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Superando el obstáculo de la crítica

2Co 10:7-10 Miráis las cosas según la apariencia. Si alguno está persuadido en sí
mismo que es de Cristo, esto también piense por sí mismo, que como él es de
Cristo, así también nosotros somos de Cristo. (8) Porque aunque me gloríe algo
más todavía de nuestra autoridad, la cual el Señor nos dio para edificación y no
para vuestra destrucción, no me avergonzaré; (9) para que no parezca como que
os quiero amedrentar por cartas. (10) Porque a la verdad, dicen, las cartas son
duras y fuertes; mas la presencia corporal débil, y la palabra menospreciable.

Si pensamos en el ministerio del apóstol Pablo, podríamos decir ¿quién podría criticar a
Pablo? A este siervo de Dios que siempre procuraba tener una conciencia sin ofensa delante
de Dios y de los hombres (Hech. 24:16). Pero aún Pablo recibió críticas, y muy duras por
cierto. Algunos lo comparaban con Pedro y decían que su presencia corporal era débil, otros
lo comparaban con Apolos y llegaban a la conclusión de que su palabra era menospreciable,
es decir, no tenía elocuencia ni palabras altisonantes.
Críticas, críticas y más críticas. Qué difícil es superar el obstáculo de las críticas, sobre todo si
son injustas. Pablo mostró que era posible, amándoles más aunque él fuera amado menos
(2ª Cor. 12:15). Los corintios miraban las cosas según las apariencias, y cuando criticamos
de esta forma estamos pecando

Jam 4:11-12 Hermanos, no murmuréis los unos de los otros. El que murmura del
hermano y juzga a su hermano, murmura de la ley y juzga a la ley; pero si tú
juzgas a la ley, no eres hacedor de la ley, sino juez. (12) Uno solo es el dador de
la ley, que puede salvar y perder; pero tú, ¿quién eres para que juzgues a otro?

Cuando criticamos estamos dañando, y muchas veces no tomamos conciencia de ello,


perjudicamos a nuestros hermanos y nos colocamos en una posición que no nos ha sido
concedida, la de jueces. Sólo Dios tiene esa facultad, y sólo él puede salvar o perjudicar a
alguien, porque él es soberano y su sabiduría es infinita. Además juzgamos la ley, cuando
criticamos cosas que la perfecta ley del Señor no especifica. Si alguien quebranta la Palabra
de Dios, la misma Palabra le juzgará en el tribunal de Cristo. Acerca de esto escribe el
apóstol Pablo:

1Co 4:3-6 Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por tribunal
humano; y ni aun yo me juzgo a mí mismo. (4) Porque aunque de nada tengo
mala conciencia, no por eso soy justificado; pero el que me juzga es el Señor. (5)
Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual
aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los
corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios. (6) Pero esto,
hermanos, lo he presentado como ejemplo en mí y en Apolos por amor de vosotros,
para que en nosotros aprendáis a no pensar más de lo que está escrito, no sea que
por causa de uno, os envanezcáis unos contra otros.

No debemos juzgar y criticar porque:


- No conocemos todos los hechos, no tenemos la perspectiva “del cuadro completo”.
- No podemos leer las intenciones del corazón.
- No podemos ser absolutamente objetivos, tenemos prejuicios y percepción borrosa.
- Y sobre todas las cosas, porque nosotros mismos somos imperfectos e inconsecuentes.

Llegará un día en que Dios juzgará, y revelará lo oculto de las tinieblas y manifestará las
intenciones de los corazones. No nos adelantemos, porque nos vamos a equivocar. Pablo ni
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siquiera se juzgaba a sí mismo. Porque podemos ser indulgentes con nosotros mismos o
demasiado severos. Sí debemos examinarnos y confesar nuestras faltas ante Dios. Pero el
juicio sólo le corresponde al Señor (1ª Cor. 11:31-32)

Anécdota:
Relata el Pastor Swindoll:
‘Nunca olvidaré lo que me ocurrió varios años atrás, que me demostró cuánto podía
equivocarme al juzgar a otra persona.
Estaba dando un seminario bíblico de una semana de duración, durante el verano. En el
mismo encuentro participaba una pareja que yo no había conocido antes. Conversamos
brevemente la primera noche. Ambos se mostraban amigables y parecían especialmente
contentos de estar allí. A medida que transcurría la semana comencé a notar que el hombre
se dormía en todas las sesiones. Absolutamente en todas. Habitualmente eso no me molesta.
Pero esta vez, por alguna extraña razón me empezó a incomodar. El miércoles me sentía
irritado. Como ya dije, he vivido muchas veces situaciones como ésa… pero ese hombre se
dormía apenas diez minutos después que yo había empezado a hablar. No hacía diferencia
alguna si hablaba de mañana o de noche; siempre se dormía. Al llegar la reunión del viernes
(y en la que naturalmente también se durmió), me convencí de que quien quería participar
del encuentro era ella, y no su esposo. Lo evalué como una persona que dice una cosa y
actúa de otra forma, “probablemente sea un creyente carnal” pensé.
La mujer esperó hasta que la gente y su esposo se hubieron marchado. Me preguntó si podía
hablar conmigo unos minutos. Supuse que quería hablarme acerca de lo poco feliz que era
viviendo con un hombre que no tenía el mismo interés que ella en las cosas espirituales.
¡Cómo me equivoqué! Me dijo que era idea de su esposo que asistieran al encuentro. Había
sido “su último deseo”. No entendí. Me explicó que tenía cáncer y le quedaban pocas
semanas de vida. Porque él así lo había querido, participaron de mi seminario a pesar de que
el remedio que tomaba para aliviar el dolor le producía mucho sueño, cosa que por cierto lo
ponía muy incómodo. “Ama al Señor”, me dijo ella, “y usted es su maestro favorito”. Quería
por sobre todas las cosas estar aquí y conocerlo personalmente a cualquier costo”.
Sinceramente, me sentí impactado. Me agradeció por la conferencia, y se fue. Yo me quedé
allí, solo, sintiendo el peor reproche de mi vida. Había juzgado a mi hermano, y me había
equivocado de una manera terrible.’

Phi 2:14-15 Haced todo sin murmuraciones y contiendas, (15) para que seáis
irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación
maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el
mundo;

Las murmuraciones engendran contiendas, y esto acarrea divisiones. La crítica es el deporte


favorito de la gente del mundo, pero recordemos que vivimos en medio de una generación
maligna y perversa. ¿Qué podemos esperar de ellos? Muy distinta debe ser nuestra actitud
como hijos de Dios. Si nuestras palabras son de bendición, estaremos haciendo lo que agrada
a nuestro Padre celestial (Leer Ef. 4:29)

Stg. 5:7-9 Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad
cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia
hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía. (8) Tened también vosotros
paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca.
(9) Hermanos, no os quejéis unos contra otros, para que no seáis condenados; he
aquí, el juez está delante de la puerta.

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Ocupemos nuestro tiempo y esfuerzo en servir a nuestro Señor, no criticando a los demás,
sino poniendo diligencia en nuestro servicio. Procurando hacer lo que es agradable delante de
nuestro Dios. Hagámoslo con paciencia, superando el obstáculo de la crítica. Evitando que
sea parte de nuestra vida, y aprendiendo a perseverar a pesar de aquellas que recibamos.
Los mejores siervos de Dios fueron criticados, no esperemos escapar nosotros de recibirlas
también. Recordemos que todos los hermanos, sean de la iglesia que sean, tengan los
defectos que tengan, deberemos pasar ante el tribunal de Cristo, y “Habrá un rebaño y un
pastor” (Juan 10:16). La venida del Señor se acerca, ya el verdadero Juez está delante de la
puerta, y sólo él tiene la facultad de recompensar al que merece ser recompensado (1ª Cor.
3:14) y de avergonzar al que merece ser avergonzado (1ª Cor. 3:15, 1ª Jn. 2:28).