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Jaime Alberto Sánchez Zuluaga

ID #000261139
No violencia y Transformaciones culturales NRC 986
Actividad 7 Ensayo crisis civilizatoria
Septiembre 18/2016

A través del tiempo se ha evidenciado como el hombre ha venido disminuyendo la calidad


en su crecimiento evolutivo en esencia humana, es decir, la forma como está pensando al
otro, a su entorno y a él mismo, cada vez son más los modelos constructores de sus
acciones diarias que se están poniendo en duda debido a la incertidumbre de sus resultados
poniendo en riesgo la sostenibilidad de la vida como especie humana, es lo que algunos
académicos y pensadores llamarían “crisis civilizatoria” de la cual es responsable las
prácticas duras, insensibles y egoístas que utiliza y sostiene como fundamento para sus
relaciones con el otro y con el medio ambiente, que a través del tiempo se han naturalizado
gracias a una repetición constante de comportamientos apoyados en imaginaros
“mentirosos”, pues no siguen su principio fundamental de preservación de la vida al estar
permeados por un afán en atesorar patrimonio, ideología que rige el sistema económico que
nos absorbe, al punto de convertirse en comportamientos culturales.

Una matriz hegemónica llamada cultura que se sostiene a través de prácticas en gran
medida indolentes conocidas como imaginarios sociales o atávicos los cuales son
transferidos de generación en generación, los cuales identificaremos junto la relación que se
da entre ellos mismos para establecer de cierta manera esta crisis civilizatoria a la que nos
referimos y al final enunciaremos los imaginarios atraviesan que atraviesan nuestra
cotidianidad.

Los imaginarios atávicos que están expresando la crisis civilizatoria

Iniciamos con el imaginario cultural atávico relacionado con la dominación de la


naturaleza, el cual es justificado por la toma desmedida de recursos naturales renovables y
no renovables para la sostenibilidad de la vida y por ende de la especie humana, el hombre
desde su inicio como un ser sedentario ha venido maltratando y sometiendo a la naturaleza
con la ayuda perversa de la tecnología y su avance imparable con todo lo que este implica,
buscando saciar de manera desbordada su ambición productiva a través de diferentes
prácticas como la caza de animales llegando al extremo de acabar de tajo con algunas
especies acuáticas y terrestres, también ha acudido a la recolección de variedades de árboles
generando deforestaciones de bosques dejando grandes territorios erosionados entre otras
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tantas acciones más, esta ansiedad de acumulación lo ha llevado a la utilización de insumos


químicos y combustibles para el rodamiento de su poderío industrial, ocasionado daños
irreversibles en sus ríos, nevados, selvas, un planeta que expresa su posición de
indefensión y de agonía a través de sus permanentes cambios climáticos.

Otro imaginario atávico es el que legítima la violencia utilizada por el hombre como
método para dominar y destruir el mal, violencia que surge con el sedentarismo como
dispositivo para protegerse de posibles invasiones en su territorio ya limitado y que con el
tiempo lo perfecciona como un dispositivo y mecanismo de defensa para la población
instaurado y manipulado por los poderes centrales bajo la idea de un Estado de seguridad,
generando miedo e incertidumbre permanente a sus gobernados, método que sostiene el
poder y encubre intereses económicos y militares a través de la creación de diferentes
estrategias con base en la construcción de enemigos y de amenazas de ataque por parte de
estos, haciendo cada vez más latente el riesgo de una guerra nuclear.

El deber de la obediencia es un principio o imaginario social sostenido y fortalecido a


través de figuras superiores celestiale que premian o castigan el acato o desacato de los
mandatos establecidos, los cuales inician y se heredan en tiempos y espacios mitológicos
donde la figura de los Dioses es percibida como el que da y quita los elementos naturales y
humanos que se necesitan para sobrevivir, premian y castigan, este mito sigue su
trascendencia en la mayor institución social, la familia, que a través de posiciones
jerarquizantes al igual que en los seres mitológicos, se trasladan entre sus integrantes como
una necesidad imperiosa de obedecer para garantizar un orden que busca un objetivo de
sostenibilidad y por ende de supervivencia, de lo contrario un comportamiento
desobediente es castigado por decisiones celestiales en manos de los mortales. Individuos
criados y domesticados para obedecer al poder central que lo gobierna, como lo cita
Foucault “La microfísica del poder”, haciéndole el camino más fácil a este, pues ya está
interiorizado en la conciencia de sus subordinados que no tiene ningún reparo para acudir a
comportamientos de extrema crueldad “necesarios” según el poder para sostener la
seguridad y tranquilidad de un Estado-Nación, aportando a la actual crisis civilizatoria con
la banalización del mal.
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A partir del sedentarismo cambia la percepción del territorio al redefinirse como un espacio
limitado, emergiendo el “nosotros” y el “ellos” separados por líneas imaginarias que
establecen los de “adentro” como personas iguales y los de “afuera” como los distintos,
quienes son percibidos como los posibles invasores o enemigo de nuestro territorio,
estableciendo la crisis de fronteras, los límites y la construcción del enemigo y motivando
la dominación sobre los de afuera, sobre el otro y la división del ser humano en creencias,
religión, raza, genero, sexo, estado, pensamiento, modo de vida como elementos
diferenciadores que construyen líneas de separación a partir de este imaginario atávico,
obligando desde ese momento hasta la actualidad la legitimidad necesaria de la
confrontación. Un presente con un sistema económico caracterizado por un lado, en la
búsqueda de tumbar barreras que no permiten un flujo comercial y por otro en la creación
de muros que no admiten el paso de personas de una nación a otra, situaciones que crean
opuestos entre amigo-enemigo, especie humana-naturaleza, masculino-femenino, división
y dominación que ha dirigido al hombre a coyunturas extremas con su misma especie y con
la naturaleza traspasando sus límites al pensar que solo él puede disponer de los recursos
que hay en ella arrinconado a toda la especie de seres vivos.

Esta redefinición de territorio que nace del sedentarismo no es más que un espacio donde
circulan los “iguales” en raza, religión, cultura, Estado, Gobierno, idioma, historia, etc.,
acrecentando el imaginario de los iguales-unanimismo que genera seguridad y temor por
los “distintos” fortaleciendo una monstruosa xenofobia, pues se han constituido
nacionalismos simbólicos que agrandan cada vez más la brecha entre lo diferente.
Imaginario unanimista que se ha incorporado en el modelo económico de la agricultura con
la concepción y producción de monocultivos (semillas-insumos) aumentando la
dependencia hacia las transnacionales y poniendo en juego el equilibrio alimenticio de la
humanidad y la salud de las especies de seres vivos incluyendo al hombre al consumir
alimentos genéticamente alterados.

El sedentarismo también nos entrega la necesidad de conocer y tener la verdad, un contexto


construido por imaginarios hegemónicos que acuden a poseer la verdad porque esta da
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seguridad y la seguridad da poder, por esto fue necesario como todos los hábitos y
costumbres alrededor de la cultura construir un referente de la verdad a partir de una
imagen de superioridad y de divinidad, que a través del tiempo solo ha sido trasladada a los
escenarios de poder en cabeza de sus altos representantes, sean estos un Dios, Religión,
Estado, ley, ciencia e ideología política, una crisis de la verdad única y de la centralidad,
como única forma de ejercicio de poder. Una verdad centraliza y jerarquizada que no está
construida a partir de la colectividad o de un bien moral, sino que beneficia unos interés de
poder. Una concepción heredada desde la institución familiar donde educan a los hijos a no
dudar de la verdad de sus padres continuando con está percepción en todas las instituciones
y órdenes jerárquicos de la sociedad.

La necesidad de mantener un equilibrio o control social impulsa a utilizar el modelo de


castigo para dar ejemplo a una sociedad que no está al margen del actuar ajustado a las
normas establecidas, acudiendo a lo que es considerado como el imaginario del chivo
expiatorio, que consiste en usar los más débiles para descargar una culpa colectiva
sometiéndolos a escarmientos ejemplarizantes que generen miedo para esta comunidad en
manos de un poder superior como figura jerarquizada de justicia, alejando el análisis
profundo de los problema sociales y robusteciendo la crisis de la civilización.

El miedo como mecanismo de control social un imaginario atávico con la intensión de


irrigar temor en un sentir colectivo de la sociedad que busca mantener un orden y equilibrio
en manos de un poder autoritario, práctica cultural que trasciende a la par de la vida del
hombre, que inicia dirigido y sentido hacia una imagen divina, un miedo a alguien superior
que todo lo sabe, que todo lo ve y a la que no se le puede ocultar nada, incluido tus
pensamientos más recónditos y que está en manos de ella su justo y apropiado castigo,
miedo que ha sido trasladado a todas las figuras divinas de poder que sean constituido a lo
largo de la historia y representado convenientemente en las estructuras reguladoras y
dominantes, un mecanismo efectivo para lo que es considerado como un “correcto” actuar
de los individuos en las sociedades; es de aclarar que este es un miedo es construido y
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acomodado en la incertidumbre del sujeto de no contar con un conocimiento certero de


alguna situación en particular en cualquier aspecto o ámbito de su vida.

¿Cuáles son las paradojas que se identifican?

¿De qué forma se está expresando la crisis civilizatoria en el entorno profesional en que
usted se desenvuelve?

a) Crisis de la obediencia como virtud social por antonomasia.

b) Crisis de las fronteras físicas e ideológicas.

c) Crisis del unanimismo.

d) Crisis de la verdad única y absoluta.

e) Crisis del concepto del chivo expiatorio.

f) Crisis del miedo como mecanismo de control social.

g) Crisis de la realidad dividida entre el bien y el mal y la preponderancia de la fuerza


física.

h) Crisis de la violencia como método.


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Bibliografía

Martínez, C. (2012). De nuevo la vida. El poder de la Noviolencia y las transformaciones


culturales. Cap. 3. Viviendo en medio de una crisis civilizatoria. Bogotá: Corporación
Universitaria Minuto de Dios.

Elizalde, A. (s. f.). Paradojas y punto de fuga para una sostenibilidad posible. Revista de la
Universidad Bolivariana. Vol.3. No.9, 2004. Artículo. Recuperado de
http://www.redalyc.org/pdf/305/30500912.pdf

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