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LA SOLUCIÓN PARA

LA CRISIS EXISTENCIAL

Alejandro Bullón Paucar

ASOCIACION CASA EDITORA SUDAMERICANA


Av. San Martín 4555, 1602 Florida,
Buenos Aires, Argentina
Índice

1. La crisis existencial...................................................... 7

2. Las razones de la crisis................................................14

3. ¿Vale la pena cambiar las realas del juego?................23

4. La fragilidad de las soluciones humanas…………...30

5. El fin de la crisis.................….....................................39

6. ¿Qué hacer ahora?………………………………….57


Capítulo 1

La crisis existencial

Aquel encuentro fue diferente de todos los que había


tenido hasta ese momento. Mi interlocutor no era un
joven afligido, ni un padre preocupado por causa de los
deslices del hijo, ni un matrimonio en crisis al borde de
la separación.
Era un señor elegante, de rostro sereno y mirar tranquilo
que, por los hilos plateados que clareaban su cabello
negro, aparentaba más o menos 50 años. Estábamos
sentados alrededor de una mesa en el Terrazo Italia. En
el centro de San Pablo, Brasil, mirándonos uno al otro
sin prestar la menor importancia a la vista majestuosa
que la ciudad ofrece desde aquel punto.
“Pastor —dijo el hombre, sin rodeos— leí su libro
Conocer a Jesús es todo. Me lo regalo´ mi secretaria. Es
miembro de su iglesia y aparentemente es una mujer
feliz. Me parece que usted es la persona que
precisamente estaba buscando para conversar”.
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En los minutos que siguieron me habló de su vida, de
sus sueños, de su familia. Era millonario, dueño de un
patrimonio envidiable, poseía una familia maravillosa y
tenía hijos profesionales que participaban activamente
del imperio financiero que había construido. Era
generoso, donaba dinero para obras de asistencia social
y cumplía con sus deberes cívicos. Era un buen
empresario, un buen padre, un buen marido, en fin, un
hombre realizado en la vida. O casi. Porque no era feliz.
“Tengo todo para ser feliz — dijo— pero siento una
sensación extraña. Es como si me faltara algo.
Siento una especie de vacío interior. Estoy dispuesto a
hacer cualquier cosa y a pagar cualquier precio, con el
fin de librarme de esta sensación.
Necesito ser plenamente feliz pero, por favor, no me
pida que me haga miembro de su iglesia, ni me hable de
Jesús”.
Lo miré, y con tristeza vi en él el retrato del hombre
del siglo XX, el siglo de las luces, de la razón, de la
informática y de los vuelos espaciales.
El hombre moderno fue capaz de penetrar en los
misterios del átomo, conquistar el espacio y llegar a la

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luna, pero es incapaz de darse cuenta de lo que está
sucediendo dentro de su propio corazón.
Vive angustiado. Finge que es feliz, intenta inútilmente
convencerse a si mismo de que es feliz, pero llora por
dentro sintiendo el vacío que duele, que incomoda y
angustia.
“Estoy dispuesto a pagar lo que sea necesario, dice, y
no hay límite para sus esfuerzos con el fin de alcanzar
su objetivo.
Usted puede verlo bañándose en las aguas sagradas del
rio Ganges, acostándose encima de brasas vivas, yendo
en peregrinación a los santuarios tan conocidos de todo
el mundo, o andando de rodillas en una procesión hasta
sangrar.
Y si usted mira más de cerca, podrá verlo intentando
pagar el precio a través de la meditación trascendental,
realizando obras de filantropía, defendiendo los
derechos de las clases oprimidas, participando de
marchas en favor de la ecología y de la paz, firmando
cheques para obras de caridad o visitando orfanatos,
asilos y sesiones de psicoanálisis.
Entre los más jóvenes, usted podrá encontrarlos en las
discotecas, en los bares, en las bailantes, en las fiestas
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del sábado a la noche. Usted puede ver a ese hombre
desesperado procurando “sentirse bien” con las
sensaciones alucinantes de las drogas y de los placeres
prohibidos, o defendiendo la libertad sexual y la nueva
moral.
Pero, ¿logra llenar el hombre de esa manera el vacío
del corazón? ¿Consigue la paz con penitencias o con
oraciones? ¿O con sacrificios y ayunos? ¿Se alcanza la
paz al involucrarse en las luchas sociales o al participar
de sensaciones placenteras?
Nunca hubo en toda la historia un tiempo de tanta
libertad, de tanto lujo, confort y aparente democracia
como hoy, pero, ¿por qué el hombre no consigue ser
feliz? ¿Por qué la paz interior parece estar siempre
huyendo de nuestras manos, como algo que resbala por
entre los dedos?
Nunca el ser humano vivió tan angustiado como hoy,
nunca tan vacío, tan desesperado. Sus conflictos
emocionales, sus inseguridades económicas, sus luchas
familiares y sociales, sus frustraciones existenciales,
parecen haberlo derrotado completamente. Siente
miedo. El ser humano siente miedo de no ser más que
un computador, una máquina de producir, un ladrillo.
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Con la trágica diferencia de que tiene sentimientos y las
´
maquinas no. Él es visto como un objeto, como un
número en medio de la multitud, pero sufre, llora, se
angustia y nadie se preocupa por eso.
“¿Qué debo hacer para ser salvo?” Es el grito del
corazón humano a través de todas las épocas, “¿Qué
debo hacer?” “¿Cómo puedo tener un poco de paz?
“¿Cómo puedo ser feliz?” Y la respuesta viene a través
de millares de voces que responden: “Tienes que
esforzarte, tienes que pagar el precio, tienes que
merecerlo; ¡lucha, trabaja, conquista!”
Escuche, por ejemplo, la voz de la ciencia. “No hay
tal cosa como pecado”, dicen los científicos. “Si el
mundo se está derrumbando o si usted tiene problemas,
eso no tiene nada que ver con el pecado.
Organícese mejor, investigue más, use la tecnología
para resolver sus problemas”.
Los humanistas le sonríen con optimismo. Para ellos
el problema del ser humano es tan solo uno: Falta del
desarrollo del potencial humano. “El hombre es el
capitán de su propia embarcación", dicen. “Dentro de él
hay una fuerza capaz de resolver cualquier problema y
superar cualquier crisis. Entonces— añaden los
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humanistas—, lo único que usted necesita es tener
confianza propia. El cielo consiste en hacer lo mejor
que usted puede hacer aquí y ahora”.
Escuche a los políticos: “Usted no es feliz porque no
supo escoger el gobierno adecuado. Lo que el mundo
necesita es una revolución social. Lo que el país
necesita es un cambio inmediato. Entonces, vote por
mí”, Pero esa no es la respuesta divina. Una noche Dios
le dijo a un hombre desesperado, a través de San Pablo:
“Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo”.1
Lo primero que debe hacer no es luchar, ni
desesperarse por ser bueno, ni de tratar, ni de hacer
cosas para merecer. Crea. Él dice: “Les voy a dejar un
regalo: Paz en el alma. La paz que doy no es frágil
como la paz que el mundo ofrece”.2
¿En qué consiste la paz que ofrece Dios? ¿Cuál es el
tipo de paz que los hombres han intentado conseguir
inútilmente a lo largo de la historia con esfuerzos,
penitencias, sacrificios y buenas obras? ¿Es sólo un
mito? ¿Es un sueño imposible? Detrás de las marchas
de protesta, de las luchas sociales, de las obras de
caridad; detrás de la búsqueda incansable de la paz, a
través del uso de drogas y de la satisfacción de los
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sentidos, hay una frustración creciente que nadie puede
ignorar.
Desde las desérticas tierras del nordeste brasileño hasta
las calles asfaltadas de las grandes ciudades, sin
distinción de raza, edad, situación económica, sexo o
grado de instrucción, el hombre transita con un único
clamor. “¿Que haré?”¿Qué es lo que en realidad está
buscando el hombre?
Observe la forma dramática como el poeta Rubén
Darío describe, a través de sus sentimientos, la situación
del hombre moderno.

Lo fatal

Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,


y más la piedra dura porque ésa ya no existe,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no conocernos y apenas sospechamos,
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y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!...

Sí, amigo mío, este es un cuadro dolorosamente real del


hombre actual, pero el objetivo de este libro no es únicamente
describir la trágica condición del ser humano. Es, por encima
de todo, mostrar que hay esperanza ¿Tiene Dios la solución?
¿Dónde está la paz que el ofreció? ¿Hay lugar para Jesús en
la década de la informática? Los capítulos que siguen
describen el porqué de la angustia humana y la solución para
el vacío del alma.

Referencia

1) Hechos 16:31(Versión la Biblia al día)

2) San Juan 14:27(La Biblia al día)

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Capítulo 2

Las razones de la crisis


Hace muchos años, en una pequeña ciudad alemana, una
mujer encontró en la puerta de su casa una cesta con una
paloma mensajera y una nota.
La nota exigía cierta cantidad de dinero, que debía ser atada a
la pata de la paloma, si no quería que su casa fuera
incendiada aquella noche.
La mujer buscó inmediatamente a la policía, y ésta desarrolló
dos planes. Ataron un hilo fino a la patita de la paloma y la
soltaron, haciendo que dos pilotos siguieran al ave.
La paloma levantó vuelo y dio algunas vueltas hasta
encontrar el rumbo. El avión la siguió mientras un auto de la
policía iba por tierra a alta velocidad.
De repente, la paloma se posó en el techo de una casa. Uno
de los pilotos fotografió la escena, mientras que el otro se
contactaba con el auto de la policía.
La policía entró en la casa y encontró a dos hermanos
mirando asustados el hilo atado a la pata de la paloma.
Ambos fueron presos en el acto.
“Pero que culpa tenemos si la paloma se posó en nuestra
casa”, dijeron. “La paloma no es nuestra”
La policía sabía cómo hacer para probar si la historia era
verdad. Mandaron soltar la paloma nuevamente a algunos
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kilómetros de distancia y aconteció lo que todos suponían. El
ave voló en círculos y después se dirigió directamente a la
casa. Lo mismo sucedió la segunda y la tercera vez.
Finalmente los hombres confesaron el delito.
¿Se identificó usted con la historia? ¿Se vio alguna vez
forzado a confesar su culpa? No estoy hablando de ser
forzado por la policía, ni por los familiares, ni por los amigos,
sino por la constante acusación de aquella voz interior que
llamamos conciencia, hasta que finalmente no le quedó otro
camino más que llorar a solas diciendo: “¡Soy culpable!”
Por increíble que parezca, amigo mío, vivimos en una
sociedad afligida y vacía. Pero no es el miedo a la bomba
atómica lo que está llevando a los hombres a los psiquiatras.
No son los problemas financieros ni el miedo al SIDA, ni a la
contaminación ambiental, o a la explosión demográfica.
Tampoco es el miedo a una sequía, a una inundación o a un
posible terremoto. No. Es cierto que esos problemas existen,
pero no son la causa de la desesperación humana. El gran
problema es el sentimiento de culpa. Ese es el fuego que esta
consumiendo a la generación de nuestros días.
El sentido de culpa es la mayor tragedia de la humanidad.
Es la culpa lo que paraliza al ser humano, destruye su
autoconfianza, aniquila su motivación y genera en su interior
el sentimiento de vacío y desesperación.
El primer momento de angustia humana, el primer vacío
interior, se posesionó del corazón humano enseguida después
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del pecado. Cuando Dios fue a visitar a sus hijos en el
atardecer de aquel día, el hombre y su mujer corrieron y se
escondieron de Dios, atormentados por el sentimiento de
culpa.
Ese es el motivo por el cual, como veremos enseguida, el
pecado arruinó la vida de nuestros primeros padres.
Afortunadamente el diablo no cambió.
Continúa usando la misma técnica y, si descubrimos como
actúa, podremos preparamos y prevenirnos contra él.
Pensemos por un momento en el Jardín del Edén. ¿Puede
imaginarse conmigo el maravilloso paisaje donde fueron
colocados Adán y Eva para vivir felices? Cuando la tierra
salió de las manos del Creador, la tierra era sumamente
hermosa. La superficie presentaba un aspecto multiforme,
con montañas, colinas y llanuras, entrelazadas con
magníficos ríos y bellos lagos. Pero las colinas y las
montañas no eran abruptas y escarpadas, ni tenían los
despeñaderos y abismos que presentan hoy.
El suelo era fértil y producía una frondosa vegetación.
No había pantanos, ni áridos desiertos.
El aire, incontaminado, era puro y saludable. El paisaje
sobrepujaba en belleza a los adornados jardines del más
suntuoso palacio de la actualidad.1
El hombre fue colocado allí para ser feliz. Al salir de las
manos del Creador, era de elevada estatura y perfecta
simetría. Su rostro tenía el color sonrosado de la salud y
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brillaba con la luz y el regocijo de la vida. Esa pareja que no
tenía pecado, no necesitaba usar vestidos artificiales. Estaban
revestidos de una envoltura de luz y gloria, como la que
rodea a los angeles.2
Pero el enemigo andaba suelto por allí, dispuesto a arrumar
la felicidad del ser humano. Por eso Dios advirtió a Adán y a
Eva.
— Hijos, no se acerquen a ese árbol.
— ¿Por qué no debemos acercarnos? —preguntaron ellos.
— Porque el enemigo quiere destruirlos y el único lugar
donde puede atraparlos es ahí, cerca de ese árbol. Ese es su
territorio. Lejos de aquí estarán seguros, ya que él no tiene
libertad para correr detrás de ustedes.
Dios podría haber creado al ser humano como un robot, que
obedeciera automática e ineludiblemente sus órdenes.
Obviamente, esa sería una obediencia sobre la cual el
hombre no tendría el mínimo control. Pero, en lugar de eso,
Dios creó al hombre a su propia imagen y lo que más desea
es que la criatura adore a su Creador por amor. Esto, sin
embargo, solo puede suceder si el hombre ejercita el libre
albedrío. El amor y la obediencia que provienen de la
obligación no tienen valor.
´
Dios quería hijos, no maquinas. Por esa razón Dios nos dio
un privilegio que muchas veces se transforma en nuestra
desgracia. El don de la libertad.

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Nuestros primeros padres tenían el don de la elección.
Podrían decidir amar a Dios o rebelarse y construir su mundo
sin él. El consejo divino fue: “Hijo, mantente lejos de aquel
árbol”. Pero ellos escogieron no prestar oídos a ese cornejo.
La misma recomendación nos llega hoy a nosotros:
“Manténgase lejos de ese árbol". Usted puede preguntarse,
¿de qué árbol? ¡No estamos en el Jardín del Edén! Es verdad,
pero hoy también existen árboles. Cada uno tiene el suyo.
Son las flaquezas de nuestra vida, son los puntos vulnerables
que todo ser humano trae consigo, ¿Cuál es su árbol? ¿Es el
cigarrillo? Usted sabe que el cigarrillo está acabando con su
salud y que el médico le dijo que debía dejarlo. Usted sabe
que tiene que poner un punto final a esa historia pero no lo
consigue. Siga el consejo divino. Manténgase lejos del árbol
¿Pero, de que árbol? Manténgase lejos de los ambientes
donde se fuma, lejos de los avisos que publicitan el cigarrillo,
lejos de todo aquello que genera en usted el deseo de fumar.
¿Cuál es su problema? ¿Son las drogas? Manténgase lejos de
los lugares donde se consume droga, lejos de los amigos que
usan drogas. Es por ventura su problema la perversión del
sexo? Manténgase lejos de las películas en que haya sexo, de
las revistas pornográficas, de las conversaciones sobre ese
tema, de las músicas que le inspiran esos deseos.
Lejos del árbol es mucho más fácil decir "No". Es mucho
más fácil resistir fuera de esos ambientes.

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Pero un día Eva se acercó a aquel árbol y esa fue su
desgracia. Ese territorio es territorio del enemigo y el conoce
muy bien el suelo en que pisa.
— ¡Psi, psi, Eva... Eva!
Eva oyó aquella voz que la llamaba a sus espaldas.
Su computadora mental trabajó inmediatamente.
Aquella no era la voz de Adán y tampoco era la voz de Dos.
Ella conocía ambas voces. Si no era la voz de ninguno de
ellos, solo podía ser la voz del enemigo.
¿Qué habría hecho usted en su lugar? Eva pensó:
“Estoy lista para enfrentarlo. Yo ya sé quién es él. No va a
lograr engañarme. Voy a desenmascararlo. Voy a darme
vuelta ahora y él va a ver”. Eva se dio vuelta y, ¿sabe usted
lo que vio? ¿Sabe con quién se encontró? ¿Con el diablo? No.
Claro que no. Él no es tan tonto para dar la cara. El nunca
muestra el rostro. No piense que, si quiere engañarlo, va a
presentarse corno diablo. Él se disfraza. ¿Sabe lo que Eva
vio? Una serpiente. Hoy sentimos un extraño temor solo de
pensar en ese animal. Es un bicho asqueroso, como
consecuencia de la maldición que cayó sobre él después del
pecado. Pero en el Edén no era así. La serpiente era uno de
los animales más bonitos de la creación. No se arrastraba.
Tenía alas y volaba, los rayos del sol refulgían en su
tornasolado cuerpo, dando origen a uno de los más bellos
espectáculos del Jardín.

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El diablo continúa actuando de la misma forma. Nunca da
la cara, siempre se esconde detrás de las cosas más bonitas.
En el Edén, escogió el animal más bonito. Hoy, se esconde
detrás de un estimulante bonito. “¡Al éxito!” pregona una
marca de determinado cigarrillo, pero nunca muestra la
miseria de un pulmón devorado por el cáncer.
“¡Buena idea!”, es el slogan de una bebida alcohólica, pero
nunca muestra la desgracia de un hígado podrido por el
efecto del alcohol. Se esconde detrás de un ritmo bonito,
detrás de sensaciones bonitas.
El joven tiene problemas existenciales, piensa que nadie lo
comprende. Piensa que el mundo está con la cabeza para
abajo y quiere huir de los problemas.
¿Sabe lo que hace? Fuma un cigarrillo de marihuana o inhala
un poco de cocaína. ¡Hermosas sensaciones! De repente, todo
resulta maravilloso, parece un vuelo en el espacio. Pero,
detrás de todo eso está el enemigo, y el enemigo nunca
muestra la desesperación que el joven siente cuando se
termina el efecto de la droga.
Sí, amigo, así fue desde el Jardín del Edén. El enemigo
nunca se presenta como enemigo. Aparece con cara
inofensiva. Oculto detrás de cosas bonitas. Puede ser una
profesión bonita o un modo fácil de hacer dinero ¡Cuantas
veces se esconde detrás de un joven hermoso para arruinar la
vida de una mujer, o viceversa! Filosofías hermosas, teorías
maravillosas y, note esto: muchas veces también se esconde
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detrás de una religión bonita, fácil y estimulante. “Hay
caminos que parecen derechos, pero al final de ellos está la
muerte''.3
Para sus objetivos, vale todo: el fin justifica los medios. Lo
que realmente le interesa es separarnos de Dios, llevarnos a
su territorio. Allí seremos una presa fácil, no tenga dudas de
eso.
La tragedia del pecado no está en el hecho de hacer algo
equivocado. Es el hecho de apartarnos de Dios. El hombre no
se aparta de Dios porque peca. Sino que peca porque se
apartó de Dios.
Cuando Dios dijo a nuestros primeros padres:
“Manténganse lejos de aquel árbol”, estaba diciéndoles:
“Hijos no se aparten de mí. Lo que más quiero es tenerlos
siempre cerca de mí. Estando a mi lado vuestra seguridad está
garantizada, seréis siempre felices, plenos y realizados. Por
favor, no se aparten de mí, no se acerquen a aquel árbol”.
El ser humano fue creado por Dios. El hombre vino de
Dios, su vida proviene de la vida divina y sin él será siempre
incompleto. Puede ser que el hombre no quiera aceptar este
hecho. Puede negar la existencia de Dios. Puede pensar que
Dios es un asunto superado para este tiempo. Puede rebelarse
contra él, gritar, insultar o maldecir su nombre.
Pero nunca será completo lejos de Dios. Allá en el fondo del
corazón estará siempre aquel vacío indescriptible que solo
puede ser llenado con la presencia de Dios.
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¿Qué fue lo que sucedió cuando Eva se dio vuelta y se
encontró con la serpiente? ¿Cómo actúa el enemigo cuando
quiere arruinar la vida de una persona? ¿Cómo se le acerca?
¿Cuáles son sus argumentos? Analizaremos todo eso en el
próximo capítulo.

Referencias
1) Patriarcas y profetas (Buenos Aires, ACES, 1985), p.24.
2) Ibíd., p.26
3) Proverbios 14:12(Versión Dios Habla hoy)

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Capítulo 3

¿Vale la pena cambiar


las reglas del juego?

Hace algunos años, cuando los Estados Unidos de


Norteamérica enfrentaban una crisis energética, el periodista
Herb Caen presentó en su columna semanal algunas
sugerencias para resolver el problema, hechas por niños de la
escuela primaria.
Eran ideas interesantes como: “Trasladen todas las estaciones
de gasolina lejos de la ciudad, así los automóviles tendrán
pereza de ir a llenar el tanque” “Todo automovilista que salga
de la ciudad con el tanque de gasolina lleno deberá regresar
por lo menos con un cuarto de tanque".
“Aquellos que acostumbran a correr mucho, deberán llevar en
el auto un perro entrenado para ladrar cuando sobrepasen los
80 km por hora”.
Pero un muchachito rubio, con pequitas en la cara, tuvo la
idea más “brillante”: “Tenemos que descubrir otro nombre
para el petróleo y comenzar a explotar el combustible bajo
ese nuevo nombre”.
Eso es lo que hemos estado haciendo durante mucho tiempo.
Hemos tratado de descubrir otros nombres para el gran
problema humano.
Nos gusta pensar en nuestros pecados como simples e
inocentes errores o desajustes de la personalidad. Tratamos

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de llamar al pecado por cualquier nombre, menos por su
propio nombre.
Nuestra sociedad es especialista en descubrir nombres
aceptables para el problema moral. A las perversiones
abiertas de la conducta las llamamos “apenas un estilo
diferente de vida”. Pero eso no tranquiliza la conciencia.
Porque, por más que el ser humano pretenda justificar sus
actitudes, el vacío está presente.
¿Quién fue el primero que intento cambiar el nombre del
pecado? Volvamos a nuestra historia.
Hubiera sido bueno si el enemigo se hubiera presentado a
Eva como tal. En ese caso ella habría estado prevenida y
tendría posibilidades de victoria, pero el enemigo es astuto,
traicionero y cobarde. Nos atrae lenta y disimuladamente, y
nos envuelve con argumentos aparentemente irrefutables.
Eva podría haber huído cuando vio y escuchó a la serpiente
hablar, pero no lo hizo. El enemigo se presentó como un
animal espléndido y trató de despertar la curiosidad de la
mujer, comenzando a intrigarla. Su objetivo era destruir la
confianza que Eva tenía en Dios.
— ¿Así que Dios dice que no puedes comer ningún fruto?
—No, no —replicó Eva—. Dios no dijo eso.
Dios dijo que podemos comer de todos los frutos menos el
fruto de este árbol.
— ¿Por qué? — preguntó la serpiente
— Porque el día que comamos de él moriremos.
— ¡Ah! —dijo la serpiente— Eres muy tonta, Eva, tu Dios es
muy mentiroso, no existe ese asunto de la muerte, no. Por el
contrario, él sabe muy bien que si comes de este fruto, serás

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más inteligente, serás igual a Dios y claro, él no quiere eso.
Él quiere verte siempre allí abajo, ignorante y obtusa.
Por increíble que parezca, el enemigo continúa hablando
hoy las mismas cosas.
“¿El pecado?” —pregunta él—, ¿qué es eso que llamas
pecado? El pecado no existe. ¿La moral?
¿Quién es el que hace la moral? ¿El pastor de su Iglesia? ¿La
sociedad? ¿La generación más vieja? La moral depende de la
cabeza de cada uno.
Todo es correcto siempre que no le hagas mal a nadie y
respetes al prójimo. Si dos personas están de acuerdo en
hacer algo y se sienten bien haciéndolo o si piensas que eso
es conveniente y no estas matando a nadie, no tienes por qué
preocuparte. No permitas que los otros hagan reglas para ti.
“¿El cristianismo? Olvídate de eso, libérate. Se mas tú
mismo. La religión restringe tu pensamiento a normas
rígidas. Ese asunto de la fe está bien para la gente pobre
que, al final de cuentas, todo lo que puede tener en la vida es
un poco de esperanza. Deja eso para los hombres sin
educación. Pero tú, tú eres un universitario, tu eres un
profesional. Tú eres un hombre de negocios, tú estás por
encima de todo eso”
Si, amigo mío, así fue siempre. No fueron los hombres de
nuestros días los que inventaron esas frases ni esa
argumentación. Fue el enemigo quien le dijo eso a Eva en el
Jardín del Edén. Puede ser que el argumento haya mudado
de ropaje con el tiempo, puede ser que hayan cambiado las
palabras, pero la filosofía es la misma “La religión es el opio
del pueblo, sólo sirve para que las clases privilegiadas
exploten a las más pobres en el nombre de Dios", dicen.
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“¡Olvídese de todo eso, libérese de sus tabús, haga su propia
moral! ¡Viva la vida! ¡Aprovéchela! Nada de prohibiciones.
Nada de reglas. Nada de límites. Sea libre. Si se libera de
esos conceptos, usted será su propio Dios. Será el capitán de
su propio destino y el dueño de su camino, y su vida no
tendrá fronteras”
El plan propuesto por el enemigo era interesante.
Una vida de libertad. ¿Quién no quiere ser libre?
Miles de vidas han sido inmoladas a lo largo de la historia en
el altar de la libertad. El ser humano nació para ser libre.
Pero, paradojal y trágicamente, vive prisionero de su propia
“libertad”. Se liberó de Dios para hacerse esclavo de sí
mismo; esclavo de sus deseos, de sus pasiones y de sus
angustias.
Pero el enemigo no se contentó únicamente con
argumentar, no se contentó solamente con sembrar la duda y
la desconfianza en el corazón de Eva. La mujer todavía
intento defender a su Dios.
—Tú estás mintiendo —le dijo Eva a la serpiente—. Si Dios
dijo que el que coma de ese fruto morirá, es porque eso es
verdad.
—No, no es verdad — respondió la serpiente—, y voy a
probar lo que estoy afirmando. Mira, Eva, mira cómo como
del fruto y no muero. Al contrario, tu sabes que las serpientes
no acostumbran a hablar, ¿cómo es entonces que estoy
hablando?
¿Quieres una evidencia mejor para probar que quien come de
este fruto, en lugar de morir, llega a ser más inteligente y,
superando los conceptos fanáticos del cristianismo, alcanza
mayores alturas?
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Amigo, ¿qué crees que podría haber hecho Eva? El diablo
estaba “probando” sus afirmaciones.
No eran únicamente argumentaciones retóricas, sino
“pruebas”. ¿Comprende usted? El siempre “prueba” lo que
afirma. Así hace todavía hoy.
"Yo no soy cristiano y tengo más éxito en la vida que usted”.
“Yo no estoy atado a sus conceptos tontos y tengo más dinero
que usted, tengo un empleo mejor, saco mejores notas en la
universidad, soy más feliz”
A veces nosotros los llamados cristianos, somos el peor
argumento en favor del cristianismo.
El líder indú Mahatma Gandhi decía: “Yo me haría cristiano,
sino fuera por causa de los cristianos”.
Hay mucho prejuicio suelto por ahí, y no sin motivo. Cuando
se habla de cristianismo, inmediatamente uno se imagina a un
hombre de traje marrón, camisa azul celeste y corbata roja,
andando por la calle con la Biblia debajo del brazo.
¿Qué ventaja me proporciona al cristianismo, pregunto, si ni
siquiera me enseña a combinar los colores de mi ropa? ¿Qué
tipo de paz ofrece el cristianismo que lleva a los hombres a
presentarse en las plazas casi alucinados, nerviosos,
expresando en su mirada el desequilibrio de un espíritu
conturbado y queriendo que todo el mundo llegue a ser como
ellos?
Ese tipo de cristianismo es la mejor “prueba” para la
argumentación satánica. Pero no es sólo eso. Estamos
viviendo en un tiempo cuando Satanás trata de “probar” sus
argumentos de otras maneras.
“Usted puede hacer esto porque no hay nada de malo en
ello". “No existe tal cosa como la moral; la moral depende de
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la cabeza de cada uno”. Y en torno de este argumento se
filosofa, se apela a la psicología, a las estadísticas, a la
sociología, e incluso a la biología. Pero nada cambia.
El ser humano es un ser moral por naturaleza. La mayor
prueba de eso es el sentimiento de culpa. La sociedad puede
cambiar todas las reglas del juego moral. Puede modificar la
conducta. Puede crear todo un nuevo sistema moral. Sin
embargo, nunca eliminará la conciencia de la culpa que el
hombre siempre lleva consigo cuando comete actos
inmorales.
“Las diferentes ideologías que se han popularizado proveen
al ser humano todos los medios necesarios para racionalizar
su conducta. Con todo, el hombre sigue angustiándose y
sigue sintiéndose culpable aunque no siempre esté en
condiciones de identificar sus verdaderas causas".1
¿Qué es lo que hizo Eva frente a las aparentes pruebas
presentadas por el enemigo? ¿Qué fue lo que sucedió cuando
ella extendió la mano para comer del fruto? ¿Quién tenía
razón? ¿Dios o Satanás?
Ese es el tema del capítulo siguiente.

Referencia
1) Libres para amar (Buenos Aires, ACES 1984), p. 66.

26
Capítulo 4

La fragilidad
de las soluciones humanas

El hombre entró en el consultorio médico con una úlcera


maligna al lado del ojo izquierdo. La herida ya había
devorado la piel y la carne, y estaba comenzando a afectar el
hueso. Era prácticamente un agujero lleno de pus de más o
menos una pulgada de diámetro. Era imposible no dejar de
prever una horrible muerte, a menos que se hiciera algo para
curar inmediatamente la virulenta herida.
Pero todo lo que el hombre quería era “¡un nuevo par de
anteojos más confortables!”
¡Es una tragedia confundir las cosas de ese modo!
Tratando de que le recelaran un nuevo par de anteojos cuando
una úlcera maligna estaba devorando su vida ¡Cómo si los
anteojos de la filosofía, de la cultura y del racionalismo
pudieran curar!
Algo parecido es lo que sucedió con Eva. Ella quedó
envuelta por el racionalismo humano. Entró en el territorio
enemigo, intentó defender a Dios y fracasó ante la
argumentación satánica. Extendió la mano y comió del fruto.
¿Murió? No. El pecado al comienzo, es estimulante y
fantasioso. A pesar de eso Eva se dio cuenta que algo se
27
había quebrado dentro de sí. La inocencia y la pureza del
alma desaparecieron y sintió el deseo irresistible de arruinar
otra vida. Los conflictos propios del sentimiento de culpa se
reflejan en las relaciones del hombre con los demás. Lucha
contra los seres que ama. Comete violencia contra los más
cercanos a su corazón. Traiciona a quienes desea el mayor
bien. Todo esto es el fruto del esfuerzo que hace para
racionalizar su error.
Luego Eva buscó a Adán. Ella fue engañada.
Adán, no. La tristeza se posesionó de su corazón cuando la
vio. Quedó aterrado. Se trabó una lucha en su mente. Supo
inmediatamente que Eva había desobedecido.
Intento imaginarse la vida sin ella y todo le pareció triste y
sombrío. Adán no confió en su Creador. Si hubiera resistido,
Eva habría salido del Jardín del Edén. Dios hubiera creado
otra esposa para Adán y Cristo habría venido solo para salvar
a Eva.
¡Ese es el amor maravilloso de Dios! Una persona significa
mucho para él. En este mundo tecnológico y computarizado,
en este mundo de más de cinco mil millones de habitantes,
usted es muy especial para Dios. Usted es la cosa más linda
que tiene. No importa quién es usted. No importa su pasado
ni su presente. Independientemente de los actos buenos o
malos que haya realizado hasta aquí, independientemente de
su carácter o su personalidad. Con sus traumas y sus
complejos, con sus virtudes o sus defectos. Nadie más es
como usted. Dios se preocupa por usted. Él lo ama, él lo
espera. Él tiene paciencia con usted. “Es mentira”, puede
pensar usted, pero aunque usted no lo crea, el continua

28
amándolo. “El no existe, toda esa historia es una tontería de
la gente crédula”
No importa. Usted es libre para creer o no creer, para aceptar
o rechazar. Puede cerrar este libro, puede gritar y rebelarse,
puede hacer lo que quiera, pero no puede hacer que el deje de
amarlo, y no puede impedir que el continúe preocupándose
por usted.
Pensando que la vida no sería vida sin la compañera amada.
Adán decidió echar su suerte con Eva. Comió
conscientemente del fruto. Al comienzo todo le pareció
maravilloso, pero enseguida "se dieron cuenta que estaban
desnudos", dice la Biblia.
Desnudos, ¿entiende? No se trataba sólo de la desnudez del
cuerpo. Era una desnudez mayor. Era la desnudez del alma.
El vacío del corazón. La angustia de la culpa. Era aquel
sentimiento que se posesiona del hombre después de una
noche de sábado, cuando las luces se apagan y las toneladas
de sonido se silencian. Cuando los amigos se van y el ser
humano queda solo, tirado en lo cama con los ojos clavados
en el techo, ¿no siente deseos de llorar?
¿No le da la impresión de que todo está errado?
Desnudos. Completamente desnudos. Desnudos por dentro.
Aquella desnudez que no se puede disfrazar, ni esconder, ni
negar. Aquella horrible sensación de fracaso después que los
efectos de la droga se terminan.
Aquel asco de sí mismo que la persona siente después que el
placer acaba. Hasta ahí todo fue bonito, interesante, nuevo y
estimulante. Hasta ahí todo fue atractivo y lleno de promesas
maravillosas.

29
De repente, parece que todo a nuestros pies se derriba y nos
vemos como en realidad somos: Desnudos. Completamente
desnudos.
¿Qué es lo que hizo el hombre cuando se dio cuenta del
problema en que había caído por causa de su desobediencia?
¿Qué es lo que hizo al percibir la herida purulenta que estaba
devorando su vida? ¿Corrió a los brazos del único que era
capaz de resolver su problema o buscó solo “un nuevo par de
anteojos''?
La historia bíblica dice que “cosieron hojas de higuera, y se
hicieron delantales"?1
¿Cuánto tiempo puede durar un vestido de hojas de
higuera? ¿Un mes? ¿Una semana? ¿Un día?
Todos los intentos que el ser humano hace para cubrir la
„„desnudez del alma” son como el vestido de hojas de
higuera.
El ser humano se da cuenta que las dificultades financieras
en que se encuentra tienen que ver, de alguna manera, con el
hecho de haber querido eliminar a Dios de su vida, pero,
¿vuelve sus ojos hacia él? No. Piensa en la financiera o en el
banco. El hombre tiene problemas de salud, pero no piensa en
Dios. Piensa en el hospital. El hombre no logra dormir debido
al vacío interior, pero no piensa en Dios, piensa en la
farmacia y en los comprimidos para dormir.
Conozco la historia de una señorita que quedó embarazada
por jugar el juego de la “nueva moral”.
Nada de límites, ni de reglas, ni de compromisos.
Cuando descubrió que estaba embarazada, tuvo vergüenza de
contarle el problema a sus padres. Quedó aterrorizada y pasó
noches sin dormir, hasta que pensó que había encontrado la
30
solución. Le dijo a los padres que haría un viaje y se sometió
a un aborto. Infelizmente su organismo no resistió y murió.
El padre lloraba desesperado el día del entierro. ¿Por qué?
¿Por qué no me lo conto? ¿Por qué no confió en mí? Yo le
habría ayudado, todo habría sido diferente.
Pero, desdichadamente, el ser humano es así. Toma el
problema en sus propias manos, sufre con él, lucha para
superarlo. Hace todo lo que está a su alcance. Pero no
comprende que la paz mental no es algo que pueda comprarse
en botellas, ni aplicarse como un cosmético, ni tomarse como
un comprimido antes o después de las comidas, ni
conseguirse en un curso de tres semanas. Todo eso no es nada
más que la miserable hoja de higuera. Puede aliviar el dolor
momentáneamente. Puede distraer la atención, o disfrazar el
mal. Pero el cáncer está allí dentro, quitándole lentamente la
alegría de vivir, asfixiándolo y atormentándolo.
Mire a Adán y Eva. Véalos intentando resolver sus
problemas con sus propias manos. Mintiendo, robando,
matando, escondiendo o engañando para cubrir la desnudez
del alma. ¿Qué es lo que consiguieron vistiendo aquellas
ropas hechas con las hojas de la higuera? Quedaron más
ridículos. Ahora no solamente estaban desnudos. Estaban
ridículos.
Esta es la situación del hombre que toma en sus propias
manos la solución de la desnudez del alma.
La Biblia continúa diciendo:.. “oyeron la voz de Jehová Dios
que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su
mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los
árboles del huerto”.2

31
¡Qué tragedia! El hijo amado, que antes corría con alegría
para recibir al Padre, ahora tiene miedo de él.
Huye y se esconde. Y ahí comienza el gran drama de los
siglos. Dios llamando al hombre: “Adán, ¿dónde estás?” Y el
hombre escapándose de Dios y ocultándose detrás de un
árbol. Dios buscando al hombre y el hombre huyendo de
Dios. Aquí está la nota que distingue al cristianismo. El
Cristianismo es más que una simple religión. Porque la
característica fundamental de muchas religiones es que sus
seguidores tratan de alcanzar a Dios, de encontrarlo y
agradarlo haciendo algo.
Muchas religiones tratan de subir en dirección a Dios.
Pero el cristianismo es diferente. Es Dios descendiendo hasta
el hombre.3 es Dios buscando al hombre, es Dios llamando,
suplicando, implorando, preguntando: “Dónde estás tú, hijo
mío”.
¿Y dónde estaba Adán? Allá, escondido detrás de un árbol.
Los hombres continúan haciendo lo mismo hoy día.
Continúan corriendo y escondiéndose detrás de algún árbol.
“¿Que árbol”, se pregunta usted, “si ahora no estamos en el
Jardín del Edén?” ¡Ah, amigo mío, si usted supiera cuanto
nos gusta a nosotros, los seres humanos, crear árboles para
escondernos!
Existe, por ejemplo, el árbol del prejuicio. “La religión es
para la gente simple. No me hable de religión. Hábleme de
ciencia, de tecnología, de cibernética, pero no me hable de
Jesús. Hábleme de psicoanálisis o de análisis transaccional,
pero no me hable de ese asunto del pecado”. He ahí un árbol,
¿entiende usted? El prejuicio es solo uno de los árboles que

32
construimos para escondemos de Dios, porque tenemos
miedo de encontrarnos con él cara a cara.
También está el árbol del racionalismo. “No me hable de la
fe”, dicen los racionalistas, “quiero pruebas. Llevemos a
Jesús al laboratorio. Quiero explicación de todo. Quiero
comprender todo en los más mínimos detalles”. El
racionalismo no acepta el misterio del dolor “¿Por qué sufren
los niños?” “¿Por qué creó Dios al diablo?” “¿Por qué los
malos progresan y los buenos viven siempre explotados?”
En el pensamiento racionalista no hay lugar para la Fe. Pero
el racionalista va a la farmacia, compra un comprimido para
el dolor de cabeza pero no verifica si los componentes son los
especificados, ni conoce al vendedor o al fabricante, y sin
embargo, tiene fe y toma el comprimido. Pero cuando se trata
de Dios, no, entonces quiere llevar todo al laboratorio. Árbol.
Apenas un árbol para esconderse de Dios.
Piense en el hombre que “no tiene tiempo para nada”. “Yo
trabajo dieciséis horas por día”, dice. “No tengo tiempo para
dedicarme a ese asunto de la religión. Yo soy bueno. No le
hago mal a nadie y de vez en cuando hasta ayudo a los
pobres”. Ese hombre no se da cuenta de que la falta de
tiempo no es más que un árbol que creó para esconderse.
Detrás del árbol está él, desnudo, o, en el peor de las
hipótesis, vestido de hojas de higuera, angustiado y vacío.
Trabaja de día y de noche porque en realidad tiene miedo de
parar y quedar solo. La soledad lo desespera y ni siquiera
sabe él porqué.
¿Cuántos árboles crea el hombre moderno? La indiferencia,
los placeres, los vicios, el miedo. “Yo soy demasiado pecador

33
para encontrarme con Dios ", piensa. “No soy digno de ser
cristiano”.
Pero voy a hablarle de un árbol bueno al que algunos han
convertido en terrible y engañoso. El árbol de lo que algunos
llaman religión. ¡Cuántas veces el ser humano se esconde
detrás de ese árbol!
Es la tradición de la familia. Son los padres. Son los amigos.
A veces el ser humano se limita a ser sólo un buen miembro
de iglesia, lo que está bien, pero se olvida de ser además un
buen cristiano. Para este tipo de hombres la religión llegó a
ser un árbol detrás de la cual están temblando, con esa
sensación de desnudez. Lo único que le importa es la
tradición, el nombre, la imagen de su religión, desprovista de
su esencia. Pero no son felices. Al igual que el joven rico y
Nicodemo, creen que son religiosos, pero sienten que están
perdidos porque hicieron de la iglesia y de su religión su
Cristo.
Mire en este instante a Adán y Eva. Temblando de
vergüenza, escondidos detrás de los árboles.
Desnudos, vacíos y desesperados. ¿Habrá esperanza para
ellos? ¿Habrá solución? ¿Qué sucederá ahora que Dios llegó
al Jardín del Edén y pregunta: “Adán, dónde estás”? Lea el
capítulo siguiente.

Referencias

1) Génesis 3:7.
2) Génesis 3:8.
3) Como ser cristiano sin ser religioso (San Pablo, Mundo Cristiano), p. 7.

34
Capítulo 5

El fin de la crisis

Cuenta una antigua leyenda que cierto hombre estaba un día


persiguiendo a un conejo entre unos troncos caídos hasta que,
sin darse cuenta, se acercó a un precipicio. El conejo dio una
voltereta y el hombre cayó en el precipicio. Por suerte,
durante la caída, encontró la raíz saliente de un gran árbol y
se asió a ella con ambas manos. Colgado de la raíz comenzó a
gritar pidiendo socorro:
__ ¿Hay alguien ahí arriba?
No hubo respuesta. Continúo gritando más alto.
__ ¿Hay alguien ahí arriba?
Finalmente oyó la voz de alguien preguntando:
— ¿Con quién quiere hablar?
El hombre desesperado, casi en el límite de sus fuerzas
respondió:
—Con cualquiera que me pueda ayudar.
Entonces, según la historia, la extraña voz le preguntó:
— ¿Tiene usted fe?
Y el hombre, casi al punto de soltarse, no pudiendo más,
grito:
—Sí.
__Muy bien, — dijo la voz— , si tiene fe, suelte la raíz.

35
El hombre vaciló unos segundos. Miró hacia abajo y vio la
enorme distancia que lo separaba del suelo. Allá abajo
encontraría con seguridad la muerte. Finalmente, después de
un largo silencio, el desesperado hombre volvió a gritar:
— ¿Hay alguien más ahí arriba?
Es tan sólo una historia. Una leyenda. Pero muestra
patéticamente el cuadro en que se encuentra el ser humano.
Está perdido. Sabe que está en el límite de sus fuerzas. Sabe
que necesita la ayuda divina porque todos los intentos
humanos fracasaron.
Pero la receta de Dios parece tan tonta, tan sin sentido, tan
sencilla, que no es posible creer en ella.
En el capítulo anterior dejamos a Adán escondido detrás del
árbol. Desnudo, vacío y atormentado por el sentimiento de
culpa. Fue entonces cuando oyó la voz maravillosa del Padre:
“Adán ¿dónde estás?
Y Adán avergonzado dijo: “Estoy aquí, Señor, no tengo
coraje de mirarte. Estropeé la vida que me diste. Arruiné
todo. Tengo miedo de ti, oh Dios. Tengo miedo del futuro,
tengo miedo de mí mismo".
Aquel debió haber sido un momento terrible para Dios,
pues lo que más quiere es que sus hijos lo amen y no que le
tengan miedo.
Dios continuó: “Sal de detrás del árbol, hijo mío" Adán
vaciló, pero, ¿tenía alguna otra salida? Ya había agotado
todos los recursos humanos y no había conseguido nada. ¿Por
qué no darle una oportunidad a Dios? Es una pena que él sea
siempre el último recurso al que recurre el ser humano.
Ahora, imagínese conmigo aquel triste cuadro.
Ahí estaba Dios el Padre y ahí estaba el hijo fracasado.
36
El hijo había acabado con la vestidura de luz que Dios le
había dado. Estaba desnudo e intentaba humanamente
remediar la situación. ¿Que consiguió? Quedar más ridículo
intentando cubrir inútilmente su desnudez con las hojas de
higuera.
¡Cómo habrá quedado inundado de angustia y tristeza el
corazón de Dios en aquel momento!
“No te creé para eso, hijo mío. Te puse en este mundo para
ser feliz. No para vivir atormentado de esa manera”, debe
haber pensado Dios.
¿Por qué el ser humano es siempre así? Cuando mi hijo
mayor tenía un año, quedé un día sólo con él en casa. Estaba
jugando mientras yo leía el diario.
De repente, oí el ruido típico de un vidrio roto.
El niño había tirado al suelo un florero de vidrio que la madre
apreciaba mucho. El florero se hizo añicos en el suelo y yo
hice de cuenta que no vi ni oí nada, para no asustar al niño
¿Saben que hizo el niño? Al darse cuenta de que nadie lo
había visto, intentó reconstruir el florero con sus manitas, y
todo lo que consiguió fue cortarse el dedo con un pedazo de
vidrio. Al ver la sangre, comenzó a llorar y corrió a mis
brazos, asustado. La situación había empeorado después de
su intento de remediar el problema. Ahora no sólo había un
florero roto, había también un dedo cortado.
¿Por qué el ser humano es siempre así? Allá estaba Adán.
Con sus sueños hechos pedazos, con su vida hecha añicos, su
futuro arruinado. ¿Buscó al único que era capaz de solucionar
sus problemas? No. Intentó tomar el asunto en sus propias
manos. Luchó, se esforzó, llegó al límite de su capacidad,

37
casi al borde de la locura. ¿Y qué fue lo que consiguió? Sólo
empeorar las cosas.
Veamos ahora la solución divina para el problema humano.
¿Qué hizo Dios cuando vio a Adán y Eva en ese estado? ¿Los
condenó? “Traicionasteis mi confianza y ahora estáis
perdidos". ¿Fue eso lo que dijo? No, no fue así. Dios siempre
está más pronto a perdonar y a restaurar que a condenar.
Dios abrazó a la primera pareja. Arrancó con amor las hojas
marchitas de higuera, secó sus lágrimas, los consoló y les
devolvió la dignidad y la autoestima que estaban allá abajo.
¿Y qué más? Tomó un cordero. El mundo no debe olvidar
nunca este acto maravilloso. Un cordero fue sacrificado y su
sangre mojó el suelo. Aquella sangre se iría derramando
simbólicamente a lo largo de la historia hasta que un día, allá
en el monte Calvario, la sangre del “Cordero de Dios que
quitad el pecado del mundo” inundaría a toda la humanidad,
llevando paz y consuelo a los corazones quebrantados.
Sangre. ¿Lo comprende? Esta palabra aparece centenares de
veces en la Biblia, y ha causado dificultades a muchas
personas que no comprenden el porqué de la sangre de los
corderos en el Antiguo Testamento, y tampoco el porqué de
la sangre de Jesús en el Nuevo Testamento. La respuesta está
en la misma Biblia: "Porque la vida de la carne en la sangre
está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar
por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la
persona”.1
Los antropólogos dicen que el 90% de los seres humanos
han creído en y practicado alguna forma de sacrificio con
sangre. Parece que hay un rincón en el corazón del hombre
en el cual cree que de alguna forma la sangre expía los
38
pecados. En Atenas, la ciudad culta del mundo antiguo, se
practicaban sacrificios con sangre. En Persia, en Egipto y
entre casi todos los pueblos antiguos se hacían sacrificios con
sangre para apaciguar a los dioses.
Entre los aztecas, del antiguo México, cada año se
sacrificaban 20.000 personas para satisfacer a los dioses
indios. Todo esto nos parece repugnante, pero nos muestra
que, de alguna manera misteriosa y desconocida, el hombre
sabe que la sangre expía el pecado. Pero no es cualquier tipo
de sangre.
Es solamente la sangre de Jesús.
La ciencia médica descubrió también el valor y el poder de
la sangre. La sangre es el único elemento que puede combatir
interiormente una infección. Un milímetro cúbico de sangre
tiene cinco mil millones de glóbulos rojos y cinco mil
glóbulos blancos.
Estos glóbulos transportan los nutrientes a las células del
cuerpo. Se dice que mientras la sangre circule en las células
el individuo está vivo, pero cuando la sangre deja de circular,
el individuo está muerto. Aunque la ciencia haya descubierto
todo esto en las últimas décadas, Dios ya lo había revelado en
las Escrituras hace más de 3.500 años, diciendo que la vida
de la carne está en la sangre.
Allá en el Edén, Dios les había dicho a Adán y Eva que, si
comían del fruto de aquel árbol, morirían. “La paga del
pecado es la muerte”. Ellos fracasaron y debían morir, pero
ahí es donde entra en acción el maravilloso amor de Dios. Un
cordero derrama su sangre y ese cordero es Cristo. Y, porque
él derramó su sangre, no es necesario que ningún otro muera,
basta tan solo aceptar el sacrificio de Jesús.
39
Dios hizo algo más, allá en el Edén. Con la piel del cordero
hizo vestidos para cubrir la desnudez del hombre.
Piense ahora: ¿Cuánto tiempo piensa que puede durar un
vestido de piel de cordero? ¿Piensa que debe durar más que
un vestido de hojas de higuera?
Eso es lo que Dios está queriendo decirle en este momento:
“Hijo, por favor, sal de detrás del árbol en que estás
escondido hace mucho tiempo. Sal tal como estás. Desnudo o
vestido con una miserable hoja de higuera, yo quiero recibirte
en mis brazos. Secaré tus lágrimas, eliminaré tu angustia y
colocaré paz en tu corazón. Te sacaré las hojas de higuera y
te cubriré con la piel del cordero, con la justicia de Cristo”
A lo largo de mi ministerio he visto a centenares de
personas vivir ocultas detrás de diferentes árboles. Vicios,
prejuicios, filosofías, poder, dinero, trabajo.
Las he visto luchar consigo mismas. Las he visto nerviosas,
indecisas, inquietas por dentro mientras estaban sentadas en
sus sillas en las reuniones evangelizadoras que he dirigido.
Pero, finalmente después de tanto luchar, las he visto salir de
detrás del árbol en que se escondían y dirigirse al frente,
aceptando la invitación de Cristo.
Yo sé que usted puede estar pensando en este momento:
"Yo no creo en Dios, no creo que haya cielo, ni infierno. No
me hable de la fe. Hábleme de la lógica” ¡Muy bien! Vamos a
razonar un poco en los términos de un famoso escritor.
Supongamos que usted no cree en Cristo. Yo me acerco y le
concedo la ventaja del 50% de la razón. No existe nada más
que el presente, y cuando usted muera, todo se acabó. Pero
usted tendría que darme también el 50% de la razón, es decir:
El cielo existe y es un lugar real, y Dios es una persona real.
40
Eso sería jugar limpio, ¿verdad? Al fin de cuentas, si no
puedo probar en el laboratorio que Dios y el cielo son reales,
usando el mismo método usted tampoco puede probar lo
contrario. ¿No es verdad? Llegamos entonces al punto común
en el que ni yo ni usted podemos probar nuestra posición en
un tubo de ensayo. De modo que, comenzamos en un mismo
pie de igualdad con un apretón de manos. Yo le doy la
oportunidad del 50% de razón y usted hace lo mismo
conmigo.
Imaginémonos que comenzamos a vivir nuestros 70 años, y
cuando llegamos al final descubrimos que usted tenía razón:
No hay Dios ni cielo. Ambos morimos y nos entierran en el
mismo cementerio. Yo no perdí nada.
Pero, supongamos que al final de nuestras vidas descubrimos
que sí, que existe Dios. Cristo es real y ha preparado para
nosotros una vida eterna maravillosa.
Usted lo rechazó, no quiso creer en ello. Bueno, usted habrá
perdido todo, porque, ¿Qué es esta vida comparada con la
eternidad?2 Es una cuestión de lógica, ¿no le parece?
Voy a hacerle ahora una invitación, amigo mío.
En el fondo de su corazón usted sabe que hay algo que ha
estado buscando en la vida sin saber tal vez lo que es. Algo
que esta allá, en el fondo. En las horas oscuras y silenciosas
de la noche sintió siempre un vacío que le apretaba el
corazón. Usted ha estado tratando de decir que no. Usted ha
estado tratando de decir que todo es “simplemente porque los
negocios no andan bien”, o por mil otros motivos. Pero la
búsqueda continúa. Si no fuera así, usted no habría llegado
hasta aquí en la lectura de este Librito. Yo le pregunto: ¿Por
qué no hace la prueba con Jesús?
41
Yo ya me sentí desnudo en la vida o, en la mejor de las
hipótesis, vistiendo ridículas hojas de higuera.
Ya me pregunté el porqué de todo eso. Viví años y años
detrás del árbol de un aparente buen miembro de iglesia,
hasta que un día descubrí que nunca me había encontrado
con Jesús. Fui a él tal como estaba. Todo lo que había
conseguido con sólo mis esfuerzos era una vida de frustración
y sufrimiento. Pero fui así como estaba y Jesús quitó los
trapos de inmundicia de mis buenas obras y, por su amor y
misericordia, me bañó en su sangre y me cubrió con su
vestido blanco de justicia divina.
Una joven, que también se atrevió a salir de detrás del
árbol y correr a los brazos de Jesús, escribió lo siguiente:
“Hasta enero pasado era una extraña para Jesús.
Era rebelde, ladrona, borracha, toxicómana, adultera, Hippie.
Era una persona egocéntrica y estaba confundida. Hace
aproximadamente un año fui a un estudio bíblico, llevada por
la curiosidad, pensando en confundir a todos con mis
preguntas. Pero aquella noche comencé a interesarme en la
Biblia. Por fin después de meses de estudio, el texto de Juan
3:16 me habló al corazón y entregue mi vida a Cristo. Nunca
creí que pudiera existir tal felicidad. Cristo es aquello que yo
estaba buscando desde mis días de adolescente. Él es el ´Bien
Mayor´ que yo buscaba y no encontraba. Yo pensaba que las
drogas, la bebida, ´el amor libre´ y el vagabundear por el país
de un lado a otro, me transformarían en una persona libre,
pero todas esas cosas eran como trampas. El pecado me dejó
en este estado de confusión, infelicidad y culpa, y casi me
llevó al suicidio. Cristo me libertó. Ser cristiana es
maravilloso, porque siempre hay un nuevo desafío delante de
42
nosotros. Siempre hay mucho que aprender. Ahora, me
despierto feliz de ver el nuevo día. Él me renovó”
El cantor americano Johnny Cash dice: "Hace algunos años,
estaba atrapado por las drogas. Sentía terror de despertarme
por la mañana. No tenía alegría, ni paz, ni felicidad.
Entonces, cierto día, desesperado, entregué mi vida
completamente a Dios. Ahora me acuesto ansioso para
despertar de mañana y estudiar la biblia. Las palabras de la
Biblia penetraron directamente en mi corazón. Eso no
significa que todos los problemas hayan sido solucionados, o
que haya alcanzado la perfección. Sin embargo, mi vida
sufrió una completa transformación”.
El primer año de mi ministerio transcurrió en una villa
miseria, en la capital de mi país. Era un cerro habitado en su
mayoría por gente necesitada y carenciada, pero aquel lugar
llegó a ser escenario de conversiones maravillosas operadas
por el Espíritu de Dios.
Cierto día, caminando por los estrechos caminos de aquel
cerro, fui sorprendido por un perro que comenzó a ladrar. Por
falta de experiencia cometí el error de correr y en pocos
segundos no era uno el que me perseguía sino una jauría de
perros que corrían detrás de mí.
Asustado, tuve que empujar la puerta de una casa y
esconderme de los perros enfurecidos. Pero, cuando me di
cuenta donde estaba, habría preferido que los perros me
enfrentaran allá afuera. Era un cuarto oscuro y poco
ventilado, iluminado por dos grandes velas colocadas en el
centro de una mesa. Había un olor horrible. Encima de la
mesa se podía ver una pequeña montaña de cenizas de
cigarrillo y hojas de coca. Alrededor de la mesa, mujeres
43
borrachas y, en el suelo, botellas vacías de bebidas
alcohólicas.
En una fracción dc segundos, me vi rodeado por las
mujeres. Les pedí disculpas. Les explique que había entrado
por causa de los perros, pero de nada valieron la cortesía y las
buenas maneras. Tuve que ser de cierto modo, maleducado y,
a la fuerza, conseguí salir.
Algunos días después una de aquellas mujeres me abordó en
la calle.
__ ¿Fue usted el que entró en casa el otro día perseguido por
los perros?
_ Sí —dije, y le pedí disculpas una vez más.
__ ¿Disculpas? __se sorprendió__. No señor, somos nosotras
las que tenemos que disculparnos.
Le expliqué que era pastor y que estaba predicando todas
las noches en el salón, en la parte alta del cerro, y la invité
para asistir a nuestras conferencias.
Aquella noche, para mi sorpresa, allí estaba ella. Había
bebido bastante y durmió durante la predicación. Volvió a la
noche siguiente, y también a la otra, y a la otra. Siempre
borracha, dormía mientras yo hablaba.
Un día, me buscó. “Pastor” —dijo, angustiada y oliendo a
alcohol----, "necesito hablar con usted. Mi vida es una
tragedia, usted puede pensar que yo no entiendo nada de lo
que habla, porque siempre estoy borracha, pero infelizmente
entiendo todo, pastor, y estoy desesperada”.
La miré con simpatía. Era fácil ver en su cara, en los ojos,
en las lágrimas que se resistían a salir, la tragedia de una vida
sin Cristo. Ella era una alcohólica inveterada.

44
“Pastor” —continuó—, “Yo tenía una familia bonita, un
marido honesto y trabajador e hijos maravillosos. No
vivíamos en la abundancia, pero nunca nos faltó el pan de
cada día, hasta que caí en el vicio de la bebida. No sé cómo
sucedió. Llegué a un punto en el que la bebida era lo más
importante en mi vida. A veces, mi marido llegaba a la noche
cansado de trabajar y me encontraba borracha, y a los hijos
con hambre y abandonados. Esa fue el comienzo de la
desgracia. El comenzó a pegarme, pero ni aun así yo dejaba
de beber. La vida en casa se hizo insoportable. Un día,
mientras él estaba en el trabajo, tuve el coraje de tomar mis
ropas y abandonar mi hogar, mi marido y mis hijos, el menor
de los cuales tenía sólo dos años.
Me vine a este cerro donde, para sobrevivir, me entregué a
una vida de promiscuidad y abandono”.
Daba dolor, mucho dolor ver como el pecado arruina
completamente la vida de una persona y la lleva muchas
veces a cometer cosas que la propia persona no entiende
después.
“Todo este tiempo en que estuve asistiendo a las
conferencias”—siguió hablando la mujer—, “he sentido que
mi vida no puede continuar así; tengo que dejar de beber.
Pero, pastor, cuando estoy lúcida, me acuerdo de mis hijos,
de mi marido y la angustia se posesiona de mí. Entonces, para
olvidar, vuelvo a beber y así mi vida entra en un círculo
vicioso.”
La promesa de Dios es que “él nos libertará de las
concupiscencias de este mundo”. Él nos mantendrá sin
caída”. “Él nos dará una nueva naturaleza”. “El transformara
nuestro ser”. Y eso fue lo que sucedió con aquella mujer.
45
Desde el fondo del pozo de la desesperación y la
culpabilidad, desde las profundidades de las sombras de la
miseria y la angustia, ella clamó a Dios: “Oh Señor,
transforma mi ser, cambia el rumbo de mi vida, libérame de
la esclavitud del vicio que me domina, dame una nueva
naturaleza”. Y Dios la oyó. Nadie lo vio, pero el poder de
Dios forjó una nueva criatura.
Ella dejó la bebida, pero pasó a convivir con la tristeza del
abandono del marido y de los hijos. Era una realidad
lacerante. Hería las carnes y hacía sangrar el corazón. Dolía
verla sufriendo y fue por eso que busqué al marido. Era un
hombre bueno. Se levantaba todas las mañanas de
madrugada, preparaba la comida para los hijos y se iba al
trabajo. El hijo mayor, de doce años, calentaba después los
alimentos para los hermanos menores. El hombre retornaba a
casa a la noche, cansado, y tenía todavía que ordenar la casa
y lavar la ropa. Era una vida sacrificada.
Fue difícil decirle algo viendo un cuadro semejante.
Finalmente, después de algunas visitas, le dije que iba en
nombre de la esposa. El cambió de actitud. Casi escupiendo
fuego por los ojos, dijo:
—No me hablé de esa mujer, arruinó mi vida y la de mis
hijos. Mejor dicho, acabó con nuestra vida porque lo que
vivimos hoy no es vida.
Los días fueron pasando y con el tiempo nos hicimos
amigos. Le dije que la esposa que lo había abandonado había
muerto, que hoy era otra mujer, que no bebía más y que
sufría por haber abandonado a la familia.
¡Ah! El espíritu de Dios consigue cosas que para el hombre
son imposibles. Meses después, él aceptó ver a su esposa.
46
Fijamos el día del encuentro. Aquella noche oré a Dios y le
pedí que hiciera un milagro más en la vida de esa mujer, que
tocara el corazón de aquel hombre, que reconstruyera aquel
hogar deshecho por el pecado. Hay momentos que marcan la
vida para siempre. Aquel fue uno de esos momentos en mi
vida.
Allí estaba el marido, rodeado de los hijos. La mujer se
acercó y cayó a sus pies.
—Perdóname —dijo ella llorando—, perdóname, yo no lo
merezco, pero por favor perdóname.
Perdí todos los derechos que tenía, no soy nadie, sólo quiero
que me permitan cuidarlos. Seré una sierva, nunca reclamaré
nada, solo quiero estar cerca y cuidar de todos vosotros y
hacer todo lo que dejé de hacer.
Fueron momentos dramáticos y emocionantes. En el silencio
del corazón continué orando.
De repente, el hombre levantó a la mujer y le preguntó:
— ¿No bebes más?
—No. Hace meses que Cristo me sacó el deseo de beber.
—Es increíble —dijo el marido emocionado—. Cuando el
pastor me dijo que no bebías mas, no le creí, quise
averiguarlo con mis propios ojos, pero es verdad, no bebes
más. ¿Dices que fue Cristo el que te sacó el deseo de beber?
entonces yo quiero conocer al Cristo que fue capaz de hacer
ese milagro.
En ese momento, di media vuelta y, escondiendo dos
lágrimas, me retiré del lugar.
Meses después tuve la alegría de ver bautizados a aquel
hombre, su mujer y el hijo mayor de doce años.

47
Yo no contaría esta historia sino fuera porque, meses
después, durante un pic-nic, estando sentado solo a la orilla
de un río sentí que alguien estaba detrás. Me di vuelta y vi a
aquella mujer con un helado en la mano. “Pastor” —dijo—,
estuve buscándolo por todas partes. Hace unos minutos,
recostada bajo la sombra de los árboles, estaba contemplando
a mi marido y a mis hijos jugando a la pelota”. Los ojos de la
mujer se llenaron de lágrimas y, con la voz entrecortada por
la emoción, continuó: “¿Entiende pastor? Mi marido y mis
hijos. ¡Ah! Pastor, yo no tenía nada en la vida. Había
arruinado todo, había tirado todo por la ventana para ir tras la
bebida. Y ahora estoy aquí, con mi marido y mis hijos. Dios
me encontró perdida, me llamó, me perdonó, me transformó
y me devolvió el marido y los hijos. Yo nunca podré
agradecerle a Dios, pastor. De repente, sentí deseo de gritar:
¡Soy feliz! ¡Ah, cómo soy feliz! Entonces me acordé de usted
y compré este helado. No tengo muchos recursos, no tengo
un presente mejor, pero acepte este helado como expresión de
mi agradecimiento, porque un día Dios envío los perros
detrás de usted para que usted entrara en mi casa”.
Amigo mío, he tomado muchos helados en mi vida, pero
nunca uno como aquel. Aquel era el helado de la gratitud, del
amor, del perdón de una mujer que un día vivió temerosa,
angustiada y vacía, escondida en su vicio, hasta que Dios la
encontró y la llamó: “¿Dónde estás, hija mía?” “Estoy aquí,
Dios mío —respondió—. Estoy desnuda y desesperada. Lo
arruiné todo, perdí el amor de mi esposo y de mis hijos. Mi
vida no tiene sentido. Ten piedad de mi”. Y entonces la voz
suave de Dios le dijo: “Sal de detrás del árbol, hija mía”. Y

48
ella salió, con su miseria y su angustia, y Dios enjugó sus
lágrimas, la perdonó, la transformó y le dio sentido a su vida.
Y ahora amigo mío, quiere hacer eso mismo con usted.
Dios lo está llamando en este momento. “¿Dónde estás tú hijo
mío? ¿Por qué no dejas de lado el prejuicio, el miedo, el
temor al compromiso, porque no te olvidas por un minuto de
tu poder, de tu cultura, de tu tradición? ¿Por qué no sales de
detrás del árbol que fabricaste para vivir angustiado y vacío?
Ven a mis brazos, hijo amado. Yo ya pagué el precio de tu
culpa. Yo ya sufrí por ti, porque te amo. Me duele verte de
esa manera. Me duele verte andando de un lado a otro, de una
filosofía a otra, de un placer a otro, tratando inútilmente de
llenar el vacío del alma. ¿Por qué no me das una
oportunidad? ¿Por qué no abres el corazón y me aceptas?”
“¡Ah! —dirá usted—, “yo soy muy pecador, no soy digno,
no lo merezco. Si es así, entonces Cristo murió por usted.
“Yo ya fui demasiado lejos”, puedes pensar usted. Pero no es
verdad. Dios lo está llamando.
En estos momentos hay dos voces en tu corazón. Una le
dice: “Acepta”. La otra le dice: “No, tú no puedes creer en
esas cosas”. Una dice: “Ve”. La otra: “Cierra el libro y
olvídate”. Ahora es su oportunidad. Es su oportunidad de
decir: “Sí, sí, sí, Señor, te acepto. ¡Ten Misericordia de mí, oh
Dios!”
“Querido padre, bendice a esta persona que acaba de decir sí.
Sólo tú sabes, oh Padre, cuán difícil debe de haber sido para
ella. Tú conoces mejor que nadie su vida, sus luchas, sus
angustias. Tú sabes su historia, la historia de la búsqueda
permanente de su corazón. Pero debes estar muy feliz porque
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en este momento ese amigo está diciendo: ¡Sí! Hoy comienza
para él una nueva experiencia. Toma su débil mano con tu
brazo poderoso y condúcelo por los caminos de esta vida
hasta el fin. Amen”.

Referencia

1) Levítico 17:11.
2) Cómo conocer a Dios (Buenos Aires, ACES, 1987), p. 17.

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Capítulo 6

¿Qué hacer ahora?

¡Felicitaciones! Usted acaba de tomar la mayor decisión de su


vida. Y ahora, ¿qué debe hacer? Es posible que este
comenzando a pensar en las cosas que tiene que abandonar
porque aceptó a Jesús.
Mucha gente se asusta al imaginarse su vida futura sin las
cosas que estaba acostumbrado a hacer.
Humanamente, no entiende como podrá vivir una vida plena
de felicidad abandonando "todo eso”. Generalmente, en los
primeros meses las personas se esfuerzan para “no pecar”,
pero pronto descubren que no es posible vencer las cosas
equivocadas sin ayuda. De repente sienten que a pesar de
toda su autodisciplina el vacío continúa allí en el fondo.
Entonces se sienten frustradas y piensan que el cristianismo
tampoco sirve.
¿Por qué sucede eso? Sencillamente porque nosotros, los
seres humanos, confundimos las cosas.
Medimos el cristianismo únicamente por las cosas buenas
que hacemos o por las cosas malas que dejamos de hacer. En
otras palabras, para mucha gente, el cristianismo es solo
sinónimo de buena conducta. El problema es que hay
quienes, después de la decisión, tratan de esforzarse solos por
ser buenos, intentando auto disciplinarse para cumplir las
normas y los reglamentos del cristianismo.

51
Pero Cristo tiene, además, otra forma de medir el
cristianismo. Para él, un buen cristiano no es aquel que
solamente se porta bien. Es, por sobre todo, aquel que se
relaciona con él.
No olvide que el primer paso equivocado de Adán y Eva
no fue comerse el fruto, sino apartarse de Dios y acercarse al
árbol. Cayeron porque se apartaron de Dios.
No olvides tampoco que la pregunta que Dios le hizo
cuando el hombre estaba escondido entre los árboles fue:
“¿Dónde estás tú?” y no: “¿Prometes que no lo vas hacer
nunca más?”
Recuerde, por otro lado, que el cristianismo no es la obra
del hombre haciendo algo para alcanzar a Dios, sino la de
Dios haciendo todo para alcanzar al hombre.
En otras palabras, el problema, lo importante en el ser
humano, no es solo lo que él hace, sino principalmente donde
él está. El hombre peca porque está separado de Dios. Si esto
es así, entonces, nuestra gran preocupación debe ser
mantener una relación segura con él, ya que a partir de esa
relación él nos ayudará a mantenernos sin caída.
Ahora que tomó la decisión de aceptar a Jesús como su
salvador, inició esa relación con Cristo. “Justificados, pues,
por la fe, tenemos paz con Dios…fuimos reconciliados con
Dios por la muerte de su hijo…”1 Usted alcanza la
justificación no por alguna cosa buena que haya hecho antes,
sino porque Cristo lo amó, lo perdonó y justificó. Él lo sacó
de detrás del árbol donde se hallaba, desnudo, desesperado y
vacío. La mayor bendición que recibió es aquella presencia
maravillosa de Cristo que borra las cosas equivocadas del
pasado, completa su vida presente y le da sentido a su futuro.
52
El secreto de una vida victoriosa y feliz de aquí en adelante
será mantener viva esa relación. ¿Cómo? Existen tres medios
por medio de los cuales una persona se relaciona con Cristo:
La oración;
El estudio de la Biblia; y
El testimonio.
Esto no es algo opcional. Es vital e indispensable. Usted
vivirá una vida nueva y cumplirá las normas, sin necesidad de
torturarse por ser bueno, si es que se preocupa por
relacionarse con Jesús. El resultado final lo sorprenderá, con
seguridad. Las cosas equivocadas de su vida desaparecerán,
sin darse cuenta, y usted se encontrará “haciendo todas las
cosas bien”, no es virtud de su propio esfuerzo sino que se
relacionó con Cristo.
Hablemos entonces de estos tres medios de comunicación
con Dios.
“La Oración”, dice una escritora, “es el aliento del alma”.
Esto es indispensable. Así como la persona no puede vivir sin
respirar, el cristiano no puede vivir sin orar. Tenemos que
aprender a orar. Orar no es simplemente repetir palabras
rutinarias o rezos aprendidos de memoria. Orar es “abrir el
corazón a Dios como a un amigo”. Orar es conversar con
Dios. Es contarle todo: las tristezas, las angustias, los sueños,
los planes y las luchas. El objetivo de la oración no es
únicamente conseguir respuestas de Dios. Si este fuera el
motivo para orar, pronto, muy pronto, perderíamos la
motivación. El gran objetivo de la oración es relacionarse con
Dios y no tan solo conseguir respuestas.
El estudio de la Biblia, a su vez, es el alimento del alma.
Dios no puede comunicarse con nosotros personalmente
53
como lo hacía con Adán y Eva antes del pecado. Si Dios
hiciera eso hoy, caeríamos muertos a sus pies debido a
nuestro pecado. Esto es muy triste para Dios porque su mayor
alegría es tenernos cerca de él. Es por eso que Cristo vino a
este mundo como hombre.
Porque Dios quiere comunicarse con nosotros, inspiró a
ciertos hombres a dejar por escrito su mensaje para nosotros.
La Biblia es la Palabra de Dios. Él se comunica con nosotros
a través del estudio de su Palabra, y ésta es una de las
maneras como nos relacionamos con él. No se trata de un
estudio con el fin de criticar o burlarse. Se trata de un estudio
con espíritu humilde, tratando de ver en cada pasaje lo que
Dios está queriendo decirnos hoy. Naturalmente, hay muchas
cosas que tienen que ser entendidas en un contexto diferente
de aquel en que fueron escritas. En aquellos tiempos se
viajaba a caballo, a camello y a pie; hoy se viaja en avión.
Pero los principios bíblicos son eternos y el Espíritu de Dios
conducirá al hombre de corazón humilde a descubrir esos
principios.
La Biblia no fue escrita para que fuera meramente una
lección de la historia de un pueblo errante.
La Biblia no es meramente un libro que registra números,
medidas y prohibiciones. La Biblia contiene el mensaje de
amor de Dios al hombre. De modo que, cuando usted estudia
la Biblia, colóquese en el marco histórico de aquel tiempo y
reciba el mensaje como si hubiera sido enviado para usted
personalmente. De ese modo, estará relacionándose con
Cristo y su seguridad estará garantizada.
Hablemos ahora del tercer medio de relación con Jesús: el
testimonio. ¿Qué es el testimonio? Es contar a otros lo que
54
Cristo hizo por nosotros. Cuéntele a sus amigos, familiares,
vecinos y compañeros de trabajo su encuentro maravilloso
con Cristo. Cuéntales quien era usted, cómo vivía, qué sentía
y como Cristo completó su vida. Hábleles de la sensación de
una vida perdonada, de la paz, del equilibrio que él colocó en
su corazón.
Las personas que sólo oran y estudian la Biblia, pero no
participan del testimonio cristiano, pronto se dan cuenta que
su relación con Dios pierde vida. El testimonio da sentido a la
relación y, al hablarle a otros del amor de Jesús, la persona
afirma en el corazón su amor por Cristo.
En resumen: El secreto de una vida victoriosa y feliz de
aquí en adelante será su relación con Jesús.
El cristiano genuino, en lugar de torturarse por vivir sin
pecado, se esfuerza en separar un espacio de tiempo, cada
día, para el estudio de la palabra de Dios y la oración.
¿Cómo aprovechar ese tiempo? Antes que nada, haga una
corta oración, pídale a Dios que ilumine su entendimiento
con el fin de comprender lo que está queriendo decirle a su
corazón. Después lea un trozo de la Biblia. Puede ser un
capítulo o dos, o sólo unos pocos versículos. Medite en ellos.
Piensa en lo que Dios quiso decirles a los hombres de aquel
tiempo y en lo que está queriendo decirle hoy a usted. Hable
con él sobre sus decisiones, de lo que el mensaje que acaba
de leer significa para su vida. Después ore, agradeciéndole a
Dios por las bendiciones. Pídale perdón por sus errores, ore
por sus amigos y sus amados. Cuéntele también su
experiencia diaria, cuéntele las dificultades que encuentra en
la vida cristiana. Pídale ayuda para alcanzar la victoria en
cosas definida y confíele a él sus caminos y planes.
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Insista en este periodo devocional diario. Esa es su parte:
escoger relacionarse con Dios. Al principio encontrará que es
muy difícil, porque nuestra naturaleza pecaminosa solo gusta
de las cosas terrenas y rechaza la relación con Dios. Pero
insista. Si falla un día, no se desespere. Continúe al día
siguiente. Y deje el resto con Jesús. El completará en usted la
obra que inició. Usted salió de detrás del árbol y se entregó
en los brazos amantes del Padre. Ahora espere
confiadamente en él y él le dará un regalo maravilloso de
amor: la buena conducta tan deseada y la victoria completa
sobre cualquier pecado. En otras palabras, la paz completa y
la felicidad eterna.

Referencia

1) Romanos 5:1,10.

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