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Las Caras

culpables

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“Se autoriza cualquier reproducción total o parcial
del texto, siempre y cuando se mencione la fuente:
título del plaquette, título del cuento, autor, año”.

Las Caras Culpables


Ignacio Pío
Contacto:lentotranquilo@gmail.com

Confección: Taller Me pego un tiro


tallermepegountiro@gmail.com

Primera edición de ¿? ejemplares


La Serena, Chile
Julio 2019

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Mejor que un celular

Con esto puedes descubrir la verdad, Ismael.


El poder de este artefacto es demasiado para
que lo sepa la humanidad. Mantenlo lejos de
todos; no confíes, no lo cuentes. Ahora es tu
carga, como fue la mía. Si las dimensiones nos
lo permiten, nos podremos encontrar, pero
recuerda: El yo que encuentres puede ser un
impostor. Cuídate, padre.

En el orfanato nadie les daba regalos,


salvo un delgado trozo de torta y una carta
fotocopiada con “Agradecimientos” en vez de
“Felicidades”, con grandes letras en gris. El
sabor de la torta hacía retorcer el estómago
mientras la masticaba, mezclando ese rancio
manjar con la masa dura, pero Ismael lo podía
tolerar; era su año número 18 dentro del
orfanato.
Abandonado a su suerte cuando era un
bebé, Ismael pudo sobrevivir gracias a una
anciana que vivía en la calle Litre, cerca del
basurero donde lo encontraron. Sin saberlo,
ella era una de las tantas engañadas que

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llevaban niños perdidos a un falso Servicio de
cuidados al Desamparado, una industria que
lavaba el cerebro de niños pequeños, carentes
de parientes cercanos con los que crear
vínculos emocionales; los más abusados del
sistema, explotados con el propósito de ser
sujetos experimentales para el Doctor Milton
Lee.
Mientras devoraba el trozo de torta,
una de las pocas cosas dulces que comía en el
año, Ismael sintió una extraña sensación. Un
leve calor lo invadió, al parecer provenía
desde el centro de su celda. Observó incrédulo
una pequeña chispa de fuego que apareció de
la nada, girando sobre sí mientras se expandía
en forma de un aro pequeño. Este giró más
rápido, avivando el fuego y creciendo hasta el
tamaño de una pelota de fútbol. A través de
este, cayó un cofre pequeño, el que tenía un
aspecto añoso. Luego de esto, el portal
comenzó a cerrarse, hasta volver a la pequeña
chispa y esfumarse con un leve olor a
quemado. Ismael caminó con cuidado hasta el
cofre, tanteándola con el pie antes de tomarla
con sus manos.
-¡Ismael! ¡¿Por qué huele a quemao’?!
–gritaron desde fuera de la pieza. Una de las
encargadas del cuidado de la celda, le pegó

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con el bastón en la puerta–. ¡Tráeme las llaves
pa’ abrir esta caga!
-¡Chúpenla culiaos’! –Ismael encontró
un botón que accionaba el extraño cofre y lo
presionó con brusquedad. No sabía qué
pasaría, pero tenía toda la fe puesta en el cofre
raro que acababa de aparecer frente a él–. ¡No
vuelvo más a esta mierda!

Desde el techo y las paredes, hasta la


puerta y la única pequeña ventana sobre el
baño, Ismael vio como todo se deshacía en
arena; bajo sus pies vio las demás habitaciones
convertirse en fino polvo brillante. A la
distancia escuchaba a las encargadas del
orfanato gritar, mientras sus alaridos se
silenciaban con la suavidad con que se desliza
la arena entre los dedos. Poco a poco, todo lo
convertido en arena se acumulaba sobre los
pies de Ismael, cubriéndolos. El mundo a su
alrededor se deshacía: el edificio del orfanato,
la calle, los postes, los otros edificios y el
puente para salir de la ciudad. El sol
rápidamente avanzó sobre él, convirtiendo el
día en noche y la noche en día, en un veloz
ciclo interminable. Se tiró de rodillas al suelo
y se cubrió la cabeza con ambas manos,
arqueando el cuerpo sobre el cofre para

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resguardarla, temiendo que todo fuera una
pesadilla.
Al sentir que los estruendos habían
desaparecido, Ismael levantó la vista hacia la
puerta, pero se encontró con la soledad de una
extensa e interminable llanura, sin ningún
orfanato o pizca de urbanización alrededor. El
pequeño cofre seguía debajo de su abdomen,
sobre un montón de arena. El cofre emitió un
pitido que se silenció abruptamente cuando
desde una de las ranuras –bajo la cerradura–,
se imprimió una larga papeleta.

--------------------------------------------------------
Querido Sr. Ismael: Observo con agrado
que ha comenzado a utilizar el DCR-XYZ, el cuál
has heredado de tu hijo, el creador ___________,
quién actualmente se encuentra en la dimensión
nº__________. Me hizo prometer que lo cuidaría,
pero como usted puede apreciar, mi actual
condición de objeto inerte sólo permite imprimir
estas papeletas: mi actual y único medio de
comunicación. Por lo demás, no soy ninguna carga,
tan sólo necesito tinta y papel para seguir
comunicándome con usted, las cuales se puede
conseguir en _____________.
El DCR-XYZ le permite saltar entre
realidades que existieron en su pasado, sólo y desde

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el punto en que usted lo haya utilizado en su
realidad. Al ser su primer uso sin instrucción previa,
el dispositivo tiene una fecha programada por
defecto, que lo envía un milenio al pasado, donde
como puede apreciar, nada de lo que usted conocía
existe: el humano no colonizaba este lugar aún. Es
por ello que todas sus pertenencias personales
desaparecen de esta realidad.
Recordatorio: corromper realidades es un
delito grave.
Sus coordenadas actuales son: ______________
Catástrofes por venir: ____________________
Batería: 28% y en óptimas condiciones.
Nivel de impresión: 13% y calibrado.
Tiempo de espera para reutilizar dispositivo: 360
días terrestres.
Misiones sugeridas para sobrevivencia (pedir nueva
papeleta para más detalles de cada una):
1) Tinta y papel para impresión
2) Refugio
3) Alimento
4) Agua
5) Encontrar a __________
6) Respirar el oxígeno de ___________
------------------------------------------------------

Ismael se levantó, mirando alrededor y


volvió a leer el papel recién impreso. La

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primera vez lo leyó a saltos, pero a la segunda
vez, decidió leerlo con detención. “Un
milenio…”, pensó mirando a su alrededor,
observando cerros que se le hacían familiares
pero ahora no tenían ninguna edificación sobre
ellos: manchas de grandes bosques en las
lomas, altos árboles intactos o hasta ríos que
aún tenían corriente y envergadura consi-
derable. Bajó la mirada al pequeño cofre, la
que mantenía las mismas características;
forma rectangular de color castaño, no más
grande que las palmas de las manos. Con un
único botón a la vista y la ranura desde donde
salió aquel mensaje. Por otro lado, el hecho de
que su hijo fuera quién le heredara el artefacto
no tenía ningún sentido. “¿Mi hijo es mi
padre?”.
-¿Cofre?... ¿Por qué varios datos
importantes no aparecen impresos? –preguntó
mientras lo sostenía con ambas manos cerca
de su boca, como si tuviera un micrófono en
algún lugar. El aparato no tardó en generar una
respuesta desde la misma ranura.

--------------------------------------------------------
La versión que sostienes del DCR-XYZ es la
v.5.25. Los dueños han sido tres después de tu hijo:
_____________, _________________ y

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________________. Este último que acabo de
mencionar, ha sido el único capaz de alterar mi
sistema de una forma que sigue siendo desconocida
para mí, dejando intacta la única información que
no pudo encontrar: su identidad. El creador colocó
en mí la respuesta ante alguien con “poderes iguales
o superiores a los míos”, y ese solo podía ser su
hermana menor. Ella alteró los datos importantes
que salen en blanco, para que no se las entregara a
nadie más. Fuera de ello, mi semiconsciencia impide
una intervención más profunda. Los dos dueños
anteriores hicieron modificaciones leves en mi
sistema, como el nivel de impresión y la batería que
aún queda en mí. El creador fue el último en
manipularme, añadiendo esta interfaz más agradable
para usted, Sr. Ismael, quién ahora es el cuarto
dueño del DCR-XYZ.
-------------------------------------------------------

-Puta… –dijo Ismael, leyendo


apresuradamente lo que decía–. Ya, ya pero…
A ver po’, dime, ¿Cuál es el sentido de la
vida? –el cofre volvió a emitir un pitido y se
desprendió una corta respuesta.

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(No hay datos).
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-Qué paja –declaró Ismael, agachando
la cabeza y mirando un momento su pecho. Se
echó sobre las espigas secas que ondeaban
sobre el pastizal que solía ser el suelo del
orfanato y puso el cofre sobre su pecho–. ¿Hay
amenazas acá, gueón? Y si hay, ¿cómo me
salvo?

-------------------------------------------------------
Existe solo una amenaza, Sr. Ismael. El último
dueño está persiguiéndolo. Se encuentra a
______________ metros de su posición actual.
Combatir a ____________ es inútil.

Sugerencia*: Decir “Protégeme”.


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-¡¿Metros, conchatumare?! –Ismael


dejó caer el cofre mientras se desplazaba
lentamente en punta y codo sobre el suelo–.
¡Protégeme, culiao’! ¡Ahora, gueón!
Un fuerte golpe metálico lo sor-
prendió, lo escuchó justo sobre él. El último
dueño lo atacaba con una enorme espada, la
que chocó con un campo de fuerza que lo
envolvió a centímetros del impacto. El último
dueño estaba envuelto en una deshilachada

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capucha, mientras su mano temblaba a causa
del golpe, remeciendo el metal que apretaba
con el puño enguantado.
-¡Ah! ¡Una nueva actualización! –el
último dueño desprendió la espada de la grieta
del escudo. Dio un vuelco y saltó varios
metros atrás, cayendo de pie sobre las
espigas–. Mi hermano es un genio. Pero eso
significa que lo soy aún más. Por eso te doy
las gracias: por crearnos. Eso explica el poder
que tienes para manipular ese cofre. “Bende-
cido como sus hijos”, eso me lo dijo tu futura
esposa antes de morir. ¡Esa que nunca
conocerás, papá!
En cosa de segundos, las nubes se
tornaron oscuras y se agruparon sobre Ismael
y el último dueño. Una tormenta eléctrica se
desató: las primeras gotas cayeron y los rayos
aparecían a lo lejos, llenando de estruendos el
lugar. El último dueño levantó su mano
derecha y extendió la palma. Varios relámpa-
gos cayeron en su mano, acumulándose en una
sola gran esfera de rayos que parecían
continuar en movimiento; su sonriente rostro
se iluminaba con las sombras de los destellos.
-¡Me estai’ protegiendo o no, culiao’!
–gritó Ismael al cofre, tomándola con ambas

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manos y sacudiéndola con brusquedad–. ¡Ese
gueón me va a tirar un poder!
--------------------------------------------------------
Activando sistema de protección a usuario.
Esto puede tardar unos segundos.
--------------------------------------------------------
Ismael solo pudo mirar con terror y
asombro lo que pasaba. La masa de
relámpagos en la mano del último dueño era
cautivadora; los rayos centelleaban en todas
direcciones, como una bobina de Tesla
lanzando arcos eléctricos blancos, rojos y
azules.
-¡Padre! –el grito se extendió por todo
el valle desolado en que estaban, mientras
enormes rocas se desprendían desde los cerros
aledaños, deshaciéndose en arena al entrar al
espacio electrificado en que se encontraban–.
Puedes escapar todo lo que quieras ¡Pero tarde
o temprano te encontraré a ti y a tú máquina
de mierda!

El último dueño dio un grito y


extendió la palma hacia Ismael. Al cubrirse en
el suelo, sintió el impacto en el escudo con un
ruido ensordecedor. Pese a tener los ojos
cerrados, toda su visión se nubló en un largo
flash blanco, dejando todo en silencio.

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Cuando Ismael recobró el conocimien-
to, sintió la curvatura del escudo adherirse a su
mejilla. Despegó la cara y parpadeó varias
veces hasta levantarse usando los brazos. Dio
varios gritos y vuelcos de asombro al notar
que estaba suspendido en la oscuridad.
Debajo, sobre y en todas direcciones alrede-
dor, las estrellas lo rodeaban a lo lejos. El
cofre seguía dentro del escudo, casi como si lo
mirara.
-Que… gueá… ¿Dónde chucha estoy,
gueón? –dijo Ismael en voz alta sin dar crédito
a lo que veía, mientras sus pies luchaban por
no resbalarse dentro de la transparente esfera.
La máquina lo tomó como una pregunta,
imprimiendo otro ticket en respuesta.

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El sistema de protección a usuario te aleja de la
amenaza en progreso. Exactamente, al punto más
opuesto del universo desde su última ubicación.
Aproximadamente, debería tardar 100 mil millones
de años luz en llegar aquí.
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-Linda po’… Linda la gueá,


conchatumare –contestó Ismael arrancando el
papel del cofre, haciéndolo bola y arrojándolo

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con fuerza, sólo para que acabara rebotando en
la esfera hasta caer a sus pies–. Ya, entonce’
¿Cuánto rato vamo’ a estar acá?

--------------------------------------------------------
Al activar el viaje de emergencia con el código
“Protégeme”, uso gran parte de mis recursos para
huir de la amenaza.
El tiempo de recarga para hacer uso del dispositivo
a voluntad es de aproximadamente 360 días
terrestres.
Batería: 18% y en óptimas condiciones.
Nivel de impresión: 10% y calibrado.
--------------------------------------------------------

Al terminar de leer el papel, Ismael


lanzó insultos al aire y golpeó con ambas
manos el escudo varias veces, sintiendo que se
dañaba la piel con cada impacto. No tardó en
volver a hablarle a la máquina.
-¡No puedo estar un año acá,
conchatumare! ¡Me voy a morir sin comida,
gueón! –gritó Ismael, antes que el cofre
imprimiera otra respuesta.

--------------------------------------------------------
No estaremos 365 días humanos aquí, Sr. Ismael;
nos encontrarán mucho antes.

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--------------------------------------------------------
-¡¿Y cómo, gueón?! –gritó Ismael,
sacando el ticket de mala gana–. ¡¿Cómo
mierda nos va a encontrar si estamos a la
chucha?!

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El último dueño es un ente incorpóreo, Sr. Ismael.
Su poder va más allá de la compresión humana,
tampoco se guía por ciertas leyes metafísicas que
nos restringen.
Además, el creador instaló un sistema de detección
capaz de dar la localización exacta del último dueño
y en cualquier lugar del universo. Será fácil
detectarlo con anterioridad.
--------------------------------------------------------

-¡Pero cómo no vai’ a tener algún


poder, magia o cualquier gueá para matar a ese
culiao’!

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Activando segundo sistema de protección a usuario.
Esto puede tardar unos segundos.
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El destello cegó por instantes a Ismael,


quien cubriéndose con el antebrazo pudo

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distinguir la figura del último dueño flotando
en el vacío del espacio. En su mano aún
conservaba parte de los rayos que había
absorbido para atacarlo.
-¡Conchatumare! –gritó Ismael,
sosteniendo el cofre–. ¡Está afuera, gueón!
-No, Ismael –dijo el último dueño,
apareciendo dentro de la esfera mientras la
figura que había visto Ismael, se desvanecía–.
Estoy justo aquí.

Ni Ismael o el último dueño sintieron


dolor al momento de la súbita explosión. El
segundo sistema de protección a usuario sólo
se activaría si el actual dueño lo pidiese y si
reunía las condiciones necesarias para ello:
estar lo más cercano al final del universo,
donde la catastrófica explosión necesaria para
eliminar la amenaza no afectara a nada ni a
nadie a su alrededor, salvo al mismo artefacto,
la amenaza en cuestión o el dueño actual
–Ismael–, quién despertó con el cuerpo adolo-
rido sobre un suelo frío. Se incorporó aparato-
samente, tosiendo y abriendo los ojos con
dificultad. Poco a poco, su memoria empezó a
volver.
El viento soplaba ligeramente en el
lugar donde estaba, levantando la tierra que se

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colaba a través de su ropa. El cielo rojizo no
tenía estrellas, pero parecía que brillaba por sí
mismo, a lo lejos se veían algunas aves de un
color similar volando en bandadas. Un arbusto
con las flores cerradas era lo único vivo que
tenía cerca, el que parecía que llevara una
eternidad plantado en aquel desolado lugar. Al
levantarse, Ismael sintió que el viento
cambiaba a la dirección opuesta. La tierra
suelta también se arrastraba hacia el mismo
punto, acumulándose y girando en círculos
sobre sí misma. Un aro de fuego apareció,
ensanchándose hasta que otro extraño ser
cruzó por el portal que se había formado. Al
cerrarse tras él, la tierra quedó chamuscada y
maloliente, mientras el que había aparecido se
sentó en postura de flor de loto frente a
Ismael. A diferencia del anterior, su capucha
deshilachada era de un resplandeciente color
blanco.
A pesar que tenía una apariencia
pasiva mientras se sentaba, Ismael estaba
desesperado por huir de ahí. Miró en todas
direcciones buscando el cofre, sin éxito.
“Cagué, conchatumare… Cagué”, pensó
mientras el desconocido levantó la mano y la
extendió hacia él.

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-Basta, Papá –dijo su hijo, bajando la
mano–. Yo no soy el que te estaba tratando de
asesinar.
-Qué… ¿Qué dijiste? –contestó
Ismael, sin creerlo–. ¿”Papá”, dijiste?
-Necesito que escuches con atención
lo que te diré. Por favor, papá. Siéntate.
Ismael se sentó luego de recordar la
primera papeleta que salió del cofre, la que
aún conservaba en el bolsillo. Al releer volvió
a mirar a quien tenía al frente, sintiendo que
no le mentía. “Era verda’… todo”. Miró con
más atención a quien decía ser su hijo. Tenía
el pelo largo cubriendo parte de su cara, la
parte que no podía cubrir la capucha; un
cabello gris y fino, similar a un cabello cano;
la poca piel que mostraba bajo el mentón era
parte orgánica y parte mecánica, hasta la base
del cuello donde la túnica lo cubría; unas
manos enguantadas del mismo modo que las
llevaba su agresor anterior; botas también
blancas, con runas dibujadas en las puntas.
Su hijo escondió las manos bajo la
túnica e Ismael sintió un enorme deseo de
poner atención a lo que decía, un magnetismo
único que arrastraba todos sus sentidos a lo
que tenía que contarle.

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“Seré breve, papá. Todas las dudas
que tengas las responderé luego de esto, así
que por favor, pon atención a cada una de mis
palabras. El DCR-XYZ fue creado con el
propósito de que la humanidad conociera la
auténtica verdad. Te contaré todo lo que pasó,
el cómo pasó y quiénes son los culpables de
todo este caos que ha caído sobre el planeta
durante las últimas décadas.
Fue creado como un elemento para
traer justicia a un planeta injustamente llevado
a la destrucción, para que este tomara el
rumbo apropiado, alejado de mentiras y
falsedades. Como era de esperarse con tu hija;
mi hermana no estaba de acuerdo, el poder la
consumió, las mentiras de los falsos ídolos…
Aún no ocurre en tu realidad, papá. Pero cada
día el momento está más cerca y deben estar
preparados. Para ello creé La Verdad, el cofre
que estabas utilizando.
Ella tiene grandes poderes, más que
los míos; formó alianzas con seres muy
peligrosos de otras dimensiones solo para
asesinar a los dos primeros dueños. Ahora,
llena de deseos de poder crear sus propias
realidades, sabía que vendrías tras el artefacto.
El segundo sistema de protección tenía
un sólo truco: estallaría sólo con la amenaza

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encerrada dentro del escudo generado por el
artefacto. Cuando nos trasladamos aquí, una
forma etérea de mí la contuvo los segundos
necesarios allí dentro, hasta pulverizarla.
Ahora, Papá… –continuó su hijo,
mientras abría la mano–. Es hora de que me
acompañes para que veas con tus ojos el
futuro que caerá sobre la Tierra en unos años.”

Ismael se levantó hipnotizado, atraído


por la verdad. Estaba viviendo algo que iba
más allá de su comprensión. Estaba viajando
al futuro, desde otra dimensión. Huyendo por
el espacio, escapando de sus hijos omni-
potentes, eludiendo la realidad huérfana.
Viendo la cabeza… de su hijo rodar… hasta
sus pies.

La cara del creador delataba una


calma plena. Su cuerpo se desplomó tras ésta,
con unos finos chorros de sangre saliendo
desde el corte recién hecho. Su imagen no era
etérea, era su cuerpo; no había trucos. El
viento sopló tierra hacia la cabeza cercenada
de su hijo.
-Es un placer ser la mala –dijo la
mujer, apareciendo tras desactivar el modo

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invisible al lado del cuerpo de su hermano–.
Ser verdaderamente mala.
-Que… No, espera –Ismael vio la
bandada de aves acercarse, sobrevolando en
círculos sobre ellos–. Espera, te explico la
gueá que querai’…. Enserio, porfa, ¡baja esa
espada, por la chucha!
-Este es el poema de la muerte
Este donde te cayas y sientes
Este donde ríes y lloras
Donde recuerdas todo y nada
Este es el poema de la muerte…
-¡Espera, no! ¡Yo…!

La afilada espada negra se clavó en la


cabeza de Ismael lentamente, donde cada
centímetro que atravesaba el hueso y la carne
lo hacía retorcerse con un dolor agudo y
desesperante. Trató de frenar el corte con sus
manos apretando el filo de la espada, pero
éstas se calcinaron al tocar el metal negro,
quedando en muñones chamuscados que le
hicieron lanzar más gritos de dolor. Cuando la
punta de la espada lo atravesó hasta tocar el
suelo, su hija la retiró con un solo
movimiento, dejando caer el cuerpo de su
padre sobre la tierra. Las aves no esperaron

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mucho para caer en picada para comerse los
restos de ambos cadáveres, picoteando y
arrancando todo lo blando que pillaran en los
cuerpos de su hermano y su padre.
-Este es el poema de la muerte… ¿Y
creíste que una explosión me mataría? Los
lamentos de los muertos son la paz que esto
necesita. Sólo con La Verdad, todo se arregla
–al terminar de hablar, el cofre de La Verdad
se materializó en su mano, emitiendo una
papeleta más.

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DCR-XYZ v.6.00, (ÚLTIMA ACTUALIZACION) -
INICIADO
Recordatorio: corromper realidades es un delito
grave.
Sus coordenadas actuales son: Marte Antiguo
(pedir nueva papeleta para más detalles).
Catástrofes por venir: Enfrentamiento contra
Gaviota Roja (altamente peligroso ser interdi-
mensional, pedir nueva papeleta para más detalles).
Batería: 100% y en óptimas condiciones.
Nivel de impresión: 100% y calibrado.
Tiempo de espera para reutilizar dispositivo:
5 minutos.
Misiones sugeridas para sobrevivencia (pedir nuevo
ticket para más detalles):

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1) Asesinar a la Gaviota Roja.
2) Tomar su lugar.
3) Reconquistar la historia.
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-Sí que nos estamos entendiendo


ahora, maquinita –dijo la mujer mientras
guardaba su espada y abría un nuevo portal
que ardía entre el fuego.
Antes de atravesarlo dio una última
mirada a los pájaros que se amontonaban unos
sobre otros para arrancar un poco de carne. La
dueña del artefacto chasqueó los dedos y todas
las aves se apretujaron en una sola gran masa
de plumas, picos y patas, lanzando graznidos
por salir. Desenvainó la espada oscura y
realizó cientos de cortes consecutivos en un
segundo. Toda la masa de aves descuartizadas
cayó al suelo; una jalea de patas, plumas y alas
que aun se movían agresivamente, como si la
última señal que les llegó al cerebro fuera
"huir, huir, huir"
La dueña sonrió mientras su túnica
blanca se agitaba con el viento y fue lo último
en desaparecer tras el portal.

***

23
No… Esto no queda así, hermana.
Concéntrate… Concéntrate.
Tú puedes hacerlo.
Un latido…
Un latido…
Dos latidos…

24
No voy a bajar

-Measte recién –dice–. Ni cagando.


-Tenía que mear –contesta–. ¿No lo
hacemos todos?
-Ese no es el problema. Queda con un
sabor horrible.
-Pero bebé –contesta–. En el fondo, el
pichí, es agua desabrida.
-El agua no tiene olor ni un sabor tan
asqueroso.
-Es sólo agua, cariño.
-No voy a bajar.
La discusión no iba a nada. Bajó el
brazo de la cama hasta el suelo, buscando una
colilla de marihuana que no encuentra. En vez
de ello, encuentra un cigarro. Lo prende con
los fósforos de las cabañas, los que mostraban
una palmera mal impresa sobre una playa
imaginaria.
-Tampoco te voy a besar.
-Pero nena, es solo un cigarro…
-Es más hediondo que tu meado
–contesta–. Ma’ encima te estai’ matando.
-Sí, pero ¿no lo hacemos todos?

25
Tras esto, la mujer se levanta. Se viste
de mala gana. Lanza una última mirada al
hombre sobre la cama antes de dar el portazo.
El hombre queda solo otra vez. Se levanta
desnudo hacia la ventana. Los rayos de sol lo
ciegan. Fumaba un dunhill rojo. Tosió un par
de veces y una señora que va pasando por la
calle le grita “¡oye cochino, tápate!”. Se da
vuelta y le muestra el culo, dándose unos
palmasos.

Baja la mirada: la ponchera aun no le


tapa el pene. Las tetas aún no estaban tan
grandes. Bien, se dijo, estoy mejor que nunca.
Aunque las arrugas eran muchas, más de las
que recordaba. Lo llaman por el citófono
diciendo que se acabó el tiempo hace una
hora: iban a echarlo del motel a la fuerza.

Se sentó en una silla al frente de la


puerta, esperando que la abrieran. Seguía
desnudo. Odiaba fumar por la mañana.

26
Mientras tengas pies, camina

La sonrisa amable del chofer del colectivo fue


todo lo que necesité: tenía que matarlo ahí
mismo. Observé la tarjeta del conductor
colgada del espejo retrovisor interior, leyendo
su nombre y rut en voz alta. En el instante en
que voltea su cabeza para preguntarme, “¿Qué
dijo?”, con cara de asombro, de torpeza o
debilidad ingenua, reafirmé mis deseos; lo
mataría. Desvío la mirada hacia la ventana: me
concentro en los edificios pasar y perderse tras
nosotros, las personas que hacen fila para
volver a casa, la apertura y el cierre de algunos
locales comerciales mientras atardece. Una
banda desconocida suena en el modo aleatorio
del celular. Trato de seguir el ritmo del
bombo. “¡Repita lo que dijo recién!”, gritó el
chofer, frenando el colectivo.
A pesar de no querer volver a caer en
la tentación de mi inconsciente e instinto
asesino, no elijo controlarlo. Decido que fluya
por mis venas. Mi sistema nervioso obedece;
las cosas que veo se transforman y moldean en
lo que quiero hacer.

27
Sin medir la fuerza del chofer o la
posibilidad de que me mate con el fierro que
traía escondido entre la puerta y su asiento,
termino abriéndolo del cuello hasta la nariz.
Clavando mis uñas y hundiendo los dedos en
su garganta con desesperación, evitando que
reaccione. Sus intentos por detenerme son
fútiles.
Visualizo dentro de esa enorme
abertura sangrienta, hundir mi cabeza, girarla
y restregarla con todo dentro, mirando como
su piel se ensancha por aguantar mi cráneo
frotándose con la carne. Después, abrir mi
mandíbula hasta el límite de desencajarla,
antes de plantarle una mascada al esófago. Lo
tironeo con los dientes. Es un masticable
repulsivo, con la consistencia del cochayuyo.
Apesta a carne cruda, recién molida. Mis
incisivos muerden unas venas que no tardan en
romperse. Mis caninos afirman el dañado
trozo y el resto sólo es una lucha de tira y
afloja, hasta desprendérselo. Mastico varias
veces el trozo de gomoso esófago. Se lo
escupo a la pálida cara del chofer, ya sin vida
en los ojos. Lo miro y me da náuseas. Ya no
era mi imaginación.
Ni me di cuenta que nos habíamos
detenido en un sitio eriazo. Me afirmo con

28
ambas manos de la cabecera del asiento del
chofer. Me impulso lo suficiente para
direccionar mis piernas hacía su cara. Le
asesto varias patadas certeras en los dientes
hasta sacarle varios. De paso, también le
desfiguro los labios y la nariz, hasta que la piel
de su cara comienza a hincharse y sangrar.
Mis zapatos de gamuza quedan entintados de
sangre. “Eres asqueroso”, me responde el
muerto chofer.
Salgo del auto. Sentado sobre el techo
del mismo, prendo un cigarro. Ya no hay
imágenes que se formen a mi alrededor. El
conductor desciende del colectivo (nosécomo),
con su ropa bañada en sangre. Sale caminando
y se voltea a ver como fumo. Esboza lo que
parece una sonrisa. “Te estai’ volviendo loco”.
Le lanzo el cigarro a la cara y éste, como si
fuera el material más inflamable se prende de
pies a cabeza (noséporqué). El conductor se
revuelca en el suelo. Trata de apagar el fuego
que lo consume. Lo escucho reírse (ollorar)
mientras rueda en el suelo. La música en mis
audífonos deja de sonar.

Despierto cuando estoy teniendo sexo


con alguien. Siento la sangre seca atascada en
las uñas, las que se clavan en la espalda de la

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mujer. Le hago daño. Ella muerde mi labio.
Los aprieta (¿nomegustaosí?). Comienzo a
entender lo que pasa. Le tiro el pelo hacia
atrás. Le gusta y me ahorca en cada exhalación
de aire que damos. Me monta sin piedad. No
hago la paz con ella. Le doy fuerte y ella lo
triplica, quizás quintruplica. Los arañazos
irradian alegría en cada pasada por la espalda.
Terminamos. No me quedan cigarros.
Ahora que la veo tumbada en la cama
recuerdo quién es. Prendo la televisión y la
pongo en silencio. Busco las noticias. La foto
del chofer asesinado sale al lado de la imagen
de un sospechoso. No soy yo. Suspiro de
alivio.
Encuentro un pito armado dentro de
mi billetera. Lo fumo sin despertar a la mujer.
Apago la tele. Cierro con cuidado la puerta.
No tomaría el colectivo ese día.
Preferí caminar.

30
Tarde o temprano

Al cabo Gutiérrez le tocaba el peor turno de la


mañana: dirigir el tránsito. Debía permanecer
dentro de la cuca y ver si alguien no llevaba
puesto el cinturón, excedía el límite de
velocidad o provocaba algún altercado
producto del estrés matutino. Con pocas ganas
prendería las balizas del carro y saldría a
ejercer.

Se tomaba un café en un pequeño vaso


de plumavit, directo desde la máquina de la
comisaría. Le dio varios sorbos pequeños
hasta darse cuenta que se había quemado la
punta de la lengua. Lo dejó en el posavasos
cerca del freno de mano, relamiéndose. En la
radio sonaba One more time de Daft Punk; si
bien no era un fanático de la música
electrónica, era lo que más necesitaba para
despertarlo a esas horas. Mientras cabeceaba
al ritmo de la música, esforzándose por
mantener los párpados abiertos, su mirada se
repartía entre el espejo retrovisor superior, el
del costado y la calle frente a él; una de las
esquinas más concurridas justo fuera de la

31
comisaría. Esperando que se hubiera enfriado
un poco, Gutiérrez volvió por el café, dándole
un sorbo para comprobar. Al no sentir el agua
hirviendo, se mandó un largo sorbo, con un
ojo aun sobre la calle.

Pese a su atención, un repentino


estruendo lo hizo resaltar. El café saltó de sus
manos directo a su entrepierna. El cabo
Gutiérrez dio un grito de dolor y salió
maldiciendo del carro. Su vista volvió al
accidente, a metros de él. Desde la comisaría
le gritaban, ¡Que pasó Gutiérrez!, ¡Que gueá
estai’ haciendo, pajarón! Sabía que nada
justificaría su distracción, por lo que se puso la
gorra y salió disparado en dirección al choque.

Un Kia 4x4 de un plateado metálico


había sido impactado por el costado por una
camioneta Chevrolet blanca: otro más que no
respetaba la señalética, el lomo de toro o el
paso de cebra.

Mientras algunos detenían sus autos


para ayudar, el cabo Gutiérrez se paró en
medio de la calle para impedir el atochamiento
de los curiosos a esa hora peak del tráfico. Sus
compañeros daban órdenes de jalar la puerta

32
de los vehículos para sacar a los lesionados,
mientras unos civiles gritaban la dirección del
accidente al 131, para orientar a una
ambulancia que tardaría en llegar.

Le hervía la sangre cuando, a pesar de


las instrucciones, alguno de los conductores lo
ignoraban; un city car se había detenido en
medio del atochamiento, unos metros tras el
accidente. El cabo Gutiérrez se acercó con
pasos agigantados, piteando y con las manos
en alto hacia los demás que tocaban la bocina.

-¡Señor! –gritó a la ventana,


golpeteándola para que bajara el vidrio–. ¡Está
obstruyendo un procedimiento policial!

Al no obtener respuesta, el cabo


Gutiérrez perdió la compostura, golpeándole
con el puño cerrado el capó del auto. El vidrio
polarizado y el brillo del sol naciente le hacían
imposible ver al interior.
-¡Muévase, ahora! –gritó nuevamente,
mientras vio el vidrio del conductor descender.
Sabía lo que venía: otro viejo molesta con el
taco, seguramente atrasado, estresado, con
niños que llevar al colegio, que había dormido

33
poco, iracundo conductor con complejo de
poco cerebro y pene pequeño.

Pese a sus suposiciones, el cabo


Gutiérrez se había equivocado. El cañón de la
escopeta apareció apuntándole directo a la
cabeza, dejándolo paralizado.

-Por la pensión, el divorcio que


evadiste y mis hijos, ¡Maricón conchatumare!

Entre los bocinazos, los griteríos de


dolor y la sirena de la ambulancia acercán-
dose, el disparo resonó fuerte y claro en la
concurrida avenida. La cabeza del cabo
Gutiérrez estalló en pedazos frente a la
comisaría, mientras el cuerpo inerte se
desplomaba en medio de la calle.

El city car aceleró a fondo, cruzándose


y adelantando varios autos para perderse de
vista de los atónitos carabineros.
Music's got me feeling so free. We're
gonna celebrate. Celebrate and dance so free.
One more time Sonaba fuerte desde la patrulla
abandonada antes que sonara el campanazo
final de la canción.

34
El cuerpo del cabo Gutiérrez fue
traslado al servicio médico legal. Su hora de
deceso: las 7:46 am.

35
Cumbres Borrachas

Las circunstancias se dieron. Terminó


yéndose conmigo a la casa. Todas las
circunstancias culias’ que tanto quería evitar;
el Carmenere, ese dulce ahumado nocturno, el
calor en los cocos de tanto caminar, el
zumbido en los oídos por la estridente música.
Las calles apestaban a muerte igual
que nosotros, éramos parte de eso. Veía cada
una de esas marcas negras en el piso mientras
pensaba en contarle eso: decirle que esas
manchas negras eran chicles que los sucios de
mierda lanzan al suelo y que al paso del
tiempo, sumado a las pisadas, se van
oscureciendo cada vez más. No le dije nada.
Seguimos caminando en silencio por la
madrugada, dando tumbos uno contra otro.
Cuando estábamos por llegar, se
apoya en mi hombro. No entendía por qué lo
hacía y el tratar de descifrar el por qué, me
causaba una aguda punzada en la cabeza.
Hurgo entre mis bolsillos y encuentro las
monedas. Están heladas, pero sobre mis manos
frías se sienten tibias. Balbuceo la dirección al
Uber y me duermo.

36
Pasa un rato hasta que nos vemos
subiendo las escaleras hasta su depa. Me
siento inerte por la borrachera. Ido por las
drogas. Trasnochado por no haber dormido.
-Entra –abriendo la puerta de la pieza.
-¿Y tú? –quedándose parada en la
entrada.
-Dormiré en la otra pieza –entrando a
su pieza.
-¿Qué? No… –acercándose a impedir
que cerrara la puerta.
-Duerme –empujando el cuerpo contra
la puerta.
-¡Estai’ curao’! –golpeando la puerta.
-¡Y tú igual! –cerrando la puerta con
seguro.

A las doce del día sonó mi alarma. Me


dolían las piernas. Al entrar a la pieza, recordé
que ella había venido conmigo. “Mierda”, su
enorme culo estaba sobre las sábanas,
dándome los buenos días. La lencería negra
estaba bordada. “Mierda, no… No”, salí y
cerré la puerta. Me quedé afuera, pensando,
apoyado en la puerta del baño. “El medio culo,
conchatumare… ”. Sacudí mi cabeza, tratando
de liberarme de todo pensamiento. Luego me

37
di un par de cachetadas para despertar y entré
a ducharme.
Eso quería, una ducha fría. Despejar-
me, volver a despertarla y ya. Decir cualquier
mentira barata: tenía que trabajar, debía salir a
andar en bicicleta, ir a comprar, pagar unas
deudas… La erección no se había dejado
esperar. No se me bajaba ni menos con la
imagen de ella en mi cama, casi como si
estuviera esperándome a que la atravesara.
“Son rollos míos, la loca no quiere nada…
¿Cierto? Mierda… ¡No!”, me puse en el
centro de la ducha. Todos y cada uno de los
chorros que salían del filtro del grifo caían en
mi pelo, la sentía deslizarse por mi cuello, por
mi espalda, por mis ojos vidriosos y el puño
apretado, golpeando la puerta corrediza de la
ducha.
Había entrado al baño. La miré y me
espanté. Pero me aterré aún más cuando
empezó a entrar a la ducha, sin quitar la
mirada de mis ojos: no pude hacer nada.
-¿Porque no fuiste a la cama?
–preguntó ella, metiendo delicadamente una
pierna seguida de la otra, hasta estar dentro y
cerrando la puerta tras ella.
-Tengo que… Tengo que salir
–balbuceé al verla a centímetros de mí.

38
-Dudaste… Significa que no queris’
salir –dijo abrazándome. El agua caía sobre su
piel formando cascadas que caían de su cuello
y terminaban sobre sus nalgas.
-Tengo que salir de aquí –dije,
moviendo la puerta corrediza. Algunos
chorros de la ducha se escapaban hacia fuera.
-¿Por qué? –preguntó, mojándose el
pelo. Sus manos acariciaban su cuerpo con
delicadeza.
-Porque… Mierda… No te dis’
vuelta… No… –balbuceé, viendo cómo me
daba la espalda.
-No me ai’ dicho por qué no te metiste
a la cama –contestó, haciendo la mirada del
cicilista. Su cuerpo parecía brillar con el agua:
era una sirena.
-Tú sabis’… por qué po’ –dije,
escuetamente.

Salí desnudo de la ducha, olvidando


mi toalla en el baño. La línea del no retorno
estaba ahí mismo, a un abrazo de distancia.
“¡Mierda, mierda, mierda!”, entré a cambiar-
me de ropa y su aroma estaba por toda la
pieza. Me puse la ropa sin secarme; se pegaba
a mi piel. Había que arrancar de ahí, de una.
Ella salió del baño tal cual entró. Sus pisadas

39
húmedas las sentí como un temblor bajo mis
pies. Otro diálogo. Esta vez preferí no mirarla.

-¿De qué arrancai’? –preguntó ella.


-De todos… Y de ti –poniéndome los
zapatos.
-Te importan demasiao’ los demás
–contestó ella.
-Porfa’, ponte algo y ándate
–amarrándome los cordones.
-¿De qué tenis’ miedo? –preguntó ella.
-No te acerquis’… –dije mientras me
levantaba, pero ella se interpuso entre mi
cuerpo y la salida–. No…

Su lengua me recorrió la cara, desde el


mentón a la frente mientras susurraba mi
nombre. Mi vista se nubló antes de salir
corriendo y saltar del balcón al primer piso,
cayendo sobre los arbustos de lavanda (nunca
lo había hecho sobrio). Sus preciosas tetas
terminaron de moverse cuando llegó al balcón,
justo sobre mí. Corrí, mientras ella gritaba un
par de cosas que no alcancé a escuchar.
A pesar de todo, esa noche nos
volvimos a juntar. Eso había gritado, “te veo
más tarde”. Volví a llamarla y volvió a llegar a
mi casa. Volvió a aterrarme que nos

40
juntáramos sobrios. Volvimos a hacerlo. Eso
lo hacía todo peor.
Somos como esos chicles… Defini-
tivamente. Pisados y clavados.

41
El Retorno del Sol

A diferencia de otras épocas, planetas o reali-


dades, la oscuridad era parte del diario vivir.
Para ellos, esta era la fecha más esperada para
toda la humanidad: el retorno del sol.
El planeta Tierra existía sobre un
extenso sistema solar más extenso de lo usual,
donde su movimiento de traslación era de
miles de años. A pesar de que algunos nacían
y morían sin jamás verlo, todos sabían sobre la
leyenda del Sol: el único dios que anhelaban
que apareciera ante ellos.
Cuando se dio el anuncio de que el Sol
regresaría, varias personas fallecieron de la
pura impresión. Otras rezaron por la buena
nueva, esperando ser tocados por el calor de su
energía. La misma energía que habría dado la
vida sobre la tierra, cuando el planeta tenía
luz, calor y vida vegetal.
Los humanos de esta realidad vivían
en la oscuridad, bajo tierra. La Luna se
acercaba más cada año, haciendo que subieran
las mareas y reduciendo las zonas habitables.
Ahora, ante el retorno del Sol, todos cobraban

42
las esperanzas que los enfundara de la vida
que tanto disfrutaron sus antepasados.
No había ningún registro claro del
concepto de “calor”, tampoco una buena
definición de lo que se entendía por “luz”; por
lo que nadie se preparó para ello. Para la
mañana en que el Sol se hizo presente y los
pequeños rayos de fuego comenzaron tocar la
superficie del planeta; los gritos despertaron al
mundo.
Todos se quemaban al verlo. Sus
globos oculares estallaban. El cabello se
incendiaba. La piel se derretía y dejaba paso al
esqueleto carbonizándolo en segundos; era el
fin. La Luna estaba más cerca que nunca;
pareciera que ambos astros se esforzaban por
asesinarlos.
Cuando el Sol estaba en lo más alto,
no muchos quedaban. Unos huyeron bajo el
agua, otros buscaron el inframundo, pero no
sobrevivían demasiado. El calor era mortal.
Extraños animales aparecieron esa tarde,
refugiados en la oscuridad de la superficie.
Pocos humanos los alcanzaron a ver, porque al
igual que ellos, también se incendiaron hasta
convertirse en cenizas. Quizá también
llamados por el implacable retorno del Sol, el

43
que todos anhelaban pero ignoraban que
sería… que sería así.
La Luna y el Sol se ocultaron 24 horas
después. Todo el paraje desolador eran restos
carbonizados de fauna. El suelo quemado aun
expeliendo humaredas que se perdían en lo
alto. Una ligera lluvia comenzó a caer sobre el
planeta, transformándose en una tormenta que
despertó al mar dormido. Éste subió sin
control, mientras los terremotos de diez grados
reacomodaban toda la tierra y los mares
retomaron todo otra vez.
Ya no había ningún humano para
presenciar el final. La Luna se giró sobre sí
misma hasta desenroscarse una mitad de la
otra, como una tapa, mostrando que no era
más que una gigantesca nave. Al separarse,
ambas partes tomaron direcciones opuestas en
cada extremo del planeta. Un último gran
terremoto sacudió al planeta mientras ambas
naves reposicionaban los polos del planeta. La
Tierra giraba estruendosamente en contra de
su sentido de rotación, forzado por las dos
partes de la Luna hueca, tripulada por
desconocidos. Así era el trabajo. Así se hacía
cuando todo se reiniciaba.
El Sol volverá a pasar por ese sector
en otros tantos millones de años. Se puede

44
vivir sin el Sol, esa era la conclusión después
de que esta antigua generación fuera
calcinada. ¿Lo extrañarán si no vuelven a
saber de él?

45
Las Caras Culpables

La Samantha era bacán. Nah’ que decir, o sea,


era buena onda po’, no le hacía mal a nadie.
La gente no más es la mala, el colegio, el
sistema, pero no sé si mala con ella… Todo el
curso era bien malo y no todos estábamos con
ella desde la básica, eso sí. Unas niñas
llegaron ya en la media, las más pesaitas, pero
otros cabros igual eran pesaos’ con todos
igual.

Yo me sentaba atrás de la Samantha,


en el lado derecho de la sala. Yo quedaba
detrás del pilar me acuerdo, así copiaba más
fácil. Y como la Samantha igual era… uste’
sabe po’, bien grande, maceteada, bueno… se
me hacía fácil copiar así. Igual me hice amiga
de ella por eso, por interés. Eso estuvo feo,
pero mis amigos igual me hueaban por eso;
también me hicieron bulling po’. Que me
gustaba “la trol” decían. Ah sipo’, así le
decían pa’ que lo anote; demás que sale en el
anuario también.

46
Todos los años le aparecía el acné en
la cara; la recachá de espinillas. Ella se
escondía siempre por eso. En los recreos
pasaba en el baño y a las fiestas nunca iba,
excepto a esa po’, la final… Pero la Samantha
era buena onda como le decía. Si nosotros
éramos los malos po’, los pesaos.

De lo primero que me acuerdo fue en


básica, cuando se hizo caca. Todos nos
reíamos y me acuerdo que unos profes
también. De ahí que le decíamos ogro o trol
por la mancha verde que dejó en la silla hasta
que llegó al baño. Hedionda la culiá. De ahí
quedó así po’, la trol. Después en los años
siguientes ya era, como dice uste’, puro
bulling. La pifiaban cuando le tocaba
presentarse. Le echaban basura a la mochila.
Le tiraban fósforos prendidos. Le cortaban
mechones de pelo. También le pegaron: las
niñas sipo’, dentro de los camarines. La
hueaban porque tenía rollos, las tetas grandes
pero con grasa. Ahora que me acuerdo le
decían tetona grasienta. Le subían la falda para
ver si tenía pico. Trol, ogro, trol. Le teníamos
varios cánticos en la media. Pero ahí ya nos
tenían sapeaos’ los profes. Cuando estábamos
solos noma’ los coreábamos.

47
La loca nunca se juntó con nadie eso
sí. Ninguna de las minas se juntaba con ella.
Yo nomás, que me escondía sentándome
detrás de ella. Le decía cualquier hueá nomas.
Que le quedaba bien ese cole. El peinado. Las
uñas. Porque del resto no podía ni mentirle
po’. Los lentes igual se los rompieron varias
veces, pero la Samantha siempre haciéndose la
hueona. Riéndose pa’ callá. Como si ya no le
importara que la huearan. Como media autista
igual po’.

Los perkin que llegaron en la media le


decían así, la autista, mongola o monga. Le
pegaban varios paipes cuando no había nadie
viendo. Pero yo los escuchaba porque estaba
justo atrás. “Si le decis’ a alguien te vamo’ a
borrar todas las espinillas a puros cachetazos
chancha culiá”, le decían los locos nuevos.
Algunos que venían con ella desde la básica
igual se paraban, pero hasta ahí noma’. Nadie
la defendía mucho.

De ahí le empezaron a decir Sammy,


no me gustaba pero encuentro que era mejor
que siempre estarla agarrando a chuchás. Igual
era feo. La minimizaban caleta a la loca.

48
Aguantó los doce años igual po’. Y puta, en la
licenciatura quedó la cagá.

La Sammy se subió al escenario a


cantar. Le gustaba eso, siempre estuvo en la
academia de música. Y esa era su última
prueba, cantar una canción a capela. Pero
nada. Empezó un discurso sobre el bulling, los
compañeros de mierda y el colegio culiao’. Le
silenciaron el micrófono pero se puso a gritar.
Dijo que los odiaba a todos. Puta, uste’ debe
tener el registro de las cosas, yo ya ni me
acuerdo. De ahí… nada po’. Nadie volvió a
saber de ella. Nunca tuvo whatsapp, insta o
alguna otra red social. Nada. Me habían dicho
que los papás se habían cambiado de casa
noma’ pero, no cacho na en verda’…

-Tu testimonio es muy valioso para


nosotros, Yazmín –dijo el hombre vestido con
un cortaviento azul. En su espalda las
amarillas siglas de la “PDI” se iluminaban por
el sol que entraba por la ventana–. No sabes
cuánto.
-¿Ya terminamo’ entonce’? –preguntó
Yazmín, parándose del asiento–. Es que está
por salir la Josefita del jardín.

49
Por un momento, el tiempo pareció
detenerse en la habitación. Los graznidos de
unas gaviotas se sintieron sobre el edificio,
hasta perderse en dirección al mar. La mujer
de la PDI que escuchó en silencio toda la
declaración de Yazmín, hizo un gesto al
hombre para que se detuviera.

-¿Tienes… una hija? –preguntó la


mujer.
-Sipo’, la “Jose” –contestó Yazmín–.
Tiene cuatro añitos ya.
-Eva… No es momento para…
–interrumpió el hombre, sin éxito.
-¿Y la quieres? –preguntó Eva,
ignorando al hombre y acercándose a
Yazmín–. ¡¿La quieres mucho?!
-Sí… Obvio que sí po’… –contestó
Yazmín, sin saber muy bien cómo responder–.
¿Qué tiene que ver eso con…?
-Eva, para –dijo el hombre,
interponiéndose entre Yazmin y Eva–. Esto no
está ayudando.
-¿Qué onda ustedes? –preguntó
Yazmín, perdiendo la paciencia–. ¡Todavía no
me han mostrao’ ni las placas po’! ¡¿Qué
hueá?! ¿Quién chucha son? ¡¿Ah?!

50
***

Al arrojar el último miembro del


cuerpo de Yazmín a un tambor de unos 200
litros, Ernesto le vació casi cinco kilos de soda
caustica mezclada con agua. Se quitó la
mascarilla y la chaqueta, arrojándolas también
al tambor. Observó con detenimiento como las
letras mal estampadas de la PDI se despegaban
poco a poco. Vio a Eva a lo lejos, sentada en
el balcón con la mirada perdida; el arma con
silenciador aun temblaba empuñada en su
mano.

Ernesto hundió el pie de Yazmín lo


suficiente para sellar la tapa. Abrió una libreta
que tenía en el pantalón y tachó uno de los
cuarenta nombres que allí salían. Llevaban
quince jóvenes disueltos en ácido, pero cada
vez se hacía más difícil para él y su esposa.
“Piensa en la Samantha… Piensa en el
bulling… Tienen que pagar estos pendejos
culiaos”.

Eva maldecía cada día desde el


suicidio de su hija. Nada la detendría. No
dejaría ni uno solo vivo.

51
PARÁSITO

Parásito: Se le conoce así a quien pide y nunca


da. Una persona despreciable que te chupa
todo y que jamás te retribuirá nada.

-Buena, loco. ¿Cómo estai'? –la


desagradable voz, la colonia barata y, como
siempre, justo cuando habíamos abierto el
vino; era el parásito–. ¿Me dai' un sorbito?

No podía ser otro: el gueón más


callampa de la ciudad. Le encantaba justificar
que era así por muchas razones,
supuestamente justificables. Pero los que
estaban cansados de su actitud de mierda,
creían lo contrario: un pao’ culiao’ nomás.
-¡Buena, loco! –respondió Omar en
tono sarcástico–. ¡Tanto tiempo! ¡Sírvete
nomás!
-Oye –susurré a mi amigo–. ¿Es el
vino con laxante?
-Sht –respondió Omar, dándome una
patada por debajo y volviendo a mirar al
parásito–. ¡Toma noma’! ¡Está re bueno,
hueón!

52
-Vale, perrito –contestó el parásito.
Omar lo conocía de hace años.
Compartió innumerables carretes donde el
parásito se ganó su apodo: yendo al baño y
arrancándose después, diciendo que tenía plata
y después que no, o simplemente pidiendo
copete, cigarros, fuego, uber y plata, todo en
una misma noche. Omar prefirió anticiparse
esta vez. Sonrió mientras mezclaba el vino con
el diarreico más efectivo del Doctor Simi,
especialmente elegido para el parásito.
-¡Un manjar, loco! –dijo una vez que
se tomó el vaso al seco, como era de esperarse.
-Pero, loco –Omar fingió estar
sorprendido, pero yo me tuve que morder la
lengua para no reír. Su falso tono de seriedad
lo hacía aún mejor–. ¡¿Acaso te has bebido
todo el contenido de la caja?!
-Sí, perro… –respondió el parásito,
aun con los labios morados–. Estaba… súper
bueno.
Casi tan sigiloso como apareció, el
parásito se esfumó de nuestro lado. Fuimos
directo al baño, intuyendo que podría estar
plantado cagando. Apenas cruzamos la puerta,
captamos el potente mierdal que le salía del
culo, junto con chisporroteantes sonidos de

53
caca desparramándose por toda la taza del
water, con un eco contundente.
-¿Loco? –preguntó Omar, golpeando
la puerta–. ¿Estai’ bien? Tenemos más vinito...
-Urrrgggh... Ahí nomá, hermanito...
¡Aaaaah! –como cemento cayendo de un
camión, escuchamos el efecto del laxante
resonar en la taza del baño por última vez,
antes de irnos.
Puede que oliera a mierda, pero
también olía a victoria. El parásito aprendió su
lección.

54
Demando el ruido

Estuve esperando una puta hora afuera. El frío


me traspasaba los dos pares de calcetines que
llevaba puestos. Apenas saliera nos iríamos a
chupar al centro. Se supone que solos, pero
terminó saliendo con un compañero de la
pega.
Parecía buena onda, un hueón
simpático. Era claro que también quería
follársela, pero después que se sacó unos
cigarros olvidé las sospechas. Mientras lo
encendía, pensé que terminaría uniéndose a
nuestra pequeña travesía, donde tendría que
luchar contra él para ver quién la conquistaba.
Como íbamos bastante lejos de donde él vivía,
para mi suerte, prefirió quedarse. Me guardé
uno de los cigarros que me dio y nos
despedimos. Ya era casi medianoche cuando
partimos al carrete.
Al llegar, saludamos a todos los que
conocíamos, juntándonos en un solo gran
grupo pero quedando separados por la
longitud de tres mesas juntas. Se formaron los
grupitos de más amigos y empezaron a llegar

55
las cervezas. La música en vivo sonaba fuerte:
The Trooper de Iron Maiden.
La tercera botella a medio terminar y
que no me daba lo necesario; estaba algo
desvanecida, pero no impedía que la tomara
Esperaba una señal de cómo chucha poder
decirle algo concreto sin parecer un borracho.
Algo que me pudiera creer sin perder el
dominio del poco léxico que aún conservaba.
Sería una buena noche si todo salía bien, la
mejor.
A medida que la madrugada llegaba y
el carrete mataba, poco a poco se fue
reduciendo el número de amigos. El vaso de
pisco con blanca me hizo recuperar los
sentidos, al menos el rato suficiente para hacer
el aguante con los pocos que quedaron. Me
invadió el sueño después de tanto tomar, pero
aunque esa noche le dijera mis sentimientos y
me rechazara, sería una victoria. Idiotamente,
quise seguir con el plan hasta el final,
subiéndome al Uber con ella y los zombies
restantes que iban al after, en dirección a un
departamento sobre las cuestas de la colina; el
barrio adinerado de la ciudad.
Allí arriba el ambiente era distinto al
pub donde estábamos. El aroma a cigarro me
inundaba los pulmones con cada bocanada; el

56
departamento estaba saturado de una espesa
nube de nicotina y definitivamente no
escucharía nada similar a Iron Maiden ahí.
Permanecí en el balcón, divagando
ideas de planes para que todo funcionara,
creyendo que aún tenía el control de la
situación y era responsable de la estúpidas
decisiones que tomé para llegar hasta ahí.
Eran las seis de la mañana y todo
estaba difuso. El olor a cenicero, las latas
vacías que ya despedían ese olor a lúpulo
babeado, los cadáveres de algunos que ya no
se movían u otros que estaban cagados de frío
en el balcón. La música pegada desde el
amplificador era lo único que resonaba sobre
los murmullos de los pocos en pie, una playlist
de bandas indie desconocidas. Cuando entré
por otra lata o lo que pillara, la encuentro en
uno de los sillones que estaban al lado de la
cocina. Estaba acariciando la mano de otro
hueón por lo bajo.
Cuando me vio entrar a esa espesa
nube de humo y percibió que mi mirada caía
sobre sus manos, las quitó. En ese momento
me advertí que estaba a punto de quedar como
ahueonao y peor aún, en toda la cara. Y es
cuando todas las señales de la ley del hielo, los
besos cuneteados esquivados, las respuestas

57
tardías y las muletillas cuando le preguntabas.
Todo se vuelve etéreo e insípido, se esfuman
como la basura. No te importa a donde se la
lleve el Tasui, solo quieres deshacerte de la
hueá.
Amanecía y la oscuridad cobraba un
nuevo tono azul oscuro. Bajo aún más el
volumen de la música y el carrete está a punto
de matar. Ella me explica en el pasillo que se
iría a dormir. A mi lado, pasa el mismo que le
había tomado la mano, directo a la misma
pieza que ella me había indicado: ambos
ignoramos la presencia del otro. Me habla,
pero le respondo automáticamente, desganado.
No huelo nada más. No oigo nada más. Di un
largo sorbo a la cerveza media llena y me fui.
Caminé varias cuadras hasta recordar el
cigarro de su compañero de la pega, ese que
no quiso carretear con nosotros. Mi cabeza
estaba en un estado de suspensión cuando
prendí el cigarro. Eran las ocho de la mañana
y caminaba solitario gastando la última carga
del celular con los audífonos. Tomé en
silencio el bus, hasta bajarme en la casa y
llegar directo a acostarme. “Ya no es necesario
esto”, pensé, mientras me daba la vuelta y la
música en los audífonos seguía sonando.

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Lo que las palabras no dicen, el silen-
cio lo grita.

59
Insomnio

Te contaré una historia personal. Desde el


fondo de mi corazón.

Estaba encerrado en una pieza,


mientras una perra cocker spaniel rasguñaba
con desesperación la puerta para salir. Sus
crías lloraban del otro lado, tras la puerta de la
cocina.

Tuvo la maldición de nacer como un


perro. Tuvo la maldición de ser adoptada por
humanos. Tuvo la maldición que su raza
pagara por ser “estética” en vez de ser
simplemente un “can”.

Digamos que la perra se llamaba


Lemi, y Lemi lloraba con desesperación para
salvar a sus cachorros.

“Pobre de ti que se arranque esa perra”


y pobre de mí por no dejarla salir, porque no
lo hice. Esto fue cuando aún hacía caso de las
reglas.

60
La perra se desesperó cuando escucha-
mos a los cachorros llorar. ¡Les estaban
cortando la cola! Sin anestesia, sin los
elementos necesarios.

Sentía que se me deformaba la mitad


de la cara. Que veía en tres dimensiones la
profundidad de sus lloriqueos. Podía oler esa
desesperación en su cuerpo por romper esa
maldita puerta.

Les cortaban las colas con una tijera


para cortar pollos. Los cachorros lloraban de
dolor, al igual que mi corazón, pero todo era
por el bien común. Porque a los cocker se les
enredaban las colas.

Si no fueran razas creadas por el


hombre, no deberían siquiera sufrir por el
hombre; somos unos patudos de mierda
asquerosos. Repulsivos seres que pagan y
venden crías vivas, porque no basta con
vendernos.

La perra Lemi tenía mordisqueada la


punta de la puerta, la que se teñía por los
arañazos con un tono sangre leve; la perra se
hería el hocico de tanto mascar astillas. Tres

61
eternos lamentos de cachorros que no
entendían nada. Ni yo entendía algo, pero la
estética: eso te importa.

Si hubiera sido en este tiempo, lo


hubieran transmitido en vivo por sus bonitos
celulares. Se sacan una selfie con las colas
cortadas y le ponen me entristece a su propia
publicación.

El tiempo se funde en uno sólo y


parecemos creer que avanza, pero no.

Te quedaste en el pasado viejo, grita


uno de los que estaba escuchando.

Ya somos el pasado, le contesto. Esto,


está pasando AHORA mismo.

Por las noches, aun los escucho gritar.

62
CtmQueen

La única forma que tenía de conocer a una


persona era culeándomelo. A las mujeres no,
porque no sé; nunca me atreví a besar a una.
Se me hace más comprometedor que con un
hombre, porque ellos, puta que son fáciles. O
al menos para mí ha sido fácil. Un wasap, una
mirada, un direct en la madrugada. Poco
importa si caen al toque cuando necesito uno.

Pero igual me he llevado decepciones


Feas, violentas incluso. Puros feos culiaos’.
Así aprendí también, pero soy más de la idea
de confiar ciegamente antes de no hacerlo; te
doy todo, pero si después me fallas, ya no
confío en ti. Lo fome es que siempre me
termino contradiciendo: a veces mucho copete
hace que me trague el orgullo y todo lo demás.
Cuando andaba caliente, hasta al más feo le
estaba pidiendo pololeo por unos días para
después cagármelo.

Sé que suena malo, pero nah´ que ver.


Los amigos me quieren, mi familia me quiere.
¿Qué tanto importa que coseche el odio de

63
tantos hueones? ¿hueones que puedo
simplemente ignorar y chao?

Después, cuando varios amigos me


dejaron botada, puta que me sentí sola.
Cuando tenía dramas no tenía a nadie, excepto
como siempre el hueón de turno; único que
acudía al llamado cuando me curaba o me
daban crisis de ansiedad.

Y ahí, al loco, le lloraba todo. TODO.


Tampoco tenía nadie fijo con quién hacerlo; a
veces, todo era de repente… Ni en la gata que
tenía podía porque era arisca y me daba
alergia.

Después de todo el show, pasaban las


horas hasta el otro día. No llamo más al hueón
que me ayudó; no puedo verlo después, ni
cagando. Una resistencia como cuando te cae
mal algo a la guata y después ya lo dejas de
comer. Me da náuseas y vergüenza verlo; no
puedo tolerar saber que me ayudó, que me vio
en un estado tan privado. No te compadezcas
porfa. ¡No quiero tu compasión culiá!

Por eso vi en Francisco, tu papá, lo


que tanto necesité. Me pilló caliente, culeamos

64
y te hicimos. Demasiado simple. Todo muy
simple. Sin siquiera darme cuenta del
embarazo hasta que ya era tarde, por caliente.

El doctor me dijo que la leucemia


había empeorado y sabía que no alcanzarías a
llegar para decírtelo en persona, con ese atraso
inesperado del avión. No me quedó otra que
escribírtelo de esta forma, hija. No puedo
morir sin sacarme esto de mi pecho. No te
puedes quedar con la misma duda que yo
cargué por toda la vida. Lo siento tanto, hija,
pero fuiste un puto error.

65
¿Sí?

-¿Sí? –preguntó Federico por el


celular.
-¡Buena, Fede! –exclamó por el
auricular la voz–. ¡Soy yo!
-¿¡Beno!? –dijo Federico, incrédulo–.
¡No gueis!
-¡Como estay’! –contestó emocionado
Benito–. ¡Tanto tiempo, gueón!
-¡Te desapareciste hace un mes po’,
viejo! –dijo Federico, recordando lo último
que supo de él–. ¿En dónde estai´? ¿Este es tu
nuevo número?
-Sí, pero no lo usaré mucho tiempo,
loco –contestó Benito–. Te iba a agregar al
wasap’ pa’ enviarte una gueaita.
-¿Qué cosa? –preguntó intrigado
Federico–. Podríamos juntarnos para hablar
de…
-Te va a llegar al toque, hermano.
Calmao’.
Federico recibió la notificación al
whatsapp de su amigo y lo abrió de inmediato.
Cuando el video se descargó y le dio play,
Federico se llevó la mano a la boca. Benito

66
destrozaba a patadas la cara de un joven que
parecía indefenso. La toma en primera persona
era cruda y horripilante.

-Hermano, que gueá hiciste, loco…


–dijo Federico, viendo el final del video.
-¿Te acordai’ cuando dijiste, “ojalá el
Karma haga cagar a ese gueón que mató al
conejo de la Caro”? Yapo’, me fui al toque.
Agarré el primer bus que iba pa’ la capital y
de ahí a la ciudad del asesino este po’.
Pregunté harto y gueá, por la noticia del gueón
que pateó al conejito po’. Igual no fue fácil
encontrar mucha info’ del loco. Tuve que
matar a varios otros… Pero eso da lo mismo
porque encontré al culiao’. Me hice amigo de
él. Con la confianza le pude ofrecer drogas y
aceptó. Cayó redondito. Cuando llegamos le
dije que probáramos la merca. Se durmió al
tiro. El video es lo único que pude grabar
porque los otros días ni me acordé de la gueá.
Le hice cagar la jeta. Pero la semana antes, el
loco estaba pal’ pico. Lo torturé cacha’ de
horas al día. Estaba a punto de estirar la pata
antes de tiempo ese culiao’… Fede, le pateé la
cabeza igual que como hizo con el conejo de
la Caro… ¿Fede?... Me acuerdo que después
se lo lancé a unos guarenes que había atrapao’.

67
No sé si será violencia darles carne humana…
O sea, ¿violencia? Quise decir, “justicia”.
¿Fede?... Igual te entiendo que estis’ picao’
por la gueá, pero tenis’ que cachar que tu
hermano no era un culiao’ de bien ¿me
entendí’?… ¿Fede, estai’ escuchando? Porque
de verdad espero que estis escuchando…

68
Lazos irrevocables de amistad

Sebastián golpeó el azulejo con el puño


cerrado, haciendo una trizadura de varios
centímetros seguido de un “conchatumare”.

Tras él, alguien tiró la cadena y la


puerta del cubículo se abrió. Valentina aún
con los lentes de sol puestos, se estrujaba el
pelo con un fuerte olor a manzanilla, dejando
caer las amarillentas gotas que se remarcaban
en las baldosas blancas. Bajo el water aún
había agua y espuma; se había lavado el pelo
en la misma taza.
-Era lo más fuerte que se me ocurrió,
pero… –dijo Vale, estrujando una vez más el
pelo y acercándolo a su nariz.– Creo que hizo
efecto.
-Qué bueno –contestó derrotado
Sebastián, quién no sentía nauseas así desde la
última vez que ocurrió.
-No quería… –dijo Valentina al ver la
reacción de Sebastián reflejada en el espejo–.
Obligarte a nada y…

69
-Si sé, Vale, es que… No pensé que
me sentiría así después. Tengo… ganas de
vomitar.
-Creo que nunca te imaginaste que
sentiriai' lo mismo que yo. –Valentina se
acercó a él por la espalda, abrazándolo por la
cintura–. No como esa última vez sipo'...
-Me tengo que acostumbrar… Alonso
era quien…
-Te meaba a ti, sí –interrumpió
Valentina–. Dijiste varias veces su nombre ahí
dentro.
-Lo siento… –Sebastián no pudo
contener la pena en sus brazos.
-Tratemos po´, Seba… Tratemos.

Ambos lloraron dentro del baño


unisex, mientras otra mujer entraba mirando
extrañada a la pareja que se abrazaba con un
profundo dolor, envueltas en lágrimas y pichí.

***

Tiempo atrás

En el celular de Sebastián la alarma no sonó,


el horario de verano no fue tomado en cuenta
por su teléfono. Terminó saliendo del depa sin

70
bañarse o desayunar. La noche anterior le
informaron que un antiguo amigo de la
juventud, Esteban, había fallecido.

Esa mañana sería el funeral; Sebastián


no asistía a uno desde el fallecimiento de su
hermano pequeño, hacía décadas atrás. Tenía
una extraña sensación de rechazo al ir a uno
nuevamente; le sudaban las manos, se rascaba
la cabeza constantemente y no dejaba de
mover su pie derecho en señal de
incomodidad. Sus pensamientos se extrapo-
laban dentro del solitario ascensor antes de
subir al auto que le esperaba en la planta baja;
sin embargo, estaba decidido a ir.

Una vez que descendió, una fila de


personas estaba marchando en dirección al
lugar de entierro, donde una melancólica
música clásica sonaba de fondo, pero no pudo
lograr identificar cual era.

Dentro de la multitud que despedía a


Esteban, habían varios compañeros a los que
no veía hace años, algunos exactamente
iguales y otros irreconocibles. No tenía la
confianza ni las ganas de hablar, pero una sola

71
de las mujeres de esa generación se la acercó a
saludar.
-¿Seba? –preguntó, con claros ojos
inflamados por las lágrimas.
-¿Sí? ¿Hola? –Sebastián trató de
recordar su nombre, pero le era imposible.
-Soy la Vale, la del colegio…
–contestó entre lágrimas.
-¡Valentina! –exclamó sin antes darse
cuenta que no era el momento para gritar,
bajando la voz–. Eres… ¿tú?
-Mi hermanito… Se nos fue el flaco,
hueón… Y yo…

Valentina cayó en los brazos de


Sebastián mientras lloraba. Sebastián tuvo un
Deja vú en ese preciso momento, el momento
en que volvía a tocar la piel de su antigua
compañera, la hermana menor de Esteban.

-No te reconocí, Vale… Yo no he


estado muy presente…
-Oye, oye –dijo ella, interrumpiéndolo
y bajándole el perfil a la situación–. Estás aquí
y él sabría que vendrías. Yo lo sé y eso es lo
importante.
-Sí, pero me hubiera gustado haber
conversado más con él.

72
-Tú sabes cómo era. Jamás estuvo de
acuerdo con… Ay, ahí viene el cura –dijo
Valentina, reposando su pena en los brazos de
Sebastián.

Valentina le pidió disculpas antes de


irse a sentar con el resto de la familia. Pese a
la situación, Sebastián no pudo alejar la
mirada de aquella reformada Valentina, con
quien mantuvo una relación a escondidas de su
mejor amigo Esteban, en aquellos tiempos
mozos, donde parecía que las barreras entre
amistad y respeto eran delgadas y, a ratos,
inexistentes. Si bien el vestido negro no dejaba
entrever nada, Sebastián no tuvo reparos en
imaginar cómo sería el cuerpo de ella ya casi
diez años después.

Se sintió asqueado luego de caer en


cuenta del contexto en que estaba
imaginándola: semidesnuda corriendo por la
playa y con vino barato entre los incipientes
pechos de aquel entonces, cuando los adultos
se veían como un futuro desconocido y lejano.

Los aplausos no se hicieron esperar


cuando se autorizó el descenso del ataúd por

73
todos los integrantes de la familia. La música
comenzó alta y fuerte, y para sorpresa de
Sebastián, ese tema sí lo conocía; era The
Smiths, How soon is now.

Sus lágrimas corrieron silenciosas,


alejados de los demás presentes que sí
tuvieron una mayor cercanía con Esteban en
los últimos años, pero que estaba seguro que
sólo Valentina, él y Esteban comprendían el
significado de la canción que sonaba, a
medida que el ataúd iba descendiendo bajo
tierra.

Acabada la ceremonia, y envuelto por


la melancolía generalizada que allí había,
Sebastián se acercó a darle el pésame a los
padres de Esteban, a quiénes tampoco veía
hace un largo tiempo. Por un instante fugaz,
Valentina le tomó la mano.

Ya en la entrada, y bajo uno de los


pocos árboles del lugar, encendió un cigarro,
quebrantando uno de sus juramentos de no
fumar por las mañanas; la tos con sangre no
tardó en aparecer. Miró a ambos lados, antes
de limpiar su mano disimuladamente con la
parte trasera de la banca.

74
La inconfundible figura de Valentina
se acercó desde la multitud, todos aún se
saludaban y abrazaban soltando lágrimas de
emoción.

-¿Me prestas fuego, Seba?


-Sí, toma –contestó procurando
limpiar la mano rápidamente–. Y… bueno.
¿Qué sientes?
-De todo un poco… –su cigarro
encendió al primer intento–. Es raro esto.
-La muerte, en algún momento, viene
por todos, Vale.
-Lo sé, pero no te genera una
sensación rara… Haber escuchado ese tema
aquí, ¿justo hoy?
-Ah… –Sebastián había olvidado la
sensación, hasta que las palabras de Valentina
calaron hondo en sus recuerdos otra vez–. Sí,
fue extraño.
-Yo pedí el tema, pero pensé que…
No me afectaría tanto –dijo con un claro nudo
en la garganta, hasta desviar la mirada de
Sebastián y limpiarse bajo los grandes lentes
de sol que traía.

Al cabo de unas horas, el café


despertaba los sentidos de ambos, en un local

75
al que solían ir tiempo atrás, antes que se
convirtiera en un salón de té. No había mucho
que decir luego del cigarro que fumaron fuera
del cementerio. La primera en hablar fue
Valentina.

-Han pasado décadas y siguieron con


la misma mirada –dijo ella, viendo hacía el
exterior del salón, hasta la concurrida avenida.
-¿Y qué mirada es esa, Vale? –el café
seguía muy caliente, pero no lo importó
quemarse un poco los labios.
-Esa mirada, sí… Esa misma con la
que me estás mirando ahora.
-La misma con la que Esteban nos
miró en su momento.
-Córtala –dijo Valentina, levantándose
los lentes. Sus ojos seguían de un notorio color
rojo, irritados y con los párpados cansados.
-No pudiste haber escogido ese tema,
sin pensar en ese momento. Sé que no.
-No, claro que no. Pero… ¿tú no
entiendes? Esto era un tabú para tu familia y la
mía ¿qué te pasa?
-¿Y crees que para mí no? ¡Era mi
amigo por la conchatumare! –dijo Sebastián,
gritando las últimas palabras.

76
-¡Shhhzzt! –recalcó Valentina,
haciendo un gesto con el dedo–. ¿Qué estai’
haciendo, gueón?
-Todavía me culpai’ por eso…
–Sebastián bajó un poco la voz antes de lanzar
un grito ahogado–. ¡Me lo restregai’ en su
funeral!
-¡Yo también quería olvidarlo! –la
taza de Valentina salió despedida luego que se
parara de la silla.
-¿Qué? –Sebastián se frenó en seco
con el asombro en su cara–. ¿Qué dijiste?
-Me gustó, ¿ya? –Valentina bajó su
mirada a medida que se dejaba caer en el
asiento lentamente, avergonzada y con un
rebrote de lágrimas caer–. Me encantó…

Sebastián se concentró en el pertur-


bador sonido que hace la orina al caer a ese
particular urinario, justo en aquel rancio local
que albergaba los primeros encuentros de
Sebastián y Valentina, con sentimientos y
emociones pesadas y angustiantes, justo como
hace unos años. Se percató que la orina
tampoco lo alejaba de esas mismas ideas y
deseos sobre Valentina.

77
Se acercó al lavamanos y se lanzó
varias veces agua a la cara, terminando en
mojarse el cabello y abrir sus ojos. Si bien
estaba cansado por volver a revivir todo, esta
nueva respuesta aflojaba todo nuevamente. La
frase “me encantó”, no estaba dentro de los
planes en que terminaría la conversación que
había empezado con un simple “tomémonos
un cafecito”.

-Seba, yo… –contestó Valentina


cuando vio a Sebastián volver del baño.
-Estás loca –sentenció Sebastián.
-¿Acaso tú no?
-Yo… ¡Yo!... Lo superé hace…
-Deja de mentir, culiao’.

Por alguna razón, luego de ser


insultado, Sebastián sabía que algo peor le
seguía; la inconfundible y áspera realidad.

-Sabes en el fondo de tu corazón…


–dijo Valentina, mirándolo directo a los ojos–.
que te encantó mearme.

Si bien en el consciente de Valentina


la frase sonó mucho menos impactante, todos

78
en las mesas cercanas se quedaron mudos ante
su clara confesión.

79
Cthulhu queda chico

Eran varias horas para llegar al Sistema Solar,


tantas que terminaron por caer dormidos a
pesar de lo fascinante del viaje; era difícil
ignorar los cometas, estrellas y astros que
surcaban el espacio a su alrededor.
Zig los despertó cuando la temperatura
dentro de la aeronave se elevó; el sol los podía
incendiar a todos si no tomaban precauciones.
Juliet e Igur estaban de pie observando
por las ventanas, fascinados por todo ello: las
luces, las naves y otros fenómenos que ni el
mismo Zig entendía. “No hacen nada si no nos
metemos en sus asuntos”.

-Woau… –suspiró Juliet, restregando


sus ojos por la incredulidad–. ¿Eso es la
Tierra?
-Solía… serlo –dijo Igur.
-Desconocía esto… –contestó
embobado Saturio, cuando llegó a espaldas de
ambos. Posó sus manos sobre el gélido
ventanal de la nave–. ¿Sabías de esto, Zig?

80
El planeta azul era notorio desde la
luna en que se posaron, ésta orbitaba alrede-
dor del planeta desde tiempos inmemoriales.
Para ellos, estar sobre la luna de la Tierra era
algo inverosímil. Si bien estaban al tanto de
los rumores, leyendas y mitos sobre lo que
ocurrió en el planeta que observaban, nadie
tenía pruebas o certeza que lo confirmara.
Pero luego de descender sobre la Luna, los
binoculares especiales de Zig mostraban todo
más claro: la Tierra se había convertido en el
hogar de un gigantesco monstruo que
sobresalía desde las aguas del planeta.

-¿Esto es lo más cerca que podemos


estar? –preguntó Igur luego de pasarle los
binoculares a Juliet.
-¡Es enorme! –exclamó Juliet, con la
boca abierta–. ¡Es más de un cuarto del
planeta!
-No es seguro ir –interrumpió Zig–.
Esa bestia lanza rayos de plasma a voluntad
desde sus fauces, los que pueden alcanzar
miles de kilómetros. Es por eso que nadie se
acerca, a menos que quieran morir.

El monstruo avanzaba a pasos


agigantados sobre el planeta, donde las aguas

81
se movían junto a él. Su cuerpo era de textura
rocosa, con un tono café desprolijo y tosco; en
su frente había un gran cuerno espiralado; sus
orejas tenían forma de alas membranosas, que
se abrían y cerraban lentamente; desde su
quijada nacían largos y azules cabellos que
caían sobre los océanos; todo el resto del
cuerpo estaba bajo el agua.

-Eso es la “Tierra” –dijo Zig.


-Pero no siempre ha sido así, ¿cierto?
–replicó Saturio, quitando la vista de los
binoculares.
-No, en absoluto. Desde antes que yo
naciera, la bestia ya estaba allí –al decir esto,
los demás dieron una exclamación de
asombro–. Pero la leyenda que todos
conocemos es en parte cierta: cuando eso
despertó, los seres que habitaban el planeta se
extinguieron. Los humanos promedio no
superaban los dos metros, la bestia en
cambio…
-¡Pero esa cosa es gigante! –dijo
Juliet–. ¿No pudieron hacer algo antes que
creciera?
-Apareció durante una noche en los
océanos del otro hemisferio del planeta.
Algunos dicen que llegó a través de un portal.

82
Que emergió en base al odio del planeta o un
experimento fallido, entre otras cosas. Pero
nada de eso importa: al final se extinguieron y
esa cosa vivió. Conquistó todo sin que nada le
ofreciera resistencia. Pero ahora que lo veo,
creo confirmar esa teoría; esa cosa se alimenta
de esa “agua” del planeta.
-No hay… –balbuceó Saturio–.
¿Alguna forma de ir hasta allá?
-¿Estás loco? –protestó Igur.
-¿Zig? –preguntó Juliet. Zig seguía de
pie sobre la nave, con los brazos cruzados
mirando al planeta.
-Puede hacerse… Si somos
precavidos.
-¡Están dementes! –gritó Igur–. ¿De
verdad están considerándolo?
-Hay muchas formas de llegar a
muchos lugares. Y ese planeta no está exento
de ello.
-Eh, chicos… –dijo Juliet, bajando los
binoculares y dirigiéndose a Zig–. Creo que
nos está mirando.

Zig saltó de la nave y cayó con


lentitud a la polvorienta superficie de la Luna;
la gravedad era muy baja en aquel lugar.

83
Todos volvieron a ver al monstruo que esta
vez los vigilaba, a pesar de estar a más de
trecientos mil kilómetros de él, parecía
molesto por la presencia de aquellos intrusos
en su territorio.

-Ahí va el intento de pasar


desapercibido –dijo Juliet.
-Solo me preocuparía si abre la boca
para atacarnos –añadió Saturio.
-La luna en la que estamos también le
sirve de escudo –explicó Zig, aún con los
binoculares puestos sobre sus ojos–. No nos
atacará, por ello es que tomó esa pose.
-Me huele a que de todas formas
quieres ir, Zig –contestó Igur, mirando el
planeta. Sus pelos se erizaron, sintiendo la
mirada de la bestia caer sobre ellos.

Al cabo de un rato, rodearon la luna


por su lado oscuro. Gracias a Zig y sus
habilidades al mando de la nave, lograron
pasar desapercibidos por las extrañas
instalaciones que había en la superficie lunar;
extraños seres acarreaban objetos de un lado a
otro o ingresaban a naves en formas de
platillos para luego perderse por el espacio.

84
Como les había dicho Zig, si no se metían en
sus asuntos, todo estaría bien.
La nave surcó varios valles desérticos
antes de ingresar a una red cavernosa de
túneles lunares, llenos de puntas rocosas que
sobresalían desde cualquier dirección y
conformaciones de hielo, las que se
acrecentaban a medida que se adentraban al
interior de la luna.
Zig descendió la nave hasta el lugar
que les había mencionado. Alguien allí los
esperaba, saludando su llegada con la mano en
alto.

-¿Zig? –preguntó Saturnio–. Ese es…


-Es seguro –interrumpió Zig–. Él es
quién protege este portal.

Al descender, la temperatura les


impactó de inmediato. El ser los saludó con
una mano humana, la que emanaba desde su
luminiscente cuerpo. No había ojos a los que
mirar ni una boca que emitiera sonidos, se
comunicaba a través de telepatía.

-No entiendo por qué quieren entrar


–dijo el ser en un perfecto español–. Vieron al
gigante. ¿Cierto, Zig?

85
-¡Viejo amigo! –Zig se acercó al ser
con plena tranquilidad. El ser le tendió la
mano, pero Zig la rechazó, dándole un fuerte
abrazo al luminoso cuerpo. Era la primera vez
que le veían sonreír.
-Nex… –dijo el ser, palmoteando la
espalda de Zig–. Has cambiado un poco en
estos… ¿Cuántos?... ¿Cinco pársecs?
-Pero tú permaneces igual que
siempre, ¿no?
-Hay cosas que nunca cambian, viejo
amigo.
-Pero otras sí –contestó Zig, con las
manos sobre los hombros no definidos de él.
-Bien, bien –dijo Nex, volteando su
luminosidad hacia los demás–. Repetiré mi
pregunta: Vieron al gigante, ¿cierto?
-Eh… Sí, sí… Lo vimos –contestó
Juliet. Cada una de sus palabras envueltas en
escalofríos eran acompañadas del aire conden-
sado en forma de vapor. El frío allí era
peligroso.
-Entonces, ¿quieren entrar de todas
formas?

Cuando montaron la nave, vieron por


la ventana a Nex despedirse con la mano. Zig

86
le contestó de la misma forma antes de
encender los motores.
A las espaldas del ser de luz, la gran
roca congelada que protegía adquirió otra
consistencia, mientras el ser se iluminaba más
aun, haciendo que se cubrieran con el
antebrazo de aquella luz cegadora. La roca se
despedazó en fragmentos, los que giraron
sobre sí mismos formando las puntas de un
hexágono, abriendo un espacio suficiente a
través de la roca como para que pasara la
nave; Nex había creado un Portal Arcaico,
gracias a un poder único y olvidado.
-Es… Maravilloso –dijo Juliet,
impresionada.
-Confiamos en ti, Zig –contestó Igur,
poniéndose los cuatro cinturones de seguridad.
-¿Zig? –preguntó Saturio, ajustándose
al asiento del copiloto. Bajó la voz antes de
hablarle otra vez, asegurándose que sus
compañeros no le escucharan–. ¿Cómo vamos
a volver desde la Tierra?

87
Caballero de Medianoche

Las hermanas Astorga eran unas diosas. La


mayor era voluptuosa, con unas caderas de
infarto, una cintura fina y delicada, que
pareciera creada para abrazarla por allí, una
carismática sonrisa y un pelo claro y largo que
le caía hasta la mitad de la espalda. Su
hermana menor era más delgada, sin tanta
carne de dónde agarrar, pero linda y risueña,
con una personalidad más introvertida pero
igual de coqueta. Las conocía desde hace años,
pero nunca en ningún plano personal, al
menos no como esa mañana.

Siento la espalda como una tabla. Me


ardía cada músculo mientras me incorporaba.
Los lagañientos ojos se abren y me doy cuenta
que estoy en una carpa. A mi lado, las her-
manas Astorga dormían plácidamente. Noto
de inmediato el aroma a cigarro y vino barato
en mi boca. Abro la carpa sigilosamente y veo
arena, sol y mar.

Salgo extrañado, la brisa marina me


refresca. No conocía esa playa. Vuelvo a mirar

88
dentro de la carpa, parte del culo de la Astorga
mayor se asomaba en un encaje que parecía
roto; me imaginé destrozándolo con los
dientes. Su hermana menor estaba desnuda,
con chupones en el cuello y rasguños en su
espalda. Cierro la carpa tras de mí. Fuera
había unos bolsos más y unos sacos de dormir
que nunca fueron abiertos. Veo el cuello de
una botella de whisky asomarse. Le doy un
trago y empiezo a deambular por la playa, sin
rumbo.

No recordaba nada. El whisky no


hacia el efecto deseado. La playa era una
bajada hasta el mismo mar. Había que seguir
caminando en subida para ver que había del
otro lado. Me canso a medio camino. Veo
unas gaviotas pelear por una almeja. La
espalda me vuelve a arder, seguramente
rasguños de las hermanas. Me siento y de
inmediato sentí el dolor en el hoyo.

“Me estai’ weando”. Corrí al mar a


lavarme el culo. El agua era salada y lo había
olvidado. Salí de inmediato y el ano me ardía.
Corrí a zancadas hasta la carpa. Le mandé otro
largo sorbo a la botella de whisky. “¿Me
metieron un dildo por el culo?”, les pregunté a

89
las Astorga. Sólo la mayor me respondió
desde dentro de la carpa: “Te lo metiste tu
solo, curao culiao’”.

Me senté sobre los hielos derretidos


del cooler, aliviando un poco el dolor. La
menor de las Astorga pasó a mi lado, me quitó
la botella de whisky y se metió al mar, aun
desnuda. “Espérame” dijo su hermana. Se
afirmó de mi espalda mientras se sacaba el
encaje. “¿Me lo cuidas?” dijo, antes de
caminar con delicadeza hasta el encuentro con
su hermana, quien ya se bañaba. Cada
centímetro de su cuerpo me invitaba a
seguirla. Incluso la mirada del ciclista que me
mandó sonriente, pero no; mi libido estaba
acabado, exhausto, derrotado. “Así parece”,
pensé mientras veía entre mis pantalones a mi
pico que no respondía ni siquiera a un
estímulo como ese.

Les pregunté en donde estábamos,


pero me ignoraron todo el tiempo. Estaban
nadando en la playa, lanzándose entre las
suaves olas, saliendo mojadas y agitando su
cabello en cámara lenta. A la mayor se le
movían las tetas en cada movimiento.

90
“Si no vienes, te quedas sin whisky”,
pero sabía que a esa botella ya le había entrado
agua, se había convertido en basura. Busqué
en el bolso de las hermanas algo más; encontré
cigarros y un dildo envuelto en toalla nova; lo
dejé donde estaba y saqué los cigarros.

Mi culo se había entumecido por el


frío de los hielos, lo suficiente para olvidarlo y
caminar hasta la cima de la arena, donde
nacían las dunas. Era casi un espejo; eso era
toda la isla. Del otro lado había otra bajada
más a una nueva playa; la isla no debería
sobrepasar los 2 Km. de diámetro. Y
estábamos solos. Todavía no recuerdo nada.

Bajé hasta la carpa. Las hermanas


venían de vuelta.

-¿Por qué no te metiste? –dijo -A–.


Está rica el agua.
-Parece que alguien tiene caña –dijo
+A–. Pobrecito.
-Sí, tengo caña –contesté–. ¿Cómo
mierda llegamos acá?
-¿En serio no recuerdas nada?
–preguntó -A.
-No –respondí.

91
Las hermanas sacaron unas paletas y
se pusieron a jugar frente a mí. Eran unas
paletas de roble, gruesas y pesadas. La pelota
de tenis se caía constantemente cerca de mí;
era el referee del partido entre dos diosas
desnudas.

Mientras jugaban, me contaron que las


había llamado ayer en la madrugada, ebrio,
claro. Les dije que tenía una aventura que
ofrecerles. Cerca de donde vivimos hay un
club de yates, de gente adinerada. Ellas igual
estaban ebrias cuando las llamé y aceptaron mi
propuesta. La +A pasó a buscarme junto con
su hermana. La carretera estaba tan despejada
que aceleró por sobre los 120 Km/h y
llegamos en instantes. El guardia se dejó
seducir fácilmente por las hermanas; yo
procuré no mirarlo a la cara. Dijeron que me
escondí bajo unos lentes oscuros a las 6 de la
mañana. El guardia nos dejó pasar. Llegamos
al puerto de los yates y me invadió un
demonio extraño, así al menos lo describieron
ellas. Rompí una botella que traía entre la ropa
y corté la cuerda de un yate. Me lancé al mar y
nadé hasta la escalerilla, cosa rara, porque no
sé nadar. Me dijeron que encendí el motor y
avancé, encallando el yate más allá del puerto,

92
destrozando parte de éste. Las Astorga
subieron de inmediato, toqué la bocina y nos
fuimos. Nunca había manejado un yate, pero
no era tan distinto de una micro, un jeep o una
bicicleta. Freno, manubrio… Sí, lo mismo.

La mar estaba serena. Yo no. Eso dice


la +A antes de agacharse a recoger la pelota.
Se le ve todo, todo lo hermoso. Me muerdo los
labios. La +A dice que nos habíamos perdido
cuando el viento murió. Había 0 viento.
Estábamos a la deriva y el motor se había
detenido; los cuicos no habían llenado el
estanque. La –A dijo que estaba todo bien, que
ya llegaríamos a algún lugar; acto seguido se
mandó una línea de coca. Dijo que traían
mucha, pero que había desaparecido misterio-
samente dentro del yate.

Estuvimos así hasta las 10 am, cuando


el viento volvió, y aprendimos a izar las velas
a puro ensayo y error. Me dijeron que estuve
curao’ durante gran parte del primer día.
Bebiendo petacas de whisky o de vinos caros
que había a bordo. Cuando caí muerto, durante
las horas de la tarde, las hermanas tomaron el
control del barco y encallaron en la primera
isla que vieron. Esta isla donde no hay nadie

93
ni nada. Salvo ellas, yo y un montón de
drogas. La noche de ayer me despertaron y
tuvimos mucho sexo entre los tres. La +A dijo
que lo agradecía; había mejorado la relación
con su hermana ya que, desde hacía un
tiempo, estaban distantes. “Nunca se separen”
les dije. Ellas rieron y bajaron las paletas. Se
acercaron hasta donde estaba y mi fiel-
traicionero amigo despertó. Me culearon hasta
que perdí el conocimiento por la borrachera.
Digo me culearon, porque mi imaginación
sexual ya estaba muy lejos, riéndose de ser
usado.

Al despertar, el sol se ponía. Escuché


los gemidos de las hermanas dentro de la
carpa. Recordé en donde estaba y reí. Me
acerqué al bolso por otro cigarro; el dildo no
estaba. Miré de reojo a la carpa y los gemidos
seguían, creo que eran orgasmos de la –A.

“¿Y dónde está el yate?” pregunté sin


importarme que se estuvieran metiendo esa
monstruosidad. Entre gemidos, la +A contestó
“Cuando despertamos, ya no estaba”, dijo,
“Nos queda… solo vino… para comer”, antes
de perderse en otro largo orgasmo.

94
-Bien –contesté–. Entonces esto es el
purgatorio más feliz del universo.

La guarda marina llegó al otro día.


Nunca había subido por una escalera de
helicóptero. Se tambaleaba entre mis pies
desechos. Era eso o morir, odio las alturas.

El dueño del yate encontró su lujo


gracias al GPS. El representante del dueño
declaró que no iba a presentar cargos. Que nos
dejó a su suerte allí y eso era el castigo.
“Gracias por el castigo, hijo de puta”, contesté
cuando los pacos nos metieron a la cuca
apenas descendimos del helicóptero. Seguí
gritándole, “¡Seguramente lo pasé mal,
conchatumare!”.

Las Astorga se despidieron con un


beso al unísono en las comisuras de mi boca.
Les dije que se cuidaran. Me respondieron
“¿De quién? ¿De ti?”. Preferí no responder.
Pasó a buscarlas un auto lujoso. La mamá de
las Astorga estaba al volante. Me guiñó el ojo.

Ahí lo recordé. Era el yate de ellas. De


las Astorga. La mamá estaba divorciada hace
años. La encontré tres noches atrás en un pub

95
de mala muerte, bailando. Así encendí el yate.
Le robé las llaves. ¿No debería estar enojada?
¿No debería odiarme? No, nada de eso. Me
amaba.

Caminé hasta la botillería más cercana


con diez lucas que robé del bolso de playa de
las Astorga. Compré una caja de condones, un
paquete de cigarros de 10 y un botellón. Volví
a casa con la frente en alto.

Seguía sin pega. Seguía sin escribir.


Seguía sin encontrar las palabras. Volví al
mundo real, otra vez.

96
Meteorismo

Y ahí queda el doctor, asombrado, pero


conteniendo la risa: su paciente se acaba de
tirar 63 peos. Le explicó que podía fraccionar
un peo largo en muchos peos pequeños.
Además de la misma cantidad que le había
anticipado que se tiraría, 63. “Tengo un
problema”, concluyó su paciente.
El doctor permaneció con las manos
entrelazadas sobre la mesa, separándose del
asco que le daba tomar más contacto con él. El
olor era penetrante.
-Y usted me dice que... ¿hace cuánto
lo hace?
-Desde que tengo memoria.
-¿Y siempre adivina cuántos se tira?
-Al principio no, fue una cosa de
costumbre.
-Pero… ¿acostumbrar qué?
-El hoyo po’.
-A ver, pero Don Nicolás, me causa
curiosidad me entiende. Yo en 20 años de
carrera profesional nunca había visto esto.
-Los peos no se ven, se huelen
nomas’.

97
-Pero, Don Nicolás –dijo el doctor–.
63 peos previamente anunciados no.
-¿Y qué quiere que le diga?
-Que hace uste’ pues, para adivinarlos
-Se me hincha, por acá –dice Don
Nicolás, apretándose el abdomen–. Me pesa el
peo. Entonces si está muy hinchao’, son varios
o uno largo, dependiendo como aprete el
chico. Si no esta tan hinchao’, son pocos o uno
solo nomas’.

El particular suceso no tardó en llegar


a oídos de otros miembros del colegio médico,
como su directora, Fabiola, quien coinciden-
temente, sufría de Eproctofilia desde temprana
edad.

-No la entiendo –contestó Don


Nicolás, limpiándose las orejas–. ¿Cómo se
llamaba uste’ oiga?
-Fabiola Derossi, PhD –replicó
Fabiola, acercándose aún más–. Le haré
millonario si se caga en mi cara.
-¡A ver, a ver, señorita! –gritó furioso
Don Nicolás–. ¡No estoy pa’ que me vengan a
güear escuchó!
-Don Nicolás, sé que es difícil de
entender –contestó Fabiola en un tono muy

98
calmado–. Yo soy una profesional y mi
propuesta es de lo más seria. Pero en términos
simples, yo le pago para que se tire 63 peos en
mi cara. Si quiere, pongámosle… 50 mil pesos
por cada peo que se tire en mi ca…
-¡¿Se refiere a 3 millones ciento
cincuenta mil pesos?! –contestó rápidamente
Don Nicolás, abriendo la puerta de su casa de
par en par–. ¡¿Eso dice, uste’ oiga?!

Cuando Don Nicolás cargaba el peo


n°144, Fabiola Derossi, Phd con Doctorado en
Genética Molecular y Microbiología, sub
directora del Colegio Médico, ya había tenido
más de 20 orgasmos. Había perdido toda
noción al n°30. Abandonó la realidad,
prejuicios, moral y ética profesional con cada
inhalada de metano fresco olor a huevos duros
salida del culo de Don Nicolás.
Fabiola se sostenía con una mano de
sus nalgas caídas y con la otra, acababa una y
otra vez, presionándose, en círculos, con más
y menos fuerza, de arriba hacia abajo, y volvía
a perderse en la emborrachante fragancia de su
inexplotada parafilia.

Los 9 millones novecientos noventa y


cinco mil pesos eran demasiado sospechosos

99
para depositarlos o girarlos en una sola tirada,
por lo que Don Nicolás aceptó visitas
semanales de Fabiola, durante los sábados por
la noche. Además de saldar la deuda en
cómodas cuotas, Fabiola aprovechaba de
socavarle un par de peos que necesitaba jalar
con devoción, antes que el diagnóstico de Don
Nicolás sobre un cáncer de ano en fase I se
interpusiera con su grotesca adicción.

100
El Último: Epílogo

Walter recuerda estar grabando escenas en


distintos idiomas, semanas antes de la catás-
trofe. Cada una de las escenas advertía lo
mismo: “No deben intentar salvar a sus
mascotas”. El gobierno lo había elegido como
una imagen de autoridad y prestigio, un
símbolo en quien todos pudieran confiar.

El gobierno hizo su parte, trasla-


dándolo a un sector donde le prometieron que
la infección no llegaría. Llevaba un par de
semanas antes que todo comenzara. Estaba
sentado en la orilla de su cama, absorto en el
caos que se escuchaba fuera: ladridos, gritos,
disparos. Sabía que el mensaje “evacuen la
zona” era solo una distracción, una falsa
sensación de seguridad. Ese pelotón era carne
de cañón.

Agradeció que jamás fue de tener


mascotas. Nunca fue responsable con él
mismo, menos la tendría con alguien que
necesitara de él. Gracias a eso, podría
sobrevivir ahora. Solo y sin preocupaciones,

101
pero estaba incomunicado y muy lejos de la
zona gubernamental como para acceder a la
información privilegiada. Cuando escuchó
unos ladridos y gritos en la abandonada
habitación del lado, se levantó de inmediato y
caminó en dirección al pasillo, se quedó
escuchando tras la puerta.

-¡Cálmese, viejo! –gritaba uno con


desesperación–. ¡Si no entra ni cagando!
-¡Está ahí, gueón! –dijo el otro–.
¡Abajo, gueón! ¡Mira! ¡Está mordiendo la
puerta!

Walter se acercó sigilosamente a la


puerta del 930, la habitación final del último
piso, que se usaba más de bodega más que
nada. Le quitó el seguro al arma y la afirmó
contra su pecho, llegando hasta la manilla de
la habitación.

Walter disparó dos veces a la


cerradura y pateó con fuerza la puerta,
abriéndola de par en par. El doberman que
mordía la esquina inferior de la puerta del
baño se volteó hacia él, gruñendo con la mitad
de la cara ensangrentada y sin piel, su
dentadura estaba llena de astillas de la puerta.

102
Saltó hacia Walter, quién se agachó y lo pateó
de lleno en el estómago, lanzándolo contra
unas cajas que cubrían el resto de la
habitación. El animal cayó revolcándose, pero
se levantó de inmediato, esta vez saltando
hacia la cara de Walter. Un disparo fue directo
al ojo izquierdo y el segundo a su frente,
desplomándose en el aire hasta caer al costado
de Walter, quién prefirió asegurarse y colocó
la punta caliente del cañón en la sien derecha
del perro, vaciando el cargador.

La puerta del baño se abrió lentamente


mientras se asomaba el cañón de una
temblorosa escopeta. El conserje loco, un
canoso viejo en una bata gris, lo miró con
desconfianza cuando el otro hombre más
joven y corpulento tras él, le bajaba el arma
diciendo que se calmara.

-A ti te he visto –dijo Walter–. ¿Qué


no eres el del 901?
-Sí –contestó él, poniendo la escopeta
en el suelo–. Vor Baudmir. Creo que también
te había visto.
-Yo a uste’ también lo he visto –dijo
el Conserje–. Pero todos se me confunden
¿Cómo era que se llamaba?

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-Walter Snyder, del 910 –contestó
guardando el arma–. Me mudé hace poco aquí.
-¡El sismólogo! –gritó el viejo–.
¡Sabía que lo había visto en otro lugar! ¡El de
la tele!

Entre los tres, lograron escapar del


departamento infestado. En las calles la
masacre estaba por todos lados. Autos destro-
zados, torsos de los militares, armas mordidas,
animales muertos, humo y fuego, sangre y
vidrios. Los tres notaron que las mascotas
habían desaparecido. “Las cambiaron de
lugar” pensó Walter, tratando de mantener al
mínimo el diálogo con los otros dos.

Mientras caminaban, notaba algo


distinto en Vor, algo de él le llamaba la
atención. Como si lo recordara de algún otro
lugar, pero no pudo saber de dónde. “Este es el
infierno en vida” pensó, mientras se topaban
con cadáveres en cada metro de las calles que
recorrían, donde la pestilencia de la sangre se
hacía cada vez más penetrante.

Se subieron al auto de Walter que


estaba en los estacionamientos cercanos y se
alejaron a toda prisa de la ciudad. “¿Qué hora

104
es?” preguntó Walter. “Van a ser las cinco,
¿por...?”. “Afírmense entonces” dijo Walter
finalmente.
La cuarentena había comenzado. Un
fuerte brillo apareció tras sus espaldas, en
dirección a la ciudad. La nuclear, la solución
gubernamental total. El auto se estremeció,
pero ya estaban lo bastante lejos para evitar el
impacto y la primera onda de choque. La
tercera guerra era sólo el comienzo.

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