Está en la página 1de 10

Verdad y veracidad en la vida cotidiana:un camino para la reconciliación

23.

Verdad y veracidad en la vida cotidiana:


un camino para la reconciliación

FRANCISCO M. REJÓN*

Al abordar la cuestión de la verdad, no es necesario, para nuestro propósito,


entrar en especulaciones sofisticadas. Baste, por el momento, decir que la
verdad1 hace una referencia más directa al en sí, a la objetividad. Y la
veracidad es una actitud que hace referencia más directa al sujeto, al que es
veraz o al que no es veraz. Por eso, para hablar acerca de la verdad completa,
hay que incluir también el concepto de veracidad. Se dice la verdad y se es
veraz. Son matices importantes a tener en cuenta.
En el ámbito de la civilización occidental se le da mucha importancia a la
verdad sencillamente porque constituye uno de los ejes más importantes de
nuestra cultura. En efecto, nuestra cosmovisión está marcada, en lo más
profundo de sus orígenes, por las culturas griega y romana en las que la
verdad es algo fundamental. Del mismo modo en nuestra cultura y en nuestra
ética judeocristiana, la verdad como norma de vida es también fundamental 2.
Por eso la conciencia de las personas de nuestro ámbito cultural está muy
marcada por la importancia que tiene el valor Verdad-Veracidad. Por lo demás,
es sabido cómo entre nosotros la ética fundamental del mundo andino también

* * Miembro del Área de Investigación del Instituto Bartolomé de las Casas, Lima (Perú).
1 Véase la síntesis precisa y clarificadora que hace J. FERRATER MORA, Diccionario de
Filosofía abreviado, s.v. Verdad, Edhasa, Madrid 241997, 366-371.
2 Recientemente ha abordado estos aspectos M. VIDAL, Nueva Moral fundamental. El
hogar teológico de la Ética, Desclée, Bilbao 2000, 649-653. El análisis del tema en la
encíclica Veritatis splendor lo hace en las pp. 580-584.

193
FRANCISCO M. REJÓN

prohibía en primer lugar la mentira (ama sua, que literalmente significa: no


mentir), aunque, al parecer, el triálogo (no robar, no mentir, no ser ocioso) fue
formulado textualmente en el tiempo de la colonia. De todas maneras, el dicho
mantiene una rotunda vigencia en el imaginario popular actual, que tiene una
clara conciencia del imperio de la mentira en la vida cotidiana.
La historia de las culturas, de las religiones y de la ética coinciden en afirmar
que, cuando se da un precepto, es porque en esa sociedad la trasgresión al
mismo era muy común. Esto quiere decir que, tanto por el lado judeocristiano
como por el andino, en estos países estamos en conflicto con la verdad. Nos
cuesta vivir en la verdad. En su sentido pleno la veracidad estriba en: “buscar la
verdad, pensar la verdad, obrar la verdad, decir la verdad; en una palabra: en
realizar la verdad”3, como dice Jesús en el evangelio (Jn. 3, 21) y en defender
la verdad. La veracidad no se limita, pues, a no ser mentirosos, ni siquiera sólo
a decir la verdad, implica todo ese universo de actitudes en torno a la verdad.
Concretamente en la sociedad peruana actual se percibe una
hipersensibilidad para este mundo de la verdad y la veracidad. En nuestra
escala de valores, verdad y veracidad son referentes fundamentales para
calibrar el nivel moral de las personas, de los grupos y de la sociedad en su
conjunto4.

I. LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD COMO FUENTE DE RECONCILIACIÓN

Conocemos cómo fue la formación de los relatos evangélicos. Los


evangelistas narran la verdad de lo vivido por ellos, su verdad. Circulaba en el
ambiente popular una relación de los hechos acaecidos en torno a Jesús que
era la versión oficial: Jesús de Nazareth fue condenado a muerte por soliviantar
al pueblo y por hacerse llamar Rey de los Judíos. Esa era la historia oficial.
Frente a ella los primeros discípulos, el núcleo originario de las primeras

3 ID., Diccionario de Ética teológica, s. v. Veracidad, Verbo Divino, Estella 1991, 614.
4 Una muestra de la importancia social, política y moral que se concede a la temática de
la Verdad y la Reconciliación fue la organización del Seminario Internacional que se
realizó en Lima en Octubre del año 2001 y que tenía como tema: “Tareas de la Comisión
de la Verdad y la Reconciliación: fundamentos éticos y teológicos”. Las ponencias allí
presentadas han sido publicadas por S. LERNER - J. BURNEO (eds.), Verdad y
reconciliación: reflexiones éticas, Cep, Lima 2002.

194
Verdad y veracidad en la vida cotidiana:un camino para la reconciliación

comunidades cristianas, comienza a narrar su propia visión de esa historia. Por


eso el Nuevo Testamento, en realidad, es ante todo un gran relato de la Pasión
en el que se pone de manifiesto lo que les interesa a estas comunidades:
buscar la verdad, qué es lo que en realidad ha pasado con Jesús de Nazareth.
Aparte de eso buscan encontrar la verdad como catarsis y afirmación, porque
sólo la verdad puede constituirse en plataforma del perdón y de la
reconciliación5.
La teología nos recuerda que el perdón tiene una estructura pascual: desde
la cruz, Jesús perdona a sus verdugos. Pero además, una vez resucitado, les
muestra las heridas a los discípulos y les desea shalom. Las dos cosas: Jesús,
en primer lugar, no oculta la verdad (muestra las huellas de la tortura), al
contrario, se la enrostra, como lo revela el episodio sintomático del apóstol
Tomás: “mete tu mano en la herida de mi costado” (Jn 20, 27). Y, en segundo
lugar, después de que les ha redescubierto la verdad sobre su muerte les
desea shalom es decir, se reconcilia con ellos, les perdona y les hace ministros
del perdón. Y los apóstoles inician su actividad siguiendo ese mismo esquema.
Las primeras predicaciones, según nos narra el libro de los Hechos de los
Apóstoles, repiten la estructura pascual: “A ese Jesús, al que ustedes
crucificaron, Dios lo resucitó” (cf. He 2,24). El mensaje evangélico es, sí, un
mensaje de reconciliación y de perdón pero recordando la verdad de los
hechos. De esta forma nos está haciendo reentender, releer y reexplicar el
popular dicho “perdono, pero no olvido”.
Durante mucho tiempo nos parecía una cosa realmente abominable eso de
“perdono, pero no olvido” porque, en un primer momento, dejaba la impresión
de que se ponía de manifiesto la voluntad de no querer perdonar. Analizando
con más detalle la expresión, creo que tiene un sentido correcto, obvio:
perdono, pero no olvido. En ese momento hago referencia al sentido pascual
del perdón desde la memoria. Jesús muere perdonando a sus verdugos y, de
paso, con toda la razón, les llama necios: “perdónalos, Padre, porque no saben
lo que hacen”(Lc 23,24). Pero cuando resucita, les muestra las heridas de las
manos y el costado (Cf. Jn 20,20). Jesús no había olvidado ni los clavos ni la
herida del costado; los apóstoles tampoco lo olvidaron. En consecuencia, el

5 Un estudio acucioso, lúcido y experiencial de esta cuestión puede verse en: L. A.


CASTRO, Reconciliación, individuo y comunidad en Colombia: Moralia 24 (2001) 219-246.

195
FRANCISCO M. REJÓN

dicho popular es absolutamente correcto, tiene una corrección teológica


fundamental: perdono, pero no olvido o, enunciándolo al revés, no me olvido
pero te perdono. Esa es la estructura humana y cristiana del perdón.
Claro, dicha expresión también puede tener una lectura maliciosa en el
sentido de: te perdono, pero no olvido, como si dijera: prepárate, esto es una
amenaza que nace del rencor y la venganza. Esta reacción de la memoria, que
es profundamente humana, es totalmente censurable desde el punto de vista
ético. Si yo he visto cómo muere de una manera violenta, sanguinaria, asesina
y terrorista alguien muy querido ¿Cómo quieren que me olvide? Pero eso no
significa que debo tener sentimientos de rencor 6 y de venganza. El rencor y la
venganza son sentimientos de autodestrucción porque gana la violencia. En el
relato verotestamentario de Jonás y el ricino, el profeta Jonás se molesta con
Dios porque Dios retira su palabra de venganza y no quiere castigar a la ciudad
de Nínive. Jonás se amarga con él: con este Dios, uno no se puede vengar, no
se puede matar. En resumen, no conviene trabajar con él porque enseguida
retira su amenaza y el castigo. Es el triunfo de la misericordia (Jon 4,5-11).
Fiel al evangelio, el mensaje de la Iglesia también es un mensaje de
misericordia y reconciliación, pero a partir de la verdad. Los apóstoles
comenzaron pidiendo claramente a las autoridades y al pueblo que reconozcan
su crimen: sólo reconociendo el crimen, y a través del arrepentimiento, se
puede iniciar una nueva vida.
Por lo tanto, la reconciliación verdadera, a fondo, no ha de encubrir el
pecado sino que parte del pecado, del crimen, de la muerte, a fin de trasformar
el poder que tiene el pecado para dictar sus leyes. En la experiencia humana el
pecado tiene un poder diabólico: se convierte en amo y señor de nuestras
vidas7. Cuando alguien ha matado o ha violado a alguien muy cercano a mí y
yo reacciono queriendo contrarrestar y combatir ese pecado con otro pecado
(recurriendo a la venganza), entonces el pecado se hace dueño de mi vida. El
pecado es tan diabólico que tiene el poder de convertir a la víctima en
victimario.

6 Sobre este asunto trata N. CALDUCH - BENAGES, Es mejor perdonar que guardar rencor:
estudio de Sir. 27,30-28,7: Gregorianum 81 (2000) 419-439.
7 En cambio el perdón y la reconciliación liberan: a la víctima del rencor, y al victimario de
los lazos que lo atan al mal.

196
Verdad y veracidad en la vida cotidiana:un camino para la reconciliación

Esa es la secuencia que hemos de intentar romper y quebrar, proponiendo


una reconciliación como reencuentro: un reencuentro con uno mismo, con los
demás, con el país, con la historia del país (que forma parte de nuestra
realidad), con la verdad y con Dios. La reconciliación no consiste simplemente
en darse la mano y decir “bueno, aquí no pasó nada”, sino que abarca las
dimensiones más profundas de nuestra propia existencia. En consecuencia,
eso implica que los procesos de reconciliación han de ser necesariamente
largos. Van más allá de un gesto inicial que, por lo demás, es muy importante y
necesario. La reconciliación desde la verdad abarca la totalidad de las
relaciones humanas para sentar las bases de una nueva convivencia en la vida
cotidiana que rompa las barreras de raza, clase, género, etc., hasta llegar a
reconciliarse con el medio ambiente y con el cosmos en su conjunto.
Pero hay una marcada tendencia en nosotros mismos, en nuestra manera
de comportarnos, que nos impulsa a juzgar, valorar y calibrar a la gente según
su género, su raza, su clase social y su lugar de vivienda o de procedencia.
Esto significa que nuestra reconciliación ha de ser también con el país real en
que vivimos.
Para concluir este punto acerca de la búsqueda de la verdad como fuente
de reconciliación, podríamos sintetizar lo dicho afirmando que la práctica de
Jesús nos indica un camino, una metodología para poder llegar a una
reconciliación que se asiente sobre la verdad8.

II. VERDAD Y VERACIDAD EN LA VIDA COTIDIANA

Es conocida la fábula que cuenta que la Verdad y la Mentira fueron a


bañarse al río y ambas dejaron sus ropas en la orilla. La Mentira salió antes del
río, vio la ropa limpia de la Verdad y se la puso. Cuando la Verdad salió del río
no tuvo otro remedio que ponerse la ropa fea de la Mentira. Y así andan por el
mundo desde entonces, disfrazadas la una de la otra. Por eso, la verdad
parece mentira y la mentira parece verdad.

8 Sobre este tema puede verse el trabajo de J. A. NORATTO, La reconciliación en la


cultura semita, en: A.ROBALLO - A. CASTRO - F. MORENO REJÓN , La reconciliación en el
umbral del Tercer Milenio, Item, Bogotá 2000, 29-42.

197
FRANCISCO M. REJÓN

La realidad de esta fábula se comprueba día a día en los medios de


comunicación social. En el caso concreto del Perú, la exhibición de los videos
de la corrupción nos ha recordado algo muy importante: nuestros medios de
comunicación, que suelen apelar a la libertad de expresión, en verdad lo que
defienden muchas veces es la libertad de empresa, que es otra cosa muy
distinta. Libertad de empresa quiere decir que ellos no están comprometidos en
primer lugar con la verdad sino, más precisamente, con la noticia, que es algo
diferente9. Hay una hiperinflación de noticias, sobre determinados hechos de
importancia mundial (por ejemplo, la anunciada guerra contra Irak) pero, al
final, no sabemos casi nada de lo que realmente pasa sino sólo aquello que los
dueños de las grandes agencias de noticias han querido que llegue hasta
nosotros. Ése es el problema para la verdad.
En la vida pública sucede algo parecido: la formalidad y la informalidad
diluyen la verdad. Quizá nos hemos acostumbrado a soportar el camino de la
formalidad que es tan complicado y enrevesado que desemboca en el mundo
de la informalidad: la cantidad de leyes que hay en los ordenamientos jurídicos
de nuestros países es increíble. Y por ese atosigamiento se acaba no
cumpliendo ninguna ley: estamos inmersos en el mundo de la anomía social.
Esta realidad también forma parte del mundo de la verdad y no podemos aducir
para minimizarla que ese es el estilo criollo o que es la informalidad forma parte
constitutiva de nuestras relaciones sociales10.
La masa, en cuanto masa, y todos formamos parte de ella, no es amiga de
la verdad, sino del halago, que es distinto. San Pablo decía en su carta a los
Gálatas: “porque les dije la verdad ¿creen que soy su enemigo?”(Ga 4,6).
Somos enemigos de la verdad y del que la dice cuando le verdad no nos gusta.
De ahí que en la vida política tengamos muy cercano el peligro de confundir
la democracia con la demagogia. Por eso cuando el Papa Juan Pablo II, en su
encíclica Veritatis splendor, hablaba del Resplandor de la Verdad, afirmaba
algo muy cierto. El resplandor, el esplendor, deslumbra. Nadie puede mirar al
sol directamente. De ahí que en nuestro mundo popular hemos traducido el
Evangelio de una forma muy peculiar. Jesús dice “que tus palabras sean sí-sí y

9 Cf. A. SÁNCHEZ LEÓN, Entre tanta mentira... verdad y justicia: Quehacer n. 135 (2002) 28-
43.
10 Cf. F. ZEGARRA RUSSO, Verdad, justicia, y reconciliación: Páginas n. 175 (2002) 71-78.

198
Verdad y veracidad en la vida cotidiana:un camino para la reconciliación

no-no, lo demás proviene del Maligno” (Mt 5,17). La gente común se acomoda al
“Cómo será, pues...”, “Más o menos”, “Así no más”, “De repente”. El sí-sí, no-no
casi nunca lo vamos a encontrar en el lenguaje cotidiano. Deslumbra y paraliza.
Hay, por otra parte, no sólo un deslumbramiento ante la verdad sino que
también hay un cierto miedo a la verdad. Desde las estadísticas
macroeconómicas, hasta los sucesos más corrientes, ese miedo a la verdad
hace que domestiquemos el lenguaje11. En este punto de la verdad y la
veracidad en la vida cotidiana hay que tener también presente que la apología
que con frecuencia se hace de la informalidad, a la que se añade el
hiperlegalismo que padecemos, es defender una ilegalidad que ejerce violencia
contra los más débiles12. La informalidad, que a simple vista puede ser la
solución para algunas emergencias, combinada con el hiperlegalismo, ejerce
una opresión violenta contra los más débiles e indefensos.
Un reflejo y una consecuencia de ese miedo a la verdad que apresa a la
gente es la confusa valoración del fondo y de la forma. Importa más la
apariencia, el envase, que el contenido. Una ofensa o una traición, si se hace
guardando las formas, se soporta mejor que una advertencia o una reprensión
con una tono elevado de voz. La importancia, una vez más, no la tiene la
verdad sino el no-gritar. La verdad gritada es descalificada automáticamente en
el sentir común. Por eso tantas veces se vive inmersos en un mundo donde las
relaciones interpersonales son sólo medias verdades, es decir, medias
mentiras. En consecuencia, nadie se fía de nadie 13. En este sentido, es urgente
recuperar el respeto a las normas morales básicas de convivencia como una
forma de defender a la justicia y al débil. En este campo tienen una importante
labor pedagógica las Iglesias, los profesores, los medios de comunicación y
todas las organizaciones sociales y populares. Defender al débil supone

11 Sucedió con una señora de extracción popular. Vino a solicitar ayuda diciendo: “En mi
barrio se ha muerto fulano” –“¿Qué le ha pasado?” – “Se ha automedicado”. O sea, que
se había suicidado tomando una buena cantidad de pastillas. Pero la expresión usada
“automedicarse” revela una astucia muy curiosa.
12 Esto puede costar trabajo entenderlo, pero es cierto. Eso de tolerar con indiferencia que
las combis estén estorbándose unas a otras y que los mototaxis te cierren, se quiere
legitimar con el “pobrecitos, tienen que ganarse la vida”. En el fondo, con ese argumento,
se castiga al pobre trabajador que se demora tres veces más para llegar a su destino.
13 Según las encuestas realizadas por el PNUD, Perú es el país de América Latina con el
índice más alto de desconfianza entre los propios connacionales. Y eso, qué duda cabe,
es causa y reflejo de la pobreza generalizada.

199
FRANCISCO M. REJÓN

promover las normas morales fundamentales para la convivencia. Y deberíamos


entenderlo así.
En esta búsqueda de la verdad es absolutamente necesario recuperar
también el sentido de la decencia, de la vergüenza y, aunque sea una
expresión “políticamente incorrecta”, de la culpa14. No se trata de crear en la
gente complejos de culpabilidad gratuitos o escrúpulos morbosos. Lo que se
quiere decir es que si alguien ha sido capaz de violar a una menor de diez o
doce años, si esa persona no siente un poco de remordimiento o de culpa, si
no comprende que eso no es humano, entonces nuestra organización social se
corrompe. Cuando alguien dice: “lo que he hecho está muy mal y no puedo
volver a hacerlo”, entonces el sentimiento de culpa contiene una función
liberadora. De no ser así, corremos el riesgo de caer en el formulismo de pedir
perdón sólo para las cosas nimias 15. Eso es lo educado, un gesto de buenas
maneras. Pero ¿por qué vamos a relegar el hecho de pedir perdón, de
sentirnos responsables y culpables sólo de los asuntos menores y no de los
realmente importantes? Esa es una tarea y un desafío en la formación de la
conciencia moral.
Tampoco sirve la respuesta mecánica de culpabilizar a todos, o culpabilizar
a las estructuras sociales porque esa es una forma de eludir la verdad y la
responsabilidad. Con frecuencia la gente que ha estado implicada en grandes
casos de corrupción intenta utilizar como autojustificación la táctica de hacer
ver que todos somos corruptos; la única diferencia es sólo cuestión de grados,
es cuestión de cantidad, pero nadie puede tirar la primera piedra. Ese
mecanismo es falso: no se puede decir que todos somos igualmente culpables,
no se puede culpabilizar a todos o afirmar que es cuestión de las estructuras.
Hay que buscar las responsabilidades personales tanto individuales como
colectivas16.

14 Cf. G. SALMERI, Il perdono inevitabile. Un tentantivo tra antropología e politica:


Anthropotes n.1 (2000) 105-127. Sobre el tema de el fenómeno de la culpa mantienen su
vigencia las iluminadoras reflexiones de M. RUBIO, La fuerza regeneradora del perdón,
Perpetuo Socorro, Madrid 1987, especialmente pp.16-43.
15 Me tropecé con fulano y le digo: “disculpa ”; ante un retraso: “llegué tarde. Perdona”...
16 Este y otros puntos de interés los trata, en un lúcido y profundo artículo, R. SCHREITER,
La espiritualidad de la reconciliación, en: AA.VV., Reconciliación por la sangre de Cristo
en tiempo de violencia, en un mundo pluricultural, Cep, Lima 1999, 32.

200
Verdad y veracidad en la vida cotidiana:un camino para la reconciliación

III. PURIFICACIÓN DE LA MEMORIA

En un punto anterior hemos dicho que entre el perdón y la reconciliación no


se puede perder la memoria, sino que se trata de recordar de otra manera. Sin
memoria no hay perdón ni futuro y, por lo tanto, no hay reconciliación. En la
práctica sacramental de la Iglesia Católica existe el llamado examen de
conciencia para que no te olvides y, si te has olvidado, para que recuerdas tus
errores. No podemos perder la memoria, sino que más bien hay que recordar
de otra manera porque, si queremos ocultar esto, ocultamos algo muy
fundamental: que las heridas de la violencia y las heridas de la guerra marcan
para toda la vida. Sucede como cuando a uno le cortan en la cara: la cicatriz
queda para toda la vida.
La reconciliación no puede buscar una reconstrucción de nuestra sociedad
tal como era antes del período de la violencia. Se trata de crear algo nuevo, sin
caer en una justicia-venganza, ni en una falsa amnistía-impunidad. Entre esos
dos extremos hay que caminar. Es justo y necesario realizar los procesos
judiciales para poder así lograr una reconciliación desde la verdad. A su vez, ha
de quedar claro que esta reconciliación nacional ha de tener los requisitos de
toda reconciliación: reconocer los hechos, la verdad de los hechos, y la culpa o,
dicho de otra manera, las responsabilidades (si la palabra culpa no satisface).
Para dar y lograr el perdón17 se necesita guardar memoria de la verdad y
asumir la propia responsabilidad. Aceptar el arrepentimiento, pero también
cumplir la pena, la sanción. No basta con decir que tal delincuente o asesino se
ha arrepentido, que no quiere delinquir más. Un signo de que tal
arrepentimiento está caminando hacia una auténtica conversión es la
aceptación y disposición para cumplir la justa pena o sanción. En efecto, las
faltas, delitos o pecados, no tienen únicamente una repercusión individual 18.
Toda trasgresión moral tiene una dimensión social. Precisamente por eso, al
trasgresor se le pide no sólo el arrepentimiento por haberla cometido, sino un

17 Cf. B. BENNÁSAR, El perdón como buena noticia: Misión Abierta n. 6 (2000) 28-36 y P.
GILBERT, Le pardon dans la culture contemporaine: Studia Moralia 38 (2000) 405-435.
18 Sobre el tema del perdón en clave moral y en clave socio-política son esclarecedoras las
reflexiones de X. ETXEBERRÍA, Qué entender por perdón. Justicia y perdón, en: S.LERNER - J.
BURNEO, o. c., 93-120.

201
FRANCISCO M. REJÓN

sincero propósito de la enmienda que dé muestras fiables y verificables de un


proceso de rehabilitación personal y social 19.
Esto facilitaría la generación de un nuevo clima social en el que, por
supuesto, a las víctimas nadie les puede exigir el perdón (para los creyentes
sólo podría exigirlo Cristo); pero sí se les puede invitar a tener gestos de
generosidad que sirven para cambiar el futuro humanizándolo.
Por su parte, las víctimas tienen todo el derecho a otorgar el perdón que les
corresponde, pero eso no implica que la sociedad, a través de sus mecanismos
legales deje de exigir las responsabilidades judiciales y la satisfacción de la
culpa establecida. Sin justicia 20 no puede haber perdón ni reconciliación
auténtica.

19 Ese es el sentido que tienen algunas penas impuestas, a quienes cometieron ciertas
faltas leves, por el aparato judicial y que implican la prestación de determinados servicios
sociales. Es una iniciativa que merece ser apoyada para que los delitos menores, que no
requieren encarcelamiento, encuentren vías auténticas de reparación social. Ojalá que
este tipo de acciones vaya ampliando su espectro a fin de que se dé a los implicados la
oportunidad de una auténtica reconciliación consigo mismos y con la sociedad.
20 “La verdad sola es insuficiente... la justicia (subrayado en el original) es imprescindible,
en sus dos vertientes: 1) la de las diferentes modalidades de la sanción penal o moral; 2)
la de la reparación a las víctimas”: F. ZEGARRA, Ética y reconciliación: Forum Solidaridad
Perú n. 35 (2002) 14. Ver también el amplio y pormenorizado estudio de A. MOSER, O
pecado. Do descrédito ao profundamento, Vozes, Petrópolis 1996 y el interesante artículo
de G. BILBAO ALBERDI, La eficacia del perdón, en: INSTITUTO DIOCESANO DE TEOLOGÍA Y
PASTORAL, Memoria del curso 1997-98, Bilbao 1999, 38-65.

202

También podría gustarte