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“Una Túnica Sin Costura”

«Cuando los soldados hubieron crucificado a


Jesús, tomaron sus vestidos, e hicieron
cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron
también su túnica, la cual era sin costura,
de un solo tejido de arriba abajo. Entonces
dijeron entre sí: No la partamos, sino
echemos suertes sobre ella, a ver de quién
será. Esto fue para que se cumpliese la
Escritura, que dice: Repartieron entre sí mis
vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes. Y
así lo hicieron los soldados» (Juan 19:23,
24).

Los cuatro autores de


los evangelios
mencionaron que el
cuaternario (composición
de cuatro hombres) de
soldados que tuvieron la
responsabilidad de
crucificar a Jesús se
repartieron Sus efectos
entre sí (Mateo 27:35,
36; Marcos 15:24; Lucas
23:34; Juan 19:23, 24).
El evangelio de Juan
suministra más
información acerca de este hecho que los otros tres
evangelios. Juan habla de cómo los soldados se
repartieron la ropa de Jesús, explica por qué se
echaron suertes y dice que la profecía de Salmos 22:18
se cumplió por lo sucedido. Los otros evangelios
únicamente dicen que se echaron suertes y Sus vestidos
se repartieron entre los soldados.

Los soldados a los que se les encomendaba la


espantosa tarea de la ejecución de los condenados se
les concedían el derecho de tomar cualquier ropa o
artículos que las víctimas tenían en el momento de su
ejecución. Aunque no se asevera explícitamente en las
Escrituras, a la luz de las costumbres y cultura de
los tiempos, es razonable creer que Jesús llegó al
Gólgota llevando cinco artículos de vestimenta. Su
vestimenta exterior consistía de cuatro piezas de
ropa, porque el manto de escarlata había sido retirado
después del último período de burla, cuando los
soldados le pusieron a Jesús los vestidos que llevaba
en el momento de Su arresto (vea Mateo 27:31). Por lo
tanto, en el Gólgota, llevaba un turbante, Su
cinturón, un manto y las sandalias. Su ropa interior
consistía de una túnica sin costura y de una sola
pieza. Se ha supuesto que María, Su madre, le había
hecho la túnica y se la había dado poco antes de los
juicios a los que fue sometido.

Los soldados no tuvieron problema al repartirse las


cuatro prendas externas que llevaba. Cada uno escogió
la pieza que quería y eso fue todo. La manera en la
que Mateo, Marcos y Lucas describen la escena no
aprueba ni desaprueba que los soldados echaran suertes
por cada pieza de las vestimentas externas. Las piezas
no habrían tenido igual valor, sin embargo, su
repartición no parece haber presentado ninguna
dificultad para los soldados.

Sin embargo, la túnica era otro asunto. Al ser una


extraordinaria pieza, tejida de arriba a abajo, les
presentó dos problemas a los soldados. En primer
lugar, era sin costuras. ¿Cómo podía cada uno de los
cuatro hombres tener una parte de ella? No podían
dividirla de acuerdo a las costuras, ya que no tenía
ninguna. En segundo lugar, si era cortada en pedazos,
se arruinaría. Según Juan, los soldados resolvieron su
dilema al aceptar echar suertes por ella. De esta
manera, el que ganaba el sorteo recibiría toda la
túnica, intacta y sin estropear.

Juan escribió que cuando los soldados miraron la


túnica sin costura y notaron su belleza y rareza,
dijeron entre sí: «No la partamos, sino echemos
suertes sobre ella, a ver de quién será» (Juan
19:24a). Después de decidir cómo determinarían quién
se quedaría con la túnica, procedieron a echar suertes
por ella. El hecho de que echaran suertes era una
nimiedad, un hecho intrascendente para los soldados.
Para Juan, era de gran importancia. Vio en ello un
importante cumplimiento de una profecía
antiguotestamentaria. Declaró mediante la inspiración
del Espíritu Santo que sucedió «para que se cumpliese
la Escritura» (Juan 19:24). Para aclarar y enfatizar
aun más la profecía que se había cumplido en las
acciones de los soldados, citó textualmente de la
versión Septuaginta (LXX) de las Escrituras
antiguotestamentarias, que dice: «Repartieron entre sí
mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes». Juan
se refiere a todos los detalles de la profecía,
excepto su ubicación en el Antiguo Testamento, en -
Salmos 22. Es el versículo 18 del descriptivo salmo.
Debemos tener cuidado de no pasar por alto este
detalle (aparentemente sin importancia) de la
crucifixión. Nos ayuda a obtener una comprensión de
todo el ámbito de la profecía divina.

1) Nos recuerda nuevamente de la exactitud de la


profecía divina. El estudiante de las Escrituras
identifica fácilmente dos tipos de profecías. La
primera es la profecía de nombre—una profecía en la
que el nombre de una persona o lugar constituye la
parte central de la predicción. Hay un ejemplo en
Miqueas 5:2, donde Miqueas predijo que la ciudad de
Belén sería el lugar de nacimiento del Mesías. Los que
estudiaron cuidadosamente las Escrituras del Antiguo
Testamento en el siglo primero reconocieron la
profecía y su cumplimiento. Cuando Herodes les
preguntó, los principales de los sacerdotes y los
escribas señalaron a Belén como el lugar de nacimiento
del Mesías (Mateo 2:4—6). Herodes les dio esta
información a los sabios, quienes a su vez, actuaron
basados en la información. Partieron hacia Belén,
encontraron al niño Jesús y le adoraron.

El segundo tipo de profecía es la profecía


específica. También es fácil de reconocer. Este tipo
de profecía contiene dos o más detalles específicos,
pese a que no contiene ningún nombre. Sus múltiples
detalles tienen que estar presentes en su cumplimiento
para que podamos decir que la profecía en realidad ha
sucedido. La profecía de David de Salmos 22, a la que
se refiere Juan, pertenece a esta segunda categoría.
Es una profecía que contiene al menos dos detalles
específicos. En primer lugar, David dijo: «Repartieron
entre sí mis vestidos». Según Juan, esta parte de la
profecía tenía que ver con los cuatro artículos de Su
vestimenta exterior, el turbante, el cinto, el manto y
las sandalias. En segundo lugar, David dijo: «Y sobre
mi ropa echaron suertes». Juan dijo que esta parte de
la profecía tenía que ver con la vestimenta interior
sin costuras. Debido a que los soldados no pudieron
dividirla, echaron suertes sobre ella para determinar
quién se la dejaba.

Si la profecía de David fue concebida como un


paralelismo sinónimo, entonces la idea de la primera
línea de la profecía se repite en la segunda línea,
con diferentes palabras. Si fue escrita como un
paralelismo sintético, entonces la segunda línea añade
una nueva idea a la primera línea. Independientemente
del tipo de paralelismo que usó el poeta, fueron
definitivamente anunciadas dos ideas, a saber: la
repartición de la vestimenta de Jesús y el sorteo de
Su vestimenta.

En Salmos 22, David describió vívidamente en su


oración una gran prueba por la que pasaba. Oraba a
Dios con respecto a Su difícil situación. Imaginó su
situación en un lenguaje elevado e hiperbólico— con un
énfasis exagerado—sin embargo, el Espíritu Santo usó
la descripción como una profecía literal con respecto
a la muerte de Jesús. La imagen de las circunstancias
extremas y violentas de David prefiguró la crucifixión
de Jesús. Nuestro Señor experimentó literalmente lo
que en sentido figurado David imaginó que estaba
experimentando. Al estudiar cuidadosamente esta
profecía, no podemos obviar el hecho de que Salmos
22:18 fue cumplido enteramente en la muerte de Jesús.

2) Esta profecía también declara el carácter ordinario


de la profecía divina. Muestra la característica de lo
terrenal que a veces está presente en el cumplimiento
de las predicciones de Dios. Este a menudo escoge usar
las labores cotidianas, las actividades no
planificadas y ordinarias de las personas, como el
escenario y los eventos mediante los cuales se cumplen
Sus profecías. Estos soldados—sin tener idea de que
eran parte de los designios de Dios— continuaron con
su labor normal a la hora de realizar una ejecución.
Lo que hacían era rutina para ellos. Tal vez,
bromearon acerca de lo que cada quien se dejó cuando
se repartieron las vestimentas externas. Cuando vieron
la vestimenta interior sin costuras, pausaron para
notar su belleza; aparte de eso, lo demás transcurrió
normalmente. Después de decidir qué hacer con la
túnica, la sortearon y fue entregada al ganador. Estos
hombres no se daban cuenta que estaban cumpliendo una
profecía hecha tal vez mil años atrás. No sabían que
sus acciones habían sido escritas por David como parte
del registro divino, ni que demostraban que Dios tiene
el dominio de todo con el fin de cumplir Su voluntad.

Dios usa a Sus siervos, a personas de notoriedad y


a veces eventos nacionales para confirmar Sus
propósitos eternos. Como vemos en este episodio abajo
de la cruz, también puede dar a conocer Sus grandes
evidencias mediante las actividades ordinarias y
cotidianas de hombres desconocidos.

3) Esta profecía declara la riqueza de las Escrituras


divinas. ¡Cuán completa y robusta es la profecía
divina! La evidencia de la profecía cumplida aporta
seguridad y confianza en la integridad de Dios y de
las Escrituras. Joseph P. Free, en su libro
Archaeology and Bible History (1) (Arqueología e
Historia de la Biblia) citó a Canon Liddon, el cual
dijo que hay 332 profecías distintas en el Antiguo
Testamento que han sido literalmente cumplidas en
Cristo. En lo que respecta a la muerte de Jesús, estas
profecías dijeron con quiénes sería crucificado
(Isaías 53:9), cuándo sería crucificado (Daniel 9:25,
26), los detalles minuciosos de Su muerte (Salmos
22:18), el espíritu que manifestaría en Su muerte
(Isaías 53.7) y el propósito de Su crucifixión (Isaías
53:4,5). También aludió a Su resurrección (vea Salmos
16:9). El meditar en estas profecías y en sus
cumplimientos reafirma nuestra fe y confirma la
fiabilidad de las promesas de Dios.

Floyd E. Hamilton declaró en sus días que «la


probabilidad matemática de que todas estas [332
predicciones] se cumplieran, sería representada por
una fracción en la que el uno es el numerador y
ochenta y cuatro seguido de noventa y siete ceros es
el denominador».2 En otras palabras, ya que Jesús
cumplió todas estas profecías, es absurdo pensar que
Él podía ser alguien que no fuera el Cristo. Dios no
solamente nos ha dado pruebas, sino que nos ha dado
pruebas abundantes y sustanciales de que Jesucristo es
Su Hijo.

(2) Floyd E. Hamilton, The Basis of Christian Faith


(Los fundamentos de lafe cristiana), 3 rey. ed. (New
York: Harper & Brothers, 1946), 156—57.

No debe escapar a nuestra atención la repercusión


que tiene este pequeño evento del reparto de las
vestimentas de Jesús al pie de la cruz. En el contexto
de la muerte de Su Hijo en el Calvario, mediante este
cumplimiento de la profecía, Dios estaba diciendo:
«Todos los que pasan ante esta escena deben mirar,
escuchar y prestar atención—pues algo está ocurriendo
en este lugar que sobrepasa todos los acontecimientos
de la historia y todos los eventos del futuro. En este
lugar, ante los ojos del mundo, ¡el segundo miembro de
la Deidad está muriendo por los pecados de la raza
humana!».

La profecía específica, aproximadamente de 1000 a.


C., dice: «Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre
mi ropa echaron suertes» (Salmos 22:18). El
cumplimiento específico, del año 33 d. C., es el
siguiente: «Entonces dijeron entre sí: No la partamos,
sino echemos suertes sobre ella, a ver de quién será.
Esto fue para que se cumpliese la Escritura, que dice:
Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa
echaron suertes» (Juan 19:23, 24).

Suplemento: «GRACIA SOBRE GRACIA»

La misericordia de Dios estuvo presente en los


tiempos del Antiguo Testamento, sin embargo, fue
clarificada y completada por medio de la vida, muerte
y resurrección de Jesús. Con el velo habiendo sido
levantado por el sacrificio de Jesús, podemos ver el
gran plan que Dios tiene para todos los tiempos. (Vea
Hebreos 9:15; Romanos 3:25,26.) Juan hizo hincapié en
esta verdad cuando dijo: «Porque de su plenitud
tomamos todos, y gracia sobre gracia» (Juan 1:16).

Una gracia salvadora. Su gracia nos ha redimido de


nuestros antiguos pecados (Romanos 3:24). Como
personas salvas, hemos sido limpiados de nuestros
pecados y llevados a una relación correcta con el Dios
que nos hizo.

Una gracia sustentadora. Nos da una gracia


sustentadora diaria a fin de mantenernos salvos (ver
1ª Juan 1:7). Seguimos en una relación de salvación
ante Dios por medio de amarle y obedecerle (1ª Juan
5:2), de creer en Jesús (la Juan 4.15), de confesar
nuestros pecados (1ª Juan 1:8,9) y de amar a los
hermanos (1ª Juan 3:14). En Su misericordia, Dios nos
limpia continuamente. Por medio de Su elección y la
nuestra, Su gracia nos mantiene dentro de los límites
de Su salvación. Él se aferra a nosotros y nosotros
nos aferramos a Él.

Una gracia que nos fortalece. Nos da el


fortalecimiento de la gracia a fin de que superemos
nuestras pruebas. Nos faculta para que les hagamos
frente a las dificultades y a las luchas que nos
sobrevienen. Dios no quitó el aguijón en la carne de
Pablo, sin embargo, le dio la gracia para que lo
soportara (vea 2ª Corintios 12:7—10).

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