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TALLER LA CONCIENCIA

Todo ser humano en su relación con los demás, se enriquece y enriquece a los otros con su capacidad de
comunicación hecha en un marco de respeto y sinceridad. Dentro de las dimensiones del hombre y de la mujer,
hay una de gran significación e importancia para nosotros: la trascendente. El mundo moderno está dando una
importancia fundamental al sentido de la responsabilidad. Estamos pasando de un modo de existir rígidamente
estructurado a base de tenciones sociales, hacia una nueva manera de enfrentarnos con la existencia, de
resolver los interrogantes más profundos del hombre, de una nueva concepción de entender lo que es la
conciencia.

Vamos ahora a leer los siguientes refranes:

Busca los mejores bienes, que dentro de ti los tienes

Cuida más tu conciencia que tu inteligencia

Ma buena conciencia es madre de las obras buenas

La mejor almohada es la conciencia sana

Más vale conciencia que ciencia

No engendra conciencia quien no tiene vergüenza

Plata es la ciencia y oro la conciencia

Una buena conciencia es una continua fiesta

Vuelve a leer los refranes y trata de identificarte con uno de ellos

¿Por qué te hace gracia el refrán o el proverbio? ¿Por qué te llama la atención?

Trata de buscar el refrán o proverbio que está en la raíz de la mentalidad de la sociedad y cuáles son los
impactos en la juventud.

Conciencia y conciencia moral: Con la palabra conciencia entra en el lenguaje un término que, en general,
goza hoy de gran estima y es considerado uno de los conceptos clave del ethos actual. En una sociedad
pluralista y, en parte, secularizada como la nuestra, constituye un tema siempre recurrente en la mayoría de las
ramas del saber, un fenómeno que no puede ser soslayado ni siquiera por las teorías que reducen o rechazan
la responsabilidad individual de la persona. No obstante, frente a quienes la exaltan como el máximo exponente
de la autonomía moral y del carácter inviolable de los derechos humanos, otros muchos atribuyen su vigencia
y relevancia al hecho de que funciona como órgano de adaptación, como factor de manipulación o de simple
proceso de socialización. Se trate de ocaso o de alborada de la conciencia, una cosa es cierta: no existe una
terminología unívoca, ni una definición admitida por todos, ni una opinión unánime sobre lo que con ella se
quiere expresar. Más aún, cabe afirmar que no es Posible definirla, por tratarse de un concepto que abarca
diversos estratos del psiquismo humano y representa una instancia de difícil interpretación.

Esbozo histórico

1. La antigüedad grecorromana. Ya los escritos egipcios hablan de una instancia que tiene su sede en el
interior del hombre, sigue su conducta con mirada crítica y, llegado el caso, le reprende. Serán los griegos
quienes utilizan el término syneidesis (Demócrito), como sinónimo de saber o entender. En virtud del
subsiguiente proceso, la syneidesis se decanta de saber referido a contenidos morales a facultad espiritual en
la que resuena la voz de Dios; Aristóteles, al subordinarla a la razón, la entiende como una instancia para
conocer los principios morales y aplicarlos a cada caso particular; los estoicos, a su vez, la identifican con la
razón (logos) del hombre, que es la chispa del logos del mundo. En resumen, el concepto syneidesis (que
Cicerón reproducirá literalmente con la palabra cumscientia) evoluciona así hacia una noción notablemente
marcada por las características de subjetividad (subjetivismo), interioridad y referencia al mundo lógico-racional
y al mismo tiempo divino.
2. El mundo bíblico: El Antiguo Testamento, al igual que las religiones antiguas, carece de un vocablo
específico, ya que las experiencias relacionadas con la moralidad suelen expresarse mediante los órganos
internos de la persona. En este sentido, el ->corazón (850 veces en el Antiguo Testamento) es la sede de los
pensamientos y sentimientos, es el centro del itinerario ético-religioso del pueblo de Dios y de cada uno de sus
miembros en el horizonte de la alianza. La conducta humana tiene su fuente en las decisiones del corazón,
aunque siempre en el seno de la tradición comunitaria. En el contexto de esta tradición, Pablo (Nuevo
Testamento) toma de la filosofía popular el término syneidesis (aparece 31 veces en los escritos paulinos), y
traduce las enseñanzas bíblicas a las categorías populares del mundo helenista. Cruce de la tradición
grecorromana y la bíblica, Pablo propugna el estatuto de la conciencia moral antecedente y de la conciencia
norma, con el que se encuentra íntimamente relacionado el discernimiento moral, así como el estatuto de la
conciencia moral subjetiva (cf 1Cor 8-10; Rom 14), despojando así al razonamiento de la conciencia de cualquier
carácter mítico. Para Pablo la conciencia es una magnitud subjetiva cuyo imperio en el orden moral es la
dependencia ante Dios. Quizás la identificación entre conciencia y fe sea el rasgo más característico de la
intuición paulina.

3. De la patrística a la teología medieval: La tradición cristiana mantiene, con las lógicas variaciones y
matices, las dimensiones de la concepción bíblica de la conciencia. A pesar del cada vez más recurrente influjo
del pensamiento platónico y estoico, los Padres de la Iglesia subrayan, sobre todo, el carácter espiritual de la
conciencia en cuanto foco interior del que irradia toda la actividad ético-religiosa del cristiano que vive según el
Espíritu. Dentro de la concepción global y unitaria que ofrece, la tradición occidental acentúa, a partir de Agustín,
su carácter moral. Desde el siglo V se produjo en el mundo occidental un grave eclipse de la conciencia y
durante el milenio siguiente no afloró una teoría o una doctrina sobre el particular. Ni siquiera la escolástica
juzgó necesario, en un primer momento, dedicar al tema un estudio detallado.

4. Los tiempos modernos: El tema de la conciencia pasa a ocupar un puesto importante en el corazón mismo
del proceso histórico que desemboca en el divorcio entre Iglesia y mundo moderno. Paradójicamente es en este
período cuando se reivindicará la identidad y derechos de la conciencia por monarcas y obispos, por filósofos y
teólogos, por ciudadanos de a pie y por científicos, por herejes y por ortodoxos. La cosa empezó con Martín
Lutero, que rechazó la doctrina escolástica tradicional sobre la conciencia por considerarla poco religiosa y poco
realista. La situación perdurará hasta el siglo XX: la imperante moral casuística cae en un estéril legalismo; la
grandiosa tradición bíblico-teológica es asumida y secularizada por el pensamiento profano, y la serie de
acontecimientos que caracterizan estos siglos (->humanismo, descubrimientos, persecución de herejes y
disidentes, conjuro de la personalidad, individualismo...) exacerban el interés por la conciencia que, despojada
de todo anclaje teológico, emerge como la autoridad por antonomasia y es declarada radicalmente autónoma y
libre.

El hombre moderno, pues, otorga una importancia decisiva a la conciencia y la vivencia como una
interpretación que se hace a sí mismo desde el propio yo. Volviendo a la paradoja, está muy arraigada la
sospecha de que la refundación y alta estima de la conciencia nace de una insubordinación religiosa y de un
prometeico alucinado; pero en realidad surge en el contexto de una antropología pesimista y de una moral
desencantada. En un primer momento, el iluminismo francés y el idealismo alemán la exaltan como buena y
fuera de toda sospecha (Rousseau, Kant, Fichte); pero muy pronto muchos pensadores muestran sus recelos
acerca de su fiabilidad (Schopenhauer), la consideran una instancia insegura, a la que es preciso orientar según
criterios objetivos sistematizados en el Estado (Hegel), o simplemente un fenómeno propio de almas enfermas
(Nietzsche). En resumen, debido a los excesos de la revolución francesa y a los horrorosos crímenes
perpetrados en nombre de la conciencia, durante los dos últimos siglos, se mantiene vivo el fuego cruzado de
interrogantes, acusaciones y posiciones.

M. Moreno Villa (dir), Diccionario de Pensamiento Contemporáneo,

San Pablo, Madrid, 1997

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