Está en la página 1de 11

Afrontar

La
Realidad
Martyn Lloyd-Jones

P á g i n a 1 | 11
“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo
Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su
camino, según el fruto de sus obras. […] Sáname, oh Jehová, y seré sano; sálvame, y
seré salvo; porque tú eres mi alabanza.” —Jeremías 17:9, 10, 14

De todas las acusaciones que se hacen a la religión de cuando en cuando, no hay


ninguna que me resulte más inexplicable como la que indica que la religión y el
cristianismo están de algún modo divorciados de la vida y que se desarrollan y
persisten únicamente cuando los hombres y las mujeres se dejan arrastrar por la
atmósfera irreal que crean. Es la acusación más incomprensible y, sin embargo, quizá
sea la que se escucha más a menudo en la actualidad. Considerando la Biblia como
una mezcla de mitología e historia, con más de lo primero que de lo segundo, los
hombres y las mujeres de hoy creen que en mayor o menor medida es una pérdida
P á g i n a 2 | 11
de tiempo considerar lo que tiene que decirnos. No tienen tiempo, dicen, para
estudiar o interesarse en personas y acontecimientos cuya existencia es, cuando
menos, dudosa: la vida con todos los problemas y circunstancias que la acompañan
exige toda su atención inmediata. «Las condiciones de vida en los tiempos del Antiguo
Testamento —nos dicen— eran muy diferentes, sus categorías extrañas para nuestros
oídos modernos; de la misma forma, el contexto y el trasfondo del Nuevo Testamento
eran tan distintos de lo que conocemos en la actualidad que uno empieza a plantearse
lo que la Biblia tiene que decir acerca de la vida; a la luz de la Biblia y en sus términos,
uno está entrando de inmediato en una atmósfera que, desde el punto de vista actual,
es irreal y de algún modo artificial».

En otras palabras, existe un gran número de personas en la actualidad que consideran


la religión y el cristianismo como superstición o una droga: algo que ayuda
transitoriamente a las personas a olvidar sus pruebas y problemas transportándolas a
una especie de atmósfera eleusina imaginaria donde todo va bien y se acaban las
penas. Y, en consecuencia, las personas que siguen asistiendo a los lugares de culto
son los que, careciendo de verdadera resistencia moral y de las agallas y el coraje
precisos para afrontar la vida con honradez y franqueza sin arredrarse y sin estímulo
artificial alguno, se agencian cualquier cosa que les alivie transitoriamente. Nunca son
demasiado escrupulosos o cuidadosos con respecto a lo que se les proporciona
mientras les alivie. Esa es la forma en que se explicaría y se explica hoy en esta ciudad
nuestra reunión de cada domingo: venimos aquí meramente para alejarnos de la vida
y evitar sus problemas. La religión hace por nosotros lo que a ellos las novelas y lo que
el placer y el deporte hacen a un número aún mayor. Ellos lo consideran nuestra
válvula de escape. Todos hemos conocido, en un momento u otro, el efecto
estimulante y tonificante que puede producir en nosotros la lectura de cierto tipo de
novela. ¡Hasta qué punto una de las novelas románticas de Scott puede hacernos
olvidar nuestros problemas y tener una mayor esperanza en la vida durante un
tiempo! «Bien —dicen esas personas—, tu religión hace exactamente lo mismo y
opera en ti exactamente de la misma forma. Te lleva a una atmósfera falsa, irreal,
P á g i n a 3 | 11
donde cara a cara con la felicidad y el amor romántico olvidas por un tiempo todo lo
que te entristece. Pero solo es «durante un tiempo», porque pronto deberás afrontar
la vida tal como es y comprender lo artificial que era todo».

Ahora bien, afirman que ellos mismos son realistas, afrontan la vida tal como es y en
su peor vertiente. No intentan engañarse con una falsa sensación de seguridad o
felicidad, y nos consideran no tanto con odio como con una mezcla de compasión y
desprecio. En ocasiones van aún más allá y están dispuestos a concedernos que,
después de todo, quizá sea bueno que hallemos nuestro alivio de esta forma
inofensiva mejor que de otra manera que pudiera ser peligrosa. Solo se enfurecen y
disgustan cuando declaramos que solo esto es real y que todo lo demás es ceguera y
engaño.

Ahora bien, siendo justos debemos admitir que una parte importante de lo que dicen
semejantes personas es totalmente cierto de muchos de nosotros que nos
denominamos personas religiosas. El error que cometen es que confunden la
verdadera religión con el abuso de la religión: lo que dicen de esto último es cierto,
¡pero qué falso con respecto a lo primero! El hecho de que muchas personas
realmente utilicen la religión como una droga no significa que la religión en sí tenga
esa naturaleza. Jamás se puede afirmar lo suficientemente a menudo o lo
suficientemente claro que el propósito de la religión no es dar a las personas una
sensación agradable y cómoda y hacerlas felices durante unas pocas horas una vez
por semana. Hay una tendencia en muchos lugares en la actualidad a recalcar este
aspecto de la religión y a hacer que los oficios religiosos sean tranquilos y relajantes
porque sabemos que las personas se dirigen instintivamente a la iglesia al afrontar la
muerte, ya sea la propia o la de un familiar. Ahora bien, no es asunto mío ni de nadie
sentar cátedra en estas cuestiones, pero de esto estoy seguro: las personas que solo
se dirigen a Dios cuando las cosas van mal son personas que nunca le han conocido y
que probablemente no le conozcan nunca hasta haber sido transformadas. El objetivo
y el propósito de la religión y la predicación del evangelio no es hacernos olvidar
P á g i n a 4 | 11
nuestros problemas transitoriamente, sino eliminarlos de una vez por todas,
ayudarnos a superarlos. Si tan solo olvidamos nuestros problemas mientras estamos
aquí cada domingo, cantando himnos y escuchando el sermón, aún no hemos
conocido la verdadera religión, porque su función es resolver nuestros problemas. Si
hasta la fecha nuestra historia ha sido que semana tras semana hemos hecho
promesas en esta sala de que de ahora en adelante seremos diferentes y mejores
personas pero luego hemos seguido igual, te digo que hasta ahora no has sentido el
poder del evangelio, porque el objetivo y la función del evangelio no son tanto
producir decisiones sino reformas.

La verdadera tragedia de la religión en estos tiempos no es tanto que las masas no


crean en ella. Es que aquellos que profesan creer en ella no sean cambiados por ella,
sino que más bien la utilicen para su conveniencia. Demasiado a menudo la religión
actual tranquiliza la conciencia en lugar de despertarla, y produce una sensación de
satisfacción propia y de seguridad eterna en lugar de una conciencia de nuestra
indignidad y pecaminosidad y de lo probable que es nuestra condenación eterna. El
emocionalismo, por ser muy sutil, es el enemigo más real del mundo evangélico. Estos
abusos de la religión, estas perversiones del evangelio puro, dan gran fuerza a la
popular acusación contra la religión de que ayuda en la vida precisamente porque la
evita y que lo que llamamos salvación no es sino autoengaño y una sensación de
satisfacción basada en un espejismo.

Cuán falsa es esa acusación contra la religión en sí misma lo puede comprobar


cualquier persona inteligente que lea la Biblia sin parcialidad ni prejuicios. Lo que a
menudo me asombra es cómo puede alguien leer la Biblia sin sentir escalofríos y sin
gran temor, porque mientras presenta a Dios en toda su perfección, ciertamente
muestra al hombre tal como es y en su peor aspecto. Si existe alguna afirmación que
se pueda hacer con toda seguridad con respecto a la Biblia es que no solo afronta la
vida sino que se deleita en exponerla tal como es y en la peor de sus vertientes.
¿Porque qué es sino un documento de la pecaminosidad, bajeza, necedad, locura e
P á g i n a 5 | 11
impotencia de la naturaleza humana? ¿Es una lectura agradable? No hay pecado que
conozca la naturaleza humana que no se haga constar aquí; la delicadeza y la
moderación parecen quedar a un lado al irnos llevando de habitación en habitación.
Es un retrato completo de la vida: nunca se contenta con relatar meramente las
virtudes y ensalzar los méritos de sus héroes, también nos habla de sus vicios y
defectos. Nos muestra a reyes y príncipes en medio de la pompa y la exhibición en sus
tronos y, unos minutos después, a aquellos mismos hombres revolcándose en el
pecado y el crimen. Nos muestra la gloria y las infinitas posibilidades de la naturaleza
humana y al mismo tiempo la vergüenza y la capacidad de hacer cosas terribles, y va
más allá y nos dice claramente que, si no aceptamos lo primero como un don gratuito
de Dios, nuestro destino es caer inevitablemente en lo segundo. ¡Menuda droga! ¡Qué
extraña novela romántica es esta en la que se nos dice la cruda verdad acerca de
nosotros mismos, se nos enfrenta a nuestros fracasos y deficiencias, se nos muestra
nuestra propia naturaleza y se nos da algún aterrador atisbo del terrible abismo en
que, fuera de la gracia de Dios en Jesucristo, inevitablemente caeremos! ¿Qué
literatura hay que sea tan terrible como esta? Muéstrame el libro más morboso y
sórdidamente realista que encuentres, será igualado y superado con facilidad por una
de las muchas historias relatadas en la Biblia. Y, además, se debe recordar siempre
este hecho adicional. Los hombres y las mujeres que afirman afrontar la vida y verla
tal como es, y que dicen lo peor de ella en sus libros y conversaciones, generalmente
suelen tener el gran consuelo de que consideran la muerte como el fin. La tragedia
para ellos acaba en la muerte, pero no es así en la Biblia. En un sentido, en la Biblia la
tragedia comienza con la muerte. «La vida es terrible para los que piensan, —dicen
los modernos—, llena de tragedia, decepción y maldad, pero alegrémonos y
saquemos el máximo provecho, porque pronto estaremos muertos y saldremos de
nuestra desdicha». «Sí —parece decir la Biblia—, la vida es terrible; pero la verdadera
tragedia se encuentra en el hecho de que la muerte no es el final sino meramente un
punto de transición a lo que será nuestro destino eterno». Si existe un documento
que nos diga la verdad acerca de la vida y de nosotros mismos, ese es la Biblia. Nos
dice lo peor y luego nos muestra lo mejor. Y el propósito de la predicación no es
P á g i n a 6 | 11
ocultar el pecado, sino exponerlo; no es decir a los hombres y a las mujeres que todo
va bien, que «Dios es amor» y que no tienen por qué preocuparse en absoluto; sino
decirles que, tal como están las cosas, tal como somos todos, todo va mal; que Dios
es nuestro Juez y que, a menos que estemos preocupados, asustados y espantados
ante esa perspectiva, no tenemos esperanza alguna.

Ese es el mensaje de la religión que se puede encontrar por toda la Biblia, que se
encuentra en estos versículos que hemos elegido como texto esta noche y que oro
que por la gracia de Dios podamos ver todos antes de salir de aquí. La religión no se
contenta con diseccionar y analizar la vida: hace eso, pero no se detiene ahí. Tras
exponer la vida, después de revelar sus terribles profundidades, después de analizar
sus componentes fundamentales, no la deja hecha trizas sino que, por la Revelación
divina de Dios en Jesucristo, muestra la gloriosa posibilidad de una nueva síntesis, un
nuevo comienzo, un nuevo nacimiento; sí, de una nueva humanidad y una nueva vida.
La necesidad de esa síntesis se muestra claramente en estos versículos.

1. ¡Cuán raramente somos verdaderamente conscientes de nuestra propia naturaleza


y de lo engañadas que están nuestras mentes y lo insondables que son! Ciertamente,
somos obras «formidables, maravillosas» (Salmo 139:14). No sorprende que, después
de que el profeta dijera «engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso»,
pasara a preguntar «¿quién lo conocerá?». ¡Qué insondables somos! Nadie nos
conoce verdaderamente sino nosotros: hay una soledad esencial en cada uno de
nosotros, no importa lo gregarios que seamos por naturaleza y cómo se hayan
desarrollado nuestros instintos sociales. Los seres más queridos y cercanos a nosotros
no lo conocen todo: no les decimos todo, no importa lo mucho que nos guste pensar
que es así. Pensemos en esto por un momento y descubriremos lo cierto que es con
respecto a nosotros, porque es así en cada uno. Contamos a nuestros mejores amigos
y a los seres más queridos todo lo referente a nosotros, nuestros secretos más
profundos: eso es lo que nos gusta creer, ¿pero lo hacemos realmente? ¿Conoce
alguien todo lo que se puede saber de nosotros? Sabemos bien que ese no es el caso:
P á g i n a 7 | 11
hay ciertas cosas que todos nos reservamos para nosotros. Hay ciertas cosas de
nosotros, ciertas cosas que hemos hecho, que ocultamos a nuestros amigos así como
a nuestros enemigos; a nuestros amigos porque ese conocimiento les causaría daño
y tristeza y a nuestros enemigos porque les proporcionaríamos una herramienta
mediante la cual podrían destruirnos y arruinar nuestra reputación para siempre.

¡Qué seres más extraordinarios somos! Hay ciertas cosas de las que nunca hablamos
salvo con nosotros mismos. ¿Te ha sorprendido alguna vez esta profunda soledad
esencial de tu naturaleza y personalidad? Nacemos en familias y comunidades y, sin
embargo, ¡cuán marcadamente individualistas somos! Tenemos secretos que
nuestros padres, hermanos y hermanas, maridos y mujeres e hijos jamás conocerán
ni descubrirán. Cuando alguien nos dice que nos ha contado todos sus secretos
podemos estar seguros de que ese nunca es el caso. No importa lo franca y abierta
que sea una persona, siempre hay algo que se reserva y queda oculto. ¡Por ese motivo
siempre nos encontramos hablando con nosotros mismos, especialmente después de
una explosión de franqueza con otra persona! ¿No has sentido en muchas ocasiones
que, cuando has intentado ser todo lo franco y abierto que has podido, de algún modo
estás dando una impresión muy falsa de ti? Esa es nuestra naturaleza. ¡Cuán
insondables somos! Nadie puede entendernos verdaderamente. Nadie conoce todas
las cosas que hemos hecho, y mucho menos todas las cosas que hemos pensado y
observado. Puede que otros sepan mucho acerca de nosotros, pero nadie sabrá nunca
toda la verdad: «Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién
lo conocerá?». Y la mayoría de los hombres vive y se comporta sobre esta base. Lo
que te preocupa no es tanto el bien y el mal, sino más bien la cuestión de si se
averiguará. Pasan por la vida con esta simulación, sabiendo lo que denominan «la
suerte del diablo». ¡Si se supieran y descubrieran estas cosas! Pero no sucede así, las
encubrimos, no hablamos de ellas a nadie y las mantenemos secretas.

La sociedad sigue funcionando debido a este hecho, porque si llegáramos a leer en lo


más profundo de las mentes y los pensamientos de cada uno, todo se derrumbaría al
P á g i n a 8 | 11
instante. Lo que nos mantiene en funcionamiento es que no sabemos lo que hay en
las mentes de otras personas; sabiendo lo que hay en la nuestra podemos imaginarlo,
pero nunca saberlo con certeza. Ahí está ese hombre sonriéndote y haciéndote
cumplidos. ¡Qué honrado y transparente parece ser! Sin embargo, ¡quién sabe lo que
le está pasando por la mente! ¡No importa lo que diga que piensa de ti, puedes estar
seguro de que piensa más de sí mismo! Nada de lo que hacemos es desinteresado,
nosotros mismos lo pintamos a nuestro modo. ¡Tenemos motivos e intereses que el
mundo desconoce, luchas con nosotros mismos y nuestras pasiones, sugerencias y
pensamientos que nacen de algún rincón oscuro de nuestras almas! ¡Pero dejémoslo!
Estas son cosas que no mencionamos. Estas son cosas que deben mantenerse en
secreto y en silencio mientras seguimos viviendo como somos y mientras buscamos
disfrutar de la vida. ¿No es ese un retrato auténtico? ¿No somos todos tan felices
meramente porque no se conocen todas las cosas acerca de nosotros? «Engañoso es
el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?».

2. Sí, no cabe duda que todos somos muy listos e insondables; pero, y este es el
corazón de este mensaje del profeta, Dios es más profundo. Siempre que nos
quedamos satisfechos con el pensamiento de que estas acciones secretas, estos
pensamientos e ideas solamente son de nuestro conocimiento y de nadie más,
estamos olvidando la presencia y existencia de Dios. Así seguimos, congratulándonos
por nuestra inteligencia, sin comprender que mientras tanto Dios, que «[escudriña] la
mente, que [prueba] el corazón», está observándonos y registrándolo todo. No
podemos movernos sin que Dios lo vea, no podemos actuar sin que nos observe,
ningún pensamiento entra en nuestra mente sin que Dios sea consciente de él. No
solamente nos ve, sino que nos traspasa, hasta lo más profundo de nuestro ser. Somos
como un libro abierto ante él. Podemos engañar y burlar al mundo, podemos
aparentar una cosa ante él y ser otra distinta en realidad, pero qué inútil y necio es
hacerlo. ¿Qué sentido tiene hacer eso cuando Dios sabe constantemente todo lo
referido a nosotros? Cuando tenemos dificultades entre nosotros, rápidamente nos
las apañamos para librarnos ofreciendo alguna clase de excusa o de explicación
P á g i n a 9 | 11
inventada satisfactoria, y nos congratulamos por la astucia e inteligencia que
mostramos al hacerlo: todos disponemos de una gran habilidad para tales
emergencias.

Pero qué ridículo es, porque finalmente debemos presentarnos cara a cara ante Dios,
que lo sabe todo y que dará «a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras»
(Jeremías 17:10). En otras palabras, pasaremos la eternidad de acuerdo con nuestra
conducta en este mundo. Si ha sido una pantomima aquí, también lo será allí. Si ha
sido un fraude y un engaño aquí, seguirá siendo lo mismo: obtendremos precisamente
lo que nos merecemos y lo que hemos preparado para nosotros mismos.

3. ¿Sorprende que el profeta orara: «Sáname, oh Jehová, y seré sano; sálvame, y seré
salvo»? De pronto había comprendido el fraude que era su vida y lo insatisfactoria
que resultaba, y oró para ser liberado de una vez por todas. Cuando ya no se
contentaba con engañar y satisfacer a los demás, este hombre se enfrentó a sí mismo
y a Dios. Se vio a sí mismo en un espejo y quedó horrorizado. No había nada sólido en
su vida, nada duradero, nada de lo que pudiera depender. Había cosas en su
naturaleza que odiaba y que no podía entender. Se sorprendía hasta de sí mismo, le
alarmaba su propia vileza; se preguntaba por qué anhelaba ciertos pecados que creía
haber dejado hacía años. El mundo tenía un elevado concepto de él, era respetado
universalmente. Pero eso no le ayudaba en absoluto, porque conocía cosas en su
interior que, de saberlas el mundo, habría perdido de inmediato su respeto y
admiración. Más aún, sabía que Dios las conocía. Había hecho todo lo posible para
limpiarse de estas cosas, había leído buenos libros, había asistido a conferencias y
manifestaciones sobre moralidad, había hablado con gente buena, había hecho
amistad con personas piadosas y agradables, ciertamente se había rodeado de todas
las cosas y personas buenas de que tenía conocimiento. Aun así, no era mejor. Quizá
pecaba menos, pero su mente seguía siendo la misma. Con un gran esfuerzo de su
voluntad había sido capaz de dominar la frecuencia de sus errores; el miedo a ofender
a sus buenos amigos le había ayudado grandemente, pero seguía sintiéndose
P á g i n a 10 | 11
inseguro. «Es únicamente una especie de parche —dijo—, no estoy curado, no soy
íntegro, no estoy a salvo, no puedo confiar en mí mismo. Estoy cansado de aparentar,
estoy cansado de fingir, estoy cansado de una vida moral externa, cansado de curarme
a mí mismo y de que otras personas me curen, cansado de jugar al escondite contigo,
oh Dios, cuando sé que no funciona y que lo ves todo con claridad». «Sáname, oh
Jehová, y seré sano; sálvame, y seré salvo».

¡Ojalá podamos vernos como este hombre se vio a sí mismo! ¡Ojalá podamos ver la
insensatez de pensar que somos listos y astutos porque no se nos descubre! ¡Ojalá
podamos ver el engaño y el fraude que hay en nuestras almas y, por encima de todo,
que nuestra situación es tan desesperada, nuestra situación tan terrible, que no hay
instrumento humano que pueda salvarnos y librarnos de nuestra naturaleza más vil!
Porque solo las personas que han comprendido todo eso pronuncian esta oración y,
tras haber orado, son sanadas y salvadas para toda la eternidad a través de la gracia
de Dios en Jesucristo nuestro Señor. Que seamos hallados entre ellos. Por amor de su
nombre.

P á g i n a 11 | 11