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Tema 1. La expansión demográfica en el siglo XVI

ii.- Resumen del contenido:

El tema aborda los rasgos estructurales de larga duración de la población europea en el siglo

XVI resaltando principalmente la evolución demográfica y el reparto de la población europea,

así como el desarrollo de las ciudades tanto a nivel general como por regiones geográficas.

Para comenzar hay que tener en cuenta que la dinámica de la población europea en los siglos modernos se ajusta en todo al modelo demográfico antiguo, caracterizado por una natalidad y una mortalidad elevadas y, en consecuencia, por un crecimiento vegetativo débil a pesar de que la fecundidad era también alta. Los datos lo confirman claramente, aun cuando resulta difícil medir las tasas de mortalidad y natalidad por el desconocimiento del volumen de la

población en cada localidad: las tasas brutas de mortalidad ordinarias oscilan entre el 28 y el 38

por mil, mientras que las de natalidad se sitúan entre el 35 y el 45 por mil, considerándose la

tasa de 40 por mil la más representativa, aunque en casos excepcionales podía elevarse al 57

por

mil, como entre los colonos franceses de Canadá a principios del siglo XVIII.

Las

causas de tan alta mortalidad, a la que no es ajena la elevada tasa de mortalidad infantil,

que giran en torno al 250 por mil, son varias: una economía agraria de escaso desarrollo

tecnológico, sujeta además a fuertes oscilaciones climáticas, y con una infraestructura que no

era capaz de cubrir las necesidades alimenticias de la gente; un reparto desigual de la riqueza, lo que favorecía la mala nutrición de gran parte de la población y con ella que fuese más

vulnerable a todo tipo de enfermedades infecciosas; la falta de higiene generalizada tanto en el campo como en la ciudad, sobre todo en los sectores más humildes de la sociedad, lo que facilitaba la transmisión de agentes patógenos; y la ineficacia de una medicina poco evolucionada. A todos estos factores ordinarios hay que añadir los extraordinarios: el hambre, la guerra y las enfermedades epidémicas, en particular la peste, cuyas repercusiones allí donde

se producían eran tanto más graves por cuanto que afectaban al normal desarrollo

demográfico, ya que incrementaba las emigraciones, reducía el número de nuevos esponsales y disminuía las concepciones. La consecuencia de todo ello es que la esperanza de vida de los europeos era muy corta: entre 23 y 25 años en Francia para hombres y mujeres hacia 1740; entre 31 y 38 años en Inglaterra desde 1541.

¿Cuántos habitantes vivían en Europa en el siglo XVI? Hacía 1500 se estima que la población rondaba en torno a 82 millones de personas; en 1600 se había elevado a 105 millones. Este crecimiento fue debido a unas altas tasas de nupcialidad y de natalidad, y a un descenso de la mortalidad, al menos hasta la década de 1560. A partir de 1570, sin embargo, esta tendencia comenzó a invertirse a causa de la subida desproporcionada, respecto a los salarios, del precio

subida desproporcionada, respecto a los salarios, del precio Descargado por Pilar Rubio Sabugueiro

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de los cereales, general en toda Europa, como consecuencia de una sucesión de malas cosechas causadas por un progresivo enfriamiento atmosférico. Quienes más crecieron en esta centuria fueron Rusia, por la colonización de amplias superficies en el Mar Negro y en el Caspio, así como los Países Bajos, Inglaterra y España, aunque en este caso desde la década de 1580 se observan claros signos de retroceso, al menos en Castilla. Menor crecimiento demográfico se aprecia en Alemania, Italia y Francia, aun cuando era la nación más poblada de Europa, donde, por otra parte, se aprecian diferencias notables entre regiones.

¿Cómo se distribuía la población europea? Los demógrafos establecen un reparto muy desigual:

mientras que en las colonias de América existía un considerable vacío con una densidad media inferior a 0,3 hab/km2, en Europa la densidad media se mantuvo entre18 y 22,5 hab/km2 durante el siglo XVII. Pero en el interior del viejo continente también se observa una desigual distribución: Francia, Italia, los Países Bajos, Inglaterra, los valles del Rin y del Danubio eran los territorios más densamente poblados; los países escandinavos, los menos habitados. Entre ambos extremos se encontraba España y la mayor parte de los territorios alemanes.

Semejante desigual distribución está relacionada a su vez con el auge de las ciudades, que no dejaron de crecer durante la centuria: las 26 ciudades que hacia 1500 contaban con 40.000 habitantes pasaron a ser 42 en 1600. Y no es una casualidad que estos centros urbanos prosperasen en las regiones más densamente pobladas y con mayores recursos económicos: en los Países Bajos, sobre todo, pero también en los valles del Rin y del Guadalquivir y en Italia. Otras ciudades, sin embargo, crecieron de forma desmesurada bajo el amparo de la corte y de su privilegiada posición en el circuito comercial europeo. Es el caso, a finales del siglo XVI, de París, Nápoles y Constantinopla (tenían más de 200.000 habitantes), de Londres, Milán y Venecia (entre 150.000 y 200.000 habitantes), de Roma, Sevilla, Ámsterdam, Lisboa y Palermo (en torno a los 100.000 habitantes) y de Mesina, Florencia, Génova, Madrid, Granada y Valencia, con una población comprendida entre 60.000 y 100.000 habitantes.

“Crecimiento demográfico y expansión económica”

10.2. Los recursos económicos

Una población creciente estimula una producción creciente, aunque no puede hablarse de una correspondencia determinista entre ambos parámetros.

10.2.1. El sector agrario

El sector agrario sigue siendo el más importante. Existe un aumento generalizado de la producción agraria en toda Europa, aunque con notables diferencias entre países y regiones. Ello estaría motivado por el aumento de la población, la emergencia de grupos sociales con mayor nivel de renta, la demanda de las manufacturas y la de los propios Estados. No obstante, la producción agraria sigue teniendo como objetivo principal cubrir las necesidades de

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subsistencia de la población y ello hace que surjan áreas de monocultivo cerealista (sin embargo, las regiones que mantienen una agricultura diversificada serán las más protegidas frente a eventuales catástrofes meteorológicas).

10.2.1.1. El incremento de la superficie cultivada

El aumento de la producción se explica en parte por la extensión del área cultivada. Se colonizar

tierras hasta entonces prácticamente imposibles. Invierten grandes capitales públicos y privados en La mayor empresa en este sentido tuvo lugar en los Países Bajos, donde se pusieron en cultivo durante el siglo XVI 70 000 ha ganadas al mar, al tiempo que se produjeron

grandes avances tecnológicos (drenaje por bombas hidráulicas).

10.2.1.2. Intensificación y diversificación de cultivos

Otro factor del aumento productivo fue el aumento de la productividad del campo. En general, se ponen en funcionamiento multitud de cambios en la estructura agraria (cambios en las rotaciones y en el utillaje, potenciación de cultivos con una clara orientación comercial, etc.), pero los cambios más importantes se producen en los Países Bajos, donde confluyen la demanda de una población densa y un importante grado de urbanización con desarrollo de manufacturas que requerían productos específicos (a ellos se dedicaron campos donde antes se cultivaba cereal, el cual pasó a importarse de Sicilia y el Báltico). En los Países Bajos, se intensificaron los sistemas de cultivo, pasando a rotaciones más largas donde eliminaba el barbecho y evitaba el agotamiento del suelo con la plantación sucesiva de especies con distintas exigencias de nutrientes (destacando las forrajeras). En Inglaterra, en el siglo XVI se intensificó el movimiento de los cercamientos de tierras (enclosures), que permitió orientar la producción agraria con mayor libertad. Por último, el descubrimiento de América trajo a Europa nuevos cultivos (maíz, patata, café, cacao, tabaco, etc.)

10.2.1.3. Propiedad de la tierra y regímenes de tenencia

A principios del siglo XVI, la Iglesia era el mayor propietario de tierras en toda Europa (±25%), pero a partir de entonces observamos una evolución divergente: mientras en la Europa católica

observamos un incremento de las propiedades eclesiásticas, en los países reformados asistimos

a una expropiación generalizada de sus bienes. La explotación de la tierra fue diferente en

Europa oriental y occidental, tomando como línea de división el río Elba. En Europa oriental, aumentó la extensión de las tierras gestionadas directamente por los señores, a costa de los pequeños propietarios, y la explotación se basaba en buena medida en las corveas (trabajo forzoso de los vasallos). En Europa occidental, en los señoríos donde se distribuía la tierra entre las tenencias campesinas y la reserva señorial, esta solía tener una importancia decreciente hasta quedar relegada a un huerto para la provisión de la mesa del señor, de modo que las corveas casi desaparecieron (apenas unos servicios de correo y transporte y algunas tandas de

unos servicios de correo y transporte y algunas tandas de Descargado por Pilar Rubio Sabugueiro

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reparaciones). El régimen de tenencia campesina en Europa occidental aseguraba al beneficiario estabilidad y unos derechos de transmisión hereditaria o por venta. Los ingresos de estos señores tendían a la baja, al predominar los pagos en dinero afectados por al erosión monetaria, que no se compensaban con los ingresos procedentes de los monopolios señoriales (molinos, tahonas, etc.) Un caso diferente es el del sur de Castilla y de Italia, donde el mayorazgo impedía la enajenación de los bienes y, por ello, el señor conservaba la total disposición de la tierra. Esto daba lugar a que se arrendasen estos dominios a quienes, a su vez, podían explotarlos de forma asalariada o subarrendarlos a campesinos.

10.2.2. Las manufacturas

En el sector extractivo, se producen notables avances cuantitativos y cualitativos en el siglo XVI. La creciente demanda de metales forzó un aumento de la producción en Europa, obligando a cavar galerías más profundas y a introducir mejoras técnicas: los altos hornos se impusieron a las fraguas en la producción de hierro. Pero la mayor revolución se produce en el ámbito de los metales preciosos, imprescindibles para garantizar los medios de pago en una etapa de expansión, cuyo aumento productivo fue espectacular. La creciente demanda de metales preciosos hizo que aumentase la producción de las minas centroeuropeas (se multiplicó por 5 entre 1450 y 1550), pero el aporte que más ha llamado la atención es el que llegó primero de África (lucha de los portugueses por el control de las fuentes del oro africano que llegaba a través de las rutas del Magreb) y luego de América: primero tenemos el ciclo del oro de las Antillas y después el ciclo de la plata (con el descubrimiento de las minas de Taxco, Zacatecas, Potosí, etc.) Pero no fue solo el hallazgo de ricos filones el responsable del aumento espectacular de la producción de plata, sino también la introducción de avances técnicos (mejoras en la ventilación y drenaje de las galerías y sobre todo el sistema de amalgama, que supuso un gran ahorro en mano de obra y combustible). En el sector de la transformación, destacan tres subsectores: el textil, el de la imprenta y el naval. En el textil, perdieron importancia centros como Brujas, Gante y Bruselas, y la producción de paños castellanos pasó a la Historia a finales del siglo XVI. Frente a esa producción gremial de calidad enfocada a un consumo elitista, se desarrolló una nueva manufactura textil enfocada a cubrir las necesidades de sectores sociales mucho más amplios, al margen de gremios y ordenanzas, utilizando mano de obra a tiempo parcial de campesinos, y que llegó a inundar los mercados al ofrecer precios mucho más baratos, aunque fuese a costa de reducir la calidad. El desarrollo de la imprenta fue vital en la difusión de ideas y conocimientos. Desde la segunda mitad del siglo XV, la imprenta de tipos móviles de Gutenberg se expande por toda Europa (la primera gran obra que salió de ella fue al Biblia). Por último, el sector naval concentró todos los avances técnicos de la época y movilizó enormes inversiones en mano de obra y capital (algo similar a lo que ocurre hoy en día con las naves espaciales). La galera se demostró insuficiente para las nuevas empresas

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oceánicas y como respuesta surge primero la carabela (mediados del siglo XV) y después el galeón. En su construcción, acabarán destacando los astilleros de los Países Bajos e Inglaterra.

10.2.3. Los mercados: comercio y dinero

10.2.3.1. La circulación de mercancías

Sigue existiendo un fuerte nivel de autoconsumo y de trueque en el campo, pero una parte cada vez mayor de la producción sale al mercado: los mercados locales (fuertemente intervenidos por las autoridades municipales) y las ferias (aún con sus privilegios medievales, de mayor repercusión y algunas de ellas muy especializas). Sin embargo, con la nueva dinámica comercial y financiera, las ferias evidenciaron sus inconvenientes. Cada vez menos comerciantes viajan con sus mercancías, recurriendo a muestrarios y a la confianza. Como novedad, surgen las bolsas (destacando la de Amberes, fundada en 1460), donde se negocian de forma continua productos y capitales. Los grandes descubrimientos geográficos provocaron importantes cambios en las rutas comerciales, sobre todo en las de larga distancia. Las rutas mediterráneas, ya en dificultades por al expansión turca, perdieron protagonismo en favor de las oceánicas. El comercio internacional adquiere un protagonismo decisivo debido a la configuración de una “economía-mundo”, pero no hay que olvidar que convive con mercados interiores con una articulación absolutamente insuficiente. Sobre este último pesaban factores políticos (como los privilegios medievales) y económicos (el transporte terrestre era muy caro, en comparación con el marítimo). En un principio, Portugal y Castilla ejercieron sendos monopolios comerciales: la Casa da Inda e da Guiné (Lisboa) monopolizaba el comercio con la India y la Casa de Contratación de Indias (Sevilla) monopolizaba el comercio con América. Pero las economías portuguesa y castellana fueron incapaces de responder al reto colonial, así que a la larga fueron comerciantes de otros países (sobre todo, holandeses e ingleses) quienes aprovecharon las nuevas oportunidades de negocio que se ofrecían. Como gran centro comercial europeo destacaron primero Amberes y luego Ámsterdam. Eso sí, la moneda acuñada en el Imperio de los Austrias era aceptada en todo el mundo.

10.2.3.2. Precios y finanzas

Algunos autores hablan de “revolución de los precios” en el siglo XVI, mientras que otros lo consideran una exageración. El crecimiento de los precios realmente no fue excesivo desde el punto de vista actual: un 2-3% anual, lo que supuso que a final de siglo se multiplicasen por 4-5. Sin embargo, los contemporáneos se mostraron muy preocupados con este fenómeno. El desarrollo del comercio y las finanzas requería nuevos instrumentos, al tiempo que se seguían utilizando los de la época bajomedieval (como la letra de cambio). Los Estados tenían necesidades crecientes de dinero, así que surgió en la hacienda de los Austrias la deuda pública remunerada hasta por un 10% de interés y negociable en los mercados financieros. También se desarrollaron prácticas claramente especulativas, pese a que se mantenía vigente la condena

especulativas, pese a que se mantenía vigente la condena Descargado por Pilar Rubio Sabugueiro

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de la Iglesia Católica a la usura (entendida como el beneficio obtenido sin la participación en ninguna actividad productiva, por la simple aportación de capital). Los usureros estaban absolutamente prohibidos (y a menudo identificados con los judíos), pero existían. También había auténticos banqueros, los cuales cambian moneda, giraban dinero entre distintos centro financieros y recibían dinero en depósito. Un salto cualitativo muy importante será la creación de los primeros bancos públicos, que no solo sirviesen para hacer transferencias, sino que también remunerasen los depósitos y pudiesen prestar interés tanto a las instituciones como a particulares, pero esto no sucederá hasta el siglo XVII (y en España hasta 1782, con la fundación del Banco Nacional de San Carlos).

“El régimen demográfico”

1.1. La demografía histórica y sus fuentes

El objeto de la demografía histórica es el estudio de las poblaciones del pasado (estado, estructuras y movimiento tanto natural [nacimientos, defunciones y matrimonios] como geográfico [migraciones]) y su evolución en el tiempo, utilizando fuentes no estrictamente demográficas pero susceptibles de tratamiento estadístico (fuentes indirectas). Su constitución como disciplina con metodología propia es históricamente reciente (mediados del siglo XX). La utilización de fuentes indirectas (recuentos de población fiscales o militares y registros parroquiales) impone límites:

– Solo pueden hacerse investigaciones rigurosas de carácter general en Europa y sus colonias a partir del siglo XVI (existen investigaciones más localizadas para otros lugares y épocas anteriores), que cuentan con este tipo de fuentes con normalidad.

– Algunos aspectos básicos como el volumen total de población obligan a realizar estimaciones,

al utilizar las fuentes unidades colectivas de difícil cuantificación que ni siquiera coinciden con las familias (como los “vecinos” o “fuegos” en España).

– Los estudios más detallados han de centrarse siempre en comunidades pequeñas (parroquiales). Admitido el primer límite, la utilización de coeficientes multiplicadores combinados con métodos estadísticos ha ayudado a paliar el segundo y la realización de amplias encuestas, el tercero.

1.2. El régimen demográfico

Las dos principales características del “régimen demográfico antiguo”, predominante en la Europa moderna (“Antiguo Régimen”), son la alta natalidad y la alta mortalidad, que se traducen en un crecimiento vegetativo débil.

1.2.A. Mortalidad

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Una “tasa bruta” (de natalidad, mortalidad o nupcialidad) es la relación, expresada en tantos por mil, entre el número de acontecimientos (nacimientos, defunciones o matrimonios) ocurridos durante un año en una población y el volumen total de dicha población. Las tasas brutas de mortalidad “ordinarias” (en ausencia de crisis) oscilaban entre 30-40‰ (la actual para el conjunto de Europa es del 10‰), pero en general se situaron un poco por debajo de la natalidad, lo que habría permitido el crecimiento continuado de la población sin la intervención de otros factores.

Las causas de la elevada mortalidad son múltiples, destacando: una economía agraria de escaso desarrollo tecnológico (sujeta por tanto a las fluctuaciones climáticas), un reparto de la riqueza muy desigual (con amplios sectores de la población permanentemente subalimentados y sujetos por tanto a todo tipo de infecciones), la falta de higiene generalizada tanto pública como privada (sobre todo entre las clases más humildes, que ingerían aguas contaminadas y alimentos en mal estado) y una medicina poco desarrollada científicamente y con escasos medios. La fortísima mortalidad infantil (relación entre el número de niños fallecidos antes de cumplir un año y el total de nacidos) contribuía a elevar las tasas brutas de mortalidad. Las tasas de mortalidad infantil en la Europa moderna giraban en torno al 250‰ (la tasa europea actual es del 12‰). Las causas serían la alimentación deficiente de las madres, la nula atención sanitaria durante el embarazo, las malas condiciones higiénicas del parto y la escasa preparación de las comadronas. Pero además el número de fallecidos se incrementaba considerablemente, debido a enfermedades específicamente infantiles (sarampión, diarreas infantiles) o con mayor incidencia sobre la infancia (viruela). La mortalidad infantil era mayor en la ciudad que en el campo y entre la clase obrera urbana que entre las clases altas urbanas.

Pero el hecho demográfico característico del Antiguo Régimen son las “crisis demográficas”:

durante un tiempo relativamente corto (unos meses en las más rápidas, uno o dos años en las más largas), el número de defunciones aumenta bruscamente duplicando o triplicando las tasas ordinarias (a veces incluso más). Pueden afectar a un espacio muy reducido (una localidad) o más amplio (regional o nacional y alguna vez incluso internacional). Estas crisis solían reducir la población en un 10-15% (a veces incluso más), no solo por las muertes sino también porque provocaban la emigración de mucha gente. Una vez recobrada la normalidad, los fenómenos se invertían: muchos emigrados retornaban y el adelanto de las bodas de los jóvenes que se habían quedado solos reactivaba la nupcialidad; además los más débiles ya habían muerto durante la crisis. Las principales causas de las crisis demográficas eran el hambre, las epidemias y la guerra (de ahí la plegaria de origen medieval: “A fame, peste et bello, liberanos Domine”); las cuales muchas veces venían juntas. El papel de las guerras no se debía tanto a los muertos directos como a las destrucciones y la desorganización de la vida económica que acarreaban; aparte los ejércitos en marcha eran una fuente de todo tipo de contagios. El hambre (“crisis de subsistencia”) derivaba sobre todo de accidentes meteorológicos (sequías prolongadas, lluvias

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excesivas) en las economías cerealistas de Europa cuyo alimento básico era el pan (las zonas de recursos más diversificados sobrevivieron mejor estas crisis); pero el hambre no era la causa directa de la muerte, sino que impulsaba a la gente a ingerir alimentos en mal estado o directamente nocivos, aumentando las enfermedades gastrointestinales. Las enfermedades infecciosas que amenazaban al hombre moderno eran muchas (sarampión, difteria, gripe, sífilis,

pero la más temida era la peste (Barcelona sufrió 33 contagios de

tuberculosis, viruela, tifus

peste entre 1348 y 1654). La “peste bubónica” (la mayoritaria en la Europa moderna), causada por un bacilo, se transmitía al hombre por la picadura de la pulga de la rata negra. Pero la peste

fue también la primera enfermedad vencida en el mundo moderno: las últimas epidemias fueron la de Londres de 1665 y la de Provenza de 1720-1722 (esta última se llevó a más del 40% de la población). Las causas de la erradicación se desconocen, aunque se ha hablado de mutaciones genéticas en el bacilo o en la pulga que le servía de huésped.

);

Lo que está claro es que comenzaron a tomarse medidas preventivas cada vez más eficaces (p. ej., exigiendo drásticas cuarentenas a cualquier barco sospechoso). La mortalidad que acabamos de describir se traducía en una esperanza de vida al nacimiento muy corta en torno a 25 años (en Inglaterra en torno a 35), frente a los 75 actuales. Para quienes superaban los 10 años de edad, la esperanza estaba en poco más de 50 años.

1.2.B. Natalidad-fecundidad. Nupcialidad. Familia

La tasa bruta de natalidad ordinaria estaba en 35-45‰ (actualmente, ±10‰). Estas tasas de natalidad tan altas se corresponden lógicamente con un fecundidad también elevada, aunque determinada culturalmente. La sexualidad extraconyugal estaba condenada moralmente por las distintas Iglesias, así que la inmensa mayoría de los nacimientos se producían en familias legítimamente constituidas (los hijos ilegítimos no debían superar el 5%. Las cifras de concepciones prenupciales varían de unos lugares a otros (menos en las zonas católicas y más en las protestantes, aunque en casi todos los casos desembocaban en un casamiento que legitimaba la situación). En Europa, el modelo de matrimonio (único lugar donde eran admisibles las relaciones conyugales) supone la existencia de un celibato definitivo (proporción de personas de una población que permanecen solteras al menos hasta los 50 años) relativamente elevado (10-20%, aunque más en el campo y más entre las mujeres). El acceso al matrimonio era más bien tardío: ± 25 años las mujeres y ± 30 años los hombres, tendiendo a aumentar en ambos casos. El tiempo de fecundidad efectiva (entre el matrimonio y la menopausia) era menor que el de fecundidad biológica: ± 15 años. Aunque no parece que se hayan producido modificaciones biológicas en cuanto al tiempo de fecundidad biológica de la mujer, la menopausia tiende a adelantarse con estados de subalimentación. El número medio de hijos por familia era de 7. Aunque en los países católicos no se aceptaban los divorcios y en los protestantes eran infrecuentes, sí había muchos/as viudos/as: era más frecuente que los hombres y no las mujeres volvieran a casarse (aquí juega un cierto papel la reactivación de la

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fecundidad). El aborto se practicaba de forma secreta y muy infrecuente, aunque fue aumentando en las ciudades y en general a medida que mejoraba la calidad de vida. El modelo típico de familia en Europa noroccidental, adoptado desde la Edad Media, era el de la “familia simple” o “nuclear” (compuesta exclusivamente por padres e hijos que abandonaban el hogar paterno al casarse), En Europa sudoccidental, convivía con modelos de familias complejas:

“familias extensas” o “ampliadas” (familia simple más algún pariente del cabeza de familia) y “familias múltiples” o “polinucleares” (varias familias nucleares bajo el mismo techo, distinguiéndose entre “hermandades” [núcleos de dos o más hermanos] y “familias troncales” [familia que habita con el hijo casado]). En Europa oriental, predominan estas últimas. El que una familia tuviera más miembros era signo de riqueza (más brazos para trabajar en el campo, teniendo en cuenta que los sirvientes, cuando los había, también computaban).

1.2.C. El ritmo estacional de la vida y la muerte

El ritmo estacional demuestra que el hombre seguía siendo más dominado que dominador de la naturaleza. Así, en Europa central y meridional, la mortalidad presenta el máximo a finales del verano y principios del otoño (mayor incidencia de las enfermedades gastrointestinales) y un segundo pico a finales del invierno (mayor incidencia de las enfermedades respiratorias). En Europa del norte, los veranos presentaban los mínimos de año, pero el máximo invernal aumenta. La estacionalidad de los nacimientos es más universal: máximo en los meses invernales (es decir, concepciones en primavera). La nupcialidad está en parte influida por la estacionalidad (mínimo en verano y máximo en invierno, vinculados a la natalidad), pero también culturales (trabas económicas para la celebración de matrimonios en Cuaresma y Adviento).

1.3. Las estructuras demográficas

1.3.A. Estructura por edad y sexo

La pirámide de edades de la población moderna se presenta como un triángulo con una base muy ancha y una rápida disminución hacia la cúspide (± 50% de menores de 25 años, ± 33% entre 25 y 50 y ± 17% con más de 50). Además, la relación teórica de población dependiente (entendiendo por tal los menores de 15 y los mayores de 60) era mucho mayor que hoy en día (75-80%, frente al ± 50% actual), aunque en la práctica era menor debido a la tendencia a incorporar paulatinamente a los niños al trabajo (mucho antes de los 15 años) y también a hacer un abandono paulatino de la actividad laboral (más allá de los 60).

1.3.B. Población rural y urbana

La Europa moderna implica el desarrollo de un sistema urbano integrado, conformado por las necesidades de la economía comercial. Sin embargo, la población continuó siendo eminentemente rural. Solo el 5-10% habitaba en núcleos > 10 000 habitantes, aunque tanto el

en núcleos > 10 000 habitantes, aunque tanto el Descargado por Pilar Rubio Sabugueiro

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número de ciudades como la población que albergaban fue creciendo durante la Edad Moderna. Casi el 80% de los núcleos urbanos estuvo siempre entre 10 000 y 40 000 habitantes, algo más del 10% entre 40 000 y 80 000 y solo unas cuantas ciudades alcanzaron los 100 000 (Nápoles, París y Londres fueron las mayores ciudades, acercándose a 500 000).

1.3.C. Estructuras socio profesionales

En torno al 75% de la población activa seguía dedicándose a la agricultura y la ganadería (en la Edad Media el porcentaje pudo llegar al 90%). Hay que decir que el porcentaje de agricultores en las ciudades era mucho mayor que el actual y que en los núcleos rurales solía haber un reducido grupo de artesanos. Aun así, la mayoría de la población urbana se dedicaba a las distintas actividades de transformación y la mayoría de la población rural al sector primario. Los funcionarios y profesionales liberales (médicos, abogados, mercaderes, etc.) se concentraban sobre todo en las ciudades y eran un sector claramente minoritario aunque de gran influencia social. El clero era más abundante en los países católicos que en los protestantes, pero aun así nunca superó el 1,5% (solía concentrarse en el mundo rural, donde tenía gran influencia). El servicio doméstico todo femenino. Las mujeres en general tenían una intensa participación en el mundo laboral, empezando por la economía familiar de la época mucho más amplia que la actual (desde tareas agrarias hasta la elaboración del pan y de la ropa) y acabando por trabajos asalariados (algunos oficios urbanos como el textil y sobre todo el servicio doméstico).

1.4. Movimientos migratorios

La sociedad europea moderna era estructuralmente sedentaria (dejando aparte minorías étnicas como la gitana) y las migraciones ordinarias simplemente tendían a equilibrar la relación entre población y recursos, al redistribuir los excedentes humanos. Eso sí, hay una migración progresiva del campo a la ciudad durante toda la Edad Moderna. En épocas de crisis (tanto económicas como político-militares) era cuando se producían los mayores desplazamientos, que en gran parte se compensaban con la vuelta a la normalidad. Por último, hay que hablar de las migraciones forzosas de minorías socio-religiosas (expulsión en España de los judíos en 1492 y de los moriscos en 1609), que tuvieron un impacto puntual en la demografía de ciertas zonas, y de la emigración a América (de poco impacto en términos generales sobre la población europea, pero un factor a tener en cuenta en países como España, Portugal e Inglaterra). Las principales motivaciones de las migraciones voluntarias eran el afán de mejorar económica y/o socialmente. En cualquier caso, siempre fue mayor el impacto de las migraciones extraordinarias (en épocas de crisis) que el de las ordinarias.

1.5. Volumen y evolución de la población europea

China e India concentraban la mitad de la población mundial en la época moderna con una superficie que no llegaba a la décima parte del total. Europa, con el 3,5% de la superficie

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terrestre, albergaba el 14% de sus habitantes (20 hab./km2) a mediados del siglo XVIII. El Estado europeo más poblado era Francia, con 25 millones. España tenía 10,5 millones. Europa crecía lentamente. Entre 1500 y 1600, pasó de 80 a 100 millones de habitantes, lo que significa un crecimiento del 0,2% anual. Tampoco fue un crecimiento constante: a la expansión demográfica del siglo XVI (más bien recuperación tras la gran crisis bajomedieval) le siguió el cuasi-estancamiento del siglo XVII. El siglo XVIII vuelve a ser expansivo y de forma más acusada:

50% a lo largo del siglo, lo que significa un 0,5% anual. Pero lo más importante es que este nuevo crecimiento no volvió a ser truncado por ninguna crisis de larga duración. La Revolución Industrial influyó. El paso del régimen demográfico “antiguo” al “moderno” se estaba produciendo.

“La expansión demográfica del largo siglo XVI. El siglo de la ciudad. La sociedad”

6.1. La expansión demográfica en el siglo XVI Los inicios de la Edad Moderna se caracterizan por una clara recuperación demográfica. Hacia 1560, se habían alcanzado los índices perdidos tras la crisis del siglo XIV. Si en 1500 Europa contaba con una población de ±80 millones de habitantes, en 1600 superaba los 100. Todo ello a pesar del débil crecimiento vegetativo que caracterizaba al régimen demográfico antiguo (±

0,2%).

6.1.A. Factores en la evolución del crecimiento demográfico Hasta mediados del siglo XV persistieron los efectos de la gran depresión demográfica del XIV, genéricamente identificada con la peste negra. Pero desde entonces y hasta la década de 1560se produjo un crecimiento ininterrumpido. Aumentó el nivel de natalidad lo suficiente en relación con el de mortalidad, influido por una coyuntural reducción de la edad de acceso al matrimonio y el incremento de la esperanza de vida. No está claro cuáles fueron las causas determinantes de esta nueva tendencia, aunque tradicionalmente se admita la mejora de las condiciones alimenticias y la bondad del clima. El hecho de que el crecimiento demográfico comenzase antes en los países protestantes demuestra además la influencia de las nuevas ideas anti celibato y laicistas difundidas por la Reforma protestante. Obviamente, también hay que tener en cuenta el contexto político favorable, de ausencia de grande conflictos bélicos. En el último cuarto del siglo XVI, las tendencias demográficas comienzan a invertirse, iniciándose una fase de estancamiento que es la antesala del retroceso demográfico del siglo XVII. Para LE ROY LADURIE, la causa principal sería el bloqueo malthusiano (exceso de población y escasez de recursos). Las repetidas malas cosechas provocaron una reducción en la oferta alimenticia y una subida de precios. Entra en juego aquí de nuevo la explicación climática, ya que esta época constituye lo que se ha denominado “pequeña edad de hielo” (FAGAN). Pero estas tendencias demográficas y sus consecuencias no fueron iguales en toda Europa y de ahí que BRENNER

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considere determinante en la explicación de los cambios económicos los condicionamientos que supusieron en sí mismas las diferentes estructuras de propiedad y producción existentes en Europa. 6.1.B. El cálculo de la población europea y su distribución

A pesar del estancamiento del último cuarto de siglo, el balance demográfico final del siglo XVI

fue claramente positivo. Pero este aumento no quedó distribuido por igual entre los diferentes Estados y regiones de Europa. El país que experimentó el mayor crecimiento fue Rusia, como consecuencia de la colonización de nuevos territorios en los Urales, el mar Negro y el mar

Caspio (pasó de 9 a 15millones). En Europa septentrional tuvo lugar el crecimiento más equilibrado, al irse creando en paralelo las condiciones económicas que permitieron su posterior consolidación (Inglaterra pasó de4,4 a 6,8 millones, pero además siguió creciendo en

el siglo XVII). Francia era el país más poblado de Europa, pero su crecimiento fue inferior (pasó

de 16 a 18 millones). En España, el reino más poblado y que más creció fue Castilla, pudiendo crecer un 50% y ello a pesar de sus esfuerzos colonizadores en el Nuevo Mundo (las cifras totales para Castilla y Aragón son de 6 millones a principio y 10 millones al final del siglo XVI).Pero lo cierto es que no hubo un crecimiento uniforme ni siquiera en el interior de los Estados. Los núcleos de mayor densidad de poblamiento se encuentran en la cuenca de Londres, Flandes, la región de París, los valles del Rin y el Danubio, Lombardía, la llanura de Nápoles y la cuenca del Duero. Además, las nuevas capitales creadas por el absolutismo experimentan un crecimiento espectacular (Madrid pasó de unos pocos miles de habitantes a 65 000). Por otra parte, aumentaron el número de ciudades y su población (superaban los 150 000 habitantes a finales del siglo XVI París, Nápoles, Londres, Milán y Venecia; superaban los 100 000 Roma, Sevilla y Lisboa). 6.2. Las estructuras sociales europeas en el siglo XVI 6.2.A. El campesinado El sector rural era el más numeroso y también el que presentaba mayores contradicciones internas. En términos generales, gozó de un cierto desahogo económico hasta el último cuarto del siglo XVI, cuando se produce el estancamiento. Pero esta situación no afectó por igual a los jornaleros (los más numerosos) que a los propietarios en sus diferentes condiciones, por lo que conviene hacer un repaso de los diferentes modos de tenencia de la tierra a principios de la Modernidad. El cambio fundamental que se produce con la Modernidad es el proceso de sustitución de los antiguos vínculos feudales por otros de carácter contractual. La mejor situación corresponde a los campesinos libres de la Francia del Mediodía, el norte de Italia, los Países Bajos, los yeomening les es y la mayoría de los territorios de la península Ibérica. Sin embargo, pocos de ellos explotaban directamente la tierra y la mayoría lo hacía por medio de aparcerías y arriendos (la “independencia” económica de estos campesinos se reducía a la posesión del utillaje y el transporte imprescindibles para el cultivo y a veces algunas piezas de ganado y una reducida parcela de tierra en propiedad [el simbólico “alodio”]). En peor situación

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estaban los campesinos de los lugares donde aún pervivía el señorío de época feudal (ahora ya no solo en manos de la nobleza sino también de la burguesía enriquecida), como es el caso de Alemania occidental, el norte de Francia, el centro y sur de Italia y algunos territorios de la península Ibérica (Galicia, Valencia y sur de Portugal). Estos campesinos participaban en la explotación de las “tierras a censo”(tierras cultivadas de forma más o menos libre a cambio del pago de un “censo” en reconocimiento del señorío, además de quedar los campesinos sujetos a la jurisdicción señorial y al pago por el uso de los monopolios señoriales [molino, horno, etc.]). Todo lo que acabamos de decir es referido a Europa occidental, ya que Europa oriental experimenta un fenómeno muy distinto que es la instauración tardía de la servidumbre, además de presentar un índice de crecimiento demográfico superior al occidental. Con el estancamiento del último cuarto de siglo surge el fenómeno del endeudamiento (tanto de los campesinos como de las comunidades de aldea), que llevará a la pérdida de la condición de campesinos libres de muchos de ellos y de muchos derechos colectivos. Surgen revueltas en toda Europa (destacando la de los campesinos alemanes de 1524), que ya no tienen el carácter subversivo de las revueltas bajomedievales y se limitarán a reivindicaciones concretas que tienen que ver con la mejora de sus condiciones de vida. También cobra fuerza el bandolerismo, en donde se mezclan aspectos de las revueltas populares como la exigencia de una redistribución de la riqueza con otros más propios del mundo de la delincuencia. 6.2.B. La nobleza La nobleza se encuentra en la Modernidad a caballo entre las sociedades rural y urbana. En lo que respecta a la alta nobleza, se produce una renovación de los antiguos linajes feudales y otros nuevos cuyo elemento común es la estrecha dependencia del favor real. En Inglaterra, la vieja nobleza queda prácticamente eliminada con las guerras que enfrentaron a las casas Lancaster y York(1455-1485). En Castilla, el poder de la vieja nobleza es quebrantado tras tomar partido por el bando de la Beltraneja, perdedor en las luchas que llevaron al trono a Isabel I de Castilla en 1479(surgen en Castilla nombres de nuevas familias como los Enríquez o los Mendoza).El avance del absolutismo no pretende acabar con la nobleza, sino cambiar su papel privándole de gran parte de las antiguas atribuciones feudales. Ahora los monarcas necesitan hombres de confianza preparados no tanto en el ejercicio de las armas como en el de las letras (estos “letrado”, procedentes en su mayoría de las facultades de Derecho, son quienes desempeñan los altos cargos públicos). El estamento nobiliario se acrecienta con el otorgamiento de muchos títulos por el monarca estos nuevos hombres de confianza. La vieja nobleza fue adaptándose a la nueva situación, aunque no sin conflictos. Cada vez más nobles abandonaban sus residencias rurales para vivir en las ciudades, contribuyendo a la extensión del nuevo urbanismo renacentista (Roma fue pionera con sus palacios y villas aristocráticas). Así, la vieja nobleza entra en las ciudades dispuesta a participar en su gobierno, que compartirá con la nueva clase de burgueses enriquecidos y de “letrados”. Todos estos grupos intentaban imitar el modo de vida de la nobleza tradicional, caracterizado por la ostentosidad y los gastos

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innecesarios. Esto tiene que ver en parte con el progresivo empobrecimiento de la nobleza, que ya no tiene la misma capacidad de antaño para mantener ese nivel de vida. 6.2.C. Las ciudades Durante el siglo XVI la ciudad experimenta un gran cambio, pero no tanto cuantitativo (la inmensa Mayoría de la población sigue residiendo en el campo) como cualitativo. Según BRAUDEL, entre 1470 y 1580 Europa experimenta el proceso de imparable promoción social de la burguesía. Esta Burguesía surge como consecuencia de la estructura del primer capitalismo comercial y el “espíritu burgués” que la acompaña se caracteriza por el afán de lucro económico y de promoción social así cmo por los nuevos valores del Renacimiento. El nivel más elevado de la burguesía lo constituían los grandes hombres de negocios dedicados al comercio a gran escala y a las finanzas, en íntima conexión con las crecientes necesidades hacendísticas del nuevo Estado moderno (los Spínola y los Grimaldi en Génova, los Medina del Campo y los Polanco de Burgos en España, etc.) Este estrato de la burguesía representaba menos de un tercio de la misma y era bien visto tanto por el monarca como por la nobleza. En compensación por sus servicios al Estado y a la nobleza (prestando dinero a ambos), recibía cargos públicos y facilidades para la adquisición de señoríos. Su ennoblecimiento fue muy rápido, si no en su propia persona al menos en la de sus descendientes directos. Sin embargo, este ennoblecimiento produjo también un progresivo alejamiento de su actividad económica primitiva (según PIRENNE, estas familias no prolongaban su actividad comercial más de dos o tres generaciones).En un nivel más bajo estaban los burgueses que habían obtenido la consideración de “ciudadanos”. Se trataba de un grupo heterogéneo de ricos dirigentes gremiales, grandes propietarios de tierras, comerciantes al por mayor y ciertos cargos públicos (recaudadores de impuestos, jueces, etc.) Todos los recibía la condición de “ciudadanos” no por sus respectivas funciones, sino por llevar un estilo de vida distinguido y costoso, con connotaciones próximas a la nobleza. Hacían gala de una mentalidad individualista, contraria al corporativismo típico de su época. El ejercicio de cargos públicos era una prueba evidente de capacidad económica e influencia social. El acceso de los burgueses (sobre todo mercaderes) a los mismos fue facilitado por la política de venta de cargos desarrollada por la mayoría de los Estados europeos. Así, la burguesía se convirtió en clase dominante de las ciudades y quedó integrada en el patriciado urbano. En Francia, la política de venta de cargos se llevó hasta sus últimas consecuencias, al pasar de la administración local a las más altas dignidades del Estado, dando lugar a la nueva “nobleza de toga” (diferenciada y mal vista por la antigua “nobleza de espada”). También este sector de la burguesía acaba alejándose a la larga de su función económica originaria. Un tercer y último estrato de la burguesía lo integraban comerciantes y empresarios modestos, profesionales liberales y funcionarios. Estos también intentaban imitar el modo de vida de la nobleza (compraban tierras, actuaban de prestamistas, etc.), pero su vida

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era más precaria (muchos acababan en la pobreza) y su influencia social muy variable (mayor en las ciudades pequeñas que en las grandes).Ahora bien, la burguesía solo representaba a un mínimo porcentaje de la población urbana. La gran masa trabajadora urbana (artesanos empleados en los talleres, obreros asalariados, jornaleros y sirvientes) carecía de toda perspectiva de mejora. Su principal preocupación era el mantenimiento del empleo (muy inestable), pero su pérdida les llevaba a entrar en la pobreza. La barrera entre un proletario y un pobre era mínima y de hechos era muy común moverse entre ambas categorías. El auge demográfico del siglo XVI va de la mano de un llamativo crecimiento del pauperismo, hasta el punto de que llega a ser un problema de orden público. Todos los Estados comienzan a dictar “leyes de pobres” que intentan, por un lado, repartir beneficencia entre los más susceptibles de reintegrase socialmente (quienes habían perdido un empleo de toda la vida) y, por otro, reprimir al más desarraigado (inmigrantes en su mayoría). En este sentido, los gitanos fueron expulsados de muchos Estados y en Hungría y Rumanía llegaron a ser esclavizados. Las revueltas tanto de trabajadores como de pobres (a menudo unificadas) fueron numerosas, pero no tenían el carácter subversivo delas revueltas bajomedievales y no solían manifestarse contra las condiciones laborales (por muy denigrantes que fuesen), sino contra aspectos secundarios como los altos precios de los alimentos o las subidas de impuestos.

6.3. La sociedad en la Europa central y oriental

Durante el siglo XVI, Alemania oriental, Polonia, Rusia y Hungría experimentan el ensanchamiento de las propiedades agrícolas detentadas por los grandes señores lacios y eclesiásticos y un fuerte auge demográfico (mayor que en Occidente) ligado a movimientos de colonización. Uno de los factores que favorecieron este proceso fue la creciente demanda de cereal desde Europa occidental a partir del siglo XV. El poder señorial se reforzó hasta conformar lo que ENGELS denominó“segunda servidumbre”. Los poderes jurisdiccionales, allí donde habían existido y luego habían sido centralizados por los primeros intentos de construir Estados modernos, retornaron a los antiguos señores feudales o a otros nuevos (en Rusia, la vieja nobleza terrateniente de los boyardos es sustituida por los “nobles de servicio” que integran el séquito del príncipe). Las ciudades en general perdieron su dinamismo y quedaron reducidas al papel de centros administrativos. La naciente burguesía perdió su poder de decisión en los órganos representativos de los diferentes Estados, que pasaron a ser controlados por una nueva clase media de extracción nobiliaria y con la tierra como base de poder (los junkers de Prusia oriental, la szlachta polaca y los pomieschiki moscovitas).

Tema 2

ii.- Resumen del contenido:

El tema aborda lo que se ha dado en denominar los poderes inmediatos de la sociedad: la familia, la parroquia, las cofradías, los municipios y el señorío.

la parroquia, las cofradías, los municipios y el señorío. Descargado por Pilar Rubio Sabugueiro

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La familia constituía en los siglos modernos el núcleo fundamental sobre el que se sustentaba la sociedad, pues además de ser una unidad de reproducción biológica, en su seno se desarrollaba la mayor parte de las actividades laborales y era la vía fundamental por la que el individuo se integraba en la sociedad. Sin embargo, no existía en Europa un modelo único de familia. El método de reconstrucción de familias utilizado en los estudios demográficos ha permitido establecer tres grandes modelos o tipos de familia: 1) la familia nuclear, conyugal o simple, formada por la pareja y los hijos. Si a esta familia se le suman algunas personas emparentadas con el cabeza de familia entonces se puede hablar de familia extensa, según P. Laslett; 2) la familia troncal, caracterizada porque una pareja y su descendencia convive con los progenitores de uno de los cónyuges y con algún hermano que permanece soltero; y 3) la familia compleja o comunitaria, constituida por varios núcleos conyugales y su descendencia: padres y varios hijos casados, pero también parejas de familiares colaterales, como tíos y primos casados. Conviene destacar además que estos modelos se adaptan a determinadas circunstancias económicas: la familia compleja predomina en aquellas zonas donde el poder del señor o del propietario de la tierra es importante (este de Europa, centro de Italia y de Francia); la familia troncal se desarrolla sobre todo en áreas montañosas de economía ganadera; la familia nuclear, finalmente, es la que predomina en la Europa noroccidental y en la mediterránea, y se produce por la tendencia de los hijos a abandonar el domicilio paterno y formar nuevas unidades domésticas, con la excepción del heredero. Cada uno de estos modelos generaba tensiones. Estas fueron menores en el caso de las familias comunitarias, donde la voluntad individual quedaba supeditada a las necesidades del grupo, aunque el relevo del patriarca por su fallecimiento podía suscitar conflictos, resueltos en ocasiones con la división del grupo y el nacimiento de una nueva familia. En la familia nuclear las tensiones eran aun menores, limitadas, en todo caso, a discordias entre los esposos y entre éstos y los hijos sujetos a su dependencia económica, aunque la práctica de colocar tempranamente a los hijos como aprendices y criados en casas de artesanos, comerciantes, funcionarios, clérigos y nobles contribuía en gran medida a eliminar el habitual conflicto generacional entre padres e hijos. En la familia troncal, en cambio, las tensiones entre sus miembros eran más frecuentes, llegando incluso a ser violentas, sobre todo cuando se designaba al heredero, que no tenía por qué ser el primogénito, lo que originaba conflictos entre los hermanos y una difícil convivencia entre el heredero y el padre y sus respectivos cónyuges. Un aspecto esencial para el progreso económico y social de las familias era la dote que las esposas aportaban al matrimonio. Pero, a su vez, la dote que los padres otorgaban a las hijas para tomar estado (de casada o de religiosa en un convento) podía arruinar a las familias. Por eso, las familias, cualquiera que fuese el modelo, perseguían conjugar las pérdidas ocasionadas con el pago de la dote de las hijas con matrimonios ventajosos para los hijos, en particular para el heredero, de tal modo que la dote de la nuera fuera superior a las dotes que se habían

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desembolsado al casarse las hijas. Y es necesario subrayar también que las alianzas matrimoniales se buscaban en un círculo bastante cerrado, por lo común en el seno de la propia familia –de aquí las dispensas matrimoniales concedidas por la Iglesia a parientes colaterales hasta el tercer grado- y en el ámbito profesional y social de los padres. Junto a la familia hay que mencionar otras instituciones que configuraban los llamados poderes intermedios y que actuaban como vehículos de sociabilidad y de relaciones entre individuos y grupo. Estas instituciones eran la parroquia, la cofradía, el municipio y el señorío. Parroquia y cofradía existían tanto en las ciudades como en los núcleos de población rurales: más numerosos en las primeras que en los segundos, pero con las mismas funciones, como eran las de reforzar los lazos de vecindad –en el caso de las parroquias- y de solidaridad profesional y asistencial –es el caso de las cofradías-. En cuanto al municipio éste era la institución que organizaba la vida en comunidad de los habitantes de los núcleos de población. Entre sus funciones caben destacar la regulación del aprovechamiento de los pastos comunales, el abastecimiento de la población, el establecimiento de precios y salarios, la fijación de los cultivos –sobre todo en la Europa del noroeste-, la reparación de caminos y la construcción de puentes, así como la dotación de hospitales y escuelas, según sus recursos económicos, y la organización de festejos, en este caso en colaboración con las instituciones religiosas Finalmente, respecto al señorío, hay que subrayar que su titular (laico o religioso) ejercía un doble poder derivado de su posesión de la tierra –señoríos territoriales- y de su capacidad de mando, tanto militar como judicial. En su calidad de poseedor de la tierra, ejercerá una enorme presión sobre el campesinado, que será mayor en la Europa del este (Polonia, Rusia, Bohemia, Hungría y Prusia), donde se desarrollará la denominada “Segunda Servidumbre”; como titular de

una jurisdicción, impartirá justicia en primera instancia sobre los individuos que habitaban el territorio del que era titular, por lo común a través de alcaldes nombrados personalmente, si bien esta facultad la reciben por delegación de los monarcas, en quienes residía, en última instancia, el poder judicial, por lo que cualquier vasallo podía recurrir en grado de apelación a los tribunales de justicia.

“Los poderes inmediatos”

4.1. La familia

En la Edad Media, existían entre el individuo y el Estado una serie de instituciones que servían para ontrolar y encuadrar a los individuos y que al mismo tiempo les otorgaban una protección que el Estado no estaba en condiciones de garantizar. Son los poderes inmediatos de la Edad Moderna (la familia, la comunidad y el señor), que estaban ya consolidados desde tiempos medievales. La característica de la Edad Moderna no es el surgimiento de formas radicalmente nuevas de familias, comunidades o señoríos, sino el impacto que sobre ellas tendrán los cambios de la Modernidad y sobre todo la presión ejercida por le Estado moderno, que reclamará para sí parte de las funciones que estas instituciones ejercían.

parte de las funciones que estas instituciones ejercían. Descargado por Pilar Rubio Sabugueiro

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Para la inmensa mayoría de la población, toda la vida transcurría en el marco de la familia y solo los cabezas de familia podían tener alguna actuación pública. En el seno de la familia se desarrollaban la mayor parte de las actividades laborales y se egulaban aspectos tan importantes como la sociabilización, la formación profesional y el acceso a los medios de producción, y la elección del cónyuge y el momento del matrimonio. La familia era, por lo tanto, un pieza clave en la reproducción social.

4.1.A. Diferentes modelos familiares europeos

A partir de las investigaciones de LASLETT, podemos decir que en la Europa moderna existían

tres grandes modelos familiares:

– Familia nuclear o sencilla (simple household), formada por la pareja casada y sus hijos.

Comienza con el núcleo conyugal, al que en su etapa de plenitud se añaden los hijos, para

concluir el ciclo con uno de los progenitores (normalmente, la madre viuda) y en caso los hijos solteros que han permanecido en la casa. Una variante es la familia extendida (extended household), en la que conviven con el núcleo conyugal y los hijos un ascendiente y/o un colateral solteros o viudos.

– Familia troncal (stem family), formada por una pareja de progenitores y la formada por uno de sus hijos y su descendencia. Puede incluir también hermanos solteros. En su fase de plenitud, comprende tres generaciones, pero de cada una de ellas solo una pareja casada permanece en la casa.

– Familia compleja o comunitaria (joint household), que comprende varios núcleos

Conyugales con su descendencia, pero a diferencia de la troncal puede incluir varios núcleos en cada generación. Cada modelo se adapta a determinadas circunstancias socioeconómicas. La familia comunitaria

permite disponer de una gran fuerza de trabajo familiar sin necesidad de recurrir a asalariados,

y predomina en zonas donde el poder señorial es importante (Europa oriental y zonas de

dominio de la aparcería en el centro de Italia y de Francia). La familia troncal predomina en áreas de economía pastoril y se adapte al objetivo de perduración de una casa (que incluye no solo la vivienda, sino una unidad de xplotación con sus derechos comunitarios sobre bosques y pastos). La familia nuclear predominaba en Inglaterra y gran parte de Francia, donde el auge de la economía mercantil favorecía la creación de nuevos hogares. El sistema de herencia era igualitario en las familias comunitarias y desigualitario en las troncales (donde el padre elegía como heredero a uno de sus hijos, no necesariamente el mayor sino el más hábil). La familia nuclear podía darse tanto con un sistema de herencia igualitario (norte y oeste de Francia, donde al recibir una porción de la herencia cada hijo tiene la oportunidad de constituir una nueva familia) como desigualitario (Inglaterra y sur de Francia, donde todos los hijos abandonaban el lugar paterno salvo el heredero, que esperaba a la muerte del padre).

4.1.B. Las tensiones familiares

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Las tensiones que se producen tanto en el seno de la familia como con la comunidad son distintas según el modelo de familia. La familia comunitaria es la más estable, ya que para su propia supervivencia debe mantenerse cohesionada (la autoridad del cabeza de familia se impone a todos sus miembros y los conflictos no suelen ser traumáticos, aunque suelen plantearse con ocasión del relevo del patriarca). La familia troncal es un foco de grandes tensiones que a menudo desembocan en violencia (sobre todo con motivo de la designación del heredero y durante la cohabitación de la joven pareja con la de los padres mientras esperan sustituirla en la jefatura familiar por la muerte o el retiro del padre). En la familia nuclear, las naturales tensiones intergeneracionales se proyectan fuera de la familia debido al intercambio de hijos (en Inglaterra, la pérdida de fuerza laboral que significaba el casamiento de un hijo y su salida del hogar paterno se compensaba con la entrada en el hogar de criados jóvenes).

4.1.C. La familia en el entramado de poderes

La elección del cónyuge no era completamente libre en ningún caso. La familia ejercía un control muy fuerte para intentar no salir patrimonialmente perjudicada. Pero también se dejaban sentir la presión del señor y la comunidad por un lado (en mayor medida) y de la Iglesia y el Estado por otro (en menor medida). Sin embargo, al no existir un control único, los jóvenes podían maniobrar apoyándose en unos u otros actores. En épocas de bonanza económica (siglos XV-XVI) el margen de elección siempre era mayor, mientras que en épocas de crisis (siglo

XVII) solía imponerse la voluntad familiar. A partir del último tercio del siglo XVI, las Iglesias (católica y protestantes), con la complacencia del Estado, empiezan a imponer disciplina a las costumbres conyugales: prohibición del sexo fuera del matrimonio, reforzamiento de las condiciones de validez del matrimonio y exigencia absoluta de la ceremonia religiosa oficial de casamiento en lugar de las distintas formas de religiosidad popular. Esta política aumentaba el poder de los padres en la elección matrimonial, pero también reforzaba la autonomía de la pareja frente al exterior delimitando un espacio de privacidad. En una época de dificultades, la comunidad se ve obligada a tomar medidas contra la proliferación de los pobres, imponiendo su confinamiento y presionando contra las relaciones sexuales extramatrimoniales que multiplican los niños abandonados y la población indigente.

El avance del absolutismo fue sustituyendo la lealtad de los individuos a los poderes inmediatos

por la lealtad al rey. Junto a la Iglesia, el Estado comenzó a reglamentar el acceso al matrimonio

y la herencia (imponiendo el sistema de herencia igualitario, excepto en la nobleza). La

educación, la sanidad y la beneficencia fueron cayendo bajo el control del Estado. Comenzará a difundirse el ideal del matrimonio por amor, que contribuirá a limitar la influencia de los poderes inmediatos sobre la vida de los individuos.

4.2. Las comunidades aldeanas

En el ámbito rural, la comunidad aldeana enmarcaba la vida campesina. Su origen se remonta a

la Edad Media, como resultado de la necesidad de solidaridad y cooperación entre las familias.

necesidad de solidaridad y cooperación entre las familias. Descargado por Pilar Rubio Sabugueiro

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Acabaron generándose unas instituciones que fueron reconocidas por el señor, el rey y la Iglesia.

4.2.A. La parroquia y la cofradía

La parroquia solía comprender una comunidad aldeana, aunque en zonas de hábitat disperso cubría varios núcleos de poblamiento. La intervención de la parroquia está presente santificando los pasos fundamentales de la vida de los individuos (nacimiento, matrimonio y muerte), mediante los correspondientes ritos de tránsito. Pero además marca los ritmos de trabajo estacionales y convoca multitud de actividades de la vida comunitaria. La parroquia estimuló la organización comunitaria debido a la exigencia de hacer frente a ciertas necesidades de culto desatendidas por la jerarquía eclesiástica. Así, los vecinos constituyeron asociaciones que se dedicaban a recaudar fondos para ello (estas asociaciones exigían la elección de administradores y eran un cauce para la participación pública de los vecinos). También surgieron las cofradías, como sociedades de ayuda mutua bajo invocación religiosa, que presentaban un doble carácter: espiritual (facilitar el temido tránsito al más allá) y caritativo (construcción y mantenimiento de un hospital, actividades de beneficencia y enseñanza, etc.)

4.2.B. El municipio

El reconocimiento jurídico de la comunidad aldeana permitió la constitución de instituciones de carácter permanente y desvinculado de la Iglesia. El municipio regulaba el sometimiento de la propiedad privada a servidumbres comunitarias que se compensaban con los derechos de aprovechamiento común de bosques, pastos, etc. También fijaba el ritmo de los cultivos (de modo que, donde había rotaciones trienales, las mismas estuviesen coordinadas y se garantizase la cobertura de las necesidades de todas las familias). También trataba de asegurar el abastecimiento de la población limitando la salida de productos en tiempos de escasez y adquiriendo los que no se tenían donde fuera posible. Por último, mantenía la paz entre los vecinos y servía de primera instancia judicial en la resolución de confiticos de vecindad.

4.2.C. El declive de la comunidad aldeana

JACQUART atribuye el declive de la comunidad aldeana a tres causas: su empobrecimiento (provocado por el endeudamiento colectivo para hacer frente a sucesos extraordinarios, que a la larga se traduce en la venta de bienes y derechos colectivos), sus divisiones internas (resultado de los diversos intereses, provocados por la introducción de nuevas formas de explotación y el avance de la diferenciación social) y su pérdida de autonomía (primero los señores y después el Estado y la Iglesia van a disminuir la esfera de competencias de las comunidades campesinas para contrarrestar su influencia política y controlar más directamente a los individuos). Hay que tener en cuenta que las comunidades de aldea habían adquirido una gran influencia política y de ahí que los señores intervinieran frecuentemente en ellas designando a sus líderes o presionando para su designación.

4.3. Las comunidades urbanas

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Los habitantes de la ciudad también se integraban en estructuras comunitarias. La característica más determinante de estas es el problema de la inmigración y la pobreza, paliado solo en parte por las redes de solidaridad entre parientes (personas con vínculos de parentesco que habían emigrado a la ciudad en distintos momentos y que se prestaban ayuda mutua). Además de parroquias y cofradías, que también existían en la ciudad, existe una institución específica que son las asociaciones profesionales. Agrupaban a las personas por oficios y trataban de cubrir múltiples necesidades vitales, pero en la práctica estaban controladas por los maestros, que a menudo las utilizaban para mantener a raya las condiciones laborales y las posibilidades de ascenso de oficiales y aprendices. Estos últimos constituyeron a veces sus propias corporaciones clandestinas en defensa de sus intereses. Pero el gobierno de la ciudad residía en una élite endogámica y con mucho poder (“patriciado urbano”), que imitaba el estilo de vida de la nobleza. El Estado miraba con recelo el enorme poder de las élites urbanas, pero sabía que eran las únicas que podían mantener el orden en las ciudades y evitar la sublevación incontrolada de la plebe urbana. Cuando no fue posible enviar delegados regios a las ciudades, el Estado optó por dejar a las élites urbanas un amplio margen de autonomía a cambio de su colaboración financiera y militar.

4.4. El señorío

El poder de los señores derivaba de su condición de propietarios de la tierra y de sus atribuciones militares y judiciales. Estas últimas provenían de su papel de defensores del territorio, que disminuye considerablemente durante la Edad Moderna: el Estado tiende a asumir el monopolio militar y además integra la justicia señorial en la justicia estatal, de manera que las sentencias de los señores puedan apelarse ante un tribunal real. Sin embargo, los señores se acomodaron a la nueva situación, introduciéndose en los círculos cortesanos y ocupando cargos públicos. Su influencia comunidades de aldea resultaba demasiado costoso acudir a los tribunales reales (y arriesgado, dado que los señores contaban con influencias en dichos tribunales). Pero también la estructura de propiedad de la tierra sufrió importantes cambios. En Europa oriental, la instauración de la “segunda servidumbre” significó una enorme extensión de las reservas señoriales (parte de tierra que el señor reservaba para explotarla directamente), el auge de las prestaciones personales (como contrapartida de las parcelas familiares otorgadas a los campesinos) y la sujeción a la tierra (prohibición de emigrar, de casarse fuera del señorío y de elegir libremente una profesión). En Europa occidental, la servidumbre había desaparecido prácticamente y habían surgido distintos modelos de señorío. En la mayor parte de Francia, Aragón y el norte de Italia, los señores habían repartido la práctica totalidad de sus tierras “a censo” entre los campesinos (estos se convertían en cuasi-propietarios de sus parcelas, pudiendo disponer de ellas hasta incluso transmitirlas en herencia y venderlas, a cambio de pagar unos censos anuales al señor en dinero o en especie). En el norte de Francia y el sur de España e Italia, los señores conservan la propiedad sobre grandes extensiones de tierra,

conservan la propiedad sobre grandes extensiones de tierra, Descargado por Pilar Rubio Sabugueiro

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reservándose una parte para su explotación directa por medio de asalariados y cediendo el resto en parcelas mediante arrendamiento a corto plazo o aparcería. En Inglaterra, los señores habían aumentado sus reservas a costa de los campesinos (comprándoles sus parcelas o expulsándoles) y las fincas así constituidas fueron arrendadas a empresarios capitalistas que empleaban trabajo asalariado y orientaban la producción al mercado. En general, puede decirse que los señores occidentales pasaron a gestionar la tierra más como propietarios capitalistas que como señores paternales, perdiendo así parte (aunque no todo) su poder inmediato.

“Del mundo sacralizado a la secularización. Religión y culturas”

5.1. La existencia sacralizada: nacer para salvarse

En la Edad Moderna, hubo más permanencias que novedades con respecto a la Edad Media (LE ROY LADURIE habla de las “sociedades inmóviles” del Antiguo Régimen). Las permanencias más perceptibles están en el campo de las mentalidades colectivas, siempre más resistente al cambio que cualquier otro. La clave de comprensión más adecuada de los tiempos largos que se suelen encuadrar en la Edad Moderna es la de la sacralización, solo superada por la secularización que se consuma con la Ilustración en el siglo XVIII. La sacralización consiste ante todo en la subordinación de toda la “vida terrena” a la “vida eterna” y la supeditación de todos los comportamientos las personas a cuestiones religiosas. Los diversos momentos del día los marcaba el sonido de las campanas, las numerosas fiestas respondían fielmente al santoral, muchos de los contratos y escrituras especificaban sus plazos aludiendo a festividades religiosas. La omnipresencia de la muerte y el temor al castigo eran los mejores aliados de una Iglesia institucional que había ido acumulando por ello un enorme poder y riqueza a lo largo de los siglos medievales. Pero además la sacralización también se caracterizaba por cuestiones que tienen que ver más específicamente con las mentalidades, como son la inexistencia de barreras entre lo natural y lo sobrenatural, que se intercomunicaban permanentemente (aunque por medios muy diferentes en la Europa católica y en la protestante), y la utilización de una escala de valores teocéntrica en la que la libertad individual y la razón humana apenas tenían espacio. En definitiva, todos los aspectos de la vida de las personas estaban sacralizados: el nacimiento y la muerte, el trabajo y la enfermedad, la percepción del tiempo y del espacio y hasta la forma de entender y de juzgar el mundo que les rodeaba. Sin embargo, las realidades del mundo sacralizado no eran vividas de la misma forma por todos y de ahí que haya que distinguir entre una cultura popular y una cultura de las élites. La primera no lo es tanto por sus orígenes como por sus portadores, pues muchas veces proviene de la inducción de las clases superiores. La segunda fue llamada “culta” por los humanistas y los ilustrados, que consideraban la primera como inculta y supersticiosa, descalificaciones que expresan la conciencia del monopolio de la verdad que tenían estas minorías privilegiadas. En todo caso, el hecho es que los cambios que se van produciendo en las mentalidades con el Renacimiento y que consisten fundamentalmente en un proceso de secularización afectan exclusivamente a una minoría ilustrada, la cual empieza a criticar las diversas formas de

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religiosidad popular como signo de atraso y del Antiguo Régimen. Este hecho sólo resulta inteligible desde la caracterización del Humanismo renacentista como una ideología propia de la clase burguesa en ascenso.

5.2. Percepción del tiempo, del espacio, del ambiente

El tiempo de corta duración se percibía por los ciclos litúrgicos y las advocaciones santorales. Las fiestas de santos o de la Virgen se firmaban los contratos y se realizaban las cosechas. El tiempo anual se percibía por la derrota de la Navidad, la Pascua, la Cuaresma y la Semana Santa. Aunque los protestantes clamaban contra la Cuaresma, también se aprovechaban de la misma al comerciar productos de primera necesidad (salazones) para los católicos que durante el largo mes de penitencia concebían y se casaban en mucha menor proporción. La fiesta ha sido estudiada como un fenómeno revolucionario (la aglomeración de multitudes facilitaba la agitación y la revuelta), aunque también implicaba sermones y procesiones. El número de fiestas religiosas aumenta, para satisfacer la demanda de la propia Iglesia y de las ciudades que van construyendo su identidad en torno a las advocaciones santorales. La percepción del espacio también responde a una mentalidad religiosa, tanto en el campo como en las ciudades. En el campo eran frecuentes las ermitas y las iglesias que estructuraban la vida de las comunidades. En las ciudades, además de las iglesias está el nomenclátor religioso de calles y plazas. Eran frecuentes los espacios urbanos del fuero (inmunes a la presencia y acción de fuerzas civiles), que se convirtieron en reductos de privilegio de universidades e iglesias y que permitían “acogerse a sagrado” (el derecho de asilo par delincuentes fugitivos de la justicia). Los fueros serán suprimidos a partir del siglo XVIII. La imagen sacra de las ciudades no cambiará hasta la Revolución Industrial. La percepción del ambiente estaba determinada por un profundo dualismo: la lucha permanente entre los dos señores supremos (Dios y el diablo) por la conquista de vasallos el uno a costa del otro. Tan arraigada era la creencia en Dios como en los demonios (de ahí las famosas quemas de brujas). Aunque la Reforma se deshizo de las mediaciones celestiales, contribuyó al arraigo de las demoníacas y al incremento de la persecución de las brujas. Los exorcismos cobraron gran auge (todos los sacerdotes estaban ordenados de exorcistas). Los demonios eran vistos también como responsables de desastres climáticos y de plagas. Los ilustrados clamarán vivamente contra estas falsas creencias, pero les costará penetrar en las aquilatadas mentalidades colectivas.

5.5. La religiosidad de las élites

Fue en las élites donde comenzaron a criticarse las diversas formas de religiosidad popular, que eran vistas como superstición. Antes de Lutero, diversas corrientes evangélicas de comienzos de la Modernidad (como Erasmo y los erasmistas) manifestaron su preocupación ante la proliferación de milagros, devociones y exorcismos. Sin embargo, el Barroco (desde la segunda mitad del siglo XVI hasta Westfalia) significó una mayor sacralización. Hasta la Ilustración no llegó la crisis de la religiosidad popular y el inicio de la secularización.

5.6. Las culturas

popular y el inicio de la secularización. 5.6. Las culturas Descargado por Pilar Rubio Sabugueiro

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5.6.A. Dos culturas: la popular y la de las élites

En la Modernidad, solo minorías muy reducidas fueron conscientes de los profundos cambios que se estaban produciendo en los sistemas de conocimiento y en el mundo de las artes y las ciencias. La inmensa mayoría de la población permaneció inmutable en su universo sacralizado, al margen completamente de los programas de aculturación de las élites (desde los humanistas hasta los ilustrados). El principal medio de comunicación y de transmisión de la cultura popular sigue siendo la palabra, pero no solo porque la mayoría de la población es analfabeta sino porque además la gente común confía más en la palabra que en la letra, incluso para los contratos. La lectura es solo indirecta y la liturgia tiene muy poco impacto (las misas católicas se celebran en latín, ininteligible para el pueblo, en contraste con las innovaciones de la Reforma), al contrario que los almanaques y los libros de devoción (leídos por los pocos que pueden hacerlo y escuchados por todos, incluso en el medio rural).

5.6.B. Analfabetismo, lectura y escritura

La imprenta fue un avance revolucionario que afectó a todos los órdenes (desde el económico hasta el ideológico). Sin embargo, en los primeros tiempos se encontró con fuertes limitaciones. Los poderes civiles y eclesiásticos, temerosos de los peligros que implicaba la libertad de imprenta, establecieron monopolios y censura, reduciendo a los escritos más subversivos al ámbito de las copias manuscritas. Además elevaron el precio de los libros de tal modo que solo la gente rica podía adquirirlos. Esto no cambió hasta el siglo XVIII. Ahora bien, el principal freno para la difusión del libro fue el analfabetismo. Se ha estimado que el porcentaje de población potencialmente lectora (partiendo de los discutibles presupuestos de que saber escribir equivalía a saber leer y de que firmar con ciertas formas equivalía saber escribir) no superó el 30% en ningún país europeo durante los siglos XVI y XVII. Estos porcentajes se reducen mucho más cuando se utilizan criterios más estrictos acerca de la alfabetización. Sin embargo, dada la ayuda que la imprenta prestó a la difusión de la Reforma luterana, hay que precisar que en el mundo protestante los índices de alfabetización fueron muy superiores (la ciudad de Metz alcanzaría el 70% e la segunda mitad del siglo XVII). Ya en el siglo XVIII, nos encontramos con un 80% de alfabetización en la Suecia luterana.

5.6.C. Hacia la secularización de la cultura

Los progresos de la secularización no podían darse en instituciones sacralizadas como los colegios de primeras y segundas letras o de Gramática, controlados por el clero, ni tampoco en las universidades, que pese a depender del poder civil mantenían la subordinación de todas las facultades a la de Teología y estaban para proveer de funcionarios a la burocracia civil y eclesiástica de los Estados. La nueva sensibilidad cultural llegó por las academias humanistas y por las reales academias del absolutismo. La “revolución científica” suele identificarse con nombres propios (Copérnico, Galileo, Bacon, Descartes, Newton, etc.), pero lo importante es estudiar el ambiente que posibilitó estos nuevos planteamientos epistemológicos y avances científicos. El idioma utilizado por estos científicos siguió siendo el latín, adoptado más tarde

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por el reaccionarismo antiilustrado. Poco a poco la razón va sustituyendo a la fe como medio de conocimiento, pero en la Modernidad todavía las ciencias no están tan diferenciadas como lo estarán más tarde. En este proceso fue necesario destruir la Escolástica, personificada en Aristóteles. Tanto el Humanismo (más platónico que aristotélico) como Lutero (desde su agustinismo) cargaron contra un sistema en el que no cabía la Escritura como norma y que había derivado en discusiones demasiado complejas y oscuras. Erasmo fue el gran detractor de la Escolástica, que sin embargo pervivió hasta la Ilustración.

Tema 3 y 4

ii.- Resumen del contenido 3:

El tema aborda la organización de la sociedad estamental con especial incidencia en los estamentos privilegiados: la nobleza y el clero. Lo primero que se debe tener en cuenta es que la sociedad del siglo XVI presenta las mismas características que venían dándose desde la Edad Media. Como entonces, estaba integrada por dos estamentos privilegiados, el clero y la nobleza. Los que no pertenecían a ninguno de estos grupos formaban por exclusión un tercer estamento, el estado llano, el estado general o el tercer estado. Este esquema tripartito, justificado por la teoría política que proyectaba el orden celestial en la sociedad de la época, es sin duda demasiado simplista, ya que la realidad siempre fue más compleja al no existir unas fronteras precisas entre los estamentos. Porque si en la teoría los no privilegiados sólo podían aspirar a formar parte del clero, que era un estamento abierto, no determinado por el nacimiento, como los otros dos estamentos, lo cierto es que a la nobleza se accedía también por diversas vías: a través de matrimonios desiguales de nobles y plebeyos, mediante la exclusión en los padrones de pecheros y la compra de empleos públicos, cuando no del ennoblecimiento por concesión de los monarcas en recompensa de servicios prestados a la Corona, incluidos los financieros. El afán de los plebeyos por integrarse en la nobleza, especialmente los burgueses enriquecidos con la actividad mercantil –este proceso ha llevado a algunos autores a hablar de la “traición de la burguesía”-, respondía a unos objetivos muy precisos, no exclusivamente materiales, pues a las exenciones fiscales que todo noble gozaba, importantes, sin duda, se sumaban una serie de privilegios jurídicos de no menor interés, como el de ser juzgados por tribunales especiales, no poder ser atormentados salvo por ciertos delitos, tales que el de lesa majestad, ni ahorcados, ni azotados ni condenados a galeras ni encarcelados por deudas civiles. Pero integrarse en el estamento eclesiástico tampoco era una opción desdeñable por varios motivos: sus miembros estaban exentos de la jurisdicción ordinaria y gozaban de privilegios fiscales, lo que favorecía el fraude al poner en cabeza de un pariente eclesiástico la hacienda familiar. Así pues, ingresar en el estamento eclesiástico era para los pecheros un medio de vida apetecible; también lo sería para las familias nobles, ya que la iglesia ofrecía una salida digna a los segundones desprovistos de medios propios, asegurándoles una posición económica y social; finalmente, el claustro

una posición económica y social; finalmente, el claustro Descargado por Pilar Rubio Sabugueiro

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proporcionaba a las mujeres solteras y viudas, cualquiera que fuera su pertenencia estamental, una adecuada manera de vivir Pero dentro de cada estamento existían marcadas desigualdades en función de la riqueza y del lugar que cada individuo o familia ocupaba en las instituciones civiles y religiosas. Así, en el estamento nobiliario hay que distinguir entre alta y baja nobleza: al primer grupo pertenecían los nobles poseedores de un título (duque, marqués, conde, barón), propietarios además de extensos señoríos; al segundo, varias categorías que se suelen identificar con la denominación de caballeros o gentilhombres, y en Castilla también con la de hidalgos. En el estamento eclesiástico las desigualdades eran análogas, pues aunque su riqueza procedía fundamentalmente de los diezmos, de sus propiedades rurales y urbanas, de sus inversiones en préstamos hipotecarios (censos), así como de los estipendios cobrados por misas o por la administración de los sacramentos, de las limosnas y de donaciones particulares, lo cierto es que sus miembros no gozaban de unos mismos ingresos: los que percibía el alto clero (prelados y canónigos) eran muy superiores a los que cobraba el bajo clero (curas párrocos), y estas diferencias se acentuaban en el bajo clero en función de que sus miembros residieran en la ciudad o en el campo. Y lo mismo sucedía en el clero regular: había órdenes religiosas (dominicos, jerónimos, benitos y bernardos) que disponían de elevadas rentas, con la particularidad, además, de que sus miembros, entre los que figuraban descendientes de la nobleza, comenzaron a alejarse de las normas establecidas por sus fundadores, abandonando, en consecuencia, el trabajo manual, que relegaron en criados. En el polo opuesto se encontraban las órdenes mendicantes (franciscanos, agustinos, carmelitas, trinitarios y mercedarios), menos prósperas, que vivían con mayor pobreza, aunque en su seno también prendió la relajación de las costumbres y los abusos al amparo de sus privilegios jurídicos.

ii.- Resumen del contenido 4:

Frente a los estamentos privilegiados, el estado llano se configura como un abigarrado conjunto de grupos sociales que tienen en común varias cosas: 1) una limitada movilidad social, ya que resulta bastante difícil a los individuos y familias incluidos en este estamento el acceder a la nobleza, aunque no así el integrarse en el clero, lo que será un paso importante para el ascenso social de algunas familias, ya que tener un pariente en la iglesia contribuía a su ennoblecimiento, sobre todo si lograba obtener una canonjía o una prelacía; y 2) su condición de contribuyentes al erario, ya que estaban sujetos al pago de impuestos directos, y además tenían la obligación de satisfacer el diezmo a la iglesia y rentas señoriales en los lugares de señorío. Campesinos, mercaderes, artesanos, burócratas, aprendices, criados y todo tipo de trabajador por cuenta propia o ajena, estuviese o no cualificado, desempeñase o no una profesión liberal, constituían el tercer estado o estado llano; también formaban parte del mismo quienes nada poseían y quienes estaban al margen de la ley por causas diversas: pobres, vagabundos y delincuentes. Esta diversidad de empleos y de oficios originaba contrastes de riqueza muy acentuados entre los diferentes grupos que integraban el estamento. En los núcleos urbanos

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destacaban los hombres de negocios, los comerciantes-banqueros del Renacimiento, los asentistas de España o los financieros de Francia, que gozaban de un nivel de vida similar al de alta nobleza y de unos ingresos considerables; por debajo de ellos se encontraban los mercaderes de lonja, al por mayor, y algunos maestros artesanos, plateros, sobre todo; después venían los pequeños y medianos comerciantes, cuyo nivel de ingresos se asemejaba mucho al de los maestros artesanos; el último eslabón lo integraban oficiales, criados, aprendices, un variopinto grupo de trabajadores libres no especializados que se dedicaban a la carga y descarga de mercancías (“ganapanes”, “gagnedeniers”, “bergantes” y “journeymen”) y una multitud de pobres que vivían de la caridad. Junto a ellos hay que mencionar a los rentistas y a un abigarrado conjunto de profesiones relacionadas con la administración local y estatal, así como con los tribunales de justicia y con la actividad comercial: abogados, notarios, procuradores, agentes de comercio y otros muchos empleos de características similares. En las zonas rurales también se aprecian importantes desigualdades. Es verdad que los campesinos constituían la mayoría de la población europea, pero su situación social y económica variaba en función de diferentes factores: que fueran propietarios de tierras de labor y de ganados, que fueran jornalero o que dependieran de un señor jurisdiccional, del régimen de tenencia de la tierra o de la duración de los contratos de arrendamiento y de aparcería. En los países del Este de Europa el campesinado estaba sometido al régimen de servidumbre, lo que implicaba la obligación de realizar determinados trabajos gratuitos en beneficio del señor (corvées o robot). Así pues, encontramos campesinos acomodados que poseían tierras en propiedad o con contratos favorables, así como animales de tiro y utensilios de labranza (“labradores honrados” en Castilla; yeomen en Inglaterra); campesinos medios independientes –su número fue reduciéndose en el siglo XVII debido sobre todo a la evolución capitalista de la agricultura-; labradores dependientes, que no disponían de tierras suficientes para hacer frente al pago de diezmos, rentas e impuestos; y jornaleros o campesinos sin tierra. Es importante tener en cuenta, además, que las diferencias de riqueza y de oportunidades entre los estamentos, y en el seno de cada uno de ellos, podía generar toda suerte de conflictos y de violencia. Estas manifestaciones, sin embargo, se acentuaban cuando se producían malas cosechas por causas climáticas, lo que encarecía el precio de los cereales y de los demás artículos de consumo básico, o cuando el Estado exigía nuevas contribuciones fiscales a los súbditos: en ambos casos, la población se hacía escuchar a través de motines, algunos surgidos de forma espontánea y otros alentados por grupos de poder descontentos con la autoridad real o con sus agentes, sin olvidar la intervención en ocasiones de instigadores extranjeros financiados por sus soberanos con la finalidad de desestabilizar la quietud de los reinos enemigos y de minar el poder de sus monarcas. En el siglo XVI los levantamientos más importantes tuvieron lugar en el primer cuarto de la centuria, con el estallido de las guerras de los campesinos en Alemania y con las comunidades y germanías en España.

en Alemania y con las comunidades y germanías en España. Descargado por Pilar Rubio Sabugueiro

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En el campo, particularmente en las regiones fronterizas entre reinos –en el caso español, por ejemplo, entre Castilla y los reinos de Aragón y Valencia- se desarrollará con fuerza el bandolerismo –en sus filas participarán tanto nobles como campesinos y desheredados- al amparo de una red viaria de difícil trazado, por lo montuoso del terreno, y a duras penas defendida por las instituciones del Estado, como la Santa Hermandad, creada por los Reyes Católicos y que será decisiva para mantener el orden en la Castilla rural. En las regiones costeras, contrabandistas y metedores desafiarán asimismo la autoridad civil cargando y descargando en la noche todo tipo de mercancías sin abonar los derechos aduaneros.

“Los cambios sociales”

11.5. Las revueltas populares

Durante el primer tercio del siglo XVI culminó el ciclo de revueltas que se había desarrollado durante la Baja Edad Media. Estas rebeliones eran una respuesta a las crisis económicas, pero se articulaban frecuentemente en torno a una ideología religiosa escatológica (basada en la idea del fin del mundo del Apocalipsis) y milenarista (basada también en la idea de la segunda venida de Cristo, que debía establecer una etapa de justicia que duraría mil años). Los grupos más radicales negaban la propiedad privada y la jerarquía social (en tiempos de Adán y Eva no había nobles ni plebeyos). Los rebeldes gallegos y castellanos se llamaban “hermanos” y se organizaban en “hermandades” y los castellanos eran definidos además como “comuneros” (es decir, plebeyos). La última gran revuelta popular fue la de los campesinos alemanes (1524-1525). En los sucesivos, predominaron las revueltas locales sin mayor trascendencia, aunque aumentaron en el último tercio del siglo XVI con el inicio de la crisis económica. También es posible que la resistencia campesina frenase los intentos señoriales de reintroducir la servidumbre, como sucedió en Europa oriental.

“La sociedad estamental”

3.1. La nobleza, principal estamento privilegiado

Una sociedad estamental es aquella que se organiza en estamentos, categoría sociológica intermedia entre la casta y la clase, que identifica a grupos sociales definidos por estatutos jurídicos diferenciados. En los inicios de la Edad Moderna, nos encontramos con tres “órdenes” o “estados” claramente definidos por sus derechos y obligaciones (aunque con varios niveles e importantes diferencias socioeconómicas a nivel interno): la nobleza, el clero y el “tercer estado” o “estado llano” (campesinos, artesanos, burgueses y el resto de la población no encuadrada en ninguno de los dos estamentos anteriores). Este tipo de sociedad, que tiene sus raíces en la Edad Media (cuando se había difundido la idea de una sociedad tripartita

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funcionalmente: delatores, oratores y laboratores), prevaleció en toda Europa hasta la caída del Antiguo Régimen. La nobleza y el clero eran los estamentos privilegiados, mientras que el “tercer estado” agrupaba a toda la masa de gente carente de privilegios jurídicos. Los privilegios legalmente reconocidos eran el principio rector de la sociedad estamental y eran diversos: honoríficos (preeminencia en ceremonias públicas), laborales (preferencia para ejercer cargos públicos), judiciales (inmunidad relativa, en tanto que nobles y clérigos no podían ser condenados a penas deshonrosas ni encarcelados por deudas) y fiscales (exoneración de todo tipo de impuestos). Estos últimos fueron cediendo con el desarrollo del Estado absolutista, pero en general los nobles defendieron sus privilegios hasta la caída del Antiguo Régimen. En general, se trataba de una sociedad corporativa, orientada a las relaciones entre grupos organizados, más que hacia relaciones entre individuos. Los privilegiados representaban menos del 10% de la población europea. El estamento privilegiado fundamental era la nobleza, que servía de modelo al resto de la sociedad. La sociedad europea del Antiguo Régimen era mayoritariamente agraria (aunque la importancia del mundo urbano aumenta progresivamente) y la renta agraria seguía siendo la principal fuente de ingresos de la nobleza terrateniente. Dentro de la nobleza, se distingue entre alta nobleza (nobles que poseían un señorío jurisdiccional u ostentaban un título: “duque”, “marqués”, “conde”, “barón”, etc.) y baja nobleza (denominados “caballeros” o “hidalgos” y que no poseían señoríos jurisdiccionales ni títulos, tratándose de simples propietarios rurales o urbanos, en ocasiones bastante empobrecidos). Dentro del clero, también se distingue entre alto clero (muy culto y que ocupaba puestos de representación en obispados, catedrales, abadías y universidades) y bajo clero (todos los demás clérigos, tanto urbanos como rurales, estos últimos de muy baja formación intelectual). En teoría, la condición nobiliaria se transmitía por herencia (“nobleza de sangre”). Sin embargo, en la práctica el estamento nobiliario se ampliaba y renovaba constantemente con plebeyos ricos, mediante diversos procedimientos de ennoblecimiento: por concesión regia (“cartas de nobleza”), por el ejercicio de cargos públicos (“nobleza de toga”), por matrimonio y por costumbre (en principio, se estimaba que vivir de rentas, sin dedicarse al trabajo manual ni al comercio, era una prueba de la condición nobiliaria, por lo que aquellos que lo lograban podían aspirar a ser reconocidos como nobles). La nobleza no solo era la principal propietaria de la tierra, sino que ejercía sobre quienes trabajaban una autoridad de tipo político (“jurisdicción señorial”), que incluía funciones de administración, justicia y hacienda. No obstante, en Europa occidental se habían perdido algunos de los poderes políticos (no así en Europa oriental). La nobleza occidental obtenía una serie de rentas como propietaria de la tierra y una serie de derechos como el ejercicio de funciones públicas. La nobleza era el grupo más rico de la sociedad, pero a menudo vivía al borde del endeudamiento dados sus enormes gastos (mantenimiento de numerosos castillos,

sus enormes gastos (mantenimiento de numerosos castillos, Descargado por Pilar Rubio Sabugueiro

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abundante servidumbre, prodigalidad, vida ostentosa, pleitos por propiedades y herencias, servicio militar y político del monarca que a veces exigía aportaciones cuantiosas, etc.) Para evitar el empobrecimiento, se extendió el principio de sucesión por primogenitura (“mayorazgo” en España) y a los segundones se les abría la carrera militar, burocrática o eclesiástica. El modelo social de la nobleza cambió durante la Edad Moderna. La corte difundió un modelo de conducta que controlaba los impulsos humanos. Un cierto grado de instrucción formaba parte de la educación nobiliaria: los hijos de la nobleza no solían ir a la universidad, pero estudiaban en casa con profesores particulares o en academias especiales. La nobleza fue en gran medida un clase ociosa, al perder su función militar originaria, pero contó con individuos de gran capacidad intelectual.

3.2. La población urbana

La mayor parte de la población urbana eran artesanos, normalmente organizados en corporaciones de oficios (“gremios”) fuertemente jerarquizadas en torno al grupo endogámico de los “maestros”, por debajo de los cuales estaban los “oficiales” y “aprendices” que conformaban un proletariado joven y mal pagado. En las ciudades residía también la burguesía urbana, en su mayor parte mercantil, pues la burguesía industrial estaba aún escasamente desarrollada. Dado que el comercio era considerado una actividad deshonrosa, la mayoría de los burgueses que ascendieron a nobles debieron pasar por la fase intermedia de la compra de señoríos o el ejercicio de cargos públicos. La ciudad era un elemento cuantitativamente poco numeroso pero cualitativamente muy importante en la sociedad del Antiguo Régimen. En principio, la ciudad representaba la economía capitalista y el campo la economía tradicional, heredera del feudalismo, pero en la práctica una y otra estaban muy relacionadas. En la Edad Moderna, la alta nobleza también residía en las ciudades y participaba en su gobierno. El grupo dirigente de las ciudades (“patriciado urbano”) estaba formado en parte por la nobleza de origen rural y en parte por ciudadanos enriquecidos que vivían de rentas. El nombre “burgués” en un principio designaba a los habitantes de un “burgo” o ciudad, pero posteriormente pasó a designar a quienes vivían del comercio o de profesiones liberales. Por encima de ellos estaban los ciudadanos rentistas, que participaban en el gobierno municipal y recibían el nombre de “ciudadanos honrados” o “burgueses honrados”. En cualquier caso, el patriciado urbano se convirtió en un grupo cerrado que impedía el acceso de los demás grupos sociales. Los “gremios” en donde trabajaban los artesanos eran corporaciones que tenían como funciones principales la reglamentación de la producción en sus aspectos técnicos así como la organización social del trabajo. En algunas ciudades intervenían en parte en el gobierno municipal. Los gremios constituían en sí una sociedad jerarquizada en torno a los maestros, que constituían un grupo cerrado y endogámico. Aunque los maestros eran formalmente iguales

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entre sí, en la práctica unos trabajaban para otros (“clientelismo”). En el siglo XVII, se generalizó la distinción entre “gremios mayores” y “gremios menores”. Además de los artesanos agremiados, siempre hubo gran cantidad de trabajadores no especializados libres (sobre todo en trabajos que requerían fuerza física, como la carga y descarga de mercancías), aunque controlados por el capital comercial; este tipo de trabajadores aumentó con la crisis del siglo

XVII.

Por último, hay que hablar del servicio doméstico, que representaba en la Francia del siglo XVIII el 8% de la población activa. Un sector considerable de los habitantes de ambos sexos de la

ciudad se dedicaban al servicio doméstico, y no solo en las mansiones de la nobleza y la burguesía rentista (que disponían de un número excesivo y ostentoso de criados), sino también en los domicilios de la pequeña y mediana burguesía (que solía disponer de uno o dos sirvientes por familia). Las clases populares urbanas vivían una vida muy precaria, compensada en parte por diversas formas de solidaridad (no solo las organizados por los gremios, sino también las que provenían de las parroquias y de las relaciones de vecindad).

3.3. El campesinado

El “tercer estado” representaba como mínimo al 90% de la población europea. La gran mayoría de los plebeyos eran campesinos (en torno al 80%), pero había entre ellos grandes diferencias socioeconómicas: dos tercios de los campesinos dependían de un señor jurisdiccional (debiendo al señor una parte de la cosecha, que se sumaba al diezmo debido a la Iglesia), mientras que el otro tercio era independiente (pero, dentro de este grupo, existían a su vez importantes diferencias: desde una pequeña minoría de campesinos ricos capitalistas [propietarios, enfiteutas o arrendatarios de propiedades extensas que explotaban mano de obra asalariada] hasta una gran mayoría de campesinos medios autosuficientes [propietarios, enfiteutas o arrendatarios de pequeñas parcelas que trabajaban con sus propios medios de producción y su familia]). Entre los campesinos dependientes, en Europa occidental predominaba la aparcería, que era el contrato típico de los campesinos pobres: el propietario aportaba el capital y se llevaba una parte importante de la producción (hasta el 50%). En Europa oriental, seguía vigente la servidumbre, por lo que el señor feudal continuaba extrayendo el excedente de los campesinos directamente mediante la imposición de exacciones y el control de su movilidad (no pudiendo emigrar ni casarse fuera del dominio señorial). Por lo general, los campesinos orientales seguían realizando prestaciones de trabajo personal (“corveas”) para el señor feudal. Entre los campesinos independientes no propietarios, hay que diferenciar según los diversos regímenes de tenencia de la tierra. El más favorable para el campesino era la enfiteusis, que convertía al campesino en cuasi-propietario al otorgarle el usufructo de la tierra durante largo tiempo (a veces indefinido) a cambio de cantidades simbólicas en reconocimiento del dominio eminente del señor. El contrato de arrendamiento solo podía estipularse por períodos cortos y permitía al propietario actualizar la renta en función de la evolución de los precios. En la

la renta en función de la evolución de los precios. En la Descargado por Pilar Rubio

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práctica, solo favorecía a campesinos ricos que arrendaban grandes propiedades para una producción orientada al mercado y basada en trabajo asalariado. Por otra parte, en la vida campesina era muy importante la existencia de bienes e instituciones de carácter comunitario (como los bosques y prados comunales que proporcionaban a los campesinos pobres madera y tierra de pasto para sus ganados). En la Edad Moderna, se produce un retroceso de los derechos colectivos en favor de los individuales sobre la tierra (tanto por la reivindicación de los señores de la propiedad sobre los bosques y prados como por el empuje de la economía capitalista por los campesinos ricos). Además, el campesino hubo de hacer frente a impuestos estatales que debía pagar con la venta de su producción (cosa difícil, pues uno de los privilegios señoleares consistía en poder vender su propia producción antes que la de sus campesinos, impidiendo que estos pudieran obtener buenos precios). Por último, en el conjunto de Europa, el grupo de los jornaleros era aún marginal (salvo en Inglaterra y en el sur de España e Italia). No obstante, la crisis del siglo XVII produjo el endeudamiento tanto de individuos como de comunidades, que finalmente desembocó en que muchas tierras comunales pasaron a manos de la nobleza y de la burguesía agraria y en que la mayoría de los campesinos dependientes acabaron proletarizándose.

3.4. Pobres y delincuentes

Según los observadores de la época, la pobreza alcanzaba al 10-20% de la población en la Europa del siglo XVI y básicamente incluía a todos aquellos que carecían de un trabajo. Sin embargo, la pobreza en sentido amplio podía alcanzar el 50%, si incluimos en ella a todas las personas que aún trabajando no ganaban lo suficiente para satisfacer sus necesidades básicas y sus obligaciones. La política del Antiguo Régimen distinguía entre “pobres verdaderos” y “pobres fingidos”. El primer grupo estaba controlado por toda una serie de instituciones caritativas (parroquias, organismos municipales, etc.) y en ocasiones eran sometidos a trabajos forzados mal remunerados. El segundo grupo era el de quienes se resistían al control y al trabajo forzoso, viviendo en la mendicidad y/o de la delincuencia (los gitanos siempre fueron encasillados en este grupo). Existía también una delincuencia organizada (bandolerismo). Tanto el Estado como la Iglesia siempre condenaron a los “falsos pobres” y proyectando sobre ellos la idea de que vivían así porque querían. Muchos de ellos acababan en la cárcel o sometidos a penas físicas muy crueles de carácter ejemplarizante (a azotes, a ser marcados con un hierro candente o a perder nariz y orejas).

3.5. Rebeliones populares

Las rebeliones populares en la Edad Moderna disminuyeron considerablemente con respecto a las que hubo durante los siglos XIV y XV. Existía además un amplio consenso en torno al sistema de jerarquías sociales. Pese a todo, hubo también levantamientos populares violentos que se explican en parte por el carácter violento de la propia sociedad estamental, donde las clases privilegiadas eran las primeras en desacatar las órdenes de los gobiernos y recurrir a la violencia

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para imponer sus intereses. Este hecho justificaba moralmente los estallidos de violencia popular. El creciente monopolio de la violencia por el Estado moderno, que privó a las clases privilegiadas de sus propias fuerzas armadas, planteará el problema de las luchas sociales bajo otra perspectiva. Las rebeliones más típicas eran los motines de subsistencia, donde las masas populares reclamaban no salarios más altos sino precios más justos en los productos de primera necesidad. El blanco de la violencia en estos casos eran los comerciantes especuladores y en menor grado las autoridades. Los levantamientos campesinos cambiaron sus motivaciones. En el siglo XVI todavía hubo conflictividad antiseñorial (Gran Guerra de los Campesinos de Alemania de 1525), pero en el siglo XVII se dirigieron más bien contra los impuestos estatales y el alojamiento militar (rebelión de los segadores de Cataluña de 1640). La “gabela” era el impuesto sobre la sal, pero se convirtió en sinónimo de impuesto abusivo. La violencia se dirigía más al recaudador fiscal que al noble. En las ciudades, continuaron las luchas por la participación en el gobierno municipal (la rebelión de las “Comunidades” de Castilla fue un movimiento sobre todo de artesanos). Todas estas revueltas fracasaron y el patriciado urbano cerró filas frente a comerciantes y artesanos. En el siglo XVIII hubo una creciente conflictividad obrera, con el desarrollo industrial. Se crearon las primeras asociaciones obreras, que dirigían sus acciones violentas contra las máquinas al considerar que estas les quitaban el trabajo. Casi todas estas rebeliones tuvieron tintes religiosos (frecuentemente, en torno a una ideología religiosa escatológica y milenarista). Los dirigentes podían ser artesanos y campesinos acomodados, incluso miembros de la baja nobleza y el bajo clero, aunque las autoridades nunca quisieron reconocerlo. En general, estos movimientos no eran tan radicales como los de la Baja Edad Media y no cuestionaron la figura del rey ni el sistema de privilegios.

“La expansión demográfica del largo siglo XVI. El auge de la ciudad. La sociedad”

6.1. La expansión demográfica en el siglo XVI

Los inicios de la Edad Moderna se caracterizan por una clara recuperación demográfica. Hacia 1560, se habían alcanzado los índices perdidos tras la crisis del siglo XIV. Si en 1500 Europa contaba con una población de ±80 millones de habitantes, en 1600 superaba los 100. Todo ello a pesar del débil crecimiento vegetativo que caracterizaba al régimen demográfico antiguo (±

0,2%).

6.1.A. Factores en la evolución del crecimiento demográfico

Hasta mediados del siglo XV persistieron los efectos de la gran depresión demográfica del XIV, genéricamente identificada con la peste negra. Pero desde entonces y hasta la década de 1560 se produjo un crecimiento ininterrumpido. Aumentó el nivel de natalidad lo suficiente en relación con el de mortalidad, influido por una coyuntural reducción de la edad de acceso al matrimonio y el incremento de la esperanza de vida. No está claro cuáles fueron las causas

esperanza de vida. No está claro cuáles fueron las causas Descargado por Pilar Rubio Sabugueiro

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determinantes de esta nueva tendencia, aunque tradicionalmente se admita la mejora de las condiciones alimenticias y la bondad del clima. El hecho de que el crecimiento demográfico comenzase antes en los países protestantes demuestra además la influencia de las nuevas ideas anticelibato y laicistas difundidas por la Reforma protestante. Obviamente, también hay que tener en cuenta el contexto político favorable, de ausencia de grande conflictos bélicos. En el último cuarto del siglo XVI, las tendencias demográficas comienzan a invertirse, iniciándose una fase de estancamiento que es la antesala del retroceso demográfico del siglo XVII. Para LE ROY LADURIE, la causa principal sería el bloqueo malthusiano (exceso de población y escasez de recursos). Las repetidas malas cosechas provocaron una reducción en la oferta alimenticia y una subida de precios. Entra en juego aquí de nuevo la explicación climática, ya que esta época constituye lo que se ha denominado “pequeña edad de hielo” (FAGAN). Pero estas tendencias demográficas y sus consecuencias no fueron iguales en toda Europa y de ahí que BRENNER considere determinante en la explicación de los cambios económicos los condicionamientos que supusieron en sí mismas las diferentes estructuras de propiedad y producción existentes en Europa.

6.1.B. El cálculo de la población europea y su distribución

A pesar del estancamiento del último cuarto de siglo, el balance demográfico final del siglo XVI fue claramente positivo. Pero este aumento no quedó distribuido por igual entre los diferentes Estados y regiones de Europa. El país que experimentó el mayor crecimiento fue Rusia, como consecuencia de la colonización de nuevos territorios en los Urales, el mar Negro y el mar Caspio (pasó de 9 a 15 millones). En Europa septentrional tuvo lugar el crecimiento más equilibrado, al irse creando en paralelo las condiciones económicas que permitieron su posterior consolidación (Inglaterra pasó de 4,4 a 6,8 millones, pero además siguió creciendo ene el siglo XVII). Francia era el país más poblado de Europa, pero su crecimiento fue inferior (pasó de 16 a 18 millones). En España, el reino más poblado y que más creció fue Castilla, pudiendo crecer un 50% y ello a pesar de sus esfuerzos colonizadores en el Nuevo Mundo (las cifras totales para Castilla y Aragón son de 6 millones al principio y 10 millones al final del siglo XVI). Pero lo cierto es que no hubo un crecimiento uniforme ni siquiera en el interior de los Estados. Los núcleos de mayor densidad de poblamiento se encuentran en la cuenca de Londres, Flandes, la región de París, los valles del Rin y el Danubio, Lombardía, la llanura de Nápoles y la cuenca del Duero. Además, las nuevas capitales creadas por el absolutismo experimentan un crecimiento espectacular (Madrid pasó de unos pocos miles de habitantes a 65 000). Por otra parte, aumentaron el número de ciudades y su población (superaban los 150 000 habitantes a finales del siglo XVI París, Nápoles, Londres, Milán y Venecia; superaban los 100 000 Roma, Sevilla y Lisboa).

6.2. Las estructuras sociales europeas en el siglo XVI

6.2.A. El campesinado

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El sector rural era el más numeroso y también el que presentaba mayores contradicciones internas. En términos generales, gozó de un cierto desahogo económico hasta el último cuarto del siglo XVI, cuando se produce el estancamiento. Pero esta situación no afectó por igual a los jornaleros (los más numerosos) que a los propietarios en sus diferentes condiciones, por lo que conviene hacer un repaso de los diferentes modos de tenencia de la tierra a principios de la Modernidad. El cambio fundamental que se produce con la Modernidad es el proceso de sustitución de los antiguos vínculos feudales por otros de carácter contractual. La mejor situación corresponde a los campesinos libres de la Francia del Mediodía, el norte de Italia, los Países Bajos, los yeomen ingleses y la mayoría de los territorios de la península Ibérica. Sin embargo, pocos de ellos explotaban directamente la tierra y la mayoría lo hacía por medio de aparcerías y arriendos (la “independencia” económica de estos campesinos se reducía a la posesión del utillaje y el transporte imprescindibles para el cultivo y a veces algunas piezas de ganado y una reducida parcela de tierra en propiedad [el simbólico “alodio”]). En peor situación estaban los campesinos de los lugares donde aún pervivía el señorío de época feudal (ahora ya no solo en manos de la nobleza, sino también de la burguesía enriquecida), como es el caso de Alemania occidental, el norte de Francia, el centro y sur de Italia y algunos territorios de la península Ibérica (Galicia, Valencia y sur de Portugal). Estos campesinos participaban en la explotación de las “tierras a censo” (tierras cultivadas de forma más o menos libre a cambio del pago de un “censo” en reconocimiento del señorío, además de quedar los campesinos sujetos a la jurisdicción señorial y al pago por el uso de los monopolios señoriales [molino, horno, etc.]). Todo lo que acabamos de decir es referido a Europa occidental, ya que Europa oriental experimenta un fenómeno muy distinto que es la instauración tardía de la servidumbre, además de presentar un índice de crecimiento demográfico superior al occidental. Con el estancamiento del último cuarto de siglo surge el fenómeno del endeudamiento (tanto de los campesinos como de las comunidades de aldea), que llevará a la pérdida de la condición de campesinos libres de muchos de ellos y de muchos derechos colectivos. Surgen revueltas en toda Europa (destacando la de los campesinos alemanes de 1524), que ya no tienen el carácter subversivo de las revueltas bajomedievales y se limitarán a reivindicaciones concretas que tienen que ver con la mejora de sus condiciones de vida. También cobra fuerza el bandolerismo, en donde se mezclan aspectos de las revueltas populares como la exigencia de una redistribución de la riqueza con otros más propios del mundo de la delincuencia.

6.2.B. La nobleza

La nobleza se encuentra en la Modernidad a caballo entre las sociedades rural y urbana. En lo que respecta a la alta nobleza, se produce una renovación de los antiguos linajes feudales y otros nuevos cuyo elemento común es la estrecha dependencia del favor real. En Inglaterra, la vieja nobleza queda prácticamente eliminada con las guerras que enfrentaron a las casas Lancaster y York (1455-1485). En Castilla, el poder de la vieja nobleza es quebrantado tras

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tomar partido por el bando de la Beltraneja, perdedor en las luchas que llevaron al trono a Isabel I de Castilla en 1479 (surgen en Castilla nombres de nuevas familias como los Enríquez o los Mendoza). El avance del absolutismo no pretende acabar con la nobleza, sino cambiar su papel privándole de gran parte de las antiguas atribuciones feudales. Ahora los monarcas necesitan hombres de confianza preparados no tanto en el ejercicio de las armas como en el de las letras (estos “letrado”, procedentes en su mayoría de las facultades de Derecho, son quienes desempeñan los altos cargos públicos). El estamento nobiliario se acrecienta con el otorgamiento de muchos títulos por el monarca estos nuevos hombres de confianza. La vieja nobleza fue adaptándose a la nueva situación, aunque no sin conflictos. Cada vez más nobles abandonaban sus residencias rurales para vivir en las ciudades, contribuyendo a la extensión del nuevo urbanismo renacentista (Roma fue pionera con sus palacios y villas aristocráticas). Así, la vieja nobleza entra en las ciudades dispuesta a participar en su gobierno, que compartirá con la nueva clase de burgueses enriquecidos y de “letrados”. Todos estos grupos intentaban imitar el modo de vida de la nobleza tradicional, caracterizado por la ostentosidad y los gastos innecesarios. Esto tiene que ver en parte con el progresivo empobrecimiento de la nobleza, que ya no tiene la misma capacidad de antaño para mantener ese nivel de vida.

6.2.C. Las ciudades

Durante el siglo XVI la ciudad experimenta un gran cambio, pero no tanto cuantitativo (la inmensa mayoría de la población sigue residiendo en el campo) como cualitativo. Según BRAUDEL, entre 1470 y 1580 Europa experimenta el proceso de imparable promoción social de la burguesía. Esta burguesía surge como consecuencia de la estructura del primer capitalismo comercial y el “espíritu burgués” que la acompaña se caracteriza por el afán de lucro económico y de promoción social así como por los nuevos valores del Renacimiento. El nivel más elevado de la burguesía lo constituían los grandes hombres de negocios dedicados al comercio a gran escala y a las finanzas, en íntima conexión con las crecientes necesidades hacendísticas del nuevo Estado moderno (los Spínola y los Grimaldi en Génova, los Medina del Campo y los Polanco de Burgos en España, etc.) Este estrato de la burguesía representaba menos de un tercio de la misma y era bien visto tanto por el monarca como por la nobleza. En compensación por sus servicios al Estado y a la nobleza (prestando dinero a ambos), recibía cargos públicos y facilidades para la adquisición de señoríos. Su ennoblecimiento fue muy rápido, si no en su propia persona al menos en la de sus descendientes directos. Sin embargo, este ennoblecimiento produjo también un progresivo alejamiento de su actividad económica primitiva (según PIRENNE, estas familias no prolongaban su actividad comercial más de dos o tres generaciones). En un nivel más bajo estaba los burgueses que habían obtenido la consideración de “ciudadanos”. Se trataba de un grupo heterogéneo de ricos dirigentes gremiales, grandes propietarios de tierras, comerciantes al por mayor y ciertos cargos públicos (recaudadores de impuestos, jueces, etc.) Todos ellos recibían la condición de “ciudadanos” no

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por sus respectivas funciones, sino por llevar un estilo de vida distinguido y costoso, con connotaciones próximas a la nobleza. Hacían gala de una mentalidad individualista, contraria al corporativismo típico de su época. El ejercicio de cargos públicos era una prueba evidente de capacidad económica e influencia social. El acceso de los burgueses (sobre todo mercaderes) a los mismos fue facilitado por la política de venta de cargos desarrollada por la mayoría de los Estados europeos. Así, la burguesía se convirtió en clase dominante de las ciudades y quedó integrada en el patriciado urbano. En Francia, la política de venta de cargos se llevó hasta sus últimas consecuencias, al pasar de la administración local a las más altas dignidades del Estado, dando lugar a la nueva “nobleza de toga” (diferenciada y mal vista por la antigua “nobleza de espada”). También este sector de la burguesía acaba alejándose a la larga de su función económica originaria. Un tercer y último estrato de la burguesía lo integraban comerciantes y empresarios modestos, profesionales liberales y funcionarios. Estos también intentaban imitar el modo de vida de la nobleza (compraban tierras, actuaban de prestamistas, etc.), pero su vida era más precaria (muchos acababan en la pobreza) y su influencia social muy variable (mayor en las ciudades pequeñas que en las grandes). Ahora bien, la burguesía solo representaba a un mínimo porcentaje de la población urbana. La gran masa trabajadora urbana (artesanos empleados en los talleres, obreros asalariados, jornaleros y sirvientes) carecía de toda perspectiva de mejora. Su principal preocupación era el mantenimiento del empleo (muy inestable), pero su pérdida les llevaba a entrar en la pobreza. La barrera entre un proletario y un pobre era mínima y de hechos era muy común moverse entre ambas categorías. El auge demográfico del siglo XVI va de la mano de un llamativo crecimiento del pauperismo, hasta el punto de que llega a ser un problema de orden público. Todos los Estados comienzan a dictar “leyes de pobres” que intentan, por un lado, repartir beneficencia entre los más susceptibles de reintegrarse socialmente (quienes habían perdido un empleo de toda la vida) y, por otro, reprimir al más desarraigado (inmigrantes en su mayoría). En este sentido, los gitanos fueron expulsados de muchos Estados y en Hungría y Rumanía llegaron a ser esclavizados. Las revueltas tanto de trabajadores como de pobres (a menudo unificadas) fueron numerosas, pero no tenían el carácter subversivo de las revueltas bajomedievales y no solían manifestarse contra las condiciones laborales (por muy denigrantes que fuesen), sino contra aspectos secundarios como los altos precios de los alimentos o las subidas de impuestos.

6.3. La sociedad en la Europa central y oriental

Durante el siglo XVI, Alemania oriental, Polonia, Rusia y Hungría experimentan el ensanchamiento de las propiedades agrícolas detentadas por los grandes señores lacios y eclesiásticos y un fuerte auge demográfico (mayor que en Occidente) ligado a movimientos de colonización. Uno de los factores que favorecieron este proceso fue la creciente demanda de cereal desde Europa occidental a partir del siglo XV. El poder señorial se reforzó hasta

a partir del siglo XV. El poder señorial se reforzó hasta Descargado por Pilar Rubio Sabugueiro

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conformar lo que ENGELS denominó “segunda servidumbre”. Los poderes jurisdiccionales, allí donde habían existido y luego habían sido centralizados por los primeros intentos de construir Estados modernos, retornaron a los antiguos señores feudales o a otros nuevos (en Rusia, la vieja nobleza terrateniente de los boyardos es sustituida por los “nobles de servicio” que integran el séquito del príncipe). Las ciudades en general perdieron su dinamismo y quedaron reducidas al papel de centros administrativos. La naciente burguesía perdió su poder de decisión en los órganos representativos de los diferentes Estados, que pasaron a ser controlados por una nueva clase media de extracción nobiliaria y con la tierra como base de poder (los junkers de Prusia oriental, la szlachta polaca y los pomieschiki moscovitas).

Tema 5

ii.- Resumen del contenido:

El tema aborda un tiempo de crisis, el siglo XVII, en Europa y en el mundo. Ahora bien, ¿de qué

tipo de crisis estamos hablando? Varias son las posturas de los especialistas acerca de este asunto, aunque al final, con los datos que se disponen, sólo se puede afirmar que el siglo XVII

no estuvo afectado por una crisis general, sino por una serie de crisis parciales de índole diversa que no incidieron al mismo tiempo ni con la misma intensidad en todas las regiones europeas, aunque sí contribuyeron a configurar un contexto conflictivo en lo social y difícil en lo económico, de “crecimiento indeciso” o, si se prefiere, de “retroceso relativo”. Crisis sectoriales

y coyunturales que a la larga provocaron cambios profundos, de signo estructural, que

facilitarán el despliegue de la sociedad capitalista. En el terreno económico hay que destacar el auge de la actividad comercial e industrial en contraste con las dificultades que atravesaba la agricultura y la ganadería, así como la pujanza de Inglaterra y Holanda, que adoptaron medidas innovadoras en el sector manufacturero textil –traslado de la industria al campo escapando así de los férreos controles gremiales-, en el transporte de mercancías y en la búsqueda y monopolio de nuevos mercados, frente al retroceso que experimentan España, Italia y Alemania, en este caso con algunas excepciones, como Hamburgo. De este modo, ambas potencias lograrán hacer frente a la crisis económica con éxito, aunque será Inglaterra la que establecerá en este siglo las bases para su posterior desarrollo. En ello incidirá la adopción de una serie de medidas económicas, en el marco de la práctica mercantilista de la época, orientadas a incentivar la producción industrial y el comercio nacional, como las Actas de Navegación o los enfrentamientos bélicos con Holanda en la segunda mitad de la centuria; una política que emprenderá igualmente Luis XIV en Francia con desigual éxito, y que se traducirá en un incremento de las tasas aduaneras para las importaciones y de su abaratamiento para las exportaciones, así como en el fomento de la industria nacional, en particular de artículos suntuarios, mediante la creación de las Fábricas Reales. También en España se adoptará una política mercantilista con mejores resultados a finales del siglo XVII visible en las medidas adoptadas para contratar artesanos extranjeros y

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fomentar la producción industrial de artículos suntuarios y de textiles. Lo interesante de esta política mercantilista en Europa es que justificará, sobre todo en la segunda mitad de la centuria, las actuaciones bélicas entre los estados, pues se entendía que la riqueza de un estado dependía de la ruina del contrario, y ésta sólo podía venir de la asfixia comercial e industrial producida por la guerra y las represalias comerciales contra los enemigos. Esta etapa de crisis:

1) una sucesión de malas cosechas derivadas de un cambio climático, con períodos de heladas, de agudas sequías y de lluvias torrenciales; 2) el retroceso de la superficie cultivada como consecuencia de un descenso notable de la población, lo que permitirá, en cambio, el avance de la ganadería, que se alimenta de los pastos de las tierras marginales abandonadas; 3) una

mayor especialización en los cultivos dirigidos fundamentalmente a la exportación

caso español, desde la década de 1640, se asiste en el norte peninsular, desde Galicia a las

Provincias Vascas, a la penetración y difusión del cultivo del maíz a costa, en algunas zonas del mijo y el centeno, lo que favorecerá un aprovechamiento más intenso del suelo y una mayor producción agraria global; en Andalucía y Castilla, por el contrario, se aprecia un retroceso en el cultivo de cereales en beneficio de la vid, lo que explica el aumento de las exportaciones de vinos hacia América, generando importantes ganancias a los cosecheros, pero también las críticas de quienes apoyan el cultivo de plantas destinadas a la industria textil, como el cáñamo y el lino, con el objetivo de evitar las importaciones de estos tejidos procedentes del centro de Europa; finalmente, en Levante, Mallorca y también Andalucía, se expande el olivo ante la demanda de aceite por Inglaterra, Holanda y las colonias americanas. Respecto al resto de Europa hay que destacar el caso de Inglaterra, donde en la segunda mitad del siglo XVII se adoptaron soluciones innovadoras, similares a las que se venían aplicando en los Países Bajos desde la época medieval: rotaciones de cereales con plantas forrajeras que regeneraban el suelo sin necesidad de acudir al barbecho, lo cual no sólo aumentaba la producción agrícola, sino que permitía el incremento de la ganadería estante. Esta práctica, junto con el policultivo de regadío en Holanda y ciertas innovaciones en la estructura de los cultivos del norte de Italia

y Francia, que generan una agricultura intensiva, especializada y orientada al mercado,

Así, en el

especialmente a los hinterlands urbanos, contrasta sin embargo con el predominio del cereal en todas partes, y una ganadería trashumante en Castilla y sur de Italia, y vacuna en el este y norte de Europa.

“Crisis y transformaciones en la población y la economía europea del siglo XVII”

21.1. Caracterización de la centuria: de la teoría de la “crisis general” al énfasis en el impacto desigual de las dificultades

La historiografía de mediados del siglo XX consideró que el concepto de “crisis general” era el

más adecuado para definir el siglo XVII, al tratarse de un período plagado de dificultades en

XVII, al tratarse de un período plagado de dificultades en Descargado por Pilar Rubio Sabugueiro

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todos los órdenes (económico, social, político, cultural, etc.) Pero este concepto se ha matizado con el tiempo: puede significar un proceso de transformación de carácter estructural (HOBSBAWM), un cambio brusco de carácter coyuntural (WALLERSTEIN) o una recesión prolongada (MORINEAU). La última opción niega en realidad el concepto de “crisis general”. La teoría de la “crisis general” fue reforzada por el cuantitativismo. El período inflacionario del

siglo XVI (“revolución de los precios”) dio paso al período deflacionario del siglo XVII (aunque el

cambio de tendencia no fue simultáneo: en los países mediterráneos se produjo hacia 1600 y en los del noroeste de Europa hacia 1650). HAMILTON estableció un paralelismo entre esta

evolución de los precios y la evolución de la afluencia de metales preciosos americanos, haciendo depender la primera de la segunda. Pero, además, todos los demás indicadores económicos del período se orientaban en la misma línea: demografía, producción agrícola,

actividad industrial (sobre todo, en el norte de Italia y el sur de los Países Bajos) y actividad comercial y financiera (la crisis comercial y financiera de 1620-1622 fue de tal magnitud que algunos sitúan en ella el inicio de la “crisis general” del siglo XVII). Sin embargo, MORINEAU corrigió los datos expuestos por HAMILTON, demostrando que la llegada de metales preciosos no retrocedió, sino que se mantuvo estancada en un nivel elevado en la primera mitad del siglo XVII y se acrecentó durante la segunda mitad. Por lo tanto, la evolución de los precios debe desligarse por completo de esta cuestión. Para MORINEAU, la evolución de los precios depende básicamente de la relación entre la oferta productiva y la demanda de la población. Además, sostiene que no debe identificarse un período de caída de los precios con un período de crisis, puesto que sus efectos dependen de las posiciones sociales en las relaciones de mercado: una caída de los precios habría beneficiado a la mayoría social campesina. Por todo ello, este autor rechaza el concepto de “crisis general” y opta por hablar de una serie de “crisis parciales” de diferente intensidad, que no siempre tuvieron una coincidencia temporal y que afectaron de forma desigual a los diversos territorios y sectores económicos. La desigual incidencia de las crisis explicaría las divergentes evoluciones y las transformaciones que se produjeron. En términos generales, su impacto fue más precoz en el

área

mediterránea, mientras que en el noroeste de Europa tuvo lugar entre mediados del siglo

XVII

y el primer tercio del XVIII. Las crisis afectaron mucho más al sector agrícola que a los

sectores industrial y comercial (y con grandes disparidades dentro de cada uno de ellos). Desde el punto de vista territorial, su impacto fue mucho mayor en los países mediterráneos y en

Europa oriental. En Francia, Europa central y Escandinavia se produjo más bien un estancamiento. En las Provincias Unidas y en Inglaterra, solo hubo dificultades episódicas dentro de un proceso de crecimiento. El cambio más significativo que puede apreciarse a nivel general es el desplazamiento del eje de gravedad desde el Mediterráneo hacia el área noroccidental europea (área que experimentó durante el siglo XVII un incremento demográfico y lideró el proceso de urbanización y de división internacional del trabajo).

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21.2. La controversia sobre las causas y la naturaleza de la crisis

El origen de esta controversia se encuentra en la polémica sostenida por la historiografía marxista sobre la transición del feudalismo al capitalismo, que luego se extendió al conjunto de la historiografía. En un principio, había consenso en que existía una “crisis general” y el debate se polarizó entre quienes sostenían que la crisis tenía un origen fundamentalmente económico (HOBSBAWM) y quienes ponían el acento en los problemas políticos (TREVOR ROPER). El debate fue abierto por HOBSBAWM en la década de 1950. Este autor caracterizaba la crisis del siglo XVII como la última fase de la transición entre el feudalismo y el capitalismo y sostenía que había sido provocada por las barreras puestas por la sociedad feudal al desarrollo del capitalismo, ya que su estructura económica dificultaba el crecimiento del mercado. La crisis había tenido como consecuencia la concentración de poder económico en las economías más avanzadas: Francia, Holanda e Inglaterra, pero sería esta última la que protagonizaría la Revolución Industrial al haber experimentado un drástico cambio sociopolítico (revolución burguesa de 1640-1660). Para TREVOR ROPER, no podía demostrarse que los sectores sublevados contra la monarquía inglesa en 1640-1660 quisieran promover el capitalismo. El conflicto sociopolítico no habría sido generado por la quiebra del viejo sistema de producción, sino por el excesivo desarrollo del aparato del Estado, provocando el enfrentamiento entre la “corte” y el “país” (reacción de la sociedad contra el excesivo coste del aparato administrativo, que había determinado el incremento de la presión fiscal y las dificultades económicas de la mayoría de la población). WALLERSTEIN rechaza la existencia de una crisis estructural en el siglo XVII, ya que para él está ya se había producido en la Baja Edad Media, dando lugar a una “economía-mundo” capitalista. De ahí que considere que lo que se produjo en el siglo XVII fue la primera gran contracción del nuevo sistema económico. Las clases dominantes no intentaron arruinarlo, sino que buscaron los medios para hacerlo funcionar en su provecho. La respuesta fundamental fue el reforzamiento de las estructuras del Estado en el área central de la “economía-mundo”, lo que permitió la concentración de poder económico y la acumulación de capital, esencial para la Revolución Industrial. En una línea similar, LUBLINSKAYA resalta el apoyo prestado por la monarquía absoluta al desarrollo de la burguesía industrial. Para BRENNER, la crisis del siglo XVII tuvo un carácter netamente feudal. Al igual que la crisis del siglo XIV, fue una crisis agraria derivada del mantenimiento de unas relaciones sociales de producción que impedía cualquier mejora de la productividad. El origen del capitalismo no estaría en la expansión del mercado (HOBSBAWM), sino en la evolución de la propia estructura de clases agraria. Esto explicaría la distinta evolución de Francia e Inglaterra en el siglo XVII: en Francia tuvo lugar la consolidación de la pequeña explotación campesina, pareja al desarrollo del Estado absolutista, mientras que en Inglaterra tuvo lugar la concentración de las tenencias y el aumento de la productividad, lo que permitió el surgimiento de relaciones de producción capitalistas.

el surgimiento de relaciones de producción capitalistas. Descargado por Pilar Rubio Sabugueiro

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El “debate BRENNER” puso de manifiesto que una explicación estrictamente malthusiana del

proceso resulta insuficiente para explicar las divergentes evoluciones que tienen lugar en Europa durante el siglo XVII. Además del papel jugado por la estructura de clases (BRENNER), otros autores han destacado otros factores, como la contradicción existente entre una economía de baja productividad y las demandas de una sociedad esencialmente militarista (PARKER) o la agudización de los desequilibrios como consecuencia del empeoramiento climático (“pequeña edad de hielo”) que se produjo tras el crecimiento excesivo de la población durante el siglo XVI (SMITH). Incluso ha habido autores como STEENSGAARD que han afirmado que la crisis no fue de producción, sino de distribución de la renta por el poder político (incremento de la presión fiscal, motivado por el aumento de los gastos burocráticos y militares, que provocó la reducción del consumo privado). Hoy se tiende a una visión integradora de las diversas interpretaciones.

21.3. La respuesta política a las dificultades: el mercantilismo

La denominación “mercantilismo” no hace referencia a una doctrina sistematizada, sino a un

conjunto de teorías y prácticas muy diversas de intervención estatal en la economía que se generalizaron en el siglo XVII. El término fue acuñado a posteriori por los economistas liberales para designar unas propuestas que consideraban erróneas, ya que otorgaban mayor importancia al comercio que a la producción. Para hacer frente a las mayores necesidades financieras del Estado, ya no se consideró suficiente el mero incremento de la presión fiscal, sino que se procuró también incrementar la base imponible de los súbditos. Se favoreció el incremento de los ingresos de los súbditos y el consumo interno. Para ello era imprescindible controlar la circulación de los metales preciosos (medio de intercambio y base del sistema de crédito), en lugar de atesorarlos como se hacía hasta entonces. A su vez, la nueva burguesía necesitaba gobiernos fuertes que le proporcionaran protección y privilegios en un contexto internacional de creciente competitividad. Se crearon grandes compañías comerciales dotadas de privilegios para comerciar de forma exclusiva con determinadas áreas geográficas. El objetivo era convertir el comercio internacional en un medio de adquisición de nuevos mercados para favorecer la expansión de la producción nacional, lo cual conllevaría mayores ingresos para el Estado. Así, el comercio exterior se basaba en el fomento de la producción nacional (favoreciéndose más al sector industrial que al agrario, otorgándose privilegios y monopolios a empresas privadas y reservándose al monopolio estatal ciertos sectores que se consideraban estratégicos como la minería

y la metalurgia). La necesidad de mano de obra hizo que llevaran a cabo medidas para

favorecer el crecimiento demográfico y para atraer la inmigración de artesanos extranjeros especializados. Se combatieron los prejuicios sociales que ensalzaban el rentismo y menospreciaban el trabajo y la inversión productiva, lo que comenzó a cuestionar el sistema de valores imperante en el Antiguo Régimen. Por otra parte, para lograr una balanza favorable que

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determinase la afluencia hacia el país de metales preciosos de las potencias rivales, se adoptaron medidas arancelarias de carácter proteccionista. Se trataba de crear un mercado unificado interior (eliminación de los obstáculos al comercio dentro del propio país) protegido de la competencia exterior (imposición de barreras al comercio de otros países). Francia y la mayor parte de los Estados europeos siguieron la tónica general de un mercantilismo de orientación fundamentalmente industrialista: las empresas industriales recibieron exenciones fiscales, monopolios temporales de fabricación, préstamos subvencionados, etc. El principal representante del mercantilismo francés fue Colbert. El caso holandés es más atípico, pues los holandeses defendieron la eliminación de todo tipo de barreras arancelarias en el comercio internacional europeo (debido a su hegemonía comercial en Europa y su escaso mercado interno), al tiempo que creaban compañías privilegiadas para regular el comercio extraeuropeo. Pero el mercantilismo más original fue el inglés, basado en la protección de la agricultura como punta de lanza de su comercio internacional.

21.4. La complejidad de la evolución demográfica

El rechazo del concepto de “crisis general” ha permitido apreciar mejor la complejidad de la evolución demográfica del siglo XVII. Más que un retroceso general de la población, lo que se produjo fue un estancamiento. Entre 1600 y 1700, la población total en Europa pasó de 102 a 115 millones, pero la evolución fue muy diversa tanto geográfica como cronológicamente. Las primeras manifestaciones del fenómeno se produjeron en el último tercio del siglo XVI y los primeros años del XVII, especialmente durante la “peste atlántica” de 1596-1603. En la Europa centro-oriental, el retroceso demográfico fue brutal durante la primera mitad del siglo XVII (jugando un papel muy importante en esto la Guerra de los Treinta Años y la Guerra del Norte), llegando a registrarse pérdidas de hasta el 40% en los países afectados. En los países editerráneos, el retroceso fue notable y duradero y se produjo en dos etapas, coincidiendo con las dificultades de finales del siglo XVI y mediados del XVII (peste de 1647-1652). En España, contrasta la pérdida del 50% de la población castellana en el mismo período con el estancamiento del área mediterránea y el crecimiento del área cantábrica. En Francia, la sucesión de fases positivas y negativas permitió mantener la población durante el conjunto de la centuria. La mayor peculiaridad la encontramos en la Europa nórdica y noroccidental, que experimentó aún un crecimiento demográfico muy intenso en la primera mitad del siglo XVII (en torno al 30% en los Países Bajos y las Islas Británicas y 20% en Escandinavia), estancándose a finales del siglo XVII y principios del XVIII. Si la población europea total creció durante el siglo XVII fue gracias al dinamismo del área noroccidental. En general, se produce un traslado del dinamismo demográfico del Mediterráneo al Atlántico. En el interior de los Estados, tiene lugar una redistribución de la población urbana, destacando el crecimiento de las ciudades de residencia de los monarcas y las ciudades portuarias del Atlántico. Las dificultades demográficas del siglo XVII se han achacado tradicionalmente al desequilibrio malthusiano: superpoblación y escasez de recursos que provocan el hambre y el incremento de la mortalidad. En este

provocan el hambre y el incremento de la mortalidad. En este Descargado por Pilar Rubio Sabugueiro

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esquema, los factores epidemiológico y climático contribuían a la agudización de la crisis demográfica. Hoy tiende a darse un mayor protagonismo a las epidemias en la generación de las crisis demográficas (el demógrafo histórico LIVI-BACCI sostiene que el hambre no provocaba la mortalidad, aunque sí influía en la nupcialidad y proporcionaba un terreno propicio para el auge de las epidemias). Los brotes de peste más importantes tuvieron lugar en 1596-1603 (“peste atlántica”), 1628-1632 (norte de Italia y Francia), 1647-1652 (Mediterráneo) y 1665-

1667 (noroeste de Europa). La peste retrocedió de manera generalizada desde 1670, cosa que

hoy se atribuye sobre todo a la mejora de los medios para evitar el contagio (cuarentenas y cordones sanitarios). También se destacan el papel autónomo de la guerra (la Guerra de los Treinta Años y al Guerra del Báltico provocaron grandes pérdidas en las zonas afectadas) y de los hábitos de nupcialidad y fecundidad de la población (consolidación del matrimonio tardío en Europa durante el siglo XVII, pasando la edad media de casamiento de los 20 a los 30 años, lo que podría deberse tanto a las dificultades económicas, que aconsejaban esperar a tener medios suficientes para mantener una familia, como el auge de la vida urbana sobre la rural, que hacía que ya no fuese tan necesario disponer de muchos miembros potencialmente activos en la familia).

21.5. La crisis de la sociedad rural y el incipiente proceso de transformación de la agricultura

El sector agrario fue el que sufrió en mayor medida las dificultades de la centuria, como demuestran la reducción o el estancamiento de la producción, la productividad y los precios. Sin embargo, también aquí hay notables diferencias geográficas y cronológicas. En Europa

noroccidental, la crisis fue menos intensa, existiendo incluso dos etapas de crecimiento (1600-

1630 y 1660-1680). En el caso de Inglaterra, ealmente solo se experimentaron dificultades

durante la guerra civil. En la Europa mediterránea, la crisis fue más temprana, prolongándose hasta mediados del siglo XVII y dejando paso a una cierta estabilidad en la segunda mitad del mismo siglo. En España, la crisis afectó sobre todo a Castilla, mientras que en el Mediterráneo fue más breve y menos intensa y Galicia y el Cantábrico experimentaron una etapa de crecimiento durante la centuria. En Europa oriental, la crisis fue mucho más grave, asemejándose a la de los siglos XIV y XV. En las primeras décadas del siglo XVII, la clase terrateniente inició en toda Europa una ofensiva para incrementar su apropiación del producto agrícola, aunque con resultados distintos. En general, los señores aprovecharon para acrecentar sus propiedades a costa de usurpar los bienes comunales y las pequeñas tenencias campesinas. También revisaron al alza las rentas exigidas a los colonos. Además, a la presión fiscal ejercida por los señores se sumó la del Estado, cuyas necesidades se acrecentaron como consecuencia de las guerras y la construcción del absolutismo. En Europa occidental, los campesinos libres se endeudaron, viéndose obligados bien a enajenar sus propiedades bien a intensificar el trabajo de los miembros de la familia y buscar fuentes de ingresos complementarias. En Europa oriental, además, se reforzaron los vínculos de servidumbre, consolidándose la adscripción de

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los campesinos a la tierra e incrementándose las prestaciones de trabajo personal (algo que no

era

posible en el resto del continente, donde la servidumbre había sido abolida entre los siglos

XIV

y XV). Inglaterra presenta la evolución más peculiar. Allí la ofensiva señorial fue más

intensa, conduciendo a la práctica desaparición del pequeño campesinado entre 1640 y 1660. Se consumó la evolución que ya se venía dando desde la crisis de los siglos XIV y XV. Se eliminaron las trabas feudales que dificultaban la concentración de la propiedad y se consolidó una relación de producción tripartita: propietario terrateniente, arrendatario capitalista y jornaleros asalariados provenientes del campesinado empobrecido. Los grandes arrendatarios ingleses, presionados por unos propietarios que administraban cada vez con mayor eficacia sus haciendas, fueron quienes introdujeron los nuevos métodos de cultivo (importados de los Países Bajos) que les permitieron contrarrestar la caída de los precios agrarios mediante el incremento de la productividad. En los Países Bajos, se otorgaba un mayor protagonismo a las plantas forrajeras y a los cultivos intensivos estimulados por la demanda urbana e industrial, en detrimento de los cereales. En Inglaterra, se adaptó este sistema para otorgar a los cereales el papel predominante: eliminación del barbecho gracias a la asociación de los cereales con

plantas forrajeras y cultivos intensivos y estabulación del ganado gracias a la asociación de las actividades agrícola y ganadera. La política gubernamental también ayudó, al favorecer la exportación de cereales y frenar su importación.

En el resto del continente, la producción cerealista mantuvo su hegemonía. La mayor

innovación fue la difusión del maíz (introducido a finales del siglo XVI en Galicia y difundido por la Cornisa Cantábrica, el sur de Francia y el norte de Italia). Su elevada productividad y su inserción en sistemas de rotación de cultivos que permitían eliminar el barbecho mejoraron los resultados de la producción agrícola. También hay que destacar la difusión de otro cereal de elevada productividad como el arroz (sobre todo, en el norte de Italia y el País Valenciano) y los nuevos cultivos motivados por las demandas industrial (lino y cáñamo) y urbana (horticultura y fruticultura). No obstante, todas estas innovaciones afectaron a áreas muy concretas y no supusieron la superación de la crisis general del campo europeo.

21.6. La crisis de la manufactura urbana tradicional y la reestructuración de la actividad industrial

La crisis del mundo agrario desencadenó la crisis de la manufactura urbana tradicional y la reestructuración de la actividad industrial, adaptándola a las condiciones del mercado y favoreciendo el desarrollo del capitalismo. Por un lado, la caída de los precios agrícolas provocó el aumento de la demanda de las manufacturas de menor calidad y precio. Por otro, había surgido un amplio sector de campesinos empobrecidos que buscaban ingresos complementarios para sobrevivir. La reestructuración consistió fundamentalmente en un cambio progresivo en la producción (adaptándose a la nueva demanda de productos baratos), la organización empresarial (reforzando su control por empresarios capitalistas) y la localización (trasladando su ubicación al mundo rural).

la localización (trasladando su ubicación al mundo rural). Descargado por Pilar Rubio Sabugueiro

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La reestructuración de la actividad industrial, provocada por la crisis del mundo agrario, fue posible gracias a la reducción de los costes de producción y la superación del marco de relaciones laborales impuesto por los gremios. Por una parte, el auge de los gremios urbanos había determinado la subida de los salarios en el sector manufacturero, mientras que el empobrecimiento del campesinado había provocado la aparición de una abundante mano de obra desorganizada y dispuesta a trabajar a cambio de un salario muy inferior al que ofrecían los gremios urbanos, quedando pues a merced de los empresarios capitalistas. Pero, además, para estos campesinos el salario que pudieran obtener del empresario capitalista era un complemento de los recursos obtenidos en la pequeña explotación agrícola familiar, así que el capitalista sólo tendría que asumir una parte de los costes de reproducción de la mano de obra, recayendo el resto sobre el sector agrario. De este modo, la agricultura contribuyó al proceso de acumulación del capital industrial gracias a la “externalización de los costos de trabajo” (KRIEDTE). Por otra parte, la reglamentación elaboración de artículos de inferior calidad y precio, que eran los que gozaban de una demanda en expansión. En suma, al abaratar los costes y extender la oferta productiva, la protoindustria favoreció la acumulación de capital. Además, la generalización del trabajo a domicilio favoreció la separación entre capital y trabajo, y su difusión por todo el mundo rural favoreció la difusión de las relaciones de mercado. La crisis de la manufactura urbana tradicional se manifestó sobre todo en el norte de Italia (la demanda de los paños italianos se hundió ante la competencia de los provenientes del noroeste de Europa, compensada en parte por una “reconversión” desde la producción de paños de lana a la de hilados de seda) y en Castilla (crisis de la pañería castellana, compensada en parte por el nuevo impulso de esta actividad en las ciudades de Barcelona y Valencia y la difusión de la industria del lino en el medio rural gallego). En Francia, las políticas públicas de fomento industrial y protección arancelaria de la época de Colbert permitieron el mantenimiento de la industria textil urbana tradicional, hasta que las dificultades que se produjeron en 1630-1650 provocaron una aguda recesión de este sector. Con todo, la decadencia genovesa favoreció la conversión de Lyon en el principal centro sedero europeo. En contraste con el resto de Europa, las industrias textiles holandesa e inglesa experimentaron una gran expansión en el siglo XVII. El asentamiento en Holanda de los refugiados flamencos favoreció la difusión de las nuevas pañerías, destacando Leiden como principal centro productor. Aunque la manufactura era urbana y dependía de materias primas importadas del extranjero, pudo confeccionar productos baratos gracias a la disposición de una mano de obra muy especializada y la introducción de innovaciones tecnológicas. En la primera mitad del siglo XVII, la pañería holandesa se impuso a la italiana en el Mediterráneo. Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XVII, fue desplazada por la pañería inglesa (confeccionada en el medio rural y con una abundante oferta de materia prima). La manufactura holandesa sobrevivió entonces especializándose en la elaboración de tejidos de alta calidad, pero entró en decadencia debido a la inferior demanda internacional que existía para este tipo de productos.

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La reconversión más intensa fue la experimentada por la industria textil inglesa. A finales del siglo XVI, el país producía paños semielaborados, que eran acabados y teñidos en los Países Bajos. Pero la mejora de la alimentación del ganado, fruto de las innovaciones agrarias, permitió producir una lana mucho más abundante y barata. Las nuevas pañerías, introducidas a finales del siglo XVI por los refugiados flamencos, se generalizaron en el medio rural inglés a partir de la década de 1620 y en la segunda mitad del siglo XVII arrebataron la hegemonía del comercio internacional a las holandesas, gracias a sus menores costos de producción y su abundante materia prima. Por último, hay que decir que el crecimiento industrial del noroeste de Europa no se basó únicamente en la manufactura textil, sino también en el auge de la minería del carbón y la metalurgia, destacando en ambos sectores Suecia y contribuyendo a ello tanto la demanda de la industria textil holandesa como la protección y los privilegios otorgados por Gustavo Adolfo.

21.7. La decadencia de los centros mercantiles del Mediterráneo y la hegemonía de las potencias navales del Atlántico

La primera fase de expansión de la “economía-mundo” europea comenzó a agotarse a finales del siglo XVI. La detención del crecimiento demográfico y las dificultades económicas repercutieron negativamente sobre el tráfico comercial. La explotación de los imperios ultramarinos ibéricos era aún muy superficial. Portugal se había limitado en Asia a crear factorías en lugares estratégicos, con el fin de controlar las estructuras mercantiles previamente existentes. De ahí que pudiesen mantenerse, aunque en menor escala, el comercio terrestre con el Mediterráneo oriental y el negocio veneciano de redistribución de los productos asiáticos hacia Alemania. La irrupción de los holandeses en Asia en el siglo XVII supondrá tanto el desplazamiento de los portugueses como el triunfo definitivo de las rutas marítimas sobre las terrestres. Por su parte, el sistema colonial español se había basado en la explotación minera mediante la utilización de mano de obra forzosa indígena. Pero la catástrofe demográfica experimentada por esta y el agotamiento de los mejores filones incrementaron los costes de explotación. En el siglo XVII, Holanda se convierte en la potencia hegemónica del comercio internacional:

– En primer lugar, Holanda se hizo con la hegemonía del comercio europeo. Ámsterdam sustituyó a Amberes como centro principal del comercio del Atlántico norte europeo. Holanda poseía la flota más poderosa de Europa (tanto en magnitud como en eficiencia de sus embarcaciones) y desarrolló un nuevo sistema comercial que superó los límites que habían dificultado la expansión de la “economía-mundo”. El comercio tenía un carácter estratégico para la República, puesto que garantizaba el abastecimiento cerealista de una sociedad tan urbanizada como la holandesa. Pero, junto a los cereales, los holandeses transportaban todo tipo de mercancías (textiles, pescado, etc.), estableciendo en el puerto italiano de Livorno uno

etc.), estableciendo en el puerto italiano de Livorno uno Descargado por Pilar Rubio Sabugueiro

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de sus principales centros de redistribución y entablando relaciones comerciales con el norte de África y el Imperio Turco.

– Tras lograr la hegemonía del comercio europeo, los holandeses hicieron lo propio con el

comercio mundial. Desde 1590 se habían introducido pacíficamente en el comercio asiático, pero sus métodos cambiaron radicalmente con la creación de la Compañía de las Indias Orientales (1602). Esta institución reunía en un solo cuerpo las diversas compañías existentes hasta entonces, constituyéndose como una corporación impersonal con un stock permanente de capital reunido a través de la emisión de acciones negociables en bolsa. La Compañía planificó la expansión en Asia y desplazó violentamente a los portugueses para imponer su monopolio (capitulación del fuerte de Amboina, en las Molucas, en 1604). En base al modelo anterior, fue fundada la Compañía de las Indias Occidentales (1621) para hacerse con el control del comercio americano y haciendo también uso para ello de la fuerza (captura de la flota española de Indias en 1628). Los holandeses fueron ocupando el noroeste de Brasil, donde impulsaron el cultivo de la caña de azúcar, y tomaron también los fuertes portugueses de Angola para controlar el tráfico de esclavos y así asegurar el suministro regular de mano de obra. Pero hay que destacar además el importante papel jugado por las nuevas instituciones financieras en este proceso de expansión comercial. La creación de la Bolsa de Ámsterdam (1602) independizó la negociación de mercancías y valores de la celebración de ferias. La creación del Banco de Ámsterdam (1609) desplazó a las ferias como centro de compensación de letras de cambio. El Banco poseía el monopolio del cambio y aceptaba depósitos,

simplificando así los pagos. Aunque no ofrecía créditos ni emitía billetes, concedió importantes adelantos temporales a las Compañías de las Indias Orientales y Occidentales. Sin embargo, la hegemonía holandesa era muy vulnerable, al depender en exceso de la intermediación y carecer de una sólida estructura productiva y un mercado interior suficiente.

A partir de 1670, Inglaterra desplazó a Holanda en la hegemonía del comercio internacional. En

la primera mitad del siglo XVII, la reestructuración de su industria textil le había permitido superar a los productos holandeses, rivalizando con ellos en los mercados de la península Ibérica y el Mediterráneo. A partir de la revolución de 1640-1660, la política gubernamental favoreció el desarrollo de la marina y la expansión comercial y colonial. Además del comercio europeo, este tráfico comercial fue impulsado por la creciente demanda interior.

Tema 6

ii.- Resumen del contenido:

El siglo XVII, desde la perspectiva, demográfica, es un período de estancamiento respecto al siglo anterior y al posterior. El declive económico, visible en el descenso de la producción agraria e industrial, con un cambio en la propiedad de la tierra en detrimento de los campesinos y con una presión fiscal mayor tanto por parte del Estado como por los señores, resultó traumática para la evolución de la población europea durante el Seiscientos, pues la caída de los nacimientos, estrechamente asociada al retraso en la edad de contraer matrimonio

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–el celibato y las prácticas anticoncepcionistas también influirán en una menor natalidad-, así como las altas tasas de mortalidad infantil y adulta, ocasionaron una especie de generación perdida difícil de recuperar. Los datos son elocuentes: en 1600 la población europea ascendía a 70,6 millones de habitantes; cien años más tarde los efectivos humanos en Europa se elevaban tan sólo a 75 millones. Esta crisis de crecimiento, sin embargo, no fue igual en todo el continente: los primeros síntomas de retroceso se observaron en el Mediterráneo a finales del siglo XVI, aunque logrará recuperarse en años posteriores; en la región central del continente los problemas surgen más tarde, alcanzando toda su virulencia entre las décadas de 1640 y 1660 a causa de la Guerra de los Treinta Años. Sólo el noroeste de Europa (Inglaterra, Holanda y Países Bajos españoles) se libra de esta tendencia, incrementando su población en un 30 por ciento, lo mismo que el este y el suroeste, que lo harán en un 22 por ciento. Por otro lado, las ciudades, y en particular las capitales político-administrativas y las ciudades portuarias crecen de forma espectacular a expensas del campo, que se va despoblando a consecuencia de la crisis económica y de la reconversión del agro: Londres, por ejemplo, pasa de 200.000 habitantes en 1600 a 575.000 en 1700; evolución que se aprecia también en París, que evoluciona en el mismo período desde los 220.000 habitantes al medio millón de individuos. Crecimientos mayores tuvieron Dublín y Ámsterdam, en tanto que otras ciudades mediterráneas se estancaron –es el caso de Venecia y Milán- o experimentaron descensos significativos, como Nápoles y Sevilla. Además de las dificultades económicas, tampoco iguales en el conjunto de Europa –fueron menores en Inglaterra y Holanda-, en el siglo XVII tuvieron lugar otros factores que incidieron negativamente en su evolución demográfica. En primer lugar hay que mencionar la aparición de pandemias que arrasaron con mayor o menor intensidad, y con una cierta periodicidad, las ciudades y los campos europeos. La epidemia atlántica de 1592-1602, que se introdujo por los puertos españoles del Cantábrico y que se irradió hacia el interior peninsular coincidiendo con una cosecha catastrófica, se calcula que pudo originar unos 500.000 muertos, es decir, el diez por ciento de la población castellana. La peste de Milán de 1630 provocó a su vez la muerte de 65.000 personas, reduciendo así su población a la mitad. A esta pandemia y otras, como la viruela y, sobre todo, el tifus, tanto o más mortíferas que la peste, hay que añadir las malas cosechas y su corolario, el hambre: en Finlandia, por ejemplo, las malas cosechas provocaron en el bienio 1696-1697 la pérdida de un 25 a un 33 por ciento de su población. Sin llegar a este extremo, la alta mortalidad del siglo XVII en Francia estuvo determinada en buena parte por una sucesión de malas cosechas: en 1628-1632, 1649-1654, 1660-1663 y 1693-1694. Por otro lado, la sucesión interminable de conflictos bélicos que tuvieron lugar en Europa desde 1619 hasta el final del siglo ocasionó una elevada mortandad no ya en la tropa sino entre la población civil, y no tanto por causa de acciones militares como por la destrucción de los campos, el endeudamiento de los campesinos y de las ciudades y el descenso de la producción

campesinos y de las ciudades y el descenso de la producción Descargado por Pilar Rubio Sabugueiro

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agrícola y manufacturera: en el Sacro Imperio se calcula que la población disminuyo entre un 15 y un 20 por ciento, y siempre fue superior en las zonas rurales que en las ciudades.

“La crisis del siglo XVII”

12.1. Coyuntura de crisis y debate interpretativo

Tradicionalmente, el siglo XVII ha sido caracterizado por la historiografía con la expresión de “crisis general”. Ciertamente, nos encontramos ante un período plagado de tensiones y cambios desde las perspectivas económica, social y política. La crisis económica es diversa geográfica y cronológicamente y discutida en cuanto a sus causas y naturaleza, pero sus resultados parecen claros y apuntan hacia una evolución diferencial de las formaciones económico-sociales europeas, con el estancamiento de unas áreas y el despegue de otras por vías capitalistas. La crisis social se manifiesta en la reacción de las clases dominantes, el empobrecimiento de las clases populares y el auge de las guerras y disturbios sociales de todo tipo. Por último, la crisis política se manifiesta en la reconversión de las monarquías estamentales del Renacimiento en las nuevas monarquías administrativas del Barroco, como culminación del Estado absolutista. Una vez descartada la explicación monocausal de la crisis (malthusiana, cuantitativista o belicista), se ha abierto un debate en torno a explicaciones más complejas e integradoras, que tratan de comprender tanto las causas como la naturaleza de la crisis. En la década de 1950, se confrontaron dos concepciones: la económica (HOBSBAWM) y la sociopolítica (TREVOR ROPER). HOBSBAWM se aleja de las explicaciones basadas en fuerzas exteriores (demografía, precios/metales o guerra) y plantea una crisis estructural y no coyuntural. La estructura social que sostiene el sistema feudal impone límites al crecimiento. Su sociedad de campesinos y propietarios ofrece mercados muy limitados y el capital comercial se ve frustrado. Aunque es una crisis general, no se trata de una depresión generalizada, al estilo de la crisis bajomedieval. Significa, para un parte de Europa, la última fase de la transición de la economía feudal a la capitalista, ya que la concentración de recursos que provoca es aprovechada por las formaciones holandesa e inglesa para introducir cambios cualitativos en la organización social de la producción. TREVOR ROPER vincula la crisis al rechazo social que suscita la nueva forma de gobierno absolutista, presentándola como el resultado de un enfrentamiento entre el “país” y la “corte”. En períodos de recesión, se desvela el carácter monstruoso, parasitario e inasumible del entramado burocrático-estatal. No obstante, algunos autores han matizado que la mayor gravosidad del período fue la guerra (ELLIOT) y otros han negado el peso desmedido del Estado en Inglaterra (STONE).

La primera explicación económica de HOBSBAWM ha dejado paso a otras más complejas, que básicamente se dividen entre aquellas que parten de la base de que el sistema socioeconómico imperante en el siglo XVII era el capitalista (WALLERSTEIN y LUBLINSKAYA) y aquellas que sostienen que la sociedad seguía siendo eminentemente feudal (BRENNER y PARKER). BRENNER

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reivindica el papel protagonista de la estructura de clases agraria, que le permite explicar la evolución divergente de Inglaterra y Francia ante la crisis del siglo XVII. La tríada capitalista de Inglaterra (señor/arrendatario/asalariado) hizo posible la inmunidad del país a las crisis agrarias que azotaron al continente y el crecimiento agrario que sentó las bases del desarrollo industrial del siglo XVIII. En cambio, la continuidad de la propiedad campesina en Francia fue el factor retardatorio de clases, pero entiende que en su conformación resulta fundamental el impacto de la guerra, entendida como elemento orgánico (no externo) del sistema feudal. STEENSGAARD propone sustituir la producción por la distribución como clave interpretativa. Para él, se trata de una crisis de distribución de la renta, más que de la producción misma, y el acto principal en dicha distribución es el Estado (vuelve así el Estado al lugar central de la crisis, como en TREVOR ROPER, pero superando el dualismo entre “país” y “corte”, ya que la distribución afecta desigualmente a los distintos grupos sociales, beneficiando a unos y perjudicando a otros). En una línea parecida, JACQUART resalta como fenómeno generalizado en el siglo XVII en toda Europa la ofensiva de las clases dominantes y el Estado por apropiarse de una mayor proporción de la renta. Finalmente, MORINEAU ha desmitificado la idea de una “crisis general” y ha planteado que lo más correcto sería hablar de una serie de “crisis parciales” de carácter coyuntural (económica, social, política, bélica y epidémica), con grandes divergencias geográficas y cronológicas, que configuran un contexto conflictivo o de “recesión”. No obstante, algunos autores han criticado incluso el término “recesión” y consideran más adecuado hablar de “menor crecimiento” (CHAUNU) o “retroceso relativo” (VILAR). Hoy en día tiende a seguirse esta lectura recesiva y relativista, aunque una parte de la historiografía denuncia que la misma deja de lado el estudio de los “cambios” efectivamente producidos. Lo que parece claro es que la lectura recesiva y relativista ha de completarse con el estudio de los profundos cambios estructurales, geográficamente y cronológicamente dispares, que se producen en esta etapa y que facilitan el despegue de la sociedad capitalista (primero en las Provincias Unidas y después en Inglaterra).

12.2. Demografía

Europa atraviesa durante el siglo XVII una etapa de estancamiento demográfico, con un crecimiento débil (en torno al 10% entre 1600 y 1700). Sin embargo, el resultado medio encubre una amplia variedad de situaciones en el tiempo y en el espacio:

– La Europa centro-oriental sufrió la máxima recesión demográfica, lo que se explica por la coincidencia de las guerras con brotes de peste. La Guerra de los Treinta Años hizo perder al conjunto alemán un 40% de su población. La Guerra del Norte supuso pérdidas similares en Polonia y Bohemia. – Los países mediterráneos sufren una recesión fuerte y prolongada, que se produce en dos etapas, coincidiendo con las pestes de 1596-1603 y 1647-1652. Italia pierde un 15% de su población en la primera mitad del siglo XVII. En España, contrasta el hundimiento demográfico

XVII. En España, contrasta el hundimiento demográfico Descargado por Pilar Rubio Sabugueiro

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de la mayor parte del territorio con el estancamiento del área mediterránea y el dinamismo de la franja costera atlántica y cantábrica.

– La estabilidad relativa de Francia hasta 1680 enmascara oscilaciones muy bruscas (en torno al 20%). Hacia 1680 se inicia el descenso generalizado, que alcanza su pico en 1690-1715 y se perpetúa hasta mediados del siglo XVIII.

– En la Europa nórdica y noroccidental, no hay retroceso demográfico. El crecimiento de la

población continúa con tasas altas hasta la segunda mitad del siglo (en torno al 25%), en que tan solo se ralentiza. Esta situación positiva es la que compensa los estancamientos y retrocesos

del resto de Europa, arrojando un ligero superávit. Los movimientos demográficos que se producen en el siglo XVII vienen determinados por los cambios en la mortalidad, la natalidad y las migraciones:

– Las olas de fuerte mortalidad que se constatan en muchos lugares de Europa en distintos

momentos de la centuria han sido explicados tradicionalmente según el modelo malthusiano, como crisis demográficas derivadas de crisis de subsistencia (desajustes entre población y recursos), acentuadas por las epidemias, el clima y las guerras. Hoy se concede el protagonismo

al factor epidemiológico como responsable directo del aumento de la mortalidad: lo que mata no es el hambre, sino la epidemia, aunque el hambre propicia el desarrollo de las enfermedades. Dicho de otro modo: no es que la epidemia agudice los efectos del hambre, sino que el hambre agudiza los de la epidemia. Además, hoy también adquiere una mayor importancia el factor climático, ya que se ha detectado que Europa vivió en el siglo XVII una “pequeña edad de hielo”, caracterizada por la frecuencia de inviernos duros y fríos y veranos excesivamente húmedos, de gran nocividad para las cosechas. Por otra parte, las olas de mortalidad provocadas fundamentalmente por las epidemias tuvieron resultados muy

divergentes: mientras que en el noroeste de Europa solo significaron reveses temporales, en el centro y el sur la recuperación tuvo que ser obra de generaciones. Esto nos lleva a tomar en consideración el papel de la estructura de clases en la evolución demográfica y económica (BRENNER).

– La natalidad, estrechamente ligada a la nupcialidad, también sufre importantes cambios en el

período analizado. A lo largo del siglo XVII, se observa un comportamiento social tendente a reducir la fecundidad, lo que se debe principalmente al retraso de la edad de matrimonio (que pasa de los 20 a los 30 años de promedio) y secundariamente al aumento del celibato (que

desborda el ámbito eclesiástico y alcanza al 10% de la población). Tal comportamiento vendría determinado por las dificultades económicas de la centuria, que afectarían tanto a los pobres (insuficiencia de medios económicos para formar una familia) como a los ricos (deseo de mantener un determinado nivel de vida).

– Las migraciones son abundantes en esta época (sobre todo, del campo a la ciudad). Este factor explicativo de los movimientos demográficos del siglo XVII puede llegar a ser

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fundamental cuando se presenta a una escala transregional (como puede ser el caso de la fuerza de atracción de las metrópolis del noroeste europeo).

12.3. Las actividades económicas

12.3.A. La agricultura

La sociedad europea del siglo XVI sigue siendo predominantemente rural, con un 70-95% de población campesina. La economía sigue siendo de base agraria, lo cual significa que son las clases agrarias las que sustenta al resto de las clases sociales y al Estado y que son los problemas del campo los que definen fundamentalmente las dificultades del siglo (más que las dificultades de la protoindustrialización, los reflujos del comercio o los desórdenes monetarios). El siglo XVII se caracteriza en general por la agravación de las dificultades de la agricultura que se venían manifestando desde la segunda mitad del XVI (cuando habían comenzado la tendencia a la baja de los ingresos campesinos, el endeudamiento de la pequeña explotación agraria y los ataques de los poderosos contra la propiedad comunal). Salvo en lugares y períodos excepcionales, la producción agraria se estancó. La actividad agrícola se desarrollaba mayoritariamente en un marco tradicionalista, que ponía de manifiesto la escasa productividad tanto de la tierra como del trabajo humano. Los sistemas agrícolas estaban basados en el monocultivo cerealista y en rotaciones bienales o trienales, que exigían una fuerte presencia del barbecho. La respuesta mayoritaria a la crisis del siglo XVII también discurrió por los cauces tradicionales, consistiendo en la mera reconversión parcial de la cerealicultura al pastoreo (ganadería trashumante) y ocasionalmente a cultivos industriales (agricultura más intensiva, restringida a los hinterlands urbanos). Solo en Inglaterra se adoptó una solución innovadora, parecida pero no igual a la que había permitido a los Países Bajos superar la crisis bajomedieval: rotaciones más complejas que junto a los cereales incluían legumbres y plantas forrajeras (pluricultivo), restaurando la fertilidad del suelo sin necesidad de barbecho. Los avances técnicos orientaron la agricultura inglesa al comercio. Otra excepción al panorama tradicional fueron los cambios cualitativos en la estructura de cultivos que se dieron en Lombardía, sur de Francia, Cataluña y el litoral gallego y cantábrico (consecuencia de la difusión del maíz). Por último, la crisis de la producción agrícola en la Europa del siglo XVII, constatada por las fuentes diezmales, tuvo sus excepciones en los Países Bajos (relativo estancamiento, presentando dos períodos claramente positivos en 1600-1630 y 1660-1680) y en Inglaterra (continuación del crecimiento del siglo XVI, interrumpido únicamente por la Guerra Civil de 1642-1649). En Europa oriental, la crisis del siglo XVII presentó unas características muy similares a las del XIV y en general fue más larga (Alemania comienza a salir en la segunda mitad del XVII, mientras que Polonia y Hungría no lo harán hasta avanzado el XVIII).

12.3.B. Las manufacturas

La crisis de la economía agraria fue acompañada de la crisis de la manufactura urbana tradicional. Italia y España iniciaron un largo proceso de desindustrialización en 1580 que se

un largo proceso de desindustrialización en 1580 que se Descargado por Pilar Rubio Sabugueiro

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consumó a lo largo del siglo XVII. Al terminar el siglo, ambas penínsulas se han convertido en exportadoras de materias primas e importadoras de productos manufacturados. En contraste, los países de Europa noroccidental y en menor grado central encuentran soluciones innovadoras para hacer frente a la crisis de la manufactura urbana tradicional. Por un lado, se traslada la industria al campo, con lo que el capital comercial se hace con el control de la producción y externaliza los costos del trabajo transfiriéndolos al sector agrario. Por otro, se crean las primeras empresas capitalistas centralizadas, tanto privadas (industria textil en Holanda e Inglaterra) como estatales (astilleros en Francia).

12.3.C. Comercio internacional y comercio regional

En las primeras décadas del siglo XVII, se produce la quiebra del sistema comercial anterior, basado en la plata americana. El comercio tradicional mediterráneo había entrado en crisis con anterioridad y el báltico lo hará a partir de 1650. El hundimiento afectará secularmente a España, Italia y Europa oriental. Pero el tráfico atlántico y colonial experimentará una gran expansión sobre bases organizativas muy distintas a las del siglo XVI. Dos nuevas potencias asumen la hegemonía marítima: primero Holanda y después Inglaterra, ituándose hacia 1670 el relevo. Las razones del éxito holandés están en la reducción de costos y la diversificación comercial. Lo primero fue conseguido gracias a un nuevo tipo de barco (fluitschip, que combinaba la máxima capacidad de carga con el mínimo coste de construcción y explotación) y un nuevo tipo de financiación (rederijen, por el que multitud de pequeñas empresas aportaban capital diversificando los riesgos). Lo segundo derivó de la apertura progresiva de nuevas rutas comerciales para los holandeses (Mediterráneo, Rusia, Indias Orientales e Indias Occidentales). Sus nuevas instituciones financieras (Bolsa de Ámsterdam en 1602 y Banco de Ámsterdam en 1609) consolidaron su preeminencia. El declive de la hegemonía comercial holandesa vendrá determinado por el despegue comercial inglés, una vez que Inglaterra haya consolidado su nueva industria textil (new daperies) y haya adaptado a sus necesidades las técnicas comerciales holandesas. El siglo XVII conoce también la crisis de los sistemas coloniales ibéricos, puramente extractivos. Los nuevos sistemas coloniales se fundamentarán en una economía de plantaciones (primero en torno a la caña de azúcar, después también en torno al tabaco), trabajada con mano de obra esclava africana. El tráfico de esclavos que exige hará surgir el “comercio triangular” (triangular trade), que enlaza a las metrópolis europeas con África y América, vertebrando una economía atlántica muy dinámica. Frente a las instituciones monopolísticas ibéricas, las nuevas potencias coloniales (Holanda, Inglaterra y Francia) se basan en compañías comerciales más o menos privadas y organizadas como sociedades anónimas, que trabajan con un fondo social y reciben del Estado el monopolio de ciertos mercados. Aparte del espectacular desarrollo del comercio internacional, hay que destacar el papel jugado por el comercio interior (regional y local) en la recuperación económica allí donde esta se produjo. La inversión en nuevos combustibles y en la

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mejora de las infraestructuras de transportes en Holanda e Inglaterra logró reducir los costos y favorecer este tipo de comercio, además del despegue industrial. España e Italia no invirtieron en ello y sus comercios interiores quedaron lastrados. El aumento de la población urbana en los países noroccidentales también generó en ellos un aumento de la demanda interna para el comercio regional y local.

12.4. La crisis social

12.4.A. La ofensiva de los poderosos y el empobrecimiento rural

La coyuntura social del siglo XVII refleja también una situación de crisis. En el mundo rural, esta crisis se debe sobre todo al asalto a la renta campesina que protagonizaron el Estado (condicionado por las necesidades principalmente de la guerra y subsidiariamente de la burocracia) y la clase terrateniente (deseosa de aumentar sus ingresos en una época de debilitamiento de los mismos). Tanto el predominio de una u otras ofensivas como los mecanismos y consecuencias de dichas ofensivas variarán en función de la estructura de clases. En Europa occidental, predomina la ofensiva del Estado, mientras que en Europa oriental predomina la acción directa de la clase terrateniente. La ofensiva del Estado consiste sobre todo en el aumento de la presión fiscal, aunque también influirán el reclutamiento de tropas y las destrucciones puntuales. La ofensiva de la clase terrateniente consiste en el acaparamiento de tierras (sobre todo, en Europa occidental) y el aumento de las detracciones (sobre todo, en Europa oriental). El acaparamiento de tierras se realizará sobre todo a costa de los bienes comunales, aprovechando su indeterminación jurídica, pero también a costa de las tenencias de campesinos endeudados. En Europa occidental, las consecuencias más evidentes son el auge del absolutismo y el empobrecimiento y endeudamiento del campesinado. Será en Inglaterra donde el proceso de acaparamiento llegue más lejos, cuando la revolución de 1640-1660 acabe tanto con la propiedad comunal como con la pequeña propiedad campesina, en el marco de un régimen parlamentario. En Europa oriental, se consolida la servidumbre con la práctica desaparición de los campesinos libres y el aumento de las corveas.

12.4.B. Pauperización urbana y policía de pobres

La polarización social entre ricos y pobres se reflejó aun con más nitidez en las ciudades, cuya población aumenta al atraer a los propietarios rurales y a los campesinos desahuciados por la crisis que acuden a los sistemas urbanos de beneficencia. A la pauperización de las clases populares urbanas (consecuencia de la crisis del artesanado tradicional), se suma el trasvase de una parte de la crisis rural. El porcentaje de pobres estructurales de la ciudad (los que lo son independientemente de la coyuntura económica), que suponía aproximadamente el 10% de su población, asciende en el siglo XVII al 30 ó 40%. Estas cifras desbordan los sistemas tradicionales de beneficencia y plantean un problema político, dado su potencial conflictivo. Surgen dos soluciones distintas. Los países católicos siguen desarrollando su caridad reglamentada, ahora con iniciativas de

su caridad reglamentada, ahora con iniciativas de Descargado por Pilar Rubio Sabugueiro

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filántropos como San Vicente de Paúl en Francia. En los países protestantes y en Francia, la caridad deja paso a la represión, con el internamiento y el trabajo obligatorio para los pobres.

12.4.C. Las revueltas populares

El siglo XVII contabiliza una excepcional proliferación de revueltas populares tanto en el campo como en la ciudad, que deben interpretarse como la manifestación más espectacular de la crisis social. En su composición predominan los sectores populares, pero normalmente alcanzan también a otros sectores descontentos y ocasionalmente son liderados por un pequeño noble. Las revueltas suelen ser muy violentas y los Estados recurren a los ejércitos para su represión. Todas fracasan. El ciclo de revueltas se extiende desde finales del siglo XVI hasta la década de 1670. Destaca una primera oleada entre finales del XVI y principios del XVII (Croquants de Francia en 1594, Baja Austria en 1595 y Bolotnikov de Rusia en 1606). La conflictividad se reanuda a partir de 1625 (Alta Austria en 1626, Inglaterra en 1628-1630 y Croquants de Francia en 1636). Pero la gran explosión se produce desde mediados de siglo, bien en el contexto de procesos de mayor alcance (revolución inglesa de 1640-1660, revuelta de Cataluña de 1640 y sublevación de Ucrania de 1648), bien careciendo de tal marco (Andalucía en 1648, cosacos en 1670 y Bretaña en 1675). La interpretación de las revueltas rurales es compleja. BERCÉ distingue la resistencia oriental a la servidumbre de la oposición occidental al centralismo estatal (con la importante excepción de Inglaterra). En suma, las revueltas campesinas se nuclearon en torno al agravamiento del régimen señorial (sublevación de Ucrania), el ataque contra los derechos tradicionales del campesinado (movimientos aticercados de Inglaterra) y las exigencias fiscales del Estado en expansión (Croquants de Francia). No obstante, también se dan revueltas con connotaciones antiseñoriales en Europa occidental (revuelta de Bretaña). Los motivos esenciales de las revueltas urbanas son el hambre y los impuestos, y subsidiariamente los abusos de las oligarquías dirigentes. El primer aspecto tiene un rotundo respaldo en la coincidencia de las pésimas cosechas de 1645-1650 con los disturbios en las ciudades andaluzas.

“Crisis y transformaciones en la población y la economía europea del siglo XVII” ver Cap.5

Tema 7

ii.- Resumen del contenido:

En lo social, el siglo XVII se caracteriza por una mayor movilidad de los individuos originarios del tercer estado, que consiguen elevarse socialmente aun procediendo de linajes oscuros, como en España. Según los tratadistas, había tres tipos de nobleza: la de virtud, la innata o heredada por la sangre y la política creada por el soberano. Y aunque sólo la nobleza innata adquirió

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crédito y aceptación general en gran parte de Europa, lo cierto es que el dinero, que permitía vivir de forma noble y granjear voluntades, facilitó la movilidad entre dichos estamentos, como también la incorporación al clero de sujetos procedentes del estado llano facilitó el ennoblecimiento de sus familias al superar por esta vía las barreras estamentales del nacimiento. Por otro lado, la nobleza del Seiscientos sufrió serias dificultades económicas al reducirse los ingresos procedentes de la explotación de sus fincas y de sus ganados, en tanto que los costes aumentaban, principalmente los suntuarios, por la necesidad de mantener un ritmo de vida

acorde con su estatus social, sobre todo si residían en la corte. Esto produjo algunas quiebras que requirieron la intervención de la Corona así como la adopción de medidas para incrementar las rentas, moderando los costes e intensificando la explotación de sus fincas y de sus vasallos. También el clero se vio afectado puesto que sus rentas comenzaron a decaer a causa, sobre todo, de la despoblación del campo, dado que el grueso de sus ingresos procedía del diezmo que pagaban campesinos y ganaderos y que consistía en la décima parte del valor de toda la producción agropecuaria, sin deducción alguna, pero también procedía de las rentas derivadas de los títulos de deuda pública y privada, así como de las propiedades rústicas y urbanas o de los señoríos que poseía -los monasterios percibían derechos señoriales como los nobles-, afectadas unas y otras por el descenso demográfico y por las dificultades financieras de los deudores y del mismo Estado. Por lo que se refiere a la “burguesía” y al artesanado de las ciudades, hay que señalar que la crisis del siglo XVII les afectó de manera muy desigual. Es verdad que algunas casas comerciales

y financieras quebraron, pero en conjunto mantuvieron una trayectoria marcada por el

beneficio y las grandes oportunidades, incluso aunque destinaran parte de sus ganancias a financiar las necesidades de los estados, principalmente las militares. Esto es aplicable asimismo a los artesanos, pues su pertenencia a un gremio les protegía de las contingencias del

mercado al disfrutar de diferentes privilegios concedidos por los monarcas en orden a la calidad

y el precio de los artículos fabricados; aparte, su participación en cofradías les aseguraba la

asistencia sanitaria, esencial en un universo donde las enfermedades y los accidentes laborales

y de todo tipo dejaban inerte a la población. No obstante, en el siglo XVII se consolidaron una

serie de métodos alternativos de producción que surgieron en la centuria anterior y que perseguían eliminar la férrea estructura gremial, como el domestic system, donde los “mercaderes fabricantes”, aprovechándose de la crisis económica de la sociedad rural, lograron contratar maestros artesanos no agremiados para que trabajaran en sus casas a jornal, o en dependencias empresariales, las materias primas que les proporcionaban, con lo cual consiguieron controlar una parte importante de la producción textil, así como los batanes y los tintes. Los grandes perjudicados por la crisis del siglo XVII serán los campesino, pues a los cambios meteorológicos que originaron malas cosechas y crisis de subsistencia, se sumaron otros

malas cosechas y crisis de subsistencia, se sumaron otros Descargado por Pilar Rubio Sabugueiro

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factores que incidieron negativamente en su economía y en su nivel de vida: aumento de los impuestos reales o señoriales, roturación de baldíos y de bienes concejiles, cerramiento de tierras, alteraciones monetarias, levas y abusos de los soldados en tránsito, así como el impacto de la guerra, que mermó sus efectivos y destruyó de forma sistemática sus haciendas. Muchos pequeños propietarios campesinos tuvieron que hipotecar sus propiedades con préstamos (censos) para salir de la crisis y fueron numerosos quienes las perdieron al no poder abonar los intereses ni devolver el capital recibido, pasando a manos de la nobleza, del clero y de los sectores emergentes de la sociedad, como los comerciantes y los hombres de negocios. Pero además, la venta de jurisdicciones por la Corona y el aumento de la presión señorial, perceptible en buena parte de Europa, incluido el reino de Valencia, afectado por la expulsión de los moriscos, contribuyeron a agravar más todavía su ya precaria situación, motivo por el cual se produjeron fuertes emigraciones a las ciudades allí donde fue posible, porque en el Este de Europa los señores procedieron en la segunda mitad del siglo XVII a consolidar la práctica de adscribir a los campesinos a la tierra, sin posibilidad de emigrar, en lo que se ha venido llamando la “segunda servidumbre de la gleba”. Un sistema que contemplaba además otras limitaciones a los campesinos: el no poderse casar fuera del dominio señorial y la obligación de que sus hijos realizaran labores domésticas para los señores o sus intendentes. Así se explica la progresiva tendencia de los campesinos a emigrar a las ciudades y, como consecuencia de ello, también su adscripción a la tierra en reinos como Polonia y Rusia, donde sus condiciones materiales de vida se deterioraron como nunca antes. Pero la emigración a las grandes urbes de los campesinos en el occidente europeo buscando nuevas y mejores oportunidades generó a su vez la aparición de un elevado número de individuos que, frustradas sus expectativas, se vieron condenados a vivir al margen de la sociedad (mendigos, ladrones y asesinos, pero también soldados jubilados), cuya conducta delictiva acabará deteriorando la convivencia ciudadana, sumida en un clima de violencia generalizada con muertes frecuentes en las calles y en los mismos domicilios, de lo que los pliegos de cordel y las gacetas de la época dan cumplida información.

“Crisis y transformaciones en la población y la economía europea del siglo XVII” ver Cap.5

Cap 22 “Cambios y tensiones sociales en el siglo XVII”, FALTA FLORISTAN (pp. 516-528)

“La crisis del siglo XVII” ver Cap.6 Tema 8

ii.- Resumen del contenido:

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La crisis económica y demográfica que tuvo lugar en Europa durante el siglo XVII, con periódicas hambrunas, así como el permanente estado de guerra en el que se encuentran los Estados, y los reajustes que los grupos privilegiados, en especial los titulares de señoríos, llevaron a cabo para obtener mayores ingresos, en una etapa en la que el poder adquisitivo de las rentas agrícolas disminuye y las necesidades financieras de los Estados se incrementa, va a provocar, como ya se ha ido apuntando, una gran inestabilidad social y política. Por un lado, determinados territorios van a rebelarse contra la autoridad de sus soberanos aprovechando su debilidad, como Portugal, Cataluña, Nápoles y Sicilia en el caso de la Monarquía Hispánica, en cuyo origen se encuentran diversos factores, entre los que se debe resaltar el descontento de las elites a las nuevas demandas fiscales exigidas por la corona para hacer frente al conflicto de la Guerra de los Treinta Años. La revolución inglesa protagonizada por el Parlamento contra los intentos absolutistas de Carlos I Estuardo, y que concluirá con su destronamiento y ejecución, es otro signo evidente del malestar político de los pueblos y de sus elites con sus dirigentes. Lo mismo cabe decir de las frondas en Francia, en las que la aristocracia –en sus filas participarán incluso miembros de la familia real- juega un papel determinante en su querella contra el monarca por verse desplazada del centro del poder. El protagonismo de este grupo social será relevante asimismo en la inestabilidad política que se vive en Polonia y Rusia, cuyos soberanos se ven incapaces de imponerse sobre una nobleza terrateniente, que acapara cada vez más poder económico y político, una burguesía prácticamente inexistente y un campesinado debilitado Al descontento político, protagonizado fundamentalmente por los grupos privilegiados de la sociedad, hay que añadir las revueltas campesinas y los desórdenes urbanos que se canalizan a través de tumultos de subsistencia, motines de hambres o de carestía de los cereales; y de acciones campesinas contra el pago de los diezmos eclesiásticos, los derechos señoriales, la subida de los impuestos –o su cobranza- y los alojamientos de soldados. El mapa de estos levantamientos refleja muy bien su alcance y su difusión, ya que se extenderán por toda Europa: en Rusia en los años 1602-1607 y 1672; en Francia los croquants del Périgord y Limousin entre 1624 y 1643 y los Nu-Pieds de Normandía en 1639; guerras campesinas en Alemania en 1626; sublevaciones campesinas en Inglaterra entre 1628 y 1631, en Hungría en el bienio 1631-1632, y en Ucrania; alteraciones andaluzas de 1648 a 1653. Pero ¿por qué este desorden generalizado? Porque estos movimientos, espontáneos o dirigidos, representaron, por un lado, el rechazo social a la concentración del poder de los Estados en expansión, que demandaban mayores aportes monetarios de sus súbditos –es el caso de Francia y España-; y por otro, fueron la respuesta a los cambios derivados del recrudecimiento del régimen señorial, con la intensificación del modo de producción feudal basado en la servidumbre de la Europa del este (“refeudalización”), así como del ataque de los grupos privilegiados a los derechos tradicionales de los campesinos, muy visible en el “cercamiento” de tierras comunales, sobre todo en Inglaterra (enclosures) y en Castilla (cotos cerrados), y cuya práctica no sólo vulneraba

(cotos cerrados), y cuya práctica no sólo vulneraba Descargado por Pilar Rubio Sabugueiro

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las leyes sino que agravaba las dificultades económicas de los campesinos, especialmente de los jornaleros, privados del uso de los montes y baldíos de los concejos. Por supuesto, estos levantamientos fueron duramente reprimidos por el Estado con sanciones a quienes los encabezaron o se destacaron por sus actuaciones violentas, las cuales iban desde la pena de muerte hasta la condena a servir en las galeras, en las minas –las de mercurio, por su toxicidad, fueron terribles para los condenados- y en los presidios (fortalezas), el embargo de sus bienes y el destierro del reino. Evidentemente el desigual castigo no dependía tanto del delito como de la posición social de cada uno: los nobles podían perder la vida, pero lo habitual fue que se les embargasen sus posesiones, se les obligara a incorporarse a un presidio o que fueran desterrados; este destino fue el común para los eclesiásticos que participaron en sediciones y tumultos. Por el contrario, campesinos, artesanos, jornaleros y demás individuos pertenecientes al estado llano, fueron sancionados a trabajar en las minas o a remar en las galeras, cuando no perdieron la cabeza, expuesta al público, lo mismo que su cuerpo troceado, para ejemplo de todos.

Cap 22 “Cambios y tensiones sociales en el siglo XVII”, FALTA FLORISTAN (pp. 516-528)

“La crisis del siglo XVII” ver Cap.6

Tema 9

ii.- Resumen del contenido:

La demografía del siglo XVIII mantiene los mismos factores que la caracterizaban en los siglos precedentes: mortalidad y natalidad elevadas y altos índices de fecundidad. Empero, se aprecian ya ciertas modificaciones en su comportamiento que prefiguran el régimen demográfico contemporáneo, pues la menor incidencia de factores exógenos, como enfermedades epidémicas, guerras y hambrunas provocadas por malas cosechas, permitirá un crecimiento demográfico sostenido. La elaboración sistemática de censos o recuentos de población por iniciativa del Estado es una pieza decisiva a la hora de cuantificar los efectivos humanos en Europa, aun cuando no llegaron a realizarse en Francia y Gran Bretaña hasta 1801. Y los datos obtenidos confirman la tendencia al crecimiento: si en 1700 la población continental oscilaba en torno a los 115 o 120 millones de habitantes, al finalizar la centuria lo hacía alrededor de 190 millones, es decir, se había incrementado en un 58 ó un 65 por ciento aproximadamente. ¿Qué factores incidieron en este comportamiento? No existe unanimidad al respecto, pero parece imponerse la tesis de que los cambios producidos en la nupcialidad fueron la causa de dicho crecimiento, si bien siguieron dependiendo de las condiciones medio ambientales, por lo que se produjeron notables

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diferencias demográficas entre regiones: por ejemplo, en las regiones meridionales (España, Italia y sur de Francia) la mortalidad infantil fue mayor que en las regiones septentrionales (Inglaterra, Holanda, Alemania y norte de Francia) en buena parte debido al clima, por lo que los matrimonios fueron más tempranos en las primeras y más tardíos en las segundas. Así pues, la población en Inglaterra aumentó en un 133 por ciento entre 1680 y 1820, pero en Francia ascendió tan sólo en un 39 por ciento, porcentaje en torno al cual se movieron España e Italia. Y aun se observa otro aspecto significativo: las ciudades fueron las que más crecieron en detrimento del campo a causa fundamentalmente de la emigración de los campesinos, dadas las dificultades cada vez mayores que padecían en las zonas rurales por el proceso del cerramiento de las tierras y las oportunidades que ofrecían los núcleos urbanos. Así, entre 1700 y 1800 Londres y Madrid crecieron en torno a un 50 por ciento, Dublín en un 180 por ciento, Viena en un 102 por ciento, Berlín en un 172 por ciento y Nápoles en un 97 por ciento. Crecimientos muy inferiores experimentaron Ámsterdam, París, Milán y Roma. Venecia, en cambio, se estanca durante la centuria. El desarrollo urbano produjo a su vez la expansión de la sociedad de consumo, la cual requería mejores comunicaciones, una mayor especialidad en los productos, que ya no estarían destinados a cubrir las necesidades básicas (es el caso, por ejemplo, de artículos como el chocolate, el café, el té y el tabaco), y una reducción en los costes de producción, que será posible gracias a la estabilidad de los salarios –éstos apenas crecerán a lo largo de la centuria- y a una serie de transformaciones aplicadas en el sector de la industria textil. Todos estos elementos serán decisivos para reducir el autoconsumo, favorecer la demanda y facilitar la integración de los mercados, pero también para mejorar las perspectivas de vida de los europeos posible gracias a un incremento en el empleo generado por la misma demanda urbana, lo que favoreció la estabilidad laboral y la incorporación al mercado del trabajo de más miembros de una misma familia, aumentando de este modo los ingresos familiares.

Cap 30 “El despegue económico de Europa en el siglo XVII”, apartado 1.1, FALTA FLORISTAN (pp. 684-686)

Cap 16 “Demografía y sociedad”, pp. 443-465, fundamentalmente las pp. 443-454). FATA RIBOT

Tema 10

ii.- Resumen del contenido:

La sociedad del siglo XVIII se mantiene estratificada como en los siglos anteriores en tres estamentos definidos por el goce de privilegios o por su ausencia y por la desigualdad jurídica:

nobleza, clero y estado llano. Pero frente a épocas anteriores ahora la frontera entre el

Pero frente a épocas anteriores ahora la frontera entre el Descargado por Pilar Rubio Sabugueiro

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estamento nobiliario y el plebeyo resulta más fácil de traspasar y, lo que es más importante, ciertos sectores sociales comienzan a cuestionar con vigor los fundamentos mismos de la sociedad estamental, sobre todo en las décadas finales de la centuria. El fenómeno más relevante en el seno del estamento nobiliario es la desaparición de grandes familias y el surgimiento de otras nuevas procedentes en muchos casos de la burguesía como consecuencia de la ruina económica y el agotamiento genético, hasta el punto de que la mayoría de los nobles titulados de mediados del siglo tenían un origen reciente. Esta renovación, que se produjo por servicios al rey, tanto en la milicia como en la administración y las finanzas, aseguraba la pervivencia del estamento y su privilegiada posición en la vida política, pero conllevaba al mismo tiempo un cambio en la mentalidad de sus integrantes: la defensa de sus privilegios no implicaba como en el pasado el desden por las innovaciones económicas e incluso políticas. Serán precisamente los nobles quienes procederán en todas partes de Europa a incrementar sus propiedades agrarias y a modernizar su explotación recurriendo al cerramiento de sus campos, fenómeno no exclusivo del siglo XVIII pero sí mucho más extendido. Y serán ellos quienes comiencen a invertir en el comercio y en la industria con la instalación de fábricas y la explotación de yacimientos mineros en sus propiedades. La vieja nobleza poco a poco irá asumiendo este tipo de innovaciones, asegurándose su supervivencia, pero lo que no pudo evitar es que fuera desplazada de la vida política por los nuevos nobles: la participación de éstos en los órganos de gobierno fue creciente, como también lo fue la incorporación de muchos burgueses al ejército, concebido ahora como una profesión, lo que les permitía ascender socialmente por sus méritos a la nobleza, que seguía siendo la referencia del prestigio social. Con todo, el estamento nobiliario, como en épocas anteriores y a pesar de sus privilegios, mantenía marcadas desigualdades en función de la riqueza. Así, se puede hablar de alta y baja nobleza: al primer grupo pertenecería la nobleza titulada (duques, marqueses, condes, barones), propietaria además de extensos señoríos; al segundo, varias categorías que se suelen identificar con la denominación de caballeros o gentilhombres, y en Castilla también con la de hidalgos. El estamento eclesiástico, superada la crisis del siglo XVII, aunque seguirá conserva todos sus privilegios comenzará a perder su independencia. La política regalista practicada por los monarcas irá reduciendo cada vez más las áreas de influencia del clero, tanto del secular como del regular: el recorte de sus fueros a favor de la justicia ordinaria, el nombramiento de prelados afines a los postulados de la Corona, la renovación de los estudios universitarios y la supresión de la Compañía de Jesús son claros ejemplos del progresivo debilitamiento de la iglesia en la vida política y social, si bien la formación del clero en su conjunto mejorará respecto al siglo anterior, pues las vocaciones se impondrán sobre el interés. Este cambio en los criterios para ingresar en el estamento tendrá consecuencias importantes:

por un lado, provocará una disminución progresiva en sus efectivos durante todo el siglo XVIII en la medida en que el crecimiento económico ofrecía mayores perspectivas a los grupos

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medios y bajos de la sociedad, que se abstendrán de profesar en religión; y por otra parte, las teorías fisiocráticas, que defendían la libre circulación de la tierra en el mercado, llevará a los soberanos ilustrados a promulgar resoluciones dirigidas a desamortizar sus propiedades facilitando así su libre enajenación en una coyuntura dominada por la demanda de tierras y de bienes inmuebles por los grupos emergentes de la sociedad.

Cap 31 “Las transformaciones de la sociedad en el siglo XVIII”, apartados 2 y 3, pp. 714-718). FALTA FLORISTAN Cap 16 “Demografía y sociedad”, fundamentalmente las pp. 455-459) FALTA RIBOT

Tema 11

ii.- Resumen del contenido:

La burguesía fue, sin duda, el grupo social que más crecerá en el siglo XVIII, tanto en número como en capacidad de actuación en la vida política y económica, aun cuando muchos de sus integrantes procuraron ennoblecerse sin por ello abandonar sus negocios mercantiles, industriales y financieros, en parte porque en determinados estados, como España, los monarcas habían decretado su compatibilidad. El nivel de riqueza de la burguesía es tan variado como lo es la actividad económica a la que se dedican sus integrantes: comerciantes y hombres de negocios, financieros, empresarios industriales o mercaderes-fabricantes, funcionarios y profesiones liberales. Por el contrario, sus ideas, al menos en materia económica, apenas muestran fisuras: todos estos grupos son partidarios de eliminar los privilegios que les impedían acceder libremente a los mercados, por lo que se enfrentarán a los monopolios comerciales y fabriles –los gremios- así como a la amortización de la tierra por la nobleza y el clero. En un plano inferior a la burguesía, pero con algunas características comunes, se encuentra en las ciudades un abigarrado conjunto de grupos profesionales: 1) maestros artesanos, pequeños y medianos comerciantes, con unos ingresos parecidos y con posibilidades de ascenso social; 2) oficiales, criados, aprendices, un variopinto grupo de trabajadores libres no especializados que se dedicaban a la carga y descarga de mercancías (“ganapanes”, “gagnedeniers”, “bergantes” y “journeymen”); y 3) una multitud de pobres que vivían de la caridad. Y como sucedía con la burguesía, las condiciones de vida de los trabajadores manuales de las ciudades eran muy variadas, aunque por regla general era frecuente que poseyeran una pequeña vivienda, una huerta, un animal útil (burro, mula o vaca) y unos instrumentos de trabajo, lo que les permitía gozar de cierta libertad de acción. También oscilaban mucho los salarios: maestros y especialistas en determinadas profesiones –por ejemplo, los plateros de oro y plata- podían obtener buenos ingresos con sus salarios; los oficiales ganaban también un jornal razonable con el que mantener a su familia, sobre todo si la mujer desempeñaba tareas complementarias a las domésticas; mancebos, aprendices y criados apenas podían sustentarse con su salario, aunque en este caso sus necesidades básicas (alimentos, ropa, calzado, hospedaje y sanidad) eran costeadas por sus patronos. Mientras los precios se mantuvieron estables o con ligeras subidas, la capacidad adquisitiva de los salarios no se resintió y con ella tampoco el nivel de vida de los

no se resintió y con ella tampoco el nivel de vida de los Descargado por Pilar

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artesanos y trabajadores por cuenta ajena, pero a partir de 1760 la situación comienza a deteriorarse por el alza espectacular de los precios, no obstante que también crecieron los salarios, en gran medida a causa de la liberación del precio de los cereales. En las zonas rurales también se aprecian importantes desigualdades. Es verdad que el campesinado constituía la mayoría de la población europea, pero su situación social y económica variaba en función de diferentes factores: que fuera propietario de tierras de labor y de ganados, que fuera jornalero o que dependiera de un señor jurisdiccional, del régimen de tenencia de la tierra o de la duración de los contratos de arrendamiento y de aparcería. En los países del Este de Europa el campesinado estaba sometido al régimen de servidumbre, lo que implicaba la obligación de realizar determinados trabajos gratuitos en beneficio del señor (corvées o robot). Así pues, encontramos: 1) campesinos acomodados que poseían tierras en propiedad o con contratos de explotación favorables, así como animales de tiro y utensilios de labranza (“labradores honrados” en Castilla; yeomen en Inglaterra); 2) campesinos medios independientes y labradores dependientes, que no disponían de tierras suficientes para hacer frente al pago de diezmos, rentas e impuestos; y 3) jornaleros o campesinos sin tierra.

Cap 31 “Las transformaciones de la sociedad en el siglo XVIII”, apartados 2 y 3, pp. 714-718). FALTA FLORISTAN Cap 16 “Demografía y sociedad”, pp. 443-465, fundamentalmente las pp. 455-459). FATA RIBOT

Tema 12

ii.- Resumen del contenido:

El siglo XVIII es sin duda un tiempo de constante crecimiento económico, pero también de grandes cambios en la estructura social y, lo que es muy importante, en las formas de entender la vida y las relaciones de poder entre grupos sociales. El desarrollo industrial, sobre todo en Gran Bretaña, con unas condiciones laborales cada vez más duras, aunque todavía sin llegar a las que tendrán lugar en el siglo XIX, y que se ponen de manifiesto en la explotación del trabajo femenino e infantil, provocará diferentes huelgas de obreros e incluso motines normalmente dirigidos contra los empresarios y sus instalaciones fabriles, en donde la maquinaria va desplazando de manera progresiva el trabajo cualificado de los artesanos. Pero no fueron las únicas manifestaciones de descontento, ya que las protestas tuvieron distintas motivaciones:

aumento de la presión fiscal, reclutamientos forzosos, abusos de los propietarios agrícolas, rebajas saláriales en las actividades industriales y, sobre todo, crisis en el abastecimiento de bienes alimenticios de primera necesidad como consecuencia de malas cosechas que hacen que las condiciones de vida sean más precarias en un marco de creciente injusticia. E incluso hubo levantamientos con un acentuado carácter religioso: este fue el caso de los Gordon riots de Londres en 1780 contra los católicos, o el levantamiento de los campesinos de la Vendée en la Francia revolucionaria.

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Por otro lado, estas asonadas y revueltas populares, aunque a menudo tuvieron un carácter espontáneo, fuertemente impregnado de odio, como aconteció en los asaltos a los castillos señoriales durante la Revolución Francesa, en ocasiones, sin embargo, fueron acicateadas e incluso dirigidas por ciertos grupos sociales, entre ellos la nobleza, descontentos con las medidas reformistas de los gobernantes –así sucede, por ejemplo, en los motines contra Esquilache en España y en las primeras manifestaciones de la revolución francesa- o con su inmovilismo, pues no debe olvidarse el desarrollo cultural e intelectual que se señorea en Europa gracias a la Ilustración y, paradójicamente, al despotismo ilustrado practicado por sus soberanos. La magnitud que estas revueltas podían alcanzar está perfectamente documentada con el levantamiento de los colonos norteamericanos contra el gobierno de Jorge III de Gran Bretaña y que desembocó en la independencia de los Estados Unidos de Norteamérica, así como en la oposición de algunos sectores de la nobleza francesa a las medidas económicas promulgadas por Luis XVI y que acabaron en la Revolución Francesa y en la destrucción del Antiguo Régimen en Europa, sustituido por un nuevo modo de entender las relaciones económicas y sociales, pero también las relaciones entre los gobernantes y los gobernados

Del pdf adjunto La Europa del siglo XVIII. 1700-1789

las páginas 169-174 (rebeliones campesinas)

199-200 (motines en las ciudades)

494-503 (los prolegómenos a la revolución francesa).

494-503 (los prolegómenos a la revolución francesa). Descargado por Pilar Rubio Sabugueiro

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