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Rafael Bisquerra

Rafael Bisquerra 2
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Índice

Prólogo

Introducción

1. Emociones y política

¿Cómo se activan las emociones? La valoración automática Objeto y causa de la emoción La emoción como respuesta compleja del organismo La predisposición a la acción ¿Emoción o emociones? Los fenómenos afectivos Las emociones en la toma de decisiones ¿Por qué no hay Premio Nobel de Matemáticas? Alexitimia política y científica Emociones individuales y colectivas Emoción, movimientos sociales y cambio político El sentimiento de identidad nacional Ira y miedo como motores de la política en la historia Resumen y conclusiones

2. Inteligencia y emoción

La inteligencia emocional Las competencias emocionales La inteligencia afectiva en la política Partidistas y deliberativos Inteligencia y emoción en la política Resumen y conclusiones

3. Las emociones en las tensiones políticas

Emoción y comportamiento: el caso del miedo y la cobardía Integridad y competencia en las campañas políticas Las emociones en las crisis La esfera pública emocional Extremismos y necesidad de regulación emocional El desplazamiento social Emociones y nacionalismos Represión de la emoción

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Resumen y conclusiones

4. Trauma y política del miedo

El trauma en política El trauma del terrorismo La política del miedo La transmisión intergeneracional del trauma La narrativa del trauma Significantes y emoción Instrumentalidad emocional estructural Resumen y conclusiones

5. Emociones colectivas y cambio social

Emociones colectivas El miedo colectivo como fuerza política motivadora El contagio emocional El clima emocional Clima emocional y comportamiento colectivo La superación del miedo como objetivo de la política Del miedo a la ira Resumen y conclusiones

6. Las emociones en la protesta política

Emociones que predisponen a la protesta Dinámicas emocionales en la protesta Emociones basadas en el grupo Emociones de protesta y tendencias de acción Momentos en la protesta Indignaos Resumen y conclusiones

7. Emoción y transiciones políticas

El mundo como sistema Las emociones en las transiciones de los países comunistas Factores para la transición Factores emocionales La ira en las transiciones del comunismo Transiciones y no transiciones El efecto solidaridad: moral y emoción Condición necesaria pero no suficiente Las emociones en la «primavera árabe» Origen y evolución de la primavera árabe

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Resumen y conclusiones

8. Emoción y violencia en política

Política, emoción y violencia Vergüenza y orgullo en política Vergüenza, humillación, ira y violencia Historia y emoción Humillación y violencia El efecto mariposa Resumen y conclusiones

9. Política y construcción del bienestar

Un sistema social y político basado en el miedo y la ira El amor en la política El bienestar como objetivo de la política Tipos de bienestar El bienestar emocional El bienestar se construye Educación emocional para la construcción del bienestar Desarrollar un detector de emociones tóxicas Resumen y conclusiones

10. Hacia un cambio de paradigma

Hacia un cambio emocional Un cambio de paradigma De la política a las ciencias sociales Perspectivas de futuro

Conclusiones

Bibliografía

Créditos

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PRÓLOGO

¿Para qué sirven las emociones? La principal función de las emociones es ayudar a las personas y a las sociedades a aumentar las probabilidades de supervivencia. La segunda función probablemente sea el bienestar emocional, que coincide en gran medida con la felicidad. La supervivencia depende de la convivencia en paz, que a su vez aumenta las probabilidades de bienestar. Así pues, tenemos un nexo de unión entre emoción, supervivencia, convivencia y bienestar. ¿Para qué sirve la política? Para gestionar la convivencia y el bienestar de la ciudadanía. Como consecuencia, la relación entre emoción y política es tan evidente que no necesitaría mayor justificación. Pero además de esto, las evidencias demuestran que las emociones están presentes en los procesos políticos de todo tipo:

campañas electorales, debates políticos, resultados de las elecciones, conflictos, protestas, transformaciones sociales y políticas, etc. Curiosamente, en las manifestaciones de los profesionales de la política, en los discursos políticos, en los análisis políticos, en los debates sobre política, en las tertulias de comentaristas políticos, etc., las emociones suelen estar ausentes, al menos explícitamente. Este libro se propone llamar la atención sobre esta ausencia. Se necesita sensibilizar a la clase política, a los analistas políticos, a los investigadores en ciencias políticas y en ciencias sociales y a la sociedad en general del peso que tienen las emociones en los procesos políticos. Consideramos que esta es una laguna en el conocimiento que necesitamos superar. Por todo ello, este libro va dirigido a un amplio espectro de potenciales lectores:

políticos, periodistas, comentaristas políticos, psicólogos, investigadores en ciencias sociales, educadores y la sociedad en general. Todos pueden encontrar elementos y claves que les ayuden a comprender mejor la importancia de las emociones en los movimientos sociales y políticos. Los dos primeros capítulos se proponen presentar el marco conceptual de las emociones y de las competencias emocionales. Se explica qué son las emociones y cómo pueden influir en el comportamiento, y, por tanto, cómo afectan a las relaciones interpersonales, los conflictos, la convivencia, la política y muchos aspectos de la vida. También se analiza cómo las emociones no son solamente un fenómeno individual, sino que se producen emociones colectivas, que generan contagios emocionales y climas emocionales que pueden ser tóxicos. Todo esto nos lleva a la necesidad de desarrollar competencias emocionales para una mejor convivencia y bienestar. Del capítulo tres al ocho se analizan diversas situaciones políticas desde la perspectiva de las emociones. En concreto, se tratan temas relacionados con las

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tensiones políticas, los traumas políticos, los cambios sociales, las protestas, las transiciones políticas, la violencia, etc. La intención es aportar evidencias empíricas de la importancia de las emociones en los procesos políticos. Los dos últimos capítulos son una llamada a la política, a la educación y a la sociedad en general para proceder a cambios significativos en las emociones colectivas que estamos experimentando. Se propone un cambio de paradigma para mejorar el bienestar personal y social. Este es un proyecto colectivo, con perspectiva de futuro, en el que estamos implicadas todas las personas.

Manacor (Mallorca), verano de 2016.

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RAFAEL BISQUERRA

INTRODUCCIÓN

La política consiste en la gestión de la convivencia, la economía, la salud, la educación y el bienestar de la ciudadanía. En este sentido nos afecta a todas las personas y, por tanto, todos deberíamos estar interesados en que funcione lo mejor posible. Gestionar todos los aspectos que afectan a la política es sumamente complejo en sí mismo, ya que se necesita tomar en consideración multitud de variables: sociales, económicas, salud, educación, convivencia, seguridad, justicia, defensa, libertad, solidaridad, equidad, etc. Además, todos estos aspectos permiten visiones desde diversos enfoques, lo cual origina diversas ideologías, partidos políticos, movimientos sociales, grupos de presión, etc., haciendo inevitables los conflictos. Los conflictos generan emociones, y las emociones están en el origen de muchos conflictos. Es comprensible que se queden aspectos al margen de la política, tanto en lo que respecta a la gobernanza como al análisis situacional. Olvidar la relación entre conflicto y emoción supone no tomar en consideración aspectos importantes en la solución de conflictos. En esta obra queremos llamar la atención sobre uno de los aspectos olvidados de la política: su dimensión emocional. En general, los profesionales de la política y los analistas políticos no toman en consideración las emociones en el origen de los acontecimientos, en la gestión de la convivencia, en la génesis de los conflictos, en los movimientos sociales y en todo lo que afecta directa o indirectamente a la política y a la sociedad. Los análisis y las interpretaciones habituales de la situación política, en general, se basan en el mundo «externo», de carácter material, como la economía, los presupuestos, el PIB (producto interior bruto), el IPC (índice de precios al consumo), las oscilaciones de la bolsa, las causas y consecuencias de la crisis, la esperanza de vida, los accidentes de tráfico, el número de muertos en un atentado, la intención de voto, el número de votos en las elecciones, el número de diputados, etc. Al no tomar en consideración aspectos «internos» (emocionales), muchos analistas aportan explicaciones contradictorias, debido a la confusión sobre las causas que provocan los acontecimientos. La gestión de la política se basa en este mismo paradigma, que ignora sistemáticamente aspectos «internos» de las personas como las emociones. Desde el punto de vista «externo», muchos conflictos colectivos, como el terrorismo y las guerras, no tienen sentido. Se les aplica un análisis racional, cuando realmente requieren una interpretación emocional. La idea de que la venganza y la humillación no tienen suficiente fuerza para declarar una guerra, ya que solamente son emociones, es una puesta en escena de la represión emocional que está presente en la política, en la sociedad y en la educación.

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Tradicionalmente la ciencia y la emoción han avanzado por caminos distintos. Por una parte había ciencia, cognición y razón; mientras por otra había emoción, entendida como algo diametralmente opuesto. Afortunadamente se han dado pasos importantes para superar esta dicotomía. Autores como Clough y Halley (2007), Demertzis (2013: 2) y otros señalan un cambio de perspectiva que se nota en psicología, filosofía, sociología, geografía, historia, economía, derecho, organizaciones, medios de comunicación, educación, política, etc. Recordemos algunos hitos que señalan los orígenes de un nuevo paradigma en el análisis de la política. En 1978 se fundó la International Society of Political Psychology, que representa un intento de analizar la política desde la perspectiva psicológica. En 1986, en el marco de la American Sociological Association, se crea una sección de Sociología de las emociones. En 2004 la European Sociological Association crea el Research Network on Emotions (http://socemot.com/). Estas

aportaciones darán origen a dos líneas de investigación: Sociología política de las emociones y Psicología política de las emociones.

La Sociología política de las emociones (Berezin, 2002; Demertzis, 2013) propone

análisis de macronivel: en base a la historia, cultura, sociología y psicología. Por el contrario, la Psicología política de las emociones se centra en el micronivel: más centrado en lo individual, la opinión, las intenciones de voto o por qué se toman decisiones electorales. Estos análisis permiten observar cómo las decisiones políticas están más influidas por las emociones que por las razones. Las dinámicas emocionales presentes en las campañas electorales, con el impacto de la percepción afectiva de los líderes, determinan más las decisiones políticas de qué partido va a votar una persona que el análisis de los distintos programas políticos. En las campañas políticas, la emoción precede a la cognición. Varios estudios con datos de la American National Election Studies (ANES) demuestran que la percepción de liderazgo y los valores morales

explican la aversión hacia ciertos candidatos (Demertzis, 2013). La investigación en la neurociencia política ha aportado nuevos horizontes. Hoy en día no se puede sostener una ciencia al margen de la emoción. La demarcación de razón y emoción en la ciencia y en los análisis políticos son cosa del pasado.

Con la intención de abrir y profundizar en estas nuevas vías de análisis y gestión en la política se ha escrito este libro. La intención es sensibilizar a la sociedad en general, y en particular a los profesionales de la política, analistas políticos, historiadores, estudiosos, especialistas en ciencias sociales y educadores, de la importancia de las emociones en los comportamientos y acontecimientos.

A lo largo de los diversos capítulos se van presentando una serie de temas y

acontecimientos que se comentan desde la perspectiva emocional. Entre estos temas están las tensiones políticas, las campañas electorales, las crisis, los extremismos, los nacionalismos, los traumas políticos, las protestas políticas, los procesos de cambio político y social, las transiciones políticas, la violencia, el terrorismo, etc. En los primeros capítulos se presenta un marco conceptual de las emociones y otros conceptos relacionados, como la inteligencia emocional, las competencias

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emocionales y la educación emocional. La intención es ayudar a comprender cómo funcionan las emociones para poder comprender mejor los fenómenos que se comentan y analizan a lo largo del libro. Este análisis permite entrever que a lo largo de la historia, e incluso desde antes (prehistoria y filogénesis), se ha ido desarrollando un sistema social y político basado en dos emociones básicas: ira y miedo. El reto que se plantea en el siglo XXI es proceder a un cambio de paradigma. Necesitamos superar un sistema social y político basado en la ira y el miedo para construir otro orientado al bienestar. No nos referimos al bienestar material, sino al bienestar emocional, que se fundamenta en el amor y la felicidad. Construir un sistema social con estas características requiere una profunda sensibilización, actitud positiva, investigación, formación, educación y presupuestos. Sin querer ser alarmistas, nos permitimos aseverar y aportar evidencias a lo largo del libro de cómo todo esto afecta al futuro de la humanidad, y que si no tomamos pronto cartas en el asunto podemos llegar tarde. Es una cuestión similar a la conciencia ecológica. Queremos ver el futuro con esperanza y confiamos en que la educación emocional pueda contribuir a mejorar la convivencia y el bienestar de la ciudadanía. Pero se necesita un efecto sinergia, con la participación de los elementos implicados:

políticos, periodistas, historiadores, científicos, educadores, familias y sociedad en general. A todos ellos va destinado este libro.

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1. EMOCIONES Y POLÍTICA

Para comprender las relaciones entre política y emoción se requiere tener claro qué son las emociones. Si al lector se le pregunta ¿qué es una emoción?, es muy probable que tenga dificultades en responder, a no ser que se haya formado por su cuenta, a través de cursos y lecturas, sobre qué son las emociones. Continuamente estamos experimentando emociones, pero solamente caemos en la cuenta de la dificultad que tenemos en expresar lo que son cuando nos vemos en la necesidad de hacerlo. Y esta necesidad es muy difícil que aparezca, ya que no es habitual hablar de emociones. Como consecuencia, a veces pensamos o decimos: «no sé qué me pasa». Cuando tomamos conciencia de que «no sé qué me pasa», muchas veces se trata de emociones que no somos capaces de identificar y regular de forma apropiada. Esto nos pasa a la mayoría de las personas, incluso a las formadas en ciencias tan diversas como física, ingeniería, economía, derecho, matemáticas, etc. Ello nos lleva a la conclusión de que para entender de qué estamos hablando en este libro conviene tener claro qué son las emociones.

¿CÓMO SE ACTIVAN LAS EMOCIONES?

Las emociones son una parte esencial de la vida personal y social. Continuamente experimentamos emociones y fenómenos afectivos, pero pocas veces nos paramos a reflexionar sobre ellos. ¿Qué son las emociones?, ¿cómo influyen en el pensamiento y en el comportamiento?, ¿qué influencia tienen las emociones en la toma de decisiones?, ¿cómo afectan las emociones en la política? Para entender lo que es una emoción, lo mejor es experimentarla. Si el lector puede recordar alguna emoción fuerte y la puede revivir, esto le ayudará a comprender lo que son las emociones, junto con las informaciones que se proporcionan en estas páginas. Una emoción se activa a partir de un acontecimiento que es percibido por nuestros sentidos. La percepción puede ser consciente o inconsciente. El acontecimiento puede ser externo o interno, de modo que puede ser un pensamiento. Puede ser un evento actual, pasado o futuro; real o imaginario. El acontecimiento también se denomina objeto o estímulo que activa la emoción. Todos los acontecimientos que llegan a nuestros sentidos son evaluados automáticamente por nuestra mente.

LA VALORACIÓN AUTOMÁTICA

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Tenemos un mecanismo innato de valoración automática de todos los estímulos que llegan a nuestros sentidos. Es como una especie de escáner, como los que hay en la zona de control de seguridad de los aeropuertos, que detecta cualquier información susceptible de activar una respuesta emocional. El funcionamiento del mecanismo de valoración automática se puede representar mediante una serie de preguntas como:

¿esto me afecta?, ¿cómo afecta a mi supervivencia?, ¿cómo afecta a mi bienestar?, ¿en qué medida me afecta? Cuando un acontecimiento es valorado como algo que puede afectar a mi supervivencia o a mi bienestar (o al de las personas próximas), se activa la respuesta emocional. Se trata de una valoración tan rápida que muchas veces no somos conscientes de ello. Es por tanto una valoración automática, a la que también se denomina valoración primaria. En esta valoración está presente el grado en que valoramos el acontecimiento como positivo o negativo para nuestra supervivencia o nuestro bienestar. Ello producirá emociones distintas. Se habla de emociones positivas cuando el acontecimiento se valora como un progreso hacia los objetivos, hacia el bienestar. Cuando el acontecimiento se valora negativamente (un obstáculo, un peligro, una dificultad, una ofensa, etc.) genera emociones negativas. No hay que confundir positivo con bueno y negativo con malo. Todas las emociones son funcionales y necesarias. Gracias a la indignación ante una injusticia adoptamos acciones encaminadas a superarla, lo cual es bueno mientras no se caiga en la violencia, que esta puede producir mayores injusticias. Sin embargo, siendo buena esta indignación, cuando uno está indignado no goza de bienestar. Por esta razón es una emoción negativa. En la valoración del acontecimiento influyen muchos factores: significado del acontecimiento, atribución causal, evaluación de las propias habilidades de afrontamiento, experiencia previa, aprendizaje, contexto, creencias, etc. Esto hace que un mismo acontecimiento pueda ser valorado de forma distinta según las personas. Ante las declaraciones de un político, un ciudadano puede sentir solidaridad y asentimiento, mientras otro puede sentir vergüenza, enfado, ira, tristeza o miedo. La evaluación automática activa la emoción cuando se cumplen cuatro condiciones (Scherer, 2001):

1. Relevancia: del objeto o de la persona.

2. Implicación: cómo afecta directamente al bienestar de la persona y a sus objetivos.

3. Afrontamiento: cómo uno valora las propias habilidades de afrontamiento para hacer frente a la situación.

4. Significación normativa: significación del evento respecto al autoconcepto de la persona y a las normas sociales y valores.

Dado que estas condiciones se viven de forma diferente según las personas, dos personas diferentes valoran el mismo acontecimiento de forma distinta. Por ejemplo, la pérdida de una maleta en el aeropuerto a la llegada a un país extranjero se puede valorar de forma muy distinta según cada pasajero.

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OBJETO Y CAUSA DE LA EMOCIÓN

Algunos autores distinguen entre la causa y el objeto de la emoción (Barbalet y Demertzis, 2013: 168-169). El objeto del miedo puede ser un evento, persona o cosa; la causa del miedo se refiere a las condiciones en que se experimenta. Veamos esto con un ejemplo. Imaginemos que el lector va caminando tranquilamente por la calle y de repente observa un perro rottweiler con la boca abierta, enseñando sus afilados dientes, que está corriendo directo hacia él. Lo lógico es que se active de inmediato un profundo miedo descontrolado ante lo que se valora como un peligro real e inminente que impulsa a huir. Sin embargo, la misma escena, experimentada por el propietario del perro, sería vivida de forma totalmente diferente: una manifestación de júbilo por parte del perro ante la llegada de su amo. El objeto del miedo es el perro. Pero la emoción es distinta en los actores. La diferencia está en la causa: la relación que el sujeto mantiene con el objeto. La causa de la emoción no es el objeto (perro), sino la relación que mantengo con el perro. La causa de las emociones reside más en las relaciones que en los objetos. En general cuesta distinguir entre objeto y causa de la emoción. El objeto es el acontecimiento en sí, mientras que la causa es la relación que mantenemos con el objeto. La causa de las emociones debe ser entendida en términos de la estructura de relaciones situacionales en que surge la emoción. Esto se ve muy claramente en las acciones y declaraciones de los políticos. Las reacciones no dependen tanto de lo que dicen o hacen, sino de las relaciones que mantienen los receptores del mensaje con el protagonista del comentario. Otra forma de verlo es que el comentario dice más de quien lo emite que de la realidad en sí. Ello pone en evidencia cómo la emoción no depende del acontecimiento en sí, sino de la forma que tenemos de valorarlo. Como dijo Epicteto en el Enchiridion, «El hombre no está perturbado por las cosas, sino por la visión que tiene de las cosas». Shakespeare también trató el mismo tema en Hamlet, acto II, escena 2: «No hay nada bueno o malo; el pensamiento lo hace así». Una emoción depende de lo que es importante para nosotros. La implicación para la práctica que de esto se deriva es la conveniencia de tomar conciencia de la diferente valoración que hago de los acontecimientos políticos en función de cómo me relaciono con sus protagonistas. Para evitar caer en la valoración sesgada puede ayudar preguntarnos: «¿Desde qué emoción me relaciono con esta persona?». Según sea la respuesta, así será la valoración que hago.

LA EMOCIÓN COMO RESPUESTA COMPLEJA DEL ORGANISMO

Analizar las emociones significa analizar la complejidad. El mecanismo de valoración automática activa una respuesta emocional compleja que vamos a analizar. Cuando recibo la noticia de un atentado terrorista, valoro que yo también estoy en peligro y ello activa una emoción de miedo. En esta respuesta emocional se pueden identificar tres componentes: neurofisiológico, comportamental y cognitivo.

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El componente neurofisiológico consiste en respuestas como taquicardia, hipertensión, vasoconstricción, cambios en el tono muscular, secreciones hormonales, cambios en los niveles de ciertos neurotransmisores, etc. Ante una emoción reaccionamos con todo el cuerpo. Las emociones son una respuesta compleja que se inicia en el SNC (sistema nervioso central) y puede repercutir en todo el organismo. Esto es la experiencia emocional. Dichas reacciones pueden afectar a la salud. El componente comportamental coincide con la expresión emocional. La observación del comportamiento de un individuo permite inferir qué tipo de emociones está experimentando. El lenguaje no verbal, principalmente las expresiones del rostro y el tono de voz, aportan señales bastante precisas. Las expresiones faciales surgen de la actividad combinada de unos 23 músculos situados alrededor de la boca y otros situados en los extremos de los ojos, cuyo control voluntario es bastante difícil. Por eso, una foto hecha espontáneamente refleja las emociones que se viven en ese momento. A diferencia del componente neurofisiológico, el componente comportamental se puede disimular, de modo que podemos entrenar para disimularlo y engañar a las personas que nos observan. El componente cognitivo es la emoción hecha consciente. Cuando tomamos conciencia de las emociones que experimentamos, les podemos poner un nombre en

función de nuestro dominio del lenguaje. Por ejemplo: «Siento miedo ante un posible ataque terrorista», o «me indigna la corrupción que nos corroe». Las limitaciones del lenguaje imponen serias restricciones al conocimiento de lo que nos pasa por dentro.

A veces podemos expresar: «no sé qué me pasa». Cuando somos capaces de poner

palabra a lo que nos pasa, nos podemos sentir mejor. De ahí la importancia de una educación emocional encaminada, entre otros aspectos, a un mejor conocimiento de las propias emociones y denominarlas apropiadamente. Ser capaz de poner nombre a las emociones es una forma de conocernos a nosotros mismos y de conocer mejor a los demás. Este componente cognitivo coincide con lo que se denomina sentimiento. Los sentimientos se pueden alargar en el tiempo. Así como las emociones son habitualmente de duración breve, algunos sentimientos los podemos alargar durante toda la vida. La voluntad es muy importante para alargar o acortar sentimientos. La figura 1.1 es un modelo descriptivo de lo que son las emociones y sus elementos esenciales. Este cuadro ha sido recogido de Bisquerra (2009), donde se

pueden encontrar más informaciones para profundizar sobre estos conceptos que aquí

se presentan sucintamente.

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Figura 1.1. Componentes de la emoción. LA PREDISPOSICIÓN A LA ACCIÓN Las emociones suelen impulsar

Figura 1.1. Componentes de la emoción.

LA PREDISPOSICIÓN A LA ACCIÓN

Las emociones suelen impulsar hacia una forma definida de comportamiento, que técnicamente se denomina orexis. La expresión acuñada por Darwin para referirnos a la acción que acompaña las emociones es «fight or fly» (lucha o vuela). Estas son las dos respuestas típicas de la ira (ataque) y del miedo (huida). El comportamiento de lucha se da cuando se valora que estoy en condiciones de hacer frente a la situación, mientras que el comportamiento de huida es propio de cuando el peligro se valora como superior a las posibilidades de afrontarlo con éxito. Cuando se dice que la emoción predispone a la acción, no significa que la acción tenga que darse necesariamente. Por ejemplo, me puedo sentir ofendido por el comentario de alguien y sentir una impulsividad a responder de forma violenta. Esta predisposición a la acción se puede regular de forma apropiada, aunque para ello hace falta aprendizaje y entrenamiento. Es decir, educación. Esto es muy importante, ya que la educación emocional tiene como uno de sus objetivos entrenar para dar respuestas apropiadas y no impulsivas. La predisposición a la acción está influenciada por cuatro determinantes (Frijda,

2004):

1. Disponibilidad: debe haber un repertorio apropiado de posibilidades de acción disponibles.

2. Aceptabilidad: deben ser aceptables las posibilidades de acción.

3. Fortaleza: la emoción debe ser fuerte, para predisponer a una acción urgente e importante.

4. «Ojo social»: deben ser acciones que tengan apoyo o aprobación social. Si las acciones no cumplen este requisito es más probable que no se produzcan.

El último punto es particularmente importante, en cuanto las normas sociales determinan lo que está disponible y es aceptable y relevante. Es decir, la «significación normativa», formada por normas y valores, afecta en gran medida a la

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acción. La significación normativa» de Scherer (2001) equivale al «ojo social» de Frijda (2004); es decir, son formas distintas de referirnos al mismo fenómeno.

¿EMOCIÓN O EMOCIONES?

A veces se habla de emoción en particular, y otras de emociones en plural. La realidad es que existen muchas emociones, pero todas ellas se pueden englobar en el mismo patrón. Siguiendo una cierta tradición, nos referiremos a la emoción, en singular, como un concepto genérico; y nos referiremos a las emociones, en plural, para referirnos al conjunto de las emociones discretas (ira, tristeza, alegría, etc.). El uso del lenguaje permite distinguir cuándo nos referimos a la emoción como concepto genérico, de cuándo nos referimos a una emoción en concreto.

LOS FENÓMENOS AFECTIVOS

La palabra «afecto» se utiliza como un gran paraguas que cobija a los fenómenos afectivos, entre los cuales están, principalmente, las emociones, sentimientos, estados emocionales y trastornos emocionales. El afecto incluye a todos ellos. Hemos visto cómo los sentimientos son las emociones hechas conscientes, y como tales las podemos alargar en función de nuestra voluntad. Así pues, las emociones son de duración breve; pueden durar segundos, minutos, a veces horas y días, pero difícilmente una emoción dura semanas o meses. Entonces se entra en los sentimientos y en los estados de ánimo, que sí pueden durar semanas, meses, años e incluso toda la vida. Los estados de ánimo son más vagos o imprecisos que las emociones agudas y suelen carecer de una provocación contextual inmediata. Se denominan estados de ánimo, estados de humor (mood) o estados emocionales. No tienen una motivación clara. A diferencia de una emoción o un sentimiento, en un estado de ánimo no tiene que haber necesariamente un objeto que lo provoque. Tal vez por esto suelen describirse más bien en términos generales: estoy deprimido, melancólico, eufórico, etc. Los estados de ánimo son de menos intensidad y de más duración que las emociones; pueden durar desde unas horas hasta varios meses. Las emociones reclaman una respuesta urgente; en cambio no es así en los estados de ánimo. Estos tienen que ver con las experiencias de la vida pasada que hacen que uno se sienta perturbado, triste, con una actitud positiva, etc. Para poner unos ejemplos, podemos decir que el miedo es una emoción, mientras que la ansiedad es un estado de ánimo; la tristeza es una emoción, la depresión es un estado de ánimo; el enamoramiento es una emoción, el amor es un sentimiento. Pero en la práctica, para no tener que matizar en cada situación si se trata de una emoción, sentimiento, estado de ánimo o fenómeno afectivo en general, se abrevia con la

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palabra «emoción». Este es el criterio que seguimos en este texto, aunque en otros textos se utiliza la denominación de sentimientos o afectos. En la medida en que un estado de ánimo negativo e intenso se alarga más allá de lo razonablemente aceptable, se puede convertir en un trastorno emocional. Hay muchos tipos de trastornos emocionales, siendo los más habituales los que tienen que ver con la ansiedad, el estrés y la depresión. La psicoterapia es esencialmente terapia emocional para estos trastornos. Un episodio emocional es un fenómeno afectivo más duradero que una emoción. Son diversos estados emotivos que se suceden y que se ligan a un mismo acontecimiento. Un suceso determinado puede hacer sentir una multiplicidad de emociones, que a veces se confunden y son vividas como una sola. Los episodios emocionales pueden durar días o incluso semanas.

LAS EMOCIONES EN LA TOMA DE DECISIONES

A veces creemos ingenuamente que pensamos y decidimos lo que hacemos. Sin embargo, los estados emocionales influyen en lo que pensamos y lo que decidimos, mucho más de lo que podríamos suponer. Diversas investigaciones han puesto en evidencia la importancia de las emociones en el proceso de toma de decisiones. Grecucci y Sanfey (2015) analizan las investigaciones relacionadas con la regulación emocional en la toma de decisiones y hacen observar que habitualmente se ha considerado que las decisiones se toman de acuerdo con un modelo económico. Según este modelo, en el momento de la toma de decisiones se analizan las alternativas posibles, valorando cada una de ellas en función de los costes y ganancias que pueden reportar. La decisión se inclina hacia la opción que presente una mejor relación de coste-beneficio. La creencia en que se aplica este modelo en la toma de decisiones se fundamenta en la racionalidad de la persona que toma las decisiones. Se puede afirmar que este modelo se refiere a cómo se deberían tomar las decisiones. Pero las evidencias empíricas señalan que se toman de forma diferente, jugando las emociones un papel más importante de lo que habitualmente se cree. Cuando se trata de decisiones sociales, es decir, realizadas por grupos de personas que toman decisiones conjuntamente, el clima emocional del contexto es un factor clave. Veamos algunos ejemplos. Pensemos en la decisión de lo que voy a hacer el próximo fin de semana, qué película voy a ver, dónde quiero ir de vacaciones, etc. También puede tratarse de decisiones más importantes desde el punto de vista económico, como qué coche o qué piso nos vamos a comprar. Incluso decisiones importantes de las que van a depender aspectos esenciales de nuestra vida, como la toma de decisiones sobre qué estudios seguir por parte de un estudiante de secundaria, la elección de pareja, la decisión de separarse o divorciarse, la decisión de tener hijos, etc. Analicemos en todos estos casos la importancia de las emociones. Por lo que respecta a la política, ¿cómo se decide a quién voy a dar mi voto? Analicemos bien esta toma de decisiones, si bien tal vez no haga falta. ¿Cuántas

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personas toman la decisión después de haber analizado de forma comparativa los programas de los distintos partidos políticos?, ¿cuántos lo deciden por tradición? Si no votan el partido que han votado siempre, lo «sentirían» (sentimiento) como una traición a sí mismo. ¿Cuántos deciden a favor del más simpático (emociones que me genera)? Es curioso observar que en las encuestas sobre intención de voto no se suele preguntar las razones por las cuales se toman las decisiones. Probablemente muchos tendrían dificultades en responder a esta pregunta, sobre todo si la respuesta se realiza a partir de un análisis profundo de lo que me induce a decidir a favor de unos o de otros. Las decisiones se toman en base a los intereses, que tienen una carga emocional muy importante. Hasta tal punto, que en la literatura científica se está produciendo un cambio de perspectiva desde los intereses hacia las emociones (Demertzis, 2013:

265).

En resumen, las emociones juegan un papel en la toma de decisiones, y por tanto afectan a las decisiones políticas que toma la ciudadanía, pero también a las que toman los políticos y a las que toman los grupos políticos en un contexto con un clima emocional dado.

¿POR QUÉ NO HAY PREMIO NOBEL DE MATEMÁTICAS?

¿Qué tiene que ver el Premio Nobel con las emociones? Para la mayoría son dos temas sin ninguna relación. Sin embargo, consideramos que conocer ciertas circunstancias que acontecieron en el surgimiento de los Premios Nobel pueden servir para ilustrar el papel que las emociones juegan en la toma de decisiones. Alfred Nobel (1833-1896) tuvo ocasión de leer una noticia en la prensa cuyo titular era «Ha muerto el mercader de la muerte». Al leerla observó que se refería a él. El periodista que firmaba la gacetilla se había confundido, pues quien había muerto en realidad era un hermano suyo. Pero esta confusión sirvió para que Alfred Nobel tomara conciencia de la imagen que la sociedad podría tener de él, relacionada con la dinamita y las muertes que había causado. En este momento tomó la decisión de cambiar su imagen pública. Después de largas reflexiones y consultas llegó a la decisión de crear unos premios que honraran su nombre. Así surgió la idea del Premio Nobel. Pero, ¿de qué tipo de premios hablamos? De premios de las ciencias. Por tanto, de matemáticas, física, química, fisiología y medicina, por lo menos. Con este propósito se fue desarrollando el proyecto. Cuando se acercó el momento de entregar los primeros premios, Alfred Nobel se quiso informar de quiénes podrían ser los primeros en recibirlo. Cuando le entregaron el listado de los principales candidatos al premio de matemáticas sufrió un impacto emocional tan grande que decidió retirar el premio. Para entender lo acontecido hay que remontarse a 1876, cuando Alfred Nobel mantenía relaciones con Sofía Hess. Pero esta relación no funcionó por diversas

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causas. Probablemente si hubiera funcionado nada de lo que comentamos hubiera sucedido. El hecho es que en 1887 le tiró los tejos a Sofía Kowalevsky, pero esta le rechazó porque mantenía relaciones con Gösta Magnus Mittag-Leffner, rector de la Stockholm Högskola, que después sería la Universidad de Estocolmo. Cuando Nobel se informó de cuáles serían los primeros candidatos al Premio Nobel de Matemáticas, en la lista de candidatos estaban en los primeros lugares Mittag-Leffner y Sofía Kowalevsky (Pazos Sierra, 2009). Desde esta perspectiva se comprende el impacto que ello le pudo provocar. Alfred Nobel nunca se llegó a casar y no tuvo descendencia. La mayoría de sus bienes fueron a parar a los Premios Nobel, instituidos en su testamento de 1895. Sacamos aquí a colación estos hechos porque resulta que en la génesis de los premios más prestigiosos de las ciencias en el mundo las emociones han jugado un papel muy importante. Aunque en general las emociones se consideran ausentes de la ciencia, vemos en este caso cómo han afectado a las altas esferas de la ciencia. Y se trata tan sólo de un ejemplo. Si a muchos Premios Nobel se les argumenta que las emociones juegan un papel importante en la toma de decisiones, tal vez no lo acepten en estos momentos. Sin embargo, la supresión del Premio Nobel de Matemáticas es un ejemplo claro del peso de las emociones en la toma de decisiones.

ALEXITIMIA POLÍTICA Y CIENTÍFICA

En el Congreso Europeo de Investigación Psicosomática de 1976 se define y difunde el término alexitimia (Brautingamen y Rad, 1977), entendido como una dificultad para sentir y captar emociones. Sifneos (1972, 1973) es uno de los pioneros en investigar la alexitimia y el investigador que impulsó la difusión de este concepto. La palabra alexitimia procede de: a (sin), lexis (leer) y thymos (emoción). Por tanto, significa «sin poder leer las emociones». En su sentido etimológico significa por tanto la incapacidad para leer emociones; es decir, ausencia de palabras para expresar las propias emociones. Las personas que padecen alexitimia muestran una alteración caracterizada por la dificultad para identificar, describir y diferenciar emociones, sentimientos y afectos. La prevalencia de la alexitimia se estima en torno al 8 % en varones y 1,8 % en mujeres (Shipko, 1982). En cambio, en pacientes con trastornos psicopatológicos llega al 30 %. Pasando al tema que nos ocupa, se puede observar una alexitimia política, caracterizada por una incapacidad por reconocer el papel que juegan las emociones en la política. Fijémonos cómo la palabra emoción y todo lo que la rodea está ausente de los análisis políticos y del lenguaje que los envuelve. Esto no es exclusivo de la política, sino que también afecta a una parte importante de la ciencia. Con la expresión alexitimia científica nos referimos a la tradicional ignorancia de las emociones por parte de la ciencia. La superación de la alexitimia política y científica se impone como necesidad para poder explicar y comprender acontecimientos en los cuales las emociones tienen un

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peso muy importante, aunque no seamos conscientes ni se hable de ello.

EMOCIONES INDIVIDUALES Y COLECTIVAS

Las emociones habitualmente se consideran un fenómeno individual y subjetivo. Como tales se han investigado y se ha escrito sobre ellas, por lo general. Sin embargo, las emociones pueden considerarse también como un fenómeno social. La mayoría de emociones se experimentan en las relaciones con otras personas. Un grupo de personas, ante un mismo acontecimiento, tiende a experimentar unas mismas emociones. Masas de gente concentradas en un espacio relativamente reducido, como un concierto de rock, un partido de fútbol, un mitin político o una manifestación pacifista, tienden a experimentar unas emociones muy similares. El contagio emocional es la transmisión de emociones por contacto personal. Es una forma de empatía que consiste en la transmisión de emociones de un emisor a un receptor, provocando en el segundo dicho sentimiento. La consecuencia del contagio emocional son los climas emocionales. Puede haber climas emocionales de alegría, euforia, tristeza, miedo, furia, indignación, etc. También puede haber climas emocionales tóxicos que dificulten la convivencia, y que a veces predisponen a la violencia. Paul Ekman (2004) señala nueve desencadenantes de las emociones, entre los cuales destacamos los seis siguientes por tener efectos en la dimensión social de la experiencia emocional.

a) Evaluación automática, no consciente. En política valoramos automáticamente depreciaciones del bienestar, de esperanza en el futuro, de confianza en los líderes, de corrupción, crisis, amenaza, inseguridad ciudadana, etc. Todo ello contribuye a crear climas emocionales, que según las valoraciones van a ser positivos o negativos.

b) Evaluación extendida. La persona es cada vez más consciente de lo que siente. Por ejemplo, cuando las noticias confirman el número de víctimas después de un accidente, un desastre natural (terremoto, volcán, inundaciones, Chernóbil, Fukushima, tsunami), una tragedia social, un atentado terrorista, malos resultados para un partido político o para el país, bajada de la bolsa, etc. Estas emociones tienen una dimensión social y predisponen a climas y contagios emocionales.

c) Recordar. El recuerdo de una escena de impacto emocional tiene suficiente poder para reactivar la emoción inicial. Las personas que han vivido intensamente situaciones críticas como guerras, accidentes, desastres naturales, un campo de concentración, un atentado terrorista, etc., reviven las emociones que experimentaron a partir del recuerdo. Las personas que vivieron la misma experiencia, cuando se reúnen, tienden a experimentar las mismas emociones, lo cual crea un determinado clima emocional.

d) Imaginación. Imaginar peligros puede activar emociones y es una de las causas

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de la ansiedad. Las noticias de ataques terroristas activan la imaginación para inducir a pensar que «esto me puede pasar a mí en un futuro cercano». Los repetidos atentados terroristas en junio y julio de 2016 en Europa, principalmente en Alemania, teniendo a Múnich como referencia, crean un clima emocional que puede afectar a la política europea. e) Descripciones. Las descripciones de acontecimientos políticos, como por ejemplo crisis, terrorismo, paro, etc., activan emociones en las personas y en los grupos. f) Empatía. Las noticias de accidentes, desastres, atentados, suicidios, etc., activan emociones de empatía y solidaridad.

El análisis de las emociones se ha considerado tradicionalmente como un aspecto psicológico, y en este contexto se han estudiado principalmente las emociones individuales y su psicogénesis, aunque también se está investigando la perspectiva social de las emociones y su cristalización en el contagio emocional y climas emocionales. Esto enlaza con un enfoque sociológico de las emociones que se interesa por la sociogénesis: cómo surgen las emociones colectivas (Turner, 2007), lo cual posee aplicaciones directas en las emociones presentes en los movimientos sociales y en los procesos de cambio político. El tema de las emociones colectivas y sus efectos en la política no es un tema banal. Adolf Hitler, en su conocida obra Mein Kampf (Mi lucha) recoge las frustraciones presentes en parte de la sociedad alemana como consecuencia de la derrota en la Primera Guerra Mundial, y a partir de ellas estimula el resentimiento por el orgullo nacional herido. Lo utiliza para fomentar un sentimiento de pertenencia a la nación alemana, frente al cual se levanta un enemigo común que es la causa de todas las dificultades económicas: los judíos. El odio a los judíos fue fomentado desde la política y seguido por millones de personas que se podrían considerar «normales», no extremistas. Se produjo un contagio emocional que creó un clima emocional tóxico cuya consecuencia fue sembrar Europa de cadáveres. Es necesario desactivar los mecanismos automáticos de reacción emocional cuando se producen climas emocionales tóxicos. Lo importante es comprender que cuando se producen estos climas nadie está en disposición de oponerse. Nadie se atreve a oponerse al clima emocional dominante, a no ser que se trate realmente de una persona extraordinaria. En otro capítulo retomamos el tema de las emociones colectivas, para analizarlas desde la perspectiva de activadoras de cambio social.

EMOCIÓN, MOVIMIENTOS SOCIALES Y CAMBIO POLÍTICO

movimientos sociales las emociones han sido

tradicionalmente ignoradas. Afortunadamente, con la entrada en el siglo XXI se produce un incipiente interés en estudiar el papel en la formación, mantenimiento y dinámicas de los grupos sociales, que tan a menudo son los impulsores de los

En

el

análisis

de

los

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cambios políticos. Berenzin (2002: 39) se refiere a las «comunidades de sentimientos» (communities of feelings) como grupos que a menudo se comprometen en acontecimientos que reflejan cadenas de rituales en interacción, donde la energía emocional refuerza la solidaridad grupal. De esta forma, las emociones están implicadas en las actividades de los movimientos sociales. Por extensión, las emociones son factores importantes en los cambios sociales que impulsan estos grupos. Mucho más lejos pretende ir Ost (2004: 240) al considerar que la política debe entenderse eminentemente en términos emocionales, y en concreto como «movilización de la ira». En su opinión, las emociones no deben considerarse como algo incidental en la política, sino que son un aspecto central de todas las personas que se dedican a la política, principalmente los gobiernos y partidos políticos. Los partidos políticos necesitan movilizar las emociones de las personas para lograr que les voten. La lucha por lograr el poder requiere una movilización constante de emociones para fomentar la identificación de los electores como militantes del partido y asegurar la fidelidad del voto. Una forma de intentar conseguirlo es «creando» un «enemigo», al que se define como la causa de todos los males (Ost, 2004: 237-238). De esta forma se enmarca al «otro» dentro del miedo y la ira. Esquematizando y simplificando la situación hasta la caricatura, se puede decir que al escuchar a los políticos la ciudadanía tiene la impresión de que cada uno piensa: «nosotros lo hacemos todo bien, nosotros somos los buenos, tenemos siempre la razón y nunca nos equivocamos». Los «otros partidos», en cambio, lo hacen todo mal porque son malos y siempre se equivocan. A poco juicio crítico que uno tenga, ya puede ver que esto es una exageración. Pero al observarlo con cierta constancia se puede pensar que estamos ante una distorsión en la percepción de la realidad, que, entre otros efectos, puede llevar a confundir «adversario» con «enemigo». Conviene insistir en que los distintos partidos políticos tienen los mismos objetivos, aunque tengan distintas teorías, ideologías y métodos sobre cómo conseguirlo. Las ideologías a veces hacen que se pierda de vista la finalidad, que no es otra que el bienestar de la ciudadanía. Esto explica que algunos políticos a veces digan claramente y sin ruborizarse que su objetivo es lograr el poder. No importa lo que se haga tras haberlo logrado. De esta forma nos convertimos en fanáticos. A veces se ha dicho que un fanático es el que redobla los esfuerzos cuando ha perdido de vista los objetivos. En política a veces pasa esto, redoblando los esfuerzos de oposición para impedir que el partido contrario logre sus objetivos y perdiendo de vista que el objetivo de toda política no es el propio partido sino el bienestar de la ciudadanía. Algo tan lógico y evidente se pierde de vista tan a menudo, con perjuicio de la ciudadanía, que es importante insistir en ello. Se requiere una ciudadanía crítica que no permita que manipulen sus emociones como estrategia para conseguir las acciones que van a favorecer la llegada al poder de un partido. Se requiere formación sobre dinámicas de las emociones para poder distinguir cuándo un político tiene claro su objetivo y cuándo lo confunde con llegar

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al poder o con la política de partido. El análisis de algunos movimientos sociales y algunos cambios políticos desde la perspectiva emocional, tal como se presenta en sucesivos capítulos, permite derivar propuestas para la práctica.

EL SENTIMIENTO DE IDENTIDAD NACIONAL

En un mundo globalizado cada vez son más frecuentes las «identidades transnacionales». Pero esto no obsta para que sean compatibles con un sentimiento de identidad nacional. La identidad nacional es el sentimiento de pertenencia a un grupo social que vive en un determinado país, con su historia, lengua, cultura, costumbres y símbolos. El concepto de identidad nacional incluye procesos relacionales complejos, con potentes cargas emocionales. Uno se puede sentir identificado con su familia, con su barrio, pueblo, ciudad, comunidad, región, país, etc. Uno se puede sentir al mismo tiempo onubense, andaluz, español y europeo. No se trata de identidades incompatibles. Desde el punto de vista científico, el concepto de identidad nacional resulta evasivo, ya que es difícil de definir de forma operativa para poder investigarlo, y por ello ha recibido críticas como concepto de análisis científico. Como alternativa, algunos autores proponen utilizar «hábito nacional» (national habitus) en sustitución de «identidad nacional» (Heaney, 2013: 255-260). En el concepto de hábito nacional intervienen procesos emocionales y cognitivos, así como procesos conscientes e inconscientes, resultando ser el instrumento clave para la comprensión y explicación de la identificación nacional. En coherencia con este punto de vista, se ha propuesto denominar «hábitos transnacionales» (Heaney, 2013) al equivalente de «identidad transnacional». Hay que reconocer que en el lenguaje coloquial se utiliza la expresión identidad nacional y en cambio es desconocida la expresión «hábito nacional» (national habitus), tal vez por ser una propuesta muy reciente (Heaney, 2013: 255-260). Hemos considerado conveniente introducirla aquí para general conocimiento; el tiempo dirá si es una expresión con éxito o si se va a quedar como una propuesta reducida a las «revistas científicas de impacto», pero con poco «impacto real en la sociedad».

IRA Y MIEDO COMO MOTORES DE LA POLÍTICA EN LA HISTORIA

La ira es una emoción básica que constituye una familia de emociones, entre las que se encuentran rabia, cólera, furia, enojo, odio, etc. Se cuenta que «Aníbal juró odio eterno a los romanos». Aquí se puede observar cómo de emociones como rabia, enfado, cólera o furia, se puede pasar al sentimiento de odio voluntariamente alargado durante toda la vida. Desgraciadamente esto ha sido una constante a lo largo de la

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historia de la humanidad: los odios prolongados durante toda la vida y transmitidos de generación en generación. Aunque no se explica en los libros de historia, muchas veces el discurso de los líderes políticos se ha basado en el miedo y el odio. Las consecuencias inevitables han sido las grandes guerras, con gloriosas batallas o con generales que se han cubierto de honor y cuyas efigies presiden las grandes plazas y avenidas de las grandes ciudades como manifestación de honor y gloria. Pero todo ello a costa de millones de heridas, sangre, amputaciones, sufrimientos, dolor interminable y muerte, que ha asolado la humanidad a lo largo de la historia. Cuando el miedo ha sido mayor que el odio a veces se ha frenado el ataque. Por ello, Maquiavelo, en El Príncipe, señala que «para un príncipe es preferible ser temido que ser amado». El odio y el miedo han sido los grandes motores de la historia y de la política. El amor ha quedado como algo más particular, privado, «de andar por casa», desgraciadamente. Y sin embargo, ¿qué sentido tiene la política sino potenciar el amor que haga posible la convivencia y el bienestar? Es evidente que se requiere un cambio de paradigma en la política en un mundo globalizado y con escasez de recursos. Este libro se propone aportar un grano de arena a la reflexión y toma de conciencia en este sentido. Fijémonos en los efectos que puede tener para la convivencia y la paz, es decir, en la política, el potenciar el miedo y el odio o cambiarlo por el respeto, el amor y el bienestar. El reto que se plantea en el siglo XXI es cómo cambiar un sistema político y social que gira en torno al odio y el miedo, por otro sistema que se fundamente en el respeto, la aceptación de la diferencia, la tolerancia, la inclusión, la solución pacífica de conflictos, la empatía, la compasión y, en definitiva, el amor y el perdón, todos ellos como elementos esenciales para poder convivir en paz y en democracia en un mundo caracterizado por la diversidad.

RESUMEN Y CONCLUSIONES

Las emociones son una respuesta compleja del organismo. Analizar las emociones es adentrarnos en la complejidad del ser humano. Continuamente estamos percibiendo estímulos que activan nuestras emociones. Las emociones predisponen a la acción, a veces con urgencia. Si no ponemos inteligencia entre los estímulos y las respuestas podemos comportarnos de forma impulsiva, lo cual puede ocasionar consecuencias imprevisibles de largo alcance. Conviene tomar conciencia de ello para prevenir. Las emociones afectan, entre muchos aspectos, a la toma de decisiones. Continuamente estamos tomando decisiones que pensamos que son estrictamente racionales, sin tener en cuenta cómo influyen las emociones en las decisiones que estamos tomando. Esto también pasa en las decisiones políticas, tanto en el momento de depositar un voto como en el momento de decidir por parte de un gobierno qué medidas se van a adoptar ante determinados acontecimientos. Las consecuencias de ciertas decisiones, con demasiada frecuencia a lo largo de la historia, han sido una

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guerra. Las emociones no solamente son un fenómeno personal y subjetivo, sino que se experimentan en las relaciones interpersonales y sociales. Se producen contagios emocionales que crean determinados climas emocionales, de los cuales derivan decisiones que están afectadas por el clima emocional circundante. Las emociones han jugado un papel importante en la génesis de muchos movimientos sociales. Según cuáles sean las emociones por las cuales se moviliza la gente, las acciones y consecuencias pueden ser muy diferentes. Una de las emociones sociales de gran repercusión social y política es el sentimiento de identidad nacional. Este sentimiento es compatible con una cosmovisión de aceptación de la diversidad, de normalización e integración de la diferencia. Pero también puede vivirse desde la exclusión, e incluso desde la ira y el odio a lo que sean formas distintas de ser. Desgraciadamente, a lo largo de la historia se ha ido construyendo un sistema social y político basado en el miedo y el odio. Las consecuencias obvias han sido continuos conflictos, enfrentamientos, guerra, violencia, terrorismo, sufrimiento, dolor y muerte. Cada vez hay más poder de destrucción concentrado en manos que pueden tomar decisiones de efectos catastróficos. Puede llegar un momento en que esto pueda poner en peligro la supervivencia de la especie. Hemos de adelantarnos a este momento creando un contexto social y político con una cultura diferente. Hemos de pasar de un sistema social y político que se rige por el miedo y la ira, a un sistema que se fundamente en el respeto, la aceptación, el amor y el bienestar como objetivos de la política. Este es uno de los retos del futuro en el siglo XXI. Para avanzar en la dirección correcta convendrá distinguir entre propuestas y acciones centradas en el antiguo paradigma (miedo y odio) y las que se orientan al nuevo paradigma (respeto, amor y bienestar). Este cambio empieza por uno mismo. No lo podemos esperar de los demás si no lo pone en práctica cada uno personalmente. Una de las formas de proceder a este cambio puede ser preguntarnos: ¿Cuando hago algo, lo hago movido por el miedo y la ira, o por el amor y el bienestar de los demás? ¿Cuando esta persona decide y hace esto, desde qué emoción lo está haciendo? ¿Lo hace desde el miedo y la ira, o lo hace desde la perspectiva del bienestar de todos? Cuando decimos el bienestar de todas las personas nos referimos también a «las demás», es decir, a las que no piensan como nosotros o a las que son de otro partido y poseen otros proyectos y programas.

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2. INTELIGENCIA Y EMOCIÓN

Tradicionalmente se ha considerado que inteligencia y emoción son dos cosas diametralmente opuestas. Por una parte está la inteligencia, entendida como cognición, conocimiento, razón y profesión. Y por otra parte está la emoción, entendida como pasión, irracionalidad, impulsividad y descontrol. Las investigaciones científicas recientes, principalmente en neurociencia, inteligencia emocional y psicología positiva, han puesto de manifiesto una relación mucho más profunda de lo que se pensaba entre emoción y razón. El reto que se plantea es poner

inteligencia a las emociones y poner emoción consciente a las cogniciones, decisiones

y acciones. Para avanzar hacia este horizonte conviene conocer lo que es la

inteligencia emocional, las competencias emocionales y la inteligencia afectiva en la política. La distinción entre espectadores y comprometidos, por una parte, y entre partidistas y deliberativos, por otra, puede aportar un marco de referencia sobre el cual construir una ciudadanía participativa, consciente y responsable.

LA INTELIGENCIA EMOCIONAL

El antagonismo entre razón y emoción ha sido constante a lo largo de la historia y

en la ciencia. En la primera mitad de los años noventa se producen avances importantes en favor de la importancia de la emoción en el campo de la neurociencia,

lo que fundamenta lo que será un cambio de paradigma en la forma de pensar sobre

las emociones. Los avances en neurociencia facilitan la aparición del horizonte de la inteligencia emocional. La inteligencia emocional es un constructo que surge con Salovey y Mayer (1990) y se difunde de forma espectacular a partir del libro Emotional Intelligence de Daniel Goleman (1995). Según la versión original de Salovey y Mayer (1990), la inteligencia emocional consiste en la habilidad para tomar conciencia de las emociones, propias y ajenas, manejar los sentimientos y emociones, discriminar entre ellos y utilizar estos conocimientos para dirigir los propios pensamientos y acciones. Todo ello repercute

en unas mejores relaciones interpersonales y sociales. En versiones posteriores se va delimitando el concepto, pero también aparecen otros enfoques por parte de otros autores que van configurando los distintos modelos de inteligencia emocional y el debate en torno a este constructo, surgiendo los defensores y detractores de la inteligencia emocional. Más allá de este debate, hay un acuerdo generalizado de que hay algunas competencias emocionales que son básicas para la vida. Nadie nace con competencias; una característica de las competencias es

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que deben ser aprendidas. En otro trabajo (Bisquerra, 2009) hemos desarrollado el concepto de inteligencia emocional, el contexto social en que aparece, los distintos modelos, las competencias emocionales y sus repercusiones en la educación y otros aspectos de la vida y la sociedad. Remitimos a este trabajo para más detalles de lo que aquí solamente se presenta con una muy breve síntesis.

LAS COMPETENCIAS EMOCIONALES

El constructo de inteligencia emocional es objeto de interés y debate en la investigación científica. Más allá de este debate hay un acuerdo generalizado en que existen unas competencias emocionales que deben entenderse como competencias básicas para la vida y que, por tanto, deberían ser enseñadas a todas las personas. Entendemos las competencias emocionales como el conjunto de capacidades, conocimientos, habilidades y actitudes necesarias para comprender, expresar y regular de forma apropiada los fenómenos emocionales. Las competencias emocionales favorecen un afrontamiento a las circunstancias de la vida con mayores probabilidades de éxito. Existen diversos modelos de competencias emocionales. A continuación se presentan algunas de las competencias más representativas, siguiendo el modelo del GROP (Grup de Recerca en Orientació Psicopedagògica) de la Universitat de Barcelona (Bisquerra y Pérez Escoda, 2007; Bisquerra, 2009). Este modelo incluye los siguientes bloques de competencias emocionales. La conciencia emocional consiste en conocer las propias emociones y las emociones de los demás. Esto supone distinguir entre pensamientos, acciones y emociones; comprender las causas y consecuencias de las emociones; reconocer y utilizar un lenguaje emocional apropiado, etc. La regulación emocional significa dar una respuesta apropiada a las emociones que experimentamos. Incluye el control de la impulsividad, la tolerancia a la frustración, el manejo de la ira, la capacidad para retrasar gratificaciones, las habilidades de afrontamiento en situaciones de riesgo, la canalización apropiada de los impulsos violentos, el desarrollo de la empatía, etc. La autonomía emocional es la capacidad de no verse seriamente afectado por los estímulos del entorno. Esto requiere de un autoconcepto ajustado, una sana autoestima, autoconfianza, percepción de autoeficacia, automotivación y responsabilidad. La autonomía emocional es el equilibrio entre la dependencia emocional y la desvinculación. Las relaciones sociales están entretejidas de emociones. Las habilidades socioemocionales constituyen un conjunto de competencias que facilitan las relaciones interpersonales y sociales. La escucha y la capacidad de empatía abren la puerta a actitudes prosociales, que se sitúan en las antípodas de actitudes excluyentes, racistas, xenófobas o machistas, que tantos problemas sociales ocasionan. Estas

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competencias predisponen a la construcción de un clima social favorable a la convivencia. Las competencias para la vida y el bienestar son un conjunto de habilidades, actitudes y valores que promueven la construcción del bienestar personal y social. Nos referimos al bienestar emocional, que es lo más parecido a la felicidad, que en gran medida consiste en la experiencia de emociones positivas. Conviene tener presente que una de las finalidades importantes de la política consiste, precisamente, en la construcción del bienestar personal y social.

LA INTELIGENCIA AFECTIVA EN LA POLÍTICA

No hay que confundir la inteligencia afectiva con la inteligencia emocional. En este apartado nos ocupamos de la inteligencia afectiva y sus efectos en la política, a partir de la teoría de Marcus (2013). Comprender el rol de las emociones en la política requiere tomar en consideración la importancia central que tiene la razón y el progreso en las sociedades liberales modernas a partir de la Ilustración, cuando se desarrolla una visión de la política centrada en la razón. El racionalismo originario del siglo XVIII pone el énfasis en la razón, que debe dominar a las pasiones, ya que estas son fuerzas destructivas. La religión refuerza esta forma de pensar negativa respecto a las pasiones humanas como causa de condenación eterna. Han tenido que pasar muchos años para que la neurociencia aporte unos conocimientos que van a replantear ciertos presupuestos propios del racionalismo, donde se presume que la cognición precede a la acción. Sin embargo, con la neurociencia se ha descubierto la automaticidad de muchas acciones, lo que compromete el origen de nuestras preferencias, motivaciones y otras «razones». Lógicamente no todas las acciones se realizan fuera del control de la conciencia. Los cambios de la automaticidad a la conciencia y al revés, que se producen con mucha frecuencia, no han sido tomados en consideración en la política y en gran parte de la ciencia en general. Sin embargo, conviene tener presente que los procesos automáticos favorecen el comportamiento aprendido y los hábitos automatizados, mientras que la conciencia favorece deliberaciones mentales explícitas. La teoría de la inteligencia afectiva sugiere que los sentimientos de ira y frustración son activados en contextos familiares de castigo. Es decir, son respuestas automatizadas ante ciertas situaciones. De forma paralela, el entusiasmo y la satisfacción se generarían en contextos familiares de recompensa. Esto tiene unos efectos en el comportamiento de la ciudadanía y en sus juicios y decisiones. La dinámica de los sistemas afectivos preconscientes configura el cómo y el cuándo se pasa de partidario a deliberativo. Cuando hablamos de partidario nos referimos también a «partidista», es decir, seguidor de un partido político, a veces «con los ojos vendados». En contraposición está la ciudadanía deliberativa, que pone en tela de juicio cualquier situación o comentario que provenga de cualquier partido,

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ya sea el que pueda considerar como propio o el que pueda considerar como adversario. Por otra parte, también se puede pasar de espectador a comprometido. Los espectadores simplemente se limitan a observar los acontecimientos, a veces de forma alienada. Los espectadores no siempre votan, y cuando lo hacen no siempre es con clara información de lo que votan y de forma comprometida con una opción; lo hacen más bien desde un escepticismo político y falta de información. Por el contrario, los comprometidos se implican en algún tipo de acción, que puede ir desde votar a un partido por fidelidad, manifestarse en favor o en contra de algo, o ser militante de un partido político. Es principalmente en los comprometidos donde se sitúan tanto los partidarios como los deliberativos; esto permite establecer las diferencias reflejadas en la tabla siguiente.

CONCEPCIONES DE CIUDADANÍA

Partidaria

Deliberativa

Enfoque

Dependencia de los hábitos: defensa de las

Aprendizaje explícito: deliberar

Aumenta.

estratégico

convicciones y alianzas con los

partidarios.

sobre nuevas respuestas

Dependencia de

Inhibición.

estratégicas.

las evaluaciones

Dependencia de

Aumenta.

Inhibición.

las propias

convicciones

Compromiso con

Limitado: reforzar las propias creencias y

Aumenta la búsqueda de

nuevas

desacreditar al adversario, buscar chismes para

información útil para generar una

informaciones

atacar al adversario.

respuesta efectiva.

Orientación hacia los amigos y adversarios

Solidaridad con los amigos, fuerza para derrotar a los adversarios.

Abierto a trabajar con todas las partes.

FUENTE: Basado en Marcus (2013: 30).

Analizando esta tabla se puede llegar a la conclusión de que los partidos políticos necesitan sus partidarios, o partidistas, que de forma acrítica aceptan todo lo que emana de la dirección del partido. En los años sesenta y setenta, cuando ya se disponía de claras evidencias de los estragos del comunismo estalinista, la mayoría de los comunistas de fuera de la URSS se negaban a aceptar una realidad que era evidente. Eran partidistas acríticos de las directrices que emanaban del partido. De forma similar, después de los atentados del 11 de marzo en Madrid muchos partidarios del PP aceptaron acríticamente las informaciones emanadas del gobierno señalando a ETA como autora del atentado. En 2016 los partidarios del brexit en el Reino Unido difundieron informaciones en favor de la salida de la Unión Europea, que inmediatamente después del referéndum ellos mismos aceptaron que eran falsas.

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En todos estos ejemplos se pone de manifiesto la importancia de una masa crítica deliberativa que ponga en cuestión las informaciones partidistas que hacen circular voces interesadas.

PARTIDISTAS Y DELIBERATIVOS

Los partidos políticos necesitan partidistas que les voten y estén de acuerdo con su ideología y sus decisiones, muchas veces acríticamente. Los partidistas son necesarios para el progreso del partido. Sin embargo, un país necesita una ciudadanía deliberativa y crítica que vaya más allá de la política de partido. Si los partidistas son necesarios para el partido, la ciudadanía deliberativa es necesaria para el progreso del país. Esto supone tener una inteligencia afectiva que permita superar el apego al partido (partidista) para llegar a una autonomía emocional con juicio crítico y criterio propio, lo cual tiene mucho que ver con la inteligencia emocional y las competencias emocionales. Conviene tener claro que los climas emocionales favorecen el partidismo de los seguidores, aunque no sean militantes del partido; para ello no se requieren grandes esfuerzos, pues el clima emocional lo favorece. Por el contrario, para llegar a una ciudadanía deliberativa se requiere de educación emocional que favorezca la introspección, deliberación y razón dialógica. Pero curiosamente esto es lo que, en general, no interesa a los partidos, ya que puede poner en cuestión algunas de sus propuestas. Entonces tenemos un problema. ¿Cómo podemos conseguir que haya una educación emocional que favorezca el progreso del país, si esto puede ir en contra de los partidos que suelen gobernar? Hará falta amplitud de miras para ir más allá de los intereses partidistas, con generosidad, para que los dirigentes se impliquen en el progreso del país, más allá de los intereses del partido. Este es uno de los grandes retos de la política del futuro: cómo pasar de una política de partido a una política de Estado. La política de partido es «partidista», centrada en la ideología y en los intereses de un partido. Cuando este partido tiene mayoría absoluta, o como mínimo mayoría simple, puede gobernar llevando a cabo «su política». Pero cuando se produce una clara diversidad (ideológica y de partidos), junto con una masa crítica con inteligencia afectiva y compromiso independiente de los partidos, se requiere una política de Estado que haga posible el diálogo, la negociación, a veces ceder y sobre todo aceptar que nadie está en posesión de la verdad absoluta. Esta situación es la que se ha vivido en España en 2016 cuando no había forma de que un partido lograse mayoría para gobernar y tuvieron que repetirse las elecciones. Esto representa un cambio de paradigma en política. Significa pasar de unas estructuras políticas propias del siglo XIX, surgidas a partir de la Revolución francesa, a unas estructuras políticas propias del siglo XXI, caracterizadas por la diversidad, la sociedad de la información, el compromiso documentado, el diálogo entre puntos de vista opuestos y la necesidad

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de llegar a acuerdos. Es de desear que la ciudadanía deliberativa, en número cada vez mayor, tenga criterio para distinguir entre los políticos que tengan claro que la finalidad de la política es el bienestar de la ciudadanía, de toda la ciudadanía, no solamente de los «nuestros». La capacidad de establecer esta distinción es claramente una característica que distingue a una ciudadanía deliberativa de una ciudadanía partidista. Lógicamente esto tiene efectos directos en los votos. Afortunadamente, en democracia la ciudadanía tiene la última palabra. El reto que se plantea es cómo formar una ciudadanía deliberativa. Esto requiere una educación que va más allá del contenido habitual de las materias académicas ordinarias. Implica educar en capacidad deliberativa, lo que significa introspección, interioridad, empatía, gestión emocional, competencias emocionales y educación emocional. ¿Está el país predispuesto para una educación deliberativa? ¿Están los partidos políticos dispuestos a fomentar una educación emocional que puede ser crítica con su política de partido?

INTELIGENCIA Y EMOCIÓN EN LA POLÍTICA

Las emociones en política han sido obviadas o ignoradas. Se ha pretendido que la política se rige por la razón ejercida por personas inteligentes. Sin embargo, a poco que se observe la realidad se puede constatar el gran peso que juegan las emociones en la política. Queremos llamar la atención y aportar evidencias sobre la importancia de las emociones en la política. Es importante llamar la atención sobre ello para no sentirnos manipulados por procesos emocionales que nos pueden llevar a tomar decisiones equivocadas. Poner a disposición de la ciudadanía las aportaciones de las investigaciones sobre neurociencia, inteligencia emocional, competencias emocionales y sus repercusiones en la política puede contribuir al desarrollo de una ciudadanía más consciente, responsable y comprometida en el bienestar general. Este es un objetivo que merece la pena y es a lo que nos proponemos contribuir con este trabajo. El desarrollo de la inteligencia emocional y las competencias emocionales puede contribuir significativamente a formar una ciudadanía deliberativa y comprometida, más allá de los espectadores pasivos o los partidistas acríticos. En una sociedad cada vez con más diversidad, se impone la necesidad de diálogo entre puntos de vista que pueden llegar a ser diametralmente opuestos. Tomar conciencia de cómo nuestros pensamientos afectan a las emociones, y estas a los comportamientos, puede ayudar a mantener un diálogo más sosegado y alejado de la impulsividad propia de posturas intransigentes que se sienten poseedoras de la verdad absoluta. El futuro de la política va a requerir mucha inteligencia emocional y competencias emocionales si no queremos paralizar el progreso hacia el bienestar general. En los capítulos siguientes se aportan evidencias de la importancia de las

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emociones en la política, con la intención de contribuir a sensibilizar sobre este tema. Tomar conciencia de ello debe llevar a la toma de decisiones conscientes y responsables. Aspectos esenciales son, por ejemplo: ¿Cómo podemos desarrollar competencias emocionales que faciliten la convivencia y la gobernabilidad en una sociedad caracterizada por la diversidad? ¿Cómo podemos educar mejor en la regulación de la ira para prevenir la violencia? ¿Cómo podemos contribuir a crear climas emocionales que favorezcan el bienestar general?

RESUMEN Y CONCLUSIONES

Conviene superar el tradicional antagonismo entre razón y emoción. Hay sobradas evidencias empíricas, aportadas por las ciencias, de que aprovechar las emociones para facilitar el pensamiento y las acciones puede contribuir a la convivencia y el bienestar. Se trata de tomar conciencia de ello y regular las emociones de forma apropiada. Esto exige el desarrollo de competencias emocionales en toda la ciudadanía. Hay que pasar de espectador a comprometido. Cada uno se puede comprometer en la medida de sus circunstancias. En todo caso, todas las personas se pueden comprometer en una toma de decisiones consciente y responsable. Esto significa tomar conciencia del peso de las emociones en la toma de decisiones. Un paso más es pasar de partidista a deliberativo. El partidista se deja llevar por las directrices del partido de forma acrítica, en un contexto emocional que dificulta la conciencia crítica. El deliberativo toma conciencia del clima emocional del contexto y del peligro de dejarse llevar por él; esta toma de conciencia es el paso previo para ejercer un juicio crítico para la toma de decisiones con criterio, en libertad y con responsabilidad. Una sociedad deliberativa tiene como consecuencia una gran diversidad de criterios y opiniones. Entonces se requieren argumentaciones para fundamentar la toma de decisiones que vayan más allá de las respuestas automáticas en un clima emocional concreto. Pasar de una sociedad de espectadores y partidistas, que toman decisiones en función del clima emocional del contexto, a una sociedad de comprometidos deliberativos, requiere el desarrollo de competencias emocionales que permitan ejercer la libertad desde la conciencia y la responsabilidad. Esto significa aunar inteligencia y emoción para implicarse emocionalmente en proyectos sociales desde la autonomía y la diversidad. Una sociedad caracterizada por la autonomía y la diversidad requiere la toma de decisiones conjunta, con criterios democráticos, para la construcción del bienestar de la ciudadanía.

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3. LAS EMOCIONES EN LAS TENSIONES POLÍTICAS

La convivencia puede crear situaciones de tensión política. Son ejemplos de tensión política las campañas electorales, las crisis, la esfera pública en acción, los extremismos, el desplazamiento social y los nacionalismos. En este capítulo se hace referencia a algunos aspectos concretos de las tensiones políticas, en los que se puede observar la importancia de las emociones y sus repercusiones en el comportamiento personal y social. Existe una relación entre tensión y emoción. Las tensiones políticas crean emociones, y a veces se han creado climas emocionales que predisponen a actitudes y valores que van a facilitar la tensión. Integridad y competencia son requisitos básicos que se esperan de los dirigentes. En situaciones de tensión política estos requisitos son todavía más valorados. Los líderes con integridad y competencia inspiran confianza. Si los líderes políticos son percibidos con falta de integridad y bajas competencias, se genera desconfianza. Confianza y desconfianza colectivas constituyen climas emocionales diametralmente opuestos. Cada uno de ellos mantiene una cierta estabilidad, pero son asimétricos. En las tensiones políticas se puede crear un clima de desconfianza mutua que hace muy difícil superarlas.

EMOCIÓN Y COMPORTAMIENTO: EL CASO DEL MIEDO Y LA COBARDÍA

Muchos hombres han aprendido a identificar miedo con cobardía a través de repetir afirmaciones erróneas como: «Si tienes miedo es porque eres un cobarde». El miedo es una emoción; la cobardía es un comportamiento. La valentía no significa no tener miedo, sino superarlo conscientemente para afrontar retos y peligros que merecen la pena; por ejemplo, arriesgar la propia vida por salvar a una persona en un incendio, accidente o desastre natural. Afrontar el peligro y ponerse en riesgo sin necesidad no es valentía, sino imprudencia o temeridad. La confusión entre miedo, cobardía, valentía, imprudencia y temeridad cuesta muchas vidas de adolescentes que adoptan comportamientos de riesgo para demostrar su valentía cuando lo que demuestran es su imprudencia o temeridad. Confusiones similares pueden darse en personas adultas, incluso bien formadas. Por tanto, también pueden darse entre la clase política. Esto es consecuencia de la ausencia de una auténtica educación emocional. Conocer las emociones, identificarlas, distinguir entre ellas y regularlas de forma apropiada significa conocerse mejor a sí mismo, estar en mejores condiciones para mantener buenas

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relaciones con otras personas, prevenir la violencia y potenciar la convivencia en paz

y en democracia.

INTEGRIDAD Y COMPETENCIA EN LAS CAMPAÑAS POLÍTICAS

Las actitudes son predisposiciones en favor o en contra de algo o de alguien. Las actitudes se desarrollan, en general, a partir de emociones. Cuando un político se pone a hablar ante un público, todas las personas ya han desarrollado unas actitudes previas a la primera palabra que va a pronunciar el político, y por tanto ya tienen una predisposición a favor o en contra de lo que va a decir, independientemente del contenido sustancial de su mensaje. Las emociones y actitudes actúan como una lente de aumento que permite interpretar las situaciones; sin embargo, estas interpretaciones están influidas por la distorsión de la realidad producida por el enfoque de las lentes de aumento. El estudio sistemático de la bidireccionalidad relacional entre lo afectivo y lo cognitivo en la ciudadanía en el momento de la toma de decisiones políticas, como por ejemplo en el momento de ir a votar, ha generado investigaciones de interés desde el punto de vista teórico y práctico (Capelos, 2013). La aversión y la preocupación frente a los líderes políticos se originan a partir de la evaluación de la personalidad y de los lazos relacionales que uno mantiene con el partido. Esto aporta luz sobre la forma en que la ciudadanía llega a sus decisiones políticas, en especial en el momento de depositar su voto. La ciudadanía reacciona con preocupación ante la percepción de baja competencia

y poca integridad de los líderes políticos. Ante esto puede utilizar sesgos emocionales

basados en el apego partidista, tal vez para aliviar la preocupación. Es decir, se puede producir un pensamiento que podría ser expresado así: «No confío en los líderes políticos actuales, pero confío en el partido XX, al que he votado siempre». Esta afirmación es más una expresión de la fidelidad a sí mismo que de la confianza real en el partido que se va a votar. En todas las campañas políticas de 2015 en nuestro país (municipales, generales, Cataluña) se ha podido observar reiteradamente cómo los candidatos se han enzarzado en discusiones acaloradas, en las cuales se ha sacado a relucir la corrupción, y por tanto la falta de integridad de algunas personas, la cual repercute en todo el partido. En algunos debates se ha podido observar una incapacidad de escucha del punto de vista del otro, una impulsividad compulsiva, un pisar continuamente la palabra del otro y un desinterés total en conocer el punto de vista del otro. Algo parecido se ha podido observar en ciertas tertulias políticas entre periodistas por la radio, donde cuando hay puntos de vista contrarios no se entiende lo que dicen: no se escuchan, no dejan hablar al otro o se pisan la palabra. En algunos debates públicos entre líderes políticos se ha llegado claramente a la descalificación del adversario y al insulto directo. Todas son claras manifestaciones de descontrol emocional, e incluso podríamos decir de analfabetismo emocional. En el fondo refleja una falta de

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competencias emocionales. En estas condiciones, ¿cómo podemos negociar cuando se han creado climas emocionales tan negativos?, ¿cómo queremos avanzar con puntos de vista tan diversos y sin posibilidad de diálogo?, ¿cómo podemos trabajar en la construcción del bienestar general cuando las evidencias indican una predisposición a crear malestar? La presencia de incompetencia y falta de integridad, con sus repercusiones sobre la corrupción, hace muy difícil el bienestar. La necesidad de la protesta favorece climas de malestar. Cuando se perciben problemas éticos y morales en un candidato, como por ejemplo en casos de corrupción, la ciudadanía responde con aversión. La imagen estereotipada de los políticos corruptos produce aversión generalizada, no solamente a los políticos afectados, sino a toda la clase política en general, y por extensión al mismo concepto de política. Esto produce un desencanto en la ciudadanía, que puede llegar a un escepticismo en la política en sí misma, más allá de las personas o los partidos afectados. Durante las campañas políticas, las percepciones sobre competencia e integridad de los líderes políticos pueden cambiar. La percepción ciudadana de competencia e integridad puede mejorar (aumentar) o empeorar (disminuir). Esto puede tener efectos en los sentimientos de los votantes y en su toma de decisiones. Tácticas para la restauración de la reputación, que tienen como objetivo mejorar la imagen de competencia e integridad de los líderes políticos, pueden tener efectos en la disminución de la preocupación de la ciudadanía. Pero disminuir la aversión requiere de líderes políticos con una fuerte reputación de integridad. Esto se observa en su comportamiento público, que se resume en «saber estar» y transmitir emociones positivas (confianza, tranquilidad, esperanza, seguridad, paz, sintonía emocional…). La aversión y la preocupación son emociones decisivas en el momento de las votaciones, pero, en general, la integridad es el factor esencial que puede inclinar la balanza en el momento de votar. Las reacciones emocionales pueden ser un producto de los acontecimientos habituales durante la campaña electoral, sobre todo cuando afectan a la reputación acerca de la integridad y competencia de los líderes. Las emociones fundamentales en la toma de decisiones políticas se fundamentan en gran medida en la percepción de integridad y competencia de los líderes de cada partido. En la política cotidiana, cuando la ciudadanía no experimenta amenazas directas, y por tanto los estímulos políticos se viven como distantes o incluso irrelevantes, expresiones suaves de aversión y preocupación pueden determinar los juicios políticos momentáneos, pero no afectan en demasía a la marcha de la política y sus decisiones. Una bajada de percepción de la integridad produce aversión, mientras que una disminución en la percepción de competencia produce preocupación. En la medida que se acumulen evidencias que activen estas emociones, los efectos se pueden dejar sentir a la larga, sobre todo si se repiten acontecimientos que recuerden y refuercen la percepción de falta de integridad y falta de competencia por parte de los dirigentes. Los vínculos que muchas personas tienen con el partido proporcionan una red

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segura para el candidato, con capacidad suficiente para aliviar las preocupaciones ocasionadas por la percepción de falta de competencia. La fidelidad del voto es una buena estimación de los resultados de unas elecciones, más allá de los acontecimientos que se puedan haber producido respecto a disminución de integridad

y competencia. Es decir, la «fidelidad del cliente», que es un aspecto eminentemente

emocional, resulta ser un factor esencial en los resultados de las elecciones. Una ciudadanía partidista tiende a mantener la fidelidad del voto más allá de los acontecimientos que comprometen la integridad y competencia de los candidatos. Una ciudadanía deliberativa analiza críticamente la situación y toma decisiones desde su autonomía emocional. Está claro que a los partidos les interesan votantes fieles, independientemente de lo que pase; es decir, partidistas. Pero ¿qué interesa al país? ¿Interesa formar una ciudadanía crítica, con autonomía emocional, que puede votar en función de los acontecimientos? También es preciso tener en cuenta que la percepción de la realidad viene dada en gran medida por la imagen que transmiten los medios de comunicación.

LAS EMOCIONES EN LAS CRISIS

A partir de 2008 en Europa y parte de América comenzó una crisis económica muy fuerte. Esta situación puede servir de ejemplo ilustrativo de lo que sucede en las crisis desde la perspectiva emocional. Entre sus múltiples influencias y efectos cabe señalar un discurso emocional negativo por parte de políticos y ciudadanía en general, que incluye amenaza, desconfianza, miedo, ansiedad, frustración, ira, tristeza

y depresión. Desde el punto de vista psicológico, una crisis se desencadena cuando las personas se enfrentan a un problema que no se puede resolver inmediatamente mediante los métodos habituales. Desde la teoría social (Habermas, 1976), una crisis no es tanto un hecho objetivo como una definición subjetiva de una situación disruptiva. Una crisis activa una reacción emocional, que depende del tipo de crisis y de su intensidad. También afecta de forma diferente a las personas en función de cómo les afecta directamente y de las características personales de cada uno. Pero en general se puede decir que las crisis generan emociones como ansiedad, culpa, vergüenza, tristeza, impotencia, indignación, envidia, celos, ira, miedo, ansiedad, etc. De esta forma, a partir de finales de la primera década del siglo XXI se han incrementado de forma espectacular los suicidios en Europa, hasta tal punto en que se han llegado a crear asociaciones de viudas de suicidas, algo impensable antes de esta crisis. Ello refleja las emociones fuertes que ciertas personas viven ante una situación de crisis. Tomemos el caso de Grecia. En 1997 fue el país europeo con un índice menor de suicidios. En 2004 mantenía un índice muy bajo. Pero entre 2009 y 2014 pasó a ocupar los primeros puestos del ranking. El número de intentos de suicidio es también mucho mayor. Estos datos, trasladados a la prensa diaria, tienen un alto impacto emocional.

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Davou y Demertzis (2013) realizan un profundo análisis de la crisis financiera en Grecia y sus repercusiones emocionales. Nos basamos en gran medida en este estudio en las líneas que siguen. La idea esencial es que las crisis pueden activar emociones fuertes que afectan a la política de un país. Las emociones fuertes no se desvanecen rápidamente, sino que predisponen a la acción urgente de algún tipo y permanecen en la memoria de la gente durante mucho tiempo. También se puede producir algún tipo de cambio emocional. Si no se puede hacer nada ante una determinada contingencia que genera miedo, este se puede convertir en ira (Frijda, 2004). Pasamos así rápidamente del miedo a la ira y viceversa. Bar-Tal, Halperin y Rivera (2007) analizan los climas emocionales sociales y sugieren que a menudo un clima emocional negativo se desarrolla a partir de un contexto negativo, que a su vez evoca creencias negativas y emociones que predisponen a comportamientos defensivos o agresivos. Los contextos negativos están dominados por creencias que favorecen la inseguridad, amenaza, ansiedad, estrés, desconfianza y emociones destructivas, todo ello bajo la sombra de que lo peor está todavía por llegar. Cuando el clima emocional llega a ser tan negativo, las posibilidades de cambiarlo son escasas. Cuando estas circunstancias han sido provocadas por circunstancias políticas complejas, con gobiernos incompetentes, probablemente con falta de integridad ética y tal vez salpicados por la corrupción, se produce en la ciudadanía un sentimiento de inseguridad, debilidad, desconfianza y desesperanza. Estas emociones pueden ser tan intensas que la solidaridad social lo tiene muy difícil para florecer. Tampoco es el clima apropiado para la creatividad necesaria para abrir caminos productivos que podrían significar soluciones para los problemas colectivos. Esta «recesión emocional» tiene una fuerte relación con la «esterilidad cognitiva». Ambas ponen el marco para la indefensión o el punto muerto de la acción política colectiva generadas por la frustración y tensión acumuladas. Si la situación no se invierte, la violencia puede ser el paso siguiente. Esta es la situación que caracteriza a Grecia a mediados de la segunda década del siglo XX. Según describen Davou y Demertzis, en 2013 hay mucha gente que no ve ninguna salida a la crisis. Es un momento en que muchas personas han caído en la pobreza. Estos autores analizan la situación, no solamente desde el punto de vista económico, financiero y político, sino también emocional. Su análisis les lleva a concluir que, independientemente de si la situación mejora o no desde el punto de vista material (económico, financiero y político), hay una necesidad urgente de recuperación del clima emocional. Se necesita urgentemente devolver a la ciudadanía emociones positivas de seguridad, confianza y esperanza, como requisitos para unas condiciones morales apropiadas para el desarrollo de competencias ciudadanas y emocionales que favorezcan la creatividad necesaria para la solución de problemas sociales. Solamente a través de emociones positivas las personas se pueden comprometer en buscar y aportar respuestas para solucionar los problemas colectivos. La interacción entre procesos emocionales y cognitivos facilita el comportamiento prosocial.

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En conclusión, las crisis no solamente crean climas emocionales negativos, sino que estos climas son en gran medida un gran obstáculo para la superación de la crisis. El reto es cómo cambiar el clima emocional en situaciones de crisis para favorecer la necesaria implicación de la ciudadanía en la búsqueda conjunta de soluciones. Ello se favorece con climas emocionales que estimulen la creatividad productiva. Así pues, las emociones colectivas pueden ser una barrera para la superación de las crisis.

LA ESFERA PÚBLICA EMOCIONAL

La deconstrucción académica del lenguaje de los políticos y de los mensajes de los partidos políticos es interesante por diversas razones. Entre ellas se encuentra el hecho de analizar no solamente la organización política en sí misma, sino una forma de percibir y expresar la realidad del mundo que nos rodea. Cada organización política habla como una parte de una gran conversación a nivel nacional e internacional. Cuando se analiza la dimensión emocional de la ideología política, expresada en el lenguaje propio de una organización, exploramos lo que Richards (2013: 125) denomina la esfera pública emocional. La esfera pública emocional se refiere a la actividad emocional constante intrínseca de la «esfera pública» en terminología de Habermas (1970). La dimensión emocional está presente en los debates, deliberaciones y procesos democráticos, como una constante que a menudo cuesta reconocer por parte de las personas directamente implicadas. Habitualmente se esconde la dimensión emocional de la esfera pública, y a menudo es malentendida. Sin embargo, tiene una gran influencia en las relaciones y resultados de la vida «oficial» de los políticos. Estas influencias pueden repercutir en la forma de hacer política, en los cambios de opinión de la ciudadanía y en los resultados de las elecciones. Ante la situación de bloqueo político en España durante 2016 se ha ido configurando una esfera pública emocional caracterizada por una desconfianza generalizada. Los análisis de la dimensión emocional de la política por parte de especialistas han brillado, en general, por su ausencia. Estos análisis ofrecen una riqueza de matices sobre los cuales conviene insistir, con la intención de sensibilizar a la sociedad y suscitar interés en analizar la política desde la perspectiva emocional. Aspectos importantes de estos análisis se refieren al liderazgo, la competición política, los discursos políticos, etc. La dimensión emocional de los líderes exitosos aporta evidencias sobre las cuales construir la formación en liderazgo. El liderazgo emocional pone sobre la mesa las dinámicas emocionales que se establecen entre los líderes y la ciudadanía. ¿Qué es lo que caracteriza el liderazgo eficiente? Principalmente la capacidad de movilizar personas para que hagan lo que se considera que se tiene que hacer. Las personas se pueden movilizar desde las emociones. Emoción y motivación son anverso y reverso de la misma moneda. Ambas proceden del latín movere; en concreto, emoción

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proviene de ex-movere, que significa sacar hacia fuera lo que se lleva dentro, lo cual remite a la motivación intrínseca. Así, por ejemplo, cuando se pide a grupos de personas que escriban nombres de líderes, es habitual que surjan nombres que se pueden clasificar en dos categorías. En una estarían Napoleón, Aníbal, Hitler, Stalin, etc., y en la otra Gandhi, Mandela, Luther King, Teresa de Calcuta, etc. Los discursos políticos, ideologías, manifiestos, mítines, debates, etc., rezuman emociones de fondo. ¿Qué emociones suscitan estos líderes? ¿Desde qué emociones han movilizado? La respuesta es evidente: en unos casos movilizan a partir del miedo y la ira, y en otros a partir del amor y la justicia. ¿Cómo queremos que nos movilicen nuestros líderes? ¿Qué discurso emocional queremos en los líderes que vamos a votar? Los políticos, sean conscientes de ello o no, están implicados en procesos que configuran la esfera pública emocional. La dinámica de la competición política está impregnada de emociones. A veces se observa una postura disfuncional creciente, con rituales antagónicos de los partidos políticos que permiten el análisis de sus funciones emocionales. La imagen pública que se da y se quiere dar es la de la confrontación constante, crispación, recelo, animadversión, tensión, acritud, etc., lo cual crea un clima emocional de desconfianza. ¿Es esto lo que la ciudadanía espera de los políticos? ¿Es este el mejor clima emocional para el bienestar de la ciudadanía? Richards (2013: 126) se refiere a la «gobernanza emocional» para referirse a la función de la gestión emocional. Consiste en gestionar las emociones colectivas a partir de la toma de conciencia de los efectos de las emociones en las decisiones y en los climas emocionales que se generan. No se trata de manipular emocionalmente a la ciudadanía para crear climas de buena disposición hacia el gobierno. Esto, además de no funcionar, sería contraproducente. De lo que se trata es de tomar conciencia de cómo la dimensión emocional repercute en múltiples aspectos de la política, la ciudadanía, las actitudes, las decisiones y los resultados de las elecciones. «Gobernanza emocional» es un término neutro y abstracto, que no pretende tener ninguna connotación, ni positiva ni negativa, pero que afecta a la ciudadanía. Expresa una llamada de atención sobre la importancia de la dimensión emocional en la esfera pública. No solamente los políticos están implicados en la gobernanza emocional y en la configuración de la esfera pública emocional, sino que los periodistas tienen un papel esencial en estos procesos. También ejercen una gran influencia las personas famosas, celebridades, artistas, actores, cantantes, deportistas, personas mediáticas, etc. Todas las personas contribuyen a generar la esfera pública emocional, pero las personas famosas, mediáticas, tienen un peso extraordinario del cual conviene tomar conciencia. Los análisis políticos habitualmente se basan en los aspectos materiales:

economía, finanzas, educación, salud, empleo, vivienda, etc. Cuando se observa la esfera pública emocional y las dinámicas de gobernanza emocional, se ve la realidad desde otra perspectiva. Se podría comparar con la observación directa del cuerpo humano respecto de ver el mismo cuerpo a través de rayos X. De esta forma se

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pueden analizar realidades que quedan escondidas a la observación directa.

EXTREMISMOS Y NECESIDAD DE REGULACIÓN EMOCIONAL

Los extremismos se pueden considerar como un trastorno emocional social; es decir, una exacerbación de ciertas emociones que inducen a las acciones propias de

los extremismos. Richards (2013) aplica la perspectiva de la esfera pública emocional

y la gobernanza emocional a los extremismos, lo cual le lleva a la conclusión de que

el discurso de todos los extremismos destructivos se organiza en torno a una amenaza

o enemigo, de tal forma que el tema fundamental del discurso extremista depende de

quién o qué se presenta como el enemigo principal. Pero la esencia es que hay una ideología emocional centrada en el odio hacia el otro. El lector puede poner nombre al «otro» (etnoi) en función de las noticas que pueda leer sobre los diversos extremismos, fundamentalismos, fanatismos, etc. El reto de los partidos políticos principales está en canalizar la ansiedad y el resentimiento que activan los extremismos, sobre todo después de acontecimientos clave, como un atentado terrorista. Si esta regulación emocional de la ciudadanía se realiza de forma efectiva, los extremismos van a permanecer en una situación marginal. De lo contrario se puede encender la mecha que provoque una explosión social de efectos imprevisibles. Para contribuir a una regulación emocional eficiente se hace necesario el desarrollo de competencias emocionales en la ciudadanía, y particularmente en la clase política. Esto afecta a la educación formal y a la formación continua en las empresas, organizaciones y medios socio- comunitarios.

EL DESPLAZAMIENTO SOCIAL

En los últimos 200 años se han producido múltiples desplazamientos geopolíticos. Por ejemplo, desplazamientos desde el este (Oriente) hacia el oeste (Occidente); desplazamientos dentro del oeste, principalmente en Norteamérica; desplazamientos del sur hacia el norte, tanto en África como en América, etc. Casos especiales de estos desplazamientos son los debidos a causas políticas, como los alemanes que emigraron a América en los años treinta como consecuencia del nazismo, los españoles que emigraron como consecuencia de la guerra civil, los refugiados que huyen de Siria en 2016 como consecuencia de la guerra, etc. Los desplazamientos sociopolíticos conllevan efectos psicosociales y emocionales que a veces no se tienen en consideración. Pensemos por ejemplo en un niño que ha vivido con sus abuelos en un país latinoamericano hasta los 10 años y después se tiene que trasladar a otro país, por ejemplo España, para vivir con su madre separada. En el nuevo país o ciudad no conoce a nadie y ha perdido sus vínculos afectivos familiares y de amigos. Todo esto representa una carga emocional muy fuerte, más

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allá de los problemas económicos. Un desplazamiento forzado es muy penoso, por ser muchas veces inevitable y al mismo tiempo inaceptable. Como consecuencia, se produce una predisposición a la acción: cambio en sí mismo y cambio en el contexto. Los desplazamientos cambian a las personas y a las sociedades. El concepto de desplazamiento social, tal como lo expone Smith (2013), va más allá del desplazamiento sociopolítico. Tiene una carga emocional muy fuerte y se refiere tanto a las personas como a los grupos. Una persona desplazada no es solamente una persona forzada a desplazarse físicamente de un lugar a otro, sino una persona que cambia su posición social. Por ejemplo, una persona que es despedida del trabajo, que se queda en situación de desempleo, que pierde su casa, que es condenada injustamente, etc. Todos ellos son ejemplos de desplazamiento social. Puede haber desplazamiento social sin desplazamiento geográfico. El desplazamiento social afecta a la identidad personal y social. ¿Quién soy?, ¿quiénes son los nuestros?, ¿pertenezco yo a este grupo?, ¿de quién me puedo fiar? A veces, en situación de desplazamiento, uno puede sentir que no pertenece al grupo que la sociedad le asigna, lo cual aumenta la sensación de desplazamiento. En esta situación se pueden vivir experiencias de humillación, fuertes sentimientos de miedo, tristeza, ira y desconfianza generalizada; miedo a no tener trabajo y no ganar lo suficiente para la subsistencia propia y de la familia; miedo a perder los propios bienes y propiedades; desconfianza general, con una percepción de no poderse fiar de nadie, lo cual induce un sentimiento profundo de soledad; de este miedo deriva tristeza por todas las pérdidas posibles o reales, y finalmente se puede convertir en ira, que estimula a defender los propios derechos y la supervivencia. Estas experiencias y emociones fuertes constituyen un trauma emocional personal que puede comportar reacciones, en cierta forma, imprevisibles. Una población en estas circunstancias puede derivar en un grupo social políticamente muy activo. Smith (2013) presenta un análisis de cuatro casos ilustres de desplazamiento social. Se trata de cuatro presos famosos: Oscar Wilde, Jean Améry, Nelson Mandela y Aung San Suu Kyi. El encarcelamiento de estas personas son para Smith ejemplos de desplazamiento social. En este estudio comparativo se exploran ciertos procesos y mecanismos emocionales relacionados con el desplazamiento social forzado en tiempos de tensión política. Estos procesos incluyen, por ejemplo, la formación de un hábito personal, que consiste en la forma de ser, sentir, pensar y actuar. El hábito personal se expresa en las dinámicas del miedo, ansiedad, remordimiento y resentimiento. Ello afecta a la gestión del riesgo emocional y la recompensa en las relaciones con la familia, amigos, colegas y sociedad; la interacción entre reconocimiento, pérdida del reconocimiento y no reconocimiento; las implicaciones de la publicidad comparada con el secreto y la privacidad; las estrategias de afrontamiento y gestión emocional en situación de desplazamiento social forzado, incluyendo la aceptación, reconciliación, evasión, resistencia y venganza. Las personas que son víctimas de desplazamiento social forzado suelen reflexionar seriamente sobre su situación, produciéndose varios factores de análisis. Por una

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parte, un deseo de venganza frente a los enemigos y opresores. Por otra, el deseo de ver transformaciones positivas en las instituciones sociales y en las formas de comportamiento opresivo. Los deseos de venganza pueden ser muy fuertes. Dejarse llevar por ellos puede significar entrar en una espiral de violencia ascendente de repercusiones imprevisibles. Venganza y represalias se van sucediendo, una a continuación de la otra, en un ciclo difícil de controlar. Una consecuencia es la dificultad o imposibilidad de realizar una política realmente constructiva. Es interesante observar que algunos análisis sociales, políticos y religiosos de trascendencia social se han escrito en la prisión por parte de presos ilustres. Algunos ejemplos son las Epístolas de San Pablo, El Príncipe de Maquiavelo, Mein Kampf de Hitler, Prison Notebooks de Gramsci, Long Walk to Freedom de Nelson Mandela, etc. Estos análisis pueden ir en direcciones diferentes, según sean las emociones predominantes del autor: miedo, odio, tristeza o amor y esperanza. Oportunistas como Hitler son expertos en explotar las emociones de los demás, creando un liderazgo basado en el odio y el miedo. Políticos, periodistas y demagogos, hablando el lenguaje del odio, el insulto y la ofensa, siempre serán capaces de aprovechar el resentimiento y las emociones de la gente, desencadenando ciclos de venganza y violencia, dentro y entre grupos sociales, cuyos resultados finales son imprevisibles, y muchas veces violentos. Cuando las personas experimentan emociones muy fuertes de ira, miedo y tristeza sienten necesidad de transformar algo, ya sea en el contexto, en las relaciones con otras personas o en sí mismos. Esto favorece la creación de una potente fuerza triangular entre emociones, acciones y cambio político. Oscar Wilde, Jean Améry, Nelson Mandela y Aung San Suu Kyi utilizaron sus emociones en situaciones sumamente adversas, gestionándolas de forma apropiada para extraer análisis de esperanza en un futuro mejor.

EMOCIONES Y NACIONALISMOS

El sentimiento de pertenencia nacional se plasma constantemente a través de las instituciones y la práctica simbólica, principalmente a través de la educación obligatoria, que incluye una particular perspectiva patriótica de la historia y de la política del país. El uso de los símbolos nacionales, principalmente la bandera y el himno, tiene una carga patriótica emocional de gran potencia. Otros aspectos son el ejército nacional, el lenguaje patriótico, las imágenes de los dirigentes políticos en edificios y actos oficiales, los nombres de muchas calles y plazas, los monumentos a políticos y padres de la patria, las paradas militares, el día nacional, la memoria colectiva, etc. La participación repetida en actividades simbólicas nacionalistas produce el clima emocional de solidaridad necesario para fomentar el patriotismo. Todo ello proporciona un sentimiento de pertenencia y de identidad nacional. El problema está cuando todo esto se convierte en un patriotismo excluyente. De

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un acendrado potencial de distinción entre «nosotros» y los «otros» puede derivar la asimilación de «nosotros somos los buenos» y «los otros son los malos». ¿Quiénes somos nosotros y quiénes son los otros? La respuesta a esta pregunta contribuye a identificar los nacionalismos. Al hablar de nacionalismos entramos en un lenguaje complejo, donde cada uno asocia el concepto a su propia experiencia y a lo que le han enseñado. Pero lo más importante son las emociones que suscitan ciertas palabras en torno a estos temas. Es importante que el lector tome conciencia simplemente de las emociones que le suscita una frase como esta: «No tiene nada que ver el nacionalismo de los nazis con el nacionalismo de Quebec, de Escocia o de Cataluña». Las palabras políticas activan emociones, que pueden ser positivas o negativas. Tome conciencia el lector de si la palabra «nacionalismo» le activa algo positivo o negativo. De esto se derivan actitudes a favor o en contra. Muchas veces las emociones se activan más a partir de las creencias que de argumentos bien fundamentados. De esta forma, la palabra «nacionalismo» va a activar actitudes, sentimientos y reacciones a favor o en contra en función del lugar de residencia, la familia, los amigos, el contexto social y político, las experiencias previas, etc. Estas actitudes a favor o en contra pueden dificultar o imposibilitar un diálogo objetivo sobre el mismo concepto de nacionalismo. Se puede distinguir entre un nacionalismo «bueno» y otro «malo» (Heaney, 2013). Este último se caracterizaría por el extremismo, la exclusión y la violencia; mientras que el primero sería de reivindicación pacífica de la identidad nacional, de los derechos y de la legitimidad ignorada. Teniendo esto presente, nos atrevemos a presentar a continuación algunos elementos sobre los nacionalismos desde la perspectiva emocional. Desgraciadamente, a lo largo de la historia han surgido nacionalismos extremos como el fascismo y el nazismo (Heaney, 2013: 249-250). El orgullo patriótico y la humillación son emociones importantes que se han utilizado para provocar reacciones en la ciudadanía. Hitler, por ejemplo, tenía una especie de paranoia por resaltar la humillación que había supuesto la derrota en la guerra franco-prusiana y la necesidad de resarcimiento. El orgullo patriótico, basado en la raza aria, requería una venganza, y por tanto la estimulación del odio que la activase. De esta forma se producen ciclos de humillación, ira, odio y venganza. Fijémonos en este ciclo emocional básico de motivación y activación de reacciones sociales y políticas de efectos nefastos. Todo esto no tiene nada que ver con los nacionalismos que llevaron a la independencia de los Estados Unidos en el siglo XVIII, de los países latinoamericanos en el XIX o de ciertos países africanos en el XIX. Otros ejemplos de nacionalismos pueden ser el de Escocia, Quebec o Cataluña, donde el sentimiento de pertenencia juega un papel muy importante. La importancia reside en que los sentimientos no se cambian fácilmente. Si no se siente escocés y no se siente inglés, no hay argumentos lógicos que lo cambien. De forma parecida a cuando una persona está profundamente enamorada de otra, las argumentaciones sobre la no conveniencia de este amor no es suficientemente potente como para cambiar los sentimientos. Dicho de otra forma, los

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razonamientos no son lo suficientemente potentes como para cambiar los sentimientos. Esto es lo que cuesta entender desde el punto de vista estrictamente racional. Para comprender los nacionalismos es importante comprender previamente el concepto de «nación». No es este el lugar apropiado para profundizar en un concepto tan complejo. Aquí nos limitamos a comentar las emociones concomitantes al nacionalismo, tales como el sentimiento de pertenencia conjunta a un grupo, tan esencial en los procesos de identificación nacional. Cuando se habla de sentimiento de pertenencia conviene hacer notar que se trata de eso: un sentimiento. El sentimiento es la emoción hecha consciente, y que con la participación de la voluntad se puede alargar durante toda la vida, e incluso transmitir de generación en generación. La dimensión emocional es lo que caracteriza el sentimiento de pertenencia. Naturalmente, estos análisis son problemáticos y discutibles y requieren más extensión para exponerlos con mejor argumentación, con más espacio del que nos hemos fijado. Por otra parte, en el análisis de los nacionalismos es esencial la distinción de los diversos tipos de nacionalismo. La idea que queremos exponer se puede comprender fácilmente a partir de la observación, el conocimiento de la historia y los movimientos nacionalistas actuales. La síntesis y la conclusión es que las emociones juegan un aspecto esencial en los nacionalismos.

REPRESIÓN DE LA EMOCIÓN

Es interesante observar que un muchacho que se exprese con rabia y violencia, incluso insultando, maldiciendo o soltando tacos, va a ser mejor aceptado por los compañeros que si se le ve llorando. Todavía el llorar en los niños se ve como un signo de debilidad. Aquí sí que nos referimos principalmente al género masculino. Muchos jóvenes van a sentir vergüenza por llorar. Lo mismo pasa en la mayoría de los hombres adultos. No pasa lo mismo en las niñas y las mujeres, donde el llorar les está más permitido. Esto es un ejemplo de represión emocional que se difunde en la cultura, la familia, las amistades y los medios de comunicación. La represión emocional discriminada es todavía una realidad, mucho más presente en nuestra sociedad de lo que sería deseable y de lo que podríamos suponer o imaginar, lo cual es una justificación más en favor de la importancia y necesidad de una educación emocional. Hay que practicar para poder tener ira sin gritar y poder expresarnos con cortesía. La persona que nos ha ofendido, cuando comprende la causa de nuestra ira, es más probable que pueda pedir disculpas si mantenemos nuestra cortesía que si adoptamos un lenguaje agresivo. Hasta que no avancemos en la resolución de emociones escondidas, nuestra sociedad no solucionará sus problemas, debido a que las motivaciones emocionales son invisibles para los políticos así como para la ciudadanía. Uno de los objetivos que nos proponemos es hacer visible el mundo emocional, hasta que sea considerado tan

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importante como lo político-económico.

RESUMEN Y CONCLUSIONES

En este capítulo se comentan diversos aspectos relacionados con la tensión política. En concreto se han analizado situaciones de campañas políticas, crisis, extremismos, desplazamiento social y nacionalismos como ejemplos característicos de tensión política. A menudo la emoción precede a la cognición, los pensamientos y la razón. Las situaciones de tensión política crean climas emocionales que generan actitudes colectivas, previas a cualquier argumentación o acción política, lo cual va a dificultar la superación de la tensión. Por este motivo muchas tensiones políticas se alargan mucho más de lo aceptable, debido a que se han generado climas emocionales que son una barrera para el cambio. Es fácil pasar de la confianza a la desconfianza, pero es mucho más difícil pasar de la desconfianza a la confianza. Este camino puede ser irreversible. Una ciudadanía partidista tiende a mantener la fidelidad del voto más allá de los acontecimientos que comprometen la integridad y competencia de los candidatos. Sin embargo, una ciudadanía deliberativa analiza críticamente la situación y toma decisiones desde su autonomía emocional. Las emociones colectivas pueden ser una barrera para la superación de las crisis. En situaciones de crisis, para favorecer la necesaria implicación de la ciudadanía en la superación del momento es necesario un cambio en el clima emocional, pasando de la desconfianza a la confianza en los líderes y permitiendo así crear un clima de esperanza en la superación de la crisis. Los extremismos son una manifestación del analfabetismo emocional. En concreto, los extremismos representan una falta de regulación emocional. La regulación emocional es un difícil equilibrio entre el descontrol y la represión. Extrema se tangunt (los extremos se tocan) decían los clásicos. En este sentido, los extremismos muchas veces se caracterizan por la represión y el descontrol. En este capítulo se hace referencia a algunos aspectos concretos relacionados con las tensiones políticas. En los capítulos siguientes se tratan otros aspectos como los traumas políticos, el cambio social, las protestas políticas, las transiciones políticas y la violencia. En todos estos aspectos hay una dimensión emocional sobre la cual conviene llamar la atención para sensibilizarnos y posibilitar tomar las mejores decisiones con conocimiento de causa.

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4. TRAUMA Y POLÍTICA DEL MIEDO

Un atentado terrorista, una derrota militar o perder una guerra son ejemplos de traumas en política. Un trauma es un acontecimiento de gran impacto emocional, junto con otros efectos. Un trauma político puede producir un clima emocional caracterizado por emociones como inseguridad, vulnerabilidad, indefensión y miedo. Estos climas emocionales son un buen caldo de cultivo para políticas represoras, tal como se ha puesto en evidencia en repetidas ocasiones. La política del miedo a veces se fundamenta en un trauma o en la prevención de un trauma hipotético. Un trauma político es un fenómeno colectivo. A diferencia de un trauma personal, un trauma colectivo se puede transmitir de generación en generación a través de narrativas diversas que estimulan a algún tipo de acción. A ello se le denomina transmisión intergeneracional del trauma. Una derrota militar se puede transmitir a las generaciones futuras, con la necesidad de vengar la humillación recibida como única forma de recuperar el honor perdido.

EL TRAUMA EN POLÍTICA

Un trauma es un acontecimiento horroroso que provoca un shock que las personas no están en condiciones de procesar y afrontar. Un accidente o un atentado terrorista son ejemplos de trauma. Algunas de las personas que han experimentado un trauma a través de acontecimientos específicos pueden padecer el trastorno por estrés postraumático (TEPT), que es un trastorno mental y emocional clasificado dentro de los trastornos de ansiedad y que se caracteriza por la aparición de síntomas específicos tras la exposición a un acontecimiento altamente estresante y extremadamente traumático. Los veteranos de guerra son normalmente los más propensos a padecer el trastorno de estrés postraumático. Lógicamente, las víctimas de atentados terroristas o personas que los han vivido muy de cerca están en situación de vulnerabilidad para sufrir el TEPT. Lacan (1978: 55) denomina trauma a «un encuentro con lo real» que induce a pensar: «Lo que ha sucedido no les ha pasado a ellos, sino a mí. ¿Por qué me ha tenido que pasar a mí?». Edkins (2003: 246) formula preguntas en este sentido, pensadas específicamente para los políticos. Son preguntas sin respuesta para inducir a la reflexión y tal vez a la rumiación. El trauma reaparece constantemente a través del recuerdo, la rumiación y las narrativas que se derivan. Resende y Budryte (2014) abundan en el trauma en las relaciones internacionales, ya que la historia de la humanidad es una historia de conflictos, guerras y traumas nacionales e

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internacionales. Un trauma necesita ser expresado a alguien. Después de un impacto emocional fuerte, las personas tienen necesidad de explicarlo como mínimo a una o varias personas. Para Lacan, el inconsciente se estructura como un lenguaje, y en este sentido se interesa por los efectos simbólicos del lenguaje. El relato de un trauma resalta sus aspectos emocionales. Kinnvall (2013), a quien seguimos en gran medida en este apartado, se interesa por las narrativas que se hacen de los traumas políticos y distingue entre trauma psicológico y trauma colectivo. Esta distinción se basa en que las emociones se viven de forma individual, pero también colectiva. Es decir, se producen contagios emocionales y sus efectos en los climas emocionales. Un trauma colectivo es de carácter cultural, social y político, que ocurre cuando los miembros de una colectividad sienten que han sido sometidos a acontecimientos horrendos que dejan marcas indelebles sobre la conciencia colectiva, marcando sus memorias para siempre. Un trauma incluso puede cambiar la identidad personal y colectiva de forma irreversible (Alexander et al., 2004). Eyerman et al. (2011) analizan las características de las narraciones de los traumas colectivos y el impacto del sufrimiento grupal. En su opinión, un trauma colectivo se describe en términos de representación que orienta las concepciones colectivas morales y políticas.

EL TRAUMA DEL TERRORISMO

El terrorismo es uno de los traumas políticos presentes en una parte importante del mundo en las primeras décadas del siglo XXI. Por las repercusiones mediáticas que tuvo, un ejemplo significativo de trauma colectivo fue el ataque terrorista a las torres gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001, con el resultado de 2.996 muertos. La trascendencia de este acontecimiento ha generado ríos de tinta en la prensa, libros y medios de comunicación en general. Siguiendo una tradición en los medios de comunicación, vamos a abreviar este acontecimiento con la expresión 9/11, que significa el mes 9 (septiembre) día 11, ya que en inglés se acostumbra a poner primero el mes y después el día, al contrario de lo habitual en castellano. Desgraciadamente desde entonces se han producido otros ataques terroristas, que son vividos como traumas, entre los que destacan los siguientes, por el impacto mediático que han tenido:

— Los atentados del 11 de marzo de 2004 en la estación de Atocha y otros lugares de Madrid, conocido como 11-M, con 193 personas muertas y 1.858 heridas.

— Las bombas del 7 de julio de 2005 en Londres, con 56 personas muertas (4 de ellas terroristas) y más de 700 heridas, conocido como 7/7.

— La masacre de la isla de Utoya (Noruega) el 22 de julio de 2011, provocada por Anders Behring Breivik, que disparó provocando 77 muertes. En este caso el

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motivo fue atacar contra la islamificación de Europa.

Conviene señalar que hay otros atentados importantes, pero que tal vez no hayan tenido tanto impacto mediático. Ello induce a la reflexión sobre qué es lo que provoca que unos atentados tengan más impacto mediático que otros. Es evidente que no es el número de víctimas, ya que entre los más importantes por el número de víctimas en los primeros 15 años del siglo XXI están los siguientes:

— Bombardeos de Yazidi (Irak), cerca de Mosul, el 14 de agosto de 2007, con

796 personas muertas y más de 1.500 heridas.

— Masacre en la escuela de Beslán, Osetia del Norte (Rusia) el 3 de septiembre de 2004, con más de 370 personas muertas (171 de ellas niños), cientos de

heridos y desaparecidos.

— La bomba en la embajada de Estados Unidos en Nairobi en 2008, con 303 personas muertas.

— Atentados del 26 de noviembre de 2008 en Bombay, con 173 personas muertas y 327 heridas.

— El vuelo 17 de Malaysia Airlines, un Boeing 777 derribado por un misil el 17 de junio de 2014, con 298 personas fallecidas.

— Ataque en Bali el 12 de octubre de 2002, con 202 personas muertas.

— Atentado del Superferry 14 el 27 de febrero de 2004 en Filipinas por una bomba oculta en un aparato de televisión que provocó un agujero en la embarcación, matando a 116 personas.

Pero lo que importa subrayar aquí es que a partir de 2015 estos traumas se intensifican. Veamos algunos ejemplos representativos de esta escalada de violencia:

— Asalto a la revista Charlie Hebdo en París el 7 de enero de 2015, con 12 muertos y 11 heridos.

— Ataque yihadista del 2 de abril de 2015 en la Universidad de Garissa, en Kenia, con 147 personas muertas.

— Atentados del 13 de noviembre de 2015 en París, con 137 personas muertas y

415 heridas, conocido por Bataclán por ser el nombre del lugar donde hubo

más muertos.

— El 22 de marzo atentado en el metro y aeropuerto de Bruselas, con al menos 35 personas muertas y alrededor de 300 heridas.

Solamente entre junio y julio de 2016 se han producido como mínimo los siguientes:

— El 12 de junio atentado en una discoteca gay de Orlando, con más de 50 muertos.

— El 28 de junio atentado en el aeropuerto de Estambul, con más de 45 muertos.

— El 1 de julio atentado en un restaurante de Dacca (Bangladesh), con 22

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muertos.

— El 3 de julio atentado en Bagdad, con al menos 300 muertos y unos 250 heridos.

— El 14 de julio en Niza un camión conducido por Mohamed Lahouaiej Bouhlel mata a 85 personas y deja heridas a 303.

— El 19 de julio un joven refugiado afgano de 17 años hirió de gravedad a cinco personas con un hacha en un tren cerca de Wurzburgo.

— El 22 de julio un tiroteo en Múnich tiene el resultado de 9 muertos y 27 heridos.

— El 24 de julio Mohamed Dalil, un refugiado sirio, hace estallar una bomba en Ansbach (Baviera), con el resultado de 12 personas heridas.

— El 26 de julio un cura es decapitado y varias personas resultan heridas en una iglesia de Saint-Étienne-du-Rouvray, en Normandía.

Esta intensificación de los atentados en 2016 constituye un trauma, principalmente en Europa. Conviene señalar que en estos atentados yihadistas se denomina a los autores de forma distinta: el autodenominado Estado Islámico, DAESH e ISIS. Algunas instancias han propuesto no utilizar la expresión Estado Islámico, ya que ni es Estado ni es islámico, de modo que esta denominación supondría una legitimización indebida. Por esto se utiliza Daesh, que es el acrónimo árabe de al-Dawla al-Islamiya al-Iraq al-Sham (Estado Islámico de Irak y el Levante). Los terroristas detestan esta denominación porque en árabe el sonido de esa palabra es parecido a «algo que aplastar o pisotear»; también significa «intolerante» o «el que siembra la discordia». ISIS es la traducción al inglés del acrónimo «Islamic State of Irak and Syria». También se ha utilizado ISIL (Islamic State of Irak and the Levant). ISIS probablemente sea la expresión más utilizada en el mundo, sobre todo por la prensa anglosajona. Todos los acontecimientos citados en este apartado representan ejemplos ilustrativos de grandes traumas sociales y políticos, algunos con más impacto mediático que otros. La cercanía geográfica es un factor importante en el efecto mediático, junto con otros factores. El problema es que se repiten cada vez con mayor frecuencia, lo cual produce una sensación generalizada de miedo, inseguridad, vulnerabilidad y de indefensión que favorece la política del miedo. Como dijo Tito Livio, «el miedo siempre está dispuesto a hacernos ver las cosas peor de lo que son».

LA POLÍTICA DEL MIEDO

La política del miedo ha estado presente desde la prehistoria. Uno de los elementos activadores del miedo, aunque no es el único, es un trauma. La política del miedo está profundamente conectada con los traumas y acontecimientos de impacto social negativo, ya que activan un pensamiento de estar en situación de riesgo, vulnerabilidad y amenaza constante.

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Es curioso observar que se habla mucho del 9/11, que causó unos 3.000 muertos. En cambio prácticamente no se habla de las más de 10.000 personas muertas y más de 20.000 heridas por armas en fuego cada año en Estados Unidos (véase La Vanguardia, 3 de enero de 2016, p. 8). Esto último ya forma parte del paisaje habitual, y por tanto no es noticia. Además no interesa que lo sea, ya que es de dominio público que hay muchos intereses detrás de las armas. Las tragedias provocadas por las armas de fuego se viven como un drama personal y familiar, pero no como un trauma colectivo del país. En cambio sí se vive como una trauma del país el 9/11. Cada uno puede sacar sus propias reflexiones sobre los climas emocionales que se crean en torno a los acontecimientos y su tratamiento en los medios de comunicación. Desde la perspectiva política y social, el miedo se puede interpretar como una construcción psicológica según la cual ciertos acontecimientos afectan a personas que no han tenido contacto directo con ellos. En esta dirección se manifiesta la literatura sociológica sobre la política del riesgo (Bauman, 2001; Kinnvall, 2013), surgiendo expresiones como «la edad de la ansiedad», «gobernabilidad de preocupación», «instrumentalidad emocional estructural», «traumas elegidos» o «inseguridad ontológica». Llegados a este punto, conviene analizar el punto de vista del «otro». ¿Cuál es su percepción de la realidad? Esto siempre dependerá de quién sea el «otro». Imaginemos por un momento que el «otro» son los yihadistas. Si bien podemos avanzar múltiples y diversas interpretaciones, sin la seguridad de que alguna de ellas se ajuste a la realidad, ya que en gran medida la desconocemos, podemos convenir en que una de las interpretaciones posibles y verosímiles es la narrativa siguiente: la cultura occidental representa el mal por múltiples razones; profesan una religión contraria a la nuestra, por la que lucharon y murieron miles de musulmanes; nos expulsaron de Europa en el siglo XIV (trauma) y desde entonces solamente hemos sufrido humillaciones del imperialismo occidental; es nuestro deber devolver el honor a los «nuestros» con la recuperación de los territorios perdidos y la instauración del califato universal. En contraposición, pueden proliferar (como está sucediendo) en Europa y América movimientos basados en el miedo que fomentan la xenofobia y la exclusión. Todo esto son narrativas que pretenden subrayar cómo la política del miedo se sustenta a menudo sobre acontecimientos traumáticos que activan emociones fuertes que predisponen a la acción. La experiencia de un trauma genera emociones intensas que predisponen a un sentimiento de victimización, lo cual provoca una distorsión en la percepción de la realidad, en la activación de mecanismos de defensa inconscientes y en la defensa de la ideología, de tal forma que induce a pensar en categorizaciones simples de bueno y malo, nosotros y ellos; inclusión para nosotros, exclusión para ellos. Esto está más presente de lo que sería deseable. Cuando se escucha a muchos representantes de partidos políticos y candidatos a elecciones se puede llegar a la conclusión de que su pensamiento se puede resumir en: «Nosotros somos los buenos,

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siempre hacemos las cosas bien y tenemos la razón; ellos son los malos, están equivocados, siempre lo hacen todo mal y no tienen razón». Con estos principios es prácticamente imposible poderse entender. Es evidente que el diálogo entre políticos es muy difícil y con frecuencia imposible. Todas estas manifestaciones permiten poner sobre la mesa lo que es una constante de este libro: la tendencia a mantener las emociones separadas de la racionalidad en los análisis políticos y sociales. Pero, a poco que se analice, se observa que las emociones toman la delantera a las reflexiones, decisiones y acciones, sin que haya plena conciencia de ello.

LA TRANSMISIÓN INTERGENERACIONAL DEL TRAUMA

En los análisis de los traumas se puede observar que es probable que se produzca una «transmisión intergeneracional del trauma» (Volkan, 2002), tanto a nivel personal psicológico como en la dimensión colectiva y política. Cuando Aníbal juró odio eterno a los romanos, preludiaba que el odio se podía transmitir de generación en generación. Es lo que puede estar pasando en los conflictos que se prolongan durante generaciones, como el árabe-israelí, situaciones en Ruanda y Burundi, etc. La perduración de la transmisión intergeneracional del trauma puede prolongarse durante generaciones. Un ejemplo de trauma histórico puede ser el 11 de septiembre de 1714 en Cataluña. Después de este trauma, Cataluña no solamente no ha tenido ocasión de vivir una catarsis liberadora, sino que ha sufrido repetidos traumas a lo largo de los últimos 300 años que no han hecho más que agravar la conciencia de trauma colectivo que necesita un resarcimiento emocional. Este trauma no superado, junto con otros motivos políticos y económicos, de no atenderse de forma apropiada y satisfactoria puede alargar indefinidamente la transmisión intergeneracional del trauma. Es el «trauma crónico» o la «cronificación del trauma». Desgraciadamente, la historia universal está plagada de traumas crónicos que la política no ha sido capaz de gestionar de forma apropiada para su superación. Fijémonos en la profunda carga emocional que está presente en un trauma crónico, lo cual reclama una atención especializada que no siempre se da de forma apropiada.

LA NARRATIVA DEL TRAUMA

La reconstrucción social de hechos traumáticos se convierte en poderosos significados en respuesta a la experiencia de emociones negativas (humillación, derrota, vergüenza, inseguridad, vulnerabilidad, víctima). En el caso de los hechos gloriosos pasa algo similar, pero respecto a emociones positivas. Las emociones fuertes tienen a percibir la realidad de forma más acentuada, tal vez exagerada, que puede producir una distorsión en la percepción de la realidad. Es decir, las emociones

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fuertes que se experimentan como consecuencia de un trauma van configurando significados potentes de trascendencia social y política. Se produce una distorsión en la narrativa histórica, hasta tal punto que las narrativas de los mismos acontecimientos, contadas por identidades diferentes, parecen historias distintas. Dicho más claramente, la historia de la colonización de América se explica de forma muy diferente en España que en algunos países latinoamericanos; la historia de la guerra civil española es muy diferente según el bando que la cuenta, lo cual aclara por qué la historia de España que se explicaba en las escuelas en los años sesenta sea muy distinta de la que se explica en las primeras décadas del siglo XXI. Conviene tener presente que, desde una interpretación psicoanalítica de la temporalidad, la memoria que conecta directamente con el síntoma no representa acontecimientos que han sucedido tal como son las narrativas del trauma, sino que son realidades reconstruidas de forma retroactiva. Esto explica que la historia que se explica en diferentes comunidades y países sea distinta, y que incluso puede ser distinta en distintas escuelas de la misma comunidad. Todavía más, puede ser distinta en diferentes grupos de la misma escuela, en función del sentimiento de identidad del profesor. Esto predispone a una incomprensión mutua por parte de personas con un sentimiento de identidad colectiva distinta, y por tanto supone una grave dificultad en el diálogo. Estas diferencias en la reconstrucción de los acontecimientos históricos, sobre todo los traumáticos, dificulta el diálogo hasta tal punto de poder hacerlo imposible. De ahí la importancia de no quedarse con la hagiografía de las glorias históricas y recurrir a la historiografía científica que permita una convergencia consensuada de la narrativa. Dicho de otra forma, pasar de una opinión interesada y sesgada por la emoción a una historia basada en la ciencia y fundamentada en evidencias. Se trata de pasar de la opinión (doxa) que cada uno tiene (o que defiende un grupo de presión) a la ciencia (episteme) basada en el conocimiento objetivo, de una política basada en la interpretación interesada a una política fundamentada en las aportaciones de las investigaciones científicas. No podemos permitir que las emociones generadas por un trauma distorsionen la percepción de la realidad, con la consecuente reconstrucción de narrativas diferentes según la implicación emocional y los intereses del narrador. Esto puede significar deconstruir las narrativas normalizadas del orden social establecido. Con este objetivo, la resistencia y resiliencia son alternativas a las narrativas hegemónicas del trauma y del miedo. Hay que tener en cuenta que los traumas tienen una narrativa que habitualmente facilita la catarsis necesaria para su superación. Se requieren competencias emocionales para poder llegar a historias compartidas, basadas en evidencias, como un paso importante para la construcción de la convivencia en la diversidad y para la activación de emociones positivas colectivas con perspectivas de futuro.

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SIGNIFICANTES Y EMOCIÓN

Una categoría crucial en la teoría psicoanalítica de Lacan (1978) es el de signifiants maîtres, que se ha traducido al inglés como master signifiers y al castellano de distintas formas: significantes maestros, significantes principales o significantes máximos. Se refiere a la significación, con la cual las personas y los grupos se sienten identificados. Entre estos significantes máximos están nación, religión, cultura, género, etc. De ello se deriva la importancia capital de prestar atención a conceptos como feminismo, nacionalismo, soberanía, independencia, Europa, España, Cataluña, asimetría política, etc. Estos conceptos, por la carga emocional que comportan, provocan distorsiones en la percepción de la realidad. Cada persona y cada grupo las interpreta en función de sus creencias, experiencias, emociones, actitudes y valores, lo que comporta una diversidad de significados a partir de los mismos significantes. Pensemos en palabras de gran carga emocional en política, como soberanía, independencia, separatismo, terrorismo, atentado, democracia, derecho a decidir, ley, justicia, legitimidad, etc. Ante palabras de gran carga emocional se puede producir un cambio del significado por el significante (Lacan, 1978). La palabra activa emociones antes de profundizar en su significado. De esta forma se interpretan las palabras más por la carga emocional que producen que por su significado. El resultado puede ser hablar de cosas distintas con las mismas palabras y utilizar distintas palabras para referirse a lo mismo. La incomprensión se hace inevitable, y por tanto surge el conflicto. Conviene reconocer que palabras como nación y Estado tienen gran carga emocional. El lector puede simplemente tomar conciencia de las distintas emociones que le generan estas expresiones: «la nación de Estados Unidos de América (USA)», «la nación de España», «las nacionalidades del Estado español», «las naciones de España», «la nación de Cataluña», «el Estado catalán», el «nacionalismo independentista», «el catalanismo independentista», «Estado Islámico», etc. La intención al poner estos ejemplos es solamente tomar conciencia de la carga emocional que comportan; se trata de un ejercicio de «conciencia emocional», que necesita «regulación emocional», a partir de la empatía, para poder hacer posible un diálogo constructivo desde la comprensión empática. En estos conceptos está presente la identidad (personal, colectiva, nacional) y la identidad «propia» y de los «otros». ¿Quiénes somos nosotros y quiénes son los otros? Se trata de una cuestión de identidad, es decir, de concepciones, creencias, emociones, actitudes y valores. La transmisión intergeneracional del trauma puede suponer quedar anclado en las emociones negativas: derrota, humillación, represión, victimismo, trauma, miedo, ansiedad, tristeza, queja o ira. Pero también puede representar un objetivo de realización de deseos colectivos, pudiendo entonces surgir emociones positivas:

proyectos, ilusiones, esperanzas o alegrías. Si estos proyectos no se canalizan de forma apropiada surge la frustración, y de la frustración se pueden derivar

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principalmente dos reacciones: tristeza o ira. La tristeza predispone a la inacción, pero la ira predispone a la violencia. Ira y miedo son las dos emociones tradicionales en la política, que a veces están en equilibrio por oposición de contrarios. Según la intensidad del miedo subyacente en la constelación emocional, la ira puede derivar en violencia. Lógicamente son muchas las variables que van a influir en ello, y entre ellas está la educación.

INSTRUMENTALIDAD EMOCIONAL ESTRUCTURAL

La «instrumentalidad emocional estructural» significa que el poder transforma el trauma en situación de miedo. Es instrumentalizar la emoción producida por un trauma para convertirla en un clima emocional estructural. Kinnvall (2013) investiga la «instrumentalidad emocional estructural». Nos basamos principalmente en sus aportaciones para articular la argumentación de este apartado. Las estructuras de posiciones de poder, ya sean gobiernos, estados o grupos de presión, en situaciones más o menos vulnerables, pueden utilizar el miedo como elemento instigador, así como una respuesta específica al trauma. Más que una política de gestión del miedo, es el uso del miedo en la gestión política. Kinnvall (2013) analiza dos atentados: 7/7 de Londres y Utoya 2011. Recordemos que los atentados de Londres el 7 de julio de 2005 (conocido como 7/7) causaron 56 personas muertas y más de 700 heridas. La masacre de la isla de Utoya (Noruega) el 22 de julio de 2011 provocó 77 muertes (la mayoría de unos 20 años) por los disparos de Anders Behring Breivik. El interés de Kinnvall (2013) se centra en las narrativas, en cuanto dan sentido a los acontecimientos y a la vida. Los traumas son recordados, relatados, revividos y narrados desde la perspectiva del miedo y la amenaza. De esta forma se constituyen en una instrumentalidad emocional estructural. Uno de los efectos es el uso del miedo para la dominación política. Como dijo Maquiavelo (1513/1998: 67), para un príncipe (político) «es más seguro ser temido que amado». Este texto deja claro que en política hay que potenciar el miedo como estrategia para evitar el ataque; el amor queda fuera de la política. Hay que tener presente que El Príncipe de Maquiavelo es uno de los libros más leídos por los políticos.

RESUMEN Y CONCLUSIONES

A veces se producen traumas políticos que provocan un gran impacto emocional en un sector importante de la sociedad. Los atentados terroristas son un ejemplo de trauma colectivo que caracteriza las primeras décadas del siglo XXI, sobre todo en Europa y Estados Unidos. Una de las consecuencias es el miedo. El contagio emocional es una realidad cuyos efectos son los climas emocionales en un contexto social determinado. Un atentado terrorista produce un contagio

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emocional de miedo, vulnerabilidad e inseguridad, de donde se deriva un clima

emocional que predispone a aceptar determinadas políticas que no se aceptarían en otro tipo de clima. En el debate entre seguridad y libertad, las decisiones están en función del clima emocional que se respira en el contexto. En un clima de miedo, hay una predisposición a aceptar restricciones en la libertad en favor de la seguridad. Todo ello favorece la proliferación de una política del miedo.

Es interesante observar la manipulación política y de los medios de comunicación

cuando favorecen un clima de miedo, para contrastarlo con otros elementos que no interesa abordar con los mismos propósitos, por ejemplo el uso de armas en Estados

Unidos.

A veces puede haber una instrumentalidad emocional estructural en la que la

emoción producida por un trauma se convierte en un clima emocional. El poder, a veces, transforma el trauma en clima de miedo para justificar políticas de miedo. Las emociones pueden exagerar las percepciones de la realidad. El miedo hace ver las cosas peor de lo que son. Por esto conviene mantener las emociones separadas de

la racionalidad en los análisis políticos y sociales. Cuando las emociones toman la delantera a las reflexiones, decisiones y acciones, sin que haya plena conciencia de ello, se pueden tomar decisiones como mínimo arriesgadas.

El trauma colectivo no es solamente un fenómeno temporal en un momento dado,

sino que se produce una transmisión intergeneracional del trauma. Las narrativas con que se transmite un trauma de generación en generación tienen una potente carga emocional que tienden a prolongar la vivencia del trauma. Un trauma colectivo que no se supera de forma razonable puede cronificarse. La cronificación del trauma facilita quedar anclado en una espiral de violencia que cada vez dificulta una superación airosa del mismo. Un ejemplo de trauma cronificado es el conflicto árabe- israelí. Pero hay muchos más: entre países vecinos en todo el mundo, entre grupos étnicos en países africanos, entre facciones religiosas en el mundo árabe, entre partidos políticos, en la lucha por la libertad, la justicia, la independencia, etc.

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5. EMOCIONES COLECTIVAS Y CAMBIO SOCIAL

A lo largo de este libro se insiste en el miedo y la ira como emociones básicas que mueven la política. En este capítulo, y también en otros, se pone un énfasis especial en el miedo como fuerza política motivadora del comportamiento social, lo cual puede representarse con asentimiento, subordinación y sometimiento. El miedo es una reacción individual, pero también colectiva, ante un peligro o una amenaza. En este sentido, el miedo es un ejemplo claro de emoción colectiva. En este capítulo se analiza cómo las emociones colectivas se constituyen en fuerzas políticas que activan el movimiento de masas sociales. Con el fenómeno del contagio emocional se pasa de un enfoque individual a una dimensión social de las emociones. El clima emocional es la consecuencia del contagio emocional, y los climas emocionales explican el comportamiento colectivo.

EMOCIONES COLECTIVAS

Desde el punto de vista sociológico e histórico es interesante constatar que las emociones no solamente son fenómenos individuales subjetivos, sino que pueden ser fenómenos sociales. Es decir, las emociones pueden experimentarse socialmente; son experiencias intersubjetivas (TenHouten, 2007: 43), además de individuales y subjetivas. El contagio emocional es una realidad constatada, y sus efectos quedan plasmados en los climas emocionales que caracterizan ciertos contextos sociales. En diversos contextos sociales e históricos la ansiedad se puede convertir en miedo cuando las personas o grupos imputan el miedo percibido a un «enemigo», muchas veces en forma de chivo expiatorio o cabeza de turco. El miedo es el resultado de una valoración negativa de los propios recursos para hacer frente a situaciones que nos superan. Es una percepción de las propias debilidades. Frente al miedo, la respuesta habitual impulsiva es la huida. Pero en las relaciones sociales, la experiencia emocional se complica. Si uno valora que las propias debilidades, que son la causa del miedo, se deben a unas condiciones estructurales de insuficiente poder, debido a que «otros» lo han usurpado y lo utilizan en su favor, entonces la reacción ante el miedo puede cambiar para convertirse en ira que induce al ataque, rebelión, hostilidad y violencia. Darwin resumió la respuesta emocional en el célebre: fight or fly (lucha o vuela). El miedo normalmente se expresa a través del comportamiento de huida (fly); esto es, la introyección del miedo. Pero también se puede producir la extroyección del miedo; en este caso se puede convertir en ira, y como consecuencia producir rebelión y violencia. El fly se convierte en fight. El miedo habitualmente expresado con la

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introyección que induce a la subyugación se convierte en extroyección, que predispone a la rebelión.

EL MIEDO COLECTIVO COMO FUERZA POLÍTICA MOTIVADORA

Las tensiones políticas están inmersas en emociones de todo tipo. Cualquier forma de actividad política es inseparable de la afectividad, a pesar de la falta de reconocimiento público de esta relación. Subrayamos que a lo largo de la historia se ha creado un sistema social y político basado en dos emociones básicas: ira y miedo. La ira es una familia de emociones que incluye rabia, enfado, enojo, indignación, odio, etc. Normalmente el miedo a lo que podemos perder suele ser más fuerte que la ira, lo cual es un factor esencial para la prevención de sublevaciones y violencia. Por ello, cuando no hay nada que perder y la ira es más fuerte que el miedo, aumenta la probabilidad de la sublevación y la violencia. El miedo se experimenta cuando se percibe que el peligro (el «otro» o los «otros») es más fuerte que el «nosotros». Es la valoración de debilidad y subordinación a fuerzas externas que no controlamos la que nos pone en situación de experimentar miedo. El miedo es una emoción que incapacita para pensar y tomar decisiones. La impulsividad aumenta en relación a la intensidad del miedo. Pero hay momentos en los que ya no se puede seguir huyendo (introyección del miedo). Entonces el miedo se puede convertir en ira (extroyección del miedo). En ambos casos, el miedo y la ira se constituyen como fuerzas políticas motivadoras del comportamiento de masas.

EL CONTAGIO EMOCIONAL

La experiencia de vivir emociones colectivas explica el contagio emocional, que es la forma de transmitirse las emociones de una persona a otra como si de un virus se tratara. La cercanía física favorece el contagio emocional. Imaginemos el contagio que se produce en un concierto de rock con cientos de personas, o en un estadio en una final de la copa de Europa. Sin embargo, la proximidad física no es indispensable para el contagio emocional. Es más importante la proximidad afectiva. Personas que están físicamente lejos, pero que mantienen vínculos afectivos fuertes, fácilmente experimentan contagio emocional. El contagio emocional tiene una explicación en la biología humana, permitiendo influir en los demás que están en su entorno afectivo. Mi hostilidad hace subir tu presión sanguínea. Tu amor hace bajar la mía. El contagio emocional expande radicalmente la perspectiva de la biología y la neurociencia, que pasa de un enfoque individual a una dimensión social. De enfocarse

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en un solo cuerpo o cerebro se pasa a observar la interrelación emocional entre dos o más personas al mismo tiempo. Las emociones se contagian a partir de la empatía, donde la reacción de las neuronas espejo tiene un papel importante en este proceso. Pero aún más importante es la amígdala, que es la encargada de interpretar los estímulos que llegan a nuestros sentidos para convertirlos en emociones. Esto se hace automáticamente, de forma inconsciente, aunque inmediatamente después podemos tomar conciencia de ello y, con competencias emocionales, decidir qué hacemos con nuestras emociones. El contagio emocional no se produce siempre, sino que requiere de unas condiciones. Si la persona está triste por algún motivo o está inmersa en un trabajo, es menos probable que se contagie de emociones positivas que se generen a su alrededor. Depende del estado emocional y de las actitudes de la persona. Es más probable el contagio negativo (miedo, ira, violencia) que el positivo (alegría, amor, felicidad). Según la teoría de la asimetría hedónica, las emociones negativas son más frecuentes, más intensas y más duraderas que las positivas. Esto se debe a que los motivos que generan depresión, miedo o ira son más potentes, claros y específicos que los que generan felicidad. Las causas de las emociones positivas suelen ser más relativas y subjetivas. La crisis económica de 2008 es un ejemplo claro de contagio emocional que se extiende a la mayor parte de la población de muchos países occidentales. Los repetidos ataques terroristas en junio y julio de 2016 son otro ejemplo de contagio en Europa, principalmente en Alemania. Para experimentar un contagio emocional no es necesario que todas las personas vivan la misma experiencia. Durante la situación de crisis iniciada en 2008 muchas personas han quedado en situación de desempleo o de desahucio de sus hogares, es decir, en situación crítica. Esto ha creado un estado de malestar social. Muchas personas que no se encuentran en esta situación, e incluso cuando las probabilidades de que les suceda son muy bajas, también experimentan emociones similares debido al poder de la empatía, que induce a solidarizarse emocionalmente con las víctimas. Lo mismo pasa con los atentados terroristas. Una persona puede decidir si se deja contagiar o no, aunque a veces son decisiones inconscientes. La autonomía emocional, que es la capacidad de no verse seriamente afectado por las emociones que se viven alrededor, incluye la competencia para decidir conscientemente si me dejo contagiar o no. Conviene tener claro que el contagio emocional es un arma de doble filo. A veces conviene potenciar el contagio y dejarse contagiar, pero en otros contextos y circunstancias puede ser peligroso. Eric Fromm (1970), en su obra El miedo a la libertad, analiza el contagio emocional que se produjo en la Alemania de los años treinta y que desembocó en el nazismo y la Segunda Guerra Mundial. Aunque cuando lo escribió no se utilizaba todavía el concepto de contagio emocional, porque no se había investigado este tema, se puede considerar un ejemplo claro de lo que estamos hablando. Aprender a distinguir cuándo me conviene dejarme contagiar y cuándo no es una

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competencia emocional que hay que aprender; es decir, se desarrolla o no en función del aprendizaje. No nos referimos aquí solamente al aprendizaje en la educación formal, sino a todo lo que se aprende en la familia, con los amigos, en la escuela, en los medios de comunicación, etc. Todo esto conforma la educación emocional que recibimos. Es una competencia emocional desarrollar la capacidad para formularse y responder apropiadamente a preguntas como: ¿De qué me estoy contagiando? ¿Me interesa contagiarme de este clima emocional? ¿De qué no me quiero dejar contagiar? ¿Qué emociones estoy contagiando? ¿Qué quiero contribuir a contagiar? ¿De qué no quiero contagiar? En esta línea, en ciertas circunstancias tal vez convenga también preguntarse: ¿por qué no hacemos lo posible para contagiar de energía, entusiasmo, fuerza, alegría, amor y bienestar a todas las personas que nos rodean? Esto también es política.

EL CLIMA EMOCIONAL

El clima emocional es la consecuencia del contagio emocional. Se refiere al estado emocional de un grupo de personas. En todos los contextos sociales hay algún tipo de clima emocional, aunque no siempre seamos conscientes de ello. Hay clima emocional en las aulas de los centros educativos, en las empresas, en los campos de fútbol, en un concierto, en un mitin político, etc. El clima emocional puede afectar a un grupo reducido de personas, como por ejemplo las que acaban de ser víctimas de un atraco en un banco. Pero también puede afectar a muchas personas, como por ejemplo cuando España ganó la Copa Mundial de Fútbol en Sudáfrica en 2010 y millones de personas repartidas por todo el mundo compartieron las mismas emociones, creando un clima que va más allá de un espacio físico concreto. De esta forma, el clima emocional puede afectar a todo un país. El miedo de un niño solo en la oscuridad es una experiencia individual. En general, será una experiencia horrorosa. La misma experiencia compartida con otros niños puede ser completamente diferente. Un grupo de niños en la oscuridad incluso se lo pueden pasar bien durante unos breves momentos. Se producen interacciones sociales que generan emociones colectivas, contagio emocional y, como consecuencia, un clima emocional, que puede ser distinto de la experiencia emocional individual. El miedo muchas veces procede de contextos sociales que representan una estructura de relaciones de poder que es valorada como una situación de debilidad por parte de las personas que se encuentran en una situación de inferioridad, y como consecuencia experimentan miedo. Cuando una misma experiencia es vivida por grupos de personas se puede convertir en un clima emocional, que puede ser distinto de la emoción individual. En los climas emocionales se comparten las mismas emociones por parte del grupo como consecuencia de experimentar la misma situación, a partir de la cual las distintas personas hacen las mismas valoraciones. Un clima emocional es un estado emocional colectivo y, como tal, no necesita de

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«objeto» de activación emocional. A veces se crean determinados climas emocionales sin que haya «algo» (objeto) que lo explique, de modo que a veces no se sabe a qué obedece un determinado clima emocional que se ha producido en un espacio y un momento dados. Aunque si se analiza en profundidad es posible encontrar causas ocultas. El clima emocional afecta no solamente a cómo se sienten las personas, sino que también influye en lo que hacen. Los climas emocionales son los que explican la formación y mantenimiento de identidades sociales y políticas. Viene al caso recordar que el clima emocional de miedo al desempleo fue una de las causas principales en la creación de los sindicatos (Barbalet y Demertzis, 2013: 178). Los climas emocionales se viven en determinados grupos, mientras que en otros grupos se viven climas distintos. Imaginémonos una fiesta de pueblo con gran bullicio, con gente cantando, gritando, bailando y saltando; es un clima emocional de alegría compartida. Si se mete una persona extranjera sola en medio del bullicio, lo va a vivir emocionalmente de forma muy diferente. En muchas fiestas de pueblo lo que activa las emociones no es el «espectáculo» que se contempla (objeto), sino las relaciones que se establecen entre las personas (causa). Una persona que disfruta en la fiesta de su pueblo puede vivir una experiencia totalmente distinta en las fiestas del pueblo vecino si allí se encuentra completamente solo. El ambiente que se crea en Sevilla en Semana Santa es difícil de entender por muchas personas de otras comunidades o países. Igualmente el clima que se ha creado en Cataluña en algunas manifestaciones del 11 de septiembre, sobre todo por parte de algunos grupos favorables a la independencia, es muy difícil de entender por parte de personas ajenas a este movimiento. En resumen, hay climas emocionales compartidos por los «nuestros» que difícilmente pueden ser comprendidos y experimentados por los «otros».

CLIMA EMOCIONAL Y COMPORTAMIENTO COLECTIVO

Los climas emocionales explican el comportamiento colectivo. La acción de una comunidad política viene determinada por emociones y motivaciones que muchas veces surgen en las interacciones grupales. El miedo y la esperanza son emociones potentes para la activación de la acción política. También lo es la ira. El poder político fomenta el miedo, ya que se sostiene sobre relaciones de poder. Muchos conflictos son debidos en el fondo a relaciones de poder. Robin (2004) analiza las aportaciones de Hobbes, Montesquieu, Tocqueville y Arendt para demostrar cómo el miedo está implicado en la construcción de los Estados. También argumenta la importancia de la presencia del miedo como elemento esencial en las ideologías, la democracia y los totalitarismos, respectivamente. El miedo en política (miedo político) se construye activamente por parte de los líderes políticos y autoridades, que definen los objetos públicos de interés y preocupación. Las restricciones, recortes y desigualdades pueden activar una percepción de debilidad,

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vulnerabilidad y desvalimiento en la población. A veces se llega a opresión, injusticia, falta de respeto a los derechos humanos, e incluso tortura, ejecuciones y arbitrariedades que provocan intimidación, ansiedad, angustia, miedo y terror. Desgraciadamente aparecen noticias en la prensa que informan de estas realidades, aunque pongan el énfasis en los hechos y no contemplen la dimensión emocional. Fomentar el miedo por parte del poder ha sido una constante a lo largo de la historia. La sociedad actual, caracterizada por la globalización, se ha denominado «sociedad del riesgo» (Beck, 1998). Hay muchos fenómenos que inducen al miedo:

terrorismo, crisis, desempleo, epidemias, violencia, accidentes, catástrofes naturales, guerra, inseguridad ciudadana, energía atómica, etc. En el fondo, la sociedad del riesgo engendra más ansiedad que miedo, en cuanto que la mayoría de las personas no creen estar frente a un peligro real, externo, conocido, objetivo e inminente, sino ante la posibilidad de un peligro indefinido, desconocido y a largo plazo. Pero esta posibilidad es poco probable para la mayoría. A pesar de ello se vive con inseguridad y vulnerabilidad (Bauman, 2006: 3-4, 132). Todo ello predispone a algún tipo de acción. En resumen, la experiencia de convivencia genera climas emocionales que inducen a crear y mantener la identidad social y política. Los climas emocionales predisponen a acciones colectivas.

LA SUPERACIÓN DEL MIEDO COMO OBJETIVO DE LA POLÍTICA

El miedo se ha visto como la reacción individual ante un peligro físico. Pero conviene analizar las emociones desde una perspectiva social y política. En este marco, el miedo se vive como una insuficiencia en las estructuras de poder que provocan una percepción de vulnerabilidad. Este miedo político no puede reducirse al «miedo a la autoridad». Es algo más complejo. Las relaciones de poder incluyen un elemento de mutua dependencia, así como antagonismo entre gobierno y ciudadanía. Un relativo desequilibrio en las relaciones de poder puede generar el miedo en las personas que ocupan las posiciones inferiores. Es un miedo indefinido, miedo al futuro, miedo por lo que les pueda pasar a los hijos, miedo al paro, inseguridad ciudadana, miedo a no tener una pensión digna en la vejez, miedo a no ser bien cuidado en la enfermedad, miedo a la violencia, miedo a revivir desastres pasados (guerra, miseria, hambre), etc. No son solamente los poderosos los que inducen miedo y los débiles los que lo sufren. Las élites y los jefes también experimentan miedo. Los poderosos también tienen miedo de los débiles, porque si estos se unen pueden ser más fuertes que los poderosos. Los fuertes pueden experimentar un miedo al futuro debido a que anticipan que los débiles unidos pueden ser más potentes. A veces también puede ser un miedo por la culpa originada en las injusticias cometidas, o simplemente un miedo a perder lo que se ha logrado con esfuerzo.

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La humanidad necesita una política que permita avanzar de forma significativa en

la superación del miedo. Esto no es fácil ni sencillo, pero es uno de los grandes retos de la política internacional en el siglo XXI.

DEL MIEDO A LA IRA

El miedo predispone a huir (fly). Pero hay circunstancias en las que no se puede

huir. Por ejemplo, cuando uno se encuentra entre la espada y la pared. ¿Cuál será la reacción en estas circunstancias? Conviene tener presente que las emociones inducen

a un comportamiento que aumente las probabilidades de supervivencia. Esta es la

función del miedo cuando nos impulsa a huir. Pero cuando la huida no es posible, entonces es probable que se pase al ataque. El miedo se convierte en ira. La ira es una

familia de emociones que incluye rabia, enojo, enfado, furia, cólera, indignación, odio, hostilidad, etc. Así como el miedo predispone a la huida, la ira predispone al ataque, lo cual da sentido al fight or fly.

A lo largo de la historia hay innumerables situaciones en las que grupos de

personas se han visto sometidas al poder, con miedo a manifestar sus opiniones, reivindicaciones y derechos. Esto se ha mantenido hasta que se ha producido un clima emocional que ha favorecido la sublevación. Ejemplos ilustrativos van desde la salida de Egipto de los judíos con Moisés, la rebelión de los esclavos con Espartaco, la Revolución francesa, la Revolución bolchevique, la caída del muro de Berlín, y un largo etcétera que constituye una parte esencial de la historia. El problema es que el paso del miedo a la ira predispone a la violencia. Desgraciadamente muchas revoluciones (francesa, bolchevique, mexicana, cultural china, cubana, etc.) han ido acompañadas de tanta violencia que pone en entredicho la motivación liberadora de base. No siempre, pero en muchas situaciones se ha dado una vuelta a la tortilla, pasando los oprimidos a ser los opresores, y al revés, de modo que no se ha solucionado el problema, sino que tan solo se han cambiado las relaciones de poder.

RESUMEN Y CONCLUSIONES

Las emociones se han considerado tradicionalmente como un fenómeno particular

y subjetivo. Sin embargo también son un fenómeno social. El contagio emocional es

una realidad que ha sido investigada y tiene un fundamento social, psicológico y neurocientífico. La creación de climas emocionales es la consecuencia del contagio emocional. El miedo colectivo es un ejemplo claro de contagio y clima emocional, que cuando se produce puede movilizar a grupos sociales en alguna dirección. Del miedo se puede pasar muy fácilmente, según las circunstancias, a la ira, de la cual puede derivar violencia (lucha, ataque), que es el comportamiento opuesto al miedo (huir,

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volar). La humanidad necesita una política que permita avanzar de forma significativa en la superación del miedo. Esto no es fácil ni sencillo, pero es uno de los grandes retos de la política nacional e internacional en el siglo XXI. Lo mismo se puede decir de la ira.

La violencia que acompaña muchas revoluciones pone en entredicho los efectos positivos que podría tener. Solamente las revoluciones que toman en consideración la educación y la interioridad tienen probabilidades de permanecer en el tiempo. Las relaciones de poder son una de las principales causas de los conflictos, del miedo y de la ira. Por tanto, se requiere un cambio en las estructuras y relaciones de poder, para pasar de un clima de miedo e ira a otro de bienestar. Estas estructuras son las realmente democráticas, en un marco de diversidad donde se hace necesaria la negociación desde la igualdad, la libertad y la responsabilidad. Este es un antídoto para el miedo, la ira y la violencia.

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6. LAS EMOCIONES EN LA PROTESTA POLÍTICA

En este capítulo se argumenta cómo las protestas políticas se articulan en torno a emociones compartidas que son canalizadas por los líderes políticos en una unidad de acción. Todo análisis incluye la identificación de distintos elementos que aparecen mezclados en una visión superficial. En el caso de las protestas se pueden identificar tres elementos esenciales: el oponente, el conflicto y el grupo que protesta. Cada uno de estos elementos genera sus propias dinámicas emocionales, que desembocan en la protesta. El análisis del factor tiempo en la protesta permite identificar las emociones que se experimentan antes, durante y después de la protesta. Según sean las emociones colectivas en cada una de estas tres fases tendrá lugar a una diferente implicación de las personas en la protesta.

EMOCIONES QUE PREDISPONEN A LA PROTESTA

Una de las ideas que pretendemos difundir es que la política está llena de emociones. Pero donde hay especialmente alta emocionalidad es en la política de la protesta. La gente está irritada sobre medidas de austeridad, amenazada por el terrorismo, tiene miedo al paro o está indignada por lo que pasa en la política (corrupción, injusticia, incompetencia, etc.). Hay una dimensión emocional importante en la forma como la gente reacciona al contexto político. Los movimientos sociales juegan un papel importante en las protestas. Se encargan de organizar las manifestaciones y crear el clima propicio. Saben que la gente se mueve más por emociones que por ideas, aunque las ideas deben estar presentes en el discurso. Pero es la forma de poner emoción a las ideas lo que moviliza a la ciudadanía. Como dijo Martin Luther King, para la gente no es suficiente con tener ira. Hay que unir a la gente y organizarla para que la ira sea una fuerza de transformación social. Los movimientos sociales utilizan sus recursos y creatividad para convertir la ira individual en emociones colectivas que promuevan la reivindicación masiva. La importancia de las emociones en las protestas ha motivado que sean tema de investigación en los conflictos políticos (Van Troost, Van Stekelenburg y Klandermans, 2013). A principios del siglo XXI se empieza a refutar el principio de oposición entre emoción y racionalidad. Las aportaciones de la neurociencia y las investigaciones sobre el cerebro emocional significan un cambio de paradigma en la tradicional oposición entre razón y emoción. Nuestros pensamientos y nuestras acciones están condicionados por nuestras emociones, y nuestras emociones

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dependen en gran medida de los climas emocionales que se crean en nuestro entorno. El «trabajo emocional» ha sido siempre la clave en la organización de las protestas, aunque no se haya hablado de ello. Tomemos la siguiente afirmación de

Malcolm X: «Habitualmente cuando la gente está triste no hace nada. Solamente llora sobre su situación. Pero cuando están enfadados, provocan cambios sociales» (traducción libre a partir de la cita de Van Troost et al., 2013). En esta afirmación está presente la idea de que las emociones predisponen a la acción, y que distintas emociones inducen a acciones distintas. Un mismo acontecimiento es valorado de forma diferente por parte de distintas personas. El reto de los organizadores de la protesta es conseguir que haya una valoración social compartida, que las percepciones distintas que las personas tienen de la realidad converjan y predispongan a la misma acción. Esto se consigue cuando hay un sentimiento de identidad que se expresa en el «nosotros»: nosotros pensamos, nosotros sentimos, nosotros actuamos. Mi sentimiento es nuestro sentimiento; nuestra emoción es mi emoción. Como consecuencia se deriva un comportamiento colectivo. Son las emociones en interacción las que motivan a participar en la protesta. Las emociones y su expresión son construcciones sociales que están regidas por normas, valores y cultura. Hay algunas emociones más sociales que otras, en el sentido en que su expresión está más regulada socialmente. Hay un grupo de emociones sociales que son las que tienen más que ver con la política: indignación, solidaridad, patriotismo, etc. Estas emociones tienen una carga social y política clara

y potente. Otras emociones como ira, rabia, enfado, odio, orgullo, alegría, tristeza,

etc., pueden adoptar una dimensión social y política para inducir a acciones a partir de las estimulaciones de los organizadores de la protesta. Los factores históricos y culturales juegan un papel muy importante en la interpretación de los hechos que pueden provocar la protesta. Las personas miran a su alrededor en busca de otros que se encuentren en la misma situación. En este marco

es cuando los movimientos sociales pueden proporcionar el espacio idóneo para compartir experiencias, explicarse su vida, expresar sus sentimientos y vislumbrar vías de acción conjunta.

DINÁMICAS EMOCIONALES EN LA PROTESTA

En el análisis de las emociones en la protesta se pueden distinguir tres aspectos: el oponente, el conflicto y el grupo. En la protesta se experimentan emociones negativas

frente al oponente y frente al conflicto (ira, indignación, miedo), que contrastan con las emociones positivas que se experimentan dentro del grupo que protesta (solidaridad, compasión, apoyo, orgullo, alegría). Los estados de ánimo de los miembros del grupo se retroalimentan, creando el clima emocional idóneo para la acción colectiva. Este clima favorece el cambio del miedo y tristeza a la ira, esperanza, optimismo y entusiasmo, que son necesarios para

la protesta colectiva eficiente.

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Las investigaciones han demostrado que con emociones positivas se es más eficaz. Una protesta en la que las personas están imbuidas en la tristeza, el miedo y el pesimismo probablemente no consiga muchos adeptos ni sea eficaz. En cambio, si predomina la confianza, solidaridad, entusiasmo y esperanza se aumentan las probabilidades de éxito. La percepción de la viabilidad de los objetivos es un predictor importante en el clima emocional del grupo. Si se perciben grandes dificultades para el logro de los objetivos, se activan emociones de ira, preocupación, pesimismo y tristeza. En cambio, si se considera que las dificultades son superables, entonces se activa entusiasmo, confianza y esperanza. Las tendencias de acción son la inclinación a responder a una situación de una forma particular. El miedo predispone a la huida; la tristeza a la inacción y la ira a la agresión. Este aspecto agresivo de la ira la convierte en la emoción idónea para movilizar a la gente a luchar por lo que creen que son sus derechos. Es interesante observar que ante una catástrofe, como por ejemplo un petrolero que se hunde cerca de la costa, generando una gran contaminación, se pueden producir dos creencias: que era evitable o no. Si se considera que el desastre se hubiera podido evitar, entonces se activa la ira, que va a provocar acciones de protesta. En cambio, si se considera que era inevitable, por las circunstancias atmosféricas o por las razones que sean, entonces se activa la tristeza, que no activa ninguna acción. Las personas que se implican en la protesta atraviesan una serie de etapas. Van pasando de la indiferencia inicial a ser simpatizante. Posteriormente pueden pasar a sentirse miembros del grupo. Dando un paso más, se puede ser militante, activista o incluso dirigente, organizador, coordinador o líder. Esto se puede mantener durante cierto tiempo, tal vez hasta que finalice la protesta. Pero también puede suceder que se produzca un desencanto, una pérdida de moral, un desengaño, y entrar en un pesimismo y tristeza que predispone a dejar la acción. Llegado a este punto se puede abandonar el movimiento y la protesta. El abandono se produce como consecuencia de una disminución del compromiso y el sentimiento que lo acompaña, cuando se considera que las relaciones con el grupo han dejado de ser gratificantes. La desesperanza generalizada es lo que caracteriza el declive del movimiento y de la protesta. Emociones negativas como desencanto, atrición, desesperanza y tristeza son un riesgo para el mantenimiento del movimiento social que organiza una protesta. Para prevenir que esto se produzca es importante el «trabajo emocional», encaminado a mantener la moral alta, sobre todo cuando hay que afrontar una derrota.

EMOCIONES BASADAS EN EL GRUPO

La identificación social con el grupo, es decir, sentirse miembro del grupo, es un factor esencial para la acción colectiva. Si una protesta colectiva es esencialmente un fenómeno de grupo, es esencial el sentimiento de pertenencia a ese grupo. Esto

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fundamenta la importancia de las emociones basadas en el grupo en los comportamientos de protesta colectiva. Dentro del grupo se experimentan emociones relacionadas con la percepción del mismo grupo. Si se valora que el grupo es lo suficiente fuerte como para lograr los objetivos, se tiende hacia la ira que impulsa a la acción. En cambio, si se valora que el grupo es débil, entonces se activa el miedo y la tristeza que predispone a la inacción y a abandonar el grupo. La percepción de la fortaleza del grupo influye en la tendencia de acción. En los grupos radicales y violentos está más presente el desprecio hacia el otro que la indignación por la injusticia. La indignación ante las injusticias ha sido un motor de movilización en favor de los derechos humanos y la libertad a lo largo de la historia. En este sentido, la indignación es necesaria y buena. El peligro viene cuando se pasa a otros matices dentro de la ira, como pueden ser desprecio, hostilidad u odio. Entonces, la predisposición a la violencia es superior a la solución del conflicto. La identidad social determina las emociones sociales. La gente puede «sentir por el grupo» (I feel for us), lo cual significa que las personas están conectadas con las demás del grupo, experimentando las mismas emociones, aunque no estén directamente afectadas por la situación activadora del conflicto (Yzerby et al., 2003:

533-535).

En una emoción se produce una evaluación del evento, reacciones internas y predisposición a la acción. Los estudios sobre las emociones basadas en el grupo indican que en las situaciones interpersonales se producen los mismos procesos. Es más, las personas pueden experimentar emociones «de parte del grupo». Cuanta más identificación con el grupo, más se experimentan emociones basadas en el grupo. El contagio emocional tiene más probabilidades de producirse entre personas que mantienen fuertes vínculos afectivos y de intimidad. No es lo mismo ir a una manifestación individualmente, completamente solo y sin conocer a nadie de los que se manifiestan, que ir acompañado de las personas con las cuales mantenemos vínculos afectivos. El contagio emocional tiene sus reglas para que se produzca. La «resonancia emocional» representa un alineamiento entre la ideología del movimiento social que organiza la protesta y el grupo (Van Troost et al., 2013: 202). Cuando hablamos del grupo nos referimos a los seguidores, activistas, militantes, simpatizantes, manifestantes, etc. Al tratarse de grupos de personas con características muy distintas, cada una tiene sus propios intereses, opiniones y sentimientos. Cada una aporta al grupo su particular forma de ver la realidad y sus propias emociones. El resultado de todo ello es el clima emocional que se produce. Cuando este clima se caracteriza por «resonancia emocional» significa que todo el grupo vibra con las mismas emociones. Esto produce la sensación de vivir experiencias óptimas, que pueden provocar lágrimas de emoción en muchos asistentes.

EMOCIONES DE PROTESTA Y TENDENCIAS DE ACCIÓN

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La tabla siguiente identifica las emociones basadas en el grupo, resultantes de las evaluaciones de los eventos a partir de los trabajos de Van Troost et al. (2013: 195). Veamos un poco cómo interpretarlo. Las medidas de austeridad y los recortes se viven como una obstrucción. Si la gente interpreta estas medidas como debidas a las circunstancias (crisis) y que no se puede hacer nada para evitarlo, entonces se experimenta miedo y tristeza. Son situaciones en las que hay un potencial bajo de afrontamiento. En cambio, si hay un alto potencial de afrontamiento probablemente se va a experimentar frustración. Si las causas se atribuyen a los «otros», por ejemplo al gobierno, y se percibe un bajo potencial de reacción, se tiende a experimentar desprecio. En cambio, si se percibe un alto potencial de reacción es más probable que se experimente ira.

EMOCIONES DE PROTESTA Y SUS EVALUACIONES

Responsabilidad

Objetivo colectivo

Facilitación

Obstrucción

Potencial de

Afrontamiento

Causado por las circunstancias

Responsabilidad de los «otros»

Responsabilidad intra-grupo

Esperanza, alegría,

alivio

Solidaridad

Orgullo

Miedo, tristeza

Frustración

Desprecio

Ira

Remordimiento

Culpa,

vergüenza

Bajo

Alto

Bajo

Alto

Bajo

Alto

FUENTE: Basado en Van Troost et al. (2013: 195).

Los resultados de este análisis sugieren que en las protestas se pueden dar dos rutas emocionales distintas. Por una parte está la ruta de la ira, basada en la visión de alto potencial de afrontamiento para conseguir los objetivos. Por otra parte está la ruta del desprecio, que se produce cuando se percibe un bajo potencial de afrontamiento; es decir, cuando los canales legítimos o legales están cerrados. En este caso, la situación se vive con desesperanza, lo cual conduce a la estrategia de «nada que perder», de donde se deriva una predisposición negativa que puede desembocar en una protesta más violenta (Van Troost et al., 2013: 195).

MOMENTOS EN LA PROTESTA

El análisis de las protestas tiene tres momentos diferenciados de observación:

antes de la protesta, durante la protesta y después de la protesta. Las emociones antes de la protesta se originan en la percepción de obstrucción y en la atribución de responsabilidad de las causas. Es decir, ¿la gente cree que el acontecimiento ha sido causado por circunstancias inevitables, o hay responsabilidad

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debida al propio grupo o a «otros» grupos o personas? Según cómo se responda a esta pregunta se activaran emociones diferentes, que, a su vez, tendrán distintas tendencias de acción. La indignación y la ira están presentes cuando hay una atribución de responsabilidad a los «otros», junto a una percepción de alto potencial de afrontamiento en el propio grupo. Se ha observado que en manifestaciones con actos violentos y vandálicos está presente el desprecio en más intensidad que la indignación. Los organizadores de la protesta deben convencer al grupo de que la responsabilidad es de los «otros». Este es el requisito previo para que se produzca la protesta. Otro requisito es que el miedo es una emoción que hay superar antes de implicarse en una protesta. Durante la protesta las personas perciben la presencia de otras personas y por tanto forman parte de un grupo más grande. Esto crea lo que Durkheim denominó «conciencia colectiva» (cit. en Van Troost et al., 2013: 198). En este contexto se pueden producir transformaciones emocionales. Por una parte de produce una ampliación de la emoción individual cuando se vive en grupo. Por otra parte, se produce una mutación de la emoción inicial, por ejemplo de ira, en otras emociones, por ejemplo de esperanza, entusiasmo y solidaridad. La solidaridad crea vínculos de unión y la sensación de que juntos somos más que la suma de las partes. Se experimenta la sensación de que «tu problema es mi problema; es nuestro problema». Experimentar las mismas emociones y expresarlas de forma colectiva en una manifestación de protesta tiene unos efectos de catarsis liberadora. Las emociones que se experimentan como consecuencia de la protesta han sido poco analizadas. Después de una manifestación, así como de cualquier acción política, los organizadores tienden a resaltar que ha sido un éxito. A tal efecto van a seleccionar aquellos aspectos que pueden presentar como un efecto positivo, obviando o ignorando los aspectos que puedan presentar una valoración negativa. Resaltar la percepción de éxito proporciona a los seguidores y activistas un sentimiento fuerte de identificación, que se experimenta como una emoción positiva, lo cual predispone a repetir la experiencia. Siendo realistas, hay que reconocer que en muchas manifestaciones no se logra nada, pero sin embargo los resultados se consideran como positivos. Si se valoran los resultados de una manifestación solamente desde el punto de vista racional de coste/beneficio, podríamos llegar a la conclusión de que no son rentables. Este principio lo podríamos hacer extensivo a las protestas en general. Lo que pasa es que la experiencia emocional en la manifestación y en la protesta es más importante que los resultados. Un análisis de la dinámica de la protesta debe considerar las emociones previas a la protesta, durante y después, entre las que se pueden incluir indignación, identificación, sentimiento de pertenencia, solidaridad, participación y catarsis colectiva.

INDIGNAOS

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El 15 de mayo de 2011 se conoce como 15M a consecuencia de las manifestaciones de protesta que se iniciaron en la Puerta del Sol de Madrid y se extendieron a otras ciudades, con repercusiones en toda España. El libro de Steven Hessel (2011) Indignaos fue la fuente de inspiración de este movimiento. Las noticias que a partir de este día fueron apareciendo durante meses convirtieron el 15-M en un referente de las protestas, no solamente en España, sino de alcance internacional. La expresión ¡Democracia real ya! traspasó las fronteras (Van Troost et al., 2013:

2003). En todo este movimiento se pueden observar los elementos que estamos comentando en este capítulo: emociones basadas en el grupo que predisponen a la acción política.

RESUMEN Y CONCLUSIONES

Se producen unas dinámicas complejas que explican cómo las emociones inciden en la activación y mantenimiento de la protesta. En el análisis de las emociones en las protestas se pueden distinguir tres elementos: el oponente, el conflicto y el grupo. Normalmente se experimentan emociones negativas frente al oponente y frente al conflicto (ira, indignación, miedo). En cambio, las emociones positivas están presentes dentro del grupo que protesta: solidaridad, compasión, apoyo, orgullo, alegría, etc. Con emociones positivas dentro del grupo, la protesta es más eficaz. Una protesta en la que las personas están imbuidas de tristeza, miedo y pesimismo probablemente no consiga muchos adeptos ni sea eficaz. En cambio, si predomina la confianza, la solidaridad, el entusiasmo y la esperanza aumentan las probabilidades de éxito en la protesta. Un análisis de la dinámica de la protesta debe considerar las emociones previas a la protesta, durante y después. Entre las emociones predominantes en estas tres fases están: indignación, identificación, sentimiento de pertenencia, solidaridad, participación y catarsis colectiva.

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7. EMOCIÓN Y TRANSICIONES POLÍTICAS

En este capítulo se abordan fenómenos complejos como las transiciones políticas. Son ejemplos de transiciones políticas importantes en los últimos treinta años la caída del muro de Berlín y la primavera árabe. Otros ejemplos de otras épocas pueden ser los procesos de independencia de Estados Unidos, países latinoamericanos, africanos, etc. En este capítulo nos centramos principalmente en la caída de los regímenes comunistas y en los movimientos de los países árabes. Se trata de analizar las acciones que provocaron a la población, en una época de expectativas de cambio, lo cual activó unas emociones que impulsaron a las masas a la acción. Es algo parecido a la protesta, pero con repercusiones de largo alcance.

EL MUNDO COMO SISTEMA

El mundo y la vida son un proceso de cambio permanente. Se ha dicho que en el futuro lo único que será permanente es el cambio. En un mundo cada vez más globalizado, los cambios en un lugar concreto pueden producir efectos en lugares alejados en extremo. Un sistema es un conjunto de elementos interrelacionados que interactúan entre sí de forma continua. Vivimos en un mundo globalizado que se comporta como un sistema. Cuando un sistema político fuerte se niega a cambiar para mejorar la vida de la ciudadanía, se provocan emociones de ira y resistencia que pueden activar movimientos de gran impacto y de consecuencias imprevisibles.

LAS EMOCIONES EN LAS TRANSICIONES DE LOS PAÍSES COMUNISTAS

Entre los acontecimientos históricos más importantes de la segunda mitad del siglo XX está la caída de los regímenes soviéticos del este de Europa, representada con la expresión de «la caída del muro de Berlín». Las interpretaciones y explicaciones a este fenómeno son múltiples y diversas. Muchos consideran que los regímenes comunistas eran totalitarios, monolíticos e incapaces de cambiar. El efecto Gorbachov ha sido considerado como un factor esencial en la transición de muchos países comunistas, pero no lo explica todo. Saxonberg (2013) desarrolla un modelo explicativo de las razones por las cuales algunos países comunistas llegaron al colapso y se produjo una transición y por qué en otros países el comunismo ha permanecido en el poder. Vamos a basarnos principalmente en este modelo de

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análisis en las páginas siguientes. La mayoría de análisis de las transiciones en los países comunistas se basan en factores como estancamiento económico, pérdida de legitimidad ideológica, cambio de estrategia en intelectuales críticos y otros aspectos sociopolíticos. Saxonberg (2013) considera que todos estos análisis no han tomado en consideración un aspecto clave del colapso: el papel de las emociones. Los regímenes comunistas es probable que no hubieran caído de no haberse producido acciones que provocaron a la población en una época de expectativas de cambio. Pero los cambios esperados se frustraron, porque la ciudadanía percibió una falta de cambios reales.

FACTORES PARA LA TRANSICIÓN

En 1989, cuando se produjo la caída del muro de Berlín con su profundo significado de colapso de los regímenes comunistas, surgieron muchas interpretaciones de lo que sucedió en los años ochenta como origen y causa de las transiciones. Saxonberg (2013) aporta ejemplos que demuestran que los países comunistas no eran tan estables como se imaginaba. Estaba surgiendo una sociedad crítica que reclamaba cambios. Eran cambios que no llegaban y frustraban las expectativas de una sociedad cada vez más consciente, frustrada y activa. El desarrollo de una sociedad civil fuerte es una condición previa para la sublevación revolucionaria. Además de todas las explicaciones que se han dado sobre las transiciones políticas en los países del Este, hay algunos aspectos importantes que no han sido tomados en consideración. Era una época de grandes expectativas de reformas, junto a políticas que frustraban a la población. Estas expectativas frustradas, si bien no son suficientes para explicar las transiciones, son factores necesarios. Si el régimen satisface las expectativas de cambio, la sociedad se relaja. Pero si esta se siente profundamente frustrada, entonces las emociones pueden llegar a un punto de ebullición que predispone a la acción de protesta a la primera ocasión que se presente. Estas ocasiones se presentan muchas veces cuando el régimen realiza alguna acción que se considera como un acto de violencia contra la población. Esto se percibe como una provocación por parte de la ciudadanía, que considera que tiene que reaccionar. La tabla siguiente, basada en Saxonberg (2013), resume la transición en diversos países comunistas y demuestra cómo se cumple esta condición. Al mismo tiempo demuestra cómo no se cumple la condición en los países en los que no se ha producido la transición. La tabla se comenta a lo largo del capítulo.

 

FACTORES DE TRANSICIÓN Componentes de las transiciones potenciales, rebeliones fracasadas y no transiciones

País

Expectativas

Frustración

Represión

Legitimidad

Resultado

 

(outrage)

ideológica

País

Expectativas

Frustración

Represión

Legitimidad

Resultado

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(outrage)

ideológica

Transiciones

Polonia, 1989

Altas

No

No

Baja

Transición

 

negociada

Hungría, 1989

Altas

No

No

Baja

Transición

 

negociada

Croacia, 1990

Altas

No

No

Baja

Régimen pierde

 

elecciones

Eslovenia, 1990

Altas

No

No

Baja

Régimen pierde

 

elecciones

Checoslovaquia,

Altas

Baja

Revolución

1989

Alemania del

Altas

Baja

Revolución

Este, 1989

Rumanía, 1989

Altas

Sí

Sí

Baja

Revolución

Rusia, 1991

Altas

Sí

Sí

Baja

Régimen

 

derrocado

Etiopía, 1991

Altas

Sí

Sí

Baja

Victoria militar

Serbia, 2000

Altas

Sí

Sí

Baja

Revolución

Rebeliones fracasadas

 

China, 1989

Altas

Sí

Sí

Alta

Revolución

 

aplastada

Alemania del

Altas

Alta

Invasión

Este, 1953

soviética

Hungría, 1956

Altas

Sí

Sí

Alta

Invasión

 

soviética

Polonia, 1956

Altas

Sí

Sí

Alta

Reformas

Polonia, 1970

Moderadas

Moderada

Rebelión

 

reprimida

Polonia, 1980-

Altas

Moderada

Golpe militar

1981

No transiciones

Cuba

Bajas

No

Moderada

No

 

rebelión

Corea del Norte

Nulas

No

Moderada

No

 

rebelión

FUENTE: Basado en Saxonberg (2013).

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FACTORES EMOCIONALES

En los procesos de transición política de los países comunistas se producen diversas condiciones necesarias, pero no suficientes, que conviene analizar. Entre ellas están la pérdida de legitimidad ideológica y otros factores sociopolíticos y económicos que han sido analizados desde diversas perspectivas. Pero también están los factores emocionales, que prácticamente no han sido analizados y sobre los cuales nos centramos en estas páginas. Dentro de estos últimos destaca la existencia de expectativas frustradas en la población y acciones del régimen que provocan ira en la ciudadanía. La tesis de Saxonberg (2013) es que la combinación de expectativas frustradas, junto con la ira provocada por los dirigentes, aumenta las probabilidades de rebelión. Pero esta no tendrá éxito a no ser que el régimen haya perdido su legitimidad ideológica. Si el régimen cree en su legitimidad ideológica es probable que reprima violentamente la rebelión. Al mismo tiempo, si los opositores disidentes creen en la ideología probablemente seguirán una estrategia revisionista, procurando introducir cambios en el régimen en lugar de movilizar a la población contra el régimen. Los agentes sociales movilizan a la población en primer lugar cambiando el miedo por ira. El miedo a las consecuencias de la rebelión, al castigo, a las represalias o a la represión es un freno muy importante para iniciar la acción. La movilización de la población se produce cuando la fuerza de la ira es superior a la inercia de la inacción y al miedo a las consecuencias. El régimen puede contribuir a crear ira en la población mediante una serie de medidas opresoras, como la subida de los precios de necesidades básicas, principalmente la alimentación, o fallando en proporcionarlas, como el caso del agua. Cuando se pregunta a los participantes en manifestaciones de protesta y revueltas, muchos responden que lo que les ha motivado a implicarse ha sido en el fondo la ira provocada por las provocaciones, escándalos y atrocidades de los dirigentes. A veces el régimen puede cometer actos claramente activadores de la ira, lo cual desencadena la rebelión consecuente. Por ejemplo, reprimir manifestaciones, privar a ciudadanos de su estatus, encarcelar a políticos disidentes, realizar acciones violentas contra personas o grupos, etc. Esto puede ser la chispa que enciende la mecha. En opinión de Saxonberg (2013), la frustración de las expectativas de cambio ha jugado un papel esencial en la movilización de las masas contra los regímenes comunistas y fueron el origen de la ira. Conviene tener presente que la frustración es una emoción que conlleva otra, pues inmediatamente después de la frustración se suele experimentar ira o tristeza. En la medida en que la frustración colectiva se canaliza hacia la ira, se favorece la rebelión.

LA IRA EN LAS TRANSICIONES DEL COMUNISMO

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Saxonberg (2013) analiza los detalles de cómo se produjeron las transiciones en los regímenes comunistas totalitarios. Su análisis se centra en 1989, cuando se produjeron las transiciones de Polonia, Hungría, Rumanía, Checoslovaquia y Alemania del Este; en 1990 en Croacia y Eslovenia; en 1991 en Rusia y también en Etiopía, y en 2000 en Serbia. El análisis comparativo detallado de todas estas transiciones permite concluir que, entre otras causas necesarias pero no suficientes, está la dimensión emocional. La combinación de expectativas frustradas y medidas represivas provocan ira en la población. La ira es una de las causas principales de las rebeliones contra los regímenes comunistas a finales de la década de los años ochenta. Gorbachov impulsó unas reformas que levantaron esperanzas, no solamente en su país, sino también en los países satélites del Este de Europa. En estos países se esperaba que la influencia de Gorbachov serviría para provocar cambios en los respectivos países. Estos cambios podían ser reformas en la política o cambio de los líderes conservadores que gobernaban en esos países. Al no producirse estos cambios, se experimentó una gran frustración que originó la ira activadora de los movimientos de masas que desembocaron en la transición. En algunos casos se produjeron además actos represivos que propiciaron todavía más la revuelta.

TRANSICIONES Y NO TRANSICIONES

Después de la caída del muro de Berlín quedan algunos países comunistas en los que se puede considerar que no se ha producido transición. Vamos a referirnos a «no transiciones», en oposición a los países que sí se ha producido. Se trata de países tan distintos como Cuba, Corea del Norte, China y Vietnam. ¿Por qué no se ha producido la transición en estos países? En los países donde no se ha producido la transición también se puede haber dado el mismo fenómeno: expectativas frustradas y represión. Veamos el caso de China. Después de un período de expectativas frustradas de reformas, en 1989 se producen los hechos represivos de la plaza de Tiananmen. Pero en este caso el gobierno se sentía legitimado ideológicamente, y por tanto se sentía lo suficientemente fuerte como para disparar sobre los estudiantes. Es decir, la alta legitimidad ideológica es un freno para la transición. En los países donde se produce la transición había baja legitimidad ideológica en el momento de la transición. Respecto a Cuba y Corea del Norte, son países donde no ha sucedido nada que permitiera tener esperanzas sobre posibles cambios políticos. Por tanto, no ha habido expectativas frustradas. No ha habido políticos reformistas, ni figuras de trascendencia internacional, que pudieran presionar al gobierno desde dentro del país. En estos lugares, a diferencia de los países del Pacto de Varsovia, no se esperaba que la influencia de Gorbachov pudiera promover reformas políticas. Por otra parte, los gobernantes de estos países han gozado de un poder carismático, potenciado por los medios de comunicación nacionales, que les permite utilizar un estilo de gobierno

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personal, hasta tal punto de ser una especie de gobierno hereditario dentro de una república. En el caso de Cuba, nadie ha esperado que Fidel Castro, el líder de la revolución de 1959, dijera públicamente: «nos hemos equivocado y vamos a proceder a reformas importantes». Tampoco se ha esperado esto de su hermano Raúl. En el caso de Corea del Norte tampoco se han dado las circunstancias para que nadie pudiera esperar ningún tipo de cambios o reformas. En conclusión, en los países donde no se ha producido ninguna transición, tampoco se ha producido una frustración respecto a reformas esperadas, simplemente porque no ha habido expectativas sobre tales reformas. Por tanto, al no darse la frustración, no se ha producido la ira consecuente. Esta ira es la activadora de la revuelta. Por el contrario, en estos países se ha dado una aceptación de la situación impuesta por el miedo y la tristeza, que inducen a la inacción. En estas condiciones, si se producen actos represivos, no existe un clima emocional que predisponga a la revuelta. En algunos de los países en los que se ha producido la transición, no se ha conseguido al primer intento, habiéndose producido otras revueltas anteriores. Este es el caso de la rebeliones fracasadas en Alemania del Este en 1953, Hungría en 1956 y Polonia en 1956, 1970 y 1980. En estos países, en aquellos momentos todavía había una creencia en la legitimidad ideológica. Esto justificaba la violencia del Estado o la invasión soviética, que abortaron las revoluciones en aquellos momentos.

EL EFECTO SOLIDARIDAD: MORAL Y EMOCIÓN

Ante situaciones de represión, injusticias, opresión, violencia, etc., se produce un sentimiento de solidaridad con las víctimas. En los análisis políticos a veces se ha hablado del «efecto solidaridad» como impulsor de movimientos sociales. Algunos autores se refieren a «sentimiento de represión» (feelings of outrage) como posible causa. En ambos casos estamos hablando de lo mismo. Cuando un régimen reprime violentamente manifestaciones de descontento y protesta, la gente se siente oprimida y considera que es un deber moral rebelarse contra esta opresión. Los análisis históricos y políticos rara vez mencionan las emociones entre las motivaciones de las acciones políticas. A veces se habla de solidaridad, pero como si se tratase de un aspecto racional relacionado con el deber. En el fondo se trata de un tema emocional, pues sentirse solidario con el que sufre es una emoción. Además, cuando se habla de deber moral, principios éticos y valores, muchas veces lo que hay son emociones. Así, la compasión, la empatía y el amor están en el origen de la moral, la justicia y las religiones. Autores clásicos, como Aristóteles, Espinoza, Hume y Adam Smith, así como autores modernos como Dunn et al. (1995), Prinz (2008) y Vallverdú (2007), se han ocupado de analizar la construcción de la moral desde la perspectiva de las emociones. Desde la perspectiva emocional, los principios morales se podrían expresar así: una acción es moralmente buena (o mala) en la medida en que provoca emociones de aprobación (o desaprobación) en

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observadores normales (Bisquerra, 2009).

CONDICIÓN NECESARIA PERO NO SUFICIENTE

Podríamos resumir lo que antecede diciendo que los análisis sobre la caída de los regímenes comunistas pocas veces han tomado en consideración la dimensión emocional. Saxonberg (2013) presenta un modelo de análisis en el cual las emociones juegan un papel importante, tal como acabamos de exponer. La conclusión es que las emociones son una condición necesaria, pero no suficiente. En todos los casos se puede observar unas expectativas de reformas que han sido frustradas, lo cual se ha canalizado hacia la ira que activa la revolución. Pero deben darse además otras condiciones, como falta de legitimidad ideológica y, a veces, actos represivos. La gente tiene miedo a perder su trabajo, su casa, a ser condenado o castigado, y por tanto no está dispuesta a la acción de protesta a no ser que se den una serie de circunstancias en las cuales se valora que merece la pena. Esto sucede en situaciones caracterizadas por el «nada que perder». Cuando una persona considera que ya no tiene nada que perder es cuando está dispuesta a todo.

LAS EMOCIONES EN LA «PRIMAVERA ÁRABE»

En 2011 se inicia lo que se ha denominado primavera árabe, que cogió al mundo por sorpresa. Las explicaciones de estos acontecimientos se focalizan en la acumulación del descontento de la ciudadanía, con líderes autoritarios entrados en edad, acentuación de los agravios económicos, presión demográfica de población joven con aspiraciones no satisfechas, y disponibilidad de nuevas tecnologías para difundir la información y formar redes de oposición. El conjunto de todos estos elementos es lo que favorece la movilización. Como de costumbre, la dimensión emocional no es contemplada en la mayoría de estos análisis. La ignorancia del peso de las emociones en los análisis de movimientos sociales y políticos es una constante que nos interesa subrayar. Tal como argumenta Pearlman (2013), los factores sociopolíticos y económicos no son suficientes para explicar lo que activa a las personas a dar el paso para comprometerse en un enfrentamiento contra la autoridad, especialmente cuando los riesgos son altos y los beneficios son muy inciertos. Esta constatación ha favorecido que análisis recientes empiecen a tomar en consideración la dimensión emocional de la disensión colectiva. Las rebeliones árabes son una buena ocasión para aplicar un modelo de análisis que toma en consideración las emociones. Las emociones más implicadas en las rebeliones árabes son principalmente la ira y la esperanza. La ciudadanía reacciona con indignación frente a la represión de las fuerzas armadas que disparan frente a una manifestación de personas desarmadas. La importancia de las emociones de las personas que se manifiestan en una

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protesta pacífica es esencial para comprender el movimiento. La evaluación que se hace de la realidad política activa la ira y el desprecio frente a los líderes autoritarios, que consideran el país como propiedad privada y el gobierno como hereditario. No es casualidad que se hablara del «Egipto de Mubarak» y el «Túnez de Ben Ali». Los análisis de los movimientos sociales normalmente asumen que las personas que protestan son actores racionales que buscan beneficios materiales que se pueden producir como consecuencia de un cambio político. Pero esto es insuficiente para explicar los altos riesgos que las personas están dispuestas a asumir con unas probabilidades bajas de éxito y con unos beneficios tan inciertos. Hay que tomar en consideración la dimensión emocional. Sin embargo, cuando se han tenido en cuenta, ha sido en el sentido de considerar a las emociones como algo negativo. Son las pasiones irracionales y desenfrenadas, impulsadas por las dinámicas de las masas, las que impulsan a la acción, y a veces presionadas por personas con patologías mentales o emocionales. Es cierto que a veces se puede considerar que ha sido así, por ejemplo en el nazismo o en el Estado Islámico; pero no siempre, ni mucho menos. En los análisis políticos, históricos y sociales, llegar a considerar las emociones como algo aceptable es muy difícil y todavía cuesta entrar en este tipo de análisis. Cuesta contemplar las emociones como respuestas del sistema nervioso autónomo, más que como impulsos irracionales, que se dan como respuesta a las evaluaciones que se hacen del entorno, y como tales pueden ser incluidas en un análisis de los movimientos sociales, como un factor más junto a otros que ya están habitualmente contemplados. En las rebeliones árabes se puede identificar la presencia de emociones como indignación, ira, estar harto, solidaridad, coraje y orgullo, como aspectos significativos en la activación del movimiento (Pearlman, 2013). Cuando los gobernantes, con la intención de hacer concesiones para parar la protesta, ofrecen algo que es percibido como «demasiado poco y demasiado tarde», lo más probable es que sea rechazado. Hay un momento en que ya solo se está dispuesto a aceptar un cambio de régimen. En las rebeliones árabes han estado presentes emociones positivas como solidaridad, orgullo y esperanza. En los periódicos aparece una mujer que afirma que los acontecimientos de la plaza de Tahrir en El Cairo son los momentos más felices de su vida. Pero sobre todo han sido las emociones negativas frente a los gobernantes opresores las que han movilizado a la gente. Entre las emociones negativas activadoras se encuentran el resentimiento y la indignación ocasionados por la injusticia, que es uno de los requisitos para la acción colectiva. La injusticia activa la ira y la indignación que predisponen a la acción. El simple conocimiento frío de la injusticia no es suficiente para activar la acción. Gente con ira está más predispuesta a aceptar riesgos y valorar con optimismo las posibles consecuencias de las acciones. En cambio, la gente con miedo es menos proclive a la implicación, ya que valora con pesimismo las consecuencias de las acciones.

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ORIGEN Y EVOLUCIÓN DE LA PRIMAVERA ÁRABE

Mohamed Buazizi encendió la mecha de las primaveras árabes cuando se prendió fuego el 17 de diciembre de 2010 frente a la sede del gobierno de Sidi Buzid en Túnez. Tenía 26 años, era huérfano de padre y estaba a cargo de su madre y de tres hermanos. Fue humillado y nadie le atendió cuando fue a reclamar o pedir ayuda. Murió tres semanas después, el 4 de enero de 2011, sin saber que su historia la habían hecho suya muchos jóvenes de dentro y fuera de Túnez. Así se inició el alzamiento que pretendía derrocar el totalitarismo de las dictaduras monárquicas de muchos países árabes. Si este acontecimiento se hubiera evitado, probablemente nada de lo que pasó después hubiera ocurrido. Por las informaciones disponibles, hubiera sido muy fácil evitarlo (véase Xavier Mas de Xaxás en La Vanguardia, 16 de enero de 2016, p. 6, en quien nos basamos para esta descripción). El dictador Ben Ali representa muy bien lo que caracteriza a los gobiernos con los que se producen transiciones importantes. Son gobernantes sin apoyo popular, con estados policiales, donde nadie es tan tonto como para atreverse a decir lo obvio. La inmolación de Buazizi ilustra a las claras que la revolución tunecina no fue la culminación de un proceso razonado por una élite de intelectuales y militantes políticos. Fue una explosión emocional. La ira incendió los corazones de los oprimidos, muchos de ellos de clases bajas y analfabetos. Lo que querían era trabajo, el fin de la corrupción y de la represión policial. Ben Ali no lo entendió y once días después, el 28 de diciembre de 2010, se dirigió a la nación para anunciar mano dura contra los alborotadores. Uno de los jóvenes revolucionarios dijo: «Teníamos miedo, pero el miedo nos daba fuerzas». Ira y miedo están en el origen de la revolución como motores impulsores del movimiento. El 10 de enero Ben Ali ordenó disparar a matar. Pero los muertos, en lugar de amedrentar a los revolucionarios, activaron más la ira, con suficiente fuerza como para ser más fuerte que el miedo. El 13 de enero Ben Ali cambió de táctica. Ordenó no disparar más, prometió bajar el precio de productos básicos, levantar la censura en Internet y crear 300.000 puestos de trabajo. Pero estas promesas ya eran insuficientes y llegaban demasiado tarde. Los que siempre habían estado a su lado le convencieron para que se fuera al día siguiente. Los cambios políticos profundos son lentos. El cambio de gobernante no significa necesariamente cambio de política. Muchas veces se quedan los seguidores, que hacen perdurar el sistema. En la primavera árabe el cambio político no ha significado necesariamente cambio a la democracia. Se ha producido un vacío de poder que ha sido aprovechado por el yihadismo, que implanta el caos y el terror. Se ha sustituido la ira por el terror. Tal vez eso sea debido a la ausencia de líderes carismáticos de reconocido prestigio que hayan sido capaces de canalizar el movimiento en el camino adecuado.

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RESUMEN Y CONCLUSIONES

Las perspectivas dominantes en los análisis de los movimientos sociales se centran en las oportunidades externas, la organización interna y la identidad colectiva. En este marco, las decisiones se toman desde el punto de vista racional. En general se ignora la dimensión emocional en la revuelta y en las transiciones. Este capítulo trata sobre ello. Los análisis aplicados a la caída del muro de Berlín y a la primavera árabe permiten observar la secuencia de: época de expectativas de cambio; expectativas frustradas por la falta de cambios reales; acciones de violencia que provocan a la población, y activación de la revuelta. La conclusión de estos análisis se puede resumir diciendo que las emociones son una condición necesaria, pero no suficiente, para la transición. En todos los casos analizados se pueden observar unas expectativas de reformas que han sido frustradas, lo cual se ha canalizado hacia la ira que activa la revolución. Pero deben darse además otras condiciones, como falta de legitimidad ideológica y, a veces, actos represivos. Las revueltas del norte de África y Oriente Medio justifican otros enfoques distintos de los racionales clásicos. La movilización frente a los gobernantes autoritarios no es una organización calculada y planificada. Es un movimiento eminentemente emocional, activado por una serie de acontecimientos que activan emociones fuertes, entre los cuales están los siguientes: disparar sobre manifestantes desarmados causando muertes provoca ira e indignación en la ciudadanía; exasperación como consecuencia de décadas de corrupción y abusos en los derechos humanos; resentimiento frente a regímenes autocráticos y opresores; desprecio frente a gobernantes que consideran el país y sus riquezas como propiedad privada y que lo transmiten de padres a hijos como si fuese un país heredado; esperanza en un futuro mejor; florecimiento de deseos de dignidad y orgullo; entusiasmo, solidaridad y optimismo en el momento de la protesta, etc. Desgraciadamente, la continuación de la historia de las rebeliones árabes se complica hasta tal punto de dejarlas en suspenso en su mayoría. La euforia revolucionaria se va apagando en la decepción y la frustración.

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8. EMOCIÓN Y VIOLENCIA EN POLÍTICA

La violencia es el fracaso de la política. Una parte importante de la violencia se activa a partir de una ira que no se regula de forma apropiada. La ira se puede activar por causas muy diversas; entre ellas están otras emociones como frustración, vergüenza y humillación. En este capítulo se analiza cómo las emociones pueden ser una de las causas de la violencia. Conocer los mecanismos por los cuales se desencadena la ira y la violencia debe servir para prevenir y evitar todo tipo de violencia, ya que este es uno de los grandes problemas de la humanidad.

POLÍTICA, EMOCIÓN Y VIOLENCIA

El fracaso de la política puede desembocar en violencia y en guerra. Guerra y violencia en el siglo XXI deberían estar totalmente superadas y ser una simple reminiscencia de tiempos superados. Desgraciadamente, la violencia va a ser la causa de los principales problemas sociales y políticos. Entre la política y la violencia están incrustadas emociones fuertes, que muchas veces los análisis políticos no toman en consideración. En este apartado queremos llamar la atención sobre el peso que las emociones tienen en la violencia. Las emociones predisponen a la acción, el miedo predispone a la huida y la ira predispone al ataque. En política surgen conflictos continuamente y los conflictos activan emociones, sobre todo relacionadas con la ira. Desarrollar competencias para la regulación de la ira se considera una de las mejores estrategias para la prevención de la violencia. Las emociones son respuestas complejas del organismo, y esta complejidad llega a cotas máximas cuando entramos en la violencia. Las causas de la violencia son sumamente complejas y han sido tratadas en múltiples análisis que serían objeto de un trabajo distinto al que nos hemos propuesto. Lo que queremos señalar aquí es la importancia de las emociones en la violencia, y en concreto en la violencia de origen político. La violencia política, igual que todo tipo de violencia, obedece a causas complejas. De no ser así, ya se habría solucionado el problema y erradicado la violencia. Cualquier análisis simplista puede suponer no tomar en consideración aspectos esenciales en la explicación de fenómenos complejos. Teniendo esto presente, con la intención de ir avanzando sin quedar atrapados por la complejidad vamos a señalar a la vergüenza como una de las emociones importantes en la génesis de la violencia política.

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VERGÜENZA Y ORGULLO EN POLÍTICA

La vergüenza es una emoción social, lo cual significa que en gran medida se aprende en la familia, en la escuela y en la interacción social. Es una experiencia emocional que depende en gran medida de un aprendizaje asistemático. Personalmente me he ocupado de preguntar a cientos de personas ¿qué es la vergüenza? Las respuestas son muy diversas, pero se pueden agrupar en dos categorías. Por una parte hay una vergüenza relacionada con el miedo a quedar en ridículo. La mayoría lo entiende así. Muy pocas personas tienen presente el origen de la vergüenza: el miedo a ser juzgado por haber cometido actos moralmente indignos. En ambos casos hay un miedo a ser juzgado negativamente por los demás. Pero en un caso es por razones morales y en el otro es por cuestión de imagen pública. Fijémonos que alguien puede tener vergüenza por hacer el ridículo al tropezar encima de un escenario, pero por esto no se le puede tildar de «sinvergüenza». Cuando se puede aplicar a alguien el calificativo de sinvergüenza es cuando estamos ante la vergüenza genuina. Es interesante observar que en inglés se dispone de dos palabras, shame y embarrassment, para referirse a los dos tipos de vergüenza que estamos comentando. El embarrassment se refiere a una situación embarazosa, pero no a la vergüenza moral. La forma como educamos en la vergüenza tiene repercusiones en la forma de experimentarla. Se puede constatar que actualmente en la educación pesa más la imagen pública que la ética y la moral. La consecuencia de esto es que estamos educando a personas que tienen una gran vergüenza por hacer el ridículo, lo cual no tiene nada que ver con ser un «sinvergüenza». En cambio, no insistimos tanto en la importancia de adoptar un comportamiento digno, con unos principios éticos y morales, tan importantes que si no los cumplimos deberíamos sentir vergüenza. Si no siento vergüenza al incumplir dichos comportamientos, entonces sí soy un «sinvergüenza». Dicho de otro modo, si no vamos con cuidado estamos educando a sinvergüenzas. La vergüenza relacionada con el ridículo se relaciona con la humillación. Una persona que es humillada en público siente vergüenza. Si esta vergüenza es de carácter político o social, por ejemplo ridiculizar, humillar o avergonzar por pertenecer a un país, un grupo, una etnia, religión, lengua o cultura, entonces se pueden activar reacciones que pasan de la vergüenza a la ira y a la violencia. La vergüenza se opone al orgullo, que es otra palabra compleja y polisémica. Hay personas a las que la palabra «orgullo» les suena a algo positivo, mientras que a otras les suena a algo negativo. Todo depende del énfasis que pongamos en los dos significados que tiene. La palabra «orgullo», entendida como emoción, se refiere a la experiencia de satisfacción por haber hecho algo bueno o por pertenecer a un grupo social que hace cosas que considero buenas. De esta forma una persona se puede sentir orgullosa de un trabajo que ha hecho; una madre se puede sentir orgullosa de sus hijos; y un ciudadano se puede sentir orgulloso de pertenecer a un país, a un partido político, a una religión, usar una lengua o poseer una cultura. Un sentido

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diferente tiene cuando «orgullo» se refiere a un comportamiento caracterizado por la prepotencia y la arrogancia, manifestando una superioridad que es percibida como algo negativo por los observadores. En síntesis, la emoción de orgullo es algo positivo, mientras que el comportamiento orgulloso es negativo. En resumen, la vergüenza y el orgullo tienen una gran influencia en las experiencias relacionadas con la política. Una persona necesita sentirse orgullosa del país al que pertenece. Sentirse humillado políticamente, ante una derrota o por quedar en ridículo por alguna razón, activa episodios emocionales de vergüenza, ira y necesidad de resarcimiento, que puede desembocar en violencia.

VERGÜENZA, HUMILLACIÓN, IRA Y VIOLENCIA

Una teoría de la emoción como causa de la violencia ha sido propuesta por Gilligan (1997). Se basa en sus experiencias como psiquiatra de hombres violentos en la prisión. En su opinión, la vergüenza es la causa principal de violencia (Gilligan, 1997: 110-111). No se trata de cualquier tipo de vergüenza, sino de la vergüenza que se lleva en secreto. La vergüenza es uno de los secretos mejor guardados por los hombres violentos. Cuando una persona ha sido avergonzada intensamente, puede ocultar su vergüenza y convertirla en ira y agresión. También puede derivar en tristeza, silencio o depresión, pero no vamos a tratar aquí esta posibilidad. La ira y agresión generadas por la vergüenza secreta pueden conducir a cometer homicidio o suicidio. En un estudio realizado por Websdale (2010) sobre 211 casos de violencia de género donde una persona mata a su pareja y uno o varios hijos, se encontraron evidencias de las teorías de Gilligan. De todos los casos en que se encontraron suficientes detalles para un análisis, aproximadamente en el 70 % se identificó una vergüenza intensa en el origen de la agresión. Conviene señalar que en el lenguaje coloquial suele suceder que el uso de expresiones emocionales a veces no es muy preciso. El caso de la vergüenza, con la complejidad de interpretación y matices que presenta, es un caso claro que puede inducir a confusión. Por eso conviene aclarar que en el caso que nos ocupa la idea de vergüenza se refiere a una humillación. Una persona, principalmente un hombre (en esto suele haber diferencias entre hombres y mujeres), que se siente humillado, siente una vergüenza que predispone a la ira y a la necesidad de recuperar el honor perdido. Según la cultura, esto puede llegar a ser más importante que comer o beber, e incluso puede llegar a ser más importante que la vida misma. En la literatura española hay abundantes ejemplos de humillación y honor perdido que han desembocado en violencia, con graves consecuencias tanto para el que la sufre como para el que la comete. Actualmente, en gran parte de la cultura española esto se vive como historias de tiempos pasados, aunque no tan lejanos.

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HISTORIA Y EMOCIÓN

Si la política se refiere a la situación actual, la historia se ocupa de la política a través del tiempo. La perspectiva temporal es lo que distingue política de historia. Por este motivo, mucho de lo que estamos comentando referido a la política se puede aplicar a la historia. En general, los historiadores no han tomado en consideración las emociones en el origen de los acontecimientos, conflictos y guerras. La interpretación habitual se basa solamente en el mundo «externo», reflejado en un conjunto de relaciones políticas y económicas. Al no tomar en consideración aspectos «internos» (emocionales), muchos historiadores aportan explicaciones contradictorias debido a la confusión sobre las causas de la I Guerra Mundial y la subida de Hitler al poder (Scheff, 2013). Desde el punto de vista «externo», muchos conflictos colectivos y guerras no tienen sentido. La idea de que la venganza y la humillación no tienen suficiente fuerza para declarar una guerra, ya que solamente son emociones, es una puesta en escena de la represión emocional por parte de las instituciones sociales (política, historia, educación, medios de comunicación, religión, etc.). En otro capítulo nos referimos al trauma político y su transmisión intergeneracional. En el fenómeno del trauma se pueden observar las relaciones de causa-efecto que encadenan la Guerra Franco-Prusiana, la I Guerra Mundial, la II Guerra Mundial y los efectos del III Reich en las generaciones de la posguerra. Scheff (2013) analiza cómo la venganza fue la principal causa de la I Guerra Mundial. En su argumentación señala que en la Guerra Franco-Prusiana, la derrota de Francia frente a Alemania en 1871 fue un trauma que creó un clima emocional que reclamaba una revancha. Los medios de comunicación franceses entre 1871 y 1914 están plagados de referencias que inducen a redimir el honor perdido de Francia. Este fue el tema principal en la prensa francesa de la época, pero además también estuvo presente en las novelas, canciones, poesía y tertulias sociales. Surgió la poesía militar, cuyo tema básico era este, y la única forma de dar salida a la emoción contenida era a través de la revancha. Se habla de la «paz armada» para referirse a esta época. Esto propició que Francia no hiciera prácticamente nada para evitar la guerra en 1914, ya que era la ocasión perfecta para la venganza que permitiría superar el trauma. Es muy relevante que no hubo negociaciones entre las partes en litigio previas a la guerra. Las negociaciones son útiles solamente para navegar en conflictos visibles (materiales); si los conflictos son emocionales (invisibles), son mucho más difíciles de negociar. El Tratado de Versalles de 1918 con el que finalizó la I Guerra Mundial supuso una humillación por parte de Alemania. Fue la venganza de Francia por la derrota que había sufrido frente a Alemania 47 años antes. Es una transmisión generacional del trauma. Cuando Hitler subió al poder en los años treinta, una de sus promesas fue derrocar el Tratado de Versalles. Los discursos de Hitler están llenos de referencias al honor, vergüenza, humillación y venganza que incendiaban los ánimos de los alemanes frente a Francia. En estos momentos es Alemania la que tiene que recuperar el honor

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perdido frente a Francia, llevando a la II Guerra Mundial. El análisis de estas tres guerras sugiere una relación de humillación-venganza- humillación-contravenganza; la venganza reclama contravenganza (Scheff, 2013). Así se produce una espiral de violencia de la que es difícil salir. Las emociones están en el fondo de las motivaciones y en el origen de muchas guerras, más allá de los pretextos que se hayan aportado. Como dijo Napoleón, «la vanidad está en el origen de las revoluciones, la libertad es un pretexto». Afortunadamente, estas historias que han asolado Europa a lo largo de la historia actualmente nos parecen superadas. Esperemos que así sea definitivamente, suponiendo un paso trascendental en la historia y en la política. Pero, desgraciadamente, en otras culturas es de rabiosa vigencia. Culturalmente se ha educado para la venganza por una humillación como un imperativo al que no se puede ni se debe oponer resistencia. Analizar mucha violencia política actual desde la perspectiva de la vergüenza y humillación, incluido el terrorismo yihadista, puede aportar luz para vislumbrar caminos con esperanza.

HUMILLACIÓN Y VIOLENCIA

La tesis de que la humillación puede activar violencia puede ilustrarse mediante varios estudios sobre la motivación de los terroristas. Estos análisis señalan que experiencias masivas de humillación son la principal motivación de los terroristas (Lindner, 2001; Stern, 2003; Jones, 2008, 2010; Strozier, Terman y Jones, 2010: 143- 147). Por tanto, si queremos frenar el terrorismo, es esencial analizar las razones por las cuales las personas se pueden sentir humilladas. Analizar en profundidad las causas por las cuales los terroristas se sienten humillados debe servir para evitar estas humillaciones y cortar de raíz sus devastadoras consecuencias. Lógicamente este problema es sumamente complejo y no podemos esperar que trabajando sobre un único aspecto lo vayamos a solucionar, pero al menos hemos de evitar que se enquiste por no tomar en consideración todos los aspectos importantes. Desde el punto de vista emocional no hace falta que exista la intención de humillar por parte de nadie. Lo importante es que uno «se sienta humillado». La emoción depende más de la valoración que hace el sujeto de su entorno, que de la realidad del entorno en sí misma. En otras palabras, hay que profundizar en la interioridad de las personas, sobre todo de los sectores propensos a implicarse en acciones terroristas, para conocer su experiencia emocional motivadora de acciones de tal envergadura. Conseguirlo es sumamente difícil, pero es una de las vías de prevención. Prevenir cualquier tipo de humillación y vergüenza debería ser un objetivo mundial en la educación y la política. Ello significa prestar atención al mundo interior; es decir, a las emociones. Desgraciadamente, tenemos manifestaciones de que vamos en sentido contrario. Por ejemplo, cuando un reportero preguntó al entonces primer ministro de Israel, Ariel Sharon, por qué los palestinos tienen que esperar tanto tiempo para cruzar el muro, él respondió: «Queremos humillarles»

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(Jones, 2013: 90). Si la humillación es una política intencional de Israel, se puede decir que con esta política se están fabricando terroristas contra Israel, que es todo lo contrario de lo que deberían hacer. Pero lo más grave es que algo similar puede estar pasando en cualquier parte del mundo: una escuela de los suburbios de París, o un barrio de Bruselas, Niza o Múnich. Los gobiernos no pueden parar la humillación en la política y la educación porque no reconocen las causas emocionales del conflicto. Por el contrario, a veces las fomentan desde la inconsciencia emocional.

EL EFECTO MARIPOSA

Un sistema es un conjunto de elementos interrelacionados que interactúan entre sí de forma continua. Vivimos en un mundo globalizado que se comporta como un sistema abierto. El mundo y la vida son procesos de cambio permanente. Se ha dicho que en el futuro lo único que será permanente es el cambio. En un mundo cada vez más globalizado, los cambios en un lugar concreto pueden producir efectos en lugares sumamente alejados. El denominado efecto mariposa se ha resumido en el proverbio chino que dice: «el aleteo de las alas de una mariposa puede provocar un tornado al otro lado del mundo». La consecuencia práctica es que en sistemas complejos es muy difícil predecir lo que va suceder. La idea que aquí interesa retener es que un evento sin importancia en algún lugar puede causar efectos de gran impacto en el otro extremo del mundo. Cuando un sistema político fuerte se niega a cambiar para mejorar la vida de la ciudadanía, se provocan emociones de ira y resistencia que pueden activar movimientos de gran impacto y de consecuencias imprevisibles. Cuando se humilla a una persona, puede activar en ella emociones de ira que predisponen a la violencia. Para llevar a cabo sus propósitos puede planificar actos inimaginables. Por ejemplo, se puede llegar a implicar en movimientos terroristas, e incluso inmolarse, con la intención de causar el máximo daño posible, matando en un momento a cientos de personas que, en su imaginación, son los causantes de su humillación. Un adolescente de los aledaños de París, cuyos padres emigraron desde algún país magrebí, en algún momento se puede sentir humillado por lo que considera razones atribuibles a su cultura o religión. Esto puede ser una causa para que unos años más tarde se implique en el terrorismo yihadista, y acabe inmolándose matando a 300 personas. Esto es un ejemplo del efecto mariposa al que nos estamos refiriendo. Las emociones pueden tener repercusiones que nos recuerdan el efecto mariposa. Si no tomamos conciencia de ello, estamos ignorando aspectos esenciales de la política, de la convivencia y de la educación en el mundo, cuyas repercusiones son imprevisibles.

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Cuando se produce un atentado terrorista muchas veces es porque las personas implicadas experimentan estados emocionales que les resultan insoportables. Conviene hacer lo posible para que esto no se produzca, por el bienestar y la supervivencia de la humanidad. Una persona que goza de bienestar emocional no tiene ninguna necesidad de implicarse en este tipo de actos. Por ello, en el capítulo siguiente nos vamos a referir al bienestar como objetivo de la política. No podemos limitarnos a entender el bienestar como algo deseable, sino como algo esencial para la convivencia y la supervivencia.

RESUMEN Y CONCLUSIONES

La violencia es el fracaso de la política. Una parte importante de la violencia se activa a partir de la ira no regulada de forma apropiada. Esta ira a veces tiene unos antecedentes en la vergüenza y en la humillación. Ciertos análisis políticos e históricos permiten asignar un peso importante a las emociones (aquí se ha analizado la humillación y la vergüenza) en el origen de la violencia. La humillación puede ser consecuencia de una provocación directa o indirecta. Desde la inconsciencia emocional a veces se provoca humillación indirecta con actos que aparentemente tienen otras finalidades. Es importante desarrollar competencias emocionales que permitan prevenir la activación de estas emociones desde la inconsciencia. El principio de tolerancia cero frente a cualquier tipo de violencia debe ser uno de los objetivos de la política internacional en el siglo XXI. Es preciso insistir sobre este aspecto para contrarrestar la cultura de la violencia que está presente en los medios de comunicación, las familias y la política. Esto requiere investigación, presupuestos y educación para erradicar la violencia. Es un proyecto muy a largo plazo, tal vez utópico, pero merece la pena implicarse en ello antes de que sea demasiado tarde. El efecto mariposa nos alerta ante posibles situaciones, que desgraciadamente cada vez son más frecuentes. En muchas situaciones esto es consecuencia de experimentar estados emocionales que se viven como insoportables. Es esencial prevenir para evitarlo, siendo un objetivo de largo alcance que afecta a la educación, la sociedad, los medios de comunicación y la política.

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9. POLÍTICA Y CONSTRUCCIÓN DEL BIENESTAR

El miedo y la ira son las emociones básicas que han dominado las relaciones entre

los pueblos y por tanto la política. ¿Hasta cuándo queremos continuar con este

sistema?

El reto que tenemos es superar el sistema actual, basado en el miedo y la ira, por

otro basado en el amor y el bienestar. Esto, en principio, suena a música celestial. Pero si lo analizamos bien, posiblemente lleguemos a la conclusión de que la gestión de la convivencia y la construcción del bienestar es lo que justifica la política.

A veces las luchas por el poder y sus estrategias, así como los medios para

lograrlo, hacen olvidar los fines. Se dice que un fanático es el que redobla los esfuerzos cuando ha perdido de vista las finalidades. Entonces entramos en las posturas inflexibles, intransigentes, en los extremismos, fundamentalismos y fanatismos que tanto daño han causado a la humanidad. No podemos permitir que las urgencias, estrategias, ideologías, tradiciones y otros elementos nos aparten de las finalidades. Para ello se requiere dotar a las personas de un detector de emociones tóxicas, para no dejarnos contagiar. Esto significa el desarrollo de competencias emocionales, educación emocional y bienestar consciente. Las personas con competencias emocionales están en mejores condiciones para enjuiciar los contextos políticos y contribuir a crear los climas emocionales más favorables a la convivencia y el bienestar.

UN SISTEMA SOCIAL Y POLÍTICO BASADO EN EL MIEDO Y LA IRA

Las relaciones de poder a lo largo de la historia han ido configurando un sistema social y político basado en dos emociones básicas: miedo e ira. A lo largo de los capítulos anteriores nos hemos referido a las campañas electorales, las crisis, los extremismos, el desplazamiento social, los nacionalismos, los traumas políticos, el cambio social, las protestas, las transiciones, el terrorismo y la violencia. Un análisis de estas situaciones, así como de la historia en general, pone en evidencia esta aseveración. Poder, miedo e ira son elementos clave del mantenimiento del sistema. Los conflictos de poder son una constante en la gestión de la gobernabilidad. En un conflicto se activa la ira, que predispone a atacar de alguna forma, ya sea verbal o físicamente. Solamente cuando el miedo es más fuerte que la ira se consigue frenar el ataque. Por esta razón, desde el poder siempre se ha considerado que es importante desarrollar una política del miedo.

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¿Quosque tandem? ¿Hasta cuándo queremos mantener este sistema? Tal y como están las cosas, tanto a nivel nacional como internacional, el sistema se puede mantener indefinidamente. Sin embargo, hemos de proyectarnos hacia el futuro, tal vez un futuro muy lejano, que muchos ya no veremos. Un futuro que se empieza a construir ahora y que se va a basar en la respuesta que demos a la siguiente pregunta:

¿Sobre qué emociones queremos fundamentar la sociedad del futuro?

EL AMOR EN LA POLÍTICA

Si hablamos del «amor en política», fácilmente se puede entender que estamos

hablando de los amoríos entre personas que se dedican a la política. En la prensa aparecen noticias en este sentido: conocidos políticos que forman pareja, flirteos,

infidelidades, etc. Pero no es nada de esto de lo que queremos hablar, sino del amor como objetivo y finalidad de la política.

El amor es la emoción más compleja que existe, y por si fuera poco se utiliza la

misma palabra para referirse a formas muy distintas de amor: amor erótico, amor romántico, amor cortés, amor de pareja, amor maternal, amor paternal, amor filial, amor fraternal, etc. ¿Qué es el amor? Parece que todos sabemos lo que es, pero no resulta fácil de

expresar en palabras. El lector puede parar la lectura y redactar una definición propia de lo que es el amor. Es probable que tenga dificultades en expresar verbalmente el concepto de amor. Cada persona tiene su propia idea sobre lo que es el amor. Cada uno resalta más un aspecto que otro. La educación en la familia, la escuela, los amigos, los medios de comunicación y las experiencias previas van configurando el concepto que tenemos del amor. Es decir, el amor es el resultado de un proceso de aprendizaje.

Si no acordamos lo que significan las palabras que utilizamos, la comunicación se

hace inviable. Como decían los clásicos: «definamos si no queremos discutir». Este

principio anima a superar las dificultades que se encuentran al querer definir el amor, para sugerir de forma tentativa una propuesta de conceptualización. Convengamos que el amor incluye, como mínimo, emoción, actitud, voluntad y acciones. El amor es mucho más que un sentimiento hacia alguien; no confundamos amor con enamoramiento. Incluyendo estos aspectos, podemos considerar que el amor es un estado emocional que predispone a un compromiso activo en favor del bienestar de las personas amadas. Las personas amadas pueden ser la pareja, los hijos, familia, amigos, compañeros, etc. Por extensión, puede ser todo el barrio, pueblo, ciudad, país e incluso el mundo entero, toda la humanidad. El amor se puede entender como un compromiso en favor del bienestar de la humanidad. ¿No es esto la finalidad de la política?

A pesar de lo que pueda decir Maquiavelo, nos atrevemos a proponer el amor

como una de las finalidades esenciales de la política. Seamos conscientes que esto va a desentonar con lo que estamos acostumbrados a ver y oír en los debates políticos

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(parlamento, diputados, mítines, radio o televisión). Pero ¿qué sentido tiene dedicarse

a la política si no es para implicarse activamente en el bienestar de la ciudadanía a

través del amor? La única forma que justifica que uno se dedique a la política es por

amor a la ciudadanía. En una sociedad que tiene claro el sentido de la política, las personas que se dedican a ella deberían manifestar claramente con sus actos y palabras que se dedican

a la política desde el amor y para fomentar el amor. Es decir, tienen un compromiso

activo en favor del bienestar de la ciudadanía en su conjunto, no solamente de su partido. Cualquier acción sobre política y ciudadanía debería basarse en el amor, desde el amor y para el amor. Cualquier libro sobre política debería ser, en el fondo,

un libro sobre el amor y el bienestar.

EL BIENESTAR COMO OBJETIVO DE LA POLÍTICA

En la convivencia surgen conflictos inevitablemente. Los conflictos activan emociones, y estas emociones pueden dificultar o imposibilitar su solución. Como consecuencia de los conflictos continuados se puede generar un clima de tensión que es incompatible con el bienestar. Si nos referimos a las emociones positivas, las dinámicas son diferentes. Las emociones positivas pueden estar prácticamente ausentes de la política, a no ser que haya una voluntad intencional de crearlas. Ello nos lleva a replantear: ¿Cuál es la finalidad de la política? Algunos partidos lo han dicho claramente: llegar al poder. Se agradece la sinceridad de expresarlo claramente. Este puede ser el objetivo del partido, pero ¿es el objetivo real de la política en general? Sería un objetivo muy pobre, aunque desgraciadamente es lo que se observa muchas veces. Parece que cuenta mucho más la estrategia para llegar al poder que las energías encaminadas al bienestar general de la ciudadanía. ¿Para qué queremos gestionar la convivencia y los conflictos que conlleva? Para vivir o sobrevivir, naturalmente. ¿Y para qué queremos vivir o sobrevivir? Esta pregunta nos lleva al sentido de la vida. En general, si nos vamos formulando preguntas de este calibre lo lógico es que lleguemos a la conclusión de que lo que puede dar sentido a la vida es la construcción del bienestar, que es el leit motiv de este capítulo. ¿Pero de qué bienestar estamos hablando?

TIPOS DE BIENESTAR

Cuando en política se habla de bienestar, si no se dice nada en contra, se entiende el bienestar material, que consiste en el desarrollo económico y tecnológico. Esto es muy importante, ya que los recursos materiales son esenciales para la supervivencia. Pero hay claras evidencias de que el bienestar material no es suficiente para la felicidad.

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¿La felicidad tiene algo que ver con la política? En la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de 4 de julio de 1776 se hacen constar los derechos fundamentales de la vida: libertad y felicidad. Por primera vez en la historia aparece en un documento político el derecho a buscar la felicidad. Posteriormente este derecho se ha hecho constar en muchos otros documentos históricos y políticos. Por ejemplo en la Constitución Española de 1812: «El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen» (cap. 3, art. 13). De vez en cuando conviene recordar estos principios para no quedar anclados en el bienestar material y en las estrategias para llegar al poder. Hay que evitar que el día a día, con el fragor de la batalla diaria que conlleva la política, lleve a olvidar su auténtica finalidad. En las fiestas y celebraciones muchas veces se brinda por la salud, aceptando que es de los aspectos más importantes de la vida. Es una lástima que muchas personas tomen conciencia de la importancia de la salud solamente cuando la han perdido. La salud no es solamente la ausencia de enfermedad, sino la presencia de bienestar físico, mental y social. Cada uno debe responsabilizarse de su salud, pero también desde la política hay que potenciar al máximo la salud. La salud se potencia con alimentación sana y ejercicio físico. Esto es muy importante, pero no es suficiente para asegurar la felicidad. El bienestar social es un concepto amplio que se utiliza con sentidos distintos en diversas ciencias (psicología, sociología o política). Se pueden distinguir tres dimensiones o categorías en el bienestar social: interpersonal, comunitaria y política. Estas dimensiones se resumen en la tabla siguiente:

Dimensiones

BIENESTAR SOCIAL

Factores

Política

Comunitaria

Interpersonal

Justicia, libertad, paz, democracia, derechos humanos, estabilidad política, seguridad ciudadana, no discriminación, igualdad de oportunidades, equidad, etc.

Clima emocional, valores, estabilidad familiar, solidaridad, actitudes de ayuda mutua, civismo, cortesía, comunicación, cooperación, ausencia de violencia, etc.

Relaciones sociales, relaciones íntimas, competencias sociales y emocionales, contribución social, integración social, etc.

En la medida que se den unas condiciones políticas favorables, más probable será el bienestar social. Los gobiernos suelen tener un departamento de bienestar social que tiene la función de reforzar el estado de bienestar para conseguir una sociedad más justa y solidaria. Para ello atiende a los servicios sociales relacionados con personas necesitadas, personas mayores, familias, infancia, adolescencia, juventud, inmigración, mujeres en situación crítica, grupos especiales, homosexuales, adopciones, dependencias, minusvalías, voluntariado, igualdad de oportunidades, violencia de género, marginación, pobreza, etc. En un país donde hay presupuestos

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generosos para atender a todas estas necesidades sociales hay mayor bienestar social. En este sentido, el bienestar social tiende a confundirse con el bienestar material. En general, lo que en política se denomina bienestar social no llega a implicarse en el bienestar emocional. La dimensión comunitaria del bienestar depende del contexto social próximo. Se incluyen el clima emocional del contexto social (trabajo, empresa, comunidad, vecindario, etc.), los valores humanos y morales, la estabilidad familiar, la solidaridad, actitudes de ayuda mutua, civismo, cortesía, comunicación, cooperación, ausencia de violencia, integración social, etc. En la medida que haya un contexto comunitario favorable es más probable una contribución social por parte de los miembros de la comunidad, lo cual es un elemento clave del bienestar social comunitario. La dimensión comunitaria es un espacio intermedio entre la dimensión política y la interpersonal. La dimensión interpersonal depende de las relaciones con los demás, principalmente con las personas con las cuales hay una relación íntima y una interacción casi a diario. Se incluyen las relaciones de pareja en primer lugar y por extensión la familia nuclear. Las competencias sociales juegan un papel importante en la construcción del bienestar social en esta categoría. Las personas que han desarrollado estas competencias están en mejores condiciones para mantener relaciones sociales satisfactorias y disfrutar de bienestar social. Otros aspectos a considerar son la formación de redes de apoyo, el capital social, la gestión de conflictos, etc. En la medida en que una persona se siente bien con los que la rodean, tiene mayor bienestar. Puesto que pasamos la mayor parte de nuestra vida en el ejercicio de nuestra profesión, es muy importante el bienestar profesional, entendido como la satisfacción con lo que uno hace habitualmente en el trabajo. Cuando una persona tiene la suerte de ejercer una profesión que le gusta, que para él tiene un significado y es una vía de autorrealización, está en mejores condiciones para experimentar bienestar profesional. El engagement o compromiso profesional es una manifestación del bienestar profesional. Todos estos tipos de bienestar son muy importantes. Pero no hay que olvidar el bienestar emocional, que consiste en la experiencia de emociones positivas, que es lo más parecido a la felicidad. Desde la política hay que potenciar el bienestar integral. Es decir, la integración de los diversos tipos de bienestar (material, físico, social, profesional y emocional), y no solamente el bienestar material. Diversas ciencias están aportando evidencias sobre la forma de potenciar todos los tipos de bienestar, incluyendo el emocional. Estos conocimientos deben ponerse al alcance de la ciudadanía, lo cual debe materializarse en el discurso político, en los objetivos y acciones.

EL BIENESTAR EMOCIONAL

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El bienestar emocional coincide en gran medida con la felicidad, que es lo que busca la mayoría de las personas. En la investigación científica muchas veces se prefiere utilizar la palabra «bienestar subjetivo» o «bienestar emocional» en lugar de felicidad. Ambos se refieren a experiencias personales subjetivas caracterizadas por la presencia de emociones positivas. Bienestar emocional, satisfacción en la vida, calidad de vida, felicidad y emoción están muy relacionados. El bienestar emocional consiste en una valoración global sobre la satisfacción en la vida, siendo esta un juicio sobre cómo se valora la propia vida en su totalidad o parte de ella en un momento dado. También se puede referir a alguna área concreta: salud, relaciones sociales, familia, trabajo, instituciones, ocio, vida sexual, etc. (Vázquez y Hervás, 2009). Calidad de vida es el grado en que una persona considera su vida como deseable o no; habitualmente hace referencia a condiciones externas: ingresos, salud, vivienda, acceso a recursos, infraestructuras, etc. Calidad de vida es un término relacionado con la economía y la medicina (salud), aunque recientemente se incluyen aspectos psicológicos: satisfacción vital, percepción de las condiciones de vida, bienestar emocional, felicidad, etc. No hay que confundir calidad de vida con nivel de vida. Se trata de una confusión frecuente y habitual. La persona que piensa que su calidad de vida depende de su nivel de vida se orienta hacia el bienestar material. Un enfoque vital centrado exclusivamente en el nivel de vida y el bienestar material puede dificultar, más que favorecer, la calidad de vida y el bienestar emocional. En resumen, hay varias expresiones que a menudo se utilizan casi como sinónimos, entre las cuales están felicidad, bienestar emocional, bienestar subjetivo, satisfacción con la vida, calidad de vida, etc. Aquí radica un aspecto importante de la vida de las personas, que desde la política se puede potenciar o dificultar. A lo largo de este libro se aportan evidencias de cómo muchas veces se dificulta más que se favorece. Conviene tomar conciencia de ello para que el bienestar integral, y por tanto el bienestar emocional, formen parte de la finalidad de la política, y a tal fin deben dedicarse esfuerzos, tiempo, presupuestos y formación.

EL BIENESTAR SE CONSTRUYE

El bienestar y la felicidad no son algo que se puede esperar que nos venga dado, sino que se construyen con esfuerzo cada día. Cada persona va construyendo su propio bienestar a partir de unas características personales y unos condicionamientos ambientales. La construcción del bienestar personal y social es en gran medida una decisión que toman las personas. Por lo que respecta al objeto de análisis en este libro, interesa resaltar ahora la función de la política en la construcción del bienestar social en cuanto a los condicionamientos ambientales (políticos) que lo favorecen o dificultan. El ambiente social y político juega un papel importante en la construcción del bienestar. En concreto, el contexto sociopolítico (democracia, seguridad ciudadana,

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respeto a los derechos humanos, etc.) crea un clima emocional que afecta directamente a la percepción de bienestar de la ciudadanía. Las investigaciones científicas han aportado evidencias que pueden ser de utilidad en el proceso de construcción del bienestar, y por ello conviene difundirlas para hacerlas accesibles a la sociedad en general. Entre los factores principales que contribuyen al bienestar emocional están los siguientes:

a) Relaciones sociales y familia (bienestar social).

b) Amor y relaciones sexuales.

c) Satisfacción profesional (bienestar profesional).

d) Actividades de tiempo libre.

e) Salud (bienestar físico).

f) Características socioeconómicas (bienestar material).

g) Características personales (personalidad).

La educación juega un papel importante en la percepción, en la toma de conciencia y en el desarrollo de estos factores. Todos ellos tienen una componente emocional muy importante. Por ello, potenciar la educación emocional puede contribuir significativamente a aumentar el bienestar personal y social.

EDUCACIÓN EMOCIONAL PARA LA CONSTRUCCIÓN DEL BIENESTAR

Una de las estrategias más eficientes en la construcción del bienestar consiste en proporcionar una educación de calidad a las futuras generaciones. La educación emocional tiene como finalidad el desarrollo de competencias emocionales que faciliten la construcción del bienestar. En otros trabajos (Bisquerra, 2009, 2013) hemos desarrollado con detalle el marco de la educación emocional, las competencias emocionales y la práctica para la construcción del bienestar. Remitimos a estos trabajos para no repetir aquí lo que ya se ha dicho sobre la educación emocional. La síntesis sería que el bienestar se construye y, lo que es más importante, se aprende a ser feliz. La educación emocional, además de desarrollar competencias emocionales (conciencia y regulación emocional, autonomía, competencia social, bienestar), también se propone analizar el contagio emocional y la creación de climas emocionales favorables a la convivencia y el bienestar. La regulación de la ira para la prevención de la violencia es uno de los aspectos clave para la convivencia y el bienestar. Solamente este aspecto ya justificaría la generalización de la educación emocional, dado que uno de los grandes retos de la humanidad en el siglo XXI es la violencia. La educación emocional aporta elementos para analizar la historia, la sociedad y la política desde la perspeciva emocional, tal como se sugiere en este libro. Una de las consecuencias de esta formación debe ser llegar a una ciudadanía comprometida con

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la convivencia y la construcción del bienestar. Investigaciones en el campo de la neurociencia, con el descubrimiento de la neuroplasticidad, permiten apuntar que con lo que pensamos, hacemos, sentimos y vivimos nos entrenamos continuamente para ser felices…, o infelices. Esto es realmente muy importante para el bienestar de un país.

DESARROLLAR UN DETECTOR DE EMOCIONES TÓXICAS

La construcción del bienestar personal y social supone nadar contra corriente. Continuamente recibimos estímulos que nos predisponen a la preocupación, desconfianza, ansiedad y estrés, cuando no al miedo o a la ira, creando en definitiva malestar. Si bien esto es inevitable, no debe hacernos olvidar que el sentido de la vida, y por tanto de la política, está en el bienestar. Conviene desarrollar un detector de emociones tóxicas en todas las personas. Se trata de una especie de escáner que detecta cuándo estamos ante personas que expanden emociones destructivas: ira, odio, hostilidad, envidia, violencia, etc. Estas emociones, como todas, se contagian y crean climas emocionales tóxicos. Desgraciadamente esto pasa con mucha frecuencia en la política. La ciudadanía no se puede dejar engañar por discursos que en el fondo fomentan el miedo y la ira. Hay que detectar cuándo un político emite este tipo de emociones, así como detectar cuándo un político se relaciona con la ciudadanía desde el amor y el bienestar. Todo esto tiene efectos en los votos que emite la ciudadanía. El detector de emociones tóxicas es una especie de detector de mentiras. Desgraciadamente en las relaciones sociales y en la política hay engaño y autoengaño. Aprender a detectar las mentiras y emociones tóxicas que se crean en nuestro entorno es una competencia básica para la vida. Uno de los grandes retos del siglo XXI es la violencia. A la prevención de la violencia de todo tipo hay que dedicar esfuerzos, tiempo y también presupuestos. Los gobernantes y la clase política pueden jugar un papel muy importante en este proyecto. La regulación de la ira para la prevención de la violencia debe ser un elemento esencial de la educación, que debe afectar a toda la sociedad y en particular a la clase política. Del discurso del miedo y la ira hay que pasar al discurso del amor, el bienestar y la felicidad, pero sin dejarnos engañar. Por ello hace falta desarrollar empatía, conciencia, regulación emocional, autonomía y competencias sociales, que es otra forma de referirnos al detector de emociones tóxicas. Cuando un político utiliza su tribuna para expandir la ira y el miedo, esto debe ser detectado por la ciudadanía y tener efecto en los votos, lo cual no significa que no haya que ser realistas. Habrá muchas situaciones en las cuales se mezclen realismo, pesimismo, miedo y defensa preventiva. En estas situaciones será necesario un análisis del contexto que incluya la dimensión emocional y sus efectos. Una ciudadanía formada en educación emocional va a estar mejor preparada para afrontar

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los retos que se planteen en situaciones de tensión política, protesta, transiciones o traumas políticos. Hemos de pasar del discurso del miedo y la ira al discurso del amor y el bienestar,

a pesar de todo. Una ciudadanía formada en competencias emocionales está en mejores condiciones para analizar la compleja realidad social y política para contribuir mejor a la construcción del amor y el bienestar. Lo que estamos hablando no se refiere a nuestro país en concreto, sino a todos los países del mundo. No es solamente un reto nacional, sino un proyecto internacional que afecta a toda la humanidad. Vivimos en una aldea global en intercomunicación permanente. Solamente cuando todo esto que estamos comentando pase a formar parte de la política internacional, con implicación de las Naciones Unidas, estaremos mejor orientados a la construcción del bienestar de la humanidad.

RESUMEN Y CONCLUSIONES

Las luchas por el poder a lo largo de la historia han ido configurando un sistema social y político basado en dos emociones básicas: miedo e ira. Esto puede hacer olvidar que la convivencia y la construcción del bienestar son lo que justifica la política. Conviene pasar del discurso del miedo y la ira al discurso del amor y el bienestar,

a pesar de todo. No estamos acostumbrados a ello y puede sonar como una utopía

ingenua. Pero en el fondo es lo que desea una parte importante de la ciudadanía. El amor es un estado emocional que predispone a un compromiso activo en favor del bienestar de las personas amadas. En política, las personas amadas son la ciudadanía en su conjunto, no solamente los militantes del propio partido. En este sentido, se puede considerar que el amor y el bienestar constituyen la esencial de la finalidad de la política. Si el bienestar es uno de los objetivos importantes de la gestión política, conviene tomar conciencia de que hay diversos tipos de bienestar: material, físico, social, profesional y emocional. El conjunto de todos ellos es el bienestar integral, puesto que los integra en un concepto global. La política no puede limitarse al bienestar material. Debe implicarse en el bienestar integral, y por tanto debe incluir el bienestar emocional, que es la felicidad. La construcción del bienestar depende de cada persona. Sus actitudes, voluntad, valores, acciones y en definitiva lo que una persona piensa, hace y siente es lo que va construyendo el bienestar. Pero también hay unos condicionantes ambientales que lo favorecen o dificultan. Aquí es donde la gestión política debe favorecer el mejor contexto para la construcción del bienestar. La educación juega un papel esencial en la forma de ver la vida y en la manera de enfocar el bienestar. La educación emocional tiene como objetivo el desarrollo de competencias que preparen a las personas para una mejor convivencia y bienestar. Por ello, desde la política conviene fomentar la educación emocional como factor

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importante en la construcción del bienestar. Un aspecto de la educación emocional consiste en tomar conciencia del clima emocional que nos rodea y cómo a veces se crean climas emocionales tóxicos. Conviene que la ciudadanía detecte cuándo desde el poder se emiten mensajes interesados e injustificados de miedo e ira, creando climas emocionales incompatibles con el bienestar. Una ciudadanía formada en competencias emocionales está en mejores condiciones para analizar la compleja realidad social y política y así poder contribuir mejor a la construcción del bienestar.

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10. HACIA UN CAMBIO DE PARADIGMA

Estamos en un contexto político donde muchas personas perciben una desconexión entre los políticos y la ciudadanía. El distanciamiento entre los electores y los elegidos es cada vez mayor. Muchos ciudadanos expresan que no saben a quién votar, no existiendo ningún partido que les convenza. Ante esto, muchos obstan por la abstención; otros votan a pesar de todo, pero con la nariz tapada. Se produce una atomización de los resultados de las elecciones, con una proliferación de partidos, muchas veces con puntos de vista incompatibles. Entenderse y llegar a acuerdos para hacer una política de Estado es cada vez más difícil. Cada partido tiene como único objetivo su propia estrategia para llegar al poder y ganar las elecciones frente a los demás. Las divergencias provocan una crispación permanente. Hay elementos que inducen a pensar que esto va a ser así en el futuro. La repetición de elecciones en 2016 es una clara evidencia de un cambio de tendencia. Pasamos de un bipartidismo con mayorías absolutas a una diversidad de partidos, que en muchos aspectos son incompatibles y que hacen difícil llegar a acuerdos. Esta situación no es, precisamente, la mejor para el progreso de un país y para el bienestar de la ciudadanía, siendo preciso un cambio de tendencia en la forma de hacer política. Estamos en unos esquemas políticos decimonónicos que han quedado obsoletos en el siglo XXI. Tal vez se necesita un cambio de paradigma.

HACIA UN CAMBIO EMOCIONAL

Insistimos como una gota malaya en el hecho de que en la política, y a lo largo de

la historia, están presentes dos emociones básicas que afectan la marcha de los

acontecimientos: el miedo y la ira. Es suficiente que el lector tome conciencia de: ¿en qué medida experimento miedo o ira ante las noticias que leo a diario en la prensa?,

¿en qué medida los discursos y declaraciones de los políticos giran en torno al miedo

y la ira?, ¿en qué medida vivimos en un clima emocional social y político

caracterizado por el miedo y la ira? Dado que la ira predispone a la violencia de algún tipo, los cambios sociales y políticos se han producido violentamente con excesiva frecuencia. Revolución y violencia han ido unidas a lo largo de la historia. Se producen procesos de contagio emocional que crean climas emocionales que están en las antípodas del bienestar. Y cuando la revolución ha finalizado, se mantiene el clima que se ha creado. Uno de los retos de la humanidad en el futuro es realizar revoluciones pacíficas, lo que requiere una ciudadanía bien formada; es decir, educación. Las auténticas revoluciones del futuro deben partir de la educación, que es la mejor forma de asegurar el

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mantenimiento de los cambios a largo plazo. Vivimos en una aldea global en comunicación constante, y lo que pasa en un lugar afecta a todo el planeta. Por tanto, se impone un proyecto a largo plazo de carácter global si queremos un cambio real y efectivo que permita mejorar la convivencia y el bienestar a nivel planetario. Si retrocedemos en el tiempo, podemos observar que cien años atrás había enfermedades víricas como la poliomielitis y la viruela, que mataban a millones de personas cada año en todo el mundo. En aquellos momentos nadie se hubiera atrevido

a pronosticar que cien años después estas enfermedades estarían prácticamente

erradicadas de la humanidad. En cien años la medicina ha avanzado de forma espectacular, logrando objetivos que eran inimaginables a principios del siglo XX. Se

ha doblado la esperanza de vida en muchos países, el dolor físico se ha suprimido en muchas situaciones, se han erradicado muchas enfermedades, la cirugía consigue logros impresionantes, etc. Todo esto ha sido gracias a los avances tecnológicos, formación, investigación y presupuestos generosos para la medicina. En este proyecto

se

ha implicado toda la humanidad. Se han aplicado vacunaciones en todos los países;

se

ha difundido la educación para la salud con el objetivo de crear hábitos y estilos de

vida saludable; los profesionales de la medicina se han multiplicado, etc. Es un proyecto en el que se ha procurado implicar a todo el mundo, con repercusiones en todo el planeta. Hace cien años la mayoría de países tenían un Ministerio de la Guerra porque se consideraba que se estaba en guerra permanente. Hace cien años no existían la ONU, Amnistía Internacional y muchas ONG que contribuyen significativamente a la mejora de la humanidad; de hecho, eran inimaginables. En aquellos momentos la gente no tenía radio, televisión, móviles y una extensa gama de tecnología (neveras, lavadoras, lavaplatos, cocinas a gas o eléctricas, etc.), y realidades como la luz eléctrica, coches, aviones, etc., eran ciencia ficción. Durante estos últimos cien años se han producido cambios portentosos gracias a la toma de conciencia de las necesidades sociales, la imaginación, la creatividad y el esfuerzo colectivo. Ahora nos cuesta imaginar cómo era la vida anteriormente. Así como al mirar hacia atrás podemos observar cambios y progresos extraordinarios ante los cuales podemos quedar maravillados, ¿por qué no imaginamos cambios que nos gustaría ver en los próximos cien años? Tal vez cambios que consideramos tan utópicos que nos pueden parecer imposibles. Pero esto es lo que pasaba hace cien años respecto a realidades actuales. Tal vez sea ciencia ficción, pero no es descabellado pensar que en los próximos cien años se pueden producir cambios todavía más grandes que los que se han dado en el último siglo. Entre los cambios que merecen la pena está el paso de un sistema político y social centrado en el miedo y la ira a otro sistema basado en el amor y el bienestar integral. Este puede ser uno de los proyectos más apasionantes para el futuro de la humanidad. Que quede bien claro que el miedo y la ira van a ser inevitables. No se trata en absoluto de vivir en un mundo sin miedo y sin ira. Gracias al miedo adoptamos comportamientos que aumentan las probabilidades de supervivencia, y gracias a la ira

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nos indignamos ante la injusticia, la corrupción y los atropellos que desgraciadamente

se producen, lo cual nos impulsa a luchar para superarlos. Por tanto, el miedo y la ira van a estar siempre con nosotros. Todos vamos a experimentar miedo e ira en muchos momentos de la vida. Por si esto fuera poco, en un mundo con unos recursos limitados siempre habrá los que quieren vivir a expensas de los demás, y esto va a generar ira, así como miedo cuando el otro es más poderoso. Esto es una realidad incontrovertible. Por ello, conviene distinguir entre las emociones agudas puntuales que se experimentan en un momento dado y los climas emocionales que se experimentan colectivamente. Estos climas pueden mantenerse en el tiempo. Cuando son climas de

miedo e ira, resultan incompatibles con el bienestar. Este es el fondo de la cuestión que queremos resaltar.

A todo esto hay que añadir que las personas pueden perder la capacidad de

alegrarse, de amar y de ser felices. Las emociones positivas se atrofian si no se practican. Se necesita práctica y entrenamiento para mantener vivas estas emociones. En cambio, una persona mantiene siempre su capacidad para experimentar miedo, ira

y tristeza. Esta diferencia en el funcionamiento de las emociones positivas y

negativas es un detalle al que no se le suele dar la importancia que merece.

El tema tiene su enjundia, en el sentido de que no es solamente un problema

propio de la política, sino que se extiende a las organizaciones en general (empresas,

administración púbica, centros educativos, comunidades de vecinos, etc.). En la medida en que en las organizaciones de todo tipo se respira un clima emocional negativo, esto es incompatible con el bienestar. Solamente a partir de la convicción y sensibilización de que necesitamos un cambio en los climas emocionales de las organizaciones es cuando pueden surgir iniciativas personales, sociales, políticas y educativas que permitan avanzar en esta dirección. ¿Qué futuro queremos dejar a nuestros hijos? Probablemente muchos deseamos sobre todo que nuestros hijos y descendientes sean felices. Hoy sabemos que la felicidad se aprende. Esto es sumamente importante. Las aportaciones de la neurociencia sobre la felicidad son espectaculares y merece la pena ponerlas en conocimiento de la ciudadanía. Sin ser conscientes de ello, nos entrenamos para ser felices o infelices. En este último caso nos encontramos con una elevada prevalencia

de ansiedad, estrés, depresión, consumo de drogas, suicidios, etc. Todo esto tiene una

potente carga emocional así como unos elevados costes para un país. Necesitamos

una educación emocional para proceder a un cambio emocional de trascendencia universal.

Es interesante observar iniciativas que van surgiendo en este sentido, como Viles

pel Benestar (Villas para el bienestar), que es un proyecto pionero encaminado a potenciar el bienestar emocional colectivo. Se propone el desarrollo de competencias emocionales de las personas y grupos sociales, impactando en todas las edades, clases sociales y ámbitos de una población, todo ello con la intención de generar cultura emocional de forma creativa. Su acción se canaliza a través de los ayuntamientos,

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como institución pública más próxima a la ciudadanía. En el Génesis se explica cómo Adán y Eva fueron expulsados del paraíso. A la luz del evolucionismo y del progreso de la humanidad a lo largo de los siglos podemos

llegar a la conclusión de que el paraíso terrenal tal vez no sea un punto de partida, sino un horizonte al cual se dirige la humanidad. En el planeta Tierra hay muchos sitios que son auténticos paraísos para gozar. Lo que necesitamos es crear climas emocionales y políticos que permitan poderlos disfrutar. Las aportaciones de las investigaciones científicas, en campos tan diversos como la neurociencia, la psicología positiva, la inteligencia emocional, el bienestar subjetivo, etc., ponen en evidencia la necesidad de una educación emocional generalizada a toda la población y en todos los países. Véase por ejemplo el voluminoso Handbook of Social and Emotional Learning coordinado por Durlak, Domitrovich, Weissberg y Gullotta (2015), donde a partir de muchas investigaciones

se llega a esta conclusión. Me gustaría que nuestro país fuera uno de los pioneros en

la generalización de la educación emocional para la construcción del bienestar personal y social. Tener claro que caminamos hacia este horizonte requiere de la colaboración e implicación de todos. Es necesaria la implicación de la política, y la formación de los profesionales de la educación, de las familias y de la sociedad en general. Podemos imaginarnos esta posibilidad si se ponen los recursos necesarios. El cambio empieza ahora.

UN CAMBIO DE PARADIGMA

El cambio emocional en la política es una manifestación de un cambio de paradigma en la forma de entender la vida y las relaciones sociales. Un cambio de paradigma significa explorar nuevas formas de pensar, otra manera de entender el mundo.

Hablar de cambio de paradigma significa referirse a Thomas Kuhn, que analizó las revoluciones científicas y acuñó el término en 1962 para referirse a las distintas maneras de hacer ciencia por parte de las comunidades científicas. Siguiendo a Kuhn (1970), podríamos decir que un paradigma es una forma de percibir, analizar e interpretar la realidad que tienen los miembros de una comunidad

y que se caracteriza por un conjunto de creencias, valores, normas, objetivos,

lenguajes y formas de comportarse. Es decir, un paradigma es una forma de pensar, sentir y actuar. La tesis de Kuhn (1970, 1978) consiste en demostrar que en ciertos momentos se descubren anomalías dentro de un paradigma, el cual entra en crisis. La resolución viene de forma revolucionaria, lo cual provoca un cambio de paradigma. En la antigüedad predominaba el paradigma geocéntrico, según el cual la Tierra era el centro del universo. La gente percibía la realidad de acuerdo con este paradigma y se comportaba de acuerdo con él. A partir del siglo XVI se produjo la

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revolución copernicana, que significó un cambio de paradigma: el Sol es el centro del universo (paradigma heliocéntrico). Esto se produjo gracias a científicos como Copérnico, Galileo y Kepler, que se atrevieron a pensar de forma diametralmente opuesta a la que imperaba, lo cual, como es sabido, provocó furibundas reacciones de oposición, costando siglos llegar a una aceptación generalizada. Cuando se propuso el cambio de paradigma (del geocéntrico al heliocéntrico) se desconocían muchos aspectos del nuevo paradigma. En muchos aspectos se iba tanteando, investigando y avanzando progresivamente. Esto provocó que, con el tiempo, el modelo heliocéntrico (el Sol como centro del universo) fuera superado. El descubrimiento de las galaxias, en un marco mucho más complejo de la concepción del cosmos, significa otro cambio de paradigma. Estos ejemplos de cambio de paradigma en la ciencia se pueden aplicar de forma sui generis a la política. Muchas voces han señalado que en el siglo XXI no podemos funcionar con unos esquemas propios del siglo XIX. En el antiguo paradigma no hay conciencia de la importancia de las emociones, de sus funciones y de sus efectos en las relaciones interpersonales y en el bienestar. Desde la inconsciencia estamos anclados en el miedo y la ira, lo cual es incompatible con el bienestar. Como consecuencia de la ira, hay enfrentamientos constantes desde la hostilidad, la crispación y la violencia. El nuevo paradigma se caracteriza por prestar atención al punto de vista del otro, con actitud positiva y colaborativa, confianza, cooperación, consenso, empatía, reconocimiento, etc. Este nuevo paradigma debe resaltar unos valores como justicia, libertad, responsabilidad, paz, amor, verdad, solidaridad, etc., que permitan superar las luchas por el poder, la codicia y la corrupción. Una democracia real con una ciudadanía comprometida, pero deliberativa, dispuesta a trabajar por el bien común. El cuadro siguiente resume algunas características del paradigma clásico y del nuevo paradigma, sin ánimo de exhaustividad. Un cambio de paradigma es muy difícil. Siempre hay quienes piensan «siempre ha sido así y no lo vamos a cambiar». Como ya pasó con el paso del sistema geocéntrico al heliocéntrico, un cambio de paradigma puede durar siglos. Las personas que conviven en un momento dado tienen unas estructuras mentales que les dificultan, o incluso imposibilitan, pensar de otra manera. Es más difícil desaprender que aprender desde cero. Por ello, a veces hay que esperar a las nuevas generaciones para hacer reales los cambios. La educación de las nuevas generaciones es un aspecto esencial para un cambio de paradigma. Cuando desde niño se aprende a pensar de otra forma, esto se incorpora en la forma de ser.

Paradigma clásico

Cambio de paradigma

Nuevo paradigma

Inconsciencia

Consciencia

Ideologías

Ciencia

Creencias

Evidencias

Ira

Amor

Miedo

Felicidad

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Hostilidad Violencia Desconfianza Analfabetismo emocional Egocentrismo Reactividad Bienestar material Materialismo Lucro Codicia Corrupción Insostenibilidad Ineficiencia Vacío existencial Autodesconocimiento Dependencia Opresión Engaño Tener

Hospitalidad Paz Confianza Competencias emocionales Prosocialidad Proactividad Bienestar emocional Compromiso social Compartir Generosidad Justicia Sostenibilidad Eficiencia Plenitud Autoconocimiento Autonomía Libertad Verdad Ser

Vamos a recordar una investigación en la que se metió a cinco monos en una jaula. En el centro colocaron una escalera y sobre ella un montón de plátanos. Cuando un mono subía la escalera para comer los plátanos, se lanzaba un chorro de agua fría de gran potencia sobre todos los monos, tanto el que subía como los que quedaban en el suelo. El chorro era tan potente que impedía al mono que subía llegar a los plátanos. Los demás monos comprendieron que recibían las consecuencias del que intentaba subir. Después de un cierto tiempo, cuando un mono iba a subir la escalera los otros lo agarraban y lo molían a palos, para evitar recibir el chorro de agua fría. Al poco tiempo ningún mono se atrevía a acercarse a la escalera, a pesar de la tentación de los plátanos. Entonces se sustituyó uno de los monos por otro que no sabía lo que había pasado. Naturalmente, lo primero que se le ocurrió fue subir la escalera. Inmediatamente fue bajado por los otros, quienes le propinaron golpes hasta que desistió. Después de algunas palizas, el nuevo integrante del grupo ya no se subió más a la escalera. Posteriormente se cambió un segundo mono. Se repitió lo mismo. Curiosamente el primer mono sustituido participó con entusiasmo en la paliza que dieron al novato. Más tarde se sustituyó un tercer mono y se repitieron los mismos acontecimientos. Después un cuarto mono y posteriormente el quinto. El mono que se sacaba cada vez era uno de los veteranos que habían entrado al principio, de modo que los que quedaban eran siempre los nuevos. Al final quedaron cinco monos que no habían recibido nunca el chorro de agua fría. Sin saber por qué, todos seguían golpeando al que intentaba subir a la escalera. Si hubiese sido posible preguntar a los monos ¿por qué le pegas al que intenta subirse a la escalera?, probablemente la respuesta habría sido: «Siempre se ha hecho así, aunque no sé por qué». El efecto de los monos en la jaula se puede aplicar a un cambio de paradigma. Siempre habrá los que pensarán: «Siempre se ha hecho así; además no sabemos otra forma de hacerlo». Pasar del paradigma actual al nuevo paradigma supone una revolución pacífica, que debe partir de la educación si queremos que sea una revolución a largo plazo. Se va a necesitar mucha creatividad por parte de personas visionarias, que puedan alumbrar una nueva forma de gestionar la convivencia y de hacer política. Si miramos un siglo hacia atrás podemos observar que se han

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producido cambios que eran inimaginables. Esto es un brote de esperanza para considerar que, a pesar de las dificultades, el cambio y el progreso son posibles.

DE LA POLÍTICA A LAS CIENCIAS SOCIALES

Uno de los propósitos de este libro es llamar la atención sobre la dimensión emocional de la política y sensibilizar sobre su importancia y los efectos que tiene en la toma de decisiones, en las acciones y en los movimientos sociales. A lo largo de diversos capítulos se presentan análisis de situaciones relacionadas con campañas políticas, protestas, tensiones, transiciones, traumas, etc., donde las emociones han sido un factor motivador y de cambio. Tal vez todas las situaciones se puedan resumir, para abreviar, en las 3T (tensiones, transiciones, traumas). Las 3T y otros acontecimientos políticos provocan contagios emocionales colectivos que crean un clima emocional determinado en un contexto dado. Se trata de emociones de grupo que predisponen a un cambio social. Se han seleccionado acontecimientos políticos como la caída del muro de Berlín, la primavera árabe, el terrorismo yihadista, etc. Pero los análisis que se han presentado desde la perspectiva emocional se pueden aplicar a muchas otras situaciones, que no se limitan a la política, sino que se extienden a la historia, la sociología, la antropología y las ciencias sociales en general. Sería interesante analizar la dimensión emocional en acontecimientos como por ejemplo la Revolución francesa, la independencia de los Estados Unidos, la Guerra de la Independencia en España, la independencia de los países latinoamericanos, la Revolución bolchevique, la independencia de los países africanos, el nazismo en los años treinta, etc. Con esto queremos llamar la atención para que las ciencias sociales incluyan la dimensión emocional en la metodología de análisis de la realidad. No se trata de pensar que las emociones lo explican todo, ni mucho menos. Pero tampoco la economía lo explica todo. Ambas son, probablemente, condición necesaria, pero no suficiente. Los cambios obedecen al principio de causación múltiple. Es decir, son múltiples las causas que provocan los acontecimientos políticos, históricos y sociales. Entre estas causas, las emociones juegan un papel importante, junto con otras causas. Esta es nuestra tesis. Pero hasta ahora, la dimensión emocional normalmente no forma parte de los análisis habituales en ciencias sociales. Queremos llamar la atención sobre esta laguna en el conocimiento para que en un futuro se tome en consideración la dimensión emocional en las ciencias sociales. Esto puede ser un cambio que contribuya a un mejor conocimiento de los fenómenos complejos que caracterizan las ciencias sociales.

PERSPECTIVAS DE FUTURO

La construcción del bienestar significa prestar atención y desarrollar emociones

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como respeto, confianza, empatía, sensibilidad, cordialidad, prosocialidad, solidaridad, gratitud, interés, paciencia, aceptación, aprecio, compasión, admiración, fascinación, entusiasmo, alegría, optimismo fundamentado, júbilo, regocijo, ilusión, deleite, fluir (flow), saborear (savoring), florecer (flourishing), equilibrio, armonía, plenitud, paz interior, satisfacción, dicha, dulzura, gozo, placidez, relajación, mindfulness, serenidad, amor, bienestar emocional, felicidad, etc. Hay un extenso listado de emociones para potenciar y desarrollar. Toda esta riqueza del vocabulario emocional se puede resumir en amor y bienestar. Esto afecta a la política y a la educación. Hay que aprender a experimentar, practicar y entrenarse en el desarrollo de competencias emocionales que faciliten experimentar y compartir estas emociones. El cambio de paradigma afecta a la educación en todo el mundo. Para que las generaciones futuras puedan dejar atrás el sistema social y político basado en el miedo y la ira, y puedan contribuir significativamente a la construcción del bienestar, se necesita que el cambio de paradigma incida en la educación. ¿Estamos dispuestos a un cambio de paradigma en la política y en la educación? ¿Consideramos importante y necesario invertir en educación para la prevención de la violencia? ¿Queremos potenciar climas emocionales diferentes a los actuales en la mayoría de organizaciones? Responder afirmativamente a estas preguntas significa fomentar la investigación sobre estos temas y difundir la educación emocional, lo cual implica a la formación del profesorado y también de la clase política. ¿El gobierno está dispuesto a asignar presupuestos a tales fines? Solamente los presupuestos en armamento serían más que suficientes. En un mundo concebido como la aldea global se requieren acuerdos globales de carácter internacional sobre principios básicos pensando en el bienestar de todas las personas. Las administraciones públicas deben comprender que la construcción del bienestar es un proyecto de carácter mundial y a largo plazo, tal vez a cien años vista. Muchos ya no lo veremos. Pero es un proyecto que merece la pena. Nos jugamos el futuro y el auténtico bienestar de la humanidad.

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CONCLUSIONES

Después del recorrido que hemos seguido a lo largo de este libro para aportar evidencias de las relaciones entre política y emoción, llega el momento de resumir las ideas principales en unas breves conclusiones.

1. La política rezuma emociones. Las emociones están presentes como un elemento esencial en las dinámicas políticas, aunque no se hable de ello. La política activa emociones y las emociones influyen en la política, hasta el punto de afectar a la toma de decisiones, a los votos, a las elecciones y por tanto a la política de un país. Conviene tomar conciencia de esta realidad para no llevarnos a engaño sobre las decisiones que tomamos y lo que hacemos.

2. Contagio emocional. Continuamente se producen contagios emocionales colectivos que tienen efectos significativos en la convivencia y el bienestar.

3. Clima emocional. La consecuencia del contagio emocional son los climas emocionales que caracterizan un determinado contexto social. A veces se producen climas emocionales tóxicos, que predisponen a la violencia y la destrucción. La sociedad necesita climas emocionales favorables a la convivencia en paz y el rendimiento en el trabajo. En estos climas predomina el amor y el bienestar. Esto es lo que necesita y desea la ciudadanía.

4. Detector de climas emocionales tóxicos. Necesitamos un detector de mentiras que ayude a identificar climas emocionales tóxicos para prevenir ser manipulados o adoctrinados a través de técnicas emocionales. Esto es un ejemplo de competencias emocionales.

5. El bienestar integral como objetivo de la política. La finalidad de la política es el bienestar de la ciudadanía. No solamente el bienestar material, sino el bienestar integral (material, físico, social, profesional y emocional).

6. Cambio de paradigma. El cambio en los climas emocionales representa, en cierta forma, una manifestación de un cambio de paradigma en la forma de pensar, sentir y actuar en la política, en la sociedad y en el trabajo. Este cambio afecta a la humanidad en su conjunto. Es un proyecto muy a largo plazo, pero merece la pena.

7. De la política a las ciencias sociales. Lo que se expone en este libro sobre la política se puede generalizar mutatis mutandis a las ciencias sociales en general.

8. Competencias emocionales. Tomar conciencia de la importancia de las emociones en la política tiene como consecuencia tomar conciencia de la importancia de las competencias emocionales y la necesidad de desarrollarlas. Las personas que dirigen a otras personas (gobernantes, políticos, directivos,

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educadores) son las primeras en necesitar competencias emocionales. 9. Importancia de formación. La necesidad de desarrollar competencias emocionales en los profesionales de la política, los educadores y por extensión en toda la ciudadanía conlleva formación y educación emocional, que es un factor esencial para la convivencia y el bienestar. 10. Perspectiva del ciclo vital. El desarrollo de competencias emocionales debe iniciarse en los primeros meses de vida en la familia, para continuar después en las diversas etapas de la educación formal (infantil, primaria, secundaria) y a lo largo de toda la vida.

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111

Director: Francisco J. Labrador

Edición en formato digital: 2017

© Rafael Bisquerra, 2017 © Ediciones Pirámide (Grupo Anaya, S.A.), 2017 Calle Juan Ignacio Luca de Tena, 15 28027 Madrid piramide@anaya.es

ISBN ebook: 978-84-368-3701-8

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Conversión a formato digital: calmagráfica

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112

Índice

Prólogo

6

Introducción

8

1. Emociones y política

11

¿Cómo se activan las emociones?

11

La valoración automática

11

Objeto y causa de la emoción

13

La emoción como respuesta compleja del organismo

13

La predisposición a la acción

15

¿Emoción o emociones?

16

Los fenómenos afectivos

16

Las emociones en la toma de decisiones

17

¿Por qué no hay Premio Nobel de Matemáticas?

18

Alexitimia política y científica

19

Emociones individuales y colectivas

20

Emoción, movimientos sociales y cambio político

21

El sentimiento de identidad nacional

23

Ira y miedo como motores de la política en la historia

23

Resumen y conclusiones

24

2. Inteligencia y emoción

26

La inteligencia emocional

26

Las competencias emocionales

27

La inteligencia afectiva en la política

28

Partidistas y deliberativos

30

Inteligencia y emoción en la política

31

Resumen y conclusiones

32

3. Las emociones en las tensiones políticas

33

Emoción y comportamiento: el caso del miedo y la cobardía

33

Integridad y competencia en las campañas políticas

34

Las emociones en las crisis

36

La esfera pública emocional

38

Extremismos y necesidad de regulación emocional

40

El desplazamiento social

40

Emociones y nacionalismos

42

Represión de la emoción

44

Resumen y conclusiones

45

113

4.

Trauma y política del miedo

46

El trauma en política

46

El trauma del terrorismo

47

La política del miedo

49

La transmisión intergeneracional del trauma

51

La narrativa del trauma

51

Significantes y emoción

53

Instrumentalidad emocional estructural

54

Resumen y conclusiones

54

5. Emociones colectivas y cambio social

56

Emociones colectivas

56

El miedo colectivo como fuerza política motivadora

57

El contagio emocional

57

El clima emocional

59

Clima emocional y comportamiento colectivo

60

La superación del miedo como objetivo de la política

61

Del miedo a la ira

62

Resumen y conclusiones

62

6. Las emociones en la protesta política

64

Emociones que predisponen a la protesta

64

Dinámicas emocionales en la protesta

65

Emociones basadas en el grupo

66

Emociones de protesta y tendencias de acción

67

Momentos en la protesta

68

Indignaos

69

Resumen y conclusiones

70

7. Emoción y transiciones políticas

71

El mundo como sistema

71

Las emociones en las transiciones de los países comunistas

71

Factores para la transición

72

Factores emocionales

74

La ira en las transiciones del comunismo

74

Transiciones y no transiciones

75

El efecto solidaridad: moral y emoción

76

Condición necesaria pero no suficiente

77

Las emociones en la «primavera árabe»

77

Origen y evolución de la primavera árabe

79

Resumen y conclusiones

80

114

8.

Emoción y violencia en política

81

Política, emoción y violencia

81

Vergüenza y orgullo en política

82

Vergüenza, humillación, ira y violencia

83

Historia y emoción

84

Humillación y violencia

85

El efecto mariposa

86

Resumen y conclusiones

87

9.

Política y construcción del bienestar

88

Un sistema social y político basado en el miedo y la ira

88

El amor en la política

89

El bienestar como objetivo de la política

90

Tipos de bienestar

90

El bienestar emocional

92

El bienestar se construye

93

Educación emocional para la construcción del bienestar

94

Desarrollar un detector de emociones tóxicas

95

Resumen y conclusiones

96

10. Hacia un cambio de paradigma

98

Hacia un cambio emocional

98

Un cambio de paradigma

101

De la política a las ciencias sociales

104

Perspectivas de futuro

104

Conclusiones

106

Bibliografía

108

Créditos

112

115