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Col·lecció Amèrica, 17

LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS,
REPRESENTACIÓN
INDEPENDENCIAS Y NACIONES EN IBEROAMÉRICA

Carmen Corona, Ivana Frasquet,


Carmen María Fernández Nadal (eds.)

2009
BIBLIOTECA DE LA UNIVERSITAT JAUME I. Dades catalogràfiques

Legitimidad, soberanías, representación : independencias y naciones en Iberoamérica / Car-


men Corona, Carmen María Fernández, Ivana Frasquet (eds.) — Castelló de la Plana : Publicacions
de la Universitat Jaume I, D.L. 2009
p.; cm. — (Amèrica ; 17)
Bibliografia.
ISBN 978-84-8021-703-3
ISBN: 978-84-15443-08-7
1. Amèrica Llatina – Política i govern– S. XVII-XIX. 2. Nacionalisme -- Amèrica Llatina – S. XVII-
XIX. I. Corona Marzol, Carmen. II. Fernández Nadal, Carmen María. III. Frasquet, Ivana.
IV. Universitat Jaume I. Publicacions. V. Sèrie. Amèrica (Universitat Jaume I) ; 17

32(8)”16/18”
329.73(8)”16/18”

Dirección de la colección Amèrica: Vicent Ortells Chabrera

© De los textos: los autores, 2009

© De la presente edición: Publicacions de la Universitat Jaume I, 2009

© Ilustración de la cubierta: El Panteón de los héroes: Estudio para un gran cuadro alegórico.
Arturo Michelena. 1898. Óleo sobre lienzo, 135 x 168 cm.
Colección Pedro Benavides

Edita: Publicacions de la Universitat Jaume I. Servei de Comunicació i Publicacions


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ISBN: 978-84-8021-703-3
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LA IDEA DE LA «SOBERANÍA PARTICULAR DE LOS PUEBLOS» EN LA REVOLUCIÓN
DE LA BANDA ORIENTAL
Bárbara Díaz Kayel
UNIVERSIDAD DE MONTEVIDEO

A efectos de facilitar la comprensión del tema planteado, creo necesario


realizar un breve apunte sobre las características que adoptó el movimiento
revolucionario en la Banda Oriental.
Este territorio constituía una región fronteriza entre España y Portugal y,
como tal, fue fuente continua de disputas entre ambas potencias. La ciudad
principal, Montevideo, no tenía jurisdicción sobre toda la Banda sino sólo sobre
un pequeño territorio circundante. El resto estaba sometido a la jurisdicción de
Buenos Aires y el norte a la de Yapeyú, heredera del área misionera.
Fundada en el siglo XVIII, Montevideo carecía del timbre aristocrático de otras
ciudades americanas. Sus pobladores se dedicaban básicamente a la actividad
comercial y sus vínculos con las casas comerciales españolas eran estrechos.
Su condición de apostadero naval del Atlántico sur, hacía que se concentrara
en ella un núcleo importante de marinos hispánicos. El núcleo dirigente de la
ciudad era, pues, a diferencia de otras ciudades importantes de América, mar-
cadamente peninsular. Por su actividad portuaria, Montevideo rivalizaba con
Buenos Aires, a quien disputaba la primacía en la región.
La campaña oriental presentaba una forma de vida peculiar, que giraba en
torno a la actividad ganadera. La abundancia de ganado había desarrollado
una clase de gauchos, –«hombres sueltos» los llaman los documentos de la
época– que vivían de esa abundancia y del contrabando. Junto a ellos, un gru-
po de hacendados que había elegido vivir en sus establecimientos de campo

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LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

enfrentando múltiples peligros y sintiendo en carne propia el olvido de las au-


toridades peninsulares frente a sus múltiples reclamos.
Fue lógico entonces que, frente a la creación de la Junta de Mayo, Montevideo
y su jurisdicción proclamaran su lealtad al Consejo de Regencia, mientras que la
campaña, en particular la zona litoraleña, con importante influencia de Buenos
Aires, aceptara a la Junta. Tal dicotomía reflejaba una incomprensión de fondo
entre la «Banda-pradera» y la «Banda-puerto», por emplear la denominación
acuñada por el historiador uruguayo Washington Reyes Abadie.
La revolución oriental será pues un movimiento esencialmente rural, dirigido
en primera instancia contra el regentismo montevideano. Las medidas impuestas
por las autoridades de la ahora capital del virreinato –verdaderas exacciones
económicas– acabaron de predisponer a los hombres de la campaña contra la
capital. Afirma el historiador Pivel Devoto que dichas medidas «hicieron las veces
de fuerzas catalizadoras en un medio cuya desorganización lo predisponía desde
hacía tiempo para ser el escenario natural de un movimiento revolucionario».1
José Artigas, perteneciente a una de las familias fundadoras de Montevideo
y gran conocedor del medio rural, donde había vivido durante años, pertenecía
al Cuerpo de Blandengues, suerte de policía rural creada en 1797. En enero de
1811 deserta y se dirige a Buenos Aires, donde se pone al servicio de la recién
creada Junta Grande. Desde allí vuelve a la Banda Oriental donde comienza la
revolución desde la campaña hacia Montevideo.
La identidad de propósitos entre la revolución oriental y el movimiento
de Mayo comienza a quebrarse cuando Buenos Aires negocia un armisticio
con la autoridad hispánica de la ciudad-puerto que exige a los orientales el
levantamiento del sitio de Montevideo y la sumisión de todo el territorio oriental
a la autoridad regentista.
En octubre de 1811, Artigas retira su ejército de las puertas de Montevideo
y se dirige al norte, fuera de la jurisdicción montevideana. Sorpresivamente,
una multitud lo seguirá en lo que la historiografía clásica denominó el «Éxodo
del Pueblo Oriental». Es en esas peculiares circunstancias que se articulará el
proyecto político artiguista, en oposición al proyecto centralista que por la
misma época se estaba gestando en Buenos Aires.
La revolución nacida en Buenos Aires oscilaba, en efecto, entre el respeto a
los gobiernos locales y la idea de la indivisibilidad de la soberanía, tendencia que
finalmente será la triunfante. A la Junta de Mayo, en que Buenos Aires se arrogó
la representación del conjunto de las Provincias, sucederá la Junta Grande,
donde los pueblos del virreinato adquieren representación. En noviembre de

1. J. E. Pivel Devoto, Raíces coloniales de la Revolución Oriental de 1811, Medina, Mon-


tevideo, 1957, p. 263.

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1811 triunfará una vez más la tendencia centralizadora con la creación del
primer Triunvirato, hasta que en octubre de 1812 un nuevo movimiento intente
poner freno al proyecto unificador porteño.
Nuestro estudio se centrará en documentos producidos entre 1811 y 1813,
período en el que se concreta el proyecto político de la revolución oriental.

Una vez aclarados los hechos que constituyen el marco espacial y cronológico
de esta investigación, es preciso abordar los aspectos teóricos vinculados a la
idea de «soberanía particular de los pueblos».
En primer lugar, hay que recordar la primacía de la ciudad como centro
articulador del mundo hispánico, tanto peninsular como americano. Como han
explicado los historiadores Guerra y Chiaramonte, la unidad política de los
reinos hispánicos es la ciudad, cabeza de un territorio circundante. La ciudad
era una categoría política y no meramente social. La unión de los reinos bajo la
monarquía en modo alguno había menoscabado dicha célula básica en torno a
la cual se articulaban todas las actividades de los vecinos y que constituía para
ellos su primer referente político.
Afirma François-Xavier Guerra que el problema central de las Revoluciones
Hispanoamericanas es «quién gobierna y en nombre de quién».2 La crisis de la
monarquía desempolvó las doctrinas clásicas del pensamiento hispánico acerca
del origen del poder, doctrinas que, si bien oscurecidas durante el período
borbónico, seguían bien presentes en el imaginario popular de uno y otro
lado del Atlántico. La prisión de Fernando VII llevó, en España y América, a la
puesta en práctica de la teoría de la retroversión de la soberanía: ausente el rey,
la soberanía vuelve a los pueblos en donde se origina.
Ahora bien, a pesar del acuerdo generalizado en esta postura, existían
grandes diferencias a la hora de su aplicación, en primer lugar, se discutía
si la retroversión era en EL pueblo o en LOS pueblos. La distinción entre
singular y plural –explica Guerra– comporta una diversa conceptualización
correspondiente al modo de pensar moderno o tradicional. La expresión «los
pueblos» hace referencia a poblaciones concretas, numerables y fácilmente
identificables como aquellas con cabildo.
Mariano Moreno, ideólogo de la Revolución de Mayo, a pesar de la innegable
influencia rousseauniana de algunos de sus escritos, defiende esta idea de
soberanía de los pueblos. Así por ejemplo, refiriéndose al modo en que cada
provincia reasumió su soberanía, expresa:

Cada Provincia se concentró en sí misma, y no aspirando a dar a


su soberanía mayores términos de los que el tiempo y la naturaleza

2. F.-X. Guerra, Modernidad e Independencias, Mapfre, Madrid, 1992, p. 122.

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LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

habían fijado a las relaciones interiores de los conprovincianos,


resultaron tantas representaciones supremas e independientes cuantas
juntas provinciales se habían erigido.3

Y en otro lugar agrega:

Nuestros pueblos entraron felizmente al goce de unos derechos que


desde la conquista habían estado sofocados; esos derechos se derivan
esencialmente de la calidad de pueblos y cada uno tiene los suyos,
enteramente iguales y diferentes de los demás4.

Comentando estos textos, Chiaramonte advierte que la lectura de Rousseau


no había podido anular en Moreno estas referencias a lo que constituía la
realidad política de su tiempo. Algo similar veremos en los documentos
fundamentales referidos a la revolución oriental.
Ahora bien, esa retroversión de la soberanía a «los pueblos» implicaba cierta
ambigüedad. ¿A qué –exactamente– podía denominarse «pueblo»? ¿Eran pueblos
las ciudades con cabildo, centros articuladores de un territorio, o lo eran sólo las
ciudades capitales que –como Buenos Aires– se arrogaban ese derecho?
Guerra afirma que «cuando la ruptura de los vínculos con la autoridad suprema
de la Monarquía llevó a la proclamación de la soberanía de los «pueblos», lo que
aparecieron allí fueron las ciudades principales. Éstas, verdaderas ciudades-
estado, son las que reasumen la soberanía, las que promulgan constituciones,
las que proclaman la Independencia, las que combaten y se combaten: los
actores políticos reales, las verdaderas comunidades políticas que luchan por la
independencia y acceden al fin a ella».5
Sin embargo, la revolución oriental contestó este principio: su proyecto
político culminará en una propuesta federal, como garantía de la preservación
de las libertades locales. Tal fue el origen de los conflictos que protagonizaron
en el río de la Plata los hombres de Buenos Aires por un lado y los caudillos
provinciales por otro, entre los cuales sobresalió la figura de José Artigas.

Las primeras definiciones político-jurídicas de la Revolución Oriental


aparecen –como se ha dicho– a partir de octubre de 1811, con ocasión del
primer desencuentro entre los orientales y el gobierno de Buenos Aires. Y
se desarrollan durante el «Éxodo del Pueblo Oriental» para concretarse en los

3. M. Moreno, citado en J. C. Chiaramonte, Ciudades, provincias, Estados: orígenes de la


nación argentina (1800-1846), Ariel, Buenos Aires, 1997, p. 131.
4. Ibídem, p. 132.
5. F. X. Guerra, Modernidad, p. 349.

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documentos fundamentales emanados del Congreso de Tres Cruces, en abril


de 1813.
En octubre de 1811, el ejército oriental reunido en Asamblea rechaza la paz
firmada entre el gobierno de Montevideo y el Triunvirato porteño, porque ella
comportaba la entrega de la Banda Oriental a Montevideo. Historiando estos
sucesos escribe Artigas:

Seguidamente representaron los ciudadanos que de ninguna manera


podrían serle admisibles los artículos de la negociación; que el ejér-
cito auxiliador retornase a la capital si así se lo ordenaba aquella
superioridad; y declarándome su general en jefe protestaron no dejar
la guerra en esta Banda, hasta extinguir de ella a sus opresores o
morir dando con su sangre, el mayor triunfo a la libertad.6

En esta actitud de los vecinos y ejército orientales subyace la idea tradicional


de soberanía particular. En efecto, los orientales se consideran los primeros
responsables en la defensa de su territorio y aplican al ejército enviado por
el gobierno bonaerense el título de «auxiliador». La obediencia a ese gobierno
tiene límites claros, que son los derechos de los pueblos. No están dispuestos
a volver a depender de Montevideo y discrepan con unos acuerdos en los que
no se les ha consultado. Más aún, deciden continuar en guerra y nombran a
Artigas como su jefe, en un acto claro de soberanía que desafía la pretensión
centralizadora del Triunvirato porteño.
Unos meses más tarde, recordando estos sucesos, Artigas escribirá:

Ellos se creyeron un pueblo libre, con la soberanía consiguiente, unos


hombres que abandonados a sí solos, se forman y reúnen por sí.7

Y en parecidos términos escriben los jefes orientales al cabildo de Buenos


Aires con ocasión del envío de la misión Manuel Martínez de Haedo a la
capital:

Y entonces nosotros, en el goce de nuestros derechos primitivos


[...] nos constituimos en una forma bajo todos los aspectos legal, y
juramos continuar la guerra.

6. Oficio de José Artigas a la Junta de Paraguay, 7 de diciembre de 1811, en Archivo


Artigas, VI, pp. 77-78.
7. José Artigas a Manuel de Sarratea, Ayuí, 6 de agosto de 1812, cit. en W. Reyes Abadie,
O. Bruschera y T. Melogno, El ciclo Artiguista 2, Universidad de la República, Montevideo,
1968, pp. 13-14.

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LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

[...] V. E. no puede ver en esto sino un pueblo abandonado a sí solo y


que analizadas las circunstancias que le rodeaban pudo mirarse como
el primero de la tierra sin que pudiese haber otro que reclamase
su dominio, y que en el uso de su soberanía inalienable pudo de-
terminarse según el voto de su voluntad suprema. Allí, obligados por
el tratado convencional del superior gobierno, quedó roto el lazo
(nunca expreso) que ligó a él nuestra obediencia y allí, sin darla al de
Montevideo, celebramos el acto solemne, sacrosanto siempre, de una
constitución social, erigiéndonos una cabeza en la persona de nuestro
dignísimo conciudadano Don José Artigas para el orden militar de
que necesitábamos.8

¿Cómo interpretar estos textos a la luz de las nociones tradicional y moderna


de soberanía? Por una parte, como afirman Reyes Abadie, Bruschera y Melogno,
el documento denota una «estricta lógica rusoniana»,9 que muestra que este
autor era conocido y leído. Frases como «un pueblo [...] en uso de su soberanía
inalienable», «el primero de la tierra», «el acto solemne, sacrosanto siempre de
una constitución social», hablan de un comienzo ex nihilo, de un dejar de lado
todo lo anterior, un verdadero inicio de una historia del todo nueva y del todo
heroica. Campea también el espíritu democrático, ya que es ese pueblo quien,
en uso de sus derechos, se da una cabeza, si bien restringe su autoridad al
«orden militar».
Sin embargo, queda también de manifiesto la idea de la retroversión, aunque
ya no es la retroversión de la soberanía real a los pueblos, sino del gobierno de
Buenos Aires al pueblo oriental: la revolución había instituido un lazo de hecho
entre los pueblos y el gobierno, que se había roto por la traición de éste.
La designación de Artigas como jefe de los Orientales le ocasionará un
conflicto entre la obediencia debida al órgano de gobierno bonaerense, que
le había conferido el grado militar, y el ejercicio de su autoridad como jefe
de los Orientales, otorgada por decisión popular. En esa encrucijada, Artigas
optará por esta última, poniendo por delante el nombramiento emanado de la
voluntad oriental. Esta adhesión al principio de soberanía popular constituye
un rasgo típicamente moderno, que trasluce la nueva legitimidad democrática:
«Yo no por mí, por ellos soy constituido jefe suyo».10

8. Jefes Orientales al cabildo de Buenos Aires, Ayuí, 27 de agosto de 1812, en W. Reyes


Abadie, O. Bruschera y T. Melogno, Artigas: su significación en la Revolución y en el proceso insti-
tucional iberoamericano, Ministerio de Instrucción Pública, Montevideo, 1966, pp. 198-199.
9. W. Reyes Abadie, O. Bruschera y T. Melogno, Artigas, p. 199.
10. José Artigas a Manuel de Sarratea, op. cit.

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LA ID E A D E LA «SO B E RA N ÍA PA RT IC U LA R D E LO S PU EB LO S»

Poco después, reafirmará esta nueva legitimidad en el discurso pronunciado


ante representantes orientales en el Congreso de Tres Cruces: «Mi autoridad
emana de vosotros y ella cesa por vuestra presencia soberana».11
La soberanía del pueblo oriental se manifiesta, en esta primera época, en la
acendrada defensa de la autonomía militar frente a los intentos de absorción
del ejército porteño. La defensa del propio territorio es considerada un derecho
inalienable de cada pueblo, y el hecho de la participación de otros pueblos
en la lucha no les otorga otro carácter que el de auxiliadores, palabra una y
otra vez repetida en estos meses. Es interesante comprobar que un año antes,
Moreno había utilizado, en referencia al ejército juntista, la expresión «nuestra
expedición auxiliadora».12 No era pues, una idea exclusiva de los orientales. Sin
embargo, el afán unificador del Triunvirato porteño hizo olvidar que el ejército
capitalino se enviaba a las provincias con esa peculiar característica, y sustituyó
el término por el de Ejército de Operaciones.
La defensa de la «soberanía particular de los pueblos» hallaría expresión cabal
en las instrucciones entregadas a Tomás García de Zúñiga para desempeñar una
misión de acercamiento en Buenos Aires. Además de reiterar las pretensiones
orientales de autonomía militar, se pedirá al superior gobierno que «la soberanía
particular de los pueblos [sea] precisamente declarada y ostentada como el
objeto único de nuestra revolución».13
Reaparece aquí el elemento tradicional, de cuño hispánico, de «los pueblos»
como entidades concretas a las que se atribuyen derechos inalienables. Y hay
una afirmación tajante del objetivo revolucionario: proteger esa soberanía. Im-
plícitamente, pues, se rechaza la pretensión del gobierno porteño de establecer
un único «pueblo», en abstracto, y una soberanía indivisible radicada en la
ciudad capital.
El último aspecto a analizar se centrará en las resoluciones del Congreso de
Tres Cruces, de abril de 1813, convocado por Artigas para reconocer a la Asamblea
constituyente erigida en Buenos Aires y elegir diputados para dicha Asamblea. Allí
se ejercita la «soberanía particular» en hechos trascendentes: se «crea», por la
voluntad de los pueblos orientales, la entidad jurídica Provincia Oriental; se
establecen condiciones para la unión con las demás Provincias; se habla de la
necesidad de una Constitución para el futuro Estado.

11. Oración pronunciada por José Artigas, Delante de Montevideo, 4 de abril de 1813,
Archivo Artigas, XI, 67.
12. M. Moreno, Gazeta de Buenos Aires, noviembre de 1810, en J. C. Chiaramonte, Ciu-
dades, provincias, p. 339.
13. Comisión del ciudadano Tomás García de Zúñiga delante del gobierno de Buenos
Aires, cit. en W. Reyes Abadie, O. Bruschera y T. Melogno, El ciclo artiguista 2, p. 13.

Contenido 211
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

El carácter moderno aparece en el uso de vocablos tales como «ciudadano»,


«contrato», «constitución», «voluntad general». A los «ciudadanos» se dirige Artigas
en su discurso inaugural, como depositarios de la soberanía, recordando que
el origen de su autoridad fue «el voto sagrado de vuestra voluntad general».
Asimismo, se manifiesta como un líder democrático, que no decide por sí en
«una materia reservada sólo a vosotros». Más adelante se refiere a la necesidad
de una constitución escrita: «Estamos aún bajo la fe de los hombres y no
aparecen las seguridades del contrato. [...] Es muy veleidosa la probidad de
los hombres, sólo el freno de la Constitución puede afirmarla».14 He aquí un
razonamiento típicamente moderno: la constitución concebida como norma
que otorga seguridad ante la mudable condición humana, la confianza en el
texto constitucional como freno a la maldad de los hombres.
El reconocimiento de lo que había de ser el órgano supremo de las
Provincias Unidas, la Asamblea General Constituyente, se realiza por los orien-
tales mediante «pacto», es decir, estableciendo condiciones que dejaran a salvo
su soberanía particular. En la idea del pacto confluyen, a mi modo de ver, la
tradición escolástica del pacto de sujeción y la moderna del consentimiento, que
probablemente llegara a los orientales a través de las ideas norteamericanas, de
notoria influencia en las definiciones políticas de este momento, como se verá
a continuación.
Entre esas condiciones, se insiste en la liberad de la Provincia y de sus
pueblos, pero se da un paso más en referencia a la futura organización del
Estado: se habla de la «confederación ofensiva y defensiva de esta Banda
con el resto de la Provincias Unidas», como el sistema más adecuado para la
preservación de la libertad de los pueblos y, a la vez, se declara la voluntad de
aceptar una constitución que tenga también por base la libertad.
La propuesta oriental seguía, pues, la tradición hispánica, al respetar sus
unidades políticas históricas buscando recomponer la unidad sin mengua
de la autonomía. En esa búsqueda de unidad con autonomía es que los
orientales echan mano a un nuevo elemento moderno: el constitucionalismo
norteamericano. Se conoce la difusión que tuvo en el Río de la Plata la obra
titulada La Independencia de Costa firme justificada 30 años há por Thomas
Paine, en la que el venezolano García de Sena traducía los principales
documentos de la revolución de las colonias inglesas.
La apelación a las fuentes norteamericanas permitió una armoniosa
conjunción entre lo tradicional y lo moderno. En efecto, en la línea de lo
que fue la historia británica, los norteamericanos no buscaron crear una

14. Oración pronunciada por José Artigas, Delante de Montevideo, 4 de abril de 1813,
Archivo Artigas, XI, pp. 67-70.

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LA ID E A D E LA «SO B E RA N ÍA PA RT IC U LA R D E LO S PU EB LO S»

nación ex nihilo, ni se basaron en una noción abstracta de pueblo como los


revolucionarios franceses, sino que procuraron la puesta al día de una tradición
de respeto a las libertades de pueblos y cuerpos intermedios que caracterizó a
la historia inglesa. El sistema federativo permitió conciliar la necesaria unidad
del Estado con las libertades locales, tan caras a las colonias del norte.
Los orientales toman esa experiencia y la adaptan a su realidad por lo que,
como explican los historiadores Reyes Abadie, Bruschera y Melogno, la fór-
mula a que aspiran es «un Estado federal, infiltrado por concepciones de tipo
confederativo, en donde permanentemente alienta la prevención contra el
poder hegemónico de Buenos Aires».15 Es por ello que se procura limitar lo
más posible la competencia del gobierno central en favor de las autonomías
provinciales. Asimismo, este documento se pronuncia por la organización
republicana, forma de gobierno que parece más adecuada a la protección de
la soberanía particular.16

Es momento ahora de establecer algunas conclusiones. En la primera década


de la Revolución rioplatense, los orientales se embarcaron en una lucha por
la independencia entendida sobre todo como autonomía frente al proyecto
centralizador de Buenos Aires.
En esa búsqueda de respeto a su autonomía se entremezclan los elementos
tradicionales y modernos. Es innegable la influencia de Rousseau en algunas
de las definiciones políticas o en el léxico utilizado, pero no se lo toma en su
totalidad, sino en lo que es compatible con el objetivo prioritario de respeto
a la soberanía particular de los pueblos. El elemento norteamericano también
es moderno, pero no excluye lo tradicional. Por otra parte, en la defensa de
la soberanía particular de los pueblos late el elemento configurador hispánico
y el imaginario tradicional de una monarquía plural, conformada por la suma
de poblaciones diferentes y que como tales, como «diferentes», accedían a la
unidad. En la preservación de esas diferencias hay que ver la perduración del
elemento hispánico en la Revolución Oriental.

15. W. Reyes Abadie, O. Bruschera y T. Melogno, El ciclo artiguista 2, p. 108.


16. Cfr. Instrucciones dadas a los diputados del pueblo oriental [...], delante de Montevi-
deo, 13 de abril de 1813, Archivo Artigas, XI, p. 103.

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