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La gran novela latinoamericana

JOAQUÍN MARCO 16 septiembre, 2011

Carlos Fuentes. Foto: Santi Cogolludo

Alfaguara. 439 pp., 18'50 e.

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La gran novela latinoamericana pasará a convertirse en libro de referencia, aunque


conviene no confundirlo con un manual. Bien es verdad que Carlos Fuentes (Panamá,
1928) ha descartado nombres destacados como Marechal, Sábato, Monterroso, Puig o
Bolaño; Cabrera Infante y Arguedas, Fogwill o Jordi Soler, Piglia y otros muchos. Conviene,
pues, no buscar ausencias más o menos justificadas, sino entender el amplio texto como el
fruto de una tesis que alcanza la narrativa en castellano (con ausencia de autores
españoles contemporáneos, salvo Juan Goytisolo). Pero se plantea desde una hipótesis
iberoamericana y personal, puesto que Fuentes ha partido de tres formas que entiende que
caracterizan al Continente y que derivan de libros fundamentales renacentistas: Tomás
Moro (1516), Erasmo de Rotterdam (1511) y Nicolás Maquiavelo (1513), que coincidirían
con “el deseo del ser”, del “deber ser” y de “lo que no puede o no debe ser” (p. 437).
Fuentes sabe que él también se encuentra en el núcleo fundador de la “gran novela
latinoamericana” y puede dar testimonio de ello. Por justas razones históricas y ambiciones
comunes, tampoco puede olvidar la figura de la gallego-brasileña, tan afín al grupo, Nélida
Piñón; no así a Jorge Amado, aunque aluda a Guimaraes Rosa. Por otra parte, nadie como
Fuentes posee tan sólida idea continental y a la vez histórica del fenómeno americano,
paralela, aunque diferenciada de Octavio Paz. Se inclina por los autores mexicanos (y pide
disculpas por ello), pero bucea desde la Conquista y la Independencia para descubrir los
mitos que perduran hasta hoy.

El libro esgrime erudición, excelente conocimiento de otras literaturas en diferentes lenguas


(tal vez sea demasiado duro con la novela española desde Cervantes a Clarín) y ancla su
exposición en el fenómeno de la lengua común y su traslación al Nuevo Mundo, tema
también de uno de los relatos de Carolina Grau. Tampoco resulta nueva la relación que
admite entre la poesía latinoamericana, algo avanzada en el lenguaje y la modernidad,
respecto a la novela. No se espere de este libro la espesa prosa académica. En sus
análisis, logra momentos de gran eficacia expresiva, de una perspicacia privilegiada. Tal vez
su ensayo más académico sea el dedicado a García Márquez; uno de los más sugestivos,
el dedicado a Cortázar, “la sonrisa de Erasmo”.

Rayuela sería “una épica decidida a burlarse de la imposible circularidad trágica,


sustituyéndola por una circularidad cómica” (p. 212). Pero será en Borges en quien advertirá
al gran renovador. Que el volumen es atrabiliario en su concepción y ordenación lo
demuestra el hecho de que, al tratar de Jorge Edwards, analice su último libro y en dos
apéndices despache algunas piezas de autoras y autores últimos, especialmente
mexicanos.
La vinculación de la nueva novela con Cervantes se reitera una y otra vez, así como el
papel de España en la colonización. La mayor aportación que observa será la de una
lengua creativa y común en una amplia diversidad geográfica. Pero tal vez no tome en
consideración el papel de puente de la edición española, porque no es cierto que “la novela
hispanoamericana hoy se queda en su gueto nacional” (p. 296). Sólo es necesario repasar
la lista de autores de algunas de las editoriales literarias españolas más consideradas. No
he visto mencionado siquiera el nombre de Carlos Barral, pero el volumen carece de índice
de nombres. Como otros libros de Fuentes, éste lleva camino de arrastrar polémicas. Pero
su contenido y sus destellos críticos habrán de llamar la atención de los lectores: no
permanecerán indiferentes.