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DAVID VIÑAS

PARECERES Y DIGRESIONES EN TORNO A LA


NUEVA NARRATIVA LATINOAMERICANA

A la memoria de Joe Sommers

Aprontes, manijas )' circunloquios

Quizás estas impresiones alrededor del proceso de la nue-


va narrativa de América Latina marquen un itinerario que
va de la euforia a la depresión. Circuito que --con sus reno-
vadas, más recientes y hasta saludables contradicciones- tra-
za una suerte de parábola que, me parece, puede ser fechada
entre los comienzos de la década del 60 y Jos inicios del 70.
Podría agregar que se desplaza de un "momento caliente"
hacia otro "momento frío" (caracterizado, en general, por
su inmovilismo). O mirando ese proceso por el revés de la
trama: desde una coyuntura impregnada de fervor {y de
in tenso activismo que fue definiéndose paulatinamente por
un notorio voluntarismo) , hacia otr~ circunstancia histórica
donde ese "frío" al que aludía puede ser leído a la luz de
aquello de "si lo8 cuerpos no se mueven, las cabezas pien-
san". Es decir, los setenta -en lo que a América se refie-
re- se me aparecen connotados por un ritmo más pausado
y necesariamente más analítico. Respecto del cual -desea-
ría- esta reunión materialice su además más reflexivo:
entendiendo esa reflexión como un volcarnos sobre nosotros
mismos más que hacia afuera. O mejor aún: que ese afuera,
internalizado: sea rumiado con pausa, rigor y lúcido empe-
cinamiento.
Euforia en los 'sesenta; depresión en los 70 en mi pers-
pectiva de América Latina. Pero si ese punto de partida
posible puede resultar algo borroso más allá del espacio
l&tinoameri::zno se me ocurre que en los Estados Unidos esa
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suerte de emblema que condensó sobre sí en los sesenta Her-
bert Marcuse (en la euforia de su obra) y en los 70 -con
el símbolo de su muerte-- eventualmente contribuya a acla-
rarlo.
Diría, a continuación, con la ponderada sobriedad que
solicita la palabra, que una retrospectiva que se pretenda crí-
tica -en torno al período de los 60 a Jos 70 en América
Latina- renvía a una entonación de tragicidad: dado que
si en el mundo antiguo el vivir trágicamente presuponía
hacerlo bajo la mirada de Jos díoses, en el 1980 en América
Latina implica practicarla en la próximidad de la muerte.
Cercanía Jo suficientemente cotidiana como para, a lo
mejor, trocarse en la vertiginosa sagacidad que reiteran cier-
tas figuras borgianas cuando enuncian "Vi. .. vi. .. vi. .. · ·:
deslumbrantes arrinconamientos que no son sino como ace-
leradas caídas hacia la muerte en las que parece susurrarse
"Recordé todo, absolutamente todo." Esos Dioses borgianos
(sofisticadas e imaginarias formas de elabobrar, supongo,
sus ineludibles imposibilidades como sus más legítimas aspi-
raciones humanas). Pero prefiero inhibirme de teologías y
asimilar, si cabe, el ademán crítico del que pretendo arran-
) car con "Funes, el memorioso": ese dios más cotidiano y
< barrial, pero que también porta una memoria tan inagotable
como agobiadora.
Y para concluir con este circunstancial paralelismo entre
la mirada borgiana y la óptica trágica a la que apelo: el
Aleph de Borges se logra en la penumbra y con los ojos en-
trecerrados; nuestra (mi) eventual comprensión de intencio-
nes totalizadoras tiene que ser con los ojos abiertos. Resulta-
ría infructuoso y totalmente especulativo proponernos aquí
el explicarle a ese padre o tío carnal de Borges que era Ma-
cedonio Fernández (y a su literatura analgésica y a sus vi-
gilias de ojos entornados y a su tiempo) que el que nos tocó
en suerte en América Latina, y en la Argentina de 1980, se
practica sin analgesias y con los ojos muy abiertos (probable-
mente demasiado: por perplejidad, desconcierto, fracasos,
desolación, terror. O nada más que por insomnio).

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[/ ñandú desplumado del recuerdo

Trataba de empezar, entonces, el problema que me plan-


tea la nueva narrativa de América Latina entre la euforia y
la depresión. Y a partir de allí, quería marcar otro inciso
alrededor de dos palabras que formuladas (o tácitas pero
correlativas) pueden leerse en las fundamentaciones de la
convocatol"ia a esta reunión: rise y fall. Pareja de términos
que. inexorablemente, me suscitan una serie de ecos de los
cuales optaré por dos: Tlu: SUil also rises e History of decline
and fall of Romm1 Empire. Por cierto, Hemingway y Gibbon.
Desde el primero me resuena un fervor activista, por mo-
mentos en cabalgata (que conlleva pronósticos sombríos), y
desde Gibbon -a través de cierto organicismo iluminista-
la descripción de un imperio, estructura socio-cultural que
va exhibiendo cada vez más los síntomas de su agotamiento
(pero no sólo con el subrayado escrupuloso de sus culmina-
ciones, logros, componentes y saldos positivos, sino también
con el trazado sagaz que apunta a posibles renacimientos y
mutaciones que, previsiblemente, aluden al cristianismo).
Ahora bien, me ocurre que la segunda de esas dos pala-
bras de que hablaba -fall- me dispara hacia otro eco. A
un "gran eco". Ruidoso y espectacular: al del Niágara. Algo
que casi me aturde en su aparatosidad de "ruido colosal".
Y al final de esa secuencia auditiva (podría intercalar:
ineludiblemente) se me impone el apelativo más notorio de
la nueva narrativa latinoamerlc2na: el búm: estallido, in~~
tant{Jncc:, sorpresivo, asombroso. Pero, sobre todo, e~-;'---·
tacuiar. Y, me sospecho, fugaz.
La sospecha, creo, es uno de los resultados inherente al
ademán de encogimiento corporal que me provoca semejante
catarata (y que, deseablemente, puede favorecer el propó-
sito re-flexivo al que aludía).
Me encojo, entonces --en una primera aproximación-,
ante tamaña euforia espectacular, fascinante y aturdidora
que parece emanar del búm (como señal más difundida - y
quizá más trivial- del complejo fenómeno representado por
la nueva narrativa de América Latina) y. reflexivamente.
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formulo algunas preguntas: ese búm monumental, que solía
seducir tanto como abrumar, ¿era sólo un eco? ¿O era el eco
de alguna voz? ¿O de algunas voces? ¿O era el eco de cier-
tas voces que impedían oir otras voces? O acaso: el búm
¿era sólo el eco de ciertas voces privilegiadas? O, si ustedes
prefieren: si tanto se escuchaba el búm, ¿dejaba de oirse
otro caso? ¿Qué impedía oír el búm? ¿Había otras voces?
Y empecinándome en mirar de cerca: ¿fue acaso el búm la
, voz que escuchó el oído metropolitano? (que es otra de las
\ palabras-clave que leo en la convocatoria de esta reunión) .
Y dando -sí es posible- otra vuelta de tuerca: ¿fue acaso
el búm la voz privilegiada que le otorgó el oído metropolita-
no al cuerpo de América Latina? O para usar palabras
menos suntuosas, necesito preguntar (me) : ¿fue acaso el
\
búm el "ruido" que se hizo en las zonas metropolitanas para
tapar otras voces de América Latina? ¿El "eco" que se le
donó a ese cuerpo afónico a medias, pero que tozudamente
busca su propia voz para hacerse oir sin cataratas ni seduc-
ciones? O -para poner a prueba mí vígílía de ojos abier-
tos-: ¿fue el búm la única voz, privilegiada e impuesta o
manipulada, que el imperialismo cultural y la academia me-
tropolitana querían escuchar de América Latina?

Interrogas!._ones que insinúan oreja y paladares

Preguntas que abro, precisamente, a partir del término


búnz tan jacarandoso (y aparentemente tan banal) : porque
acontece que es una palabra "tan-para-decir-las-cosas-breve-
mente", una complicidad tan man to man, pero tan fe-
rozmente espesa que me lanza a inflexiones aceleradas: búm
del cine jtaliano, búm de la anchoveta peruana, búm de El vis
Presley, búm de la micro-técnica televisiva japonesa, búm
de la prosperidad de los "twenties" ... Búm, búm, búm. Y
en medio de ese voraz y fascinante cañoneo recordamos cier-
to día ceniciento. Un jueves. Era en octubre. En 1929 era.
Es decir, que tratando de avanzar en el desbroce de cier-
to circuito por el revés y el derecho: del búm desembocamos

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en el crash. La nomenclatura mercantilista, amena y copio-
samente reiterada .por delante, me va exhibiendo sus omó-
platos: implícitos e inexÓrables. Tanto en Wall Street como\(
en la nueva narrativa de América Latina. ".:"
Objeción posible y considerable: los ritmos bursátiles no
son Jos de la literatura. Sea. Entre otras cosas, porque los
valores literarios no se cotizan en Wall Street. Pero se ccti-
zan en ese espacio más amplio e ineludible que es el merca-
do: que no sólo nos involucra a todos -de manera más o
menos directa-, sino que detenta tal vehemencia devora-
dora que logra homogeneizar lo heterogéneo. Los ejemplos
son notorios. Obvios casi: desde la carne argentina -sabro-
sa y tan exportable- hasta el café brasileño oloroso, monopo-
lizado y moreno, pasando por el dramático cobre chileno,
hasta recalar en el majestuoso y polémico petróleo mexicano,
venezolano (y del mundo) . Alguien hablaba del mar como
"un paladar despiadado"; y la metáfora bien podría despla-
zarse hacia el espacio mercantil: "paladar despiadado",
omnívoro, infatigable. Porque además de la carne o el cacao
o las bananas más o menos digestivas, implacable, acelerada
y progresivamente el mercado se va fagocitando --con ma-
yor o menor saldo de proteínas- desde la Brigitte Bardot o
Carusso a los taciturnos calderones de Gardel; desde Elvis
Presley al cuarto, el faro y los lobos de Virginia Woolf; y a
Dartagnan, las piernas de Marlene Dietrich, Juan XXIII,
Mici<ey Mouse o De Gaulle. La dentadura y el píloro del
mc:·cado dan cuenta por igual de cuadros de M.iró, Toscani-
ni, sus batutas y sus frács, el bandoneón de Troiio o las tron1-
petas de Armstrong (y hasta las de Jericó). Y esa deglución
rabelesiana pero impávida, en sus ritmos proliferantes, pro-
sigue con los géneros próximos desinteresándose de su cali-
dad específica: pintores, arpas, Gaudí, porcelanas, Tintore-
ttos o tanagras, Aleijadinhos, totems polinesios o algonqui-
nos vía matrilineal o vía Christie's, clarinetistas, contrabajos
o chelistas en exilio o en remate y más o menos afiatados;
actores de vodevil, Esquilo o de sainete. Y con Jos escritores,
ni hablar: de noticias fúnebres, .de anónimos, de avisos cali-
ficadcs, de sociales, de aduanas, de palabras cruzadas o ti tu-
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lares catastróficos; de novelas rosas, cr~mosas, negras y ama~
rillas. Y los molares con sus chiquichaques y las tripas con
sus pulsiones peristálticas (las del mercado, digo) ni se
muestran ahítas ni susurran '·Ya está bueno por hoy ... n
Ese englutido permanente, exigente va mucho más allá de
Sombras y Mundos ajenos o Vorágines. Ni caries ni escrú-
pulos, ni dispepsias lo amortizan: Casas verdes y Cronopios.
Siglos iluminados y Artemios y Supremos. No hay gastritis.
Al fin de cuentas, el mercado es una estructura (la más gi-
gantesca e inmutable que he sabido), y las estructuras no
requieren c.lka-seltzer. Porque más allá de Stokowsky, Lovc
Storys, Dalíes, Mahathmas Ghandis, Mickeys Roonies. Se-
ñores Presidentes, Rayos Rojos y Extranjeros, Mandarines
o Pioneros y el gremio escriturado, en el cráter angurriento
del mercado entran (y hablo de lo que tengo más a mano y
conozco un poco: de mí y de América Latina) los profeso-
res: de karate, metafísica, italiano y de corte y confección;
de sánscrito y de numerosas danzas regionales -chalchalc-
ras, tangos, mambos, malambos, cnecas- y zapateo ameri-
cano. O de ikebana. Y a ese maelstrom mercantil no lo elu-
den ni los más sofisticados profesores de biología, acústica,
física nuclear, manualidades, derecho canónico, espeleología.
filatelia. Y otro idiomas.
De ahí es que, frente a esos rasgos del espacio mercantil.
me animaría a insinuar que, así como en la edad media las
danzas de la muerte resultaban tan igualitarias con obispos.
archiprestes, archipámpanos, archiduques y lacayos y men-
digos, el mercado de fines del sigio ,;;; es tan "democrático"
como la muerte.

A medias víctimas y a medias cómplices

Porque no ya los escritores (que venden esas mercan-


cías privilegiadas que suelen ser sus novelas) o los maestros
(que, bruscamente, se descubren coaccionados a mercar la
trasmisión de su saber -privilegiado también-), sino los
actores -deslizándose un poco del andarivel novela al an-

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darivd teatro- que padecen en la propia carne de su cara
(como nariz respingada o fotogénico perfil) las trituracio-
nes del mercado. Por no hablar de esa otra faena -apenas
un poco más allá- donde las "modelos", al contemplarse
ante un espejo, con ropas ajenas y algodones en Jos sobacos
para no sudarlas, presienten que ya no un libro o un saber
o sólo un perfil es lo que ha sido convertido en mercancía,
sino todo su cuerpo, por ese espacio omnipresente parecido
a un .Moloch barrigón, somnoliento y sin fondo.
Por todo eso (y por algunas cosas más) quizá a estos
pareceres que trato de hilvanar corresponda situarlos en una
perspectiva tan despiadada como relativizadora: como apun-
tes o rafeados nutridos por "la moral del prisionero".
Pero, para no desanimarse (ni, eventualmente, fastidiar-
los), sólo se me ocurre subrayar lo ya conocido. Lo presumi-
ble, diría. Restringiéndolo, nuevamente, al terreno de la
novela: tener presente, en una especie de jaculatoria o de
conjuro, que una cosa es el valor de uso (en el "momento ·,;
intransitivo" de nuestra producción, por lo general tan libe-
rador como riguroso y creativo), y otro el "momento tran-
sitivo" en que esa novela al entrar -sin alternativa de
gambeteo- al mercado, trasmutándose de texto en libro, .,•
deviene en valor de cambio. ''
Y no bien enuncio esto, las objeciones se me acumulan
sobre la mesa: porque el circuito del texto-libro prosigue en
sus diversos momentos e inflexiones. Y aparece el lector
(como rescate posible y necesario _:1.,1 que hablaremos
luego-), y el rezongo que, en otras asaLObleas ya se ha escu-
chado: si nos hemos planteado en esta reunión el tema de la
nueva narrativa de América Latina, limitémonos exclusiva-
mente a hablar de los textos. Porque para algo exi,te eso,
señoras y ~eñores, que se llama especificidad de la literatura. k
Vale (como dicen por España). Pero en mi perspectiva,
en esta óptica por la que he sido fraternalmente invitado
aquí, se acentúa el componente personal: mis relaciones con-
cretas y cotidianas con la faena literaria. Eso que -paternal
o aterciopeladamente- suele llamarse "experiencia". Y sin
pretender una metafísica del empirismo, desde esa particular
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práctica es que me animo a proponer: la "especificidad" de
la literatura. Acepto. Pero ocurre que lo específico de la
literatura no se agota en su especificidad: porque la tan tra-
jinada "libertad" ni se la produce ni se la descifra en
cabalidad sólo desde esa especie de "en sí". Suerte de epojé
o de puesta entre paréntesis (legítima y fecunda, desde ya,
cuando se la entiende como un momento analítico o de en-
friamiento, pero que -en los pasos siguientes- necesita
integrarse en las infinitas, inquietantes y apasionantes series.
Que sí recuperarán el suceso, pero inscripto en el proceso).
Esto es, en la historia. Y perdonen la tristeza: en la historia
entendida como lucha de clases. Desde ya, con sus forma-
ciones atípicas, inesperadas, diversas y heterodoxas que pue-
de adoptar. Ya que esa --en su más amplio debate- es la
dinámica imborrable donde se produce un texto, desde donde
se lo vende y consume. Y desde donde conjeturalmente se
lo lee y se lo critica.
Desde ya. Desde ya: un gesto parecido a este primer
acercamiento (que .no excluye otros, sino que más bien los
necesita, los provoca, los solicita), por lo menos en la Amé-
rica Latina de los últimos años, padece una especie de bal-
dón: se le llama "sociologista". Y, por lo general, se lo
encaja como una de las puntas de un dilema ineludible y
premioso (que no sé por qué, en este momento, me hace
acordar a la pregunta del "Martín Pescador" -¿recuer-
dan?- "¿Tenedor o cuchara?" Y yo, de meterete entonces,
respondía "Cuchillo"). "Tenedor o cuchara?"... ¿So-
ciologismo o -previsible- formalismo?. . . ¿Historia o
estructura? ... Cuchillo. En tanto no tolero que me ¿;-;"::··
dacen, y mucho menos que me apremien, para que me e:::.·
bandere en dilemas prefabricados. Para que camine por
caminos ya trazados. En Jos cuernos del dilema (como diría
Ortega): ahí, atrapado. ¿Tenedor o cuchara? ¿Sociologismo
o formalismo? ¿Historia o estructura? Qué cuernos ni qué
estructuras o cucharas. "Caminante: no hay camino, se hace
. camino al andar ... "
Y, pues bien, frente a ese dilema (en América Latina,
para no abundar), se venía produciendo -y se prosigue,

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· pese a que como allí se mata en silencio parece que no se
mata-, se venía intentando superar en el pensamiento crí-
tico ese dilema rígido, esa encrucijada (que no era tal, sino
callejón sin salida). En "un esfuerzo de más allá". De tras-
cendencia y de eventual síntesis. Que nada tenía que vt>r con
el eclecticismo de "a más be sobre dos". No, no, no. "¿Tene-
dor o cuchara?". . . ¿Historia o estructura? ¿Cielo o infier-
no? Cuchillo. Esto es: tierra.
Porque urgente, dramáticamente, necesitába (mos) em-
pezar desde cero. Desde nuestras carencias. Desde nuestra
derrota. Precisamente: para no incurrir en la pringosa seduc-
ción del victicismo. O de la autocompasión. Desde abajo, en-
tonces. Porque las otras alternativas críticas, cuando se
"institucionalizaban", nos parecía que trazaban un movi-
miento inverso y planeaban, generalmente, desde arriba. Des-
de "el cielo". Como si quisieran, prolongarlo módicos o
musculosos gestos aquilinos, maquillarse de "inspirados"
mediadores divinos. Dioses, en fin. "Dioses" del pensamien-
to crítico. Y frente a eso, nosotros, yo -allá- en la Argen-
tina y en América Latina preferíamos recordar aquello de
•·~' "no invocar el nombre de Dios en vano".

Mar: ese solterón

Decía, entonces: mercado. Eje que, nexándolo serial-


mente, con la Nueva Narrativa de América Latina, me
reactualiza -por lo menos- tres inflexiones. A partir, ca-
sualmente, de la historia y la estructura. De la estructura
~~ historizada, contextuada. Y de la historia entendida como
'"-. serie de estructuraciones y desestructuraciones. Esto es, me
articula con tres mediaciones-clave en esta problemática que
por lo mismo que me implica total y visceralmente, me urge
en el tanteo de algunas ramificaciones: en primer Jugar, el
mercado latinoamericano entre 1960 y el 70; en segunda
instancia, el mercado español (en esa misma coyuntura tem-
poral); y, como tercer momento, el mercado de los Estados
Unidos en similar circunstancia histórica.
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No abundemos -por ahora- en esta snerte de círculos
concéntricos con sus vasos comunicantes, flecos, nervaduras
':t y ramificaciones como alucinantes conejeras de Alicia, y
veamos si algo, por lo menos, puede ir aclarándose:
En primer lugar, el mercado latinoamericano a lo largo
de la década de los 60 está signado, en sus líneas mayores,
por el desarrollismo (cuyas fignras más comentadas -y es-
pecialmente definitorias en toda esa zona- son Kubitschek :;
y su modélica inauguración de Brasilia, el argentino Arturo ~.
Frondizi con su calle Florida alfombrada en moquét. y la ·, :_
filosofía consumicionista -para algunos- de los impetuo-
sos López Mateos y Díaz Ordaz) . Como corrrelato presumí- "-
ble de esa vehemencia en favor del consumo, no sólo brotan
las previsibles referencias al kennedysmo en Punta del Este
o de la reactiva y mustia Alianza para el Progreso, sino tam-
bién a la tecnolatría, (exacerbada hasta el espasmo en la pos-
terior ristra castrense inaugurada en 1964), el curioso fenó-
meno de "literaturización de los políticos" y de "politización
de los literatos" (entiendo por politización, en este caso, el
que una secuencia de rostros más o menos amenos -entre
los que, a veces, se amedallaba el mío-, fueron a cubrir
el espacio dejado por los profesionales de la política criolla en
las tapas de ciertos semanarios). Frecuentemente se habla de }
"vacío de poder". Con más rigor de "vacío de clase". En este "
caso más doméstico se podría aludir a "vacío de consumo": !\
es así como algunos perfiles de novelistas (tradicionalmente,
bonachonamente relegados a le •·:::'~" de Espectáculos, faits
divers, miscelánea o necrológ'c"'' fue:on deslizándose, con
fortuna varia, a las primeras planas. El desarrollismo latino-
amecicano de lo 60 había presentido que los novelistn> po-
dían trocarse en mercancía. Desde ya: mercancía "nacional"
en tanto exportable y lucrativa~ Y, a la vez, en ratificación
del enjundioso nacionalismo desarrollista. Esto es: Jos no-
velistas de América Latina se iban convirtiendo, en su sen-
tido'inás fuerte. en patrióticas divisas.
En segunda instancia, el mercado español de los 60 se
iba desplazando (a tono con milagrosos tudescos, galicismos
malrosianos y esa ambivalente mezcla de "altivez" castellana

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agraviada, de exorcismos inquisitoriales y de solapado vo-
yeurismo a la sueca, turismo báltico, remesas helvéticas y
otras asistencias básicas y los cuchicheados y oportunos ·'ca-
minos" de monseñor José María de Escrivá y de Balaguer y
Alvás mediante) desde las azules flechas y camisas adverti-
damente arrugadas hacia la meliflua y puntual eíiciencia de
los neo executives. Que, va de suyo, apostólica, hidalga y
como casualmente fueron remplazando la ética juvenilista
del esfuerzo, de los borrosos y borrados treinta y tantos, por
otra moral mucho más madura. Y, por lo tanto, relachée. De
donde se seguía: que el monopolio de los Pemán, An tonios
Pasos, rostros solares y demás obsolecencias tan castizas y de
parroquiana competitividad debían ir ahuecando. Al museo, a
la huesa, al desván o al mismísimo camino. Real, realista
y paulatinamente más monárquico. Para ceder, escurialense y
rezongonamente, más espacio a otras escrituras: novelas ca-
chondas con motivo de las raras virtudes militares, novelas
alrededor de exuberancias fálicas o infinitas, circulares en-
cueradas, novelas en torno a seniles dictadores, o motivadas
por inesperadas lujurias hogareñas. Qué duda: abyecciones
inadmisibles (no tan Reales pero con regalías) que iban acon-
teciendo en esos países -hijos de la Madre Patria- pero
tropicales, casi espurios, híbridos y ebrios de mulataje y
Amazonas. Como quien dice: latinoamericanos. Y muy di,-
tantes (donde la intangible caballerosidad -o feminidad-
\ hispanas, por heterodoxas alquimias con aztecas, cocodrilos,
Machus Pichus, genoveseE, samuros, vudús, palmeras, can~
gaceiros, culíes, moishes !' Zapatas, se habían, francamcnt<.!
"degenerado").
No me olvido: por los 60, en medio de toda esa euforia
de patrias, hispanismos, madres, vástagos, best-se/lcrs y
razas ubérrimas, por la calle de Alcalá llegué a escuchar:
"Latin Americans: go home! ... "
En lo que hace al mercado de los Estados Unidos en e>os
años de esplendor, el desarrol!ismo que podía verificarse en
Brasilia o en Barcelona, Jo fui advirtiendo como un -al
menos para mí- benemérito fenómeno de inflacionismo.
Quizá podría llamarlo "desarrollismo universitario". Que
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exhibía ciertos rasgos tan briosos como íntimidantes: desde
un comentarísmo que se montaba en USA -paralela y pro-
líferamente- con lo que se producía en América Latina. Con
varios núcleos que parecían superfetarse: el comentarísmo
adquiría tanta aceleración -geométricamente proporcional
en número--, como cualitativamente triunfalista. Dicho de
otra manera: incondicional. Apologético. Diría más: crítica
acrítica. Condescendiente por bonachona (e incluso ¿culposa
con motivo de interpósitas exacciones?) . Que, además, .rei-
vindicaba -mejor dicho: exaltaba- ciertos componentes: el
primero, me parece, la autonomía indiscutible de la literatura
(dos discr~pancías allí, por lo menos: de lo "indiscutible"
amagaba con llevar de guardaespaldas nada menos que una
suerte de principio de autoridad. De discusión cerrada. De
que sobre eso ya se había dicho "la última palabra". Y,
como se va sabiendo, la última palabra sólo es privilegio
macabro de los que empiezan su propia muerte. Y en lo que
hace a "autonomía" de la literatura, confieso que ese énfasis
apenas sí me hacía meditar en la autonomía de Puerto
Rico) ... Presentía, entonces, comenzaba a presentir que la
nueva narrativa de América Latina en Jos Estados Unidos,
en tanto comentarísmo segregado por una zona guética con
sus privilegios, sofisticaciones. sc!cdades, sutilezas, aisla-
mientos Y contradicciones, prOducía -en general- una
crítica in vacuo. Un curio"so "masoretismo" que si de ida
desconocía las condiciones concretas de producción de la
narrativa en América Latina, de regreso (en una suerte de
aerodinámica fragmentación de la división del trabajo) He-
gaba -a través de eso que alguna vez fue llamado "barbarie
del especialismo" o travail en miettes- a la práctica proli-
ferante, exaltada, excluyente y hasta monopólíca de la mi-
crocríticu. Que si resultaba legítima al trabajar con texturas
y entramados minuciosos, iba desvaneciendo cualquier po-
sibilidad de síntesis y de comprensión global. Del sentido
fundamental tanto de la novela como de la crítica, Con otras
palabras: del cómo y del dónde y del porqué y para quién
de la novela en América Latina. Del cómo y del dónde y del
porqué y para quién de la literatura. Y, en último análisis,

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del cómo y del dónde y porqué y para quién de cada uno de
nosotros mismos.

Cuerpo unidad, no colección

Pero a medida que me interno en estos "pareceres" en


torno a la narrativa de América Latina, voy presintiendo que
debo esforzarme más aún en una tensión de ecuanimidad. En
el cabal avaro (del discurso de Stanislavsky hacia su grupo)
que a cada paso debía recuperar -intentar hacerlo- sus
momentos de generosidad. De donde podría inferirse: si
cuestiono las deformaciones de la microcrítica -en paralaje
con la nueva narrativa de América Latina- y su acento
enfatizado sobre el "en sí" del texto y su prescindencia del
contexto, trato de no olvidarme que la alteración implícita
en mi perspectiva, por excesiva acentuación de lo contex-
tua!, puede derivarse en un olv1do de la crítica literaria hasta
enquistarse en una "historia de las ideas" en su sentido más
empobrecido y tradicional.
Debido a eso es que siento que debo esforzarme por asir,
en el revés de la trama, otros rasgos del impacto-detonante-
espacial de lo mercantil:
En una primera secuencia, las condicionantes mercanti-
listas fueron permitiendo (con sus altibaios, "puentes", va-
cíos, puertas transparentes, retumbantes y ansiosos llamados
de socorro, letrcs puntuales e indiferibies) que los escritores
latinoamericanos pudieran ver -o entrever- la conc~·::-.::.
posibilidad de vivir de su faena. Que su trabajo fuese recon-
siderado no ya como una efusión del espíritu ni como una
emancipación de sus esencias (ni como un pasatiempo domi-
nical o veraniego, ni como un pecado solitario, ni decoración
de almas bellas, ni como una coquetería o una afectación
más o menos sospechosa e inocua). Decíamos mercado. Y
ahora decimos trabajo. Trabajo intelectual pagado (novedad
que tradicionalmente en América Latina era vista como un
escándalo, un abuso de confianza o una suerte de infracción
ontológica. Porque que un escritor hablase de dinero o, sim-
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plemente, insinuara algún aden1án tan subrepticio como
elocuente, era considerado un lapsus o una obscenidad) .
Sigo palpando esa secuencia (en el otro extremo del
circuito) y advierto un elemento concomitante: la difusión de
esos textos. De esa producción que empezaba a ser conside-
rada y ponderada concreta, materialmente. Fenómeno legí-
timo en sí pero que, en sus etapas subsiguientes, fue segre-
gando algo (a lo que ya aludí de paso y que, ahora, siento la
necesidad de intensificar): la respuesta de la crítica. Matice-
mos: de algunos sectores de la crítica. Que se fue tornando
pululante hasta el grado de comentarismo múltiple. Coagu-
lándose en la multiplicación de los panes (con vino bauti-
zado) en las tesis. Las tesis doctorales. Las tesis universita-
rias que promovió la emergencia de la nueva narrativa de
América Latina. Que llegó a transformarse en constelación.
En estampida desenfrenada (edificante y considerable, si
cabe), promovida y apadrinada por impetuosos y desbordados
aprendices de brujo. Más allá de sus propios planteas, pro-
yectos y realizaciones cabales: en una suerte de sistema solar.
En fetichismo. En "tesidolotría".
Y mi avance -si existe- se esfuerza por no ser lineal
(aunque el tiempo y el espacio acordados a estos "parece-
res" sean, lógicamente, relativos, relativizados. Quiero decir:
necesaria e ineludiblemente restringidos). De ahí es que,
bruscamente, ese fenómeno que me animo a llamar utesi-
dolotría" se nexe e interactúe con otro; el bestsellerismu.
Que si en un ademán hacia atrás me recuerda a un precursor
-Hugo \V2st- imbatido aún en ese seudopodio, idolizado
y fláccido que es el traduccionismo poli/ingüe, al mismo
tiempo -hacia adelante y, sobre todo, hacia los costados-
me insinúa ciertos "nudos" como el competitivismo, la pro-
ducción én serie (con ciertos previsibles y lamentables dete-
rioro~ en la "peculiaridad" elaborativa de los textos litera-
rios)', y la inesperada y gloriosa aparición de nuevas novelas
en América Latina en los supermercados (como indudable
síntoma de gana/pierde, búm/crash, emergentes/sumergi-
dos, especificidad/homogeneización, producto singular /ca m-

26
balache, países del tercer mundo/áreas metropolitanas que
han ido impregnando y definiendo mis pareceres) .
Que velis nolis (como gangoseaba mi paciente y benemé-
rita profesora de latín) va instaurando una suerte de punto
norte en mi deriva-brujuleada. Una especie de estrella polar
(y valga el flatulento juego de palabras) : ese star system del
que renqueó notoriamente este asunto de la nueva narrativa
de América Latina. Ese "vedetismo", como solía decirse
-mucho antes de los 60- en los teatros independientes de
Buenos Aires. Ese protagonismo ad nauseam (como lo cali-
fican actualmente los periodistas madrileños). Ese "jorgene-
gretismo" como certera e irónicamente lo llamó Vargas Llosa
tratando, seguro, de conjurar ese oleaginoso, fascinante y fe-
roz pegoteo) . Que concluye -como en este país se sabe de
memoria- en el jolivudense y siniestro star-cult. Podio en el
que el escritor de América Latina debía concluir triunfante
y machacado.
Sobre todo, cuando advertí que la "carrera" en la que sue-
len instalarlo los ritmos de la producción en serie (esa sobre-
producción jadeante y aceitada) lo va condicionando a zur-
cir una serie de rasgos que lo emparentan -más, si cabe-.
con ese primo carnal del escritor que es el actor. Quiero
decir: si los actores que llegan al "estrellato" por lo general
deben sobreactuar para ser convincentes, algunos narrado-
res del búm debieron sobrescribir para "no perder imagen"
(otro despiadado enrulamiento de ciertos bucles de la nueva
narrati\'2 de América Latina).
Rizo :-:--::ás o menos flexioúc.0v cie todo este circuito qu-:,
a su vez, en tanto "sobre-escritura" lo relacionaba con el in-
flacionismo inherente a toda sobreproducción. Y lo que me
parece más inquietante: a lo que llamaría "acromegalia lite-
raria" de -ay- varios narradores que, al penetrar en el
recinto del star-cult, donde al escritor se le solicitaba que
actuase como objeto de culto para responder coherentemente
a las "consagraciones" y a la sacralidad propias de toda zona
sagrada, emitieron libros faraónicos (dado que conviene que
lo sacro resulte intimidante).
Y cuya connotación iconográfica se comprobaba, por lo
27
general, en las solapas o contratapas, curioso espacio pe-
duncular donde se producía un fenómeno que podría titu-
larse jotogenia transhistórica. O "inmutabilidad peterpáni-
ca": atribuible quizá a la evacuación de la historia, a que la
fuente de Juvencia reposaba en América Latina. O a que los
amados por los dioses mueren jóvenes.
Itinerario (truncado en galaxia, constelación o firma-
mento) que del "estrellató" iba emitiendo" inexorablemente
otras ondas: del star-cult y de la "consagración" se derivaba,
así, a los "consagrados". Estas sacralizaciones solicitaban, a
su vez, "super-escritores" (a los que convendría homologar
analíticamente con los mecanismos y valores de las "super-
potencias") . Y el espacio de la nueva narrativa de América
Latina adquiría -colosal y desalentadoramente- una suerte
de sistema métrico decimal gulliveriano: donde brotaban "gi-
gantes". Y por la excepcionalidad de esa acromegalia: héroe>.
"Héroes del quehacer literario". Que, imposibilitados de
gambetear su propia excepcionalidad, convocaban en su de-
rredor no ya lectores --o críticos- sino parroquianos. Ge-
neralmente incondicionales. Que establecían, recíprocamente,
todo un circuito arriba/ abajo. Que, en sus más sensacionales
y desoladores vaivenes configuraba, a su vez, un lugar para
el escritor definido "estatutariamente" por su extraterrito-
rialidad: ya fuera en su dimensión discursiva de plegaria
(cuando se tuteaba con sus cófrades divinos mediante la
"inspiración"), o por las órdenes (cuando sus inflexiones se
dilataban y crispaban en virtud de la distante y pía actitud
que debían cultivar sus devotos).
Suma ce factores que fueron llevando a una singular
"neoteologización" de la literatura. Que -según mis pare-
ceres- reactualizaba al grado del paroxismo la valetudina-
ria peró tan persistente como central ideología de "la torre
de, marfil": con sus turrieburnismos retró, con sus monta-
ñas de oro, sus libros-templo con sus "pórticos"," con sus
escritores aquilinos, Aconcaguas, monumentos, Orinocos,
cóndores, Bolívares, andinos, condoreiros.
Con otros términos: en las zonas más triunfalistas y con-
vencionales de la nueva narrativa de América Latina volvió

28
a instaurarse el modelo del escritor del siglo XIX: revivals
victorianos, teologismos dominicales, cofradías "suplemen-
tarias", divinidades hebdomadarias. Fetichismo, en fin. Por·
que si en esos años del búm literario y de vacío político
(adscripto, me parece, como decía, al desarrollismo y a las
tecnologías inherentes, civiles o militares), si los políticos
fueron "literalizados" y los escritores "politizados", el tra-
dicional y fangoso culto a la personalidad (política) pareció
desplazarse hacia el culto de la personalidad (literaria) .
Tratando de sintetizar los datos más penosos del proce-
so: la creatividad literaria (y la lucidez crítica) degradándose
en filisteísmo. En complacencias espolvoreadas de bibliogra-
fías y en complicidades maquilladas al sintagma. Y me se-
creteo: complicidad o terrorismos críticos. Otro dilema en el
que me niego a dejarme englutir.

Un poeta siempre está en otra parte

Pero, mirando más de cerca. Poniendo a foco. Focalizan-


do: el eje del enunciado de esta reunión es "Nueva Narra-
tiva Latboamericana,. ¿Sea? Sea. Aunque si se-desmontan
los tres componentes de este título quizá se avance un poco
más: 1) "¿Narrativa?" Como núcleo sustantivo me parece
el más nítido. Por su verificable densidad como común deno-
minador del proceso. Entendiéndolo, desde ya, en su mayor
latitud, puesto que involucraría desde los cuentos de Borges
(c;nien. que se sepa, jamás desbordó los imprecisos caracte-
res del relato breve) hasta la franja más específica de la
novela en tanto tal. 2) "¿Latinoamericana?" De acuerdo.
Dejando momentáneamente en suspenso el elemento ideoló-
gico -a discutir- del "latinoamericanismo", y compren-
diendo, por supuesto, en este rubro geográfico pero esquivo
al Brasil, Haití y las Antillas. De acuerdo, repito. Pero 3)
"¿Nueva?" ¿Nueva narrativa? Del tríptico denominativo es
el que me resulta más problemático (por lo menos a nivel
nominalista) . Y no es que el nominalismo me quite el sueño,
pero trato de saber de qué estoy hablando. Porque, puede
29
ser, que lo de "nueva", "nuevo" en tanto novedad, cosa no
conocida, haya sido sobre todo para España (o Europa en
su conjunto) y, eventualmente, para los Estados Unidos. Lo
que nos llevaría, presumo, a reconsiderar esto de "nueva
narrativa", como aquello otro de "Nuevo Mundo": nuevo,
nueva ¿en qué óptica? ¿Para quiénes? ¿Para la euro-mirada?
¿Para la metropolitana-visión quizá? Porque para los azte-
cas, por ejemplo, ¿ Tenochtitlán era nueva? ¿Para cualquier
lector más o menos en el Buenos Aires muy anterior a los
60 -por ejemplo- Juan Carlos Onetti era "nuevo"? ¿O
correspondería echar mano -prosiguiendo quizá con un
argumento que, por lo menos, me parece tan trajinado como
equívoco: el de que los aztecas "se descubrieron america-
nos" a partir de los ojos de Colón? Correlativamente, me
interrogo: ¿Juan Carlos Onetti "se descubre" como 7wevo
por obra y gracia de la pupila metropolitana?
Quizá valdría la pena introducir aquí esa otra variable
que se trenza, muy finamente, entre la figura de los "repre-
sentantes o agentes literarios" y aquellas revistas ii la page
(de tapas tan barnizadas como horteras y cuyos verdaderos
"textos" se posaban en los márgenes o en los ángulos de las
páginas, adoptando un aire, entre solapado y pertinente. de
"nada-más-que-un-aviso") .
"Nueva", vuelvo a preguntar: ¿Nueva narrativa? ¿Quiere
significar, acaso, producida por jóvenes? García Márqucz.
Vargas, Fuentes ... Puede ser. Sí. Pero, ¿Borges, Carpentier.
Lezama Lima? Sin faltar --como también se dice en Espa-
ña- de nuevos: nada. Ni juventud ni desconocimiento. ln-
cluso, sus obras claves eran muy anteriores a la culminación
del búm en la década de 19()0.
¿Qué factor juntaba, entonces, a esa lista de nombres tan
imprecisa por exceso o por defecto? A esa especie de mar-
:'quesina espectacular con focos de colores tan diversos, ¿qué
la unificaba o, por lo menos, aglomeraba? ¿Cuáles eran los
comunes denominadores, los rasgos similares que los agru-
paban?
Frente a esas interrogaciones, me parece razonable (y

30
deseablemente fructuoso) echar mano a ciertas categorías
mediante las cuales se pueda sugerir una respuesta:
a. ¿La nueva narrativa de América Latina puede ser
considerada como una generación? (para apelar a una in-
flexión considerable, inflacionada hasta convertirla en cate-
goría dominante por orteguianos y secuela). Parecería que
no: ni por la razón más obvia de las edades tan diversas (a
las que acabamos de aludir), ni por la homogeneidad en la
formación literaria y cultural (aunque haya coinciden<;ias
parciales), ni por la frecuentación previa en esa "pedana de
ensayo" (que siempre han sido las revistas literarias -para
no abundar, repito-- en América Latina), ni por Jos desti-
natarios de sus polémicas (adversarios estéticoideológicos
comunes a los que había o hubiera que haberles disputado
cierto espacio cultural en tanto detentadores o monopoliza-
dores previos), ni por influencias semejantes (salvo las tan-
genciales -tangenciales: episódicas digo- provenientes de
la novela norteamericana o de la llamada nueva novela fran-
cesa), y -mucho menos- por ese ingrediente decisivo en la
articulación de un proceso generacional que es el liderazgo
individual, catalítico, generalmente como "animador", de
una persona en particular.
b. ¿Escuela, acaso, la nueva narrativa de América Lati-
na? Menos aún: porque si utilizamos esta "categoría opera-
cional", la falta de liderazgo generacional se torna aquí en
carencia del "maestro'' más o menos admitido como eje gru-
pal o como punta en la vanguardia (o como lo que, en cier-
tos análisis críticos, se llama "jefe de fila"). No "maestros'·.
entonces. ni proclamas ni manifiestos ni borradores de pro~
gramas o proyectos más o menos uniíicadores.
c. ¿Capilla quizá si es que los dos rubros anteriores
parecen demasiado extensos? Tampoco. Mucho menos, diría.
Porque si algo define a las llamadas "capillas" son, casual-
mente, esos espacios comunes, ~ecretos, casi clandestinos.
donde se celebran ritos en jergas literarias de in,iciados. Y
con la Nueva Narrativa de América Latina, la posible "ca-
pilla" no ya que careció de catacumbas o de criptas (o de
"santos lugares" hacia donde peregrinar hasta alguna tumba
31
reverencial y compartida en contraseña), sino hasta de algún
modesto pero entrañable café (donde, por lo menos, podrían
haberse compartido renccres rotundos, devociones cuchi-
cheantes, intercambios de consignas o condecoraciones esoté-
ricas, vehemencias, deudas, espiroquetas, o acreedores, ira-
cundias o sillazos mitológicos. O calumnias en desdén o en
réplica). No capilla, por lo tanto.
d. Si propongo la idea de movimiento (más entre litera-
rio e ideológico, más difuso incluso), advierto que no sólo
falta "todo lo previo" (visualizable especialmente en el mo-
mento de]¡¡ negatividad pura) sino que las producciones son
distantes en términos geográficos, o -en su posible rempla-
zo-- las correspondencias anteriores también faltan.
De ahí es que vuelva a resonarme el eco de un tango-
parodia que escuché, allá por los sesenta, referido a este
asunto que nos trae: "Los amigos que el mercado me pro-
dujo ... " Descripción lunfarda que, por lo menos vamos
viendo, ni es peyorativa y mucho menos exclusiva de la nue-
va narrativa de América Latina.
Al fin de cuentas, se aludía en ese tango acalambrado
-sin cortes ni sentadas- al factor mercantil (prioritario
pero no excuyente). Que, además, al operar con valores aisla-
dos, previos y hasta heterogéneos (donde, casualmente, el
"valor personal" se rescata al máximo), funciona como ca-
talizador. Lo que me llevaría a adelantar: la nueva narrativa
de América Latina se me aparece, en principio, como un
momento catalítico con predominio mercantil.
Y lo catalítico no sólo "junta", sino que "eleva": lo que,
prosiguiendo esta parte del discurso, me lleva a C:escribir a
la Nueva Narrativa de América Latina como emergente.
Y en tanto "emergencia" catalizada, la Nueva Narrativa
de América Latina surge y se desplaza no sólo con un núcleo
más densificado y con un considerable grado de homogenei-
dad, sino también rodeada por sucesivos círculos concéntri-
cos: que, como una suerte de halo semántico, dibuja visue-
lizaciones, prioridades, flecos, rezagos, sincronizaciones,
coagulados, espesores y coloreados en graduación y espectro.
Ojalá vaya bien orientado en ese intento: porque si, por

32
lo menos, trato de asir el "foco", lo más denso, el núcleo de
la Nueva N arra tiva de América Latina advierto que se me
escurre. Y lo presiento tan inasible que se me ocurre formu-
lar (también provisoriamente): la nueva narrativa de Amé-
rica Latina es una metáfora. Y por su ágil, sutil y oleaginosa
manera de escabullirse, su "centro" se me convierte en una
especie de·fondo de metáfora: inalcanzable.
Tanto es así que si en varios momentos anteriores --como
en una suerte de polifonía o intertextualidad- presentí
algunos ecos, en esta inflexión de mi tentación se me insinúa
(como un parentesco en letra chica) la idea del Poder: es-
curridizo, inubicable también, sobre todo cuando la estruc-
tura que se intenta asir ha alcanzado tamañas dimensiones
(como --creo haber leído-- les ocurrió a un grupo de per-
sonas que "tomaron" el edificio del Pentágono presupo-
niendo que así habían logrado agarrar el Poder; y su per-
plejidad fue desalentadora cuando comprobaron que si
"dominaban" todo ese gigantesco edificio y su estructura, el
Poder no aparecía por ninguna parte) .
Consiguiente con esa tentativa por describir el "nudo"
de la Nueva Narrativa de América Latina y a partir, preci-
samente, de la idea de un "foco" central rodeado por una
serie de círculos (como el anillo dé Saturno: ·con zonas, bri-
llos y satélites), me remito y hasta fijo en la idea de círculo.
Que si bien poco podría servir como otra categoría eficaz-
mente descriptiva, porta consigo la de repetición. La de autis-
mo. Y la de declinación, proceso viciado o enfermedad pro-
gresiva (dado que yo no sé de "círculos virtuosos").
Diagrama de circularidad que, al remitirme a varias
formulaciones de la nueva narrativa de América Latina como
"obras abiertas", no sólo me lleva a comprobar su "cerra-
zón", sino que me subraya (o confirma) otra de las razones
o linfas más internas, corrosivas y secretas de la clausura de
ese itinerario: del búm al crash.
Sobre todo que esas dos puntas de las que ahora intento
su retoma me rebotan como una pareja que, permanente-
mente, fue connotando este proceso (en especial, a lo que
hace a emergente/sumergido; a voz prevaleciente/afonía).

33
Diría, digo, estoy diciendo: la ideología del "éxito" ("fra-
caso" en su revés de trama) que iba impregnando borrosa
pero empalagosamente tanto la zona del núcleo y la más den-
sa, hasta deshilacharse hacia los anillos, nebulosas y asteroi-
des. Ideología triunfalista que operaba con el arriba/ abajo
-de que hablaba- afirmándose y hasta dogmatizando o
sustancializando el "buen gusto"/"mal gusto", como para
corroborar, nuevamente, su desdén por la historia, la relati-
vidad de los valores, los desplazamientos del epitalamio o
del folletín, o de la bondad y de la maldad (y hasta de la
precariedad o momentaneidad de los eclipses culturales, de
las culturas "condenadas", de los "destinos manifiestos", de
los "géneros heroicos" o plebeyos) . De la vigencia/ ocaso del
rapé o del shimmy. O, mucho más cerca de nuestro andari-
vel: los avatares padecidos desde !930 -para no extender-
me- por el cenit de un "caballero de las letras" como
don Enrique Larreta o de la debácle de un "atorrante de la
novela" como Roberto Arlt.
Es que (y creo que este es el lugar más indicado para
decirlo) fue esa cierta crítica a la que aludimos -en para-
laje "vampirista" e "infalible" respecto de la nueva novela
latinoamericana- la que parecía requerir, quizá por su
coraza/ debilidad más honda y vacilante -de las certezas,
pectorales, coordenadas y arúspices que suelen emitir los
ademanes ahistóricos. Más grave aún porque derivados en
transhistóricos concluyen en la instalación de absolutos. Poco
a poco: antihistéricos. Y, paulatinamente, al privilegiar cier-
tas mediaciones, en monopolio: con sus arcángeles, bulas,
catecismos, catecúmenos, papabiles, novenarios, sacrista~
nes, exvotos, presbiterios, serafines, virginidades, breves,
reliquias, excomuniones, conciiios y tedeum laudamus. Y lo
más lamentable (ineludible quizá) : beaterías, pontífices y
dogmas.

D de la redondez de la tierra
Ahora bien, si la nueva narrativa de América Latina
puede ser entendida como un emergente, en tanto estructura

34
grupal condicionada prioritariamente por lo mercantil, pre-
supone una mutación. Un salto cualitativo. Carácter que me
solicita operar con la literatura latinoamericana leída como
un discurso corrido e interpretada como un continuo.
Continuo que, a su vez, nos remite a otros "emergentes"
de la literatura de América Latina en su conjunto (en fun-
ción de los cuales, me parece, se podrían establecer ciertas
homologías y diferencias que aclarasen esta tentativa). De
ahí es que proponga:
En primera instancia, refinar y operar con la categoría
de emergente (entendida como mutación).
En un segundo momento, verificar la operatividad de la
categoría continuo, intentando ubicar (en la diacronía que
eso presupone) a la nueva narrativa de América Latina vista
como un "privilegio coyuntural" confrontado con "otros des-
plazamientos de privilegios" (con referencia especial a los lla-
mados "géneros").
En una tercera inflexión, plantearse la comprobación (en
referencia al "continuo" como longitudinal y a los "emergen-
tes" analizados como "momentos calientes" dado su espesor
y dinamicidad) de los contingentes aportes de la nueva na-
rrativa latinoamericana.
Entonces: 1) si llegamos al acuerdo de que un emergen-
te literario implica una mutación (y ésta, en consiguiente,
un salto cualitativo), prop_ondría que nos restringiéramos
-por abora- a la secuencia de la narrativa de América
Latina. Pensando, a la vez, en la totalidaó de los textos de
un solo autor como texto corrido y en la globalidad de la
narrativa latinoamericana como un discurso único. Sería,
entonces, cuando lo de Nueva se iría aclarando en su ca-·
bal connotación. Pues, entre otras cosas, iríamos viendo el
humus, lo previo, la "acumulación" anterior (o la parte del
iceberg que no emerge). Algo similar a la secuencia que se
extiende desde Jos "decembristas" de 1825, pasando por
Herzen, el popuulismo, Bakunin, Plejánov, 1905 -con sus
precursorías, premoniciones, desastres, tanteos y acumulación
de descubrimientos y frustraciones- hasta "saltar" a 1917.
(Al fin y al cabo, sin los dekabristas, Lenin no se entiende.)
35
Sobre todo, me supongo, que lo que tradicionalmente se pone
bajo una sola sigla, NNLA (se sabe: por lo convencional, la
urgencia, Jo periodístico o el veloz recurso pedagógico) se
iluminaría, desde dentro, en términos de recuento de esa pro-
ducción.
Borges -para tomar un ejemplo muy considerable de la
NNLA tout court- sería descrito, analizado, gozado, eva-
luado, paladeado y situado (pero, antes y por debajo y a los
costados --con sus aciertos, fatigas, deslumbramientos, tan·
teas, correcciones, caídas y saldos finales- al anexarlo en
vaivén con el cuento fantástico de Lugones, la antinarrativa
de Macedonio Fernández, la frontera uruguayo-brasileña de
alguien tan ninguneado como Enrique Amorim o el aparente·
mente tan distante --quizá por "teatral"- Guapo del no-
vecientos de Samuel Eichelbaum) .
2) a ese "texto corrido" (centrado en la narrativa)
contrastarlo -y valga el ejemplo anticipado del guapo bar·
giano y esquinero con el de Eichelbaum -en sus impregna·
ciones e intertextualidades con otros "géneros" (como la
poesía y el teatro), palpando -por lo fino-- especificidades
"genéricas", pero también Hvasos comunicantes" atípicos.
Así, por ejemplo cuando el texto de una aventura de García
Márquez, Arguedas, Rulfo o Roa se "ralentan" en un moví·
miento similar al de una rueda de auto que empieza a girar
no en avance sino sobre el mismo sitio, producen -como
por condensación, exacerbación, "demora" o regusto en una
palabra- una entonación poética (que se va resolviendo
como aventura del texto).
Lo que nos llevaría -con esa terquedad inherente al
apasionamiento productivo en la crítica- al intento de
demostrar que si "la poesía" (entendida en la compartimen·
tación escolástica tradicional o en la neotropología) fue un
espacio privilegiado hacia el 1900 rubeniano o con los van·
·guardismos de los tuentis o por el modernismo brasileño
alrededor de esa misma década, hacia el 1960 los "privile-
gios genéricos" (con sus aportes, recursos y renovaciones ya
acumulados) se desplazan de andarivel para ser re-elabora·
dos, actualizados y potenciados por la NNLA.

36
3) intentar el diseño de las diversas "condensaciones ge-
néricas" (rubenismo, vanguardismo, etc.) en su inter-rela-
ción con los momentos históricos "calientes" donde se con-
textúan: así, a título de ejemplo, plantearse la "recuperación
de ese pasado utilizable" (mediato o inmediato) elaborado
por un Ezequiel Martínez Estrada desafiado por el Martín
Fierro o por un Ángel Rama (dramáticamente provocado por
Daría en sus refracciones y condicionamientos del moder-
nismo con el "apogeo de las oligarquías liberal-positivistas"
sobre el final del 1900).
Incluso, extremando detalles a través de esos itinerarios
borrosos y fascinantes a lo Alicc: desde la biblioteca que lee
Daría en Chile hasta la casa de Balmaceda y los visitantes
de Balmaceda -entre otros, nada menos que el coronel Cor-
nelio Saavedra, "pacificador" de los mapuches-, el origen
de la casa de Balmaceda. Provocativamente: interrogarse si
el modernismo de Azul -como más notorio y refinado pri-
vilegio-- en último análisis, no está financiado por la guerra
del Pacífico (así como cuando contemplo, o le señalo a algún
turista devoto y fraternal, las "grandezas" del Escorial escu-
rialense, no puedo menos de oír otro eco: éste, el que pro-
vocaba hacia el tintineo de talegas el tránsito de la barra en
seco remitida desde la "miseria" andina). Quiero decir:
¿nos enternece la palabra dialéctica? Pues, dialecticemos
(esto, si ciertos vehementes halcones de USA tocan el "cielo"
con sus cohetes, ¿acaso el "infierno" correlativo no está en
los socavones de Catavi y en otros agujeros?). O politizando
a Bachelard: ¿el "tejado" del rubenismo, no escamoteaba su
"só~.?.no" en 1as salitreras? Y así, ¿no puede que se 1leguc z
considerar que, literaria y espacialmente, el turriburnismo
1900 silencia su antítesis (y de la que, oficialmente acalla o
atenúa su voz) en Barranca abajo o en Los de abajo? ¿O que
El hombre de oro modernista, no valdría la pena re-leerlo
sobre el fondo de la Moneda falsa anarconaturalista? O, por
ventura, ¿no ha llegado el momento en que toda una versión
canónica y canonizada (y por momificada previsible y asép-
tica) sea puesta totalmente en cuestionamiento para ver, si
por casualidad, releyendo por los rincones silenciados. no
37
nos resulta más contemporáneo, dramatizador, entrañable y
legible hasta por su "locura" (lire: délire) un Flores Magón,
un Rafael Barret que el mismísimo Darío?
Al fin de cuentas, la ley de la caída de los cuerpos no son
éstos quienes la formulan, sino que se acoquina en los már-
genes para que una crítica que se pretenda tal (en tanto glo-
balizadora y no ritualista ni hierática ni conservadora de "te-
soros" y museos) la advierta, reubique y hasta anuncie.
O quizás, el seudónimo sobrecargado de pédigres y endo-
mingado en óleos -'"Rubén Darío"- ¿no condensa el sí/no
posible que exhibe en primer plano, pero escamotea por los
márgenes la clave de su producción?
Y ya que de seudónimos hablamos -y retomando los
textos como condensaciones referidas a momentos calien-
tes- D'Halmar, Neruda, Rokha, Alone, Mistral (para no
remontarnos a jotabeche), además de inquietante secuencia.
¿no establece capilaridades fundamentales entre Tala -por
ejemplo-, las implicaciones vegetales y mutiladoras, la dis-
conformidad con los nombres paternos -y sus obvias pater-
nidades-, además de con la mujer chilena, la mujer en
Chile y el escritor de ese mismo país? Pregunto -y los ami-
gos chilenos quizá me ayuden- ¿no habrá sido -no es-
siútico escribir en Chile? La escritura en Chile, ¿también es
vista como siútica? ¿Por quienes? ¿Por qué? ¿Qué es vivirse
como siútico? Como ineludible digresión: Allende, Salvador,
¿fue visto como un presidente siútico? ¿Lo vivió así también
Balmaceda? Empecinadamente: ¿Es siútico suicidarse? Y
para cerrar esta digresión nada más que con Jínea de puntos:
¿Se asesina a los siúticos en Chile? Y en América Lati-
na, ¿qué?
Pero tratando de recuperar algunas líneas mayores: si el
"memento caliente" de 1810 al 1824 se refracta, mediata-
.mente, en los textos de Bolívar, Monteagudo, Artigas o Hídal-
: go -izquierda inaugural (¿y premonitoria?) que funcionó
entonces (¿y ahorary) de vanguardia, de víctimas o de chivos
Expiatorios-, o si esa misma "calentura histórico-coyuntu-
ral" se espejea (melancólicamente pero con su espesa cuota
de legitimidad circunstancial: en la apasionante aunque ri-

3F
tualizada serie de Himnos Nacionales patrios, desde México
a la Argentina) si el otro "momento caliente" del tenentismo
y de la columna Prestes puede recuperarse -a través de
matizados, minúsculos a veces fragmentos especuladores-
en Verde-Amare/o o Macunaima, el más reciente "momento
caliente" de la revolución cubana, me parece, que no sólo
refracta su dramaticidad inaugural (sino que es uno de los
pivotes y rampas de lanzamiento fundamentales de la nueva
narrativa latinoamericana).
Porque si de bestsellerismo hablábamos con motivo de lo
más notorio del búm, en los bordes de esa especificidad
(subrayándola y negándola al mismo tiempo) reposan los
textos de Ernesto Guevara (al que también -y en qué mag-
nitudes y aceleraciones- la voracidad del mercado intentó
anexarlo: para difundirlo positiva y fecundamente -si
cabe-, pero, a la vez, degradarlo en posters, camisetas,
anillos, gorritas con visera, sin visera, mates, motes y cajas
de fósforos. En banderas, banderolas, banderitas. Y en
"orfeos y orfeones").
De la diezmillonésima parte del meridiano terrestre
A partir de toda esta larga y abrumadora trama -quizás
implacable, quizá no suficientemente ecuánime, quizá no
conformista, quizás esquemática en exceso, quizá poco pon-
derada, desordenada y repetitiva, quizás irritada e irritante
(pero en el entendimiento de que toda crítica tiene mucho
de test proyectivo y que, en su trayectoria de bumerán, final
e ineludiblemente me involucra a mí mismo, hasta trocar su
circuito en autocrítica), quizá podamos llegar, finalmente, a
los aportes que me parecen más fecundos de la nueva narra-
tiva de América Latina. "Nueva" connotada aquí no en sus
implicaciones cronológicas o generacionales, sino en su élan
renovador, cuestionador, heterodoxo, sabroso, refrescante,
inédito.
Sin embargo, se me aparece ahora la necesidad (como
umbral entre una zona y otra) por lo menos de un par de po-
sibles im-precisiones: decíamos -dije- 1810/1824 -Bolí-
var, rubenismo, naturalismo teatral, vanguardismo de los
veinte. Una suerte de longitudinal con sus flecos y ramifica-
39
ciones (prolongables hasta el indigenismo, la gauchesca, el
nativismo y la poesía negra) con sus contribuciones par-
ticulares, densificaciones, desvanecencias y aditamentos.
Pero, sobre todo, con su acumulación. Desde ya: mediante
aciertos, emergencias, avances cautelosos, tachaduras, des-
aguaderos, páramos episódicos, afluentes, contaminaciones y
síntesis que desembocan en arborescentes y complejos, abi-
garrados o intimidantes deltas. Toda una suerte de or-o-
hidrografía: el latinoamericanismo. Y digamos, de momento,
que es una potenciación y actualización de lo bolivariano, de
lo martiano (en inflexiones aparentemente incuestionables),
o del vasconcelismo y hasta del aprismo (en entreactos hacia
los veinte inaugurales y, hoy, taciturnamente gambeteados o
agresivamente descalificados) . Pero que, de cualquier ma-
nera, trazan una constante. Una obsesión, del 1810 al 1980.
Que, con todos los altibajos y contradicciones que se quiera,
colorea nítidamente (y en diversas paletas, con tonos "fríos"
o en "tierra", con procedimientos puntillistas o a la brocha
gorda) la Nueva Narrativa de América Latina.
De ahí es que convendría remarcar con una tilde, al
menos, yue ese latinoamericanismo ha sido -y es- princi-
palmente una "ideología de intelectuales", de escritores: de
Camilo Henríquez a Monteagudo pasando por Vicuña Mac-
kenna, o por los consagrados/arrumbados Gómez Carrillo,
Santos Chocano, Blanco Fombona (con su inmemorable
desperdicia en librerías de viejo y precursora "Biblioteca Aya-
cucho"), y de nue1·o Vasconcelos y el primer Haya. E Inge-
nie ces y Soto Hall y los Henríquez Ureña.
Desde ya, con sus implicaciones, nopas, filtraciones y
estratificaciones políticas y militares: desde Sucre a Ca-
milo Torres y Ernesto Guevara (entre mantuanos o arielis-
tas o hacia el sandinismo), intercalándose -por lo menos-
en Pétion, Felipe Varela, Charlemagne, Péralte, Arévalo y
.Arbenz.
Y porosidades, ósmosis y contaminaciones económicas y
mercantiles: desde ciertos artículos borroneados en el Con-
greso de Panamá, al Mercado Centroamericano, pasando por
las dos intentonas fracasadas en Yungay o en Chorrillos de

40
confederar a Perú y Bolivia, a los contradictorios y tercos
esfuerzos de Morazán. O muy aquí no más aún: la latencia
demora pero vigorosa de la OLAS.
Sobre todo, que los componentes anteriores (en vertigi-
nosos conflictos con federalismos, oligarquías lugareñas,
pretensiones hegemónicas de las -digamos- "metrópolis
locales de sustitución") exhibían en el otro extremo del es-
pectro diversas pretensiones más densas, actualizadas, teori-
zadas y potentes que blandían no ya machetes o tacuaras,
sino sólidos y elocuentes krúpp, "destinos", cañoneras y
Teodoros. Y también (también) curagaos, Leopoldos o Maxi-
milianos profusamente barbados, renovados y caballerosos
almirantes frente a Valparaíso, las Chinchas o El Callao,
delegados de inquietos y exigentes "debenturistas", de ma-
cizos guillerminos y hasta inobjetables bálticos. . . Todo Jo
cual condicionó un latinoamericanismo expresamente litera-
rio que -en virtud y en "pecado" de las diversas coyuntu-
ras- se coloreó con Viscardo y su premonitoria Carta (re-
filada por ese jesuitismo intelectual y pre-revolucionario de
fines del siglo XVIII, que parecería -ojalá- que a fines del
siglo xx se repite en su precursoría y en su exilio), que se
pobló con Bello de Mavortes y de Janos (y de inaugurales,
premonitorios maíces y nahueles) , o a través de Rodó, fini-
secular y casi colorado (en Olímpicos, espiritualistas, pero
indignados apóstrofes y motivos), con Mariátegui (entre cru-
ces y eianes refinó el indigenismo hasta acertar con ese siete
cabal y caba1ístico que si hacia la Lima de esos años se rodeó
de ensayos, haci2 el río de la Plata se crispó exacta y signifi-
cativamente en el mismo número de locos).

Rescate: hasta tocar la pared de olivetti

Y esta trayectoria zigzagueante, agresiva, entrañable, des-


flecada ó en mengua o soterrada -a través de sus numerosos
meandros- me lleva al desemboque donde reside la persona
a la que prefiero comentar por sus más densos, refinados,
sofisticados aportes -en constantes cucstionamientos y dis-
41
conformismos- en el contexto de la nueva narrativa latino-
americana: Cortázar. Julio (quizá por un vago compadraz·
go, quizá por estimarlo paradigma de emergentes, a lo mejor
porque se trata del que algo más conozco, eventualmente
porque sea -por porteño, argentino, barrial, egresado del
"Mariano Acosta"- algo así como un primo carnal frente al
que mayores discrepancias emití públicamente).
Sobre todo, que de Bestiario a la Rayuela o al Tal Lucas
el interjuego entre el humus -nivel- ideológico, mucho
más extenso y compartido con el ritmo de la "lengua". per-
manentemente me remite al emergente -en el ni\'el otro-
de su poética y su "palabra" (a través de ese entramado tan
espeso, alucinante, elaborado, movilizador y complejo y es-
pecialmente arduo de las llamadas mediaciones).
Nivel ideológico/nivel poético. Lo natural/lo desnatura-
lizado. Lo dado/lo puesto. Langue/Parole. El humus/la
emergencia. Los continuos/la diferencia. Los comunes deno-
minadores/lo individual. Lo determinante tan enorme/la
libertad tan de resquicio. La acumulación previa y "hereda-
da" /la novedad como producción privilegiada e intercam-
biable.
Cortázar. Julio. Como verbi gratia: permanentemente
tironeado entre esos polos quizá cada vez más crispados y
exigentes: de ahí que por intermedio de Cortázar y sus tex-
tos -es lo deseable- pueda aislar algunos aportes de la
nueva narrativa de América Latina.
En primer Jugar, como trabajosas, cotidianas, desgarra-
das hasta concretarse en esa sagacidad, en ese ''Ya está''.
O "No la toques más" que va borrando tanto las huellas del

¡
bastidor como ia sombra de la mano. Que yo, entre llamar
"milagro" o "síntesis", opto por la menos sacra (y quizá,
quizá, más pedante). Otro eco; síntesis milagrosa. Acorde-
mos: El perseguidor, La noche boca arriba o Bestiario . ..
1 A "síntesis milagrosas" habíamos acordado. Quizá tam-
bién se me ocurre ahora- bricoliages. Sobre todo hablando
de Cortázar que, alguna vez me parece, insinuó que toda
J cultura en síntesis es bricollage.Y nada menos, desde el
1 arranque. entre Boedo y Florida: esos dos términos antité-

1 42
ticos y entrañables, entre abrazo y puñalada. O, si ustedes
prefieren, entre lo que se desplaza, navega y se ahinca desde
la narrativa porteña, la argentina, y me supongo fluyendo
-entre Scilas y Caribdis apunados, marañones- por Co-
chabamba, Arequipa o hacia Manaos hasta llegar, surcando
Cartagena o Port-au-Prince y las sabanas, hasta Sonora o
Monterrey. Con muchas menos palabras: la síntesis más le-
gítima y feraz entre Borges y lo que colea de Arlt. De Roberto
hablo (pero, quizá, podría hablar de entre Vargas o de Ar-
guedas; o de entre Revuelas y de Rulfo) .
Así como muy al comienzo de Rayuela, ya se anuncia, un
ademán bastante parecido entre Levi-Strauss (y sus univer-
sales) y ese grumo fenomenal, folklórico y tan particular que
es el bonaerense César Bruto.
Correlato: no ya el modelo de Lévi-Strauss y César Bru-
to en su apertura, sino ese otro más interno y decisivo que
recrea de un lado y del otro, cuando Cortázar realiza su viaje
a París ("viajado" por toda una acumulación de mitologías
parisinas que se habían ido superponiendo desde la balza-
ciana de Sarmiento hasta el recuerdo de Güraldes) a partir
de su "tierra rayuelina" hasta el "cielo espiritualizado" a lo
galo.
Porque Cortázar se entrecruza -fértil pero no casual-
mente- con el itinerario inverso, trazado desde la Escuela
Normal Superior y su "espíritu", del Régis Debray de los 60
hacia el Camiri terreno. Abrevianiio: el despegarse de Cor-
tázar de la materia bárbara para espiritualizarse en el cielo
civilizado y parisino (en conjuro de la Buenos Aires "toma-
da" y tan carnosa, en dirección hacia ese empíreo europeo)
precisamente cuando el normalien pa:·adigmático. luego de
atravesar ((la frontera malrosiana", necesita con urgencia la
carnosidad "bárbara" y muy vívida de América Latina (a
través de la mediación cubana).
Pero Cortázar: en ese interjuego América Latina/Europa,
carne/espíritu, tierra/cielo que diseña el espacio lúdico e
inaugural cortaziano, verifica lo "paradisíaco" de París jus-
tamente cuando los Jehová más galos empiezan a denunciar
ese cielo y a descubrir su deterioro y privilegio en virtud de
43
Jo expoliauo en otras partes: del tercer mundo y de América
Latina.
Cortázar, entonces: que sí venía -a través de ese nú-
cleo esencial que se llamaba Sur y de las cartas en despedida
y en conjuro hacia "mamá" y "Vicky"- rizando su cielo de
Rayuela en paraíso parisino como linfa más o menos secreta
(y en continuidad con la Civilización de don Domingo Faus-
tino Sarmiento), empieza a presentir no sólo que ese cielo
París, esa "torre de marfil-ciudad" además de bonapartista
y humillante, tenía demasiado de fachada turística y pequeño
burguesa (para ciertos argentinos y latinoamericanos) sino
que, además, la "barbarie" enunciada en el Facundo se le
corría de significante y empezaba a convertirse en el otro, en
los otros: sumergidos, gauchos, desdeñados, ninguneados,
paraguayos, humillados, indios, liquidados.
Y Cortázar lo intuye: no "civilización y barbarie" de la
formulación liberal-romántica, sino "civilización" o barba-
rie" del liberalismo positivista y darwiniano. Lo copulativo
se había tornado en disyuntivo. La considerable e inaugural
búsqueda -también- de síntesis del rom2nticismo prag-
mático (en la oposición y en el llano) se les había trocado
en condena y exclusión. Y hasta la pedagogía en genocidio.
Y esa intuición desarrollada o aludida en la narrativa poste-
rior de Cortázar es otro aporte mayor. Y lo rescato.
Porque con "otros" humillados que, en el sexo se llama-
ban mujeres y, concretamente, en la novela de la Amalia a
Don Segundo habían sido o sacralizadas en sus "2ormitorios-
hornacina" o violadas entre los "maizales-ciénaga", cosifica-
das por la adoración o por la violencia. la síntesis cortaziana
consistió aquí en dialectizar coloquialmente lo que siempre
en la narrativa se había resuelto -coagulando- con la san-
tificación o el desprecio.
'X consiguiendo: que si la novela anterior aún padecía de
"machotes" y de "ángeles" (maniqueísmo del sexo en la tra-
dicional narrativa de América Latina) , con todo el reperto-
ll rio de personajes ocurría algo parecido. De ahí que del
¡¡ "hombre angelical" (o de su simétrica y más o menos byro-
niana versión del "maldito") héroes ambos de dimensiones

44
colosales: excepcionales, musculosos, intrépidos y conquis-
tadores, se fuera pasando. con Cortázar al "hombre sin cua-
lidades", al Chaplin o al clochard. Desteologizando, a la
vez, a Caín y a Abel.
Y si los discursos de esos tradicionales héroes (o heroí-
nas) consistían en largas tiradas, en hemistiquios y con ce-
sura e, incluso, en;ambement, tanta ínfula se fuera desinflan-
do hasta llegar al balbuceo, al tartamudeo. Porque "tomar
la palabra" --en el espacio retórico cortaziano- ya no era
ínfula sino un grave riesgo.
Dado que la palabra perdía su calidad unívoca. Esto es:
separación y esquizofrenia del lenguaje. Entre "palabras vi-
riles", "palabras falo" y "palabras sin árbol genealógico".
Otra síntesis cortaziana. No ya que se acabaran los gitanos.
Se acabaron las "buenas" palabras y las "malas". Las que
ostentaban "coronita" y las "bastardas". Ya: ni palabras-amo
ni palabras-siervo. Porque todas las palabras -para el últi-
mo Cortázar- "son a medias víctimas y a medias cómpli-
ces". Lo unívoco se le tornaba así multívoco: geografía in-
agotable y vertiginosa donde hasta Buenos Aires, al mismo
tiempo, ya no era sólo París -"pobre París"- sino Bom-
bay, Valparaíso, y Varsovia, Estambul y Adelaida.
Porque -figura inicial del primer Cortázar- si su es-
pacio estaba plagado de biombos defensivos y cercadores
de jardines muy privados, poco a poco, fue quebrando (o
disolviendo) esas figuras de "propiedad", aislamiento, "pri-
vatización" e de convento para tender puentes en todas di-
recciones.
De !os biombos a Jos puentes. Y de ahí a los barcos: que
en esa síntesis que llegó a necesitar del fuego, previsible-
mente presupuso la quema de sus antiguas naves. Pero sa-
biéndose muy bien este Cortázar que no hay placer tan salu-
dable como el de contemplar el humo de las propias naves
en incendio.
Y entre ese despegue desde la "barbarie" tan de ululato
(o elegía), sabrosa, innominada, con rumbo hacia el "pa-
raíso" espiritual y haussmaniano, si las naves compartimen-
tadas de aquella inaugural Dársena Sur concluyeron "de
45
los juegos al fuego", el desplazamiento produjo otra síntesis,
por inversión, que bien podría ponerse bajo otro estandarte
tan dialéctico: de lo "fantástico" a la recreación de algo tan
abollado (por ahora) y que bien podría llamarse neo-com-
promiso: decantado, con más plexo geográfico, con una iro-
nía que ha recalado suficientemente en tragedia, sin ninguna
Meca, sin ningún Mesías, con un margen de "libertad" mu-
cho más restringido (quizá del tamaño de una ranura), pero
con la secreta -no fanfarroneada- convicción de que aún
las estructuras más monumentales o despiadadas también
ocupan un lugar en la historia. ·
Porque, me presiento, que tanto Cortázar (como García
Márquez que, presumiblemente, habrá reflexionado -por
un lado-- que el "realismo mágico", para la mirada metro-
politana, no era más que un antifaz recauchutado del arcaico
"exotismo") y algunos otros emergentes de la nueva narra-
tiva de América Latina han ido advirtiendo que ese latino-
americanismo de que hablábamos -y de que tanto se co-
mentó y se tartajea- sólo era una mediación más entre el
nivel de lo ideológico y lo poético. Poesía que necesitaba,
categóricamente, no desdeñar la especificidad nacional o pe-
culiar de cada arranque, sino saber cada vez mejor que,
amén de los pasos intermedios, existía como línea de fuerza
más decisiva lo universal. Y sus correlatos de posible y de-
seable internacionalismo.
Es decir, sin desconocer de manera alguna lo específico
de la identidad empiezan necesariamente (como otra media-
ción desde lo ideológico a lo realmente poético, trascenden-
te y no :·::idoso ni coyuntural) a hacerse cargo de la alteridad.
Y que si la extraterritorialidad que se les pretendía con-
ceder -como diplomacia o privilegio o abstracción- se en-
carnaba (a partir de la ironía de esas parodias tan fluidas)
en UIJ criticismo que, en el envés de la trama, era no ya fácil
heterocrítica, sino autocrítica. Porque si la santificación que
se había propuesto por el búm llevaba inexorablemente a la
deshabitación del mundo, este otro movimiento conducía al
involucrarse en la ironía de sí mismos.
Esto es, que en una síntesis y como aporte esencial se su-

46
peraba lo inherente a la extraterritorialidad: no escritor-águi-
la no escritor-burócrata. El lugar del escritor. Un renovado
"modo de ser"' escritor: sin sobrevolar ni humillarse. Sin
omnipotencias ni impotencias; sin triunfalismos ni quejum-
bres (o como ese periodista de este país -al que todos
vimos- trabajando hace muy poco en la todavía Nicaragua
de Somoza, que comprobó en su propio cuerpo -el cuerpo
como lugar donde se verifica la muerte- que ni extraterri-
torialidad ni salvoconductos; pero sin grandeur ni victicis-
mos). Sí: escritor-hombre-entre-los-hombres. Con todos sus
riesgos y dignidad. Y por eso mismo, ojalá: trabajador entre
trabajadores. O nuevamente: yo/ ellos. Identidad/ alteridad.
Aporte entendido como dialectizante síntesis.
De ahí es que Cortázar, me parece -como paradigma
posible de los aportes más fecundos de la nueva narrativa de
América Latina- que abdica de sus privilegios (inherentes
a su situación de escritor que, por sólo serlo, participa -am-
biguamente desde ya- de Jo más cómodo y eventualmente
más deterioran te del Poder). Abdica, va abdicando. progre-
siva y lúcidamente de ese Poder para encarnar, mediante sus
textos, todas las posibilidades del ser humano. Desde lo ofi-
cial hasta lo clandestino y lo sancionado. Por eso su "bestia-
rio" -más que título. metáfora clave- vislumbra en cada
animal una locura posible del hombre. En una suerte de "ser
todas esas locuras" (outsiders que, en movimiento similar a
la dialectización, desplazamiento o inversión de la "barba-
rie" recuperan como in-siders, cuestionando y disfumando
hasta la propiedad privada de la "hombría" en ese ccmti-
nuo que 1escata "la animalidad" de los llamados animales).
Porque su fantasía materializada no puede tolerar más ese
biombo arcaico, teológico (más: maniqueo) que se suponía
exaltador del hombre-ángel cuando lo mutilaba de su cuerpo-
perversión.
Y su sistemático y saludable tendido de puentes, previ-
siblemente y a la vez, iba desa/ambrando las zonas "carte-
sianas" claras y prolijas y privadas de la vigilia, respecto de
nubarrosas áreas escamoteadas o postergadas impregnadas
por lo onírico. ¿Y la con euforia/ depresión? Algo similar.
47
Como con el reino/exilio. Con la locura/normalidad. Y la
con la vida/muerte. Porque me sospecho que ya avanza en-
tre tropezones, oxígenos episódicos y repeche~ hacia una ver-
sión que entiende a unas y a otras como dos emergentes de
un continuo.
Y si esa empecinada e irónica efracción de latitudes, ve-
das, ortodoncias se fue ahincando, al poco rato, no sólo con
la balcanización de América Latina (tradicional o insistehte-
mente cuestionada por el latinoamericanismo) sino que la
"desbalcanización" llevada adelante por Cortázar fue desba-
ratando, también, nuestra propia balcanización: la mía y la
de cada uno de nosotros. En el propio cuerpo de cada uno de
nosotros; sobre el que se había tatuado una geografía privi-
legiada hacia la frente o los ojos, y otra -algo así como
tabú, chabola, vudú, senzala, bidonville, villa miseria del
cuerpo-- allá abajo, entre los muslos o los dedos de los pies,
después del área sureña del ombligo y la entrepierna. Como
así también -otro más de sus aportes, me parece- la liqui-
dación paródica y estimulante de ese frontalismo hierático
y engominado que hacía de la espalda, riñones y aledaños
una especie de arrabal ninguneado, intocable, hediondo e
intransitable.
Por todo eso, Cortázar. se· emparenta -y yo recuerdo-
con tres escritores íntimamente vinculados a la nueva narra-
tiva de América Latina (pero por debajo de la "línea de flo-
tación"), que al cuestionar se cuestionaban: Rodolfo Walsh,
Haroldo Conti y Paco Urondo: que sin estruendos ni extra-
territorialidades (o sí: el honrado y diminuto espacio de sus
tumbas donde "polvo serán, más polvo enamorado") habían
comprendido y comprobado -precisamente a través de la
mediación de sus prácticas concretas- que lo específico de
la literatura no se agota en su especificidad: que el valor de
ll50 de su producción (ante la olivetti o en los rumiados en-
-tl"e siesta, atorranteo, amigo episódico o locuaz del momento
intransitivo) trasponía un umbral ineludible y cuantitativa-
mente diverso, y hasta contrapuesto, en los momentos consi-
guientes y transitivos en que predominaba el valor de cambio
(donde, como en un condensado, eficaz e implacable tele-

48
1
grama, cada palabra tenía su valor al pie de las letras). Lo
que los llevó a reconocer el mercado y el dinero (sin dejar
de cuestionarlos y de cuestionarse). Entre razones: porque
la asunción de esos términos no los entalcaba ni santificaba
en tanto "artistas", sino que los fortalecía en su identidad
de personas. Sobre todo en su obstinación, su tentativa (frus-
trada o postergada, pero rescatable y paradójicamente in-
victa en sus derrotas) por cuestionar -a través del cuerpo
de sus textos y del suyo propio- el imperial, pringoso y re-
gresivo "discurso oficial": plagado de mayúsculas y títulos;
de quienes han pasado de ser los "hombres a la defensiva"
dell930 a los "hombres a la represiva" de 1980. De ese dis-
curso que al verduguear a la palabra sólo impone silencio
para siempre y en el interior del cual la jerarquía gramatical
se corresponde con la jerarquía social. Que se enmascara de
"natural" y de "ordenado" en tanto sólo es el discurso del
Poder.
Como a Cortázar -en itinerario distante pero coinciden-
te- esa asunción le fue otorgando mayor flexibilidad en su
faena, a su visión del mundo y templando, a la vez, su iden-
tidad. En un grado tal que lo inducía, fecundamente, a ne-
cesitar, solicitar como nunca para reconocer y evaluar la
alteridad. Lo distinto de los demás. Porque los otros ya no
fueron vividos como posible efracción ontológica (de la tra-
dicional relación poseedor/poseído, de arriba/hacia abajo, de
sujeto/a objeto), sino como lectores: en tú por tú, indispen-
sables~ coloqu~::::tes, fraternales, complementGrios, ?Iertas,
entrañables. Y, por sobre todo, nada complacientes.
Por esa suma -desordenada e incompleta de razones-
me parece que el aporte más coasiderable con que contri-
buyó la nueva narrativa latinoamericana (una vez superado
el petardismo del búm tan espectacular como episódico) es
la concepción y realización de textos como alteridad recono-
cida. De la escritura como otredad dialectizada. No simple-
mente como un deseo, sino como un desear ser deseado.
Porque "para que el lector sea amable -decía alguien- el
escritor debe ser amado" (en la medida que escribir/leer.
como "hacer el amor" es faena entre dos: con la erotización
49
del trabajo y la productividad del amor). Que si bien está
"el placer del texto", más fecundo es que, al mismo tiempo,
resulte la textualización de lo placentero. Porque si el deseo
aparece como inherente a la escritura, la lectura reenv\a im-
plícitamente a la necesidad. Y como la literatura (insisto por
última vez) no puede restringirse a un "en sí", es porque en
su andadura más íntima solicita un referente: el mayor re-
ferente que es el mundo. Y si el mundo es un texto, todo
texto es un mundo. Cuya verificación más entrañable e in-
dudable se verifica en ese lector. En el lector como trascen-
dencia radical. En ese tránsito del primer Cortázar del culte
de moi al actual del don de soi.
Al fin de cuentas, la versión que ironiza Cortázar (y la
nueva narrativa latinoamericana mediante sus aportaciones
más lúcidas, memorables y sabrosas) es la del texto entendi-
do como tesoro: "tesoro de las letras". "Tesoro de la lite-
ratura". Dado que esa tesaurización en coagulado resulta
todo lo contrario de los textos-savia y de su dramática y
oxigenad ora circulación. Saludable y· dinámica en apelación
al mundo y a los otros. Y entendida como diálogo. Un diá-
logo que -por definición- tratará de ser tan abierto como
permanente. Esto es: polémico. No de enunciación enfática
de "última palabra", sino de recíproco paladeo de "nuestras
palabras".

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