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25 años de Literatura Chilena

Artículo publicado en Revista Vea, Santiago de Chile, 1964

No puede ignorarse la acción de las revistas en el impulso de la literatura nacional. En 1939 surgió
Babel, desgraciadamente desaparecida más tarde En 1944 se funda Occidente, de espíritu liberal y
acogedor. El 15 de Julio de 1948 salió Pro Arte, que abrió perspectivas notables a la crítica plástica
y mantuvo una línea avanzada intelectual. En el campo católico se distinguió Estudios, cuyos
colaboradores, en gran número, se trasladaron, más tarde, a Finis Terrae, órgano de la Universidad
Católica de Santiago. La Sociedad de Escritores de Chile ha mantenido la revista y las ediciones
Alerce, de sostenida calidad. La Biblioteca Nacional ha patrocinado la voluminosa publicación
titulada Mapocho, de gran amplitud ideológica. El Partido Socialista sostiene la revista Arauco, de
tendencia marxista, con predominio de lo político y social. El comunismo sustenta la continuidad de
Principios, también saturada de un criterio marxista-leninista. La Revista de Filosofía, patrocinada
por la Universidad de Chile. Con elevado nivel, sirve de expresión a un grupo de especialistas de tipo
académico. Los Anales de la Universidad de Chile han cambiado su estructura y modernizado sus
páginas bajo la dirección de Alvaro Bunster sirviendo con eficacia a la cultura superior. El Instituto
de Literatura Chilena ha publicado seis números de su Boletín, después de su fundación, el 24 de
septiembre de 1960. Es una revista distinta y especializada, que sirve a un público de profesores e
investigadores. La Sociedad Chilena de Historia y Geografía y la Academia Chilena de la Historia
poseen sus respectivas revistas con rigor y severidad en la selección de los colaboradores.
Finalmente, la Universidad de Concepción, durante cuarenta años, ha financiado las páginas de
Atenea. En cuyas columnas han colaborado los principales escritores del país y muchos extranjeros.
Quedan afuera de esta reseña las publicaciones ocasionales y algunas que no entran, estrictamente,
en el camino literario.

LA PROSA NARRATIVA

La generación de 1938 que otros ubicaron en 1940, dio origen a una amplia perspectiva social y
humana en el arte. En 1941, año señero, el Jurado del Concurso Literario del Cuarto Centenario de
Santiago, junto con una obra mediocre, concedió el premio a Francisco Coloane, con su colección
de relatos Cabo de Hornos. Se revelaba un mundo desconocido, el magallánico, que nunca antes
fue penetrado con visión artística por un narrador chileno. La consagración de Coloane fue rápida y
correspondió a su indiscutible calidad descriptiva y a su valor psicológico. Entre las sorpresas
ofrecidas por el Concurso estuvo la aparición de dos novelistas de fibra y plenos de sentido social
Reinaldo Lomboy, con Ranquil, extensa obra que narra un levantamiento de campesinos en la zona
de Bio-Bio; y Nicomedes Guzmán, con La sangre y la Esperanza, pintura auténtica y despiadada de
la vida en un conventillo santiaguino.

Un hecho curioso caracteriza a Guzmán; es el primer escritor chileno salido de un núcleo proletario
de la capital y su visión del mundo corresponde a una vivencia desconocida por las generaciones
anteriores. Entre 1940 y 1950 se usó y abusó de la llamada interpretación social del arte, con
resultados diversos. Pero, en el conjunto de la producción narrativa se pueden recoger síntomas de
una actitud colectiva: desplazamiento geográfico hacia regiones poco analizadas o entrevistas con
un criterio localista o de un criollismo pintoresquista de vuelo corto; pintura cruda de las condiciones
de la existencia obrera y campesina; estudio del proletariado marginal del gran Santiago, del roto
vagabundo y desarraigado del conventillo de la ciudad, de la clase media resentida y hundida en su
mediocridad económica y del burócrata sin destino.

Aunque cronológicamente Daniel Belmar es anterior a la generación de 1940, sus temas inciden en
sus preocupaciones. En Roble Huacho hizo una aparición resonante en el mundo de la novela, pero
su mayor éxito fue Coirón (1952) que evoca la existencia de una familia chilena establecida en el
Neuquén, con gran vigor y colorido. En Oleaje, Ciudad Brumosa, Sonata y Los Túneles Morados
ofrece otros aspectos de su arte y describe con fuerza y originalidad el ambiente provinciano del sur
de Chile.

El más prolijo estilista de todo el grupo revelado alrededor de 1940 es Juan Godoy, escritor y
profesor de castellano. En Angurrientos (1940) se detiene en el análisis de la miseria y el hambre de
un grupo de vagabundos que existen en la periferia de Santiago. Después de publicar varias novelas
cortas vuelve a dar una nota realista y minuciosa en el examen de carácteres desentrados y
alcohólicos en Sangre de murciélago (1959), con una prosa de calidad y atisbos psicológicos notables
sobre el carácter del chileno de la clase media y el pueblo.

Gonzalo Drago es un autodidacto que ha conocido la dureza de un medio social inclemente como el
de los grandes minerales, cuya pintura hace en Cobre (1941). En Surcos (1948) traslada la acción al
escenario campesino, con menos intensidad, y se refiere a la vida en un cuartel en su novela El
Purgatorio (1951). Las costumbres tradicionales de Chiloé, que más tarde atraerán la atención de
los nuevos narradores, sirven de pivote a la novela de Nicasio Tangol titulada Huipampa, tierra de
sonámbulos (1941), de riquísimo contenido folklórico, sexual y mágico. Con Tangol surge un ángulo
inexplorado de la psicología chilota, cuyas diversas facetas bastante complicadas han calado Rubén
Azócar, Francisco Coloane, Marta Jaray Edesio Alvarado, Después de ser conocido como un fino
lírico, el escritor Oscar Castro se consagró a la novela y el cuento. Sucesivamente dio a luz estos
libros de tipo narrativo: Huellas en la tierra (1940), La sombra de las cumbres (1944), Comarca del
jazmín (1946). Llampo de Sangre (1950), La vida simplemente (1951) y Lino y su sombra (1951). En
Llampo de Sangre culminó su experiencia y su estilo, que surge más rotundo y compacto al evocar
la vida de los mineros en las serranías de Alhue, en un medio dominado por la ilusión y lo
supersticioso de nuestro pueblo. Castro murió en 1942 y dejó una extensa producción lírica, aparte
de sus cuentos y novelas.

Un modo de encarar muy moroso y un conocimiento inusitado de la vida y costumbres nacionales


se hallan en Juan Modesto Castro, autor de Cordillera adentro (1937), Aguas estancadas (1940) y
Froilán Urrutia (1942). En la segunda de esas novelas se traza un extraordinario cuadro de las
derrotadas naturalezas de un conjunto humano contemplado a través 0de la sala común de un
hospital santiaguino. En Froilán Urrutia, con una abusiva utilización del lenguaje de los rotos, se
describe la cordillera vecina a Santiago, y se crea un tipo inolvidable por su malicia criolla y su
nomadismo característico de la raza. El que yo bauticé como neocriollismo posee en Froilan Urrutia
uno de sus ejemplares más representativos.

Leoncio Guerrero, discípulo de Mariano Latorre, prosiguió su línea descriptiva, con menos
minuciosidad, en Pichamán (1940), y Las dos caras de Guenechén (1949), que constituyen dos series
de cuentos. En sus novelas Faluchos (1946) y La Caleta (1957) los temas marítimos se mantienen
con interés, pero con distinta intensidad al ser elaborados.
Una de las zonas enriquecidas por medio del tratamiento interpretativo de la generación de 1940
fue la del Norte. Andrés Sabella en Norte Grande (1944) intentó sin una realización plena un gran
friso descriptivo de esa región, con serios logros y escenas vívidas, pero también con mucho de
esquemático e impresionista. En la misma línea se halla Luis González Zenteno, desaparecido
prematuramente, con Piratas del Desierto (1953), Caliche (1954), Los Pampinos (1956) y Una
Lágrima para el juez (1961). Por encima de sus caídas de estilo y debilidades técnicas, supo dar a sus
narraciones un tono vivo y directo de gran valor para conocer las duras condiciones de vida y las
luchas obreras en Iquique y la pampa salitrera. El desierto y la vida en la zona de Antofagasta han
animado la pluma de Mario Bahamonde en Tres cuentos del Norte (1943), Pampa volcada (1945),
De cúan lejos viene el tiempo (1951), Huella rota (1955) y Ala viva (1956). Su conocimiento del
ambiente se expresa con notables caracteres y acentos dramáticos que dan relieve a los
protagonistas.

El político y ensayista comunista Volodia Teitelboim en sus dos novelas, Hijo del Salitre (1952) y La
semilla en la arena (1957), demuestra su conocimiento de la técnica narrativa y presenta, en la
primera, un panorama animado y certero de la vida y las condiciones sociales en la pampa salitrera.
También reconstruye con diligencia y documentación de primera mano la vida del líder proletario y
patriarca comunista, Elías Lafertte. En la segunda obra se exhibe un campo de presos políticos que
existió en Pisagua durante el gobierno de Gabriel González Videla, con una adecuada interpolación
de diversas experiencias vitales de un grupo de recluidos.

Un poco posterior a la plena vigencia del carácter social de la generación de 1940 se conoció la obra
Tierra fugitiva (1954), de Manuel Guerrero, de gran valor por la pintura colectiva de los pequeños
agricultores de los valles vecinos al río Larqui. Es un poderoso evocador y un atrevido novelista que
compensa la densidad, de ciertas escenas por su sentido épico de la tierra y su vigoroso acento
realista.

En la novela de ciudad, con una técnica moderna, se destaca Guillermo Atlas con El tiempo banal
(1955), singular aportación de tipos y costumbres santiaguinas en una etapa de su crecimiento
urbano.

En esta reseña se han omitido los autores ya consagrados con anterioridad a 1939. Muchos no se
renuevan, algunos desaparecen, otros callan, pero son raros los que mantienen su fuerza creadora.
Marta Brunet en 1956 publica en Buenos Aires Humo hacia el sur. En 1948, después de Tamarugal
(1944), Eduardo Barrios consigue el mayor éxito del año con su extensa novela Gran Señor y
Rajadiablos. Un éxito similar obtuvo Manuel Rojas en su máxima creación narrativa con la novela
Hijo de Ladrón (1951), donde inicia una trilogía que continúa en Mejor que el vino (1958) y Sombras
contra el muro (1964).

No cabe aquí la mención de todo lo editado entre 1939 y 1950 en el campo de la ficción, pero
conviene destacar un hecho decisivo que se perfila en ese lapso: el aumento, a veces torrencial, de
la literatura narrativa femenina, cuyos valores máximos se revelaron antes en la obra de Marta
Brunet (1923) y María Luisa Bombal (1935).

Los temas de la generación de 1940 comenzaron a agotarse al cabo de un decenio, y brotaron


síntomas de una sensibilidad que se apartaba de sus temas y preferencias.
La generación de 1950, tan discutida y discriminada, demostró, salvo un sector, indiferencia por los
temas sociales y la novela proletaria. Sin embargo, su actitud polémica, fundada en un intento de
análisis interior del hombre, proporcionó una imagen crítica de la sociedad y ahondó en los rasgos
psicológicos de los individuos. Uno de los integrantes de la nueva promoción, Pablo García, expresó
que ella le volvía la espalda al hecho político y no quería nada con los partidos. Además, no se hallaba
visible una renovación de los temas sociales de izquierda tan positivos en la novela y el cuento, a
partir de 1938. Los principales animadores de la generación de 1950 (de 1952, según García) han
sido Enrique Lafourcade y Claudio Giaconí. El primero es cuentista y novelista, pero sobresale más
en el segundo género. Posee una cultura madurada en el viaje y en la observación. Desde El libro de
Kareen (1950) hasta Invención a dos voces (1963) su estilo se ha ido afinando y su dominio de la
técnica le permite componer un argumento complicado y fantástico con atrevidos recursos. En Pena
de muerte (1952) afronta un tema escabroso con desparpajo evocativo y expresiva prosa. En otras
novelas y cuentos busca argumentos cosmopolitas y reviste su prosa de un exotismo desusado.

Claudio Giaconi se consagró en su colección de cuentos La difícil juventud (I954), donde persigue el
buceo psicológico y una superación de los criollistas anteriores. Otro grupo de narradores
importantes de la nueva tendencia son Luis Alberto Heiremans, con Los niños extraños(1950), Los
demás (1952), Seres de un dia (1960) y Puerta de Salida (1964), con progresivo dominio en el
examen de caracteres y también de sujetos anormales: Jorge Edwards, con El país (1952) y Gente
de la ciudad (1961), donde mezcla la sátira y un humor acendrado en sus evocaciones santiaguinas:
Pablo García, ácido y corrosivo en su análisis de un mundo sórdido y el Bar Pompeya (1958). muy
superior a su primer libro. El tren que ahora se aleja (1952), y Armando Cassigoli, autor de
Confidencias y otros cuentos (1954). Con otra perspectiva se exhibíó Herbert Müller, en Perceval y
otros cuentos (1954) y Sin Gestos, Sin Palabras, Sin Llanto (1955), con economía de lenguaje y
escueta estructura narrativa. Junto a Lafourcade se dio a conocer, en 1955, José Donoso autor de
Veraneo y Otros Cuentos (1955). Dos Cuentos (1956), Coronación (1953) y El Charleston (1960).
Descontando la maestria de algunos de sus cuentos, su creación más maciza y compacta es la novela
Coronación, considerada por la crítica extranjera como la obra más representativa del ciclo iniciado
en 1950. Paralelamente, en el campo católico, surge José Manuel Vergara con su novela Daniel y los
leones dorados (1956), donde se sostiene un argumento en que lo religioso, lo erótico y lo
psicológico se mezclan atrevidamente. En Cuatro estaciones (1958) no consigue la misma
intensidad, a pesar de que la narración posee momentos de efusiva vitalidad. Buena técnica al
afrontar asuntos muy originales exhibe en desolados relatos Guillermo Blanco, autor de Sólo un
hombre y el mar (1951) y Misa de réquiem (1959). Fernando Rívas en Ruidos en el espejo (1960)
cultiva lo grotesco en medio de situaciones donde brotan su humor y su desenfado. Entre las
revelaciones jóvenes se puede citar a Cristian Huneeus, que se inició con un volumen muy decoroso
y promisorio con el rótulo de Cuentos de cámara (1960). El ambiente burocrático mereció un cruel
análisis, despiadado y riguroso, en El Cepo, novela de Jaime Laso dada a luz en 1958, cuyos
personajes se mueven entre lo mediocre y lo sórdido.

De una generación aparecida alrededor de 1938 es Fernando Alegría, ensayista, crítico y biógrafo
de diversos personajes chilenos. Pero ninguna de sus obras anteriores alcanzó el éxito y la
resonancia de su novela Caballo de copas (1958), coloreado retablo de la vida de diversos chilenos
en California. Junto a Alegría prosiguen su continuidad en la producción de relatos diversos
escritores que se iniciaron antes, como Lautaro Yankas, seudónimo usado por Manuel Soto Morales;
Hernán del Solar, Marín Brunet, Manuel Rojas González Vera, Salvador Reyes. Luis Enrique Délano,
aparte de Fernando Santiván, cuyas Memorias de un Tolstoyano (1955) significan la culminación de
su arte narrativo. Entre los éxitos que han señalado una sorpresa en ei cuarto de siglo reseñado se
pueden citar, junto al anterior. Gran Señor y Rajaaiablos, de Eduardo Barrios (1948) Jemmy Button,
de Benjamín Subercaseaux (1950), Frontera, de Luis Durand (1949) e Hiío de ladrón, de Manuel
Rojas (1951).

No puede ignorarse tampoco, en un género distinto, la resonancia popular de la Historia de Chile,


de Francisco Antonio Encina, empezada en 1940 y que consta de veinte volúmenes Es uno de los
libros más difundidos de nuestro tiempo y posee más lectores que cualquier novelista de categoría.

Al cerrar esta apretada síntesis de la novela y el cuento no puede omitirse a Edesio Alvarado, con
sus relatos Venganza en la montaña (1960), La captura (1961) y El caballo que tosía (1962). Evoca
con fuerza y sugestión la tierra chilota y el embrujo de sus leyendas, a la vez que describe episodios
de bandidos en su lucha con los carabineros en la zona austral del territorio.

Sería interminable la lista de narradores aparecidos entre 1939 y 1964, pero merecen mencionarse
al lado de los anteriores Carlos Droguett, con su magnífica novela Eloy; Luis Merino Reyes, con
Regazo Amargo y Ultima Llama, de tendencia psicológica; Luis Oyarzún, con Los dias ocultos (1955),
de gran sutileza al describir la infancia; Baltazar Castro, con Piedra y nieve (1943), Sewell UH6), Un
hombre por el camino (1951) y Mi cantarada padre (1958), de sólido realismo, y Hernán del Solar,
imaginativo y fantástico en su conjunto de cuentos La noche de enfrente (1952).

La literatura femenina ha tenido un desarrollo extenso que parecía imposible de alcanzar en las
primeras décadas del siglo. En la novela, con posterioridad a Marta Brunet, Marfa Luisa Bombal,
silenciada por muchos años; Magdalena Petit, conocida por sus biografías noveladas, y María Plora
Yáñez, siguen incontables narradoras de diversa calidad y dimensión espiritual. Se han distinguido
en el cuarto de siglo aquí revistada Chela Reyes, con Puertas verdes y caminos blancos (1939) y Tía
Eulalia (1951); Marta Elba Miranda, con Aposentos de brujos (1943) y La heredad (1954), donde
describe, el valle de Elqui; Maite Allamand, con la novela Renovales (1946} y valiosas historias cortas;
Luz de Viana (Marta Villanueva de Bulnes), con No sirve la luna Manca (1945), La casa miraba al mar
(1948) y El licenciado Jacobo (1954), obras alejadas de toda tentación realista; Carmen de Alonso,
fecunda relatista y cultivadora de los temas infantiles, y Teresa Hamel, con Negro (1951), El
Contramaestre (1951), Raquel devastada (1959) y Gente sencilla (1960).

Dentro de la generación de 1950, las mujeres han tenida una aportación muy novedosa y decisiva.
Un poco antes, en el universo de la evasión del realismo, con una esencia introspectiva, se
singularizó María Carolina Geel (seudónimo de Georgina Silva Jiménez), a través de las páginas
sutiles de su libro Del mundo dormido de Yenia (1946). Luego prosiguió con Extraño estío (1947).
Soñaba y amaba el adolescente Perces (1956) El pequeño arquitecto (1956) y Cárcel de mujeres
(1956), siempre enclavados en un terreno de complicadas psicologías y obscuros sentimientos.
Mana Jara ha conseguido una sólida reputación con sólo dos obras El Vaquero de Dios (1949) y
Surazo, con "equivalencia de ambiente y de peripecia", según apuntó el crítico uruguayo Ángel
IJama. "Se ha situado entre ' los valores más atrevidos de su generación a Margarita Aguirre, con
Cuaderno de una muchacha muda (1951) y El huésped (1958) de apretado análisis psicológico, a la
vez que reproduce una experiencia del mundo de la infancia. María Elena Gertner con intromisiones
anteriores en el teatro y la poesía, se estrenó en la prosa de ficción en su obra Islas en la ciudad
(1958), de bien trabada intriga que presenta crudamente la existencia de la alta burguesía
santiaguina. Más tarde publicó Después del desierto (1961) y Páramo Salvaje (1963), en cuyos
capítulos, a veces de aguda sexualidad al plantear el proceso del deseo, en contrapunto oon tabus
religiosos y morales. Sin agotar la lista de mujeres dedicadas a la narración debo mencionar a Elisa
Serrana y a Mercedes Valdivieso, surgidas paralelamente, pero con distintas preocupaciones y
motivos La primera se reveló con Las Tres Caras de un Sello, novela de intriga, de ambiente
santiaguino, con cuadros osados y realistas. Más adelante, en Chtlena. Casada, Sin Profesan (1963),
amplió el medio con una historia que transcurre en Chile y la India, dentro de una tendencia
psicológica y un estilo con agradables atisbos poéticos. En Mercedes Valdivieso impera la crítica de
la alta burguesía y de los prejuicios que todavía dominan a nuestra sociedad. En La Brecha, lo mismo
que Donoso, Lafourcade y Fernando Rivas describió la desintegración de un antiguo hogar y de una
fortuna acumulada durante diversas generaciones. En La tierra que les di prosigue el enjuiciamiento
de la rutina, y desde lo individual traspasa su asunto a lo social, con menor vertebración narrativa
que en La Brecha.

Un crítico rioplatense resume asi el estado presente de la literatura narrativa femenina en nuestro
pais:

"En el momento actual existe en Chile un conjunto de narradoras que ha conseguido algunas cosas
importantes: primero, demostrar la capacidad de la mujer para la prosa de imaginación, que ya no
exige la imitación de los patrones narrativos determinados por los hombres, sino que puede
moverse con amplia libertad o imitar las concepciones de otras mujeres; segundo, probar que el
provincianismo santiaguino, en lo referente a la vida femenina, está en crisis, y que la mujer se ha
integrado, más velozmente que en otras comarcas americanas, a las condiciones nuevas de la vida
moderna; tercero, contribuir sin mojigatería a un entendimiento claro de la situación nueva de la
mujer, y al mismo tiempo a la diagnosis profunda de la sociedad del país como está empeñada la
inmensa mayoría de los escritores."

EL ENSAYO
No sobresale Chile en el género del ensayo cuando se le compara por ejemplo, con México, Perú,
Argentina y Brasil. Pero el diagnóstico del carácter nacional, del tipo humano criollo, sigue siendo
bordeado, pero no encarado a fondo por los ensayistas posteriores a Palacios, Encina, Alberto
Edwards, Alberto Cabero, Valdés Canje, Domingo Melfi y Benjamín Subercaseaux, cuyo examen de
la realidad criolla ha sido superado por el tiempo.

El tema filosófico, el problema del conocimiento, la ontología cristiana o marxista, prevalecen sobre
la definición del chileno y su posición en el universo actual.

Desde Contribución a la realidad (1939) hasta Historia Inhumana del Hombre, la aportación
ensayistica de Benjamín Subercaseaux es capital, tanto por su variedad cuanto por su
desplazamiento por diversas zonas del pensamiento filosófico y antropológico. En Chile o una loca
geografía (1940) y en Tierra de Océano (1946) deja dos libros cimeros sobre nuestro suelo y su
ubicación en lo telúrico e histórico.

Desde otros ángulos ideológicos se han consagrado al ensayo Manuel Rojas en El árbol siempre
verde, después de olvidar por años este género; Luis Oyarzún, en un estudio sobre Lastarria y en
páginas repartidas en distintas revistas; Mario Osses, verbalista teorizante literario, en Trinidad
poética de Chile (1947) y en Filosofía del Quijote (1947).

La interpretación marxista de los hechos sociales, políticos y literarios no es muy rica en nuestro
país. Uno de sus mejores representantes resulta Volodia Teitelbolm, agudo crítico de la realidad y
conocedor de los hechos económicos, en su libro El Amanecer del Capitalismo y la Conquista de
América, reeditado en Buenos Aires en 1963. Otros comunistas dedicados al ensayo, pero con
menor renombre, son Hernán Ramírez Necochea, Alvaro Jara y Yerko Moretic.

Entre los católicos, que integran diversos grupos, se encuentra a la vanguardia Jaime Eyzaguirre,
historiador y ensayista de raíz hispanista. Sus obras de interpretación histórica más notables son
Fisonomía histórica de Chile (1948) e Ideario y ruta de la emancipación chilena (1957) El
desaparecido escritor Clarence Finlayson se mantuvo en una actitud de gran originalidad y dejó un
numeroso acervo de estudios sobre Dios, la poesía de Neruda, José Asunción Silva y otros temas
muy sólidamente encarados. En el campo de la psicología se distingue Arturo Piga Dacchenna, cuyo
último ensayo, titulado Nuevo humanismo y tecnocracia (Madrid. 1963), es un excelente análisis de
los problemas inquietantes del mundo

El teórico principal de la democracia cristiana, Eduardo Freí, ha resumido los principios doctrinales
del movimiento que encabeza en varios libros: Chile desconocido, La política y el espíritu (1940), La
verdad tiene su hora (1955). El Padre Osvaldo Lira también se ha especializado en temas filosóficos
y literarios y ha analizado a Vásquez de Mella, a Quevedo, al hispanismo y al mestizaje.

En el campo socialista son muy interesantes las aportaciones ensayísticas del profesor Julio César
Jobet en sus volúmenes Tres ensayos históricos (1950) y Los precursores del pensamiento social de
Chile.

Combinando la ciencia matemática y el estudio de la cibernética y otros temas de la actualidad,


Arturo Aldunate Phillips en Los robots no tienen a Dios en su corazón (1963), despliega
conocimientos muy sólidos con divagaciones vinculadas a la sociedad presente. Anteriormente
analizó a Neruda a García Lorca y otros motivos de ensayo.

Finalmente, y sin que este resumen sea perfecto, hay que citar a Jorge Millas, autor de Idea de la
individualidad (1943), Ensayos sobre la historia espiritual de Occidente (1960) y El desafio espiritual
de la sociedad de masas (1962). Es uno de los escritores brotados de la Universidad de Chile que
han ocupado un prestigioso sitio en la cátedra y cultivado el análisis de los problemas perforantes
del momento en una síntesis filosófica unida a un buen estilo. El ensayo en Chile es un género de
mucho porvenir que posee perspectivas amplias, pero no preocupa en exceso a sus principales
escritores. La crisis de las ideas se exterioriza en el fenómeno de la carencia de una ensayistica de
vuelo continental de acuerdo con el prestigio alcanzado en la poesía, a través de la resonancia de la
Mistral, de Neruda y de Huidobro

EL TEATRO
LA FUNDACIÓN en 1941 del Teatro Experimental de la Universidad de Chile (TEUCH) surgido del
Instituto Pedagógico, y, más tarde, el establecimiento del Teatro de Ensayo de la Universidad
Católica (TEUC) han contribuido al progreso escénico en el país. Nuevas corrientes, técnicas más
avanzadas, el profesionalismo creciente, el abandono de la improvisación y del oportunismo
comercial, la educación del público, la formación de autores, etc., son parte de estos cambios
revolucionarios operados en Chile. Como resultado aumentó el número de los escritores
profesionales dedicados al teatro. Bastará citar aquí a los principales y a los nuevos valores surgidos
en casi un cuarto de siglo.

Santiago del Campo fue de los iniciadores de la nueva era con Paisa/e en destierro (1937). California
(1938), ¡Que vienen los piratas! (1942) y La casada infiel (1961). Enrique Bunster se preocupa por
asuntos inspirados

Un velero sale del puerto (1938) y en La Isla de los bucaneros (1945). Pedro de la Barra, gran
precursor de los cambios, intentó una técnica original en Intento de proa (1950), representada en
Londres. Camilo Pérez de Arce afrontó lo histórico y legendario en El Cid. Roberto Sarán, novelista y
médico, se dio a conocer con Algún día... y Un viajero parte al alba. Fernando Cuadra, surgido del
Instituto Pedagógico, de la Universidad de Chile, obtuvo renombre con Las Medeas y Las murallas
de Jericó.

Una segunda ola de autores, con mejor experiencia y orientación, aparece en el último decenio
(1954-1964). Lo tradicional ha sugerido sus motivos a María Asunción Requena y a Fernando
Debessa la primera con Fuerte Bulnes (1955) y El camino más largo (1959), y el segundo con Mama
Rosa (1957) y Bernardo O'Higgins (1961). Isidora Aguirre, en colaboración con el novelista Manuel
Flojas, compuso Población Esperanza, con una serie de cuadros que pintan el mundo marginal
chileno, Egon Wolff viene, más adelante, con Discípulos del miedo (1958), Parejas de trapo (1960),
La niña madre (1961) y Los invasores (1963), de inferior logro la última. Uno de los éxitos más
clamorosos de nuestro teatro es la obra Deja que los perros ladren (1959), de Sergio Vodanovic,
crítica del régimen político y administrativo.

Luis Alberto Heiremans es un autor de fama nacional e internacional, con sus obras Noche de
Equinoccio (1951), La hora robada (1952) y El Abanderado, la última de inspiración poética y
folklórica.

En 1962 el ITUCH estrenó la producción Animas de día claro, de Alejandro Sieveking, con muchos
elementos nuevos que integran la trama, por medio de la plástica y la música.

Posteriormente, han surgido autores inspirados por Beckett, lonesco y demás figuras de la escena
presente. Entre ellos se cuentan Jorge Díaz Gutiérrez, Raúl Ruiz Pino y Juan Guzmán Améstica. Díaz
hizo su primer experimento con la pieza titulada Un cepillo de dientes (19611. Después consiguió
estrenar Réquiem para un girasol (1961) y El velero en la botella (1962). En 1963, en El lugar donde
mueren loa mamíferos, descendió de calidad muy visiblemente y utilizó recursos deteriorados. Raúl
Ruiz, según expresa el historiador y crítico de nuestro teatro, Julio Duran Cerda, se hizo notar en
conjuntos de aficionados con El niño que quiere hacer las tareas y El Zoo (1961), En 1963 se
presentaron dos comedias de Ruiz, con el título de Cambio de guardia y El equipaje. La más reciente
producción de un autor joven es la de Juan Guzmán Améstica, con su comedia El caracol (1960) y
Wurlitzer (1964). En la última se analiza la insatisfacción juvenil y el descontento de la época. El
crecimiento del teatro chileno es una realídad obtenida en menos de un cuarto de siglo, y los éxitos
exteriores de Vodanovic, Heiremans, Isidora Aguirre y unos pocos más significan un síntoma de
madurez encomiable para su porvenir
LA POESÍA
Muerto Vicente Huidobro, en 1948, y Gabriela Mistral, en 1957, los mayores representantes de la
poesía chilena son los dos Pablo, colocados en posiciones antagónicas. Neruda prosigue su obra,
cimentada en Residencia en la tierray en El canto general (1950>. No cabe aquí el análisis de las
consecuencias últimas de la poética de Neruda, cuya reputación está cimentada y unlversalizada
antes de 1939, ni tampoco los halagos Juveniles despertados por Pablo de Rokha, permanente
candidadto al Premio Nacional de Literatura y siempre postergado por prejuicios y rutinas
académicas. Los dos poetas han seguido publicando y Neruda en Extravagario se renueva y se
defiende, se aleja de puntos de salida y vuelve a ellos, con destreza, imaginación y vivacidad
metafórica. Un crítico expreso de este libro que expresa la relación del poeta con la ciudad, porque
no lo deslumbra ya la grandiosidad de la naturaleza americana, antes expresada en El canto general.

Nicanor Parra es el valor más notable en su generación cuando vierte su compleja y ardua poesía en
Poemas y Antipoemas (1954), La cueca larga (1958), Versos de salón (1962) y Dos poemas: Deux
poemes (1963). Su humor criollo se mezcla con vivencias temporales, de profundo sentido, al
deformar la realidad y caricaturizarla sarcásticamente.

Gonzalo Rojas afirmó su personalidad en su único libro, La miseria del hombre, de un tono
despiadado y analítico, Su producción de los últimos años aparecerá pronto, editada en La Habana.

Enrique Lihn es considerado, por un amplio sector de la literatura como el poeta más ahincado y
amistoso de su generación. Desde Poemas de este tiempo y de otro (1956) hasta La pieza oscura
(1963) donde reúne lo escrito entre 1955 y 1962, se integra en un plano dramático al confrontar la
inestabilidad del ser y su caótico destino presente.

En una posición católica y ontológica. Miguel Arteche eradüa lo clásico hispánico y las corrientes
modernas del lirismo y del pensamiento en distintas etaoas, que surgen de La invitación al olvido
(1(W7) y estallan con ímpetu en Destierros y tinieblas (963). Antinerudiano y metafísico, ha sabido
colocarse como un exaltador de los valores cristianos sin olvidar la gravitación del paisaje sobre el
hombre chileno y americano.

Otros poetas de inspiración religiosa son Hernán Montealegre, autor de Cielo en la tierra (1955),
límpido y expresivo: José Miguel Ibáñez Langlois, con Qué paladas. Qué lágrimas, Desde el cauce
terreno (1956), La tierra traslúcida (1966) y la casa del hombre, y Matías Rafide, con Fugitivo cielo
(1957) y El corazón transparente (1960).

Alberto Rubio, con La greda Vasija, y Venancio Lisboa, con Llama viva (1954), vierten una nota
novedosa hacia formas libres pero no reñidas con la musicalidad, David Rosenmannj Taub, en
Cortejo y Epinicio (1950) y Los surcos inundados (1953), utilizó un idioma rico, algo contorsionado,
donde brota un clima de dolor frente a la muerte y también zonas burlescas y de amargo humor.

Armando Uribe Arce, con Transeúnte pálido (1954), El engañoso Laúd y Los obstáculos (1961),
incorpora a su canto rasgos cotidianos y una elaboración arbitraria, pero eficiente, siempre dentro
de una tendencia a desintegrar lo real. Otra revelación es Raúl Rivera, quien surgió en Fiestas
mortales (1957), moviendo un permanente flujo y reflujo de paisajes, sensaciones y figuras
humanas, algo caricaturizadas. Bus delicioso su celebrado poema "Señoras chilenas", donde perfila
una sabrosa viñeta criolla.
En la línea popular y nacional, sin influencia de Neruda o de Rokha, emerge la purísima voz de Efraín
Barquero, en La piedra del pueblo (l954). La compañera (1956). El regreso (1961) y Maula (1962).
Mantiene una lucidez y dignidad que comparten el idioma y el sentimiento, con notas populares
auténticas extraídas de la tierra chilena.

De la provincia surgieron dos líricos valiosos: Antenor Guerrero, con Escrituras de pájaros (1959), y
Alfonso Mora, con La bestia mágica (1959), donde motivos nacionales típicos se insertan en la
limpidez del verso. En una postura trascendente y vigorosa se mantiene José Miguel Vicuña, en Edad
de Bronce (1951), En los trabajos de la muerte (1956) y El hombre de Cro-Mag-non se despereza,
de amplio registro y una exploración interior nutrida con vivencias filosóficas.

Después de diversos tanteos se definió la individualidad de Fernando González Urizar en su obra La


eternidad esquiva (1957), que se desvía del hermetismo y cultiva lo elegiaco acertadamente. En Las
nubes y las años (1&60I renueva su repertorio y asienta su bruñido idioma poético.

Agresivo polemista y contorsionado poeta es Mahfud Massis, autor dp Las bestias del duelo (1949),
Elegía bajo la tierra il955i Sonatas del gallo negro y Leyendas del Cristo Negro (1963). Ha ido
clarificando su estilo hasta obtener, en su último volumen, un sentido parabólico y un simbolismo
ajustado a lo bíblico.

El ensayista Mario Perrero, en su primer volumen, Capitanía de la sangre (1948), despertó


curiosidad. En Las lenguas del pan (1955) padece una transformación impulsada por la dialéctica
política que deja en La cuarta dimensión (1958), al perseguir mayor pureza formal y nuevos temas.
En Soneíos temporales (1963) lo tradicional nutre sus aguzadas metáforas con un fino y sugestivo
esmalte.

La poesía pura sigue representada por Jorge Jobet en su obra Ki descubridor maravilloso (1957)
Idéntica nota se percibe en sus recientes producciones que a veces, reflejan el paisaje sureño con
diafanidad.

En los Juegos de poesía, de 1956, se distinguió Jorge Onfray autor de Este día siempre (1951) y
Leyenda de la rara flor (19591, libro este último donde persigue afinidades con algo "distinto y
semejante".

Entre los escritores surgidos del Instituto Pedagógico está Pedro Lastra, erudito crítico y ensayista,
cuyas incursiones en la poesía lo colocan como un evocador de lo trivial, con sobriedad sincera, en
La Sangre en lo alto,(1954) y Traslado a la mañana (1959).

También expresa la inquietud contemporánea el poeta Antonio Campaña en Mapa sobre un sueño
(1942), La cima ardiendo (1952), El infierno del Paraíso (1957) y Arder (1961). Su verbo busca la
simplicidad y las elementales vivencias del individuo instalado en un mundo condenado.

En cuatro obras de contenido fervor y limpia estructura se afirma la reputación de Jorge Teillíer,
surgido de la zona austral de Lautaro. Son éstas: Para ángeles y gorriones (1957), El cielo cae con las
hojas (1958), El árbol de la memoria (1961) y Poemas del país de nunca jamás (1963).

Entre los más recientes líricos se pueden citar los siguientes: Sergio Fernández, con Cantos de pan
(19591, Edmundo Herrera, con Cantos a la Sombra (1958). Pedro Morgan, con Canto a un
condenado a muerte (1960); Alfonso Calderón, con La tempestad (1961) ; Oscar Hahn, muy definido
y valioso, con Esta rosa negra (1961); Emilio Oviedo, con Habitante en el tiempo (1961); Hugo
Zambellí, con Vida, tan prodigiosa (1961); Rolando Cárdenas, con Tránsito "breve (1961) y En el
invierno de la provincia (1963}, y Alfonso Alcalde, con Variaciones sobre el tema del amor y de la
muerte (1963).

Para rematar este bosquejo, donde debo lamentar que existan involuntarias omisiones, conviene
presentar una sinopsis de la poesía femenina de los últimos años. Muerta Gabriela Mistral, sin dejar
sucesión de su altura, en 1957, la mujer dio muestras de renovación en BUS temas y afrontó la nueva
realidad con denuedo. Merecen destacarse en un sucinto panorama: Francisca Ossandón, con
Tiempo de estar (1963). de simpleza no reñida con el fervor en sus vivencias; Eliana Navarro, que en
Antiguas voces llaman (1955) vierte su equilibrio y su utilización de motivos familiares y de la
naturaleza, con tenso y acongojado temblor; Stella Díaz Varín, cuyo libro más maduro es Tiempo,
medida imaginaria (1959), de gran libertad en la forma, pero con seguro instinto al captar la angustia
de una vida doliente. Cecilia Casanova dio un repunte de gran valor en Los juegos del sol (1963).

Muy fecunda es Raquel Jodorowsky, en su labor vertida en Dimensión de los días (1950), Aposento
y época (1952), La ciudad inclemente (1955) y En la pared de tos sueños alguien llama (1957). Una
obsesión de amor quebrantado impregna su última libro que la critica consideró su creación más
firme.

Delía Domínguez se estrenó con Simbólico retorno (1955). Después ha publicado La tierra nace
(1955), Obertura siglo XX (1961) y Parlamentos del hombre claro (1963). Su poesía se puede situar
en la continuidad ... (falta) ...reflejado entre los seres que ama. Este diagnóstico fue dado por el gran
poeta Humberto Díaz Casanueva.

En Sin título se recoge la escasa producción de Raquel Señoret. En este breve volumen, dado a luz
en 1960, se percibe un asocio intenso a la presencia del tiempo y a la idea de su destrucción.

Los Poemas, de Raquel Weitz merecen un elogioso juicio de Nicanor Parra, cuando salió, en 1962.
Expresa Parra que el poeta no es un decorador de interiores, y que si no se saca los zapatos no cruza
el río. En Poemas vuelve a encontrarse la singularidad femenina y su ferviente deseo de sobrepasar
la época del erotismo melancólico y del deterioro sentimental. El pájaro cantor de que habla Parra
ha quedado muy atrás, y la mujer chilena se asocia con energía al resurgimiento poético en la tierra
de la Mistral, Neruda, Huidobro, De Rokha, Braulio Arenas y Nicanor Parra.

UNA APOSTILLA PARA LA MUERTE

En el cuarto de siglo transcurrido desde que apareció VEA, la muerte no ha tenido tregua, devorando
sin cesar a. diversos escritores. Su mención en este recuento obedece al deseo de recordarlos, ya
que, casi todos, fueron compañeros míos en una jornada sin descanso.

En 1942 murió Armando Moock, el más célebre de los dramaturgos nacionales, que difundió el
teatro chileno en el exterior. En 1943 nos abandonó brusca e inesperadamente Juan Modesto
Castro, el novelista de Aguas estancadas. En 1944 se fue Carlos Sepúlveda Leyton. el autor de Hijuna.
En 1946 la lista es impresionante: dos críticos, Domingo Melfi, incomparable amigo; Armando
Donoso, animador erudito de la literatura chilena, y Jenaro Prieto, el humorista de El socio. En 1947
partió desde un modesto hospital hacia el cementerio Oscar Castro, poeta y narrador de calidad.
En 1948 una hemorragia cerebral ...(terminó con la vida del)... padre del "Creacionismo". En ese
rnismo año también saltaron al otro mundo un par de representantes de la "belle époque". Luis
Orrego Luco, el autor de Casa grande y Miguel Luis Rocuant, el último parnasiano de nuestra prosa.
En 1960 se sintió la enorme ausencia de Augusto d'Halmar impulsor de la creación imaginativa en
una tierra muy escasa de fantasía. En 1952 se extinguió lentamente la vida de Pedro Prado, de la
vieja raza de los caballeros criollos, de solar conocido. En 1954 encontró el descanso definitivo Luis
Durand, tesonero realizador y efusivo camarada

En 1955 vino lo increíble. El gran vitalista que fue Mariano Latorre se resolvió a abandonarnos junto
con sus huasos y sus zorros maullnos que tanto aborrece Alone.

En 1957 se conmovió hasta las raíces el pais tan indiferente con su gente de letras por la destrucción
física de Gabriela Mistral, nuestro único Premio Nobel. En 1959, mientras me hallaba ausente, me
impuse de que no se contaban entre los vivos el novelista Victoriano Lillo. hombre modesto y afable,
y el dramaturgo e historiador Eugenio Orrego Vicuña, a cuyo lado me inicié en una carrera que nunca
trae recompensa.

En 1960 el impacto lo recibió la Academia Chilena de la Lengua, con la muerte del poeta laureado
Víctor Domingo Silva. del crítico Manuel Vega Santander y del erudito helenista Ricardo Dávila Silva.

En 1961 me impresionó profundamente el final patético de Lenka Franulic, periodista de vuelo y


mujer de enorme cultura literaria. También falleció el simpático novelista Luis González Zenteno en
plena madurez de su talento.

En 1962 se desintegró dramáticamente, entre la pobreza que siempre lo acompañó, el gran viejo
Acevedo Hernández, creador del teatro popular chileno moderno, sin alcanzar el Premio Nacional
de Literatura. Ese mismo año, y a una edad todavía temprana, se extinguió, en Madrid, el
dramaturgo y cuentista Santiago del Campo, travieso e ...

Al año siguiente, en 1963, se alejaron dos grandes: Rafael Maluenda. cuentista, novelista y autor
teatral, y Eduardo Barrios, el creador de Gran señor y ra jadiablos. Además, pasó por el trance
teológico Jacobo Danke. Poeta y relatista que nunca persiguió la celebridad.

Este año. 1964, trajo la tremenda nueva del eclipse terrenal de Olegario Laso Baeza, el narrador de
los Cuentos militares, de extraordinaria calidad humana y ajeno a toda envidia u resentimiento
mientras estuvo en este valle de lágrimas. Muerto en vida, ausente de los círculos, corrillos y
mentideros intelectuales, se fue, por último, Alvaro Yáñez, conocido por su «eudónlmo Jean Emar.
Dejó una obra inédita que abarca cinco mil páginas, o sea, mucho más extensa que el Ulysses, de
James Joyce.

Y aquí hay que despedirse hasta el medio siglo de VEA.