Está en la página 1de 13

¡Venga tu Reino!

VIACRUCIS CON TEXTOS DEL PAPA PABLO VI

Introducción
Jesús, muriendo en la cruz, nos ha salvado.
Por nosotros ha sufrido y ha muerto.
Desde la cruz mana un torrente de misericordia
y ofrece a nosotros, a todos, la inestimable suerte
de ser perdonados, de ser redimidos.
La cruz ya no será más
un patíbulo de ignominia y de muerte,
sino símbolo de victoria.
Si queremos, podemos recibir
de las lágrimas, de la sangre, de la muerte de Cristo
nuestro gozo, nuestra esperanza, nuestra salvación.

Primera estación
Jesús es condenado a muerte

Celebrante:
Salve, oh cruz, esperanza nuestra.
Todos:
Salve, oh cruz, salvación nuestra.

Lector:

Tu rostro, Señor, está sereno y tranquilo.


Pero, ¡cuál violencia no sufre tu corazón!
Para Ti, que conoces en su misma esencia
las razones de la verdad y de la justicia,
no podía existir contradicción más fiera
que la condena de la vida,
- Tú eres la vida, oh Cristo-
a la muerte.

Las profecías que pronunciaste sobre tu fin,


y la agonía de Getsemaní
desvelan esta inconmensurable contradicción
y nos permiten entender algo
de tus inefables sufrimientos interiores.

Señor, enséñame a creer en la verdad y en la justicia,


incluso cuando quien la representa y proclama
hasta tal punto la desmiente
que yo mismo tenga que sufrir inicuos castigos.
Guía:
Padrenuestro...

Celebrante:
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo

Todos:
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Segunda estación
Jesús es cargado con la cruz

Celebrante:
Salve, oh cruz, esperanza nuestra.

Todos:
Salve, oh cruz, salvación nuestra.

Lector

Tus brazos, Señor, acogen el madero del deshonor.


Y la gran paciencia está a punto de consumar
el supremo Sacrificio.
¡Oh gesto divino de insuperable resignación!
¡Oh mansedumbre, que desarma tu omnipotencia
para hallar en la debilidad voluntaria de la víctima
la adhesión perfecta al querer divino,
la ofrenda completa a la divina justicia!

Enséñame la virtud de la aceptación,


la fuerza de la sabia pasividad,
el valor del total abandono de sí
en el cumplimiento de los designios divinos,
dados a conocer
por la iniquidad humana y la ciega desventura.

Guía:
Padrenuestro...

Celebrante:
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo

Todos:
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Tercera estación
Jesús cae por primera vez
Celebrante:
Salve, oh cruz, esperanza nuestra.

Todos:
Salve, oh cruz, salvación nuestra.

Lector

Tus miembros están cansados y débiles, oh Señor,


y no sostienen ya más el peso de la cruz.
Has querido conocer y experimentar
esta nuestra grande y común miseria
de la fatiga que debilita
y que hace sentir nuestra radical impotencia.

Gracias, oh Señor,
por esta piadosa solidaridad con nuestra miseria.
Gracias, oh Señor,
por haber hecho de esta debilidad
una fuente de expiación y de salvación.
Que considere como dirigidas a mí las palabras de San Agustín:
La fortaleza de Cristo te creó;
la debilidad de Cristo te recreó (S.Ag. Tr 15 in Jo)

Guía:
Padrenuestro...

Celebrante:
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo

Todos:
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Cuarta estación
Jesús encuentra a su madre

Celebrante:
Salve, oh cruz, esperanza nuestra.

Todos:
Salve, oh cruz, salvación nuestra.

Lector

Señor, renuncio a comprenderte,


pero no a contemplar tu encuentro paciente y humillado
con la Virgen, tu Madre.
Quien sufre, al ver una persona confidente y amada,
es sorprendido y vencido por inefable conmoción, y llora.

Tú, más fuerte;


tú, más sabio,
sientes ciertamente la piedad inmensa de la dulce presencia,
pero la mides con la piedad,
inviolable de cualquier otro sentimiento,
hacia el Padre celeste;
y la compasión humana queda sublimada
por la fortaleza divina.

Austero me parece tu rostro, oh Jesús;


concentrado como está en el único deber,
en el único amor:
la Voluntad del Padre.
Y asocias a la Madre a tu misión redentora:
ea, Madre, fuente de amor,
hazme sentir la fuerza del dolor
para que llore contigo.

Guía:
Padrenuestro...

Celebrante:
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo

Todos:
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Quinta estación
Jesús es ayudado por el Cireneo a llevar la cruz

Celebrante:
Salve, oh cruz, esperanza nuestra.

Todos:
Salve, oh cruz, salvación nuestra.

Lector

Desconocedor y rebelde, a este humilde y oscuro


representante del género humano,
tú lo has amado ciertamente, oh Señor,
cediéndole el peso de tu cruz.
Y tal vez en aquel mismo momento
le has infundido en el corazón el amor al odiado madero.

De esa manera al menos hubieras querido ser ayudado,


no sólo con la forzada aceptación de la cruz,
sino también con la comprensión
del consorcio que ella establece entre Ti, Redentor,
y el seguidor redimido.

Comenzó en aquel momento


la difusión de tu pasión,
y tú ensanchaste el corazón
para sufrir y amar en los demás,
que contigo y por ti habrían de ser crucificados.

Guía:
Padrenuestro...

Celebrante:
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo

Todos:
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Sexta estación
La Verónica enjuga el rostro de Jesús

Celebrante:
Salve, oh cruz, esperanza nuestra.

Todos:
Salve, oh cruz, salvación nuestra.

Lector

Tú no desdeñas, Señor,
el alivio de nuestra piedad.
Gran cosa será llorar y sufrir contigo,
destino sublime de las almas humildes y piadosas,
que hacen arcana y humana filosofía
de la conmoción y de la compasión
por los dolores del Hombre-Dios.
A Él deberá rendir homenaje
la sabiduría más lúcida y orgullosa
para no quedarse muda
sobre el inmenso y atormentador problema
del humano sufrir.

Gracias, Señor, por haber abierto la contemplación


de tu beata y beatificante pasión
con tu afligida figura
a nosotros regalada.
Guía:
Padrenuestro...

Celebrante:
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo

Todos:
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Séptima estación
Jesús cae por segunda vez

Celebrante:
Salve, oh cruz, esperanza nuestra.

Todos:
Salve, oh cruz, salvación nuestra.

Lector

Otra vez caes, oh Señor,


porque tu sufrimiento no tiene sostén,
y nadie condivide suficientemente el peso de tu cruz.
Tú estás solo, porque solo está el que sufre;
incomunicable es el dolor,
tu dolor especialmente, oh Cristo.

Así has sufrido también esta pena,


más pesada que las demás,
de la soledad en medio de la multitud,
del aislamiento en medio de la gente,
del corazón lejano o enemigo.

Pero Tú, que de ninguno tienes necesidad,


porque eres contigo mismo, infinito;
que no deseas ninguna palabra de otro,
porque eres tú mismo Palabra;
concede que alguno, yo mismo, si no es desdén,
te asista y te comprenda,
y en la comunión con tu pasión
goce la comunión con tu redención.

Guía:
Padrenuestro...

Celebrante:
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo

Todos:
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Octava estación
Jesús consuela a las santas mujeres

Celebrante:
Salve, oh cruz, esperanza nuestra.

Todos:
Salve, oh cruz, salvación nuestra.

Lector

Señor, escucho con temblor tus inspiradas palabras.


Ellas revelan la solemne grandeza de tu alma.
Ellas trascienden los confines de la piedad humana
y abren los terribles y majestuosos de la justicia divina.

Tú piensas más en el dolor futuro de los demás que en el tuyo presente.


Tú muestras cuánto más infeliz
es la condición del culpable que la del sufriente.
Tú desvelas el peso inexorable y permanente
de la nemesis divina.
Tú una vez más despiertas las almas
del torpor de la sensibilidad terrena
a la conciencia de los destinos superiores,
y las conduces, con amenazas y con bondad sin igual,
de la compasión humana al temor divino.

Así, mientras se apaga tu palabra cansada, fatídica,


se encienda en nosotros la visión vigilante de la justicia futura.

Guía:
Padrenuestro...

Celebrante:
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo

Todos:
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Novena estación
Jesús cae por tercera vez

Celebrante:
Salve, oh cruz, esperanza nuestra.

Todos:
Salve, oh cruz, salvación nuestra.

Lector

Yo buscaré un alivio supremo


de esta inefable aflicción, oh Señor.
Ella me atestigua que has experimentado
el extremo cansancio de los miembros quebrantados,
y te has curvado sobre la tierra ingrata
para yacer al lado de nuestra desesperada derrota.

Para levantar al que ya carece de ánimo,


para condividir la pena del que ha perdido la esperanza,
para hacerte hermano de quien traduce
la debilidad del cuerpo y la adversidad de los acontecimientos
en desconsolado pesimismo,
una vez más has caído,
oh divino Sustentador del universo.

Y en esta misteriosa humildad


enseñas otra vez a luchar y a esperar.

Guía:
Padrenuestro...

Celebrante:
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo

Todos:
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Décima estación
Jesús es despojado de sus vestiduras

Celebrante:
Salve, oh cruz, esperanza nuestra.

Todos:
Salve, oh cruz, salvación nuestra.

Lector

¿Por qué, Señor, este ultraje


a tu dignidad y a tu sufrimiento?

Para que mis ojos quedaran llenos


de conmoción y de reverencia.
Para que tu suerte de condenado, de humillado,
me resultase clara.
Para que mi espíritu comprendiese
que Tú lo has dado todo,
todo lo has inmolado,
hasta tu dignidad,
para mostrarte lo que eres:
víctima sin reserva y sin refugio.

Tu sola reserva y tu solo refugio es la conciencia,


santuario de infinito dolor, de infinita fortaleza.
Por eso, rehusas, oh Jesús, la bebida narcótica,
que te es ofrecida.
Acto de piedad que no aceptas,
mientras bebes hasta el fondo
de la humillación, de la vergüenza, del dolor,
tu cáliz sin nombre, oh Salvador.

Guía:
Padrenuestro...

Celebrante:
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo

Todos:
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Undécima estación
Jesús es clavado en la cruz

Celebrante:
Salve, oh cruz, esperanza nuestra.

Todos:
Salve, oh cruz, salvación nuestra.

Lector

Mis ojos no querrían ahora ver,


ni mis oídos escuchar.
Golpes duros, gemidos desgarradores;
sangre y espasmo,
pobre, dulce Jesús.

Lo crucificaron.
Sí, clavado. Sí, desgarrado. Sí, colgado del madero,
donde la vergüenza iguala al dolor,
y la crueldad a la pena.
Condolerse con el crucificado. Pero, ¿cómo es posible?
¿Cómo es deseable?
La cruz, sumo y supremo suplicio de los esclavos (Cic. In Verr. 66),
¿cómo vendrá a ser signo de esperanza y de salvación?
Aquí, Jesús, el Cristo, lo ha dado todo:
los amó hasta el extremo.
Aquí, en la estación hiriente de las manos traspasadas,
de los pies clavados.
Todo el amor, todo el sacrificio.

Ahora la víctima es inmolada sobre el altar.


Escuchemos su lamento,
hecho plegaria por nosotros, que le crucificamos:
Perdónales, no saben lo que hacen.
Oh locura de extrema, de divina bondad:
Así es tu corazón.

Guía:
Padrenuestro...

Celebrante:
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo

Todos: Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Duodécima estación
Jesús muere en la cruz

Celebrante:
Salve, oh cruz, esperanza nuestra.

Todos:
Salve, oh cruz, salvación nuestra.

Lector

Si yo hubiese estado presente


en el momento fatal de la muerte de Cristo,
¿qué cosa habría entendido del drama fatal?
¿Habría entendido algo del supremo contraste
y de la suprema paz que allí tenían cumplimiento?

Contraste entre la dulzura de tu ser, oh Señor,


y la aspereza del dolor a Ti infligido, oh pacífico paciente;
entre la falsa justicia y tu inocencia, oh pacífica víctima;
entre la malicia humana y tu santidad divina, oh pacífico Salvador;
entre la muerte y la vida, oh pacífico Vencedor.

Quisiera comprender todo:


la violencia de la hora señalada en los siglos;
la fortuna inefable que de ella deriva;
la desolación inconmensurable del mundo
que tiembla y se obscurece;
el coloquio ininterrumpido de tu espíritu con el Padre;
la más evidente y dolorosa experiencia de nuestra ruina en la tuya;
la incipiente esperanza de nuestra salvación en la tuya...
y decir humildemente:
Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios.
Ten piedad de mí.

Guía:
Padrenuestro...

Celebrante:
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo

Todos:
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Decimotercera estación
Jesús es bajado de la cruz

Celebrante:
Salve, oh cruz, esperanza nuestra.

Todos:
Salve, oh cruz, salvación nuestra.

Lector

Ahora es el llanto sobre tu muerte,


ahora es el culto de tus llagas,
ahora es la piedad para tu cuerpo inmolado, oh Jesús.

Dame, oh Señor, la devoción a tu pasión;


hazme comprender la cruz.
Permite que una conmoción salvadora
me haga sabiamente partícipe
del drama de la muerte redentora del Verbo Encarnado.

Yo sé que jamás habré entendido suficientemente este misterio,


ni jamás suficientemente compadecido y amado.
Y, con todo, la naturaleza tiembla ante tu cadáver:
Se rasga el velo del templo;
es sacudida la tierra;
se quiebran las piedras;
se abren las tumbas.

Conmueve, finalmente, oh Señor, mi espíritu


y déjame acercarme, mudo,
a la Madre dolorosa,
y así con Ella aprenda a llorar.

Guía:
Padrenuestro...

Celebrante:
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo

Todos:
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Decimocuarta estación
Jesús es colocado en el sepulcro

Celebrante:
Salve, oh cruz, esperanza nuestra.

Todos:
Salve, oh cruz, salvación nuestra.

Lector

El misterio de la muerte desvela, oh Señor,


su horror y su secreto,
cuando tú entras en el sepulcro:
el Hijo de Dios muerto.

La vida, fuente de toda vida, deja el cuerpo bendito,


presa de las leyes inexorables de la naturaleza inferior,
y lo entrega cadáver a la tierra devoradora.
Lo deja para tomarlo otra vez renovado
y mayormente vivificado.
Lo deja en nuestro sueño mortal
para despertarlo en su triunfo inmortal.
Lo deja grano de nuestro campo terreno,
en el silencio, en el frío, en el deshacimiento,
para rápidamente reanimarlo en la primavera celeste
de la luz y de la potencia divina.
Quiere sembrar en la tumba la esperanza.
Quiere enseñarnos a morir para vivir.

Sé tú bendito, oh Seor,
vencedor de la muerte.

Guía:
Padrenuestro...

Celebrante:
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo
Todos:
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

C O N C L U S I Ó N

Guía: Oremos

Celebrante:

Hemos venido al viacrucis


como los culpables que retornan al lugar de su delito;
Hemos venido
como aquél que te ha seguido,
pero también te ha traicionado.
¡Tantas veces ha sido fiel y tantas otras infiel!
Hemos venido
para reconocer la misteriosa relación
entre nuestros pecados y tu Pasión:
entre nuestra obra y tu obra.
Hemos venido
para golpearnos el pecho,
para pedirte perdón,
para implorar tu misericordia.
Hemos venido
porque sabemos que tú puedes,
que tú quieres perdonarnos,
puesto que tú has expiado por nosotros.

Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo,


perdónanos, oh Señor.
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo,
escucha nuestra súplica, oh Señor.
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo,
ten piedad de nosotros, oh Señor.
Así sea.