nada en nuestra vida natural. Al
contrario, debemos llegar a nuestro fin y mantener cubierta nuestra cabeza. No somos
más el esposo; antes bien, ya que nuestro viejo hombre ha sido crucificado, Cristo es
ahora nuestro esposo.

En toda ceremonia nupcial la cabeza de la novia está siempre cubierta. Así que, en una
boda hay dos personas, pero una sola cabeza. La cabeza de la esposa es cubierta por el
esposo, quien es la cabeza. ¿Cuál es el papel que desempeña la esposa? Ella ha perdido
su independencia y ha sido reducida a nada. ¿Le agrada escuchar esto? A mí, sí. Me
gusta escucharlo no porque yo sea un esposo, sino porque soy parte de la esposa de
Cristo. He sido totalmente anulado y yo no soy nadie. Cristo es mi marido y mi cabeza.
Yo no tengo cabeza propia, pues mi cabeza está ahora cubierta por Él.

Cristo no solamente es mi cabeza, sino también mi persona. Las esposas deben tomar a
su esposo como su persona misma, y no sólo como su cabeza. Debemos aun tomar a
Cristo como nuestra vida. Cristo es nuestro esposo, nuestra cabeza, nuestra persona y
nuestra vida. Hemos sido anulados y reducidos a nada. Ahora es Cristo quien vive en
nosotros y a través de nosotros. Yo fui llamado a salir de todo lo demás, y a entrar en Él.
Ahora creo y confío plenamente en Él, porque Él es todo para mí: es mi esposo, mi
cabeza, mi persona y mi vida. Por lo tanto, me encuentro totalmente bajo la gracia; no
estoy más de ninguna manera bajo la ley. La ley no tiene nada que ver conmigo y yo no
tengo nada que ver con ella. “Porque yo por la ley he muerto a la ley” (Gá. 2:19). Ahora
en la gracia vivo para Dios.

¿Todavía se encuentra usted agobiado con todas esas viejas enseñanzas que lo ataban a
tantas prácticas? Siempre que usted trate de hacer algo por sí mismo, significa que
usted, como el viejo hombre, de nuevo ha acudido a Agar, la ley. Lo único que podrá
producir será un Ismael. No se una a Agar; divórciese de ella. Aléjela de usted y dígale
que no tiene nada que ver con ella. Entonces, como nuevo hombre, acérquese a Sara, la
gracia de Dios, y en unión con ella producirá a Isaac, es decir, a Cristo. Entonces
experimentará a Cristo y lo disfrutará. Esto no es sólo una verdad doctrinal, sino una
maravillosa realidad que concuerda con nuestra experiencia.

Profundicemos un poco más en Gálatas 4:21-26. En este pasaje Pablo presenta la


alegoría de Sara y Agar como los dos pactos: Agar es el pacto de la ley, y Sara es el pacto
de la gracia. Mediante esta alegoría podemos entender que Agar tipifica el pacto de la
ley, y Sara es el pacto de la gracia. Con esto vemos que Ismael fue producido por la obra
de la ley, e Isaac fue producido por la gracia. Gálatas 4:31 dice: “De manera, hermanos,
que no somos hijos de la esclava, sino de la libre”. Esto quiere decir que no somos hijos
de la ley, sino hijos de la gracia. Por lo tanto, si acudimos a Agar, regresamos a la ley,
pero si nos acercamos a Sara, nos volvemos a la gracia. Todos los creyentes debemos
acudir a Sara y permanecer bajo la gracia para poder así experimentar a Cristo cada día
más.

5. Llevar fruto para Dios

Como esposa que somos, llevamos fruto para Dios. ¿Qué significa esto y por qué Pablo lo
menciona en Romanos 7:4? Cuando estábamos en la carne, es decir, cuando éramos el
viejo marido, todo lo relacionado con nosotros era muerte. Lo único que podíamos
producir era muerte. Todo lo que provenía de nosotros era fruto de la muerte, lo cual
sólo producía muerte. Pero ahora, como personas regeneradas, esto es, como la esposa,
llevamos fruto para Dios. Esto quiere decir que todo lo que hacemos ahora está
relacionado con Dios. Anteriormente, todo lo que éramos y todo lo que hacíamos era
solamente muerte. Por lo tanto, en estos versículos podemos ver un marcado contraste
entre la muerte y Dios, entre llevar fruto para muerte y llevar fruto para Dios. Esto
comprueba que cuando éramos el viejo hombre y el viejo marido, sujetos a la ley, todo lo
que éramos y hacíamos era muerte. El único resultado era que llevábamos fruto para
muerte. Pero ahora, como nuevo hombre y como esposa que está casada con el nuevo
marido, todo lo que somos y hacemos tiene que ver con Dios. Ahora llevamos fruto para
Dios. ¿Qué significan las palabras llevar fruto para Dios? Significan que nosotros
producimos a Dios como nuestro fruto. Así que, ahora todo lo que somos y hacemos
debe ser el Dios viviente. Debemos producir a Dios como el excedente o el rebosamiento
de Él mismo. De esta forma, tendremos al Dios viviente como nuestro fruto y llevaremos
fruto para Él.

6. Servir a Dios en novedad de espíritu

Como esposa que somos nosotros debemos también servir a Dios en novedad de espíritu
y no en la vejez de la letra. La palabra espíritu en este versículo denota nuestro espíritu
humano regenerado en el cual mora el Señor, quien es el Espíritu (2 Ti. 4:22). Podemos
servir en novedad de espíritu porque Dios ha renovado nuestro espíritu. Nuestro
espíritu humano regenerado y renovado es una fuente de novedad para todo nuestro ser.
Con nuestro espíritu regenerado todo es nuevo, y todo lo que brota de él está en
novedad. En él no existe la vejez; la vejez pertenece a la vieja ley, a las viejas reglas y
ordenanzas, a la vieja letra. Por consiguiente, no servimos al Señor en la vejez de la letra,
sino en la novedad de nuestro espíritu regenerado.
Todos debemos aprender a ejercitar nuestro espíritu. Cuando usted asista a las
reuniones de la iglesia no debe ejercitar su mente, sino su espíritu. Si ejercita su espíritu,
siempre tendrá algo nuevo que ofrecer a los hermanos. Lo mismo sucede cuando uno
comparte un mensaje. Si únicamente retengo una gran cantidad de información en mi
memoria y trato de dar un mensaje conforme a este material memorizado, dicho
mensaje será viejo, incluso estará lleno de la vejez del conocimiento muerto. Sin
embargo, si mientras doy el mensaje me olvido de la memoria y ejercito mi espíritu, algo
nuevo y viviente brotará. Tuve esta clase de experiencia durante las conferencias que
celebramos en Erie en 1969. En una de las reuniones me puse de pie para hablar, sin
estar seguro del contenido del mensaje que iba a dar. Pero cuando me puse de pie y
ejercité mi espíritu, inmediatamente vino a mí el tema de los siete Espíritus del libro de
Apocalipsis. Todo el que escuchó ese mensaje puede testificar que lo que hablé era
fresco, nuevo, poderoso y viviente. Ésa fue la primera vez que brotó la palabra con
respecto al Espíritu siete veces intensificado. Después de eso regresé a Los Angeles para
celebrar la conferencia de verano de 1969, donde hablé acerca de ese mismo tema. Ese
verano fue crucial para el recobro del Señor en este país y marcó un gran cambio.

Debemos ejercitar nuestro espíritu continuamente porque nuestro espíritu regenerado


es la fuente de la novedad de vida. El Señor, la vida divina y el Espíritu Santo, están
todos en nuestro espíritu regenerado. En nuestro espíritu regenerado todo es nuevo. No
debemos acordarnos de la ley, porque con la ley, no hay nada sino vejez, pero en nuestro
espíritu regenerado no hay otra cosa sino novedad de vida.

Como las personas regeneradas que somos, nos hemos casado con Cristo, el nuevo
esposo; por ende, debemos llevar fruto para Dios. Todo lo que hagamos, seamos y
tengamos, debe ser Dios mismo. Dios rebosa de nuestro ser para llegar a ser ese fruto
que llevemos para Él. Además, debemos servir a Dios en la novedad del espíritu, y no en
la vejez de la letra, la vejez de la ley. Ya no tenemos nada que ver con la ley, pues fuimos
librados de ella. Ahora estamos bajo la gracia, viviendo con nuestro nuevo esposo,
Cristo, y por Él mismo.
ESTUDIO VIDA DE ROMANOS
MENSAJE TRECE

LA ESCLAVITUD DE LA LEY
EN NUESTRA CARNE

(2)

II. LAS TRES LEYES

En el mensaje anterior vimos los dos maridos revelados en Romanos 7:1-6. En este
mensaje examinaremos las tres leyes presentadas en Romanos 7:7-25. Quisiera leer cada
versículo y, cuando sea necesario, hacer comentarios adicionales.

“¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? ¡De ninguna manera! Pero yo no conocí el
pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No
codiciarás” (v. 7). Este versículo explica claramente que la ley nos trae el conocimiento
del pecado, porque la misma pone al descubierto el pecado y lo identifica como tal.

“Mas el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, produjo en mí toda codicia;


porque sin la ley el pecado está muerto” (v. 8). El pecado utiliza la ley, y ésta ayuda al
pecado a obrar en nosotros. Por lo tanto, la ley no fue dada para ayudarnos, sino para
ayudar al pecado. Sin la ley, o aparte de ella, el pecado estaría muerto.

“Y yo sin la ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo


morí” (v. 9). Ciertamente la ley no nos ayuda a nosotros, sino al pecado. La ley vino para
revivir el pecado, para hacer que el pecado viva. Antes de que la ley viniera, el pecado
estaba inactivo. Sin embargo, cuando la ley apareció, el pecado fue avivado y revivido.

“Y hallé que el mismo mandamiento que era para vida, a mí me resultó para muerte” (v.
10). Aunque se suponía que la ley era para vida, finalmente, por lo que a nosotros se
refiere, resultó para muerte.

“Porque el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, me engañó, y por él me mató”


(v. 11). El pecado es un homicida y la ley es el instrumento con el cual el pecado nos
mata. Sin un instrumento asesino, sería difícil matar al hombre. El pecado, al usar la ley,
primero nos engaña y luego nos mata. Puesto que sólo las personas pueden engañar y
matar, debemos considerar el pecado como la personificación misma de Satanás.
“De manera que la ley es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno” (v. 12). No hay
ningún problema con respecto a la naturaleza de la ley. La naturaleza, la esencia, de la
ley es santa, justa y buena.

“¿Luego lo que es bueno, vino a ser muerte para mí? De ninguna manera; sino que el
pecado lo fue para mostrarse pecado produciendo en mí la muerte por medio de lo que
es bueno, a fin de que por el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera
pecaminoso” (v. 13). Este versículo ofrece evidencia adicional de que la ley no nos
beneficia para nada. Por el contrario, la ley causa que el pecado se vuelva
extremadamente pecaminoso. ¿Todavía se siente usted atraído por la ley? Lo que
debemos hacer es mantenernos alejados de ella.

“Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy de carne, vendido al pecado” (v.
14). La expresión vendido al pecado significa que el pecado es el comprador, el amo que
nos ha comprado, y que nosotros hemos sido vendidos a él.

“Porque lo que hago, no lo admito; pues no practico lo que quiero, sino lo que aborrezco,
eso hago” (v. 15). La expresión no lo admito en este pasaje no significa que no tenemos
conocimiento de lo que hacemos, pues ¿cómo podríamos decir que no sabemos lo que
hacemos? Ciertamente lo sabemos. Este versículo quiere decir que Pablo no admitía lo
que hacía. En otras palabras, aunque podemos actuar incorrectamente, no admitimos ni
aprobamos lo que hacemos.

“Y si lo que no quiero, esto hago, estoy de acuerdo con que la ley es buena. De manera
que ya no soy yo quien obra aquello, sino el pecado que mora en mí” (vs. 16-17). Pablo
afirma que ya no es él quien hace lo que no desea hacer, sino que es el pecado mismo
que mora en él quien obra aquello. La palabra mora no es la misma palabra griega que
comúnmente se traduce “permanece”, sino otra palabra griega que significa “hace
hogar”, pues la raíz del verbo significa “hogar o casa”. Por lo tanto, este versículo no
quiere decir que el pecado simplemente permanece en nosotros por algún tiempo, sino
que hace su hogar en nosotros. De manera que ya no somos nosotros los que hacemos el
mal que no deseamos hacer, sino que el pecado que hace su hogar en nosotros es el que
actúa de esta manera.

“Pues yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien
está en mí, pero no el hacerlo” (v. 18). Pablo no dice que no hay nada bueno en él; lo que
dice es que no hay nada bueno en su carne. Debemos poner mucha atención al
calificativo usado por Pablo, a saber: “en mi carne”. Nunca diga que no hay nada bueno
en usted, pues ciertamente el bien está en usted. No obstante, en su carne, es decir, en
su cuerpo caído, no mora el bien. En nuestro cuerpo caído, al cual la Biblia llama
“carne”, mora el pecado con todas sus concupiscencias. Así que, en nuestra carne no se
halla nada bueno.

“Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso practico” (v. 19). Este
versículo demuestra que sí hay algo bueno en nosotros, porque el deseo de hacer lo
bueno está en nuestro ser. No obstante, somos incapaces de cumplir lo que nos
proponemos.

“Mas si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que
yo, queriendo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está conmigo” (vs. 20-21). El
versículo 21 menciona la ley que opera siempre que deseamos hacer el bien. Esta ley es
maligna, pues siempre que intentamos hacer el bien, el mal está presente en nosotros.
En este versículo la palabra griega traducida “el mal” denota aquello que es maligno en
carácter.

“Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis
miembros, que está en guerra contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley
del pecado que está en mis miembros” (vs. 22-23). El versículo 22 menciona la ley de
Dios en la cual Pablo se deleitaba según el hombre interior. Podemos nombrar a ésta
como la ley número uno. En el versículo 23 Pablo se refiere a la ley de la mente, la ley
que podemos llamar la ley número dos. Puesto que esta ley es la ley de la mente, y
siendo la mente una parte del alma, entendemos que hay una ley en nuestra alma. El
versículo 23 también menciona lo que Pablo llama “otra ley en mis miembros”. Ya que
esta ley está en nuestros miembros, los cuales son parte de nuestra carne o cuerpo caído,
podemos ver que en nuestra carne hay otra ley. Esta ley, la ley número tres, está en
guerra contra la ley de nuestra mente. En 7:23 encontramos dos leyes combatiendo una
contra la otra. Pablo dice que esta “otra ley en mis miembros” nos lleva cautivos a la ley
del pecado. Esta “ley del pecado que está en mis miembros” equivale a la “otra ley en mis
miembros” que se menciona al principio de este versículo. Ésta es la tercera ley. Así que
en este versículo hallamos dos leyes: una buena ley que está en nuestra mente, y otra,
una ley maligna, que reside en nuestros miembros.

“¡Miserable de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?” (v. 24). ¿Por qué
nuestro cuerpo es denominado el cuerpo de esta muerte? Porque en nuestro cuerpo se
halla la ley del mal que combate contra la ley del bien, en nuestra alma. La ley maligna
hace de nuestro cuerpo “el cuerpo de esta muerte”. ¿Qué es esta muerte? Esta muerte
consiste en ser derrotados y en ser llevados cautivos por la ley del pecado en nuestro
cuerpo.
“Gracias sean dadas a Dios, por medio de Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo
con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado” (v. 25). Este
versículo nos da la respuesta a la pregunta planteada en el versículo anterior. Según el
versículo 25 el ser liberado del cuerpo de muerte se logra por medio de Jesucristo
nuestro Señor. En este versículo Pablo nos dice que él se esforzaba para servir a la ley de
Dios como esclavo, no en su espíritu por medio del Señor Jesús, sino con su mente y por
sí mismo. Y también nos dice que con su carne servía a la ley del pecado.

En resumen, en 7:7-25 se habla de tres leyes, y podemos ver en dónde se localizan.

A. La ley de Dios

La ley de Dios es justa, buena, santa y espiritual (vs. 12, 14, 16). Esta ley se encuentra
fuera de nosotros; podemos decir que está sobre nosotros. Esta ley impone muchas
exigencias y requisitos sobre el hombre caído con el fin de ponerlo de manifiesto (vs. 7-
11).

B. La ley del bien

Mientras que la ley de Dios se encuentra sobre y fuera de nosotros, exigiéndonos mucho,
la ley del bien se halla en nuestra mente, esto es, en nuestra alma (vs. 23, 22). Podemos
decir que la ley del bien que está en nuestra mente corresponde con la ley de Dios y
reacciona a sus exigencias, tratando de cumplirlas (vs. 18, 21, 22). Siempre que la ley de
Dios nos impone algo, la ley del bien en nuestra alma trata de responder. Si la ley de
Dios dice: “Honra a tus padres”, la ley del bien en nuestra mente inmediatamente
responde: “¡Amén! ¡Sí! ¡Lo haré; honraré a mis padres!” Ésta ha sido nuestra
experiencia durante toda nuestra vida. Cada vez que la ley de Dios nos reclama algo, la
ley del bien en nuestra alma responde y promete cumplir.

C. La ley del pecado (y de la muerte)

Sin embargo, en nuestros miembros se halla una tercera ley, la ley del pecado, la cual
contiende contra la ley del bien. Como hemos visto, la ley del pecado se encuentra en los
miembros de nuestro cuerpo caído, es decir, en la carne (vs. 17, 18, 20, 23). Esta ley
constantemente lucha contra la ley del bien y lleva al hombre cautivo (v. 23). Siempre
que la ley del bien responde a la ley de Dios y trata de cumplir sus requisitos, la ley del
mal en nuestra carne protesta. Si la ley del bien falla y no responde, la ley del mal tal vez
permanezca inactiva, como si estuviese adormecida. Sin embargo, cuando la ley maligna
nota que la ley del bien intenta responder, la ley maligna parece decir: “¿Acaso intentas
practicar el bien de acuerdo con la ley de Dios? Yo no lo permitiré”. La ley del mal
contiende contra la ley del bien y constantemente nos arrastra al mal. De tal manera que
somos llevados cautivos por la ley del pecado que está en nuestros miembros. Ésta no es
una doctrina; más bien es la historia de nuestra vida.

El mandamiento: “Maridos, amad a vuestras mujeres”, es muy agradable y parece fácil


de cumplir. Cuando se da este mandamiento, la ley del bien en la mente del hombre
inmediatamente responde: “Sí, lo haré”. No obstante, la ley del mal en su carne se da
cuenta de su buena intención y contesta: “¿Acaso piensas cumplir esa ley? No te olvides
que yo estoy aquí”. El resultado final es una derrota. En lugar de amar a su esposa,
termina peleando con ella o le arroja el cuchillo y el tenedor en su enojo. Las esposas
tienen una experiencia similar siempre que se esfuerzan en obedecer la ley que les
manda someterse a sus esposos. La ley del bien en la mente de la esposa se entusiasma
con este mandato y dice: “Obedeceré. Como buena esposa que soy, ciertamente debo
someterme a mi esposo. ¡Claro que lo haré!” Cuando ella dice esto, descubre que hay
otra ley esperando la oportunidad para atacarla. Entonces la ley del mal dirá: “¿Acaso te
crees capaz de hacer esto? Yo estoy aquí para demostrarte que no puedes hacerlo”. Una
vez más el resultado es el fracaso. Finalmente, en lugar de someterse a su esposo, se
llena de ira contra él. Unos minutos más tarde, ella llorará por su triste condición. Ésta
es la experiencia a que se refiere el capítulo 7 de Romanos.

En Romanos 7 vemos tres leyes: la primera es la ley de Dios que exige y requiere mucho;
la segunda es la ley del bien en nuestra mente que siempre responde con rapidez; la
tercera es la ley del pecado en nuestros miembros, la cual siempre está lista para pelear
contra la ley del bien en nuestra mente y para vencernos, llevarnos cautivos y hacernos
prisioneros. Cada una de estas leyes tiene su propio aspecto. Romanos 7 describe la
experiencia de cada uno de nosotros. Tal vez hasta el día de hoy sigamos repitiendo la
historia de Romanos 7. No debemos pensar que con nosotros no es el mismo caso. No
obstante, conforme a la economía de Dios, no es necesario Romanos 7. Como hicimos
notar en un mensaje anterior, Romanos 8 continúa el tema abordado en Romanos 6. No
obstante, debido a nuestra pobre situación, necesitamos el capítulo 7 para poner de
manifiesto nuestra condición y ayudarnos.

Algunos cristianos insisten en que Romanos 7 es necesario, y que, en cuanto a nuestra


experiencia, debe quedarse donde está, entre el capítulo 6 y 8. Algunos buenos
cristianos sostienen este concepto. ¿Usted también se afierra a la idea de que es
necesario que Romanos 7 permanezca donde está, entre el capítulo 6 y el 8? No hay
duda de que el capítulo 7 describe la experiencia personal del apóstol Pablo. Sin
embargo, para los maestros de la Biblia, la pregunta es si Pablo tuvo esta experiencia
antes o después de ser salvo. Algunos creen que Romanos 7 es una continuación de la
experiencia descrita en Romanos 6, pero si leemos Romanos 6 y Romanos 8 con esmero,
descubriremos que Romanos 7 está relacionado con la experiencia que Pablo tuvo antes
de ser salvo. En Romanos 7:24 Pablo dijo: “¡Miserable de mí!” Y en 8:1 añadió: “Ahora,
pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”. Romanos 8:1
demuestra que la experiencia narrada en el capítulo 7 de Romanos ocurrió antes de que
Pablo fuera salvo. Ya en el capítulo 8 ésta había dejado de ser su experiencia, pues aquí
él dice que no hay ninguna condenación para aquellos que están en Cristo Jesús. Por lo
tanto, la experiencia de Romanos 7 ocurrió antes de que Pablo creyera y estuviera en
Cristo. Ésta fue su experiencia antes de ser salvo.

¿Cuál fue entonces la razón por la cual Pablo, después de Romanos 6, consideró
necesario narrar la experiencia que tenía antes de ser salvo. Él la incluyó para
comprobar que ya no estamos bajo la ley. Ya mencioné que Romanos 7 se escribió para
explicar una corta cláusula del capítulo 6, el versículo 14, donde dice: “No estáis bajo la
ley, sino bajo la gracia”. Romanos 7 nos dice que cuando estábamos bajo la ley aún
permanecíamos en el viejo hombre. Cuando nuestro viejo hombre todavía estaba vivo,
nos hallábamos bajo la ley. Sin embargo, al convertirnos en hombres regenerados, ya no
estamos bajo la ley, porque nuestro viejo marido, el viejo hombre que estaba bajo la ley,
ha sido crucificado. Entonces Pablo continuó relatando cuán penoso y miserable es para
cualquiera permanecer bajo la ley. Es como si Pablo estuviera diciendo: “Queridos
santos, todavía queréis estar bajo la ley? Si éste es el caso, permitidme contaros la
penosa experiencia por la cual yo pasé. La ley no nos ayuda; por el contrario, nos engaña
y le da la ocasión al pecado para que éste gobierne sobre nosotros. La ley incluso nos
mata. No debéis desear estar más tiempo bajo la ley. Pero aun si queréis permanecer
bajo esta ley, ciertamente jamás podréis guardarla”. Pablo entonces describe la historia
completa de su experiencia anterior a su salvación. Él dice que la ley de Dios exigía de él
una gran cantidad de requisitos, y que la ley del bien en su mente intentaba cumplirlos,
pero que la ley del pecado en los miembros de su cuerpo caído combatía contra la ley de
su mente, derrotándola y llevándole a él en cautividad. La conclusión a la que Pablo
llegó fue: “¡Miserable de mí. Mi cuerpo es el cuerpo de esta muerte. Es imposible
escapar de ella!” Por esto, Romanos 7 es un relato de la experiencia que Pablo tuvo antes
de que fuera salvo, el cual demuestra que es imposible cumplir la ley y que, además, nos
advierte a no intentarlo. Siempre que intentemos guardar la ley de Dios, la tercera ley, la
ley del pecado, nos hará cautivos. Cumplir la ley es algo imposible para el hombre caído.

Dios no nos dio la ley con la intención de ayudarnos. Su propósito era incitar a Satanás a
perturbarnos. La intención de Dios al darnos la ley fue poner al descubierto la ley
pecaminosa que reside en nosotros. Si nos creemos obligados a guardar la ley, estamos
muy equivocados. No somos lo suficientemente fuertes como para cumplir los requisitos
de la ley. ¿No cree que la ley maligna que se encuentra dentro de nosotros es en realidad
la poderosa persona de Satanás? Siendo usted un hombre caído, ¿podrá derrotar a
Satanás? Ciertamente es imposible. Él es un gigante, y comparado con él, usted es muy
débil. De hecho, usted es débil, y la ley del bien que se halla en usted se ve impotente.
Ciertamente usted posee una buena voluntad y un deseo positivo, pero aun así no puede
cumplir la ley. Usted, como el viejo hombre que es, sólo sirve para ser crucificado y
sepultado con Cristo, como lo fue ya en Romanos 6:6. No debe desenterrar de la tumba
el viejo hombre que ha sido sepultado y esperar que éste sea capaz de guardar los
mandamientos de Dios. La ley del bien que se ubica en su mente representa su fuerza, y
la ley del mal que está en su carne representa el poder de Satanás. Ya que Satanás es
más poderoso que usted, jamás podrá vencerlo, por lo que siempre que intenta cumplir
la ley de Dios, él lo hace cautivo suyo. Éste es el significado correcto y el entendimiento
adecuado del capítulo 7 de Romanos.

Aunque Romanos 7 describe la experiencia de Pablo antes de su conversión, relata


también la experiencia de la mayoría de los cristianos después de que son salvos. Dudo
mucho que exista una sola excepción a esto. Después de ser salvos, todos, sin excepción
alguna, nos esforzamos por cumplir la ley de Dios. Consideremos el ejemplo de un joven
que recientemente ha sido salvo. Él se ha arrepentido y ha hecho una confesión
minuciosa de sus pecados ante el Señor. La noche en que fue salvo, tomó una decisión,
diciéndose a sí mismo: “Debo cambiar mi manera de comportarme. No debo repetir
ninguno de los hechos malos del pasado. Esta noche me resuelvo no volver a hacerlos
jamás”. Luego, este creyente nuevo pide al Señor: “Señor, me arrepiento de la manera en
que he vivido. De hoy en adelante quiero ser un buen cristiano. No quiero volver a
cometer las mismas faltas del pasado”. Este joven es un representante típico de la
mayoría de los cristianos auténticos. Cuando yo era un cristiano joven, hice esto muchas
veces. Todos hemos hecho lo mismo ante el Señor. Pero todos podemos testificar que
nunca pudimos cumplir lo que nos propusimos. Pues simplemente somos lo que somos,
personas débiles en quienes reside la ley del bien. Al ser salvos, esta ley del bien en
nuestra mente respondió a la ley de Dios que se encontraba fuera de nosotros, y así nos
resolvimos a esforzarnos por mejorar.

Algunos cristianos han declarado equivocadamente que no existe absolutamente nada


bueno en el hombre. Cuando algunos predicadores dijeron esto a los creyentes, unos
profesores universitarios argumentaron con ellos diciendo: “Yo no pienso así. Puedo
testificar que sí hay algo bueno dentro de mi ser. Honro a mi madre y tengo amor para
ella en mi corazón. ¿No es esto algo bueno dentro de mí? Y además he resuelto no tratar
a mis alumnos injustamente. ¿Esto no significa que dentro de mí sí hay algo bueno?
¿Cómo pueden ustedes decir que no hay nada bueno dentro de la gente? Debemos ser
cuidadosos al hablar acerca de este asunto, tal como Pablo lo fue al escribir Romanos 7.
Él dijo: “Yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien”. Si él no hubiera sido
específico en esta observación, se habría contradicho a sí mismo, porque en el siguiente
versículo él mencionó su deseo por hacer el bien. El hombre tiene tres partes: un
espíritu, un alma con una mente, y un cuerpo formado por muchos miembros. En los
miembros de nuestro cuerpo caído no mora nada bueno. Sin embargo, debemos
recordar que según la obra creadora de Dios el hombre fue bueno, y que queda cierta
bondad en todo hombre. Por ejemplo, si usted toma un pedazo de metal y lo arroja a la
basura, tal vez éste se ensucie, pero eso no cambiará su naturaleza. Usted no puede decir
que el metal ha dejado de ser metal. El hombre fue creado por Dios, y Dios jamás crea
algo malo. Todo lo que Dios creó fue bueno, incluyendo a este hombre que fue la
criatura de Dios. No importa cuán caído el hombre se encuentre, lo bueno de la creación
permanece en él. Aun los que asaltan los bancos tienen, hasta cierto punto, lo bueno en
ellos, el cual fue creado por Dios.

A pesar de que el hombre fue creado siendo bueno, la naturaleza maligna de Satanás se
inyectó en el cuerpo del hombre cuando éste tomó del fruto del árbol del conocimiento,
el cual representa a Satanás, el maligno, quien tiene el imperio de la muerte. De manera
que, cuando el hombre comió del fruto del árbol del conocimiento, Satanás entró en su
cuerpo. El principio de Satanás, el factor de todo lo maligno, es la ley del pecado. En
nuestra mente tenemos el principio creado por Dios, la ley del bien. Por lo tanto, si
entendemos Romanos 7 adecuadamente, sabremos dónde estamos y lo que hay dentro
de nuestra persona. Tenemos la ley del bien en nuestra mente, y la ley del mal en
nuestra carne, dos leyes que simplemente son incompatibles. La ley del bien representa
el buen principio creado por Dios, y la ley del mal es el principio de Satanás en nuestra
carne. Satanás, quien está en nuestra carne, aborrece a Dios, engaña al hombre y hace
todo lo posible por dañar y arruinar a la humanidad. Así que, siempre que la mente del
hombre, dirigida por la ley del bien, decide hacer el bien, la ley del mal inmediatamente
se levanta a guerrear, derrotar y capturar al pobre y miserable ser humano. Ésta fue la
experiencia de Pablo antes de que creyera en Cristo, cuando él era un entusiasta
judaizante celoso de la ley. Día y noche procuraba cumplir la ley de Dios. Finalmente
comprendió que la ley de Dios estaba fuera de él, que la ley del bien, que correspondía a
la ley de Dios, estaba en su mente, y que siempre que él deseaba hacer el bien, otra ley
en sus miembros se levantaba y peleaba contra la ley del bien en su mente, capturándolo
y derrotándolo miserablemente. Pablo descubrió que su cuerpo era el cuerpo de muerte.
En cuanto a guardar la ley de Dios y hacer el bien para agradar a Dios, este cuerpo de
muerte no es más que un cadáver incapaz de hacer nada. Pablo llegó a comprender que
su caso estaba perdido por causa del poderoso elemento del pecado que moraba en su
cuerpo caído. Éste es el cuadro claramente presentado en el capítulo 7 de Romanos. Al
ver este cuadro, alabaremos al Señor porque Él no tiene la intención de que guardemos
Su ley.

Romanos 7 revela que dentro de nosotros se está librando una feroz batalla. En nuestra
mente se halla la ley del bien que responde a la ley de Dios, y en nuestros miembros se
encuentra la ley del pecado que contiende contra la ley del bien. La batalla es
extremadamente intensa. Algunos maestros de la Biblia dicen que Romanos 7 es
comparable al conflicto que se lleva a cabo en Gálatas 5. Sin embargo, estos dos
conflictos difieren entre sí. Si analizamos Gálatas 5, descubriremos esta diferencia. Pero
antes de ir a Gálatas 5, deseo añadir una palabra adicional respecto a la carne.

Algunos creyentes mantienen el concepto de que antes de ser salvos ya estaba en ellos la
concupiscencia de la carne, pero que después de ser salvos ésta desvaneció. Hay una
escuela de enseñanza que instruye a la gente de esta manera. Esta enseñanza afirma que
antes de que fuéramos salvos, la concupiscencia se encontraba en nuestra carne, pero
que cuando fuimos salvos, ésta fue quitada. Conforme a tal enseñanza, la carne de una
persona salva se vuelve buena.

En contraste con esta escuela de enseñanza hallamos que Gálatas 5:16 dice: “Andad por
el espíritu, y así jamás satisfaréis los deseos de la carne”. Ciertamente este versículo se
refiere a los cristianos auténticos. Esto da a entender que aún existe la posibilidad de
que los creyentes verdaderos satisfagan los deseos de la carne, porque tales deseos aún
permanecen en la carne. Sin considerar la autenticidad del creyente, debe mantenerse
alerta para no ser engañado por el enemigo, quien puede decirle que no debe
preocuparse, porque ya no existe lujuria alguna en su carne. Tal concepto es erróneo y
engañoso.

Quisiera relatar un incidente que sucedió en el norte de China hace muchos años. Cierto
movimiento pentecostal era muy prevaleciente en aquella región, habiéndose extendido
a lo largo del norte de China. Ellos decían que ya que habían recibido el bautismo del
Espíritu Santo, no tenían más concupiscencia en su carne. Como resultado de esta
enseñanza, hombres y mujeres permanecían juntos, declarando que eran
completamente espirituales y que no tenían más el problema de lujuria de la carne. Pero
no pasó mucho tiempo sin que cayeran en varias situaciones de fornicación, y, por causa
de eso, dicho movimiento casi fue exterminado. De hecho, por algún tiempo fue difícil
predicar el evangelio, porque los chinos, debido a las enseñanzas éticas de Confucio,
aborrecían todo tipo de fornicación. De manera que dicho movimiento pentecostal
provocó que el cristianismo adquiriera mala fama en todo el norte de China. Jamás
debemos aceptar la enseñanza engañosa de que por ser hijos de Dios y por tener al
Espíritu Santo, no tenemos más problemas con la lujuria de la carne.

Pablo dice: “Andad por el Espíritu, y así jamás satisfaréis los deseos de la carne”. Él
añade que el deseo de la carne son contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne
(Gá. 5:17). Ésta no es una batalla entre la ley del bien y la ley del mal, sino una guerra
entre la carne y el Espíritu. La carne y el Espíritu son contrarios, es decir, se oponen el
uno al otro. Esto demuestra que, aunque andemos en el Espíritu, seguimos teniendo los
deseos de la carne, y que nuestra carne sigue siendo enemiga del Espíritu. El Señor
Jesús dijo: “Lo que es nacido de la carne, carne es” (Jn. 3:6). La carne es carne y nada
puede cambiar su naturaleza. Nunca acepte el pensamiento de que después de llegar a
ser espiritual, su carne llega a mejorar. Esta enseñanza, además de ser un gran error, es
muy peligrosa.

Gálatas 5:24 dice: “Pero los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus
pasiones y concupiscencias”. A diferencia de Romanos 6:6, donde dice que nuestro viejo
hombre ha sido crucificado, en Gálatas 5:24 no dice que la carne y sus pasiones hayan
sido crucificadas; al contrario, indica que nosotros debemos crucificar la carne con sus
pasiones y sus deseos. El pensamiento aquí es el mismo que se encuentra en Romanos
8:13, donde dice que por el Espíritu hacemos morir los hábitos del cuerpo. No podemos
crucificar nuestro viejo hombre, porque nuestro viejo hombre es nuestro mismo ser.
Nadie puede crucificarse a sí mismo, pues si lo hiciera, cometería suicidio. Sin embargo,
sí podemos crucificar nuestra carne por el Espíritu, lo cual quiere decir que
continuamente hacemos morir nuestra carne. Nuestro viejo hombre fue crucificado con
Cristo de una vez para siempre, pero nosotros tenemos que crucificar nuestra carne día
tras día. Luego Gálatas 5:25 dice: “Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el
Espíritu”.

Así que, Gálatas 5 revela la guerra que se libra entre la carne y el Espíritu. Aunque a la
mayoría de los traductores les es difícil decidir si la palabra Espíritu en Gálatas 5:25 se
refiere a nuestro espíritu humano o al Espíritu Santo, yo tengo la confianza de afirmar
que se refiere al espíritu mezclado, es decir, a la mezcla que se da entre el Espíritu Santo
y nuestro espíritu regenerado. Nosotros debemos andar en tal Espíritu. Con todo esto
podemos ver que la guerra mencionada en Gálatas 5 es la guerra que se lleva a cabo
entre nuestra carne y el Espíritu, la cual es totalmente distinta a la guerra descrita en
Romanos 7.

La guerra mencionada en Romanos 7 se da entre dos leyes: la ley del bien y la ley del
mal, sin tener nada que ver con el Espíritu. Se halla mención de esta guerra en algunos
antiguos escritos chinos donde se denomina la guerra entre el principio y los deseos. No
cabe duda de que el principio a que se refieren estos escritos es la ley del bien. Estos
escritos también mencionan que los deseos que batallan contra dicho principio se hallan
en el cuerpo del hombre. Cuando yo era joven, comparé la guerra del principio y los
deseos con la guerra de Romanos 7, y me sorprendí al descubrir que eran idénticas. Así
que cuando escuché que algunos maestros cristianos afirmaban que Romanos 7 describe
la experiencia de Pablo después de que éste fuera salvo, me molestó mucho. Ya que aun
los antiguos escritos chinos mencionaban la guerra entre el principio y los deseos, y ya
que esto es idéntico a la experiencia de Pablo en Romanos 7, ¿cómo podemos decir que
Romanos 7 habla de la experiencia del creyente?

Romanos 7 describe la experiencia que Pablo tuvo antes de su salvación. Antes de que él
fuera salvo, era muy celoso de la ley de Dios, procurando cumplirla y hacer el bien para
agradar a Dios. Aunque por cientos de años los chinos desconocían la ley de Dios, ellos
entendían la naturaleza buena del hombre mencionada en Romanos 2:14-15. Según
Romanos 2, el hombre, conforme a la manera en que fue creado, posee tres elementos
positivos. El primero es la naturaleza buena del hombre, porque los gentiles por
naturaleza hacen lo que es de la ley (2:14), lo cual muestra que la función de la ley está
escrita en sus corazones (2:15). En segundo lugar, el hombre tiene una conciencia (2:15).
Y en tercer lugar, tiene los razonamientos que lo acusan, lo defienden, lo condenan y lo
justifican (2:15). Estos tres elementos están en todos los seres humanos. No es necesario
ser creyente para poseer estos elementos. Todo ser humano tiene la buena naturaleza,
una conciencia y los razonamientos. Debido a la existencia de estos tres elementos en el
hombre, hay una guerra entre la ley del bien y la ley del mal, o, según los escritos chinos,
entre el principio y los deseos.

Romanos 7 hace referencia a esta guerra. ¿Cuál es entonces la razón por la cual muchos
creyentes experimentan este tipo de conflicto después de ser salvos? Porque fueron muy
descuidados en su conducta antes de ser salvos. A diferencia de Pablo, nunca tuvieron el
deseo de hacer el bien ni de agradar a Dios. Sin embargo, muchas personas morales, no
solamente de entre los chinos sino en todo el mundo, quieren vencer sus instintos
carnales. Ciertamente personas tales como éstas experimentan Romanos 7. Ellos
experimentan en carne propia el antagonismo entre la ley del bien y la ley del mal. Así
que, Romanos 7 no describe la guerra entre el Espíritu y la carne, la cual se revela en
Gálatas 5 y es la experiencia típica de los creyentes. La guerra que se menciona en
Romanos 7 es la experiencia de aquellos que tratan de hacer lo bueno, ya sean creyentes
o no. Muchos creyentes tienen la experiencia de Romanos 7 después de ser salvos
porque es sólo después de su experiencia de salvación que ellos deciden mejorar su
conducta, esforzándose al máximo por ser buenos. Por lo tanto, ellos experimentan,
después de ser salvos, lo que Pablo experimentó antes de su salvación. Estos cristianos
en realidad están haciendo lo mismo que procuraron hacer los chinos hace cientos de
años. Sin embargo, la lucha presentada en Romanos 7, sin importar si es antes o
después de la salvación, no es una experiencia típica de un creyente, sino la del hombre
natural. Los que tratan de hacer el bien antes de ser salvos tienen esta experiencia antes
de su salvación. Pero muchos otros experimentan esto sólo después de ser salvos,
porque es entonces cuando deciden hacer el bien y agradar a Dios.
En todo ser humano, sea salvo o no, existe un buen elemento en su mente y un elemento
maligno en su cuerpo, es decir en su carne. Pablo usa por lo menos tres expresiones
distintas para describir este elemento negativo: el pecado, el mal y la ley del pecado. Por
otro lado, Pablo denomina el buen elemento que está en su mente “la ley de mi mente”,
la cual es la ley del bien. Así que, tenemos dos leyes, una que reside en nuestra mente, y
otra, en nuestro cuerpo caído. Existen estas dos leyes en nosotros porque tenemos por lo
menos dos vidas distintas. Para cada vida hay una ley. ¿Por qué tenemos la ley del bien?
Porque tenemos una vida buena. ¿Y por qué tenemos la ley del pecado? Porque tenemos
una vida pecaminosa. Toda persona tiene estas dos vidas: la vida creada por Dios, que es
buena, y la vida satánica que entró en el cuerpo del hombre como resultado de la caída.

Algunas personas insisten en que la naturaleza del hombre es maligna, y otros afirman
que es buena. Un día mientras leía el capítulo 7 de Romanos encontré la respuesta para
esta polémica. Ambas ideas son correctas. Sin embargo, son correctas sólo parcialmente.
Digo que ambos puntos de vista son correctos ya que el ser humano no es tan sencillo.
En efecto, el hombre es un ser muy complicado. Por ejemplo, es posible que un hombre
se comporte amable y caballerosamente en la mañana. Por tener una vida humana, se
comporta de acuerdo con la ley de esta vida humana. Sin embargo, es posible que en la
noche asista a un casino y actúe como un demonio. ¿Es de verdad hombre o demonio?
En realidad es ambos.

Los hijos de Israel, durante su viaje a través del desierto, hablaron contra Dios y contra
Moisés y, como resultado, fueron mordidos por serpientes ardientes, lo cual hizo que
muchos de ellos murieran (Nm. 21:4-9). Cuando ellos oraron a Dios, Dios dijo a Moisés
que levantara una serpiente de bronce sobre un asta. ¿Eran esos hijos de Israel hombres
o serpientes? Ciertamente eran hombres, pues tenían la apariencia y la vida verdadera
de los hombres. Pero también eran serpientes, porque el veneno de las serpientes había
entrado en ellos y los había saturado. De manera que una serpiente de bronce tuvo que
ser levantada como su representación y sustitución. Los hijos de Israel fueron tanto
hombres como serpientes. De la misma manera, el Señor Jesús reprendió a los fariseos
diciendo: “Generación de víboras”. Por un lado, los fariseos eran una generación de
hombres, pero por otro, eran una generación de serpientes venenosas. Todos tenemos
dos naturalezas. Una de ellas es buena, porque fue creada por Dios; pero la otra es
maligna, porque es la naturaleza misma de Satanás inyectada en nuestro cuerpo en el
momento de la caída humana. La naturaleza buena está en nuestra mente, y la
naturaleza mala está en nuestra carne, que es nuestro cuerpo caído. Para cada
naturaleza existe una ley, y ambas leyes contienden una contra la otra. Si usted trata de
hacer el bien, sea salvo o no lo sea, se dará cuenta de la feroz batalla que se libra entre
estas dos leyes. No obstante, si usted es una persona descuidada, no se dará cuenta de
ello. Siempre que alguien trate de hacer el bien, descubrirá estas dos leyes contendiendo
en su interior. Antes de que usted fuera salvo, seguramente hacía lo posible por hacer el
bien, pero con el tiempo fue derrotado. Usted descubrió que dentro de usted había dos
fuerzas peleando una contra la otra. Ésta es la razón por la cual mucha gente procura
desarrollar una fuerte voluntad para controlar y suprimir las concupiscencias de su
cuerpo. Pero a pesar de todos sus intentos, finalmente nadie ha podido vencer por
completo.

Por lo tanto, Romanos 7 no habla de una típica experiencia cristiana. Mientras que usted
es una persona que trate de hacer el bien, tendrá la experiencia del conflicto que
describe Romanos 7. La experiencia narrada en este capítulo pertenece a esta clase de
personas.

D. El cuerpo de esta muerte

En Romanos 6:6 nuestro cuerpo caído es llamado “el cuerpo de pecado”, pero en 7:24 se
le llama “el cuerpo de esta muerte”. La expresión el cuerpo de pecado significa que el
pecado reside en este cuerpo ocupándolo, poseyéndolo y usándolo con el fin de cometer
actos pecaminosos. Así que, este cuerpo es muy activo, apto y está lleno de fuerza para
cometer pecados. La expresión el cuerpo de muerte denota que el cuerpo está
envenenado, debilitado, paralizado, y amortecido, y que es incapaz de hacer el bien,
guardar la ley, ni agradar a Dios. Así que, en cuanto a guardar la ley de Dios, a hacer el
bien, y a agradar a Dios, este cuerpo es débil e impotente; es como un cadáver. Todos
hemos tenido la experiencia de que para realizar actos pecaminosos nuestro cuerpo se
muestra muy fuerte y capaz, y que nunca siente cansancio. Pero en cuanto a guardar la
ley de Dios, a hacer el bien, y a agradar a Dios, este cuerpo se vuelve extremadamente
débil, como si estuviera muerto. Por lo tanto, si tratamos de guardar la ley o de agradar
a Dios por nuestras propias fuerzas, será como arrastrar un cadáver. Cuanto más
intentamos hacer el bien, más moribundo se vuelve nuestro cuerpo. Así que, el apóstol
Pablo llama a nuestro cuerpo “el cuerpo de muerte”, es decir, la muerte que opera en
nosotros cuando tratamos de guardar la ley y agradar a Dios.

Respecto al cuerpo de pecado, que siempre es muy activo, potente y deseoso de pecar,
no necesitamos tratar de suprimirlo mediante una voluntad fuerte ni por ningún otro
medio. Romanos 6:6 nos dice que ya que nuestro viejo hombre fue crucificado con
Cristo, nuestro “cuerpo de pecado” fue anulado, es decir, fue invalidado. Ya que la
persona pecaminosa, el viejo hombre, ha sido crucificada, su cuerpo no tiene nada más
que hacer y queda desempleado.

Con respecto al cuerpo de muerte, no tenemos necesidad de arrastrarlo más con


nosotros. Ya que hemos sido regenerados como un nuevo hombre, y que hemos quedado
libres de la ley del viejo hombre, no necesitamos esforzarnos más por guardar la ley,
porque tal esfuerzo sólo traerá más muerte por medio del cuerpo caído, que es nuestra
carne. Con tal que vivamos por el nuevo hombre, con nuestro nuevo marido, es decir,
con el Cristo viviente, estaremos libres de guardar la ley y seremos librados de la carne y
de la ley del pecado que está en ella.

E. La miseria que experimenta


todo el que trata de cumplir la ley

El hombre se convirtió en carne, vendido al pecado (v. 14). En la carne del hombre no
mora el bien (v. 18), y el hombre es incapaz de vencer el pecado (vs. 15-20). En tal
situación, si el hombre trata de cumplir la ley de Dios como lo hizo Pablo,
indudablemente no obtendrá nada sino derrotas. Todo aquel que intente esto será
vencido por el pecado y llegará a ser un hombre “miserable”. El hombre caído con la ley
del pecado en su carne es un caso perdido, completamente desahuciado. Después de ser
salvos, no debemos intentar cumplir la ley de Dios ni de hacer el bien para agradar a
Dios. Si lo hacemos, ciertamente tendremos la experiencia descrita en Romanos 7 y
terminaremos siendo hombres miserables. Debemos entender que nosotros, en nuestro
viejo hombre, fuimos crucificados con Cristo, y que ahora, como el nuevo hombre,
estamos libres de la ley del viejo hombre y estamos casados con nuestro nuevo marido,
el Cristo resucitado, para así poder llevar fruto para Dios y servir al Señor en novedad
del espíritu.
ESTUDIO-VIDA DE ROMANOS
MENSAJE CATORCE

LA LIBERTAD DEL ESPÍRITU


EN NUESTRO ESPÍRITU

(1)

I. LA LEY DEL ESPÍRITU DE VIDA

En el capítulo 5 de Romanos vimos que el don que recibimos en Cristo es superior a la


herencia que tenemos en Adán; en el capítulo 6 se nos mostró nuestra identificación con
Cristo; y en el capítulo 7 encontramos la esclavitud del pecado en nuestra carne.
Romanos 8 está en contraste con Romanos 7. En Romanos 7 tenemos esclavitud, mas en
Romanos 8, libertad. En Romanos 7 tenemos la ley, y en Romanos 8, el Espíritu Santo.
En Romanos 7 tenemos la carne, mas en Romanos 8, nuestro espíritu. Así que,
Romanos 7 revela la esclavitud de la ley en nuestra carne, y Romanos 8, la libertad del
Espíritu en nuestro espíritu.

Necesitamos leer cuidadosa y atentamente Romanos 8:1-6. Leemos: “Ahora pues,


ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús. Porque la ley del Espíritu
de vida me ha librado en Cristo Jesús de la ley del pecado y de la muerte” (vs. 1-2). La
expresión la ley del Espíritu de vida se reviste de significado. En ella vemos tres
elementos que comprenden una sola entidad: la ley, el Espíritu y la vida. Estos tres
elementos son uno solo.

“Porque lo que la ley no pudo hacer, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a
Su Hijo en semejanza de carne de pecado y en cuanto al pecado, condenó al pecado en la
carne” (v. 3). El sujeto de esta oración es Dios. Él condenó al pecado en la carne de
Cristo “enviando a Su Hijo en semejanza de carne de pecado y en cuanto al pecado”.

“Para que el justo requisito de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos


conforme a la carne, sino conforme al espíritu. Porque los que son según la carne ponen
la mente en las cosas de la carne; pero los que son según el espíritu, en las cosas del
Espíritu” (vs. 4-5). Dios condenó al pecado en la carne para que los justos requisitos de
la ley pudieran cumplirse en nosotros, quienes andamos conforme al espíritu. Aquellos
que son según el espíritu ponen la mente en las cosas del Espíritu. Por favor, note que en
el versículo 5 la primera mención del espíritu se refiere a nuestro espíritu humano y que
la segunda se refiere al Espíritu Santo, lo cual quiere decir que aquellos que andan
conforme a su espíritu se ocupan de las cosas del Espíritu Santo.

“Porque la mente puesta en la carne es muerte, pero la mente puesta en el espíritu es


vida y paz” (v. 6). La mente puesta en el espíritu humano es vida y paz. Cada palabra de
Romanos 8:1-6 es preciosa; no debemos pasar por alto ninguna palabra de estos
versículos. Debido a la limitación del tiempo, sólo puedo presentar un bosquejo breve
del capítulo 8 de Romanos.

A. El Espíritu de vida

Antes de profundizar en Romanos 8, debemos considerar el glorioso y maravilloso


término que hallamos en 8:2, a saber: el Espíritu de vida. En toda la Biblia este término
es usado sólo una vez. En el libro de Romanos el término el Espíritu de vida no es
revelado sino hasta el versículo 2 del capítulo 8. Sin embargo, antes del capítulo 8
podemos encontrar varias referencias a la vida divina, eterna e increada. La primera
ocasión en que la palabra vida aparece en el libro de Romanos se encuentra en 1:17
donde dice que el justo tendrá vida y vivirá por la fe. La palabra vida en este versículo
denota la vida divina. La segunda ocasión en que aparece la palabra vida en Romanos,
se halla en 2:7, donde dice que se dará “vida eterna a los que, mediante la perseverancia
en las buenas obras, buscan gloria y honra e incorruptibilidad”. Si constantemente
buscamos a Dios, Él nos dará vida eterna. Romanos 5:10 nos dice que seremos salvos en
Su vida, y en 5:17 se afirma que, después de recibir la abundancia de la gracia y del don
de la justicia, reinaremos en vida. Romanos 5:18 menciona la justificación de vida, y
Romanos 5:21 dice que la gracia puede reinar para vida eterna. En 6:4 se nos dice que
debemos andar en novedad de vida, y en Romanos 6:22-23 leemos que la vida eterna es
el fin de la santificación, y que el don gratuito de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús
Señor nuestro. Así que, en los primeros seis capítulos de Romanos encontramos que se
hacen muchas referencias a la vida divina. La vida es la meta de la obra salvadora de
Dios. Él nos redimió, nos justificó y nos reconcilió consigo mismo para que
participáramos de Su vida. Cuando recibimos esta vida, en ella somos salvos y reinamos,
también andamos en la novedad de esta vida y somos santificados en ella.

Aunque los capítulos precedentes dicen que debemos ser salvos, reinar, andar y ser
santificados en vida, Pablo aún no explica cómo podemos lograr todo esto. ¿Cómo
podemos ser salvos y reinar en vida? ¿Cómo podemos andar en novedad de vida? ¿Y
cómo podemos experimentar la santificación en vida? Pablo no nos lo ha declarado.
Tampoco nos ha dicho la manera en que el justo tendrá vida. Aunque afirma que esta
vida procede de la fe, no lo ha explicado claramente. En Romanos, del capítulo 1 al 6,
Pablo menciona la vida en nueve ocasiones. Pero ahora, en Romanos 8:2, de repente él
une la vida con el Espíritu al mencionar el “Espíritu de vida”.

Obtenemos la vida por medio del Espíritu. Además, somos salvos en Su vida mediante el
Espíritu. Así también reinamos en vida, andamos en novedad de vida, y somos
santificados en vida por medio del Espíritu. El Espíritu de vida es la manera de lograr
todo esto. La vida pertenece al Espíritu, y el Espíritu es de vida. Estos dos elementos en
realidad son uno solo. Nunca podemos separar la vida del Espíritu, ni el Espíritu de la
vida. El Señor Jesús dijo en una ocasión: “Las palabras que Yo os he hablado son
espíritu y son vida” (Jn. 6:63). Con estas palabras el Señor Jesús relaciona el Espíritu y
la vida. Si tenemos al Espíritu, tenemos la vida; si no tenemos al Espíritu, tampoco
tenemos la vida. Si andamos en el Espíritu, andamos en vida, pero si no andamos en el
Espíritu, no andamos en novedad de vida. Así que, experimentamos la vida divina,
eterna e increada mediante el Espíritu. Ahora vemos la relación que existe entre el
capítulo 8 de Romanos y los capítulos que le preceden. Los siete capítulos anteriores nos
conducen a la vida y culminan en ella. Ahora en 8:2 nos encontramos con la vida.
Debemos prestar especial atención a la palabra vida en Romanos 8.

B. La vida cuádruple

La palabra vida se usa cuatro veces en el capítulo 8. Romanos 8:2 menciona la ley del
Espíritu de vida. Romanos 8:6 dice que la mente puesta en el espíritu es vida. Romanos
8:9-10 nos dice que si Cristo está en nosotros, nuestro espíritu es vida a causa de la
justicia. Y Romanos 8:11 dice que el Espíritu que reside en nosotros dará vida a nuestros
cuerpos mortales. La primera vez que la vida se menciona en este capítulo se relaciona
con el Espíritu Santo; la segunda vez, con nuestra mente; la tercera, con nuestro espíritu
y la cuarta, con nuestro cuerpo. Así que, Romanos 8 revela una vida cuádruple. Primero,
la vida es el Espíritu. Luego, el Espíritu entra en nuestro espíritu para lograr que éste sea
vida. Posteriormente el Espíritu se extiende de nuestro espíritu a nuestra mente para
hacer que ella sea vida. Y finalmente el Espíritu imparte esta vida en nuestros cuerpos
mortales para lograr que el cuerpo de pecado llegue a ser un cuerpo de vida. Así que,
tenemos una vida cuádruple. El enfoque de todo esto es el Espíritu Santo que mora en
nuestro espíritu. Esta vida se extenderá de nuestro espíritu a nuestra mente, y después a
toda nuestra alma, llegando aun a todos los miembros de nuestro cuerpo. Finalmente,
todo nuestro ser será lleno de esta vida, convirtiéndonos así en hombres de vida. ¿Había
usted visto esto alguna vez? Podemos llamarlo la vida cuádruple. El Espíritu es vida;
nuestro espíritu es vida; nuestra mente es vida; y aun nuestro cuerpo es vida. Así que, la
conexión entre Romanos 8 y todos los capítulos anteriores es ésta: la vida más el
Espíritu.
C. La ley del Espíritu de vida

En Romanos 8 no sólo tenemos el Espíritu de vida, sino también la ley del Espíritu de
vida. La palabra vida indica que Romanos 8 es una continuación de Romanos 6, porque
Romanos 6 concluye con la vida. La palabra ley indica que Romanos 8 es también una
continuación de Romanos 7, donde se aborda el tema de la ley. En Romanos 8 Pablo
continúa hablando acerca de la ley. En Romanos 7 él menciona tres leyes: la ley de Dios,
la ley del bien y la ley del pecado. Si solamente tuviéramos estas tres leyes, todos
tendríamos que declarar: “¡Miserable de mí!” La ley de Dios es justa, santa, buena y
espiritual. Sin embargo, cuanto más justa y santa es esta ley, más exige de nosotros.
¿Por qué es tan exigente la ley de Dios? Porque es santa, justa y buena. Si la ley fuera
mala, sus requisitos serían mínimos. No obstante, esta ley solamente exige algo de
nosotros, pero no nos suministra nada. Gálatas 3:21 indica que la ley es incapaz de dar
vida a la gente. La ley no fue dada por Dios para suplir nada al hombre, sino para exigir
algo de él. Debido a que nos creemos buenos, necesitamos que la ley nos descubra
mostrándonos que no somos buenos.

¿Recuerda las circunstancias en que la ley fue dada? Por Su gracia, Dios había sacado a
Su pueblo de Egipto. El éxodo de Egipto no fue llevado a cabo porque el pueblo guardara
la ley, sino por la gracia que Dios tuvo para con ellos al librarlos por medio de Su
redención. Cuando Dios llevó a los israelitas al monte Sinaí, quería hacer de ellos un
reino de sacerdotes (Ex. 19:3-6). Aunque el pueblo estuvo de acuerdo con esto, Dios
sabía que ellos no se daban cuenta de cuán malos eran. Por lo tanto, Dios, por medio de
Moisés, los convocó para entregarles la ley. Inmediatamente la atmósfera cambió y se
volvió en extremo amenazante. El pueblo estaba atemorizado. En medio de este
ambiente de temor, Dios entregó Su ley a los israelitas. Sin embargo, mientras la ley se
le entregaba en el monte, el pueblo fabricaba un ídolo, un becerro de oro. De manera
que, antes de que la ley fuera dada, el pueblo ya la había quebrantado. Así que, cuando
Moisés vio la situación, quebró las tablas de piedra que contenían la ley.

Somos incapaces de guardar la ley. Nunca debemos pensar que la ley nos fue dada para
que la cumpliéramos; por el contrario, deberíamos postrarnos ante el Dios de gracia y
misericordia y decir: “Señor, no soy capaz de guardar Tu ley, ni de hacer nada bueno
para agradarte”. Pablo escribió Romanos 7, donde explica la imposibilidad de la ley, con
el propósito de que llegáramos a esta conclusión. Pablo fue un escritor excelente y
profundo. Él escribió cada capítulo de la Epístola a los Romanos a la luz del Antiguo
Testamento y con un buen conocimiento del mismo.

En Romanos 7 Pablo habla acerca de la ley, mostrándonos que fuera de nosotros se


encuentra la ley de Dios con sus exigencias, que en nuestra alma está la ley del bien que
responde a la ley de Dios, y que en los miembros de nuestro cuerpo hay otra ley que
contiende contra la ley del bien de nuestra alma. Pablo nos advierte que la ley del bien
que reside en nuestra mente es débil e impotente, y que, en cambio, la ley que reside en
nuestros miembros es muy potente y rebosa de energía. Creo que Pablo era una persona
con un carácter decidido y una voluntad fuerte. Su carácter era tan fuerte que
únicamente el Señor Jesús pudo subyugarlo, tal como lo hizo cuando Pablo iba en
camino a Damasco. Pero a pesar de lo fuerte que era Pablo antes de ser salvo, jamás
pudo vencer la ley del pecado en sus miembros. Él dijo: “Porque no hago el bien que
quiero, sino el mal que no quiero, eso practico” (7:19). Luego añadió: “Mas si hago lo
que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí” (7:20). ¿Quién es el
pecado? Es Satanás mismo. La ley del pecado es, en realidad, el poder espontáneo de
Satanás. Satanás es más poderoso que todo ser humano. Nadie, ni aun Pablo, puede
vencerlo. Toda la fuerza de voluntad del hombre no significa nada para el poderoso
Satanás. Así que, si usted intenta guardar la ley de Dios, al final sólo podrá decir:
“¡Miserable de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?” Pablo usó la expresión
esta muerte. ¿Qué es la muerte? Es el resultado del poder maligno de Satanás. En
Romanos 7 encontramos dos términos que son usados como sinónimos para describir a
Satanás: “el mal” y “el pecado que mora en mí”. Satanás es tanto el pecado como el mal,
y su poder automático es la ley del pecado. Él es tan poderoso que ningún ser humano
puede vencerle. Ni aun todos los seres humanos juntos pueden derrotarlo. Pero,
¡aleluya! ¡Sí existe alguien más poderoso que este gigante maligno!

Después de Romanos 7 tenemos Romanos 8, donde se menciona la ley del Espíritu de


vida, la cual no es la ley de Dios, ni tampoco la ley del bien que está en nuestra mente;
más bien, es la ley del Espíritu de vida.

Romanos 8:2 revela que Dios llegó a ser el Espíritu de vida. Podemos decir que el
Espíritu de vida en este versículo denota al Dios procesado. Dios en Cristo pasó por un
largo proceso que incluyó la encarnación, la crucifixión, la resurrección y la ascensión.
El mismo Dios de Génesis 1 pasó por dicho proceso. Así que, Él no es más el Dios “crudo
o sin procesar” de Génesis 1. Ahora, en Romanos 8, Él es el Dios procesado.

Los víveres que usted trae del supermercado a casa son productos crudos, es decir,
necesitan ser procesados, cortados, hervidos y cocidos a fin de que podamos comerlos.
Sin pasar por tal proceso, la comida cruda no es adecuada para comer. A mí no me
agrada comer algo que no ha sido procesado. Los alimentos que se hallan en el
refrigerador están crudos, pero los platillos que están en la mesa, son alimentos que han
sido procesados.
Alabamos al Señor porque Romanos 8 no es un refrigerador, sino una mesa de
banquete. Siempre que tengamos hambre podemos comer de Romanos 8. En la mesa de
Romanos 8 tenemos al Dios procesado, porque aquí, Su nombre no es ni Jehová, ni el
Dios todopoderoso, sino el Espíritu de vida. Alabo al Señor porque mi esposa muy
seguido prepara caldo de res o de pollo. Cuando ella nota que estoy cansado,
frecuentemente me sirve un tazón de caldo. Este caldo es delicioso y fácil de ingerir.
Después de ingerirlo, todo mi ser es avivado. El Espíritu de vida es como el caldo. ¿De
dónde proviene el Espíritu de vida? Proviene de Dios, quien antes era como el pollo o la
res, pero que fue procesado y preparado en caldo. En Romanos 8, Él ya no es como el
pollo o la res; más bien, es el Espíritu de vida, fácil de ingerir. Sólo necesitamos decir:
“Oh Señor Jesús, Tú eres el Espíritu de vida. Amén. Cristo está en mí, y el espíritu es
vida. Amén. La mente puesta en el espíritu es vida. Amén. El Espíritu que mora en mí
dará vida a mi cuerpo mortal. Amén”. Si así tomamos al Espíritu de Romanos 8,
descubriremos que Él es como ese caldo.

En el Espíritu de vida también hay una ley. Esta ley no es la ley del Dios “crudo y sin
procesar” que exige algo de nosotros. Es la ley del Dios procesado, la ley del Espíritu de
vida con su rico suministro. Cuando mi esposa me sirve un tazón de caldo de pollo, ella
no me pide que cumpla ningún mandamiento. En ocasiones ni siquiera sé qué es lo que
me está sirviendo, sólo sé que es un caldo bueno para tomar. ¡Alabado sea el Señor
porque con el Dios procesado se halla la ley del Espíritu de vida! Esta ley es el principio,
el poder y la fuerza del Dios procesado. Todos debemos exclamar: “¡Aleluya!” Esta ley,
que es el poder divino y espontáneo, no se encuentra fuera de nosotros, sino en nuestro
espíritu. La ley del Dios procesado está en nuestro espíritu.

¿Qué tenemos en esta ley? ¿Cuál es la esencia de dicha ley? ¿Cuáles son sus elementos?
Los elementos de la ley del Espíritu de vida son el Espíritu divino y la vida eterna. De
manera que esta ley es poderosa y dinámica, y su poder es espontáneo. Esta ley tan
gloriosa está en nuestro espíritu.

D. Las tres clases de vida y las tres leyes

Somos personas muy complejas, pues tenemos cuatro leyes relacionadas con nosotros.
Sobre nosotros está la ley de Dios con sus exigencias. En nuestra mente está la ley del
bien que responde a la ley de Dios. En nuestro cuerpo se encuentra la ley del pecado, la
cual contiende contra la ley del bien en nuestra mente. Estas leyes se encuentran en
Romanos 7. Pero Romanos 8 nos dice que en nuestro espíritu se halla la ley del Espíritu
de vida. En total tenemos cuatro leyes: una está fuera de nosotros exigiéndonos cumplir
con sus requisitos, una reside en la mente tratando de responder a estas exigencias, otra,
en nuestro cuerpo, peleando arduamente, y una más, en nuestro espíritu
abasteciéndonos, fortaleciéndonos y venciéndolo todo.

¿Por qué somos personas tan complejas? Nuestra complejidad se debe a que hemos
pasado por tres etapas: la creación, la caída y la salvación. Fuimos creados, caímos y
finalmente fuimos salvos. Ésta es nuestra historia, nuestra biografía, la cual consiste
simplemente en nuestra creación, nuestra caída y en la salvación que recibimos de Dios.
En la creación recibimos una vida humana, la cual nos constituye seres humanos. En la
caída otra vida fue inyectada en nosotros, la vida maligna de Satanás que se introdujo en
nuestro cuerpo. Finalmente fuimos salvos, esto es, el Dios procesado como Espíritu de
vida entró a nuestro espíritu. Por lo tanto, dentro de nosotros hay tres personas:
nosotros mismos en nuestra alma, Satanás en nuestro cuerpo y el Dios procesado como
Espíritu en nuestro espíritu. Nuestro ser está formado de tres partes y en cada una de
ellas se encuentra una persona: en nuestro cuerpo mora el pecado, es decir, Satanás; en
nuestra alma mora nuestro yo; y en nuestro espíritu, mora el Dios procesado como el
Espíritu de vida.

Cada una de estas personas tiene una vida con una ley. Satanás tiene su vida satánica
con su ley maligna, la ley del pecado. Nuestro hombre natural tiene una vida creada y la
ley del bien. Y el Dios procesado como Espíritu vivificante tiene la vida divina y la ley del
Espíritu de vida. Por lo tanto, tenemos la ley maligna, la ley del bien y la ley del Espíritu
de vida, o dicho más sencillamente, la ley de vida. Esta ley se opone tanto al bien como
al mal, porque no tiene nada que ver con ellos, puesto que los dos pertenecen al árbol
del conocimiento del bien y del mal (Gn. 2:9, 17). La ley de vida ciertamente pertenece al
árbol de la vida (v. 9). Dentro de nosotros tenemos tanto el árbol del conocimiento como
el árbol de la vida. Por lo tanto, cada uno de nosotros es una miniatura del huerto del
Edén. En el huerto se encuentran el hombre (nosotros), Satanás (el árbol del
conocimiento), y Dios (el árbol de la vida). Estas tres entidades, que anteriormente
estuvieron en el huerto del Edén, están ahora dentro de nosotros. La batalla que se
libraba entre Satanás y Dios en el huerto de Edén, ahora se libra dentro de nuestro ser.
En esta batalla participan tres personas, tres vidas y tres leyes.

E. Dios está en nuestro espíritu

Hicimos notar en otras ocasiones que Dios está revelado en forma progresiva en el libro
de Romanos. En el capítulo 1, Él es Dios en Su obra de creación; en el capítulo 3, es Dios
en Su obra redentora; en Romanos 4, es Dios en Su obra de justificación; en Romanos 5,
es el Dios de reconciliación; y en Romanos 6 se revela al Dios que nos identifica consigo.
Podemos ver el proceso o progreso de Dios, de la creación a la redención, de la
redención a la justificación, de la justificación a la reconciliación, y de la reconciliación a
la identificación. Dios avanzó desde la creación hasta la identificación. En la creación
Dios estaba fuera de Sus criaturas; pero en la identificación Él nos hizo uno consigo
mismo al ponernos en Su Persona. Todos los que fuimos bautizados, fuimos puestos en
Cristo (Ro. 6:3; Gá. 3:27). Dios nos puso en Cristo, identificándonos totalmente con Él.

En Romanos 8 Dios llegó a ser el Dios que mora en nuestro espíritu. Él no sólo es el Dios
que nos identifica consigo mismo, sino también el Dios que está en nuestro espíritu. No
sólo nos hizo uno con Él, sino también Él mismo se hizo uno con nosotros. Ahora
nuestro Dios se encuentra en nuestro espíritu. ¿Qué clase de Dios es Él? Es el Dios
procesado que mora en nuestro espíritu. El Dios de la creación pasó por la redención, la
justificación, la reconciliación, la identificación, y finalmente vino a residir en nuestro
espíritu. El Dios que está en nuestro espíritu no es meramente Dios; Él se ha procesado
como el Espíritu de vida, pues el Espíritu de vida es el propio Dios procesado. Según
nuestra experiencia, nada es más agradable que esto. Ahora podemos participar
ricamente de Él.

F. El disfrute que tenemos de Cristo


como el Espíritu vivificante

Disfrutar a Dios como nuestro alimento sobre la mesa de banquete no es un concepto


que yo inventé. En los Evangelios el Señor Jesús declaró que el evangelio mismo era un
banquete. Él dijo que ya todo estaba preparado y que sólo faltaba que los convidados
fuéramos al banquete (Lc. 14:16-17). Él nos convidó a participar de la cena. Podemos
también hallar este mismo pensamiento en la parábola del hijo pródigo (15:11-32).
Cuando el hijo regresó al hogar, el padre le puso la mejor vestidura, una túnica que
representa a Cristo como nuestra justicia con miras a nuestra justificación. Cuando el
hijo regresó a casa, lucía como un mendigo lastimoso frente a un padre tan rico. No
parecía existir ninguna relación entre ellos. El padre era inmensamente rico, y el hijo era
extremadamente pobre. Así que, el padre dijo a sus siervos que tomaran la mejor
vestidura y que vistieran a su hijo. Después de que esa vestidura fue puesta sobre el hijo,
éste fue justificado ante el padre y estaba a la par de él. El hijo ya era como el padre,
pues había sido justificado y aprobado. Cristo como justicia cubría al hijo que había
regresado. Aunque esto dejó satisfecho al padre, el hijo podría haberle dicho: “Padre, yo
no me preocupo tanto por la túnica como por satisfacer mi estómago vacío. Padre, tengo
hambre. Tú estás satisfecho, pero yo no lo estoy”. Ésta fue la razón por la cual el padre
dijo a los siervos que mataran el becerro gordo, que lo prepararan y que lo sirvieran a la
mesa. El padre dijo: “Comamos y regocijémonos”. ¿Quién es este becerro gordo? Es
Cristo, quien fue procesado en la cruz hace más de mil novecientos años. Después de
que Él fuera procesado en la cruz, llegó a ser el Espíritu vivificante en resurrección (1 Co.
15:45).
¿Dónde está Cristo hoy? ¿A dónde se fue después de ser procesado y haber pasado por la
muerte y la resurrección? Indudablemente, Él fue a los cielos. Sin embargo, si solamente
estuviera en los cielos, sería imposible que los creyentes pudieran comer de Él. Los
cielos se encuentran muy lejos. Pero Cristo no sólo está en los cielos (Ro. 8:34), sino
también en nosotros (8:9), incluso en nuestro espíritu (2 Ti. 4:22). La mesa del
banquete se encuentra en nuestro espíritu. Después de que Cristo fue procesado, Él llegó
a ser el Espíritu vivificante. El Cristo procesado es ahora el Espíritu (2 Co. 3:17). Él entró
a nuestro espíritu como vida y como el suministro de vida para dársenos como nuestro
disfrute.

Éste no es mi concepto. Aunque Cristo es vida, es difícil para Él darnos tal vida. ¿Quién
es el que nos da vida? El Espíritu es el que da vida (Jn. 6:63; 2 Co. 3:6). Cristo es vida,
pero el Espíritu es el que nos imparte a Cristo como vida. Sin el Espíritu, Cristo podría
ser vida, pero Cristo como la vida no podría ser impartido a nosotros. Pero como
Espíritu, Cristo sí puede impartirse a nosotros como vida. Hoy, después de haber sido
procesado, el propio Cristo es el Espíritu vivificante. Ahora en nuestro espíritu podemos
disfrutar a este maravilloso Espíritu. Nunca se olvide de que Cristo es Dios mismo,
Jehová el Salvador, Dios con nosotros. Cristo es Dios, y este Cristo, después de haber
sido procesado, es ahora el Espíritu vivificante. Tenemos que disfrutarle en Su plenitud
como tal Espíritu. Nuestro espíritu regenerado es la mesa del banquete, y el Cristo
procesado es nuestro alimento. Él no es el alimento en forma físico, pero sí como el
Espíritu. Nuestro alimento es el Espíritu. ¡Qué rico Espíritu es éste! Todo lo que
necesitamos —la divinidad, la humanidad, el amor, la luz, la vida, el poder, la justicia, la
santidad y la gracia— se encuentra en el Espíritu. Ciertamente el capítulo 8 de Romanos
es la mesa del banquete.
ESTUDIO-VIDA DE ROMANOS
MENSAJE QUINCE

LA LIBERTAD DEL ESPÍRITU


EN NUESTRO ESPÍRITU

(2)

En este mensaje continuaremos nuestro estudio sobre Romanos 8:1-6. Ya vimos que
Romanos 8 presenta un acentuado contraste con Romanos 7. En Romans 7 vemos la
esclavitud o servidumbre de la ley en nuestra carne, y en Romanos 8 vemos la libertad
del Espíritu en nuestro espíritu. Al llegar al capítulo 8, dejamos la esclavitud de la carne
y llegamos a la libertad en el Espíritu.

II. LA LIBERTAD DE LA LEY


DEL ESPÍRITU

A. Ahora no hay ninguna condenación

Al final de Romanos 7 Pablo clamó: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de
esta muerte?” (v. 24). Pablo empezó el capítulo 8, diciendo: “Ahora, pues, ninguna
condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (v. 1). En el libro de Romanos
vemos dos clases de condenación: la objetiva, que viene de Dios, y la subjetiva, que viene
de nosotros mismos. Vemos la condenación objetiva en los primeros capítulos de
Romanos, por ejemplo en 3:19, donde dice que toda boca se cierre y todo el mundo
quede bajo el juicio de Dios. Así que, la condenación objetiva es el resultado de estar
bajo el justo juicio de Dios. Este tipo de condenación lo resuelve completamente la
sangre redentora de Cristo, porque esta sangre nos salvó del juicio de Dios.

1. La condenación para los que no están en Cristo

La condenación interna y subjetiva se encuentra en el capítulo 7. Cuando Pablo clamó:


“¡Miserable de mí!”, él no estaba experimentando la condenación que venía de Dios,
sino la condenación que provenía de sí mismo, esto es, la autocondenación de uno que
trata de guardar la ley de Dios. Esta condenación viene de la persona misma, y no de
Dios. Cuanto más intentemos hacer el bien y cumplir la ley, más condenación tendremos
en nuestro interior. Si usted es una persona descuidada y nunca se esfuerza por hacer el
bien, no experimentará este tipo de condenación. Pero si usted dice: “Debo ser una
persona recta e intachable”, sufrirá la condenación que proviene de su interior. Cuanto
más usted procure mejorar su conducta, más autocondenación habrá en usted. La
condenación que vemos en Romanos 7 es la de una persona que no está en Cristo,
aunque también la experimentan muchos creyentes que intentan guardar la ley después
de ser salvos. Este tipo de condenación no viene de Dios. Dios diría: “Hijo necio, no es
Mi deseo que tengas ese tipo de condenación sobre ti mismo; tú te buscas ese tipo de
problemas”. Muchos cristianos, a pesar de haber resuelto el problema de la condenación
objetiva, se han creado para sí mismos el problema de la condenación interna. Algunos
llegan a sentirse tan condenados que aun pierden el apetito y el sueño. He oído de
algunos que incluso llegan a desarrollar problemas mentales por causa de dicha
condenación subjetiva. Algunos hermanos se condenan a sí mismos severamente por no
amar a su esposa, y algunas esposas se condenan por no amar a su esposo. Finalmente,
la sensación de la condenación subjetiva llega a tal extremo que algunos aun
experimentan desordenes mentales. Tales personas se encuentran bajo un enorme peso
de autocondenación.

2. Ahora en Cristo no hay ninguna condenación

Pablo, después de clamar acerca de su miseria al final del capítulo 7, declaró


victoriosamente: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo
Jesús”. Esto quiere decir que lo que él experimentó en el capítulo 7 no era la experiencia
que se tiene en Cristo. Pero sin Cristo, o aparte de Él, Pablo luchó basado en la ley del
bien en su mente, esforzándose por guardar la ley y agradar a Dios; pero fue
completamente derrotado por la ley del pecado. Esto ocurrió antes de que él estuviera
en Cristo. Así que, Pablo se condenó a sí mismo. Él tenía una profunda convicción de la
condenación interna y subjetiva. Pero “ahora”, “en Cristo Jesús”, no existe más esta
clase de condenación. Pablo ya no tenía condenación porque en Cristo no tenía la
obligación de guardar la ley por sí mismo, un esfuerzo que producía en él la
autocondenación; además, en Cristo tenía la ley del Espíritu de vida, una ley que es
mucho más poderosa que la ley del pecado y que lo había librado de la ley del pecado.
Más aún, Pablo no tenía condenación, no debido a la sangre redentora de Cristo que
eliminó la condenación objetiva, sino debido a la ley del Espíritu de vida que había
introducido la libertad del Espíritu en su espíritu, eliminando así toda su condenación
subjetiva; y, finalmente, Pablo no tenía condenación porque había sido librado tanto de
la ley de Dios como de la ley del pecado.

B. La libertad de la ley del Espíritu de vida

En Romanos 8 Pablo no dice que no hay condenación en Cristo porque la sangre de


Jesús le ha limpiado. Esta clase de condenación no se soluciona con la sangre de Cristo.
Somos libres de la condenación subjetiva, no por causa de la sangre de Cristo que nos
limpia, sino por causa de la propia ley que nos libra. Hay una ley que nos libra de la
condenación interior. Esta ley tiene un enorme poder sobre cualquier otra ley. Aunque
tenemos la ley de Dios que actúa fuera de nosotros imponiéndonos mandamientos, la
ley del bien que reside en nuestra mente y que concuerda con la ley de Dios, y la ley del
pecado que está en nuestros cuerpos, batallando contra la ley del bien y venciéndola,
todavía debemos alabar al Señor porque en nuestro espíritu mora la ley del Espíritu de
vida. Ninguna otra ley puede vencer a ésta. ¿Quién puede vencer al Espíritu de vida?
Nada ni nadie puede vencerlo. Esta ley del Espíritu de vida es el poder espontáneo del
Espíritu de vida. Ésta es la ley más poderosa de todo el universo. Ésta es la ley que ahora
está en nosotros y que es capaz de hacernos libres.

¿Cómo nos libra la ley del Espíritu de vida? Lo hace de una forma extraordinaria. En la
antigüedad, de acuerdo con el método de guerra antiguo, los soldados sitiados por las
tropas enemigas debían luchar hasta el final. En las guerras modernas no es así. Si nos
encontramos rodeados por el enemigo, no necesitamos pelear hasta morir; tenemos la
opción de ser rescatados por vía aérea. Así que, podemos decir a Satanás: “Satanás,
comparado conmigo tú eres poderoso, pero, ¿no sabes que yo tengo a un Dios
maravilloso que está tanto en mi espíritu como en los cielos? Tal vez me es difícil para
mí ir a los cielos, pero para Él es muy fácil. Él no solamente está en mí, sino también en
los cielos. Satanás, no tengo necesidad de pelear contra ti, sólo me basta con decir:
‘Alabado sea el Señor’ y de inmediato estoy en el tercer cielo. Satanás, tú y tu ejército
están bajo mis pies, y yo estoy libre”.

Si usted piensa que esto no es más que una simple teoría, permítame explicárselo
prácticamente. Supongamos que hay una hermana que desea someterse a su esposo
conforme a Efesios 5. Ella dirá: “Amo esta palabra. Es muy dulce y santa. Quiero
someterme a mi esposo”. Esto es sólo el ejercicio mental de su esfuerzo por cumplir el
mandamiento dado en Efesios 5. No obstante, cuando ella se resuelve a practicar esto,
algo extraño sucede. Parece que todo el ambiente en torno suyo cambia, y ocurre algo
totalmente opuesto a la sumisión. Su esposo, que siempre era amable y tierno con ella,
en la misma mañana en que ella decide someterse a él, se vuelve muy hostil. Con gran
desilusión ella no logra cumplir el mandamiento. Entonces Satanás viene contra ella,
sitiándola y atacándola. Cuanto más ella trata de contener la irritación que siente por
causea de la conducta de su esposo, más se enoja, hasta que finalmente se le acaba la
paciencia y pierde el control. Todo su esfuerzo e intento ha sido en vano. Esta hermana
es derrotada por haber usado la estrategia equivocada. Cuando nos veamos rodeados
por el enemigo, debemos desistir de todo intento de pelear por nuestros propios
esfuerzos, y decir: “¡Alabado sea el Señor! ¡Amén!” E inmediatamente trascenderemos y
estaremos por encima de toda la situación. Los enemigos, incluso los que nos irritan,
quedarán bajo nuestros pies. Si usted no cree esto, le pido que haga la prueba. Esta
estrategia funciona, y es la más “moderna” y prevaleciente arma contra el enemigo.
Como resultado de esto, habrá alabanza y no condenación. ¿Por qué hay alabanza y
liberación en lugar de condenación? Porque la ley del Espíritu de vida nos libra de la ley
del pecado y de la muerte.

Para las dos diferentes clases de condenación hay dos soluciones distintas. La sangre del
Cristo crucificado da solución a la condenación objetiva, y el Espíritu de vida, o sea el
Cristo procesado como el Espíritu vivificante, el cual está en nuestro espíritu, pone fin a
la condenación subjetiva. Cuando experimentemos la condenación subjetiva, sólo
necesitamos alabar al Señor, e inmediatamente trascenderemos a dicha condenación.
En ese momento, no debemos orar, porque cuanto más oremos, más condenación
experimentaremos. Tampoco debemos decir: “Señor, aplico Tu sangre”. Eso no es el
remedio para esa clase de situación. Hacer esto equivaldría a recetar la medicina
equivocada para cierta enfermedad. Cuando nos encontramos bajo la condenación
subjetiva, necesitamos al Espíritu de vida. “Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo
Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte”.

1. En Cristo

Esta experiencia no la tenemos aparte de Cristo, sino exclusivamente en Cristo. Sólo en


Cristo, y no en Adán ni en nosotros mismos, tenemos al Espíritu de vida, quien es Cristo
mismo como Espíritu vivificante que mora en nuestro espíritu. En Cristo nuestro
espíritu ha sido vivificado con Él mismo como vida. Ya que estamos en Cristo, el
Espíritu de vida, quien es Cristo mismo, mora en nuestro espíritu y se mezcla con éste
haciendo de los dos uno solo. En Cristo tenemos nuestro espíritu vivificado, la vida
divina y al Espíritu de vida. En Cristo, estas tres entidades —nuestro espíritu, la vida
divina y el Espíritu de vida— son mezclados como una sola entidad. En Cristo y con esta
entidad mezclada, se encuentra este poder espontáneo, que es la ley del Espíritu de vida,
el cual continuamente nos libra de la ley del pecado y de la muerte al andar nosotros
conforme al espíritu mezclado.

2. Una experiencia diaria

Esta experiencia no es una vez y para siempre; más bien, debe ser una experiencia diaria
y continua. Día tras día y momento tras momento necesitamos vivir en el espíritu
mezclado, andar conforme a este espíritu y fijar nuestra mente en este maravilloso
espíritu, olvidando nuestros intentos de guardar la ley de Dios y de hacer el bien para
agradar a Dios. Pues desde el momento en que volvamos a nuestra vieja y habitual
manera de esforzarnos por hacer el bien, inmediatamente nos aislaremos de la poderosa
ley del Espíritu de vida. Debemos acudir al Señor pidiéndole que nos conceda
permanecer siempre en nuestro espíritu, para que así podamos disfrutar de la libertad
de la ley del Espíritu de vida.

C. La imposibilidad relacionada con la ley

Romanos 8:3 dice: “Porque lo que la ley no pudo hacer, por cuanto era débil por la
carne, Dios, enviando a Su Hijo en semejanza de carne de pecado y en cuanto al pecado,
condenó al pecado en la carne”. Este versículo dice que hay una imposibilidad
relacionada con la ley, refiriéndose no a la ley del Espíritu de vida, en la cual no existe
ninguna imposibilidad, sino a la ley de Dios que está fuera de nosotros. Existe una
imposibilidad relacionada con la ley de Dios porque esta ley es débil por causa de la
carne. La carne es el factor de debilidad que produce la imposibilidad mencionada en
Romanos 8:3.

El sujeto de Romanos 8:3 es Dios. Dios envió a Su Hijo en semejanza de carne de


pecado, y en cuanto al pecado, condenó al pecado en la carne. Este versículo es el más
profundo de Romanos 8 y es muy difícil de entender.

¿Qué es la “carne de pecado”? La carne de pecado es nuestro cuerpo. La “carne de


pecado” de 8:3 se relaciona con la expresión el cuerpo de pecado mencionado en 6:6,
donde se nos dice que nuestro viejo hombre fue crucificado con Cristo para que “el
cuerpo de pecado” sea anulado. ¿Por qué nuestro cuerpo es llamado “el cuerpo de
pecado” y “carne de pecado”? Porque, como vimos en Romanos 7, el pecado mora en
nuestro cuerpo. Por cuanto nuestro cuerpo es el lugar donde reside el pecado, es
llamado “el cuerpo de pecado”. Debido a que nuestro cuerpo se convirtió en un cuerpo
caído, es llamado “la carne”, esto es, “la carne de pecado”.

Nuestra debilidad en cuanto a guardar la ley de Dios se debe al cuerpo de pecado.


Nuestro cuerpo es extremadamente débil en guardar la ley de Dios. Aunque nuestra
mente desea guardarla, nuestro cuerpo no tiene la capacidad para hacerlo, pues es
debilitado y paralizado por el pecado. El pecado es semejante a la poliomielitis que
paraliza y deja lisiados los cuerpos de los niños. De igual manera nuestros cuerpos
humanos fueron paralizados por el pecado. Este cuerpo de pecado es el factor básico de
nuestra debilidad para cumplir la ley de Dios. Romanos 8:3 dice que la ley de Dios era
débil por causa de la carne. ¿Por qué se ha vuelto débil la ley de Dios? Por causa de la
carne. La ley de Dios nos impone mandamientos, pero el cuerpo de los pecadores es
incapaz de cumplirlos porque dentro de dicho cuerpo se encuentra el pecado, el factor
debilitante.
Aunque el cuerpo de pecado o la carne de pecado es extremadamente débil en guardar la
ley de Dios, sí es poderoso para cometer pecado. A menos que usted cuente con la
misericordia y la gracia del Señor, es difícil que asista a las reuniones de la iglesia.
Cuando se dispone a ir a la reunión de oración, tal vez diga: “No dormí bien anoche y
tengo dolor de cabeza. Me siento muy cansado para asistir a esta reunión”. Pero, si
alguien lo invita a ir al cine, el cuerpo de pecado se llena de energía y de poder. Así que,
nuestro cuerpo es débil en relación con la ley de Dios, pero muy poderoso para cometer
pecado. Por lo tanto, por causa de nuestro cuerpo de pecado, la ley de Dios es débil.

D. El pecado fue condenado

Debido a que la ley es débil por causa del cuerpo de pecado, ¿qué hizo Dios con respecto
a esto? ¿Cómo enfocó Dios este problema? La ley de Dios nos presenta exigencias, pero
fue debilitada por causa de la carne. El problema no reside en la ley misma, sino en el
pecado y en la carne de pecado. El pecado es el transgresor, y la carne de pecado es su
ayudante. Los dos trabajan juntos. Para resolver este problema, Dios tuvo que hacer
algo con respecto al pecado y también a la carne. Aunque el problema principal es el
pecado y no la carne, Dios tenía que terminar con ambos.

¿Cómo lo logró? Dios lo hizo de una manera tan maravillosa que las palabras humanas
no nos alcanzan para explicarlo adecuadamente. Dios resolvió el problema enviando a
Su Hijo “en semejanza de carne de pecado”. Dios fue muy sabio. Él sabía que no debía
enviar a Su Hijo como la carne misma de pecado, porque si Él hubiera hecho eso, Su
Hijo se habría involucrado con el pecado. Por lo tanto, Él envió a Su Hijo únicamente
“en semejanza de carne de pecado”, tipificado por la serpiente de bronce levantada por
Moisés en el desierto (Nm. 21:9) y mencionada por el Señor Jesús en Juan 3:14, cuando
dijo: “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del
Hombre sea levantado”, indicando que la serpiente de bronce tipificaba a Él mismo,
cuando Él fue a la cruz en nuestro lugar. Cuando Dios vio a Jesús clavado en la cruz, Él
estuvo en la forma de la serpiente. ¿Quién es la serpiente? Satanás. ¿Qué es el pecado
que fue inyectado en el cuerpo del hombre, transmutándolo así en carne de pecado? Es
la naturaleza misma de Satanás. Así que la expresión la carne de pecado en realidad
significa la carne con la naturaleza de Satanás. La Biblia dice que Jesús, el Hijo de Dios,
se hizo carne (Jn. 1:14). Sin embargo, esto de ninguna manera significa que Jesús se hizo
carne adquiriendo así la naturaleza de Satanás, porque en Romanos 8:3 se afirma que Él
fue enviado “en semejanza de carne de pecado”, lo cual indica que Jesús sólo tomó la
“semejanza de carne” pero no su naturaleza pecaminosa. Además, en 2 Corintios 5:21,
en referencia a Cristo, se nos dice: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo
pecado...” Aunque este versículo dice claramente que Cristo fue hecho pecado, esto no
significa que Él fuera pecaminoso en Su naturaleza. Él tomó sólo la “semejanza de carne
de pecado”. La serpiente de bronce tenía la forma de la serpiente, pero no el veneno de
la misma. Tenía la forma serpentina sin su naturaleza. Cristo fue hecho pecado
solamente en forma, pero dentro de Él no había pecado (5:21; He. 4:15). Él no tenía
nada que ver con la naturaleza del pecado. Sólo fue hecho en la forma de la serpiente,
“en semejanza de carne de pecado”, y todo esto lo hizo por nosotros.

Juan 12:31 dice: “Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será
echado fuera”. Cuando el Señor Jesús declaró estas palabras, se refería a la muerte que
iba a sufrir en la cruz, afirmando que el tiempo de Su crucifixión sería también el tiempo
del juicio de Satanás, porque éste es el príncipe de este mundo cuyo juicio fue anunciado
por el Señor en Juan 12:31. El Señor Jesús fue colgado en la cruz, pero a los ojos de Dios,
ahí Satanás fue juzgado. Por lo tanto, Hebreos 2:14 dice que, mediante la muerte de
Cristo, Dios destruyó a aquel que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo,
Satanás. Cristo destruyó a Satanás por medio de Su muerte en carne sobre el madero.
En la cruz Cristo “en semejanza de carne de pecado” no sólo quitó el pecado como
substituto de los pecadores, sino que también destruyó por completo a Satanás, el
diablo, al ser crucificado en la forma de la serpiente.

Debido a la carne de pecado, la ley de Dios era débil. Por lo tanto, Dios tenía que
terminar con la carne y con el pecado. Así que, Él envió a Su Hijo “en semejanza de
carne de pecado”, es decir, en la forma de la serpiente. Cristo llevó la carne a la cruz y la
crucificó allí. Todos los seres del mundo espiritual, tanto los ángeles como los espíritus
malignos, conocen el significado de esto. Cuando entremos a la eternidad, miraremos
hacia atrás y diremos: “Ahora entiendo cómo Satanás fue aniquilado por medio de la
carne de Cristo en la cruz”. Satanás fue exterminado y totalmente destruido por medio
de la misma carne de la cual Cristo se vistió, porque dicha carne era en la forma de la
serpiente. Cuando la carne fue crucificada sobre el madero, Satanás fue completamente
destruido.

Romanos 8:3 no sólo dice que Dios envió a Su Hijo “en semejanza de carne de pecado”,
sino que también lo envió “en cuanto al pecado”. Algunas versiones interpretan la
última expresión como una referencia a la ofrenda por el pecado, traduciéndola como
“una ofrenda por el pecado”. Aunque esta interpretación no es equivocada, no transmite
adecuadamente el pensamiento de Pablo. Aquí Pablo nos dice que Dios envió a Su Hijo
no solamente “en semejanza de carne de pecado”, sino también “en cuanto al pecado”,
esto es, para resolver todo lo relacionado con el pecado a fin de condenar el pecado y
todo lo que se relacione con éste. Todo lo tocante al pecado fue condenado en la carne de
Cristo sobre la cruz. Nunca debemos olvidarnos de que el pecado es la naturaleza misma
de Satanás. La naturaleza de Satanás, es decir, el pecado, estaba en la carne, y Cristo se
vistió de esta carne en la cual moraba el pecado, que es la naturaleza misma de Satanás.
Luego Cristo llevó esta carne a la cruz y la crucificó allí. De esta manera fue condenado
tanto el pecado como Satanás.

Satanás estaba deseoso por entrar en el cuerpo del hombre y se alegró al hacerlo,
convirtiéndolo así en la carne, pues con esto consiguió un lugar de alojamiento. Pero por
muy astuto que sea Satanás, nunca podrá superar a Dios en sabiduría. Dios es mucho
más sabio que el maligno, pues envió a Su Hijo “en semejanza de carne de pecado”
donde moraba Satanás y condenó la carne de pecado en la cruz. Era como si Satanás
hubiera pensado: “Ahora es el momento de entrar en el cuerpo del hombre”. Pero no se
dio cuenta de que ese cuerpo era una trampa. Cuando Satanás fue atraído por el cebo,
quedó atrapado. Podemos usar el ejemplo de una ratonera. Es difícil atrapar un ratón
porque es muy veloz y siempre huye. Pero podemos ponerle un poco de cebo en la
ratonera. Entonces el ratón entrará en la ratonera, atraído por ese cebo. Finalmente
queda atrapado, y entonces fácilmente el hombre puede eliminarlo. De la misma forma,
Satanás fue atrapado y destruido en la carne de Cristo en la cruz. Dios, al atrapar a
Satanás de esta manera, solucionó dos problemas de una vez. Dios resolvió el problema
del pecado, cuya naturaleza y fuente era Satanás, y el problema de la carne. ¡Alabado sea
el Señor!

E. Cumplido fue el justo requisito de la ley

Romanos 8:4 dice: “Para que el justo requisito de la ley se cumpliese en nosotros, que no
andamos conforme a la carne, sino conforme al espíritu”. El hecho de que el versículo
anterior concluye con una coma, indica que lo realizado en ese versículo es para el
versículo siguiente. Dios condenó el pecado en la carne para que el justo requisito de la
ley pudiera ser cumplido en nosotros. Había una imposibilidad en cuanto a la ley de
Dios por causa de la carne. Por lo tanto, Dios envió a Su Hijo “en semejanza de carne de
pecado” y condenó así al pecado, resolviendo de esta manera el doble problema: el
pecado y la carne, para que el justo requisito de la ley pudiera ser cumplido en nosotros.
“Nosotros” se refiere a aquellos que “no andan conforme a la carne, sino conforme al
espíritu”. Los escritos de Pablo son maravillosos. En 8:2 él menciona al Espíritu Santo,
pero en 8:4 no se refiere sólo al Espíritu Santo, sino sobre todo al espíritu humano. El
Espíritu Santo es el Espíritu de vida, y el espíritu humano, donde reside el Espíritu
Santo y con el cual éste está mezclado, es el mismo espíritu conforme al cual andamos.
El Espíritu Santo de vida está en nuestro espíritu humano. Si andamos conforme a este
espíritu mezclado, cumpliremos espontáneamente todos los justos requisitos de la ley.
No es necesario que por nuestros propios esfuerzos guardemos la ley. La ley del Espíritu
de vida cumple espontáneamente los requisitos de la ley.

F. La mente es la clave
El siguiente versículo nos ofrece una explicación adicional: “Porque los que son según la
carne ponen la mente en las cosas de la carne; pero los que son según el espíritu, en las
cosas del Espíritu”. Después que Pablo menciona al Espíritu de vida y la mezcla que se
da entre el espíritu humano y el Espíritu Santo, hace referencia a la mente.
Anteriormente la había mencionado en Romanos 7:25, donde dijo: “Así que, yo mismo
con la mente sirvo a la ley de Dios...” Las palabras yo mismo con la mente indican que
en el versículo 25 la mente era independiente. Pero la mente mencionada en el capítulo
8 es diferente, pues es una mente puesta en las cosas del Espíritu. En Romanos 7 la
mente actúa en forma independiente, pero en Romanos 8 la mente se vuelve al espíritu
y depende de él sin actuar más por su propia cuenta.

La mente ocupa la posición de una esposa. La forma más sabia en que una esposa puede
vivir es no actuar independientemente; al contrario, debe acudir a su esposo. Si la
esposa tiene dificultades, no debe hacer frente a dicha dificultad por sí misma, sino
dejarla en manos de su esposo. En Romanos 7 la mente era completamente
independiente, era como una esposa que toma el papel de un esposo. Pero en Romanos
8 la mente mantiene su posición de esposa y no actúa más por su propia cuenta, sino
que siempre acude al esposo. En Romanos 8 la mente dice: “Querido esposo espíritu,
¿qué debo hacer?” Y el esposo espíritu responde: “Querida esposa, tú no tienes que
hacer nada; yo me encargaré personalmente de la situación”. Los capítulos 7 y 8 de
Romanos nos muestran que la misma mente puede tomar dos actitudes diferentes. En el
capítulo 7 la mente actúa en forma independiente, tomando y asumiendo
equivocadamente la posición de un esposo. Pero en el capítulo 8 la mente toma el papel
de esposa, manteniendo su debida posición y acudiendo a su esposo, el espíritu, para
depender totalmente de él.

Concluimos con 8:6, donde leemos: “Porque la mente puesta en la carne es muerte, pero
la mente puesta en el espíritu es vida y paz”. En este versículo vemos que aun la mente
puede ser vida. La mente que actúa en forma independiente es incapaz de guardar la ley
de Dios, pero la mente puesta en el espíritu es vida y paz. Esta mente está llena de
disfrute y descanso. La paz nos da el descanso, y la vida produce el disfrute. Cuando la
mente está puesta en el espíritu, no hay derrota, condenación, ni sentimientos
negativos, sino sólo vida y paz, disfrute y descanso. La mente que por sí misma es
incapaz de guardar la ley de Dios, puede convertirse en una mente llena de vida y paz al
ocuparse del espíritu.

Esto no sólo es una teoría, sino una realidad en el sentido práctico. Si usted lo pone en
práctica, lo comprobará por su propia experiencia. Pablo no escribió Romanos 8
basándose en una teoría, sino conforme a su experiencia. Es fácil que la ley sea cumplida
espontáneamente. De hecho, no es necesario que lo hagamos por nuestro propio
esfuerzo, porque cumpliremos la ley espontánea e inconscientemente. Aunque no
tengamos la intención de cumplir la ley, descubriremos que la cumplimos
espontáneamente. Tal vez usted no se haga el propósito de amar a su esposa, pero aun
así la amará espontáneamente. Es posible que no decida someterse a su esposo, pero
descubrirá que se somete a él absolutamente sin darse cuenta de ello. El hecho de
cumplir los requisitos de la ley espontánea y automáticamente se lleva a cabo al poner la
mente en el espíritu.

Tanto en 7:25 como en 8:6, la mente, ya sea si actúa independientemente o si depende


del espíritu, representa a la persona misma. Así que, cuando la mente actúa
independientemente del espíritu, quiere decir que la persona actúa por sí misma, sin
depender del espíritu. Pero cuando la mente depende del espíritu, la persona no actúa
confiando en sí misma, sino que se apoya en el espíritu. Por lo tanto, poner la mente en
el espíritu significa que todo nuestro ser descansa en este espíritu y actúa conforme a él.
Puesto que Cristo ahora es el Espíritu vivificante que mora en nuestro espíritu como
nuestra vida y nuestro todo, no debemos actuar más por nosotros mismos en
conformidad con nuestra mente independiente. Al contrario, debemos poner nuestra
mente en el espíritu haciéndola uno con él, y actuar, andar y vivir conforme al espíritu
para que podamos ser librados de la ley del pecado y no seamos más dominados por la
carne, sino que espontáneamente cumplamos los justos requisitos de la ley de Dios. Esto
es ser librados de la ley del pecado y de la muerte por la ley del Espíritu de vida en
Cristo. Esto es también disfrutar al Cristo que mora en nosotros tomándolo como
nuestra vida y nuestro suministro de vida.
ESTUDIO-VIDA DE ROMANOS
MENSAJE DIECISÉIS

LA LIBERTAD DEL ESPÍRITU


EN NUESTRO ESPÍRITU

(3)

III. CRISTO EL ESPÍRITU MORA EN EL CREYENTE

Aunque en Romanos 8:1-6 vemos claramente la libertad del Espíritu de vida, es difícil
descubrir el pensamiento central de los siguientes siete versículos. Sin embargo, si
profundizamos en lo que se trata en este pasaje, veremos que aquí Pablo trata de
advertirnos que otro elemento aparte del pecado está alojado en nosotros. En 7:20 Pablo
dijo: “Mas si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí”.
Por lo tanto, Romanos 7 pone de manifiesto el pecado que mora en el hombre. Como
hemos visto, Romanos 8 presenta un agudo contraste a lo que se halla en Romanos 7.
En Romanos 7 se halla la esclavitud, pero en Romanos 8, la libertad. En Romanos 7
tenemos la ley, y en Romanos 8 tenemos al Espíritu. Romanos 7 habla de nuestra carne,
mientras que Romanos 8 habla de nuestro espíritu. Además, en Romanos 7 se ve el
pecado que mora en nosotros, pero ¿qué es lo que mora en nosotros en Romanos 8?
Cristo es el que mora en nuestro ser. En Romanos 7 el pecado que mora en nuestra
carne es el factor principal de nuestra miseria humana. Pero en Romanos 8 el Cristo que
mora en nuestro interior es el factor de toda bendición.

Si Cristo no fuera el Espíritu, nunca podría morar en nosotros. Él tiene que ser el
Espíritu para poder vivir en nosotros. En los versículos 9 y 10 encontramos tres títulos
que son sinónimos y que se usan intercambiablemente: “el Espíritu de Dios”, “el
Espíritu de Cristo” y “Cristo”. Además, el versículo 11 se refiere al Espíritu que mora en
el creyente. Estos sinónimos demuestran que Cristo es este Espíritu. Indudablemente,
“el Espíritu de Dios” mencionado en el versículo 9 es “el Espíritu de vida” del versículo
2. Después que Pablo menciona “el Espíritu de Dios”, él habla acerca del “Espíritu de
Cristo” y de “Cristo” mismo. Luego, en el versículo 11, se refiere al Espíritu que mora en
el creyente. Esto quiere decir que “el Espíritu de Dios” es “el Espíritu de Cristo”, y que
“el Espíritu de Cristo” es “Cristo” mismo. Por lo tanto, el Espíritu que mora en el
creyente es Cristo mismo. Él es “el Espíritu de vida”, “el Espíritu de Dios”, y también “el
Espíritu de Cristo”, quien mora dentro de nosotros para impartirse a Sí mismo como
vida en nuestro ser. Cristo no sólo imparte vida a nuestro espíritu (v. 10), sino también a
nuestra mente (v. 6) y a nuestro cuerpo mortal (v. 11). Por lo tanto, Cristo ahora es vida
en el Espíritu Santo (v. 2), en nuestro espíritu (v. 10), en nuestra mente (v. 6) y aun en
nuestro cuerpo mortal (v. 11). Cristo es vida en Su riqueza cuádruple.

Aunque el libro de Romanos ha estado en mis manos por años, sólo recientemente he
visto que Cristo es la vida cuádruple. Cristo es vida para nosotros con Sus riquezas
intensificadas cuatro veces. Él no es solamente vida en el Espíritu Divino y en nuestro
espíritu humano, sino también en nuestra mente. Además, Cristo también puede ser
vida en nuestro cuerpo mortal. En otras palabras, Él es la vida en Dios como también la
vida en el pueblo de Dios. Ésta es la idea principal de Romanos 8:7-13. El punto central
aquí consiste en que Cristo como Espíritu que mora en nosotros, es vida para nuestro
ser en una riqueza cuádruple. Él es sumamente rico. Cristo sustenta nuestro espíritu,
suministra a nuestra mente e incluso vivifica nuestro cuerpo mortal. Esta vida, que es
Cristo mismo, es la vida que disfrutamos hoy. Que el Señor nos revele plenamente este
hecho, no sólo de una manera doctrinal, sino en nuestra propia experiencia. Todos
debemos ver que nuestro Cristo es el Espíritu que mora en nosotros como la vida que
tiene esta riqueza cuádruple.

A. La carne

Romanos 8:7 dice: “Por cuanto la mente puesta en la carne es enemistad contra Dios;
porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede”. Este versículo subraya que
nuestra carne es un caso perdido y que si la mente está puesta en la carne, también es un
caso perdido. Todo aquello que es uno con la carne no tiene ninguna esperanza. No
piense que su carne puede ser santificada. Esto es imposible. La carne es carne, y toda
carne está completamente desahuciada. No ponga ninguna esperanza en su carne, pues
ésta jamás podrá ser mejorada. Dios tomó una firme decisión de que la carne fuera
terminada porque es completamente corrupta. Dios juzgó a la generación de Noé con el
diluvio porque toda esa generación se convirtió en carne (Gn. 6:3). Cuando aquella
generación se convirtió en carne, Dios la dio por desahuciada. Él consideró que era
imposible rescatarla, recobrarla o mejorarla. Es como si Dios dijera: “Esta generación no
tiene remedio; debo ponerla completamente bajo Mi juicio”. El juicio del diluvio fue un
juicio ejecutado sobre la carne. Fue sólo cuando el hombre se convirtió en carne que
Dios ejerció Su juicio sobre este hombre que fue carne. Por lo tanto, nunca diga que su
carne puede ser mejorada, ni tampoco debe creer que su carne hoy es mejor que antes
de que usted fuese salvo. Sea salvo o no el hombre, la carne sigue siendo carne; ésta no
tiene remedio, y todo lo que se relaciona con ella tampoco tiene remedio.

Pablo dijo que “la mente puesta en la carne es enemistad contra Dios”. La carne está en
enemistad contra Dios, y la mente que se ocupa de ella también lo está. La mente puesta
en la carne no se sujeta a la ley de Dios. Es imposible para dicha mente sujetarse a la ley
de Dios, aun si quisiera hacerlo. De manera que, el veredicto sobre la carne es definitivo.
Se ha dado fin a la carne y a todo lo relacionado con ella.

Pablo continúa este pensamiento en Romanos 8:8: “Y los que están en la carne no
pueden agradar a Dios”. En tanto estemos en la carne, no podremos agradar a Dios.
Jamás debemos decir que nuestra carne es buena. En los versículos 7 y 8 vemos cuatro
puntos, a saber: la carne está en enemistad contra Dios; no se sujeta a la ley de Dios; no
puede sujetarse a ella; y es incapaz de agradar a Dios. Ésta es la verdadera condición de
la carne.

B. Cristo el Espíritu mora en el creyente

“Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora
en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él” (v. 9). Muchos
versículos de las Epístolas comienzan con la maravillosa palabra pero. ¡Aleluya por el
“pero”! En nuestra historia necesitamos muchos “peros” como éste. Nuestra experiencia
debe ser tal que podamos decir: “Oh, yo me encontraba muy decaído esta mañana...,
‘pero’. Yo soy muy débil..., ‘pero’. Yo no tengo ninguna posibilidad de vencer..., ‘pero’”.
Pablo dice: “Pero vosotros no estáis en la carne...” Nunca debemos decir que nuestra
carne es buena y que por eso permanecemos en ella. No debemos permanecer en la
carne, porque ésta ya ha sido condenada. Si una casa ha sido vedada por el gobierno, es
ilegal seguir viviendo en ella. De igual forma, la carne ha sido completamente
condenada por Dios, y no debemos permanecer en ella, argumentando que ha mejorado.
No debemos estar en la carne, sino en el espíritu, el cual es el espíritu humano mezclado
con el Espíritu divino.

1. El Espíritu de Dios mora en el creyente

Existe una condición que debemos cumplir para poder estar en el espíritu, a saber, que
el Espíritu de Dios more en nosotros (v. 9). La palabra morar en realidad significa
“hacer hogar”. Estamos en el espíritu si el Espíritu de Dios mora, o hace Su hogar, en
nosotros. Aunque usted sea salvo, tal vez el Espíritu de Dios todavía no haya hecho Su
hogar en usted. Esto explica la razón por la cual usted aún no está en el espíritu. Aunque
el Espíritu de Dios esté en usted, tal vez usted no le haya dado completa libertad para
que haga Su hogar ampliamente en su ser. Si éste es el caso, Él aún no mora en usted.
Por ejemplo, si usted me invita a su casa, esto no quiere decir que tengo la libertad de
hacer hogar en ella. Yo me encuentro en su casa como un invitado, y por eso no tengo
permiso para establecerme allí. De igual manera, el Espíritu de Dios está en nosotros,
pero es posible que no le demos la libertad de hacer Su hogar en todo nuestro ser. Él es
un invitado, pero no el dueño. Si el Espíritu de Dios tiene la libertad de hacer Su hogar
en nosotros, estableciéndose ampliamente, entonces cumpliremos el requisito para estar
en el espíritu y no en la carne. Sin embargo, si el Espíritu de Dios no tiene el suficiente
espacio para alojarse libremente en nosotros, permaneceremos en la carne y no en el
espíritu.

2. El Espíritu de Cristo mora en el creyente

El versículo 9 dice: “Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él”.


Inmediatamente “el Espíritu de Dios” es cambiado a “el Espíritu de Cristo”. Nadie puede
negar que esto indica que “el Espíritu de Dios” es “el Espíritu de Cristo”, y que “el
Espíritu de Cristo” es “el Espíritu de Dios”. Pablo dice: “Y si alguno no tiene el Espíritu
de Cristo, no es de Él”. Si usted se da cuenta de que el Espíritu de Dios aún no ha hecho
Su hogar en usted, no se desanime por esto. No debe decir: “En vista de que el Espíritu
de Dios no ha hecho Su hogar en mí, renuncio a todo”. Aunque el Espíritu de Dios no
more libremente en usted, aun así usted tiene el Espíritu de Dios, el cual es el Espíritu
de Cristo. Si usted tiene al Espíritu de Cristo, usted es de Cristo. ¿No es usted de Cristo?
Todos debemos declarar: “¡Aleluya, yo soy de Cristo!” El Espíritu de Cristo sí está en
nosotros, y nosotros somos de Cristo. Sin embargo, el hecho de que el Espíritu de Dios,
quien es el Espíritu de Cristo, more en nosotros y nosotros en el espíritu, depende de
que el Espíritu de Cristo haga Su hogar en nuestro ser, o sea, que tome posesión de todo
nuestro ser interior.

3. Cristo mora en el creyente

El versículo 10 dice: “Pero si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo está muerto a
causa del pecado, el espíritu es vida a causa de la justicia”. Aquí dice que Cristo está en
nosotros. En el versículo 9 tenemos “el Espíritu de Dios” y “el Espíritu de Cristo”. Pero
ahora, en el versículo 10 tenemos a “Cristo” mismo. Esto ciertamente demuestra que
“Cristo” es “el Espíritu de Dios” y el “Espíritu de Cristo”. Todos debemos reconocer esto.
Cristo como Espíritu está en nosotros. Ésta es una verdad maravillosa. ¿Dónde estaba
Cristo en Romanos 3? Él estaba en la cruz, derramando Su sangre para nuestra
redención. ¿Dónde estaba en el capítulo 4? Él estaba en resurrección. Pero ya en el
capítulo 8 Cristo está en nosotros. En el capítulo 6 nosotros estamos en Cristo, pero en
el capítulo 8 Cristo está en nosotros. Estar en Cristo es un aspecto, pero el hecho de que
Cristo esté en nosotros, es otro. Primero permanecemos en Cristo, y luego Él permanece
en nosotros (Jn. 15:4). Como resultado de que nosotros permanezcamos en Cristo, Él
permanece en nosotros, pues permanecer en Cristo es el requisito. ¡Alabado sea el Señor
porque Cristo está en nosotros! Cristo se ha forjado en nuestro ser. Él ha pasado por un
proceso de tal modo que ahora está en nosotros. Este Cristo tiene que permanecer en
nosotros y allí hacer Su hogar.

a. El pecado que reside en el hombre


trae muerte a su cuerpo

Aunque Cristo está en nosotros, nuestro cuerpo aún permanece en muerte por causa del
pecado. Algunos, después de leer el mensaje anterior donde hicimos notar que Dios
condenó al pecado en la carne, podrían decir: “Ya que Dios condenó al pecado, éste ya
no puede obrar más. Nuestro cuerpo no está más en muerte, sino que ahora está vivo”.
Éste no es el entendimiento correcto de lo que Pablo dijo en estos versículos. Aunque es
verdad que Dios condenó al pecado en la carne, éste sigue morando en nuestro cuerpo,
así que nuestro cuerpo continúa en muerte. Existen muchos argumentos sobre este
asunto. Algunos dicen que ya que Dios condenó al pecado en la cruz, éste ya fue
anulado, y los creyentes no pueden pecar más. Otros incluso dicen que después que
somos salvos, el pecado es erradicado o desarraigado de nuestro ser. La escuela que se
ciñe a la erradicación del pecado, enseña que cuando somos salvos, la raíz del pecado
dentro de nosotros es desarraigada. Todos aquellos que siguen esta enseñanza creen que
el pecado fue erradicado de toda persona salva.

Hace aproximadamente cuarenta años, en Shanghái, había un predicador que enseñaba


enfáticamente la erradicación del pecado. Les aseguraba a las personas que después de
ser salvas, de ninguna manera podían pecar. Un día este predicador y otros jóvenes que
seguían sus enseñanzas fueron al parque municipal de Shanghái. Para entrar a ese
parque era necesario pagar la entrada. Este hombre compró tres o cuatro entradas, y
con éstas entraron todos los que iban con él, que eran cinco. ¿Cómo fue que entraron
todos? Primero algunos de ellos entraron al parque usando los boletos. Luego uno de
ellos salió del parque y le dio los mismos boletos a los que no habían comprado. Así,
finalmente todos entraron. De esta forma pecaminosa el predicador introdujo con él a
todos sus discípulos a aquel parque. Como resultado de esto, uno de los jóvenes empezó
a dudar de la enseñanza de la erradicación del pecado. Él se preguntó: “¿Qué estamos
haciendo? Decimos que el pecado ha sido erradicado por completo de nosotros, ¿pero
qué es esto?” Finalmente este joven se acercó al predicador y le hizo esta pregunta: “¿No
fue esto un pecado?” El predicador le contestó: “No, esto no fue pecado, sólo fue una
pequeña debilidad”. No importa qué término usemos, el pecado es pecado. Aunque
usted pueda llamarlo de otra forma, de todos modos sigue siendo pecado. Nunca acepte
una enseñanza que le diga que hemos llegado a ser tan espirituales y santos que es
imposible que pequemos. Si aceptamos tal doctrina, seremos engañados, y el resultado
será nuestra ruina.
El Señor Jesús lo cumplió todo en la cruz, pero nosotros experimentamos el efecto de
este hecho sólo al estar en el espíritu. De hecho, estamos incluidos en todo lo que Cristo
realizó en la cruz, o sea, somos partícipes de ello. Éste es un hecho glorioso. Sin
embargo, aún nos falta hacerlo nuestra experiencia. El pecado que reside en nuestro
cuerpo fue plenamente resuelto por la cruz de Cristo, pero ¿cómo podemos
experimentar este hecho? Solamente al estar en el espíritu. El Espíritu de Cristo es
inclusivo. Todo lo que Cristo es, hizo, logró y obtuvo, está en el Espíritu todo-inclusivo.
Así que, si hemos de experimentar todo lo que es nuestro en Cristo, necesitamos tener la
experiencia personal de estar en el Espíritu. El Espíritu todo-inclusivo es el que nos
transmite todo lo que tenemos en Cristo.

No nos conviene apartarnos del Espíritu por ningún motivo. Día tras día, a todas horas,
y aun en todo momento, necesitamos estar en el Espíritu. Uno no debe decir: “Anoche
pasé un tiempo maravilloso con el Señor, así que ahora soy más santo que los ángeles y
todos mis problemas se han resuelto”. Aunque puede haber tenido tal experiencia por
un breve momento la noche anterior, si no permanece en el Espíritu todo-inclusivo,
puede descender tan bajo como al mismo infierno. Nunca debemos decir que por haber
recibido cierta visión o revelación, o por haber tenido una experiencia en particular,
ahora somos tan santos que no podemos tener ningún problema. Al declarar esto, es
posible que tarde o temprano nos hallemos en una situación miserable.

Una figura adecuada para tipificar al Espíritu es el aire. Necesitamos el aire


constantemente para respirar. No podemos decir: “En la mañana respiré
profundamente, tomé una gran porción de aire fresco. Ahora me encuentro lleno de ese
aire y no necesito respirar más”. Nunca debemos dejar de respirar ni podemos
prescindir del aire. Jamás pensemos que como ya respiramos profundamente una vez,
no necesitamos respirar más. Si dejamos de respirar, ciertamente moriremos en unos
cuantos minutos. Experimentar al Espíritu de vida es semejante a respirar. Necesitamos
respirar en todo momento. De la misma manera, necesitamos permanecer en el Espíritu
vivificante, pues una vez que nos apartemos de Él, ciertamente moriremos. No digamos
que ya somos muy aptos y que tenemos mucha experiencia, pues siempre debemos ser
refrescados y renovados. No me importa cuánto tiempo tenga de ser salvo, o por cuánto
tiempo haya experimentado las riquezas del Señor, lo único que me importa es
permanecer en el Espíritu. Tengo que estar en el Espíritu de una manera fresca e
instantánea. El Espíritu vivificante es como el aliento, y debemos inhalarlo
incesantemente.

b. El Cristo que mora en nosotros


imparte vida a nuestro espíritu
Aunque Cristo está en nosotros, nuestro cuerpo aún está muerto por causa del pecado.
El pecado que reside en nosotros ha traído muerte a nuestro cuerpo. Sin embargo, no
debemos preocuparnos por el cuerpo de muerte, porque nuestro espíritu regenerado es
vida a causa de la justicia. El Cristo que mora en nosotros imparte vida a nuestro
espíritu mediante la justicia. Esta justicia es la justicia de Dios, la cual es Cristo mismo.
Cristo es primeramente nuestra justicia, y luego, por causa de esto, viene a ser nuestra
vida. Cuando el hijo pródigo regresó a casa, a su padre, él no era apto para sentarse a la
mesa con su padre y participar del becerro gordo. Él todavía no estaba vestido
apropiadamente con la mejor túnica, la cual tipifica a Cristo como la justicia de Dios, la
que nos cubre y nos capacita para sentarnos con el Padre y disfrutar a Cristo como vida.
Primero debemos tener a Cristo como nuestra justicia. Luego, bajo esta justicia,
cubiertos por esta “túnica justa”, ya tenemos cumplidos todos los requisitos necesarios
para poder disfrutar a Cristo como nuestra vida. Si Cristo está en nuestro espíritu,
nuestro espíritu es vida debido a que Cristo es nuestra justicia. Ahora no sólo el Espíritu
de Dios es vida; aun nuestro espíritu regenerado es vida. El Espíritu, que es Cristo
mismo, es ahora vida en nuestro espíritu. Por lo tanto, nuestro espíritu llega a ser vida.
El Cristo que mora en nosotros ha impartido vida a nuestro espíritu.

C. La vida se imparte al creyente

Romanos 8:11 dice: “Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en
vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros
cuerpos mortales por Su Espíritu que mora en vosotros”. El Espíritu en este versículo es
el Espíritu de resurrección. Hemos visto que nuestro espíritu es vida (v. 10), y que
nuestra mente también es vida (v. 6). Ahora llegamos a la última parte de nuestro ser,
nuestro cuerpo mortal. Nuestro cuerpo está moribundo. Sin embargo, la vida es
impartida aun a este cuerpo mortal. Nuestro cuerpo también puede participar de esta
vida, ser sustentado con ella, y recibir la provisión de dicha vida mediante el Espíritu
que mora en nosotros. Indudablemente, este Espíritu es el Cristo resucitado (1 Co.
15:45; 2 Co. 3:17). Cristo, en calidad de Espíritu que mora en nosotros, imparte
constantemente esta vida a cada parte de nuestro ser.

Un ejemplo excelente de esta realidad es la electricidad. Aunque se haya instalada en un


edificio la red eléctrica, la corriente de electricidad puede ser interrumpida. Cristo, el
Espíritu vivificante, se instaló en nuestro ser como electricidad celestial. No obstante,
sólo una pequeña parte de nuestro ser le permite fluir libremente; la mayor parte no
está abierto a Él, sino que lo estorba. Por ejemplo, es posible que nuestras emociones
constituyan un gran estorbo para Cristo. Por eso, le es difícil a Cristo impartirse como
vida en nuestras emociones. Debemos orar: “Señor, toca mis emociones. Penetra mis
emociones para que puedas impartirte como vida en ellas”. Necesitamos esta clase de
experiencia. No debemos tomar esto como una simple enseñanza o una mera doctrina;
más bien, debemos ponerlo en práctica. Si lo practicamos, descubriremos que Cristo
como vida está ahora en nuestro espíritu esperando la oportunidad para extenderse a
cada área y rincón de nuestro ser. Él desea penetrar hasta las partes más recónditas de
nuestro ser. Si nos abrimos a Cristo, Él se impartirá como vida aun a nuestros cuerpos
mortales y hará de nosotros personas llenas de las riquezas de Su vida. Él llegará a ser
en nosotros una vida cuádruple, logrando así que nuestro espíritu, nuestra mente y
nuestro cuerpo sean vivientes.

D. Nuestra cooperación

Romanos 8:12 dice: “Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que
vivamos conforme a la carne”. Este versículo también demuestra que después que
somos salvos aún existe la posibilidad de seguir viviendo conforme a la carne. Si esto no
fuera así, entonces ¿por qué Pablo nos recuerda que ya no somos deudores a la carne?
Debemos exclamar: “¡Aleluya! Ya no soy deudor a la carne. Ya no le debo absolutamente
nada ni tengo ninguna obligación para con ella. He sido totalmente eximido y liberado
de ella. He sido completamente liberado de esta desahuciada carne. No soy más deudor
de la carne ni tengo por qué vivir más conforme a ella”.

1. Al no vivir más conforme a la carne

Pablo continúa: “Porque si vivís conforme a la carne, habréis de morir, mas si por el
Espíritu hacéis morir los hábitos del cuerpo, viviréis” (8:13). Aquí Pablo se refiere a las
personas salvas. Por lo tanto, este versículo es una prueba adicional de que, aunque una
persona sea salva, todavía puede vivir según la carne. Si vivimos conforme a la carne,
habremos de morir. Por supuesto, la clase de muerte que se menciona aquí no es física,
sino espiritual. Si usted vive según la carne, habrá de morir en su espíritu. Sin embargo,
si por el Espíritu hace morir los hábitos del cuerpo, es decir, si los mata o los crucifica,
entonces vivirá. Esto significa que usted vivirá en su espíritu. Este versículo se relaciona
con el versículo 6, donde vemos que la mente puesta en la carne es muerte, pero que la
mente puesta en el espíritu es vida. Vivir conforme a la carne primordialmente significa
poner la mente en la carne, y del mismo modo, fijar la mente en la carne significa vivir
conforme a la misma. Para hacer morir los hábitos del cuerpo, debemos poner nuestra
mente en el espíritu y andar conforme al mismo.

Veamos el ejemplo de una hermana que va de compras. En la tienda ella ve cierto


artículo que cuesta 12.99 dólares. Esta hermana razona de la siguiente manera: “Yo gano
1,200 dólares mensuales. Gastar $12.99 en ropa no significa nada. El Señor no es pobre;
Él es muy rico. La semana pasada yo ofrendé 250 dólares para el salón de reunión de la
iglesia. ¿Qué tiene de malo gastar $12.99? Ciertamente el Señor es muy benevolente”.
Cuanto más ella razona, más muerte experimenta. Mientras ella está pensando de esta
manera, su espíritu está cada vez más reprimido. Ella puede tratar de justificarse,
diciendo: “No debo ser tan religiosa, lo que estoy haciendo no tiene nada de malo”. Sin
embargo, cuanto más trata de sustentar su espíritu, más éste decae. De manera que,
cuando viene a la reunión lo único que puede hacer es esforzarse por mantener la
imagen de hermana espiritual. Pero aunque ella grite: “Aleluya”, no tiene vida y está
vacía, lo cual muestra que está muerta en su espíritu. Aunque experimenta la muerte en
su espíritu, no se arrepiente inmediatamente. La siguiente semana ella averigua si aquel
artículo de vestir todavía está disponible. Después de todo, lo compra y lo trae a su casa.
Para entonces ella no sólo está muerta, sino que aun su espíritu ha sido puesto en un
ataúd, y está listo para ser sepultado. Al asistir a la reunión de la iglesia, no tiene fuerza
ni siquiera para exclamar un “aleluya” formal. Ella asiste a las reuniones, pero se sienta
allí como un cadáver. Uno de los ancianos dice a otro: “¿Qué le pasará a esta hermana?
Hace dos meses estaba muy viviente. ¿Tendrá algún problema? Tal vez algo suceda en
su matrimonio?” Pero no es necesario un problema de tal dimensión como un problema
matrimonial para ponerla en un ataúd. Simplemente comprar un vestido al precio de
$12.99 fue suficiente para matar el espíritu de la hermana. Ella permanece en esta
condición hasta que un día, por la misericordia del Señor, se arrepiente.

Todos debemos revisar nuestra propia experiencia. Si al pensar en cierto asunto, no


tenemos paz en nuestro espíritu, debemos dejar de pensar en ello. Quitemos la mente de
aquello que le roba paz a nuestro espíritu. Cuando intentamos razonar y nos sentimos
vacíos en nuestro espíritu, debemos detenernos y volver la mente al espíritu. En ese
momento debemos decir: “Oh Señor Jesús, rescátame. Señor, libra mi mente de este
pensamiento que me trae muerte”. Al hacerlo, inmediatamente hallamos reposo, alivio,
satisfacción y aun nuestro espíritu es fortalecido. Mientras tengamos paz, alivio y
satisfacción interior, tendremos un indicio de que nuestra mente está puesta en la
dirección correcta. Pero si no tenemos paz, alivio ni satisfacción y, por el contrario, nos
sentimos confusos, vacíos e inquietos, sabremos que nos hemos desviado hacia la
muerte espiritual. Si éste es el caso, inmediatamente debemos volver nuestra mente al
espíritu.

En Romanos 8 no encontramos enseñanzas. Simplemente se nos dice que debemos


andar conforme al espíritu. ¿Cómo podemos andar según el espíritu? Ocupándonos de
la mente y fijándola siempre en la dirección correcta. La mente no debe estar dirigida
hacia nada externo, sino hacia nuestro interior; no hacia las compras sino hacia el
espíritu. Si fijamos la mente en el espíritu, andaremos conforme al espíritu. De esta
forma, disfrutaremos a Cristo y participaremos plenamente del Espíritu todo-inclusivo.
Entonces, automática e inconscientemente cumpliremos con los justos requisitos de la
ley de Dios (v. 4). Día tras día tendremos el disfrute de Cristo como nuestra vida
cuádruple. Lo único que debemos hacer es tener cuidado de lo que preocupa nuestra
mente. ¿Dónde está puesta su mente ahora? ¿En qué dirección está? Necesitamos decir:
“Señor, ten misericordia de mí, concédeme Tu gracia para que mi mente siempre esté
dirigida hacia Ti y puesta en mi espíritu”.

2. Al hacer morir los hábitos del cuerpo

Si tenemos la mente puesta en nuestro espíritu, haremos morir nuestra carne. Al poner
la mente en el espíritu, automáticamente hacemos morir todos los hábitos de nuestro
cuerpo. Esto es “crucificar la carne” (Gá. 5:24). Cuando deseamos ir de compras,
nuestros pies quieran ir, pero es posible que nuestro espíritu diga: “Quédate en la cruz”.
Esto es hacer morir o crucificar los hábitos del cuerpo. Como resultado,
experimentamos la muerte de Cristo. La verdadera experiencia genuina de ser
crucificados juntamente con Cristo, se obtiene al hacer morir los hábitos del cuerpo por
medio del Espíritu. Esta experiencia no se tiene una vez y para siempre, sino que
requiere un ejercicio constante y diario. Debemos hacer morir todo hábito del cuerpo
volviendo nuestra mente al espíritu y fijándola en él. Ésta es la manera de andar
conforme al espíritu (Ro. 8:4).

La palabra andar incluye todo nuestro vivir: lo que decimos, lo que hacemos y adonde
vamos. Cuando fijamos constantemente la mente en el espíritu, todo nuestro andar
estará en conformidad con el espíritu. Esta clase de vida puede llamarse la vida santa, la
vida victoriosa o la vida gloriosa. No importa cómo la llamemos, esta vida será la
expresión del Cristo que mora en nosotros como nuestra vida cuádruple. Ésta es la
experiencia que necesitamos en la vida de iglesia.
ESTUDIO-VIDA DE ROMANOS
MENSAJE DIECISIETE

LA SANTIFICACIÓN EN VIDA

Antes de llegar a la sección sobre la glorificación, tengo la carga de dar un mensaje


adicional sobre la santificación en vida.

LA JUSTICIA, LA SANTIDAD Y LA GLORIA DE DIOS

Pablo era un escritor excelente, y sus pensamientos eran muy profundos. En el libro de
Romanos, Pablo primero presenta el tema de la condenación y luego continúa con la
justificación, la santificación y la glorificación. En todo lo que Dios hace con nosotros, Él
siempre tiene presente tres de Sus atributos divinos: Su justicia, Su santidad y Su gloria.
Dios es justo, Dios es santo y es un Dios de gloria. La justicia se relaciona con los hechos
de Dios, con Sus caminos, Sus actos y Sus actividades. Todo lo que Dios hace es justo. La
santidad es la naturaleza de Dios; no se trata de la conducta de uno, sino de su propia
naturaleza. Así como la madera es la naturaleza de una mesa, y el papel, la de un libro,
así también la santidad es la naturaleza de Dios. Los hechos de Dios se rigen por la
justicia, y Su naturaleza, por la santidad; pero, ¿qué es la gloria? La gloria es la
expresión de Dios. Cuando Dios se expresa, se ve la gloria. Por lo tanto, en la justicia
vemos los caminos de Dios; en la santidad vemos Su naturaleza; y en la gloria vemos Su
expresión. Tres de las secciones de Romanos —las que tratan sobre la justificación, la
santificación y la glorificación— fueron escritas en conformidad con estos tres atributos
divinos: la justificación que está en conformidad con la justicia de Dios, la santificación
que está en conformidad con la santidad de Dios, y la glorificación que está en
conformidad con la gloria de Dios.

En la primera etapa de la salvación que Dios nos otorga, participamos de la justicia de


Dios. Ésta es la justificación en la que obtenemos la justicia de Dios. En la segunda etapa
nos encontramos en el proceso de la santificación, en el cual Dios forja Su naturaleza
divina en nosotros. En la justificación, la justicia de Dios es contada como nuestra, pero
no es forjada en nosotros. Pero, en la santificación que Dios realiza en nosotros, Su
santidad es forjada en nuestro ser. Aunque externamente ya obtuvimos la justicia de
Dios y participamos de ella, nos hace falta que la santidad de Dios sea forjada
internamente en nuestro ser. La segunda etapa de la salvación que Dios nos otorga
consiste en que Dios forje Su naturaleza divina en nuestro ser.
A fin de efectuar esto, Dios pasó por un proceso y se hizo disponible a nosotros como el
Espíritu de vida (8:2). Antes de ser procesado, Él no estaba disponible para efectuar la
obra subjetiva de la santificación. Antes de pasar por este proceso, Él había creado todo
el universo, pero no pudo entrar en Su criatura. Aunque Él podía hacer muchas cosas
fuera de nosotros, no pudo entrar en nosotros, sino hasta que hubo pasado
completamente por los procesos de encarnación, crucifixión y resurrección. Habiendo
sido procesado, Él llegó a estar disponible para nosotros en calidad de Espíritu de vida.
Ahora, como el aire que se puede respirar (Jn. 20:22), Él fácilmente entra en nosotros.
Dios, como Espíritu de vida, el Espíritu que está tan disponible para nosotros, entró en
nuestro espíritu y lo hizo vida. Ya que Cristo, el Espíritu vivificante, está en nosotros,
nuestro espíritu es vida a causa de la justicia (8:10). Es por medio de la regeneración que
el Señor ha hecho que nuestro espíritu sea vida. Ahora, el Señor, quien es el Espíritu de
vida que está en nuestro espíritu, se está extendiendo de nuestro espíritu a nuestra
alma, es decir, a nuestra mente, a nuestra parte emotiva y a nuestra voluntad.
Finalmente, Él se extenderá a nuestro cuerpo mortal. Ésta es la forma en la que Dios nos
satura consigo mismo. Esta saturación es llamada la santificación. Es por medio de esta
saturación que Dios se forja a Sí mismo con Su naturaleza santa en todo nuestro ser, es
decir, en nuestro espíritu, en nuestra alma y en nuestro cuerpo (1 Ts. 5:23). Así que, con
Su naturaleza santa Él completamente impregnará y santificará todo nuestro ser.
Actualmente nos encontramos en este proceso de santificación, que es la segunda etapa
de la salvación que Dios nos otorga.

En la próxima etapa seremos arrebatados y glorificados, lo cual será la redención de


nuestro cuerpo. La glorificación es la etapa en la que nuestro cuerpo vil será
transfigurado en un cuerpo glorioso (Fil. 3:21). En ese tiempo seremos inmersos
completa y absolutamente en el propio Dios que es nuestra gloria. Entonces seremos
plenamente glorificados.

La primera etapa de la obra salvadora de Dios, la justificación, se relaciona con nuestro


espíritu. La segunda etapa, la santificación, principalmente tiene que ver con nuestra
alma y efectúa una pequeña cantidad de saturación en nuestro cuerpo. Y la tercera
etapa, la glorificación, se relaciona principalmente con nuestro cuerpo físico. En
Romanos 8:10 Pablo dice que si Cristo está en nosotros, nuestro espíritu es vida a causa
de la justicia, lo cual quiere decir que en la etapa de la justificación realizada por Dios
hemos obtenido la justicia. Por medio de esta justicia nuestro espíritu ha sido vivificado
y en realidad llega a ser vida. Sin embargo, la vida divina aún no ha saturado nuestra
alma. Por lo tanto, necesitamos cooperar con el Cristo que mora en nuestro interior al
poner nuestra mente en el espíritu, lo cual permitirá que el Espíritu de vida sature
nuestra mente consigo mismo. Entonces nuestra mente será vida. Si continuamos
cooperando con este Dios que nos satura y se propaga, Él se extenderá desde nuestro
espíritu hasta nuestro cuerpo mortal. Entonces, sólo necesitaremos esperar el tiempo en
que nuestro cuerpo sea introducido plenamente en Su gloria, lo cual será nuestra
glorificación.

Ahora podemos entender por qué Pablo escribió Romanos en el orden en que lo hizo,
presentando primero la justificación, después la santificación y, por último, la
glorificación. Estas tres secciones abarcan las tres etapas de la salvación completa y
corresponden a las tres partes de nuestro ser. En la justificación nuestro espíritu es
vivificado; en la santificación nuestra alma es hecha vida; y en la glorificación aun
nuestro cuerpo estará lleno de vida. Cuando este proceso se haya completado, no sólo
seremos justificados y santificados, sino también glorificados. Actualmente nos
encontramos en el proceso de la santificación. Ésta es la razón por la cual tengo la carga
de dar este mensaje acerca de la santificación en vida. Aunque usted nunca haya oído la
expresión santificación en vida, es un hecho innegable.

Desde el inicio del libro de Romanos hasta el versículo 13 del capítulo 8, se presentan
dos temas principales: la justificación y la santificación. En la justificación Dios nos
concede Su justicia, la cual es Cristo mismo. Dios ha hecho a Cristo justicia para
nosotros. Sin embargo, esto es un hecho objetivo, porque la justicia es Cristo como
nuestra cubierta. Por lo tanto, la justicia es objetiva; es semejante a un techo que nos
protege. Pero en la segunda etapa, la santificación, Dios forja a Cristo en nosotros para
hacer que Él sea nuestra santificación subjetiva. Finalmente, todo nuestro ser será
saturado con la naturaleza santa de Dios. En esto consiste la santificación en vida.

LA VIDA Y LA SANTIFICACIÓN EN ROMANOS

En los primeros siete y medio capítulos de Romanos la palabra vida se usa muchas
veces. La finalidad de esta vida es la santificación, pues es por ella que Cristo nos
impregna, nos satura e infunde la naturaleza santa de Dios en nosotros, haciéndonos
santos en nuestra manera de ser. En otros libros de la Biblia se menciona la
santificación que se efectúa mediante la sangre, y se nos dice que la sangre de Cristo nos
ha santificado (He. 13:12). Sin embargo, en el libro de Romanos no encontramos este
aspecto de la santificación. En Romanos no tenemos la santificación objetiva que se
efectúa mediante la sangre, sino la santificación subjetiva que se realiza en la vida
divina. Así que, este mensaje trata de la santificación en vida. Por eso, necesitamos leer y
analizar algunos versículos relacionados con la vida.

En Romanos 1:4 Pablo dice que Cristo “fue designado Hijo de Dios con poder, según el
Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos”. El “Espíritu de santidad”
aquí mencionado está en contraste con la “carne” mencionada en 1:3. Tal como ésta se
refiere a la naturaleza humana de Cristo, así también el Espíritu que se menciona en este
versículo alude a la esencia divina de Cristo, la cual es “la plenitud de la Deidad” (Col.
2:9), y no a la persona del Espíritu Santo de Dios. Esta esencia divina de Cristo, Dios el
Espíritu mismo (Jn. 4:24), está constituida de santidad y llena de la naturaleza y de la
calidad de ser santo. Cristo tiene dos naturalezas: la humana y la divina. Cada
naturaleza tiene esencia. La esencia de Su naturaleza humana, Su humanidad, es carne;
y la esencia de Su divinidad es el Espíritu de santidad. De manera que, el Espíritu de
santidad aquí mencionado es la esencia divina de la persona de Cristo. Esta esencia es la
santidad.

La última parte de 1:17 declara: “Mas el justo por la fe tendrá vida y vivirá”. ¿Con qué
propósito tendremos vida? La tendremos para nuestra santificación. Aunque ya estamos
justificados, todavía necesitamos la vida divina para ser santificados, esto es, para que la
naturaleza santa de Dios sea forjada en nuestro ser. Esto es la santificación.

En 5:10 Pablo dice que “seremos salvos en Su vida”. No somos salvos en Su vida para ser
justificados, pues Su muerte ya efectuó nuestra justificación. Aunque ya obtuvimos la
justificación mediante la muerte de Cristo, aún nos hace falta ser santificados en Su vida
salvadora. Por lo tanto, la finalidad de ser salvos en vida no es la justificación, sino,
principalmente, la santificación.

En 5:17 se habla de reinar en vida. Aquí Pablo dice: “Reinarán en vida por uno solo,
Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia”. Hemos
recibido la justicia objetivamente, pero aún no tenemos la santidad subjetivamente.
Necesitamos reinar en vida a fin de obtener la santidad subjetiva para nuestra
santificación. Por lo tanto, la vida mencionada en este versículo se necesita para una
etapa adicional de la salvación, a saber, la santificación.

En 5:21 Pablo dice que “... la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante
Jesucristo, Señor nuestro”. La gracia reina por la justicia para vida eterna, pero ¿con qué
propósito? Puesto que este versículo se encuentra en la sección sobre la santificación,
debemos deducir que la gracia reina por la justicia para vida eterna con el objetivo
principal de santificarnos.

Romanos 6:4 dice que “como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así
también nosotros andemos en novedad de vida”. No andamos en novedad de vida para
ser justificados, sino para ser santificados, como lo indican los versículos 19 y 22 con las
palabras para santificación. Luego, en 6:5 leemos: “Porque si ... hemos crecido
juntamente con Él en la semejanza de Su muerte, ciertamente también lo seremos en la
semejanza de Su resurrección”. Este versículo habla del crecimiento, el cual se tiene sólo
por la vida. Hemos crecido juntamente con Cristo en la semejanza de Su muerte, y ahora
estamos creciendo con Él en la semejanza de Su resurrección, es decir, “en novedad de
vida”. Este crecimiento con Cristo en novedad de vida también tiene como fin principal
la santificación.

Cuando predicamos el evangelio de una manera adecuada y viviente, el Cristo viviente


es transfundido en otros. Las personas no sólo reciben la capacidad para creer, sino que
también al creer reciben la semilla de la vida. Cuando bautizamos a los recién
convertidos, en ese bautismo la semilla de vida dentro de ellos crece juntamente con
Cristo. Esto es precisamente lo que Pablo quiso decir en Romanos 6:5. Cuando
bautizamos a cada persona recién convertida, la semilla de vida sembrada en ella crece
juntamente con Cristo en la semejanza de Su muerte, esto es, en “el bautismo”. De ahí
en adelante esa persona recién convertida debe crecer juntamente con Cristo en la
semejanza de Su resurrección, esto es, “en novedad de vida”. Por lo tanto, desde que
Cristo es sembrado en dicha persona, ella debe empezar a crecer en vida. Este
crecimiento no se relaciona con la justificación, sino principalmente con la santificación.

Ahora debemos leer 6:11: “Así también vosotros, consideraos muertos al pecado, pero
vivos para Dios en Cristo Jesús”. Podemos traducir este versículo como “viviendo para
Dios en Cristo Jesús”. Debemos considerarnos de esta manera: estamos en Cristo y
vivimos para Dios. Esto significa que después de ser justificados, empezamos a vivir
para la santificación.

Romanos 6:19 dice que debemos “presentar [nuestros] miembros como esclavos a la
justicia para santificación”. Así como anteriormente presentamos nuestros miembros
como esclavos a la inmundicia para iniquidad, ahora se nos requiere que los
presentemos como esclavos a la justicia para santificación. La santificación no implica
solamente un cambio de posición, es decir, que uno es separado de una posición común
y mundana para estar en una posición de utilidad a Dios, como se describe en Mateo
23:17 y 19 (donde el oro es santificado por el templo, y la ofrenda es santificada por el
altar, al experimentar ellos un cambio de posición) y en 1 Timoteo 4:3-5 (donde la
comida es santificada por la oración de los santos); más bien, la santificación implica
una transformación de la manera de ser, es decir, es una transformación de la
inclinación natural a un modo de ser espiritual, como se menciona en Romanos 12:2 y
en 2 Corintios 3:18. Esto se lleva a cabo mediante un largo proceso, el cual comienza con
la regeneración (1 P. 1:2-3; Tit. 3:5), sigue llevándose a cabo durante toda la vida
cristiana (1 Ts. 4:3; He. 12:14; Ef. 5:26), y culmina con la madurez en vida en el
momento del arrebatamiento (1 Ts. 5:23).
Las palabras griegas ágios, agiosúne, agiázo y agiasmós, que se usan en el libro de
Romanos, provienen de la misma raíz, la cual esencialmente significa “separado,
apartado”. La palabra ágios se traduce “santo” [la forma adjetival] en 1:2; 5:5; 7:12; 9:1;
11:16; 12:1; 14:17; 15:13, 16 y 16:16; y “santos” [la forma sustantival] en 1:7; 8:27; 12:13;
15:25, 26, 31 y 16:15. La palabra agiosúne se traduce “santidad” en 1:4. La palabra
agiázo es un verbo usado como participio y se traduce “santificada” en 15:16. La palabra
agiasmós se traduce “santificación” en 6:19 y 22. Por lo tanto, santo significa “separado
o apartado” (para Dios). El término santos denota los separados, los que han sido
apartados (para Dios). La santidad es la naturaleza y característica de ser santo. La
santificación es el efecto práctico que se produce, el carácter en actividad, y el estado
final que resulta de ser santificado (para Dios).

Ahora leamos 6:22: “Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos esclavos
de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna”. Aquí no
dice: “tenéis por ... fruto la justificación, y como fin, los cielos”, sino: “tenéis por ... fruto
la santificación, y como fin, la vida eterna”, refiriéndose a la santificación en vida. La
santificación produce las riquezas de la vida y nos lleva a disfrutar las riquezas de la vida
divina.

Luego 6:23 dice: “La dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”. La
vida eterna como la dádiva gratuita de Dios se nos da principalmente para santificarnos,
y la santificación nos lleva a participar de las riquezas de esta vida.

Ahora avancemos al capítulo 8. Aunque nos hemos familiarizado mucho con los
versículos respecto a la vida en Romanos 8, tengo la carga de que estos versículos
causen en usted una impresión tan profunda que nunca más se olvide de ellos. Romanos
8:2 declara: “Porque la ley del Espíritu de vida me ha librado en Cristo Jesús de la ley
del pecado y de la muerte”. La ley del Espíritu de vida no nos libra para que seamos
justificados, sino principalmente para que seamos santificados.

Leemos en 8:6 que “la mente puesta en el espíritu es vida y paz”. El hecho de que la
mente puesta en el espíritu sea vida, es algo relacionado con la santificación, es decir, su
finalidad es que seamos saturados en la vida divina con la naturaleza santa de Dios.

Veamos lo que dice 8:10: “Pero si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo está muerto
a causa del pecado, el espíritu es vida a causa de la justicia”. Debemos prestar atención a
la palabra aunque. Si Cristo está en nosotros, “aunque el cuerpo está muerto a causa del
pecado, el espíritu es vida a causa de la justicia”. Cuando Cristo entra en nosotros,
nuestro cuerpo aún está muerto a causa del pecado. Sin embargo, debido a que hemos
obtenido la justicia de Dios, nuestro espíritu es vida. Este versículo no representa un
avance adicional en nuestra vida espiritual, sino el propio inicio de ella. Se refiere al
momento en que fuimos justificados y Cristo entró en nosotros. En el momento en que
fuimos justificados, obtuvimos la justicia de Dios, y Cristo entró en nuestro ser. A pesar
de que nuestro cuerpo permaneció muerto a causa del pecado, nuestro espíritu llegó a
ser vida a causa de la justicia de Dios. En 8:11 encontramos una conjunción muy
significativa: “Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en
vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros
cuerpos mortales por Su Espíritu que mora en vosotros”. Desde el momento en que Él
entra en nosotros, Él debe morar en nosotros, esto es, hacer Su hogar en nuestro ser. Si
le permitimos hacer esto, Él dará vida a nuestros cuerpos mortales. Nuestros cuerpos,
que estaban en muerte, serán vivificados por Su Espíritu que mora en nuestro ser.
Cuando 8:10 dice que Cristo está en nosotros, se refiere a la primera etapa de nuestra
experiencia espiritual, pero cuando 8:11 habla del Espíritu que mora en nosotros, hace
referencia a una etapa adicional. Cuando Cristo entra en nosotros, Él vivifica nuestro
espíritu y lo hace vida. Pero cuando Él mora en nosotros, haciendo Su hogar en nuestro
interior, Él vivifica nuestro cuerpo y lo satura de la vida divina. Recordemos que 8:10 se
refiere a la etapa inicial, cuando Cristo entra en nosotros. En la etapa inicial Cristo entra
en nosotros y nuestro espíritu es vivificado, pero nuestro cuerpo permanece muerto. No
obstante, si desde ese tiempo permitimos que Cristo haga Su hogar en nosotros, lo cual
significa que le damos la libertad para extenderse a nuestra mente, a nuestra parte
emotiva y a nuestra voluntad, Él se impartirá a Sí mismo como vida aun a nuestro
cuerpo. Entonces nuestro cuerpo será saturado con Su vida principalmente para nuestra
santificación.

Romanos 8:13 dice a continuación: “Porque si vivís conforme a la carne, habréis de


morir; mas si por el Espíritu hacéis morir los hábitos del cuerpo, viviréis”. Si por el
Espíritu hacemos morir los hábitos del cuerpo, viviremos principalmente con el fin de
ser santificados, o sea, de ser saturados de Cristo de manera cabal y completa. El
versículo 11 dice que si el Espíritu hace Su hogar en nosotros, Él impartirá vida a
nuestros cuerpos mortales. El versículo 13 dice que si hacemos morir todos los hábitos
de nuestro cuerpo, viviremos. Esto significa que se requiere nuestra cooperación.
Interiormente necesitamos permitir que Cristo, el Espíritu vivificante, haga Su hogar en
nuestro corazón para que Él pueda impartir la vida divina a nuestro cuerpo.
Exteriormente, necesitamos hacer morir todos los hábitos del cuerpo para así ser
vivificados, lo cual equivale a aplicar la cruz de Cristo de una manera práctica a todos los
hábitos de nuestro cuerpo. Si hacemos esto, viviremos y disfrutaremos a Cristo como
vida. Además empezaremos a disfrutar de las riquezas de Cristo como vida. Dicha vida
entonces saturará todo nuestro ser con todo lo que Dios es, nos impregnará de Su
naturaleza santa, y seremos santificados. En 15:16 Pablo aun dice “que los gentiles sean
ofrenda agradable, santificada por el Espíritu Santo”. Los gentiles, es decir, las naciones,
incluyendo a muchos que eran adoradores de ídolos y sodomitas, experimentarán la
santificación de su manera de ser, una santificación efectuada con la naturaleza de Dios.
Ésta es la santificación en vida. Como hemos visto, las palabras santificación y vida son
usadas varias veces en esta sección sobre la santificación; por lo tanto, tenemos que ver
la relación entre ellas.

El pensamiento de Pablo era muy profundo. En dicho pensamiento se incluía la justicia


de Dios, Su santidad y Su gloria. Estos atributos divinos deben ser nuestros: la justicia
de Dios debe ser nuestra justicia; Su santidad debe ser nuestra santidad; y Su gloria
debe ser nuestra gloria. Pablo se refiere a estos tres atributos en 1 Corintios 1:30, donde
dice que Dios nos ha hecho a Cristo sabiduría: justicia, santificación y redención. (La
redención de 1 Corintios 1:30 equivale a la glorificación). Así que, en 1 Corintios 1:30
Pablo une estas tres cosas en una sola oración, pero en el libro de Romanos él usa ocho
capítulos para presentarlas. Romanos, del capítulo 1 al 8, constituye una clara
exposición de 1 Corintios 1:30.

¿Cómo podemos poseer la justicia de Dios? Para poseer Su justicia, necesitamos cuatro
aspectos de la obra de Dios: la propiciación, la redención, la justificación y la
reconciliación. Estas cuatro palabras indican la obra de Dios, la cual consiste en impartir
Su justicia a nosotros. Con esto vemos que Dios trabajó mucho a fin de concedernos Su
justicia; no fue nada fácil. Dios tuvo que efectuar la propiciación, la redención, la
justificación y la reconciliación. Debemos recordar la definición de estos cuatro
términos y la diferencia que existe entre ellos, los cuales abarcamos en el mensaje 5.

Después de trabajar objetivamente para darnos Su justicia, Dios está ahora laborando
subjetivamente para impartirnos Su santidad. Dios transmitirá e infundirá Su
naturaleza santa en nuestro ser. Así que, dentro de nuestro ser tendremos Su esencia
santa y divina. Seremos completamente saturados e impregnados con Su naturaleza
santa. Ésta es la santificación que se presenta en el libro de Romanos. Aunque uno de
los aspectos de la santificación tiene que ver con un cambio en nuestra posición objetiva,
éste no es el aspecto que nos presenta Romanos. La santificación presentada en
Romanos es subjetiva y afecta nuestra manera de ser, porque la naturaleza de Dios está
siendo forjada en la nuestra. Su naturaleza será aun forjada en lo que somos en nuestra
persona, lo cual cambiará todo nuestro ser.

EL PROPÓSITO DE DIOS EN LA SANTIFICACIÓN

¿Cuál es el propósito de esta clase de santificación? El propósito consiste en que Dios


produzca muchos hijos (Ro. 8:29). Juan 1:12 nos dice que fuimos hechos hijos de Dios,
es decir, nacimos de Él. Sin embargo, quisiera hacer esta pregunta: ¿Cree que en
realidad usted tiene la apariencia propia de un hijo de Dios? ¿De quién parece ser hijo?
Aunque algunos cristianos quieren argumentar conmigo doctrinalmente, yo prefiero
averiguar qué tipo de personas son ellos. Sí, todos los cristianos auténticos nacieron de
Dios, pero necesitan crecer en la santificación para que parezcan Sus hijos. Muchos
cristianos genuinos, después de ser regenerados, siguen viviendo de una manera
mundana. Ellos necesitan ser santificados en la vida divina para crecer hacia la madurez
de la filiación divina.

El Señor nos trajo a Su recobro, y Su recobro persigue la realidad y lo práctico.


Acudamos al Señor y pidámosle Su misericordia para que Él nos rescate de nuestro
conocimiento vano. Todo lo que necesitamos es la realidad y lo práctico. Lo que escribió
Pablo en el libro de Romanos tiene que ver con la realidad y lo práctico. Dios realizó una
gran obra para que pudiéramos participar de Su justicia, y ahora Él sigue trabajando
dentro de nosotros para que podamos ser santificados, es decir, para forjar plenamente
Su naturaleza santa en nuestro ser. No solamente seremos santificados externa y
objetivamente, sino también interna y subjetivamente. Finalmente, seremos saturados
de Su naturaleza santa. En estos mensajes no quiero meramente hacer otra exposición
del libro de Romanos. Lo que el Señor está haciendo hoy entre nosotros es abrir
nuestros ojos para que podamos ver lo imprescindible que es Su obra santificadora.
Necesitamos Su vida que santifica. Necesitamos que Su vida eterna imparta Su santo ser
en nuestra naturaleza para que verdadera y prácticamente podamos ser Sus hijos, no
sólo de palabra sino en realidad. Aunque nacimos como hijos de Dios, no tenemos la
apariencia propia de hijos de Dios. Así que, necesitamos ser santificados en vida
subjetivamente.

La santificación nos trae la transformación. Necesitamos ser transformados de una


forma a otra. No obstante, no sólo nuestra forma externa debe ser cambiada, sino
también la sustancia interna, la esencia interna. Este cambio de la sustancia interna
requiere el proceso de la santificación. ¡Alabado sea el Señor porque Él está obrando en
nosotros! Fuimos justificados y ahora estamos siendo santificados. Dios está forjando Su
santidad dentro de nosotros, y seremos santificados en vida.

El Cristo crucificado está estrechamente ligado con nuestra justificación, y el Cristo


resucitado con nuestra santificación. Cristo murió en la cruz principalmente para
nuestra justificación. Cristo, el Redentor en la carne, se ofreció para nuestra
justificación, pero ahora, como Espíritu vivificante en nuestro espíritu, Él vive dentro de
nosotros para santificarnos. Él fue el Crucificado, pero ahora Él es el Resucitado. Él fue
nuestro Redentor en la carne, pero ahora Él es el Espíritu vivificante en nuestro espíritu.
Como tal, Él es nuestra vida y está saturando nuestro ser con Su naturaleza santa hasta
que seamos totalmente santificados en nuestra manera de ser. Ésta es la razón por la
cual en Romanos, a diferencia de otros libros del Nuevo Testamento, la santificación no
consiste en que la posición de uno cambie mediante la sangre derramada, sino en que la
manera de ser de uno sea cambiada por la vida, incluso por el Cristo viviente. El Señor
obra en nuestro espíritu, el centro de nuestro ser, desde el cual se extiende
infundiéndose a cada una de nuestras partas internas hasta llegar a la circunferencia. De
esta manera seremos completamente saturados de Su naturaleza santa. Así que, todo
nuestro ser será santificado por Cristo, el Espíritu vivificante, y por Su vida cuádruple.
Hemos visto que Su vida tiene cuatro aspectos: es vida en el Espíritu Divino, en nuestro
espíritu humano, en nuestra mente y en nuestro cuerpo mortal. Por lo tanto, como
Espíritu vivificante, Él nos santifica con las riquezas de Su vida. ¡Él es tan rico! Él es lo
suficientemente rico como para suministrar vida a nuestros cuerpos mortales.

La finalidad de la justificación es la santificación, y la de la santificación es la


glorificación. En el próximo mensaje veremos la meta de la obra de glorificación llevada
a cabo por Dios.
ESTUDIO VIDA DE ROMANOS
MENSAJE DIECIOCHO

HEREDEROS DE LA GLORIA

(1)

En este mensaje llegamos al tema de la glorificación. ¿Cuál es la meta de la


glorificación? La meta es la plena filiación de los hijos de Dios. La condenación requiere
la justificación, la meta de la justificación es la santificación, y la de la santificación es la
glorificación, cuya meta a su vez es la plena filiación de los hijos de Dios.

I. LAS BENDICIONES DE LA FILIACIÓN

En el libro de Romanos no hallamos el término hijos de Dios sino hasta que llegamos al
versículo 14 del capítulo 8, lo cual demuestra que Pablo escribió el libro de Romanos
teniendo en mente un propósito profundo. A partir de 8:14 Pablo empieza a hablar
acerca de los hijos de Dios y de los hijos maduros de Dios. Sin embargo, el concepto final
de la sección sobre la glorificación (8:14-39) no trata de los que nacen de Dios ni de Sus
hijos crecidos, sino de los herederos. Es posible que hayamos sido engendrados por Dios
pero que no tengamos el crecimiento de un hijo maduro, o que seamos hijos maduros
sin haber satisfecho los requisitos para ser herederos. Así que, el último concepto que
Pablo trata en esta sección de Romanos es el que tiene que ver con los herederos de la
gloria.

Romanos 8:14 dice: “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son
hijos de Dios”. Este versículo es una continuación de la sección anterior en la cual Pablo
nos dice que debemos andar conforme al espíritu (v. 4). En cierto sentido, andar
conforme al espíritu equivale a ser guiado por el Espíritu Santo. Así que, el versículo 14
continúa lo que Pablo dice en el versículo 4 al afirmar que los que son guiados por el
Espíritu Santo, o por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios. Por medio de esta corta
declaración Pablo hace un giro: de los santificados pasa a los hijos de Dios. Al final del
versículo 13 el tema se centraba en los santificados, aquellos que estaban condenados y
que habían sido justificados, reconciliados, identificados con Dios, y finalmente
santificados. Con el versículo 14 Pablo introduce el concepto de hijos de Dios. ¿Cómo
somos santificados? Al andar conforme al espíritu. En cierto sentido, andar conforme al
espíritu significa ser guiado por el Espíritu de Dios, y “todos los que son guiados por el
Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios”. De esta manera Pablo nos vuelve de la
santificación a la filiación. Ahora llegamos al tema de los hijos de Dios.

Al abordar el tema de la filiación, debemos estar en el espíritu, y no en la letra. Si


estamos en la letra, encontraremos dificultad. ¿Por qué decimos esto? Porque de
acuerdo con la letra, todas las hermanas quedan excluidas. ¿Cómo pueden las hermanas
ser hijos? Pablo no dijo: “Todos los que son guiados por el Espíritu, éstos son hijos e
hijas de Dios”. No obstante, todos nosotros, los hermanos así como las hermanas, somos
igualmente hijos de Dios. No debemos leer la Biblia meramente conforme a la letra, sino
conforme al espíritu. Aunque entre nosotros hay hombres y mujeres, hermanos y
hermanas, en el espíritu todos somos hijos de Dios. En la eternidad no habrá hijas, sino
solamente hijos.

Un día los saduceos se le acercaron al Señor Jesús argumentando con Él acerca de la


resurrección (Mt. 22:23-33). Ellos pensaban que eran muy sabios. Así que, le
presentaron el caso de una mujer quien sucesivamente se había casado con siete
hermanos, todos hijos del mismo padre. Después de que todos hubieron muerto, murió
también la mujer. Entonces los saduceos le preguntaron de quién sería esposa la mujer
en la resurrección, ya que los siete se habían casado con ella. El Señor les amonestó
diciéndoles que ellos erraban por no conocer las Escrituras ni el poder de Dios. El Señor
les dijo además que en la resurrección, ni nos casaríamos ni seríamos dados en
casamiento, sino que seríamos como los ángeles de Dios. Nosotros seremos personas
maravillosas, y no habrá diferencia alguna entre hombre y mujer. No sólo seremos
justificados y santificados, sino también glorificados. Todos seremos personas
glorificadas, los hijos eternos de Dios. Si andamos conforme al espíritu, no hay
diferencia entre hombre y mujer, porque todos somos hijos de Dios. Sin embargo, no
debemos olvidar que aún estamos en la carne, y en la carne todavía existe diferencia
entre hombre y mujer, esposo y esposa. No debemos aplicar a nuestra situación presente
algo que sólo se hará realidad en el día de la resurrección. Si lo hacemos, tendremos
problemas. No obstante, todos nosotros, tanto hermanos como hermanas, somos hijos
de Dios.

A. El espíritu de filiación

“Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que
habéis recibido espíritu filial, con el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” (Ro. 8:15). ¿Cómo
recibimos este espíritu de filiación? Lo recibimos por el Espíritu del Hijo de Dios que
viene a nuestro espíritu. Gálatas 4:6, un versículo afín a Romanos 8:15, dice: “Y por
cuanto sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de Su Hijo, el cual clama:
¡Abba, Padre!” Romanos 8:15 dice que hemos “recibido un espíritu de filiación”, y
Gálatas 4:6 dice que “Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de Su Hijo”. Debido a
que el Espíritu del Hijo de Dios entra a nuestro espíritu, éste llega a ser un espíritu de
filiación. Así que, el versículo 15 dice que hemos “recibido espíritu filial”. Además, se
menciona que éste es un “espíritu filial, con el cual clamamos: ¡Abba, Padre!”. En
cambio, Gálatas 4:6 dice que “el Espíritu de Su Hijo” clama: “Abba Padre”. Encontramos
una diferencia aquí. No obstante, ya sea que nosotros clamemos o que Él clame, ambos
clamamos juntamente. Cuando clamamos, Él clama en nuestro clamar, y cuando Él
clama, nosotros clamamos con Él. Según la gramática, el sujeto del versículo 15 es
“nosotros”, pero en Gálatas 4:6, el sujeto es “el Espíritu”. Estos dos versículos
demuestran que nosotros y Él, es decir, nuestro espíritu y Su Espíritu, somos uno.
Cuando nosotros clamamos: “Abba, Padre”, Él se nos une en nuestro clamar. El Espíritu
clama en nuestro clamar porque el Espíritu del Hijo de Dios mora en nuestro espíritu.
Por lo tanto, no tenemos ningún temor, sino sólo un dulce clamor: “Abba, Padre”.

Abba es una palabra aramea que significa “padre”. Cuando se conjugan los dos términos
Abba y Padre, el resultado es una sensación profunda y tierna, la cual es muy íntima.
“Abba, Padre” expresa una dulzura intensificada. Los niños de todas las razas humanas
se dirigen a sus padres de esta forma dulce. En Estados Unidos dicen: “Daddy”; en
China dicen: “Baba”; y en las Filipinas dicen: “Papa”. No usamos una sílaba aislada
como Da, Ba o Pa, pues no sería tan dulce usar una sola sílaba. Necesitamos decir:
“Daddy”, “Baba” o “Papa”. Necesitamos clamar: “Abba, Padre”. Si hacemos esto,
comprobaremos cuán dulce es.

¿Por qué clamamos: “Abba, Padre”? Porque tenemos un espíritu de filiación. Me sería
difícil llamar “Papá” a un hombre que no sea mi padre. Sería más fácil llamarlo “Señor”,
pero no podría llamarlo “Papá”. Y sería mucho más difícil dirigirme a él clamando:
“Abba, Padre”. De hecho, sería imposible. Si mi querido padre aún viviera, me gustaría
llamarlo “Papi”. Sería tan dulce llamarlo así porque él me engendró. Jóvenes, no hay
necesidad de que duden si son hijos de Dios. Cuando ustedes claman: “Abba, Padre”,
¿no experimentan una sensación muy dulce e íntima en su interior? Esto comprueba
que son hijos de Dios y que tienen un espíritu de filiación. Si sólo pueden clamar:
“Dios”, pero no pueden clamar: “Abba, Padre”, esto indica que no son hijos de Dios. Sin
embargo, mientras puedan clamar con dulzura: “Abba, Padre”, pueden estar seguros de
que son hijos de Dios.

B. El testimonio del Espíritu

“El Espíritu mismo da testimonio juntamente con nuestro espíritu, de que somos hijos
de Dios”. En el versículo 14 se mencionan “los hijos de Dios” [juiós en el griego] y en el
versículo 15, “el espíritu filial”. ¿Por qué en el versículo 16 Pablo habla inesperadamente
de los hijos de Dios [usando la palabra griega téknos, o sea, los que recién nacieron de
Dios]? Porque el Espíritu da testimonio de algo básico, es decir, de nuestra relación
inicial con Dios. Como ya mencioné, podemos ser hijos infantiles sin tener el
crecimiento propio de hijos maduros, y podemos ser hijos maduros sin haber cumplido
con los requisitos para ser herederos. Sería prematuro si el Espíritu Santo diera
testimonio de que todos somos herederos de Dios. La mayoría de nosotros no somos lo
suficientemente maduros como para obtener tal testimonio. Así que, el Espíritu da
testimonio de la relación más básica y elemental, a saber, que somos los que han nacido
de Dios. Él da testimonio, juntamente con nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios
[los que han nacido de Dios]. Por lo tanto, el testimonio del Espíritu Santo empieza en la
etapa inicial, o sea, desde nuestro nacimiento espiritual. Por muy jóvenes o nuevos que
seamos en el Señor, si somos hijos de Dios, el Espíritu de Dios da testimonio juntamente
con nuestro espíritu de este hecho. Debemos notar que no dice “en nuestro espíritu”. Si
lo dijera, significaría que sólo el Espíritu de Dios da testimonio, y que nuestro espíritu
no lo hace. Pero en efecto dice que el Espíritu da testimonio juntamente con nuestro
espíritu, lo cual quiere decir que ambos dan testimonio juntamente. El Espíritu de Dios
da testimonio, y simultáneamente nuestro espíritu lo hace juntamente con Él. Esto es
maravilloso.

Algunos tal vez digan: “No siento que el Espíritu de Dios dé testimonio. ¿Dónde está el
Espíritu de Dios? No lo siento. No tengo ninguna sensación de que el Espíritu de Dios
esté dentro de mí. Nunca lo he visto, ni puedo sentirlo. Simplemente no puedo
percibirlo”. Sin embargo, ¿no siente usted que su espíritu da testimonio? Debe
comprender que por cuanto su espíritu da testimonio, esto significa que el Espíritu
Santo también lo hace. No puede negar que su espíritu da testimonio dentro de usted. El
apóstol Pablo era muy sabio. Él dijo que el Espíritu da testimonio juntamente con
nuestro espíritu. Cuando nuestro espíritu da testimonio, el Espíritu también lo hace,
porque los dos espíritus fueron mezclados. Es muy difícil hacer una distinción entre el
uno y el otro.

C. El guiar del Espíritu

Muchos cristianos tienen un concepto natural y equivocado con respecto a la guía o la


dirección que nos presta el Espíritu. Invariablemente piensan que la dirección del
Espíritu viene repentinamente del tercer cielo o de alguna otra parte. Algunos piden al
Señor una señal, diciendo: “Oh, Señor, dame alguna señal, algo que me indique si debo o
no comprar esto. Señor, si hallo transporte, esto significará que Tú quieres que compre
esta cosa, pero si no encuentro transporte, esto querrá decir que no es Tu voluntad que
la compre. Señor, mantén las tiendas abiertas, porque si las encuentro cerradas, será
una señal de que Tú no deseas que compre nada”. Éste es un ejemplo de un concepto
equivocado respecto a la dirección que el Señor nos da.

¿Ha notado usted la primera palabra del versículo 14 respecto a la dirección del Señor?
La primera palabra es porque. Esta palabra hace referencia a lo que Pablo ya mencionó
antes e indica que el versículo 14 es una continuación del mismo. Así que, la dirección
mencionada en el versículo 14 tiene relación con los asuntos tratados en los versículos
anteriores. Ahora, el punto principal de los versículos anteriores es que andemos
conforme al espíritu para poder cumplir los justos requisitos de la ley de Dios. ¿Cómo
conseguimos la dirección o el guiar del Espíritu? No lo hacemos al orar, ni al buscar
señales ni indicios, sino al andar conforme al espíritu.

El guiar del Espíritu no proviene de algo externo ni depende de ello. Por el contrario, es
el producto de la vida interior. Yo diría que proviene del sentir de la vida, de tomar
conciencia de la vida divina que está dentro de nosotros. La palabra vida se menciona al
menos cinco veces en Romanos 8. Por lo tanto, el guiar del Espíritu está relacionado con
la vida, y con el sentir y la capacidad de percibir la vida. La mente puesta en el espíritu
es vida (v. 6). ¿Cómo podemos conocer esta vida? No por las circunstancias externas,
sino por el sentir interior de esta vida por el hecho de poder percibirla al tomar
conciencia de ella. Hay un sentir o sentido interior que se produce al poner nosotros la
mente en el espíritu. Si ponemos la mente en el espíritu, inmediatamente seremos
fortalecidos y satisfechos en nuestro interior. También el agua de vida nos riega y nos da
refrigerio. Por tal sentir y conciencia podemos conocer la vida dentro de nosotros, y por
ese sentir de vida podemos saber si nos conducimos de una manera recta. En otras
palabras, de esta forma podemos saber si el Espíritu nos está guiando. Por consiguiente,
el guiar del Espíritu mencionado en el versículo 14 no depende de nada externo, sino
totalmente del sentir de vida que se origina en nuestro espíritu.

Hermanas, cuando se disponen a ir de compras, no deben orar: “Señor, ¿debo ir de


compras o no? Si no quieres que vaya, dame una señal”. No es necesario orar de esta
forma. Las hermanas no deben decir: “Oh, Señor, si Tú no quieres que vaya de compras,
impídemelo”. Nunca ore ni piense de esta manera. No debe imaginar que si el Señor no
le impide ir al supermercado, esto quiere decir que Él está guiándola a ir. Todo puede
estar bien externamente, pero ¿qué tal internamente? Tal vez después de estacionar su
automóvil y mientras va caminando hacia la puerta de esa gran tienda, usted no tenga
paz por dentro. En lugar de sentirse fortalecida internamente, se siente frustrada. Sin
embargo, como todo está bien externamente, usted sigue adelante. No obstante,
internamente, cuanto más se acerca a la tienda, más vacía se siente. Tal vez busque
justificarse por medio de factores externos: por el hecho de que cuenta con dinero
suficiente; porque su esposo, quien tiene miedo de usted, le ha dado permiso; porque el
tiempo es excelente ese día; o porque no hay mucho tráfico en las calles. Tal vez usted
piense: “¿Acaso no es Dios soberano? De hecho, todas las cosas cooperan para bien”. No
se base en las cosas externas. Yo le pregunto por su sentir interno. Aunque por fuera
todo parezca estar bien, por dentro se siente vacía y débil: carece de la unción, del riego
interno y de la paz interna.

¿Qué significa esto? Significa que el Espíritu nos guía en lo profundo de nuestro ser, en
nuestra vida interna. Los incrédulos no tienen la vida divina que está dentro de
nosotros. La vida divina dentro de nuestro ser nos guía constantemente, y no mediante
señales ni indicios, sino al darnos un sentir interno, una sensibilidad o percepción. Así
que Pablo dice: “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son
hijos de Dios”. Si las cosas externas le guían a uno, esto no constituye una prueba de que
es hijo de Dios, pero si el sentir interno de la vida divina lo guía, ya tiene el indicio de
que es un hijo de Dios. Somos hijos de Dios porque tenemos Su vida. ¿Por qué razón las
personas mundanas no son hijos de Dios? No lo son porque carecen de la vida de Dios.

Pensemos en el caso del asno usado por Balaam el profeta pagano. Indudablemente ese
asno fue conducido a hablar un lenguaje humano. No obstante, esa guía no provino de la
vida, sino de un don milagroso. La dirección que viene de tal don no implicaría que
seamos hijos de Dios. Sí, verdaderamente el asno fue conducido a hablar en un idioma
humano, pero eso no indicó que el asno poseía la vida humana y mucho menos que era
hijo de Dios.

Cuando ustedes las hermanas están pensando en ir de compras, necesitan obedecer el


sentir interno de la vida, aunque todas las circunstancias externas parezcan favorables.
Mientras se acercan a la puerta de la tienda, es posible que algo en su ser les diga:
“Regresa”. Tal vez no oyen una voz audible, pero cuando están a punto de entrar en la
tienda, les sobreviene una sensación de tinieblas, debilidad y aridez. Debido a que
ustedes son hijos de Dios, tienen este indicador de la vida interna; tienen algo que la
gente del mundo no tiene. Debido a que tienen la vida de Dios, también tienen la
dirección que resulta de esa vida. Esta dirección les indica que son hijos de Dios. Ésta es
la razón por la cual en el versículo 14 Pablo dice que todos los que son guiados por el
Espíritu de Dios, son hijos de Dios.

¿Dónde está el guiar que Pablo menciona en el versículo 14? Se encuentra en los
versículos 4 y 6. El Espíritu nos guía a nosotros cuando andamos conforme al espíritu y
ponemos nuestra mente en el espíritu. Si usted anda conforme al espíritu y pone su
mente en el espíritu, descubrirá que el Espíritu lo dirige. Estará consciente de que está
andando, actuando y viviendo en conformidad con el espíritu. No debe pasar por alto el
sentir interno ni desobedecer lo que se percibe internamente, porque es verdaderamente
la dirección del Espíritu. Cuando usted tiene este sentir en su ser, esto es un indicio de
que el Espíritu lo está guiando. Por lo tanto, poner la mente en el espíritu es ponerse
bajo la dirección del Espíritu. La vida interna le dará cierto sentir, incluso en detalles
pequeños, con lo cual le indicará si usted está bajo la dirección del Señor. Así que, somos
guiados por el Espíritu al andar conforme al espíritu y al poner nuestra mente en el
espíritu. Por lo tanto, la dirección del Espíritu mencionada en el versículo 14 no se
deriva del ambiente externo, sino del sentir de la vida divina de lo que se percibe
internamente. Esta dirección comprueba que somos hijos de Dios, porque “todos los que
son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios”.

Me gustaría dirigir una palabra especialmente a los adolescentes que leen este mensaje.
Cuando sus compañeros de escuela están hablando de una forma mundana, puede ser
que ustedes se den cuenta de que no pueden participar en la conversación. Aunque
externamente nada los detiene, internamente perciben que algo los está prohibiendo.
Este control interno proviene de la vida de Dios que está en ustedes, la cual los
constituye hijos de Dios. Puede ser que sus compañeros estén hablando acerca de cosas
pecaminosas de una manera muy contenta y animada, pero la vida divina dentro de
ustedes no les permite decir una sola palabra. En lugar de eso, hace que se alejen de
ellos. Éste es el guiar del Espíritu, el cual los marca o señala como hijos de Dios. Debido
a esta marca que resulta de la dirección del Espíritu, los compañeros de clase suyos no
entenderán lo que pasa con ustedes. Ellos se preguntarán por qué no hablan como ellos
y por qué son diferentes a ellos. Se preguntarán esto porque ellos son hijos del diablo y
ustedes son hijos de Dios y, como tales, ustedes tienen el guiar interno del Espíritu.

También quisiera decir algo acerca de las modas y estilos de vestir. Hoy los hijos del
diablo tienen sus propias modas y estilos. Ciertamente todas las modas son guiadas por
el diablo. Las modas son una marca que señala a los hijos del maligno; ningún cristiano
debería vestirse como ellos. A pesar de que las iglesias en el recobro del Señor no
publican ninguna lista de reglas externas acerca del vestido, dentro de ustedes se
encuentra la vida divina que los hace hijos de Dios. Cuando sus amigos, parientes y
compañeros se visten de una manera diabólica, dentro de ustedes existe un sentir que
no les permite vestirse de esa manera. Esto es el guiar del Espíritu, la marca que los
distingue como hijos de Dios.

¿Cómo podemos saber que somos hijos de Dios? Lo sabemos por el hecho de que el
Espíritu nos guía, lo cual pone una marca en nosotros que nos distingue de los demás.
La vida interna constantemente nos da una sensación o capacidad de percibir el hecho
de que no debemos comportarnos como lo hace la gente mundana. Debemos ser
diferentes de nuestros parientes, amigos, compañeros de clase y vecinos. Cuando
obedecemos el sentir interno de la vida, espontáneamente se muestra en nosotros una
marca que hace saber a la gente que nosotros somos diferentes a los hijos del diablo, que
tenemos la vida de Dios dentro de nosotros, la cual nos constituye hijos de Dios. Éste es
el guiar del Espíritu. No considere que el guiar del Espíritu mencionado en el versículo
14 es un asunto objetivo y externo. Al contrario, es completamente un sentir interno que
proviene de la vida divina que se halla en nuestro espíritu.

El guiar del Espíritu realizado por el sentir interno de la vida divina no se da por
casualidad; más bien es algo relacionado con nuestra vida diaria, tal como la
respiración. La respiración normal es continua. Cuando deja de ser continua, es porque
hay un problema con nuestra salud. Ya que el guiar del Espíritu está relacionado con la
vida, debe manifestarse normalmente en cada aspecto de nuestro diario andar. Éste es el
guiar del Espíritu. Es este guiar, manifestado en nuestra vida diaria, lo que constituye
una prueba de que somos hijos de Dios.

Si no vivimos ni andamos guiados por el Espíritu, es posible que seamos hijos


inmaduros de Dios, de quienes el Espíritu da testimonio juntamente con nuestro
espíritu al clamar: “Abba, Padre”, pero no tenemos la marca que nos distingue como
hijos maduros de Dios. En otras palabras, es posible ser Sus hijos [que permanecen en
la niñez] sin tener el crecimiento que se produce cuando vivimos y andamos conforme a
la dirección que el Espíritu nos da en la vida divina. El guiar del Espíritu nos distingue
como hijos de Dios que están creciendo en la vida divina.

Debemos entender la diferencia que existe entre los hijos inmaduros [téknos] de Dios
del versículo 16 y los hijos maduros [juiós] de Dios del versículo 14. Los hijos inmaduros
se hallan en la etapa inicial de la vida divina, que principalmente se relaciona con el
nacimiento, mientras que los hijos maduros están en una etapa más avanzada, la cual se
relaciona con el crecimiento en vida. Para ser hijos nacidos de Dios, nosotros
necesitamos el testimonio que el Espíritu da juntamente con nuestro espíritu, pero para
ser hijos de Dios que han llegado a cierta madurez en vida, debemos contar con la guía
que el Espíritu nos presta mediante el sentir de la vida divina. Si tenemos el testimonio
del Espíritu en nuestro espíritu, tenemos la seguridad de que somos hijos de Dios. Sin
embargo, para tener la prueba, la marca, de que somos hijos maduros de Dios, es
necesario que el Espíritu nos guíe y que nosotros vivamos y andemos conforme al sentir
interno de la vida divina. Todos los verdaderos cristianos son hijos engendrados de
Dios, pues tienen el testimonio del Espíritu con su espíritu, pero no todos tienen la
marca de que son Sus hijos maduros, quienes están creciendo en la vida divina y
viviendo y andando conforme al guiar del Espíritu. Por lo tanto, todos debemos avanzar
en el crecimiento en vida y pasar de la etapa inicial de ser recién engendrados por Dios a
la etapa avanzada, lo cual mostrará que somos Sus hijos maduros, al llevar la marca
distintiva del guiar del Espíritu en vida.
ESTUDIO-VIDA DE ROMANOS
MENSAJE DIECINUEVE

HEREDEROS DE LA GLORIA

(2)

D. Las primicias del Espíritu

Romanos 8:17 dice: “Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con
Cristo, si es que padecemos juntamente con Él, para que juntamente con Él seamos
glorificados”. En este versículo vemos que hemos avanzado de hijos inmaduros a
herederos. Somos herederos de Dios y coherederos con Cristo. Aquí el pensamiento de
Pablo es muy definido. Notemos la palabra si en la última parte de este versículo, pues
indica que existe una condición para ser herederos. No podemos decir que por el simple
hecho de haber nacido de Dios, ya somos herederos. Esto es demasiado prematuro. No
existe ningún requisito que debamos cumplir para ser hechos hijos de Dios. En tanto
que el Espíritu dé testimonio juntamente con nuestro espíritu, somos Suyos. Sin
embargo, para avanzar y ser herederos, hay un requisito que debemos cumplir, el cual se
menciona en la última parte del versículo.

La única manera de ser herederos de Dios y coherederos con Cristo es padecer


“juntamente con Él, para que juntamente con Él seamos glorificados”. Tal vez no nos
agrade sufrir, pero es necesario. Recordemos que el sufrimiento es la encarnación de la
gracia. No debemos angustiarnos debido al sufrimiento; si sufrimos juntamente con Él,
seremos glorificados juntamente con Él. Aunque no puedo afirmar que si no sufrimos no
seremos glorificados, es muy cierto que el grado de sufrimiento determina el grado de
gloria. Cuanto más suframos, más se intensificará nuestra gloria, porque los
sufrimientos intensifican nuestra gloria. Aunque nos gusta mucho ser glorificados, no
queremos sufrir. Sin embargo, los sufrimientos aumentan la gloria. En 1 Corintios 15:41,
Pablo dice que “una estrella es diferente de otra en gloria”, indicando que algunas
estrellas brillan más que otras. Todos nosotros brillaremos y todos seremos glorificados,
pero la intensidad de la gloria dependerá de la cantidad de sufrimiento que estemos
dispuestos a aceptar y experimentar. Ciertamente en aquel día el apóstol Pablo brillará
con más fulgor que todos nosotros. ¿Cree que usted brillará tanto como el apóstol
Pablo? Ciertamente todos seremos glorificados, pero la intensidad de la gloria diferirá
conforme a la intensidad de los sufrimientos de cada cual. Por lo tanto, Pablo dice en
Romanos 8:18: “Pues tengo por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son
dignos de compararse con la gloria venidera que en nosotros ha de revelarse”. Los
padecimientos que experimentamos en la actualidad no significan nada en comparación
con la gloria venidera.

Leamos el versículo 19: “Porque la creación observa ansiosamente, aguardando con


anhelo la manifestación de los hijos de Dios”. Aquí se puede decir también “la
revelación, o apariencia, de los hijos de Dios”. Todos nosotros somos hijos de Dios. Ya
mencioné que si nosotros dijéramos a la gente en la calle que nosotros somos hijos de
Dios, ellos pensarían que estamos locos. Dirían: “Mírate a ti y a mí. ¿Cuál es la
diferencia entre nosotros? Ambos somos seres humanos; tú no eres nada diferente de
mí; simplemente eres otra persona. ¿Por qué entonces dices que eres un hijo de Dios?”.
Sin embargo, el día se acerca cuando los hijos de Dios serán manifestados. En ese día no
será necesario proclamar: “Desde ahora en adelante somos hijos de Dios”, porque en ese
entonces todos seremos glorificados; estaremos en la gloria y seremos designados como
hijos de Dios por Su gloria. Entonces todos tendrán que reconocer que somos hijos de
Dios. Ellos dirán: “Mira a estas personas tan llenas de gloria. ¿Quiénes serán? Deben ser
los hijos de Dios”. No será necesario decir nada, pues seremos designados por nuestra
glorificación. Toda la creación está en espera de esto atentamente, porque la creación
aguarda con anhelo la manifestación de los hijos de Dios.

El versículo 20 añade: “Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia


voluntad, sino por causa del que la sujetó”. Debemos notar la palabra vanidad. Toda la
creación está sujeta a vanidad. Todo lo que se encuentra debajo del sol es vanidad. El
sabio rey Salomón dijo: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad” (Ec. 1:2). La creación
está sujeta a vanidad.

Luego en el versículo 21 leemos: “Con la esperanza de que también la creación misma


será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad de la gloria de los hijos de
Dios”. Debemos notar las palabras esclavitud y corrupción. En todo el universo no hay
nada excepto vanidad y corrupción. Esta corrupción es un tipo de cautiverio o esclavitud
que ata a toda la creación, la cual fue sujetada a vanidad, con la esperanza de que sería
libertada de la esclavitud de corrupción a la libertad de la gloria de los hijos de Dios. Un
día los hijos de Dios serán glorificados, o sea, introducidos en la gloria. Con esa gloria
habrá libertad, la cual constituirá un reino, una esfera, un dominio. Toda esa gloria será
un reino, una esfera, en el cual seremos introducidos. Cuando nosotros seamos
introducidos en aquella libertad o reino de gloria, la creación será librada de la vanidad,
de la corrupción y de la esclavitud. Ésta es la razón por la cual toda la creación espera
ese tiempo. Lo que nos concierne a nosotros, concierne a la creación, porque el destino
futuro de ella descansa sobre nosotros. Si somos lentos en madurar, la creación nos
culpará y murmurará contra nosotros, diciendo: “Queridos hijos de Dios, vosotros estáis
creciendo muy lentamente. Nosotros estamos aguardando el tiempo de vuestra
madurez, cuando vosotros entréis en la gloria y nosotros seamos librados de la vanidad,
de la corrupción y de la esclavitud”. Debemos ser fieles a la creación y de no
decepcionarla.

El versículo 22 dice: “Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con
dolores de parto hasta ahora”. Pareciera que una estrella gime a otra y que la luna gime
a los planetas. Todos ellos gimen a una. No sólo toda la creación gime a una, sino que
también sufre dolores de parto. Toda la creación gime y sufre dolores de parto hasta
ahora.

El versículo 23 añade: “Y no sólo esto, sino que también nosotros mismos, que tenemos
las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos,
aguardando con anhelo la plena filiación, la redención de nuestro cuerpo”. Aunque
nacimos como hijos de Dios mediante la regeneración y tenemos al Espíritu como las
primicias, nosotros también gemimos porque aún estamos en el cuerpo, el cual está
relacionado con la vieja creación. Debemos admitir que nuestro cuerpo todavía
pertenece a la vieja creación y no ha sido redimido; por eso, nosotros gemimos en este
cuerpo al igual que la creación lo hace. Sin embargo, mientras gemimos, tenemos las
primicias del Espíritu, las cuales se nos dan para que las disfrutemos como un anticipo
de la cosecha venidera. Estas primicias son el Espíritu Santo a quien disfrutamos como
muestra del disfrute que tendremos de Dios en plenitud, es decir, de todo lo que Dios
quiere ser para nosotros. Dios lo es todo para nosotros. El pleno disfrute vendrá en el
día de la gloria. No obstante, desde ahora, antes de que tengamos el pleno disfrute, Dios
nos ha dado un anticipo. Éste es Su divino Espíritu como las primicias de la cosecha, la
cual será el pleno disfrute de todo lo que Él es para nosotros.

Si hablamos con los incrédulos, ellos admitirán que, en cierto sentido sí disfrutan de sus
entretenimientos, como por ejemplo el baile o el juego de apuestas. No obstante,
también nos dirán que no son felices. Podemos preguntar a cualquiera de ellos: “¿Por
qué va a bailar o a jugar al casino?, y nos contestará: “Porque estoy muy triste y
deprimido, y necesito entretenerme con algo”. Ellos también están gimiendo, pero sólo
eso, pues no cuentan con nada más. Nosotros, por el contrario, mientras gemimos,
tenemos en nuestro ser interior al Espíritu como las primicias, como un anticipo de Dios
mismo. Incluso mientras estamos sufriendo, tenemos el disfrute, o sea, el sabor de la
presencia del Señor, la cual es simplemente el Espíritu dado a nosotros como las
primicias que hoy disfrutamos. Por esto, somos diferentes de las personas mundanas,
quienes gimen sin disfrutar nada en su ser interior. Aunque nosotros gemimos
externamente, nos regocijamos internamente. ¿Por qué nos regocijamos? Porque
tenemos las primicias del Espíritu. El Espíritu Divino dentro de nosotros es el anticipo
de Dios, que nos conduce a saborear plenamente el disfrute divino. Entre las
bendiciones de la filiación, ésta es una de las más grandes.

Mientras nos encontramos gimiendo y disfrutando las primicias del Espíritu, estamos
esperando la filiación, o sea, la plena filiación. Aunque dentro de nosotros tenemos la
filiación, ésta todavía no está completa. En aquel día conoceremos la plena filiación, o
sea, la redención de nuestro cuerpo. Tenemos la filiación en nuestro espíritu mediante la
regeneración, y también podemos experimentar la filiación en nuestra alma mediante la
transformación, pero aún no hemos experimentado la filiación en nuestro cuerpo, la
cual se realiza mediante la transfiguración. En el día venidero también
experimentaremos la filiación en nuestro cuerpo. Ésta es la plena filiación, la cual
aguardamos con gran anhelo.

Mientras esperamos, necesitamos crecer. No es necesario gemir tanto como crecer.


Aunque necesitamos regocijarnos continuamente, al hacerlo, es imprescindible que
crezcamos. Muchos entre nosotros son muy jóvenes e inmaduros. Todos debemos crecer
y madurar. El tiempo en que aquel glorioso día venga dependerá de nuestro crecimiento
en vida. Cuanto más rápido crezcamos, más rápido vendrá ese día.

En el versículo 24 Pablo dice: “Porque en esperanza fuimos salvos; pero la esperanza


que se ve, no es esperanza; porque ¿quién espera lo que ya ve?”. ¿Cuál es la esperanza
que aquí se menciona? Es la esperanza de gloria. Fuimos salvos en la esperanza de que
algún día entraremos en la gloria. Pablo está diciendo que “la esperanza que se ve, no es
esperanza, porque lo que se ve, ¿para qué esperarlo?”. ¿Qué significa esto? Significa que
aquello que esperamos es maravilloso porque nunca lo hemos visto. Ésta es la razón por
la cual es una esperanza real. Si viéramos un poquito de ello, no sería una esperanza tan
excelente. Si alguien me preguntara acerca de la gloria del futuro, yo le diría que no sé
nada de ella porque nunca la he visto. No puedo hablar de esa gloria porque no la he
visto. Por lo tanto, es una esperanza maravillosa.

El versículo 25 dice a continuación: “Pero si esperamos lo que no vemos, con


perseverancia y anhelo lo aguardamos”. Muchos santos que están esperando han
preguntado: “Señor, ¿hasta cuando esperaremos? ¿Otros diez años? ¿Otra generación?
¿Hasta cuando, Señor?”. Esto pone a prueba nuestra perseverancia.

E. La ayuda del Espíritu

“Además, de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos
de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros
con gemidos indecibles” (v. 26). ¿Qué significa la expresión de igual manera ? ¿Por qué
Pablo dijo esto? Es difícil entenderlo, pero yo creo que tiene un significado muy extenso.
De igual manera incluye todos los puntos de los versículos anteriores: la expectativa, el
anhelo, el gemir, la perseverancia, la esperanza, etc. La expresión de igual manera se
relaciona con todos estos asuntos. Mientras gemimos, el Espíritu Santo también gime.
Mientras aguardamos la filiación, Él también la aguarda. Mientras nosotros procedemos
con esperanza y perseverancia, Él hace lo mismo juntamente con nosotros. En cualquier
condición que nos hallemos, Él está allí. “De igual manera” el Espíritu nos ayuda. ¡Qué
gran consuelo es esto! Mientras gemimos, anhelamos y aguardamos, Él también gime,
anhela y aguarda juntamente con nosotros. Él es exactamente lo mismo que nosotros. Si
nosotros somos débiles, aparentemente Él también es débil, aunque en realidad no lo es.
Él se compadece de nuestra debilidad. Él aparenta ser débil por causa de nuestra
debilidad para poder participar con nosotros en todo. Cuando oramos en voz alta: “Oh,
Padre”, Él también lo hace en voz alta, y cuando oramos en voz baja, Él hace lo mismo.
Tal vez digamos: “Oh, Padre, ¡qué miserable soy! Ten misericordia de mí”. Si oramos de
esta forma, Él también ora por nosotros “de igual manera”. Todo lo que oremos, Él
también orará. Él se conformará a nuestro modo de ser. Si oramos rápido, con regocijo o
con gritos, Él también orará de la misma manera. Nuestra manera de actuar es Suya. No
debemos pensar que el Espíritu Santo es tan diferente a nosotros, y que cuando lo
recibimos, nos convertimos en personas extraordinarias. Ésta no es la idea contenida en
Romanos 8. Este capítulo revela que el Espíritu Santo se identifica con nosotros.
Hermanas, ¿están desanimadas? Algunas hermanas dicen: “Nosotras no podemos gritar
ni orar en voz alta como los hermanos. Debido a esto, parece que no nos hacen caso”.
Anímense hermanas, pues el Espíritu ora según la manera en que ustedes oran. No
importa cómo lo hagan, el Espíritu hará lo mismo. ¡Alabado sea el Señor!

Pablo también dice que el Espíritu se une a nosotros para ayudarnos. Él mismo participa
de nuestra debilidad a fin de ayudarnos. El Espíritu no nos pide que nos unamos con Él;
más bien, Él se une a nosotros. Él no dice: “Sube al nivel más alto para unirte a Mí”.
Ninguno de nosotros podría hacerlo; así que, el Espíritu se une a nuestro modo de ser.
Si usted es rápido, Él también será rápido. Pero si usted es lento, Él también lo será.
Trate de orar; no importa si su oración es fuerte o débil, en voz alta o en voz baja, a Él le
da igual. Si usted ora, “de igual manera” Él orará en usted; “de igual manera” Él se unirá
a usted para ayudarle.

Si un hombre es inválido y yo quiero ayudarlo a caminar, tengo que acoplarme al paso


de él. De igual forma, si quiero acercarme a un niño, tengo que identificarme con él. No
debo decir: “Oye niñito, yo soy un gran gigante y he venido para ayudarte”. Si hago esto,
el niño me mirará y dirá: “No te quiero, tú eres muy diferente a mí”. Si quiero ayudar a
un niño pequeño, tendré que descender a su nivel, a su estatura, para decirle: “¿Puedo
jugar contigo?”. Si hago esto, el niño se pondrá feliz y contestará: “¡Buena idea!
Juguemos juntos!”. Esto significa que yo me uno a él y me acomodo a su modo de ser
para poder ayudarle.

A veces los hermanos de más edad en la iglesia son muy elevados y demasiado
espirituales. Aunque tratan de ayudar a los creyentes, no lo hacen igualándose a ellos.
En el día de la resurrección, el Señor vino a dos discípulos que iban camino a Emaús (Lc.
24:13-33). Él se unió a ellos conformándose al modo de ser de los discípulos. Mientras
ellos iban conversando, Él se les unió fingiendo no saber nada. En esencia les preguntó:
“¿De qué está hablando?”. Los dos discípulos le reprendieron, diciendo: “¿No has sabido
las cosas que han sucedido en estos días?”. El Señor les dijo: “¿Qué cosas?”. Ellos
dijeron: “Lo de Jesús nazareno, que fue Profeta, poderoso en obra y en palabra ... Le
entregaron ... a sentencia de muerte, y le crucificaron”. El Señor Jesús no les hizo
ningún reproche por no haberle reconocido ni tampoco se les reveló. Él se mantuvo al
paso de ellos, andando junto a ellos hasta que llegaron cerca de la aldea. Al llegar, le
pidieron que permaneciera con ellos, y Él lo hizo. Cuando se sentaron en la posada, el
Señor tomó pan y lo partió. No fue hasta entonces que los ojos de ellos fueron abiertos y
se dieron cuenta de que era el Señor. Inmediatamente después Él desapareció.

En la vida de iglesia los hermanos y las hermanas de más edad deben ayudar a los más
jóvenes de esta misma forma. Necesitan unirse a ellos y ayudarles en su debilidad.
Ninguno de nosotros es muy fuerte. Todos estamos gimiendo, aguardando y diciendo:
“Oh, Señor, ¿hasta cuando?”. Día tras día tenemos sufrimientos; no obstante, el Espíritu
está presente, uniéndose a nosotros, identificándose con nosotros y ayudándonos.

F. La intercesión del Espíritu

Pablo añade: “Pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu
mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles”. El Espíritu intercede por
nosotros con gemidos que se conforman a los nuestros. Este gemido parece nuestro,
pero en realidad es el Espíritu el que gime en nuestros gemidos. Él gime igual que
nosotros; Él está en nosotros, y Su gemido está en el nuestro. Él gime con nosotros “de
igual manera”. Ésta es la mejor oración que podemos hacer con respecto al crecimiento
en vida. La mayoría de nuestras oraciones son muy elocuentes y tienen una terminología
muy elaborada, aunque tal vez no procedan de nuestro espíritu. Pero cuando sentimos
una fuerte inclinación a orar, aun cuando no sepamos cómo expresarla,
espontáneamente gemimos soltando esa carga, incluso sin articular palabra. Ésta será la
mejor oración, en la cual el Espíritu intercede por nosotros gimiendo junto con
nosotros.
Este tipo de oración tiene que ver principalmente con el crecimiento en vida, el cual
necesitamos mucho más que comprendemos. En cuanto a nuestras necesidades
materiales y a los asuntos prácticos de nuestra vida cotidiana, los entendemos
claramente y fácilmente hallamos las palabras con las cuales orar al respecto, pero en
cuanto a la necesidad de crecer en vida, carecemos tanto de entendimiento como de
expresión. Sin embargo, si acudimos al Señor pidiéndole el crecimiento en vida,
frecuentemente, en lo más recóndito de nuestro espíritu, sentiremos una gran necesidad
de orar acerca de algo que ni siquiera entendemos claramente, ni tenemos las palabras
para expresarnos. De manera que, espontáneamente somos forzados a gemir. Mientras
estamos gimiendo desde lo más profundo de nuestro espíritu, el Espíritu que mora en
nuestro espíritu automáticamente se une a nuestro gemir, intercediendo por nosotros
principalmente con la petición de que seamos transformados en vida para crecer hacia
la madurez de la filiación.

El versículo 27 dice: “Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del
Espíritu, porque conforme a Dios intercede por los santos”. El Espíritu intercede
conforme a Dios. ¿Qué significa esto? Significa que el Espíritu intercesor ora por
nosotros para que podamos ser conformados a la imagen de Dios. Hablaremos más
sobre este tema en el próximo mensaje.

G. La filiación plena

Hemos visto que somos hijos de Dios y, como tales, disfrutamos todas las bendiciones
de la filiación. Podemos enumerar las bendiciones: el Espíritu de filiación, el testimonio
del Espíritu, el guiar del Espíritu, las primicias del Espíritu, la ayuda del Espíritu y la
intercesión del Espíritu. Finalmente obtendremos la plena filiación de los hijos de Dios
revelada en la libertad de la gloria (vs. 19, 21).

En este pasaje de la Palabra encontramos tres términos muy significativos —hijos


[teknós, gr.], hijos maduros [juiós, gr.] y herederos— los cuales corresponden a las tres
etapas de la filiación. La vida de Dios obra en tres etapas para hacernos hijos maduros
de Dios: regenera nuestro espíritu, transforma nuestra alma y transfigura nuestro
cuerpo. Por lo tanto, tenemos la regeneración, la transformación y la transfiguración, las
cuales juntamente nos dan la plena filiación. Como resultado de estas tres etapas los
hijos de Dios maduran completamente.

En este pasaje de Romanos se nos dice que el Espíritu da testimonio juntamente con
nuestro espíritu, afirmando así que somos hijos de Dios [griego, teknós: niños] (v. 16).
El versículo 16 no habla de hijos maduros ni de herederos, porque en la primera etapa
de la filiación simplemente somos los que han sido regenerados por la vida de Dios.
Después de esto creceremos. Entonces el versículo 14 dice que “todos los que son
guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” [griego, juiós: hijos]. En el
versículo 14 ya no somos bebés o niños, sino hijos. El hecho de ser capaces de ser
guiados por el Espíritu, significa que hemos obtenido cierto crecimiento en vida. Hemos
crecido de hijos inmaduros a hijos maduros y, como tales, somos capaces de ser guiados
por el Espíritu. Esto significa que estamos en la segunda etapa, la cual es la
transformación. Finalmente llegaremos a ser herederos. Según la ley antigua, era
imprescindible que los herederos tuvieran cierta edad para ser declarados legalmente
herederos y para poder reclamar la herencia. Por lo tanto, en este pasaje de Romanos
tenemos los hijos que han sido engendrados por la regeneración, los hijos maduros que
han sido producidos por la transformación, y los herederos que han sido formados por
la transfiguración o glorificación. Primero nacimos de Dios, después crecemos como Sus
hijos, y luego esperamos el tiempo cuando seremos plenamente maduros y seamos
declarados legalmente los herederos legítimos de Dios. El procedimiento que nos
convierte en herederos legítimos es la transfiguración de nuestro cuerpo, esto es, la
redención de nuestro cuerpo, la plena redención (v. 23). La transfiguración de nuestro
cuerpo nos hará aptos para ser los herederos de la herencia divina. Esta transfiguración
será realizada por la glorificación.

Hay muchas riquezas en este pasaje de Romanos, y necesitaríamos varios mensajes para
abarcarlas. En este mensaje vimos un bosquejo de las tres etapas de la filiación: la
regeneración, la transformación y la glorificación. Como resultado de estas tres etapas,
obtendremos la plena filiación. Estas tres etapas corresponden a las tres etapas de la
obra salvadora de Dios: la primera etapa, la justificación, produce los recién nacidos de
Dios; la segunda, la santificación, los capacita a crecer y convertirse en hijos maduros; y
la tercera, la glorificación, produce la transfiguración del cuerpo de modo que lleguen a
ser los herederos legítimos de la herencia divina.
ESTUDIO-VIDA DE ROMANOS
MENSAJE VEINTE

HEREDEROS DE LA GLORIA

(3)

II. HEREDEROS CONFORMADOS


PARA LA GLORIFICACIÓN

A. Los muchos hermanos del Primogénito

En los dos mensajes anteriores abordamos las bendiciones de la filiación. En este


mensaje veremos que los herederos son conformados para la glorificación. ¿A qué son
conformados los herederos? A la imagen de Cristo, el Hijo primogénito de Dios (He. 1:5-
6). Cristo es el Hijo primogénito de Dios, y los creyentes son los muchos hijos de Dios
(He. 2:10). Como Hijo primogénito, Cristo es el modelo, ejemplo, patrón y prototipo de
todos Sus hermanos, los muchos hijos de Dios, quienes serán conformados a Su imagen.
Esta conformación tiene como finalidad la glorificación venidera. No debemos esperar
ser glorificados si primero no crecemos en la vida divina y somos conformados a la
imagen del Hijo de Dios. Si esperamos ser glorificados sin ser conformados, sufriremos
una gran decepción. La glorificación venidera depende de que seamos conformados a la
imagen del Hijo de Dios. Así que, la glorificación depende de nuestro crecimiento en
vida.

Usemos una vez más el ejemplo de la semilla de clavel. La semilla es sembrada en la


tierra y brota, lo cual simboliza la regeneración. Luego el clavel crece, lo cual constituye
el crecimiento en vida, la etapa de la transformación. Finalmente la planta de clavel
crece hasta el momento de su florecimiento, y esto constituye su transfiguración y
glorificación. La etapa del florecimiento de la planta de clavel es la etapa de su
glorificación. Si cuando empieza a brotar la planta de clavel, ella tiene la expectativa de
alcanzar la etapa de su florecimiento y glorificación sin pasar por la etapa de
crecimiento, jamás florecerá. Si uno no crece en vida, aunque espere el tiempo de
florecer, el tiempo de su glorificación, vive en un sueño. No obstante, éste es
precisamente el caso que predomina entre muchos cristianos hoy en día.

Recientemente, fui invitado a cenar con algunos amigos cristianos quienes están muy
familiarizados con la situación mundial. Ellos comentaron que una gran cantidad de
cristianos tienen interés en dos aspectos principales de la profecía: el arrebatamiento, y
las señales relacionadas con la venida del Señor. Sin embargo, si esperamos ser
arrebatados sin crecer en vida, somos soñadores, porque el arrebatamiento será en
realidad nuestra transfiguración y glorificación. Ninguna semilla de clavel puede pasar
de la noche a la mañana de la etapa del brote a la del florecimiento. Imagínese que el
pequeño brote de clavel sueña con que en una sola noche pasa de la etapa del brote a la
del florecimiento. Esto podrá ocurrir en un sueño, pero no en la vida real, porque tal
desarrollo inusual sería contrario a la ley de vida. Según la ley de vida una planta de
clavel debe crecer poco a poco hasta alcanzar su madurez. Entonces, y sólo entonces, su
flor aparecerá. De igual forma nosotros debemos crecer gradualmente hasta llegar a la
medida de un hombre de plena madurez (Ef. 4:13). Una vez que llegamos a la etapa del
florecimiento, estamos listos para ser transfigurados y glorificados. Así que, la
glorificación con la transfiguración solamente es posible una vez que llegamos a la
madurez.

Podemos usar también el ejemplo de la graduación de la universidad. Supongamos que


un estudiante de primer año, sueña con que termine su carrera en una sola noche y que
se gradúe a la mañana siguiente. Esto es un sueño y nada más. En la vida real él no debe
esperar graduarse sino hasta cursar los debidos años de la carrera. Después de haber
terminado todas las materias y de haber pasado los exámenes finales, será aprobado y se
graduará. La graduación nunca viene repentinamente.

Muchos cristianos viven en un sueño. Aunque muchos cristianos esperaron ser


arrebatados al aire, finalmente cada uno fue enterrado. Durante el último siglo y medio
han habido muchas predicciones peculiares respecto a la venida del Señor. Muchos
llamados maestros de profecía aun se han atrevido a fijar la fecha en que el Señor
descendería al aire. Sin embargo, han pasado los años y esto no ha sucedido. Todas las
predicciones han fallado y ninguna se ha cumplido.

Yo fui salvo cuando aún era un adolescente, unos años después de que terminara la
primera guerra mundial. Me gustaba leer siempre la Biblia y conocer sus verdades. Por
eso, aunque era un estudiante pobre, procuraba comprar libros espirituales. Muchos de
los que enseñaban y escribían acerca de profecías, presentaban diversas predicciones, la
mayoría de las cuales fueron derribadas por el comienzo de la segunda guerra mundial;
ninguna de ellas fue cumplida. D. M. Panton, un gran maestro de la Biblia, redactaba un
periódico llamado Dawn [Amanecer]. A mediados de la década de los treinta, él publicó
un artículo que incluía dos fotografías: una de Cesar Nerón y otra de Musolini. Panton
declaró: “Miren estas fotografías, vean lo mucho que se parecen el uno al otro; Musolini
debe ser el anticristo”. Después de leer este artículo, yo dije en una de las reuniones de la
iglesia: “Queridos santos, el señor Panton ha publicado un artículo diciéndonos que
Musolini es el anticristo. Si éste es el caso, ciertamente el Señor viene muy pronto, y
nosotros seremos arrebatados. Hermanos, muy dentro de mi espíritu yo conozco un
principio divino, el cual es que seremos arrebatados cuando hayamos llegado a la
madurez. En el Nuevo Testamento el arrebatamiento se compara con la cosecha, y una
cosecha sólo se logra cuando la siembra ha madurado plenamente. Si la siembra no está
madura, sino que permanece tierna y verde, ¿cómo podríamos cosecharla? Sería
imposible. Hermanos y hermanas, miren la situación que prevalece entre el pueblo del
Señor hoy en día; miren lo sembrado, ¿están maduro? ¿Creen que la etapa de
crecimiento en que se encuentra la siembra actualmente, indica una cosecha inminente?
Es imposible. Miren lo sembrado; en ninguna parte se manifiesta un verdadero
crecimiento. Todavía el crecimiento es muy poco, aunque hay miles de verdaderos
cristianos en toda la tierra, fruto de dos siglos de evangelización llevada a cabo por
misioneros que salieron a las partes más remotas de la tierra con el evangelio. ¿Dónde
está el verdadero crecimiento en vida? Difícilmente encontramos algo de crecimiento y
casi nada de madurez. ¿Cómo entonces podemos esperar la cosecha? Yo me atrevo a
decir que la cosecha no se levantará sino hasta que lo sembrado haya madurado”. Yo
hablé esta palabra hace aproximadamente cuarenta años; sin embargo, el
arrebatamiento aún no ha sucedido. Musolini ya murió y fue sepultado, y ningún
cristiano ha visto al anticristo.

No debemos enfocar el tema de la profecía como si fuera únicamente una cuestión de


predicción. Muchos escritores cristianos lo han hecho así y cada uno de ellos ha sido
avergonzado. Debemos ver que la glorificación con la transfiguración depende de que
crezcamos en la vida divina hasta llegar a la plena madurez. Si queremos ser
glorificados, debemos crecer, porque la glorificación viene como fruto de la madurez.
Cuando lleguemos a la madurez, ésta dará por resultado la glorificación. La glorificación
no se dará por casualidad, ni sucederá de la noche a la mañana. Al contrario, será
producida por el crecimiento en la vida divina. Hermanos y hermanas, necesitamos
crecer. Como lo sembrado por Dios, necesitamos madurar hasta que seamos
cosechados, lo cual será nuestra transfiguración y glorificación.

B. Coherederos con Cristo

De aquí en adelante leeremos más versículos de Romanos 8 y comentaremos acerca de


ellos, incluyendo algunos de los versículos que ya hemos examinado en los dos mensajes
anteriores. Podemos empezar con el versículo 17, donde dice: “Y si hijos, también
herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente
con Él, para que juntamente con Él seamos glorificados”. Los hijos inmaduros no
pueden ser herederos legítimos. Para llegar a ser herederos legítimos, los niños deben
crecer hasta ser hijos maduros, y éstos, a su vez, deben crecer aun más hasta llegar a ser
herederos. Cuando hayamos alcanzado esta etapa de crecimiento, seremos glorificados.
Aunque en el mensaje anterior examinamos este versículo, ahora quisiera abordarlo
desde otro punto de vista. Debemos entender que el crecimiento genuino de cualquier
tipo de vida depende de las dificultades y los sufrimientos. Sin las dificultades y los
sufrimientos, a cualquier tipo de vida le es difícil crecer. Ya hice notar que cuanto más
sufrimiento pasemos, más alto será el grado de gloria. Sin embargo, el sufrimiento
mencionado en el versículo 17 no sólo se relaciona con la glorificación externa, sino
también con el crecimiento de vida. Cuanto más suframos, más creceremos y más rápido
llegaremos a la madurez. Si un sembrado pudiera hablar, ciertamente diría que crece no
sólo debido a la tierra, el agua, el fertilizante, el aire y los rayos del sol, sino también
debido a los sufrimientos. Aun el sol es una fuente de sufrimiento, porque el calor
abrazador del sol quema la siembra para madurarla. Por lo tanto, si esperamos crecer,
debemos decirle al Señor: “Señor, no rechazo ninguna clase de sufrimiento. Los
sufrimientos me ayudan a crecer”. No debemos esperar que tengamos una vida libre de
sufrimientos.

Muchas veces he usado el ejemplo del matrimonio. Indudablemente, todo hermano


joven espera tomar por esposa una hermana que corresponda perfectamente a él, pero
con el tiempo descubre que su esposa es exactamente lo contrario a lo que esperaba. Sin
embargo, no debemos creer que el matrimonio está diseñado para cortarnos en
pedacitos. Al contrario, debemos decir: “Señor, te doy gracias por la buena esposa que
me diste. Mi esposa no me está cortando en pedacitos, sino que me está ayudando a
crecer”. A ningún esposo le gusta oír la palabra no de parte de su esposa. Por el
contrario, a todos los esposos nos gusta que nuestra esposa siempre nos diga la palabra
sí. ¡Cuán dulce es esto! Sin embargo, tal parece que la mayoría de las esposas
acostumbran decir: “No”. Sus frecuentes no nos proporcionan mucho crecimiento a
nosotros los esposos. Hermanos jóvenes, ésta es la razón por la cual ustedes deben
consolarse cuando su querida esposa les dice: “No”. No se perturben ni se ofendan, sino
que digan: “Señor, te doy gracias por estos no”. Tal sufrimiento nos ayuda a crecer y a
madurar. No obstante, como dice el apóstol Pablo en el versículo 18: “Los padecimientos
del tiempo presente no son dignos de compararse con la gloria venidera que en nosotros
ha de revelarse”. Ya abarcamos este aspecto del sufrimiento en el mensaje anterior.

C. Conformados a la imagen del Primogénito

Los versículos 26 y 27 dicen: “Además, de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra
debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu
mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Mas el que escudriña los
corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a Dios intercede por
los santos”. Aquí tenemos al Espíritu que se compadece de nosotros, nos ayuda e
intercede a nuestro favor. ¿Cuál es el propósito de estos beneficios de parte del Espíritu?
Este propósito se encuentra en los versículos del 28 al 30. Pablo empieza el versículo 28
con las palabras: “Y sabemos”, las cuales conectan este versículo con los anteriores. “Y
sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, a los
que conforme a Su propósito son llamados”. ¿Cuál es el propósito del llamamiento de
Dios? Encontramos este propósito en el versículo 29: “Porque a los que antes conoció,
también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de Su Hijo, para
que Él sea el Primogénito entre muchos hermanos”. Pablo no dice que Dios nos conoció
de antemano y nos predestinó para llevarnos a un lugar feliz o para que tuviéramos una
vida que durara para siempre. Esto no es nuestro destino. Dios nos predestinó para que
fuéramos hechos conformes a la imagen de Su Hijo. Este destino fue determinado aun
antes de que fuéramos creados. Antes de la creación del mundo, Dios ya nos había
decretado tal destino, y por eso es nuestra predestinación.

El Hijo primogénito de Dios es el prototipo, y nosotros somos la producción en serie.


Cristo es el modelo, el molde o patrón. Dios nos puso en Cristo para que seamos
moldeados a la imagen de Su Hijo primogénito; gradualmente todos seremos
conformados a este molde. A veces, cuando las hermanas hacen pasteles, vierten la masa
en un molde, la cual toma la misma forma y figura de éste. Además, la masa también
debe hornearse para que el pastel mantenga permanentemente la forma del molde. Si la
masa pudiera hablar, probablemente gritaría: “Hermana, tenga misericordia de mí; no
me someta a tanta presión. No puedo soportarlo. Por favor, no me amase más”. Sin
embargo, la hermana respondería: “Si no te amaso, ¿cómo encajarás en el diseño del
molde? Querida masa, eso no es todo; después de amasarte y moldearte, tengo que
ponerte en el horno. Tal vez pienses que el amasarte es suficiente presión para ti, pero
aún falta aplicarte el fuego del horno. Sólo después de que hayas experimentado la
presión y el calor intenso del horno, llevarás el diseño del molde permanentemente”. De
igual manera Cristo, el Hijo primogénito de Dios, es el prototipo, el patrón o molde, y
nosotros somos la masa. Fuimos puestos en el molde, y ahora somos amasados por la
mano de Dios.

Fuimos predestinados para ser conformados a la imagen del Hijo de Dios a fin de que Él
sea el Primogénito entre muchos hermanos. Éste es el propósito de Dios. Su propósito es
producir muchos hermanos para Su Hijo primogénito. Cuando Cristo era el Hijo
unigénito, Él era único en Su género, pero Dios deseaba engendrar muchos hijos
quienes serían los muchos hermanos de Su Hijo. De esta manera el Hijo unigénito llegó
a ser el Primogénito entre muchos hermanos. Él es el Hijo primogénito, y nosotros
somos los muchos hijos. ¿Cuál es el propósito de esto? El propósito es que expresemos a
Dios de una manera corporativa. El reino de Dios es edificado con Sus muchos hijos, y el
Cuerpo de Cristo es edificado con Sus muchos hermanos. Sin los muchos hijos, Dios no
podría tener un reino, y sin los muchos hermanos Cristo jamás podría tener un Cuerpo.
Así que, la finalidad de los muchos hijos de Dios es el reino de Dios, y la de los muchos
hermanos de Cristo es el Cuerpo de Cristo. El reino de Dios es simplemente la vida del
Cuerpo, y en la iglesia esta vida es el reino de Dios donde Él es expresado y donde Su
señorío es ejercido sobre la tierra. Éste es el propósito de Dios.

Por lo tanto, el versículo 30 dice: “Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los
que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó”. En la
eternidad fuimos predestinados, y en el tiempo fuimos llamados.

¿Por qué Dios dispone nuestro medio ambiente y nuestras circunstancias de tal manera
que experimentemos sufrimientos? No debemos explicar esto según nuestro concepto
natural, diciendo: “Toda la tierra está llena de sufrimientos y todos pasan por
dificultades. ¿Por qué debíamos nosotros ser la excepción?”. Éste es un concepto
natural, y no debemos aceptarlo. Es preciso entender que el propósito de Dios consiste
en hacer de nosotros Sus hijos maduros y no hijitos. No debemos estar conformes con
ser niños que disfrutamos de Su tierno cuidado y amor. Dios quiere hacernos hijos
maduros lo suficientemente adultos como para ser herederos legítimos, a fin de que
recibamos en herencia todo lo que Él es en el universo y que lo expresemos y ejerzamos
Su señorío sobre la tierra. Ya que la intención de Dios es introducirnos en la plena
filiación, necesitamos crecer. No hay duda de que el crecimiento proviene de la
alimentación interior, pero ésta requiere la cooperación del medio ambiente. Conforme
a nuestra percepción, la mayor parte del ambiente externo es desagradable y, por eso, es
un sufrimiento para nosotros. No digo que el medio ambiente no sea bueno; siempre lo
es, pero tal vez no parezca ser bueno.

En algunas ocasiones los padres actúan de cierta forma para con los hijos, lo cual, de
acuerdo con el sentimiento de los niños, no es algo positivo. Los niños gritarán y
llorarán, creyendo que están sufriendo mucho. Sin embargo, los buenos padres no son
engañados por las lágrimas de sus hijos. A algunas madres jóvenes les engaña el llanto
de sus niños y cambian su política y su actitud inmediatamente al ver las lágrimas en los
ojos de sus pequeños. Pero no es ninguna ganancia que los niños engañen a sus padres
con sus lágrimas. Una madre debe decir a su hijo: “No me importa que estés llorando;
yo sé que lo que estoy haciendo es muy bueno para ti, incluso lo mejor. Tú puedes decir
que estás sufriendo, pero yo sé cuánto beneficio te traerá”.

Dios nos trata de la misma forma. Él sabe en cuáles circunstancias y en qué ambiente
podemos crecer bien. Él es nuestro Padre, y todo está bajo Su arreglo soberano; Él no
puede equivocarse. Todo lo que Él hace para nosotros es excelente y maravilloso,
aunque no nos parezca así. Por eso, no debemos hacer caso a nuestros sentimientos,
sino a lo que ha dispuesto Dios. ¿Fue usted quien decidió nacer en el siglo XX? ¿Fue
usted quien planeó en cuál familia nacería, y cuáles padres y hermanos tendría? ¿Fue
usted quien diseñó su cara? Usted no hizo ninguna de estas cosas. Fue Dios quien
escogió el lugar de su nacimiento y quien diseñó su cara. Dios nos seleccionó, nos
predestinó y planeó que naciéramos en el debido lugar y tiempo. Él sabe lo que es mejor
para nosotros, y todo está bajo Su control. Vuelvo a decir que, conforme a nuestros
sentimientos, las circunstancias en las cuales nos hallamos tal vez nos sean un
sufrimiento, pero en realidad son una bendición, son la soberana provisión de Dios.
Todo lo que necesitamos para crecer en la vida divina ha sido soberanamente provisto
por Dios. Todo está muy bien. Por lo tanto, cuando estamos experimentando penas y
sufrimientos, debemos negarlos y decir: “Satanás, tú eres un mentiroso. Esto no es
ninguna pena ni sufrimiento para mí; es lo que Dios ha dispuesto para mí. Es una
bendición que me ayudará a crecer y a llegar a la plena filiación”. Todos necesitamos un
medio ambiente apropiado que nos provea los elementos que se requieren para nuestro
crecimiento en la vida divina. No obstante, cuando nos suceden cosas desagradables, es
posible que no entendamos que vienen de la mano de nuestro Padre con la intención de
hacernos crecer.

1. Al obrar el Espíritu en nuestro ser interior

Aun si entendemos todo lo anterior, podríamos decir: “¿Cómo puedo soportar esto? Oh,
yo no sé orar”. Así que empezamos a gemir, y mientras está gimiendo, el Espíritu gime
en nuestro gemir. Cuando estudié este pasaje de la Palabra en mi juventud, me dije: “Yo
nunca he escuchado el gemir del Espíritu”. ¿Cuándo ha gemido Él a través de mí?
Finalmente descubrí que según este capítulo, todo lo que nosotros hacemos, el Espíritu
también lo hace. Cuando clamamos: “Abba, Padre”, el Espíritu también clama. Cuando
nuestro espíritu da testimonio dentro de nosotros, el Espíritu también da testimonio. De
igual forma, cuando gemimos, el Espíritu gime juntamente con nosotros.

¿Por qué gemimos? Porque estamos sufriendo y no sabemos cómo orar. Parece que el
Espíritu Santo no nos da las palabras adecuadas para orar; no sabemos ni entendemos
nada, y el Espíritu de igual manera no parece saber ni entender. En esa situación no
sabemos ni qué orar y, aparentemente, el Espíritu tampoco sabe. El Espíritu ora a
nuestra manera. Nosotros gemimos, y Él también gime. Nosotros gemimos casi sin
propósito, pero el Espíritu gime con un propósito concreto. Este propósito no lo
podemos expresar, pero el Espíritu sí puede. Sin embargo, si Él lo expresara, nosotros
no lo entenderíamos, porque lo haría en un lenguaje celestial y divino. Ya que es difícil
para nosotros entender, el Espíritu no expresa nada. Lo que hace es “interceder por
nosotros con gemidos indecibles”. No obstante, hay un propósito en todo ello.
¿Cuál es este propósito? El Espíritu Santo gime en nuestro gemir a fin de que podamos
ser plenamente conformados a la imagen del Hijo primogénito de Dios. Éste es el
propósito. Muchos santos cuando enfrentan dificultades dicen: “Yo simplemente no
entiendo por qué me pasa esto a mí. ¿Por qué me pasa esto a mí?”. Yo creo que todos
hemos dicho o pensado esto muchas veces. Es posible que aun los que recientemente
han sido salvos hayan hablado de esta manera alguna vez. ¿Por qué nos suceden estas
cosas? Porque el Espíritu que gime ha intercedido por nosotros. Aunque usted no sepa
el propósito, Él sí lo sabe y ora según Dios. Cristo es el modelo o patrón, y el Espíritu ora
para que todo lo que suceda, ayude a conformarnos a dicho modelo, a la imagen del
Primogénito.

No sólo el Espíritu gime en nosotros de esta manera, sino que también nosotros
podemos orar por otros de la misma forma. Yo he experimentado esto muchas veces en
mi ministerio. Recuerdo el caso de un querido hermano que amaba mucho al Señor; sin
embargo, él tenía un modo de ser que era muy peculiar y nadie podía soportarlo. Por esa
razón, oramos por él, diciendo: “Señor, he aquí un querido hermano con un gran
potencial. Él es un material excelente. Señor, él te ama, pero nadie puede sobrellevar su
modo de ser que es tan peculiar. Señor, encárgate de este caso. Tú conoces la situación
de nuestro hermano”. Después de algún tiempo el hermano se enfermó y empezó a
lamentarse: “Yo no sé por qué razón me sucede esto a mí”. Inmediatamente le pidió a su
esposa que hablara con los ancianos y que les pidiera que lo visitaran y tuvieran
comunión con él. Cuando fuimos a verlo, lo primero que dijo fue: “Hermanos, ustedes
conocen mi situación; no entiendo por qué me sucede esto a mí”. En lo más recóndito de
nuestro ser, nosotros, al igual que el Espíritu Santo, sabíamos por qué él estaba
sufriendo; no obstante, no nos atrevimos a decir nada. Simplemente hablamos como él:
“Oh, hermano, ¿por qué tiene que pasarle esto a usted?”. Eso fue todo lo que pudimos
decirle. Cuando el hermano nos pidió que orásemos con él, no supimos cómo proceder.
Simplemente dijimos: “Oh, Señor Jesús, ¿por qué tiene que pasarle esto a nuestro
hermano?”. Aunque muy dentro de nosotros sabíamos la razón, todo lo que pudimos
decir fue: “Oh, Señor, haz lo que sea mejor para nuestro hermano”. Esto no lo ofendió
porque él también esperaba lo mejor, y él dijo: “Amén”. Él entendió nuestra oración de
una manera, y nosotros la entendimos de otra. Nosotros estábamos pensando: “Señor,
haz lo mejor para tocar a nuestro hermano y para subyugarlo, para quemarlo y
consumirlo”. Aunque no nos atrevimos a decir esto, tuvimos tal propósito dentro de
nosotros, el cual no podíamos expresar en ese momento. No obstante, Dios, que
escudriña los corazones, contestó esa oración, pues era conforme a Su deseo. Las
dificultades de nuestro hermano continuaron y la enfermedad persistió durante algún
tiempo. Él estaba muy perturbado y pidió a su esposa que fuera por nosotros de nuevo.
Volvimos y tuvimos comunión con él, diciendo: “Oh, hermano, ¿por qué ha durado tanto
esta enfermedad?”. Una vez más, dentro de nosotros sabíamos claramente la respuesta,
pero de nuevo no dijimos nada. Cuando él nos pidió que oráramos, simplemente
dijimos: “Oh, Señor, seguimos pidiéndote que hagas lo mejor”. Alabado sea el Señor
porque algún tiempo después la situación de este hermano cambió. Primeramente fue
librado un poco de su modo de ser, y entonces fue sanado de su enfermedad. Finalmente
él pudo gritar: “¡Aleluya! Ahora lo entiendo; ahora lo entiendo”.

¿Por qué gime el Espíritu en nosotros con gemidos indecibles? Él gime para que
podamos ser moldeados, conformados a la imagen del Hijo de Dios. Es mucho más fácil
hablar acerca de la santificación en vida. Sin embargo, junto con la santificación
tenemos la conformación. No sólo necesitamos ser santificados, es decir, saturados de lo
que Dios es, sino que también necesitamos ser moldeados. Podemos separarnos de todo
lo común y ser saturados de la naturaleza santa de Dios, pero es posible que todavía
carezcamos de la conformación. La santificación probablemente no requiere ningún
sufrimiento, pero la conformación sí requiere el sufrimiento. En el proceso de la
santificación no hay un modelo al cual conformarnos; solamente se requiere un cambio
de nuestra manera de ser, un cambio de naturaleza. Pero en el proceso de la
conformación sí existe un molde mediante el cual somos conformados a la imagen del
Hijo de Dios. Juntamente con este molde se incluye la presión, el amasar, la mezcla con
el agua y el fuego en el horno. Si la masa, la harina fina, pudiera hablar, diría: “Qué
sufrimiento es esto para mí. Usted me mezcla con otros ingredientes, me aplica mucha
presión y aún me pone en un horno donde estoy expuesto al fuego. Todo el proceso del
cocimiento es un sufrimiento”. Esto es cierto, pues sin este sufrimiento no podríamos
ser moldeados ni conformados al modelo.

ESTUDIO-VIDA DE ROMANOS
MENSAJE VEINTIUNO

HEREDEROS DE LA GLORIA

(4)

2. Al cooperar todas las cosas para nuestro bien en las circunstancias


externas

No podemos eludir el proceso mencionado en el mensaje anterior, pues por esto el


Espíritu Santo intercede con gemidos. Dios el Padre conoce el propósito de los gemidos
del Espíritu y, por eso, causa que todas las cosas cooperen para nuestro bien (v. 28).
Después de los versículos 26 y 27, donde se menciona la intercesión del Espíritu,
tenemos el versículo 28, que dice: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas
cooperan para bien, esto es, a los que conforme a Su propósito son llamados”. El
Espíritu Santo gime dentro de nosotros, intercediendo a nuestro favor, y Dios el Padre
responde a esta intercesión causando que todas las cosas cooperen para nuestro bien.
En el idioma griego, la frase traducida “todas las cosas” denota todos los asuntos, todas
las personas y todas las cosas, todo en todo. Dios el Padre es soberano y dispone todas
las cosas. Él sabe cuántos cabellos necesitamos (Mt. 10:30) y cuántos hijos debemos
tener. Uno no debe quejarse de sus hijos, porque Dios no le daría ni más ni menos de los
que necesita. Él es soberano. Él lo sabe todo. Él sabe si uno necesita hijos obedientes o
desobedientes; Él sabe si los hijos de usted deben ser hombres o mujeres. Una y otra vez
vuelvo a decir que Él lo sabe todo. Él dispone que todas las cosas, todos los asuntos y
todas las personas cooperen para nuestro bien. Parece que Dios sacrifica a todos los
demás sólo por nosotros. El esposo es sacrificado por el bien de la esposa, y la esposa
por el bien del esposo. Asimismo los padres son sacrificados por el bien de los hijos, y
los hijos por el bien de los padres. ¿Quién puede realizar tal obra? Solamente Dios. Yo le
he dicho al Señor: “Señor, ¿por qué sacrificas a todos sólo por mí?”. Tengo la sensación
interior de que todos los hermanos con quienes coordino, y aun todas las iglesias, son
sacrificados sólo por mí. No obstante, cuando ustedes sufren, yo sufro aun más. Cuando
la esposa sufre alguna pérdida, el esposo sufre más, y cuando los hijos sufren, los padres
sufren más. Alabado sea el Señor porque Dios dispone que todas las cosas, todos los
asuntos y todas las personas cooperen para el bien de aquellos que le aman y que han
sido llamados por Él con el fin de cumplir Su propósito.

El destino que Dios determinó de antemano para nosotros nunca puede cumplirse sin el
arreglo divino que causa que todas las cosas cooperen para nuestro bien. Nuestro
destino es ser hechos conformes a la imagen del Hijo primogénito de Dios. Todavía no
hemos llegado a tener esta imagen, pero Dios el Padre está planeando, moldeándonos y
actuando al causar que todas las cosas cooperen para nuestro bien. ¡Alabado sea el
Señor! Mientras nosotros gemimos, Él está moldeándonos.

Esto debe consolarnos. Si usted tiene un cónyuge agradable, debe darle alabanzas al
Señor por ello, pero si su cónyuge es problemático, debe alabar al Señor por tal cónyuge.
Ya sea que su cónyuge sea agradable o difícil, amable u hostil, o que sus hijos sean
obedientes o desobedientes, de cualquier manera usted tiene un gran consuelo porque
puede decirle al Señor: “Yo puedo cometer errores muchas veces, e incluso he cometido
muchos errores, pero Tú nunca lo haces. Aun mis errores están en Tus manos. Si Tú no
quisieras que yo cometiera errores, cambiarías toda la situación con tan sólo mover Tu
dedo meñique, yo no los cometeré. Todo está en Tus manos”. Por lo tanto, todos
debemos estar contentos cualquiera que sea nuestra situación.
Sin embargo, no debemos ser tan espirituales que nos vayamos al extremo de pedirle al
Padre que nos envíe sufrimientos. No oremos por sufrimientos; en vez de eso, debemos
orar: “Padre, líbrame de la tentación; líbrame de toda clase de sufrimientos; guárdame
de todo tipo de perturbación”. Aunque oremos de esta forma, algunas dificultades y
aflicciones nos sobrevendrán. Cuando esto le suceda a usted, no se queje ni se preocupe;
por el contrario, debe decir: “Padre, gracias por esto. Padre, si es posible, pasa de mí
esta copa. No obstante, Padre, no se haga mi voluntad sino la Tuya”. Ésta es la actitud
apropiada. Nunca debemos orar pidiendo al Padre que envíe los sufrimientos, sino que
nos libre de los sufrimientos. Sin embargo, cuando éstos se presenten, no debemos
desanimarnos, sino aceptarlos y continuar orando: “Padre, si es posible, aparta esto de
mí. Manténme en Tu presencia; apártame de todo problema y distracción”. Por un lado,
debemos orar de esta manera; por otro, debemos estar conformes con todo lo que el
Padre nos dé, porque sabemos que todo está en Sus manos, y se nos presenta para que
podamos ser conformados a la imagen de Su Hijo primogénito. Esta conformación nos
prepara para ser glorificados.

Ahora prosigamos a Romanos 8:31, donde dice: “¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es
por nosotros, ¿quién contra nosotros?”. No debemos tomar esta palabra conforme a
nuestro concepto natural. Dios no es por nosotros conforme a nuestra manera, sino
conforme a la Suya.

El versículo 32 dice: “El que no escatimó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por
todos nosotros, ¿cómo no nos dará gratuitamente también con Él todas las cosas?”. La
palabra todas en este versículo es la palabra griega pánta, que significa “todas las cosas,
todos los asuntos y todas las personas”. Todos las cosas, todos los asuntos y todas las
personas se nos dieron gratuitamente. Debemos creer que todas las cosas cooperan para
nuestro bien. Aun nuestros enemigos existen para nuestro bien.

“¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica” (v. 33). Solamente Dios
puede acusarnos, pero Él no lo hace sino que nos justifica.

“¿Quién es el que condena? Cristo Jesús es el que murió; más aun, el que también
resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros”.
En el versículo 10 vemos claramente que Cristo está en nosotros, pero aquí en el
versículo 34 se nos dice que Cristo está a la diestra de Dios. Así que, en un mismo
capítulo se nos dice que Cristo está en dos lugares distintos: en nosotros y a la diestra de
Dios. ¿Dónde está Cristo? Debido a que Él es el Espíritu (2 Co. 3:17), Él es
omnipresente. Cristo está tanto en los cielos como en la tierra, tanto a la diestra de Dios
como en nuestro espíritu. Según el versículo 26, el Espíritu intercede dentro de
nosotros, pero según el versículo 34, Cristo intercede por nosotros estando a la diestra
de Dios. ¿Acaso tenemos dos intercesores, uno dentro de nosotros y otro a la diestra de
Dios? No; los dos son uno solo. Esto es semejante a la electricidad que se encuentra en
nuestros hogares así como en la central eléctrica; no obstante, la electricidad es una
sola. De igual forma, Cristo intercede por nosotros, estando tanto a la diestra de Dios
como en nuestro espíritu.

Ahora me gustaría dirigir su atención al hecho de que en el versículo 30 todos los verbos
están en tiempo pasado. Leamos este versículo de nuevo: “Y a los que predestinó, a éstos
también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos
también glorificó”. Ya que la glorificación ocurrirá en el futuro, ¿por qué Pablo dice
“glorificó” y no “glorificará”? Aunque la glorificación no ha ocurrido aún, Pablo usa el
tiempo pasado. ¿Qué significa esto? Una vez más vemos que si sólo leemos la Biblia
según las letras impresas, tendremos dificultad para entenderla. Yo le pregunto, ¿ya se
llevó a cabo la glorificación? ¿Por qué el apóstol Pablo aquí dice “glorificó”? ¿Ha sido
usted glorificado? La Biblia dice que ya fuimos glorificados. Todo lo que se menciona en
el versículo 30 es un hecho consumado: fuimos predestinados, llamados, justificados y
glorificados. No hay ningún problema con decir que fuimos predestinados, porque ésa
fue una acción realizada en el pasado. Podemos también decir que fuimos llamados; sin
embargo, muchos todavía no han sido llamados, por lo que debemos predicarles el
evangelio para que puedan así ser llamados. Además, aunque fuimos justificados,
muchos recién convertidos han de ser justificados. Más aun, ninguno de nosotros ha
sido glorificado, incluyendo a Pablo mismo. No obstante, Pablo puso todo en tiempo
pasado.

Debemos tener presente que nosotros estamos limitados por el tiempo. Un gran maestro
dijo que en el cielo no existe reloj, porque Dios es el Dios de la eternidad. Él es el Dios
eterno; para Él no existe el tiempo. ¿Cuándo fuimos glorificados? Fuimos predestinados,
llamados, justificados y glorificados en la eternidad pasada. Ante Dios, y de acuerdo con
Su concepto, todo ya está cumplido. Dígame, si la glorificación no ha sido realizada
todavía, ¿cómo podía el apóstol Juan haber visto la Nueva Jerusalén hace mil
novecientos años? Él no estaba soñando; realmente la vio (Ap. 21:2). ¿Ha notado usted
que casi todos los verbos usados en el libro de Apocalipsis, el cual está lleno de profecías
de eventos futuros, se encuentran en tiempo pasado, indicando que todas esas cosas han
sido realizadas? ¿Por qué menciono esto? Porque esto explica la razón por la cual el
versículo 31 viene después del versículo 30. Nuestra predestinación ha sido asegurada;
no necesitamos ninguna compañía de seguros. Nuestra justificación y glorificación están
plenamente firmes, pues fueron aseguradas en el mismo Dios eterno. En todo el mundo
no existe compañía de seguros que pueda igualarse con Él. Él mismo es la más grande
compañía aseguradora. Nuestra salvación, justificación y glorificación están seguras
porque Él ya lo realizó todo. Nosotros pensamos que la glorificación se llevará a cabo en
el futuro, pero Dios la ve cumplida. En Dios todo es eterno. El hecho de que fuimos
predestinados, llamados, justificados y glorificados, es eterno y no está sujeto al tiempo.
Por eso, estamos asegurados.

D. La glorificación

1. La manifestación de los hijos de Dios


en la libertad de la gloria

Ahora, continuando con el versículo 19, llegamos a la glorificación: “Porque la creación


observa ansiosamente, aguardando con anhelo la manifestación de los hijos de Dios”. En
este versículo la palabra manifestación también puede traducirse “revelación” e indica
correr el velo. Algo fue cubierto con un velo, pero un día el velo será removido y las
cosas escondidas serán reveladas. Aunque somos hijos de Dios, estamos cubiertos con
un velo y todavía no hemos sido revelados. Cuando el Señor Jesús estaba en la tierra, era
el Hijo de Dios, pero Su carne humana servía como velo que lo cubría (Mt. 17:1-2).
Ocurre lo mismo con nosotros. Aunque somos hijos de Dios, aún nos encontramos bajo
un velo; pero un día este velo será quitado, lo cual será nuestra glorificación. Todos los
hijos de Dios saldrán de debajo del velo y serán revelados. Entonces todo el universo
contemplará los hijos de Dios.

La creación aguarda con anhelo y espera ansiosamente ver la manifestación de los hijos
de Dios, porque “la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por
causa del que la sujetó, con la esperanza de que también la creación misma será
libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad de la gloria de los hijos de Dios”
(vs. 20-21). Ya vimos que toda la creación está sujetada a vanidad, a cautiverio y a la
esclavitud de corrupción. Su única esperanza consiste en ser libertada de esta esclavitud
y trasladada a la libertad de la gloria de los hijos de Dios cuando los hijos de Dios sean
manifestados. Aunque la creación se encuentra actualmente sujeta a una condición de
vanidad y corrupción, Dios traerá el reino que la reemplazará. La presente condición
está llena de vanidad y de esclavitud de corrupción, pero el reino venidero será un reino
de la gloria de Dios, compuesto principalmente de los hijos de Dios, los cuales para ese
entonces habrán sido manifestados o revelados. Cuando este reino se manifieste, toda la
creación será libertada. La creación aguarda con anhelo y con ansia a que llegue este
reino. Así que, “toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta
ahora” (v. 22). El universo se encuentra gimiendo y con dolores de parto esperando la
manifestación de los hijos de Dios. Además, “nosotros mismos, que tenemos las
primicias del Espíritu”, también gemimos mientras esperamos la filiación, la redención
de nuestro cuerpo (v. 23).
En el versículo 24 Pablo dice: “Porque en esperanza fuimos salvos; pero la esperanza
que se ve, no es esperanza; porque ¿quién espera lo que ya ve?”. La esperanza
mencionada en este versículo es la esperanza de gloria. Ya que ninguno de nosotros ha
visto jamás esta esperanza, es una esperanza completa y genuina. Si hemos visto cierta
porción de una esperanza, ya no es completa sino parcial. La esperanza de la gloria es
una esperanza completa, porque no hemos visto ninguna parte de ella. Por lo tanto,
estamos esperando tal esperanza, aguardándola “con perseverancia y anhelo” (v. 25).

2. Participaremos en la gloria de Dios

Romanos 5:2 dice que “nos gloriamos por la esperanza de la gloria de Dios”, y 9:23 dice
que somos “vasos de misericordia, que Él preparó de antemano para gloria”. Ésta es la
gloria que se encontrará en la manifestación del reino venidero, en el cual
participaremos nosotros, los que habremos sido revelados como hijos de Dios. Dios nos
llamó a esta gloria (1 Ts. 2:12; 2 Ts. 2:14; 1 P. 5:10). Cristo mismo es la esperanza de esta
gloria (Col. 1:27), la cual aguardamos y esperamos. Nuestra esperanza es simplemente
Cristo quien será revelado como nuestra gloria. Desde ahora nos gloriamos y nos
regocijamos en esta esperanza de gloria. En el día de nuestra glorificación
participaremos en esta gloria. Cuando Cristo se manifieste, nosotros también seremos
manifestados con Él en gloria (Col. 3:4). Éste es nuestro destino.

III. HEREDEROS QUE NO PUEDEN


SER SEPARADOS DEL AMOR DE DIOS

“¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o


hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Según está escrito: Por Tu causa somos
muertos todo el día; somos contados como ovejas de matadero” (vs. 35-36). Aunque
aquí ciertamente se refiere al sufrimiento, los versículos siguientes declaran: “Antes, en
todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó. Por lo
cual estoy persuadido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo
presente, ni lo por venir, ni potestades, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa
creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (vs.
37-39). No estamos derrotados; somos más que vencedores por causa de Dios quien nos
ama. ¿Por qué Dios nos cuida tanto y hace tantas cosas por nosotros? Simplemente
porque somos Sus amados. Nadie puede separarnos de Su amor. Una vez que Él nos
ama, lo hace para siempre y con amor eterno. Nada podrá separarnos de Él. Debido a
que Él nos ama y a que somos Sus amados, tarde o temprano todos seremos
santificados, transformados, conformados y glorificados.
Pablo era muy sabio y muy profundo. Hice notar anteriormente que él compuso las tres
secciones de Romanos de acuerdo con los tres atributos de Dios: Su justicia, Su santidad
y Su gloria. Sin embargo, finalmente Pablo nos guía al amor de Dios, porque nuestra
seguridad no depende sólo de la justicia, santidad y gloria de Dios, sino también de Su
amor. ¿Qué es el amor de Dios? El amor es el corazón mismo de Dios. El amor de Dios
procede de Su corazón. La justicia es el camino de Dios, la santidad es Su naturaleza, la
gloria es Su expresión, y el amor es Su corazón. Pablo, después de hablar de la justicia,
santidad y gloria de Dios, nos conduce al corazón de amor de Dios. ¿Por qué demostró
Dios Su justicia? Porque el hombre cayó. El hombre no era recto ante Dios y necesitaba
Su justicia. ¿Por qué debe Dios ejercer Su santidad? Porque el hombre es común y
ordinario, y Dios debe santificar a todos Sus escogidos comunes y ordinarios. ¿Por qué
debe Dios darnos Su gloria? Porque todos Sus escogidos nos hallamos en una condición
baja, miserable y vil. Por lo tanto, Él tiene que ejercer Su gloria a fin de transfigurarnos.
Pero, ¿qué es lo que había en el corazón de Dios originalmente? El amor. Antes de que
Dios ejerciera Su justicia, santidad y gloria, Él ya nos amaba. El amor fue la fuente, la
raíz y el origen de todo. Dios nos amó antes de predestinarnos, nos amó antes de
llamarnos, nos amó antes de justificarnos y nos amó antes de glorificarnos. Antes de
todo y de cualquier otra cosa, Él nos amó. Nuestra salvación se originó con el amor de
Dios. El amor es la fuente de todo lo que Dios hace por nosotros, y este amor es Su
corazón mismo. El amor es la fuente de la salvación eterna de Dios, la cual incluye la
redención, la justificación, la transformación, la conformación y la glorificación. La
salvación se inició en el amoroso corazón de Dios.

Por lo tanto, después de haberse realizado la obra salvadora de Dios, Su amor garantiza
nuestra seguridad. El amor de Dios no es sólo la fuente de nuestra salvación, sino
también la seguridad de nuestra salvación. Muchos cristianos hablan acerca de la
seguridad eterna; la seguridad eterna es el amor de Dios. Dios no puede negar ninguno
de Sus atributos. Nuestra seguridad es Su amor. En el versículo 31 Pablo pregunta:
“¿Qué, pues, diremos a esto?”. ¿Qué diremos acerca de la predestinación, el
llamamiento, la justificación y la glorificación? Lo único que podemos decir es:
“¡Aleluya!”. “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?”. Ahora podemos
entender esta palabra de una manera profunda. Dios es por nosotros debido a que desde
la eternidad Su corazón nos amaba. Así que, Su amor es nuestra seguridad.

Pablo habló acerca de este amor en Romanos 5:8 cuando dijo que “Dios muestra Su
amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”. Al
decir esto, Pablo, en realidad, introducía el amor de Dios y lo recomendaba. Cuando
creímos en Jesús, el Espíritu Santo derramó el amor de Dios en nuestros corazones
(5:5). Aunque Pablo mencionó el amor de Dios en Romanos 5, no lo abarcó cabalmente;
esperó hasta que hubo abarcado completamente la inmensidad de la predestinación,
llamamiento, justificación y glorificación efectuados por Dios. Después de terminar toda
esta exposición, llegó al momento apropiado para presentarnos una plena revelación del
amor de Dios. Pablo estaba convencido de que nada podía separarnos del amor de Dios,
porque sabía que este amor no procede ni depende de nosotros, sino de Dios mismo.
Este amor no fue iniciado por nosotros, sino por Dios en la eternidad. Debido a esto
Pablo pudo afirmar que somos más que vencedores en todas las cosas. Él estaba
convencido de que nada nos podría “separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús
Señor nuestro”.

La expresión en Cristo Jesús tiene mucho significado. ¿Por qué dijo Pablo esto? Porque
él sabía que si el amor de Dios se hubiera mostrado aparte de Cristo Jesús, habría
problema. Aparte de Cristo Jesús, incluso un pequeño pecado como el enojarse nos
separaría del amor de Dios. Sin embargo, el amor de Dios no es simplemente el amor de
Dios en Sí mismo, sino el amor de Dios, que es en Cristo Jesús. Ya que el amor de Dios
está en Cristo Jesús, todo está garantizado, y nosotros estamos seguros de que nada
puede separarnos de Él. ¿Está usted seguro? Pablo lo estaba. Yo hablo de estar seguro,
pero Pablo usó la palabra persuadido diciendo: “Estoy persuadido”. Pablo estaba
convencido de que en todas las cosas “somos más que vencedores por medio de Aquel
que nos amó”. Esto no quiere decir que podemos vencer por nuestra propia cuenta, sino
que Dios es amor y que Cristo es victorioso. Dios nos ama y Cristo lo realizó todo por
nosotros. Ya que el amor de Dios es eterno, Su amor en Cristo Jesús es nuestra
seguridad. No sólo hemos recibido la justicia, santidad y gloria de Dios, sino que
también estamos en Su corazón de amor. Ahora podemos entender 2 Corintios 13:14,
que dice: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu
Santo sean con todos vosotros”. El amor de Dios es la fuente. Por lo tanto, el apóstol
Pablo nos ha conducido a través de la justicia, santidad y gloria de Dios, y nos ha
introducido en el corazón del Dios de amor, donde ya nos hallamos. ¡Aleluya! Ésta es
nuestra póliza de seguro eterna. Ahora usted sabe qué responder a la gente cuando le
pregunta si usted tiene algún seguro de vida. Usted puede decir: “Tengo un seguro. Mi
póliza de seguro se encuentra en Romanos 8:31-39. Estoy asegurado por el amor en el
corazón de Dios”. Estamos asegurados por el eterno amor de Dios en Cristo Jesús.
ESTUDIO-VIDA DE ROMANOS
MENSAJE VEINTIDÓS

LA ELECCIÓN DE DIOS, NUESTRO DESTINO

(1)

Hasta aquí hemos abarcado los capítulos del 1 al 8 de Romanos. Los capítulos del 9 al 11
podrían considerarse como un paréntesis, y entonces el capítulo 12 sería una
continuación del capítulo 8. En términos del proceso, o práctica, de la vida, es correcto
decir esto. Sin embargo, no creo que según el concepto de Pablo estos capítulos fueran
parentéticos, pues en ellos se hallan algunos elementos que forman una continuación
entre los capítulos del 1 al 8 y los del 12 al 16. Por lo tanto, en cierto sentido los tres
capítulos forman un paréntesis, pero en otro, constituyen una continuación entre la
sección que termina en el capítulo 8 y la que empieza con el capítulo 12.

I. POR DIOS QUIEN LLAMA

La elección de Dios es nuestro destino. Nuestro destino eterno fue plenamente


determinado por la elección de Dios. Esta elección y destino dependen completamente
del propio Dios quien llama, y no de las obras del hombre. Nuestra elección es
absolutamente de Dios quien llama. Para comprender cabalmente este asunto debemos
leer Romanos 9:1-13.

El versículo 1 dice: “Verdad digo en Cristo, no miento, y mi conciencia da testimonio


conmigo en el Espíritu Santo”. Este versículo demuestra que la conciencia es una parte
del espíritu humano. Hemos visto que el Espíritu Santo da testimonio juntamente con
nuestro espíritu (8:16). Pero en este versículo se nos dice que nuestra conciencia da
testimonio en el Espíritu Santo. Por lo tanto, podemos concluir que puesto que el
Espíritu Santo da testimonio con nuestro espíritu, y nuestra conciencia da testimonio
con el Espíritu Santo, nuestra conciencia debe de ser parte de nuestro espíritu.

La conciencia de Pablo daba testimonio de que él tenía gran tristeza y continuo dolor en
su corazón (v. 2). Esto era la angustia que Pablo sentía por el anhelo de que sus
conciudadanos pudieran ser salvos.

“Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por el bien de mis
hermanos, mis parientes según la carne” (v. 3). Ésta es una oración muy seria. Pablo oró
de una manera tan intensa debido a su deseo de que el pueblo de Israel fuera salvo. Era
necesario orar pidiendo que Israel fuera salvo, pero desear ser anatema fue demasiado.
No importa cuán espirituales podamos ser y cuánto podamos estar en nuestro espíritu,
es posible que oremos de una manera que no sea del Señor. Cuando en su oración Pablo
deseaba ser un anatema, separado de Cristo, no creo que esta oración proviniera del
Señor. ¿Cree usted que el Señor motivó a Pablo a orar que él fuera anatema, separado de
Cristo? No creo que el Señor exigiese que él orara así. Entonces, ¿qué lo motivó a orar de
esta forma? Fue el intenso deseo de su corazón. Él oró de esta manera debido a su gran
amor por sus conciudadanos.

Muchas veces tenemos un intenso deseo por algo, y ese deseo nos lleva a orar de una
manera extrema. Un hermano tal vez ore por su esposa, quien se encuentra seriamente
enferma, haciendo súplicas desesperadamente y aun con ayunos. Es posible que el
Señor conteste la oración, pero no de acuerdo con los deseos del hermano. Tal fue el
caso con la oración de Pablo en el versículo 3. Él oró con un gran deseo de que Dios
pudiera dejarlo a un lado y hacerlo un anatema, para que sus hermanos pudieran ser
salvos. Dios contestó la oración de Pablo, pero no en la manera que éste deseaba.

“Que son israelitas, de los cuales son la filiación, la gloria, los pactos, la promulgación de
la ley, el servicio del tabernáculo y las promesas” (v. 4). En este versículo la filiación se
refiere al derecho de heredar. ¿Qué es la gloria mencionada en este versículo? La gloria
de Dios fue manifestada al menos en dos ocasiones al pueblo de Israel: en el desierto
cuando el tabernáculo fue erigido (Éx. 40:34) y en Jerusalén cuando el templo fue
construido y dedicado (2 Cr. 5:13-14). En ambas ocasiones los israelitas vieron la gloria
de Dios. Los pactos son aquellos que Dios hizo con Abraham (Gn. 17:2; Hch. 3:25; Gá.
3:16-17) y con los hijos de Israel en el Sinaí (Éx. 24:7; Dt. 5:2), y en Moab (Dt. 29:1, 14).
Los israelitas valoran mucho estos pactos (Ef. 2:12). La promulgación de la ley se refiere
a la ley dada por Dios (Dt. 4:13; Sal. 147:19), la cual es de sumo valor para los israelitas.
El servicio mencionado en este versículo indudablemente se refiere al servicio sacerdotal
o levítico, porque todo el servicio relacionado con el tabernáculo era dirigido por los
sacerdotes y los levitas. Las promesas son las que Dios hizo a Abraham, a Isaac, a Jacob
y a David (Ro. 15:8; Hch. 13:32).

El versículo 5 dice: “De quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino el
Cristo, quien es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén”. Los patriarcas
fueron Abraham, Isaac, Jacob y otros. Cristo también, según Su naturaleza humana,
provino de los hijos de Israel. Aquí Pablo dice que Cristo es “Dios sobre todas las cosas,
bendito por los siglos”. Cuando Pablo abordó este asunto en sus escritos, él estaba tan
lleno de la gloriosa persona de Cristo que él simplemente derramó lo que había en su
corazón: “Cristo, quien es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén”. El
hecho de que nuestro Señor Jesucristo es el propio Dios quien es sobre todas las cosas y
bendito por los siglos, debe dejar en todos nosotros una profunda impresión, y debemos
comprenderlo y apreciarlo plenamente. Aunque Él es un descendiente del linaje judío
según la carne, Él es el propio Dios infinito. Así que, Isaías 9:6 declara: “Un niño nos es
nacido ... y se llamará su nombre ... Dios fuerte”. Le alabamos por Su deidad y le
adoramos por ser el Dios verdadero por los siglos.

“Pero no es que la palabra de Dios haya fallado; porque no todos los que descienden de
Israel son israelitas” (v. 6). En el versículo 3 Pablo oró expresando su anhelo de que sus
conciudadanos fueran salvos. Cuando llegó al versículo 6, él habló de la economía de
Dios. En el versículo 3 hizo una oración que brotó de su desesperación, aun deseando
ser “anatema, separado de Cristo”. Pero en el versículo 6 dijo: “No todos los que
descienden de Israel son israelitas”. Según la economía de Dios, no todos los que
descienden de Israel, es decir, no todos los que son nacidos de Israel, son el verdadero
Israel. Todos los judíos nacieron de Israel, pero no todos fueron elegidos por Dios.
Pertenecen a la religión judía, pero no todos son salvos, aunque externamente tengan
todas las buenas cosas, incluyendo a Cristo, prometidas por Dios en Su santa Palabra.

“Ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos; sino: ‘En Isaac te será llamada
descendencia’” (v. 7). En los versículos 6 y 7 Pablo, a la luz de la economía de Dios, veía
todo claramente. Por lo tanto, dijo que sólo la parte de la descendencia de Abraham que
está en Isaac es llamada descendencia. Aparte de Isaac, Abraham tenía otro hijo llamado
Ismael. Aunque Ismael nació de Abraham, ni él ni sus descendientes, los árabes, fueron
elegidos por Dios. Son hijos de la carne y no pueden ser contados como hijos de Dios.
Sólo Isaac y una parte de sus descendientes son los elegidos de Dios y contados como
Sus hijos.

El versículo 8 continúa: “Esto es: no los que son hijos según la carne son los hijos de
Dios, sino que los que son hijos de la promesa son contados como descendientes”.
Conforme a la economía de Dios, los hijos de la carne no son los hijos de Dios; los hijos
de la promesa son los contados como descendientes. No todos los descendientes de
Abraham son hijos de Dios. El nacimiento natural no es suficiente para constituirlos
hijos de Dios; necesitan nacer de nuevo (Jn. 3:7). La expresión hijos de la promesa
denota el segundo nacimiento, porque sólo por este nacimiento pueden ser hijos de la
promesa y así ser contados como descendientes.

“Porque la palabra de la promesa es ésta: ‘En este tiempo el próximo año vendré, y Sara
tendrá un hijo’. Y no sólo esto, sino también cuando Rebeca concibió de uno, de Isaac
nuestro padre, aunque no había aún nacido, ni habían hecho aún bien ni mal (para que
el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el
que llama), se le dijo: ‘El mayor servirá al menor’. Según está escrito: ‘A Jacob amé, mas
a Esaú aborrecí’” (vs. 9-13). Estos versículos nos revelan el hecho de que la elección de
Dios no se basa en las obras del hombre, sino exclusivamente en Su persona. Se nos ha
dicho que de un hombre, Isaac, Rebeca concibió y dio a luz dos hijos: Esaú y Jacob.
Antes de que los hijos de Israel nacieran y antes de que ellos hubieran hecho bien o mal,
Dios dijo a Rebeca que el mayor, que era Esaú, serviría al menor, que era Jacob. Esto
demuestra que la elección de Dios depende completamente de Su gusto y deseo. Por eso,
Dios dijo: “Y amé a Jacob, y a Esaú aborrecí” (Mal. 1:2-3). Esta palabra es inequívoca.
Nosotros creemos que Dios solamente ama y que nunca aborrece, pero aquí dice que
Dios aborreció a alguien. “Y amé a Jacob, y a Esaú aborrecí”. Solamente aquellos que
son amados y elegidos por Dios son contados como los descendientes. La elección de
Dios depende completamente de Él mismo, quien llama conforme a Su deseo y gusto
propio, y no depende en nada de las obras de los hombres. Aunque Dios dijo: “En Isaac
te será llamada descendencia” (Gn. 21:12), sólo uno de los dos hijos de Isaac fue elegido
por Dios, lo cual revela que la elección de Dios tampoco depende del nacimiento del
hombre. Dios sólo elige a Su pueblo conforme a Su propia persona.

II. POR LA MISERICORDIA DE DIOS

“¿Qué, pues, diremos? ¿Hay injusticia en Dios? ¡De ninguna manera! Pues a Moisés
dice: ‘Tendré misericordia del que Yo tenga misericordia, y me compadeceré del que Yo
me compadezca’” (vs. 14-15). Cuando Dios dice: “Haré esto”, no debemos argumentar
con Él. Nosotros no somos Dios ni tenemos Su soberanía. Si discutimos con Él
preguntando: “¿Por qué amas a Jacob y aborreces a Esaú?”, Él tal vez responderá: “No
argumentes conmigo; es simplemente un asunto de Mi propia voluntad. Tendré
misericordia de quien tenga misericordia. Todo depende de Mi voluntad”.

¿Cuál es la diferencia entre la misericordia y la compasión? Es difícil diferenciarlas.


Aunque la compasión es muy cercana a la misericordia, yo diría que la compasión es
más profunda, fina y rica que la misericordia. El hecho de que las dos se encuentran en
el mismo versículo da más énfasis al hecho de que Dios es misericordioso.

“Así que no es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia” (v.
16). El brazo de la misericordia es más largo que el brazo de la gracia. Cuando yo me
encuentro en buenas condiciones, en una posición igual a la de usted, y usted me da un
regalo, eso es gracia. Pero cuando yo estoy en una condición pobre, y mi nivel desciende
por debajo del suyo, y aun así usted me da algo, eso es misericordia. Si yo me acerco a
usted como un querido amigo, y usted me obsequia una Biblia, eso es gracia. Sin
embargo, si soy un pobre mendigo inmundo, incapaz de hacer nada por mí mismo, y
usted me da diez dólares, eso no es gracia, sino misericordia. Así que el brazo de la
misericordia es más largo que el brazo de la gracia. La gracia sólo alcanza una situación
que está a su mismo nivel, pero la misericordia va mucho más lejos, extendiéndose a
una situación pobre que no merece la gracia. De acuerdo con nuestra condición natural,
nos encontrábamos muy lejos de Dios y éramos totalmente indignos de Su gracia;
únicamente estábamos en condiciones de recibir Su misericordia. Por eso, Romanos
9:15 no dice: “Tendré gracia del que Yo tenga gracia”, sino: “Tendré misericordia del que
Yo tenga misericordia”. Tal vez usted cree que no había nada bueno en Jacob, que él era
un individuo totalmente sutil y astuto, y que Esaú era mucho mejor que él. Usted tiene
razón, pero es así como Dios muestra Su misericordia. Jacob era despreciable, pero Dios
tuvo misericordia de él. La misericordia de Dios no depende de la buena condición del
hombre; al contrario, se muestra en la situación deplorable de los hombres. El brazo de
la misericordia de Dios es más largo que el brazo de Su gracia.

La misericordia de Dios nos ha alcanzado. Ninguno de nosotros estaba en una condición


digna de Su gracia. Nuestra condición era tan pobre y miserable que hubo necesidad de
que la misericordia de Dios llenara el abismo existente entre nosotros y Él. Fue la
misericordia de Dios la que nos introdujo en Su gracia. ¡Cuánto necesitamos
comprender esto y adorar a Dios por Su misericordia! Aun ahora, después de haber sido
salvos y de haber participado de las riquezas de Su vida, todavía, de alguna manera,
estamos en una condición que requiere la misericordia de Dios para llenar el abismo que
nos separa de Él. Ésta es la razón por la cual Hebreos 4:16 dice que primeramente
necesitamos obtener misericordia y luego podemos hallar gracia para el oportuno
socorro. ¡Oh, cuánto necesitamos Su misericordia! Debemos valorar la misericordia de
Dios tanto como apreciamos Su gracia. Siempre es la misericordia de Dios la que nos
capacita para participar de Su gracia.

Así que, “no es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia”.
Según nuestro concepto, el que quiere, obtendrá aquello que quiere obtener, y el que
corre, ganará aquello que persigue. Si éste fuera el caso, entonces la elección de Dios
dependería de nuestro esfuerzo y labor; pero no es así. Al contrario, depende
completamente de Dios que tiene misericordia. No necesitamos querer ni correr, porque
Dios tiene misericordia de nosotros. Si conocemos la misericordia de Dios, no
pondremos nuestra confianza en nuestro propio esfuerzo, ni nos decepcionaremos por
nuestros fracasos. La esperanza para nuestra condición tan miserable descansa sólo en
la misericordia de Dios.

“Porque la Escritura dice a Faraón: ‘Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti
Mi poder, y para que Mi nombre sea proclamado por toda la tierra’” (v. 17). En Faraón
Dios mostró Su poder, y no Su misericordia, para que Su nombre fuese proclamado en
toda la tierra. Esto muestra que aun los enemigos de Dios son usados por Él para el
cumplimiento de Su propósito. “De manera que” el versículo 18 dice: “De quien quiere,
tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece”. ¿Qué debemos decir con
respecto a esto? No debemos decir nada, sino adorar a Dios por Su manera de proceder.
Todo depende de lo que Él quiera hacer. ¡Él es Dios!

III. POR LA SOBERANÍA DE DIOS

Pablo añade: “Entonces me dirás: ¿Por qué todavía inculpa? porque ¿quién resiste a Su
voluntad? Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios?”. Todos
tenemos que entender quiénes somos. Somos las criaturas de Dios, y Él es nuestro
Creador. Como tales, no debemos altercar con nuestro Creador. Por cuanto Pablo
pregunta: “¿Dirá el objeto moldeado al que lo moldeó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O
no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para
honra y otro para deshonra?” (vs. 19-21). Dios es el alfarero, y nosotros, el barro. Puesto
que Dios es el alfarero, Él tiene autoridad sobre el barro. Si Él así lo desea, bien puede
hacer un vaso para honra y otro para deshonra. No depende de nuestra elección, sino de
Su soberanía.

Romanos 9:21 revela el propósito con el cual Dios creó al hombre. En efecto, este
versículo es único en su género con respecto a la revelación del propósito de Dios
referente a la creación del hombre. Sin este versículo sería difícil para nosotros entender
que Dios creó al hombre con el fin de hacer de él un vaso que pudiera contenerle. Todos
debemos entender cabalmente que somos envases de Dios y que Él es nuestro
contenido. En 2 Corintios 4:7 se nos dice que “tenemos este tesoro en vasos de barro”.
Somos vasos de barro, y Dios es nuestro tesoro y contenido. Dios, en Su soberanía, nos
creó para ser Sus envases de acuerdo con Su predestinación.

En 2 Timoteo 2:20-21 se transmite el mismo pensamiento, pues estos versículos dicen


que somos vasos para honra. Por eso, debemos purificarnos de todas las cosas
deshonrosas para poder ser santificados y hechos aptos, a fin de que el Señor nos use.
Sin embargo, el hecho de que seamos vasos para honra no depende de nuestra elección;
más bien, se origina en la soberanía de Dios. Es por Su soberanía que Él da a conocer Su
gloria al crear vasos de misericordia que han de contenerle a Él mismo. Ésta es una
palabra muy profunda. La soberanía de Dios es la base de Su elección. En otras
palabras, Su elección depende de Su soberanía.

“¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar Su ira y dar a conocer Su poder, soportó con mucha
longanimidad los vasos de ira preparados para destrucción?” (v. 22). ¿Qué debemos
decir acerca de esto? No tenemos nada que decir. Él es el alfarero y tiene la autoridad.
Los seres humanos somos simplemente barro.
Los versículos 23 y 24 continúan: “...para dar a conocer las riquezas de Su gloria sobre
los vasos de misericordia, que Él preparó de antemano para gloria, a saber, nosotros, a
los cuales también ha llamado, no sólo de entre los judíos, sino también de entre los
gentiles?”. Todo depende de la autoridad de Dios. Dios tiene la autoridad para hacernos
vasos de misericordia; a saber, a nosotros a quienes Él eligió y llamó no sólo de entre los
judíos, sino también de entre los gentiles, para que sean conocidas, o manifestadas, las
riquezas de Su gloria. Conforme a Su autoridad soberana, Él primero nos preparó para
esta gloria. Fuimos predestinados por Su soberanía para ser Sus envases, vasos de
honra, para que expresáramos lo que Él es en gloria. Éste no sólo es asunto de Su
misericordia, sino también de Su soberanía.

Dios nos eligió con una meta específica: tener muchos vasos que le contengan y le
expresen por la eternidad. Muchos de nosotros tenemos un concepto equivocado del
propósito de Dios, pensando que éste es solamente mostrar Su amor al salvarnos. Sí, es
verdad que Él nos ama. Sin embargo, Su amor no se muestra sólo al salvarnos sino al
hacernos Sus vasos. Dios nos creó de tal modo que tenemos la capacidad para recibirle
en nuestro interior y contenerle como nuestra vida y nuestro suministro de vida, con el
fin de que seamos uno con Él, para expresar lo que Él es, y para que Él sea glorificado en
nosotros y con nosotros. Ésta es la meta eterna de la elección de Dios y es también
nuestro destino eterno.

Este pasaje de la Palabra también revela la cima de nuestra utilidad para Dios, a saber:
no hemos de ser usados por Él simplemente como siervos, sacerdotes y reyes, sino como
vasos que han de contenerle y expresarle. Si hemos de ser usados como Sus vasos,
ciertamente Él tiene que ser uno con nosotros. Somos Sus envases y Su expresión; Él es
nuestro contenido y nuestra vida. Él vive en nosotros para que nosotros podamos vivir
por Él. Finalmente Él y nosotros, nosotros y Él, seremos uno tanto en vida como en
naturaleza. Ésta es la meta de Su elección de acuerdo con Su soberanía, y es también
nuestro destino de acuerdo con Su elección, el cual será plenamente revelado en la
Nueva Jerusalén.

Los versículos 25 y 26 son citas del libro de Oseas y confirman el hecho de que algunos
gentiles han sido elegidos y llamados por Dios para ser Su pueblo.

Los versículos del 27 al 29 son citas del libro de Isaías que confirman el hecho de que no
todo Israel fue elegido, sino que sólo un remanente de entre ellos fue salvo, o sea, una
descendencia preservada por el Señor.

IV. POR LA JUSTICIA DE LA FE


La elección de Dios es también por la justicia de la fe. “¿Qué, pues, diremos? Que los
gentiles, que no iban tras la justicia, han obtenido la justicia, pero una justicia que
proviene de la fe” (v. 30). Los gentiles han obtenido la justicia, aunque ellos no la
buscaban. Esta justicia no es la justicia de la ley, sino la justicia que proviene de la fe.
Los gentiles han sido incluidos en la elección de Dios por la justicia de Dios, la cual
proviene de la fe.

“Mas Israel, que iba tras una ley de justicia, no la alcanzó. ¿Por qué? Porque iban tras
ella no por fe, sino como por obras. Tropezaron en la piedra de tropiezo, según está
escrito: ‘He aquí pongo en Sion piedra de tropiezo y roca de escándalo; y el que crea en
Él, no será avergonzado’” (vs. 31-33). Jamás podremos alcanzar la justicia siguiendo la
ley de la justicia. Los israelitas procuraban establecer su propia justicia, pero tropezaron
en la “piedra de tropiezo”, la cual es Cristo, la “roca de escándalo”. No obstante, “el que
crea en Él, no será avergonzado”.

En relación con esto también necesitamos leer los primeros tres versículos del capítulo
10: “Hermanos, el beneplácito de mi corazón, y mi súplica a Dios por ellos, es para su
salvación. Porque yo les doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no conforme al
conocimiento pleno. Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la
suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios”. Es posible ser excesivamente
celosos por Dios y aun así carecer del conocimiento adecuado de Su camino. Los judíos
no han entendido y siguen sin entender cuál es la meta de la elección de Dios, porque
ellos, siendo ignorantes de la justicia de Dios, han intentado establecer su propia justicia
tratando de guardar la ley sin sujetarse a la justicia de Dios, la cual es Cristo mismo. Por
lo tanto, se han extraviado del camino de la salvación que Dios nos provee. Todo intento
por guardar la ley o por hacer el bien para agradar a Dios, siendo un simple esfuerzo del
hombre por establecer su propia justicia, hará que las personas pierdan el camino de la
salvación.
ESTUDIO-VIDA DE ROMANOS
MENSAJE VEINTITRÉS

LA ELECCIÓN DE DIOS, NUESTRO DESTINO

(2)

V. POR MEDIO DE CRISTO

A. Cristo, el fin de la ley

Romanos 10:4 dice: “Porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que
cree”. Cristo es el fin de la ley, lo cual significa que Él completó la ley y puso fin a ella. Él
vino para cumplir la ley (Mt. 5:17) y, al hacerlo, puso fin a ella y la reemplazó. Como
resultado, la justicia de Dios es dada a todo aquel que cree en Cristo. Cristo completó la
ley y puso fin a ella cuando murió en la cruz; la ley llegó a su fin en Él. Ya que la ley fue
terminada en la cruz de Cristo, no debemos seguir estando sujetos a ella. Lo único que
debemos hacer es recibir la justicia de Dios al creer en Cristo.

Los judíos valoraban la ley e intentaban guardarla a fin de establecer su propia justicia
ante Dios. Ellos no vieron que Cristo había completado la ley y puso fin a ella. Si
hubieran visto esto, habrían desistido de sus intentos por guardar la ley. Nunca más
habrían tratado de establecer su propia justicia ante Dios, sino que habrían tomado a
Cristo como su justicia.

El principio es el mismo con muchos cristianos hoy en día. Después de ser salvos, se
resuelven hacer el bien para agradar a Dios. Como resultado espontáneo formulan
muchas reglas para sí mismos, que pueden ser consideradas como leyes hechas por ellos
mismos, y se esfuerzan para cumplirlas con esperanzas de agradar a Dios. Al igual que
los judíos, ellos tampoco ven que Cristo es el fin y la conclusión de todos los preceptos, y
que ellos deben tomarle como su vida para poder vivir rectamente ante Dios. Además,
necesitan ver que la justicia genuina delante de Dios es Cristo, Aquel que puso fin a la
ley para ser la justicia viviente para todo aquel que cree en Él. Romanos 10 revela mucho
acerca de Cristo de modo que podamos saber cómo participar de Él y disfrutarle como
nuestra justicia real y viviente ante Dios.

B. El Cristo encarnado y resucitado


Necesitamos leer los versículos del 5 al 7: “Porque acerca de la justicia que procede de la
ley Moisés escribe así: ‘El hombre que haga estas cosas, vivirá por ellas’. Pero la justicia
que procede de la fe habla así: ‘No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo?’ (esto es,
para traer abajo a Cristo); o, ‘¿quién descenderá al abismo?’ (esto es, para hacer subir a
Cristo de entre los muertos)”. Los escritos de Pablo son muy profundos. Aparentemente
estos versículos no mencionan la encarnación de Cristo ni Su resurrección, pero en
realidad ambos eventos están incluidos en este pasaje. Aunque Pablo no usa las palabras
encarnación ni resurrección; no obstante, tenía en mente dichos eventos cuando
escribió esta parte de Romanos. Pablo cita Deuteronomio 30:12, diciendo: “No digas en
tu corazón: ¿Quién subirá por nosotros al cielo?”. Luego indica que esto significa “traer
abajo a Cristo” y que se refiere a la encarnación de Cristo, porque Cristo descendió de los
cielos en Su encarnación. Además, Pablo dice que no debemos preguntar: “¿Quién
descenderá al abismo?”. Descender al abismo significa “hacer subir a Cristo de entre los
muertos” y se refiere a la resurrección de Cristo. Descender al abismo significa morir y
entrar en el Hades. Cuando Cristo murió, descendió al abismo, y en Su resurrección
subió de entre los muertos, es decir, salió del abismo. Cristo es Aquel que pasó por la
muerte y la resurrección. Por lo tanto, podemos decir que Él es el Cristo “procesado”, el
Cristo encarnado y resucitado.

Cristo pasó por un largo proceso desde Su encarnación hasta Su resurrección. En este
proceso Él cumplió con todo lo requerido por la justicia, santidad y gloria de Dios, y
realizó todo lo necesario a fin de capacitarnos para participar de Él. Él fue el Dios
encarnado como hombre, y como tal fue transfigurado por medio de la resurrección y
hecho el Espíritu vivificante (1 Co. 15:45). Ahora en resurrección, como Espíritu
vivificante, Él está disponible a nosotros, y podemos recibirle y tomarle en todo
momento y en cualquier lugar.

Necesitamos decir algo acerca del “abismo” mencionado en el versículo 7. La palabra en


griego, abyssos, se usa en Lucas 8:31 para referirse a la morada de los demonios; en
Apocalipsis 9:1, 2, 11, para denotar el lugar del cual saldrán las “langostas” cuyo rey es
Apolión; en Apocalipsis 11:7 y 17:8, para denotar el lugar del cual subirá la bestia, que es
el anticristo; y en Apocalipsis 20:1 y 3, para especificar el lugar donde Satanás será
echado y donde estará encarcelado durante el milenio. La Septuaginta, la traducción
griega del Antiguo Testamento, usa esta palabra en Génesis 1:2 (traducida allí
“abismo”). Aquí, en Romanos 10:7, la palabra abismo denota el lugar que Cristo visitó
después de Su muerte y antes de Su resurrección; dicho lugar, conforme a Hechos 2:24 y
27 es el Hades. Ahí se revela que Cristo entró en el Hades después de que murió, y que
subió de aquel lugar en Su resurrección. Así que, conforme al uso bíblico, la palabra
abismo siempre se refiere a la región de la muerte y del poder de tinieblas de Satanás.
Esta región se refiere a las partes más bajas de la tierra (Ef. 4:9), adonde Cristo
descendió después de Su muerte, la cual Él venció y de la cual ascendió en Su
resurrección.

C. Cristo, Aquel que está cerca

Por favor, preste atención a lo que Pablo dice en el versículo 8: “Mas ¿qué dice? ‘Cerca
de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón’. Ésta es la palabra de la fe que
proclamamos”. El Cristo resucitado como la Palabra viviente está cerca de nosotros, en
nuestra boca y en nuestro corazón. En este versículo Pablo inesperadamente usa el
término la palabra intercambiándola con el título Cristo, indicando con esto que, sin
lugar a dudas, la Palabra es Cristo mismo. Cristo, como Espíritu vivificante y en
resurrección, es la Palabra viviente. Esto corresponde a la revelación neotestamentaria
de que la Palabra es el Espíritu. Si usted lee Efesios 6:18 en el griego, descubrirá que el
Espíritu es la Palabra. Por lo tanto, Cristo en Su resurrección es tanto el Espíritu como la
Palabra. Él es el Espíritu que podemos tocar y la Palabra que podemos entender.
Podemos recibirle como el Espíritu y como la Palabra. El Cristo resucitado como
Espíritu vivificante es la Palabra viviente que está tan cerca a nosotros. Él está en
nuestra boca y en nuestro corazón. Con nuestra boca le invocamos y con nuestro
corazón creemos en Él. Así que, podemos invocarle usando nuestra boca y podemos
creer en Él con nuestro corazón. Cuando le invocamos somos salvos, y cuando creemos
en Él somos justificados.

Habiendo sido procesado por medio de la encarnación y la resurrección, Cristo ahora es


el Señor que está sentado en el trono de Dios en los cielos, y también es el Espíritu
vivificante que actúa sobre la tierra. Así que, Él está cerca y disponible a nosotros, tan
cerca que aun se encuentra en nuestra boca y en nuestro corazón. Nadie puede estar
más cerca que esto. Él está tan disponible que todo aquel que crea en Él con su corazón y
con su boca le invoque, podrá participar de Él. Él lo realizó todo y pasó por todo
proceso. Ahora Él se halla actuando sobre la tierra, listo y disponible para todo aquel
que le reciba.

D. Cristo, en quien creemos y a quien invocamos

Necesitamos leer los versículos del 9 al 13: “Que si confiesas con tu boca a Jesús como
Señor, y crees en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con
el corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para salvación. Pues la
Escritura dice: ‘Todo aquel que en Él crea, no será avergonzado’. Porque no hay
distinción entre judío y griego, pues el mismo Señor es Señor de todos y es rico para con
todos los que le invocan; porque: ‘Todo aquel que invoque el nombre del Señor, será
salvo’”. Pablo dice que con el corazón se cree para justicia. Para es un equivalente de
una preposición griega que, en muchos casos, quiere decir “dando por resultado”. Por lo
tanto, el resultado de creer con el corazón es la justicia, mientras que el de confesar con
la boca es la salvación. Si queremos ser justificados, es decir, tener la justicia de Dios,
debemos creer en el Señor Jesús. Si queremos ser salvos, tenemos que confesar al Señor
Jesús, lo cual consiste en invocarle.

En Romanos 9:21 y 23 se nos dice que según la elección de Dios, nosotros los llamados
fuimos hechos vasos de misericordia para honra y gloria. Sin embargo, aún debemos
darnos cuenta de que los vasos, por sí mismos, están vacíos; necesitan un contenido.
Aunque Romanos 9 nos dice que somos vasos, no nos da la manera de ser llenos. Es
maravilloso ser un vaso de misericordia para honra y gloria, pero es lamentable estar
vacío. Necesitamos ser llenos, y la manera de ser llenos se halla en Romanos 10. Cada
vaso tiene una boca, una abertura; si no tiene boca, no es vaso. Las herramientas, tales
como los martillos, los cuchillos y las hachas, no tienen boca. Pero nosotros somos vasos
y, como tales, tenemos una abertura: nuestra boca. ¿Sabe usted para qué tiene una
boca? Tiene una boca para poder ser lleno de las riquezas de Cristo. Nuestra boca fue
hecha para invocar el nombre del Señor Jesús. ¡El Señor es tan rico! Él es rico para todo
el que le invoca. Hay un versículo en los salmos que dice: “Abre tu boca, y Yo la llenaré”
(81:10). Por ser vasos vacíos con una boca, debemos abrir nuestra boca para poder
llenarnos de las riquezas del Señor.

A fin de ser salvos es necesario invocar el nombre del Señor. Sin embargo, invocar Su
nombre no sólo nos salva, sino que también nos da la manera de recibir las riquezas de
Cristo. El Señor es rico para todo el que le invoca. Cuando le invocamos, participamos y
disfrutamos de Sus riquezas. ¿Quiere usted participar y disfrutar de las riquezas de
Cristo? Si es así, no debe permanecer en silencio; abra su boca e invóquele. En los
últimos años el Señor nos ha revelado mucho acerca de este asunto de invocar Su
nombre. Hace unos diez años aún sabíamos muy poco acerca de ello, pero agradecemos
al Señor que Él nos ha dado claridad al respecto. Apreciamos el capítulo 10 de Romanos,
en especial el versículo 12: “Porque no hay distinción entre judío y griego, pues el mismo
Señor es Señor de todos y es rico para con todos los que le invocan”. Se ha utilizado
bastante el versículo 13 en la predicación del evangelio, pero también debemos
relacionarlo con el versículo 12, no con miras a la predicación del evangelio, sino a llenar
todos los vasos vacíos con las riquezas de la Deidad. Si usted abre completamente su
boca e invoca al Señor, las riquezas de la divinidad serán su porción. Ahora tenemos la
manera de llenar los vasos vacíos: tenemos una boca con la cual invocarle y ser llenos de
Él, y un corazón con el cual creer en Él y retenerle.

La Biblia revela claramente que la manera de participar y disfrutar del Señor es invocar
Su nombre. Deuteronomio 4:7 dice que el Señor está “cerca a nosotros siempre que le
invocamos” (heb.). Salmos 145:18 dice: “Cercano está Jehová a todos los que le
invocan”. Salmos 18:6 y 118:5 dicen que David invocó al Señor en su angustia. En
Salmos 50:15 el Señor nos pide que le invoquemos en el día de la angustia, y en Salmos
86:7 David lo hizo así. Salmos 81:7 afirma que los hijos de Israel hicieron esto mismo
(Éx. 2:23), y que el Señor les dijo: “Abre tu boca, y Yo la llenaré” (v. 10). En Salmos 86:5
leemos que el Señor es bueno y perdonador, y que está lleno de misericordia para todo
aquel que le invoca. Salmos 116:3-4 dice: “Me rodearon ligaduras de muerte, me
encontraron las angustias del Seol; angustia y dolor había yo hallado. Entonces invoqué
el nombre de Jehová”. El versículo 13 del mismo salmo dice: “Tomaré la copa de la
salvación, e invocaré el nombre de Jehová”. Para tomar la copa de la salvación, esto es,
para participar y disfrutar de la obra salvadora del Señor, necesitamos invocar el
nombre del Señor. Isaías 12:2-6 nos dice que el Señor es nuestra salvación, nuestra
fortaleza y nuestra canción, y que podemos sacar con gozo aguas de los pozos de la
salvación. La manera de sacar agua de las fuentes de la salvación, o sea, de disfrutar al
Señor como nuestra salvación, es alabarle, invocar Su nombre, cantar a Él, y aun clamar
y gritar. En Isaías 55:1-6 encontramos el maravilloso llamamiento de Dios para Su
pueblo. Él llama a los sedientos a venir a las aguas, a disfrutar las riquezas de Su
provisión, tal como el vino, la leche y el buen alimento, y a deleitarse en las grosuras de
Su casa. La manera de obtener esto es buscar al Señor y invocarle “en tanto que está
cercano”. Isaías 64:7 nos muestra que al invocar al Señor nos avivamos y así nos asimos
de Él (heb.).

Lamentaciones 3:55-57 declara que cuando invocamos al Señor, Él se acerca a nosotros,


y que invocarle es respirar y clamar. En esto podemos entender que invocar al Señor no
es sólo clamar a Él, sino también experimentarle como nuestra respiración espiritual
(Éx. 2:23), mediante la cual exhalamos todo lo que está dentro de nosotros, ya sea
agonía, dolor, presión o lo que sea. Jeremías hizo esto cuando invocó al Señor desde la
cárcel profunda, es decir, desde el pozo abismal. Siempre que nos encontramos en un
calabozo espiritual o en un abismo bajo cierta opresión, podemos invocar al Señor y
exhalar la pesadez que se halle dentro de nosotros; así seremos librados del pozo más
profundo. Invocar al Señor de esta manera no sólo nos permite exhalar las cosas
negativas de nuestro interior, sino que también nos deja respirar o inhalar al Señor
mismo con todas Sus riquezas como nuestra fuerza, nuestro disfrute, nuestro bienestar y
nuestro reposo. De esta forma participamos de las riquezas del Señor. Por lo tanto, aquí
en Romanos 10:12 Pablo nos dice que “el Señor es rico para con todos los que le
invocan”. Hoy en resurrección el rico Señor está listo y disponible para que participemos
de Él y disfrutemos de Sus riquezas. Simplemente necesitamos invocarle en todo
momento. Invocándole podemos participar y disfrutar de todas Sus riquezas.
Invocar al Señor es distinto a simplemente orar a Él. La palabra griega traducida
“llamar” o “invocar” significa invocar a una persona, llamándola por su nombre. Aunque
es posible orar al Señor en silencio, invocar al Señor requiere que clamemos a Él o nos
dirijamos a Él audiblemente. La palabra hebrea traducida “llamar” en Génesis 4:26,
primeramente significa “exclamar a” o “clamar hacia”. Isaías 12:4 y 6 muestran que
invocar el nombre del Señor equivale a “clamar y gritar” (heb.). Lamentaciones 3:55 y 56
revelan lo mismo, que invocar el nombre del Señor es “clamar” al Señor. Por esto, David
dijo: “Invoqué a Jehová, y clamé a mi Dios” (2 S. 22:7). Invocar al Señor es clamar a Él.

Según lo relatado en las Escrituras, los hombres empezaron a invocar el nombre del
Señor en la tercera generación del linaje humano. Desde los tiempos de Enós “los
hombres empezaron a invocar el nombre del Jehová” (Gn. 4:26). Luego, Abraham (Gn.
12:8), Isaac (Gn. 26:25), Job (Job 12:4), Moisés (Dt. 4:7), Jabes (1 Cr. 4:10), Sansón
(Jue. 16:28), Samuel (1 S. 12:18), David (2 S. 22:4; 1 Cr. 21:16), Jonás (Jon. 1:6), Elías (1
R. 18:24), Eliseo (2 R. 5:11), Jeremías (Lm. 3:55), todos ellos solían invocar el nombre
del Señor. Además, en Joel 2:32, Sofonías 3:9 y Zacarías 13:9 se profetizó que los
hombres invocarían el nombre del Señor.

En el día de Pentecostés, los creyentes neotestamentarios también invocaron el nombre


del Señor para recibir el derramamiento del Espíritu como el cumplimiento de la
profecía de Joel (Hch. 2:17-21). Dios vertió Su Espíritu, y los creyentes abrieron sus
bocas para recibir al Espíritu invocando el nombre del Señor. El Espíritu ha sido
derramado por Dios, pero nosotros tenemos que recibirlo; la manera de hacerlo es abrir
nuestras bocas e invocar al Señor. Por lo tanto, los creyentes neotestamentarios, como
Esteban (Hch. 7:59), lo hacían. Cuando invocaban al Señor, daban a conocer que eran
seguidores del Señor (Hch. 9:14). Cuando Pablo aún era Saulo, el perseguidor de la
iglesia, él tenía la intención de arrestar a los creyentes, reconociéndoles por el hecho de
que invocaban el nombre del Señor. Después de que Pablo fue convertido, se le aconsejó
que se lavara de sus pecados (los cuales constaban principalmente de su persecución de
aquellos que invocaban al Señor) al invocar el nombre del Señor (Hch. 22:16).
Indudablemente esta práctica era muy común entre los santos de la iglesia primitiva.

Pablo, en su primera epístola a la iglesia en Corinto, se dirigió a “todos los que en


cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (1 Co. 1:2), lo cual indica
que todos los primeros creyentes solían invocar al Señor. En su segunda epístola a
Timoteo, le encargó que siguiera las cosas espirituales “con los que de corazón puro
invocan al Señor” (2:22). Así que nosotros también debemos poner esto en práctica. Los
santos del Antiguo Testamento invocaban al Señor diariamente (Sal. 88:9) y por toda su
vida (Sal. 116:2). ¿Y qué diríamos acerca de nosotros? Nosotros debemos hacerlo más,
invocando al Señor “de corazón puro” (2 Ti. 2:22) y con pureza de labios (Sof. 3:9). Si lo
ponemos en práctica, ciertamente participaremos de las riquezas del Señor y las
disfrutaremos. Invocar al Señor no solamente nos trae salvación, sino también nos
permite disfrutar al Señor y todas Sus riquezas.

La Primera Epístola a los Corintios empieza con la práctica de invocar el nombre del
Señor, lo cual revela que este libro trata sobre el disfrute del Señor. Nos dice que Cristo
es nuestra sabiduría y nuestro poder (1 Co. 1:24), y que Él fue hecho nuestra justicia,
santificación y redención (1:30), además de muchos otros aspectos de Él que podemos
disfrutar. Finalmente, en resurrección Él llegó a ser el Espíritu vivificante de quien
podemos beber (1 Co. 15:45; 12:13). Bebemos de Él como el Espíritu vivificante al
invocar Su nombre. Así que, 1 Corintios 12:3 indica que si nosotros decimos: “Señor
Jesús”, estamos inmediatamente en el Espíritu. Clamar: “Señor Jesús”, es invocar el
nombre del Señor. Jesús es el nombre del Señor, y el Espíritu es Su persona. Cuando
invocamos el nombre del Señor, obtenemos la persona misma del Señor. Cuando
invocamos: “Señor Jesús”, obtenemos al Espíritu. Al invocar el nombre del Señor de
esta manera, no sólo respiramos espiritualmente, sino que también bebemos
espiritualmente. Cuando invocamos el nombre del Señor, le respiramos como el aliento
de vida y le bebemos como el agua de vida. La segunda estrofa del himno 73 de nuestro
himnario inglés dice:

¡Salvador, tan Poderoso!


Colmas mi necesidad.
Respirar, Jesús, Tu nombre
Es beber vida de verdad.

Ésta es la forma de participar y disfrutar del Señor. Todos debemos hacer esto. Que el
Señor nos bendiga en este asunto. Que la práctica de invocar Su nombre sea recobrada
totalmente en estos días.

E. Cristo, proclamado y oído

En Romanos 10:14-15 Pablo dice: “¿Cómo, pues, invocarán a Aquel en el cual no han
creído? ¿Y cómo creerán en Aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien
les proclame? ¿Y cómo proclamarán si no son enviados? Según está escrito: ¡Cuán
hermosos son los pies de los que anuncian las nuevas de cosas buenas!”. Para invocar al
Señor uno necesita creer en Él, para creer en Él es necesario oír de Él, y oír de Él exige la
predicación de las buenas nuevas. Si el evangelio ha de ser proclamado, alguien debe ser
enviado por Dios. Aquellos que son enviados por Dios proclaman las buenas nuevas
para que los demás puedan oír, creer, invocar el nombre del Señor y ser salvos. Después
de haber creído en el Señor e invocarle, debemos también proclamarlo. Cristo ha sido
predicado y oído a través de toda la tierra. Él ha sido proclamado por Sus enviados y
escuchado tanto por judíos como por los gentiles. Muchos son los que han creído para
justicia y han invocado para salvación.

F. Cristo, recibido o rechazado

En los versículos del 16 al 21 vemos que Cristo es recibido por unos y rechazado por
otros. Por un lado, Cristo fue recibido por los gentiles, pero por otro, fue rechazado por
Israel.

Los capítulos 9 y 10 de Romanos tratan del mismo tema: la elección de Dios. La elección
de Dios es nuestro destino. La elección es por Dios, quien llama; es por Su misericordia
y Su soberanía; se efectúa por la justicia de la fe; y se tiene por medio de Cristo.

De todos los capítulos del libro de Romanos, el capítulo 10 es el que presenta más acerca
de Cristo. En Romanos 10:4 Cristo es llamado “el fin de la ley”. En ninguna otra parte
del Nuevo Testamento Cristo es designado de tal manera. Por lo tanto, Romanos 10 nos
presenta un título crucial de Cristo, a saber: “el fin de la ley”. Este Cristo se encarnó al
descender de los cielos, y resucitó al subir del abismo. Después de pasar por este
proceso, Cristo, quien es el fin de la ley, llegó a ser la Palabra viviente. Él está cerca a
nosotros, aun en nuestra boca y en nuestro corazón. Estas dos expresiones, en nuestra
boca y en nuestro corazón, dan a entender que Cristo es como el aire. Sólo el aire puede
estar en nuestra boca y en nuestro corazón. El Cristo resucitado es la Palabra viviente,
que es el Espíritu. Él es semejante al aire, o al aliento, que respiramos y recibimos
dentro de nuestro ser. Todo lo que tenemos que hacer es usar nuestra boca para
respirarle, nuestro corazón para recibirle y nuestro espíritu para retenerle. Si hacemos
esto, seremos salvos y recibiremos el suministro de todas Sus riquezas al invocar Su
nombre. También necesitamos proclamar a este Cristo. Cuando lo proclamamos y las
personas oyen nuestro mensaje, algunos creerán en Él y otros le rechazarán.

Romanos 10 presenta una excelente descripción y definición de Cristo, con el fin de que
participemos de Él. No sólo tenemos que creer en Él con nuestro corazón, sino también
invocarle con nuestra boca. Tenemos que invocarle, no sólo para ser salvos, sino
también para disfrutar de Sus riquezas. Fuimos hechos vasos para contenerle, es decir,
fuimos escogidos y predestinados para ser Sus envases. Por nuestra parte, debemos
cooperar al tomarle y recibirle en nuestro interior. Para esto necesitamos abrir todo
nuestro corazón e invocarle desde lo más profundo de nuestro espíritu. Así que, en el
capítulo 9 tenemos los vasos, y en capítulo 10 se nos da la manera de llenar esos vasos
con las riquezas de Cristo. Ésta es la economía de la elección de Dios, el propósito del
deseo de Su corazón.
ESTUDIO-VIDA DE ROMANOS
MENSAJE VEINTICUATRO

LA ECONOMÍA DE LA ELECCIÓN DE DIOS

En este mensaje llegamos al segundo punto de la sección sobre la elección de Dios: la


economía de Dios. Con respecto a Su elección, Dios tiene una economía, una disposición
divina. Esta disposición o administración divina incluye al mundo entero y a todo el
linaje humano, y se lleva a cabo bajo la soberanía de Dios. Ésta es Su economía divina.

I. UN REMANENTE RESERVADO POR GRACIA

En Romanos 11:1 Pablo pregunta: “Digo pues: ¿Ha desechado Dios a Su pueblo? ¡De
ninguna manera!”. Pablo era un excelente abogado capaz de argumentar y ganar
cualquier lado de un caso. Si no tuviéramos el capítulo 11 de Romanos, ciertamente
pensaríamos que Dios, después de haber escogido a Israel, debió haber cambiado de
parecer con respecto a ellos. Los capítulos 9 y 10 parecen indicar que Dios ha desechado
al pueblo de Israel. Debido a que algunos piensan esto, Pablo pregunta: “¿Ha desechado
Dios a Su pueblo?”. Luego, él mismo contesta la pregunta afirmando categóricamente:
“¡De ninguna manera! Porque también yo soy israelita, de la descendencia de Abraham,
de la tribu de Benjamín. No ha desechado Dios a Su pueblo, al cual conoció de
antemano. ¿O no sabéis qué dice de Elías la Escritura, cómo invoca a Dios contra Israel,
diciendo: ‘Señor, a Tus profetas han dado muerte, y Tus altares han derribado; y sólo yo
he quedado, y acechan contra mi vida’? Pero, ¿qué dice la divina respuesta? ‘Me he
reservado siete mil hombres, que no han doblado la rodilla delante de Baal’ ” (11:1-4).
Elías, un profeta de Dios, invocó a Dios contra Israel. Sin embargo, Dios le respondió
advirtiéndole que no acusara al pueblo delante de Él, porque Él se había reservado siete
mil hombres que no habían doblado la rodilla delante de Baal. Pablo añade: “Así, pues,
también en este tiempo ha quedado un remanente conforme a la elección de la gracia.
Mas si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia” (vs. 5-6).

Pablo argumentaba de una forma maravillosa; de cualquier lado que él debatiera,


siempre ganaba el caso en cuestión. Cuando en el capítulo 10 él afirmó que el pueblo de
Israel era malo, demostró claramente cuán malos eran. En Romanos 10:21 leemos:
“Pero acerca de Israel dice: Todo el día extendí Mis manos a un pueblo desobediente y
contradictor”. Ciertamente las peores personas de la tierra son las desobedientes y
contradictoras. Cuando leemos una declaración como ésta, nos inclinamos a decir: “La
situación de Israel es irremediable; Israel está acabado”. Sin embargo, cuando llegamos
al capítulo 11, vemos que el Señor mismo argumentó con Elías. Elías dijo: “Señor, a Tus
profetas han dado muerte, y Tus altares han derribado”. Ambas declaraciones eran
ciertas. Luego añadió: “Y sólo yo he quedado, y acechan contra mi vida”. Entonces el
Señor vino a Elías y pareciera decir: “Elías, escúchame. Tú no eres el único que has
quedado. Yo he reservado siete mil hombres. Elías, ¿de qué estás hablando?”. En el
capítulo 10 parece que, en cierto sentido, Pablo está contra Israel, pero en el capítulo 11
él está a favor de Israel. En Romanos 11:5 Pablo dice: “También en este tiempo ha
quedado un remanente conforme a la elección de la gracia”. Pablo simplemente no
podía ser vencido. Él decía: “No sólo había siete mil hombres reservados por Dios en los
tiempos de Elías, sino que actualmente, en el tiempo en que vivimos, Dios aún tiene
elegidos conforme a Su gracia. Hoy también hay un remanente reservado”. El principio
es el mismo hoy en día. No importa cuánto se ha degradado el cristianismo, creemos que
entre los miles o millones de cristianos hay algunos, un remanente, que han sido
reservados por Dios.

No hablo orgullosamente, pero me considero a mí mismo como uno de los que el Señor
ha reservado. ¿Cuál es su sentir con respecto a usted? En algunas ocasiones durante los
años pasados llegué a pensar igual que Elías; pero alabo al Señor que gradualmente
descubrí que el Señor había preservado un buen número de santos para Sí mismo. Dios
ha reservado un remanente para Su propósito eterno. Por eso, no debemos
desanimarnos.

El versículo 6 dice: “Mas si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no
es gracia”. Nunca debemos olvidar que hemos sido preservados por gracia. Esto no es el
resultado de nuestra obra, sino totalmente de la gracia. Si fuera de otro modo, la gracia
ya no sería gracia.

“¿Qué pues? Lo que buscaba Israel, no lo ha obtenido; pero los escogidos sí lo han
obtenido, y los demás fueron endurecidos” (v. 7). En principio, la situación de hoy es la
misma. ¿De qué podemos jactarnos? Solamente de la gracia del Señor.

El versículo 8 dice: “Según está escrito: ‘Dios les dio espíritu de sueño profundo, ojos
con que no vean y oídos con que no oigan, hasta el día de hoy’”. ¿Es ésta nuestra
condición? Algunos tienen ojos, pero han perdido la vista; algunos tienen oídos, pero
sus oídos han perdido su función. Ésta es exactamente la situación de nuestros días. En
1937 la obra del Señor me mandó a viajar por el norte de China con el propósito de
compartir con el cristianismo todas las verdades que el Señor nos había dado. Fui
enviado para hacer esta obra bajo el liderazgo del hermano Nee. Se me encargó no
permanecer en ninguna de las iglesias locales, sino viajar a lo largo de todo el norte de
China. Durante ese tiempo viajé mucho realizando tal ministerio peregrino entre las
denominaciones. Debido a esto me di cuenta de la condición tan lastimosa que
prevalecía allí. Muy pocos tenían deseos de seguir fielmente al Señor, y la mayoría no
tenía ojos para ver ni oídos para oír. Después de un tiempo dejé de viajar y me quedé en
Chifú, mi pueblo natal. Claramente recibí la carga del Señor de no viajar más y de
permanecer en esa ciudad con la iglesia local. Después de quedarme ahí durante cuatro
años, ocurrió un gran avivamiento.

Quisiera relatar otra experiencia. Durante 1934 me quedé por un buen tiempo en
Shanghái con el hermano Nee. Un día mientras conducíamos hacia otra ciudad, él me
dijo: “Hermano, las denominaciones nos han rechazado”. Citando la palabra de Pablo en
Hechos 13:46, él añadió: “Vayamos a los gentiles”. Desde ese tiempo la obra en el
recobro del Señor tomó un giro definido hacia los gentiles. Desde el día en que me quedé
por primera vez con el hermano Nee en 1933, hasta el día en que nos despedimos en
1950, él no recibió ni una sola invitación de parte de ninguna denominación en China.
Aunque ninguna denominación lo invitó a ministrar, sus libros son muy populares. A
pesar de toda esa situación, el Señor hoy tiene Su remanente.

Continuemos con el versículo 9: “Y David dice: ‘Sea vuelta su mesa en trampa y en red,
en tropezadero y en retribución para ellos’”. Hemos visto que esto mismo sucede en la
situación actual.

En el versículo 10 leemos: “Sean oscurecidos sus ojos para que no vean, y agóbiales la
espalda sin cesar”. ¿No es lo mismo que sucede en el cristianismo de hoy? ¿No es verdad
que los ojos de muchos están oscurecidos y sus espaldas encorvadas? Les falta la vista
para ver y son incapaces de pararse rectamente.

II. LOS GENTILES SON SALVOS


POR EL TRASPIÉ DE ISRAEL

La economía de la elección de Dios es primero con el remanente reservado por gracia y


después con las naciones, esto es, con los gentiles que han de ser salvos por causa del
traspié de Israel. En el versículo 11 Pablo dice: “Digo, pues: ¿Han tropezado para que
cayesen? De ninguna manera; pero por su traspié vino la salvación a los gentiles, para
provocarles a celos”. En 9:32 Pablo dice que Israel tropezó “en la piedra de tropiezo”.
Ahora en 11:11 él dice que ellos no han tropezado para que cayesen. Pablo desarrolló su
argumento muy cuidadosamente, diciendo que ellos tropezaron, pero no cayeron. En la
siguiente parte del versículo 11, Pablo describe ese tropiezo como un “traspié”. Como
resultado de este paso en falso de incredulidad, la salvación llegó a las naciones. ¡Qué
gran caso presenta Pablo, y qué gran abogado era! Nadie puede vencerlo; todos deben
someterse a él. En 11:12 Pablo añadió: “Mas si su traspié es la riqueza del mundo, y su
menoscabo la riqueza de los gentiles, ¿cuánto más lo será su plenitud?”. El paso en falso
dado por Israel vino a ser las riquezas del mundo, y su menoscabo, las riquezas de las
naciones. ¿Quién más que Pablo sería capaz de argumentar de esta forma?

En Romanos 11:13-14 Pablo dice que honra su ministerio entre los gentiles: “Pero a
vosotros, los gentiles, hablo. Por cuanto yo soy apóstol a los gentiles, honro mi
ministerio, por si acaso puedo provocar a celos a los de mi carne, y hacer salvos a
algunos de ellos”. Aunque Pablo honraba su ministerio entre los gentiles, lo que en
realidad estaba haciendo era debatir a favor de Israel.

Debemos leer el versículo 15 cuidadosamente: “Porque si su exclusión es la


reconciliación del mundo, ¿qué será su admisión, sino vida de entre los muertos?”.
Debemos notar que Pablo no dice que Israel fue “desechado”. Ser desechado es una cosa
y ser excluido es otra. En Romanos 11:1 Pablo pregunta: “¿Ha desechado Dios a Su
pueblo?”. Él mismo contesta la pregunta, diciendo: “¡De ninguna manera!”. De aquí que
hay una gran diferencia entre ser desechado y ser excluido. Ser desechado significa ser
abandonado, y ser excluido denota ser puesto a un lado por un período de tiempo. Por lo
tanto, el pensamiento de Pablo era que Dios había excluido a Israel por cierto tiempo, y
no que lo había desechado para siempre.

Leamos los versículos del 16 al 18: “Ahora bien, si la masa ofrecida como primicias es
santa, también lo es la masa restante; y si la raíz es santa, también lo son las ramas. Pero
si algunas de las ramas fueron desgajadas, y tú, siendo olivo silvestre, has sido injertado
entre ellas, y viniste a ser copartícipe de la raíz de la grosura del olivo, no te jactes contra
las ramas; y si te jactas, sabe que no sustentas tú a la raíz, sino la raíz a ti”. ¿Quién es la
raíz del olivo y quién la masa ofrecida como primicias? Yo creo que la respuesta correcta
es: Abraham, Isaac y Jacob. En 11:28 Pablo dice que Israel es “amado por causa de los
padres”. “Los padres” son los patriarcas, Abraham, Isaac y Jacob, los cuales eran la raíz
del olivo y la masa ofrecida como las primicias.

Debemos entender claramente la diferencia entre la ofrenda de harina preparada y


ofrecida como primicias, y la masa restante. Suponga que usted tiene una masa
preparada y amasada para hornear panes, y toma un pedazo de masa y la aparta. Esa
porción de masa puede ser llamada las primicias. En la Biblia la ofrenda de harina
ofrecida como las primicias no se daba al pueblo para que la comiera, sino que era
ofrecida primeramente a Dios y luego se les daba a los sacerdotes como alimento. Según
Números 15:18-21, Dios dijo a Israel que después de que hubieran entrado en la tierra,
tenían que ofrecer a Jehová de lo primero que amasaran. Esa porción era llamada las
primicias, y la frase la masa ofrecida como primicias en Romanos 11:16 hace referencia
a ella. El apóstol Pablo usa las primicias de la masa en referencia a Abraham, a Isaac y a
Jacob. Cuando leemos acerca de Abraham, Isaac y Jacob en el Estudio-vida de Génesis,
descubriremos que debemos considerar a los tres patriarcas como si fueran una sola
persona, y que sus experiencias espirituales forman en realidad la experiencia de una
sola persona. Ellos eran, y todavía son, las primicias de la masa ofrecida a Dios, y todos
sus descendientes son toda la masa restante. De igual manera, los tres patriarcas eran y
siguen siendo la raíz del olivo cultivado por Dios (Jer. 11:16), y todos sus descendientes
son las ramas. Por lo tanto, el argumento de Pablo consiste en que si la masa ofrecida a
Dios es santa, entonces toda la masa restante también lo es, lo cual significa que todos
los israelitas son santos. Además, si la raíz, los patriarcas, es santa, entonces todas las
ramas, los descendientes de los patriarcas, son también santas. Aunque Israel tropezó,
no cayó del todo. Ellos han sido cortados sólo temporalmente, pero más tarde serán
injertados de nuevo.

En Romanos 9 los escogidos de Dios son comparados con el barro y en Romanos 11 son
comparados con la masa de harina usada para hacer tortas. ¿Cuál de estas dos cosas
piensa usted que es mejor? ¿Le gustaría a usted ser un pedazo de barro o un pedazo de
masa? Aunque yo prefiero ser un pedazo de masa, sigue siendo bueno ser un pedazo de
barro, porque el barro es usado para hacer vasos de misericordia que contienen a Cristo.
Así que, en 2 Corintios 4:7 se nos dice que “tenemos este tesoro en vasos de barro”.
Además, 2 Timoteo 2:20 dice que “hay vasos de oro y plata ... para honra”. Hemos visto
que los vasos de barro en Romanos 9 son llenos al invocar el nombre del Señor según se
revela en Romanos 10. Esto puede aplicarse a los vasos mencionados en 2 Timoteo 2:20.
En el versículo 22 de ese capítulo se nos dice que los que buscan al Señor deben
invocarle con un corazón puro. Por lo tanto, los vasos de honra son llenos invocando el
nombre del Señor.

Romanos 9 nos muestra que somos pedazos de barro moldeados como vasos para
contener a Cristo. Esto es maravilloso. Sin embargo, yo soy aun más feliz de ser un
pedazo de masa, una parte de la harina amasada. El barro no tiene vida, pero la masa sí,
pues procede de la harina, ya que es hecha de la flor de harina de trigo. Aunque el barro
es útil para hacer vasos que pueden contener a Cristo para la gloria de Dios, la masa
sirve para la satisfacción de Dios mismo, pues es ofrecida a Dios como Su alimento para
Su satisfacción. Un pedazo de barro sin vida no puede satisfacer a Dios; únicamente en
la masa tenemos el elemento viviente que satisface a Dios.

Mientras que la masa es para la satisfacción de Dios, la raíz es para nuestra satisfacción.
Romanos 11:17 dice que nosotros, siendo olivo silvestre, fuimos injertados entre las
ramas llegando a ser copartícipes de la raíz y de la grosura del olivo. Cuando
examinemos las vidas de Abraham, Isaac y Jacob en el Estudio-vida de Génesis,
descubriremos que ellos fueron la raíz y la grosura del olivo. El olivo completo depende
de la riqueza de la grosura de ellos. ¡Alabado sea el Señor porque nosotros, el olivo
silvestre, hemos sido injertados en el olivo cultivado por Dios para que podamos ser
copartícipes de la grosura de la raíz! Éste es nuestro disfrute. Dios disfruta de la masa de
harina, y nosotros disfrutamos de la raíz. Tanto la masa como la raíz proceden de la vida
vegetal, la vida que satisface a Dios y al hombre. Tanto el trigo como el olivo producen
disfrute y satisfacción para Dios y para el hombre. ¡Alabado sea el Señor! Una vez más
vemos que Pablo era un escritor de gran profundidad. No hay nada en Romanos que sea
superficial.

En el versículo 17 Pablo dice que nosotros, los gentiles, siendo olivo silvestre, hemos
sido injertados entre las ramas, viniendo a ser copartícipes de la raíz. El injerto depende
de la vida. Cuando una rama de algún árbol silvestre es injertada en un árbol cultivado,
recibe la vida del árbol cultivado. Por lo tanto, no es cuestión de que nosotros los
gentiles cambiemos de religión, sino de que recibamos la vida de la raíz, es decir, la vida
de Cristo. Muchos gentiles han cambiado sus religiones paganas por la religión cristiana
sin recibir jamás la vida de Cristo. Ellos nunca han sido injertados en el olivo cultivado
por Dios con Cristo como su vida. Pero nosotros fuimos injertados en dicho árbol para
disfrutar de las riquezas de la vida de Cristo juntamente con Abraham, Isaac y Jacob.
¡Alabado sea el Señor!

Pablo, hablando a favor de los gentiles, dice en el versículo 19: “Dirás entonces: Algunas
ramas fueron desgajadas para que yo fuese injertado”. Es posible que los gentiles
piensen de esta manera. Pablo contestó: “Bien; por la incredulidad fueron desgajadas,
pero tú por la fe estás en pie. No te ensoberbezcas, sino teme. Porque si Dios no perdonó
a las ramas naturales, a ti tampoco te eximirá. Mira, pues, la bondad y la severidad de
Dios; la severidad para con los que cayeron, pero la bondad de Dios para contigo, si
permaneces en esa bondad; pues de otra manera tú también serás cortado” (vs. 20-22).
¡Cuán sabia es esta palabra de Pablo!

Por lo tanto, por causa del traspié de Israel, es decir, por su tropiezo, la salvación ha
llegado a los gentiles. Sin embargo, Israel no cayó; sólo tropezó. Ésta es la economía de
Dios en cuanto a Su elección.

III. ISRAEL ES RESTAURADO POR LA


MISERICORDIA CONCEDIDA A LOS GENTILES

“Y ellos también, si no permanecen en incredulidad, serán injertados, pues poderoso es


Dios para volverlos a injertar. Porque si tú fuiste cortado del que por naturaleza es olivo
silvestre, y contra naturaleza fuiste injertado en el olivo cultivado ¿cuánto más éstos,
que son las ramas naturales, serán injertados en su propio olivo?” (vs. 23-24). Aunque
parece que Pablo argumentaba en favor de los gentiles, él estaba en realidad a favor de
los judíos, porque él mismo era un judío. Su carga por los judíos estaba implícita en lo
que decía respecto a los gentiles.

“Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, no sea que presumáis de
sabios: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la
plenitud de los gentiles” (v. 25). “La plenitud de los gentiles” se refiere a los gentiles que
se arrepienten y creen. Ahora es el tiempo cuando muchos gentiles se convertirán; por lo
tanto, “la plenitud de los gentiles” aún no se ha completado, sino que continúa hasta el
día de hoy. “La plenitud de los gentiles” difiere en significado a “hasta que el tiempo de
los gentiles sea cumplido” (Lc. 21:24). Algunos cristianos confunden las dos expresiones.
“Hasta que el tiempo de los gentiles sea cumplido”, se refiere a la profecía relacionada
con el tiempo en que el poder de los gentiles se acaba; “la plenitud de los gentiles”
denota la consumación de la conversión entre los gentiles.

En Romanos 11:26 Pablo declara: “Y luego todo Israel será salvo, según está escrito:
‘Vendrá de Sion el Libertador, y apartará de Jacob la impiedad’”. En ese tiempo todo el
remanente de los israelitas será salvo. “‘Y éste es Mi pacto con ellos, cuando Yo quite sus
pecados’. Según el evangelio, son enemigos por causa de vosotros; pero según la
elección, son amados por causa de los padres” (vs. 27-28). Note las dos veces que se dice
“por causa” en el versículo 28: “por causa de vosotros” y “por causa de los padres”. Ellos
son enemigos por nuestra causa, pero amados por causa de los padres. “Porque
irrevocables son los dones de gracia y el llamamiento de Dios” (v. 29). Los dones de Dios
y Su llamamiento son eternos e irrevocables; nunca cambian. Una vez que Dios da un
don, lo da para siempre. Y una vez que Dios nos llama, nos llama por la eternidad. Él
nunca se retracta de Sus dones ni de Su llamamiento. Cuánto agradecemos a Dios que
en Él “no hay mudanza” (Jac. 1:17). “Pues así como vosotros en otro tiempo erais
desobedientes a Dios, pero ahora se os ha concedido misericordia por la desobediencia
de ellos, así también éstos ahora han sido desobedientes, para que por la misericordia
concedida a vosotros, también a ellos les sea ahora concedida misericordia. Porque Dios
a todos encerró en desobediencia, para tener misericordia de todos” (vs. 30-32). Aquí
vemos que Pablo usa la desobediencia y la misericordia para apoyar su argumento. La
desobediencia del hombre le proporciona una oportunidad a la misericordia de Dios, y
la misericordia de Dios trae salvación al hombre. Así que, vemos una vez más que Pablo
ha ganado todos los casos. Dios encerró a todos en desobediencia para tener
misericordia de todos. Ésta es la economía de Dios. ¿Qué podemos decir? Lo único que
se puede decir es: “¡Aleluya por Su misericordia!”. Él ha usado aun nuestra
desobediencia para encerrarnos a fin de conservarnos como vasos sobre los cuales Él se
muestre misericordioso.
IV. LA ALABANZA POR LA ELECCIÓN DE DIOS

En este punto Pablo elevó una alabanza a Dios por Su elección. “¡Oh profundidad de las
riquezas, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son Sus juicios, e
inescrutables Sus caminos! Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿O quién se hizo
Su consejero? ¿O quién le dio a Él primero, para que le fuese recompensado? Porque de
Él, y por Él, y para Él, son todas las cosas. A Él sea la gloria por los siglos. Amén” (vs. 33-
36). Parece que en el libro de Romanos, de los capítulos 9 al 11, Pablo nos ha dado un
mapa por el cual podemos trazar los caminos de Dios. Dios recibe alabanza y gloria en
tres etapas: en el pasado, por todo lo que procedió de Él; en el presente, por todo lo que
existe por medio de Él; y en el futuro, por todo lo que será para Él. En el pasado todas
las cosas llegaron a existir procedentes de Dios; en el presente, existen por medio de Él;
y en el futuro, serán para Él. La elección de Dios es conforme a Él mismo, a Su elección,
y no a ninguna otra cosa. Todas las cosas son de Él, por Él y para Él. “A Él sea la gloria
por los siglos. Amén”.
ESTUDIO-VIDA DE ROMANOS
MENSAJE VEINTICINCO

LA TRANSFORMACIÓN REALIZADA
AL PONER EN PRÁCTICA LA VIDA DEL CUERPO

(1)

En este mensaje llegamos a la sección más práctica del libro de Romanos, a saber: la
sección sobre la transformación (12:1—15:13). La transformación tiene como finalidad la
práctica concerniente a la vida. Ya vimos que la santificación tiene como finalidad el
proceso concerniente a la vida. Desde el momento en que fuimos justificados hemos
participado del proceso concerniente a la vida, el cual nos santificará y finalmente nos
glorificará. La práctica concerniente a la vida es de alguna forma diferente del proceso
concerniente a la vida. Para que se manifieste la práctica concerniente a la vida, se
necesita la transformación, pues en la vida natural nunca se tendría la práctica
apropiada de vida. Nada natural es útil cuando intentamos poner en práctica la vida. El
elemento natural debe ser transformado en un elemento espiritual y santo. Por lo tanto,
por causa de la práctica concerniente a la vida, es imprescindible que seamos
completamente transformados. Además, la santa Palabra revela que dicha práctica se
manifiesta principalmente en la iglesia, en la vida del Cuerpo. La vida de la iglesia local
es, en término concretos, el reino de Dios sobre la tierra hoy en día.

Muchos llamados cristianos espirituales verdaderamente aman al Señor y procuran


crecer en vida en conformidad con Romanos 6 y 8. Sin embargo, después de Romanos 8
y aun después de Romanos 11 encontramos otra sección, lo cual indica que aunque
lleguemos a la norma revelada en Romanos 8, todavía estaremos escasos porque nos
falta la vida de iglesia. Las experiencias espirituales de santificación, glorificación y
conformación no se dan para sí mismas. Experimentamos la santificación no
simplemente para ser personas santificadas, y tampoco experimentamos la
conformación por la única razón de que seamos conformados; al contrario, ambas
experiencias tienen como finalidad la vida de iglesia. Como veremos, después de los
capítulos 8 y 11 Pablo nos ruega que presentemos nuestro cuerpo en sacrificio vivo. Pero
tampoco presentamos nuestros cuerpos para que seamos más espirituales, sino para que
practiquemos la vida del Cuerpo.

A muchos cristianos que buscan más del Señor no les gusta hablar de la vida de iglesia.
Ellos parecen decir: “Con tal que seamos espirituales y santificados, y crezcamos en
vida, todo estará bien. El Señor un día nos edificará juntos espontáneamente”. Yo les
diría enfáticamente que su libro de Romanos únicamente tiene ocho capítulos, o sea,
sólo la mitad del libro. Es como si no se dieran cuenta de que Romanos tiene dieciséis
capítulos. Sin embargo, en el libro de Romanos tenemos cinco capítulos completos que
se ocupan de la cuestión de la iglesia. La vida divina no se nos da simplemente para que
tengamos vida; más bien, hace posible el Cuerpo. La vida es para la iglesia. Debemos
estar alertas porque aun las mejores cosas pueden ser un velo para nuestra visión.
Alabado sea el Señor porque en el libro de Romanos tenemos cinco capítulos que tratan
de la vida de iglesia. Los pasajes que abarcan los temas de la justificación, la
santificación y la glorificación constan de cinco capítulos y medio, pero el tema de la
vida de iglesia ocupa cinco capítulos enteros.

Deseo subrayar que la iglesia es la palabra final que Pablo presenta en el libro de
Romanos. Cuando escuchamos a alguien, siempre esperamos su palabra final; en el
libro de Romanos esa palabra tiene que ver con la iglesia. Por lo tanto, si nos detenemos
en el capítulo 8, perderemos mucho y pasaremos por alto la palabra final del discurso de
Pablo. Debemos proseguir a través del libro hasta llegar a su conclusión.

¿Por qué escribió Pablo el libro de Romanos? No lo escribió solamente para hablar
acerca de la justificación ni de la santificación ni siquiera de la glorificación, sino con el
propósito final y máximo de presentar la vida de iglesia. La consumación del libro de
Romanos es la iglesia. Alabado sea el Señor porque Pablo tenía un concepto tan claro y
rico con respecto a la iglesia que tomó cinco capítulos de este libro para subrayarla. Usó
cinco capítulos para presentar la vida de iglesia de una forma maravillosa. En Romanos
Pablo no presenta la vida de iglesia de una forma doctrinal, sino de una manera muy
práctica y según la experiencia. Cuando lleguemos a Romanos 15 y 16, veremos que
Pablo describe y presenta las iglesias desde el punto de vista de la experiencia y de la
práctica, y no de la doctrina.

Si uno nunca penetra las profundidades de los capítulos del 12 al 16 de Romanos,


considerará que estos cinco capítulos simplemente consisten de exhortaciones y
enseñanzas acerca de la conducta cristiana. Alguien que piensa de esta manera
demuestra que aún tiene un concepto natural con respecto a este pasaje de la Biblia. No
debemos entender la santa Palabra conforme a nuestro concepto natural. La mayoría de
los maestros cristianos afirman que los capítulos del 12 al 16 describen la conducta del
creyente. Ellos dicen que después de ser salvos debemos comportarnos con una buena
conducta cristiana. Debo admitir que hace más de veinte años, cuando dirigí un estudio
minucioso del libro de Romanos delante de casi mil personas, aún sostenía este
concepto natural. En dicho estudio yo también dije que los capítulos del 12 al 16
describían el comportamiento de los creyentes. No fue sino hasta años recientes y
después de estudiar Romanos una y otra vez, que me dije: “Hombre, cuán natural has
sido para entender la revelación santa y divina”.

Aparentemente los últimos cinco capítulos de Romanos describen la conducta de los


cristianos. Sin embargo, ¿cuál es el aspecto principal de la conducta de un creyente? Es
la vida de iglesia. La vida de iglesia, la vida del Cuerpo, es la estructura principal de la
conducta del cristiano. Después de que un creyente es salvo, su conducta se relaciona
principalmente con la vida de iglesia. ¿Se da cuenta de que nuestra vida de iglesia
comprende el noventa por ciento de nuestra vida? Hemos acuñado una nueva palabra
iglesiando. Día tras día estamos “iglesiando”; siempre nos ocupamos de la vida de
iglesia. Puedo testificar que día y noche estoy “iglesiando”. Invertimos una gran
cantidad de tiempo, dinero y energía para poder seguir “iglesiando”. No nos importa el
tiempo, el costo ni la energía, sólo nos importa la iglesia; estamos “iglesiando” todo el
tiempo. El apóstol Pablo tenía en mente este concepto cuando escribía el libro de
Romanos. Él no se interesó solamente por la llamada conducta cristiana; su principal
interés fue la vida de iglesia. En ella necesitamos poner en práctica la vida procesada, la
cual se revela en la sección sobre la santificación, en los capítulos del 5 al 8. Ésta es la
razón por la cual necesitamos ser transformados. Así que, la transformación en vida
tiene como fin que pongamos en práctica la vida, y esta práctica se lleva a cabo
principalmente en la vida de iglesia.

Consideremos el contenido de los capítulos del 12 al 16 de Romanos. Indudablemente el


enfoque de Romanos 12 es la vida que es propia del Cuerpo. Desde el principio del
capítulo 14 hasta la primera parte del capítulo 15 tenemos un largo pasaje que trata
sobre la manera de recibir a los santos. La práctica de recibir a los santos tiene como
finalidad la vida de iglesia. Además, los capítulos 15 y 16 constan de una crónica práctica
de la vida de iglesia; no tratan sobre la iglesia en los cielos, sino sobre las iglesias locales
que se hallan en la tierra. Entre estos dos pasajes tenemos el capítulo 13. Siempre me ha
perturbado el capítulo 13, pues encuentro difícil determinar si este capítulo pertenece a
la práctica de la vida del Cuerpo presentada en el capítulo 12, o si debe considerarse
como una sección independiente con tres temas: la sumisión, el amor y la guerra
espiritual. Incluso hasta este momento no estoy bien convencido acerca de la posición
que ocupa este capítulo. Puede considerarse como una parte de la sección subordinada
que trata sobre llevar una vida normal. Si éste es el caso, entonces Romanos, del
capítulo 12 al 16, comprendería tres asuntos relacionados con la transformación, los
cuales pertenecen a la vida de iglesia: en primera lugar, la práctica de la vida del Cuerpo,
en segundo lugar, el recibir a los santos, y en tercer lugar, la máxima consumación del
evangelio, esto es, las iglesias locales. Así que, cada aspecto de la sección sobre la
transformación está relacionado con la vida del Cuerpo. ¿En qué consiste nuestra vida
diaria? Hablando con propiedad, nuestra vida diaria forma parte de nuestra vida de
iglesia. Si no tuviéramos una vida diaria, no podríamos tener la vida auténtica de iglesia.
Nuestra vida diaria tiene como fin la vida de iglesia. Por tanto, basándome en este
entendimiento, yo prefiero decir que el capítulo 13 es una continuación del capítulo 12 y
que forma parte de una sección subordinada que abarca la vida normal de los cristianos,
la cual tiene como fin la vida de iglesia.

I. LA TRANSFORMACIÓN ES NECESARIA
PARA LA VIDA DEL CUERPO

A. La transformación

Antes de considerar 12:1-2, quisiera dar una definición de la transformación.


Transformación es una buena palabra. En el griego esta palabra incluye el sentido de
cambio, o sea, de experimentar cierto cambio. Así que, la versión King James en inglés,
al traducir esta misma palabra en 2 Corintios 3:18, usa la palabra cambiados en vez de
transformados, aunque en Romanos 12:2 sí usó la palabra transformados. Es
inadecuado traducir esta palabra griega como “cambiados”. La transformación no
denota simplemente un cambio, pues significa que una sustancia sufre un cambio tanto
de naturaleza como de forma. Éste es un cambio metabólico. No es solamente un
cambio externo, sino un cambio en la constitución interna. Tal cambio ocurre por el
proceso del metabolismo. En este proceso un elemento orgánico que contiene ciertas
vitaminas entra en nuestro ser y produce un cambio químico en nuestra vida orgánica.
Esta reacción química cambia la constitución de nuestro ser de una forma a otra. En
esto consiste la transformación.

Supongamos que una persona tiene un cutis muy pálido y que otra persona desea
cambiar el color de la tez aplicándole algo de rubor. Esto, sin duda, producirá un cambio
externo, pero no un cambio orgánico, es decir, un cambio de vida. Entonces ¿cómo
puede una persona verdaderamente tener un rostro sonrosado? Esto se realiza cuando
dicha persona ingiere diariamente el alimento saludable con los elementos orgánicos
necesarios para su cuerpo. Debido a que su cuerpo es un organismo viviente, cuando
una sustancia orgánica entra en él, la convierte en un compuesto químico formado
orgánicamente por el proceso del metabolismo. Gradualmente por este proceso interno
el tono del cutis cambiará. Este cambio no es externo; es un cambio interno que se
produce mediante el proceso del metabolismo.

Según la Biblia, este cambio metabólico es llamado transformación. En el proceso de la


transformación, la vida de Cristo es añadida a nuestro ser. Cuando Su vida, la cual es
orgánica y rica en vitaminas, impregna nuestro ser, se forma un compuesto químico
espiritual. Esto cambia nuestra constitución tanto en naturaleza como en forma, lo cual
es la transformación. No es una corrección o calibración externa, sino un cambio
metabólico interno que se realiza en nuestro elemento orgánico, un cambio en vida y
con ella, y tal cambio es llevado a cabo por el Señor Espíritu (2 Co. 3:18). En el proceso
de transformación el elemento divino es forjado en nuestro ser. Si tenemos un
entendimiento apropiado acerca de la transformación cuando estudiemos los capítulos
del 12 al 16 de Romanos, comprenderemos que este pasaje de la Palabra es totalmente
diferente a nuestro concepto natural.

Al final de Romanos 8 el proceso de vida ya se ha completado. En el capítulo 1 éramos


pecadores viles que estábamos llenos de maldad. Sin embargo, después de pasar por
varios capítulos y de llegar al final del capítulo 8, hemos sido santificados y conformados
como hijos de Dios. ¡Cuán diferente es esto! Ya para el final del capítulo 8 hemos llegado
a ser conformados como hijos de Dios, hijos amados por Él para siempre. Así que, los
primeros ocho capítulos de Romanos revelan el proceso de vida que nos conduce por
todo el camino, desde que éramos pecadores hasta que lleguemos a ser hijos de Dios.
Luego, de Romanos 9 al 11 Pablo nos proporciona una revelación acerca de la elección
de Dios, Su economía y nuestro destino. En este pasaje Pablo nos ayuda a entender
cómo Dios nos eligió, cómo nos hizo Sus vasos para que le contuviéramos, cómo quiere
llenarnos de todas las riquezas de Cristo, y cómo estableció una economía con respecto
al orden en que los hombres serían salvos. Después de presentar todas estas cosas,
Pablo está en posición de hablarnos acerca de la práctica de vida. Al principio de
Romanos 12, Pablo está preparado para mostrarnos la forma de poner en práctica la
vida en la que hemos sido procesados y en la que seguimos siendo procesados. La
práctica concerniente a esta vida procesada es la vida de iglesia.

B. La vida del Cuerpo

1. Lo práctico de la vida de iglesia

Ya hicimos notar que el enfoque de Romanos 12 es la vida del Cuerpo, es decir, la vida
corporativa. La vida del Cuerpo es lo práctico de la vida de iglesia. Sin la vida del
Cuerpo, la vida de iglesia es sólo un término. La vida de iglesia se realiza, llega a ser real,
mediante la práctica de la vida del Cuerpo. Los cristianos de hoy tienen el término
iglesia, pero carecen de la vida del Cuerpo. En efecto, existe una profunda carencia en la
experiencia de muchos cristianos al respecto. Así que, es necesario que sea recobrada la
vida del Cuerpo de Cristo, para que el Señor obtenga la edificación práctica de Su iglesia
en la tierra hoy. Ésta es la razón por la cual anhelamos tanto la vida del Cuerpo.

2. La vida corporativa
La vida del Cuerpo es una vida corporativa. Podemos entender esto al considerar
nuestro cuerpo físico, el cual es una entidad corporativa formada por muchos miembros.
Todos los miembros tienen su vida y su función en el cuerpo. Si algún miembro llega a
separarse o desprenderse del cuerpo, pierde su vida y su función. Ningún miembro
puede ser independiente del cuerpo ni llegar a ser individualista. Debemos entender que
ninguno de nosotros, los miembros del Cuerpo de Cristo, es una entidad completa. Cada
uno de nosotros es simplemente un miembro del Cuerpo. Necesitamos permanecer en el
Cuerpo para tener vida y para ejercitar nuestra función. Muchos cristianos carecen de
las riquezas de la vida y no pueden ejercer su función en absoluto, simplemente porque
se hallan separados del Cuerpo. Romanos 12 revela la importancia de la práctica de la
vida del Cuerpo. Nos muestra que nosotros somos miembros los unos de los otros en un
solo Cuerpo. Nosotros, siendo muchos, somos un solo Cuerpo, una entidad. En el
Cuerpo podemos ejercer nuestra función y expresar a Cristo de una forma corporativa.

Es algo muy lamentable que hoy en día muy pocos cristianos hayan visto la vida
corporativa o están dispuestos a prestar atención a la misma. La mayoría de los
cristianos que buscan más del Señor prestan toda su atención a Romanos 8, procurando
experimentar al Espíritu de vida; pero no se dan cuenta de que las experiencias de
Romanos 8 tienen como finalidad la vida corporativa de Romanos 12. La meta de Dios
es que llevemos la vida del Cuerpo, la cual es una vida corporativa. Tal es la meta de Su
obra de redención, justificación y santificación. Si no prestamos atención a la vida del
Cuerpo, sin lugar a dudas erraremos el blanco con respecto a la meta de Dios. Somos
redimidos, justificados, santificados y conformados a Cristo solamente para que
podamos tener la vida corporativa apropiada. No debemos detenernos en las
experiencias de santificación y de conformación que hallamos en Romanos 8. Debemos
ver que dichas experiencias efectuadas en el Espíritu han de llevarnos adelante hacia
Romanos 12, para que podamos poner en práctica la vida corporativa. Simplemente ser
santificados individualmente o tener una espiritualidad individualista no concuerda con
lo que Dios desea con respecto a la santificación y la espiritualidad. La santificación y la
espiritualidad genuinas son para el beneficio de la vida del Cuerpo. Creemos que en
estos últimos días, el Señor, en Su recobro, ha avanzado del capítulo 8 al capítulo 12 de
Romanos. En la actualidad el recobro del Señor se centra en lo corporativo, o sea, en la
vida del Cuerpo, en la vida de iglesia, y no en la santificación o espiritualidad
individualistas. Que el Señor tenga misericordia de nosotros para que veamos esto y lo
pongamos en práctica mediante las experiencias de santificación en el Espíritu de vida.

II. LA TRANSFORMACIÓN REALIZADA


AL PRESENTAR NUESTROS CUERPOS

A. El ruego del apóstol


Romanos 12:1 dice: “Así que, hermanos, os exhorto por las compasiones de Dios, que
presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro
servicio racional”. Pablo aquí nos habla en un tono de ruego, revelando la importancia
del asunto que está por encargarnos, el cual pone de manifiesto el deseo y el propósito
de Dios. Por siglos Dios ha tenido un deseo en particular, a saber: obtener un Cuerpo
para Cristo. Por lo tanto, el apóstol dice: “Así que, hermanos, os ruego por las
compasiones de Dios”. Note que no es “compasión” en singular, sino “compasiones” en
plural. En 9:15 vimos que la compasión es más rica y más profunda que la misericordia.
Dios no tiene una sola clase de compasión, sino muchas clases de compasiones para con
nosotros. Él tuvo compasión de nosotros al escogernos. Luego tuvo compasión de
nosotros al llamarnos, al salvarnos y al introducirnos en Su vida. Según se muestra en
los capítulos anteriores, muchas veces en el pasado Él ha tenido compasión de nosotros.
Y por esas compasiones el apóstol Pablo nos rogó que presentáramos nuestros cuerpos a
Dios. Si comprendemos lo que representan las compasiones de Dios, y nos conmueven,
haremos lo que el apóstol nos rogó que hiciéramos.

B. Presentar nuestros cuerpos en sacrificio

1. Muchos cuerpos, pero un solo sacrificio

En 2:1 Pablo nos ruega que presentemos nuestros cuerpos “en sacrificio vivo”. En
Romanos 6:13 y 19 nos alienta a presentar los miembros de nuestros cuerpos como
armas para pelear la batalla y como esclavos para servir, porque Romanos 6 trata sobre
la guerra y el servicio. Sin embargo, la vida de iglesia es una cuestión de sacrificio, de
ofrecernos a Dios para Su satisfacción. La vida de iglesia en general es una ofrenda para
la satisfacción de Dios. Aunque son muchos los cuerpos presentados, el sacrificio es uno
solo, y ¿por qué? Porque los muchos miembros constituyen un solo Cuerpo, y los
muchos creyentes son una sola iglesia.

¿Por qué Pablo usa el término sacrificio vivo? Porque él compara este sacrificio con los
sacrificios del Antiguo Testamento. Dichos sacrificios eran inmolados, pero la iglesia no
es una ofrenda inmolada, sino una ofrenda viviente llena de Cristo como vida. En el
capítulo 8 vemos que los creyentes son llenos de Cristo, quien es el Espíritu vivificante.
Cuando en el capítulo 12 se ofrecen en sacrificio a Dios, lo hacen como una ofrenda viva,
llena del Espíritu de vida.

Además, el sacrificio es santo, lo cual quiere decir que está separado de las cosas
mundanas y que posee la naturaleza de Dios. Nuestro Dios es santo; es absolutamente
diferente y está separado por completo de cualquier otra cosa. Esta santa naturaleza
Suya ha sido forjada en los miembros del Cuerpo de Cristo, de manera que este Cuerpo
es santo y único. Es muy diferente de un club, del YMCA [la asociación de jóvenes
cristianos], y de cualquier otro tipo de organización social. El Cuerpo de Cristo es santo,
y nada común puede ser introducido en él. Así que, esta ofrenda es lo único que agrada
plenamente a Dios y que beneficia el Cuerpo de Cristo. Esta ofrenda es necesaria para
poner en práctica la vida del Cuerpo. Tenemos que ofrecer nuestros cuerpos por causa
del Cuerpo de Cristo.

2. Nuestro servicio sacerdotal más racional

El servicio más racional consiste en ofrecernos a Dios en sacrificio vivo. Las palabras
presentar y sacrificio mencionadas en 12:1 indican que el “servicio racional” es un
servicio sacerdotal. Si tenemos una mente sobria y si nos proponemos ser racionales,
justos y lógicos, entonces ciertamente debemos estar en la vida de iglesia. Las personas
que no quieren participar en la vida de iglesia, son las más necias. Hacer cualquier otra
cosa es necedad, pero renunciar a todo por causa de la iglesia es lo más lógico y racional.
Nada es más racional que esto. Gastar dos dólares en un artículo mundano o en alguna
diversión es necedad, pero invertir dos millones de dólares en la vida de iglesia es
racional. Si yo tuviera cien vidas, las entregaría todas para la vida de iglesia. Sin
embargo, no daría ni la más pequeña fracción de mi vida a las cosas mundanas, porque
hacer eso sería insensato. ¡Qué servicio tan racional es darnos completamente a la vida
de iglesia! Puedo testificar que he estado en la obra del Señor por más de cuarenta años
y no me arrepiento de ello en lo más mínimo. Siempre que pienso en la vida de iglesia
me emociono. Cada vez que pienso acerca de la vida de iglesia y acerca del ministerio
que llevo a cabo por causa de la vida de iglesia, me siento en los cielos. ¡Qué servicio más
racional!

Cuando Pablo empezó a hablar acerca de la vida de iglesia, imploró a los creyentes a
presentar sus cuerpos, porque como seres humanos no hay nada más real y práctico que
nuestros cuerpos. Si el cuerpo de usted no está en la vida de iglesia, por favor ni hable de
cuánto usted se ha dedicado a la vida de iglesia. Durante los años pasados son muchos
los que me han dicho: “Hermano, yo estoy con usted. La carga de mis negocios es muy
pesada y me impide estar en la vida de iglesia; de todos modos soy uno con lo que usted
está haciendo”. Otros han dicho: “Estoy muy cansado para asistir a la reunión. Usted
vaya a la reunión y yo me quedaré en casa y oraré por usted. No puedo estar en la
reunión físicamente porque estoy tan cansado, pero mi corazón y mi espíritu estarán ahí
con usted”. Estas palabras parecen muy agradables, pero son engañosas. Debemos
entender que nosotros vivimos en nuestros cuerpos; donde estén nuestros cuerpos, allí
estaremos nosotros. Supongamos que todos los santos dijeran que están muy cansados
para asistir a la reunión. ¿Qué pasaría con la reunión? Por esta razón Pablo les rogó a los
hermanos que presentaran sus cuerpos. Si usted está resuelto a darse por el propósito
del Señor, debe presentar su cuerpo.

Es bueno asistir a la reunión aun si uno duerme durante la mayor parte de ella. Es mejor
asistir a la reunión y dormir, que no asistir en absoluto. Quizá uno asista a la reunión y
duerma casi todo el tiempo, excepto los últimos minutos. Es posible que durante los
últimos cinco minutos sea inspirado y reciba una gran ayuda. Conozco muchos casos en
que esto ha sucedido.

Quisiera relatar un caso que sucedió en mi provincia natal, Shantung. Yo visitaba cierta
iglesia con un joven aprendiz, un hermano que estaba bajo mi cuidado aprendiendo
cómo servir al Señor. Su nombre era Chao. La esposa del hermano responsable de esa
pequeña localidad amaba mucho al Señor y nos preparaba la comida tres veces al día.
Como resultado de tanto trabajo, ella estaba muy cansada. Sin embargo, no faltaba a las
reuniones. Un día en particular ella fue a la reunión y se sentó en la primera fila. Al
hermano Chao se le pidió que tomara la palabra esa noche. Mientras él hablaba, la
hermana se quedó dormida. Durante todo el mensaje el hermano joven fue muy
paciente. No obstante, cerca del final del mensaje, incapaz de resistirlo más, él se volteó
y dijo a la hermana: “¡Si usted sigue durmiendo, le echaré a puntapiés!”. Cuando él hizo
esto yo me preocupé mucho. Después de la reunión le dije que nunca debía hacer esto
otra vez. Me sentí muy avergonzado cuando volvíamos a la casa de la hermana donde
nos hospedábamos. Sin embargo, la hermana nos saludó alegremente. Esa hermana
asistió a la reunión y durmió casi todo el mensaje, pero durante los últimos minutos
recibió mucha ayuda. Necesitamos asistir a la reunión corporalmente. No digamos que
estamos en la iglesia espiritualmente aunque nuestro cuerpo no esté presente.
Necesitamos presentar nuestro cuerpo.

III. LA TRANSFORMACIÓN SE EFECTÚA POR MEDIO


DE LA RENOVACIÓN DE NUESTRA MENTE

A. No debemos amoldarnos a este siglo

Romanos 12:2 dice: “No os amoldéis a este siglo, sino transformaos por medio de la
renovación de vuestra mente, para que comprobéis cuál sea la voluntad de Dios: lo
bueno, lo agradable y lo perfecto”. Pablo nos dice que no debemos amoldarnos “a este
siglo”. No debemos amoldarnos a este siglo o era. ¿Qué es esta era? La era o siglo es la
vida mundana práctica y presente, la cual está en oposición a la vida de iglesia y la
reemplaza. El mundo entero es un sistema satánico, una entidad formada por Satanás.
La palabra griega cósmos traducida “mundo” denota una organización o sistema.
Satanás reclutó a toda persona, asunto y cosa de la vida humana en su sistema. Este
sistema mundial se compone de muchas eras. Tal como la iglesia universal se compone
de muchas iglesias locales, así el mundo se compone de muchas eras. Cada iglesia local
forma parte de la iglesia universal, y cada era forma parte del mundo. Cada era tiene su
propia moda y estilo. La palabra moderno es un equivalente de la palabra griega que se
puede traducir “siglo” o “era”. Las palabras griegas traducidas “no os amoldéis a este
siglo”, pueden ser traducidas “no seáis modernizados”. Por lo tanto, ser modernizado
significa ser moldeado y conformado en concordancia con la era actual. Ya que una era
es la vida del mundo actual y práctica, una parte del sistema del mundo, no podemos
estar en el mundo sin pertenecer a una de sus eras. Al tener contacto con el mundo,
tenemos contacto con alguna de sus eras. Por lo tanto, para renunciar al mundo,
debemos renunciar también a la era en que nos hallamos.

Los cambios de era en el sistema del mundo pueden ser ejemplificados por los cambios
de los peinados de las damas. Hace sesenta años especialmente en el mundo occidental,
era común que las mujeres arreglaran su cabello como una torre alta, cuanto más alta,
mejor. Yo llegué a familiarizarme con esto porque las damas occidentales compraban
redecillas para el cabello importadas del norte de China, donde yo viví cuando era niño.
Repentinamente los pedidos describían redecillas más pequeñas. Yo me preguntaba cuál
era la razón de este cambio. Con el tiempo me enteré de que la era había cambiado y que
la moda y el estilo moderno había experimentado cambios. Cada época tiene su moda y
estilo propio. Hace sesenta años las damas occidentales acostumbraban usar su cabello
en forma de torres muy altas. Más tarde el cabello corto se hizo muy común, el así
llamado “copete corto” se hizo muy popular. En años recientes los jóvenes adoptaron el
peinado “estilo hippie” de acuerdo con la era. Si un joven se deja crecer el cabello largo,
es una prueba de que se ha modernizado.

El mundo está en oposición a la iglesia, y las épocas o eras se oponen a las iglesias. Si
estamos decididos a poner en práctica la vida de iglesia, debemos renunciar a la época.
Ya que la presente era se opone a la vida de iglesia, no podemos seguir la era y ser
moldeados conforme a ella y al mismo tiempo experimentar verdaderamente la vida del
Cuerpo. Una persona que ha sido afectada por la era moderna tal vez pueda asistir a las
reuniones los domingos, pero no podrá practicar la vida de iglesia. Si queremos la vida
del Cuerpo, la práctica de la vida de iglesia, debemos renunciar a esta era y no
amoldarnos a ella. Ésta es la razón por la cual Pablo nos dice que no debemos
amoldarnos a este siglo.

B. Debemos ser transformados por medio de


la renovación de nuestra mente
No debemos amoldarnos a esta era, sino ser transformados por la renovación de nuestra
mente (Ef. 4:23; Tit. 3:5). Amoldarnos a esta era quiere decir que adoptamos las modas
externas modernas; ser transformados significa que un elemento orgánico se ha forjado
en nuestro ser produciendo así un cambio metabólico interno. Necesitamos ser
transformados por la renovación de nuestra mente. La mente mencionada en Romanos
12 es diferente de la que se menciona en Romanos 7 y en Romanos 8. En Romanos 7 la
mente estaba sola, actuando independientemente. En Romanos 8 la mente era
dependiente y estaba puesta en el espíritu. Sin embargo, dudo que la mente de Romanos
8 haya sido transformada o renovada. Simplemente poner la mente en el espíritu es
inadecuado. La mente no sólo debe ser dependiente, sino también renovada. Romanos
12:2 nos dice que necesitamos una mente renovada. La mente es renovada no solamente
por las enseñanzas externas, sino por el elemento de Cristo añadido a ella. Cuando el
Señor Jesús se extienda desde nuestro espíritu a nuestra mente, ésta será renovada. Por
medio de la renovación de nuestra mente, nuestra alma es metabólicamente cambiada.
De esta forma experimentamos la transformación de nuestra alma, lo cual es muy
necesario para la vida de iglesia. Si queremos poner en práctica la vida de iglesia,
nuestra alma tiene que ser transformada por medio de la renovación de nuestra mente.

C. Para comprobar la voluntad de Dios

Necesitamos la renovación de nuestra mente y la transformación de nuestra alma para


poder comprobar “cuál sea la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable y lo perfecto”.
¿Cuál es la voluntad de Dios? La voluntad de Dios es la vida del Cuerpo, la vida de
iglesia. No apliquemos la mención de la voluntad de Dios en Romanos 12:2 a nuestra
situación personal humana, a los asuntos de nuestro matrimonio, empleo o vivienda.
Algunas personas oran: “Oh, Señor, voy a comprar una casa nueva. ¿Cuál es Tu voluntad
al respecto? ¿Cuántas recámaras y baños debe tener? ¿Cuánto debo pagar por ella?
Señor, quiero saber Tu voluntad al respecto”. Olvídese de orar de esta manera, porque
cuanto más ore y busque la voluntad del Señor de esta manera, más se encontrará en
tinieblas y fuera de Su voluntad. La voluntad mencionada en 12:2 consiste en que
pongamos en práctica la vida de iglesia. La casa que usted compre, el trabajo que usted
tenga, la persona con la que usted se case, todo debe depender de la vida de iglesia.
Incluso la ropa que usted lleva debe depender de la vida de iglesia. Si usted está en lo
recto en cuanto a la vida de la iglesia, usted sabrá lo que debe hacer. Todo debe hacerse
para el beneficio de la vida de iglesia, porque ésta es la única voluntad de Dios: lo bueno,
lo agradable y lo perfecto, y esto es para la vida del Cuerpo. La presentación de nuestros
cuerpos, la transformación de nuestras almas, y la renovación de nuestras mentes son
llevadas a cabo para el beneficio de la vida que es propia del Cuerpo.
ESTUDIO-VIDA DE ROMANOS
MENSAJE VEINTISÉIS

LA TRANSFORMACIÓN REALIZADA
AL PONER EN PRÁCTICA LA VIDA DEL CUERPO

(2)

En el mensaje anterior vimos que el objetivo de nuestra transformación es la vida del


Cuerpo, que presentemos nuestros cuerpos en sacrificio vivo para satisfacer a Dios, y
que experimentemos la renovación de nuestra mente con el fin de comprobar cuál sea la
voluntad de Dios, la cual es obtener la vida de iglesia. En este mensaje veremos otros
aspectos de la transformación que se realiza cuando se pone en práctica la vida del
Cuerpo.

IV. LA TRANSFORMACIÓN REALIZADA


AL EJERCITAR NUESTROS DONES

A. No debemos tener más alto concepto


de nosotros mismos que el que debemos tener, sino que debemos pensar de
nosotros con cordura conforme a la medida de la fe

Romanos 12:3 dice: “Digo, pues, mediante la gracia que me es dada, a cada cual que está
entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que
piense de sí de tal manera que sea cuerdo, conforme a la medida de fe que Dios ha
repartido a cada uno”. En este versículo llegamos a un punto muy práctico y esto es que
cada uno de nosotros tiene un alto concepto de sí mismo. Exteriormente es posible que
parezcamos humildes, pero interiormente tenemos un concepto muy alto de nosotros
mismos, lo cual es un problema para la vida de iglesia. Si hemos de poner en práctica la
vida de iglesia adecuada, lo primero que debemos hacer es derribar el alto concepto que
tenemos de nosotros mismos. Debemos pensar de nosotros “de tal manera que sea
cuerdo”. Si uno tiene un concepto demasiado alto de sí mismo, su mente no es sobria ni
normal, y significa que tiene un elemento anormal en su mente. Su mente necesita ser
calibrada y renovada, y es necesario que la vida absorba todos los elementos negativos
que haya en ella. Entonces tendrá una mente renovada y sobria.

Además, debemos pensar “conforme a la medida de fe que Dios ha repartido a cada


uno”. No es difícil entender el significado de “medida de fe”. La medida en que Dios se
ha transfundido e infundido en usted, constituye la medida de fe que usted posee. Su
medida de fe equivale a la cantidad del elemento divino que haya sido transfundido en
su ser. Ésa es la fe que Dios le ha repartido a usted, y usted debe pensar de sí
sobriamente conforme a esa medida.

B. Debemos comprender que hay un solo


Cuerpo con muchos miembros,
los cuales tienen diferentes funciones

“Porque de la manera que en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los
miembros tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo Cuerpo
en Cristo y miembros cada uno en particular, los unos de los otros” (vs. 4-5). Debemos
entender que los muchos miembros del único Cuerpo tienen diferentes funciones. Dos
hermanas jóvenes pueden tener casi la misma edad, pero aun así tener diferentes
funciones. Lo que una hermana puede hacer, la otra no puede. Si todos
comprendiéramos esto, no tendríamos un concepto tan alto de nosotros mismos, sino
que respetaríamos a los demás. Espero que muchos de los hermanos jóvenes puedan
decirse unos a otros: “Hermano, lo que yo puedo hacer, usted no puede, y lo que usted
puede hacer, yo no puedo”. Todos tenemos diferentes funciones.

Podemos ver las diferentes funciones de los miembros del Cuerpo en el rostro humano.
Mire su cara: usted tiene ojos, oídos, nariz y labios. El hermano ojo podría decir al
hermano nariz: “¿Sabes que lo que yo puedo hacer tú no puedes, y lo que tú puedes
hacer, yo no puedo?”. Entonces el hermano nariz podría responder: “Sí, hermano ojo,
eso es maravilloso. Y los dos debemos entender que lo que el hermano oído puede hacer
ninguno de nosotros puede hacer”. Entonces quizás el hermano oído añadiría:
“Hermanos, ustedes tienen razón, pero el hermano labios puede hacer lo que ninguno
de nosotros somos capaces de hacer”. El rostro humano ejemplifica este principio que es
aplicable a todo el resto del cuerpo: tenemos muchos miembros y cada uno tiene una
función distinta. Ésta es la manera en que la vida de iglesia debe practicarse. Cuando
veo a los miembros funcionando en las reuniones, me pongo muy feliz porque ellos
pueden hacer lo que yo no puedo. Por supuesto, también es cierto que lo que yo puedo
hacer, ellos no pueden.

C. Debemos coordinar unos con


otros como miembros del Cuerpo

El versículo 5 dice: “Así nosotros, siendo muchos, somos un solo Cuerpo en Cristo y
miembros cada uno en particular, los unos de los otros”. Esto quiere decir que aunque
somos muchos, aun así somos un solo Cuerpo. Somos muchos miembros, y no muchas
entidades separadas. Como miembros tenemos que coordinar unos con otros para poder
ser un Cuerpo viviente que funciona. Si no cooperamos unos con otros, entonces
seremos miembros separados, y la vida del Cuerpo no podrá ser realizada
prácticamente. Cuando en el versículo 5 leemos que somos “miembros cada uno en
particular, los unos de los otros”, la expresión en particular no quiere decir “separados”,
sino “diferentes”. Esto quiere decir que usted es un tipo de miembro, y que yo soy otro.
Tal vez usted sea nariz, yo sea ojo y otra hermana sea oído. Por lo tanto, en particular
somos miembros unos de los otros. Esto requiere una coordinación completa.

D. Debemos ejercitar nuestros diferentes dones conforme a la gracia que


nos es dada

Necesitamos leer los versículos del 6 al 8. “Y teniendo dones que difieren según la gracia
que nos es dada, si el de profecía, profeticemos conforme a la proporción de la fe; o si de
servicio, seamos fieles en servir; o el que enseña, en la enseñanza; el que exhorta, en la
exhortación; el que da, con sencillez; el que preside, con diligencia; el que hace
misericordia, con alegría”. En el versículo 6 Pablo dice que tenemos “dones que difieren
según la gracia que nos es dada”. ¿Qué es la gracia? Como vimos en un mensaje anterior,
la gracia es simplemente Dios en Cristo como nuestro disfrute. Cuando esta gracia, este
elemento divino —que es la vida divina, entra en nuestro ser— trae consigo ciertas
habilidades y capacidades, que son los dones. Los dones, las habilidades espirituales,
provienen del elemento divino que hemos disfrutado. A medida que disfrutamos a Dios,
recibiendo y asimilando Su elemento divino dentro de nuestro ser, este elemento divino
produce en nosotros algunos dones, aptitudes y habilidades. Estos dones difieren según
la medida del elemento divino que hemos disfrutado y asimilado dentro de nuestro ser.
La gracia dada a nosotros corresponde a la gracia que hemos disfrutado y asimilado. Por
lo tanto, los dones mencionados en Romanos 12 son los dones de la gracia que se
desarrollan por medio del crecimiento en vida.

Esto puede demostrarse por medio de otros versículos del libro de Romanos. Romanos
5:17 dice que “reinarán en vida ... los que reciben la abundancia de la gracia y del don de
la justicia”. Este versículo indica que la gracia está relacionada con la vida. Además, en
5:21 Pablo dice que la gracia reina “por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo,
Señor nuestro”. Estos dos versículos de Romanos comprueban que la gracia se relaciona
con la vida. ¿Qué es la gracia? Es la vida divina que se nos da para nuestro disfrute.
Cuando la vida eterna de Dios llega a ser nuestro disfrute, eso es gracia. En 1 Corintios
15:10 Pablo dijo: “He trabajado mucho más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de
Dios conmigo”. La gracia de Dios que estaba con Pablo era la vida divina que estaba en
él y que era su disfrute. De manera que él laboró más que los otros apóstoles, aunque en
realidad no era Pablo mismo, sino la vida divina que él disfrutaba. Así que, la gracia en
Romanos es un asunto de vida.
Los dones de Romanos 12 son dados conforme a la gracia. Esto significa que los dones
son concedidos conforme a la medida de la vida. Si usted ha disfrutado la vida de Dios a
un nivel muy elevado, recibirá un don superior, pero si sólo disfruta de la vida de Dios
de manera limitada, el don que reciba también tendrá ciertas limitaciones, porque la
medida del don recibido depende del grado en que uno haya disfrutado interiormente de
la vida divina como la gracia. Los dones enumerados en Romanos 12 no son dones
milagrosos que vienen a nosotros repentinamente; al contrario, son como las facultades
de los miembros de nuestro cuerpo humano. La medida de facultades depende del nivel
de vida en nuestro cuerpo. Si nuestro cuerpo ha alcanzado cierta madurez con un
considerable crecimiento y con una gran fuerza vital, la vida rebosará de él, y este
rebosamiento de la vida interna del cuerpo producirá sus facultades. Éstas son
semejantes a los dones mencionados en Romanos 12. Todos los elementos incluidos en
los versículos del 6 al 8 son dones de la gracia en la vida divina. Podemos enumerar siete
de ellos: la profecía, el servicio, la enseñanza, la exhortación, el dar, el liderazgo y el
hacer misericordia. Debemos recordar que cada uno de estos siete elementos es un don,
incluyendo el hacer misericordia.

Al parecer muchos cristianos creen que los únicos dones que existen son el hablar en
lenguas, la interpretación de lenguas, la sanidad y los milagros. Sin embargo, es muy
extraño que ninguno de estos dones se mencione en Romanos 12. En este capítulo Pablo
no dice nada acerca del hablar en lenguas, de la interpretación de lenguas, de la sanidad
ni de los milagros, pero sí menciona los dones que son necesarios para la vida del
Cuerpo. Debemos notar que el versículo 6 dice que tenemos “dones que difieren según la
gracia que nos es dada”; no dice que es según el llamado “bautismo”. Quiero repetir una
vez más la definición de la gracia: la gracia es el elemento divino que entra en nosotros a
fin de ser nuestra vida para nuestro disfrute. La gracia no es algo externo, sino el
elemento de la vida divina que es forjado en nuestro ser interiormente y que nos da
ciertas habilidades y capacidades. Ahora consideremos con más detalle los dones de la
gracia que nos son dados conforme a la vida.

1. Profecía conforme a la medida de fe

Si usted consulta diversas versiones y traducciones del libro de Romanos, descubrirá


que la mayoría de ellas está de acuerdo en que la profecía mencionada en Romanos 12
no denota principalmente la predicción. Incluso en las Escrituras en general la palabra
profecía no significa principalmente “predecir”. Tanto en el Antiguo Testamento como
en el Nuevo, profetizar significa: 1) hablar por otro, o en nombre de otro; 2) proclamar
algo, y 3) predecir o pronosticar algo antes de que suceda. Todo el libro de Isaías se
compone de profecías, pero no sólo de la clase de las que predicen, sino de las que
proclaman a Dios y que hablan en nombre de Él. Es verdad que en este libro se
encuentran algunas profecías que predicen algo que ha de suceder, pero en la mayoría
de los oráculos y expresiones que se hallan en este libro, el profeta proclama algo en
nombre de Dios. Así que, el significado de la palabra profetizar es principalmente
“hablar por” y “proclamar”. ¿Qué es la profecía? Es hablar por Dios bajo Su directa
inspiración. Marvin Vincent, en su obra Word Studies in the New Testament [Estudio
de palabras neotestamentarias] (tomo 3, pág. 156), dice lo siguiente acerca de la
profecía: “Tanto en el Nuevo Testamento como en el Antiguo, la idea predominante no
es la predicción, sino la inspirada divulgación de advertencia, exhortación e instrucción,
además de efectuar juicios y hacer manifiestos los secretos del corazón. Véase 1
Corintios 14:3, 24-25. A diferencia de los que enseñan, los profetas del Nuevo
Testamento se distinguen por el hecho de que hablan al haber recibido una inspiración
directa”. Así que, la idea principal de la profecía en la Biblia no es la predicción, sino el
hecho de hablar al haber recibido la inspiración directa de Dios.

2. El que sirve, sea fiel en servir

La palabra servicio mencionada en el versículo 7 denota el servicio de los diáconos y las


diaconisas en las iglesias locales (véase Ro. 16:1; 1 Ti. 3:8-13; Fil. 1:1). Los diáconos y las
diaconisas son los servidores en la iglesia local. Ellos deben tener un espíritu dedicado al
servicio y una actitud de servicio. Tienen que mantenerse en su función de servidores.
La práctica de la vida del Cuerpo necesita este tipo de función.

3. El que enseña, en la enseñanza

¿Cuál es la diferencia entre enseñar y profetizar? Ya vimos que el profetizar consiste en


hablar por el Señor al haber recibido Su directa inspiración, es decir, hablar de acuerdo
con la revelación que el Señor ha impartido. La enseñanza difiere del profetizar en el
sentido de que todo lo que se enseña se basa en la profecía. Algunos hermanos pueden
tomar lo que otros profetizan y enseñar a otros de acuerdo con ello. Esto es la
enseñanza. Los que enseñan tienen que mantenerse en el ejercicio de su don de
enseñanza.

4. El que exhorta, en la exhortación

¿Qué es entonces la exhortación? ¿En qué difiere de la profecía y de la enseñanza? La


profecía, la enseñanza y la exhortación son dones que se llevan a cabo cuando hablamos.
Sin embargo, la exhortación se basa en la profecía así como en la enseñanza. Puede ser
que durante una conferencia o entrenamiento en particular un hermano profetice al
haber recibido una inspiración directa de Dios. Algunos hermanos reciben la revelación
dada en ese profetizar, la llevan con ellos a su localidad y enseñan a otros conforme a
ella. Eso es la enseñanza. Posteriormente, otros pueden exhortar basados en lo que se ha
hablado por la inspiración directa de Dios, y dependiendo de la enseñanza basada en
dicha inspiración. Esto es la exhortación. Estos tres tipos de hablar tienen como fin la
edificación del Cuerpo; infunden a los santos el suministro de vida con el fin de que
éstos puedan crecer juntamente por medio de la Palabra de Dios. Aquellos que exhortan
también tienen que seguir ejerciendo su don de exhortación.

5. El que da, con sencillez

La capacidad de dar con sencillez es también un don de gracia en la vida divina. Denota
lo que se da para abastecer a los santos necesitados que haya en la iglesia. En la iglesia
necesitamos personas que dan con sencillez. Necesitamos aquellos que tienen la
capacidad de repartir bienes materiales para suplir a los necesitados, para que la obra
del Señor avance y para cuidar de las necesidades prácticas de la iglesia misma. Por lo
tanto, necesitamos muchos santos con tal medida de vida que tengan el don de dar y que
sean capaces de dar con sencillez.

6. El que preside, con diligencia

La expresión el que preside, se refiere a los hermanos responsables de la iglesia. Los que
desean ser hermanos que están al frente del rebaño guiándolo deben primero aprender
a ser diligentes. Si usted es descuidado, no puede participar en el liderazgo. Quisiera
dirigir la atención de todos los hermanos que llevan la delantera a un asunto, a saber: la
primera cualidad del liderazgo es la diligencia. Un hermano que está en la delantera, es
decir, un anciano, necesita ser diligente siempre, en todo y en toda forma. La capacidad,
la función y el don de liderazgo apropiado de todo anciano, depende de su diligencia.

7. El que hace misericordia, con alegría

La capacidad en la vida divina para hacer misericordia es también un don. Hacer


misericordia con alegría no tiene que ver con una generosidad natural. Algunas
personas tienen un carácter generoso por naturaleza; así nacieron. Sin embargo, hacer
misericordia con alegría es una cualidad que se produce en nosotros por medio de la
transformación. Cuando crecemos en la vida de Cristo, y nuestro amor por el Señor
aumenta, cierta cualidad se formará en nosotros, y recibiremos la carga de ayudar a
otros y de mostrarnos misericordiosos para con los menos dignos. Ésta no es una
característica adquirida por el nacimiento natural, sino una cualidad desarrollada por el
crecimiento en vida mediante el proceso de la transformación. Por lo tanto, hacer
misericordia es también uno de los dones en la vida divina. Hacer misericordia quiere
decir ayudar a otros compadeciéndose de ellos. Siempre que usted verdaderamente
ayude a alguien sintiendo compasión de él, usted estará mostrándose misericordioso
para con él. Supongamos que un hermano tiene un problema o dificultad, y usted se
compadece de él y le brinda alguna ayuda; al actuar así, usted se muestra misericordioso
para con él.

Al agrupar los siete dones enumerados en Romanos 12, descubrimos que éstos son los
dones que se necesitan más en la iglesia local para poner en práctica la vida del Cuerpo.
En la iglesia local primeramente es necesario que alguien hable por Dios bajo Su
inspiración directa. Luego, basándonos en lo hablado por Dios bajo Su inspiración,
tenemos algunas enseñanzas; y basándonos en lo profetizado y lo enseñado, tenemos la
exhortación. Junto con lo mencionado, existen el liderazgo de los ancianos y el servicio
de los diáconos. Además, se hallan los que pueden dar bienes materiales a la iglesia,
atender a los necesitados y promover el avance de la obra del Señor. Finalmente se
encuentran los que hacen misericordia a los demás. En estos tiempos llenos de
dificultades y problemas, ellos tienen la capacidad para compadecerse de otros y tener
misericordia de ellos. Estos siete dones son muy útiles en la práctica de la vida de
iglesia. Pablo era excepcional. Él fue un experto en cuanto a la vida de iglesia; presentó
todos estos asuntos de una forma sencilla pero a la vez todo-inclusiva. ¡Cuánto debemos
adorar al Señor por un apóstol tan maravilloso!

Debe ser grabado en nosotros el hecho de que en Romanos 12 los dones de hablar en
lenguas, de interpretación de lenguas, de sanidad y de milagros no fueron mencionados.
Tales dones son milagrosos, pero en Romanos 12 únicamente encontramos los dones de
la gracia en la vida divina. Un ejemplo de un don milagroso es el hecho de que una asna
de Balaam hablara en lenguaje humano. Aunque el asna no poseía la vida humana,
habló en lenguaje humano. Indudablemente eso fue un don milagroso. Los dones
mencionados en Romanos 12 no son milagrosos; al contrario, son dones de gracia en la
vida divina. Al disfrutar a Dios como vida y al crecer en vida, descubrimos que, a la
medida de que la vida en nosotros crece, adquirimos ciertas habilidades o capacidades.
Ésta es la razón por la cual decimos que éstos son dones de gracia en la vida divina. El
asna de Balaam no requería el crecimiento en vida para hablar en un lenguaje humano.
No importaba si el asna era pequeña o grande, joven o vieja; el don era milagroso y no
dependía del crecimiento del asna. Sin embargo, ser anciano de la iglesia no depende de
ningún don milagroso. Usted no debe pensar que después que un creyente lleva poco
tiempo de ser salvo, puede orar durante algunas horas, recibir el llamado “bautismo”, e
instantáneamente convertirse en un anciano de la iglesia. Si alguien pudiera llegar a ser
anciano de esta manera, esto significaría que el oficio de los ancianos es un don
milagroso. Al contrario, ser anciano no depende de ningún don milagroso, sino del don
de la gracia obtenido mediante el crecimiento en vida. Usted necesita crecer día tras día
y año tras año. Si usted no demuestra el debido crecimiento en vida, no puede ser
anciano. Tampoco puede ser anciano si usted carece de la debida cantidad de vida.
Espero que todos los que leen este mensaje puedan ahora distinguir entre las dos
categorías de dones: los dones milagrosos y los dones de gracia en la vida divina.

Muchos de los dones mencionados en 1 Corintios 12 son dones milagrosos. Sin embargo,
aun ahí hay algunos que no lo son. Por ejemplo, ni la palabra de sabiduría ni la palabra
de conocimiento es un don milagroso. Ya vimos que ninguno de los dones mencionados
en Romanos 12 son milagrosos. Todos los dones que allí se mencionan son dones de
gracia en la vida divina, es decir, éstos requieren el crecimiento en vida. Nuestro
crecimiento en vida nos da cierta cantidad de vida, y mediante esta proporción de vida
ciertas habilidades o dones se manifestarán. Esto nos capacitará para efectuar algún
ministerio o servicio en la vida de iglesia.

Los dones dados conforme a la gracia que obtenemos mediante el crecimiento en vida
son necesarios para la práctica de la vida del Cuerpo. Si descuidamos estos dones, y sólo
prestamos atención a los dones milagrosos, la iglesia será dividida muy pronto. Puedo
asegurarles que nunca lograremos ser uno si sólo hacemos hincapié en los dones
milagrosos, porque éstos tienen tendencia a dividir el Cuerpo, mientras que los dones de
gracia obtenidos por el crecimiento en vida, lo edifican. Pablo tenía mucha experiencia
en la vida del Cuerpo y sabía que los dones de gracia en la vida divina son necesarios
para la edificación de la iglesia. Por lo tanto, en Romanos 12 él no incluyó los dones
milagrosos entre los elementos necesarios para poner en práctica la vida de iglesia.
Nadie puede negar la sabiduría del apóstol Pablo. Aunque menciona el hablar en
lenguas en 1 Corintios, no lo incluye en el libro de Romanos. Ciertamente debe haber
tenido una razón para hacer esto. Por medio de la primera epístola que Pablo escribió a
los corintios, podemos darnos cuenta de que él, siendo experto en la vida de iglesia,
sabía que los dones milagrosos habían causado las divisiones en Corinto. Incluso en 1
Corintios podemos ver que el hablar en lenguas y los demás dones milagrosos tuvieron
un efecto faccioso en la vida de iglesia. Por eso, Pablo no incluyó estos dones en el libro
de Romanos. Él era muy sabio y cuidadoso, y reconocía el hecho de que los dones
milagrosos eran beneficiosos a los cristianos sólo en un aspecto individual. En 1
Corintios Pablo dijo que el hablar en lenguas edificaba a la persona que ejercía ese don,
pero que no edificaba a la iglesia en general (14:4). Él aconsejó a los corintios a que se
ocuparan de la edificación de la iglesia (14:12, 26). En el libro de Romanos su
preocupación no fue tanto por la edificación de los creyentes como individuos, sino por
la edificación corporativa de la iglesia. Por esta razón no incluyó los dones milagrosos en
este libro. Sé que lo que digo tal vez no sea agradable para aquellos que solían hablar en
lenguas en el pasado. No obstante, les pido que sean pacientes y que consideren lo que
sea más provechoso para la vida de iglesia a largo plazo. Si usted en serio desea poner en
práctica la vida de iglesia, no debe tener en tanta estima los dones milagrosos, sino
prestar toda su atención a los dones de gracia en la vida divina, los cuales edificarán la
iglesia.

El libro de Romanos fue escrito poco después de 1 Corintios. Pablo escribió ambos libros
durante su tercer viaje de ministerio. Mientras permanecía en Éfeso durante su tercer
viaje, se enteró de la división y la confusión que se había desenfrenado en Corinto. Así
que, desde Éfeso escribió su primera epístola a los corintios ayudándoles a ver que
abusaban de los dones milagrosos. Después de escribir dicha carta, visitó personalmente
Corinto. Durante su estancia allí, escribió el libro de Romanos. Éstos son hechos
históricos. La Primera Epístola a los Corintios fue escrita alrededor del año 56, 57, o 59
d. de C., y Romanos fue escrito aproximadamente un año más tarde. En 1 Corintios
Pablo corrigió el mal uso del hablar en lenguas y de otros dones milagrosos. Poco
después, cuando escribió el libro de Romanos, no dijo nada acerca de los dones
milagrosos, probablemente porque conocía a fondo la confusión que éstos habían
causado en la iglesia en Corinto. Recordemos que Pablo escribió el libro de Romanos
desde Corinto, el escenario mismo de confusión y del abuso de los dones milagrosos. No
debemos pasar por alto la historia, porque ésta tiene muchas lecciones que enseñarnos.
Es muy significativo que el libro de Romanos fuera escrito desde Corinto. En ese tiempo
Corinto era el foco de los dones milagrosos y, a pesar de eso, Pablo no dijo una sola
palabra acerca de los dones milagrosos en el libro de Romanos, lo cual está lleno de
significado y merece toda nuestra atención.

Quisiera hablar un poco más acerca de los dones que resultan del crecimiento en vida.
Antes de que Pablo mencionara los dones en 1 Corintios 12 y 14, habló extensamente
acerca del crecimiento en vida en el capítulo 3. Pablo dijo a los corintios: “Vosotros sois
labranza de Dios, edificio de Dios” (1 Co. 3:9). Como hemos indicado muchas veces en el
pasado, en la labranza se cultivan los materiales para el edificio de Dios. Todos los
materiales que son necesarios para la edificación de la casa de Dios, son el producto del
crecimiento en la labranza. Luego Pablo dijo que él, como sabio arquitecto, había puesto
el fundamento, y que nosotros debíamos ser cuidadosos de cómo sobreedificamos (1 Co.
3:10). Debemos edificar con oro, plata y piedras preciosas, y no con madera, heno y
hojarasca (v. 12). Si conjugamos todos estos versículos de 1 Corintios 3, veremos que
Pablo mostraba a los corintios la manera apropiada de edificar la iglesia en su localidad.
La manera apropiada de edificar la iglesia no consiste en utilizar los dones milagrosos,
sino en experimentar el genuino crecimiento en vida, lo cual transformará a los santos
en materiales preciosos para la edificación del templo de Dios. Además, Pablo dijo que él
los plantó y alimentó, y que Apolos los regó (1 Co. 3:2-6). Se planta, se alimenta y se
riega algo con el fin de causar el debido crecimiento, el cual a su vez cultivará los
talentos y los dones necesarios para edificar la casa de Dios con los materiales
apropiadamente transformados.
Consideremos a un niño recién nacido. Desde el momento en que nace el niño, ya tiene
todos los órganos que necesita para poder vivir. Sin embargo, son pocos los órganos que
funcionan cabalmente al momento de su nacimiento, porque al niño le falta
desarrollarse y crecer en vida. Cuanto más su madre lo alimente, más el niño crecerá.
Después de algún tiempo, el niño será capaz de caminar, y después de otro período,
aprenderá a hablar. Finalmente, llegará a la madurez, y todos sus talentos habrán sido
plenamente cultivados, lo cual dará por resultado que él podrá utilizarlos prácticamente.
Cuando haya madurado, tendrá todas las habilidades requeridas, y éstas serán los dones
que provienen del crecimiento en vida. Esto es lo que Pablo quería decir con respecto a
los dones en el capítulo 12 de Romanos.
ESTUDIO-VIDA DE ROMANOS
MENSAJE VEINTISIETE

LA TRANSFORMACIÓN REALIZADA
AL PONER EN PRÁCTICA LA VIDA DEL CUERPO (3)
Y AL ESTAR EN SUJECIÓN,
AL AMAR Y AL PELEAR LA BATALLA

V. LA TRANSFORMACIÓN REALIZADA
AL LLEVAR UNA VIDA NORMAL

Ya vimos la definición de la transformación y tres asuntos relacionados con ella al poner


en práctica la vida del Cuerpo, a saber: la presentación de nuestros cuerpos, la
renovación de nuestras mentes y el ejercicio de los dones. Ahora llegamos a un asunto
adicional, el de llevar una vida normal (12:9-21).

A. Para con otros

1. Amar

Al llevar una vida normal, primeramente debemos amar a los demás. En el versículo 9
Pablo dice: “El amor sea sin hipocresía”, y en el versículo 10 añade: “Amaos
entrañablemente los unos a los otros con amor fraternal”.

2. Conferir honra

El versículo 10 también dice que “en cuanto a conferir honra, adelantándoos los unos a
los otros”. Con respecto a honrar a otros, debemos adelantarnos y ser los primeros en
conferir honra a los demás.

3. Contribuir para las necesidades


y ejercer la hospitalidad

Además, debemos contribuir para las necesidades de los santos y estar prontos a ejercer
la hospitalidad (v. 13).

4. Gozarnos con los que se gozan


y llorar con los que lloran
En el versículo 15 Pablo dice: “Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran”.
Para poder gozarnos con los demás así como llorar con ellos, necesitamos ser
transformados. Algunas personas nacen sin la capacidad de llorar o de gozarse. Por muy
contento y gozoso que usted esté, dichas personas permanecen absolutamente
inexpresivas, como la estatua de la virgen María en la entrada de una catedral católica,
la cual jamás cambia la expresión de su rostro. Así son algunos hermanos y hermanas.
No saben cómo gozarse ni llorar con los demás; son como las piedras, sin ningún afecto
humano. Sin embargo, la vida de iglesia necesita personas que se emocionan. Todos
nosotros debemos ser apropiadamente emotivos y expresivos. Quisiera que mi rostro
exprese todas mis emociones debida y adecuadamente. Es imposible reunir muchas
personas con rostros de piedra y llamar a eso la vida de iglesia; debemos ser piedras
vivientes, piedras que están llenas de afecto. Tenemos que aprender a gozarnos con
otros así como llorar con ellos.

5. Tener un mismo sentir

Luego Pablo nos amonesta diciendo: “Tened un mismo sentir los unos para con los
otros, no ocupándoos en grandezas, sino asociándoos con los humildes. No presumáis
de sabios” (v. 16). Pablo era muy práctico. Cuando nos dice que nos asociemos con lo
humilde, él lo incluye todo. Debemos procurar asociarnos con todo lo que sea humilde.
No busquemos la grandeza, sino que debemos ocuparnos de todo lo humilde.

B. Para con Dios

El versículo 11 describe la manera en que debemos comportarnos ante Dios: “En el celo,
no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor”.

1. No perezosos

En la vida de iglesia debemos ser diligentes. Ninguna persona perezosa puede prevalecer
en la práctica de la vida de iglesia. Por causa del Cuerpo de Cristo nuestra pereza tiene
que pasar por la cruz.

2. Fervientes en espíritu

Para tener la vida del Cuerpo necesitamos presentar nuestro cuerpo, dejar que nuestra
mente sea renovada en la transformación del alma, y ser fervientes en el espíritu. Todo
nuestro ser —espíritu, alma y cuerpo— está incluido en la vida de iglesia. Por causa de la
vida de iglesia, nuestro cuerpo debe ser presentado, nuestra alma transformada, y
nuestra mente metabólicamente cambiada. Nuestra mente debe ser renovada, no
simplemente con enseñanzas, sino al ser transformada, o sea, al dejar que el elemento
de Cristo se extienda en ella, lo cual produce un cambio metabólico. La transformación
de nuestra alma depende en gran parte de la renovación de nuestra mente. Si de todo
corazón queremos poner en práctica la vida de iglesia, necesitamos presentar nuestro
cuerpo, someter nuestra alma al proceso de transformación y permitir que seamos
tocados por el fuego divino para ser fervientes en espíritu. Si de todo corazón estamos en
pro de la vida de iglesia, pero no presentamos nuestros cuerpos a la iglesia, somos poco
práctico. Sin embargo, es posible estar presentes físicamente en la vida de iglesia, y al
mismo tiempo tener una mente que esté llena de viejos conceptos, pensamientos y
tradiciones. Supongamos que nuestra mente está ocupada por nuestra propia habilidad,
imaginación y conceptos naturales. En ese caso estamos corporalmente en la vida de
iglesia, pero traemos con nosotros una mente complicada. Esta misma mente, por no ser
renovada, será un problema para la iglesia. Nuestro cuerpo debe ser presentado, y
nuestra mente debe ser renovada. Supongamos que por la misericordia del Señor
nuestro cuerpo ha sido presentado y nuestra mente ha sido renovada, pero nuestro
espíritu permanece frío. Esto nunca será de provecho para la vida de iglesia. Después de
que nuestro cuerpo sea presentado y de que nuestra mente sea renovada, todavía nos
falta ser fervientes en nuestro espíritu. Cuánto anhelamos ver que todos los santos del
recobro del Señor tengan estas tres características: un cuerpo enteramente presentado
para la vida de iglesia; una mente totalmente renovada por medio de la transformación
metabólica que se efectúa en el alma, esto es, una mente que esté libre de pensamientos
mundanos, naturales y religiosos, plenamente saturada de la mente del Señor, y
totalmente centrada en Él; y un espíritu que permanezca encendido. Si todos los santos
que están en el recobro del Señor fueran así, ¡cuán maravillosa sería la vida de iglesia!

3. Servir como esclavos

En la vida de iglesia debemos servir al Señor como esclavos. Un esclavo es alguien que
ha sido vendido a su amo y que ha perdido toda libertad. Por causa de la vida del
Cuerpo, nosotros debemos ser tales personas, las que sirven al Señor como esclavos, sin
ninguna libertad para actuar por su propia cuenta. Por lo tanto, no debemos ser
perezosos para con Dios; debemos ser fervientes en espíritu y servirle como esclavos.

C. Para con nosotros mismos

En Romanos 12 vemos también cuatro aspectos de la vida normal que llevamos en


relación con nosotros mismos.

1. Gozosos en la esperanza

Nosotros los cristianos debemos estar gozosos porque siempre tenemos el disfrute del
Señor. Si disfrutamos al Señor en Sus riquezas, no sólo estaremos gozosos
interiormente, sino que también exultaremos exteriormente. Aun en tiempos adversos
debemos y podemos gozarnos en la esperanza. No somos un pueblo que anda sin Dios,
sin Cristo y sin esperanza (Ef. 2:12); tenemos a Dios y a Cristo. Así que, a pesar de la
situación, tenemos esperanza y podemos regocijarnos en ella.

2. Sufridos en la tribulación

Nosotros los cristianos también debemos ser sufridos en la tribulación. Debemos ser un
pueblo que puede soportarlo todo. Al gozarnos en la esperanza podemos soportar
cualquier clase de tribulación. Romanos 5:3 dice que podemos gloriarnos en las
tribulaciones. En las tribulaciones no solamente somos sufridos, sino que también nos
gloriamos en ellas.

3. Perseverantes en la oración

Para poder soportar las tribulaciones, debemos ser perseverantes en la oración.


Necesitamos orar persistentemente, lo cual no sólo nos capacitará para soportar la
tribulación, sino también para permanecer en el disfrute del Señor, en Su presencia y en
Su voluntad.

4. Aborrecer y vencer lo malo


así como adherirnos a lo bueno

Además de todo esto, como el pueblo santo de Dios que somos, debemos aborrecer y
vencer lo malo así como adherirnos a lo bueno. Nosotros los cristianos, los que hemos
sido apartados para Dios, debemos mantener una vida con el más alto nivel de
conducta, un nivel más elevado que el de la gente moral y ética.

D. Para con nuestros perseguidores


y nuestros enemigos

Debemos también llevar una vida normal en relación con nuestros perseguidores y
nuestros enemigos.

1. Bendecir y no maldecir

Debemos bendecir a los que nos persiguen y no maldecirlos (v. 14). No importa cuán
mal la gente pueda actuar en contra nuestra, nuestra boca sólo debe expresar bendición,
y no maldición. ¡El Señor nos bendijo cuando éramos Sus enemigos! De la misma
manera debemos bendecir a nuestros enemigos y perseguidores. Éste también es un
aspecto de la vida que sigue las pisadas del Señor.
2. No pagar a nadie mal por mal

No debemos pagar a nadie mal por mal (v. 17). En el tiempo de la ley, se cobraba ojo por
ojo y diente por diente; pero hoy ya no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia, por lo
cual no debemos devolver mal por mal, sino bien por mal, como el Señor ha hecho con
nosotros.

3. No vengarnos

Además, no debemos vengarnos, sino dejar lugar para la ira de Dios, porque la venganza
le pertenece al Señor (v. 19). Mientras llevamos la vida de iglesia y una vida humana
normal, no debemos vengarnos en ninguna forma. Debemos estar dispuestos a sufrir el
agravio de la gente, y a sufrir pérdida. Debemos dejar toda la situación en las manos
soberanas del Señor, dando lugar a que Él haga lo que desee conforme a Su soberanía.

4. Dar de comer y de beber a nuestros enemigos, amontonando así ascuas


de fuego sobre ellos

En el versículo 20 Pablo dice: “Antes bien, ‘si tu enemigo tiene hambre, dale de comer;
si tiene sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su
cabeza’”. En realidad, esto significa amar a nuestros enemigos, lo cual amontonará
ascuas de fuego sobre sus cabezas, para volverlos al Señor. La mejor manera de calmar a
nuestros enemigos es darles algo de comer y de beber. Así que, Pablo nos manda que no
seamos vencidos por lo malo, sino que venzamos “con el bien el mal” (v. 21).

5. Vivir en paz con todos los hombres

Finalmente, debemos vivir en paz con todos los hombres, en cuanto dependa de
nosotros (v. 18). En ocasiones no es posible vivir en paz con todos los hombres porque
los demás no están dispuestos a llevar una vida de paz. En tal caso, no podemos hacer
nada. Por tanto Pablo dice que debemos vivir en paz con todos los hombres, “si es
posible”.

E. Nuestra actitud en general:


pensar de antemano en lo que es
honroso delante de todos los hombres

En general, debemos pensar “de antemano en lo que es honroso delante de todos los
hombres” (v. 17). Debemos ser muy cuidadosos delante de todos los hombres con
respecto a las cosas honrosas, y debemos pensar de antemano en ello. A fin de no
ofender a nadie, no debemos oponernos a nada que sea honorable. Sin embargo, no
debemos preocuparnos por las cosas honrosas sin discernimiento, pues podríamos
desviarnos del camino del Señor. Puesto que vivimos no sólo delante de Dios sino
también delante de los hombres, debemos pensar de antemano en lo que es honroso
ante los ojos de los hombres. En 2 Corintios 8:21 dice: “Pues pensamos de antemano en
lo que es honroso, no sólo delante del Señor, sino también delante de los hombres”.

LA TRANSFORMACIÓN REALIZADA
AL ESTAR EN SUJECIÓN, AL AMAR
Y AL PELEAR LA BATALLA

I. AL ESTAR EN SUJECIÓN

Romanos 13:1 dice: “Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay
autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas”. El
carácter natural es rebelde, pero el carácter transformado es sumiso. Someternos a las
autoridades establecidas por Dios requiere cierto grado de transformación. Hermanas,
si ustedes quieren someterse a sus esposos, necesitan transformación. Si somos sumisos
a las autoridades establecidas por Dios, es un indicio de que tenemos cierta
transformación, porque nuestro carácter y nuestro modo de ser, los cuales son
naturales, son rebeldes. Nacimos siendo rebeldes y nuestra reacción natural a la
autoridad es rechazarla, diciendo: “No”. Así que, la sujeción a la autoridad requiere la
transformación, la cual es producto del crecimiento en vida. “De modo que quien se
opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean
condenación para sí mismos” (Ro. 13:2). No es bueno oponerse a la autoridad, pues el
juicio descenderá sobre usted, ya sea de parte de la autoridad misma, o directamente de
parte de Dios.

En el versículo 5 Pablo dice que “es necesario estarle sujetos, no solamente por temor de
la ira, sino también por causa de la conciencia”. Debido a la conciencia debemos
aprender, al ser transformados, a someternos a las autoridades.

Además, debemos pagar nuestros impuestos y pagar a quienes les debamos. También
debemos pagar temor y honra a quienes se les debe. El hecho de que paguemos
impuestos, temor y honra a quienes se les debe, indica que somos sumisos a la
autoridad.

II. AL AMAR

Los versículos del 8 al 10 dicen: “No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros;
porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley. Porque: ‘No adulterarás, no matarás,
no hurtarás, no codiciarás’, y si hay algún otro mandamiento, en esta sentencia se
resume: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. El amor no obra mal para con su
prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor”. El mandamiento de amar resume
todos los otros mandamientos. Necesitamos que el Espíritu Santo obre en nosotros y
nos conceda cierto grado de transformación en vida para que pongamos en práctica el
amor para con todos los hombres. El amor es la expresión de la vida; no se trata
únicamente de una conducta exterior, sino de la expresión de la vida interior.
Esforzarnos en amar a nuestro prójimo sin recibir el suministro de vida, no funciona.
Para poder amar a nuestro prójimo y cumplir espontáneamente los mandamientos,
necesitamos el suministro de vida y la transformación en vida. Nuestra vida natural no
posee el amor de Dios. Es imprescindible que seamos transformados en vida a fin de que
tengamos la naturaleza de Dios, la cual es una naturaleza de amor, y así amar a los
demás. Si no nos importa el amor que mostramos para con otros, no necesitamos la
transformación en vida, pero si deseamos poner en práctica el amor para con todos los
hombres, es menester que seamos transformados en vida.

III. AL PELEAR LA BATALLA

Ahora llegamos a la transformación que se necesita para pelear la batalla, o sea, la


batalla espiritual. El versículo 11 dice: “Y esto, conociendo el tiempo, que es ya hora de
levantaros del sueño; porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que
cuando creímos”. En este versículo se hace referencia a la etapa final de la salvación, es
decir, la redención de nuestro cuerpo. La salvación incluye nuestro espíritu, nuestra
alma y nuestro cuerpo. En la primera etapa de la salvación, el Señor regenera nuestro
espíritu; en la segunda, Él transforma nuestra alma; y en la tercera, la cual será la última
etapa y ocurrirá cuando el Señor regrese, Él transfigurará nuestro cuerpo vil en un
cuerpo glorioso (Fil. 3:21). Cuando el versículo 11 dice que nuestra salvación está más
cerca que cuando creímos, se refiere a la tercera etapa de la salvación, la transfiguración
de nuestro cuerpo. En otras palabras, se refiere a la redención de nuestro cuerpo, o
dicho de otra forma, a la plena filiación revelada en Romanos 8:19, 21 y 23.

A. Levantados del sueño

Debemos darnos cuenta de que ya es hora de levantarnos del sueño. Aunque la noche es
el tiempo para dormir, “la noche está avanzada” (13:12). Así que, debemos despertar,
estar alerta y no dormir más.

B. Desechar las obras de las tinieblas


y vestirnos con las armas de la luz

La época actual es la noche. Cuando el Señor Jesús regrese, el día amanecerá. La era
venidera será el día. Ya que la noche está avanzada y el día se acerca, necesitamos no
sólo levantarnos de nuestro sueño, sino también desechar las obras de las tinieblas y
vestirnos con las armas de la luz (v. 12). Esto indica que es un tiempo de guerra.

C. Andar como de día

“Andemos como de día, honestamente; no en juergas y borracheras, no en fornicaciones


y lascivias, no en contiendas y envidia” (v. 13). Todas estas obras deben ser desechadas,
pues son obras de las tinieblas, y nosotros somos hijos del día.

D. Vestirnos de Cristo

El versículo 14 es muy importante: “Sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para
la carne a fin de satisfacer sus concupiscencias”. En el versículo 12 se nos dice que nos
vistamos “con las armas de la luz”, y en el versículo 14, que nos vistamos “del Señor
Jesucristo”. Si yuxtaponemos estas dos frases, podremos ver que el Señor Jesucristo
mismo es las armas de la luz. Además, la frase “no proveáis para la carne” corresponde a
8:12, donde Pablo dice que “deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme
a la carne”. La batalla mencionada en 13:14 corresponde al conflicto entre las
concupiscencias y el Espíritu, como en Gálatas 5:17. Cristo es el Espíritu (2 Co. 3:17). Así
que, debemos vestirnos de Cristo para poder pelear la batalla contra nuestras
concupiscencias. La batalla mencionada en este versículo difiere de la lucha contra el
diablo y los principados que habitan en el aire según se menciona en Efesios 6:12; al
contrario, se refiere a las concupiscencias contra las cuales debemos pelear vistiéndonos
del Señor Jesucristo como nuestras armas de luz. Esta clase de guerra es diferente a la
mencionada en Romanos 7:23. Allí se habla de la ley maligna que reside en nuestra
carne y contiende contra la ley del bien que se halla en nuestra mente, lo cual no tiene
nada que ver con el Espíritu. Pero en este versículo vemos que nosotros, vistiéndonos de
Cristo, presentamos batalla contra las obras carnales de las tinieblas.

¿Qué significa vestirnos de Cristo? Dado que fuimos bautizados en Cristo y ya estamos
en Él (Ro. 6:4; Gá. 3:27), ¿por qué entonces debemos vestirnos de Él? Vestirnos de
Cristo realmente significa vivir por Cristo y expresarle en nuestro vivir. Aunque estamos
en Cristo, necesitamos vivir por Él y expresarle en nuestro vivir de forma práctica.
Necesitamos un diario vivir que sea por Cristo y que exprese a Cristo. La expresión de
Cristo en nuestro diario vivir es el arma con la cual peleamos contra la carne. Ya que la
batalla mencionada en el versículo 14 no se libra contra el diablo y la maldad espiritual,
sino contra la carne y todas sus concupiscencias, necesitamos vivir por Cristo. Cuanto
más vivimos por Cristo, más Él llega a ser nuestro armamento contra las
concupiscencias de la carne.
E. No proveer nada para la carne

Pablo dice que “no [proveamos] para la carne”. No debemos proveer nada a la carne.
Esto indica que la carne sigue existiendo. Por muy espirituales que lleguemos a ser, la
carne todavía puede revivir, pues está hambrienta y desea ser alimentada. No obstante,
debemos dejarla morir de hambre, no proveyéndole nada que le permita satisfacer sus
concupiscencias.

¿Qué quiere decir proveer para la carne? Ya que a los jóvenes les sea especialmente
difícil entender esto, me gustaría dar algunos ejemplos. La sociedad actual se halla en
tinieblas y está llena de maldad; ella ofrece una abundante provisión para la carne.
Consideremos, por ejemplo, los periódicos con sus fotografías y propagandas. No creo
que nadie sea tan espiritual que no sea afectado al ver una fotografía pecaminosa en la
prensa. Su experiencia misma puede testificar que cuando ha visto algunos anuncios y
fotos malignas en los periódicos, su carne fue estimulada. Las carteleras del cine son una
provisión para la carne, y la televisión también la utiliza mucho el enemigo para
alimentar a la carne hambrienta. No soy tan legalista como para decir que los cristianos
no deben ver televisión, pero sí les aseguro que es mejor alejarse de ella. No piense usted
que es tan fuerte que nada puede afectarlo. Supongamos que cerca hay un pozo muy
profundo. Si no quiero caer en el pozo, debo alejarme y no caminar cerca de él; pero, si
insisto en andar cerca de dicho pozo, aunque hoy tal vez no caiga en él, es probable que
en un futuro pueda caer. Por lo tanto, es mejor protegerme y permanecer lejos del pozo.
De igual manera, es peligroso ver televisión. Si usted desea ver la televisión, debe orar:
“Señor, ve la televisión conmigo. Sé uno conmigo en mi espíritu y ve la televisión
conmigo”. Si usted ora de esta manera, es posible que esté bien que la vea; de otro
modo, tal vez sería mejor que no lo hiciera. En todo caso, la televisión ha sido un
poderoso medio por el cual el enemigo ha hecho provisión para la carne, y muchas cosas
malignas han ocurrido por causa de su influencia.

Como he dicho anteriormente, es difícil determinar en qué sección del libro de Romanos
se debe colocar el capítulo 13. Puede considerarse como continuación del capítulo 12,
porque si en realidad no pertenece al pasaje sobre cómo llevar una vida normal, al
menos sí está estrechamente relacionado con ello. De manera que, el pasaje del 12:9 al
13:14 puede considerarse como un pasaje completo referente a cómo llevar una vida
normal. Sin lugar a dudas, 12:1-8 trata sobre la práctica de la vida del Cuerpo. Junto con
esta práctica, necesitamos llevar una vida normal, la cual es descrita en 12:9-21, y al
parecer también en el capítulo 13. No debemos pasar por alto esta parte de Romanos.
Todos los versículos de esta sección están muy claros, y no necesitamos decir mucho
acerca de ellos. A los jóvenes les ayudaría mucho si memorizaran algunos de estos
versículos, como por ejemplo: “El amor sea sin hipocresía”; “Aborreced lo malo,
adheríos a lo bueno”; y “Amaos entrañablemente los unos a los otros con amor
fraternal”. Estos dichos son casi proverbios. Si los jóvenes memorizan estos versículos,
serán ayudados a experimentar la transformación que les permitirá llevar una vida
normal y así poner en práctica la vida apropiada de iglesia. Si no llevamos una vida
normal, no tendremos la base necesaria para experimentar la vida de iglesia. Creo que
ésta fue la razón por la cual Pablo presenta como requisito el llevar una vida normal
inmediatamente después de describir la práctica de la vida de iglesia. En toda la Biblia,
la mejor presentación de la vida normal se encuentra en estos versículos. Por lo tanto,
necesitamos considerarlos en oración y tener comunión con otros acerca de ellos.
ESTUDIO-VIDA DE ROMANOS
MENSAJE VEINTIOCHO

LA TRANSFORMACIÓN QUE SE REQUIERE


PARA RECIBIR A LOS CREYENTES

(1)

El evangelio de Romanos es maravilloso. En los primeros once capítulos Pablo trata de


manera exhaustiva la justificación, la santificación, la glorificación y la elección. Si
leemos estas cuatro secciones principales, veremos que Dios realizó casi todo lo que se
propuso hacer. Del capítulo 1 de Romanos al capítulo 11 vemos la obra creadora de Dios,
la caída del hombre, la redención efectuada por Cristo, la justificación de parte de Dios y
la reconciliación con Dios. Además, Pablo nos revela la identificación con Dios, el
proceso vital de santificación y la glorificación. También nos guía a la fuente de todas las
actividades de Dios, la cual es Su corazón de amor. Pablo también nos introduce en la
cámara secreta de la elección de Dios, donde podemos ver Su economía. ¡Qué panorama
tan vasto hemos visto! Consideremos todos los elementos que están incluidos en este
recorrido: la creación, la caída del hombre, la redención, la justificación, la
reconciliación, la identificación, la santificación, la glorificación, el amor y la elección.
Aunque todos estos puntos son maravillosos, ninguno de ellos constituye la máxima
consumación de la obra de Dios.

La máxima consumación de la obra de Dios es la vida de iglesia. Satanás es muy sutil y


ha ocasionado que muchos de los queridos cristianos diligentes lleguen aun a odiar la
palabra iglesia. Muchos cristianos tienen gran estima por la santificación y la vida, pero
aparentemente desechan la iglesia, descuidándola e incluso oponiéndose a ella. La
mayoría de ellos se aferra al concepto erróneo de que la iglesia no es para el tiempo
presente, sino para el futuro. Por eso, cuando hablamos de la iglesia nos encontramos en
dificultades, lo cual se debe a la sutileza del enemigo. Hace cerca de dos mil años el
Señor Jesús prometió que regresaría pronto, pero aún no ha venido debido a que la
iglesia no está lista. ¿Dónde está la iglesia perfectamente edificada según lo menciona el
Señor en Mateo 16:18? Mientras la iglesia no se prepare adecuadamente, no hay forma
para que el Señor Jesús regrese. Su regreso requiere el cumplimiento de dos cosas: la
restauración de la nación de Israel y el recobro de la vida de iglesia. Si usted conoce la
profecía, se dará cuenta de que estos dos asuntos son las señales principales para la
venida del Señor. La restauración de Israel y el recobro de la iglesia son necesarios para
que el Señor regrese. Sin su cumplimiento, es imposible que el Señor vuelva. En el
recobro del Señor estamos preparando el camino para Su regreso. Cada día leemos en
los periódicos los últimos acontecimientos en el Medio Oriente. Todo lo que ocurre allí
es la preparación para la restauración de la nación de Israel. Aunque estoy seguro de que
el Señor está obrando en el Medio Oriente, estoy muy preocupado por Su obra entre
nosotros. Él debe igualar Su obra en la iglesia con Su obra en Israel. Así que, debemos
prestar toda nuestra atención a la vida de iglesia.

En Romanos 12 Pablo, después de dar un discurso de once capítulos, llega al punto final,
la vida de iglesia. Ya vimos que Pablo usa cinco capítulos para presentar la vida de
iglesia. He indicado previamente que la sección acerca de la vida de iglesia empieza de
manera específica cuando Pablo dice: “Así que, hermanos, os exhorto...” (12:1). Pablo
nos exhorta a presentar nuestros cuerpos, física y prácticamente, para la vida de iglesia.
Después de exhortarnos a presentar nuestro cuerpo para la vida de iglesia, Pablo habla
de la segunda parte de nuestro ser, nuestra alma, y de que necesitamos ser
transformados por medio de la renovación de nuestra mente (12:2). Nuestra alma
requiere un cambio radical, esencial y metabólico, tanto en naturaleza como en forma.
Todo nuestro ser necesita un cambio por causa de la vida de iglesia, porque nada
natural, común, mundano ni moderno es apropiado para la vida del Cuerpo.
Necesitamos una transformación metabólica por el obrar interior del elemento vital y
divino. Necesitamos un cambio radical en nuestra mentalidad, en nuestra parte emotiva
y en nuestra voluntad. Una vez que experimentemos esta clase de transformación
metabólica en todo nuestro ser, seremos aptos para la vida de iglesia. Además, una vez
que nuestro cuerpo haya sido presentado, y nuestra alma haya sido transformada por la
renovación de nuestra mente, nuestro espíritu necesitará ser ferviente. Si poseemos
todas estas cualidades, veremos la manifestación de los dones de la gracia mediante el
crecimiento en vida. Los diferentes dones y funciones empezarán a surgir. No debemos
ser como los “calientabancos” que van a las llamadas iglesias y se sientan ahí como
miembros muertos sin ninguna función. Tales personas nunca podrán participar en la
vida de iglesia. Los miembros de la vida de iglesia deben presentar su cuerpo, deben
dejar que su alma sea transformada por la renovación de la mente, y deben ser
fervientes en el espíritu. Sólo entonces, al ejercitar los dones necesarios, tendremos la
vida de iglesia.

Para tener la vida apropiada de iglesia, necesitamos la debida vida cristiana. Por lo
tanto, a partir de Romanos 12:9 y continuando hasta 13:14, Pablo habla de la vida
cristiana normal. Ya vimos que en este pasaje de Romanos Pablo aborda varios asuntos:
nuestra actitud y conducta para con Dios, así como para con nuestros comiembros,
nosotros mismos, nuestros perseguidores, el gobierno y las autoridades establecidas;
también habla de poner en práctica el principio del amor y de la guerra en contra de
nuestra carne. Para practicar la vida de iglesia, necesitamos llevar una vida diaria
cristiana normal, la cual corresponda a la vida de iglesia. También nuestros cuerpos
deben ser presentados, nuestras almas transformadas, nuestras mentes renovadas,
nuestros espíritus hechos fervientes y nuestros dones ejercitados. Así que, al final de
Romanos 13, la vida de iglesia ha sido plenamente descrita y la vida cristiana
adecuadamente definida.

Sin embargo, aún existe una gran necesidad. Debemos atender el asunto de recibir a los
santos. Al respecto, necesitamos ejercitar el discernimiento que se deriva de la práctica
de la vida de iglesia y de llevar una vida cristiana normal. Si no entendemos claramente
la base sobre la cual se recibe a los santos, perjudicaremos la vida de iglesia y la
reduciremos a pedazos. Seremos como una persona que cuida de todos los detalles
relacionados con su cuerpo físico, pero que descuida un asunto específico y principal
que le puede ocasionar la muerte. Si manejamos este asunto de recibir a los santos sin
una visión clara de ello, la iglesia será gravemente perjudicada. Durante más de
cuarenta años que he estado en la vida de iglesia, he conocido un buen número de
santos queridos que han declarado haber visto el Cuerpo, pero que, después de un corto
tiempo, se han dividido por causa de las doctrinas, perjudicando así la iglesia y
excluyéndose a sí mismos de la comunión de ella. Cuando tuvieron contacto con la
iglesia por primera vez, ellos decían: “Aleluya, he visto la iglesia”, pero algunos meses
después empezaron a disentir. Por lo tanto, quiero advertirles que debemos ser muy
cuidadosos en cuanto a recibir a los creyentes apropiadamente.

Para recibir a nuestros hermanos creyentes en el Señor, necesitamos la transformación.


Si permanecemos naturales, seremos incapaces de estar de acuerdo con los demás. De
hecho, conforme a nuestro modo de ser natural, no somos capaces ni siquiera de estar
de acuerdo con nosotros mismos de manera consistente. Por lo general, uno pelea
consigo mismo. Así que, es muy difícil que cualquier cristiano que permanece en su
modo de ser natural, camine en armonía con otros. El recibir a los santos requiere
transformación. Yo creo que lo dicho por Pablo en Romanos 12:2 con respecto a la
transformación que se efectúa por medio de la renovación de la mente, no sólo gobierna
la sección sobre la práctica de la vida del Cuerpo, sino también todos los otros capítulos
relacionados con la vida de iglesia. La transformación gobierna los asuntos que se hallan
en el capítulo 13, así como algunos de los aspectos hallados en los capítulos 14 y 15. Si no
somos transformados al menos en cierto grado, seremos incapaces de ser uno con los
demás creyentes. Aunque podamos reunirnos con ellos, seremos incapaces de tener
comunión con ellos ni abrirles nuestro ser. Si nos abriéramos a ellos, terminaríamos
peleando debido a que aún no estamos transformados y a que somos muy naturales en
nuestros conceptos, conducta, y en todo lo que somos y hacemos. Así que, para recibir a
los demás creyentes, necesitamos ser transformados. Todo el capítulo 14 de Romanos y
parte del capítulo 15 se ocupan de este asunto. Al respecto, Pablo tiene cinco puntos
principales.

I. RECIBIR A LOS CREYENTES COMO


DIOS LOS RECIBE Y NO CONFORME A
NUESTROS CONCEPTOS DOCTRINALES

Debemos recibir a los santos como Dios los recibe. Tenemos que recibir a todo aquel a
quien Dios recibe. No tenemos alternativa. Tomemos el ejemplo de una familia con
muchos hijos. Algunos de los hijos son buenos y otros malos; unos agradables y otros
necios. Tal vez en esa familia tan grande, algunos de los hijos no estén contentos con
algunos de sus hermanos; sin embargo, ellos deben entender que no depende de ellos
determinar quiénes deben ser sus hermanos y hermanas. Eso depende de los padres. Si
alguno de los hijos de esa familia piensa que su hermano es muy feo y se queja de él, no
debe dirigir su queja al hermano, sino a sus padres que lo engendraron. Nuestro Padre
celestial engendró muchos hijos, muchos cristianos, y Él los recibió a todos. Por lo tanto
nosotros también debemos recibirlos, no conforme a nuestros gustos y preferencias,
sino conforme a Dios.

Sin embargo, en el cristianismo la mayoría de los cristianos no recibe a los demás como
Dios los recibe, sino conforme a sus conceptos doctrinales. Tomemos el ejemplo del
bautismo. Existen muchos conceptos acerca del bautismo: algunos insisten en el
bautismo por aspersión, otros en la inmersión; algunos otros argumentan sobre el
nombre en el que se debe bautizar, y aún otros más se oponen al bautismo físico,
argumentando que el bautismo es solamente espiritual. ¡Cuántas diferentes escuelas de
opinión existen acerca de este único asunto del bautismo! ¡Esto es terrible! Nos tomaría
meses examinar todos los diferentes conceptos doctrinales, tales como la eterna
seguridad de la salvación, la predestinación, el libre albedrío, el arrebatamiento, etc.
Incluso la enseñanza acerca de cubrirse la cabeza ha causado algunas divisiones. Ciertos
grupos cristianos le dan una gran importancia al asunto de que las hermanas deben
cubrirse la cabeza. Hay demasiadas opiniones acerca de este asunto; incluso se discute
sobre el tamaño, el color, la textura y el material que debe usarse en el velo. Sé de un
grupo que insiste en que el velo sea blanco y no permite que sea de ningún otro color.
Aun esta cosa insignificante ha causado división.

Nadie puede decir que las iglesias del recobro del Señor son heréticas. Creemos que la
Biblia es la Palabra de Dios, y que fue inspirada divinamente palabra por palabra.
Creemos que el Señor Jesús es el Hijo de Dios, que fue encarnado como un hombre y
vivió sobre esta tierra, que murió en la cruz por nuestros pecados, que resucitó física y
espiritualmente, que ascendió a los cielos, que como Señor de todo está sentado a la
diestra de Dios, y que a la vez mora en nosotros. Creemos en el único Dios, el Dios
Triuno, el Padre, el Hijo y el Espíritu. Creemos que el Señor Jesús regresará y que
establecerá Su reino en la tierra. No hay nada herético en todo esto. No obstante,
algunos nos critican y encuentran faltas en nosotros porque no estamos de acuerdo con
todas sus opiniones doctrinales. Algunos insisten en bautizar a los creyentes tres veces y
exigen que la iglesia practique esto; pero si adoptáramos tal práctica, nos pondríamos el
nombre “la iglesia que bautiza tres veces”. Otros insisten en el hablar en lenguas.
Indudablemente, la Biblia incluye el hablar en lenguas, pero no podemos hacer que la
iglesia se caracterice por el don de hablar en lenguas. La iglesia debe practicar la
generalidad. En el recobro del Señor muchos queridos santos han intentado convertir la
iglesia en una clase particular de iglesia de acuerdo con su concepto doctrinal, pero
nosotros simplemente no podemos concordar con eso. Por lo tanto, algunos se han
separado de nosotros debido a que eran divisivos con respecto a sus doctrinas o
prácticas particulares.

La triste historia del cristianismo es marcada por la división y la confusión. Muchas de


estas divisiones han sido causadas por los diferentes conceptos doctrinales. Hemos
aprendido esta lección después de un exhaustivo estudio de la historia eclesiástica y no
queremos repetir la tragedia del cristianismo. Por lo tanto, nunca discutiremos acerca
del cubrirse la cabeza, del bautismo, de la observancia de los días ni del vino que se usa
en la mesa del Señor. Jamás argumentaremos sobre asuntos tan superficiales como el
pan y la copa que se usan en la mesa del Señor, la clase de agua usada en el bautismo ni
la manera en la que se debe bautizar a la gente. El recobro del Señor no se preocupa por
eso. El recobro del Señor está en pro de Cristo como vida y de la iglesia como expresión
de Cristo en unidad en cada localidad. Algunos santos queridos, después de declarar
haber visto la iglesia, han continuado aferrándose a su entendimiento doctrinal
particular. Como resultado, han causado muchos problemas, trayendo a sí mismos
sufrimientos y separándose del recobro del Señor en su intento por dividir la iglesia. Por
lo tanto, debemos ser cuidadosos y no recibir a la gente conforme a los conceptos
doctrinales, sino conforme a Dios.

Pablo sabía cuán importante era el asunto de recibir a los creyentes y, por consecuencia,
dedicó todo el capítulo 14 y una parte del capítulo 15 a este tema. En Romanos 12 vemos
el Cuerpo; en Romanos 14 se nos da una advertencia. Si no prestamos la debida atención
a esta advertencia, corremos el peligro de usar la doctrina como un cuchillo para cortar
en pedazos el mismo Cuerpo revelado en el capítulo 12. Muchos cristianos hablan acerca
del Cuerpo de Cristo conforme a Romanos 12; no obstante, ellos mismos son culpables
de matar al Cuerpo y cortarlo en pedazos al empuñar el afilado cuchillo de las divisiones
doctrinales. Ésta es la razón por la cual el Cuerpo revelado conforme a Romanos 12 debe
ser vivido conforme a Romanos 14. Sin este capítulo somos incapaces de poner en
práctica de manera apropiada el Cuerpo revelado en el capítulo 12. Muchos cristianos
prestan atención a Romanos 12, pero descuidan Romanos 14; es decir, hablan acerca del
Cuerpo, pero permanecen facciosos y en división debido a que continúan aferrándose a
sus conceptos doctrinales. No están dispuestos a abandonar tales conceptos; por esta
razón, les es imposible experimentar la vida del Cuerpo. Es por esto que Pablo, después
de revelar la vida apropiada de iglesia y la vida cristiana normal, aborda el asunto
crucial de recibir a los creyentes. Si no prestamos la debida atención a este asunto,
cometeremos suicidio espiritual en cuanto a la vida de iglesia. A fin de experimentar la
vida del Cuerpo, debemos recibir a los creyentes como Dios los recibe: de una manera
general, y no conforme a nuestros conceptos doctrinales, o sea, de manera particular.

Los conceptos doctrinales más terribles son principalmente aquellos sostenidos por los
creyentes religiosos judíos. Tales conceptos se dividen en dos categorías: el comer y la
observancia de los días de fiesta. Aquellos que sostienen estos conceptos insisten en que
ciertos alimentos son santos y otros son inmundos, y en ciertos días son santos y otros
son comunes. Ellos basan sus reglamentos dietéticos en Levítico 11. Para ellos, los
gentiles son como bestias inmundas que comen de todo. Hechos 10 muestra que aun
Pedro, el primer apóstol, era muy religioso con respecto al alimento. Su naturaleza
religiosa le obligó a Dios a darle la misma revelación tres veces respecto a lo que es
santificado y a lo que es común (Hch. 10:9-16). Cuando el Señor dijo a Pedro “mata y
come”, Pedro contestó: “Señor, de ninguna manera; porque ninguna cosa profana o
inmunda he comido jamás” (Hch. 10:13-14). El Señor respondió a Pedro, diciendo: “Lo
que Dios limpió, no lo tengas por común” (Hch. 10:15). Aquí vemos que Pedro, como
muchos otros, se adhirió a los conceptos doctrinales porque era religioso. Cuando tales
personas argumentan por sus conceptos, piensan que están contendiendo por la verdad
de Dios. En realidad, ellos están frustrando el mover de Dios de edificar el Cuerpo de
Cristo. Ningún concepto doctrinal debe ser nuestra base para recibir a los creyentes. La
única base que tenemos para recibir a los creyentes es la que concuerda con la manera
en que Dios los recibe.

A. Debemos recibir al débil en la fe

En Romanos 14:1 Pablo dice: “Ahora bien, recibid al débil en la fe”. Algunos creyentes
son débiles en la fe porque aun no han recibido mucho de la transfusión e infusión del
elemento de Dios. Sin embargo, ellos tienen cierta medida de fe, y debemos recibirlos.

Algunos creyentes, por ser débiles en la fe, no se atreven a comer de todo ni a considerar
todos los días iguales. Aun así, ellos tienen cierta medida de fe y son creyentes genuinos
en Cristo. Así que, basados en la medida de fe que tienen ellos y en el hecho de que son
verdaderos creyentes, debemos recibirlos.
B. No para juzgar sus opiniones

Necesitamos leer Romanos 14:1-5: “Ahora bien, recibid al débil en la fe, pero no para
juzgar sus opiniones. Porque uno cree que puede comer de todo, pero el que es débil,
sólo come legumbres. El que come, no menosprecie al que no come, y el que no come,
no juzgue al que come; porque Dios le ha recibido. ¿Tú quién eres, que juzgas al criado
ajeno? Para su propio señor está en pie, o cae; pero estará firme, porque poderoso es el
Señor para hacerle estar firme. Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales
todos los días. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente”. En Romanos
14 Pablo es un excelente ejemplo de uno que no juzga los conceptos doctrinales de los
demás, porque él no expresó su opinión personal acerca de cuál de esas doctrinas era
correcta y cuál incorrecta. Ciertamente él sabía la doctrina correcta acerca de comer y de
observar los días. No obstante, él no tomó ningún partido, sino que nos encargó ser
flexibles al respecto y no criticar a los demás. Debemos dejar que otros estén libres de
comer lo que ellos quieran y de guardar el día que crean que deben guardar. Para ellos,
un día es más santo que otro, pero para aquellos que son más fuertes en la fe, todos los
días son iguales.

Nosotros también debemos aprender a no juzgar los conceptos doctrinales de los demás.
Cuando nos pregunten acerca de nuestro método para bautizar o de la clase de agua que
usamos para ello, no debemos entrar en discusiones doctrinales. En otras palabras, no
debemos hacer ningún juicio sobre el asunto. La mejor forma de responder a las
preguntas doctrinales es ayudar a otros a volverse de sus conceptos doctrinales a Cristo,
quien es nuestra vida. Por naturaleza todos tenemos la tendencia a convencer a los
demás y a argumentar con ellos acerca de nuestros conceptos, pero debemos evitar esto.

C. Debemos recibir a todo aquel


que Dios ha recibido

En el versículo 3 Pablo dice: “Porque Dios le ha recibido”. Ésta es la base sobre la cual
recibimos a otros. En tanto que nuestro Padre haya recibido a una persona, nosotros
también debemos recibirla; no tenemos otra alternativa. A pesar de cuán débil o cuán
peculiar pueda ser un creyente, debemos recibirlo.

D. Todos los creyentes son del Señor


y todos viven para el Señor

Leamos Romanos 14:6-9: “El que hace caso del día, lo hace para el Señor; el que come,
para el Señor come, porque da gracias a Dios; y el que no come, para el Señor no come, y
da gracias a Dios. Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí.
Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues,
sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos. Porque Cristo para esto murió y
volvió a vivir, para ser Señor así de los muertos como de los que viven”. Todos los
creyentes genuinos pertenecen al Señor. Todos han nacido del mismo Señor, sin
importar la manera en que hayan sido bautizados, la comida que coman o los días que
guarden. Los versículos del 6 al 9 nos muestran lo que es importante y lo que no lo es.
Vivir para el Señor y pertenecerle a Él es importante. Si una persona pertenece al Señor
y vive para Él, todo está bien. No debemos imponerle ninguna otra carga de acuerdo con
nuestros conceptos doctrinales. Por otra parte, si empezamos a argumentar acerca de las
doctrinas, pronto seremos divididos siguiendo nuestros diferentes conceptos. Debemos
poner atención sólo a lo que es verdaderamente importante. Si Dios el Padre nos ha
recibido a todos, y si creemos en el Señor y vivimos para Él, debemos recibirnos unos a
otros.

II. A LA LUZ DEL TRIBUNAL

Además, debemos también recibir a los santos a la luz del tribunal. Necesitamos leer los
versículos del 10 al 12: “Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú, ¿por qué
menosprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Dios.
Porque escrito está: ‘Vivo Yo, dice el Señor, que ante Mí se doblará toda rodilla, y toda
lengua confesará públicamente a Dios’. De manera que cada uno de nosotros dará a Dios
cuenta de sí”. El “tribunal de Dios” del versículo 10 es el “tribunal de Cristo” de 2
Corintios 5:10. El juicio ante el tribunal de Dios será llevado a cabo antes del milenio,
inmediatamente después del regreso de Cristo (1 Co. 4:5; Mt. 16:27; 25:19; Lc. 19:15), y
la vida y las obras de los creyentes serán juzgadas en ese tiempo (Ap. 22:12; Mt. 16:27; 1
Co. 4:5; 3:13-15; Mt. 25:19; Lc. 19:15). Este juicio no tiene nada que ver con la salvación
del creyente, porque todo aquel que comparezca ante el tribunal de Dios ya habrá sido
salvo. Este juicio juzgará la vida y las obras de los creyentes después de que fueron
salvos. Dicho juicio determinará la recompensa que recibirá el creyente en el reino
milenario (Mt. 25:21, 23; Lc. 19:17, 19; 1 Co. 3:14-15; Mt. 16:27; Ap. 22:12; Lc. 14:14; 2
Ti. 4:8). Los creyentes comparecerán ante este tribunal para dar cuentas a Dios acerca
de su vida y de sus obras. Aquí podemos ver el pensamiento de Pablo: no debemos
discutir con otros ni juzgarlos; al contrario, debemos mirar por nosotros mismos,
porque un día compareceremos ante el tribunal de Dios y daremos cuentas de nuestra
vida y de nuestras obras a partir del tiempo de nuestra salvación. Este juicio se
menciona en la sección que trata de la transformación, porque se relaciona con la
manera en que el creyente ha vivido ante el Señor y con lo que el creyente ha hecho para
el Señor después de ser salvo, y también porque la transformación de los creyentes tiene
mucho que ver con este juicio.
Debido a que la verdad del juicio de los creyentes ha permanecido casi por completo
escondida de los santos, necesitamos leer algunos versículos presentados como
referencia en el párrafo anterior y hacer comentarios sobre ellos. Podemos empezar con
2 Corintios 5:10: “Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el
tribunal de Cristo, para que cada uno reciba por las cosas hechas por medio del cuerpo,
según lo que haya practicado, sea bueno o sea malo”. Éste no es el juicio eterno de Dios
mencionado en Romanos 2:2, 3, 5, 16 y 3:8, el cual será llevado a cabo en el gran trono
blanco revelado en Apocalipsis 20:11-15. El juicio eterno en el gran trono blanco se
efectuará después del milenio, donde serán juzgados los incrédulos muertos, y está
relacionado con el castigo eterno en el lago de fuego. El juicio que se ejecutará ante el
tribunal de Cristo juzgará la vida y las obras de los creyentes, y determinará si éstos
recibirán recompensa por lo “bueno” o sufrirán una clase de pérdida por lo “malo”.
Luego, 1 Corintios 4:5 dice: “Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga
el Señor, el cual sacará a luz lo oculto de las tinieblas y manifestará las intenciones de los
corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios”. Este versículo también
denota el juicio que se efectuará en el tribunal de Dios o de Cristo. Si hacemos el bien,
recibiremos “alabanza de parte de Dios”. Mateo 16:27 también habla del juicio de los
creyentes: “Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de Su Padre con Sus ángeles,
y entonces recompensará a cada uno conforme a sus hechos”. Este versículo nos dice
que cuando el Señor venga, recompensará a cada uno conforme a sus hechos.
Encontramos un pensamiento similar en Mateo 25:19: “Después de mucho tiempo vino
el señor de aquellos esclavos, y arregló cuentas con ellos”. ¿Qué quiere decir esto?
Significa que el Señor revisará nuestro historial, y que nosotros tendremos que rendirle
cuentas a Él de nuestra vida y de nuestras obras desde el momento en que fuimos salvos.
Esto ocurrirá en el tribunal de Cristo. Lucas 19:15 está estrechamente relacionado con
este pasaje: “Aconteció que vuelto él, después de recibir el reino, mandó llamar ante él a
aquellos esclavos a los cuales había dado el dinero, para saber lo que habían negociado”.
Una vez más, esto se refiere a las cuentas que hemos de rendir ante el tribunal de Cristo.

Debemos prestar mucha atención a 1 Corintios 3:13-15: “La obra de cada uno se hará
manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego es revelada; y la obra de cada
uno cuál sea, el fuego mismo la probará. Si permanece la obra de alguno que
sobreedificó, recibirá recompensa. Si la obra de alguno es consumida, él sufrirá pérdida,
pero él mismo será salvo, aunque así como pasado por fuego”. Las palabras sufrirá
pérdida del versículo 15 no quieren decir “perecer”. Nuestra salvación es eterna y no
podemos perecer. Sin embargo, si sufrimos pérdida, seremos salvos, aunque “así como
pasados por fuego”. Muchos cristianos pasan por alto este versículo; en su mayor parte
afirman que por cuanto son salvos, no tendrán ningún problema en el juicio futuro. Si
usted les advierte que pueden sufrir pérdida, ellos insistirán que dicho pensamiento es
herético. No obstante, nosotros debemos prestar oído a la palabra que claramente nos
da el apóstol Pablo en 1 Corintios 3:15, donde afirma categóricamente que si la obra de
alguien es quemada, él sufrirá pérdida. ¿Qué clase de obra será quemada? La madera, el
heno y la hojarasca mencionados en el versículo 12. ¿Qué clase de pérdida será ésta?
Aunque no podemos especificar esto con certeza, sí podemos asegurar que cierta
pérdida ocurrirá. No es la pérdida de nuestra salvación, porque Pablo dice del hombre
cuya obra sea quemada que “él mismo será salvo”. No obstante, no debemos estar
satisfechos con esto, porque Pablo concluye el versículo diciendo que tal persona será
salva “así como por fuego”, una frase que se traduce más exactamente “como pasado por
fuego”. Muchos creyentes, al oír esto, tal vez argumenten que no es otra cosa que la
enseñanza católica del purgatorio. Estoy familiarizado con esa enseñanza y con el hecho
de que en el catolicismo se usa este versículo como base de dicha enseñanza. Enseñan
que uno puede acortar el sufrimiento de un familiar que se halla soportando el fuego
purificador del purgatorio después de su muerte, haciendo contribuciones monetarias a
su favor. Sin embargo, cuando nos referimos a la Palabra pura de la Biblia, no tenemos
en mente este concepto del purgatorio. Al igual que Pablo, estamos simplemente
diciendo que debemos ser cuidadosos, porque cuando el Señor regrese, nos pedirá
cuentas de toda nuestra vida y de nuestras obras. Él nos dirá: “Yo te concedí cierto don.
¿Qué has hecho para Mí? ¿Qué has realizado para Mí desde que fuiste salvo? ¿Qué clase
de edificación has hecho? ¿Has edificado con madera, heno, y hojarasca; o con oro, plata
y piedras preciosas?”. Esto determinará si el Señor nos dará recompensa o no. En 1
Corintios 3 Pablo nos dice claramente que si nuestra obra permanece, recibiremos una
recompensa positiva, pero si nuestra obra es consumida por el fuego, sufriremos
pérdida, aunque seamos eternamente salvos. Yo no me atrevo a decir qué será la
pérdida, pero sé que no será nada agradable. Simplemente le presento la Palabra pura
de Dios. Éste es un aspecto del tribunal de Cristo; es una palabra que la Biblia presenta
claramente, y la Biblia nunca está equivocada. Ser salvo es una cosa; recibir una
recompensa positiva de parte del Señor, la cual se basa en las obras que uno hace, es
otra; y sufrir pérdida por causa de su obra inapropiada, es todavía otra cosa. Éste es un
asunto muy serio, y no debemos ser descuidados al respecto.

Debido a que los cristianos no tienen un entendimiento claro de la Palabra pura de Dios,
se han formado dos escuelas principales de enseñanza: la calvinista y la arminiana. De
acuerdo con la escuela calvinista, una vez que alguien es salvo, será salvo por la
eternidad, y no existirá ningún problema en el futuro. Pero según la escuela arminiana,
es posible perder la salvación si uno no vive y actúa correctamente después de haber
sido salvo. Estas dos escuelas de enseñanza representan dos extremos, y no han podido
encontrar en la Biblia el puente que una los dos extremos de esta gran brecha que las
separa. El puente es el tribunal de Dios. Una vez que hemos sido salvos, somos
eternamente salvos y nunca nos perderemos. Esto contrasta con la enseñanza
pentecostal que declara que la gente no es eternamente salva en esta vida, y que es
posible ser salvo y perderse muchas veces durante el curso de nuestra existencia. Esta
clase de salvación es semejante a un ascensor, el cual sube y baja constantemente. Sin
embargo, la Biblia declara que la salvación es eterna. En Juan 10:28-29 se nos dice que
una vez que recibimos la vida eterna, no pereceremos jamás. No obstante, hay algunos
versículos, como 1 Corintios 3:15, que nos dicen que en el futuro podemos sufrir
pérdida. Cuando el Señor regrese, reunirá a todos Sus siervos ante Él, y tendrán que
rendirle cuentas de su vida y de sus obras. Aunque somos salvos eternamente, todavía
tenemos que rendirle cuentas al Señor de nuestra vida y de nuestras obras ante el
tribunal de Cristo. El Señor verá nuestro reporte y decidirá si recibiremos recompensa o
sufriremos pérdida. En 2 Timoteo 4:8 Pablo pudo decir: “Y desde ahora me está
guardada la corona de justicia, con la cual me recompensará el Señor, Juez justo, en
aquel día”. Sin embargo, esto no significa que todo creyente recibirá tal corona. Si
recibimos o no la corona de justicia, dependerá del resultado del juicio en aquel
tribunal. Finalmente, en Apocalipsis 22:12 el propio Señor Jesús dice: “He aquí Yo
vengo pronto, y Mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra”.
Creo que ahora este asunto del juicio del tribunal de Cristo ha quedado claramente
entendido. Debemos tener cuidado de no juzgar a los demás, porque nosotros seremos
juzgados por Dios.

Debemos recibir a los creyentes a la luz del tribunal de Dios. No debemos criticar a los
demás, pero sí debemos juzgarnos a nosotros mismos. Si no lo hacemos ahora,
tendremos que dar cuentas ante el tribunal de Cristo. Algunos creyentes juzgan a
aquellos que buscan librarse de su vejez mediante la sepultura en agua, pero no se
juzgan a sí mismos por ir a las salas de cine. Si uno critica a otros y no se juzga por ir al
cine, en el día del tribunal el Señor le pedirá cuentas de ello. Algunas hermanas de cierto
grupo se cubren la cabeza con largos velos blancos, y acostumbran juzgar y condenar a
otras hermanas que oran sin cubrirse la cabeza o a las que, a lo mucho, llevan un
pequeño gorro. Aunque estas hermanas se cubren con un largo velo blanco durante las
reuniones, algunas de ellas usurpan la autoridad de sus esposos en sus hogares. Ellas
necesitan juzgarse a sí mismas en este asunto. No juzguemos a otros, sino a nosotros
mismos. Cuando estemos por recibir a otro creyente en el Señor, debemos ejercitar
nuestro discernimiento a la luz del tribunal de Dios, y decir: “Oh, Señor, ten
misericordia de mí. No soy digno de juzgar a mi hermano. Cúbreme Señor; quiero ser
juzgado por Ti. Prefiero juzgarme a mí mismo, como también mi vida y mi manera de
vivir”. Ésta debe ser nuestra actitud.

No debemos criticar a otros, sino juzgarnos a nosotros mismos. Si no lo hacemos ahora,


entonces cuando comparezcamos ante el tribunal de Dios, tendremos que hacerlo.
Todos debemos ser iluminados por este tribunal. Cuando un nuevo creyente venga a
nosotros, debemos ejercitar nuestro discernimiento al recibirle. Sin embargo, a la luz del
tribunal de Dios, debemos juzgarnos más a nosotros mismos. Por eso, el pensamiento de
Pablo en Romanos 14:10-12 es que no debemos juzgar a los demás, sino dejarlo todo en
manos del Señor. Debemos juzgarnos a nosotros mismos. Cuando estemos por juzgar a
otros, recordemos que el Señor nos pedirá cuentas a Su regreso. Éste es un asunto muy
serio.
ESTUDIO-VIDA DE ROMANOS
MENSAJE VEINTINUEVE

LA TRANSFORMACIÓN QUE SE REQUIERE


PARA RECIBIR A LOS CREYENTES

(2)

En este mensaje necesitamos considerar algunos detalles más acerca de la


transformación que se requiere para recibir a los creyentes.

III. SEGÚN EL PRINCIPIO DEL AMOR

Debemos recibir a los creyentes conforme al principio del amor. En Romanos 14:13-15
Pablo dice: “Así que, ya no nos juzguemos más los unos a los otros, sino más bien que
vuestro juicio sea esto: no poner tropiezo u ocasión de caer al hermano. Yo sé, y estoy
persuadido en el Señor Jesús, que nada es inmundo en sí mismo; mas para el que piensa
que algo es inmundo, para él lo es. Pero si por causa de la comida hieres a tu hermano,
ya no andas conforme al amor. No hagas que por la comida tuya se destruya aquel por
quien Cristo murió”. Si recibimos a los creyentes en amor, no juzgaremos a otros, no
pondremos tropiezo ante ellos, no los afligiremos ni destruiremos a aquel por quien
Cristo murió, sino más bien andaremos según el amor. Debemos recibir a todos los
creyentes conforme al principio del amor, ya que Cristo murió por ellos. Debemos
recordar que el libro de Romanos fue escrito por Pablo poco después de que había
escrito 1 Corintios, y que lo escribió mientras estaba en Corinto. Pablo dedicó 1 Corintios
13 al tema del amor, insertándolo entre los dos capítulos que hablan de los dones
espirituales. En el capítulo 13 Pablo presentó la manera más excelente de ejercitar los
dones, y enumeró muchos de los atributos y características del amor. Creo firmemente
que él tenía presente el concepto del amor cuando escribió el capítulo 14 de Romanos.
Por lo tanto, en Romanos parece que Pablo les decía a los santos: “Vosotros debéis
recibir a los demás según el principio del amor. El amor debe gobernaros, o sea, debe ser
el principio gobernante en lo tocante a recibir a los santos”.

IV. PARA LA VIDA DEL REINO

Recibir a los creyentes no es un asunto insignificante. Tiene que ver con el tribunal
futuro y está relacionado con la vida del reino en el presente.

A. No sea vituperado vuestro bien


Según el contexto, el versículo 16 se refiere a aquellos que son fuertes en la fe y en
términos de su actitud para con lo que comen. Es bueno ser fuerte en la fe y pensar que
ninguna comida es común o inmunda, y que podemos comer de todo. Pero no debemos
permitir que nuestro bien sea vituperado por causa de rehusarnos a cuidar de los débiles
en la fe. Por el bien de ellos debemos ser cuidadosos acerca de lo que comemos, aunque
seamos libres para comer de todo. La posición de Pablo con respecto a esto es que, por
causa de los más débiles, es preferible restringir nuestra libertad de comer de todo.

B. Vivir la vida del reino de Dios

1. La iglesia es el reino de Dios en esta era

La iglesia es el reino de Dios en esta era (Mt. 16:18-19; 1 Co. 6:10; Gá. 5:21; Ef. 5:5).
Entre las diferentes escuelas de enseñanza existe mucha discusión acerca del reino de
Dios. Una escuela de opinión sostiene que el reino de Dios no se encuentra con nosotros
hoy en día. Según esta enseñanza el reino de Dios quedó suspendido en el tiempo
descrito en Mateo 13. Esta escuela afirma que cuando el Señor Jesús vino, trajo consigo
el reino de Dios y lo presentó al pueblo judío. Ya que éste rechazó el reino de Dios, el
Señor lo suspendió hasta el tiempo de Su regreso. Así que, esta escuela enseña que en el
período en que vivimos, el reino de Dios no existe sobre la tierra. Sin embargo, Romanos
14:17 dice: “El reino de Dios es...”. Esto es una prueba contundente de que el reino de
Dios está aquí en la actualidad. Otra evidencia de que hoy día la iglesia es el reino de
Dios, se halla en Mateo 16:18-19, donde vemos que los términos iglesia y reino son
sinónimos, y que el Señor Jesús los usa intercambiablemente. En el versículo 18 el Señor
Jesús dice: “Yo edificaré Mi iglesia”, y en el versículo 19 añade: “Y a ti te daré las llaves
del reino de los cielos”. Por lo tanto, la edificación de la iglesia es en realidad el
establecimiento del reino. Además, Pablo en las Epístolas consideró el reino de Dios
como equivalente de la iglesia (1 Co. 6:10; Gá. 5:21; Ef. 5:5). ¡Cuán incorrecto es decir
que el reino ha sido suspendido y que regresará sólo cuando el Señor regrese! No
debemos aceptar este concepto acerca del reino; al contrario, debemos volver a la
Palabra pura que afirma que la vida de iglesia es el reino de Dios.

2. Una cuestión de ejercicio y disciplina

La iglesia tiene que ver con la gracia y la vida, mientras que el reino tiene que ver con el
ejercicio en esta era y con la disciplina en la era venidera (Mt. 25:15-30; 1 Co. 3:13-15).
La iglesia, al igual que una cabeza humana, tiene diferente aspecto dependiendo del
ángulo en que se observe. Al observar la parte de atrás de mi cabeza, no se encuentra
ningún orificio en ella; sin embargo, al observarla de frente, se ve siete concavidades u
orificios. Aunque estas dos partes de mi cabeza sean muy diferentes, ambas son aspectos
distintos de una misma entidad. Sucede lo mismo con la iglesia. Si vemos la iglesia
desde un ángulo, observamos que está relacionada con la vida y con la gracia, pero
desde otro ángulo vemos que la iglesia es el reino de Dios y, como tal, incluye el ejercicio
y la disciplina. En la iglesia, por un lado disfrutamos la gracia y experimentamos la vida,
mientras que por otro, experimentamos que requiere cierto ejercicio por nuestra parte.

No debemos pasar por alto el hecho de que necesitamos el ejercicio. Debido a esta
necesidad, la iglesia es el reino actual de Dios. Según algunos de los maestros de entre la
Asamblea de Hermanos, todo creyente entrará en el reino milenario como rey. No
obstante, debemos tomar en cuenta nuestra condición actual, o sea, ¿realmente
parecemos reyes? Si el Señor Jesús viniera y le pidiera a usted ser un rey, creo que usted
se llenaría de temor porque no sabría cómo ser un rey. Usted nunca se ha ejercitado
para ser un rey ni ha sido adiestrado en ello. He escuchado que los reyes de Inglaterra
son adiestrados desde su niñez para llegar a ser reyes. Nacer en la realeza no es
suficiente; un rey debe ser adiestrado y debe ejercitarse en ello. Aunque usted tenga el
potencial para ser un rey, el reinado también depende de que usted se ejercite en lo
relacionado con el reino. No debemos ser negligentes ni descuidados. Si usted no está
dispuesto a ejercitarse en conformidad con el reino en esta era, será disciplinado en la
era venidera. Su destino es ser un rey, y tarde o temprano, un rey es lo que el Señor hará
de usted.

Dios ha dispuesto todos los detalles de la vida diaria de usted con el fin de capacitarle
para que se ejercite en el reino. Cada acontecimiento que sucede en la vida de usted se
debe al arreglo soberano de Dios. Sin la ayuda proporcionada por el ambiente y las
circunstancias, usted no podría conocerse a sí mismo. Al contrario, se creería ángel,
pensando que es agradable y maravilloso, mientras permanece totalmente ignorante de
cuán pobre, vil y natural usted es en realidad. Usted necesita un cónyuge, hijos, los
hermanos y las hermanas de la iglesia, y varias circunstancias para poder percibir un
panorama multidimensional de sí mismo y para ser puesto de manifiesto desde cada
perspectiva. Cuando usted vea este cuadro, exclamará: “¿Ése soy yo? No me había dado
cuenta de lo mal que estoy”. Yo mismo he tenido esta experiencia. Cuando he sido
tentado a culpar a otros de cierta situación, el Señor me ha indicado que debo culparme
a mí mismo. Él me ha dicho que debo dar gracias por esos queridos hermanos que me
ponen al descubierto y me permiten ver mi verdadera condición. Sin ellos lo que soy no
podría ser puesto de manifiesto. Ésta es una experiencia que obtenemos en la vida de
iglesia por el bien del reino.

En cierto sentido, la iglesia es la familia de Dios, la casa de Dios (Ef. 2:19; 1 Ti. 3:15). En
esta casa disfrutamos la gracia y recibimos el suministro de vida; pero en otro sentido, la
iglesia es el reino. ¿Cuál es el significado de la palabra reino? Reino significa “regir”.
Muchos cristianos dicen: “Me gusta asistir a las reuniones, pero no me gusta ser regido.
¿Qué se creen esos ancianos? ¿Por qué tienen ellos que tener el mando?”. Por un lado, la
iglesia es una familia, un hogar lleno de gracia y vida; por otro, la iglesia es un reino, un
gobierno que rige. En la iglesia que es el reino, tenemos el liderazgo y el gobierno bajo la
autoridad de Cristo, la Cabeza, lo cual requiere que nos ejercitemos al respecto. Para
tener la vida de iglesia necesitamos ejercitarnos en el reino. Así que, la iglesia es nuestro
hogar y también es nuestro reino. En nuestro hogar tenemos el disfrute del amor, la
provisión de la gracia y las riquezas de la vida divina. Pero en el reino tenemos la
autoridad que nos rige, el gobierno, el ejercicio y la disciplina. ¡Alabado sea el Señor por
ambos aspectos de la iglesia! He oído a muchos santos decir: “¡Alabado sea el Señor,
estoy en casa!”. Sin embargo, debemos también proclamar: “¡Aleluya, también estoy en
el reino!”.

3. Lo que es la vida del reino

Romanos 14:17 dice: “Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y
gozo en el Espíritu Santo”. Cuando usted se disponga a recibir a los santos, tiene que
entender que no los debe recibir de acuerdo con sus conceptos doctrinales o prácticas
religiosas en cuanto a comida o bebida. El reino de Dios no es comida ni bebida, sino
justicia para con nosotros, paz para con los demás y gozo para con Dios en nuestro
espíritu. Si nosotros comemos tortuga o repollo, esto no significa nada. Sin embargo, la
justicia, la paz y el gozo son de suma importancia porque expresan a Cristo. Cuando
Cristo es expresado, Él es nuestra justicia hacia nosotros, nuestra paz hacia los demás, y
nuestro gozo para con Dios. Debemos ser estrictos con nosotros y no justificarnos. Para
con nosotros mismos debemos ser rectos, estrictos y justos en todo lo que hagamos.
Para con otros debemos esforzarnos para procurar la paz, buscando a toda costa estar en
paz con ellos. Sin embargo, algunos hermanos no tienen paz ni siquiera con su esposa, y
algunas hermanas no pueden vivir en paz con su esposo. Debemos procurar mantener la
paz con todo aquel que se relacione con nosotros. Esta paz es Cristo vivido y expresado
en nuestro ser. Además, necesitamos gozo. Todos los días debemos estar gozosos. Si
cada día no podemos decir: “¡Aleluya, alabado sea el Señor!”, esto significa que estamos
derrotados y que no estamos en el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es un Espíritu de
gozo. Debemos estar siempre gozosos con Dios, alabándole y diciendo: “Aleluya”. Las
características del reino de Dios hoy son la justicia, la paz y el gozo. Y el reino de Dios es
el ejercicio de la vida de iglesia. La vida de iglesia tiene como fin la vida del reino, y la
vida del reino es un ejercicio de la vida cristiana. Necesitamos tal ejercicio.

C. En esto servimos a Cristo


En el versículo 18 Pablo dice: “Porque el que en esto sirve a Cristo, agrada a Dios, y es
aprobado por los hombres”. Por estas palabras podemos ver que lo que se menciona en
el versículo 17 tiene como fin que sirvamos a Cristo. Esto quiere decir que recibir a los
creyentes es servir a Cristo. Debemos hacer esto comprendiendo que lo hacemos en el
reino de Dios, como esclavos que sirven a Cristo, según la justicia, la paz y el gozo que
están en el Espíritu Santo, y no con nuestros conceptos doctrinales. Ciertamente de esta
manera agradaremos a Dios y seremos aprobados por los hombres. Además, de esta
manera nunca causaremos ninguna división; antes bien, siempre mantendremos la
unidad del Espíritu para la práctica de la vida del Cuerpo.

D. Seguir lo que contribuye


a la paz y a la edificación

Además, Pablo dice en el versículo 19: “Así que, sigamos lo que contribuye a la paz y a la
mutua edificación”. Lo que contribuye a la paz es también lo que mantiene la unidad del
Cuerpo. Asimismo, lo que nos edifica es lo que también ministra vida a los miembros del
Cuerpo para la edificación mutua. Debemos seguir ambas cosas. Tenemos que procurar
todo lo que mantiene la unidad del Cuerpo con paz y lo que ministra vida a los demás. A
fin de lograr esto, tenemos que abandonar todos los conceptos doctrinales y vencer
todos los estorbos que se originan en el conocimiento mental. Satanás es muy sutil. A
tráves de todos los siglos él ha usado, y aun sigue usando, los conceptos doctrinales y el
conocimiento mental para estorbar el ministerio de la vida y para dividir el Cuerpo de
Cristo. Por lo tanto, debemos vencer su sutileza siguiendo todo aquello que contribuye a
la paz a fin de mantener la unidad y todo lo que ministre vida a los demás para la
edificación del Cuerpo.

E. No destruir la obra de Dios

Los versículos del 20 al 21 dicen: “No destruyas la obra de Dios por causa de la comida.
Todas las cosas a la verdad son limpias; pero es malo que el hombre coma haciendo
tropezar a otros. Bueno es no comer carne, ni beber vino, ni hacer nada en que tu
hermano tropiece”. En todas las personas salvas hay cierta medida de la obra de Dios.
Dios mismo los ha llamado y salvado. Por lo menos Dios ha hecho esta medida de obra
divina en ellos. Si por nuestros conceptos doctrinales hacemos que cualquiera de los
creyentes tropiece, entonces derribamos, destruimos, la obra de gracia que Dios ha
llevado a cabo en él. Debemos cuidar la obra de Dios, y no nuestros conceptos
doctrinales. Todas nuestras prácticas religiosas las debemos hacer a un lado para el
beneficio de la obra de gracia que Dios lleva a cabo en los creyentes. Estamos libres para
comer de todo y para hacer cualquier cosa que no sea pecaminosa, pero no debemos
comer nada ni hacer nada que pueda causar que algún hermano tropiece. Debemos
cuidar de la edificación de los hermanos en la vida, aun a costa de nuestros conceptos
religiosos, los cuales se basan en el conocimiento.

F. Hacer todo en fe y sin dudar

En los versículos 22 y 23 Pablo dice: “La fe que tú tienes, tenla para contigo delante de
Dios. Bienaventurado el que no se condena a sí mismo en lo que aprueba. Pero el que
duda, si come, es condenado, porque no lo hace por fe; pues todo lo que no proviene de
fe, es pecado”. Si somos fuertes en la fe, debemos tenerla para con nosotros delante de
Dios. Somos bienaventurados si no juzgamos lo que aprobamos hacer, porque tenemos
la fe al hacerlo. Pero los que son débiles en la fe, quienes no tienen la fuerza de fe que
nosotros tenemos, se condenan cuando comen algo acerca de lo cual tienen dudas,
porque no tienen fe al comer. Todo lo que no proviene de fe, es pecado. Así que,
debemos cuidar de los que son débiles en la fe y no provocar que ellos hagan nada
respecto a lo cual no tengan fe.

V. RECIBIR A LOS SANTOS CONFORME A CRISTO

Pablo era muy sabio. Si no estamos en el espíritu mientras leemos esta parte de
Romanos, no percibiremos la profundidad de lo que Pablo escribió. Pablo empezó la
sección sobre el recibir a los santos enfocando el problema de los conceptos doctrinales
sostenidos principalmente por los judíos religiosos, y lo concluyó hablando del recibir a
los santos conforme a Cristo. No debemos recibir a los santos de acuerdo con nuestros
conceptos doctrinales, sino conforme a Cristo.

A. Debemos soportar las


flaquezas de los débiles

Romanos 15:1 dice: “Los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los
débiles, y no agradarnos a nosotros mismos”. Al recibir a los creyentes debemos
soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos. El Señor Jesús
siempre soporta las debilidades de Sus creyentes (2 Co. 12:9) y no se agrada a Sí mismo.
Debemos recibir a los creyentes con la misma actitud del Señor, no buscando
agradarnos a nosotros mismos, sino soportando las debilidades de los demás.

B. Debemos agradar a nuestro prójimo para edificación, tal como Cristo lo


hizo

“Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno para edificación. Porque
ni aun Cristo se agradó a Sí mismo; antes bien, según está escrito: ‘Los vituperios de los
que te vituperaban, cayeron sobre Mí’” (vs. 2-3). No debemos agradar a los demás con
cualquier propósito si no es con el fin de que sean edificados en el Cuerpo. Con miras a
cumplir este propósito, debemos hacer todo lo necesario para agradar a otros sin
escatimar el costo. Cristo no se agradó a Sí mismo; más bien Él agradó al Padre llevando
sobre Sí los vituperios que deberían haber caído sobre el Padre. Del mismo modo,
nosotros no debemos agradarnos a nosotros mismos, sino agradar a otros soportando
sus debilidades a fin de que sean edificados en el Cuerpo de Cristo.

C. Tener un mismo sentir según Cristo Jesús

“Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra instrucción se escribieron, a fin
de que por medio de la perseverancia y de la consolación de las Escrituras, tengamos
esperanza. Pero el Dios de la perseverancia y de la consolación os dé entre vosotros un
mismo sentir según Cristo Jesús” (vs. 4-5). La expresión las cosas que se escribieron
antes se refiere a lo que se cita en el versículo 3 con respecto a Cristo, el cual se da para
la instrucción que produce perseverancia y consolación con esperanza. Ciertamente lo
que consta en las Escrituras con respecto a Cristo está lleno de instrucción. Si recibimos
la instrucción, se nos proveen la perseverancia y la consolación de Cristo para que
tengamos esperanza. Al recibir a los creyentes, necesitamos esta perseverancia y
consolación; también, necesitamos soportar sus debilidades. Además necesitamos ser
alentados con la esperanza de que ellos pueden mejorar y ser fortalecidos en la fe por la
gracia del Señor. Al recibir a los creyentes más débiles, debemos saber que nuestro Dios
es el Dios de la perseverancia y de la consolación, quien puede darnos la perseverancia
con que podemos soportar las debilidades de los demás y animarnos con lo que Él puede
hacer en ellos por Su gracia. Al ser alentados así por nuestro Dios, entre nosotros
tendremos el mismo sentir según Cristo Jesús, y no basados en ninguna otra cosa. Ya
que hay un solo Cristo Jesús, si somos según Él, tendremos el mismo sentir entre
nosotros. Sin embargo, si nuestra mente se basa en enseñanzas, conceptos, dones,
prácticas religiosas, o algún otro asunto semejante, estaremos divididos. Ser conformes
a Cristo es la única forma en que podemos tener un mismo sentir. Para recibir a los
creyentes de acuerdo con nuestras enseñanzas, conceptos, dones o prácticas religiosas,
no se requiere ninguna perseverancia ni consolación con esperanza. No obstante, para
recibir a los creyentes según Cristo, se requiere cierta perseverancia y consolación con
esperanza, y el propio Dios de la perseverancia y de la consolación es el que nos lo
suministrará, siempre y cuando procuremos guardar la unidad y luchemos por la
edificación del Cuerpo.

D. Debemos glorificar a Dios


unánimes y a una voz
El versículo 6 dice: “Para que unánimes, a una voz, glorifiquéis al Dios y Padre de
nuestro Señor Jesucristo”. Algunas versiones dicen: “Con una mente y con una boca...”.
Pero la palabra griega da a entender cierto “acuerdo” o “ánimo” y no “mente”. No
obstante, la palabra en realidad tiene que ver con la mente. Todos necesitamos tener el
mismo sentir. Cuando éste sea el caso, seremos unánimes y tendremos una sola voz,
esto es, tendremos el mismo concepto y el mismo hablar. Aunque los creyentes sean
muchos, el hablar será uno solo. Siempre que tengamos el mismo sentir y seamos
unánimes, hablaremos la misma cosa. Por lo tanto, glorificaremos al Dios y Padre de
nuestro Señor Jesucristo unánimes, a una voz.

En Romanos 9:5 leemos que Cristo es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos,
lo cual se relaciona con Su divinidad. Pero aquí en el versículo 6 se habla del Dios de
nuestro Señor Jesucristo. Esto tiene que ver con Su humanidad. Conforme a Su
divinidad, Él es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos, pero según Su
humanidad, Dios es Su Dios. Si al recibir a los creyentes actuamos conforme al Señor
Jesús, glorificaremos a Dios como Él lo hace.

E. Debemos recibirnos unos a otros


como Cristo nos recibió

El versículo 7 dice: “Por tanto, recibíos los unos a los otros, como también Cristo os
recibió, para gloria de Dios”. Este versículo, a la luz de Romanos 14:3, demuestra que el
recibir de Cristo es el recibir de Dios. Lo que Cristo ha recibido, Dios lo ha recibido.
Cristo nos recibió para la gloria de Dios. Debemos recibir a los creyentes según Dios y
según Cristo, y no basándonos en ninguna otra cosa. Tenemos que recibir a todo aquel
que Dios y Cristo hayan recibido, sin importar cuánto difieran de nosotros en cuanto a
conceptos y prácticas doctrinales. Lo hacemos así para la gloria de Dios.

F. Cristo, siervo de la circuncisión


y de los gentiles

Necesitamos leer Romanos 15:8-11: “Pues os digo, que Cristo vino a ser siervo de la
circuncisión por la veracidad de Dios, para confirmar las promesas dadas a los padres, y
para que los gentiles glorifiquen a Dios por Su misericordia, según está escrito: ‘Por
tanto, Yo te loaré entre los gentiles, y cantaré alabanzas a Tu nombre’. Y otra vez dice:
‘Alegraos, gentiles, con Su pueblo’. Y otra vez: ‘Alabad al Señor todos los gentiles, y
alabenle todos los pueblos’ ”. En estos versículos vemos que Cristo es todo-inclusivo.
¿Por qué Él llegó a ser siervo de la circuncisión, esto es, de los judíos? Por causa de la
veracidad de Dios, para confirmar las promesas dadas a los padres. Sin embargo, el
versículo 9 indica que Él no solamente es siervo de la circuncisión, sino también de los
gentiles “para que los gentiles glorifiquen a Dios por Su misericordia”. Para la
circuncisión, esto es, para los judíos, Cristo es un siervo por la veracidad de Dios, pero
para los gentiles, Él es un siervo con el fin de que ellos glorifiquen a Dios por Su
misericordia. Cristo es todo-inclusivo. Él es para las naciones, los gentiles, como
también para la circuncisión, los judíos.

En cuanto a los judíos, esto es cuestión de la veracidad de Dios, porque Dios hizo
promesas a sus padres. Cristo llegó a ser siervo para ellos con el fin de confirmar todas
las promesas que Dios había hecho a sus padres. Debido a esto, Dios es veraz. Pero en
cuanto a los gentiles, esto es un asunto de la misericordia de Dios. Cristo llegó a ser
siervo para ellos a fin de que glorificaran a Dios por Su misericordia. Cristo confesó a
Dios y alabó Su nombre entre los gentiles. Él pidió a los gentiles que se regocijaran y
alabaran a Dios por Su misericordia. Para los judíos, Dios es veraz, pero para los
gentiles, Dios es misericordioso. Por esta razón, nosotros los gentiles debemos alabarle
para que Él sea glorificado por Su misericordia.

G. Para los gentiles Cristo es la raíz de Isaí

El versículo 12 revela aun más de lo todo-inclusivo que es Cristo: “Y otra vez dice Isaías:
‘Estará la raíz de Isaí, y el que se levanta a regir los gentiles; los gentiles esperarán en
Él’”. Aunque Cristo es la raíz de Isaí, la fuente de los padres de los judíos, Él regirá a los
gentiles, y en Él los gentiles esperarán. Aquí podemos ver lo todo-inclusivo que Cristo
es. Él es la raíz de Isaí, lo cual significa que Él es la provisión para el pueblo judío. Según
Romanos 11, el hecho de que Él sea la raíz significa que Él es la fuente y la provisión de
los judíos. En el futuro, la raíz de Isaí se levantará para regir sobre todas las naciones
gentiles. Así pues, Él abastece a los judíos y cubre a los gentiles con Su sombra. Al ser la
raíz del pueblo judío y el que cubre con Su sombra a los gentiles, o sea, el que los rige, Él
reúne a los judíos y a los gentiles, y los hace uno. Creo que éste debe de ser el concepto
más profundo del apóstol Pablo en esta porción de Romanos. Cristo incluye tanto a los
judíos como a los gentiles. Al ser Cristo la raíz de los judíos y el que cubre a los gentiles,
Él incluye a ambos pueblos y los integra en un solo Cuerpo, el nuevo hombre, la iglesia.

Cristo lo incluye todo y lo abraza todo. Ya que Cristo es así y une a judíos y a gentiles,
debemos recibir a todos los diferentes creyentes según Él. Nunca debemos decir: “Éste
es un americano, éste es un inglés, éste es un alemán, éste es un japonés, éste es un
filipino y éste es un coreano. No puedo aceptar a tanta gente tan diferente”.
Consideremos a Cristo, quien es la raíz de un pueblo y el gobernante de otro; Él es todo-
inclusivo. Al recibir a los santos debemos igualmente ser abiertos a todos y recibir a la
gente del este, del sur, del oeste y del norte. No importa quiénes sean o qué sean,
debemos acoger a todos los creyentes juntos en el único Cuerpo. Creo que esto es lo que
significa recibir a los santos según Cristo.
En este mensaje y en el anterior tocamos cinco aspectos de la transformación que se
requiere al recibir a los creyentes: conforme a Dios, a la luz del tribunal, según el
principio del amor, con miras a la vida del reino y según Cristo. Debemos tener
presentes todos estos puntos y ponerlos en práctica. Si recibimos a los creyentes de esta
manera, obtendremos la bendición del Señor con esperanza, gozo y paz en el creer. Por
lo tanto, Pablo concluyó esta porción de Romanos con las palabras: “El Dios de
esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el
poder del Espíritu Santo” (v. 13). Al recibir a los creyentes según la manera que se nos
instruye en esta sección de Romanos, experimentamos al Dios de la perseverancia, de la
consolación y de toda esperanza. En la vida de iglesia adecuada, somos llenos de todo
gozo y paz con fe. En tal vida de iglesia experimentamos el poder del Espíritu Santo y
abundamos en esperanza. La vida de iglesia tiene mucho significado para nosotros;
debemos sumergirnos en ella y vivir en ella.
ESTUDIO-VIDA DE ROMANOS
MENSAJE TREINTA

LA CONSUMACIÓN DEL EVANGELIO

En los mensajes anteriores, hemos abarcado siete secciones del libro de Romanos:
introducción, condenación, justificación, santificación, glorificación, elección y
transformación. Ahora llegamos a la última parte, la conclusión (15:14—16:27). Aunque
Pablo ha abordado muchos asuntos en el libro de Romanos, en esta sección nos presenta
algunos temas prácticos que podemos experimentar y nos revela plenamente la máxima
consumación del evangelio. Uso la palabra revelar porque muchos asuntos preciosos
habían estado cubiertos con un velo. En este mensaje deseo dar a conocer algunos de los
tesoros que están escondidos y encerrados en la última sección de Romanos.

Ninguna de las otras epístolas de Pablo tiene una conclusión tan larga como la Epístola
a los Romanos. ¿Por qué es tan larga esta conclusión? Dudo que alguno de entre
nosotros escribiera una carta de esta manera. Sin embargo, Pablo fue muy sabio y
profundo, sabiendo que después de la sección sobre la transformación, aun necesitaba
presentar la máxima consumación del evangelio de Dios, la cual es la vida práctica de
iglesia. Además, no escribió acerca de la vida de iglesia de una manera doctrinal, sino de
una forma sumamente práctica. Es por eso que en la conclusión no se halla doctrina
alguna; al contrario, todo lo que se encuentra en esta sección es algo que se puede
experimentar y poner en práctica. Como veremos, en esta sección Pablo nos habla del
celo que tenía por predicar el evangelio y de su deseo por visitar España. Él nos dice que
había recibido la carga de suplir las necesidades materiales de los santos de Judea y que
los creyentes gentiles querían ayudarlos.

En Romanos 16 aparecen cinco veces las palabras iglesia e iglesias. Si leemos este
capítulo cuidadosamente en el espíritu, nos daremos cuenta de que Pablo lo escribió con
un propósito definido. Toda referencia acerca de la iglesia en este capítulo tiene que ver
con la práctica y la experiencia. En Romanos 16:1 Pablo habla de Febe, una diaconisa de
la iglesia en Cencrea. En 16:4 él dice que las iglesias de los gentiles estaban agradecidas
con Prisca y con Aquila porque los dos habían arriesgado sus vidas por Pablo y también
por las iglesias. En 16:5 se menciona “la iglesia que está en su casa”, lo cual quiere decir
que la iglesia que estaba en Roma se reunía en la casa de Prisca y Aquila. En 16:16 Pablo
menciona las iglesias de Cristo y en 16:23 dice que Gayo era hospedador de toda la
iglesia. El versículo 20 es también muy importante: “El Dios de paz aplastará en breve a
Satanás bajo vuestros pies. La gracia de nuestro Señor Jesús sea con vosotros”. ¿De
quiénes son los pies bajo los cuales Satanás será aplastado por el Dios de paz? Son los
pies de aquellos que viven la vida de iglesia, y la gracia del Señor Jesús será
suministrada a ellos. Finalmente, Pablo envía saludos a muchos santos; casi todo el
capítulo se ocupa de esto. Admiro la excelente memoria de Pablo, porque él recordó los
nombres de muchos santos y mencionó sus características personales.

La conclusión de Romanos se asemeja a la pintura de un bosque. Si usted contempla la


pintura de lejos, solamente verá el bosque, pero no podrá percibir las cosas escondidas,
los tesoros ocultos que se hallan entre los árboles y debajo de las hojas. Cuando
estudiaba el libro de Romanos en mi juventud, pasaba por alto la conclusión, pensando
que ya había terminado las porciones doctrinales y que no era necesario prestar
atención a la lista de nombres del capítulo 16. Ya que me era difícil pronunciar esos
nombres tan peculiares, decidí estudiar el libro sólo hasta Romanos 15:13, incluyendo
también los últimos tres versículos del capítulo 16, pues constituyen una melodía de
alabanza a Dios y uno no debe pasarlos por alto. Sin embargo, recientemente el Espíritu
Santo me condujo a entrar en esa selva y me mostró algunos de los tesoros ocultos bajo
las sombras proyectadas por los árboles. Ahora creo que esa conclusión es la sección
más preciosa y valiosa de todo el libro de Romanos. La vida práctica de iglesia está
escondida bajo las sombras de los árboles. Podíamos decir que los saludos a los santos
son los árboles, y que debajo de los árboles se hallan las iglesias como los tesoros: la
iglesia en Cencrea, las iglesias de los gentiles, la iglesia en la casa de Prisca y Aquila, las
iglesias de Cristo y la iglesia que recibía hospitalidad del hermano Gayo. Ahora deseo
considerar con más detalle esos tesoros escondidos.

I. LOS GENTILES, UNA OFRENDA AGRADABLE A DIOS

A. Al recibir el ministerio de Cristo

Necesitamos leer Romanos 15:16: “Para ser ministro de Cristo Jesús a los gentiles, un
sacerdote que labora, sacerdote del evangelio de Dios, para que los gentiles sean ofrenda
agradable, santificada por el Espíritu Santo”. Pablo era un ministro de Cristo, un siervo
público que servía a los creyentes gentiles impartiéndoles la persona de Cristo, o sea,
ministrando a Cristo a los creyentes gentiles. Él era como un mozo que servía las mesas
con deliciosos platillos. Pablo era un camarero en el salón de banquetes universal, y
como tal servía a Cristo a los demás. Todo aquel que se sentaba a la mesa quedaba
satisfecho con Cristo, y Cristo venía a ser el elemento de transformación dentro de su
ser. De manera que los gentiles fueron transformados con la esencia del Cristo
maravilloso y todo-inclusivo, quien es el Espíritu vivificante. Además, este versículo
revela que Pablo era un sacerdote, porque él laboraba como sacerdote “del evangelio de
Dios”. Como tal, él presentaba a los creyentes gentiles a Dios como una ofrenda
agradable con el fin de darle satisfacción. Él presentó como una ofrenda a Dios a los
mismos creyentes gentiles a quienes ministraba a Cristo.

B. Mediante la propagación
de la predicación del evangelio

Los gentiles pudieron ser ofrecidos a Dios como resultado de una amplia y extensa
predicación del evangelio (15:18-23). En 15:19 Pablo dice que “desde Jerusalén, y por los
alrededores hasta Ilírico, [había] cumplido la predicación del evangelio de Cristo”. En
los tiempos de Pablo, Ilírico era la región más remota del extremo nordeste de Europa.
Pablo predicó el evangelio desde Jerusalén, una ciudad culta, hasta la región más
remota e inculta de Ilírico. Además, él tenía el deseo de viajar hasta España (v. 24).

El evangelio que predicamos debe ser elevado. Nuestro evangelio no debe centrarse en ir
al cielo, sino en ministrar a Cristo a otros. Necesitamos predicar a Cristo a fin de que la
gente pueda ser santificada y transformada con la esencia misma de Cristo, de modo que
lleguen a ser una ofrenda agradable para Dios. Siempre y en todo lugar que nosotros,
como iglesia, prediquemos el evangelio, debemos hacerlo con la convicción de que
ministramos a Cristo a las personas, es decir, Cristo es el alimento que servimos a los
pecadores hambrientos. Debemos ministrarles a Cristo a fin de que Él entre en ellos
como el elemento de santificación que cambie totalmente su ser.

C. Santificados en el Espíritu Santo


y aceptados por Dios

En Romanos 15:16 Pablo dice: “Para que los gentiles sean ofrenda agradable, santificada
por el Espíritu Santo”. Ser santificado significa ser separado, ser hecho santo por la
transformación en vida. Pablo consideraba a los creyentes gentiles como una ofrenda
grata para Dios. Anteriormente eran inmundos y estaban contaminados, pero llegaron a
ser santificados y hechos una ofrenda agradable a Dios. Ellos fueron transformados y
conformados a la imagen de Dios y de esta manera eran plenamente aceptados por Él, lo
cual fue el resultado de que Pablo ministrara a Cristo a los gentiles. Cuando Cristo fue
forjado dentro de ellos y así llegó a ser su mismo elemento, los gentiles se convirtieron
en una ofrenda corporativa para Dios, la cual había sido completamente saturada con
Cristo y empapada con Su esencia divina. Por lo tanto, ellos fueron presentados a Dios
para Su satisfacción.

II. LA COMUNICACIÓN EN AMOR

A. Entre los santos gentiles y judíos


La comunión de amor, es decir, la comunicación en amor que existía entre los santos
gentiles y los santos judíos, se desarrolló como resultado de que Cristo fuera ministrado
a los gentiles y de que éstos fueran ofrecidos como sacrificio a Dios (15:25-28, 30, 32).
Los santos gentiles tuvieron comunión con los santos judíos al contribuir prácticamente
con sus bienes materiales. Anteriormente, los gentiles, a los ojos de los judíos, eran
tenidos por cerdos; pero llegaron a ser santos, una ofrenda fragante para Dios. Como
resultado, se sintieron conmovidos a suplir las necesidades materiales de sus hermanos
judíos, y les dieron sus propios bienes como una expresión de su deseo de cuidar a los
santos de Judea. Cuando el apóstol Pablo fue a los gentiles, llevó a Cristo consigo e
impartió a Cristo en ellos. Cuando regresó a los judíos, trajo consigo bienes materiales
para los santos necesitados. Pablo fue con Cristo y regresó con bienes materiales, los
cuales provinieron del amor de los santos. Esto fue el resultado del ministerio de Pablo.

La espiritualidad de muchos cristianos hoy en día no es nada práctica. Ellos dicen: “Yo
estoy por Cristo y lo llevaré a donde yo vaya, y no me preocuparé por el dinero ni por las
necesidades materiales”. El hecho de que usted dijera esto, puede significar que su
espiritualidad no es nada práctica. Considere el ejemplo del apóstol Pablo. Él fue a
Acaya y a Macedonia y ministró a Cristo en esas ciudades. ¿Cuál fue el resultado de
esto? Los creyentes gentiles contribuyeron con sus bienes materiales para cuidar a los
que antes eran sus enemigos, o sea, a sus hermanos judíos en Cristo. Después de que los
gentiles fueron convertidos, regenerados, santificados y transformados, su viejo corazón
les fue extirpado y les fue implantado un nuevo corazón, desde el cual surgió esa
preocupación por sus hermanos judíos. Expresaron su preocupación por ellos de una
manera práctica al darles sus bienes materiales. Ellos no dijeron: “Pablo, somos uno
contigo; cuenta con nuestro apoyo y nuestra oración y lleva nuestros saludos a los
queridos hermanos que están en la tierra santa”. Pablo dio un ejemplo de la vida
práctica de la iglesia al ir con Cristo y al regresar con contribuciones de bienes
materiales. Ésta es la comunión genuina en amor y la expresión práctica de interés por
el bienestar de los santos.

B. Con miras a la participación mutua en


la plenitud de la bendición de Cristo

Ya vimos la relación que Pablo tenía con estos dos grupos de creyentes: con los gentiles,
a quienes ministró a Cristo, y con los judíos, a quienes llevó los bienes materiales. Ahora
bien, Romanos 15:29 revela la relación que Pablo tenía con un tercer grupo de creyentes:
los santos de Roma, a quienes esperaba ver en su camino hacia España. En este
versículo vemos que Pablo esperaba visitar a los santos en Roma: “Y sé que cuando vaya
a vosotros, llegaré con la plenitud de la bendición de Cristo”. Pablo no dice esto en
ninguna otra epístola. Él fue a los gentiles con Cristo, regresó a los hermanos judíos con
bienes materiales, y esperaba visitar Roma llevando la plenitud de la bendición de
Cristo. Ésta es la vida de iglesia: está llena de Cristo, llena del amor mostrado por la
repartición de los bienes materiales, y llena de la plenitud de la bendición de Cristo.
Anhelo ver en todas las iglesias del recobro del Señor que Cristo sea ministrado a la
gente por doquier, que esa gente responda con sinceridad y amor contribuyendo con sus
bienes materiales, y que también tengan una participación mutua de la plenitud de la
bendición de Cristo. No debemos sólo compartir enseñanzas doctrinales por doquiera
que vayamos. Adonde vayamos, debemos llevar la plenitud de la bendición de Cristo;
pero antes de que podamos ir con la plenitud de la bendición de Cristo, debemos
primero experimentarla nosotros mismos. Pablo pudo ir por todas partes compartiendo
la plenitud de la bendición de Cristo porque él tenía la plena experiencia de ella. Cuando
viajemos entre las iglesias, no llevemos con nosotros las doctrinas y los dones; más bien,
llevemos la plenitud de la bendición de Cristo. No se trata sólo de contribuir con
nuestros bienes materiales, aunque tal práctica de comunión es una expresión genuina
de la realidad de Cristo. Si tenemos esta realidad, nos derramaremos a nosotros mismos
como una expresión de nuestro amor para con los santos necesitados. Pablo fue muy
sabio al presentarnos un cuadro de la práctica apropiada de la vida de iglesia, no en
doctrina, sino en experiencia. Con Pablo vemos la experiencia de todas las riquezas de
Cristo. El hecho de que él fuese a la gente con la plenitud de la bendición de Cristo,
quiere decir que les ministró todas las riquezas de Cristo.

III. LA COMUNIÓN EXPRESADA EN


EL CUIDADO MUTUO QUE EXISTE
ENTRE LOS SANTOS

A. Entre los santos y entre las iglesias

Yo creo que el apóstol Pablo fue el primero en establecer la comunión expresada en el


cuidado mutuo entre los santos y entre las iglesias (16:1-19, 21-23). Pablo inició la
comunión en cuanto al cuidado mutuo entre los santos. Él se preocupaba por los santos,
por los siervos del Señor y por las iglesias. Él era un hermano totalmente inmerso en
dicha comunión. Todos los saludos enumerados en el capítulo 16 de Romanos
manifiestan el alcance tan grande de su interés. Me gusta mucho este capítulo porque en
él se revela que las iglesias están incluidas en esta comunión. Esta comunión de cuidado
mutuo se hallaba dentro de las iglesias entre los santos y también entre las iglesias
mismas.

Ya indicamos que las palabras iglesia e iglesias se mencionan cinco veces en el capítulo
16 de Romanos. Ahora examinemos detalladamente cada una de las ocasiones en que se
mencionan. En el versículo 1 Pablo dice: “Os recomiendo a nuestra hermana Febe, la
cual es diaconisa de la iglesia que está en Cencrea”. Febe era una diaconisa, es decir, una
que servía a la iglesia. Pablo la tenía en tan alta estima que en el siguiente versículo dijo
que “ella ha sido protectora de muchos, y de mí en particular”. El término protectora en
el griego es una palabra de dignidad que denota una persona que ayuda, sustenta y
suministra. Un protector es alguien que está a nuestro lado sirviendo, nutriendo,
atendiendo y supliendo todas nuestras necesidades. El hecho de que Pablo haya usado
este término para referirse a Febe indica cuánto ella era valorada y estimada. Febe era
una hermana que servía a otros a cualquier precio y a cualquier costo. Si colaboramos en
serio con el Señor en la vida de iglesia, también debemos servir a la iglesia y cuidar de
ella sin escatimar el costo. Si no tenemos un corazón para cuidar de iglesia, somos
indignos de practicar la vida de iglesia. El requisito principal para practicar la vida de
iglesia es que le sirvamos. La hermana Febe fue una protectora de la iglesia. De igual
manera nosotros debemos ser unos servidores en la vida de iglesia.

En segundo lugar, Pablo indica que debemos estar dispuestos a arriesgar nuestras vidas
por la iglesia. Pablo, refiriéndose a Prisca y Aquila, dice en 16:4 que ellos “arriesgaron su
vida por mí; a los cuales no sólo yo doy gracias, sino también todas las iglesias de los
gentiles”. Debemos estar dispuestos aun a arriesgar nuestra propia vida por causa de la
vida de iglesia. Prisca y Aquila no estimaron su propia vida como preciosa a ellos, sino
que estuvieron dispuestos a velar por el interés de la iglesia aun a costa de su propia
vida. Por esa razón, todas las iglesias de los gentiles, esto es, de todo el mundo gentil,
estaban agradecidas con ellos. No piense que Pablo habló acerca de Prisca y Aquila de
una forma ligera. Él escribió esto con un propósito definido, indicando que si nosotros
verdaderamente amamos la iglesia del Señor, debemos estar dispuestos aun a arriesgar
nuestra propia vida por ella. Debemos estar dispuestos a pagar el precio no sólo por la
iglesia de nuestra localidad, sino también por todas las iglesias. A algunos santos
queridos sólo les interesa su localidad; esto es completamente erróneo. Prisca y Aquila
tenían el mismo interés por todas las iglesias. Aunque es correcto ser establecidos por el
Señor en alguna localidad específica, nuestro corazón debe ser lo suficientemente
amplio y ensanchado para abarcar a todas las iglesias.

La tercera mención de la iglesia se encuentra en el versículo 5, donde Pablo dice:


“Saludad también a la iglesia, que está en su casa”, refiriéndose a la casa de Prisca y
Aquila. Por un lado, esta pareja estaba dedicada a todas las iglesias; por otro, ellos
estaban dedicadas a su iglesia local en particular. Cuando ellos vivían en Éfeso (Hch.
18:18-19), la iglesia en Éfeso estaba en su casa (1 Co. 16:19). Cuando vivían en Roma, la
iglesia en Roma también se reunía en su casa. “La iglesia que está en su casa”
mencionada en el versículo 5 era la iglesia en Roma. Que la iglesia se reúna en la casa de
uno es una carga muy pesada. Si usted prueba esto, descubrirá cuán pesada es esta
carga. No obstante, Prisca y Aquila eran absolutos para la vida de iglesia; no les
importaba lo pesado de tal carga.
En el versículo 16 Pablo dice: “Os saludan todas las iglesias de Cristo. De pronto Pablo
menciona “las iglesias de Cristo”. Sin importar en qué ciudad se encuentren las iglesias,
en su ciudad o en la mía, ellas son las iglesias de Cristo. La iglesia en toda localidad debe
ser la iglesia de Cristo. No debemos decir que la iglesia en tal o cual localidad es la
iglesia de tal o cual hermano, pues sería erróneo decirlo. Todos debemos aprender a
hablar de “las iglesias de Cristo”.

La última mención de la iglesia en Romanos se relaciona con la hospitalidad: “Os saluda


Gayo, hospedador mío y de toda la iglesia” (v. 23). Sin la hospitalidad, faltaría algo en la
vida práctica de iglesia. Si en cierta iglesia no hay hospitalidad, tal iglesia debe de estar
pobre. Por otra parte, cuanto más se practica la hospitalidad, más rica será la vida de
iglesia. Gayo no sólo fue el hospedador del apóstol, sino también de toda la iglesia. No
creo que él hospedara a toda la iglesia a la vez, pero tal vez todos los santos que viajaban
a esa ciudad y permanecían allí por un tiempo eran hospedados por él. Su hogar estaba
siempre abierto y disponible para todos los santos. La vida genuina de iglesia depende
de este tipo de práctica hospitalaria. Cuando un hogar se abre a la hospitalidad, será
llena de la bendición de Cristo. Alabamos al Señor porque cuanto más hospitalidad
brindemos, mayor será nuestra experiencia de la vida de iglesia. Este asunto es muy
práctico.

En resumen, podemos enumerar estos cinco aspectos de la vida de iglesia: servir a la


iglesia; estar dispuestos a arriesgar nuestra vida por la iglesia; tener la iglesia en nuestro
hogar; nunca considerar la iglesia como la iglesia de nadie, sino estar conscientes de que
es la iglesia de Cristo; brindar hospitalidad a toda la iglesia; y ser hospitalarios para con
todas las iglesias. Pablo, en los saludos que da en Romanos 16, muestra los asuntos
básicos que indican la vida apropiada de iglesia, tanto en la iglesia local en particular
como entre todas las iglesias. Sus saludos también subrayan las cualidades de muchos
de los queridos santos. Así que, en Romanos 16 vemos las iglesias en las distintas
localidades y los detalles de la vida genuina de iglesia expresada por medio de los
atributos y las virtudes de muchos santos. Ésta es una descripción completa de la vida
de la iglesia primitiva. Una vez más digo que en Romanos no encontramos la doctrina de
la iglesia; al contrario, contemplamos la vida de iglesia en práctica. De ahí que, la
máxima consumación del evangelio es la vida de iglesia.

¡Qué gran contraste existe entre el capítulo 1 y el capítulo 16 de Romanos! En el capítulo


1 vemos a los pecadores: personas malignas, inmundas y condenadas; pero en el
capítulo 16 vemos a las iglesias, las cuales son santas y gloriosas. No existe comparación
entre los dos. ¿Cómo es que esos pecadores viles llegaron a ser las iglesias gloriosas?
Mediante el largo proceso revelado desde el capítulo 1 hasta el capítulo 16, es decir, el
proceso de redención, justificación, santificación, glorificación, elección y
transformación. Como resultado de este largo proceso, los pecadores llegaron a ser las
iglesias gloriosas, las cuales son santas y al mismo tiempo muy prácticas.

B. Con miras a que Satanás sea aplastado

Después de los saludos que muestran la comunión de cuidado mutuo entre los santos y
entre las iglesias, el apóstol declaró que el Dios de paz aplastaría a Satanás, y que lo
aplastaría en breve bajo los pies de los santos que están en la vida de iglesia (16:20). Si
no estamos en la iglesia y no practicamos la vida de iglesia, será difícil que Dios aplaste a
Satanás bajo nuestros pies. La vida de iglesia es el medio más fuerte por el que Dios
vence a Satanás. Siempre que nos separamos de la iglesia, nos convertimos en presa fácil
para Satanás, pues es difícil hacer frente a Satanás individualmente. Pero alabamos al
Señor porque cuando estamos en la iglesia y somos uno con el Cuerpo, Satanás es
puesto bajo nuestros pies y disfrutamos a Dios como el Dios de paz en la vida de iglesia.
Experimentamos y participamos de la paz de Dios al vencer al perturbador, Satanás;
pero mientras que este perturbador no esté bajo nuestros pies, nos será difícil tener paz.
Cuando él es aplastado bajo nuestros pies en la vida de iglesia, disfrutamos de la paz de
Dios como una prueba de nuestra victoria sobre el maligno. Así que, tanto el hecho de
que Satanás sea aplastado como el que disfrutemos de la paz de Dios, son experiencias
que obtenemos en la vida de iglesia.

C. Con miras a que la gracia del Señor


sea impartida a todos los santos

El apóstol, después de proclamar que Dios aplastará a Satanás bajo los pies de aquellos
que están en la iglesia, les da su bendición, diciendo que la gracia del Señor Jesús estará
con ellos (16:20). Esto indica que en la vida de iglesia la gracia del Señor Jesús es
impartida a todos los santos. Los creyentes en su mayor parte pierden esta gracia
porque ellos están apartados de la vida de iglesia. Todos nosotros podemos testificar de
que tenemos un rico disfrute de la gracia del Señor cuando vivimos en las iglesias y
practicamos la vida del Cuerpo con todos los santos. La iglesia es el lugar donde el Señor
imparte Su gracia y donde podemos participar de ella. La iglesia no es solamente el lugar
donde podemos aplastar a Satanás bajo nuestros pies y experimentar al Dios de paz,
sino también el lugar donde podemos experimentar la rica gracia del Señor.

IV. LA ALABANZA FINAL

Leamos Romanos 16:25-27: “Al que puede confirmaros según mi evangelio, es decir, la
proclamación de Jesucristo, según la revelación del misterio, mantenido en silencio
desde tiempos eternos, pero manifestado ahora, y que mediante los escritos proféticos,
según el mandato del eterno Dios, se ha dado a conocer a todos los gentiles para la
obediencia de la fe, al único y sabio Dios, mediante Jesucristo, sea gloria para siempre.
Amén”. Esta alabanza, dada como conclusión, es semejante a una melodía. Pablo hace
mención de Dios como “el que puede confirmaros”. En Romanos 16 nuestra necesidad
ya no es ser salvos ni ser santificados, sino ser confirmados. Todo lo demás ya ha sido
realizado y únicamente nos falta ser confirmados. No somos confirmados por medio de
doctrinas ni verdades relacionadas con las varias dispensaciones, sino por medio del
evangelio, la predicación de Cristo y la revelación del misterio. ¡Oh, en estos días hay
una gran necesidad de que los santos sean rescatados de las doctrinas y prácticas
divisivas y de que sean confirmados por el evangelio puro y completo de Dios, por la
predicación y ministración del Cristo viviente y todo-inclusivo, y por la revelación del
misterio de Dios! Solamente el evangelio puro, el Cristo viviente y la revelación del
misterio de Dios pueden confirmarnos y guardarnos en unidad para la vida de iglesia.

Este misterio, el cual ha sido mantenido en silencio desde tiempos eternos y no ha sido
revelado, consta principalmente de dos aspectos: uno es el misterio de Dios (Col. 2:2),
que es Cristo, quien está en los creyentes (Col. 1:26-27) como su vida y su todo para que
sean miembros de Su Cuerpo; y el otro aspecto es el misterio de Cristo (Ef. 3:4-6), que es
la iglesia que, como Su Cuerpo, ha de expresar Su plenitud (Ef. 1:22-23). Por lo tanto,
Cristo y la iglesia son el gran misterio (Ef. 5:32). Romanos primeramente nos dice cómo
los creyentes han sido bautizados en Cristo (6:3), cómo Cristo ha sido forjado en los
creyentes (8:10) y cómo los creyentes se han vestido del Señor Jesucristo (13:14). Luego
nos revela cómo los creyentes son edificados juntamente en un solo Cuerpo (12:4-5)
para expresar a Cristo. De esta manera las iglesias han llegado a existir en muchas
ciudades de una forma práctica y local, donde todos los santos se aman y tienen
comunión los unos con los otros y con todas las iglesias, expresando así el Cuerpo de
Cristo para el cumplimiento del misterio de Dios. Ésta es la máxima consumación del
evangelio completo de Dios. Por medio de esto Satanás es aplastado bajo los pies de los
santos (16:20), la gracia de Cristo es impartida a todos los santos (v. 20) y la gloria es y
será para Dios por la eternidad (v. 27). El Dios eterno ha dado a conocer este misterio a
todos los gentiles para la obediencia de la fe.

En Romanos 15 y 16 Dios es llamado “el Dios de la perseverancia y de la consolación”


(15:5), “el Dios de esperanza” (v. 13), “el Dios de paz” (16:20), “el eterno Dios” (v. 26) y
“el único y sabio Dios” (v. 27). Nuestro Dios es rico en muchos aspectos —en
perseverancia, en consolación, en esperanza, en paz, en sabiduría y en eternidad—, y el
evangelio presentado en este libro es el evangelio de este rico Dios. El evangelio de este
Dios tan rico tiene su consumación en la práctica de la vida de iglesia. ¡Aleluya!
ESTUDIO-VIDA DE ROMANOS
MENSAJE TREINTA Y UNO

UNA PALABRA DE CONCLUSIÓN

I. EL DIOS REVELADO EN EL LIBRO DE ROMANOS

Ya vimos que Dios es revelado progresivamente en todo el libro de Romanos. Esta


revelación se lleva a cabo en doce etapas distintas.

En primer lugar, Romanos nos muestra a Dios en Su obra de creación (1:19-20). Dios es
invisible; sin embargo, las cosas invisibles de Él, Su eterno poder y Su naturaleza divina,
se ven con toda claridad, siendo percibidas por medio de las cosas creadas por Él.

En segundo lugar, Romanos nos revela a Dios en la condenación que ejerce sobre la
humanidad (cap. 2). El hombre, después de haber sido creado, cayó y se convirtió en
pecador, lo cual introdujo la condenación de parte de Dios.

Después de esto, Romanos nos presenta al Dios de la redención (cap. 3). La condenación
que Dios ejerce sobre el hombre revela que éste necesita ser salvo. Sin embargo, el justo
Dios, para poder salvar al hombre pecador, requiere que éste sea redimido.

A partir de la obra redentora, Dios es revelado en Su obra de justificación (caps. 3—4).


Dios es justo y de ninguna manera puede ser injusto. La muerte redentora de Cristo
cumplió y satisfizo los justos requisitos de Dios por nosotros los pecadores. Por lo tanto,
no solamente le proporciona a Dios la base justa sobre la cual justificar a todo aquel que
crea en la obra redentora de Cristo, sino que también obliga a Dios a cumplir dicha
justificación.

A continuación, vemos a Dios en Su obra de reconciliación (cap. 5). No sólo éramos


pecadores, sino también enemigos de Dios. La obra justificadora de Dios se basa en la
obra redentora de Cristo, y da por resultado la reconciliación. En ella, nos gozamos en
Dios y le disfrutamos en todo lo que Él es para nosotros.

Además de esto, Dios se revela a nosotros por medio de la identificación con Cristo (cap.
6). Dios no sólo nos reconcilió consigo mismo, sino también nos identificó con Cristo.
Nacimos en Adán, pero Dios nos trasladó de Adán a Cristo. En Romanos 6 Dios llegó a
ser el Dios de la identificación, habiendo ya realizado una gran obra para poder
hacernos uno con Él. Dios nos identificó consigo mismo en Cristo.

Romanos también nos muestra que podemos experimentar a Dios mediante la


santificación (caps. 6—8). Él nos ha hecho uno con Cristo de tal manera que podamos
ser santificados no sólo en cuanto a nuestra posición, sino también en nuestro propio
carácter, nuestro modo de ser. Así que, la identificación produce la santificación. En la
santificación, Él es el Dios que mora en nuestro espíritu. ¡El mismo Dios que nos creó,
redimió y justificó está ahora en nosotros! Él ya no solamente se relaciona con nosotros
de manera objetiva, sino también de manera subjetiva. Él ya no está solamente en los
cielos, tan lejos de nosotros; está ahora dentro de nuestro ser, en “nuestro espíritu”
(8:29-30).

El libro de Romanos también revela que Dios puede ser disfrutado por nosotros en la
glorificación (cap. 8). Nos conoció de antemano, nos predestinó, nos llamó y nos
justificó. Ahora nos santifica y en el futuro nos glorificará (vs. 29-30).

Además, Dios se nos revela aun más en Su amor, el cual asegura nuestro destino (vs. 31-
39). Mediante la justificación Él nos hizo partícipes de Su justicia; mediante la
santificación Él forja Su santidad dentro de nuestro ser; y en la glorificación Él nos
introducirá en Su gloria. Su amor es la garantía de todo esto.

Podemos también ver a Dios en Su obra de elección (caps. 9—11). Nosotros no le


elegimos a Él; por el contrario, Él nos eligió a nosotros. Su elección es nuestro destino;
al ser elegidos por Él, fuimos predestinados a participar de Él.

Al final, Dios es glorificado en el Cuerpo de Cristo (cap. 12). En este capítulo vemos que
Dios está en el Cuerpo. Aquí Él no es solamente Dios en el espíritu de los creyentes, sino
Dios en una entidad colectiva y corporativa.

Por último, Romanos nos revela que Dios es expresado en la vida de iglesia (cap. 16). El
Cuerpo de Cristo es espiritual y universal, y tiene que ser expresado prácticamente en
distintas localidades como iglesias. Dios es expresado en Cristo, Cristo es expresado en
Su Cuerpo, y el Cuerpo de Cristo es expresado en las iglesias. Cuando llegamos a
Romanos 16, descubrimos que Dios está en las iglesias locales. Por un lado, Dios se
encuentra en nuestro espíritu; pero por otro, Él está en todas las iglesias locales.

II. LA CONSUMACIÓN DE LA OBRA DE DIOS

En el capítulo 1 de Romanos encontramos la palabra creación, y en el capítulo 16


hallamos el término iglesias. Es muy fácil hablar de cómo Dios realizó la creación, a
saber: sólo habló la palabra, y la creación llegó a existir. Sin embargo, es difícil decir
cómo Él produjo las iglesias. Dios tuvo que realizar una obra en varias etapas como
parte de un largo proceso que incluyó: redención, justificación, reconciliación,
regeneración, santificación, transformación, conformación y glorificación. Como
resultado de este proceso, Dios formó las iglesias, las cuales son la cumbre, la
consumación, de la obra de Dios y de Su edificación. No hay nada más elevado que esto.
Por lo tanto, el libro de Romanos termina en el capítulo 16. En este capítulo la obra del
Señor alcanza su cima. Cuando leo Romanos 16, estoy satisfecho porque Él está
satisfecho. Debemos decirle a Dios: “Señor, Tú ya no puedes ir más allá, pues has
alcanzado la cumbre”. Con el establecimiento de las iglesias en Romanos 16, el Dios
eterno alcanzó la cumbre más alta de Su obra y está satisfecho con ello.

Los maestros cristianos en su gran parte dicen: “Miren hacia adelante, hacia el futuro.
Éste es un mundo maligno y esta era está en tinieblas. Por eso, debemos mirar adelante
y esperar en el futuro”. Sin embargo, ésta no es la actitud de Pablo en el libro de
Romanos. Si nosotros hubiéramos escrito Romanos, habríamos añadido otro capítulo en
el cual habríamos dicho: “Queridos hermanos, mirad la situación presente tan
deplorable. Debemos esperar en el futuro, en el día en que seamos arrebatados.
Entonces estaremos en los cielos”. No obstante, Pablo no habló de esta manera en
Romanos y debe haber tenido una razón por la cual no lo hizo. Aunque a los cristianos
les gusta soñar con un futuro en el cielo, Pablo sabía que lo que el Señor desea es que las
iglesias se manifiesten en la tierra. Nosotros miramos hacia el futuro, pero el Señor
desea primeramente que se practique la vida de iglesia en el presente. Pablo sabía que el
Señor estaba satisfecho con obtener iglesias locales sobre la tierra.

Si usted estudia todos los libros del Nuevo Testamento, descubrirá que ningún otro libro
aparte de Romanos termina con una melodía tal como la que encontramos en los
últimos tres versículos del capítulo 16 de este libro. Aunque algunos se refieren a estos
versículos como una doxología o bendición, yo prefiero llamarlos una melodía. Cuando
Pablo escribió estas palabras, estaba entusiasmado, contento y satisfecho. Ni siquiera el
libro de Apocalipsis concluye con semejante melodía. En Romanos 16 tenemos las
iglesias locales, y cuando tenemos éstas, tenemos lo suficiente para estar entusiasmados,
contentos y satisfechos. Una vez que tenemos las iglesias locales, ¿qué más necesitamos?
Después de que Pablo reveló la vida de iglesia, incluyendo muchas de las virtudes y
atributos de los santos queridos, él estuvo muy feliz y concluyó su epístola con una
melodía de alabanza.

Pablo concluyó ofreciendo sus alabanzas y diciendo: “Al que puede confirmaros según
mi evangelio, es decir, la proclamación de Jesucristo, según la revelación del misterio,
mantenido en silencio desde tiempos eternos” (16:25). No necesitamos nada más.
Simplemente necesitamos reconocer que Dios nos ha dado todo, y luego mantener lo
que ya tenemos. Pablo dijo que Dios puede confirmarnos según su evangelio, y no según
el evangelio de Marcos o Lucas. ¿Cuál es la diferencia entre los evangelios de Marcos o
Lucas y el evangelio de Pablo? En Marcos y Lucas tenemos la salvación, pero en ninguno
de ellos encontramos las iglesias. Sin embargo, el evangelio de Pablo incluye las iglesias
y presenta un cuadro de la vida de la iglesia local, mencionando a personas como Febe,
quien servía a la iglesia, y a Prisca y a Aquila, quienes arriesgaron sus propias vidas por
las iglesias. Nunca olvide que el evangelio de Pablo tiene dieciséis capítulos, y no ocho ni
doce.

Vuelvo a decir que Pablo estaba entusiasmado y satisfecho al final del libro de Romanos.
Dios empezó desde la creación y alcanzó la cumbre con las iglesias locales. Por lo tanto,
Romanos es un extracto de toda la Biblia. La Biblia empieza en Génesis con la creación y
concluye en Apocalipsis con la Nueva Jerusalén, la cual es el conjunto de todas las
iglesias locales y la consumación de toda la obra edificadora de Dios. Romanos concluye
con las iglesias locales, y la Biblia en conjunto concluye con la Nueva Jerusalén como la
totalidad de todas las iglesias locales. Ésta es la perspectiva desde el punto de vista de
Dios.

III. UNA PERSPECTIVA PRÁCTICA

Ahora debemos considerar la perspectiva desde nuestro lado. En el capítulo 1 vimos que
éramos pecadores y que ninguna cultura ni religión podía ayudarnos. Sin importar la
clase de personas que éramos, todos estábamos bajo la condenación de Dios. Nuestros
problemas empezaron a ser resueltos en el capítulo 3 con la redención que Cristo
efectuó. Luego vinieron la justificación, la reconciliación, la identificación, la
santificación, la conformación, y finalmente la glorificación. Después de esto, llegamos
al capítulo 12, donde nos encontramos en el Cuerpo de Cristo, en el proceso de
transformación. Hemos llegado a ser miembros del Cuerpo. Muchos cristianos están
satisfechos con la experiencia de Romanos 8; se conforman con ser santos y espirituales.
Sin embargo, otros van más allá y hablan acerca del Cuerpo según se revela en Romanos
12. No obstante, si uno les pregunta al respecto, descubrirá que muchos de ellos están
desilusionados y dicen: “Nosotros sabemos que sí existe el Cuerpo, pero no podemos
practicarlo. ¿Dónde está el Cuerpo? ¿Cómo podemos experimentarlo y practicarlo?”
Algunos cristianos usan las expresiones la vida del Cuerpo y el ministerio del Cuerpo,
pero lo que entienden por el ministerio del Cuerpo es que unas cuantas personas
ministran en lugar de un solo pastor. Ése es su concepto del ministerio del Cuerpo. Por
lo tanto, debo preguntarles: ¿Dónde está el Cuerpo? Muchos cristianos que buscan más
del Señor simplemente no pueden encontrarlo ni tienen la manera de ponerlo en
práctica.
La mayoría de los que hablan del Cuerpo presentado en Romanos 12, han descuidado la
práctica mostrada en Romanos 14. Sin embargo, es imposible tener la realidad del
capítulo 12 sin tener la práctica del capítulo 14. Sin Romanos 14 no podemos tener el
Cuerpo, porque sin la práctica de recibir a los creyentes revelada en dicho capítulo, los
cristianos permanecerán divididos por sus conceptos doctrinales. Las doctrinas dividen;
la vida une. La historia cristiana ha demostrado plenamente que ninguna doctrina
edifica; toda doctrina es facciosa. Sin importar si la doctrina es bíblica o no, correcta o
incorrecta, aun así divide al Cuerpo. El cristianismo ha sido cortado en miles de pedazos
por causa de tantas doctrinas diferentes. Sin excepción, cada doctrina ha producido una
secta o un grupo disidente. Debemos darnos cuenta de que no solamente las doctrinas
heréticas dividen, sino aun las doctrinas más correctas, sanas, fundamentales, bíblicas y
espirituales. Por lo tanto, no debemos dedicar nuestra atención a las doctrinas. En vez
de eso, deberíamos orar: “Señor, rescátanos de todos los conceptos doctrinales. Señor,
atráenos sólo a Ti. Tú eres nuestro único concepto; nuestro concepto es Cristo”. Cristo es
uno solo; las doctrinas son muchas; Cristo debe ser nuestro único concepto.

Esto fue lo que Pablo quiso decir cuando nos pidió ser de un mismo sentir según Cristo
Jesús (15:5). Los creyentes judíos en los tiempos antiguos observaban muchos
principios doctrinales. También muchos de los creyentes gentiles se adherían a ciertos
conceptos filosóficos. La historia eclesiástica nos muestra que durante los tiempos del
apóstol Pablo, el contexto religioso de los judíos y el trasfondo cultural de los gentiles
provocaron muchos problemas en la vida de iglesia. Aunque los judíos y los gentiles eran
creyentes genuinos del Señor Jesús, trajeron consigo sus conceptos de acuerdo con su
trasfondo y los introdujeron en la vida de iglesia. Los judíos trajeron consigo sus
creencias religiosas, y los gentiles, sus conceptos filosóficos. Algunos llamados creyentes
gentiles consideraron que su filosofía concordaba con muchas de las enseñanzas
bíblicas. Como resultado, a los santos les era difícil ser uno. Así que, Pablo les instó a
abandonar sus conceptos doctrinales por causa de la unidad. Pablo exhortó por igual a
los creyentes judíos y gentiles a que acudieran a Cristo, y que lo tomaran a Él como su
único concepto y como su vida. Pablo dijo a aquellos creyentes que Cristo era para
todos, tanto para los de la circuncisión como para los gentiles. Cristo es la raíz de Isaí, la
fuente de provisión para todos los judíos, como también Aquel que se levanta para
enseñorearse de los gentiles. Cristo rige a los gentiles con dulzura y gracia, trayéndoles
sanidad. Cristo abraza a ambos pueblos, a judíos y a gentiles, y los reúne en un solo
Cuerpo. De manera que debemos olvidar nuestro pasado, ya sea judío o gentil, nuestro
contexto, ya sea filosófico o religioso, y centrarnos en el Cristo que es nuestro concepto
único. No debemos tener nada, sólo a Cristo. Si alguien le preguntara acerca de su
filosofía, usted debe contestar: “No conozco ninguna filosofía; sólo conozco a Cristo”. Y
si alguien le pregunta acerca de su religión, debe responder: “No tengo ninguna religión;
sólo tengo a Cristo. Él es mi vida y mi todo”. Cristo es la raíz de Isaí y también el que
gobernará sobre los gentiles.

En el libro de Romanos vemos que el apóstol Pablo se había entregado completamente a


las iglesias. En 16:1 él recomendó a Febe, una diaconisa de la iglesia en Cencrea. La
primera recomendación hecha por Pablo tenía que ver con una hermana que servía en
una iglesia en particular. No debemos recomendar a ningún hermano que no esté
establecido en alguna iglesia local específica. No debemos decir: “Les recomiendo a la
hermana tal y tal, quien pertenece al Cuerpo de Cristo y quien anda viajando siempre
alrededor del mundo”. No dudo que tal hermana pertenezca al Cuerpo de Cristo, pero
¿dónde está su iglesia local? Una vez que sepa cuál es su iglesia, me gustaría saber qué
clase de hermana es en dicha localidad. ¿Se reúne solamente los domingos en la mañana
a recibir enseñanzas? ¿Es una hermana que sirve en la iglesia? ¿Cómo es su servicio en
la iglesia? La iglesia es muy práctica; no es solamente un término o una teoría. Por
tanto, debemos ser prácticos en la vida de iglesia y participar en una función definida en
nuestra iglesia local, tal como lo hacía la hermana Febe en la iglesia local de Cencrea.
Nosotros éramos pecadores bajo la condenación de Dios en el capítulo 1; pero mediante
el proceso presentado en los capítulos del 3 al 15, llegamos a ser los santos que
conforman las iglesias locales del capítulo 16. ¡Alabemos a Dios por Su obra de
redención, santificación, transformación y de edificación! Ésta es Su obra maestra en Su
mover.

IV. LAS ESTACIONES PRESENTADAS


EN EL LIBRO DE ROMANOS

En el libro de Romanos vemos varias estaciones. Muchos cristianos se detienen en la


estación de la justificación en Romanos 4. Otros han ido más adelante a la estación de la
santificación en el capítulo 8. Otros cristianos, quienes buscan más del Señor, han
avanzado aun más hasta el capítulo 12, una estación en la cual ellos hablan acerca del
Cuerpo pero carecen de la experiencia del Cuerpo. Así que, podemos llamar el capítulo
12 la estación de los que hablan acerca del Cuerpo. Si usted está contento con
permanecer en Romanos 12, no tendrá la experiencia verdadera y práctica del Cuerpo,
porque es únicamente en las iglesias locales que el Cuerpo llega a ser completamente
real. Si usted no está en ninguna iglesia local, no podrá tocar el Cuerpo. La palabra
Cuerpo simplemente será un término vacío para usted. Si quiere estar en el Cuerpo,
debe estar en una iglesia local. Por lo tanto, nuestra estación se encuentra en el capítulo
16, la última estación del libro de Romanos. ¿Dónde se encuentra usted? Hemos pasado
las estaciones de justificación y santificación, y la estación de hablar acerca del Cuerpo.
Alabado sea el Señor porque nos encontramos en la última estación, en las iglesias
locales, donde experimentamos la vida genuina del Cuerpo. Al permanecer y reposar en
esta estación, podemos unirnos a Pablo en su melodía final de alabanza.

V. UNA ADVERTENCIA EN CUANTO A LA DIVISIÓN

A pesar de todo lo expuesto, en Romanos 16, un capítulo que revela la máxima


consumación de la obra de Dios, Pablo habla de un asunto negativo, porque el enemigo
de Dios, Satanás, aún está aquí trabajando. “Ahora bien, os exhorto, hermanos, que os
fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la enseñanza que vosotros
habéis aprendido, y que os apartéis de ellos. Porque tales personas no sirven a nuestro
Señor Cristo, sino a sus propios vientres, y con suaves palabras y lisonjas engañan los
corazones de los ingenuos” (vs. 17-18). Mientras disfrutamos la vida de iglesia, debemos
estar alertas de aquellos que causan divisiones. En el versículo 17 Pablo hace referencia a
“la enseñanza”. ¿Qué es esta enseñanza? Es la enseñanza del apóstol, tal como en el libro
de Romanos. Cualquier discusión o disensión contraria a la enseñanza del apóstol es
divisiva, y debemos mantenernos alertas, con ojo vigilante en cuanto a ella. De acuerdo
con el versículo 17, debemos apartarnos de aquellos que causan divisiones y tropiezos en
contra de esta enseñanzas. Aun en los tiempos de Pablo existían problemas de división
causadas por los disidentes. Por lo tanto, debemos estar siempre alerta con aquellos. De
otra forma, la vida de iglesia podría ser perjudicada por las “suaves palabras y lisonjas”
de los disidentes que buscan engañar a los ingenuos. La mayoría de los que están en la
vida de iglesia son sencillos. Es imprescindible que seamos sencillos para vivir en la vida
de iglesia. Sin embargo, es posible que algunos se acerquen a usted con palabras suaves,
lisonjeros y elocuentes, buscando dividir la iglesia y hacer que usted tropiece. No piense
que usted no puede ser engañado; esté siempre alerta.

¿Cómo podemos discernir a aquellos que vienen a nosotros con palabras lisonjeras? Hay
una sola manera de hacerlo. Debemos preguntarnos si lo que dicen causará división. No
debemos aceptar nada que cause división, a pesar de cuán suaves y agradables puedan
parecernos las palabras. Debemos rechazar todo lo que sea contrario a la enseñanza del
libro de Romanos; debemos renunciar a ello enérgicamente. Además, debemos
alejarnos de aquellos que hablen de tal manera. Si Pablo hizo frente a esa clase de
dificultad en su tiempo, ciertamente la misma también ocurrirá en nuestro tiempo
debido a la sutileza del enemigo. Así que, mientras nos encontremos felices, animados y
alabando al Señor por la vida de iglesia, debemos mantener el ojo vigilante por causa de
aquellos que causan divisiones. No debemos dejarnos engañar por las palabras suaves
de los hombres, sino que debemos formularnos la pregunta: ¿Son estas palabras
contrarias a la enseñanza del apóstol; pueden causar división? Debemos prestar
atención a la advertencia que nos da el apóstol Pablo en el último capítulo de Romanos.
ESTUDIO-VIDA DE ROMANOS
MENSAJE TREINTA Y DOS

EL CONCEPTO BÁSICO DE ROMANOS

Ya abordamos el libro de Romanos de una manera general en los treinta y un mensajes


anteriores, pero todavía es necesario abarcar con más detalle varios puntos cruciales
relacionados con la vida. A partir de este mensaje estudiaremos estos puntos uno por
uno, dando énfasis no a la secuencia de los capítulos del libro de Romanos, sino a los
aspectos importantes de la vida divina. En este mensaje abordaremos algunos asuntos
básicos de los capítulos 5, 6, 7 y 8 de Romanos.

Sin embargo, antes de empezar a examinar dichos asuntos, quisiera decir algo acerca del
concepto básico de este libro. Romanos es un libro bastante largo, formado de dieciséis
capítulos. Indudablemente Pablo hizo lo posible por condensar en estos capítulos todo
lo relacionado con la salvación. En toda clase de literatura se puede encontrar el
pensamiento básico del cual depende toda la obra. Sucede lo mismo con el libro de
Romanos. Ya que Romanos es un libro extenso e incluye muchos puntos, para la
mayoría de los lectores es difícil descubrir cuál es el pensamiento básico.

EL PENSAMIENTO BÁSICO DEL LIBRO DE ROMANOS

Muchos creyentes dicen que el pensamiento básico del libro de Romanos es la


justificación por la fe, mientras que otros afirman que es la obra salvadora de Dios.
Estos puntos de vista no son incorrectos, pero tampoco son completamente adecuados.
El pensamiento básico de este libro es que Dios hace de los pecadores hijos Suyos con el
fin de formar con ellos un cuerpo para Cristo para que Él pueda ser expresado. Nosotros
los pecadores somos el material básico que Dios usa para producir muchos hijos para Sí
mismo. Pablo recibió una revelación acerca del plan eterno de Dios, Su propósito eterno.
El plan eterno de Dios es producir muchos hijos para Sí mismo al ser Él mismo la vida
de ellos. Esto significa que Dios se ha propuesto forjarse a Sí mismo como vida dentro
de muchos pecadores, a fin de que éstos lleguen a ser Sus muchos hijos después de
haber sido redimidos y salvos y de haber recibido Su vida. Todo pecador que ha nacido
de Dios y ha recibido Su vida, ha llegado a ser uno de Sus hijos (Jn. 1:12-13). Sin
embargo, aun esto no es la meta final del propósito de Dios. Dicha meta es edificar a
todos estos hijos, formando con ellos un solo Cuerpo que exprese a Cristo. Dios hace de
los pecadores hijos Suyos para formar con ellos el Cuerpo que ha de expresar a Cristo.
Esto es una declaración completa del concepto básico del libro de Romanos. Cuando
Pablo escribía este libro, este pensamiento estaba en lo más recóndito de su corazón y
espíritu, e incluso dicho pensamiento formaba la base para ello. Teniendo este concepto
como el contenido básico de Romanos, Pablo presentó en dieciséis capítulos muchos
detalles relacionados con ello. Al estudiar este libro, podemos ver que Dios opera para
que los pecadores sean hechos Sus hijos a fin de formar con ellos el Cuerpo que ha de
expresar a Cristo.

LAS SECCIONES PRINCIPALES

Ahora necesitamos considerar las secciones principales del libro de Romanos. De todos
los libros de la Biblia, Romanos tiene la mejor organización y, por eso, es fácil
subdividirlo. Está dividido en tres secciones principales: los capítulos del 1 al 8
componen la primera sección, los capítulos del 9 al 11, la segunda, y los capítulos del 12
al 16, la tercera. En este mensaje dejaremos a un lado por el momento la segunda
sección, y sólo consideraremos la primera y la última.

LA SALVACIÓN PERSONAL

La primera sección trata de la salvación personal de los individuos que creen en Cristo.
En otras palabras, esta sección sólo trata sobre la salvación personal; en ella no vemos el
Cuerpo. Tenemos los muchos hermanos de Cristo, pero no vemos los muchos miembros
del Cuerpo. En el capítulo 8 leemos acerca de los muchos hermanos del Primogénito (v.
29). Aunque los muchos hermanos son indudablemente los miembros del Cuerpo de
Cristo, el capítulo 8 no se refiere a ellos como miembros, sino como hermanos del Hijo
primogénito. En el capítulo 8 el concepto no ha avanzado aun lo suficiente para llegar al
tema del Cuerpo; al contrario, sigue siendo un asunto de la vida divina que produce los
muchos hijos. Así que, los muchos hijos no son llamados los muchos miembros del
Cuerpo de Cristo, sino los muchos hermanos del Hijo primogénito.

En el Nuevo Testamento el Hijo de Dios está relacionado con la vida. Si tenemos al Hijo
de Dios, tenemos la vida (1 Jn. 5:11-12). Si no tenemos al Hijo, no tenemos la vida.
Debido a que tenemos la vida divina, hemos llegado a ser hermanos del Hijo
primogénito. Ahora Dios no sólo tiene al único Hijo, el Unigénito, sino que también
tiene muchos hijos, los hermanos del Primogénito.

EL CUERPO, LA EXPRESIÓN DE CRISTO

La última sección de Romanos, del capítulo 12 al 16, trata del Cuerpo, esto es, de la vida
de iglesia. Los muchos hermanos mencionados en el capítulo 8 llegan a ser los
miembros del Cuerpo mencionados en el capítulo 12. Esto no es cuestión de vida, la cual
se trata plenamente en la primera sección, sino de función. El hecho de ser un hijo es
una cuestión de vida, pero el de ser un miembro del Cuerpo tiene que ver con nuestra
función. Todos debemos ejercer nuestras funciones juntamente como el Cuerpo para
expresar a Cristo.

El Cuerpo debe ser expresado de manera práctica en todas las iglesias locales. En otras
palabras, las iglesias locales son la expresión práctica del Cuerpo de Cristo. El Cuerpo de
Cristo es la expresión de Cristo mismo, y Cristo es la expresión de Dios. Dios es
expresado en Cristo, Cristo es expresado en el Cuerpo, y el Cuerpo es expresado en las
iglesias locales. Por lo tanto, en el capítulo 16 tenemos las iglesias: la iglesia que estaba
en Cencrea (v. 1); la iglesia que estaba en Roma, la cual se reunía en la casa de Prisca y
Aquila (vs. 3, 5); las iglesias de los gentiles (v. 4); y las iglesias de Cristo (v. 16). Nosotros
ahora estamos en las iglesias. ¡Aleluya! El Cuerpo está en las iglesias, Cristo está en el
Cuerpo, y Dios está en Cristo. ¡Cuán maravilloso es esto! Si vemos esto, entonces vemos
el concepto básico de este libro.

Este asunto merece toda nuestra atención. La primera sección de Romanos trata sobre
la salvación personal, y la última abarca el Cuerpo, el cual no tiene que ver con la
salvación del individuo, sino con la función corporativa. La primera sección trata sobre
la salvación del individuo, y la última, sobre la función corporativa. Esta función
corporativa es el Cuerpo, el cual se expresa como iglesias locales en cientos y aun miles
de localidades. Ésta es la razón por la cual Pablo escribió el capítulo 16 de una manera
tan maravillosa, es decir, conforme a la experiencia práctica por medio de saludos, y no
conforme a la doctrina. Por medio de estos saludos, Pablo abrió una ventana por la cual
podemos observar las iglesias del pr