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Vu LA HUMILLACION POR LAS MAQUINAS (Sobre la significacion de la novisima tecnologia médica para la época) EL PRECIO SUBJETIVO DE LA ILUSTRACION La biologia més reciente nos ha familiarizado con la idea de que la vida fisica del individuo y la fase exitosa de su sistema inmunolégico son sin6nimas. La vida aparece a esta luz como el drama asombroso de la de- limitaci6n conseguida de los organismos frente a entornos invasores. Una ampliacion plausible de este enfoque sistémico permite comprender el principio de inmunidad no sdlo en términos bioquimicos, sino también psicodindmicos y mentales. Bajo este aspecto, constituye un mérito de la vitalidad del organismo humano el hecho de que el hombre —tanto en ca- lidad de individuo como de ser grupal— sea capaz de preferir de forma es- pontdnea y enérgica su propio modo de vida, sus valoraciones, sus con- vicciones y las historias que forman su interpretacién del mundo. Desde un punto de vista sistémico, los narcisismos vigorosos son indicio de una feliz integracién afectiva y cognitiva del hombre en si mismo, en el pro- pio colectivo moral y en la propia cultura. Un narcisismo resistente, ya sea individual o grupal, serfa directamente indicativo de una historia vi- tal exitosa que ha permitido a sus portadores moverse hasta la fecha en un continuum de actos de autoafirmacién y de predileccién por si mis- mos. Ahi donde permanece intacto el escudo narcisista, el individuo vive convencido de la insuperable ventaja de ser é1 mismo. Puede celebrar per- manentemente su similitud consigo mismo. Y la forma habitual de esta celebracién es el orgullo. El que siente orgullo de si mismo y de su gru- po, segrega de forma end6gena una especie de vitamina material-inmate- rial que protege a su organismo de informaciones invasoras. A las informaciones invasoras que atraviesan el escudo narcisista de un organismo psfquico, se las denomina en lenguaje coloquial humilla- ciones. Cuando el individuo es herido en su orgullo, hace la experiencia 221 de que ha penetrado una informacién que por el momento no puede ser rechazada y que le hace experimentarse a si mismo en un estado de inte- gridad perdida. La humillacién es el dolor de haber sido traspasado por algo que de forma momenténea o duradera resulta ser mas poderoso que la homeostasis narcisista. Si se entiende el narcisismo primario como el fan- tasma de integridad operativo del «organismo» psiquico, entonces el con- cepto de humillacién describe una agresién patégena contra este escudo de superioridad del individuo. No toda herida tiene efectos humillantes, sino Gnicamente aquellas invasiones del organismo que le convencen de la desventaja de ser él mismo. Con todo, la inteligencia humana parece disponer de la capacidad de sobreponerse a tales experiencias de desven- taja y de integrarlas en estados de madurez superior. El modelo de seme- jante dinémica de maduraci6n se encuentra en el plano somitico: las Ila- madas enfermedades infantiles pueden describirse como un curriculum de crisis corporales que permiten que en entornos especfficos los sistemas inmunolégicos se fortalezcan en el entrenamiento con sus invasores mi- crobianos. De forma andloga, el alma infantil habria de atravesar por una secuencia de humillaciones bien dosificadas, cuya elaboraci6n le pro- cura Ja fuerza para delimitarse y afirmarse en el comercio con propios y extrafios. El resultado de este paso por una serie de humillaciones in- formativas serfa, si el recorrido es favorable, la maduracién del escudo narcisista hasta alcanzar el plano en el que, en una cultura dada, se desa- rrollan de manera tipificada los actos con los que el organismo psiquico adulto se las ha con su entorno. El individuo maduro disfruta de la ven- taja de ser él mismo una vez superados episodios en los que ha hecho la experiencia de lo desventajoso de ser él mismo. Goethe resumié en una formula clasica la posicién del narcisismo postraumatico: tengo carifio a los padecimientos pasados. Con la ampliaci6n especulativa del concepto de inmunidad he ganado un trasfondo sobre el cual hacer una lectura critica de la leyenda puesta en circulacién por Sigmund Freud de las tres humillaciones de la humanidad moderna a manos de las ciencias. Como es sabido, durante los afios fun- dacionales del movimiento psicoanalitico, a Freud y a sus compafieros de lucha les irritaba la supuesta animadversi6n hacia sus doctrinas que mos- traban tanto los especialistas como el ptiblico en general. Mientras que la distancia histérica mds bien inclina a contemplar la répida extension del psicoanélisis como un fendmeno de éxito y de seduccién —el cual apenas halla parang6n en la historia de la ciencia y de la cultura-, el propio Freud y la primera generacién de sus discfpulos tenfan la impresién de estar to- pando con una ola masiva de incomprensi6n, rechazo e indiferencia. Y discurrian sobre métodos para presentar las presuntas resistencias contra el psicoandlisis como un argumento complementario con que reforzar la verdad de sus publicaciones. En el afio 1917 escribié Freud un pequefio ensayo, rico en consecuencias, titulado Un problema del psicoandlisis. En 222 él interpretaba la supuesta renuencia de la opinidn publica a aceptar su teorfa de la neurosis como un fendémeno de «resistencia narcisista» contra los conocimientos humillantes. Estas alegaciones habrian caido sin duda en el olvido, al igual que otras muchas querellas doctas de menor impor- tancia, de no haber estado incluidas en una ingeniosa pequefia teoria que interpretaba la historia de las ciencias modernas en su conjunto como un proceso de progresivas humillaciones. El motivo descubierto por Nietzsche de la desventaja del andlisis para la vida era aqui traducido en una historia corta de la modernidad. Con gran talento simplificador, Freud simulaba un modelo de creciente detrimento de la autoestima humana por aumento del conocimiento, una especie de teorfa de los tres estadios aplicada al progre- so de la humillacion. Primero habria sido Copérnico quien propin6 al nar- cisismo cosmolégico de la humanidad un golpe del que ésta no ha podido sobreponerse, cuando demostré la imagen del mundo heliocéntrica y tras- ladé con ello la patria del ser humano, la tierra, fuera del centro del uni- verso; luego habria sido Darwin el que puso fin a la arrogancia humana en relaci6n con el mundo animal, cuando por medio de su teoria de la des- cendencia devolvié al hombre a su puesto en el linaje animal y le oblig6 a reconocer su parentesco con los grandes monos. Por tiltimo, habria sido el psicoanilisis el que habria producido la tercera y mas sensible humilla- cién, cuando se propuso probar la tesis de que la vida instintiva sexual en nosotros no puede ser domefiada por completo, y que los procesos animi- cos decisivos suceden en su mayor parte de forma inconsciente; de donde se seguiria la obligada conclusién de que el yo habria dejado de ser amo y sefior en su propia casa. Este mito artificial no carece de refinamiento constructivo; por un lado, porque coloca el nombre de Freud, que no menciona, en la linea su- cesoria de las autoridades de Copérnico y Darwin; por otro, porque per- mite suponer algo asf como una teleologfa en el proceso de las humilla- ciones, en la medida en que la serie que parte de lo cosmolégico para pasar por lo bioldgico y llegar a lo psicolégico aparenta una subjetivacion creciente. El concepto de humillacién adopta en esta historia una colora- cidn cognitiva cada vez més intima. Remite a un desarrollo intelectual en el que el ser humano, curioso y abierto a la verdad, resulta ser cada vez més aque! que asume la creciente desventaja de ser é] mismo. El hombre expfa su ilustracién al precio de sufrir graves dafios en su escudo inmu- nolégico cognitivo!. El precio de ser ilustrado acerca de la situacién y ' De ahi que no haya entrada gratis al proceso de la ilustracién: ésta siempre exige un pre- cio psicotraumatico. Un acceso particular a ella aparentemente gratuito sélo lo tienen aquell individuos que traen ya consigo heridas mucho mayores que las que podrian producir en su s tema narcisista los meros ataques cognitivos. Tales candidatos, igual que los superdotados de un tipo especial, obtienen de balde la titulacidn en los estudios de humillacién. Para ellos, los sa- ctificios psiquicos que afectan exclusivamente al escudo inmunolégico cognitivo representan un alivio; es por eso por lo que se mueven en el Ambito de la oscura teoria como pez en el agua. 223 funcion del hombre en la evolucién —tal parece querer decir Freud conti- nuando a Nietzsche- es la expulsién de los paraisos de narcisismo y de ilusi6n. «El mundo: un portén a mil desiertos, vacfos y frios. Es notable que tales perspectivas no leven al osado psicélogo a la conclusién de renunciar a su empresa. Igual que su contemporéneo Max Weber, Freud se adhiere firmemente a la concepcién, de un moderado herofsmo, de que las personas que colaboran en el proceso de desencan- tar el mundo a través de la ciencia tienen que mostrarse a la altura de su desilusi6n inevitable. De la estoica voluntad de desilusién de éstas deri- va él el derecho —es mis, el deber- de un cierto sadismo publicista. Evi- dentemente, Freud est4 orgulloso de su capacidad para exponerse, antes que otros, a las humillaciones histéricas y pasarlas a un ptiblico que ha de ser humillado atin. Este orgullo permite suponer de quienes lo sienten que esperan a pesar de todo hacer un buen negocio. Quien anticipa y pu- blicita las humillaciones puede emerger como ganador relativo de la de- silusi6n universal: de la desventaja de ser el que es, propia del que cono- ce, el publicista del desencantamiento saca la ventaja de adelantarse a los demés y decirles a la cara cosas inoportunas. En semejante exposicin, la Ilustracién aparece como un juego malvado. En la medida en que ha de progresar como historia de la humillacién, la Ilustraci6n seria el in- tento de inocular el retrovirus del saber en los sistemas inmunoldgicos narcisistas de un grupo todavia cobijado en ilusiones, a fin de deconstruir esas ilusiones desde dentro. El ilustrado es el amigo que no ha salvado mi ilusién. Si he hablado de un sadismo latente en el discurso cientifico publicis- ta de la humillacién, habria que garantizar que esto slo se entiende en li- mites estrechos como un argumento ad hominem. La moralidad y el ca- racter de algunos individuos como Darwin o Freud son secundarios para la comprensi6n del proceso que ellos impulsan. Los grandes maestros de la investigacién perturbadora del narcisismo s6lo participan en un proyecto cognitivo de dimensiones epocales que se ejecuta a través de ellos con la violencia de lo ineludible. Esto se muestra sobre todo en el hecho de que el proceso estilizado por Freud en su propio favor no se detuvo con la ilustracién psicoanalitica. Hay buenas razones para creer que las humilla- ciones cientificas del narcisismo antropolégico no habjan sido hasta Freud més que de tipo retérico y que la fase hardcore de la historia del desencanto no comienza mas que después de la tercera humillacién. En efecto, los psicélogos de formaci6n freudiana producen hoy la im- presién, comparados con los representantes de la investigacién de funda- mentos, de ser una escolania de almas bellas. El bidlogo cognitivo Ger- hard Vollmer ha descrito la historia cientifica de los ultimos cincuenta afios como una tempestuosa marea compuesta por olas de humillacién cada vez més aceleradas cuyo fmpetu ha arrasado hasta los tltimos res- tos del antiguo narcisismo —en cédigo religioso o metafisico- de la espe- > 224 cie?, Seguin Vollmer, la cuarta humillacién corre a cargo de la etologia hu- mana, esto es, la ciencia que intenta inscribir no s6lo la physis humana, sino, més alld de ésta, también el comportamiento cultural humano en la continuidad filogenética de las evoluciones producidas en el reino ani- mal. Una quinta humillacién es, segtin él, la desencadenada por la teoria del conocimiento evolucionista. Esta afecta al coraz6n del narcisismo ra- cionalista, que se ve forzado a reconocer que el aparato cognoscitivo hu- mano no alcanza mas que a iluminar en ciertos aspectos, como espa conocido, el nicho cognitivo habitado por el homo sapiens, esto es, el mundo fenoménico mesocésmico; en cambio, ese mismo aparato cog- noscitivo no sirve, en las inmensas extensiones de las realidades micro y macrocésmica, mas que para andar como sondmbulos. Es cierto que el hombre contintia siendo en esta visién una excepci6n légica entre los ani- males, pero sdlo es el topo del universo, que se abre camino en un estre- cho ttinel cognitivo. Esta humillacién epistemolégica ataca a los estratos més profundos de nuestro inmemorial optimismo cognitivo y asesta un golpe aniquilador a la primigenia confianza intelectual en la facultad de adecuaci6n ontoldgica de nuestro aparato cognitivo. Pero ya al instante siguiente hemos de prepararnos para encajar el ataque de la sexta ola, conducido por la discutida sociobiologia. Esta destruye —al menos segtin el concepto que manejan sus autores— el autoengaiio lisonjero del hom- bre cuando cree poder fundar su comportamiento en motivos holistas, al- truistas, idealistas y desinteresados, pues en el fondo de todo comporta- miento la sociobiologia «descubre» un egofsmo de los genes indiferente a cualquier interés del individuo o de la especie. El centro del teatro mun- do no lo ocuparian por tanto ni las especies ni los individuos; ambos no serian sino mascaras y medios de una fuerza central anterior al ser huma- no, que cabria definir como la voluntad de poder del gen. En el caso de que estas suposiciones fueran acertadas, habria sonado, en la perspectiva filoséfico-moral, la hora de un milenio de lobos, y el egofsmo, contra el que lucharon como quintaesencia del mal todas las culturas superiores, serfa de una vez refrendado por la ciencia: los genes serfan una especie de dioses irresponsables que persiguen sus fines con ceguera soberana. En séptimo lugar, viene en el escenario de Vollmer la humillacién a ma- nos de los ordenadores. Esta presenta en lo esencial dos caras: una antro- polégica, que contempla al hombre como su doble maquinal y le aver- giienza con imitaciones que le ponen en ridiculo; y otra relativa a la historia de los medios de comunicaci6n, que rebaja al hombre conocido ~entendido como animal cultural capaz de memoria, habla y escritura- y le impone la conciencia de lo anticuado e insuficiente de su posicién fu- tura en estos asuntos de importancia. ? Gerhard Vollmer, «Die vierte bis siebte (sic) Kriinkung des Menschen: Gehirn, Evolution und Menschenbild», en Philosophia naturalis 29, 1992, pp. 118 ss. 225 Pero con esto sélo se ha descrito la serie de las humillaciones habidas, y es seguro que la escala de las vergiienzas que atin ha de soportar el nar- cisismo antropolégico est4 abierta hacia arriba. Se anuncian ya otros dos huéspedes siniestros que prometen echar definitivamente al hospedero, el hombre, de su propia casa: por un lado, la humillacién ecolégica, que se apresta a demostrar que el hombre de las culturas despiertas slo malinter- preta y destruye a largo plazo los sistemas medioambientales complejos, pero no puede ni comprenderlos ni cuidarlos; y por ultimo, la humillacién neurobiol6gica, que saldrd de la alianza entre genética, bidnica y robéti- ca y logrard en poco tiempo que las manifestaciones mas intimas y per- sonales de la existencia humana (tales como la creatividad, el amor y la libertad de la voluntad) se hundan en una ciénaga sembrada de fuegos fa- tuos y compuesta por tecnologias, terapias y juegos de poder reflexivos. Esta macabra lista evidencia al menos dos cosas. Se puede reconocer en ella, por una parte, una megatendencia impersonal que, mas alla de re- chazo y aprobaci6n, se cumple de forma tan irresistible que en épocas pa- sadas hubiera merecido el nombre de destino; en esta tendencia se impo- ne eficazmente el motivo cientificista, bajo la triple figura de naturalismo, mecanicismo y constructivismo, a empujones repentinos sobre una co- rriente constante. Por otra parte, la lista pone de manifiesto que con cada oleada de humillacién se produce una clara asimetria entre actividad y pasividad. Puesto que la ilustracién discurre de la vanguardia a la reta- guardia —Rosenstock-Huessy dice: «La humanidad marcha en cujfia»-, existe entre los remitentes y los receptores de cada humillacién un claro gradiente. Es evidente que el productor de la humillaci6n tiene la oportu- nidad privilegiada de compensar el perjuicio narcisista, que hace publico, con la ganancia de] narcisismo de su publicacién, de forma que el publi- cista se regenera ipso facto, mientras que todos los riesgos recaen en el consumidor de la humillacién. Este se queda atrds con la exigencia de ha- cer frente como mero paciente al nuevo estado de cosas, a no ser que des- cubra un procedimiento para vender él a su vez la amarga pildora. Quien no pueda presentarse como inventor o transmisor de una humillacién —esto es, como ilustrado— tiene todas las probabilidades de engrosar la amplia base de la piramide donde se juntan los consumidores finales de las informaciones destructoras del narcisismo, abandonados a la desven- taja de ser ellos mismos. La percepcién de esta desventaja se articula ti- picamente como depresi6n. El que sélo recibe la ilustracién deconstruc- tiva se convierte en un puro paciente. E] proceso total tiene el cardcter de una cadena de cartas nihilista en la que —-como en todas las actividades de este tipo— los tiltimos receptores ya s6lo pueden ser perdedores. Por el contrario, para aquellos que se convierten a tiempo en vehiculo de las hu- millaciones, la empresa de la ilustracidn es, en una perspectiva narcisista- econémica, un juego ganador, mientras encuentren vias para intercambiar la ilusién contemplativa por un poder operativo o, al menos, destructivo, 226 0 sea, «critico». Este trueque es, en términos psicodinamicos, la transac- cién primaria de la ilustracién. Explica por qué una empresa tan precaria como la descomposicién paulatina del narcisismo antropoldgico —y de las ilusiones que éste comporta: centralidad, identidad y soberania— recluta un némero tan grande de jugadores activos Quisiera establecer la hipétesis psicohistérica de que toda historia cul- tural es la historia de la reformatacién de los narcisismos; en otras pala- bras, la historia de la lesi6n y regeneraci6n de sistemas inmunoldgicos mentales. El concepto de enfermedad infantil tiene manifiestamente un sentido histérico-intelectual e histérico-animico. Y es evidente que la mo- derna actividad publicista de la ilustracién y la humillacién seria inviable en términos psicoeconémicos, si no pudiera recurrir a un sugestivo mode- lo que sirva de analogfa con la maduracion de la conciencia. Propugna asi la prosecucién de la ilustracién asegurando que todas las humillaciones no serfan sino vacunaciones con la verdad que, tras las primeras reacciones de crisis, suministrarfan fuerzas inmunolégicas regeneradas y sentimien- tos elevados mas maduros. En semejante visién, la humanidad formaria una pirdmide de vacunaciones, compuesta por las personas completamen- te vacunadas, las vacunadas a medias y las no vacunadas. En la ciispide estarfan aquellos que hubieran cumplido de forma ideal-tipica la comple- ta transformacién del narcisismo primario infantil y religioso en un narci- sismo de la capacidad adulto y tecnolégico; digamos, la unién personal de politicos maquiavélicos y sanguineos médicos jefes, con un suplemento de teorfa de sistemas para solucionar las crisis de sentido cotidianas y otro de alegre paranoia para las mds graves. En la base de la piramide se encontrarfan poblaciones indolentes, dependientes atin de inmunizaciones preilustradas y pretécnicas, pero en peligro constante de descender al ni- vel de los proletariados depresivos. En la parte central se moveria una burguesia propietaria cognitiva, muy estratificada, formada por los candi- datos a una vida adulta, afanado cada cual en su nivel en cambiar la inmu- nidad primaria de ilusién en la més madura inmunidad de poder, un pro- ceso que comiinmente se traduce con el concepto de formacién continua. No es de extrafiar, por tanto, que apenas se encuentre en ninguna otra par- te un ptiblico mds deseoso de formacién que en los miembros de las pro- fesiones humillantes. Bajo esta Optica psicoeconémica, las culturas superiores y las so dades modernas aparecen como gigantescos transformadores de narci: mo, que asignan a sus miembros las ventajas y desventajas de su perte- nencia al grupo. Las fuerzas de uni6n que acttian en semejantes sistemas s6lo se vuelven comprensibles si se presta atencién al reparto de la ener- gia narcisista en municipios, iglesias y corporaciones. Las sociedades feudales, por ejemplo, regulan sus narcisismos colectivos mediante la bri- Ilante exposicién de la majestad real y la admisién de los vasallos y sus allegados a participar en la irradiaci6n del polo soberano. También las ins- 227 tituciones modernas obedecen a la ley de vincular a sus miembros me- diante el reparto de ventajas narcisistas. Asi, por ejemplo, no se compren- dera lo que es un colegio de médicos si no se sabe lo que es la plastica narcisista de las corporaciones; los Estados modernos sélo pueden con- cebirse como plasticas narcisistas politicas: funcionalizan la jactancia de sangre y cultura (menciono de pasada en este contexto la tragedia huma- na del médico especialista Radovan Karadzic, que se metié en la cabeza que era un politico, aunque cualquiera podia reconocer sin esfuerzo que estaba destinado a presidir un colegio de médicos serbio). Y del mismo modo s6lo es posible hacer justicia desde una perspectiva sistémica a las iglesias y los grupos religiosos, si se toma conciencia de que cons- tituyen plasticas de participaci6n e instalaciones de ilusién que proveen a sus miembros de satisfacciones afectivas y fuerzas inmunizadoras men- tales. Todos estos colectivos exigen a sus miembros un precio por su pertenencia a ellos, pero en cuanto logran el éxito del grupo, los indem- nizan con el acceso privilegiado a convicciones y herramientas de po- der, por cuyo medio experimentan la ventaja de ser ellos mismos con su- ficiente evidencia. MagulmnisMo. LA MODERNIDAD PROTETICA Por muy rapsédicas y apresuradas que sean las reflexiones preceden- tes, nos permiten hacer un diagnéstico mds preciso del actual malestar en la cultura tecnoldgica. Se entiende por qué no es posible responder direc- tamente a la pregunta de si, por ejemplo, la medicina robotica y biotec- noldgica mas reciente es «todavia» humana, y que haya que subdividir di- cha cuestién, para encontrarle sentido, en al menos otras tres cuestiones parciales que pueden ser concretamente trabajadas. Asf pues, pregunto primero: gen qué punto del proceso de humillaciones cientificas y de transformaci6én de dichas humillaciones surge originalmente una contri- buci6én especifica de la medicina? Luego: de qué manera articula el ma- lestar actual hacia la medicina rob6tica el gradiente tipico entre produc- tores y consumidores de la humillacién tecnolégica? Y por ultimo: ,cémo cabe reacufiar la desventaja de ser rebajado por los robots en la ventaja de la coexistencia con m4quinas inteligentes? Distingo las cuestiones, pero quisiera concentrar su discusién respectiva en una argumentacién comin. Como se recordard, en el esbozo freudiano de una historia de las hu- millaciones cientificas, se trataba de una humillaci6n psicolégica; la me- dicina en general no contribuia de forma genuina a la destrucci6n de las fantasfas antropoldgicas de centralidad y soberania. Si se considera dete- nidamente, esta exposici6n no es objetivamente plausible y es histérica- mente falsa. De embarcarnos en una forma especulativa de historia inte- 228 lectual psicodindmica de esta tendencia, entonces hemos de admitir que el factor médico desempefié un poderoso papel en el inicio mismo del proceso. No es sélo la humillacién cosmolégica, ligada al nombre de Co- pérnico, la que pone en marcha el proceso critico e impone al hombre, en palabras de Goethe, la coercién de «renunciar al inmenso privilegio» de ser el centro del universo*. Al mismo tiempo que el giro cosmolégico, tuvo lugar una humillaci6n anatémica, por la cual el cadaver se convir- tié en el auténtico docente de la antropologia. Como consecuencia de los grandes hechos atribuidos a los primitivos anatomistas y sus aliados, los ta- lladores en madera y los grabadores en cobre, el cuerpo humano anima- do alcanzé por vez primera el estatuto de «cuerpo» en el sentido de la fi- sica moderna, sujeto a las leyes de la caida de los graves y sometido al escalpelo y a la perspectiva. Habria que hablar aqui de una humillacién vesélica. En la difusién publicista de ésta, los anatomistas impusieron en la practica el derecho a hacer abstraccién de la dignidad teolégica de su objeto; practicaban las disecciones del cuerpo humano como si para tal proceder fuera indiferente que ese mismo cuerpo, en vida, hubiera ido a misa, celebrado la Eucaristia y recibido la denominacién por los colegas de la facultad de teologia de templo del Espiritu Santo. Este ataque ana- témico fue desde un principio mucho mds que una contienda de las facul- tades. E] anatomista y el tedlogo se enfrentaban como oponentes en la cuesti6n, decisiva para la época, de la relacién entre naturaleza y sobre- naturaleza en lo referente al ser humano. En esta disputa, el papel de agresor correspondi6 eo ipso al anatomist | tedlogo, de forma natural, el de defensor. Este escenario se ha mantenido hasta hoy con cambiante reparto: desde hace cuatrocientos afios se repite la escena de que los agre- sores naturalistas obligan a los defensores de una dimensi6n extranatu- ral a replegarse a enclaves cada vez mds modestos. El vencedor también en este caso se queda con todo; cuando sea dable plantear la cuestién de la localizaci6n del alma con conceptos anatémico-biolégicos, entonces la derrota de la antropologia religiosa, metafisica o simplemente humanisti- ca sera sdlo cuestién de tiempo. Junto con el paradigma anatémico entra en escena una paradoja co- municativa caracteristica del conjunto de la historia moderna. En efecto, no es posible que haya paz entre el orgullo de las nuevas ciencias y el nar- cisismo de las practicas de fe cristiano-humanisticas, sin que exista un perdedor o, al menos, una parte mas damnificada. Pues {c6mo explicar al hombre este hallazgo anatémico: que una vez disecado no ha sido posi- } Tanto Goethe como Freud no tienen en cuenta que la posicin central de la tierra en el mo- delo ptolemaico-aristotélico del mundo no implicaba en absoluto una posicién de privilegio; an- tes bien, Ia zona sublunar en su conjunto representaba el punto débil del cosmos, donde la muer- te y los movimientos finitos, lineales y curvilineos son habituales. Véase Peter Sloterdijk, Sphiiren Il, Globen, Frincfort, 1999, pp. 416-428. 229 ble encontrar en él un 6rgano del alma? ,Y cémo hacer comprender al hombre bautizado que espera la resurreccién que al seccionar al hombre exterior no aparece un hombre interior? O dicho més afiladamente: 4c6mo decirle al alma, que cree en la oportunidad de su salvacién, que segtin los conocimientos mas recientes el alma no existe? Del lado del agresor este problema de comunicacién resulta soportable hasta nuevo aviso, porque también aqui el narcisismo del ilustrado cubre sus costes con la transmisi6n de noticias deconstructivas. Mucho mas dificil es la parte del que ha de recibir la humillaci6n: si se cierra en banda a los nue- vos conocimientos, pierde la conexién con el estado del conocimiento; si se abre a las nuevas evidencias, entonces tiene que aceptar incursiones contra su sistema inmunolégico cognitivo. Mientras la doctrina sobrena- turalista fue, como idea politica, tan poderosa como lo fueron las Iglesias de los siglos xvi y xvul, lo més facil result6 ser una estrategia de contra- ataque: el ilustrado naturalista es demonizado sin vacilar. Si con el paso del tiempo el defensor se vuelve demasiado débil como para demonizar al agresor, entonces s6lo queda una retirada ordenada. Sabemos por la historia que esta retirada puede durar siglos. A lo largo de ella los agre- didos también defienden su orgullo con medios de dudosa validez inte- lectual y se niegan una y otra vez a convertirse en meros pacientes de la ilustraci6n: rechazan la obligacién cognitiva de vacunarse. Pero por muy lejos que vayan las maniobras de repliegue del orgullo religioso, el pun- to de fuga de todo movimiento defensivo tiene que situarse mas alld de la autoafirmaci6n narcisista. Al agredido se le impone finalmente la prueba de la existencia del alma por la humillaci6n de ésta. Alma es ahora lo que puede decir: soy humillada, luego soy; cabria denominar esto el cogito traumatolégico. Este conocimiento sd6lo se vuelve concluyente para el hombre sobre la base de la depresién: el hombre se comprende a si mis- mo cuando prueba, apurdndola hasta la hez, la desventaja de ser é1 mismo. Esto lleva a abandonar los sistemas religiosos constituidos. El matemiatico y filésofo Blaise Pascal fue de los primeros que refle- xionaron sobre la conexi6n existente entre la dignidad y la debilidad del hombre. Segtin Pascal, el hombre es el mas endeble de los seres, una cafia que se parte demasiado pronto, pero una cafia pensante. Si se lleva la re- flexién de Pascal hasta el extremo, entonces habria que concluir: el hom- bre es in extremis una herida, pero una herida que se sabe a si misma. Se insintia en esto un concepto de la dignidad humana que se sitia mds alla del narcisismo exitoso en sus ciclos de lesién y reparacién. No es el he- cho de que el hombre pueda sentirse a gusto protegido por ilusiones de integridad —ya sean primarias o regeneradas— lo que hace su dignidad en sentido filos6fico, sino el que viva con el riesgo de contemplar el fracaso de sus ilusiones vitales. De esta manera, se esboza ya en el siglo xvi una antropologia tragica en la que se articula un orgullo sin orgullo como ho- rizonte ultimo de la dignidad humana. 230 Con la humillacién anatémica del siglo xvi, la existencia psicosoma- tica humana se vio sumida en un proceso de objetivacién que avanzaba imparable. En este proceso, la imagen del cuerpo humano fue modela- da segtin el cadaver, y la del cadaver, segtin la maquina. Dos magnitu- des iguales a una tercera son iguales entre si: de 1a mediacién del cada. ver se siguen para la ecuacién entre hombre y maquina consecuenci que fueron conceptualmente elaboradas en el materialismo francés del si- glo xvi, en particular por La Mettrie, y desarrolladas en el naturalismo de los siglos xtx y xx. Hay buenas razones epistemoldgicas para pregun- tarse si las humillaciones que Freud denomin6 segunda y tercera, la bio- légica y la psicoanalitica, no seran en realidad humillaciones infligidas por el maquinismo: la teoria darwiniana representa la evolucién como una maquinaria animal semoviente; el inconsciente freudiano exhibe las propiedades de una maquina biopsfquica, que funciona como transforma- dor entre flujos energéticos y signos. Ya la humillacién supuestamente primera, la cosmolégica, tiene un sentido mecdnico latente, pues en ella la tierra no aparece ya como escenario de la gracia, en el que Dios se ha revelado al hombre, sino como magnitud excéntrica en un sistema gravi- tatorio astrofisico, el cual, hasta donde alcanzamos, no se interesa por el hombre. La tierra habria sido asi degradada de instancia central teatral- narcisista a elemento constructivo subordinado de un sistema solar entre muchos. Parece, por tanto, que todas las humillaciones del narcisismo humano estarfan basadas en la ecuacién entre hombre y maquina, y ésta merece, a causa de su dindmica elemental, un comentario mas detenido. Quien identifica a los hombres con simples maquinas ataca de hecho el orgullo antropoldgico en tres puntos sensibles: la conciencia de complejidad, la conciencia de finalidad y la conciencia de pieza de recambio. Incluso el hombre mas simple sabe o sospecha de sf mismo que su organizaci6n es infinitamente més compleja que la de cualquier herramienta o cualquier maquina que emplee; todas las maquinas conocidas hasta hace poco es- taban basadas en geometrias antinaturales supersimples y en reducciones extremas, de manera que la ecuacién con la m4quina implicaba ya nece- sariamente para el hombre una afrenta a su dignidad como realidad su- percompleja, indeterminada y, en esa medida, enigmatica. Ademés, has- ta el mas humilde de los hombres, ¢ incluso el esclavo aleccionado, sabe que no se resuelve enteramente en su ser-para-otro y que existencialmen- te siempre es mds que un mero medio para fines ajenos; de ahi que tenga fundados motivos, cada vez que se lo identifica con una trivial maquina, para sentirse agredido en su conciencia de poder ser su propio fin. Y por ultimo, la mayorfa de los hombres —cuando no son misticos dualistas o fi- l6sofos trascendentales— resumen el conjunto de su cuerpo inervado en el vivo sentimiento de su yo, por lo que su primera reaccién ha de ser un sentimiento de humillacién ante la pretensién mecanicista de que cual- 231 quier parte del cuerpo sea sustituible en el marco del progreso de la inge- nieria protética. Se puede mostrar sin dificultad que en lo concerniente a esta triple susceptibilidad humana, justificada sin reservas, las cosas han cambiado mucho desde entonces. Las posibilidades de que el hombre contempord- neo se sienta ofendido por su equiparacién con la maquina se reducen cada vez mas a la vista de la tecnologia mds reciente. Las mAquinas ci- bernéticas avanzadas no est4n hoy en dia a una distancia tan grande de la complejidad de los organismos como lo estaban los mecanismos de relo- jeria del siglo xvu; refinadas computadoras simulan indicios de esponta- neidad, personalidad e incluso de jugueteo estético; la protética ha alcan- zado un nivel técnico que ha vuelto mucho menos terrible la perspectiva de tener que amistarse con piezas de repuesto para los 6rganos; los tiem- pos de la pata de palo y del garfio pertenecen al pasado lejano. En este sentido, se podria hasta llegar a hablar de una convergencia entre lo hu- mano y lo maquinal. En la medida en que este desarrollo se confirme, la dolida queja humanistica contra la maquina deberia un dia convertirse en su absolucién, a causa de la probada ausencia de intenci6n por parte de la maquina de humillar al hombre. Si existe en efecto una universal humillacién del hombre moderno por la maquina -y todo parece apuntar a ello—, entonces est4 justificado pre- guntar por los motivos cientificos e histéricos para la aparicién de este poder de humillacién. La respuesta que puede aun ser orientadora est4 contenida en esta férmula de Bacon: saber es poder. Esta frase, citada hasta la saciedad, pierde su trivialidad aparente tan pronto como se en- tiende lo que efectivamente quiere decir: que el saber mecdnico confiere poder, que el saber operativo produce soberanfa. Ilustracién, asf pues, no es s6lo ni tanto una transformaci6n de la mentalidad colectiva tendente a la democratizacién del poder. Significa en primer término la competen- cia para la construccién de mdquinas, y por consiguiente, el empleo de méquinas contra la mera naturaleza en unin con su aplicaci6n contra los hombres no ilustrados, esto es, carentes de recursos mecdnicos. Guardan consonancia con esto los tipicos intentos de la modernidad por obtener ventajas de poder a partir del saber mecanicista: en la ingenieria civil en el caso de Thomas Hobbes, en la ingenierfa industrial en James Watt, en la ingenieria de la verdad en Leibniz, en la ingenierfa de la belleza en la Opera barroca y el ritual cortesano, en la ingenierfa educativa a través de la escuela jesuitica, en la ingenieria militar con los ejércitos permanentes del absolutismo, en la ingenierfa de la identificacién de las personas por las policias absolutistas, en la ingenierfa sanitaria de los modernos hospi- tales o en la ingenierfa del saber de las academias de finales del Barroco. La economia cognitiva del siglo xvi esta marcada por el paso del mode- lo ret6rico del poder, consistente en el manejo de signos, al modelo téc- nico del poder, basado en la ingenierfa. 232 {Pero qué hace confluir energias constructivas tan poderosas en la idea de la maquina y la convierte en objeto de esperanzas humanas de tan altos vuelos? A mi parecer, la tinica explicacién se encuentra en la aspi- raci6n de la inteligencia moderna a escapar de su cautiverio metaffsico, donde a los hombres no les queda mas remedio que verse a si mismos como criaturas de Dios. En la voluntad de construir m4quinas —en gene- ral, en la voluntad de las artes— se pone de manifiesto una universal rebe- lién del hombre moderno contra la constriccién derivada de la heterono- mia tanto natural como divina. En la base de los modernos impulsos constructivistas actéa la negativa a ser una parte paciente y receptiva ante un mundo terminado. En efecto, bajo el régimen de la metafisica, la tota- lidad del mundo se divide en el reino de la naturaleza y el reino de la gra- cia. A causa de su doble ciudadanfa, por pertenecer a ambos reinos, el hombre es doblemente stibdito; en un caso, como criatura en el 4mbito natural, en cuanto se las ha con el Dios de lo regular; en el otro, como re- ceptor de carismas o dones graciosos, en cuanto se encuentra con el Dios de lo excepcional. Tanto en uno como en otro reino, el hombre se expe- rimenta a si mismo en su pasividad y como una fuerza obligada a some- terse. Si quiere hacer estallar esta posicién heterénoma y convertirse é1 mismo en candidato a acciones soberanas, entonces tiene que intentar es- capar por todos los medios posibles a la alternativa de naturaleza y gra- cia. Se descubre que en el dmbito de lo ente existe una tercera fuerza no comprendida en esta alternativa: la maquina, el artificio, la obra humana. Entre el reino de la naturaleza y el reino de la gracia se abre una brecha al principio apenas perceptible: el delgado dominio de las herramientas, de las obras de arte, de las maquinas. En cuanto se las examina con rigor, se hace enseguida evidente que ni fueron producidas por Dios en los seis dias de la Creaci6n ni cayeron posteriormente como llovidas del cielo por la gracia de ese mismo Dios en intervenciones milagrosas en el curso re- gular de la naturaleza. Desde finales del siglo xiv, en las ciudades europeas se extiende un fantastico rumor entre artesanos, cancilleres, comerciantes y artistas, que tuvo que electrizar a los inteligentes y los fuertes: la maquina, el artificio y el calculo son una oportunidad para el hombre. Hacia 1450, el mds gran- de pensador de la Baja Edad Media, Nicolés de Cusa, recoge este rumor difundido entre los legos y escribe el mds impresionante texto de comien- zos de la modernidad acerca de la fuerza creadora del intelecto humano: Idiota de mente, «E] lego sobre el intelecto». En efecto, en los inicios de la modernidad se observa entre los europeos cultos una inquietud que conduciré a un doble éxodo fuera del viejo mundo. De entre los primeros inquietos, unos emigran a través del Atldntico al Nuevo Mundo, a las dos Américas, donde la naturaleza misma parecia ofrecerse como una gracia, libre de la sumisi6n y del pecado original de la Europa vieja; cruzaron a ese més alld trasatlantico donde los antiguos europeos esperan desde en- 233 tonces un nuevo comienzo desde cero. Pero los que no se marcharon tam- poco se quedaron donde estaban; emigraron de la vieja pasividad al ter- cer «reino» de las maquinas y de los artificios. Emigran al progreso. En él puede uno regatear tanto a la naturaleza como a la gracia y poner en el mundo cosas nuevas, libres y propias a partir de la capacidad humana. El saber mecdnico es poder, y el poder es la capacidad de producir lo que no nace en la vieja naturaleza ni ha sido concedido por la gracia sino que debe ser inequivocamente atribuido al hombre, como arte, técnica, estra- tegia, maquina. E] reino de lo producido por esta capacidad es el elemen- to del hombre moderno. Su era esta colmada por un tnico acontecimiento: una inmensa emigracién sin moverse del sitio; una partida al tiempo de los artificios. Con ella, las inteligencias europeas consagradas al arte, la ingenierfa y la medicina cumplimentan la salida al espacio de libertad de las maquinas y los medios, las obras y las operaciones. Nos topamos, por tanto, con una inversién de nuestra suposicién ini- cial: antes de cualquier humillacién a manos de la maquina, esté la satis- facci6n insuperable que proporciona la capacidad de construir maquinas. Los nticleos afectivos del progreso moderno son el «puedo» y el «esto funciona». E] fenédmeno de la humillacién viene a continuacién, pues la satisfacci6n que proporciona la capacitacién para construir mdquinas s6lo puede aparecer en poblaciones modernas repartida de forma muy asimétrica. Por uno que es capaz, hay por de pronto y sin cesar miles, de- cenas de miles, luego millones de personas no capaces. Es ineludible que la historia intelectual moderna se desarrolle en forma de un drama sado- masoquista entre la fraccién constructora de maquinas y la que no lo es, entre los pocos que primero alcanzan esa capacidad y los muchos, que re- ciben la capacidad de los capaces de grado 0 a regafiadientes. El resto son problemas de transmisi6n, transformaciones del narcisismo e historias de recepci6n. Se produce un abrazo, a un tiempo gozoso y conflictivo, entre ingenieros y no-ingenieros, artistas y no-artistas, empresarios y no-em- presarios, cirujanos y no-cirujanos; a ello se afiade recientemente la rela- ci6n entre sponsors y no-sponsors. En todos estos campos luchan entre sf la cooperacién y el resentimiento; la aspiracidn a participar en las venta- jas de la técnica rivaliza por doquier con el temor a contarse entre los perdedores de la introduccién de nuevas técnicas. Tales juegos serios s6lo pueden dar lugar a una historia coherente en tanto se consiga convencer en cada caso a las mayorias pasivas de que tie- nen la oportunidad de apropiarse el sadismo de la capacidad de las mino- rias ofensivas y de compartir, de esa forma, la condicién de ganadores de la ola innovadora. La idea moderna de formacién funciona como amorti- guador entre ambas partes; transforma la desconfianza hacia las personas activas en admiracién y emulacién. El culto al genio, como modelado del amor-odio entre personas creativas y receptivas, tiene aqui su lugar siste- matico. Pero también lo que se presenta hoy en dia como publicidad a fa- 234 vor de las nuevas tecnologias, como marketing de visiones y politica de ideas, no es en realidad, en la mayorfa de los casos, mas que una perfor. mance seductora en el teatro sadomasoquista de la construccién mecdni- ca en ascenso; pilotan el proceso de su recepcién por un piblico que no puede saber de entrada si, gracias a estas novisimas recomendaciones, al- canzard 0 no a participar honrosamente en el disfrute. Por lo que hace a las zonas altamente tecnificadas del Primer Mundo, puede constatarse que las poblaciones ocupadas en el consumo y el aprendizaje han segui- do paso a paso, después de una tfpica vacilacién inicial, las incitaciones de las progresivas oleadas mecdnicas. Desde este punto de vista, la mo- dernidad es sobre todo la historia de la recepcidn de la competencia en la construcci6n de maquinas y de la popularizacién de esta competencia en- tre los usuarios. Asi pues, es posible deducir el malestar en la cultura de la alta tecno- logia recurriendo a la historia de las m4quinas; dicho malestar tiene su motivo principal en la doble negativa a la naturaleza y a la gracia, por la que el mundo tradicional, donde el ser es encontrado, empieza a hacerse extrafio en su totalidad. Sin embargo, una cultura que ha buscado su opor- tunidad en la maquina no deberia asombrarse del extrafiamiento técnico del mundo. Es verdad que también forman parte de la modernidad la vuelta roméntica a la naturaleza y la vuelta neorreligiosa a la gracia, pero ambas reacciones no pueden cambiar nada para nosotros en la ajenidad del mundo artificialmente ampliado y transformado. La modernidad sur- ge de la voluntad de artificio, y en ningun otro sitio se muestra mejor lo artificial que en la medicina moderna. Desde hace tiempo, ésta viene ope- rando con naturalidad y conviccién en un dmbito ajeno a la gracia y a la naturaleza. Los médicos y pacientes modernos no hacen frente a enfer- medades y achaques por medio de curaciones milagrosas sobrevenidas graciosamente ni mediante una confianza inoperante en el natura sanat. Seguramente hay curaciones que tienen carécter milagroso; la naturaleza ciertamente sana por si misma, y serfa una presuncién no asombrarse de que las personas son capaces de recuperar la salud perdida; pero la opor- tunidad especifica del hombre moderno sélo se presenta cuando pisamos el tercer campo, el campo técnico. Asi y todo, si numerosos consumidores de las mas recientes tecnolo- gfas médicas, y no pocas veces los propios médicos, sienten inquietud, ello es debido a que los aparatos representan sin tapujos, quizd demasia- do abiertamente, la posicion de poder de la m4quina. Las méquinas son, conforme a su esencia, prétesis, y como tales est4n destinadas a comple- mentar y reemplazar la primera maquinaria, fingida por la naturaleza, por una segunda maquinaria, procedente del espfritu de la técnica. Hay que evitar ver en las prétesis meros suceddneos primitivos de érganos perfec- tos. Al contrario, la esencia de la protética es sustituir 6rganos imper- fectos por maquinas capaces de mayor rendimiento. La calidad ofensiva 235 de estas sustituciones se hace evidente si se prescinde de las prétesis re- paradoras y se comprenden las protesis expansivas como las determinan- tes. Aunque la protética se iniciara como incorporacién 0 adicién de cuer- pos extrafios al propio cuerpo, sélo se realiza verdaderamente al producir cuerpos ampliatorios que no s6lo reparan el antiguo cuerpo, sino que lo potencian y transfiguran. En esta vision, los invdlidos son los precursores del hombre de mafiana. Quizé no sea casual que el inspirado genio del poder de la edad moderna, Napoleon, fuese el primero en erigir una cate- dral a los invalidos. Después de esto, ya s6lo harfa falta una catedral con- sagrada a las protesis, y bien pensado, ésta ya fue erigida hace tiempo en la forma del moderno mundo de la vida tecnolégico. ,Acaso no habita- mos un parque de prétesis global? ;Y no experimentamos el mundo cada vez mas como gran clinica y comuna telematica? La modernidad prote- tolégica trabaja con persistencia en ampliaciones corporales operativas, sensoriales y cognitivas que nos causan la impresi6n de ser maravillas sin maravilla, y que pronto acabaremos suponiendo como naturalezas al lado de la naturaleza. Todas ellas pertenecen al espacio extrafio de la técnica y nos hacen sentir las frias consecuencias de nuestra emigraci6n a este ter- cer dmbito. Todas las categorias de lo ajeno se dan cita en la realidad clinica: cuerpos extrafios como miembros artificiales mecdnicos 0 electrénicos; Organos extrafios como maquinas naturales trasplantadas 0 como alo- plastias puramente sintéticas, movimiento ajeno como locomocién elec- tromévil o robética; ritmica ajena como sustitutivo técnico de la frecuen- cia vital en endoprotesis activas del tipo del marcapasos cardiaco; suefio artificial con ayuda de anestésicos; estados de dnimo artificiales median- te drogas psicotrépicas; conocimiento artificial mediante neurodesigning y manipulacién neurolingiifstica; ojos artificiales como 6pticas invasoras y no-invasoras para la inspeccién de la antigua oscuridad del cuerpo; em- barazos artificiales mediante protesis placentarias y tteros artificiales. La protética actual s6lo se ve sobrepujada por el empuje de la genética hacia el nivel sintético, donde los hombres adquieren el poder de dar 6rdenes biolégicas alternativas; aqui aparecen en el horizonte seres vivos artificia- les tecnogénicos. Estas précticas sumadas repercuten ahora de forma ma- siva en los habitantes del entorno técnico y hacen necesaria una ontolo- gia de las realidades protéticas. Es hora de ponerse de acuerdo sobre el estatus de realidad que corresponde a todos estos hermanastros ontoldgi- cos del hombre. El asalto actual a la virtualidad contiene la exigencia ine- quivoca de una ontologfa del ser y la apariencia técnicos. Es verdad que el privilegio ontolégico de nuestro cuerpo primero e individual es toda- via vitalmente sentido por doquier —mientras el primer cuerpo siga sien- do irreemplazable-, pero este privilegio ha sido abolido tanto en la cosa como en la tendencia, en la medida en que cada vez mds trasladamos y traducimos el cuerpo natural al cuerpo expansivo técnico. Los cuerpos 236 ampliados nos suministran la evidencia de que, en calidad de maquinas, tenemos ventaja. LA ERA DE LO AN{MICO No estamos en general acostumbrados a relacionar el concepto de €poca con circunstancias animicas. Esto es comprensible porque nuestra atencién hist6rica esta dirigida ante todo a los acontecimientos y fuerzas que han determinado las épocas en lo politico, lo religioso y lo artfstico, mientras que apenas consideramos los factores psiquicos de la condicién humana a la luz de procesos evolutivos. Pero toda historia humana es, de forma natural, también historia de las circunstancias de la animacion, y las peripecias y transiciones de estas circunstancias estén siempre impli- cadas cuando se habla de lo «humano» y de su amenaza por poderes de extraflamiento. En analogia con la distincién histérica canénica de Edad Antigua, Edad Media y Edad Moderna, quisiera aqui —sin entrar en mds argumentos ni aclaraciones— presentar la tesis, inspirada en particular por Gotthard Giinther, de que también el 4mbito fenoménico de lo anfmico conoce tres eras o épocas: una antigiiedad animista, una edad media sub- jetivista o personalista y una edad moderna asubjetivista 0 cibernética. Esta sucesién de los tres estadios de lo animico puede interpretarse como la historia de una progresiva desustancializaci6n 0, si se prefiere, de una funcionalizacién de lo animico. El movimiento del animismo al subjetivismo 0 personalismo y de éste a la cibernética proporciona la ma- triz de todos los episodios de la historia de las humillaciones narcisistas de la humanidad. Hay no pocos argumentos que apoyan el supuesto de que en cada individuo contempordneo se expone la secuencia entera de las eras en peculiar abreviatura. En todo hombre de corte moderno se ocul- tan probablemente dos antecesores ofendidos: un animista ultrajado procedente de la antigiiedad del alma, que a comienzos de la era de las culturas superiores fue reprimido por medio de una transformacién sub- jetivista y personalista de lo animico; y un personalista ofendido, que desde el inicio de la época técnica tiene que comprobar cémo es supera- do por los conceptos asubjetivistas y cibernético-maquinistas de lo ani- mico. En cada individuo moderno hay que contar por ello con cierta in- clinacién al retorno de lo superado, si no, incluso, con la disposicién latente a aliarse con la antigiiedad o la edad media animica contra la edad moderna (raz6n por la cual existen dos modos, de diferente datacién, de evasion de la modernidad: uno personalista-monoteista y otro animista- politeista). Sélo con el trasfondo del modelo de épocas cabe determinar qué s ig- nificacién hay que atribuir al concepto de lo humano. Humana es en pri- mer lugar la consideracién que lo nuevo muestra hacia lo antiguo tras la 237 victoria. El sentimiento de humanidad no fue en un principio nada mas que el arreglo hist6rico al que Ilegé el personalismo con el animismo tras imponerse a él. Atin hoy podemos aceptar el humanismo como nuestra «antigua herencia» en la medida en que sigamos sintiendo la necesidad de repetir el paso de la era del pensamiento monovalente a la del pensa- miento bivalente. Cuando el hombre humano victorioso de la edad media personalista pudo sobreponerse a si mismo y reconocer que nada huma- no le era ajeno, esto implicaba que también en el régimen personalista de cultura superior —que regfa las relaciones entre Dios, alma y mundo— ha- bia que integrar y aceptar determinados motivos animistas, motivos que, no obstante, el destino evolutivo de las vanguardias antiguas hubo de su- perar. El sentimiento de humanidad originario surge, como un humor de la alta cultura, del trato con aquello que en nosotros mismos y en nuestros vecinos no es, sin embargo, tan elevado. El humor humanista es la con- descendencia del presente para con el pasado superado y, no obstante, no desaparecido. Este humor modera el trato con lo arcaico interno. Si vemos a algun cirujano que lleva un amuleto, es una sefial de humanidad no burlarnos de ello. El personalismo metafisico por lo general sélo pier- de el humor allf donde defiende su sustancia: la incondicional superorde- nacién de la ética y la ontologfa monoteistas por encima de las costum- bres politefstas; de éstas tratard el personalismo metafisico, al menos en su fase de arranque y despegue, como de abominaciones y regresiones inaceptables. El estudio de la historia de las religiones antiguas puede convencernos de que el paso a imagenes del mundo y actitudes de fe per- sonalistas-monotefstas supuso para la humanidad antigua una crisis que produjo un elevado mimero de victimas y dejé por doquier tras de sf ani- mistas humillados. Por mor de la paz interna, la nueva formacién tuvo que echar mano de férmulas de reconciliacién para las necesidades ani- mistas. Desde una perspectiva psicohistérica, el humanismo es un semiani- mismo que cuida del arreglo entre la edad media animica y la antigiiedad animica. Sélo se puede comprender el universo cat6lico -con su culto a los santos, a la madre de Dios y al sagrado coraz6n, y con su aficién a mf ticas radicales— si se tiene presente que la tarea hist6rico-religiosa del mi- lenio cat6lico fue compensar a la parte animista invencible e integrarla. Mas impresionante atin es la sintesis desarrollada en el hinduismo entre la antigua religi6n m4gica y la nueva metaffsica brahmanica. Es plausible considerar la existencia de un compromiso andlogo en la actual crisis de transicién entre la edad media personalista y la civiliza- ién técnica moderna. Los resentimientos antitécnicos no alcanzan més alld de la formaci6n de subculturas, que los superados pueblan con sus ti- picas mistificaciones; éstos padecen la doble moral, que ninguna terapia puede tratar, consistente en pensar pretécnicamente y vivir técnicamente. 238 Quien crea en el potencial inteligente, no puede por menos que trabajar en un renovado arreglo histérico entre las formaciones de lo animico. Este se articulard, segtin la situaci6n de las cosas, en dos niveles: como conciliacién entre cibernética y personalismo, por un lado, y como com- promiso entre cultura maquinista y animismo, por otro. Para obtener plausibilidad humana, la ontologia maquinista dominante debe liberar una nueva y fuerte idea de formacién. Su pensamiento es inevitablemen- te mds complejo en una dimensién psicohist6rica que el de sus predece- sores de las culturas superiores. El personalismo judfo, el platonismo cristiano y el humanismo estoico han sido arrinconados en posiciones reaccionarias por la aparicién de la cultura intelectual cibernética y sisté: mica. Una posici6n se dice reaccionaria cuando desde ella sdlo es posi- ble protestar pero no seguir pensando. El humanismo clasico, que vino al mundo como cuidado personalista del animismo humillado, esta hoy practicamente agotado; es mas, él mismo se halla humillado y ha pasado a la defensiva. En vano se refugia en debates sobre los «valores». La me- diacién superior sélo puede ya ser realizada desde la modernidad maqui- nista: ésta tiene que proclamarse la fuerza humana mayor. Hay que con- vertirse en cibernético para poder seguir siendo humanista. Dos cosas ante todo se le exigen a una cultura tecnohumana que quiera ser algo mds que una barbarie exitosa: formacién psicoldgica y capacidad de traducci6n cultural. Los matematicos han de convertirse en poetas, los cibernéticos en filésofos de la religién, los médicos en compositores y los informaticos en chamanes. {Acaso fue el sentimiento de humanidad alguna vez algo distinto del arte de producir transiciones? Si los polos se hallan muy alejados, el arte se hace raro y la degradacién, probable. Pero si los hombres son animales constructores de maquinas, atin mas son seres creadores de metdforas. Tan pronto como se consiga incorporar las maquinas inteligentes del futuro a juegos de relacién semi- personalistas y semianimistas con los hombres, uno no deberia angustiar- se porque los hombres traben amistad con sus compaiieros robots. La ta- tea de nuestro tiempo es desarrollar un humor posmoderno que autorice a los cibernéticos a tener relaciones colegiales con sacerdotes de vudt, mulés y cardenales. ;Por qué los hombres que construyen satélites, des- cifran el genoma y transplantan tejido cerebral no habrian también de es- tar en condiciones de entender que, en determinados puntos, sigue tenien- do sentido comprender al ser humano como imagen de Dios, sujeto de derechos inalienables y médium de antepasados influyentes? Podria con- tribuir al compromiso histérico entre cibernética y personalismo que en Baviera se prescribiera por ley colgar el crucifijo en laboratorios de com- putacién y quirdfanos; da igual lo que de ello dijeran las almas muertas de Karlsruhe. Aunque los robots hayan persuadido al alma en la época de la técnica de que no puede ser aquello que una vez pretendié ser, no obstante, al 239 alma desustancializada le queda el orgullo de padecer discretamente esta humillaci6n. Su afliccién es la prueba de su ser. En el apice de la moder- nidad maquinista, se repite en algunos individuos el nacimiento del sen- timiento de humanidad a partir de la conciencia de la vulnerabilidad de la vida en medio de las m4s avanzadas arquitecturas de seguridad. La ven- taja de ser tecndlogo nunca fue mayor que ahora. E] compromiso huma- no perdurard en la medicina de alta tecnologia mientras se encuentren médicos que compartan con sus pacientes, en condiciones honestas, la desventaja de ser un hombre. 240