Está en la página 1de 11

El tesoro de la ría de Vigo que alimenta una

leyenda desde hace 300 años


En la batalla de Rande la flota española tiró el botín al agua para que no lo encontrara el enemigo.
23 octubre, 2016 02:47
1. PATRIMONIO HISTÓRICO

2. VIGO

3. GALICIA
Miguel A. Delgado @Rosenrod

Noticias relacionadas

 Robert Capa, la decepción a todo color

 The Night Of, la serie que te hace sufrir por placer


Hace 314 años, el 23 de octubre de 1702, España estaba inmersa en la Guerra de Sucesión, un conflicto que
acabó dejando una profunda huella en una nación que enfrentaba una larga decadencia que la haría
abandonar poco a poco sus sueños imperiales. Justo ese día tuvo lugar una de las batallas navales que más
definirían en qué se estaba convirtiendo la potencia hasta entonces admirada y temida: la batalla de Rande,
que tuvo lugar en la ría de Vigo.

Unos meses antes, una serie de galeones se habían ido reuniendo en Santiago de Cuba para reunir los tesoros,
procedentes de los diferentes territorios hispanoamericanos, que habrían de transportar hacia la península.
Sintomáticamente, la defensa del convoy recayó en manos de un francés, el conde de Château-Renault: atado
por un pacto dinástico que apenas le dejaba respirar, Felipe V estaba totalmente a merced del país vecino, y
los tesoros que viajaban a España debían servir para sostener el esfuerzo de guerra.

Cuadro anónimo holandés que retrata la batalla de Rande.

Finalmente, la flota partió hacia el puerto de Cádiz. Pero, al hacer escala en las Azores, recibieron la noticia
de que la ciudad estaba sitiada por ingleses y holandeses. Se decidió entonces buscar un puerto más seguro y
finalmente los barcos pusieron rumbo hacia Vigo, adonde llegaron el 22 de septiembre. Allí se encontraron
con la oposición de los agentes de Cádiz, que perderían su comisión si el cargamento era desembarcado en la
ría gallega. Por tanto, se dio la orden de mantener el grueso de las riquezas transportadas en el interior de los
barcos, a la espera de que los ingleses levantaran el bloqueo. Sólo una parte fue descargada y enviada hacia
Segovia por tierra.

Finalmente, la flota angloholandesa al mando del almirante George Rooke levantó el bloqueo y se dirigió a
costear Portugal, ascendiendo por el Atlántico. Sin embargo, la noticia aún tardaría un tiempo en recorrer
todo el país para llegar al Noroeste. Antes, los ingleses tuvieron oportunidad de hacerse con un barco
español, cuya tripulación acabó informándoles del impresionante botín que les esperaba en Vigo, en una ría
muy fácil de bloquear.

Bajo el intenso fuego, se procedió a arrojar todas las mercancías que transportaban al
agua: si no iban a ser para Felipe V y sus aliados franceses, no serían para nadie
La flota enemiga decidió entonces desviar su rumbo, y se dirigieron hacia la costa gallega. Se detuvieron en
un primer momento junto a las islas Cíes, donde obtuvieron información detallada de las defensas de la
ciudad gracias a un pesquero que apresaron. La gran debilidad era la ausencia de tropas suficientemente
pertrechadas y preparadas: los diversos focos abiertos por la guerra hacían que la ría estuviese defendida sólo
por hombres reclutados en la zona. A nadie se le había ocurrido pensar que mantener aquellos barcos en la
bahía de Rande era una invitación a ser atacados. Cuando las tropas francoespañolas tuvieron noticia de la
cercanía de los enemigos, se apresuraron a tender una barrera de troncos que dificultara la entrada de sus
buques en la ría. A la vez, reforzaron los fuertes y las baterías situadas a ambos flancos.
Las hostilidades estallaron el 23 de octubre. Los cincuenta navíos de la flota comandada por Inglaterra logró
rebasar la barrera levantada y avanzar a pesar del intenso fuego que recibían desde ambos márgenes de la ría.
La lucha pronto se convirtió en encarnizada, lo que llevó a Château-Renault a tomar una decisión drástica:
bajo ningún concepto, las riquezas de los galeones atrapados debía caer en manos enemigas. Bajo el intenso
fuego, se procedió a arrojar todas las mercancías que transportaban al agua: si no iban a ser para Felipe V y
sus aliados franceses, no serían para nadie.

La batalla de Rande, según una ilustración original de 20.000 leguas de viaje submarino, de Julio Verne (1869)

El final de la batalla arrojó un resultado desolador. La totalidad de la escuadra francoespañola quedó


aniquilada, y la cifra de bajas resultó estremecedora: casi tres mil muertos y dos mil quinientos heridos.
Durante varios días, las tropas invasoras camparon a sus anchas por Vigo y las poblaciones limítrofes, que
saquearon a placer. A pesar de no haberse hecho con el botín principal, los tesoros que iban en las bodegas de
los galeones, los ingleses volvieron a su país como héroes: todavía hoy en día, la londinense calle de Vigo
Street recuerda la victoria.

Comenzó entonces la leyenda del tesoro de Rande. Ya desde los primeros años tras la batalla hubo quien
intentó recuperar las riquezas incalculables que, se decía, se encontraban desperdigadas por el fondo de la
ría. Incluso, el Gobierno de la Primera República llegó a otorgar una concesión a una empresa extranjera para
que lo recuperara: se decía que el tesoro sería más que suficiente para pagar por completo la deuda externa
española. Ninguno de estos intentos, aficionados o profesionales, estatales o privados, tuvo jamás resultado
positivo, pero todavía en nuestros días hay quien sigue soñando con demostrar que se trata de algo más que
una leyenda.
El Puente Románico de La Ramallosa: una joya
medieval sobre el río Miñor
Los orígenes del puente son muy inciertos. Antonio Álvarez Calvo, en “Nigrán. Perla de la costa mágica” (editado en 1978 por el CIT de
Playa América-Nigrán), señala que “su construcción es de origen romano”. Ramón Blanco Areán, en “Vigo, el Fragoso y el Miñor” (libro de
edición propia, también de 1978) afirma que sobre él pasaba una “antigua calzada romana”, y que “desde su petril se dice que fueron
arrojados al agua, por haberse convertido al cristianismo, los hijos del pretor romano de Erizana” (la antigua Bayona), motivo por el que
hoy se le conoce a menudo como “puente romano” (aunque la denominación puede también ser fruto de la confusión
entre romano y románico). La Diócesis de Tuy-Vigo identifica la citada calzada como la vía “Per loca maritima”, también conocida como
Vía XX. Según Alfredo Campos (en “Puente Románico de La Ramallosa”), la calzada está pavimentada con losas, “muy irregulares propias
de las vías romanas” (como se puede ver en la foto) y tiene un ancho medio de 3,20 metros. Más tarde, esta calzada se convirtió en el
llamado Camino Real. Según la misma fuente, Almanzor habría ordenado destruir el viejo puente de origen romano, lo que podría haber
ocurrido al regreso de su campaña contra Santiago de Compostela en el año 997.
El puente actual, una iniciativa de San Telmo, patrono de los navegantes
Según la Diócesis, el puente “fue reconstruido bajo la dirección o por la iniciativa de San Telmo por los años 1232-35”. Hay que recordar
que por aquella época el santo fue Obispo de Tuy, diócesis en la que se encuentran Nigrán y Bayona. A esa época se debe la factura
tardorrománica del puente, compuesto por diez arcos (los ocho primeros, empezando por el sur, pertenecen en la actualidad al
municipio de Bayona (según la web de su ayuntamiento). Los arcos son redondos, salvo el segundo, el tercero y el cuarto empezando
por el sur, que son ojivales, hecho que el consistorio bayonés atribuye a “los estilos vigentes en las épocas en que debió sufrir alguna
reparación”.
La leyenda sobre el milagro que San Telmo obró en el puente
Uno de los detalles más interesantes del puente: el cruceiro situado en el lado oriental del pilar que separa los arcos tercero y cuarto
empezando por el sur.
Al pie del cruceiro hay una imagen de San Telmo, patrono de los navegantes y, como he señalado, promotor de la reconstrucción del
puente, y al que también se atribuye un hecho milagroso relacionado con el mismo. Lo cita Vítor Vaqueiro en “Guía da Galiza Máxica”
(Galaxia, 1998): “La leyende refiere que, estando predicando un día el santo en aquellos lugares ante una gran multitud, una fuerte
tormenta comenzó. La gente, asustada, se dispuso a huir. Telmo consiguió, sin embargo, partir la gran masa de nubes en dos mitades,
que descargaron el agua a las dos orillas de donde se hallaba el gentío, quedando éste, en la zona intermedia, sin ser afectado por la
lluvia.”
Un altar que servía para “bautizar” a niños por nacer
Bajo la imagen de San Telmo hay un elemento arquitectónico muy típico de Galicia: un peto de ánimas, que representa a tres almas en el
purgatorio (la central, por cierto, tocada con un gorro eclesial). Ante el peto hay una repisa que se usaba como altar. Este altar está
asociado a otra leyenda relacionada con el puente. La cuenta Antonio Álvarez Calvo (op. cit.): “Las esposas que no tienen la dicha de
asegurar su descendencia, malograda por sucesivos abortos, deben acudir a este puente para hacer desaparecer aquella desgracia, que
se ciñe en matrimonios jóvenes, con el bautismo de las aguas. La ceremonia se lleva a cabo según un rito especial, apropiándose
palabras que se pronuncian al derramar el agua sobre la cabeza de la que se bautiza. El acto debe ser a los tres meses del periodo de
gestación, y a las doce de la noche.”
El citado autor también describe la ceremonia en cuestión: “La bautizada, acompañada de dos familiares o de la intimidad, acude al
puente con la antelación necesaria a la hora; aquélla se dirige a la cruz que se alza en el centro de dicho puente, y por lo que se refiere a
los acompañantes, se limitan a custodiar las entradas para evitar el paso de animales por tal lugar (nin can, nin gato, como se suele
decir), pues el tránsito de los animales es causa de nulidad y ya el bautismo no se puede llevar a cabo. Los vigilantes tienen otra misión
muy importante que cumplir, y es que, al primer transeúnte que se presente, se le tiene que requerir para actuar de ‘padrino’ de la
ceremonia.”
Álvarez Calvo señala que la bautizada debía postrarse “reverente ante la cruz del puente”, tras lo cual el “padrino” se debía deslizar hacia
el río con un pequeño recipiente amarrado con un cordel, para a continuación, imponer una mano sobre la bautizada y derramar el agua
sobre el pecho de la misma, “pronunciando palabras rituales del verdadero bautismo”. La madre debía guardar silencio en todo
momento hasta haber terminado el bautizo, momento en el cual se presentaban ella y el padrino, retirándose cada uno a sus
domicilios. “Llegando el feliz alumbramiento, la criatura será apadrinada por la misma persona que lo hizo con la madre”, señala Álvarez
Calvo, que atribuye a esas circunstancias el supuesto hecho de que “son muchísimas las personas miñoranas, que tienen ahijados a gran
distancia de sus respectivas localidades”.