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INDICE

PRÓLOGO ................................................................................................................. 2

ENTORNO................................................................................................................. 9

RETRATO................................................................................................................ 16

DESEO .................................................................................................................... 22

SINERGIA................................................................................................................ 25

VERDAD ................................................................................................................. 31

OCULTO ................................................................................................................. 35

MUCHO .................................................................................................................. 39

ORACIÓN................................................................................................................ 46

LA MIRADA DE JESÚS............................................................................................. 54

ESPÍRITU SANTO .................................................................................................... 62

SÚPLICA ................................................................................................................. 69

MARÍA, LA MADRE DE JESÚS ................................................................................. 76

ORAR POR LOS OTROS .......................................................................................... 87

1
PRÓLOGO

N ADA DESPIERTA más a la oración que el encuentro de un hombre o de una mujer transfigurados
por la oración. A menudo he advertido que la presencia de esos seres en el seno de una
comunidad, sobre todo si están ocultos, se volvía rápidamente contagiosa. Monseñor Bloom refiere
que un día la superiora de un monasterio le pidió consejo: había en su comunidad una monja ocupada
en la lavandería; una mujer de oración con tal ascendiente que todas las hermanas de la comunidad
iban a pedirle consejo para su vida de oración. ¿Debía asignarle una responsabilidad oficial? Monseñor
Antoine de Souroge le aconsejó que la dejara en su puesto, dándole toda clase de facilidades para que
acogiera a las hermanas.
Al hablar así, se situaba en la línea de toda la tradición del desierto de Escete o de Nitria, donde
los aspirantes a la vida monástica se hacían discípulos de un anciano (tal es el lazo que constituía y
sigue constituyendo a un monje en Oriente). Sin poseer función oficial alguna, el anciano era en
primer término una personalidad carismática, entrenado en la lucha contra los pensamientos,
familiarizado con el silencio, pero sobre todo un hombre transformado por una oración incesante. Así
era Arsenio, al que su discípulo iba a visitar simplemente para disfrutar viéndole en oración. Sus manos
alzadas eran como diez cirios ardiendo, y el resplandor de su rostro resultaba intolerable para el que
no estaba iluminado por la misma luz que él.
Las más de las veces, el discípulo iba a hacer partícipe a su padre espiritual de sus dificultades,
sus penas, sus tentaciones o su deseo de aprender a orar. Al término de la conversación le decía, según
una fórmula tradicional. “Padre, dime una palabra” (rhéma, en griego). Ello equivalía a decir: “Has
acogido en la oración lo que te he dicho; dime las palabras que suben de tu corazón a tus labios y que
el Espíritu Santo te ha inspirado”. Habitualmente, el anciano le decía una palabra, una breve sentencia
como esta de san Juan Clímaco: “Si quieres aprender a orar, coge un texto y escoge un límite de
tiempo”. Son los apotegmas de los padres del desierto o las palabras de los ancianos.
A primera vista, la palabra puede parecer oscura y que no responde directamente a la pregunta
del discípulo. Incluso era posible que el anciano no dijese nada porque su discípulo era incapaz de
comprender o de tolerar lo que él quería decirle. En cualquier caso, el discípulo no quedaba
dispensado de ahondar en la palabra, de meditarla y sobre todo de rezarla, a fin de que le confiara su
secreto. Así, en las palabras de Clímaco antes citadas, no era en absoluto evidente que el hecho de
rumiar un texto durante una hora fuera a introducirnos en la oración del corazón. Se trata de una
palabra de vida, y antes de comprenderla es preciso vivirla. Lo esencial para el discípulo es dejarse
iniciar en una experiencia universal de la oración vivida por el hombre concreto que es el anciano o el
starezt entre los rusos.
Esto constituye el alma misma de la educación en la oración, ya que se trata ante todo de una
experiencia, aunque haya de estructurarse, pensarse y formularse en las categorías de la teología
espiritual. Lo primero es la experiencia; y la función del maestro espiritual es introducir a su discípulo,
no en su propia experiencia de oración, sino en la de él, que al principio se reduce a un esbozo. La
única tarea del anciano será discernir el punto en que se encuentra el discípulo en su experiencia de
oración. Por el momento, no se trata de progreso pedagógico, sino de la manera de transmitir o de
hacer compartir esta experiencia de oración.

2
El que un día ha recibido la gracia de la oración o el don de la plegaria sabe muy bien que ha
encontrado la perla preciosa del evangelio y vende cuanto posee para comprar este tesoro oculto en el
campo del Reino. Sabe por experiencia que es la fuente de la única dicha verdadera, de un gozo que
puede compararse sin dificultad con la embriaguez espiritual de los apóstoles la mañana de
pentecostés. Experimenta también que esta alegría de la oración es la única “fuerza deliciosa” -la
delectatio victrix, de que habla san Agustín- capaz de asumir toda la fuerza de las pasiones, sobre todo
las de la carne, sin suprimirlas. Podría decir como Teresa de Ávila: “Todos los bienes me han venido
por la oración”.
Mas ¿a qué extenderse sobre el goce de la oración? Sencillamente, no tiene nada que ver con
las alegrías de la tierra que el mundo da, ya que es un gusto anticipado del cielo para el corazón que se
entrega a ella. En este sentido, la oración alumbra en nosotros la dicha del cielo, relativizando así todos
los placeres de la tierra. El anciano lo sabe muy bien, porque se ha consagrado enteramente a la
oración; pero se le plantea una cuestión crucial: ¿cómo “decir” ese gozo de la oración a su discípulo?
Ahí estriba la dificultad del problema, puesto que es imposible decir lo que se ha vivido en la
oración. Basta leer, por ejemplo, los escritos de Silouane o de otros autores espirituales para
convencerse. Después de haber intentado expresar el misterio de la dulzura y de la humildad de Cristo
experimentadas en la oración, o de haber presentido la experiencia de la gracia en su corazón, se ven
obligados a dejar caer los brazos confesando: “Es imposible expresarlo, y hasta imaginarlo”. En este
punto están de acuerdo todos los autores espirituales: es prácticamente imposible traducir la
experiencia del Espíritu que han tenido en la oración. Todos se sienten decepcionados al comparar lo
que han escrito o dicho con lo que han vivido. Tienen la sensación de estar ante un cúmulo de cenizas
muertas, mientras que su experiencia se traducía en teas inflamadas, brotadas de la zarza ardiendo dé
la oración. Más aún, todo ello les parece mísero e irrisorio. Podrían decir como Bernardita cuando le
presentaron la primera efigie de la Virgen de Lourdes: “¡Oh, no es eso!” Aquí podríamos extendernos
interminablemente -hay que decirlo-, y nos sentiríamos siempre decepcionados. También podríamos
aumentar el volumen de la voz para intentar traducir lo vivido, pero sería en vano, porque lo que se
exagera no resulta creíble.
No obstante, todos los autores espirituales atestiguan que hay libros que dan un atisbo de ese
gusto de la oración, que despiertan en nosotros el deseo de orar y encienden en nuestro corazón el
fuego del Espíritu Santo. Basta leer las obras de Silouane para convencerse. A las pocas páginas nos
entra el deseo de cerrar el libro y de ponernos a orar. Se diría que el staretz nos transmite algo de su
experiencia, o por lo menos nos remite a nuestro propio deseo de orar sepultado en el fondo de
nosotros mismos. También el anciano sabe que puede contar con esta sed de orar y este deseo del
Espíritu que inflama el corazón de su discípulo. Sí; hablar de Dios a un hombre no es hablar de la luz
a un ciego. Tal es la única convicción que le empuja a hablar, confiando en que sus palabras, brotadas
de su oración, hallarán eco en el corazón del discípulo.
Mas antes de hablar posee la certeza más arraigada aún de que lo único de valor que puede
hacer por él es orar. Por eso no es temerario afirmar que la principal tarea del anciano es suplicar por
su hijo espiritual. Su súplica no es vaga ni indeterminada; tiene un objetivo preciso: el staretz ora para
que su discípulo reciba la gracia de la oración, porque es perfectamente consciente de que no está en
su mano atraerlo hacia el Padre, Entonces se pone a orar, porque lo que es imposible a los hombres le
es posible a Dios. De una manera más amplia, estoy íntimamente persuadido también de que esta
oración abarca al mundo entero.

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Todos los monjes de Oriente os dirán que oran primeramente por el mundo entero y por todos
los hombres. El objeto de su oración es ciertamente la gracia de la salvación para todos; pero no se
puede salvar a los hombres sin su libre cooperación, y por tanto sin su deseo de salvarse, que se expresa
sobre todo por la fe y la oración. De ahí que el monje ore día y noche para que todos los hombres
reciban la gracia de la oración y se salven. Se cuenta de un ermitaño del monte Athos que oraba y
derramaba lágrimas por la salvación de todos sus hermanos; un día escuchó en la oración estas
palabras: “Yo tendré misericordia de cualquier hombre que, aunque sólo sea una vez en la vida, haya
invocado a Dios”. Después de esto, sólo queda pedir al Señor que todos los hombres invoquen su
nombre y suplicarle que derrame sobre su pueblo y sobre todos los hombres un espíritu de gracia y de
súplica, como dice el profeta Zacarías. Con esta intención intercede el anciano ante todo por su
discípulo.
Su intercesión no es una palabra huera. No se contenta con acordarse de él en la oración, sino
que liga su alma a la de él y entra en un verdadero combate de oración, un poco a la manera de Job, que
le grita a Yavé: “Piel por piel”. El anciano entrega realmente su vida por su discípulo en una súplica
incesante. Hay en él una verdadera manía de hechicero -hablaremos de ello más adelante- para sentir
si su discípulo está de rodillas; con ello lee en los corazones, no dejando al mismo tiempo de orar para
que reciba ese don de la oración. El discípulo lo sabe muy bien, y en los combates que debe librar
contra el adversario o contra los pensamientos se apoya a veces en su oración: “Por las oraciones de
mi Padre espiritual, concédeme la gracia de rechazar esta tentación”. Al mismo tiempo, expresa su
reconocimiento intercediendo por su padre espiritual, pues sabe muy bien que, cuanto más se avanza
por el camino de la oración incesante, más se es pobre y vulnerable. Entonces es cuando se tiene
necesidad de la oración de todos “los viejos amigos de Dios” de que habla san Juan de la Cruz, que son
los hombres de oración.
En este contexto de oración se formula la petición del discípulo antes evocada: “¡Padre, dime
una palabra!” No le pide una enseñanza sistemática sobre la oración ni un método, pues sabe
perfectamente que cualquier exposición es decepcionante: pero solicita de su anciano director una
sentencia breve, brotada de su experiencia íntima, en la cual recoge algunas brasas ardientes de su
oración. Cuando esa palabra llegue al corazón del discípulo, lo traspasará y lo deslumbrará de modo
que la oración surgirá con toda naturalidad. La palabra está hecha para el corazón y el corazón para la
palabra. El género literario de estas sentencias es más la poesía o la novela que la exposición teórica.
La prueba es que la palabra da en el blanco, que el discípulo se va sin solicitar otra cosa, porque ha
sentido que la oración le “rozaba”.
Normalmente, el encuentro de un verdadero espiritual debe darnos el gusto de la oración. Por
eso Teresa de Ávila invita a las carmelitas a hablar con hombres de Dios, a fin de renovarse en la
oración. Si el encuentro de un fraile o de una carmelita no enciende en nuestro corazón el deseo de la
oración, es muy de temer que no hayamos ido a lo esencial. En esta perspectiva hay que recoger las
palabras de los antiguos, teniendo los ojos fijos en su rostro y el oído atento a sus palabras. Lo cual
significa que hay que encontrarse con ellos a la luz de Dios, que baña al discípulo y a su maestro. La
mejor manera de abordar a un staretz es orar con él, conscientes de que él tiene tanta necesidad de
nuestra oración como nosotros de la suya.
En este espíritu de oración os invito yo también a leer estas páginas, o mejor, cada una de sus
palabras, afines al género de los apotegmas. Se las debe acoger a la manera del discípulo que va a
preguntar a su anciano director solicitando de él una palabra. No tienen la pretensión de reemplazar a
los dichos de los padres del desierto, a los cuales habrá que volver siempre como a palabras matrices.

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Así, los monjes del Athos o de San Macario, en Egipto, se siguen formando en la ascesis y la oración
con el libro de san Juan Clímaco La escala del paraíso, que es una colección de sentencias para escalar
el camino de la oración incesante.

***

Algunos dirán: ¿en qué lugar se pronunciaron estas palabras y con qué autoridad se dijeron?
Proceden en gran parte de una experiencia de oración: de la recogida en la tradición de los padres y
ancianos, así como de lo que otros han comunicado de su vida de oración. Sobre todo no hay que creer
que el que las ha escrito está más adelantado que los demás en la vida de oración. Lo ha hecho
únicamente porque es la verdad y porque ha tenido la “desgracia” de comprenderlo, según las palabras
de Ruysbroeck: “Los hombres de oración son los más dichosos y también los más desgraciados de los
hombres”. Hay que apresurarse a añadir que el que recibe la gracia de la oración es también el más
dichoso de los hombres; pero que no está en absoluto a su nivel, a causa de la pesadez de la carne y de
una cierta propensión a la inercia.
En su lucha por ser fiel a la gracia de la oración, avanza a tientas, retrocede y cae; pero se
recupera por ese deseo incoercible de súplica que le hace reanudar el camino cualesquiera que sean
las peripecias de su andadura. En ese avanzar a tumbos es conducido por el Espíritu, que le muestra el
sentido en que debe seguir. Ve los medios concretos que le ayudan en su oración, los obstáculos que
ha de franquear, los vericuetos que ha de prever y las zonas de depresión que tiene que atravesar.
Entonces pone a punto las observaciones y reflexiones, que constituyen una especie de código de la
circulación de la plegaria. Pueden ser simples avisos o consejos prácticos para hacerse disponible a la
acción del Espíritu en la oración. Un tipo de ley-marco, donde cada uno puede encontrar su propio
camino de oración, que oscila entre la libertad del Espíritu y las exigencias mínimas para llegar a esa
libertad.
Es preciso abordarlos también con entera libertad, a condición de no descartar
sistemáticamente una palabra que nos incomodaría. San Ignacio dice que hay que otorgar siempre un
juicio favorable al que nos guía. Pero, admitido esto, es posible pasearse por las diferentes avenidas y
escoger una palabra que alimente la oración del momento. Es una reserva de provisiones, que contiene
alimentos para el caso en que se deje sentir el hambre. Cada cual toma, de acuerdo con su apetito y los
gustos del momento, y cierra el libro cuando se ha saciado.
Como se trata de palabras nacidas de la experiencia y de la vida, no hay un plan preestablecido:
cada palabra meditada, rumiada y rezada puede introducir en la oración si el corazón está abierto al
Espíritu. Con todo, hay dos partes. Una, bastante corta, es más pedagógica: se refiere “al entorno” de
la oración, a la invitación próxima e inmediata a entrar en ella. Es un poco la ecología de la oración. La
segunda interesa más de cerca a la oración; introduce al que ora en un clima trinitario, bajo la mirada
del Padre y del Hijo. Para entrar en esta comunión de los tres, hemos escogido la vía de la súplica al
Espíritu Santo. Después de años de búsqueda, de tanteos, de fracasos y también de iluminaciones, me
ha parecido hoy que la súplica es la palabra primera y última, la fuente y la meta de toda oración. Nadie
rebasará jamás la súplica. La misma oración a María no nos aparta nunca de la oración trinitaria, porque
la Virgen es toda ella referencia al Padre, al Hijo y al Espíritu. Finalmente, el criterio de la oración
pura, según los padres de Oriente, es la súplica por el mundo y por los enemigos. Toda oración
cristiana auténtica será participación en la intercesión de Jesús por todos lo hombres.

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En este sentido, la oración es cuestión de vida o muerte para los hombres y para el mundo
contemporáneo. Desborda el estrecho círculo de la vida personal de cada uno para interesar la
vitalidad del cuerpo místico de la Iglesia. Según las palabras del cardenal Daniélou, “la oración es un
problema político” (título de uno de sus libros), en el sentido de que los lugares de oración son como
los pulmones en los que se oxigena la vida de la ciudad. Comprendo a los obispos que han pedido a los
monjes y monjas de su diócesis que acudan a instalarse en el corazón mismo de las ciudades nuevas:
hacen de esta presencia de intercesión un acto de fe en el poder de la oración.
Pero todavía hay más en relación con la situación de la fe en el mundo contemporáneo. Es
verdad que desde hace una veintena de años asistimos a una caída vertiginosa en las asambleas
dominicales, en la práctica de los sacramentos, y los más lúcidos nos advierten que todavía no hemos
tocado fondo. El mundo está en trance de convertirse en un gran desierto, en el que Dios será ajeno y
ausente. El Cura de Ars afirmaba que llegaría un día en el que habría tal hambre y sed de la palabra de
Dios que los hombres llorarían con sólo oír su nombre. Sin embargo, el número de los hombres que
oran es mucho más importante que el de los que no practican. Una encuesta reciente sostenía que las
tres cuartas partes de los franceses oran. Sobre este profundo deseo arraigado en el corazón del
hombre debería elaborarse la pastoral. Hace ya años que se vienen ensayando tantos proyectos, planes
y previsiones, que a veces uno se pregunta si no sería preferible poner fin a nuestras discusiones, a
nuestras reuniones y a nuestras palabras, y dedicarnos verdaderamente a rezar. No se trata de juzgar,
de criticar y menos aún de condenar cuanto se ha llevado a cabo hasta el presente con toda la buena
voluntad y gran generosidad. Sin embargo, un día habrá que juzgar al árbol por sus frutos y
preguntarnos si estamos todavía en el campo magnético de palabra de Dios. En otros términos, ¿no
sería preferible guardar silencio y orar basta el momento en que Dios nos muestre claramente lo que
espera de nosotros? Cuando un hombre pide de veras la luz, sin condiciones, Dios responde siempre
a esa oración, y no puede dar una piedra al que le pide el Espíritu Santo.
Cuando hoy veo lo que ocurre en el pueblo ruso, me pregunto por las causas de la renovación
espiritual. Hace más de setenta años que una persecución violenta, abierta o solapada según las fases
de liberalización, ha intentado por todos los medios destruir la fe en el corazón de los rusos,
comenzando por los cursos de ateísmo dados sistemáticamente a la juventud, que presentan la religión
como una enfermedad y una tara psicológica. Por no hablar de los compromisos de la jerarquía de la
Iglesia con los poderes políticos (no se trata de juzgarlos: ¡puede que fuera la única solución para
sobrevivir!). Los resultados están ahí: ha habido más mártires en Rusia desde 1917 a nuestros días
que los que ha habido desde los comienzos de la Iglesia hasta hoy en el resto del mundo.
¿Qué vemos hoy en Rusia? Jóvenes intelectuales llegados del marxismo que se convierten, que
forman comunidades cristianas vivas, que crean seminarios donde se estudia teología, a los padres y
sobre todo a los autores espirituales que dieron origen al hesicasmo, a la invocación constante del
nombre de Jesús. Se registran muchos bautismos entre los jóvenes y un florecimiento del Sacramento
del matrimonio. Se implantan pequeñas comunidades monásticas informales en grandes conjuntos,
sin que exista siempre un nexo con el monaquismo oficial. Finalmente, hay una gran demanda en
muchos hombres y mujeres de startzy: buscan un guía y una orientación para su vida de oración. En
muchos hay un gran deseo de vivir la oración incesante en el monaquismo interiorizado, incluso en
jóvenes laicos casados.
Existen otros muchos signos de esta renovación espiritual. Quienes han vivido la pascua, sea
en Leningrado o en Zagords, os hablarán de las multitudes que se apiñan en las iglesias y los
monasterios y pasan la noche de resurrección en oración. Actualmente hay muchos jóvenes; sin

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embargo, lo que más llamaba mi atención hace unos años eran esas ancianas que recorren cientos de
kilómetros en autocar para ir a orar en los monasterios. Durante la celebración de la pascua, que dura
la noche entera, se la ve recitar la oración a Jesús. A veces llevan consigo a sus nietos, a los cuales han
enseñado a rezar y el catecismo. ¿No se deberá a la oración de esas pobres babouchka (nombre ruso
de las abuelas) y a la sangre de esos millones de mártires el que podamos asistir al nacimiento de una
nueva raza de creyentes?
En cualquier caso, esta nueva eclosión de la vida del Espíritu debe buscar su fuente misteriosa
en la oración oculta de la santa Rusia. No se le puede desear a Occidente que sufra la misma
persecución: sin embargo, hay que confesar que la ausencia de sufrimiento genera comodidad, y que
la comodidad debilita el soplo del Espíritu. Entre nosotros ha quedado barrido el gran soplo del
Espíritu. Cuanto más se encuentra uno sumido en el infortunio, más se siente instado a la súplica. Si
no se sufre, no se percibe tampoco el soplo del Espíritu Santo. No se trata de masoquismo ni de
dolorismo; es que la locura del amor pide la locura de la cruz. Que Dios nos proteja de la persecución
y de cualquier prueba que pudiera hacer zozobrar nuestra fe; pero que no nos abandone tampoco a
nuestra ceguera y a nuestro endurecimiento.
Tendría que poner Dios dos leños en forma de cruz para frenar nuestra ronda insensata de
consumo, de superficialidad y despreocupación. Lo que hay que pedir para Occidente y para nuestra
nación es la lucidez espiritual, a fin de ver el abismo infernal en el que el mundo está sumido hoy. El
día en que nos sintamos consternados por toda la miseria del mundo: los hambrientos, los torturados,
los enfermos, las víctimas de la guerra y de la maldad, los angustiados y sobre todo los más
desgraciados, los pecadores y los que no conocer el amor de Cristo, ese día estaremos algo iniciados
en el misterio de la súplica. Mas eso no llegará a término por un esfuerzo o un récord, sino porque
Dios tenga a bien concedernos su misericordia.
Henos aquí aparentemente muy lejos de las sentencias de los padres del desierto que abrían
estas páginas; en realidad, estamos muy cerca si descubrimos el filón subterráneo que las une. En los
comienzos del monaquismo existe siempre una simbiosis entre el desierto y la ciudad, entre el pueblo
cristiano y los monjes (sobre todo en Rusia, donde los fieles participan de la vida del monasterio), entre
los obispos y los monjes. No sin motivo la primera biografía de Antonio fue escrita por san Atanasio,
obispo de Alejandría. Quería él mostrar que no existe ninguna oposición, y menos aún superioridad,
entre la jerarquía de la Iglesia y el monje carismático. La Iglesia tiene necesidad de la oración incesante
de los monjes para no encerrarse en lucubraciones estériles o correr el riesgo de verse enredada en
logros superficiales. Por su parte, el espiritual tiene necesidad del discernimiento de la Iglesia, para
no ser juguete dé toda suerte de ilusiones y, pensando que se acerca a Dios, no cesar de alejarse de él,
olvidando el amor a los hermanos y la solicitud por el Reino. La síntesis está bien lograda en Oriente,
y más especialmente en Rusia, donde todos los obispos son elegidos entre los monjes. Sin duda es esta
presencia del monaquismo en el seno de la Iglesia lo que ha permitido que la oración del corazón
permaneciera viva en lo más recóndito de la santa Rusia a lo largo de estos prolongados años de
persecución.
La renovación espiritual de Occidente se llevará a cabo por medio de un nuevo pentecostés y
una segunda evangelización. Mas, para obtener que el Espíritu Santo descienda verdaderamente sobre
nuestras cabezas, es preciso que volvamos con María y los apóstoles al cenáculo. Debemos ser asiduos
en la oración y suplicar hasta el momento en que se nos otorgue el Espíritu en plenitud. Entonces todo
se iluminará para nosotros y veremos lo que es preciso hacer. Que estas breves sentencias enciendan

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en nosotros el fuego de la oración. Pero nos quedaremos siempre en el umbral de la oración si el Padre
no nos otorga esta gracia, gracia que nos viene siempre por María.

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1
ENTORNO

1. Si no rezas en tu trabajo, en tus encuentros, en tus momentos de descanso y en tu ir y venir,


difícilmente encontrarás la oración cuando te pongas a orar, porque la oración, como el amor, es
totalitaria: quiere invadir toda tu existencia, y sobre todo tu sueño.
2. Es lo que llamaría yo el entorno de la oración. Los antiguos monjes hablaban a este
propósito de la guardia o vigilancia del corazón, y empleaban otras muchas expresiones para hablar de
este “despertar”, nepsis, a la oración. Los autores modernos emplean un lenguaje preciso; hablan de
la preparación remota o inmediata a la oración. Poco importan las expresiones; todas encierran el
mismo mensaje pedagógico; no se entra en la oración sin haber arreglado el corazón, como dice el
Principito. El entorno es el arreglo del corazón. A menudo le he oído decir a Dom Grammont que es
preciso entrar en la noche como se entra en una catedral: es un acto litúrgico. Lo cual equivale a decir
que debes tomarte tiempo y entrar en la noche, y lo mismo en el día, por un acto libre y positivo que te
haga penetrar en la oración.
3. En la decisión de consagrarte a la oración entran en juego varios elementos. Está en primer
lugar la llamada que percibes en ti confusamente y, en ciertos días, con toda claridad, como si el
Espíritu Santo oculto en tu corazón abriera una brecha en tu caparazón de mármol (el corazón de
piedra) y respirara al aire libre. Esta llamada se traduce en un deseo de orar, como dice Pablo: “Los
que viven según el Espíritu piensan en las cosas espirituales” (Rom 8,5). Pero muy pronto
experimentarás que no basta el deseo, porque la ley del Espíritu es combatida en ti por la ley de la
carne, frenando la oración en tu corazón. El mismo san Pablo dice que este deseo ha de hacerse
efectivo por el poder del Espíritu, “a fin de que pueda cumplirse en ti la justicia de la ley” (Rom 8,4)
y, por fin, puedas orar libremente.
4. Esto es como decir una cosa muy simple: si tomas la decisión de orar, has de saber que se
dará en ti una interacción entre la libertad y la gracia, como por lo demás en todo el resto de tu vida.
Sentirás el deseo de orar y recurrirás a todo para lograrlo (tiempo, esfuerzo y sudor); pero al mismo
tiempo comprenderás que la oración es un don y que has de mendigarlo todos los días, dando gracias
al Espíritu por haber depositado este deseo en ti. De ahí esos apotegmas aparentemente inconexos
sobre el deseo, la llamada, Los comienzos y sobre todo la gracia de la oración que hemos reunido en
esta primera parte del libro. Es el entorno de la oración.
5. En este entorno hay leyes fundamentales, que sería peligroso ignorar o violar, porque
pasarías de largo ante la verdadera oración o serías objeto de múltiples ilusiones. La primera de estas
leyes, por no decir la más importante, es la verdad con Dios, consigo mismo y con los demás. Y ello
por la sencillísima razón de que el Espíritu Santo, fuente de la oración, es un espíritu de verdad. El
Espíritu no puede orar en ti si no eres veraz contigo mismo, pues él penetra tu corazón, conoce tus
deseos profundos y no hay nada oculto para él. Para orar en ti ha de tocar tu cuerpo, tu corazón y tu
mente, a fin de curarlos, templarlos y pacificarlos. Si en la oración presentas a Dios una máscara, el

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Espíritu, que es el ósculo del Hijo al Padre, no conseguirá que beses el rostro del Padre, porque tu
rostro está teñido de mentira. La experiencia me ha enseñado que lo que paraliza a la mayoría de Los
hombres de oración es una especie de mentira que tejen alrededor de sí mismos; ella impide que el
Espíritu obre en ellos.
6. Puedes añadir también como segunda ley, y en la misma línea de la “verdad”, lo que dice
Cristo en el evangelio a propósito de la oración: para orar en verdad hay que recogerse en el lugar más
recóndito de la casa, y sobre todo permanecer oculto a sí mismo, dentro del propio corazón. No has
de buscar tu gloria en la mirada y la estima de los hombres, sino únicamente en el gozo de la mirada
del Padre. Lo que pierde a los hombres de oración, y a veces a los hombres de Iglesia, es el afán que a
menudo tienen de hablar y de obrar ante una galería de cámaras o de escribir en las revistas. Jamás
verás que un padre de Oriente conceda entrevistas, cuente su vida o sus proezas espirituales o también
(sobre todo) sus gracias de oración ante otros hombres.
7. Con el secreto, la humildad, la renuncia y el espíritu de infancia, la verdad pertenece a ese
haz de fuerzas que provocan la sinergia de la gloria y de la santidad. Debes meditar detenidamente
estos capítulos, si no quieres extraviarte en atajos. Finalmente, existe una ley bastante ignorada y en la
que no se insiste bastante en Occidente, donde se carga el acento sobre todo en la calidad de la oración.
El Oriente insiste mucho más en la cantidad. ¡Jamás serás un hombre invadido por la oración si no
rezas MUCHO, MUCHO!
8. En la oración hay un cúmulo de cuestiones técnicas a las que los debutantes y a veces hasta
los guías, dan demasiada importancia, a saber: la postura que se ha de adoptar, la lucha contra la
imaginación y las distracciones, el uso de la lectura, el tiempo consagrado a la oración y otros muchos
detalles. No te enredes demasiado en estas cuestiones, porque emplearías en ellas todo el tiempo de la
oración en lugar de rezar. El único consejo válido que puedo darte cuando te pones a orar es que
clames al Padre, que lo llames y le supliques hasta que veas su mirada; entonces podrás hablar con él
de verdad.
9. Si no cesas de pedir la gracia de la oración, un día la recibirás. He experimentado en mí y en
otros muchos que una oración hecha con humildad, confianza y perseverancia es siempre escuchada.
El día en que recibas ese don de la oración, ya no te preguntarás cómo has de arreglártelas para orar
sin cesar, sino qué has de hacer para parar. En realidad, no te harás ninguna de esas preguntas, porque
la oración te acompañará día y noche, en el trabajo y en el descanso, en la comida y en el sueño, en las
alegrías y en las pruebas, en la oración litúrgica y en la lectura. Quizá encuentres curioso que la oración
esté presente cuando recitas el oficio o haces oración; pero sabes muy bien que puedes cantar salmos
y hasta recitar el rosario sin estar en oración. Ella no te abandonará jamás y podrás estar plenamente
presente en todas tus restantes ocupaciones sin riesgo de distracción.

LLAMADA

10. Cuando leas los Relatos de un peregrino ruso, o los escritos de Silouane, o la vida de san
Serafín de Sarov (en particular su conversación con Motovilov), reconocerás que eras llamado a la
oración del corazón si sientes encenderse en lo más hondo de ti una chispa de gozo, de dulzura, y el
deseo de orar sin cesar, como lo hicieron esos hombres.

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11. Si el Espíritu te hace desear y gustar la oración hesicasta y si te consagras, aunque sólo sea
muy poco, regular e intensamente, a la oración a Jesús, has de saber que se trata de la obra más ardua
de la vida espiritual y que van a acontecerte algunas “cositas”:
- En primer lugar, te atormentarán los demonios, que intentarán por todos los medios
apartarte de la oración, impedirte que ores o al menos sacarte de la oración, pues saben que la oración
destruye sus artes demoníacas en el mundo.
- Luego, la oración prolongada quebranta literalmente todas las fuerzas humanas.
- Finalmente, te sentirás tentado a abandonar la oración a Jesús por una oración más
gratificante.
Sobre todo, mantente firme, y un día llegarás a la oración pura.
12. No hay nada más difícil en el mundo que la oración.
13. No buscarías el rostro de Cristo en la oración si no hubieras ya sentido su mirada posarse
en ti.
14. Cuando sus discípulos van a visitar a Poëme el Grande en su lecho de muerte, les dice:
“Creedme, hijos míos; todavía no he comenzado a convertirme”. Cuando tú también digas: “Todavía
no he comenzado a orar”, entonces estarás en el umbral de la oración pura.
15. Si “orar bien” no depende de tu destreza, jamás debes cesar de orar para pedir el don de
la oración.

COMIENZOS

16. Sobre todo no comiences nunca tu oración utilizando la inteligencia para reflexionar sobre
Dios, ni tu voluntad para quedarte en silencio; sería perder tus energías; comiénzala arrojándote
literalmente en la súplica y lanzando un grito hacia el Padre. Pídele su Espíritu. “Padre, en nombre de
Jesús, concédeme tu Espíritu”. Agárrate a esta invocación: cual una flecha, ese grito romperá tu
corazón y traspasará el corazón del Padre. Apenas sientas brotar el murmullo de la oración en tu
corazón, puedes abandonar el grito. Como dice Serafín de Sarov: “Entonces la oración cede paso al
silencio”.
17. No depende de ti “orar bien” y llegar a la oración pura, porque es un don gratuito del
Espíritu Santo; pero sí depende de ti cuidar los comienzos y pasar el primer cuarto de hora de oración
suplicando al Espíritu que venga a orar en ti; luego te las compondrás con él.
18. En la oración oscilas siempre entre un voluntarismo que quiere imponer tu punto de vista
al Espíritu Santo y una indolencia que nada tiene que ver con el abandono del evangelio. Entra en la
oración sin ideas preconcebidas; prepárala con un texto de la liturgia. Si entras de golpe en la oración
pura, no digas la oración a Jesús, sino habla con el Padre como un amigo con su amigo, puesto que
estás en contacto y en relación con él. Y si no te viene nada, repite lentamente: “Jesús, ten piedad”,
hasta que el Espíritu te introduzca en la oración. Sé flexible en las manos de Dios, a la manera que lo
son las cuerdas de la lira en manos del artista. A Dios le gusta que pases por la dialéctica del contrario:
palabra y silencio, justicia y misericordia, oración a Jesús y oración pura.
19. Las más de las veces, la puerta de la oración permanecerá cerrada y tendrás que pasar el
tiempo repitiendo: “Señor, tu pones en mi corazón el deseo de hacer oración y ves mi incapacidad.

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Ten piedad de mi sufrimiento por no saber orar; apiádate de mí, pecador, y concédeme esta gracia,
pues no quiero decirte nada antes de estar de rodillas bajo tu mirada en la oración; no tengo derecho a
abrir la boca antes de estar delante del Padre invisible que Jesucristo ha venido a hacer visible. Soy
como el ciego al borde del camino, que mendiga la luz. Te suplico que me otorgues la gracia de la
oración”. Es posible que surja en los últimos minutos de oración, o incluso fuera de ella. Pero has de
saber también que, si por tu culpa, no has hecho la oración de la mañana, experimentarás su ausencia
durante toda la jornada en tus pensamientos, tus palabras y tus actos.
20. Se cuenta que san Ignacio tenía la facultad de encontrar a Dios en la oración como quería,
cuando quería y donde quería. Sin duda, tú te encuentras lejos de esta facilidad; pero no digas que esta
gracia no es para ti: seguramente te será concedida si perseveras en la oración. Se dice también de
Ignacio que, después de haber visto a la Virgen, dejó de ser atormentado en su carne. Has de saber
que también se te puede otorgar esta gracia; la experiencia me lo ha demostrado.
21. Mientras, dispón tu corazón a acoger este don; sobre todo, espéralo pacientemente, con
un prolongado deseo: como el anciano Simeón, que acudía cada mañana al templo de Jerusalén movido
por el Espíritu a esperar al Salvador. Como él, un día lo recibirás en tus brazos y verás recompensada
tu larga espera.
22. Para pasar este tiempo de espera, haz lo que puedas: recita la oración a Jesús o el rosario,
lee la palabra de Dios; en último caso, no hagas nada; pero espera, seguro de que en cualquier
momento puede brotar la oración en tu corazón.
23. Haz lo que puedas y lo que quieras; pero con la locura de creer que en cualquier momento
Dios puede hacer algo. Lo más seguro que puedes hacer en la oración es esperar. La mayoría de las
veces no será durante la oración cuando el Espíritu aparezca y te visite, sino luego, en el resto de la
vida. Durante la oración tienes la impresión de estar perdiendo el tiempo; por lo demás, para eso
acudes a la oración. Orar, decía el Padre De Foucauld, es perder el tiempo por Dios. Y el día que no
haces oración, cinco o seis horas más tarde, sientes que te falta eso.
24, Para un hombre espiritual, no hay nada más doloroso que sentir un gran deseo de orar y
no encontrar a Dios en el momento en que entra en oración, después de hubo hecho todo lo posible
para encontrar a su Señor. Sus esfuerzos no serán nunca vanos; a menudo, en el momento en que
menos lo piensa se verá visitado por la oración: pero en la oración no ocurre nada. No encuentro mejor
comparación que la del radiotelegrafista que desde su emisora intenta ponerse en contacto con un
navegante solitario. Pasa horas antes de conseguirlo; pero el día que establece contacto y entabla
diálogo, se ve recompensado de sus horas de espera y del fracaso aparente. Lo mismo ocurre con la
oración: todo esfuerzo por entrar en contacto con Dios recibirá un día u otro respuesta y tendrá
recompensa.

LA GRACIA DE LA ORACIÓN

25. Si el Espíritu Santo te concede el don de la oración, te lo ha dado todo; por favor, no le
pidas nada más.
26. “Todos los bienes me han sido dados con la oración”, dice santa Teresa de Ávila.
Personalmente, puedo dar testimonio de ello: cada vez que he recibido el don de la oración, mis

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sufrimientos físicos se han apaciguado, las tentaciones se han desvanecido, la paz ha vuelto a mi alma
y el gozo ha residido en mí.
27. Este testimonio sobre la oración es de un confesor de la fe que ha pasado varios años en
un hospital psiquiátrico en Rusia. Debido a los medicamentos y al lavado de cerebro, le resultaba
imposible toda oración vocal (esto para comprender la insistencia del testimonio sobre la “oración del
corazón”). Pero la oración no se extinguió entonces en él en el momento del sufrimiento, porque el
contacto con Dios se había realizado en un nivel más profundo: el del corazón. Entonces la oración
fue realmente su única fuerza; de otra manera, hubiera salido totalmente roto de aquellos años de
tratamiento e internamiento. Sin embargo, ocurrió justamente lo contrario. He aquí su testimonio:
“La oración es la fuerza más grande de que disponen los hombres para transformar el mundo...
En lo que a mí concierne, un día tuve la revelación de que Dios me hablaba sin cesar, y ello me llevó a
permanecer en silencio. Necesitaba escuchar aquella palabra pronunciada en mi corazón por Dios, y
que es intraducible a nuestro lenguaje. Tuve la experiencia de que Dios respondía a mis preguntas; es
algo muy fuerte que muchas personas viven a mi alrededor. La primera comunicación de Dios en el
silencio interior me hizo saber que Dios me perdonaba mi pecado. Desde entonces esa voz no ha
vuelto a callar, aunque no se exprese con palabras; ella es la que día tras día me ha dado la fuerza de ser
fiel y proseguir mi camino.
En aquel momento comprendí que lo más importante en la vida de un cristiano es que ese
silencio de Dios habite en nuestro corazón, que haya ese contacto permanente, ese continuo de
corazón a corazón con el Señor. Las oraciones con palabras, con música, con cantos, con gestos han
de proceder de ese contacto con Dios en el silencio; de otra manera, la oración es frágil, no tiene aún
fuerza para transfigurar el mundo” (Rusia… Diario de viaje, “Feu et Lumièr”, 58 [diciembre de
1988], 30).
28. Si Dios te otorga el don de la oración de fuego (la oración ígnea, como dicen los padres),
acógela con alabanza y acción de gracias, pero no te aferres demasiado a ella como a una forma de
oración elevada o la cima de la oración. Quiero mostrarte un camino infinitamente superior: la oración
de las lágrimas. Reza al Espíritu Santo para obtener el don de las lágrimas, a fin de ablandar con la
compunción la dureza de tu corazón. Entonces confesarás tu pecado al Señor para obtener el perdón.
29. Un día Jesús pronunció estas palabras: “Nada puede hacer salir esta clase de demonios,
excepto la oración”, a propósito de la curación del niño epiléptico (Mc 9, 14-29). Detente largo ralo
en estas palabras pronunciadas por el Hijo de Dios y pídele la inteligencia espiritual de las mismas en
la lucha contra el demonio mudo que te impide rezar y escuchar al Señor. Si también Jesús oró
intensamente para arrojar a ese demonio, cuánto más debes pedirle tú la gracia de la oración, es decir,
volcarte en cuerpo y alma en la súplica.
30. Uno de los mayores sufrimientos de tu vida de oración es estar sometido a la alternancia
de los “diferentes espíritus”, según el hallazgo de san Ignacio de Loyola. Unas veces te ves visitado
por la oración de fuego, y la dulzura del Espíritu penetra en tu corazón; otras te invade la sequedad y
la aridez, y no sientes el menor deseo de rezar: todo eso no te dice ya nada. Teresa de Lisieux cuenta
la gracia que recibió un día durante el vía crucis, unos meses antes de morir. Se sintió penetrada por
un dardo de fuego, y de pronto se encontró invadida por una intensidad de amor que jamás había
experimentado hasta entonces. Y añadió que, de haber durado unos segundos más, no hubiera
permanecido con vida, hubiera muerto de amor. Después de esto, pensaríamos que iba a estar

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sumergida en la dulzura y consolación del Espíritu. Desengañémonos. Inmediatamente después
añadía: “Luego caí en mi sequedad habitual”.
31. “Los que han sido dignos de llegar a ser hijos de Dios y de renacer del Espíritu Santo y
tienen en sí mismos a Cristo para iluminarlos y reconfortarlos son guiados invisiblemente en su
corazón por el Espíritu Santo por caminos diversos y variados; están animados por la gracia
permaneciendo en el reposo espiritual.
A veces están como sumidos en el dolor de la aflicción por el género humano y multiplican sus
oraciones por toda la humanidad: son presa de la tristeza, de las lágrimas, porque el Espíritu los abrasa
de amor a todos los hombres.
Otras veces el Espíritu hace que arda en ellos tal exaltación y amor que, si fuera posible,
encerrarían en su corazón a todos los hombres, sin distinción de bien o de mal.
Otras veces se rebajan más que los demás en la humildad del Espíritu, hasta el punto de
estimarse los últimos y menos que todos.
Otras veces viven en un gozo inefable bajo la acción del Espíritu.
Otras son como un héroe valeroso que se reviste de la armadura real, va al combate, lucha
animosamente contra los enemigos y consigue la victoria. De esta manera el hombre espiritual toma
las armas celestes del Espíritu, acomete a los enemigos, libra combate con ellos y los pone a sus pies.
A veces el alma descansa en un silencio profundo, en la calma y la paz; sólo conoce el gozo
espiritual, un reposo y una plenitud indescriptibles.
A veces la gracia instala al alma en una comprensión y una sabiduría sin par; en un profundo
conocimiento, gracias al Espíritu, de los misterios, que ni la lengua ni la boca pueden expresar.
A veces es como cualquier otro hombre” (Homilía del siglo IV. Diversidad de los efectos del
Espíritu).
32. A veces te sientes como “un hombre cualquiera”, y vuelves a caer en tu “sequedad
habitual” después de haber sido encumbrado al “séptimo cielo”. Esta alternancia de los diversos
espíritus es verdaderamente un misterio; pero es querida por Dios y tiene un sentido oculto.
Primeramente te hace comprender que no depende de ti suscitar el fervor en la oración. No depende
de ti, dice san Ignacio, “ir a construir tu nido allí donde querrías”. Luego te enseña a dar gracias
cuando eres visitado por el gozo del Espíritu, pero mucho más todavía a suplicar cuando te encuentras
en sequedad. No eres tú el dueño de la situación, sino que lo esperas todo de la complacencia del
Padre.
33. La pedagogía de Dios tiende a enseñarte la pobreza espiritual y la fidelidad en el puro
amor: “... El alma no puede estar sin movimiento, ya que ha de adelantar en las virtudes o retroceder.
Por ello no pueden quedar anclados en un deleite, porque mi bondad no se lo sigue dando. Les doy
mucho y variados: unas veces, el de la alegría de espíritu; otras, la contrición y aborrecimiento del
pecado... Esto lo hago por amor y para conservarlos y hacerlos crecer en la virtud de la humildad y
perseverancia y para enseñarles a que no quieran imponerme sus leyes... y crean con viva fe que yo doy
según la necesidad de su salvación” (Diálogo de santa Catalina de Siena, BAC 143, pp. 174-175).
34. Ahora te invito a entrar en las diversas zonas del entorno de la oración. Mas para no andar
revoloteando entre ideas abstractas, voy a trazar a grandes rasgos el retrato de un hombre de oración
tal como hubieras podido verlo si te hubieras acercado a Serafín de Sarov, al Cura de Ars, a Silouane o
a Juan de Cronstadt. Esos hombres apasionan porque de ellos emana el suave olor de Cristo y en sus

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figuras contemplas el rostro glorioso de Jesús. No querrías dejarlos, porque a su lado se respira la dicha
y el gozo. Por eso, cuando salgas de la oración, debes leer a menudo la vida de los santos.

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RETRATO

1. El hombre de oración no se fija un mínimo de tiempo para rezar a fin de consagrar el resto
a otras preocupaciones, como los deberes de estado o la acogida fraternal, sino que establece el
máximo de tiempo que va a dedicar a las obras exteriores pala volver al punto a la oración.
2. De san Ignacio se decía que estaba tan prendado de la oración, que, fuera de sus
ocupaciones, de sus visitas o de sus encuentros, se sumía de nuevo en la oración como atraído por un
peso de amor o de oración.
3. Fíjate bien: en el terreno de la oración hay cristal y bisutería, santos y chiflados. Has de tener
ojo para no engañarte. Un santo, un hombre de oración es alguien que no cesa de pensar en Jesucristo,
hasta el punto que se puede preguntar si esta obsesión no requiere un sanatorio. Acuérdate de los
locos por Cristo y de Basilio el bienaventurado de Moscú. Arrojaba piedras a las casas de los ricos
porque veía a los demonios instalados en sus paredes, y en cambio besaba el umbral de las casas de
prostitución porque veía a los ángeles entrar en ellas. Con todo, hay un abismo de diferencia entre un
santo y un chiflado que te permitirá discernirlo.
4. Los obsesos patológicos no prestan atención a nadie: puedes verte abrumado por el
sufrimiento y las pruebas en su presencia, que no se enterarán de nada; es inútil que te canses en
exponerles tus problemas y sufrimientos; no los despertarás de su sueño. Ellos siguen con su película,
puede que religiosa incluso. Caminan al lado de sus “pompas” y están del todo desconectados de la
realidad.
5. Pues bien, en los santos pasa exactamente lo contrario. Están obsesionados por Cristo, por
la oración y la intimidad con Dios; sin embargo, se mantendrán bien atentos a tus miserias, a tus
dificultades y hasta a tus pequeños problemas, aunque estén en éxtasis o sean arrebatados al séptimo
cielo. Acuérdate de Serafín de Sarov, que se sentía conturbado por las historias que le contaba una
anciana sobre los problemas con sus gallinas y sus patos. Y como alguien le indicara al santo que
exageraba un poco con cuestiones tan fútiles, él respondía a quienes le oían: “Es que es todo lo que
tiene la pobre mujer para vivir”. Sí, los santos son capaces de dejarse conmover.
6. Si no te fijas, si no tienes ojos, quizá no te percates de que piensan siempre en Jesucristo.
Te encubrirán el tesoro que constituye su dicha, te hablarán de sus pequeños asuntos, realizarán su
trabajo sencillamente, ni mejor ni peor que otros (en conjunto, más bien mejor; aunque no siempre,
pues que están mejor o peor dotados, como todo el mundo). Sólo que... apenas se quedan libres irán
hacia aquel que es su respiración, su alegría, su razón de existir y su misma vida. Puede que hablen de
él porque vive en ellos (como en otros vive el demonio, según las palabras de Celina a su hermana
Teresa del Niño Jesús). Están afectados por un virus o una locura; pero una locura que es sabiduría.
Como dice Pablo: “Nosotros somos tontos por Cristo, vosotros sabios en Cristo”.

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7. No siempre es fácil buscar a Jesucristo en la oración. Ocurre un poco como con el
radioaficionado: a menudo hay parásitos y la audición no es buena. Mas con paciencia, con mucha
paciencia, llegarás a captar una cierta “música” que te agradará, y sobre todo te ayudará a vivir. Cuando
la haya escuchado dos o tres veces, no podrás pasar sin ella; buscarán sin descanso en el cielo y en la
estación emisora: el corazón de Cristo.
8. Por eso hay en los santos una tristeza indeleble hasta que no vuelva Jesús. Su oración
incesante está unida a esta espera de la vuelta de Cristo. Por ello la Iglesia no cesa de repetir:
“Maranatha! ¡Ven, Señor Jesús!” y por eso los santos, apenas tienen un instante libre, van a su puesto
de radio (el santísimo sacramento o el fondo de su alma) e intentan sintonizar con Jesucristo...; en
otras palabras, orar.
9. Esos seres, demasiado raros, han resuelto todos sus problemas de la vida; jamás lograrás
desconcertarlos. Al que ha encontrado la intimidad con Cristo, aunque se vea perseguido o se
encuentre turbado, le bastarán cinco minutos para recobrar la paz mediante el contacto con él. Esos
hombres poseen el secreto de la dicha. No quiere decir esto que no sufran tanto, y a veces más que los
otros: pero, en definitiva, son felices; y solo las personas felices pueden evitar ser malas y,
consecuentemente, enseñar a los hombres el medio de entenderse los unos con los otros.
10. Un santo sabe que no está solo en esa soledad que es el gran drama de todos. La única
respuesta a la soledad, a la angustia del corazón, la única firme como una roca, es Jesucristo, que habita
en tu alma desde tu bautismo.
11. El rostro de Cristo tiene la virtud de hacerse presente hoy y de seducirte a través de otros
rostros. Cuando un hombre ama a Jesús, es un poco como Moisés al bajar del Sinaí: su mirada es
secretamente la de Cristo. Es lo que se llama la irradiación de los santos, palabra de la que hoy se abusa,
pero que designa una realidad profunda.
12. Al evocar el ministerio de la nueva alianza, Pablo utilizará la imagen de la gloria que
irradiaba del rostro de Moisés (2Cor 3,6s) y la del buen olor de Cristo (2Cor 2,15). De esta manera
se llega al conocimiento de Cristo.
13. El primer paso que se te impone no es tanto leer libros -¡tampoco es lo último!-. Jesús está
vivo; para comprender a un ser vivo hay que verlo vivir. De ahí la importancia de ver y de encontrarse
con santos. Un cancionista había imaginado un sketch en el que describía un objeto; constaba de dos
largueros con cuarenta centímetros de separación, tenía tres metros de altura con espacios de
veinticinco centímetros. Cuando todo el mundo se había roto la cabeza sin lograr comprender,
respondía que era una escalera. Lo mismo ocurre con Cristo. Mientras no hayas visto funcionar el amor
de Cristo en el corazón de un santo y presentido que posee el secreto de la felicidad, la verdad y la vida,
es preferible que no se te hable mucho de ello. Luego, cuando hayas encontrado un santo, podrás leer
el evangelio y escuchar la predicación.
14. A veces te parecerán mediocres: pero si por encima de sus personas mira el impulso que
les ha movido, entonces presentirás el rostro de Cristo. En la Iglesia hay todo lo necesario para
desanimarte y quitarte el gusto de la oración; hay mediocridad, porque está también el demonio que
se ocupa de la Iglesia con un cuidado muy particular para introducir en ella corrupción, Mas en medio
de esta cizaña alienta una locura de amor: el rostro de Cristo percibido por quienes tienen el don de
captar el buen olor de Cristo en medio del lodo.

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15. Una vez que has respirado este olor, inmediata y definitivamente sabes que quienes lo
exhalan son felices; aunque tengan defectos, poseen el secreto de la felicidad, y cuando no los
encuentras, te aburres. Jesucristo tiene una dirección: la eucaristía. No siempre es fácil encontrar esta
dirección; pero cuando has encontrado al amigo buscado, te sientes recompensado de todos tus
esfuerzos. Sólo Jesús es fascinante.
16. Durante el verano de 1858, un noble, el conde de Bruissard, se presenta en el
“calabozo”. Encuentra a Bernardita en el umbral de la puerta ocupada en repasar una media negra.
Le pide que le cuente las apariciones y, luego, movido por una inspiración repentina, que
“reproduzca” para él la sonrisa de la Virgen.
-Soy incrédulo, explica él-, y no creo en las apariciones.
La primera reacción de Bernardita es mandar a paseo a aquel importuno:
-Entonces, señor, usted cree que soy una mentirosa -responde ella.
Pero muy pronto recupera el dominio de sí misma, porque, de repente, todo en la actitud de
aquel hombre contradice lo que acaba de afirmar. Y accede a su petición,
- Ya que es usted un pecador (¡Bernardita no dice incrédulo!), reproduciré para usted la
sonrisa de la Virgen.
Este recuerdo, confesará más tarde el peregrino de 1858, tuvo la virtud de transformar en un
instante su corazón. Él iluminará el resto de sus días (referido por Dom Bernard Billet).
17. Cuanto más absorto está un hombre en la oración, menos conciencia tiene de que ora. Se
encuentra del todo desorientado y no sabe dónde está, porque permanece oculto a sus propias
miradas. Mas tú puedes saberlo. Si mientras hablas con él te infunde el gusto y un deseo ardiente de
orar, le reconocerás como un verdadero hombre de oración. Sólo los grandes rezadores pueden avivar
en el corazón de sus hermanos el fuego de la oración.
18. Hay un tiempo para la oración y un tiempo para el silencio. Hay días en los que te sentirás
tan abrumado por el sufrimiento físico, la fatiga o incluso el infortunio que serás incapaz de decir una
palabra sobre la oración. Contempla entonces tu alma en el silencio y con el rostro en el polvo. Un
amigo mío, hombre de oración, respondió rebosante de buen humor a alguien que le preguntaba una
tarde sobre la oración: “Después de las nueve de la noche, no sé absolutamente nada de Dios”.
19. Cuando san Antonio tuvo que buscar un hombre de oración mucho más santo que él, su
ángel de la guarda no le envió a un monasterio o al obispo de Alejandría, donde, sin embargo, vivía el
gran san Atanasio, sino a una calle insignificante de aquella gran ciudad de perdición, en la que los
hombres no distinguían ya su mano derecha de la izquierda, y allí encontró a un humilde zapatero que
le convirtió por completo, y que hacía decir a Sisoes y a Poëmen el Grande: “¿Quién puede soportar
el pensamiento de Antonio sobre el infierno?” Si deseas encontrar un auténtico hombre de oración,
dirígete a los lugares en que permanecen ocultos, sobre todo en el corazón de las ciudades y de los
grandes espacios desiertos. Si vas a los monasterios, fíjate en hermanos conversos de edad o en monjes
silenciosos. Existen también lugares de gran soledad: los hospitales, las casas de personas ancianas.
En ellos hay muchos hombres de oración; pero permanecen ocultos, invisibles. Pide a tu ángel de la
guarda que te los descubra. Te bastará verlos para entenderlo todo. Existe una misteriosa red de
hombres de oración ocultos como las raíces en el fondo de la tierra, y Dios permite a veces que se
encuentren y se descubran en el silencio. Esto se concede gratuitamente.

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20. Hacia los diecisiete años leí un libro (La vida oculta en Dios) que me puso en contacto con
un gran espiritual, Roben de Langeac, cuyo verdadero nombre es Agustín Delage, profesor del
seminario de Limoges. No le he visto nunca; pero en la lectura de sus libros aprendí que había recibido
del Espíritu Santo la misión de orar por las almas interiores (expresión un tanto caída en desuso). No
se sentía capaz de orar por los pecadores a causa de su indignidad. Era un hombre de oración. He
intentado conocerle mejor informándome de quienes le habían conocido, lo cual ha creado un lazo de
amistad y de oración entre nosotros que jamás ha decaído. Decía él que su vida de oración había
tomado cuerpo realmente el día en que había ido al carmelo a pedir a una carmelita que se acordara de
él en sus oraciones. Como yo tenía hambre de “esas cosas”, no necesité mucho tiempo para recibir
una respuesta a mis preguntas sobre la oración. Él es el origen de mi vocación a la oración, y todo lo
que “sé” (o, más bien, “no sé”) de la oración viene de él.
21. Robert de Langeac decía que no había recibido misión para todas las almas, y que se le
avisaba interiormente cuando debía oral por alguno llamado a la oración. He encontrado muchos
hombres y mujeres atraídos por la oración; pero he tenido que esperar a estos últimos años para
descubrir un verdadero hombre de oración, que había recibido el don de la oración. Permanecía bien
oculto a los ojos de sus hermanos, quienes, sin embargo, presentían un misterio. El penúltimo día de
retiro me pidió que diera una vuelta con él. No sé si hablamos de la oración; pero al cabo de aquella
media hora tuve la convicción de que había encontrado un auténtico rezador, de la misma manera que
se encuentra una perla preciosa o un tesoro oculto en un campo; no es posible dudar de ello. El caso
es tanto más raro cuanto que se trata de un joven que no ha cumplido aún los treinta años.
22. Reconozco que este encuentro ha sido una de las grandes gracias de mi vida. Incluso
cuando uno mismo es llamado a la oración, hay necesidad de encontrar testigos de la oración, y sobre
todo hombres que recen por nosotros. No me lo esperaba lo más mínimo, aunque he tenido ya
numerosos amigos atraídos por la oración. Todavía no había estado en contacto con un hombre para
el cual la oración lo era “todo”. Un día me dijo: “Es lo único que tengo”, aunque está bien dotado en
todos los niveles. Pero era muy cierto. Aunque muy dotado humanamente, todo lo recibía en la
oración. Lo que más me ha sorprendido en él es su silencio y su capacidad de callar para escuchar a
Dios. Con otros frecuentemente es un tormento no poder hablar. El me dijo: “Me callaré más todavía
para recibir de Dios lo que debo decir”. Escribe poco; pero cada vez qué nos vemos surge en nosotros
la misma oración, y la impresión de que reanudamos un diálogo y una oración no interrumpidos jamás.
Evidentemente, hay que desistir de hablar de una relación así, que no es posible formular con palabras
de la tierra. En tu camino de oración, a menudo solitario, incomprendido y hasta menospreciado, Dios
te concede una gracia muy grande si pone en tu camino un hombre convertido en oración viviente.
Presientes que no eres una excepción, sino que perteneces a la gran familia de los rezadores.
23, El hombre de oración recibe la virtud de tocar el corazón de quienes conversan con él.
Esto tiene una enorme importancia, porque mientras habla simplemente intenta traducir su propia
experiencia espiritual. Recurre a la oración para introducir a su interlocutor en el estado espiritual del
que brota su misma oración, sin lo cual el sentido de sus palabras permanece oculto. Con el poder de
su oración tiene el don de introducir a su interlocutor en otro mundo. Esta influencia no ejerce
ninguna presión y respeta la libertad del Espíritu en el corazón del otro.
24. Lo que más falta en la Iglesia en general, y más particularmente a la de Occidente, no es
tanto la abnegación, la generosidad, el valor; es más bien una cierta ausencia de soplo espiritual, de

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impulso vital o de calor del Espíritu que se respira entre nuestros hermanos de Oriente, y
particularmente entre los rusos y los coptos. Son muchas las razones de esta falta de aliento, pero la
más importante es seguramente la separación entre el monaquismo y la Iglesia oficial. En Oriente
todos los obispos son monjes, lo cual le da otro aliento a la Iglesia. A nivel de pueblo cristiano, vemos
que nuestros hermanos orientales están iniciados en la oración del corazón por medio de la oración a
Jesús, mientras que entre nosotros este mundo de la oración incesante parece del todo ausente de la
mentalidad de los cristianos, incluso de los mejores y los más abnegados.
25. “Cuando ya no esté yo, venid a menudo a mí y traedme todos vuestros pesares, todas
vuestras preocupaciones, todas vuestras penas; hablad conmigo como con una persona viva, porque
lo seré siempre para vosotros” (san Serafín de Sarov), Los santos tienen el presentimiento, la casi
certeza de que después de su muerte vivirán y continuarán su misión de misericordia y de compasión
entre sus hermanos. Así Teresa de Lisieux, que está segura de pasar su ciclo haciendo bien en la tierra.
Así Benito José Labre, que, anonadado, ve en una iglesia de Roma el lugar en el que será sepultado y a
las multitudes yendo a orar a su tumba. En la oración tiene la experiencia de la presencia y del poder
de intercesión de los santos y de los amigos de Dios.
26. Dios no hace nada sin revelárselo a sus servidores y amigos, los santos. San Felipe Neri
dice que Dios revela a los hombres de oración la proximidad de su muerte. Si eres un verdadero
hombre de oración, el Padre no puede dejarle en la oscuridad respecto a tu vida, a tu futuro y a las
decisiones que has de tomar. Cuando te encuentres sumido en la oración pura, sentirás que se alzan
en ti luces, deseos, en resumen, palabras que habrás de verificar mediante el discernimiento, pero que
te introducirán en la voluntad del Padre. Pienso en aquel religioso, hombre de mucha oración, al cual
se le reveló que sería llamado al episcopado. Al principio se quedó aterrado; pero después de hablar
de ello con su padre espiritual, se sintió confirmado en esta iluminación, y algunos meses después fue
llamado efectivamente al episcopado.
27. Tengo la íntima certeza -convicción que viene del Espíritu Santo- de que si has recibido
en la tierra la vocación de la oración, y sobre todo la de interceder por tus hermanos, tu misión no se
detendrá con tu muerte. En la eternidad seguirás intercediendo por tus hermanos; incluso será tu
única misión, que no se verá entorpecida por las limitaciones del espacio y del tiempo. Tu intercesión
tendrá la densidad de un instante eterno. Como Serafín de Sarov, invita a tus hermanos a que acudan
a ti a confiarte sus penas y sus oraciones, y experimentarán tu intercesión celestial.
28. Si no sabes rezar, pide a uno de tus hermanos que rece por ti o manda celebrar la eucaristía
por tus intenciones. La oración ferviente de un justo (santo), dice el apóstol Santiago, es muy poderosa
ante el Padre. No importa que tu hermano se olvide de rezar por ti; tú has tenido la intención de
mendigar su oración, y con eso basta. Sobre todo, no intentes nunca orar tú solo, sino entra en la
oración de Cristo, de la Virgen, de la Iglesia. Y cuando estés en tu oratorio, si no sabes rezar, haz el
acto de fe de entrar en la oración de tu hermano, que es también tu vecino.
29. Los hombres de oración resplandecen sin internarlo, y sobre todo sin percatarse de ello.
Como dice Bergson de los místicos: “Les basta existir; su existencia es una llamada”.
30. Algunos cambian frecuentemente de padre espiritual para tener la satisfacción de hablar
nuevamente de sí mismos y para no tener que obedecer en profundidad. No fatigues con palabras vanas
a tu padre espiritual; no le cuentes tu pasado, tus proyectos para el futuro. Manifiéstale el estado de tu

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alma al presente, porque ahora es cuando él quiere verte salvado. Ahora es cuando debes recibir la
gracia del perdón y la fuerza del Espíritu. Si le hablas de lo que ya no existe o de lo que no existe aún,
¿en qué presente puede él depositar el don de Dios?” (Paroles du Mont Athos, “Vie spirituelle”,
631[marzo-abril 1979], 279).

31. La muerte de santa Macrina (hermana de san Basilio y de san Gregorio de Nisa).
“Había transcurrido ya la mayor parte del día, y el sol caminaba hacia su ocaso. Sin embargo,
su fervor no decaía; cuanto más se acercaba al momento de la partida, más violenta era su prisa por ir
con su amado, como si ya contemplara la belleza de su esposo. No se dirigía ya a nosotros, que
estábamos presentes, sino al único en el que tenía fijos incesantemente los ojos. Habíamos vuelto, en
efecto, su lecho hacia Oriente, y ella había dejado de hablarnos para no conversar más que con Dios
en la oración; tendía hacia él sus manos suplicantes y murmuraba con voz débil, por lo que apenas
podíamos entender sus palabras (...). Al mismo tiempo que las pronunciaba, hacía la señal de la cruz
en sus ojos, su boca y su corazón. Poco a poco su lengua, seca por la fiebre, dejó de articular claramente
las palabras, bajó la voz y sólo por el movimiento de sus labios y de sus manos reconocíamos que
rezaba. Como había entrado la noche, alguien trajo una lámpara. Macrina entonces abrió los ojos y
dirigió la mirada hacia el resplandor, manifestando así que también ella deseaba decir la oración de
acción de gracias a la lámpara. Pero le faltó la voz, y hubo de realizar su deseo en su corazón y con los
gestos de sus manos, traduciendo el movimiento de los labios su impulso interior. Cuándo hubo
terminado la acción de gracias e indicado, llevándose la mano al rostro para hacer la señal de la cruz,
que había concluido su oración, exhaló un suspiro grande y profundo, y terminó a la vez su oración y
su vida” (GREGORIO DE NISA, Vida de Macrina, en “Sources chrétiennes”, 178, pp. 217 y 227).

21
3
DESEO

1. Lo capital, desde el punto de vista de la santidad o de la oración, es desear alcanzar la meta,


aunque reneguemos de ella permanentemente. Para hacéroslo comprender, me serviré de la
comparación de la marcha. Yo os propongo recorrer diez mil kilómetros, pero vosotros no sois
capaces de recorrer más que cien metros. Sabed que esos cien metros sólo tienen valor si estáis
dominados por el deseo de los diez mil kilómetros. Por supuesto, esto no es muy eficaz para lo realistas
que somos nosotros. Sin embargo, en el plano espiritual las cosas son diferentes.
2. Por eso es preciso dejar siempre la oración, sin realizarla nunca a la perfección. Serás
juzgado por tus deseos. El que cree que ha obrado bien, pero carece del deseo de lo imposible, pasa
de largo. Serás juzgado por la cualidad de tu deseo de lo imposible. Si no deseas lo imposible, no
deseas a Dios, porque Dios es imposible. Está escrito en el evangelio: “Lo que es imposible para los
hombres es posible para Dios”.
3. A la manera de Péguy, podría decirse dando la palabra a Dios: “Al pedirte que me desees -
dice Dios-, te pido que desees lo imposible. Si no deseas lo imposible, te endurecerás. Estarás
satisfecho de ti y no podrás vivir en esa constante angustia de desear lo imposible”. Aplica esto a la
oración, y verás que lo que te digo es perfectamente consolador, ya que basta desear, y al mismo tiempo
es muy grave, porque es agotador desear el cielo. Has de saber simplemente que si suplicas, el Espíritu
Santo hará eficaz tu deseo de oración.
4. Teresa de Lisieux decía que en “la oración sus deseos le hacían sufrir un verdadero
martirio”. No es sorprendente, pues el fuego del Espíritu alimentaba todos sus deseos y los hacía
eficaces. Lo mismo ocurre contigo: si el Espíritu Santo pone en tu corazón un gran deseo de oración,
has de saber que quiere realizarlo en ti, pues Dios no te hace esperar o desear nada sin que quiera
concedértelo.
5. Si tienes un verdadero deseo de la oración y de la súplica incesante, se te concederán
ciertamente esas gracias, porque un deseo verdadero es siempre escuchado, aunque entrañe una parte
de sueño e imaginación, lo cual es inevitable en todo deseo. Un día caerá la parte de sueño y tu deseo
se verá colmado. Mas ¿cómo verificar entonces la autenticidad de un deseo? Lo verificarás si dura y
persevera en la oración humilde y confiada.
6. ¡Jamás serás hombre de un deseo lo bastante grande!
7. Si deseas la oración y no cesas de desear que invada toda tu vida como un mar de fondo, has
de saber que el Espíritu Santo actúa en tu corazón. Es él el que te hace desear la oración; y desearla es
tenerla ya. San Juan de la Cruz dice que Dios no nos hace desear nada que no quiera concedernos. Y
el signo de tu deseo es que no cesas de pedir ese don en la oración.

22
8. En lo referente a la oración, te interesa relacionarte con los teólogos, en panicular santo
Tomás cuando habla de la fe. Existe una relación entre la oración y la fe. Ello te explicará muchas cosas
y te consolará de no pocas miserias. Dice santo Tomás que la fe es una certeza, una convicción a
propósito de las cosas que no aparecen (Fides est argumentum non apparentium). Y desarrolla él por
extenso este doble movimiento de la fe, que yo omito. Lo esencial es comprender bien que en materia
de fe la certeza es tanto mayor cuanto más débil es la evidencia. Cuanto menos ves, más asegurada está
tu certidumbre y más crece tu fe. La fe está hecha para contemplar lo que no ves.
9. De ahí se sigue una consecuencia para tu vida de fe. Cuanto más avanzas en la fe, más te da
Dios un alimento sólido y más son también las tinieblas que devorar, porque las tinieblas son
esenciales a la fe, el alimento mismo de la fe. Es la “santa medianoche de la fe” de que habla san Juan
de la Cruz. Dios sabe mejor que tú cuándo te invita a penetrar en las tinieblas; sabe que puedes
soportarlo y que hay solidez allá abajo. En el ciclo tu luz de gloria estará en proporción a la fe que hayas
tenido aquí abajo, ya que la caridad crece al mismo tiempo que la fe.
10. Eso en cuanto a la fe. Respecto a la oración, es exactamente lo mismo. Santo Tomás nos
presenta la oración como un agente universal (¡perdona este término bárbaro!) que ejerce una
influencia y una acción misteriosas en la conducta del mundo, pero sin que tú lo veas. Lo mismo ocurre
con la oración. Sabes que ocupa un lugar inmenso en el mundo y que es uno de sus resortes esenciales.
La gran verdad es que la influencia de la oración es una cosa muy cierta, pero muy misteriosa. Estás
seguro de que transforma el mundo, pero no ves nada. Presta atención porque estás en el punto
neurálgico de tu vida de oración.
11. Encuentras aquí las dos características de la fe: certidumbre e inevidencia, oscuridad
profunda. El que ora trabaja más que nadie, puedes estar seguro de ello; pero lo que él hace no lo ves.
Lo ves cada vez menos, a medida que su trabajo es más profundo y más amplio. He ahí el criterio que
autentica tu vida de oración. El hombre que reza siempre está seguro -y esta convicción crece sin cesar
en él- de que hace por el mundo, por la Iglesia y por sus amigos algo más importante que lo que pudiera
producir cualquier otro tipo de actividad, sea cual sea. Su certeza se acrecienta al respecto, y arraiga
en él cada vez más, mientras que al mismo tiempo sabe cada vez menos adónde va su oración, qué es
de ella, lo que Dios hace de ella.
12. En los comienzos de tu vida de oración, Dios sabe que no tienes aún certeza suficiente
para soportar un misterio tan denso. Se digna facilitarte las cosas y te concede un poco de luz. Pero a
medida que avanzas, todo se vuelve cada vez más misterioso. Estás seguro de que llevas a cabo algo
inmensamente grande, pero se te escapan cada vez más las repercusiones, sumidas en las tinieblas, y
ello a fin de que tu oración tenga más mérito y eficacia.
13. Ya vez hasta qué punto la teología de la oración está calcada en la de la fe. Toda la vida del
justo debe brotar de la fe, como de su fuente y raíz; sobre todo ese acto esencial que es la oración. Tu
oración ha de estar revestida de las condiciones esenciales de la fe. Cuanto más progreses en la oración
y en la obra de Dios, más densas y pesadas se harán las tinieblas. Has de regocijarte y aceptarlo, porque
Dios te encuentra suficientemente maduro para soportar su silencio.
14. Durante mucho tiempo he creído que la oración disipaba las tinieblas de la fe; ahora
comprendo que las aumenta y nos hace penetrar en una tiniebla luminosa. He creído también que
cuanto más avanzara en la vida de oración, más fácil y cómoda me resultaría; también en eso he sufrido

23
un desencanto. Ahora comprendo algo mejor la miseria y la grandeza de mi oración; es como un
movimiento dialéctico que roza la paradoja.
Cuanto más rezas, más te adentras en la tiniebla de la inevidencia. No sabes rezar; más aún, en
ciertos momentos ni siquiera sientes deseo de hacerlo y tienes la impresión -digo bien, la impresión-
de que pierdes el tiempo, porque no sabes adónde va tu oración y a quién aprovecha. Y al mismo
tiempo, y con idéntica fuerza, sientes el deseo de orar siempre, porque presientes que es la verdadera
vida y no puedes hacer nada más útil por el mundo de los hombres. Cuanto más avanzas en la oración,
más tienes la impresión de fracasar lamentablemente, y más oras y tienes confianza en la oración. He
ahí la paradoja: eres un hombre de oración y no lo sabes, porque tu oración permanece oculta a tus
mismos ojos... Ésa es la miseria de tu oración.
15. Has de saber también que esta ley de certeza y de inevidencia tiene repercusiones
concretas en tu vida de oración. Así, el Espíritu Santo no te concederá reposo y te acuciará de una
manera punzante, sobre todo en los momentos en que pierdes el tiempo, para incitarte a orar. Y
cuando estés en oración, hasta en los mejores momentos en que el Padre se haga presente, sentirás la
tentación de huir o de abreviar tu oración. No busques escapar a esta tensión, pues ella es la que te
empuja adelante y no te dará ningún reposo hasta el momento en que hayas entrado del todo en la
oración. Un joven interno me refirió esto un día. Hacía un mes que escuchaba la llamada a la oración;
presintiendo que esto iba a llevarle adonde no quería, buscaba todos los pretextos para no secundarla.
Una noche en que estaba de guardia en el hospital y se dedicaba a buscar excusas para eludir la oración,
escuchó estas palabras, que ha traducido así: “Si no rezas, algo se romperá entre nosotros”. Aquello
fue el punto de partida de una vida de oración eficaz, que condujo a aquel médico al sacerdocio.
16. Hay en ti una tensión dolorosa entre esta propensión a la oración y una especie de repulsa
que te lleva a buscar todas las excusas para esquivarla. Te pareces al perro de Pavlov atraído por el
alimento, pero que en el momento de acercarse a cogerlo recibe el palo en la nariz que produce en
todo su ser una distorsión cercana a la neurosis. Cuando te acercas a Dios en la oración, todo tu ser se
descompone, y serán precisos muchos años para que la oración te resulte del todo “natural”. Así son
las cosas, y no las podrás cambiar. No eres dueño de ti ni del universo. En lugar de debatirte en vano
en el plano de los síntomas, llega a la causa de este infortunio; pide al Padre que tenga compasión de ti
y te conceda la gracia de la oración.

24
4
SINERGIA

1. Tú que haces oración todos los días, ¿has dejado a Dios tiempo para convertirte? ¿Has
permanecido en oración para llegar hasta el fin de la conversión que Dios quiere llevar a cabo en tu
vida por medio de su palabra? ¿Cómo es que la oración nos hace tan poco permeables a la santidad de
Dios?
2. No respondas demasiado deprisa a esta pregunta; de lo contrario, la respuesta vendría de ti.
Lo esencial no es responder a las preguntas, sobre todo si son vitales, sino hacerlas bien. Si consigues
hacerte esta verdadera pregunta en la oración, no te inquietes; la respuesta vendrá por sí misma.
3. Aunque la oración es capital y necesaria, no lo es todo en la vida cristiana, sobre todo si no
va acompañada de “otras cosas”. ¿Has caído en la cuenta de que al escribir Camino de perfección, que
es un pequeño tratado sobre la oración, santa Teresa de Ávila (la gran maestra de la oración) consagra
los veintidós primeros capítulos de su libro a la renuncia, a la humildad, a la pobreza y a la caridad
fraterna?
4. La oración forma parte de la sinergia1 de las actitudes que producen en nosotros implosión
de la gloria de Cristo resucitado, y por lo mismo de la santidad de Dios. Sí se acepta una sola de estas
actitudes a elegir: oración, adoración, caridad fraterna y, sobre todo eucaristía, se ha franqueado un
abismo. Además están la humildad, la renuncia y la verdad con uno mismo. Si se las practica todas, se
produce el fenómeno de la sinergia: los efectos se multiplican (4X4=16) en lugar de sumarse (4+4=8),
llegando así a la implosión. Si se omite una sola, el efecto que se produce es como si se practicara una
sola.
5. Si quieres una comparación, piensa en el labrador que remueve su campo para depositar la
semilla. Hacer oración es depositar en tu corazón la semilla de la palabra de Dios y de la eucaristía, a
fin de que germine y haga que se abra el cielo en ti. Mas para que germine la espiga de trigo hay que
remover la tierra muy hondo. Cuando eres humilde, veraz contigo mismo y caritativo con tus
hermanos, remueves la tierra y la ablandas para que el cielo se dilate en tu corazón, y en primer término
para darte un atisbo de él.
6. Entre las actitudes que abren también tu corazón al brote de la llamada de la oración, está la
aceptación de los acontecimientos interiores y exteriores de tu vida. Poco importa que sean permitidos
o queridos por Dios; lo esencial es tu manera de acogerlos una vez pasado el primer movimiento.
Bastará que seas un hombre enteramente abandonado a la voluntad de Dios para ser un santo, y por

1
La palabra “sinergia” es una expresión utilizada a menudo por los padres griegos para designar la síntesis
activa de varias fuerzas que se encuentran, con lo cual se multiplican: por ejemplo. acción de Dios y esfuerzo
del hombre. La palabra designa también a veces la manera de unirse la naturaleza divina y la naturaleza humana
en la persona de Cristo. En el tema que nos interesa, “sinergia” significa el poder de la oración cuando es vivida
en un ser que se convierte todos los días (conversio morum).

25
tanto un hombre de oración: “No todo el que dice: ‘Señor, Señor’, entrará en el reino de los cielos,
sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”.
7. Teresa de Ávila decía más o menos: “Yo respondo de la salvación del que hace un cuarto de
hora de oración diaria”. Entre paréntesis, estas palabras no tienen ningún sentido para los que
responden de la salvación de todo el mundo, lo cual ocurre hoy en día muy a menudo. No se trata de
un asunto de comercio o de compraventa. Esta actitud se debe a la sinergia.
8. Si cada día dedicas ese tiempo a la oración, el Espíritu Santo “te cogerá a traición”, haciendo
que cojas gusto a la oración, y entonces aumentarás la dosis. La meta es ser cogido a traición:
infaliblemente harás más. Por eso no te impongo la obligación de hacer más por el momento, porque
te sentirás “cogido”. “Hay que...”; esto vale respecto a lo que presientes sobre la oración con deseo y
temor. En este sentido no es facultativo hacer un cuarto de hora de oración al día. Se da ahí una
paradoja: realmente es más difícil hacer diez minutos de oración que tres horas. Diez minutos no
bastan, sino un cuarto de hora. Al cabo de algún tiempo, te sentirás movido a hacer una hora. Entonces
es cuando entrará en juego la sinergia de la implosión en gloria.
9. Si te propones hacer un cuarto de hora de oración al día, son de prever numerosas
infidelidades: no hacerla, abreviarla o, lo que es más peligroso, hacer como si la hicieras a tus ojos o a
los ojos de Dios, ya sea por cansancio, ya por falta de tiempo. He aquí una regla fundamental para
quienes han tomado esta decisión: las infidelidades carecen de importancia, a condición de que se las
reconozca como tales y de no instalarse en ellas (también aquí, la verdad consigo mismo). El que
durante seis meses no hace oración, pero siente el remordimiento y conserva el deseo de hacerla, se
ha salvado. En cambio el que, a pesar de hacer oración, deja que se apoderen de él la turbación y la
duda (la oración no es para mí, sino para los contemplativos), se encuentra en peligro. Recuerda las
palabras de santa Teresa.
10. ¿Deseas saber si tu oración es verdadera o si oras según el deseo del Padre? El staretz
Silouane afirmaba claramente que el único criterio, en el orden sujeto a nuestro control razonable, no
es otro que el amor a los enemigos y la oración por el mundo, no el contenido mismo de la oración. Al
árbol se le reconoce siempre por sus frutos. Silouane decía también: “El Señor es humilde. Ama a su
criatura; donde está el Espíritu del Señor reina infaliblemente el amor humilde de los enemigos y la
oración por el mundo. Si no tienes ese amor, pídelo, y el Señor, que ha dicho: ‘Pedid y se os dará,
buscad y hallaréis’ (Mt 7,7), te lo concederá” (Staretz Silouane, por SOPHRONY, p. 159).
11. Vela a la puerta de tu corazón con el arma de la oración a Jesús, sobre todo por la noche y
por la mañana, al principio y al término del sueño, Apenas veas que un “pensamiento” (logismoi:
pensamiento pasional en los padres griegos) asoma en tu corazón, no dejes que tome cuerpo; de lo
contrario, nunca serás dueño de él; te invadirá y te hará caer; destrózalo con el nombre de Jesús. Como
dice san Benito, hay que aplastar todos los pensamientos contra la roca del nombre de Jesús. Mas si
ese pensamiento es bueno, no lo rechaces, sino revístelo del poder del nombre y ofrécelo al Padre en
acción de gracias, confesando con los labios el santo nombre de Jesús. Así llegarás a la oración
incesante en tu misma existencia, con armas y bagajes, y tanto la renuncia como el combate espiritual
encontrarán su fuente en la oración.
12. Sin estar al corriente del psicoanálisis, los padres del desierto conocían muy bien los
mecanismos de la psicología profunda. Sabían perfectamente que hay zonas de tu ser que escapan a tu

26
control y sobre las cuales no tienes más que un poder indirecto. Escapan a tu lucidez y a tu buena
voluntad, lo cual equivale a decir que tienes sobre ellas un poder político, no despótico. Esas cosas
inconscientes se insinúan a través de tus sueños y de tus imaginaciones, Por eso los antiguos
aconsejaban a sus discípulos que comenzaran la noche orando, sobre todo en el momento en que hace
su aparición el sueño. No puedes adivinar ese instante, pero puedes velar en oración, de suerte que tu
inconsciente esté como saturado por la oración. Entonces tus sueños se convertirán en ensueños (en
el sentido de éxtasis), en los que el Espíritu Santo dejará sentir sus mociones. El patriarca Atenágoras
cuenta que durante un sueño vio un cáliz en lo alto de una colina y que él subía con el papa Pablo VI
para comulgar en la misma sangre del Señor.
13. Decía Casiano “que uno de los secretos de los padres de la primera época” era repetir este
versículo: “Dios mío, ven en mi ayuda; Señor, apresúrate a socorrerme” (Sal 69,2). Y continuaba
Casiano: “Que el sueño cierre tus ojos pronunciando estas palabras, de modo que a fuerza de
repetirlas adquieras el hábito de repetirlas incluso en el sueño. Que al despertar sean lo primero que
se presente a tu espíritu, antes incluso que cualquier otro pensamiento” (PL 49,832a).
14. En su Regla, san Benito dice que el cuerpo y el espíritu son los dos largueros de la escalera
que conduce al monje hacia Dios. Lo cual equivale a decir que no debería haber vestigio de dualismo
en la vida y en la actividad de un monje, y por tanto en la vida de un cristiano. Debes buscar el contacto
con Cristo en la oración con tu cuerpo y con tu espíritu. Incluso cuando comes, has de tomar el
alimento dando gracias: “Ya sea que comas, ya sea que bebas, hagas lo que hagas, hazlo todo para
gloria de Dios” (1Cor 10,30-31). No se trata de intentar orar mientras se come y hacer dos cosas a la
vez -lo cual introduciría también el dualismo en tu vida-, sino de tomar el alimento dando gracias. Y
esto no vale sólo para los monjes, sino también para todos los cristianos y los apóstoles. El padre
Arrupe ha compuesto una “oración a Jesucristo, nuestro modelo”, en la cual, a propósito de la comida,
se expresa así: “Que aprenda de ti, como lo hizo san Ignacio, tu manera de comer y de beber, cómo
tomabas parte en las comidas de fiesta, cuál era tu comportamiento cuando tenías hambre y sed,
cuando sentías cansancio después de los viajes, cuando tenías necesidad de descanso y de sueño”.
15. Si quieres orar, debes comer ligeramente, pues la abundancia de comida entorpece tu
estómago, produce sueño y te impide orar. Has de comer justo lo que es preciso para poder trabajar y
mantener el corazón vigilante para la oración. La oración está íntimamente ligada al ayuno. Cuando
ayunas, has de orar más que de costumbre, pues el hombre “no vive solamente de pan, sino de toda
palabra que sale de la boca de Dios”. Así, en la ascesis el ayuno está ordenado a la oración; introduce
en tu misma carne el hambre y la sed de la palabra de Dios y de la eucaristía. Una vez acabado el ayuno,
no te atiborres, a fin de conservar viva la oración en ti.
16. Toda tu existencia ha de estar poseída “por” la oración; así, “todo lo que hagas o digas, hazlo en
nombre del Señor Jesús; dando gracias a Dios Padre por medio de él (cf Col 3,17). Caminar, respirar,
trabajar, mirar las cosas más humildes, y no digamos el rostro del hermano, te da una sensación de
plenitud, una capacidad de estar presente en ese “guiño” de Dios que es el instante presente. Es la
experiencia de la resurrección en el tiempo. Los grandes hombres espirituales llegan con ello a lo que
se llama la oración espontánea u oración ininterrumpida.
17. En ese momento la oración de Jesús se identifica con los latidos de tu corazón y, como dice
Dom André Louf: “Sorprendes tu corazón en flagrante delito de oración”. “Al cabo de algún tiempo
-dice el peregrino ruso- sentí que la oración entraba por sí misma en mi corazón, es decir, que al latir

27
regularmente, mi corazón comenzaba en cierto modo a recitar él mismo las santas palabras a cada
latido”. Tú puedes desear ese estado, pedirlo en la oración, ejercitarte en él; pero no puedes crearlo y
quererlo por ti mismo, sobre todo después de haberlo leído en los libros: es un puro don de Dios,
alargado por gracia al que reza de todo corazón: “Dios otorga el don de la oración al que reza”, dice
san Juan Clímaco.
18. Entonces no estás ya en tu cabeza, sino que estás con la oración en tu corazón, con el santo
nombre de Jesús que invocas. Oras con los latidos de tu corazón. Prosigue el peregrino ruso: “Me
habitué tan bien a la oración del corazón, que la practicaba sin cesar, y al final sentí que se hacía por sí
misma, sin actividad alguna de mi parte; brotaba en mi espíritu y en mi corazón, no solamente en estado
de vigilia, sino incluso durante el sueño, y no se interrumpía ni un segundo”. Acuérdate de las palabras
de san Isaac el Sirio: “Cuando el Espíritu Santo establece su morada en el corazón de un hombre, éste
no puede dejar de orar..., ya coma, se entregue a diversas actividades, duerma o vele, la oración no se
separa jamás de su alma”.
19. ¿Qué es el hombre que ha alcanzado el estado de oración continua? Es el hombre vigilante
a la vida del Espíritu en él. El hombre deificado no está solamente en acto de oración, sino que está en
estado de oración. “Al acto de oración sucede el estado de oración”, dice el monje de Oriente. Esto es
muy importante, porque el hombre es oración. Su verdadera naturaleza, como la verdadera naturaleza
de todas las cosas -en caso extremo, un árbol, una montaña-, es un ser de oración. La montaña es una
especie de oración del cosmos; por eso los hombres edifican santuarios en lo alto de las montañas. La
tierra entera está alimentada por la oración. Mas para que esta oración pueda brotar, ha de haber
hombres que expresen y formulen el sentido del mundo. En otros términos, ellos son los sacerdotes
que liberan la oración del mundo: “En las iglesias se celebra el culto y allí habita el Espíritu Santo. Pero
que también tu alma sea iglesia de Dios; para el que reza sin cesar el mundo entero se convierte en
iglesia” (Silouane).
20. Entonces eres el sacerdote del mundo, el gran celebrante de la existencia, capaz de hacer
eucaristía incluso en la labor común de los hombres: en el arte, la ciencia y la técnica. Así es como
debes recitar el cántico de los tres jóvenes en el horno y elevar al Padre el himno del universo: el sol y
la luna, la lluvia y el rocío, el calor y el frío, las noches y los días, el cielo y la tierra. El salmo termina
con una invitación dirigida a los sacerdotes, a los justos, a los santos y a los humildes de corazón, es
decir, a cuantos consagran y pasan su vida en la oración, ofreciendo el mundo al Padre por Jesucristo.
Ellos liberan la oración oculta en el corazón del mundo: “Todo rezaba, todo cantaba la gloria de Dios
-dice el peregrino ruso-. Así comprendí lo que la filocalia llama el lenguaje de la creación. Veía que es
posible conversar con las criaturas de Dios”. A propósito del sacerdocio universal dice Máximo el
Confesor: “El hombre se refugia como en una iglesia y un asilo de pan en la contemplación espiritual
del cosmos. Entra en él con el Verbo; con él, y bajo su guía, ofrece el universo a Dios en su inteligencia
como sobre un altar”.
21. Y esto se puede vivir en el curso de una investigación científica o tecnológica. Se dice que
ciertos jóvenes intelectuales rumanos, físicos atómicos, que realizan investigaciones en el campo de la
microfísica, llevan a cabo sus investigaciones practicando al mismo tiempo la oración a Jesús, con el
deseo no de desintegrar la materia, sino de reintegrarla en un inmenso movimiento espiritual.
Entonces se vive la existencia como un acto litúrgico. Es lo que llama Nadal “la contemplación en la
acción”.

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22. Entonces la oración suscita en el corazón una caridad total: “¿Qué es un corazón
caritativo? -pregunta Isaac el Sirio-. Es un corazón que arde de amor por la creación entera: los
hombres, los pájaros, los animales, los demonios, por todas las criaturas. Por eso semejante hombre
no cesa de orar, incluso por los enemigos de la verdad y por los que hacen el mal. Ora incluso por las
serpientes, movido por la compasión infinita que se despierta en el corazón de los que se asemejan a
Dios”, Así encuentra el hombre la condición paradisíaca, que se traduce en que los santos viven
familiarmente en compañía de los niños y de los animales salvajes. Éstos van a él, no tienen miedo de
él ni él miedo de ellos. Serafín de Sarov alimentaba un oso que iba a comer en su escudilla.
23. Todo culmina en el verdadero amor del prójimo, que aparece como la flor y nata de la
oración pura. A menudo se oye en Occidente oponer oración y amor fraterno o servicio de los demás;
se dice: “No basta orar; es preciso obrar”. El Oriente tiene una visión mucho más armoniosa de la
sinergia entre la oración y el amor fraterno. No los opone jamás. Al contrario, no cesa de afirmar que
el amor fraterno es fruto del amor de Dios, y por tanto de la oración. Antes de pretender producir los
frutos del amor en tu vida, es preciso comenzar a sembrar el grano del amor, que habrá de convertirse
en un arbusto.
24. Pienso en el bellísimo texto de un “loco en Cristo” ruso de principios de siglo: “Sin la
oración todas las obras son como árboles sin tierra; la oración es la tierra que permite que crezcan
todas las virtudes. El cristiano, amigo mío, es un hombre de oración. Su padre, su madre, su mujer,
sus hijos, su vida, todo eso es para él Cristo. El discípulo de Cristo debe vivir únicamente por Cristo.
Cuando ame hasta ese punto a Cristo amará también por fuerza a todas las criaturas de Dios. Los
hombres creen que primero hay que amar a los hombres, y luego a Dios. También yo lo hice así al
principio; pero eso no sirve para nada. En cambio, cuando comencé a amar a Dios, en ese amor de
Dios encontré a mi prójimo. Y en ese amor de Dios, mis enemigos se convirtieron en mis amigos”.
25. Y este otro texto de Isaac el Sirio: “Deja que te persigan, pero tú no persigas. Deja que te
ofendan, pero tú no ofendas. Deja que te calumnien, pero tú no calumnies. Regocíjate con los que se
regocijan, llora con los que lloran; es el signo de la pureza. Con los que sufren apénate. Derrama
lágrimas con los pecadores. Está alegre con los que se arrepienten. Sé amigo de todos, pero en tu
espíritu permanece solo”. Y Silouane del Athos decía que, en definitiva, el último criterio que te
permite verificar si estás en el camino de la vida eterna es el amor de los enemigos en el sentido
evangélico del término. Un signo evidente, decía también Casiano, de que el alma no está aún
purificada es que no tienes compasión de los pecados ajenos, sino que pronuncias contra ello un juicio
severo. Como decía el patriarca Atenágoras, has de convertirte en un hombre desarmado, es decir, en
un hombre que no tiene ya miedo, que camina con las manos abiertas y vacías, acogiendo y con amor,
porque lleva en sí la certidumbre de la resurrección.
26. En cierto sentido has de ser como Cristo en sus relaciones con el Padre y con los hombres.
En su vida rezaba sin cesar y era como sus hermanos. Sus constantes relaciones con el Padre, en una
oración que comenzaba al alba y se prolongaba mientras los demás dormían, fueron un consuelo y una
fuerza para anunciar el Reino: “Enséñame tu manera de comportarte con los discípulos, con los
pecadores, con los niños, con los fariseos o con Pilato y Herodes. Enséñame cómo obrabas con tus
discípulos, sobre todo con los más íntimos: con Pedro, con Juan y también con el traidor Judas.
Comunícame la delicadeza con que les preparaste de comer a la orilla del lago de Tiberíades o cuando
les lavaste los pies”.

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27. Enséñame a sufrir con los que sufren: con los pobres, los leprosos, los ciegos, los
paralíticos. Muéstrame cómo demostrabas tus emociones más profundas cuando llegaste a derramar
lágrimas o cuando sentiste aquella angustia mortal que te hizo sudar sangre y que tuvo necesidad del
consuelo de un ángel. Y sobre todo quiero aprender tu manera de dar testimonio de aquel supremo
dolor en la cruz cuando te sentiste abandonado por el Padre.
28. Jesús será siempre tu único modelo y la fuente que unificará tu oración y tu vida. Ante tus
ojos da él testimonio de una perfecta armonía entre su vida y su enseñanza, entre su intimidad con el
Padre y su amor a los hombres, entre su oración y su acción. Cuanto más estés unido a él, más estarás
en el corazón del Padre y en el corazón del mundo y de los hombres. En una palabra, hagas lo que haga,
estarás en continua oración. Mas esto no se consigue a fuerza de puños; es un don del Padre. Él jamás
lo niega al que ora.
29. Al que llega a esta profundidad de oración se le abren entonces el misterio de la guía del
mundo por la Providencia (el misterio de la historia) y el misterio de cada persona. Porque el hombre
está alerta, descubre la presencia y el poder del resucitado que obran en el corazón del mundo y de
cada hombre, y puede vivir la ternura de Dios. Dos grandes palabras del Oriente cristiano: nepsis,
vigilia, y katanuxis, la ternura. El hombre de oración es un hombre que permanece alerta. Toma toda
la fuerza de sus pasiones y la crucifica (katanuxis); pero Dios la resucita, y se convierte en esa ternura,
en el sentido ontológico de dulzura fundamental. Contempla el ícono de Vladimiro la “Virgen de la
Ternura”, y verás hasta qué punto esas dos miradas expresan la atención de las miradas y la ternura del
corazón. La madre sostiene al niño; sus rostros se aprietan el uno contra el otro y se miran. Sobre todo
la madre de Dios mira con una ternura insondable e infinita; el que está allí ante ella la venera y le
suplica. Ojalá te ocurra entonces lo que le sucedió a Silouane de Athos: “Siendo joven novicio, rezaba
un día ante el icono de la madre de Dios, y la oración a Jesús hizo irrupción en mi corazón, y desde
entonces mora allí para siempre”.

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5
VERDAD

1. En la sinergia de las actitudes que provocan en ti la implosión de la gloria, la más importante


sin lugar a dudas es la verdad consigo mismo, aunque la hemos citado en último lugar. Esta ausencia
de verdad en ti es lo que más paraliza la acción del Espíritu Santo en la oración. Y el pecado es tanto
más grave cuanto que no eres consciente de él. Por eso debes pedir perdón de él antes de conocerlo,
como lo dice el salmo: “Purifícame de mis faltas ocultas”.
2. ¿Cómo definir este pecado que no nos hace sufrir, pero que es el más peligroso? Yo lo
llamaría “una especie de mentira sobre uno mismo”. Existe en ti una tendencia que teje cierra mentira
en torno a ti mismo. No es una mentira consciente y querida; a menudo se manifiesta en la negativa de
reconocerte tal como eres o, lo que es más peligroso, en el afán de practicar un tipo de perfección que
Dios no quiere para ti y que tú te reprocharás no practicar. Dichoso de ti si no llegas ahí; sería lo peor
de todo y estarías completamente perdido.
3. Este pecado tiene la desgracia de alertar a tu juicio mismo; por eso no puedes verlo sin una
luz especial del Espíritu Santo, ni librarte de él sin su fuerza. En el plano humano, este descubrimiento
requiere un psicoanálisis; pero en el orden espiritual, sólo la luz del Espíritu Santo puede atacar y
desvanecer esta mentira respecto a ti mismo, que constituye el principal obstáculo para que reine el
amor de Cristo en ti.
4. Si la supresión de tus falsas apariencias es ante todo obra del Espíritu Santo, a ti te
corresponde una parte importante en esta eliminación. Has de hacer un pacto con la luz y la verdad,
que le permita a Cristo declarar la guerra a la mentira que has tejido en torno a ti mismo.
5. Jesús denuncia esta mentira en la parábola de los invitados al banquete de bodas que buscan
excusas. Exponen móviles y motivos que ocultan la verdad de su doble corazón. Es preciso ver y
comprender esta falta; comprenderla es ya ser perdonado. El pecado es no querer saber y lamentarlo.
Hay en ti una parte que pretende trampear.
6. En tu vida hay pecados que te molestan y otros que no. Los pecados que te molestan son los
que te impiden responder a la imagen de cristiano que deseas ser: todas las faltas de debilidad, como
la cólera o la sensualidad (en el caso en que eres más lúcido). Sin embargo, no sospechas que hay un
pecado mucho más grave, que tú no ves. Y no deseas en modo alguno que otro te lo revele, según las
palabras de Cyrano, a propósito de los reproches: “Yo me los hago a mí mismo con mucha elocuencia,
pero no permito que otro me los descubra”. No soportas que otro te procure una verdadera lucidez
sobre tus faltas. Se trata de un pecado del que no tienes conciencia y que forma cuerpo con lo más
íntimo de tu ser. Tú no lo ves y él no te molesta.
7. ¿Qué es hacer un pacto con la verdad? Es sencillamente decirle al Señor: “Dios mío, entre
tú y yo hay cosas que no van y que son un obstáculo para la libre circulación del Espíritu en mí. No
puede descansar en mí y morar ahí debido a mi inconstancia (santo Tomás de Aquino) ya mi
infidelidad. A decir verdad, yo no veo este obstáculo, que es una cierta ‘mentira’. Te lo ruego, en

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nombre de tu Hijo Jesús, haz la verdad en mí”. Déjame decirte que si haces esta oración desde el fondo
del alma, y no solamente a flor de labios, no pasarán cinco minutos sin que el Señor te haya mostrado
tu mentira. He hecho muchas veces la experiencia; es indefectible. Pero fíjate bien: tú no eres capaz
de desvanecer esta mentira con tus propias fuerzas; has de pedir al Espíritu Santo que lleve a cabo este
trabajo.
8. Dios quiere ver la verdad en el fondo del alma, y Jesús detesta a las personas retorcidas que
llevan un doble juego; en cambio, cuando se encuentra con un verdadero israelita, como Natanael,
entonces puede hacerlo todo en él, y sobre todo mostrarle los cielos abiertos.
9. Esta “operación verdad” es dolorosa, porque nos despoja de nuestras falsas túnicas de piel
y nos deja al desnudo ante la mirada de Jesús; pero es liberadora, pues Dios sabe muy bien el polvo del
que estamos hechos y conoce el barro que somos. No es tanto nuestra miseria (ontológica) lo que
impide que nos santifiquemos, cuanto la negativa a vernos tal como somos. Cuando un hombre está
asentado así en la verdad del ser, entonces puede clamar al Padre, y éste por fuerza otorga su
misericordia.
10. Lo primero que se debería enseñar al que desea hacer oración es la verdad consigo mismo.
El padre espiritual debería luchar enérgicamente en este punto, pues el discípulo se sentirá
continuamente tentado a salirse por la tangente y esquivar la luz. O, lo que es más grave, creerá que
está revestido de buenos sentimientos o de virtudes, cuando no hay nada de eso. Como dice el
Apocalipsis, es el momento de comprar un colirio para echárselo en los ojos y recobrar la vista: “Dices:
Yo soy rico, me he enriquecido, no me falta nada; y no sabes que eres desdichado, miserable, pobre,
ciego y desnudo” (Ap 3,17y 18).
11. Dios no puede hacer nada con alguien que se ciega y rehúye su mirada.
12. ¿Por qué la verdad respecto a sí mismo es la actitud más importante en la sinergia de la
oración? Por la sencillísima razón de que preside y autoriza las demás actitudes.
13. Todo el mundo sabe que en suelo cristiano la base y el fundamento de todo edificio
espiritual es la humildad y el espíritu de infancia. Éste es el abecé de toda vida de oración, pues el
hombre no puede ponerse a orar si no ha encontrado su lugar justo delante de Dios. Pues bien, la
humildad es ante todo el primer fruto de la verdad consigo misma.
14. Los padres definirán con frecuencia la humildad como la verdad. A menudo te haces una
falsa idea de la humildad, pues la asimilas al complejo de inferioridad o de superioridad. La verdadera
humildad es el polo opuesto de este complejo: en uno u otro sentido, es siempre la mirada dirigida a
ti, bien sea para despreciarte o, por el contrario, para sobrevalorarte.
15. La humildad es ante todo una mirada dirigida a Dios para medir el abismo que existe entre
Dios y tú, entre el creador y la criatura. En este sentido, la humildad es la verdad de tu ser de criatura
ante el Dios tres veces santo. Se comprende que la Biblia haya dicho de Moisés: “Era el hombre más
humilde que haya existido en la tierra”, ¿Cómo podía ser de otra manera después de haber sido
abrasado por Dios en la zarza ardiendo?
16. Un ser verdadero que se ve en la verdad de Dios es por fuerza humilde, y esta verdadera
humildad le sumerge en la adoración,

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17. Todo esto equivale a decir con san Agustín: “Conocer a Dios y conocerse a sí mismo...”
he ahí, toda la verdad”.
18. Como Diógenes recorre el mundo con su linterna para encontrar un “hombre”, así Cristo
recorre la tierra para encontrar un hombre auténtico, que se reconozca criatura pecadora y clame a él
para ser salvado. Los que no experimentan su necesidad visceral de salvación no tienen necesidad de
Cristo.
19. “Señor, haz que yo me vea tal como soy y tal como tú me ves”.
20. Si la verdad es la base de la humildad, también es la raíz de la renuncia a ti mismo, que es
la segunda actitud sinérgica de la oración, Es preciso comprender en qué sentido hay que ser veraces
para renunciarse.
21. La renuncia persigue una actitud concreta, muy precisa, que es el polo opuesto del amor,
y por tanto de la oración: la excrecencia del yo, que se constituye en el centro del mundo. Ni siquiera
se piensa en los demás, que pueden estar abrumado de pruebas a nuestros pies; hasta tal punto nos
preocupamos de nosotros mismos.
22. Aunque no cometas este pecado en su estado puro, lo cual entraría en la locura (el amor
de sí hasta el desprecio de los demás), has de reconocer que muchos de tus actos están manchados de
este egoísmo. ¡Cuántas veces recibes visitas en las que la gente se pasa el tiempo contándote sus
pequeñas miserias sin preocuparse de ti! Aunque estés agobiado por las pruebas, ni se enteran. A lo
mejor, al final te dicen: “Bueno, no he preguntado por usted”.
23. Admitamos que en la raíz de la renuncia a sí mismo hay una toma de conciencia lúcida de
nuestra voluntad de poder. Secretamente nos negamos a renunciar a nosotros mismos para que exista
el otro. Pues bien, para comprenderlo es necesaria una iluminación especial del Espíritu Santo que
nos sorprenda “con las manos en la masa” -perdonad la expresión-. Entonces uno se dice: “¡Ni
siquiera sospechaba hasta qué punto soy así!” También aquí hay que hacer un pacto con la luz y
suplicar al Espíritu Santo que nos eduque en la renuncia en los detalles de la vida. Para los hombres
esto es imposible, pero para Dios no.
24. Así podríamos seguir con todas las actitudes citadas antes, en particular con la caridad
fraterna. Sin el amor a los hermanos, que se expresa primeramente en el perdón de las ofensas, no hay
amor de Dios posible, y por tanto oración. Nada hay más detestable que un hombre de oración que
desprecia a sus hermanos. En tal caso, ni siquiera se puede hablar de hombre de oración; ¡tan flagrante
es la antinomia!
25. Sólo Dios, cuya naturaleza es ser amor, puede descubrirnos hasta qué punto somos el no-
amor, como dice santa Ángela de Foligno: “A medida que entraba en Dios, me volvía el ‘no-amor’”.
También en esto es preciso que el Espíritu Santo intervenga y realice en nosotros “la operación
verdad”. Y lo hará dando un escobazo a nuestros rencores, a nuestras amarguras y a nuestros
egoísmos. Entonces el amor podrá invadir nuestro corazón y circular libremente en nosotros.
26. Existe un pecado contra la verdad tanto más sutil cuanto que versa sobre el don total de
nosotros mismos a Dios. No podemos amar a Dios a medias; necesitamos amarlo con todo el corazón,
con todas las fuerzas y con toda el alma. Esto consiste en aceptar que Dios tiene un derecho de
fiscalización y reina en toda nuestra vida. El pecado contra esta sabiduría se produce cada vez que

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decretamos que hay en nuestra existencia, en nuestro ser, un rincón sobre el cual Dios no puede
ejercer el derecho de control. Queremos poseer nuestra alma. Nada es nuestro. Como dice el poeta:
“Quiso tener un rincón del universo en el que poder decirle a Dios: ‘Lo que aquí pasa no es de tu
incumbencia’“. El hombre quiere ser un sustantivo, cuando no es más que un simple adjetivo.
27. Todos los días incurrimos en este pecado fundamental. Al despertar, durante la oración,
ponemos el nuevo día a los pies de Dios. Aún no hemos terminado de afeitarnos, y ya se ha convertido
en nuestro día, porque hemos reservado para nosotros el diezmo de la parte de Dios. De nuestro bien,
escogemos un cierto tributo para Dios: tiempo de oración, atención, rosario, etc., y luego hurtamos
una parle del holocausto o, peor aún, retiramos nuestra parte. Dios debe establecer la verdad en
nosotros para que descubramos nuestra treta en el don de nosotros mismos.

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6
OCULTO

1. El hombre totalmente invadido por la oración es semejante a la criatura oculta en el seno de


su madre: no ve nada, no sabe nada ni percibe nada, no es consciente de todo lo que reza, pero en él
reside un gozo oscuro.
2. El Padre nos ha ocultado en el secreto de su rostro para que le supliquemos.
3. Santa Teresa se extrañaba de que su “Senequita” (san Juan de la Cruz) fuera tan poco
conocido y que no se hablara nunca de él. Han de estar ocultos a los ojos del mundo y a sus propios
ojos, como Elías estaba oculto en el torrente Querit. No es sólo la voluntad de Dios revelada por Jesús
en el evangelio cuando habla de la oración, sino que Dios acepta y escucha su deseo ocultándolo a los
ojos del mundo. Ese deseo de permanecer oculto es fruto de la castidad espiritual.
4. Presta mucha atención a las palabras de Jesús que preceden a su enseñanza sobre la oración;
son fundamentales, tanto para la oración como para el amor fraterno, la limosna y el ayuno. Jamás serás
hombre de oración si buscas ser visto o apreciado por los hombres. Hay una incompatibilidad radical
entre “ser visto por los hombres” y “ser visto por el Padre”. Por eso me pregunto por la actividad de
ciertos hombres de Iglesia que intentan a toda costa atraer sobre ellos la atención de los medios. Es lo
opuesto a la actitud de Jesús: cuando las multitudes corren detrás de él o detrás de los apóstoles, les
fuerza a embarcarse y dirigirse a la otra orilla o a lugares desiertos.
5. Medita, pues, a menudo estas palabras de Cristo, lo mismo para la oración que para el ayuno
y la limosna: “Cuando recéis, no seáis como los hipócritas, que prefieren rezar de pie en las sinagogas
y en las esquinas de las plazas para que los vea todo el mundo. Os aseguro que ya recibieron su
recompensa”. Hay que elegir: preferir la mirada del Padre o la recompensa de los hombres. En esto
Cristo no puede transigir, como la esfinge de la mitología griega: hay que seguirle o rechazarle. San
Benito lo expresa bien en su Regla al decir: “No preferir nada al amor de Cristo”.
6. “Cuando reces, cierra la puerta con llave”; procede de forma que tu oración no sea vista ni
oída por los hombres; enciérrate con doble vuelta de llave en tu corazón, al menos en tu intención y en
tu conciencia.
7. “Hasta el final, Silouane permaneció sereno, benévolo, al margen de las preocupaciones
mundanas e indiferente a las cosas del mundo. Como asceta de gran experiencia, sabía no aparecer al
exterior. Permaneciendo delante del Padre de los cielos en secreto, llevaba sin cesar en el fondo de su
alma el fuego del amor de Cristo”. (Staretz Silouane)
8. Santa Teresa de Lisieux decía: “La Virgen santísima hizo bien en guardarlo todo para ella:
no se me puede reprochar que haga otro tanto”. Esto está en perfecta consonancia con las palabras de
Jesús a propósito de la oración, del ayuno y de la limosna: “Cuando reces o ayunes, hazlo en secreto;
pues tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará”. Lo que dice ahí Jesús con palabras nítidas
constituye el fondo de su alma, su respiración permanente. Era incesantemente la alegría de su Padre.

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9. “La castidad es el gozo de ser el bien de Dios. Este gozo nos inspira la necesidad de
ocultarnos para pertenecerle, para que sea el único que goce de nosotros: no manifestarse a los demás
sino en la medida en que él nos lo pida. El espíritu de castidad es, pues, el alma del silencio. Toda
revelación inútil de nosotros mismos es ya algo impuro” (PMD MOLINIÉ, Conférences sur les voeux,
n. 6).
10. La oración es una actividad oculta y, por ser lo mejor que tienes, no has de hablar de ello a
nadie. De esta manera los otros aprovecharán más, porque será Dios el que coloque la lámpara sobre
el candelabro, y no tú. Él es muy celoso en este punto, y quiere ser el único en conocer verdaderamente
tu hermosura. La oculta incluso a tus ojos; tú, sobre todo, no debes intentar conocerla; es la peor de
las faltas contra la castidad. Como dice el Cantar de los Cantares: “Tú eres la más bella de las mujeres
si no lo sabes” (1,8).
11. Cuando haces el bien, has de intentar que tu mano izquierda ignore lo que hace tu mano
derecha; hay que hacer el mayor número posible de servicios ocultos, como Teresa de Lisieux, que
doblaba a escondidas los mantos de sus hermanas; ésa es la mejor manera de que los demás se
aprovechen de tu tesoro.
12. Ningún santo hubiera intentado expresar verbalmente o por escrito su experiencia de la
oración, sino que hubiera permanecido siempre en silencio ese “misterio del siglo futuro”, si no se
hubiera encontrado con el deber de enseñar a su prójimo, si el amor no hubiera suscitado la esperanza
de que alguien, “aunque no fuera más que un alma”, escribe el staretz Silouane, escuchara la palabra
y, entrando en el camino del arrepentimiento, encontrara el don de la oración.
13. Ante la presente inflación de publicaciones, a veces me pregunto si el tiempo empleado
en componerlas no hubiera estado mejor empleado en la oración -y lo hago también respecto a mí
mismo-. Tanto más que esta civilización “de policopia” -por no decir “de inflación verbal”- no ha dado
muchos buenos frutos que digamos. Sorprende, por ejemplo, ver aparecer cada año un documento
sobre el encuentro de los obispos en Lourdes. ¿Quién recuerda aun lo que se escribió hace apenas
cinco años? El resultado es que disminuye cada vez más el número de cristianos, con una caída
vertiginosa estos últimos años. Me pregunto si no le interesaría a la Iglesia irse al desierto, como decía
Perre Pierrard en uno de sus últimos editoriales, y permanecer allí unos años. Puede que oyera la
palabra que el Señor le dice también hoy a su Iglesia. Y esa palabra daría abundante fruto, porque
brotaría del silencio y de la oración.
14. Al invitarte a no descubrirle ante los hombres, Cristo relaciona directamente la oración
con la castidad. Sólo los corazones puros verán a Dios y podrán hablar con él, porque no han buscado
la estima de los otros. Los pecados más graves contra la castidad proceden siempre de que deseas el
alma de los demás, y no solamente su cuerpo. No te excuses, pues, diciendo que lo que buscas en ellos
es su alma; ése es justamente el recinto prohibido, el “jardín sellado”, en el que sólo Dios puede entrar;
el pudor del cuerpo no ha de ser más que un destello del pudor del alma.
15. Guárdate también de animar a los demás a pecar contra la castidad con encomios o
alabanzas inútiles, favoreciendo su instinto de desvelarse (de desnudarse) ante las miradas de los
hombres. Teresa de Lisieux, pensando seguramente en la madre María de Gonzaga, decía a este
respecto que se da a las superioras un veneno cotidiano, y que es un milagro que ese veneno no
envenene.

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16. La gracia de la oración sólo se otorga a los corazones puros. Apenas consientes en la
impureza, verás que la oración se aleja volando de tu corazón, y te costará no poco volver a dar con esta
gracia.
17. Vigila tus palabras y no hables con nadie (excepto con tu padre espiritual) de las gracias
que recibes en la oración. En tus contactos sé muy sobrio, especialmente en el ámbito de la castidad;
no hagas por curiosidad ninguna pregunta que pudiera turbarte, arrebatándote la oración, y turbar a
los otros.
18. No intentes conocer la oración de tus hermanos; si tienes que ayudarles, puedes
interrogarles, y ante todo animarles, sobre la duración y la perseverancia de su oración.
19. La oración más humilde es la mejor, y la más humilde es la que se ignora. Cuando estás
satisfecho de tu oración, es señal de que te miras, sea en bueno o en mal sentido. Ya es algo menos
bueno. Cuando encuentras a uno de esos seres ocultos, recuerda estas palabras del Cantar de los
Cantares antes citadas: “Si no lo sabes, eres la más bella de las mujeres”. Por el hecho mismo de
ignorarse son tan bellas. Por eso hay que velar para no tocarlo y respetar ese milagro de la humildad.
20. Una persona que ora bien no sabe siquiera que ora. Casiano dice que la oración es perfecta
en el corazón del monje cuando no tiene conciencia de que ora. Hay hombres que están siempre así
delante del Padresin sospecharlo. Sobre todo no debes decírselo ni tocarlo, porque son las delicias del
Padre y no existen más que para él.
21. El gran defecto de la oración de los orgullosos es una especie de bajeza. No se alza hacia
el cielo porque no sube del fondo del abismo. No se eleva hacia arriba porque no procede de abajo.
Sobre todo, no te imagines que estás en pie de igualdad con Dios, o que puedes hablarle y tratar con
él de igual a igual. Dios no escucha la oración del fariseo. Por el hecho mismo de vanagloriarse, cree
que no es como los demás hombres y piensa un poco demasiado que es como Dios. Cae bajo la
amenaza del rayo: “Miguel, ¿quién como Dios?”.
22. Solamente Jesús puede enseñarte la humildad: “Aprended de mí, que soy manso y humilde
de corazón”. La humildad es algo del todo divino; un verdadero milagro. Cuanto más estés delante del
Dios tres veces santo, más humilde serás. El Espíritu abrirá en ti abismos de humildad si te pones a su
servicio. Por muy bajo que hayas descendido, debes saber que estás aún infinitamente lejos de la
humildad de María, y sobre todo de la humildad de Jesús. Es preciso hacerse uno de esos pequeños
que se ignoran del todo porque permanece oculto en la morada querida del seno de María, donde todo
será revelado en una espléndida luz.
23. ¿Has tenido realmente algún día la experiencia de permanecer bajo la mirada del Padre
únicamente para ser su alegría? En otras palabras, ¿has tenido la experiencia de la gracia? No entiendo
por ello un sentimiento piadoso o una emoción religiosa de un día de fiesta, sino la experiencia
propiamente dicha de la gracia: esa invasión del Espíritu de Dios trinitario que tuvo lugar en Cristo en
su encarnación y en su sacrificio en la cruz. Pero ¿es posible que tengas esta experiencia en tu vida?
24. Todos los hombres espirituales afirman que es posible; sin embargo, este conocimiento
experimental de Dios es algo oscuro y misterioso acerca de lo cual no puedes discurrir cuando no lo
tienes y de lo que no hablas cuando lo posees. Ocurre exactamente lo mismo que con la oración: es
una actividad oculta, de la cual no se habla.

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25. Sin pretender negar a las experiencias de los místicos, seguramente has tenido ya la
experiencia de lo espiritual, es decir, de la acción del Espíritu uniéndose a tu espíritu para atestiguar
que tú eres hijo de Dios. Justamente con este carácter oculto, silencioso, solitario, al abrigo de toda
mirada indiscreta, se verificará tu experiencia. Siempre la misma intuición de Jesús en el evangelio:
vivir únicamente bajo la mirada del Padre y para él.
26. ¿Has estado verdaderamente solo alguna vez en tu habitación orando al Padre en secreto,
únicamente para él, para ser su alegría, sin que ninguna regla exterior te fuerce a ello? ¿Has guardado
silencio cuando deseabas defenderte, cuando eras tratado injustamente? ¿Has perdonado ya sin
esperar a cambio una retribución, incluso aunque ese perdón silencioso se diera por supuesto? ¿Has
obedecido ya, no porque debías hacerlo so pena de experimentar inconvenientes, sino a causa de ese
misterio de silencio que llamas Dios y su voluntad?
¿Has ofrecido ya algo in recibir ni agradecimiento ni aprobación, sin siguiera el sentimiento
de una satisfacción interior? ¿Has tomado ya alguna decisión únicamente siguiendo la llamada más
íntima de tu conciencia, cuando no puedes hablar de ello ni explicarlo a nadie, cuando te encuentras
absolutamente solo? ¿Has intentado ya amar a Dios cuando no te impulsa ninguna ola de entusiasmo
sensible, cuando ese amor semeja un muerto y se tiene la impresión de un salto pavoroso en el vacío?
¿Has sido ya amable con un hombre del que no esperas muestra alguna de reconocimiento y de
comprensión, sin verte siquiera recompensado por tu sentimiento de “desinterés” y generosidad? Si
has pasado por una de estas experiencias gratuitas, has experimentado verdaderamente la gracia del
Espíritu Santo en ti.
27. Todo el bien que haces para la galería se desvanece a los ojos de Dios como una cortina de
humo.
28. Los hombres de oración son como las raíces que establecen los cimientos espirituales del
mundo. Por eso les tienen miedo los demonios y les suplican que dejen de orar. Con su intercesión
incesante minan los cimientos demoníacos. Si quieres, pues, ser contado entre esas raíces, consiente
en estar oculto en lo más profundo de la tierra; no intentes ser una rama a la que se admira por sus
flores y sus frutos. Permanecerás oculto toda tu vida sin saber jamás adónde va tu oración, pero
convencido también de que sin raíz el árbol pierde toda su vitalidad y no da ya fruto.
29. Lo mismo vale para el padre espiritual: ha de ser una revelación; su cometido es ejercer la
paternidad de Dios, no la suya. En este ámbito, su primer impulso es ocultarse y desaparecer de la
manera más perfecta posible. Los santos sabían ocultarse y desvanecerse de tal forma que sólo se veía
a Dios. El evangelio de san Mateo dice que es preciso que los hombres vean tus buenas obras para que
glorifiquen a Dios. Lo que tú eres, lo que haces, lo que dices, ha de ser hecho y dicho de forma que la
atención se dirija inmediatamente a Dios, y no a ti. “La voz que clama en el desierto” es la voz de Dios.

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7
MUCHO

1. Si no puedes hacer de la oración una cuestión de calidad, al menos debes hacerla de


cantidad.
2. Aparentemente este aviso puede resultar escandaloso, pues parece ir en contra del consejo
de Cristo de “no charlar a destajo” en la oración, como hacen los gentiles. Creen ellos que a fuerza de
hablar serán mejor escuchados. Lo que Cristo condena es la verbosidad inútil de quienes pretenden
recordarle al Padre lo que parece haber olvidado. El Padre ve y sabe lo que necesitas; ¿a qué cansarte
con vanas palabras? Guarda silencio bajo su mirada. Justamente a ese silencio del corazón debe
conducir la oración de los labios repetida de manera prolongada y frecuente; mas esto no puedes
comprenderlo si no lo has experimentado.
3. Jamás osaría darte este consejo escandaloso si no lo hubiera aprendido de la tradición, tanto
oriental como occidental. Los monjes del desierto, los padres népticos y los startzi de Optino, lo
mismo que san Francisco de Sales, san Ignacio, santa Teresa de Ávila y el padre De Caussade, todos
aconsejan utilizar en la oración una palabra, una invocación, una oración monológica, una jaculatoria
que se repite despacio, cuidando también de hacer pausas de silencio. ¿Cómo se podría permanecer
durante horas en oración sin este medio simple y concreto?
4. Jamás comprenderás la legitimidad de este consejo si no lo has experimentado tú mismo por
largo tiempo; no confía su secreto más que al cabo de años enteros de práctica. Ponte en oración,
adopta la actitud corporal que mejor te ayude a orar y, sin razonar ni atormentarte para acallar tu
imaginación, recita una invocación que hayas elegido, preferentemente la oración a Jesús. Has de ser
libre en la elección de la palabra, cristológica o trinitaria, con tal de que responda a tu deseo y que
alimente tu oración. Una vez que la hayas escogido, no cambies. Recítala lentamente todo el tiempo
que sea menester y permanece bien atento a la puerta de tu corazón. Cuando menos lo pienses la
oración del corazón brotará en ti. Entonces deja de invocar, a no ser que te sientas empujado
interiormente a ello. Cuando el Espíritu hace acto de presencia, ya no hay que llamarlo. Cuando cese
tu oración, reanuda despacio tu invocación. Así se pasará el tiempo sin que caigas en la cuenta y, sin
saberlo, te habrás convertido en un hombre de oración.
5. Esta manera de proceder no es un “truco” exterior para entrar en la oración: pone en
marcha mecanismos profundos de tu ser. No solamente estás guiado por tu inteligencia y por tu
voluntad; en el fondo de ti hay una corriente de vida con la que debes conectar y que arrastra tu oración
con el grito. Esta manera de proceder se sitúa primeramente en el nivel del corazón, y no en la periferia
de tus facultades. Quizá pienses que para ponerte en presencia del Padre basta pensar en él a fuerza
de meditación y de reflexión. Es ése un procedimiento demasiado racional, que provisionalmente deja
el fondo de tu corazón baldío. En cambio, si clamas a él un buen rato con una invocación, verás
aparecer su mirada al exterior o su gracia en el interior.
6. Quizá pongas el acento en el recogimiento, en un alejamiento sistemático de cualquier
distracción que pudiera apartarte del recuerdo de Dios. Desde luego, el recogimiento se convertirá

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pronto en una necesidad vital para la oración, una vez que ésta suavemente se haya puesto en marcha
en ti. Pero será un silencio recogido, que acompañará espontáneamente a la corriente de tu oración.
Brotará de la fuente, casi a pesar tuyo.
7. En cambio, el esfuerzo del recogimiento por sí solo, incluso intenso y prolongado, al
principio de la oración corre peligro de agotarse y de crear una tensión inútil si rehúsas pasar adonde
te espera la única fuente de la oración: tu miseria más secreta, tu debilidad más oculta. Hay que cuidar
de que la generosidad desplegada al servicio de tales métodos de recogimiento, buenos en sí mismos,
no te impida tomar el verdadero camino de la oración en ti. Y este camino conduce necesariamente a
tu pobreza radical, a ese lugar en donde ha razonado en ti el grito primordial de tus orígenes. Cada vez
que formulas una invocación en la que se expresa este grito profundo, te encuentras cerca de la
oración, y cuanto más tiempo dura ese grito más permanente se hará tu oración.
8. Comienza tu oración con un grito o una invocación; es el medio más seguro de bajar a lo
profundo de tu corazón, donde mora la verdadera oración. Luego persiste algún tiempo repitiendo
despacio esta invocación, todo el que sea preciso para que tu corazón se convierta por la oración. La
oración no es solamente en tu vida una dimensión profunda, sino también de duración, porque vives
en el tiempo, que ha de convertirse en “instantes” de oración.
9. Todos los hombres espirituales han presentido la importancia de que la oración sea
duradera. Recuerda lo que he dicho de los padres orientales, que aconsejaban a sus discípulos una
“cantidad” de invocaciones para llegar a la oración incesante. Encontrarás esta misma intuición en un
hombre como Ignacio de Loyola, en sus “maneras de orar”, donde aconseja repetir prolongadamente
las palabras del padrenuestro o de alguna otra oración hasta el momento en que cese el gusto espiritual.
Entonces se pasa a otra palabra. Esto mismo vale para las meditaciones de la vida de Cristo,
especialmente de los misterios de la infancia y de la pasión; Ignacio pide que se renueve varias veces la
meditación de la mañana, permaneciendo en las mismas escenas.
10. Cuando hacía yo los Ejercicios, confesaba mi sorpresa al padre Laplace -un verdadero
maestro en orar y en dar los treinta días- de que se permaneciera una semana con la pasión, renovando
varias veces al día las meditaciones de la agonía o de otras escenas, y me preguntaba cuándo íbamos a
pasar a la resurrección. El padre me respondió: “La repetición es la ciencia de la oración”. Bendigo al
Señor por haber tenido tales maestros, pues hoy puedo medir el alcance de estas palabras. Casi me
atrevo a decir que no es posible ser hombre de oración si no se repite machaconamente una escena del
evangelio, la oración a Jesús o alguna otra palabra de la Escritura.
11. San Ignacio se sitúa sobre todo en el nivel concreto y práctico para invitar al ejercitando a
la repetición. Como dice el padre Pousset, Ignacio es un “factótum” genial, que anduvo tanteando en
su experiencia espiritual, probó diferentes maneras y utilizó medios variados hasta conseguir
encontrar lo que buscaba, a saber: la voluntad de Dios en todas las cosas. Por eso retuvo lo que más le
convenía y mejor le conducía a encontrar a Dios en la oración. Así es como consiguió consejos muy
simples, sin cariz místico en apariencia, pero que al usarlos resultan eficaces para producir la oración
en ti.
12. Es lo que se llama en los Ejercicios las anotaciones. Miran sobre todo a disponer tu corazón
para aceptar la oración. En esta perspectiva has de escuchar esas invitaciones a volver incesantemente
a repetir la oración. Un poco a la manera de Boileau, el cual dice: “Cien veces en el oficio, recomenzad

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la obra”. Esta práctica es muy conocida en las escuelas rabínicas y coránicas, en las que se repiten
indefinidamente los versículos de la Biblia o del Corán para que impregnen el corazón, a la manera del
rocío que cubre y penetra el prado. Un versículo del salmo 36 expresa acertadamente esta práctica:
“Los labios del justo murmuran día y noche la ley del Señor”, lo cual es en realidad la oración incesante
de los elegidos, que claman día y noche al cielo (Lc 18,7).
13. A propósito de una palabra, Ignacio dice, por ejemplo: “No es la abundancia del saber lo
que sacia el corazón, sino gustar las cosas interiormente”. Ahí ves inmediatamente por qué es preciso
repetir las palabras de Dios o de Jesús. Deben penetrar en tu corazón como una gota de agua cae
insistentemente y abre brecha en la roca más dura. Tú vives con frecuencia según la moda del consumo,
donde lo importante es la abundancia del saber. No basta leer todos los libros que tratan de la oración;
hay que escoger uno y profundizarlo hasta el momento en que te confíe el verdadero secreto de la
oración. Entonces vivirás según el modo de la asimilación y gustarás las cosas interiores.
14. Para asimilar la verdad de Dios no basta oírla una vez y registrarla distraídamente en la
memoria. Debes meditarla, es decir, murmurarla en voz baja, de acuerdo con el significado de la
palabra hebrea hagha, meditar. Es preciso repetirla, masticarla a la manera como las ovejas rumian la
hierba que han pastado. Entonces tu palabra se convierte en carne y sangre de tu cuerpo. Mas a
condición de que no ceses de repetir y de murmurar la invocación.
15. Igualmente precisará Ignacio el tiempo que ha de durar la oración. No basta repetir la
palabra o meditar una escena del evangelio de acuerdo con tus criterios de duración. “Hay que instar
al ejercitante -añade Ignacio- a dedicar una hora entera a la oración. Y ha de sentirse satisfecho en su
corazón de que dure uno o dos minutos más de la hora, sin quitar nada”. Teresa de Ávila no procederá
de otra manera cuando aconseja a los carmelitas que hagan cada día dos horas completas de oración.
No puedes comprender esto si no lo has experimentado en la oración, como esos jóvenes alumnos
rabinos saben muy bien que es preciso repetir los textos de la Torá para memorizarlos y asimilarlos.
16. Te invito también a aprender de memoria algunos textos del evangelio, oraciones de la
misa, secuencias o himnos de la liturgia, que pueden alimentar tu oración. En los momentos de
sequedad, los recitarás lentamente, a la vez que los recrearás por dentro hasta cierto punto,
convirtiéndose en tuyos. En la oración no puedes innovar y crear a cada instante: has de guardar en las
alforjas algunas vituallas para alimentarte en los momentos de penuria.
17. Si intentas realmente orar una hora repitiendo lentamente y despacio una invocación,
entrecortada por pausas de silencio, estarás de acuerdo con los antiguos monjes; los cuales afirman
que la oración es la obra más ardua de la vida espiritual, aunque hayas experimentado su ventaja.
Siempre te sentirás tentado a abreviar tu oración o a equiparada con ideas o sentimientos. Es preciso
que experimentes en el tiempo esta manera de orar con una sola palabra, como Serafín de Sarov, el
cual permaneció dos mil días en una roca diciendo únicamente la oración a Jesús. El que se entrega
totalmente a esta forma de oración sale de ella radicalmente transformado.
18. Antes de intentar aprender a orar bien -lo cual no depende de ti- , es preferible que intentes
no cansarte jamás en la oración. Dios no busca personas que recen bien, sino hombres que no cesen
nunca de orar. A los que oran mucho, el Padre les concede el don de la oración pura. Es muy llamativo
que en sus apariciones la Virgen insista siempre en que se rece mucho; más, parece, que en que se
rece bien. Puede resultar extraño, prestándose incluso a formular ciertas objeciones; sin embargo, se

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comprende sólo con recordar que la “cantidad” depende de nosotros, mientras que la “calidad”
depende del Padre de las luces, del cual procede todo don perfecto.
19. Para fabricar la fina miel de la oración, haz como las abejas: ve a buscar el polen allí donde
se encuentra y escoge por instinto las mejores clases para que tu oración sea de calidad. Después de
haber interrogado a Ignacio y a Teresa de Ávila, consulta a santo Domingo y a sus hijos discípulos del
rosario. A su manera, el rosario es el equivalente de la oración a Jesús: la vía de la humildad que
necesitas para llegar a abismarte en la oración continua. En apariencia, repites mecánicamente
avemarías; pero el Espíritu Santo puede en cualquier momento hacer que surja en ti la oración. No
existe ninguna proporción entre lo que tú haces en el nivel concreto de la oración vocal y lo que puede
surgir bajo la acción del Espíritu. Cuanto más aspires a la oración del Espíritu en ti, más debes
aprender el camino de la humildad del rosario o de la oración a Jesús.
20. Recurriré a otro hijo de santo Domingo, que en su predicación ha abordado la relación
entre la cantidad y la calidad en la oración. Es el padre Pierre-Thomas Dehau. Ha predicado mucho a
monjas y a contemplativos. Cuando se escriba la historia de la espiritualidad de los últimos doscientos
años, se verá la importancia que ha tenido en las corrientes espirituales contemporáneas. Como buen
pedagogo concreto, utiliza una comparación tomada del terreno del arte. Dios es como un escultor
que quiere modelar una estatua: primero pide a su aprendiz que traiga mucho barro para fabricar una
maqueta, esbozo de la futura obra maestra. Esta materia no es casi nada (propre nihil, según el lenguaje
de Aristóteles para designar la materia); sin embargo, el escultor no puede hacer nada sin ella. El padre
Dehau hace entonces hablar de esta manera al escultor, al que compara con Miguel Ángel en su obra
maestra de la Sixtina:
21. “Es preciso que mañana me traigas mucho barro. Quiero trabajar mucho. Tengo en la
mente una multitud de obras maestras, y si no me traes mucho barro, ¡ay de ti!; me enojaré. Lo que yo
vaya a hacer con ese barro no te incumbe a ti; lo encerraré con doble vuelta de llave, porque no tengo
ganas de que vayas a hurgar en todo esto. No tengo gran confianza en ti; eres bastante torpe, y si fueras
a ver lo que hago, meterías la mano y no quedaría más que un montón de barro en el suelo. Por eso lo
encerraré todo con doble vuelta de llave. Tú limítate a traerme el barro, pues si no me enojaré”.
22. Tú eres ese pequeño aprendiz, y tu oración es ese barro. Dios podrá prescindir del barro
y de la oración; pero ha decidido desde toda la eternidad que sus obras maestras dependerían de tu
pobre oración. Ha querido tener necesidad de esta materia. Entonces Dios te dice: “Reza mucho. No
te preocupes demasiado de saber cómo rezas ni de lo que yo voy a hacer con tu oración. Lo oculto a
tus propios ojos. Con tu orgullo destruirías lo que yo hubiera hecho por tu oración. Simplemente te
pido que me des mucha oración, como el aprendiz lleva mucho barro a su maestro”.
23. Dios quiere mucha oración, y, por más que tú sientas lo miserable que es tu oración, él te
dice que sigas, que la aumentes, que la intensifiques. “Cuanto más miserable es tu oración, más
humilde es, y eso es lo que necesito; por tanto, persiste; sé el pequeño aprendiz que aporta mucha
materia y que no tiene necesidad de ocuparse del resto. Limítate a darme mucha oración, “cantidad”,
que yo la “cualificaré” mediante los dones de mi Espíritu Santo. Tú no necesitas ver; ocúltate y deja
que te oculte las hermosas obras que hago por medio de ti”.
24. Jamás oramos bastante: ni siquiera los que más oran, ni siquiera los que oran en todo
tiempo. Ocurre como con la fe; jamás tenemos bastante. Jesús podría decirnos: “¡Hombres de poca

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oración!”, como le dijo a Pedro: “¡Hombre de poca fe!” ¡Qué pequeña es tu oración; qué poca cosa
es! Yo no puedo hacer lo que quiero. Corre, pues, a buscar esa materia: no tengo suficiente para todos
los inventos de mi amor, los cuales quiero que dependan cada vez más de tu oración. Necesito más,
siempre más; necesito sin medida.
25. Veamos de qué manera incita Dios a los santos a orar. Los aguijonea por dentro y les insta
a pedir siempre más. “Reza mucho”, le dice la Virgen a Banneux. “Anda, reza”, le dice a Pontmain.
En este sentido, Dios quiere mucha oración, cantidad; desde cierto punto de vista, hasta parece que la
calidad le importa menos. Tú das la cantidad y él dará la calidad; en otros términos, él dará forma a tu
oración. La informará mediante un soplo de vida que confiera a ese barro una forma viviente. La obra
entera de Dios depende de tu oración. Te cuesta creerlo. No comprendes bastante la eficacia de tu
oración de petición.
26. Santo Tomás insiste mucho en la eficacia de la oración de petición. Todos los santos
persisten de continuo en la oración, se entregan con todo su ser a la súplica, porque sienten que
sostienen el mundo. Así, santo Domingo oraba día y noche y lanzaba rugidos al cielo, exclamando:
“Oh Misericordia mía, ¿qué va a ser de los pecadores?” La misma convicción encontramos en el staretz
san Silouane: “El mundo subsiste gracias a la oración de los monjes; cuando la oración se debilite, el
mundo perecerá” (Staretz Silouane). Nosotros no tenemos ya esa firme convicción de los antiguos
respecto a la eficacia de la oración; no tenemos aquellas ideas claras y simples, aquellos impulsos
luminosos y ardientes que lanzaban sus oraciones al cielo, penetrantes como flechas.
27. Observan los teólogos que la perseverancia es una de las características de la oración de
petición. Pero para perseverar en la oración tienes que rezar mucho. Sabes muy bien que la oración de
petición, siempre eficaz para todo y para todos, es infalible con ciertas condiciones: has de hacerla
para ti, ha de estar ordenada a la salvación y debes hacerla con perseverancia. Esta última condición es
esencial. Puede parecer que Dios rehúsa por mucho tiempo incluso gracias ordenadas a la salvación,
como la castidad y la paciencia, e incluso la conversión.
28. ¿Por qué Dios se hace rogar, y tanto tiempo? (Observa estas tres palabras: se hace rogar).
Pues porque quiere que reces mucho. Quizá sea ésa la prueba más grande de que Dios quiere que
reces, que reces siempre, que no desfallezcas nunca. A veces no te dará lo que pides sino después de
haberlo pedido durante mucho tiempo, de haberlo suplicado desesperadamente. En La escala, san
Juan Clímaco hace más o menos la misma reflexión; le dice a su discípulo: “No te inquietes demasiado
si no has sido escuchado en tu oración; has obtenido una gracia todavía mayor por el hecho mismo de
haber perseverado en la súplica. No existe gracia mayor que estar con Dios en la oración”.
29. Dios es distinto y de otra manera que tú; es eterno. Tú, en cambio, vives en el tiempo. Pues
bien, él quiere que en cierto modo copies su eternidad con tu perseverancia. Al perseverar en la
oración, abres una pequeña claraboya a la eternidad y respiras el aire del cielo. La perseverancia es una
victoria sobre el tiempo. Entraña un reflejo de eternidad. Pide una oración sin estrecheces y trabas de
tiempo ni de lugar.
30. En los Hechos de los Apóstoles está escrito: Perseverantes unanimiter in oratione cum
María: “Perseveraban unánimes en la oración con María”. La perseverancia es la oración que se
prolonga en el tiempo, y el unanimiter, unánimes, es la oración que se prolonga en el espacio, sin

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limitarse a algunos hombres, deseando abarcarlos a todos. Es la catolicidad y la universalidad de la
oración.
31. Cuando oras, has de hacerlo unido a tus hermanos y a cuantos rezan. Debes rezar también
por todos los que no lo hacen. Dios no quiere una oración aislada. Quiere que la oración se extienda
de unas almas a otras y vaya en busca de los que no saben rezar, de los que luchan contra las dificultades
de la oración y no consiguen desembarazarse de las tentaciones con las cuales el demonio les impide
rezar. Para rezar de verdad se requiere mucho tiempo y un amor universal.
32. Jamás le darás oración suficiente a Dios, pues ella es la materia misma de sus obras y de
sus obras maestras. Él pide siempre más. Él puede darle una cualidad divina, y se reserva a menudo
hacerlo; lo que implora o mendiga de ti es la cantidad. Dame cantidad en el tiempo por tu
perseverancia, y cantidad en el espacio uniéndote a otros que rezan para que la oración forme bloque
y resulte irresistible. Tal es la gran ley del arte de la oración.
33. Permanecer en la oración es permanecer en el corazón de María, que es la rezadora por
excelencia. Lo sentirás si rezas mucho, si eres perseverante y permaneces en la oración, aunque tengas
ganas de irte. Tu pobre naturaleza tiene miedo de Dios, tiene miedo de la oración. Mas cuando todo
va bien, tiene siempre la funesta tendencia a no proseguir, a dejar la oración por las fantasías y las
preocupaciones de aquí abajo. Incluso cuando tu naturaleza se encuentra feliz en la oración, siente
más o menos claramente que es Dios el que triunfa y se engrandece de ella. A tu naturaleza no le gusta
ser manejada por Dios, ni siquiera en los momentos en que facilita tu acercamiento a él. Con mayor
razón cuando este acercamiento es penoso, el peso terreno te molesta o te cansa más, te sientes
tentado a abandonar la oración.
34. A veces escucharás esta objeción, que roza la ilusión y el sofisma: se expresa más o menos
en estos términos: “No se trata de orar mucho sin preocuparse de la calidad; es preferible rezar menos
y hacerlo bien”. En el fondo, la objeción está bien formulada y la respuesta parece manifiesta: pero si
miras más de cerca, verás que es un sofisma, una afirmación con apariencias de verdad, aunque no lo
es. Como siempre, en esta clase de objeciones hay que distinguir las dos afirmaciones antes de unirlas.
Entonces comprenderás su ilusión.
35. Estamos ante dos preguntas muy distintas: ¿tenemos derecho a rezar poco? ¿sabemos
cuándo rezamos bien? Si no se justifican debidamente estos dos puntos, la objeción se desvanece.
36. En primer lugar, ¿tenemos derecho a rezar poco? Orar poco suena demasiado mal. Basta
citar las palabras del evangelio, en las que Jesús dice que hay que rezar siempre y sin desfallecer. La
oración tiene en tu vida un carácter totalitario. “Poco” no se concilia con “totalitario”; es justamente
lo contrario. En un cristiano, la oración ha de estar en estado de plenitud. Esta oración que has de darle
a Dios será a menudo una materia informe; pero si sientes el deseo de orar siempre, será a pesar de
todo una plenitud de oración. Tendrás que recobrarte sin cesar después de los períodos de indolencia,
de los desmayos y disminuciones demasiado fáciles de explicar, pero nunca aceptados; siempre
comprobados, pero combatidos con toda la fuerza de tu corazón.
37. Permite que te haga una observación respecto a la debilidad. Si tomas la decisión de
consagrar tu vida a la oración, que es mucho, que no es cosa de poco, has de contar con muchas
debilidades: no hacer oración por falta de tiempo, acortarla o abreviarla y, lo que es peor, “simular”
que la haces. Has de saber que todas esas debilidades carecen de importancia, siempre que se las

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reconozca como tales, se las lamente y repare. Tendrás que volver cada vez a la oración con la paciencia
de la araña, que vuelve a tejer su tela cada vez que la encuentra destruida. Lo grave sería justificarte
diciendo: “La oración no es para mí; es para los contemplativos”. Entonces perderías la confianza en
el poder de la oración y habría gusano en el fruto. Necesitarías, pues, una conversión del juicio; no
solamente una confesión de tu debilidad, sino una gracia de fuerza y el deseo de poner de nuevo manos
a la obra.
38. Si no dedicas tu vida entera a la oración o a la influencia penetrante de la oración, de una
forma u otra, no eres hombre de oración. Es preciso que tu vida entera, tus acciones, tus palabras y tu
manera de ser estén consagradas a la oración.
39. Pasemos ahora a la otra parte de la objeción: ¿sabemos cuándo rezamos bien? Cuando
dices: “He rezado bien”, es casi fatal que experimentes al punto algo de orgullo, o por lo menos una
cierta satisfacción de ti mismo. Por eso Dios te oculta bajo triple llave la cualidad de tu oración y las
obras maestras que de ella saca.
40. “No sabemos orar bien”, dice san Pablo. Sólo el Espíritu lo sabe. Él viene en tu ayuda, en
ayuda de tu debilidad. Él lanza en ti gemidos inefables, que no puedes contar como es debido ni a los
demás, ni a ti mismo. Y cuanto más estés bajo la acción del Espíritu Santo, bajo el régimen de sus
dones, menos lo sabrás. Tú oyes la voz del Espíritu, pero no sabes ni de dónde viene ni adónde va.
Sobre esto, san Pablo y san Juan se hacen eco el uno al otro.
41. Me he extendido ya mucho sobre esta impotencia para orar. No obstante, deseo decirte
todavía que para estar realmente convencido de que no sabes orar, hay que pasar por todo un trabajo
de los dones de inteligencia y de ciencia, los cuales te informan a fondo sobre ti mismo. Si quieres
penetrar en el espíritu de la oración, un buen día tendrás que decir: “No comprendo nada; no sé nada”.
Entonces, como los apóstoles, podrás decirle a Jesús: “Señor, enséñanos a orar”.
42. Esta petición tan simple, tan límpida, tan directa, nos ha valido el padrenuestro. Esta
pequeña oración ha suscitado, si así puede decirse, la gran oración, la oración por excelencia. En su
forma tan breve y modesta, era ya una oración perfecta. Jesús, viendo en sus apóstoles un deseo
ardiente y profundo de orar, comprendió que había llegado el momento de enseñarles la oración
definitiva.
43. Mas para decir a alguien: “aprende de mí”, en cualquier orden de cosas, es necesario que
hayas comenzado por decir: “no sé”. El que sabe no pide que le enseñen, cualquiera que sea la
disciplina de que se trate. Es preciso que hayas comenzado por darte cuenta de que no sabes. En la
hora actual es bastante difícil enseñar, porque son muchos los que creen saber. Esto es aún más cierto
en el ámbito de la oración, arte que se enseña con la práctica, y no solamente con el estudio. ¡Henos
aquí ante la “nesciencia” de la oración! Son precisos decenas de años para formarse en la oración.

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ORACIÓN

1. No confundas plegaria y oración. La oración no es una plegaria, ni una meditación, ni una


lectio divina, ni una lectura espiritual, ni el oficio divino, ni la eucaristía, ni la oración a Jesús, ni el
rosario, sí bien la oración puede impregnar todas esas formas de plegaria, como el aceite impregna un
rodamiento de bolas, o una suave música de fondo sostiene una lectura o una conversación. Aunque
esas formas de orar impregnen todas estas realidades, no se identifican, sin embargo, con la oración.
¿Qué es entonces la oración?
2. La oración es como la ambrosía que embriagaba a los dioses. Es mejor gustarla que definirla,
pues el día en que se te conceda el don de la oración, dirás: “Esto no tiene nada que ver con lo que he
leído en los libros”. No te queda, pues, sino pedir al Padre la gracia de la oración. Nunca es rehusada:
sobre todo si la pides con humildad, confianza y perseverancia.
3. La oración es el comienzo del cielo en tu alma.
4. En la oración ves los cielos abiertos y a Jesús sentado a la derecha del Padre intercediendo
por todos los hombres.
5. Si decides consagrar tu vida a fa oración –bien por vocación especial, bien porque hayas
escuchado la llamada de Jesús en el evangelio a orar sin cesar-, no podrás menos de hacer una opción
radical en este terreno; no hay un tercer camino o medias tintas; o lo uno o lo otro; ser visto por los
hombres o ser visto por el Padre. Esto interesa al nivel más profundo del corazón; no solamente al
tiempo consagrado a la oración. Sobre esto somos expertos en “jugar con dos barajas”: optamos por
la mirada del Padre, pero al mismo tiempo deseamos que los hombres no nos olviden demasiado, que
hablen un poquito de nosotros. No puedes servir a dos señores: a Dios y al dinero, a Dios y a los
hombres. Has de hacer una opción tajante por Dios, sabiendo que a partir de ella has muerto para el
mundo. Por lo demás, los hombres harán que lo sientas, pues tienen una alergia despiadada a Dios.
Antes de decidirte por la oración, medita bien estas palabras de Jesús sobre la oración (Mt 6,6-8); las
encontrarás comentadas en el capítulo “Oculto”. Luego podrás pedirle a Cristo que te enseñe la
verdadera oración.
6. Hace más de treinta años que escudriño estas palabras de Cristo en la oración, y tengo la
impresión de encontrarme aún en el umbral del misterio, pues estas palabras me parecen siempre
nuevas y encienden en mí el deseo de contemplar la mirada del Padre. Hay que confesar que no confían
su secreto más que después de años de súplica y de oración. Por eso ruego al que desee hacer oración
que lea ese texto todos los días, convencido de que en cualquier momento la mirada del Padre o de
Cristo puede surgir en su corazón.
7. “Tú, cuando reces, entra en tu habitación, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está
presente en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Al rezar no charléis como los

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gentiles, que se imaginan que serán escuchados por su mucha palabrería. No hagáis como ellos,
porque vuestro Padre conoce las necesidades que tenéis antes de que vosotros le pidáis” (Mt 6,6-8).
8. Si quieres orar al modo de Cristo, debes desaparecer a los ojos de los hombres y a tus
propios ojos; has de proceder “como una hormiga insignificante”, dicen los padres. Cuanto más
oculto estés a los ojos del mundo, más el Padre se complacerá en mirarte. No basta que te retires a la
estancia más secreta de tu casa (thaméïon dice el evangelio; es decir, el granero de las provisiones)
para estar oculto, porque siempre puedes representar un personaje en tu pequeño teatro interior; se
trata sobre todo de una peregrinación al corazón, donde permaneces al abrigo de toda mirada
indiscreta, comenzando por la tuya.
9. Déjate envolver por el gran silencio de Dios, como el niño está oculto en el seno de su
madre; es el lado oscuro de la oración. No lo conseguirás a fuerza de puños, sino de suplicar y clamar
a Dios. Luego está el lado luminoso de la oración. Si no hubiera más que la cara oscura, la oración se
asemejaría a un ejercicio de zen o a una meditación trascendental, en la que harías el vacío en ti mismo.
En la oración, lo primero es la mirada del Padre que ve en lo secreto.
10. Pero es tan difícil hacerte ver por dentro esa mirada del Padre como describirte el Himalaya
o el Tibet si no has estado nunca allí. Lo desesperante en la oración es que se habla del cielo y de Dios
sin poder jamás conectar con ellos. Habría que hacer que “tocaras” a Dios en un hombre; en una
palabra, mostrarte un santo.
11. Si lo quieres, se puede tomar la oración por “otro cabo”, ya que es imposible ponerte en
contacto con ella mediante palabras, a no ser que el cielo te caiga encima -lo cual sería también una
gracia del Padre-. Deberías entonces mirar por el lado de las disposiciones que hay que desarrollar
para permitir que nazca la oración en ti. Pienso en las palabras de san Juan de la Cruz: “El alma no va
a la oración para fatigarse, sino para relajarse”. ¿Estás convencido en lo más hondo de ti mismo de que
la oración es una relajación? Con demasiada frecuencia, para ti la relajación consiste en leer una novela
o un libro, en mirar un programa de televisión o en tumbarte en la cama.
12. No es fácil introducir en tu vida una actividad de distensión. Ésa es la única manera de
recuperar la hemorragia de energía de la vida trepidante que llevas. Tú te solazas con tus amigos
paseando por el campo; pues, ¿por qué no con Cristo, a condición de que lo consideres como un
compañero de distracción? Habitualmente, ante Cristo te crees obligado a adoptar un ademán serio y
a concentrarte.
13. La oración no es una concentración; no es un partido de tenis, donde los jugadores están
en tensión. En suelo cristiano, la concentración está proscrita. Sin embargo, hay hombres que, al cabo
de una hora de oración, están muertos de cansancio, porque se las componen muy mal: hacen oración
con su materia gris más que con su corazón.
14. Teresa de Lisieux vivía en una época en la que se descubrió el magnetismo, y decía:
“Quisiera ser magnetizada por Cristo”. Creo que estas palabras sobre el hipnotismo son una buena
comparación de la oración. El que hipnotiza debe concentrarse. La tentación es concentrarte de esa
manera cuando estás ante el santísimo y te quejas de tener distracciones. ¡Felizmente! Lo peor sería
salirte con la cuya. Por eso me inquieta el éxito de los métodos orientales, pues son lo antagónico de
la verdadera oración cristiana.

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15. El que es hipnotizado debe concentrarse y abandonarse en manos de otro. En la oración
se trata de dejarte hipnotizar por la mirada de Dios, a la manera como el hijo pródigo se sintió
conmovido por la mirada del padre, estremecido a su vez de compasión. El hipnotizado es apresado y
cautivado por otro; no puede librarse de su poder.
16. En este sentido, la concentración viene de Dios, no de ti. Por eso estás totalmente
descentrado de ti mismo y centrado en Dios. Tienes, pues, que estar convencido de que hay una mirada
del Padre que te busca. Durante toda su vida terrena, Jesús vivió en comunión permanente con esa
mirada (su mirada eterna en la unidad del Espíritu), y ha querido hacerte partícipe de ello en la oración.
Para introducirte en esta experiencia, Jesús no levantó nunca la voz, como nosotros estamos tentados
a hacerlo siempre; simplemente hizo que saliera a la superficie lo que había en el fondo de su alma.
17. En el cuento Consolatrix afflictorum, Benson refiere la historia del niño que pierde a su
madre y que va cada tarde a la carretera a encontrar su mirada. Con frecuencia se siente decepcionado:
“No era mi madre...”, hasta el día en que cruza una mirada, y experimenta tal intensidad de amor que
se olvida de su madre para quedar seducido por la mirada de la Virgen. Hacer oración es escrutar el
horizonte para descubrir esa mirada; es la única para cada uno de nosotros.
18. La oración consiste en hacer un acto de fe en esa mirada, y luego un acto de no temer y de
no huir. Aceptas estar un cuarto de hora bajo la irradiación de esa mirada, que obra a la manera de un
láser. Cuando miras a Cristo con perseverancia en la oración, quedas transformado en él; su imagen
mística se imprime secretamente en tu ser interior. Recibes entonces sus cualidades y sentimientos,
es decir, el reflejo de su bondad y de su dulzura infinita, y la luz de su rostro.
19. Si pudieras exponerte, aunque no fuera más que cinco minutos, o incluso uno solo, a la
mirada del Padre o a la influencia del Espíritu Santo; si renovaras esta oración asidua, de día y de noche,
veinte o treinta veces, llevaría a cabo en lo más hondo de tu mentalidad, de tu corazón, de tu carácter y
de tu comportamiento un cambio fundamental. No es fácil que tú mismo adquieras conciencia de ello;
pero los que están cerca de ti podrán advertirlo sin dificultad.
20. Sólo tienes que abandonarte al resplandor del Padre, al poder de Cristo o al influjo del
Espíritu. A veces pagas muy caro ir a ver un espectáculo en el que permaneces con el aliento
suspendido por espacio de tres horas. El actor te fascina con su arte y aleja de ti toda distracción. En
la oración, sé un buen espectador y déjate conmover por Dios. De esa manera la oración no cansa; es
todo lo contrario de cuanto sucede a los contemplativos hindúes o tibetanos. Un contemplativo
cristiano “experimenta” la presencia, el trabajo y la acción de otro.
21. Eva Lavallière era una gran artista; fascinaba a la multitud. Hacia los cuarenta años
experimentó un “pentecostés interior”, y el Espíritu Santo se la vino encima; se convirtió y acabó sus
días en la oración y la penitencia. Estaba habituada al baile, al teatro y a las recepciones. Un día,
hablando del santísimo sacramento, dijo: “Hoy mi teatro es esto”. Cristo llega mucho más adentro de
lo que pueda hacerlo la sensibilidad.
Toma la música que más te impresiona, que te hace contemplar sin necesidad de concentrarte,
por ejemplo la Novena sinfonía de Beethoven. Ponla veinticinco veces seguidas, y pronto conocerás la
“noche de los sentidos”, hasta el punto de no poder soportarla más.
22. Con la oración es completamente diferente: no puedes cansarte nunca. Entre los bienes
sensibles y los bienes espirituales existe una gran diferencia. Un bien sensible, cuanto menos se lo

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tiene más se lo desea. En cambio, los bienes espirituales, cuanto más se los tiene más se los desea,
porque suscitan en nosotros una sed de infinito. En su Vida de Moisés, san Gregorio de Nisa dice que
“la visión de Dios no es otra cosa que el deseo de Dios”. Cuanto más un hombre “ve” la mirada del
Padre en la oración más desea orar.
23. Cuando santa Teresa de Ávila habla de la oración a las carmelitas, les dice prácticamente
esto: “No os pido tanto que miréis a Cristo en la oración como que toméis conciencia de que él, vuestro
esposo, no cesa un instante de miraros”. Hacer oración es tomar conciencia de que Cristo desea y
espera tu oración como la vuelta de la criatura al Padre. Una vez que has entrado a él por la oración,
Dios desea que no salgas jamás. “Así, la oración verdadera, que ha conseguido responder al deseo
benévolo de Dios, debe seguir secretamente en el fondo de tu corazón mediante un intercambio de
palabras una vez que has dejado el lugar de la oración”, dice el padre Matta-el-Maskine, que ha sido
higoumeno del monasterio de San Macario, en el desierto de Escetes (actualmente es ermitaño en una
gruta de Wadi-el- Natroum).
24. Los que han gustado esta mirada atenta y benévola del Padre no pueden olvidarla jamás;
saben que esta experiencia viviente no depende de su buena voluntad; pueden esperarla, desearla y
hasta pedirla, pero viene de arriba como un don gratuito del amor de Dios, mientras que las
experiencias de orden puramente intelectual dependen de las aptitudes naturales del hombre y de su
voluntad de actualizarlas. La experiencia viva de la mirada del Padre depende esencialmente de su
beneplácito. Cada vez que acudes a la oración has de saber que el Padre te espera y desea mostrarse a
ti con el fulgor espiritual de su mirada. Experimenta una gran alegría sobre todo al verte volver a él en
la oración.
25. Cuando percibes la mirada del Padre en la oración, penetras en un encuentro personal con
él, y tu orientación a Dios reviste un carácter profundamente personal. Hasta entonces tu oración
consistía en hablar con Dios sin saber bien adónde se dirigía. Ahora, cuando rezas, hablas con Dios
cara a cara, como un amigo con su amigo. El descubrimiento del Dios personal purifica tu oración de
la imaginación y de las especulaciones abstractas y la hace penetrar en el centro de una comunión
viviente e íntima. Al concentrarse interiormente en la mirada del Padre, tu oración deja de ser una
“llamada en el espacio” para convertirse en un diálogo: el espíritu se recoge y se pone a la escucha del
Padre.
26. Sólo el que tiene experiencia de ello puede comprender lo que es esta oración cara a cara.
Presientes que hablas con alguien y que ese alguien te responde. Como dice el salmista, podrías “pasar
noches enteras hablando con él” sin nunca cansarte, incluso aunque, en algún momento, ese diálogo
no tenga precisión de palabras y termine en el silencio. Es la cima de la oración, que consiste en una
simple mirada del Padre a nosotros y de nosotros al Padre. Era la oración del tío Chaffangeon, al cual
el Cura de Ars le preguntó qué hacía en los largos ratos que pasaba en el banco del fondo de la iglesia:
“Él me ve y yo le veo, y los dos somos felices juntos”.
27. Cuando entras en la oración cara a cara, es el principio de la eclosión en ti de la “imagen
de Dios”. Es también el principio de la oración pura del corazón. El Padre se te manifiesta en una
comunicación inmediata “cara a cara”. Normalmente esta revelación se le otorga al hombre en la
oración. En su realidad profunda, esa oración es la energía de Dios mismo, que actúa en el interior del
hombre. Es indispensable -empleando los términos del staretz Silouane- que “Dios, él primero, nos
busque y se manifieste a nosotros”.

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28. La oración comienza a partir del momento en que entrevés la mirada del Padre que ve en
lo secreto -mirada fascinante y fugaz-, pero que continúa mediante una toma de conciencia más
profunda aún: “Pues el Padre sabe lo que necesitas antes de que se lo pidas”. En un instante
comprendes que cada acontecimiento de tu vida está dispuesto por la mano benévola y atenta del
Padre, que vela por ti y no permitirá que caiga de tu cabeza un solo cabello sin su permiso. ¿Por qué
cansarte en pedirle lo que necesitas, cuando él lo sabe infinitamente mejor que tú? Esto no significa
que debas detener tu oración; sería contrario al consejo de Cristo, el cual te invita a permanecer, a
perseverar, a orar sin cesar. Por eso el objeto de tu oración no puede ser más que una pura súplica
indefinidamente prolongada: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.
29. Cuando hayas hecho un acto de fe bajo esta mirada del Padre, todavía te queda por hacer
un acto de no temer y no huir. Hay en ti un miedo indebido de Dios; pues si te niegas, temes que este
amor te obligue a la fuerza. Mira cómo se dirige Cristo a menudo a sus discípulos diciéndoles: “No
tengas miedo, no temas, soy yo”. Estás hecho de tal manera que, desde el momento en que Dios se
acerca a ti, tu ser se eriza de miedo. Pero no debes temer, porque Cristo está ahí, presente en la
totalidad de tu existencia, y el Padre sabe y ve en lo secreto lo que necesitas, lo mismo para la salud que
para la vida, el alimento y el vestido.
30. En lugar de crisparte con tus miedos, deja que la mirada del Padre te calme, y al mismo
tiempo despiértate a la ternura de su rostro. No te concentres para guardar el control de tu vida.
Aprende a serenarte y a abandonarte en las manos del Padre. Lo mínimo que hagas en este sentido te
colmará de paz y de alegría.
31. Cuando un barco atraviesa el canal de Suez, el capitán debe ceder el timón al piloto. De la
misma manera, no seas el dueño de tu conducta, sino abandona el sentido de tu existencia en las manos
del Espíritu Santo. Él te conducirá con seguridad, sin pasos en falso, hacia el Padre en compañía de
Jesús.
32. En la oración, con frecuencia centras tus esfuerzos en una batalla de detalles técnicos; sin
embargo, todas las respuestas técnicas se estrellan contra ese nivel profundo, en el que no deseas dejar
hacer al Padre, abandónate en sus manos. Entonces haces como la Marta del evangelio: te agitas y
hablas mucho sin dejar que el Padre diga una sola palabra.
33. Esto que te digo es el fin último de la oración y de la vida eterna. Lo que harás un día en el
cielo has de hacerlo desde el presente: dormirte en brazos de Dios para despertarte en su ternura. Tal
es la doctrina de los padres népticos (nepsis, despertar) entre los orientales. Para ellos somos todos
personas “dormidas”, y nuestro corazón ha de despertarse por la oración a Jesús. Cuando se despierte,
podrá brotar la oración del corazón.
34. Es un esfuerzo para no esforzarse. Ello supone que la oración no se despliega solamente
en el área de la inteligencia o de la voluntad, sino sobre todo en el plano del corazón. ¿Lo crees y
aceptas de veras? El mayor enemigo dentro de ti mismo es decirte: “Todo eso está muy bien; pero hay
otras cosas que hacer”. Entonces te agitas y haces ruido para escapar a la mirada del Padre y de Cristo.
35. Debes ser honesto y no buscar más que a Jesucristo y la mirada del Padre; consentir en no
tener más que hacer que dejarte poseer por Cristo, porque no hay nada más importante. Nada debe
entrar en competencia con la mirada del Padre, que te quiere en la dulzura infinita de su amor
(encontrarás una continuación de esto en el capítulo “La mirada de Jesús”, art. 27).

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36. ¿Deseas una imagen del contemplativo cristiano que no está “concentrado” en sí mismo,
sino fuera de él y vuelto hacia Otro? Contempla el perro que espera la vuelta de su amo. No se
concentra, no tiene necesidad de ello; se aburre, gime, mira a la puerta y, al menor ruido, está presto
a lanzarse, como dice Jesús: “Dichosos los servidores que velan esperando la vuelta de su señor”. He
ahí la imagen del contemplativo cristiano.
37. Si quieres encontrar modelo de auténticos contemplativos, no te fijes demasiado en los
sufíes o hindúes; mira a tu perro; él te esclarecerá de una manera más sencilla y concreta sobre lo que
Dios espera de ti, que es muy sencillo, pero también muy humillante. Es verdaderamente humillante
ser un pobre perro, que no puede hacer nada para salir de la situación: no puede más que esperar,
echarse ante la puerta y gemir. No tiene ninguna otra posibilidad de distraerse, mientras espera la
vuelta de su amo; sólo le queda aburrirse. Pero ¡qué alegría cuando la puerta se abre! Su larga espera
se ve recompensada.
38. Lo mismo pasa contigo durante la oración. La primera actitud que depende de ti es dedicar
a la oración un tiempo suficientemente prolongado para que el Padre pueda convertirte. La segunda
actitud será invocar el nombre del Padre. Como el servidor fiel espera la vuelta de su amo, espera que
el Padre se digne posar en ti su mirada... ¿Eres tú de los que no han encontrado nunca esa mirada?
Como los israelitas, puede que tengas miedo de ese gran fuego y de esa llama que podría devorarte (Dt
5,25s). Entonces te queda la voz y el nombre de aquel que te ha hablado en ese gran fuego.
39. Si aún no has “visto” el rostro del Padre en la oración, te queda establecer tu mansión en
la invocación de su santo nombre. Por dos veces el apóstol Pablo recuerda que en la oración el Espíritu
susurra constantemente en tu corazón de bautizado la santa invocación: “¡Abba, Padre!” (Rom 8,15;
Gál 4,5). La invocación Padre era sin duda la oración incesante del mismo Jesús en su lengua materna.
De otra manera, ¿cómo iba a susurrarla en ti el Espíritu de Jesús? Recorre el evangelio, y te
convencerás de que el recuerdo del Padre estaba constantemente en el corazón y en el pensamiento de
Jesús, lo mismo que su nombre lo estaba en sus labios. Tanto cuando oraba a solas en la soledad de la
noche como cuando lo hacía en medio de la multitud al realizar sus milagros (cf Jn 11,41-42), Jesús
invocaba siempre el nombre de Dios su Padre. ¡Abba! fue su última plegaria en el jardín de Getsemaní
y su último grito en la cruz (Mc 14,36; Lc 23,46). No obstante, Jesús tenía sin cesar, en el fondo del
corazón, la visión cara a cara de la mirada del Padre. La invocación de su nombre le mantenía de
continuo en comunión con él. Si desea ser un verdadero hombre de oración, fija tu mirada en Jesús; él
te enseñará a invocar el nombre del Padre, y un día lo contemplarás.
40. Todo esto es una invitación a hacer de esta invocación: “Abba, Padre”, el centro mismo
de tu vida de oración, a repetirla incesantemente como tu oración predilecta, a tenerla de continuo en
tus labios, en tu mente y sobre todo en tu corazón. Al hacerlo, no sólo imitarás a Jesús en su vida y en
su comportamiento exterior, sino que tendrás parte en lo que hay en él de más íntimo y que es el centro
de su vida de relación con el Padre y con los hombres.
41. Al repetir con él y en pos de él “¡Abba, Padre!”, penetrarás en los secretos más recónditos
de su “vida interior”, sobre todo en el secreto de su experiencia de ser uno con el Padre a la vez que su
Hijo amado, sin cesar cara a cara con él y hablándole como un hijo con su “papá querido”. Tu corazón
se transformará poco a poco en el de Jesús. Con Jesús y en Jesús ofrecerás al Padre el homenaje de tu
oración, de tu súplica y de tu adoración.

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42. Más que ninguna oración, el “Abba, Padre” te hará participar de esta vida secreta del Padre
y del Hijo, de su mirada eterna en la unidad del Espíritu. “Abba, Padre” será tu respuesta incesante a
“Tú, mi hijo querido” que el padre pronuncia sobre ti en el Hijo único desde toda la eternidad. Ésa
será también tu respuesta más verdadera a la llamada que se alza de tu mismo corazón, hecho por Dios,
hecho para Dios, y siempre insatisfecho mientras no hayas entrado en la gloria del Padre. Ésa, en fin,
será tu respuesta a la llamada, que te llega de la creación entera, a través de todos los seres, de todos
los acontecimientos de la historia y de todos los contactos humanos, puesto que en todo y a través de
todo es siempre Dios, el Padre omnipotente, el que se acerca a ti y mendiga tu amor.
43. “Abba, Padre” es la expresión sacrosanta que abre las puertas de la eternidad, la del
santuario más íntimo, de la cripta secreta del alma, y te guía hasta el misterio más recóndito de Dios
en el fondo de ti, secreto mantenido oculto a las generaciones sucesivas de los hombres hasta que vino
a la tierra el mismo Hijo de Dios manifestado como hijo del hombre.
44. Cada uno tiene su manera de entrar en oración. A veces te colocas directamente bajo la
mirada del Padre sin hacer esfuerzo alguno para lograrlo; cuanto más avances en la oración, más
natural te resultará esta actitud. Pero pienso también en los que dan los primeros pasos en la oración
e intentan poner en marcha el motor. La mayoría de las veces tendrán que recurrir a la invocación del
nombre, y a veces habrán de prolongarla hasta el final de la oración antes de encontrarse bajo la mirada
del Padre. Intenta encontrar la invocación que sintonice con tu nombre y con tu misión. Igual que los
radioaficionados intentan captar Radio Moscú a fuerza de tantear, así has de proceder tú durante
meses, incluso a veces durante años, para captar la estación emisora: el corazón del Padre. Mas cuando
estés con él, lo sabrás todo.
45. Déjame decirte lo que me ocurrió hace unos veinte años, mientras hacía los ejercicios
espirituales de treinta días. Me estaba preparando y oraba con vistas a adoptar una orientación
espiritual. Había escogido como libro de lectura los escritos espirituales del bienaventurado Pedro
Fabro. Cuando menos lo pensaba, al leer una nota al pie de página, caí en la cuenta de una invocación
que había sido la oración familiar del discípulo preferido de Ignacio. Era breve, pero ofrecía la ventaja
de tener raigambre evangélica y estructura trinitaria, lo cual es, naturalmente, la cima, el fin y el camino
de toda vida cristiana, puesto que el hombre está llamado a entrar y permanecer en la comunión de los
tres: “Padre, en el nombre de Jesús, dame tu Espíritu”.
46. No creo que sea útil comentar esta invocación en el plano espiritual. Si la recitas durante
mucho tiempo cada día (y si es para ti), muy pronto el Espíritu Santo te confiará el secreto. Por el
contrario, hay que insistir absolutamente en la duración y la perseverancia en esta invocación. Yo la he
repetido años y años, como la música de fondo de todas mis oraciones; algo así como la oración a Jesús,
a la cual es afín esta invocación. Quiero decir que la he recitado material y mecánicamente con la
certeza en lo más hondo de mí de que era mi “morada”. A veces me basta decirla una decena de veces
para entrar en oración; en otros momentos ocupa todo el campo de la oración y teje una tela de fondo
de ella. Entonces la gracia de la oración es permanente, no importa lo que se haga o lo que se diga. No
existe proporción alguna entre la invocación que se hace y el efecto producido en nosotros; cuanto
más se la pronuncia al ras de las margaritas, más garantías presenta de encender en nosotros el fuego
de la oración del corazón, muy por encima de la inteligencia y de la voluntad. Para ser más completo,
me queda por decir que por poco que entres en esta forma de oración, el Espíritu Santo no te dará

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reposo hasta que se haya adueñado de toda tu vida. A veces tengo el presentimiento de que debería
consagrarme a ella totalmente, por encima de todas las ideas, imágenes e impresiones.
47. Si cambias sin cesar de fórmula, jamás te confiará su secreto; como la planta que debe
echar raíces durante mucho tiempo en el suelo para desarrollarse. Casi me atrevo a decirte que importa
poco la fórmula, con tal que esté en consonancia con tu deseo profundo, es decir, con tu vocación
propia y que te sea dada. Se verificará con el tiempo y mediante los efectos producidos en ti, siendo el
principal introducirte en la oración bajo la mirada del Padre. También está el amor de los enemigos y
la oración por el mundo.
48. Mas si no te decides por ninguna expresión o si prefieres entrar en la vía regia del evangelio
orando como Jesús te lo ha enseñado, recita el padrenuestro. Comienza diciendo: “Abba, Padre”,
hasta el momento que sepas interiormente que es verdaderamente tu Padre porque verás su mirada de
amor. O atente a la primera invocación; en ella se con tiene todo el misterio de la oración: “Padre,
santificado sea tu nombre... Date a conocer como Dios”. Es como si dijeras: “Muéstranos tu rostro de
Padre”. Puede que no sigas adelante con el padrenuestro; pero si el Padre te permite “reconocer” su
rostro, habrás realizado el deseo de Jesús, y sobre todo le proporcionarás una alegría, porque rezarás
como él te lo ha mandado.

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9
LA MIRADA DE JESÚS

1. Si es primordial hacer un pacto con la verdad para que la oración pueda producir en ti sus
efectos, sin embargo, has de estar persuadido de esto: sólo la mirada de Cristo puede penetrar hasta el
fondo de tu corazón y revelarte a ti mismo en la medida en que puedes soportarlo hoy.
2. Significa esto que la oración, si es auténtica, será el lugar privilegiado en el que podrás dejar
que Cristo te mire tal como eres. Más todavía: te verá en lo más hondo de ti. Para comprender esto es
preciso que consideres sin cesar qué es la oración: una búsqueda incansable de la mirada de Cristo o
del Padre, que sea una verdadera experiencia personal de esta mirada.
3. Ello me autoriza a decirte que “hacer oración o buscar a Dios es ver al que te ve”.
4. Recuerda la experiencia de Silouane del Athos. Permaneció meses y meses en la oración a
Jesús: “Ten piedad de mí, pecador”. Así oró durante mucho tiempo, derramando lágrimas sin fin; pero
su grito se perdía en el silencio de Dios (aún no había experimentado la oración cara a cara). De pronto
un día, abrumada su alma por la desesperación, le gritó a Dios: “Eres inexorable”. Fue preciso que
descendiera hasta allí para convertirse.
5. “De repente, en un destello instantáneo, vio a Cristo vivo. Su corazón y su cuerpo quedaron
invadidos por un fuego de tal violencia que de haber durado la visión un instante más, no hubiera
podido sobrevivir a ella. Desde entonces, jamás pudo olvidar la mirada de Cristo; mirada de una
dulzura indecible, infinitamente amorosa, rebosante de alegría y de paz. Y en el curso de los largos
años de su vida que transcurrieron después atestiguó incansablemente que Dios es amor, amor infinito
e insondable” (archimandrita SOFRONIO, Staretz Silouane).
6. El que un día ha visto la mirada de Cristo cruzarse con la suya y traspasar su corazón, jamás
puede ya olvidarlo. No tiene necesidad de que se le instruya sobre la oración, porque está sumergido
dentro como en un fuego. Pero ¡qué raro es ese cruce de miradas! Demasiados hombres evitan la
mirada de Cristo, incurriendo en pecados de superficialidad.
7. A veces se dice de un santo que tiene “ojo”. Pues bien, ese ojo es el de Cristo. Cuando un
hombre se encuentra en presencia suya, es desnudado hasta lo más íntimo. Jesús lo adivina todo y lo
hace sentir.
8. Es lo que ocurrió con Natanael. Desconfiaba él de Nazaret como de un lugar de perdición,
del que era imposible esperar nada bueno, y menos el mesías. Naturalmente, desconfía también de
Jesús. Mas él le dice: “Te he visto bajo la higuera”. De golpe penetra en el secreto de pureza y de
verdad de Natanael y hace de él el elogio más hermoso que Dios puede hacerle a un hombre: “He ahí
un verdadero israelita, en el que no hay dolo” (Jn 1,47). Es la respuesta de Jesús a Natanael, que había

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confesado su divinidad. Entonces Natanael queda vencido; se siente fascinado por la mirada de Jesús,
y lo estará siempre. Cuando un hombre se sitúa de veras ante Jesús, él puede salvarle.
9. Insisto en esta pureza y en esta verdad como condición para que Cristo pueda ejercer su
poder de fascinación. Las personas retorcidas a las que no les gusta la luz y están sumergidas en la
mentira corren peligro de no soportar su mirada. La impureza es tan peligrosa porque envejece
nuestros corazones y los endurece, haciéndolos progresivamente incapaces de amar..., a no ser que en
medio de la impureza experimenten la nostalgia de la pureza, como María Magdalena, Dimitri
Karamazov y tantos pecadores.
10. Es éste el punto neurálgico en el que se lo juega uno todo: endurecerse o no. He ahí el
pecado fundamental de la Biblia: “Si oís mi voz, no endurezcáis vuestro corazón”. Si te dices:
“Aprovechemos la vida sin rompernos la cabeza”, eso es más fatal que una multitud de abrumadoras
debilidades. Mientras ves en el fondo del corazón un sufrimiento y un grito, mientras gimes por no ser
inocente, te libera la mirada de Cristo, que traspasa tu infortunio y tu deseo: “Cuando estabas bajo la
higuera, yo te vi”. Jesús lee en los corazones, y por el hecho mismo formula un primer juicio; porque
muchos son felices de quedar al descubierto: los que claman a él como a su salvador; pero hay otros
muchos que no lo son ni lo quieren a ningún precio, como los fariseos y los doctores de la ley.
11. Cristo ve el fondo de nuestros corazones; pero no condena, porque él es inocente.
Claramente se lo dice a la mujer adúltera: “Yo (que no tengo pecado), tampoco te condeno”. Uno de
los mayores sufrimientos de la vida corriente, aunque no se tenga conciencia de ello, es tener que tratar
con pecadores y serlo uno mismo; en otros términos, con corazones duros: tus amigos, tus hermanos,
tus padres y tus hijos tienen el corazón duro, y tú amas con un corazón duro. Por eso dice Cristo:
“Vosotros aunque sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos”. Tú das cosas buenas, pero
eres malo; y tus hijos, que a su vez son malos, lo advierten muy bien. La dureza de cada uno sirve de
justificación a la dureza del otro, lo cual es exactamente el régimen de infierno bosquejado por Jean-
Paul Sartre. ¿Cómo encontrar seguridad en tales condiciones en nadie? Esta inseguridad enriquece
hoy a psicólogos y magos; pero en el mejor de los casos, sólo pueden atenuar las cosas; no pueden
curarte.
12. Ahí es donde interviene el segundo secreto con el que Cristo te atrae y te cautiva: sientes
que es bueno; o, para ser más preciso, misericordioso. Eso es lo que le distingue de los que poseen el
don natural o adquirido de penetrar en el fondo de los corazones; porque también el demonio, y más
que ellos, practica la psicología de lo profundo. Lo único que ellos no pueden ver en ti es la presencia
de Dios y de su Espíritu Santo. Ahora bien, el que no es morada del amor de Dios, aunque tenga el
poder de leer en los corazones, lo hace a la manera del demonio.
13. Al contrario, Cristo es capaz a la vez de traspasarte de manera despiadada y de perdonarte
sin límites; su misericordia no es solamente la bondad o la indulgencia más o menos cómplice que tú
ofreces a menudo con ese nombre y que reclamas también de los demás. Cristo no es “atento”; son los
“Clubes Mediterráneo” los que son “atentos” siempre. Cuando se le en los corazones, no se es atento
ni complaciente. Pero sólo entonces el amor comienza a ser un fuego devorador y la misericordia te
desconcierta. Cuando te sientes del todo desnudado, denunciado en lo que más odioso eres (como me
decía un joven drogado convertido)..., y al mismo tiempo infinitamente amado, para resistir esa mirada
debes blindarte poderosamente. Eso es cometer el gran pecado del que habla la Biblia: endurecer el
corazón.

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14. Así comienza la seducción de Cristo; sólo es un comienzo, pero es ya algo enorme. Yo
digo que si se lee en los corazones (cardiognosis) sin ofrecer el amor de Cristo, se realiza una obra
demoníaca. Inversamente, ofrecer el amor de Cristo sin penetrar en el secreto de los corazones no
cuesta gran cosa; es una especie de cartomancia. Cristo saca a la luz tu capacidad de traición, y en esa
capacidad de traición te ama, de la manera como amó a Pedro y a Judas. Visto así, el mundo te
condenaría, comenzando por ti mismo. Pero Jesús, en esta misma luz, no te condena. Para resistir
semejante amor hay que haber cometido el pecado de la suma gravedad, del que he hablado, y que se
llama endurecerse.
15. La oración comienza a partir del momento en que consientes que Cristo te mire y te ame
tal como eres. Mientras no hayas visto esa mirada, no sabes nada de Cristo ni de ti mismo. Hay una
tercera dimensión del secreto de la seducción ejercida por Cristo, la más importante y fascinante (y
que, por lo demás, controla a las dos primeras): apena te pones en contacto con él, presientes que hay
en él una fuerza, una potencia, una realidad misteriosa, de la que él habla en parábolas. Brota de él
como de una fuente. Irradia de su rostro como un fuego. Es el secreto mismo de la oración.
16. Para aproximarse a esta realidad misteriosa, Cristo habla de un fuego: “He venido a traer
un fuego a la tierra: ese fuego está en mí; yo lo poseo en plenitud; vosotros sois desgraciados porque
no lo poseéis. He venido a meter ese fuego en vuestros corazones, y ¿qué otra cosa deseo sino que se
encienda?” Cuando Cristo mira a Silouane, su cuerpo y su alma se sienten invadidos por ese fuego; y,
como en Teresa de Lisieux, de haber durado un instante más, no hubiera podido sobrevivir a él. Tú
haces oración para que ese fuego se encienda en ti. Si te invadiera totalmente, serías consumido por el
amor. Por eso va despacio y lentamente, difundiendo en todo tu ser un calor dulce que te dará un gusto
anticipado del cielo. Eso es la oración,
17. Otras veces, para designar exactamente la misma realidad, habla del agua, que parece lo
contrario del fuego: el agua refrescante te curará tu fiebre (un fuego refrescante y un agua ardiente).
“Si alguien tiene sed, que venga a mí y beba; yo le daré el agua viva. Porque el que beba el agua de la
samaritana (la de la dicha humana) seguirá teniendo sed; en cambio el que beba del agua que yo le dé
no volverá a tener sed, y esa agua se convertirá en él en manantial que brota hasta la vida eterna”. Así
Jesús te abrasa y te quita la sed a la vez. Cuando puedas decir con san Ignacio de Antioquía: “Siento en
mí un agua viva que murmura: Ven hacia el Padre”, sabrás que has recibido el don de la oración.
18. Así pues, el misterio de Jesús es fascinante porque es un misterio que alimenta, refresca y
quema. Hay en él todo lo que puedes desear, todo lo que te hace perder la cabeza cuando lo buscas con
impaciencia o lo mendigas en fuentes envenenadas. Fuera de Cristo, todo el mundo pierde la cabeza;
simplemente hay diversas maneras de hacerlo. Mira la cabeza de los que se drogan, juegan a la ruleta o
a la bolsa; verás que son siniestros. No es extraño: beben el agua que no calma la sed.
19. Sólo los hombres de oración son verdaderamente dichosos, porque han encontrado en la
mirada de Cristo todo lo que andaban buscando. Ver a Cristo o percibir en su corazón la dulzura del
Espíritu es siempre la oración por fuera y por dentro. Así, cuando Silouane ve el rostro de Jesús, siente
que la gracia del Espíritu Santo se enciende en él.
20. Jesús se presenta ante nosotros diciendo: “Todo lo que buscas lo tengo yo y hasta lo soy
yo. Yo soy el camino, la verdad y la vida. Tú buscas la intensidad, la grandeza y la exaltación; yo soy la
intensidad y el infinito. Tú buscas la felicidad; yo soy su fuente. Finalmente, buscas el amor, y adviertes

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que ‘sin amor no hay absolutamente nada’. Pues bien, yo soy el amor: ‘El que tenga sed, que venga a
mí y beba’ “. ¿Cómo resistirse? Sobre todo si la invitación va acompañada de los signos de su potencia
y viene de ese “ojo” que te taladra y que llega a la vez a lo que de mejor y de peor hay en ti. Ves hasta
qué punto la oración es la única fuente verdadera de la felicidad. Cuando se ve hasta qué punto los
hombres todos mueren de hambre y de sed, no se puede por menos de desear que su mirada se cruce
con la de Cristo en la oración.
21. Así pues, Jesús no es primeramente un hombre que vive entre nosotros -aunque también
es eso-; ese hombre tiene el poder de despertar en ti un deseo que tú no osas siquiera formular y que,
en el fondo, es el deseo de la vida eterna. Mas la vida eterna es que conozcas al Padre y a su enviado
Jesucristo; es el cielo que comienza a germinar en tu alma. Ves también qué es la oración: un gusto
anticipado del ciclo mientras te encuentras aún en la tierra. La oración pertenece al orden del fin
último, o sea el cielo.
22. Tu apetito de vivir e ilimitado; sin embargo, te asfixias porque no esperas. Entonces te
resignas –lo cual es la virtud más anticristiana-; te resignas a no conocer la vida verdadera y la
intensidad que presienten los jóvenes. Decía Dostoievski: “Dame una vida, dame dos vidas, dame tres
vidas, no me bastará aún; necesito la vida eterna”. Aunque pudieras vivir mil años, no te bastaría aún,
porque deseas la vida eterna; es decir, una vida que merezca ser eterna por su intensidad y novedad;
una vida que pueda durar miles de siglos sin sentir jamás hastío.
23. He ahí lo que deseas secretamente, en el fondo de ti mismo, porque estás hecho para eso,
a imagen del Dios infinito. El gran pecado es no esperar y forjarte una razón. Hay otros pecadores que
buscan lo que sea y como sea. Sienten náuseas de la sociedad de consumo (aunque se aprovechan de
ella), porque no sólo no da el infinito, sino que ni siquiera cree en él, y sobre todo insta a no pensar en
él. Si tú deseas el infinito, comienza a hacer oración cada día; ella te dará un anticipo o por lo menos el
presentimiento, y ya no podrás prescindir de ello.
24. Cristo se presenta, pues, ante ti como el que posee el secreto del infinito y la llave del reino
de los cielos. Tómate la molestia de examinar si te promete la luna o el sol de la felicidad. Tu pecado
es no interrogarte. Hace dos mil años que existe Cristo resucitado y los testigos de Cristo, espejos del
sol de justicia y de santidad; no importa que mires al sol directamente o a través de un espejo; a veces
es preferible lo último para no cegarte. El único temor es que sea un espejismo: ¿ofrece la Iglesia el
sol o la luna? No debes zanjar esta cuestión a la ligera; pero tampoco hay que ignorarla a la ligera. Si
realmente le haces la pregunta a Cristo, diciéndole que se trata de una cuestión de vida o de muerte, él
obligatoriamente debe responderte. Entonces sabrás lo que es la oración.
25. “Si alguien tiene sed, que venga a mí y beba”. Cristo se le mostró a Pablo; Pablo creyó en
él, fue y bebió en la fuente del corazón de Cristo. Después de beber en la fuente de fuego, comenzó él
a su vez a manar, y regó también...; es lo que se llama “irradiar”. Se les ha dicho a los cristianos que
irradien su fe; pero eso no se hace a discreción. Se irradia sin hacerlo expresamente, cuando se está
saturado, como Moisés al bajar del monte Sinaí tenía que ponerse un velo en la cara. Inevitablemente
se desborda; es un contagio, que lleva sin interrumpirse miles de años. Cuando sales de la oración, el
cutis de tu rostro debería estar penetrado por la gloria del resucitado que se apareció a Pablo en el
camino de Damasco.

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26. Si eres loco por Cristo, engendrarás locos por Cristo; si sediento, te convertirás en fuente;
si hambriento, serás alimento para tus hermanos. No dirás que tú eres la fuente; al contrario,
declararás: “Yo no soy la fuente; ella es más grande que yo. Ella me invade, me inunda, se desborda de
mi corazón, me anega; yo le la brindo. Yo estoy inundado; ¿quieres fundirte conmigo? Si lo quieres,
haz como yo: come la carne de Cristo, bebe su sangre y sobre todo haz oración.
27. El rostro de Cristo debe animarse para ti: dos ojos que miran, una boca que habla y un
corazón que ama. Se trata de un don de Dios; no hay receta. Sin embargo, todos los hombres
espirituales lo atestiguan: hay que buscar para que el rostro de Cristo se anime para ti, y eso sólo puede
ser obra del Espíritu Santo.
28. Un día has sentido pasar ese soplo por tu vida y tu mirada se ha cruzado con la de Jesús; si
no, no estarías aquí. Desde ese día, Jesús ha dejado de ser un ser abstracto para ti y no tienes ya más
que un deseo: encontrarlo en la oración.
29. Pero luego el mar se retira y el soplo cesa. Como dicen los padres, nos deja la gracia. Tu
situación es entonces dolorosa, pues gimes a Cristo, como Adán arrojado del paraíso. En ciertos
momentos incluso, eso (la oración) no te dice nada o muy poca cosa. ¿Cómo arreglárselas para que ese
encuentro no caiga en el olvido, no a la manera de las Magdalenas de Proust, sino a la manera de la
Biblia? “Recuerda todo lo que te sucedió cuando el rostro de Cristo tomó carne ante tus ojos”. San
Juan Crisóstomo dice que en el momento del bautismo somos iluminados por la gracia del Espíritu
Santo, pero que muy pronto se hunde en el fondo del ser y nos apresuramos a olvidarlo. Un
catecúmeno me ha hecho recientemente la misma observación.
30. Para recordarlo, cuando todo va bien corres peligro de no preocuparte. Cuando el cielo se
abre, dices como los apóstoles: “¿No ardía nuestro corazón?” Pero cuando todo ha terminado, corres
peligro de sentirte culpable, porque todas las tendencias reprimidas en ti se desencadenan. Me dan
ganas de decirte: “No te conoces”. Justamente en el momento en que no te sientes culpable porque
Dios está allí es cuando corres el riesgo de serlo más. En cambio, en el momento en que te sientes
miserable, pobre y pecador, es cuando menos lo eres a los ojos de Dios, porque él tiene compasión de
ti. Tu única salida es clamar a Cristo diciendo: “Jesús, ten compasión de mi”. Haz tuyas las palabras
de Silouane en las Lamentaciones de Adán.
31. Sabe que el miedo puede disgustar a Dios en los primeros momentos en que se revela a ti.
Pero es una falta oculta, invisible: una omisión que sólo el Espíritu puede manifestar. Desagradas a
Dios porque te complaces en su gracia, creyendo que eso viene de ti, de tus méritos o de tu piedad.
También puedes desagradar no llegando hasta el final del don de ti mismo. Te instalas
confortablemente en el sentimiento de ser amado por Dios y no te apresuras a darlo todo (sobre todo
ese pequeño milímetro que nos reservarnos siempre como remedio contra la sed).Te aprovechas de
que tus demonios están encadenados para no darlo todo y tomar posesión de la gracia. En ese
momento es cuando habría que inquietarse. ¡Qué de ocasiones frustradas! Luego ya no puedes porque
estás atado por tus tendencias y por tus temores.
32. El día del juicio Dios te dirá: “En aquel momento pudiste dármelo todo, y no lo hiciste”.
Para el resto del tiempo tienes excusas; pero no tenías ninguna en aquellos cinco minutos en los que
entreviste la mirada de Cristo. Has de temer el momento en que todo es fácil y marcha bien.

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33. No depende de ti que la mirada de Cristo vuelva a encenderse en tu corazón, porque es un
don del Padre: “Nadie viene de mí si el Padre no lo atrae”. Tampoco depende de tus propias fuerzas
llegar hasta el fin del don de ti mismo, porque “él es el que obra en ti el querer y el hacer”; pero sí
depende de ti hacer de ese doble don el objeto de tu oración incesante e incansable. El Padre no puede
rehusártelo, porque tu oración coincide con su deseo más profundo y tú eres su alegría al rezarle así.
Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte y vuelve al Padre pidiéndoselo que por
noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión.
34. Pero si no has visto nunca el rostro de Cristo, te queda un último recurso: la invocación de
su santo NOMBRE. Recuerda lo que te he dicho sobre el rostro del Padre. En el Deuteronomio se
repite constantemente este estribillo a propósito de Dios: “No visteis ningún rostro, no visteis figura
alguna en el Sinaí; sólo oísteis una voz y el nombre” (4,12). Lo mismo ocurre con Cristo; pero con la
diferencia de que él ha tomado un rostro humano y puedes encontrarle en tu camino, como Pablo en
el camino de Damasco. Por haber resucitado Cristo con un cuerpo glorioso, no deja de tener rostro.
En cualquier momento puedes encontrar su mirada.
35. En espera de ese encuentro, te queda el nombre de Jesús. La única realidad que te permite
unirte a él es su nombre. Como los israelitas en el desierto recordaban el nombre de Yavé, los
cristianos, en el fondo, no tienen otra cosa que el nombre de Jesús. Repasa el libro de los Hechos y
verás la importancia que la predicación apostólica otorgaba al poder salvador del nombre de Jesús.
Para quienes no lo han visto es el único medio de entrar en relación con él. En ese nombre reside todo
el poder del resucitado y la eficacia de la palabra divina.
36. “Al autor de la vida que vosotros matasteis, Dios lo ha resucitado dc entre los muertos, de
lo cual nosotros somos testigos. Gracias a la fe en el nombre de Jesús, ese nombre acaba de curar a este
hombre que veis y conocéis” (Hch 3,15-16). “No hay salvación en ningún otro, pues no se ha dado a
los hombres ningún otro nombre bajo el ciclo para salvarnos” (4,12).
37. ¿Quieres ver el rostro de Jesús salvador y permitir que su mirada cure tu corazón y tu
cuerpo? Agárrate a su nombre; es el único medio de estar en relación con él. Pablo te dirá cómo debes
rezar a ese nombre. Primero debes creer en tu corazón que Dios ha resucitado a Jesús de entre los
muertos; luego has de confesarlo con tu boca invocando su nombre (Rom 10,10-13). Para invocarlo
hay que creer en él, y para creer en él hay que haber escuchado la predicación del evangelio. Por eso
te invito a invocar el nombre de Jesús y a confesarlo con tus labios murmurando su nombre. Mas antes
de proseguir te invito a detenerte y a meditar en la riqueza y también en la pobreza de ese nombre de
Jesús. ¿Cómo es posible que la mera invocación de ese nombre produzca la curación del cojo de la
puerta Hermosa? Realmente no hay proporción alguna entre murmurar ese nombre y el poder de
gloria que opera en los corazones y los cuerpos.
38. Riqueza y pobreza del nombre de Jesús. ¡Es tan poca cosa un nombre, tan fácil de
pronunciar! Hay días en que tienes la impresión de que está mudo. Hay días en los que repetir el
nombre de Jesús, el nombre de Dios, o para nosotros el nombre del Padre, es un ejercicio vano. El eco
de ese nombre no produce efecto alguno en el cielo y en tu corazón. Sin embargo, ese nombre es
ciertamente el suyo, y no hay otro.
39. Por eso el que ora se aferra a ese nombre, que resume toda su oración. Esta especie de
repetición incansable del nombre de Jesús es como una exhalación de su corazón en la que entrega

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todo su ser. Es una llamada confiada. Jesús es el nombre-cambio a través del cual el Padre viene a ti. El
nombre que tú retienes es el nombre que te salva; es la muralla de tu vida. El nombre de Jesús es el
huésped de tu silencio interior; él murmura en ti el mensaje de una presencia, de un amor y de una
fidelidad. Cuando el nombre de Dios o de Jesús mora en tu corazón, trae consigo la certeza de amar y
de ser amado.
40. Has reconocido en esta repetición amorosa del nombre de Jesús la fuente de la oración del
corazón tan querida de nuestros hermanos de Oriente: “Jesús, Hijo de Dios salvador, ten piedad de
mí pecador”. Toda la renovación espiritual de nuestros hermanos rusos tiene su raíz en esta oración,
practicada primero por las abuelas, que la transmitieron a sus nietos. Has de saber que la Iglesia rusa
acaba de canonizar a dos grandes servidores de la oración a Jesús: Paisius Velitchkovski, el cual
compuso y publicó en 1794, los textos de la Filocalia, y al obispo Ignacio Brianchtaninov, el cual
terminó su vida en la oración a Jesús.
41. Como una barrena, la repetición del nombre de Jesús se hunde en el fondo de tu corazón
para unirse misteriosamente con el murmullo del Espíritu, imperceptible para un oído no ejercitado,
pero que ya obra en lo profundo de ti. La barrena por excelencia, la palabra también absoluta y sin
disputa la mejor de las oraciones, será sin lugar a dudas el nombre de Jesús. Ya muy pronto (siglo V),
los primeros monjes se habituaron a adoptar ese nombre bendito que le dirigían: “Jesús, sálvame...
Jesús, socorrerme... Jesús, ten piedad”.
42. Si estás familiarizado con el evangelio, reconocerás en la fórmula de la oración a Jesús la
oración del ciego Bartimeo y la del publicano: “Jesús, Hijo de Dios salvador, ten piedad de mí”. Es el
grito que mana de tu miseria más profunda, la de tu pecado, de esa inclinación solapada que hay en ti
que te aparta del verdadero amor.
43. “La oración a Jesús es corta. Está destinada a ser repetida frecuentemente. Va dirigida a
Jesucristo. Le da diversos títulos. Implora su misericordia. Llama al que ora “pecador”. Constituye
una “actividad oculta”. Sobre todo es un medio para llegar al término de toda vida interior: la unión
con Dios mediante la oración continua. De esos diversos elementos, el último es el que da sentido a
todos los demás” (IRENEO HAUSHERR S.J., Noms du Christ et voies d’oraison, Orientalia christiana, en
“Analecta” 157, p. 125).
44. No hay oración cristiana posible fuera de la que brota de la revelación de tu pecado en el
momento en que Dios lo perdona y te restablece en su dulce piedad. Así, lo que se llama
tradicionalmente la oración a Jesús, si es un umbral, constituye ya una cima de la oración, la que se
acuerda del Padre misericordioso y te proyecta sin cesar en sus brazos.
45. Para algunos, el nombre de Jesús amorosamente repetido y respirado bastará por sí solo;
el nombre bendito entre todos, el nombre menor de Dios, cubrirá todos tus sentimientos desde el
arrepentimiento a la ternura, desde la necesidad de perdón a la comunión más amorosa y más íntima.
46. Jesús será la exclamación cuyo dulce murmullo se impondrá a todos los restantes ruidos
del corazón. Poco a poco el hombre de oración se instalará allí, irá a vivir en el nombre, a morar en ese
amor, como sentado al borde del pozo que se abre en lo más profundo de su corazón, cuya profundidad
abismal termina en alguna parte en Dios.

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47. De este modo la repetición del nombre de Jesús te da una especie de vértigo, el vértigo de
Dios, que llevas oculto en ti (Ruysbroeck), bastando que te abandones a él para caer sin cesar en él. La
oración te hace así descender y morar en el núcleo de tu ser. Es unificante de una manera suprema; al
entregarte al Señor, te devuelve tu propia identidad, la única verdadera.
48. Al repetir el nombre de Jesús, aprendes a escuchar el tuyo, el que sólo él conoce y te da sin
cesar. Al aprender a reconocer su rostro en la noche, encuentras los rasgos del tuyo; al abandonarte a
su amor, aprendes, en fin, a amar de veras.
49. Es bueno “estar allí”. Debería ser posible construir tres tiendas para habitar sin cesar con
Jesús. La oración es la morada de Dios con los hombres, en la cual la liturgia no se interrumpe jamás.
El grito que has escuchado tanto tiempo no es más que un murmullo apenas perceptible. Pronto se
confundirá con el silencio de los abismos, haciendo eco al silencio abismal de Dios: el silencio de la
alabanza y del amor, del que un antiguo monje decía “que es el lenguaje de la eternidad”.

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ESPÍRITU SANTO

1. “Tú penetras, Señor, el corazón de todo hombre, tú conoces los deseos de cada uno y nada
te está oculto; dígnate purificar los pensamientos de nuestros corazones y derrama tu Espíritu Santo,
a fin de que nuestro amor sea perfecto y nuestra alabanza digna de ti. Por Jesucristo, nuestro Señor”
(2.ª oración, Misa votiva del Espíritu Santo).
2. “Tú que sabes lo que cada uno necesita y se lo das en cada momento, tú velas por tu Iglesia,
tú orientas sus pasos. Tu Espíritu es el que la sostiene y la mantiene fiel, para que no olvide nunca
suplicarte en medio de las pruebas, ni darte gracia en las alegrías, por Cristo, nuestro Señor” (prefacio
de la Misa votiva del Espíritu Santo).
3. “Señor Dios nuestro, tú que has renovado nuestras fuerzas dándonos el verdadero pan del
cielo: haz que la dulzura de tu Espíritu penetre hasta el fondo de nuestro corazón, para que
obtengamos un día los bienes de la eternidad, de los que tenemos ya un anticipo en esta comunión”
(poscomunión, Misa votiva del Espíritu Santo).
4. Al ponerte en oración, has de estar convencido de esta verdad fundamental: “No sé orar
como conviene” (Rom 8,26). De no comenzar por esta confesión, te harás la ilusión de que sabes orar;
mientras que confesando tu impotencia estarás en la verdad y declararás que sólo el Espíritu Santo
puede venir a orar en ti. Permanece convencido de esto hasta el final de tu vida. Suplica al Espíritu,
como lo dice el prefacio, y entonces tendrás un gusto anticipado del cielo, lo cual es la oración
(poscomunión).
5. Llama al Espíritu Santo en tu ayuda con palabras “tuyas”: pero si “no tienes palabras para
orar” (traducción inglesa), como dice Pablo (Rom 8,26), entonces llámale con las palabras que la
liturgia pone en tus labios. Por eso ponemos a tu disposición esas tres oraciones de la misa votiva del
Espíritu Santo. Puedes decirlas por separado o una después de otra, pero a condición de que las reces
hasta el momento en que realicen en tu mirada o en tu corazón lo que piden. Quizá pases años y años
antes de que esto suceda; mas ¿acaso puede un padre dar una piedra a su hijo que le pide pan?
Entonces, tu Padre del cielo te dará seguramente el Espíritu Santo.
6. Mas un día el Espíritu Santo surgirá desde dentro, iluminará tu mirada y comprenderás la
verdad de estas palabras: “Tú penetras, Señor, el corazón de todo hombre, tú conoces los deseos de
cada uno y nada te está oculto”. Al mismo tiempo sentirás la dulzura del Espíritu penetrar hasta el
fondo de tu corazón y conseguirás un anticipo del cielo.
7. De todos los sufrimientos de la tierra, el más profundo es el comienzo del cielo en tu alma.
En el fondo, hacer oración significa aceptar que la dulzura del Espíritu afronte en tu corazón el dolor
de la tierra y que el cielo se precipite sobre tu cabeza.

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8. Ves también hasta qué punto la oración es un misterio que escapa a nuestro conocimiento,
e incluso a nuestra experiencia. A veces te sentirás fascinado por la mirada del Padre o de Cristo y
permanecerás subyugado por sus miradas durante horas; a veces no ocurrirá nada al exterior, pero
todo tu ser, comenzando por tu corazón, estará como impregnado y saturado por la dulzura del
Espíritu. Deja que Dios se te revele como lo quiere.
9. ¿Te has fijado en el anciano Simeón? Es el modelo de los hombres de oración. El Espíritu
Santo descansa en él y le mueve todos los días a ir al templo a esperar al mesías del Señor. Un día ve
recompensada su fidelidad y el Espíritu Santo le advierte que va a ver y a tener en sus brazos al salvador.
Y se realiza para él y para todos los justos la profecía que alimenta y sostiene toda su oración: los
hombres que oran reciben la seguridad y la certeza de que no morirán antes de haber visto a Cristo,
como cantan nuestros hermanos de Oriente: “Hemos visto la luz verdadera”. Por su parte, san Lucas
escribe: “El Espíritu Santo le había manifestado que no vería la muerte antes de ver al mesías del
Señor” (Lc 2,26). Jesús lo dirá también antes de su transfiguración: “Os aseguro que algunos de los
aquí presentes no morirán antes de ver el reino de Dios” (Lc 9,27).
10. Así pues, algunos hombres reciben la seguridad de ver a Cristo antes de morir. En un
destello fugitivo, gozan ya del reino de Dios por anticipado. De una manera inequívoca experimentan
interiormente la presencia espiritual del Señor Jesús como vida eterna que se comunica a todo su ser
y como luz que brilla en medio de las tinieblas del mundo y de las pasiones. Eso es lo que les está
prometido a quienes perseveren incansablemente en la oración. El día en que ven a Cristo quedan
recompensados de los muchos años de espera y de deseo. Poco importa que lo vean o lo sientan
interiormente: es siempre el mismo efecto de la oración.
11. “Espíritu Santo, ven en ayuda de mi flaqueza, pues no sé orar como es debido; ven a orar
en mí con gemidos inenarrables. Y tú, Padre, que ves el fondo de los corazones; tú sabes cuál es la
oración del Espíritu en nosotros y que esta oración responde a tus deseos” (según Rom 8,26-27).
12. Cuando reces al Espíritu Santo no intentes representártelo, pues no tiene forma, ni rostro;
es esencialmente impulso, movimiento, y no sabes ni de dónde viene ni adónde va. Le reconocerás por
lo que obra en ti. Si quieres saber lo que hace en todo ser, interroga a la liturgia: mora, ora, consuela,
cura, refresca, ablanda, calienta, suaviza, fortalece... Mas no te esfuerces en imaginar lo que puede
hacer en ti: te dispersarías, limitando entonces su acción infinita. Llámale pura y simplemente, como
el sediento al borde de la fuente de agua viva. No te costará trabajo reconocer su venida, porque
quedará calmada tu sed de Dios; mas no se te apagará, porque el Espíritu abrirá en ti un deseo infinito
de Dios. Luego, no hagas nada más; permanece en silencio y deja que el Espíritu ore en ti
misteriosamente. La mayor parte del tiempo no verás ni sentirás nada. Solamente un silencio profundo
inundará entonces tu alma...; no estás lejos del Reino. La fe es el “sentido” más seguro para tocar a
Dios.
13. Cuando Jesús te invita a orar al Padre en secreto, te pide simplemente que te pongas bajo
su mirada y que le reces con confianza y seguridad. El Padre sabe lo que necesita, y te lo dará. Ése es
el primer consejo (Mt 6,6) en el evangelio a propósito de la oración. Hay otro más, en el que Jesús
insiste reiteradamente en la parábola del amigo importuno (Lc 11,5-13) y de la viuda impertinente
(Lc 18,1-8). Advierte que insiste con gran fuerza en este segundo consejo, ratificándolo con una
expresión que afirma su verdad y su importancia: “Pues yo os digo”. En la oración debes pedir, llamar

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y buscar incansablemente, sin preocuparte por ser importuno y romper los oídos de tu amigo o del
juez. Esta segunda actitud es lo que yo llamo la súplica.
14. ¿Te has fijado también en que esta súplica mira siempre al don del Espíritu Santo? Luego
tu relación con el Espíritu Santo es un lazo de llamada, de repetición y de súplica. Como conclusión
de la parábola del amigo que cede, Jesús dice claramente que el fin último de la oración es el don del
Espíritu. Él es lo que pides y buscas, y debes llamar a la puerta del Padre para recibirlo: “Luego si
vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, cuánto más el Padre celeste dará el
Espíritu Santo a quienes se lo pidan” (Lc 11,13).
15. Comprendes ahora que en la oración la súplica es cuestión de vida o muerte. Casi me
atrevería a decir que es la única pregunta que hay que hacer al que quiere aprender a rezar y la piedra
de toque de toda vida cristiana. Si hoy se da una renovación de la oración, se puede preguntar si esa
oración está penetrada por la súplica. En todo staretz debería haber una manía de brujo para sentir
ante cada persona, sin saberlo y de manera inconsciente, si tiene ante sí a alguien que está de rodillas
o que no lo está. No es posible dar una respuesta válida al que no quiere ponerse de rodillas para orar.
16. La imposibilidad de suplicar te condena, porque es fruto de una actitud adoptada en tu
vida. Hay en ti (como en todos nosotros) alguien que dice “no” a la súplica. Secretamente, no quieres
pedir al que ocupa el primer lugar lo que deseas darte tú mismo. Suplicar de rodillas es reconocer que
ocupas el segundo lugar. Escribe un autor inglés, Charles Williams, en Morgan: “No sé quién ocupa
el primer lugar; pero sé que en la hora de mi muerte estaré en el segundo… Por eso arrodillarse es
moralmente necesario al hombre”. En este terreno no hay tres o cuatro puestos; no hay más que dos:
el primero está ocupado por Dios, y el segundo por el hombre. Si aceptas esto, te librarás del orgullo,
y por tanto de la imposibilidad de suplicar.
17. Ahora puedes comprender por qué el padre De Foucauld tuvo la pasión de buscar el
último lugar después de su conversión. Esa humildad era fruto de una oración que le había aconsejado
el sacerdote Huvelin: “Dios mío, si existes, enséñame a conocerte”. Dios le oyó y escuchó su súplica.
Desde aquel momento, el hermano Charles sabía que Dios existía y que él estaba en el segundo lugar,
es decir, en el último. Sí has comprendido esto realmente, has comprendido también la necesidad de
la oración incesante. No arriesgas nada haciendo esa oración; pero dudo mucho de que un hombre
como Sartre hubiera aceptado hacerlo, porque se negaba a estar en el segundo lugar.
18. El marxista considera al hombre que reza como un enfermo que renuncia a la vida. Para él
la oración no tiene sentido, ya que el hombre ocupa el primer lugar en el universo; por eso no tiene
necesidad de recurrir a Dios, puesto que se crea a sí mismo.
¿Ocupa Dios en tu vida el primer puesto, como lo pide san Ignacio en el Fundamento de los
Ejercicios: “Has sido creado para adorar, alabar y servir a Dios”? A menudo funcionas con ayuda de
problemáticas espontáneas que afirman: ¡lo importante es el hombre! Si Dios está para ti en el primer
lugar, en una palabra, si es tu creador, tomarás tu existencia en serio y normalmente desearás orar todo
el tiempo.
19. Eres monje si tienes el deseo de orar todo el tiempo. Aunque reces materialmente las
veinticuatro horas del día, sin ese deseo de orar en todo tiempo no rezas. En cambio, si oras un cuarto
de segundo por hora con ese deseo punzante de orar siempre, entonces eres un monje. Poco importa
que estés en un monasterio o en medio del mundo, inmerso en el ajetreo de la vida; vives el

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monaquismo interiorizado. Dicho esto, ese deseo puede ser desesperado. Pocos hombres se sienten
capaces de él, por lo demás sin imprudencia. Otra cosa es la ejecución. Debes ser loco de deseo y
sensato en su realización. Vales cuanto vale tu deseo.
20. Ves lo que la oración pone en juego en tu vida en el momento en que comprendes que
Dios ocupa el primer lugar. Te arrodillas o no. No hablo aquí de largas horas de oración, para las cuales
puedes estar mejor o peor dotado, según las disposiciones de tu naturaleza y de tu voluntad; pienso
aquí en esa actitud profunda del corazón que te mueve a arrodillarte y a depender de Dios. Puede
parecer difícil pasarse horas rezando o consagrar la vida a ello; sin embargo, lo es menos que hacerlo
un segundo, si no se ha hecho jamás. Si arrodillarnos nos resulta prácticamente imposible, es porque
existe una deflagración espiritual.
21. Desearías orar y no puedes. Ese es el primer grado de la humildad: la posibilidad de orar
al que ocupa el primer lugar, es decir, el Creador, y no a una potencia superior con la que te relacionas.
A veces veo con gran dolor que nuestra generación está dominada por una negativa terrible a depender
de Dios al estilo de: “Dios no nos pide que dependamos, sino que nos liberemos y nos realicemos”.
Se rehúsa mendigar porque se lo considera una actitud indigna del hombre.
22. Si Dios no es el primero, el hombre que reza es un enfermo que se escabulle de sus
responsabilidades. Entonces no hay que rezar jamás. O bien la oración tiene un sentido para el hombre
por ser una criatura que se recibe de Dios, y entonces hay que orar siempre. El significado de la oración
es tal que es preciso elegir y decidirse: orar siempre o no orar en absoluto. Como el amor, la oración
es totalitaria. La única salud del hombre reside en orar siempre, como lo pide Jesús en el evangelio.
Si no llegas ahí, no comprenderás que estás enfermo y que tienes necesidad de un salvador:
“No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos”. Tú estás enfermo porque
eres incapaz de orar todo el tiempo, y el que no es capaz de orar en todo tiempo no es capaz de orar sin
más. “Te curaría por la oración y únicamente por la oración. Si te he curado, es porque oras” (palabras
escuchadas en la oración). En realidad, si eres capaz de hacer una oración digna de ese nombre, no
podrás ya detenerte.
23. Te sentirás tentado a objetar que lo que digo es utópico, por la sencilla razón de que no
somos ángeles: están la falta de tiempo, las distracciones, el cansancio y las pruebas que te impiden
orar. Todo eso es cierto en el nivel técnico de las causas segundas, pero no afecta para nada al núcleo
central del corazón que se encuentra en estado de súplica. Estás distraído en la oración como lo estás
por el ruido de los coches que pasan por la carretera mientras escuchas una pieza de música
apasionante. La música sigue atrayéndote, aunque te moleste el ruido. De la misma manera, la oración
sigue siempre presente, la dulce voz de Dios continúa murmurando en ti, aunque haya ruido fuera, y
sobre todo dentro, los ruidos de tus fieras interiores. El día en que te sientas constantemente molesto
en la oración por ti mismo, tus pasiones y tus pecados, y que ese ruido sea al mismo tiempo una cruz
permanente, entonces rezarás todo el tiempo.
24. Estoy persuadido de que la oración es la solución de todos los problemas de la vida, a
condición de que no le pidas ser una solución de los problemas de la vida, sino, al revés, aquello por lo
que es preciso vivir. No rezas para vivir, sino para rezar.
Has de vivir para orar (ése es el sentido de las palabras antes citadas a propósito de la curación
que nos hace vivir para orar); no orar para salvarte, sino para orar, pues presientes que la oración es lo
que le da sabor a la vida y que, fuera de ella, la vida es insípida. Si comprendes que sin la oración la vida

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es una imagen de la muerte (Rimbaud), entonces es que vislumbras la gran miseria del hombre que no
suplica.
25. A primera vista, este impulso hacia Dios que dura un cuarto de segundo no es difícil.
Piensa en un abogado que solicita gracia para un condenado a muerte. Basta que reconozcas que no
puedes valerte por ti solo y que esperes que venga otro a salvarte. Entonces lanzas llamadas de socorro,
como el náufrago a la vista de un barco; eso es lo que yo llamo la súplica inspirada por el Espíritu Santo.
Es un movimiento muy simple, que consiste en buscar a Dios a través del dolor, el sufrimiento y a veces
en el peligro: “Dar gracias en las alegrías y suplicar en la prueba”.
26. Buscar el contacto con Dios a través de la angustia y la desesperación es un gran secreto.
Dios se presenta entonces como el refugio, la salvación, el padre o la madre que nos rodean con su
presencia y su ternura; ellos te comprenden y le salvan. Me atrevería a afirmar que se requiere pericia
-no en el sentido de una acrobacia, sino de lo contrario-, una caída en el vacío. Esto no es difícil; pero
supone que presientas al menos la existencia de Dios. Así pues, cualquiera puede rezar si lo quiere de
veras; incluso aunque no tenga fe, incluso aunque sea incapaz de presentarse delante de Dios. He ahí
por qué Cristo te dice: “Hay que orar siempre sin desfallecer”.
27. Puede que formules dos objeciones:
- No todo el mundo lo puede, como lo atestiguan estas palabras de un joven bajo la prueba a
un amigo cristiano: “Reza tú, que puedes; yo no puedo”.
- Además dirás que esto no basta. A eso te respondo categóricamente: sí; basta eso, a condición
de que tu oración sea verdadera y real (cf el capítulo “Verdad”), pues no puedes a la vez pedir algo a
Dios burlándote de él. En ese sentido es verdad que no todo el mundo puede orar, o al menos no todo
el tiempo. Cuando uno se burla de Dios consciente o inconscientemente, no puede. El que se hunde
sistemáticamente en el egoísmo y en el orgullo de la carne (o, peor aún, en el del espíritu) no puede
orar en absoluto mientras haga eso. Y si acaso pide que se rece por él, o bien es hipocresía y una burla
más, o bien deja por un instante de hundirse en el mal, y entonces repito que basta: que persevere en
esa actitud y se salvará.
28. Ves que la oración no es algo difícil a primera vista. No hablo de largas horas de adoración,
de las vigilias nocturnas de los “duros de la oración”, que constituyen auténticas proezas. No me
refiero a eso ni me pronuncio sobre la cuestión de si es fácil o difícil. Ésa es otra cuestión. Hablo
sencillamente del grito simple y fugitivo que pide socorro y llega verdaderamente a Dios o ruega a los
otros que pidan socorro para nosotros. Ves que eso es fácil, pues no requiere fe, y menos aún
esperanza y caridad; ni siquiera saber que Dios existe; basta una duda suficientemente profunda y una
inquietud real (recuerda la oración del padre De Foucauld). Puedes pedir lo que sea de esa manera,
con tal de que responda a un verdadero deseo o a una verdadera ansiedad.
29. Puedes también suponer que para algunos no hay nada más difícil que lanzar una llamada
de socorro. Esto puede convertirse incluso en una imposibilidad. Hay hombres que desearían rezar,
pero se sienten absolutamente incapaces de ello. Físicamente no es difícil estar de rodillas o boca
abajo: ésa es una de las nueve maneras de orar de santo Domingo; es menos cansado que un salto de
altura o de longitud; es un salto en profundidad. La dificultad es puramente moral; pero, en cierto
sentido, es absoluta. Es una especie de imposibilidad.

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30. Pues bien, la mejor oración, incluso indirecta, implica algo así. Entre ponerse boca abajo,
arrodillarse y pedir algo no existe gran diferencia; apenas es más que cuestión de grado. Como ha
dicho Williams: “Ante la muerte, arrodillarse es una necesidad, aunque no se sepa delante de quién se
arrodilla uno”.
31. Arrodillarse puede ser moralmente necesario... y puede también ser moralmente
imposible. Los que llegan ahí podrán aparentar que se arrodillan en la iglesia, lo mismo que se quita
uno el sombrero por cortesía como lo hace todo el mundo, pero no se arrodillan realmente. Cuando
uno se ha acostumbrado durante mucho tiempo a arreglárselas por sí mismo o a burlarse de todo (el
estoicismo o el epicureísmo: toda moral que no reza se reduce a eso), puede resultar prácticamente
imposible solicitar la ayuda del Creador e inclinarse ante él.
32. Si intentas de veras orar, no llegarás ahí. Pero es importante intentarlo a pesar de todo, a
fin de aprender una verdad que es el punto neurálgico de la revelación cristiana, a saber: que es
justamente imposible. En el fondo, orar es imposible. No digo que sea difícil, porque a veces viene; y
cuando la oración viene, comprendes claramente que no es en absoluto difícil; pero cuando no viene,
entonces tampoco es difícil, es imposible.
33. Reflexiona bien sobre esta dificultad: puede resultar imposible rezar, no durante horas,
sino un cuarto de segundo. Si puedes orar un cuarto de hora, puedes orar todo el tiempo; no es
cuestión de hábito y de fidelidad. Cuando los apóstoles decían: “Señor, enséñanos a orar”, sentían que
algo les faltaba, una especie de resorte en el punto de partida. Una vez que has encontrado ese “algo”,
las distracciones no tienen tanta importancia; basta volver incansablemente al punto de partida, al
resorte inicial, al cuarto de segundo, al primer grito verdadero que has lanzado hacia Dios. Realmente
es el caso de afirmar que lo que cuesta es el primer paso. Es la locomotora que arranca con dificultad;
terminará por no pararse. Es infalible si permaneces fiel a tu primera súplica.
34. Inténtalo todas las mañanas, todos los días y todas las noches. El día en que lo consigas lo
sabrás todo. Mas si no llegas, puede que sea acaso mejor, pues agradarás a Dios buscándole, lo cual no
es poca cosa. Además, el esfuerzo de que te hablo es descorazonador, porque es aparentemente estéril;
pero de suyo no es difícil; es algo bien sencillo; no hay que romperse la cabeza. En lugar de aburrirte
superficialmente en la vida, se trata de aburrirte mucho más aún, mucho más profundamente, porque
tienes sed de contacto con Dios. No existe ninguna fórmula, no existe ningún truco: si tienes oídos
para oír, oye... Así comprendes el fondo de la revelación cristiana: hemos perdido la amistad con Dios
o la inocencia original.
35. En el fondo, si quieres ser veraz contigo mismo, has de reconocer que a veces, e incluso
con frecuencia, te aburres en la oración y en la eucaristía. Mas no te lo confiesas y rehúyes esta toma
de conciencia que te oculta la verdad. Si aceptaras sufrir lúcidamente, aburrirte hasta ese punto junto
a Dios, comprenderías por tu mismo sufrimiento que no es algo normal, que es el fruto de una
catástrofe original; te sentirías profundamente iluminado y animado. La primera curación es aceptar
aburrirse con Dios. Si lo aceptas, gracias a Jesucristo, podrás encontrar de nuevo la alegría de orar.
He ahí lo primero que has de pedir en la oración.
36. Lo que te estoy diciendo es a la vez profundamente alentador y terriblemente
desalentador, porque hay muchos cristianos practicantes que no han orado jamás en su vida, e incluso
sacerdotes y religiosos; ni un instante, ni un segundo: se han arrodillado, pero no se han inclinado;

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han tomado agua bendita, pero no han suplicado jamás. Sin duda tú ya has suplicado una vez, y puede
que varias, en tu vida; pero habitualmente, cuando oras, ¿qué parte concedes a la súplica? Cuanto más
larga y profunda sea, más orarás de verdad.
37. Puede que haya muchos que han sido visitados por la gracia de la oración; han suplicado
en los momentos de ansiedad y de apuro, pero no han sido fieles; no han sabido mantener sus lámparas
encendidas y han dejado que se extinguiera en ellos la nueva vida que les penetraba; porque la oración
no es un acto; es una vida, una manera de ser. Puede llegar furtivamente; si no dejas que se apague, lo
invadirá todo.
38. He aquí, entonces, tu examen de conciencia: “Cuando estás en una iglesia o solo en tu
habitación, ¿te arrodillas verdaderamente para suplicar? De ser así, recomienza lo más frecuentemente
posible y deja que esta súplica te invada. Si no, cultiva la inquietud, el temor y la sana tristeza de que
habla Pablo. Yo no puedo predicar la paz a los que no se arrodillan; tal es la gran predicación de la
Iglesia sobre el fin último y la perseverancia final: el temor es el comienzo de la sabiduría. Los que no
se arrodillan son insensibles al amor.
39. Si sientes una resistencia, no insistas; y sobre todo no recites largas oraciones, como los
fariseos de los que habla Jesús (es cosa muy distinta orar largamente cuando la oración habita en tu
corazón). Di simplemente: “Dios mío, si existes enséñame a conocerte”. Eso es lo que llamo más
adelante “orar en frío”. El fervor vendrá luego o no vendrá. Hay un tiempo para el fervor y un tiempo
para la sequedad. Mientras que arrodillarse no implica ninguna razón para pararse, no depende del
calor o del frío; arrodillarse es algo impasible, radical o implacable,
40. Sabes, pues, que es grave arrodillarse, y más grave aún rehusar hacerlo. Sin embargo,
algún día habrás de decidirte, en el momento de la muerte. Si no lo consigues, no te queda más que
pedir a Dios que te oriente hacia ello. No te arrodilles, pero pide la gracia de arrodillarte; es el primer
paso. Y hazlo en frío: toma la decisión de hacer esta súplica sin entusiasmo ni fervor, simplemente
porque es la verdad.
41. Entonces me atrevo a darte un consejo escandaloso, pero que coincide con lo que dice
Cristo a propósito de los fariseos. Si recitas oraciones más o menos maquinalmente, pierde esa
costumbre, deja de rezar; tal es mi consejo escandaloso. Deja de orar para comenzar al fin a orar, como
aquel canónigo que pedía a sus cohermanos que detuvieran el oficio en el momento más fuerte del
bombardeo para ponerse por fin a orar. Llevaré mi escándalo hasta ponerte en guardia contra un
supuesto fervor que no se arrodilla. Y te propongo esta oración:
42. Señor, presiento que la oración es la fuente de la verdadera vida y la respuesta a todas
nuestras preguntas. Desearía estar siempre de rodillas, pero la debilidad de la carne y las resistencias
del pecado me lo impiden. Ten piedad de mí y otórgame esta gracia, pues no quiero decirte nada antes
de estar de rodillas; no tengo derecho a desplegar mis labios antes de postrarme en tierra ante el
Creador invisible que Jesucristo ha venido a hacer visible.

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11
SÚPLICA

1. Un día dije en una homilía que al hombre le es imposible orar, apoyándome en las palabras
de san Pablo a los romanos (8,26-27). Una muchacha perteneciente a Renovación vino a decirme:
“Me parece que exagera usted un poco; orar no es tan difícil, pues es algo natural al hombre”.
Justamente, la oración no nos es “natural”. Me pregunto hoy si, después de años enteros de oración,
haría la misma observación aquella muchacha. Yo, por mi parte, sigo manteniéndolo: “Es imposible
orar”. Lo he expresado por extenso precedentemente, y volveré a decirlo ahora a propósito de la
súplica, inspirada siempre por el Espíritu Santo, a riesgo de cansar o puede que incluso de irritar.
2. ¿Por qué hay que estar íntimamente persuadido de que no sabemos orar? Para hacértelo ver,
tomaré un ejemplo de la esfera de la salud corporal. Supongo que te encuentras enfermo, pero que no
conoces bien la causa o el origen de tu mal. Lo esencial para ti será encontrar un médico que formule
un buen diagnóstico. Una vez establecido, basta aplicar el tratamiento conveniente; sin embargo,
reconozcamos que no es fácil establecer los síntomas del caso. Creo que pasa lo mismo en la vida
cristiana, especialmente en el terreno de la oración.
3. Son demasiados los “directores” espirituales que dan consejos para rezar, como si se tratara
de algo natura: basta hacer esto o lo otro, y una buena técnica os lleva a la oración. Mas ocurre
sencillamente que se olvida lo esencial, a saber, el terreno en el que debe estar arraigada la oración.
Ante todo hay que establecer un diagnóstico acertado para saber sobre qué se edifica. Jesús mismo lo
dice en el evangelio: desgraciado el que edifica su casa sobre arena; se hundirá a la menor tempestad;
ahora bien, en la vida de oración sólo Dios sabe lo imprevistas, numerosas, violentas y solapadas que
pueden ser las tormentas.
4. Dichoso el que edifica su casa sobre la roca de la palabra de Dios; resistirá contra viento y
marea, sin que ninguna tempestad termine con ella. Está edificada en la verdad del subsuelo, y sus
cimientos arraigados en el querer del Padre. Si profundizas bien el subsuelo de tu casa de oración,
verás que está minado por todas partes, tanto por el pecado como por tu impotencia para orar. Sigue
ahondando, y en el fondo de tu pobreza encontrarás la roca de la voluntad del Padre (Lc 6,47-
49).Cuanto más llegas al fondo de tu miseria más llegas a Dios.
5. Esto me lleva a decirte que la verdadera oración tiene más que ver con la espeleología que
con el alpinismo. Trepar hasta arriba por la escalera de la oración es ante todo descender al abismo de
la humildad. Si te elevas, serás abatido; si te abates, serás elevado. Quizá no seas capaz de bajar a esa
“fosa de leones”; mas si Dios te concede explorar, en la dulzura y la paz, la profundidad de tu herida;
si te hace experimentar la miseria de tu impotencia para orar, te dará al mismo tiempo la fuerza de
soportarlo y te indicará el medio de clamar a él. Cuanto más toques el fondo de tu pobreza, más te
elevarás a Dios en la súplica. Cuanto mayor es la fuerza con que una pelota es lanzada contra el suelo
más rebota hacia arriba, según las palabras de san Juan de la Cruz, repetida por Teresa de Lisieux:
“Descendí tan bajo, tan bajo, que pude volar tan alto, tan alto, que por fin conseguí lo que buscaba”.

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6. Como para los monjes de Oriente, tus dos maestros en la oración deben ser siempre el
publicano del evangelio, que exclama: “Ten compasión de mí, pecador”, y el buen ladrón, que apenas
puede pronunciar estas palabras: “Acuérdate de mí cuando estés en tu reino”.
7. Dostoievski cuenta la historia de aquel obispo del norte de Rusia, cerca de Finlandia, que
había decidido visitar toda su diócesis a orillas del Báltico. Recordó entonces que había algunos monjes
en una isla muy retirada, y dio un rodeo para verlos. Al llegar, contempló en la orilla a tres pobres
pescadores, cubiertos de harapos y con una barba enmarañada. Gritaban de alegría porque al fin
podían ver a su obispo. Al acercárseles, éste le preguntó cómo oraban. Le respondieron que no sabían
ninguna oración, pero que repetían a lo largo del día: “Vosotros sois tres y nosotros somos tres; tened
compasión de nosotros”. El obispo decidió permanecer unos días con ellos para enseñarles el
padrenuestro. Resultó penoso, porque aquellos pobres monjes no conseguían retener las palabras de
la oración. Al cabo de una semana, se fue muy feliz por haber podido evangelizar a sus monjes y
haberles enseñado el padrenuestro. Mas cuando apenas se encontraba a unas millas de la costa, vio que
los monjes le llamaban haciendo señales de desconsuelo. Volvió sobre sus pasos, y hubo de rendirse a
la evidencia: habían olvidado ya todas las palabras del padrenuestro. Sintió compasión de ellos y les
consoló aconsejándoles que siguieran rezando como acostumbraban a hacerlo: “Vosotros sois tres...,
nosotros somos tres”. Puede que tú tengas más memoria y capacidad intelectual que aquellos monjes;
pero, en el fondo, eres como ellos: no sabes orar ni tienes palabras para hacerlo como es debido (Rom
8,27). Dichosos aquellos monjes por haberse atenido a esta pobre invocación; ella les convirtió en
hombres de oración. Aquellos pobres monjes son tus maestros en orar.
8. No pierdas, pues, el tiempo indagando tu imposibilidad de orar. Cuanto más avances en
este camino de la oración, más descubrirás con espanto que no sabes orar; e incluso, en ciertos
momentos, que no sientes deseos de hacerlo. Sin ser responsable de ello, hay en ti una parte oscura
que es enemiga de la oración, y hasta enemiga de Dios. No acabarás con ella con tus propias fuerzas.
Sólo la Trinidad puede proyectar sus rayos sobre ti y concederte este don de la oración.
9. Junta estas tres palabras de la Escritura y de la liturgia y transfórmalas en oración. Verás que
al confesar su abismo, el hombre hace la oración más hermosa que pueda existir. Es como si dijera:
“Sé que no sé orar”. Luego, reza mucho tiempo estas palabras, que tienen un movimiento trinitario y
te ponen en la verdadera oración: “Todo don excelente y todo bien perfecto vienen de lo alto, del Padre
de las luces, en el que no hay cambio ni sombra de variación” (Sant 1,17). “Sin mí no podéis hacer
nada” (Jn 15,5). “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin de los tiempos” (Mt 28,20). Y estas
palabras del Veni Sancte Spiritus: “Sin tu poder divino no hay nada en ningún hombre, nada que no
esté pervertido”.
10. Antes de abordar esta imposibilidad de suplicar, te invito a ponerte bajo la mirada del
Padre del que viene todo don perfecto, al lado de Cristo que está siempre contigo y a llamar al Espíritu
Santo en ti para que supla tu incapacidad: él cura siempre lo que hay lisiado en ti. Sobre todo no te
crispes para suplicar con aspereza; la súplica ha de hacerse sin esfuerzo y sin buscar un récord; haz
como la Virgen en Caná cuando le dice a Jesús: “No tienen vino”. Dile simplemente tu pobreza:
“¡Piedad, Señor: no sé orar!” En último caso, no digas nada, sino ofrece tu herida a la mirada
misericordiosa del Padre. Él te curará sin que te des cuenta.
11. Aún no has terminado de escudriñar estas palabras de Santiago: “Todo don perfecto viene
de arriba, del Padre de las luces”. La eternidad no te bastará para hacer el inventario de toda su riqueza.

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Conoces las últimas palabras de Teresa antes de pasar su cielo haciendo bien en la tierra; decía: “Todo
es gracia”.
Sí, “todo es gracia”. El día en que lo hayas comprendido, tu vida espiritual quedará del todo
simplificada, es decir sin pliegues ni complicaciones. ¿Qué significa esto? Algo muy sencillo: la
oración, la humildad, la dulzura, la renuncia, la castidad, el hecho de encontrar a Dios en todas la cosas
por la oración incesante, el deseo del Reino, mover los corazones, consolar a los afligidos...; en una
palabra, todo lo que puedas imaginar y que no consigues realizar con tu buena voluntad..., todo eso es
gracia. Ya ves lo que te queda por hacer: abrir las manos como un pobre y esperarlo todo del Padre.
Una actitud así es activa; está toda ella penetrada por la súplica.
12. Cuando adviertes que Dios te colma de dones mucho más allá, infinitamente más allá de
cuanto puedes concebir, imaginar y hasta pedir (Ef 3,20), entonces comprendes que todo es gracia.
No es preciso que te inicie nadie en la oración de acción de gracias, pues brota espontáneamente de
tu corazón: pero esa generosidad sobreabundante del Padre es también la fuente de tu súplica: quieres
pedirle todo a Dios, y es preferible pedirle mucho que poco. Dios es el dueño de lo imposible.
13. Si sientes en ti una resistencia a suplicar, no te culpabilices en exceso, pues la
imposibilidad de orar forma parte de tu condición de hombre pecador; es una consecuencia del pecado
original, lo mismo que la imposibilidad de amar a tus hermanos. No has acabado de escudriñar la
profundidad de las palabras de Pablo: “No sabemos orar como conviene”. En el fondo, es imposible
orar. Por eso has de orar al Espíritu Santo y llamarle en ti para que te enseñe a orar y a suplicar. Es lo
que he llamado “orar en frío”, sin estar sostenido por el calor y el fervor. Es muy simple; basta que
repitas a lo largo del día esta invocación bien conocida ya: “Padre, en nombre de Jesús, dame tu
Espíritu”.
14. La imposibilidad de orar encubre otra mucho más profunda, y sobre todo más dolorosa.
No puedes amar, ser casto, pobre, generoso y abnegado; en una palabra, obedecer a todo lo que Jesús
te pide en el evangelio. Esto lo comprendes en los momentos en que eres más lúcido y más sincero
contigo mismo. Entonces te percatas de que sólo la fuerza del Espíritu Santo puede obrar en ti la
humildad, la caridad y el espíritu de infancia. Mas, ¿cómo recibir el Espíritu, si no lo impetras en la
súplica?
15. He aprendido que hay situaciones en las cuales soy incapaz de dar más consejo que la
súplica. Si alguien confiesa que no puede amar, ser puro y generoso, le digo: “Suplica”. Y si me dice
que no puede suplicar para pedir el Espíritu Santo, entonces esa imposibilidad te condena, pues
siempre puede orar si lo quiere, o por lo menos mendigar.
16. Alguien, al aconsejarle la súplica, me dijo un día: “¿No comprende que al decirme eso me
desespera aún más, porque eso es precisamente lo que no sé hacer, y mi desesperación es ésa?”
Cuando se ha llegado ahí, sólo queda saber si alguien más suplica por nosotros. A menudo aconsejo al
que me dice que no sabe orar que vaya a pedir a un sacerdote o a una religiosa que rece por él o que
llame a la puerta de algún monasterio para formular su petición. Importa poco que la persona a la que
se lo pedimos lo olvide; la intención está ahí. Esta humilde petición es ya un signo en el camino de la
oración, pues manifiesta la humildad y el deseo de orar del que la formula.
17. Cuenta san Juan Crisóstomo que un monje fue a ver a su padre abad y le confesó su
imposibilidad de ser casto. Entonces el padre le respondió: “Esfuérzate cada día, pide la fuerza de Dios

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en la oración y sobre todo no te desalientes jamás. El Señor es paciente y misericordioso”. Fue a verle
otro monje, y le confesó que no podía obedecer; y otro más le confesó que no podía ser paciente. Él
cada vez daba la misma respuesta. Finalmente llega otro y le dice a su abad: “Perdone, padre, no sé ni
puedo orar”. Entonces le responde: “Esta impotencia te condena, porque procede del orgullo. Has de
saber que siempre es posible orar”.
18. Uno de mis amigos, convertido a los veintiséis años, entró en los dominicos. Como todos
sus hermanos novicios, rezaba varias horas al día, haciendo oración, recitando el oficio y el rosario y
participando en la eucaristía. Un día oyó en la oración estas palabras de Jesús en el evangelio: “Aún no
has pedido nada en mi nombre…, no sabes todavía pedir”. Aquel día comprendió verdaderamente lo
que era la súplica y descubrió su vocación en la Iglesia.
19. Esto me lleva a decirte una cosa muy simple: puedes hacer la meditación contemplativa, y
hasta concentrarte, sin suplicar jamás. A la vuelta del camino, Cristo puede decirte como a aquel joven
religioso: “Todavía no has pedido nada”. Pasar dela meditación a la súplica es más difícil de lo que
sospechas. Es posible que haya sacerdotes, e incluso religiosos, que no hayan pedido nunca nada, que
no sepan lo que es eso, que se esfuercen en decir “gracias” antes de haber dicho “aún”. Es más
misterioso y más raro de lo que imaginas.
20. Cuando el Espíritu Santo ora en ti, no puede menos de gemir, aspirar, gritar y suplicar,
porque es el amor. Y lo propio del amor es decir: “Siempre más”. Por eso la súplica tropieza en ti con
el espesor del egoísmo y de la negativa. Son los problemas de la comunicación hoy de moda. En la
súplica se resuelven todos esos problemas. Has de tender la mano para salir de ti. Mientras no hayas
realizado ese gesto, al que podrán seguir otros muchos: la acción de gracias, la alabanza, el abrazo, la
unión, hay una parte de ti que discute y se niega. Tú dices que amas; pero a qué profundidad de tu ser
es comprometido ese amor, no puedes saberlo; mientras que, cuando mendigas, no hay problema de
comunicación. Has salido de ti mismo.
21. Con los mejores teólogos de la vida espiritual, sostengo que en el nivel metafísico no hay
más salida que la súplica. En todas las demás actitudes sociales, e incluso en las otras formas de
oración, no se está interesado en el fondo, no se da más que una parte de sí. En cambio, en la súplica
se pasa uno a Dios con armas y bagajes.
22. Algunos me dicen: “Pero la santidad no es la oración de petición, sino el amor. La súplica
es una etapa que hay que superar; yo estoy en el amor”. San Agustín ha respondido a esta objeción al
comienzo de las Confesiones (I, 1,2.5, t. III). Se pregunta si primero hay que invocar a Dios o alabarle,
y responde que para conocerle y alabarle, primero hay que invocarle y suplicarle.
23. Voy a hacerte una pregunta: “¿Qué amor es el que no suplica? ¿Conoces alguno?” Incluso
el amor de Dios a ti te suplica; es la actitud más divina: “¿Quieres mi amor? Dame tu amor”. Dios es
el que te ama el primero; por eso te suplica. Y cuando tú suplicas, no haces más que responder a una
súplica de Dios. Dios es el que no teme suplicar, porque es comunicación y está todo entero vuelto
hacia ti: “¿Quieres escucharme, darme tu corazón, tu libertad?” No salgas ahora diciendo que la
súplica es una actitud que es preciso superar. Jamás superarás la actitud divina.
24. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se dicen “gracias” y se piden el amor gratuitamente.
En el fondo de la vida trinitaria existe lo equivalente a la petición, y por tanto a la súplica. No se vive de
amor sin pedirse recíprocamente el amor el uno al otro. Ése es el misterio mismo del amor. Incluso en

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Dios hay amor y petición recíproca de dos seres. Y el fruto de ese doble amor engendrado es el Espíritu
Santo. Ahora comprendes por qué existe un lazo tan profundo y tan misterioso entre el Espíritu Santo
y la súplica.
25. De no existir la revelación trinitaria, no podría hablarte así de la súplica. Presientes ahora
que si la oración es una entrada en la comunicación trinitaria, no podrás dispensarte de la súplica en
tu oración. Y la súplica se referirá a la persona misma del santo Espíritu, que es el fruto del amor
mendigado recíprocamente por el Padre y el Hijo. Mendigar el amor tiene un valor eterno. Cada vez
que en la oración suplicas al Espíritu que venga a ti, penetras en el fuego de esas dos miradas: la del
Padre y la del Hijo, que se devoran por amor.
26. En la oración mendigas el amor; y el Padre mendiga sobre todo tu miseria, la única cosa
que te pertenece en propiedad y que puedes darle. Cuando suplicas al Espíritu Santo que venga a ti,
exhalas el abismo de tu miseria, de tu angustia, de tu pobreza. A semejante oración, el Padre no puede
resistirse.
27. Dios es el único que ha resuelto los problemas de la comunicación dentro de él mismo,
porque el Espíritu Santo hace perfecta la comunicación intratrinitaria. Lo que no marcha es tu relación
con Dios, porque tú no respondes a la súplica de Dios. Por eso la liturgia te pide que contemples a
Dios bajo la forma de un niño o de un crucificado. Mira de qué manera la Iglesia te encamina hacia
navidad y pascua. Cita palabras de la Escritura y del evangelio para alimentar tu oración; pero lo mismo
en navidad que en pascua, te presenta la “Palabra hecha silencio”: el in-fans, el que no habla, es decir
el niño, y el Verbum crucis, la palabra de la cruz donde Jesús calla. También el Verbum resurrectionis
será una palabra velada de silencio. ¿Por qué? Porque el amor intenso es silencioso. El niño y el
crucificado son la figura de Dios mendigando el amor; no quieren dominarte, sino ser amados.
28. Los que dicen que la súplica es una actitud que es preciso superar no han sido todavía
introducidos en la súplica trinitaria, en esa danza de la que habla Lewis, en la que cada personaje está
de rodillas ante el otro. Dicho de otra manera, jamás superarás la súplica ni llegarás nunca más lejos.
En la cumbre de la perfección suplicas a Dios que no te abandone. Incluso en la eternidad le suplicas,
y él responde “sí” a tu súplica eterna. La eternidad es un instante de una densidad eterna. La danza
trinitaria es la danza de las súplicas.
29. Ello me lleva a decirte algo muy importante y que deberás recordar aunque conozcas la
oración de unión y de simple mirada: la súplica es la cumbre de la oración. Sí; la cumbre de la
perfección es saber pedir y suplicar. Este clisé se repite sin cesar en la vida de los santos (en particular
en el Cura de Ars): “Recurrió a su expediente habitual, que era pedir socorro”. Un santo es justamente
alguien que no tiene más solución de recambio que la súplica, tanto en la vida espiritual como en la
vida apostólica.
30. Quieres pedir, pero quieres tener soluciones de recambio para el caso en que la súplica
“no marche”. Eso es justamente lo que hace que tu súplica no tenga esa fuerza desesperada que
arranca las montañas y las precipita en el mar. Te guardas una solución de recambio, y no te entregas
totalmente en esta oración de petición.
31. ¿Cómo entrar en la danza de la súplica si no tienes el hábito de hacerlo? Sin duda ya has
suplicado en tu vida para salir de la desgracia o escapar a un peligro inminente; por tanto, se ha abierto
una brecha en ti. Coge el tren no importa dónde, no importa cómo y a propósito precisamente de lo

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que no marcha en tu vida. Si todo fuera bien, yo me encontraría molesto y no podría darte ya este
consejo; pero hay una cierta esperanza de que no todo vaya bien. Entonces, aprovecha esta maravillosa
ocasión para decir: “Señor, ten piedad de mí”.
32. En tu vida, la prueba, la tribulación, el infortunio y sobre todo la tentación son “ardides de
amor” del Padre para enseñarte a clamar a él, y por tanto a rezarle, ya que no le das gracias en el tiempo
en que las cosas marchan bien. Al principio, gritas penosamente, como la locomotora de que he
hablado antes, enmohecida desde hace decenas de años, que ahora intenta arrancar. Tu corazón es una
locomotora enmohecida -tiene complicaciones y está enfermo, dice jeremías-, que ha de ponerse en
camino. Entonces tú lo intentas, y varios años después, bajo el efecto de la gracia y de las tribulaciones,
la máquina lanza un segundo grito que recuerda el primero: “Es verdad, ya he suplicado un día”, y
después suplicarás al mismo ritmo que la locomotora que rueda normalmente.
33. Tu súplica se convierte entonces en la respiración permanente, la de los santos que no
pueden dejar de suplicar. Ha arrancado a una velocidad que roza lo infinito. San Juan de la Cruz dice
que en el corazón de la santísima Trinidad, el Espíritu Santo es la espiración del Verbo al Padre, lo que
equivale a decir que el Espíritu es a la vez la aspiración y la expiración. De la misma manera, los padres
de Oriente vinculan la oración incesante del Espíritu en nuestros corazones al movimiento de la
respiración y a los latidos del corazón. Así, cuando suplicas, el Espíritu Santo establece su morada en
ti y no cesa de respirar y de orar en ti, ya sea que trabajes o que te entregues al sueño.
34. Reconozco que hay un momento crítico en la vida espiritual, y es aquel en que te das cuenta
de que no vas a poder detenerte. Te parece excelente suplicar de vez en cuando, e incluso a menudo,
una vez que te has puesto en marcha; pero el día en que sientes que la presión del Espíritu es tal que
no vas a poder detenerte un solo instante, entonces te dices: “Hay otras cosas que hacer en la vida”.
Pues no; no hay nada más que hacer que suplicar, aunque te encuentres desbordado por el trabajo,
bien sea para ti o para tus hermanos sumidos en el infortunio, hasta el día en que entres en la gloria. Y
en ese momento seguirás suplicando, porque tu misión no habrá acabado; te pasarás tu cielo haciendo
bien en la tierra y suplicando por todos tus hermanos.
35. San Serafín de Sarov dice que el fin de la vida cristiana “es la adquisición del Espíritu
Santo”. Por supuesto, el Espíritu mora en ti; pero debes llamarle sin cesar, porque él es el infinito y
puede acrecentar y ahondar en cada instante tu capacidad de acogerlo. San Gregorio de Nisa forjó una
hermosa palabra para expresar ese misterio del corazón del hombre que se dilata como bajo la presión
de un gas en expansión: habla él de “epectasis”. Cuando más suplicas al Espíritu que venga a ti, más
abre él en tu corazón profundidades insospechadas para recibirle, de manera que en lugar de quedar
saturado de su presencia, te sientes acuciado por un deseo cada vez mayor de acogerlo.
36. ¿Quieres saber si estás poseído por el Espíritu? Examina tu deseo, y él te enseñará mucho
más que tus sentimientos y tus emociones sobre el grado en que está encerrado en ti. ¿Quieres que tu
deseo no quede en una veleidad, sino que sea eficaz? Entonces has de traducirlo en oración. La súplica
da cuerpo a tu deseo; pero también lo refuerza; de modo que, cuanto más oras, más deseas el Espíritu
Santo. Como dice san Gregorio de Nisa: “Vas de comienzos en comienzos, por comienzos que no
tienen fin”.
37. “La mayor dificultad de la oración, dice el cardenal Lustiger, es que nos obliga a salir de
nosotros mismos para volvernos a Dios”, Ante esta dificultad, no podemos contar con nuestras

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fuerzas: tenemos que volvernos a él y pedirle que no socorra en la súplica. Ahora comprendes por qué
los padres aconsejan siempre comenzar tu oración por una súplica prolongada. Ella te enseña a salir
de ti mismo para tender las manos hacia el Padre. Luego podrás modular tu oración según los diversos
registros de la oración, de la alabanza y de la acción de gracias. Mas si el Padre te mira hasta el fin en la
súplica, no intentes salir de ella por ti mismo: el Espíritu te ha introducido en el corazón de la súplica
trinitaria.
38. Jamás terminarás de llamar al Espíritu Santo en ti. Por el Espíritu conocerás la divinidad
de Jesucristo. Él es quien te mostrará su rostro o hará que experimentes su presencia en ti. El que ha
conocido de esta manera el rostro de Cristo comprenderá por su experiencia espiritual la unión de
Cristo con el Padre y comprenderá también la naturaleza increada de la luz divina que brilla en el rostro
de Cristo. La experiencia de la gracia es en verdad completamente diferente del conocimiento
dogmático o de la “fe por el oído”. “Creer en Dios es una cosa, conocerlo es otra”, decía el staretz
Silouane, y decía también: “Oh Espíritu Santo... Tú me has revelado un misterio insondable”. Y si tú
le decías: “Descúbreme el misterio que el Espíritu Santo te ha concedido conocer”, la respuesta no
era la que esperabas. Contestaba: “El Espíritu Santo, de una manera invisible, da el conocimiento al
alma. Él me ha concedido conocer al Señor, mi Creador. Él me ha concedido conocer cuánto nos ama
el Señor... Explicarlo es imposible”.

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MARÍA, LA MADRE DE JESÚS

l. No puedo hablar de la Virgen santísima a alguien que no haya sido abrasado por el fuego que
Cristo vino a traer a la tierra. Este fuego engendra en ti una sed devoradora de ver a Jesús y de estar
unido a él. En caso contrario, mis palabras sobre María serán para ti un galimatías. Un circuito de
refrigeración sin fuego, eso es lo que es la Virgen para mucha gente.
2. Dicho de otra manera, si Cristo no es el centro de tu oración, te resultará difícil dar con el
puesto de Marta en tu oración. Le rezarás por deber o por convencionalismo, pero no te volcarás
totalmente en su oración.
3. De la misma manera, la presencia de María en tu vida y el diálogo que entablas con ella en la
oración es un puro don de Cristo resucitado.
4. Un día fueron a ver a san Ambrosio, el célebre staretz de Optino, y le preguntaron sobre
una decisión que había que tomar. Él no respondió enseguida y se tomó tiempo para rezar. Al cabo de
algunos días, los visitantes le dijeron: “No podemos esperar más; danos una respuesta”. Y él les
contestó: “¿Qué queréis que os diga? Hace cinco días que hago vuestra pregunta al Señor y a la Virgen,
y no me responden”. Lo mismo pasa cuando hablas de la Virgen; si no se te concede de arriba, todo lo
que digas caerá al borde o te parecerán simplezas. He tenido que esperar meses enteros de oración
para recibir estas palabras, porque no basta orar para recibir luces; llegan cuando Dios lo tiene a bien.
5. Tu primera conversión es descubrir, como Saulo en el camino de Damasco, que un cierto
Jesús te busca, te desea y te cita en tal lugar. En el momento en que tu mirada se cruza con la suya, tu
mundo entero zozobra y no sientes más que un deseo: buscarle a él con el poder de su resurrección y
la comunión en sus sufrimientos. Como Pablo, puedes decir: “Mi vida es Cristo, y morir una
ganancia”. Tu vida cambia de sentido: es la conversión, que no es solamente una gracia de fuerza, sino
una gracia de luz que desciende sobre ti y te pone en contacto con Jesucristo.
6. A partir de ese momento has contraído una grave enfermedad: la enfermedad de Jesucristo;
es mortal, y no te concederá reposo. En otros términos, estás poseído por la fiebre de Cristo; es un
sabor que viene de él; puedes descubrirlo en un amor humano o en la vida religiosa. El amor que te
descubre el rostro de Cristo no es forzosamente el que tú vives, sino el que tú no vives y que deja en ti
un hueco. O porque el lugar ha sido ocupado de antemano por Dios. En lugar de jugar ese juego con
una criatura, lo juegas con Dios para ganar tiempo.
7. Mas esta fiebre de Cristo no es nada en comparación con la realidad. Mientras Cristo no
hace más que acercarse a ti, experimentas la dulzura de su calor y de su presencia; pero cuanto más
penetra en ti, más descubres que es un fuego devorador. Es un poco como la bomba atómica, si me
permites la comparación. Puedes sentirte arrebatado por una intensidad que desee el martirio; puedes
tener hambre y sed de santidad y de intensidad, y ser consumido por un deseo infinito de amor, pero

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no de una “bomba atómica”. Todo eso no es nada en comparación con Jesucristo, y comprenderás que
no es posible; es demasiado fuerte.
8. En ese momento descubrirás a la Iglesia o a la virgen María, es decir, un circuito de
refrigeración; o, mejor, Cristo te concede el don de su madre. Como le dijo Dios a Moisés con humor:
“Has sido completamente loco al desear el fuego... Deseabas el fuego; ahora te enseñaré a desear el
frescor”. Si no has encontrado el frescor de la humildad (¡o de la humedad!) de la Virgen; si ese deseo
de humildad no se ha convertido también en fiebre (es la segunda conversión) y si llegas hasta el
término del amor, verás que la puerta está cerrada y que es peligroso entrar.
9. Para penetrar en el interior de la zarza ardiendo hay que revestirse de una combinación
ignífuga. Como te lo decía al principio, debes llevar contigo tu circuito de refrigeración, de dulzura,
de alegría, de humildad, de ingenuidad y de seguridad. En una palabra, debes encontrar el espíritu de
infancia infinita para hacer frente a la intensidad infinita de Dios.
10. En ese momento -la segunda conversión- es hora de decir: en lugar de hambre y sed de
fuego, hay que tener hambre y sed de agua, de la dulzura y de la humildad. Has de intentar desaparecer
en el anonadamiento, en el silencio; así es como entras bajo la carpa. En el circo sabes que primero,
fuera, está el desfile para atraer a los espectadores, y luego está el espectáculo en el interior de la carpa.
Durante el desfile te sientes atraído por el fuego y la luz. Y cuando comprendes la intensidad de ese
fuego, buscas una entrada para moverte por la casa de Dios.
11. Como dice Cristo: “Es preciso convertirse y hacerse como un niño para entrar en el reino
de Dios”. Si no estás rodeado de agua y de humildad, pereces. Por eso tienes necesidad de la Virgen y
de la Iglesia, que te dan las consignas de seguridad. Entonces terminas sintiendo hambre y sed de la
Virgen, que te da esta seguridad más que la sed de Dios. Ahora comprendes mejor lo que decía al
principio: hablar de la Virgen a alguien que no tiene la fiebre de Cristo es como hablar en chino. Es
ofrecer sombra a quien no tiene calor.
12. Si sientes el deseo y a la vez el temor de Cristo, podrás comprender y aceptar el remedio
que se encuentra ya en el evangelio: “He ahí a tu madre, que te ayudará a convertirte para hacerte
niño”. Forma una ecuación con estas dos palabras de Jesús en el evangelio: “Si no os convertís
haciéndoos como niños, no entraréis en el reino de los cielos”.
Son las primeras palabras de Jesús a Nicodemo, al cual invita a hacerse niño. Pero Nicodemo
no comprende. Cristo le responde. No lo hace enseguida, porque Jesús no responde nunca a las
preguntas que se le hacen..., sino desde lo alto de la cruz (san Juan observa que Nicodemo se
encontraba en las proximidades del Calvario). Jesús le da la respuesta que esperaba hacía meses: “He
ahí a tu madre, en cuyo seno debes entrar para encontrar la puerta del reino de los ciclos y convertirte
en un niño”.
13. He intentado explicarte esto mediante el lenguaje simbólico del fuego, de la fiebre y del
agua; pero no te aferres a estas imágenes diciendo que jamás has probado ese fuego que Jesús vino a
traer a la tierra, ni esa agua viva de la que habla el evangelio. Estas cosas nunca ocurren de esa manera,
lo cual carece de importancia. En la primera fase de los comienzos está la alegría de ser de Cristo. Es
la fase de los consuelos y los desposorios antes del matrimonio. No es más que un débil atisbo de tu
entrada en el corazón de la Trinidad. Frecuentemente no experimentarás más que oscuridad y
tinieblas; en una palabra, el lado oscuro del trabajo luminoso que obra en ti el Espíritu Santo.

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14. Con el lenguaje de los padres de Oriente, Olivier Clément describe acertadamente esta
fase de tu vida: “Al principio de la vida espiritual, Dios suele manifestarse de manera evidente. Mas el
hombre, sin experiencia todavía, mezcla estas experiencias en su imaginación y se toma en serio. Llega
entonces el éxodo a través del desierto, la ‘tristeza por Dios’ y luego las lágrimas dolorosas ‘sin dolor’.
Y el hombre recibe como una gracia verdaderamente ‘gratuita’ la verdadera alegría, la que ahora puede
acoger con entera humildad y que le recrea radicalmente. Como fue creado el mundo a partir de las
aguas originales, así el hombre es creado a partir del agua de sus lágrimas” (“Extrait des Sources”, Les
mystiques chrétiens des origines). La oración de las lágrimas, o la santa compunción, es siempre
superior a la oración de ruego.
15. Balancearse en la gloria es el desfile. Felizmente, eso no dura siempre. Entonces se pasa a
las cosas serias: hasta ahora, dice el esposo, he dado vueltas a tu alrededor cantándote mi amor; ahora
quizá debería cogerte en mis brazos. Al principio sentirás sobre todo la inmovilidad; antes podías
contemplarme; ahora se ha terminado. Cuando estás demasiado cerca de alguien, ya no lo ves, y a veces
deseas un poco de alejamiento, de distancia. Si te quedas distante de Dios, no es ya el abrazo; pero el
abrazo de Dios -quiero decir esta unión- no tiene nada del fervor y de la fiebre de los desposorios. El
amor de Dios es tan fuerte que, en lugar de iluminar, ciega.
16. Cuando entras en la montaña, no ves ya la montaña. Cuando un niño está en el seno de su
madre, no ve a su madre, no ve su rostro. Es un tiempo temible e inevitable, que no puedes soportar
más que en un circuito de refrigeración. Quieres la explosión, pero entonces comprendes que es
preciso que cambie el ritmo para no explosionar. Esa fiebre se retira y le sucede un gran silencio dentro
de ti, en el cual aprendes a ser humilde, a entrar en la dulzura y la humildad del corazón de María.
17. Aceptas entonces la voluntad de Dios y te pones en sus manos. Y Cristo te pone en las
manos y en el corazón de María. Es la noche de la fe y la noche del espíritu. Es el momento en el que
verdaderamente entras en Dios. Hasta entonces te mecías un poco en la ilusión, como dice Olivier
Clément. Mas tu oración carece de gusto; o es un gusto de muerte o de maná. En ese sentido es bueno,
ya que esta fiebre es engañosa; no nos muestra las cosas como las conoceremos definitivamente. Eso
es lo que salvará a la tierra de la locura en la cual se hunde; no será la sabiduría, sino más bien locura:
la de Dios.
18. ¿No reconoces acaso tu rostro y tu caminar en lo que acabo de decir? El lenguaje simbólico
de las noches corre el peligro de engañarte respecto a la realidad cotidiana, apenas perceptible; deja,
pues, que te diga las cosas de una manera más concreta y más simple. En tu vida hay seguramente una
primera conversión con ocasión de algún retiro, de un encuentro con un grupo de oración o con un
hombre de Dios, de una lectura o de una iniciación en la oración. Si te fijas bien en ese instante,
descubrirás en la fuente de ese cambio una intervención de la Virgen, ya sea mediante el rosario, una
consagración a María o, simplemente, un encuentro con ella. Esto engendrará en ti un gran amor a la
Virgen y la oración a ella. Al cabo de los años, esta presencia se irá difuminando, y parecerá que María
ha desaparecido de tu vida. Un día, hablando de la Virgen, una mujer vino a decirme exactamente eso.
Era consciente de haber recibido su primera conversión orando a María; pero ahora, cuanto más
avanzaba, más tenía la sensación de que la presencia de María se le convertía en “una presencia de fe”.
Y me mostraba el decenario que llevaba en el dedo que rezaba frecuentemente, diciéndome que era el
único lazo que la ligaba a María. Esta discreción de María es propia del orden de las cosas espirituales,
porque su misión es desvanecerse totalmente para dejar que obre Dios solamente. He ahí la paradoja:

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cuanto más oras a Marta, tanto más te sientes unido a ella y más ella te parece lejana, por no decir del
todo ausente.
19. Este amor de fe que profesas a María no es solamente fruto de tu experiencia de oración;
es ante todo fruto de la voluntad de Cristo moribundo en la cruz. Indudablemente, ningún apóstol
tenía un lazo de amistad tan profundo con Cristo como Juan, el discípulo al que él amaba. Aunque
sabía que iba a enviarle el Espíritu que haría presente al Señor en el corazón de Juan, Jesús quiso darle
a su madre antes de morir. Y san Juan ratificó ese deseo de Jesús aceptando a María en su casa, es decir,
llevándola a vivir con él.
20. La meditación de esta escena del evangelio es inagotable y deberás volver sin cesar a ella,
tanto para comprender el deseo de Cristo como para aceptar la voluntad del Padre. Es preciso que veas
y oigas a Cristo decirle a María señalándote: “He ahí a tu hijo”. Y, al mismo tiempo, es preciso que
estas palabras de Jesús traspasen tu corazón en el momento en que él dice: “He ahí a tu madre”.
21. Cuando san Ignacio invita al ejercitando a meditar el misterio de la anunciación, le
propone que contemple esta escena a partir del misterio mismo de la Trinidad antes de detenerse en
el acontecimiento mismo. De la misma manera deberías proceder tú con la escena de Jesús y de María
en el Calvario. Jesús te da a María en el corazón de la Trinidad. Desde luego, es Jesús el que pronuncia
las palabras: “He ahí a tu madre”; pero Jesús no dice nada ni hace nada que no vea decir y hacer al
Padre. Por tanto, del corazón del Padre se te hace el don de María como madre. María era la madre de
Jesús, lo que tenía de más precioso. Pero ese bien era también del Padre, según las palabras mismas de
Cristo a su Padre: “Todo lo que es mío es tuyo y lo que es tuyo es mío”. También interviene el Espíritu,
puesto que glorificará a Cristo tomando de su bien para hacernos partícipes a nosotros. Entre María y
el Espíritu Santo existe una afinidad muy grande y muy pura, puesto que ella es pura transparencia al
Espíritu; está casi modelada por el Espíritu Santo, dice el Vaticano II. Así pues, la Trinidad entera
interviene y te da a María para que vayas a ella.
22. Por eso, desde toda la eternidad ha querido la Trinidad santísima que tomes a María
contigo. Lo mismo que un día te has sentido tocado por la mirada de Cristo, así es preciso que estas
palabras de Cristo: “He ahí a tu madre”, se hagan carne y sangre en ti. Entonces María entra en tu vida
como una persona concreta con la que mantienes relaciones de hijo a madre, y ella de madre a hijo.
Mas no intentes analizar demasiado el lazo que te une a ella; cuanto más avances, más vinculado estarás
con ella y más conciencia tendrás de lo inevidente de esa relación. Algunos días te ocurrirá incluso
preguntarte si todavía es “alguien” para ti.
23. Tendrás que recibir a María por madre no una sola vez en tu vida; aunque ese don,
realizado una vez por todas, es irrevocable. Pero te sentirás tentado a olvidar esa presencia, ya sea
porque se refugie en lo profundo de tu ser, ya porque escape a tus recursos habituales. Fíjate bien:
cuanto más presente está María a uno, más es “invisible”. Por eso el Espíritu Santo tendrá que volver
a tu corazón y recordarte las palabras de Jesús: “He ahí a tu madre”. Esta “toma de conciencia” se
produce en un abrir y cerrar de ojos; pero tu visión del mundo y de ti mismo queda del todo cambiada
de golpe, porque María está allí, como en Caná, y tú sabes que está presente en tu oración y en cuanto
dices y haces. Más aún; infunde nueva fuerza y vigor a tu cuerpo y te ayuda a llevar tu prueba física en
paz y abandonado al Padre, y por tanto sonriente. Cuando sientes demasiado la ausencia de María en
tu vida, cuando te encuentras a merced de ti mismo, has de orar y pedir esta gracia de una nueva visita
de María. Entonces conocerás la verdadera alegría.

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24. Mas en cada visita de María debes ratificar ese don del Espíritu Santo dando gracias al
Padre y a Jesús. Ten cuidado de no complacerte en esta gracia olvidándote de ir hasta el principio del
don. Cada vez que María te visita, el Espíritu te invita a tomarla en tu casa, como san Juan a la muerte
de Jesús. Tomar a María contigo es consagrarte u ofrecerte a ella, según las palabras de Griñón de
Monfort, de Maximiliano Kolbe o de Juan Pablo II en su encíclica Redemptoris Mater. Es el deseo de
ofrecer a María tu corazón, tu cuerpo, tu espíritu y todo tu ser, de manera que ores, hables, pienses y
obres con ella y en ella. En una palabra, haces que viva contigo entregándole las llaves de tu mansión.
25. Consagrarte a María es entrar en su actitud de consagración a la voluntad del Padre a partir
del momento en que dijo en la anunciación: “Hágase en mí según tu palabra”. Ya he explicado en otra
parte que María se había entregado totalmente a la voluntad del Padre porque estaba permanentemente
en súplica. El que suplica permanentemente vive permanentemente entregado a Dios. Antes de asentir
a la palabra del Padre había escuchado de labios del mismo ángel que nada era imposible a Dios y que
bastaba suplicarle para obtener lo que no podía uno realizar por sus propias fuerzas. Sabía muy bien
que obedecer a cada instante al Padre era suplicarle a cada instante que se dignara darle esta gracia.
26. Lo mismo te ocurrirá a ti. No puedes tomar a María contigo y consagrarte totalmente con
ella a la voluntad del Padre sin experimentar que eso es imposible; y eso es lo que suscitará en ti el
deseo innato, que luego se transformará en hábito, de rogarle sin cesar, lo mismo en las alegrías que
en la prueba y las dificultades. Cuando te encuentres en apuros o también te sientas feliz, clamarás a
ella y percibirás al punto su socorro, según las palabras del Acordaos: “Jamás se ha oído decir que
ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestra asistencia y reclamando
vuestro socorro, haya sido abandonado de vos”. María no abandona nunca al que se dirige a ella en la
oración. Por eso la oración incesante aconsejada por Jesús en el evangelio no es una actividad espiritual
entre otras; está íntimamente ligada al deseo de hacer la voluntad de Dios; es una cuestión de vida o
muerte. Sin oración no hay humildad, castidad, pobreza ni espíritu de infancia. Si oras, resistirás la
prueba y la tentación; en cambio, si no perseveras en la oración, no te adherirás al Padre y a su voluntad.
27. Si tú te entregas así en la oración a María, ya sea con el rosario, con la oración o con la
invocación, te preguntarás si no pasas demasiado tiempo rezando a la Virgen. Es lo que llamo yo el
esquema del reparto. Hay que saber dedicar un tiempo a todo: si oras a María un momento, después
orarás al Señor Jesús y al Padre. Hay que medir, en el sentido de limitar el puesto concedido a María,
como si de ti dependiera administrar el presupuesto de tu tiempo para no pasar “demasiado tiempo”
en ello. Tal es el esquema del reparto, que plantea a veces problemas a los hombres de oración. Mas,
en realidad, es un falso problema que no hay que mirar en el nivel del tiempo, sino en la unidad de tu
vida de oración.
28. Progresivamente irás comprendiendo mejor la unidad de la vida mariana; no hay dos
tiempos: un tiempo para orar a María y otro para orar al Señor. En tu vida de oración no hay dos actos,
a saber: una oración a María y luego otra oración a la Trinidad. La vida mariana se caracteriza por la
unidad: no hay más que un solo acto y un solo tiempo. Cuando conozcas mejor a la Virgen por dentro,
verás que está totalmente desprendida de sí misma; en ella Dios ocupa todo el lugar, porque toda ella
es referencia a los tres. Griñón de Monfort dice: cuando llamas a María, responde Dios.
29. Debes, pues, renunciar al temor de conceder demasiado lugar a María en tu oración, y por
el hecho mismo renunciar a la ilusión de un dominio de tu vida espiritual en virtud del cual harías tú su
distribución. La unidad de la vida mariana quiere decir que si vives en María, encuentras a Dios en ella.

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Si oras a María, encuentras a Dios en ella. Si escuchas a María, escuchas la palabra de Dios en ella; no
después, no en otro lugar, sino en el momento mismo y en el acto mismo. ¡Cuántas veces los que hacen
oración me han hecho esta confidencia! Llegan a la oración e intentan casar las piezas del puzzle de su
espíritu para estar atentos a la presencia de Dios en ellos. La mayoría de las veces no lo consiguen o
con mucho esfuerzo. Sin embargo, cuando tienen la humildad de coger el rosario y comenzar su
oración desgranando avemarías, de repente se encuentran en la oración sin darse cuenta.
30. Poco importa que encuentres a Dios en María o que encuentres a María en Dios; en
cualquier caso estás sumergido en la misma atmósfera trinitaria, ya sea por dentro o por fuera. En lugar
de preguntarte cómo vas a orar, de saber cómo vas a distribuir las intenciones de tu oración personal,
puedes correr el riesgo de perderte en María. María misma guiará tu oración; basta que consientas en
perderte. Lo que puede darte la audacia de perderte en María es comprender que, en el misterio de
Dios, María no hace de pantalla, sino que, al contrario, es la morada del encuentro de Dios. Ella es la
nube luminosa del éxodo, en la cual Dios se te da a conocer; es como la tierra del encuentro, donde
Dios se manifestó a Moisés; es como la nube ligera que rodea a Jesús en el misterio de su
transfiguración. Encuentras a Dios en María, porque ella es el lugar espiritual del encuentro.
Encuentras a María en Dios, porque Dios es el que agrupa, él te pone en relación con todos los que
viven hoy de su vida, y por tanto con María por excelencia. Es una profunda cuestión de experiencia,
que escapa a la mayoría de los que oran a María sin ir hasta el fin de su oración.
31. Hablar de Dios en María y de María en Dios es forzosamente evocar el misterio de su
oración. Prescindiendo del Magnificat de la doble mención de Lucas de que María conservaba en su
corazón todos los acontecimientos y los meditaba, quedaban las palabras de María en Caná: “Haced
todo lo que él os diga”; pero el evangelio guarda silencio y se muestra muy discreto respecto a la
oración de María. Como los que han pasado por entero a Dios y están inmersos en el Espíritu sin tener
conciencia de todo lo que oran, María debía orar sin cesar, pero sin saberlo. Es muy importante
contemplar la oración de María, porque en esa oración entras tú cuando te vuelves a ella para rezarle.
También hoy sigue ella orando sin cesar en la gloria, porque es la única misión que se le ha adjudicado.
32. Hay, sin embargo, unas palabras de los Hechos que mencionan claramente la oración de
María en la estancia superior del cenáculo al volver del monte de los Olivos. Dicen: “Todos unánimes
se dedicaban asiduamente a la oración, con algunas mujeres, entre ellas María, la madre de Jesús, y los
hermanos de Jesús (Hc 1,14). Estas palabras ejercen siempre un profundo atractivo en los hombres
que deseen orar, pues verán en María el tipo mismo de la orante por excelencia, a la que los padres
llamarán la omnipotencia suplicante; pero también verán en ella el camino hacia la oración incesante.
Como dice Juan Pablo II: “La Iglesia permanece siempre en el cenáculo, pues su misión es permanecer
asidua en la oración”. Por eso la Iglesia invita a todos los cristianos, desde la ascensión a pentecostés,
a intensificar su oración en la novena al Espíritu Santo.
33. En el cenáculo, el objeto de la oración de María es, a no dudarlo, la efusión del Espíritu
sobre los apóstoles y sobre la Iglesia. Todos esperan en la oración ser revestidos de una fuerza llegada
de lo alto. Pero la oración de María responde exactamente a las palabras de Lucas antes citadas: “María
conservaba todas estas cosas en su corazón para meditarlas”. Esperaba el día en que se le habría de
revelar el sentido profundo de los acontecimientos de la vida de Jesús. Cuando María vivía con Jesús
era testigo de los acontecimientos de su vida, primeramente de la anunciación y del nacimiento.
Escuchó su predicación, vio sus milagros, sus curaciones y, finalmente, lo contempló traspasado en la

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cruz. Lucas dice que no comprendió siempre lo que le acontecía a su hijo, pero que vivió aquellos
acontecimientos en la obediencia de la fe. En el momento en que se le concede el Espíritu Santo en el
misterio de pascua -que comprende tanto la entrega del espíritu en la cruz como la efusión del Espíritu
en pentecostés- es cuando María comprende el sentido de los acontecimientos de la vida de Jesús.
Conservaba aquellos acontecimientos en su corazón y los daba vueltas para el día señalado, que es
seguramente el día del don del Espíritu en pentecostés. Entonces comprende que el poder del Espíritu
que ha resucitado a Jesús de entre los muertos es el mismo poder que reposó en ella en la anunciación
y formó en su cuerpo virginal el cuerpo de Jesús. Asimismo, el Espíritu le hace “releer” toda su vida y
los grandes acontecimientos que le han ocurrido como obra de Dios. Era preciso que se le diera el
Espíritu Santo para que tuviera la luz plena, tanto respecto al misterio de su hijo Jesús como respecto
a su propio misterio. También ahí el Espíritu oraba en María poniendo en sus labios las palabras del
Magnificat, donde ella da gracias a Dios por todas las maravillas que ha obrado en ella. El Espíritu
también es el que le hace decir: “¡Jesús es Señor!” y “¡Abba, Padre!”.
34. María era una mujer pobre y sencilla, y no tenía conciencia de ser el centro de la historia
de la salvación. En el cenáculo recordará en su corazón todos los acontecimientos de su vida y los de
la vida de su hijo: la anunciación, la visitación, el nacimiento de Jesús, los acontecimientos de su vida
pública y sobre todo los de la gran semana que va desde el cenáculo al Calvario. Todavía se encuentra
bajo la impresión de los sucesos de la resurrección. Los evangelistas no refieren ninguna aparición de
Jesús a María, pero hay que “ser inteligentes y comprender”, dice san Ignacio, que es algo evidente.
Ella no tenía necesidad de verlo con los ojos de la carne; ¡de tal manera había creído en él con los ojos
de la fe y del corazón! A ella se le aplicaban en primer lugar las palabras de Jesús a Tomás después de
la resurrección: dichosos “los que han creído sin haber visto”. Finalmente, es seguro que acompañó a
los apóstoles en el monte de los Olivos para la vuelta de Jesús al Padre, ya que el autor de los Hechos
observa que volvió con los apóstoles, los hermanos de Jesús y algunas mujeres a la estancia alta del
cenáculo. Allí es donde va a comenzar su gran retiro, en el cual repasará en su corazón en oración todos
los acontecimientos de la vida de Jesús.
35. La Virgen, si me es lícito expresarme de esta manera, reconsideró bajo la acción del
Espíritu Santo todos los acontecimientos de la vida de Jesús y cuanto le había ocurrido, a la manera de
como se desgrana el rosario de los recuerdos que actualizamos y hacemos presentes por el amor y la
amistad; pero en lugar de verlos bajo el aspecto de acontecimientos materiales brutos e
incomprensibles, los contempló ensartados en el hilo de oro de la palabra de Dios, que les daba un
sentido según las Escrituras. Comprendió que el Mesías debía sufrir para entrar en la gloria. En
Nazaret había alumbrado a Jesús en su carne por el Espíritu Santo; ahora debía alumbrarle en su
corazón por la fe bajo la acción del mismo Espíritu que la había “cubierto con su sombra” en la
anunciación. Se convertía con ello en madre de la Iglesia, cuya principal misión sería interceder por
ella.
36. Tu oración a María habrá de seguir el mismo camino, si has decidido volcarte totalmente
en una oración mariana. Pero fíjate bien: el centro de tu oración será siempre Cristo; o, mejor, el
Espíritu Santo, el cual orará en ti, formando a Cristo en tu corazón: “Ya no soy yo quien vive; es Cristo
el que vive en mí” (Gál 2,20). Como María, dejarás que Cristo reviva en ti, repasando en la memoria
del corazón los misterios de su vida. Es el sentido mismo de la oración del rosario. Pero es posible
también (y ocurre a menudo) que te sientas más atraído por la segunda parte del avemaría, que es una
súplica: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra

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muerte”. Entonces no temas abandonarte a la inclinación de tu corazón, donde se unifica tu oración;
es el Espíritu Santo el que gime e intercede en ti y te transforma en oración viviente, como María en la
gloria.
37. Ahora que has escogido unirte a Cristo viviendo en María, debes elegir un punto de
partida; en realidad, es lo más importante de todo, porque todo se da en el comienzo. En la vida de
Jesús y de María, el punto de partida es a buen seguro la anunciación. Desde ese momento, Jesús es ya
hombre, como tú; es plenamente hombre entre nosotros, aunque en germen. A Teresa del Niño Jesús
le gustaba el misterio de la anunciación; decía que era el día en que Jesús había sido lo más pequeño, y
con razón. Y el papa Juan Pablo II dice que “el cristiano es un hombre de la anunciación y que la
anunciación es la síntesis de todos los misterios cristianos” (Annecy, 7 de octubre de 1986). Toda tu
vida de cristiano gira en torno al misterio de la anunciación como nexo espiritual, es decir, entrando
en ese misterio de María y viviendo en ella.
38. El Espíritu es quien formó el cuerpo de Jesús en el seno de María; él también te modela a
ti como hijo de Dios, te da un rostro propio, como modela la eucaristía. En ese sentido, naces en el
seno maternal de la Trinidad; pero como Jesús tomó cuerpo entre nosotros aceptando nacer y crecer
en el seno de María desde el primer momento de su concepción, para ti el crecimiento cristiano
consistirá en aceptar morar en María, como el hijo antes de su nacimiento. No que ella te dé la vida
divina, puesto que la adopción filial es obra del Espíritu Santo, sino que ella acepta esta vida contigo y
la hace crecer en su medio vital y maternal. Ésta es la intuición de san Bernardo: la vida cristiana es una
vida en el corazón de María. San Alberto Magno dirá que Dios Padre no cesa de comunicar su Palabra,
de formarla en ti por la acción del Espíritu Santo, pero siempre en el seno de María. Griñón de Monfort
dirá que debemos ser formados en María, es decir en el interior del corazón de María.
39. Toda tu existencia cristiana consistirá en dejar que Cristo se forme y crezca en ti, a fin de
que alcances la medida del hombre perfecto. Para que este crecimiento tenga lugar en ti de manera
armónica, necesitarás de la acción maternal de María y de sus disposiciones espirituales en la
anunciación. Su presencia discreta te ayudará a superar las etapas. Ella te enseñará su fe viva. La fe de
María en la anunciación es la adhesión total a la palabra y al pensamiento de Dios, más allá de las
propias “evidencias”, aun cuando no comprenda. María se adhiere simplemente a la simplicidad de
Dios; se adhiere a la palabra del todo simple, sin distancia. La segunda nota de la fe de María es su
abandono, su confianza total, que entraña el don de la vida: “He aquí la esclava del Señor. Hágase en
mi según tu palabra”. Y tiene siempre la invitación a la alegría, que reina permanentemente en su
corazón desde el momento en que le oyó decir ni ángel: “Alégrate, María, llena de gracia”.
40. Sería difícil reconsiderar todas las etapas de tu vida cristiana; pero no temas; con el
Espíritu Santo obrando en María estás en buenas manos. He querido insistir sobre todo en las
disposiciones espirituales de María en la anunciación, que han de ser las tuyas: su fe con sus notas de
sencillez, de abandono, de humildad, de obediencia y de alegría. En cuanto a la andadura, no depende
de ti conocer los tiempos y los momentos. Debes vivir en el instante presente. Vivir en el corazón de
María es dejar que el Espíritu Santo te haga participe de las disposiciones espirituales de su corazón.
Es la invitación espiritual más exigente, puesto que es la invitación al desprendimiento y a la
purificación.
41. En tu vida espiritual, María tiene una función de madre. Ella te educará para que entres en
relación con el Padre. En la oración mirarás a tu Padre del cielo con los ojos de María y escucharás sus

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palabras con los oídos de ella. ¿Qué decir entonces de tu relación con Jesús, puesto que él nace, crece
y vive en ti? Jesús está todo él “vuelto hacia”, es mirada hacia el Padre, todo entero adoración y acción
de gracias; al vivir en ti, te arrastrará en su movimiento de Hijo del Padre. Si te dejas atraer por María,
el Espíritu Santo te concederá participar de ese movimiento de Jesús. Formará en ti una humanidad
filial que te atraerá hacia el Padre. Por eso, de manera privilegiada, en esa aceptación del Espíritu
Santo, María te hace descubrir por encima de todo al Padre. Es el movimiento mismo de Jesús,
revelador del Padre. Griñón de Monfort y san Bernardo insisten mucho en enlazar constantemente la
acción de María con el Padre: es la influencia propia de María para ti. La función del Padre es
justamente la del origen. Cuando estás en la situación de niño, estás más cerca del don del Padre, el
cual ha comenzado a darte el germen de vida.
42. Si tomas a María contigo, ella será para ti una madre constantemente disponible, muy
delicada y exigente a la vez, dispuesta a aconsejarte y a guiarte a cada instante. Ejercerá su acción sobre
todo en la “guía” espiritual, puesto que tiene la misión de favorecer en ti el crecimiento de Cristo. Así
María te dispone a acoger las inspiraciones y las mociones del Espíritu Santo. Una moción es un
impulso del Espíritu en nuestra capacidad de obrar o de sentir. Sobre esta tela de fondo, una
inspiración es más bien una luz de tu inteligencia y el servicio de tus hermanos. Las inspiraciones se
reducen todas a palabras, pasen o no por el lenguaje de las palabras. Por supuesto, la guía interior de
la virgen María puede realizarse de manera implícita por la atracción del corazón o a través del camino
ordinario que son las peticiones de tus hermanos o las tareas que tienes prescritas.
43. Un gran espiritual, Jean-Claude Sagne, o.p., que conoce bien las comunidades de
Renovación, puesto que ha colaborado en el nacimiento del Camino Nuevo, va más lejos aún y escribe:
“A más de una persona le ocurre hoy recibir en el fondo del corazón consejos explícitos de la virgen
Marta en forma de palabras interiores. No hay por qué temer ser víctima de ilusiones presumiendo que
esos consejos son privilegio de los más dóciles al Espíritu Santo. María es la madre de los pobres. No
vacila en entrar más manifiestamente en la vida de las personas presa de graves dificultades morales y
espirituales, siempre que en el “ corazón está abierta la puerta de una confianza infantil”. De todas
formas, lo que permite discernir los consejos de María es la constancia de sus orientaciones habituales.
De manera discreta y progresiva, se trata de pasar de la obediencia a Jesús (“Haced todo lo que él os
diga”, Jn 2,5) a la obediencia a los responsables, a la humildad, a la delicadeza de la caridad fraterna
más cotidiana y concreta. María te invita a simplificar tu vida y a permanecer en el gozo del Magníficat.
María, la creyente, te atrae hacia la fe pura. Guardiana del corazón, te atrae hacia la pureza del amor.
Ella te da el sentido del misterio de la santidad de la Iglesia en sus sacramentos y sus ministerios.
44. ¿Cómo rezar a María? Ya he aludido al rosario, y deseo volver a él para terminar. Es el
equivalente de la oración a Jesús en Oriente, es decir, el medio pobre de sumirte en la oración
incesante. La intuición del rosario es vivir todas las escenas del evangelio con María. Acoges la palabra
de Dios, al verbo encarnado en María, con los ojos, el corazón, los oídos y todos los sentidos del
corazón de la Virgen. Es la experiencia que corresponde a la unidad de la vida mariana, cosa que se
produce en el rosario también. A algunos, la recitación humilde del rosario les lleva a la oración del
corazón y a la oración de simple mirada, como la de Jesús. Más los que viven en la oración continua,
no viven el rosario sólo como una oración preparatoria al silencio y a la oración.
45. El rosario se convierte en sí mismo en el tiempo del silencio, de la oración y de la escucha
de la palabra de Dios. Es una experiencia que vivir. Si eres fiel a la oración del rosario, el Espíritu Santo

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puede darte esa experiencia sencilla que hace que en el momento mismo en que oras a María
invocándola con las palabras que susurran tus labios, palabras que tus oídos perciben suavemente, se
te conceda en el fondo de ti mismo la palabra de Dios en un mismo acto y en el mismo momento. La
oración vocal es el sostén necesario para mantener tu atención a Dios y tu corazón en el silencio de la
oración. El rosario se convierte en sí mismo, y en el momento mismo de la oración vocal, en silencio,
y tú eres introducido en el silencio de María por el hecho mismo de hablarle. Hay una experiencia en
un doble nivel: con tu inteligencia y con tus labios murmuras palabras a María, pero en otra zona la
más profunda de ti se deja oír la palabra de Dios; el rosario te permite experimentar la unidad de la vida
mariana. Para escuchar la palabra de Dios en María basta que te dejes atraer por su silencio, para que
María pueda hablar a tu corazón.
46. Si experimentas la oración de simplicidad: el rosario, la oración del corazón de la Iglesia
de Oriente, la “oración a Jesús”, la oración litánica, aprenderás a conocer el fondo de ti mismo. En la
medida en que tu espíritu esté suficientemente ocupado por la repetición de las palabras del evangelio
o de los salmos, eres libre respecto a tu espíritu, quedas apaciguado por un trabajo mínimo de tu
inteligencia y, por el hecho mismo, eres llevado a descender a ti mismo. Bajo la dirección del Espíritu
Santo, exploras el fondo de ti mismo: el hombre interior, el lugar de la presencia de Dios en ti. Allí es
donde el Espíritu Santo te hace presentir en María ese lugar en el que obra, donde hace habitar a las
otras personas divinas, con él, en ti. Para decirlo en una palabra, es el corazón, en el sentido bíblico
del término, el lugar en el que Dios habita en ti, el fondo de tu alma. En la terminología de la escuela
francesa, es la fina punta del Espíritu.
47. Lo propio de la experiencia de la oración de simplicidad a María es hacerte descubrir en la
unión misma con la Virgen ese fondo de ti mismo en el que reside Dios en ti. Allí es donde habita la
palabra de Dios en ti antes de que puedas oírla, porque la palabra de Dios es más interior a ti que tú
mismo. Lo propio de la oración de simplicidad es unirte en el fondo de tu ser a la palabra viviente de
Dios, Jesús en el fondo de ti, esa palabra que te concede vivir y hablar. Eso es lo que descubres en
María. Retén esto, tú que te sientes tentado a buscar soluciones a tus problemas por el lado de las
ciencias humanas: sólo la experiencia de la oración puede revelarte ese fondo de tu ser que escapa a tu
conciencia ordinaria incluso después de un trabajo de rememorización. Sólo el Espíritu Santo puede
revelarte tu propio misterio, es decir, tu corazón como lugar en el que reside la palabra de Dios.
48. Cuando contemplas a María, ves que ella es la mujer perfecta, la que mejor ha coincidido
con la voluntad de Dios sobre ella, por lo cual triunfó plenamente en su vida. Y en la maravilla de ese
triunfo realizó plenamente su vocación y descubrió su propio nombre. También tú tienes una vocación
y un nombre propios que constituyen tu gozo en la tierra. Si te entregas a la Virgen y le rezas
intensamente, ella hará que descubras diariamente tu verdadero rostro, y entonces conocerás la
verdadera dicha. No tendrás ninguna dificultad en oír tu nombre cuando el Padre le llame a él.
49. Lo último que quiero decirte a propósito de María puede parecer un poco una
provocación: “Jamás rezarás bien a la Virgen si no la has visto”. Estas palabras me recuerdan otras de
Roben de Langeac: “No se reza bien más que en éxtasis”. Decía él esto a propósito de la adoración del
santísimo. Cuando sabía que estaba expuesto el santísimo, se sentía como fascinado e imantado por la
eucaristía y abandonaba todas sus ocupaciones para ir a la capilla. Este hombre de oración no pensaba
ni por un momento en fenómenos extraordinarios. Pensaba más bien que el que ora debe estar
totalmente fuera de sí (éxtasis) para estar en Cristo. Lo mismo ocurre con la palabra sobre María. No

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se trata de verla con los ojos del cuerpo, ni siquiera con una visión intelectual o imaginaria. Entonces,
¿de qué se trata?
50. Para hacértelo comprender, recurriré a un testimonio de la vida del padre Vayssière, o.p.
Estaba él en la ermita del Santo Bálsamo y había consagrado toda su vida a la virgen María. Un día,
durante un paseo, hablaba de María con un amigo suyo cuando, sin darse cuenta -pues luego se sintió
muy molesto- le hizo esta confidencia: “No sé qué me ocurre, pero la Virgen santísima está siempre
conmigo”. Y se apresuró a añadir para no descubrir su corazón: “Pero no se le puede pedir a todo el
mundo la confianza y la devoción totales a la Virgen, porque es una gracia que viene del Espíritu
Santo”. Ver a la Virgen no es solamente verla con los ojos de la carne -pues siempre se puede preguntar
si no somos objeto de una ilusión; además, la visión ha de terminar un día-, sino que es tener la
experiencia de su presencia a nuestro lado o incluso en nosotros mismos, al principio de una manera
intermitente y luego de forma continuada. Relee el número 45, y allí encontrarás esta intuición; pero
en lugar de hacer la experiencia del silencio y de la oración recitando el rosario, sentirás la presencia
de María. Apenas comiences el rezar el rosario, e incluso a menudo de improviso, estará ella allí; y,
mientras dices las palabras del avemaría, en el fondo de tu corazón o en el cielo, conversarás con ella
sobre todos los acontecimientos de tu vida. Después de largos años de experiencia, creo que esto es
“ver a la Virgen santísima”.

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13
ORAR POR LOS OTROS

1. “Velad y orad para no caer en la tentación. El espíritu es ardiente (lleno de amor), pero la
carne es débil” (Mc 14,38). Jesús no se comenta con invitarte a orar incesantemente, sino que al entrar
en el combate de la agonía, él mismo ora instantemente. Deberías tener sin cesar ante los ojos a Jesús
en oración en Getsemaní. ¿Por qué ora así Jesús con tanto ardor e insistencia? Sobre todo no vayas a
creer que pretende darte un ejemplo de oración continua. Jesús no hace nada para que sirva de
ejemplo: él existe y ora; es todo. Lo demás irradiará de él mismo.
2. Cristo acepta orar sin cesar no sólo porque ve a Dios y arde de amor por él, sino porque
experimenta hasta la angustia y el miedo, que su carne es débil y que necesita un socorro extraordinario
para cumplir el designio del Padre; acepta experimentar eso; es lo suficientemente humilde para ello
y nos invita a entrar en la humildad de orar, porque la carne es débil. Fíjate que fue un ángel el que le
socorrió en la agonía, y no la visión del Padre..., la cual estaba lejos de ser un consuelo para la debilidad
de la carne; era más bien un peso más abrumador todavía.
3. Al mencionar la “debilidad de la carne” no se habla tanto de “tentaciones” contra la carne,
según se entiende habitualmente, como del hombre sometido a la torpeza de la carne, a la debilidad, a
la degradación, a la prueba, al sufrimiento y a la muerte.
El que ora porque la carne es débil se encuentra en el fondo de la angustia (De profundis,
salmo 129), porque no aparta los ojos de ella y no se hace ilusiones...; pero por ello no corre ningún
peligro, está protegido por el Espíritu santo. Entonces estás en el centro del coraje de tener miedo,
como dice el padre Molinié2: te encuentras en peligro mientras que la debilidad de la carne no te da
miedo, y estás seguro una vez que oras porque te lo da, una vez que aceptas los sufrimientos que
animan a ese miedo.
4. Al contrario, el que no ora se sustrae a la agonía de Cristo; sus tentaciones son una mezcla
en la que intervienen sin duda la debilidad de la carne (lo que humilla), pero mucho más gravemente el
orgullo: el orgullo de la vida o el orgullo sin más, que le hace incapaz de resistir con éxito la debilidad
de la carne –convertida de hecho en él en orgullo de la vida-, a lo que no puede oponer más que el
orgullo de la virtud, que es todavía peor.
5. Puedes ver hasta qué punto es absolutamente necesario comprender por qué Cristo oró a
causa de la debilidad de la carne, para entrar en ese misterio de la oración por los demás. La carta a los
Hebreos dice que Cristo no es incapaz de compartir nuestra debilidad -la de la carne- porque fue
probado en todo a semejanza de nosotros. Por eso es capaz de compadecerse y de tener comprensión
con nosotros, porque también él se vio acosado por todas partes por la debilidad (Heb 4,15;
5,3).Justamente desde esa debilidad intercede por los hombres. La carta prosigue así: “Él, que en los

2
M. D. MOLINIÉ, El coraje de tener miedo. Variaciones sobre espiritualidad, Paulinas, Madrid 19882.

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días de su vida terrena ofreció oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas al que podía salvarle de
la muerte, fue escuchado por su obediencia” (Heb 5,7).
6. Si quieres interceder de veras, no puedes ahorrarte penetrar en lo más profundo de tu
miseria y del sufrimiento de tus hermanos. Como Cristo, habrás de experimentar la debilidad de la
carne y tendrás que clamar al Padre a fin de obtener un socorro extraordinario para cumplir su
designio. En todo caso, la oración no podrá jamás consistir en presentar cortésmente a Dios el
recuerdo de tus hermanos pidiendo que intervenga en su favor. Tu oración habrá de ser
verdaderamente una lucha, semejante al combate de la agonía de Jesús, en el que pondrás en la balanza
tu vida y la de tus hermanos. Para ayudarte a comprender esto, el medio más sencillo es también tomar
dos ejemplos de intercesión: el de san Silouane del Athos y el del rabino Souzya. También hubiera
podido elegir la intercesión de santo Domingo, que se pasaba las noches “rugiendo”: “¿Qué será de
los pecadores?”
7. Se le preguntó a Silouane: “Padre, ¿cómo es que vuestros obreros trabajan tan bien (era
responsable del molino del monasterio San Panteleimon, en el Athos), siendo así que no los vigiláis
jamás?”
“Lo ignoro -respondió-; todo lo que puedo deciros es lo que hago por la mañana; no entro
jamás en el taller sin haber primero rezado por esos buenos muchachos; voy a ellos con el corazón
lleno de compasión y de amor, y cuando entro en el taller los quiero tanto que lágrimas de amor
inundan mi alma. Les distribuyo la tarea para la jornada y, como estoy resuelto a orar por ellos todo el
tiempo que dure el trabajo, me vuelvo a mi celda y oro por cada uno de ellos en particular. Me pongo
en presencia de Dios y le digo: ‘Dios mío, acuérdate de Nicolás. Es joven, acaba de cumplir veinte
años, ha dejado en el pueblo a su mujer, que es más joven aún que él, y a su primer hijo. Puedes
imaginar qué miseria le ha forzado a dejarlos porque no podía mantenerlos sin su trabajo’. Al principio,
rezaba con lágrimas de compasión por Nicolás, su mujer y su hijo; pero a medida que rezaba, el
sentimiento de la presencia de Dios me invadía más y más; en cierto momento se hizo tan intensa que,
perdiendo de vista a Nicolás, a su mujer y sus necesidades y su pueblo, no tuve conciencia ya más que
de Dios solo. El sentimiento de la presencia de Dios me arrastró a un recogimiento cada vez más
profundo. De repente, en el seno mismo de esta presencia, encontré el amor de Dios, su misericordia,
y en el centro de ese amor, a Nicolás, a su joven esposa y a su hijo; entonces, con el amor mismo de
Dios, comencé de nuevo a orar por ellos; pero me sentí una vez más atraído a nuevos abismos en el
fondo de los cuales encontré otra vez el amor de Dios. Así es como se pasan mis días; oro por cada uno
de mis obreros sucesivamente..., al fin dela jornada les digo unas palabras, oramos juntos y vuelvo a mi
monasterio a cumplir mis obligaciones”,
8. Puedes comprender a través de estas palabras qué esfuerzo, qué combate y qué lucha exigen
la oración contemplativa, la compasión y la oración activa. San Silouane ora por los hombres del
mundo entero, pero ora también por los que le están más cercanos y los menciona por su nombre
delante del Señor. No ora solamente porque se siente conmovido por la miseria humana de Nicolás,
sino porque está sumido en la misericordia misma de Dios, y con ese amor mismo de Dios suplica al
Padre por sus obreros. Su oración es verdaderamente una súplica. No se contenta con decir: “Señor,
acuérdate de éste, de aquél y también del otro”. Se pasaba horas y horas orando con una compasión y
un amor que no eran más que una misma cosa en su corazón.

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9. Tomo el segundo ejemplo de la tradición judía, del libro de Martín Buber Récits des
Hassidim. Un hombre llamado Souzya era discípulo de uno de los grandes espirituales de su tiempo.
Viéndolo lleno de discernimiento y capaz de ayudar a las personas que acudían a él, le pidió que rogara
al Señor que le concediera la visión del bien y del mal en la gente. En respuesta a la oración de su
maestro, Dios le dio esta visión. Algún tiempo después, un mercader fue a ver al maestro de Souzya;
su vida había estado profundamente mancillada por el mal. El joven discípulo tuvo inmediatamente la
visión de la fealdad de su mal, y exclamó: “¿Cómo te atreves a presentarte ante el rostro de un santo
siendo tan impuro?” y el mercader se alejó. El maestro llamó entonces a su discípulo y le dijo: “Acaba
de llegar un hombre al que tú has echado. Sin embargo, era su última oportunidad”. Presa de horror,
el joven discípulo suplicó al maestro que orara para que no volviera a ver el mal. El maestro le respondió
que los dones de Dios son inalienables, pero que oraría al Señor que le concediera un nuevo don, el
de percibir con tal fuerza su identidad con su hermano que todo el mal que viera no lo vería como el de
otro, sino como el suyo propio.
Más tarde, Souzya hizo una peregrinación a través de Polonia. Un día llegó a un albergue, miró
al dueño y lo vio como Dios lo ve; ve el horror del mal en que vivía. El dueño del albergue le preguntó
qué deseaba, y el joven rabino le respondió: “Sólo un rincón en el que poder orar”. El posadero le
indicó un cuchitril, y luego dijo a su mujer: “¿Qué clase de hombre es ése? Está cansado, lleno de
polvo, no toma alimento alguno y sólo pide un rincón para rezar. Voy a ver lo que hace”. Se deslizó
hasta la puerta, la entreabrió despacio y vio al joven rabino orando ante Dios y exponiéndole la vida
entera del posadero como si fuera la suya propia, porque lo había sentido con una absoluta solidaridad.
De repente el posadero se vio frente a su vida tal como la veía el mismo Dios, y su corazón quedó roto;
se arrepintió y comenzó una nueva vida. Más tarde le preguntaron a ese mismo rabino cómo es que
todos los que acudían a él se sentían movidos a arrepentirse y a cambiar de vida. Él respondió: “Cuando
un hombre viene a verme que no quiere arrepentirse, desciendo, marcha atrás, hasta lo más profundo
de su pecado, y cuando he ligado el fondo de su alma con la raíz de la mía, ‘uno’ con él, comienzo a
arrepentirme de nuestros pecados. No puede menos de arrepentirse conmigo, puesto que nos hemos
convertido en uno”.
10. He ahí el testimonio de un hombre de Dios que reza por sus hermanos; pero con una
oración tal que éstos son presentados a Dios en su totalidad, aceptados por él en su radical pobreza sin
rechazar nada de su vida, ni siquiera su pecado. El orante va incluso más lejos, puesto que se identifica
con su hermano pecador e intercede con él y por él ante el Padre. Esta intercesión es posible para los
cristianos porque Cristo fue el primero en entrar hasta el fondo de nuestro infierno y de nuestro
pecado para interceder en favor nuestro ante Dios. En este sentido somos “salvadores” con Cristo,
porque participamos de su sacerdocio de intercesión. No somos solamente “salvados”, sino
“salvadores”, porque Cristo nos asocia a su cruz gloriosa y nos hace hijos del Padre, capaces de
compartir su súplica.
11. Jamás intercederás de veras por tus hermanos si no te sientes movido a compasión y
sacudido en lo más hondo de tus entrañas por sus sufrimientos. Es preciso que sientas en tu propia
carne su miseria física o moral, y ante todo su sufrimiento de ser pecadores. Acuérdate del humilde
zapatero de Alejandría, al cual fue san Antonio a preguntar el secreto de su santidad. Su respuesta fue
que no hacía nada extraordinario, pero que no podía soportar ver bajar al infierno a todos los que
pasaban delante de su puesto. Por ello suplicaba a Dios que le hiciera bajar con ellos al infierno, pero
que los salvara a todos.

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12. Para aprender a orar es preciso ante todo que te hagas solidario de toda la realidad del
hombre, de su destino, incluso del mundo entero, y que lo asumas totalmente. Ése es el acto esencial
que llevó a cabo Jesús en la encarnación, y por tanto en la intercesión. De ordinario, cuando piensas
en la intercesión, crees que consiste en recordarle cortésmente a Dios lo que se ha olvidado de hacer.
La encarnación consiste en dar un paso que te conduce al fondo de las situaciones trágicas, paso que
tiene la misma cualidad que el de Cristo, el cual se hizo hombre de una vez por todas.
13. Debes dar un paso que te lleve al centro de las situaciones de las que jamás podrás salir.
Esta solidaridad con Cristo está simultáneamente orientada hacia dos polos opuestos: Cristo
encarnado, verdadero hombre y verdadero Dios, es totalmente solidario del hombre en su pecado
cuando se vuelve a Dios, y totalmente solidario cuando se vuelve al hombre. Esta doble solidaridad en
cierto sentido te hace extraño a los dos campos, y al mismo tiempo te une a los dos: ésa es tu situación
cristiana básica.
14. Me dirás: “¿Qué hacer?” La oración nace de dos fuentes:
- O es tu comunión con el amor misericordioso de Cristo por todos los hombres y tu
participación en su intercesión viviente por todos los que se acercan a Dios pasando por él.
- O bien es el sentido de lo trágico, lo tuyo y lo de los otros sobre todo. Berdiaev decía:
“Cuando tengo hambre, es un hecho físico; si mi hermano tiene hambre, es un hecho moral”.
He ahí lo trágico, tal como se te presenta a cada instante. Tu vecino tiene hambre siempre; no
siempre la tiene de pan, sino con frecuencia de un gesto de amistad o de una mirada afectuosa. Ahí
comienza tu oración, en una comunión íntima con Cristo o una sensibilización al sentido trágico de la
vida.
15. Mientras subsiste esta sensibilización, la oración es fácil: sumido en la unión con Cristo,
oras fácilmente; lo mismo que oras fácilmente cuando estás afectado por una situación trágica o por el
sufrimiento de uno de tus hermanos. Mira todos esos hombres y esas mujeres que han sido columnas
de oración para el mundo; verás que todos han sido o grandes hombres de oración o bien hombres
hundidos hasta el cuello en la miseria de sus hermanos. Así Silvano del Athos oraba sin cesar por el
mundo dando la sangre de su corazón. No estaba en contacto con la miseria, pero Jesús le hacía
compartir su pasión de amor por los enfermos, los débiles y los pecadores. Fíjate en Gandhi, la madre
Teresa, el abbé Pierre, Dom Helder Camara: todos son hombres de intensa oración, por la sencilla
razón de que, después de haberse consumido del todo para aliviar a sus hermanos, experimentan que
todo lo que ellos no pueden hacer hay que confiarlo a Dios, el dueño de lo imposible (son palabras de
la madre Teresa). Entonces recurren a su arma habitual, que es la súplica.
16. Abre bien los ojos para ver el sufrimiento de tus hermanos, y tus oídos para escuchar el
grito de su miseria, igual que Dios se sintió conmovido por los gritos de los israelitas oprimidos por
los egipcios. El Señor está atento al menor grito que se eleva de la tierra, presa de los dolores de parto.
Existe un sufrimiento infinitamente mayor: el de ser pecador y no conocer el amor de Jesús salvador.
Es el sufrimiento del mismo Cristo a la vista de los que se pierden y descienden al infierno. Él hace que
sus amigos íntimos compartan este sufrimiento, como el humilde zapatero de Alejandría. ¿Quién
podrá comprender el sufrimiento del corazón de Cristo durante su pasión? Sufrió infinitamente más
por el rechazo de su amor, lo mismo por parte de los discípulos que del pueblo y de sus jefes, que por
los clavos que le sujetaron a la cruz: “Vino a los suyos y los suyos no le recibieron”. Ves cómo
insensiblemente se pasa del sufrimiento de los hombres al sufrimiento de Cristo.

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17. Tu comunión en la pena de los que sufren, enfermos o ultrajados, y tu capacidad de
compartir su carga no te vienen de una mera filantropía humana, de una compasión pasajera o de una
conmoción de tu sensibilidad, aunque esta experiencia de lo trágico sea una fuente de oración. Mas no
te aferres a ella demasiado, porque semejante compasión está destinada a disminuir deprisa hasta
desaparecer. Es por la oración perseverante, pura y sincera como recibes esa compasión, don de Dios
que te hace capaz no solamente de perseverar en esta comunión con los más débiles, sino también de
no poder ya vivir sin ellos (1 Tes 3,8) y de no encontrar reposo más que compartiendo sus penas y sus
sufrimientos. El secreto de este carisma reside en tu comunión con Cristo, en tu participación de su
amor infinito y misericordioso por los hombres. Así pues, tu comunión en los sufrimientos de los
hombres y tu comunión con Cristo dependen fundamentalmente una de otra en el más alto grado; de
modo que llevar la cruz de Cristo significa por el hecho mismo tomar parte en la cruz de los hombres,
sin restricción, hasta el fin.
18. Cuando disminuye la intimidad de tus relaciones con Cristo en la oración, es indicio de
que una seria enfermedad ataca a la oración en su esencia misma. Para los que obran, sirven a los demás
y oran por ellos, esto significa una gran pérdida, un fracaso seguro; entonces comienzan a entibiarse
y sentirse cansados. Para los que se consagran totalmente a la oración es señal de que corren el riesgo
de encerrarse en una oración separada de la vida, de regodearse de una cierta alegría de la unión con
Cristo o, lo que es más grave, se relajan en la oración incesante, dejando que penetre en ellos el espíritu
del mundo. A este punto, sólo con gran esfuerzo con consiguen orar por los otros. Luego descuidan
su vida de oración y quieren evadirse de ella. Finalmente se abstienen de ella y se agitan en una vida
muy penosa, porque sin Cristo es imposible seguir sirviendo a los demás con una acción fecunda,
continua y eficaz; y a Cristo no se llega más que con la oración.
19. Así pues, de tu unión verdadera, íntima y profunda con Cristo depende tu intercesión por
tus hermanos. Cuando sientes en ti el gozo de la comunión con Cristo en la oración y descansas bajo
la mirada del Padre, eso no quiere decir que tu oración haya llegado a su término. Al contrario, es una
invitación para que comiences a iniciarte en la oración que supera el entendimiento humano y que es
la oración de Cristo por todos los hombres. Entonces descubres que tu oración se convierte para los
otros en fuente de poder espiritual.
20. En tierra cristiana no hay más oración que la de Cristo, y lo que sabemos de ella por el
evangelio está siempre vinculado a su misión. Él ora por sus apóstoles antes de escogerlos, por la
santificación del nombre del Padre, por el establecimiento del Reino, por la unidad de sus discípulos
o por una curación. De hecho, Jesús ora siempre por los hombres, y cuando el Padre le glorifica,
inmediatamente indica que esta voz se ha escuchado por sus discípulos. Desde que el verbo de Dios
se encarnó dando un paso decisivo en el corazón de la humanidad doliente, su vida y su oración no
pueden permanecer ya separadas de la historia humana. Su intercesión continua está ligada a su
encarnación; y la teología afirmará que su sacerdocio está arraigado en la misma encarnación. Para
Jesús, existir es interceder por los hombres.
21. Desde el momento en que tomó carne, Jesús intercedió ante el Padre: “Él en los días de
su vida terrena ofreció oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas al que podía salvarle de la
muerte, y fue escuchado en atención a su sumisión” (Heb 5,7). Estas palabras aluden ciertamente al
grito de Jesús en la cruz, recogido por los tres evangelistas; pero su vida entera fue una larga súplica.
¿Y qué pasa con Jesús que vive hoy en la gloria? Ahora, cuando ha franqueado el umbral, ha resucitado

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y está en la gloria, Jesús continúa orando. Sí, Cristo está siempre en oración, Justamente ahí, en la
gloria -dejando a un lado el ejercicio del juicio reservado para el día de la parusía-, ésa es la principal,
si no la única, actividad que el Nuevo Testamento menciona de manera explícita sobre él.
22. Hoy la actividad de Cristo es toda ella espiritual, toda oración. Ahora, más que en la cruz,
no es más que oración. Es oración viviente. Sus manos están siempre alzadas en oración. El texto
fundamental aquí es el de Hebreos: “Por eso está en condiciones de salvar de una manera definitiva a
los que por él se acercan a Dios, porque vive siempre para interceder en su favor” (Heb 7,25). Si Jesús
está vivo y ha resucitado (Rom 8,31), es a fin de interceder por nosotros. Sigue en el cielo (Heb 7,25)
lo que comenzó en la tierra (Heb 5,7). Mas no hay proporción alguna entre la oración de la tierra y la
del cielo, porque ahora ha entrado en la gloria y se ha convertido en el sumo sacerdote que ha recibido
todo el poder al atravesar la muerte para desembocar en la resurrección. Ha recibido el nombre que
está por encima de todo nombre; por eso toda oración hecha en su nombre será siempre escuchada.
Todo lo que Jesús le pide al Padre presentándole sus heridas de amor lo obtiene.
23. ¿Eres realmente consciente de que Jesús está vivo para interceder en nuestro favor? Su
vida nueva de resucitado está constituida por su intercesión. Mientras no hayas visto abrirse los cielos
y a Jesús sentado a la derecha del Padre suplicando por ti no sabrás orar bien por los otros. El
resucitado debería poder decirte estas palabras que murmuró un día a alguien: “Te he dado la vida para
que supliques”. Cuando un hombre sale del abismo del infierno y es arrancado a la muerte puede
escuchar estas palabras. En adelante se sentirá atormentado por el deseo de orar por los otros, aunque
experimente a cada paso la debilidad de la carne que le aleja de la oración.
24. Al mismo tiempo arraiga en él la certeza serena y dulce de que un día estará realmente
unido a Cristo en su muerte y su resurrección. Y el Espíritu le hace comprender interiormente que la
vida eterna consistirá en conocer al Padre y al Hijo, y sobre todo en interceder por sus hermanos los
hombres. Esta seguridad le da una paz absoluta, porque lo que hace hoy en la fe lo hará mañana en la
luz de la gloria. Es la intercesión del cielo.
25. Todo esto se realiza por la unión con Cristo resucitado, que te confía los secretos de su
corazón y de su misión respecto a los pecadores. Recibes al mismo tiempo el poder de acabar su obra
y de vivir de su amor. El que ama a los pecadores como los ama Cristo, el que se compadece del
sufrimiento de los pobres y de los enfermos y está dispuesto a sacrificarse por ellos es justamente el
que es capaz de interceder en favor suyo y obtener su curación, su consuelo y su descanso. Cuando
Dios te cura de una herida o una enfermedad, te da una gracia de consuelo y de curación para tus
hermanos, sobre todo el poder de la oración.
26. En tu oración no te intereses por ti mismo, si no tu oración quedará mancillada. Cuanto
más avances en la oración pura, más te olvidas de ti mismo para interesarte y ocuparte únicamente de
las necesidades, de las preocupaciones y de la salvación de los demás. Cuando te olvidas de tus propias
necesidades en la oración y encuentras tu alegría únicamente en pedir, suplicar y trabajar por los
demás, entonces Dios mismo comienza a ocuparse de ti y a hacerse cargo de toda tu vida, tanto en el
plano material como en el espiritual, hasta en los más mínimos detalles. Dicho de otra manera, tú te
ocupas de los otros y Dios se ocupa de ti. Cuando limitas tu oración y tu súplica a las necesidades de
los demás, Dios colma tus necesidades sin que se lo pidas.

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27. Te preguntarás quizá cómo la oración puede tocar el corazón de los pecadores y los
extraviados. Con frecuencia es difícil, y hasta imposible, acercarse físicamente a los que están lejos;
por la oración te acercas a su corazón, te identificas con ellos como si tú mismo fueras pecador y
extraviado. ¡Acuérdate de Souzya! y todo esto antes incluso de que ellos te conozcan y te rechacen. Si
desde el fondo de tu corazón oras y llamas a Dios llevando el peso de sus faltas y de su extravío, Dios
los escucha a través de ti, y, a pesar de su negativa, el arrepentimiento asalta su conciencia y la llamada
a la conversión se hace tan apremiante que muy pronto se dirigen hacia Dios.
28. La oración es una fuerza de atracción por la cual el hombre atrae a su hermano por la
intercesión del Espíritu Santo; pues por el Espíritu Santo es como Cristo lo atrae todo a él (Jn l2,32)
y transforma en él la dualidad en unidad (Ef 2,14).
29. Un midrás de la Biblia tiene el presentimiento del papel indispensable de los intercesores.
Ese midrás apareció seguramente después de meditar sobre el diálogo de Abrahán con Dios a
propósito de los diez justos que salvarían a Sodoma y a Gomorra. En ese texto se dice que treinta justos
están sin cesar ante la faz de Yavé intercediendo por los pecadores (es un poco la oración de los santos
del Apocalipsis). Cuando uno de ellos muere, Dios suscita otro que le reemplace: “Porque ha
conocido el sufrimiento, el justo mi servidor justificará las multitudes, cargará con sus pecados..., ha
contado con los pecadores cuando llevaba el pecado de las multitudes e intercedía por los pecadores”
(Is 53,11b-12).
30. Últimamente he estado en relación con un monje del monasterio de San Macario, en el
desierto de Escetes; me ha escrito toda una carta pidiéndome que ore por él y por su monasterio con
mucha insistencia. Yo tenía la impresión de que los papeles se habían invertido, a no ser que se tratase
de una piadosa formalidad, como ocurre a menudo cuando pedimos a alguien que rece por nosotros.
Pero al tomar contacto con el padre espiritual del monasterio, el padre Matta-el-Maskine, comprendí
que se trataba de una convicción profundamente arraigada: “No son sólo los pecadores y los
extraviados los que tienen necesidad de que se rece para que se conviertan y lleguen al conocimiento
de Dios; también nosotros tenemos gran necesidad de las oraciones de los demás” (son sus propias
palabras).
31. Como yo insistiera en mi deseo de que me aclarara este tema, me explicó por qué había
que rezar por nosotros. La razón es sencilla: es que también nosotros somos pecadores. Descuidamos
examinar nuestra conciencia y dejamos en ella faltas graves. Omitimos acusarnos de ellas durante
muchos años, y ellas contribuyen a debilitar nuestra vida espiritual. ¿O es que no hay en nosotros fallas
ocultas, invisibles, que sólo el Espíritu Santo puede revelarnos (el pecado que no nos molesta)? A
causa de ello nuestra alma se encuentra privada del poder de Dios y de la acción manifiesta de su gracia.
Hablamos de los pecados de los hombres, rezamos por los otros, mientras que el pecado está latente
en nuestros miembros, mancilla nuestros pensamientos y fomenta nuestras pasiones.
32. Tenemos grandísima necesidad de que recen por nosotros con fervor, a fin de que el
Espíritu Santo nos descubra los pecados ocultos en el fondo de nuestro corazón y nuestra conciencia
se convierta. Entonces podremos recibir en nosotros el poder de Dios y nuestras oraciones y obras
quedarán reavivadas por el dinamismo manifiesto de su gracia.
33. Cuando pides a alguien que rece por ti, el Espíritu despierta tu ser interior y te otorga el
gusto de la oración. Las oraciones de los otros son como dardos inflamados, fulgurantes, que iluminan

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tu conciencia e inflaman tu corazón para que busques la conversión y la salvación. Sobre todo los
monjes, los ermitaños, los de clausura y los que consagran su vida a la oración tienen necesidad de la
oración, a fin de que no desistan día y noche de convertirse y suplicar.
34. El patriarca Justiniano de Rumania pedía a sus fieles y a sus monjes que rezaran por todos
los que no saben orar, no quieren orar o no pueden orar. En el fondo, tu súplica por los demás se
reduce a pedir la gracia de la oración para todos tus hermanos, y en primer lugar para ti.
35. Hasta los santos, los profetas y los apóstoles tienen necesidad de la oración de los demás.
Sin la oración de Cristo por él, san Pedro se hubiera hundido para siempre en su negación y su fe
hubiera fracasado sin remedio (Lc 22,32). Asimismo, si la Iglesia no hubiera rezado por él sin
descanso, hubiera terminado su vida en la cárcel de Herodes (Hc 12,5). El mismo san Pablo estaba
persuadido de la importancia de la oración de los otros para que se le concediera “abrir la boca” para
anunciar el mensaje del Espíritu y perseverar en su ministerio. Por eso no dejaba jamás de pedir a cada
Iglesia que orara por él (Ef 6,19; Col 4,3; Rom 15,30).
36. Quienquiera que seas -obispo, sacerdote, apóstol, evangelista, catequista-, no puedes
contar únicamente con tu propia oración, aunque ores mucho, incluso todo el tiempo, sino que tienes
verdaderamente necesidad de que los otros recen por ti -sobre todo los pequeños, los pobres, los
enfermos-, a fin de que seas enteramente colmado del poder divino y de que la gracia suscite en ti
nuevas energías.
37. La oración de los otros se convierte, para el que obra y predica, en una fuente
irreemplazable de energía espiritual. Cuanto más fervorosas son las oraciones de los otros por el
apóstol, más eficaz es su acción. Mientras se persevera en doblar las rodillas por él ante el Señor,
persiste el ardor de su acción y sus palabras reciben el poder y la eficacia del Espíritu. Mientras que
Moisés mantenía las manos alzadas en súplica, Aarón conseguía la victoria sobre Amalec; cuando cedía
en su intercesión, el enemigo se recuperaba. Por eso colocaron piedras bajo los brazos de Moisés para
sostenerle en su oración: “Moisés y el sacerdote Aarón, Samuel el suplicante y todos rogaban al Señor
y él les respondía” (Sal 98,6).
38. “La oración es la palanca con la cual se levanta el mundo”, decía Teresa de Lisieux.
Silouane añadía: “El mundo se mantiene gracias a la oración de los monjes”. Si la oración cesara en la
tierra, habría que preguntarse qué iba a ser de nuestra humanidad. Por eso no hay que pedirles a los
monjes otras cosas que puedan distraerles de la oración y apartarles de su súplica incesante.
39. “Quizá digas que no hay ahora monjes de esos que oran por el mundo entero; pero yo te
diría que si no hubiera en la tierra semejantes hombres de oración, habría llegado el fin del mundo y
grandes calamidades se abatirían sobre él; ya las hay ahora.
El mundo subsiste gracias a las oraciones de los santos; también el monje está llamado a orar
por el mundo entero. Ése es su servicio; por eso no le encarguéis preocupaciones de este mundo que
le apartarían de la oración. El monje debe vivir en una permanente sobriedad; pero si se deja arrastrar
por las ocupaciones del mundo, tendrá que comer más y no podrá ya orar como es preciso, porque la
gracia se complace en vivir en un cuerpo consumido” (Staretz Silouane, por SOPHRONY) .
40. No vayas a creer que tú estás dispensado de oral por los otros porque no seas monje. Todo
cristiano debe compartir esa carga de la oración por el mundo. Puede que no lo entiendas al comienzo
de tu vida de oración, pero un día descubres que la oración es el medio por el cual pasa tu relación con

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los hermanos. Experimentas que tu oración se ha convertido para los demás en una fuente de vida y de
poder, según las palabras de san Juan: “Si alguno ve a su hermano cometer un pecado..., que ore por
él y le dará la vida” (1 Jn 5,16). El que ora por los otros hace revivir almas muertas o en vías de morir,
según las palabras del Señor: “Devolved la vida a los muertos” (Mt 10,8).
41. Ves la gran responsabilidad que te incumbe. Si cesas de orar por los pecadores que viven
a tu alrededor y descuidas suplicar en favor suyo, no socorres a personas en peligro, que corren el
riesgo de morir en su pecado. La negligencia en la oración tiene graves consecuencias. El pecador
muere en su pecado por no haberse despenado su alma mediante tu oración. ¿Ves la gravedad de la
oración y su importancia? El que sabe hacer el bien y no lo hace se carga con un pecado (Sant 4,
17).”Por mi parte, lejos de mí pecar contra el Señor dejando de orar por vosotros” (1 Sam 12,23).
42. Al principio de tu vida espiritual descubrirás que la oración es necesaria; según vayas
progresando, verás que es esencial a la vida del Espíritu en ti. Mas si estás iniciado en el misterio de la
oración por los otros, comprenderás que es una de las más graves responsabilidades que jamás Dios
haya confiado a los hombres.
43. Berdiaev cuenta la historia de un sacerdote ruso muerto en el momento de la revolución.
Sin ser monje, la irradiación de su santidad había hecho de él un staretz muy visitado. Había adquirido
la costumbre de anotar en un cuadernillo el nombre de todas las personas a las que había prometido
orar por ellas, e intercedía cada día por ellas nombrándolas ante el Señor con la oración a Jesús. Es una
práctica corriente entre los orientales en la liturgia, en el momento de la prótesis. Hay que confesar
también que es una ascesis exigente; pero a veces sentirás la gracia de la oración después de haber
acabado la lista. Cuanto más avances en la oración, más libre deberás sentirte de todos esos métodos.
A menudo te bastará suplicar con el deseo de comprender en tu oración a todos tus hermanos.
44. En cuanto a mí, me gusta orar por mis hermanos con las mismas palabras de Cristo en la
oración sacerdotal: “Yo te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado;
ellos son tuyos, y todo lo que es mío es tuyo, como todo lo que es tuyo es mío, y yo he sido glorificado
en ellos” (Jn 17,9-10).”No ruego sólo por ellos; ruego también por los que gracias a su palabra creen
en mí; que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti; que también ellos sean uno en
nosotros, a fin de que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,20-21). Todo está dicho en esta
oración que Jesús repite en ti por todos los que el Padre te ha dado y a quienes tú has comunicado la
Palabra.
45. Por tu oración te conviertes en sacerdote, en el sentido de que te haces responsable de la
salvación de los demás y capaz mediante el don de ti y el amor de participar en el sacrificio y el
sacerdocio de Cristo. Hoy él ejerce su sacerdocio por su amor e intercesión; es nuestro defensor ante
el Padre: “Hijos míos, no pequéis. Mas si alguno peca, tenemos un defensor ante el Padre, Jesucristo,
que es justo; porque él es la víctima de expiación por nuestros pecados; y no sólo por los nuestros, sino
también por los del mundo entero (1Jn 2,1-2).
46. Jesús es el Paraklétos, el abogado o el defensor, que toma nuestra defensa ante el Padre.
Hoy, en la gloria, no puede hacer más que eso; es su misión esencial. Pero no quiere interceder solo;
quiere asociarnos a su oración. Por eso nos ha enviado del Padre otro Paraklétos, el Espíritu Santo, el
cual ora en nosotros con gemidos inefables. En el evangelio de san Juan, el Paráclito designa siempre
el Espíritu Santo, mientras que en su carta Juan designa con esa palabra a Cristo. Jesús nos envía al

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Espíritu Santo para unirnos a su misión de intercesor delante de Dios. Él es el Intercesor, el Defensor,
el Consolador. Cuando llamas en ti al Espíritu Santo, él ora en ti y te arrastra en la intercesión de Jesús
por todos los hombres delante de Dios.

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