Está en la página 1de 2

ENCONTRANDO EL FALLO

En la actualidad, en el Japón se considera que una de las mejores escuelas de Kendo (arte de la espada) es el estilo
Yagyu.
El creador de este estilo fue Muneyoshi Yagyu (1527-1606), tradicionalmente conocido como Tajima no Kami.
En una ocasión, la corte se encontraba disfrutando de una obra del teatro No. Quién era considerado como el mejor
actor de su época participaba de la mencionada obra. Su actuación era observada con mucha atención por Tajima no
Kami, un apasionado de este arte.
El actor exhibía un gran dominio de sí, su concentración era perfecta, al igual que su técnica.
En medio del silencio, Tajima no Kami lanzó un grito al actor que desconcertó a toda la audiencia. No entendían que
había sucedido.
Una vez concluida la obra, el shogun le preguntó sobre ese hecho poco habitual.
Tajima no Kami, se limitó a responder: "Pregúntele al actor".
Interrogado el actor, respondió: "El grito sonó en el mismo momento en el que, debido a un cambio de decorado,
perdí por un segundo la concentración".
El shogun se dio cuenta que él, al igual que el resto de la audiencia, no habían detectado el fallo en la concentración
de ese gran artista. Sólo un inmenso y experimentado maestro como Tajima no Kami podía hacerlo.

BUSCANDO LA ESENCIA
Un famoso experto en el Kyudo, el arte del tiro con arco, se encontraba realizando una serie de exhibiciones frente a
una multitud que le observaba.
Había clavado un poste en el suelo y a unos pasos lo había tapado con un biombo de papel. Podía disparar tres
flechas en forma continua, la segunda y la tercera pasaban por el mismo agujero que la primera había abierto en el
biombo y las tres se clavaban certeramente en el poste.
La gente lo aplaudía entusiasmada por estas proezas, pero el arquero observó que entre su público se encontraba un
monje que no parecía estar impresionado en absoluto.
Finalizada la demostración le preguntó al monje sobre su indiferencia.

- "Su técnica con el arco es buena - respondió en monje- pero aún no ha comprendido la esencia del arte del Kyudo".
- Y ¿cuál es esa esencia?, Preguntó el arquero.
- "Si su vida estuviera en peligro ¿usted sería capaz de mantener su nivel técnico?".
- "Por supuesto", respondió el arquero.

Para comprobarlo, el monje guió al arquero hasta el borde de un precipicio. Una gran roca sobresalía como un
trampolín y desde su borde se veía un abismo de varios centenares de metros.
Lo tomó de la mano y lo llevó hasta la punta de la roca hasta que la mitad de sus pies estuvieron en la roca y el resto
de ellos en el aire, sobre el vacío.
El aterrado arquero, se arrojó al suelo aferrándose con ambos brazos sobre la roca.
El monje, mirándolo le preguntó:

- "Si estás tirado en el suelo, temblando y con los ojos cerrados, ¿cómo dispararás tu arco?. Sí tú mente está
aterrorizada ante la posibilidad de morir, ¿cómo utilizarás tu técnica en un campo de batalla?".

ESPERANDO EL ATAQUE
Cuenta la tradición que un joven se presentó ante el gran maestro de Kendo Banzo con la intención de convertirse en
su discípulo.
Banzo, entonces, le impuso como condición que debería ser su sirviente antes de aceptarlo como alumno. En
aquellos tiempos, esas pruebas no eran extrañas y el muchacho aceptó.
Pasó algún tiempo desde que el joven servía al maestro, las lecciones de sable no se habían iniciado y el desanimo
empezaba a apoderarse de él.
Un día en que se encontraba limpiando la casa y estaba pensando en su familia, recibió un doloroso golpe. Al darse
vuelta, vio que Banzo era quién lo había golpeado. El maestro, sin decir palabra se retiró de la habitación.
Al otro día, mientras se encontraba preparando la comida y su mente distraída en otros quehaceres, el doloroso
episodio se repitió.
Todos los días, a cualquier hora y en cualquier lugar el maestro, como aparecido de la nada, le propinaba un duro
golpe.
El muchacho no tuvo otro camino que agudizar su concentración, no podía permitirse el estar "ausente" mientras
realizaba sus tareas.
Primero fue una vigilancia tensa a la espera del posible ataque, pero con el tiempo logró desarrollar una nueva
actitud.
Su nueva actitud le permitió mantener una atención relajada, "una guardia sin guardia". Ésta nueva conciencia le
posibilitó, no solamente esquivar los ataques sorpresivos de su maestro sino, incluso percibir la presencia de éste aun
sin verlo.
Llegado a este punto Banzo, le dijo que su entrenamiento había terminado, ya no tenía más nada que enseñarle.

CAMINANDO SOBRE LA LÍNEA


Un monje Zen, recibió a un guerrero samurai que deseaba perfeccionar su arte.
El monje tomó un pincel y trazó en el piso una línea recta que iba de un extremo a otro de la habitación. El
discípulo, sable en mano, debía deslizarse sobre esa línea hasta alcanzar un extremo, voltear y comenzar su recorrido
nuevamente.
Pasaron los meses y el entrenamiento no variaba. Entonces, el samurai le comenta a su maestro que ya ha caminado
sobre esa línea hasta el cansancio y que no veía el sentido de tal práctica.
El monje asiente y afirma que, dado el caso, debe llegar la siguiente lección y lleva a su alumno hasta un barranco.
El tronco de un árbol caído improvisaba un puente entre los dos extremos de un profundo precipicio.
El monje dejando atrás al samurai camino sobre el tronco dando muestras de un perfecto equilibrio. Llegado al otro
lado, le hizo señas para que él también lo atravesara. El guerrero miró el tronco y luego la profundidad a sus pies. El
temor le hizo dar unos pasos atrás y levantar la vista hacia su maestro.
Desde el otro lado el monje le grita: "Haz estado deslizándote hasta el cansancio sobre una superficie menor que la
de éste tronco. No es tu técnica o tu falta de equilibrio lo que te impide llegar hasta mí. Es tu miedo a la muerte. Es tu
mente que crea la ilusión de una caída a lo profundo lo que te detiene."
Allí, el discípulo comprendió. Enfocando su mente en el aquí y en el ahora, tomo su sable y llegó hasta su maestro al
otro lado. Habiendo hecho esto, el monje concluyó "tu entrenamiento ha finalizado."

EL DOMINIO DEL ARTE


Reza una máxima samurai, "El hombre que ha alcanzado la maestría en un arte, lo revela en todas sus acciones".
El contenido de esta frase es bien ilustrada en la siguiente historia.
En cierta ocasión un maestro de Cha no yu, la ceremonia zen del té, fue retado a duelo por un guerrero. Aunque la
ofensa que provocó el duelo fue involuntaria, tampoco iba a ser evitada debido al honor de su nombre. La cuestión era
que este maestro no tenía dominio alguno sobre el arte del sable. Decidió, entonces, visitar a un viejo amigo que era
monje zen.
Angustiado, comentó lo sucedido a su amigo.
Luego de meditar unos momentos, el monje indicó a su amigo: "sírveme una taza de té".
Aunque la petición lo confundió un poco, el maestro accedió. Dando muestra de un gran dominio de su arte, apartó
su mente del gran problema que le atormentaba y dio comienzo a la ceremonia.
El monje quedó impresionado por su calma, por sus concentrados gestos. En la mente de ese hombre no había otra
cosa que lo que estaba haciendo. La belleza y perfección de su arte reflejaba lo profundo del aquí y del ahora.
Concluida la ceremonia, el monje hizo una sentida reverencia y afirmó: "la maestría que usted ha alcanzado en su
arte es magnífica. Usted tiene todo lo que se necesita para un duelo a muerte". El monje prosiguió, "cuando llegue al
lugar del duelo, salude a su adversario y considérele un invitado a la ceremonia del té. Deje ordenadamente sus
pertenencias a un lado. Tome su sable y hágale saber que está listo para el duelo. Póngase en guardia y cierre los
ojos. Concéntrese. Cuando escuche a su oponente gritar para lanzarse al ataque, golpee con todas sus fuerzas".
Luego de agradecer al monje, partió al lugar del duelo.
El samurai estaba esperando. Vio al maestro llegar. Los gestos precisos y aplomados con los que dejó sus cosas a un
lado y con los que se incorporó y tomó su sable, lo sorprendieron. Escuchó el anuncio de preparación al combate y
observó como su adversario se ponía en guardia y cerraba sus ojos. Esto lo inquietó aún más. Se diría que tras esa
calma, dormitaba un poder extraño. Algo poco común entre los hombres.
Como pasaban los segundos y el ataque no se producía, el maestro del cha no yu decidió abrir sus ojos. Ante él,
arrodillado y realizando una profunda reverencia, yacía el samurai quién le suplicaba que le permitiera ser su
discípulo.