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Fentanyl

Crónica de una adicción


Por Samuel Andrés Arias

¿Y al doctor quién lo ronda? Pues lo ronda, entre otras cosas, una peligrosa tentación en la que
muchos caen. Ésta es la impresionante crónica de un anestesista que se envició al fentanyl —un
opiáceo de última generación— y llegó por esa vía hasta la propia antesala del infierno.

Esta es la última vez que voy a hablar de esta vaina... Lo he tenido que hacer varias veces: en
las hospitalizaciones, en consulta con mi psiquiatra y en el proceso de recuperación con el
grupo. Esto ya no tiene sentido. Mi vida va por otro camino y recordarlo es muy doloroso.
De esto no se habla en mi casa. Nunca se toca el tema. Es una condición tácita entre mis dos
hermanos y mis padres. El mensaje es: si usted está bien, nosotros le ayudamos; si usted está
mal, paila, no cuente con nosotros. Pero eso nunca se ha dicho en palabras, los hechos hablan
por sí solos. Hoy mi mamá ve una jeringa y entra en pánico. Empieza a llorar. Ella dice que si la
tienen que operar, prefiere morirse antes de que le pongan fentanyl en la anestesia.

Hoy en día no me afecta la abstinencia, ni siquiera tengo craving, es decir, no siento ni la


necesidad ni el deseo de consumir. Eso fue lo que llevó al fracaso mis tratamientos anteriores;
aunque mi cuerpo estuviera limpio, mi mente seguía ansiosa por conseguir y consumir. Sólo un
día, como seis meses después de haber parado, fui y compré una ampolla de meperidina. Tenía
la certeza de que ya no me subyugaba y, al contrario, era yo quien la dominaba. Envasé media,
me pinché y cuando iba por la mitad me detuve. “¿Qué mierda estoy haciendo?”, me pregunté.
Entonces volví a vivir toda la película.

En 1997 terminé mi Servicio Social Obligatorio en Puerto Inírida. Cuando regresé a Bogotá
tenía 24 años. Trabajé unos meses como médico con la Secretaría Distrital de Salud en el relleno
sanitario de Doña Juana. David Andrés, mi hijo, acababa de nacer. Con Eliana, la mamá, ya no
teníamos ninguna relación. Fuimos novios antes, mientras terminaba la universidad, pero para
ese entonces, aunque yo respondía por David y ella contaba con mi apoyo, no nos veíamos.
Yo quería ser anestesiólogo desde que estaba en la carrera. En Inírida apliqué anestesia, sobre
todo para legrados y procedimientos menores; un par de veces fueron anestesias generales
para apendicectomías.

Me presenté a la Universidad del Rosario, al Bosque y a la Universidad Nacional. Pasé en las tres
y obviamente me quedé en la Nacional.

En 1998 comencé la especialización. Ese año recibieron diez residentes en anestesia. Todavía
no se había agravado la crisis que llevó al cierre del hospital San Juan de Dios. Eso fue en 1999.
De los diez, sólo tres éramos egresados de la Nacional. Académicamente me fue muy bien.
Antes de terminar el primer año me dejaban dar anestesia solo. Los maestros y mis compañeros
me tenían en muy buen concepto. Tanto, que ya se sabía que el jefe de residentes de anestesia
para el año siguiente iba a ser yo.

Cuando llevaba como ocho meses, una mañana me programaron para cirugía plástica. Había
tenido un seminario temprano y por eso llegué tarde a la sala. Sobre la mesa me encontré a una
niña de unos veinte años que estaban preparando para una rinoplastia. Cogí la historia clínica y
la miré rápidamente para ver qué decía la valoración preanestésica. Yo no entiendo qué se
quería operar porque era bellísima. ¡Qué niña tan bonita! Era larga, blanquita, los ojos verdes
claros, las cejas pobladas, el cabello no sé, porque lo tenía recogido debajo del gorro de cirugía;
los labios se veían suavecitos, chupones; la bata de cirugía le cubría hasta la mitad de las piernas
que eran también muy bonitas. ¡Una china chusca! Entonces me acerqué, me presenté y le
expliqué que yo le iba a dar la anestesia. Le conté que iba a sentir sueño, que se dormiría y que
cuando se despertara no tuviera susto porque iba a tener la nariz tapada y tendría que respirar
por la boca. Le puse los electrodos del visoscopio y empecé la inducción. Primero le puse cuatro
centímetros de fentanyl, que es una dosis apenas, ni grande ni pequeña, y cuando iba a
continuar con el siguiente medicamento entró la auxiliar de enfermería a la sala y me dijo:

—Doctor, no comience todavía que el instrumental no ha salido del autoclave.

Entonces agarré a la pelada y, como esa mesa parece de piedra, la acomodé mejor, mientras
comenzábamos. Prendí el monitor y me senté a leer en la butaca del anestesiólogo, a la
cabecera de la paciente. La china estaba fresca, se veía tranquila y sus signos vitales estuvieron
estables todo el tiempo. Al rato llegaron los plásticos. En ese momento la paciente me llamó:

—Doctor, doctor.

Los cirujanos se acercaron y ella les dijo:

—Ustedes no. Necesito al anestesiólogo.


Me paré preocupado de que tuviese algún efecto secundario del fentanyl y le pregunté:

—¿Le pasa algo, se siente mal?

—Dígame qué me puso —me dijo.

—¿Por qué?, ¿tiene náuseas, ganas de vomitar, mareo, algún malestar?

—No, nada de eso. Necesito saber qué me puso —se calló un momento y continuó—: Lo que
me puso es mejor que un orgasmo.

—Es sólo un sedante —le mentí—. El nombre no se lo puedo dar.

Al poco tiempo los cirujanos dieron la orden para empezar, la anestesié y le fue muy bien en la
cirugía. Jamás la volví a ver, pero una inquietud me quedó rondando en la cabeza.

Mi segundo año de residencia comenzó con mi primera rotación por la unidad de cuidados
intensivos (UCI). Todo el mundo le tenía miedo a ese servicio, pero yo sí quería estar ahí. En
la UCI aprendí a poner goteos de fentanyl para controlar el dolor de los pacientes con cirugías
mayores, como los operados del corazón, las neurocirugías, los grandes traumas y vainas de
ésas. En cirugía se les ponía a la lata fentanyl a los pacientes, pero en la UCI se hacía el ajuste
fino. Era mágico ver cómo se iba tanteando la dosis del medicamento y el estrés, el dolor, la
respuesta cardiocirculatoria y los parámetros ventilatorios de los pacientes mejoraban en
segundos.

Mi primera adicción fue teórica: me encarreté con el fentanyl y los opioides. Empecé a buscar
información en los textos, en las revistas de anestesiología y especializadas en dolor, en
internet. Todo lo que leía lo verificaba en los pacientes críticos de la UCI. Me atrevo a asegurar
que yo era quien más sabía de fentanyl en todo el hospital. “Bacano saber qué se siente con esa
vaina”, pensaba. Pero había un problema. El fentanyl tiene un efecto adverso tenaz que se llama
“tórax en leño”. Consiste en que los músculos del tórax se contraen violentamente y no
permiten la respiración. Más o menos una de cada cien personas a quienes se les aplica fentanyl
puede sufrirlo, pero uno no puede saber a quién le da y a quién no. En la UCI o en salas de
cirugía no hay inconveniente; cuando pasa, uno inyecta un relajante muscular, ventila al
paciente, que siempre está intubado, y listo. Yo por lo menos vi varios. “Qué tal que me dé esa
vaina”, pensé. Entonces decidí que no me lo iba a poner solo.
Había una mujer que me encantaba desde que estaba en el internado en San Juan de Dios. Se
llama Juliana. En ese entonces era estudiante de medicina. Cuando entré a la residencia, me la
encontré de nuevo, ya como interna. Tenía veintidós años y era madre soltera, aunque el hijo
vivía con los abuelos en Fusa. Ella es alta, blanca como una yuca, en ese tiempo tenía el cabello
cortitico y de color castaño claro; tiene una boca supergrandota, unos labios gruesos y los
dientes todos parejitos. Pero no sólo me gustaba su físico, me gustaba sobre todo porque era
berraca, echada para delante, se le medía a lo que fuera. Era loca, loca, loca... hagamos tal cosa,
le decía yo, ¡listo! Camine vamos a beber, ¡a jartar, entonces! Para charlar, para rumbear, para
tirar, para lo que fuera siempre estaba dispuesta. Comenzamos a salir y nos encarretamos en
pocas semanas.

Una noche en un bar le conté lo que había visto y leído del fentanyl y le dije que me parecería
interesante descubrir qué es lo que se siente, para ver si es cierto o no, pero que me daba miedo
el rollo del tórax en leño.

—¿Pero qué?, ¿qué es lo que quiere hacer? —me preguntó.

—Pues yo me lo pongo y usted está lista a mi lado. Si yo llegó a hacer tórax en leño, usted
me pone quelicín, el relajante muscular.

—¿Y después qué?

—Pues como estaría relajado, no podría respirar y tendrías que ventilarme con un ambú por
unos cuantos minutos.

—Listo —me dijo entusiasmada—. Entonces el próximo viernes en mi apartamento, ese día
ninguno de los dos tiene turno, y mi hermana se va para Fusa.

Ese viernes en el hospital cogí mi mochila, eché dos ampollas de fentanyl, el quelicín, agujas,
jeringas, líquidos y equipos de venoclisis, una máscara y un ambú. Por si las moscas iba
preparado con todos los juguetes.

Llegué al apartamento de ella temprano, como a las siete de la noche. No bebimos licor, ni nada.
Mientras Juliana ponía un disco de Andrea Bocelli, yo me puse un catéter pequeñito en el brazo
para que ella me pudiera poner el relajante si llegaba a pasar algo.

Nos sentamos. Cada ampolla de fentanyl trae diez centímetros. Embotellé sólo tres, que
equivalen a 150 microgramos, le puse una aguja de insulina a la jeringa, y miré a Juliana.

—¿Listo? —le pregunté.


—Listo, hágale —me respondió.

El chuzón me lo hice en el pie derecho, y sí, la vaina fue tenaz. Sólo es así de rico la primera vez.
La segunda de pronto, pero nunca más se vuelve a sentir lo mismo. No se parece al efecto de
ninguna otra sustancia, ni al alcohol, ni a la marihuana, ni a nada. No se pierde el sentido de
realidad. Es, por unos minutos, la sensación más grande y abrumadora de felicidad, de paz
interior. No hay euforia ni alboroto; más que un orgasmo, parece la tranquila emoción del
postcoito. Uno se queda fresco, relajado, todo importa un culo.

—¿Qué, qué se siente? —me preguntaba Juliana seria.

—¡No, esto está muy bueno! —le respondí, cerré los ojos y me tendí en la cama.

A los quince minutos me puse otros tres centímetros... ya... ah, tan rico. Además, tranquilo.
Como la primera vez no hice tórax en leño, ya nunca lo haría.

Todo ese tiempo, Juliana me observaba expectante. Al verme tan feliz, me dijo:

—Yo quiero.

—Ojo que eso es adictivo, pilas —le dije.

Me miró con cara de “no seas güevón” y me respondió:

—Sí, ya sé. Igual quiero probar.

No le puse catéter ni nada. Ella misma se cogió la vena y se lo puso. ¿Qué pasó? Nada, ella
también feliz, dichosa. Los dos echados sin querer saber del mundo.

Cada ocho días, todos los viernes nos chutábamos. De ahí en adelante nuestra vida social se
limitó al encuentro del uno con el otro. Ya no salíamos a comer, ni a rumbear ni a tomar. En
cuatro o cinco semanas estábamos completamente aislados del exterior. Nos encerrábamos a
pincharnos y a tirar. Eran unos polvos eternos de una o dos horas y al final uno llegaba y
explotaba en unos orgasmos los hijueputas. Y otra vez: consumir, tirar, consumir, tirar, y así
toda la noche.
El día del grado de Juliana estábamos vueltos mierda. Todos creían que estábamos
enguayabados, pero mentira. La noche anterior nos habíamos dado por la cabeza en forma. Nos
metimos cuatro ampollas, dos cada uno.

Ella se graduó y se fue a hacer su rural a un pueblito de Cundinamarca que no me acuerdo cómo
se llama. Yo ya había terminado mi primera rotación en la uci y regresé a salas de cirugía. Allí
tenía acceso total a la droga.

Un día, como al mes del viaje de Juliana, me dio por llevarme una ampolla para mi casa, donde
nunca me había pinchado porque siempre lo hacíamos en el apartamento de ella. Me chuté
encerrado en mi habitación y desde ese momento comencé a consumir con más frecuencia,
prácticamente todos los días. Me la ponía en la noche después de estudiar y antes de acostarme
a dormir.

De vez en cuando le mandaba al pueblo un par de ampollas a Juliana. Varios meses después ella
regresó y me dijo:

—No más, yo no sigo con esto.

Creo que lo máximo que llegó a ponerse fueron cuatro o cinco centímetros, por eso nunca hizo
abstinencia.

En esa época me estaba chuzando tres veces al día, ya no sólo en la casa sino también en el
hospital. Cada día la dosis era mayor y, por lo tanto, necesitaba un mayor número de ampollas.
La pérdida del fentanyl se comenzó a notar; las auxiliares de enfermería denunciaron que se
estaba embolatando el medicamento y comenzaron a poner controles. En un día normal de
cirugía en San Juan de Dios se podían gastar más o menos sesenta ampollas; ahora se estaban
gastando setenta u ochenta. Por otra parte, mi comportamiento ya estaba cambiando. Mis
compañeros me echaban indirectas. Cuando iba al baño y me encerraba, al salir Sanguino me
decía: “¿Qué, güevón, ya se chuzó?” y cosas por el estilo. Sin embargo, no me podían acusar
porque siempre me pinchaba en los pies y no tenía ninguna marca ni cicatriz en los brazos. El
temor de que algún día me pidieran que me quitara los zapatos era tanto que llegué a
pincharme en la vena dorsal del pene. El colmo sería que me hicieran quitar los calzoncillos.

Después de ser uno de los mejores residentes del grupo, me volví indisciplinado. No respondía
académicamente, hacía exposiciones de mala calidad, llegaba tarde, no permitía que nadie me
hablara.

Un día, la doctora Madiedo, una gran persona y una gran maestra, me preguntó:
—¿A usted qué le está pasando? Ya no hace chistes bobos, ya no estudia como antes, le
preguntamos por los pacientes y no tiene idea... ¿qué le pasa?

—Nada —le respondí—. Es que mi novia se me fue.

Para ese entonces me estaba chutando por ahí cinco o seis centímetros y poco a poco seguí
subiendo, ocho y nada, ya no sentía nada. Me chuzaba sólo una vez en la noche, pero al
amanecer despertaba temblando. Estaba comenzando a hacer síndrome de abstinencia.
Después de los seis centímetros no consumía para sentir placer sino para no sentirme mal. Yo
no podía funcionar en abstinencia. Y cada vez me chutaba más y más. Muchos sospechaban,
pero nadie sabía nada realmente... bueno, Juliana... pero qué. Ella era la única que sabía que
estaba puteado, realmente mal, pero estaba lejos y no me podía ayudar.

Mi familia se enteró luego. Mi papá más tarde porque estaba viviendo todavía en Tunja. Un día
entró mi mamá a la habitación y yo estaba pinchándome.

—¿Usted qué está haciendo? —me gritó llorando.

—¡No me joda! —le respondí y le tiré la puerta.

En otra ocasión logró entrar a mi habitación y encontró la mesita de noche llena de agujas. Cuando
llegué del hospital la encontré llorando y me preguntó:

—¿Qué está pasando? ¿Está enfermo, mijo?

La saqué del cuarto, me encerré y no le respondí. Mi hermano ya había empezado a encontrar


agujas en todos los lugares de la casa, pero nunca me dijo nada. Un día no aguantó más y comenzó
a hacer los trámites para irse a España. Aunque él se fue a estudiar, yo sé que también lo hizo porque
no pudo con esta situación.

Llegó un punto en que todos estaban destruidos. Eliana no me dejaba ver a David, mi otro hermano
no me quería ni ver, mi papá y mi mamá no hacían más que llorar y a mí todo me valía mierda.

Con el tiempo, el fentanyl ya no se perdía tanto en el hospital porque lo estaba comprando. Como
es un medicamento de control, hacía las fórmulas a nombre de, por ejemplo, un taxista, se las daba
al tipo y lo mandaba a una farmacia hospitalaria a comprarlo y le pagaba por el favor. En esa época,
una ampolla costaba tres mil pesos, hoy debe costar por ahí unos veinte mil... bueno, en el mercado
legal.

No sé cuánta plata se me iba y no me importaba. Estaba muy mal. No es por dármelas, pero antes
yo era un tipo guapo, levantaba por mis ojos verdes, por mi nariz recta y mi rostro lampiño pero
atractivo. Mi peso habitual era alrededor de los 75 kilos y llegué a pesar 48. Estaba irreconocible.
Cómo no, si no comía, sólo tomaba agua. Todo el mundo sabía que estaba metiendo, pero nadie era
capaz de confrontarme. Además porque cuando se me iba la mano en la dosis me quedaba dormido
en cualquier sitio.
A los seis meses de haber empezado, me estaba poniendo entre diez y quince ampollas diarias.
Cada cuarenta minutos tenía que estar chuzándome. Al punto que decidí dejarme un catéter
permanente. Le echaba heparina, lo cuidaba, lo reemplazaba cada ocho días para que no se
infectara. Mejor dicho, ninguna jefe de enfermería lo hubiese hecho mejor.

Cada día era peor la abstinencia. Primero fueron los temblores y el craving: “Tengo que

meter, tengo que meter, tengo que meter”, era el único pensamiento que tenía en todo el día.
Después comenzaron los espasmos musculares; aunque asustaban a los demás, a mí me importaba
un culo porque todavía me podía mover. Había una vieja, una enfermera de salas de cirugía que
cuando me veía temblando y con los espasmos me pasaba a escondidas una ampolla de fentanyl.
Nunca hablamos, nunca me dijo nada. Sólo se acercaba y me la entregaba.

Un día, ya era el año 2000, cuando regresé nuevamente a la rotación por la uci, una residente de
primer año de medicina interna me envió una paciente anciana. Yo era el responsable de los
ingresos. Además de que no tenía nada listo para recibirla en la unidad, estaba en una traba la
hijueputa. Ese día me había metido mucho, pero mucho fentanyl. Tanto que ya estaba soñoliento.
Cuando la bajaron del ascensor, estaba en paro y me tocaba reanimarla. ¡No la pude intubar!... ¡No
la pude intubar y se murió! Igual tenía una insuficiencia cardiaca la hijueputa y se iba morir, pero en
ese momento dependía de mí ayudarla; y yo, con los sentidos de para abajo, no hice nada.

Con todas las precauciones que había en el hospital, y estando en la UCI, era mucho más difícil
conseguir la droga. Además ya no tenía un peso para comprar. Pasó que en un turno llevaba más de
doce horas sin consumir y no encontraba ni una puta ampolla de fentanyl. El dolor de los espasmos
comenzaba a ser intolerable y estaba desesperado. Entonces encontré una ampolla de propofol,
que es un barbitúrico como el pentotal o el fenobarbital y no tiene nada que ver con los opioides.
Me metí al baño y me puse media ampolla. Claro, salí de ese baño tambaleando, me tenía que
agarrar de las paredes. Hasta que me escurrí. Entonces se me tiraron dos enfermeras encima.
“¡Tómenle la muestra, tómenle la muestra!”, gritaban. ¡Yo estaba medio muerto, jueputa! Como
me la había puesto de afán en un brazo, la bata colgaba del otro bañada en sangre. Las enfermeras
me tiraron a una silla, me tomaron una muestra de sangre y me dejaron encerrado en el cuarto de
descanso de la UCI. Ése fue mi primer fondo. Yo me quería largar de ahí para conseguir la droga,
pero un costeño, que era fellow de cuidado intensivo, no me dejó.

—Marica, si se va, lo echan de la residencia. Se tira su vida profesional —me dijo.

A mí realmente no me importaba nada en ese momento.

Al día siguiente, cuando llegó el doctor Alonso Gómez, el director de la UCI, el mismo que fue
ministro de Salud en el gobierno de Samper, le contaron. Fue el único que le puso tatequieto al
asunto.

—Este muchacho está enfermo. Hospitalicémoslo, busquémosle una cama, sea lo que sea hay que
hacer algo —les ordenó a los demás.

Luego entró en la habitación y me dijo:


—Usted no puede seguir aquí. Usted lo que necesita es un tratamiento; la mayoría de la gente que
se ha metido con esa vaina se muere.

Me mandaron para psiquiatría. Allá me vio un residente. Mientras él tipo fue a comentarle al
profesor mi caso, me les volé. Yo lo único que quería era quitarme la abstinencia. Hice una fórmula
de morfina, y como en el hospital no se conseguía, me fui al Fondo Nacional de Estupefacientes, ahí
en la Caracas con primera. Me acuerdo que cada ampolla me costó cien pesos.

Me regresé a San Juan, subí al noveno piso y me metí al cuarto de residentes. Eran como las cuatro
de la tarde. Me encerré en el baño y me puse cinco ampollas. No sé qué pasó. Cuando recuperé la
conciencia estaba a oscuras, tirado en el suelo y bañado en mi propia sangre. Parecía que me
hubieran pegado una puñalada. Eran las tres de la mañana del día siguiente. Estuve once horas
tirado ahí. Lo peor fue que desperté con el mismo síndrome de abstinencia.

Como pude bajé a las salas de cirugía, que quedaban en el tercer piso. Me metí con todo y la ropa
manchada que tenía puesta. Por supuesto, las contaminé. Encontré los restos de dos ampollas que
ya habían sido utilizadas. Me pinché ahí mismo y me largué del hospital.

A las ocho de la mañana estaba otra vez en las mismas. Entonces pensé que si la morfina no me
servía, la meperidina sí lo haría.

Compré diez ampollas, regresé al hospital y me las puse. Me sucedió lo que nunca antes me había
pasado: me dio diarrea, vómito, un malestar espantoso. En ese momento me encontró Sanguino, y
con otros compañeros que no recuerdo se me fueron encima. Ya antes habían avisado a mi casa. Al
rato llegó mi familia y me llevaron a la clínica Monserrat.

En esa ocasión estuve un mes hospitalizado. Me metieron a la parte bonita: cuarto individual, una
cama cómoda, un sofá. Yo no quería estar allá, pero sabía que lo necesitaba. Lo horrible fue la
abstinencia. No comía nada, no podía dormir. Además del temblor, de los espasmos y calambres
musculares, tenía diarrea y vomitaba todo el tiempo. Sudaba, me daban escalofríos, a veces fiebre,
pero lo más horrible eran unos cólicos abdominales los hijueputas, que me hacían llorar a cada rato.
Además, el deseo de consumir siempre estaba presente. No me dieron nada de opioides, y la
naloxona, el antídoto, en estos casos de adicción no sirve. Lo único que recuerdo que me haya
servido fue la clonidina, que es un medicamento para la hipertensión arterial. La etapa más dura de
la abstinencia duró diez días.

Luego, cuando ya me sentí mejor, estuve haciendo terapia de grupo y ocupacional. Había gente con
otras adicciones: alcohólicos, adictos a la cocaína, pero a los opioides nadie más. Aunque ya me
sentí físicamente mejor, el craving seguía igual. Me levantaba con la idea de consumir y me acostaba
en las noches igual. No pensaba en nada más en todo el día. En consulta, los psiquiatras me
preguntaban y yo les respondía que sí, que aún tenía ganas de meter.

—Fresco, que eso se le va quitando con el tiempo —me decían.

Salí al mes con el cuerpo mejor, pero con la cabeza jodida, llevado todavía del putas. A los quince
días volví a consumir aunque en mi casa nadie sabía. Y tomé la rutina de hacerlo cada quince días.
Entre semana iba a terapia de grupo o a consulta con el psiquiatra y hacía algo de deporte. Pero los
fines de semana me dedicaba sólo a meter.

Más o menos a los seis meses volví al hospital San Juan de Dios. Cuando llegué, los profes me
recibieron efusivos.

—Qué chévere que hayas regresado, estamos para ayudarte —me decían, pero la verdad nadie
sabía cómo ayudar—. Cualquier cosa que tengas, que sientas, si te dan ganas o algo nos dices, nos
avisas.

Estúpidos, no tenían ni idea. Apenas llegué a salas de cirugía comencé a chutarme en forma y no
pude parar. Para mí no era negocio meterme una ampolla hoy y otra mañana. Yo regresé realmente
porque me era más fácil conseguir la droga. La anestesiología no me importaba, lo único que yo
quería era meter.

A los pocos días de haber regresado me programaron una rotación en Girardot. Con sólo un día
tuve suficiente para volver ese hospital como el nido de la perra. Nadie sabía y el fentanyl estaba
ahí, disponible en todo lugar. Ese único día tuve turno en la noche. Cuando acabamos cirugía todos
se fueron a dormir. Yo me metí al almacén y encontré un tesoro de fentanyl, ¡una caja con 240
ampollas! La cogí, la metí en mi mochila y chao, me fui para Bogotá. La cajita sólo me alcanzó para
cuatro o cinco días.

Cuando llegué, agarré para el apartamento de Juliana. Ella ya había terminado el rural y estaba
trabajando como médica general en Cruz Blanca. Llegué hecho un bobo, obviamente bajo el efecto
del consumo. No me dijo nada, me abrazó y me acostó en una cama. En ese momento quería
morirme. Me rendí. “No quiero vivir más”, pensaba todo el tiempo, y perfectamente me hubiese
podido matar con la dosis que tenía encima. Esa noche me metí como treinta ampollas una tras
otra, tras otra, hasta que me quedé dormido.

Seguí metiendo igual en esos días. Juliana redactó una carta donde yo renunciaba a la residencia.
La verdad, nunca supe qué decía, la firmé a ciegas y Juliana fue y la entregó en la Universidad. Luego
me acompañó a la clínica Monserrat para que me internara. Esta vez lo hice por voluntad propia.
Me metieron a la unidad psiquiátrica de cuidados intensivos, y ahí supe lo que es un parto. Viví el
peor síndrome de abstinencia. Fue tan espantoso que llegué a manipular al residente de psiquiatría
para que me pusiera algún opioide que me ayudara a quitar un poquito el malestar. El tipo me puso
tres centímetros de meperidina intramuscular. ¡Eso no me hizo ni mierda! Además me imagino la
vaciada tan hijueputa que le debieron pegar. De nuevo duré diez días seguidos vomitando, así no
tuviera nada en el estómago. Todos los músculos del cuerpo estaban encalambrados. Me tuvieron
que amarrar para que no me hiciera daño y no lastimara a los demás, porque eran tantas las ganas
de consumir que me puse violento. Empujé a todo el mundo, rompí sillas, mejor dicho, armé un
mierdero el hijueputa en esa UCI. Estaba loco, literalmente loco. Ni al baño me dejaban ir. Ahí mismo
en la cama me quitaban la ropa, me lavaban, me cambiaban, y a mí no me importaba, sólo quería
meter o morirme.
De nuevo estuve diez días en cuidados intensivos y veinte en total en la clínica. Cuando salí, me
mandaron a Campo Alegre, en Cota. Todas las mañanas madrugaba, me iba para allá y regresaba en
la noche a dormir en la casa. Estuve yendo más de cuatro meses. Al comienzo, el craving era cosa
bárbara. Yo quería consumir todo el tiempo. Luego, poco a poco se me fue pasando.

En Cota hacíamos terapia de grupo, terapia individual y terapia ocupacional. Todos éramos adictos.
A mí no me gustaba la terapia de grupo. Hablábamos, casi con orgullo, de las güevonadas que
hacíamos cuando estábamos en consumo, y eso, en vez de ayudar, le reforzaba a uno la idea de
meter. Todo lo que se decía era sobre las mentiras, los torcidos que se hacían, y el rol del psiquiatra
era corregir las conductas no adecuadas. “No diga mentiras, no se la monte al otro, lave su plato,
etcétera”... No sé, a mí no me gustaba, pero a la final servía. Esos mesecitos estuve bien. Pero
después me destoché por completo.

Cuando me sentí mejor, me metí a estudiar medicina familiar en el hospital San José y estuve allí
siete meses. Al poco tiempo de ingresar comencé a meter en forma, esta vez meperidina porque
era más barata. En el hospital nunca se dieron cuenta, ya que yo la compraba. Sin embargo, esa
mierda me ponía peor que el fentanyl.

Yo estaba muy mal, ya no eran una o dos horitas de traba, era todo el día, las veinticuatro horas,
siete días a la semana.

Pasó lo que tenía que pasar. Un día salí de la Universidad y al llegar a la casa no había nadie ni nada
en el apartamento. ¡Lo habían vendido! Mi familia no aguanto más, cogieron sus cosas y chao.

Me fui a buscar a Eliana, la mamá de David. En ese entonces vivía en la 153 con Séptima. Ni siquiera
me abrieron la puerta del edificio. Esa noche dormí en el parque del frente. Como a las cuatro de la
mañana pasó un policía; le dije que me habían robado y que en mi apartamento no había nadie; que
si él me podía llevar a Galerías, a mi casa. Me llevó hasta Chapinero, en la Séptima con 53. Ya iba a
amanecer, y yo con ese frío y esas ganas de meter. Tenía unas agujas y una jeringa en el bolsillo del
pantalón, pero no la droga. Entonces hice una de las grandes cagadas de toda mi adicción. Bajé hasta
la clínica Marly, entré a la farmacia y la asalté. Le puse la jeringa en el cuello a la vieja que atendía.
No le quité la plata, sólo me llevé toda la meperidina que había, unas sesenta a ochenta ampollas.
Salí corriendo hacia la Séptima. El celador se dio cuenta y empezó a disparar. Finalmente, no me
agarraron. Desde ese día comencé a vivir en la calle.

La verdad, no tengo conciencia de cuántos meses estuve por ahí. Creo que fueron dos o tres. La
meperidina me hizo perder la noción del tiempo.

A los pocos días que pasó lo de Marly, una noche estaba sentado frente el apartamento que era de
mi familia y pasó un man con su carrito de balineras. Yo me paré y me le pegué; nos fuimos
charlando. Al rato, el tipo, extrañado de que yo continuara junto a él, me preguntó:

—¿Y usted qué?

—No, es que necesito unas ampollitas de meperidina —le dije.

—Ya veo... Camine conmigo a ver si se las puedo conseguir.


Nos metimos por la calle dieciocho, y cerca del hospital San José me dijo:

—Espéreme aquí.

Al rato apareció con la droga.

—Quítese el saco y le doy esto —me dijo, ofreciéndome la droga.

—¡Listo! Venga a ver —le respondí, mientras le entregaba el buzo.

El tipo se llamaba Daniel. Desde ese día no me despegué de su lado. Además de conseguirme la
droga, el man se conocía todos los cuchitriles de la calle. Sabía dónde nos daban buena comida y en
dónde conseguirme la meperidina. Claro que el asunto no era gratis. Vendí toda la ropa. Sólo me
quedé con un saco, un jean y unos tenis viejos.

—¿Sabe qué? Lo que tenemos que hacer es un negocio aquí —me dijo una noche que

estábamos en El Cartucho.

—¿Qué negocio? —le pregunté.

—Usted es médico, ¿sí o qué?

—Sí.

—Pille, aquí hay un resto de gente enferma y tal. Usted los ve, los formula y les cobramos plata,
bichas o lo que sea.

El tipo, al otro día, no sé de dónde sacó un fonendoscopio y un tensiómetro.

En el día andábamos la calle reciclando, sobre todo por los barrios de la avenida de Las Américas,
debajo de la 68, como Mandalay o Américas Occidental, dormíamos un rato en un local que el
hombre tenía por ahí y por la noche nos íbamos para El Cartucho. Yo hacía consulta en plena traba,
el tipo cobraba y le pagaban casi siempre con bichas de bazuco y él a mí me daba las ampollas de
meperidina.

Porque la meperidina me trastornaba toda la percepción de la realidad, vivía trabado las 24 horas.
A mí ya no me importaba vivir, estaba vuelto una mierda, acabado, sucio, flaco. Toda mi vida era el
consumo. Quería morirme pero no era capaz de suicidarme.

Una madrugada en El Cartucho estaba sentado en el suelo con Daniel y dos tipos más. Me acababa
de chuzar. En ese entonces me ponía sólo cuatro o cinco ampollas por día. Como ya tenía el cerebro
frito, esa cantidad me fundía, quedaba descerebrado de una. Uno de los tipos que estaba con
nosotros le preguntó al otro si tenía un fósforo para prender una bicha. El otro le respondió que
tenía sólo dos y eran para prender la suya. En ese momento lo llamaron. El tipo se paró y dejó los
dos fósforos en el suelo. El man que se los había pedido los cogió de una. Se puso el cigarrillo de
bazuco en los labios, prendió un fósforo y de inmediato se apagó, prendió el otro, y lo mismo. Al
poco rato el otro man regresó con ese embale de meterse lo suyo y no encontró los fósforos.

—¿Dónde están mis fósforos? Ahí los dejé. ¿Dónde están mis fósforos, hijueputas!

—¡Deje el azare! No... pues sí... yo los prendí, pero el viento los apagó.

—¡Ah, éste es mucho pirobo hijueputa!

—¿Entonces qué va hacer?

—¿Entonces qué voy a hacer?

El man dueño de los fósforos sacó una pistola y le metió seis tiros al otro tipo ahí.

—¡Por hijueputa, por ladrón, por haberme robado mis fósforos, malparida gonorrea! —le gritaba
el tipo con el rostro transfigurado al cadáver.

La traba se me pasmó de una. “¡Mierda, que estoy haciendo aquí! ¡Qué putas he hecho con mi
vida!”, pensé. Comencé a llorar, me levanté de ahí y salí corriendo hacia el norte, cagado del susto.
Cuando llegué a la Caracas con Diecinueve sentí que no podía más, me tiré de rodillas sobre el andén
y mirando al suelo, con las manos apoyadas en el concreto, en medio del llanto, le dije a Dios:

—¡¡Si usted existe, o me mata o me saca de esta mierda, pero ya no más!!

¿Luego qué pasó?

Difícil decirlo. Pero aquí estoy: vivo.