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REGLAS Y CONSEJOS SOBRE INVESTIGACION CIENTIFICA: TONICOS DE LA V OLUNTAD

Discurso de ingreso de Santiago Ramón y Cajal en la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.Para
Ramón y Cajal todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro y, convencido de
que toda obra grande es el resultado de una gran pasión puesta al servicio de una gran idea, ofrece en los
primeros capítulos una serie de consejos y advertencias a los jóvenes estudiantes, tratando de promover
su entusiasmo por los trabajos de laboratorio. En los capítulos finales, el investigador analiza los deberes
del Estado con la ciencia y sus obligaciones ante la indispensable promoción del científico. El también
premio Nobel Severo Ochoa enriquece esta edición con un cálido prólogo donde expresa su admiración…

Capítulo I. Consideraciones sobre los métodos generales. Infecundidad de las reglas abstractas. Necesidad
de ilustrar la inteligencia y de tonificar la voluntad.

Las principales fuentes de conocimiento son: la observación, la experimentación y el razonamiento


inductivo y deductivo.A la voluntad, más que a la inteligencia, se enderezan nuestros consejos, porque
tenemos la convicción de que aquélla, como afirma cuerdamente Payot, es tan educable como ésta, y
creemos además que toda obra grande, en arte como en ciencia, es el resultado de una gran pasión puesta
al servicio de una gran idea.

Capítulo II. Preocupaciones enervadoras del principiante

Admiración excesiva. Agotamiento de la cuestión. Devoción a la ciencia práctica. Deficiencia intelectual

a) Admiración excesiva a la obra de los grandes iniciadores científicos.

Entre las preocupaciones más funestas de la juventud intelectual contamos la extremada admiración a la
obra de los grandes talentos y la convicción de que, dada nuestra cortedad de luces, nada podemos hacer
para continuarla o completarla.

Cuando se abandona esa atmósfera de prestigio que se respira al leer el libro de un investigador genial, y
se acude al laboratorio a confirmar los hechos donde aquél apoya sus fascinadoras concepciones, sucede
a veces que nuestro culto por el ídolo disminuye tanto como crece el sentimiento de nuestra propia
estima.

Lejos de abatirse el investigador novicio ante las grandes autoridades de la Ciencia, debe saber que su
destino, por ley cruel, pero ineludible, es crecer un poco a costa de la reputación de las mismas. Pocos
serán los que, habiendo inaugurado con alguna fortuna sus exploraciones científicas, no se hayan visto
obligados a quebrantar y disminuir algo el pedestal de algún ídolo histórico o contemporáneo. A guisa de
ejemplos clásicos recordemos a Galileo refutando a Aristóteles en lo tocante a la gravitación, a Copérnico
arruinando el sistema del mundo de Ptolomeo, a Lavoisier reduciendo a la nada la concepción de Stalh
acerca del flogístico, a Virchow refutando la generación espontánea de las células, supuesta por Schwann,
Schleiden y Robin. Tan general e imperativa es esta ley, que se acredita en todos los dominios de la Ciencia
y alcanza hasta los más humildes investigadores. Si nosotros pudiéramos ni nombrarnos siquiera después
de haber citado tan altos ejemplos, añadiríamos que, al iniciar nuestras pesquisas en la anatomía y
fisiología de los centros nerviosos, el primer obstáculo que debimos remover fue la falsa teoría de Gerlach
y de Golgi sobre las redes nerviosas difusas de la sustancia gris y sobre el modo de transmisión de las
corrientes.

En la vida de los sabios se dan, por lo común, dos fases: la creadora o inicial, consagrada a destruir los
errores del pasado y el alumbramiento de nuevas verdades y la senil o razonable (que no coincide
necesariamente con la vejez), durante la cual, disminuida la fuerza de producción científica, se defienden
las hipótesis incubadas en la juventud4 amparándolas con amor paternal del ataque de los recién llegados.
Al entrar en la historia no hay grande hombre que no sea avaro de sus títulos y que no dispute
encarnizadamente a la nueva generación sus derechos a la gloria. Muy triste, pero muy verdadera suele
ser aquella amarga frase de Rousseau: «No existe sabio que deje de preferir la mentira inventada por él a
la verdad descubierta por otro». Aun en las ciencias más perfectas nunca deja de encontrarse alguna
doctrina exclusivamente mantenida por el principio de autoridad. Demostrar la falsedad de esta
concepción y, a ser posible, refutarla con nuevas investigaciones, constituirá siempre un excelente modo
de inaugurar la propia obra científica.
b) Creencia en el agotamiento de los temas científicos.

a partir de un hecho casualmente descubierto o de la creación de un método feliz, se realizan en serie, y


como por generación espontánea, grandiosos progresos científicos. Tal aconteció durante el
Renacimiento, cuando Descartes, Pascal, Galileo, Bacon, Bayle, Newton, nuestro Sánchez, etc.,
patentizaron los errores de los antiguos y generalizaron la creencia de que, lejos de haber los griegos
agotado el dominio de las ciencias, apenas habían dado los primeros pasos en el conocimiento positivo
del Universo.

Pero no exageremos esta consideración, y tengamos presente que, aun en nuestro tiempo, la
construcción científica se eleva a menudo sobre las ruinas de teorías que pasan por indestructibles;
consideremos que si hay ciencias que parecen tocar a su perfección, existen otras en vías de constitución
y algunas que no han nacido todavía.

En general, puede afirmarse que no hay cuestiones agotadas, sino hombres agotados en las cuestiones.
Aun aceptando que el principiante deba resignarse a recoger detalles escapados a la sagacidad de los
iniciadores, es también positivo que los buscadores de minucias acaban por adquirir sensibilidad analítica
tan exquisita y pericia de observación tan notable, que al fin abordan con fortuna cuestiones
trascendentales.

C) Culto exclusivo a la ciencia llamada práctica.

Otro de los vicios del pensamiento que importa combatir a todo trance es la falsa distinción en ciencia
teórica y ciencia práctica, con la consiguiente alabanza de la última y el desprecio sistemático de la
primera. Y este error se propala inconscientemente entre la juventud, desviándola de toda labor de
inquisición desinteresada.

d) Pretendida cortedad de luces

Para justificar deserciones y desmayos alegan algunos falta de capacidad para la ciencia. «Yo tengo gusto
para los trabajos de laboratorio —nos dicen—, pero no sirvo para inventar nada.»

A fin de que cada uno pueda cerciorarse de su aptitud para los trabajos del laboratorio, diversos medios
pueden ensayarse. Aludiendo aquí a los estudios de nuestra predilección, nosotros aconsejaríamos estos
dos:

1.° Empleo de un método analítico, se obtengan los resultados mencionados por los autores, será
indicio claro de la aptitud para la labor de investigación.

2.° Estudio de un tema científico, de cierta dificultad, donde las opiniones contradictorias abunden y
para el cual el aficionado se preparará examinando superficialmente el estado de la cuestión (mera lectura
de los libros de consulta, sin llegar a las monografías especiales). Si después de algunos meses de trabajo
experimental, nuestro principiante repara, al consultar la bibliografía más moderna del tema, que ha
conseguido adivinar algunas conquistas recientes, que en puntos muy litigiosos ha coincidido con las
interpretaciones de sabios ilustres, que, en fin, ha acertado a sortear errores de apreciación en que
incurrieron algunos autores, debe abandonar su timidez y entregarse sin reservas a la labor científica,
pues en ella le esperan, pocos o muchos, según sea la actividad que despliegue, triunfos y satisfacciones.

Capítulo III. Cualidades de orden moral que debe poseer el investigador.

Las cualidades indispensables al cultivador de la investigación son: la independencia mental, la curiosidad


intelectual, la perseverancia en el trabajo, la religión de la patria y el amor a la gloria.

a) Independencia de juicio

Rasgo dominante en los investigadores eminentes es la altiva independencia de criterio. Ante la obra de
sus predecesores y maestros no permanecen suspensos y anonadados, sino recelosos y escudriñadores.
Aquellos espíritus que, como Vesalio, Eustaquio y Harveo, corrigieron la obra anatómica de Galeno, y
aquellos otros llamados Copérnico, Kepler, Newton y Huyghens, que echaron abajo la astronomía de los
antiguos, fueron sin duda preclaros entendimientos, pero, ante todo, poseyeron individualidad mental
ambiciosa y descontentadiza y osadía crítica extraordinaria. De los dóciles y humildes pueden salir los
santos, pocas veces los sabios. Tengo para mí que el excesivo cariño a la tradición, el obstinado empeño
en fijar la Ciencia en las viejas fórmulas del pasado, cuando no denuncian invencible pereza mental,
representan la bandera que cubre los intereses creados por el error.

b) Perseverancia en el estudio

Ponderan con razón los tratadistas de lógica la virtud creadora de la atención, pero insisten poco en una
variedad del atender que cabría llamar polarización cerebral o atención crónica, esto es, la orientación
permanente, durante meses y aun años, de todas nuestras facultades hacia un objeto de estudio. Infinitos
son los ingenios brillantes que por carecer de este atributo, que los franceses designan esprit de suite se
esterilizan en sus meditaciones.

CAPÍTULO V. Enfermedades de la voluntad

Como es natural, las decepciones persiguen al teorizante. El medio científico actual es tan poco propicio
a las teorías, que aun los que llevan el sello del genio necesitan para imponerse lustros de lucha y de
incesante labor experimental. ¡Han caído tantas doctrinas que parecían inconmovibles!

En el fondo, el teorizante es un perezoso disfrazado de diligente. Sin percatarse de ello, obedece a la ley
del mínimo esfuerzo. Porque es más fácil forjar una teoría que descubrir un fenómeno.

el principiante consagrará su máxima actividad a descubrir hechos nuevos, haciendo observaciones


precisas. De las hipótesis se servirá a título de sugeridoras de planes de investigación y promotoras de
nuevos temas de trabajo. Si, a pesar de todo, se siente compelido a crear vastas generalizaciones
científicas, hágalo más adelante, cuando el caudal de observaciones originales allegadas le haya granjeado
sólida autoridad. Entonces, y sólo entonces será oído con respeto y discutido sin desdén. Y si la fortuna le
acompaña, ceñirá al fin la doble corona de investigador y de filósofo.

En ausencia total de recursos materiales, todo principiante deberá recurrir al laboratorio oficial. Y
conseguirá, si se lo propone, figurar entre los íntimos del maestro. Como su fuerza de trabajo y de
preparación científica sean suficientes, ¿qué profesor le negará una mesa de labor y paternales consejos?

Capítulo VI. Condiciones sociales favorables a la obra científica

Y, sin embargo, nosotros veríamos con más gusto al principiante (a poco que se lo consintieran sus
recursos pecuniarios) iniciar su aprendizaje en laboratorio propio, organizado y sostenido con sus
modestas economías. Sin duda que el establecimiento oficial nos ofrece, con el maestro, guía valioso y,
en muchos casos, irreemplazable. Pero la labor en común adolece de muchos inconvenientes. La brevedad
de las horas de trabajo, la conversación y bullicio continuos, el ir y venir de alumnos y ayudantes, la lucha
por la posesión de los instrumentos analíticos, y otras molestias anejas a los laboratorios universitarios,
además de implicar pérdida de tiempo, producen una despolarización de la atención, nada favorable a la
pesquisa científica.

más que escasez de medios, hay miseria de voluntad. El entusiasmo y la perseverancia hacen milagros. Lo
excepcional es que, en lujosos y bien provistos laboratorios sostenidos por el Estado, un novel
investigador logre estrenarse con memorable hazaña científica. Desde el punto de vista del éxito, lo
costoso, lo que pide tiempo, brío y paciencia, no son los instrumentos, sino, según dejamos apuntado,
desarrollar y madurar una aptitud. A lo más, la mezquindad económica nos condenará a limitar nuestras
iniciativas, a achicar el marco de la indagación. Pero ¿no es esto otra ventaja?
Desde este aspecto, cabe distinguir dos ciencias: una dispendiosa, aristocrática, cuyo culto exige templos
suntuosos y ricas ofrendas, y otra barata, casera, democrática, accesible a los más humildes peculios. Y
esta Minerva de los humildes muéstrase singularmente propicia: en su bondad acoge mejor las flores de
la meditación intensa que aparatosas y regias hecatombes. Hay, además, un noble orgullo en triunfar con
pobres medios: el orgullo de la elegancia y de la sobriedad. Por otra parte, nada realza mejor la enérgica
personalidad del investigador, distinguiéndole de la caterva de trabajadores automáticos, que aquellos
descubrimientos donde la voluntad y la lógica dominan el mecanismo, y para los cuales el cerebro es casi
todo y los medios materiales casi nada.

Capítulo VII. Marcha de la investigación científica.

a) Observación.

No basta examinar, hay que contemplar: impregnemos de emoción y simpatía las cosas observadas,
hagámoslas nuestras, tanto por el corazón como por la inteligencia. Sólo así nos entregarán su secreto.
Porque el entusiasmo acrecienta y afina nuestra capacidad perceptiva. Al modo del amante que sabe
descubrir diariamente en su adorada nuevas perfecciones, quien contempla con delectación un objeto
acaba por discernir en él detalles interesantes y propiedades peregrinas escapadas a la atención distraída
de los trabajadores rutinarios.

Debe realizarse en las mejores condiciones posibles, aprovechando al efecto los instrumentos analíticos
más perfectos y los métodos de estudio merecedores de más confianza. A ser posible, aplicaremos varios
métodos al mismo tema, y corregiremos las deficiencias de los unos con las revelaciones de los otros.
Escojamos la técnica más exacta, la que dé imágenes más claras y concluyentes. Importa, asimismo, evitar
toda ligereza en la apreciación de los hechos, reproduciéndolos de mil maneras hasta cerciorarnos de su
absoluta constancia y de no haber sido víctimas de alguna de esas falaces apariencias que extravían
(particularmente en los estudios micrográficos) a los jóvenes exploradores.

b) Esperimentación.

En muchas ciencias (la Fisiología, la Patología, la Física, la Química, etc.) la experimentación sobrepuja en
importancia a la observación misma. Imposible descubrir en Física o Fisiología sin imaginar un
experimento original, sin someter el fenómeno estudiado a condiciones más o menos nuevas.

c) Hipótesis directriz

Observados los hechos, es preciso fijar su significación, así como las relaciones que encadenan la nueva
verdad, al conjunto de los postulados de la Ciencia. En presencia de un fenómeno insólito, el primer
movimiento del ánimo es imaginar una hipótesis que dé razón y que lo subordine a alguna de las leyes
conocidas. La experiencia fallará después definitivamente sobre la verosimilitud de la concepción.

Para la creación de la hipótesis tendremos en cuenta las reglas siguientes:

1. que la hipótesis sea obligatoria, es decir, que sin ella no se explican los fenómenos;

2. que sea, además, contrastable o comprobable, o por lo menos que pueda concebirse, para un plazo
más o menos remoto.

3. que sea fácilmente imaginable, es decir, traducible en lenguaje físico-químico.

https://cvc.cervantes.es/ciencia/cajal/cajal_reglas/default.htm