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Enrique Plasencia de la Parra

Historia y organización de las fuerzas


armadas en México, 1917-1937
México
Universidad Nacional Autónoma de México,
Instituto de Investigaciones Históricas.
2010
416 p.
(Serie Historia Moderna y Contemporánea, 52)
ISBN 978-607-02-2092-0

Formato: PDF
Publicado en línea: 23 marzo 2015
Disponible en:
http://www.historicas.unam.mx/publicaciones/publicadigital/libros
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I. ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS

Del ejército constitucionalista al ejército nacional

Francisco I. Madero inició la Revolución mexicana y en poco tiempo


logró derrocar al general Porfirio Díaz. El ejército revolucionario se
formó al calor de la lucha, no tenía un mando unificado y los grados
se otorgaban al criterio de los jefes maderistas. Pocos de ellos eran mi-
litares de profesión. Al concluir la lucha, Madero disolvió esa fuerza
para conservar la estructura, el funcionamiento y el personal castrense
del porfirismo: el llamado ejército federal. El golpe de Estado que dio
uno de los militares de ese ejército, el general Victoriano Huerta, que
culminó con los asesinatos del presidente Madero y del vicepresidente
José María Pino Suárez, para muchos fue la constatación de que con esa
institución el país estaba más cerca de la restauración porfirista que de
los ideales políticos y sociales de la Revolución. Es por ello que el go-
bernador de Coahuila, Venustiano Carranza, al lanzar el Plan de Gua-
dalupe que desconocía al gobierno de Huerta, inició la formación del
ejército constitucionalista. Es importante señalar que la fecha que se
considera como el acta de nacimiento del ejército actual es la del 19 de
febrero de 1913, cuando el congreso de Coahuila desconoció a Huerta
y otorgó facultades extraordinarias a Carranza con el fin de que “pro-
ceda a armar fuerzas para coadyuvar al sostenimiento del orden cons-
titucional de la República”. Actualmente, el Día del Ejército se celebra
aún cada 19 de febrero. La fecha de este decreto precede al Plan de
Guadalupe (26 de marzo) e, incluso, al momento de los asesinatos
del presidente y vicepresidente. Carranza nunca quiso otorgarse a sí
mismo un grado militar, pero en su carácter de Primer Jefe del Ejército
Constitucionalista era la más alta autoridad de aquel ejército. Creía
firmemente que el poder militar debía subordinarse al poder civil, lo
cual fue relativamente más fácil en la época de la lucha contra Huerta
porque había un enemigo y causa comunes. Carranza había dividido
su ejército en tres grandes bloques por cuestiones operativas, pero tam-
bién por la influencia de tres grandes caudillos —ninguno militar de


 Decreto citado en Jesús de León Toral et al., El ejército y fuerza aérea mexicanos, v. 2,
México, Secretaría de la Defensa Nacional, 1979, p. 363.
12 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

profesión— que las comandaban: Álvaro Obregón, que estaba al frente


del Cuerpo de Ejército del Noroeste, Francisco Villa, de la División del
Norte, y Pablo González, del Cuerpo de Ejército del Noreste. Cuando
Huerta fue derrocado, el ejército federal se rindió incondicionalmente.
Por los Tratados de Teoloyucan (14 de agosto de 1914) se disolvió el
ejército federal. Carranza no repitió el error de Madero. Los jefes y
oficiales de ese ejército quedaron a disposición del Primer Jefe para que
éste decidiera su reacomodo en el ejército revolucionario o los diera de
baja. Ya sin un enemigo común, empezaron las disputas entre las fac-
ciones vencedoras. Villa se enfrentó a Carranza, quien tuvo como alia-
dos a Obregón y a González. Aquél derrotó a Villa y así fortaleció el
poder del constitucionalismo.
En diciembre de 1916 el Congreso Constituyente inició las discusio-
nes relacionadas con la nueva Carta Magna del país. De los 221 diputa-
dos electos sólo 45 eran militares y quedaron excluidos de formar parte
del congreso quienes habían sido federales o villistas. Se ha dicho que
la Constitución tiene aspectos antimilitaristas, en gran parte debido al
asesinato de Madero. El artículo 82 excluía, para llegar a la presidencia,
a toda persona que en el pasado hubiera participado en una rebelión o
cuartelazo contra el gobierno. Esta restricción fue eliminada en 1927.
Los artículos que tratan sobre las fuerzas armadas fueron poco discuti-
dos, excepto el número 13 que establecía tribunales especiales para de-
litos militares. Algunos consideraron que esto representaba la supervi-
vencia del fuero de Guerra del siglo xix; el general Francisco J. Múgica
defendió la existencia de los tribunales militares y finalmente se estable-
ció una importante salvedad: esos tribunales no podían extender su ju-
risdicción a personas que no pertenecieran al ejército, y conocerían sólo
los casos en contra de la disciplina militar. El nombramiento de puestos
militares quedó en manos del Ejecutivo, facultad indispensable del pro-
yecto civilista y presidencialista de Carranza. Otros artículos relaciona-
dos con la milicia se limitaban a asuntos y principios que se encontraban
en la mayoría de las constituciones modernas de otros países.
En ese tiempo Obregón estuvo al frente de la Secretaría de Guerra
y desde ahí comenzó una tímida reforma no exenta de medidas impor-
tantes. Una de ellas fue la desaparición de grandes cuerpos de ejército:
el Cuerpo de Ejército del Noroeste que comandó el propio Obregón; el


 Edwin Lieuwen, Mexican militarism. The political rise and fall of the revolutionary army,
Albuquerque, University of New Mexico Press, 1968, p. 44.

 Para las discusiones sobre los artículos que tienen que ver con asuntos militares, véa-
se Juan de Dios Bojórquez, Crónica del Constituyente, México, 1938. Para la discusión del mi-
litarismo en el Congreso Constituyente y en el proyecto de Carranza, véase Félix F. Palavici-
ni, Historia de la Constitución de 1917, 2 v., México, 1938.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 13

de Oriente, de Pablo González; el del Sureste, de Salvador Alvarado y


el del Noreste, de Jacinto B. Treviño. Ese tipo de unidades había sido
apropiado para las campañas contra el huertismo y el villismo, pero la
nueva situación del país —con núcleos rebeldes de importancia, aun-
que más delimitados en distintas regiones del territorio— hacía más
conveniente una organización con unidades más pequeñas. Además,
dejarlas tal como estaban era la mejor manera de que se repitiera el
fenómeno de la División del Norte de Villa. Se creó también la Legión
de Honor para aquellos oficiales (de tenientes a capitanes) que volun-
tariamente se retiraran del servicio activo. También se planeó un me-
canismo para que a todos los oficiales y jefes les fueran revisados sus
méritos militares con el fin de determinar si merecían los grados que
ostentaban. Una instancia técnica, la Comisión Revisora de Hojas de
Servicio, se encargaría de esto. Lo anterior era una medida indispensa-
ble para un ejército que estaba tan alejado del profesionalismo, con
tantos jefes y oficiales que tenían grados pero muchas veces carecían
de méritos o de una forma para demostrarlos.
El paso del régimen preconstitucional del Primer Jefe al constitucio-
nal del Presidente de la República tuvo sus repercusiones en el ejército.
Una de las más importantes fue la renuncia de Obregón como secretario
de Guerra y Marina (1 de mayo de 1917). Otra fue que algunas disposi-
ciones de la Carta Magna obligaban a hacer cambios: el artículo 129
suprimía las comandancias militares, las cuales tenían facultades muy
amplias y, por tanto, favorecían el poder excesivo de sus comandantes,
y se sustituyeron por jefaturas de Operaciones Militares. La Constitu-
ción también creaba la Guardia Nacional que nunca se formalizó.
Una medida de gran trascendencia fue la organización del Depar-
tamento de Establecimientos Fabriles y Aprovisionamientos Militares,
con el propósito de que México fuera autosuficiente en la producción
de armamento y equipo castrenses. Es evidente que la meta era muy
ambiciosa, de ahí que nunca se cumpliera en los años tratados en esta
investigación (ni en los no tratados, por cierto). Pero la experiencia de
la lucha constitucionalista justificaba esa meta. Las fuerzas revolucio-
narias se habían abastecido de armas en Estados Unidos a través del
contrabando, puesto que existía una prohibición del gobierno norte-
americano para vender armas a los rebeldes antihuertistas. El mismo
año en que se levantó la prohibición (1914), la armada estadounidense
ocupaba Veracruz. Cuando los norteamericanos se fueron, Carranza se


 Edwin Lieuwen, Mexican militarism..., p. 45.

 Álvaro Matute, “Del ejército constitucionalista al ejército nacional”, Estudios de Histo-
ria Moderna y Contemporánea de México, v. vi, 1977, p. 162.
14 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

enfrentó a un nuevo problema militar: el villismo. De nuevo la suerte


no le favoreció, pues la Primera Guerra Mundial cerró las fuentes de
aprovisionamiento europeas y encareció las estadounidenses. Con el
reconocimiento del gobierno de facto las cosas parecían mejorar, pero
en 1916 Villa atacó Columbus, Nuevo México, lo que derivó en la ex-
pedición punitiva y de nuevo tensó las relaciones entre ambos gobier-
nos; al retirarse el general Pershing, debido a que su país le había de-
clarado la guerra a Alemania, el gobierno de Carranza fue acusado de
germanófilo; el escándalo por el telegrama Zimmermann cerró de nue-
vo la frontera a la importación de armas desde Estados Unidos. El
nacionalismo de Carranza no sólo era discursivo, se tradujo en acciones,
como la creación de los Establecimientos Fabriles, para armar lo mejor
posible a un ejército del cual dependía para sobrevivir como gobierno
y como proyecto político.
La educación de los oficiales fue una preocupación constante de los
gobiernos surgidos durante la Revolución. Si se quería diferenciar al
ejército constitucionalista-nacional del federal-porfirista, se tenía que
crear un nuevo espíritu entre los mandos. Tanto los rangos altos como
los bajos carecían de una preparación militar adecuada, la mayoría era
meramente empírica. Se creía que la corrupción de los jefes y oficiales
se debía a la falta de educación. Por ello se creó la Academia de Estado
Mayor, en 1916, que funcionó efímeramente ya que en febrero de 1920
se reabrió el Colegio Militar, que había sido clausurado como parte de
los Tratados de Teoloyucan.
Uno de los mayores obstáculos a los que se enfrentó Carranza fue
la necesidad de disminuir los efectivos del ejército. Para 1917, el 69.6%
del presupuesto ejercido de todo el gobierno fue para gastos militares.
Aunque al final del gobierno bajó a 48.4%, este porcentaje aún era muy
alto. Si tenemos en cuenta las grandes necesidades del país y el espíri-
tu civilista del régimen, estos datos parecen desproporcionados. La
respuesta la encontramos en el gran número de efectivos del ejército
después de la derrota del villismo (1915-1916). Estas campañas militares
fueron las más importantes de la Revolución, en lo que se refiere a
soldados desplegados en ambos bandos y al armamento y el parque
utilizados. Como no existía una organización centralizada del Ejército
Constitucionalista, cuando menos una que funcionara bien, las decisiones
relativas a la disminución de efectivos tenían que ser negociadas con


 En dicho telegrama el gobierno del káiser proponía una alianza entre Alemania y
México en contra de Estados Unidos para recuperar los territorios perdidos en 1847. Luis
Cabrera, Obras Completas. V. 3. Obra política, México, Oasis, 1975, p. 466-468.

 James W. Wilkie, La Revolución mexicana (1910-1976). Gasto federal y cambio social, Méxi-
co, Fondo de Cultura Económica, 1978, p. 135.
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muchos jefes improvisados, auténticos caudillos locales. El gobierno ca-


rrancista comenzó a otorgar haciendas a varios generales para su usu-
fructo a cambio de la desmovilización de sus fuerzas; de tal manera, poco
a poco esos generales tomaron el papel de los hacendados, contra los
cuales supuestamente había luchado la Revolución, y sus soldados se
convirtieron en los peones de esta nueva generación de terratenientes.
También se concedieron grados a diferentes jefes, a condición de que
disminuyeran sus efectivos. Un grave problema en el tránsito del ejército
constitucionalista al nacional fue que, debido a la guerra, el costo de la
vida aumentó desmesuradamente; por eso los mandos del constituciona-
lismo se veían obligados a dar ascensos no por méritos militares ni por
lealtad al jefe, sino para compensar a una oficialidad a la que no le alcan-
zaban sus haberes para subsistir. Las formas de corrupción eran infinitas;
sin duda la más común era la existencia de plazas supuestas, es decir, que
un general decía tener, por ejemplo, 500 efectivos y en realidad sólo con-
taba con 300, y los haberes de los 200 se los embolsaba el jefe. Aunque los
sonorenses fomentaron la idea de que el ejército carrancista era profun-
damente corrupto, las prácticas pervivieron y algunas se sofisticaron.
Una de las principales razónes para tener fuerzas armadas con un
número enorme de efectivos fueron los numerosos y variados movi-
mientos rebeldes que, en su mayoría, se unieron al obregonismo en
1920. El combate a esos movimientos hacía muy difícil la disminución
de efectivos ya que, además de ser necesarios, existía el peligro de que,
si se les daba de baja, pasaran a engrosar las filas villistas, felicistas,
zapatistas, pelaecistas, entre otras. La paga puntual a la tropa no era
sólo una cuestión de buen orden administrativo, también tenía impli-
caciones estratégicas. En 1917, el ejército tenía 125 823 soldados, 17 552
oficiales, 2 638 coroneles, 138 generales brigadieres, 55 generales de
brigada y 11 generales de división. Al año siguiente se redujo un poco
la tropa: a 118 425.
Un tema que vale la pena resaltar, más por su importancia simbó-
lica que por el poder real que representó, fue el pacto entre el constitu-
cionalismo y la Casa del Obrero Mundial, organización de carácter
anarcosindicalista; con el patrocinio de Obregón, en 1915 se crearon
batallones de obreros llamados Batallones Rojos. Aunque después Ca-
rranza los disolvió, puede decirse que fueron el antecedente de la alian-
za de Obregón y Calles con la Confederación Regional Obrera Mexica-
na de Luis N. Morones y, por tanto, marcó la ruta hacia un régimen
corporativo; también su recuerdo fomentó el discurso posrevoluciona-
rio sobre la alianza de esos gobiernos con las clases proletarias al resaltar


 Álvaro Matute, “Del ejército...”, p. 162-164.
16 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

la similitud entre soldados, obreros y campesinos, por tener las tres un


origen popular.

Pacificación en metálico

Como hemos podido apreciar, el ejército que formó Carranza fue en


gran parte hijo de la improvisación, a pesar de los deseos del Primer
Jefe por darle un orden y una organización rigurosa y, sobre todo, del
afán por controlar a sus principales jefes. Al transformarse en ejército
nacional —el nombre escogido tenía la finalidad de diferenciarlo del
porfirista, por ello no se utilizó la palabra federal—, poco fue lo que
cambió más allá del nombre. Pero renombrarlo tenía gran relevancia
puesto que se entendía que pasaba de ser un ejército revolucionario,
transitorio por la situación del país, a uno profesional. Ya había un
presidente electo democráticamente y una nueva constitución. Todo
ello hacía pensar que se pasaba de un ejército de guerra a uno de paz;
era una percepción generalizada, aunque no necesariamente acorde con
la realidad. Esta creencia tuvo un sustento muy importante después de
1920: la mayoría de los grupos anticarrancistas se adhirieron al cuarte-
lazo de Agua Prieta que, al triunfar, dejaba la sensación de una “unifi-
cación revolucionaria” en torno a los sonorenses. Muchos podían sos-
pechar de la precariedad de esa unificación, pues ya había sucedido
que después del triunfo sobre un enemigo común (Huerta) llegaran las
diferencias y los pleitos entre los vencedores. Mantener esa unificación
era difícil puesto que esos movimientos tenían reivindicaciones muy
diferentes: los serranos oaxaqueños deseaban la restitución de la Cons-
titución de 1857, los zapatistas un reparto agrario inmediato y otros
tenían un claro carácter personalista, como el caso de los pelaecistas.
En 1920, después del triunfo sobre Carranza, el ejército era un conglo-
merado de gente armada bajo la dirección de un caudillo. La tarea titá-
nica consistía en darle unificación de mando, controlar a los distintos
caudillos y hacer sentir a cada soldado que su deber y lealtad se la
debían a la nación, en particular al presidente de la República.
A diferencia de Carranza, civilista intransigente, que creía que la
mejor forma de combatir el caudillismo era con la fuerza de las armas,
los sonorenses recurrieron a la negociación, no exenta de amenazas
para quien se negara a ella. Este método costaba menos en vidas y re-
cursos, pero mantenía intacto el caudillismo y, de hecho, lo fomentaba.
El más famoso logro de la presidencia provisional de Adolfo de la
Huerta fue la rendición de Pancho Villa, a quien se le concedió la ha-
cienda de Canutillo, en Durango, para él y 50 de sus hombres, a los que
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 17

la Secretaría de Guerra les pagaría sus haberes por un año. La hacienda


costó al erario $800 000.00. La idea era que funcionara, más que como
hacienda, como colonia militar. Saturnino Cedillo, en Ciudad del Maíz
(San Luis Potosí), fue el paradigma del caudillo revolucionario que con-
solidó y aumentó su poder a través de las colonias agrícolas militares.
Cedillo era uno de tantos jefes rebeldes anticarrancistas; en 1920 se ad-
hirió a los sonorenses, se le reconoció su grado de general brigadier y se
le permitió formar colonias militares con sus soldados, que así volvían
a ser campesinos. De esta forma se afianzaba la relación clientelar, pues
era él quien conseguía las semillas y los útiles de labranza, así como
había conseguido los máuser y los cartuchos. Las autoridades federales
daban a Cedillo mucha libertad de hacer y deshacer, y cuando éstas
requerían su apoyo armado él no lo regateaba.10
Otro de los jefes rebeldes más importantes, que tenía su mayor
fuerza en Veracruz, Félix Díaz, también negoció su salida hacia el ex-
tranjero a cambio de dinero. Sin embargo, aquí la situación fue dife-
rente ya que el gobierno de De la Huerta logró su captura y, cuando
éste se negó a dejar el país, se le puso en un barco rumbo al exilio.
Destacados felicistas y ex felicistas, unos al ver la suerte de su jefe y
otros por oportunismo, se rindieron y pudieron seguir la carrera de las
armas a pesar de que algunos habían sido generales del ejército fede-
ral, como fue el caso de los hermanos Clemente y Pedro Gabay, así
como de Luis Medina Barrón; otro ex felicista que se unió a los sono-
renses fue Juan Andreu Almazán.
Los grupos rebeldes anticarrancistas que se unieron al Plan de Agua
Prieta eran, por naturaleza, los principales candidatos a ser licenciados
con el fin de disminuir los efectivos del ejército.

La Secretaría de Guerra y Marina

Hasta aquí hemos visto, a grandes rasgos, los esfuerzos que hicieron los
gobiernos posrevolucionarios para disminuir los efectivos de un ejérci-
to gigantesco. También hemos visto cómo los conflictos sociales y polí-
ticos dificultaban ese fin, tanto así que en determinado momento se tuvo
que ir en sentido contrario: aumentar los efectivos, aunque de manera

 
 Álvaro Matute, Historia de la Revolución mexicana, 1917-1924. V. 8. La carrera del caudi-
llo, México, El Colegio de México, 1983, p. 143-146; Pedro Castro, Adolfo de la Huerta. La inte-
gridad como arma de la Revolución, México, Siglo XXI, 1998, p. 52-54; Edwin Lieuwen, Mexican
militarism..., p. 62.
10
 Romana Falcón, Revolución y caciquismo. San Luis Potosí, 1910-1938, México, El Cole-
gio de México, 1984, p. 175-184.
18 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

transitoria. Ahora veremos cómo se estructuraba esa institución. Si bien


la cabeza formal es el presidente de la República, pues la Constitución
lo faculta para ser el “Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas”,
éste delegaba la mayor parte de sus atribuciones como jefe nato del
ejército en la Secretaría de Guerra y Marina, que era una dependencia
central del Ejecutivo. De acuerdo con la Ley Orgánica de las Secretarías
de Estado, promulgada el 25 de diciembre de 1917:

Es la Secretaría de Guerra y Marina la que se encarga del mando, orga-


nización, instrucción, administración y aprovisionamiento de las fuer-
zas armadas al servicio de la Federación, que constituyen el Ejército y
Armada nacionales. También se encarga de la intervención sobre todos
los demás elementos armados que existan dentro del territorio nacional,
que aunque independientes de la federación, en su parte administrati-
va tengan su licencia para hacer uso de las armas, ya porque presten
servicio a gobiernos locales o porque disfruten de autorización para
formar agrupaciones armadas de cualquier otra índole especial.11

El artículo quinto definía sus competencias:

Ejército permanente; Marina de guerra; Guardia nacional al servicio


de la federación; Legislación militar; Administración de justicia militar;
Indultos para delitos militares; Patentes de corso; Escuelas militares;
Escuelas náuticas; Hospitales militares; Fortalezas; Fortificaciones;
Cuarteles; Arsenales; Diques; Depósitos y Almacenes militares de la
Federación; Colonias militares; Tren de ambulancia médica militar.12

En el organigrama de esta dependencia existía un secretario, un


subsecretario y un oficial mayor. Estos nombramientos los debía hacer
directamente el presidente en turno. El secretario siempre era un gene-
ral de división, el más alto grado en las fuerzas armadas. Tenía múlti-
ples funciones, muchas dadas en acuerdo directo con el presidente,
entre ellas, las propuestas de ascensos, nombramientos y cambios en
las jefaturas de operaciones militares, incluso las jefaturas de guarni-
ción y las de comandantes de batallones y regimientos. Existía una gran
discrecionalidad en estas decisiones y muchas de ellas se tomaban por
motivos políticos más que militares. Esta mecánica facilitaba la centra-
lización del mando.
La función del subsecretario era más bien protocolaria, es decir,
recibir visitantes distinguidos, muchas veces representantes extranjeros

11
 Luis Ramírez Fentanes, “Breves notas acerca de una posible distribución de labores
en nuestras oficinas militares”, Revista del Ejército y de la Marina, diciembre de 1927, p. 908.
12
 “Proyecto de Ley del Ejecutivo”, Diario de los Debates 1875-1997, 6 de julio de 1917.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 19

que visitaban la secretaría u otras instalaciones militares; sin embargo,


su poder lo delimitaba el secretario y el propio presidente. Al tener
únicamente una subsecretaría, ésta era la del ramo y, por tanto, la en-
cargada del presupuesto del ramo de Guerra, así como la responsable
de acordar con otras dependencias del Ejecutivo sobre cuestiones pre-
supuestales o de otra índole. Entre sus facultades estaban las de firmar
disposiciones en lugar del secretario, cuando éste se ausentaba de la
capital; acordar directamente con el ministro y darle cuenta de los asun-
tos que, por su importancia, requirieran de una resolución inmediata;
acompañar al secretario durante los acuerdos diarios con los jefes de
los departamentos; despachar todo asunto que no se requiriera tratar
con el secretario; establecer correspondencia con los diferentes ramos
del ejecutivo, con los generales de brigada y los brigadieres; otorgar
licencias temporales de los mismos, órdenes de construcción, de adqui-
sición de vestuario y equipo, libramiento de pagos y ministración de
cantidades del presupuesto del ramo de Guerra, así como dar el visto
bueno a las hojas de servicio de los oficiales del instituto armado.13 En
ocasiones el subsecretario era una especie de contrapeso al poder del
secretario; esta política era, por lo general, determinada por el presi-
dente. La misma función podía tener el jefe del Estado Mayor Presiden-
cial. El oficial mayor también tenía funciones protocolarias, es decir,
representar al secretario en actos públicos, firmar acuerdos, además de
las principales que se le encomendaban de carácter administrativo.
El mayor peso de la función organizativa, que daba seguimiento al
cumplimiento de órdenes y disposiciones, estaba en el Departamento
de Estado Mayor. Tenía que supervisar que se cumplieran los movi-
mientos de personal y tropa. Bajo su cargo estaba el Departamento de
Hojas de Servicios, el Departamento de Archivo, las escuelas de tropa,
Pensiones, y la Comisión Técnica, que era la encargada de realizar los
estudios sobre cambios en materia de legislación militar, en la organi-
zación de las unidades de combate y sobre nuevas oficinas de la propia
secretaría.14 Desde la época en que Francisco Serrano era secretario se
hablaba constantemente de transformar ese departamento en un “Esta-
do Mayor General del Ejército”, que se entendía como un cuerpo de
carácter técnico que proporcionaría informes detallados y confiables que
ayudaran al alto mando a tomar decisiones sobre armamento, movili-
zación de tropas, mejoras en el ejército, etcétera. Se enfatizaba el carácter
técnico para evitar que tuviera funciones organizativas y ejecutivas.

13
 Memoria presentada al H. Congreso de la Unión por el secretario del ramo, general de divi-
sión Joaquín Amaro, 1926-1927, p. 13.
14
 naw-mid, rg 165, caja 2511, 16 de septiembre de 1927.
20 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

Primero se había pensado en una especie de “Estado Mayor Conjunto”,


pero después se depuró la idea hacia un cuerpo técnico. El general
Manuel Mendoza, por ejemplo, hablaba de este proyecto como urgen-
te: coordinaría al ejército y a la armada en un solo cuerpo y organizaría
todas las operaciones en caso de guerra.15 En tiempos de Amaro tam-
bién se habló del asunto; otro jefe de la Comisión Técnica, el general
Salvador Sánchez, lo anunciaba como inminente.16 Dentro y fuera del
ejército nunca hubo la voluntad para realizar este proyecto. Uno de los
aspectos más importantes, que causaba enorme resquemor, era que ese
Gran Estado Mayor debería estar formado por oficiales con destacada
preparación técnica, ya fuera dentro del Colegio Militar o en otras es-
cuelas. Muchos generales de alto rango y de poder político considerable
carecían de esa formación y, por lo tanto, quedarían excluidos. Se tra-
taba de los jefes que habían hecho la Revolución. Aunque Amaro era
uno de estos jefes era consciente de la necesidad de profesionalizar los
cuadros del ejército. Por ello promovió la creación de ese organismo.
Pero también es lícito sospechar que el propio Amaro no estuviera to-
talmente convencido de hacerlo. El jefe de ese Gran Estado Mayor,
aunque dependería del secretario de Guerra, es decir, de Amaro, era
muy posible que le quitara poder al secretario. Él mismo lo confesó
años después, cuando ya no era la autoridad máxima. A un agregado
militar le dijo que era muy difícil crearlo, ya que ningún secretario de
Guerra estaría dispuesto a recibir el asesoramiento de un Gran Estado
Mayor.17 Más allá de este personaje, dentro de la secretaría, primero
la de Guerra y Marina, y después cuando cambió el nombre a Secretaría
de la Defensa Nacional (1937), siempre existió una enorme resistencia
a tener una excesiva centralización de la organización castrense. De ahí
que la armada siempre buscara su autonomía del ejército: lo logró al
crearse el Departamento de Marina, que después obtuvo su ascenso a
Secretaría de Marina. La Fuerza Aérea también ha tratado, sin éxito
aún, de independizarse.
El militar siempre ha sido muy sensible a conservar sus cotos de
poder. Uno de ellos, que creció con el tiempo y que trataré más adelan-

15
 Excélsior, 17 de octubre de 1923.
16
 Ibidem, 28 de julio de 1926 y 17 de noviembre de 1926.
17
 Él mismo había creado, en 1932, la Comisión de Estudios Militares dependiente de la
Dirección de Educación Militar de la Secretaría de Guerra, de la cual él era su jefe y que creó
como un antecedente de ese Gran Estado Mayor. La jugada política de Amaro era que él
fuese nombrado jefe del Gran Estado Mayor y, así, regresar al candelero de las grandes deci-
siones castrenses, para dejar de estar sólo como encargado de la educación militar. Sin em-
bargo, ese puesto nunca fue creado y tal vez por eso hablaba con conocimiento de causa al
hacer esa confesión. Teniente coronel Marshburn, 5 de junio de 1936, mid, caja 686, 2025-
259/554.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 21

te, fue el Estado Mayor Presidencial. Tradicionalmente el jefe de éste


siempre ha funcionado como un contrapeso al poder del secretario de
Guerra.18
Sólo con la Segunda Guerra Mundial se logró crear ese Gran Estado
Mayor, en 1943, aunque sólo funcionó durante el periodo bélico.
Uno de los oficiales que en sus informes hablaba más claramente de
las taras del ejército, Ricardo Calderón Arzamendi, al describir y anali-
zar el Estado Mayor General en Chile, decía que tenía todo lo necesario

pero debe tomarse en cuenta que nosotros también tenemos todo eso
y que el solo defecto estriba en que, en lugar de fundirlos en un solo
organismo para que su acción se coordine y se oriente hacia un fin
común, los tenemos diseminados y cada uno tirando por su lado. Por
ejemplo, el actual Departamento de Estado Mayor efectúa muchos tra-
bajos que debían corresponder al Estado Mayor General, la Comisión
Técnica otro tanto... Si se le quitan al actual Departamento de Estado
Mayor muchas funciones que son de mera tramitación (y al Estado Ma-
yor General no le corresponden), si se funde a la Comisión Técnica, si
se le dota de una sección de Topografía Geodésica, se puede hacer el
Estado Mayor General.19

Algunas cifras son reveladoras: en 1925, el Departamento de Estado


Mayor tenía a su servicio a 1 515 oficiales, mientras que el de Archivo,
Justicia y Biblioteca, que se ocupaba de tantos asuntos, sólo tenía a
379.20 A veces se intentaron cambios en el sentido planteado por Cal-
derón, pero las cuotas de poder burocrático pesaban más que las bue-
nas intenciones para el mejor funcionamiento de la secretaría: la Comi-
sión Técnica fue fusionada (1925) en la Comisión de Ingenieros,
encargada de reparaciones en cuarteles y edificios militares, cartas geo-
gráficas, servicio de comunicaciones; a partir de esa fusión también se
encargó de hacer estudios técnicos sobre armas y equipos;21 poco des-
pués cada dependencia recuperó sus funciones originales. Cuando
la administración castrense tuvo mayor control sobre la institución, la
centralización se transfirió a la oficina del subsecretario. De regreso al

18
 Sólo como ejemplo, de todo el personal que trabajaba en las oficinas de la Secreta-
ría de Guerra, en 1930, había 22 generales mientras que en el Estado Mayor Presidencial
únicamente había 6; en la primera había 281 coroneles y tenientes coroneles; en la segun-
da, 46. naw-mid, coronel Gordon Johnston, 19 de mayo de 1930, G-1, 2025-259.
19
 Mayor Ricardo Calderón Arzamendi a Secretaría de Guerra, Santiago de Chile, 1 de
agosto de 1929, act-aja, serie 0304, inv. 243, exp. 13, f. 83.
20
 Con información del Diario Oficial de la Federación, naw-mid, 2025-367, 25 de julio
de 1925.
21
 Memoria presentada al H. Congreso de la Unión por el secretario del ramo, general de divi-
sión Joaquín Amaro, 1924-1925, p. 31.
22 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

tema del Departamento de Estado Mayor y como confirmación de lo


ya dicho, en la reorganización de la secretaría, en 1933, éste perdió
varias facultades que pasaron directamente a la oficina del secretario:
la Inspección General del Ejército, la Dirección de Intendencia y Admi-
nistración, la Dirección General de Materiales de Guerra, la Comisión
de Estudios Militares (antes llamada Comisión Técnica), y el Departa-
mento General de Archivo.22
Las fuerzas armadas tenían cinco armas, organizadas en la Secre-
taría de Guerra por sendos departamentos (excepto Ingenieros): Caba-
llería, Infantería, Artillería, Ingenieros y Aviación. La Ley Orgánica del
Ejército contemplaba a todas éstas; sin embargo hasta 1933 se creó el
Departamento de Ingenieros, a pesar de que desde antes existían cuer-
pos de zapadores.23 Cada uno de estos departamentos debía supervisar
las tareas, las promociones, la instrucción, el entrenamiento y el pago
del personal de cada arma. Para 1927, según un oficial norteamericano,
el Departamento de Caballería era el más grande de los cuatro, su jefe
tenía acuerdo con el secretario o con el subsecretario dos veces a la
semana; pensaba que tenía exceso de personal ya que varias tareas se
duplicaban.24 Ese mismo observador consideraba que el Departamento
de Infantería era el mejor organizado de la secretaría, a pesar de tener
también exceso de personal. El Departamento de Artillería era más
pequeño, no más de 40 personas, pues la importancia de esa arma era
menor; su tarea era hacer recomendaciones, estudios técnicos y proyec-
tos para mejorar el armamento de todo el ejército. El Departamento de
Aviación era también muy pequeño, pues era un arma incipiente. Lo
mismo sucedía con el Departamento de Marina, que era tan exiguo y
sus barcos tan viejos que se llegó a discutir la desaparición de la Ar-
mada. Además de los departamentos de las armas respectivas, en la
Secretaría de Guerra funcionaban los siguientes departamentos de
servicios del ejército: Justicia Militar, Sanidad Militar, Cuenta y Admi-
nistración y el del Colegio Militar.
La Ley Orgánica del Ejército, publicada en marzo de 1926, disponía
que la Secretaría de Guerra tuviera un departamento llamado Inspec-
ción General del Ejército, pero la falta de voluntad y de un reglamento
para ponerlo en funcionamiento hizo que su creación quedara sólo en
el papel, hasta 1933 cuando fue establecido. Se ha considerado a Abe-

22
 El presidente era Abelardo Rodríguez y el secretario Pablo Quiroga. Capitán Robert
Cummings al Departamento de Estado, 23 de junio de 1933, naw-mid, G-1, 2025-259/391.
23
 El Universal, 6 de marzo de 1933.
24
 Tenía un jefe y un subjefe, ambos generales, Juan Jiménez Méndez y Manuel Enrí-
quez, respectivamente; el departamento tenía cuatro secciones, cada una dividida en cuatro
mesas. naw-mid, rg 165, caja 2511.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 23

lardo Rodríguez más un administrador que un político y, efectivamen-


te, fue él quien promovió importantes reformas administrativas en el
instituto armado, que también tuvieron implicaciones políticas. Entre
las metas de la Inspección estaba mejorar la administración de las uni-
dades del ejército, estudiar cuál era el mejor equipo y el armamento
más adecuado. La Inspección también permitía mayor control, por par-
te del secretario y del presidente, sobre los comandantes militares en
los estados.25 Su primer jefe fue uno de los mejores militares de aquella
época, el general Anselmo Macías Valenzuela, aunque de forma interi-
na, pues luego se nombó al general Heriberto Jara.26 En ese año, como
parte de las reformas realizadas por el presidente Abelardo L. Rodrí-
guez junto con su secretario de Guerra, Lázaro Cárdenas, el antiguo
Departamento de Cuenta y Administración pasó a llamarse Dirección
General de Intendencia y Administración Militar. Fuera del ámbito de
la Secretaría de Guerra existía el Departamento de Establecimientos
Fabriles y Aprovisionamientos Militares, el cual perdió su indepen-
dencia en 1935 y pasó a depender de la secretaría con el nombre de
Dirección General de Materiales de Guerra. Con este cambio de deno-
minación se buscaba que esa dependencia ya no se dedicara a producir
vestuario y equipo sino sólo material bélico.27 La medida buscaba aca-
bar o disminuir la corrupción existente en esas factorías: que el personal
castrense sólo produjera armamento y se proveyera del resto del equi-
po por otros medios. La creación del Departamento de Ingenieros daba
vida a esta arma del ejército; el presidente Rodríguez impulsó que los
ingenieros militares colaboraran con las labores de deslinde de tierras
para la reforma agraria.28 Al darle mayor peso a dicha arma, esa admi-
nistración ampliaba la labor social del ejército.
Desde los tiempos porfiristas, una parte importante del personal de
la Secretaría de Guerra la conformaban civiles que desempeñaban, por
lo general, trabajos técnicos o profesionales, en los cuales los militares

25
 Alicia Hernández Chávez, Historia de la Revolución mexicana 1934-1940. V. 16. La mecá-
nica cardenista, México, El Colegio de México, 1981, p. 44.
26
 El Universal, 5 de diciembre de 1934.
27
 Ibidem, 6 de marzo de 1933.
28
 El presidente Rodríguez y su secretario de Guerra, Lázaro Cárdenas, habían empren-
dido un trabajo arduo: el desarme de los agraristas en varias entidades del país, sobre todo
en Veracruz, en donde era cacique máximo Adalberto Tejeda, serio aspirante a la presiden-
cia; de ahí la rapidez con la que actuó el gobierno. El otro frente consistió en mandar comi-
siones de ingenieros que fueran respetadas, para el deslinde de tierras. El propósito era una
distribución ejidal de parcelas individuales, ya que varios gobernadores habían promovido
un reparto colectivo con el fin de tener clientela política segura y cohesionada. En cambio, el
reparto individual lo daba el gobierno central y, por tanto, a éste le debían la lealtad política.
Excélsior, 23 de noviembre de 1932.
24 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

no tenían una preparación adecuada. Con fines administrativos, para


que ese personal pudiera cobrar su sueldo, se otorgaban grados cas-
trenses con el calificativo de “asimilado”. Así, por ejemplo, había con-
tadores, abogados o médicos que podían ser capitanes o mayores asi-
milados. Al triunfo de Obregón, en 1920, como parte de la urgencia por
disminuir el presupuesto de guerra y de una política que buscaba pro-
fesionalizar al ejército, se concluyó que había que sustituir a ese personal
por militares efectivos. Cuando Obregón creó la Primera Reserva, miles
de oficiales y jefes quedaron en ella sin trabajo alguno que hacer. Aun-
que se establecía que sólo cobrarían medio haber, en la sociedad daban
la imagen de parias a los cuales el erario debía mantener. De ahí la idea,
al parecer muy sencilla y de sentido común, de usar ese personal exce-
dente en los puestos administrativos y despedir a los asimilados. Pero
en la práctica esto fue muy difícil: los militares de la Primera Reserva
por lo general eran de origen felicista o zapatista, y eran militares im-
provisados pues la mayoría no había pasado por el Colegio Militar más
que para asistir a algún acto oficial; incluso si se descarta al personal de
la Primera Reserva, había muchos jefes y oficiales excedentes, pero aun
así, éstos tampoco estaban preparados; los asimilados tenían cierto po-
der e influencia sobre algunos de los militares efectivos que ocupaban
puestos importantes como jefes de departamento o, bien, tenían con-
tactos en otros sectores de la administración federal.
Cuando se anunció el cese de todos el personal civil hubo gran alar-
ma en la secretaría. Se había dicho que empezaría con la nueva admi-
nistración del presidente Calles.29 El encargado del despacho de Guerra,
Joaquín Amaro, tuvo que desmentir que se pensaba cesar a todos y
declaró que el personal de la Primera Reserva resultaría insuficiente para
suplir a todos los civiles. Lo que no decía claramente, aunque sí lo daba
a entender, era lo inadecuado de ese personal; por eso, un vocero del
ministerio decía que se recurriríaría a cadetes del Colegio Militar, sobre
todo a los que hacían estudios en la Escuela de Administración del mis-
mo, y a diferentes militares que eran taquimecanógrafos y oficinistas
competentes, que además habían obtenido grados por méritos en cam-
paña.30 Creo que con esta medida hubo un alto grado de improvisación,
sin medir las consecuencias, en un afán —si bien legítimo— por mejorar
la administración militar.31 Amaro, en carta privada al ex presidente

29
 Excélsior, 10 de agosto de 1924.
30
 El Universal, 11 de diciembre de 1924.
31
 El general Marcelino Murrieta, director del Colegio Militar en 1921, hablaba de esa
improvisación de la que no escapó Amaro años después: “Nuestra rudimentaria adminis-
tración militar actual no satisface las necesidades que está destinada a cubrir, precisamente
por la falta de un personal idóneo, capaz de interpretar su misión y llevarla debidamente a
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 25

Obregón, más que decir una verdad revelaba una voluntad por actuar:
“Se procedió desde luego a cesar a todos los empleados civiles así como
a los militares con carácter asimilado”.32 En ella mentía al sonorense, no
con el deseo de hacerlo pues éste tenía los contactos suficientes en el
ejército para conocer lo que realmente pasaba. Un ejemplo de esa dura
y terca realidad: en el Departamento de Justicia, Archivo y Biblioteca,
que con mucho era la dependencia con más empleados civiles, de un
personal de 429 generales, jefes y oficiales, había 416 asimilados y sólo
13 eran militares efectivos.33 El Departamento de Cuenta y Administra-
ción era el segundo con más asimilados: de un total de 88 oficiales que
trabajaban ahí 55 eran asimilados.34 A pesar de estos datos, no logré
conocer con certeza el total de personal asimilado que existía en aquel
momento (julio de 1925) pues, aunque tengo el dato de 553 elementos
en todo el ejército, la cifra no es creíble, ya que todavía en 1927 se habla-
ba de cesar a todo ese personal; a pesar de que se había hecho una de-
puración dos años antes, se calculaba que existían aún 700 asimilados
en todo el ejército.35 En 1931 se dio otra disposición que cesaba a todo el
personal asimilado.36 A pesar de estos esfuerzos la situación persistió,
pues una urgencia política no podía subsanar toda la mecánica, los en-
granajes internos que hacían funcionar a la secretaría y al propio ejérci-
to. Para cambiar las cosas se requerían tiempo y reformas, sobre todo en
la educación de jefes y oficiales y, en particular, la creación o las refor-
mas de distintas escuelas, entre ellas, la Médico Militar, la Militar de
Intendencia, la de Enlaces y Transmisiones y la Superior de Guerra,37
todas ellas creadas o reformadas en los primeros años de la década de
los treinta bajo el auspicio de Amaro, como director general de Educa-
ción Militar de la Secretaría de Guerra.

cabo. Los ensayos hechos en otras épocas no han prosperado, porque no se ha procedido
con método y orden y se ha pretendido improvisar oficiales de administración militar con
personal civil, desconocedor del medio o ignorante de los principios elementales del arte a
que se destinaban”. Revista del Ejército y de la Marina, febrero de 1921, p. 291.
32
 Amaro a Obregón, 31 de enero de 1925, act-aja, serie 0303, “Correspondencia con
generales”, leg. 16, en proceso de catalogación, f. 12-15.
33
 El propio jefe del departamento, el general y licenciado David Carrillo, era también
asimilado. De este personal, no todos laboraban en la capital del país ya que incluía a tribu-
nales y cárceles militares en los estados. David Carrillo a Amaro, act-aja, 6 de febrero de
1925, serie 0301, exp. 24, f. 49-60. Para julio de ese año se mantenían cifras similares: 367 asi-
milados y 12 militares regulares. Ninguna de estas cantidades incluye clases y tropa. 25 de
julio de 1925, mid, 2025-367/4.
34
 Informe de la Oficina del Agregado Militar, 25 de julio de 1925, mid, 2025-367/4.
35
 Excélsior, 16 de diciembre de 1927.
36
 Ibidem, 7 de julio de 1931.
37
 Luis Alamillo Flores, Memorias. Luchadores ignorados al lado de los grandes jefes de la Re-
volución mexicana, México, Extemporáneos, 1976, p. 421-425.
26 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

Entre aquellos que fueron despedidos, además de expresar la in-


justicia por los años de servicio prestados, estaba una sospecha muy
plausible que señalaba Luis D. Robles:

Hemos visto, muy a nuestro pesar, que la referida orden sólo fue para
los de abajo, para los que no hemos tenido quien interponga sus influen-
cias, pues en la mayor parte de los departamentos de esa repetida Sría.
ha quedado mucho elemento civil y con altos grados y con carácter de
asimilados... Esta línea de conducta nos deja entender que ni hay mora-
lización, y que sólo fuimos víctimas unos cuantos, quizá los más necesi-
tados, Sr. Gral. que la ley sea pareja para todos, que no venga a nuestra
mente aquel viejo refrán, “el hilo se revienta por lo más delgado”.38

Un ejemplo de lo señalado por el señor Robles: un sobrino del ex


secretario de Guerra, Francisco Serrano, el capitán asimilado Lauro
Jáuregui, continuó con su trabajo en la Sección de Archivo.39
En el militar de esa época existía un prurito que los llamaba a “de-
purar al ejército”; los “elementos nocivos” no sólo eran los militares
que se levantaban en armas, y por eso mismo se desacreditaban solos,
sino también los que tenían un origen porfirista o huertista, o los que
habían pasado por facciones revolucionarias derrotadas. También exis-
tían los civiles “incrustados” en las fuerzas armadas. Se les considera-
ba ajenos a la institución y, por tanto, poco comprometidos en el me-
joramiento del ejército. Muchas acusaciones de corrupción se les
achacaban a ellos. Existía el antecedente de la “sucursal de la Secreta-
ría de Guerra“ de 1921, donde los desfalcadores tenían grados asimi-
lados de mayores y coroneles. Una carta dirigida a Amaro es signifi-
cativa a este respecto; lo felicita por

destituir al corrompido, acomodaticio y logrero elemento civil, factor


principal e impune de todas las intrigas, chanchullos y perjuicios en
general, debido precisamente a lo familiarizado que están con los ex-
pedientes, y que a los superiores le presentan todo con las apariencias
legales, pero no hay tal. Éstos son los principales elementos enemigos
de la revolución, pues por su causa y fines personales, han causado
baja muy buenos elementos. No hay más que ver los elementos asimi-
lados del Depto. de Caballería, que son los que se han llevado la palma.

38
 Robles y otros a Amaro, 23 enero 1925, aja, serie 0301, exp. 55, f. 23. Ante esta queja,
que seguramente no fue la única, Amaro ordenó hacer listas de asimilados que continua-
ban con labores dentro de la secretaría, pero sólo encontramos la del Departamento de
Justicia, f. 24.
39
 Trabajaba en la Sección de Archivo del Departamento de Justicia. Excélsior, 9 de sep-
tiembre de 1925.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 27

Allí se han hecho militares efectivos, se han fabricado despachos y


documentos, se han alterado firmas... Los asimilados o civiles son una
lacra, una llaga, un cáncer que hay que extirparlo, que hay que arran-
carlo de cuajo, hacen su carrera en las banquetas y en los cabarets, vi-
viendo holgadamente, explotando la vida y la sangre generosa de los
que andan en campaña.40

En esta denuncia, los militares efectivos son presentados como pa-


triotas, desinteresados, y que cumplen con su deber; quienes obstacu-
lizan a estos buenos elementos son los civiles, pues la corrupción viene
de ellos. Además de los ejemplos señalados, posiblemente el más co-
mún y que generaba mayores suspicacias era el de los “pagadores del
ejército”: personal encomendado para remunerar los haberes de todo
el personal armado. Muchos de estos pagadores eran civiles, “expertos
en contaduría”, que con frecuencia hacían descuentos injustificados a
la tropa, prestaban dinero con intereses, adelantaban pagos con algún
cargo, etcétera.41 Si bien es indudable que había asimilados corruptos,
hay que señalar que la descomposición también provenía de militares
efectivos. Muchas quejas, sobre todo en el Departamento de Caballería,
acusaban a generales y jefes comisionados ahí.
Un argumento usual para pedir la supresión de los civiles era la in-
fluencia negativa en la moral y en la disciplina. Un general revolucionario
decía: “El empleo de elementos civiles trae como consecuencia el relaja-
miento del espíritu militar, pues como estos elementos civiles ocupan los
puestos más elevados en las oficinas, tienen que dar órdenes e instruc-
ciones militares a jefes y oficiales en servicio activo, que han hecho de las
armas una carrera, han tenido que luchar por varios años para obte-
ner sus grados, y se considera injusto que un civil pueda ordenarles”.42
Hasta aquí hemos hablado de forma muy general sobre este tipo de
personal y de cómo, para el periodo señalado, era prácticamente impo-
sible sustituirlo por militares efectivos. Durante muchos años se necesi-
tó de civiles en el ejército, sobre todo en labores de oficina o en trabajos
que requerían un título profesional, por ejemplo, médico, abogado o
ingeniero. Como una forma de negar el fracaso en esta política se supri-

40
 Samuel Laguna a Amaro, carta sin fecha; en ella, aparte del tono general acusatorio,
denunciaba a Juan Vázquez “quien conoce perfectamente el archivo del departamento”.
act-aja, serie 0301, inv. 158, exp. 40, f. 1019-1021.
41
 Los pagadores eran civiles pero eran empleados de la Secretaría de Hacienda, comi-
sionados en la de Guerra para esa función. En 1933, al crearse la dirección de intendencia, se
comenzó a sustituir a ese personal por militares efectivos. Robert Cummings, 17 de febrero
de 1933, mid, 2025-259/350.
42
 Eugenio Martínez, jefe de Operaciones en el Valle de México, a Amaro, 19 de diciem-
bre de 1924, act-aja, serie 0301, inv. 186, exp. 68, f. 8-10.
28 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

mió la palabra asimilado y se comenzó a usar la de auxiliar. Así surgieron


coroneles o mayores auxiliares que continuaron con sus labores, la ma-
yoría de ellos, en las oficinas de la Secretaría de Guerra. Pero había un
elemento que posiblemente era más oneroso y que tenía un efecto mayor
en la moral de la oficialidad: los sueldos tan elevados de los altos fun-
cionarios de la secretaría. En 1928, según datos oficiales del ministerio,
el secretario de Guerra ganaba $1 647.00 pesos mensuales.43 Tres años
después el salario era el mismo; sin embargo, mediante un documento
de la Contraloría pudimos conocer los pagos extraordinarios que recibía
el secretario Amaro: $13 642.00 al mes,44 lo cual significa un 831% más
que el sueldo base. Con esta desproporción, aunque se hicieran públicos
los salarios de los funcionarios de la secretaría, al igual que los de otras
áreas del gobierno, la opinión pública estaba muy lejos de conocer el
ingreso real de los funcionarios. Muchos militares estaban al tanto, de
boca en boca, de que esos pagos extras existían; de ahí la conveniencia
de trabajar en las oficinas en lugar de estar comisionado en filas. Hay
que subrayar que 1931 fue un año muy difícil debido a la crisis econó-
mica mundial, por lo cual el ministerio tuvo que hacer rebajas en el
salario de todo el personal del ejército. A la tropa y clases no se les
descontó nada; a los oficiales, un 10%; a jefes, un 15%; a generales, un
22%. Así, un poco antes de su renuncia obligada a la Secretaría de
Guerra, por motivos políticos, Amaro bajó su salario base de $1 642.00
a solamente $1 281.00, según informó la prensa.45

Caballería

Esta arma era la más importante del ejército que surgió de la Revolu-
ción. Las grandes batallas, sobre todo entre villistas y carrancistas, las
protagonizaron los dragones. Las grandes figuras políticas habían sur-

43
 El sueldo anual entonces era de $19  764.00 ($9 882.00 usd). El del subsecretario,
$16 470.00 ($8 235.00 usd). Sin embargo, un general de división ganaba $13 176.00; en otras
palabras, el ministro sólo ganaba $6 588.00 más por ocupar ese cargo. Informe del mayor
Harold Thompson, 28 de febrero de 1928, mid, 2025-374/6.
44
 A los $1 642.00 del sueldo se sumaban: $2 000.00 de gastos de representación; $3 000.00
de gastos de representación como director e inspector de las operaciones en el Valle de
México; $5 000.00 de gastos extraordinarios por el mismo concepto; $2 000.00 de forraje para
los caballos de su propiedad, además de una partida de “gastos imprevistos” que general-
mente no se comprobaban, usada para pagar el forraje de 49 caballos de los oficiales de su
estado mayor: $20 000.00 en total. Esta última cantidad no la incluyo porque supuestamente
era para elementos de su Estado Mayor. Contralor a Amaro, 11 de febrero de 1931, aja, serie
0307, inv. 297, exp. 9, leg. 14, f. 1002.
45
 Dentro de estas disposiciones también se bajaron los pagos extras, pues los gastos de
representación bajaron un 50%. Excélsior, 20 de julio de 1931.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 29

gido de esa arma: los generales Obregón, Calles, Cárdenas, Manuel y


Maximino Ávila Camacho, Jesús Agustín Castro, Cedillo, Amaro, He-
riberto Jara, entre otros muchos.46 En altos puestos de la secretaría,
aparte de los señalados, llegaron a ser jefes de Salubridad Militar (En-
rique Osornio y José Siurob) y Justicia Militar (José Inocente Lugo).
Incluso un jefe del Departamento de Infantería provenía de caballería
(Donato Bravo Izquierdo).
Cuando Obregón llegó a la presidencia era el arma por excelencia.
Su papel en la lucha revolucionaria le daba gran prestigio, por repre-
sentar el legado de grandes unidades como la División del Norte y el
Cuerpo de Ejército del Noroeste, pero también por una forma de com-
bate característica de la historia de la guerra en nuestro país: la guerri-
lla. La más importante era la zapatista, y cuando Villa fue derrotado
sus seguidores se desperdigaron en guerrillas. La forma más eficiente
para combatirlas, o cuando menos para perseguirlas, era la de los cuer-
pos de caballería. Los grupos armados que se opusieron al obregonismo
eran pequeños grupos guerrilleros, para perseguirlos se aprovechaba
la movilidad de la caballería, sobre todo cuando esos grupos destruían
las vías férreas. Lo mismo puede decirse de grupos de bandoleros que
asaltaban trenes, caminos o atacaban poblaciones. Al iniciar Obregón

46
 Del escalafón publicado en 1932 pongo los nombres de generales procedentes de
caballería más relevantes en la milicia, y algunos, en la política. Divisionarios: Miguel M.
Acosta Guajardo, Joaquín Amaro Domínguez, Juan Andreu Almazán, Plutarco Elías Ca-
lles, Lázaro Cárdenas del Río (licencia ilimitada), Jesús Agustín Castro Rivera, Saturnino
Cedillo, Francisco Cossío Robelo, Genovevo de la O. Jiménez, Heriberto Jara Corona, Ana-
cleto López Morales, Manuel Medinaveitia Esquivel, Gildardo Magaña Cerda, Eulogio
Ortiz Reyes, Rodrigo Quevedo Moreno. Generales de brigada: Rafael Aguirre Manjarrez,
Manuel y Maximino Ávila Camacho, Donato Bravo Izquierdo, Jaime Carrillo, Abundio
Gómez, Anacleto Guerrero, Juan Jiménez Méndez, Benacio López Padilla, José Inocente
Lugo Gómez, Anselmo Macías Valenzuela, José Mijares Palencia, Francisco J. Múgica Ve-
lázquez, Lorenzo Muñoz Merino, Pánfilo Natera García, Enrique Osornio Martínez del
Río, Evaristo Pérez Rendón, Pilar Ramos Sánchez, Carlos Real Félix, Juan José Ríos y Ríos,
Genovevo Rivas Guillén, Espiridión Rodríguez Escobar, Juan Soto Lara, José Siurob Ramí-
rez, Juan Torres Sánchez, Fortunato Zuazúa Zertuche. Brigadieres: Francisco J. Aguilar Gon-
zález, Antonio Armenta Rosas, Alberto Bérber Flores, Arturo Campillo Seyde, Pascual Cor-
nejo Braun, José Cortés Ortiz, Rafael Cházaro Pérez, Enrique Espejel Chavarría, Tito Ferrer y
Tovar, Jesús Fuentes Dávila, Raúl Gárate Leglen, Mariano Garay Olguín, Antonio Gómez
Velasco, Arnulfo González Medina, Luis González Tijerina, Jesús Gutiérrez Cázares, Lindo-
ro Hernández Aldrete, Tirso Hernández García, Miguel Henríquez Guzmán, Félix Ireta Vi-
veros, Samuel Kelly Cano, José Lacarra Rico, Miguel Z. Martínez Rodríguez, Miguel Moli-
nar Simondi, Manuel Montalvo Alonso, Agustín Mustieles Medel, Ignacio Otero Pablos,
Pedro Piza Martínez, Arturo Ponce de León Díaz, Jesús Jaime Quiñones, Francisco Saave-
dra Brito, Bonifacio Salinas Leal, Salvador Sánchez y Sánchez, Adolfo Soto Quiñones, José
Suástegui Ramírez, José Tafoya Caballero, Elpidio Velázquez de Alva, Andrés Zarzoza
Verástegui, Alberto Zuno Hernández. Secretaría de Guerra y Marina, Escalafón general del
ejército...
30 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

su gobierno, el zapatismo fue integrado al ejército o licenciado. Villa


recibió una hacienda y sus fuerzas fueron desmovilizadas. Ante la ne-
cesidad de reducir los efectivos del ejército, por lógica la poda debía
comenzar por el arma que tenía más soldados. Pero había una fuerte
resistencia a hacerlo, ya que una buena parte de los generales que ha-
bían participado en la Revolución eran de caballería. En el periodo de
Calles, el militar que dirigió el ministerio era un entusiasta de esa arma.
A esto hay que añadir que en aquel momento comenzó un conflicto que
requería contingentes a caballo: la guerra contra los cristeros (1926-
1929) fue básicamente una lucha contra guerrillas. A pesar de esa ne-
cesidad, Amaro sí disminuyó esos contingentes. Pero fue el presidente
Abelardo Rodríguez y su ministro Lázaro Cárdenas quienes reorgani-
zarían esa arma en 1933.47 Aquél fue el primer general llegado a la
presidencia en la etapa posrevolucionaria que provenía del arma de
infantería. Obregón, Calles y, posteriormente, Cárdenas y Ávila Ca-
macho fueron oficiales y jefes de caballería. Ortiz Rubio, con una magra
carrera militar, provenía del arma de ingenieros.48
La unidad base de esta arma en el ejército nacional era el regi-
miento de caballería. En el instituto armado el término “regimiento”
está asociado a la caballería, aunque no exclusivamente a ella. La ar-
tillería también tiene como unidad el regimiento, pero en la época que
estudiamos había sólo cuatro regimientos de esa arma. En cambio, de
caballería llegó a haber 85 o más. El regimiento es una unidad táctica
y administrativa comandada por un coronel o un general brigadier.
En 1930, cada regimiento estaba formado por tres escuadrones, con
105 hombres de tropa cada uno. Cada escuadrón estaba compuesto
por tres secciones y cada una de éstas por dos pelotones. La carabina
máuser de 7 mm era la más usada por sus soldados.49 A lo largo de
este periodo varió el número de efectivos de este cuerpo así como su

47
 La hoja de servicios de Abelardo Rodríguez Luján se encuentra en Diario de los Deba-
tes del Senado, 22 de noviembre de 1923. No era infrecuente que, cuando menos en el medio
castrense, el apellido materno fuese utilizado como una inicial, a la manera del middle name
norteamericano, de ahí la L en el nombre de Abelardo L. Rodríguez.
48
 Comprendo que esos orígenes no determinan la importancia dada a una determina-
da arma del ejército en demérito de otras, pero sí influyen. Recordemos que ni Carranza ni
Adolfo de la Huerta tenían grados militares. Rodríguez inició su carrera como teniente en el
4º batallón de Sonora, a las órdenes del coronel Francisco R. Manzo, en 1913; en 1916 fue jefe
interino de la segunda brigada de infantería; al disolverse ésta, el coronel Abelardo Rodrí-
guez fue nombrado jefe del 53º batallón de infantería, cuerpo del que fue comandante hasta
1920, cuando fue ascendido a brigadier. Roberto Quirós Martínez, Vida y obra de Abelardo L.
Rodríguez hasta 1934, México, [s. e.], 1934, p. 44-70.
49
 En ese año había 70 regimientos, con 340 hombres y 33 jefes y oficiales cada uno. La ca-
ballería tenía 22 690 máuser de 7 mm, 7 814 carabinas Remington, 5 648 carabinas Winchester,
9 518 sables modelo alemán y 6 135 modelo francés. Tenían 7 895 450 cartuchos máuser y
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 31

organización. También cambió la valoración sobre la importancia de


esta arma.
En cuanto al número de regimientos que había, éste varía mucho de
acuerdo con la situación interna del país. También cambia la cantidad
de efectivos en cada corporación. En términos generales se puede hablar de
400 elementos, entre jefes, oficiales y tropa. En 1919 había 148 regimien-
tos. Al año siguiente, debido al ingreso de los grupos anticarrancistas,
llegó a haber 187 regimientos, de los cuales 102 eran regulares y 85 de
nuevo ingreso. En diciembre de ese año desaparecieron, por fusión o li-
cenciamiento, 20 regimientos regulares y 80 de nuevo ingreso para que-
dar, a fines de 1920, 81 regimientos de línea y cinco auxiliares. En sep-
tiembre de 1922 había 65 regimientos de línea y 66 al año siguiente. En
diciembre de 1923, al estallar la rebelión delahuertista, desertaron 28
regimientos mientras que en la infantería defeccionaron menos cuerpos:
18 batallones. Para combatir la rebelión, además de los 38 regimientos
que se mantuvieron leales, se organizaron 163 regimientos, aunque
con deficiencias debido a la premura, lo cual significaba que no eran
unidades de 400 elementos, casi siempre con menos hombres. Al termi-
nar la rebelión, el presidente anunciaba, en septiembre de 1924, que el
país contaba con 87 regimientos de línea y 12 corporaciones irregulares.
En el primer año de la gestión de Calles había 81 regimientos.50 Para
1926 se mantuvo la misma cifra, pero en 1927, debido a la guerra cristera
y a la campaña contra los yaquis, se aumentó a 86 regimientos.51 Para
agosto de ese año había 90.52 Este número se mantuvo en 1929 (a pesar de
la rebelión escobarista), con la misma estructura de tres escuadrones y
una plana mayor; al año siguiente se redujo a 70 y en 1931 a 63.53 En aquel
año se realizó una reorganización de estos cuerpos: se disminuyó el nú-
mero de efectivos en cada uno pero se aumentó el de regimientos. Así, de

1 898 655 Winchester. Informe “El ejército mexicano”, coronel Gordon Johnston, 1 de febrero
de 1930, mid 2025-485/4.
50
 Para datos de 1920: Jesús de León Toral et al., El ejército y fuerza aérea..., v. 2, p. 432,
450; informes de gobierno de Álvaro Obregón, primero de septiembre de 1922, 1923 y 1924;
Informe de Calles, Diario de los Debates del Senado, septiembre de 1925.
51
 Jean Meyer, La Cristiada, v. 1, México, Siglo xxi, 1994, p. 148. A principios de año se
decía que ya se habían formado dos nuevos regimientos, el 82 y 83, que sustituían a los que
se habían mandado a Sonora para combatir a los yaquis. Excélsior, 8 de enero de 1927.
52
 En octubre de 1926 se crearon dos regimientos regionales en Sonora y se fundaron
dos criaderos de ganado, el primero en Santa Lucía, Durango, y el segundo en Santa Gertru-
dis, Chihuahua. En 1927 se formaron los siguientes regimientos: 82º en la capital del país,
83º en Torreón, 84º en Zacatecas, 85º en Acámbaro, 86º y 87º en Puebla, 88º en Morelia, 89º en
Saltillo y el 90º en Tuxpan, Jalisco. Memoria presentada al H. Congreso..., 1926-1927, p. 74; ma-
yor Harold Thompson, 9 de agosto de 1927, mid, 2025-293/154.
53
 Coronel Gordon Johnston, 16 de abril de 1930, mid, 2025-293/189. Johnston, 17 de
abril de 1931, mid, 2025-259/248.
32 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

340 efectivos de tropa pasaron a 250 y los regimientos se incrementaron


de 63 a 77; los dos regimientos de Guardias Presidenciales dejaron de
serlo y pasaron a ser cuerpos de línea.54 En 1933 aumentó el número
de tropa en cada cuerpo, de 250 a 390, y se redujo la cifra de regimien-
tos de 75 a 42.55 La reforma de 1933 devolvía a los regimientos su tamaño,
en cuanto al número de tropa, en un orden cercano a los 400 elementos.
El resultado inmediato de esa reorganización, cuerpos más grandes y
menos fraccionados, ocasionó que algunos estados vieran reducida la
presencia de esa arma. Colima, Nuevo León y Querétaro se quedaron sin
regimientos. Sin embargo, la mayoría de los estados conservó los mismos
elementos. Solamente resultó significativa la pérdida de elementos de esa
arma en Jalisco, Michoacán, el Distrito Federal y Veracruz.56 En la nueva
reorganización se ordenó que ningún general de brigada pudiera coman-
dar un regimiento, sólo coroneles o brigadieres. Esta disposición ya exis-
tía pero no se cumplía al pie de la letra.57 Finalmente en enero de 1934 se
pasó a contar con sólo 40 regimientos.58 En todo el periodo, cada cuerpo
se identificaba con un número pero nunca existió un 41º regimiento, por
ello en las listas aparecen numerados, por ejemplo, del 1º al 71º, pero en
verdad había sólo 70, pues no existía el 41º. Cuando se llegó a tener 40
regimientos o menos, ese inconveniente desapareció. En México el nú-
mero 41 es un tabú, por estar asociado a la homosexualidad. Éste se

54
 Coronel Gordon Johnston, 20 de abril de 1931, mid, 2025-259/248.
55
 Capitán Robert Cummings, 7 de febrero de 1933, mid, 2025-259/346.
56
 Jalisco tenía siete regimientos y disminuyó a cuatro; el Distrito Federal, de cuatro a
uno; Michoacán de siete a cuatro; Veracruz, de diez a sólo cuatro regimientos. Capitán Ro-
bert Cummings, 10 de marzo de 1933, mid, 2025-259/357.
57
 Cuatro años antes se había ordenado exactamente lo mismo. Excélsior, 6 de septiem-
bre de 1929. En 1927 el general de brigada Claudio Fox, jefe de operaciones militares en
Guerrero, aunque sabía de esa disposición y de que el general de brigada Adrián Castrejón
iba a dejar el mando del 80º regimiento para dedicarse a asuntos políticos, sugería a Amaro
que le diesen el mando de esa corporación y él prepararía un jefe para ésta, el cual estaría
muy agradecido por la distinción y así no existiría el peligro de alguna deslealtad; con un
cierto dejo de amargura, Fox comentaba: “Creo por demás hacer mención de los diferentes
Jefes de Operaciones que tienen mando de Cuerpo, porque ignoro los motivos o circunstan-
cias que en ellos concurran para ser acreedores a esa gracia”. Amaro le respondió que el 80º
no era posible mandárselo pues sería destinado a Jalisco, pero le mandaría el 65, cuyo jefe
era el coronel Lacarra. De esa forma, Amaro únicamente sustituyó un regimiento por otro,
aprovechó para quitarle el mando a un general de brigada y Fox, que quería lo mismo que
tenía Castrejón, se quedó con un palmo de narices al mandarle un regimiento, pero con un
comandante previamente designado (aunque dicho cuerpo dependería de la jefatura de ope-
raciones en Guerrero), 28 de junio y 9 de julio de 1927, act-aja, serie 0301, inv. 159, exp. 41,
f. 160-161.
58
 Mayor Marshburn, 11 de enero de 1934, mid, 2025-259/428. Este cambio no incidió
mucho en el número de los efectivos totales de caballería; después de la reforma hubo 111
menos, entre jefes y oficiales, y 548 de tropa; en enero de 1933 había 20 116 elementos de
tropa de caballería y en marzo de ese año 19 568.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 33

originó por una redada policial realizada en 1901 en una casa de la


ciudad de México, en la cual se detuvo a 41 individuos vestidos de hom-
bre y de mujer cuando realizaban un baile. El hecho escandalizó a la
sociedad y los medios impresos le dieron gran difusión.
Más allá del número de regimientos es importante conocer también
el total de efectivos que tenía la caballería y cómo se ajustó durante el
periodo, sobre todo en relación con los efectivos de infantería. En di-
ciembre de 1920, ésta tenía 33 500 hombres, mientras que aquélla as-
cendía a 58 500. Con la primera gran disminución, en 1922, aún existía
una diferencia notable: 25 000 de infantería contra 36 000 de caballe-
ría.59 Esa diferencia persistió en el cuatrienio de Calles, que tuvo que
combatir la rebelión de los yaquis y la guerra cristera. En febrero de
1928 había 26 740 contra 33 227. En junio de 1930 se llegó a un mayor
equilibrio, con 22 698 contra 22 491 de caballería.60 A partir de entonces,
el equilibrio continuaría pero con un ligero vuelco a favor de la infan-
tería, que se extendió hasta 1937, fecha límite de la presente investiga-
ción: 20 841 contra 22 708.61
Contar con una caballería eficiente, bien organizada, armada y en-
trenada era un proceso bastante más complicado y costoso que el de la
infantería. Ésta requería un entrenamiento y costo mucho menor. Aque-
lla necesitaba caballos en buen estado, bien alimentados y con buena
salud. Esos animales difícilmente se encontraban en México, de ahí la
necesidad de importarlos, en su mayoría, de Estados Unidos. Las com-
pras no se hacían por expertos sino por generales revolucionarios de la
confianza del régimen. En 1926 lo hicieron Claudio Fox y Jaime Carrillo,
quienes adquirieron un buen número de ellos; eran frecuentes los en-
cargos especiales: al general José Gonzalo Escobar le compraron —con
la misma partida presupuestal— dos caballos para jugar polo a $700.00
usd cada uno, cuando por los caballos para servicio normal se pagaban
$50.00 usd.62 Estos generales que iban de compras eran fácilmente iden-
tificables por las comodidades con que viajaban así como por sus gastos,
lo cual los ponía en desventaja pues les daban precios más altos; de ahí
que a veces se enviara a un civil como Manuel Ruiz, “quien ha usado
un ingenioso ardid para obtener la mejor caballada a precios razonables,

59
 22 de noviembre de 1922, mid, 2025-294/423.
60
 Capitán Robert Cummings, 13 de junio de 1930, mid, 2025-259/213.
61
 Teniente coronel Marshburn, 1 de octubre de 1937, mid, caja 686, 2025-259/615.
62
 Fox compró en Texas 1 676 caballos y 295 mulas, por los cuales pagó $101 432.00
usd. Por su parte, el jefe de Estado Mayor de Amaro, Jaime Carrillo, compró también en
Texas 1 231 caballos y 1 498 mulas, a $163 391.00 usd. Carrillo a Amaro, 21 de abril de 1926,
act-aja, serie 0301, inv. 143, exp. 25, f. 58-59.
34 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

haciéndose pasar por un simple comerciante de ganado caballar”.63 En


algunas ocasiones se conseguía ganado que enfermaba al poco tiempo
de llegar a México. Eso pasó con algunas de las compras mencionadas
y con otras hechas en Argentina. Las autoridades reconocían que parte
de ese ganado estaba enfermo y, poco después, altas autoridades viaja-
ron a Durango.64 La falta permanente de ganado llevó a las autoridades
a establecer criaderos de caballos pertenecientes al gobierno para así
solventar, con medios propios, ese gran problema. De esa manera sur-
gieron los criaderos de Santa Lucía, en Durango, y Santa Gertrudis, en
Chihuahua. La idea era dejar de depender de mercados externos y evi-
tar el tiempo de aclimatación que requerían los animales foráneos.65
Aunque se continuó con la adquisición de ganado en el extranjero, tam-
bién se invirtió en la compra de sementales para los criaderos.66 La escasez
de animales daba a la caballería —señala un informe— más el aspecto de
una “infantería a caballo”, pues eran tantas las monturas faltantes que los
nuevos regimientos que se formaban para combatir a los cristeros se
convertían en simples guardias de trenes y vías férreas.67
En tiempos revolucionarios, los caballos y la comida de éstos se
conseguían por distintos medios, siguiendo más los criterios y la ima-
ginación de los generales revolucionarios que los métodos burocráticos.
De la misma forma, los usos y las costumbres de ese movimiento con-
tinuaron en el periodo aquí tratado. La administración castrense sabía
que era urgente cambiar esto. De ahí que se ventilara el asunto con
inusitada libertad. El primero que lo hizo fue el general José Álvarez,
jefe del Estado Mayor Presidencial, con lo que quedaba implícito que
esas palabras tenían la aprobación y el respaldo del presidente Calles
y del secretario Amaro, por lo que otros jefes lo trataron en la prensa
con igual libertad. Destaco aquí el caso del teniente coronel F. J. Aguilar,
pues describe con acierto el círculo vicioso originado por la falta de un
abastecimiento institucional:

Se trata de quitar a los jefes la atribución de adquirir forraje comprán-


dolo con el dinero que directamente reciben para ello, y confirmar esa

63
 Amaro al teniente coronel Manuel Guerrero, en Nuevo Laredo, 29 de julio de 1925,
act-aja, serie 0302, leg. 11, en proceso de catalogación, f. 736.
64
 Entre ellos Amaro, Andrés Figueroa y Espinosa y Córdoba. Excélsior, 13 de agosto de
1926.
65
 En 1927 dirigían esos criaderos los tenientes coroneles Tereso Salas y Manuel Guerrero.
Ibidem, 11 de junio de 1927.
66
 Se compraron en España 18 sementales de raza andaluza. Excélsior, 29 de octubre de
1926.
67
 Informe de la oficina del agregado militar, 16 de septiembre de 1927, mid, rg 165,
caja 2511.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 35

atribución a un órgano especial, o determinada autoridad de las exis-


tentes, posiblemente del ramo de Hacienda. Esta situación ha engen-
drado vicios inveterados de peculado con las características de here-
ditarios, que son perfectamente conocidos de todos y que han sido la
causa de que en México no haya habido, con rarísimas excepciones,
cuerpos eficientes de caballería. Ésta, en lo general, existe sólo de nom-
bre, pues a pesar de que el Erario de todos los gobiernos, se merma
para ese efecto con fuertes gastos, los caballos nunca reciben ni lejana-
mente la atención que debieran: quedando fuera de servicio prematu-
ramente. El soldado no recibe la instrucción que le corresponde y que
es necesaria; vive separado de su cabalgadura, la que comúnmente
campea en pastos de los hacendados, mal resignados a esta ruinosa y
molesta situación; los oficiales resisten las consecuencias, obligados a
vivir sin quehacer, prostituyéndose de grado o por fuerza y habituán-
dose a perder los escrúpulos en el cumplimiento de sus deberes. La
fácil, inmoderada e indebida ganancia, aparejada a la ausencia de res-
ponsabilidades y a la falta de obligaciones inherentes a la profesión,
ha hecho que las jefaturas de los cuerpos sean tenazmente codiciadas
por individuos ambiciosos, que no van a ocuparlas para dedicarse con
amor al cumplimiento de sus obligaciones, sino a emplear su tiempo
en una administración lucrativa y dedicar su atención a conservarla
por todos los medios. Frecuentemente las responsabilidades relacio-
nadas con este asunto, pesan sobre los subalternos, que no han com-
partido los gajes de que sólo han gozado los jefes... En los países ex-
tranjeros se resuelve la cuestión en diversas formas. En Italia, por
ejemplo, funcionan Consejos de Administración, de modo que al jefe
de la corporación sólo interesa recibir de conformidad el forraje, tanto
en cantidad como en calidad. Los caballos, que a su vez son propor-
cionados por los depósitos gubernamentales de remonta, se encuen-
tran en la cuadra bajo el cuidado y al servicio inmediato y eficaz del
soldado que les sirve diariamente cuatro kilogramos de avena, tres de
forraje, dos de paja y la cantidad necesaria de heno para su cama.68

En estas palabras encontramos no solamente una realidad retrata-


da con bastante fidelidad sino también un anhelo por transformar las
cosas, y ello implicaba cambiar la mentalidad de los jefes: que éstos se
dieran cuenta que, más que un modus vivendi, dirigir un regimiento era
un honor, y para mostrarlo había que mantenerlo lo mejor posible.
Pero los mismos generales que pugnaban por una centralización ad-
ministrativa de las fuerzas armadas, en ocasiones se mostraban re-
nuentes a aceptar los controles externos que imponía la Contraloría

68
 J. F. Aguilar, “La reorganización del ejército”, El Demócrata, 9 de agosto de 1925. La
conferencia de Álvarez, a la que se le dio gran relieve, fue impresa en El Universal, 12 de
mayo de 1925.
36 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

General de la Nación, los veían como monsergas administrativas que


obstaculizaban el mejor funcionamiento del ejército. En 1927, el gene-
ral Félix Ireta era jefe del 52º regimiento en Etla, Oaxaca. Como existía
una gran dificultad para conseguir el forraje, Ireta rentó una porción
de tierra para producirla bajo su mando. Por un tiempo, esta corpo-
ración era la única en todo el estado que alimentaba bien a los caballos.
El jefe militar en Oaxaca, Matías Ramos, le propuso al secretario y al
subsecretario de Guerra, Amaro y Miguel Piña, respectivamente, ex-
tender el mismo sistema para todos los regimientos bajo su jurisdic-
ción. Ambos funcionarios le dijeron que oficialmente eso no se podía
aprobar; Piña reconocía que las observaciones que hacía la Contraloría
a los gastos de la subsecretaría eran exageradas y dieron su anuencia
para hacerlo de forma “no oficial”: se usarían partidas de forrajes para
la renta de una hacienda y llevaría todo el proceso el general Ramos.
Aunque según la versión de éste el método era muy exitoso, a Amaro
le llegaron varias quejas y, finalmente, quien quedó destituido fue
Ireta.69 Una queja constante —motivo de roces entre las fuerzas arma-
das y parte de la sociedad rural de la época— era que los jefes de re-
gimientos usaban los pastizales de haciendas y pequeñas granjas para
alimentar a los caballos o, bien, prometían pagar forraje que se les daba
pero pocas veces cumplían.70 En otras ocasiones, algunos jefes hacían
negocios con hacendados locales que les vendían forraje a mayor pre-
cio, el cual pagaba la Secretaría de Guerra.
Los cambios para contar con una administración más eficaz, cen-
tralizada y transparente eran muy difíciles en tiempos donde la emer-
gencia prevalecía sobre cualquier proyecto modernizador. En 1931, ya
lograda la paz, se dio una reorganización de los regimientos mediante
la disminución de la tropa y el aumento del número de regimientos. En
un estudio sobre el tema, el capitán Armando Barriguete, quien era
agregado militar en Roma, criticaba aquella organización, pues consi-
deraba que la fuerza de esta unidad se perdía; en aras de disminuir los
efectivos para ahorrar presupuesto se privilegiaba una forma de orga-
nización inadecuada: había que acabar con la vieja creencia de que la
“guerrilla es indispensable en nuestro medio y de que los regimientos
deben responder únicamente a necesidades internas; lo anterior se jus-
tificó por las pasadas circunstancias vividas pero no ahora que se ha
iniciado un franco periodo de renovación militar”. Había que resolver

69
 M. Ramos a Amaro, 19 de septiembre de 1927, act-aja, serie 0301, inv. 204, exp. 86,
f. 110-113.
70
 En 1925 hacendados de Hidalgo se quejaban de esa falta de pago. No sólo se pedían
pasturas a haciendas, también a ranchos y pequeños predios urbanos. Excélsior, 17 de marzo
de 1925.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 37

dos grandes problemas: 1) dejar de fragmentar el poder de esas unida-


des; en vez de ello había que darle mayor capacidad de fuego, median-
te la dotación de una batería de ametralladoras y con servicios adecua-
dos de transmisiones, sanidad y veterinaria; para ello había que
aumentar los efectivos. 2) si se querían ahorros, había que tener cuerpos
más eficientes, con jefes y oficiales más capaces; se preguntaba si tenía
justificación y sentido que por cada jefe u oficial hubiera sólo siete sol-
dados. Para todo un regimiento se pagaban $155.00 diarios de haberes
a jefes y oficiales, mientras que a clases y tropa se asignaban $317.00.71
Al parecer el capitán no era el único que veía así las cosas, ya que dos
años después se regresó a regimientos de 400 efectivos. La desproporción
entre mandos y tropa seguía siendo un problema endémico de todas las
fuerzas armadas y no sólo de la caballería; aun hoy persiste ese problema,
aunque no con las desproporciones de la época aquí tratada. Con la re-
forma de 1931 se tenían más regimientos y, por tanto, era necesario con-
tar con más jefes y oficiales; esto solucionaba un problema pero ahonda-
ba otro: daba comisiones a militares que estaban en disponibilidad, pero
al darles un encargo hacía más difícil que tantos jefes excedentes acaba-
sen pidiendo su baja, cansados de tanta inactividad.72 Lo dicho por Ba-
rriguete y otros técnicos del arma fue tomado en cuenta en las reformas
a los cuerpos de caballería de 1933: se incluyó una sección de ametralla-
doras, servicios de enlaces y transmisiones así como mejores servicios
sanitarios y veterinarios.73 El presidente Abelardo Rodríguez señalaba
que “la Caballería es el arma más grande en personal y en costo, a pesar
del gran desarrollo de las vías de comunicación y medios de transporte
que se ha operado en el país en los últimos años, y por estas razones la
colocan en un plano secundario de importancia”.74
Pero más allá de las mejoras a los cuerpos de caballería, el gran
problema de esta arma era el fuerte cuestionamiento a su utilidad. Al
terminar la Primera Guerra Mundial se vieron ejércitos gigantescos, en
los que lo importante era la masa y su poder de fuego. Dicha masa se
organizaba principalmente en infanterías, apoyadas por las bocas de
fuego de la artillería y por la facilidad de movimiento que daba la avia-
ción. La caballería tenía poco que hacer en la guerra de trincheras. Por si

71
 Capitán segundo Armando Barriguete, Roma, agosto de 1931. act-aja, serie 0304,
inv. 238, exp. 8, f. 82-91.
72
 La prensa informaba que las autoridades militares estudiaban volver al sistema ante-
rior de 400 plazas, pues el nuevo hizo posible que muchos jefes que estaban en disponibili-
dad pudieran ser jefes de un regimiento. Excélsior, 29 de octubre de 1932.
73
 Ex capitán de caballería Juan Sánchez Montalvo, “Algo más sobre la reorganización
de los cuerpos de caballería”, El Universal Gráfico, 22 de febrero de 1933.
74
 El Universal, 6 de marzo de 1933.
38 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

fuera poco, en algunos escenarios de esa guerra, la caballería alemana


peleó eficazmente contra la francesa, en combates pie a tierra, con ame-
tralladoras que la caballería francesa no tenía. Esas experiencias llevaron
a muchos tácticos, sobre todo al general británico Fuller y a Lidell Hart,
uno de los teóricos de la guerra más prestigiados de ese tiempo, a pro-
mover el uso del carro de guerra o tanque. Fuller era un gran táctico,
cuyas ideas revolucionarias acerca de la guerra no gustaron nada al
Estado Mayor británico, muy conservador sobre cualquier innovación;
este general hablaba de mecanizar totalmente la caballería; creía que la
guerra del futuro la ganaría quien tuviera armamento superior; había
que aprovechar las propuestas de los profesionales civiles: las del in-
geniero, el inventor, el químico. Tales ideas encontraron mejor acogida
entre los políticos que entre los militares: el diputado Wedwood pedía,
en 1926, la desaparición del caballo en el ejército inglés para enviarlo al
zoológico. Hart, al referirse a ese resquemor a lo nuevo, decía: “Si un
soldado aboga por cualquier idea nueva verdaderamente importante se
ve enfrentado a un muro obstructor —elaborado con resentimiento,
recelos e inercia— de tal magnitud que la idea sólo puede triunfar si él
mismo se sacrifica: cuando por fin se derriba el muro debido a la pre-
sión de la nueva idea, los escombros caen sobre él”. Fuller pasó tres años
sin mando y forzado a retirarse en 1933. Los trabajos de Hart, ignora-
dos en Inglaterra, eran estudiados con gran interés por el Estado Mayor
alemán de Hitler y fueron usados para el desarrollo de los pantzers.75
En el medio castrense mexicano las cosas no eran muy diferentes.
En 1920, en la reapertura del Colegio Militar, más que festinar el hecho,
el coronel de caballería Rodolfo Casillas dedicó su perorata a criticar a
quienes —a su juicio— minimizaban la utilidad de su arma:

Espíritus mediocres, que se creen adelantados, conocedores de las úl-


timas enseñazas de la guerra; militares fatuos, que ambicionan ser
llamados progresistas, que se dicen empapados en las teorías moder-
nas, pero que en realidad ignoran o quieren ignorar la participación de
la caballería en la guerra europea; mentalidades cuyo obtuso criterio
les ha hecho deducir conclusiones falsas de las última contienda, pro-
claman a grito abierto, que los “tanques”, los cañones de .45, las líneas
Hindemburg, la guerra de minas, los nidos de ametralladoras y quién
sabe cuántas cosas más, han eclipsado a la caballería, que debe ser
sustituida —dicen ellos— por una simple infantería montada.76

75
 Norman F. Dixon, Sobre la psicología de la incompetencia militar, Barcelona, Anagrama,
1991, p. 141-147.
76
 En el discurso, el autor se ocupa extensamente de reseñar los hechos de la Gran Guerra
que, a su juicio, demostraban la enorme importancia de la caballería. Revista del Ejército y de
la Marina, enero-mayo de 1920, p. 24-31.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 39

Aunque es cierto que el tema de la mecanización bélica tuvo exce-


sos imaginativos sin ningún sustento, también lo es la existencia de una
enorme resistencia a usar nuevas armas que ya habían mostrado su
eficacia, como lo muestran las palabras de Casillas. El coronel de inge-
nieros Tomás Sánchez Hernández, quien llegaría a ser uno de los mili-
tares más influyentes y capaces en la década de 1950 —fue subsecreta-
rio de la Defensa Nacional y director de Materiales de Guerra—, en
1931 comentaba las ideas de Fuller y Hart; aunque lo hacía en un estu-
dio sobre la caballería francesa, señalaba que ante esas ideas

apasionantes [es natural que] el dragón se inquiete al considerar la po-


sible sustitución de su caballo, emblema de todas sus tradiciones, por el
motor a explosión; entre la oficialidad de esta rama se entablan las más
acaloradas discusiones sobre el particular, se estudian y comentan las
doctrinas propias y extranjeras sobre una revolución total de la organi-
zación militar, que echando por tierra los viejos principios de la táctica
y de la estrategia, substituya sobre el campo de batalla, la máquina al
combatiente, el ingeniero al general y el mecánico al soldado.77

Sánchez no descartaba esas ideas pero las relegaba a un futuro in-


cierto y, sobre todo, enfatizaba algo muy característico de los militares
mexicanos: “Es evidente que entre nosotros la motorización, ni aun en
reducida escala, podrá ser (por lo menos en un futuro próximo) aplica-
ble. Los teatros de operaciones europeos son radicalmente diferentes
en sus características primordiales con los nuestros”.78 Repetía, así, el
argumento sobre las peculiaridades del territorio nacional, su difícil
acceso que lo hacía más adecuado para fuerzas de caballería. Parte de
esa argumentación era que el ejército estaba pensado y organizado más
para mantener el orden interno y, por tanto, para combatir guerrillas,
que para una guerra internacional como, por ejemplo, una posible in-
vasión norteamericana que hubiese requerido grandes contingentes
reunidos en divisiones y brigadas. La experiencia fundamental que
debía utilizarse en tales casos hipotéticos, según este coronel, era

estudiar nuestras luchas internas, allí encontraremos un vasto campo


de investigación... Los raids de la caballería villista y sus ataques; la
acción y la misión de la columna del general Cárdenas en 1923, la ac-
ción de los elementos villistas contra las fuerzas de la expedición de
Pershing... La campaña contra los rebeldes fanáticos que constituyó
una verdadera guerra de partidarios y en donde la caballería del Ejér-

77
 Coronel de ingenieros Tomás Sánchez Hernández, Angers, Francia, 16 de marzo de
1931, act-aja, serie 0304, inv. 278, exp. 48, f. 422-489.
78
 Idem.
40 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

cito nacional operó en extensas zonas que exigieron su división en


guerrillas, forzadas a vivir, muy a menudo, sobre el terreno y a des-
plazarse continuamente...79

Vemos cómo esta justificación se encontraba enraizada más en el


pasado que en el porvenir; aludía a conflictos relativamente recientes
que indudablemente tenían una gran importancia como enseñanza.
Estoy consciente de que las dificultades topográficas del país y la falta
endémica de recursos eran reales e incuestionables. Pero también es
cierto que esa teoría fue creada y sustentada —en parte— para mante-
ner incólume el prestigio de la caballería y para defenderla de sus de-
tractores. Ésa fue una de las razones, si bien no la única, que llevó a las
autoridades militares a intentar definir una teoría de guerra mexicana
o, como se le llamó después, una “doctrina de la defensa nacional”.
Todavía en la década de 1960, el general Marcelino García Barragán
señalaba que si la doctrina de guerra “es la creación, preparación y
conducción de las fuerzas armadas... convendremos en que a nuestro
ejército le ha faltado desde su creación hasta nuestros días...” 80
El secretario Amaro y otros generales que participaron en la Revo-
lución eran fanáticos del caballo. A pesar de que las diferencias de
clase social, de organización y de misiones entre las fuerzas armadas
mexicanas y británicas son muchas y notorias, creo que las palabras de
Norman Dixon son aplicables a los jefes mexicanos:

Debido a que muchos oficiales del ejército de tierra y de muchas fami-


lias militares son rurales, montar a caballo en el contexto de deportes
como el polo, la caza del jabalí y, en épocas anteriores, las justas, no sólo
permiten convertir en acciones aspectos simbólicos de la guerra de ver-
dad sino que están además relacionados con la clase social más alta, no
es extraño que sean tan del gusto de los que eligen la carrera de las
armas. Si se tiene todo esto en cuenta, no resulta extraordinario que la
caballería llegara a ser el sector del ejército de mayor prestigio.81

En el medio castrense mexicano el polo tuvo un gran patrocinio.


Los que jugaban bien ese deporte se convertían en una elite dentro de
la caballería. También estos jefes y oficiales tenían la oportunidad de re-
lacionarse con lo más granado de la sociedad, muchos de ellos conno-
tados ex porfiristas. Jugar bien ese deporte se convirtió en una forma

79
 Idem.
80
 Palabras del secretario de la Defensa, julio de 1970, citado en José Luis Piñeyro, El
profesional ejército mexicano y la asistencia militar de Estados Unidos: 1965-1970, tesis de licencia-
tura en Relaciones Internacionales, El Colegio de México, 1976, p. 110.
81
 Norman F. Dixon, Sobre la psicología..., p. 149.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 41

de promoción. Lo mismo ocurrió con la charrería; en los desfiles militares


del 16 de septiembre era frecuente que también marcharan integrantes
de asociaciones de charros.82
De ninguna manera quiero dar a entender que esas actividades
fueran la principal razón de las promociones, ya que muchos de los
jefes eran estupendos militares. Era costumbre, por ejemplo, que los re-
gimientos mejor calificados pasaran a la ciudad de México en calidad
de regimientos de Guardias Presidenciales. Muchos de estos cuerpos
eran dirigidos por distinguidos jugadores de polo que, en la capital del
país, podían practicar más fácilmente ese deporte. Excelentes militares
que jugaban polo y que fueron nombrados jefes de algún regimiento
de guardias: los generales Juan de la Torre Villalvazo y Anselmo Ma-
cías Valenzuela. Otro gran caballista que comandó un cuerpo de esas
guardias fue el general Gilberto Limón.83 El coronel Jesús Jaime Quiño-
nes era miembro del equipo de polo de Amaro y en 1927 fue nombrado
jefe del 5º regimiento, con sede en Los Altos, Jalisco, y ascendido a
general en 1929, aunque ello fue, con toda seguridad, más por su efec-
tividad en el combate a los cristeros. También gran jugador y de impor-
tante actuación contra los cristeros fue el coronel Miguel Z. Martínez,
por varios años jefe del 54º regimiento (de 1925 a 1933), unidad que se
lucía siempre en desfiles y festivales militares.84 Muchos de los militares
revolucionarios provenían del campo, habían sido rancheros y estaban
muy familiarizados con el uso del caballo; incluso era una forma de
vida. De ahí que existiera una reticencia natural a prescindir de él.
Durante la Segunda Guerra Mundial, ya nadie pudo dudar de la
eficacia de la caballería motorizada: la guerra relámpago que inició
Hitler contra Polonia en septiembre de 1939 combinaba el desplaza-
miento incontenible de los pantzers en tierra, con los bombardeos de la
aviación. La alianza de México con Estados Unidos en esa guerra fue el
primer paso para cambiar la perspectiva sobre esta arma; el secretario
de la Defensa “veía en el armamento moderno el elemento fundamental
del que dependían tanto la organización como la instrucción de las fuer-
zas armadas”.85 En ese contexto se integraron unidades de combate más
grandes, divisiones y brigadas, y se creó también el 12º regimiento de
caballería mecanizado; en ese momento, la modernización del ejército

82
 El Universal, 17 de septiembre de 1930.
83
 Gilberto Limón llegó a ser secretario de la Defensa Nacional.
84
 Mayor Thompson, 7 de septiembre de 1928, mid, 2025-293/186; Excélsior, 6 de sep-
tiembre de 1929; ibidem, 19 de septiembre de 1926 y 19 de abril de 1928; El Universal, 7 de
julio de 1930;
85
 Blanca Torres, Historia de la Revolución mexicana 1940-1952. V. 19. México en la Segunda
Guerra Mundial, México, El Colegio de México, 1988, p. 138.
42 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

dependió casi exclusivamente de equipo y tecnología norteamericanos.


Aún más, la organización en grandes unidades llevaba aparejada, en el
aspecto táctico, una organización similar a la de las fuerzas armadas
norteamericanas y, por lo tanto, a la mecanización de las tropas.86 Como
ya preveía Sánchez Hernández en 1931, en México había que poner
especial interés en aquel país para lograr que el motor estuviese “al
servicio integral del ejército”, con carros de combate apropiados y rá-
pidos en cualquier terreno.87 Con esta modernización no desapareció
el caballo, pero sí cambió el concepto de su uso en las fuerzas armadas
de nuestro país. En la actualidad, las fuerzas armadas sólo tienen una
unidad que continúa con el uso del caballo: la unidad montada del
Cuerpo de Guardias Presidenciales.88

Infantería

El arma de infantería no tuvo en la Revolución mexicana el prestigio de


la caballería, ni existió una épica mitificada de la misma. Se le reconocen,
sin embargo, características que la convierten en una de las más impor-
tantes y es considerada como el arma primigenia en cualquier nación o
civilización. Juan Beristáin, capitán primero de infantería, señala que:

Entre los pueblos de diferentes razas de indios que vivieron en el en-


tonces inmenso territorio de Anahuac, los hombres se agruparon en
tribus de guerreros a pie, formando algo que podíamos llamar una
infantería primitiva, portando armas de construcción completamente
elemental, porque los armamentos y los caballos que más tarde dieron
origen a la formación de otras armas, les fueron desconocidos hasta la
llegada del conquistador Hernán Cortés, siendo estas tribus de guerre-
ros las que podemos considerar como las primeras tropas de infantería
en el territorio nacional.89

La mitificación de ese pasado les dio a sus descendientes, quisié-


ranlo o no, la misión histórica de formar los contingentes fundamenta-
les de esta arma. De ahí que a su tropa con frecuencia se le da una
connotación racial. Debido a que los indígenas realizaban los trabajos
más pesados en el campo y en las minas, eran los explotados de la so-
ciedad, “pero, al mismo tiempo, la que en todas las ocasiones ha venido
86
 Mayor Robert E. Battles, 12 de octubre de 1943, mid, caja 2511.
87
 Se refería al “Criestie”, de 10 toneladas, que alcanzaba 120 kilómetros por hora sobre
ruedas, y 70 con orugas. Informe citado.
88
 El Estado Mayor Presidencial. Cumplir con institucionalidad, México, [s. e.], 2006.
89
 Juan Beristáin, Táctica de infantería, México, Secretaría de Guerra y Marina, 1934, p. 12.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 43

a formar dentro de las filas del ejército para la defensa e integridad del
territorio nacional”.90
El movimiento de Agua Prieta de 1920 resultó vencedor, entre otras
razones, por la alianza que logró con importantes facciones y grupos
armados anticarrancistas. Al incorporar a tantos grupos dentro del ejér-
cito, los sonorenses crearon un ejército de más de cien mil efectivos. Para
poder licenciar a una parte de éstos se crearon las colonias militares.
Tanto zapatistas como cedillistas conformaron las más importantes. En
su mayor parte eran soldados de infantería que combatían con tácticas
guerrilleras; en su mayoría eran campesinos y peones sin tierra que se
unieron a la Revolución. Como el soldado de infantería requiere menos
entrenamiento que el de caballería es más factible que aquél provenga
del campo, de una situación depauperada, mientras que éste de una
cultura ranchera. También por eso el soldado de infantería era más
proclive a crear lazos caciquiles con sus jefes. El caso de Cedillo es pa-
radigmático. Aunque éste era un general dentro del escalafón del ejér-
cito nacional, el control que ejercía en su región se basaba más en rela-
ciones clientelares que en un liderazgo castrense formal. De ahí que las
autoridades militares dejaran hacer y deshacer a Cedillo, siempre y
cuando les asegurara el control de una región de difícil acceso.
En el país existían grupos armados que no pertenecían al ejército,
eran mantenidos por gobiernos estatales, municipales o incluso por
corporaciones obreras y campesinas. En su mayoría, esos grupos eran
organizaciones de infantería. En el capítulo siguiente hablaremos más
extensamente sobre estas fuerzas. Los gobiernos posrevolucionarios,
ante la emergencia de un conflicto armado, usaban esas fuerzas: las
incorporaban momentáneamente dentro del ejército con la promesa de
darles tierras más adelante. Por esa razón no era necesario tener con-
tingentes de infantería tan numerosos, a pesar de ser el arma que más
bajas sufría. En 1921 el ejército tenía un total de 83 000 efectivos, de los
cuales 45 000 eran de caballería y 37 000 de infantería.91 Esta despropor-
ción se mantenía, entre otras razones, por cuestiones tácticas: en caso
de una rebelión era más fácil recurrir a unidades irregulares o, bien,
a la formación rápida de batallones regulares sin entrenamiento, pues
la tarea principal consistiría en vigilar poblaciones; aunque también,
según afirma Jean Meyer, en ocasiones los jefes militares ponían como
vanguardia a estas fuerzas y, así, formaban un escudo humano que
protegía al resto. Y es que muchos jefes y oficiales mexicanos sentían

90
 Ibidem, p. 33.
91
 Declaración del secretario de Guerra, Enrique Estrada, El Universal, 18 de marzo de
1921.
44 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

un gran desprecio por los agraristas, decían que eran cobardes e indis-
ciplinados. El mismo autor calcula que durante todo el conflicto criste-
ro (1926-1929) fueron movilizados entre 5 000 y 20 000 agraristas, la
mayoría de infantería.92 Con los acuerdos de paz y al lograr el ejército
sofocar la rebelión escobarista de 1929, muchas de estas fuerzas fueron
desarmadas ya que se convertían en factor de poder de gobernadores
o derivaban en bandas delictivas.
En la década de 1930, el país vivió por primera vez un largo perio-
do sin rebeliones ni guerra civil; a partir de ese momento las fuerzas
regulares de infantería comenzaron a equilibrarse con las de caballería,
y también el desarme de irregulares se convirtió en una política casi
permanente. Aunque como secretario de Guerra Lázaro Cárdenas se
encargó de llevarla a cabo, como presidente buscó integrar a los agra-
ristas en el ejército, como sus reservas; buscaba que dejaran de depen-
der de caciques, presidentes municipales, diputados, senadores o go-
bernadores para hacerlo directamente de la Secretaría de Guerra. Lo
anterior fue muy mal visto en el ejército pues se llegó a pensar, por el
ímpetu con que el presidente llevaba a cabo la reforma agraria, que
quería suplir al ejército con esas fuerzas campesinas.93
Volvamos al análisis del ejército regular: en el número de hombres
enlistados en la infantería, con respecto al de la caballería, hasta 1932
siempre llevó ventaja la segunda, pero a partir de febrero de ese año se
llegó a un empate con 22 000 por cada arma. En marzo se dio un ligero
aumento en la infantería: 22 410 contra 22 131. Para diciembre de 1935,
esa ligera ventaja se mantuvo.94 Hay que precisar que, a pesar de ser
más los hombres enlistados, el número de jefes y oficiales de caballería
era superior al de infantería: 3 385 contra 3 071 en marzo de 1932. Hacia
octubre de 1937, la infantería tenía 1 907 hombres más y, por el número
de efectivos, a partir de ese momento se convirtió en el arma más im-
portante del ejército mexicano.

92
 Jean Meyer, La Cristiada, v. 1, p. 160; v. 3, p. 50-56.
93
 Para tal fin se creó un nuevo departamento dentro de la secretaría: Departamento de
Reservas del Ejército, a partir del 1 de febrero de 1936. Se buscaba que sus elementos fuesen
campesinos que habían recibido tierras del gobierno. Se pretendía organizarlos en batallo-
nes y regimientos, con un coronel o general como jefe, y esas unidades dependerían de la
zona militar donde habitaban los ejidatarios. Como era difícil conformar esas unidades con
300 o 400 elementos, acababan por organizarse en unidades menores, compañías e incluso
pelotones. El responsable de la organización era el general Martín del Campo, 27 de octubre
de 1936, mid, caja 686, 2025-259/586.
94
 Eran 22 588 de infantería, 21 519 de caballería; con respecto a jefes y oficiales, también
había un equilibrio, 661 contra 717 jefes de caballería, y 2 499 contra 2 570 oficiales, mid, 19
de diciembre de 1935, 2025-259/521; ibidem, 16 de febrero de 1932, 2025-259/277; ibidem, 4 de
marzo de 1932.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 45

En México, la unidad básica de la infantería es el batallón; casi siem-


pre que se refiere a este nombre se trata de esta arma. En 1919, el ejér-
cito contaba con 98 batallones. Al año siguiente había 105, de los cuales
87 eran del ejército regular y 18 de nuevo ingreso. A finales de ese año
se licenciaron o fusionaron 37 batallones regulares y 11 de nuevo ingre-
so. Se procuró depurar los excedentes del arma al proponer la perma-
nencia de aquellos cuerpos que tuvieran organización y experiencia y
la desaparición de los que carecían de ella.95
El jefe de un batallón debía ser un coronel o un general brigadier. El
número de efectivos y la estructura cambió a lo largo del periodo aquí
tratado. Con la experiencia de la Gran Guerra en Europa, cambió el
papel de las unidades de infantería y muchos señalaban la necesidad de
incorporar estas enseñanzas al ejército: “La principal de estas modifica-
ciones consistirá en incorporar a la infantería los cuerpos de ametralla-
doras, antes independientes y autónomos...”96 Aquella guerra había
mostrado que la capacidad de fuego de dichas unidades debía incre-
mentarse significativamente. Como muchas veces sucede en la historia
de nuestras fuerzas armadas, el poder de fuego se incrementó debido a
la urgencia por combatir la rebelión delahuertista más que a planes tác-
ticos para mejorar las unidades. Así, hacia finales de 1924, al sofocar la
rebelión, los 51 batallones de línea llegaron a tener 347 ametralladoras,
aunque no todas funcionaban. Cada batallón tenía cuatro ametrallado-
ras.97 En 1928, un batallón estaba compuesto por tres jefes, 34 oficiales,
464 individuos de tropa, nueve caballos y 61 acémilas. Cada batallón
tenía tres compañías de fusileros y una de ametralladoras. Cada com-
pañía de rifleros tenía 139 hombres, dirigida por un capitán primero;
cada compañía tenía tres secciones conformadas por tres pelotones,
dirigidos por un teniente.98 La mayoría del armamento eran rifles máu-
ser de 7 mm.99 Durante el gobierno de Obregón se mantuvo un número
equilibrado de 52 batallones de línea. Con la rebelión delahuertista de-
feccionaron 18 batallones completos; para combatirla se organizaron 29

95
 Jesús de León Toral et al., El ejército y fuerza aérea, v. 2, p. 450.
96
 “La reorganización del Ejército”, editorial de Excélsior, 14 de abril de 1921.
97
 Memorándum de la División de Planes Militares, 28 de febrero de 1925, mid, caja
2510, G-2/242-9.
98
 En palabras de Beristáin: “La sección es la unidad de maniobra de la infantería, es
decir, la que puede hacer concurrir hacia un mismo objetivo, varias unidades básicas de
combate o fracciones constituidas capaces de acción propia, atribuyéndoseles misiones dife-
rentes”. Táctica de infantería, p. 84. Informe, febrero de 1928, mid, caja 2511.
99
 De éstos, en 1930 la infantería tenía 22  865, además de 1 862 rifles Enfield 7.65 mm,
1 215 Remington rusos y 818 carabinas Winchester; para los máuser, la infantería tenía 5 272  004
cartuchos; además contaban con ametralladoras: 92 Hotckins, 52 Colt y 48 Vickers. Informe
“El ejército mexicano”, coronel Gordon Johnston, 1 de febrero de 1930, mid 2025-485/4.
46 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

batallones de línea y 6 batallones auxiliares. Hacia septiembre de 1925


se volvió al número de 50 batallones.100 Con la guerra cristera y el com-
bate a los yaquis crecieron los efectivos de esta arma: en junio de 1927
se habían formado once batallones más.101 En septiembre, dos batallones
irregulares que ayudaban a la campaña en Sonora fueron incorporados
a las fuerzas de línea y aumentaron, así, a 62.102 Al terminar el conflicto
religioso y la rebelión escobarista se redujeron a 52.103 En 1931, los dos
batallones de Guardias Presidencias pasaron a ser unidades de línea: en
lugar de tener 50 batallones, numerados del 1º al 51º (la infantería tam-
poco tenía un 41º batallón), más dos batallones de dichas guardias (el 1º
y el 2º), ahora la lista era del 1º al 53º.104 En 1933, la infantería perdía dos
batallones ya que las leyes militares establecían una arma de ingenieros,
que sólo existía en el papel; en ese año fue creado el Departamento de
Ingenieros, con dos batallones de zapadores; para crearlos, dos unidades
de infantería pasaron a ser de zapadores.105 A finales del periodo aquí
tratado siguió fijo el número de 50 batallones.
Las autoridades se preocuparon de la instrucción militar, comen-
zando por la de los mismos jefes de instrucción (con rango de mayo-
res), para evitar que dichos jefes quedaran en ridículo ante oficiales
procedentes del Colegio Militar, “que poseían un caudal de conoci-
mientos muy superiores al de ellos”. Para una mejor comprensión de
los movimientos tácticos y estratégicos, se mandaron fabricar “25 000
soldaditos de plomo para la instrucción práctica que se les impartirá
en las academias a los oficiales y clases de los batallones; dichos sol-
daditos, fijos en una base de madera y metal, se recibieron de confor-
midad, y debidamente empacados, se envía a cada batallón la dotación
que le corresponde”.106
100
 Informes de gobierno de Álvaro Obregón, 1º de septiembre de 1922, 1923 y 1924.
Informe de Calles, Diario de los Debates del Senado, septiembre de 1925.
101
 En octubre de 1926 se formaron los batallones 52º al 57º, así como el 1º y 2º batallo-
nes regionales de Sonora (más tarde incorporados a los cuerpos de línea); en mayo de 1927
se formaron los batallones 58º al 61º. Memoria presentada al H. Congreso de la Unión por el secre-
tario del ramo, general de división Joaquín Amaro, 1926-1927, p. 59; Jean Meyer, La Cristiada, v. 1,
p. 148; E. Davis, 17 de junio de 1927, mid, 2025-293/151.
102
 Thompson, 4 de octubre de 1927, mid, 2025-293/160.
103
 J. Johnston, 16 de abril de 1930, mid, 2025-293/189.
104
 Esto se hizo al nombrar al 1º batallón de Guardias Presidenciales como 44º batallón
de línea, el 2º pasó a ser el 52º y el 44º pasó a ser el 53º. Aunque dejaban de llamarse Guar-
dias Presidenciales, los batallones 44 y 52 continuaron al servicio en la presidencia. Johns-
ton, 20 de abril de 1931, mid, 2025-259/248.
105
 Los batallones 11º y 50º pasaron a ser los batallones 1º y 2º de zapadores; los batallo-
nes 52 y 53 de infantería tomaron los números vacantes: 11 y 50. Cummings, 7 de abril de
1933, mid, 2025-259/366.
106
 Memoria presentada al H. Congreso de la Unión por el secretario del ramo, general de divi-
sión Joaquín Amaro, 1926-1927, p. 62.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 47

De la misma manera que se buscó modernizar la caballería, con una


reorganización de sus regimientos, en 1931, en ese año se pretendió lo
mismo con la infantería. La Comisión Técnica que dirigía el general
Manuel Mendoza consideraba que la guerra moderna obligaba a dotar
de personal especializado a cada unidad: un oficial de inteligencia, ya
que la información precisa sobre la posición del enemigo, sus recursos
y abastecimiento eran indispensables para el mando; se creaba un
servicio de transmisiones a cuyo frente estaría un teniente, ya que la
rapidez en la transmisión de órdenes era muy necesaria; la unidad
seguiría teniendo tres compañías.107 Esta disposición quedó en el papel
que se hizo, pues se carecía del equipo de transmisiones necesario y del
personal para desempeñar las funciones mencionadas.108
En esa década se planteaba la urgencia de modernizar la infantería
y ello comenzaba con un mejor armamento; era universalmente cono-
cido que una infantería más eficiente no requería de más soldados sino
de armarlos mejor, lo cual era difícil porque no había recursos suficien-
tes. Al igual que en la caballería, también los infantes discutían sobre
la necesidad de crear unidades más amplias, brigadas y divisiones.
Asimismo se ponderaba la necesidad de mecanizar o no a la infantería;
Beristáin opinaba que:

En México, aunque aceptando el beneficio de los transportes en las


grandes jornadas y cuando se cuente con el material necesario, las uni-
dades de infantería deben estar preparadas para las marchas a pie,
cualquiera que sea su naturaleza, primero, porque la gran extensión
de nuestro territorio carece de buenas vías de comunicación y, segundo,
porque si debemos hacer la guerra tratando de buscar la sorpresa, ésta
no puede lograrse en nuestro medio si carecemos de la facultad y ra-
pidez, imposibles de obtener con una organización que implique el
arrastre de elementos pesados, que harían las marchas tardías y llenas
de dificultades.109

Al decir esto, seguramente tenía en mente las dificultades que en-


frentaron para combatir a los cristeros. La guerrilla, cuya definición es
la de guerra pequeña, es una forma longeva de combate. Muchos de
los métodos guerrilleros están diseñados para ser realizados por sol-
dados de infantería. El divisionario Calvo Ramírez señalaba las simili-
tudes entre ambos:

107
 Revista del Ejército y de la Marina, enero de 1931.
108
 En una disposición de 1934 podemos ver cómo la reorganización anterior no se ha-
bía llevado a cabo. M. B. Pattin, 25 de mayo de 1934, mid 2025-259/449.
109
 Juan Beristáin, Táctica de infantería, p. 89.
48 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

Como el soldado, el guerrillero debe saber moverse de un punto a otro


y cómo avanzar bajo el fuego del enemigo; cómo camuflarse, cómo
ocultarse de aquellos accidentes del terreno que lo cubren de la mirada
del enemigo y cómo utilizar los “abrigos” que son los que protegen de
una y otro, es decir, de la mirada y del fuego enemigos.110

Esas cualidades las encontraba Gordon McCoy, agregado militar


norteamericano, en algunas unidades de infantería de ejército mexica-
no; cuando enfrentaban un ataque en terrenos montañosos sabían re-
conocer cuáles formaciones rocosas eran las mejores para protegerse y
sabían escoger las líneas de retirada; el uso de los rifles automáticos,
apoyados por las ametralladoras, era muy adecuado; tenían un instin-
to natural para hacerlo pues lo habían hecho toda su vida. También
eran excelentes ejecutantes de emboscadas, donde el uso de las armas
ya señaladas era muy bueno. La cosa era diferente cuando se trataba
de construcciones defensivas; había un entrenamiento muy deficiente
para hacer trincheras y líneas con alambre de púas. Esto se debía, en
parte, a la falta de una buena arma de ingenieros, ya que prácticamen-
te no existían zapadores.111 McCoy se basó en comentarios de oficiales
mexicanos, publicaciones de la Escuela Superior de Guerra y en ob-
servaciones personales. Menciono las fuentes porque los prejuicios
que muestran no sólo son del agregado sino también de sus fuentes. Y
es que la capacidad y eficacia de la infantería estaban asociadas en ese
tiempo, al menos en el discurso, con el origen étnico y regional de mu-
chos de sus integrantes, tal como lo señala el capitán Beristáin. Se con-
sideraba que los yaquis de Sonora, los juchitecos de Oaxaca, los serra-
nos de Puebla y Oaxaca eran estupendos soldados, infatigables y
resistentes. Donde mejor se desempeñaban era en terrenos difíciles,
ya que estaban acostumbrados a moverse en ellos. Su carácter ladino y

110
 Roberto Calvo Ramírez Treviño, La guerra de guerrillas, México, [s. e.], 1966, p. 23.
Aunque este texto es muy posterior al periodo aquí tratado, creo que refleja posturas y pre-
ocupaciones de antaño y que en la década de 1960 cobraron gran relevancia, pues efectiva-
mente comienzan a realizarse entrenamientos de este tipo. Este militar señala que “hasta
ahora, según tengo entendido, el estudio de la lucha guerrillera no se ha incluido en nues-
tras escuelas de formación ni en nuestros programas de instrucción... [Sería necesario] im-
partir en las escuelas de infantería y caballería del Colegio Militar un curso sobre la guerra
de guerrillas. El segundo sería, a nuestro juicio, iniciar también a los futuros oficiales de las
armas en el conocimiento teórico de operaciones de contraguerrilla... A medida que nuestra
Revolución avance y emancipe con la reforma agraria integral a nuestras grandes masas
campesinas... convendría impartir a nuestros ejidatarios y pequeños propietarios las nocio-
nes teóricas y prácticas de la guerra de guerrillas, a fin de que este gran sector social del
pueblo mexicano se encuentre capacitado para defender las regiones en las que vive y trabaja”.
Ibidem, p. 41-42.
111
 Teniente coronel Gordon McCoy, 19 de diciembre de 1939, mid, 2025-635/3.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 49

traicionero los hacía intuitivamente expertos en emboscadas. En 1933


había 13 294 indios de raza pura en el ejército, la mayoría en batallo-
nes.112 Por un tiempo en la ciudad de México proliferaron rumores
sobre el comportamiento impropio y hasta criminal de soldados de
origen yaqui que, en cumplimiento de la misión de vigilar Chapultepec,
disparaban a cuanto automóvil pasaba; incluso se llegó a hablar de prác-
ticas de tiro al blanco sobre la gente que paseaba en el parque; de ahí
que la prensa opinara que: “Un yaqui podrá ser un valiente, magnifico
cazador de hombres en las batallas; pero por lo general es también un
salvaje. La civilización se halla todavía muy distante de estos hombres
rudos, indomesticables, torvos y fieros, que hablan un idioma bárbaro
y apenas articulan unas cuantas palabras castellanas”.113
En cuanto a la corrupción en la infantería, lo más común era infor-
mar que se tenía un número mayor de efectivos de lo que verdadera-
mente había, ya que de esta manera jefes y oficiales cobraban los ha-
beres de esos soldados. Otra era informar tardíamente de soldados
desertores para seguir recibiendo los sueldos. Como el soldado de
infantería requería menos entrenamiento que el de otras armas, su
deserción era menos costosa. Por ello, si un jefe fomentaba la deserción
con actitudes dictatoriales o con injusticias palmarias, ello afectaba
menos el funcionamiento del batallón porque se podía reclutar y en-
trenar a otros más fácilmente. También era muy común la práctica de
ofrecer a los soldados préstamos con intereses. Dentro del 1º batallón
de línea acantonado en Texcoco, cuyo jefe era el general Félix Lara, se
denunció que algunos oficiales cobraban 20% de intereses. Las acu-
saciones, cuando Amaro era secretario del ramo, se investigaban
aunque llegaran en forma de anónimos; pero en la mayoría de las
ocasiones se procedía con torpeza; en este caso se envió a un funcio-
nario a Texcoco, quien interrogó a los soldados frente a sus jefes, lo
que hacía muy difícil que aquéllos, por miedo y respeto a la jerarquía,
denunciaran lo que realmente ocurría dentro del batallón; el funcio-
nario concluyó que todos habían negado las irregularidades eviden-
ciadas.114 Otra práctica era pedir contribuciones especiales. En el caso

112
 Según un oficial del ejército mexicano había, entre generales, jefes, oficiales y tropa,
5 861 yaquis en servicio en varias unidades dentro y fuera del estado de Sonora; 3 983 juchi-
tecos en el Istmo de Tehuantepec; 979 chamulas en Chiapas; 432 mayas en Yucatán; 660 se-
rranos poblanos, 108 serranos oaxaqueños y 1 971 mixtecos en los estados de México y Que-
rétaro. R. Cummings, 20 de enero de 1933, mid, 2025-523/1.
113
 Excélsior, 3 de junio de 1925.
114
 Los oficiales acusados eran los capitanes Rodolfo Oriza, Secundino Campos, José
Barrientos, Isidoro López y Federico Anaya. El funcionario que envió Martínez fue el gene-
ral Ubaldo Garza. Amaro a Eugenio Martínez, jefe de operaciones militares en el Valle de
México, 31 de marzo de 1925, act-aja, serie 0301, inv. 186, exp. 68 f. s. n.
50 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

del 52º batallón, con sede en la ciudad de Puebla, las denunciantes


fueron las esposas de los soldados, a quienes se les pedían dos días de
haberes para contribuir a la compra de un camión; al hacerse la inves-
tigación todos los soldados negaron los hechos.115 Auténtico escándalo
fue el caso del general Manuel Maldonado Sonora, jefe del 36º batallón,
quien quitaba parte de los haberes a soldados y oficiales, como contri-
bución a rifas o para promover a una reina de carnaval. Acantonados
en Payo Obispo (hoy Chetumal, Quintana Roo), el batallón amenazó
con amotinarse. El gobernador y jefe de operaciones militares en el
territorio, general José Siurob, los calmó y se prestó a oír la acusación.
Al momento de hacerla llegó Maldonado; ebrio, insultó a sus subordi-
nados, al grado que Siurob tuvo que desarmarlo y arrestarlo. Dicho
caso y el posterior jurado militar, del cual Maldonado resultó absuelto,
fueron noticia en la prensa nacional.116 En las oficinas del Departamen-
to de Infantería también se denunciaban asuntos de corrupción. Cuan-
do el general Donato Bravo Izquierdo era jefe de ese departamento se
decía que “cobraba” a cada jefe de batallón por su nombramiento.117
Debido a casos como éstos, las inspecciones a los batallones cobra-
ron gran relevancia y con el tiempo se hicieron con mayor cuidado, ya
que así obligaban a los jefes de esos cuerpos a observar más la discipli-
na y a disminuir o cubrir mejor la corrupción.
Algo que en ocasiones distinguía a la infantería era la gran resisten-
cia de sus soldados; de ahí que fueran usados para reparar caminos o
para construir sus propios cuarteles. El jefe del 25º batallón, general
Federico Berlanga, hizo con su tropa un camino en Tlaxcala.118 En Du-
rango se mandó un destacamento de infantería para el mismo fin.119 En
la ciudad de México, para la construcción de una avenida y un acue-
ducto en Xochimilco trabajaron elementos del 11º batallón del general
José Beltrán y del 50º del coronel Encarnación Alfaro. Beltrán declaraba:
“Opino que lo mismo sirve a la patria el soldado combatiendo para

115
 El jefe del batallón era el general Ascensión Escalante. Carolina Gómez, Pilar Rome-
ro y otras a Amaro, 6 de noviembre de 1925, act-aja, serie 0301, inv. 137, exp. 19, f. 219.
116
 Excélsior, 12 de marzo de 1931.
117
 En otra queja Juan Aguilar lo acusaba de haber pedido a cada uno de los empleados
$150.00 para una publicación, la cual nunca se hizo, y —razonaba— esos jefes no le iban a
dar de su sueldo, lo pedirían a los oficiales y éstos a su vez a la tropa. Aguilar decía que el
departamento era un nido de corrupción y se alegraba de que a Bravo Izquierdo lo hubieran
mandado como gobernador de Puebla. Juan Aguilar a Amaro, 1 de junio de 1927, act-aja,
serie 0301, inv. 137, exp. 19, f. 362.
118
 El Universal, 7 de octubre de 1921.
119
 Lo hizo el jefe de operaciones militares en la entidad, general Anatolio Ortega. Ibi-
dem, 20 de julio de 1923.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 51

sostener las instituciones, defendiéndola contra el invasor, que mane-


jando, una pala, un tractor, o levantando un poste telegráfico”.120
Ya señalamos cómo los dos primeros batallones de zapadores, con
los que se creó el Departamento de Ingenieros, salieron de la infantería,
pero no fue la primera vez que esto ocurrió. En 1927, cuando los yaquis
de Sonora se rindieron, muchos eran incorporados al ejército, tal como
ocurría durante el Porfiriato. Como no se tenía confianza en esos nue-
vos elementos se los hizo zapadores y en lugar de rifles recibieron picos
y palas para reparar caminos.121
La construcción o reparación de instalaciones militares no era tarea
exclusiva de la infantería sino de todos los elementos del ejército; tam-
poco la ayuda que se daba en casos de inundaciones, incendios, terre-
motos y otros desastres naturales.

Artillería

Con respecto a la caballería y la infantería, la artillería siempre fue un


arma de menor importancia tanto por el número de efectivos como por
su papel en acciones de guerra. Sin embargo, debido a la especializa-
ción y preparación que requerían los oficiales y jefes de esta arma,
tenía un gran prestigio dentro del ejército; había sido el cuerpo de
elite del ejército porfirista. Durante el periodo revolucionario sufrió un
gran deterioro, disgregación de su personal y, en buena medida, des-
apareció su refinado espíritu de cuerpo.
A mediados de 1916, cuando el ejército carrancista alcanzaba un
total de 125 823 hombres de tropa, la artillería tenía 5 890.122 En 1922, en
concordancia con un ejército más reducido, la artillería tenía 1 500 efec-
tivos.123 Los gobiernos sonorenses no mostraban mucho aprecio por
esta arma, primero porque había una carencia de oficiales y jefes de
“origen revolucionario” competentes para esta arma; por eso tuvieron
que recurrir a ex federales, aunque no sólo para la artillería. En segun-
do lugar, por el tipo de conflictos que enfrentaban. En 1922 desapare-
cieron cuatro regimientos de artillería de campaña, con lo que el país

120
 Excélsior, 1 de abril de 1930.
121
 Fueron incorporados como batallones de zapadores, dependientes del Departamen-
to de Infantería, ya que no existía aún el arma de ingenieros. Coronel Alexander Macnab, 15
de noviembre de 1927, mid, 2025-259/121.
122
 Por su parte, la caballería tenía 50 125 y la infantería 58 424. Edwin Lieuwen, Mexican
militarism..., p. 46.
123
 Cifras de noviembre de ese año; la caballería tenía 36 000 y la infantería 25 000.
52 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

se ahorró cinco millones de pesos.124 Poco antes, el general Guadalupe


Sánchez, quien combatía a pequeños grupos rebeldes en la Huasteca
veracruzana, se quejaba de “lo obsoleto de seguir usando gruesas co-
lumnas, hasta se arrastra artillería penosamente, contra rebeldes invi-
sibles; esto los alerta, suben a los cerros, y desafían de lejos asaltando
pequeños poblados o caminos en cuanto se disipa el polvo que levanta
la caravana de soldados”.125 Un año después, este general fue el primero
en levantarse en armas contra el gobierno. Para esta arma fue meritorio
que ninguno de sus regimientos defeccionó, en buena medida porque
era costumbre tenerlos siempre en la ciudad de México y, por tanto,
estaban más controlados.126 Salvador Rangel Medina, como cadete del
Colegio Militar, al seleccionar el arma para seguir sus estudios optó por
la infantería porque era la más sencilla y desechó las otras, “porque,
según sabía, los artilleros nunca salían del Valle de México y perdería
la posibilidad de conocer el país y mi futuro como dragón lo veía muy
oscuro por mis escasas habilidades ecuestres”.127 Para combatir la re-
vuelta se organizó un 5º regimiento de artillería de campaña (había
cuatro) y un regimiento de artillería de montaña.128
La unidad básica de esta arma es el regimiento de artillería, que
tenía dos tipos: de campaña y de montaña. La principal diferencia es-
triba en el número de mulas, superior en el segundo que en el primero,
por la dificultad del terreno donde había que transportar cañones y
cureñas.129 Cada regimiento era comandado por un coronel o un briga-
dier. Tenía entre 350 y 400 hombres de tropa. Todos los hombres tenían
como arma reglamentaria una pistola automática Colt, calibre 45. Cada
regimiento estaba dividido en cuatro baterías. Como la mayoría de las
unidades del ejército, el medio de transporte más importante era el
ferrocarril. Pero, sin duda, lo que distinguía a estas unidades era el uso
de mulas cuando el camino era difícil. Ello, tanto para las unidades de
campaña como las de montaña. Puesto que también usaban caballos,

124
 El Universal, 7 de agosto de 1922.
125
 Ibidem, 27 de julio de 1922.
126
 Sólo defeccionaron unas cuantas baterías que estaban en zonas donde dominaban
los rebeldes: Jalisco, Veracruz y Puebla. La costumbre mencionada ocasionaba que el total
de fuerzas de la jefatura de operaciones militares del Valle de México tuviera un alto por-
centaje de esta arma: por ejemplo, en 1926 había, entre oficiales y tropa, 4 536 de infantería,
3 960 de caballería y 1 706 de artillería. Davis, 4 de junio de 1926, mid, 2025-259/28.
127
 Salvador Rangel Medina, “Pláticas de un soldado”, manuscrito.
128
 Informe presidencial, Diario de los Debates del Senado, 1 de septiembre de 1924.
129
 También variaba el armamento: el de campaña tenía cañones Chaumond-Mondra-
gón y Schneider-Canet, ambos de 80 mm, y el de montaña, Mondragón de 80 mm y Vickers
de 65 mm. El de campaña tenía 282 mulas y el de montaña 292. Informe, 1928, mid, caja 2511.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 53

en igual número que un regimiento de caballería, los convertía en la


unidad del ejército que más ganado utilizaba.130

Cuadro 1
Número de regimientos de artillería131

Año De campaña De montaña Total

1921 8 0 8
1922 4 0 4
1924 5 1 6
1925 2 1 3
1926 3 1 4
1929 2 1 3
1931 1 1 2
1940 1 1 2

Pasada la rebelión, había cinco regimientos de artillería de campa-


ña y uno de montaña, con un total de 1 900 elementos, entre oficiales y
tropa.132 En 1925 disminuyeron esos cuerpos, pero al año siguiente los
aumentaron debido a los conflictos en Sonora y el occidente.133 En 1929,
al terminar la guerra cristera y la rebelión escobarista, la tendencia a
dar de baja regimientos continuó y se acentuó en 1931 debido a la crisis

130
 Las unidades de infantería y caballería usaban entre 15 y 60 mulas, mientras que las
unidades de artillería utilizaban entre 240 y 290. Tenían además 150 caballos para oficiales y
tropa. Cummings, 6 de junio de 1933, mid, 2025-259/386 y 394.
131
 Únicamente se ponen los años en los que tengo datos de cambios en el número de
regimientos, aunque a partir de 1924 y hasta 1940 considero que los datos son correctos;
no pongo años anteriores a 1921 por no tener cifras. El Universal, 7 de agosto de 1922; In-
forme presidencial, Diario de los Debates del Senado, 1 de septiembre de 1924; E. Davis, 25
de mayo de 1926, mid 2025-259/9; Memoria presentada al H. Congreso de la Unión por el secre-
tario del ramo, general de división Joaquín Amaro, 1924-1925, 1925-1926, 1926-1927 y 1927-
1928; Johnston, 10 de diciembre de 1929, mid 2025-259/186; Cummings, 26 de septiembre
de 1931, mid 2025-259/258.
132
 E. Davis, 25 de mayo de 1926, mid 2025-259/9.
133
 La baja y el alta de distintas corporaciones provocaba que personal de un arma pa-
sara a otra: en 1925, al desaparecer tres regimientos de campaña, 170 hombres pasaron a
servir en infantería y 2  113 a caballería. Al año siguiente, para formar de nuevo un 3º regi-
miento de artillería de campaña se utilizaron soldados de caballería. Se tenía planeado
formar un 4º regimiento debido a los conflictos en Sonora y en el occidente del país, pero
por motivos presupuestales esto nunca se realizó. En 1928, en los cuatro regimientos servían
17 jefes, 151 oficiales, 1 774 individuos de tropa, 496 caballos y 1 041 acémilas. Memorias pre-
sentada al H. Congreso de la Unión por el secretario del ramo, general de división Joaquín Amaro,
1924-1925, 1925-1926, 1926-1927 y 1927-1928.
54 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

económica.134 Así permanecerá por el resto del periodo aquí tratado y,


según datos que conocemos, en 1940 aún había sólo dos regimientos,
uno de campaña y otro de montaña.
En la mayoría de los manuales tácticos se considera a la artillería
como un arma auxiliar de la infantería o, en su caso, de la caballería. Su
función principal en la batalla es disminuir la capacidad de fuego ene-
miga, sobre todo el poder de las ametralladoras para permitir, así, el
avance de los soldados de a pie. Al callar bocas de fuego disminuyen
las bajas en la infantería amiga. Según testimonio del mayor Ricardo
Calderón, había un gran desconocimiento de esas funciones: “una gran
mayoría de generales y jefes de nuestro Ejército consideran que la arti-
llería es un arma de muy poco efecto y que sólo sirve para hacer ruido”.
Relataba que, en 1917, el general Máximo García regañó a un oficial
artillero, pues le pedía que derribara unos postes telegráficos que esta-
ban a dos kilómetros y éste le contestó que eso era imposible: “el gene-
ral quería que les apuntara con los cañones y los tirara a granadazos.
Hubiera gastado todas las municiones y seguramente no les habría
dado nunca”. García contestó: “¿entonces para qué estudian tantas ma-
temáticas?” El mayor comentaba que el general ignoraba que la falta
de precisión milimétrica en el blanco no era un defecto de la puntería
artillera, ya que es más importante el efecto de barrido y dispersión
logrado en la zona donde se hacen los disparos que la precisión.135
A pesar de la ignorancia y el desprecio por esa arma, los jefes y
oficiales de artillería tenían una mejor y más completa perspectiva
sobre las necesidades de las fuerzas armadas. Al considerarse un arma
auxiliar, sus jefes y oficiales estaban obligados a conocer las tácticas y
estrategias de otras armas; la preparación técnica que debían tener los
artilleros los convertía —en muchas ocasiones— en armeros expertos.
Una de sus obligaciones era estudiar y determinar cuál era el mejor
armamento para las distintas ramas de las fuerzas armadas, además
de solicitar el excedente de equipo o el que no fuese del calibre que la
propia artillería había determinado para la caballería y la infantería o,
bien, que estuviese defectuoso o no funcionara, para que se enviara a

134
 Quedaron, entonces, dos de campaña y uno de montaña, con un total de 1 608, entre
oficiales y tropa. Johnston, 10 de diciembre de 1929, mid, 2025-259/186. La prensa informa-
ba la revista de baja del 3º regimiento de artillería de campaña con 434 plazas, que comanda-
ba el general Manuel Ballesteros. La Prensa, 2 de noviembre de 1929. En julio de 1931 pasó
revista de baja el 2º regimiento de artillería de campaña, Cummings, 26 de septiembre de
1931, mid 2025-259/258.
135
 Informe “La concentración de artillería”, Santiago de Chile, 31 de diciembre de 1929,
mayor Ricardo Calderón Arzamendi, agregado militar en Santiago de Chile, act-aja, serie
0304, inv. 243, exp. 13, f. 91-112.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 55

reparar.136 Por todo esto, la artillería tenía más personal en otras comi-
siones que en el servicio de su arma, lo cual era natural por las pocas
unidades de que se componía. En los dos regimientos servía, entre
jefes y oficiales, el 30% del total de los militares de esa rama. En cam-
bio, el 70% estaba en otras comisiones o a la espera de órdenes. Si lo
comparamos con otras armas con más unidades, estos porcentajes se
invierten. La infantería utilizaba en batallones al 60% de su oficialidad
y en otras tareas al 40%. La caballería tenía en los regimientos el 70% y
en otras comisiones el 30%.137 Lo anticuado del armamento y la cons-
tante disminución de unidades de artillería hacía poco atractivo el
mando de tropa; de ahí que una parte importante de su personal estu-
viera comisionado, entre otras, en la Comisión de Estudios Militares
de la secretaría, como profesores en el Colegio Militar o en la Escuela
Superior de Guerra, en el Departamento de Ingenieros, en el Estado
Mayor de la Secretaría de Guerra, en Establecimientos Fabriles o en la
Fundición Nacional de Artillería.138
El estado del armamento como síntoma de ese olvido es evidente.
En 1924 varios oficiales se quejaban de que toda la artillería de campaña
era la misma desde hacía muchos años, “sin que se haya prestado la más
ligera atención a los cañones para que puedan seguir prestando sus
servicios en buenas condiciones”; el secretario Serrano prometió resol-
ver el asunto.139 Al año siguiente el ingeniero militar Andrés Ortiz co-
mentaba “que la gran mayoría está totalmente inservible”; recordaba
que hacía veinte años los cañones Saint Chaumond-Mondragón llegaron
al país; a cada boca de fuego se le abrió “su historia”, que era el expe-
diente que indicaba los cuerpos donde había servido, los disparos he-
chos con granada, con cartucho y con salva, ya que los cañones eran de
acero templado y el metal se doblegaba insensiblemente en cada dispa-
ro hasta que no podía resistir más y, entonces, como se había visto mu-
chas veces en la capital, los cañones reventaban totalmente destrozados;

136
 Por ejemplo, el 20 de mayo de 1926, el Departamento de Artillería fijó la dotación de
cartuchos que debía tener cada batallón de infantería y regimiento de artillería: 92 800 para
los primeros y 67 400 para los segundos. Memoria presentada al H. Congreso de la Unión por el
secretario del ramo, general de división Joaquín Amaro, 1925-1926, p. 63.
137
 Estos datos son de noviembre de 1932: los jefes y oficiales de artillería en servicio
eran 85; en otras comisiones, 190; a la espera de órdenes, 11; y bajo proceso o sentenciados, 7.
El total de la tropa del arma de artillería era de 850. Por desgracia, el informe sobre caballe-
ría e infantería no desglosa los que estaban en otras comisiones o esperando órdenes. La in-
fantería tenía 3 045 jefes y oficiales; de ellos, en servicio del arma había 1 812; en otras comi-
siones o esperando órdenes, 1 233; la tropa ascendía a 21 000. La caballería tenía 3 326 jefes y
oficiales; en servicio, 2 360; en otras comisiones, 966; la tropa: 18 645. Cummings, 11 de
noviembre de 1932, 2025-259/327 y 330.
138
 Así lo informaba el mayor Marshburn, 17 de enero de 1934, mid, 2025-259/433.
139
 Los oficiales no quisieron dar sus nombres. Excélsior, 29 de agosto de 1924.
56 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

desde 1910 —recordaba— los federales usaron los cañones de campaña


en forma ilimitada: en menos de tres años estas bocas de fuego agotaron
los 150 000 proyectiles que había en los almacenes de artillería:

Estos cañones se siguieron usando en forma torpe por los carrancistas


y villistas, pues hacían disparos sin alza y sin usar más puntería que
el punto de mira, tal y como si fueran armas portátiles de corto calibre;
además, los revolucionarios no conocían nada de artillería, cada boca
debe limpiarse todos los días, nada de esto hicieron, incluso los deja-
ban a la intemperie; sus expedientes se perdieron o nunca se actuali-
zaron; al desgastarse el cañón, el proyectil pierde gran parte de su
velocidad y por tanto no da en el blanco; la artillería de campaña son
sólo tubos de acero templados con los cuales es peligroso disparar.140

Tal vez las duras expresiones de Ortiz tenían una intención que iba
más allá de mejorar las piezas de artillería. En ese momento en el ejér-
cito se discutía la pertinencia de utilizar un cañón fabricado e ideado
por uno de los más destacados generales revolucionarios, Arnulfo R.
Gómez, militar hecho y ascendido al calor de la pólvora; seguramente
era visto como intruso en algo que no le competía y de lo que finalmen-
te sabía poco. Este militar presentó el prototipo de un cañón al que
llamó, previsiblemente, cañón Gómez. El ingeniero Fausto Becerril pre-
sentó un estudio técnico sobre dicha arma en el que comenzaba por
recordar la historia de los cañones traídos y utilizados en nuestro país.
Decía que un grupo de técnicos franceses de artillería, tras ocho años
de estudios y pruebas, en 1897 fabricaron el modelo Saint Claire Devi-
lle, que hasta 1914 fue de uso reglamentario en el ejército francés; sin
embargo, al iniciar la Gran Guerra se dieron cuenta que ese modelo no
servía y fue sustituido por uno Krupp de diseño alemán. Lo anterior le
costó a Francia varios millones de francos y años de estudios y pruebas.
“Los modelos del cañón Gómez han costado algunos miles de pesos,
pero si se establece su eficacia, el dinero estará bien empleado”. A pesar
de reconocer la originalidad del diseño, el ingeniero destacaba que “tal
como está organizado, presenta graves defectos”.141 Sin duda que la
comparación con el caso francés resultaba devastadora para el general
revolucionario metido a inventor. El ejército continuó con el uso de los
viejos modelos franceses, mismos que Francia había desechado diez
años atrás. Durante la rebelión escobarista de 1929, los regimientos de
artillería ni siquiera tenían su equipo completo y mucho menos en buen

 Ibidem, 25 de abril de 1925.


140

 Fausto Becerril a Amaro, 23 de septiembre de 1925, act-aja, serie 0301, inv. 173,
141

exp. 55, f. 204.


ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 57

estado. El coronel Tomás Sánchez Hernández, jefe del regimiento de


montaña, recibió la orden de salir de inmediato a Sinaloa; éste informó
más adelante que sólo gracias a la buena disposición y eficiencia del
general Juan José Ríos, director del Departamento de Establecimientos
Fabriles, y del general de ingenieros Fausto Becerril se logró reparar
algunos de los cañones para cumplir las órdenes.142 La improvisación
era la norma en muchas decisiones que tomaba el ejército. La artillería
siguió con los mismos cañones y hacía milagros con la reparación de
éstos, para que siguieran en funcionamiento.143 Pero la tendencia fue el
abandono de estas armas. Para 1934 estaban en bodegas 72 cañones, de
los cuales sólo seis estaban en reparación. Tres años después esos viejos
cañones se deterioraban en almacenes castrenses.144

Aviación

Al igual que la artillería, la aviación también era considerada un arma


auxiliar del ejército. La aviación militar fue creada por decreto de Ve-
nustiano Carranza, en 1915, y su primer director fue su sobrino, el ma-
yor Alberto Salinas Carranza, quien pertenecía a la caballería, y por el
decreto que la creaba pasaba a ser el pie veterano de la aviación mili-
tar.145 Previamente se compraron aviones a Estados Unidos. En noviem-
bre de ese año quedó formalmente establecida como arma y, al mismo
tiempo, se fundaron la Escuela Militar de Aviación y los Talleres Nacio-
nales de Construcciones Aeronáuticas. Salinas incorporó al italiano
Frank Santarini, quien había trabajado como mecánico experto en la
fábrica de aviones Moissant de Nueva York, establecimiento en donde

142
 Tomás Sánchez Hernández al jefe del Departamento de Artillería, 31 de julio de
1929, act-aja, serie 0304, inv. 278, exp. 48, f. 16-38.
143
 En 1931, el regimiento de montaña cambió los Vickers de 75 mm antiguos por caño-
nes Mondragón de 70 mm, que ya habían sido rechazados por obsoletos pero fueron repa-
rados “y ahora funcionan muy bien”. El regimiento de campaña continuó con los Chau-
mond-Mondragón de 75 mm, comprados en París en 1907. Cummings, 26 de septiembre de
1931, mid, 2025-259/258.
144
 Estas cifras son reveladoras del desprecio que tenían las autoridades por la artillería.
Pero también hay que indicar que una parte importante de estas piezas eran ya inservibles,
por los años de servicio que habían dado; por ejemplo, en 1934 había en bodegas 21 cañones
Krupp de 75 mm de la época de Díaz; lo mismo los St. Chamound-Mondragón, de los cuales
había 5, y de los morteros Mondragón, 22. Sólo los Vickers de 75 mm tenían un número muy
reducido embodegado, 8 más 6 que estaban en reparación. Tres años después el mismo mate-
rial seguía en bodegas. mid caja 2514, 2025-G-36/17, octubre de 1934. Ibidem, 2724-G-56/18.
145
 El decreto está fechado en Veracruz el 5 de febrero de 1915, pero surtió efecto hasta
noviembre de ese año, cuando los constitucionalistas ya eran dueños de la capital del país.
Isaac Díaz Araiza, “Cuando a México le nacieron alas”, Hoy, 18 de noviembre de 1939.
58 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

se compró el primer avión para uso militar en México. Santarini era ex-
perto en los motores italianos Anzani que eran usados en esa fábrica; fue
instructor de vuelo en la Escuela Militar de Aviación hasta 1920, año en
que fue despedido junto con el mayor Salinas. En la época carrancista
también fueron instructores y pilotos el rumano Jorge Puflea y el italiano
Leonardo Boni. La mayor parte de los pilotos mexicanos estudiaron en
Nueva York; el primer piloto graduado en México fue Samuel Rojas Ras-
so, quien piloteó en 1918 el primer avión construido totalmente en Méxi-
co, con motor bautizado con el nombre “Aztatl” y hélice “Anáhuac”.146
Esta rama del ejército fue creada durante la fase armada de la Revo-
lución. Por esa razón y por la novedad que representaba tuvo desde sus
primeros años una imagen de aventura romántica, de gran impacto y
prestigio en la sociedad y en las fuerzas armadas. Llegaba a pesar más
esa imagen aventurera que la de una cuidadosa preparación de sus pilo-
tos; tampoco había un proyecto realista y a largo plazo para crear una
auténtica fuerza aérea y no simplemente una serie de aviones organiza-
dos en “escuadras”, que en varias ocasiones no pasaban de cuatro apa-
ratos. El impulso para crearla fue más el esfuerzo personal del mayor
Alberto Salinas; cuando éste dejó el puesto, varios de sus directores ac-
tuaron también más por cuestiones personales y menos con base en una
estructura sólida y planificada que respaldara al personal y al equipo.
El propio Salinas, en extenso informe al presidente Calles, recorda-
ba esa característica y el desinterés de las autoridades:

Deseando afianzar la aviación en el país, tratando de imponerla en el


gobierno y queriendo atraernos al público..., preparamos una gran
exhibición aérea en septiembre de 1918, en cuya fiesta lucieron los
mejores pilotos sus habilidades, sobre todo en vuelos acrobáticos jamás
vistos en México. Todos los aeroplanos que tomaron parte, salvo uno,
en aquel acontecimiento que vino a ser la piedra angular en la vida de
la aviación, eran mexicanos desde su hélice hasta sus timones, con
excepción del Magneto, ya que el motor en ellos montado era del tipo
“Aztatl” de 80 c. f. En la exhibición estuvieron presentes casi todos los
funcionarios de la República, salvo el presidente y el ministro de la
Guerra, aunque ambos enviaron representantes... La prensa toda hizo
justicia por primera vez, ocupándose de manera prominente de nues-
tros esfuerzos... Ya colocados a esta altura, el departamento estuvo de

146
 El primer avión que fue usado en México con fines militares fue un Moran-Saulnier
con motor Anzani. Los pilotos que estudiaron en la “International Moissant” de Long Is-
land, Nueva York, fueron el propio Alberto Salinas, su hermano Gustavo Salinas Carranza,
Juan Pablo y Eduardo Aldasoro y Horacio Ruiz. El primer avión hecho en México, con fines
militares, fue diseñado y construido por el teniente ingeniero Juan Guillermo Villasana, con-
siderado el iniciador de la aviación civil en México. Idem.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 59

moda como centro de visitas oficiales. La Secretaría de Relaciones lle-


vaba a los attachés militares agregados a los representantes extranjeros;
la de Guerra mostraba con orgullo nuestros adelantos y organización
a los huéspedes distinguidos del Estado. Pero a pesar de todo, la indi-
ferencia de los altos funcionarios era más o menos la misma.147

A diferencia de otras armas, el buen funcionamiento de la aviación


dependía fundamentalmente de la máquina, su diseño, fabricación,
mantenimiento y reparación; en cambio pesaba menos el factor humano,
que tenía gran importancia en armas masivas como la infantería y la
caballería. Esto sucedía en un país que no tenía industria y que carecía
de capacidad financiera para adquirir del extranjero la totalidad del
equipo que requería una auténtica fuerza aérea. Por tanto se compró
poco a poco, de acuerdo con las posibilidades económicas que daba un
cierto avión o un motor en vez de otro. Como muchas veces ocurría con
otro tipo de armamento, el que se podía importar del extranjero era ya
obsoleto e ineficiente en el país donde se adquiría. En opinión de Salinas,
la aviación mexicana era la más adelantada de toda Iberoamérica, a
pesar de los múltiples obstáculos internos y externos que había. En sus
palabras podemos suponer alguna amargura —por lo que se hizo o dejó
de hacer después de su salida del Departamento de Aeronáutica, tras la
caída de Carranza—, sin embargo sus juicios me parecen acertados:

Si alguna vez, en la historia de la aviación mexicana, las condiciones


generales del país le han sido adversas y contrarias a su progreso, in-
dudablemente que lo fue durante su nacimiento y desarrollo. La Guerra
Europea por un lado, y los continuos embargos de los Estados Unidos,
por otro, nos vedaban toda esperanza de ayuda exterior. El zapatismo
al frente, Villa sublevado en el norte, Peláez en la costa y el país en lo
general intranquilo, dificultaban no sólo el adelanto, sino que consti-
tuían una seria amenaza para su propia existencia. A pesar de todo
nuestra aviación iba a la cabeza de las naciones hermanas, gracias al
cariño que el personal sentía por ella, al espíritu de corporación de
cuantos estábamos relacionados con la quinta arma. Hoy hemos per-
dido ese puesto y poco a poco nos vamos alejando de recuperarlo. El
país está en paz y ha entrado resueltamente por la vía de la reconstruc-
ción, y sin embargo, no sólo no hemos podido conservarnos a una al-
tura determinada, sino que hemos permitido —en medio de una inex-
plicable indiferencia— adelantarse una a una, España, Argentina,
Brasil, Chile, Perú y Colombia, no obstante que el presupuesto asigna-
do a la aviación mexicana es hoy cinco veces mayor de lo que era en

147
 Alberto Salinas Carranza a Calles, San Antonio, Texas, 15 de mayo de 1926, ahjc,
caja 19, exp. 903, f. 11696-11726.
60 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

1919, y a pesar de que es infinitamente superior al de los países men-


cionados.148

Para probar su dicho, Alberto Salinas se extiende detalladamente en


los adelantos de la aviación de cada uno de esos países; se limita a ellos
porque le parece injusto comparar a México con los principales países
de Europa o Estados Unidos.
No existía una organización normativa del arma, pues no estaba
siquiera contemplada en la Ley Orgánica del Ejército, puesta en vigor
en 1900. Fue hasta que se promulgó una nueva Ley Orgánica, en 1926,
que esta arma existió legalmente. De cualquier forma, antes de ese año
existía el decreto de Carranza que creaba la aviación militar, después
nombrada Departamento de Aeronáutica (tal como había departamen-
tos de Infantería, Caballería, etcétera) de la Secretaría de Guerra. En
1923 su jefe era el general Gustavo Salinas, de él dependía el jefe de la
Fuerza Aérea, mayor Rafael O’Neill, quien nació en Estados Unidos y
tenía esa nacionalidad. Por disposición constitucional no podía perte-
necer al ejército mexicano. Dicha disposición era un obstáculo para el
progreso de la aviación, pues las cuestiones técnicas de la misma se
ignoraban casi por completo; de ahí la necesidad de recurrir a pilotos,
mecánicos e ingenieros extranjeros. El camino más común era ignorar
esta norma o poner a los extranjeros como militares asimilados, que era
la figura usada por el ejército para tener civiles en labores militares.
Una de las disposiciones más importantes fue quitarle al Departa-
mento de Establecimientos Fabriles, que dirigía Luis N. Morones, el
campo aéreo de Balbuena y los talleres que ahí existían; esto tenía una
razón técnica, pues se pretendía que funcionaran mejor al depender
directamente de la Secretaría de Guerra; pero también era política ya
que Obregón desconfiaba de Morones.149
Como en otras ocasiones, una emergencia mostró lo importante
que era desarrollar esta arma. En diciembre de 1923 estalló la rebelión
delahuertista y cerca del 50% de los efectivos del ejército se unió a ella;
entonces, el gobierno de Obregón compró material bélico en Estados
Unidos, incluidos quince aviones que fueron utilizados en labores de
reconocimiento.150 Saber dónde se encontraban exactamente las tropas
enemigas fue de gran utilidad para el gobierno; menos lo fueron las

148
 Idem.
149
 El Universal, 1 de abril de 1921.
150
 Se compraron once aviones Havilland y cuatro Lincoln. Enrique Plasencia de la
Parra, Personajes y escenarios de la rebelión delahuertista 1923-1924, México, Universidad Na-
cional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas/Miguel Ángel Porrúa,
1998, p. 248.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 61

misiones de bombardeo que más bien asustaban al enemigo, ya que


pocos mexicanos habían observado un avión y menos en el aire, de ahí
el pánico al verlos en acción. Los rebeldes no tenían aviones y menos
artillería antiaérea.
Por su buen desempeño varios pilotos fueron ascendidos después
de sofocado el movimiento rebelde.151 Alberto Salinas decía al respecto,
refiriéndose tanto al gobierno de Carranza como al de Obregón:

Sólo cuando los gobiernos se han visto amenazados por sublevaciones


militares o movimientos revolucionarios, es cuando piensan seriamente
en la aviación. Entonces comienzan a llegar a la dirección órdenes ur-
gentes para preparar escuadrillas que deberán marchar a ponerse bajo
las órdenes de tal o cual jefe de operaciones militares. En estas condicio-
nes de violencia y premura, casi en vísperas de los combates, los servi-
cios son forzosamente deficientes, porque los aparatos de escuela, únicos
con que se cuenta, están tan castigados por las prácticas diarias, que no
pueden rendir un servicio satisfactorio. Y sin distinguir que hay aero-
planos de guerra y aeroplanos de escuela, cae siempre sobre los hom-
bros de la quinta arma el anatema de inútil. Otras veces hay que ocurrir
al extranjero para comprar apresuradamente el equipo más indispen-
sable, y en este caso la precipitación con que se obra, hace también que
el arma no responda a las esperanzas de los altos jefes militares.152

A pesar de la importancia de su actuación en 1923-1924, en los años


siguientes se frenó su crecimiento. Se determinó que no se fabricarían
más aviones en México; el trabajo en los talleres de Balbuena disminu-
yó al mínimo; el personal de la Escuela de Aviación se redujo notable-
mente. En la secretaría se dijo a la prensa:

Aquí en México se ha creído que tuvimos aviación porque volaban


unos cuantos aeroplanos y porque trabajaban unos cuantos obreros en
los talleres y, en honor de la verdad, dados nuestros pocos elementos
y la poca atención que les mereció siempre el ramo a quienes pudieron
fomentarlo y engrandecerlo, mucho hicieron quienes estuvieron al
frente de ese departamento; pero la verdad es que aquí nunca hemos
tenido aviación.153

Las autoridades habían detectado gran indisciplina entre los pilotos,


que acostumbraban realizar vuelos sin el permiso de Gustavo Salinas,

151
 Entre ellos el propio O’Neill y los comandantes Pablo Sidar, Rodolfo Fierro, Guillermo
Ponce de León, Samuel Rojas. Excélsior, 30 de marzo de 1924.
152
 Salinas a Calles, 15 de mayo de 1926, ahjc, caja 19, exp. 903.
153
 Declaración de un oficial que no dio su nombre. Excélsior, 6 de diciembre de 1925.
62 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

e incluso desafiando su autoridad.154 El prestigio que daba la aviación,


aunado a la falta de personal capacitado, hacía que algunos pilotos se
consideraran ajenos a la disciplina. Así como los pilotos se portaban
con poca seriedad, los jefes tendían a ver al Departamento de Aviación
como su feudo. El general Gustavo Salinas fue acusado de usar recursos
públicos para pagar obras personales en la colonia Del Valle. Aunque
de estos hechos no se desprendieron responsabilidades en su contra, se
acusó a algunos de sus subalternos, que incluso tuvieron que huir.155
Salinas dejó la jefatura, que pasó a manos del general Miguel S. Gonzá-
lez. Con estos hechos las autoridades militares conscientizaban que no
se podía formar una fuerza aérea sobre las rodillas, sin tener una cuida-
dosa planeación del equipo y entrenamiento más adecuados. Se contem-
pló la posibilidad de entrenar a pilotos en el extranjero y también la de
comprar aviones y equipo. Pero no se descartaba la posibilidad de que
México produjera sus propios aviones y preparara a sus pilotos, mecá-
nicos e ingenieros. Mientras estos asuntos se resolvían, la Escuela de
Aviación fue cerrada en octubre de 1925, por orden de Amaro, tal como
hizo con el Colegio Militar. En el ínter se envió a varios pilotos a escue-
las norteamericanas.156 Probablemente ésta no fue una política continua,
debido a las malas relaciones que existían en ese momento entre ambos
países. Tiempo después la institución fue reabierta. En 1931, al crearse

154
 En 1923, uno de ellos falleció cuando realizaba una prueba sin permiso. Se trataba
del teniente Ramón Alcalá, quien había sido el único de cuatro aviadores que logró hacer el
viaje de la ciudad de México a Guadalajara. La prueba en donde perdió la vida fue en la que
hacía unas piruetas en la fiesta de la señorita Beatriz Tamayo, candidata a reina de la ciudad
de México; Salinas declaró que si los pilotos y cadetes reincidían serían dados de baja de la
escuela mas no del ejército por ser oficiales de éste; en otras palabras, perderían la oportuni-
dad de ser parte de la Fuerza Aérea. Ibidem, 13 y 14 de agosto de 1923.
155
 Ibidem, 23 de octubre de 1925. Aunque la nota no registra los nombres, podría tratar-
se de socios comerciales de Salinas como eran los señores Ricardo Bravo, Ortiz Monasterio y
un ingeniero Aréchiga, quienes cobraban en el departamento y en la Escuela de Aviación.
También podría tratarse de un contratista, Claudio Cué, a quien Salinas usaba para comprar
material que desviaba para obras personales en Rancho Coapa y en la colonia Del Valle. Se
acusaba también a un señor Samuel Alexander de traficar con autos Gardner que el Depar-
tamento de Aeronáutica compraba a la National Auto Import, propiedad de Salinas; para
evitar presentar facturas con cantidades altas, que pudieran ser detectadas por la Contralo-
ría, los autos se compraban en partes; por ese hecho y por tratarse, al parecer, de material
antiguo se requerían nuevas refacciones que se compraban al señor Alexander, socio del
propio Gustavo Salinas. Carta con firma ilegible al general José Hurtado, jefe del Departa-
mento de Estado Mayor de la Secretaría de Guerra y presidente de la Comisión Inspectora
de Aviación, 7 de septiembre de 1925, act-aja, serie 0301, inv. 173, exp. 55, f. 190-191.
156
 A la Escuela de Aviación de Brooks Field, Texas, se envió al mayor Alfredo Lezama
y a los capitanes Luis Farell y Eliseo Martín del Campo, Edward Davis, 23 de abril de 1926,
mid, caja 1026, 2657-G-36/23. Probablemente Alberto Salinas no estaba al tanto de ello, pues
en la misma época recomendaba a Calles mandar a cadetes mexicanos a Kelly Field y Brooks
Field, ahjc, caja 19, exp. 903.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 63

la Dirección de Educación Militar, la escuela pasó del Departamento de


Aeronáutica a dicha dirección. La situación duró poco tiempo ya que la
escuela regresó al Departamento de Aeronáutica en enero de 1935. Un
año antes, 30 oficiales mexicanos y dos extranjeros concursaron para
ingresar a ella; fueron admitidos 19 de los militares mexicanos y los dos
extranjeros.157
De nuevo las palabras de Alberto Salinas son elocuentes sobre los
problemas de la aviación militar:

Desde el año de 1920 hasta el de 1926 han habido seis directores y, en


su mayoría, cada uno ha querido deshacer lo que encontró hecho por su
antecesor; así es que se ha destruido mucho sin sustituirlo con nada;
algunos han llegado a esbozar un programa más o menos práctico para
el momento; otros no han llevado más finalidad que disfrutar de los
honores que el puesto lleva consigo; otros han sido totalmente indife-
rentes, y se han concretado a firmar y a acordar los asuntos de mero
trámite que demandan poco tiempo y nulo esfuerzo, dedicando sus
energías a hacer equilibrios para conservar el puesto. Por lo que res-
pecta a dependencia también ha sido poco afortunada la Aviación. Des-
de 1915 ha dependido de estos departamentos: Ingenieros, Artillería, y
Establecimientos Fabriles Militares. También ha sido departamento por
sí sola, dependiente de la Secretaría de Guerra; otras veces ha sido
desintegrada haciendo que una parte vaya a depender de un departa-
mento y la otra de otro.

Además de la deficiente planeación en la quinta arma del ejército,


estaban las emergencias que relegaban cualquier plan a largo plazo. En
una ocasión se propuso que fueran empresarios mexicanos los que hi-
cieran las fábricas de aviones, que en cinco años debían construir 250
aviones, cincuenta por año; en palabras del general González, “esto nos
independizará por siempre de las industrias extranjeras en el ramo:
motores y aeroplanos”.158 La rebelión yaqui en Sonora, que tenía que
combatirse en inhóspitas y ardientes montañas, donde esa etnia se re-
fugiaba, hizo indispensable el uso de la aviación para reconocimiento
y bombardeo. Se tuvieron que comprar ocho aviones Douglas a Estados
Unidos, que al parecer dieron muy buen servicio. Para la guerra criste-
ra también fue aprovechada la aviación en regiones de difícil acceso, en
los estados de Colima, Jalisco y Zacatecas.

157
 Memoria presentada al H. Congreso de la Unión por el secretario del ramo, general de divi-
sión Andrés Figueroa, 1934-1935, p. 46.
158
 Miguel S. González a Amaro, 24 de febrero de 1926, act-aja, serie 0301, inv. 168,
exp. 50, f. 43-45.
64 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

En 1927 la fuerza aérea mexicana había acumulado 285 horas de


vuelo, para exploraciones en la campaña en Sonora, y para el mismo
fin contra los cristeros, 185 horas, mientras que para bombardeo y ame-
trallamiento en Sonora consumieron 99 horas y en occidente 63.159
En 1928 se adquirieron en Gran Bretaña 12 aviones Bristol para la
campaña contra los cristeros.160 La razón fundamental para la compra
de este material, y también para plantear la necesidad de que en el país
se fabricaran aviones de uso militar, era el embargo de armas que
Estados Unidos impuso a México, el cual fue suavizado notablemente
en 1928; así pudieron entrar al país los Douglas. Para la mejoría de las
relaciones diplomáticas influyó la apoteósica llegada a México del
aviador norteamericano Charles Lindbergh, famoso por su hazaña de
volar de Nueva York a París. La novia de Lindbergh —que después
fue su esposa— era la hija del embajador norteamericano en México,
Dwight Morrow, quien había establecido una espléndida relación con
Calles, lo que seguramente influyó en su gobierno para que fueran
aceptadas las peticiones de aviones norteamericanos por parte del go-
bierno mexicano, sobre todo después de concretarse la compra de los
aviones ingleses. Además, Lindbergh era socio de una serie de talleres
aeronáuticos, cuyo modelo copió después Abelardo Rodríguez para
establecer una fábrica en Tijuana.161 Supuestamente este general había
obsequiado cuatro aviones al gobierno mexicano, como obra “patrió-
tica”, pero también para allegarse un estupendo comprador, pues al
parecer la fábrica no era rentable sin tener al gobierno como cliente.162
Poco después, Rodríguez firmó un contrato con la Secretaría de Guerra,
para que le arrendaran los Talleres de Aeronáutica que se encontraban
en el campo de Balbuena. El director de los talleres era el general Fran-
cisco Azcárate, amigo de Rodríguez e ingeniero muy competente en
materia aeronáutica. A su vez, Rodríguez se comprometía a fabricar 50
aviones en su fábrica de Tijuana. Se encargaron 25 motores a Estados
Unidos, pues para ese tiempo ya nadie fabricaba motores para aviones

159
 Memoria presentada al H. Congreso de la Unión por el secretario del ramo, general de divi-
sión Joaquín Amaro, 1926-1927, p. 89.
160
 Los aviones llegaron por barco a Veracruz y de ahí a la capital, donde fueron ensam-
blados en Balbuena. Thompson, 7 de abril de 1928, mid, caja 1027, 2257-G-58/17.
161
 La fábrica de Tijuana se llamaba Compañía Constructora de Aviones de Tijuana,
fundada en noviembre de 1927, con un capital de $40 000.00. Su presidente era Flavio Rivera
y el principal accionista era Rodríguez. Al parecer los primeros diseños de aviones los hizo
un ingeniero norteamericano, William Waterhouse, y el propio Rivera. Tenía 12 mecánicos,
todos mexicanos, excepto un belga y un alemán. Thompson, 8 de abril de 1928, mid, caja
1472, 2537-143/1.
162
 Los cuatro aviones entraron a Sonora y de ahí fueron usados por pilotos militares
para la campaña contra los cristeros. Excélsior, 28 de enero de 1928.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 65

en México, sólo se hacían fuselajes. De esa forma se ponía en práctica


la idea de que empresarios mexicanos fabricaran aviones para el ejér-
cito. Después se dieron cuenta de lo poco práctico que resultaba tener
la fábrica en Tijuana y los talleres en la ciudad de México, por lo que
decidieron trasladar la fábrica a la capital, en terrenos aledaños a los
mismos talleres que arrendaban. Vemos, así, cómo en la práctica se
desvirtuaba la idea de que empresarios mexicanos abastecieran al ejér-
cito, ganando los empresarios, y el gobierno dejando de erogar recur-
sos en fábricas y talleres, simplemente pagaría por el producto ya ter-
minado. Se desvirtuaba porque se confundían las esferas pública y
privada. El empresario Rodríguez era también general del ejército, en
ese momento con licencia, pues era gobernador del Distrito Norte de
Baja California. Azcárate, a pesar de ser general en activo y jefe de los
Talleres de Balbuena, fue nombrado por Rodríguez como director de
la fábrica. La intención era evidente: que la fábrica (inversión privada)
y los talleres (pública) fueran dirigidos por la misma persona. Así, Ro-
dríguez llegó a tener tanto poder que tenía a su disposición las oficinas
que el jefe del Departamento de Aviación de la Secretaría de Guerra,
general José Luis Amezcua, tenía en Balbuena.163 Finalmente el negocio
no se hizo ese año debido a lo oneroso que resultaba en los términos
pactados. Al parecer también privó el criterio de que aun con la fábrica
y el taller juntos en la capital, la capacidad máxima de producción era
sólo de tres aviones al mes, si se trabajaban las 24 horas del día, además
del tiempo necesario para colocar el motor.164 Sin embargo, al año si-
guiente se logró concretar un proyecto similar, menos ambicioso pero
con los mismos personajes, ya que los accionistas principales eran Ro-
dríguez y Azcárate, este último nombrado ahora como jefe del Depar-
tamento de Aviación.165 En los talleres de Balbuena (desde 1927), Az-
cárate se ocupaba de diseñar y fabricar un avión que fuera totalmente
mexicano. El resultado fue el modelo “Azcárate” que funcionaba bas-
tante bien pero que no pasó de ser un prototipo; nunca se fabricó en
serie, tal como se pretendía. Por tanto se siguió el camino de la compra

163
 Primero se dijo que la inversión que haría Rodríguez era de $3 000 000.00, después se
dijo que $1 000 000.00. Se comprometía a entregar 24 aviones el primer año, aunque antes se
había establecido como meta anual 50. Ibidem, 5, 16 de julio, 5, 26 de agosto, 15 de septiem-
bre y 25 de noviembre de 1928. Los motores eran de marca Wright, modelo Whirlwind,
Macnab, 15 de junio de 1928, mid, caja 1472, 15 de junio de 1928.
164
 La opinión era del representante de una compañía de aviación en California, M. A.
Zúñiga, que comercializaba los motores Wright. Thompson, 15 de junio de 1928, mid, caja
1472, 2537-143/2.
165
 La fábrica se llamaba Juan Azcárate S. en C., era la primera fábrica de aviones en
México y estaba en Balbuena, pero no en los talleres que ahí tenía la Secretaría de Guerra.
Excélsior, 24 de diciembre de 1929.
66 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

de aviones extranjeros. A fines de 1928 se envió una comisión a Europa


y Estados Unidos para adquirirlos. Al criticar el funcionamiento de los
talleres de aviación, Alberto Salinas era contundente:

Alguien tiene una idea, se le ocurre alguna reforma o concibe un nue-


vo tipo de aeroplano y los talleres se ponen a trabajar sin el estudio
debido; la mayor parte de las veces, no sabe el inventor si su aeroplano
va a volar, o por qué va a volar y cómo va a volar. Y como estos inno-
vadores no costean los gastos ni efectúan el vuelo de prueba, estos
casos son muy frecuentes y a veces fatales. Hay que organizar los ta-
lleres de construcción bajo las bases industriales modernas de estanda-
rización, de especialización y de delegación y dedicándolos a construir
un tipo ya probado y experimentado como bueno en otro país más
adelantado que el nuestro.166

En cuanto al número de aviones que tuvo el ejército en el periodo


aquí estudiado, es difícil dar cifras exactas debido a los accidentes su-
fridos que hacían muy complicado saber cuántos de ellos estaban listos
para ser usados y cuántos eran prácticamente chatarra. En 1925 había
20 aviones; en 1927, 50. De ellos, 30 estaban en buenas condiciones pero
eran aviones de entrenamiento y no de guerra; para este uso sólo había
ocho en buenas condiciones y 12 en regulares o malas. En 1929, sin que
se especifique el uso de los mismos, sabemos que había 27 aviones
listos en los hangares; 11 que se encontraban en reparación y cinco
habían sido fabricados en Tijuana.167
En cuanto a su organización, la aviación estaba centralizada en el
Departamento de Aviación —a veces también llamado de Aeronáuti-
ca— de la Secretaría de Guerra. Tenía un jefe, siempre un general, y un
subjefe, también casi siempre un general. El departamento tenía a su
cargo la Escuela de Aviación, las instalaciones en Balbuena, que con-
sistían en un campo aéreo, hangares, los Talleres de Fabricación y Re-
paración, en donde se adiestraba a mecánicos y a un grupo que hacía
estudios técnicos sobre el arma. La unidad principal de la aviación era
el regimiento aéreo; en la época analizada no llegó a haber más de dos
regimientos. Cada uno tenía tres escuadrones, que a su vez contaba con
tres escuadrillas, con tres aviones cada una. O sea que, en total, cada
regimiento tenía 27 aviones.168

166
 ahjc, caja 19, exp. 903.
167
 Coronel James Reeves, 28 de febrero de 1925 y 4 de marzo de 1927, mid, caja 2510;
Johnston, 25 de julio de 1929, mid 2025-259/165.
168
 Johnston, 31 de enero de 1930, mid, 2025-259/196.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 67

Sin duda, en esos años lo que más llamó la atención y se convirtió


para muchos en obsesión fue lo relativo a las hazañas que hacían los
pilotos, la mayoría militares, de viajar de un lugar a otro, lo cual repre-
sentaba un desafío por la precariedad de los aviones, la distancia que
se pretendía recorrer, en ocasiones sin escalas, las condiciones meteo-
rológicas, etcétera. Este tema sería motivo de un libro completo, por lo
que aquí sólo mencionaré que dichas proezas despertaron enorme in-
terés en la aviación; fomentaron la aeronáutica civil pero, a su vez, y las
autoridades militares no fueron ajenas a ello, desviaban la atención de
otros aspectos que eran de mayor importancia para la aviación militar
o que ésta podía realizar, como era la observación para detectar incen-
dios forestales, para fotografiar zonas inhóspitas del país, etcétera. El
nacionalismo revolucionario de la década de 1930 presentó aquellas
hazañas como aventuras individualistas que poco beneficiaban al país.
Además, la crisis económica hacía cada vez menos viables esos proyec-
tos. El presidente Ortiz Rubio prohibió a los pilotos militares hacer
vuelos de largas distancias, ya que los cortos, con propósitos sociales
definidos como los ya señalados, eran más útiles para el país.169
Durante el periodo aquí estudiado, quizá por la “juventud” del
arma, no se trató el tema de crear una Secretaría del Aire que diese in-
dependencia a la fuerza aérea, para que pudiese desarrollar por sí mis-
ma sus programas de formación de personal y de adquisición de equipo.
El anhelo de los marinos por tener una secretaría de estado aún no se
daba entre los pilotos. Pero con los años, la autonomía de la fuerza aérea
fue un reclamo constante. Cuando el general Rodolfo Fierro era jefe del
Departamento de Aeronáutica, el presidente Cárdenas, por sugerencia
del subsecretario Ávila Camacho, ordenó la compra de aviones milita-
res. Cuenta Fierro que una comisión presidida por el coronel Luis Farell
debía dar la decisión técnica acerca de cuál era el mejor modelo para las
necesidades del país. El jefe de la Comisión Técnica de la secretaría,
general Salvador S. Sánchez, y el jefe de ayudantes del presidente, ge-
neral Cházaro Pérez, apoyaban el modelo Consolidado, cuyo represen-
tante era Enrique Chondube, pero la comisión de Farell se inclinó por
los Sevesky. Por esa razón, Fierro apoyó la compra de este último mo-
delo pero el alto mando se inclinó por el Consolidado. Ante esto:

Hablé con el secretario de Guerra, general Andrés Figueroa, le puse


varios ejemplos para hacerle comprender la importancia de tener apa-
ratos adecuados, le pregunté qué haría ante un regimiento de caballe-
ría montada en caballos de pura sangre y él con otro de burros. Des-

169
 Excélsior, 24 de junio de 1930.
68 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

pués de escucharme me anunció: “De cualquier forma adquiriremos


los Consolidados”. “Entonces ya no tiene caso que yo sea director de
aeronáutica”, repuse, y me retiré de su oficina. [Fui a ver al presiden-
te Cárdenas]. Recuerdo que le dije que, por lo menos, se nos dejara a
los pilotos el derecho de elegir las máquinas en las cuales exponíamos
nuestra vida. Pero al día siguiente se dio la orden de compra de los
Consolidados...170

La última vez que Fierro fue jefe de la fuerza aérea solicitó al secre-
tario de la Defensa mayor autonomía: señalaba que la aviación militar
obtenía sólo el 4.3% del total de presupuesto para la secretaría, lo que
la dejaba imposibilitada para adquirir material aéreo

La preocupación profesional de los altos jefes del ejército, los lleva por
razón natural a inclinar su esfuerzo técnico y administrativo hacia las
fuerzas terrestres y abordar débilmente los problemas de la fuerza
aérea, por desconocerlos técnicamente, lo que pide un justo equilibrio
administrativo y funcional de las dos fuerzas armadas, que ocasiona,
además, un efecto negativo en la moral del personal componente de la
fuerza aérea mexicana.171

Ingenieros

Se considera a la aviación como la quinta arma del ejército, y la cuarta es


la de ingenieros. Esto fue así porque las leyes militares establecieron
primero las armas de infantería, caballería, artillería e ingenieros. Su uni-
dad fundamental es el batallón de zapadores, que es un arma auxiliar en
el ejército. Se le conocía, según el general Sánchez Lamego, como “el
arma del trabajo, porque concurre al éxito de la batalla por medio de sus
trabajos”; su deber es “construir, reparar y conservar las vías de comu-
nicación, caminos, pistas aéreas, canales, puentes, etcétera, hacer los tra-
bajos generales de instalación de las tropas de todas las armas y servicios
en el teatro de la guerra”.172 En tiempos de paz se ocupa de la fabricación
de instalaciones militares, ya sean cuarteles, pistas aéreas o campos de

170
 Recorte, probablemente de Siempre!, en arfv. Las fechas de los hechos: circa 1935-
1936.
171
 Fierro proponía elevar la fuerza aérea a nivel de subsecretaría, 19 de septiembre de
1959; en otra propuesta con la misma fecha, proponía que la Secretaría de la Defensa impor-
tase las refacciones directamente, sin intermediarios en la ciudad de México, y se ahorraría
mucho dinero; recordaba que los aviones tenían 17 años de servicio, y ya era un equipo des-
continuado. arfv.
172
 Sánchez Lamego, conferencia en la Escuela Superior de Guerra, junio de 1936, act-
aja, serie 0501, exp. “Sánchez Lamego”, en proceso de catalogación.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 69

entrenamiento, y también de cuidar las vías de comunicación, en especial


por donde va a desplazarse la tropa. Los ingenieros militares tradicional-
mente han estado ligados a la artillería, ya que ésta debe entender la re-
sistencia de los metales, indispensable para conocer la utilidad de un
cañón. De la misma forma, los ingenieros deben dominar la resistencia
de los metales que forman el esqueleto de un edificio y de otros mate-
riales de construcción, tales como cemento, piedras, ladrillos, hormigón,
etcétera. En 1930, el agregado militar en España recomendaba aplicar en
México lo que se hacía en aquel país: establecer laboratorios para pro-
bar materiales de construcción y metales. Decía que muchas veces, al
construir algo, los cálculos de los ingenieros estaban bien hechos pero
los materiales no tenían la calidad suficiente, de ahí las cuarteaduras y
otras fallas que surgían; muchas veces se recurría a contratistas y no
siempre se podía saber con certeza la calidad de los materiales:

La Superioridad no debe echar en saco roto este asunto. Nosotros man-


damos con frecuencia construir edificios (Colegio Militar, cuarteles,
campos de concentración, etcétera) que nos cuestan millones y el dine-
ro no se recoge con palas... El laboratorio, al garantizar la bondad de
los materiales empleados en las construcciones oficiales (porque se
pueden abarcar aquí hasta las de las otras secretarías), garantiza tam-
bién muchos millones de pesos y ahorra el gasto de cientos de miles,
que casi siempre se emplean en reparaciones o reedificaciones al cabo
de pocos años, cuando los materiales empleados han sido, por igno-
rancia o mala fe, de pésima calidad.173

En esa misma época, un estudio sobre las instalaciones militares en


el país confirmaba esto; por ejemplo, en la ciudad de México, de 22 ins-
talaciones militares sólo seis se encontraban en buen estado.174
A pesar de que el Departamento de Ingenieros fue creado hasta
1933 (su primer jefe fue el general José Fernando Ramírez), desde an-
tes existieron batallones de infantería que hacían funciones de bata-
llones de zapadores.175 En 1917 se instituyó el Cuerpo de Ingenieros, con
una planta muy reducida.176 Poco después cambió de nombre: Comisión

173
 Mayor Ricardo Calderón Arzamendi, “Informe: Establecimiento Industrial de Inge-
nieros”, Madrid, 26 de noviembre de 1930, act-aja, serie 0304, inv. 243, exp. 13, f. 211-219.
174
 Se trataba del Colegio Militar en Popotla; San Ildefonso, que en ese tiempo lo tenía el
ejército, después sería donado a la Universidad Nacional Autónoma de México; el cuartel de
San Diego; la cárcel de Santiago Tlatelolco, y el campo militar de Balbuena. Informe de Rafael
Aguirre Manjarrez, 9 de mayo de 1931, act-aja, serie 0301, inv. 123, exp. 5, f. 274-291.
175
 Se creó por decreto presidencial, Diario Oficial de la Federación, 4 de marzo de 1933.
176
 Lo formaban ocho coroneles, 15 tenientes coroneles, 15 mayores y cuatro capitanes.
Jesús de León Toral et al., El ejército y fuerza aérea..., v. 2, p. 425.
70 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

de Ingenieros, unidad administrativa de poco peso y presupuesto, en-


cargada de la reparación de cuarteles, aunque por un tiempo tuvo ma-
yores facultades al fusionársele la Comisión Técnica.177 La organización
de esos soldados era bastante fortuita y se debía más a la iniciativa
personal de un jefe militar decidido a colaborar para arreglar o abrir
caminos, levantar escuelas y obras de tipo civil. Cuando se trataba de
construcciones de mayor calado se pedía autorización o respaldo al
alto mando. También hacían arreglos en cuarteles, caballerizas y otras
instalaciones militares. No eran zapadores formales, simplemente se
les daban picos, palas y otros instrumentos de albañilería para realizar
esas labores. Fue hasta 1927 que se crearon dos batallones de zapadores,
con los indios yaquis que se rindieron después de fracasada la rebelión
que comenzó el año anterior. Una de las condiciones para su rendición
fue la de ser incorporados al ejército. Como las autoridades desconfia-
ban de ellos, en vez de dotarlos de rifles en un batallón de línea, se les
dieron instrumentos para la construcción. Dado que aún no existía el
departamento de esa arma, aquellos dos batallones pasaron a depender
del Departamento de Estado Mayor. Los jefes de esos batallones no
eran ingenieros militares sino los jefes tribales de la etnia sonorense: los
generales Román Yocupicio e Ignacio Mori.178 Al año siguiente, una de
esas unidades pasó a ser de infantería.179
En cuanto a la iniciativa personal de algunos jefes, destacamos aquí
unos ejemplos. La que se consideró como la primera avenida que hacía
el ejército, que iba de la estación del tren local al pueblo de San Juan
Teotihuacán, la construyó el 4º regimiento de artillería del general José
Luis Amezcua, quien dijo que “no tan sólo servimos para destruir, sino
que también sabemos trabajar, aislados de la política en la que no de-
bemos pensar siquiera, aprovechando la tranquilidad de la que goza-
mos.” 180 En la ciudad de México, los batallones 11º y 50º construyeron
la Avenida del Ejército al mando de los generales José Beltrán y Encar-
nación Alfaro, respectivamente.181
Después de finalizado el conflicto religioso y la rebelión escobaris-
ta, el país volvió a una relativa calma; por tanto, los militares regresaron

177
 Memoria presentada al H. Congreso de la Unión por el secretario del ramo, general de divi-
sión Joaquín Amaro, 1924-1925, p. 30.
178
 A. Macnab, 15 de noviembre de 1927, mid, 2025-259/121; Thompson, 5 de diciembre
de 1927, ibidem, 2025-259/124.
179
 El 1º batallón de zapadores pasó a ser el 44º de infantería, cuerpo que había desapa-
recido, y no se había designado a otro batallón con ese número. Thompson, 22 de junio de
1928, mid 2025-259/143.
180
 La avenida se llamó Francisco Serrano, quien era secretario de Guerra. Excélsior, 4 de
octubre de 1923.
181
 La avenida uniría a Texcoco con la ciudad de México. Ibidem, 1 de abril de 1930.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 71

a sus actividades normales. Fueron también tiempos de crisis en los que


la obra pública era más onerosa. De ahí que el secretario de Comunica-
ciones, general Juan Andreu Almazán, militar que se había destacado
en promover la colaboración del ejército en ese tipo de obras, la insti-
tucionalizó con su cargo público: durante el gobierno de Ortiz Rubio
se dio una mayor participación de soldados en los caminos. Al tiempo
que se construía la Avenida del Ejército, las tropas del general Anselmo
Macías Valenzuela hacían un camino en Tampico; Jaime Carrillo, en
Acapulco; Pedro Moctezuma, en Tlaquepaque; Evodio Cortés Bravo,
en Durango; Manuel Ballesteros, en Tehuacán, y Leopoldo Dorantes
Vázquez, en Nuevo Laredo.182
Cuando en 1933 se creó el departamento del arma de ingenieros se
formaron dos batallones de zapadores, aunque de forma precipitada
ya que simplemente dos batallones de infantería pasaron a depender
de ingenieros y, por tanto, se les designó como zapadores.183 Sin em-
bargo, a diferencia de años anteriores, el mando se dio a los coroneles
de ingenieros Manuel Cravioto (quien era jefe del 11º batallón de infan-
tería, por tanto siguió mandando a la misma tropa) y Ramiro Pérez
Quintanilla. Se les armó con rifles 7 mm, que era el arma de infantería,
picos, palas y trinches. Cada batallón estaba formado por 420 hombres
de tropa y 36 oficiales y jefes. En un informe, el mayor Marshburn con-
sideraba que esos cuerpos no tenían los oficiales calificados para esas
tareas, excepto los jefes que sí eran ingenieros, pero consideraba que si
las autoridades militares apoyaban su preparación, en dos años podrían
desempeñar con eficiencia las tareas propias de su ramo.184 En aquel
año un huracán impactó en Tampico y dejó miles de muertos. El jefe de
operaciones en Tamaulipas era el general Anselmo Macías Valenzuela,
uno de los militares más competentes y dedicados en esa época; envió
a la tropa a su mando para realizar tareas de desazolve, limpieza y
reconstrucción. Desde México también se trasladó el 2º batallón de za-
padores para rellenar baches, reconstruir techos y construir cuatro co-
bertizos para damnificados.185 El primer batallón fue destinado a San

182
 Ibidem, 15 de octubre de 1930, 25 de marzo y 28 de diciembre de 1931; El Universal,
4 de abril de 1932.
183
 Cummings, 7 de abril de 1933, mid, 2025-259/366. Los batallones 11º y 50º pasaron a
ser los batallones 1º y 2º de zapadores. Del 11º era jefe el coronel de ingenieros Manuel Cravio-
to, de ahí que se prefiriera transformar este batallón. Del 50º era jefe el coronel Encarnación
Alfaro, quien con ése y otros cuerpos ya tenía experiencia en trabajos de ese tipo; por tanto, ese
batallón seguramente estaba mejor preparado para desarrollar labores de zapadores.
184
 Cummings, 18 de mayo de 1933, mid, 2025-259/383. El Universal, 23 de febrero de
1933. Marshburn, 16 de enero de 1933, ibidem, 2025-259/430.
185
 El batallón estaba al mando del coronel ingeniero Ramiro Pérez Quintanilla. El Uni-
versal, 17 de octubre de 1933.
72 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

Luis Potosí, pues parte de esa entidad también fue afectada por el me-
teoro. Más tarde se acusó a su jefe de despojar a damnificados de sus
terrenos, con la excusa de construir colonias modernas.186 Al año si-
guiente, el 1º batallón de zapadores estuvo en Manzanillo tres años para
realizar mejoras en ese puerto y otras instalaciones que tenía la marina.
El otro cuerpo tenía su sede permanente en la ciudad de México, en el
cuartel de La Piedad.
Pero hubo otra razón más poderosa, aunque coyuntural, para fo-
mentar el arma de ingenieros. En el estado de Veracruz preocupaba el
radicalismo del gobernador Adalberto Tejeda, quien incrementaba
el reparto agrario en ejidos colectivos; la base social que tenía era muy
grande y poderosa, ya que muchos de los agraristas que simpatizaban
con él estaban armados; además, Tejeda era un potencial candidato a
la presidencia en las elecciones de 1934. Por eso, el presidente Abelardo
Rodríguez decidió terminar con el problema del radicalismo veracru-
zano a través de dos vías: el desarme de los agraristas, consumado por
efectivos del ejército, y un reparto agrario rápido y efectivo que divi-
diera a la base social de Tejeda. El reparto seguía una política opuesta
a la de Tejeda: se repartirían parcelas individuales, lo cual servía para
desmantelar la mecánica de cooptación tejedista y abonaba para un
cambio de lealtades hacia el gobierno federal. Aquí también usó al ejér-
cito: ordenó que ingenieros militares, con una escolta adecuada, hicie-
ran el trabajo de deslinde de tierras para su posterior otorgamiento o
restitución.187 Tal vez como compensación a los militares que partici-
paron, Rodríguez creó el Departamento de Ingenieros.
Entre las funciones de ese departamento estaba el encargarse de los
dos batallones de zapadores; realizar estudios técnicos y servicios de
ingeniería; mantener el Parque de Ingenieros; construir y reparar forti-
ficaciones, cuarteles, barracas; dar mantenimiento a las comunicaciones
militares; además tenía un servicio de geografía. Desde mucho tiempo
atrás se reconocía la necesidad de contar con cartas geográficas que
contuvieran información necesaria para uso castrense y para las obras
públicas en el país. El ingeniero Valentín Gama recordaba que la Co-
misión Geográfico Exploradora, que funcionó durante el Porfiriato,
levantó cartas muy buenas, pero que representaban sólo el 20% del
territorio nacional; otras que se hicieron después no eran más que “ma-
pas escolares que sólo dan una vaga idea de la orografía y de la hidro-
grafía del país”. Por eso proponía repetir lo que se hizo en el pasado:

186
 Se trataba del coronel Manuel Cravioto; se acusaba también al gobernador Ildefonso
Turrubiates así como al jefe de Operaciones Militares, general Francisco Carrera Torres.
Ibidem, 20 de septiembre y 12 de noviembre de 1933.
187
 Excélsior, 23 de noviembre de 1932.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 73

asignarle esa labor a los ingenieros militares.188 La propuesta generó un


cierto entusiasmo, pues algunos —como el ingeniero Valentín Gama—
consideraron que se tenía ese personal y se le pagaba; asimismo, por su
formación estaban acostumbrados a la rudeza de la exploración en sie-
rras y costas, por lo cual eran los más aptos para realizar una tarea
urgente para el país:

Algunos miles de brazos, sustraídos temporalmente de los batallones


y regimientos, podrán hacer más bien a la patria en los senderos de la
paz que en muchas batallas campales. Y lo harían de buen grado, por-
que las vías de comunicación constituyen un elemento primordial en
el arte de Belona. Por ellas marcharían al combate, y ¡quién sabe si más
tarde estos caminos los conduzcan a la victoria!189

Otro ingeniero compartía en la prensa un temor que no pocos de


los ingenieros militares y otros jefes tenían:

Tengo la seguridad de que en el momento actual, el Estado Mayor del


Ejército de los vecinos del Norte, tiene datos de nuestras costas y de
algunas líneas al interior, que nosotros no tenemos, lo que es suma-
mente grave, puesto que en un conflicto armado con cualquier nación
que no sea con los Estados Unidos del Norte, necesitaremos de guías
extraños en nuestro propio país.190

Este temor, además de ser válido y fundamentado, daba a la pro-


puesta un carácter de urgencia. Lo malo era que el país tenía muchas
otras, sobre todo políticas; podría decirse que salía de una para entrar
en otra. Años atrás ya se había intentado levantar una carta geográfica,
al comisionar a varios militares para llevarla a cabo. El general Amaro,
que era consciente de la necesidad de que el ejército se modernizara en
todos sentidos, muy a su pesar era apabullado por las urgencias polí-
ticas. Por eso no sorprende que de su pluma saliera una respuesta como
la dada a un general que tenía a su cargo la zona de Zacatecas, quien
sugería ciertas técnicas para el trabajo de esos comisionados: “sus ideas
son excelentes, pero si se dio esa comisión a esos generales fue con
objeto de proporcionarles alguna ocupación, y para los planes de este
Ministerio, no son necesarios sino informes sencillos y más bien ran-
cheros, pues como le he dicho, se les comisionó en esta forma para

188
 Ingeniero Valentín Gama, “La carta general de la República”, El Universal, 6 de
febrero de 1933. .
189
 Edmundo de la Portilla, “Militares y paisanos”, ibidem, 22 de febrero de 1933. Belo-
na, diosa romana de la guerra. La palabra beligerante proviene de este nombre
190
 Narno Dorbecker, “La carta militar de la República”, ibidem, 23 de mayo de 1933.
74 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

darles alguna ilustración”.191 Lo anterior me parece un buen ejemplo de


cómo en México, en todos los sentidos y en muchas áreas, de ninguna
manera circunscritas a lo militar, se dejan relegadas cuestiones funda-
mentales en aras de solventar problemas de coyuntura política. Aquí
vemos cómo Amaro ya sabía que los resultados de esa comisión irían
directamente al bote de la basura, pero le aliviaba la presión política de
jefes militares que exigían un empleo, cuando Amaro recién se encarga-
ba de la Secretaría de Guerra. Años después, cuando ya no ocupaba ese
puesto pero tenía a su cargo la Dirección de Educación Militar de la
misma secretaría, apoyó la propuesta de Gama. La última parte de esta
historia siguió la misma lógica: el secretario en turno tenía otras urgen-
cias políticas que atender y relegó el proyecto.
Antes de que se estableciera el Departamento de Ingenieros su per-
sonal era mínimo y no tenía tropa, excepto en 1927 cuando se crearon
dos batallones con los yaquis que se rindieron; pero eventualmente éstos
pasaron a ser de infantería. A principios de 1933, el personal de inge-
nieros era de 80, entre jefes y oficiales y 88 hombres de tropa. Al insti-
tuirse el departamento del arma, con sus dos batallones de zapadores,
tuvo 122 jefes y oficiales y 889 hombres de tropa.192 Estas cifras perma-
necieron casi sin cambios en los siguientes siete años.

Organización del ejército en el territorio nacional

Hemos visto hasta ahora las armas que tenía el ejército. Nos faltaría por
ver la marina y los servicios de las fuerzas armadas, como justicia, sa-
nidad e intendencia militar, así como también la educación en el insti-
tuto armado. Ahora abordaremos un tema muy importante, que es la
manera en que se organizaba el ejército en el territorio nacional.
La propia dinámica de la Revolución hizo que se integraran gran-
des unidades en los ejércitos revolucionarios. El ejército constituciona-
lista que creó Carranza para combatir la usurpación de Huerta estaba
conformado por siete cuerpos de ejército, que ocupaban todo el terri-
torio nacional. En términos militares, los cuerpos de ejército son forma-
ciones muy numerosas que incluyen fuerzas de las cuatro armas entonces
existentes: infantería, caballería, artillería e ingenieros; son superiores a
las divisiones y brigadas.193 Al ser derrotado Huerta, la escisión del vi-

191
 Amaro a Eulogio Ortiz, 18 de marzo de 1925, aja, serie 0301, inv. 195, exp. 77, f. 51.
192
 Cummings, 7 de febrero y 6 de marzo de 1933, mid, 2025-259/345 y 351.
193
 Se trataba de los siguientes cuerpos de ejército: del Noroeste, con fuerzas de las enti-
dades de Sonora, Chihuahua, Durango, Sinaloa y Baja California; del Noreste, en Coahuila,
Nuevo León y Tamaulipas; de Oriente, en Puebla, Tlaxcala y Veracruz; de Occidente, en Jalis-
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 75

llismo y del zapatismo hizo imposible que terminara la guerra civil y,


por tanto, se mantuvieron estos cuerpos de ejército. Cuando Villa fue
derrotado, la División del Norte se disgregó en núcleos guerrilleros.
Obregón, como secretario de Guerra de Carranza, disolvió los cuerpos
de ejército, entre ellos el que él había formado: el del Noroeste. Se hizo
porque fomentaban el caudillismo, además de que era la mejor forma
de comenzar la disminución de efectivos en las fuerzas armadas. Pero
esta medida no podía tener, por sí sola, los alcances deseados; el licen-
ciamiento no podía llevarse a cabo porque había numerosos grupos
rebeldes opuestos a Carranza. Tampoco podían crearse unidades terri-
toriales pequeñas, circunscritas a cada uno de los estados y territorios
de la República, ya que aún se requirió de mando unificado para con-
trarrestar esos movimientos. Los cuerpos de ejército fueron sustituidos
por las jefaturas de Operaciones Militares. Éstas apelaban más a una
“normalización” de la situación militar en el país, pues los cuerpos de
ejército, las divisiones y brigadas son organizaciones pensadas para la
guerra, mientras que las jefaturas de Operaciones lo eran para tiempos
de paz. No se les denominó zonas militares, porque ese nombre lo tu-
vieron durante el Porfiriato. La necesidad impedía aún hacer coincidir
la división territorial del ejército con la división política del país, como
después ocurriría. Incluso en la nueva nomenclatura continuaban resa-
bios de los nombres anteriores: en 1919 existía una Jefatura de Opera-
ciones Militares del Norte que comprendía el estado de Chihuahua y
cuyo jefe era Manuel M. Diéguez; otra del Centro y Noreste, que abar-
caba Nuevo León, Tamaulipas, San Luis Potosí, la Huasteca veracruzana
y el distrito de Mazapil, en Zacatecas, cuyo jefe era Francisco Murguía;
la jefatura de la Región Lagunera: parte de Coahuila, Durango y Zaca-
tecas para Cesáreo Castro. De esta forma se lograba que sólo tres ge-
nerales, todos muy cercanos a Carranza, comandaran toda la zona de
influencia villista. La Jefatura de Operaciones Militares del Sur, con
Morelos, Puebla, Tlaxcala, Oaxaca y parte del Estado de México, para
Pablo González, incluía casi toda la región donde operaban núcleos
zapatistas. Toda la zona de influencia del extinto Cuerpo de Ejército
del Noreste se mantenía en la jefatura del Centro y Noreste. En cambio,
el también fenecido Cuerpo de Ejército del Noroeste y el de Occidente

co, Colima, Michoacán y Distrito Militar de Nayarit; del Centro, en Zacatecas, Aguascalien-
tes, San Luis Potosí, Guanajuato, Querétaro, Hidalgo y Estado de México; del Sur, en More-
los, Guerrero y Oaxaca; del Sureste, en Yucatán, Campeche, Tabasco y Chiapas. Decreto del
Primer Jefe, 4 de julio de 1913, citado en Jesús de León Toral et al., El ejército y fuerza aérea...,
v. 2, p. 372. En octubre de ese año, Pancho Villa recibió el nombramiento de jefe de la Divi-
sión del Norte por parte de Carranza. En la práctica, la formación de Villa tenía igual o ma-
yor número de soldados que los cuerpos de ejército, pero no se le quiso dar esa categoría.
76 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

ahora se dividían en varias jefaturas de Operaciones: una para Sonora,


otra para Sinaloa, una más para Jalisco y Colima y otra a Nayarit. De
esta forma, Carranza buscaba mantener dividida la zona militar en la
que Obregón tenía mayor influencia.194 Pero la división territorial aquí
mostrada estaba lejos de ser rígida; una jefatura podía perder o ganar
territorio bajo su jurisdicción, según las necesidades de las campañas y
también de los jefes que las comandaban. En buena medida esto se
debía a que las operaciones militares estaban dirigidas directamente
desde la presidencia, a través de su jefe de Estado Mayor, general Juan
Barragán; la Secretaría de Guerra tenía, en los tiempos del presidente
Carranza, meras funciones administrativas, por lo cual los cambios de
jurisdicción de las jefaturas se hacían obviando los trámites burocráticos
de la secretaría.195
Tras la muerte de Carranza, los gobiernos sonorenses restituyeron
las atribuciones de la Secretaría de Guerra al nombrar secretarios del
despacho: Calles, Hill, Estrada, (1920-1921) o bien primero designaban
a un subsecretario encargado del despacho que después era ratificado
como secretario: Serrano y Amaro (1922-1929). La pacificación de Villa,
lograda en 1920, y la alianza de Obregón con zapatistas y otros grupos
rebeldes permitieron un mejor control del territorio. Lo anterior se vio
reflejado en una distribución de jefaturas más rígida y fragmentada,
aunque continuaron las excepciones: la 3ª Jefatura de Operaciones Mi-
litares comprendía Coahuila (excepto la Región Lagunera), Nuevo León
y la Huasteca;196 la 2ª, los estados de Chihuahua y Durango y la Región
Lagunera;197 la 6ª llegó a abarcar seis entidades: Zacatecas, Aguasca-
lientes, Guanajuato, Michoacán, Jalisco y Colima. Ésta fue creada para
Estrada, quien había sido despedido de la Secretaría de Guerra; como

194
 Otras jefaturas de Operaciones que se limitaban a un estado, aparte de las menciona-
das, eran Hidalgo, Guanajuato, Aguascalientes, Veracruz (excepto la Huasteca y región del
Istmo), Estado de México, Guerrero, Valle de México, Tabasco y las de los distritos Norte de
Baja California, Sur de Baja California y Territorio de Quintana Roo. Michoacán y Querétaro
formaban una sola jefatura lo mismo que Yucatán y Campeche. La Jefatura de Operaciones
de Chiapas comprendía también el Istmo de Tehuantepec. Informe, Diario de los Debates del
Senado, 1 septiembre de 1919; Álvaro Matute, Historia de la Revolución mexicana 1917-1924. V.
7. Las dificultades de un nuevo Estado, México, El Colegio de México, 1995, p. 263-264.
195
 Como subsecretarios u oficiales mayores encargados del despacho de la Secretaría
de Guerra y Marina estuvieron los generales Jesús Agustín Castro, Juan José Ríos y Francisco
L. Urquizo.
196
 Como jefe se nombró a Joaquín Amaro, en octubre de 1920. Al año siguiente, a esta
jefatura se le añadiría la franja norte de Tamaulipas. Martha Beatriz Loyo Camacho, Joaquín
Amaro y el proceso de institucionalización del ejército mexicano, 1917-1931, México, Fondo de
Cultura Económica, 2003, p. 68, 76.
197
 Su jefe, Eugenio Martínez, 3 de septiembre de 1920, ahsdn-Cancelados, exp. xi-111-
1-222, f. 765.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 77

compensación, Obregón le dio esa gigantesca jefatura.198 Cuando Obre-


gón percibió que Estrada podía iniciar una rebelión militar y ante el
problema de la sucesión presidencial, el presidente decretó una nueva
división militar del país en 1923. Sólo un año antes lo había dividido en
20 jefaturas de Operaciones Militares.199 Al año siguiente, el decreto con-
sideraba que:

Mientras existieron en la República algunos grupos de individuos levan-


tados en armas y el peligro de que pudieran engrosarse esos núcleos, se
estimó necesaria la designación de jefes militares que, abarcando exten-
sas zonas de mando, pudieran obrar con mayor rapidez y combinar sus
movimientos, para lograr el exterminio de aquellas partidas; pero ha-
biéndose logrado la desaparición de todo elemento armado contra el
gobierno... Tomando en cuenta que las comunicaciones entre la Secreta-
ría de Guerra y los cuerpos que integran el Ejército Nacional son tanto
más tardías cuanto mayor es el número de conductos porque han de
girarse la correspondencia relacionada con los asuntos del servicio, el
Ejecutivo de mi cargo considera llegado el momento de hacer una nue-
va división de la República, estableciendo jefaturas de operaciones que,
al depender directamente de la Secretaría de Guerra y Marina, simplifi-
quen el trámite de esos mismos asuntos; y por tanto he tenido a bien
disponer la siguiente división territorial de la República.200

Se establecieron así 35 jefaturas de Operaciones Militares: por pri-


mera vez había una división militar más fragmentada que la división
política. También por primera ocasión, desde que inició la Revolución,
la ciudad de México aparecía como la 1ª jefatura.201 En la división an-
terior, como reflejo de una Revolución que vino del noroeste, la 1ª tenía
su cuartel general en Culiacán.

198
 Acuerdo de 12 de enero de 1922, ahsdn-Cancelados, xi-111-1-75, f. 270.
199
 La 1ª comprendía Sonora, Sinaloa, Nayarit, Baja California Norte y Sur; la 2ª, Chihua­
hua, Durango y parte de Coahuila (Región Lagunera); la 3ª, parte de Coahuila, Nuevo León y
norte de Tamaulipas; la 4ª, San Luis Potosí; la 5ª, parte de Tampico; la 6ª, Jalisco, Guanajua-
to, Aguascalientes, Zacatecas, Colima y Michoacán; la 7ª, parte de Veracruz; la 8ª, Queréta-
ro; la 9ª, Hidalgo; la 10ª, parte del Estado de México; la 11ª, Distrito Federal y parte del Es-
tado de México; la 12ª, Puebla; la 13ª, Morelos; la 14ª, Guerrero; la 15ª, parte de Oaxaca; la
16ª, Istmo de Tehuantepec (parte de Oaxaca, Tabasco y Veracruz); la 17ª, parte de Tabasco;
la 18ª, Chiapas; la 19ª, Yucatán y Campeche; la 20ª, Territorio de Quintana Roo. 1 de julio de
1922, Revista del Ejército y de la Marina, julio de 1922, p. 918-921.
200
 Decreto del 29 de enero de 1923, para surtir efecto el 1 de marzo, Revista del Ejército y
de la Marina, febrero de 1923, p. 196-201.
201
 En esta nueva división había una jefatura por cada entidad y por cada territorio,
además de crearse unas regionales: la 8ª, que incluía el norte de Tamaulipas, las Huastecas
de San Luis y Veracruz; la 11ª, en el Istmo de Tehuantepec, con municipios de Veracruz y
Oaxaca; 25ª, La Laguna, con municipios de Coahuila y Durango.
78 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

Las jefaturas de Operaciones Militares (que en la década de 1930


cambiaron de nombre por el de Zonas Militares, mismo que conser-
van hasta la fecha), eran unidades territoriales que incluían uno o
varios estados (territorios o departamentos) de la República. Tenían
un jefe que casi siempre era un general de brigada o de división. El
cuartel general con frecuencia estaba en la capital de la entidad. Cada
una tenía bajo su mando diversas unidades de infantería y caballería
(pocas tenían regimientos de artillería o de aviación), distribuidas en
todo el territorio bajo su jurisdicción. Podían tener varias jefaturas de
guarnición, situadas en las principales poblaciones de cada jefatura
de Operaciones. Por ejemplo, la de Sonora tenía su cuartel general en
Hermosillo y contaba con guarniciones en esa ciudad, en Nogales,
Guaymas y Agua Prieta.
En los años siguientes hubo algunos cambios, pero se mantuvo la
estructura de la división de 1923. A fines de ese año se creó la 36ª, las
Huastecas, que comprendían parte de Tamaulipas, y San Luis Potosí, con
cuartel en Villa Cuauhtémoc (antes llamado Pueblo Viejo), Veracruz.202
En 1924 se integró la 37ª, que incluía el norte de Guerrero (Costa Grande
y Costa Chica) con cuartel general en Acapulco.203 Tiempo después esta
jefatura fue suprimida e integrada a la 21ª, con cuartel en Iguala.
A principios de 1926 desapareció la 8ª jefatura, Norte de Tamauli-
pas, que tenía su cuartel en Nuevo Laredo. Este cambio se debió —po-
siblemente— a que en el territorio de ese estado tenían jurisdicción tres
jefaturas de Operaciones, lo cual podía ocasionar conflictos entre sus
jefes. En estos años, al suprimirse una jefatura también desaparecía el
número; así, en las listas se pasaba, por ejemplo, de la 7ª a la 9ª. A pesar
de que algunos de estos cambios con seguridad tenían motivaciones
políticas, finalmente seguían la lógica de hacer coincidir la división
militar con la política. Aunque también hubo excepciones. En enero de
1927 desapareció la 13ª, Campeche, cuyo territorio pasó a formar parte
de la 14ª, Yucatán, con cuartel en Mérida. En el mismo decreto se su-
primió la 25ª, Región Lagunera, que fue una de las jefaturas “regiona-
les” (así llamo a aquellas que incluían zonas de varios estados del país)
que por más tiempo pervivieron, y cuya creación y funcionamiento se

202
 En julio de 1926 ya aparece esta nueva Jefatura de Operaciones Militares. E. Davis,
4 de junio de 1926, naw-mid, 2025-259/28; Thompson, 16 de agosto de 1926, ibidem, 2025-
259/98.
203
 Se creó el primero de octubre de 1924, con lo que, así, Guerrero tenía dos jefaturas:
la 21ª y la 37ª. Esta última incluía los antiguos distritos de Unión, Galeana, Tavares, Allen-
de y Abasolo, Revista del Ejército y de la Marina, octubre de 1924, p. 812; Memoria presentada
al H. Congreso de la Unión por el secretario del ramo, general de división Joaquín Amaro, 1924-
1925, p. 37.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 79

debía más a aspectos geográficos y socioeconómicos de una región que


a la división política.204 También en ese año desapareció la 35ª, Tlaxca-
la, que se fundió con la 34ª, Puebla.205 Al suprimirse la 37ª, como éste
era el último guarismo de la lista no hubo necesidad de suprimirlo:
quedaba así una relación con 36 números, pero que en realidad sólo
eran 32 jefaturas, mismo número de entidades políticas del país.206 Por
un tiempo, un número suprimido revivió al crearse la 35ª en Los Altos,
Jalisco, al recrudecerse la lucha contra los cristeros. Con la reestructu-
ración numérica de 1929, esa jefatura pasó a ser la número 32.207
Sin duda que el cambio más significativo de estos años fue la su-
presión de la Jefatura de Operaciones Militares del Valle de México, en
octubre de 1927. La causa fue el intento de rebelión de los generales
Francisco Serrano y Arnulfo R. Gómez, que en realidad fue un golpe
de estado fallido, que tenía como objetivo principal la detención del
presidente Calles y del secretario de Guerra Amaro, durante un festival
militar que se realizaría en la ciudad de México. Uno de los generales
comprometidos con el golpe era el general Eugenio Martínez, que des-
de 1924 comandaba la jefatura del Valle de México. La primera jefatura
era la más importante del país, por el número de efectivos que estaban
a su disposición. Por ejemplo, a mediados de 1926, antes de que surgie-
ran los grandes problemas militares de ese año (la rebelión yaqui y la
Cristiada), en la 1ª había 12 418 efectivos.208 La segunda con mayor nú-

204
 La 25ª tenía su cuartel en Torreón, que era por excelencia la capital de esa región. (Su
último jefe fue el general de brigada Pablo E. Macías.) La jefatura tenía parte de Coahuila y
de Durango. Al desaparecer, el territorio coahuilense pasó a formar parte de la 6ª Jefatura de
Operaciones Militares, que tenía su cuartel general en Saltillo, pero al fundirse ambas jefatu-
ras la 6ª cambió su cuartel a Torreón. Idem. En ese tiempo, para combatir la Cristiada se for-
maban en el norte del país nuevas corporaciones, sobre todo regimientos de caballería. Así
vemos cómo en 1926 la 13ª tenía dos regimientos y un batallón, la 24ª (Durango) tres regi-
mientos y un batallón. Un año después, la 6ª y la 24ª contaban, cada una, con seis regimien-
tos y un batallón. Ibidem, E. Davis, 4 de junio de 1926, 2025-259/28; Thompson, 8 de julio de
1927, ibidem, 2025-259/83.
205
 Su último jefe fue el general de división Genovevo de la O. Revista del Ejército y de la
Marina, enero 1927, p. 79. El 17 de noviembre de ese año se revivió esa jefatura con el mismo
número; se argumentó que las actividades rebeldes y de bandidaje de la zona de Puebla ha-
cían muy difícil un control efectivo de ese territorio. Macnab, 29 de noviembre de 1927, mid,
2025-259/122. En marzo de 1928 volvió a ser suprimida.
206
 Recordemos que habían desaparecido, además de la 37ª, la 8ª, 13ª, 25ª y 35ª, y que al
desaparecer se eliminaba también el número.
207
 En mayo de 1929, el jefe de la 35ª jefatura era el general Saturnino Cedillo. Johnston,
20 de mayo de 1929, mid, 2025-259/149.
208
 La información que se daba a la prensa era con frecuencia inexacta, sobre todo en
cuanto al número de efectivos. Un año antes, en alusión a la rebelión delahuertista, se decía:
“Habiendo desaparecido las causas por las que la guarnición del Valle de México fue aumen-
tada el año pasado hasta tenerse en disponibilidad 14 000 hombres de las tres armas, lo que
nunca se había visto, se ha dispuesto que algunas corporaciones de caballería e infantería
80 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

mero era Veracruz con 6 060; le seguía Puebla con 3 188 hombres.209
Poco antes del golpe sólo en Sonora había más soldados, con un total
de 13 057, mientras que la 1ª tenía 8 910 y Jalisco 5 778, situación que
reflejaba la coyuntura militar.210
Como cada jefatura tenía su cuartel general en una población im-
portante, esa población, debido a su relevancia, tenía también una “je-
fatura de guarnición de la plaza”. Por costumbre, el general que enca-
bezaba la 1ª también era jefe de la guarnición en la ciudad de México.
Por el contrario, en las demás jefaturas de Operaciones Militares, los
jefes de guarnición donde residía el cuartel general de la Jefatura de
Operaciones eran militares distintos. Un ejemplo: en la 18ª, en Jalisco,
el jefe de operaciones era el general Jesús M. Ferreira, con cuartel gene-
ral en Guadalajara. En esa ciudad, el jefe de guarnición era el general
Lorenzo Muñoz.211 Cada jefatura de guarnición tenía una dependencia
llamada Mayoría de Órdenes, al frente de la cual estaba un mayor, un

salgan a cubrir los destacamentos establecidos en los estados y territorios del país. Actual-
mente la 1ª Jefatura de Operaciones Militares, que comprende el Valle de México y algunas
regiones cercanas, cuenta con una guarnición de 4  700 hombres. Este número es ya el nor-
mal”. Excélsior, 1 de diciembre de 1925. Lo cierto es que esa cifra de cerca de 5 000 efectivos
sería normal hasta la década siguiente.
209
 El desglose de estos datos, por corporaciones, es el siguiente: 1ª jefatura: nueve bata-
llones de infantería, nueve regimientos de caballería, cinco regimientos de artillería (todos
los regimientos de esta arma tenían su sede fija en el Distrito Federal), un cuerpo de guar-
dias presidenciales (el attaché no incluye la policía en este desglose); 10ª (Veracruz): cinco
batallones y ocho regimientos; 34ª (Puebla): dos batallones y cuatro regimientos. E. Davis, 4
de junio de 1926, ibidem, 2025-259/28. En cambio, a fines de 1935, con un país en relativa
calma, en la 1ª Zona Militar había cuatro batallones (uno de zapadores), dos regimientos de
caballería, dos regimientos de artillería, con un total de 4 800 efectivos. Marshburn, 9 de enero
de 1936, ibidem, 2025-259/523.
210
 La 4ª jefatura (Sonora)tenía 16 batallones de infantería, diez regimientos de caballe-
ría, un regimiento de artillería y seis aviones; la 1ª: siete batallones, cinco regimientos, cuatro
regimientos de artillería y 36 aviones (no incluye policía y no desglosa las guardias presi-
denciales); Jalisco: cinco batallones y ocho regimientos; Veracruz: cuatro batallones y ocho
regimientos, con un total de 4 544 efectivos; Michoacán: tres batallones y cuatro regimientos,
3 385 hombres; Coahuila: un batallón y seis regimientos, 3 224 efectivos; Guanajuato: un ba-
tallón y cinco regimientos, 2 990 hombres; Chihuahua, dos batallones y cuatro regimientos,
2 763 efectivos; Guerrero, un batallón y cinco regimientos, 2 637 hombres en total; Durango:
un batallón y seis regimientos, 2 632 efectivos; Puebla, dos batallones y tres regimientos,
2 355 hombres. En los totales se incluyen fuerzas irregulares, aunque el informe aclara que
no se conoce su número con exactitud. Las demás jefaturas de Operaciones Militares no pa-
saban de 2 000 efectivos; el promedio era de 1 500 aunque había jefaturas, como Quintana
Roo, con 200 soldados. Un batallón tenía en promedio 500 efectivos y un regimiento 400.
Thompson, 8 de julio de 1927, ibidem, 2025-259/83.
211
 O en la 5ª jefatura, Chihuahua, el jefe era el general Marcelo Caraveo, su cuartel ge-
neral estaba en la ciudad de Chihuahua, de cuya ciudad era jefe de guarnición el general
Andrés Zarzoza. Listas elaboradas por el Departamento de Estado Mayor de la Secretaría de
Guerra, 12 de enero de 1927, act-aja, serie 0302, leg. 21, f. 1479-1481.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 81

teniente coronel y, en muy pocas ocasiones, un coronel. Esta Mayoría


se encargaba de recibir y difundir las órdenes recibidas. La única guar-
nición que carecía de esa dependencia era la del Valle de México.212 En
octubre de 1927, el presidente Calles creó la Mayoría de Órdenes del
Valle de México, a la vez que suprimía la 1ª Jefatura de Operaciones
Militares. Se nombró jefe de esa Mayoría al general Andrés Figueroa
que era de toda la confianza de Amaro y de Calles. La Mayoría y las
fuerzas en la extinta jefatura del Valle quedaron bajo la dependencia
directa de la Secretaría de Guerra. Así resultó más fácil depurar las cor-
poraciones (batallones y regimientos) sospechosas de haber tenido qué
ver con el golpe. La medida no podía ser interpretada de otra manera:
se degradaba el poder de esa jefatura al suprimirse la Jefatura de Ope-
raciones como también la jefatura de guarnición, y se dejaba a una de-
pendencia menor como la encargada del mando.213 Esto provocaba una
contradicción jerárquica, pues un cargo de tan poca relevancia (la Ma-
yoría) se le daba a un general de brigada, que era el grado que tenían
Andrés Figueroa y, posteriormente, Alejandro Mange y Agustín Mora.214
Lo anterior iba en contra de toda la política castrense, de otorgar comi-
siones apropiadas para cada grado de la jerarquía. Pero eso mismo mos-
traba que se trataba de una medida temporal y también que, en realidad,
la Mayoría de Órdenes era una Jefatura de Operaciones Militares dis-
frazada, pero con menos atribuciones. Eso quedó claro al año siguiente
cuando desapareció la Mayoría y se restituyó la jefatura de guarnición,
no así la Jefatura de Operaciones, que esperó un poco más.215
En 1929 se reestructuraron las jefaturas de Operaciones Militares;
se terminó con los números suprimidos; de esta manera se tuvieron 32
jefaturas, numeradas de la 1ª a la 32ª. Aunque la división era casi igual
212
 La tenía pero en 1925 fue suprimida la Mayoría de Órdenes de la guarnición de la
plaza del Valle de México, esto de acuerdo con el artículo 1040 de la Ordenanza General del
Ejército: “En todas las plazas en que estuvieren de guarnición tropas federales y no hubiere
jefe de estado mayor, se nombrará un mayor de órdenes que dependerá del comandante de
las armas [jefe de guarnición] y estará encargado del Detall del servicio”; también se men-
cionaban motivos económicos. Excélsior, 20 de enero de 1925.
213
 El decreto se anunció el día 9 pero con efecto retroactivo al primero de octubre. La
Mayoría fue dividida en seis sectores: Texcoco, Contreras, San Juan Teotihuacán, Cuajimal-
pa, Tlalnepantla y Milpa Alta. Ibidem, 9 y 12 de octubre de 1927.
214
 Figueroa estuvo del 8 de octubre al 10 de enero de 1928. De esta fecha al 1 de marzo
de 1928 estuvo Alejandro Mange y después Agustín Mora. A mediados de 1928 se restable-
ció la jefatura de guarnición y Mora siguió al frente; lo mismo sucedió con la reestructura-
ción de junio de 1929.
215
 Se dijo primero que se estudiaba restituirla. Se indicaba que de la jefatura de guarni-
ción dependerían las tropas federales no sólo de la ciudad sino de todo el Valle de México.
Esto la haría enteramente diferente a otras jefaturas de guarnición, que solamente abarcan, en
lo que se refiere al mando, a contingentes de una ciudad o población. Excélsior, 24 de agosto
de 1928. Un mes después la jefatura de guarnición quedó restituida. Ibidem, 26 de septiembre.
82 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

a la de los últimos años, fue un poco más racional en cuanto a la rela-


ción numérica con la geográfica. Por ejemplo, de la 7ª a la 20ª se movía
desde algunos de los estados del noroeste, al norte y al centro; de la 24ª
a la 31ª, del occidente, al sur y sureste. Un par de novedades fue que se
restituyó la 1ª en el Valle de México y que se unieron en una sola jefa-
tura, la 6ª, los estados de Nuevo León y Coahuila. Ésta fue una medida
transitoria hecha para combatir la rebelión escobarista. Se mantuvo en
una sola jefatura a Puebla y Tlaxcala, y otra para Yucatán y Campeche;
también se conservaron las jefaturas regionales Istmo, Huasteca, y Los
Altos (la 32ª), debido a la Cristiada.216 Cuando esa jefatura desapareció,
el tan manoseado número 32 pasó a ser el de la jefatura en Coahuila,
que temporalmente se había unido a la de Nuevo León.217
En los años siguientes se consolidó la política de mantener una jefa-
tura por cada entidad de la república —con algunas excepciones— y, a
diferencia de años anteriores, cuando desaparecía una jefatura su núme-
ro era ocupado por otra. Así, en 1931 se creó la 33ª Jefatura de Operacio-
nes Militares, en Tlaxcala, con lo cual esa entidad dejaba de pertenecer a
la 19ª.218 A fines de ese año, el Territorio de Quintana Roo desapareció
como tal; se argumentó que, debido a la crisis económica, el gobierno
federal no podía seguir administrándolo. Aquel territorio se dividió en
dos partes que pasaron a formar parte de los estados de Yucatán y Cam-
peche. En concordancia con el cambio en la división política, la 31ª des-
apareció y su territorio se adjudicó a la jurisdicción de la 30ª, con cuartel
general en Mérida.219 Poco después, simplemente se recorrieron los nú-
meros y la jefatura en Coahuila, que era la 32ª, pasó a ser la 31ª, y Tlax-

216
 1ª Jefatura de Operaciones Militares, Valle de México; 2ª, Distrito Norte de Baja Cali-
fornia; 3ª, Distrito Sur de Baja California; 4ª, Sonora; 5ª, Chihuahua; 6ª, Nuevo León y Coahui-
la, cuartel en Monterrey; 7ª, Sinaloa; 8ª, Nayarit; 9ª, Jalisco; 10ª, Durango; 11ª, Zacatecas; 12ª,
San Luis Potosí; 13ª, Aguascalientes; 14ª, Guanajuato; 15ª, Querétaro; 16ª, Hidalgo; 17ª, Estado
de México; 18ª, Morelos; 19ª, Puebla y Tlaxcala; 20ª, Tamaulipas; 21ª, Huasteca; 22ª, Veracruz;
23ª, Colima; 24ª, Michoacán; 25ª, Guerrero; 26ª, Oaxaca; 27ª, Istmo; 28ª, Chiapas; 29ª, Tabasco; 30ª,
Yucatán y Campeche; 31ª, Quintana Roo; 32ª, Los Altos, cuartel en San Antonio, Jalisco (en
octubre esta jefatura fue suprimida y su territorio pasó a la 9ª). Matías Ramos, subsecretario,
12 de junio de 1929, act-aja, serie 0301, inv. 204, exp. 86, f. 151-157.
217
 Esto fue en marzo de 1930; se estableció su cuartel en Torreón e incluía la Región
Lagunera y, por tanto, a municipalidades de Durango y Zacatecas. Se le dio el mando al ge-
neral Jesús García Gutiérrez, Johnston, 17 de marzo de 1930, mid, 2025-259/198.
218
 El cuartel se estableció en la capital, Tlaxcala, decreto de 15 de octubre, Revista del
Ejército y de la Marina, octubre de 1931, p. 819.
219
 http://es.wikipedia.org/wiki/Quintana_Roo; Memoria presentada al H. Congreso de
la Unión por el secretario del ramo, general de división Abelardo L. Rodríguez, 1931-1932, p. 11. Por
decreto presidencial del 16 de enero de 1935 se restableció el Territorio de Quintana Roo. A
pesar de ello, la zona militar de Yucatán siguió incluyendo Quintana Roo y Campeche. En
1936 se creó una nueva zona militar para este último estado (33ª), mientras que la 32ª siguió
incluyendo a Yucatán y Quintana Roo.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 83

cala, de ser la 33ª se convirtió en la 32ª; así se logró una lista de 32 jefa-
turas que iba de la 1ª a la 32ª.220 Todavía existían municipios cuya
jurisdicción política era diferente a la militar; distintos decretos corrigie-
ron esto. Por ejemplo, Yurécuaro, Michoacán, pertenecía a la Jefatura de
Operaciones de Jalisco; un decreto ordenaba que esa población pasara
a formar parte de la jefatura de Michoacán.221
En 1933 vino un cambio importante aunque sólo se refiera a la no-
menclatura. Por decreto presidencial desapareció el nombre de Jefatura
de Operaciones Militares y, a partir de ese momento, se llamaría Co-
mandancia de Zona Militar. A los militares que las encabezarían se les
llamaría comandantes en vez de jefes. Al parecer, con este decreto se
quiso abolir la palabra jefe y por tanto jefatura, pues las también Jefaturas
de Guarnición pasaban a llamarse Comandancias de Guarnición y quie-
nes las encabezaban serían comandantes de guarnición. Las nuevas Zo-
nas Militares conservaban el mismo número y jurisdicción que las jefa-
turas de Operaciones Militares.222 La transformación terminaba con una
confusión de términos, ya que los jefes también son una categoría del
personal militar, que incluye los grados de mayor, teniente coronel y
coronel, categoría presente en la legislación y normativa castrense para
asuntos como ascensos y licencias, entre otros. Por su parte, el nombre
de Zona Militar era el que se había usado durante el Porfiriato, y que los
generales revolucionarios modificaron, con el espíritu lampedusiano de
cambiar todo para que todo permanezca igual. Otra razón para volver
a llamarlas Zonas Militares era que este término aludía menos a una
situación bélica y más a una de paz. También Huerta, cuando tuvo que
combatir al constitucionalismo, cambió el nombre de zonas militares por
el de divisiones de infantería.
El último cambio importante en el periodo aquí analizado se dio en
julio de 1935, aunque se limitó a la numeración de las Zonas Militares,

220
 En las listas de marzo de 1932 aparece todavía así: 31ª, suprimida; 32ª, Coahuila; 33ª,
Tlaxcala. En las de abril: 31ª, Coahuila; 32ª, Tlaxcala. Cummings, 22 de marzo y 4 de abril de
1932, mid, 2025-259/287 y 290.
221
 El 13 de mayo de 1932 Yurécuaro pasó de la 9ª a la 24ª jefatura. Cummings, ibidem,
2025-259/295. Los municipios de Acámbaro y Jerécuaro, del estado de Guanajuato, que per-
tenecían a la Jefatura de Operaciones Militares de Michoacán, pasaron a la de Guanajuato.
Decreto del 11 de septiembre de 1932, ibidem, 2025-259/312. Otro caso: el 28 de marzo de
1932 los municipios de Mazapil, Concepción del Oro y San Pedro de Ocampo (Zacatecas)
pasaron de la Jefatura de Operaciones en Coahuila (31ª), a la de Zacatecas (11ª). Cummings,
ibidem, 2025-259/283. El 5 de marzo de 1935 las poblaciones de San Juan de los Llanos, Ala-
triste, Teziutlán, Zacatlán, Huauchinango y Huejotzingo, Puebla, que pertenecían a la Zona
Militar de Tlaxcala (32ª), pasaron a la de Puebla (19ª). Marshburn, ibidem, 2025-259/488.
222
 Decreto del 22 de abril de 1933 para surtir efecto a partir del 1 de mayo. Cummings,
ibidem, 2025-259/373.
84 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

ya que 24 zonas cambiaron de número.223 Éste fue el último cambio


significativo en la división territorial del país hasta la Segunda Guerra
Mundial, en que se crearon regiones militares que comprendían varios
estados (y, por tanto, varias zonas militares), y que eran más adecuadas
para la defensa hemisférica. La identificación de un número con una
zona fue más duradera a partir de 1935, pues durante décadas perma-
neció esa numeración, a diferencia de años anteriores, marcada por
transformaciones constantes, supresión de números, unificación de dos
entidades en una sola Jefatura de Operaciones Militares, etcétera. En 1951
se crearon nueve regiones militares; cada una comprendía varias zonas
militares. Lo anterior permitió una mayor centralización y control de los
comandantes de zona, pues el jefe de región era el superior a quien de-
bían informar. En las décadas de 1920 y 1930 se hizo costumbre que el
gobierno federal enviara jefes militares para que, entre otras tareas, fun-
cionara como factor de equilibrio con gobernadores poderosos, que muy
frecuentemente tenían fuerzas irregulares a su servicio, llámense defen-
sas civiles, agraristas, etcétera. En las décadas siguientes, cuando se afian-
zó el poder presidencial, se trató de evitar el caso opuesto: la connivencia
entre los gobernadores y los comandantes de zona.
En estas páginas hemos visto los cambios en la división territorial
del país, que se explica, en gran parte, por los conflictos de la época aquí
tratada. La reducción de las jefaturas de Operaciones Militares trataba
de evitar que sus jefes tuvieran un poder excesivo y que, más que jefes
militares de un ejército nacional, se transformaran en auténticos “seño-
res de la guerra” que convertían a la región bajo su mando en feudos
personales. De ahí que los gobiernos sonorenses siguieran una política
que Porfirio Díaz realizó con gran eficacia: la rotación constante de ge-
nerales. Esto no siempre era posible o deseable. Un caso fue el de Fran-
cisco Carrera Torres, jefe de operaciones en San Luis Potosí durante
muchos años, ya que ese general era el factotum de Saturnino Cedillo,
cacique principal en esa entidad, y cuya alianza era indispensable para el
callismo pues Cedillo proporcionaba importantes contingentes para
combatir a los cristeros. Pero había otra razón para la rotación de jefes:

223
 El acuerdo presidencial fue del 10 de julio de 1935 y surtiría efecto a partir del 1 de
septiembre, quedando así las zonas militares: 1ª Zona Militar, Valle de México; 2ª, Territorio
Norte de Baja California; 3ª, Territorio Sur de Baja California; 4ª, Sonora; 5ª, Chihuahua; 6ª,
Coahuila; 7ª, Nuevo León; 8ª, Tamaulipas; 9ª, Sinaloa; 10ª, Durango; 11ª, Zacatecas; 12ª, San
Luis Potosí; 13ª, Nayarit; 14ª, Aguascalientes; 15ª, Jalisco; 16ª, Guanajuato; 17ª, Querétaro; 18ª,
Hidalgo; 19ª, Huastecas; 20ª, Colima; 21ª, Michoacán; 22ª, Estado de México; 23ª, Tlaxcala;
24ª, Morelos; 25ª, Puebla; 26ª, Veracruz; 27ª, Guerrero; 28ª, Oaxaca; 29ª, Istmo; 30ª, Tabasco;
31ª, Chiapas; 32ª, Yucatán y Campeche. (En 1936 se creó una nueva zona para Campeche, la
33ª. A fines de 1940 se creó la 34ª Zona Militar para el Territorio de Quintana Roo). Marsh-
burn, 1 de octubre de 1935, 2025-259/507.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 85

con generales hechos al calor de la Revolución, más acostumbrados a


rumiar las órdenes que no les gustaban que a su acatamiento estricto,
resultaba sumamente complicado quitarle a un general una Jefatura de
Operaciones Militares sin darle otra. Si se le mandaba a la banca o a una
comisión de menor jerarquía, en seguida venían las protestas, los oficios
a la Secretaría de Guerra, las peticiones de audiencia al secretario, al
jefe del Estado Mayor Presidencial o al presidente. En una ocasión tan-
to Amaro como Cárdenas querían darle una jefatura al general Rafael
Sánchez Tapia, pero el primero le escribía al segundo:

En cuanto a mis deseos de colocar al general Sánchez en alguna jefa-


tura, no me ha sido posible conseguirlo, pues que el general Calles
manifiesta que no es conveniente nombrar jefes de operaciones a aque-
llos que no lo han sido, pues que se presentaría el problema de no saber
qué hacer con el jefe que quedara cesante; en el concepto de que estos
movimientos sólo se harán cuando un Jefe de Operaciones dé motivos
suficientes para que sea removido.224

Por ello, la mayoría de los cambios en las jefaturas de Operaciones


Militares eran enroques, de un estado a otro. Tenían que tomarse en
cuenta tantos factores que debió haber sido muy laborioso decidir qué
jefes se cambiaban y por cuáles jefaturas. Era muy frecuente que una
orden del Estado Mayor de la secretaría quedara sin efecto; días des-
pués se daba otra, con un cambio diferente. Lo anterior no sólo aparece
en documentos oficiales tanto en el archivo de la Secretaría de la De-
fensa como en el de Amaro, incluso llegaba a publicaciones oficiales
que en el número siguiente señalaban que tal oficio había quedado sin
efecto. Los enroques se daban principalmente por motivaciones políti-
cas, para mantener el equilibrio entre distintas corrientes políticas al
interior de las fuerzas armadas; a veces, para castigar a un grupo y
premiar a otro o, como ya se dijo, para impedir el cacicazgo de un ge-
neral en una u otra región. Pero a la luz pública se disfrazaba con otras

224
 Amaro a Cárdenas, 14 de febrero de 1925, act-aja, serie 0301, inv. 141, exp. 23, f. 32.
Como jefe de operaciones en Jalisco, Lázaro Cárdenas se había limitado a solicitar que Sán-
chez pasara comisionado a esa jefatura, con el 19º batallón del que era jefe y que se encontra-
ba en Acapulco; Cárdenas argüía que muchos soldados y el propio Sánchez estaban enfer-
mos ya que ese batallón había estado en zonas palúdicas: Tabasco, Istmo y, últimamente, en
la costa de Guerrero; de ahí su petición para que todos pasaran a una zona más seca, como
Jalisco. Independientemente de que esto pudiese ser cierto, era una costumbre generalizada
pedir cambios y así tener unidades y comandantes más del agrado de los jefes de operacio-
nes. Un año después, Sánchez y el 19º batallón ya estaban con Cárdenas, pero en la Huasteca,
a donde el michoacano fue transferido. Ibidem, f. 90. En 1928, Amaro le dijo que se iba a
nombrar jefe de operaciones en el Estado de México al general Sánchez (f. 119), pero en rea-
lidad se le mandó a la Jefatura de Operaciones Militares de Guerrero.
86 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

razones: una muy frecuente era para que todos los generales y sus es-
tados mayores conocieran diversas regiones del país, su problemática
específica, su población, su economía, etcétera.
Habíamos señalado que cada Jefatura de Operaciones Militares
tenía un cuartel general, por lo regular en una ciudad importante: casi
siempre la capital del estado. Esa población tenía, a su vez, una jefatura
de guarnición. Estas jefaturas se erigían en centros urbanos importantes,
debido a su economía, o también en puertos, fronteras y cruces de vías
de ferrocarril de importancia. En cada Jefatura de Operaciones Militares
había de una y hasta cuatro o cinco guarniciones. En abril de 1918 había
36 jefaturas de guarnición en todo el país.225 En 1924, 45; en ese año se
les clasificó con tres categorías. De primera: únicamente la tenía la de
la ciudad de México. Jefaturas de guarnición de segunda: 24 plazas, y
de tercera 20 plazas.226 Es factible pensar que esa jerarquización tenía
que ver más con cuestiones administrativas y presupuestales que con
el personal destinado a cada una de ellas, ya que en muchas ocasiones
una plaza de tercera podía requerir más efectivos para su protección
que una de segunda. También, poco después se dispuso que para pla-
zas importantes sólo se nombrarían a generales brigadieres o de briga-
da para ver “su competencia en el ramo militar”; a coroneles o tenien-
tes coroneles les darían plazas menos importantes.227 Años después se
retomó la idea de dividirlas en categorías.228

225
 Eran las de Monterrey, Atlixco, Tlaxcala, Tuxtla Gutiérrez, Tampico, Chicontepec,
Mazatlán, Mérida, Durango, Tepehuanes (Durango), Culiacán, Querétaro, Aguascalientes,
Puebla, Chihuahua, La Paz, Colima, Pachuca, Ciudad Victoria, Nuevo Laredo, Distrito Fe-
deral, Saltillo, Zitácuaro, Uruapan, Matamoros, San Martín Texmelucan (Puebla), Guanajua-
to, Zamora, Esperanza (Puebla), Morelia, Río Verde (San Luis Potosí), Cosamaloapan, Cal-
pulalpan (Tlaxcala), Ocampo (Tamaulipas), San Luis Potosí y Tuxpan (Veracruz). De ellas,
sus jefes: 14 eran coroneles, diez generales, ocho tenientes coroneles y cuatro mayores u
otros rangos menores. Revista del Ejército y de la Marina, marzo-abril de 1918, p. 213.
226
 La información no hace referencia a diferencias entre la de primera, con las otras dos
categorías, y entre las de segunda y tercera; únicamente se establece un Estado Mayor más
numeroso para las de segunda. Guarniciones de segunda: Mexicali, Guaymas, Ciudad Juá-
rez, Monterrey, Nuevo Laredo, Matamoros, Tampico, Veracruz, Tehuantepec (se trata de
San Jerónimo, hoy Ciudad Ixtepec, Oaxaca), Villahermosa, Mérida, Culiacán, Mazatlán,
Guadalajara, Morelia, Ciudad Bravos (hoy Chilpancingo), Oaxaca, Tuxtla Gutiérrez, San
Luis Potosí, Celaya, Pachuca, Cuernavaca y Puebla. De tercera: La Paz, Saltillo, Piedras Ne-
gras, Ciudad Victoria, Orizaba, Jalapa, Puerto México (hoy Coatzacoalcos), Campeche, Payo
Obispo (hoy Chetumal), Tepic, Colima, Manzanillo, Acapulco, Salina Cruz, Durango, Zaca-
tecas, Aguascalientes, Querétaro, Toluca y Tuxpan (Veracruz). Ibidem, octubre-noviembre
de 1924, p. 812-813. Después se añadieron otras guarniciones: Juchitán, Concepción del Oro
(Zacatecas), 10 de noviembre de 1925, act-aja, serie 0302, leg. 21, f. 1475.
227
 Excélsior, 3 de enero de 1925.
228
 Había tres categorías donde quedarían incluidas todas, excepto la del Valle de México,
que funcionaría como la Secretaría de Guerra lo estimara conveniente. De primera, a cargo
de generales de brigada: Guadalajara, Irapuato, Mazatlán, Puebla, San Luis Potosí, Torreón
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 87

El hecho de que la Secretaría de Guerra designara y sostuviera jefes


de guarnición en la misma localidad donde residía el cuartel general de
una Jefatura de Operaciones Militares, bien podía significar que los
primeros funcionaran, en ocasiones, no tanto como contrapeso sino tal
vez como un medio de controlar a los jefes de operaciones. El general
Claudio Fox Jr. era jefe de la 22ª jefatura en Oaxaca. El jefe de guarni-
ción en esa capital era el general Miguel Molinar S. Cuando a Fox se
le envió en comisión a la frontera para comprar caballos para el ejér-
cito, se nombró jefe de operaciones (con carácter interino) a Molinar,
lo cual no fue del agrado de Fox. Se quejó ante las autoridades alu-
diendo que aquél era “de carácter intrigante”, y que nunca agradeció
el ascenso que “bondadosamente” le otorgó el general Obregón.229
La política para establecer una guarnición estaba guiada por cuatro
criterios principales:

1. Instalarlas en las capitales de los estados, de los territorios y de


los distritos, los dos de Baja California y el Distrito Federal.
2. En ciudades fronterizas, aunque en realidad se ubicaban en po-
blaciones fronterizas con Estados Unidos;
3. En puertos marítimos; y
4. En centros ferroviarios importantes.

Esta política no significaba que se establecerían guarniciones en


todas las ciudades que hicieran frontera con Estados Unidos ni en todos
los puertos. La que sí fue una regla general fue instalarlas en las capi-
tales, por lo cual es más importante señalar las excepciones.230 Sólo
Guanajuato, capital de ese estado, la tuvo tardíamente; lo mismo suce-

y Veracruz, que tendrían adscritos tribunales militares. De segunda, a cargo de brigadieres:


Acapulco, Agua Prieta, Álvaro Obregón (Frontera, Tabasco), Ciudad Juárez, Chihuahua,
Ensenada, La Paz, Manzanillo, Matamoros, Mérida, Mexicali, Monterrey, Nogales, Nuevo
Laredo, Ojinaga, Piedras Negras, Progreso, Puerto México, Salina Cruz, Tampico, Tapachu-
la, Tijuana y Tuxpan. De tercera, a cargo de coroneles: Aguascalientes, Campeche, Ciudad
Victoria, Colima, Cuernavaca, Culiacán, Chilpancingo, Durango, Guanajuato, Hermosillo,
Jalapa, León, Morelia, Orizaba, Oaxaca, Pachuca, Payo Obispo, Querétaro, Saltillo, San Jeró-
nimo, Tepic, Tlaxcala, Toluca, Tuxtla Gutiérrez, Villahermosa y Zacatecas. Ibidem, 9 de di-
ciembre de 1931.
229
 C. Fox a Amaro, Ciudad Juárez, 4 de agosto de 1925, act-aja, serie 0301, inv. 159,
exp. 41, f. 76. Amaro le respondió que podía haber algo de cierto en lo que decía, pero tam-
bién le informaba que el jefe de Estado Mayor de Fox, el coronel Baranda, había tenido una
pésima conducta, 10 de agosto, f. 73. El asunto de Oaxaca, al parecer, se trató de diferencias
ancestrales entre dos pueblos de la Mixteca; la mediación castrense de Molinar no fue del
agrado de una de las partes. Excélsior, 19 de agosto de 1925. El 27 de agosto Fox regresó
como jefe de Operaciones y Molinar como jefe de Guarnición.
230
 De las 47 guarniciones existentes en 1925, 28 estaban en capitales de estados, territo-
rios o distritos.
88 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

dió con Tlaxcala.231 Para mostrar estas políticas tomamos la lista de


1925, año en que había 47 guarniciones, de las cuales 28 estaban en
capitales de estados, territorios o distritos; en ciudades fronterizas había
seis guarniciones, de las cuales sólo una de ellas se ubicaba en la fron-
tera con Guatemala;232 en puertos había nueve;233 en enclaves ferrovia-
rios había tres.234 Un informe elaborado en 1932 destacaba esos mismos
criterios, aunque ya había aumentado el número de guarniciones;235
también subrayaba que los estados que poseían frontera eran los que más
guarniciones tenían, con un total de 24.236 Señalaba que de las 32 jefaturas
de Operaciones Militares sólo dos de ellas no tenían guarnición en el
cuartel general de la misma: Villa Cuauhtémoc, Veracruz (Huasteca), e
Iguala, Guerrero. Todas las guarniciones estaban conectadas por ferro-
carril o por mar, excepto Villahermosa, a la cual se accedía por río;
Tuxtla Gutiérrez, a la que sólo se podía llegar mediante avión o a caba-
llo; Chilpancingo, a la que se arribaba por la carretera de México a
Acapulco. Para encabezar una guarnición era común señalar que se
buscaría la rotación de sus jefes.237
En la década de 1930 la condición del país había cambiado. La situa-
ción de conflicto de los diez años anteriores decayó en forma importan-
te. El gobierno federal controlaba mejor la situación política, social y
militar. Por otro lado, la crisis económica mundial tocaba a las puertas
del país. En las fuerzas armadas se logró disminuir los efectivos y, por
tanto, el costo de la institución en términos presupuestales. Pero no sólo
era cuestión de menos soldados sino también de una administración
militar más eficiente. De ahí el surgimiento de la Inspección General del
Ejército y de la Intendencia Militar, si se buscaba un ejército no sólo con
menos soldados sino, más importante, con menos jefes y generales. De
231
 Todavía en 1930, la primera entidad tenía guarniciones en Irapuato (cuartel general
de la Jefatura de Operaciones Militares) y León, Cummings, 6 de mayo de 1930, mid, 2025-
259/208. Es en 1932 cuando ya aparece una guarnición en la ciudad de Guanajuato. En Tlax-
cala sólo surge una guarnición cuando se crea la Jefatura de Operaciones Militares en ese
estado, separada de Puebla, en 1931.
232
 Ésta era Payo Obispo. Las del norte: Ciudad Juárez, Matamoros, Mexicali, Nuevo
Laredo y Piedras Negras.
233
 Acapulco, Campeche, La Paz, Manzanillo, Mazatlán, Puerto México, Salina Cruz,
Tampico y Veracruz.
234
 Celaya, Orizaba y Torreón.
235
 De las 58 existentes, 29 estaban en capitales, 12 en puestos fronterizos, 12 en puertos y
5 en centros ferroviarios importantes. Cummings, 22 de marzo de 1932, mid, 2025-259/288.
236
 Sonora tenía 4, Territorio Norte de Baja California 3, Tamaulipas 4, Nuevo León 1,
Coahuila 3, Chihuahua 3, Campeche 2, Chiapas 2 y Tabasco 2.
237
 La Secretaría de Guerra anunció que iba a continuar el proceso de rotación de jefes
de guarnición cada seis meses, pues había dado muy buenos resultados. Los cambios se ha-
rían en enero o junio. Se buscaba evitar que los jefes adquirieran compromisos locales. Excél-
sior, 27 de febrero de 1928.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 89

ahí que ya no fuese necesario mantener la duplicidad de funciones que


significaba tener guarniciones en la misma población donde estaban los
cuarteles generales de las jefaturas de Operaciones Militares. En 1933,
junto con el cambio de nomenclatura de dichas jefaturas por Zonas Mi-
litares se suprimieron 22 guarniciones que estaban en esa situación. El
personal quedaría adscrito temporalmente al cuartel general de la zona
militar, lo mismo que el servicio que realizaba la guarnición. El coman-
dante de zona se encargaría de las funciones del jefe de guarnición.238
Es bastante claro el propósito económico de la medida. No obstante,
siguieron existiendo guarniciones en las mismas poblaciones en que se
encontraban los cuarteles generales de las zonas, particularmente hay
que destacar que la 1ª Zona Militar continuó con su guarnición en la
ciudad de México.239 Con la reforma mencionada quedaron 32.240
La importancia de las jefaturas de guarnición era muy relativa;
como su propósito era cuidar la población donde estaba asentada, el
personal militar que tenían era limitado. Esto quiere decir que alguno
de esos jefes no necesariamente era comandante de un batallón o regi-
miento.241 En otras palabras, no tenía bajo su mando a 400 elementos.
En las guarniciones era común que estuviesen fracciones de algún ba-
tallón o regimiento y no uno completo. Por ejemplo, cuando en 1929
Juan Andreu Almazán era jefe de la 6ª Jefatura de Operaciones Milita-
res, que en ese momento comprendía los estados de Nuevo León y
Tamaulipas, tenía dos batallones y ocho regimientos; sus comandantes,
aunque estuviesen apostados en alguna guarnición, no eran jefes de

238
 Se suprimieron las guarniciones en las siguientes poblaciones: Aguascalientes,
Celaya, Colima, Cuernavaca, Chihuahua, Durango, Hermosillo, Jalapa, La Paz, León,
Monterrey, Morelia, Oaxaca, Orizaba, Pachuca, Querétaro, San Jerónimo, Tapachula, Te-
pic, Tlaxcala, Toluca y Zacatecas. El Universal, 10 de junio de 1933. De estas 22, sólo León y
Orizaba no estaban ubicadas en la misma población que el cuartel general de la zona mili-
tar correspondiente.
239
 Las otras zonas militares en donde sus cuarteles generales siguieron teniendo guar-
niciones fueron: la 2ª en Mexicali, la 7ª en Mazatlán, la 9ª en Guadalajara, la 12ª en San Luis
Potosí, la 19ª en Puebla, la 20ª en Tampico, la 30ª en Mérida y la 31ª en Torreón. Antes de
esta medida había dos zonas militares en las que no había guarnición: la de la Huasteca,
con cuartel en Villa Cuauhtémoc, Veracruz, y la de Guerrero con cuartel en Iguala. En otras
palabras, de facto, los cuarteles de esas zonas militares ya ejercían las funciones de guarni-
ción. Cummings, 16 de junio de 1933, mid, 2025-259/390; Marshburn, 22 de enero de 1934,
ibidem, 2025-259/429. Para 1937, otras plazas que dejaron de tener guarniciones fueron:
Puebla, Mazatlán y Mérida.
240
 La del Distrito Federal, Mexicali, Nogales, Guaymas, Agua Prieta, Ciudad Juárez, Oji-
naga, Nuevo Laredo, Matamoros, Mazatlán, Culiacán, Guadalajara, San Luis Potosí, Guanajua-
to, Puebla, Tampico, Ciudad Victoria, Veracruz, Manzanillo, Acapulco, Chilpancingo, Salina
Cruz, Puerto México, Tuxtla Gutiérrez, Frontera, Mérida, Progreso, Payo Obispo, Campeche,
Torreón, Piedras Negras y Saltillo.
241
 Lista de generales de agosto de 1927, ibidem, 2025-259/95.
90 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

éstas.242 El archivo de Joaquín Amaro es muy revelador al respecto: la


mayor parte de las peticiones de jefes de operaciones, con respecto a
personal, era que a algún militar allegado a ellos se le diera el mando
de un regimiento o un batallón y, si la petición era mayor, además que
ese jefe fuese destinado a la Jefatura de Operaciones Militares de su
jurisdicción.243
En términos generales se puede decir que el jefe de guarnición era
más un puesto administrativo que propiamente militar, en lo que res-
pecta a mando de tropa. Tenía que ocuparse del cuidado de los cuarte-
les, hospitales y otras instalaciones castrenses que estuviesen en la po-
blación a su cargo. Incluso, algunas jefaturas de guarnición tenían
adscritos juzgados militares.

Marina

La historia de la marina nacional tiene una constante que le ha pesado


mucho: su fracaso. Tanto si nos referimos a la marina mercante como
a la de guerra, ésa ha sido su marca. A pocos escapa el hecho de que un
país con miles de kilómetros de costas haya fracasado tan rotundamen-
te en ese aspecto. De ahí que intelectuales, marinos, políticos y militares
se hayan preocupado y ocupado ante esa contradicción. Aquí solamen-
te nos ocuparemos de la marina de guerra.
En 1877 México disponía de cuatro buques de vapor, dos en el Pa-
cífico y dos en el Golfo.244 Para 1906, la armada contaba con nueve
buques y su personal estaba formado por 32 jefes, 173 oficiales y 987

242
 Los jefes de guarnición en Monterrey, Torreón, Saltillo, Nuevo Laredo y Piedras Ne-
gras eran los generales Clemente Gabay, Cervera, Enrique Torres, Armando Escobar y el
coronel Perdomo, respectivamente. Distribuidos en esas cinco plazas estaban: el 25º batallón
del coronel Luis Villegas, el 38º del general Vicente Torres, el 2º regimiento del general [Leo-
poldo] Dorantes, el 17º del general Jesús García [Gutiérrez], el 57º del coronel Segura, el 68º
del coronel Julio Hernández Serrano y el 80º del coronel [Guillermo] Serrato. Balch, 23 de
noviembre de 1929, naw, rg 59, 812.20/80.
243
 Lázaro Cárdenas, jefe de operaciones en la Huasteca, recomendaba al general Ernes-
to Aguirre Colorado, quien había colaborado en esa jefatura pero deseaba que le diesen el
mando de alguna corporación. 16 de enero de 1926, act-aja, serie 0301, inv. 141, exp. 23,
f. 70. Pedro Almada, jefe de operaciones en Puebla, recomendaba a su mayor de órdenes, el
coronel Miguel Anaya Molina, para encabezar el 71º regimiento que se encontraba en ese
estado, el cual quedó acéfalo tras la muerte de su jefe. Amaro respondió que el general Ca-
lles había recomendado al coronel Juan Jaime Hernández para ese regimiento, a quien final-
mente se nombró. 30 de mayo de 1930, ibidem, serie 0301, inv. 124, exp. 6, f. 241, 245.
244
 Eran los buques Libertad e Independencia, de 517 toneladas de desplazamiento, y el
México y el Demócrata con 663 toneladas. Enrique Cárdenas de la Peña, Semblanza marítima
del México independiente y revolucionario, v. i, México, Secretaría de Marina, 1970, p. 211.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 91

hombres de tropa.245 Durante el movimiento armado se perdieron va-


rios buques, pero también se adquirieron otros. En 1925, la armada
tenía un acorazado, dos cañoneros, seis guardacostas y un transporte;
el más antiguo con 47 años de haber sido botado, aunque la mayoría
tenía como promedio una antigüedad de ocho años.246 En 1933 se man-
daron fabricar seis guardacostas y cuatro cañoneros en astilleros espa-
ñoles. Para fines de 1935 se tenían 13 buques.247 Antes de la Segunda
Guerra Mundial, la armada tenía 19 buques.248 En términos generales
se puede afirmar que dicho conjunto era insuficiente para vigilar las
costas del contrabando, de la pesca ilegal hecha por extranjeros en
aguas nacionales y del transporte eficiente de tropa en un país con
tantos problemas para acceder a distintas regiones. En su totalidad, los
buques eran fabricados en países del extranjero, Estados Unidos el
principal, aunque se procuraba no depender tanto de aquella nación.
Casi la totalidad de las reparaciones se hacían en puertos estadouni-
denses. Si en México las instalaciones portuarias eran muy deficientes,
ni qué pensar en tener astilleros, diques secos y varaderos para la cons-
trucción y reparación de buques.
Por estas y otras razones, el tema de la marina era en extremo de-
primente; nunca faltaron momentos en los que se oían voces que pedían
la supresión de la armada y de la marina mercante. Podría decirse que
el sentimiento nacional hacia la marina sufría de un síndrome maniaco-
depresivo. Por momentos se despertaba un gran entusiasmo por crear
una “auténtica marina nacional”, se abrían suscripciones públicas para
crearla, se hacía referencia al orgullo que sentiría el pueblo al saber que
surcaban los mares buques ondeando la bandera mexicana. Después
del entusiasmo venían periodos de total depresión, y se decía que México
nunca tendría una marina; que el vecino del Norte era tan poderoso

245
 Eran dos corbetas-escuelas, Zaragoza y Yucatán, cinco cañoneros, Bravo, Morelos,
Tampico, Veracruz y Demócrata, y dos transportes de guerra, Progreso y Oaxaca. Estos buques
se mandaron a hacer unos en Nueva York y otros en Génova. Mientras tanto se había perdi-
do el México y se dio de baja al Libertad y al Independencia. Dos años después también se des-
cartaba al Oaxaca, y en Inglaterra se adquiría un nuevo transporte de tropa: General Guerrero.
Ibidem, p. 214-215.
246
 Eran el acorazado Anáhuac, botado en 1899, con 3 162 toneladas de desplazamiento,
los cañoneros Agua Prieta y Nicolás Bravo, botados en 1878 y 1904, con 1 200 toneladas, los
guardacostas Tampico, Covarrubias, Guaymas, Acapulco, Mazatlán, Mayo, con antigüedad de
ocho años en promedio y 500 toneladas, y el transporte Progreso, botado en 1905, con 1 585
toneladas. Ibidem, v. ii, p. 262-263.
247
 Los fabricados en España: seis guardacostas nombrados del G-24 al G-29, y los caño-
neros Guanajuato, Querétaro, Potosí y Durango. Además del viejo Nicolás Bravo y los barcos
auxiliares Veracruz y Mazatlán. Fueron dados de baja del servicio el Progreso, Acapulco, Tam-
pico y Anáhuac. Ibidem, v. i, p. 267-269.
248
 Dos transportes, cuatro cañoneros y trece guardacostas. Loc. cit.
92 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

que nunca lo permitiría; que los buques que se tenían eran viejos e inúti-
les y que incluso algunos de los nuevos que se adquirían no servían para
nada; que la marina de guerra se caracterizaba por su falta de disciplina,
de espíritu de cuerpo, por ser golpista y extranjerizante. Se volteaba a ver
a naciones como Japón, Inglaterra y a otras no tan lejanas como Brasil, y
la comparación desmoralizaba a todos. Antes de exponer cómo estaba
estructurada la armada, así como algunas de sus peculiaridades, vere-
mos a grandes rasgos algunos de los hechos que propiciaban este sen-
timiento bipolar o, si se prefiere, esta leyenda negra.
En 1879 en el vapor de guerra Libertad, anclado en Tlacotalpan, y
ante la ausencia de su comandante, algunos oficiales y marinos se re-
belaron en contra del gobierno de Díaz, tomaron el control del buque
y levaron anclas. Pronto fueron perseguidos por otro buque y los rebel-
des capturados fueron trasladados a Veracruz. Ahí el gobernador, ge-
neral Luis Mier y Terán, en lugar de esperar a que fuesen juzgados en
consejo de guerra, los mandó matar. De ese evento surgió la leyenda
de la supuesta orden de Díaz al gobernador: “Mátalos en caliente”.
Aunque el evento es recordado por la brutal respuesta del gobierno,
también demeritaba el prestigio de la armada.
El artículo 32 de la Constitución de 1917 establecía que en tiempos
de paz ningún extranjero podía servir en el ejército. Más explícitamen-
te señalaba que para pertenecer a la marina de guerra se requería ser
mexicano por nacimiento, lo mismo que para ser capitán, piloto y pri-
mer maquinista en la marina mercante mexicana. Este máximo orde-
namiento entró en vigor el 5 de mayo de aquel año, por lo cual se tu-
vieron que hacer las adecuaciones necesarias para cumplirlo. Los
primeros barcos que acataron esa disposición lo hicieron el 1 de junio
de ese año, por lo cual, tiempo después se eligió esa fecha como Día de
la Marina. El primer barco que zarpó con bandera mexicana y, por
tanto, acatando el ordenamiento constitucional lo hizo dos días des-
pués.249 Estos hechos provocaron cierta euforia nacionalista que conte-
nía, sin duda, una buena dosis xenófoba.
En septiembre de 1923 se creó el Comité en pro de la Marina de
Guerra, que por suscripción pública reuniría fondos para esa causa.250

249
 Ese primero de junio tomaron posesión de sendos buques, mercantes y de guerra,
los capitanes José del Carmen Solís, Armando Ascorve, Luis G. Pliego, Luis Hurtado de
Mendoza, Agustín Cendrero, Alberto J. Pawling, Agustín Guillén y Rafael Aguirre Castaña-
res. El primer viaje que acataba el artículo 32 fue del capitán Izaguirre, a bordo del buque
mercante Tabasco, el 3 de junio, de Veracruz a Progreso. Enrique Cárdenas de la Peña, Sem-
blanza marítima ..., v. i, p. 243-246.
250
 Además del secretario de Guerra, Francisco Serrano, lo conformaban Carlos B. Ze-
tina, Carlos Delmar, Carlos Fernández y Antonio Ramos Pedrueza. El Universal, 7 de sep-
tiembre de 1923.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 93

Se hablaba incluso de que el primer buque en que se invertiría lo recau-


dado sería fabricado en México, cuando ni astilleros había.251 Distintas
compañías navieras de Estados Unidos y de Europa ofrecían créditos
para esos buques y esta información era vista por algunos como una
muestra de confianza en el progreso del país. En diciembre de ese año
inició la rebelión delahuertista durante la cual toda la marina de guerra
defeccionó. Cuando la rebelión fue derrotada y los buques regresaron
a manos del gobierno, en la armada fueron dados de baja numerosos
jefes y oficiales. El proyecto de una marina por suscripción fue cance-
lado. Muchos reclamaron el dinero que se había juntado, pues los teso-
reros del comité nunca informaron sobre las cantidades que manejaron.252
Un editorial recordaba que:

Don Victoriano Agüeros inició en El Tiempo una suscripción patriótica,


cuyo importe tuvo que devolver a los contribuyentes porque apenas
alcanzó unos $80 000. Don Francisco Bulnes demostró entonces que
una hora de fuego de los grandes acorazados de aquel tiempo y la
práctica de tiro correspondiente, acabarían con todo el presupuesto de
la República... Aquí, donde sería más fácil congregar a las moscas que
murieron el año anterior que a cuatro mexicanos que no traten de caer
sobre el tesoro público, se ha pensado en suscripciones, en estampillas,
en cesión de días de haber, pero sin resultado concreto.253

Aunque en 1927 el presupuesto para la marina disminuyó, se ha-


blaba de adquirir un crucero de guerra de gran calado; hasta nombre
tenía ya: Patria. Esto lo promovió el comodoro Carlos Varela, jefe del
Departamento de Marina de la Secretaría de Guerra. Se despertó de
nuevo el entusiasmo que resultó efímero; incluso algunas autoridades
militares reconocieron después que el buque hubiese sido poco útil.
Una de ellas comentaba:

[Varela] fue quien trazó los planes del crucero Patria de infausta me-
moria para los bondadosos donantes mexicanos, que con gran entu-
siasmo recibieron la idea y que con el mismo correspondieron econó-
micamente... [Creemos] que se obró equivocadamente, pues se
comenzaba por dotar al país con un buque que no necesitábamos, pues
no hubiera servido más que para decoración de alguno de nuestros
puertos. Don Lorenzo de Zavala decía hace 100 años, comentando la
adquisición del navío Asia por el gobierno mexicano de aquel entonces,
que no le sirvió a la nación más que para causarle gastos y que dicha

251
 El proyecto era del capitán Illades. Excélsior, 1 de octubre de 1923.
252
 El Demócrata, 16 de marzo de 1925.
253
 “Una marina de guerra”, Excélsior, 11 de noviembre de 1926.
94 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

adquisición sólo había sido el fruto de la vanidad del gobierno de tener


un buque de línea; por lo que es de creerse, también, que en el caso del
crucero Patria hubo algo de esa vanidad entre los dirigentes de nuestra
marina. Además, durante la gestión del ingeniero Varela, se presentó
un programa de construcción extranjera de escaso valor táctico, en el
que se incluía la de un yate presidencial.254

En 1929 inició la rebelión escobarista, misma que en poco tiempo


fue controlada. Uno de sus jefes, el general Jesús M. Aguirre, estaba
al frente de la jefatura de operaciones en Veracruz. El comodoro Hi-
ram Hernández, jefe del Departamento de Marina, estaba en ese puer-
to al iniciar el movimiento. Según dijo después, engañó a Aguirre al
decirle que se unía a su movimiento al igual que otros jefes. Esto lo
hizo para poder zarpar en los buques, rumbo a Tampico, y así salir
del control de los rebeldes veracruzanos y, ya seguros, mostraron su
adhesión al gobierno federal. Al terminar el movimiento armado, Her-
nández y otros comodoros fueron arrestados y sometidos a juicio por
rebelión. El jurado militar se reunió al año siguiente y, más que deve-
lar lo que realmente sucedió, resultó en un foro que mostró las envi-
dias y los enconos entre los propios altos jefes de la marina. Todos
fueron absueltos, pero fue un espectáculo bochornoso para toda la
armada.255 Los peritajes presentados para probar si los acusados po-
dían, militarmente hablando, hacer algo en contra de Aguirre mostra-
ron el lamentable estado de la marina: “La manzana de la discordia
entre los marinos actualmente son unos cuantos barcos viejos e inser-
vibles, que ya deberían descansar en el fondo del Golfo de México,
haciendo compañía a los galeones piratas”.256 En la Cámara de Dipu-
tados se llegó a pedir que se suprimiera la marina de guerra pues no
servía para nada “y era un nido de comadres”.257
254
 La entrevista fue con uno de los jefes del Departamento de Marina de la Secretaría
de Guerra. Era muy común en el medio castrense que cuando alguien hablaba solicitara no
revelar su nombre. Ibidem, 7 de noviembre de 1932.
255
 Además de Hernández se acusó a los comodoros José María Miranda, José de la
Llave, Teodoro Madariaga y a los capitanes Rafael Izaguirre, Adán Cuéllar y David Fer-
nández. El comandante Luis Schaulferberger, quien también estuvo involucrado, más
que un testigo parecía un fiscal de los hechos. Lo mismo sucedió con el comodoro Luis
Hurtado de Mendoza, sucesor de Hernández en el puesto, quien al parecer pagó a varios
testigos. El Universal, 1-22 de diciembre de 1930.
256
 Palabras del perito Tristán Canales. El Nacional, 8 de diciembre de 1930.
257
 Así lo comentaba con amargura el contraalmirante Othón Blanco, jefe del Departa-
mento de Marina, a Amaro, 24 de enero de 1931, act-aja, serie 0302, leg. 16, f. 1170-1171. El
comentario fue hecho durante una reunión de la Comisión de Presupuesto de la cámara con
Amaro; ahí el diputado Rivera, después de elogiar el ahorro presentado por la secretaría
para el ejercicio del año siguiente, dijo: “pero..., aquí entra el pero, parece que la comisión
descuidó estudiar las partidas correspondientes a la marina. Según se ha dicho, en el jurado
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 95

Durante los años siguientes hubo todo tipo de planes para reestruc-
turar la armada pero sólo quedaron en el papel y algunos de ellos se
hicieron como una forma de expiación. Cuando finalmente se elaboró
un plan para adquirir distintos buques en España, la reacción de diver-
sos sectores de la sociedad no se hizo esperar; tanto se hablaba de na-
cionalismo que parecía ilógico e incluso antipatriótico que los barcos
no se construyeran en México. El gobierno del presidente Abelardo
Rodríguez mostró gran entusiasmo por este proyecto, en parte obra del
secretario de Guerra, Lázaro Cárdenas, y del jefe del Departamento de
Marina, general Miguel S. González. Al contrario de otras ocasiones,
ahora la sociedad no se mostraba tan entusiasta. Para esa operación, el
presidente Rodríguez firmó un acuerdo que daba facultades y autono-
mía al jefe del Departamento de Marina para que resolviera el aspecto
técnico del asunto, que era la base fundamental para tomar la decisión
financiera. Pero Miguel S. González era general del ejército con larga
carrera en caballería y —según un reportaje— prescindió de los conse-
jos de los marinos más experimentados de la armada.258
El congreso ferrocarrilero pedía que los barcos se construyeran en
puertos, astilleros y diques mexicanos para así poder formar la marina
mercante y de guerra, dado que millares de obreros, específicamente
ferrocarrileros, se encontraban sin trabajo. Ante el entusiasmo de esa
asociación, el gobierno respondía con pesimismo: “No existe la posibi-
lidad de una verdadera armada, ni estar aumentando constantemente
las unidades navales, por lo que existe el peligro de que vuelva a que-
dar sin trabajo un gran número de hombres que llegan a especializarse
en un ramo, a los que después se dificultaría mucho el encontrar traba-
jo.” 259 Un país sin industria quedaría al garete si construyera astilleros
sin tener toda la infraestructura industrial adecuada. El comodoro
Manuel Escudero enfatizaba que

no es a base de fantasías e ilusiones como hemos de resolver problema


tan importante, y es por ello, que con la más absoluta sinceridad y
convencimiento, debemos trabajar para que la marina de guerra y la
mercante, surjan y sean una realidad tangible... Este esfuerzo debemos
aprovecharlo, para que las relaciones entre la España republicana y el

de los comodoros, la marina no es sino un montón de palos y sin embargo cuesta a la nación
$1 800 000.00 al año. Si en efecto no sirve para nada, lo mejor es suprimirla... El jurado de los
comodoros más bien parece un pleito de comadres”. El Universal, 20 de diciembre de 1930.
258
 Miguel S. González no sólo se encargó de la marina, en 1925-1926 fue jefe del Depar-
tamento de Aeronáutica y en 1929-1930 encabezó el Departamento de Artillería de la misma
Secretaría de Guerra.
259
 F. X. Gaxiola, Excélsior, 18 de noviembre de 1932.
96 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

México revolucionario, se afirmen y como naciones se apoyen y se


sepan estimar, como lo reclaman nuestros antecedentes históricos.260

Efectivamente, una de las motivaciones políticas para mandar cons-


truir los buques en España era la de apoyar a esa república, asediada
por tantos conflictos. Se daría así trabajo a los “obreros hermanos”
de la península. Se firmó el acuerdo y los barcos de guerra llegaron de
España al inicio del gobierno de Cárdenas. Un diario criticaba la deci-
sión, ya que la industria naval española tuvo pocos beneficios porque
el acero era alemán, la artillería inglesa, lo mismo que parte del equipo
motriz e instrumental; el beneficiario había sido el embajador Julio
Álvarez del Vayo, que al ver la facilidad con que negociaba en México
ya quería vender aviones, cosa que no logró, pues eran de la misma
marca del que se estrelló con los pilotos españoles Barberán y Collar
en el sureste mexicano.261
En 1940 el gobierno le dio plena autonomía a la armada al crearse
la Secretaría de Marina, algo que se había solicitado en varias ocasio-
nes. Pero los motivos para este cambio fueron externos ya que se te-
mía una incursión de las potencias del Eje en México, lo cual preocu-
pó por un tiempo al gobierno norteamericano. Las costas mexicanas
no tenían los elementos que ofrecieran protección. Una solución ad-
ministrativa de este tipo no resolvió los eternos problemas de la ma-
rina, pero sirvió para que la armada negociara presupuestos y mejoras
a su personal. Y es que la marina continuamente fue vista por los ge-
nerales mexicanos con desprecio. Desde siempre los generales dirigían
y administraban la Secretaría de Guerra y Marina. La armada funcio-
naba como una corporación anexa al ejército nacional, como uno más
de los departamentos que conformaban la secretaría. Un informe in-
terno señalaba que era costumbre que quien encabezaba el Departa-
mento de Marina, casi siempre un jefe de la armada, mantuviese a
todos los jefes de valer, con educación y práctica, alejados de las de-
cisiones y de los puestos importantes:

El caso es que desde 1876 hasta 1920, la Armada nacional fue dirigida
en su organización, tanto administrativa como técnica, por el jefe del

260
 “Propaganda patriótica y nacionalista para la marina nacional”, ibidem, 18 de no-
viembre de 1932.
261
 Un reportaje periodístico señalaba que la industria naval española era la décima
mundial; así estaba el ranking: Inglaterra, Italia, Alemania, Francia, Japón, urss, Estados
Unidos, Austria, Chile y España. La base para establecer esa lista era que el país tuviera los
recursos industriales y materiales, además de personal especializado; el nivel industrial de
España era muy bajo. El Día, 12 de febrero de 1936.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 97

departamento, puesto que sus colaboradores, los empleados todos,


siempre fueron civiles, y si acaso transitoriamente hubo algunos jefes
y oficiales de marina comisionados, éstos tomaban el carácter de em-
pleados, porque jamás se les consultó punto alguno relativo a sus
conocimientos.

Lo anterior ocasionó que los asuntos técnicos, que requerían de


estudios, proyectos y reformas de leyes, nunca prosperaran, y la inercia
hacía que las cosas funcionaran de manera mediocre. No se había po-
dido desarrollar servicios indispensables como los de maquinistas na-
vales, ingenieros de marina, infantería de marina, artillería naval, tor-
pedistas, electricistas, radiotelegrafistas, sanidad, etcétera.262
No sólo la carencia de personal preparado sino también la falta de
autonomía provocaban que los asuntos que requerían resolverse se
olvidaran en el maremágnum de acuerdos del jefe del departamento
con el del Estado Mayor de la secretaría o con el propio secretario de
Guerra, quien a su vez lo llevaba con el presidente de la República.
El factor presupuestal y la miopía de la burocracia, que basaba sus
criterios en nichos de poder, eran un obstáculo fundamental. Leopoldo
Aceves decía que entre 1910 y 1920 tres secretarías de Estado, Guerra,
Comunicaciones y Agricultura, administraron 66 millones oro nacional
para el ramo de marina; sin embargo el país

no cuenta con un buque que surque el océano para que sea el pabellón,
emblema de la patria, y la nación jamás supo que esa fantástica inver-
sión de su tesoro haya producido el más módico rendimiento. [...] Los
presupuestos asignan tres mil pesos para viajes de instrucción; únicos
viajes en que nuestra bandera ha llevado la representación nacional
hasta los confines ¡del golfo de México! [...] No han sido los nautas los
que han gobernado nuestras naves..., han sido audaces aventureros de
la intriga, que lanzados al azar de la política han empuñado el timón
de esa nave para conducirla a través del mar proceloso del presupuesto.
[De esos 66 millones] las partidas más considerables fueron para care-
nas, para subvenciones a líneas de vapores, para primas a los construc-
tores navales, para ampliación de arsenales, para compra de artillería,
para fomento y vigilancia de la pesca, etcétera. [Todo ello con poco o
nulos resultados. El ramo de marina sigue dividido], mejor dicho, des-
integrado para que cada una de las secretarías que en él pone su mano
destructora, mantenga perennemente el caos que vela a la marina
nacional con el misterio de la grandeza del océano.263

262
 “El Estado Mayor de la armada nacional”, Revista del Ejército y de la Marina, julio de
1923, p. 784.
263
 Leopoldo H. Aceves, “La marina nacional”, ibidem, enero de 1921, p. 18-20.
98 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

Hubo intentos para cambiar esa situación. En 1921 el Senado quiso


reformar la Ley de Secretarías de Estado y propuso crear un Departa-
mento de Marina que fuese autónomo. Las razones eran que hasta ese
momento se mantenían cuestiones afines en varias secretarías

produciendo desórdenes o irregularidades que en algunos casos han


llegado a la completa anarquía, por la multiplicidad de criterios o por
falta de unidad en el mando. Con esta iniciativa se confían a manos
expertas estas series de cuestiones que tanto afectan a la defensa na-
cional y al desarrollo de sus industrias y comercio, con lo que sin duda
se conseguirá adelanto efectivo para esos ramos que hasta hoy han
vegetado en situación lamentable.264

Se decía que, de acuerdo con la legislación vigente, para los asuntos


de la marina intervenían cuatro secretarías de Estado: Gobernación,
Comunicaciones, Hacienda, y Guerra y Marina, lo cual dificultaba la
inversión en ese ramo y atrasaba la entrada y salida de buques a puertos
nacionales.265 El artículo 11 de esa iniciativa definía los asuntos de los
que se ocuparía el nuevo departamento: marina de guerra, escuelas
navales, arsenales, diques y varaderos, costas, puertos y faros, marina
mercante, inspección de barcos de pesca y jurisdicción sobre islas des-
pobladas. La iniciativa surgió a causa de otra que mandó el presidente
Obregón para crear la Secretaría de Educación Pública. En el Senado se
formó una comisión para estudiarla, en donde se añadieron varios de-
partamentos administrativos para ser creados, entre ellos, el de Marina,
aunque la propuesta presidencial no contemplaba crear un Departamen-
to de Marina. A pesar de que el proyecto fue aprobado por el Senado,
en la sesión del 7 de abril de 1921, nunca se creó dicho departamento.
La marina de guerra siguió administrada por la Secretaría de Gue-
rra y Marina, a través de su Departamento de Marina. Éste tenía muy
poco personal. En las oficinas había, por ejemplo, en 1927, un jefe, un
subjefe y 61 oficiales, mientras que el Departamento de Caballería, por
señalar el más numeroso, tenía también dos jefes y 129 oficiales.266 La

264
 Lectura del proyecto, Diario de los Debates del Senado, op. cit., 14 de marzo de 1921.
265
 Ibidem, 6 de abril de 1921, senador G. Lanz Galera. Otros promotores de este departa-
mento fueron José J. Reynoso y Del Valle. La propuesta para crear éste y otros departamentos
administrativos, así como para modificar algunas secretarías de estado, fue aprobada por el
Senado en la sesión del 7 de abril de 1921, pero nunca se puso en vigor.
266
 Davis, 25 de mayo de 1927, mid, 2025-259/79. Estos datos sólo muestran el personal
que laboraba en la secretaría; el total del personal en ese año era: 15 oficiales generales, 44 je-
fes, 117 oficiales, 140 cadetes, 45 profesores y 750 clases y marinería, pertenecientes a los
cuerpos de: guerra de máquinas, ingenieros navales e infantería de marina. Enrique Cárde-
nas, Semblanza marítima..., v. i, p. 267.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 99

diferencia no sólo era de número; también la mayoría de estos oficiales


era de militares efectivos, mientras que gran parte de los del Departa-
mento de Marina era de asimilados. Otros departamentos donde había
este tipo de personal, abogados, médicos, contadores, a los cuales se les
habilitaba como militares para que pudieran devengar un salario, eran
los de Justicia, Sanidad y Cuenta y Administración. En 1937 la marina
había crecido: 1 917 efectivos.267
La crisis económica, que se agudizó en 1931, hizo urgente terminar
con actividades ilícitas que mermaban los escasos ingresos del gobier-
no. El combate al contrabando, del cual una parte importante ingresaba
por mar, era una de ellas. En 1932, el Departamento de Marina estable-
ció un programa naval con las siguientes tareas: vigilancia y protección
militar de las costas, islas y aguas nacionales, en cooperación con el
ejército; transporte de personal y material del ejército a lugares distan-
tes como islas y penínsulas; servicios regulares de transporte. Para ello
se crearon cuatro jefaturas de operaciones navales: dos en el Pacífico y
dos en el Golfo.268 Ese programa contemplaba la compra de guardacos-
tas y el transporte de tropas, en España. Al año siguiente, como ocurrió
con la división territorial del ejército, las cuatro jefaturas fueron nom-
bradas comandancias de zona naval; hasta ahora continúan con el mis-
mo nombre. En 1936 se reorganizaron las zonas navales, aunque siguie-
ron siendo cuatro.269
Es de destacarse que la adquisición de barcos a España, la más im-
portante en muchos años, fue hecha por un general del ejército, Miguel
S. González, y que el primer secretario de Marina tampoco se había for-
mado ni trabajado en esa rama, el general Heriberto Jara, quien incluso
llegó a botar un barco hecho de concreto que de inmediato se hundió.
Así como el ejército tenía una institución muy preciada dentro y
fuera de las fuerzas armadas, el Colegio Militar, también la marina tenía
la Escuela Naval de Veracruz, tocada también por la heroicidad de algu-
nos de sus cadetes en la defensa del puerto en 1914. Con sede en el puer-
to de Veracruz, fue inaugurada el 1 de julio de 1897 y fue disuelta, junto

267
 Formados por un contraalmirante, 8 comodoros, 26 jefes, 401 oficiales y 1 481 mari-
neros. Ibidem, p. 269.
268
 La 1ª jefatura, con cuartel general en La Paz, tenía jurisdicción en las costas de Baja
California, Sonora, Sinaloa y Nayarit; la 2ª, cuartel en Acapulco, con jurisdicción desde San
Blas hasta la desembocadura del río Suchiate; la 3ª, cuartel en Tampico, abarcaba la costa
noreste; la 4ª, cuartel en Puerto México, costa sureste, a partir de la desembocadura del río
Coatzacoalcos hasta Payo Obispo. Ibidem, p. 268.
269
 Comprendían los litorales del Pacífico y del Golfo: 1ª, con cuartel en Veracruz; 2ª, en
Ciudad del Carmen; 3ª, en Isla Margarita (Bahía Magdalena); 4ª, en Acapulco. Teniente de
fragata Enrique Carrera Alomia, “Reorganización de la armada nacional”, Revista del Ejército
y de la Marina, diciembre de 1936, p. 1017.
100 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

con el Colegio Militar, en 1914; fue reabierta el 17 de febrero de 1918 con


el nombre de Academia Naval Militar, mismo que conservó hasta 1932,
cuando retomó su primera denominación. En 1936, la Escuela Naval se
profesionalizó; para ingresar se estipuló como requisito haber realiza-
do el curso de alguna de las armas en el Colegio Militar y haber servido
cuando menos un año en las filas del ejército con el grado de oficial; se
suprimió el grado de guardiamarina, ya que a partir de ese año los ofi-
ciales alumnos saldrían con el grado de teniente de corbeta. En ese año
de 1936, la Escuela Naval Militar pasó a depender del Departamento de
Marina; antes estaba bajo la jurisdicción de la Dirección General de Edu-
cación Militar. Esta disposición se modificó en 1938, cuando la escuela
volvió a ser administrada por Educación Militar.270
Durante la Segunda Guerra Mundial, las fuerzas armadas funcio-
naron de manera distinta a como lo venían haciendo. Ya se mencionó
la creación de regiones militares. Por el tiempo en que México fue una
nación beligerante en contra de las naciones del Eje, la Secretaría de
Marina perdió su autonomía y regresó al seno de la Secretaría de la
Defensa Nacional. Se nombró secretario de la misma a Lázaro Cárde-
nas.271 Para compensar el poder de un ministro tan poderoso y también
debido a la emergencia de la guerra, el presidente Manuel Ávila Cama-
cho restableció el Estado Mayor Presidencial (enero de 1942), mismo
que Cárdenas había disuelto. Le dio nuevas e importantes facultades
al crear (al mismo tiempo del nombramiento de Cárdenas) el Consejo
Supremo de la Defensa Nacional para coordinar los esfuerzos guber-
namentales en la guerra, no sólo en el aspecto militar sino principal-
mente en el económico. El consejo dependería del Estado Mayor Presi-
dencial. Esta dependencia cobró gran fuerza durante los sexenios de
Ávila Camacho y Miguel Alemán, y funcionó como contrapeso del
poder del secretario de la Defensa.

Justicia militar

Ya hemos visto las armas que formaban las fuerzas armadas en el pe-
riodo que comprende este estudio. Ahora veremos los servicios. Uno

270
 Adrián Montero Palma, “Revolución armada, revolución de la educación militar”, en Mi-
llada Bazant, María Teresa Bermúdez Bañuelos, et al., La evolución de la educación militar en
México, México, Secretaría de la Defensa Nacional, 1997, p. 218, 239-241; Memoria presentada al H.
Congreso de la Unión por el secretario del ramo, general de división Joaquín Amaro, 1924-1925, p. 102.
271
 El nombramiento de Cárdenas y el decreto sobre la marina son de septiembre de 1942.
Stephen Joseph Weager, The Mexican army, 1940-1982: The country comes first, tesis de doctora-
do en Historia, Palo Alto, Stanford University, 1992, p. 194.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 101

de los más importantes era el de justicia militar. Su finalidad principal


era investigar, perseguir y castigar todas las faltas en contra de la dis-
ciplina militar, tal como lo establecía el artículo 13 de la Constitución
de 1917, que trata sobre el fuero de guerra y que dice:

Nadie puede ser juzgado por tribunales especiales. Ninguna persona


o corporación puede tener fuero, ni gozar más emolumentos que los
que sean compensación de servicios públicos y estén fijados por la ley.
Subsiste el fuero de guerra para los delitos y faltas contra la disciplina
militar, pero los tribunales militares en ningún caso y por ningún mo-
tivo podrán extender su jurisdicción sobre personas que no pertenez-
can al ejército. Cuando en un delito o falta del orden militar estuviese
complicado un paisano, conocerá del caso la autoridad civil que co-
rresponda.

La subsistencia del fuero de guerra fue defendida por varios milita-


res que integraron el Constituyente, en particular por el general Fran-
cisco J. Múgica. Aunque el espíritu del artículo era prevenir que un civil
fuese juzgado por tribunales militares, en la práctica esto se infringió en
numerosas ocasiones. Como ha hecho ver Antonio Saucedo, este artícu-
lo requiere ser actualizado pues, al decir que los tribunales militares no
podrán actuar contra personas que “no pertenezcan al ejército”, deja en
el limbo a aquellas que pertenecen a la armada y fuerza aérea; por tanto
debería decir sólo que “no pertenezcan a las fuerzas armadas”.272
Para la aplicación de ese precepto y para el mantenimiento de la
disciplina, dentro de la estructura de la Secretaría de Guerra existía un
Departamento de Justicia, Archivo y Biblioteca, que tenía entre sus
funciones principales la administración de la justicia castrense.
Antes de especificar cuáles eran los órganos que impartían la justi-
cia, es necesario señalar que una buena parte del personal tenía que ser
abogado. Como entre los militares de carrera había pocos que a su vez
hubiesen cursado la carrera de derecho, en la Secretaría de Guerra tra-
bajaban abogados a los cuales se les daba un grado, con el carácter de
asimilados, para que pudiesen recibir su sueldo, esto es, los haberes
correspondientes al grado que ostentaban. En el ejército porfirista había
una gran cantidad de militares asimilados, sobre todo entre quienes
hacían labores de oficina, como contadores, abogados o médicos en
hospitales militares. El afán por diferenciarse del ejército porfirista de-
rivó en una estigmatización de este personal. Una forma de distinguir-
se era asegurarse que sólo militares efectivos ocuparan esos puestos.

272
 Antonio Saucedo López, Teoría jurídica del ejército y sus lineamientos constitucionales,
México, unam, 2002, p. 61.
102 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

Además era un asunto de sentido común: había un exceso de generales,


jefes y oficiales, a los cuales se les pagaba pero no se les asignaba nin-
guna comisión por estar ya todas ocupadas, de ahí que el sentido co-
mún señalara que había que darles esas labores de oficina. Durante el
gobierno del pragmático Obregón esto no fue un asunto prioritario en
el ejército, pero en el más purista de Calles cobró mayor peso. Se co-
menzó a señalar que ese personal no era revolucionario y, por tanto,
había que despedirlo. La prensa repetía la información que le daba la
Secretaría de Guerra, y desde 1921 se hablaba de la “inminente salida”
de todo el personal asimilado.273 En 1926, el subsecretario Piña se refe-
ría en particular al personal de Justicia Militar y decía que se sustituiría
a los civiles con carácter de asimilados por militares efectivos, con gra-
do reconocido, para que hiciesen de ministerios públicos, defensores de
oficio, etcétera.274 En 1927, por acuerdo presidencial, la Secretaría
de Guerra indicaba que ya no habría “un solo hombre que, prestando
su servicios en el ramo de guerra, ostente grados de asimilación. Se
calcula que hay en distintas dependencias militares como 700, con car-
go de taquígrafos, mecanógrafos, etcétera, por ello igual número de
elementos que están ahora en disponibilidad pasarán a ocupar esos pues-
tos vacantes”.275 En 1931 se insistía en el cese de todo el personal asimi-
lado.276 Más allá de las intenciones, un informe sobre el personal del
ejército a mediados de 1925, por demás cuestionable en las cifras, indi-
caba que en el Departamento de Caballería había sólo dos asimilados
de un total de 6 606 jefes y oficiales; en artillería 9 de 712; en justicia, 367
asimilados de un total de 385.277
La Ley Orgánica del Ejército, promulgada en 1926, desaparecía de
un plumazo a los asimilados, pero creaba una figura similar llamada
auxiliares; la fuerza de la costumbre hacía que tanto fuentes civiles (pren-
sa) como militares les siguieron llamando asimilados. Esa ley establecía

273
 En octubre de 1921 cesaron a 600 asimilados y se anunciaba que para inicios del si-
guiente año serían despedidos todos los empleados asimilados de la Secretaría de Guerra y
de otras dependencias militares. El Universal, 24 de diciembre de 1921.
274
 Excélsior, 3 de diciembre de 1926.
275
 Ibidem, 16 de diciembre de 1927.
276
 Ibidem, 7 de julio de 1931.
277
 El Departamento de Cuenta y Administración tenía 55 asimilados de un total de
88 jefes y oficiales. Diario Oficial de la Federación, 25 de julio de 1925. Considero que los datos
son inexactos pues, si así hubiera sido, el problema de los asimilados se reduciría únicamen-
te a 387 jefes y oficiales asimilados, de un total, en todo el ejército, de 14 916. Si estos datos
reflejaran la realidad del ejército, el problema sería mucho menor, para tanta insistencia so-
bre el mismo o, bien, únicamente se hubiese tratado de un problema de los departamentos
de Justicia Militar y del de Cuenta y Administración. Otra razón para dudar de las cifras
es que, por ejemplo, en Sanidad Militar no aparece ningún elemento como asimilado, lo cual es
prácticamente imposible.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 103

que en el ejército habría militares de tres clases: 1. De guerra: “son los que
técnicamente se educan para el mando y el servicio de las unidades com-
batientes”; 2. De servicio: “son los destinados a los servicios especiales
del ejército”; y 3. Auxiliares: “son los que prestan sus servicios transito-
riamente en cualquiera de los cuerpos o dependencias del ejército”.
Como la misma ley señalaba que uno de los servicios especiales del
ejército era el de justicia militar, se podría entender que sus jefes serían
del segundo tipo de militares, sin embargo, como señalaba José Inocen-
te Lugo, en esa ley se tuvo en mente que el jefe y el subjefe del servicio,
así como el presidente del Supremo Tribunal Militar, fuesen desempe-
ñados por militares de guerra de alta graduación, “pues la presunta
moralidad de estas personalidades garantizará la fiel observancia de la
ley en el funcionamiento de los tribunales”.278 En importantes círculos
castrenses se compartía esa opinión. Amaro, al comunicarle al ex pre-
sidente Obregón sus planes al frente de la secretaría, señalaba que para
Justicia nombró al “licenciado David Carrillo, padre del general Jaime
Carrillo e ilustrado letrado michoacano, de quien se esperan por su
rectitud de criterio y conocimientos, muy buenos frutos”.279 Pero aquél
informaba poco después sus logros, los cuales resultaban poco alenta-
dores: de un total de 429 generales, jefes y oficiales, 416 eran asimilados
y sólo 13 eran militares efectivos.280
Dentro del Departamento de Justicia funcionaba una Procuraduría
General de Justicia Militar. El procurador era nombrado por el presi-
dente, de quien dependía por conducto de la Secretaría de Guerra; era
también el consejero jurídico de la secretaría.281 Debía tener el título de
abogado y experiencia profesional. En el periodo aquí tratado, el pro-

278
 Proyecto para crear el servicio de justicia militar, José Inocente Lugo, 11 de diciem-
bre de 1928, act-aja, serie 0301, inv. 179, exp. 61, f. 101-104.
279
 Amaro a Obregón, 31 de enero de 1925, act-aja, serie 0303, “Correspondencia con
generales”, leg. 16, en proceso de catalogación, f. 12-15.
280
 Entre los militares efectivos pongo sólo los de rango alto y medio: general Gabriel
Gavira, presidente del Supremo Tribunal Militar, general y licenciado Trinidad Sánchez B.,
presidente de la Primera Sala, coroneles José Aguilar, Alfredo Serratos, Othón Ruiz Sando-
val, Otoniel Rodríguez, Jesús J. Celis, teniente coronel Clicerio Torres García, capitanes pri-
meros Félix Zamora, Julio Espinosa y Javier Andonasegui. El jefe del departamento, general
y licenciado David Carrillo, era asimilado. De este personal, no todos laboraban en la capital
del país ya que incluye tribunales y cárceles militares en los estados. David Carrillo a Ama-
ro, aja, 6 de febrero de 1925, serie 0301, exp. 24, f. 49-60. Para julio de ese año se mantenían
cifras similares: 367 asimilados, 12 militares regulares. Ninguna de estas cifras incluye clases
y tropa. 25 de julio de 1925, mid, 2025-367/4.
281
 Aunque la Ley Orgánica del Ejército de 1926 en su artículo 11 establecía que el pro-
curador de Justicia Militar sería el consejero jurídico de la secretaría, de facto quien ejercía
esa facultad era el jefe del Departamento de Justicia Militar. Fue hasta 1933, cuando Octavio
Véjar Vázquez era procurador militar, que esa facultad comenzó a ser ejercida conforme a la
ley mencionada. El Universal, 17 de enero de 1933.
104 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

curador casi siempre fue un civil con un grado asimilado o auxiliar.282


El procurador era el jefe del Ministerio Público Militar, compuesto por
agentes y auxiliares; dicho ministerio tenía bajo sus órdenes a la policía
judicial militar y toda querella o consignación tenía que hacerla el mi-
nisterio después de investigar cada caso. Debía presentar las consig-
naciones ante un juez militar. En cada juzgado militar debía de haber
un agente adscrito a él. El ministerio tenía la facultad de hacer compa-
recer a toda persona que pudiese allegarle datos. Los agentes eran
nombrados por la secretaría, a propuesta del procurador. Para la de-
fensa de los procesados por delitos o faltas en contra de la disciplina
militar, existía un cuerpo de defensores militares de oficio. El jefe del
cuerpo era nombrado por la Secretaría de Guerra y debía tener el títu-
lo de abogado y experiencia profesional. Los procesados tenían el de-
recho de escoger a su defensor, fuese éste militar o civil, pero a quienes
no tenían forma de pagarlo el cuerpo le asignaba un defensor que no
podía recibir ningún pago del acusado.283
En cuanto a los tribunales del fuero de guerra, existían los juzgados
de instrucción militar que tenían la atribución de juzgar delitos o faltas
menores. Para transgresiones mayores existían los consejos de guerra,
ordinarios y extraordinarios. Los primeros funcionaban en tiempos de
paz y eran permanentes; los segundos se activan en campañas militares,
o cuando el jefe militar así lo resolviese por tratarse de delitos graves
como rebelión, sedición y traición, y sólo podían convocarse cuando la
falta ameritase la pena de muerte, según lo establecían las leyes del
fuero. El jefe militar que lo convocaba (al tratarse de un jefe en campa-
ña, por lo general era un comandante de columna, brigada o división)
designaba al juez, secretario y representante del ministerio público,
ninguno de los cuales tenía que ser abogado; de todo ello se debía in-
formar al acusado para que designase un defensor; “no es necesario
dictar auto de formal prisión contra el reo o presunto responsable, toda
vez que el tribunal falla antes de vencerse el término constitucional”;
el juicio debía ser emplazado y llevarse a cabo en menos de 48 horas.284
La sentencia debía ejecutarse de inmediato a menos que se pidiera su
aplazamiento, lo que raras veces sucedía. Los integrantes del consejo

282
 En 1921, el procurador era el licenciado Carlos Trejo y Lerdo de Tejada. En 1922, el
licenciado Lorenzo Roel. En 1925, el general de brigada asimilado y licenciado José Gay­tán.
En 1926, con iguales grados, José Inocente Lugo. En 1930, Carlos Francoz. En 1931, José Án-
gel Ceniceros. En 1932, Octavio Véjar Vázquez.
283
 “Reglamento del servicio de justicia militar”, Revista del Ejército y de la Marina, marzo
de 1930, p. 261-262.
284
 Roberto Olagaray, “Los consejos de guerra extraordinarios”, ibidem, marzo de 1923,
p. 313-317.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 105

debían tener el mismo grado o uno superior al del acusado. Si esto no


podía cumplirse, a uno o varios de sus miembros se les habilitaba tem-
poralmente con un grado mayor para que pudieran desempeñar ese
cargo, y el grado lo ostentaban sólo durante el juicio. Aunque los dos
tipos de consejo de guerra funcionaban como tribunales de primera
instancia, la premura con que se realizaba el extraordinario anulaba de
facto la posibilidad de que el sentenciado recurriera al amparo y pidie-
ra la revisión por el tribunal de segunda instancia que existía en el or-
denamiento castrense: el Supremo Tribunal Militar.
A diferencia del extraordinario, la sentencia del consejo de guerra
ordinario podía ser apelada ante el Supremo Tribunal Militar. Éste se
ocupaba de delitos graves contra la disciplina militar, que podían llegar
a la pena de muerte. Los consejos ordinarios eran tribunales permanen-
tes y tenían un presidente, tres vocales propietarios y tres suplentes. A
diferencia del Supremo Tribunal Militar y de los juzgados de instruc-
ción militar, los consejos de guerra ordinarios estaban conformados por
militares efectivos (de guerra). En las sesiones del consejo también es-
taban presentes un agente del Ministerio Público Militar, un defensor
de oficio (el reo también podía disponer de un defensor que él contra-
tara y que estaba presente) y un juez de instrucción militar. El presi-
dente dirigía las sesiones, podía interrogar al inculpado o dejar que lo
hiciera el Ministerio Público Militar, y daba voz al acusado y a su de-
fensor. Al finalizar las sesiones con los interrogatorios a acusados y
testigos, los vocales y el presidente deliberaban y daban una sentencia.
El consejo podía declararse incompetente si, por ejemplo, consideraba
que él o los acusados no estaban en servicio al momento de cometer el
delito; entonces los reos pasaban al ámbito civil. Hay que señalar que
este tipo de tribunales funcionaban con un ejército que se había forma-
do en una revolución, y que apenas comenzaba a organizarse como un
ejército institucional. En el periodo estudiado hubo numerosas rebelio-
nes dentro de las fuerzas armadas, por tanto los delitos por sedición
fueron numerosos. El nivel de violencia que había en todo el país
fomentaba que los jefes militares destacados en todo el territorio for-
masen consejos de guerra y fusilasen a civiles, que en ninguna cir-
cunstancia debían ser juzgados por esos tribunales, pues se violaba
flagrantemente el artículo 13 de la Constitución. La racionalidad de
estas medidas era la de dar una ejemplaridad extrema que evitase los
crímenes que más indignaban a la sociedad, como los sangrientos asal-
tos a trenes. Pero se llegó a abusar tanto de esta práctica que la prensa
se preguntaba si el país vivía un estado de excepción y, si así era, el go-
bierno debía declararla. Era frecuente la comparación con prácticas por-
firistas de ejecuciones ilegales, como aquella de “mátalos en caliente”,
106 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

para preguntarse si la brutalidad de una práctica típica de una dictadu-


ra no había sido ya igualada, e incluso superada, por los gobiernos
posrevolucionarios.285 Seguramente lo anterior influyó para abolir los
consejos de guerra, los ordinarios y extraordinarios. Sin embargo, la
razón principal fue la de seguir una práctica judicial que se instauró en
el ámbito civil: los jurados populares. En julio de 1929 se inauguraron
los jurados militares. Una de las justificaciones oficiales para este cam-
bio era la de ser una expresión de la democratización del ejército. El
general y licenciado Felipe Armenta comentaba que los miembros de
los consejos de guerra

estudiaban afanosamente las leyes que estaban a su alcance; llegaban


hasta a familiarizarse con numerosas definiciones legales..., se les vio
llenos de majestad, con augusto recogimiento, resolver las cuestiones
que les eran sometidas... pero el derecho penal..., como concepción de
la razón humana deducida de las relaciones del hombre en la sociedad,
en la que ésta tiene la facultad de imponer a aquél cierto mal en razón
a la violación de la regla que ha cometido, desgraciadamente no se
aprende en los códigos, por más rico articulado que posean. Esta cir-
cunstancia obligaba a los componentes de los consejos ya abolidos, a
un aislamiento de sus actividades de guerra, y los precisaba a dirigir
sus energías a la adquisición de nociones que excepcionalmente cons-
tituirían provecho real, para ellos o para la institución de la que titu-
larmente formaban parte.286

Varios autores que han analizado la mentalidad castrense en dis-


tintos países han llamado la atención sobre una característica común de
la psicología militar: su antiintelectualismo que vemos reflejado en el
párrafo citado. Pero también hay que reconocer que la intención prin-
cipal del autor era cuestionar un tipo de tribunal del fuero, para justi-
ficar uno nuevo que la autoridad había establecido. Los jurados milita-
res que sustituyeron a los consejos de guerra estaban integrados por un
presidente y seis vocales, insaculados de una lista de jefes y oficiales.287

285
 En muchos casos en realidad se trataba de asesinatos. Por lo general se acusaba a un
grupo de civiles de “conspiración”, “connivencia con rebeldes”, entre otros cargos hechos
casi siempre cuando esas personas ya habían sido ejecutadas. Los ejemplos más escandalo-
sos fueron los que realizaron los generales Alejandro Mange, en Nayarit, Benito García, en
Colima, Gabriel Barrios, en Tamaulipas, Ferreira, en Guadalajara. Excélsior, 26 de octubre de
1926, 13 de septiembre de 1926, 8 de marzo de 1927, 4 de abril de 1927.
286
 Felipe Armenta, “Del consejo de guerra al jurado popular”, Revista del Ejército y de la
Marina, febrero de 1931, p. 83.
287
 Aunque se le conoció como “jurado militar”, el nombre usado en las leyes militares
fue el de “consejos militares”, y los había ordinarios y extraordinarios. Para los primeros, el
jefe de guarnición de cada población, donde la autoridad había previsto que hubiese este
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 107

Se preveía que hubiese representantes de la parte acusadora, el Minis-


terio Público Militar, y de la defensa. El veredicto del jurado era inata-
cable siempre y cuando fuese unánime o por mayoría de seis votos (de
siete). Esto lo hacía diferente al jurado popular, pues toda sentencia
estaba sujeta a la apelación. En el militar se podía pedir la nulidad del
juicio por errores de procedimiento, y el Supremo Tribunal Militar po-
día decretar la reposición del juicio. El primero que se realizó llamó la
atención de la opinión pública; el salón de la prisión de Santiago Tlate-
lolco, donde antes se llevaban a cabo los consejos de guerra en la ciudad
de México, se llenó por completo. En este juicio, el agente del Ministe-
rio Público Militar era Teófilo Olea y Leyva, quien aprovechó la ocasión
para defender este tipo de tribunal diciendo que era un tribunal de
hecho y no de derecho:

La técnica científica de los jueces de derecho no puede resolver el pro-


blema de la justicia por los prejuicios de los instructores y de las partes.
Ese problema sólo pueden resolverlo aquellos elementos que están
desligados de todo prejuicio y aprecian en conciencia los delitos de los
que se hace responsable al acusado a quien juzgan. El jurado es una
tribuna popular propia de la época democrática que vivimos. El jurado
florecerá en la justicia militar pues el ejército es un agregado social
debidamente organizado y consciente.288

En ese tiempo fue muy común argumentar que los jefes y oficiales
comprendían mejor todos los aspectos de un delito o falta porque cono-
cían perfectamente la vida castrense, y no iban a adentrarse en especula-
ciones sobre la interpretación de un código militar. Un ejemplo fue el del
soldado Abraham González Lomas, acusado de deserción; al ser interro-
gado negó el delito y dijo que lo habían echado por tener tuberculosis:

Su aspecto —señalaba el cronista— era prueba irrefutable. De ahí que


no faltó razón a quienes lo corrieron del cuartel; pero a la vez se hizo
patente el hecho de que había que tener clemencia para aquel hombre.
El jurado militar lo absolvió por unanimidad, quedando en libertad

tipo de juicios, tenía la obligación de formular cada mes una lista de los jefes y oficiales hábi-
les de las distintas corporaciones residentes en su zona; de esa lista se haría el sorteo de los
siete miembros; éstos deberían tener igual grado o mayor que el del acusado; el presidente
sería el de mayor jerarquía y, si hubiese varios con el mismo grado, el de mayor antigüedad.
Artículos 30 a 33 de la Ley Orgánica de los Tribunales Militares. Proyecto de José Inocente
Lugo y José Ángel Ceniceros, marzo de 1928, act-aja, serie 0301, inv. 179, exp. 61, f. 50-59.
288
 El jurado fue contra el soldado José Martínez Cabrera por insubordinación con vías
de hecho, al lesionar a un superior que tenía el rango de cabo. El presidente fue el teniente
coronel Ernesto Guevara Hernández. La sentencia fue de prisión por un año. El Universal,
24 de julio de 1929.
108 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

absoluta. Se trató en este caso de un acto de magnanimidad del jurado,


que no se sujetó a las pruebas legales sino que comprendió que era
necesario proteger a aquel infeliz. Un juez de derecho seguramente
hubiera tenido que condenar.289

Pasó poco tiempo para que esta forma de la justicia fuese puesta en
duda dentro de la esfera castrense. Comenzaron a ser frecuentes —tal
como ocurría en el ámbito civil— las sentencias absolutorias. El agente
del Ministerio Público Militar, Olea y Leyva, acusaba dos años después:

No sólo existe una simple tendencia por absolver, sino otras de mayor
gravedad, que afectan no sólo al jurado, sino también a la moralidad y
a los destinos sociales del ejército mismo. Lo que principió siendo una
ingenua tendencia de conmiseración hacia los reos ha llegado a conver-
tirse en la más descarada y execrable complicidad de algunos jurados
con los procesados, pues existen ya ligas formadas, verdaderas mafias
de jefes que abarcan a casi todos los miembros de alguna arma del ejér-
cito, que tienen la consigna de sus colegas para absolver, sea quien fue-
re el delincuente, y de dar cuenta a sus compañeros de haber votado así,
con el insano propósito de hacer fracasar la institución del jurado militar
y quitarse de encima la que estiman pesada carga de juzgar...290

Estas apreciaciones eran ciertas ya que las autoridades se quejaban


frecuentemente del ausentismo entre los integrantes de los jurados.291
También preocupaba a jefes y oficiales que condenaban a otro militar
(aunque fuese de menor rango) las represalias que pudiesen sufrir a
través de compañeros de armas del sentenciado, facilitadas por la coti-
dianidad de la vida en los cuarteles. Mientras que los miembros de los
consejos de guerra eran los mismos militares, generalmente especiali-
zados en leyes y que llevaban una vida militar “de oficina” más que
con la tropa, por lo mismo estaban menos expuestos a una venganza
de ese tipo. En el Código de Justicia Militar de 1934 desaparecieron
estos jurados y se reinstauraron los consejos de guerra ordinarios y
extraordinarios.292 Esos mismos tribunales persisten hasta la fecha. Las
fuerzas armadas siguen regidas por el código de 1934.

289
 Ibidem, 9 de marzo de 1932.
290
 Teófilo Olea y Leyva, “El jurado militar en el segundo año de establecido en el ejér-
cito mexicano”, Revista del Ejército y de la Marina, agosto de 1931, p. 637.
291
 El general Abundio Gómez mandó una circular que amenazaba con exigir responsa-
bilidades a los jefes y oficiales que, al ser insaculados para jurados, no asistían, cosa que
ocurría con mucha frecuencia, lo que afectaba la procuración de justicia. El Universal, 20 de
julio de 1930.
292
 Fue promulgado en agosto de 1933 para entrar en vigor el 1 de enero del siguiente
año. Ibidem, 18 de septiembre de 1933.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 109

Hubo algunos casos que, debido al rango de los acusados y los


delitos que se les imputaban, llevaron a terminar con este sistema de
justicia castrense. El llamado “jurado de los comodoros” fue seguido
puntualmente por la prensa ya que se acusaba de rebelión a altos man-
dos de la armada. El comodoro Hiram Hernández y otros jefes fueron
absueltos y, a pesar de que el Supremo Tribunal Militar anuló la sen-
tencia, Hernández pidió un amparo a la Suprema Corte de Justicia,
pues la Constitución establece que nadie puede ser juzgado dos veces
por el mismo delito y eso se desprendía de la sentencia del Supremo
Tribunal Militar. El amparo le fue concedido.293 Otro proceso fue el del
general de brigada José San Martín, acusado de haberse unido a la re-
belión escobarista en 1929. El juicio, que se realizó en Torreón, lo absol-
vió. La decisión molestó tanto a las autoridades que ordenaron cesar
de sus puestos a los jefes que participaron en ese jurado.294 Un juicio
más que causó escándalo fue el del mayor de infantería Julián Gámez
Rodríguez, quien hirió a un subordinado. Resultó absuelto, apoyado
por jefes y oficiales egresados del Colegio Militar, igual que el acusado,
mientras que otro grupo con menos preparación y que había obtenido
sus grados en campaña apoyaban el castigo para Gámez. El hecho de que
se formaran dos bandos, uno que buscaba una sentencia condenatoria y
otro la absolutoria, dejaba al descubierto las rivalidades dentro del insti-
tuto armado, lo cual no ayudaba para dar la imagen de unidad.295
Si bien los jurados militares no funcionaron, de alguna manera sir-
vieron para atemperar las condenas, hacerlas menos ejemplares y sin
duda para disminuir la pena capital, más común en los consejos que en
los jurados, cuando esa pena ya había sido abolida en el ámbito civil.
En la justicia militar, el tribunal de segunda instancia era el Supremo
Tribunal Militar creado por el Código de Justicia Militar de 1903. Tenía
como cabeza un presidente y seis magistrados. Entre otras atribuciones

293
 Excélsior, 17 de julio de 1931. Para el jurado, véase El Universal, diciembre de 1930.
294
 Éstos eran: coronel Demetrio Zúñiga Adame, jefe del 37º regimiento; teniente coro-
nel Ignacio Herrera Bravo, del 17º regimiento; y con el mismo grado, Ignacio Villegas Oro-
peza, subjefe de 28º batallón, Federico Bonilla López y Jesús Ramírez Montes. Todos ellos
fueron habilitados como generales de brigada durante el jurado. Como podemos apreciar,
de facto estos jefes estaban juzgando a un superior. Excélsior, 24 de febrero de 1932. Al revi-
sar su caso, San Martín fue condenado a 20 años de prisión, Cummings, 1 de julio de 1932,
mid, 2025-G-489/24.
295
 La prensa comentaba que Olea y Leyva habían tenido un “papel bastante airado en
los debates, no obstante que se había ya dado cuenta de la absoluta parcialidad del tribunal,
y en previsión de que se dictara un veredicto absolutorio, hizo notar el grave peligro en que
se encontraba la justicia, y pidió que se tomara en cuenta esta circunstancia, para evitar
que las personas agraviadas con el mayor Gámez Rodríguez fueran a hacérsela por su pro-
pia mano, decepcionadas de que no se les impartió la que habían solicitado por la vía legal”.
Excélsior, 19 de noviembre de 1932.
110 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

tenía la de solucionar los problemas de jurisdicción que se suscitasen


entre los jueces; de las excusas de magistrados y jueces militares; de los
recursos y las reclamaciones que la propia norma militar imponía; de las
reclamaciones y correcciones impuestas por jueces y consejos de guerra;
de las solicitudes de indulto, de tramitación de conmutación o reduc-
ción de penas.296 En los años aquí estudiados, al principio se privilegió
que su presidente fuera un militar efectivo, con el grado de general de
brigada; en 1925 se designó a Gabriel Gavira, militar hecho al calor de la
Revolución. Pero el código de 1934 establecía que el presidente debía
ser militar de arma (esto significa que no tenía que haber llegado a los
rangos medios y altos de la jerarquía por alguna de las armas, simple-
mente haber obtenido un grado en alguna de ellas, como podía ser el de
subteniente, al graduarse en el Colegio Militar), con el grado de general
de brigada, y ser abogado. Se especificaba que no debía ser militar de
carrera, pues se requería un especialista en derecho; se establecieron
cuatro magistrados con el mismo rango, que debían ser abogados, y
estaban auxiliados por un secretario de acuerdos.297
En este periodo podemos apreciar un intento serio para perfeccionar
e institucionalizar la justicia militar. El papel que tuvieron destacados
profesionistas en la elaboración de leyes y reglamentos, o como jefes del
Departamento de Justicia o procuradores militares, fue muy importan-
te para el mejoramiento, cuando menos en el papel, de la justicia del
fuero. Nombres como José Inocente Lugo, José Ángel Ceniceros, Teófilo
Olea y Leyva y Octavio Véjar Vázquez son ejemplos del conocimiento
puesto al servicio de la justicia castrense. No olvidemos que la Ley Or-
gánica del Ejército de 1926 establecía el servicio de justicia militar (dis-
posición que se aplicó hasta 1929), el cual no se limitaba a un cambio de
nombre sino que pretendía profesionalizar la justicia al crear la figura
de “militares de servicio”, esto es, que no sólo existirían militares de
cualesquiera de las armas sino que también habría militares especiali-
zados en leyes, administración, sanidad, etcétera. Para la profesionali-
zación de las fuerzas armadas era indispensable crear esas figuras en el
escalafón y darles relieve. Ningún ejército moderno tenía únicamente
coroneles o tenientes de artillería, caballería o infantería.
El código de 1934 hizo más clara la legislación del fuero, que estaba
dispersa, y en muchos temas era discordante.298 La simplificación de
procedimientos y la síntesis que significó ese código facilitaron el camino

 Antonio Saucedo, Teoría jurídica del ejército..., p. 46, 55-56.


296

 Ibidem, p. 55.
297
298
 En ese momento estaban en vigor la Ley Orgánica del Ministerio Público y Cuerpo
de Defensores Militares, la Ley Orgánica de los Tribunales Militares y la Ley de Procedi-
mientos Penales en el Fuero de Guerra que señalaban como de aplicación supletoria al Có-
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 111

para una justicia menos improvisada y, sobre todo, más eficaz. Porque
una cosa son las leyes, las circulares, las disposiciones, los reglamentos,
y otra su aplicación. La justicia castrense era todo menos justa, pues no
hay peor justicia que aquella que no existe. La realidad de las cárceles
militares era la de infinidad de presos acusados de diversos delitos que
podían estar en prisión durante años por una transgresión que tenía una
pena máxima de seis meses. Estos casos se encuentran en la prensa de
toda la década de 1920 y con menor frecuencia en la de la década si-
guiente. En 1922 había alrededor de 5 000 procesados militares que aún
no recibían sentencia.299 Como la mayor parte de la legislación del fuero
era del Porfiriato, y en ella se establecía la facultad de jefes de guarni-
ción, entre otros, para consignar hechos punibles, muchos jefes lo hacían
indiscriminadamente al imputar como delito lo que era una simple fal-
ta. Lo más común era acusar a un soldado de deserción cuando se tra-
taba de la ausencia de un día al cuartel.300 Esa facultad la desempeñaban
a pesar de que el artículo 21 de la Constitución de 1917 establecía que
solamente el Ministerio Público estaba facultado para perseguir y con-
signar. De ahí que en numerosas ocasiones la Secretaría de Guerra emi-
tiera circulares recordando a jefes con mando de tropa esa norma cons-
titucional. Lo kafkiano de la administración de la justicia —aquí trato la
militar, aunque la civil adolecía de males parecidos— hacía que fuese
un problema de “suma cero”, en el cual todos perdían. Cuando se pro-
cesaba a un militar, le seguían pagando parte de sus haberes; por lo
regular era el 50%. Esa situación continuaba durante todo el proceso. Si,
por decir, se dilataba dos años en ser llevado a juicio y sentenciado, al
encontrársele culpable se le daba de baja y ya no se le pagaba nada. Pero
si era declarado inocente debían sufragarle el 100% de sus haberes. De
esta forma, el erario perdía por cada día que un reo permanecía en pri-
sión sin ser juzgado. El reo perdía tiempo en la cárcel, sobre todo si re-
sultaba absuelto o si la sentencia en su contra resultaba menor al perio-
do que llevaba encarcelado. Cuando Ceniceros era procurador militar
se encontró con numerosos casos que eran tan viejos que incluso el
delito ya había prescrito, y tuvieron que ser sobreseídos.301

digo de Procedimientos Penales para el Distrito Federal y Territorios Federales de 1884 y a


la Ley Penal Militar de 1910. El Universal, 1 de septiembre de 1933.
299
 Ibidem, 28 de enero de 1922.
300
 Llegaron a ser tan numerosos los prisioneros acusados de ese delito que las autori-
dades ordenaron a los jefes de operaciones que se encargaran del cuidado y mantenimiento
de algunos de ellos, pues en las prisiones militares ya no había cupo. Con esa circular se
quería advertir a esos jefes que si seguían favoreciendo ese tipo de acusaciones se hicieran
también responsables de los reos. Excélsior, 19 de junio de 1926.
301
 Ibidem, 8 de julio de 1931. Es necesario precisar que las fuerzas armadas en nuestro
tiempo son muy diferentes a las del periodo aquí tratado; es interesante conocer cómo las li-
112 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

En esta época encontramos a la primera mujer que asumió el cargo


de defensora de un militar que fue juzgado en el fuero de guerra. La
prensa refiere que fue la señorita Blanca Nieves Capdevielle, en el pri-
mer juzgado de instrucción militar, en defensa de su hermano, el sub-
teniente Enrique Capdevielle, acusado de faltas al honor militar.302

Intendencia militar

Uno de los servicios más importantes dentro de las fuerzas armadas es


el de intendencia militar, aunque en el periodo que aquí estudiamos
apenas comenzaba a instituirse como tal. Este servicio tiene la obligación
de suministrar al ejército alimentos, vestuario y equipo, alojamiento para
hombres y ganado, transportes, sueldos (haberes), administración de las
fábricas de armas, contabilidad de las fuerzas armadas, así como un in-
ventario de los bienes muebles e inmuebles del instituto armado. Tales
obligaciones no siempre estuvieron en manos de esta dependencia ya
que eran los propios jefes los que conseguían el forraje para el ganado y,
como es ampliamente conocido, eran las esposas, compañeras, madres o
hermanas de los soldados las que proporcionaban el alimento a éstos. Lo
mismo puede decirse de la administración de factorías y almacenes, que
dependía del Departamento de Establecimientos Fabriles y Aprovisio-
namientos Militares, dependencia que no era administrada por la Secre-
taría de Guerra.303 Sobre ella hablaremos en el capítulo siguiente.

mitaciones en la impartición de justicia —y en la civil tal vez sea peor— continúan actual-
mente. Según un informe de la Secretaría de la Defensa Nacional, de 2000 a julio de 2007 se
contabilizaron 6 502 uniformados llevados a juicio por delitos militares así como del fuero fe-
deral y común. De este número de integrantes del ejército hay un general brigadier, 36 coro-
neles, 60 tenientes coroneles, 65 mayores, 70 capitanes primeros, 300 sargentos primeros, 811
sargentos segundos, 1 367 cabos y 2 654 soldados. En el ejército se considera clases y tropa
a sargentos, cabos y soldados, que suman 5 132; como se puede ver, aún existe un mayor nú-
mero de clases y tropa procesada, con respecto a jefes y oficiales, ya no digamos generales. Lo
anterior se debe a que, proporcionalmente, son mayores en número, pero también a que el
62% del total de esta lista corresponde al delito de deserción, el cual comete con mucha mayor
frecuencia la tropa. El mismo informe señala que la mayoría de los delitos —abandono del
servicio, falsificación de documentos, agresiones, fraudes, robo, homicidios— merece cárcel;
pero por falta de capacidad carcelaria se imponen penas mínimas y sólo ingresan los procesa-
dos por homicidio, violación, narcotráfico y otros crímenes graves. Del total de reos procesados
en el fuero, 699, sólo 125 han recibido sentencia. Las cárceles militares que actualmente tiene la
Secretaría de la Defensa Nacional son: el Campo Militar Número 1 (Distrito Federal), y las de
Mazatlán (Sinaloa) y Zapopan (Jalisco). Este informe fue obtenido a través del Instituto Fede-
ral de Acceso a la Información Pública, Reforma, 27 de julio de 2007.
302
 No se dice qué faltas ni el resultado del juicio. El Universal, 11 de julio de 1934.
303
 Con el paso de los años, la tendencia fue la de disminuir el poder de esta dependen-
cia, el cual se basaba en dos factores: el político, pues fue manejada por líderes obreros de la
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 113

En 1896, cuando los generales Berriozábal y Bernardo Reyes eran,


respectivamente, ministro de Guerra y oficial mayor, fue creada la Mesa
de Contabilidad, compuesta por un jefe y cuatro oficinistas. La mesa de-
pendía de la oficialía mayor, que era la encargada de las funciones ad-
ministrativas de la secretaría. En 1907 comenzó a funcionar como Sec-
ción de Cuenta y Administración y, después, ese mismo año, como
departamento. En el periodo revolucionario, éste tuvo como titular al
general Miguel Piña, en 1916, quien comenzó una reestructuración del
departamento.304 De 1921 a 1924 su jefe fue Santiago González Casavan-
tes. Desde el comienzo de la administración callista ese puesto lo des-
empeñó el brigadier de caballería Rafael Aguirre Manjarrez, el cual lo
dejó en enero de 1932. La larga permanencia de este militar en esa jefa-
tura nos muestra la ausencia de personal formado en el área adminis-
trativa, pues fue hasta ese año que un general de intendencia llegó a la
jefatura. El brigadier intendente Luis L. Benavides Navarro, quien ya
había sido subjefe, lo sustituyó hasta 1933, cuando el departamento cam-
bió de nombre y se convirtió en Dirección de Intendencia y Administra-
ción.305 Al parecer sólo era un cambio de denominación, pues siguió con
las mismas facultades, y fue designado como director el general Fran-
cisco J. Múgica. Pero poco después hubo una importante reestructura-
ción de la secretaría; antes, los departamentos de las armas (infantería,
caballería, artillería, ingenieros y aeronáutica) y los servicios (justicia,
intendencia, sanidad) eran administrados por el Estado Mayor de la
secretaría; ahora, Intendencia pasaba a depender directamente del se-
cretario.306 Múgica permaneció poco tiempo; fue sustituido por la per-
sona que más experiencia tenía, Aguirre Manjarrez, quien previamente

Confederación Regional Obrera Mexicana, principalmente por Luis N. Morones. El segundo


factor era el presupuestal, ya que las fábricas de armas consumían mucho presupuesto. En
la década de 1920 hubo intentos por menguar las facultades de Fabriles, con poco éxito.
En 1924, la Cámara de Diputados aprobó reformas a la Ley de Secretarías de Estado para
que el armamento del ejército y el aprovisionamiento de hospitales militares, a cargo de Fa-
briles, pasaran a la Secretaría de Guerra. La iniciativa había sido enviada por Obregón desde
fines de 1922 pero esas reformas no prosperaron. El Universal, 25 de octubre de 1924.
304
 Después ocuparon ese departamento el general Agustín Mustieles, Santiago Gonzá-
lez Casavantes, Genaro Paredes, González Casavantes de nuevo, el general Miguel Piña,
Mariano Urdanivia y Rodolfo Martínez. De los que no se menciona su grado, es porque eran
civiles. El Nacional, 8 de abril de 1932.
305
 Diario Oficial de la Federación, 4 de marzo de 1933. Al comenzar la administración ca-
llista, las distintas secciones del departamento estaban a cargo de militares de otras armas, a
excepción de Benavides y del coronel de administración Roberto Baudoain: mayor de caba-
llería Arturo Meza Palacios, mayor de infantería Cristóbal M. Canales y coronel de caballe-
ría Enrique López Araiza. Memoria presentada al H. Congreso de la Unión por el secretario del
ramo, general de división Joaquín Amaro, 1924-1925, p. 107.
306
 Capitán Robert Cummings al Departamento de Estado, 23 de junio de 1933, mid,
G-1, 2025-259/391.
114 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

había viajado por Estados Unidos donde tuvo la oportunidad de conocer


cómo funcionaba su ejército, en particular, su sistema de administración
y proveeduría.307
Desde la perspectiva castrense este servicio era fundamental para
un ejército moderno y sobre todo eficiente. El ejemplo de lo sucedido
durante la Primera Guerra Mundial hablaba por sí mismo. El teniente
coronel Miguel Fuentes así lo señalaba:

La guerra fue exclusivamente de previsión y abastecimientos, ya que


no fue suficiente para obtener el triunfo, la rápida movilización, bata-
llas y demás combinaciones estratégicas y tácticas. Ejemplo de ello
tenemos con la derrota de las Potencias Centrales, derrota que sufrie-
ron en pleno suelo conquistado, no obstante su eficiencia militar...
Hubo, pues, que sucumbir ante el inexorable problema del hambre;
mientras tanto los aliados tenían a cubierto con cierta abundancia todas
sus necesidades materiales: alimentos, fondos, vestuario, albergue,
transporte, etcétera, del brazo armado.308

Durante el periodo callista el departamento se encargaba de la for-


mación de presupuestos y registros de pago de muebles, útiles, enseres
y reparaciones; tramitar pasajes, fletes, vestuario y equipo; resolver
reclamaciones y pagar rentas de edificios ocupados por fuerzas milita-
res; expedir libramientos y autorizaciones de pago que afectaban par-
tidas del ramo de Guerra. Se estableció un sistema de archivadores
kárdex para facilitar la localización de cualquier asunto y para uniformar
el sistema de contabilidad de las fuerzas armadas. En aquel tiempo,
los Almacenes Generales de Vestuario y Equipo, que antes dependían
de Establecimientos Fabriles, pasaron a formar parte de la Secretaría de
Guerra, en particular del Departamento de Cuenta y Administración.309
La medida contribuyó a lograr una distribución más eficiente de esos
materiales y, sobre todo, que fueran acordes con la reglamentación de
uniformes para los militares de cada arma. Debido a que la Fábrica
Nacional de Vestuario y Equipo sí dependía de Establecimientos Fabri-
les, la autoridad castrense dispuso que una comisión de Cuenta y Ad-
ministración supervisara la calidad de las materias primas para los
uniformes y equipo que ahí se fabricaban.310 Así se obtuvo un ahorro

307
 Su nombramiento fue en enero de 1934. Pueden verse sus opiniones sobre el ejército
norteamericano en Rafael Aguirre Manjarrez, “Observaciones y sugestiones para el servicio
de intendencia general del ejército”, Revista del Ejército y de la Marina, junio de 1933, p. 3-20.
308
 Miguel Fuentes, “La administración militar y su importancia”, ibidem, enero de 1927, p. 32.
309
 Ibidem, enero de 1928, p. 82.
310
 Tiempo después, en 1935, el Departamento de Establecimientos Fabriles desapare-
ció y la mayoría de sus dependencias pasó a la Secretaría de Guerra (en una dependencia
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 115

sustancial para el erario durante el periodo 1926-1927.311 En los alma-


cenes se establecieron pequeños talleres para reparar arneses, sillas de
caballo y otros artículos.
En muchas ocasiones la misma autoridad ignoraba cuántas edifica-
ciones pertenecientes a la nación —y que estaban bajo resguardo cas-
trense— poseía, y tampoco tenía inventariados los bienes existentes en
cuarteles, hospitales y prisiones militares. En estos años esa tarea la fue
realizando este departamento.312
Durante la rebelión escobarista de 1929 se puso a prueba el funcio-
namiento de los nuevos sistemas de aprovisionamiento para grandes
unidades de tropa (pues para combatir la Cristiada, rara vez se formaron
esas unidades, solamente contra los yaquis en 1926-1927). Por primera
vez se utilizó un sistema de aprovisionamiento de víveres para la tropa
—como primer intento, aunque no fue suficientemente eficaz—, para
sustituir a las soldaderas. Se repartieron frijoles, café, galletas, harina,
pinole y alfalfa para el ganado. También se distribuyeron cartuchos,
rifles, material de artillería, bombas para aviones, camiones, material
sanitario, agua, gasolina, material de oficina, uniformes, etcétera. Todo
esto, en 350 cargamentos transportados por personal de intendencia.
En el ejército era proverbial la corrupción que generaba el hecho de
que cada jefe de regimiento, de batallón, de guarnición o de operaciones
militares fuese el encargado de conseguir la comida, el forraje, el ves-
tuario, el alojamiento y, en ocasiones, hasta el armamento para sus
subordinados. Estos jefes se convertían en auténticos comerciantes,
agiotistas y fabricantes; era muy común que turnaran a la secretaría
facturas por forraje, cuando éste lo habían robado a un particular, pues
dejaban a sus caballos y acémilas pastar en terrenos privados. También
con frecuencia cobraban a sus subordinados por armas, vestuario o
equipo, o encargaban los uniformes a fabricantes locales que presenta-
ban a la Secretaría de Guerra cuentas infladas por el trabajo realizado.

llamada Dirección de Materiales de Guerra). Una excepción importante fue la Fábrica de


Vestuario y Equipo; el presidente Cárdenas la entregó a los obreros para que funcionara
como cooperativa y pasó a llamarse Sociedad Cooperativa Mixta de Obreros y Obreras de
los Talleres de Vestuario, Equipo y Curtiduría, scl. El impulsor de esta medida fue Múgica,
secretario de Economía, pues su administración pasó a depender de Economía (Múgica ha-
bía sido antes director de Intendencia Militar). Excélsior, 4 de abril de 1935.
311
 Según su director, el ahorro fue de $4 988 653.00 del presupuesto para equipo. Rafael
Aguirre Manjarrez, “Historia de la organización del servicio de intendencia del ejército
mexicano”, El Nacional, 8 de abril de 1932.
312
 Así se logró determinar fehacientemente que en Guadalajara los edificios del Cuartel
Colorado Grande, el del Beaterío y el del ex Seminario Conciliar eran propiedad de la nación,
lo mismo que el de la jefatura de guarnición en Colima y el hospital militar de la ciudad
de Oaxaca, construcciones que habían pertenecido al clero. Memoria presentada al H. Congreso de
la Unión por el secretario del ramo, general de división Joaquín Amaro, 1925-1926, p. 83-89.
116 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

La secretaría permitía todo esto porque no tenía la capacidad o la vo-


luntad para entregar alimentos y equipo a las distintas unidades en
todo el territorio nacional.
La centralización de la producción, la distribución y el inventario
de todos esos productos era una solución para evitar o mitigar las múl-
tiples formas de corrupción. Esa centralización fue un proceso lento y
ayudó a que los jefes no viesen el cargo —o al menos no de forma tan
ostensible como antes— como una fórmula para hacerse ricos. En 1933,
cuando Múgica era director de Intendencia, se emitió un Reglamento
de Intendencia Militar que reguló esa centralización. Al mismo tiempo
desapareció Establecimientos Fabriles, que se transformó en la Direc-
ción de Materiales de Guerra y su personal pasó a formar parte de la
Secretaría de Guerra. En el reglamento señalado se dispuso que todas
las fábricas de equipos, productos y vestuario que dependían de la
secretaría, con excepción de Materiales de Guerra, serían administrados
y manejados por Intendencia Militar. Lo mismo se hizo para todos los al-
macenes generales. Entre las funciones de la Intendencia estaban: preparar,
con base en los informes del Estado Mayor del ministerio, el presupuesto
anual de la secretaría, manejar todos los gastos de ese presupuesto, pre-
sentar ante la Secretaría de Hacienda la contabilidad de la secretaría,
administrar los hospitales y las prisiones del ejército y la marina, admi-
nistrar fábricas militares, adquirir y distribuir material para escuelas
militares y tropas de ingenieros (zapadores), recibir, almacenar y dis-
tribuir todo tipo de equipo, comida y forraje para el ejército y la marina,
administrar fuertes, barracas, cuarteles y todos los edificios que perte-
necieran a las fuerzas armadas, administrar los ranchos militares y es-
taciones de remonta, y pagar al personal de las fuerzas armadas. El in-
tendente debía ser un general de brigada de alguna de las armas y
servicios del ejército, asistido por un subintendente que sería un general
brigadier. Se indicaba que, por ser un servicio relativamente nuevo, no
sería necesario que el personal fuese del servicio de intendencia, más
bien al revés: el personal existente (la mayoría eran civiles habilitados
como militares auxiliares) sería entrenado para que más tarde formase
el servicio, pero ya como militares de ese servicio; por tanto dejaban de
ser auxiliares.313 Así comenzó a haber tenientes o capitanes actuarios,
sargentos conserjes, capitanes pagadores, etcétera.
Una fuente de infinita corrupción era la de los pagadores del ejército.
Desde el Porfiriato, éstos eran empleados civiles de la Secretaría de Ha-
cienda comisionados para fungir como pagadores en el ejército; cada
batallón o regimiento tenía su pagador; lo mismo las jefaturas de guar-

313
 Diario Oficial de la Federación, 23 de agosto de 1933.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 117

nición, las jefaturas de Operaciones Militares, los hospitales, las cárceles


militares, etcétera. Una práctica común era alegar que el pago se retrasa-
ba debido a enredos burocráticos, y esto ofrecía tanto a pagadores como
a jefes y oficiales la posibilidad de prestar dinero a la tropa con altos in-
tereses. En muchas ocasiones había colusión entre esos empleados y los
jefes castrenses.314 Otra práctica era huir con la paga de todo un batallón.
Con las disposiciones de 1933, poco a poco ese personal fue sustituido
por personal militar. Una razón era la tendencia en la milicia de que
todos sus asuntos fuesen tratados por militares. De esa forma se creía
que ese personal estaría más controlado, pues en caso de cometer frau-
de, además de ser sujetos al fuero civil, lo estarían también al militar.315
Se aprovechó una disposición —de carácter general en toda la admi-
nistración pública— para lograr esto: desde enero de ese año la Secre-
taría de Hacienda y la Tesorería de la Federación asumieron “íntegra-
mente las funciones relativas al manejo de los fondos federales, no sólo
en su parte material de recaudación y pago, sino en su aspecto legal de
glosa, contabilidad, vigilancia y rendición de la cuenta pública, que
anteriormente estaban a cargo del extinto Departamento de Contralo-
ría“. Al desaparecer ese departamento, a causa de una reforma a la Ley
de Secretarías de Estado, se reintegraba a cada secretaría o departamen-
to las facultades en la aplicación de responsabilidades, que antes tenía
Contraloría; cada secretaría ejercería su presupuesto “sin perjuicio de
observar las normas reglamentarias”. Fue así que la Intendencia asumió
la función de pagador de todo el instituto armado.316 En éste siempre
había una gran desconfianza y no pocas veces desdén hacia esa fiscali-
zación. El general Salvador S. Sánchez, quien llegaría a ser jefe del Esta-
do Mayor Presidencial de Ávila Camacho, decía en 1926 que Cuenta y
Administración cumplía con las disposiciones generales

dentro del círculo de hierro y dificultades constantes que le pone la


Contraloría General de la Nación y otras dependencias del ramo de

314
 Ésta fue una de las razones por la cual el general Pablo Quiroga, secretario de Guerra,
recibía “con relativa frecuencia solicitudes de altos jefes, pidiendo que los pagadores civiles
en el ramo de Guerra que, por disposición del presidente Rodríguez, y por razón de econo-
mía, están siendo sustituidos por elementos militares suficientemente preparados, continúen
con esos mismos empleos con grados de asimilados. Se pide se abstengan de seguir pidiendo
esto, por la penosa necesidad de negar su solicitud, pues se trata de un decreto presidencial,
desde hace tiempo dado y del que no se ha podido dar cumplimiento por completo. Los mili-
tares que tengan estas comisiones se les exigirá fianza crecida, se garantizará que respondan
por las cantidades que habrán de manejar”. El Universal, 1 de agosto de 1933.
315
 Véanse las propuestas de Aguirre Manjarrez para lograr esto; varias fueron tomadas
en cuenta en el reglamento. “Pagadores militares para el ejército”, Revista del Ejército y de la
Marina, abril de 1933, p. 2-9.
316
 R. Aguirre Manjarrez, “Instructivo a pagadores”, ibidem, mayo de 1933, p. 2-13.
118 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

Hacienda, que, a más de desconocer las necesidades militares, siste-


máticamente obstruccionan todo lo que al ejército se refiere, en la
creencia de que todavía se hallan frente a las legiones revolucionarias
que, como todas las que se llaman así, cometen sus excesos en el
periodo de vida agitada en que se encuentran.317

Cuando Amaro era secretario de Guerra tuvo constantes discrepan-


cias con la Contraloría, pues tanto él como otros jefes a su servicio, in-
cluido Aguirre Manjarrez, no cumplían con la reglamentación para la
comprobación de gastos.318
Los esfuerzos por crear una Intendencia del ejército se hacían no
solamente para reducir la corrupción sino también para mitigar las di-
ficultades económicas del país, acentuadas en los años 1931-1932, y para
ello se recurría a la experiencia de otros ejércitos. Ya señalamos el estu-
dio de Aguirre Manjarrez sobre el ejército norteamericano, pero también
hubo trabajos que analizaban ese servicio en ejércitos europeos.319
Para ofrecer una idea de la importancia que las administraciones de
los presidentes Rodríguez y Cárdenas dieron a la Intendencia Militar,
para el presupuesto por ejercerse en 1933 en la Secretaría de Guerra, ese
rubro recibió $470 677.00 y el año siguiente $576 102.00, mientras que
a los departamentos de Infantería, Caballería, Artillería y Educación
Militar se los redujeron. En 1935 Intendencia recibió $987 660.00.320
Para formar el personal especializado que se necesitaba, en 1933 se
inauguró la Escuela Militar de Intendencia con una doble vertiente:
como escuela de formación y también de aplicación.321

317
 Salvador S. Sánchez, “El servicio de intendencia”, ibidem, octubre de 1926, p. 866.
 Amaro le decía a Luis Montes de Oca, contralor general de la nación, que el auditor en
318

San Luis Potosí, Jorge Degatau, “pone toda clase de obstáculos a la administración de las corpo-
raciones de dicho Estado, dando lugar a suponer en él una oculta enemistad con el ejército”; a él
—continuaba— le constaba la honorabilidad del general Saturnino Cedillo, 25 de febrero de
1926, act-aja, serie 0307, leg. 28, f. 2016. Existían otras diferencias, la mayoría por partidas que
excedían a las cantidades establecidas en el presupuesto; por lo general eran las partidas de gas-
tos extraordinarios y de gastos imprevistos, ejercidas por distintas jefaturas de operaciones o
también en las oficinas del secretario (entre 1929 y 1931; se encuentran en ese mismo archivo).
319
 M. Lizama, Revista del Ejército y de la Marina, enero de 1926, p. 56-63; mayor Luis Ra-
mírez Fentanes, ibidem, febrero de 1928, p. 153-156; Aguirre Manjarrez sobre Francia, ibidem,
marzo de 1933, p. 64-72; teniente coronel de intendencia Pedro López Malo, ibidem, septiem-
bre de 1935, p. 2-11; sobre la intendencia en el ejército español, mayor Ricardo Calderón
Arzamendi, act-aja, serie 0304, inv. 243, exp. 13, f. 191-197.
320
 Incluso, el total del presupuesto para la secretaría disminuyó de 1933 a 1934. Para
aquél fue de $56 308 875.00 y para éste de $55 049 600.00. Marshburn, 31 de agosto de 1934,
mid, 2025-538/2; ibidem, 23 de octubre de 1935, 2025-581/1.
321
 El Universal, 8 de febrero de 1934. Antes de esta fecha, las oportunidades para for-
mar administradores e intendentes eran muy pobres, pues se limitaban a la Escuela de In-
tendencia que existía dentro del Colegio Militar.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 119

Sanidad militar

En el ejército mexicano tenía gran prestigio el Cuerpo Médico Militar,


al cual pertenecieron distinguidos médicos del siglo xix. Éste fue crea-
do en 1828 como Cuerpo de Sanidad Militar del ejército. Fue el doctor
Pedro del Villar (jefe del mismo en 1836) quien señaló la necesidad de
una educación especial para los médicos que sirviesen en el ejército.
Pero poco se hizo en esos años. En el siglo xx, Carranza reorganizó el
Cuerpo Médico Militar en 1917 y creó la Escuela Médico Militar.322
Como ya señalamos, la Ley Orgánica de 1926 establecía los servicios de
las fuerzas armadas y uno de ellos era el de sanidad. Igual que con el
de justicia y el de intendencia, de crearlo en la ley a que éste funciona-
se como tal tuvieron que pasar varios años.
La instancia encargada de esta labor dentro de la secretaría era el
Departamento de Servicios Sanitarios; en 1918 al frente del mismo es-
taba, a tono con la administración carrancista, un subjefe encargado de
la jefatura: Alfonso Sánchez Mejorada.323 En ese año, con motivo de la
campaña contra los múltiples grupos rebeldes y a causa de la epidemia
de influenza, el departamento tuvo que reforzar su personal con nuevos
elementos.324 En esa fecha, los militares que murieron durante la epi-
demia de la gripa española fueron 1 862 y la morbilidad fue de 25 270;
para atenderlos se envió personal a distintas partes del país.
Al desaparecer las grandes unidades en el ejército, también se eli-
minaron los Servicios Sanitarios de los Cuerpos de Ejército del Noroes-
te, Sur y Occidente; su personal y equipo pasó a los hospitales militares
de Hermosillo, Acapulco y Guadalajara, respectivamente; también se
cerraron hospitales en distintas poblaciones.325
Bajo el mando de los sonorenses, el Departamento de Sanidad Mi-
litar funcionaba con las siguientes dependencias:

1. Hospital Militar de Instrucción, ubicado en la ciudad de México,


dentro del cual estaban comisionados los aspirantes a médicos
militares, que al mismo tiempo eran estudiantes de medicina de

322
 Mayoral Pardo, “xix Aniversario de la Escuela Médico Militar”, Revista del Ejército y
de la Marina, abril de 1934, p. 270-276.
323
 Ibidem, marzo-abril de 1918.
324
 Fueron los siguientes: 42 jefes, 142 oficiales, 40 enfermeras y 5 médicos civiles. Infor-
me del presidente, Diario de los Debates del Senado, 1 de septiembre de 1918; Revista del Ejérci-
to y de la Marina, mayo-junio de 1919, p. 374.
325
 Los hospitales militares clausurados fueron los de Tehuacán, Matamoros, Colima,
Culiacán, Chilpancingo, Piedras Negras, Zacatecas y Payo Obispo (hoy Chetumal). Revista
del Ejército y de la Marina, mayo-junio de 1919, p. 375.
120 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

la Universidad Nacional. Si lograban obtener el título se les daba


el grado de capitán primero y podían ascender hasta coronel. El
hospital tenía entre 500 y 800 pacientes. Era el hospital adscrito
a la guarnición de la capital;
2. Escuela de Veterinaria de Aplicación y de Mariscales, también
en la capital federal. Los estudiantes eran los aspirantes al título
de médico veterinario. A aquellos que se recibían y que la auto-
ridad consideraba aptos se les daba el grado de capitán primero
y podían llegar hasta el de coronel. Podían ejercer la profesión
de manera privada, siempre y cuando no interfiriera con los de-
beres que la autoridad les asignara; 326
3. Escuela Médico Militar, inaugurada en 1917 con el propósito de
que el ejército formara a sus propios médicos;
4. 24 hospitales militares en todo el país, con el siguiente personal
en cada uno: un coronel, teniente coronel o mayor como director,
dos capitanes primeros, seis enfermeras y doce de tropa; 327
5. Doce puestos de socorro; 328 y
6. Nueve enfermerías militares, mismas que se establecían en cuar-
teles que estaban muy lejanos o aislados de los hospitales o pues-
tos de socorro.

No existían regimientos, escuadrones sanitarios u otras unidades


de tropa de enfermería, como había en otros ejércitos. Cada batallón de
infantería, regimientos de caballería y artillería tenía adscrito un médi-
co cirujano y cuatro enfermeros. Los oficiales y soldados que ingresa-
ban a un hospital o a un puesto de socorro tenían que pagar una cola-
boración para su rancho y lavandería.329 En cuanto a la proveeduría de
material, existía un parque sanitario que era un almacén con medicinas,
instrumentos quirúrgicos, literas, mantas, camillas y otros implementos

326
 La Escuela de Veterinaria fue creada en junio de 1920 con un proyecto del general
Enrique Osornio; se buscaba reducir la mortandad en el ganado del ejército; se impartía,
además del ya señalado, un curso de mariscalía para sargentos primeros comisionados en
regimientos, para que después de esa preparación tuviesen mayores aptitudes para el cui-
dado del ganado. Con el tiempo, para el curso de veterinaria se aceptó el ingreso de alum-
nos civiles procedentes de la Escuela Nacional de Medicina Veterinaria de la Universidad
Nacional. La escuela fue suprimida en enero de 1938. Adrián Montero Palma, “Revolución
armada...”, p. 226, 240.
327
 Los hospitales estaban localizados en Hermosillo, Chihuahua, Tampico, Monterrey,
Veracruz, Villahermosa, Mérida, Tapachula, Morelia, Guadalajara, Tepic, Guaymas, Duran-
go, San Jerónimo, Jalapa, San Luis Potosí, Puebla, Celaya, Cuernavaca, Mazatlán, Querétaro,
Aguascalientes, Zacatecas y Pachuca. E. Davis, 9 de junio de 1926, mid, 2025-259/32.
328
 En Saltillo, Tierra Blanca (Veracruz), Tlaxcala, Iguala, Toluca, La Paz, Payo Obispo,
Orizaba, Navojoa, Oaxaca, León y Acapulco.
329
 Los oficiales debían pagar $1.50 diarios y los soldados y clases $1.00.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 121

hospitalarios. También había un tren-ambulancia, que era un almacén


rodante que guardaba ambulancias, fuesen éstas de tracción animal o
motorizada, con equipo sanitario diseñado para ser transportado en
campaña.
El jefe del Departamento de Sanidad Militar era un general; de 1920
a 1932 lo fue el general de brigada Enrique Osornio: provenía del arma
de caballería, tenía el título de médico cirujano y fue quien operó a
Obregón cuando éste perdió el brazo en 1915. Fuera de esto no se le
conocía otro mérito como médico y menos como militar (fue ascendido
a ese grado en 1920). Había un subjefe que podía ser coronel o brigadier
y dos asistentes. Entre las cuatro secciones del departamento se repar-
tían las funciones administrativas, de personal, manejo de los hospita-
les y dependencias sanitarias, así como sus escuelas y almacenes.330
Al igual que otros servicios, una parte importante de su personal
era asimilado: en 1921 tenía 51 médicos y 238 enfermeras, el resto del
personal lo conformaban militares de algunas de las armas.331 Sin em-
bargo, a diferencia de justicia o de intendencia, en sanidad no causaba
tanto descontento el que se tuviera que acudir a civiles, posiblemente
porque los médicos eran mejor vistos —socialmente hablando— que
contadores, intendentes y abogados.
Durante la rebelión delahuertista que inició en 1923, en la que se
desplegaron grandes contingentes armados, varios testimonios mos-
traron el buen servicio que ofreció sanidad militar, con el sistema de
trenes-ambulancia diseñado para campañas. De ahí que en 1925 la tropa
de este servicio llegara a tener 1 731 elementos, mientras que para otras
comisiones (hospitales, puestos de socorro) sólo se usaba a 250 de tro-
pa.332 Pero estas cifras sólo reflejaban los resabios de una enorme cam-
paña militar, ya que un año después sólo había 553 elementos entre jefes,
oficiales y tropa.333 Pero en general, durante esa década, los efectivos de

330
 En 1927, el subjefe era el coronel cirujano Daniel Duano Salinas y los jefes de sección
—todos cirujanos, excepto el teniente coronel Luis L. Ibarra, que se desempeñaba como far-
macéutico— eran: teniente coronel José A. Garrido, coronel Ignacio D. Moreno y mayor
Laureano Ramírez Díaz. Thompson, 30 de agosto de 1927, mid 2025-259/99.
331
 Además de los asimilados había un general de brigada (Osornio), tres brigadieres,
278 jefes, 710 oficiales y 1 242 de tropa, lo que arrojaba un total de 2 523. En ese momento
había 22 hospitales militares, 14 enfermerías, 12 puestos de socorro y 39 secciones sanitarias.
Revista del Ejército y de la Marina, septiembre de 1921; Informe del presidente, Diario de los
Debates del Senado, 1 de septiembre de 1922.
332
 En ese año, el total de efectivos en sanidad militar era de 3 085. De ellos, el personal
técnico (médicos, enfermeras) era de 689, entre jefes y oficiales, y 250 de tropa; el administra-
tivo, 137 jefes y oficiales; servicio de ambulancia, 128 jefes y oficiales; personal total de tropa,
1 731; estudiantes de la Escuela Médico Militar, 150. 25 de julio de 1925, mid, 2025-367/4.
333
 El total de efectivos de las fuerzas armadas era de 61 040. Davis, 12 de julio de 1926,
mid 2025-259/35.
122 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

sanidad aumentaron, a contracorriente con el resto de las fuerzas ar-


madas que tendían a disminuir. Sin embargo, siempre hay que tomar
las cifras con cautela, pues en el tema del ejército dos más dos difícil-
mente suman cuatro. Con respecto al personal de sanidad, el agregado
militar norteamericano Robert Cummings indicaba que sólo informaba
del personal que en ese momento laboraba en aquel departamento y
no de los oficiales de artillería, caballería, infantería o civiles asimilados
que temporalmente estaban comisionados ahí. Lo hacía así, señalaba,
debido a la forma poco cuidadosa como la Secretaría de Guerra elabo-
raba sus listas, en las que ponía, por ejemplo, un oficial de caballería
comisionado en sanidad, en el departamento de su arma y también en
el que estaba comisionado. Sus informes, en cambio, se basaban en co-
pias directas de la sección de personal de esa misma secretaría, hechas
por un oficial que trabajaba ahí y se las proporcionaba, mismas que
eran cotejadas mes con mes.334
Más allá de las discrepancias en las cifras y de la forma en que se
contabilizaban los efectivos, podemos concluir acertadamente que
mientras que los efectivos del ejército disminuían los de sanidad au-
mentaban. Mientras que en 1927 había 800 efectivos en sanidad, el ejér-
cito sumaba 63 739 hombres. En diciembre de 1935 sanidad tenía 1 423
mientras que el total del ejército era de 56 877.335 Si bien es cierto que
con estas cifran no se podría demostrar el mejoramiento de la salud de
la tropa, sí reflejan el interés de las autoridades por mejorar y profesio-
nalizar los servicios de salud en las fuerzas armadas.
En 1931 se reorganizó el servicio sanitario con la finalidad de defi-
nir las especialidades del Cuerpo Médico Militar, que a partir de ese
momento serían: médicos cirujanos, dentistas, farmacéuticos, enferme-
ros, ambulantes y ayudantes. En esas especialidades se darían los grados
para ese cuerpo (por ejemplo, sargento enfermero, cabo ayudante). Los
dos últimos mencionados no existían como especialidad y la intención
era crear un servicio profesional de ambulancias militares. En noviem-
bre de 1934 fue creado un regimiento de ambulancias. 336 El de los

334
 La explicación del agregado se debe a que sus superiores lo cuestionaron, pues unos
datos que él daba (8 de agosto de 1930) no correspondían con los que aportaba anualmente
la Secretaría de Guerra (31 de julio de 1930). Cummings, 12 de enero de 1932, mid, 2025-
259/270.
335
 Diversos informes en mid.
336
 El jefe del regimiento de tren-ambulancia, radicado en el Distrito Federal, era el ge-
neral Agustín Mustieles Medel. El personal consistía en: 1 general, 4 jefes, 21 oficiales, 311
de tropa, 22 caballos y 8 mulas. Si comparamos el personal de una unidad de caballería, lla-
ma la atención la diferencia de jefes y oficiales: en un regimiento de caballería había 109,
en un batallón de infantería 190 y en un regimiento de artillería 88. Marshburn, 5 de no-
viembre de 1934, mid 2025-259/474; 2025-259/501. El 23 de octubre de 1934 fue creada la
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 123

ayudantes servía para formar personal como cocineros y meseros des-


tinados a hospitales militares.
Con la reforma de 1931, las instalaciones hospitalarias fueron orga-
nizadas de forma más sencilla que en años anteriores (puestos de soco-
rro, enfermerías militares): hospitales de primera habría uno, situado
en la capital del país, y sería llamado Hospital General Militar. De se-
gunda, en Guadalajara, Irapuato, Culiacán, Puebla y Torreón. De ter-
cera, en Chihuahua, Monterrey, Morelia, San Luis Potosí, Tampico y
Veracruz. También habría un hospital especial, sin mencionarse la ca-
tegoría, para enfermedades contagiosas, en Tlalpan, Distrito Federal
(este último ya existía, con el nombre de Lazareto de San Fernando, en
el edificio donde estuvo la Escuela Militar de Aspirantes). Se dejaba a
criterio de la autoridad crear nuevas enfermerías y secciones sanitarias
(estas últimas con carácter móvil) si era necesario. Con esta reforma
desaparecían los puestos de socorro; además, en cada unidad del ejér-
cito, batallón o regimiento se creaba una sección sanitaria. Se indicaba
que las instituciones hospitalarias estarían sujetas a la autoridad del jefe
de armas en el lugar donde estuviesen establecidas (jefe de guarnición
o de operaciones militares) y a la del Departamento de Sanidad Militar.
Pero el decreto prohibía a los jefes de armas interferir en las cuestiones
técnicas y de organización de esas instituciones. Los directores de los
hospitales tendrían la categoría de oficiales de sanidad al mando, en la
región donde estuviese el hospital, y por tanto debían ser consultados
por los jefes de armas en todo lo concerniente a la salud de la tropa,
además en ese ámbito serían subordinados del jefe o director del hos-
pital o enfermería. También se regulaba al Cuerpo Militar Veterinario,
que estaría constituido por veterinarios y herradores. Habría enferme-
rías militares y secciones veterinarias (móviles). La Escuela Militar Ve-
terinaria tendría adjunta una de esas enfermerías. Cada regimiento de
artillería y de caballería tendría una sección veterinaria.337
Como en todo lo que hacen las instituciones de cualquier tipo, hay
que saber apreciar la distancia entre las normas y los decretos, con
respecto a la realidad. Aunque hemos visto cómo se intentó mejorar
este servicio con un aumento en su personal, y la calidad de éste, la
eficiencia no mejoró en grado sustantivo en el periodo aquí estudiado.
En primer lugar, la intención de crear una sección sanitaria reglamen-
taria en cada unidad del ejército ni siquiera pasó del papel, pues la

Escuela Militar de Enfermeros (más tarde llamada Escuela de Oficiales de Sanidad) y el


21 de mayo de 1938 la Escuela Militar para Enfermeras del Ejército. Adrián Montero, “Revo-
lución armada...”, p. 240.
337
 Decreto firmado por Ortiz Rubio y Amaro, 3 de junio de 1931. Johnston, mid, 2025-
259/250.
124 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

normatividad de regimientos y batallones, reformados en 1931 y 1933,


apenas aumentó en tres o cuatro soldados para labores de camilleros y
enfermeros.
La situación de los hospitales mejoraba muy lentamente. El Hospital
Militar de Instrucción estuvo durante mucho tiempo en un edificio viejo,
en la calle de Cacahuacatl, y había sufrido un derrumbe parcial debido
a un terremoto. Durante varios años, la prensa repetía lo dicho por auto-
ridades militares: que se iba a cambiar la sede de esa dependencia. Final-
mente se llevó a cabo en 1926, al trasladarse al Parque de Ingenieros, pues
ahí también estaba la Escuela Médico Militar. En el antiguo edificio se
estableció la Escuela Militar de Veterinaria y Mariscalía. Pocos años des-
pués se dijo que la nueva sede del hospital era insuficiente y se habló de
cambiarlo de lugar. Con el decreto de 1931 se creaba uno nuevo que
sustituiría al de Instrucción: el Hospital General Militar; sin embargo,
durante mucho tiempo éste sólo estuvo en la mente del general Enrique
Osornio y luego en la de su sucesor como jefe del departamento, el ge-
neral José Siurob, quien ocupó el cargo a partir de 1932. El Hospital de
Instrucción tenía capacidad para 400 pacientes. De los hospitales de se-
gunda clase, el de Guadalajara tenía capacidad para 350 camas, mientras
que los otros para 150 a 200.338 De los de tercera clase, el de mayor capa-
cidad era el de Morelia, para 300 camas.339 Si vemos el decreto de 1931,
hubo en poco tiempo una reclasificación de hospitales y, además, por la
crisis de ese año se cerraron otros en varias poblaciones.340
En cuanto a la enseñanza, el 15 de marzo de 1917 se inauguró la
Escuela Médico Militar con la intención de que el ejército formara sus
propios médicos. Esto no se logró totalmente en el periodo aquí estu-
diado y, como dijimos, lo común era tener estudiantes de la Universi-
dad Nacional que practicaban en el Hospital de Instrucción. Era fre-
cuente que aun sin estar titulados, como pasantes, fueran enviados a
un regimiento o batallón; por lo general, a los pasantes se les daba el
grado de capitán primero. La escuela tenía un examen de admisión
para sus alumnos y podían entrar egresados de cualquier preparato-
ria. En 1928 sólo tenía 150 alumnos desde primer año hasta pasantes
(de los cuales había quince). Los profesores eran tanto civiles como

338
 Éstos estaban en Veracruz, San Luis Potosí, Monterrey y Hermosillo; todos se ubica-
ban en edificios propiedad de la nación, excepto el de Hermosillo, que pertenecía al gobierno
del estado pero desde hacía nueve años se lo arrendaba al gobierno federal, siempre con
fines militares. Cummings, 12 de enero de 1932, mid, caja 2511.
339
 Le seguían Oaxaca, Puebla, Tampico y Villahermosa; todos eran propiedad federal,
excepto el último, que pertenecía al gobierno de Tabasco, que sin costo lo prestaba a la Se-
cretaría de Guerra. Idem.
340
 Aguascalientes, Cuernavaca, Irapuato, Mazatlán, San Jerónimo, Torreón y Tapachula.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 125

médicos militares.341 En 1925 se habían graduado, desde su fundación,


159 médicos cirujanos; hacia 1930 sumaban 295. Los alumnos ingresa-
ban como civiles y durante el primer año, si aprobaban el primer se-
mestre, pasaban a ser soldados, o cabos si aprobaban el segundo semes-
tre; en el segundo año podían ascender a sargento segundo y sargento
primero; a partir del siguiente, sería un grado por año, subteniente al
tercero; teniente al cuarto; capitán segundo al quinto; al convertirse en
pasantes eran ascendidos a capitán primero. Todos estos grados eran
efectivos, con todos los deberes y obligaciones. Osornio opinaba que:

Esta Escuela ha seguido progresando de un modo continuo, y la direc-


ción a mi cargo se siente satisfecha de la acogida tan amplia que los
médicos militares tienen entre todas las clases sociales del país, lo que
viene a demostrar de una manera elocuente la magnífica preparación
médica de ellos y, por ende, la eficiencia de la enseñanza que se impar-
te en este plantel.342

Los más graves problemas de salud de las fuerzas armadas se con-


centraban, por su incidencia, en diversas enfermedades contagiosas: las
sexuales, como sífilis y gonorrea, y otras como viruela, sarampión, tifo,
meningitis, malaria, paludismo, por mencionar las principales. En las
partes húmedas, en el sur y sureste del país, la tropa y la oficialidad era
diezmada por la fiebre amarilla y el paludismo. En 1925 se informaba
que en Oaxaca, Veracruz, Tabasco y Chiapas el paludismo había matado
a 50 hombres de un batallón de 400, y 200 estaban enfermos y tuvieron
que ser trasladados a lugares más sanos.343 Algunos jefes militares comi-
sionados en esas zonas pedían constantemente la rotación de algunas
de sus unidades, pues no era raro que un batallón que había estado dos
años en zona palúdica, lo trasladaran a otra que tenía la misma inciden-
cia de esa enfermedad. El mayor Ricardo Calderón Arzamendi sugería
actuar como en Brasil, donde había varias regiones insalubres:

Si un individuo que ya ha estado de guarnición en un lugar insalubre,


no vuelve a estar nunca en otro lugar de las mismas condiciones. Si en

341
 En ese año fueron ascendidos, entre otros, algunos profesores de esa escuela: los
mayores médicos cirujanos Leónides Andreu Almazán y Gustavo Baz Prada pasaron al gra-
do superior. General E. Osornio, Informe de labores, 16 de noviembre de 1928, aja, serie
0301, inv. 196, exp. 78, f. 208-217.
342
 Informe de E. Osornio, 18 de noviembre de 1930, aja, serie 0301, inv. 196, exp. 78,
f. 297. El reglamento de la escuela, en Revista del Ejército y de la Marina, mayo de 1925, p. 455-
467; Memoria presentada al H. Congreso de la Unión por el secretario del ramo, general de división
Joaquín Amaro, 1924-1925, p. 157.
343
 Excélsior, 24 de diciembre de 1925.
126 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

el Departamento de Infantería —y en todos los demás— se llevara un


control de los lugares donde han estado de guarnición los oficiales, y
si se supiera que han estado enfermos de malaria, fiebre amarilla, et-
cétera, seguramente a mi hermano ya no lo habrían mandado a una
zona tan insalubre como es Quintana Roo, pero como no se tiene un
control de la salud de cada oficial, nadie se acordó que había estado en
Tampico atacado de paludismo.344

Es indudable que las enfermedades que más se temían eran la lepra


y la tuberculosis, una por creerse que era altamente contagiosa, la otra
porque efectivamente lo es. Cuando se detectaba o se sospechaba que
existían, inmediatamente se mandaba a los enfermos al Lazareto de San
Fernando en la capital del país. En una ocasión, a dos soldados ingresa-
dos en el Hospital de Instrucción Militar se les detectó lepra y se ordenó
su traslado a San Fernando, pero éstos, temerosos de ingresar a ese
plantel y nunca más volver a salir, huyeron. Cundió el pánico en la
ciudad al conocerse el hecho; nunca los encontraron y se especulaba que
se habían unido a un famoso bandolero del sur del Distrito Federal.345
Las deterioradas condiciones en que se encontraban los cuarteles
y las barracas constituían una fuente de contagio continuo. Existía la
costumbre de poner caballerizas y estercoleros al lado de las barracas
donde dormían los soldados. Como ya habíamos señalado, durante
todos estos años se reiteraba la necesidad de instalaciones modernas,
pues la mayoría de los cuarteles no era apropiada para ese uso; pero
era más lo que se decía que lo que se hacía, a excepción de los campos
militares en Sarabia, Guanajuato y en Torreón, donde se habían cons-
truido cuarteles modernos.
Otro mal que cundía en las filas castrenses, pero también en toda
la sociedad, era el alcoholismo; durante el periodo que comprende este
estudio, sobre todo entre 1930 y 1935, hubo varias campañas para pre-
venirlo entre la tropa, no sólo como un problema de imagen, pues eran
constantes las riñas protagonizadas por militares en cantinas y pulque-
rías, sino también por la propia salud de sus elementos.
La sanidad militar no era ajena a hechos de corrupción. Como los
jefes con mando de tropa tenían la facultad de ingresar a personas a
hospitales militares, muchas veces se atendía a civiles que no tenían
derecho a ser atendidos en esas dependencias. La crisis económica de
1931 obligó a economizar; la inspección de hospitales puso en evidencia

344
 Ponía el ejemplo de su hermano que era teniente, quien después de haber enfermado
de paludismo y quedar mermada su salud fue enviado a otra zona palúdica. Calderón a Ama-
ro, Santiago de Chile, 16 de noviembre de 1929, act-aja, serie 0304, inv. 243, exp. 13, f. 94.
345
 Excélsior, 20-22 de febrero de 1927.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 127

esa práctica, en donde llegó a encontrarse, en alguno de ellos, más pa-


cientes civiles que militares.346

Educación militar

El Colegio Militar

En todo el siglo xix, la institución de educación castrense más presti-


giada era el Colegio Militar. El aura de lugar sagrado fue tomando
forma con la leyenda de las hazañas y el martirio de seis de sus cadetes.
Pero los jefes revolucionarios que se habían formado al calor de la lucha
no tenían tan buena opinión de esa institución. Para ellos era la escue-
la de donde habían egresado los principales generales del porfirismo y
del huertismo, era una institución del antiguo régimen. De ahí que
fuese disuelto, junto con el ejército federal, en 1914. Para sustituir sus
funciones como escuela de formación de jefes y oficiales, en septiembre
de 1916 se inauguró la Academia de Estado Mayor, que en realidad era
el mismo Colegio Militar con otro nombre. Tuvo una vida efímera ya
que en febrero de 1920 el presidente Carranza restableció el antiguo
colegio.347 El personal —director, alumnos, maestros y empleados—
pasó de una institución a otra: en jerga castrense, causaron baja en la
academia y alta en el colegio.348
Se consideraba al colegio como una escuela de formación, que “son
las encargadas de formar oficiales para el ejército, cualquiera que sea
el arma o servicio a que se dediquen, recibiendo en su seno alumnos
de procedencia civil o militar”. En otras palabras, era la única depen-
dencia a través de la cual se formaban los oficiales de las principales
armas de un ejército que se consideraba diferente al federal. De ahí el
propósito de darles una preparación en la que se acentuaran los prin-
cipios revolucionarios. Algunos militares consideraban que la prepa-
ración tradicional del colegio era exclusivamente técnica y que no se
adoctrinaba a los futuros oficiales en historia, sociología y otras mate-
rias que mostraran las desigualdades que llevaron a la Revolución.
En los primeros años fue evidente el desfase entre una institución que
primero había servido al ejército porfirista y después al empírico ejército
revolucionario. Un cadete comentaba la orden dada por la secretaría para

346
 Ibidem, 27 de julio de 1931.
347
 Decreto firmado el 1 de enero de 1920, la apertura fue el 5 de febrero. Revista del Ejér-
cito y de la Marina, enero-mayo de 1920, p. 14-18.
348
 Informe del director de la academia para el año escolar de 1919. Ibidem, enero-mayo
de 1920, p. 18-24.
128 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

que cada corporación mandara a tres oficiales a estudiar como cadetes,


sin perder por ello sus grados y haberes. Los comandantes de batallones
y regimientos se quedaban con los mejores oficiales y enviaban al colegio
a los más torpes y de mala conducta. Se daban casos de coroneles que no
tenían ni la primaria y que debían tomar clases avanzadas de matemáti-
cas, lo que los hacía objeto de burlas. Estos jefes y oficiales podían portar
sus insignias, pero sin ostentar su grado (hasta que se graduaban); así
podía darse el caso de un cadete con el grado de cabo que amonestase y
hasta impusiera castigos a un viejo coronel.349 Es evidente que en un ejér-
cito profesional resultaría impensable que un coronel estudiara en una
institución pensada para la formación de oficiales, pero en el ejército re-
volucionario la preparación de sus mandos medios y altos era tan defi-
ciente que en el Colegio Militar lo mismo había jóvenes civiles interesados
en hacer carrera militar que jefes y oficiales casi sin preparación alguna.
Al reabrirse el colegio en 1920 tenía seis escuelas: Infantería, Caba-
llería, Artillería, Ingenieros Militares, Estado Mayor y Administración
Militar.350 Los estudios de Estado Mayor eran (junto con el de Ingenie-
ros) los más largos ya que requerían cinco años. Pero un año después la
escuela fue suprimida por falta de alumnos. Es de suponerse que muy
pocos oficiales querrían “desperdiciar” esos años, con la seguridad de
un solo ascenso, cuando la conflictiva vida política les permitía ascensos
con cada rebelión triunfante. En el organigrama de la secretaría, el co-
legio tenía el nivel de departamento, como los que había para las dife-
rentes armas.351 Esto demostraba su importancia, pero también las limi-
taciones de la educación militar, pues era la única dependencia
educativa que tenía ese nivel en el organigrama. Al reabrirse se le dio
la misma organización que tenía en 1910, pues era la forma más fácil de
anular las reformas hechas durante el huertismo, ya que todas las dis-
posiciones de ese régimen fueron derogadas.352 Cuando en mayo de

349
 Excélsior, 17 de enero de 1921.
350
 Al iniciar 1920 la Escuela de Infantería tenía 60 alumnos, Caballería 162, Artillería
46, Ingenieros 29, Estado Mayor 10 y Administración 9, ente jefes, oficiales y civiles. Revista
del Ejército y de la Marina, enero-mayo de 1920, p. 24. Algunas de esas escuelas habían nacido
fuera del seno del colegio, como la Escuela de Aplicación de Caballería creada en 1919 por
iniciativa del coronel Javier Echeverría, jefe del departamento de esa arma (en la Secretaría
de Guerra) y su primer director; al reabrirse el colegio dicha escuela se incorporó a éste.
Adrián Montero, “Revolución armada...”, p. 218.
351
 Esto ocurrió desde su apertura en febrero de 1920 hasta junio de ese año. En ese mes, por
breve tiempo, pasó a depender directamente del Departamento de Estado Mayor de la secretaría,
lo que significaba pérdida de jerarquía en el organigrama. Es muy probable que esta medida se hu-
biese debido a la actitud de lealtad al presidente defenestrado, pero en febrero de 1921 el colegio
volvió a tener el rango de departamento. Revista del Ejército y de la Marina, febrero de 1921, p. 285.
352
 El 1 de enero de 1920 Carranza firmó el acuerdo para abrir el colegio; este acuerdo
retomaba el decreto expedido el 5 de diciembre de 1910 y anulaba, así, el decreto del 3 de
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 129

1920 Carranza huyó de la capital, el brigadier Joaquín Mucel, director


del colegio, invitó a cadetes, empleados y profesores a unirse a los con-
voyes con dirección a Veracruz. Algunos aprovecharon el caos que
generó esa medida para robar armas, animales, alimentos y otros útiles
existentes. Aun antes del triunfo de Agua Prieta, Obregón nombró al
general Marcelino Murrieta como director interino y poco después fue
ratificado. Lo primero que hizo fue llamar a los cadetes que habían
salido con Carranza para que volvieran; lo mismo hizo con empleados
y profesores para así poder reanudar labores. Sin embargo, tuvo que
emitir una convocatoria extraordinaria con el fin de que se inscribieran
nuevos alumnos y así suplir a los que no regresaron.353
A principios de 1925, el colegio dejó de ser departamento y pasó a
ser dirección. Con esta medida, las escuelas de tropa, la Academia de
Esgrima y la Academia de Gimnasia pasaron a depender del Departa-
mento de Estado Mayor. También se hicieron modificaciones al plan
de estudios; la más importante fue la creación de la Escuela de Prepa-
ración, después llamada Escuela Vocacional, en la que se haría el pri-
mer año de estudios, para lograr una mejor selección de alumnos que
después ingresarían a las escuelas de las distintas armas y servicios.354
Los cursos de caballería, infantería y artillería se hacían en dos años; un
oficial táctico de cada una de las armas requería entonces tres años para
graduarse como subteniente y ser enviado a filas. Los cursos de inten-
dencia y administración duraban tres años y los de ingenieros construc-
tores e industriales, cinco cada uno.355
Con base en la información de la propia secretaría podemos inferir
que los planes de estudio se elaboraban y reelaboraban por ensayo y
error. En septiembre de 1925, el colegio fue cerrado y se dieron vaca-
ciones indefinidas a los alumnos, con el propósito de reformarlo y
reabrirlo más tarde. El 1 de julio de 1926 ya estaba listo un nuevo plan
de estudios y los cursos iniciaron un mes después. Sin embargo, de nue-
vo hubo que reformar el reglamento que definía los planes de estudio
(1 de abril de 1927).
En cuanto a la clausura temporal, aunque se manejaron argumentos
que tenían que ver con deficiencias administrativas y condiciones insa-
lubres en el edificio que ocupaba en San Jacinto, considero que las
razones principales de su cierre fueron para mejorar la disciplina y la

julio de 1913 que cambiaba el funcionamiento y la organización de esa institución. Ibidem,


febrero de 1921, p. 283-284.
353
 El 17 de mayo había 153 alumnos; el 5 de agosto, 322. Ibidem, p. 285.
354
 Al inicio del ciclo escolar, el 6 de febrero de 1925, dicha escuela recibió a 144 alum-
nos. Memoria presentada al H. Congreso de la Unión por el secretario del ramo, general de división
Joaquín Amaro, 1924-1925, p. 24.
355
 Ibidem, 1927-1928, p. 21.
130 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

moral, aunque también por motivos ideológicos. Meses antes de su


cierre hubo varios escándalos; en uno de ellos se acusaba a alumnos de
empeñar capotes, armas y otros bienes que recibían los cadetes en
préstamo al ingresar al plantel; en otra ocasión se acusó a cadetes y
directivos de permitir que a la famosa tiple Celia Montalván le rindie-
sen honores militares que sólo correspondían a altos funcionarios gu-
bernamentales o de jerarquía castrense.356
En el plantel había muchos profesores que habían pertenecido al
ejército federal, por lo que se desconfiaba de su apego a la Revolución.
El secretario Amaro, al explicar las razones del cierre, indicaba que

si el antiguo Colegio Militar tenía muchos defectos, en lo que se refie-


re a su sistema de enseñanza, los más funestos fueron, sin duda, no
haber inculcado y desarrollado en el alumno las virtudes cívicas y
morales y haber excluido de sus programas a las ciencias económicas
y sociales. De ahí que aquellos oficiales nunca supieron comprender
en qué momento faltaban a su deber con el pueblo... Se tuvo especial
cuidado en cultivar en ellos el espíritu de la disciplina férrea, que no
admite razonamiento y, creyendo cumplir con sus deberes de solda-
dos, dejaron de cumplir con los más sagrados del ciudadano.357

Lo que fácilmente se puede colegir de estas palabras es que el ma-


yor pecado de la educación militar del Porfiriato no fue tanto por cues-
tiones tácticas o técnicas sino ideológicas. Para la retórica revoluciona-
ria —desde el triunfo de Lenin— el soldado debía tener un grado de
conciencia social muy alto, pues ya no se alistaba solamente por la paga
ni por el amor a la patria, lo hacía para defender los intereses de los
desposeídos. Pero las palabras de Amaro eran sólo palabras o, en todo
caso, buenas intenciones porque no había detrás un plan para hacer esto
realidad. A raíz de esas expresiones, en el plan de estudios se incluyó
una clase de ciencias sociales, pero poco después ésta se abandonó ya
que, según Calderón Arzamendi, quedó relegada “entre las materias
secundarias del plan de estudios, y las conferencias, de hecho, no se dan”.
A este oficial le parecía urgente hacer realidad esos ideales. Su declara-
ción destila la superioridad que sentía su generación sobre la de los vie-
jos revolucionarios, y refleja la creencia en la inutilidad de que siguieran
ocupando pupitres en el colegio:

356
 Excélsior, 16 de abril de 1925; ibidem, 31 de agosto de 1925. Al cerrarse, cesaron al di-
rector, general Manuel Mendoza, y se encargó la dirección, para que hiciese la remodela-
ción, al general e ingeniero Amado Aguirre. Como subjefe fue nombrado el general Francis-
co del Arco. Ibidem, 2 de octubre de 1925.
357
 Citado en Ricardo Calderón Arzamendi, “El Colegio Militar de México y su función
social”, Revista del Ejército y de la Marina, junio de 1927, p. 460.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 131

Resulta una verdadera paradoja el revolucionarismo de muchos viejos


soldados, que desde 1910 vienen luchando y que cuando se les habla
de cooperativismo, colectivismo, responden: “¿Y a mí qué me importa
eso? Yo no entiendo de esas ideas bolcheviques”, contestaciones que no
hacen más que poner en evidencia, primero, su ignorancia, y, segundo,
que nunca han sabido ni por qué, ni para quién pelearon... Mientras en
el ejército se desconozcan los grandes problemas sociales, mientras no
se sepa si los campesinos y los obreros tienen o no razón en sus deman-
das justas, el acercamiento entre las clases laborantes y el ejército no
será posible... Ahora bien, a los viejos ya no los podemos llevar a la
escuela, pero los jóvenes están en ella y cada año acuden a centenares;
preparemos su mentalidad a fin de hacerla francamente revolucionaria.
La oficialidad del ejército, que toda sale y seguirá saliendo del Colegio
Militar, debe ir al cuartel llevando un conocimiento profundo de los
problemas sociales, y una convicción netamente revolucionaria.358

Un oficial muy cercano a Amaro decía que se había cerrado el co-


legio porque sus profesores enaltecían al régimen porfirista y a Agus-
tín de Iturbide, y denigraban a figuras de la Independencia y de la
Revolución:

Y aunque no guste a quienes lucraban dentro del pasado caos, la me-


dida no ha podido ser más sabia. Los edificios para colegios militares
deben ser “ad hoc”, y sólo en el cerebro calenturiento y extraviado de
algunos cabe imaginar que el de una Escuela Normal para alumnos
civiles, como era el edificio de San Jacinto, puede llenar las condiciones
requeridas, aunque se le introduzcan determinadas reformas.359

De acuerdo con esa lógica, casi la totalidad de las instalaciones


militares de ese tiempo era obsoleta, pues jamás fueron diseñadas
como cuarteles, hospitales o escuelas castrenses. Al reabrirse el colegio,
en julio de 1926, siguió en el mismo lugar, hasta 1976, cuando se tras-
ladó a su actual sede, un edificio hecho ad hoc para esa institución, en
Tlalpan. Sin embargo, a decir de varios militares que estudiaron ahí,
la arquitectura y el diseño del mismo dejan mucho que desear para la
358
 Mayor de artillería Ricardo Calderón Arzamendi, “El Colegio militar de México y su
función social”, Revista del Ejército y de la Marina, junio de 1927, p. 460-462. Es interesante
comparar la finalidad que aquí le da a esa materia, con la que le daba Murrieta en 1921 al
hablar de un curso de “psicología y sociología: que proporcionarán a los alumnos los cono-
cimientos indispensables para ejercer el mando de tropa de una manera más consciente y
razonada”. Ésta tenía un fin más pragmático, como un instrumento más del oficial para ac-
tuar y relacionarse con la tropa, mientras que para Calderón la tiene para que el oficial com-
prenda mejor los problemas sociales de las mayorías. Ibidem, febrero de 1921, p. 290.
359
 Teniente coronel Francisco Lazcano, “Por qué fracasó el Colegio Militar”, El Demó-
crata, 14 de octubre de 1925.
132 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

función que debe desempeñar; en particular, de lo que les he oído, se


quejan de una majestuosidad inútil para lo que debe ser la esencia
de una escuela: la intimidad de sus aulas.
Uno de los militares más sabios de la época aquí tratada, que estu-
dió cuando el colegio estaba en Chapultepec, a raíz del cierre de 1925
comentaba —sin el tufo ideológico de Amaro— las deficiencias de
cuando él fue alumno; las cito extensamente porque reflejan no sólo los
males de esa institución durante el Porfiriato sino muestran también
cómo algunas de esas deficiencias y problemas continuaron en las ins-
talaciones de Popotla; Gustavo Salas señala que era muy buena escue-
la de ingenieros, pero pobre militarmente:

La situación desde 1888 era ésta: se estudiaba en el Colegio una carre-


ra que duraba ocho años: en el curso de ella, salvo los reglamentos de
ejercicios y la ordenanza y fortificación, no había más que matemáticas,
ciencias naturales, idiomas, etcétera. La estrategia se estudiaba muy
mal. Sólo hasta el año de 1905 se creó, a iniciativa del entonces mayor
Ruelas, la clase de historia militar sin la cual no puede entenderse la
estrategia. La táctica comenzó a estudiarse en 1899 a iniciativa del en-
tonces coronel Paz... Los oficiales de estado mayor eran los mejores
preparados militarmente por el curso especial de servicio de estados
mayores que hacían en el último año de su estancia... Los oficiales sali-
dos del Colegio no eran bien recibidos en el ejército por los jefes y
oficiales que no habían tenido la fortuna de instruirse, y cuya igno-
rancia se ofendía ante la superioridad de educación y de conocimien-
tos generales de los oficiales salidos del Colegio. En cambio, en todas
las obras de ingeniería que se hacían en el país, como ferrocarriles,
obras en los puertos, construcciones, etcétera, los ingenieros salidos
de Chapultepec eran muy apreciados, pues aunque no tuvieran exac-
tamente los estudios de la Escuela de Ingenieros, tenían los bastantes,
y además el hábito de la disciplina, lo cual los hacía muy propios para
trabajar en cualquier parte. Resultando de tal estado de cosas que los
mejores alumnos se separaran del ejército, dedicándose exclusiva-
mente a la ingeniería. Los que terminaban la carrera de estado mayor
iban a la Comisión Geográfica [Exploradora], en la que muchos,
que entraron de tenientes, salían de coroneles después de veinte
años de practicar la astronomía y la topografía, sin haber nunca
mandado una fracción de tropas. Algunos artilleros, que eran los que
hacían una carrera más completa en el Colegio, tuvieron buen campo
de acción en las comisiones receptoras de material que se enviaban a
Europa y llegaban a ser verdaderos especialistas en el difícil asunto del
conocimiento del material “de guerra”. Las circunstancias menciona-
das dieron también por resultado que la gran mayoría de los jóvenes
que ingresaban al Colegio Militar, lo hacían con la idea de terminar ahí
su carrera de ingeniero y después irse a labrar su porvenir por cuenta
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 133

propia; y como era imposible que sólo salieran ingenieros de él, se


estableció en un artículo del reglamento, artículo que subsiste en el
reglamento de 1924, que los alumnos que no sacaran muy buenas ca-
lificaciones en matemáticas (más tarde se añadió que en las materias
militares también) en los primeros años, saldrían a las filas como ofi-
ciales de infantería, caballería o artillería. En otras palabras, el verda-
dero objeto de un colegio militar, crear oficiales para el ejército, vino a
ser un castigo para la desaplicación o la mala suerte, ya que en los
exámenes tales como se han practicado hasta aquí, la suerte tiene ma-
nifiesta influencia. De ahí que los hijos del Colegio que pasaban a las
distintas armas como oficiales, llevaban la amarga impresión del fra-
caso de sus dulces ilusiones, y eso los predisponía a adquirir rápida-
mente los vicios de sus nuevos compañeros, y pronto eran malísimos
oficiales, salvo honrosas excepciones.360

Las palabras anteriores muestran cómo los egresados de la institu-


ción porfirista, cuando menos los más destacados, tenían una mejor
opción como profesores del mismo que en filas. De ahí que fuera más
fácil ser aceptados por los revolucionarios, debido a su esporádica par-
ticipación en hechos de armas contra las facciones revolucionarias. Du-
rante el gobierno de Obregón, según el testimonio de Luis Alamillo,
“todo el personal estaba constituido por elementos ex federales, llenos
de despecho y fobia en contra de las nuevas generaciones que la nación
ponía en sus manos para instruir”.361 Durante el gobierno de Calles
tanto el director como el subdirector, general Manuel Mendoza y coro-
nel Rodolfo Díaz de la Vega, respectivamente, habían sido ex federales;
ambos dejaron el cargo cuando el plantel fue cerrado.
En el giro ideológico de 1926, al querer sustituir a profesores acusa-
dos de ser “reaccionarios” o “ex porfiristas”, se eligió a Higinio Vázquez
Santana, masón prominente, quien según una denuncia anónima de
varios alumnos: “a profesores competentes se les cesa para poner en su
lugar a otros ineptos pero que son masones y como Del Arco es masón,
sólo se preocupa por meter a los masones”.362 Aquí no se menciona su
nombre, pero en otra acusación —en la que se defiende al director, ge-
neral Miguel Acosta—, se especifica que Vázquez Santana tuvo una gran
injerencia en las contrataciones de profesores a pesar de que el reglamento
360
 General Gustavo A. Salas, “El nuevo colegio militar”, Excélsior, 16 de julio de 1926.
361
 Luis Alamillo Flores, Memorias. Luchadores ignorados..., p. 188. Era 1923 cuando el
general José Domingo Ramírez Garrido dejó la dirección del plantel para unirse al movi-
miento delahuertista, según él, “aunque la dirección de las escuelas todavía estaba en ma-
nos de ex federales, varios de ellos, como la Chata Casillas, el Gran Cachito y el maestro De
la Vega, genuinamente revolucionarios no obstante su procedencia...”. Ibidem, p. 197.
362
 Petición de oficiales alumnos a Amaro, circa agosto de 1927, act-aja, serie 0301, inv.
120, exp. 2, f. 116.
134 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

prescribía concursos de oposición para ganar la plaza.363 Al parecer, fue-


ron tan burdos esos concursos que debieron repetirse y reestructurar de
nuevo al personal docente. En ocasiones la retórica de la pureza revolu-
cionaria jugaba malas pasadas a las autoridades o a aquellos que se la
creían a pie juntillas. Así le sucedió al jefe de Estado Mayor de la secre-
taría, general Gabriel Gavira, quien en un discurso en el colegio exaltaba
la obra revolucionaria en el ejército, palabras que disgustaron a Calles y
Amaro; de la reestructuración del colegio decía que

representa el término de una tremenda lucha, en la que definitivamen-


te quedaron vencidos los militares mal llamados intelectuales, del Por-
firismo, quienes mostrándose implacables enemigos de la Revolución,
solapadamente, aprovechando la oportunidad que se les dio para in-
gresar al profesorado, habían logrado adueñarse del plantel, y como
antes dije, solapadamente lo combatían y procuraban su fracaso para
desprestigiar por ese medio cuanto hacían los gobiernos revoluciona-
rios. El profesorado, esta vez, será integrado por un personal idóneo,
obtenido por selección entre elementos revolucionarios, o de otros que
en ninguna forma hayan combatido a la Revolución.364

Tales palabras asustaron y enojaron a muchos profesores, militares


y civiles que llevaban mucho tiempo trabajando en la institución, y de
cuyos servicios no se podía prescindir tan fácilmente. De ahí el enojo
del presidente y del secretario de Guerra al considerar que Gavira se
había excedido y quiso verse más papista que el Papa. En todo caso, la
depuración no fue tan profunda como esas palabras lo anunciaban.
Alamillo recuerda que en sus épocas de alumno un profesor ex federal,
Mario Santa Fe, al que respondió de una manera que éste consideró
ofensiva, le ordenó que pasara al frente y escribiera sinónimos perfec-
tos, pero antes de que pudiera hacerlo Santa Fe mismo escribió en el
pizarrón “contrabandista”, “abigeo” y “revolucionario”, al tiempo que
decía a todos sus alumnos: “Todas estas palabras son sinónimos y no
necesito que usted las defina, pero si no le parece o no lo entiende así,
vaya a quejarse en la dirección, porque con este grupo no volverá usted
a clase”. Alamillo se quejó pero el profesor siguió en su puesto, y re-
cuerda que incluso cuando él fue director del colegio, en la década de
1950, quiso cesar a Santa Fe, mas el secretario de la Defensa, Gilberto
Limón, se lo impidió.365

363
 Acosta a Amaro, 23 de agosto de 1926, ibidem, f. 78-79.
364
 G. Gavira, Alocución, 17 de marzo de 1926, ibidem, inv. 164, exp. 46, f. 167-175.
365
 Luis Alamillo Flores, Memorias. Luchadores ignorados..., p. 248. La época de este suce-
so debió ser 1925 pues dice haberse quejado con el coronel De la Vega. Es muy probable que
Limón tuviera aprecio por este profesor (era ingeniero) y que lo conociera bien cuando fue
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 135

Un aspecto distintivo del Colegio Militar es que constituía la única


escuela en donde ingresaban civiles para formarse como oficiales del
ejército, de las armas de caballería, infantería, artillería e ingenieros, así
como para los servicios de intendencia y de Estado Mayor. En el periodo
aquí estudiado, las convocatorias de ingreso variaban en detalles año con
año, pero en general se pedían los mismos requisitos. La convocatoria
correspondiente a 1934 establecía para los civiles: ser mexicano, tener 16
años cumplidos y menos de 20, ser soltero, haber terminado la instrucción
primaria, aprobar el concurso de admisión del colegio, presentar certifi-
cado de buena conducta emitido por las autoridades locales, autorización
del padre o tutor para que el interesado siguiese la carrera de las armas
y dar una fianza de $500.00 a favor de la Tesorería de la Nación, que
duraría sólo el tiempo que el alumno estuviese dentro del colegio, y se
cancelaría cuando éste se graduara; pero la perdería definitivamente si
el alumno era dado de baja por deserción, mala conducta o falta de apro-
vechamiento. Los aspirantes de procedencia militar debían ser solteros,
tener 20 años y menos de 35, contar como mínimo con un año de servicio
en cuerpos de tropa y no tener una categoría superior a sargento prime-
ro, además de poseer conocimientos de primaria superior y aprobar un
examen. Al ser admitidos, causarían baja en la corporación en que esta-
ban destinados y perderían el empleo que ostentaban pero no su anti-
güedad; los militares no necesitaban fianza.366 Para graduarse debían
aprobar cuatro años de estudio (antes de 1932 eran tres) para cualquiera
de las armas, excepto la de ingenieros la cual requería cursos especiales.
Los egresados obtenían el grado de subteniente del arma que hubiesen
estudiado y se les comisionaba a un empleo de esa arma: a un batallón
los de infantería o a un regimiento los de caballería y artillería.367 Para
1934, el colegio ya no impartía los cursos de administración, que se da-
rían en la Escuela de Intendencia Militar, ni de Estado Mayor, impartidos
en la Escuela Superior de Guerra. Tampoco se admitía, como en la déca-
da anterior, a jefes y oficiales que desearan mejorar u obtener educación
general o perfeccionar los conocimientos de su arma.
Los cambios en esta década fueron más importantes que los que se
dieron en sus dos reaperturas: 1920 y 1926. El plantel dejaba de ser la
única escuela que ofrecía la mayor parte de los conocimientos militares

director del plantel entre 1928 y 1931. Roderic Ai Camp, Generals in the Palacio. The military in
modern Mexico, Nueva York, Oxford University Press, 1992, p. 140.
366
 Revista del Ejército y de la Marina, septiembre de 1933, p. 50-59.
367
 En 1934 ingresaron 14 civiles y 20 militares de tropa. En ese año se graduaron 106 cadetes,
59 de infantería, 39 de caballería y 8 de artillería; también terminaron cursos de formación 8 oficia-
les de infantería, 12 jefes y oficiales de caballería y 3 oficiales de marina. Memoria presentada al H.
Congreso de la Unión por el secretario del ramo, general de división Andrés Figueroa, 1934-1935, p. 45.
136 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

para la formación y el perfeccionamiento de oficiales. Para un ejército


que pretendía ser moderno, mantener esa única escuela iba en contra
de aquella meta. El colegio siguió y todavía es una institución muy
respetada tanto en el medio civil como en el militar. Los intentos por
desaparecerlo, con acusaciones de ser “nido de porfiristas”, se enfren-
taban a una institución con una tradición que pesaba mucho, y los afa-
nes por cerrarlo representaban una expresión más de la pureza revolu-
cionaria de la época: destruir todo para volver a construirlo con bases
diferentes. Pero ese ideal quedaba —en muchas ocasiones— en la retó-
rica, pues en la práctica las instituciones más bien se reformaban. Ante
la disyuntiva de cerrarlo y dar el mensaje de que el nuevo ejército rom-
pía por completo con el porfirista, prevaleció la continuidad de un ejér-
cito mexicano que tuvo hechos heroicos, aunque casi siempre derrotas,
como los de 1847, pero también fue un ejército que llegó a anquilosarse
y cuya jerarquía parecía más bien un asilo de ancianos.

Escuelas de tropa

El ejército nacional, que provenía de una “revolución libertaria”, por


fuerza pretendía diferenciarse del porfirista, famoso por el reclutamien-
to forzoso de vagos, viciosos y convictos del orden común. Por ello el
nivel educativo de la soldadesca era muy bajo. Si el nuevo ejército ca-
careaba tanto su diferencia con el anterior, por fuerza debía enfatizar
la existencia de un reclutamiento libre y el hecho de que a los soldados
se les trataba y se les instruía mejor. El general Nazario Medina creía
que la principal responsabilidad de la educación del soldado recaía en
el jefe de su corporación; decía que el profesor

debe tener presente que la condición de nuestro soldado no es ya la del


paria mal asalariado y azotado, víctima del despotismo y de la avaricia
de los pudientes; que no es ya la carne de cañón ni la de presidio; la
escoria más baja de la gleba que salía de las cárceles para vestir el uni-
forme de dictadores, que se han ido para no volver nunca; no, el sol-
dado mexicano es un hombre libre, consciente de sus actos, que vive,
no vegeta; y que sólo necesita para ser un completo ciudadano, llevar
más luz a su cerebro y bañar en la ciencia las enseñanzas prácticas que
en su pobre vida ha recibido. De aquí que la labor del maestro debe
tener por base un conocimiento exacto de sus alumnos, [conocimiento
que debe darle el comandante del batallón o regimiento].368

368
 General Nazario Medina, “Instrucción de la tropa”, Revista del Ejército y de la Marina,
agosto de 1931, p. 581.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 137

Como la mayoría de la tropa aún era analfabeta comenzaron a


crearse escuelas de tropa que daban una enseñanza básica a los solda-
dos de la Revolución. En 1919, el jefe de Estado Mayor de la división
Supremos Poderes, coronel Norberto Olvera, creó diez instituciones
de ese tipo para la división acantonada en el Valle de México. El dis-
curso con que se inauguraron esas escuelas correspondió a un capitán,
que años después sería uno de los principales colaboradores de Amaro
en la Dirección de Educación Militar de la Secretaría de Guerra, Fran-
cisco Lazcano.369
En sus inicios, este tipo de escuelas se creó sin un plan establecido
y por iniciativa de un jefe en particular, como lo fue Olvera en la capital
del país o de comandantes de regimientos y batallones en distintas
regiones. En el papel, dichas escuelas eran controladas por el Colegio
Militar, pero en los hechos los jefes de las corporaciones tenían mayor
control y poder sobre ellas. La meta de acabar con el analfabetismo en
la tropa llevaba a rivalidades para ver quién tenía las escuelas más
destacadas. En 1922, el coronel Alberto Zuno Hernández obtuvo los
mejores resultados de todas las escuelas de tropa existentes. También
se mencionaba a otros jefes con mando de tropa en Tuxtla Gutiérrez y
Chilpancingo, que de sus bolsillos aportaron para bancos y pizarrones:
los generales Donato Bravo Izquierdo y Andrés Figueroa, respectiva-
mente.370 El primero de ellos comandaba el 47º regimiento que, según
su jefe, había tenido una brillante actuación en la Revolución pues se
formó desde 1910 en Coahuila por el teniente coronel Francisco Coss,
y combatió al orozquismo y al huertismo; sus integrantes eran muy
valientes y buenos soldados pero “no sabían leer un periódico ni escri-
bir su nombre, de ahí su decisión para establecer una escuela, sostenida
por la colaboración de jefes y oficiales del mismo regimiento”.371 Hacia
mediados de 1922 se decía que ya existían cien escuelas de tropa en el
país.372 El entusiasmo llevaba a la invención de cifras; el secretario de
Guerra, Francisco Serrano, declaraba en 1923 que sólo el 20% de la
tropa no sabía ni leer ni escribir.373 Por lo general, los profesores eran
contratados con apoyo o a través de la Secretaría de Educación Pública
y provenían de escuelas normales. La Secretaría de Guerra pagaba a

369
 Ibidem, enero-febrero de 1919, p. 5-10.
370
 Zuno era jefe del 24º regimiento, con cuartel en Tulancingo, Hidalgo. El Universal,
13 de enero de 1922.
371
 Donato Bravo Izquierdo, Un soldado del pueblo, Puebla, Editorial Periodística e Im-
presora de Puebla, 1964, p. 151.
372
 Excélsior, 25 de junio de 1922.
373
 Se hablaba de un total de más de 50 000 hombres de tropa. Ibidem, 12 de octubre de
1923.
138 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

estos profesores, a quienes se les daba grados de asimilados o auxiliares.


En 1925 había 200 profesores con el grado de mayores asimilados.374 En
tiempos de Amaro se creó la Dirección General de Escuelas de Tropa
que dependía del Departamento de Estado Mayor de la secretaría. Por
mucho tiempo su titular fue el teniente coronel de infantería Franco
Marín. La creación de esa dirección hizo posible que la tarea fuese me-
nos improvisada, ya que se aprobó un reglamento para el funciona-
miento, la designación de profesores y el contenido de las materias.
Estos contenidos correspondían a una primaria elemental y la finalidad
principal era que la tropa aprendiera las primeras letras. A fines de 1928
se decía que existían 135 escuelas, de las cuales 78 fueron creadas du-
rante esa administración. La meta era que cada corporación tuviera una
escuela de tropa, y con el número señalado la meta estaba cerca de
cumplirse. La secretaría informaba que sólo en las 78 de más reciente
creación, “reciben instrucción 22 653 individuos de tropa; 7 029 de ellos
están ya desanalfabetizados [sic] relativamente y no han sido aun desa-
nalfabetizados 7 139 individuos.” 375 Como muchas veces ocurría, los da-
tos que la secretaría daba a la prensa eran parciales pues cabe preguntar-
se por qué no se daban los números totales, es decir, los de los soldados
que eran educados en las 135 escuelas. En el informe del cuatrienio al
frente de Guerra, Amaro especificaba que “cerca del 75% de la tropa ha
sido sustraída del analfabetismo”.376 Lo más probable es que las propias
autoridades no tuvieran información confiable, debido a tantos movi-
mientos de alzas y bajas que había en aquellos años, principalmente a
causa de la rebelión yaqui y la guerra cristera.377 Además, los soldados
reclutados eran, en su mayoría, peones o campesinos analfabetas. In-
formación oficial reconocía lo anterior: para mediados de 1927, de las
123 escuelas que existían 58 pertenecían a batallones y regimientos mo-
vilizados para combatir a yaquis y cristeros y, por tanto, los datos de
esos establecimientos no eran confiables, por estar en campaña.378 Más
allá de lo anterior existía la tendencia a maquillar las cifras. En 1926, el
jefe del Estado Mayor de la secretaría recibió un informe sobre cómo
funcionaba la mayoría de esas instituciones; las horas de clases se redu-

374
 Memoria presentada al H. Congreso de la Unión por el secretario del ramo, general de divi-
sión Joaquín Amaro, 1924-1925, p. 27.
375
 Excélsior, 12 de noviembre de 1928.
376
 Informe, 3 de noviembre de 1928, act-aja, serie 0307, leg. 10, f. 756.
377
 De hecho así se reconocía, pues debido a esos conflictos “es muy difícil determinar
o, mejor dicho, contar con un número estable de alumnos en las escuelas de tropa... fácil-
mente puede deducirse que la estadística escolar en los planteles militares no ofrece ni po-
drá ofrecer una base fija, mientras no termine la movilización de las tropas”. H. Congreso de
la Unión por el secretario del ramo, general de división Joaquín Amaro, 1927-1928, p. 30.
378
 Ibidem, 1926-1927, p. 37.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 139

cían mucho por cuestiones normales del servicio como, por ejemplo, las
revistas de equipo, vestuario y armamento dos veces por semana; otro
problema era que rara vez la corporación estaba completa, ya que se
mandaban destacamentos a guarnecer distintos lugares, y durante ese
tiempo los soldados no recibían clase alguna; por si fuera poco, los que
podían asistir sólo lo hacían los primeros días y la asistencia disminuía
con el paso de los días y las semanas; el informante estaba seguro de
que, para mantenerse en su puesto, los directores de los establecimientos
hacían estadísticas de asistencia mucho mayores a las reales:

Y lo más grave del asunto es que, para poder justificar el aprovecha-


miento de tanta y tan ficticia asistencia, los directores tienen que asen-
tar en su desarrollo de clases datos falsos, sobre la cantidad de en-
señanza impartida, sin darse cuenta de que al llegar la época de
Reconocimientos Generales (mal llamado exámenes), los cuestionarios
respectivos tienen que acusar un espejismo y un nuevo engaño, porque
no están sus alumnos en condiciones de sustentar las pruebas confor-
me a los cuestionarios que tienen a la vista el jurado, porque sencilla-
mente no han estudiado la mayoría de aquellos. Las pruebas se verifi-
can y las calificaciones son enviadas a la Dirección General de Escuelas
de Tropa, encontrándose un porcentaje de aprovechamiento aceptable;
pero la Dirección ignora que el director de tal o cual corporación hace
sus interrogatorios en la forma que le conviene; suplica al jurado que
firme, exponiendo razones que los miembros del propio jurado cono-
cen, por las irregularidades de asistencia, movilizaciones, etcétera, y
cuando no es por amistad es por desconocer la trascendencia de esos
actos y ponen su firma que constituye una garantía para la Dirección
General de Escuelas de Tropa, la que exhibe, supongo, a la superiori-
dad los buenos resultados de dichas escuelas; ilustrando sus informes
con fotografías más o menos sugestivas y así, mi general, se demuestra
la necesidad de seguir sosteniendo las escuelas tal y como funcionan;
si es que funcionamiento puede llamarse.379

Como puede apreciarse, este testimonio sobre las escuelas es dia-


metralmente opuesto a la retórica oficial y a la de la prensa. Pero en
algo coincidían con lo expresado por Nazario Medina: los mejores su-
pervisores del buen funcionamiento de esos establecimientos debían
ser los jefes de las corporaciones.
Para fomentar el espíritu de cuerpo, es decir, el orgullo de pertenecer
a un batallón, a un regimiento, a una jefatura de guarnición o a una de

379
 Profesor Bulmaro Guzmán a Gabriel Gavira, 3 de noviembre de 1926 (esta carta fue re-
mitida a Amaro). aja, serie 0301, inv. 164, exp. 46, f. 324-326. Véase una crítica sobre los males
del influyentismo para el buen desempeño de estas escuelas, en Excélsior, 9 de junio de 1925.
140 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

operaciones militares, con frecuencia se usaba la metáfora de una familia


como símbolo de unidad y fraternidad. Pero en ese tiempo, esa metá-
fora tenía también un significado literal, pues en una corporación o una
guarnición el soldado viajaba y convivía con su esposa y sus hijos.
Algunos jefes se preocuparon por la educación de esos niños, ya que en
muchas ocasiones, por lo apartado de la región o por falta de cupo, no
podían asistir a una escuela pública. Lázaro Cárdenas fue el primero en
fundar una escuela que llamó precisamente Escuela Número 1 “Hijos
del Ejército. Lo hizo cuando era jefe de operaciones en la Huasteca y en
una población sin infraestructura, Villa Cuauhtémoc (debió haber sido
entre 1925 y 1926). Como gobernador de Michoacán —en colaboración
con el comandante militar en ese estado, quien era su amigo, el general
Rafael Sánchez Tapia— fundó el plantel número 2 en Morelia, en el cual
el estado cooperaba con el pago de profesores. En un principio la secre-
taría colaboró en ese proyecto, pero al reducirse el presupuesto dejó de
hacerlo y el establecimiento se mantenía con las colaboraciones de jefes
y oficiales de los batallones y regimientos acantonados en la entidad.380
Después, como ministro de Guerra dio impulso a estas escuelas y más
aún como presidente, las cuales constituyeron un proyecto personal
llevado a cabo con mayores recursos y propaganda. También tenían un
profundo sentido ideológico afín al socialismo de la época; Rubén Gar-
cía lo corroboraba en la inauguración de una de ellas en 1935:

Recibirán el aliento gigante de la revolución, que les enseñará a amar


la justicia y la razón; que les infundirá horror a la egolatría del indivi-
dualismo, que les instruirá sobre las ventajas decisivas y magnánimas
del colectivismo y de la fuerza humana que informa la doctrina socia-
lista sin extremos y sin groseros abusos. En este plantel aprenderán a
estimar el esfuerzo propio, como exponente del impulso colectivo, y
se acostumbrarán a querer como a hermanos al obrero y al campesino...
El soldado, el labriego y el obrero. De ahí el uniforme adoptado para
los pupilos: overol, divisa e indumento del asalariado; gorra de cuartel,
accesorio del hombre de guerra.381

Otro elemento fundamental de la familia del soldado era su esposa


o compañera, conocida genéricamente como soldadera.382 En la retóri-
ca castrense pocas veces se hablaba positivamente de ella, o las referen-
cias se limitaban a su abnegación. En raras ocasiones se aludía a tratar

380
 Cárdenas a Amaro, 29 de abril de 1930, aja, serie 0301, inv. 141, exp. 23, f. 211.
381
 Coronel Rubén García, “Inauguración de la escuela Hijos del Ejército”, Revista del
Ejército y de la Marina, septiembre de 1935, p. 30.
382
 Véase Elizabeth Salas, Soldaderas en los ejércitos mexicanos. Mitos e historia, México,
Diana, 1995.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 141

de mejorar su situación y, menos aún, se hacía referencia al papel que


podían tener las esposas de jefes y oficiales. Nazario Medina decía:

Si en el rigor de la campaña, en el horror del combate y en las horas


tediosas de la vida de guarnición, han estado con él; si han sufrido y
han llorado sus mismos dolores, ¿por qué, ahora que gozamos de los
beneficios de la paz, cuando nuestra institución marcha en línea recta
hacia el progreso y a la perfección, por qué no han de tener ellas igua-
les consideraciones y derechos?... Como consecuencia lógica del pobre
lugar que ocupan en la escala social, debemos comprender la diferen-
cia de cultura que existe entre la esposa del jefe, la del oficial y la del
soldado. Ya no dentro de los rígidos preceptos de la disciplina militar,
sino dentro del deber de revolucionario, deber moral y bien entendido,
el jefe del Cuerpo debe ver por todos los que forman la familia militar
que de él depende. La esposa del jefe, la de los oficiales, tiene también,
dada su situación, su parte en la misión educativa que en los Cuerpos
debe impartirse. A ellas corresponde inculcar en el cerebro, en el espí-
ritu de las humildes soldaderas, ideas y deseos de progreso, de pulcri-
tud y bienestar. La esposa del jefe, animada y aconsejada por éste,
haría mucho bien en la ruda inteligencia de la soldadera, si periódica-
mente tuviera con ella interesantes pláticas que podrían versar sobre
variados tópicos de higiene, buenas costumbres y, en fin, tantos más
que pueden ser su guía para una completa transformación. Estas plá-
ticas, conferencias o simples reuniones circunstanciales, harían en la
mujer del soldado lo que en él mismo hace la labor continua del pro-
fesor. En esta forma, el nivel social y moral de unos y otros, tan distan-
ciado ahora, iría gradualmente acercándose, y llegaría el momento en
que nuestra gentil soldadera, decentemente vestida, de inmaculada
limpieza, empezara a comprender la bella realidad de la vida bajo
nuevos y halagadores horizontes.383

El discurso anterior, pronunciado en un teatro, seguramente lleno


de soldados, tenía la clara finalidad de la complacencia, de ahí que en
mucho suene falso, pero no deja de ser interesante el papel que le da a
la soldadera y a las propias esposas de los jefes. De lo que sabemos, la
propuesta no se llevó a cabo.
En 1931 se descubrió un gran fraude en la Dirección de Escuelas de
Tropa. Su director, Franco Marín, vendía los títulos de maestros y, como
él era el director, quien los compraba no sólo obtenía un título sino
también la seguridad de obtener un empleo.384 El escándalo trascendió
a la prensa y puso en evidencia la necesidad de reestructurar toda la

383
 Nazario Medina, “Propósitos y tendencias de la Secretaría de Guerra acerca de la
instrucción de la tropa”, Revista del Ejército y de la Marina, agosto de 1931, p. 580-582.
384
 Excélsior, 6 de junio de 1931.
142 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

educación castrense, justo cuando se creaba la Dirección de Educación


Militar. En un principio, la creación de dicha dirección tuvo una fina-
lidad eminentemente política: una salida digna a uno de los cuatro
importantes funcionarios que renunciaron en ese año, durante la crisis
ministerial que vivió el presidente Ortiz Rubio. Pero, al darle aquella
dirección a Amaro, éste se ocupó con ahínco a su nueva tarea. En 1932
se creó la Escuela de Clases que buscaba, entre otras cosas, preparar a
los futuros maestros para la tropa. Se planteaba que en los cursos para
cabos y sargentos recibieran no sólo “una preparación metódica y ra-
cional para el mejor manejo de las tropas” sino también debía ser una
escuela normal elemental.385 De tal forma, y como había sucedido con
pagadores, intendentes, oficinistas, se buscaba sustituir a todo el per-
sonal civil por militares efectivos. La propuesta para esta escuela había
sido formulada, tiempo atrás, por un futuro e importante colaborador
de Amaro y Cárdenas, Luis Alamillo, quien en 1921 decía

que las clases [cabos, sargentos segundos y sargentos primeros] forman


el esqueleto del cuerpo, sea batallón o regimiento, y como los jefes y
oficiales no pueden estar al tanto de los más ínfimos detalles que con-
curren en la tropa, estándolo las clases, por su continuo roce con ella,
es indispensable que éstas posean capacidad, discernimiento y buena
educación moral. Si las clases conocen íntimamente los defectos, vir-
tudes y necesidades del soldado, están en aptitudes de corregir, esti-
mular y remediarlos. La Ordenanza establece que el capitán ayudante
se encargue de dar la academia a los cabos y sargentos; pero por las
razones antes expuestas, es decir, por la incapacidad de quienes ocu-
pan actualmente los puestos de oficiales, no es posible que las clases
obtengan conocimientos de quienes los desconocen, por lo que se hace
necesaria la institución de la Escuela de Clases.386

Con el tono grandilocuente de todos sus escritos, Amaro se refería


a la función de esa escuela:

Y a nadie se le puede ocultar la trascendencia de esta Escuela de Clases,


desde el punto de vista democrático. Los sargentos y los cabos que
saldrán de esta Escuela, la que equivale, sin duda alguna a una escue-
la normal elemental, serán para la tropa los verdaderos institutores y
maestros del mañana. Ellos difundirán, entre nuestros soldados, aquel
espíritu de abnegación, de disciplina y patriotismo, y también de com-

385
 J. Amaro, “La Revolución y la educación militar en México”, Revista del Ejército y de
la Marina, noviembre de 1933, p. 9-10.
386
 Subteniente Luis Alamillo, “Necesitamos escuelas de clases en nuestro ejército”, ibi-
dem, abril de 1921, p. 511.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 143

prensión y de solidaridad sociales, sin el cual no puede haber demo-


cracia ni nacionalidad. Y la Instrucción Civil en el ejército, haciendo de
cada cuartel una escuela y de cada soldado un ciudadano consciente,
es el complemento de la obra educacional militar que la Revolución se
ha impuesto.387

En esa tarea que Amaro reconocía que estaba por hacerse ya no sólo
se buscaba acabar con el analfabetismo en la tropa sino imbuirle una
conciencia social y también la de ciudadano. En su visión de la nueva
educación para el ejército, la escuela representaba el extremo de un
péndulo, mientras que el otro sería la Escuela Superior de Guerra.
Como hemos señalado al comentar diversos temas sobre el ejército
mexicano, numerosas medidas que se decían “definitivas” o bien “las
más adecuadas”, poco tiempo después se cambiaban por otras que en
muchos sentidos eran opuestas a las originales. Así sucedió con la Es-
cuela de Clases, que pasó de ser vista por el alto mando como “la escue-
la normal elemental” para la educación del soldado, a ser una institu-
ción de aplicación, en la cual aprenderían los métodos y sistemas más
modernos de su arma, comprendidas las de infantería, caballería y ar-
tillería. Con este nuevo lineamiento, la Escuela de Clases (que sólo exis-
tía en el papel) pasó a formar parte de una nueva dependencia: la Es-
cuela Militar de Aplicación, de la cual habría una para las tres armas
señaladas; como fue planeada para jefes y oficiales, la Escuela de Clases
se degradaba a un “curso de cabos y sargentos para el ejército nacional”
dentro de ese mismo plantel.388 Seis meses después se dio marcha atrás
en la fusión, se dispuso nuevamente la creación de la Escuela de Clases
y se nombró director al coronel de caballería Miguel Badillo Vizcarra,
pero el reglamento aprobado por Amaro decía que “la enseñanza que
se imparta será eminentemente práctica, descartando de los planes de
estudio, todas aquellas materias que no sean de inmediata aplicación
en el medio militar”.389 Se olvidaba así la finalidad formativa para los
cabos y sargentos, que a su vez debían educar a los soldados. De esta
forma se reconocía que debían ser los oficiales de las corporaciones del
ejército los que dieran la educación primaria a la tropa.390

387
 J. Amaro, “La revolución y la educación militar en México”, ibidem, noviembre de
1933, p. 10.
388
 “El gobierno mexicano crea la Escuela de Aplicación”, ibidem, junio de 1933, p. 3.
389
 Miguel Badillo Vizcarra, San Joaquín, Tacuba (ex convento donde comenzó a fun-
cionar la escuela), 1 de enero de 1934, act-aja, serie 0401, exp. “Reglamento interior y
funcionamiento Escuela de clases”, en proceso de catalogación.
390
 J. Amaro, “Cómo se educa al ejército”, Revista del Ejército y de la Marina, agosto de
1932, p. 13-23.
144 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

Escuela Superior de Guerra

El otro extremo del péndulo cristalizó con la fundación de la Escuela


Superior de Guerra, cuyo reglamento fue emitido el 14 de marzo de
1930, pero fue hasta 1931 que se hizo realidad. En esa época el único
oficial mexicano que cursaba estudios de estado mayor en el extranje-
ro era el mayor Luis Alamillo Flores, en la Escuela Superior de Guerra
de Francia. Fue él quien elaboró un nuevo plan general para la crea-
ción de esta escuela, después de estudiar las de Francia, Brasil, Ingla-
terra, Italia, Bélgica y más tarde la de Estados Unidos, “cuyo funcio-
namiento podría también haber inspirado la formación de la de
México, porque consideré, como más tarde pude comprobarlo, que en
varios aspectos funcionaba mejor que las europeas”.391 Alamillo fue
nombrado primer director de la escuela, incluso antes de que ésta tu-
viese plan de estudios y edificio, debido a la buena impresión que
causaron sus ideas y a las acertadas críticas al reglamento ya publica-
do, que entre otras cosas establecía que el director debía tener el grado
de coronel o general. En otras palabras, Amaro fue el primero en vio-
lar el reglamento al nombrar a un mayor como director.392 Él no fue el
único crítico de esa disposición; también el capitán R. Vega Fuentes,
attaché en Londres, señalaba que la nueva dependencia parecía una
escuela de formación porque se repetían materias que los oficiales ya
debían conocer y, por el contrario, omitían temas como economía po-
lítica, organización de la administración pública, aeronáutica, mecani-
zación en los ejércitos modernos, entre otros.393 Alamillo reconoce que
se basó en la institución francesa, aderezado con el nacionalismo revo-
lucionario como eje articulador; en 1931

se estaba consolidando el alma verdadera de la Revolución que, triun-


fante en los campos de batalla, jalonaba políticamente las bases que
reclamaba el futuro desarrollo de la vida económica y social de la na-
391
 El autor recibió el encargo de recabar información sobre ese tipo de instituciones, justo
cuando se graduaba como oficial de estado mayor en Francia; antes de regresar a México pidió y
obtuvo permiso para visitar varias escuelas militares en Estados Unidos, concretamente West
Point, Fort Leavenworth y Fort Riley. Luis Alamillo Flores, Memoria. Luchadores ignorados, p. 400.
392
 El reglamento fue firmado por el presidente Ortiz Rubio. Entre otras cosas estable-
cía que la Escuela Superior de Guerra dependería del Estado Mayor de la Secretaría de
Guerra; el artículo 11 señalaba que los profesores serían exclusivamente militares, cosa que
no ocurrió. El 15, que los cursos de Estado Mayor durarían dos años; finalmente fueron tres.
El 24: al terminar sus estudios, recibirán un diploma como oficiales de Estado Mayor y “ten-
drán derecho a la percepción de la asignación que se fije a los ‘técnicos’ y al uso de los distin-
tivos que se establezcan”. Revista del Ejército y de la Marina, abril de 1930, p. 334-336.
393
 R. de la Vega, “¿Ligereza en la organización?”, ibidem, septiembre de 1930, p. 719-720.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 145

ción, y dentro de esa actividad creadora que galvanizaba las concien-


cias y unía todos los esfuerzos, era preciso que el ejército marchara
también al mismo ritmo, iniciando racional y atinada preparación edu-
cativa en todos sus componentes.

La historia era la que debía guiar la doctrina de guerra del país, y lo


que la historia enseñaba era la doctrina del débil en contra del fuerte:

Al amparo de esa doctrina, lograremos que juventudes orientadas y


conscientes de los problemas patrios y de la responsabilidad que su
cultura militar les impone, afronten con capacidad y criterio la resolu-
ción de los problemas que el mañana nos reserve, despertando en el
ejército el entusiasmo por el estudio de la ciencia de la guerra.394

El plan general de enseñanza no sólo comprendía aspectos neta-


mente militares sino también los llamados “estudios generales de orden
técnico”, que eran: sociología; política general; economía política; de-
recho de la guerra, internacional, público, privado y constitucional;
técnica general y movilización industrial; y movilización general de los
recursos del país. Se reconocía que

en la época actual los problemas internacionales, tanto en el orden


político como en el económico, imponen la obligación a los ejércitos
modernos de conocer la estructura política del mundo civilizado y sus
principales condiciones económicas; la organización y finalidad de las
grandes instituciones internacionales; los principios modernos del
derecho de la guerra; los rasgos fundamentales de la historia de la
civilización; la ciencia y la técnica, con sus descubrimientos y progre-
sos, han aumentado la potencia de rendimiento de la industria, domi-
nando en muchos aspectos en el orden militar. Es necesario que los
oficiales de estado mayor conozcan nuestros sistemas de producción,
así como la importancia de la fabricación nacional en comparación con
la de otros países, su rendimiento y las condiciones de tiempo y de
lugar en que sería posible transformar la industria civil en producción
de carácter militar.395

Los estudios propiamente militares comprendían ocho materias:


estudios de estrategia; estudios tácticos y de estado mayor; estudios
de geografía e historia militar; estudios de fortificación; estudios de

 Luis Alamillo Flores, Memorias. Luchadores ignorados..., p. 426.


394

 Ibidem, p. 433. El plan que reproduce Alamillo es copia casi textual del plan de estu-
395

dios dado a conocer en 1934 por él mismo, excepto comentarios del estilo de “a pesar de que
han pasado muchos años, sigo pensando igual”, y las citas anteriores que reflejaban la pers-
pectiva del paso del tiempo. Véase Revista del Ejército y de la Marina, marzo de 1934, p. 1-11.
146 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

topografía; nociones de estrategia y táctica naval; informes sobre ejér-


citos extranjeros y guerra de gases y meteorología
El curso de estrategia y arte militar “tendrá por objeto establecer la
distinción bien determinada que existe entre la concepción y la ejecu-
ción estratégicas, analizando la conducción de la guerra e iniciando a
los educandos en su correcta interpretación”. Los estudios tácticos com-
prenderían siete rubros: táctica general y estado mayor; infantería y
nociones sobre carros; caballería; artillería; aeronáutica; ingenieros; ser-
vicios. El objetivo principal de la táctica era

familiarizar teórica y prácticamente a los oficiales con la gran multipli-


cidad de las circunstancias eventuales del combate, a su análisis, estu-
dio y aplicación práctica se dedicará la mayor parte de los esfuerzos
de la Escuela. El programa comprende por táctica, todo lo que se re-
laciona con la vida y conducción de tropas antes, durante y después
del combate, dedicándonos, al principio, preferentemente al estudio de
la conducción de las pequeñas unidades, para llegar de manera sub-
secuente, por medio de una graduación metódica, al estudio de las
armas en conjunto.396

De los tres años que comprendía el plan de estudios para obtener


el diploma de Estado Mayor, en el primero se estudiaría y se daría so-
lución a problemas con pequeñas unidades, es decir, de una sola arma
o de un solo servicio. En el segundo, unidades compuestas de todas las
armas y servicios; en el tercero, “después del análisis científico, preli-
minar a la aplicación de los principios tácticos, de acuerdo con nuestra
doctrina, en el estudio de las grandes unidades”.397
En el curso de estado mayor se vería “la importancia que ese servi-
cio reviste como colaborador inmediato del mando, durante la paz en
la organización y estudios apropiados, como en las fases de la lucha
cuando la guerra llegue”.
De los servicios, se verían los de intendencia y administración, co-
municaciones, sanidad y veterinario,

todo en la relación que los liga con el mando, porque aunque la táctica
de cada una de las armas, la importancia de cada servicio, la especia-
lidad de cada materia, constituyen, sin duda alguna, las bases elemen-
tales de los conocimientos que en la Escuela se impartan, no pueden
por sí solos, aisladamente, representar todo el saber que en ella se
adquiera. Es necesario, por consiguiente, coordinar el empleo de todas
las armas, la importancia de todos los servicios, las relaciones de cada

396
 Luis Alamillo Flores, Memorias. Luchadores ignorados..., p. 428.
397
 Ibidem, p. 429.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 147

materia, con objeto de hacerlos cooperar, de conjunto, dentro del co-


metido que a la escuela se impone como creadora de aptos oficiales de
estado mayor.398

En cuanto a la geografía y la historia, el plan de Alamillo las englobaba


en un sólo curso, por la relación tan inmediata que tienen. La primera
“nos indica el valor de los elementos que entran en acción durante la
guerra, aprovechando los recursos que nos presenta su estudio desde los
puntos de vista físico, económico y humano”. En cuanto a la segunda,

será estudiada en sus diversos aspectos, pasando por alto la narración


de hechos cronológicos, a fin de entrar de lleno en la crítica de los di-
ferentes casos que se estudien. El curso de historia hará notar la co-
nexión íntima que una el genio de los grandes capitanes con los resul-
tados por ellos obtenidos, agrupando las circunstancias en un
conjunto lleno de vida y colorido con objeto de explotar los saludables
ejemplares que en cada caso se trate de poner en evidencia. Auxiliar
de importancia primordial en los estudios de estrategia, por los ejem-
plos que de su estudio toma para la comprobación de sus teorías, el
curso de historia tendrá, como objetivo fundamental, despertar en
nuestro medio un principio de doctrina, y en los educandos el más
claro sentido de la realidad.399

La importancia de la historia radicaba —aquí nos apartamos de la


glosa que hemos hecho de Alamillo— en diferenciar los distintos ejér-
citos que había tenido el país a lo largo de su vida independiente con
el que se esperaba llegar a conformar en la “etapa reconstructiva de la
Revolución”; a grandes rasgos, éste era el guión: los ejércitos de Miguel
Hidalgo, Benito Juárez contra la intervención francesa y el revolucio-
nario fueron ejércitos populares que lograron la independencia, resca-
tar la soberanía del país y liberarlo de la tiranía de Díaz, gracias al
genio de sus líderes y al empeño de las masas que los conformaban.
Pero a causa de la improvisación, esos ejércitos cayeron en vicios como
el caudillismo, olvidaron su origen popular y se convirtieron en una
casta militar, soberbia, corrupta, al servicio de las oligarquías. Para
evitar caer en esos errores había que vincular a las fuerzas armadas
con las necesidades y los problemas nacionales, imbuirles un respeto
hacia las instituciones y hacia el pueblo. Todo esto sólo podía lograrse
a través de la educación.400

398
 Ibidem, p. 430.
399
 Ibidem, p. 430-431.
400
 Véase el discurso que pronunció Calles como parte del “Ciclo de información para gene-
rales del ejército nacional”, en la Escuela Superior de Guerra, El Universal, 2 de febrero de 1934.
148 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

La dirección de la Escuela Superior de Guerra —y con ella el alto


mando— concebía a los oficiales que estudiaban en ella como una
elite militar debido a los conocimientos, a las capacidades y al gran
esfuerzo intelectual que debían realizar; la adecuada preparación de
los profesores era fundamental para el éxito del proyecto. En el con-
curso de admisión de la primera generación —en el ámbito castrense
se le denomina antigüedad—, se recibieron 103 solicitudes de oficiales.
Los requisitos para hacer el examen eran, entre otros, tener más de 25
años y menos de 38; estar comprendido entre los rangos de teniente a
teniente coronel; haber servido cuando menos cinco años en el ejército,
dos de ellos en cuerpos de tropa; para oficiales de aviación o marina,
en lugar de tiempo con tropa se exigían horas de vuelo o días en el
mar; a los oficiales comisionados en el Estado Mayor Presidencial, con
el secretario de Guerra, en las comandancias de zona o a los ayudantes,
así como a los oficiales de alumnos o instructores en escuelas militares,
se les abonaría el tiempo en esas comisiones como si fuera en servicio
en cuerpos de tropa; de igual forma se dispensaba este requisito a los
oficiales de ingenieros que no hubieran podido satisfacerlo.401 Por un
decreto posterior interpretamos que el requisito de dos años en cuer-
pos de tropa obstaculizaba que buenos candidatos pudieran entrar a
la institución: en él se establecía que si no se concretaban esos dos años
antes de ingresar, se deberían cumplir una vez egresado de la Escuela
Superior de Guerra. En los considerandos se decía que ningún jefe u
oficial podía conocer al ejército si no había tenido experiencia suficien-
te en el mando: “un gran número de los oficiales egresados de las
escuelas militares no han pasado por las unidades de tropa, y están
escalando los grados de la jerarquía militar contando sólo con conoci-
mientos teóricos”; por tanto se disponía que los egresados fuesen en-
viados a esas unidades.402

 Estos requisitos eran para ingresar en 1935. Ibidem, 7 de noviembre de 1934.


401

 El decreto establecía la obligación de cumplir esos dos años de acuerdo con el tipo de
402

escuela: a los del Colegio Militar, Escuela Militar de Aplicación y Escuela de Clases, en batallo-
nes y regimientos; Escuela Naval, en unidades navales; Médico Militar, en secciones sanitarias
de unidades de tropa y navales; Escuela Superior de Guerra, en los estados mayores de tropa,
especiales y Estado Mayor del Ejército. También hacía obligatorio para los egresados del Cole-
gio Militar pasar directamente a la Escuela de Aplicación y, concluido el curso, los dos años
con la tropa, mientras que a la Escuela Superior de Guerra “sólo podrán ingresar los jefes y
oficiales que hayan cursado con éxito los estudios de la Escuela Militar de Aplicación y hecho
la estancia en los cuerpos de tropa a que se refiere el artículo 1º”, el cual prevenía que fuese al
egresar. De ahí que el espíritu del decreto es que se cumpliese con los dos años, ya fuese antes
o después de realizados los estudios. Incluso, otro artículo establecía que el diploma de Estado
Mayor no se entregaría después de aprobar los tres años de estudio sino al cumplir los dos
años con la tropa. También es evidente la importancia que se daba a la Escuela de Aplicación
cuya finalidad era principalmente práctica: dar los conocimientos útiles para el mando y para
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 149

Quizá el requisito más llamativo (no se menciona en la primera


convocatoria pero se añadió en el Reglamento General de Admisión) era
el de que “no serían admitidos aquellos elementos que en alguna oca-
sión hubieran combatido con las armas o con las ideas a las fuerzas de
la Revolución”.403 La ambigüedad es clara, pues ex villistas y ex zapa-
tistas podían quedar fácilmente dentro de esa exclusión. De cualquier
forma, los destinatarios principales de la medida eran las personas que
hubiesen defendido con la pluma o con la espada a los regímenes por-
firista y huertista. El espíritu de esta disposición era enfatizar que
aquella escuela superior era una institución netamente revolucionaria,
en una época donde los certificados de pureza revolucionaria tenían
gran importancia.
La Escuela Superior de Guerra se inauguró dentro de las instalacio-
nes del Colegio Militar, en Popotla (San Jacinto), el 5 de abril de 1932.
Fue hasta el año siguiente que se abrió el edificio destinado a ser sede
de la escuela superior, el ex convento de San Jerónimo, al sur de la ca-
pital del país donde funciona hasta la fecha.404 De la primera antigüe-
dad (1932-1935) se graduaron catorce oficiales, y a partir de entonces el
promedio de graduados hasta 1973 (cuarenta generaciones) fue de vein-
te oficiales.405 En la segunda antigüedad ingresaron 31 oficiales alumnos
y se diplomaron 27.406 Al transcurrir los años, la importancia de obtener
un diploma de Estado Mayor aumentó pues se convirtió en el mejor
salvoconducto para los ascensos, como ha sugerido, entre otros, Rode-
ric Ai Camp. Alamillo fue el primer oficial —después de graduarse en
la Escuela Superior de Guerra en París— en obtener el grado con el
apelativo de Estado Mayor. En las fuerzas armadas, a raíz de la funda-
ción de la Escuela Superior de Guerra, se creó el servicio de Estado
Mayor. Todos los oficiales que se gradúan, además de ser originalmen-
te oficiales de cualquiera de las armas, los servicios o de la marina,
obtenían el título de Diplomado de Estado Mayor: Alamillo inició su
carrera en el arma de caballería; como mayor de esa arma se graduó en

el cumplimiento de las distintas misiones y tareas. L. Cárdenas, decreto del 14 de diciembre de


1936, Revista del Ejército y de la Marina, abril de 1937, p. 348-350.
403
 Este reglamento se aplicó a partir de la segunda antigüedad. Luis Alamillo Flores,
Memorias. Luchadores ignorados..., p. 444.
404
 El Nacional, 18 de julio de 1933.
405
 Para una lista de los oficiales graduados que llegaron a tener cargos importantes en
el instituto armado, véase Roderic Ai Camp, Generals in the Palacio..., p. 245-248.
406
 Véanse los nombres, grados y procedencia de esos 31 oficiales en Revista del Ejército
y de la Marina, diciembre de 1932, p. 121-123. Los nombres, grados y arma de los 27 que ob-
tuvieron diploma, en ibidem, septiembre de 1936, p. 772-775. En esta lista hubo dos hermanos,
el capitán segundo ingeniero constructor Aurelio Pámanes Escobedo y del mismo grado, de
infantería, Fernando Pámanes Escobedo.
150 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

Francia. A su regreso a México, ya como director de la aún nonata Es-


cuela Superior de Guerra, era Mayor Diplomado de Estado Mayor.
Incluso, para darle más prestigio como director fundador, Calles, en
ese tiempo secretario de Guerra, sugirió ascenderlo a general pero ni
Amaro ni el presidente Ortiz Rubio estuvieron de acuerdo, así que sólo
pasó al grado inmediato superior que era el de teniente coronel.
En la década de 1940, al interior del ejército se dio una disputa
entre militares, unos, cuyas credenciales más relevantes eran las de
haber obtenido un diploma en la Escuela Superior de Guerra, por lo
cual se les llamó diplomados, y otros, cuyos ascensos habían sido con-
seguidos en campaña y que por lo general tenían poca educación. Fue
una disputa por los ascensos y por los puestos de mayor relevancia en
el instituto armado que reflejaba las transformaciones dentro el mismo:
de un periodo plagado de conflictos a uno de relativa paz; también se
trataba de un cambio generacional, donde los oficiales jóvenes busca-
ban superar a los más veteranos que habían obtenido sus ascensos al
mando de cuerpos de tropa.
La Escuela Superior de Guerra era la única que ofrecía estudios su-
periores a los militares. Como sucede en el ámbito civil, en el que pesan
más las amistades universitarias que las de bachillerato, en el castrense
también ocurrió lo mismo: tenían más peso los lazos con compañeros de
la escuela superior que los establecidos antes en el Colegio Militar: en el
equipo más cercano al general Hermenegildo Cuenca Díaz, secretario de
la Defensa entre 1970 y 1976, sólo uno provenía de su generación del
colegio mientras que cuatro lo eran de la Escuela Superior de Guerra.407
Con seguridad el lector habrá notado el abuso que hice de citas del
primer director de la escuela superior, pero debido a la claridad expo-
sitiva que ofrece me pareció la mejor forma de dar a conocer el plan que
los primeros oficiales de Estado Mayor siguieron, que buscaba combi-
nar el conocimiento de las formas más modernas del arte militar con
las peculiaridades geográficas, políticas e históricas de nuestro país. No
olvidemos que en esos años se insistía en crear una doctrina de guerra
mexicana, que por la forma en que se definía nuestro país más bien era
de defensa nacional. En ese plan se contemplaba la creación de grandes
unidades en el ejército, pues en la política internacional retumbaban ya
fuertes y claros los tambores de guerra. Los oficiales de estado mayor,
al conocer el manejo conjunto de fuerzas de infantería, caballería, arti-
llería y aviación, normales en cualquier brigada, división o cuerpo de
ejército, debían ser los más capacitados para organizarlas y movilizar-
las, pues conocían la geografía, los recursos naturales y las formas de

407
 Este ejercicio lo hace Roderic Ai Camp en Generals in the Palacio..., p. 162.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 151

aprovisionamiento del país. El tan anhelado Estado Mayor General del


ejército requería este tipo de oficiales.

Dirección General de Educación Militar

La crisis ministerial de octubre de 1931, debido a la cual salieron del


gabinete de Ortiz Rubio los generales Cedillo, Cárdenas, Almazán y
Amaro, fue la razón principal por la cual se creó esta dirección dentro
del organigrama de la Secretaría de Guerra y Marina. Cuando Ama-
ro dejó de ser titular de ese ministerio, para darle una salida digna se
inventó la Dirección General de Educación Militar en diciembre de
aquel año. Esta dirección centralizaba la labor educativa a fin de “evitar
la pluralidad en el mando directivo educacional, que da origen a la
anarquía didáctica, pues en la práctica de la enseñanza se siguen derro-
teros, muchos de los cuales no guardan la solidaridad necesaria con
nuestro programa de acción”. Todas las escuelas militares pasaron a
depender de la Dirección General de Educación Militar que sólo tenía
como jefe superior al secretario de Guerra.
Amaro se entregó a su nueva tarea; comenzó con un plan general
dado a conocer en marzo de 1932, en el cual se clasificaban las escuelas
existentes y las que se pretendían crear, tomando en cuenta, como criterio
principal, la finalidad de las mismas. Esta clasificación era la siguiente:

1. Escuelas de preparación: su finalidad era preparar a los alumnos


de las escuelas de formación. No tenían por fuerza que estar den-
tro del ámbito militar. En este rubro estaba la Escuela de Clases.
2. Escuelas de formación: eran las encargadas de instruir a oficiales
para el ejército, cualquiera que fuese el arma o servicio; recibirían
alumnos de procedencia civil o militar. En esta categoría estaban
el Colegio Militar, la Escuela Naval Militar, la Escuela Militar de
Aeronáutica, la Escuela Médico Militar, la Escuela Médico Vete-
rinaria y la Escuela de Intendencia Militar (aún no creada).
3. Escuelas de aplicación: recibirían oficiales de todas las armas
y servicios, y tenían como objeto perfeccionar el conocimien-
to de un arma o servicio. Eran escuelas de aplicación, las mis-
mas que las indicadas en el rubro anterior, excepto el Colegio
Militar, que seguiría siendo únicamente de formación, mientras
que las otras también serían de aplicación, pues por ser de ma-
terias especializadas debían ser las encargadas de perfeccionar
los conocimientos de los oficiales de sus armas y servicios. Así,
estas escuelas debían impartir dos tipos de cursos: los primeros
152 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

para formar oficiales y los de aplicación para perfeccionar sus


conocimientos. De ahí que en los primeros entrarían oficiales de
diferentes armas o servicios que quisieran, por ejemplo, recibir
el diploma de piloto aviador o ser pasantes de medicina (los
cursos de formación en la Médico Militar duraban cinco años).
En los segundos ingresarían oficiales ya en servicio, siguiendo
con el mismo ejemplo, pilotos o médicos militares que quisieran
perfeccionar sus habilidades. Una de las dependencias que sólo
era de aplicación y no de formación era la Escuela Militar de
Aplicación, para las armas de caballería, infantería y artillería.
4. Escuelas de especialización: encargadas de dar a los oficiales los
conocimientos necesarios en aquellas ramas o especialidades
técnicas indispensables para la vida de un ejército. En este rubro
estaba la Escuela de Enlaces y Transmisiones.
5. Escuela de Estudios Superiores: “Son los centros de altos estudios
militares que constituyen el coronamiento del saber militar en
cualquiera de sus ramas”. En esta categoría entraba la Escuela
Superior de Guerra.408

Así como la centralización educativa se hizo con una clara motivación


política, la descentralización también. La cercanía de Amaro con Calles,
en la disputa entre éste y el presidente Cárdenas, provocó que Amaro
fuese destituido como director de la Dirección General de Educación Mi-
litar en 1935. El coto de poder de éste fue minuciosamente desarmado. En
1936, la Escuela de Transmisiones Militares pasó a depender del Depar-
tamento de Ingenieros. Lo mismo sucedió con la Escuela Médico Militar,
que pasó a formar parte del Departamento de Sanidad Militar. En 1935,
la Escuela de Aviación pasó al departamento de esa arma. Para 1936, la
dirección general sólo tenía el control del Colegio Militar, la Escuela
Militar de Clases, la Escuela Militar de Aplicación y la Escuela Superior
de Guerra. Cuando Amaro dejó de ser un factor de poder político de
primer orden dentro y fuera del ejército, el régimen cardenista retomó
la centralización de la educación castrense: mediante decreto del 25 de
octubre de 1938 pasaron a formar parte de la Dirección General de Edu-
cación Militar la Escuela Naval Militar, la de Aviación Militar, la Médico
Militar, la Militar de Intendencia, la Militar de Transmisiones y las de
“Hijos del Ejército”, que tanta importancia tuvieron en aquel sexenio.409
En las escuelas dependientes de esta dirección, en un afán por asi-
milarse a los calendarios de la Secretará de Educación Pública y de otras

408
 J. Amaro, “Cómo se educa al ejército”, Revista del Ejército y de la Marina, agosto de
1932, p. 13-23.
409
 Adrián Montero, “Revolución armada...”, p. 239-242.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 153

dependencias educativas, en 1939 se modificó el año escolar que iba de


enero a noviembre, con vacaciones en diciembre, y se adoptó el que
comenzaba en julio, terminaba en mayo del siguiente año y dejaba junio
como mes de vacaciones.
En cuanto a las profesiones que se impartían en las instituciones
militares, en 1936 se acordó emitir títulos que firmaría el presidente de
la república para darles mayor peso ya que, al no existir reglamentación
para el ejercicio legal de las profesiones, en ocasiones no se reconocía a
los profesionistas militares. Las carreras en las que se otorgarían títulos
serían: médicos cirujanos, médicos veterinarios, ingenieros constructo-
res, ingenieros geógrafos e ingenieros industriales.410
En este breve recuento de las principales dependencias educativas
podemos apreciar que no hubo una gran diferencia de criterios entre las
propuestas de Amaro-Calles y las de Cárdenas, pues éste finalmente re-
tomó la centralización de las mismas. Cuando Cárdenas, todavía como
presidente electo, le preguntó al teniente coronel Ignacio Beteta, jefe al
servicio de Amaro pero que tenía una buena relación con el michoacano
(como presidente lo nombró subjefe de ayudantes de la presidencia, car-
go que equivalía a subjefe del Estado Mayor Presidencial), ¿qué podía hacer
la Dirección General de Educación Militar para resolver el problema del
exceso de jefes y oficiales?, la respuesta de Beteta muestra que las ideas
de Amaro no diferían mucho de lo que intentaría Cárdenas después:

una justa y cuidadosa selección de todos los miembros del ejército. Al


pasar por las aulas estos elementos, las escuelas pueden informar quié-
nes no deben continuar en el ejército, por su incapacidad física o men-
tal; por falta absoluta de preparación cultural; por exceso de edad; por
viciosos; por no tener el menor deseo de mejorar sus conocimientos,
porque consideran que el sueldo que ganan y el grado que ostentan es
el premio que se les ha dado por sus méritos y servicios anteriores. Los
elementos comprendidos en los casos señalados no deben continuar
dentro del ejército puesto que éste no es una institución de beneficen-
cia... El Colegio Militar primero y después la Escuela de Aplicación
serán el cedazo que aparte con justeza a los buenos de los malos ele-
mentos del ejército. Por esta última deben pasar, sin excepción, todos
los jefes y oficiales, siempre que hayan presentado en cualquiera de las
formas indicadas los estudios del Colegio Militar.411

410
 Decreto de 29 de octubre de 1936, Revista del Ejército y de la Marina, marzo de 1937,
p. 257-258.
411
 En este documento quien más interviene es Beteta; las preguntas o comentarios de
Cárdenas son parcos o, bien, se refieren a otros temas. Memorándum de conversación, Igna-
cio Beteta y Lázaro Cárdenas, 11 de agosto de 1934. act-aja, serie 0401, en proceso de cata-
logación, 13 f.
154 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

En estas palabras podemos apreciar cómo se conformaron nuevas


reglas para los ascensos y las promociones. Ya no se concederían por
hechos de armas —que fomentaron ascensos vertiginosos—, pues el país
entraba en un periodo de paz, sino por el tiempo en servicio y el es-
fuerzo que suponía tomar y aprobar distintos cursos que la autoridad
valoraría en el momento de juzgar los ascensos de jefes y oficiales.

Presupuesto del ramo de Guerra

El presupuesto tan alto del ramo militar fue una de las preocupaciones
más acuciantes de los gobiernos posrevolucionarios, cuando menos de
su retórica. Durante las décadas de 1920 y 1930 se insistía en que la Re-
volución pasaba por la etapa de la reconstrucción, en la cual se mejora-
ría la situación de las masas. Pero esto era imposible de lograr si del
total del gasto del gobierno se destinaba un 70% —inclusive un 40% era
aún muy alto— a las fuerzas armadas. De ahí las políticas adoptadas
—con mayor o menor éxito— para disminuir sus efectivos. Buena parte
de la prensa veía al ejército como un peso muerto que impedía el creci-
miento económico del país. En 1921 se decía que “el presupuesto de gue-
rra ha sido hace años una vorágine, un abismo que ha tragado lo mejor
de la sangre del contribuyente”; a causa de éste se habían elevado en un
80% las rentas para los inquilinos; el gobierno se veía urgido a incremen-
tar impuestos para pagar los gastos castrenses, lo cual influía en el au-
mento de precios y arrebataba “de las mesas el pan para darlo de mu-
nición al soldado. Es él, en muy buena parte, el que ha encarecido las
mercancías y la vida toda en desmesuradas proporciones”.412
Para mostrar lo oneroso de este gasto eran frecuentes las compara-
ciones con otros países:

El ejército mexicano es más caro que el francés, el inglés, el ruso, el


austriaco y el italiano de los tiempos anteriores a la Gran Guerra. es
más caro que el mismo ejército alemán, que se toma como el
ejemplo del que reclama mayores gastos. Cada soldado alemán costa-
ba antes de 1914, en que era fijo el valor de la moneda y el número de
tropas no había disminuido por los tratados que maniataron al imperio
vencido, 458 pesos, es decir cinco veces menos que un soldado mexi-
cano [que costaba 2 204 pesos]. Antes de la Guerra, Alemania tenía
69 925 993 habitantes y el ejército 754 681 efectivos. El presupuesto de
guerra del imperio era de $346 371 630.00, que pesaba sobre un ingreso
total de $1 848 016 600.00. Era el 20% del presupuesto total; en México

412
 “No hay que cejar ni un punto”, Excélsior, 15 de enero de 1921.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 155

es del 74% en tiempos ordinarios, sin contar los decretos que para
aumentar gastos se expiden continuamente, ni mucho menos las gue-
rras civiles y cuartelazos, como el último que significó un alza del 20%
en el presupuesto total y un 40% del de guerra. Cada alemán contribuía
para el sostenimiento del ejército con $5.49 [pesos], cada mexicano
debe sacar de su raquítico bolsillo $18.00 con ese objeto. Antes de la
Revolución era $2.00 lo que importaba per capita.413

En 1929 se comentaban los datos de un diario londinense, el cual


afirmaba que el presupuesto de Guerra en México era bajo comparado
con otros países, pero era muy alto en relación con las rentas del país.
Inglaterra gastaba el 3% de sus ingresos en gastos militares, Italia el
4.3%, Alemania 1.3%, Estados Unidos 1.1%, México, 36.1%. Se comen-
taba que con esas cifras era imposible lograr prosperidad y riqueza.414
Durante la etapa armada de la Revolución reinaba el caos en el ma-
nejo de los recursos, que eran operados discrecionalmente por los jefes
militares. Mientras que en 1915 el haber reglamentario de un soldado
era de $0.50 diarios, el general Alfredo Ricaut, quien controlaba la adua-
na de Ciudad Juárez, les pagaba $2.00.415 Sobre tal situación, uno de los
ministros de Hacienda de ese tiempo, Luis Cabrera, señalaba:

La Secretaría de Hacienda de la Primera Jefatura no ha manejado arriba


del 30% de todos los fondos que se han invertido en la Revolución...
Tratándose especialmente de los fondos salidos de las oficinas de Ha-
cienda, puede decirse que hasta mediados de 1915 casi todas las oficinas
recaudadoras estaban manejadas por los jefes militares encargados de
la campaña en la región donde ésta se libraba. Las aduanas, las admi-
nistraciones del timbre, las jefaturas de hacienda, eran oficinas depen-
dientes de los cuarteles generales, y éstos los árbitros absolutos, tanto
en la recaudación, como en el empleo de los fondos. Respecto de los
fondos salidos directamente de la Tesorería, el 80% ha sido empleado
en atenciones de guerra, y en todos los casos en que era indispensable
hacer entregas de dinero, la Secretaría de Hacienda se reducía a firmar
las órdenes acordadas por la Primera jefatura. Todo el mundo sabe que
en los tiempos difíciles los fondos se entregaban a las pagadurías de
cada uno de los cuerpos de ejército, divisiones o brigadas, conforme la

413
 El editorialista toma la cifra de 60 000 efectivos para hacer sus cálculos, que es la ofi-
cial que se daba en ese momento; para la comparación con otros ejércitos aclara que se basa
en el presupuesto proyectado para 1924, sin tomar en cuenta las modificaciones al alza que
tuvo el ramo de Guerra por la rebelión delahuertista. “La ‘desgeneralización’ de México”,
ibidem, 12 de agosto de 1924.
414
 Se comentaba un estudio hecho por The Economist. Excélsior, 26 de octubre de 1929.
415
 Douglas W. Richmond, La lucha nacionalista de Venustiano Carranza 1893-1920, México,
Fondo de Cultura Económica, 1986, p. 218.
156 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

necesidad lo exigía, casi siempre sin presupuesto previo, sino midiendo


las necesidades por la relativa importancia de la campaña que se estaba
llevando a cabo. Se entregaban los fondos, por millones cerrados, al
general Obregón, al general González, al general Alvarado...416

Aunque es evidente que en esa época no había ni podía haber un


presupuesto con las características técnicas y de autoridad de un gobier-
no constituido, lo que las palabras de Cabrera muestran es que durante
la Revolución se construyó una praxis que siguió años después, y en la
cual los jefes militares controlaban o influían en la recaudación: sin el
apoyo de ellos, los funcionarios federales poco podían hacer. Además,
dentro del propio gobierno del presidente Carranza y de quienes lo
sucedieron había una gran cantidad de militares en la cúpula guberna-
mental, los cuales influían sobre las cantidades destinadas a las diversas
partidas presupuestales del ramo de Guerra, haciendo más difícil su
disminución. Existen varias razones que explican lo abultado de los
presupuestos militares de los gobiernos posrevolucionarios, pero entre
otras están las siguientes: la situación inestable del país, asolado por
bandoleros, movimientos rebeldes regionales o locales; la falta de insti-
tuciones sólidas que fortalecieran al gobierno, por lo cual éste tenía que
apoyarse en la fuerza del ejército; la costumbre de levantarse en armas
por cuestiones políticas; la corrupción de los gobiernos que solapaban
o incluso fomentaban prácticas corruptas; muy ligado a ésta, la enorme
presencia de militares en puestos públicos.
A diferencia de otros temas tratados en esta investigación, el del
presupuesto ha sido abordado con rigor por varios autores. Aquí sólo
citaré el estudio de James Wilkie, el más completo para lo que aquí inte-
resa. El autor pretende demostrar cómo los gastos federales influyeron
en el cambio económico y social del país. La novedad de su trabajo es
que no sólo analiza los presupuestos programados sino también los real-
mente ejercidos. De esta forma puede compararse la ideología y las me-
tas retóricas de cada presidente —desde Carranza hasta López Mateos—
con los resultados conseguidos por cada administración. La distinción es
muy importante porque con base en las prioridades que cada presidente
establecía, se elaboraban los presupuestos (en ese largo periodo, según
el autor, el poder legislativo le hacía cambios ínfimos), pero había una
gran diferencia entre lo proyectado y lo que en realidad se gastaba:

Teóricamente —sostiene Wilkie— un presidente puede dar determi-


nada dirección a su política de desembolsos, pero el contexto de la
política doméstica y extranjera le impide actuar independientemente.

416
 Luis Cabrera, Obras completas, v. 3, p. 416-417.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 157

Por otra parte, como a los presupuestos se les da libre circulación y a


las cuentas de egresos no, el presupuesto podría usarse como medio
de propaganda, dejando al presidente en libertad para dedicarse a
cualquiera de los programas que él desee. Sin embargo, en la mayoría
de los casos, ni los funcionarios ni el público se dan cuenta, en términos
cuantitativos, de la política del Ejecutivo y de sus resultados. No obs-
tante los políticos y la ciudadanía en general sí se dan cuenta de la
merma o aumento de los créditos agrícolas, de las inversiones en obras
públicas, del mayor hincapié presupuestario para algunas dependen-
cias gubernamentales que para otras, y del tono general que se da a los
desembolsos y que caracteriza a cada uno de los presidentes. Este es-
tilo se siente por toda la república. El análisis del gasto federal bruto
anual nos da una medida pragmática del estilo de cada presidente, y
este análisis se resume por las porciones que se han gastado en las
actividades social, económica y administrativa.417

Los gastos administrativos de los gobiernos por lo general repre-


sentaban más del 50% del total del presupuesto, desde Benito Juárez
hasta Lázaro Cárdenas, pues a partir de esa administración (1938) fue-
ron menores a la mitad del presupuesto. Esto obedecía a una tendencia
que surgió en la década de 1930 y que modificó el enfoque que muchos
gobiernos daban al gasto público. Antes de la gran depresión de 1929
predominaba la idea liberal de gobiernos limitados que intervenían
poco en la economía. Pero con la crisis cobró impulso la idea de un
estado interventor que fomentara la actividad económica y el gasto
social en salud, educación, etcétera. De ahí que los gastos administra-
tivos comenzaran a disminuir para, así, tener más recursos que serían
destinados al desarrollo económico y el bienestar social.
Los principales ramos de los gastos administrativos son, en la cla-
sificación que da Wilkie: fuerzas armadas, deuda pública, ramo judi-
cial, ramo legislativo y ramo ejecutivo. La disminución progresiva
permitió, entre otras cosas, atender las necesidades sociales de la po-
blación. Independientemente de que el lector consulte aquí (véanse los
apéndices) dos de los cuadros que presenta Wilkie sobre el ramo mi-
litar (uno con los años y porcentaje del presupuesto, tanto programado
como efectivo, y otro con las cifras de éstos), aquí sólo señalaré los
cambios más significativos en el periodo aquí tratado. Destaca el pri-
mer año de Carranza como presidente, 1917, con un 69.6% del presu-
puesto total ejercido para el ramo militar. En 1919 disminuyó al 47.4%,
para incrementase en el primer año de Obregón (1921) a 53%, que dos
años después bajó al 33.6% y aumentó al 42.6% en 1924. Con Calles,

417
 James W. Wilkie, La Revolución mexicana (1910-1976)..., p. 24-25.
158 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

fue de alrededor del 30% y subió hasta el 37.3% en 1929 con Portes Gil.
A partir de 1930 (30.9%), la disminución del presupuesto ejercido para
las fuerzas armadas fue progresiva, ya sin subidas abruptas, para lle-
gar a un 20.9% en 1935. Esa tendencia continuaría, excepto en 1940 y
1941 (19.7% y 19.1%), hasta llegar a un 6.5% en 1963, durante la admi-
nistración de Adolfo López Mateos. Con Gustavo Díaz Ordaz, el pro-
medio de todo el sexenio fue de 2.63%418
Es importante señalar que Wilkie tomó en cuenta no sólo el presu-
puesto asignado a la Secretaría de Guerra y Marina sino también a
Establecimientos Fabriles, que hasta 1935 fue un departamento autó-
nomo destinado a fabricar armamento, municiones y uniformes para
los militares. En el año indicado, esa dependencia desapareció y las
tareas que realizaba se les asignaron a la Secretaría de Guerra y Marina,
en un departamento que se llamó Materiales de Guerra. De tal forma,
la totalidad del ramo militar quedó en esa secretaría, hasta 1940, cuan-
do se creó la Secretaría de Marina. A partir de entonces, para conocer
el total del presupuesto destinado al ramo militar se deben sumar los
presupuestos de la Secretaría de la Defensa Nacional y los de Marina.
El presidente de la República, como jefe del ejecutivo y por tanto con
la facultad de elaborar los proyectos de presupuesto de cada año, que
debían ser aprobados por una dócil Cámara de Diputados, y como co-
mandante supremo de las fuerzas armadas que le otorga la Constitu-
ción, tenía en sus manos un arma política de gran fuerza que ningún
presidente desaprovechó. De ahí que en el análisis de los presupuestos,
durante la mayoría de los años aquí tratados, vemos cómo el proyecta-
do siempre era superior al ejercido. En otras palabras, en la negociación
de los presidentes con los jefes militares, los primeros prometían desti-
nar mayores recursos de los que finalmente les daba, con lo cual lograba
calmar las ingentes peticiones de recursos que les llegaban a los presi-
dentes o a sus ministros de Guerra. Por lo ya dicho, me parece más re-
levante mencionar los años en donde esa tendencia se invirtió: cuando
la asignación ejercida fue mayor que la proyectada. Esto sucedió en
1922, cuando se proyectó para el ramo de Guerra un 40.8% del total del
presupuesto y se ejerció un 46.4%. La explicación puede estar en que en
ese año los recursos militares no fueron discutidos en la Cámara de
Diputados, debido a la pugna de Obregón con los diputados del Partido
Liberal Constitucionalista, quienes procuraron obstruir las propuestas
del ejecutivo; estos diputados llegaron a presentar a fines de 1921 un
proyecto para transformar el sistema presidencialista por uno parlamen-

418
 Guillermo Boils, Los militares y la política en México (1915-1974), México, El Caballito,
[s. a.], p. 103.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 159

tario, similar al existente en varios países europeos.419 De ahí que en


1922, al no haber presupuesto, se utilizó el del año anterior, con dismi-
nuciones y aumentos basados en decretos presidenciales. En 1924, la
razón de un mayor presupuesto ejercido fue la necesidad de combatir
la rebelión delahuertista. Como dijo Obregón: “no hay en el presupues-
to partida especial para sediciones”.420 En 1927 Calles lidió con un pro-
blema similar: fue uno de los años más cruentos de la guerra cristera,
además de enfrentar la rebelión yaqui de 1926-1927.421 En 1929, la cos-
tosa rebelión escobarista forzó a Portes Gil a destinar más recursos que
los proyectados. En 1931 la razón fue distinta: la crisis económica obligó
al gobierno de Ortiz Rubio a evitar un déficit presupuestal y, como la
crisis afectaba los ingresos, tenía que apretarse el cinturón para los gas-
tos. De ahí que en todas las ramas de la administración pública se redu-
jeran los presupuestos. En el caso del ramo militar, a pesar de todos los
esfuerzos, incluido un descuento en los haberes para el personal militar,
no se logró cumplir con la meta trazada y, por ello, lo ejercido resultó
mayor que lo proyectado. La urgencia por cumplir esa política puede
verse en la asignación para 1932, en la que llegaron a coincidir las cifras
proyectadas y las ejercidas. Desde aquella fecha y hasta 1963, la tenden-
cia de un mayor presupuesto proyectado con respecto al ejercido sería
la norma de la política para el ramo castrense. Sin embargo, la tendencia
hacia un presupuesto militar menor —en los dos aspectos señalados—
será una constante, con excepción del periodo entre 1940-1943, debido
a la coyuntura de la sucesión presidencial y de la Guerra Mundial.
El presupuesto como un arma de negociación del presidente lo
podemos ver con un ejemplo supuesto: un ministro de Guerra o un
presidente podía decirle a un general que pedía un ascenso o a un militar
que quería reingresar al ejército, que el presupuesto de un año en par-
ticular sólo permitía el pago para un número fijo de generales, pero se
le podía apaciguar prometiéndole manga ancha con las partidas para
forrajes, gastos extraordinarios (que tenían los jefes de operaciones) u
otras de las cuales pudiesen aprovecharse. El presupuesto era también
un instrumento para disminuir el ejército de un año a otro; el secretario

419
 Georgette José Valenzuela, El relevo del caudillo. De cómo y por qué Calles fue candidato
presidencial, México, El Caballito, 1982, p. 56-57.
420
 El Universal, 22 de mayo de 1924.
421
 En esos años, según datos oficiales, se logró la formación de diversas corporaciones
sin afectar el presupuesto de Guerra, mediante ahorros que se hicieron en ese mismo ramo:
los regimientos de caballería 82º al 90º, con gastos de haberes por $421 594.00 y los batallo-
nes 53º al 61º, por $506 845.00: se pagaban por ahorros por $2 725 941.00 logrados en los pri-
meros seis meses de 1927, Memoria presentada al H. Congreso de la Unión por el secretario del
ramo, general de división Joaquín Amaro, 1926-1927, p. 117.
160 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

de Guerra, Enrique Estrada, señalaba que no era tan difícil lograr una
disminución, pues

al formular el presupuesto del ejercicio fiscal en vigor, en el que, en vez


de pedirse emolumentos para los 100 000 hombres entonces existentes,
se previó sólo la conservación y pago de 83 000, cantidad que podía
bastar imponiéndose el deber ineludible de disminuir en tiempo pe-
rentorio el exceso de 17 000 hombres. El presupuesto de 1921 fue for-
mulado, por lo tanto, dentro de una promesa de economía prevista y
calculada, que se ha convertido en realidad.422

Sin embargo, era relativamente fácil hacer lo anterior con la tropa


pero más complicado resultaba con oficiales, jefes y generales, ya que
no bastaba con imponer un número determinado de plazas para cada
grado en los presupuestos anuales, debido a la presión de los altos
mandos que no aceptaban que a ellos o a sus subordinados se les diera
de baja por razones presupuestales. Además, los afectados sabían que
las partidas eran sujetas a enmiendas a través de decretos presidencia-
les que modificaban asignaciones en cada ramo. La disminución a tra-
vés del presupuesto era más fácil con jefes que tenían un peso político
menor en las fuerzas armadas. El paradigma de esa debilidad era la
marina: en 1929 el personal de la armada (los grados que corresponde-
rían a generales, jefes y oficiales del ejército) era menor al que estaba
previsto, porque existían 317 plazas contempladas en el presupuesto y
sólo estaban ocupadas 270.423
La dependencia encargada de elaborar los presupuestos del ramo
militar, mismos que revisaba el secretario de Guerra y el presidente
para después ser enviados a la Cámara de Diputados, era el Departa-
mento de Cuenta y Administración de la Secretaría de Guerra. A partir
de 1933, este servicio fue absorbido por otra dependencia que tenía
mayores atribuciones, sobre todo para el aprovisionamiento de equipo:
la Intendencia General del Ejército, la cual entre otras tareas

recaba de las diversas dependencias de la Secretaría de Guerra y Ma-


rina, sus propios proyectos de presupuesto y datos complementarios,
y con ellos formula, en el orden, y de acuerdo con las disposiciones
dictadas por la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, el Proyecto
de Presupuesto General correspondiente al Ramo de Guerra, el cual
somete a la revisión y aprobación del C. secretario del ramo, siendo

422
 Enrique Estrada, “Importante informe...”, Revista del Ejército y de la Marina, septiem-
bre de 1921.
423
 Oficio del subjefe del Departamento de Marina, Luis Schaufelberger, 8 de noviem-
bre de 1929, act-aja, serie 0302, leg. 23, f. 1626.
ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS 161

entregado más tarde a la citada Secretaría de Hacienda, por conducto


de su Departamento del Presupuesto, para que sea presentado a la
consideración del C. Presidente de la República y posteriormente al Con-
greso de la Unión para su sanción.424

Las fuerzas armadas en cifras

A lo largo de este capítulo hemos hecho referencia al número de efec-


tivos del ejército y de la marina ya sea por armas, servicios, personal
asimilado o auxiliar. En este apartado, con el fin de recapitular esa in-
formación puesta aquí y allá, intentaré dar números totales de efectivos
en cada año del periodo aquí tratado. Para facilitar la consulta de estos
datos incluiré éstos en forma de cuadros. Como la mayor parte de la
información que tengo no separa el número de militares por grado sino
que los engloba en categorías de tropa, oficiales, jefes y generales, así
los presentaré en un cuadro y, en otro, en los años que sí tenga esa in-
formación desglosada, por cada uno de los grados del escalafón. En
algunos años las Memorias de la Secretaría de Guerra y Marina presen-
tan las cifras separadas por armas y por grados (cantidad de coroneles,
mayores, tenientes, etcétera), pero no en todos los periodos tratados en
esta investigación. Además, las Memorias estaban destinadas a ser la
información que cada secretario daba al presidente, para que éste a su
vez la diera al congreso en el informe presidencial anual. Por tal razón,
parte de esa información estaba maquillada para resaltar así un logro
de la administración; de igual forma se alteraban las cifras para ocultar
algo que desagradaba al secretario y al presidente.425 Un ejemplo: si se
excedía el número de plazas que el presupuesto indicaba para cada
año, se falseaba la información y se daba una que cuadrara con el nú-
mero que el presupuesto establecía. Lo anterior limita la exactitud de

424
 Teniente coronel de intendencia Pedro López Malo, “La Intendencia, fuente de vida
del ejército”, Revista del Ejército y de la Marina, septiembre de 1935, p. 2-3.
425
 Como una de las metas era la disminución del ejército, sobre todo en los rangos me-
dios y altos, siempre se procuraba mostrar que en un año de labores se reducía su número.
De ahí que el borrador que Amaro escribió al concluir la administración callista, señalaba
que el 30 de noviembre de 1928 había 3 610 jefes (coroneles, tenientes coroneles y mayores),
mientras que la Memoria de la secretaría indicaba que el 1 de agosto del mismo año el ejérci-
to tenía 1 913 jefes, para resaltar que en un año se logró una reducción de 42 jefes. Sin embar-
go, el borrador indica un número muy superior con respecto a la Memoria: 1 697 jefes más.
Debido a que los informes de gobierno y las Memorias de la secretaría tenían una marcada
finalidad política, preferí —cuando tuve los datos— basarme en los informes de los agrega-
dos militares norteamericanos. Memoria presentada al H. Congreso de la Unión por el secretario
del ramo, general de división Joaquín Amaro, 1927-1928, p. 44; Informe, 3 de noviembre de 1928,
serie 0307, leg. 10, 750-757.
162 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

las cifras; de ahí que considere que los datos más confiables sean los que
el agregado militar norteamericano daba a Washington. Uno de ellos,
H. E. Marshburn, señalaba que la información que mandaba a los de-
partamentos de Estado y de Guerra era más exacta, puesto que era
obtenida —de manera confidencial— por el mismo personal que la
elaboraba en el Departamento de Estado Mayor de la Secretaría de
Guerra, y era igual a la que tenía el secretario en turno; esta aclaración
la hacía al inquirírsele acerca de discrepancias existentes entre los datos
numéricos de las Memorias de 1934 y las cifras que él daba; sus superio-
res se lo hicieron notar y le pidieron explicaciones: éste señalaba que
las Memorias publicadas daban cantidades que se adecuaban a la retó-
rica oficial y no siempre a la realidad.426 Por esas razones, en el presen-
te trabajo doy mayor credibilidad a los números que aportaban los
agregados norteamericanos. Otro ejemplo que ayuda a confirmar mi
decisión es el siguiente: en las Memorias, al referirse a efectivos existen-
tes en un mismo momento, se ofrecen totales distintos:427 entre 1926 y
1927 el arma de infantería formó once nuevos batallones, unidad que
tiene alrededor de 400 efectivos. La información la daba la propia Se-
cretaría de Guerra; sin embargo, la misma fuente indicaba una dismi-
nución de efectivos de esa arma, lo cual resulta inverosímil por lo antes
indicado.428 El lector atento notará esas discrepancias en las cifras de
los cuadros. En el cuadro 1 del apéndice (Total de fuerzas armadas, por
efectivos) procuré basarme, siempre que encontré los datos, en fuentes
norteamericanas. En cambio, en los cuadros de cada arma, debido a que
por lo regular desglosan cuántos coroneles, capitanes, etcétera, había,
utilicé las Memorias.

426
 En ese año, de un total de 8 840 elementos, entre generales, jefes y oficiales, 756 eran
“auxiliares” y personal de Transmisiones que el attaché no incluyó. Teniente coronel H. E.
Marshburn, 26 de diciembre de 1934, mid, 2025-259/477.
427
 En la Memoria de 1926-1927, p. 68, se indica que el total de efectivos del arma de infan-
tería el 1 de agosto de 1927 era de 632 jefes, 2 436 oficiales y 21 260 de tropa. La Memoria presenta-
da al H. Congreso de la Unión por el secretario del ramo, general de división Joaquín Amaro, 1927-1928,
p. 51, para la misma fecha asienta: 634 jefes, 2 562 oficiales y 27 213 de tropa. Debido a que entre
1926 y 1927 se formaron 11 batallones nuevos, con 400 efectivos, aproximadamente, me parece
evidente que las cifras más confiables sean las de la Memoria de 1927-1928, por lo cual es la que
utilizó en el cuadro que desglosa las cifras de coroneles, mayores, etcétera, de esa arma.
428
 En agosto de 1926 había 22 922 efectivos mientras que en julio de 1927 eran 21 260. Es
justo señalar que no siempre existían discrepancias de ese calibre. En el mismo periodo, la
caballería creó diez nuevos regimientos; ello se vio reflejado en un aumento de efectivos del
arma: 24 693 en 1926 y 29 737 en 1927. Memoria presentada al H. Congreso de la Unión por el secre-
tario del ramo, general de división Joaquín Amaro, 1926-1927, p. 68 y 76.
Enrique Plasencia de la Parra
Historia y organización de las fuerzas
armadas en México, 1917-1937
México
Universidad Nacional Autónoma de México,
Instituto de Investigaciones Históricas.
2010
416 p.
(Serie Historia Moderna y Contemporánea, 52)
ISBN 978-607-02-2092-0

Formato: PDF
Publicado en línea: 23 marzo 2015
Disponible en:
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Universitaria, Coyoacán, 04510, México, D. F.
II. SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES

La sucursal de la Secretaría de Guerra

Álvaro Obregón no cumplía ni dos meses en el poder cuando surgió


uno de los escándalos de corrupción más importante de su gobierno,
que tenía que ver con el ministerio que más presupuesto tenía: la Se-
cretaría de Guerra. Se descubrió que desde 1915 operaba una “mafia
militar” que falsificaba firmas y sellos de la dependencia para elaborar
certificados, órdenes de pago y despachos falsos. El despacho, también
llamado patente, era el documento oficial mediante el cual la secretaría
le reconocía un grado militar a un ciudadano. De esta forma se obte-
nían nombramientos desde subtenientes hasta generales. Se encontra-
ron documentos con firmas apócrifas de importantes personajes de la
época: Venustiano Carranza y los generales Jacinto B. Treviño, Jesús
Agustín Castro, Álvaro Obregón, Pablo González, Benjamín Hill y
Enrique Estrada. La prensa señalaba que si esta sucursal de la Secre-
taría de Guerra, como se le empezó a llamar al caso, funcionaba desde
1915, posiblemente el 25% de los despachos eran falsos. Aunque se
decía que el negocio floreció más cuando Jesús Agustín Castro estaba
al frente de la secretaría, también se aseguraba que en 1920 tuvo gran
apogeo porque por iniciativa del candidato Obregón el presidente
Adolfo de la Huerta creó un fondo para militares, que durante el ca-
rrancismo habían sido dados de baja por motivos políticos. La medida
era, en buena parte, el premio para los militares que se habían adheri-
do al Plan de Agua Prieta.
La ausencia de controles en el ejercicio del presupuesto de Guerra
hizo más fácil que los trámites de pago de haberes, forraje y equipo se
autorizaran sin verificar la autenticidad de la persona que hacía la so-
licitud. Primero se dijo que el jefe de esa mafia era un coronel Márquez
Muñoz, aunque después se habló del general Cástulo Arenas, pariente
de los hermanos Cirilo y Domingo Arenas de Tlaxcala. Este general fue
detenido junto con otras 56 personas más. Se dijo que 481 militares, de


 Excélsior, 16 de enero de 1921.

 Se mencionaron como implicados al coronel Alonso Márquez Muñoz, tenientes coro-
neles Lucio L. Medina y José W Cervantes, mayores Estanislao Martínez, Eduardo Hernán-
164 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

coroneles para abajo, tenían despachos falsos y, por tanto, fueron dados
de baja. La investigación que llevó a descubrir este gigantesco fraude
fue hecha por el coronel Julio B. Uranga, jefe del Estado Mayor de la
guarnición de la ciudad de México. El caso lo llevó el juez de instruc-
ción militar Luis López Tolsa. En menor escala —o tal vez más correc-
to decir: sin que saliera a la luz pública—, este tipo de fraudes continuó.
En 1925 se informaba que durante seis años se pagó a ocho individuos
que se hacían pasar por generales, sin que las autoridades militares lo
hubieran detectado antes. Se decía que después de Agua Prieta hubo
muchos militares falsos, que eran descubiertos después de uno o dos
años, cuando sus superiores se daban cuenta que no tenían ningún
conocimiento sobre la milicia. En 1933, el coronel Carlos R. Benavides,
pagador general de las oficinas superiores de la Secretaría de Guerra,
defraudó $68 000 000.00 al falsificar vales para pagos de coroneles y de
tenientes coroneles inexistentes.
El caso de la sucursal ponía al descubierto no sólo un fraude monu-
mental sino algo más importante: la dificultad de los gobiernos posre-
volucionarios para controlar a un ejército formado no por militares pro-
fesionales sino por caudillos con el nombramiento de generales, cuyos
seguidores conformaban su oficialidad y tropa. Es importante señalar
que en altas esferas gubernamentales se fomentaba este tipo de actitu-
des: los famosos “cañonazos de 50 mil pesos” no sólo eran parte de la
picaresca mexicana, también consistía en toda una mecánica de corrup-
ción y de compra de lealtades. El obregonismo denunciaba la corrupción
que imperó durante el régimen de Carranza y no le faltaba razón al
hacerlo; el caso de la sucursal lo ponía en evidencia, pero también mos-
traba cómo esa práctica continuó y quizá se perfeccionó con los sono-
renses. Desde el movimiento de Agua Prieta hubo constantes denuncias
sobre manejos poco escrupulosos de fondos públicos. La Contraloría
General de la Nación le requería al general Eugenio Martínez $400 000.00

dez Barba y Mariano Pineda, capitanes Heliodoro Santa, Ángel Ramírez y Carlos Degollado
y teniente Germán Hernández, así como a varios civiles. El Universal, 15 de agosto de 1921.

 Entre los militares dados de baja se mencionan al coronel José Perdomo, tenientes co-
roneles Israel Medina, Eladio Peña y Luis Medina, además de 27 mayores, 38 capitanes pri-
meros, 34 capitanes segundos, 23 tenientes y 6 subtenientes, El Universal, 31 de marzo de
1921. Más adelante se añadieron los nombres de los coroneles Martín Rentería y José Rebo-
llo, los tenientes coroneles Arturo Flores, Ricardo Alvarado y Adolfo Lazcano, Excélsior, 27
de abril de 1921.

 Sólo se dan tres nombres: los generales Manuel J. Castro, Celso Castro y P. Nicolás
Zárate. Los ocho defraudaron un total de $2 419 020.00. Excélsior, 4 de diciembre de 1925.

 Lo hacía en complicidad con un glosador, Ignacio Dosamantes, de la Tesorería de la
Federación. La nota enfatiza la sorpresa por el largo tiempo en que pudieron hacer estos
fraudes así como la facilidad para llevarlos a cabo. El Nacional, 27 de julio de 1933.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 165

que había tomado de la Tesorería del estado de Chihuahua. Martínez


respondía que esos gastos fueron aprobados por Calles, cuando era mi-
nistro de Guerra. En la partida de gastos extraordinarios entraba casi
cualquier cosa: automóviles, pago a informantes, etcétera. Tal vez por
haber visto tan de cerca estas prácticas fue que Calles, ya como secreta-
rio de Gobernación, había manifestado la urgencia de moralizar al ejér-
cito: “si no podemos moralizar, debemos renunciar”.

Colonias militares

Los escándalos de corrupción eran como una sobredosis de realidad


para el discurso revolucionario de aquel tiempo, inmerso en el anhelo
de que todo cambiaría con los gobiernos emanados del movimiento
social. Como ya señalamos, uno de los problemas más acuciantes era
el de los excedentes en el ejército nacional. Con una ecuación aparen-
temente muy simple se creyó que, si los soldados venían del campo, al
licenciarlos debían regresar a cultivar la tierra. De ahí se originó la so-
lución de las colonias militares.
Las más exitosas fueron las creadas por el general Saturnino Cedi-
llo en San Luis Potosí, principalmente en la región de Valle del Maíz.
Esa región había sufrido un despoblamiento continuo desde el inicio
de la Revolución, lo que facilitó que las fuerzas de Cedillo ocuparan de
facto las tierras de algunas haciendas y fincas. Como la mayoría de las
fuerzas cedillistas era de origen campesino, al igual que otros grupos
rebeldes como los zapatistas, la idea de crear colonias agrícolas mili-
tares tenía mucho sentido. De ahí que Calles, como secretario de Guerra,
y el general Antonio I. Villarreal, al frente de Agricultura, trabajaran para
hacerlas realidad pero sin que mediara reglamentación alguna. La pren-
sa veía esta solución como una necesaria recompensa del Estado para los
soldados que pelearon en la Revolución, pero también como una forma
de volver a la normalidad:

Los antiguos agricultores, envueltos en la ola revolucionaria y arran-


cados a sus tierras para convertirse en soldados, volverán a su primi-
tiva ocupación en condiciones ventajosísimas para ellos: como propie-
tarios. La inclinación a la aventura, a lo aleatorio, a lo inestable, que


 Eugenio Martínez a Enrique Estrada, 6 de marzo de 1921, ahsdn-Cancelados, exp. xi-
111-1-222, f. 2159.

 El Universal, 19 de marzo de 1921.

 En 1910 había 35 000 habitantes en la región; en 1921, 5 000. Romana Falcón, Revolu-
ción y caciquismo. San Luis Potosí, 1910-1938, México, El Colegio de México, 1984, p. 177-178.
166 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

puede haber dejado en los futuros colonos la guerra de guerrillas, será


pronto contrarrestada y vencida por la satisfacción de poseer. Al ser
dueños de algo, se harán un poco conservadores y repudiarán sus
viejas inclinaciones a probar fortuna no importa cómo. Y, por último,
disfrutarán de la viril satisfacción de haber obtenido la realización del
primero de los ideales que los impulsó a lanzarse a la lucha: la división
de las tierras entre quienes las fecundan con su trabajo.

Estas palabras reflejan el anhelo por dejar una época convulsa. Ba-
sado en un proyecto de los generales José Siurob y Gildardo Magaña,
Obregón le dio vida legal a las colonias agrícolas militares.10 La reali-
zación del proyecto se facilitó porque el general Enrique Estrada, secre-
tario de Guerra en ese momento, y el de Agricultura, Antonio Villarreal,
así como el propio Siurob, pertenecían al Partido Liberal Constitucio-
nalista, el más importante e influyente en los años de 1920 y 1921. El
decreto establecía tres tipos de colonias: para generales, para jefes y
para oficiales. Esto se hizo para evitar que la colonia funcionara como
una corporación del ejército, que con un orden jerárquico mal entendi-
do provocara abusos por parte de los militares de mayor grado sobre
los de menor rango. En la práctica, no hubo colonias sólo para genera-
les, jefes u oficiales ya que era común que la propuesta de una colonia
partiera de un general, quien se llevaba a gran parte de los que habían
servido con él como jefes, oficiales y tropa.
Sólo podían ser colonos los militares que pertenecían a la Primera
Reserva del Ejército, la cual fue creada por Obregón para generales,
jefes y oficiales excedentes en las fuerzas armadas. Los miembros de esta
reserva recibían la mitad de sus haberes y se les daba libertad de resi-
dencia y de movimiento; no tenían comisión alguna. Los colonos favo-
recidos no podían enajenar sus lotes hasta que los hubieran pagado
totalmente, pero sí podían heredarlos a sus familiares, lo cual los con-
vertía en una especie de ejidatarios. Los colonos recibirían títulos pro-
visionales de sus lotes que pagarían en anualidades, hasta por veinte
años; al completar el pago obtendrían el título definitivo. Se contem-
plaba que el primer año los colonos recibirían el 50% de su haber, el
segundo el 40% y el tercero el 30%. Un asunto muy importante era

 “Un bello remate a la obra de pacificación”, El Universal, 31 de julio de 1920.


 

 Por decreto presidencial del 14 de septiembre de 1921 se adicionó al presupuesto de


10

la Secretaría de Guerra una partida de $1 000 000.00 para adquirir fincas, predios rústicos e
implementos agrícolas para los colonos que formasen las colonias agrícolas militares. El 30
de septiembre de 1921, Obregón firmó las “Bases reglamentarias para la compra-venta de
parcelas para colonias agrícolas militares”, ambas citadas en Carlos Martínez Assad, Los re-
beldes vencidos. Cedillo contra el estado cardenista, México, Fondo de Cultura Económica, 1990,
p. 228-238.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 167

cuándo dejaban de estar bajo jurisdicción militar, el cual fue dejado a


propósito en una gran ambigüedad.11 Por la deuda que adquirían y por
la falta de claridad de su supeditación con el medio castrense, en teoría
los colonos quedaban más dependientes del gobierno central. Pero en
la práctica fue al revés, ya que jefes militares como Cedillo o Carrera
Torres eran los que resolvían todos los problemas con la Secretaría de
Guerra o con la de Agricultura, por lo cual los colonos continuaban con
una fuerte dependencia hacia estos caciques regionales. Pero la admi-
nistración castrense obtenía la adhesión de estos caciques; sabía que sus
hombres responderían con sus fusiles cuando el gobierno los necesita-
ra y ahorraba importantes recursos al no tener que pagar mes tras mes
a esos soldados. Lo anterior era aún más valioso si la región donde
operaba el cacique era de difícil acceso; era más sencillo que pobladores
locales se encargaran de la seguridad interna a que se trasladara y man-
tuviera tropa en esos lugares. En numerosas ocasiones se trataba de
combatir movimientos rebeldes de poca talla que surgían al amparo
de las difíciles condiciones geográficas, muchos de ellos ligados más al
bandidaje que a revueltas con demandas políticas o sociales.
La idea de las colonias tenía también un aspecto pragmático, ya que
los principales destinatarios eran los jefes y la tropa de los grupos rebel-
des que se unieron al aguaprietismo; en muchos casos eran soldados y
jefes ajenos a la disciplina castrense y, por ello, los candidatos más idó-
neos para disminuir los efectivos del ejército. En Chiapas, el general
zapatista Rafael Cal y Mayor acordó con el presidente De la Huerta el
pago de haberes adelantados para sus hombres y logró que el gobierno
le comprara la finca de sus padres para formar ahí una colonia militar,
la primera que se integró, con 386 parcelas a pesar de que el decreto de
1921 establecía un máximo de 200.12 Esta forma de colonia militar aca-
baba por parecerse mucho a la vida tradicional de las fincas en Chia-
pas.13 Las colonias de Cedillo y las de Cal y Mayor eran semejantes en el
sistema con que estaban construidas: el cemento que las mantenía en pie
no era una institución, llámese Secretaría de Guerra o de Agricultura,
sino el cacicazgo.
Otro de los grupos idóneos para las colonias eran los felicistas. El
general Luis Medina Barrón (ex felicista), jefe del Departamento de la
Primera Reserva, obtuvo de la Secretaría de Agricultura 21 000 hectáreas

11
 “El personal de las colonias agrícolas militares conservará su dependencia de las le-
yes y autoridades militares mientras no reciba patente de licencia absoluta, en los términos
prescritos por la Ley”, citado en ibidem, p. 229.
12
 Antonio García de León, Resistencia y utopía, v. 2, México, Era, 1994, p. 131-133, 258.
13
 Además de la colonia mencionada, llamada “Emiliano Zapata”, en San Nicolás,
Chiapas, Cal y Mayor proponía crear otras cuatro. Ibidem, p. 258.
168 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

para una colonia en Minatitlán. Bajo la dirección del general Santiago


Camberos cien colonos ocuparon esas tierras; la región había sido feli-
cista.14 Camberos llegó a ser jefe de la Comisión Revisora de Hojas de
Servicio de la Primera Reserva, con lo cual él y Medina Barrón podían
decidir qué generales, jefes y oficiales tenían los méritos militares y po-
líticos para convertirlos en colonos. Es de suponerse que fueran ex feli-
cistas amnistiados, pues muchos de ellos habían combatido en Vera-
cruz.15 En el mismo año, el general José María Barquera fue autorizado
para formar una colonia en Juchitán, Oaxaca, región donde surgió la
rebelión anticarrancista de Heliodoro Charis.16
Un estado donde se buscó promover las colonias agrícolas fue Mo-
relos, por la gran cantidad de jefes y oficiales zapatistas a quienes se
quería dar de baja de esta forma. Se compró una hacienda en Tetecala
para el general zapatista Pedro Saavedra y 200 colonos.17
De alguna manera la idea de las colonias militares formaba parte
de un viejo sueño en México: poblar el país con gente dispuesta a dejar
su lugar de origen y trabajar la tierra en un lugar apartado. La idea era
aún más atractiva si consideramos que muchos confiaban en que esa
gente, que había estado levantada en armas, al lograrse la paz dejaría el
fusil y tomaría el arado. Al hablar sobre unas colonias militares en Ta-
maulipas y Nuevo León, un diario enfatizaba lo poco poblado de aque-
llas tierras donde no había caminos, aguajes, ni chozas; le parecía loable
la decisión del que fuera 78º regimiento de ir todos juntos, como simples
agricultores, dejando de lado grados y armas.18 La nobleza de la idea se
vendió incluso en el extranjero, en el contexto de un mundo hastiado de
armas y conflictos: un articulista en Nueva York recurría a la metáfora
de México como un niño pequeño que enseñaba el camino del desarme
a un grupo de adultos: los países industrializados; al darles tierra a
Villa y a otros guerreros, el gobierno transformaba al “bárbaro y som-
brío México, donde ahora las escuelas crecen y son abandonados los

14
 En esa región operaba el general Cástulo Pérez. Héctor Luis Zarauz López, Revolu-
ción y contrarrevolución. Rebeliones en contra de los gobiernos revolucionarios en el Istmo de Te-
huantepec (1916-1924), tesis de doctorado en Historia, ffyl/unam, 2005; El Universal, 19 de
octubre de 1921.
15
 Una nota de periodico señalaba que el gobierno federal acababa de comprar, en
$1 000 000.00, la hacienda del Agostadero, en Veracruz, al señor Adrián Carranza, con 4 300
hectáreas, y que sería destinada a formar una colonia militar. El Universal, 10 de diciembre
de 1922.
16
 Ibidem, 28 de octubre de 1921.
17
 Fue la hacienda azucarera de San Ignacio Actopan, de 120 000 hectáreas, adquirida
por el gobierno federal en $220 000.00 a Emanuel Amor. El Universal, 31 de octubre de 1922.
18
 Se trataba de las colonias formadas por el general Francisco Carrera Torres. Excélsior,
25 de abril de 1922.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 169

cuarteles”.19 Las colonias, más allá de que funcionaran bien o mal, eran
un mecanismo más para disminuir los efectivos del ejército. Hacia di-
ciembre de 1920, 2 000 oficiales y 19 000 soldados habían sido licencia-
dos para estas colonias.20 También contribuían a impulsar la idea de
que el ejército, que combatió en una guerra fratricida, podía transfor-
marse en una fuerza productiva. El mismo germen que hizo posible esa
guerra terrible era también el que traía la paz. La revolución armada
surgió del mundo campesino, por tanto la paz debía regresar al mundo
agrario. Ése era el mayor atractivo del proyecto y, en grado menor, sus
resultados en cuanto al número de militares desmovilizados o a la pro-
ductividad de las colonias. Este proyecto reflejaba también el concepto
de reparto agrario que tenían los presidentes sonorenses: la pequeña
propiedad como unidad fundamental para el país.
Los generales Cedillo y Francisco Carrera Torres fueron de los pri-
meros en establecer colonias militares. En 1921, la prensa informaba de
seis colonias en Tula, Tamaulipas, cada una formada por cien hombres,
entre jefes, oficiales y tropa.21 En 1926 el secretario de Guerra, Joaquín
Amaro, visitó esas colonias y quedó muy satisfecho de su funcionamien-
to.22 Pero los vecinos, propietarios agrícolas e incluso los mismos solda-
dos opinaban muy diferente sobre el papel de Carrera Torres. Según
relata Romana Falcón, este militar amasó una notable riqueza; monopo-
lizaba el ixtle, cobraba alcabalas por el paso de camiones en su zona de
influencia y regenteaba casas de juego; cuando era jefe de operaciones
en San Luis Potosí obligaba a los soldados a trabajar en sus tierras como
peones; la mayoría de estos negocios la compartía con Cedillo.23 El enor-
me poder de éste no se debió únicamente a las colonias militares; puede
decirse que ése fue su origen. Gracias al control que tenía tanto en el
ámbito civil como en el militar, los conflictos entre colonos y ejidatarios
eran arreglados fácilmente en su feudo. Las disputas surgieron desde
que se llevó a la práctica el sistema, finalmente peleaban por los mismos
bienes: fincas rústicas, haciendas y terrenos pertenecientes a la nación.
Una de las primeras ocurrió en 1921; el entonces empleado de la Comi-
sión Nacional Agraria, Marte R. Gómez, señalaba que el jefe de la colonia
El Naranjo, teniente coronel Mateo Hernández, se quejaba de que un
grupo de campesinos pedía tierras aledañas a las de sus colonos. Gómez

19
 Publicado en The Nation de Nueva York y reproducido en El Universal, 5 de noviem-
bre de 1921. En febrero de 1921, 4 000, entre oficiales y tropa, se unieron al programa de
colonias militares.
20
 Jorge Alberto Lozoya, El ejército mexicano, México, El Colegio de México, 1984, p. 57.
21
 Excélsior, 16 de julio de 1921.
22
 El Universal, 5 de enero de 1922; Excélsior, 25 de abril de 1922; ibidem, 11 de julio de 1926.
23
 Romana Falcón, Revolución y caciquismo..., p. 198-201.
170 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

informaba que “los colonos estaban armados y municionados, y Cedillo


era su hombre fuerte, por tanto hubo que contemporizar en ese primer
enfrentamiento de colonos militares y ejidatarios”.24 En tales casos Ce-
dillo podía otorgar otras tierras a los ejidatarios; en muchas ocasiones
negociaba o chantajeaba a algunos hacendados para que cedieran parte
de sus tierras. Para aumentar su poder recurrió con mayor frecuencia al
otorgamiento de tierras a campesinos a los cuales armaba y, de esta
manera, ellos se convirtieron en la parte más importante de su fuerza,
sus agraristas armados. Ellos fueron esenciales en el auxilio que dio este
general al gobierno central en las rebeliones militares de 1923, 1929 y en
la guerra cristera. Fueron precisamente esas situaciones urgentes las que
fomentaron que los gobiernos de Obregón y Calles aceleraran el repar-
to agrario. Lo anterior ocasionó mayores fricciones entre colonos y eji-
datarios. El área de influencia de Cedillo y Carrera Torres no se limitaba
a San Luis Potosí, también a parte de Tamaulipas y Nuevo León. Fue en
este último estado donde el coronel Francisco Berrones, con la fuerza de
un grupo de colonos, desalojó a ejidatarios en el municipio de Doctor
Arroyo; al parecer este coronel, muy ligado a Carrera Torres, había te-
nido haciendas en la región y utilizaba el ardid de simular la formación
de colonias para desalojar a campesinos que solicitaban tierras.25 Este
último hecho ocurrió al inicio del gobierno de Lázaro Cárdenas quien,
precisamente en ese municipio, firmó un acuerdo presidencial que bus-
caba definir y limitar las colonias militares. Aunque no lo logró del todo,
el presidente ponía el dedo en la llaga sobre el problema principal de las
colonias:

Sin que se hayan llenado formalidades legales ni reglamentarias se han


venido creando varios grupos a los que se llama también colonos mili-
tares, dentro de los cuales se ha incluido a personas que tienen peque-
ñas propiedades agrícolas de explotación y a considerable número de
campesinos que todavía siguen el mismo sistema de aparceros, dentro
de la organización indebidamente llamada colonia agrícola militar.26

En otras palabras, se utilizaba una instancia creada para que oficia-


les y jefes en retiro cultivaran una porción de tierra, como camuflaje de
una forma de trabajo de la tierra que era la que había combatido la Re-
volución. El acuerdo reconocía la existencia de las colonias ya formadas,

24
 Marte R. Gómez, Historia de la Comisión Nacional Agraria, México, Centro de Investi-
gaciones Agrarias, 1975, p. 232-233.
25
 El Universal, 19 de febrero de 1935.
26
 Firmado el 16 de julio de 1936, citado en Carlos Martínez Assad, Los rebeldes venci-
dos..., p. 223-227.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 171

pero su existencia “no puede servir de norma general para la resolución


del problema agrario de la República”. El ejido era la institución base
para la solución del problema agrario, por tanto, “no puede ni debe
permitirse el establecimiento de diferentes sistemas o unidades econó-
micas, jurídicas ni sociales”. En este decreto no sólo había un afán por
defender la política agraria del régimen, también tenía una finalidad
política muy clara: disminuir la fuerza de Cedillo, que para esas fechas
ya se había convertido en un factor de desestabilización. Más claro fue
otro decreto (1937), en el cual el presidente otorgó de inmediato los tí-
tulos de propiedad a los colonos. De esta forma la vinculación caciquil
se limitaba porque los colonos debían su título al presidente y no a
Cedillo. Además, Cárdenas le daba características ejidales a las colo-
nias, como la prohibición de enajenarla; el deber de ser cultivada por
el propio colono sin poder subarrendarla; se privilegiaba la explotación
comunitaria de terrenos de agostadero y monte.
Las colonias militares, que habían surgido más como praxis que
como un sistema de trabajo de la tierra bien reglamentado, prácticamen-
te desaparecieron con Cárdenas y más, en 1938, con la rebelión cedillis-
ta que dio la justificación perfecta para terminar con este experimento.
Graciano Sánchez, líder agrario y antiguo aliado de Cedillo, decía en un
mitin que las colonias agrícolas militares “no fueron elemento de reden-
ción social; fueron cuarteles porfirianos donde el trabajador era obliga-
do a prestar servicios sin retribución, bajo la amenaza del capataz y de
la pistola del asesino”.27 Después de la rebelión cedillista, el gobierno
propició la invasión de algunas colonias agrícolas por campesinos que
demandaban dotación de tierras; incluso las ocuparon los mismos cam-
pesinos que habían trabajado como medieros de los colonos.
Los gobiernos de Cárdenas y de Ávila Camacho promovieron que
los colonos se transformaran en ejidatarios; rompieron, así, la dupla
campesino-soldado. El caso de la colonia El Naranjo (municipio de
Cárdenas, San Luis Potosí) es paradigmático, pues fue una de las pri-
meras colonias militares en formarse (1920). El coronel Mateo Hernán-
dez Netro, fundador de la misma, era tan cercano a Cedillo que llegó a
ser gobernador cuando éste inició la rebelión. A finales de 1937, la Se-
cretaría de Agricultura otorgó a un grupo de ejidatarios el 50% de la
tierra de riego de esa colonia, a pesar de que por el decreto presidencial
de ese año los colonos ya habían recibido sus títulos de propiedad. En
el conflicto jurídico-agrario que surgió, la Secretaría de Agricultura
acabó por dar la razón a los ejidatarios en 1942, bajo el argumento de
que los colonos habían abandonado sus predios en 1938 (debido a la

27
 Citado en ibidem, p. 150.
172 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

rebelión) y, por tal motivo, les fueron cancelados sus títulos de propie-
dad.28 En el ocaso del cardenismo, el secretario de Agricultura, José C.
Parrés, recordaba a los colonos que en los diversos asuntos que tuvieran
que tramitar dejaran de llamarse miembros de la “colonia agrícola mi-
litar” tal o cual porque el carácter de las colonias era estrictamente
agrícola.29 Esta minucia semántica nos muestra la fuerza evocadora que
tuvo el proyecto de las colonias militares, el cual hacía soñar a los ex
combatientes en un mundo ideal, bucólico, donde vivían en paz con su
entorno, libres de la servidumbre porfirista. Por supuesto, era sólo un
sueño porque las ataduras y la explotación continuaron por parte de
las autoridades cedillistas que les quitaban porciones de sus cosechas
y, cuando dichas autoridades desaparecieron, los líderes ejidales y las
autoridades locales y federales hicieron lo mismo.
El grupo sonorense que llegó al poder en 1920 sabía que las colonias
militares no podían ser la única vía para reducir un ejército gigantesco;
se tenían que crear otras instancias pero, sobre todo, la autoridad mili-
tar debía ser más estricta a la hora de reconocer los grados militares.

El limbo de los militares: la Primera Reserva

El origen de esta medida se encuentra en la Legión de Honor, creada


cuando Obregón era secretario de Guerra durante el gobierno de Ve-
nustiano Carranza. Tenía como finalidad disminuir el número de man-
dos en las fuerzas armadas; la limitante era su carácter voluntario. Una
de las primeras medidas del presidente sonorense fue la creación de la
Primera Reserva del Ejército Nacional; a ella pasarían todos los gene-
rales, jefes y oficiales que se determinara que eran excedentes. El rápido
éxito del Plan de Agua Prieta se debió, en buena medida, a que los
grupos rebeldes anticarrancistas (zapatistas, felicistas, pelaecistas, so-
beranistas) se unieron en torno a los sonorenses para derribar a Carran-
za. Como reconocimiento, los jefes, oficiales y tropa de esos movimien-
tos fueron incorporados al ejército. Pero una cosa era incorporarlos y
otra muy diferente emplearlos en tareas militares. De ahí que la mayo-
ría permaneciera en lo que en tiempos porfiristas se conocía como “de-
pósitos de generales”, o de jefes, o de oficiales, que eran las dependen-
cias castrenses en donde quedaban adscritos aquellos elementos que
no tenían comisión en alguna corporación del ejército o dentro de la
burocracia militar. Mientras a esos elementos se les encontraba una

28
 Ibidem, p. 141-142, 199-201.
29
 Ibidem, p. 141-142, 208.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 173

chamba —en términos militares, una comisión—, quedaban en el de-


pósito, sin actividad alguna pero con la paga de sus haberes. Al crearse
la Primera Reserva, los militares en esa situación pasaron a ella perci-
biendo sólo el 50% de su sueldo. En compensación, tenían completa
libertad para cambiar de residencia, para viajar a cualquier parte y no
tenían obligación de pasar revista. Si se les daba una comisión, regre-
saban al servicio activo y se les pagaba el 100% de sus haberes. La
obligación más importante y que más disgusto causó fue la de presen-
tar toda la documentación que tuvieran para demostrar su trayectoria;
después de ser evaluados, la Secretaría de Guerra determinaría si, por
ejemplo, un coronel tenía los méritos suficientes para ostentar ese gra-
do, y en caso de no tenerlos se le daba uno inferior, o simplemente no
se le reconocía personalidad militar alguna y se le daba de baja. Si la
evaluación era positiva se le buscaría una comisión.30 Como se puede
ver, la Primera Reserva fue una especie de limbo a donde pasaban los
militares sin comisión, en espera de que el alto mando les reconociera
o no el grado. Había tantos militares que ostentaban grados sin justifi-
cación que eran de esperarse muchas bajas. En lo inmediato, la dispo-
sición servía para aligerar el presupuesto militar y para incentivar el
retiro del ejército, de ahí la creación de las colonias militares; no en
balde se estableció que para optar a ser colono se debía pertenecer a la
Primera Reserva. En buena parte era una medida hecha para los oficia-
les zapatistas o felicistas, que de último minuto se habían unido al Plan
de Agua Prieta. Los generales zapatistas de mayor importancia recibie-
ron un trato especial ya que, además de dárseles comisiones, fueron
ascendidos a divisionarios: Genovevo de la O y Gildardo Magaña. In-
cluso este último general fue el que promovió la idea de las colonias
militares. A mediano plazo, la creación de este limbo castrense sirvió
como mecanismo para licenciar a una parte del crecido número de jefes
y oficiales existentes. No se les sacaba de inmediato, pues hubiera pro-
vocado no sólo disgusto sino muy probablemente rebeliones aquí y allá,
como sucedió con Carranza. Además, políticamente, era ir en contra de
la “unidad revolucionaria”, que era una de las principales banderas
de Agua Prieta. Se les pagaba la mitad de sus haberes y tenían la opor-
tunidad de demostrar su grado. Aunque en este proceso hubo muchas
irregularidades, corrupción y motivaciones políticas para aprobar o
rechazar los casos, se daba un aire de institucionalización a las decisio-
nes de la Secretaría de Guerra. Para esto se creó una instancia ad hoc, la
Comisión Revisora de Hojas de Servicio, que debía estudiar todos los
casos. Así los inconformes podían culpar a burócratas militares y no al

30
 Excélsior, 8 de diciembre de 1920.
174 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

presidente o al secretario de Guerra. Por supuesto, muchos militares


sabían que su baja era decisión de los altos mandos, pero las apariencias
y las formalidades siempre son importantes, más cuando se quiere crear
—y también creer que se crean— instituciones.

Cuadro 2
Primera reserva 1921-1925 31

Año Generales Jefes Oficiales Total

1921 148 700 732 1 580


1922 133 725 1 040 1 898
1923 110 800 1 370 2 280
1925 75 351 499 925

El Departamento de la Primera Reserva empezó a funcionar el 1


de febrero de 1921 con 1 580 militares; 32 en 1922 tenía 1 898 elementos.33
Aunque se había enfatizado que la medida era para disminuir el nú-
mero de generales (en el ejército mexicano hay tres tipos: de división,
de brigada y brigadieres), jefes (coroneles, tenientes coroneles y ma-
yores) y oficiales (capitanes primeros, capitanes segundos, tenientes y
subtenientes), por la comparación de los números en los años señala-
dos se observa que la cantidad de generales en la primera reserva
disminuyó y la de jefes permaneció igual; en cambio, la de oficiales
aumentó y llegó a 1 370 oficiales.34 En otras palabras, no se procedió de
forma proporcional; por eso, en 1922 hubo un déficit de oficiales. Esto
ocurrió porque las autoridades militares siempre consideraron más
fácil el licenciamiento de oficiales que el de jefes y generales. El gene-
ral José Domingo Ramírez Garrido, jefe del Estado Mayor de la secre-

31
 Ibidem, 20 de febrero de 1921 y 12 de enero de 1922; Informe de gobierno, 1 de septiem-
bre de 1923, Diario de los Debates 1875-1997; Memoria presentada al H. Congreso de la Unión por
el secretario del ramo, general de división Joaquín Amaro, 1924-1925, p. 40.
32
 Cifras del jefe del Departamento de la Primera Reserva, Luis Medina Barrón, que
incluían: 2 generales de división, 40 de brigada, 106 brigadieres, 200 coroneles, 226 tenien-
tes coroneles, 274 mayores, 294 capitanes primeros, 131 capitanes segundos, 164 tenientes
y 143 subtenientes, que hacían un total de 148 generales, 700 jefes y 732 oficiales. Excélsior,
20 de febrero de 1921.
33
 Cifras del subsecretario de Guerra, encargado del despacho, Francisco Serrano, que
incluían 4 generales de división, 38 de brigada, 91 brigadieres, 234 coroneles, 215 tenientes
coroneles, 276 mayores, 323 capitanes primeros, 247 capitanes segundos, 236 tenientes y 234
subtenientes, que hacían un total de 133 generales, 725 jefes y 1 040 oficiales. Ibidem, 12 de
enero de 1922.
34
 Había 110 generales, 800 jefes y 1 370 oficiales, Informe de gobierno, 1 de septiembre de
1923.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 175

taría, señalaba que jefes y oficiales que estaban en servicio activo ha-
bían pasado “por legiones a la primera reserva, y ahora hacen falta
urgentemente tenientes y subtenientes para distintos batallones y re-
gimientos”; una solución era llamar al servicio activo a los que tuvie-
ran esos grados y estuvieran en la Primera Reserva.35 Lo anterior nos
indica que había un alto grado de improvisación en las medidas que
se tomaban.
La rebelión delahuertista, iniciada en diciembre de 1923, tuvo como
motivo principal la coyuntura política de la sucesión presidencial. Sin
embargo, el crecido número de militares que se unió a ella también
puede explicarse por otros motivos: fue muy importante el anteceden-
te de Agua Prieta, una rebelión que se ganó con gran facilidad y con
bajo costo de sangre, lo que llevó a creer que otro movimiento similar
contaría con la misma suerte. A esto hay que añadir el descontento que
había entre los militares a causa de las medidas tendientes a disminuir
un ejército que aumentó desproporcionadamente a raíz de Agua Prieta.
Por eso una buena cantidad de militares que se encontraba en el limbo
de la Primera Reserva se unió al delahuertismo: muchos sabían que no
tenían los méritos suficientes y que su futuro inmediato era la baja o la
degradación; si la rebelión triunfaba asegurarían su permanencia y,
muy probablemente, un ascenso. Lo anterior explica el número signi-
ficativamente menor de militares que formaba la Primera Reserva cuan-
do ésta desapareció en enero de 1925, pues aquellos que se levantaron
en armas un año antes fueron dados de baja.36 También sucedió que
jefes y oficiales en la Primera Reserva fueron llamados al servicio activo
debido a la repentina escasez de personal ocasionada por el movimien-
to rebelde. Se ha dicho que Obregón ya esperaba el movimiento ar-
mado y que prefirió dejarlo estallar para saber con qué elementos
contaba. Pero eso no significaba que no actuara. El contraalmirante
Hilario Rodríguez Malpica sustituyó a Medina Barrón como jefe de la
Primera Reserva, por ser más confiable que el general ex felicista.37 La
medida también podía tener otra explicación: en un principio, los mi-
litares que pasaban a la Primera Reserva eran los zapatistas o ex felicis-
tas, de ahí la importancia de tener un general vinculado a éstos. Pero
cuando el traslado de militares a la reserva se hizo más generaliza-
do, con elementos revolucionarios, éstos cuestionaron la presencia de

35
 Excélsior, 1 y 14 de abril de 1922.
36
 Al disolverse la Primera Reserva, estaba formada por 4 generales de división, 20 de
brigada, 51 brigadieres, 116 coroneles, 83 tenientes coroneles, 152 mayores, 178 capitanes pri-
meros, 158 capitanes segundos, 80 tenientes y 83 subtenientes, sgm, Memoria 1924-1925, p. 40.
37
 El Universal, 2 de septiembre de 1923.
176 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

Medina Barrón y pidieron que lo sustituyera un “militar revolucionario”,


como lo era Rodríguez Malpica.38
Por las razones señaladas, al finalizar el periodo obregonista ya se
había determinado suprimir la Primera Reserva. Creaba un ambiente
favorable a la conspiración entre un número crecido de jefes y oficiales,
que antes estaban dispersos en los “depósitos” de cada arma (infantería,
caballería, artillería, etcétera), mientras que en la Primera Reserva se
fomentaba la pertenencia a un mismo grupo —más allá de su rango o
arma—, con las mismas razones para sentirse relegados: recibían la mi-
tad de su sueldo, su permanencia en la institución era endeble y, al no
tener una comisión, tenían pocas oportunidades de ganancias extras, tan
comunes entre los jefes y oficiales que pertenecían a un batallón o a un
regimiento (la más extendida era la de los descuentos a la tropa o hacer
negocio con el forraje de caballos y acémilas).
Si en sus inicios la Primera Reserva sirvió para ubicar en el limbo a
jefes y oficiales, en sus últimos meses se utilizó para poner a numerosos
generales. Aquí cabría señalar cómo en la historia del ejército posrevo-
lucionario, las rebeliones de la década de los veinte resultaron ser la
medida más expedita para dar de baja a generales, tan abundantes en
el ejército nacional. El prestigio que dio la victoria, primero a Obregón,
luego a Calles y a Portes Gil, vino acompañado de mayor poder y legi-
timidad para lograr disminuir la cantidad de generales. Antes de su
último informe de gobierno, Obregón anunciaba que por la difícil si-
tuación del erario público 50 generales pasarían a la primera reserva.
No se aludía a que hubiesen participado en la rebelión, de algunos se
tenía la sospecha de haber simpatizado con ella; sólo se daban motivos
económicos, por el enorme costo que tuvo la asonada.39 De la medida
yo destacaría la facilidad con la que el presidente pudo llevarla a cabo
y que hubiera sido impensable antes de la rebelión. La prensa la aplau-
día con cierto matiz: “aunque sea en la forma blanda y conciliadora de
enviar a las víctimas a la primera reserva”; el editorialista decía que así
como durante el carrancismo se habló, en términos de salud pública,
de desratizar el país, igualmente importante es la de

desgeneralizar a México; es algo más importante que acabar con los


animales transmisores del tifo, de la peste bubónica o de la rabia. El

38
 Cuando en el Senado se analizó la ratificación del grado de general de división de
Luis Medina Barrón se señaló que, cuando era jefe de la Primera Reserva, muchos elementos
“auténticamente revolucionarios” estaban muy disgustados por la presencia de un felicista
en ese cargo; el Senado acabó por no reconocerle grado alguno a este militar. El Universal,
2 de octubre de 1930.
39
 Excélsior, 8 de agosto de 1924.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 177

número de generales, que de seguro ha aumentado desde la época en


que tomamos nuestros datos, exceptuándose la epizootia del primer
semestre de este año, hacía urgente esta medida. [Durante el Porfiriato]
el país sabía quiénes eran [los generales] y qué habían hecho. Ahora se
da de baja a varios generales y el público se pregunta: ¿quiénes son
estos sujetos y en qué batallas en que defendieran principios de tras-
cendencia para la nación tomaron parte? 40

Después de la rebelión, la sensación de purga fue muy común en


la prensa de la época así como en la retórica gubernamental. Se critica-
ba a los jefes que se habían levantado en armas, aprovechando que
tenían mando de tropa y pertrechos, y que terminaron exiliados, muer-
tos o prisioneros; pero también estaban aquellos generales que, simple-
mente por ser tantos, pesaban en cualquier presupuesto. Lo costoso que
fue combatir la rebelión, provocada por los propios generales, incre-
mentaba la percepción de cuánto le costaba al país el ejército, sobre todo
si se comparaba con los pocos beneficios que ofrecía. De ahí que una de
las prioridades del nuevo presidente fuera la de disminuir el presu-
puesto militar mediante la reducción del número de efectivos. Esto lo
había intentado cuando él fue secretario de Guerra en el segundo se-
mestre de 1920. El nuevo encargado del despacho de Guerra y Marina,
el general Joaquín Amaro, señalaba que ante la crisis económica que
había provocado numerosos despidos en la administración pública “no
es justo que, por otra parte, se siga sosteniendo con los fondos públicos
a miles de personas que no trabajan, y que tienen como único mérito
para cobrar, que prestaron en el ejército servicios que aún no están
aquilatados”; creía que la mayoría de los que estaban en la Primera
Reserva se había constituido en “una clase privilegiada, parasitaria para
el país”, pues desde su creación se habían gastado en ella $10 000 000.00.41
Un día después se daba a conocer el decreto que desaparecía la Prime-
ra Reserva (8 de enero de 1925). En él se reconocía que por fuerza se-
guiría habiendo militares en disponibilidad; los militares que pertene-
cían a esta reserva pasaban a los “departamentos de generales, jefes y
oficiales en disponibilidad”, también llamados “depósitos”, que habían
desaparecido al crearse la Primera Reserva.42 Pero un número impor-
tante de jefes sí fue dado de baja con esta medida.43

40
 Ibidem, 12 de agosto de 1924.
41
 Ibidem, 7 de enero de 1925.
42
 El último jefe de la Primera Reserva fue el general José Juan Méndez. Ibidem, 21 de
enero de 1925.
43
 Al desaparecer la Primera Reserva, causaron baja en el ejército 143 coroneles, 138 tenien-
tes coroneles y 254 mayores. Total: 535 jefes. Revista del Ejército y de la Marina, junio de 1925.
178 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

La Primera Reserva no fue un fracaso completo pues, a pesar de


que se convirtió en un nido de resentimiento, constituyó el primer in-
tento posrevolucionario serio por licenciar a un número excesivo de
oficialidad. A sus elementos se les impuso la obligación de presentar
los documentos que acreditaran el grado que ostentaban, so pena de la
degradación o la baja definitiva. La Comisión Revisora de Hojas de
Servicio fue la instancia creada para analizar esa documentación, y en
su caso ratificar, degradar o dar de baja a generales, jefes y oficiales.

Reconocimiento y ratificación de grados

El primer jefe de la Comisión Revisora de Hojas de Servicio fue el gene-


ral Jacinto B. Treviño, quien inició su carrera militar durante el Porfiriato
y más tarde se unió al constitucionalismo; fue muy cercano a Pablo
González, pero en la coyuntura de 1920 se decantó por los sonorenses.
Tenía el grado de general de división que, por ser el más alto del esca-
lafón, le daba la jerarquía suficiente para revisar los grados de sus pares
y de sus inferiores.44 La primera tarea de la Comisión Revisora fue de-
purar al ejército de los “falsos militares”. En un mes se dio de baja a 101
jefes y oficiales “apócrifos”, pero se creía que había otros 3 000.45 La co-
misión tenía la encomienda de revisar los expedientes de todos los ofi-
ciales, jefes y generales del ejército. Esa revisión puso en evidencia una
práctica muy común: un general premiaba a sus favoritos mediante
ascensos otorgados no por méritos en campaña sino por amiguismo;
en la jerga militar se les llamaba “generales de dedo” (o coroneles de
dedo, etcétera). A éstos les costaría mucho trabajo reunir certificados
que avalaran su trayectoria ya que en muchos casos simplemente no
existían.46 Hubo una gran resistencia a aceptar que los métodos im-
provisados con que se formó el ejército durante la Revolución no po-
dían continuar. Era como darle a las fuerzas armadas un barniz de
institucionalización, indispensable para que sus integrantes las vieran
de otra manera, para que poco a poco se conscientizaran de que para
permanecer ahí tenían que sujetarse a nuevas reglas. Unos jefes in-
conformes decían a la prensa:

44
 Excélsior, 12 de febrero de 1921.
45
 Se dijo que esos 101 elementos en tres años habían defraudado a la nación $660 000.00.
El Universal, 10 de marzo de 1921.
46
 La oficina del agregado militar norteamericano informaba de un capitán de nombre R.
Germán, de origen sonorense, cuyo padre al parecer era alemán, Gehrmann, pero castellanizó
su apellido. Este capitán, según esa fuente, era de los primeros militares que hablaban del
tema, aunque muchos civiles ya lo hacían abiertamente. 7 de agosto de 1924, mid, caja 2517.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 179

Muchos de nosotros —nos dijeron tres de los afectados—, ya sabíamos


que se dictaminaba en nuestra contra. Claro está que ha habido defi-
ciencias por parte de varios de nosotros, en lo que se refiere a la pre-
sentación de los expedientes, pero debe tomarse en cuenta que nos
iniciamos como soldados en una época que bien puede llamarse de
desorganización. A pesar de esto, vamos a demostrar que el grado que
ostentamos lo adquirimos con sacrificios y por ascensos obtenidos bien
en acciones guerreras, bien por antigüedad y por comisiones especiales
que nos fueron encomendadas.47

El alto mando reconocía el desorden y las motivaciones extramili-


tares con que se dieron grados y ascensos en el periodo 1913-1920. Un
documento interno de la secretaría señalaba que:

Tomando como base su principio y los elementos heterogéneos que lo


formaron, en muchos casos, no hubo orden ni equidad para otorgar
grados a sus componentes por los cc. generales que tuvieron autoriza-
ción para ello. Esta misma Secretaría por las circunstancias del momen-
to y muchas veces como una medida política, tuvo que dar por hecho
los grados que fueron conferidos, aprobándolos y ordenando la expe-
dición de la patente respectiva, sin tomar en consideración si los ante-
cedentes eran favorables. Una vez restablecido el orden y procediendo
con la justicia que debe normar sus actos, se ordenó la creación de Co-
misiones Revisoras de Hojas de Servicios en los departamentos respec-
tivos, para el estudio de los antecedentes de los cc. oficiales, jefes y
generales, con el objeto de ratificar sus grados, u otorgarles el que a
juicio de dichas comisiones les correspondiera. Por la labor desarrolla-
da de estas comisiones, se ha logrado depurar de una manera paulatina
el Ejército, ordenando la baja de algunos malos elementos que habían
hecho creer a la Superioridad ser honorables sus antecedentes como
revolucionarios, y tener derecho a formar parte del mismo.48

Se ve aquí un reconocimiento tácito de las dificultades para profe-


sionalizar un ejército surgido de una revolución, pero también de la
voluntad para hacerlo. En los inicios de esa tarea, Treviño advertía que,
después de sacar a los apócrifos, los siguientes casos a revisar serían los
de más reciente ingreso, los que se incorporaron durante el movimien-
to de Agua Prieta. También se revisarían los que pertenecieron al ex-
tinto ejército federal. La permanencia de éstos siempre fue un tema muy

47
 Casi siempre que se mencionaban quejas por excesos, omisiones o errores de las
autoridades castrenses, los quejosos evitaban que sus nombres apareciesen en la prensa.
El Universal, 6 de febrero de 1925.
48
 J. I. Lugo, jefe del Departamento de Estado Mayor a Amaro, 22 de junio de 1928, act-
aja, serie 0301, inv. 179, exp. 61, f. 33-35.
180 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

delicado en las décadas de 1920 y 1930. En primer lugar, porque eran


los que más conocimientos tenían sobre la organización y el funciona-
miento de un batallón, de un regimiento o de la administración castren-
se; de ahí que su presencia en las distintas áreas técnicas de la Secreta-
ría de Guerra fuera fundamental. Cuando Matías Ramos fue secretario
de la Defensa (1952-1958), recordaba esa época y así lo comentaba a
Salvador Rangel Medina:

Cuando la mayoría de los jefes revolucionarios del norte no sabíamos


ni siquiera pintar nuestro nombre, esos señores [los militares porfiristas]
ya leían de corrido y sabían mucho de números, de correspondencia y
de manejo de papeles. Para nosotros resultaron muy sabios y los acep-
tamos para que se hicieran cargo de nuestra enseñanza y los mandamos
a la Secretaría de Guerra para que nos ayudaran a manejarla porque
nosotros nada sabíamos ni de administración ni de papeles.49

El problema era que muchos militares que iniciaron su carrera en


la Revolución y, por tanto, combatieron al ejército federal, veían con
rabia y envidia que ellos eran desplazados por sus antiguos enemigos.
De ahí que Treviño indicara que sólo reconocerían los grados de ex
federales que cambiaron de bando antes de la derrota del ejército fede-
ral, el 8 de julio de 1914, pues después de esa fecha, por simple oportu-
nismo, muchos abandonaron sus filas para unirse al constitucionalismo
(en los tratados de Teoloyucan de agosto de 1914 se acordó la disolu-
ción del ejército federal). A Treviño le parecía una medida benévola,
pues se aceptaba la permanencia de muchos militares que sirvieron a
Huerta.50 Esa benevolencia suscitó un gran disgusto ya que muchos
revolucionarios sentían que a ellos se les trataba con dureza al revisar
sus hojas de servicio y, en cambio, a los ex federales no se les castiga-
ba por su pasado huertista. Pocos meses después se rumoraba sobre
la renuncia de Treviño, aunque el secretario Estrada la desmintió.51 La
renuncia vino, por motivos muy distintos, unos días después de esas

49
 Salvador Rangel Medina, “Pláticas de un soldado”, galeras originales con la siguien-
te información: v. i, México, Universidad Autónoma Metropolitana, 1996 (Colección Cultura
Universitaria 80), p. 103. La copia que tengo ya estaba formada para su publicación pero,
según me comentaron, finalmente el general Rangel Medina decidió no publicarlas.
50
 El Universal, 27 de mayo de 1921. Treviño nos da luz sobre esta disposición que es del
31 de diciembre de 1920 (la cual rectificaba la circular del 15 de mayo de 1916), misma que
ordenaba la baja en el ejército de todos los ex federales que prestaron sus servicios al gobier-
no de Huerta y se incorporaron al ejército constitucionalista después del 8 de julio de 1914.
Excélsior, 16 de junio de 1921.
51
 Sin embargo, el subsecretario Serrano afirmaba que, en algunos casos, la comisión
que presidía Treviño había actuado con ligereza en algunos casos y con rigorismo en otras.
El Universal, 3 de agosto de 1921.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 181

declaraciones. Debido a una disputa que tenía de tiempo atrás con el


general José Alessio Robles (hermano de Vito Alessio), Treviño mató a
éste en una calle de la ciudad de México.52 Fue sustituido por el general
Fermín Carpio.
Algunos dictámenes de la Comisión Revisora llamaron la atención
de la opinión pública, pues resultaba increíble cómo a un general sólo
se le certificaba el grado de teniente.53 Años después, también a un ge-
neral de brigada, Antonio Ramírez, sólo se le reconoció el grado de te-
niente coronel.54 En los primeros años de existencia de la comisión, los
criterios para comprobar los grados se basaron en múltiples circulares
y disposiciones de la secretaría, que muchas veces eran confusas y aun
contradictorias. Por ello en noviembre de 1923 se emitió una circular
que normaba esos criterios. Tenía tintes políticos bastante claros en
contra de los enemigos del obregonismo, con la intención de favorecer
a jefes y generales que habían servido en el Cuerpo de Ejército del No-
roeste. Pero también seguía la política de “unificación” de 1920; por
ejemplo, limitaba los ascensos otorgados por Pablo González; quedaban
sujetos a revisión todos los concedidos por Carranza, en los últimos
cuatro meses de su gobierno; eran aceptados bajo ciertas condiciones
los ex federales que se unieron al constitucionalismo; sólo se reconoce-
rían los nombramientos y ascensos de unos cuantos generales que ha-
bían sido enemigos del constitucionalismo.55
En términos generales, durante el periodo obregonista, la Comisión
Revisora de Hojas de Servicio mostró una actitud más tolerante para
revisar los distintos casos, sobre todo con ex federales. Cuando Calles

52
 Ibidem, 9 de agosto de 1921.
53
 Fue el caso de Juan Salazar. Ibidem, 16 de noviembre de 1921.
54
 Oficio del general José Fernández Ramírez, subjefe del Departamento de Estado Ma-
yor, 22 de diciembre de 1925, act-aja, serie 0308, leg. 17, f. 1143.
55
 Los artículos a que hago referencia son los siguientes: 3º: “Los ascensos otorgados por
el general de división Pablo González, sólo se considerarán válidos hasta capitán primero,
siempre que dichos ascensos hayan sido conferidos antes del 28 de febrero de 1917; 7º: “Que-
dan sujetos a revisión todos los ascensos, a partir del 1o de enero de 1920, conferidos por el
extinto presidente C. Venustiano Carranza, o aquellos que por conducto de la Secretaría de
Guerra, se hubieren otorgado, con objeto de ratificar los que, por méritos en el ejército, fueren
acreedores a ellos”; 18º: “Los ex federales que se han incorporado después del 8 de julio de
1914, se les aceptará en el seno del actual ejército hasta con la antigüedad del 1o de enero
de 1916, y se les deducirá el tiempo, servicios y ascensos de la usurpación”; 28º: “Sólo se to-
marán en consideración los nombramientos o certificados expedidos por los generales de di-
visión Emiliano Zapata, Francisco Villa, Genovevo de la O, Manuel Peláez, Marcelo Caraveo,
Pedro Gabay, Panuncio Martínez, Juan Andreu Almazán, Gabriel A. Carballo, Guillermo
Meixueiro, Higinio Aguilar, Eulalio Gutiérrez, Gildardo Magaña, Luis Medina Barrón, y de
brigada, Roberto Cejudo y Enrique Brena“. Circular número 68, “Disposiciones generales para
la comprobación de los servicios y empleos de los miembros que forman el actual ejército”,
21 de noviembre de 1923, Revista del Ejército y de la Marina, noviembre de 1923, p. 1278-1281.
182 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

llegó a la presidencia y Amaro a la Secretaría de Guerra, hubo una


tendencia a tratar más duramente a los ex federales, pues en las oficinas
más importantes de la secretaría, especialmente en el Departamento de
Estado Mayor, los “militares revolucionarios” aumentaron su presencia
e influencia. Después de terminar con el delahuertismo, la comisión
intensificó sus labores, pues para combatirlo

el gobierno aceptó el concurso de muchos generales, jefes y oficiales


de procedencia ex-federal o unificados, que no tienen clara y perfecta-
mente deslindada su personalidad militar en el actual ejército, condi-
ción imprescindible para aquilatar sus méritos y servicios pretéritos
con sujeción a las disposiciones vigentes... Se han aprovechado los
servicios de elementos genuinamente revolucionarios, desechándose
el contingente civil, para no provocar erogaciones inútiles.56

La actitud antifederal fue más notoria cuando el general Gabriel


Gavira era jefe del Departamento de Estado Mayor (del cual dependía
la Comisión Revisora de Hojas de Servicio). Bajo su jefatura se dio de
baja a varios ingenieros militares de origen porfirista que daban clases
en el Colegio Militar. En un discurso en esa institución, Gavira se va-
nagloriaba de que ahora los ingenieros de origen revolucionario se
ocupaban de esas clases. Estas palabras disgustaron a Calles y a Ama-
ro, pues fomentaban las rencillas internas dentro del ejército. Cuando
Gavira fue cesado de su puesto, él interpretó su salida por haber defen-
dido con excesivo celo al personal de origen revolucionario.57
Entre 1924 y 1925, la Comisión Revisora de Hojas de Servicio reco-
noció el grado de 548 militares, desde general de brigada hasta subte-
niente, y no se les otorgó a 207 elementos. Al año siguiente, de divisio-
narios a subtenientes se reconocieron 939 grados y no lo fueron 258,
mientras que 272 fueron degradados.58

56
 Memoria presentada al H. Congreso de la Unión por el secretario del ramo, general de divi-
sión Joaquín Amaro, 1924-1925, p. 52.
57
 Gabriel Gavira Castro, antes de incorporarse a la Revolución, ya militaba en las filas
del antirreeleccionismo en Veracruz. Por esa actividad fue apresado y el 20 de noviembre de
1910 intentó dinamitar el cuartel de San Antonio, de ese estado. Escapó y en mayo de 1911
inició su carrera militar. Sirvió bajo las órdenes de los generales Pablo González, Cándido
Aguilar, Jesús Carranza y Álvaro Obregón. En 1919 presidió el consejo de guerra que conde-
nó a muerte al general Felipe Ángeles. De ese hecho, además de los antecedentes menciona-
dos, seguramente provenía su aversión a la elite castrense de origen porfirista, la cual era
encabezada por los ingenieros militares y los mandos del arma de artillería. Fue presidente
del Supremo Tribunal Militar durante varios años.
58
 Memoria presentada al H. Congreso de la Unión por el secretario del ramo, general de divi-
sión Joaquín Amaro, 1924-1925, p. 54; ibidem, 1925-1926, p. 32. En años posteriores ya no se
informa de esto.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 183

El funcionamiento de la comisión acentuó la diferencia entre los


militares “revolucionarios”, aquellos que iniciaron su carrera desde el
maderismo o bien durante el constitucionalismo, y los militares “tácti-
cos”, aquellos que habían estudiado el curso de un arma táctica en el
Colegio Militar y otras academias durante el Porfiriato; debido a ese
origen, muchos de ellos combatieron a la Revolución, y el hecho de
seguir en el ejército nacional era motivo de disputas que traspasaban
la esfera castrense. Se reflejaba en la política, pues los dictámenes de la
comisión, previo visto bueno del secretario de Guerra y del presiden-
te de la República, pasaban al Senado para su ratificación. La fracción
ii del artículo 76 de la Constitución de 1917 establece que esa cámara
tiene la facultad de ratificar los nombramientos de empleados superio-
res en los ramos de Hacienda, Relaciones Exteriores y Guerra; en el
ejército deben ser ratificados los grados de coroneles, generales briga-
dieres, generales de brigada y generales de división; en la armada, los
capitanes de navío, comodoros y contraalmirantes. El Senado formaba
comisiones de guerra que funcionaban de manera simultánea, podía
haber hasta cuatro comisiones, con tres senadores cada una, encargadas
de estudiar los casos y de elaborar un dictamen que eventualmente era
votado por el pleno. La práctica más común para elaborar esos dictá-
menes era seguir fielmente el dictamen que la Secretaría de Guerra
acompañaba con cada expediente.
Era muy importante para esos jefes obtener la ratificación, pues
tanto la Ordenanza General del Ejército vigente (1911) como la Ley
Orgánica del Ejército, en vigor a partir de 1926, establecían que para ser
“personal jerárquico activo de las fuerzas armadas” debían tener las
patentes o despachos de su grado, firmados por el presidente, así como
la ratificación del nombramiento por parte del Senado. Al revisar el
Diario de los Debates del Senado vemos que la inmensa mayoría de los
dictámenes que presentaban las comisiones de guerra era aprobada sin
discusión. También se puede apreciar que casi todos eran dictámenes
favorables a la ratificación. Por eso me parece interesante mencionar
los casos en los que el criterio del ejecutivo y del legislativo diferían,
porque muestran hasta qué punto el primer poder dominaba al segun-
do, cuando menos en ese ámbito.
En 1925 hubo una disputa que trascendió en la prensa: se presentó
al pleno el dictamen para ratificar el grado de general de división de
Pedro Gabay, ex felicista que se unió al Plan de Agua Prieta y se man-
tuvo leal al iniciar la rebelión delahuertista. El dictamen negaba el ran-
go de dicho divisionario. Aunque tras este caso había intereses perso-
nalistas muy claros, también evidenciaba una discusión más de fondo
que fermentaba en el ambiente político y castrense de aquel tiempo.
184 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

Uno de los senadores encargado de elaborar el dictamen, el general


Jesús Azuara, era enemigo personal de Gabay.59 Éste, cuando era jefe
de operaciones en Hidalgo, fue extremadamente parcial en unas elec-
ciones para gobernador: favoreció al coronel Matías Rodríguez y obs-
taculizó a Azuara.60 También hay que mencionar que el caso coincidió
con un conflicto entre el ejecutivo y el Senado: una elección que derivó
en que ambos candidatos a la gubernatura de Coahuila se declararan
triunfadores y establecieran sendos gobiernos. Tanto el Senado como
el poder ejecutivo tenían la facultad de intervenir en esos casos; la cá-
mara reconoció como gobernador legítimo al general Luis Gutiérrez y
Calles al general Manuel Pérez Treviño.61 En esa coyuntura se dio una
discusión en torno al criterio que se debía seguir para ratificar o no un
grado. Unos apoyaban seguir un criterio político, que se traducía en
tener muy en cuenta si habían servido al gobierno de Victoriano Huer-
ta y si habían combatido a la Revolución. Hacia este criterio se inclina-
ban algunos senadores que eran generales revolucionarios tales como
Jesús Agustín Castro, Jesús Azuara, Higinio Álvarez y, entre los civiles,
Maqueo Castellanos y Alejandro Martínez Ugalde (los dos últimos
mencionados y Jesús Azuara, como presidente, eran los miembros de
la Comisión de Guerra que elaboró el dictamen).62 Castro señalaba: “Si
Victoriano Huerta hubiera triunfado seguramente no estaríamos ahora
discutiendo los grados de los jefes militares”; dijo también que si la
Constitución daba al Senado, que es un órgano político, esa facultad, el
criterio debía ser político; debía hacerse con cuidado ya que había ge-
nerales que no tenían más mérito que el de haberse rendido y se habían
expedido a sí mismos sus despachos de divisionarios; creía que “los
verdaderos revolucionarios hemos obtenido nuestros grados en campo
de batalla, expuesto la vida contra los federales, y no es justo que a los
otros se les ratifique”.63 Otro grupo opinaba que debía seguirse un cri-
terio político, pero no radical; sí debía tomarse en cuenta el pasado huer-
tista, pero también la colaboración con los revolucionarios; sostenían

59
 La Tercera Comisión de Guerra del Senado estaba formada por Azuara, José Ma-
queo Castellanos y Alejandro Martínez Ugalde; el dictamen que elaboraron proponía re-
chazarle los grados de general, pues la mayor parte de su carrera combatió, primero, a la
Revolución, a las órdenes inmediatas de Higinio Aguilar, y luego se opuso al constitucio-
nalismo. Se unió a Agua Prieta en 1920. Proponían dejarlo como teniente coronel. Excélsior,
28 de octubre de 1925.
60
 El gobierno central terminó por reconocer a Matías Rodríguez. Ibidem, enero a marzo
de 1925.
61
 Ibidem, 2 de diciembre de 1925. Poco después, el Senado rectificó y reconoció como
gobernador a Pérez Treviño. Ibidem, 29 de diciembre de 1925.
62
 Ibidem, 28 de octubre de 1925.
63
 Ibidem, 29 de octubre de 1925 y 20 de diciembre de 1925.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 185

que debía valorarse el carácter técnico, la calidad de la carrera militar


del individuo, así como las comisiones que había desempeñado. Juan
de Dios Robledo decía que el Senado no podía ser intolerante al juzgar,
“se entiende que servicios buenos compensen momentos de extravío
político, más en situación como la vivida en México“; Eduardo Neri
consideraba que “se lesionaba injustamente a los militares, pues los
civiles, que nada hicieron por la Revolución, pueden ocupar cualquier
puesto sin que se les exija sus antecedentes”; Francisco Labastida Iz-
quierdo dijo que “mientras en el país prevalezcan las batallas sobre el
imperio de la ley, mientras nadie sepa cuál es el verdadero gobierno
constitucional, el Senado no debe tener un criterio único y severo”.64 Esta
discusión traspasó a otros ámbitos. Azuara invitó al Centro de Veteranos
de 1910 a pronunciarse por el criterio que debía seguirse. Se hizo una
votación en la cual ganó la propuesta del criterio político. El director de
este centro, Jacinto B. Treviño, estaba de acuerdo con él.65 En cambio, el
escritor Nemesio García Naranjo criticaba la postura de Castro al decir
que, así como el presidente de la República era un puesto político y
tenía la facultad para designar empleados federales como cónsules,
embajadores y médicos, si se siguiese ese criterio en la universidad a
un profesor de matemáticas no se le exigirían conocimientos de álgebra
sino haber sido compadre de Urbina:

En el ejército, más que en cualquiera otra parte, hacen falta los técnicos
que sepan organizar y mandar: El buen éxito de un coronel no depen-
de de que sea partidario fervoroso del Artículo 27 de la Constitución,
sino de que mueva a su regimiento con agilidad y ligereza. Buen ge-
neral no es el que dice patrañas en los clubes, sino el que sabe manio-
brar en los campos de batalla. Napoleón solía decir: “yo no hago a los
mariscales, los hace la victoria”. El senador Jesús Agustín Castro, más
avanzado que Bonaparte, pretende que los generales emerjan del her-
videro brutal de las pasiones políticas.66

Finalmente, el dictamen que rechazaba los grados a Gabay no fue


votado, pues se aceptó que fuese retirado para hacer otro; por tanto, el
nombramiento prevalecía y continuó como divisionario; dos años des-
pués le ratificaron el grado.67 La comisión que vio de nuevo el caso,
criticaba a la de 1925, pues el criterio

64
 Ibidem, 29 de octubre de 1925.
65
 Ibidem, 31 de octubre y 1 de noviembre de 1925.
66
 Ibidem, 23 de diciembre de 1925.
67
 De hecho, en el mismo dictamen le reconocieron los grados de coronel, brigadier,
general de brigada y de división. Diario de los Debates del Senado, 14 de octubre de 1927.
186 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

que campea es esencialmente político y parece dictado contra enemigos


irreconciliables cuando todavía no se apaga el rumor de los campos de
combate... La anterior tercera comisión de guerra se muestra inconse-
cuente con el criterio que anteriormente informó otros dictámenes suyos
en casos análogos, pues no puso ningún reparo en la ratificación de los
grados del general Almazán, no obstante que estuvo en la Ciudadela
cuando el movimiento militar en contra de los poderes legítimos de la
República, y en cambio niega la ratificación de los grados del general
Gabay, aparentemente sólo por haber militado a las órdenes del gene-
ral Higinio Aguilar. Como este doble criterio, uno legalista y otro po-
lítico, constituye un cuchillo de dos filos para la ratificación de grados,
aplicándose uno a los amigos y el otro a los enemigos, la actual comi-
sión cree que debe desterrarse semejante procedimiento.

También se acusaba a esa comisión de no haber tomado en cuenta


la circular de noviembre de 1923, donde se validaban los grados expe-
didos por Higinio Aguilar y Pedro Gabay, pues era absurdo que se le
diera tal legitimación a los grados otorgados por éstos y no se le reco-
nocieran los propios.68 Esa misma circular también validaba los grados
otorgados por Guillermo Meixeuiro; de mano de ese general obtuvo sus
grados Isaac Ibarra, otro caso que generó polémica, pues se consideraba
que había llegado al generalato por la negociación política de Obregón
con varias facciones anticarrancistas. El senador José Aguayo decía:

El gobierno, después de cada una de las revueltas que ha habido en el


país, se ha creado compromisos y se ha creado necesidades que ha
tenido que respetar..., y lo natural es que las cámaras lo respeten, ya
que a la postre hemos obtenido nosotros la ventaja de mantenernos en
nuestras posiciones, mediante este uso que el ejecutivo hace de su au-
toridad para terminar las revueltas; [...] el punto culminante de estos
arreglos es siempre entenderse con los cabecillas... Entre nosotros, que
no tenemos militares de carrera, que no hacemos una formación lenta,
ordenada y metódica de nuestro ejército nacional; sino que por interés,
por cuestión histórica, por cuestión de hábito y de respeto, tenemos
que formarlo de un modo circunstancial, la ratificación de los grados
tiene que ser igualmente circunstancial...69

Estas palabras muestran al ejército como agencia de empleos y de


negociación política del ejecutivo con caciques y otros personajes po-

68
 Dictamen de la Tercera Comisión de Guerra, Arturo Cisneros Canto y A. Meneses.
La comisión de 1925 estaba formada por Jesús Azuara, José Maqueo Castellanos y Alejandro
Martínez Ugalde. Diario de los Debates del Senado, 13 de octubre de 1927.
69
 Ibidem, 16 de noviembre de 1926.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 187

derosos. Por eso era tan difícil dar de baja a generales y jefes, y profe-
sionalizar al instituto armado.
Volvamos al caso de Gabay. En algunos círculos militares, el punto
más importante no era el predominio de un criterio político sobre uno
técnico sino las atribuciones del Senado. Un reportero recogió opiniones
en la Secretaría de Guerra; una de ellas decía: “No necesitamos que
el Senado intervenga para enviar a sus casas a los malos elementos del
ejército. Numerosos generales, jefes y oficiales contra quienes había car-
gos fueron ya separados del servicio activo”.70 Debido a que la ratifica-
ción del Senado era, por así decirlo, la culminación de un nombramien-
to militar, en algunos círculos castrenses se veía ésta como una
intromisión en un asunto tan delicado, podría decirse íntimo, como eran
los nombramientos y reconocimientos de grados. La facultad de la rati-
ficación existía en la Constitución de 1857 y el espíritu de la misma era
la de contener al ejecutivo, por las experiencias de golpes de Estado y
dominio del militarismo en el pasado inmediato; la de 1917, por el con-
trario, refuerza el poder presidencial, y la facultad de ratificación que-
daba limitada con la fracción xvi del artículo 89 que dice que, cuando el
Senado no esté en sesiones, el presidente podrá hacer los nombramien-
tos, a reserva de someterlos después a la aprobación de esa cámara.
Como el receso de ésta era de aproximadamente ocho meses, la facultad
de validar nombramientos hechos por el ejecutivo se reducía a una sim-
ple ratificación de un nombramiento ya ejercido.71
En 1924, Fernando Iglesias Calderón intentó sin éxito derogar aque-
lla fracción. En 1966 se reformó para que, en caso de que estuviese en
receso, la aprobación la hiciera la Comisión Permanente, y así se diera
mayor peso y vigencia a la instancia legislativa.72 Al finalizar el periodo
obregonista, el senador Vito Alessio Robles señalaba ese problema, al
discutirse el dictamen que ratificaba los grados de coronel, brigadier y
general de brigada de Arnulfo R. Gómez; el senador Góngora cuestio-
naba el procedimiento, pues Gómez ya había sido nombrado divisio-
nario y, por ello, había que incluir ese grado en el acuerdo; ante esto,
Alessio argumentaba:

El dictamen está bien hecho. Nosotros no podemos ratificar ningún


nombramiento si no lo pide previamente el Ejecutivo. Desgraciadamente
70
 Excélsior, 29 de octubre de 1925.
71
 La fracción xvi dice: “Cuando la Cámara de Senadores no esté en sesiones, el presiden-
te de la República podrá hacer provisionalmente los nombramientos de que hablan las fraccio-
nes iii y iv, a reserva de someterlos a la aprobación de dicha cámara cuando esté reunida”.
72
 Véase Diario de los Debates del Senado, 4 de septiembre de 1924; el cambio de 1966:
“...los nombramientos de que hablan las fracciones iii y iv, con aprobación de la Comisión
Permanente.” Diario Oficial de la Federación, 21 de octubre de 1966.
188 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

en esto hay una corruptela que hay que procurar evitar en lo posible.
El Ejecutivo puede expedir nombramientos provisionales, según la
Constitución, mientras está en receso el Senado; pero es el hecho
que nos están llegando nombramientos seguidos, expedidos en el
año de 1916, de coroneles, generales brigadieres y generales de bri-
gada; y es necesario procurar que termine esto cuanto antes; es decir,
opino que, conforme a la Constitución, el Ejecutivo no pueda ascen-
der a un individuo en el Ejército a general brigadier, mientras que
el Senado no haya ratificado el despacho de coronel y así sucesiva-
mente, y no aprobar este chorizo de nombramientos, porque es inútil
entonces, es ilusoria la facultad del Senado; basta con que el Ejecutivo
tarde seis o siete años el envío de esos expedientes, para que la facul-
tad del Senado sea completamente ilusoria y nos estemos haciendo
tontos solos.73

Al revisar el diario de sesiones pude apreciar que efectivamente ese


rezago venía desde la administración del presidente Carranza. En esos
cuatro años fueron muy pocos los grados que se ratificaron. Durante
los primeros dos años del periodo obregonista se presentaron más dic-
támenes ante el pleno, pero como se les daba una primera y una segun-
da lectura, para después discutirlos y votarlos, el trámite se alargaba.
Suponemos que había otros asuntos más urgentes, lo cual retrasaba
indefinidamente la presentación de los dictámenes para votación. Es
factible pensar que, al no contar con el apoyo incondicional de una
mayoría en la cámara, el ejecutivo apelara a ella en asuntos de mayor
trascendencia. También es lícito suponer falta de interés de los propios
generales para que sus grados fuesen ratificados, pues en muchos as-
pectos la administración castrense aún funcionaba como en tiempos de
la Revolución. La lenta institucionalización del país conscientizó tanto
a generales como a la administración militar de realizar los procesos
legislativos. También había una utilización política de las ratificaciones,
como forma de promover la lealtad de los generales. Es harto elocuen-
te que durante la coyuntura de 1923-1924, al arrancar la campaña pre-
sidencial e iniciar la rebelión delahuertista, fue cuando más ratificacio-
nes se dieron; después de ser sofocada se hizo necesario otorgar
numerosos ascensos para los generales que se mantuvieron leales y
combatieron a los rebeldes. Tantas promociones (un ascenso es un nom-
bramiento por parte del ejecutivo) pusieron en evidencia el rezago exis-
tente en las ratificaciones senatoriales. A fines de 1923 se ratificaron los

73
 Ibidem, 17 de octubre de 1924. El grado de divisionario le fue ratificado a Gómez en la
sesión del 27 de noviembre de 1924. El presidente lo había ascendido pocos meses antes: el
28 de julio, fecha de su patente.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 189

grados de coronel y brigadier a cuatro militares.74 En 1924 a once.75 En


ese año era normal confirmar hasta tres grados en el mismo dictamen:
los de coronel, brigadier y general de brigada a diez generales.76 A
Eugenio Martínez le aprobaron los cuatro grados a que tiene facultades
el Senado: coronel, brigadier, general de brigada y de división.77 En la
mayoría de estos casos, los grados de coronel habían sido obtenidos
entre 1914 y 1916 y los de brigadier entre 1917 y 1920, lo que confirma
el enorme rezago que existía. En los primeros tres años del periodo
callista hubo muy pocas ratificaciones; es posible que algunos casos
polémicos influyeran para que los dictámenes se presentaran a cuenta-
gotas. En agosto de 1928, sólo tenían ratificado su grado 14 divisiona-
rios, 19 generales de brigada y 26 brigadieres.78 En cambio, durante el
segundo semestre de ese año las aprobaciones se dieron en avalancha.
El asesinato del presidente electo provocó un gran descontento en el
ejército; muchos de sus jefes estaban seguros que detrás del asesino
material estaba la mano de Calles, a través de su fiel colaborador Luis
N. Morones. El presidente debía lidiar con un descontento transforma-
do en infidencia; como una forma de calmar los ánimos promovió las
ratificaciones de sus grados, sobre todo las de aquellos que tenían man-
do de tropa: jefes de operaciones en los estados, jefes de guarnición y
comandantes de batallones y regimientos. Se ratificaron los grados de
coronel y brigadier a 121 militares.79 En el mismo periodo, los de coronel,

74
 Se trató de José Domingo Ramírez Garrido (quien se rebelaría al mes siguiente),
Áureo L. Calles, José Amarillas y Aarón Sáenz. Ibidem, 16 y 14 de noviembre de 1923.
75
 Los grados de coronel y general brigadier a: Anatolio Ortega, Manuel J. Celis, Enri-
que Nájera, Julio García, Abraham Carmona, Manuel J. Contreras, Abelardo L. Rodríguez,
Ramón V. Sosa, Federico Berlanga, Miguel S. González y Donato Bravo Izquierdo. Ibidem,
2 y 17 de octubre de 1924.
76
 Jesús J. Madrigal, Juan Jiménez Méndez, Arnulfo R. Gómez, José Juan Méndez, Jesús
M. Ferreira, Francisco Manzo, Manuel Laveaga, Enrique Osornio y Agustín Maciel. Ibidem, 2
y 17 de octubre y 27 de noviembre de 1924.
77
 Ibidem, 2 de octubre de 1924. A Juan Andreu Almazán le ratificaron los de brigadier,
general de brigada y general de división. Ibidem, 3 de octubre de 1924. En 1926 a Gildardo
Magaña le ratificaron los cuatro grados. Ibidem, 15 de octubre de 1926.
78
 De un total de 30 divisionarios, 124 generales de brigada y 237 brigadieres que for-
maban la plana mayor del ejército, Memoria presentada al H. Congreso de la Unión por el secreta-
rio del ramo, general de división Joaquín Amaro, 1927-1928, p. 43.
79
 Como en el mismo dictamen se ratificaban dos grados, de hecho hablamos de 242 rati-
ficaciones a los siguientes generales: Francisco Bórquez, Eduardo Hay, José J. Obregón, Enri-
que Torres, Miguel Valle, Rafael L. de Mendoza, Román Yocupicio, Salvador S. Sánchez, Ubal-
do Garza, Teófilo Álvarez, Carlos Real, Crisóforo Vázquez, Manuel M. Aguirre, Sebastián
Barriguete, Benito Bernal, Edmundo Durán, José Luis Amezcua, J. Félix Lara, Antonio Ar-
menta, Juan Felipe Rico, Juan N. Celis, Francisco del Arco, Ignacio Leal, Octavio Galindo,
Rafael R. Navarro, Pedro León, Guillermo Moreno Palma, Antonio Ancheta, José María Do-
rantes, Agustín Olachea, Regino González, José R. Suástegui, José Beltrán, Mariano Garay,
Tranquilino Mendoza, Francisco Téllez, Rafael Aguirre, Arturo Bernal M., Ernesto Griego,
190 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

brigadier y general de brigada a 68 generales.80 Los de coronel, briga-


dier, general de brigada y divisionario a siete individuos.81 En ese año,
fue excepcional la ratificación de un solo grado: sólo a trece generales
de brigada y a cuatro divisionarios.82 Casi nunca se aprobaba el grado

Domingo G. Martínez, Encarnación Vega Gil, Crisanto E. Quintero, Evaristo Pérez, José Gam-
boa, Pedro Caloca, Enrique Díaz González, Agustín Mustieles jr., Antonio Gómez Velasco,
Luis Alcalá, Manuel J. Limón, Virginio Torres, Francisco Olvera, Manuel R. Moncada, Adolfo
Bonilla, Félix Ireta, Jesús García, Miguel Molinar S., Pedro Sosa, Anselmo Macías Valenzuela,
Luis L. Ibarra, Salvador Fuentes, Ezequiel Martínez Ruiz, Ildefonso Turrubiates, Manuel F.
Enríquez, Teodoro Elizondo, Santiago Nogueda, Ignacio Otero Pablos, Agustín de la Vega,
Tirso Hernández, Arturo Campillo Seyde, José María Rodríguez Farías, Ernesto Sánchez
Méndez, Moisés E. Vidal, Alberto Bérber, Arturo Ponce de León, Miguel Z. Martínez, José
Zamora, Manuel Moreno Bernal, Juan Antonio Acosta, Gregorio Núñez, Pedro Torres Cortá-
zar, Andrés Zarzoza Verástegui, Eduardo Arrieta, Agustín L. Martínez, Ricardo Michel, Pe-
dro Piza Martínez, Jesús Santos Mendiola, Leopoldo Rabate, Tito Ferrer y Tovar, Lindoro
Hernández, Benjamín J. Silva, Benigno Abundes, José R. Botello, Manuel Ballesteros, Luis
González Gutiérrez, Juan García Anzaldúa, Enrique R. Navarro, Porfirio Cadena, Ildefonso
Castro, José María Leyva, Félix González, Juan Zertuche, Alberto Zuno Hernández, Román
López, José Inocente Lugo, Leobardo Ruiz, Manuel G. Ulloa, Julio Hernández Serrano, Arturo
L. Alatorre, Guilebardo E. Ávila, Samuel A. Kelly, Francisco Saavedra, Francisco R. Durazo,
Juan L. Cardona, Manuel C. Lugo, Alberto Orozco, Every González V., José C. Dávila, Ra-
món de la Vega, Francisco García Peña, José Mijares Palencia, Armando Escobar S. y Juventi-
no Espinosa S., en las sesiones del 13, 24, 27 y 28 de septiembre, 8, 22 y 24 de octubre, 26 y 29
de noviembre, 6, 7, 13, 17, 19 y 28 de diciembre de 1928. Diario de los Debates del Senado.
80
 Estamos hablando de 204 ratificaciones a: Andrés Figueroa, Antonio Ríos Zertuche,
Pedro J. Almada, Laureano Pineda, Lázaro Cárdenas, Roberto F. Cejudo, Adrián Castrejón,
Juan José Ríos, Rodrigo M. Talamantes, Rafael Sánchez, Juan Soto Lara, Juan Domínguez, Ro-
drigo Quevedo M., Alfredo Martínez, Juan Torres S., Manuel Medinaveitia, Juan Gualberto
Amaya, J. Trinidad Cervantes, Matías Ramos, Benacio López Padilla, J. Félix Bañuelos, Miguel
Piña jr., Pascual Ortiz Rubio, Vicente Domínguez, Espiridión Rodríguez, Benigno Serrato, Lo-
renzo Muñoz, Eustaquio Pardo, Agustín Mora, Pablo Quiroga, Lucas González, Roberto Mar-
tínez y Martínez, Francisco Artigas, Julián C. Medina, Gilberto R. Limón, Jaime Carrillo, Pablo
Díaz, Pablo Rodríguez A., Arnulfo González, Rafael Vargas, Fortunato Zuazúa, Clemente Ga-
bay, Alejandro Mange, Vicente González, Ignacio C. Enríquez, Genovevo Rivas Guillén, Bru-
no Neira, Miguel Orozco, Silvestre Pinal, Alfonso Rodríguez Canseco, Anatolio B. Ortega, Es-
teban Baca Calderón, Ernesto León, Rodrigo Zuriaga, José Cavazos, Ernesto López Real, Teodoro
Escalona, Rafael Moreno O., Jesús González Lugo, Máximo García, Eduardo C. García, Alber-
to Cuevas, Joaquín V. Casarín, Luis Alberto Guajardo, Pilar R. Sánchez, Mariano Arrieta, Lino
Morales y Ramón V. Sosa, en las sesiones del 13, 24, 27 y 28 de septiembre, 8, 22 y 24 de octu-
bre, 26 y 29 de noviembre, 6, 7, 17, y 28 de diciembre de 1928. Ibidem.
81
 Hablamos de 28 ratificaciones a: Marcelo Caraveo (13 de septiembre de 1928), Pafnun-
cio Martínez (27 de septiembre), Fortino Ayaquica (28 de septiembre), Francisco Cossío Robe-
lo (8 de octubre), Saturnino Cedillo, Jesús M. Aguirre (22 de octubre), Jesús Agustín Castro (26
de noviembre), 13, 27 y 28 de septiembre, 8 y 22 de octubre, 26 de noviembre de 1928. Ibidem.
A Miguel M. Acosta le ratificaron los grados de brigadier, general de brigada y de división.
82
 General de brigada: Federico Berlanga, Manuel Pérez Treviño, Amado Aguirre, Ma-
nuel Mendoza, Julio García, Donato Bravo Izquierdo, Antonio A. Guerrero, Miguel S. Gonzá-
lez, Evaristo Pérez, Encarnación Vega Gil, Ernesto Aguirre Colorado, 28 de septiembre, 22 y
24 de octubre, 26 de noviembre y 28 de diciembre de 1928. Ibidem; general de división: Jesús
M. Ferreira, Jesús M. Aguirre, Lázaro Cárdenas, Abelardo L. Rodríguez, 13 de septiembre,
22 de octubre y 26 de noviembre de 1928. Ibidem.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 191

más bajo, el de coronel. Una vez pasada la crisis por el asesinato de


Obregón y la rebelión escobarista del año siguiente, las ratificaciones
disminuyeron y también terminó la costumbre de reconocer dos, tres
y hasta cuatro grados. De los 121 reconocimientos que se dieron a los
grados de coronel y brigadier en 1928, al año siguiente sólo se ratifica-
ron esos mismos grados a 21 militares.83 Comenzó a ser normal la con-
firmación de un solo grado y se privilegió a los coroneles, al reconocer-
les ese grado, que además era el que en ese momento ostentaban. En
1930 se ratificó a 48 coroneles.84 Al año siguiente a 386, cuando el nú-
mero total de coroneles en activo en ese año era de 514; en otras pala-
bras, en un periodo ordinario de sesiones se confirmó al 75% de los
coroneles en activo.85 Ello indica el rezago que había en el grado más
bajo y la voluntad por normalizar esa situación. En 1931 fueron muy
pocas las ratificaciones de dos o más grados, como también la de cual-
quier grado del generalato, si comparamos con años anteriores.86 En los

83
 Coronel y general brigadier: Jesús Fuentes Dávila, Gabriel Barrios, Nazario Medina,
Cristóbal Rodríguez, Miguel González Figueroa, Benito García, Gabriel R. Cervera, Anacle-
to Guerrero, Juan R. Vargas, Gregorio Osuna Hinojosa, Juan José Baños, Francisco Aceves
Mateos, Gregorio Morales Sánchez, José Cortés Ortiz, Manuel Ayala, Andrés G. Castro, Rey-
naldo Nuncio, Manuel Álvarez, Francisco A. Martínez, José C. Rojas, Manuel Montalvo, 27
de septiembre, 2 y 7 de octubre, 25 de noviembre de 1929. Ibidem.
84
 Éstos fueron: Rodolfo Díaz de la Vega, Amado L. Cristo, Enrique Ortiz R., Adolfo
Pérez Caro, Manuel Maldonado, Joaquín Martínez Íñiguez, Leobardo Tellechea, Fernando
Hernández Carbajal, Rafael Huanaco Méndez, Pascual Fuentes Ruiz, Leopoldo Treviño
Garza, Otoniel Rodríguez López, Arturo Villanueva Galeana, Rafael Granja Lizárraga, Ze-
ferino Gutiérrez Cervantes, Gregorio Delgado Ibarra, Ángel Quiroz Guijarro, Carlos Valdés
Armenta, Anastacio Meneses Bonilla, Arturo Jiménez de Lara, Vicente Escobedo Mercadi-
llo, Benjamín Morett Parra, Francisco A. de Novoa Arce, Alberto Franco Saldaña, Miguel
Orrico de los Llanos, Primitivo J. Ramírez Pelayo, Odón L. Durán Valdivia, Virgilio López
Villers, Rodolfo Loaiza Tostado, Jesús Ramírez Quintanilla, Cristóbal Limón López, Felipe
Montiel Jasso, José L. Aguilar Silis (sic), Tomás Sánchez Hernández, Elías Rojas Vázquez,
Jesús Vargas Márquez, Alfonso L. Hernández Barrera, Enrique Gracida Flores, Felipe Pára-
mo Piedra, Manuel Medina Chávez, Francisco M. Cárdenas, Luis Villegas Flores, Carlos
Reyes Avilés, Ismael Carmona Vega, José Muncio de la Cruz, José María Rodríguez Her-
nández y Manuel V. Quiroz Lozada, 5 y 11 de noviembre, 5, 18, 23 y 29 de diciembre de
1930. Ibidem.
85
 Véanse las sesiones del 3, 8, 23 y 29 de septiembre, 15 de octubre, 4, 9, 16, 23 y 27 de
noviembre, 2, 9, 14, 21, 22 y 23 de diciembre de 1931. Ibidem.
86
 Les ratificaron los grados de coronel y brigadier a: Celestino Gasca, Timoteo Oliva-
res, Norberto Rochín, Luis Caballero, Antonio Cerna Zertuche, Rodolfo Escamilla Mancera,
Ruperto García de Alba, Juan A. Castelo Encinas, Zenón Ávila Márquez, Jesús Gutiérrez
Cázares, Raúl Gárate Leglen, Enrique Zertuche González, Florentino García Carreón, Pas-
cual Cornejo Braun, Luis Bobadilla Camberos, Gaspar de la Garza Ruiz, Evodio Cortés Bra-
vo, José Tafoya Caballero, Fausto Carrera Torres, Leopoldo Ortiz Sevilla, Severiano Pineda
M. , Manuel Fernández Escobar, Joaquín Romero Frausto, Bonifacio Salinas Leal, Juan Anto-
nio Domínguez Amaro, José Ramírez Lara, Luis González Tijerina, Eulogio Hernández Lara,
Alberto A. Cabañas Guevara, Eduardo E. Andalón Félix y Luis L. Benavides. Los de coronel,
brigadier y general de brigada a: Porfirio Cadena Riojas, Domingo Arrieta, Manuel Arena
192 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

años siguientes lo que había sido excepcional se convirtió en regla: se


votaba un grado por dictamen y, por lo general, era el que en ese mo-
mento tenía el militar sometido al proceso de ratificación.
Sobre las motivaciones para dictaminar tantos grados en 1928, el
senador Juan de Dios Robledo, integrante de una de las comisiones de
guerra, aseguraba que la Secretaría de Guerra enviaba cerca de 400
expedientes y éstos llegaban muy bien integrados y justificados, de ahí
que se pudieran presentar tantos dictámenes al pleno.87 Pero dos años
después algunos congresistas opinaban de manera muy distinta; el
senador Altamirano acusaba que:

En el periodo pasado se dio el espectáculo en esta asamblea, de que las


comisiones de guerra estuvieran jugando carreras para ver cuál de ellas
despachaba mayor número de expedientes, sin conocerlos siquiera ni
dar tiempo a la asamblea para hacer una revisión detenida..., y dando
oportunidad muchas veces a que individuos que sirvieron contra el
gobierno o contra las instituciones, hubieran visto ratificados sus gra-
dos, sin escrúpulo de ninguna naturaleza... ¿Acaso la misión del Senado
es solamente la de aprobar sin discusión todo lo que se mande de la
Secretaría de Guerra?88

A pesar de estas palabras, el interés de los senadores por tener un


papel menos subordinado fue mínimo, salvo pocas excepciones. En
1924, la Comisión de Puntos Constitucionales exhortó al secretario de
Guerra para que acudiese a la cámara a informar de “los motivos de por
qué no han sido enviados todos los nombramientos, hojas de servicios
y expedientes de los coroneles, generales brigadieres, generales de bri-
gada, generales de división, capitanes de navío, comodoros y contraal-
mirantes”. El secretario no acudió, pero sí se agilizó el envío de los
expedientes.89

López, Víctor Romo y Romo, Samuel M. Santos, Julián Blanco y Manuel Navarro Angulo; el
de general de brigada a: Rafael Navarro Cortina y José Mijares Palencia; el de divisionario a:
Alejandro Mange Toyos y Pedro Jorge Almada Félix. Ibidem.
87
 24 de octubre de 1928. Ibidem.
88
 El senador hablaba del dictamen que ratificaba el grado de coronel a Tomás Sánchez
Hernández, pues según Altamirano ese militar había colaborado con Victoriano Huerta. A
causa de este dicho, el dictamen fue retirado para su estudio. Ibidem, 11 de septiembre de
1930. Poco después se presentó un nuevo dictamen ratificatorio que fue aprobado por el
pleno el 18 de diciembre de 1930.
89
 El dictamen que presentaba ese acuerdo fue presentado en septiembre de 1924. Al
parecer esto agilizó el rezago que había en la Secretaría de Guerra, y también en las comisio-
nes de Guerra del Senado, que no tenían los documentos necesarios para elaborar los dictá-
menes. Con estas mejoras, era ya innecesaria la presencia del secretario; así lo explicaba el
senador Vito Alessio Robles, 9 de diciembre de 1924. Ibidem.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 193

En cuanto a los casos específicos que provocaron discusiones y


polémicas, aquí trataré los que me parecieron más importantes. José
María Rodríguez Hernández, coronel de caballería, solicitó y obtu-
vo la ratificación de su grado fundamentando su petición en un
derecho constitucional. La Secretaría de Guerra se inconformó por
dicho acuerdo y aludió que ésta no había solicitado la ratificación.
La comisión encargada de estudiar esa inconformidad recordaba
que el artículo 76:

no establece que solamente el Senado haga esas ratificaciones cuando


lo pida o envíe el Ejecutivo dichos nombramientos, como era la obli-
gación de la misma Secretaría de Guerra hacerlo, pero como se ha
negado a remitir los expedientes, esta misma cámara, en uso de sus
facultades plenas, está aceptando, previo estudio legal, los documentos
que los militares presenten para su resolución, apoyados en el artículo
8º constitucional.90

Este caso sentó un precedente, pues poco después la misma cáma-


ra aprobó un reglamento de la fracción ii del artículo 76, en la cual se
establecía que la Secretaría de Guerra, al recibir los nombramientos del
presidente, “los turnará al Senado inmediatamente, con los expedientes
respectivos, para los efectos constitucionales”. También permitía a los
jefes dirigirse al Senado, amparados en el artículo 8º que define el de-
recho de petición, sin que la secretaria pudiera considerar esa conduc-
ta como un delito.91
Es pertinente contextualizar la beligerancia que muestran aquí los
legisladores, dentro de la pugna política que sostenía en ese tiempo
el legislativo —controlado por Calles— y el ejecutivo, que se traducía
en un enfrentamiento entre Calles y el presidente Ortiz Rubio. El pri-
mero buscaba mostrar su fuerza al atacar a quien se consideraba un
leal sostenedor del presidente: Amaro. Gonzalo N. Santos, líder de la
mayoría en el Senado, fue el instrumento para esos ataques. Uno de
los capítulos más sonados de esa lucha fue la aprobación del dictamen
en el que no se ratificaban los grados militares al general de división
Luis Medina Barrón, debido a su pasado huertista; los grados de este
divisionario ya habían sido reconocidos por la Secretaría de Guerra.
Los senadores no se limitaron a esto, pues al mismo militar, y con los

90
 Dictamen de la primera Comisión de Guerra, A. Valadez, Pablo Valdez Ramírez, R.
Loaiza, en el cual no se concede lo que solicita Guerra y Marina y, por tanto, queda en vigor la
ratificación de Rodríguez Hernández. Dictamen aprobado en la sesión del 23 de septiembre
de 1931. Ibidem.
91
 Reglamento elaborado por Rodolfo T. Loaiza e Ignacio Bermúdez, aprobado por
unanimidad. Ibidem, 8 de octubre de 1931.
194 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

mismos argumentos, no le reconocieron el nombramiento como cónsul


general en El Paso, cargo que le había conferido Ortiz Rubio después
de haber perdido sus grados militares.92
En muchos casos, la negociación política y el intercambio de favores
era el criterio imperante en el ejercicio de esta facultad constitucional.
Hubo uno en el que un grupo de senadores presuntamente negoció la
ratificación del grado de general de división de un senador a cambio
de que éste no regresara a su curul. El general Isaac Ibarra era senador
propietario por Oaxaca, el suplente era Maqueo Castellanos. Cuando
el primero se fue como gobernador de su estado entró el suplente. Más
adelante Ibarra fue depuesto de su cargo y fue cuando, supuestamente,
se acordó que no regresara a su curul a cambio de la ratificación. En
1926 se presentó el dictamen favorable a Ibarra y Castellanos lo cues-
tionó alegando el pasado soberanista de Ibarra. Al parecer, aquél se
había convertido en enemigo personal de éste. Las parrafadas de Cas-
tellanos desesperaron al senador José Aguayo, quien se levantó para
señalarle:

Desde entonces, yo noté que usted manifestaba una aversión muy


grande para el general Ibarra y cuando se trataba precisamente de que
usted viniera de un modo permanente y definitivo al Senado de la
República, entonces hubo un pacto entre los compañeros de la cámara,
por el cual se admitía que usted entrara al Senado y en cambio se com-
prometían a ratificar el grado de general de división al general Ibarra.
Éste es un pacto que se celebró en este lugar y hay todavía muchas
personas aquí que lo celebraron... Ésta es una revelación penosa, que
no debiera hacerse, pero que la necesidad impone, señores, porque en
todos los casos es preciso conocer el subsuelo de las cuestiones y, cuan-
do se trata de cubrir estos asuntos con una apariencia legal que no
tienen, entonces hay que perforar la capa, la costra de encima y descu-
brir el subsuelo.93

El dictamen favorable a la ratificación fue aprobado por 31 a favor


y 9 en contra.
Una irregularidad que se dio mucho en la década de los veinte fue
la de jefes que habían obtenido del Senado la ratificación de sus gra-
dos, a pesar de que sus casos nunca habían sido revisados por la

92
 Gonzalo N. Santos, Memorias, México, Grijalbo, 1984, p. 471-473; Diario de los Debates
del Senado, 11 de noviembre de 1930.
93
 Ante esto fueron más notorios los que callaron que los que hablaron, pues para re-
batir esa grave acusación sólo lo hicieron el propio Castellanos, que lo negó, y Manuel
Carpio, líder del bloque radical, quien presuntamente buscaba atraer a su bancada a Caste-
llanos. Carpio votó a favor del dictamen. 16 de noviembre de 1926. Ibidem.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 195

Comisión Revisora de Hojas de Servicio. Esto era en buena parte de-


bido al poder político de varios generales que la promovían para sí y
para sus allegados, ya que aprovechaban el desorden administrativo
y la corrupción imperante en la secretaría y en la misma cámara. En
tales casos, si tiempo después la autoridad castrense quería proceder
en contra de ellos a causa de aquellas irregularidades, auqellos jefes
podían acogerse a la legislación militar que señalaba la obligación de
la patente y de la ratificación del Senado; al tener ambas, decía la ley:
“sólo podrán ser destituidos e inhabilitados, por sentencia de tribunal
competente”.94 En tales casos, la ley impedía que fueran dados de baja
por un acuerdo del secretario de Guerra o del presidente de la Repú-
blica. Para que procediera la baja primero tenía que procesárseles ante
la justicia militar.95 Esto implicaba largos juicios que podían ser muy
inconvenientes para la presidencia y para la secretaría desde el punto
de vista político, ya que a los militares les molestaban esos métodos,
no sólo por el llamado espíritu de cuerpo (solidaridad entre militares)
sino también porque podían considerar que esos juicios iban en detri-
mento de la honorabilidad de la institución.
Los individuos que ostentaban grados que no requerían la ratifi-
cación del Senado (de subtenientes a tenientes coroneles) también po-
dían acogerse a las disposiciones antes mencionadas, pues para ellos
bastaba tener la patente de su grado que otorgaba la Secretaría de
Guerra. De ahí que el Estado Mayor de la secretaría recomendara a
Amaro que se cumpliera al pie de la letra la obligación de oficiales,
jefes y generales de pasar antes por el tamiz de la Comisión Revisora
de Hojas de Servicio.96
Estas medidas son indicativas de la voluntad de la autoridad cas-
trense para cerrar el grifo de reconocimientos de grados con carácter
político y para recurrir sólo al criterio por méritos militares. Del mismo
modo se puede interpretar el artículo 71 de la Ley Orgánica del Ejérci-
to (que entró en vigor en 1926) que, en concordancia con el 89 constitu-
cional, se refería a la facultad presidencial de nombrar a empleados

94
 Artículo 6º de la Ley Orgánica del Ejército. Sobre la obligación de ser ratificado por
el Senado para ser considerado “personal jerárquico activo” de las fuerzas armadas, véase el
artículo 11 de la misma ley.
95
 Por ello el jefe del Departamento de Justicia, general José Inocente Lugo, recomenda-
ba a Amaro que se emitiese un acuerdo presidencial por el cual —si había presunción de
que los oficiales, jefes y generales que tuvieran la patente respectiva se hubieran valido
de documentos falsos o datos inexactos o con dolo para obtener la patente—, su caso fuese
consignado al procurador general militar para que ejerciera la acción penal correspon-
diente, 4 de julio de 1928, act-aja, serie 0301, inv. 179, exp. 61, f. 30-31.
96
 Jefe del Departamento de Estado Mayor a Amaro, 22 de junio de 1928, act-aja,
serie 0301, inv. 179, exp. 61, f. 33-35.
196 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

militares, pero precisaba que “las patentes de coronel a general de di-


visión y sus equivalentes en la Armada, no se expedirán antes de que
el Senado ratifique los nombramientos”. Lo malo era que, cuando se
expidió esa ley, una buena parte de coroneles y generales ya contaba
con su patente. En ese año, según datos de la propia secretaría, 387
generales ya la tenían, diez estaban en trámite y una fue rechazada.97
Después de revisar algunos documentos oficiales pude darme cuen-
ta de que los criterios de la Comisión Revisora de Hojas de Servicio
dejaban mucho que desear, por simple corrupción o amiguismo. El
general Andrés Figueroa reconocía que el teniente coronel J. Manuel
Núñez había ordenado expedir, indebidamente, las patentes para dos
coroneles que acababan de reingresar al ejército, cuando la orden había
sido sólo la de cumplimentar los trámites para el reingreso y no para el
reconocimiento de sus grados.98 El mayor de caballería Federico Bonilla
López se quejaba del capitán Juan Arredondo, integrante de la Comi-
sión Revisora, pues le había pedido 400 pesos por ratificarle el grado,
aquél no aceptó y fue degradado a capitán segundo.99 Al presidente
Calles le llegó una queja contra inmoralidades de varios generales y de
la comisión: “El día que cese la corrompida Comisión de Hojas de Ser-
vicios entonces sabrá quiénes eran sus jefes, y los revolucionarios que
fueron dados de baja, por carecer de mujeres prostituidas o hermanas
sin pudor, o simplemente sin dinero para saciar la sed de oro de los
bandidos que ahí operan, entonces habrá justicia honrada”.100
En el Departamento de Infantería, cuando era jefe el general Dona-
to Bravo Izquierdo, hubo innumerables quejas por la corrupción impe-
rante. Junto a éste se mencionaba la complicidad de Juan Jiménez
Méndez, jefe de la comisión, y de Miguel González, jefe del Departa-
mento de Aeronáutica:

Generales por obra y gracia de ellos mismos que se autorreconocieron


ellos mismos esos grados en su tristemente célebre Comisión Revisora
de ingrata memoria para el ejercito, pues a base de dinero se han for-
mado jefes de todas las improvisaciones y dejado en la calle a los ele-

97
 Estos datos no hacen referencia a los coroneles. Gabriel Gavira a Amaro, 2 de octubre
de 1926, act-aja, serie 0301, inv. 164, exp. 46, f. 299.
98
 Andrés Figueroa, jefe del Departamento de Caballería a Amaro, 2 de enero de 1925,
act-aja, inv. 158, exp. 40, f. 9-10.
99
 David Carrillo, jefe del Departamento de Justicia de la secretaría, no encontró ele-
mentos para fincar responsabilidades ante esta acusación contra la Comisión Revisora del
Departamento de Caballería, cuyo jefe era el general Andrés Figueroa, 23 de agosto de 1926,
act-aja, serie 0301, inv. 142, exp. 24, f. 508-509.
100
 Carta de J. Espinosa de los Monteros, militar de caballería, y Candiani, de infantería,
a Calles, 29 de marzo de 1925, ahsdn-Cancelados, exp. xi/111/1-114, f. 440-44.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 197

mentos revolucionarios que no han tenido para pagar la sed de oro de


estos sátrapas.101

Un caso concreto en esta denuncia era el de Leonardo Hernández,


quien había militado a las órdenes del general Azuara; después fue di-
putado y cuando terminó su periodo quiso reingresar al ejército como
coronel o general. Primero, lo intentó en caballería pero el jefe de esa
arma consideró que sólo podía aceptarlo como capitán; entonces recurrió
a Bravo Izquierdo y Jiménez Méndez, el primero lo hizo general de in-
fantería y el segundo le elaboró un dictamen favorable a pesar de que no
tenía méritos suficientes. Poco después, cuando el primero pidió licencia
para ser gobernador de Puebla, Hernández trabajó para él. Otros casos
de favoritismo y de “autoevaluación” de sus méritos militares fueron los
de los generales José Hurtado y Ernesto Aguirre Colorado, a quienes les
fueron reconocidos sus grados en comisiones revisoras subordinadas a
dichos jefes.102 La corrupción en la Comisión Revisora de Hojas de Ser-
vicio no sólo era por dinero sino también por envidias internas. Se podía
obstaculizar a un jefe que había sido propuesto para una comisión im-
portante, deseada por otros. Esto le sucedió al general Abel Fernández
quien, según su dicho, su grado ya había sido revisado y dictaminado
favorablemente por la Comisión Revisora e incluso se le había otorgado
la patente; señalaba que a nadie le había interesado cuestionarlo cuando
estuvo en una comisión de poca relevancia y sin mando de tropa:

Cuando se me envió a Nayarit a tostarme las espaldas en el ardiente


sol de la costa en el levantamiento de itinerarios militares, nadie se
preocupó porque se estudiara mi expediente nuevamente, pero cuan-
do mi jefe inmediato [Matías Ramos] estima que puedo desempeñar
otro género de labores en beneficio de la jefatura de operaciones que
mandaba y esto entrañaba mando militar efectivo, entonces era nece-
sario promover mi separación del Ejército, haciéndome aparecer a los
ojos de esa secretaría con filiación reaccionaria.

Fue entonces que la Comisión Revisora, presidida por el general


Juan Jiménez Méndez, dictaminó a favor de su baja en el ejército, y así
101
 Juan Aguilar y otros a Amaro, 1 de junio de 1927, act-aja, serie 0301, inv. 137,
exp. 19, f. 362.
102
 Los dos generales fueron jefes del Departamento de Estado Mayor de la secretaría y,
cuando tuvieron ese puesto, aquel departamento les reconoció sus grados. Oficio de José
Fernando Ramírez, reconociendo el grado de general de brigada a José Hurtado, 6 de marzo
de 1925, act-aja, inv. 173, exp. 55, f. 44; el oficial mayor de la secretaría, Juan Jiménez Mén-
dez, firma oficio en que la Mesa Revisora de Hojas de Servicio del Departamento de Estado
Mayor reconoce el grado de general de brigada a Ernesto Aguirre Colorado, 27 de mayo de
1931. Ibidem, serie 0302, leg. 2, f. 59.
198 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

se hizo, a causa de ese dictamen, y de que era la quinta vez en que se


revisaba su expediente. Abel Fernández consideraba que la comisión
no tenía atribuciones para cancelar una patente firmada por el presi-
dente de la República, quien constitucionalmente tiene la facultad de
otorgar los grados militares. No le podían argüir que su grado no estu-
viese ratificado por el Senado, pues “no es de la competencia del sus-
crito gestionar su ratificación, sino una obligación de esa secretaría
promoverla, a fin de que el Senado haga uso de esa facultad..., y no se
puede argüir tampoco que por este hecho no es válida la patente de que
me ocupo”. Le preocupaba que militares que arriesgaban la vida no se
sintieran seguros en su carrera, pues eso “provocaría el relajamiento de
la disciplina y la depresión moral de los miembros del ejército, al saber
que sin seguírseles procedimientos regulares establecidos, se cancela
una patente que reúne todos los requisitos que la hacen válida”.103 En
este caso vemos el uso faccioso de una comisión revisora que supues-
tamente debía actuar con criterios técnicos. El general Abel Fernández
había combatido junto a Juan Andreu Almazán cuando éste se unió al
zapatismo; continuó con su militancia en el ejército suriano hasta el
Plan de Agua Prieta. Fue un momento en que el zapatismo y el felicis-
mo se habían aliado; de esa alianza la comisión concluyó que Abel
Fernández era “reaccionario”. De alguna forma el mensaje era: “los
míos son los que tienen mejores comisiones, si no estas de acuerdo, o
pretendes una de ellas, te mandamos revisar tu hoja de servicios.”
En otras ocasiones, a pesar de dictámenes desfavorables de la Co-
misión Revisora de Hojas de Servicio, los jefes señalados, para ser dados
de baja o degradados, conservaban su grado y empleo. En 1925, por no
demostrar grados o no tener la nacionalidad mexicana, la comisión pro-
ponía la baja de los generales Manuel Ávila Camacho, Luis Alberto
Guajardo, Francisco Alarcón, Jesús F. Azuara, José Beltrán, Ramón de
la Vega y José Espinosa.104 La nota no aclara a quiénes se les imputaba
qué, pero en el caso de Manuel Ávila Camacho se recomendaba no re-
conocerle personalidad militar, porque no había demostrado su ingreso
a la Revolución, su actuación en la misma y sus ascensos.105 En parte
debido a ese documento, sacado a la luz por Almazán en la campaña

103
 Abel Fernández a Amaro, ibidem, 3 de septiembre de 1926, serie 0301, inv. 164, exp. 46,
f. 308-315
104
 Excélsior, 8 de febrero de 1925. En el caso de Azuara, éste aclaró que él ya estaba reti-
rado de la milicia. Ibidem, 7 de febrero. Quienes siguieron en activo fueron los hermanos
Ávila Camacho, Ramón de la Vega y José Beltrán.
105
 El oficio lo firmaba el jefe de la comisión, general Juan Jiménez Méndez, 28 de enero
de 1925, dirigido a Amaro, citado en Gustavo Abel Hernández Enríquez, Manuel Ávila Ca-
macho. Biografía de un revolucionario con historia, v. 1, México, Gobierno del Estado de Puebla,
1986, p. 87.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 199

presidencial de 1939-1940, fue que el poblano recibió el mote del “sol-


dado desconocido”. Al general de brigada Eustaquio Pardo sólo se le
reconoció como teniente coronel, pero dos meses después se nulificaba
ese oficio y regresaba al escalafón de generales.106 En 1931, una comisión
revisora dictaminó la baja del general Matías Ramos, incluso se dijo que
el dictamen presentado al secretario Amaro era incontrovertible y por
ello lo firmó.107 No tengo datos que confirmen la veracidad de esta in-
formación, pero a fines de ese año Ramos era jefe de Operaciones Mili-
tares en Chihuahua y llegó a ser secretario de la Defensa en 1952.108
En 1927 la Comisión Revisora de Hojas de Servicio (creada en 1921)
desapareció del organigrama de la Secretaría de Guerra, con el argu-
mento de que ya no era necesaria por el reducido número de expedien-
tes que faltaba por revisar.109 Las funciones que desempeñaba continua-
ron bajo la responsabilidad de las comisiones revisoras de Hojas de
Servicio de cada departamento (Caballería, Infantería, Estado Mayor,
Artillería, Marina, etcétera). Dejaba de funcionar una instancia centrali-
zada, que así fue conformada para dar mayor peso a sus resoluciones,
ya que se consideraba que el poder de los generales y jefes que no re-
unían los requisitos para permanecer en el ejército era demasiado para
una comisión que dependiese del departamento de cada arma.110 Aun-
que públicamente se hablaba de pocos casos pendientes, en privado se
reconocía que “en la actualidad [1928] aún faltan muchos expedientes
de oficiales, jefes y generales que estudiar por las comisiones revisoras,
no obstante que los interesados están reconocidos por esta secretaría y
en posesión de su patente”.111 Dos años antes, en el arma de infantería,
los oficiales y jefes (de subteniente a coronel) que ya tenían su patente
ascendían a 2 861; los que la tenían pendiente, 124; a quienes se les había
rechazado, doce.112 Es posible inferir que a principios de la década si-
guiente los reconocimientos por comisiones revisoras eran ya un proble-

106
 Oficios del general José Fernando Ramírez, 10 de octubre y 7 de diciembre de 1925,
act-aja, serie 0301, inv. 173, exp. 55, f. 182, 211.
107
 Excélsior, 31 de mayo de 1931.
108
 Ibidem, 8 de noviembre de 1931.
109
 Información oficial señalaba que de 31 divisionarios, sólo dos no tenían reconocido
el grado; de 134 generales de brigada, tres faltaban de ser reconocidos, mientras que los 248
brigadieres ya habían sido reconocidos por la Comisión Revisora. No se hace alusión a gra-
dos inferiores. Memoria presentada al H. Congreso de la Unión por el secretario del ramo, general
de división Joaquín Amaro, 1926-1927, p. 51.
110
 Oficio del general Gabriel Gavira, jefe del Departamento de Estado Mayor, 22 de
enero de 1927, act-aja, serie 0301, inv. 164, exp. 46, f. 373.
111
 Jefe del Departamento de Estado Mayor a Amaro, 22 de junio de 1928, act-aja,
serie 0301, inv. 179, exp. 61, f. 33-35.
112
 Aquí sólo pongo los que estaban en servicio activo, pues aquellos que estaban retira-
dos, inválidos y con licencia eran muy pocos, 30 de septiembre de 1926, act-aja, serie 0301,
200 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

ma menor; sin embargo, los casos de militares que habían obtenido su


patente —pero la Comisión Revisora de Hojas de Servicio o sus sucedá-
neas no habían reconocido aún sus grados— creaban un problema mayor
del que se pretendía resolver: debido a esos casos, el ejército carecía de
un escalafón completo de todo su personal, pues no se podían elaborar
listas confiables de cada grado, en cada arma o servicio, ordenadas por
su antigüedad en el empleo, lo que constituye un criterio fundamental
para determinar los ascensos. De ahí que la secretaría acordara dar “por
reconocidos todos los grados de los militares que estuviesen en posesión
de su patente, dejando al Senado la facultad de ratificar o no los que por
ley le corresponden”.113 El primer escalafón del ejército nacional pudo
concluirse en 1932 y, según tengo entendido, no existe uno anterior, des-
de los que se formaron en el desaparecido ejército federal.
Antes de terminar este apartado es importante señalar que en 1933
la Suprema Corte concedió un amparo al coronel Bernardino Mena
Brito, quien había sido dado de baja por acuerdo presidencial, sin me-
diar sentencia de tribunal alguno. Pidió un amparo ante esa resolución
que iba en contra del artículo 4º de la Ordenanza General del Ejército;
el asunto llegó hasta la Suprema Corte, que sentó una nueva jurispru-
dencia para estos casos. El proyecto de sentencia lo hizo el ministro
Arturo Cisneros Canto, quien argumentó que la jurisprudencia anterior
obedecía a un periodo en que numerosos generales y jefes se habían
levantado en armas; por tanto se consideraba que el ejecutivo debía
gozar de facultades expeditas para dar de baja a esos malos elementos;
había cumplido con una misión histórica, decía, pero ahora eran otros
tiempos. El ministro consideraba

que la jurisprudencia anterior y admitida se había limitado a depositar


en manos del Ejecutivo la suerte del mismo ejército y de los miembros
que lo integran, dejándolos fuera de su ley, que es la Ordenanza; que
en tiempos normales esa jurisprudencia no dejaba de tener sus peligros
para la misma institución que había salvado en un momento de crisis,
puesto que si el Ejecutivo continuaba disfrutando de facultades omní-
modas en lo referente a la integración del ejército, se introduciría la
inquietud en el seno de la misma institución y podían socavarse las
bases de la estabilidad misma.114

inv. 164, exp. 46, f. 298. En el arma de caballería había, en servicio activo, 3 814 con patente,
333 en trámite y 344 no reconocidos, 4 de octubre de 1926. Ibidem, f. 301.
113
 Memoria presentada al H. Congreso de la Unión por el secretario del ramo, general de divi-
sión Abelardo L. Rodríguez, 1931-1932, p. 10.
114
 El Universal, 3 de septiembre de 1933.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 201

En otras palabras, el ministro señalaba que el poder omnímodo del


presidente lo convertía en un supremo caudillo del instituto armado.
Esto contravenía la retórica oficial sobre la profesionalización del ejér-
cito. No podía presumirse de ello si el presidente violaba constante-
mente la ordenanza militar. La nueva jurisprudencia contribuía a qui-
tarle el carácter caudillista al ejército. Aunque en la práctica esta
medida no tuvo el impacto deseado, pues la discrecionalidad para las
bajas y la subordinación de la Suprema Corte al ejecutivo siguieron
siendo la norma, el mensaje que daba era el de reafirmar la fuerza de
las instituciones sobre los personalismos. El presidente Abelardo L.
Rodríguez, en una hábil respuesta a esta jurisprudencia, envió a la Cá-
mara de Diputados una iniciativa para reformar el artículo 4º de la
Ordenanza General del Ejército y otras leyes militares. En la iniciativa,
que fue aprobada, se reiteraba que ningún militar podía ser destituido
de su empleo sin mediar sentencia de tribunal competente, salvo por
enfermedad que lo inutilice para el servicio —que ya se contemplaba
en la versión anterior de ese artículo—,

o por otros motivos que la ley determine, excepción hecha de los casos
de rebelión, sedición o deserción en campaña, en los que el militar
autor de tales delitos, sin perjuicio de la responsabilidad que se le exi-
jan conforme a la Ley Penal Militar, será dado de baja por orden ex-
presa del C. Presidente de la República o del Secretario de Guerra y
Marina, mediante la sustentación de un breve expediente administra-
tivo, en que será oído el parecer del C. Procurador de Justicia Militar.

El reingreso de los elementos que hubiesen causado baja por este


motivo sólo podrá aprobarse “en caso de guerra extranjera”.115 Esta
excepción era muy importante ya que, con tantas rebeliones castrenses,
los que habían sido dados de baja al pasar el tiempo solicitaban cons-
tantemente su reingreso; debido a las influencias que tenían muchas
veces lo lograban, con lo que aumentaba el personal militar y se afectaba
la moral puesto que se premiaba a quienes años antes se habían rebelado.
Rodríguez parecía decir al ejército que respetaría la jurisprudencia (pues
se mantenía el que “ningún militar podrá ser destituido...”), pero no
estaba dispuesto a aceptar que de ella se beneficiaran los militares

115
 Ibidem, 16 de noviembre de 1933. El artículo 4o de la ordenanza de 1911 dice a la le-
tra: “Ningún general, jefe u oficial podrá ser destituido de su empleo, sino por sentencia del
tribunal competente, ni separado del ejército, sino por enfermedad que lo inutilice para el ser-
vicio, o por otro motivo que la ley determine; excepción hecha de los auxiliares [asimilados],
que podrán ser puestos en receso [baja] cuando el gobierno lo estime conveniente”. Esta
misma normativa preveía el reingreso de personal dado de baja por sentencia de tribunal
competente, sólo como soldado, y “sólo en caso de guerra extranjera” (artículo 918).
202 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

dados de baja por sedición. Así cerraba el grifo de reingresos de esos


elementos. Sólo años después, en mayo de 1942, cuando México decla-
ró la guerra a las potencias del Eje, algunos generales que habían sido
dados de baja por sedición y que no habían reingresado al ejército antes
de 1933 pudieron reincorporarse, al existir la causal de una guerra ex-
tranjera. Fue el caso de los generales José Villanueva Garza y José Do-
mingo Ramírez Garrido, quienes en 1923 se habían unido al delahuer-
tismo.116 Francisco Urbalejo, quien se unió a la rebelión escobarista de
1929, reingresó al ejército como general de división, con sus 83 años a
cuestas.117 Caso diferente, puesto que muestra el poder discrecional del
presidente, fue el reingreso del general Enrique Estrada, quien en 1924
perdonó la vida a los entonces coroneles Maximino y Manuel Ávila
Camacho. Este último, antes de que México declarara la guerra a las
potencias del Eje, le restituyó su grado de general de división.118

Ascensos

En páginas anteriores vimos las funciones de la Comisión Revisora de


Hojas de Servicio y, al desaparecer ésta, las instancias que desempeña-
ron esa labor. Era indispensable definir quiénes, siendo generales, jefes
u oficiales, tenían de verdad los méritos, las acciones en campaña, la
antigüedad, los empleos y las comisiones que decían sus expedientes
personales (llamadas hojas de servicios), pues con esa información jus-
tificaban el grado que ostentaban, pero también era la base para deter-
minar un ascenso. La Revolución había propiciado ascensos vertigino-
sos, que de alguna forma se justificaban por la lógica del movimiento
armado: por ejemplo, si un jefe con tropa a su mando se pasaba de una
facción a otra, lo hacía en parte porque de inmediato era ascendido.
Pero era imposible continuar con esas prácticas en un ejército profesio-
nal; de ahí la obligación de revisar sus expedientes.

116
 Manuel Ávila Camacho firmó los acuerdos que le devolvían el grado de brigadier a
Villanueva Garza, 1 de agosto de 1944, ahsdn-Cancelados, exp. xi/111/1-565, f. 957; a Ra-
mírez Garrido, en mayo de 1942. Ibidem, exp. xi/111/1-283, f. 634. Este último seguía en ac-
tivo en 1957 como jefe de zona militar en Campeche; en ese año había cumplido 70 y había
quejas por su indolencia, desde 1952, debido a su avanzada edad. En 1957 pasó a personal
para tramitar su retiro del servicio activo.
117
 Acuerdo presidencial de 5 de enero de 1945, ahsdn-Cancelados, exp. xi/111.2/1-
149, f. 1905, 1908, 2096.
118
 Acuerdo presidencial, 15 de diciembre de 1941, ahsdn-Cancelados, exp. xi/111/1-
75, f. 607. Como Estrada era director de Ferrocarriles Nacionales, apenas había reingresado
pidió licencia para seguir desempeñando ese puesto, f. 606-608.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 203

La mecánica de los ascensos siempre ha sido un asunto extremada-


mente delicado y difícil de manejar; a pesar del esfuerzo por regularizar
la situación de los militares, fue un proceso lleno de irregularidades en
el que predominaba el compadrazgo y el amiguismo. De tal suerte que,
en el caso supuesto de dos coroneles con pobres expedientes y dudosas
participaciones en hechos de armas, al pasar por el tamiz de la Comi-
sión Revisora de Hojas de Servicio uno podía ser degradado a teniente
coronel y otro era ratificado en su grado. Esto disgustaría a otros con el
mismo rango, temerosos de ser también evaluados injustamente. Si ese
coronel obtenía el ascenso a general brigadier, el descontento aumen-
taba entre la infinidad de coroneles que no habían ascendido. La solu-
ción ideal era crear mecanismos confiables, regulados y transparentes
para los ascensos.
Fue hasta 1926 que existió una Ley de Ascensos y Recompensas,
como parte del corpus legal creado en ese año, y cuya ley principal era
la Ley Orgánica del Ejército y Marina Nacionales.119 Antes se recurría
a la Ley Orgánica del Ejército de 1900 y a la Ordenanza General del
Ejército de 1911, promulgada por Francisco I. Madero. La Ley de As-
censos establecía dos tipos de promociones: en tiempos de paz, los
criterios fundamentales eran la antigüedad en el empleo (grado) y el
cumplimiento con los cursos que la autoridad dispusiera; en tiempos
de guerra importaban más los méritos en campaña. Los oficiales con
grados de subteniente a capitán primero sólo podían ser ascendidos
después de tres años en cada empleo y de haber permanecido al menos
un año con la tropa, con lo cual se quería evitar que los militares hicie-
ran toda su carrera en oficinas. Los mayores, tenientes coroneles y co-
roneles debían desempeñarse cuatro años en cada empleo y 18 meses
con la tropa. Los generales brigadieres y de brigada debían cumplir cin-
co años en cada grado antes de poder ser ascendidos, y no se les exigía
tiempo con la tropa pues se suponía que, a lo largo de su carrera, ya te-
nían suficiente tiempo cumplido; además, el alto mando procuraba algo
que en esa década fue casi imposible: que los batallones y regimientos
fuesen comandados por un coronel o, en su defecto, por un brigadier.
Un caso hipotético podría ser el de un alumno del Colegio Militar
que al egresar de éste con el grado de subteniente y con 19 años de edad,
para llegar a general de división tendría que esperar como mínimo 29
años, o sea, lo lograría cuando tuviera 48 años. El problema no era tanto
el de los años que debían transcurrir para que llegase al grado más alto

119
 Todas fueron publicadas en el Diario Oficial de la Federación el 15 de marzo de 1926.
Las otras eran la Ley de Recompensas y Ascensos del Ejército y Armada Nacionales, la Ley
de Disciplina y la Ley de Retiros y Pensiones.
204 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

del ejército, si cumplía con el tiempo en cada empleo, la preparación, la


buena conducta, etcétera; la mayor dificultad para que ese joven ascen-
diera en tiempos de paz era que todos las promociones estaban condi-
cionadas a que hubiese vacantes en el grado al que buscaba escalar; en
caso de haberlas, las ocupaban los de más antigüedad en cada empleo:
por ejemplo, un teniente coronel de infantería que quisiera promoverse,
aunque hubiese cumplido con los requisitos de esta ley, las pocas va-
cantes que hubiese para coronel de esa arma les corresponderían a otros
tenientes coroneles de infantería que llevaban, por decir algo, diez años
en ese empleo. Entre 1926 y 1927, en infantería no hubo ningún ascenso
al generalato.120 El requerimiento de que primero ascendieran los que
más años tenían en un grado era de elemental justicia, y también lo
contemplaba la ordenanza (artículo 863); el problema era que había bas-
tantes jefes, con muchos años de servicio, a la espera de un ascenso.
Además, la ley no se cumplía; se daban casos de oficiales, jefes y gene-
rales que ni siquiera contaban con los requisitos de antigüedad y se les
otorgaba la promoción; o bien, aunque cumplían con el tiempo, había
compañeros suyos que llevaban más años con la expectativa del ascen-
so. El problema no era la ley sino que ésta no se cumplía, además de que
el exceso de oficialidad hacía casi imposible un ascenso. Pedro Almada,
sonorense, quien se unió a las fuerzas de Obregón desde 1913, era ge-
neral de brigada en 1927, cuando la Ley de Ascensos ya había entrado
en vigor: sólo tres años después fue promovido a divisionario sin que
hubiesen pasado los cinco años que estipulaba esa ley.121
El impedimento de las vacantes era sólo para tiempos de paz, de
ahí que las rebeliones militares fuesen tan rentables para obtener las
promociones, ya que por la emergencia del momento se podían otorgar
ascensos a jefes y oficiales sin importar su antigüedad en el empleo.
Para combatir esos movimientos se formaban nuevas unidades que
requerían jefes y oficiales. Durante la rebelión de Serrano-Gómez, por
ejemplo, ante la carencia de subtenientes y tenientes se ordenó ascender
a subtenientes y sargentos primeros, para mandarlos a las unidades
donde hacían falta.122 Se podría pensar que las rebeliones funcionaban
como destapacaños en un sistema de ascensos bloqueado por el exceso
de militares en servicio activo, ya que al defeccionar eran dados de baja

120
 Sólo cuatro tenientes coroneles fueron ascendidos al grado superior; estas cifras
corresponden al periodo entre agosto de 1926 y julio de 1927. Memoria presentada al H. Con-
greso de la Unión por el secretario del ramo, general de división Joaquín Amaro, 1926-1927, p. 67.
121
 La ordenanza, en cambio, exigía que hubiesen transcurrido dos años para los rangos
de subteniente a capitán primero y tres para los de mayor a general de división, artículo 876.
Sobre los ascensos de Almada, mid, caja 2510, 11 de mayo de 1942.
122
 Excélsior, 11 de noviembre de 1927.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 205

inmediatamente, lo cual significaba vacantes para esos puestos. Lo an-


terior fue parcialmente cierto, pero no resolvía por completo el proble-
ma, ya que uno de los mecanismos más utilizados para sofocar las re-
beliones era mediante llamados a la oficialidad rebelde (a coroneles y
generales no se les daba esta prerrogativa, pues por ser los de más je-
rarquía, se les consideraba los responsables de llevar a tropa y oficiales
a defeccionar) incitándolos a regresar a las filas del gobierno, con la
promesa de reingresar al ejército con su mismo grado y antigüedad.
Esta práctica volvía menos costosas las operaciones militares, en recur-
sos, pertrechos y vidas humanas. El fracaso de varias rebeliones y gol-
pes de Estado en la década de 1920 desincentivó este método para lle-
gar al poder. Amado Aguirre enumera en sus Memorias los altos mandos
que se unieron a la rebelión delahuertista de 1923: él contabilizó 131
generales y 87 coroneles. Sin embargo reconoce que su lista es imper-
fecta, pues no incluye los grados que los rebeldes se dieron a sí mismos,
de militares parcialmente en retiro —recordemos que una buena parte de
la Primera Reserva se unió a ese movimiento— o ya por completo reti-
rados. Las cifras oficiales, que sólo cuentan al personal efectivo, mencio-
nan que defeccionaron 102 generales, 573 jefes, 2 417 oficiales y 22 304
de tropa.123 De cualquier forma, en todo el año de 1924 fueron ascendi-
dos por méritos en campaña: a divisionarios, 9; a generales de brigada,
60; a brigadieres, 121, lo cual hacía un total de 190 promociones al ge-
neralato.124 A éstos habría que añadir los que reingresaron al ejército:
123
 El ejército, antes de iniciar la rebelión, estaba compuesto por 508 generales, 2 758 je-
fes, 8 583 oficiales, 59 053 individuos de tropa, Obregón, Informe de gobierno, 1 de septiembre
de 1924, Diario de los Debates del Senado.
124
 Los nombres fueron tomados de la Revista del Ejército de ese año. A divisionarios
fueron ascendidos: Francisco R. Manzo, Francisco Urbalejo, Roberto Cruz, José Amarillas,
José Gonzalo Escobar, Arnulfo R. Gómez, Jesús M. Ferreira, Heriberto Jara y Miguel M.
Acosta; a generales de brigada: Vicente González, Pablo E. Macías, Espiridión Rodríguez,
Juan Espinosa y Córdoba, Andrés Figueroa, Anacleto López, Fausto Topete, Federico Berlan-
ga, Rodrigo Quevedo, Lucas González, Antonio Ríos Zertuche, Anatolio Ortega, Abelardo L.
Rodríguez, Lorenzo Muñoz, José Hurtado, Claudio Fox, Rodrigo Talamantes, Lázaro Cár-
denas, Juan Soto Lara, Agustín Maciel, Enrique Osornio, Pablo Díaz, Jesús M. Aguirre, Eulogio
Ortiz, Benigno Serrato, Alfredo Rueda Quijano, Ernesto Aguirre Colorado, Luis Alberto
Guajardo, Adrián Castrejón, Donato Bravo Izquierdo, Juan Domínguez, Laureano Pineda,
Heliodoro Charis, Juan G. Amaya, Alfredo Martínez, Manuel Arenas, Miguel Piña, Rafael
Sánchez, Manuel J. Celis, Eduardo C. García, Abraham Carmona, Gustavo Salinas, Manuel
Mendoza, Pablo Pineda, Alejandro Mange, Manuel J. Contreras, Francisco J. Enciso, Ma-
nuel Navarro Angulo, Jesús M. Padilla, Luis S. Hernández, Alfonso Rodríguez Canseco, Julio
García, Miguel Peralta, Rafael Moreno O., Ramón V. Sosa, José Cavazos, Amado Aguirre,
Manuel Pérez Treviño, Alberto Cuevas y Juan Antonio Acosta; a brigadieres: Mariano Ga-
ray, Juan L. Cardona, Pedro Sosa, José María Dorantes, Pedro León, Luis P. Vidal, José Bel-
trán, José Merced Gamas, Maximino Ávila Camacho, Manuel Ávila Camacho, Ricardo Luna
Morales, Jesús García, Román López, Júpiter Ramírez, Juan B. Izaguirre, Jesús Bórquez, Jai-
me Carrillo, Antonio Gómez Velasco, Teófilo Álvarez, Gilberto Limón, Agustín Chávez,
206 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

63 generales.125 Hubo en total, en esos tres grados, más ascensos que


bajas por rebelión. Las rebeliones castrenses, sobre todo de la dimen-
sión de ésta, fomentaron una mecánica de ascensos muy peculiar: los
jefes de batallones y regimientos que se mantenían leales y combatían
a los desafectos eran ascendidos, de ahí la tendencia, que después cos-
tó muchos años revertir, para que esos cuerpos fuesen comandados sólo
por coroneles. Fueron tantas las promociones que al nombrarse o cam-
biar a un jefe de un batallón o un regimiento, la autoridad tenía que
optar por brigadieres e incluso por generales de brigada. En el momen-
to de la promoción señalada (1924), sólo 35 brigadieres eran comandan-
tes de un batallón o de un regimiento. En 1927, de 90 regimientos que
había 16 los comandaban generales de brigada, 40 por brigadieres y 34
por coroneles; en cambio, para 1933, de 42 regimientos que había, 22
los jefaturaban brigadieres y 20 por coroneles, por lo que se eliminaba
completamente a generales de brigada en esos puestos. La infantería
siempre fue más disciplinada y maleable, menos dependiente de caci-
cazgos; en 1927 había 61 batallones, 6 dirigidos por generales de briga-
da, 30 por brigadieres y 25 por coroneles; en 1933 había 50 batallones,
22 comandados por brigadieres y 28 por coroneles.126
El número tan alto de promociones al generalato de 1924 muestra
cómo en ese nivel, explicable por la coyuntura vivida, no se caminó en la

Adolfo Montes de Oca, Agustín Mora, Alberto Bérber, Daniel I. Peralta, Enrique Torres,
Anacleto Guerrero, Genovevo Rivas Guillén, Juan García Anzaldúa, Manuel M. Aguirre,
Francisco Durazo, Manuel Madrigal, Félix Ireta, Héctor I. Almada, José Luis Amezcua, Agus-
tín Olachea, Eduardo Rivero, Luis de la Sierra, Miguel Molinar S., Armando Escobar, Eliseo
Martínez López, Francisco Flores, Félix Lara, Benjamín Silva, Carlos Real, Samuel Kelly, Mi-
guel Valle, Benito Bernal, Ignacio Leal, José Álvarez, Donato Segura, Agapito Lastra, J. Jesús
Arvizu, J. Fernando Ramírez, J. Felipe Rico, Anselmo Armenta, Octavio Galindo, Armando
Garza Linares, Domingo Martínez, Arturo Ponce de León, Francisco Llamas Sánchez, Antonio
A. Ochoa, Juan Aguirre Escobar, Juan Bautista, Luis Alcalá, Felipe Gracia Cantú, Román Yocu-
picio, Ezequiel Martínez Ruiz, Jesús San Martín, Manuel Álvarez, José Riverón, Ramón Cara-
zo, Crisóforo Vázquez, Antonio Armenta, Abelardo Acosta, Manuel R. Moncada, Rafael López
de Mendoza, Manuel Moreno, Pedro Figueroa, Alberto Montaño, Manuel Nafarrete, Josué
M. Benignos, José R. Suástegui, Ildefonso Turrubiates, Tranquilino Mendoza, Juan Celis, An-
tonio Medina, Carlos Rodríguez Malpica, Fortunato Tenorio, Dizán Gaytán, Manuel Leoaria,
Eliseo Páez, Francisco del Arco, Federico Barrera, Edmundo Durán, Óscar Aguilar, Ascensión
Escalante, Francisco Goñi, Manuel G. Ulloa, Francisco García Peña, Francisco J. Híjar, Agus-
tín de la Vega, Filiberto Villarreal, Salvador S. Sánchez, Eulogio Hernández, Domingo Martí-
nez, Luis González Tijerina, José Martínez Castro, Manuel Montalvo, Agustín Mustieles, Rey-
naldo Nuncio, Luis Buitimes, José C. Dávila, Francisco Zepeda, Sebastián Barriguete, Ageo
Meneses, José Pérez Salazar, Leopoldo B. Rizo, J. Dolores Aguirre, Jesús Palomera López, Al-
berto Zuno Hernández y José Martínez Castro.
125
 Fueron dos divisionarios, ocho generales de brigada y 52 brigadieres, Revista del
Ejército y de la Marina, varios números de 1924.
126
 Cummings, 6 de junio de 1933, mid, 2025-259/396; ibidem, 4 de abril de 1933, 2025-
259/364; ibidem, Mac Nab, 9 de diciembre de 1927, 2025-293/168.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 207

dirección correcta para resolver el exceso de mandos castrenses. Al ver


las listas de promociones de ese año (aunque seguramente reflejan una
información incompleta), llama la atención los pocos ascensos de corone-
les (nueve), tenientes coroneles (nueve) y otros grados inferiores. Fue en
esos niveles donde la rebelión funcionó para aliviar un poco el problema.
En esa rebelión defeccionaron más cuerpos de caballería que de infantería
(28 regimientos y 18 batallones). En la Revista del Ejército, durante todo
1924, se publicaron listas de bajas de jefes y oficiales de caballería. No
todas son por defección, causa que ameritaba una nota: “baja por indigno
de pertenecer al ejército”; para combatir el movimiento se formaron cor-
poraciones regulares e irregulares (163 regulares, 35 irregulares) que se-
rían licenciadas al terminar la rebelión y, en ese caso, se ponía “por haber
desaparecido el motivo por el que se utilizaron sus servicios”; una más
ambigua era “por no reconocérsele personalidad militar”. Más allá de las
razones, están los números de aquellos que fueron dados de baja: 254
coroneles, 278 tenientes coroneles, 423 mayores, 711 capitanes primeros,
348 capitanes segundos, 377 tenientes y 160 subtenientes.127 En total, 955
jefes y 1 596 oficiales del arma de caballería. Para el caso de los jefes, si
les sumamos (aunque esto sea una suma parcial, pues no tengo los datos
completos) 121 coroneles que dejaron de serlo por ascenso, tenemos un
total de 1 076 jefes menos en el ejército, de un total de 2 758 que eran antes
de iniciar la rebelión. En el arma de infantería se dieron bajas en número
menor, pero se aprovechó que los jefes y oficiales que tenían licencia
ilimitada al momento de estallar la rebelión y, posteriormente, cuando
se les pidió aclarar qué actitud habían tenido, muchos no lo hicieron, por
lo cual su licencia fue cambiada a licencia absoluta (baja): fueron 116 jefes
y 897 oficiales —reitero que no tengo cifras completas.128
En cambio, los ascensos de tenientes coroneles de agosto de 1924 al
mismo mes de 1925 fueron mínimos: sólo 36, y para grados inferiores
ni uno. Así vemos que lo que hicieron las autoridades, al ordenar tantas
bajas y dar promociones a cuentagotas, fue ayudar a resolver el proble-
ma de los excedentes de jefes y oficiales.129 En 1926, en el arma de ca-

127
 Aunque revisé las listas, con nombres y causas de la baja en la Revista del Ejército, los
datos de las Memorias de la secretaría me parecen más confiables, pues contabilizan las bajas
hasta agosto de 1925. En esta última fuente, el motivo que se da es “por orden superior”, que
en la mayor parte de los casos, es de suponerse, se debe a haberse levantado en armas. Revista
del Ejército y de la Marina, marzo-abril, mayo-junio, septiembre, octubre-noviembre de 1924.
En todo ese año sólo viene una lista para jefes y oficiales de infantería (julio-agosto) dados de
baja: 27 coroneles, 23 tenientes coroneles y 25 mayores. Memoria presentada al H. Congreso de la
Unión por el secretario del ramo, general de división Joaquín Amaro, 1924-1925, p. 72.
128
 Dados de baja entre 1925 y 1926. Ibidem, 1925-1926, p. 50.
129
 En el mismo periodo, por ingreso o reingreso, de coronel a subteniente sólo hubo 425
individuos, lo que contrasta con las 2 551 bajas “por orden superior”. Ibidem, 1924-1925, p. 71.
208 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

ballería, la más numerosa, en un año sólo ascendieron a cinco tenientes


coroneles al grado superior.130
En el archivo de Joaquín Amaro se encuentran muchos documentos
con quejas por no haber sido promovidos; la mayoría era anónima y,
en muchos casos, presentada por varios militares. La ordenanza prohi­
bía a “todo individuo del ejército solicitar ascenso, ni oficial, ni priva-
damente” (artículo 862). El teniente coronel Manuel Ramírez Rodríguez
servía en los Almacenes Generales de Artillería, en la Ciudadela. Al
terminar la rebelión escobarista, al director de los mismos, general Ig-
nacio L. Pesqueira, le pidieron propuestas para ascensos, una de ellas
la de Ramírez, que finalmente no se otorgó. Este jefe solicitó a Amaro
una reconsideración ya que al estallar el movimiento él pidió salir a
campaña, pero “desgraciadamente me lo negaron, diciendo que era
más útil en Almacenes”. La respuesta a su petición fue que no era po-
sible acceder a ella, “pues se postergaría a muchos jefes de su arma con
los méritos debidos y por tanto tan acreedores como usted a dicha dis-
tinción”.131 Más interesante es la del mayor Adrián Cravioto, miembro
de la Comisión Técnica de la secretaría, quien le señalaba a Amaro, en
1929, que en los últimos ascensos otorgados la autoridad los justificaba
por méritos en campaña o por cumplir con diversos artículos de la Ley
de Ascensos:

La comisión técnica, por sus trabajos de índole intelectual se vio pri-


vada de tomar parte activa, como era su deseo, en la última campaña,
pues no se juzgó conveniente suspender los trabajos que se le habían
encomendado. En ella servimos varios colaboradores anónimos, jefes
y oficiales que satisfacemos con exceso los artículos 2º, 6º y 7º de la
citada ley de ascensos, pues en vez de cuatro, tenemos 9, 11 o 12 años
de antigüedad en un solo empleo... La situación particular por la que
atravesamos, me induce a preguntar con el mayor respeto: ... ¿son de
mayor importancia los servicios rutinarios de la vida diaria de los ayu-
dantes de una jefatura de guarnición, que los de una comisión donde
se elaboran cuidadosamente los diferentes reglamentos del ejército
y se estudian los problemas de carácter técnico que afectan a las tro-
pas? Y sin embargo, aquellos en la plaza de México han obtenido sin
grandes esfuerzos el beneficio del ascenso, aun postergando a quienes
dedican sus energías a labores de intensa concentración intelectual.
Estos hechos nos comprueban que, además del mérito individual, los
compañeros que progresan cuentan con el apoyo decidido y directo que
a nosotros nos ha faltado hasta ahora en que, puesta nuestra confianza

 En total, en esa arma sólo ascendieron 17 jefes y 163 oficiales. Ibidem, 1925-1926, p. 61.
130

 Ramírez Rodríguez a Amaro, 1 de julio de 1929; Amaro a Ramírez, 3 de julio, act-


131

aja, serie 0302, leg. 22, f. 1528-1529.


SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 209

en el estricto apego a las leyes, de que ha dado pruebas evidentes el


supremo gobierno, recurro al espíritu justiciero de usted.

Estas palabras muestran algo que se sabía en el ejército en aquel tiem-


po: para progresar en esa carrera era más rentable haber participado en
las diferentes campañas en contra de distintos movimientos rebeldes que
en las labores técnicas, indispensables para la profesionalización de la
milicia; también, que el apoyo de los generales importantes era indispen-
sable, más allá de cualquier normativa. La respuesta de Amaro no podía
ser más sintomática de esto: “Todos los ascensos a que se refiere y en que
basa sus preguntas, han sido acordados por superior disposición del señor
presidente de la República y, por tanto, esta secretaría no ha hecho sino
cumplimentar las indicaciones del propio primer magistrado”.132
Sin que se mencionara campaña alguna, pues estaban adscritos al
cuartel general de la jefatura de operaciones, Roberto Cruz pidió ascen-
sos para varios de sus subordinados: invariablemente la respuesta era
que no se podía porque se postergaría a un número crecido de oficiales
o jefes con méritos y servicios similares.133 En cambio, Lázaro Cárdenas
pidió la promoción de oficiales que habían combatido a los cristeros en
Michoacán, lo que se concedio de inmediato.134 En el mismo archivo
encontramos peticiones de civiles con nombramientos en el gabinete
(para no violar el artículo 862 de la ordenanza), como Manuel Gamio,
quien lo solicitaba para su hermano Javier, el cual fue concedido.135

132
 Adrián Cravioto a Amaro, 6 de julio de 1929; Amaro a Cravioto, 9 de julio, act-aja,
serie 0302, leg. 7, f. 431-432.
133
 Es necesario precisar que Roberto Cruz ya era visto como un rebelde en potencia
(antes de que Calles se reuniese con los principales generales del ejército en septiembre de
1928), por las reuniones que tenía con otros militares desafectos; por tanto, más allá de cues-
tiones reglamentarias, las respuestas de Amaro reflejan esa circunstancia; sin embargo los
números de postergados que daba la autoridad muestran claramente ese problema. Roberto
Cruz era jefe de operaciones en Morelia y las peticiones son de septiembre a noviembre de
1928: se le dijo que, con respecto al teniente coronel de infantería Salvador G. Galindo, su
ascenso postergaría a 135 tenientes coroneles del arma; el del capitán primero de infantería
Manuel Torres Valdez, postergaría a 144; el del coronel de infantería Luis Rueda Flores Ca-
bello, quien llevaba casi cinco años en el empleo, postergaría a 41 coroneles. act-aja, serie
0301, inv. 150, exp. 32, f. 71-81, 40-44, 96-98. También el general Francisco S. Carrera pedía
desde Tampico el ascenso del jefe de guarnición, coronel Felipe Murguía, pues llevaba siete
años en el empleo. Se le dieron las mismas razones, pues Murguía ocupaba el número 24 en
el escalafón. Carrera a Amaro, 6 de mayo de 1927. Ibidem, inv. 137, exp. 19.
134
 Cárdenas lo hacía a nombre del general Tranquilino Mendoza, comandante del 50º
regimiento, que había actuado en Jalisco, Colima y Michoacán. Cárdenas a Amaro, Zamora,
23 de febrero de 1929. Ibidem, serie 0301, inv. 141, exp. 23, f. 158-159.
135
 Manuel Gamio a Amaro, 23 de enero de 1925. Gamio era subsecretario de Educación
Pública. Amaro le contestó que ya se había dado el acuerdo para el ascenso del capitán pri-
mero Javier Gamio. Ibidem, serie 0307, leg. 1, f. 5-7.
210 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

Si revisamos algunos ascensos, muchos de ellos coinciden con el


triunfo de Agua Prieta, en 1920, sobre la rebelión delahuertista en 1924
y, con menor frecuencia, en los hechos de 1927 y 1929. Otras promocio-
nes eran otorgadas por las campañas contra los cristeros y los yaquis.
Gilberto Limón ascendió precisamente en 1920, 1924 y 1927, desde co-
ronel a general de brigada.
Así pues, vemos que el problema de los ascensos no se podía solu-
cionar sólo con purgas por rebeliones castrenses que implicaban nume-
rosas bajas y, por tanto, más vacantes. En la de octubre de 1927 fueron
dados de baja, por haberse rebelado, cuatro generales de división, nue-
ve de brigada y 17 brigadieres.136 Lo anterior dejaba 30 vacantes en el
escalafón del ejército. En los meses siguientes fueron ascendidos, sin
ser ésta una relación completa, nueve generales.137 En 1929 fueron da-
dos de baja seis divisionarios.138 Por esa campaña se ascendió a ese
grado a seis generales de brigada.139 No presento una lista tan detallada
como en el caso de 1924, para no agobiar la lectura de un trabajo ya de
por sí cargado de datos; únicamente indicaré que a diferencia de ese
año, en 1929, hubo el propósito de no repetir el mismo error; la Secre-
taría de Guerra emitió una circular que congelaba los ascensos de ge-
nerales, jefes y oficiales, la cual provocó quejas anónimas de militares
que llevaban hasta diez años en sus empleos.140
El exceso de jefes y generales ha sido un problema endémico en el
ejército mexicano y esta situación obstaculiza los ascensos en tiempos

136
 Divisionarios: Arnulfo R. Gómez, Francisco Serrano, Jacinto B. Treviño y Luis Gutié-
rrez; generales de brigada: Alfredo Rueda Quijano, Carlos Vidal, Miguel Peralta, Miguel
Alemán, Humberto Barros, Horacio Lucero, Gustavo Salinas, Manuel J. Celis y Adalberto
Palacios; brigadieres: Filiberto Villarreal, Manuel G. Espinosa, Tiburcio Rivera, Donato Se-
gura, Héctor I. Almada, Fortunato Tenorio, Antonio Medina, Óscar Aguilar, Luis González
Gutiérrez, Rafael Castillo, Arturo Lazo de la Vega, Luis P. Vidal, Agapito Lastra, Luis M.
Hermosillo, Daniel Peralta y Carlos Rodríguez Malpica. Revista del Ejército y de la Marina,
octubre de 1927.
137
 A brigadieres: Arturo Bernal Navarrete, Miguel Z. Martínez, Manuel Ballesteros
García, Anselmo Macías Valenzuela, Manuel Lugo y Manuel Limón. A generales de briga-
da: José San Martín y Gilberto Limón. A divisionario: Jesús M. Aguirre. Para jefes y oficia-
les, fueron promovidos al grado superior, entre otros, los mayores Leónides Andreu Alma-
zán, Erasmo González Ancira, Salvador González Reynoso, Gustavo Baz Prada, José García
Márquez, R. Leyva Mancilla, el capitán primero Ignacio M. Beteta y el capitán segundo Luis
Alamillo. Excélsior, 20 de noviembre de 1927, 23 de enero de 1928, 1 de febrero de 1928.
138
 José Gonzalo Escobar, Jesús M. Aguirre, Francisco Manzo, Francisco Urbalejo, Mar-
celo Caraveo y Roberto Cruz.
139
 A divisionarios: Benigno Serrato, Anacleto López, Eulogio Ortiz, Rodrigo Quevedo,
Lucas González y Rodrigo Talamantes; a generales de brigada: Nazario Medina, Agustín
Olachea, Anselmo Macías, Manuel y Maximino Ávila Camacho (a estos dos por su activi-
dad contra los cristeros). Excélsior, 14 de abril de 1929, 20 de mayo, 6 de septiembre.
140
 La Prensa, 2 de noviembre de 1929.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 211

de paz. Según el senador Lauro Caloca, Amaro le había confesado, “un


poco apenado, que tenía oficialidad suficiente para cubrir todos los
ejércitos del mundo, es decir, que había en nuestro ejército una gran
cantidad de coroneles y generales en exceso”. Esto lo decía para enfa-
tizar que el propio secretario de Guerra reconocía lo anterior y, como
el Senado tenía la facultad de reconocer esos grados, preguntaba a sus
colegas si no era prudente tratar ese asunto con las autoridades castren-
ses. Juan de Dios Robledo le contestaba con un argumento muy común
en la época, que muchas veces terminaba por justificar las taras y ca-
rencias del ejército mexicano, su peculiaridad:

Pero, compañero Caloca, lo que usted quiere con espíritu teórico es que
contáramos con un ejército que estuviera estrictamente completo y li-
mitado en su cuadro de generales, coroneles y jefes... Usted que cono-
ce quizá mejor que yo la psicología de nuestro ejército, su integración,
sabe que eso no es posible en los actuales momentos. Nuestro ejército
no se ha formado como se formó, por ejemplo, el ejército de Suiza o el
de la República francesa, mediante un estudio de Estado Mayor, me-
diante una verdadera tradición institucional, llenando los puestos de
oficiales con hombres sacados de las escuelas militares o con gentes
que han hecho un largo servicio y así se va llegando a un plano en que
no se da un ascenso mientras no haya un hueco... Nuestro ejército está
compuesto por todos los militares de los matices revolucionarios que
han luchado durante los últimos 18 años... Su idea es enteramente jus-
ta y sería provechoso adoptarla; pero siempre que al irla poniendo en
práctica se fuera haciendo poco a poco, quizá otorgando menos ascen-
sos, hasta tener un cuadro de generales, de jefes y oficiales que se ajus-
te estrictamente a las necesidades del ejército. Es más, esto se va ha-
ciendo poco a poco, a medida que nos vamos desenvolviendo en
periodos más estables, más pacíficos.141

Lo que reconocía abiertamente el senador Robledo era que la Ley


de Ascensos no se cumplía y que en las fuerzas armadas privaba el
criterio político sobre el profesional para formar el cuadro de generales
y oficiales. Algunos funcionarios de la Secretaría de Guerra también
reconocían lo anterior cuando señalaban que las diferentes disposicio-
nes emitidas en 1926 no se aplicaban y creían que esto seguiría así por
lo menos tres años más; mientras tanto, según la misma fuente, se con-
tinuaba con la aplicación de la ordenanza de 1911.142

 24 de octubre de 1928, Diario de los Debates del Senado.


141

 El informe del agregado Marshburn no dice los nombres de estos opinantes, mid,
142

2 de mayo de 1928, 2025-391/3.


212 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

El exceso de generales, jefes y oficiales representaba un auténtico


cuello de botella para los ascensos, sobre todo para los más jóvenes,
pues siempre habría más veteranos en la lista de espera. Pero como lo
señalaba Caloca, representaba un grave problema para un país que
tenía exiguos presupuestos para salud, educación y obras públicas. Sólo
por poner un ejemplo, en febrero de 1928 se pagaba anualmente a 445
generales $3 458 671.00, lo que representaba casi un 11% de la cifra ero-
gada para la tropa: para remunerar a 62 639 soldados se gastaban
$32 096 223.00. Por cada general del ejército había sólo 140 soldados.
Del total de las fuerzas armadas, 82% era de tropa, 1.68% de jefes y
oficiales y 0.58% de generales.143 En 1884, según cifras recopiladas por
Ramírez Rancaño, esa proporción era de 89%, 1.05% y 0.26%, respecti-
vamente.144 El ejército que supuestamente servía a una dictadura cali-
ficada de militarista costaba menos al erario, y tenía una proporción
más equilibrada de generales con la tropa.
A pesar de lo antes señalado había una gran inconformidad en el
generalato: militares que habían obtenido sus ascensos en pocos años,
pero cuando la situación tendía a la “normalización” muchos veían que
los grados más altos llegaban a cuentagotas. Evaristo Pérez ya era bri-
gadier en 1921, tres años después general de brigada, pero en 1931 se-
guía con ese mismo grado.145 Francisco del Arco, como Pérez, uno de los
militares más respetados de su tiempo, en 1913 era mayor, en 1916 te-
niente coronel, en 1918 coronel, en 1922 brigadier, grado que aún tenía
diez años después. Éstos fueron jefes que se dedicaron de tiempo com-
pleto a las armas, sin combinarlas con la política, como sí lo hizo Esteban
Baca Calderón, quien fue promovido en toda esa década hasta llegar a
general de brigada, pero también fue diputado federal, gobernador de
Nayarit y director de aduanas en Veracruz. A pesar de su pasado villis-

143
 Había 22 generales de división, 145 de brigada y 278 brigadieres. A los primeros se
les pagaba $13 176.00 anuales, a los segundos $9 223.00 y a los terceros $6 588.00. A los solda-
dos, $512.40. En febrero de ese año, el total de efectivos de las fuerzas armadas era de 76 243,
de los cuales 62 639 eran soldados, 12 837 oficiales y jefes y 445 generales. Thompson, 7 de
febrero de 1928, mid, 2025-259/129; Thompson, 28 de febrero, mid, 2025-374/7.
144
 El total del ejército era de 34 050, la tropa 30 366, jefes y oficiales 3 595 y generales 89.
Véase el interesante estudio de este autor sobre la proporción de jefes y oficiales con respec-
to a la tropa, y de efectivos del ejército con respecto al número de habitantes del país, entre
1884 y 1930. Mario Ramírez Rancaño, “Una discusión sobre el tamaño del ejército mexicano:
1876-1930”, Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, n. 32, julio-diciembre de
2006, p. 35-71.
145
 Otros casos de generales de brigada que tenían ese grado, en 1932, y cuyo último
ascenso (a brigadieres) había ocurrido muchos años antes: Gabriel Gavira Castro fue nom-
brado general brigadier en 1915; Pánfilo Natera García, en 1913; Juan José Ríos y Ríos, en
1916; Fortunato Zuazúa, en 1915. Escalafón General del Ejército: Cerrado hasta el 31 de enero de
1932, México, Talleres del Departamento de Estado Mayor, 1932, 272 p.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 213

ta, a Rodrigo Quevedo, al unirse al Plan de Agua Prieta en 1920, se le


respetó su grado de brigadier; en 1924 fue ascendido y en 1929 fue
nombrado divisionario; de 1932 a 1936 fue gobernador de Chihuahua
y al terminar su periodo regresó al servicio activo como comandante
de distintas zonas militares.146
El excedente puede verse con el número de generales con puestos
militares y de aquellos que estaban dedicados a otras actividades. En
1927 había 29 generales de división, de ellos cuatro tenían licencia ili-
mitada, en ese tiempo era sinónomo de estar dedicado a actividades
políticas; doce estaban sin comisión alguna (a la espera de órdenes), en
puestos políticos, administrativos o policiacos, pero con licencias tem-
porales; por tanto, de esos 29, sólo doce tenían comisiones dentro de la
milicia.147 En ese mismo año había 161 generales de brigada, de los
cuales 72 tenían licencia ilimitada, esperaban órdenes o tenían puestos
públicos; por tanto, sólo 89 tenían comisiones dentro de las fuerzas
armadas. En 1933 había 122 generales de brigada, de los cuales 45 es-
peraban órdenes, dos disfrutaban de licencia ilimitada y 17 tenían pues-
tos públicos; sólo 58 tenían comisiones militares.148 Lo que muestran
estas cifras es que el ejército funcionaba igual de bien o mal con un
número mucho menor de generales en activo. Pero aquellos que no
tenían comisión alguna permanecían en las listas de antigüedad en cada
grado y por cada arma o servicio. Por tanto, un brigadier de infantería
con trayectoria exclusivamente militar, para ascender debía esperar,
primero, a que hubiese una vacante: que un brigadier de su arma fuese
ascendido, muriese o fuese dado de baja; segundo, que estuviese en los
primeros lugares de las listas de antigüedad. La Ley Orgánica de 1926
establecía (artículo 77) que aquellos jefes y generales que hubiesen ser-
vido continuamente por cuatro y cinco años, respectivamente, y no hu-
biesen sido ascendidos por falta de vacantes, recibirían un sobresueldo
igual en cantidad a la diferencia entre el sueldo de su grado y el del gra-
do inmediatamente superior. Pero por razones presupuestales estas dis-
posiciones rara vez se cumplían. También es importante precisar que la
misma ley (artículo 85) establecía que las licencias por tiempo ilimitado

146
 12 de febrero de 1942, mid, caja 2510.
147
 Los que tenían ausencia ilimitada eran Obregón, Calles, Arnulfo Gómez y Francisco
Serrano; esperando órdenes o en puestos públicos: Cándido Aguilar, Miguel Alemán, Forti-
no Ayaquica, Cesáreo Castro, Roberto Cruz, Isaac Ibarra, Heriberto Jara, Pafnuncio Martí-
nez, Luis Medina Barrón, Manuel Peláez, Armando Pesqueira y Jacinto B. Treviño. Thomp-
son, 16 de agosto de 1927, mid, 2025-259/90. Al año siguiente las cifras eran similares para el
mismo número de generales: diez con licencia ilimitada, ocho a la espera de órdenes o en
otros puestos públicos y once en comisiones militares. Thompson, 23 de junio de 1928. Ibi-
dem, 2025-259/144.
148
 Cummings, 4 de abril de 1933. Ibidem, 2025-259/364.
214 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

no se concederían si el militar que la pidiera no hubiese cumplido su


tiempo de servicio en el grado (tres años para oficiales, cuatro para jefes
y cinco para generales).
Para la administración militar hubiese sido un suicidio presupues-
tal, y también político, aumentar aún más el número de generales, si
permitía los ascensos de tantos militares con pleno derecho a ellos. De
hecho, el proceso fue al revés. Entre 1926 y 1937 había entre 20 y 30
divisionarios, pero los rangos siguientes del generalato sí redujeron su
número; los de brigada pasaron de 192 a 121; los brigadieres, de 327 a
206 en ese mismo periodo.149 En los hechos, esto hacía todavía más
difícil acceder a los últimos grados del escalafón. Utilizo estos grados
a manera de ejemplo, pero el problema se extendía a toda la jerarquía
de las fuerzas armadas, tanto jefes, oficiales y clases. La crisis económi-
ca que vivió el país, sobre todo en 1931, ocasionó que cualquier ascen-
so fuese negado, con excepción de sargentos y cabos en aquellas cor-
poraciones que tuviesen vacantes.150
No sólo había exceso de generales, también de jefes y, en menor
medida, de oficiales. En 1928 en el arma de caballería servía en filas sólo
el 26.7% de todos los jefes de esa arma, mientras que en comisiones
diversas, que incluía a los que estaban en disponibilidad, estaba el 60%
de los jefes de esa arma.151
El teniente coronel Ignacio M. Beteta le respondía al candidato Cár-
denas (después sería su subjefe de ayudantes en la presidencia) a la
opinión de éste en el sentido de que ya no debían aceptarse civiles en
el Colegio Militar y dar las vacantes que esta medida dejara a sargentos
provenientes de filas, que se incorporarían como cadetes del colegio;
Beteta le decía:

El problema no debe resolverse cortando por abajo, donde urge des-


congestionar es arriba para dejar libre el campo a los subalternos en

149
 La información fue tomada de un informe de junio de 1926 y otro de octubre de 1937.
La disminución más significativa se dio por la rebelión escobarista, pues en junio de 1928 ha-
bía 140 de brigada y 265 brigadieres, mientras que en agosto de 1929, 92 y 184 respectivamen-
te. Datos sacados de los informes inteligencia militar, mid, clasificación general: 2025-259.
150
 El Universal, 12 de enero de 1932.
151
 El total de jefes era de 1 120, los oficiales, 3 468, y la tropa, 30 665. En filas servían 299
jefes, 2 427 oficiales (70%) y 29 836 de tropa. En comisiones diversas: 674 jefes, 698 oficiales y
829 de tropa. En el Departamento de Caballería de la secretaría servían 106 jefes, 171 oficia-
les y 153 de tropa. En los dos criaderos de ganado: 4 jefes, 21 oficiales y 267 de tropa. Proce-
sados y sentenciados: 4 jefes, 60 oficiales y ninguno de tropa. Inválidos: 33 jefes, 91 oficiales
y 306 de tropa. Desgraciadamente éste es el único año (y sólo en caballería) en que las Memo-
rias ofrecen datos que permitan conocer cuántos efectivos servían en filas, y cuántos en otras
comisiones. Memoria presentada al H. Congreso de la Unión por el secretario del ramo, general de
división Joaquín Amaro, 1927-1928, p. 62-65.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 215

quienes se nota ya cierto desencanto por la carrera militar, dadas las


pocas esperanzas que tienen de mejorar ya que sus condiciones pre-
sentes son bastantes precarias, por lo que se refiere a la parte económi-
ca. Si se da oportunidad para que los subalternos asciendan habrá
muchas vacantes de subtenientes para cubrirlas con elementos jóvenes
de procedencia civil y, de preferencia, con sargentos del ejército que
procedan de la Escuela de Clases.152

Efectivamente, al pasar el tiempo esa situación provocaba mayores


tensiones en el ejército, y como las finanzas del país mejoraron en 1936
se aplicó un método para promover a oficiales (de teniente a capitán
segundo), basado en exámenes de conocimiento y aptitud para el grado
al que aspiraban; esta disposición beneficiaba a los más jóvenes, que
habían podido estudiar en el Colegio Militar, e iba en detrimento de los
más veteranos, aquellos que habían participado en la Revolución. En
los considerandos del decreto se reconocía que las promociones habían
estado suspendidas indefinidamente, por razones económicas y porque
en el pasado se prodigaron en demasía los ascensos lo que generó un
exceso de personal en todos los grados; sin embargo se aceptaba que
esto había afectado a muchos oficiales que reunían todos los requisitos
establecidos en la Ley de Ascensos.153 Uno de los beneficiados, exultan-
te, decía que los pesimistas hasta cierto punto tenían razón,

pues nuestro caduco sistema de ascensos daba lugar a ello, ya que


conocimos a varios compañeros con una añeja antigüedad, quienes
habían perdido la esperanza de recibir un ascenso, pero nosotros creí-
mos desde el primer momento, que había llegado el día en el que se
haría justicia a tanto postergado, a tanto decepcionado y a quienes
estoicamente habían soportado una pesada antigüedad sin que valie-
ran propuestas... Un considerable número de oficiales hemos sido be-
neficiados con la generosa nota de ascenso. Este hecho marca el prin-
cipio de una nueva era: aquella en que la aptitud, la dedicación al
estudio y las cualidades morales conjugadas en la experiencia que su-
pone la antigüedad, determinará medio y sendero para alcanzar cada
uno de los objetivos en la trayectoria de nuestra carrera.154

152
 Memorándum de conversación, Ignacio Beteta y Lázaro Cárdenas, 11 de agosto de
1934. act-aja, serie 0401, en proceso de catalogación, 13 f.
153
 Aunque el acuerdo, y una circular que lo complementaba, daba preferencia a los
que tenían la mayor antigüedad en cada empleo, por arma y por servicio, los exámenes eran
fundamentales, por lo que los oficiales más jóvenes, pero que ya llevaban años en el mismo
grado, eran los más beneficiados. Diario Oficial de la Federación, 30 de abril de 1936; circular
número 21, Revista del Ejército y de la Marina, abril de 1936, p. 268-269.
154
 Capitán segundo de infantería Rubén Darío Somuano López, “La promoción 1936”,
Revista del Ejército y de la Marina, noviembre de 1936, p. 907-908.
216 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

Era este el tipo de oficial al que comenzaban a beneficiar las refor-


mas que implementaba en el ejército el presidente Cárdenas.155 Al año
siguiente emitió otro decreto para la promoción de jefes (aquí sin exá-
menes) que daba preferencia a la antigüedad; pero se establecía que a
los jefes que hubiesen llegado a la edad límite para el retiro, estipulada
en la Ley de Retiros y Pensiones, se les impondría ésta de inmediato.
El decreto también respondía a un creciente disgusto entre los jefes del
ejército y de la armada.156 Aunque existían límites de edad y de años
de servicio para el retiro, éstos no se cumplían y muchos militares, aun
aquellos que no tenían comisión, no se habían retirado.

Licencias, bajas, retiros y pensiones

El otro frente para combatir el exceso de generales, jefes, oficiales e


incluso tropa era el de las bajas y los retiros. Pero había tantas excep-
ciones, influyentismo, falta de claridad o cambios constantes en las
disposiciones de la Secretaría de Guerra, que tampoco eran opciones
confiables para aliviar y menos para solucionar el problema.
El uso de licencias fue indiscriminado en el periodo aquí tratado. De
esta forma los militares en campañas políticas, puestos públicos o nego-
cios privados podían tenerlas y más tarde regresar a filas. La Ley Orgá-
nica porfirista sólo contemplaba las siguientes licencias (artículo 275):

1. por enfermedad confirmada (seis meses) y,


2. para asuntos particulares (uno o dos meses).

Para periodos más largos sólo se contemplaba el retiro. La Orde-


nanza del Ejército de 1911 contemplaba tres tipos de licencia:

1. temporal, por enfermedad o asuntos particulares (seis meses);


2. licencia ilimitada, concedida a jefes y oficiales del ejército perma-
nente, sin goce de sueldo y por “convenir así a sus asuntos par-
ticulares”; en este caso podían quedar los enfermos o heridos que

155
 En esa promoción de 1936 fueron ascendidos: en infantería, al grado siguiente, 151
capitanes primeros, 151 capitanes segundos, 169 tenientes y 175 subtenientes; llegaron a
ser oficiales 127 sargentos primeros. En caballería fueron ascendidos: 170 capitanes prime-
ros, 140 capitanes segundos, 150 tenientes y 150 subtenientes; llegaron a ser oficiales 57
sargentos primeros. En artillería fueron ascendidos 174 oficiales. En aviación fueron as-
cendidos diez capitanes primeros, trece capitanes segundos y 31 tenientes. Memoria 1936-
1937, p. 35-42.
156
 Diario Oficial de la Federación, 8 de julio de 1937.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 217

después de seis meses estuviesen incapacitados para regresar al


servicio activo. Podían seguir en uso del uniforme y tenían la
obligación de volver al servicio si eran requeridos por la Secre-
taría de Guerra. Establecía que el presidente resolvería las soli-
citudes de los que gozaran de esta licencia y buscaran regresar
al servicio (artículo 912);
3. licencia absoluta, que equivalía a la baja en el ejército. Esta licen-
cia se daría a:
a. generales, jefes y oficiales que lo solicitaran,
b. sargentos y tropa que, después de haber cumplido su contra-
to de tiempo, hubiesen manifestado su deseo de continuar en
servicio pero sin tiempo determinado (no estar “reengancha-
dos”, esto significaba que no hubiesen renovado su contrato
de tiempo, por lo general de tres años),
c. todo individuo del ejército que quedara inútil para el servicio, y
d. los que recibieran pena de destitución de tribunal competente.
Cuando la baja, por faltas o delitos cometidos, ameritase la
leyenda “por indigno de pertenecer al ejército”, no podía vol-
ver al servicio, excepto como soldado, y sólo en caso de guerra
extranjera.

En cambio, la Ley Orgánica de 1926 era más laxa en la concesión de


licencias, si la comparamos con las normativas de 1900 y de 1911. La li-
cencia ordinaria, que correspondía a la temporal, se extendía hasta seis
meses. Se añadía una licencia extraordinaria y se mantenían las ilimi-
tadas y absolutas.157
En toda legislación castrense —como en muchas otras actividades,
destacando la similitud con la académica en las universidades públi-
cas, particularmente la unam—, la suma de años de servicio es muy
importante, pues afecta la promoción a grados superiores y la pensión,
cuando llegue el retiro. En una carrera en la que la norma, más que la
excepción, era que los militares fueran nombrados o electos para un
puesto público y al finalizar regresaran al servicio activo, resultaba de
gran relevancia qué criterio se utilizaría para considerar el tiempo que
duraba una licencia: ¿debía restársele al tiempo de servicio? La ordenan-
za establecía una diferencia importante en su artículo 35, inciso iv:

157
 La licencia extraordinaria se concedía a aquellos que sin tener aún el derecho al reti-
ro: 1) llegaban a la edad límite para el retiro que establecía el artículo 3 de la Ley de Retiros
y Pensiones. 2) quedaban inútiles para el servicio. 3) por enfermedad, después de seis me-
ses, no estaban aún aptos para regresar al servicio, artículo 84 de la Ley Orgánica del Ejérci-
to, Diario Oficial de la Federación, 15 de marzo de 1926.
218 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

A los generales, jefes y oficiales de la milicia permanente que gocen de


licencia ilimitada, cuando se les llame al servicio o se les conceda vol-
ver a él por haberlo solicitado, se les admitirá en el empleo que ejercían
al obtener la licencia, pero se les descontará de su tiempo de servicios
y de la antigüedad de su último empleo todo el tiempo que hubieran
estado ilimitados.
Inciso v. A los generales, jefes y oficiales de la milicia permanente
que, habiendo pedido y obtenido licencia absoluta, solicitaran volver
al servicio, será potestativo del gobierno admitirlos en el empleo que
tenían al separarse, siempre que no hayan transcurrido seis años desde
la fecha de su separación del servicio; pero en caso de ser admitidos,
se les expedirá nueva patente y se les contará la antigüedad desde su
nuevo ingreso.
Inciso vi. A los militares que habiendo disfrutado de licencia ab-
soluta se les conceda volver al servicio, se les abonará el tiempo ante-
rior a la licencia, siempre que no hayan transcurrido seis años en el uso
de aquélla.

Un ejemplo hipotético hará más claras estas disposiciones: si un bri-


gadier, que tuviera cuatro años en el mismo grado y veinte años de ser-
vicio en el ejército, pedía y le concedían una licencia ilimitada, misma
que duraba dos años, al regresar con su mismo grado perdía esos dos años
de antigüedad en el empleo, lo que afectaba su posibilidad de ascenso,
pero conservaba sus veinte años de servicio (sin poder obtener 22). El
mismo brigadier, en igual situación, pero que hubiese obtenido licencia
absoluta y fuese aceptada su solicitud de reingreso dos años después,
ingresaría como brigadier, perdía dos años de antigüedad en el empleo
pero conservaba sus veinte años de servicio. Pero si hubiesen pasado
seis años de la licencia absoluta y le fuera concedido regresar, perdería
su antigüedad como general brigadier y sus veinte años de servicios.
Cosa muy distinta era cuando la separación temporal se debía a una
designación presidencial. El artículo 40 de la ordenanza dice:

A los que estando en servicio soliciten y obtengan permiso para des-


empeñar empleos extraños al ejército, no se les abonará el tiempo que
dure la licencia, que también se deducirá de la antigüedad del empleo;
no tendrán derecho, mientras estén en estas condiciones, a ascenso
alguno ni a percibir haberes militares. A los que fueren nombrados por
acuerdo directo del presidente de la República para desempeñar cual-
quier comisión del servicio público, se les abonará todo el tiempo que
duren en ella.

Existía un aliciente para que los militares, agraciados por el dedo


presidencial, aceptaran el nombramiento que éste quisiera darles en la
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 219

administración pública, pues no perdían ni un sólo día de antigüedad.


Tampoco la perdían aquellos que eran electos para un cargo de elección
popular de la federación: presidente de la República, senador o diputado
federal. En cambio, sí se les descontaba el tiempo a los que fuesen electos
para cargos de elección popular de los estados: gobernador, diputado
local, presidente municipal, concejal.158 Como podemos ver, por lo que
dice el artículo 40, en cuanto al pago de haberes del militar con licencia,
específicamente lo prohíbe cuando se trata de empleos extraños al ejér-
cito, pero no lo impide expresamente en caso de comisiones del servicio
público o de cargos de elección popular de la federación. Aunque el ar-
tículo 910 de la ordenanza dice que “las licencias ilimitadas serán siempre
sin goce de sueldo”, es lícito sospechar que se podía aprovechar la lagu-
na que dejaba el artículo 40 para cobrar los haberes de su grado, como
también los del cargo público, si se utilizaban licencias temporales reno-
vadas cada seis meses o bien, a partir de 1926, si se recurría a las “licen-
cias extraordinarias” creadas por la Ley Orgánica de ese año.
Si continuamos con el caso hipotético del brigadier con 20 años de
servicio y cuatro años de antigüedad en ese grado, si el presidente lo
nombraba oficial mayor de la Secretaría de Gobernación, director de la
policía del Distrito Federal o si era electo senador, éste acumularía el
tiempo que durase en ese cargo. Si el encargo se extendía a cuatro años,
cuando ese brigadier regresase al servicio activo lo haría con una anti-
güedad de ocho años en el empleo y 24 de servicio. De esa forma, ese
militar no perdía ni un lugar en el escalafón de los de su arma y grado,
mientras que otros colegas suyos, con la misma antigüedad pero aleja-
dos de la vida pública por estar comandando un batallón o regimiento
y, por lo mismo, con menos contactos políticos que les ayudasen a ob-
tener un ascenso, competían en desventaja, pues acumulaban el mismo
número de años que los del militar metido a la política.
En 1927, de 488 generales que había en el ejército, 114 tenían li-
cencia ilimitada, aunque los datos que tengo no me permiten saber
con certeza cuántos desempeñaban puestos públicos.159 Meses antes
de elaborarse esta lista, la Secretaría de Guerra recibió muchas solici-

158
 Artículo 41: “A los que desempeñaren cargos de elección popular, de la Federación,
se les abonará todo el tiempo que duren en éstos, y a los que fueren electos para cargos de
elección popular, de los Estados, no tendrán derecho al abono de tiempo, se les descontará
de su antigüedad todo el que duraren en el desempeño de dichos cargos y deberán solicitar
permiso de la Secretaría de Guerra y Marina para aceptarlos”.
159
 En la fuente que manejo aparece que 73 tenían licencia ilimitada, pero eso no signifi-
ca que los demás no la tuvieran, pues los 41 restantes eran gobernadores, jefes de policía,
senadores, etcétera; 21 tenían puestos en los gobiernos de los estados y 20 en el gobierno
federal, o como diputados o senadores federales: entre los gobernadores estaban: Heriber-
to Jara, Donato Bravo Izquierdo, Manuel Pérez Treviño y Fausto Topete; jefes de policía:
220 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

tudes de ese tipo, debido al proceso electoral del año siguiente.160 El


potencial subversivo de esto era reconocido por el alto mando; de ahí
esta advertencia:

Aprovechando ciertas disposiciones de Ordenanza, generales, jefes y


oficiales han seguido la inveterada costumbre de solicitar licencias
ilimitadas, y se consideran por ese solo hecho, con la facultad de actuar
como juzgaran conveniente, muchas veces incluso haciendo labor con-
traria al gobierno federal, pero siguiendo al mismo tiempo con relacio-
nes de cualquier índole con la Secretaría de Guerra, no obstante de que
de una manera franca y decidida no colaboran con el gobierno.161

La situación de ese año no era ninguna novedad. En 1919, con


motivo de la campaña presidencial, o por desavenencias con el presi-
dente Carranza, o por colaborar con él en puestos públicos, de los diez
generales de división que había cuatro tenían licencia ilimitada o ab-
soluta y sólo seis estaban en activo.162 Las licencias ilimitadas fueron
el instrumento más utilizado para que militares en activo participasen
en la vida política. En un estudio, Roderic Ai Camp ha mostrado el
porcentaje de militares en altos puestos públicos, como secretarios,
subsecretarios, oficiales mayores, senadores, diputados y gobernado-
res; en los apéndices de esta obra transcribo la lista que este investiga-
dor presenta. Según esos datos, con Obregón fue del 40% y durante el
callismo del 29%. En esa época comenzaron a promulgarse medidas
para disminuir las licencias ilimitadas, ya que el presidente Calles y
su ministro Amaro sabían de la relación entre esas licencias y el inten-
to golpista de 1927. A diferencia de la rebelión delahuertista, en la que
generales con mando de tropa se levantaron en armas, en 1927 los
candidatos opositores al callismo habían obtenido licencias ilimitadas
para participar en la contienda política; por lo tanto, no tenían tropa a
su mando (Francisco Serrano y Arnulfo R. Gómez). Sin embargo, al-
gunos de sus más fervientes simpatizantes sí la tenían. A partir de esa
experiencia, ya no se concederían esas licencias con tanta facilidad.

Roberto Cruz y Jesús Palomera López; senadores: Eulalio Gutiérrez. Thompson, 16 de agos-
to de 1927, mid 2025-259/94.
160
 Excélsior, 28 de mayo de 1927.
161
 La nota no daba nombres pero hablaba de alrededor de 100 jefes y 300 oficiales. Ibi-
dem, 26 de junio de 1926 y 21 de mayo de 1926.
162
 Con licencia: Álvaro Obregón, Pablo González, Salvador Alvarado, Cándido Agui-
lar y Jacinto B. Treviño. Los que estaban en activo: Benjamín Hill, Cesáreo Castro, Francisco
Murguía, Manuel M. Diéguez y Jesús Agustín Castro. Álvaro Matute, “Del ejército constitu-
cionalista al ejército nacional”, Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, v. vi,
1977, p. 157-160.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 221

Había una relación directa entre conflictos electorales y participación


de generales y jefes en ellos.163
El nacimiento de un partido de Estado —el Partido Nacional Re-
volucionario— coincidió con la rebelión escobarista de 1929. Al ser
sofocada, no se eliminó a los militares de la vida pública, pero ellos, al
igual que líderes obreros, campesinos o de otro tipo, para contender
tendrían que obtener primero el visto bueno del partido, y con eso ase-
gurar su triunfo en las urnas. Con esta nueva mecánica disminuyeron
los aspirantes a puestos de elección popular provenientes de las filas del
ejército que, si no obtenían el beneplácito del partido en el poder, difí-
cilmente arriesgarían su carrera militar por una campaña política desti-
nada al fracaso. No es que antes no hubiese favoritos del gobierno, pero
la lucha política era más caótica y eso favorecía que hubiese varios can-
didatos para cada uno de esos puestos. En 1925, por ejemplo, los gene-
rales Luis Gutiérrez y Manuel Pérez Treviño se proclamaron ganadores
de los comicios para gobernador de Coahuila; lo mismo sucedió con el
general Jesús Azuara y el coronel Matías Rodríguez, en Hidalgo; en 1921
con los generales Andrés Castro y Abundio Gómez en el Estado de
México.164 El hecho de que tras una elección hubiese dos presuntos go-
bernadores, con sendas legislaturas locales, no sólo enturbiaba la vida
política, también incrementaba las disputas dentro de un ejército que ya
de por sí era una fuente inagotable de conflictos.
El propósito de tener un mayor control de las licencias se puede ver
en la lista de generales de los años siguientes. Habíamos dicho que en
1927 había 114 generales con licencia ilimitada. En 1929, de 372 generales
que había sólo 16 contaban con licencia ilimitada; un año después, de 387
sólo 9 gozaban de esa prerrogativa.165 Esto no quiere decir que todos los
generales desempeñaran labores castrenses. Muchos de ellos estaban “a
disposición del departamento de su arma” o “en disponibilidad” en otras

163
 Fuentes militares señalaban a la prensa que de nada servía que altos jefes se separa-
ran del ejército “si los que seguían en grado y que aun conservan mando de fuerzas, se dedi-
caban a hacer activa propaganda en su favor, utilizando los elementos que tienen a su dis-
posición y con los que harán presión formidable en el ánimo de los contrarios al candidato
que goza de sus simpatías”. Excélsior, 21 de mayo de 1926.
164
 Los que finalmente quedaron en el puesto fueron Pérez Treviño, Matías Rodríguez
y Abundio Gómez. Ibidem, 2 de diciembre de 1925, 3 de marzo; El Universal, 17 de septiem-
bre de 1921.
165
 En julio de 1929 había 32 divisionarios, 115 generales de brigada y 225 brigadieres,
de los cuales con licencia ilimitada, respectivamente, eran 4, 4 y 8. Licencia temporal tenían
3 divisionarios, 5 de brigada y 4 brigadieres. En julio de 1930 había 31 divisionarios, 123 ge-
nerales de brigada y 233 brigadieres, de los cuales tenían licencia ilimitada: ningún divisio-
nario, 3 de brigada, y 6 brigadieres; licencias temporales para 4 divisionarios, 5 generales de
brigada y 6 brigadieres. Memoria presentada al H. Congreso de la Unión, por el secretario del
ramo, general de división Joaquín Amaro, 1929-1930.
222 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

dependencias castrenses (jefaturas de operaciones, Departamento de Es-


tado Mayor, etcétera). En 1929 había 43 generales en esa situación, mien-
tras que en 1933 había 149.166 El estatus “en disponibilidad” pasó a fun-
cionar como una especie de licencia ilimitada, pero con la diferencia de
que el militar en aquella situación estaba en servicio activo y, por tanto,
imposibilitado de desempeñar cargos públicos o criticar disposiciones
gubernamentales. Este cambio es una prueba de que el alto mando ejer-
cía un mayor control político de los elementos del instituto armado. De
hecho había generales que llevaban varios años en esa condición, lo que
venía a ser un retiro disimulado, pero con pago de haberes, como eran los
casos de los divisionarios Genovevo de la O, Gildardo Magaña, Jesús
Agustín Castro, Isaac Ibarra y Pedro Saavedra, quienes así aparecen en los
escalafones desde 1928 hasta 1933. De principios de 1935 a febrero de 1938,
de los 350 generales en servicio activo, 91 se encontraban en disponibili-
dad, la mayor parte debido a la depuración de elementos callistas.167
En cuanto a las bajas en las fuerzas armadas, éstas se encontraban
previstas en distintos artículos de la Ordenanza y, posteriormente, en
la Ley Orgánica de 1926. Se le llamaba baja, aunque en los reglamentos
castrenses se utilizaba el término de licencia absoluta. El artículo 913
de la Ordenanza regulaba esta figura; distinguía entre tropa (soldado,
cabo, sargento primero y sargento segundo), oficiales, jefes y generales.
Establecía que la licencia absoluta se dará:

1. a los generales, jefes y oficiales que la soliciten;


2. a los sargentos primeros y segundos que, después de cumplir el
tiempo que establecían los reglamentos de reclutamiento (por lo
general tres años), y hubiesen manifestado su deseo de continuar
sirviendo, pero sin firmar otro contrato por tiempo determinado
(reenganchado) y, por tanto, tuviese el derecho de pedir su se-
paración del servicio;
3. a todos los individuos de tropa que hubiesen cumplido el tiempo
(tres años) y no hubiesen solicitado reengancharse;
4. a los soldados a quienes se les hubiese admitido un sustituto;
5. a todo individuo del ejército que se inutilice para el servicio y no
le corresponda retiro; y
6. a los oficiales que, por sus faltas, sean sentenciados a la pena de
destitución por tribunal competente.
166
 Para la lista de generales en 1929, la más fiable, aunque sólo da los nombres, los gra-
dos y la antigüedad, no así los puestos, véase Álvaro Matute, “Del ejército...”, p. 175-183;
con puestos que desempeñaban, pero algo incompleta, en Thompson, 14 de junio de 1929,
mid, 2025-259/152; para 1933, Cummings, ibidem, 2025-259/359.
167
 Alicia Hernández Chávez, Historia de la Revolución mexicana, 1934-1940. La mecánica
cardenista, v. 16, México, El Colegio de México, 1981, p. 105.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 223

Llama la atención que se exigiera cumplir el tiempo de reclutamien-


to a la tropa y no a la jerarquía. Esto se debe a que eran mucho más co-
munes las peticiones de baja en los rangos menores que en los medios y
altos, puesto que dicho personal había invertido bastante tiempo para
alcanzar sus grados y difícilmente pedirían su baja. Además, un capitán
o un mayor —si había comenzado su carrera como soldado, cabo o sar-
gento—, por lógica ya había cumplido el tiempo mínimo de tres años
señalado en el punto 2. Otros artículos regulaban las excepciones: a ge-
nerales, jefes y oficiales, quienes mientras estuvieran en campaña solici-
tasen cualquier tipo de licencia, se les expediría licencia absoluta con la
nota “por indigno de pertenecer al ejército”. A los de tropa, en esa misma
situación, se les concedería sólo si no perjudicaba al servicio (artículo
914). El artículo 915 establecía otras excepciones para negar la baja:

1. a los oficiales que habiendo hecho sus estudios en escuelas mili-


tares y después se hubiesen dedicado a las armas de infantería,
caballería y artillería, pero no hubiesen servido cuando menos
cuatro años después de terminados esos estudios;
2. a los que la solicitasen antes de ir a desempeñar alguna comisión
del servicio para la que se les hubiere nombrado; y
3. a los individuos de tropa que no hubiesen servido en el ejército
el tiempo señalado por la ley.

Estas excepciones son de sentido común: el Estado invertía en la


educación de futuros oficiales para que después retribuyeran con sus
servicios al ejército. Cuando había una encomienda desagradable, por
ejemplo, enviarlos de guarnición a San Juan Río Colorado, en Sonora,
una de las comisiones que tradicionalmente los militares consideran
como sinónimo de ser remitidos al infierno por el calor del desierto y
el aislamiento del lugar, sin esas excepciones resultaría muy fácil pedir
una licencia o una baja, para después negociar el cambio a una comisión
menos sacrificada o, si se trataba de una baja, su reingreso al ejército.
Para aquellos que tenían la baja y deseaban regresar, el artículo 918
establecía que los jefes y oficiales con baja, debido a faltas o delitos de los
que hubiesen sido juzgados y sentenciados, sólo podrían volver a las fuer-
zas armadas en caso de guerra extranjera y sólo como simples soldados.
En una época que vivió tantos conflictos se requería aumentar los
efectivos del ejército para después licenciarlos; si se hubiese seguido lo
establecido por la Ordenanza, esto hubiese sido prácticamente imposible,
de ahí que se recurriese a un mecanismo muy común durante toda la dé-
cada de 1920: el reclutamiento de fuerzas irregulares, que no estaban
sujetas a la misma reglamentación que la de los soldados de línea. En ese
224 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

sentido, las fuerzas irregulares eran útiles, aunque también podían ser
un dolor de cabeza constante porque dependían de caciques y goberna-
dores, quienes las utilizaban también para sus propios fines políticos. La
normativa castrense protegía a los militares regulares de ser dados de
baja. El artículo 4º de la Ordenanza decía que “ningún general, jefe u
oficial podía ser destituido de su empleo sino por sentencia de tribunal
competente, ni separado del ejército, sino por enfermedad que lo inuti-
lice para el servicio, o por otro motivo que la ley determine”. La mayoría
de las bajas que se daban —fuera de las otorgadas a petición del intere-
sado— era por acuerdo del secretario del ramo o del presidente de la
República, ya fuese por sedición, por no habérsele reconocido persona-
lidad militar o por otro motivo que rara vez pasaba por la justicia cas-
trense, en aras de hacer más expedito el proceso. Ya hemos visto que esto
motivó un amparo resuelto favorablemente por la Suprema Corte, en
favor del afectado en 1933. Si la Secretaría de Guerra, sobre todo en la
década de 1920, hubiese cumplido estrictamente con su propia norma-
tiva, difícilmente hubiese logrado disminuir los efectivos del ejército.
Otra forma de disminuir los efectivos, aunque sin beneficios presu-
puestales, era el retiro. La ordenanza lo definía así: “Retiro es la situa-
ción a que pasan los militares con goce de pensión vitalicia y sin prestar
servicios, en virtud de haber llenado los requisitos de ley o encontrarse
en alguna de las condiciones que marca esta ordenanza” (artículo 55).
Prevé dos tipos de retiro, el voluntario y el forzoso. El primero era al
arbitrio del interesado que cumpliese con un número determinado de
años de servicio (25 como mínimo). A más años, aumentaba el porcen-
taje del sueldo que se le pagaría como pensión vitalicia:

Años de servicio Porcentaje

25 a 29 50
30 a 34 60
35 a 39 75
40 o más 100

También se exigía un tiempo mínimo de servicio en el grado con el


cual se retiraba, que iba de dos (25 a 39) a un año (40 o más); en caso de
no cumplir esto último se concedía la pensión con base en el sueldo del
grado inmediato inferior.168

168
 Artículo 56: “i) Por tener 25 años de servicios sin llegar a 30, en cuyo caso, la pensión
vitalicia que corresponde será de un 50% de pago del haber señalado al empleo que disfruta
el interesado al obtener el retiro, siempre que en dicho empleo tuviere lo menos dos años;
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 225

El retiro forzoso era por edad o por inutilización en el servicio. Por


edad era forzoso el retiro para los siguientes grados:

Grado Años

Generales de división 70
Generales de brigada 68
Generales brigadieres 65
Coroneles 60
Tenientes coroneles y mayores 56
Capitanes primeros y segundos 50
Tenientes y subtenientes 46

En estos casos, el monto de las pensiones vitalicias estaba condicio-


nado a los años de servicios. Pero a diferencia del voluntario, en el
forzoso se podía obtener desde los 20 a 24 años en el ejército, con un
40% de su sueldo.
El retiro por inutilización en acción de guerra daba derecho a un
100% del sueldo que tuviese el militar, sin importar los años de servicio
y el tiempo en el empleo.169
El retiro por inutilización “con motivo de un acto del servicio”,
que a juicio de la Secretaría de Guerra ameritase pensión se daba: si
aún no cumplían los 20 años de servicio, se les otorgaría una pensión
del 30% del haber, de 20 a 24, el 40% y así, sucesivamente, según la
tabla para el retiro voluntario. De acuerdo con las estadísticas, el ma-
yor número de retiros por inutilización era por enfermedad, habida
cuenta de las condiciones insalubres de la gran mayoría de los cuar-
teles y de regiones completas en la República. Sin embargo, este reti-
ro se limitaba a los que cumplieran los 20 o más años de servicio; a los
que no, de acuerdo con el tiempo de servicios, sólo se les pagaba de
uno a dos años y se les daba la baja en el ejército.170

pues de otra manera, será considerado para el pago, en el empleo inmediato inferior. ii) Por
30 años de servicio, sin llegar a 35, cuya pensión será de 60% de pago, en las mismas condi-
ciones de tiempo de empleo que las señaladas para el retiro por 25 años. iii) Por 35 años de
servicios, sin llegar a 40, cuya pensión será de 75% de pago, en las mismas condiciones
de tiempo de empleo que las señaladas en las fracciones i y ii. iv). Por 40 años o más de ser-
vicios, cuya pensión será del sueldo íntegro, exigiéndose solamente para obtenerlas, en este
caso, que el interesado tenga, cuando menos, un año en el empleo”.
169
 Además, si ya contaba con 35 o más años de servicios, sería ascendido al grado in-
mediato superior, y con ese grado se le otorgaría el retiro; para los generales de división en
esa circunstancia, se les otorgaría una pensión igual a su sueldo más un 25% (artículo 62).
170
 La Ley de Retiros y Pensiones de 1926 (artículo 11) era un poco más generosa: de 15
a 19 años, dos años; de diez a catorce, 18 meses; de cinco a nueve, un año. La ordenanza
226 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

La ordenanza no estipulaba ningún tipo de pensión para sargentos,


cabos y soldados, excepto el derecho a pertenecer al Cuerpo Nacional
de Inválidos en caso de quedar inutilizados en alguna acción de guerra.
El paquete de leyes puesto en vigor en 1926 incluía una Ley de
Retiros y Pensiones. Las disposiciones de ésta son muy similares a las
que establece la ordenanza de 1911. Sólo señalaré las diferencias más
importantes. Para el retiro voluntario reducía el tiempo de servicios con
respecto al porcentaje de la pensión vitalicia, los cuales aumentaban, y
eliminaba el requisito de tiempo en el empleo:

Años de servicio Porcentaje

20 a 24 50
25 a 29 70
30 a 34 75
35 o más 100

La finalidad era muy clara: hacer más atractivo el retiro para el


militar que así lo escogiera. La Ordenanza establecía que a aquellos que
intervinieron en la lucha contra el imperio de Maximiliano se les abo-
naría el doble del tiempo que participaron en esa guerra. La ley de 1926
fue más generosa, pues les otorgaba un tiempo extraordinario, según
la fecha en que se hubieran incorporado a la Revolución:

Tiempo extra Años

Entre el 20 de noviembre de 1910 y el 30 de abril de 1911 15


Entre el 20 de febrero de 1913 y el 31 de diciembre de 1913 13
Entre el 1 de enero de 1914 y el 14 de agosto de 1914 10
Entre el 1 de mayo de 1911 y el 19 de febrero de 1913 8

Se especificaba que estos créditos de tiempo no se otorgarían a


aquellos que hubiesen peleado en contra del gobierno de Francisco I.
Madero y del constitucionalista. Con ello se buscaba premiar a los re-
volucionarios victoriosos y castigar a villistas, felicistas, huertistas,
porfiristas y zapatistas que después se unieron a los vencedores.
Ambos ordenamientos otorgaban al presidente la prerrogativa de
autorizar que continuaran en el servicio a generales, jefes y oficiales que
hubiesen alcanzado la edad límite para el retiro forzoso. También po-

daba con 15 a 19 años de servicios, dos años; 10 a 14, un año (artículo 65). Ambas considera-
ban el tiempo mínimo para obtener el retiro: 20 años.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 227

dría llamar al activo al personal que ya estuviese retirado; la ley de 1926


reducía esa posibilidad al caso de una guerra extranjera. No era muy
frecuente —sobre todo entre jefes y generales— que llegaran a la edad
límite para el retiro y siguieran en activo. Pero durante la Segunda
Guerra Mundial, al entrar México a ésta, hubo militares en retiro o con
baja “por indignos de pertenecer al ejército”, ya que habían participado
en alguna rebelión, que por esa circunstancia pudieron reingresar con
su mismo grado; tales fueron los casos de los divisionarios Enrique
Estrada, José Amarillas, José Domingo Ramírez Garrido y Francisco
Urbalejo. Al reingresar, algunos estaban cerca de la edad límite, pero
de estos cuatro casos, sólo uno, Urbalejo, ya había cumplido 70 años
cuando se firmó su reingreso. Al llegar su turno para el retiro, por
“cumplir” la edad límite, tenía 86 años.171
El ingreso al Cuerpo Nacional de Inválidos, exclusivo para la tropa
en la ordenanza, la Ley de Retiros lo extendía a toda la jerarquía del
ejército (aunque dicho cuerpo fue suprimido en 1931).
La primera normativa no establecía una edad límite para el retiro
de sargentos, cabos y soldados, pero la segunda sí: a los 45 años. Esta
disposición era difícilmente aplicable pues en el ejército había numeroso
personal que incluso ya rebasaba los 60 años y seguía con esos empleos.
Ambas normativas establecían la posibilidad de que los pensionados
tuviesen un empleo o una comisión distintos al ramo castrense, sin
perder por ello la pensión. También las dos señalaban que los retirados
tenían derecho a que se les guardase respeto a su rango; seguían sujetos
a las prescripciones de la ordenanza y al Código de Justicia Militar. Sin
embargo, la ordenanza les permitía usar el uniforme y las insignias
correspondientes; la Ley de Retiros no hacía alusión a este derecho,
aunque tampoco lo prohibía.
Una diferencia interesante es la que establecía los motivos por los
que el militar podía perder su pensión vitalicia. Según la ordenanza,
por traición a la patria o por cambio de nacionalidad. La Ley de Retiros
añadía uno: rebelión en contra del gobierno establecido. Creo que no
hace falta mayor comentario a esto último.
En ambas se contemplaban pensiones para deudos de militares
fallecidos en acción de guerra (50% del haber) o en actos del servicio
(25%). La de 1926 era más precisa respecto de quiénes tenían ese
derecho y el orden de prelación. Se privilegiaba a la esposa y a los
hijos reconocidos, a los naturales, pero reconocidos, o a los adoptados.

171
 Retiro del servicio activo, 1 junio de 1948; murió dos años después; Francisco Urba-
lejo Cerda nació en Vícam, Sonora, el 4 de octubre de 1862. Los otros tres mencionados se
unieron a la rebelión delahuertista de 1923, mientras que Urbalejo a la escobarista de 1929.
ahsdn, exp. xi/111.2/1-149, f. 2096, 2954, 2349.
228 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

En segundo y tercer plano quedaban la madre y el padre. No se consi-


deraba a divorciadas y concubinas, y se le quitaba la pensión a la viuda
que volviera a casarse.172 Esta ley fue criticada en algunos sectores de
la sociedad y también dentro del ámbito castrense. Octavio Véjar Váz-
quez presentó el proyecto de una nueva ley, en el que señalaba el olvi-
do en el que se dejaba a la familia así como la limitación de la pensión
vitalicia del militar retirado, que al morir dejaba desprotegidos a sus
familiares:

Si se examinan las leyes anteriores y la que está en vigor, podrá obser-


varse que la pensión puede gozarla en mayor número de casos el mi-
litar que sus familiares, lo que pugna con la justicia. En efecto, si la
pensión viene sólo en el caso de incapacidad, y por tanto, cuando el
militar ya no puede sostener a su familia, es justo que siempre que
aquél pueda gozarla, pueda gozarla ésta. En nuestro medio una fa-
milia es unidad en el aspecto económico, por esto en el proyecto se
encontrará consignada la ampliación del beneficio.173

El proyecto de Véjar —que no prosperó— contemplaba incluir a


aquellos que hubiesen resultado inutilizados no sólo por acción de gue-
rra o del servicio sino a consecuencia del servicio; en otras palabras,
aquellos que por una enfermedad contraída en el cuartel o en la zona
insalubre donde estuviesen en servicio también eran acreedores a la
pensión. En cambio, para Véjar las pensiones voluntarias debían abo-
lirse ya que los beneficiados se limitaban a cumplir con un número de
años de servicios y se retiraban cuando todavía eran capaces de soste-
nerse económicamente; la pensión “no es un premio ni una regalía, sino
la protección económica al que se ha inutilizado para el servicio en
ciertas circunstancias”. El jurista señalaba de forma provocadora:

Las tendencias seguidas por la Ley de Retiros y Pensiones de 1896, por


la Ordenanza General del Ejército de 1911 y por la ley de la materia
vigente, corresponde a un ejército más o menos profesional que ajeno
por muchos años a frecuentes actividades de la campaña, dedicaba sus

172
 La señora Camila Zamora Rodríguez fue consignada, pues recibía la pensión de su
difunto esposo, el capitán Francisco de la Parra; la viuda volvió a casarse en 1929 sin informar
de ello a la Secretaría de Guerra, y siguió cobrando la pensión, lo cual estaba prohibido. Excél-
sior, 14 de octubre de 1932. En otro caso, la viuda del general Baltazar Téllez Girón era benefi-
ciaria de la pensión, ella murió en 1933 y el hermano de este general, el coronel Miguel Téllez,
siguió cobrándola al ocultar la muerte de la viuda. El Universal, 4 de noviembre de 1934.
173
 Para los deudos de los militares pensionados, este proyecto indicaba que gozarían
de dos terceras partes de la pensión. Octavio Véjar Vázquez, “Explicaciones sobre el proyec-
to de ley de retiros, pensiones y auxilios del ejército y armada nacionales”, Revista del Ejército
y de la Marina, agosto de 1930, p. 606-613.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 229

esfuerzos a consolidarse como una clase social y privilegiada, merece-


dora de todas las prerrogativas y acreedora a los sacrificios económicos
de otras clases, lo que favorecerá, entre otras causas, la inexistencia del
Servicio Militar Obligatorio.

El autor cometía el sacrilegio de equiparar al ejército federal con el


nacional, que iba en contra de toda la retórica oficial que buscaba dife-
renciarlos; atribuía a éste todas las virtudes y a aquél todos los defectos.
Peor aún fue dar a entender que ambos tendían a convertirse en una
clase privilegiada, por encima de las demás. Este párrafo y el contenido
de algunas disposiciones fueron suficientes para que el proyecto se des-
echara ya que, además, proponía que un militar pensionado no pudiese
tener otro trabajo en el gobierno y que todo aquel que tuviera ingresos
altos (una renta anual de $50 000.00) no pudiera gozar del derecho a
pensión. La Revista del Ejército, que permitió la publicación de este ar-
tículo, dio espacio para la réplica a Véjar Vázquez. Adrián Vargas San-
doval defendía los principios “revolucionarios” del ejército para así
diferenciarlo del porfirista; Vargas acertaba en señalar que el sueldo de
los militares era muy bajo, y por tanto también las pensiones, por lo cual
una compensación extra a éstas era justa.174
La discusión de estos temas inició un año antes de la publicación de
estos artículos. En 1929, la Secretaría de Guerra promovió la creación
del Fondo de Pensiones basado en aportaciones de los militares, en for-
ma de deducciones a su salario. La dependencia realizó una encuesta
entre todo el personal castrense para medir la aceptación de una medi-
da que afectaría directamente sus bolsillos. Según el resultado, 43 685
estaban a favor de crear un “fondo de auxilios mutuos” y 4 100 en
contra.175 El autor del plan era el mayor Carlos Garza Quiñones, estable-
cía beneficios como préstamos para casas con bajos intereses, en un sec-
tor que tradicionalmente era víctima del agio; también contempla-
ba pensiones para los deudos de militares fallecidos. Se consideraba
que, en vida activa, el militar difícilmente podía ahorrar y un seguro de
vida en una empresa particular era muy oneroso, debido al riesgo tan
alto de perder la vida.176 Vargas Sandoval cuestionaba ese proyecto, que
planteaba crear una sociedad mutualista en un ejército acostumbrado a
las traiciones; muchos individuos de tropa y oficialidad legítimamente
174
 Teniente coronel de infantería Adrián Vargas Sandoval, “Sobre el proyecto de ley de
retiros y pensiones”, ibidem, noviembre-diciembre 1930, p. 927-935.
175
 Ibidem, agosto de 1930, p. 606-613.
176
 Se establecía una aportación mensual: generales $12.00, jefes $8.00, oficiales $4.00,
tropa $1.00. Los beneficios para los familiares podían llegar, respectivamente, a $6 000.00,
$4 000.00, $2 000.00 y $500.00. Mayor de artillería Carlos Garza Quiñones, “El fondo militar
de auxilio”, ibidem, julio de 1929, p. 539-542.
230 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

se preguntarían: “¿podrá realizarse en estos momentos la implantación


de la sociedad que se nos ha notificado, dados nuestro carácter, costum-
bres, aspiraciones, experiencia y situación política que guarda el país?”
También se preguntarían si a quienes fuesen arrastrados a una nueva
rebelión, por jefes indignos, se les devolverían las aportaciones y dere-
chos adquiridos que de manera particular hubiesen dado:

Este argumento de una nueva rebelión que muchos titulan de imposi-


ble de repetirse y que creen no sea asunto de deliberación y menos de
considerarse en la reglamentación de la nueva sociedad, podemos decir
que basta con que sea un acto excepcional para que se considere pro-
bable de efectuarse, máxime si hacemos presente que hasta nuestras
leyes del ejército y armada nacionales, recientemente promulgadas,
citan constantemente este reprobable acto como motivo de pérdida
de innumerables derechos de los militares, ¿por qué?, porque el me-
dio nuestro en que vivimos y la experiencia habida, han sido causas
poderosas para considerar tal hecho dentro de la ley.177

Por tanto, se debía reglamentar y aclarar qué procedía en esos ca-


sos. Vargas aportaba otra consideración de gran importancia: las pési-
mas experiencias anteriores de contribuciones para una obra que su-
puestamente sería benéfica para todos:

Esta burla a la moral y a la justicia, cometida con no haber llevado a


cabo las obras para las que se ha contribuido en otros tiempos, así
como notarse que los responsables de esas faltas se han enriquecido en
parte con el dinero de los eternos callados, ha sido la razón sobrada
que existe para que estén excitados los sentimientos de tantos subal-
ternos que tienen cierta animadversión a todo lo que huela a proyecto
que se solvente a base de egresos de su sueldo, oyéndose constante-
mente estas frases: “¿quién puede permanecer invariable y no experi-
mentar desconfianza al recordar las injusticias pasadas?, ¿quién va a
manifestar gustoso su opinión de que se realice todo proyecto que se
presenta y que exige la aportación de dinero, por útil y benéfico que
sea, si aún no se olvidan la perfidia, ingratitud y crueldad cometidas
en épocas pretéritas por individuos faltos de los más rudimentarios
principios y conocimientos del honor?” 178

De esos casos aquí sólo menciono uno, el cual afectó los ingresos
de una buena parte del personal del ejército y que nunca se concretó:

177
 Teniente coronel de infantería Adrián Vargas Sandoval, “Ideas acerca del fondo
militar de auxilio mutuo”, ibidem, agosto de 1929, p. 611-618.
178
 Loc. cit.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 231

las aportaciones que se dieron para construir un gran casino militar con
tres días de haber para todos los generales, jefes y oficiales.179 Hay in-
finidad de ejemplos que sólo afectaban a los efectivos de un batallón o
regimiento, con finalidades tan variadas como mejoras en los cuarteles,
fiestas de cumpleaños para algún comandante o, incluso, para apoyar
a una reina de carnaval.180 Seguramente estos argumentos sirvieron
para que la autoridad desechara el proyecto y dejara a cada individuo
del ejército la libertad de tomar o no un seguro de vida. Garza Quiño-
nes, nada tonto, de forma paralela a su proyecto se asoció con una
compañía privada de seguros que diseñó un seguro para militares; este
jefe comenzó a aparecer como agente oficioso de la aseguradora. Para
1932, decía, el 10% del personal de mando del ejército ya tenía su segu-
ro de vida con la compañía La Latinoamericana. En uno de sus boleti-
nes de propaganda, dicha empresa exponía las inquietudes que con
mayor frecuencia expresaban los militares: una era la desconfianza de
que los fondos fuesen administrados por algún organismo castrense;
preferían uno civil, ya fuese público o privado; otra era qué hacer en
caso de una rebelión. Una empresa privada resolvía ambas inquietudes
ya que ella estaría ajena a toda influencia política y, por tanto, obligada
a pagar tanto a leales como a rebeldes el valor de su póliza.181 Así ocurrió
durante la rebelión escobarista:

a la viuda del general Rodrigo Zuriaga, muerto en la defensa de Mon-


terrey en 1929, le fue cubierta su póliza días después de ocurrida su
muerte y casi al mismo tiempo se cubría la del extinto coronel Jorge
Crail, que murió fusilado en el estado de Veracruz, siendo rebelde al
gobierno. Estos dos casos dan idea de que la parte más difícil del pro-
blema del seguro militar queda resuelta al contratarlo con una compa-
ñía particular, ya que como institución oficial no sería posible, por más
justo que fuera, que el gobierno pagara las pólizas de quienes se habían
rebelado contra él.182

La póliza que ofrecía esta compañía sólo cobraba una cantidad ex-
tra si el militar era enviado a una campaña militar, a diferencia de otros
seguros que tenían cláusulas de profesiones para aquéllas de mayor
riesgo, y por ello la prima anual subía, mientras que en este plan sólo

179
 Excélsior, 6 de junio de 1930.
180
 El general Manuel Maldonado Sonora, jefe del 36º batallón, descontaba una parte de
los haberes a soldados y oficiales como contribución a bandas de música, y en una ocasión
para promover a una reina de carnaval. Ibidem, 12 de marzo de 1931.
181
 Carlos Garza Quiñones a Amaro, 16 de mayo de 1932, act-aja, serie 0405, serie
“oficiales”, exp. “Garza Quiñones”, en proceso de catalogación.
182
 Boletín mensual, La Latinoamericana, Compañía de seguros sobre la vida, mayo de 1932.
232 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

se pagaba más si el militar era enviado en campaña y sólo durante el


tiempo que durara la misma.183
Las crisis recurrentes del erario hacían muy difícil planificar solu-
ciones más adecuadas para todo el personal. En parte eso explica la
insistencia de planes con aportaciones de los propios militares. Fue
hasta 1936 que el presidente Cárdenas ordenó crear el Fondo de Ahorro
del Ejército, pero con cargo a una partida presupuestal del ramo de
Guerra. La administración del fondo se dejaría en manos de una ins-
tancia gubernamental civil: la Dirección General de Pensiones Civiles
de Retiro. Para calcular la cantidad del fondo necesario con el fin de
elaborar el presupuesto de cada año, se establecían diez centavos dia-
rios por cada plaza del personal de tropa del ejército y la armada. A
todo el personal de tropa que acabase su contrato y se quisiera retirar,
o cuando llegase la baja reglamentaria por edad o por inutilización, se
le darían diez centavos por cada día de servicio —desde la fecha de su
alta—, además de los intereses acumulados en el fondo. Con ello se
buscaba que el soldado tuviese recursos para dedicarse a otra actividad
o bien que sirviese como pensión para sus familiares, en caso de que el
soldado muriese en servicio activo. Este decreto tenía tres virtudes, que
ya hemos visto que preocupaban a sectores de las fuerzas armadas.
Primera, la administración quedaba fuera del ámbito castrense; segun-
da, los recursos venían del presupuesto y no de aportaciones de los
propios militares; tercera, se beneficiaba al personal de tropa (sargentos,
cabos y soldados), el cual había quedado relegado en otros planes y
leyes de pensiones. Pero adolecía, según mi parecer, de un importante
defecto: también preveía beneficios para generales, jefes y oficiales, que
por supuesto tenían legítimo derecho, pero que debieron haberse inclui-
do en otro programa. Esos beneficios eran préstamos hasta por el equi-
valente a tres meses de su sueldo, con bajos intereses, que ayudaban a
jefes y oficiales a no recurrir a prestamistas que cobraban hasta 20%
mensual (los préstamos eran de un 9% anual). Para ellos también se
contemplaba, “cuando las operaciones del Fondo de Ahorro del Ejérci-
to lo permitan”, préstamos hipotecarios a diez años. Esta medida podía
fomentar la animadversión entre la tropa y los oficiales, jefes y generales,
pues los primeros podían ver que sus superiores también eran benefi-
ciados de un fondo que fijaba la cantidad total anual, con base en las
plazas de tropa y no al de jerarquías superiores.
Esta medida estaba muy lejos de representar una seguridad social
para todo el personal de las fuerzas armadas, como lo fue el Instituto

183
 Se tenía que pagar $1.25 por cada mil del seguro contratado. Si la póliza era de
$5 000.00, tenía que pagar $5.25 de extra prima.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 233

de Seguridad Social para las Fuerzas Armadas Mexicanas años des-


pués, pero sí era un avance y una muestra de que se buscaba proteger
más a la tropa, siempre tan relegada.

Deserciones

En el periodo tratado en este trabajo, lleno de emergencias como rebe-


liones castrenses y una guerra civil, el asunto de las altas y las bajas
fluctuaba mucho, según cada circunstancia. En esos momentos las au-
toridades militares, que tanto hablaban de reducir las fuerzas armadas
y que de hecho tomaban medidas para ello, requerían un mayor núme-
ro de efectivos. Al terminar la emergencia había que licenciar a esas
fuerzas, convertidas en “excedentes”.
Pero ya sea que nos refiramos a momentos de relativa paz o a algún
conflicto armado, el ejército siempre resintió el fenómeno de las deser-
ciones. Se trataba de soldados que habían recibido entrenamiento, al-
gunos durante varios años, y que por diversas razones abandonaban
—individualmente o en grupo— el batallón o regimiento en el que
servían y aprovechaban para llevarse muchas veces uniforme, pertre-
chos y armas. En varias ocasiones los desertores formaban bandas de
asaltantes de caminos o en el contexto de una rebelión se unían a ella.
Por eso el Estado siempre perdía con las deserciones; era muy diferen-
te un licenciamiento, que siempre anteponía la entrega de las armas y
equipo a cambio de alguna gratificación y el pago del pasaje para que
el soldado regresara a su lugar de origen. Debido a la falta de controles
eficientes, era muy fácil para los jefes de batallones y regimientos lucrar
con supuestas o reales deserciones; pero sobre todo iba en demérito de
una de las virtudes fundamentales de cualquier ejército, la disciplina.
En Durango, los hermanos Ubes, que habían militado en la División
del Norte de Pancho Villa, desertaron del 8º regimiento del general Ana-
cleto López; incluso le robaron caballos finos y huyeron a la sierra, don-
de se dedicaron al robo y al secuestro.184 En momentos de emergencia,
como fue la rebelión delahuertista, era muy común que tropa y oficiales
que militaban al lado de un general que se había levantado en armas,
escaparan y se presentaran ante un jefe leal al gobierno, que sin mayor
trámite los daba de alta en su cuerpo. Esto provocó que de facto, las altas
y las bajas se dieran de manera expedita, aun después de pasada la
emergencia. Ello facilitaba numerosas irregularidades y actos de corrup-
ción. Era muy común que los enviados de la Secretaría de Guerra y los

184
 El Universal, 14 y 26 de septiembre de 1926.
234 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

de Hacienda, que iban a inspeccionar a un regimiento o a un batallón


(llamada revista de inspección), se encontraran en las listas con un ma-
yor número de soldados que los que realmente había. El jefe del cuerpo
argumentaba que días atrás habían desertado después de cobrar sus
haberes. Los inspectores no tenían forma de saber si esto era cierto o si
mentían para quedarse con esos haberes. Lo mismo podían hacer con
las altas: alegaban que su cuerpo estaba incompleto, pedían autorización
para reclutar a los faltantes, lo cual se concedía, y el jefe se quedaba con
el mismo número de soldados, mandaba nombres inventados y se em-
bolsaba los haberes. Al llegar la siguiente revista de inspección volvía a
alegar nuevas deserciones.185 Este tipo de abusos fue más frecuente du-
rante los años iniciales del periodo aquí tratado, primero por la misma
desorganización del ejército, por el abultado número de efectivos, que
hacía difícil el control, y por la falta de conciencia de pertenecer a un
ejército nacional y ya no a ejércitos personales, meras facciones revolu-
cionarias que vivían más del producto del saqueo, impuestos revolucio-
narios o, los más refinados, de la administración de haciendas requisa-
das. Al pasar los años, y en mucho gracias a la infatigable labor del
secretario Amaro, se perfeccionaron los medios de control y se castigaba
a los jefes y oficiales responsables de estos fraudes. En 1927, el ex solda-
do Juan Mendoza Olvera se quejaba de haber sido expulsado del 63
regimiento en Chiapas, comandado por el general José R. Suástegui, a
causa de una falta menor: al llegar a esa corporación había notado que
“todos los individuos de tropa que se desertan de muy pocos dan cuen-
ta, conservando siempre de 15 a 20 soldados supuestos, es decir, única-
mente en papeleta, esto como no era asunto de mi incumbencia lo había
callado”; pero un día en el que estaba franco bebió de más y el mayor
Alfredo L. Benítez, “que se ha significado desde que llegó a este cuerpo,
de hostilizar a la tropa me mandara a expulsar del cuartel sin llenar los
requisitos que el caso requiere dándome el certificado que legalizara mi
separación del ejercito”. Esto le sorprendió y después averiguó que nun-
ca dieron parte de su baja, “y como esto puede perjudicarme pues el día
que se vean comprometidos por alguna Revista de Inspección me dan
de baja por desertor, me anticipo a ponerlo en conocimiento de esa su-
perioridad”; él entendía que para moralizar al ejército había que actuar
en contra de quienes, como él, tenían el vicio del alcohol, pero se pre-
guntaba qué castigo tenían los que defraudaban al erario con estos frau-
des.186 Amaro envió la queja al Departamento de Caballería de la Secre-

 Excélsior, 4 de mayo de 1925.


185

 José Mendoza a Amaro, Arriaga, Chiapas, 19 de septiembre de 1927, act-aja, serie


186

0301, inv. 174, exp. 56, f. 39.


SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 235

taría de Guerra, el que confirmó los datos dados por Mendoza.187


Aunque no sabemos si se castigó a los jefes de ese regimiento, lo que sí
es evidente es que la administración buscaba allegarse la información
suficiente para poder conocer sobre estas irregularidades.188 Pero el trá-
mite dado a la queja parece ser más una excepción que una regla, por lo
menos en esos años. Y es que el gran motivador de las deserciones siem-
pre ha sido la guerra. Entre los años 1926 y 1929 se dio la guerra cristera,
muy sangrienta, y que fue presentada por los cristeros, no sin funda-
mento, como una ofensiva en contra de la creencia religiosa del pueblo,
lo cual era un motivo más para desertar. Es evidente cómo creció el
número de desertores en aquellos años:189

Año Número de desertores

1926 9 421
1928 28 000
1929 21 214
1930 9 000
1931 7 784
1932 10 958

Muchas de esas deserciones se daban en masa, ante derrotas infrin-


gidas por los cristeros, y muchos soldados se pasaban de su lado. Gran
parte de la información que se publicaba en la prensa de la época ha-
blaba de ese fenómeno que pocas veces era reconocido por las autori-
dades militares, o cuando menos era minimizado, pues podía inducir-
se de éste el fracaso contra los rebeldes. En abril de 1927 se negaban
versiones de deserciones masivas en zonas de combate: “no se ha dado
ni una sola”, decían.190 Pero sólo un mes antes, en consejo de guerra
sumario en Querétaro, un soldado desertor fue sentenciado a muerte,
condena que siempre en esos casos quería transmitir el mensaje de un
castigo ejemplar, ya que sus compañeros de regimiento fueron obliga-
dos a ver el fusilamiento y a pasar frente al cadáver.191 Algunas dispo-

187
 Juan Jiménez Méndez, jefe del Departamento de Caballería a Amaro, 10 de octubre
de 1927, act-aja, serie 0301, inv. 174, exp. 56, f. 38.
188
 De hecho, el general José Suástegui seguía al frente del 63º regimiento en 1930, aunque
ese año se trasladó con esa corporación a Teziutlán, Puebla, 1 de octubre de 1930, mid, 2025-259.
189
 Jean Meyer, Enrique Krauze y Cayetano Reyes, Historia de la Revolución mexicana,
1924-1928. Estado y sociedad con Calles, v. 11, México, El Colegio de México, 1981, p. 64.
190
 Excélsior, 19 de abril de 1927.
191
 Se trató del soldado Jesús H. Carranza, del 72º regimiento. Ibidem, 3 de marzo de
1927. En el Valle de México, en sólo diez días se detuvo a 52 desertores, a los que se haría
consejo de guerra. Ibidem, 3 de septiembre de 1927.
236 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

siciones hablan por sí mismas sobre el enorme problema que significó


en aquel tiempo: en ese mismo año el personal de infantería que estaba
procesado o sentenciado, por delitos leves, fue enviado a servir en los
batallones de línea.192 Se emitieron numerosas circulares para disminuir
las deserciones. Una buscaba responsabilizar a los sargentos de las de-
serciones que se dieran mientras estaban de guardia: “de esta manera
se evitará que las citadas deserciones se repitan con la alarmante fre-
cuencia de los últimos tiempos”.193 Un año antes, un proyecto hablaba
de castigar a los generales y jefes que no sólo las permitían sino que las
fomentaban, en su afán por embolsarse los haberes o por evitarse el
papeleo de altas y bajas. Como bien ha señalado Jean Meyer, en muchas
ocasiones los desertores, temerosos de ser detenidos y enjuiciados, se
daban de alta en otra corporación, con otro nombre; en palabras de este
historiador, “escapaban del ejército volviendo a él”.194 Una medida que
ayudó a disminuir las deserciones fue sustituir completamente el sis-
tema de identificación antropométrico, por uno dactiloscópico, para
todo el personal del instituto armado. Antes de 1929 se utilizaba indis-
tintamente uno u otro. Con las huellas digitales era más fácil identificar
a un desertor que se reenganchaba con otro nombre o, bien, a aquellos
que tenían antecedentes penales, ya que los datos se compartían con la
policía de la ciudad de México. A partir de 1925, el servicio de identifi-
cación militar seguía un protocolo que de hecho fomentaba las deser-
ciones, pues cuando ese servicio (que dependía del Departamento de
Justicia Militar) identificaba a un desertor que se había dado de alta en
otra corporación, no se le castigaba

sino por el contrario —reconocía Amaro—, se le autorizaba para dar


por terminado su contrato y a robarse las prendas de vestuario cuando
le conviniera... En este estado los desertores servían como elementos
contaminadores para los individuos de tropa que no estaban viciados.
Y tal margen de parcialidad se les ofrecía, que los elementos sanos
acababan por aceptar la impunidad que se les brindaba para desligar-
se de los compromisos contraídos, cuando lo creían oportuno. Y es
lógico comprender que con este procedimiento se relajaba la disciplina
y se retardaba la organización del ejército, en atención a que los solda-
dos tan luego como se les daba alguna orden o trabajo de su desagrado,
o por cualquier otro motivo, se separaban del Cuerpo y se daban de

192
 Memoria presentada al H. Congreso de la Unión por el secretario del ramo, general de divi-
sión Joaquín Amaro, 1926-1927, p. 63.
193
 Excélsior, 21 de agosto de 1927.
194
 Ibidem, 26 de noviembre de 1926; Jean Meyer, La Cristiada, v. 1, México, Siglo XXI,
1994, p. 153.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 237

alta en otro buscando comodidades; por lo cual esos soldados no po-


dían estar en condiciones para desempeñar con eficiencia sus obliga-
ciones... Por lo expuesto, la Superioridad dispuso en el mes de febrero
último [1929] que todo desertor que ingresara al Ejército y fuera des-
cubierto se consignara a las autoridades competentes, como lo previe-
ne la Ley penal militar... Los frecuentes correctivos aplicados han he-
cho comprender a los que tenían la costumbre de desertarse y cambiar
de Corporación como de camisa, los peligros que esto les acarrea... En
diferentes épocas todos nos hemos enterado con profunda pena y des-
agrado de diferentes robos y crímenes cometidos por delincuentes, que
transformados en soldados por diversas circunstancias, han arrojado
lodo sobre el honor y prestigio del Ejército. Así se ha formado en la
sociedad un sentimiento de repulsión y mala voluntad para todo aque-
llo que tiene relación con la clase militar.195

Las deserciones eran como una bofetada a la retórica oficial de un


ejército que se profesionalizaba, que dejaba el viejo recurso porfirista
de la leva, pues todos los soldados eran voluntarios. Antes se explicaba
naturalmente ese fenómeno porque, al ser obligados a ingresar a las
fuerzas armadas, en la primera oportunidad buscarían desertar. La
persistencia del fenómeno mostraba que las viejas prácticas porfiristas
se continuaban realizando, como la leva que era una forma inveterada
de reclutamiento.
Cuando terminó la guerra cristera se decía que las deserciones se
daban principalmente por dos motivos: porque el soldado estaba incon-
forme con el lugar al que lo enviaban, con climas extremosos y alejado
de su terruño o, bien, porque alguno de sus superiores trataba con des-
precio, incluso con odio, a la tropa. Otra causa era la costumbre de los
descuentos que un superior imponía: desde contribuciones para que la
carga presupuestal del ejército fuera menor, hasta la construcción de una
escuela para la tropa, un casino o para mantener una banda de música.
Era frecuente que los generales aplicaran las deducciones a los jefes, los
jefes a los oficiales y los oficiales a la tropa.
Un problema que enfrentaban los desertores a quienes se lograba
detener era la extrema lentitud de la justicia militar. La Procuraduría
General de Justicia Militar comentaba que era muy común que un sol-
dado que desertaba en Monterrey y era detenido en el Distrito Federal,
fuese juzgado ahí: el juez de Instrucción Militar solicitaba los documen-
tos pertinentes a Monterrey, tardaban ocho meses en mandarlos; de tal
forma, el proceso seguía abierto, sin sentencia, por un delito que se

195
 Memoria presentada al H. Congreso de la Unión por el secretario del ramo, general de divi-
sión Joaquín Amaro, 1928-1929, p. 66-68.
238 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

castigaba con seis meses de prisión, cuando el reo ya llevaba ocho.196


Esta situación llevó a la Secretaría de Guerra a disponer que los solda-
dos que desertaran mientras estaban francos, es decir, fuera de servicio,
no cometían delito y, por tanto, no serían consignados a tribunales;
simplemente se les daría de baja. Aquellos que se llevaran uniformes y
armas serían acusados sólo de robo. El procurador José Ángel Cenice-
ros quería evitar que las prisiones militares se siguieran llenando con
estos reos, cuyo mantenimiento costaban mucho al erario.197 Esta me-
dida indica que para 1931 la deserción ya había dejado de ser un pro-
blema tan grande como lo fue durante la Cristiada, ya que el castigo al
desertor se reducía notablemente.
Aunque también se daban deserciones de oficiales, éstas eran un
fenómeno menor, de poca relevancia por su número, además de que
había una crecida cantidad de oficiales excedentes que siempre era
fácil sustituir. En caso de militares de más alto rango, jefes y generales,
casi siempre se daba por rebeliones; para la autoridad militar, primero
que desertores eran rebeldes y se les juzgaba por ese delito. La medida
inmediata era darlos de baja “por indignos de pertenecer al ejército”.

El Estado Mayor Presidencial

A lo largo de este trabajo hemos mencionado algunas de las peculiari-


dades de las fuerzas armadas mexicanas. Sin duda que una de ellas es
una dependencia del instituto armado, el Estado Mayor Presidencial
(en adelante emp). Era formalmente una entidad de la secretaría del
ramo y, por tanto, administrativamente estaba adscrita a Guerra y Ma-
rina, pero en realidad, en cuanto a decisiones, operaciones y movimien-
tos de jefes, dependía del presidente de la República. Por esa circuns-
tancia, el poder del jefe del Estado Mayor Presidencial obedecía por
entero de la fuerza que el presidente quisiera darle.
La peculiaridad del Estado Mayor se debe al origen del propio ejér-
cito: el Plan de Guadalupe de 1913 daba a Venustiano Carranza el pues-
to de primer jefe del ejército constitucionalista. Carranza era civil y así
deseaba mantenerse. Pero para dirigir ese ejército, disciplinarlo y man-
tenerlo unido, debía centralizar el mando. Esto lo intentó, entre otras
formas, al utilizar al jefe de su Estado Mayor para dictar las órdenes y
recibir los partes de los generales revolucionarios. Carranza, como pri-
mer jefe y después como presidente, sólo le dio la categoría de secreta-

196
 Excélsior, 12 de marzo de 1931.
197
 Ibidem, 17 de abril de 1931 y 16 de marzo de 1932.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 239

rio de Guerra a un militar: Álvaro Obregón; los demás fueron subse-


cretarios u oficiales mayores encargados del despacho. Ya como
presidente, una vez que Obregón renunció, Carranza le dio mayores
facultades a su jefe del emp, el general Juan Barragán. Esta forma de
actuar se debía a que pretendía evitar un poder excesivo del encargado
del despacho de Guerra y Marina al darle mayores atribuciones al emp.
También lo hacía por el carácter civilista que intentaba otorgarle a su
administración. En mucho era una cuestión de imagen. Vicente Blasco
Ibáñez lo describió así en 1920:

Y Carranza, sobrio en el vestir, grave en su aspecto y de morigeradas


costumbres, parecía regocijarse, lo mismo que si se contemplase en un
espejo, al mirar el elegante uniforme y los dorados de su jefe de Estado
Mayor... El señor don Juan Barragán pasaba el día entero con el teléfo-
no en la oreja, dando órdenes mientras estudiaba el mapa de Méjico. Se
habían sublevado ya los partidarios de Obregón, y el más bello de los
mejicanos —según voz general de las señoritas casaderas y de las artis-
tas de paso— acababa de entrar en plenas funciones de estratega,
disponiendo los movimientos de tropa.198

En esta cita vemos a Barragán con las funciones propias de un


ministro de la guerra, pero también lo vemos como un alter ego del
presidente, con las funciones que él no podía o no quería desempeñar:
una imagen de juventud, de elegancia guerrera en el vestir, pero tam-
bién de quien se encargaba de que todas las órdenes del presidente se
cumplieran.199
Muy diferente fue Obregón como presidente. Era el general revo-
lucionario por excelencia, respetado y querido en el ejército, a diferen-
cia de Carranza. No necesitaba de un jefe del emp todopoderoso. Tam-
poco escatimaba la fuerza de la Secretaría de Guerra. Cuando tomó
posesión nombró un secretario del ramo. Su jefe del emp, general Ma-
nuel Pérez Treviño, era un personaje discreto en su función militar,
incluso con antecedentes militares muy pobres; muy diferentes eran
sus ambiciones políticas, que las tenía, y muchas. Cuando un general
propuso crear dentro del emp un cuerpo destinado únicamente a cuidar
la salud del presidente, Obregón respondió:

198
 Vicente Blasco Ibáñez, El militarismo mejicano, México, inehrm, 2003, p. 52-53.
199
 Para mostrar cómo influía el hecho de no tener secretario de Guerra, basta revisar
algunas disposiciones que serían impensables con un secretario en funciones: Juan José Ríos,
oficial mayor encargado del despacho, ordenaba a todos los jefes con mando de tropa que
no habría movimiento alguno de altas o bajas de jefes y oficiales, sin previo acuerdo del
presidente, circular del 4 de mayo de 1918, Revista del Ejército y de la Marina, septiembre-oc-
tubre de 1918, p. 887.
240 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

que su modestia le impedía aceptar ese homenaje excepcional, y recor-


dó con severidad al promoviente, no que fueran los generales a cuidar
de la tensión de las arterias o de la acuidad visual del jefe de Estado,
sino a levantar tropas que combatan a los rebeldes o a unirse a los re-
gimientos que ya andan en los campos.

Un editorial que comentaba la propuesta y la respuesta del presi-


dente acertaba en la razón política de no incrementar el emp. Era una
cuestión de imagen. Obregón había llegado al poder por un golpe mi-
litar, pero con la bandera del civilismo; de ahí que se evitase el boato
militarista asociado a su persona; si no era así todos se preguntarían:

¿Dónde están, pues, los “ciudadanos armados” de feliz memoria, que


se indignaban con los oficiales chamarreados, llenos de plumeros y de
sables resonantes como el Héctor de la Iliada? ¿Dónde aquellos varo-
nes virtuosos que en 1914 no querían oírse llamar generales ni corone-
les ni títulos más modestos aún y que sólo los aceptaban para darse a
conocer entre la tropa, mientras duraba la contienda? Todo eso está
olvidado como “la verdura de las eras”, como “las nieves de antaño”,
como todo lo perecedero y lo frágil...200

Es indudable que si de algo se ocupa el emp es de la salud, seguri-


dad e integridad del presidente, más tratándose de aquellos con una
salud frágil como Obregón y después Calles. Los problemas y los con-
flictos surgidos por el emp no se debían a esas tareas sino a las que las
sobrepasaban.
Durante el gobierno de Calles, las cosas siguieron en el mismo tono
pues el nuevo jefe del emp, general José Álvarez, tenía como antecedente
haber sido jefe de Estado Mayor de Joaquín Amaro, cuando éste era jefe
de operaciones en Nuevo León.201 Cuando inició la rebelión delahuertista,
el entonces candidato Calles dejó los actos políticos para apoyar como
militar al gobierno. Se le encomendó reclutar tropas en el norte del país, y
su jefe de estado mayor fue Álvarez. De esta forma, un general que había
sido subordinado de Amaro fue nombrado después jefe del emp, lo cual
dificultaba que éste tuviese influencia y poder propios. Por otro lado, es
conveniente señalar que Calles tenía experiencia como secretario de Guerra
durante el movimiento de Agua Prieta, y lo volvería a ser después de con-
cluir su periodo presidencial. Sabía de la importancia del mando unifica-
do, centralizado en esa secretaría y no en una oficina de la presidencia.

 “Los cuatro mil coroneles”, Excélsior, 13 de febrero de 1924.


200

 Para la actuación de Amaro y Álvarez en esos años, 1921-1923, véase Martha Beatriz
201

Loyo Camacho, Joaquín Amaro y el proceso de institucionalización del ejército mexicano, 1917-
1931, México, Fondo de Cultura Económica, 2003, p. 75-113.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 241

En los periodos de Carranza, Obregón y Calles, no aparece el emp


en el organigrama de la Secretaría de Guerra; de hecho, en esa época
estaba incluido en el organigrama de la presidencia.202 Esto demuestra
que era una dependencia de poca importancia en la organización de las
fuerzas armadas y que su fuerza dependía del poder que el presidente
en turno le quisiera dar. Por ejemplo, en 1925, Álvarez dio una serie de
conferencias sobre la reorganización del ejército; sus palabras tenían no
tanto el peso de un jefe militar sino de la presunción de que estaban
avaladas por el presidente Calles. En las distintas comisiones que se
formaron para estudiar esas reformas, sobre todo para elaborar nuevas
leyes militares, siempre hubo representantes del emp. Durante este
gobierno, la dependencia se convirtió no sólo en la encargada de res-
guardar la seguridad del presidente sino en un cuerpo técnico que
coadyuvaba con la Secretaría de Guerra para las reformas del ejército.
El fundamento legal del emp quedó establecido en la Ley Orgánica
del Ejército y Armada Nacionales, decretada en 1926. Su artículo 33 lo
designaba como una “Ayudantía de la Presidencia“. A pesar de ello y de
que el propio Álvarez participó en la elaboración de esa ley, se le conti-
nuó nombrando emp. Éste es un ejemplo más de cómo en México somos
muy dados a emitir legislaciones que nunca se cumplen.203 Simplemente,
por mencionar uno que proviene de la tan idolatrada Carta Magna, la
creación de la Guardia Nacional, que hasta la fecha no se ha instituido.
En cuanto al mando de tropa, el emp tenía bajo su conducción a las
llamadas Guardias Presidenciales (en adelante gp), constituidas por
batallones o regimientos de línea que pasaban comisionados al emp. Esto
significaba que los pagos de ese personal se hacían a través de la Secre-
taría de Guerra; lo mismo para revistas de administración que verifica-
sen que tuviesen el armamento, uniformes, municiones, caballos, mulas,
etcétera, y que ese material correspondiera con las listas que mandaban
los jefes de esos batallones o regimientos. Pero para efectos del mando,
esos cuerpos dependían del emp. Hasta la fecha, un libro oficial sobre
esta dependencia señala que las gp “dependen en el aspecto operativo
del Estado Mayor Presidencial y administrativamente de las secreta-
rías de la Defensa Nacional y de Marina, respectivamente”.204

202
 En el periodo aquí tratado, con excepción de 1930-1931, las memorias de la Secreta-
ría de Guerra no informan nada sobre el emp, pues dependía de la presidencia. Véase Memoria
presentada al H. Congreso de la Unión por el secretario del ramo, general de división Joaquín Amaro,
1930-1931, p. 73-74.
203
 Estado Mayor Presidencial, El Estado Mayor Presidencial. Cumplir con institucionali-
dad, México, [s. e.], 2006, p. 15; sobre la Ley Orgánica, véase Martha Beatriz Loyo Cama-
cho, Joaquín Amaro y el proceso..., p. 137-142.
204
 El Estado Mayor Presidencial..., p. 96.
242 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

Durante el gobierno de Obregón, la mayor parte de estas guardias la


formaban indios yaquis.205 En la administración de Calles comenzó a ser
relevante para un batallón o un regimiento ser designado para formar
las gp. Por tanto, algunos de sus jefes se esmeraban en tener a sus corpo-
raciones en óptimo estado. Los cuerpos designados tenían acceso a me-
jores instalaciones, campos de entrenamiento e inmejorables oportuni-
dades de participar en desfiles y festivales militares. También en ese
tiempo comenzó la tradición de que algunos jefes y oficiales hicieran ca-
rrera en el emp. El general Gilberto Limón comandaba el 44º batallón, que
era considerado uno de los mejores del país. De ahí que ese batallón pa-
sase a formar parte de las gp.206 Este caso también se convirtió en asunto
familiar: el coronel Manuel Limón tenía en la misma época otro batallón
de gp; 207 además el hermano de Gilberto, el teniente coronel Ramón
Limón, estaba comisionado en el emp y tiempo después fue nombrado
jefe del 2º regimiento de gp.208 Otro más que hizo carrera ahí fue el co-
ronel Manuel Lugo, que también tenía un batallón de gp, del que fue
jefe por más de cinco años.209 Pero también había quienes llegaban a
ser jefes de gp sólo por un tiempo. El general Anselmo Macías Valenzue-
la era jefe de un regimiento de gp en 1927, pero en 1930 fue nombrado
jefe de operaciones en Tamaulipas. Menciono este caso porque, más allá
de las motivaciones políticas que había en ese cambio, y que más ade-
lante veremos, está la actitud de un militar que tenía una clara vocación
de dirigir a la tropa, en los lugares a donde lo enviaran. Otro militar
que, aunque no alcanzó comisiones tan importantes como Macías, fue
el general Juan de la Torre Villalvazo, quien era jefe del 10º regimiento
de caballería, que por su buena disciplina y organización fue asignado
como parte de las gp, en donde permaneció durante cuatro años. Des-
pués volvió a ser un regimiento de línea y continuó todavía como su
comandante —según la información que tengo— en 1937.210

205
 En un festival organizado por la Secretaría de Educación Pública destacaban los baila-
bles yaquis hechos por soldados de Guardias Presidenciales. El Universal, 12 de febrero de 1923.
206
 Opiniones sobre este batallón y su jefe, en Excélsior, 17 de abril de 1922 y El Univer-
sal, 28 de septiembre de 1922.
207
 Excélsior, 13 de noviembre de 1927.
208
 Fue noticia en la prensa cuando sufrió una caída de su caballo, jugando polo en el
campo de Chivatito. Ibidem, 18 de octubre de 1928. Ya como coronel se le encomendó ese
regimiento. El Universal, 6 de febrero de 1930.
209
 Excélsior, 7 de abril de 1926; El Universal, 18 de febrero de 1930. A raíz de su acciden-
te tuvo que ir, como tantos otros políticos y militares del régimen, a tratarse a una clínica en
Rochester, Nueva York, que Calles tenía en gran estima; a su regreso le encomendaron ese
regimiento, el cual tenía Gilberto Limón, quien fue nombrado director del Colegio Militar
en diciembre de 1928. Excélsior, 21 de febrero de 1929.
210
 Estuvo como jefe del 1º regimiento de Guardias Presidenciales, de 1929 a 1932. A
partir de esa fecha, como jefe del 10º regimiento. En 1933, una comisión especial que calificó
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 243

En 1927 se creó la brigada de gp con el propósito de incrementar el


número de efectivos que cuidasen la seguridad del presidente. Hasta
ese momento, las gp estaban formadas casi exclusivamente por tropas
de infantería. La brigada se formó con dos batallones de infantería y dos
regimientos de caballería. De esta forma, la tropa pasó, aproximadamen-
te, de 1 000 a 1 600 efectivos.211 Es muy probable que esta medida estuvie-
se fundada en el inminente peligro de un golpe militar, en el que estaba
involucrado —y de esto tenían información Calles y Amaro— el jefe de
operaciones en el Valle de México, Eugenio Martínez; así disminuían las
fuerzas de esa Jefatura de Operaciones Militares, que pasaban al emp.
En 1930, la brigada de gp tenía cuatro corporaciones: el 1º y 2º regi-
mientos de caballería y el 1º y 2º batallones. En ese año por primera vez
encontramos un informe que muestra, dentro de la organización de la
Secretaría de Guerra, la existencia del emp, pero éste no especifíca si es
departamento, sección, etcétera, pues al informante le interesaba más
registrar los datos del número de personal de cada uno de los departa-
mentos de la secretaría. Gracias al mismo informe sabemos que abajo del
jefe del emp había un oficial mayor, un jefe del Detall, un secretario par-
ticular del jefe, además de ayudantes y agentes con los rangos de tenien-
tes coroneles o coroneles.212 En este año, debido al atentado que sufrió el
presidente Pascual Ortiz Rubio después de tomar protesta, se decidió
que el “jefe nato” de las cuatro corporaciones sería el jefe del emp, que
en ese momento era Agustín Mora.213 Esto significaba que cada cuerpo
seguiría con un comandante, pero el jefe de los cuatro siempre sería Mora
o quien lo sustituyera en ese mismo puesto. Antes de ese decreto, el jefe
directo de la brigada era otro general, primero lo fue Gilberto Limón y
después Anselmo Macías. Además de la intención de mejorar la segu-
ridad del presidente —que por lo pronto ya había recibido un balazo en
el maxilar—, seguramente también tenía la intención de darle mayor
fuerza a un presidente débil (no precisamente por el balazo).

a todas las corporaciones del ejército destacaba al 10º regimiento, según informe del general
Donato Bravo Izquierdo. El Universal, 1 de junio de 1933.
211
 Los dos batallones de línea, el 24º y el 44º, los dirigían los coroneles Manuel Lugo y
Manuel Limón, y los regimientos de línea, el 15º y el 10º, Anselmo Macías y De la Torre.
Thompson, 9 de septiembre de 1927. 2025-259/104; Excélsior, 13 de noviembre de 1927.
212
 Los jefes de estas corporaciones, todos coroneles, eran: Juan de la Torre Villalbazo, Ar-
nulfo Palomera López, Alejando Chávez Oviedo y Felipe Montiel Jasso. Del personal del emp, el
jefe era el general Agustín Mora; oficial mayor, el teniente coronel José López Iglesias; jefe del
Detall, el teniente coronel Salvador Mota Velasco; secretario particular, el coronel E. Hernández
Cházaro. Había ocho jefes como ayudantes y doce como agentes secretos. El total del personal
era: 6 generales, 46 jefes, 150 oficiales y 1 606 de tropa. Los cuarteles de los batallones se encontra-
ban: el del 1º, en Chivatito; el del 2º, en Molino del rey; de los regimientos: el 1º, en Tacubaya
(San Diego), y el 2º, en Tacuba (San Joaquín). Johnston, 19 de mayo de 1930, mid, 2025-259/211.
213
 El Universal, 12 de febrero de 1930.
244 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

Al crearse la brigada de gp, los cuerpos que las formaban pasaron


a denominarse 1º y 2º batallones de gp, por ejemplo. Ese cambio tenía
dos aristas: por un lado, los jefes y los miembros de los mismos se podían
sentir orgullosos de pertenecer a una guardia de elite, con su nuevo nú-
mero. Pero, por otro lado, podían sentir que esa situación sería permanen-
te, además de perder su identidad como 10º batallón, por ejemplo. Fue
así que en 1931, como parte de una reorganización de las armas del ejér-
cito, se decidió que los cuerpos de gp ya no se nombraran como 1º y 2º,
sino con su antigua denominación de cuerpos regulares de línea. De esta
manera, el 1º y 2º batallones de gp pasaron su revista de cese (se disolvie-
ron en el papel) y se dieron de alta como los batallones 44º y 52º, con sus
mismos jefes y con el mismo servicio.214 Al año siguiente se eligieron
nuevas unidades para los cuatro cuerpos de las gp.215 En 1933 de nuevo
se reorganizó la caballería: menos regimientos pero con más efectivos; de
ello resultó que en el Distrito Federal sólo quedó un regimiento.216
En 1947 se crearon de nuevo los batallones de gp, como unidades
con numeración distinta de los batallones de línea, tal como se hizo en
1927. Esto se formalizó en octubre de 1952, al nombrarse como Cuerpo
de Guardias Presidenciales (que existe hasta la fecha), como una unidad
que englobaba a todas las corporaciones que formaban la tropa que
dependía del emp. En esa fecha ese cuerpo se incorporó como tal a la
Ley Orgánica del Ejército.217

214
 Lo mismo sucedió con el 1º y 2º regimientos de Guardias Presidenciales, que pasa-
ron a ser el 10º y 16º regimientos de línea. Excélsior, 17 de marzo de 1931. El jefe del 10º era
De la Torre Villalvazo, y del 16º el coronel Pedro López Tafolla; de infantería, el jefe del 44º
el coronel Alejandro Chávez Oviedo, y de igual grado, para el 52º, Felipe Montiel Jasso.
215
 Hay que precisar que, independientemente del cambio de denominación, había regi-
mientos y batallones comisionados como Guardias Presidenciales, que lo eran desde 1927. En
1932 se eligió a los 27º y 29º batallones, y a los 3º y 26º regimientos; sus jefes, los coroneles José E.
Medina Tinoco y Tomás López Galván, general Bonifacio Salinas Leal y general Félix Ireta Vive-
ros; la prensa decía que fueron seleccionados por la calidad de su organización, disciplina y en-
trenamiento. El Universal, 2 de julio de 1932; Cummings, 11 de julio de 1932, mid, 2025-259/301.
216
 De 75 regimientos que había pasó a haber sólo 42. En marzo de 1933, en las listas sólo se
encuentra el 10º de Juan de la Torre, en Tlalpan, aunque al mes siguiente ya aparece en Teotihua-
cán. (De cualquier forma, no tenemos datos sobre si aquel regimiento era en ese momento de
Guardias Presidenciales). El Distrito Federal antes tenía cuatro regimientos. mid 2025-259/357.
217
 Roderic Ai Camp, Generals in the Palacio. The Military in Modern Mexico, Nueva York,
Oxford University Press, 1992, p. 194. En 2006 ese cuerpo tenía tres batallones de infantería,
dos batallones de policía militar, un grupo de caballería (que en la actualidad es la única
unidad montada del ejército), una compañía de ingenieros, una de sanidad, una sección de
transmisiones, una batería de honores, una banda de música y, además, el 24º batallón de in-
fantería de marina de Guardias Presidenciales y el Grupo Aéreo de Transportes Presidencia-
les. En marzo de ese año, el personal del emp se conformaba con 11 generales, 174 jefes, 402
oficiales y 821 de tropa, lo cual muestra una exagerada presencia de mandos y poca de tropa;
tal vez ello se deba a las funciones especiales de esta dependencia; además tenía 45 policías y
410 civiles. El Estado Mayor Presidencial..., p. 50-51, 97-98.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 245

En la década de 1930, la crisis por la que atravesaba el país no sólo


afectaba el presupuesto del ejército sino también su vistuosidad; había
pasado la época del general Amaro, que tanta importancia le dio a la
caballería, a la elegancia de los desfiles y festivales militares. Ahora se
intentaba disminuir la caballería, mejorar el equipamiento de la infan-
tería y dar un gran impulso a la aviación. Las gp eran las mejor uni-
formadas, con más armamento nuevo, las más entrenadas para desfiles
y competencias deportivas. El país estaba en relativa paz y el mejor
funcionamiento del ejército pasaba necesariamente por cambios im-
portantes. Tanto el presidente Abelardo Rodríguez como sus secre-
tarios de Guerra, primero Lázaro Cárdenas y después Pablo Quiroga,
estaban dispuestos a llevarlos a cabo. La seguridad del presidente
era indispensable, nadie podía olvidar el asesinato del presidente elec-
to Álvaro Obregón ni el atentado a Pascual Ortiz Rubio, pero en esta
época tanta tropa a su cuidado parecía innecesaria. En enero de 1935,
el presidente Cárdenas abolió el emp y creó en su lugar una dependen-
cia más modesta: la Ayudantía de la Presidencia; de esta forma daba
cabal cumplimiento —en ese aspecto— a la Ley Orgánica del Ejército
de 1926. Pienso que más que la intención por dar cumplimiento a un
artículo de esa ley, el cambio estaba motivado por su búsqueda de dar
una mayor sencillez a los actos del presidente: no aceptó residir en el
castillo de Chapultepec y pasó a vivir en Los Pinos; eliminó las salvas
que recibía el jefe del ejecutivo al llegar a despachar a Palacio Nacional.
Su jefe de ayudantes tenía un grado menor que los jefes anteriores del
emp: José Manuel Núñez era teniente coronel y el subjefe, Ignacio Be-
teta, tenía el mismo rango. El presidente no sólo actuaba por modestia,
también por el desprestigio que algunos jefes habían creado en torno
al emp.
En 1928 José Álvarez fue arrestado y destituido, acusado de contra-
bando. El presidente Calles declaró:

Con verdadera sorpresa para mí, y seguramente para el país, uno de


los más altos jefes de la administración y miembro prominente del
ejército, quien gozaba de mi amistad y confianza, ha traicionado prin-
cipios elementales de honor y de moral, no sólo dirigiendo y manipu-
lando un cuantioso contrabando de mercancías, sino también usando
mi nombre en órdenes telegráficas que protegían el contrabando y le
aseguraban la impunidad.218

218
 Excélsior, 31 de mayo de 1928. Según este diario, Álvarez usó el nombre del presi-
dente para que el jefe de guarnición en Ciudad Juárez dejara pasar 22 cajas con “documen-
tos secretos”, pero que en realidad eran artículos de seda.
246 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

El escándalo fue mayúsculo no sólo por Álvarez, al parecer también


estaba involucrada su amante, la famosa cantante María Conesa. No
sabemos si el caso tenía implicaciones políticas, lo cual es factible. El
embajador español comentaba que Álvarez le transmitía a Obregón
todo lo que sucedía en el entorno presidencial.219 Para sustituir a Álva-
rez fue designado el coronel Ramón Limón.
El jefe del emp con Emilio Portes Gil fue el coronel José María Tapia.
Con Ortiz Rubio lo fue el general Agustín Mora, quien había sido jefe de
operaciones en el Valle de México. En 1931, Mora se vio inmiscuido en
supuestos sobornos que distintos agentes del gobierno recibían de una
mafia china dedicada al contrabando y tráfico de opio. En ese tiempo
había una disputa territorial entre dos mafias chinas y, según versiones
periodísticas, esos agentes apoyaban a una de ellas; aunque no se com-
probó la participación del general Mora, éste fue sustituido por el gene-
ral Juan José Ríos.220 Pero en esa administración todos permanecían muy
poco tiempo en sus cargos (incluso el presidente): Ríos fue sustituido por
el general Nazario Medina (muy cercano a Amaro), quien antes ocupa-
ba el puesto de jefe de operaciones en el Valle, mismo camino que había
seguido Mora. De alguna forma, estas designaciones buscaban un con-
trapeso a la fuerza del jefe de operaciones en el Valle de México.221 Cuan-
do Abelardo Rodríguez tomó posesión como presidente sustituto, en
septiembre de 1932, nombró al general Juan Azcárate como jefe del emp,
quien era su amigo y socio en los negocios de fabricación de aviones. Un
año después nombró al coronel Ramón Rodríguez Familiar.
Una personalidad militar tan cercana al presidente, como lo era el
jefe del emp, no sólo influía en promociones de generales, jefes y oficia-
les allegados a él y al presidente, sino que también podía disponer de
recursos presupuestales de la presidencia y conocer lo que el presiden-
te decidía o acordaba al momento. De ahí que Cárdenas redujera sig-
nificativamente ese poder con la creación de la Ayudantía. Fue Manuel

219
 El embajador recordaba que la Conesa había estado implicada también en la banda
del automóvil gris, como amante del general Mérigo. Decía que la ostentosa vida de Álvarez
“no podía coger por sorpresa al general Calles, quien a pesar de sus alardes de puritanismo
y de austeridad, no sólo no es él mismo un modelo de probidad ni mucho menos, sino que
tolera abiertamente los mayores y más públicos alardes de fastuosidad de quienes son o han
sido sus ministros, como Morones, como Luis León...” Marqués de Rialp, 31 de mayo de
1928, amae, sección política, leg. H-2565, n. 149. Otros supuestos implicados eran varios
comerciantes de origen español: Jorge Camil, Luis y Alfonso Scherer, Luis Reynoso y Alfon-
so Rosell. Excélsior, 2 de junio de 1928.
220
 Las personas acusadas eran Pablo Meneses y el coronel Jesús Vargas, entre otros.
El Universal, mayo-junio de 1931. Ríos fue nombrado el 17 de junio.
221
 Después de la salida de Eulogio Ortiz en los primeros meses de 1930, fueron desig-
nados como jefes de operaciones en el Valle de México, sucesivamente, los generales Abun-
dio Gómez, Pablo Quiroga, Nazario Medina y Pedro J. Almada.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 247

Ávila Camacho quien, en 1942, le dio de nuevo vida al emp mediante


decreto presidencial. La Segunda Guerra Mundial requería medidas
audaces como activar el Servicio Militar Obligatorio y crear un Conse-
jo Supremo de la Defensa Nacional, el cual puso en manos del jefe del
emp, general Salvador S. Sánchez. La situación de guerra daba mayor
poder y presencia al secretario de la Defensa. Ávila Camacho nombró
para ese puesto a Lázaro Cárdenas, por el prestigio que tenía dentro y
fuera del ejército, pero también por eso mismo revivió al emp y le dio
gran poder al jefe del mismo al concederle la dirección del Consejo. A
partir de ese momento las disputas palaciegas entre el jefe del emp y el
secretario de la Defensa fueron constantes, aunque no públicas. Duran-
te la guerra, las hubo entre el jefe del Estado Mayor de la secretaría
(cuyo titular era Cárdenas), general Tomás Sánchez Hernández, y Sal-
vador Sánchez, cuyo jefe era el presidente Ávila Camacho.
En el sexenio de Miguel Alemán las promociones fueron de escán-
dalo; se abusó y se infringieron leyes y disposiciones para ascensos en
incontables ocasiones. Una de ellas, por demás significativa, fue la de
Santiago Piña Soria, jefe del emp de Alemán, quien fue promovido a
coronel en 1947 y dos años después a general brigadier, cuando la ley
disponía que tenían que pasar cinco años antes de poder ascender.222
Otras promociones de civiles directamente al generalato fueron las de su
secretario particular, Rogerio de la Selva, quien era civil, nacido en Nica-
ragua; Juan G. Valdez (a quien le dieron el mando del cuerpo de gp) y
Héctor Ponce Sánchez; Leandro Castillo Venegas fue hecho coronel y su
hijo, Miguel Alemán Velasco, fue nombrado mayor.223

Reclutamiento y Servicio Militar Obligatorio

El triunfo del ejército constitucionalista se debió a varias causas: al ta-


lento de muchos de sus jefes, en su mayoría militares improvisados; al
gran esfuerzo de la oficialidad y al de la tropa; a la incompetencia del
ejército porfirista que se explica, en buena medida, al odio que los pro-
pios soldados tenían al mismo, pues el reclutamiento era forzoso y, por
ello, buena parte de la tropa prefería quedarse en sus lugares de origen,
dedicados al trabajo de la tierra, en vez de ir a luchar por un sueldo mi-
serable. Los generales revolucionarios que formaron el ejército nacional

222
 Incluso, poco antes de terminar el sexenio, en 1952, se pidió su promoción a general
de brigada, misma que fue rechazada en el Senado. Roderic Ai Camp, Generals in the Pala-
cio..., p. 176-199.
223
 Luis Gutiérrez Oropeza, Los presidentes de México y el ejército (1934-1994), mecanoes-
crito inédito, 1996, p. 14-15.
248 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

estaban convencidos de que los métodos porfiristas no podían mante-


nerse, por elemental congruencia con los ideales revolucionarios y para
no repetir los errores del ejército al que vencieron. Pero también pensa-
ban que unas fuerzas armadas modernas no podían continuar con la
mecánica que funcionó tan bien durante la Revolución: caudillos que
por su carisma atraían a las masas para formar sus propias brigadas,
mismos que terminaban por levantarse en armas, como sucedió con
Villa, por mencionar al paradigma de este tipo de caudillaje. Los gene-
rales revolucionarios que eligieron seguir la carrera de las armas estaban
convencidos de que, para evitar las constantes deserciones y el apego
caudillista de la tropa a un jefe, se debía terminar con esas prácticas.
Pero del dicho al hecho hay mucho trecho y la institucionalidad de
las fuerzas armadas era tan débil que, por más buenas intenciones que
hubiera, se siguió recurriendo a una leva disfrazada de “reclutamiento
voluntario”; también los jefes militares con gran influencia en una región
del país seguían como caciques y enrolaban a la tropa de su propia
clientela política. El paradigma de este caudillaje era el del general Sa-
turnino Cedillo en San Luis Potosí, ya fuese como jefe militar o gober-
nador del estado. Sobre el uso de la leva por autoridades gubernamen-
tales, fue difícil encontrar información en la prensa de la época, ya que
se trataba de un asunto que irritaba a los militares, pues daba la imagen
del ejército como enemigo del pueblo. De ahí que no podamos asegurar
que fuese una práctica generalizada, pero sí sospechar que se dio de
manera intermitente, en periodos en que se requerían más soldados. En
1923, las autoridades civiles y militares de la ciudad de México recibie-
ron numerosas quejas porque, en algunas calles de la ciudad, agentes
militares vestidos de civil o agentes de la Inspección General de Policía
sacaban a individuos de tabernas o aprehendían a los borrachos que
encontraban para llevarlos a cuarteles militares y reclutarlos como sol-
dados. El secretario de Guerra, Francisco Serrano, y el jefe de operacio-
nes en el Valle de México, Arnulfo R. Gómez, desmintieron la noticia y
cuestionaron a un periódico por difundir falsedades. Otro funcionario
de la secretaría, el general Julio García, señaló que “bien pudiera ser
labor de gente desocupada que trata de hacer mala atmósfera a los mi-
litares.”224 Después se supo que el comisario de policía, Manuel Gánda-
ra, efectivamente realizaba esas detenciones, aunque argumentó que
sólo cumplía órdenes del inspector general de Policía, general Pedro
Almada, y su finalidad se limitaba a limpiar la ciudad de tantos vagos,
que daban un aspecto bochornoso a la capital. Gándara fue despedido,
pero meses después, al iniciar la rebelión delahuertista, persistían los

224
 Excélsior, 21 a 24 de agosto de 1923.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 249

rumores sobre la leva.225 En ese tiempo, Heriberto Pérez Bravo tenía


doce años, vivía en Jilotepec, Hidalgo, región controlada por un cacique,
el coronel Artemio Basurto; éste comenzó a reclutar campesinos a la
fuerza para combatir aquella rebelión. Su padre se negó a seguirlo, por
lo cual lo mató. Más tarde, Basurto fue electo diputado y fue imposible
consignarlo por ese crimen. Pérez Bravo juró matarlo; diez años después
de los hechos se encontró con él de casualidad en una céntrica calle de
la ciudad de México y ahí cumplió su juramento.226 Este caso inundó las
páginas de los periódicos, no sólo por el atractivo de una venganza
cumplida después de tantos años sino también porque era una prueba
de que la leva todavía la practicaban los gobiernos revolucionarios.
En 1926, en la ciudad de Puebla había rumores y quejas por deten-
ciones de vagabundos para enrolarlos. El general Daniel Sánchez, jefe
de Estado Mayor de la Jefatura de Operaciones Militares en la entidad,
negó el hecho, aunque luego se supo que un agente de policía, Ángel
Granados, lo realizaba.227 En esa época era muy común que el jefe de la
policía de las ciudades importantes fuese un militar de alta graduación,
como lo era Pedro Almada en la capital del país. Lo anterior facilitaba
que este tipo de operativos se diera con mayor fluidez, al reducir los
obstáculos entre autoridades civiles y militares. También explica —en
parte— el odio que se tenían soldados y policías, pues aquéllos recor-
daban que en la época de Huerta éstos eran los encargados de realizar
la leva: en una de las frecuentes riñas entre grupos de soldados y poli-
cías, un reportero comentaba que ese odio era residuo de aquella prác-
tica.228 Jean Meyer ha documentado en archivos casos de leva para
combatir a los cristeros, con lo que en ocasiones al gobierno le salía el
tiro por la culata: en el Distrito Federal, la jefatura de la guarnición dio
a los habitantes de San Bartolo Ameyalco 24 horas para alistarse contra
los cristeros; en lugar de obedecer se unieron a éstos. El autor señala
que durante ese conflicto “se recurría a las eternas prácticas de la leva
y se seguían utilizando ‘las cuerdas para atar a los voluntarios’“.229
Algunos jefes llegaban a sentir o presentir que esas prácticas del
pasado continuaban. El mayor Adrián Vargas Sandoval criticaba el
número excesivo de revistas diarias que se hacían a la tropa:

son actos del servicio que seguimos efectuando como oxidación de la


complicada y antigua estructura orgánica del ejército, así como del in-

225
 Ibidem, 20 de enero de 1924.
226
 El Universal, 19 de octubre de 1933.
227
 Excélsior, 1 y 29 de octubre de 1926.
228
 Ibidem, 3 de julio de 1925.
229
 Jean Meyer, La Cristiada..., v. 1, p. 149.
250 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

substancial método habido en el mismo, que ha sido producto, no de


los idealistas, sino más bien de los ideáticos que se oponen a esa doctri-
na que tanto promulgamos y deseamos infundir para lograr nuevos y
provechosos derroteros a nuestro presente régimen reglamentario.

Como podemos apreciar, aunque se refiere a una práctica del ex-


tinto ejército federal, éstas continuaban en el ejército que surgió con la
Revolución, por costumbre, indolencia y algo muy presente en la men-
talidad castrense: la reglamentación excesiva que inhibe la iniciativa
personal, que cosifica las mentes. Vargas describe una práctica del pa-
sado que, implícitamente, también podía ser de su presente:

Ya en la época actual es justo que pensemos que en el ejército no se


pastorean tropas, como acontecía en años pasados, y aplico la palabra
pastorear, porque existe el convencimiento de que entre los antiguos
oficiales y clases se tenía bien grabada la idea de que su papel no era
otro, que el de verdaderos guardianes de soldados... Por otra parte, las
antiguas autoridades civiles reclutaban individuos para el ejército diz-
que sorteando a los habitantes de una ciudad, pueblo o rancho, según
documento falso, tan falso, como lo eran los individuos que lo firma-
ban, siendo este acto visto con la mayor tranquilidad del mundo, pero
que en justicia no era sino una sentencia disfrazada que dictaban con
astuto salvajismo los llamados jefes políticos. Dicha sentencia tenía por
objeto consignar a los individuos a servir al ejército de una manera
forzada, por un periodo de cinco años, confundiéndose, por lo tanto,
entre todas las clases sociales del país, el verdadero y honroso papel
del soldado, salvaguarda de los intereses del pueblo, con el del ver-
gonzoso y odioso presidiario, causa principal del antiguo desprecio
que se tenía a la tropa del ejército... Había la necesidad de vigilarlos a
todas horas y en todos los lugares, con objeto de evitar su evasión de
las filas, dando por lo mismo, a los cuarteles, la apariencia de cárceles
disfrazadas, en lugar de lo que ahora se ha tratado de lograr que sean,
centros educativos, a los que deben ingresar voluntariamente todos los
buenos ciudadanos de la República...230

La impresión que deja este pasaje es de algo que no acaba de cuajar,


de algo inacabado, aunque al parecer va por buen camino. Ante las
prácticas que señala, es lícito preguntarnos si los oficiales de su tiempo
¿no seguían pensando eso de la tropa? Los descuentos que les hacían
la oficialidad y los jefes, ¿no mostraban, más allá del afán del lucro, un
enorme desprecio hacia los soldados?

230
 Mayor Adrián Vargas Sandoval, “Aliémonos para purificar nuestros reglamentos”,
Revista del Ejército y de la Marina, junio de 1929, p. 481-482.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 251

El grave problema de las deserciones, aunado a los conflictos inter-


nos, obligaba al alto mando a relajar los controles sobre la forma en que
se reclutaba a los soldados. En 1926, la Secretaría de Guerra facultaba
a los jefes de operaciones a reclutar las plazas disponibles que tuvieran
por deserciones.231 En ese tiempo al gobierno se le juntaron la rebelión
yaqui y el inicio del conflicto cristero, que explican este tipo de dispo-
siciones; un año antes, esa misma autoridad había revocado esa prerro-
gativa debido a la corrupción que generaba: los jefes de una corpora-
ción o un jefe de operaciones daban de alta a soldados ficticios, para
cubrir las vacantes por deserción.232 Esto hacía imposible conocer el
número de efectivos de las fuerzas armadas; así lo reconocía la autori-
dad al señalar la dificultad de saber el número de alumnos en las es-
cuelas de tropa: “tan difícil como es fijar, en un momento dado, la can-
tidad de soldados que integran el ejército aun en tiempos de paz
completa, atentos a nuestro sistema de reclutamiento y al modo de ser
del soldado en punto a su estabilidad”. 233
La reglamentación para el reclutamiento era de una extrema vague-
dad y otorgaba un alto grado de discrecionalidad a las autoridades cas-
trenses. Para el personal de tropa, la Ley Orgánica del Ejército de 1926
establecía un reclutamiento voluntario, por contrato de tres años. La Ley
Orgánica de 1900 incluía contratos de tres a cinco años. Al cumplirse estos
periodos, el soldado tenía la opción de pedir su baja o firmar un nuevo
contrato por otros tres años. Las prácticas de la leva, como es lógico pen-
sar, no estaban incluidas en estas disposiciones. Sin embargo, la de 1900
contenía una disposición que sí las fomentaba: “Las clases y tropas pro-
cederán de los contingentes que proporcionen los estados de la Unión,
según las leyes vigentes, y por un periodo de cinco años”.234 Esto prácti-
camente dejaba al arbitrio de gobernadores y jefes políticos la facultad de
enrolar a quienes ellos dispusieran. La ordenanza de 1911 únicamente
establece (artículo 17) las condiciones para poder ser reclutado:

i. Ser mexicano por nacimiento o naturalización,


ii. Tener 18 años cumplidos y no pasar de 45, con excepción de los
alumnos de las escuelas militares, de los individuos que se presen-

231
 Excélsior, 19 de junio de 1926.
232
 Ibidem, 4 de mayo y 26 de agosto de 1925.
233
 Memoria presentada al H. Congreso de la Unión por el secretario del ramo, general de divi-
sión Joaquín Amaro, 1927-1928, p. 30.
234
 Para la ley de 1926, los artículos que regulaban el reclutamiento eran aquellos del
13 al 16, mientras que para la de 1900 eran los artículos 12 a 15. Diario Oficial de la Federa-
ción, 26 de marzo de 1926; Memoria de la Secretaría de Guerra y Marina, presentada al Congreso
de la Unión, por el secretario del ramo, general de división Bernardo Reyes, 1900-1901.
252 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

ten o sean destinados al servicio de la marina y de los aprendices


de las compañías de obreros de los establecimientos militares...,
iii. No estar suspenso en los derechos de ciudadano por auto motiva-
do de prisión o sentencia judicial,
iv. No padecer enfermedades crónicas, contagiosas, ni imperfección
orgánica que impida el manejo de las armas,
v. No ser sordo, idiota o monomaniático, y
vi. Entender el idioma castellano.

En la jerga militar, al contrato del recluta se le llama enganche, al


ya reclutado, enganchado; al soldado que solicitaba un segundo con-
trato, reenganchado.
En aras de reducir las prácticas de corrupción, en 1927 se creó un
servicio de reclutamiento, con sede en la capital y en oficinas de distin-
tas poblaciones del país. El servicio dependía directamente del Estado
Mayor de la secretaría. El reglamento de este servicio es mucho más
detallado y específico que los ordenamientos mencionados. Establecía
un enganche por tres años; los requisitos indispensables (artículo 7)
eran los mismos de los de la ordenanza, excepto el de la edad, que en
esta reglamentación era de 21 a 35 años, y se añadía uno más: el reclu-
ta debía ser soltero o viudo y sin hijos.235 En otros requerimientos se
establecían estaturas mínimas: para infantería, 1.52 metros; para caba-
llería, artillería y zapadores, 1.65. Todos deberían poder levantar 45
kilos de peso a una altura de 1.50. Un aspecto que buscaba regularse
mejor era la identidad de cada recluta. Era obligatoria la foto, las hue-
llas digitales, los datos personales y la firma del enganchado (o huella
del pulgar para los que no supieran escribir). Como puede apreciarse,
se buscaba tener una tropa con mejores características físicas y menos
proclive a la deserción, al aceptar sólo a solteros o viudos. Este último
punto —aunque también la estatura mínima—, es muy probable que
fuese pasado por alto en numerosas ocasiones, pues si se hubiese cum-
plido a raja tabla este reglamento, los reclutas hubieran sido mucho
menos que los requeridos. Pero el aspecto de la edad y, sobre todo, el
del estado civil nos indica la influencia que en el alto mando castrense
tenía el anhelo por establecer un Servicio Militar Obligatorio (en adelante
smo), diseñado especialmente para jóvenes solteros, y en el cual partici-
parían por igual todas las clases sociales. Como ese proyecto estaba muy
lejos de poderse implantar —eso lo sabían muy bien en la secretaría—,

235
 Además de la altura mínima, había un diámetro mínimo, medido con los brazos ex-
tendidos: para infantería, 1.50 metros; para caballería y zapadores, 1.62; para artillería, 1.65.
Reglamentación del Servicio de Reclutamiento, Thompson, 13 de septiembre de 1927, mid,
2025-410/3.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 253

se resignaban con estas medidas. Para 1930, cuando el problema de las


deserciones había disminuido, se emitió un nuevo reglamento que au-
mentaba los requisitos: altura mínima para todas las armas, 1.65 metros,
y todos deberían saber leer y escribir.
En cambio, el del estado civil se relajaba ya que sólo se indicaba que
“se daría preferencia a solteros o viudos y sin hijos”. En 1931, debido a
la grave crisis económica, el reclutamiento fue suspendido desde agos-
to de ese año hasta octubre de 1932, en que fue reanudado. Al año si-
guiente se dio un nuevo reglamento casi idéntico al de 1930, aunque ya
no aparecía ninguna mención a la necesidad de saber leer y escribir; en
1934 pusieron en vigor otro reglamento que eliminaba requisitos ante-
riores:236 1. la edad seguía siendo de 21 a 35 años, pero se aceptaba como
casos excepcionales a jóvenes con 18 años cumplidos, que llevaran au-
torización por escrito de sus padres o tutores; 2. se disminuía la altura
mínima: para infantería, caballería y zapadores, 1.60; para artillería y
aviación, 1.65; 3. ser casados y padres de familia ya no era obstáculo
para ser reclutados.
Este ordenamiento es más realista con el nivel educativo, racial y
social del país. Según informes confidenciales de la Secretaría de Guerra,
en 1932 había en el ejército 13 294 elementos de pura sangre indígena,
entre yaquis, juchitecos, chamulas, mayas, serranos (Puebla y Oaxaca)
y mixtecos.237 Resulta evidente que la estatura mínima de 1.65 era poco
realista para gran parte de la población del centro y sur del país, que
eran las regiones más pobladas y, por tanto, donde más reclutas se
podían obtener. Otro reglamento, el de 1937, reducía la estatura mínima
para todas las armas: 1.55 metros.238
La Secretaría de Guerra no tuvo mucho éxito en la centralización
del enrolamiento establecida en 1927. En las regulaciones de los años
siguientes ya no se habla de esas oficinas y, en cambio, se menciona la
participación de comandantes de batallones y regimientos, jefes de guar-
nición o comandantes de zona militar. Al reanudarse el reclutamiento

236
 Reglamentos de reclutamiento: 12 de marzo de 1930, 1 de mayo de 1933 y 21 de abril
de 1934. Ibidem, 2025-521/4 y 8.
237
 Me parece interesante desglosar los datos, tal como aparecen: yaquis, en todo el ejér-
cito: un general de división (José Amarillas), 6 de brigada, 14 brigadieres, 365 jefes, 608 ofi-
ciales y 4 867 de tropa; juchitecos, en la región del Istmo de Tehuantepec, Oaxaca: 5 genera-
les de brigada, 16 brigadieres, 311 jefes, 566 oficiales, 3 085 de tropa; chamulas, en San
Cristóbal de las Casas, Chiapas: 26 jefes, 105 oficiales, 648 de tropa; mayas, en la región
maya, Yucatán: 2 jefes, 22 oficiales, 408 de tropa; serranos, en la sierra de Puebla: un general,
9 jefes, 32 oficiales, 618 de tropa; serranos, en la sierra de Oaxaca: 2 jefes, 4 oficiales, 104 de
tropa; mixtecos, en el Estado de México y Querétaro: 33 jefes, 98 oficiales y 1 140 de tropa.
Cummings, 20 de enero de 1933, ibidem, 2025-523/1.
238
 Reglamento de Reclutamiento, abril de 1937, ibidem, 2025-521/15.
254 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

en 1932, debido al alto índice de desempleo en el país, en los cuarteles


hubo largas filas de individuos que buscaban ser reclutados; la mayoría
no lo conseguía a causa de las reglamentaciones o, bien, por otra dis-
posición que obligaba a los jefes de batallón a no reclutar a ninguno
hasta que el número de vacantes llegase a 164 plazas; para un regimien-
to de caballería a 50, y uno de artillería a 100 plazas.239 Con esto se
buscaba evitar el reclutamiento hormiga, de pocos hombres cada vez,
más difícil de controlar y fiscalizar.
Gran parte de los jefes y generales del ejército pensaban que como
el país estaba en un proceso de reconstrucción, México debía transfor-
marse en una nación moderna. Países como Alemania y Francia repre-
sentaban esa modernidad y ambos, en algún momento de su historia,
habían tenido un servicio militar obligatorio. Durante las décadas de
1920 y 1930 se discutió ampliamente este asunto, pero incluso las auto-
ridades militares no se ponían de acuerdo en qué tipo de sistema obli-
gatorio era el mejor. Las resistencias que encontraban en la sociedad los
hacían más vacilantes y aun contradictorios en sus propuestas. También
al entrar a la arena política, cambiaban de opinión. Cuando Francisco
Serrano fungía como secretario de Guerra era un ardiente partidario del
servicio obligatorio, pero después, como candidato, se opuso a él termi-
nantemente.240 La oposición inconmovible de las organizaciones obreras
y la división entre los propios militares hicieron imposible siquiera pre-
sentarlo como parte de un conjunto de leyes castrenses en 1921. El ge-
neral José Domingo Ramírez Garrido recordaba al respecto:

Cuando estaba de director del Colegio Militar, Serrano convocó a jun-


tas para discutir el proyecto, sólo se hizo una y se comprobó que nun-
ca nos pondríamos de acuerdo, por la diversidad de tendencias y cri-
terios de los jefes militares reunidos ahí. Como el punto que más me
interesaba era el servicio militar obligatorio pregunté a algunos cuál
era la verdadera razón de haberlo sacado, me dijeron que elementos
obreros habían mostrado su antipatía. En un país agrícola, la voz de
los obreros es una minoría; además, el ejército defiende la Constitución,
que tiene el artículo 123, por lo cual los obreros deben estar deseosos
de colaborar; está además el ejemplo de Rusia, que ha mantenido en
pie sus postulados, no por chusmas armadas como las agraristas que
tenemos aquí y que sólo sirven para desprestigiar al gobierno y ahon-
dar la distancia entre el ejército y el pueblo, con sus continuas reyertas,
sino porque ha sabido organizar un verdadero ejército.241

239
 Cummings, 22 de noviembre de 1932, ibidem, 2025-521/1.
240
 Véase Martha Beatriz Loyo Camacho, Joaquín Amaro y el proceso..., p. 133-136.
241
 La Confederación General del Trabajo era la central que en 1921 se oponía radicalmen-
te al smo, y la que mayor poder tenía en ese tiempo. El Universal, 11 de noviembre de 1924.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 255

En este trabajo no voy a tratar con amplitud el tema, ya que final-


mente todo quedó en ríos de tinta y fue sólo hasta la Segunda Guerra
Mundial que se logró establecerlo. Pero sí es mi intención dar algunos
ejemplos de esas discusiones y el porqué del encono entre los que que-
rían instaurarlo y los que se oponían.
Entre los argumentos más repetidos y al que se daba mayor relevan-
cia era que el Servicio Militar Obligatorio era un instrumento que pro-
movía la democracia en el país, pues participarían por igual todas las
clases sociales. Todos tendrían la obligación de acudir al servicio y no
sólo los pobres, como sucedía con el reclutamiento voluntario. Muy liga-
da a esto era la idea de que el smo serviría como un “igualador social”:
El smo tiene la enorme ventaja de poner en contacto a las distintas
clases sociales. A los que tienen elementos les hace conocer las necesi-
dades y hábitos del obrero del campo, de la ciudad y del obrero inte-
lectual del que sólo se conoce la parte de exhibición de sus conocimien-
tos, y sin poder apreciar las cualidades íntimas de cada grupo que
constituya las cualidades de la raza. Al elemento obrero, con activida-
des en su mayor parte físicas, le hace conocer hombres que le son su-
periores generalmente en conocimiento, y de ese conocimiento recí-
proco se obtienen resultados benéficos para la nación, puesto que al
terminar el servicio bajo banderas, los hombres se buscan para utiliza-
ción y prestación de servicios.242

Problemas ancestrales como el analfabetismo se terminarían pues-


to que, durante el tiempo que durara, se les enseñaría a leer y a escribir.
Otro argumento era que con ese acercamiento los civiles se reconcilia-
rían con el ejército, pues formarían parte de él. Esto, en un país que
había sufrido tanto por los excesos de caudillos militares. Se utilizaban
mucho las palabras e ideas del uruguayo José Enrique Rodó:
El sello de la reconciliación definitiva entre el ciudadano y el soldado,
entre el ejército y el pueblo, no será puesto mientras no se lleve a la
realidad el deber cívico del servicio militar obligatorio, cuyo cumpli-
miento hará que el ciudadano se sienta permanentemente dentro de
la institución militar, y como parte de ella aprenda a comprenderla,
a respetarla y a honrarla... El país tiene derecho a ser fuerte; los ciu-
dadanos, ya militares, ya civiles, tienen el deber de cooperar a que
halle satisfacción ese derecho del país.243

242
 Ingeniero N. Dorbecker, “El Servicio Militar Obligatorio”. Ibidem, 9 de mayo de
1933.
243
 La obra de José Enrique Rodó, El que vendrá, es citada por Gustavo A. Salas, “Una
oportunidad para el servicio militar obligatorio”, Excélsior, 23 de agosto de 1926.
256 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

Uno de los argumentos más utilizados en contra era la debilidad del


país, el cual no podía competir contra las grandes naciones, además de
ser pacifista y no buscar conquistas en tierras lejanas; por ello no reque-
ría de un ejército fuerte. El pacifismo a ultranza, tan popular en la década
de 1930, era refutado por varios jefes mexicanos. Uno de los principales
promotores del smo y uno de los escritores más prolíficos sobre asuntos
castrenses, el coronel Rubén García, señalaba que:

Querer la paz por incapacidad para la guerra, querer la paz por el


sentimiento de la propia debilidad es condición miserable de los pue-
blos... Para desear eficazmente la paz es menester la aptitud para la
guerra. Los pueblos débiles no pueden proclamar la paz como un
ideal generoso, porque para ellos es ante todo un interés egoísta, una
triste necesidad para su desvalimiento. Sólo en los labios del fuerte es
bella y gloriosa la afirmación de la paz... La fortaleza de los pueblos se
mide no por su capacidad de agresión, sino por su capacidad para
la defensa.244

García quería derribar el prejuicio de que fortaleza es sinónimo de


agresividad; no necesariamente ya que también se requería fuerza para
defender atinadamente a la nación.
Otro punto que se destacaba frecuentemente era el de los recursos
económicos. El mismo coronel señalaba, en 1925, que el reclutamiento
voluntario era muy caro, pues para ser atractivo el pago había que su-
perar el sueldo de $2.00 diarios que ganaban menestrales, albañiles, car-
pinteros, etcétera; de otra forma, la institución sería “refugio de holgaza-
nes y viciosos”. Por otro lado, si se pagaba demasiado, con los años se
corría el “peligro de formar un ejército profesional, pues como el engan-
che voluntario tiene que ser por varios años, el espíritu militar arraiga
y paulatinamente forma una casta, que tanto más se distancia del pueblo,
cuanto más dure el sistema”. En cambio, el smo sería más barato; al ser
obligatorio, el soldado no iría por la paga, que no pasaría de 40 centavos
diarios; entre los 18 y los 20 años el individuo es aún hijo de familia (con-
templaba exceptuar a los que fuesen el sostén único de la familia); ade-
más, en el cuartel habría alojamiento, comida digna y educación.245 Lo
que no decía el coronel era que gran parte de los soldados venía del
campo, donde se ganaba menos, o, más precisamente, se vivía en total
indigencia. De ahí que fuese relativamente fácil reclutar hombres por
una paga de $1.40 diarios (sueldo de un soldado en 1928).

244
 Rubén García, “El Lic. Luis Cabrera y el servicio militar obligatorio”, El Universal, 29
de diciembre de 1933.
245
 Rubén García, Excélsior, 1 de agosto de 1925.
SISTEMAS, MECANISMOS Y COSTUMBRES 257

Una de las críticas al smo era que fomentaba una casta militar que
había provocado tantos problemas en el pasado. Para sus defensores
era al revés, pues la obligatoriedad era el mejor antídoto para prevenir
esto: los conscriptos no estarían ahí por dinero o por apego a ciertos
jefes, estarían por patriotismo. Los generales Ignacio Morales Zaragoza
y Plutarco Elías Calles —de origen federal el primero, constitucionalis-
ta el segundo—, creían que era el mejor sistema para evitar faccionalis-
mos y revueltas castrenses.246 Rubén García usó por más de diez años
la frase “militarización, no militarismo”, entendiendo por la primera
“la divulgación de las prácticas y reglas de la ciencia y del arte militar
en la población de un país”, en tanto que la segunda es el predominio
del elemento castrense en la gobernabilidad de un país.247
Los que se oponían al smo decían que el voluntariado había servi-
do al país y si éste se viese envuelto en un peligro extremo, como una
invasión extranjera, el patriotismo afloraría y el pueblo en masa se alis-
taría para defender a la nación. Para refutar el argumento, Rubén Gar-
cía y otros recurrían al triste ejemplo de la guerra de 1846, con el país
invadido y el pueblo ajeno a todo ello. Con datos de Francisco Bulnes
señalaba que en la guerra con Estados Unidos, por cada 10 000 habitan-
tes sólo se enrolaron 75 mexicanos. En otros países en guerra extranje-
ra, las cifras no diferían mucho: en 1859, por cada 10 000 habitantes
empuñaron las armas 75 austriacos; en 1870-1871, 229 franceses; en
1898, 330 españoles.248 Así quería demostrar que el reclutamiento vo-
luntario fracasó estrepitosamente y tanto México como Austria, Francia
y España perdieron sus respectivas guerras contra Estados Unidos,
Francia, Prusia y Estados Unidos. Un elemento del pasado reciente al
que se aludía constantemente era cómo la Primera Guerra Mundial
había cambiado radicalmente el concepto de ejércitos en conflicto, pues
con la “guerra total” ya no eran ejércitos sino naciones enteras las que
se enfrentaban. Aunque México no pretendiera involucrarse en ningún
conflicto, debía estar preparado para éste y el smo daría a toda la po-
blación esa preparación.249 Ésa fue una de las razones por la cual se

246
 Ibidem, 2 de febrero de 1921.
247
 Coronel Rubén García, “Militarización; no militarismo”, Hoy, 14 de mayo de 1938.
248
 Ruben García, (Excélsior, 1 de agosto de 1925) con datos de Francisco Bulnes, Porve-
nir de las naciones latinoamericanas.
249
 En 1933, los países que tenían el Servicio Militar Obligatorio eran, entre otros: Alba-
nia, Argentina, Bélgica, Chile, Colombia, Dinamarca, España, Suecia, Noruega, Francia, Sui-
za, Italia, Rusia, Grecia, Guatemala, Rumania, Holanda, Polonia, Paraguay, Perú, Siam, Ja-
pón; de los pocos que no lo tenían: Gran Bretaña y sus colonias, Estados Unidos, además de
las potencias derrotadas tras la Primera Guerra Mundial: Alemania, Austria, Bulgaria y
Turquía. R. García, “El profesor Aurelio Manrique y el servicio militar”. El Universal, 7 de
diciembre de 1933.
258 HISTORIA Y ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS EN MÉXICO

intensificó la discusión en torno a establecer o no el smo. En 1933 surgió


el más amplio debate que se hubiera dado hasta entonces, por medio
de conferencias en pro y en contra, y cuyo resultado fue una amplia
victoria por la no implantación del servicio. Los argumentos que se
dieron fueron muy similares a los que he resumido en este apartado.
El presidente Abelardo Rodríguez estaba a favor, lo mismo que Cárde-
nas. La cercanía de las elecciones presidenciales influyó para que no se
insistiera demasiado en el tema, hasta fines del sexenio cardenista.
El primer paso para instaurar el smo fue crear las reservas del ejér-
cito. Usualmente se confunde las “reservas” con la “guardia nacional”,
puesto que tienen finalidades parecidas, pero ésta existe sólo en el papel
en que fue decretada su existencia: la Constitución de 1917. En el siglo
xix, sobre todo a raíz de la intervención francesa, el papel de la guardia
nacional fue fundamental para el triunfo de la República. Los constitu-
yentes del 17 se limitaron a copiar las disposiciones que sobre ella exis-
tían en la Carta Magna de 1857, sin preocuparse si podrían implantar-
se. La guardia nacional está concebida como tropa no permanente, con
jefes, oficiales y tropas de origen civil, y que no son militares profesio-
nales; dependían de los gobernadores de los estados, si éstos obtenían
el permiso del Congreso de la Unión para formarlas. Es obligación de
todos los mexicanos alistarse en la guardia nacional “conforme a la ley
orgánica respectiva, para asegurar y defender la independencia, el
territorio, el honor, los derechos e intereses de la patria, así como la
tranquilidad y el orden interior” (artículo 31 de la Constitución vigente).
Como dice Martín Barrón Cruz, estas palabras quedaron como adornos,
pues la única Ley Orgánica de la Guardia Nacional data de 1848 y, por
el tiempo transcurrido, la convirtió en letra muerta.250 A diferencia de la
guardia nacional, el ejército nacional posee tropa permanente y depen-
de directamente del ejecutivo federal.
La Ley Orgánica del Ejército de 1926 creó las reservas y, al hacerlo,
le dio al ejército facultades que originalmente tenía la guardia nacional,
como la institución