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Los suicidas del fin del mundo: Crónica de un pueblo patagónico.

Una ola de suicidios estremeció a la ciudad de Las Heras, pequeña ciudad petrolera ubicada
en la provincia de Santa Cruz, entre 1997 y 1999. La muerte sorprendió a esa sociedad con
12 suicidios, que afectaron a jóvenes entre 18 y 28 años de edad.

Fundado en 1921, Las Heras se desarrolló en primer lugar por ser una estación intermedia
del ferrocarril, en el que se concentraban la carga, los pasajeros y las principales casas
comerciales de la región, además de la producción lanar. En la década de 1960 el optimismo
reinó en Las Heras, al descubrirse que estaba a orillas de la segunda cuenca petrolera más
grande del país: Los Pelares. Esto convirtió a la pequeña localidad de manera repentina en
una base administrativa y de operaciones de la empresa estatal YPF. La llegada del petróleo
hizo que Las Heras creciera a un ritmo desenfrenado; se construyeron escuelas, nuevos
barrios, se pavimentaron calles, y las estancias laneras comenzaron a dejarse perforar en
busca del petróleo. Llegaron numerosos trabajadores, con sus familias, de todo el país en
búsqueda de un futuro que en sus provincias no podían encontrar. Abrieron nuevos bares,
cabarets, comercios, Iglesias. La prosperidad no duró más allá de 1991, cuando YPF se
privatizo en manos de la empresa española Repsol. El desempleo producto de la reducción
de personal y del proceso de tercerización, dejó a Las Heras en 1995 con un 20% de
desempleo. Las familias que habían llegado por la prosperidad de la ciudad comenzaron a
irse, reduciendo la población en un poco más de la mitad; y entre los que se quedaron, la
sensación de que vivían en un pueblo fantasma se hizo presente.

En el año 2002 la periodista y escritora, Leila Guerriero, viajo a este lugar para poder
investigar y averiguar la ola de suicidios. La periodista era de La Nación, pero no viajo allí en
representación de ese medio; de hecho en el libro hay una crítica de la poca importancia
que se le brindan a los temas del interior del país. En las 230 páginas que tiene el libro,
Guerrierro, cuenta el caso de los suicidios, mediante la entrevista de familiares, amigos y
vecinos de los suicidas, sumado al relato de los sucesos por el diario local. También se
interesa por realizar una minuciosa descripción de cada rincón del pueblo y sus personajes
más emblemáticos, como por ejemplo el peluquero o el extravagante profesor de inglés.
Mediante el uso de primera persona, la autora logra que el lector se sumerja en la sociedad
de Las Heras, conociendo su vida cotidiana, sus vidas sufridas, los abusos, sus percepciones
sobre la vida, y el objetivo tan recurrente de llegar a “ser alguien”. Los doce capítulos que
tiene el libro muestran reportajes sólidos y que apuntan al núcleo de la cuestión, con una
autora que mantiene su distancia en su rol de entrevistadora, pero que logra crear un cierto
clima de intimidad con el entrevistado. Por momentos la historia parece asumir la metáfora
de una maldición diabólica, porque muchos de los entrevistados aluden a la idea de una
secta diabólica como causa de los suicidios. La autora con cierta prudencia no realiza un
melodrama a partir esta idea, sino que evita casarse con una sola causa que de explicación
a los suicidios, invitando al lector que saque sus propias conclusiones. El libro también se
refiere a los intentos en Las Heras para buscar dar solución a los suicidios, como un plan de
Unicef y la implementación de una línea telefónica de ayuda.

El libro es sumamente interesante, aunque su disposición resulta en ocasiones repetitiva:


basándose en la descripción de las últimas horas del suicida, la escenificación y el impacto
de la muerte en sus allegados mediante la entrevista. La autora no construye una ficción
sobre las decisiones, los actos y declaraciones de los personajes, sino que deja que se
representen por sus palabras y percepciones sobre los hechos. Puede asemejarse a un
documental cinematográfico. Las muertes que se cuentan son numerosas; los familiares,
amigos, novias y novios que se relacionan con el suicida también, así como los cruces entre
esos nombres. Esto hace necesario para el lector tener una máxima concentración de los
hechos presentados, de lo contrario puede ocurrir la confusión de muertos que no lo son,
pero lo están por ser.

El resultado es una conmovedora crónica de investigación periodística, que a fuerza de


realidad, demuestra que la historia puede volverse de carácter novelesco.