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A propósito de “La disciplina de la imaginación” de Antonio Muñoz Molina

Más que presentar un resumen o una reseña del texto en cuestión, me limitaré aquí a señalar
algunas reacciones que suscita, lo cual a la larga vendría a plantear una especie de síntesis
del mismo. Lo vincularé así mismo desde mi quehacer docente, específicamente en esa parte
sensible que habla de la literatura como un conjunto de fechas y nombres: un ejercicio
anquilosado y lúgubre que solo algunos comparten.

Al inicio es casi ineludible no sentir ese ambiente decadente que Muñoz presenta, esa visión
brumosa que se haya entre la educación y la cultura. A pesar de que ya han pasado 23 años
de gestión de “La disciplina de la imaginación”, todo sigue vigente. Y a pesar que habla
desde España, el contexto es análogo en Colombia, donde avisos comerciales como “Lee lo
que quieras, pero lee” nos hacen volcar la mirada hacia dentro para ver la decadencia de un
país sin cultura. Son muchos los factores sensibles de analizarse, pero basta con tomar la
palabra cultura como esa serie de manifestaciones que muestran la parte artística de una
sociedad (solo esta endeble acepción), para darnos cuenta que, al igual que en este estado
paupérrimo que presenta el autor, en nuestro contexto inmediato y “mediático”, eso que
llamamos cultura no es accesible para todos. Aquí es donde la educación entra en juego,
porque en un país donde lo extranjero tiene más peso que lo autóctono, donde la cultura cívica
existe en documentos de los atriles de los concejos y en donde la grosería tiene más mérito
que el afecto, la educación es un lago que va secándose vertiginosamente.

Viendo así el panorama, pareciera ser que no hay espacio para detenerse y meditar. Vemos
que las problemáticas de fondo persisten, y ahora, en pleno 2018, solo han variado en sus
dinámicas. Tenemos al alcance grandes fenómenos como la inmediatez, la ocupación
perpetua, la falta de profundidad de las ideas… La educación debiera ser un instrumento que
nos permita combatir las enfermedades que nos aquejan, pero en vez de eso es una
herramienta que las ayuda a reproducir. Y ni qué decir de la literatura, que Muñoz considera
necesaria, un “atributo de la vida”, un “instrumento de la inteligencia” para conocerse más a
sí mismo. En un modelo que está alejado de promover la lectura responsable y el cultivo de
la imaginación, la literatura y su lectura son actos de extraterrestres.
Un aporte significativo de la lectura se direcciona hacia el maestro, quien es ese actor que
está en el medio del puente colgante, tratando de ayudar a pasar a aquellos que, ávidos,
buscan llegar al otro lado para continuar su camino de formación. Su labor se centra en no
dejar que los prejuicios mezan el puente y ayudar a direccionar los pasos sin caer al precipicio
de la ignorancia. Un personaje u tanto atípico el maestro, que debe dar de sí para motivar,
principalmente a los jóvenes, a ingresar en un mundo letrado, un mundo que aparentemente
es para el acceso de pocos y que se debate en la funcionalidad. Allí es donde aparece el
panegírico a la imaginación, que ayuda al ser humano a encontrarse con lo posible, y allí es
donde también el panorama aparta las brumas, permite irradiar luz cálida sobre las mentes y
rompe la barrera del límite autoimpuesto por pensamientos limitados.

“La enseñanza de la literatura sirve para algo más que para descubrimos lo que otros han escrito y
es admirable: también para que nosotros mismos aprendamos a expresamos mediante ese signo
supremo de nuestra condición humana, la palabra inteligible, la palabra que significa y nombra y
explica, no la que niega y oscurece, no la que siembra la mentira, la oscuridad y el odio”.

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