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La última oficina: bajo el polvo y la descomposición

La Reina Isabel cantaba rancheras (1994) de Hernán Rivera Letelier narra un mundo en
clara descomposición. A partir del motivo histórico en torno a la caida de la industria
salitrera en Chile del siglo XX, la novela configura un mundo que se agarra con uñas y
dientes para sobrevivir. Un mundo de ancianos que agoniza y que simplemente no puede
rearticularse para ganarle la batalla al polvo del olvido. En La imagen-tiempo: Estudios
sobre cine II (1985) Gilles Deleuze introduce el concepto de la imagen-cristal. Entre las
variantes de esta imagen el pensador francés reconoce el cristal en descomposición. Si
bien Deleuze introduce este concepto para pensar el cine europeo de la segunda mitad
de siglo XX, el presente escrito se propone analizar la novela de Rivera Letelier bajo los
postulados del cuarto capítulo de La imagen-tiempo: “Los cristales del tiempo”.

En su libro, Deleuze expone que el cine no se nutre sólo de imágenes dislocadas, sino
que a través de complejos sistemas, las rodea de un mundo particular. El cine ha tratado
de rodear la temporalidad viva de otros tiempos/dimensiones: pasado, sueño, fantasía,
futuro, virtual. Para lograrlo, se hace necesario “contraer la imagen, en lugar de dilatarla.
Buscar el más pequeño circuito que funcione como límite interior de todos los demás, y
que junte la imagen actual con una suerte de doble inmediato, simétrico, consecutivo o
incluso simultaneo” (97). Este doble inmediato es lo que Deleuze llama imágenes-cristal.
Estas son imágenes donde se sedimenta el tiempo. Se da una cierta conjunción
temporal, la cual por medio de un mecanismo evoca el tiempo y lo activa. La imagen
cristal es la imagen sobre la que actúa ese otro tiempo, o aquella imagen que reciente
otra imagen temporal. Están actuando otros tiempos sobre ella y su condición
cristalizadora radica justamente en eso debido a que atrae una imagen pasada en
perfecta conservación.

Entre las imágenes-cristal que el pensador francés distingue interesa recalcar la que
llama “imagen-cristal en descomposición”. Para explicarla, Deleuze se basa en las
películas de Luchino Visconti, realizador italiano célebre por el desarrollo dramático del
mundo que desaparece: el de la aristocracia. El cristal en descomposición corresponde
a la modalidad de la imagen que surge de un pensamiento sistemático, de esta
convergencia y relevo temporal que expresa la cristalización de diversas épocas, pero
afectada por un elemento de mortificación física. El componente morboso patentizaría
algo que muere, que llegó tarde. Para Deleuze, Visconti no se limita a retratar
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únicamente la ruina aristocrática, sino que esta la percibe como una consecuencia de un
pasado ya desaparecido, pero que sobrevive en el cristal que se descompone.

A diferencia de Visconti, en su novela, Rivera Letelier se propone retratar la caída del


mundo obrero-salitrero. Para eso, la estructura misma de la novela sienta sus bases en
la cristalización del tiempo pasado que fue mejor. A partir del retrato de un mundo de
viejos obreros y viejas putas se configuran dos relatos que constituyen la novela: el
primero narra la muerte de la Reina Isabel y rememora constantemente el tiempo
pasado que fue mejor, lo que se considera presente corresponde al momento de la
debacle simbólica de la última oficina salitrera del mundo; el otro relato se enuncia desde
un tiempo postapocalíptico donde ya todo se terminó de perder, los próceres de la
historia han muerto y sin embargo el cristal se encuentra en la punta de la
descomposición. Al igual que Visconti, Rivera Letelier se apropia del componente
histórico y a partir de ahí genera las imágenes-cristal en descomposición. A lo largo de
la novela, cada personaje rememorará la edad de oro de las salitreras desde un ángulo
distinto y personal: la comida, las huelgas, los partidos de fútbol, la política
comprometida, las filas en las piezas de las prostitutas y un largo etcétera elevarán un
discurso que se erguirá desde el tópico de una abundancia perdida que ya no volverá.

En este sentido, el elemento que generará tal descomposición de las imágenes será el
polvo de la pampa. Este elemento que se describe en la novela “como un inmenso dragón
impávido, sonámbulo, desintegrado en flotantes partículas de sal sucia” (171), genera
el retrato de un mundo pintado en sepia que ya nadie recuperará. Atendiendo al
elemento del polvo, al cual se le atribuye la facultad del olvido, permite que las palabras
de Deleuze sobre Visconti cobren absoluto sentido en la obra del chileno. Si es que se
cambia la palabra aristocracia por proletariado del salitre, la siguiente cita termina por
explicar el sistema cerrado que se configura en La Reina Isabel cantaba rancheras: “No
es sólo que estos aristócratas se están arruinando, sino que la ruina que se acerca es
sólo una consecuencia. Pues un pasado desaparecido pero que sobrevive en el cristal
artificial los espera, los aspira, los atrapa, sustrayéndoles toda la fuerza al mismo tiempo
que ellos se hunden en él” (130).

El polvo entonces corresponde a un elemento latente en toda la obra que permite


generar esta imagen de la descomposición en cuanto configura a todos los personajes
como recubiertos con una espesa capa de polvo: “blanqueándolos va la bruma morbosa,
escarneciéndolos, envejeciéndolos prematuramente tal si quisiera regresarlos al polvo
bíblico antes de tiempo” (172). El elemento del polvo como catalizador del olvido es
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fundamental en cuanto permite atraer a la imagen-cristal este pasado sedimentado que


poco a poco se descompone. La imagen del cadáver de la Reina Isabel será clara en este
asunto en cuanto sus compañeras la encuentran casi igual que siempre solo que “ese
aire sólo era empañado por el finísimo polvo de caliche que, por la ventana entreabierta
de su camarote, se cernió sobre ella durante toda la noche” (48). Con su muerte llega
“el día en que los remolinos de arena comenzaron a tomar posesión del campamento y
el fino polvo del olvido comenzó a asentarse y endurecerse en cada una de las cosas”
(219). Los obreros han aprendido a vivir en el polvo y por lo mismo es que no pueden
escapar de él. El polvo ha generado una relación simbiótica entre los obreros y la pampa.
No quieren irse de ahí, el sur y sus lluvias les produce miedo: “temían que la humedad
les volviera barro los arenales precipitados en los alveolos de sus pulmones y, azules
como arlequines, murieran ahogados antes de tiempo” (62). La misma Oficina será
descrita bajo estos parámetros. El segundo relato la describe “como si se tratara de una
indigente enferma de gangrena, el cuerpo de nuestra Oficina iba siendo cercenado por
partes” (83). Tampoco faltarán las imágenes que enlacen a la pampa con el infierno. Los
techos de calamina “cuya cal reseca crepita al sol en una atroz fritanga planetaria” (98)
también aportarán a esta significación en descomposición. Al mismo tiempo, la
naturaleza será igualmente descrita bajo esta perspectiva. Los viejos capean el sol bajo
los algarrobos con silicosis ya que “los árboles sucios de polvo semejan crispadas
esculturas vaciadas en yeso”. Finalmente, bajo el elemento del polvo se configurará la
imagen del desierto como cementerio, donde más de un obrero “no quería ser sepultado
bajo esa extensa mortaja de sal que para él era la pampa” (63). No obstante, nada pudo
frenar el avance del polvo y hacer de la Oficina “uno más de los centenares de pueblos
salitreros muertos a lo largo de este alucinante cementerio de pueblos que es el Desierto
de Atacama”.

De esta manera es que la novela de Rivera Letelier emplea imágenes-cristal en


descomposición, las cuales permiten atraer un tiempo pasado que permite evidenciar
cómo el presente se descompone para algunos, en este caso viejos obreros y viejas
prostitutas de la última oficina salitrera del mundo. Para lo anterior la narración empleará
el polvo como motivo de esta descomposición que se cierne tanto sobre los viejos como
en la oficina misma y su naturaleza. Así la narración termina por generar un gran
espejismo en el desierto donde los relatos pasados de los personajes configuran una
Oficina de la abundancia a través del tiempo cristalizado pero que en realidad muestra
una oficina en descomposición donde el polvo no es otra cosa que la mortaja del salitre.

Obras citadas
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Deleuze, Gilles. "Los cristales del tiempo". La imagen-tiempo: Estudios sobre cine II.
Barcelona: Paidós Comunicación. 1987.

Rivera Letelier, Hernán. La Reina Isabel cantaba rancheras. Santiago: Editorial Planeta
Chilena, 1996.