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ANALES DE LITERATURA CHILENA

Año 8, Diciembre 2007, Número 8, 55-80


ISSN 0717-6058

GUSTAVE VERNIORY: ENTRE GENTE, ANIMALES Y TRENES.


ARAUCANÍA 1889-1899

Lilianet Brintrup Hertling


Humboldt State University

Dar cuenta, aunque sea de modo parcial, del viaje por la Araucanía del joven
ingeniero belga, Gustave Marie Eugéne Verniory 1 es el propósito de las páginas si-
guientes. Este trabajo solo toca dos o tres aspectos de un libro que permite una
lectura tanto histórica como etnográfica. Verniory llega a Chile en enero de 1889,
contratado por el Gobierno para construir tres de los últimos tramos del ferrocarril
del sur de Chile en la región de la Araucanía 2, cuyos lugares principales de trabajo
fueron Victoria, Lautaro y Temuco3. Por esas fechas, ya todas las vías fluviales,
marítimas y camineras habían devenido insuficientes, por lo que era imperativo para
la economía de la Araucanía y de Chile, continuar el desarrollo del ferrocarril 4. Diez

1
Gustave Marie Eugéne Verniory nació en Las Ardenas, Bélgica en 1865 y murió en el
mismo país en 1949. Realizó estudios superiores en Luxemburgo y en Treveris, Lieja y
Bruselas. Datos biógraficos obtenidos de la “Noticia biográfica del autor” de Madeleine
Massion-Verniory, en Diez Años en Araucanía 1889-1899. Santiago de Chile: Ediciones
de la Universidad de Chile, 1975. Cito en adelante por esta edición.
2
La crisis económica de Bélgica fuerza a Verniory a no desaprovechar la posibilidad de
obtener un trabajo en Chile gracias a la intervención del profesor de la Universidad de
Lovaina y posteriormente profesor de la Universidad de Chile, señor Luis Cousin (“Noticia
biográfica del autor”).
3
“Después de haber golpeado sin éxito numerosas puertas, resolví buscar fortuna en el
extranjero”(23).
4
Según Jorge Teillier en su “Prefacio” al libro de Verniory citado en nota 1, titulado
“Encuentro con Gustave Verniory”, “El primer ferrocarril de San Rosendo a Angol llega a
término en 1876 con el contratista Juan Slater […] El gran salto que une la zona central con
la Frontera se da con la construcción del puente del Malleco […] terminado en 1890” (17).
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años en Araucanía, 1889-1899, nuestro objeto de estudio, se conforma de una serie


de cartas que Verniory escribiera desde Chile a su familia en Bélgica, las que poste-
riormente, se transformaron en libro5; Verniory cierra su narración prometiendo que
“[Su] viaje de regreso a Europa, vía Panamá, será objeto de un relato especial”
(495)6. Guy Santibáñez, en su “Nota Preliminar” al libro de Verniory, indica que se
trata de un diario de viaje de tres volúmenes7. Es una narración que explica o descri-
be la Frontera; un “discurso fronterizo” en donde confluirán varios aspectos relati-
vos a la supervivencia de Verniory, su tarea principal de viajero y él y lo otro. Jorge
Teillier define la Frontera como “[…] una creación conjunta del colono y pionero,
del inmigrante europeo y mapuche”8. Y éste es precisamente el territorio de Verniory,
pero donde no solo se trata de una creación conjunta, sino de un espacio donde
confluyen tensiones y resistencias, tanto por parte del colono-pionero-inmigrante,
como del mapuche9. Verniory, “sin querer queriendo” manifiesta en su escritura cier-
to nivel de resistencia, a pesar de su admiración y amistad con los mapuches. De
cualquier modo, sus cartas que conforman el libro que nos ocupa fueron producidas
en el encuentro de ambas culturas. Así, la frontera de Verniory es un territorio de
gran interacción donde confluyeron fuerzas de intereses opuestos: de acciones em-
prendedoras de chilenos y colonos europeos, frente al rechazo y/o a la aceptación
medio forzada de los araucanos. A pesar de las tensiones y violencias, Verniory vive
su frontera con felicidad y optimismo; al fin y al cabo había llegado ‘a tierras para
colonizar’ donde todo lo que haría, incluyendo sus múltiples aventuras de viajero, no
sería amenazado ni puesto en peligro, porque los riesgos eran mínimos10 .

Verniory ha sido ampliamente estudiado desde el punto de vista de la ingeniería y de la


construcción de ferrocarriles, por lo que la bibliografía es extensa con respecto a este tema.
5
Madeleine Massion-Verniory en “Noticia biográfica …”, indica que “Estos recuerdos,
felizmente, los escribió basándose en sus numerosos y muy precisos apuntes personales,
anotados por él a lo largo de toda su permanencia en Araucanía y, en sus cartas
cuidadosamente conservadas por la familia” (13).
6
Desconocemos si este relato especial fue escrito y publicado.
7
Santibáñez (9).
8
Teillier, “La Araucanía y los mapuches según tres viajeros extranjeros del siglo pasado”.
(Santiago de Chile: Boletín de la Universidad de Chile, No. 58; 07.1965; pp. 4-12.
9
Sobre el tema de la resistencia mapuche existe una extensísima bibliografía que data
del siglo XVI.
10
Para un trabajo completo sobre el tema de la frontera en Hispanoamérica, consultar el
libro de Fernando Operé Historias de la frontera: el cautiverio en la América hispánica.
México: Fondo de Cultura Económica, 2001.
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La escritura del libro que nos ocupa está a cargo de Verniory, sin embargo éste
incluye una carta escrita por su hermano Alfred, quien escribió con entusiasmo a
poco de llegar a Chile: “Esta vida me gusta, no quisiera cambiar mi pellejo por el del
más estirado burgués de Bruselas” (420)11. También Verniory se “sintió rápidamente
conquistado por la vida libre y aventurera del pionero”12; durante el viaje hacia Chile,
en su paso por Bahía, Brasil, ya se lo observará contento de no estar en Europa y con
ganas de ambientarse en América: “Me he fortalecido mucho. Vivo en plena corriente
de aire sin que ello me incomode en lo más mínimo; yo que era tan dado a las
neuralgias. Comprendo ahora que la vida en Bruselas no me convenía. Mi aspecto se
ha transformado; mi piel luce ahora un hermoso color entre ocre y ladrillo molido”
(42) de tal suerte que el que vino por tres años, permanecerá diez. Nada nuevo bajo
el sol de Chile en realidad; recordemos el caso de Ignacio Domeyko, viajero científi-
co polaco, quien llegara contratado por el Gobierno de Chile en 1834 por cinco años,
pero permanece comprometido, involucrado y semi ‘atrapado’ en Chile por 53 años,
prácticamente toda su vida13.
La carta de Alfred14, dirigida a su hermana María, muestra habilidad de es-
critura, cuyo estilo, aparte de ser detallista y gracioso, es también lúcido y simple.
La descripción de su habitación es notable y Alfred lo confirma comparándose con
el escritor francés de la primera mitad del siglo XIX, Xavier de Maistre, quien
escribiera una obra breve, considerada maestra, titulada Voyage autour de ma

11
Verniory, como su hermano Alfred, hace varios comentarios favorables sobre la
Araucanía y Chile; por ejemplo: “A menudo comparo los empleos en Europa a los de aquí.
Allá [Bélgica] rasguñaría el papel en las oficinas o me agotaría en el terreno por 200 francos
al mes, acosado por toda una jerarquía de jefes, mientras que aquí, soy casi dueño absoluto
de mis movimientos, y se me abre un brillante porvenir. […] Mientras tanto, me he creado
aquí una vida muy confortable, que no peca sino por la soledad a la que estoy condenado”
(129); y en una carta a su hermano George, le dice: “ […] para ver todo eso [ el mar en toda
su potencia y belleza] , ven cualquier día a visitarme a Chile. Tu entusiasmo entonces, no
conocerá límites” (123); pero también hay críticas: Chile será el país en donde se bebe en
exceso y se realizan demasiados discursos cívicos con cualquier pretexto; es el país de la
desidia, en donde “[…] todo se demora si el interesado no empuja personalmente sus
asuntos” (119).
12
“Noticia biográfica…” (11).
13
Ver “Postergaciones de un regreso” de Lilianet Brintrup, en Homenaje a Alejandro de
Humboldt. Literatura de Viajes desde y hacia Latinoamérica, Siglos XV-XXI. México,
Oaxaca-USA: Color Digital Editores, 2005, pp. 335-346.
14
Se incluyen también otras cartas de Alfred en la narración, pero solo mencionamos la
que nos interesa.
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chambre15. Alfred, como de Maistre, se asemejan al hecho de que ambos escriben


solo una obra: de Maistre, su Voyage…, y Alfred, la Carta. La diferencia es que
Alfred es un viajero que efectivamente viaja y permanece en el país hasta el resto de
su breve vida (muere de tifus en Santiago en 1903) y De Maistre nunca salió de
Francia, pero escribió una obrita maestra de ficción que le dio fama universal. Alfred,
por otro lado, deviene, como su hermano Gustave, narrador-viajero de un viaje real
que duró varios años, a diferencia de de Maistre que es solo narrador de un texto
escrito desde la perspectiva de la inmovilidad absoluta, centrado única y romántica-
mente en sí mismo en un breve antiviaje ficticio.
La descripción de la habitación, de la cual citamos solo fragmentos en nota a
pie de página, muestra cierta imitación en la escritura y algún distanciamiento con el
tipo de escritura de Verniory16. Tanto Alfred como de Maistre permanecen al interior

15
Xavier de Maistre, Voyage autour de ma chambre. Expédition Nocturne. (Paris: Le
Lépreux de la Cité. Librairie de la Bibliothéque Nationale, 1895). Aunque Verniory no sea un
científico propiamente tal, sino un ingeniero con una tarea técnica que realizar, es un ingeniero
culto que muestra que ha leído textos poco usuales, lo que da a su narración un interés
adicional; no habla solo de trenes, como alguna vez he escuchado decir. El nivel de
intertextualidad de Verniory recorre una gama amplia y solo mencionaremos algunos de los
autores y textos citados: Ercilla y Zúñiga (La Araucana); Cervantes, (El Quijote); Xavier
de Maistre; Madame Sevigné; Camoens; Magallanes; Vasco de Gama; Julio Verne (Las
aventuras del Capitán Ateras en el Polo Norte); Antoine de Tounens; François Rabelais
(Gargantúa y Pantagruel). Verniory menciona a veces al autor, a veces la obra. Todos los
textos poseen un punto en común: el viaje, ya sea ficticio o efectivamente realizado. Sus
referencias indican también una probable lectura de la Biblia.
16
Afuera el viento norte sopla con rabia y cuando calma un momento es para dar
lugar a una tromba de agua que cae crepitando sobre el zinc de mi techumbre […]
Comencemos por hacer un viajecito alrededor de mi pieza, imitando a Xavier de Maestre.
Mi habitación es una caja cuadrada recubierta por ocho hojas de zinc yuxtapuestas. En
esta caja existen dos aberturas. Una de ellas, que se cierra a voluntad por medio de una
simple corredera de madera, sirve de ventana […]. Pasemos a la inspección de la casa a
la del amoblado. […] Bajo la estantería se encuentra el gran baúl traído de Europa.
Algo más lejos mi cama de campana flanqueada por un cajón que me sirve de mesa de
noche. Encima coloco la palmatoria y un vaso de agua y en el interior, libros y periódicos.
En el rincón, frente a la cama, un lavatorio portátil de fierro enlozado. En otro rincón un
nivel con su mira, jalones y otros instrumentos del oficio. Sobre un caballete, mi montura
y el enjaezamiento completo de mi caballo. En fin, colgados de clavos en las paredes,
ropas, escuadras, un revólver, una cantimplora, dos pares de polainas y mis espuelas
[…] La lluvia ha cesado y el viento ha disminuido su violencia. Aprovechemos una
salida de la luna para echar una ojeada al campamento […] A la izquierda el valle hacia
Temuco, rodeado de un cinturón de colinas muy boscosas: a la derecha y detrás de ti, un
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de la habitación (“Autour ma chambre”); aunque en Alfred hay algunas referencias al


viento y a la lluvia que se ven a través de la puerta abierta o a través de los intersticios
de las tablas de las rústicas paredes. Alfred observa también, desde dentro, al campa-
mento, y el lector desde ese interior puede imaginar el trabajo de los ferrocarriles y
por sobre todo puede ver la “selva interminable”. Por la carta, el lector se informa del
interior y de los alrededores; de su rutina; de su conocimiento literario; de su mirada
crítico-ecológica sobre la naturaleza; aprendemos que redacta informes y dibuja cro-
quis. Con su delicadeza poética y habilidad de narrador, Alfred es capaz de llevar al
lector tanto por vericuetos de la habitación como hacia paisajes amplios. El lector
podría proyectar fácilmente la intimidad creada en esta carta a la narración de Verniory,
sin embargo, en ningún momento se encuentra en el texto del viajero un momento de
intimidad semejante. En contraste, la descripción que Verniory hace de su casa habi-
tación17 es bastante parca, como parcas y estrechas son las comodidades en su vida
diaria18, aunque todo en su huerta crece y prospera “a ojos vista” (159)19 y él y su
hermano “Engorda[n] a ojos vistas” (334) también.

amplio llano de donde surgen algunos montículos y al fondo, una selva interminable. A
través de todo esto la línea del ferrocarril en construcción restándole día a día un poco
de poesía a esta maravillosa naturaleza (418-420).
17
La casa en donde viviera Verniory la mayor parte de su estadía en la Araucanía se
ubica en la ciudad de Lautaro. Agradezco al arquitecto Gonzalo Cerda Brintrup, estudioso
de las casas del sur de Chile, quien me hiciera llegar información, no solo de la actual
existencia de la casa en Lautaro y de la bibliografía sobre la misma, sino fotografías de la
casa, provenientes éstas de la Universidad Autónoma del Sur. En un abstract titulado
“Cronología de la Quinta Gustave Verniory”, del arquitecto Jaime Gatica García, enviado al
“XII Seminario de Arquitectura Latinoamericana” a realizarse en Concepción, Chile en
noviembre del 2007, se listan los diversos dueños que ha tenido la casa de Verniory, más
todos los comentarios del mismo Verniory sobre la compra y la obtención del título de
propiedad de la casa-quinta. Me informo, además, que el Sr. Gatica Martínez, de la
Universidad del Sur, descubre la existencia de la casa en Lautaro y la docente Paz Serra, a
cargo de dicha investigación, descubre que se planea demolerla. El Director de la Escuela
de Arquitectura, Carlos García, se ha puesto en campaña junto a otros profesionales, para
salvar este verdadero tesoro de la historia decimonónica de la Araucanía y de Chile.
18
“Mi vida es muy agotadora”, dirá algunas veces Verniory, después de largos y
extenuantes esfuerzos requeridos para establecer sus varias casas y tiendas de campaña
donde pernoctaba durante sus también agotadores trabajos como ingeniero de ferrocarriles.
Eso sí, Verniory no escatimaba esfuerzos para contar en sus cartas todos estos fatigosos
esfuerzos (338).
19
La descripción de la casa-quinta, o “[La] villa de la quinta”, Verniory la escribe de esta
manera: La casa está a unos quince metros del cerco. Hay un antejardín con flores. Tres
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La narración muestra al lector el proceso de ajustamiento que Verniory va


viviendo en la llamada Frontera, espacio donde confluyen las luchas por la ‘pacifica-
ción’, en un territorio donde ya se encontraban cerca de unos 7 000 colonos. El
castellano, el mapuche y el alemán y otras lenguas europeas se escuchaban indistin-
tamente; convivían araucanos, “bandas de rotos chilenos” (203) o esos “fogosos
carrilanos”, según el decir de Madeleine Massion-Verniory, empresarios chilenos y
europeos. En medio de toda esta gran agitación y movimiento, entre bandoleros20,
asaltantes y gente europea emprendedora que no duerme para poder arar la tierra, el
viajero va penetrando personal y narrativamente “al alma misma de la Frontera”, y
encontrándose en medio de gentes provenientes de otras naciones, dirá, no sin un
dejo de admiración y preocupación: “La Araucanía se ha convertido en una verdade-
ra torre de Babel” (65); ésta es la frontera de Verniory: el espacio de la confusión,
confusión creada por la confluencia de muchas lenguas y que, a diferencia de los
habitantes de la Babilonia que no pudieron entenderse unos a otros como castigo de

metros delante de las ventanas, había plantado dos acacias que crecieron con tal
exuberancia que al cabo de dos años debí cortarlas; tanto habían oscurecido las piezas.
Aunque de un estilo muy simple, la villa es muy coqueta. Es de tablas, pintada de blanco
azulado y cubiertas de planchas de fierro zinc ondulado. La atraviesa un corredor, a un
lado, mi dormitorio y una pieza de invitados. Al otro, el escritorio y el comedor. El
interior de las piezas está agradablemente amoblado; las paredes están tapizadas con
papel pintado y adornadas con cromos y panoplias; los cielos están pintados de blanco;
tapices indios cubren los pisos. La quinta de una superficie de dos hectáreas, está
atravesada por un canal que alimenta el molino de don Salvador Bustos. Montada sobre
el canal, he construido una pieza de baño con una bañera para agua caliente; el canal
mismo sirve para los baños fríos. El estreno de la casa dio lugar a una alegre fiesta donde
mis amigos pudieron apreciar los talentos culinarios de doña Peta y saborear los mejores
vinos de la Casa Francesa. Mi corral ha sido transferido a la quinta. Las gallinas pueden
retozar libremente, patos y gansos chapotean a su gusto en el agua del canal (295).
Cuando Verniory debe irse de esa casa, a Quillén, lo hace con mucha tristeza: No sin
sentimiento he dejado mi quinta de Lautaro, pero he retirado todas las plantas que pude
de mi jardín. He transportado también toda mi “menagerie” más completa aún que antes.
Tengo gallinas, patos, gansos, pavos, una vaca lechera, chanchos, conejos, que ahora se
han multiplicado, dos caballos, mi gato Futre, mi perra de caza Nelly y su hijo Bob, mi
perro guardián Fiero y los dos perrillos minúsculos Jim y Fineza, que me dio el albañil
español del Potosí (257).
20
Para una completa bibliografía sobre el tema de los bandoleros y delincuentes en
general de la Araucanía, consultar el excelente e informativo artículo de Marco Antonio
León, “Civilizando lo indomable: Criminalidad y prisión en la Araucanía chilena”, en Procesos,
Revista ecuatoriana de historia 16 (2001): 61-85, Quito.
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Dios, en la Araucanía, alemanes, ingleses, belgas, franceses, mapuches y chilenos


pudieron entenderse y comunicarse de una u otra manera dentro de limitaciones,
puesto que esta convivencia, aunque forzada, no obedeció a ningún castigo, sino a
una gran oportunidad económica, la cual marcó definitivamente el territorio y a los
pobladores y habitantes nativos de la Araucanía.
Desde el comienzo sabemos que no se trata del relato de un científico, sin
descartar de ningún modo el valor de sus observaciones de carácter etnográfico, o al
menos de un viajero con intereses científicos, al estilo Ignacio Domeyko21, Eduard
Poeppig 22, Edmond Reuel Smith 23, Paul Treutler 24 o el artista Claude Gay25, quienes,

21
Ignacio Domeyko, Araucanía y sus habitantes. Warszawa-Krákow: Sociedad Polaca
de Estudios Latinoamericanos, Tomo I, 1992.
22
Poeppig, Eduard, Reise in Chile, Peru und auf dem Amazonenstrome während der
Jahre 1827-1832. (Leipzig, 1835). Un testigo en la alborada de Chile. Santiago de Chile:
Editorial Zig-Zag, 1960.
23
Edmond Reuel Smith, Los Araucanos. Notas sobre una gira efectuada entre las
tribus indígenas de Chile Meridional. Traducción de Ricardo E. Latcham, de la Sociedad
Chilena de Historia y Geografía. Colección de Autores Extranjeros, relativos a Chile; de la
Sociedad Chilena de Historia y Geografía. Segunda serie, Tomo I. Santiago de Chile: Imprenta
Universitaria, 1915.
24
Paul Treutler, viajero alemán, quien se dedicó a buscar minas en la Araucanía. Datos
generales obtenidos de “Las andanzas de Treutler” en “La Araucanía y los mapuches
según tres viajeros extranjeros del siglo pasado”, de Jorge Teillier, en Boletín de la
Universidad de Chile 58, Santiago de Chile, 07, 1965, pp. 4-12. Treutler hizo tres viajes a la
Araucanía; de estos viajes dejó su libro La Provincia de Valdivia y los Araucanos. Santiago
de Chile: Imprenta Chilena, 1861; y Andanzas de un alemán en Chile 1851-1863. Santiago
de Chile: Editorial del Pacífico, 1958.
25
En los Anales de la Universidad de Chile VI Serie, No. 14 (julio, 2002), en el excelente
artículo titulado “Domeyko y la Araucanía Chilena” de Gonzalo Piwonka Figueroa, aparece
una nota interesante con respecto al viaje a la Araucanía de Claudio Gay, que transcribo en
su totalidad: “Claudio Gay recorrió extensamente el territorio araucano los años 1835 y
siguientes, pero no los trató sistemáticamente en sus tres volúmenes de la Historia física
y política de Chile, publicada en París entre los años 1844 a 1872. Recientemente Luis
Mizón (poeta chileno residente en Francia) encontró los manuscritos inéditos de Gay
sobre los araucanos [el subrayado es mío], que habrían sido destinados al volumen 31 de
su magna obra, en la Sociedad de Estudios Científicos y Arqueológicos de Graguignan,
ciudad provenzal cuna de Gay, y que podrían ver la luz pública en futuro próximo” (Luis
Mizón, Claudio Gay y la formación de la identidad cultural chilena, publicado en Santiago
de Chile: Editorial Universitaria, 2001). El artículo donde Luis Mizon anuncia este
descubrimiento sobre Claudio Gay, se titula “Claude Gay et les indiens. La découverte du
Chili par la science et la poésie”, en Le Nouveau recueil 77, décembre 2005, Paris.
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entre otros, visitaron la Araucanía en el mismo siglo y antes de que la pacificación


llegara a su fin, sino de alguien cuya principal necesidad fue la supervivencia perso-
nal para así poder realizar bien la tarea encomendada por parte del proyecto civiliza-
dor chileno26. Su narración carece de clasificaciones y ordenamiento de lo observa-
do; hay ausencia de distribución, marcaje y no se observan seguimientos de ningún
tipo; es un texto falto de localizaciones, de enumeración de capturas, por mencionar
solo algunos de los muchos rubros y métodos a los que recurre la ciencia y en
consecuencia a los que recurre un viajero científico.
En medio de sus varios viajes de ida y vuelta entre Santiago y el “país de
Araucanía”, se encuentra en medio de una naturaleza y gentes (araucanos; europeos,
caballeros y rotos chilenos; bandoleros) desconocidas quienes de una o otra manera
perpetran atropellos, robos, asaltos, accidentes de todo tipo, violaciones y tortura.
Estar pendiente de las demandas diarias de su supervivencia, hizo que su interés
sobre los indígenas araucanos, como la observación de la naturaleza, ocuparan un
segundo plano, aunque sus observaciones, fotografías y comentarios no son en
absoluto despreciables; al contrario. En la página 120 aparecerá recién la primera
descripción de un araucano a partir de su observación directa. Lo que antecede a
esas páginas es producto de sus lecturas y/o de lo que muchos informantes, bien o
mal informados, le han dicho sobre la Araucanía y de los mapuches; aparece también
información biográfica y anecdótica de su vida en Bruselas y el desplazamiento des-
de Bélgica a Chile. Lo interesante de esta primera mención del araucano es que se
conecta narrativamente con la confesión de su estado de completa felicidad hallada
en la Araucanía:

En toda la región existe una gran cantidad de personas, buena gente algunos,
malos bichos de la peor especie otros, que se tirarían al fuego por el señor
ingeniero cuatro ojos. Estoy a veces orgulloso de la popularidad adquirida,
tanto entre los blancos como entre los indios. No hay en toda la región una
cabaña de colono, un rancho chileno o ruca de indio, donde mi llegada no sea
saludada con una satisfacción que no es fingida. Así puedo asegurar que no
quisiera dejar este país de Araucanía. En Santiago, M. Portier me ha propues-
to dejar el servicio de ferrocarriles y entrar con mi nuevo sueldo al servicio de
hidráulica que el dirige, lo que me habría permitido vivir en la capital, pero
yo he rehusado sin titubear un cambio que tantos otros habrían aceptado

26
“[Verniory] Figura paradigmática de la modernidad”, al decir de Amado Lascar en su
artículo “Viajeros civilizados en la Araucanía: Sus ojos y su pluma”, en Homenaje a Alejandro
de Humboldt. Literatura de Viajes desde y hacia Latinoamérica, Siglos XV-XXI. México-
USA: Color Digital Editores, 2005, pp. 419-425.
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encantados. En resumen, jamás en toda mi vida he estado tan feliz como


ahora, y si tuviera a la familia conmigo, no tendría nada más que desear (120).

Lo que queda claro para el lector es que su preferencia espacial por la Araucanía
en vez de Santiago, fue algo tardía; al principio lo que más deseaba era permanecer
en la capital chilena27 . Preferir la Araucanía no solo responde a las posibilidades de
trabajo que se le abren; al hecho de que los indígenas sean pacíficos y lo reciban en
sus chozas; a que lo inviten a sus ceremonias y fiestas, sino a la realidad del afecto
que tanto chilenos como indígenas le demuestran al viajero valón; y además, como
cada vez insiste, porque “El paisaje es maravilloso” (340). Lo que habría que pregun-
tarse es que si todo le era tan propicio, ¿por qué decidió regresar a Bélgica? ¿Lo
amedrentaron la inestabilidad político-social y la inminencia de una guerra?
De su escritura nos interesa destacar, brevemente, su relación con los
araucanos; y principalmente su relación con los animales, parte del paisaje natural de
la Araucanía. A pesar de su juventud, Verniory no se pierde y logra mantener su
dirección sin tambalear en lo que a supervivencia se refiere y en su profundo deseo
de hacer bien su tarea en Chile. Su mirada sobre los mapuches cambia y se matiza.
Su extensa y a ratos muy amena narración se concentra casi principalmente en la
construcción de líneas ferroviarias, puentes, negocios limpios dentro de la legalidad
y otros espurios; en los avatares de la supervivencia: búsqueda de casa, cocinera,
comida en general; de hacer producir la huerta, y de la compra de buenos caballos.
La narración incluye algunas páginas sobre la venida de su hermano Alfred a la
Araucanía, sobre su adaptación, su suerte, su trabajo, su escritura y su muerte;
también relata brevemente su visión sobre sus nuevos amigos europeos conocidos
en Chile; sobre el ‘espíritu chileno’, los rotos y los indígenas. La narración aparece
llena de sus cavilaciones sobre las oportunidades económicas que se le van presen-
tando; su manera de hacer dinero cruza su narración; la aceptación o rechazo de los
contratos va a depender únicamente de su conveniencia económica y al término de
cada empresa, sabemos que “Pas[a] las noches hasta tarde poniendo en orden [su]
contabilidad” (349). Verniory busca oportunidades laborales bien remuneradas, pero
también es justo y cumplido en el pago de sus obreros. Según Madeleine Massion-
Verniory, el viajero era “Jefe exigente pero justo, comprensivo y jamás arrogan-
te”(14). Verniory trabaja duramente, no descuida nunca sus intereses económicos,

27
Recién este año 2007 apareció un artículo sobre Verniory y la ciudad de Santiago,
escrito por Luciano Ojeda, titulado “Santiago visto por un belga hace casi 120 años”, en
Cultura Mapocho, Santiago de Chile, jueves 20 de marzo de 2007. El artículo registra todas
las menciones que Verniory hace de la capital chilena, la cual era “[…] verdaderamente tan
simpática como hermosa”.
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es un gran ahorrador, y su deseo de hacer fortuna a veces lo lleva a meterse en


verdaderos ‘negociados’, asunto también mencionado por Jorge Teillier en su her-
moso e informativo escrito titulado “Encuentro con Gustave Verniory” (15-19).
El viajero se ve inteligente, cortés, preparado y respetado. Su prestigio como
ingeniero le da prerrogativas que muchos de los mismos chilenos, incluido el ‘roto
chileno’, no podían tener; y ni mucho menos los indígenas, quienes tenían ya muy
pocas prerrogativas a esas alturas del siglo XIX, tan avanzado estaba ya el proceso
de colonización y destrucción de lo autóctono y de la cultura mapuche. Verniory
manifiesta interés en conocer la lengua mapuche: “En Victoria he tomado un profe-
sor de lengua mapuche” (127), dice, pero al mismo tiempo se observa una asidua
asistencia al “Club de los extranjeros” (136) movido por el deseo de escuchar len-
guas europeas como el alemán y el francés28. Las referencias al castellano, alemán,
inglés, francés y mapuche, lenguas que Verniory habla, cruzan la narración, siendo el
alemán, el mapuche y el castellano las lenguas más usadas en la región. Su interés
por conocer al otro no solo se manifiesta a través de su deseo por aprender la lengua
de los araucanos, sino que recurre a la fotografía para retratarlos con su propia
cámara, una Cartridge Kodak (486), la que le permite trabajar junto al fotógrafo
belga Gustave Milet (403) 29. Verniory menciona con bastante irritación al fotógrafo y
explorador belga Víctor Jottrand, quien, habiendo estado sólo de paso por la Araucanía
y habiendo tomado una serie de placas de escenas indígenas, a su regreso a Bélgica
se dio a la tarea de impartir conferencias de su ‘extensa e intensa relación’ con los
araucanos y sobre su acabado conocimiento de la vida y cultura mapuches30. En este

28
El deseo de hablar y escuchar el idioma natal es común en muchos viajeros.
Recordemos el caso de Ignacio Domeyko, quien los domingos se encerraba en una habitación
de su casa para leer las cartas y periódicos en polaco que le llegaban de Polonia-Lituania.
Además, ha dejado registro de la profunda necesidad del idioma nativo en una frase ya
célebre, con la cual contestara a una pregunta que se le hiciera en Polonia: “¿Cómo quieren
ustedes que me olvidara [del idioma polaco] siendo que siempre pensé en polaco, recé en
polaco y amé en polaco?” (Mis viajes: Memoria de un exiliado. Santiago de Chile: Ediciones
de la Universidad de Chile, 1977, T.2. p. 875.
29
Gustave Milet, fotógrafo belga, quien junto con Christian Enrique Valck y Odber
Heffer constituyen los llamados “fotógrafos fundadores”, en el sentido de que han sido
considerados como “pioneros de la fotografía etnológica chilena y en los autores de los
primeros testimonios fotográficos conocidos del mundo mapuche”. (“En torno al imaginario
mapuche”, de Marcelo Somarriva Q., El Mercurio. Santiago de Chile, 9 de diciembre de
2001).
30
El caso es mencionado también por M. Somarriva Q., en “En torno al imaginario
mapuche”.
GUSTAVE VERNIORY: ENTRE GENTE, ANIMALES Y TRENES. ARAUCANÍA 1889-1899 65

comentario observamos el deseo de seriedad y justicia que alentaban el proceder y


los trabajos de Verniory. Esta conducta gratificante para Chile y los chilenos la ve-
mos implementada en su relación con el lingüista alemán, Rodolfo Lenz Danzinger.
Cierto día, Verniory recibe inesperadamente la noticia de que Lenz Danziger 31 desea-
ba ubicarlo en la Araucanía para que lo ayudara en la elaboración del Diccionario de
Lengua Mapuche. Verniory, contando con la confianza y amistad de muchos caci-
ques, especialmente de su amigo el cacique Carielo (260), es invitado a muchas
ceremonias y fiestas, lo que le va a permitir ayudar gustosamente a Lenz. Ésta es una
nueva oportunidad que se le abre a Verniory para enfrentarse y conocer al otro; sus
palabras confirman su interés y revelan su pensamiento con respecto al mapuche:

Recibo la visita del doctor Rodolfo Lenz, filólogo alemán, profesor de idiomas
en el Instituto Pedagógico de Santiago. Se ha dado por tarea el estudio de la
lengua mapuche, y desde hace muchos años pasa sus vacaciones en una u otra
región de la Araucanía. Este año aprovecha sus vacaciones de Pascua para
visitar las tribus de los alrededores de Temuco. […] Es una feliz idea del
doctor Lenz, pues el curioso idioma indígena está llamado a desaparecer en
un futuro cercano, al mismo tiempo que se extinguirá la raza, o se asimilará a
la población chilena. Hasta aquí nadie se ha ocupado de este estudio sino los
misioneros del tiempo de la conquista española, de los cuales, uno el padre
jesuita Andrés Febres, ha dejado una gramática mapuche, que por lo demás es
a menudo errónea. […] El Dr. Lenz habla ahora corrientemente esta lengua,
pero desea fijarla de manera enteramente científica. Busca entonces la ayuda
de personas de buena voluntad en contacto frecuente con los indios, familia-
rizados con sus costumbres […] me hace entrega de una lista de palabras
usuales en español, cuya traducción debo preguntar a diferentes indígenas
para luego anotar los pequeños matices que se puedan presentar en su trans-
posición. La pronunciación exacta deberá indicarse valiéndose del alfabeto
español. Para los sonidos que no puedan transcribirse, el Dr. Lenz ha imagi-
nado letras y signos convencionales. […] Me dicta una serie de frases que
servirán para fijar la sintaxis indígena y otras preguntas preparadas de

31
Rodolfo Lenz Danziger es autor de varias obras de gran importancia para la lengua
española de Chile y para el mapudungun, lengua de los araucanos, a saber: Diccionario de
las voces chilenas derivadas de lenguas indígenas (1905-1910); Lira Popular; Colección
de Poesía Popular del Siglo XIX; La Oración y sus Partes; numerosos artículos sobre
Fonética, Gramática, Lexicografía, Ortografía publicados en los Anales de la Universidad
de Chile; Contribución para el conocimiento del español de América. Lenz es considerado
hoy día como la máxima autoridad en los estudios y conocimiento del mapudungun del
siglo XIX.
66 LILIANET BRINTRUP HERTLING

antemano, en español y en mapuche, que deberé presentar a indios suficiente-


mente inteligentes, anotando sus respuestas, aun en los casos en que yo no las
comprenda claramente. Me recomienda también tratar de reproducir los can-
tos, los relatos y los cuentos indígenas. […] Esta misión, que cumpliré con-
cienzudamente, me permitirá hacer rápidos progresos lingüísticos y adentrarme
más profundamente en la mentalidad de los indígenas y en su intimidad. Hasta
mi partida de Chile continuaré mis relaciones epistolares con el doctor Lenz
(413-414).

Cercano a los indígenas y a la ciencia de la lengua mapuche por su contacto


con Lenz, Verniory afianza su “ojo alerta”. De su narración se puede obtener alguna
idea de cómo se relacionaba, qué pensaba y qué sabía de los araucanos. Verniory fue
amigo de varios caciques, tuvo como texto base La Araucana de Ercilla y Zúñiga, y
recibió diversa información de chilenos y araucanos sobre la Araucanía, por lo que
en su narración resuenan conocimientos provenientes de ambas fuentes: texto escri-
to e informantes orales. Con algunos caciques comparte favores, pero no sabemos
con precisión cómo, cuándo ni dónde devienen amigos. La llamada ‘amistad’ no es
sino un entendimiento restringido marcado por favores recíprocos alentados por el
principio de la buena voluntad. Lo obvio en la escritura es que habla con afecto de
ellos; aunque, contradice su afecto al tratar de acercarlos por medio de regalos de
botellas de aguardiente. Verniory, el viajero que trabaja en pro de vehículos, trenes,
para que otros viajen, en medio de observadores indígenas, a quienes en realidad les
era indiferente el proyecto chileno progresista por ser sus víctimas, escribe con
infundado asombro: “Los indios que veían por primera vez el monstruo de acero,
conservaban una impasibilidad absoluta” (270).
No es ésta la relación que más nos llama la atención en este relato de viaje,
sino aquélla con los animales, tanto domésticos como salvajes. En su vida al aire
libre, en campamentos y en un país en donde él mismo estaba impulsando en gran
escala el progreso de la nación chilena, en medio de rieles y máquinas locomotrices,
Verniory tiene relación directa con muchos y variados animales; ellos conformarán
parte de su existencia diaria, ya sea como compañeros de sus excursiones y despla-
zamientos al interior del territorio araucano, ya sea a través del innecesario y nefasto
deporte de la caza: matándolos y comiéndolos; o ya sea queriéndolos y admirándolos
con cierta nostalgia al no poder poseerlos. Ser propietario de animales y tierras era
parte del deseo de posesión del colonizador europeo del siglo diecinueve. Verniory,
en realidad, no observa científicamente a los animales; se refiere a su relación con
ellos sin mucha conciencia de tenerla; sus referencias a los diversos animales care-
cen de nombres científicos, a veces provee su nombre común; tampoco aparecen su
tamaño con precisión, su envergadura, su peso, su hábitat, su alimentación, su dis-
tribución, su población, y por cierto, nunca se refiere a la categoría a la que pertene-
cen. Pero la verdad es que esto carece de importancia, pues lo que buscamos son
GUSTAVE VERNIORY: ENTRE GENTE, ANIMALES Y TRENES. ARAUCANÍA 1889-1899 67

sus vínculos afectivos con animales de distintas especies en un territorio en el que


durante diez años compartió con ellos.
Verniory viaja con su “gran revólver Bulldog” (92)32, esta arma-instrumento
viene a ser un bull-dog o el animal que lo protege. Sus perros Fiero, Satán, Condesa
y Molly, como también los perros de otros europeos con quienes alternaba, cum-
plían la misma función: cuidar, proteger y hasta matar a todo ser considerado como
posible “enemigo”. Verniory le cuenta a su familia no solo su relación directa con
estos animales, sino las historias sobre perros que escucha de la gente. Él mismo
tiene permanentemente tres o cuatro perros y, sin embargo, se extraña que los indí-
genas posean numerosos perros: “Mientras más pobres son los indios más perros
tienen. Somos embestidos por una docena de esqueletos caninos” (302). De los
chilenos dirá que “[…] son afectos a las peleas de perros” (242), y aunque él no lo
fuera, entre sus aventuras le tocó pelear cuerpo a cuerpo con más de uno. La sorpre-
sa de Verniory proviene del hecho de que ‘tener perros’ ubica al propietario en una
situación de poder social y económico. A su vez, sus amigos lo admiran por su
destreza en el uso del revólver, otorgándole un estatus ‘distinguido’. Lo que sorpren-
de al viajero es que los indios, carentes de poder social y económico, sean propieta-
rios de perros de la misma manera que un ingeniero europeo a favor de la coloniza-
ción, lo sea. Esta situación de “igualdad” simplemente desconcierta a Verniory. El
viajero posee su propia perrera33 (como su propia pistola, sus propios obreros y su
propia casa), con perros de nombres aristocráticos; lucha ferozmente con uno de
ellos, Fiero, el cual más tarde terminará siendo envenenado por un desconocido roto
chileno, contrario a la colonización; un perro ajeno lo muerde; y también, alguna vez,
Verniory mata, sin absoluta necesidad y no sin remordimientos, a un perro callejero
(124; 158). Verniory cuenta una historia de perros ocurrida en la casa del colono
alemán Hartman; historia que por su brutalidad y horror se iguala únicamente a otro
horripilante suceso de violación y asesinato de una familia suiza entera (el colono
Grundli, su esposa y dos niñitas), crimen perpetrado por un grupo de “rotos chile-
nos, ex soldados balmacedistas desbandados”, según la versión del viajero. Más
adelante dará cuenta de otro crimen semejante: “Hace un par de meses, un colono
alemán, su mujer y su hijo fueron asesinados en su casa en el camino entre Lautaro

32
Verniory, además, dice llevar siempre “[Su] escopeta de caza calibre 16 de percusión
central”; “[Su] carabina Winchester”; “[Su] carabina Comblain”; como también “[Su] revólver
Smith y Wesson”. Op. cit., p. 225). El posesivo se usa hasta el final, cuando Verniory ya
planea regresar: “Vendo mis muebles, mis armas, mis libros, mis caballos […] mis
propiedades […] y envío todos mis fondos disponibles” (471; 491).
33
Una de las tantas referencias a sus perros y perrera aparecen en pp. 155; 161, 162.
68 LILIANET BRINTRUP HERTLING

y Temuco”. Se dicta la pena de muerte para dos de los criminales y el trabajo forzado
a perpetuidad para el tercero. Verniory está presente durante la ejecución y escribe
impresionado acerca de cómo uno de los ejecutados “se retor[cía] con horribles
convulsiones”. A pesar de este sentimiento de conmiseración por la muerte de un ser
humano, Verniory no asocia en ningún momento el hecho de dar muerte a tiro de
fusil (ajusticiar), con su propio acto de caza. La sensibilidad ante la muerte de un ser
vivo también la observamos cuando, inmediatamente después de la ejecución, Verniory
y las autoridades ejecutivas del fusilamiento, se dirigen a la casa del viajero para un
almuerzo preparado por doña Peta; allí el señor Eduardo Muñoz, quien hubo de
presenciar y tomar acta de la ejecución, simplemente no resiste la visión de la “fritura
de sesos” cocinados como una delicia para la ocasión (311).
Escribe Verniory que “En casa del colono suizo [Wahrli] el acceso [a la casa]
está defendido por una media docena de perros feroces, que a cien metros de la casa
atacan furiosamente a los caballos…” (127). Esta media docena de perros se dife-
rencian de los doce perros de los indígenas en que los primeros son “feroces” y
atacan a los caballos y los segundos son “esqueletos caninos” que embisten a caba-
llos y viajeros, pero que por ser “esqueletos” se subentiende que el nivel de ferocidad
es mínimo. Verniory deja entrever entrelíneas que estos “esqueletos” solo dan aviso
a sus dueños de la presencia de forasteros. Esta diferencia de los perros de los
indígenas y los de los europeos queda en evidencia con el ejemplo más brutal conta-
do por Verniory: el caso de los perros que mataron y devoraron a su propio dueño, el
colono alemán Hartman:

Su casa está rodeada de una sólida palizada; en la noche suelta los bulldogs
de enorme hocico y de extrema ferocidad. Una noche, otro colono alemán
llegó de improviso a pedirle hospitalidad. Hartman, despertado por los furio-
sos ladridos de los perros, abrió la ventana y reconociendo a su amigo le gritó
que le iba a abrir en cuanto encerrara a los perros. Para su desgracia, salió al
patio en camisa de dormir larga y blanca. Los dogos [aclara Verniory] no
tienen olfato. Habrían reconocido a su amo en traje de día, pero, excitados
como estaban, se precipitaron sobre la extraña aparición blanca que surgía
en el patio. En una pestañada el hombre era derribado y las bestias feroces se
encarnizaban en él. El amigo, espantado, escaló rápidamente el cerco, revól-
ver en mano. Ocupados, en su siniestra tarea, los terribles mastines no hicie-
ron caso de él, así pudo derribarlos con una bala en la cabeza a cada uno; fue
demasiado tarde. El desgraciado Hartman estaba muerto, medio despedaza-
do (263-264).

Aquí ‘rotos chilenos’ y ‘perros europeos’ se unen en el intento de proteger los


espacios: los perros de los europeos protegen casa y tierra de un europeo coloniza-
dor (Grundli); los perros de los “rotos chilenos” protegen casa y tierra chilena para
GUSTAVE VERNIORY: ENTRE GENTE, ANIMALES Y TRENES. ARAUCANÍA 1889-1899 69

chilenos; los perros de los araucanos, esos “esqueletos caninos”, protegen, aunque
débilmente, sus tierras dentro del constante proceso de usurpación. Es decir, aunque
los perros de los araucanos sean más numerosos (una docena) y los perros de los
europeos sean menos (media docena en uno de los casos y dos en el otro), el nivel
requerido de protección y el poder de destrucción residen en el lado europeo: los
perros de los colonos no solo atacan furiosamente a la gente y a los caballos, sino
que pueden llegar a matar, despedazar y devorar hasta a su propio amo. Verniory ama
a sus perros y sufre cuando su perra Nelly es atacada por un chingue34 y debe
encerrarla por ocho días en una barraca, y desde luego, cuando su perra Condesa
explota (163) en un desafortunado y triste accidente; asimismo, cuando su caballo
se hunde en un pantano y debe sacrificarlo. Verniory piensa en ese momento: “[…]
en la suerte que había tenido el no montar ese día a [su] querido Pirata, al que
esti[maba] tanto”(324-326). Un caballo es más importante que otro, porque es ani-
mal con el cual el viajero ha establecido una relación afectiva y de equiparidad. “Los
perros y los hombres adquieren experiencia a costa de duras lecciones”, concluye
Verniory (259); es decir, el viajero no solo aprende de su relación de amistad con los
araucanos, de la vida y cultura mapuches, sino de la relación con sus animales,
propios y ajenos. No ocurre lo mismo con otros seres vivos, los cuales Verniory
simplemente usa o se divierte a costa de ellos. El viajero olvida la sensibilidad del
animal, ya sean sus manifestaciones de felicidad o de desesperación, cuando de
vacas, pájaros35, ballenas y peces se trata. Habría que decirlo así: todo animal con el
cual no establece una relación afectiva es susceptible de ser descuartizado, mutilado,
ingerido, sin el más mínimo remordimiento ni compasión. Le es indiferente que los
caballos, por ejemplo, sean acarreados en carros completamente cerrados, en los
trenes en los que él mismo viaja. Solo en contadas ocasiones Verniory reacciona
sobre la crueldad perpetrada a un animal.

34
Chingue: “Conepatus chinga. Mofeta, mamífero carnicero. Tiene dos glándulas anales
desarrolladas por donde secreta un olor extremadamente hediondo. Mal olor corporal”
(Diccionario ejemplificado de chilenismos, de Félix Morales Pettorino. Santiago de Chile:
Editorial Universitaria, 1983). Verniory, por su parte, describe al chingue de esta manera: “El
chingue es un animal que en América del norte se llama skun. Tiene el tamaño de un gato;
su piel, espesa y hermosa, es negra con bandas blancas en los costados y el lomo. Tiene el
poder de proyectar, para su defensa, un líquido corrosivo de un olor absolutamente infecto.
Cuando un cazador divisa un chingue, su primer cuidado es de llamar a su perro, tomarlo y
llevárselo lo más rápidamente posible” (259).
35
Verniory escribe con entusiasmo: “Alimento la cocina con perdices, torcazas, grandes
pichones del bosque, de carne negra pero sabrosa y jugosa, y también loros nuevos que,
ya sea asados o cocidos en cazuela son excelentes”(258).
70 LILIANET BRINTRUP HERTLING

No escapan de su narración las pulgas de las camas y camaranchones; o la


terrible araña venenosa de la Araucanía, la palu; el puma “que rara vez ataca al
hombre”; como los caballos, que son el vehículo diario de transporte del viajero. De
los pájaros y aves, que en general sirven de alimento, dice: “Entonces viene el depor-
te de dispararles [a los pájaros], uno a uno […] Basta con disparar dos tiros de
escopeta sobre el montón [de pájaros] para hacer una masacre” (258); solo dos tipos
se salvan por ser importantes para la cultura mapuche, el ñanco y el chucao, a través
de cuya mención Verniory expresa su relación de respeto por los mapuches. Las
curas de los indígenas (el sacrificio de un cordero y por consiguiente el alivio del
enfermo) son descritas en detalle por el viajero y revelan no solo una opinión que
desautoriza, sino su absoluta incredulidad; pero también revelan su aceptación a la
práctica común de matar, degollar y descuartizar animales; así europeos, chilenos y
mapuches se unen en esta práctica, aunque difieren en el sentido último de la confi-
guración de su mundo religioso y/o espiritual 36 : europeo-chileno versus indígena37.
La mención del puma llama la atención en la medida en que se lo agrupa junto
a los “inexistentes animales feroces”. El puma es la única amenaza para el hombre,
por lo tanto, se le da caza. La descripción de dicha caza es de suyo cruel, porque
involucra a otro animal, una oveja (261). “Los indios son pacíficos y los animales
feroces inexistentes, aparte del puma, que rara vez ataca al hombre”, es la frase con
la que el narrador-viajero delimita y encierra el territorio araucano y en su interior, al
puma carente de ferocidad. En esta secuencia, en donde los indígenas encabezan la
lista y están ausentes los animales domésticos, Verniory construye un lugar falto de
amenazas. Todo está bien y tranquilo en su frontera: los indígenas están pacificados,
no hay alimañas venenosas38, sin embargo los perros ladran, muerden y hasta matan;
sin embargo, el hombre (mapuche, chileno y europeo) caza, descuartiza, ingiere
carne y bebe sangre. Uno de los actos de resistencia de Verniory es reírse, irritarse y/
o hastiarse de ciertas prácticas araucanas, especialmente la de “los tres balidos de
una oveja negra los cuales deben ser sumergidos, según la superstición mapuche, en

36
El tema de la religiosidad en la cultura mapuche ha sido bien tratado en el artículo de
Rolf Foerster, “La Religiosidad mapuche”. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1995,
pp. 268-279.
37
Para un estudio acabado sobre la cosmovisión del indígena mapuche, consultar de
José Bengoa, Historia del Pueblo Mapuche. Siglos XIX y XX. Santiago de Chile: Ediciones
Sur. Colección Estudios Históricos, 1985; de Alejandro Lipschutz, La Comunidad Indígena
en América y en Chile. Su pasado histórico y sus perspectivas. Santiago de Chile: Editorial
Universitaria, 1956.
38
La idea del sur de Chile, la Araucanía, como territorio sin animales peligrosos ni
venenosos es tema recurrente en el Abate Molina, Domeyko, Smith y otros viajeros.
GUSTAVE VERNIORY: ENTRE GENTE, ANIMALES Y TRENES. ARAUCANÍA 1889-1899 71

el brebaje depurativo preparado en una escudilla nueva de greda, para que surta
efecto en el enfermo (261). Por otro lado, nada de lo que haga o diga Verniory
despierta la hilaridad o la compasión de los indígenas por él. Lo hilarante para el
lector es la imagen que Verniory cree haber despertado en una viajera belga, Madame
Liebrecht 39, deportista y cazadora, debido a su destreza para la caza: “Yo le hice el
efecto de un semidiós en medio de gente salvaje”, apunta Verniory (263). La caza del
puma o león americano recuerda la modalidad del safari, sin pretender serlo; Verniory
se conduele por la suerte del animal (cordero) que se usa para dar muerte a otro
animal. El safari criollo tiene por fin abatir a un puma que “raramente ataca”. La
caza-safari del puma, la refiere con estas palabras:

Después de la comida vamos a tomar nuestros puestos cerca de un vado en el


río donde se ha comprobado que los pumas tienen la costumbre de venir a
beber en la noche. Para atraerlos aún más, se ha amarrado a un poste un
desgraciado cordero apretando fuertemente la cuerda a una de sus patas,
para hacerlo balar.
El pobre cordero bala sin parar, pero nada viene […] emprendemos el camino
de regreso (157-158).

La compasión sentida por el pobre cordero que bala de dolor durante muchas
horas, proviene de Verniory, el gran cocinero del “asado al palo” de cordero; algo
ocurre en su interior que rechaza este procedimiento, que vive como degradante,
aunque él mismo para cazar gansos, por ejemplo, también use a otro animal, el
caballo, porque “para ponerse a tiro hay que estar a caballo” (454); como tampoco
cuestione ni se compadezca del procedimiento de la pesca con explosivos (163). Así
mismo, el viajero rechaza, descreído, el procedimiento araucano del uso que se hace
del cordero: “Entonces se mata el cordero; se le arranca el corazón y mientras toda-
vía palpita, los caciques, uno tras otro, lo muerden y ensangrientan en él sus armas”
(73). Uno de los ejemplos más conmovedores sobre su relación culposa, compasiva
y contradictoria con los animales la observamos en un desafortunado encuentro con
un perro. Una noche fría y lluviosa, al regreso a su casa, “empapado hasta los hue-
sos”, el viajero ve “en el umbral [de su casa] un gran perro mostrando los dientes y
gruñendo ferozmente”. Verniory reflexiona:

No era el momento de recurrir a la persuasión. Saco mi revólver y le disparo


una bala. El animal da algunas vueltas sobre sí mismo, cae de la acera y

39
Madame Liebrecht, esposa y acompañante del ingeniero belga M. Liebrecht, quien se
encuentra de visita por la Araucanía; se la describe como “muy libre en sus maneras,
deportista, gran cazadora, muy fin de siècle” (196).
72 LILIANET BRINTRUP HERTLING

desaparece en un gran charco formado por la lluvia en la calle. Sin ocuparme


más de él entro en mi habitación, bebo un coñac para calentarme, y algunos
minutos después gozaba del dulce calor de la cama. Iba a dormirme cuando
surge de la calle un lúgubre aullido que cesa un momento para volver más
fuerte a intervalos regulares. Yo estaba enervado, este grito atroz renovado
sin término me pone en un estado de sobreexcitación extrema. Imposible que-
darme así. Me levanto, me visto y me pongo mis botas. Salgo llevando un
estoque en la mano. El desgraciado animal se había arrastrado hasta el borde
del charco y continuaba aullando. Pongo fin a su martirio hundiendo varias
veces el estoque en su cuerpo. Después me volví a acostar, pero me costó largo
tiempo poder conciliar el sueño. ¿Por qué no maté al animal de un balazo?
Ello me habría evitado sentir esa sensación de volverme a ver, hundiendo la
hoja del estoque en sus carnes, como un vulgar asesino. Esta desagradable
idea me acometerá frecuentemente en mis sueños (186).

Verniory acepta la práctica y la idea de matar a un animal (de un balazo), ya


sea por defensa o para alimento; se compadece del sufrimiento del animal (pongo fin
a su martirio); cuestiona el procedimiento brutal de matarlo (hundiendo la hoja del
estoque [una y otra vez] en sus carnes); y reflexiona moral y socialmente sobre la
sensación de verse como un mal individuo (como un vulgar asesino). En ambos
casos, el del cordero que bala de dolor y el perro que aúlla también de dolor por la
heridas que él mismo le hiciera, Verniory siente culpa y conmiseración, porque estos
hechos se acercan al procedimiento de la tortura. Su incomodidad y molestia lo
ubican en la categoría del cazador y consumidor guardador de la ‘ética de la matan-
za’, por decirlo así. Las correrías tras los zorros y las diversas aves, la caza bochor-
nosa de los conejos, son descritas por el viajero sin omitir detalles de los sentimien-
tos de gozo y de triunfalismo por parte de los cazadores. El estatus social que otorga
la caza europea, prevalece.
El caballo era el medio de transporte por el cual Verniory se desplazaba desde
Temuco hacia el sur, situación que fue dura para un “jinete novicio” (86) como él,
por su poca o casi nula práctica de montar a caballo por caminos prácticamente
intransitables. Su constante regreso a Temuco, a caballo, lo hace escribir: “Esto me
hace temblar, pues Temuco está a unos 70 kilómetros y el único medio de comunica-
ción es el caballo, por el cual comienzo a sentir ojeriza” (87). Pero la verdad de este
pobre y adolorido jinete es que aparte de ser jinete inexperto, debe cada vez recibir la
poco amable acogida de su ingeniero jefe Luis Robert de la Mahotière40 . Lo de la

40
Luis Robert de la Mahotière, chileno de origen francés, ha hecho sus estudios en la
Escuela Superior de París. Mahotière es el hombre que, de algún modo, niega la fama de la
hospitalidad chilena, mencionada muchas veces por Verniory.
GUSTAVE VERNIORY: ENTRE GENTE, ANIMALES Y TRENES. ARAUCANÍA 1889-1899 73

“ojeriza” también puede extenderse a su jefe, puesto que, de veras, de la Mahotière


permanece siempre indiferente ante la sed y el hambre del joven viajero. Entre de la
Mahotière y los caballos, Verniory se transforma en un viajero fastidiado; incluso
deviene consciente de la mirada del otro sobre su persona: “Debo hacer una figura
muy ridícula a caballo. Estoy en traje de ciudad, sin polainas ni espuelas; mi sombre-
ro hongo podía hacer buena impresión en Santiago, pero aquí es francamente cómi-
co” (91).
La presencia de la muerte a través de la práctica de la caza es constante en la
narración. Entendemos que Verniory posee las técnicas básicas de la caza propia del
siglo XIX 41: ya sea cazando al ojeo o rastreando; ya sea a la espera o al acecho de la
presa; ya sea adquiriendo ciertas posturas con ojeadores. Desde luego, no usa ni
arco ni flecha, sino rifle y escopeta. Los asesinatos de colonos, tanto suizos como
alemanes, antes mencionados, se equiparan de algún modo con la práctica de la caza
y del proceso mismo violento en favor de la colonización. Las vergonzantes prácti-
cas al interior de esta nación naciente, dentro del “complejo proceso de pacificación
de la Araucanía” 42, que Verniory recoge en su narración, marcan tristemente no solo
la historia de la nación chilena, sino la de la ‘humanidad’ en general. Verniory, víctima
y victimario del quehacer chileno, procede con entusiasmo y a veces inconsciencia
en cada cosa que emprende. ¿Podría haber sido de otra manera? La carne de seres
vivos y cadáveres que el viajero come, no le impide funcionar normalmente. Sin
embargo, Verniory se admira de cómo los araucanos pueden continuar llevando una
vida normal con un cadáver dentro de su choza. Al visitar una ceremonia funeraria,
en donde había asistido para tratar de obtener información sobre unos caballos roba-
dos, escribe: “La presencia macabra de un compañero de esta especie [cuerpo ahu-
mado, seco y endurecido] no impide a los habitantes de la ruca vivir como de cos-
tumbre. […] No esperamos el fin de la ceremonia, tan curiosa como sea, pues
estamos hastiados de esta clase de espectáculos” (303). Curiosamente, el viajero no
cuestiona la preparación de un plato preparado con carne en descomposición de un
ganso salvaje; dice que “[…] si se la come fresca [la carne del ganso] es dura e
insípida. [Por eso] se entierra el gran volátil en el suelo [tierra], [y] al cabo de dos o

41
Hay que recordar que la caza desregulada durante el siglo XIX con rifles y escopetas
tuvo un enorme incremento, lo que amenazó con el exterminio de muchas especies. La
bibliografía es amplia al respecto. La pregunta que surge y para la cual no tenemos una
respuesta, es: ¿se introdujo algún cambio en la sociedad araucana con la llegada de la caza
europea?
42
Marcelo Somarriva Q., “En torno al imaginario mapuche”, en El Mercurio, Santiago
de Chile, domingo 9 de diciembre de 2001.
74 LILIANET BRINTRUP HERTLING

tres días, se lo retira, se corta, y se lo guisa en estofado”. (454) Verniory deviene


entonces ‘fastidiado’ por el uso del caballo y su inexperiencia en montarlo; por la
imagen de sí mismo; por el mal recibimiento de su jefe tan inmigrante europeo como
él; y por sentirse ‘hastiado’ de observar ciertas prácticas del otro, repulsivas y re-
pugnantes, según sus propias palabras. Vacas, corderos y todo tipo de aves son
valorados y medidos por su potencialidad de ser dignos o no “de un plato de Lúcu-
lo”. Verniory se refiere a Lúculo, el “gran gourmet de la Roma clásica” 43, para desig-
nar la comida hecha por su cocinera Peta, en su casa en Lautaro, la cual es maestra
en aderezar animales y hortalizas al gusto chileno-europeo. Se vanagloria de que sus
amigos lo respeten por su pericia en hacer “asados al palo” y se autoriza a sí mismo
a través del dicho de un gran cocinero francés, Brillat Savarin: “Se llega a cocinero,
pero se nace asador” (468).
Las referencias a la caza, ese horripilante “deporte entretenido” (313, 438) 44,
ocupan una buena parte de la narración y se unen, de algún modo, con el proceso de
colonización y de deforestación de la Araucanía. En ambos casos, caza y deforestación
(la cual está en pleno a la llegada del viajero a la región) serán perpetrados, sentidos
y criticados por Verniory. La naturaleza siempre será objeto de admiración por parte
del viajero, así hablará de la “selva espléndida” (131) y hasta llegará a decir que “los
árboles de la Araucanía son más inteligentes que nuestros árboles [belgas]” (115-
116). El hecho que Verniory haya nacido y se haya criado en la región boscosa de
Ardenas, Bélgica, lo induce a querer y admirar la naturaleza. A poco de llegar a la
Araucanía, Verniory escribe sobre su admiración por los bosques:

Me pregunto si estoy soñando […] en esta fabulosa vegetación. Jamás me


imaginé estos árboles desconocidos, estas plantas trepadoras originarias del

43
Manuel Ruiz de Luzuriaga, en su artículo “ Lúculo, el gourmet de la Roma clásica”
señala que Lúculo nació en 110 a.C y murió entre los años 58 y 56 a.C y fue una de las
mayores fortunas de Roma, y que en su espectacular mansión en el monte Pincio (y que
hoy en día solo se conserva una parte llamada “Horti Lucullani o Jardines de Lúculo), de un
lujo extraordinario (dicho sea de paso, de ahí se origina la palabra inglesa “luxury”, deriva
de “lucullian” o luculiano, el adjetivo de Lúpulo; y desde luego, pensamos que también la
palabra “lujo” del español) y prácticamente a diario celebraba opíparas cenas en alguno de los
doce comedores de su mansión (“Zapardiel: Revista de cultura y gastronomía”, Número 0).
44
También es interesante que Verniory use la palabra caza, tanto para la caza de animales
como para la caza de catecúmenos; es decir, para referirse a los niños y a los adultos
mapuches que deben ser bautizados en el proceso de evangelización de uso corriente al
interior de la campaña colonizadora. A unos (animales) se los ingiere y digiere concretamente
y a los otros (niños y adultos), simbólica e ideológicamente (448).
GUSTAVE VERNIORY: ENTRE GENTE, ANIMALES Y TRENES. ARAUCANÍA 1889-1899 75

país cubiertas de flores deslumbrantes de color rojo, llamadas “copihues” y


que sólo florecen en invierno; estos troncos muertos, mantenidos en pie por un
entrelazamiento de lianas, que los amarran a los otros árboles. Estas masas
compactas de “quilas”, especie de bambúes muy altos, que se enredan unas
con otras [ …] Millares de loros […]Es lástima que falten los monos (116).

Y aunque él mismo vaya a cazar loros y hubiera cazado monos si los hubiera
habido, su crítica es terminante con respecto a la deforestación, de la que, ya desde
ese siglo, estaba siendo víctima el territorio del sur de Chile. Y casi al final de su
estadía en la Araucanía y de su narración, escribe con un nivel de seria preocupación
que debiera impresionarnos y hacernos considerar hasta el día de hoy:

Qué cambio ha habido en diez años entre Temuco y Valdivia! Lloro interior-
mente al atravesar a sesenta kilómetros por hora la selva virgen de Saco
donde sufrí tanto pero cuyo esplendor pasado me maravilla todavía. Hoy día
¡Qué triste banalidad! Se ha procedido al roce en todas partes. […] Es una
devastación funesta que hará pronto que la Araucanía antes exuberante, tome
el aspecto desnudo y desolado de Chile Central (484).

Es poco probable que Verniory, aun amando los bosques del sur de Chile, y
observar el daño del roce, hubiera podido dejar de disparar balas al aire en esos
bosques con su revólver, como algunas veces lo hiciera, simplemente por el placer
de escuchar el eco del sonido creado por las balas. Su ambivalencia afectiva y efec-
tiva con respecto a los animales y a la naturaleza nos habla de un viajero atrapado en
contradicciones, sin duda, propias del siglo (y todavía propias del nuestro). Los
ejemplos de caza abundan y Verniory se compara con Nemrod o Nimrod, personaje
bíblico, gran cazador y rey de Shinar, quien fuera nieto de Ham y bisnieto de Noah,
un famoso cazador 45. Investido de esta figura bíblica, Verniory procede a la caza sin
muchos miramientos, la cual no siempre estaba exenta de accidentes y peligros. La
necesidad de la caza, construida para la supervivencia, se mezcla con la entretención
y viceversa, y leeremos muchas veces referencias como éstas: “Nos entretenemos

45
Noah o Noé: refiere al Arca de Noe, salvador de animales. Desconocemos si Verniory
estaba informado de las distintas versiones bíblicas existentes sobre Nimrod. Junto con
ser el ‘constructor’ de la Torre de Babel, acto realizado en contra de Dios, Nimrod, esta
figura idólatra, sanguinaria y tiránica, practicaba la persecución humana y la caza. Nos
parecen interesantes dos versiones de su muerte: una, que habría sido muerto por un
animal; y otra, que un mosquito habría entrado a su cerebro, enloqueciéndolo. Únicamente
el hecho de que Verniory fue cazador y que estuvo, en más de una ocasión, a punto de ser
muerto por un animal, hacen que la comparación con Nimrod sea pertinente.
76 LILIANET BRINTRUP HERTLING

en tirar con revólver a las pollas de agua y a los patos [y agrega:] He llegado a ser de
una seguridad muy respetable con esta arma, la que maravilla a mis compañeros” o
“Matamos una abundante provisión de patos salvajes” (428). La ‘provisión’, causa y
motivo de la matanza de animales, se hacía necesaria sobre todo en un siglo y en un
contexto en donde, tal vez, no habían muchas otras posibilidades para la superviven-
cia. De los preciosos cisnes blancos de cuello negro no habla de cazarlos con armas
de fuego, sino que se divierte(n) en perseguirlos: “Les damos caza tratando de alcan-
zarlos con la mano. Es un deporte entretenido, en el cual nuestros remeros toman un
gran interés, esforzándose en seguir a los cisnes en sus bruscos zigzagueos. Coge-
mos cuatro que soltamos enseguida” (438). La realidad es que si no los caza, no es
por el hecho de que esta hermosísima ave le inspire respeto y compasión, sino sim-
plemente porque “su carne es aceitosa y coriácea” (438). Otras expresiones fre-
cuentes se encabezan con la palabra cazar o con la de matar; cazar suena más suave
que matar, aunque el resultado sea el mismo. La caza de la ballena46, la que Verniory
no quería perderse por ningún motivo, es referida con todo el espanto que el hecho
conlleva: se le lanza desde el bote o barco un “pequeño obús que estalla al penetrar en
el cuerpo del cetáceo” (437) 47. La depredación es libre: “Matamos garzas, cuyos
hermosos ‘aigrettes’ se los obsequiamos a la señora Cuevas: coipos, especies de

46
Gabriel Lafond de Lurcy cierra su libro Viaje a Chile con varias consideraciones
sobre la pesca de la ballena en Chile. Ya mucho antes de que Verniory llegara a Chile, Lafond
de Lurcy vio la necesidad de, por lo menos, crear reglas para la caza de la ballena. Las
ballenas constituían una fuerte de grandes recursos para el Chile decimonónico luchador y
progresista. Estando a favor de la pesca y la caza, y consciente de que “Las costas del sur
de Chile ofrecerán largo tiempo aun grandes recursos a [los] balleneros”, su preocupación
“para remediar tan enojoso estado de cosas”, se centra únicamente en la falta de reglamentos
para la caza de estos cetáceos, los cuales desaparecen y reaparecen en distintos lugares
debido a su libre y masiva persecución (163-167).
47
Hay antecedentes del viajero europeo cazador del siglo XIX en Chile: Gabriel Lafond
de Lurcy, en su Viaje a Chile se describe a sí mismo como un gran cazador en el capítulo,
“Un día de caza en Chile”. Como Verniory , Lafond de Lurcy, reflexiona con preocupación
sobre ciertos animales: “El estampido de las armas de fuego había producido el desconcierto
entre los habitantes alados de este lugar, donde habían venido a gozar, como nosotros, de
la frescura de la mañana”. Pero este acercamiento a los pájaros no le dura mucho, porque
enseguida comenta: “Una caza de las más entretenidas principió entonces, la de loros,
tordos y papagayos verdes. Estos loros, como los llaman, tienen la vida dura, y cuando se
dispara, aquellos que están heridos solamente forman una algarabía de gritos espantosa.
Sin cambiar de lugar, teniendo una persona cerca para cargar el fusil, se pueden matar
muchos” (53).
GUSTAVE VERNIORY: ENTRE GENTE, ANIMALES Y TRENES. ARAUCANÍA 1889-1899 77

castores cuyas pieles son valiosas […] nutrias […] cuyas valiosas pieles nos reparti-
remos […] y enviaré a Bruselas, donde tendrán gran éxito […] En invierno hay una
presa cuya persecución es entretenida […] Es una especie de enorme ganso silves-
tre, pero con el pico curvo […] (453).
La narración se cierra con una última referencia a una caza extraordinaria,
más bien con la imposibilidad de cazar “un monstruo fabuloso que han bautizado [los
chilenos] como “la gran bestia”. Según Verniory, se había creado entre los chilenos
una verdadera leyenda con respecto a este animal de “cuerpo grande, negro y lustro-
so”. Verniory cuenta que organizaron varias expediciones, pero sin éxito; y aunque el
viajero diga casi con tono de decepción, “No conoceremos jamás la identidad de la
gran bestia”, el lector se inclina a pensar que, por lo menos, quedó algo misterioso,
intocado por la mano y el rifle del viajero-cazador, y desde luego, por la pluma del
viajero. Pero éste insiste en darle forma narrativa a la “gran bestia, y con un tono
seudo-científico escribió: “Me inclino a creer que se trata de una de esas enormes
focas de la clase que he visto en la desembocadura del río Imperial, que hubiera
remontado el río y que, terminadas sus vacaciones, habría vuelto al mar” (454-455)

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mapuche, tomadas por los fotógrafos del siglo XIX, Christian Enrique Valk, Odber
Heffer y Gustavo Milet Ramírez. De Gustave Milet Ramírez se incluyen seis fotografías
del año 1890: “Joven mapuche, retrato de estudio con telón con motivos europeos”,
“Jefe, Longko y sus esposas, retratados con un telón de palmeras tropicales y colum-
nas neoclásicas”, “Parlamento mapuche en la zona de Malalhue”, “Ritual de rogativa,
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siguen una segunda edición, Santiago: Pehuén, 2001. 490 p. Il. y una tercera, Santiago:
Pehuén, 2005.

RESUMEN / ABSTRACT

En su libro, titulado Diez años en Araucanía 1889-1899, el ingeniero belga Gustave Marie Eugène
Verniory (1865-1949) registra su experiencia laboral y cultural del viaje que hizo a la región de la
Araucanía chilena, contratado por el Gobierno de Chile para la construcción del ferrocarril que debía
atravesar la región de la Araucanía, llamada “Frontera”. Verniory ofrece testimonio no solo de sus
encuentros con chilenos, araucanos y europeos, sino también de su relación cotidiana con animales, a
través de su apropiación y/o de la caza, en un territorio largamente compartido. Verniory marca con
80 LILIANET BRINTRUP HERTLING

nítida distinción discursiva su propia transformación en territorio chileno, paralelamente a la


transvaloración realizada con respecto a los otros: chilenos, araucanos, europeos, y animales

PALABRAS CLAVE: Gustave Verniory (1865-1949), Diez años en Araucania 1889-1899, viajes, testimo-
nios, “Frontera”, Chile.

GUSTAVE VERNIORY: TEN YEARS AMONG PEOPLES, ANIMALS AND TRAINS. ARAUCANIA 1889-
1899

In his book Ten Years in Araucania 1889-1899, the Belgian engineer Gustave Marie Eugène Verniory
(1865-1949) provides an account of the work he did and the cultural experience he gained during his
protracted sojourn in the region of the Araucanía. Hired by the Chilean Government, he was engaged
in the building of the railroad that was to cross the “Frontera” [Frontier], as the Araucanía was known
at the time. Verniory relates his encounters with Chileans, Araucanos and Europeans, who had by then
coexisted for centuries in that territory. He also describes his daily interaction with the region’s wildlife,
whether through the practice of hunting or domestication. Verniory highlights with clear discursive
markers his own transformation into the Chilean territory, a process which parallels his deepening
valuation of the people he lived with during those years—Chileans, Araucanos, Europeans—and of the
region’s wildlife.

KEY WORDS: Gustave Verniory (1865-1949), Diez años en Araucania 1889-1899, travels, testimony,
Frontier, Chile.

Recibido el 30 de julio de 2007 Aprobado el 10 de septiembre de 2007

E-mail: lib1@humboldt.edu