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EL FORMADOR Y LA FORMACIÓN

PARA LA VIDA RELIGIOSA


PEDRO FINKLER

¿A quién se dirige este libro?


El título de este libro sugiere el carácter especial de su contenido. Pero el tema que se
trata no se restringe a los formadores que se ocupan específicamente de la formación
de los jóvenes candidatos a la vida religiosa y al sacerdocio. Como puede deducirse de
la lectura del texto, el autor ha pensado al escribirlo en los formadores, en la formación
y en la autoformación en sentido amplio. Por eso el libro va dirigido:

 A los formadores especializados: maestros de novicios y de aspirantes a la vida religiosa


y al sacerdocio en cualquiera de sus niveles y a sus asistentes.

 A los responsables de períodos y de cursos de espiritualidad o de formación permanente


que muchas congregaciones religiosas ofrecen hoy a sus miembros.

 A los superiores, animadores de comunidad..., ya que son siempre los primeros


responsables en la formación permanente de sus subalternos.

 La lectura de este libro será también seguramente muy útil a los adultos en plan de
formación; tienen que comprender el proceso de cambio en que están metidos para
concretar el ideal al que aspiran.

 En una palabra, puesto que de algún modo todo religioso es también personalmente
responsable del crecimiento de sus hermanos y hermanas, este libro ayudará a todos
los religiosos que toman en serio su tarea apostólica dentro de su comunidad.
 1. Introducción
 2. La vocación religiosa
 3. El formador
 Disposiciones del superior-formador
 Madurez
Equilibrio de la personalidad
Confianza en sí mismo
Prestigio
Actitud pedagógica del formador
 Tareas del formador
 Amar
Los seis mandamientos del amor fraterno
Motivar
Estimular
Coordinar
Instruir
Controlar

4. Formación
 El ambiente formativo
 Objetivos de la formación
 Formar: los grandes valores de la vida religiosa consagrada
 La formación afectiva
 Afectividad
Afectividad y vida religiosa
Cómo ayudar a los formandos en su maduración afectiva
 La "ratio institutionis"

5. El equilibrio de la personalidad necesario en la
persona consagrada
 El yo y la consistencia psicológica y social de la persona
 El yo-ideal
El yo-actual
Persona psicológicamente consistente
Persona psicológicamente inconsistente
Persona socialmente consistente
Persona socialmente inconsistente
 Algunas conclusiones prácticas
 ¿Cómo ayudar a un candidato psicológicamente
inconsistente?
 Interiorizar los valores evangélicos

6. La motivación
 Motivar
 El sentimiento de éxito
 Esquema básico del proceso de la actividad motivada
 Visión
Resonancia emocional
Deseo
 Dinámica psicológica de la motivación
 Los incentivos
 Los incentivos más importantes para la formación
 Clima de libertad y de creatividad
Sentido de responsabilidad
Vida de oración
Vida de consagración
Vida comunitaria
Vida apostólica
 Incentivos de apoyo
 La amistad
La fraternidad
La unión
Solidaridad
La creatividad
La iniciativa
 La revisión de vida
 Fases
 Práctica del discernimiento espiritual individual y
comunitario
 Información general
El espíritu de discernimiento
Actitudes personales fundamentales para hacer un
discernimiento espiritual
El método de discernimiento espiritual
Técnica para el discernimiento individual.
Confirmación
Proceso de discernimiento espiritual comunitario
Materia y condiciones para el discernimiento comunitario
Condiciones comunitarias para el discernimiento
El proceso de discernimiento comunitario

7. La vida comunitaria
 El proyecto de vida comunitaria (PVC)
 Concepto
Quién hace el PVC
Preparación para la elaboración del PVC
Ambiente psicológico
Cualidades del PVC
Contenido
Elaboración
 Método práctico para elaborar un PVC
 Metodología general
Metodología específica de la dinámica de grupo
 Ejemplo de un PVC
 Método de verificación del PVC

8. El encuentro personal periódico
 Necesidad del encuentro personal periódico
Conceptos
 Rendir cuentas
Orientación de la conducta
Ayuda en las dificultades
Ayuda para el crecimiento espiritual
 Explicación de algunas palabras
 Encuentro
Personal
Periódico
Superior y súbdito
Relación de responsabilidad mutua
Ayudar
Dinámica de grupo
Adaptar
Conducta religiosa
Conducta profesional
 Objetivos del encuentro personal con el superior-formador
 Conocer
Comprender
Ayudar
 Tipos de encuentros personales
 Encuentro personal de formación
Encuentro personal de sostén
Encuentro personal de adaptación
Encuentro personal espontáneo
 Dinámica del encuentro personal
 El problema del contacto
La comunicación
Empatía
Respeto y aceptación
Autenticidad
Especificidad
Autorrevelación
Interpretación del "aquí y ahora"
Confrontación
La fuerte personalidad
Autorrealización
 Casos difíciles
 El desahogo
 Encuentro personal y orientación

9. La madurez en los formandos
 Maduración de la personalidad y formación en la vida
religiosa
 Dimensiones y valoración de la madurez humana.
Aproximaciones pedagógicas
 La imagen de sí mismo
La fuerza del yo
Capacidad de recibir, de dar y compartir
Capacidad de elaborar adecuadamente las frustraciones
Capacidad de encarnar un ideal trascendente
Capacidad de autonomía afectiva
Capacidad de autocontrol
Capacidad de adaptación a nuevas situaciones
Capacidad de desechar o prorrogar
Capacidad de tomar conciencia de la culpabilidad
Capacidad de aceptarse a sí mismo, a los demás y la
propia historia
Capacidad de interiorizar los valores del ideal
 Conclusión
Las pruebas

10. Bibliografía

1. Introducción
Este libro no se ha escrito con la pretensión de ofrecer un compendio completo de
doctrina pedagógica para que la adopten los formadores de hoy. El autor sólo intenta
ofrecer algún material que ha preparado para una reflexión que puede resultar útil sobre
el problema tan delicado e importante de la formación para la vida religiosa en las
congregaciones e institutos de vida consagrada en nuestros días. Nadie ignora que los
tiempos han cambiado. El formador de 1930 o de 1940 encontraría enormes
dificultades para comprender a los jóvenes de hoy. Y éstos seguramente mirarían con
ojos de espanto a un maestro de novicios con una mentalidad parada en aquellas
fechas.

Nos gustaría que el lector interesado se sintiera estimulado a adoptar una actitud nueva
de búsqueda permanente para una adaptación al modo de pensar, de sentir y de ser
del hombre de hoy. Por eso el libro presenta un contenido de aproximaciones para
organizar un pensamiento pedagógico nuevo respecto a la metodología tradicional en
la formación para la vida consagrada.

Todo método pedagógico de formación se basa en un concepto determinado de


hombre, en el concepto de sociedad a la que el religioso debe servir y el tipo de
relaciones que habrá de desarrollar para un apostolado eficaz. El método tradicional de
formación ha tenido siempre en cuenta estos conceptos. Pero la realidad hombre,
sociedad y relación interpersonal ha sufrido cambios muy profundos. La definición de
los nuevos conceptos no se agota en la literatura impresa. Pasa continuamente a través
de unos cambios nuevos y finísimos que se sienten y que es difícil verbalizar. Por eso
la práctica pedagógica de la formación hoy, si no quiere envejecer antes de hora, tiene
que permanecer continuamente abierta a los signos de los tiempos. El tiempo cambia
con una velocidad nunca vista hasta ahora. Para seguir siendo eficaz, el apóstol tiene
que aprender a asumir su autoformación permanente.
Si el hombre, la sociedad y el religioso de hoy han cambiado, es obvio que la revisión
y la actualización de los métodos de formación no pueden restringirse a unas cuantas
reformas o modernizaciones. No se trata solamente de actualizar, o sea de adaptar el
mismo lenguaje y los mismos métodos de antes para reajustar las cosas antiguas a la
manera de ver, de pensar y de sentir del hombre de hoy. El mismo concepto de
perfección evangélica de hoy no es igual al de los siglos pasados. El ideal de vida
cristiana tiene un sentido evolutivo. Para poder ser comprendido y aceptado tiene que
acompañar a la historia, tiene que alimentarse de la historia. Formar no es condicionar
al formando a un modelo religioso-moral preestablecido. Hay que inventar nuevos
métodos para una formación que no esté desarraigada del tiempo y del espacio en que
ha sido concebida, sino que esté articulada con el mundo en el que vivimos y
trabajamos actualmente. Hay, pues, que preservar una doble fidelidad: a la historia y al
momento presente proyectado hacia el futuro. La fidelidad que hay que buscar no es
seguramente la de las estructuras, sino la del espíritu. Por eso, en la búsqueda de
renovación de los métodos de formación no podremos limitarnos a unas cuantas
simples sustituciones de conceptos y de objetivos específicos entre una época y otra.
Se trata más bien de encontrar nuevas maneras de vivir los valores perennes del
evangelio adaptados al hombre nuevo. Para seguir siendo fiel simultáneamente al
evangelio, a la Iglesia y a sí mismo, el formador de hoy tendrá que enriquecerse
necesariamente de nuevos contenidos científicos y culturales. La fidelidad, el espíritu y
el carisma son los mismos, pero la manera de vivirlos y de expresarlos tiene que
adaptarse a la nueva realidad social.

Así, pues, hay que afrontar un riesgo: el peligro de equivocarse en algunas iniciativas.
El coraje de afrontar con prudencia y con inteligencia esta inseguridad inicial es el precio
que hay que pagar para una renovación que hace tiempo se siente como indispensable.

Hoy necesitamos religiosos hechos no según un concepto ideal fuera del tiempo, sino
que funcionen eficazmente en relación con la sociedad de hoy. Si el religioso de hoy
fuera como el religioso del 1900 o del 1920, no podría ser comprendido por el mundo
al que tiene que servir. Y, por tanto, sería ineficaz.

El cambio no es únicamente de conceptos o de palabras. Cambia quizá la manera


misma de leer y de vivir el evangelio. La tradición,' lejos de limitar, se convierte de nuevo
en fuente de inspiración creativa. El Vaticano II nos guía con seguridad por este nuevo
camino. Tenemos que adaptarnos al hombre de hoy, tan distinto del hombre de hace
cincuenta o sesenta años. Por eso precisamente nuestra vida y nuestros métodos de
actividad apostólica tienen que replantearse y que inventarse nuevamente. Se trata de
un verdadero salto cualitativo de la vida religiosa.

Para no equivocarnos en el esfuerzo de renovación v para permanecer fieles a la


inspiración de los fundadores, tendremos que poner atención en tres condiciones:

a. Fidelidad absoluta al evangelio de Jesucristo.


b. Fidelidad al hombre de hoy.
c. Coraje para realizar el cambio personal que requieren las dos exigencias anteriores.

El hombre de hoy ha cambiado profundamente bajo algunos aspectos de su ser en los


últimos decenios. Su relación interpersonal y su relación con Dios son distintas. Sus
valores fundamentales de referencia para valorar los acontecimientos han cambiado.
El concepto tiempo, por ejemplo, no es ya el mismo de antes. El hombre de hoy vive
su tiempo de una manera distinta, a un ritmo mucho más rápido, que lo lleva mucho
más lejos. Su preocupación es más bien por el futuro. Por esto todo crece y se realiza
a un ritmo muy acelerado. Las personas hacen muchas más cosas en menos tiempo.
Todos quieren siempre lo más nuevo, lo más moderno. Los jóvenes no creen ya en
muchos de los valores de sus padres. Sienten la necesidad de estar siempre en la
cresta de la ola. Están abiertos a la experiencia. Buscan cambios. De esta actitud de
los jóvenes nacen muchos conflictos con las generaciones precedentes.

Las personas no se portan como quieren ni piensan lo que quieren. Todos estamos
estrechamente controlados y condicionados. Los medios de comunicación nos
imponen el estilo de vida y la manera de pensar que esté de acuerdo con una cierta
ideología y con una cierta política. Jamás el hombre ha sido tan poco libre. El poder de
los que esclavizan a los otros es mucho más sutil que antes. La mayor parte de la gente
no se da cuenta de ello.

Resulta realmente extraño que la gente acepte tranquilamente esta situación. Incluso
son incapaces de vivir fuera de esta situación. Hay una necesidad subconsciente de
pertenecer al gran grupo. Hoy la gente vive en la plaza. La casa se ha convertido en un
pequeño refugio, en un rincón para descansar v tener un poco de soledad.

Las informaciones resultan incontrolables. Ya no existe la intimidad ni el secreto. Han


caído los tabúes morales, y con ellos ha desaparecido también el respeto a las
personas. No existe ningún control moral. Todos lo saben todo y con la enorme cantidad
de informaciones que adquieren hacen lo que quieren. No obstante, tenemos la
impresión de que somos más libres. En efecto, estamos estrechamente controlados y
condicionados para portarnos de acuerdo con una filosofía de vida que es algo muy
distinto de una libre opción personal. Lo que más ha cambiado ha sido nuestro modo
de pensar. La propaganda comercial v política y la difusión de información periodística
se han planteado de forma que nos hacen pensar según un modelo concreto de lógica
que nos lleva irresistiblemente hacia un objetivo que no hemos elegido.

Los nuevos métodos de formación para la vida religiosa no pueden ignorar la masa de
informaciones que el formando recibe constantemente de un modo informal. Es
precisamente este material el que constituye la materia prima de su saber. De aquí se
deriva su modo de pensar. A partir de su modo de pensar organiza su comportamiento.
Ya no hay controles ni barreras inmediatas. La humanidad se ha convertido en una
especie de enorme río que se precipita impetuosamente desde las montañas. Ya no
hay puntos de referencia fijos para la elaboración de los valores qué puedan formar
criterios de conducta. El formando procede de esta masa humana nueva y
desorientada. Para poder crecer en el sentido de la vida consagrada tiene necesidad
de un formador nuevo que trabaje con instrumentos igualmente nuevos.

De todo ello se deduce también otra consecuencia muy importante tanto para el
formando como para el formador. Los jóvenes no soportan ya la idea de ser, en el
proceso de su educación, objetos de la acción educadora del educador o del formador.
El alumno desea ser el sujeto de su propia historia. Por eso se niega a asistir
pasivamente a las largas exposiciones del maestro. Quiere participar activamente en el
proceso de su crecimiento. Ya no se comprende la historia como si la hubieran hecho
los personajes célebres. Hoy sabemos que también el hombre anónimo es constructor
de la historia. Está hecha por todos y nunca termina de evolucionar. Es un desarrollo
continuo. Cada hombre deja algo de sí mismo en la historia que ayuda a construir.

Tenemos conciencia de que la historia del mundo será como nosotros la hagamos.
Tenemos también todos una vocación natural a colaborar en el hallazgo de nuevas
soluciones para los problemas que se van planteando sucesivamente. Los formadores
y educadores estamos llamados a encontrar los nuevos caminos que ayuden a los
jóvenes a crecer. Permanecer pasivos, negarse a buscar nuevos métodos de
educación y de formación podría significar una detención en el proceso evolutivo de la
historia. Faltaría un punto de contacto entre el educador y los jóvenes. No sería un
auténtico educador.

El educador y el formador conscientes trabajan en un provecto de sociedad cristiana.


Por. vocación son los responsables principales de la calidad de esta sociedad. El que
no ayuda a mejorar, defiende el statu quo, es decir, bloquea el cambio. El cambio que
el educador y el formador de hoy intentan encauzar va en busca de una sociedad más
justa v más fraternal en todos los niveles, según el evangelio. Semejante postura exige
del formador el coraje de ser antes él mismo un hombre nuevo, plenamente inserto en
el pueblo de Dios como una luz, un fermento y un grano de sal.

Es menester superar el concepto más o menos egoísta de la dimensión de las


relaciones personales con el Señor. Como formadores, somos mediadores entre el
Señor a quien buscamos personalmente y el pueblo del que formamos parte. Hoy estos
dos términos son igualmente importantes. Nadie se salva o se pierde solo.

Los valores cambian siempre según el tiempo y el espacio. Esos cambios están
siempre en relación con la visión del hombre sobre su realidad hic et nunc.

Son los pensadores y los científicos de todos los tiempos los que descubren e
interpretan constantemente la realidad. Tanto en el mundo laico como en el religioso.
La Iglesia nos estimula siempre a leer los signos de los tiempos para conocer la realidad
actual, para descubrir la voluntad de Dios hoy, para saber lo que hay que hacer para
adaptarnos a nuestra realidad.
Los primeros filósofos griegos tenían del hombre una visión más bien cosmológica. El
hombre era para ellos un elemento o un aspecto inserto en el gran cosmos. Llega
Sócrates y con la agudeza de su espíritu de observación intuye que el hombre es, sin
embargo, algo especial en el inmenso universo. Aconseja, por tanto, a sus discípulos
que para comprender su realidad en vez de observar el mundo exterior se pongan a
observarse a sí mismos: "Nosce te ipsum" ¡Así nació la psicología!

He aquí una ciencia nueva que lleva al hombre a inclinarse sobre sí mismo en un
esfuerzo por descubrir su propia identidad.

Son muchísimas las definiciones y los conceptos derivados de esta investigación que
los estudiosos de las ciencias humanistas han hecho y siguen haciendo.

La visión psicológica socrática tomó en Aristóteles una forma más bien dualista: el
hombre es un compuesto de alma y de cuerpo.

Parece ser que santo Tomás no consiguió resolver por completo este dualismo. La
visión teocéntrica de la Iglesia durante toda la Edad Media e incluso después, quizá
hasta los años 40 ó 50 de nuestro siglo, no facilitaba la valoración de varios aspectos
de la realidad del hombre. Por eso precisamente la pedagogía catequética, la
predicación y la ascesis de la vida religiosa en general no tenían muy en consideración
ni las necesidades físicas ni las necesidades psicológicas y sociales del hombre.
"Salvar al hombre" significaba más bien salvar el alma del hombre; generalmente se •
olvidaba su psique, su cuerpo y sus necesidades interpersonales. Un signo muy
elocuente de este estado de ánimo de la humanidad eran los hospitales psiquiátricos,
que se reducían a ser depósitos de personas inútiles para la vida de los demás.

Los sufrimientos inauditos y los enormes desprecios infligidos a la persona durante la


última guerra llevaron a los estudiosos a inclinarse una vez más sobre el hombre para
estudiarlo mejor, para comprender las fuerzas misteriosas que lo impulsan a cometer
tan graves errores consigo mismo y con sus hermanos.

Esta necesidad que siente el hombre moderno de descubrir sus misterios determinó
una mejor comprensión de sí y una aceptación del ritmo de su propio caminar. Los
estudios más profundos de las ciencias del hombre, de la psicología, sociología,
filosofía, teología, derecho, antropología, etcétera, acabaron por cambiar nuestra visión
del ser humano y, consiguientemente, nuestra mentalidad. Un impulso decisivo para
este cambio entre los religiosos ha sido, sin duda alguna, el concilio Vaticano II.

La convergencia de las nuevas ideas sobre el hombre de la teología, filosofía,


psicología, sociología, etc., desembocó en la mentalidad claramente antropocéntrica
propia del hombre de nuestros días. Por los años cincuenta, Oraison había llamado ya
la atención sobre el hecho de que la antropología moderna "ha roto el mordiente de una
concepción legalista de las relaciones humanas" y "ha colocado la felicidad en el nivel
del éxito plenamente logrado de las relaciones con los demás en su infinita diversidad
y multiplicidad".

Hoy el hombre tiene un agudo sentido del valor personal, de la propia dignidad y
libertad. El hombre sabe que no depende ya del destino; sabe que él mismo es el sujeto
de su propia historia. El hombre se hace, se desarrolla, se construye. El fatalismo de
antes ha sido sustituido por opciones y decisiones libres.

Antes destacaban los grandes valores del orden, de la obediencia ciega, de la patria,
de las instituciones, de la autoridad, de las leyes... Ahora los valores importantes son
la libertad, la autorrealización, la obediencia consciente v responsable, la justicia, la
solidaridad, la socialidad, la igualdad, la participación, la comunidad, el grupo... Hoy
todos buscan los valores personales y el respeto a las personas. Todos sentimos una
necesidad muy aguda de discernir entre lo que se dice y lo que se hace a fin de exigir
una coherencia entre ambas cosas.

Antes teníamos de Dios el concepto de un ser que exige del hombre una rendición de
cuentas de sus acciones; hoy Dios se nos presenta más bien como un ser que nos ama
con cariño y que quiere nuestra perfección. Antes el hombre estaba al servicio de Dios;
hoy es Dios el que se pone al servicio del hombre.

Así pues, vivimos en una era antropológica. El centro de las preocupaciones


ontológicas y prácticas del hombre es el hombre mismo. La experiencia del gozo de
vivir se encuentra en la relación recíproca de amor.

De ser una criatura totalmente hecha por el Creador y que, por tanto, depende
absolutamente de él, como si fuera casi solamente un objeto, el hombre ha pasado a
ser, por el contrario, un buscador de su propio camino, un constructor de su propio
destino trascendental. Estamos llamados a ser sujetos de nuestra historia personal y
los primeros responsables de nuestra vida. Insertos en una colectividad de seres
humanos que viven al mismo tiempo dentro de un mismo espacio físico, económico,
cultural y político, hemos tomado una conciencia mucho más clara que antes de nuestra
tarea de cooperación por el bien común.

Como individuos, miembros de la pequeña iglesia de nuestra comunidad religiosa,


tenemos también conciencia de que no formamos un sistema cerrado en sí mismo, sino
un sistema abierto a la influencia que dimana de otros sistemas, tanto pequeños como
grandes, todos ellos integrados en la Iglesia universal. La Iglesia, los poderes centrales
de la congregación, así como los directores, los superiores o los animadores de la
comunidad, han renunciado a una parte de su poder de dominio. Obedeciendo a la
palabra del Señor, se han hecho más bien siervos de sus hermanos. Y éstos, más
libres, se han convertido en sujetos de su historia individual y de la vida comunitaria.
De este modo se sienten llamados a asumir su propia responsabilidad personal v
comunitaria.
El decreto del Vaticano II Perfectae caritatis habla de forma muy concreta sobre el
respeto a la personalidad y a la libertad de los individuos, enumerándolo entre los
valores humanos que deberán cultivarse en las comunidades religiosas. Es ésta una
condición imprescindible para un verdadero crecimiento de la persona, tanto de su
humanidad como de su espiritualidad. La actitud antropocéntrica nos impulsa a
encararnos con nosotros mismos para ver en qué punto nos encontramos por lo que
respecta a nuestra vida religiosa personal y comunitaria.

Estamos metidos en un mundo sumamente competitivo, capaz de despertar energías


latentes tanto en el individuo como en los organismos colectivos que llevan al hombre
a su superación. Es verdad que entre nosotros no se trata de competir con los demás,
sino de un verdadero esfuerzo de superación.

¿Superación de sí mismo en qué? Hacer mejor lo que hemos hecho desde siempre,
con mayor cultura v más información; una conciencia más profunda de nuestra tarea
apostólica en la realidad de la Iglesia de hoy; mayor capacidad para decidirnos a nivel
personal o de comunidad en la búsqueda del camino que el Señor desea de nosotros,
de mí, de ti, a fin de que se cumpla su santa voluntad en nosotros y a nuestro alrededor.

Es importante que nos demos cuenta de que cada uno tiene un papel personal que
representar en el concierto de la vida. Cada uno es un valor que respetar, que proteger
y enriquecer. He aquí una verdad que no debemos olvidar cuando hablamos de relación
interpersonal. Hemos de tener conciencia de que lo importante en nuestra vida no son
las instituciones o las estructuras, sino las personas. No somos nosotros los que hemos
de servir a las instituciones. Somos valores individuales y comunitarios. Lo importante
no es salvar las instituciones o las estructuras, sino las personas que se sirven de ellas
para realizarse según los sabios designios del Señor sobre cada uno de nosotros como
personas, comunidad e instituto.

Hov la formación en la vida religiosa se ha hecho un poco más laboriosa. Para el


formando se trata de la preparación personal para insertarse con eficacia en el mundo
secularizado v continuamente en transformación que estamos viviendo. Trabajar
apostólicamente con personas que ignoran o que rechazan el evangelio de Jesucristo
es hoy un reto nada fácil para nuestra fe. Ser un verdadero testigo de Dios en nuestros
días sin ser infiel al hombre se ha convertido en un auténtico problema, muy difícil y
muy exigente.

Preparar y equipar a los jóvenes religiosos para que se enfrenten con éxito con esta
solución redentora del mundo es la tarea sublime del formador en la formación para la
vida religiosa consagrada y también seguramente de la vida sacerdotal.

2. La vocación religiosa
La vocación cristiana puede considerarse como una tensión hacia la trascendencia de
sí mismo, es decir, como una orientación existencial hacia algo que está por encima y
más allá de lo que somos. Es un ideal. El ideal es un deseo v un impulso interior a vivir
los valores libremente escogidos como un fin en sí mismo.

La vocación cristiana como un ideal tiende a vivir concretamente los valores


evangélicos. La vida religiosa o vida consagrada es un estilo particular de vida cristiana
que se caracteriza por un compromiso especial de vivir de la manera más radical
posible los máximos valores evangélicos de la unión con Dios y de la imitación de
Jesucristo. Como uno de los medios para alcanzar este objetivo con mayor facilidad,
los religiosos se agrupan ordinariamente en familias, congregaciones, sociedades o
institutos. Vivir juntos en torno al mismo ideal evangélico es un valor cristiano en sí. Los
religiosos, en general, aprecian mucho la vida en común. La Iglesia fundada por
Jesucristo es fundamentalmente comunitaria. La primera comunidad religiosa fue la
agrupación de los Doce en torno a Jesucristo: Después de aquello la vida comunitaria
siguió siendo un signo importante del reino de Dios en la tierra.

Los medios o bien los valores instrumentales empleados por las personas consagradas
para realizar el ideal de la vida religiosa consisten en vivir de una forma más radical
que los demás cristianos la pobreza evangélica, la castidad evangélica y la obediencia
evangélica. Pero es importante reconocer que estas tres virtudes y todos los demás
consejos evangélicos fueron dirigidos por el Señor a todos los hombres, cristianos y no
cristianos, cristianos consagrados y cristianos no consagrados. La diferencia entre los
religiosos consagrados y los cristianos laicos consiste en que los primeros se
comprometen más a practicar los consejos evangélicos y a vivirlos de forma más
radical. Por eso los religiosos consagrados, con su estilo de vida vivido de forma
auténtica, anuncian elocuentemente la venida del Reino. Con su ejemplo de radicalidad
quieren estimular a sus hermanos laicos a que se comprometan también ellos a vivir el
evangelio con verdadero amor al Señor.

La opción vocacional de consagrarse al Señor en la vida religiosa es siempre una


auténtica decisión personal de convertirse al Señor. La conversión que hay que hacer
no es la del principio, como si aquélla hubiera sido mala. Sino que se trata de comenzar
un estilo de vida que por su naturaleza lleva al consagrado a hacer de su vida de unión
con Dios el objetivo principal de todos sus pensamientos, preocupaciones, deseos y
actividades. Para ello se libera de otras muchas preocupaciones comprometedoras,
como son: la vida en una familia natural, la educación de los hijos, los negocios para
poder atender al sustento de las personas que dependen de él, etc. Al quedarse más
libre de los compromisos temporales, el consagrado está más disponible para los
compromisos de la Casa del Señor y para las obras de misericordia. Pero todo esto
exige, en el fondo, una conversión de cada día.

Por eso precisamente el hacerse religioso o sacerdote significa adoptar una actitud de
conversión. Efectivamente, el religioso abandona la búsqueda del bienestar según el
mundo. Lo más importante para él habrá de ser siempre conocer en cada momento la
voluntad de Dios sobre él y seguirla.
Hay tres elementos cuya convergencia caracteriza a la auténtica vocación religiosa o
sacerdotal:

a. La llamada de Dios.
b. La decisión personal de un sí a esa llamada para ser algo distinto de lo que uno es.
c. La aceptación del postulante por parte del superior responsable de la institución.

No siempre resulta fácil distinguir la verdadera llamada de Dios de otros motivos que
pueden impulsar a una persona a sentirse llamada. Parece ser que entre las señales
más seguras de una verdadera llamada de Dios a la vida consagrada están:

Sentirse interiormente atraído por una vida de amor más íntimo al Señor. Esta condición
supone, lógicamente, una buena información catequística.

Una educación familiar sin graves problemas de perturbación en la evolución normal


de la afectividad. Una perturbación afectiva debida a la no aceptación de los padres,
especialmente de la madre..., quedar huérfano antes de la adolescencia..., podría
significar un sentimiento importante de abandono. Se trata en estos casos de
acontecimientos traumáticos que, en general, no favorecen la actitud auténtica de
apertura espiritual y de verdadera entrega. En ese caso, la atracción que experimenta
el sujeto puede ser que no sea más que la búsqueda inconsciente de una
compensación neurótica. En efecto, se puede ver entonces a una verdadera comunidad
religiosa como un lugar de acogida con una carga muy fuerte de calor humano. Pero la
comunidad religiosa no es un orfanato en donde un niño o un joven afectivamente sin
evolucionar pueda encontrar una buena madre sustitutiva. No se entra en una
comunidad para sentirse mimado, sino para darse, para amar a los otros. El que busca
mimos se sentiría muy pronto desilusionado; de hecho, nadie se ha hecho religioso
para hacer de padre o de madre con los compañeros. Los miembros de una comunidad
religiosa se consideran hermanos o hermanas que se aceptan entre sí, que se
perdonan, que se confían mutuamente sus preocupaciones, que se respetan y se
ayudan mutuamente. Fundamentalmente, cada uno vive intensamente su unión
personal con el Señor y se entrega a los demás en una obra apostólica realizada por
amor al Reino.

Hay disposiciones naturales de carácter favorables a este género de vida. Según la


clasificación tipológica de Heymans-Le Senne, quizá los tipos pasional, flemático,
sanguíneo y colérico son los más adaptados. De acuerdo con una observación
estadística, la mayor parte de los religiosos y de los sacerdotes pertenecen a estos tres
tipos de carácter. Aunque haya también algunos del tipo inestable o nervioso, por el
contrario, el amorfo, el apático y el melancólico o sentimental están prácticamente
ausentes entre los religiosos.

El segundo elemento constitutivo de la vocación religiosa es la decisión personal de


convertirse en otro. Esta decisión será válida solamente si se basa en argumentos que
la justifiquen. No basta con decir "yo quiero". Hay que saber, además, por qué lo quiero.
Si la respuesta a ese por qué es algo así como "porque el Señor es grande,
misericordioso y amable hasta el punto de que merece que lo deje todo por seguirle...
Vale la pena quemar mi vida por él, pues lo quiero más que a cualquier otra persona y
por encima de todas las cosas... Quiero ayudarle a salvar el mundo poniéndome a su
servicio...", etc., habrá que creer que ese deseo y esa decisión tienen un buen
fundamento. Cualquier otra razón que se distancie mucho del significado esencial de
las anteriormente mencionadas tendrá que ser examinada con mucha atención, ya que
puede esconder motivos demasiado humanos, insuficientes para basar sólidamente
una vocación por la vida consagrada. Una vida religiosa construida sobre la arena corre
el riesgo de venirse abajo ante la más pequeña tempestad.

La aceptación por parte del superior responsable puede ser considerada por el
candidato como un primer signo de que se encuentra en el sendero justo. Sin embargo,
ha de saber que una primera aceptación no es nada más que una expresión de
confianza del superior responsable basada en su opinión de que hay motivos
suficientes para iniciar un trabajo de formación.

El permiso o bien la invitación a pasar a una etapa posterior en el proceso de formación


significa que sigue también adelante la confianza del responsable en la autenticidad de
la vocación. Una buena motivación supone que el formando puede trabajar, en su
autoformación, con la ayuda de los formadores, con la confianza plena de que así podrá
alcanzar su objetivo: profesar en la vida consagrada. Sobre este punto es preciso
reconocer la gran responsabilidad de los formadores responsables. Estos no deben
tomar una actitud fundamentalmente de juicio o bien de verificación para saber con
claridad si tienen o no tienen que seguir apoyando los esfuerzos del candidato. Dejar a
un candidato en la ilusión de que está en el camino justo cuando el responsable tiene
dudas serias sobre la autenticidad de la vocación del sujeto sería una flagrante
injusticia. Por eso es de gran importancia que a través de los coloquios personales se
vaya discutiendo su situación con mucha franqueza. El formando no podría continuar
su esfuerzo de autoformación con eficacia si tuviera alguna duda sobre la continuación
de la aceptación del superior responsable. Seguir repitiendo al formando que las cosas
van bien y hacerle saber un buen día, cuando menos se lo piensa, que tiene que
marcharse sería una destrucción interior muy grave para el formando. Por eso, si
existen motivos de vacilación por parte del superior-formador, tienen que comunicarse
y discutirse cuanto antes con el interesado.

La vocación religiosa se va realizando poco a poco a lo largo de la vida, a través del


compromiso personal del religioso de amar a Dios con todo el corazón, de imitar a
Jesucristo y de seguirlo pobre, casto y obediente. El religioso es consciente de que su
compromiso lo une estrechamente con el Señor, con los hermanos, con su
congregación y con la Iglesia. Sabe también que como persona consagrada ha nacido
en la Iglesia y para la Iglesia y que también está sostenido permanentemente por la
misma Iglesia.
La autoformación del religioso es permanente. Es decir, debe preocuparse
permanentemente de crecer en la profundización vital, intelectual, apostólica, tanto a
nivel personal como a nivel comunitario. La autoformación ha de ser permanente
porque no acaba nunca la posibilidad de ir creciendo en el sentido del ideal, es decir,
en la unión con Dios.

3. El formador
Cómo preparar buenos formadores es seguramente el problema más serio de la vida
religiosa de nuestros días. Sin formadores no hay formación, y, por tanto, no hay
ninguna perspectiva optimista para la recuperación del crecimiento tanto vegetativo
como cualitativo de la vida religiosa.

La preocupación mayor de los superiores generales y provinciales debe ser, sin duda
alguna, la elección y la preparación constante de formadores. No basta con formarles
una vez para siempre. Para permanecer a la altura de sus delicadas tareas, los
formadores tienen que vivir en una permanente puesta al día. Todo el resto de los
programas de actividad apostólica de una provincia o de una congregación tiene que
considerarse de importancia relativa. De hecho, la eficacia apostólica depende al ciento
por ciento de la calidad espiritual de los apóstoles. Pero si no hay formadores
competentes...

El buen formador se va haciendo tal poco a poco, a medida que va adquiriendo


experiencia en el camino del crecimiento humano y espiritual en medio de sus
formandos. Pero el resultado de este desarrollo depende también de algunos dones
naturales. En la actividad especializada del formador, así como en la del educador,
además de los conocimientos científicos y culturales, hay siempre algo de arte. Lo
mismo que el artista, también el verdadero educadorformador nace. Hay que hacer una
distinción entre profesor y educador o formador. Desgraciadamente, el campo de la
educación se ve hoy invadido por una turba inmensa de profesionales asalariados que
en su actividad pedagógica, en realidad, no contribuyen prácticamente en nada al
crecimiento verdaderamente humano de los alumnos. No pocos se limitan a vomitar su
ciencia estéril de vida. No faltan incluso los que con sus discursos y con su vida
destruyen en lugar de construir.

La primera condición para ser un buen formador es querer serlo. La segunda es la


disponibilidad y el interés por formarse en todos los niveles: humano, científico,
espiritual... La tercera condición es la actitud sincera y humilde de no querer ser nada
más que un simple instrumento útil en manos del único Maestro, del Espíritu Santo, el
verdadero creador y forjador de los consagrados.

Es éste el problema crucial de la crisis religiosa que estamos viviendo. Las


congregaciones que sepan afrontarlo con inteligencia, con coraje y con fe superarán
con éxito la crisis actual de crecimiento. Las otras, por desgracia... Cuando se
despierten de su letargo, ¡quiera Dios que no sea demasiado tarde para reaccionar!

Disposiciones del superior-formador

El formador ha de ser una persona buena y abierta con todos los formandos, pero es
de importancia fundamental que no se comprometa con los problemas de los mismos.
Su actitud respecto a ellos tiene que ser siempre muy objetiva. No tener familiaridad
con ninguno. Por eso cierto estilo de vida un poco aislado es para el superior-formador
una exigencia pedagógica de éxito. Semejante actitud favorece la maduración del
formando en autonomía, en libertad interior y en espontaneidad de expresión.

Dos personas no pueden entenderse mutuamente si no existe entre ellos un mínimo de


buena voluntad. Pero un entendimiento recíproco amplio y profundo depende, además,
de otros muchos factores de la personalidad de los interlocutores. Para comprender
mejor lo que sucede eri un encuentro personal hay que estudiar antes las disposiciones
requeridas tanto en el formador como en el formando para un encuentro personal
fecundo. Entretanto, ya que las disposiciones del formando no se consideran aquí en
relación con lo que nos interesa, discutiremos solamente las disposiciones que tiene
que poseer el superior-formador para tener éxito en su coloquio personal con el
formando.

Madurez

El grado de madurez del adulto guarda generalmente relación con su experiencia, la


cual supone una cierta edad cronológica. Un religioso demasiado joven no estaría
probablemente indicado para ejercer con eficacia las tareas de superior. Aquí las cosas
son algo así como en la naturaleza. Un fruto cuya maduración se ha forzado con medios
artificiales no tiene el mismo sabor que otro que ha ido madurando según el proceso
natural. Un joven puede ser muy inteligente y también muy virtuoso. Pero le falta,
ciertamente, la prudencia que solamente da la experiencia de la vida. Incluso no cabe
duda de que una cierta edad —pongamos treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta años—
no es un argumento suficiente para asegurar el éxito del superior-formador. De todas
formas, parece que está fuera de duda que la edad de un candidato a un puesto de
responsabilidad en la vida religiosa es uno de los temas importantes que hay que tener
en cuenta. Desde el punto de vista psicológico quizá sería una medida de prudencia y
de sabiduría no darle a una persona un cargo de gran responsabilidad sobre otras
personas antes de cumplir los treinta o los treinta y cinco años. Hay realmente jóvenes
de treinta años suficientemente maduros para asumir esa responsabilidad.

El proceso de maduración del religioso se desarrolla generalmente un poco más


lentamente que en el laico. Este a los veinticinco años está muchas veces casado y
lleva a sus espaldas la responsabilidad de una pequeña familia. El período más largo
de formación obliga al religioso a portarse casi como un joven estudiante hasta los
veinticinco años o más. En realidad, le falta una experiencia suficiente de la vida. Sería
imprudente confiarle un cargo de responsabilidad en la formación de otros religiosos.

En el formador se requiere una cierta madurez sobre todo en tres dimensiones de la


personalidad: afectividad, cultura y vida espiritual. Se trata de tres aspectos de la
personalidad de particular importancia para el ejercicio de la función de superior-
formador. Madurez significa equilibrio de adulto. Esto supone el desarrollo de varias
capacidades humanas y su perfecta integración en el conjunto de la personalidad.

Sabemos que el hombre alcanza normalmente su madurez intelectual hacia los quince
años. Este máximo de inteligencia se mantiene más o menos constante hasta alrededor
de los cincuenta años. Luego empieza lentamente a decaer la perspicacia intelectual.
De todas formas hay muchas y brillantes excepciones; todos conocemos ancianos con
una maravillosa clarividencia intelectual. Pero no hemos de confundir inteligencia con
cultura. La primera es una capacidad de comprensión unida a la capacidad de integrar
los elementos descubiertos y adquiridos por la inteligencia a través de la experiencia
concreta de la vida.

La cultura crece en la medida en que el sujeto adquiere nuevas informaciones y realiza


descubrimientos a través de sus experiencias. La edad límite para hacer crecer la
cultura guarda relación directa con la posibilidad de comprensión intelectual. Si hay
personas con ochenta o noventa años que siguen culturalmente en plena forma, hay
otras que con sesenta y cinco años han agotado ya prácticamente la capacidad de
responsabilidad personal. La mayor parte de los religiosos de treinta o treinta y cinco
años poseen ya una buena cultura. Algunos de ellos seguramente pueden asumir la
responsabilidad de ayudar a otros a través de su cargo de superior-formador, bien en
una casa de formación o bien en una comunidad religiosa.

La madurez afectiva supone la capacidad de resolver con cierta facilidad los problemas
personales de naturaleza afectiva. El estudio de los votos en el noviciado llega
generalmente a hacer vislumbrar teóricamente la manera de resolver la problemática
afectiva y social en la vida consagrada. El apostolado social pone al religioso en
situaciones concretas que son a menudo bastante distintas de la idea que se hacía de
ellas el novicio recogido y protegido en,un ambiente muy diverso. Una inmadurez
afectiva demasiado grande de un superior-formador no puede menos de reflejarse
negativamente en los formandos. Se da un influjo inconsciente inevitable de la
disposición íntima del formador en el formando. Este sufre una presión formativa de
aquel aspecto inconsciente de la personalidad del formador, quizá más fuerte y decisiva
que los incentivos pedagógicos formales. Los resultados concretos de la formación
proceden mucho más de lo que el formador es que de lo que él dice y hace con el
objetivo formal de educar. Ser un verdadero formador o superior (modelo) es más
eficaz que hacer de superior o de formador. El formador, como el hombre en general,
no se manifiesta a los demás sólo con lo que dice. Todo su ser representa la expresión
de un estímulo inconsciente, pero muy eficaz para la conducta de los otros.
Pero el aspecto de madurez más importante para un superior-formador es el de su vida
espiritual. La madurez espiritual está estrechamente ligada a la madurez afectiva.

El elemento fundamental de la madurez es la fe. La fe sufre muchas veces una


evolución paralela al crecimiento cultural y a la evolución de la afectividad. La fe
religiosa se purifica de los restos de infantilismo espiritual en la medida en que el sujeto
elabora sus conceptos filosóficos de la vida de adulto. Las razones de creer de un
hombre de treinta o cuarenta años no son ya las mismas que alimentaron la fe del niño.
El niño se somete de buena gana a los argumentos de autoridad. El adulto, por el
contrario, manipula toda clase de argumentos científicos. Por eso siente la necesidad
de un fundamento apologético de acuerdo con las exigencias de su espíritu de
investigador. Por eso precisamente un buen método de formación tiene que incluir
también un programa de estudios que sea adecuado a las exigencias intelectuales del
hombre de hoy.

Para poder animar eficazmente una comunidad religiosa o de formación, el superior-


formador tiene que poseer buenos conocimientos del dogma, de la moral y de la
teología de la vida religiosa. La cultura científica sobre todo a nivel de las ciencias
humanas no es condición para la santidad de vida, pero en la actualidad es, sin duda,
un importante apoyo para la misma. Un religioso, y más todavía un superiorformador,
que descuidase el estudio permanente de la Sagrada Escritura correría el riesgo de
perder de vista el objetivo principal de su vida. Para ello no existe otra fórmula de llegar
a la madurez espiritual.

Pero el grado de madurez espiritual no se manifiesta únicamente a nivel de la fe.


También se la puede percibir a través de otras manifestaciones de la vida, como la
actitud en la actividad apostólica, el modo de comunicar con los demás, la mentalidad,
la espontaneidad con la que el sujeto es capaz de hablar de temas religiosos o
espirituales o en la conversación común, la naturalidad con que habla de sus problemas
de naturaleza espiritual en el coloquio personal con su director espiritual o con el
superior-formador.

Equilibrio de la personalidad

La formación exige del formador también un buen equilibrio de la personalidad. Del


mismo modo que un ciego es incapaz de guiar a otro ciego, tampoco una persona
inmadura y quizá demasiado desequilibrada en el nivel de la emotividad podrá ser
nunca un buen formador. Las consecuencias de la actuación de un superior no
equilibrado suficientemente a nivel de su personalidad no se limitan a la ineficacia
apostólica. Su contacto, su comunicación, quizá incluso solamente su presencia en
medio de los formandos, ejerce siempre cierto influjo negativo sobre ellos. Se trata de
un mecanismo inconsciente de proyección: el entusiasmo del maestro contamina a sus
alumnos, así como su mal humor se contagia a toda la clase. Las personas proyectan
sus problemas personales sobre las personas con que viven. Este fenómeno tiene lugar
sin ninguna participación voluntaria o consciente del sujeto.
El superior-formador comulga con el formando, el cual recibe a través del coloquio
personal algo de su personalidad. Esta transmisión se lleva a cabo tanto en sentido
positivo como en sentido negativo, incluso cuando el formador intenta esconder su
propia realidad interna, buena o mala. Puesto que el formador actúa en sentido de la
formación mucho más por lo que es que por lo que dice o háce, tiene que esforzarse
ante todo en que su realidad interna sea buena. El formando ordinariamente no se da
cuenta del influjo negativo o positivo de su formador sobre él. A menudo sólo lo percibe
más tarde. Un formador de personalidad relativamente madura en sus dimensiones
afectiva, emocional y espiritual comunica siempre mucho de sus valores al formando
sin darse cuenta.

Un formador consciente de su propia responsabilidad se preocupa de su crecimiento


personal en todos los niveles de su personalidad. Con frecuencia verifica atentamente
su situación interna. Esta verificación tiene que hacerse sobre todo en los siguientes
aspectos: sentimientos, deseos, temores, angustias, insatisfacciones, desconfianzas...
Pero la simple constatación de la existencia de un desorden interno es el primer paso
del autocontrol. El segundo paso, también imprescindible, es la autopurificación.

Toda persona normal es capaz de cuidar y de arreglar los pequeños fallos de


funcionamiento de la persona. Pero la vida espiritual y de oración ofrece remedios
poderosos para muchas curaciones espirituales que restituyen la paz del alma. El
formador puede, además, buscar una preciosa ayuda personal en algún prudente y
santo director espiritual. Tener encuentros personales periódicos con una persona
humana y espiritualmente competente puede resultar una necesidad profesional
indispensable para un superior-formador. Conocerá así mejor los delicados fenómenos
que intervienen en el proceso yo-tú del encuentro personal, ya que habrá hecho
personalmente la experiencia de los mismos. La dificultad práctica de esta relación
puede resolverse acudiendo a la correspondencia epistolar.

Confianza en sí mismo

La inseguridad es quizá uno de los defectos más graves de un jefe. Las dudas v las
vacilaciones de un superiorformador desorientan a los subalternos y a los formandos
hasta el punto de hacerse ellos mismos inseguros.

¿Qué es la inseguridad?

Este sentimiento puede manifestarse de varias maneras. Consiste en un sentimiento


confuso de miedo a fracasar respecto a alguna cosa que hay que hacer o respecto a
algo que puede ocurrir.

La inseguridad nace de una debilidad o de una limitación real, o bien de una necesidad
exagerada de aparentar. Una enfermedad puede causar inseguridad de varias formas.
A un enfermo le falta la fuerza física que le permitiría defenderse en un peligro eventual
o bien realizar determinadas tareas. Una limitación real aumenta su situación de
bloqueo cuando el sujeto siente la duda del éxito de sus empresas. Del mismo modo,
la conciencia de la propia incapacidad inhibe la voluntad.

De todas formas, cuando la inseguridad nace de la necesidad demasiado grande de


aparentar, el modo de manifestarse es distinto. En efecto, el individuo demasiado
ambicioso intenta esconder su verdadera identidad. Pone una careta por encima de su
personalidad real. Recurre a una especie de mimetismo psicológico para defenderse
mejor de las amenazas externas.

La necesidad demasiado grande de aparentar es un defecto moral.

La inseguridad motivada por el miedo al fracaso revela una debilidad de la


personalidad. Esta debilidad consiste en la incapacidad de soportar el ridículo o la falta
de estima y de consideración. Es un defecto que puede hacer sufrir mucho a la persona.
Constituye, además, una dificultad profesional para un superior-formador. El que no
tiene confianza en sí mismo tampoco logra inspirarla a los demás.

La persona tiene confianza en sí misma cuando es plenamente consciente de sus


capacidades, cuando sabe comprometerse hasta el fondo en una tarea a realizar sin
experimentar ningún sentimiento de ansiedad respecto a un fracaso eventual.
Solamente entonces el formador será capaz de acercarse en un encuentro personal al
formando en un auténtico diálogo constructivo. Semejante actitud le permitirá actuar
con calma y seguridad. Estas son las condiciones necesarias para que un encuentro
se transforme en un interesante y fecundo coloquio personal para el formando.
Unicamente el encuentro constructivo v verdaderamente sincero y cordial puede ayudar
al formando. El tono seguro y tranquilo del formador cuando habla, la firmeza de su voz
v de su actitud actúan sobre su interlocutor como un sedante que tranquiliza y transmite
paz y confianza.

Prestigio

El formador que goza de prestigio entre los formandos tiene un mayor ascendiente
sobre ellos. El prestigio es el resultado de todo un conjunto de cualidades reales o
supuestas que la gente atribuye a una persona. Los que están al corriente de estas
apreciaciones más o menos unánimes y creen en ellas comienzan a admirar a esa
persona. Para gozar de prestigio no es necesario que la persona posea realmente las
cualidades más o menos extraordinarias que se le atribuyen. Pero un prestigio basado
en dotes falsas puede ser muy peligroso para el sujeto. Cuando se descubra su verdad
no podrá resistir demasiado y se hundirá emotivamente. Si el superior busca, aunque
sea inconscientemente, servirse de cualidades supuestas, pero no verdaderas, ya no
sería del todo auténtico. Su relación con los demás disminuiría, ciertamente, en
eficacia. La desilusión de los formandos podría incluso significar un verdadero fracaso
en su confianza. Un prestigio basado en cualidades reales es algo muy útil, realmente
precioso, para un formador que sepa utilizar con humildad y prudencia este maravilloso
instrumento de trabajo. Para convencerse de la verdad dé esta afirmación baste
recordar a los personajes famosos de la historia: Moisés, Napoleón, Mahatma Gandhi,
Don Bosco, el padre Alberione, Champagnat... Mucho de lo que realizaron lo pudieron
hacer precisamente por el prestigio de que gozaban ante los demás. En sentido
sobrenatural pienso que el verdadero prestigio tiene como objeto la misma función que
el carisma: producir la eficacia de la obra apostólica. Por eso, todo superior-formador
debería aspirar a gozar de cierto prestigio entre sus formandos.

El prestigio tiene muchas veces una recompensa ligada al esfuerzo del sujeto por
cumplir alegre y fielmente su deber de buscar y de realizar la voluntad de Dios sobre
él. Jamás habrá nadie tan famoso como Cristo. De él decían que "todo lo hacía bien".
Breves y sencillas palabras que explican en cierto sentido toda la obra de salvación que
él realizó.

Por consiguiente, el método para alcanzar prestigio es muy fácil. Podría decirse que
ese método se reduce a la imitación de Jesucristo: hacerlo todo bien. Lo mismo que
Cristo en medio de sus discípulos, el superior-formador se encuentra en medio de sus
jóvenes hermanos como el que sirve, como el que hace bien todo lo que tocan sus
manos.

El superior-formador debe ser para el formando un verdadero modelo para muchos de


los aspectos de la vida religiosa a la que aspiran los candidatos. Tiene que ser el más
caritativo, el más respetuoso, el más generoso, el más conciliador, el más manso... En
una palabra, tiene que dar el tono por la relación interpersonal que hace la unión, la
fraternidad, la solidaridad, la paz y la alegría.

La primera consecuencia del prestigio del formador es la confianza que en él tienen los
formandos. Por eso vale la pena que el formador se esfuerce en ser para sus formandos
una persona de confianza. ¿Qué podría hacer de útil y de bueno si los formandos no
confiasen en él? Los encuentros se limitarían a una vulgar formalidad social sin
resultados prácticos. En cierto modo se podría afirmar que el buen prestigio del
formador es para él un precioso instrumento de trabajo, destinado a asegurar la eficacia
de su acción apostólica entre los jóvenes formandos.

Actitud pedagógica del formador

El formador tiene una imagen personal que preservar y que presentar frente al
formando. Esta imagen queda tanto más claramente grabada para los demás cuanto
más se identifica el formador con su misión particular. El formando tiene que poder
reconocerlo entre las demás personas que no tienen esa misma tarea. La confianza del
formando en su formador depende un poco de la imagen que éste presenta. Para el
formando la imagen del formador está hecha de lo que él puede ver, de lo que puede
escuchar y observar en él. La imagen del formador que percibe el formando
generalmente se acerca mucho a la realidad personal objetiva del formador. Una vez
más hay que subrayar la importancia para todo formador de trabajar constantemente
en su perfeccionamiento. También en este caso lo falso se pone muy pronto de relieve.
Los formandos a menudo saben muy bien hasta dónde llega la sinceridad y la
autenticidad de su formador. Resulta más o menos inútil querer esconder la propia
realidad. Es mejor darse a conocer como un hombre normal, con tendencias y
debilidades parecidas a las de los demás, pero que a pesar de todo está profundamente
empeñado en convertirse constantemente. La humildad y la sencillez son siempre
signos de autenticidad. Se trata de actitudes más importantes para el formador que una
especie de incolumidad, que una supuesta impecabilidad.

Del formador no se exige que sea un gran santo. Se le pide simplemente una generosa
buena voluntad de crecer en coherencia: amar cada vez más a Dios, imitar a Jesucristo
con una generosidad cada vez mayor, ser continuamente más fiel en la práctica de los
consejos evangélicos.

La preocupación tranquila por su constante crecimiento personal en el sentido del ideal


de la vida religiosa es la actitud pedagógica de fondo del formador. El está en medio de
los formandos como el que tiene que dar ejemplo de cómo vive el religioso consagrado.
Con los ojos fijos en él, los jóvenes formandos intentan espontánea y más o menos
subconscientemente modelar su actitud interior y su conducta.

Lo primero que se ha de hacer con el candidato que ingresa en la casa de formación


es ayudarle a aclarar y a purificar los motivos que están en la base de su decisión
vocacional. Para la mayor parte de Ios candidatos estos motivos no están totalmente
claros. Con frecuencia resultan insuficientes para fundamentar sólidamente una
vocación.

Aunque el primer impulso interior es una auténtica obra de la gracia, en general esta
luz original se ve ofuscada por la interferencia de otros motivos puramente humanos.
No raras veces sucede que un candidato llega a la casa de formación diciendo que
quiere ser religioso. Si el formador le plantea la pregunta: "¿Por qué?", la respuesta del
joven es dudosa. No es clara. Quizá no sepa formularla. De todas formas, la mezcla
prácticamente inevitable de otros intereses secundarios con su intención original pura
hace que su visión del objetivo vocacional resulte un tanto confusa. Por sí solo le será
bastante difícil llegar a una visión más clara de las cosas. No dispone de informaciones
iniciales suficientes.

Para un trabajo tranquilo de elaboración de su proyecto personal es importante que el


formando vea claro en su situación. La mptivación de fondo de sus impulsos, de cada
uno de los pasos que da, tiene que ser clara y decidida. Tiene que aprender a orientarse
en todo a través de las respuestas obtenidas por su brújula de bolsillo: ¿Por qué hago
esto? ¿Por qué quiero aquello? ¿Por qué voy allá? ¿Por qué estoy aquí? ¿Por
qué estudio esto o aquello? Esta brújula del por qué es su instrumento de trabajo más
precioso: estudio, oración, trabajo manual, recreo, descanso, encuentros, amistades...
Las respuestas al por qué le dirán en cada momento en qué dirección camina.
El formando, lo mismo que todo religioso serio, tiene que preocuparse de las cuestiones
de fondo de su propia vida, como, por ejemplo: ¿Por qué, si sé muy bien lo que he de
hacer, no lo hago en la práctica?... ¿Por qué a veces siento la tentación de retorcer el
mensaje evangélico para justificar lo que en realidad no puede justificarse?... ¿Qué hay
en mí que bloquea una verdadera conversión?...

Un verdadero motivo vocacional es siempre realista y no defensivo ni tampoco


utilitarista. En último análisis se reduce siempre a la generosidad de abandonarlo todo
para seguir a Cristo. Cualquier otro motivo es válido sólo en la medida en que refuerza
o purifica el motivo central.

La actitud pedagógica del formador se distingue también de otras actitudes


pedagógicas por su apertura a la trascendencia. Estar abierto a la trascendencia es
creer de verdad que la vida del hombre en la tierra es una etapa provisional a la que
sigue una existencia eterna más allá del mundo material y visible. Pero no basta con
creerlo. Esta verdad tiene que encarnarla el formador de tal manera que sus actitudes
y su comportamiento sean un claro testimonio de ello. Si el formador vive como una
persona natural, materialista, el formando tendrá dificultades para abrirse a la
trascendencia. La vida consagrada se vive en el tiempo presente en función de la
verdad sobrenatural para una ayuda apostólica que se presta a los hermanos.

La actitud de apertura a la trascendencia del formador es necesaria, por consiguiente,


para que el formando pueda también descubrir esta actitud. La cerrazón a la
trascendencia significa igualmente insensibilidad a la gracia. La fidelidad a los impulsos
del Espíritu corresponde también a un descubrimiento que todo religioso debe hacer si
quiere seguir un buen camino en la vida espiritual. Si el formador no fuera un hombre
abierto a la trascendencia, sensible y fiel a las mociones de la gracia, también el
formando caminaría a oscuras en este sentido. La apertura a la trascendencia ilumina
sobre el conjunto del proceso de formación y asegura su eficacia y la orientación justa.

Otra actitud pedagógica que se requiere en el formador es la de un espíritu permanente


de discernimiento. El formando tiene una necesidad urgente de verse ayudado a
discernir constantemente su vocación. Discernir la vocación significa ver con la mayor
claridad posible entre las cosas que no están claras qué es lo que está de acuerdo con
la voluntad de Dios y qué es lo que no lo está. Todo lo que ayude a interiorizar los
valores terminales del amor de Dios y de la imitación de Jesucristo y los valores
instrumentales de los consejos evangélicos es algo querido ciertamente por el Señor.
Pero el formando no siempre sabe si lo que hace le ayuda o le frena en el proceso de
interiorización de esos valores. Puede sucederle, además, que caiga en debilidades
humanas que constituyen ciertamente un obstáculo más o menos grave para su
crecimiento.

El discernimiento vocacional no solamente es necesario para aclarar lo que el formando


tiene que hacer y lo que tiene que evitar. Debe, además, ayudarle a crecer en
entusiasmo, en esperanza, en amor a su vocación. Un buen discernimiento puede
revelar al formando algunos descubrimientos importantes: que su vocación es auténtica
o bien que no lo es, que su respuesta es prematura o que no ha sido realmente llamado.
Estas son algunas cosas cuyo pronto conocimiento es muy importante para el
formando. Cuanto más tarde en saberlas con claridad, tanto menos eficaz será su
esfuerzo en el crecimiento. La duda podría llegar incluso a bloquear por completo el
proceso de su búsqueda.

El discernimiento vocacional hecho por el formador sobre el formando y juntamente con


él tiene que verificar la presencia y el grado de eficacia de los valores. Esos valores son
eficaces si paulatinamente se van convirtiendo en actitudes prácticas de la vida
concreta del formando. En este punto se pone de relieve una vez más la importancia
pedagógica de reforzar la motivación de aquella pequeña palabra del por qué. Esa
pregunta debe estar siempre en la cabeza del formando para su control personal de los
motivos y del objetivo de sus actitudes y comportamientos. El formando podrá crecer
en su vocación en la medida en que tenga conciencia clara de lo que hace. El religioso
que ha conseguido interiorizar los valores de la vida consagrada será psicológicamente
consistente. En su obrar actuará normalmente por motivos más o menos parecidos a
los que movieron a Jesucristo en su vida terrena: la unión amorosa con el Padre.

El valor evangélico de una vida consagrada no depende de lo que uno hace, sino de
los motivos que lo llevan a obrar. En el caso del religioso, únicamente los motivos
profundos, es decir, los que habitan en lo íntimo del corazón, determinan el valor de
crecimiento humano y espiritual de lo que hacemos.

La formación para la vida religiosa no busca la adaptación de los formandos a una


estructura. Consiste más bien en la ayuda a convertir el corazón al evangelio.
Unicamente la conversión del corazón natural a un corazón deseoso de amor de Dios
es sensible a los valores evangélicos. Una vez que el corazón ha sido tocado por el
amor de Dios, el sujeto procura insertarse en una estructura que le permita vivir
plenamente esta nueva realidad. Por consiguiente, las estructuras vienen después de
la conversión. Así pues, el esfuerzo inicial del formador consiste en sensibilizar el
corazón del formando para la voz de Dios. Después ayudará al formando a crear en él
una estructura personal de pensamiento, de intenciones, de sentimientos, de deseos
insertos en el tiempo, en el lugar, en el horario y en los ejercicios que están previstos
en la casa de formación. La estructura externa tiene la función de estar al servicio de
las necesidades de la persona para favorecer su vida espiritual.

Formar en la vida consagrada es ayudar al formando a cambiar de vida para hacerse


capaz de realizar el seguimiento de Cristo. Se trata tan sólo de una ayuda. Para que
sea eficaz y para que el formando pueda alcanzar su objetivo es necesario tomar en
consideración no sólo sus motivos positivos conscientes, sino también sus motivos
subconscientes negativos.

Así pues, para ofrecer alguna ayuda al formando es muy importante que el formador
no se preocupe básicamente de preservar una estructura. Su esfuerzo de ayuda tiene
que atender sobre todo a la persona del formando que quiere crecer. Para el
consagrado, el crecimiento de su persona según los valores terminales escogidos es
mucho más importante que las estructuras en las que tiene que vivir.

Tareas del formador

Un formador bueno y eficiente se ocupa más o menos de todos los aspectos del
desarrollo del formando. Se interesa por el hombre en la amplitud de su totalidad.
Cualquier cosa que haga el formador tiene que ser vista por él como una ayuda directa
o indirecta para el crecimiento de los formandos. Incluso prácticamente todo lo que
hace o emprende aparentemente para su provecho personal tiene que ser concebido
por él como algo que puede mejorar sus condiciones personales de formador
comprometido por entero en su misión.

Podemos pensar, además, en algunas tareas específicas del formador para ayudar a
los formandos a crecer. Entre ellas destacan amar, motivar, estimular, coordinar,
instruir, controlar...

Amar

Para explicar en qué consiste el amor fraterno, en los cursos de formación permanente
suelo entregar a los participantes una hoja que llamo "los seis mandamientos del amor
fraterno". En ese resumen he sintetizado las virtudes que considero como lo mínimo
que hay que practicar para que pueda crecer y mantenerse en una comunidad de vida
la verdadera fraternidad. Reproduzco aquí el contenido de esta hoja. Creo que la
primera tarea del superior-formador consiste en asegurar el clima de hermandad
comunitaria en la casa de formación. He aquí entonces un medio para crear este clima
tan importante para la formación en la vida religiosa.

Los seis mandamientos del amor fraterno

El primer campo de apostolado del religioso es la comunidad en que vive. Vivir en una
situación de conflicto con los hermanos de la propia familia religiosa es la causa de la
poca eficiencia en la actividad apostólica fuera del ámbito comunitario.

El religioso crece, se forma y se alimenta espiritualmente dentro de su comunidad. De


allí sale al mundo para comunicar su riqueza o bien su miseria. Cada uno sólo puede
dar lo que posee; el que no está en comunión con los hermanos de comunidad no
puede llevar ningún mensaje de amor y de paz a sus hermanos laicos.

Una vida comunitaria auténtica se caracteriza siempre por los sentimientos de


fraternidad y de solidaridad que están en la base del espíritu de familia.
El estilo peculiar de vida en grupo nace del tipo de relaciones interpersonales positivas
que cultivan los miembros de la comunidad. Todo se resume en una sola palabra: amor.
Amor a Dios y amor a los hermanos.

¿Qué es amar al hermano? Es estar en relación con él de una cierta manera que puede
describirse de este modo:

1. Aceptar a la persona del otro tal como se presenta, con su originalidad, con sus
comportamientos equivocados y con sus limitaciones, sin tomar en consideración las
molestias y sufrimientos que me puede causar.

Aceptarlo a pesar de mis sentimientos personales de antipatía, a pesar de la hostilidad


o de la actitud injusta que pueda tener conmigo mi hermano, a pesar de mi repugnancia
personal o cualquier otro motivo.

2. Hacer sentir a mi hermano que lo acepto; hacérselo sentir por medio de palabras y
de actitudes:

a. Por medio de palabras: en un momento difícil para él, saber acercarme y decirle
secretamente: "¡Estoy contigo...!", "Puedes contar conmigo", "Te comprendo...", etc.
b. Por medio de actitudes: las actitudes convencen más que las palabras. Se puede
manifestar discretamente nuestra simpatía o bien iniciar una conversación, pedir un
favor, acompañarle a pasear, saludarle cordialmente, etc.

3. Perdonar siempre. En sentido estricto, perdonar es no vengarse. Nada más. Esto es


relativamente fácil; basta con una decisión personal tomada con buena voluntad.

Perdonar no quiere decir "olvidar" la ofensa o dejar de sentir el dolor sufrido. El sentir
y el olvidar no dependen de la voluntad.

Perdonar de corazón significa asumir internamente la ofensa sufrida de tal manera que
no sea ya un sufrimiento. Esto no es fácil. Por eso, para cumplir con el mandamiento
del perdón basta con renunciar a la venganza. A menudo el que ha sufrido la ofensa
tiene que seguir sufriendo internamente por la humillación sufrida. Es ésta una cruz que
hay que llevar con paciencia, siguiendo el ejemplo del Señor.

Un buen método para olvidar una ofensa consiste en permanecer algún tiempo (media
hora o más) frente al crucifijo. No pensar en nada ni decir nada. Sólo mirar al Señor
crucificado y dejar que surjan los sentimientos. Es éste un método de oración que puede
ayudar a perdonar de corazón hasta el punto de llegar a olvidar la ofensa recibida.

4. Respetar. Respetar al hermano es considerarlo y tratarlo como un valor, como una


persona importante de tu comunidad, un hijo de Dios como tú, tu hermano en
Jesucristo, quizá un pobre pecador como tú, redimido lo mismo que tú por la sangre de
Cristo, quizá un pobre hombre limitado y con deficiencias de las que has de tener
comprensión y compasión... Decir que es malo, que tiene mala voluntad..., es hablar
de las consecuencias sin tener en cuenta las causas.

5. Confiar. Confiar es creer que, en el fondo, el otro es bueno a pesar de las apariencias
contrarias. Confiar en él es creer en su capacidad de cambiar de actitud y de
comportamiento si las condiciones le son favorables. Confiar es también hacer algo
para que él descubra y acepte estas nuevas condiciones. Confiar que, aunque el otro
se encuentre en la peor de las situaciones, con la gracia de Dios y con la ayuda de sus
hermanos puede cambiar de conducta y renovarse personalmente.

6. Ayudar. Puedes ayudar al hermano que se encuentra en dificultades de tres maneras


diversas:

a) Poner a su disposición parte de tu tiempo: mostrarte disponible ante todo para


escucharle. El que ama a sus hermanos dispone siempre de tiempo para ellos. Cuando
es necesario, inventa tiempo. Si no es posible satisfacer de momento una petición, lo
hará más tarde, mañana, cuanto antes... El que no ama a sus hermanos nunca dispone
de tiempo para ellos; siempre contestará que no tiene tiempo: "Me gustaría mucho
ayudarte, pero, por desgracia, no tengo tiempo... ¡Perdóname!"

b) Poner los propios talentos a disposición de los demás. Los talentos son como los
carismas: se dan para el servicio a los demás. No utilizarlos para el servicio es
enterrarlos. Servirse de ellos para satisfacción personal es traicionar al Señor que los
ha dado.

c) Ayudar es también practicar la corrección fraterna cuando es necesario. Este es un


punto muy delicado del servicio que debemos a nuestros hermanos. Muchos de los
fracasos en esta materia se deben a la falta de tacto o bien a que no se sabe cómo
hacerla. "Hermanos míos, si alguno de vosotros se desvía de la verdad y otro le
convierte, sepa que el que convierte a un pecador de su extraviado camino libra su
alma de la muerte y cubrirá la muchedumbre de sus pecados" (Sant 5,19-20).

"Decir la verdad en la cara" no es corrección fraterna, sino más bien agresión, injuria,
una ofensa grave; es condenar. Aunque sea verdad lo que se dice y el interesado
reconozca su culpa y la justicia de la reprensión, siempre sentirá una grave dificultad
en aceptarla debido al tono agresivo y de condenación con que se ha hecho.

La corrección fraterna tiene posibilidades de éxito cuando se hace con delicadeza, con
sentimientos de respeto y de amor para con el hermano. Antes de hablar con tu
hermano cuya conducta te preocupa, examina tu corazón y "mira tu ojo". No quieras
extraer una paja del ojo de tu hermano si llevas en el tuyo una viga.

Después de que te hayas purificado de todo sentimiento de odio, de hostilidad, de


deseo de venganza o de dominio, de cualquier impulso agresivo, intenta ver lo que te
preocupa en el comportamiento de tu queridísimo hermano.
Háblale al corazón discretamente y con gran humildad. No lo reprendas. Dile con
sencillez lo que te preocupa y pregúntale con respeto y humildad: "¿Qué piensas de
esto?" Acepta en principio la explicación que te dé, aunque te parezca poco sincera y
verdadera. La pregunta "¿qué piensas de esto?" seguirá trabajando el corazón de ese
hermano. Existen grandes probabilidades de que le ayudes a descubrir su propia
verdad. Este es el primer paso para que, con el tiempo, consiga cambiar algo en su
conducta.

No exijas de los demás que te acepten, que te perdonen, que te respeten, que confíen
en ti y que te ayuden. Los comportamientos sociales están siempre recíprocamente
condicionados. Los demás te tratarán como tú les trates: "Lo que no quieras para ti, no
lo hagas a nadie" (Tob 4,15). "Lo que queráis que hagan con vosotros los hombres,
hacedlo también vosotros con ellos, porque en eso está la Ley y los Profetas" (Mt 7,12).

No tienes derecho a crucificar a nadie; pero si amas realmente a tus hermanos, siempre
estarás dispuesto a dejarte crucificar por ellos..., por cualquiera de ellos... ¡Imita al
Maestro!...

Motivar

El tema de esta tarea tan importante del formador se desarrolla en otras páginas de
este libro (cf pág. 119). No cabe duda de que una buena motivación es el motor
pedagógico más importante para impulsar al formando al esfuerzo de búsqueda, de
aprendizaje, de descubrimiento, de creación y de ejecución de su proyecto de
consagración al Señor.

Estimular

El estímulo general de la motivación se pone a funcionar por obra del formador como
la fuente de donde procede la energía que mueve constantemente al sujeto para el
crecimiento ininterrumpido. Pero el formador no puede limitar su acción formativa a esta
motivación. Hay formandos que, además de esta presión más o menos constante,
tienen necesidad de vez en cuando de estímulos más personales y específicos. Este
hecho obliga al formador a tener los ojos bien abiertos para intervenir inmediatamente
con el formando que parece cansarse o desanimarse. Abandonarlo a sus propias
fuerzas en una situación crítica de dudas o de pereza podría resultar peligroso para la
prosecución de la realización de su proyecto de vida. En esos momentos difíciles el
formando todavía débil e inseguro en el camino de la perfección tiene necesidad de
una ayuda particular para mantener vivo el fuego de su entusiasmo.

Coordinar

En una comunidad de vida, lo mismo que en una familia, hay bienes y valores comunes.
Provienen del esfuerzo de colaboración de cada uno de los miembros a través de las
iniciativas particulares de todos ellos. Para que las iniciativas personales no sean
instrumentalizadas para la satisfacción del egoísmo individual, el formador tiene que
ayudar al formando a mirar también el bien común en todas sus actividades. Bienes
comunes que el que se forma para la vida consagrada no debe perder nunca de vista
son, entre otros: la santificación de toda la comunidad, la ayuda caritativa a cada uno
de sus miembros, el crecimiento de santidad de toda la Iglesia.

Para realizar de forma satisfactoria su misión, el formador tiene que discernir


constantemente las actitudes y los comportamientos colectivos de la comunidad. En
cada momento puede ser llamado a intervenir para salvar algún aspecto importante del
bien común. Pero el buen formador procura actuar no sólo en esas circunstancias.
Procura comprometer a toda la comunidad en la búsqueda de una solución justa de
cualquier problema comunitario. La actividad comunitaria tiene que nacer del interés de
todos por la realización del bien común: crecer juntos como hermanos de la misma
familia religiosa.

Instruir

Cuando un candidato ingresa en una casa de formación generalmente no sabe casi


nada de nada. No sabe cómo comportarse en las diversas situaciones que se van
presentando. No lo puede adivinar. Hay que instruirlo respecto al modo como se
desarrolla la dinámica interna de la comunidad.

Pero el formador es también fundamentalmente un instructor, un catequista. Tiene que


ser para los formandos algo así como fue Jesucristo para sus paisanos: uno que explica
de manera sencilla pero muy elocuente las cosas del Reino a nivel de vida consagrada.
No se requiere para el formador ningún diploma o doctorado en teología ni en ciencias
sociales, pedagógicas o psicológicas. Cuanto mejor conozca y viva una teología
verdaderamente encarnada en la realidad humana, cuanta mayor información posea a
nivel de las ciencias humanísticas, tanto mejor. Pero ésta no es una condición para ser
un buen formador. Hay formadores que obtienen resultados excelentes trabajando más
bien con lo que les sugiere su buen sentido. Hay grandes educadores y formadores
históricos que no tuvieron ninguna preparación especial o académica. Hay cosas
importantes que no enseñan los bancos de la universidad, pero que pueden descubrirse
en contacto con las realidades de la vida.

Controlar

La pedagogía moderna prevé que a lo largo de su educación y de su formación los


alumnos y los formandos han de ir constantemente acompañados de una valoración
permanente en el ritmo de su crecimiento. Este conocimiento pedagógico permite al
formador saber en cada momento si debe o no debe intervenir con el formando para
una ayuda oportuna. Le permite, además, saber qué tipo de intervención será necesaria
para ser verdaderamente útil.
La observación del comportamiento del individuo debe hacerse discretamente para no
bloquear su espontaneidad. Si su conducta fuese el resultado de sus cálculos para una
adaptación más o menos defensiva, esa conducta no ofrecería ya datos útiles para una
valoración válida del proceso de crecimiento.

Aunque discreta, la observación del comportamiento del formando tiene que ser
sistemática. Un buen medio para profundizar en el conocimiento del formando consiste
en controlar sus sentimientos. Los sentimientos son la energía emocional que nos
impulsa a la acción. Nacen como una reacción interna a los estímulos internos y
externos: necesidades, deseos, objetivos, acontecimientos amenazadores o
estimulantes... La cualidad del sentimiento indica el sentido o la dirección de la acción.

Los sentimientos se esconden en lo íntimo del corazón. Es también en el corazón donde


nacen los deseos. Ellos impulsan al hombre a organizar una actitud interior cuya
fenomenología puede observarse fuera del sujeto. Por consiguiente, la actitud es una
posición íntima que adopta el individuo frente a una situación problemática.

El comportamiento es la ejecución de este impulso interior o bien de la acción


proyectada por esa toma de posición. Así pues, a través de la observación atenta y
mediante el análisis del comportamiento observable del individuo se llega a comprender
su actitud interna. Esta comprensión nos permite concluir algo respecto a los
sentimientos que anidan en la intimidad del sujeto: su cualidad, su intensidad, su
significado...

Para cambiar el comportamiento hay que realizar al revés el proceso interior que
desemboca en el comportamiento y en la conducta. La conducta es la manera habitual
de portarse frente a situaciones semejantes. Para un cambio verdadero y radical de
una conducta hay que dar marcha atrás a través de las etapas psicológicas de las que
se deriva. Por consiguiente, para cambiar de conducta hay que cambiar de
comportamiento; para cambiar de comportamiento hay que cambiar la actitud externa
de la que es la expresión; para cambiar de actitud externa hay que cambiar la actitud
interna, y esa actitud cambia si cambian los sentimientos de donde nace; los
sentimientos, a su vez, nacen de los deseos, o bien de la comprensión positiva o
negativa de los acontecimientos, o bien de las necesidades... Para cambiar de deseos
hay que analizar y comprender en profundidad los motivos de donde nacen. Los
motivos guardan siempre una relación directa con los valores. Los diversos valores
interiorizados acaban dando origen a diversas conductas. He aquí por qué, si queremos
que el religioso presente una conducta concreta, es lógico y urgente ayudarle a
interiorizar los respectivos valores.

Puede decirse que el éxito o el fracaso de la formación en la vida religiosa dependen


fundamentalmente del éxito o del fracaso del formador en su ayuda al formando para
que interiorice los valores evangélicos terminales e instrumentales de la vida
consagrada.
Otros instrumentos indispensables, además de la observación discreta y sistemática,
para un control eficaz son:

— La orientación general y particular.

— La purificación.

— El encuentro personal periódico.

La orientación general se refiere a todos los formandos en su situación común en la


casa de formación: objetivos, reglamento, espíritu, vida comunitaria...

La orientación particular es más bien ocasional y se dirige a un sujeto que se encuentra


en una situación especial: dificultad personal, falta de adaptación, marginación,
desaliento, dudas...

La purificación se refiere al aspecto fundamental de la ascesis en la que deben ser


iniciados los formandos desde el comienzo de su formación: vida de penitencia,
aceptación de los sufrimientos inevitables, no buscar la vida fácil, sacrificios y
mortificaciones voluntarias por amor a Jesucristo que sufre... Esta iniciativa tiene que
obedecer a ciertas reglas de progresividad y de prudencia.

El encuentro personal sigue siendo el instrumento de control y de acompañamiento


formativo privilegiado. En otra parte de este libro trataremos del mismo con cierta
profundidad.

4. Formación
La convergencia de los tres elementos que concretan la vocación a la vida religiosa se
lleva a cabo mediante un proceso de formación. Formar, en el sentido de una tarea que
ha de desarrollar el llamado formador, consiste en ayudar al formando a crecer. El
crecimiento es un proceso interno que se hace a través de diversos factores de la
dinámica psíquica del sujeto. Los principales son los siguientes:

 Conocimiento de sí mismo.

 Control de la energía y de la potencialidad interna.

 Canalización de estas energías en el sentido de la realización del ideal vocacional.

Para poder crecer conscientemente en un sentido definido el formando necesita


conocerse. El anormal se desarrolla de una manera instintiva; por tanto, salvaje. No
aprende espontáneamente. Todo cuanto hace lo sabe hacer sin aprender, o sea por
instinto. Por eso todos los animales de la misma especie o familia saben hacer las
cosas del mismo modo sin ir nunca a la escuela.
También nosotros, los hombres, sabemos hacer muchas cosas sin que nadie nos las
enseñe. También nosotros tenemos un instinto: caminar, reír, llorar, comer, dormir...
Pero, además de los instintos, hemos recibido del Creador algunos privilegios que nos
hacen muv distintos de los animales: una inteligencia superior, la racionalidad, una
capacidad creadora de superación de nosotros mismos, la conciencia de nuestra
trascendencia; en una palabra, además de saber, sabemos que sabemos.

Pero estas características originales del hombre tienen que profundizarse para que
podamos vivir con dignidad.

Sin una buena conciencia de sí mismo en este sentido, así como sin conocer las
diferencias tan finas del modo de ser de cada uno frente a los demás, resulta
prácticamente imposible realizar debidamente nuestro destino particular, individual,
según la voluntad de Dios. La noción de vocación personal subyace al designio
particular del Señor sobre cada ser humano. Pero la vocación a una misión particular
en el mundo supone, como es lógico, ciertas disposiciones, capacidades, dones...
personales, que permitan llevar a cabo dicha misión. Por consiguiente, la llamada a la
vida religiosa requiere un estudio profundo de sí mismo para una valoración justa de la
posibilidad de vivir de manera equilibrada y apostólicamente eficaz el don de la vida
consagrada.

Gran parte del esfuerzo de formación, tanto por parte del sujeto que se forma como por
parte del formador, tiene que dedicarse al conocimiento de sí mismo del candidato.

Pero no basta con conocerse. Esto es solamente la condición para poder llevar a cabo
un trabajo verdaderamente útil para la formación personal. Gran parte de este trabajo
consiste en aprender una manera de controlar todas las energías instintivas, racionales
e irracionales de su ser, en el sentido requerido por su objetivo vocacional. Dejar libres
estas energías es lo mismo que dar libre curso a las aguas de un río que baja de la
montaña y que puede causar una gran destrucción.

Controlar sus instintos y sus tendencias naturales no quiere decir reprimirlas.


Efectivamente; en principio, todos los instintos y todas las tendencias del hombre son
buenos, es decir, tienen una finalidad buena. Son dones del Señor. Son energías
puestas a disposición del hombre para que se realice. Pero, desgraciadamente, puede
abusar de ellos, puede servirse de ellos con fines egoístas no previstos por el Creador.

El hombre se realiza mediante el uso racional de estas fuerzas en su búsqueda de


crecimiento en el sentido de su destino: amar a Dios de todo corazón e imitar a
Jesucristo. El que vive trabajando en este sentido ayuda de una manera eficaz al Señor
a establecer el reino de Dios en el mundo.

El que no ama a Dios y no imita a Jesucristo no consigue nunca vivir como un hijo de
Dios, hermano de sus hermanos en Jesús. Es un sembrador de cizaña en el Reino, un
destructor de valores esenciales en la familia de Dios. Esa persona no será nunca
capaz de vivir creativamente en una comunidad religiosa.

La vida consagrada exige ciertas renuncias y ciertos compromisos de caridad que no


se les exige generalmente a los cristianos laicos. He aquí por qué la vida religiosa
requiere una formación más exigente que la vida cristiana en general. ¡Ay de los
religiosos que no consiguen distinguirse ni diferenciarse de sus hermanos laicos por
una vida cristiana evangélicamente más comprometida! Serían personas inútiles, quizá
incluso escandalosas, dentro de la Iglesia. El religioso consagrado está llamado a
animar con su ejemplo a sus hermanos laicos para que se decidan a seguir a Jesús por
el camino de las bienaventuranzas.

Un candidato, un novicio o un joven religioso crecen en el sentido de su vocación en la


medida en que consiguen despertar, movilizar y orientar todas sus energías vitales,
psíquicas y espirituales para realizar su finalidad existencial.

El sujeto del proceso de formación no es nunca el formador, sino el formando mismo.


Cada uno tiene que tomar en sus manos la propia formación. Es decir, cada uno tiene
que descubrir su camino para su crecimiento personal en el sentido de su propia
vocación. La tarea del formador consiste en informar, en aclarar, en motivar, en
estimular, en orientar los esfuerzos del formando. Por eso precisamente formación
significa siempre realmente autoformación.

La autoformación y el crecimiento del hombre son análogos al desarrollo y al


crecimiento de la planta. Se da una relación dinámica entre la planta y el que la cultiva.
Y se da una relación dinámica similar entre el formando y 'su maestro. La energía que
hace crecer reside en la propia planta, reside en el formando, y no en el cultivador o en
el formador. El cultivador lo único que puede hacer es crear ciertas condiciones
externas y ambientales para que la fuerza interna del crecimiento de la planta se pueda
desarrollar: regular la humedad, abonar, cuidar la temperatura, proteger de los insectos
nocivos, podar... La tarea del formador consiste en crear un ambiente favorable a la
educación, poner incentivos eficaces, proteger de los peligros que pueden sofocar o
destruir una vocación incipiente, corregir actitudes o comportamientos que pueden
bloquear el crecimiento humano y espiritual, motivar continuamente, estimular, en una
palabra, ayudar siempre y en todo.

El ambiente formativo

La formación para la vida religiosa, además de otras muchas condiciones importantes


e incluso indispensables, requiere un ambiente favorable.

Es mejor que el ambiente físico de la casa de formación no sea demasiado distinto del
ambiente físico y social de origen de los formandos. La diversidad excesiva exigiría del
formando un esfuerzo suplementario quizá inútil para su adaptación. La experiencia ha
demostrado que trasladar a un candidato de un país de Africa o de Asia a una institución
formativa de Europa no siempre resulta favorable para el formando. Debido al problema
natural de semántica o a la significación de los conceptos aparentemente análoga, pero
profundamente diversa, la formación corre siempre el peligro de equivocarse en sus
objetivos,

Este mismo problema es el que se plantea en la transferencia demasiado brutal de un


candidato de origen campesino a un ambiente urbano demasiado sofisticado, o
viceversa. Ciertamente, es mejor que el religioso reciba una formación general que le
permita ejercer su actividad apostólica en ambientes sociales muy diversos. Pero esta
preparación para una función pluralista es por su misma naturaleza muy lenta. Sin
hablar de la preparación específica que se requiere para ir a misiones extranjeras, para
muchos religiosos supone un serio problema de adaptación cualquier traslado incluso
en su propio país de origen.

Pero además está el aspecto psicológico del ambiente de un noviciado o de otra casa
de formación. En este sentido parece ser ya un elemento definitivamente adquirido el
hecho de que el ambiente formativo tiene que estar marcado por un clima psicológico
hecho al mismo tiempo de libertad, de confianza recíproca y de cooperación.

El clima de libertad favorece la iniciativa v la creatividad. La prisión no es un buen lugar


para un crecimiento normal del hombre. El hombre ha sido creado libre. Si pierde su
libertad, se siente algo así como un pájaro en la jaula o como un perro encadenado.
Esto va en contra de su naturaleza y, por tanto, en disonancia con su verdadera
personalidad. A pesar de todo ello, ningún hombre es totalmente libre a nivel de su
hablar o de su actuar. Todos estamos condicionados en lo que hablamos y en lo que
hacemos por las circunstancias de la situación en que nos encontramos. Un formando
y un religioso pueden ser verdaderamente libres si ingresan en la vida religiosa o en la
comunidad mediante una libre decisión de vivir en esa situación particular de acuerdo
con las reglas previstas: las constituciones, el reglamento, el espíritu... El cristiano y el
religioso son tales si se encuentran en unas condiciones físicas y psicológicas que les
permitan vivir libremente según la opción personal. No poder vivir según su propia
constitución significa para el religioso un estado de constricción externa e interna que
le quita su libertad de vivir según su opción personal.

El clima de confianza mutua favorece la formación de la comunidad de vida. Nadie


puede vivir satisfecho si no se siente integrado en un grupo que funciona como una
familia. Vivir es amar y trabajar. En una comunidad que sea solamente de trabajo no
existe espíritu de familia. No hay hermandad. Hay solamente discusiones, oposiciones,
agresiones, traiciones, envidias, celos, mentiras, venganzas... Nadie puede sentirse a
gusto en un ambiente semejante. La vida allí es un infierno o una soledad. Quizá
entonces uno se vea obligado a buscarse amigos fuera, en las familias cercanas, en la
diversión...
La confianza recíproca nace del amor que se profundiza en el diálogo. La primera
condición para que pueda nacer el amor entre las personas que viven juntas es el
conocimiento recíproco. El desconoci1niento del otro puede suscitar curiosidad o
también prudencia, reserva, tal vez desconfianza e incluso miedo.

La curiosidad ante el otro, cuando no se le conoce, nace del impulso natural de


acercarse a él, de entrar en comunicación con él.

La prudencia nace de la experiencia negativa de nuestras relaciones con los demás.


Ese mismo origen tiene también la actitud de reserva.

La desconfianza y el miedo guardan relación con ciertas experiencias traumáticas que


se han sufrido, o nacen quizá de la percepción de algunos signos de amenaza en
relación con el individuo.

La confianza recíproca se deriva de la experiencia positiva en el trato con los demás.

De esta misma experiencia se deriva igualmente, incluso de forma espontánea, el


descubrimiento de un vínculo de amistad. Esa amistad se vive en seguida como un bien
común precioso para la vida del grupo. Para sostenerlo y robustecerlo cada uno de los
miembros se esfuerza en actividades individuales dirigidas a un solo objetivo: mantener
la unión y la solidaridad como bienes existenciales en sí mismos. Así pues, la
colaboración nace de la necesidad de los individuos de estrechar los vínculos
interpersonales para la unificación de la nueva realidad de la que todos participan: la
vida de grupo o de familia. Se trata de una experiencia de la que dimana el sentimiento
de seguridad en la comunión. El hombre solo siempre es existencialmente inseguro. La
vida en grupo corresponde a la naturaleza social del hombre y es una condición
importante para su equilibrio interior y su conducta.

Objetivos de la formación

Es esencial que los objetivos de la autoformación del formando coincidan con los de la
función formativa del formador. Cualquier disonancia en este punto entre el formando
y el formador expondría todo el proceso de formación a un fracaso inevitable. El
acuerdo entre ambos tiene que ser de coincidencia absoluta en la sustancia esencial
tanto del objetivo general como del objetivo específico.

El objetivo general de todo proceso de formación en la vida religiosa puede concebirse


en términos parecidos a éstos: transformar al hombre natural en un hombre abierto a
la trascendencia. Tomar conciencia de la propia gravedad ascendente hacia Dios.

El objetivo específico podría formularse de este modo: a partir del hombre trascendente
y cristiano, desarrollar la personalidad propia del religioso consagrado.
Es comprensible que haya otros objetivos intermedios, que, sin embargo, nunca
deberán estar en contradicción con esos dos. Los objetivos intermedios serán más bien
etapas del proceso general del desarrollo. Este, al menos en su aspecto de crecimiento
espiritual, acaba teóricamente sólo con la muerte. Pero mientras el hombre respire,
siempre podrá estrechar un poco más su unión con Dios. El buen ladrón crucificado
con Jesús se santificó en el último instante de su vida. El religioso que toma en serio
su consagración va creciendo siempre en unión con Dios.

Formar: los grandes valores de la vida religiosa consagrada

El punto fundamental en la formación religiosa consiste en que el formando consiga ir


creciendo poco a poco en sinceridad auténtica y en lealtad consigo mismo y con el
Señor. Que quiera ser una persona totalmente abierta y transparente al Señor. Que se
vea objetivamente tal como es para poder aceptar animosamente su más cruda
realidad y se deje trabajar por el Señor. Racionalizar o bien esconder las debilidades
personales, fingir que no existe ninguna dificultad personal que enfrentar, pensar o decir
que todo va siempre muy bien sería vivir fuera de la realidad.

La capacidad del formando de abrirse a su formador es para él un problema de


confianza. Eso no depende solamente de él. Depende sobre todo de la actitud del
formador. Las personas confían solamente en aquellos que merecen su confianza. Por
eso el formador tiene que preocuparse de crecer de tal manera que merezca la
confianza de los formandos.

Que el hombre ha salido del corazón y de las manos de Dios es una verdad cristiana
indiscutible: "Dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra propia
semejanza... Dios creó al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; macho y
hembra los creó" (Gén 1,26-27). Por consiguiente, Dios nos ha hecho semejantes a él
mismo. A pesar de esta semejanza, hay, sin embargo, grandes diferencias entre los
individuos.

Por consiguiente, para conocer algo de Dios tenemos dos fuentes de informaciones: la
revelación y la observación directa y atenta de nosotros mismos.

La revelación es en su mayor parte bastante misteriosa.

Pero también es suficientemente clara para una fe auténtica, para la esperanza y el


amor hacia Aquel que nos ha engendrado desde toda la eternidad, que nos llama hijos
suyos, que quiere ser nuestro Padre y que nos ha redimido con su sangre. Una relación
tan estrecha con Dios no puede menos de despertar en nosotros una curiosidad
totalmente natural y un deseo perfectamente comprensible de profundizar en nuestro
conocimiento de él.
Por eso el estudio de la Sagrada Escritura y la investigación bíblica serán siempre una
ocupación apasionante en la Iglesia. Un trabajo al mismo tiempo científico y místico, es
decir, hecho de estudio y de oración, partiendo de los datos de la revelación y dirigido
a satisfacer el anhelo de subir hacia la trascendencia del hombre. Por eso precisamente
nos replegamos también sobre nosotros mismos para conocernos mejor. Tenemos la
intuición de que a través de una visión profunda de nuestra realidad antropológica,
filosófica, psicológica y social podremos también descubrir algo más sobre el ser
misterioso de nuestro Creador.

Mediante la introspección nos damos .cuenta de que en varios aspectos de nuestra


realidad humana somos muy semejantes a la imagen que la Escritura nos presenta de
Dios. Sí; no cabe duda de que el Creador nos ha hecho verdaderamente a su imagen
y semejanza.

Comienzo a mostrar mi semejanza con Dios en el nivel del amor. Mediante la


observación de sí mismo hace va mucho tiempo que el hombre descubrió que estaba
hecho de tal manera que no podía vivir sin amar y sin ser amado. Sabemos que se trata
de una necesidad realmente existencial. Vital.

Hemos nacido como la mitad de una naranja. La mitad de una naranja o de una esfera
no tiene más que dos posiciones de equilibrio: así o así. También el hombre nace
incompleto. Hay un vacío en su ser: la otra mitad, que le permitiría ser una naranja
completa. La esfera se mantiene en equilibrio sea cual fuere su posición. Por eso el
hombre, incompleto por naturaleza, se siente existencialmente desequilibrado. Intuye
que su equilibrio existencial está en llenar el vacío que experimenta cuando está solo.
El hombre sabe que su otra mitad es su semejante. Y lo busca en el compañero, en el
amigo, en el esposo o en la esposa.

En la intimidad de cada ser humano hay una energía inmanente de propulsión hacia la
complementación. Esta energía se llama eros. Se trata de una fuerza interna que
impulsa al hombre a buscar a su alrededor las cosas con las que pueda llenar ese
vacío. En el impulso más o menos irracional de tomar cualquier cosa que esté al
alcance de su mano para satisfacer su deseo de plenitud se encuentra a menudo con
desilusiones y frustraciones. Hay incluso quienes creen que la felicidad del equilibrio
existencial consiste en las riquezas, o en el poder, o bien en el placer. Otros corren tras
las experiencias de aventuras científicas, artísticas o sociales. En una palabra,
solamente el enfermo, el esquizofrénico, se resigna a sufrir pasivamente la tortura de
la soledad. El hombre es definitivamente un ser social.

San Agustín realizó una experiencia interesante. Antes de convertirse siguió la huella
de muchas cosas para llenar el vacío existencial que experimentaba dentro de sí. Se
dedicó a la ciencia, a la filosofía, a la cultura; buscó las riquezas, los placeres; amó a
una mujer y luego a otra; amó mucho a su hijo único, Adeodato. Pero el disfrute de
ninguno de estos bienes satisfizo su inmenso deseo de felicidad. Entonces empezó a
estudiar la religión cristiana. Poco a poco realizó la maravillosa experiencia del
descubrimiento del amor de Dios. Cuando se dio cuenta de la estupenda significación
existencial del encuentro con Dios, Agustín no fue capaz de callarse su descubrimiento.
Asombrado y lleno de admiración, explotó en su célebre exclamación: "¡Señor, tú nos
has hecho para ti!... El corazón del hombre seguirá inquieto hasta que descanse en ti..."
En adelante el santo se fue sumergiendo cada vez más profundamente en este misterio
de la trascendencia. En un momento determinado de su caminar por este sendero de
la perfección humana y religiosa pudo aconsejar a sus amigos con toda verdad: "Ama
y luego haz lo que quieras"; es decir, ama profundamente al Señor y serás un cristiano
verdaderamente libre. Serás tan libre de las cosas de la tierra y de ti mismo, que te será
sencillamente imposible apegarte de forma egoísta a cualquier cosa. Serás incapaz de
dar un solo paso fuera del sendero. Las palabras del Señor: "Si me amáis, observaréis
mis mandamientos" (Jn 14,15) tienen en el fondo este mismo sentido: el que ama no
puede menos de hacer la voluntad de Aquel a quien ama con todo su corazón. Por eso
el primer mandamiento de "amar a Dios con todo el corazón, sobre todas las demás
cosas" es verdaderamente el resumen de toda la Ley. Una Ley que el Señor ha puesto
en lo íntimo del corazón humano.

El que ama admira a la persona amada. La admiración nace con el descubrimiento de


los valores, sobre todo de los valores afectivos. La admiración lleva espontáneamente
a la imitación. Imitar es una actitud consciente de querer hacer las cosas del modo
como las hace la persona amada y admirada, es el deseo de parecerse a la persona
amada. Solamente los niños que se sienten amados por sus padres los imitan. A
medida que el niño imita a sus padres adquiere también la costumbre de imitarles. La
costumbre consiste en tomar actitudes y seguir comportamientos como una reacción
automática frente a situaciones similares. La repetición habitual de estas actitudes y
comportamientos acaba haciéndose de forma subconsciente y hasta inconsciente.
Cuando alguien presenta habitualmente ciertas actitudes, gestos y comportamientos
iguales o semejantes a los de otra persona conocida se dice que se ha identificado con
dicha persona.

Por consiguiente, el que conoce bastante bien a Dios a través de informaciones


adecuadas (catequesis y estudio religioso...) puede también "ver" a Dios como uno que
nos ha hecho a fin de tener a alguien semejante que lo amase. Pero ¿es que Dios no
estaba plenamente satisfecho con el amor intratrinitario que une a las tres personas de
la Santísima Trinidad de manera inseparable y eterna? Sí; pero al principio de la historia
del mundo Dios también dijo: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza ".
¿Para qué nos habrá creado Dios? ¿Cómo nos ha hecho? ¡Semejantes a él!

¿Y cómo somos nosotros?

Nos reconocemos como seres que no pueden existir de modo equilibrado sin estar en
una relación concreta de amor. Sin amar y sin ser amados. El Señor nos ha dicho,
además, que nuestra primera tarea ha de ser "amarlo con todo nuestro corazón, con
todas nuestras fuerzas... y amar a nuestros prójimos como a nosotros mismos". Por
consiguiente, está claro que Dios nos ha hecho para amarlo y para amar a nuestros
hermanos.

Si "Dios es amor" (1 Jn 4,16) y si somos semejantes a Dios, también nosotros somos


en cierta manera amor. Es ésta una verdad muy sencilla. Para poder vivirla no basta
con conocerla intelectualmente. Es necesario descubrirla como una realidad.
Conocemos realmente sólo lo que hemos descubierto a través de una experiencia
personal. He aquí por qué sólo una verdadera, auténtica y profunda experiencia de Dios
nos puede hacer sentir que Dios nos ama, que nos quiere más que la madre más
locamente amante de sus hijos. Por eso una verdadera experiencia de Dios es siempre
el principio de la conversión. La persona que era antes natural, y, por tanto, materialista
y positivista, comienza a vivir otra realidad. La realidad espiritual o mística es
misteriosa. No es posible percibirla con los sentidos externos ni sólo con la inteligencia.
Es preciso percibirla con el corazón. Se trata del misterio escondido en las cosas
sencillas. Algo que está más allá de la razón.

El que descubre experimentalmente que Dios lo ama con un amor mucho más grande
que el amor de la más amorosa de las madres, no podrá menos de intentar darle una
respuesta de amor. El mecanismo psicológico a través del cual se desarrolla este
proceso dialógico de amor entre el hombre y Dios es el mismo que el que observamos
en la fenomenología del amor entre madre e hijo.

El que descubre a Dios como alguien que lo ama más que cualquier otra persona
empieza a amarlo. La gratuidad de este amor, la misericordia y la compasión del Señor
obligan al hombre a mirarlo con admiración y con amor. No tarda entonces en
despertarse en su interior un deseo de estar cerca de él. La admiración v el deseo de
estar cerca llevan espontáneamente a la imitación.

La imitación es un impulso consciente de querer estar con la persona admirada. Querer


ser como el modelo lleva al sujeto a querer hacer las cosas tal como las hace la persona
que admira. Poco a poco este proceso se hace inconsciente. Entonces el esfuerzo de
imitación consciente se cambia en un proceso inconsciente de identificación.
Identificarse con alguien es ya ser un poco como el otro, manifestarse de una manera
parecida a la persona con la que uno se ha identificado. Es decir, pensar un poco como
él, sentir un poco como él, hablar un poco como él y obrar un poco como él. La persona
que se ha identificado con otro se hace un poco como ese modelo.

El que conoce de verdad a Jesucristo no puede menos de admirarlo. Cuanto más lo


admira, tanto más se esfuerza instintivamente en imitarlo. La imitación de Jesucristo es
realmente un esfuerzo consciente de copiarlo, de tomar actitudes semejantes a las que
él manifestaba ante los acontecimientos, ante las personas y las situaciones. El
esfuerzo continuo por imitar va creando un hábito. Este hábito se arraiga con el tiempo
y entonces el individuo queda transformado en cierto modo en un personaje distinto, en
un alter Christus.
El Señor fue una luz en el mundo para todos los que iban buscando un camino de
superación de las tinieblas existenciales en que se encontraban. Para no dejar duda
alguna en este punto, él mismo lo dijo explícitamente: "Yo soy la luz del mundo"...

Jesús dijo también que el reino de Dios es como el fermento en medio de la masa de
los hombres. Pertenece a la naturaleza de su ser intrínseco hacer crecer el reino de
Dios. Efectivamente, del discípulo auténtico de Cristo nace una fuerza extraordinaria
de estímulo para conocer a Jesucristo y seguirlo en la práctica de sus consejos.
También dijo Jesús que sus discípulos deben ser como la sal en el Reino. Lo mismo
que la sal conserva y da vigor a los alimentos, también el discípulo tiene que conservar
y dar vigor a la fe y a las virtudes de sus hermanos.

Así pues, el formador es un discípulo y un apóstol íntimo de Jesucristo. Ocupa


precisamente un puesto clave en la dinámica interna del reino de Dios en la tierra. Es
eficaz como la luz, como el fermento y como la sal si es un modelo para sus discípulos.
Jesús fue un modelo para los suyos. La aspiración más profunda de Pablo, de Pedro,
de Juan, de Felipe, de Andrés y de los demás fue la de hacerse en medio de la joven
Iglesia cada vez más semejantes a Aquel que predicaban y por cuya doctrina y persona
combatieron heroicamente hasta la muerte.

Un buen formador se empeña hasta el fondo por hacerse cada vez más semejante a
Jesucristo. Intenta mantener con él unas relaciones de intimidad un tanto parecidas a
las relaciones de Jesucristo con su Padre: ser para sus hermanos lo que Jesús fue para
los suyos y lo que sigue siendo para nosotros.

Cuanto más semejante se hace uno a Jesucristo, tanto más se hace aceptar, admirar
e imitar. Estas son consecuencias espontáneas en aquel que se siente aceptado y
amado. El arte de educar es precisamente el arte de amar. El que ama suscita el amor.
El educando y el formando que se sienten amados se sienten aceptados. Admiran a
quien los ama. Tienden a imitarlo espontáneamente. Un maestro será verdaderamente
eficaz en la medida en que sea aceptado, admirado e imitado por sus discípulos.
Precisamente por eso el formador tiene que ser una persona que se haga aceptar,
admirar e imitar por sus formandos. Por consiguiente, si el formando no corresponde al
empeño del formador, éste deberá preguntarse si realmente es aceptado por el
formando, si su discípulo lo admira, si se esfuerza por imitarle en su vida de
consagrado.

La mayor y la más constante preocupación del formador tiene que ser si funciona para
sus formandos realmente como una luz, como un fermento, como la sal.

Ayudar a los demás a convertirse y a crecer espiritualmente es un arte. No basta con


dar buenos consejos y vagas advertencias o con hacer discretos reproches. Los
consejos, las advertencias y los reproches no favorecen al verdadero crecimiento
interior. Incluso pueden a veces bloquearlo.
Educar y formar es una actividad que requiere del formador un compromiso y un
esfuerzo personales muy serios. Si desea tener éxito en su importante misión, tiene
que trabajar más consigo mismo que con los formandos. Tiene que convertirse cada
día en un alter Christus. Su tarea fundamental como formador consiste en permanecer
al lado del que anda buscando el camino para el crecimiento como una persona que
está ya en el sendero justo para orientarlo. El formando es uno que quiere descubrir
también él el sendero justo en donde no percibe ningún signo palpable para orientarse.
Si permanece solo en su búsqueda o si empieza a buscar con otros que están tan
ciegos como él, corre el riesgo de perder el tiempo y de equivocarse quizá de camino.
Cuanto más maduro es el formador en el terreno humano y en el espiritual tanto mayor
fuerza de crecimiento podrá transmitir a sus formandos.

La formación afectiva

"Vivir es amar y trabajar" (Freud). "Ora et labora" (san Benito).

La vida del hombre se resume, de hecho, en el amor y en el trabajo.

Amar es experimentar la vida, sentir la vida, saborear la vida; es gozar de los placeres
de la vida. El que vive siente el gozo de existir, la satisfacción de ejercer todas las
funciones inherentes a la existencia humana.

Trabajar, por el contrario, es hacer cosas útiles para el sostenimiento y la defensa de


la vida. Es desarrollar una actividad eminentemente lucrativa: una conquista, una
creación..., como trabajar la tierra, sembrar y cosechar para poder comer, construir una
casa para poderla habitar, limpiar una habitación, plantar un árbol, cultivar un huerto,
un jardín, etc.

La diferencia entre amar y trabajar es la misma que hay entre respirar y obrar. Respirar
es vivir. Obrar es hacer cosas útiles para poder respirar. Vivir es desarrollar ciertas
actividades con una finalidad eminente de gozar del placer de la existencia: el placer
de vencer, de superarse, de triunfar, de moverse... La vida se manifiesta a nivel físico
(columpiarse), intelectual (estudiar, leer, enseñar), sensitivo (baño caliente), artístico
(música, pintura, poesía...).

Amar, rezar, jugar, ejercer cualquier tipo de arte no son actividades útiles para la vida,
sino que son la propia vida, del mismo modo que respirar es vivir.

Desgraciadamente la escuela moderna, incluso los colegios de formación en la vida


religiosa, de ordinario se preocupan casi exclusivamente de la formación intelectual de
los jóvenes candidatos. La cultura de base y la formación técnica atienden sobre todo
al homo faber y descuidan demasiado al homo sapiens.
Sócrates decía que el saber es una virtud. Esto no es totalmente cierto. El saber no
siempre implica virtud. La preparación existencial para la vida exige una adecuada
formación cualitativa del hombre y a fortiori del religioso, cuya acción no objetiviza la
actividad, sino la vida, por lo cual exige una formación a nivel del ser.

El religioso es tal no en la medida en que sabe, sino en la medida en que es capaz


de amar a sus hermanos, a los hombres, las cosas de su propio habitat terreno y al
Señor, su Dios y Padre.

¿Pero qué es lo que quiere decir amar? Esta palabra tiene múltiples sentidos. Aquí no
nos interesa el sentido general y común. En este sentido amar es sentir amor a...,
querer bien a..., querer mucho, desear la presencia de alguien para tratar con él, para
vivir con él, para compartir...

Afectividad

Amor es afección, devoción, dilección. Hay distintos niveles de afectividad amorosa. El


objeto afectivo o amoroso funciona existencialmente a nivel primario, como un
compañero necesario para la satisfacción de ciertas urgencias de naturaleza instintiva,
como la paternidad, la maternidad, la fraternidad, la sexualidad, la socialidad, con todas
las implicaciones de comunicación, de contacto, de diálogo, de presencia, de
comportamiento...

Al tener que tratar del tema de la formación de la afectividad en los candidatos a la vida
religiosa o sacerdotal, resulta, sin embargo, forzoso empezar con un examen rápido de
cómo nace y se desarrolla la afectividad en el niño, en el adolescente v en el joven a lo
largo de las etapas de su evolución.

La afectividad entendida como "una relación positiva de persona a persona" nace en el


niño con el funcionamiento normal del instinto materno o paterno de sus padres. Dichos
instintos (materno y paterno) se manifiestan' espontáneamente y de manera incoercible
bajo diversas formas. En primer lugar es la reacción de procurar comida a la criatura, y
esto independientemente de cualquier estímulo externo. Viene luego la función que
lleva a los padres a cuidar de la limpieza del niño.

A continuación está la preocupación por guiar al hijo en sus primeros aprendizajes:


jugar con un objeto, comer a la mesa, beber agua, sentarse, caminar... Están también
las funciones instintivas de calentar, defender, proteger, salvar (en situaciones difíciles).
En una palabra, puede decirse que para los padres la criatura es un compañero filial.

También es importante saber que el niño siente a sus padres como compañeros
existenciales precisamente porque ellos satisfacen sus necesidades naturales.

Los padres aman al hijo por instinto. El hijo quiere a los padres porque lo aman. Esto
es ya reciprocidad afectiva: el amor se intercambia con el amor... El hijo ama a sus
padres, además, porque éstos satisfacen algunas de sus necesidades. Esta relación
de reciprocidad se llama afectividad.

Este aspecto de la relación interpersonal va evolucionando en sentido positivo o


negativo a medida que cambian las necesidades respectivas de los protagonistas.
Cuanto más crece el niño, más va consiguiendo satisfacer por sí solo las propias
necesidades personales, prescindiendo de la ayuda de sus padres.

Pero a medida que el niño va creciendo en edad surgen nuevas necesidades. Este
hecho evolutivo hace que cambien también sus relaciones con los padres. Estos
pierden lentamente, cada vez más, su importancia práctica en la continuación del
crecimiento afectivo del niño. Poco a poco los padres van cediendo su sitio —
anteriormente imprescindible— a otros compañeros.

La primera cuña que se introduce en la relación padres-hijo es la del compañero


hermano. Nace así y se va estrechando cada vez más el instinto de unión v de
solidaridad. Es también el primer síntoma de evolución de la heteronomía hacia la
autonomía. Esta fase de la evolución resulta decisiva para determinar el modo como
se forma y se afirma el instinto ineluctable de la libertad personal. Aquí la afectividad
no es ya inevitable (relación hijo-padres) ni impuesta, sino libre: la elección de un
compañero o de varios compañeros.

La relación, interpersonal que se establece con el compañero social es una afectividad


distinta del amor filial y del amor fraterno. Se la llama amistad.

La amistad es un tipo de afectividad que se establece entre personas que tienen algo
en común, considerado por ambas partes como un bien común que al mismo tiempo
no impide para nada la libertad personal de cada uno.

Otra forma de afecto natural es el que existe entre las dos personas que constituyen
la pareja. El amor sexual tiene en su estructura v en su función un elemento muy distinto
y original, que no se encuentra en el amor filial, ni en el fraternal, ni en la amistad.

La gran diferencia entre lo que acontece entre compañeros de amor sexual y


compañeros de amistad está en lo que afecta a la libertad personal.

Los compañeros de amistad respetan siempre, mutuamente, cada uno la libertad


personal del otro. Sucede de este modo porque así lo quieren ellos mismos. Pero no
es eso lo que ocurre con el amor sexual o matrimonial según sus exigencias naturales.

Los compañeros de amistad desarrollan cada uno su propia historia, independiente de


la del compañero o de los compañeros. Al contrario, los compañeros de amor sexual o
conyugal llevan a cabo juntos la misma historia, hasta poder decir que en términos
definitivos no hay una historia del uno o del otro, sino sólo la historia de la pareja, del
matrimonio.
Afectividad y vida religiosa

Cuando se habla de afectividad o de amor en relación con la vida religiosa o con la


formación de los candidatos, se entiende siempre el amor de fraternidad y el amor de
amistad, nunca el sexual. Para ver con claridad en este tema pedagógico, existencial y
espiritual en el caso de los religiosos, me parece que hay que partir siempre de lo que
le sucedió al candidato antes de entrar en el seminario, o en el juniorado, o en el
noviciado. Es que la formación en el aspecto afectivo de la personalidad de un
candidato a la vida religiosa célibe es fundamentalmente distinta de la de los demás
jóvenes.

Más aún, por el hecho mismo de que la evolución de la afectividad de un religioso célibe
sigue un camino distinto del camino común que indican las leyes de la naturaleza, la
formación de la afectividad en el caso de los religiosos no se limita ni agota a su
formación en el noviciado.

La verdadera maduración afectiva del religioso procede muy lentamente. Pienso que
depende de la maduración espiritual o que al menos es paralela a ese otro proceso de
crecimiento. Mi convicción personal en este punto es que ambos procesos (la madurez
afectiva y la madurez espiritual) constituyen un continuum psíquico inseparable. La
negligencia en alguno de estos dos aspectos lleva inevitablemente al fracaso de todo
proyecto de vida religiosa. El éxito en esta formación (la formación es siempre
autoformación) consiste en la integración de la persona. Porque solamente la persona
suficientemente integrada sale a flote en su posición vocacional hacia un amor
sobrenatural, hacia un amor sobrenaturalizado.

Cómo ayudar a los formandos en su maduración afectiva

La primera cuestión que hay que tomar en consideración es la de procurar que los
propios formadores no tengan graves conflictos afectivos. La segunda cuestión es que
los propios formadores hayan adquirido una relativa madurez afectiva.

Tanto los conflictos afectivos graves como un serio retraso en el proceso de


maduración afectiva de los formadores representan graves dificultades para el
crecimiento afectivo de los formandos en el sentido que requiere la vida religiosa célibe.

Es lógico que en esta vida el proceso de la evolución afectiva sobre la curva de su


crecimiento natural tendrá que detenerse en el vértice de la amistad en torno a los
quince años. El amor sexual, es decir, el que busca una vida conyugal, se coloca más
allá de dicha coordenada (véase el esquema de la página siguiente).

En el sentido de formación en la vida religiosa es importante que el niño y el adolescente


hayan conseguido realizar, o mejor dicho, vivir anteriormente con plena satisfacción las
fases evolutivas del proceso afectivo natural hasta los quince años.
La estructura de la institución y la pedagogía que funcionan en la casa de formación
tienen que proporcionar al formando la posibilidad de vivir de modo satisfactorio la
amistad con los camaradas. Respecto a este proceso de maduración afectiva, el
formador tiene que desarrollar fundamentalmente dos tareas de ayuda:

1) Una tarea de mero acompañante, de padre, de madre y de hermano mayor, que


consiste sobre todo:

 En una presencia benévola y estimulante de seguridad, de confianza, de alegría de


vivir, de orientación... Por su propio modo de ser y de actuar, el verdadero educador
comunica siempre a sus formandos sentimientos de seguridad, de confianza, de
serenidad. Como persona, representa una motivación eficaz en orden a la alegría de
vivir.

 En una instancia robusta de protección, de ayuda, de asistencia, de eventual


intervención correctiva en la evolución del proceso...

El verdadero formador, afectivamente maduro, es capaz de una relación interpersonal


afectiva madura y equilibrada con los formandos. Esto lleva consigo la capacidad de
comunicar los sentimientos... Todo ello dentro de un gran respeto a la persona del
formando, a su dignidad y libertad personales.

2) Una tarea pedagógica activa de ayuda al formando para que descubra el modo de
crecer afectivamente no ya en el sentido natural del amor heterosexual, sino en un
sentido absolutamente nuevo, hasta cierto punto en contradicción con el curso natural
del instinto afectivo heterosexual.

Hablamos del sentido del amor espiritual que trasciende la pura y simple satisfacción
del instinto afectivo. En efecto, en la vida religiosa el concepto de amor tiene siempre
estas dos dimensiones: la amistad bajo la forma de caridad y el amor a Dios bajo la
forma de unión espiritual con él.

El amor a Dios en sus formas más profundas es amor conyugal sublimado (cf el Cantar
de los cantares), con la característica de unificar dos historias en una sola, como en el
matrimonio.,Pero no se trata de una mujer y un hombre, sino de una persona (hombre
o mujer) consagrada a Dios. Es la historia de una persona que se entrega
incondicionalmente al Señor. Y el Señor no se deja nunca ganar en generosidad.

La dinámica del sentimiento amoroso que se desarrolla entre un hombre y Dios es de


la misma naturaleza que el amor conyugal. Pero, como dice Cruchon, hay placeres y
placeres, así como hay amores v amores. En la línea del amor hay una gradación no
solamente de intensidad, sino de sublimidad. El amor de Dios sobrepasa al amor
humano. Su característica más destacada es la total gratuidad, la purificación de todo
tipo de egoísmo. Este amor es el vértice de la perfección humana. Su realización y su
integración constituyen el objetivo final de la vida religiosa. Por eso merece el mayor
esfuerzo la formación en este género de vida. Se trata de una tarea educativa que
requiere tiempo y sacrificio por parte de los formadores, disposición física y psíquica
por parte del formando y un ambiente educativo sano y equilibrado. En definitiva, es
obra de la gracia.

La ayuda concreta que el formador debe proporcionar al formando durante este período
crítico de la reorientación de su afectividad hacia un nuevo objetivo tiene que consistir,
a mi juicio, en lo siguiente:

1. El ejemplo vivo del formador de cómo se puede vivir concretamente este nuevo estilo
de vida de manera que satisfaga plenamente las aspiraciones de realización existencial
de todo religioso auténtico, o sea un verdadero hombre de oración y un apóstol. Esta
es siempre una motivación poderosa y convinc'ente de que existe esa posibilidad.
2. Una información adecuada, simultáneamente a nivel catequístico, teológico y moral.
3. Una adecuada iniciación teórica y práctica en la oración personal y comunitaria, en el
espíritu de familia y de fraternidad y en la ascesis personal.
4. Una constante y equilibrada motivación positiva para la superación de sí mismo y para
la generosidad en el seguimiento del Señor.

Para que el formador pueda hacer todo esto de un modo convincente es necesario que
tenga una idea muy clara del objeto concreto de la formación sobre este punto y que
procure crear un ambiente educativo favorable al crecimiento afectivo de los formandos.

En un ambiente educativo favorable al crecimiento y a la maduración afectiva:

 Se evita toda injusticia.


 Se le da siempre la razón al que la tiene.
 Todos dan buen ejemplo.
 Todos echan una mano a quien lo necesita.
 Todos aceptan a cada uno tal como es.
 Todos escuchan y acogen.
 Nadie juzga jamás a la persona del otro.
 Todos se esfuerzan en ser buenos en todo.
 Nadie hace crítica destructiva.
 Nadie rechaza o desprecia a otro.
 Todos perdonan al que se arrepiente.
 Los formadores y los formandos muestran un gran respeto mutuo.

 La relación interpersonal es afable, delicada, cordial.

 Hay un clima de paz, de alegría de vivir, de trabajo y de creatividad de vida.

 Son raros los arrebatos de cólera, de impaciencia, de depresión, de rebeldía...

 Todos ayudan a los que se equivocan.


 Nadie habla mal de los demás.

 Todos están unidos.

 La vida de oración ocupa un lugar privilegiado.

Hay que crear condiciones psicológicas que permitan al formando adquirir un


sentimiento más personal y más generoso, un interés y una constancia mayor en el
crecimiento común de la personalidad de los que se aman con amor de amistad.

Este interés individual por el crecimiento de cada uno de los compañeros hace que el
motivo principal de la unión no sea solamente el placer de la amistad, sino la unión de
los espíritus y de los sentimientos en beneficio de una obra en común: el crecimiento
del todo.

Entonces los placeres de los sentidos se transforman en un profundo gozo del espíritu
y del corazón. Es verdad que también en el más puro amor espiritual se refleja siempre
de alguna forma la sexualidad. Pero también es verdad que este amor espiritual de
alguna manera transfigura, sublima y espiritualiza la sexualidad.

De esta manera los grandes místicos hablan como si hubieran conseguido la capacidad
de cambiar la voluptuosidad de los sentidos en un verdadero placer espiritual. En
efecto, en el salmo 36,9 se dice también: "Los abrevas en el torrente de tus delicias (=
voluptuosidad)".

La ayuda especial a los formandos, así como el continuo esfuerzo de autoformación de


todos los religiosos, resulta indispensable para la promoción del proceso de maduración
de la afectividad.

Muchos problemas de falta de equilibrio en la conducta y en la relación interpersonal


tienen su origen en la inmadurez afectiva. Ejemplos elocuentes de esta tipología de
conductas más o menos problemáticas son:

 La agresividad destructora.

 El alcoholismo (exceso de...).

 La homosexualidad.

 El activismo (exceso de trabajo).

 El lesbianismo.

 Ciertas manifestaciones de psicopatía menor, como la cleptomanía, los pequeños


hurtos...
El enamoramiento humano y las conexiones sexuales, homosexuales y heterosexuales
entre religiosos significan siempre una ruptura y un fracaso en el esfuerzo de formación
o de autoformación en una afectividad, en un amor verdaderamente constructivo de la
realidad espiritual de nuestra consagración.

La "ratio institutionis"

El lector sabe ya que toda congregación religiosa tiene que tener su propia ratio
institutionis, es decir, su plan general de formación. Sus miembros tienen que pasar por
las diversas fases previstas en dicho plan para que puedan ser considerados aptos
para la plena integración en el instituto. Una buena ratio prevé la ordenación de las
fases de formación, de las directivas para los formandos y los formadóres y los
programas específicos de formación espiritual, doctrinal, profesional, etc. El
ordenamiento general de la ratio institutionis asegura la unidad de la congregación.

La función máxima de la ratio consiste en asegurar el objetivo de la formación y en


garantizar los medios para realizarla. La buena formación de sus miembros es la
garantía de vida de una congregación religiosa. Las obras apostólicas no son
únicamente una floración necesaria. Si los religiosos no son lo que tienen que ser,
incluso las obras apostólicas que realicen serán espiritualmente estériles y, por tanto,
inútiles para el Reino.

No es muy fácil organizar un buen plan de formación debido a la complejidad de la


personalidad de los jóvenes de hoy. En cada caso hay que tener presente el objetivo
que hay que alcanzar y el procedimiento general que hay que seguir. Pero es preciso
evitar la rigidez. Más aún, se requiere mucha flexibilidad en los métodos. Estos tienen
que adaptarse tanto a la personalidad del formador como a las condiciones particulares
de los formandos. Los objetivos deben estar muy claros para ambos.

Por lo que se refiere al ambiente en que hay que llevarlo a cabo, la vida comunitaria
fraternal parece que es imprescindible. En ella el formando puede descubrir y realizar
la experiencia práctica de la necesidad de recogimiento, de la vida litúrgica, del estímulo
del ejemplo.

La formación doctrinal y profesional hecha en la universidad con los laicos no facilita


quizá el crecimiento simultáneo espiritual de muchos jóvenes religiosos. Pero parece
que nunca será fácil resolver este problema en la práctica sin suscitar otros nuevos. La
formación práctica para la actividad apostólica tiene que hacerse, lógicamente, en una
comunidad formadora en donde todos los elementos impulsan con su ejemplo hacia el
objetivo que hay que alcanzar. El grave problema de esta formación en algunas
provincias consiste quizá en encontrar verdaderas comunidades formadoras a las que
se pueda encomendar y confiar los jóvenes religiosos para que completen su
formación.
5. El equilibrio de la
personalidad necesario
en la persona consagrada
En el estudio de las dificultades de orden psicológico para vivir de manera equilibrada
la vida religiosa, Luigi M. Rulla, S. J., ha dejado ya establecido el concepto de
consistencia y de inconsistencia psicológica de las personas consagradas: religiosos y
sacerdotes. La doctrina científico-moral-social desarrollada por este autor es de tal
naturaleza que ilumina en varios puntos la psicología aplicada a la vida religiosa. Este
mismo pensamiento, mutatis mutandis, explica además muchas de las dificultades de
los cristianos laicos para vivir prácticamente de una forma coherente con su fe.

Hay en el interior de cada persona ciertos obstáculos que pueden causar graves
dificultades al formando y al religioso en general para realizar sus valores vocacionales.
Efectivamente, san Pablo habla de dos leyes que mueven al hombre: la ley de la carne
y la ley del espíritu.

La ley de la carne son los impulsos de los instintos y tendencias naturales. Esta ley se
manifiesta como un impulso interno que mueve al hombre espontáneamente hacia todo
lo que él percibe como un valor de satisfacción personal de sus instintos primarios. Se
reduce básicamente a las necesidades naturales de conservación de sí mismo y a los
impulsos naturales hacia todo lo que se refiere a la reproducción de sí. Se trata, por
consiguiente, de una ley fundamentalmente buena y esencialmente necesaria para la
existencia del individuo. En este sentido, el ser humano es igual a los animales.

Pero la trascendencia es también un instinto privilegiado del hombre. Su racionalidad


original le permite levantarse por encima de sus instintos, sin someterse simplemente
a la exigencia de satisfacción de las necesidades naturales y de los instintos. El hombre
puede educarse y formarse. Puede aprender a controlar sus energías naturales
mediante un uso más racional de las mismas. El maravilloso progreso cultural del
hombre a través de la historia conocida es el fruto de su capacidad de controlar sus
instintos y servirse de ellos para su realización en el sentido de su trascendencia. El
hombre participa de la naturaleza del animal, de la planta, de los minerales. Esta es su
base natural. Pero sólo él posee la racionalidad que le permite entrar también en
contacto con lo sobrenatural. El hombre, plenamente consciente de su trascendencia,
se mueve con gozo en el mundo de las realidades del espíritu. Su capacidad creadora
lo lleva a inventar instrumentos y técnicas para la transformación de la materia creada
en nuevas realidades físicas y humanas. Su inteligencia, abierta siempre a la búsqueda,
le ha hecho descubrir y desarrollar todo el mundo fantástico de la ciencia y del arte.
Pero su pensamiento más afinado lo mueve a entrar en contacto con el misterioso
mundo de la mística. Queremos saber de dónde venimos, qué es lo que aquí hacemos
y adónde iremos a parar.
Sobre este punto la intuición del hombre y la revelación convergen hacia la única
solución aceptable a la racionalidad humana: el hombre procede de Dios Creador, que
ha hecho todas las cosas visibles e invisibles, vive en la tierra para adorar v amar a su
Padre y trascender las realidades terrenas a fin de volver a su origen, esto es, a Dios.

El yo y la consistencia psicológica y social de la persona

El yo es el sujeto del conocimiento de nuestras experiencias, el sujeto al que pertenecen


las cosas que afirmamos como nuestras. Esta es la instancia psíquica de la que se
sirve la persona para elegir y para decidir. El yo puede definirse también como la
imagen que tenemos de nosotros mismos, o bien como el elemento central, individual
y característico de la personalidad; es posible describirlo como la instancia
organizadora del comportamiento y de la experiencia.

Hay un yo-ideal y un yo-actual.

El yo-ideal

El yo-ideal es nuestra realidad interna y externa tal como la percibimos subjetivamente.


Es también el conjunto de ideales, lo que todavía no somos, pero que deseamos ser.
El ideal es siempre una utopía; pero en la práctica funciona como un programa o como
la indicación de una dirección. El yo-ideal es siempre totalmente consciente. Puede ser
sujeto: cuando uno concreta o quiere concretar sus ideales. Y puede ser también
objeto: cuando percibimos o nos damos cuenta de nuestras realizaciones (deseos,
ambiciones, expectativas...). El yo-ideal funciona como un filtro de los estímulos, crea
nuestra imagen positiva o negativa de nosotros mismos.

La mayor parte de las personas mantienen secreta gran parte de los contenidos de su
yo-ideal. Uno de los más importantes de estos contenidos es, sin duda, el deseo secreto
de ser valorado por los demás.

El yo-ideal representa un estímulo positivo para el desarrollo de la personalidad (buena


o mala) para la sociedad.

El yo-actual

El yo-actual es lo que realmente somos: nuestras tendencias más profundas, nuestras


necesidades fundamentales, nuestras motivaciones inconscientes. El yo-actual es
el locus del sistema de valores fundamentales: los valores puramente humanos son
más específicos y más numerosos que los valores superiores, ideales.

Los comportamientos tienen su origen en las necesidades y en los valores. El yo-actual


nace de un estado de hecho; se organiza a medida que el niño va tomando conciencia
de sus necesidades. Cuando está bien controlado, el yo-actual se hace muy positivo.
Produce un gran potencial de energía creadora. Pero si se hace dominador resulta
peligroso, ya que puede llevar al hombre a un comportamiento animal. Si se le reprime,
resulta explosivo.

El yo-actual tiene que ser educado, formado. Cuando está maduro hace que la persona
se sienta realizada en el plano humano.

La formación es sobre todo autoformación. Para asegurar el éxito de la autoformación


es necesario:

 Establecer previamente un ideal: los objetivos.

 Decidir conquistar personalmente esos objetivos sin esperar ayuda de los demás.

 Creer en sí mismo, en las posibilidades de la propia originalidad, aceptarla y valorarla.

El consejo (couseling) pedagógico, psicológico y espiritual se preocupa de los


contenidos del yo-ideal.

La psicoterapia y el psicoanálisis, por el contrario, se ocupan de los contenidos y del


dinamismo del yo-actual.

Puede presentarse una discordancia y un conflicto entre los contenidos y los


dinamismos del yo-ideal y del yo-actual o entre las tendencias ideales (lo que quiero) y
las tendencias naturales (lo que soy).

La mayor parte de las personas sienten este conflicto íntimo y sufren sus
consecuencias. Muchos caen en una lucha interna y manifiestan comportamientos
contradictorios con los ideales de la armonía social, de la opción vocacional, de la
autonomía y del respeto debido a las personas: agresividad, dependencia afectiva,
actividad sexual extraconyugal (tercera vía...), apropiación indebida de los bienes
ajenos, delincuencia de todo tipo. El yo-animal no es enemigo del hombre educado, del
cristiano (¿pecado original?...), del religioso. A veces .es difícil comprender ciertos
comportamientos, ya que son al mismo tiempo expresión de valores y de necesidades.
Por ejemplo, la relación afectiva puede ser don de sí o egocentrismo; el trabajo en
equipo puede significar colaboración o bien dependencia del grupo.

Del grado de armonía que la persona llega a establecer entre sus ideales y sus
necesidades naturales depende el grado de consistencia de su personalidad.

La persona puede ser psicológica y socialmente consistente o inconsistente.

Persona psicológicamente consistente


Las exigencias del yo-actual son compatibles con las exigencias del yo-ideal. Las
necesidades naturales no impiden la realización de los propios ideales, aunque el
comportamiento no sea siempre coherente. Ejemplos:

-El pecado ocasional de debilidad humana no impide una auténtica vida de santidad.

-La transgresión eventual de la ética social o profesional por debilidad humana no


impide una buena convivencia o la honorabilidad profesional.

-Un religioso que se esfuerce sinceramente en vivir como debe, pero no lo consigue a
pesar de sus esfuerzos.

-San Pablo: "No logro hacer lo que quiero y hago lo que no quiero... ", y pidió morir;
Cristo respondió: "Pablo, te basta con mi gracia".

Tenemos necesidad de comprender y de aceptar con humildad la debilidad humana.


Esta realidad es un sufrimiento y una cruz inevitable. La humildad y la paciencia en el
sufrimiento es lo que salva al individuo.

La persona es psicológicamente consistente cuando las exigencias de la naturaleza


son compatibles con los valores que proclama: ideales, utopías...

Así pues, la consistencia psicológica es la firmeza interior, una certidumbre tranquila.


La persona psicológicamente consistente puede ser socialmente no adaptada. Por
ejemplo: el religioso que quiere vivir coherentemente con sus propios sentimientos
íntimos de fidelidad, pero que no es comprendido por los demás miembros de la
comunidad. Los profetas también fueron asesinados por el pueblo...

Otro caso de no adaptación social de la persona consistente: cuando el individuo llega


a someter su yo-actual a un alto ideal evangélico de santidad comunitaria, pero el grupo
no responde a sus exigencias de orden moral. Esta persona puede ser un
perfeccionista... Pero hay religiosos que se han salido de su comunidad o de su
congregación por no haber encontrado en ellas un ambiente favorable para vivir su
sano ideal de santidad.

Hay religiosos psicológicamente consistentes y al mismo tiempo socialmente no


adaptados debido a su considerable celo. El terrorista socialmente inconsistente puede
ser psicológicamente consistente, pero a nivel social resulta siempre peligroso...

Persona psicológicamente inconsistente

Se tiene cuando el yo-actual es prácticamente incompatible con el yo-ideal, cuando las


necesidades naturales son incompatibles con los valores proclamados y, sobre todo,
cuando estas necesidades naturales se expresan coherentemente. O bien cuando las
necesidades naturales son tan grandes y tan fuertes que impiden vivir el ideal que se
proclama: los votos...
Por ejemplo: el religioso con grandes sentimientos mundanos y con necesidades
incontroladas de expresarlas y de vivirlas (reuniones mundanas...). Un hombre casado
con una necesidad incontrolable de tener contacto sexual con varias mujeres... El
apóstol (religioso o sacerdote) con una necesidad incontrolable de usar objetos de
lujo...

La inconsistencia psicológica es una fragilidad interna, o sea un conflicto interno que


hace a la persona contradictoria a nivel de su comportamiento: uno que dice que hace,
pero que no hace; que afirma cómo tiene que ser, pero que no vive de acuerdo con su
aparente convencimiento; que afirma que es religioso, cristiano, comunista, educador,
sacerdote..., pero que con su comportamiento incoherente desmiente lo que dice. Si es
verdaderamente sincero en su actitud, entonces podemos estar seguros de que se trata
de una persona psicológicamente inconsistente; si no es sincero, entonces hay que
concluir que es un hipócrita.

El inconsistente no puede menos de buscar la satisfacción de sus exigencias naturales


incompatibles con el ideal que problema. Por eso, para no ser rechazado por los demás,
vive de apariencias, de forma que siempre se engendra un peligroso conflicto interno
de autenticidad. Es precisamente este conflicto interno el que constituye la
inconsistencia psicológica. El inconsistente no puede ser auténtico, no puede ser él
mismo. Y esto se convierte en una tensión que con el tiempo se va haciendo cada vez
más insoportable.

La debilidad humana siempre es ocasional. Si se la reconoce con humildad, no es


nunca incompatible con el ideal que se proclama. Puede hacerse incompatible cuando
se convierte también en un escándalo más o menos público y permanente. Las
personas que sufren debido a sus debilidades humanas tienen que ser ayudadas y
comprendidas con caridad. Reconocer y confesar una falta o dificultad personal es una
señal indicativa de que por causa de ella no existe una inconsistencia psicológica grave.
En ese caso se trata más bien de un sufrimiento moral (san Pablo...). Pero afirmar que
uno quiere ser religioso auténtico y al mismo tiempo querer lo que se reconoce como
algo inadmisible para el verdadero religioso es siempre un signo de inconsistencia
psicológica peligrosa.

La personalidad psicológicamente inconsistente puede manifestar una buena


adaptación a su ambiente, pero:

 Su vida emocional es pobre.

 Vive como un extraño entre hermanos, aislado, soñador.

Una grave inconsistencia psicológica transforma a la persona en un haz de nervios:


susceptibilidad, peligro de neurosis, que, en general, se puede curar solamente
mediante una psicoterapia adecuada.
Persona socialmente consistente

Puede existir tanto en el grupo social normal como en el grupo marginado. Se da esa
consistencia social cuando las necesidades naturales del yo-actual son compatibles
con los valores sociales del grupo. El alcohólico se adapta muy bien entre los
alcoholizados. Los valores del instinto de la persona socialmente consistente se
armonizan con su ideal social. Por ejemplo: la persona que descubre una fórmula para
satisfacer adecuadamente sus necesidades naturales sin contrariar las exigencias de
la sociedad. En el comercio: ganar dinero sin robar (inteligencia). En un grupo de
ladrones, el ladrón psicológicamente consistente se adapta muy bien al grupo. El
religioso que consigue realizarse en el plano personal sin faltar al reglamento, que se
busca los medios adecuados de trabajo sin faltar a la pobreza, que encuentra
satisfacción afectiva sin faltar al voto de castidad, etc.

Persona socialmente inconsistente

La persona es socialmente inconsistente cuando las necesidades naturales de su yo-


actual son incompatibles con los valores sociales del grupo en el que está integrada.
Se trata de la incapacidad práctica de aceptar las normas del grupo. La persona sigue
siendo egocéntrica: primero yo y luego los demás... Por ejemplo: los delincuentes, los
drogadictos, los alcoholizados, las prostitutas, los anormales sexuales, que insisten en
vivir abiertamente su anormalidad a pesar de la repulsa de la sociedad, los terroristas,
etc.

Los estados de pura consistencia psicológica o social, o bien de pura inconsistencia


psicológica o social, son muy raros. La personalidad normal puede presentar pequeñas
inconsistencias tanto psicológicas como sociales. Por ejemplo: el pequeño delincuente
carece de honradez en los negocios, engaña en su oficio a los demás, comete
pequeñas infidelidades administrativas, etc.

La personalidad que se considera enferma presenta también casi siempre ciertos


aspectos de consistencia psicológica y social. Por ejemplo: el pequeño psicopático que
demuestra una infidelidad conyugal es una persona socialmente correcta, pero bebe
demasiado alcohol, es un trabajador inconstante en el servicio, etc.

Algunas conclusiones prácticas

1. ¿Cuál es su ideal personal?

2. ¿Cuáles son sus valores naturales (necesidades, tendencias...)?

3. ¿Son compatibles sus valores ideales con los valores naturales?


Un candidato es psicológicamente consistente cuando se le puede considerar capaz
de responder positivamente a los estímulos de formación para la vida religiosa. Esto
ocurre cuando:

1. Sus valores ideales proclamados corresponden al ideal (utopía) de la institución.


2. Sus valores naturales (yo-actual), sus energías instintivas, sus tendencias naturales,
son compatibles con su ideal.
3. Su conducta es coherente; su crecimiento se realiza en el sentido del ideal.

El candidato es inaceptable cuando:

1. El ideal que proclama no corresponde a los valores de la institución.

2. Su conducta y su esfuerzo de crecimiento no progresan en el sentido de lo previsto,


sino que crecen en el sentido de otros valores que no son los de la institución.

La valoración de un candidato a los votos temporales y sobre todo a los votos perpetuos
puede hacerse examinando al candidato bajo tres dimensiones de equilibrio:

1. Dimensión espiritual: virtud - pecado.


2. Dimensión sanitaria: salud - enfermedad.
3. Dimensión de coherencia: consistencia - inconsistencia.

La dimensión de coherencia no tiene nada que ver con las otras dos dimensiones.

La permanencia de un religioso en su vocación puede explicarse de dos maneras:

1. Tiene una buena consistencia psicológica y una debida coherencia en su conducta.

2. Puede ser psicológicamente inconsistente, pero tiene miedo de salir, no tiene


confianza en sí mismo... En este caso puede darse que se instale en donde se sienta
más seguro, pero sin llevar una vida religiosa coherente con el ideal que proclama. Si
consigue esconder su falta de coherencia, será tolerado.

La salida de un religioso de la congregación puede explicarse de dos maneras:

1. Actitud y gesto coherentes: dado que no puede ser psicológicamente consistente en la


vida religiosa (ya que es socialmente inadaptado), hace lo que tiene que hacer para ser
él mismo, de acuerdo con sus tendencias naturales, sus necesidades y sus instintos
suficientemente domesticados: libertad, riquezas, placeres, ambición profesional...
2. Actitud incoherente. Si se trata de una personalidad psicológicamente consistente, no
debería salir. Le ha faltado coraje para ser coherente.

Puede darse también el caso de un religioso psicológicamente consistente que no


consigue adaptarse a ninguna comunidad de su circunscripción. Entonces prefiere
retirarse para vivir de forma coherente con su ideal en otro puesto: "Donde no os
quieran recibir ni escuchar, al salir de allí sacudid el polvo de la planta de vuestros pies
en testimonio contra ellos" (Mt 6,11).

Así pues, los grandes valores de la vida consisten en caminar por el camino que
conduce hacia Dios. Ser cristiano es conocer y aceptar estos valores tal como el Señor
los ha revelado en la Escritura. El religioso consagrado es un cristiano que toma como
compromiso principal de su vida el esfuerzo constante de amar a Dios con todo su
corazón y de imitar a Jesucristo sobre todo en su relación filial con el Padre y en sus
relaciones fraternales con el prójimo. La vida del religioso se resume, por consiguiente,
en amar al Señor de una manera más íntima y más estrecha que cualquier amor
humano y en amar a sus hermanos como a sí mismo por la imitación cada vez más
perfecta de Jesucristo. Profesar en la vida religiosa es proclamar públicamente esta
decisión personal. Semejante actitud de desprendimiento de las cosas de este mundo
para seguir con mayor libertad a Jesucristo es un ejemplo concreto de vida para la
motivación de todos los cristianos. Es un testimonio de práctica del evangelio dirigida a
todos los hermanos del Reino.

Pero vivir prácticamente este ideal es algo muy distinto de proclamar públicamente la
intención de hacerlo. Profesar en una religión o bien hacer los votos de pobreza, de
castidad y de obediencia es fácil. Basta para ello cierto conocimiento doctrinal, la buena
voluntad de vivir de acuerdo con este compromiso y la aceptación del superior. Pero
adaptar día tras día la actitud y el comportamiento a los nuevos compromisos puede
exigir mucha renuncia, mucha generosidad, mucho esfuerzo y mucha fatiga. La
fidelidad supone la superación de no pocas debilidades de la carne...

Puede suceder que un religioso no haya sabido medir bien sus fuerzas y su capacidad
de renuncia, de entrega, de amor efectivo a Jesucristo antes de comprometerse en la
profesión. Una debilidad excesiva en este sentido podría llevarlo a vivir en la práctica
un comportamiento escandalosamente contradictorio: proclamar públicamente que es
un religioso consagrado agregado a una comunidad religiosa, pero portarse en la vida
práctica como un cristiano no consagrado e incluso simplemente como un hombre
natural. Quizá casi como si careciese de fe verdadera. El religioso se busca toda clase
de compensaciones más o menos neuróticas para mantener precariamente cierto
equilibrio de personalidad.

Ese hombre no es un verdadero consagrado. Es un cristiano más o menos frío o bien


un hombre natural disfrazado de religioso. Un escándalo dentro de la Iglesia... Un
destructor de los valores del evangelio.

La inconsistencia psicológica consiste precisamente en esa coherencia: fingir que uno


se adhiere a los valores evangélicos de la consagración religiosa, pero regular
efectivamente el comportamiento según unos valores opuestos a ellos. Todos los
religiosos y todos los cristianos, incluso los más santos, sufren de un cierto grado de
inconsistencia psicológica. Nadie logra practicar con toda perfección los consejos
evangélicos y las bienaventuranzas, incluso con la mejor buena voluntad del mundo.
Todos somos débiles, y, por tanto, pecadores. Incluso el gran san Pablo no quedó
incontaminado de esta deficiencia. Con profunda humildad y con una amargura casi
desalentadora confiesa llorando: hago lo que no quiero y no consigo hacer lo que
quiero. Conocemos y aceptamos con buena voluntad los valores de la vida consagrada
según el evangelio, pero vivimos realmente según nuestros instintos. Esta contradicción
interna universal es el mayor sufrimiento de todos los cristianos y religiosos sinceros.
La actitud natural de humildad y de confianza casi infantil en el Señor nace
precisamente de este sentimiento de limitación personal.

Desgraciadamente hay personas, cristianos y religiosos consagrados más o menos


despersonalizados, que tienen regresiones psicológicas en este sentido. Abandonan
las responsabilidades morales de sus compromisos libremente asumidos ante el altar
y adoptan una actitud egocéntrica fundamentalmente amoral. Para ellos los valores
más importantes de la vida pasan a ser aquellos que satisfacen sus necesidades
naturales, no vitales, sino más o menos infantiles.

Para que cese este escándalo en la Iglesia sólo quedan dos alternativas para estas
personas: convertirse o bien dejar de presentarse públicamente como cristianos o
como religiosos consagrados. Puesto que todos tenemos las mismas debilidades e
incoherencias personales, se dice que el cristiano sincero y el religioso auténtico tienen
necesidad de convertirse todos los días. Cada noche tenemos que lamentar varias
infidelidades, varias faltas, a pesar de nuestra buena intención de la mañana. Cada
noche el consagrado hace un examen de conciencia y se arrepiente. Es la hora de
hacer un nuevo propósito. Esta es la realidad cotidiana de todos.

Pero hay debilidades y debilidades, infidelidades e infidelidades. Se comprende una


pequeña debilidad o infidelidad. Esto no tiene por qué escandalizar a nadie. Es fácil
comprender y excusar esa deficiencia. Solamente los fariseos se escandalizan ante las
nimiedades prácticamente inevitables incluso de un santo. Solamente Dios es perfecto.
Pero están las grandes caídas y las graves infidelidades, que no son fácilmente
comprensibles en un religioso consagrado. Una caída accidental puede significar a
veces nada más que un accidente involuntario, una sorpresa catastrófica para el su-
jeto. Un arrepentimiento profundo y verdadero, junto con una actitud de penitencia,
pueden reparar el daño cometido y restablecer el estado de gracia, o sea de gozo, de
confianza y de amor. En esos casos no se trata propiamente de una grave
inconsistencia psicológica. Esta se revela más bien a través de una actitud
contradictoria de fondo. El religioso psicológicamente inconsistente ha perdido los
ánimos en su esfuerzo de coherencia y de autenticidad de vida. Ya no se esfuerza en
vivir con generosidad los grandes valores evangélicos de pobreza, de castidad y de
obediencia asumidos públicamente con la profesión. En su vida práctica se resigna
quizá a observar con cansancio y aburrimiento sólo lo mínimo necesario para no ser
expulsado de la comunidad como un elemento nocivo para la vida religiosa en común.

La inconsistencia psicológica grave es un estado de ánimo y de mentalidad gravemente


en contradicción con el espíritu religioso. Puede resultar más o menos seriamente
destructivo de los valores fundamentales de la vida religiosa para el individuo, para la
comunidad y para la Iglesia. Es la cizaña en medio del trigo. Por eso el religioso
gravemente inconsistente no está en el lugar debido. Debería tener la honradez y el
coraje necesario para decidirse a seguir otro camino.

Hay religiosos sinceros y honrados que, por no dar escándalo debido a sus debilidades
naturales, intentan resolver su problema mediante la pura y simple represión de sus
instintos y tendencias naturales. Pero no es ésta la buena solución. Incluso puede
resultar peligrosa. Puede ser causa de un comportamiento neurótico, sobre todo si esa
represión se hace en un nivel más o menos subconsciente. Toda re-presión
desencadena una reacción espontánea en sentido contrario, cansa y puede acabar
rompiendo las defensas. Y cuando se rompe el dique puede haber una inundación con
todo el material reprimido. Eso sería mucho peor para el sujeto, que podría
desesperarse, desalentarse y abandonar todo lo que antes consideraba como valores
importantes. Pero un cambio tan radical puede descontrolar y destruir por completo el
equilibrio de la personalidad.

Las dificultades del religioso psicológicamente demasiado inconsistente consisten en


superar ciertas necesidades naturales para permanecer fiel y coherente con los
principios que proclama. Le cuesta mucho y se siente muy débil para renunciar
permanentemente a la satisfacción de algunas de estas necesidades naturales, para
permanecer fiel a los compromisos tomados públicamente de vivir en un cierto estilo
comunitario de pobreza, de castidad y de obediencia.

Ser psicológicamente inconsistente no es nunca un pecado, ya que se trata de algo


involuntario. Pero el comportamiento externo del inconsistente puede ser moralmente
culpable en la medida en que es libre y escandaloso. Si la inconsistencia psicológica
se manifiesta más bien a nivel del comportamiento estrictamente privado, puede
significar una cruz pesada para el religioso. Si, a pesar de sus debilidades privadas, la
persona hace un esfuerzo sincero por superar esas dificultades con la gracia de Dios,
puede incluso ser un buen religioso que sufre por hacer lo que no quiere y no consigue
hacer lo que quiere para ser más fiel al Señor.

La dolorosa experiencia de querer hacer lo que agrada y lo que consideramos


necesario debido a la opción vocacional hecha, mientras que de hecho hacemos a
menudo lo que no agrada, no es un motivo para desalentarnos. Basta proseguir el
esfuerzo sincero de conversión mediante una mayor coherencia con la ayuda de la
gracia del Señor. Cuando se le dijo a Pablo, un tanto desánimado, que para salvarse le
bastaba la gracia, comprendió, finalmente, que nunca se salvaría por sus propias
fuerzas. Que sólo Dios salva. Comprendió además claramente que el aguijón del
pecado que Dios había dejado en su carne tenía que servirle como un recuerdo de que
por sí solo, sin la ayuda de la gracia, corría un grave riesgo de ir a la condenación. La
constatación de la propia debilidad lo obligaba a permanecer humilde y confiado ante
el Señor, a pesar de todo, para pedirle constantemente: "Señor, ¡ten piedad de mí!..."
Todo religioso auténtico quiere sinceramente vivir de forma coherente con los grandes
valores evangélicos que profesó públicamente. Sin embargo, en la realidad, aun sin
quererlo intencionalmente, intenta con frecuencia acomodarse a una situación personal
más bien de acuerdo con sus necesidades naturales. Es importante ayudarle a
comprender que donde no hay plena libertad interna de elección y de decisión personal
no puede haber un gran pecado en el sentido de una verdadera separación de Dios.
Se trata más bien de un estado general de pecado, es decir, de debilidad de la carne.
Si estamos hechos así, hay que resignarse a ello con profunda humildad y reconocer
que "sin él" nosotros no podemos realizar nuestra salvación. Quizá el Señor nos quiere
mantener precisamente en una situación de dependencia de él. Entonces nos hace
comprender que sin él no podemos vivir según el espíritu. De este modo él puede gozar
plenamente el gozo de ser Padre, de poder ayudar según su infinita misericordia. Quizá
el Señor no podría ejercer con nosotros su maternal paternidad, o bien su paternal
maternidad, si no fuéramos tan pequeños y tan débiles. Una madre puede gozar de
veras de su maternidad cuando puede dedicarse por completo al niño que, para poder
vivir, depende totalmente de ella. Lo mismo le gusta al Señor vernos pequeños,
humildes, sufriendo, necesitados de su ayuda. Dios es grande precisamente cuando
puede ejercer su misericordia.

La conciencia de ser pecadores nos mueve a purificar cada vez más los motivos de
nuestra decisión de consagrarnos a Dios. Para muchos la primera decisión vocacional
se hizo sobre la base de una motivación profunda demasiado humana. A menudo el
motivo inconsciente pudo ser la necesidad de cumplir un deseo humano cualquiera,
como la valoración personal, la ascensión en la escala social, el estudio, la seguridad
económica... Una motivación profunda demasiado humana no es capaz de sostener el
interés constante por el crecimiento en el sentido deseado por la vida consagrada. Esta
primera motivación tiene que purificarse ya desde el principio del período de formación.
Tiene que llegar a un punto conveniente de claridad para el sujeto durante el noviciado.
Sin una motivación profunda, clara y justa, el novicio no estaría dispuesto para la
profesión.

El religioso psicológicamente inconsistente tiende a no convertirse al evangelio.


Procura distorsionar los valores evangélicos para adaptarlos a sus necesidades. Pero
obrar de esta manera hace que dichos valores pierdan su característica de radicalidad.
En el fondo, una actitud semejante es una incalificable falta de honradez. El religioso
honrado procura adaptar su modo de ser y de obrar a las exigencias del evangelio. Esa
es la conversión continua que hemos de realizar.

Los valores evangélicos son valores perennes que no cambian nunca. No se puede
jugar con ellos. Exigen siempre una opción radical. Los ofrece Cristo. La única
actitud honrada del individuo frente al evangelio es tomarlo en serio o dejarlo. No hay
alternativa intermedia: tomar lo que gusta y dejar que se pierda lo demás no es algo
que pueda hacerse. Ni tampoco leer el evangelio en clave filosófica de una ideología
extraña a la mentalidad clara de Jesucristo. El evangelio no se presta a interpretaciones
sofisticadas para justificar debilidades, intereses personales o egoísmos. Por eso un
verdadero religioso es siempre humilde. Reconoce su incapacidad de vivir al ciento por
ciento los valores evangélicos que proclama.

La inconsistencia psicológica grave, si no se cura convenientemente, puede destruir la


vocación religiosa. Puede arruinar la personalidad del individuo.

¿Cómo ayudar a un candidato psicológicamente inconsistente?

La formación y la autoformación no pueden curar la inconsistencia psicológica. Esta es


un aspecto casi estructural de la personalidad. Es como una huella del carácter. Un tipo
colérico puede hacer lo que quiere, pero en el fondo seguirá siendo siempre un tipo
colérico. Podrá cambiar algo de su comportamiento para no explotar ya en escenas
escandalosas de cólera, pero en el fondo será siempre un tipo colérico. Excluyendo la
explosión de cólera, todos los demás aspectos de su carácter seguirán siendo los
mismos.

Es lo que ocurre con la inconsistencia psicológica. La formación y la autoformación


tienen que ayudar al formando a conocer los aspectos de inconsistencia de su
personalidad. El que conoce sus inconsistencias se defiende mejor contra el peligro de
dejarse arrastrar hacia una conducta incoherente. He aquí por qué la autopurificación
es un aspecto importante de la autoformación.

Así pues, hay que ayudar al formando:

a. A que se dé cuenta de su inconsistencia subconsciente y del conflicto interno que puede


derivarse de ella.
b. A que supere la dificultad de la inconsistencia mediante un esfuerzo sincero y constante
de coherencia.

Esta ayuda se le tendrá que ofrecer por medio de un método adecuado de formación.
El proceso de formación es bueno cuando el formando consigue poco a poco cambiar
su comportamiento anterior. Una buena formación consigue siempre la transformación
del religioso en un apóstol. El apóstol es una persona capaz de atestiguar. Atestiguar
con su vida práctica los valores terminales del amor a Dios y de la imitación de
Jesucristo y con los valores instrumentales de pobreza, de castidad y de obediencia.
Escoger, proclamar y no practicar estos valores es un antitestimonio. La actividad
apostólica del religioso que no da testimonio con su vida sigue siendo espiritualmente
estéril para él e ineficaz para los demás.

El crecimiento espiritual del formando depende, por tanto, fundamentalmente de su


capacidad de interiorizar especialmente los dos valores terminales y los tres valores
instrumentales de su opción vocacional.

Interiorizar los valores evangélicos


En el análisis transaccional suele usarse más bien el término psicológico
de internalizar. Se trata realmente en sentido estricto de interiorizar los valores morales
de tal manera que quedan perfectamente integrados a la personalidad del individuo.
Los valores internalizados o interiorizados constituyen un elemento casi estructural de
la personalidad.

El comportamiento del individuo está determinado por las necesidades naturales y por
los valores interiorizados. Las necesidades naturales impulsan al hombre a obrar en el
sentido de satisfacerlas para el equilibrio de su ser. Los valores integrados ejercen una
función semejante en la dinámica psíquica para la adaptación a la situación existencial
global. Ejercen también ellos una presión interna en el sentido de determinar un
comportamiento adaptado para realizar estos valores.

La palabra internalizar se utiliza en el análisis transaccional para explicar las actitudes


morales internas y externas y los comportamientos que el hijo copia de sus padres. Lo
que los padres afirman más o menos categóricamente como bueno o como malo en el
sentido moral queda registrado por el niño como una verdad indiscutible, como una ley
moral severa, aun cuando esté en clara contradicción con su modo personal de ver o
de sentir. De este modo los primeros educadores despiertan o, mejor dicho, meten en
la cabeza, en el corazón y en la conciencia psicológica del niño los criterios de juicio
moral para la valoración de las acciones humanas. Debido a posibles graves errores
de formación moral en la infancia, a muchos adultos les cuesta luego un gran esfuerzo
poner un poco de orden en su conciencia moral deformada.

De un modo semejante a este proceso de desarrollo moral equivocado en la infancia,


también las informaciones correctas respecto a la conducta moral favorecen la
estructuración justa de la conciencia moral. Inculcar buenos principios morales de
comportamiento y de conducta, es decir, ayudar al niño a internalizar desde el principio
buenos principios morales supone enormes ventajas. Esto favorece el comportamiento
respetuoso y la conducta aceptable frente a los valores religiosos y sociales.

En la formación para la vida religiosa se trata de ayudar a los formandos:

a. A ver con claridad en el mundo semioscuro de los valores a través de unas


informaciones adecuadas.
b. A despertar libremente los valores fundamentales que corresponden a los fines
vocacionales.
c. A vivir los valores elegidos prácticamente a través de unas actitudes internas y externas
y de unos comportamientos adecuados.
d. En la confrontación inevitable entre valores y necesidades naturales destructivos de la
vida consagrada, aprende( poco a poco a hacerse tan fuertes que puedan decidirse de
forma cada vez más clara y eficaz en favor de los valores elegidos y proclamados.
e. A impulsar este esfuerzo por medio de una motivación adecuada y permanente.
Hay que dar ya por descontado de antemano cierto grado de debilidad humana, que se
traduce en errores y fracasos más bien ocasionales en este proceso de crecimiento. El
que cree que nunca se equivoca tiene que acordarse de aquello que dijo el Señor a los
fariseos en presencia de la adúltera: "El que de vosotros no tenga pecado, tírele el
primero una piedra" (Jn 8,7).

Para encaminar este proceso psicológico-espiritual de la internalización de los valores


evangélicos se requiere una excelente motivación. En una casa de formación, el
elemento principal de la motivación serán siempre los formadores con su ejemplo de
coherencia y de consistencia psicológica personal. Verba volant, exempla trahunt.

A medida que se va internalizando un valor se convierte en parte sustancial y dinámica


de la personalidad misma del sujeto. Empezamos a funcionar como el motivo profundo,
más o menos subconsciente. y, por tanto, espontáneo, de la manera de pensar, de
sentir, de querer y de obrar. Si pensamos que la actitud, el comportamiento y la
conducta de una persona es su modo característico de expresar sus motivos profundos,
podremos comprender el enorme alcance de esta internalización de los valores. Si el
sujeto internaliza valores malos, su comportamiento se verá condicionado por ellos.

Educar es ayudar al formando a internalizar motivos y valores positivos, esto es, que le
ayuden a edificar una personalidad constructiva del bien para él mismo y para los
demás.

La internalización de los valores vocacionales ayuda al individuo a cambiar su modo


natural de ser. El hombre natural ve, piensa,' siente y actúa según la carne. El cristiano
y el religioso que internalizan los valores evangélicos empiezan poco a poco a ver, a
pensar, a sentir y a actuar según la palabra de Dios. Se trata de una conversión del
corazón.

De la dificultad de internalizar los valores evangélicos se derivan para el religioso y para


el sacerdote toda una serie de funestas consecuencias propias del comportamiento
contradictorio. La más grave de estas consecuencias es, sin duda alguna, el bloqueo
de la eficacia apostólica a pesar de la buena voluntad del sujeto. Si además de esta
esterilidad apostólica, el religioso gravemente inconsistente a nivel psicológico
escandaliza a sus hermanos con su conducta incoherente, entonces ese hombre o esa
mujer se convierte en piedra de escándalo para la gente buena y sencilla. Una
verdadera catástrofe dentro de la comunidad local, escolar, parroquial... en que está
integrado.

En este caso, para una conversión radical el sujeto necesita ante todo más
informaciones, más conocimientos. Efectivamente, tengo la sospecha de que hay
religiosos que no consiguen vivir su vida consagrada de una forma coherente
simplemente por falta de una buena formación. Pero toda formación parte del
conocimiento de lo que se quiere. Y el conocimiento está hecho de informaciones. Pero
no es totalmente seguro que, para tener buenas informaciones, baste con participar en
una conferencia o en una exposición sobre la doctrina de la vida religiosa. De tres
personas que asisten a una conferencia, quizá haya una que comprenda, acepte y haga
suyo el 30 por 100 del contenido doctrinal expuesto por el conferenciante; otro se
quedará quizá sólo con el 10 o el 15 por 100, y es posible que el tercero apenas haya
comprendido un 2 por 100. Cada uno integra sólo lo que descubre personalmente.
Nuestro saber está hecho de descubrimientos personales.

Todo descubrimiento es una experiencia que toca más o menos profundamente a la


emotividad: alegría, sorpresa, miedo, rabia, entusiasmo, etc. La emoción más o menos
importante que acompaña al descubrimiento imprime la noción o bien la comprensión
experimentada a nivel de la inteligencia, de la representación, de la imaginación, de la
fantasía... dentro de la memoria. En este nivel este material es elaborado a través de
la comparación, de la confrontación, de la asociación... con otros conocimientos ya
integrados. Así es como se elabora el saber de cada uno. Repetir sólo mecánicamente
lo que ha dicho un instructor o un conferenciante no es nada más que una repetición.
No es un verdadero saber.

Así pues, dar mayor información al formando es ayudarle a comprender y a integrar


nuevas nociones respecto a su vocación. Esto es fundamentalmente un problema de
motivación. Si el alumno o el formando no aprende, el educador inteligente no lo
acusará de ser estúpido o perezoso, sino que se preguntará a sí mismo: "¿Cuál ha sido
mi error? ¿Qué es lo que hago o dejo de hacer para que este formando no sea sensible
a lo que digo..., a lo que hago?..."

Si lo que le digo a mi formando resbala por encima de él es porque no he conseguido


interesarle en ello. La falta de interés por lo que quiero enseñar puede tener una doble
explicación:

a. La cosa que yo creo importante puede no tener tanta importancia para el formando.
b. Mi forma de ser o de expresarme puede no tener verdadera significación para el
formando.

En todo caso, reprochar al alumno o al formando porque no aprende, en general, no es


una verdadera ayuda. Más aún, puede bloquear más todavía su sensibilidad. El primer
paso que hay que dar entonces será siempre que el formador se examine a sí mismo.
Quizá descubra que tendrá que cambiar la estrategia de su enseñanza, adoptar otro
método y, sobre todo, mejorar los incentivos para una motivación eficaz.

La calidad de la actitud externa y del comportamiento está siempre en relación con la


actitud interna. Y la calidad de esta actitud nace a su vez de la calidad de los
sentimientos, de las expectativas y de los deseos. La finalidad y la función de la actitud
y del comportamiento consisten en realizar los valores. Por consiguiente, a través del
análisis prospectivo de la actitud y del comportamiento de un formando se puede
descubrir algo respecto a los valores que intenta seguir. Los valores se buscan con un
empeño tanto más comprometedor cuanto más urgente es la necesidad personal que
hay que cubrir.

La falta de interés del formando para aprender nuevas informaciones, su aburrimiento


o no participación en la discusión de los valores vocacionales o de otro tipo dentro de
este contexto pueden muy bien esconder una preocupación íntima por otros valores.
Una preocupación demasiado intensa del formando por ideas, imaginaciones y
fantasías propias de otros valores bloquea su sensibilidad ante la motivación que
intenta el formador para presentarle su enseñanza. Por eso mismo, no podrá fijar su
atención en el tema del estudio y será incapaz de aprender.

En realidad, todo alumno y todo formando medianamente inteligente siempre está con
ganas de buscar y de aprender. Si el tema que se le presenta por el educador no
corresponde a sus necesidades fundamentales, lo dejará caer.

Pero seguramente no se queda psicológicamente inactivo. Lo que el educador llama


distracción del alumno es, en realidad, una actitud subconsciente de un esfuerzo mental
de búsqueda de un camino para salir de las dificultades en que se encuentra.

La verdadera ayuda a un formando que no demuestra tener interés en la adquisición


de nuevas informaciones y de nuevos conocimientos respecto a la vida religiosa
consistirá en asistirle en un trabajo personal de concientización de sí mismo. El
formando es consciente de sí en la medida en que se da cuenta del por qué de lo que
hace, de lo que piensa, de lo que sueña, de lo que desea... Un religioso plenamente
consciente de sí conoce siempre con mayor o menor claridad la finalidad profunda de
sus impulsos, de sus tensiones, de sus resistencias. Por eso precisamente no basta
con presentar al formando los valores evangélicos de la vida consagrada. Estos valores
no serán comprendidos ni deseados realmente hasta que el sujeto se haya
sensibilizado suficientemente para percibir toda su significación humano-espiritual.
Pero la sensibilización para esta visión y para esta comprensión íntima es tarea
principal de la motivación pedagógica, cuya responsabilidad corresponde por completo
al educador, al formador.

Un apoyo eficaz para la internalización de los valores consiste en la ayuda a asumir la


opción hecha, a discernir su propia vocación y a controlar sus sentimientos.

Ayudar a asumir. Se trata de ayudar al formando a tomar una conciencia clara de la


opción hecha y a asumir todas sus consecuencias. La mayor parte de los formandos y
de los jóvenes religiosos tienen necesidad de cierto espacio de tiempo para que lleguen
a asumir plenamente la opción hecha. Tienen, además, necesidad de un apoyo
amigable para poder superar las dudas y los temores. Abandonados a sus propias
fuerzas podrían desanimarse.

Luego será necesario que lleguen a asumir también una forma de actividad apostólica
que no se base en el deseo de realizarse, sino en el deseo de perderse, de morir por
causa del Reino. Para que el formando o el novicio pueda hacerlo con eficacia es
menester que comprenda que la realización de sí del consagrado consiste
precisamente y tan sólo en la realización de los grandes valores de la vida consagrada.
Esto supone una ayuda al formando en el sentido de que tenga el coraje de escoger
libremente el contenido y la orientación de la realización de sí. Esta realización es
siempre para el religioso el fruto del empeño del hombre por vivir con fidelidad su
trascendencia a través de los valores trascendentales que ha escogido y asumido.

El punto más delicado y también el más decisivo del pro-ceso de formación para la vida
consagrada es el de armonizar las exigencias de las necesidades naturales con las de
la llamada de Dios a la vida consagrada. La capacidad de llevar a cabo esta tarea
permite al formando vivir de modo coherente los valores elegidos y proclamados. El
fracaso en este intento significaría que el sujeto no está en su lugar debido. Para no
arruinar por completo su vida y para que no siga haciendo daño a sus compañeros
debería reconsiderar su primera decisión y hacer una nueva opción. Por con-siguiente,
se trata de un problema crucial que exige una nueva decisión. En ese caso, el superior-
formador tiene el sagrado deber de asistir al formando para ayudarle a encontrar una
salida digna de su estado de ánimo.

Todos los incentivos pedagógicos de la casa de formación que buscan la realización


de un valor de la vida religiosa son buenos. Más aún, las iniciativas personales que
ofuscan de algún modo estos valores son malas.

El consagrado se realiza viviendo intensamente los valores trascendentales del


evangelio. Pero esto es posible en la medida en que quedan internalizados esos
valores. A medida que el formando logra internalizar los valores que proclama con su
decisión de consagrarse a Dios en la vida religiosa, se va convirtiendo realmente en
una persona consagrada, ya que sus actitudes y sus comportamientos nacen
espontáneamente de esos valores y no ya de sus necesidades naturales. En efecto, la
conducta de cada individuo es la manifestación concreta de lo que es. Somos en lo más
profundo de nuestro ser lo que son nuestras convicciones y evidencias más profundas,
que no siempre son plenamente conscientes.

La madurez espiritual está condicionada por la madurez psicológica, ya que gratia


supponit naturam. Psicológicamente maduro es el religioso que logra conciliar de
manera adecuada las exigencias del reino de Dios con sus necesidades naturales de
éxito, de autonomía personal, de amar, de ser amado...

Si el formador es una personalidad suficientemente madura, equilibrada y tranquila...,


el formando se sentirá ayudado por la sola presencia del mismo en su vida.

6. La motivación
Nadie ignora que en un momento importante de su vida toda persona experimenta una
situación psicológica particular. En cierta manera se puede decir también que cada
momento es vivido de un modo particular. Hablando con todo rigor, se diría precisamente
que no hay dos momentos absolutamente iguales en la vida de un hombre. Por
consiguiente, el hombre es un ser fundamentalmente inestable.

Para adaptarse a las nuevas circunstancias de cada momento, el hombre se sirve de un


mecanismo psicológico propio que llamamos motivación. La motivación consiste en un
impulso interior que lleva al individuo a organizar su actitud y su comportamiento para
adaptarse a una concreta situación psicológica. Ejerce, por tanto, en el conjunto del
organismo un papel de modificación de la conducta. Se dice que el individuo está
motivado para hacer esto o aquello cuando está en disposición de actuar en este o aquel
sentido por un objetivo concreto.

La motivación es una energía psíquica. Se desencadena en virtud de un estímulo interno


o externo al individuo. El estímulo nace de la percepción de la posibilidad ofrecida por
un objetivo, por una persona o bien por un deseo. El estímulo funciona como un impulso
para reaccionar frente a una situación determinada.

Algunas veces el estímulo puede crear una necesidad que antes no existía. La necesidad
engendra la energía motivadora.

El individuo puede estar espontáneamente motivado para obrar en cierto sentido, para
un determinado tipo de comportamiento. Pero espontáneo no significa sin causa. Lo
mismo que en el mundo físico, tampoco en la vida se da ningún movimiento que no esté
causado por un motivo o motor.

También es posible que una persona motive a otra para que se mueva en un sentido
previsto por la primera. Esta posibilidad nos abre una gran perspectiva en el terreno de
la pedagogía. En efecto, podemos influir activamente en el ritmo y en el sentido del
aprendizaje y del crecimiento de la personalidad. Esta intervención directa en la vida del
niño y de los jóvenes no significa ciertamente formar un tipo determinado a ultranza. Si
no respetamos la libertad de los jóvenes para que elijan de forma autónoma su destino
de vida, nos equivocaremos profundamente. Educar y formar no es intoxicar la mente
de los jóvenes con ideologías que rechazan ni someterles a un lavado de cerebro. Un
proceso de formación sistemática en la vida religiosa supone no ya la aceptación del
formando solamente, sino su opción libre de seguir ese camino a fin de alcanzar su
objetivo vocacional.

El factor fundamental de toda opción y de todo método más o menos complejo para
obtener un resultado previamente fijado es la existencia de un motivo que anime al sujeto
a la acción.

Así pues, motivar es el arte de desencadenar en el individuo energías que lo lleven a


actuar en el sentido querido directamente por el maestro y libremente aceptado por el
sujeto, con un medio adecuado a la consecución del objetivo de su ideal. Y esto significa
intervenir directamente en el comportamiento del formando. Se da por descontado la
libre aceptación de una ayuda por parte del responsable para el ingreso en una
institución.

Al comienzo de cualquier acción intencionada siempre encontramos una motivación. Se


trata de una energía interna de la que se sirve el individuo para organizar los medios de
que dispone para conseguir el fin que ha previsto. Todo sucede como cuando uno tiene
hambre o sed. Ante el hambre o la sed que experimenta, se siente también movido a ir
a buscar o a inventar los medios que le permitan encontrar el agua o la comida. El
desequilibrio que se ha experimentado con la necesidad de comer o de beber que se
presentó desencadena siempre un mecanismo interno de defensa, una energía psíquica
que impulsa al individuo a procurarse los medios para aplacar el sufrimiento de la
necesidad y restablecer lo antes posible el equilibrio orgánico.

Todo comportamiento y toda conducta están siempre motivados. Frente a la actitud o el


comportamiento de un individuo podremos siempre preguntarnos: "¿Por qué hace esto
o aquello?... ¿Por qué actúa de este modo?"

Todo movimiento hecho para un cambio cualquiera corresponde al deseo de satisfacer


una necesidad. Por ejemplo: satisfacemos el deseo de comer para aliviar el sufrimiento
de la necesidad, es decir, de la carencia de alimento. Satisfacemos el deseo de
descansar para suprimir el malestar de la fatiga.

El equilibrio externo e interno, físico, psíquico y espiritual sufre alteraciones


continuamente debido al proceso extraordinariamente dinámico de la vida. Estas
modificaciones significan muchas veces un pequeño desequilibrio del bienestar con la
necesidad respectiva de encontrar un nuevo equilibrio a través de un nuevo
comportamiento adaptado.

La acción voluntaria supone siempre el muelle impulsor de un motivo. El motivo es un


factor que repercute directamente en el proceso psicológico de la motivación para una
modificación del comportamiento. Se puede decir también que se trata de un argumento
que justifica la iniciativa y el esfuerzo por la conquista del objetivo ambicionado. El motivo
puede ser un objeto exterior al individuo, como, por ejemplo, cuando un niño ve un
juguete e insiste en tenerlo, ese objeto constituye el motivo para desencadenar todo el
proceso tan complejo de una motivación. Otras veces el motivo para desencadenar este
proceso puede ser una sensación interna de malestar, como, por ejemplo, el nerviosismo
que lleva a una persona a buscar un cigarrillo o un vaso de vino para fumar y beber. He
aquí por qué incluso una simple ambición o bien una aspiración al éxito o el miedo al
fracaso pueden funcionar también como motivos. En sentido más amplio, cualquier
hecho conocido puede inclinar a uno a una acción. En ese caso ese hecho se convierte
en un motivo para obrar.

Motivar
De todo lo que llevamos dicho se puede ya deducir la enorme importancia de la
motivación en la pedagogía y en los métodos de educación y de formación. Desde el
punto de vista pedagógico, motivar es:

 Despertar el interés.

 Sostener el interés.

 Orientar el interés.

A la luz de este concepto queda claro que la motivación es un elemento esencial en


todos los métodos de educación y de formación. Podemos considerarla incluso como la
cosa más importante que el educador y el formador tienen que hacer con los alumnos y
los formandos. Se trata del tema central del arte de la pedagogía.

La eficacia de la motivación pedagógica como instrumento de educación y de formación


depende sobre todo de la comprensión que el educando consigue tener en la relación
que existe entre su esfuerzo personal y el objetivo mediato e inmediato del mismo. Para
facilitar la eficacia de la motivación didáctica, ésta tiene que ser lo más natural y
espontáneamente interesante que se pueda. Estas condiciones dependen mucho de la
personalidad del educador. Hay maneras de ser y de expresarse que constituyen por sí
mismas una buena motivación para el respeto, la atención y la acogida de los alumnos.
Estos se sienten espontáneamente inclinados a tomar una actitud abierta y receptiva.
Por otra parte, también es verdad que la fuerza de una motivación lograda puede suplir
en parte la pobreza de ciertas aptitudes personales de un educador o formador.

Se da una relación directa entre la motivación y los métodos de coordinación y de


animación de una comunidad. El éxito o el fracaso de un superior en su tarea de
gobernar una comunidad religiosa depende sustancialmente de su habilidad para
señalar motivaciones justas y verdaderamente eficaces. El superior estimula o
desalienta a una comunidad sobre todo por las motivaciones que emplea en sus
relaciones con cada uno de los miembros y con el conjunto de la comunidad.

¿Por qué es tan importante motivar activamente a los educandos, a los formandos y a
los miembros de una comunidad religiosa?

La respuesta espontánea a esta pregunta es que mediante la motivación se organizan


los incentivos, los procedimientos didácticos y la sistematización del ambiente. Son
precisamente estos aspectos de la actividad pedagógica los que interfieren con mayor
profundidad en el comportamiento y en la conducta del grupo. Un grupo escolar o
formativo reacciona espontáneamente de acuerdo con la naturaleza de los incentivos y
de los procedimientos didácticos. Ningún educador o formador moderno ignora el influjo
que el ambiente ejerce en la actitud y el comportamiento de los niños y de los jóvenes.
La psicología de la propaganda, de la venta, la arquitectura, el comercio, la industria,
hasta los bares utilizan actualmente un uso refinado de las líneas, de la forma, de los
colores, de los materiales, de la música funcional..., todo ello para condicionar a las
personas para el objetivo previsto: vender más, producir más, consumir más, atraer con
mayor fuerza, incitar a volver de nuevo... Por eso precisamente también la escuela, una
casa de formación y una comunidad religiosa tienen que organizar sus ambientes de
vida, de estudio, de oración, de trabajo, de tal forma que motiven a las personas para
que vivan bien y trabajen con alegría. Es necesario motivar a los alumnos y a los
formandos para que puedan desarrollar su esfuerzo de crecimiento personal con
entusiasmo, con perseverancia y con buena voluntad. Los alumnos y los jóvenes
formandos no convenientemente motivados por sus maestros se aburren y se hacen
perezosos o rebeldes. Se sienten oprimidos y desalentados. Viven y trabajan con rabia
y con miedo. Y por eso sus actividades discentes pierden en eficacia.

Con la vida comunitaria ocurre lo mismo. Una comunidad religiosa convenientemente


motivada para la vida comunitaria de hermandad, de oración y de actividad apostólica
vive en armonía y cumple con su función en la Iglesia. En el caso contrario puede
transformarse en piedra de escándalo para nuestros hermanos laicos y, por
consiguie1te, en una institución no sólo inútil, sino incluso nociva para el reino de Dios.

Impulsar a las personas para que actúen y organicen su actividad y su comportamiento


usando únicamente su fuerza de voluntad o bien en virtud del imperativo categórico para
que cumplan con un deber no produce buenos efectos en orden al crecimiento personal.
Se pueden obtener resultados objetivos relativamente buenos, pero generalmente no
producen cambios profundos. Una educación y una formación voluntaristas son
generalmente superficiales y más aparentes que reales. Actúan en la personalidad de
una manera parecida a un alimento tragado a la fuerza.

El sujeto experimenta el voluntarismo en su intimidad como una forma de opresión que


él se impone a sí mismo. Por eso le repugna, ya que toda violencia y opresión siempre
son destructivas por naturaleza. Engendran fuerzas de inhibición de la energía creadora.
Si esa energía quedase bloqueada, el hombre no podría ya gozar de la alegría de vivir
en sus relaciones interpersonales ni tendría la verdadera satisfacción de ser autor, de
ser padre de sus propias obras. Su vida se quedaría un tanto vacía de sentido. Es ésta
una de las causas más frecuentes de los desalientos y de la mediocridad existencial de
algunos religiosos.

Si la motivación se hace con inteligencia, lleva a las personas a obrar espontáneamente


con entusiasmo y con gozo en el sentido por el que han actuado. Con buenas técnicas
y procedimientos educativos, el formador consigue interesar a los formandos en todas
las actividades que les propone. En la vida comunitaria sucede lo mismo. Por eso, saber
motivar es una de las cualidades y de los conocimientos requeridos en todo educador y
en todo maestro en todos los niveles de la formación escolar. Y debería ser una
condición sine qua non para un cargo de formador y de superior en la vida religiosa.

Una casa de formación en donde se hace una buena motivación constituye un punto de
atracción para un joven formando. Los religiosos toman cariño a una comunidad en
donde la gente se siente motivada para vivir la hermandad, la amistad, donde hay unión
y solidaridad, donde se puede rezar de verdad y donde, por consiguiente, se vive con
alegría.

El formando motivado se muestra curioso respecto a todo lo que sucede en su


comunidad, está atento a todos los acontecimientos. Trabaja y busca para encontrar las
cosas. Manifiesta una sed natural de saber y de saber hacer. En una palabra, trabaja
con alegría... y crece...

Motivar al formando es presentarle razones y motivos que sean de tal naturaleza que lo
muevan a tomar actitudes y comportamientos adecuados para la consecución del
objetivo propuesto. ¿Cómo saber si un formando está adecuadamente motivado?

Hay varios medios y señales que nos permiten averiguarlo:

a. Actitud adecuada a la actividad que tiene que desarrollar.


b. Orientación de aquellas actividades que conducen claramente al objetivo propuesto.

Cualquier individuo con inteligencia normal es capaz de interpretar correctamente estos


signos.

La fuerza de la motivación depende de la intensidad del interés que despierta en el sujeto


respecto al objetivo que hay que alcanzar. Por eso, para que se produzca la motivación
es muy necesario que el formador insista en el valor de los motivos que presenta. Pero
la apreciación de este valor depende sobre todo de la manera con que se presenten
esos motivos. Para poder presentarlos de la forma más adecuada es menester que el
formador esté profundamente convencido de dicho valor. El grado de autenticidad de
sus sentimientos en este sentido condiciona el grado de fe y de confianza con que le
creerán los formandos. Bajo este aspecto, los niños y los jóvenes son, en general, más
sensibles de lo que a veces pensamos los adultos. Se diría que poseen un sexto sentido
para percibir el grado de nuestra veracidad. Cualquier tipo de falsedad será recibido por
lo menos con cierta desconfianza, que se experimentará aunque no se manifieste
abiertamente.

El secreto del éxito de un educador y de un formador consiste en su arte de motivar a


los educandos. Consiste en su capacidad de despertar, de sostener y de orientar el
interés de los formandos. Esta habilidad es en parte innata y en parte adquirida. Hay
características de la personalidad que constituyen por sí mismas un factor espontáneo
de motivación para los formandos. Las encontramos en todos los grandes formadores,
empezando por Jesucristo, pasando por san Pablo y los demás apóstoles tras la venida
del Espíritu Santo sobre ellos. Hay ejemplos históricos que ya hemos citado
anteriormente. Seguramente también el lector conocerá ejemplos de hombres y de
mujeres que son educadores y formadores con gran éxito. Basta con observar un poco
su método de trabajo para descubrir sin dificultad que su secreto está en la motivación
que logran poner por obra en medio de los formandos. Resulta que hay formadores y
educadores que motivan espontáneamente a los alumnos y los formandos sin que éstos
se den cuenta de ello. Una fuerte personalidad, con su modo natural de ser y de
manifestarse, puede ser un triunfador en todo lo que emprende. La explicación de este
fenómeno social está en el hecho de que estas personas tienen una personalidad que
posee el precioso poder de motivar espontáneamente a los que se acercan a ellas. Son
abiertos, sencillos, comunicativos, respetuosos, benévolos, inspiran confianza... Por
fortuna, con buena voluntad y algunos conocimientos de las ciencias humanas todo
educador y todo formador podrá mejorar siempre su propia personalidad y su capacidad
de motivar a sus formandos.

El sentimiento de éxito

Existe en el proceso de la motivación un elemento psicológico capaz de sostener y de


mantener viva y eficaz la energía motivacional durante períodos más o menos largos. Es
lo que llamamos el sentimiento de éxito.

El éxito de una experiencia hace nacer la confianza. La confianza en la posibilidad de


tener éxito favorece el esfuerzo y da nuevos impulsos para iniciar nuevas experiencias.
La repetición de la experiencia hecha con éxito tiende a estabilizar una motivación
permanente. De este modo, todo éxito en un intento por la solución de un problema
refuerza la confianza en el éxito del esfuerzo realizado. El descubrimiento del camino
para llegar a la solución que se busca aumenta la confianza personal del sujeto en su
capacidad personal.

El elemento fundamental del sentimiento de éxito es, por tanto, la fe del sujeto en la
posibilidad de lograrlo. Cuanto más se transforma esta fe en una convicción que se va
convirtiendo poco a poco en evidencia, tanto mayor será la seguridad del individuo en sí
mismo. Esta seguridad es una actitud permanente de confianza, que nace de la
experiencia de éxitos sucesivos.

El sentimiento de éxito refuerza extraordinariamente la motivación inicial. Por eso, el


educando y el formando tienen necesidad de saber en cada momento si los resultados
de su esfuerzo corresponden a lo que se esperaban y a lo que el formador deseaba de
ellos. Sin ese conocimiento el formando permanecería a oscuras, sin saber si está o no
está en el camino justo. Nadie acepta que le obliguen a marchar por un camino sin saber
adónde irá a parar. No basta con explicarle al comienzo de la marcha el sentido de una
peregrinación tan larga..., larga como la vida entera. La juventud es un tiempo demasiado
precioso para que se gaste en ligerezas o en simples aventuras. La decisión de entrar
en la vida religiosa o en el sacerdocio es una decisión existencialmente demasiado
importante para exponerse estúpidamente a un fracaso. Cualquier joven inteligente
desea saber con la mayor claridad posible si se dan o no se dan las condiciones mínimas
para tener éxito.
Para estar constantemente informado sobre este punto, el formando tiene necesidad
urgente del acompañamiento de su formador. Este tendrá que estar constantemente
atento a las actitudes y los comportamientos del formando para valorarlos en orden al
crecimiento del sujeto. De vez en cuando los resultados de estas observaciones v
verificaciones tienen que comunicarse y discutirse objetivamente con el interesado para
que tome conciencia de su propia situación. Tener conciencia de que va progresando en
el sentido deseado por el formador responsable constituye una poderosa motivación. Un
formador inteligente y hábil, al final de una discusión de este género acaba siempre
tranquilizando al formando con su simpatía, con su ayuda y su estima. Saber que su
superior responsable está contento de él a pesar de sus debilidades es para el formando
un motivo para un esfuerzo mayor de superación y de crecimiento en el sentido de su
opción vocacional.

Esquema básico del proceso de la actividad motivada

Toda actividad planificada se va desarrollando a través de tres fases de pensamiento


lógico:

a. Estructuración esquemática del plan general.


b. Motivación.
c. Ejecución.

El que se dispone a realizar una obra cualquiera toma en primer lugar una actitud mental
estratégica. Organiza imaginativamente un plan general. De acuerdo con cada caso, el
plan general se va estudiando en sus detalles. Para la ejecución de éstos se prevén
otros tantos proyectos específicos.

La decisión de organizar un plan supone que se ha realizado ya la concepción de una


idea. Pero la idea nace de la percepción de un objeto o de un acontecimiento
significativo, es decir, de algo que ha desencadenado un proceso motivacional.
Organizar concretamente el plan y los proyectos para lo que se desea realizar es un
nuevo motivo que refuerza la motivación inicial.

Por consiguiente, hablando con todo rigor, la concepción del plan, la organización del
mismo y la motivación constituyen en el fondo aspectos distintos de un mismo y único
proceso mental-comportamental. Se desarrollan sincrónicamente.

Pero existe también una diferencia dinámica fundamental entre la motivación y la


estructuración concreta de un plan de acción. Es la siguiente: cronológicamente, la
motivación precede al principio de la acción. Pero hay más todavía; cuando se ha
realizado la primera fase de la acción, es decir, la organización concreta del plan,
entonces la motivación se ve reforzada por esta experiencia que normalmente sigue
estimulando al sujeto a pasar a la tercera fase: la ejecución del plan a través de la
realización sucesiva de los diversos proyectos.

El éxito en la realización de un proyecto significa el refuerzo de la motivación para la


realización del proyecto siguiente. De este modo, de éxito en éxito, el individuo va
progresando en la construcción prevista del plan general. Un éxito parcial es motivo para
una nueva iniciativa cargada de optimismo y de confianza. Así es como se progresa. Así
es como se crece.

La actividad organizativa para la conquista de objetivos intencionados es una cualidad


esencial al hombre. Los animales no prevén ni organizan planes ni proyectos. Actúan
espontáneamente, impulsados directamente por su instinto.

En último análisis, vivir es amar. Pero no es posible amar sin resolver problemas. Por
consiguiente, la actividad del trabajo es también indispensable para todo el que quiera
vivir y amar.

La actividad para estructurar el esquema de un plan o de un proyecto se desarrolla a


través de tres etapas:

 Visión.

 Resonancia emocional.

 Deseo.

Visión

El sujeto ve el objetivo porque lo ha descubierto casualmente o porque alguien se lo ha


presentado. Así es como nace generalmente la vocación a la vida religiosa. El niño o el
joven se encuentran con un religioso, con una religiosa, con un sacerdote que les
impresiona por cualquier motivo personal, a menudo puramente humano. Otros
empezaron a pensar en la posibilidad de entrar por este camino después de una
conferencia, de una homilía, de una catequesis sobre la vocación religiosa o sacerdotal.
Hay casos que descubren la vocación religiosa a través de una lectura... De todas
formas, la primera etapa de una vocación siempre consiste en ver esta posibilidad como
un objetivo.

Si el objetivo propuesto despierta en el sujeto el interés por el asunto, lo analizará. La


primera tarea de un formador que se ocupa de las vocaciones religiosas o sacerdotales
es la de ofrecer al posible candidato todos los informes que necesita para aclarar el
objetivo que ha podido percibir. Esas informaciones le permitirán conocer con claridad
desde el principio al menos tres aspectos del problema:
— Qué es lo que verdaderamente busca.

— Cómo podrá encontrar lo que busca.

— Cuándo podrá alcanzar el objetivo que en cierto modo le atrae.

Se trata de las nociones mínimas sobre la vida consagra-da: su significación evangélica,


eclesial y existencial; las condiciones y los medios que hay que emplear para convertirse
en una persona consagrada; los aspectos jurídicos para la entrada y la permanencia en
la vida religiosa consagrada.

Resonancia emocional

La comprensión clara en lo que se refiere a los aspectos fundamentales de la vida


religiosa o sacerdotal despierta naturalmente en el joven ecos emocionales. La cualidad
de la emoción que experimenta se manifiesta a través de su actitud frente a la cuestión
discutida. En general, la emoción vivida aparece externamente bajo una de estas tres
formas:

— Indiferencia.

— Atracción.

— Repugnancia.

Cada uno de estos tres aspectos revela una motivación distinta frente al objetivo.

La actitud de indiferencia nos dice que el objetivo presentado no ha sensibilizado al


sujeto. Por eso no ha despertado ningún interés. No existe, pues, ninguna energía
interna capaz de mover al individuo en la dirección de ese objetivo.

La actitud de atracción revela la existencia interna de una energía psíquica de interés


que impulsa al individuo a moverse en el sentido de este objetivo. Se dice que está
inicialmente motivado. Es tarea del formador interferir en este momento con encuentros
formales e informales a fin de sostener este interés inicial v pensar en acudir a
procedimientos inteligentes a fin de estimular el aumento del mismo.

La actitud de repugnancia significa un rechazo del objetivo. El sentimiento de


repugnancia es un mecanismo de defensa frente a un objetivo visto o presentado como
una posibilidad. En ese caso sería prácticamente inútil insistir en el intento de despertar
un interés en donde hay señales claras de rechazo. Más aún, intentar convencer a un
joven para que entre en una casa de formación y para que haga un intento de adaptación
al estilo de vida que allí se vive podría resultar peligroso. Un condicionamiento artificial
de la vocación a partir de medios externos acaba siempre en una religiosidad
moralmente frágil y psicológicamente débil. En ese caso, al faltar una decisión
verdaderamente personal, basada en unos valores evangélicos bien asimilados, esos
religiosos y sacerdotes estarían expuestos a toda clase de sufrimientos neuróticos y de
inadaptación comunitaria y apostólica. Muchas veces acaban abandonando un género
de vida que en realidad no han querido nunca personalmente. Una decisión vocacional
o es auténticamente personal y libre o no es una verdadera decisión.

Ordinariamente, el comportamiento del formando a lo largo del período de su formación


fundamental, hasta su profesión perpetua o hasta su ordenación sacerdotal, se
desarrolla como una consecuencia de su actitud inicial frente al problema vocacional. Si
no existe al principio un signo seguro de una cierta atracción, quizá sería lo mejor ayudar
al posible candidato a insertarse en otra realidad distinta. Parece ser que la primera señal
concreta de una verdadera llamada del Señor a la vida consagrada es precisamente la
atracción, aun cuando la atracción por sí sola no sea nunca una señal segura. Para la
confirmación de la existencia de una verdadera vocación se requieren, además, otras
condiciones.

Deseo

La emoción de sentirse atraído por un objetivo despierta también cierto grado de


ansiedad por poseer. El ansia es un malestar al mismo tiempo psíquico y físico, algo así
como un temor difuso, una inseguridad o una desgracia inminente. El ansia asociada al
deseo expresa el miedo de perder lo que se ha visto como algo capaz de satisfacer una
necesidad profunda.

El deseo es un sentimiento de respuesta a la emoción de la atracción. Consiste


psicológicamente en la experiencia personal de un impulso. Solamente la adhesión
afectiva al objetivo visto como un objetivo hace que el esfuerzo por crecer y por formarse
resulte agradable y, por tanto, deseable. No basta con que el formador le diga al
formando que tiene que amar su vocación. Semejante manera de hablar no tiene ningún
sentido para el formando. Podrá amar únicamente lo que es experimentado y vivido por
él como digno de ser amado. Uno no ama porque tenga que amar. El que ama, ama
porque puede amar, porque siente que ama, porque no puede menos de amar.

Todo lo que hastía y todo lo que mortifica repugna naturalmente. Pero esta afirmación
no quiere decir que el hombre tenga que buscar y aceptar únicamente las cosas y las
situaciones que le hacen experimentar cierto gozo, cierto placer o cierta satisfacción.
Esto sería caer en el error del hedonismo. El hedonista reduce su vida a la búsqueda de
sensaciones agradables y a la huida de todo lo que pueda hacerle sufrir. Buscar para sí
mismo solamente los sufrimientos sería caer en el extremo opuesto, en el masoquismo.
También aquí la virtud está en el medio. El placer y el sufrimiento son dos cosas
inevitables en la vida. Por consiguiente, el que quiera vivir en la realidad tiene que
aceptar a priori los gozos ofrecidos espontáneamente por la vida y las frustraciones que
son inevitables.
Es importante que el formando sepa que la realidad de la vida religiosa vivida tal como
debe vivirse es fuente de muchas alegrías puras, de muchas satisfacciones, pero
también de sufrimientos ineludibles, lo mismo que ocurre con cualquier otro estado de
vida. Por eso, una opción vocacional hecha sobre la base de la búsqueda del placer o,
por el contrario, de la necesidad de sufrir para expiar ciertas culpas, sería seguramente
una decisión equivocada y peligrosa para el equilibrio existencial del sujeto.

Incluyen el deseo sentimientos de ambición, de ansia y de apetencia... Los tres están


animados del impulso por conquistar el objetivo descubierto como un bien que hay que
integrar. El grado de intensidad del deseo determina la fuerza de la motivación. Estimular
el deseo de alcanzar el objetivo final es, por consiguiente, intensificar la motivación.
Unicamente un deseo muy grande es capaz de establecer una motivación dominante.
Es esto una gran ventaja para el formando. Ayudarle a unificar todas sus energías
psíquicas y a canalizarlas en una sola dirección: la del objetivo vocacional. Es fácil
comprender la velocidad del ritmo de progreso en el acercamiento del sujeto a su
objetivo, que se ha convertido casi en el único punto de atracción de sus pensamientos,
emociones y actividades. Es éste el máximo de motivación que tiene que buscar un
formador a través de todo lo que puede emprender para la educación de los jóvenes.
aspirantes y novicios.

La motivación dominante tiende a fijar y a estabilizar la atención del sujeto, permitiendo


de este modo una gran concentración de la conducta. La actitud externa del individuo en
una situación de gran concentración mental en torno a un punto de atención se
caracteriza por la inhibición de los movimientos externos caracterizada por una intensa
actividad mental: observación activa, búsqueda, pensamiento lógico, organización
mental de un plan de acción, cálculo de los riesgos, saboreo previo del sentimiento de
éxito y..., final-mente, decisión final de actuar o bien de desistir de la empresa.

Un interés grande tiende a eliminar del campo de con-ciencia las interferencias extrañas
al objetivo principal en la medida en que el sujeto se siente motivado por este objetivo.
Las desviaciones de la actividad demasiado frecuentes o demasiado grandes en el
sentido del objetivo propuesto significan siempre lo mismo que las distracciones
demasiado frecuentes o demasiado grandes en la oración: debilidad o falta de
motivación.

El interés dominante en una situación cualquiera hace que esa situación resulte muy
agradable. El sujeto parece como si estuviera embriagado de gozo, de satisfacción
espiritual, científica, poética, artística, mística... Se diría que se trata de la concreción del
instinto de creatividad. "Vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que todo era bueno"
(Gén 1,31). "Dios dio por terminada su obra el séptimo día, y en este día cesó de toda
obra que había hecho. Dios bendijo este día y lo santificó" (Gén 2,2-3). Después de cada
obra puesta al día a través de una intensa actividad dirigida y dinamizada por una
motivación dominante, el hombre creador, como borracho de satisfacción por el éxito
obtenido, se relaja y se pone a descansar...
Solamente las respuestas claras al porqué, al cómo y al cuándo de un proceso de
acción sistemática son capaces de desencadenar la conducta plenamente adecuada a
la consecución del fin propuesto. Dar respuestas acertadas a los interrogantes del
formando es un problema de informática que corresponde resolver al formador.

La conducta del formando debidamente motivado no siempre es necesariamente la


respuesta más atinada al de-seo de alcanzar el objetivo. Cabe pensar que es más bien
una consecuencia directa de la naturaleza de las informaciones que posee sobre el
objetivo. Inmediatamente se percibe la importancia para el formador de volver siempre
de nuevo sobre el tema de la información. No bastan, cierta-mente, las informaciones
iniciales mínimas para un primer impulso motivador. Las informaciones sobre el objetivo
tienen que repetirse con frecuencia para profundizarlas y ampliarlas cada vez más. La
repetición de las informaciones es uno de los factores esenciales para el sostenimiento
y para la orientación de la motivación.

Dinámica psicológica de la motivación

Desde el punto de vista psicológico, la motivación puede comprenderse como un


dinamismo psíquico que desencadena los medios eficaces para la consecución de un
fin establecido de antemano, aun cuando ese fin no sea claramente consciente. Se trata,
por tanto, de una energía interna, de una fuerza que impulsa al individuo a actuar en un
sentido determinado.

Así pues, motivar para una acción es hacer algo que haga nacer en el individuo un
impulso que lo lleve espontáneamente a asumir esta o aquella actitud, a obrar de esta o
de aquella manera. La primera condición para que nazca una verdadera motivación es
que lo que se hace con esa finalidad sea verdaderamente reconocido y aceptado por el
individuo como algo que le ayuda. Se plantea aquí el problema de la adecuación de los
incentivos, un problema que aclararemos a continuación.

Cabe pensar que el formando está adecuadamente motivado si realiza con alegría y con
entusiasmo sus tareas de trabajo, de estudio, de oración formal personal y comunitaria;
si actúa con naturalidad y con gozo.

Los incentivos

Incentivar es estimular. Los incentivos pedagógicos son, por tanto, los procedimientos
didácticos destinados a estimular unas actividades discentes adecuadas a
desencadenar procesos internos de motivación para las actividades apropiadas a la
consecución del objetivo propuesto. Todo lo que el formador haga a fin de despertar, de
hacer crecer y de mantener el interés del formando por la actividad orientada hacia el fin
propuesto puede calificarse con el nombre de incentivo.
Para que un incentivo produzca el efecto deseado tiene que ponerse de acuerdo con
determinadas condiciones. En primer lugar, el formando tiene que saber claramente la
finalidad de lo que se le pide que haga. Después es necesario que comprenda el valor
funcional de crecimiento personal que se realiza a través del incentivo propuesto.

Justificar un incentivo cualquiera por la explicación de una razón parecida a una prueba
de capacidad de obediencia ciega es correr el riesgo de que no se le acepte. Repugna
naturalmente aceptar el sacrificio de un valor esencial a la dignidad humana: la libertad
de decisión personal. Verse obligado a decidir sin haber comprendido todavía en
profundidad la ley evangélica de "perderse por el Reino..." y de la necesidad de que "el
grano de trigo se pudra para que pueda dar fruto..." es correr el riesgo de desalentarse.

Un formador que tenga el debido sentido común será siempre muy prudente a la hora
de poner incentivos un tanto extraordinarios. Intentará aclarar ante todo el porqué de la
exigencia o bien de la oportunidad de seguir aquello que propone como incentivo.
Aquellas famosas "pruebas" a las que los antiguos formadores sometían a los novicios,
más o menos simples, ingenuos y sin mucha cultura, quizá no puedan ser comprendidas
fácilmente por los jóvenes mejor in-formados de hoy. El formador podría exponerse al
ridículo y a la pérdida del importante factor pedagógico de su prestigio personal.

El incentivo es el medio práctico más eficaz que posee el formador para asegurar la
continuidad de la motivación. Sin una buena motivación no se logrará nunca una
interiorización de los grandes valores evangélicos. Y si este objetivo quedase frustrado,
habría fracasado toda la formación. Por consiguiente, vale la pena tomar todos los
medios para que quede bien asegurado el mantenimiento de una motivación capaz de
garantizar un esfuerzo eficaz de crecimiento en el sentido vocacional.

Los incentivos más importantes para la formación

Al formando no le basta con saber que Dios lo llama. Tiene que descubrir, además, que
puede dar una respuesta válida a esta llamada. Se trata de favorecer el desarrollo de
una actitud eficaz para el esfuerzo personal de búsqueda del camino exacto.

Entre otros incentivos que son ciertamente útiles para una buena motivación están los
siguientes:

a) Crear y mantener un clima de libertad y de creatividad

En la cárcel, el hombre no se mueve creativamente. Es capaz de movilizar sus energías


constructivas solamente si se siente libre. El prisionero utiliza sus energías vitales para
defenderse y para excavar una galería de escape. El hombre ha sido creado para vivir
libre. La libertad es, por consiguiente, una de las condiciones para que pueda ser
verdaderamente hombre. Unicamente el hombre libre dispone de medios para realizarse
existencialmente según su propia naturaleza.
b) Recordar de vez en cuando el sentido de responsabilidad

El religioso ha sido llamado para prestar un servicio a los demás. Para salvarse basta
con observar los mandamientos de Dios. La vocación para la vida religiosa tiene siempre
un sentido social. El Señor llama a un hombre a este género de vida para ayudarle en
su obra de salvación del mundo. Para anunciar la buena nueva de la salvación ha
querido que se le asocie un pequeño grupo de compañeros. Nos ha querido indicar de
este modo que la obra de la salvación es de una responsabilidad colectiva. Por eso
precisamente un auténtico apóstol religioso se alimenta siempre de un profundo
sentimiento de solidaridad y de corresponsabilidad.

La animación adecuada y eficaz se fundamenta ante todo sobre la base de la motivación,


de los estímulos positivos y de una orientación segura. Tiene que procurar que el estado
interior del formando sufra una discreta presión para que vaya cambiando poco a poco
en el sentido querido tanto por el formador como por el formando. La motivación para un
verdadero cambio del corazón en el crecimiento espiritual nace siempre del interior del
sujeto. Se trata de un impulso o de una moción del Espíritu Santo que habita en el
corazón del hombre.

El formador tiene que contar mucho más con esta fuerza de la gracia que actúa en el
interior del formando que con su personal capacidad pedagógica o su habilidad de
formador. Es mejor que piense como san Pablo en lo que se refiere a su apostolado
entre las jóvenes iglesias que había fundado: "Yo planto la palabra de Dios, Apolo la
riega y Dios la hace crecer". ¡Qué engañado estaría el formador que pensase que el
crecimiento del formando depende sobre todo de lo que él dice o hace!...

c) Animar constantemente a una intensa vida de oración

La oración es al mismo tiempo consecuencia y causa de crecimiento de la unión con


Dios. Como hemos visto, la fuerza del impulso para el crecimiento espiritual y, por tanto,
para la eficacia apostólica depende precisamente de la unión del apóstol con aquel que
lo ha enviado a su mies. El formando que no llegase a descubrir la oración se debilita-
ría espiritualmente y caminaría hacia la muerte. Su vocación germinaría en un terreno
estéril; no podría crecer y moriría precozmente. Solamente una auténtica vida de oración
conseguiría sostener los grandes esfuerzos de desarrollo espiritual de una vocación
consagrada.

d) Concientizar constantemente la vida de consagración

La consagración del religioso no se realiza solamente por la profesión de los votos. Esto
es solamente el acto formal más evidente de un proceso muy largo y prácticamente
interminable de santificación a través de la entrega total de sí mismo al Señor. El
formando empieza a comprender lo que tiene que hacer para responder a la invitación
del Señor a seguirle cada vez más de cerca. Empieza a proseguir en el camino de la
perfección. Consagrarse al Señor en la vida religiosa es comprometerse en serio a crecer
en la unión con Dios.

e) Asegurar una buena dinámica de vida comunitaria

La vida comunitaria es una vida de unión fraternal en torno a Cristo. Cada miembro de
la comunidad se esfuerza en acercarse cada vez más al Señor. Se puede descubrir
experimentalmente que los compañeros de comunidad hacen lo mismo si se descubren
también los unos a los otros como compañeros de viaje. De este descubrimiento nace
la hermandad y la amistad. Estos son dos factores muy importantes de ayuda, de apoyo
y de sostén recíproco en las dificultades naturales de la vida. La inserción amorosa en
el grupo comunitario es una seguridad para el equilibrio humano y espiritual de los
religiosos.

f) Estimular constantemente la vida apostólica dentro v fuera de la comunidad

El amor se caracteriza por un impulso espontáneo por expresarse. El amor es una fuerza
de expansión del hombre. Cuanto más ama uno, tanto más siente el impulso de darse.
Por eso un religioso que vive en profundidad su consagración no puede menos de ser
apostólico. Su explosión apostólica se hace sentir normalmente primero en su propia
comunidad a través de unas excelentes relaciones interpersonales de amistad con sus
hermanos. Cuanto más unidos están entre sí en el amor de Dios los compañeros de una
comunidad religiosa, tanto más sienten también la necesidad de expresar la abundancia
de su amor con los hermanos laicos. Este es el apostolado a través de las obras
apostólicas.

El esfuerzo pedagógico del formador. resultará más o menos estéril si no consigue


sensibilizar al formando para una verdadera disponibilidad a la gracia. El crecimiento
vocacional se realiza con el condimento de la gracia. "Sin mí no podéis hacer nada". Un
formando que se cierre a la gracia y sea sordo a las invitaciones del Señor para una
entrega más generosa a los demás no podrá progresar espiritualmente.

Incentivos de apoyo

Además de estos seis incentivos más importantes hay otros que son también
indispensables para una motivación que funcione. Actúan más bien como incentivos de
apoyo. Citaremos a continuación unos cuantos:

La amistad

Consiste en una relación un tanto privilegiada entre dos personas. Una relación de
confianza algo más profunda que permita también un diálogo de una cierta profundidad.
Entre hermanos y hermanas siempre se puede conversar. Pero los amigos logran
también intercambiar cosas más persona-les a nivel de confianza. Una amistad auténtica
es una enorme riqueza. La característica de la amistad es la no exclusividad. Sigue
abierta. No alimenta celos ni desconfianzas. Abre a las personas y las hace crecer.
Acerca a Dios. En la amistad todo es gratuito.

La fraternidad

Una comunidad está unida con vínculos de fraternidad o deja de ser una comunidad.
Hay grupos de personas que se reúnen simplemente para trabajar juntos, para estudiar
juntos. No son nunca una comunidad de vida. La comunidad que constituyen los
formadores y los formandos tiene que ser una comunidad de vida. Se han reunido para
crecer juntos como una pequeña iglesia doméstica. Pues bien, el concepto de iglesia
sólo puede aplicarse a los grupos de personas que viven juntos como hermanos bajo la
guía del mismo Padre de todos los hombres. La fraternidad nace precisamente del
sentimiento de tener todos el mismo Padre y la misma Madre. Cualquier otro vínculo que
no sea el de la hermandad será insuficiente para crear una comunidad de vida. Desde
el comienzo de su primera experiencia el formando tiene que acostumbrarse a vivir en
medio de sus compañeros y de sus formadores como en una familia. El sentimiento de
familia es un importante factor de estímulo para el crecimiento humano y espiritual.

La unión

El hombre está hecho para vivir con los demás. La soledad es para él una situación
nociva, opuesta a su naturaleza.

Varias veces en el evangelio habla Cristo directa o indirectamente de la necesidad que


tiene el hombre de estar junto con sus semejantes. La caridad, el amor, la mansedumbre,
la humildad, la misericordia, la familia, la unión y otras cosas por el estilo son palabras
que aparecen con frecuencia en sus discursos y en sus obras. "Amaos como yo os he
amado", decía a sus discípulos. "Una casa dividida en sí misma se derrumba", afirmaba.

La Iglesia fundada por Jesús está hecha de la unión de unas personas en torno a él para
sostenerse mutuamente en el esfuerzo de construcción permanente del reino de Dios
en la tierra. Un reino de amor. Las personas reunidas entre sí por causa de los valores
evangélicos representan siempre un testimonio de Iglesia. Si la comunidad de los
formandos y de sus formadores no estuviese caracterizada por una profunda unión de
sus miembros, no se podría creer que toman en serio el mensaje de Jesucristo. Por eso
precisa-mente la experiencia de esta vida de unión es tan importan-te para estimular al
formando a proseguir en su búsqueda de las realidades vocacionales de la vida
consagrada.

Solidaridad

La solidaridad comunitaria es un fruto importante de la amistad y de la hermandad. Es


un sentimiento de cohesión de cada uno de los miembros de un grupo de personas que
se sienten un cuerpo sólidamente integrado. Cuanto más fuerte es el sentimiento de
solidaridad, tanto más se estrecha la dinámica interna del grupo. La solidaridad es una
etapa psicodinámica de crecimiento de un grupo, que precede inmediatamente a la
etapa final: la comunión.

En cierto modo puede decirse que el hombre se va construyendo progresivamente con


el objetivo final de la comunión. Una comunidad de consagrados que vivan realmente en
comunión entre sí en torno a Cristo son un espectáculo de elocuente testimonio
escatológico.

"Dios es amor" v la finalidad de toda su obra creadora es la de hacer que crezca ese
amor. Podría decirse que el ansia de ir creciendo en amor y, por consiguiente, en
solidaridad es la ley eterna de todas las cosas.

Si la comunidad formativa no fuese profundamente solidaria en la búsqueda de un


constante crecimiento vocacional, sería difícil creer en la seriedad de su empeño.

Estimular objetivamente la solidaridad del grupo formativo es un incentivo muy válido


para sostener el entusiasmo de los formandos.

La creatividad

La creatividad es un resultado directo del amor. Es, además, un instinto estrechamente


ligado al amor. El hombre más o menos satisfecho respecto a su necesidad existencial
de amar y de ser amado explota espontáneamente en una actividad creadora. Sus
realizaciones son como el fruto de su amor. La obra maestra de la actividad creadora del
hombre es el hijo. Desgraciadamente, el hijo no es siempre el fruto espontáneo del
verdadero amor entre dos personas. Puede ser también el resultado no deseado de una
pasión ciega, de la violencia destructiva, del egoísmo...

El hombre profundamente satisfecho en sus exigencias naturales de ser aceptado, de


ser acogido, de ser amado..., pone toda su capacidad creativa en lo que hace, porque lo
hace con, amor. Crear condiciones comunitarias favorables y estimular la creatividad del
formando es un medio más para asegurar el buen resultado del empeño formativo.

La iniciativa

La iniciativa va estrechamente ligada al sentimiento de libertad y de satisfacción objetiva.


De todas formas, un sentimiento negativo intenso de rebelión o de desesperación puede
llevar al hombre a tomar iniciativas más bien destructoras para encontrar una vía de
escape a su situación gravemente intolerable. La capacidad de iniciativa puede nacer de
la necesidad instintiva de crear o bien de la necesidad de defenderse contra una grave
amenaza de destrucción.

La capacidad de iniciativa es siempre una manifestación del deseo de vivir. El que ya no


quiere vivir se deja morir de inanición o bien toma una última iniciativa para destruirse
definitivamente.
No es necesario estimular mucho a un formando normal a que tome iniciativas para llevar
adelante el lento proceso de su crecimiento vocacional. Basta con ponerlo en una
situación de suficiente libertad y sin miedo alguno para que espontáneamente emprenda
iniciativas adecuadas que pro-muevan su crecimiento humano y espiritual.

Para despertar y mantener el interés por los grandes valores terminales e instrumentales
de la vida consagrada, los religiosos emplean periódicamente algunos medios un tanto
extraordinarios. Algunos de ellos son muy antiguos. Otros, más modernos. Estos últimos
son, en general, incentivos tradicionales con nombre y métodos adaptados a la
mentalidad del hombre actual. Como incentivos más usados por los religiosos de hoy
podemos citar, entre otros: los ejercicios espirituales, la revisión de vida, el
discernimiento espiritual y el proyecto de vida comunitaria. En estas páginas hablaremos
sólo de los tres últimos incentivos señalados.

La revisión de vida

Se trata de una dinámica muy distinta de las demás dinámicas de grupo. No tiene la
finalidad de resolver problemas, de encauzar el trabajo, el estudio, etc.

La revisión de vida es un acto religioso.


Tiene como finalidad la purificación en su sentido espiritual, la ayuda mutua espiritual, el
crecimiento de la vida comunitaria, o sea el conocimiento recíproco, el amor mutuo, la
solidaridad con todos, la confianza de unos con otros. Pero todo esto tiene que hacerse
dentro de un clima de oración.

¿Cómo se hace la revisión de vida? Algo así como la oración participada y compartida,
repartida, con la diferencia de que aquí nadie habla directamente con el Señor, sino con
los hombres, con los compañeros.

Fases

— Se sientan todos en círculo (silencio respetuoso, recogimiento, invocación del Espíritu


Santo).

— Examen de conciencia particular durante unos minutos.

— Manifestaciones individuales (uno tras otro va explicando a los demás lo que siente
en su interior: a nivel de oración, de estudio, de relaciones interpersonales, etcétera).

También se puede establecer de antemano el tema de la revisión de vida. Unas veces


podrá ser sobre nuestra vida comunitaria; otras, sobre nuestra oración, sobre la actividad
apostólica, sobre las relaciones con las personas de fuera de la comunidad, etc.

Además de hablar cada uno de sí mismo, puede hablar también de la marcha general
de la comunidad: cómo la ve, cómo la siente; pero sin acusar ni atacar a nadie. Puede,
por el contrario, manifestar su parte de culpa, ya que las cosas no van como deberían ir,
y manifestar su resolución como aportación personal para mejorar algo que tenga que
mejorar.

Algunas reglas importantes para que la revisión de vida sea realmente de provecho para
la comunidad:

1. Nadie tiene que ser obligado ni forzado moralmente a manifestarse, si no quiere.

2. Cada uno tiene que hablar tan sólo de lo que libremente quiera, es decir, de lo que
percibe como un bien para sí y para los demás o como un mal para sí mismo.

3. También puede hablarse de los demás, pero:

— No hablar nunca mal, ni acusar, atacar o juzgar.

— Puede decirse de los demás lo que en su conducta hace bien y sirve de ayuda a los
otros, pero siempre con sencillez y discreción, sin adular ni poner a nadie en apuros.
4. Justificarse de la conducta propia sólo en lo que haya que aclarar para evitar el
escándalo y la interpretación menos justa. Por ejemplo: no haber asistido a la oración en
común...

5. Confesar humildemente v con sencillez las debilidades humanas sin justificarlas


(apertura de conciencia).

6. No hablar de cosas, aunque sean verdaderas, que puedan escandalizar a las


personas con poca experiencia o insuficientemente formadas.

7. Eventualmente los que escuchan pueden responder a la persona que se manifiesta


para animarla, para ayudarle a expresar lo que se comprende que quiere expresar sin
conseguirlo adecuadamente, para pedirle que aclare mejor algo de lo que haya dicho y
que no se haya comprendido bien.

¿Qué han de hacer los demás, mientras uno se manifiesta?

— Escuchan con respeto y atención.

— Acogen y aceptan con amor y comprensión todo lo que se manifiesta.

— No critican en público lo que uno ha dicho en la revisión de vida, aunque se trate de


algo que no debería haber dicho. En este caso hay que aceptar incluso ese error o
pecado, y luego, en particular, el superior u otra persona puede hacerle fraternalmente
una advertencia.

Aunque nunca hay que obligar a nadie a que se manifieste, es importante que todos
quieran contribuir con buena voluntad, en cuanto les sea posible. Cuando nadie o sólo
unos pocos tienen ánimos para manifestarse, esto puede tener varios significados:

— Puede haber muchos que sean tímidos.

— Puede ser que se encuentre a un nivel muy bajo la auténtica vida comunitaria: falta
de amor fraterno, falta de espíritu de cooperación, falta de espíritu religioso, falta de
solidaridad, etc.

— Puede existir una falta de confianza mutua, ya que las personas no se conocen
suficientemente en profundidad.

— Puede haber una falta de sencillez por la escasa autenticidad en la vida de oración.

— Puede haber excesivo autoritarismo en el coordinador, que bloquee la libertad


personal de los individuos.

Cuantas más personas se manifiestan de la forma requerida, tanto más será esto una
señal de que se trata de una comunidad de vida auténtica, que asume con seriedad su
consagración y desea progresar realmente. En el crecimiento de las virtudes es como
se realiza la unión con Dios.

Para terminar puede dedicarse cierto espacio de tiempo a oraciones espontáneas:

— De acción de gracias al Señor por las cosas buenas que han sucedido en el grupo.

— De promesa de esfuerzo personal para el buen ejemplo en la fidelidad.

— De propósito de vencer los defectos y las debilidades personales, etc.

El último acto de la reunión puede ser el rezo devoto y comunitaria de una fórmula de
oración y un canto.

Es muy importante que todos sean conscientes de que cuanto ha tenido lugar en la
sesión de revisión de vida, es decir, todo lo que los demás han manifestado, sea
considerado por cada uno como bajo secreto profesional. Cada uno puede hablar con
los demás tan sólo de sus propias manifestaciones, si lo cree útil y conveniente para sí
mismo; pero nadie tiene derecho a comentar las manifestaciones de los demás, a no ser
por un motivo muy serio; y en ese caso, siempre en privado y con mucha seriedad.

Práctica del discernimiento espiritual individual y comunitario

Información general

¿Qué es el discernimiento espiritual?

Es "el conocimiento íntimo de la acción de Dios en el corazón del hombre, don del
Espíritu Santo, fruto de la caridad" (Novus ordo poenitentiae. Introductio n. 10).

Conocimiento íntimo, que penetra dentro del objeto. En cierto sentido, también el objeto
penetra en el corazón. Se trata de un conocimiento que está en relación con el "sensus
fidei": "no lo sé, pero esto no va de acuerdo con el evangelio...; se siente..."

Acción de Dios: Dios ejerce continuamente una influencia sobre mí. Me va trabajando,
me robustece, me cultiva...

Discernir quiere decir cómo es la acción de Dios en el hombre:

— ¿Qué es lo que Dios quiere de mí en esta situación de error o de injusticia?...

— ¿Qué es lo que ha querido indicarme en esta circunstancia favorable o bien adversa


e imprevista?...

— ¿Por qué permite esta situación incómoda y prolongada?...


El corazón del hombre. El escenario en donde Dios actúa es el corazón del hombre. El
corazón es lo más profundo del hombre.

Don del Espíritu Santo. La acción de Dios es la transformación interior, que es siempre
obra del Espíritu Santo. El don de Dios es el Espíritu Santo que él pone en nuestros
corazones.

Fruto de la caridad. El Espíritu Santo nos da la caridad. La caridad es la que nos lleva a
discernir, porque: "Le suplico que vuestra caridad crezca cada día más en conocimiento
y en toda inteligencia, para que sepáis discernir lo más perfecto, a fin de que seáis puros
e irreprensibles para el día de Cristo, llenos de frutos de justicia por Jesucristo, para
gloria y alabanza de Dios" (F1p 1,9-11).

"La discreta caridad os enseñará lo que tenéis que hacer" (san Ignacio).

La voluntad de Dios en particular es la que se nos ha indicado hic et nunc (aquí y ahora).

Hay dos maneras de entender esto:

— De modo estático: ver cómo podré saber de Dios qué es lo que quiere de mí; ¿cómo
podré descubrirlo?

— De modo dinámico: Dios quiere que haga lo que corresponde a una persona madura
en la fe (cf Rom 12,2).

El discernimiento se relaciona con algo que está en nosotros: nuestra fe y nuestro amor.
Sólo es capaz de hacer un verdadero discernimiento espiritual aquel que tiene la
verdadera fe y que vive un profundo amor de Dios. Un hombre maduro en la fe busca el
bien, lo que le agrada a Dios...

El bien es, por tanto, lo que se hace con amor, porque agrada a Dios.

Lo perfecto es lo que corresponde a la madurez de la fe, de la esperanza, de la caridad.

El espíritu de discernimiento

Existe cierta relación profunda entre discernimiento y obediencia, así como entre
obediencia y escucha. Escuchar significa hacer un discernimiento, lo cual a su vez
implica estos tres puntos:

a) Escuchar a Dios que habla.

b) Acoger lo que Dios dice.

c) Seguir la voluntad de Dios.


Y para discernir:

— Iluminar la mente.

— Iluminar el corazón.

— Seguir un método y una técnica.

Hacer un auténtico discernimiento espiritual es siempre una experiencia espiritual.

En la Iglesia todos somos sujetos de discernimiento y todo está sujeto a un continuo


cambio: la realidad de cada día es distinta de la del día anterior. Por eso el discernimiento
tiene que ser continuo.

Discernir es descubrir lo mejor para llegar al Absoluto, al reino de Dios y su justicia.

El resultado de un buen discernimiento personal o comunitario es la conciencia de la


certeza de que Dios quiere de hecho esto o aquello.

San Ignacio fue quizá el primero que utilizó sistemáticamente el discernimiento espiritual
para sus opciones y decisiones.

El espíritu que se requiere para un auténtico discernimiento es un verdadero espíritu


religioso, un espíritu de búsqueda, animado por la fe y por el amor de Dios, un espíritu
de renuncia a sí mismo.

Espíritu de discernimiento es el estado del espíritu o, mejor dicho, la actitud de búsqueda


continua de la santa voluntad del Señor en cada circunstancia. Para hacerlo un poco
científicamente existe también una metodología adecuada. Se trata de un proceso, de
una dinámica que comprende: un espíritu, una metodología y una técnica. Trabajar con
espíritu sobrenatural y en clima de oración: "Muéstrame, Señor, tus caminos..."

Un buen discernimiento requiere perfecta libertad de espíritu, no tener prejuicios ni


intereses personales. El hombre de fe percibe las cosas no con los ojos carnales de
animal racional, sino con los ojos de Dios, que mora en él y que lo ha adoptado como
hijo. Es verdaderamente libre solamente el religioso para quien es siempre evidente que
Dios es amor: "Dios es amor, y el que está en el amor está en Dios, y Dios en él" (1 Jn
4,16).

La oración guarda una estrecha relación con el discernimiento espiritual, porque:

— Da a conocer la voluntad de Dios: es luz.

— Crea un clima de paz y de serenidad.

— Ayuda a liberarnos, a dejarnos en una disposición de santá indiferencia.


— Nos sitúa en una atmósfera de fe, estimula la esperanza y dispone a la caridad.

— Nos pone en contacto con la palabra de Dios, que es el que discierne (cf Heb 4,12-
13) los sentimientos de Jesús, el sensus Christi.

El discernimiento empieza cuando el sujeto, en un clima de oración, se pone a pensar


delante de Dios en las razones, las ventajas y 'desventajas de lo que se le propone.
Pueden surgir entonces razones humanas, pero tienen que ser valoradas desde el punto
de vista de la fe. Hay que escribirlas.

Buscar de manera conveniente cuál es la voluntad de Dios. Este trabajo tiene que
hacerse con mucha verdad, con libertad, con responsabilidad y con amor.

— Con verdad: no mi verdad, sino la verdad... Con libertad: liberarse de sí mismo, de las
presiones internas y externas, no querer defender los propios intereses humanos...

— Con responsabilidad, tal como corresponde a un adulto en la fe; no improvisar; escribir


las ideas...

— Con amor, sin tener prejuicios contra nadie.

El discernimiento se hace siempre desde dentro, en nuestro espíritu. Cuanto más


verdaderamente espiritual sea una persona, tanto mayor capacidad será la suya para
hacer un buen discernimiento espiritual. La conciencia me indica lo que puedo hacer y
lo que no puedo. En definitiva, la conciencia es el juez personal de cada uno.

Cada uno puede hacer sólo un tipo de discernimiento. Este será hecho siempre por la
conciencia y cada uno tiene su propia conciencia, siempre igual en sí misma. La
conciencia es la evidencia del hombre a la luz de su fe. De aquí se deduce que siempre
hay que respetar la conciencia de los demás. Nunca se puede entrar en ella. Allí cada
uno se encuentra a solas con Dios. La única ley absoluta es la conciencia de cada uno.
La conciencia recta es fiel a Dios, al amor de Dios, y no al egoísmo.

Actitudes personales fundamentales para hacer un discernimiénto espiritual

1. Tener una conciencia íntima de la obra de Dios en el corazón de los hombres.

2. Ser interiormente libre y tener un corazón de pobre.

3. Estar decidido a buscar y a encontrar la voluntad de Dios.

4. Ser generoso en el trabajo de discernimiento a pesar de las dificultades.

5. Tener el deseo de aceptar la verdad hasta sus últimas consecuencias.


6. Tener un amor reverencial a Jesucristo pobre y humillado.

El método de discernimiento espiritual

Tomar todo el tiempo necesario: uno, dos, tres días dedicados exclusivamente a eso
(fuera de casa). En un verdadero discernimiento se sabe cuándo comienza, pero no se
sabe cuándo acaba.

Leer y meditar: Sab 9,9-18; Rom 12,1-2; Ef 5,6-20; Flp 1,9-11; Heb 5,11-14; 1 Jn 2,27-
28; Rom 8,14; Gál 5,18; Col 3,12-17; 1 Jn 4,1-6; 1 Cor, capítulos 12 y 14; 1 Tes 5,12-23.

Se puede discernir espiritualmente sólo sobre un objeto que sea lícito, oscuro o ambiguo,
concreto, práctico, unívoco. Además, es preciso que el que quiera hacer el
discernimiento espiritual tenga cierto conocimiento y sea capaz de una decisión libre. El
objeto debe ser importante.

No puede discernir espiritualmente más que el que tenga un buen conocimiento del
objeto sobre el que se quiere discernir. El objeto formal de cualquier problema que se
propone para un discernimiento espiritual es siempre el mismo: la voluntad de Dios. Así
pues, hay que conocer objetivamente los criterios evangélicos para dar un juicio.

La actitud psicológica subjetiva que se requiere en el que quiere discernir es el


reconocimiento y la aceptación de su afectividad personal, cierta capacidad de
imaginación, de pensamiento lógico, de adaptación cultural...

4. El discernimiento tiene que ser una opción entre dos alternativas. Para ello, establecer
desde el comienzo las hipó-tesis entre las que hay que escoger. Es mejor que sean sola-
mente dos, como por ejemplo:

a. en un caso de discernimiento individual: ¿vida religiosa o vida de matrimonio?


b. en un caso de discernimiento comunitario: ¿fundar una nueva casa en Madrid
o en Barcelona?

5. El discernimiento espiritual puede ser individual o comunitario. En el primer caso el


sujeto se compromete personalmente en descubrir la voluntad de Dios en una situación
personal. En el segundo caso se comprometen varias personas en descubrir la voluntad
de Dios en una situación personal de una o de varias personas, como por ejemplo de
una comunidad.

Técnica para el discernimiento individual

Fase 1. Establecer las hipótesis sobre el sí y el no en dos niveles: humano y religioso.


Escribir la primera hipótesis en el gráfico G-1, y la segunda en el gráfico G-2.
Fase II. Hacer oración durante algún tiempo (una hora o más), a fin de despojarse de sí
mismo, de los intereses personales, egoísmo, miedo, apego a las cosas, a los objetos,
a las personas, a los cargos, a la tarea, al dinero, etc. Discernir supone no conformarse
con el mundo, sino transformarse y renovarse por dentro. Se trata de una tarea que hay
que realizar en el fondo del alma, del propio ser... Por tanto, sumergirse en Dios para
identificarse cada vez más con él. Escuchar para percibir lo que quiere. Querer
solamente la gloria del Señor, el bien de la Iglesia o de la congregación, de la
comunidad... Así pues, el sujeto tiene que tomar una actitud de santa indiferencia, de
pobre que escucha, que busca... Esta oración se puede hacer muy bien con la ayuda de
las bienaventuranzas: pobreza (los pobres, los hambrientos, los afligidos, los
perseguidos, los humillados, los aplastados, los marginados...), hambre y sed de justicia
por el prójimo, por Dios..., pureza de corazón (unidad, sencillez, espontaneidad, como
los niños), misericordia-paz (obras de caridad, reconciliación, amor al
prójimo...), persecución por causa de la justicia... Ambiente de alegría y de paz...

Fase III. Para la primera hipótesis, en un clima de oración y de unión con Dios:

a. Buscar y escribir en el gráfico G-1, bajo la letra A, las razones y ventajas que justificarían
el sí en un nivel humano.
b. Buscar y escribir en el gráfico G-1, bajo la letra B, las razones y desventajas que
justificarían el no en un nivel humano.
c. Buscar y escribir en el gráfico G-1, bajo la letra C, las razones y ventajas que justificarían
el sí en un nivel espiritual.
d. Buscar y escribir en el gráfico G-1, bajo la letra D, las razones y desventajas que
justificarían el no en un nivel espiritual.

Fase IV. Intervalo para horas en el sentido de la fase II.

Fase V. Para la segunda hipótesis, hacer lo mismo que en la fase III escribiendo las
razones, las ventajas y desventajas en el gráfico G-2.

a) Razones y ventajas que justificarían el sí en un nivel humano bajo la letra E.

b) Razones y desventajas que justificarían el no en un nivel humano bajo la letra F.

c) Razones y ventajas que justificarían el sí en un nivel espiritual bajo la letra G.

d) Razones y desventajas que justificarían el no en un nivel espiritual bajo la letra H.

Encontrar todos los argumentos en favor y en contra de cada una de las dos hipótesis.
Estos argumentos pertenecen al terreno de la razón, de la inteligencia. Luego, escuchar
lo que el Espíritu dice en el corazón.

Fase IV Deliberación. El proceso de discernimiento espiritual sigue tres etapas: un


discernimiento personal, la comunicación del resultado de este discernimiento personal
a alguna persona inteligente, prudente y espiritual, para que haga una crítica objetiva en
orden a conseguir un consentimiento.

La deliberación debe ser siempre personal, incluso en el discernimiento comunitario. Se


lleva a cabo en un clima de oración y de silencio.

Repasar, por ejemplo, alguno de los trozos de la Biblia indicados anteriormente ayudará
a tranquilizar el ánimo. Hay que tomar una decisión. Pero hay que evitar que esta
decisión se tome únicamente con la razón o con la inteligencia, y menos aún sólo con el
sentimiento.

Ambiente de silencio, de oración y de acogida. Poner atención en lo que dice el Señor


por medio de los demás. Percibir algo sobre "¿qué es lo que Dios quiere...?"

Lo más importante para el discernimiento es estar en la disposición de aceptar la


voluntad de Dios. Se trata de des-cubrir lo más profundo del alma, lo más profundo del
propio ser purificado de todo. La brújula de una nave no funciona bien cuando hay
demasiado hierro en la carga... Hacer un juicio personal sobre el problema. Este juicio
tiene que ser:

a. Lo más verdadero posible; no sólo con una verdad subjetiva, sino acercándonos lo más
posible a la verdad objetiva, a la voluntad de Dios...
b. Lo más libre que sea posible; por eso debe ser también personal y secreto (sin presiones
externas); liberarse no sólo de presiones externas, sino también in-ternas.
c. Responsable: basado en razones concretas, no arbitrario; puede basarse en una
intuición, pero de todos modos tiene que ser una intuición fundada.
d. Provisional, para poder revisarse antes de tomar una resolución definitiva. Pero este
juicio final, a pesar de su provisionalidad, debe hacerse siempre como si fuera' definitivo.

Hay dos clases de juicios: el psicológico y el pneumático. El segundo no se opone al


primero. El primero puede ser insuficiente.

El juicio humano tiene que integrar los resultados de la razón, de la inteligencia y de los
sentimientos. El discernimiento espiritual exige que el juicio sea siempre pneumático.
Hay que obrar como hijo de Dios. Se trata de despertar en nosotros los sentimientos de
Jesús: pobreza, humildad, caridad, generosidad, comprensión... Cuando estamos
estrechamente unidos a Dios, es el Espíritu Santo el que nos recuerda..., el que evoca...,
el que hace sentir..., el que nos da a conocer..., el que nos hace saborear..., el qué nos
da la fuerza..., el que nos hace reaccionar precisamente como Jesús.

Uno puede muy bien tomar el evangelio, recogerse dentro de su corazón y, si éste es
limpio, preguntarse qué es lo que harían en aquellas circunstancias María..., Jesús...,
los santos...
Para otro quizá sea más fácil imaginarse de qué manera actuaría tal persona —
cristiana— en mi caso, para tener así una pista de solución. Los santos son espejos de
Jesucristo y de su evangelio.

En este último caso, preguntarse también cómo interpretarías tú el problema si tuvieras


que aconsejar a otra persona que te ha pedido ayuda. Cuando se trata de un problema
personal, se da el peligro de la tendencia a errar en la verdadera solución debido a una
visión demasiado subjetiva.

Así pues, una vez conocidos los pros y los contras, se plantea el difícil problema de la
decisión. San' Pablo decía que discernir es distinguir lo verdadero de lo falso: "Y no os
adaptéis a este mundo; al contrario, reformaos por la renovación de vuestro
entendimiento, para que sepáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo
agradable a él, lo perfecto" (Rom 12,2). "Nadie os engañe con vanos discursos... Andad
como hijos de la luz... juzgando qué es lo que agrada al Señor" (Ef 5,6-11). "Debiendo
ser ya maestros por razón del tiempo, todavía tenéis necesidad de que se os enseñen
los primeros rudimentos de los oráculos de Dios, y habéis llegado a tener necesidad de
leche, no de alimento sólido. Ahora bien, aquel que se alimenta de leche no puede gustar
la doctrina de la justicia, porque es niño todavía. El alimento sólido es para los perfectos,
que por razón de la costumbre tienen el sentido moral desarrollado para el discernimiento
del bien y del mal" (Heb 5,12-14).

Es preciso que el discernimiento se haga solamente en una situación de tranquilidad, de


bienestar, de esperanza. Así pues, hacer un silencio interior y dirigir la atención hacia el
sentimiento para tomar conciencia de lo que uno realmente siente respecto a la situación.
No pensar en los condicionamientos que pueden influir en la decisión. No justificar ni
analizar nada. Dar gracias a Dios por lo que se va descubriendo... Ponerse en presencia
de Dios. Recordar que Dios nos habla también por medio de nuestros hermanos y de
los acontecimientos...

Respecto a la misma situación, la razón puede decir sí y el corazón no. Para la razón,
ver los pros y los contras. En la oración, ver si Dios quiere esto o aquello para una mayor
paz interior. La paz interior tiene que orientar la decisión: una decisión según la voluntad
de Dios produce más paz.

La deliberación personal se hace prácticamente por me-dio de la confrontación y el


estudio comparativo de las razones, ventajas y desventajas de una de las hipótesis en
todos los niveles, con las razones, ventajas y desventajas de la otra, de acuerdp con las
indicaciones que vamos señalando, de forma que en cada caso hay que escoger el
contenido de una de las letras: A, B, C..., ya escritas en los gráficos G-1 y G-2, hasta
llegar a una sola letra, cuyo contenido representa la conclusión provisional:

a) Escoger entre los contenidos de las letras A y E en los gráficos G-1 y G-2 y escribir la
letra del contenido elegido en el espacio primero del cuadro X en el gráfico G-3.
b) Escoger entre los contenidos de las letras B y F y escribir la letra del contenido
escogido en el espacio segundo del cuadro X (gráfico G-3).

c) Escoger entre los contenidos de las letras C y G y escribir la letra del contenido
escogido en el espacio tercero del cuadro X (gráfico G-3).

d) Escoger entre los contenidos de las letras D y H y escribir la letra del contenido
escogido en el espacio cuarto del cuadro X (gráfico G-3).

e) Escoger entre los contenidos de las letras escritas en los espacios primero y tercero
del cuadro X y escribir la letra del contenido escogido en el espacio primero del cuadro
Y (gráfico G-3).

f) Escoger entre los contenidos de las letras escritas en los espacios segundo y cuarto
del cuadro X y escribir la letra del contenido escogido en el espacio segundo del cuadro
Y (gráfico G-3).

g) Finalmente, escoger entre los contenidos de las letras escritas en los espacios primero
y segundo del cuadro Y y escribir la letra del contenido escogido en el espacio único del
cuadro Z.

La letra escrita en el espacio único del cuadro Z indica tres informaciones importantes:

a. La hipótesis escogida.
b. Los motivos y las razones de esta elección.
c. Indica además que, según el juicio prudencial humano, el sujeto cree que la decisión
final de este discernimiento espiritual hecho con seriedad delante de Dios corresponde
realmente a la voluntad de Dios sobre él en la situación personal sobre la que ha he-cho
el discernimiento.

Este resultado representa por tanto la conclusión final provisional. Escribirla así:

1. Hipótesis escogida: ...........................................................................................................


2. Razones, ventajas o desventajas que han influido en la decisión:

.................................................................................................................
.................................................................................................................
.................................................................................................................

3. Sentimientos que se experimentan al final del discernimiento espiritual que se ha


hecho:

.................................................................................................................
.................................................................................................................
Puede suceder que alguien no se sienta tranquilo con la solución obtenida... En ese caso
hay que comenzar de nuevo el proceso del discernimiento, porque "creo que no he
encontrado todavía el camino de Dios..."

Así pues, comenzar otra vez el proceso de la deliberación y del estudio comparativo
desde el principio, como se indicó en la fase VI. En todo caso, hay que purificarse
también de todo apego personal, ahondar en la oración e insistir con el Señor para que
nos ayude a conocer su santa voluntad, disponiéndose a seguirla por encima de todo
deseo personal.

Si el sujeto se siente en paz con el resultado provisional obtenido por medio de este
proceso de deliberación y de elección, tiene que considerar concluida la primera parte
del discernimiento. El resultado de un buen discernimiento espiritual personal es la
conciencia de la certeza de que Dios quiere o no quiere de hecho esto o aquello.

Confirmación

El último paso del discernimiento es la confirmación. No hay que tener prisa. Dejar pasar
algo de tiempo para que se calmen los pensamientos, las emociones y los sentimientos.
La decisión final tiene que ir tomándose poco a poco.

La confirmación puede ser exterior o interior.

La exterior no puede venir de fuera. Nos la puede dar:

 Una disposición de los superiores.

 La naturaleza de las cosas o de los acontecimientos...

La confirmación interior puede proceder:

 Del consuelo, de la paz, de la alegría que se siente, de la esperanza tanto del sujeto que
ha hecho el discernimiento como del grupo o de la comunidad.

De todas formas, un verdadero discernimiento espiritual personal hace siempre al sujeto


más sensible a la acción del Espíritu Santo; en consecuencia, lo estimula hacia una
mayor fidelidad a la gracia en su camino apostólico y hacia su crecimiento espiritual.

Proceso de discernimiento espiritual comunitario

El discernimiento espiritual comunitario es análogo al discernimiento personal.


Véase el texto de 1 Cor 12 y 14: unidad con el cuerpo de la Iglesia y diversidad de
carismas; función principal de la caridad fraterna; el don de lenguas y el de la profecía
en el interior de la comunidad cristiana.

En sentido amplio puede decirse que el discernimiento comunitario es cualquier modo


de buscar juntos la voluntad de Dios de manera evangélica. Por medio del discernimiento
espiritual comunitario los miembros de un grupo de vida se comprometen a iluminar
juntos la situación personal de uno de ellos o una situación que se refiere a toda la
comunidad y a cada uno de sus miembros. Se trata, por tanto, de buscar juntos el sentido
de la vida de cada uno.

Una cierta madurez humana es una de las condiciones requeridas a los miembros de la
comunidad para hacer un discernimiento comunitario (Heb 5,14). Esta madurez supone,
por consiguiente, la existencia de unos objetivos comunes, la superación del
egocentrismo, la empatía, el amor, la aceptación y el perdón mutuos, la ayuda recíproca,
la solidaridad... La comunidad religiosa bastante integrada a nivel espiritual destaca
también la oración personal y comunitaria compartida, la edificación mutua por el
ejemplo de fidelidad, de sencillez, de espíritu de familia... En una palabra, la comunidad
psicológicamente madura es también capaz de objetivar recíprocamente las ideas y los
sentimientos tanto en la oración compartida como en las sesiones de dinámica de grupo;
por ejemplo, la revisión de vida (Heb 5,14). Para el éxito de estas dinámicas es
fundamental la capacidad de estar disponibles y de escuchar: cada uno se esfuerza por
revelarse a sí mismo a los demás en la medida de lo posible, sin atacar a nadie.

Hay tres tipos de discernimiento comunitario:

a. Todos disciernen sobre un mismo objeto comunitario.


b. Uno de la comunidad pide ayuda a los demás para discernir y todos disciernen con él
sobre su problema personal.
c. Ayuda mutua para que cada uno pueda discernir en su propia situación.

Cada uno tiene que discernir qué es lo que debe hacer personalmente, y para ello tiene
que pedir el parecer de todos. Todos le ayudan a cada uno en el discernimiento de la
voluntad de Dios sobre sus relaciones con el grupo.

Si deciden los demás sobre el problema de uno, se corre el peligro de ser manipulados.
Hay que reservarse personalmente el derecho a tomar la decisión final.

El discernimiento comunitario presenta dos peligros:

1. Liberalismo, es decir, dejar que cada uno haga su discernimiento personal en lo que se
refiere al bien común.
2. Marxismo, o sea someter a sí mismo la decisión de los demás.

Decidir por los demás es marxismo; decidir por razones personales es liberalismo.
Antiguamente la autoridad concentraba el poder y decidía por el súbdito. El superior
definía la voluntad de Dios y exigía obediencia ciega. "El que obedece nunca se
equivoca"... Los religiosos formaban entonces una comunidad de obediencia ciega.
Todos hacían las mismas cosas al mismo tiempo.

Esto era muy cómodo... Dispensaba a cada religioso de la fatigosa búsqueda de la


voluntad de Dios. Muchos se hacían pasivos y no tenían mucho sentido de
responsabilidad personal.

Hoy todos tenemos un sentido muy agudo del valor de la persona y de la libertad. Los
hijos empiezan a mandar a sus padres. Los religiosos se consideran personas libres que
vi-ven cada uno su propia fe en la búsqueda personal de la voluntad de Dios bajo la
obediencia dialogada y personalmente responsable. De esta actitud antropocéntrica de
res-peto a la dignidad del hombre como hijo de Dios puede resultar también un poco de
anarquía en el gobierno. A menudo no se sabe bien quién es el que manda... Sentimos
la necesidad de pasar de un gobierno de autoridad domina-dora a una autoridad
animadora.

El papel del superior en el discernimiento comunitario es el mismo que tiene de acuerdo


con la naturaleza de la institución. El superior tiene que ayudar a la comunidad a madurar
psicológicamente hasta el punto necesario para poder hacer con éxito un discernimiento
comunitario espiritual. Tiene que consentir además, al menos implícitamente y con
humildad, verse puesto en cuestión por el discernimiento comunitario. Su intervención
no es indispensable en el discernimiento comunitario. No tiene que servirse de su
autoridad para hacer prevalecer una u otra de sus opiniones. De todas formas, el
superior representa el vínculo de la unidad entre todos en el sentido de que debe
incrementar la conciencia de unidad.

Debido a su carisma específico, el superior está llamado también a ayudar al grupo a


que se dé cuenta de su pertenencia a un cuerpo social más amplio. Si él no tiene una
preparación suficiente para acompañar personalmente el discernimiento espiritual de su
comunidad, tendrá que hacerse , sustituir por otro que tenga experiencia.

Después del discernimiento comunitario, el superior tiene que sentirse el más


comprometido de todos para estimular a la comunidad a seguir las decisiones tomadas
según la constitución y las reglas de su instituto. Su forma de mandar tiene que estar de
acuerdo con lo que ha aprendido a través del discernimiento espiritual de la comunidad.

El discernimiento comunitario sólo puede hacerlo una comunidad adulta que piense de
forma autónoma y que sea capaz de tener un planteamiento distinto del que tiene el
superior.

Es necesario descubrir nuevas estructuras para hacer una síntesis entre los valores
antiguos permanentes y los valores nuevos. Escoger entre lo que es necesario y lo que
es libre.
En la actualidad nadie ve muy claras las cosas; nos encontramos en una encrucijada de
la historia. De aquí la necesidad de discernimiento.

Discernimiento comunitario es el modo de encontrar la voluntad de Dios según el estilo


evangélico: con verdad, libertad, responsabilidad, caridad... Es posible solamente si ha
habido antes un discernimiento personal. Siempre hay que comenzar por el personal.
Para hacer un discernimiento comunitario no es necesario que haya un objetivo
comunitario. La comunidad puede ayudar también a discernir un objetivo personal de
uno de sus miembros.

El discernimiento comunitario podrá resultar bien sólo en una comunidad en donde cada
uno de los miembros ame tanto a los demás que esté dispuesto a sacrificarse
personalmente, si fuera necesario, en beneficio del bien común. Es una disposición
personal a aceptar con generosidad lo que es visto como bien común, ya que la esencia
del cristianismo es el amor y no la eficacia técnica o profesional, ni el éxito o la felicidad
personal.

Los súbditos tienen que ser consultados para las decisiones importantes de la
comunidad. El capítulo 15 de los Hechos de los Apóstoles nos habla del primer
discernimiento hecho en el Iglesia. El discernimiento comunitario no consiste en tomar
decisiones ni en hacer cosas, sino en buscar juntos el sentido de la vida de cada uno.

La experiencia del discernimiento comunitario bien lograda hace a la comunidad más


viva y más eficaz desde el punto de vista de la actividad apostólica exterior y de las
relaciones interpersonales en el interior. Los valores evangélicos tienen entonces una
fuerza de motivación más decisiva para las iniciativas.

Materia y condiciones para el discernimiento comunitario

1. El objeto del discernimiento tiene que ser algo que no sea claro, sino más bien oscuro. El
discernimiento se hace sobre cosas que no están claras; si son evidentes, no es
necesario.
2. Tiene que ser práctico, no teórico. Se trata siempre de emitir un juicio prudencial:
descubrir qué es lo que hay que hacer según la voluntad de Dios.
3. Tiene que ser concreto. Saber concretamente qué es lo que se busca.
4. Tiene que ser unívoco: que todos lo comprendan del mismo modo, lo cual no siempre
resulta fácil. Siempre resulta difícil el consenso, ya que cada uno razona con las propias
categorías mentales y con su escala de valores.
5. Las personas que lo hacen tienen que ser competentes: tener cierta competencia, es
decir, conocimiento del asunto. Y deberán tener conciencia de esta competencia, para
lo cual necesitan ser informadas.
Condiciones comunitarias para el discernimiento

1. El discernimiento tiene que ser motivado y hecho en una comunidad de vida que tiene
conciencia del fin común.
2. Cada uno tiene que aceptar alegremente una responsabilidad comunitaria, reconocida
por los demás.
3. Cada uno tiene que aceptar las relaciones interpersonales. Comunidad en diálogo...
4. Cada uno tiene que reconocer que por sí solo no puede resolver el problema de la
comunidad y no puede descubrir la voluntad de Dios sin ayuda de los demás.
5. De aquí se deriva la confianza y el respeto mutuo: los diversos carismas están puestos
a disposición de todos.
6. Tener conciencia de que la comunidad depende de otro sistema superior.
7. Vivir en un clima habitual de oración que favorezca la atención a la voz del Espíritu.

El proceso de discernimiento comunitario

El proceso de discernimiento comunitario es un poco más complicado y más largo que


el del discernimiento particular. La comunidad puede seguir el siguiente itinerario
metodológico:

1. La comunidad junta define las dos hipótesis entre las que ha de discernir. Escribirlas en
los gráficos G-1 y G-2 (cf págs. 144 y 145).
2. Cada miembro en particular o reunidos en pequeños grupos, en clima de oración,
reflexionan (o discuten juntos) para descubrir las razones, las ventajas y desventajas a
nivel humano y a nivel espiritual sobre cada una de las ocho situaciones previstas para
las dos hipótesis, siempre sólo una cada vez.
3. Para cada una de las ocho situaciones, poner en común en la reunión todas las razones,
ventajas y desventajas, sin discutirlas, evitando las repeticiones y en sucesión de los
ocho sectores de los gráficos G-1 y G-2: A, B, C...
4. Cada participante en el proceso de discernimiento tiene que recibir una copia de los
gráficos G-1 y G-2 con los contenidos de los motivos, ventajas y desventajas,
considerados por la reunión.
5. Cada uno en particular, y en clima de oración, hará la deliberación y el estudio
comparativo de estos motivos, ventajas y desventajas, según el mismo método y la
misma técnica previstos para la deliberación en el discernimiento personal, o sea:

a. Escoger entre los contenidos de las letras A y E en los gráficos G-1 y G-2 y escribir la
letra del contenido escogido, en el espacio primero del cuadro X en el gráfico G-3.
b. Escoger entre los contenidos de las letras B y F y escribir la letra del contenido escogido
en el espacio segundo del cuadro X (gráfico G-3).
c. Escoger entre los contenidos de las letras C y G y escribir la letra del contenido escogido
en el espacio tercero del cuadro X (gráfico G-3).
d. Escoger entre los contenidos de las letras D _y H y escribir, la letra del contenido
escogido en el espacio cuarto del cuadro X (gráfico G-3).
e. Escoger entre los contenidos de las letras escritas en los espacios primero y tercero del
cuadro X y escribir la letra del contenido escogido en el espacio primero del cuadro Y
(gráfico G-3).
f. Escoger entre los contenidos de las letras escritas en los espacios segundo y cuarto del
cuadro X y escribir la letra del contenido escogido en el espacio segundo del cuadro Y
(gráfico G-3).
g. Finalmente, escoger entre los contenidos de las letras escritas en los espacios primero
y segundo del cuadro Y y escribir la letra del contenido escogido en el espacio único del
cuadro Z.
Todos tienen que ir a la reunión con el discernimiento personal ya hecho, es decir, con
la última letra escogida escrita en el espacio único del cuadro Z (gráfico G-3).

6. En esta reunión recoger todas las letras escogidas por todos y escritas en el espacio
único del cuadro Z en el gráfico G-3 de cada participante con su discernimiento personal
y escribir el resultado en la columna respectiva en el cuadro concreto del gráfico G-
4. Evitar toda discusión de este resultado en la reunión. Cada uno tiene que discutir
solamente en particular con el Señor en el momento de hacer su discernimiento
personal.

7. Después de cada reunión cada uno volverá a un lugar silencioso para:

a. Rezar en el sentido de la fase II (cf anteriormente); examinar en actitud de gran


disponibilidad ante el Señor los motivos de opción de los demás.
b. Hacer un nuevo discernimiento personal para el estudio comparativo solamente de las
letras que se han retenido en la reunión anterior. La confrontación de las letras y la
conclusión sucesiva para la elección de una de las letras tienen que hacerse de acuerdo
con la fórmula ya indicada. Las letras que no aparezcan en la última columna rellena del
gráfico G-4, por no haberlas elegido nadie en el discernimiento personal, no tienen por
qué ser tomadas en consideración para la nueva confrontación y el estudio comparativo
en el discernimiento personal posterior a cada reunión. Para cada elección sería
oportuno tomar en consideración el número de veces que se ha recogido cada letra en
la reunión precedente.

8. Seguir alternativamente con reuniones y discernimientos personales hasta llegar a la


unanimidad que se busca.

Observación: Antes de comenzar los trabajos del discernimiento personal y de las


verificaciones en las reuniones, la comunidad tiene que decidir sobre el modo de obtener
la unanimidad. Hay dos especies de consentimiento necesario para que un tipo
determinado de consentimiento pueda significar una verdadera unanimidad:
a. Consenso implícito: cuando todos aceptan las dos terceras partes de los votos como
expresión de unanimidad. En ese caso, los que han votado en contra aceptan la opinión
de las dos terceras partes de los participantes como una decisión unánime.
b. Consenso explícito: cuando la solución se considera definitivamente adquirida tan sólo
cuando todos la deciden expresamente. Tal es el caso cuando en el último
discernimiento personal todos escriben la misma letra en el espacio único del cuadro Z
en el gráfico G-3.
En el primer caso se llega pronto a la unanimidad. Bastan las dos terceras partes de
votos favorables para que los que tienen una opinión distinta acepten este resultado
como definitivo.
En el segundo caso es más difícil llegar a la unanimidad. Cuando todos aceptan el
consentimiento de las dos terceras partes como expresión de unanimidad, hay que
permitir a cada uno de los que participan en el proceso de discernimiento que pida el
consenso explícito cada vez que lo crea necesario en conciencia.

9. La unanimidad de la aceptación del resultado final representa la conclusión provisional


del discernimiento comunitario.

En una palabra, se trata de buscar juntos (todas las personas llamadas a discernir) no
ya la unanimidad de la propia voluntad, sino la de la voluntad de Dios. Cuando el grupo
puede decir: "No buscamos lo que queremos nosotros, sino sólo lo que quiere el Señor",
se puede considerar que aquel grupo tiene el espíritu de discernimiento.

El espíritu de discernimiento supone la aceptación del riesgo de un cambio eventual de


juicio personal, abierto a nuevas soluciones consiguientes a la evolución del sentimiento
personal. Es preciso que no haya resistencia a este cambio interior, el cual puede
corresponder a una purificación mayor o bien a una verdadera solidaridad o fraternidad
por el bien común.

10. Escribir la conclusión provisional como se hizo en la página correspondiente del


discernimiento personal:

a. Hipótesis escogida: ....................................................................................


b. Razones, ventajas y desventajas, que han influido en la decisión:

................................................................................................................
................................................................................................................

c. Sentimientos que se experimentan al final del discernimiento espiritual:


................................................................................................................
................................................................................................................

11. En lo que se refiere a la confirmación, seguir las orientaciones que también se


señalaron entonces.
Estamos a veces un poco ciegos cuando se trata de ver claro en una situación personal
o comunitaria importante o delicada que exige una solución justa. Por eso, para un
discernimiento importante, tanto personal como comunitario, es mejor buscar la ayuda
de un experto neutral, que deberá ser una persona prudente, inteligente y de profundo
espíritu religioso.

Observación: Para la doctrina sobre el discernimiento espiritual, el autor se ha servido


de los apuntes tomados en los cursos que dieron sobre este tema Luis González y Hugo
Mesini. También la ha basado en los textos de: Presenzá, en "Quaderni di Spiritualitá"
15 (1974), julio-septiembre; A. BARUFFO, Discernimiento, en Nuevo Diccionario de
Espiritualidad, Paulinas, Madrid 1983, 368-376; R. CANTIN, Le discernement spirituel
personnel et communautaire, Saint-Jeróme, Canadá 1976.

El método y las técnicas propuestos para realizar prácticamente el discernimiento


espiritual tanto individual como comunitario, son propios del autor.

7. La vida comunitaria
La comunidad es para el religioso lo que la familia natural es para el niño: el lugar de
crecimiento. Así como el desarrollo físico, intelectual, emocional y social de los niños
depende de las condiciones de su familia, el desarrollo humano y espiritual del formando
depende de la comunidad de formación. La autoformación se hace sobre todo a través
de las relaciones interpersonales. Según sean éstas buenas o malas, el crecimiento
normal del formando se verá estimulado o, por el contrario, bloqueado. Una comunidad
formativa buena y normal construye una vida de familia ordenada, abierta, alegre,
confiada, sencilla y creativa, vivida en la fe y en la hermandad en torno a Cristo. En ella
el formando puede vivir una experiencia de oración, de amor, de acogida de la Palabra,
de sufrimiento, de perdón y de entrega fraternal. En la medida en que va madurando la
comunidad de formación, los formandos se van haciendo cada vez más personas.

La comunidad religiosa de una casa de formación es una comunidad formativa. Es decir,


todas las personas que la componen están comprometidas en apoyar el esfuerzo de
autoformación 'de los formandos: los religiosos y el personal laico. El que no ayuda con
su manera de ser y de obrar plantea dificultades. Incluso el ambiente externo de la
comunidad formativa tiene que sistematizarse y cuidarse de tal manera que favorezca el
crecimiento vocacional de la comunidad: los servicios, el jardín, las plantas, los animales
domésticos (el perro, el gato, los pájaros...).

"Comunidad es sólo la forma de convivencia y de relación que privilegia la paridad y la


libertad de todas las personas, que exalta el protagonismo de todas y cada una de ellas,
donde ninguno prevarica y monopoliza el pensamiento, el juicio y la decisión y donde
prevalece el círculo activo de las relaciones''1.
1. P. GIANOLA, Formación para la vida religiosa, Paulinas, Madrid 1984, 155.
En la actualidad no cabe duda de que muchos de los fracasos en la formación de los
candidatos, de los novicios y de los jóvenes religiosos encuentran a menudo una
explicación plausible en las deficiencias de la comunidad de formación. Pero existen,
además, otras dificultades, debidas a los propios formandos, a otras causas externas a
los programas y a los métodos de formación.

En todo caso, la actitud más inteligente para mejorar esta situación consiste en pensar
que la dificultad mayor reside sobre todo en los formadores. Quizá no están
suficientemente preparados para afrontar con éxito los delicados problemas de la
maduración vocacional de los jóvenes de hoy. Muchas veces me he podido dar cuenta
de que tras las quejas y las acusaciones de un formador se esconde cierto grado de
inmadurez emocional, afectiva y social del propio formador. Por eso es tan importante
que la comunidad formativa trabaje sobre sí misma para crecer cada vez más en una
auténtica vida comunitaria. Ella es el clima de cultivo de las vocaciones, que solamente
pueden desarrollarse y madurar en una comunidad de vida donde la actividad de las
personas se centre no en la institución sino en las personas, en una experiencia de
comunión realmente vivida, en el compromiso dinámico de toda la comunidad con la
responsabilidad colectiva de preservar y de hacer crecer el bien común.

El crecimiento espiritual individual y comunitario ha de hacerse a través de una ascética


ligada al esfuerzo de fidelidad a Dios. La convivencia fraterna es un terreno de prueba
excelente para el ejercicio de ascesis en el respeto a la dignidad humana. La idea de
vida comunitaria como apisonadora para nivelar a los formandos resulta ya totalmente
inaceptable. La originalidad personal y las diferencias individuales son incluso una
riqueza que permite la complementariedad. El hombre crece adecuadamente sólo en un
clima de libertad que le permita ser él mismo.

En la comunidad de vida, el valor prioritario son siempre las personas. Las personas son
siempre ese pequeño pueblo de Dios que va creando juntamente el camino hacia Dios.
Los formadores ciertamente son los más maduros, cuya función fundamental consiste
en ayudar a los más pequeños y a los principiantes. Su preocupación debe ser la de la
sagrada familia de Nazaret: crear un clima familiar que promueva en los formandos el
crecimiento "en edad y en gracia". Un auténtico clima de familia es cuestión de libertad,
de respeto, de amistad y de autenticidad. El primer fruto que producen los formandos
que han crecido en ese clima de hermandad es el amor a esa familia. Con el amor a la
familia nace espontáneamente el entusiasmo y la responsabilidad personal en los
compromisos libremente escogidos o aceptados.

La comunidad formativa no puede ser eficaz para la formación más que cuando todos
los miembros (formadores y formandos) tienen una actitud permanente de diálogo en
torno a los grandes valores evangélicos de la vida consagrada. Los formadores no son
maestros aplastantes, arbitrarios y dominadores. No invocan privilegios. Son los más
humildes, los más caritativos, los más pacíficos, los más serviciales, los más entusiastas.
Pero uno solo es el Maestro de todos ellos: el Señor.
La autoridad moral del formador deriva de su capacidad de insertar a la comunidad de
forma participativa en las funciones de gobierno.

Si el formando se siente partícipe de las responsabilidades de organización y de


funcionamiento de la vida comunitaria, crecerá su sentido de responsabilidad personal.
El formador que sabe utilizar debidamente la subsidiariedad no dará impresión de
ordenar, de mandar, de imponer exigencias...; se limitará a sugerir, a orientar, a invitar...

Los formadores y los formandos de la comunidad formativa crean juntos el gozo de la


convivencia. Comparten con confianza recíproca las preocupaciones, los sufrimientos,
los éxitos, los fracasos. Creen que todos son fundamentalmente buenos, que están
sinceramente empeñados en crecer. Una señal inequívoca de una actitud
auténticamente formativa de los formadores es la confianza que los formandos
demuestran tener con ellos. El esfuerzo pedagógico de los formadores conscientes de
su misión se concentra en el objetivo general del crecimiento humano y espiritual del
formando. El proceso de este crecimiento se concreta en la medida en que el formando
se va haciendo el sujeto creativo, original y personalmente responsable de sus opciones
y decisiones.

En la cibernética se dan dos tipos de sistema: el sistema cerrado y el sistema abierto.

El sistema cerrado es el que funciona sin cambiar nada fuera de sí mismo, como, por
ejemplo, el reloj. Para funcionar con toda perfección:

 No ha de sufrir influencias de fuera.

 No produce efectos directos fuera de sí mismo.

El hecho de que funcione o deje de funcionar no cambia para nada el ambiente


circundante.

El sistema abierto es el que funciona recibiendo influencias del exterior y ejerciéndolas


hacia fuera. Es un sistema que produce cambios en sí mismo y en el ambiente que lo
rodea, como, por ejemplo, una planta. Para funcionar como planta normal:

 Recibe influencias de fuera: el calor y la luz del sol, la humedad de la lluvia.

 Ejerce influencias en el ambiente exterior: produce oxígeno, hace crecer a los animales,
supone protección y apoyo para el hombre.

Donde está presente la planta puede también haber vida.

También las organizaciones humanas son sistemas: unas veces cerrados, como algunos
clubs realmente estériles para la humanidad; otras veces abiertos, como todas las
asociaciones benéficas, que siempre reciben y producen efectos positivos o negativos
sobre el mundo.
Las congregaciones y las comunidades religiosas cerradas no pueden subsistir y al poco
tiempo se derrumban. Por eso se dice que la vida comunitaria es siempre una fuerza
extraordinariamente dinámica, tanto en sentido positivo de crecimiento como en sentido
negativo de autodestrucción.

La llamada actividad apostólica de los miembros fuera de la comunidad se convierte en


un apostolado verdaderamente eficaz solamente cuando el apóstol procede de una
comunidad-iglesia. El religioso se hace apóstol en su comunidad. ¿Qué es lo que podría
ofrecer a sus hermanos de fuera si antes no se santifica en su comunidad? La
autoformación y el crecimiento personal del religioso se lleva a cabo en contacto con el
cuerpo vivo de su propia comunidad de vida. La comunidad formativa es para el
formando algo así como la madre para el hijo. Este no puede desarrollarse sin la
presencia de aquélla. Pero la formación se realiza simultáneamente en el sentido del
crecimiento hacia un amor personal cada vez más estrecho a Jesucristo y hacia la
apertura externa a los hermanos cristianos y no cristianos. La comunidad de la casa de
formación vive en función de este doble objetivo: oblación y servicio. Este planteamiento
corresponde a lo que es su significación esencial en la Iglesia.

La actitud consciente de apertura al mundo y a la Iglesia protege a los religiosos contra


el peligro de alienación. La comunidad cerrada sobre sí misma se hace egocéntrica, sin
influencia apostólica en la Iglesia.

La comunidad formativa se crea, se hace, se construye a sí misma a través de una


dinámica interna original. Por consiguiente, se trata de algo vivo, en un proceso continuo,
no de algo ya establecido, acabado, de una estructura ya hecha en la que tengan que
insertarse los formandos. Cada uno de los nuevos miembros obliga al conjunto a un
nuevo esfuerzo de integración. Tras esta integración de un nuevo miembro, o también
tras la salida de uno de los antiguos miembros, la comunidad no es ya la misma. Y esto
no sólo en lo que se refiere al número, ya que hay otros muchos aspectos que pueden
cambiar en sentido positivo o negativo, bien con la venida de un nuevo miembro
(formador o formando) o bien con la ,salida de otro.

Así pues, no se trata de esto: los formadores que están ya en su puesto e integrados en
una verdadera comunidad de vida abierta deberían recibir y en cierto modo absorber a
los formandos para trabajarlos y transformarlos en algo parecido a los formadores. ¡Nada
de eso! ¡Ay del formador rígido que crea que no tiene nada que cambiar en su vida y en
su propia actitud comunitaria frente a los formandos! Ayudar a los formandos a crecer
es prestarles un servicio. El servicio que hay que prestar tiene que adaptarse a las
necesidades de cada uno, de acuerdo con su modo original de ser, si quiere ser una
verdadera ayuda. Por consiguiente, se puede decir que en cierto modo, bajo diversos
aspectos, en una auténtica vida comunitaria también los formandos se hacen verdaderos
formadores de sus formadores. En la comunidad formativa todos los miembros intentan
ser protagonistas en el proceso comunitario de crecimiento. Si todos crecen juntos, cada
miembro crece además individualmente con el apoyo de los demás. La energía de
propulsión de este proceso de crecimiento comunitario tiene su fuente principal en los
formadores ya más maduros. Pero mana también de los formandos más inmaduros y
actúa igualmente sobre los formadores.

La vida comunitaria tiene que cuidarse con un gran esmero para que no se deteriore y
vaya creciendo. Hay algunos incentivos muy apropiados para motivar este crecimiento
de la vida comunitaria. Entre ellos destacan especialmente: el proyecto de vida
comunitaria (PVC), la revisión de vida y el discernimiento espiritual. Debido a su gran
importancia como instrumentos modernos especialmente adaptados a la mentalidad del
hombre de hoy, se ha decidido incluir en este libro algunas aproximaciones teóricas y
cierta metodología práctica para que las comunidades formativas puedan utilizar estos
incentivos. El de la revisión de vida y el del discernimiento espiritual han quedado ya
expuestos en las páginas anteriores.

El proyecto de vida comunitaria (PVC)

Concepto

El PVC es un instrumento de renovación espiritual de la congregación a través de un


nuevo modo de vivir comunitariamente. Se trata de una participación libre en la acción
del Espíritu que actúa en la comunidad.

El PVC es un instrumento excelente de animación comunitaria y, por consiguiente, de


renovación espiritual de las congregaciones religiosas. Ayuda a crear un verdadero
espíritu de familia y a vivir un estilo de auténtica vida comunitaria. Impulsa al religioso a
participar libremente de una manera más personal en la acción del Espíritu que ejerce
su influencia en la vida de la comunidad. Se trata, por tanto, de un medio concreto de
promoción del crecimiento de la vida comunitaria.

El PVC es una práctica de ascetismo. Parte de un método un tanto científico de


búsqueda de la perfección religiosa. No se trata de establecer un programa de acción,
sino que consiste más bien en desencadenar el proceso de una dinámica de grupo con
el objetivo de mejorar la calidad de la convivencia, es decir, el modo de ser, de pensar,
de sentir y de obrar de los miembros de la comunidad. Por medio del PVC la comunidad
busca juntamente y decide unánimemente vivir juntos con gratuidad y generosidad las
pequeñas realidades de la vida consagrada que están más allá de las constituciones y
de las reglas. Es una experiencia comunitaria que ayuda a hacer mejor las cosas, a vivir
mejor alguno de los aspectos de la vida consagrada que ya han sido prescritos.

Elaborar juntos y vivir juntos un PVC aumenta la participación y la solidaridad


comunitaria. Es un medio al servicio de algo muy importante en la vida religiosa: la vida
comunitaria.

La santidad de la vida no es una cuestión dé técnicas, pero esas técnicas ayudan al


grupo a vivir mejor. No es posible hacer ni vivir el PVC si no existe ya una verdadera
comunidad, viva y auténtica. Para vivir de veras en comunidad no basta saber
arreglárselas en medio de los demás... Hay que participar en la vida de los demás...
Construir juntos algo útil para el reino de Dios; unificar, realizar la síntesis del ideal de
cada uno en una fuerza dominante que arrastre a todos hacia el bien común.

Quién hace el PVC

El PVC no puede ser impuesto a una comunidad, ya que requiere la participación y la


corresponsabilidad de todos los miembros. Por eso tiene que ser siempre una creación
colectiva. La participación en la elaboración del PVC tendrá como efecto el cambio de
algunas cosas en el interior de las personas. Sólo la comunidad y toda la comunidad
busca a través del PVC un modo de crecer (libremente elegido) hacia el ideal de la vida
religiosa.

Un auténtico PVC solamente puede ser elaborado por la misma comunidad que quiere
vivirlo. Todos los miembros tienen que comprometerse solidariamente en esta tarea.
Sería un error lamentable el que algunas personas de la comunidad hicieran un PVC
para proponerlo luego a la comunidad. Aunque la comunidad lo aceptase, sería ineficaz
simplemente porque sería extraño a las personas. El 50 por 100 de los efectos del PVC
queda asegurado por la búsqueda dinámica del grupo en la que se empeñan quienes lo
elaboran. Elaborar un PVC es una experiencia insustituible de vida comunitaria que hace
crecer de forma notable el conocimiento recíproco y la unión. Estrecha maravillosamente
los vínculos de una auténtica hermandad en Cristo. Para asegurar estos resultados es
menester que todos los miembros de la comunidad participen en él con total
disponibilidad.

Preparación para la elaboración del PVC

1. En primer lugar hay que hacer una preparación a nivel personal:

 Reflexionar en el sentido de la vida religiosa consagrada.

 Renovar las motivaciones vocacionales.

2. Debe haber también una preparación a nivel comunitario. Consiste en informar a la


comunidad respecto a lo que es el PVC, el método de elaborarlo, la manera de vivirlo,
su importancia para la animación de la vida comunitaria... En una palabra, la comunidad
tiene que estar informada y motivada para aceptar arriesgarse en esta experiencia
comunitaria.

Ambiente psicológico
El ambiente psicológico favorable a la elaboración del PVC se forma gracias a la caridad
fraterna y al espíritu de oración. También es preciso que todos quieran practicar la virtud
de la tolerancia. Cada uno tiene que aceptar sus debilidades y su falta de madurez. En
una comunidad perfecta, el PVC sería totalmente inútil. Nace del intercambio de ideas,
de informaciones, de opiniones, de sentimientos... Ese intercambio tiene que vivirse en
un clima de respeto, de tolerancia, de caridad y de oración. Del intercambio nacerán el
conocimiento mutuo, la comprensión de unos con otros, la amistad y la unión.

Cualidades del PVC

Son fundamentalmente cuatro:

1. Unanimidad. Es preciso llegar a un consentimiento en el nivel de las ideas, de los


intereses, de las aspiraciones. De ahí nacerán los objetivos comunes. Es la etapa más
difícil, ya que hay que armonizar las necesidades y los intereses de las personas que
componen el grupo. La comunidad tiene que esforzarse en descubrir lo que los miembros
tienen en común. Respetando los intereses totalmente personales, éstos no tienen que
convertirse en un elemento central del proyecto de todos. El conflicto principal se da
entre los intereses personales y los comunitarios, no en el espíritu religioso (caridad
fraterna o espíritu de oración). Se da una tensión natural entre los intereses personales
para la realización de sí mismo y los objetivos comunes. La dificultad natural de reducir
la tensión de esta ambivalencia lleva a cada uno a una confrontación personal para
superarse a sí mismo. Ambos objetivos (realización personal y bien común) representan
valores importantes tanto para la persona como para la comunidad. El individuo tiene el
deber de no prejuzgar nunca el bien común por causa de unos deseos personales. Y la
comunidad tiene la obligación de ayudar a cada uno de sus miembros a realizarse
también personalmente.

2. Facticidad. Los objetivos de PVC tienen que ser concretos, aceptables, eficaces y
flexibles:

— Concretos: sólo entonces podrán realizarse.

— Aceptables: no entrar en contradicción con las constituciones, el evangelio o la


realidad concreta.

— Flexibles: adecuados a una realidad en continuo cambio.

— Eficaces: tienen que estimular las aspiraciones de todos.

3. Realismo. El PVC no es idealismo, no es una solución mágica. Es preciso no ir más


allá del limite de la posibilidad de todos. Es mejor un pequeño paso todos juntos que
unos grandes pasos de la élite de la comunidad. Por consiguiente, hay que conocer bien
los límites de todos. El secreto de la eficacia del PVC para el crecimiento comunitario
consiste precisamente en ponerse fraternalmente de acuerdo en hacer juntos las cosas
pequeñas que correspondan a las posibilidades de los más débiles y a la generosidad
de todos.

4. Inserción. El PVC tiene que insertarse en otros sistemas más amplios: la provincia, la
congregación, la Iglesia. No marchar de forma paralela, sino dentro de la congregación
y de la Iglesia.

Contenido

Se decide el modo de vivir durante el año de una manera más fraternal en torno a Cristo.
Cada año se vuelve a comenzar de nuevo. El PVC, para que tenga validez, tiene que
hacerse generalmente tan sólo para un año, ya que casi todos los años hay algún
traslado: vienen miembros nuevos que, en realidad, no han asumido ningún compromiso
personal para vivir un PVC hecho por otros; por eso tampoco se sienten responsables
para vivirlo con los nuevos compañeros. De todas formas, es preciso que se inserten en
las realidades de la comunidad. A nuevos miembros corresponden nuevas
necesidades... Por eso es normal que todos los años se empiece otra vez con la
elaboración de un nuevo PVC en el que se replantee el estilo de oración, de apostolado,
de relaciones interpersonales..., en una palabra, la manera de vivir prácticamente los
grandes valores de la vida consagrada: el amor de Dios, la imitación de Jesucristo, las
bienaventuranzas, los votos...

Elaboración

El PVC puede elaborarse siguiendo varios métodos. En este libro se proponen una
metodología y algunas técnicas concretas inventadas por el autor. La experiencia de
varios años y de diversos ambientes han demostrado su eficacia en orden al objetivo
que se buscaba. Para asegurar el éxito de la elaboración del PVC con este método es
indispensable que el animador del trabajo conozca muy bien el método y tenga una
buena experiencia en la moderación de grupos de trabajo.

Para comenzar la tarea se supone que la comunidad está ya suficientemente informada


y motivada. En concreto, los resultados de cada técnica tienen que escribirse y
recopilarse en un documento final, cuya forma obedezca a una estructura concreta.

En la primera reunión se estudia conjuntamente bajo la dirección del animador


la identidad del grupo que elabora el PVC. Este procedimiento tiene la finalidad de
iluminar a cualquier lector eventual del documento respecto a lo que se ha hecho. El
PVC no tiene por qué ser considerado come secreto. Más aún, hay que ver un valor
apostólico de ayuda recíproca y de comunicación de la fe en su difusión entre otras
comunidades.
En un segundo tiempo se procede a la dinámica de grupo para profundizar en el
conocimiento recíproco. El objetivo final de esta técnica consiste en tomar conciencia
comunitaria de la realidad humano-espiritual de la comunidad y en trazar
un diagnóstico. Todos tenemos necesidades, riquezas, gustos y limitaciones cuyo
conocimiento recíproco abre un espacio de libertad para una auténtica e intensa
hermandad. Es bueno reconocerse como personas dispuestas a sacrificar una parte de
su individualidad para integrarse en un cuerpo comunitario bien sólido. Cada uno se
compromete a descubrir las necesidades de los demás y lo que puede haber en él de
egoísmo y de interés personal. Para poder vivir juntos como hermanos hay que aceptar
y asumir la heterogeneidad de la comunidad a través del esfuerzo de respeto mutuo.
Hay que saber descubrir lo que es voluntad humana (intereses personales) y lo que es
voluntad de Dios. Esto se hace en el amor fraterno (respeto a la opinión de los
hermanos). ,

Viene a continuación un método práctico para elaborar el PVC. Se explican con los
detalles imprescindibles todos los aspectos formales que hay que recorrer
sucesivamente uno tras otro. Para facilitar más aún las tareas de la elaboración del PVC
añadimos un ejemplo de PVC elaborado por una comunidad anónima según el método
propuesto. El estudio serio del método y la confrontación de sus indicaciones con el
ejemplo concreto de las páginas sucesivas asegurará el éxito de la iniciativa comunitaria.
Se aconseja que todos los que participan en la elaboración del PVC tengan en la mano
una copia del método práctico y del ejemplo concreto.

Método práctico para elaborar un PVC*


* Este método se publicó, con matices distintos, en mi obra Unificación de la vida en la comunidad
religiosa, Paulinas, Madrid 19843.

Duración: Unos tres días (es preferible hacerlo fuera de la propia residencia; también es
mejor que el animador sea extraño a la comunidad).

Metodología general

1. Oración

 Crear un clima de oración.

 Invocar la presencia y la ayuda del Señor.

 Lectura y reflexión: los artículos de las constituciones que hablen de la vida comunitaria;
Rom 12,4-5.

 Intenciones espontáneas compartidas.

 Invocación al Espíritu Santo.


2. Dinámica de grupo

Tema: Conocerse mutuamente y conocer nuestra realidad.

Cuestionario de orientación

a) ¿Estoy contento de cómo viví mi vida comunitaria el año pasado?

b) ¿Qué me parece que no funcionó bien en mi comunidad?

c) ¿Tuve dificultades personales para adaptarme comunitariamente el año pasado?

d) Obstáculos ambientales, de organización, profesionales...

e) Dificultades por parte de los demás hermanos (sin dar nombres).

f) ¿Qué cambios me gustaría introducir para mejorar este año nuestra vida comunitaria?

g) Observaciones para aclarar mejor mi pensamiento y mis sentimientos.

h) Si se cree útil, hablar también de los sufrimientos físicos y espirituales, frustraciones,


deseos y expectativas...

Metodología específica de la dinámica de grupo

a. Estar sentados en círculo.


b. Leer y meditar juntos: 1 Cor 12,26; Lc 10,36-37 (un cuarto de hora).
c. Hablar cada uno, por turno, libremente (el cuestionario señalado o algún otro puede
servir de ayuda...).

— Emplear el tiempo necesario para que todos puedan expresarse:


— Actitud que hay que mantener al expresarse:

o Decir cada uno con libertad y también con caridad y plena objetividad lo que piensa y
siente sobre su experiencia de vida comunitaria.

o No atacar a nadie.

o No hablar mal de los demás.

o No faltar al respeto.

o Mientras uno habla, los demás deberán:

 Escuchar atentamente y procurar comprender.


 Aceptar a la persona a pesar de lo que está manifestando.

 Acoger con respeto lo que dice.

 Evitar discusiones, aunque puede pedirse alguna aclaración.

 No criticar públicamente lo que uno dice, aunque esté equivocado o diga lo que no debe
decir; aceptar incluso esta debilidad de uno que puede encontrarse en dificultades.

d. Si la dinámica quedase bloqueada por algún motivo, habrá que suspenderla durante una
media hora y rezar; volver luego a la dinámica.
e. Esta dinámica debe hacerse en un clima de oración, como si fuese una oración
comunitaria participada y compartida. El objetivo sigue siendo profundizar en el
conocimiento mutuo para un diagnóstico de las necesidades comunes.
f. No se obligue a nadie a manifestarse si no quiere. Los demás deberán esforzarse en
comprender también este tipo de actitud (bloqueo, miedo, desconfianza, obstinación,
agresión, rebeldía...). Aceptar a la persona tal como es, con sus problemas...
g. Cuando todos se sienten bloqueados y nadie o solamente alguno llega a manifestarse,
esto podría significar:

 Timidez de casi todos.

 Falta de amor fraternal, de espíritu religioso o de solidaridad.

 Falta de confianza mutua.

 Falta de sencillez y de verdadera oración personal.

 Excesivo autoritarismo del coordinador.

¿Qué hacer entonces? Suspender la dinámica y rezar de modo personal para pedir
ayuda y coraje al Señor a fin de superar la dificultad (unos quince minutos o más).

Cuando hay auténtico espíritu comunitario, todos se sienten libres para manifestarse
auténticamente, sin demasiados temores.

h) Mientras se manifiesta cada uno de los participantes, los otros toman nota de
las dificultades, de las necesidades y de los deseos que se expresan, para elaborar
luego con este material, en pequeños grupos, el diagnóstico de la realidad de la
comunidad.

i) Terminada la dinámica de las manifestaciones individuales, leer y reflexionar juntos:


Jn 13,12-15 y Col 3,12-15.

3. Diagnóstico
a. Elaborar en pequeños grupos, o bien juntos, una propuesta de diagnóstico de la realidad
de la comunidad, o sea indicar las dificultades, las carencias o necesidades y los
deseos que se expresaron durante la dinámica del grupo general.
b. Reunión para escoger una de las propuestas de diagnóstico que han presentado los
pequeños grupos para el PVC o bien elaborar el diagnóstico todos juntos.

4. Marco doctrinal

Buscar un pasaje doctrinal en la Biblia o en los Documentos que sea como un faro para
orientar y apoyar la búsqueda de los medios.

5. Reunión para establecer juntos el horario provisional de la comunidad

6. Objetivo general (o común)

a. Dividirse en grupos pequeños según el número de participantes.


b. Esos grupos deberán:

o Rezar juntos: meditar Lc 11,9-13 (unos diez minutos.

o En un clima de oración, buscar juntos un objetivo sencillo que favorezca la unión


comunitaria de Cristo y que sea aceptado por todos como medio teórico para cambiar
los aspectos negativos del diagnóstico que se ha hecho. Que sea algo que vaya más
allá de lo prescrito por las reglas (generosidad...).

c) La reunión:

 Pone en común los diversos objetivos propuestos y tras la discusión se escoge uno de
ellos mediante un proceso de votación. Es necesario obtener la unanimidad.

 Si resulta difícil el consenso, se interrumpe la discusión y la votación y se reza en


particular... Continuar luego la discusión en común y la votación hasta obtener la
unanimidad que se busca.

 No hay que buscar lo que "yo creo importante para mí o para los demás", sino lo que
"creo que el Señor quiere de nosotros".

7. Objetivos específicos (medios) para realizar el objetivo común o general

a. Los grupos: rezar juntos (unos diez minutos). Después, también juntos, buscar dos o tres
medios prácticos para realizar el objetivo general ya aceptado.
b. La reunión: considerar todos los medios propuestos por los grupos y escoger dos o tres
de ellos que sean aceptados por todos (unanimidad).

8. Estrategias
Se trata de encontrar algunas prácticas concretas que quiera adoptar la comunidad para
concretar a través de los comportamientos comunes o individuales los objetivos
específicos. Para ello:

a. Los grupos formulan las proposiciones adecuadas a lo que creen que está en la línea de
la voluntad de Dios para el crecimiento espiritual y humano de la comunidad.
b. Entre todas las prácticas propuestas la reunión escogerá una o dos para concretar cada
uno de los objetivos específicos. Sólo se adoptarán las prácticas que hayan aceptado
todos.

9. Programación

Programar y fijar de antemano tiempo, lugares, días, fechas, horas y personas para
seguir cada una de las estrategias adoptadas.

10. Valoración

La valoración periódica del modo con que la comunidad vive su PVC es su condición
para que el PVC sea eficaz. La valoración puede hacerse cada mes. Lo mínimo que
puede aceptarse es de al menos tres veces al año. Es indispensable fijar con exactitud
las fechas de las valoraciones previstas.

11. Escribir el PVC. Cada miembro de la comunidad ha de poseer una copia del mismo

La elaboración del PVC es un acto eminentemente comunitario de gran utilidad para el


conocimiento recíproco y por tanto para la unión y la solidaridad que favorecen el
crecimiento humano y espiritual de todos.

Los trabajos podrían concluirse de este modo:

a. Leer y meditar juntos durante varios minutos Jn 4,11-14.


b. Oración comunitaria especial de acción de gracias por el feliz resultado.
c. Agape fraternal... (comida o cena de fiesta).

Ejemplo de un PVC (Estudiantado San Carlo, Roma)

Identificación: Somos una comunidad religiosa de 24 jóvenes hermanos estudiantes, un


superior, un superior adjunto, un capellán y otro sacerdote. El director y el capellán son
también profesores en las universidades de Roma. El director adjunto trabaja también
en la administración general y el otro sacerdote es investigador de la historia de la
congregación. Pertenecemos a 15 naciones.
Diagnóstico: Tras un atento examen comunitario de nuestra realidad hemos constatado
la existencia entre nosotros de:

Dificultades:

A nivel de relaciones interpersonales: — Cierta inseguridad.

 Limitaciones personales frente a ciertas responsabilidades.

 Diversos sufrimientos personales.

Necesidades:

 De tiempo, para formar comunidad.

 De más amistad.

 De más informaciones.

 De más diálogo.

 De más colaboración.

Deseos:

 Mejorar la comunicación.

 Más espacios de silencio.

 Momentos comunitarios más frecuentes.

Marco doctrinal: "Por tanto, como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de un
corazón compasivo, bondadoso, humilde, manso, magnánimo, sobrellevándoos,
perdonándoos mutuamente..." (Col 3,12-13).

"Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno.
Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en la unidad, y así conozca el mundo
que tú me enviaste y los amaste como me amaste a mí" (Jn 17,22-23).

Objetivo general: Crear un clima de amistad evangélica en la aceptación y el respeto


mutuo para la comunión y para compartir en todos los niveles de la vida comunitaria.

Objetivos específicos:

1. Confortarse comunitariamente con la Palabra para un mayor conocimiento recíproco en


el gozo de sentirse llamados juntos a vivir en torno a Cristo y María.
2. Cultivar la amistad a fondo perdido con espíritu oblativo y con mayor atención a los
diversos "momentos" del otro.

Estrategias:

1. Practicar con un método adecuado la revisión de vida.


2. Estudio y confrontación comunitaria periódica de la Palabra.
3. Preparar de vez en cuando la oración litúrgica más solemne.
4. Organizar algunas salidas comunitarias.
5. Celebrar el cumpleaños de cada uno o por grupos una vez al mes.
6. Compromiso personal con un tiempo fuerte de oración personal cada día.
7. Celebración penitencial periódica.
8. Aceptar o bien ofrecerse a pequeños compromisos ocasionales.

Programación:

1. Horario general:

. Levantarse

6,25 Oración

7,10 Desayuno. Clase

13,00 Comida Descanso o clase

Recreo

Estudio. Trabajo

18,30 Oración
Miércoles y viernes:
en particular

19,30: Cena. Recreo

22,30: Silencio mayor

Rosario: 12,40 o en particular

Domingos y fiestas:
oración en particular.
19,00: Adoración.

2. Revisión de vida:
 Sábado 20 de diciembre: a las 16,00.

 Sábado 11 de abril: a las 16,00.

3. Estudio y confrontación comunitaria de la Palabra: ordinariamente cada sábado, a las


18,00.

4. Oración litúrgica y misa solemne: ordinariamente los jueves, 18,30.

5. Excursiones comunitarias:

 30 de noviembre: Asís, Perusa.

 26 de diciembre: Gran Sasso, Aquila.

 15 de febrero: Loreto.

 21-22 de abril: Viterbo, Bolsena, Siena, Florencia, Orvicto.

 17 de mayo (tarde): Neptuno, Via dei Laghi.

 Encargados: Antonio y Chima.

6. Celebrar comunitariamente el cumpleaños de cada uno: recuerdo en la liturgia,


extraordinario en el comedor, recreo comunitario después de cenar, un pequeño regalo...

1. Celebraciones penitenciales:

 Miércoles de ceniza.

 Sábado 11 de abril.

8. Jornadas de oración:

 Sábado 20 de diciembre.

 Sábado 11 de abril.

9. Disponibilidad de todos para atender al teléfono el sábado por la tarde, el domingo y los
días de fiesta.

10. Valoración del PVC:

 24 de enero, a las 16,00, en casa.

 22 de marzo, por la tarde, en Velletri.


 23 de mayo, a las 16,00, en casa.

Como testimonio público de nuestro consentimiento unánime y del deseo de todos de


realizar con generosa fidelidad a la gracia del Señor lo que hemos propuesto, firmamos
con humilde confianza (siguen las firmas).

Método de verificación del PVC

1. Sentarse en círculo.
En el centro, un símbolo de la presencia del Señor: una vela, una Biblia, una imagen,
etc.
2. Crear un clima de oración: motivar...
Invocar expresamente al Espíritu Santo.
3. Breve reflexión sobre el texto.
"
"Confesad los pecados unos a otros y orad unos por otros, para que os curéis (Sant
5,16).
4. Manifestaciones individuales: cada uno hace con sencillez y confianza su examen de
conciencia en voz alta sobre su modo de vivir el PVC.
Con actitud y sentimiento de humildad pedir perdón por las faltas y los malos ejemplos.
Mientras uno habla, los demás escuchan respetuosamente.
Cuando no quiera manifestarse ninguno más:
5. Breve celebración penitencial: recitar o cantar el salmo 50 u otro canto penitencial.
6. Agradecer al Señor la gracia de este importante acontecimiento comunitario: Magnificat
u otro canto.
7. Concluir con una pequeña fiesta de confraternización.

8. El encuentro personal
periódico
Necesidad del encuentro personal periódico

El nosce te ipsum de Sócrates constituye uno de los grandes problemas que preocupan a
los hombres que piensan. Digo que es un verdadero problema precisamente para "los
hombres que piensan" porque hay muchas personas que sólo se dejan vivir pasivamente,
de acuerdo con el curso de los acontecimientos. Desgraciadamente, a muchos no les
preocupa comprender el sentido profundo de la vida.

Entre los hombres que piensan hay muchos que viven conscientemente su destino
existencial. El religioso hace de su fe la razón decisiva de su humanismo. Esto explica la
preocupación primordial de todos los consagrados para conseguir un poco de claridad sobre
el sentido profundo de la evolución de su existencia.
Nosotros mismos somos el objeto de los pensamientos más secretos de nuestro espíritu.
Nos vemos como un ser multidimensional, portador de una energía latente capaz de decidir
con su dinamismo intrínseco el éxito o bien el fracaso de su propio fin existencial. A pesar
de la importancia trascendente del problema teleológico de la humanidad, más pronto o más
tarde todos realizamos la experiencia de que, nosotros solos, somos más o menos
impotentes para resolverlo de forma satisfactoria. Al final, después de grandes esfuerzos
por encontrar nuestro camino, nos vemos obligados a admitir que no hemos superado
todavía una etapa de titubeo en torno a nosotros mismos en la búsqueda de una orientación
segura. Entonces se nos ocurre espontáneamente gritar en busca de ayuda. Nos aferramos
ansiosamente al primer aventurero que se nos presenta con aspecto de profeta para que
nos socorra. Si tenemos la fortuna de encontrar una persona inteligente y prudente,
probablemente encontraremos el camino que nos llevará al triunfo de la vida.

Nadie puede rechazar la asistencia de un consejero. El destino eterno de nuestra existencia


es tan importante y la misteriosa llamada de Dios para la síntesis es tan urgente y
persuasiva, que automáticamente esperamos de nuestros semejantes una ayuda eficaz
para sistematizar los datos que tienen que llevarnos a la solución final del problema.

Es éste el mecanismo intrapsíquico que se encuentra por todas partes en donde se


desarrolla una vida seria. Este proceso vital explica igualmente las motivaciones profundas
que están en la raíz de la necesidad de una orientación o de un coloquio personal con el
responsable, como práctica habitual en el ritmo evolutivo de la vida religiosa.

Hoy es imposible concebir una asociación de personas que han hecho de su vida
comunitaria un medio importante de santificación sin la práctica de la dirección o del
encuentro periódico con el superior.

Sobre el tema de la dirección espiritual existe ya una buena literatura. Pero se ha dicho muy
poco, casi nada, respecto a la dirección un tanto sui generis que se practica en los institutos
de vida religiosa laical, que solemos designar como entrevista personal periódica, o mejor
dicho, encuentro personal periódico con el superior. Se trata de una práctica que en el fondo
no se identifica con la dirección espiritual. De todas formas, entre la una y la otra existen
muchos aspectos de semejanza.

Pero hasta ahora no se ha dicho casi nada respecto a los aspectos técnicos del mecanismo
psicológico de estas prácticas. De todos modos, las dos constituyen unas disciplinas de
ascesis que se presentan como un tipo particular de relación interpersonal necesaria para
la formación tanto inicial como permanente en las instituciones religiosas. En este tipo de
relación entre dos personas, a saber: el formador y el formando, se emplean mecanismos
psicológicos particulares. Su conocimiento resulta indispensable al formador para la eficacia
de esta práctica. Ignorarlos podría incluso dar origen a situaciones difíciles y quizá
perjudiciales tanto para el formando como para el formador. Este es el motivo que justifica
las presentes reflexiones sobre el tema de la entrevista personal periódica.
Observación: Es seguro que muchos superiores han adquirido ya una buena experiencia en
este servicio a los formandos. Muchos han aprendido por sí mismos como verdaderos y
propios autodidactas. No obstante, el conocimiento objetivo de los mecanismos profundos
que están en la raíz del éxito en el trato más íntimo con los hermanos favorecerá el
perfeccionamiento de este método.

Conceptos

Hay por lo menos cuatro conceptos que entran en lo que se considera ordinariamente el
encuentro personal periódico con el superior de la comunidad:

Rendir cuentas

Es preciso que el formando dé cuenta de sus tareas tanto domésticas como profesionales y
apostólicas. Esta obligación supone cierta actitud en el superior que podría explicarse como:

 Orientación en la conducta que deberá seguir en su actuación.

 Ayuda en sus dificultades generales y particulares respecto al trabajo, la relación


interpersonal y en el orden espiritual.

 Ayuda para resolver el problema específico del crecimiento espiritual.

A pesar de las semejanzas, hay también diferencias importantes entre unos y otros en estas
diversas maneras de ver la entrevista personal periódica con el superior.

Dar cuenta del empleo o de una misión de la que le ha encargado el superior consiste en
informarle del resultado de la misma: responsabilidad en un cargo, estudio, misión especial...

Orientación de la conducta

En el encuentro para rendir cuentas, la dinámica de la entrevista está controlada por la


iniciativa del formando. En el encuentro para una orientación de la conducta, por el contrario,
la iniciativa y el control de la conversación le corresponden al superior. El se siente el
responsable principal de la conducta de los súbditos ante la institución. En efecto, para la
verificación del estado de equilibrio humano y espiritual de la comunidad el superior mayor
apela al superior local responsable. El desplazamiento de la iniciativa del diálogo del
subalterno al superior es, por tanto, el primer aspecto diferencial entre estas dos maneras
de realizar la entrevista. En el diálogo que se tiene para la orientación de la conducta, el
interés por el encuentro parte sobre todo del superior. Es también él quien procura ejercer
cierta presión sobre el subalterno por un esfuerzo continuo de mejorar su conducta. En cada
caso se presentan aspectos particulares de orientación. O sea, la actitud del superior con el
subalterno cambia un poco de acuerdo con el caso particular de cada súbdito.
En una palabra, se trata de una actividad pedagógica o de formación propiamente dicha.
Efectivamente, cada superior es responsable hasta cierto punto de la formación permanente
de sus hermanos. La tarea del superior puede compararse con la responsabilidad de un
maestro de novicios. Todos los religiosos somos siempre novicios en cierto sentido, siempre
en busca del camino. ¿Acaso no se dice que la vida comunitaria después del noviciado tiene
que ser la continuación de la vida que comenzó en el noviciado?

Ayuda en las dificultades

Las dificultades pueden ser generales o particulares. Si se hace con esta finalidad de ayuda
en una dificultad, la entrevista personal con el superior asume un significado más bien de
psicoterapia. En nuestra civilización actual todos sufren cierto impacto de sufrimiento
neurótico. A veces estas perturbaciones a nivel emocional constituyen un verdadero
obstáculo para una relación interpersonal equilibrada dentro de la comunidad. Se dan,
además, algunos casos en los que el individuo se siente bloqueado por la ineficiencia en el
trabajo. Un superior que tenga un buen grado de conocimiento de la psicología del hombre
está igualmente llamado a ayudar en este nivel en los casos más sencillos.

El encuentro hecho con esta finalidad concreta presupone en cada caso:

 Una persona necesitada de ayuda en una dificultad particular concreta.

 Otra persona capaz de ofrecerle la ayuda requerida.

Ayuda para el crecimiento espiritual

No se trata solamente de ayudar én las dificultades de orden psicológico. Todos los


religiosos, pero sobre todo los formandos, tienen siempre una necesidad más o menos
urgente de acompañamiento en su búsqueda de un auténtico camino para un proceso
ininterrumpido de crecimiento espiritual. En la casa de formación, el primer responsable para
este servicio de acompañamiento de los formandos es el maestro. En las otras comunidades
esta tarea está, lógicamente bajo la responsabilidad del superior.

Hechas estas aclaraciones, podemos enunciar la siguiente proposición:

El encuentro personal periódico, en sentido religioso, es una práctica al mismo tiempo


pedagógica y ascética. Consiste en efectuar encuentros regulares o protocolarios entre el
superior y el súbdito con varios objetivos generales que es preciso examinar y controlar
juntos sobre varios aspectos de la vida religiosa práctica. Los objetivos específicos de esta
práctica son, entre otros:

a. Tomar conciencia más viva de las relaciones de responsabilidad mutua.


b. Mantener la vida religiosa del grupo comunitario en un alto nivel de coherencia.
c. Ayudar a los candidatos, a los novicios y a los jóvenes en su esfuerzo de conversión y de
adaptación a nivel de comportamiento, bien sea en la vida o bien en su actitud apostólica o
profesional.

Así pues, tendremos que examinar cuatro aspectos principales del encuentro personal
periódico:

 El examen de las responsabilidades.

 El sostenimiento de la vida religiosa.

 El estímulo de la vida comunitaria.

 La adaptación de la conducta individual.

Explicación de algunas palabras

Encuentro

El encuentro supone normalmente la presencia física por lo menos de dos personas. Por
eso la relación epistolar no será nunca un encuentro propio y verdadero. Tampoco una
comunicación por teléfono es un verdadero encuentro. Sin embargo, la correspondencia
epistolar y la comunicación telefónica pueden considerarse como sustitutivos no totalmente
despreciables para una ayuda y un acompañamiento formativo. Pueden ser incluso medios
muy valiosos sobre todo en los casos en que es demasiado difícil, o quizá imposible, el
encuentro personal. Muchos religiosos deben su progreso espiritual a una ayuda realmente
importante que les viene a través de cartas escritas por directores espirituales sabios y
prudentes. El padre Henri Caffarel, director de una famosa casa de oración de Troussure
(cerca de París), mantiene un curso permanente de oración por correspondencia.

De todas formas, no cabe duda de que una buena relación interpersonal exige también un
contacto directo y sensible de los protagonistas. Para una buena comunicación a nivel
personal es necesario que las personas se vean, se hablen cara a cara, se escuchen, se
observen entre sí...

Personal

Un encuentro puede ser en grupo o comunitario. Las reuniones comunitarias tienen su


misión concreta en el crecimiento humano y espiritual de los consagrados: estimular el
conocimiento mutuo, el intercambio para la comprensión recíproca, la amistad, la
fraternidad, con sus consecuencias de solidaridad y de unión. Pero los aspectos más sutiles
de los dinamismos psicológicos del alma requieren una atención que sólo puede conseguir
el diálogo entre dos personas.
Hay además otros aspectos del comportamiento de la persona más externos que siempre
es mejor discutir directamente con el sujeto a solas. No es bueno sacar a relucir ante todos
las cosas demasiado personales. El respeto que se debe a la persona exige discreción.

En una casa de formación, así como en las comunidades apostólicas, hay muchos
momentos de trabajo formativo intenso durante la jornada: oración comunitaria, reuniones
de estudio, de trabajo, de solución de los problemas; conferencias, recreo comunitario... Se
trata de actividades que favorecen el espíritu de familia y la comunión. Pero hay tensiones,
sufrimientos y necesidades personales que no pueden tratarse en público. Por eso es muy
importante que haya una oportunidad que permita al religioso encontrarse a solas con su
superior para hablar sobre sus cosas en particular, dentro de un clima de confianza. Esta
necesidad se palpa sobre todo en los noviciados y en las casas de la primera formación de
los candidatos. Pero no hay que olvidar que se presenta también en la vida de todas las
comunidades, aunque no con tanta intensidad.

Periódico

¿Cuál sería la periodicidad ideal del encuentro personal con el superior?

En principio parece estar claro que el encuentro personal propiamente formativo del novicio
con su maestro debería ser más o menos semanal como frecuencia más deseable. Recibir
al novicio para una conversación personal más de una vez por semana ordinariamente
presenta algunos problemas:

 Peligro de mantenerlo en una situación de cierta tensión que podría bloquear su libertad
interna.

 Peligro de crear un vínculo de dependencia que no favorecería su crecimiento.

 Peligro de suprimir toda posibilidad de iniciativa creadora.

Un maestro que sintiera personalmente la necesidad de estos encuentros con su formando


para su propia satisfacción habría caído, ciertamente, en el problema del
llamado controtransfert. Estaría realmente él en dependencia del formando. Semejante
situación sería la inversión de la relación formativa. Significaría además una gran falta de
madurez afectiva del formador. Este no tendría ya ninguna condición personal para ayudar
de veras a crecer a sus formandos.

En el período de formación antes o después del noviciado, podría reducirse la periodicidad


del encuentro personal con el superior o con el formador. Para los jóvenes religiosos un
encuentro personal al mes con el superior será, ciertamente, una ayuda importante. Cuanto
más va avanzando el religioso en edad y en gracia tanto más debería ir haciéndose capaz
de resolver sus asuntos personales, tanto humanos como espirituales, de manera más o
menos autónoma. De todas formas, para el equilibrio de algunos aspectos de la vida
comunitaria, ningún religioso podrá nunca dejar por completo la relación personal más o
menos íntima con su superior.

El encuentro personal deberá transcurrir normalmente en un clima de respeto y de amistad.


Una discusión acalorada, un reproche violento, una fuerte llamada a la responsabilidad
pueden significar una corrección, pero, desde luego, no muy fraternal. Esto no tiene nada
que ver con el encuentro personal, cuya finalidad incluye siempre un demento
esencialmente constructivo.

Superior y súbdito

En el encuentro personal con el superior en la vida religiosa, el tipo de relación interpersonal


se establece entre una autoridad y un dependiente, entre un cuerpo de dirección y un cuerpo
de ejecución, entre un director y un dirigido, entre un responsable que manda y un
responsable que ejecuta lo mandado, entre un padre celoso y vigilante y un hijo dócil, entre
un superior que intenta interpretar la voluntad de Dios sobre el hombre y un súbdito que
quiere conocer la intención divina sobre su vida.

Relación de responsabilidad mutua

Todo encuentro personal implica espontáneamente 'un examen de conciencia de ambos


interlocutores. El superior verifica sus deberes respecto al súbdito. El contenido de la
comunicación del súbdito ayuda a aclarar este aspecto de su función en la comunidad. El
súbdito, en general, rinde sinceramente cuentas de su conducta personal sobre los aspectos
de su actividad religiosa, humana, profesional y espiritual.

Ayudar

El objetivo principal del encuentro es siempre prestar una ayuda al formando. Vivir la vida
consagrada es ir evolucionando constantemente hacia algo más perfecto. Por eso este estilo
de vida es conocido también como el estado de perfección. En efecto, por la naturaleza de
su modo de vivir, el religioso tiende a desarrollar progresivamente todas sus virtualidades
humanas y espirituales. Para que este proceso se realice con seguridad, el religioso tiene
necesidad de un guía con experiencia.

Dinámica de grupo

La vida personal sufre la profunda influencia de la dinámica del grupa o de la comunidad a


la que pertenece el individuo. Si el superior quiere tener un buen control de la comunidad,
deberá buscar un contacto personal más o menos íntimo con cada uno de sus miembros.

Adaptar

Las dificultades y los desórdenes tanto a nivel intrapsíquico como a nivel interpersonal,
social, profesional y espiritual son más o menos comunes a todos. Hay ciertas dificultades
que el individuo por sí solo no logra superar. Tiene necesidad de una ayuda externa. En
varios casos la persona más indicada para ofrecer esta ayuda es, lógicamente, el superior
de la comunidad. El formando, postulante o novicio, tiene que saber que su maestro está
allí precisamente para acompañarle en la superación de las dificultades que experimenta en
la búsqueda de su vocación.

Conducta religiosa

Parece ser que esta expresión supera los límites del foro externo. Por eso tampoco cabe
ninguna duda de que todos los miembros de una comunidad religiosa tienen que respetar y
cumplir las decisiones y la orientación del superior legítimo, por lo menos en todo lo que se
refiere al comportamiento externo, así como en todo lo que se refiere a la práctica religiosa.

Aunque no se trata de dirección espiritual propiamente dicha, parece ser que el tipo de
encuentro personal incluye, sin embargo, ciertos elementos indispensables para una propia
y verdadera dirección espiritual. Pero está claro que su objetivo general es, de todas formas,
más amplio que el de la dirección espiritual específica. También es importante saber que
cualquier superior religioso debería ser igualmente capaz de ayudar a una persona a nivel
de dirección espiritual. Esto es importante para un maestro de novicios. Entretanto, como
en las demás comunidades religiosas, es mejor que el director espiritual de cualquier
miembro de las mismas no pertenezca a su comunidad. Esta medida está justificada por
dos argumentos:

a. Todos los formandos y los religiosos están más o menos obligados al encuentro personal
con su superior debido a una prescripción reglamentaria.
b. Ningún religioso puede verse obligado a someterse a la dirección espiritual de una persona
que es también su superior en el foro externo. Todo religioso debe tener libertad de buscar
un director espiritual de su confianza.

De estos dos argumentos se deducen inmediatamente tres afirmaciones:

a. Todo súbdito tiene el derecho de escoger a su superior como director espiritual.


b. En este caso, el superior debe sentirse libre de aceptar o no aceptar esta elección según
sus criterios personales.
c. El superior no debe nunca obligar a su súbdito a que lo acepte como director espiritual.

Parece que está claro y que es conveniente en el nivel psicológico que el maestro de
novicios tenga acceso a una cierta intimidad espiritual del novicio para poder controlar
debidamente el compromiso del formando.

Conducta profesional

Aquí no se presenta ninguna dificultad. El superior, como jefe, tiene siempre el derecho de
éxigir cuentas a su súbdito. También pertenece al sentido común que el súbdito busque en
su jefe o en su superior los consejos que puedan ayudarle a solucionar las dificultades que
plantea la ejecución de una orden recibida. El súbdito tiene que aceptar también la
inspección de su trabajo.

Objetivos del encuentro personal con el superior-formador

La finalidad última del encuentro personal con el superior es doble:

 Asegurar el bienestar del formando.

 Asegurar la estabilidad de la institución.

El bienestar del súbdito implica la responsabilidad del superior y obliga al súbdito. El superior
es responsable para con los súbditos en todo lo que se refiere a la vida física y religiosa de
los mismos. El hecho de asumir las responsabilidades de su cargo supone automáticamente
la aceptación de los deberes de vigilancia, de control, de ayuda, etc. Pero hay, además,
otras actividades cuyo control exige un contacto directo e íntimo con el formando y con el
súbdito. Entre estas actividades están todas las que implican la vigilancia y el control, bien
sea para conocer las necesidades de los súbditos, bien las que se requieren para conocer
posibles irregularidades. En efecto, un novicio y, sobre todo, un joven religioso que carece
de una mayor experiencia puede verse metido en situaciones de las que no logrará salir sin
la ayuda de un superior benévolo y más maduro. Por eso el súbdito tiene siempre cierto
derecho a la asistencia de un superior. Por otra parte, tiene también el deber de informar
periódicamente al superior de la manera con que consigue cumplir con sus obligaciones.

El deber del formador de vigilar, de controlar, de acompañar y de orientar al formando tiene


su fundamento en su compromiso natural de corresponder a la confianza de la autoridad
que le ha encargado de ello. De su fidelidad depende, por lo menos en parte, la estabilidad
y el progreso de la institución. La estabilidad de una congregación religiosa depende
realmente, sobre todo, del equilibrio y de la estabilidad de sus miembros.

De la finalidad remota a la práctica habitual del encuentro personal periódico con el superior
dimanan algunos objetivos inmediatos. Se trata más bien de medios para alcanzar el
objetivo remoto. Miran al progreso y a la adaptación individual, en primer lugar para el
bienestar de la persona. El equilibrio y el sentimiento de satisfacción personal de los
miembros de un grupo aseguran el equilibrio del conjunto. Una comunidad feliz ejerce a su
vez una poderosa influencia positiva en cada uno de los miembros para la prosecución del
esfuerzo de todos por la creación de un ambiente estable de entusiasmo y de buen espíritu.

Así pues, ¿cuáles son esos objetivos inmediatos tan importantes?

La definición que hemos dado del encuentro personal periódico con el superior los señala
ya de una forma sintética. Vale la pena repetirlos quizá de una forma algo distinta para
profundizar en su significado más concreto. Me gustaría hablar particularmente de tres de
estos objetivos inmediatos: conocer, comprender y ayudar.
Conocer

Un encuentro personal implica siempre un elemento educacional. Pues bien, sabemos que
la primera condición de éxito en cualquier proceso educativo es que el educador conozca al
educando. Si el súbdito no es propiamente alumno del superior, en muchas circunstancias
de la vida comunitaria no podrá hacer otra cosa más que tomar una auténtica actitud de
discípulo de su superior. Este, por su parte, en muchas de las situaciones de su función
administrativa no podrá menos de tomar una actitud de maestro ante los súbditos. Por
consiguiente, en más de un aspecto la relación interpersonal entre el súbdito y el superior
presenta un carácter claramente pedagógico. Por eso,el encuentro personal con el superior,
lo mismo que ocurre con cualquier intervención pedagógica, será eficaz en la medida en
que el formador conozca a su formando.

Le interesa al formador conocer del formando todo lo que puede ayudarle a intervenir en su
proceso de crecimiento con la mayor eficacia sin perjudicarlo en lo más mínimo. Entre otros
aspectos están: el carácter, las cualidades positivas y negativas más importantes de la
personalidad, las habilidades profesionales, las dificultades en el trabajo, las condiciones de
salud, su forma de ver su vocación, su equilibrio espiritual, etc.

¿Cómo puede el formador descubrir todos estos aspectos de la personalidad del formando
sin profanar la intimidad de su conciencia y sin faltar al respeto que se debe a la persona?
Yo diría que se trata tan sólo de una cuestión de inteligencia y de sensibilidad.

Un buen formador alberga respecto al formando sentimientos de auténtica paternidad


espiritual. No le gusta hacer sentir el peso de su autoridad o de sus cualidades de jefe celoso
de sus privilegios. Su preocupación de padre o de madre por el verdadero bien del formando
lo acerca tanto al mismo que le bastará abrir los ojos para percibir muchas cosas... Sabrá
intuir lo que ocurre en el formando de un modo parecido al de una madre que adivina el
estado de ánimo de sus hijos.

El superior debe ser muy perspicaz en observar y saber interpretar los acontecimientos de
la vida comunitaria. Tiene que saber analizar las reacciones de los religiosos ante sucesos
vulgares; tiene que comprender las medias palabras, saber descifrar un balbuceo
misterioso, un rumor que vaga por los aires... Un maestro de novicios o un superior tiene
que disponer de tiempo para poder reflexionar, para poder pensar en los acontecimientos
que rodean la vida de los formandos.

Comprender

La comprensión es el segundo paso para un encuentro personal fecundo. Esta es


precisamente la condición esencial para su eficacia. Supone el conocimiento. No es posible
comprender una actitud cualquiera de una persona cuando no se conocen las causas
profundas de sus reacciones.
Ser comprendido es algo tan importante para el individuo, qug a menudo basta con ello para
sentirse ayudado. Si el súbdito tiene grandes dificultades de relación interpersonal con su
superior, tenderá a excusarse a sí mismo y a acusar al superior de que no le
comprende. Muchas veces hay en esta explicación una buena parte de verdad. Comprender
a una persona no consiste solamente en saber lo que desea. Hay que conocer, además, las
verdaderas causas que están detrás de un deseo y el objetivo que el sujeto quiere alcanzar.
Por otra parte, comprender no significa necesariamente satisfacer un deseo.

Comprender es emplear todo el tiempo necesario para escuchar lo que el otro quiere decir;
es también examinar junto con él todas las circunstancias que están en la raíz de su angustia
por verificar si se trata de una verdadera necesidad o bien tan sólo de un deseo desordenado
opuesto a lo que quiere en realidad. Si se hace este examen con frialdad entre los dos, se
consigue una ventaja: por una parte, esto le permitirá al responsable conocer mejor al
formando y, consiguientemente, comprenderlo mejor; por otra parte, ayudará al formando a
descubrir el verdadero sentido de su ansiedad. Si se trata de una verdadera necesidad, el
superior sabrá encontrar los medios de satisfacerla sin violentar su conciencia. En caso
contrario, el superior tendrá en la mano los elementos indispensables para actuar según las
normas, sin el peligro de colaborar en el bloqueo del ritmo de crecimiento tanto del individuo
como de la comunidad.

De todas formas, para el súbdito, el coloquio franco que ha tenido con el superior disminuye
su angustia precisamente porque se siente escuchado y comprendido. Si se ve satisfecho
su deseo, se tranquiliza espontáneamente. Pero su equilibrio interno se restablece
solamente en la medida en que se siente comprendido, ya que no basta con atender a una
petición para satisfacer una necesidad. Todo depende del modo con que se ha satisfecho
el deseo. En efecto, cuando el súbdito tiene la impresión de que no le comprende el superior,
aunque quede satisfecho su deseo, podrá seguir sintiendo un profundo sentimiento de culpa.

Si el deseo del súbdito no pudiera satisfacerse debido a algunos obstáculos objetivos, en


general no tendrá muchas dificultades en renunciar a su reivindicación. Si a pesar del
conocimiento de estos obstáculos concretos sigue reclamando el sujeto, esto podría
significar que se da en él un desequilibrio profundo de inmadurez o un estado grave de
inconsistencia psicológica. La comprensión del formador ayuda al formando a conocerse
mejor. Un mejor conocimiento de sí mismo es de suyo un motivo para una seguridad mayor.

Ayudar

La ayuda que hay que prestar al formando no consiste en una simple intervención en su
vida. Hay ciertas interferencias indeseables que se sienten quizá con cierta amargura y
espíritu de rebelión. Hay limosnas y gestos de caridad que resultan inoportunos y ofensivos.
Para evitar incurrir en un error semejante, antes de intervenir el formador debe valorar
siempre la oportunidad de una intervención formal por su parte. Cuando la ayuda no resulta
grata, puede transformarse en una dificultad para el sujeto. Una insistencia demasiado
acusada del formador por mezclarse en la vida personal del formando puede sentirse como
una amenaza para el mismo. De todas formas es muy importante que el superior sepa que
en sus relaciones con el formando no debe orientarse de acuerdo con lo que él siente
respecto al formando. Para ser eficaz deberá más bien orientar su intervención sobre el
formando por lo que consiga comprender de los sentimientos del propio formando. En una
palabra, tiene que respetar la originalidad del mismo en cuanto que su modo de ser y de
comportarse queda dentro del marco del evangelio y de las constituciones del instituto.

El conocimiento del individuo y la justa comprensión de sus necesidades revelan al formador


el momento más oportuno de una intervención que se juzga necesaria. Este conocimiento
le permite, además, calcular la medida de la ayuda que ha de prestar.

De todos modos se da también el caso de una necesidad urgente y oportuna de una


intervención para evitar la destrucción inminente de importantes valores. En este caso,
aunque el sujeto manifieste una resistencia abierta a una intervención, la urgencia que el
caso requiere puede llevar al superior a hacer uso de sus derechos y de los deberes
inherentes a su cargo. Puede suceder que el sujeto ignore el peligro real que algunas
situaciones particulares encierran para su vocación. El formando no siempre posee todos
los datos que le permitirían valorar de manera justa todas las consecuencias de sus
acciones. Por eso puede suceder que el superior se vea ocasionalmente obligada a
despreciar algunas medidas de delicadeza con el formando y algunas normas prudenciales
para llegar a tiempo de evitar un escándalo o una grave destrucción. En semejantes
ocasiones la habilidad formadora del superior se verá sometida a la prueba del fuego.

La actitud fundamental del superior-formador deberá ser siempre de disponibilidad. En una


congregación religiosa no se conceden cargos ni títulos por razones de mérito o para honrar
a una persona. El cargo significa siempre y solamente la misión de servir. Todo superior se
compromete siempre en el servicio a los demás. Esta es su función maternal y paternal.

El formador debe ser ante sus formandos algo así como era la Virgen en la sagrada familia
de Nazaret o lo que fue el Señor para con los Doce. Todos los religiosos, de cualquier edad
que sean, deben saber y poder sentir que el superior es como una providencia universal
para todas sus necesidades temporales. Esta experiencia despierta confianza y paz en las
almas; resulta como un efecto precioso del encuentro personal periódico con el superior.

Cuando examinamos con atención la conducta irregular de algún religioso, a menudo


descubrimos que la causa mediata de esta desviación está en la falta de atención personal
de su superior. El superior que se excusa diciendo: "Pero si nunca le he negado nada a tal
hermano...", no hace más que confirmar su actitud de abandono de dicho hermano. En
efecto, no negarle nada a una persona puede significar simplemente que no se ha
comprendido nada de ella. Por eso mismo concederle siempre lo que pide puede ser vivido
realmente por el religioso como una compensación por una profunda incomprensión.

El maestro, el formador y el superior son realmente comprensibles en la medida en que se


dan cuenta de los motivos profundos de las actitudes del formando. De la comprensión de
estas actitudes del formando nace en el formador su disposición consciente de satisfacer o
no satisfacer el deseo del formando. La comprensión del formador es verdaderamente
humana y útil al formando sólo cuando el subalterno comprende también las razones que
están en el origen de la actitud de su superior.

El formando que se siente comprendido por sus formadores no tiene generalmente serias
dificultades en crecer normalmente en el sentido de su búsqueda vocacional.

Tipos de encuentros personales

Teniendo en cuenta el objetivo inmediato del encuentro personal, consideraremos cuatro


tipos: encuentro formativo, encuentro de sostén, encuentro de adaptación y encuentro
espontáneo.

Encuentro personal de formación

Este tipo de encuentro personal obedece ordinariamente a la iniciativa del formador. Mira
directamente al proceso de crecimiento del formando. El encuentro personal con el
formando puede considerarse como uno de los deberes más importantes de todo formador.

El primer período de formación del candidato y el noviciado, aunque que se hayan vivido
con buenos resultados, no preparan completamente al religioso para enfrentarse
atinadamente con los trabajos delicados de una vida consagrada. Falta la consolidación de
las costumbres mediante el ejercicio práctico de larga duración. Hay que considerar,
además, el hecho de que la vida comunitaria y el ejercicio de la actividad apostólica llevan
consigo muchas sorpresas para los principiantes. Los principios teóricos sólidos de la vida
religiosa y de la actividad apostólica en'general no bastan muchas veces para una protección
efectiva contra las influencias negativas en el entusiasmo vocacional primitivo.

En el ambiente real de la vida, la preocupación formadora del superior entre los jóvenes
religiosos es a menudo decisiva para su futuro. Se trata de implantar sólidamente los ideales
elaborados anteriormente de una manera algo artificial en la realidad concreta de la vida. Si
no se hubiera hecho en el tiempo oportuno este trabajo, se presentaría muy pronto un
peligroso desnivel entre las aspiraciones profundas y la vida práctica. Semejante desilusión
inicial sería la primera hendidura peligrosa en la construcción vocacional.

La formación no puede menos de ser necesariamente autoformación. Por ello, incluso un


buen programa de formación tiene que salir al encuentro de las necesidades individuales
diferenciadas. La diferencia de las necesidades está determinada por la edad, por el sexo,
por el carácter, por el grado de cultura y de formación ya adquirida. Se dan también ciertas
diferencias más sutiles entre la personálidad de un formando y la de otro. Tampoco hay que
olvidar que a cualquier edad todo religioso puede eventualmente tener necesidad de una
orientación para vivir con sentimiento de seguridad su vida religiosa y profesional.
Encuentro personal de sostén

Este tipo de encuentro se caracteriza por su cualidad estimulante. En el noviciado es


relativamente fácil suscitar el entusiasmo. Los primeros votos van acompañados
generalmente de propósitos generosos y de mil buenas intenciones. Pero en el impacto con
la realidad este nivel de buena voluntad acaba casi siempre enfriando un poco la esperanza
de triunfar en la vida.

El desaliento es un peligro real no solamente para los jóvenes. Puede manifestarse de


manera un tanto disfrazada bajo cualquier forma de comportamiento un poco original. El
esfuerzo constante de crecimiento puede cansar y agotar las fuentes de energía del
religioso. El misterioso abandono de hombres y de mujeres, aparentemente maduros, de
sus compromisos más sagrados en el día de su consagración encuentra quizá una
explicación razonable en este fenómeno.

Resulta entonces claro que el encuentro personal de sostén o de apoyo es una necesidad
real para todos los religiosos a cualquier edad. También es necesario acentuar la
importancia mayor de esta práctica para algunos religiosos que, por motivos especiales de
invalidez, de jubilación, etc., no pueden participar de las actividades normales de la vida
comunitaria. En contra de lo que algunos piensan, parece indiscutible que los ancianos que
viven a menudo marginados tienen una necesidad particular del sostén y del aliento que les
ofrece el encuentro personal periódico con el superior. El superior de una casa de descanso
para religiosos ancianos debe poseer siempre buenos conocimientos de geriatría para poder
comprender y asistir de manera adecuada a las necesidades especiales de estas personas.

La iniciativa para el encuentro personal de sostén puede partir tanto del formador como del
formando. El superior puede intuir las necesidades del formando. Este, en sus dudas y
dificultades, recurre más o menos espontáneamente a aquel que merece su confianza. Un
formador ideal sería aquel que siempre suscita espontáneamente la confianza de sus
formandos o de sus hermanos.

El encuentro de apoyo presenta características especiales que favorecen el estímulo, el


entusiasmo, el optimismo y la confianza en el futuro. Hay una diferencia importante entre un
coloquio dirigido a la formación y otro que tiene como objetivo la reanimación mediante el
esfuerzo.

Encuentro personal de adaptación

Las pequeñas desviaciones ocasionales de la conducta habitual son debilidades normales


en la vida de toda persona sincera y de buena intención. Una debilidad humana ocasional
no puede nunca considerarse en seguida como la manifestación de algo anormal. El no
tener nunca una debilidad humana no es de suyo una señal segura de normalidad psíquica.
Más aún, quizá el idiota podría ser considerado como un hombre que nunca sufre
verdaderas debilidades de comportamiento. Al contrario, manifestar síntomas de stress con
el sufrimiento de graves frustraciones es propio de un ser normal. El hombre perfectamente
normal y con personalidad madura es capaz de resolver personalmente los pequeños fallos
inevitables de la vida. Pero no ser capaz de resolver por sí solo las dificultades personales
puede significar simplemente una falta de aprendizaje o de cultura. No existe el hombre, por
muy inteligente y sabio que sea, que no se sienta obligado de vez en cuando a recurrir a
otros para la solución de sus problemas de conducta.

En el caso de los religiosos sucede lo mismo. La persona más indicada para ayudarles es,
generalmente, el superior. El superior de la comunidad, en general, tiene cierta gracia de
estado y posee además una información más amplia respecto a las circunstancias de la
situación global. Por eso parece perfectamente normal que el religioso, frente a cualquier
otra persona, le pida preferentemente a su superior la ayuda que necesita para resolver sus
dificultades.

Hay que considerar el caso en que el superior-formador constata el comportamiento


equivocado del formando sin que éste se percate de su error. Es posible que un formando
o bien un religioso cualquiera tenga interés en mantener una situación como una solución
provisional de su angustia, a pesar de la incompatibilidad de este comportamiento con el
orden establecido. En ese caso, si el superior-formador no tomase la iniciativa de una pronta
intervención para corregir la anomalía de su comportamiento, sería igualmente culpable del
desorden. Entretanto, el éxito de esta intervención oportuna y necesaria depende en su
mayor parte de la manera de establecer el contacto, de plantear y de conducir la
comunicación. Volveremos más tarde sobre este tema cuando hablemos del modo de
enfocar un problema difícil con el formando.

Encuentro personal espontáneo

Hay un encuentro personal espontáneo cuando el formando busca espontáneamente al


formador para una ayuda. Esta búsqueda puede ser motivada por una dificultad en el
trabajo, por una necesidad de aclarar las cosas, por una dificultad de adaptación a una
situación determinada, por una preocupación, etc.

El consejo es lo que más se busca en el mundo. Todos sienten necesidad del mismo. Incluso
los profesionales más competentes, las personas más cultas, los más ricos..., nunca pueden
considerarse totalmente autosuficientes. De la misma manera que, tras la ruptura del cordón
umbilical, el niño no puede dispensar a su madre de que le siga ayudando, tampoco ninguna
persona, aunque en algún que otro aspecto de su vida se haya hecho más o menos
autónoma, puede prescindir de los demás. Seguimos estando inevitablemente ligados unos
a los otros.

Si un religioso o un formando pudiera prescindir de su superior en lo relativo a su actividad


apostólica o cultural, siempre tendría que recurrir a él en otros muchos aspectos de la vida
religiosa y comunitaria. Los votos son un compromiso que se ha hecho con Dios, pero tienen
que vivirse en medio de los hombres como un testimonio de la parusía. El superior-formador
es siempre un representante de Dios. Por eso mismo tiene algo que ver respecto a la manera
con que el formando o el religioso vive en la práctica sus votos. Todo religioso auténtico se
siente, por tanto, estrechamente ligado a su superior en todo lo que atañe a su vida religiosa
y espiritual. Más aún, la consagración que el religioso hace de sí mismo al, Señor abarca
todas las áreas de su actividad humana. En cierto modo, el formando está respecto a su
formador lo mismo que está el niño respecto a su madre en todo lo que se refiere a sus
necesidades vitales: económicas, religiosas, sociales, culturales, psicológicas, etc.

Debido a la diversidad de carácter no hay que esperar que todos los religiosos desarrollen
el mismo tipo de relaciones con su superior. Es natural que unos sean tímidos, otros
confiados, otros abiertos y otros cerrados, que unos sean demasiado dependientes y otros
independientes más de la cuenta. Tampoco se les puede exigir a todos los superiores que
se adapten siempre perfectamente al carácter de cada uno.

Más que de cualquier otro miembro de la comunidad, depende del superior la creación y el
mantenimiento de un clima comunitario que favorezca, facilite y estimule el intercambio de
ideas, de opiniones y de sentimientos entre formadores y formandos, entre superior y
súbditos. Cuanto más intenso sea este intercambio, tanto más unida estará la comunidad.
El grado de intensidad de esta dinámica se manifiesta sobre todo a nivel del encuentro
personal con el formador. En cierto modo se puede decir que la intensidad y la calidad de
los encuentros formales y espontáneos son un termómetro para medir el espíritu de familia
de una comunidad religiosa.

Dinámica del encuentro personal

El problema del contacto

Se trata de un aspecto más bien técnico del encuentro personal. El problema consiste
fundamentalmente en saber qué es lo que hay que hacer para una buena apertura en las
relaciones intersubjetivas. El contacto está en la base de las relaciones interpersonales. Es
lo que precede a la comunicación y lo que abre el camino hacia ella.

Podría definirse el contacto como la conciencia viva de dos personas que tienen una actitud
intersubjetiva recíproca. A menudo esta actitud interna se manifiesta a través de discretas
expresiones afectivas del uno hacia el otro. Esta primera relación es siempre estrictamente
personal. Pero la naturaleza misma del encuentro personal requiere que vaya
evolucionando esta característica. La relación afectiva personal tiene que ir
transformándose poco a poco en una relación espiritual. Si los interlocutores no llegan a
realizar esta evolución, el encuentro personal puede transformarse en unas vulgares
relaciones laborales muy parecidas a las que se presentan en las relaciones interpersonales
de una industria establecidas para acelerar o mejorar la producción y la venta. En ese nivel
el objetivo del encuentro es siempre el trabajo o el capital y no la persona del otro. En el
encuentro personal entre el formador y el formando el objetivo es siempre,
fundamentalmente, el crecimiento del formando. Si en el encuentro se discuten, además,
problemas de trabajo y de administración, lo que interesa es más bien el aspecto apostólico
de esas actividades. Es decir, se examinan sobre todo la actitud y la intención del formando
frente a su trabajo. Lo que le importa al formador es ayudar al formando a crecer en el
sentido de su consagración.

El contacto puede experimentarse como fácil o bien como difícil. Esta diferencia depende
del estado de equilibrio emocional de los protagonistas. Está, además, el problema
estructural del carácter. Según Jung hay dos tipos opuestos de carácter: el introvertido y el
extrovertido. El primero tiene tendencia a elaborar sólo internamente las expresiones, sin
expresarlas. Da la impresión de ser una persona más tranquila, un tanto cerrada. Pero se
trata de una actitud natural que no tiene nada que ver con la cerrazón debida a conflictos
emocionales. El introvertido se preocupa más de los valores subjetivos. Le gusta el silencio
no porque le disguste la comunicación, sino como un valor de su vida. No le agradan las
charlas estériles. Las vive más bien con cierto fastidio, como una superficialidad y una
pérdida de tiempo. El introvertido vive intensamente su mundo personal. El extrovertido, por
el contrario, tiene una gran facilidad para expresar sus impresiones. Se diría que piensa en
voz alta. Por eso participa con mayor intensidad en la dinámica que se establece
espontáneamente entre él y su ambiente. Por eso"mismo el extrovertido goza de una gran
facilidad de contacto y de comunicación. Tiene muchos admiradores y amigos de ocasión.
Pero su amistad es más superficial. El introvertido, por el contrario, está más aislado.

En realidad nadie es introvertido o extrovertido al ciento por ciento. Todos tenemos algo de
estos dos aspectos de la personalidad. Es una cuestión de proporción. Cuanto más
extrovertido es uno, tanto menos tendrá de introvertido, y viceversa. Un buen equilibrio en
este aspecto de la personalidad hará del individuo una persona capaz de una buena
interiorización y al mismo tiempo fácil para la expresión y la socialización.

Un superior-formador un tanto extrovertido experimentará una mayor facilidad a la hora de


establecer un verdadero contacto con el formando para un encuentro personal. De esta
manera conseguirá también profundizar en una relación más dinámica con el formando.

El formando encontrará menos resistencia en buscar el encuentro personal con el superior


más extrovertido. Un superior demasiado introvertido sentirá grandes dificultades en
mantener una relación abierta con el formando. No conseguirá establecer un verdadero
contacto con el interlocutor. Por eso mismo le costará también más comprender al formando.
El superior-formador introvertido tiene tendencia a juzgar de manera subjetiva los problemas
que se le consultan. Le falta la capacidad de ponerse de parte del interlocutor para darse
cuenta de cómo éste vive realmente la dificultad presentada. Pero una extroversión excesiva
o una introversión más acusada limitan un poco la confianza del formando.

Cierto grado de extroversión facilita las relaciones con el formando más tímido, ya que sabe
que el formador favorece el encuentro con su manera de ser. Pero una gran extroversión
puede darle un poco de miedo a un interlocutor demasiado tímido o bloquearle por completo.
Existe también el peligro de minimizar una dificultad que presenta el formando. En este caso
el formando no se sentiría comprendido. El optimismo del extrovertido ayuda al interlocutor
demasiado tímido a no tomar demasiado en serio sus pequeñas dificultades; este efecto se
produce sobre todo en las personas un tanto sugestionables.

En una palabra, los superiores-formadores demasiado extrovertidos y demasiados


introvertidos tienen que vigilar para que esta manera de ser no produzca efectos negativos
sobre el formando en una situación de encuentro personal. Siempre será posible tomar
conscientemente una actitud más equilibrada. El individuo demasiado extrovertido siempre
podrá adoptar conscientemente una actitud más abierta frente a un interlocutor. Y otro
demasiado extrovertido siempre podrá contener su gran exuberancia para ser un poco más
discreto. De esta manera su interlocutor demasiado tímido se sentirá más cerca de él.

En definitiva, yo diría que el superior-formador más extrovertido que introvertido tiene el 75


por 100 de probabilidades de establecer un buen contacto con los formandos, mientras que
el más introvertido tiene tan sólo un 25 por 100. Efectivamente:

1) En el encuentro personal con un formador más extrovertido tenemos estas dos


posibilidades:

a. Con un formando también extrovertido hay dos posibilidades de establecer un buen


contacto, la mayor facilidad del formador y la del formando.
b. En el encuentro con un formando introvertido hay una sola posibilidad que favorece el buen
contacto, la que ofrece el formador.

2) En el encuentro con un formador más introvertido, el cuadro general para el éxito no es


tan favorable:

a. En el encuentro con un formando también introvertido no existe ninguna probabilidad de


llegar a un verdadero contacto por parte de ninguno de los dos interlocutores.
b. En el encuentro personal con un formando extrovertido sólo se da una probabilidad de éxito,
la de la disposición de apertura del formando.

Así pues, aparentemente es mejor que el superior de una comunidad religiosa sea una
persona con tendencia a ser extrovertida. Sin embargo, hay que tener también en cuenta
que la dinámica interna de la comunidad religiosa no se hace únicamente a nivel de
contactos. Al contrario, en los procesos psicológicos de esta dinámica entran algunos
factores que no se encuentran en el carácter extrovertido. Y éstos se encuentran
precisamente en el carácter con tendencias introvertidas. El subjetivismo natural del
introvertido, por ejemplo, favorece juicios más acertados y un discernimiento más exacto. El
introvertido demuestra igualmente una mayor capacidad de empatía. A pesar de su mayor
facilidad para el contacto, el extrovertido se expone continuamente a un activismo superficial
y dispersivo.

En resumen, hay que concluir que tanto el extrovertido como el introvertido pueden ser
buenos superiores. Pero ambos tienen que esforzarse en llevar al máximo sus tendencias
naturales cuando favorecen o facilitan alguna de sus actividades específicas, mientras que
tienen que superar esas tendencias en la medida de lo posible cada vez que puedan ser
objeto de un obstáculo para el éxito de la empresa.

El introvertido procurará vencer su timidez. El extrovertido controlará mejor su gran


sensibilidad emocional. El primero reservará su tono confidencial natural para el momento
en que tenga que tratar con un subalterno extrovertido como él. El segundo se esforzará por
dar a sus palabras un tono más íntimo y más reverencial en un coloquio con un subalterno
introvertido. Los dos deberán, de modo general, procurar destruir desde el principio los
prejuicios que casi todos los formandos sienten ante el cargo del superior. El introvertido
tiene la certeza de que no se le comprende perfectamente; el extrovertido acude al superior
como uno que no tiene problemas personales y preferiría reducir el encuentro personal a
una simple conversación más o menos informal.

Puede decirse que en todo caso el superior-formador tendrá que emplear mucho tacto en la
tarea de abordar los problemas. Una actitud que el introvertido interpreta como de gran
delicadeza puede ser interpretada por el extrovertido como algo indigno u ofensivo. Lo
mismo puede decirse de las expresiones de benevolencia. Lo que para uno es señal
inequívoca de respeto y de amistad, para el otro puede significar una falta de consideración,
un ataque o bien un desprecio.

En una situación de encuentro personal con el formando, el formador tendrá que esforzarse
ante todo en establecer un buen contacto con su interlocutor. Pero un esfuerzo semejante
será más o menos inútil si el formador no se muestra verdaderamente disponible para el
encuentro. En principio es mejor negarse a un encuentro formativo si tiene otras
preocupaciones en la cabeza. Por eso es siempre mejor que tenga un horario previsto en el
que no tenga ninguna otra cosa que hacer. Es un tiempo de entera disponibilidad para recibir
a los formandos en un coloquio personal.

La comunicación

El aspecto técnico del coloquio formativo radica en el problema de la comunicación. A nivel


de la comunicación es como se presenta el misterioso fenómeno de ósmosis psicológica
entre las personas que mantienen una relación interpersonal más estrecha. La ósmosis
psicológica se basa en el intercambio de elementos de la intimidad. Ese intercambio no se
hace solamente a través de lo que verbalizan los interlocutores. Al contrario, los elementos
más delicados de la intimidad personal de cada uno se expresan y se transmiten de manera
no verbal. Los interlocutores de un diálogo se comprenden entre sí hasta el fondo sólo en la
medida en que perciben a veces sólo a nivel subliminal los mensajes que se comunican
mutuamente.

Puede decirse que, en general, este intercambio más o menos profundo existe siempre que
dos personas comunican entre sí, aunque no se den cuenta con claridad de este fenómeno.
La comunicación se hace eficaz en la medida en que los protagonistas toman conciencia
'de los elementos personales que se intercambian. Debido a la dificultad más o menos
neurótica de estar siempre objetivamente atento al otro que se expresa, las comunidades
humanas sienten cierta dificultad para vivir en armonía entre sí. La comunión resulta del
amor recíproco vivido de forma viva a través del buen funcionamiento de la relación
interpersonal.

Los hombres comunican entre sí de varias maneras. Cuando uno quiere señalar algo al otro,
emite una señal a fin de herir su sensibilidad. Desarrolla, por tanto, una acción sobre el otro
que es sensible, esto es, capaz de percibir esa señal y de reaccionar en consecuencia al
estímulo recibido. A nivel puramente animal todo esto se lleva a cabo de una manera muy
simple. Las relaciones interindividuales de la misma especie se hacen a través de
dispositivos naturales del instinto con la misma facilidad como se resuelve el problema
interindividual para el arco reflejo de Pavlov.

Este cuadro neuro-psico-fisiológico cambia profundamente bajo el control de la racionalidad.


He aquí un tercer factor, quizá el más decisivo, que interviene en la relación del hombre con
sus semejantes. El estímulo que intenta establecer la comunicación no provoca
automáticamente una respuesta, como sucede en el mundo de los instintos. Gracias a su
capacidad de pensar y de querer, el hombre puede elaborar una reacción compleja y tan
original que nunca podrá ser reconocida como una respuesta natural e instintiva al estímulo
recibido. Este cambio de la respuesta supone una observación y un análisis previo del
mismo estímulo y un juicio crítico no solamente de su significado, sino también de la
intencionalidad de aquel que lo emitió. La interferencia de la razón en los mecanismos
automáticos de la neurofisiología animal perfecciona de forma estupenda el dinamismo de
la comunicación humana, que es de suyo tan complicado. Debido a los procesos tan
delicados de esta relación, los hombres llegan a crear una coincidencia casi perfecta de
ideas, de juicios y de sentimientos.

Desde el punto de vista psicológico podríamos definir la comunicación como un diálogo de


impresiones y de juicios con el objetivo de comprender las posiciones recíprocas respecto
a un tema de pensamiento y de voluntad.

Los interlocutores de un diálogo emiten y reciben alternativamente mensajes. El elemento


que sirve de vehículo al mensaje puede cambiar. El más común y el más perfecto al mismo
tiempo es la palabra. Otros símbolos muy importantes son los gestos, la actitud, la risa, las
lágrimas, los juegos de fisonomía, la mirada, los movimientos de los labios, etc. El hombre
dispone efectivamente de un maravilloso aparato senso-motor que le permite expresar con
gran exactitud la vida interna de su espíritu. Estos movimientos neurofisiológicos tienen la
doble finalidad de sustituir eventualmente a la palabra o bien de reforzar el significado del
contenido del mensaje.

Empatía
El problema crítico de la comunicación es el de la comprensión acertada del mensaje
mediante la interpretación del símbolo. Aquí es preciso ser muy precavido. La interpretación
rigurosamente gramatical de la palabra puede inducir a error. El lenguaje exacto del
individuo en situación de diálogo tiene que interpretarse no sólo según las leyes de la
semántica objetiva. A las leyes del lenguaje que describen los libros de gramática, cada una
de las personas que hablan añade los colores originales de una semántica afectiva
absolutamente subjetiva y personal y, por consiguiente, original. Por eso, para hablar
exactamente, podemos comprender por completo sólo a la persona que conocemos
perfectamente. Las tendencias profundas, los gustos, las dificultades personales, las
experiencias vividas, los compromisos habituales y otras huellas características de la
personalidad hacen que el vocabulario del lenguaje familiar cambie fundamentalmente de
una persona a otra. No estamos nunca seguros de que un pensamiento escrito, por ejemplo,
sea comprendido del mismo modo por varios lectores. Sin embargo, para no llevar este
análisis a sus últimas consecuencias, que podrían quizá llegar al absurdo, hay que decir en
seguida que también es posible naturalmente cierto grado de comprensión entre los
hombres. Hay más todavía. La historia demuestra que los acontecimientos cotidianos, tanto
en la vida privada como en la vida pública, confirman que la humanidad consigue entenderse
de manera suficiente para poder colaborar en el progreso de la sociedad.

Podríamos preguntarnos ahora cuál será la incidencia de este problema en la práctica del
encuentro personal.

Las nociones preliminares que hemos trazado nos permiten afirmar inmediatamente que la
comunicación será posible únicamente si se comprende el mensaje. La preocupación
fundamental y primaria de los protagonistas será, por consiguiente, la de la justa
interpretación del mensaje emitido por el interlocutor.

Aquí nos interesa el problema del encuentro individual desde el punto de vista del formador.
Si nos situamos en el punto de vista del formando, los elementos que hay que considerar
serían más o menos los mismos.

La primera preocupación del formador que recibe a un formando para un encuentro personal
tiene que ser, por tanto, la de comprenderlo. Esta actitud inicial es una condición para un
primer buen contacto. Incluso hemos de reconocer que es imposible que el formador
comprenda perfectamente al formando desde el primer encuentro, ya que esta comprensión
irá creciendo a medida que los interlocutores aprendan a conocerse recíprocamente. Tanto
el uno como el otro, es decir, el formador como el formando, tienen necesidad de cierto
tiempo y de cierta observación de cada uno por parte del otro para ese conocimiento. El
superior comprenderá al subalterno en la medida en que lo conoce. Por eso tiene necesidad
de un cierto tiempo para una buena adaptación a la situación de sus relaciones con el
formando. Aquí no hay que quemar etapas. Si el superior-formador recordase siempre esto,
evitaría, ciertamente, no pocas dificultades iniciales en sus relaciones con el formando.
Estas dificultades iniciales en los primeros encuentros se derivan de una interpretación
equivocada del mensaje del respectivo interlocutor. A veces uno de los interlocutores en el
encuentro personal interpreta el mensaje del otro en sentido justamente opuesto al
significado que el dio el emitente. Dos personas que discuten no llegarán nunca a un
acuerdo si una de ellas llama blanco a lo que para el otro es negro.

La condición fundamental para el éxito en el encuentro individual es, por consiguiente, el


esfuerzo de comprensión recíproca de las personas en situación. Por eso el formador debe
ante todo adoptar una actitud de escucha y de reflexión objetiva sobre lo que el formando
dice y manifiesta. El encuentro personal no está hecho para una instrucción particular. Por
tanto, la posición del formador no es la de un preceptor, ni la del formando es la de un
alumno. Está claro que en una situación particular de un encuentro el superior puede tomar
eventualmente una actitud de maestro. Las funciones de enseñar y de aprender no son
extrañas a lo que sucede en un encuentro personal entre el formador y el formando. De
todas formas, habitualmente el encuentro personal tiene que considerarse como un
intercambio amigable de mensajes entre personas que se consideran perfectamente libres
de cualquier constricción tanto interna como externa. La única diferencia que debe existir
entre ellos es la siguiente: el formando debe tener conciencia de que se encuentra frente a
una persona que quiere ayudarle, mientras que el formador tiene que saber que su
interlocutor es una persona que acude en busca de ayuda y que tiene derecho a recibirla de
él.

El superior debe tomar una actitud de total disponibilidad. Está atento a comprender el
significado total y justo de todos los mensajes de su subalterno. Si no pone mucha atención,
quizá comprenda solamente en parte esos mensajes. En consecuencia correrá el riesgo de
alterar su sentido real. La respuesta demasiado apresurada peca generalmente de falta de
exactitud. La reacción repentina y hecha sin la debida reflexión es el resultado de la falta de
tiempo necesario para una valoración justa del contenido del mensaje. Por eso en este caso
no hay propiamente comunicación, sino sólo una forma defectuosa de contacto. El
mecanismo profundo del diálogo está caracterizado por un fenómeno que se determina
según una ley que podríamos enunciar de este modo: la comunicación progresa en orden
directo a la comprensión de los mensajes que los interlocutores emiten el uno al otro.

La comprensión profunda de los demás es una experiencia estrechamente ligada a la


capacidad de empatía. ¿Qué es la empatía?

La empatía es un fenómeno de la sensibilidad y de la afectividad. Nos hace capaces de


percibir las disposiciones internas del otro y los cambios que va sufriendo a lo largo de una
conversación o de un diálogo de una manera tan justa como si se tratara de una realidad
interna personal nuestra. La empatía nos permite valorar con acierto las dimensiones de los
sentimientos del otro. Así llegaremos a comprender perfectamente, por ejemplo, el
sufrimiento de una persona sólo si nos metemos dentro de su pellejo y en su situación. El
esfuerzo de comprensión que se requiere para la comunicación consiste precisamente en
el esfuerzo por meterse imaginativa y emocionalmente en la situación real de la otra persona
sin prejuicios y con una actitud absolutamente impersonal y objetiva. Unicamente entonces
será posible ver el problema del otro desde su punto de vista y formular un juicio justo sobre
él. Sólo después de haber comprendido el sentido exacto del mensaje emitido por el otro
seremos suficientemente libres para emprender una discusión objetiva e imparcial de sus
problemas.

Así pues, la capacidad de empatía es una cualidad muy preciosa de un superior-formador.


Es una cualidad que se puede adquirir; es un hábito que se forma por la repetición del
ejercicio.

Las relaciones entre dos personas en una situación de diálogo son en cierto modo muy
complejas. El diálogo se desarrolla siempre en dos niveles: uno aparente y superficial y otro
a nivel profundo y subconsciente. El resultado del intercambio de ideas se concreta siempre
simultáneamente en el nivel profundo y en el nivel de la apariencia. Aquí las palabras pueden
engañar, sin que se pueda confiar demasiado en ningún símbolo como expresión justa de
lo que sucede en el interior de la persona. El resultado general del encuentro puede
verificarse hasta cierto punto únicamente a partir de la validez presumible de la
comunicación.

¿Cuál tiene que ser la actitud de un superior-formador para asegurar el desarrollo de una
buena comunicación?

He aquí algunos medios:

a. Hablar poco. Recordar que la función más importante en el encuentro personal con el
formando es la de escuchar para comprender y poder ayudar. Por consiguiente, estimularle
a hablar.
b. Analizar atentamente las palabras del interlocutor para comprender el sentido de su
contenido profundo.
c. Estar atento a las reacciones simbólicas que sus palabras provocan en el interlocutor:
gestos, miradas, movimientos de los labios, etc.
d. Comunicar al interlocutor lo que se ha comprendido de sus mensajes para tener la certeza
de haberlo comprendido bien.
e. No tener miedo de reformar un juicio que el interlocutor considera equivocado.
f. Asegurarse a través de la observación o bien, si es necesario, por medio de una pregunta
directa de si el mensaje emitido por él ha sido recibido por el formando y si ha sido
interpretado correctamente por él.
g. Controlar estrictamente la propia emotividad.

He aquí algunas observaciones útiles. No puede decirse que el éxito del encuentro personal
dependa solamente de estas seis o siete normas. Sin embargo, si la actitud y el
comportamiento del superior-formador descuidase sistemáticamente estos detalles,
seguramente no se darían las condiciones mínimas para una buena comunicación entre los
interlocutores. La observación de los hechos cotidianos demuestran que muchas
discusiones y malentendidos examinados de cerca revelan con frecuencia situaciones
grotescas. N. y X. no concuerdan simplemente porque N. ha visto una liebre y habla de
liebre, mientras que X. ha visto un gato y habla de gato, sino porque los dos piensan que
están hablando de la misma cosa. De esta manera es simplemente imposible que lleguen a
entenderse mutuamente. Si por casualidad se dan cuenta del equívoco, descubren que se
han estado peleando estúpidamente por un fantasma.

Además de la empatía de cuya importancia acabamos de hablar, hay otras características


de la personalidad prácticamente indispensables al superior-formador para no fracasar en
una entrevista personal con el formando. Las iremos comentando brevemente.

Respeto y aceptación

Aquí consideramos estas dos palabras como sinónimas. Respetar y aceptar al interlocutor
significa apreciar su valor y dignidad como persona. Basta que uno sea persona para que
tenga derecho a ser aceptado y respetado. Respetar significa también permitir al otro la
libertad de escoger y de obrar. Es, además, estimularle y tenerlo en consideración. Es tener
confianza en su posibilidad de cambiar, de crecer, de adaptarse y de crear condiciones
favorables para su progreso en todos los niveles.

Es capaz de aceptar y de respetar a los demás únicamente aquel que se respeta y se acepta
a sí mismo. La aceptación y el respeto son tan importantes como cualidades personales del
formador porque despiertan la confianza de los formandos en él. Aceptar y respetar a los
demás favorece también la aceptación de sí mismo y el respeto a sí mismo del formador.
Uno que se acepta y se respeta tiene el camino abierto hacia los demás.

Aceptar y respetar implica, además, el no juzgar nunca a la persona a pesar de sus


opiniones, de sus ideas, de sus sentimientos, de sus actitudes equivocadas e inaceptables.
En cualquier juicio de valor es siempre muy importante salvar a la persona.

El formador respeta al formando cuando lo estimula a expresarse con libertad. Su actitud de


aceptación y de respeto revelan al otro que lo aprecia y lo quiere. Si quiere a su formando,
éste se sentirá inclinado a no engañarle, a ser siempre muy transparente con él, es decir,
muy auténtico y espontáneo.

Autenticidad

Un superior-formador que no fuera totalmente auténtico en el intercambio con el formando


obligaría a su interlocutor a cerrarse ante él. La incapacidad de apertura a los demás es
signo de una falta de libertad interna.

Ser auténtico consiste en primer lugar en ser verdadero, es decir, no falso. Una persona es
verdadera si su modo de manifestarse corresponde a sus sentimientos. El contenido de una
botella o de una caja de conservas es auténtico si corresponde a la etiqueta. En caso
contrario se dirá que es falso. No ser auténtico es engañar al interlocutor. Al que miente
pronto empezarán a dejar de creerle los demás.
La autenticidad lleva al formador a comprometerse realmente con todo su ser en la relación
interpersonal. Si el formador limita su relación con el formando a ejercer solamente una
función, bloquea toda posibilidad de un verdadero encuentro. El encuentro personal se
transforma entonces en una vulgar conversación demasiado superficial, como si los dos
interlocutores estuvieran separados por una pared.

Una actitud defensiva esconde en el fondo unos sentimientos negativos no expresados para
con el otro. Por consiguiente, el sujeto no es del todo auténtico en sus intervenciones con
su interlocutor.

La persona auténtica es también original, o sea se manifiesta en su manera de pensar, de


sentir, de hablar y de actuar plenamente de acuerdo con lo que hay en lo más profundo de
su ser. Ser original es ser fiel a sí mismo. En el fondo, toda persona es buena. Ser original
es poder ser y poder manifestarse tal como Dios nos ha hecho. También es seguro que Dios
lo ha hecho todo bien. Si hay algo de malo en el hombre, es cierto que eso no viene de Dios,
sino de los hombres, que conculcan estúpidamente las leyes sapientísimas de la naturaleza
establecidas por Dios. Los santos y todas las demás grandes personalidades siempre tienen
algo de muy personal. Todos los niños son también originales. Con frecuencia una idea
equivocada sobre la educación lleva a los padres y a los demás educadores a violentar a
los niños para adaptar su modo de ser natural —y, por tanto, bueno— para que se
comporten de otra manera, artificial e impuesta, para que reaccionen ante los estímulos del
mundo en que viven. El comportamiento equivocado o inadaptado, llamémosle neurótico,
de una persona es siempre una elocuente pero triste consecuencia de graves errores de
educación. Sería injusto acusar siempre a los padres y a los educadores de ser culpables
del comportamiento equivocado de los jóvenes y de los hombres en general. Pero en el
origen de estas desviaciones seguramente hay siempre un error de relación interpersonal
sobre todo en la infancia. Las raíces más profundas de los problemas neuróticos de los
religiosos tienen que buscarse también en los acontecimientos que vivieron en su primera
infancia.

Ser natural, auténtico y original al mismo tiempo significa, además, ser psicológicamente
consistente; es decir, existe una coherencia entre la actitud interna y el comportamiento
externo. La persona consistente es capaz de vivir concretamente en el nivel del
comportamiento y de la conducta según los valores trascendentales que ha asumido
libremente.

El hombre natural es siempre espontáneamente auténtico, lo mismo que los niños. La


inautenticidad es una deformación. El niño empieza a cambiar su modo natural de ser en el
momento en que los "mayores" le dan miedo si no adapta su comportamiento a las
exigencias de la gente mayor y más fuerte que él. Se siente amenazado. La mentira es el
primer signo de ese miedo. Desgraciadamente son los padres y los demás educadores los
que enseñan al niño a mentir. La mentira se convierte entonces en un arma defensiva del
niño expuesto a las violencias de los adultos.
El diálogo es posible únicamente en un clima de autenticidad. Esta actitud supone que hay
confianza entre los dialogantes. La confianza nace del amor. Cuanto más auténticos son los
interlocutores en un encuentro personal, tanto más podrán avanzar en la profundización del
diálogo.

Un formador que se crea un poco inmaduro en esta dimensión de su personalidad siempre


podrá crecer un poco más. ¿Qué habrá de hacer para crecer en autenticidad? Hay algunas
medidas de autoformación adecuadas a este objetivo. Por ejemplo:

1) Ser abierto e internamente libre. La actitud de apertura favorece la autenticidad de los


demás. La interioridad de una persona abierta a los demás es como una casa con las
puertas y las ventanas abiertas de par en par. Todos pueden acercarse sin recelos. No hay
nada que temer porque no hay nada de misterioso o de sospechoso escondido en ella. Ser
internamente libre es no estar bloqueado en el deseo y en el impulso natural de expresarse.
Todo hombre normal experimenta la necesidad natural de expresarse. No poder expresar
normalmente la vida interior (pensamientos, sentimientos, deseos, emociones, tendencias,
tensiones, necesidades...) es un sufrimiento insoportable. A veces esas personas tan
oprimidas y bloqueadas acaban explotando y cayendo en una enfermedad psicosomática o
bien en una grave neurosis, con una pérdida mayor aún de libertad interior.

2) Ser espontáneo. Por naturaleza, el hombre natural es siempre espontáneo. Las


dificultades de la vida, las oposiciones, los contrastes con los demás acaban inhibiendo esta
maravillosa cualidad de vida. Cuando el niño va a la escuela, lo primero que los educadores
intentan hacer, con un sentido equivocado de su actuación pedagógica, es quitarle su
espontaneidad. Empiezan a hacer presión sobre él, a amenazarlo o castigarlo para
convencerle de que tiene que controlarse, es decir, inhibir su espontaneidad. La
espontaneidad tiene que ser educada, ciertamente. Pero es una pena que muchos padres
y educadores, en vez de ayudar al niño a controlar su espontaneidad natural y tan rica
mediante una adaptación más justa a la realidad, de hecho no hagan más que oprimirla y
destruirla. Obligan al niño a retirarse, a encerrarse en una triste y desesperada prisión
interior, en donde, en vez de vivir, no tendrá más remedio que sufrir una desesperada
existencia neurótica. Por eso, ¡ay del superior-formador que no sea capaz de respetar e
incluso de estimular la espontaneidad de sus formandos! Tendrá que lamentar, ciertamente,
un verdadero fracaso de sus intervenciones desastrosas en los jóvenes formandos. Muchos
religiosos y religiosas no son a menudo muy naturales, libres y espontáneos en sus
actuaciones entre la gente, lo cual hace pensar que sufrieron alguna violencia en este
sentido durante los años de formación. Algunos a veces pueden ser considerados algo
raros. Un apostolado activo, eficaz, requiere ante todo una buena comunicación. ¿Y cómo
comunicar bien si no hay espontaneidad? El encuentro personal es uno de los medios
indispensables para la formación del religioso. Por consiguiente, el formador tiene que
cultivar con gran esmero la importante virtud de la espontaneidad y ayudar a los formandos
a conservarla o adquirirla de nuevo.

Si la espontaneidad es una gran virtud social y hasta imprescindible para una verdadera
comunicación a nivel apostólico, una espontaneidad incontrolada y salvaje es un defecto
grave en una persona adulta. Entonces se la llamará indiscreción o ligereza. Por tanto,
espontaneidad con mesura. El exceso de espontaneidad verbal puede destruir muchas
cosas y también muchas personas. "Si uno no falta en las palabras, es un hombre perfecto,
capaz de refrenar también todo su cuerpo" (Sant 3,2).

Especificidad

Ser específico en el hablar es ser concreto. Hablar concretamente es decir las cosas como
son de verdad, sin tener largas circunlocuciones. En el encuentro personal para la
formación, los sermones largos y fastidiosos, cargados de consejos, son prácticamente
inútiles. Es mejor limitarse al contenido de los mensajes emitidos por el formando. De
manera general es mejor evitar hablar de cosas por las que el formando no demuestra
ningún interés. Sería un fatigoso sermón predicado en el desierto.

Un buen superior-formador en una situación de encuentro personal con el formando


procurará limitar su conversación a lo que el interlocutor pregunta, dice o quiere. Un atento
observador adivina las expectativas de un formando en su encuentro personal con su
superior-formador.

La actitud prudente y eficaz que pueda ayudar de veras al formando llevará al formador a
discutir directamente y con franqueza todo y solamente aquello que su interlocutor expresa
o quiere expresar sin poder quizá hacerlo de una manera clara y precisa.

Así pues, comunicar con especificidad consiste sobre todo en asumir estas tres actitudes:

— Dar respuestas concretas, esto es, directas, claras y no evasivas. El lenguaje directo y
evasivo confunde al interlocutor. Puede hacerle mucho daño en su búsqueda del camino
evangélico. La forma confusa de hablar del formador desorienta al formando. La
desorientación despierta inevitablemente sentimientos de angustia, de ansiedad y de
inseguridad. Es ésta una condición de ánimo favorable al desaliento.

— En el diálogo con el formando, insistir sobre todo en lo que él expresa como algo muy
personal. Una reflexión o una discusión teórica con el formando no es generalmente una
materia útil para ser tratada en un encuentro personal. Se trata más bien de una materia
escolar que habrá que discutir en clase con un profesor. En el encuentro personal interesan
más bien los aspectos de la vida personal práctica del formando. El examen y la discusión
de la manera como él vive en la práctica de cada día los valores evangélicos que proclama.
El análisis de sus actitudes internas y del grado de coherencia de su comportamiento frente
a la realidad de su vida.

— Saber preguntar. No se trata, ciertamente, de un interrogatorio policial o para satisfacer


una curiosidad. Se trata más bien de preguntar con mucho tacto v gran respeto algunas
cosas para aclarar una situación o bien una afirmación hecha por el formando. Un superior
inquisidor pronto sería odiado y rechazado como una instancia de ayuda. El inquisidor no
es considerado nunca como persona que ayude. Siempre da cierto miedo. Se le ve más
bien como una amenaza. Los formandos lo ven algo así como los ratones al gato.

En el encuentro personal el formador tiene que actuar de manera que cree un clima de
confiada amistad. Sí el formando no llega a percibir al formador objetivamente como un
amigo que está allí a su disposición para ayudarle, será difícil que se abra a él con confianza.
El encuentro personal es un momento privilegiado de un nuevo impulso para su crecimiento
vocacional. El verdadero impulso para el crecimiento viene siempre de unos
acontecimientos que motivan positivamente. Una motivación negativa con la intención de
corregir o de hacer crecer suele errar el tiro de ordinario. El formando puede desarrollar una
actitud verdaderamente evangélica sólo dentro de un clima de libertad bajo la guía del
respeto y de la amistad.

Autorrevelación

Autorrevelarse es compartir los sentimientos y las experiencias personales. Es verdad que


el formando no va al encuentro personal con su formador para que éste le cuente su historia
personal. El encuentro personal está hecho para ayudar al formando y no para la
satisfacción o el desahogo del formador. Para este último se trata más bien de un sagrado
deber de oficio. El gusto de vivir con sus formandos tiene que buscarlo el formador en su
relación amistosa con ellos, en el trabajo y en el recreo comunitario. En caso contrario, la
práctica del encuentro personal podría significar incluso una indebida manipulación de las
personas. El centro de interés del encuentro deberá ser siempre, por tanto, el formando y
no el formador.

Sin embargo, el formador no debe ser para el formando una persona misteriosa y
desconocida. El tiene un interés natural y sustancialmente bueno en conocer un poco mejor
a la persona amiga, que con tanto esmero y solicitud está siempre a su lado para
acompañarle como un amigo, como un padre o una madre cariñosa y fiel en cualquier
circunstancia. Por eso el formador tiene que ser una persona abierta y transparente. Hay un
interés indiscutible en el hecho de que el formando conozca bastante bien a su formador.
En cierto modo se trata para el formador de desmitificarse frente al formando. El prestigio
de una excesiva perfección humana o de santidad del formador constituye para el formando
un muro infranqueable para una comunicación libre y profunda. Una verdadera amistad se
basa en el concepto de igualdad de fuerzas, de poder, de capacidad para compartir
mutuamente. El diálogo es siempre un compartir. Por consiguiente, es sumamente útil que
el formando conozca también algo de la historia de su superior-formador. Así pues, éste
debe estar dispuesto a abrirse sin misterios respecto a los aspectos de su vida que les
gustaría conocer a los formandos. Revelar algunos aspectos un tanto negativos de sí mismo
no siempre es un mal para el formando ni tiene por qué ser un motivo de escándalo. Más
aún, el ejemplo de superación de sí mismo del formador puede ser un motivo de estímulo
para el formando frente a sus dificultades personales.
Pero en todo caso el formador no tiene que abusar nunca de esta técnica para acercarse al
formando. Semejante actitud significaría, ciertamente, un envilecimiento del proceso
formativo. La autorrevelación es una técnica de estímulo para la apertura del diálogo. Pero
en el encuentro personal no se trata propiamente de un diálogo perfecto. Aquí el movimiento
de la comunicación se hace más bien en un sentido único. Las dos personas no se
consideran propiamente iguales. El formador es una persona capaz de ofrecer una ayuda.
El formando es una persona que acude al formador para recibir esa ayuda. De todas formas,
para una comunicación más verdadera el superior no debe esconderse bajo las apariencias
antipáticas de una figura misteriosa y mítica.

La técnica de la autorrevelación tiene que utilizarse con mucha discreción. De lo contrario,


el coloquio del encuentro personal podría transformarse en un diálogo de sordos. Si el
formador se mostrase más interesado en contar su propia historia que en escuchar la
historia del que ha acudido a él precisamente para ser escuchado, frustraría por completo
las expectativas y las esperanzas del formando. Este saldría quizá del encuentro más
angustiado y preocupado que cuando entró.

Generalmente, a una persona que sufre no le gusta que venga otro a lamentarse ante él de
sus sufrimientos. Es capaz de ayudar verdaderamente al que sufre el que es una persona
tranquila y, consiguientemente, fuerte y capaz de prestar una ayuda. Cuanto más hable el
formando de sí mismo, tanto mejor. En ese caso no se trata de una manifestación de
egocentrismo, sino de búsqueda o de necesidad de alivio y de liberación. En el encuentro
personal con un formando el formador tiene sobre todo que estimularle a manifestar todo lo
que desee y escucharle con atención e interés.

Si dos interlocutores problemáticos conversan entre sí, sucede a menudo que cada uno
habla de su propio problema. No se escuchan realmente el uno al otro. Son como dos
ciegos. El uno puede conducir al otro. Si los dos tienen necesidad de ayuda, tiene que
intervenir una tercera persona que no sea ciega. Se supone por consiguiente que el
superior-formador no tiene graves problemas personales que resolver. En caso contrario
habría que decirle: Medice, cura te ipsum! Pero esto no quiere decir que el formador tenga
que ser una persona ya perfectamente adulta y santa. En el fondo, todo hombre serio es
débil y en un continuo proceso de crecimiento. También es bueno que los formandos lo vean
así. Si no, no podrían verlo como un modelo, como uno que va por delante para enseñar el
camino que recorrer. Un hombre demasiado perfecto puede dar un poco de miedo a los
formandos. Al formador normal, de quien se sabe que también él tuvo sus dificultades, se le
siente más cercano. Se le ve más bien como un compañero ya más maduro que, con su
ejemplo de superación de sí mismo, estimula y alienta a sus hermanos más jóvenes para
que lo imiten y triunfen como él.

Interpretación del "aquí y ahora"

Durante el diálogo en el encuentro personal con el formando, el formador tiene que ser un
sutil y discreto observador de su interlocutor. Para mantener la comunicación a un buen
nivel de comprensión mutua es importante que en cada momento perciba los cambios
interiores de su interlocutor. Se trata, por consiguiente, de interpretar los signos sucesivos
exteriores de la actitud del formando para llegar a comprender el porqué y el cómo de sus
cambios en un nivel emocional. Es una actitud de persona que escucha y que toma
conciencia de los sentimientos que el formando expresa de forma oral o no oral en el mismo
momento en que se desarrolla la conversación. Pero para la eficacia de la comunicación no
basta con darse cuenta de los cambios de sentimientos y de emociones; es necesario,
además, comunicar la percepción de este cambio que se ha realizado al sujeto para que
también él se dé cuenta. La toma de conciencia clara de este fenómeno interno ayuda al
sujeto a mantener una actitud realista frente a su interlocutor. Le ayuda igualmente a percibir
con mayor claridad el verdadero estado de su yo. No hay ningún inconveniente en discutir
objetiva y abiertamente con el formando el cambio que se ha operado en él, pero sin juzgarlo
moralmente. En esta discusión también se le puede decir al interlocutor lo que creía que
quería expresar sin poder hacerlo realmente. Analizar igualmente con él la causa posible de
este bloqueo momentáneo.

El resultado más importante de una actitud por el estilo del formador en un encuentro
personal formativo con el formando es una conciencia más clara de éste sobre sí mismo.
Ser plenamente consciente de sí es una condición sumamente importante para el
crecimiento en el sentido de la madurez humana.

Confrontación

La actitud de confrontación consiste en señalar delicadamente al interlocutor las


incoherencias y las contradicciones en que cae eventualmente cuando habla. Es ésta una
técnica delicada. Hay que evitar el choque y la ofensa al indicar esas contradicciones.

La confrontación puede provocar una crisis en el formando. Puede sentirse como si lo


hubieran descubierto en un inter, o de engaño. Eso sería una humillación intolerable. El
descuvimiento de una contradicción en sus confrontaciones obliga al formando a tomar una
opción difícil. Tendrá que decidir entre dos alternativas: la de seguir en su actitud
contradictoria o la de cambiar. En general ve las cosas suficientemente claras para
comprender que una opción de permanecer tal como está sería seguramente peor para su
crecimiento, así como para sus relaciones con su superior-formador. La decisión de
corregirse cambiando de conducta se presenta en seguida como extraordinariamente difícil,
aun dentro de lo posible.

¿Cómo puede el formador ayudar al formando en esta difícil situación?

En primer lugar es necesario ayudarle a tranquilizarse, a no sentirse humillado o


avergonzado. Explicarle que no se trata de una actitud voluntaria de engañar al formador,
sino solamente de un mecanismo más o menos inconsciente de autodefensa en una
situación de amenaza. El formador tiene que asegurarle su amistad y su confianza y
procurar devolverle la estima de sí y la confianza en sí mismo.
El comportamiento y la conducta contradictoria revelada por el formando puede ser más o
menos inofensiva y no aceptada por él mismo. Aunque no se haga daño a nadie, será
necesario ayudarle a cambiar por lo menos sus sentimientos negativos respecto a esta
situación personal. Ayudarle a ir superándose poco a poco sobre todo en los sentimientos
malos de culpabilidad, de inferioridad, de angustia y de ansiedad.

Si el formando entra en una crisis como consecuencia de una confrontación que ha tenido
con el formador, éste tiene el grave deber de ayudarle a salir de la crisis. Abandonarlo a sus
propias fuerzas podría incluso resultar peligroso para la estabilidad emocional del formando.
En una situación difícil como ésta es donde él tiene una necesidad más urgente que nunca
de una asistencia cariñosa para superar el choque que ha sufrido. Y nadie mejor que el
propio formador podrá pensar en curar la herida. Su amor compasivo comunicará fuerzas y
energías al formando.

La fuerte personalidad

Hay personalidades de todo tipo: fuertes, débiles, tímidos, agresivos, reflexivos, activos,
abiertos, cerrados, etc.

Una personalidad fuerte y autónoma, decidida, abierta y acogedora impresiona


positivamente a las personas. Una personalidad fuerte no se conquista con el esfuerzo
personal, sino que es un don natural. Impresiona sobre todo por sus cualidades positivas,
por su relación interpersonal equilibrada en todos los niveles y por su capacidad de
establecer una buena comunicación con las personas que se le acercan.

La persona de fuerte personalidad deja siempre una huella en sus interlocutores. La


impresión que deja en los demás actúa sobre todo como un estímulo espontáneo para la
creatividad en la búsqueda de soluciones de problemas personales o de trabajo. La
característica personal, esto es, la manera de ser del individuo que tiene una personalidad
fuerte impresiona por causa de sus cualidades humanas, sobre todo de confianza, de
seguridad, de apertura, de decisión, de flexibilidad, de firmeza y de capacidad de adaptarse
a situaciones muy diferentes.

Por su confianza tiene fe en sus propias capacidades personales, así como en las
posibilidades de los demás cuando se dan condiciones favorables a su desarrollo. Cree en
la bondad fundamental de los que le rodean.

Por su seguridad personal es capaz de actuar sin ninguna duda sobre la oportunidad o
inoportunidad de sus iniciativas. La rectitud de sus intenciones y su buena voluntad son para
él una luz insustituible para una orientación segura en sus actitudes y en su conducta.

Por su apertura la persona deja que los demás perciban sus verdaderos sentimientos. La
persona cerrada esconde sus sentimientos. Por eso da miedo a los demás, que encuentran
cierta resistencia en acercarse a él. Los formandos se muestran distanciados del formador
cerrado, mientras que siempre tienen un acceso fácil al formador abierto.

Por su actitud decidida, el formador hace sentir con claridad a los formandos cuál es el
camino que han de seguir. Su comportamiento decidido excluye todo tipo de dudas y toda
tergiversación. Inspira tranquilidad, seguridad y optimismo.

Por su flexibilidad, el formador de fuerte personalidad no se muestra rígido ni dogmático en


su pensar y en su obrar. Sabe reconocer una equivocación personal y comprende los errores
de los demás. Sabe además cambiar de actitud de acuerdo con la índole de las
circunstancias. La personalidad fuerte no impone nunca nada, sino que sugiere y muestra
el camino para una buena solución.

Por su natural firmeza, la personalidad fuerte no se deja desviar de una decisión que ha
tomado con pleno conocimiento de causa. Es perseverante en llevar a cabo sus planes y
proyectos. No abandona fatalmente un compromiso que ha tomado. Con su ejemplo
comunica, además, coraje a sus compañeros para que continúen en su esfuerzo decidido.
Por eso mismo siente también dificultades para revocar una orden.

Por su capacidad natural de adaptarse, la persona de fuerte personalidad no tiene miedo de


arrostrar nuevas situaciones. Frente a un cambio importante en su situación personal o en
su ambiente no se asusta ni pierde los estribos. Mantiene la sangre fría y reacciona con
claridad y objetividad de ideas. Por eso encuentra generalmente una buena salida en las
dificultades imprevistas.

La personalidad fuerte del superior-formador impresiona a su interlocutor en un encuentro


personal y despierta en él sentimientos de seguridad, de confianza y de tranquilidad.
Semejante situación interna de equilibrio favorece enormemente la comunicación y la
comprensión recíproca.

Por consiguiente, disfrutar de una fuerte personalidad es toda una enorme ventaja
profesional, pedagógica y apostólica para el formador. Pero seguramente no es una
condición para el éxito de cualquier empresa. Precisamente porque se trata de un don
gratuito resulta también inútil querer formarse una personalidad fuerte. Lo importante es
saber que todo formador puede crecer en diversos sentidos para llegar a adquirir una
personalidad más rica, más tranquila, más segura, más decidida y acogedora. También una
personalidad fuerte por naturaleza puede ser desequilibrada y el sujeto puede ser una
persona enferma. Ciertamente, no basta tener una personalidad fuerte para poder ser un
buen formador. Esta característica es sólo una cualidad natural más en su superior-formador
para tener éxito en su empresa. Si faltan las demás cualidades requeridas en un buen
superior-formador, esa persona fracasaría seguramente como educador y formador.

Autorrealización
La persona que ha conseguido realizarse presenta cualidades parecidas a las de la
personalidad fuerte. Pero la gran diferencia entre la una y la otra es que la persona de fuerte
personalidad se ha hecho así sin ningún esfuerzo personal de autoformación en este
sentido. La personalidad autorealizada, por el contrario, es el resultado muy precioso de un
largo y permanente esfuerzo voluntario por ir creciendo poco a poco en el sentido de lo que
se puede considerar una personalidad ideal. Pero aquí como en todas partes el ideal
siempre es utópico, esto es, concretamente irrealizable. Funciona, sin embargo, como un
programa que hay que realizar en el sentido del ideal, aunque se sabe que nunca llegará
nadie al ideal propuesto.

La persona autorrealizada es capaz de orientarse en su vida por medio de la razón. Para


realizar sus objetivos se sirve conscientemente de todas sus energías, que proceden de su
afectividad y de sus sentimientos. Sabe utilizar con habilidad la fuerza de los instintos para
llevar adelante un proyecto que percibe como importante desde el punto de vista de la
creatividad. No se deja desviar fácilmente de su camino hacia la realización de las cosas
que considera como importantes para la expresión de todo su ser humano-espiritual. La
constancia de su esfuerzo tranquilo y convencido en general le ayudan a triunfar en todas
sus empresas. Su secreto está en comprometerse por entero en lo que hace. Y lo hace todo
como si aquello fuera lo único que hay que hacer. Ese es el camino del éxito. Se diría que
se trata de una persona unificada, es decir, capaz de movilizar todas sus energías vitales,
psicológicas y espirituales y comprometerlas en la única cosa que es preciso realizar.

De hecho, la mayor parte de las personas son dispersivas. Debido a diversos


condicionamientos emocionales, como el sentimiento de inferioridad, del que nacen la
ambición, la envidia, los celos, la rabia..., una expectativa demasiado grande, la ansiedad,
la angustia, la frustración, etc., no consiguen aunar todas sus capacidades para aplicarlas a
una sola misión. Una parte de su inteligencia, de su imaginación y su fantasía quedan
absorbidas por otros intereses. Por eso no hacen nunca solamente lo que hacen. Por una
parte atienden a lo que están haciendo, pero al mismo tiempo se ocupan mentalmente, quizá
tan sólo en un nivel subconsciente, de otras muchas cosas. Este es también el motivo por
el que nunca están satisfechos con lo que hacen. Realizarse es realizar unas cosas que nos
dan la impresión de estar bien hechas. También los comentarios de los demás le dan al
sujeto la impresión de que valoran y aprecian lo que se ha realizado.

Así pues, es precisamente el sentimiento de satisfacción de haber realizado algo bueno y


de valor aquello en lo que consiste el sentimiento de estar realizado. Por eso la gente dice
con gozo: "Soy una persona realizada", o bien se lamenta con amargura: "No me siento
realizado".

La persona autorrealizada vive y expresa sentimientos de optimismo, de tranquilidad, de


confianza, de humildad, de afecto, etc. Otras manifestaciones propias de la persona que se
siente realizada son la objetividad e imparcialidad en los juicios, el autocontrol en su manera
de hablar y de actuar, el desinterés en su dedicación, la fe en el hombre que manifiesta en
su trato con los demás, la simpatía de sus relaciones interpersonales y la fidelidad en sus
compromisos, su libertad interior frente a los que le rodean, su cooperación y participación
en la vida común. Cuando presenta semejantes huellas de su personalidad, todos los que
entran en contacto con esa persona se sienten movidos a admirarla y a imitarla en su
esfuerzo de crecimiento.

La autorrealización es el resultado de una gran capacidad creadora. Pero en la medida en


que uno se siente realizado se hace también más creador.

En la vida de relaciones interpersonales la autorrealización y la fuerte personalidad producen


resultados semejantes, a pesar de que se trata de dos cosas diversas. La diferencia
fundamental entre la una y la otra consiste en que la fuerte personalidad es un don natural
y gratuito, mientras que la autorrealización es una conquista personal.

Si las personas se preocupasen un poco más de controlar su comunicación con los demás,
se evitarían, ciertamente, en las familias y en las comunidades no pocas situaciones difíciles
e incluso verdaderos dramas emocionales. Los superiores y los padres tendrían,
ciertamente, mayor facilidad en sus relaciones con los subalternos. Los formadores tendrían
más éxito con sus formandos.

Es verdad que para una buena relación interpersonal entre el superior-formador y el


formando no basta con la buena intención y la buena voluntad. La paz y la concordia en la
convivencia humana en comunidad son el clima indispensable para el crecimiento humano
y espiritual y también para la realización de sí mismo. Por consiguiente, vale la pena conocer
y respetar las leyes psicológicas que presiden el dinamismo de la comunicación en las
relaciones interpersonales.

Casos difíciles

Sucede a veces que el comportamiento de un formando o de un joven religioso es motivo


de un grande malestar en una comunidad. El superior-formador puede encontrarse ante
decisiones difíciles de adoptar a fin de sanar la irregularidad, que repercute negativamente
tanto en el equilibrio personal del individuo como en el clima de armonía y de paz de la
comunidad y, finalmente, en el buen nombre de la casa. A un formador poco maduro e
impulsivo se le podría ocurrir la idea de que la solución del caso sería castigar
ejemplarmente al responsable del desorden.

Pero ésta no es una buena actitud educativa o formativa. Semejante solución es la que se
encuentra a menudo en la justicia civil.

Toda contravención a la ley es siempre voluntaria o involuntaria. La ley civil considera la


contravención involuntaria al menos como una acción culpable. Si una transgresión legal es
plenamente voluntaria, la psicología criminal siempre podrá interpretarla como una reacción
natural a un estímulo concreto. En un proceso judicial los argumentos decisivos consisten
siempre en el análisis de los motivos de la acción. Pero para el examen del grado de
culpabilidad el juez no puede limitarse a los motivos externos que llevaron al contraventor a
realizar el gesto delictivo; la defensa tiene que investigar con atención las causas profundas.

La justicia civil es muy cauta para no condenar injustamente a un acusado. ¿Podrá un


superior-formador permitirse el ser menos escrupuloso en juzgar a un religioso o a un
formando por un comportamiento equivocado? Mucho más que un juez civil, el superior
religioso tiene motivos para hacer todo cuanto pueda por conocer los motivos profundos que
llevaron al acusado a faltar aparentemente a su obligación.

Hay vocaciones que se pierden debido a un desaliento que nació como consecuencia de
una interpretación equivocada de una acción del individuo o bien de un comportamiento del
mismo. Es difícil valorar el sentimiento de incomprensión y de injusticia de un formando
especialmente sensible a la agresión. Peor aún si la injusticia y el ataque proceden del
superior-formador con el que de todas formas habría derecho a esperar un poco de
comprensión y de ayuda.

Hay cosas que deben ser conocidas por los formadores en general, los educadores, los
superiores..., para evitar graves errores involuntarios a la hora de juzgar o de corregir a un
transgresor de las normas establecidas.

En un caso difícil de tratar, la primera preocupación que debe tener el formador responsable
es la de hacer un examen objetivo e imparcial del problema. Este examen no puede hacerse
únicamente a la luz de los testimonios de terceras personas. Los testimonios pueden ser
importantes para aclarar algunos aspectos del caso. Pero es importante saber que a veces,
en vez de aclarar las cosas, pueden también deformar la verdad objetiva y confundir al
responsable. De todas formas, el juicio definitivo no se debe basar nunca únicamente en lo
que refieren los testigos. El mejor informador será siempre el propio protagonista del
acontecimiento, aun cuando estuviere interesado en esconder la verdad. La misma dinámica
de la comunicación de un superior-formador inteligente con el acusado revelará los aspectos
más importantes del problema. Para un juicio moral de un acontecimiento cualquiera los
datos más importantes no son los hechos objetivos, sino la intención y la actitud interna
contemporánea del sujeto.

Los esfuerzos del superior-formador tienen que orientarse más en el sentido de la


comunicación que en el sentido de la verificación de los hechos. El conocimiento de los
hechos es útil sobre todo en situaciones de instrucción o bien de reeducación. Pero para la
solución objetiva del problema lo más importante sigue siendo la comprensión del acusado.

Por eso mismo, atacar directamente y de frente el problema considerado sería, ciertamente,
una táctica equivocada. Lo que interesa de verdad no es ante todo la situación anormal de
desorden que resulta del acontecimiento, sino la persona, que es quizá débil o inadaptada
y a la que hay que salvar. Todos los aspectos de la intervención disciplinar o pedagógica
tienen que estar caracterizados por la caridad y el celo religioso. Estas son justamente dos
cualidades personales de todo apóstol auténtico de Jesucristo.
Desde el principio el responsable tiene que crear un clima de caridad, de confianza y de
simpatía. Por eso la táctica de atacar la fortaleza en el punto más vulnerable es también
aquí la más adecuada. Y en este punto la estrategia de aproximación al núcleo del problema
cambiará de acuerdo con las condiciones personales de carácter, de mentalidad, de cultura,
de espíritu religioso, etc., de cada formador.

El superior-formador que desde el principio tomase frente al acusado la actitud de un juez


de instrucción o bien de un severo inquisidor significaría acumular nuevas dificultades. El
subalterno tendría de él la impresión de estar comprometido en una confrontación de
fuerzas. En ese caso procuraría refugiarse detrás de cualquier argumento de defensa. Es
necesario ante todo darle la impresión de que se trata de examinar juntos un problema que
le toca de cerca a fin de encontrar juntos una solución objetiva que sea la mejor posible en
el caso indicado. Si el acusado es realmente culpable, tiene que saber claramente que la
primera ocupación del superior-formador consiste en restablecer el orden en donde ha
hecho irrupción el desorden y la confusión. El no pretende ni mucho menos encontrar un
chivo expiatorio para castigar a una persona. Lo que quiere es restablecer la paz en los
corazones y la armonía entre las personas que constituyen la comunidad. Si el
superiorformador pudiese hacer comprender estas cosas al formando, entonces sería
relativamente fácil que el transgresor aceptase también una cierta humillación personal para
una reparación oportuna de la destrucción causada. El gran peligro de las censuras y de las
imposiciones demasiado severas es que miran más a la persona del acusado que a la
reparación que hay que dar y a la restauración del orden. Muchas violencias educativas que
se justifican con argumentos de celo no son muchas veces más que una inoportuna irrupción
impulsiva de un carácter exaltado. Son actitudes contrarias a las de Jesucristo. Y además
están en flagrante contradicción con el amor cristiano y con las leyes psicológicas de una
buena relación interpersonal.

El superior-formador no se debe olvidar nunca de su posición fundamental de amigo y de


padre de sus subalternos. Pero esto no impide que eventualmente puedan darse situaciones
en las que tiene que empeñar toda la fuerza de su autoridad para salvar importantes valores
humanos y espirituales. Pero incluso en esos casos tiene que vigilar para no dejarse
arrastrar por la vehemencia de sus pasiones.

La obstinación sistemática y la habilidad para engañar de un formando deberían quizá


justificar a primera vista la falta de paciencia, de mansedumbre y de caridad del formador.
Pero no se trata de vencer al formando, sino de convencerlo y de persuadirlo para que
reconozca su error, quizá involuntario, y se disponga a reparar el mal causado, quizá sin
haberlo querido. La violencia puede vencer una resistencia, pero nunca convence a nadie.
En la educación y en la formación sigue siendo verdad el antiguo proverbio: "Más moscas
se cazan con una gota de' miel que con un barril de vinagre". Si a una persona virtuosa le
cuesta ya mucho soportar una violencia que procede de los demás, mucho más difícilmente
podrá soportarla sin hundirse psicológica y moralmente un joven formando que haya caído
en una debilidad.
Más que un director de disciplina represiva, el superiorformador es el buen pastor que
previene el extravío de sus ovejas y se hunde en la ciénaga para salvar a la oveja que corre
en busca de peligrosas aventuras.

El desahogo

Otra situación que a veces puede causar dificultades al superior-formador es el desahogo


del subalterno-formando. Convendrá hacer algunas consideraciones sobre este punto.

El desahogo es una solución provisional y providencial para la tensión emocional peligrosa


que surge de un conflicto psicológico interior. Si no desaparece esa tensión, aumenta el
desequilibrio interno y puede resultar explosivo. La explosión puede llegar a través de la
expresión más o menos dramática de una violencia verbal o física. Otra manera de explotar
consiste en una destrucción interna, en general a nivel fisiológico. Los sistemas digestivo,
circulatorio y respiratorio son los más expuestos a este tipo de perturbaciones psicológicas.

Todas las impresiones dolorosas que experimenta el individuo en sus relaciones con la
autoridad o con los compañeros de comunidad tienden a fijarse en la conciencia en un nivel
subconsciente. Desde ese nivel hacen una presión sorda, pero constante, e impulsan al
sujeto a comportamientos apropiados para restablecer el equilibrio interior. Estos
comportamientos son generalmente involuntarios. Pueden incluso tomar formas simbólicas
bajo el aspecto de un tic nervioso, de una manía, de una conducta obsesiva, de neurastenia,
de depresiones... La liberación de todo este material emocional reprimido es lo que se llama
en lenguaje vulgar el desahogo y en el psicoanálisis se designa como "abreacción".

El desahogo puede darse de manera absolutamente espontánea o bien puede irrumpir de


forma improvisada intempestivamente. El individuo puede también tener voluntariamente un
desahogo en una hora y en un lugar establecido de antemano. En psicoterapia, el desahogo
puede desencadenarse artificialmente mediante un respiro necesario y provisional.

La situación del encuentro personal y una adecuada comunicación favorecen la irrupción


del subconsciente afectivo. El material emocional "vomitado" o liberado en un desahogo
tiene que ser examinado minuciosamente por el formador, ya que ofrece indicios
sumamente preciosos para aclarar el caso respectivo. Una emoción violenta presenta
ciertas características parecidas a las que se observan en la embriaguez alcohólica. Las dos
favorecen la expresión de ciertas confidencias. Por eso se puede decir del desahogo
emocional lo que los antiguos decían del alcohol: in vino veritas.

El desahogo puede hacerse de varias maneras. A veces se tiene como una especie de
descarga espontánea de la conciencia oprimida por la necesidad de compartir un dolor
insoportable para uno solo; otras veces será como una explosión incontrolable de gozo o
bien de otros sentimientos explosivos, como la rabia, la envidia, los celos...
Así pues, el desahogo tiene una importante función liberadora de tensiones personales
causadas por el bloqueo de sentimientos y de emociones. Revela además aspectos
profundos de la problemática personal. Por eso, en principio, el desahogo es bueno para el
individuo; también es útil para un mejor conocimiento de su realidad interna por parte de los
formadores que tienen que ayudarle a crecer y a madurar. Por todo ello sería oportuno hasta
cierto punto favorecer la explosión oportuna del desahogo en los niños, en los adolescentes
y en los formandos en general.

¿Cuál tendrá que ser la actitud de un formador frente al desahogo de un formando?

En primer lugar, no poner obstáculos para que el desahogo se produzca de manera


completa y del modo como se presenta. Quizá el formador tenga necesidad de mucha
paciencia y de gran humildad para escuchar en silencio ciertas acusaciones verdaderas o
equivocadas y hasta la injuria totalmente gratuita.

Otra medida que hay que tomar es no adoptar ninguna actitud de defensa ni de iniciativa
antes de que el sujeto haya acabado de desahogarse.

No recriminar directamente al individuo la manera como se ha hecho la explosión. La actitud


de respeto y de discreción hablará con mucha más elocuencia a la conciencia del que ha
exagerado con sus palabras y con sus gestos que cualquier reproche que se le pudiera
hacer.

Aceptar en seguida y generosamente una petición de perdón. La actitud reservada y fría


que en esos momentos no se bajase hasta el subalterno para darle la certeza de que está
perdonado por completo sería causa de una nueva tensión emocional para él debido al
sentimiento de culpabilidad.

Es necesario recordar que el perdón concedido tiene que ser total e incondicional. Cualquier
restricción podría ser causa de un daño irreparable para las relaciones interpersonales entre
el formador y el formando.

Pensar que el superior-formador tiene que velar ante todo por la fuerza de su autoridad y
por el respeto que se le debe significaría no haber comprendido nada respecto a la
autoridad. Efectivamente, según el evangelio, el cargo y la autoridad significan siempre y
solamente un compromiso personal para realizar un servicio: la ayuda a los hermanos. El
formador tiene siempre la tarea de ayudar a sus formandos a crecer. Por consiguiente,
también él es un superior de sus formandos. Por tanto, tiene que considerarse con
disponibilidad para servir mucho más que para mandar.

Pero el respeto, la confianza y el amor son cosas que no se imponen nunca a los demás
por la fuerza de la autoridad. Un superior-formador los merece o no los merece. Los
subalternos perciben perfectamente si un superior es o no es digno de su amor respetuoso
y confiado. Honran a su superior y protegen su dignidad si se sienten motivados por la
manera de ser y de actuar del superior-formador para con ellos.
Si las relaciones entre el superior-formador y los formandos no siempre son buenas, será
una señal de inteligencia y de sentido común en el primero buscar las causas de esta
situación no en los demás, sino en sí mismo.

Las relaciones interpersonales están siempre condicionadas recíprocamente. Si uno


cambia, cambiarán los otros. Si yo me hago peor, también empeorarán los que viven
conmigo. Si mejoro algo dentro de mí, los demás mejorarán conmigo.

Encuentro personal y orientación

¿Quién tendrá que mostrar el sentido de la orientación de un encuentro personal entre el


formador y el formando?

Sabemos que inicialmente la idea de los que inventaron el encuentro personal sistemático
entre el formador y el formando como instrumento de formación era un pensamiento
pedagógico esencialmente directivo. Los antiguos educadores clásicos creían que educar
consistía en dirigir al educando no sólo en su obrar, sino también en su hablar e incluso en
su pensar y sentir. Pensaban que la educación era una obra esencialmente activa, algo que
el educador tenía que hacer con el alumno y hacérselo hacer. Muchos padres y educadores
concebían el arte pedagógico parecido al arte de amaestrar a un animal para el servicio
doméstico o para divertir a los espectadores de un espectáculo de circo. Por eso la actitud
pedagógica tanto en la educación familiar como en la educación escolar o en la formación
para la vida religiosa era claramente directiva.

Había incluso educadores y formadores que no permitían iniciativas a los alumnos y a los
formandos. Ellos tenían que hacer todo y solamente aquello que les ordenaba el educador.
Quizá la señal más elocuente de esta mentalidad directiva era, al menos en la vida religiosa,
el concepto y la práctica de la obediencia ciega. El formando tiene que obedecer, y se acabó.
Precisamente porque desconocían muchas cosas respecto a la naturaleza y la psicología
del hombre, consideraban al niño como si fuera semejante a un animal más o menos salvaje.

Para que pudiera insertarse constructivamente en la sociedad organizada era necesario


ejercitarlo en todas aquellas cosas que aseguran una buena integración en el grupo social.
Para no fracasar en su tarea de formar al hombre, el educador no sentía escrúpulos en
recurrir a medidas de violencia para romper la voluntad propia del educando y para sujetarlo
a la voluntad ajena. No se daban cuenta de que cuando el hombre se queda sin libertad y
sin voluntad propia deja de ser persona. Privar a un niño, a un joven o a un adulto de su
libertad personal es una indignidad inadmisible, una opresión criminal. Un superior-formador
que exigiese una sumisión perfecta e incondicional, una dependencia total y una obediencia
ciega estaría jugando con una criminal manipulación y una instrumentalización de sus
semejantes.

Dios ha creado al hombre libre. Por eso es muy importante respetar ese don. En el fondo,
el hombre siempre es bueno. Si empieza a hacer mal a sus semejantes, no es porque sea
malo por naturaleza. Para el educador y el formador es muy importante comprender que el
comportamiento inadaptado es siempre el resultado de errores en la educación. De todas
las formas, una familia, una comunidad y, finalmente, la sociedad siempre tienen derecho a
defenderse de los ataques y de la furia destructora de uno. A veces el único medio de
defensa consiste en encerrar al injusto agresor dentro de una situación en la que le resulte
imposible seguir destruyendo los valores de los demás. Limitar la posibilidad de abusar del
don precioso de la libertad no es opresión.. Es un mal menor para uno, a fin de proteger
importante, bienes de los demás. La autoridad civil, judicial y religiosa no tienen que restringir
nunca su actividad disciplinar y deben castigar a los transgresores. Castigar a uno puede
ser una medida de protección para los demás; eventualmente, aunque de forma rara, puede
ser también un remedio para un cambio personal de conducta de la vida. Pero lo que
ciertamente es muy importante para el individuo que ha sido castigado es la ayuda
pedagógica para el cambio de conducta decidido personalmente. Sería mejor todavía que
este auxilio le llegase antes de caer en la situación de un comportamiento inadmisible para
los demás. Es mejor prevenir que corregir...

Es un grave error pensar que el educador educa al alumno, que el formador forma al
formando. Ser educador o formador no es nada más que ayudar al educando y al formando
a educarse, a formarse. Educar y formar no son actividades profesionales. Son misiones o
compromisos de ayuda.

El educador y el formador son personas que ante todo quieren al niño, al joven, al formando.
Después, precisamente porque lo quieren, desean también que crezca hasta llegar a la
estatura de hombre adulto, capaz de vivir en armonía con sus hermanos y de poder
contribuir con su saber a la construcción de una sociedad según los planes de Dios.
Comprendo que para ser realmente útiles a los formandos su actitud pedagógica tiene que
ser fundamentalmente de respeto a los valores humanos y trascendentales de los niños y
de los jóvenes. Por eso saben muy bien que su tarea principal consiste en acompañar con
su benévola presencia el esfuerzo espontáneo de búsqueda y de crecimiento de los jóvenes.
Se limitan a mostrar, a motivar por medio de la curiosidad, a estimular la actividad de
búsqueda y a valorar y apreciar los descubrimientos. El gozo del estudio está en el
compromiso de creatividad para descubrir el camino del saber y de la realización. Buscar,
descubrir, saber y realizar: eso es lo que constituye la alegría de vivir.

En la práctica tradicional del encuentro personal con el superior-formador, hasta hace pocos
años éste controlaba más o menos estrechamente el contenido y la orientación del coloquio.
Era una actitud que correspondía perfectamente a la mentalidad de dependencia, de
sumisión y de obediencia ciega.

Todo encuentro personal formativo se realiza con un objetivo concreto, es decir, con una
orientación. El objetivo indica el sentido de la orientación. Hay motivos para que el superior-
formador tome la iniciativa para un encuentro y que oriente el coloquio hacia un fin
determinado: informar, recibir informaciones, explicar, invitar, pedir aclaraciones, distribuir
cargos y tareas... Pero seguramente también el formando puede tener motivos para buscar
el encuentro personal con un objetivo concreto. Está claro que la iniciativa y el control del
sentido de la conversación tiene que dejarse en manos del que buscó el encuentro,
obviamente debido a una necesidad personal. Por eso, en principio, la orientación que
deberá tomar el coloquio entre el superiorformador y el formando tiene que ser controlado
por el que tomó esa iniciativa.

Es importante que en un encuentro que ha buscado el formando se le deje a él la orientación


del sentido de la comunicación. Cuando el formando pide un coloquio es lógico que tiene su
propio objetivo. Por tanto, el formador tiene que asegurarle la libertad de exponer su
pensamiento y su opinión. El intento del formador de darle al encuentro una orientación y
un sentido distinto del que había sido previsto por el formando llevaría a hacer fracasar el
esfuerzo y la buena voluntad del formando por resolver un problema real que tenía
planteado.

De todas formas, si el formador dejase la iniciativa para el encuentro personal


sistemáticamente al formando, seguramente faltaría a un aspecto importante de su
obligación formadora. Se trata del deber que tiene de vigilar atentamente para asegurar el
clima favorable al crecimiento humano y espiritual de la comunidad.

En efecto, el superior-formador tiene que estar permanentemente al corriente de la situación


personal de cada formando o miembro de la comunidad. Debe tener una constante
información segura del estado de estabilidad vocacional del religioso o del candidato, de su
capacidad de afrontar las dificultades naturales para su inserción pacífica en el grupo, del
modo como lleva adelante su compromiso apostólico, de cómo se las desenvuelve en su
esfuerzo de relaciones interpersonales, de cuál es su estado de ánimo en la búsqueda del
crecimiento en la unión personal con Dios y en la imitación de Jesucristo... Sin conocer con
mayor o menor claridad lo que sucede con cada uno, ningún superior-formador podría
cumplir su obligación de forma conveniente. El derecho a informarse respecto a muchos
aspectos de la vida de los subalternos y de los formandos es inherente a la propia naturaleza
de su cargo de responsabilidad.

Podríamos aquí preguntarnos hasta qué punto de la vida personal tiene derecho un superior-
formador a inmiscuirse en la vida privada de su subalterno o de su formando.

Para no perdernos en minucias de la casuística en el examen de este problema nos


limitaremos a unas cuantas consideraciones generales y concretas:

a. Según un código de moralidad natural que todos aceptan actualmente, ningún hombre y
ninguna autoridad tiene nunca el derecho a violar la conciencia de los demás. Tampoco le
está permitido a nadie servirse de medios fraudulentos de intimidación para arrancar a una
persona declaraciones que pudieran violar su intimidad. La intimidad de la conciencia es
absolutamente inviolable. Todo hombre tiene un sacrosanto derecho personal a su secreto
personal.
b. Todo formando o religioso, a pesar de sus errores y de sus debilidades personales, merece
por lo menos el respeto debido a su personalidad como ser humano. Se trata de un derecho
claro e indiscutible para todos. Basta con ser una persona humana para tener derecho a
este respeto.
c. De todas formas, parece perfectamente legítimo que un superior o un formador responsable
pueda eventualmente interrogar a un subalterno o a un formando respecto a su
comportamiento. El comportamiento es la manifestación humana que interfiere directamente
en sentido positivo o negativo en los procesos de la conducta colectiva de un grupo.

En este sentido, cuando los libros de ascética se refieren a la práctica del encuentro personal
de los religiosos con su superior hablan de algunas cosas como la manera de observar la
regla, de cumplir con el compromiso personal, de consejos en medio de las dudas, de
sufrimientos particulares, de la manera de vivir externamente los votos, de las dificultades
para observar la orientación general en el estudio o en otras actividades particulares y
comunitarias, etc.

Había incluso una "hoja-guía" para la entrevista personal con el superior donde se hacía
referencia explícita a la vocación (estar contento o desanimado, dificultades...), a los
ejercicios de oración, al silencio, al respeto y a la sumisión debidos a los superiores, a las
relaciones de caridad con los compañeros, al trato con los laicos, a la pobreza religiosa,
etcétera.

Estas indicaciones parecen revelar que en la vida religiosa se hacía tradicionalmente una
distinción entre el encuentro personal formativo en general y la dirección espiritual
propiamente dicha. Este libro trata de formación y no de dirección espiritual. El coloquio
personal entre el superior-formador y el formando se hace precisamente para tratar el
problema de la formación en general. De todas formas, quizá sea imposible no incluir en su
contenido temático el tema de la vida espiritual propiamente dicha entre los demás temas.
Efectivamente, ¿cómo hablar con un formando en un encuentro personal sin tocar de algún
modo también su vida de oración? Es difícil comprender que la primera preocupación de un
superior-formador no sea el crecimiento espiritual del joven religioso o aspirante a la vida
religiosa. Más aún, un formador que dejase sistemáticamente de hablar sobre este punto
con el formando ciertamente faltaría gravemente a su obligación.

¿Cómo explicar la repugnancia de algunos a tratar directamente y con sencillez de este


tema fundamental con los formandos en ,un coloquio personal? Quizá es que se sienten
inseguros de hablar de ello, por ser personalmente demasiado inmaduros en esta dimensión
de su personalidad religiosa... La inmadurez espiritual no permite hablar con seguridad de
las cosas de la vida espiritual. Pero la causa más frecuente de esta grave negligencia parece
estar en la timidez.

¿Qué es la timidez? Científicamente se trata de una disposición emotivo-afectiva que se


manifiesta en las relaciones interpersonales mediante la inhibición en la conducta social. La
persona tímida presenta comportamientos sociales inadaptados. El tímido es siempre
demasiado emotivo. El miedo lo deja paralizado. No consigue exponerse por temor al riesgo
de tener que responder a estímulos imprevistos, porque no confía en sí mismo. Prefiere
entonces el silencio o la inmovilidad. Si a pesar de su resistencia se ve obligado a hablar o
a actuar, la emoción demasiado grande se traduce en vacilación, en temblor, en posturas
incontroladas, en balbuceos, en perturbaciones neurovegetativas como el rubor, el sudor, la
midriasis...

Está la timidez constitucional. Pero la más frecuente es la adquirida a través de errores de


educación. No poder vivir normalmente los contactos sociales en la infancia tiene como
consecuencia ciertas dificultades específicas para unas relaciones sociales normales en la
edad adulta. Casi siempre la timidez del adulto está ligada a algunos otros problemas de
naturaleza emocional: frustración afectiva, sentimiento de inferioridad, de culpabilidad...
Pero, afortunadamente, la timidez adquirida por errores de educación puede curarse
mediante una reeducación de la socialización, ya que en el fondo se trata solamente de una
inmadurez social.

Un superior-formador tímido siente cierto pudor de hablar de algunos aspectos de su vida


personal e íntima. Si el formando es también tímido en este sentido, los dos individuos juntos
en un encuentro personal no lograrán nunca hablar con franqueza de un problema
demasiado personal cualquiera. El tímido puede sentir cierta dificultad de reconocer su
defecto y dirá que se trata más bien de un respeto humano natural para hablar de ciertas
cosas. En el caso del religioso que siente dificultad de hablar con libertad de las cosas de la
espiritualidad, quizá es que en el fondo le falta la fe verdaderamente sencilla y encarnada.
La fe hecha solamente de convicciones intelectuales es espiritualmente débil e insegura.
Por eso se resiste a manifestar abiertamente sus actitudes religiosas demasiado personales.
Tiene miedo de ser considerado psicológicamente excéntrico y extraño.

Por este mismo motivo hay comunidades en las que prácticamente ninguno o muy pocos
son capaces de participar activamente en una verdadera oración compartida. Todos o casi
todos son prisioneros de su miedo más o menos infantil a ser juzgados desfavorablemente
por los compañeros. Hay comunidades religiosas en las que nunca aparece en una
conversación familiar, por ejemplo, en la mesa, el tema religioso o espiritual. Un pudor
infantil o bien un respeto humano mal entendido bloquea a todos para que manifiesten con
sencillez y confianza sentimientos que son ciertamente verdaderos y auténticos en este
sentido. El miedo a quedar en ridículo ante los demás inhibe por completo la capacidad de
expresarse espontáneamente sobre un aspecto de la existencia que todos reconocen que
es el más im. portante de su vida. Se trata de una situación realmente absurda.

¿Qué es lo que podrá hacer el superior-formador tímido para conseguir una mayor facilidad
de hablar de temas religiosos y espirituales con los formandos, bien sea en una situación
informal o bien sobre todo con ocasión de un encuentro personal?

Lo primero que hay que hacer en esos casos es buscar informaciones abundantes y justas
respecto a la vida espiritual de los religiosos. Quizá sea preciso reformular algunos
conceptos equivocados, superar algunos prejuicios... Una persona inteligente y con una
buena cultura religiosa y humanista podrá ver las cosas más claras en esta dificultad.
Un religioso que no viva en profundidad la vida espiritual no podrá nunca tener una idea
clara en estas materias. Por eso mismo tampoco podrá hablar de ellas con seguridad. Por
el contrario, un superior-formador que sienta un gran amor a Jesucristo no podrá menos de
contagiar a sus subalternos esta fuerza de vida. Cuando la sabiduría popular afirma que la
boca habla de la abundancia del corazón indica igualmente que de la calidad del discurso
es posible deducir cuál es la calidad de su corazón. Por consiguiente, el hombre es lo que
son sus sentimientos. La calidad de los sentimientos nace de la calidad de los pensamientos
habituales. El resultado de estos pensamientos habituales pasa a ser una idea-fuerza que
determina la orientación en el obrar y, por tanto, la del comportamiento del sujeto. Un
auténtico espíritu religioso no puede evitar manifestarse a través de una manera
característica de ver las cosas y las personas y de juzgar los acontecimientos.

El religioso que vive de verdad su consagración a Dios es psicológicamente consistente;


sus actitudes y su comportamiento son coherentes con los valores fundamentales de su
consagración. Un religioso equilibrado no tiene ninguna dificultad en tratar con tranquilidad
y con naturalidad estos temas con las personas encomendadas a él. Por eso la excusa
basada en una timidez demasiado grande para no hablar de estos temas con el formando
es una verdadera ilusión. La verdadera causa no es la timidez; el problema reside
seguramente en las dificultades para alcanzar esa coherencia. Y aquí una vez más nos
encontramos ante el meollo del problema de las relaciones entre el formador y el formando.
Este último podrá crecer en la medida en que su formador responsable sea una persona
que ha alcanzado el crecimiento debido. La tarea del formador consiste fundamentalmente
en crecer al lado de su discípulo. Este lo mira e inconscientemente intenta imitarle e
identificarse con él. Su esfuerzo tendrá resultado en la medida en que se siente impulsado
por el modelo que se le propone. La gracia puede hacer maravillas, pero de ordinario el
discípulo no crece por encima de la talla de su maestro. Por eso hay que decir, en general,
que de tal maestro tal discípulo.

El encuentro personal del formando con su formador es útil bajo diversos aspectos. Pero su
objetivo más importante es el de ayudar al formando a santificarse. Ese encuentro es para
él un instrumento de la gracia.

Es verdad que la gracia supone la naturaleza y que la perfecciona y tiende a superarla.


Omitir los medios humanos y naturales para alcanzar los objetivos sobrenaturales sería una
presunción imperdonable. Pero confiar tan sólo en los medios humanos para crecer en el
sentido de la gracia es ignorar las cosas de Dios y exponerse a fracasos inevitables.

Podríamos imaginarnos al formador ideal como un hombre de auténtica vida interior, buen
conocedor de los misterios del dinamismo de la gracia y explorador con una buena
experiencia de los caminos de la perfección cristiana. Por otra parte, un buen formador debe
tener un buen conocimiento de la psicología del hombre. Sobre la base de estos
conocimientos humanos podrá organizar su actividad pastoral de formación de los más
jóvenes.

Formar es formarse.
9. La madurez en los
formandos
(Conferencia pronunciada por el autor en las Jornadas sobre Formación para la vida religiosa. Del noviciado a la
profesión perpetua, organizadas por el "Claretianum", del 14 al 17 de diciembre de 1982 (cf AA.VV., Formación
para la vida religiosa, Paulinas, Madrid 1984, 123-152)).

Para la psicología actual, la personalidad es un proceso de evolución. Ese proceso es, en


un primer tiempo, de desarrollo y de crecimiento y, en un segundo tiempo, de involución o
de disminución, para acabar con la muerte natural en la vejez. Toda muerte prematura es
accidental. Normalmente el hombre se preocupa de mejorar y prolongar su vida. Este es
también el objetivo de las ciencias de la salud física y psíquica. En los países
económicamente más desarrollados el hombre llega actualmente a la edad media de unos
setenta y cinco años. En los países más pobres este índice se sitúa entre los cuarenta y
los cincuenta años. En la Biblia se dice que una larga vida es una bendición del Señor. En
más de un lugar el autor sagrado expresa también el deseo del Creador de que el hombre
viva muchos años en la tierra. La condición para una larga vida depende en gran parte de
las condiciones de su desarrollo en los primeros años.

El desarrollo se hace en el sentido de la madurez como un continuo devenir a través de las


instancias planteadas por las realidades existenciales. La adaptación a los problemas
circunstanciales de la realidad constituye una dificultad que no siempre resulta fácil
superar. El individuo va madurando bajo el impulso interior y exterior por la armonización
de sus necesidades con las exigencias circunstanciales de su realidad existencial. Esta
síntesis entre necesidades naturales y exigencias de adaptación a la situación particular
del mundo real es una tarea del yo. Por eso madurar es fundamentalmente desarrollar las
funciones del yo.

El yo es el elemento central de nuestra psique dinámica, del que depende toda actitud
personal de toma de conciencia de la realidad, de opción, de decisión y de acción tanto
para la creación como para la defensa. Se trata de un grupo de motivaciones que nos
llevan a reaccionar según las necesidades y los valores. En cierto modo, la manera de ser
del yo define las líneas características de la personalidad de cada uno. Por consiguiente,
nuestro yo es por una parte el aspecto de nuestra personalidad que reconocemos como el
sujeto de nuestros conocimientos y de nuestras actividades cuando decimos: yo conozco,
yo hago, yo quiero, yo sé, yo deseo, yo soy, etc. Por otra parte, el yo es también el sujeto
que percibe ciertos contenidos como pertenecientes a él, como cuando decimos: esto es
mío, esto me pertenece, etc.

Maduración de la personalidad y formación en la vida religiosa

Puede definirse la madurez como un modo de pensar, de sentir, de ser y de obrar


conveniente a la persona normal en relación con su edad y con su situación. La palabra
"normal" se toma en sentido estadístico respecto al comportamiento. El comportamiento
es normal si ante determinados estímulos el individuo reacciona de forma semejante a la
reacción de los demás en situaciones semejantes. La persona es madura cuando su
desarrollo diferencial y su integración física, psíquica y espiritual son completos y están
estabilizados. Esto supone unas actitudes y unos comportamientos capaces de afrontar
con éxito las tareas de su situación real en la vida.

La maduración es un proceso que se desarrolla en períodos sucesivos. Para poder


comprender algo de este misterioso proceso biopsicológico hay que observar cuatro
fenómenos ya bien estudiados y que se manifiestan en cada uno de los períodos:

— Una predisposición latente que quiere actualizarse.


— La germinación de esta nueva virtualidad.
— El crecimiento propio y verdadero del individuo.
— Su inserción dinámica en un sistema particular de la organización social.

En el caso de los formandos en la vida religiosa se trata de valorar la capacidad de inserción


eficiente en la vida profesional y la capacidad espiritual de eficacia apostólica. El desarrollo
de la personalidad se lleva a cabo a través de un proceso de crecimiento, que se continúa
por etapas sucesivas. La etapa es el espacio cronológico que va de una crisis a otra. La
crisis es la nueva dificultad que surge generalmente de la confrontación entre una nueva
realidad interna y la realidad objetiva del mundo exterior. La confrontación nace a su vez
de la necesidad de adaptarse de una forma nueva a la realidad exterior debido a un cambio
afectivo. En efecto, cada uno se adapta a la realidad del mundo exterior de acuerdo con su
manera personal de ser. Para convencerse de la verdad de esta afirmación basta con
observar la forma distinta de comportarse del adulto y del niño ante el mismo estímulo.

Cada período del desarrollo representa un espacio de tiempo que la persona necesita para
aprender y adaptarse a la nueva realidad social de su edad como premisa para su
evolución cultural.

Hay una humanización progresiva cada vez más complicada, no siempre perfectamente
de acuerdo con la estructura antropológica, de una parte, y con el tipo de sociedad creado
por el mismo hombre, de otra. La mayor dificultad en la educación y en la formación reside
en cómo armonizar los procesos de la maduración autónoma, por una parte, y los de la
educación exógena, es decir, del aprendizaje, por otra. En la medida en que el individuo
sale airoso en su esfuerzo por armonizar con su ambiente social es como va creciendo, es
decir, va madurando.

Para una buena valoración del grado de madurez de un formando hay que considerar por
lo menos cinco aspectos de su personalidad: su grado de desarrollo físico, el desarrollo de
su inteligencia, su desarrollo social, su desarrollo emocional v su desarrollo espiritual.

El criterio adoptado para hacer esta evaluación es el de la media estadística según una
escala concreta de valores médicos, psicológicos, sociales, espirituales, etc. Los
responsables del noviciado tienen que poseer estos conocimientos fundamentales para
una primera evaluación, aunque sea un tanto superficial, para un primer discernimiento
sobre la vocación del candidato. Cierta experiencia de la vida y una buena formación en
las ciencias humanas, aunque no precisamente académica, es algo que se requiere en el
examinador. Si existen dudas sobre la normalidad del desarrollo, sobre todo en los
aspectos del crecimiento físico, del grado de inteligencia, del comportamiento social y del
equilibrio emocional, hay que pedir la ayuda de un especialista: el médico, el psicólogo y
eventualmente el psiquíatra. Hoy disponemos de medios científicos que permiten descubrir
las desviaciones de la normalidad en el desarrollo físico y psicológico de los individuos.

Descubiertas a su debido tiempo, las irregularidades del proceso de desarrollo pueden


muchas veces corregirse mediante una intervención médica o psicológica. Esta
intervención podrá establecer, además, una prognosis muy. útil para un discernimiento del
responsable sobre la vocación del candidato. Cuanto más pronto se haga esta
intervención, tanto mayor será la probabilidad de éxito. Crecer con una deformación física,
funcional o psicológica es ir consolidando cada vez más esa deformación. Por eso, toda
intervención tanto médica como psicológica sobre el individuo con la finalidad de corregir
una anomalía cualquiera resulta tanto más problemática cuanto más tarde se haga. Los
primeros responsables de la ayuda a los niños, a los jóvenes y a los formandos en su
desarrollo normal no son los especialistas, sino los padres, los educadores escolares, los
formadores.

Los formadores tienen razones muy importantes para preocuparse de la madurez psíquica
de los formandos. Esta se caracteriza por el hecho de la existencia de una aspiración y de
una voluntad estables y duraderas de búsqueda de un estilo concreto de vida. El proceso
de emancipación respecto a los padres se desarrolla ya con ciertas dificultades. Pero la
inserción en el complicado mundo civilizado de los adultos constituye un desafío verdadero
y cruel para los jóvenes. Aquí nos encontramos con el momento más crucial de la actuación
del formador.

Para que el proceso de maduración de la personalidad que se requiere en el candidato


pueda dirigirse y desarrollarse hacia su ideal sin excesivas dificultades se necesita una
intervención concreta de ayuda y de asistencia de los formadores. Estos son responsables
de la creación de un clima de vida que permita al formando trabajar sobre sí mismo con
confianza y optimismo, con libertad interior y creatividad. El formando suficientemente
motivado busca el sentido de la vida que se propone y hace de ella un proyecto para su
realización concreta. Por eso, para ser realmente eficaz, la actitud y las relaciones del
formador con el formando no tienen que consistir en impulsar al formando hacia el ideal
propuesto, sino en ayudarle a descubrir el tesoro de los valores ocultos en el ideal. Además,
la vocación es una llamada, una atracción personal, y no un impulso o un objetivo impuesto
por alguien. Un buen método de formación se preocupa sobre todo de revelar al candidato
los misterios del ideal, de sensibilizarlo por ellos y de motivarlo para que los alcance. De
este modo quedan unificadas todas las energías psico-biológico-espirituales del hombre
para la construcción de la personalidad que requieren las exigencias del ideal.
El yo del formando tiene que verse constantemente sostenido y estimulado a orientar su
desarrollo y la estructuración de su personalidad según el significado profundo de su ideal.
Hay que ayudarle, además, a descubrir los 'valores de ese ideal. Digo expresamente
ayudarle a descubrir, no revelarle. Tampoco el impulso para crecer procede de lo que los
educadores y los formadores le revelamos al formando, sino solamente de lo que él mismo
ha descubierto. Sólo los descubrimientos personales constituyen un verdadero saber y, por
tanto, un verdadero estímulo para el crecimiento. De este modo quedan comprometidas
todas sus energías y las dimensiones de su ser.

Todo lo que se refiere al proceso del desarrollo espiritual y al pronóstico respectivo se


escapa por completo de la competencia profesional de los especialistas, psicólogos,
médicos, sociólogos... La persona competente para emitir un juicio válido sobre este
aspecto de la personalidad del formando es exclusivamente el director espiritual o el
formador responsable. El primer director espiritual en sentido amplio tiene que ser siempre
el responsable directo de la formación del candidato. Cuanto más joven sea el formando,
tanto mayor será su necesidad de limitar sus puntos de referencia. Lo mismo que el niño
no puede desarrollarse bien sin tener una sola madre, también el joven formando tendrá
dificultades para crecer si tiene que dividirse en varios sectores de personalidad, cada uno
de los cuales tenga que ser vigilado por un formador distinto.

Sabemos que ningún formador forma al formando. Tampoco los padres y los educadores
educan a nadie. Educar y formar es sencillamente ayudar a crecer. La afirmación del gran
educador canadiense McLuhan es psicológicamente acertada: "Nadie enseña nada a
nadie". No es el educador el que hace la educación de los niños y de los jóvenes. El papel
activo principal de todo proceso de formación pertenece siempre al educando. El educador
no hace más que crear un clima y unos estímulos que favorezcan el desarrollo de este
proceso de crecimiento. El crecimiento en el sentido de la madurez es un proceso bío-
psicológico-espiritual espontáneo que procede de dentro del individuo. El desarrollo
positivo de esta dinámica vital depende de algunas consideraciones internas y externas
del individuo. Las condiciones internas guardan relación con las tendencias naturales del
hombre; las condiciones externas dependen de la acción de los estímulos creados por el
formador. Pero la presencia del formador al lado del formando es muy importante. Funciona
como el estímulo de mayor importancia que permite el formando comprometer todas sus
energías internas para crecer en el sentido que él mismo se ha propuesto.

Y aquí perdóneseme que me permita decir la cruda verdad, que a veces resulta un poco
dura de aceptar. He aquí algo que considero como la gran verdad, un verdadero axioma
pedagógico para todos los que tienen un conocimiento más profundo de la naturaleza
humana: el primer factor, y a menudo el factor decisivo del éxito o del fracaso de un proceso
de formación o de educación, no está en el formando, sino en la persona del formador. El
elemento más dinámico de todo proceso de formación está siempre en el grado con que el
formador encarna concretamente en el nivel más alto posible el ideal vocacional y
apostólico del formando.
El formando puede comenzar a crecer en el sentido de su ideal solamente a través de un
proceso de imitación-identificación con un modelo. El primer modelo en todo proceso de
identificación humana en el período de desarrollo es siempre una persona que le parece al
formando un héroe digno de ser imitado. El niño puede crecer y desarrollar sus
virtualidades únicamente si puede admirar a su madre. La admiración nace con el
descubrimiento de los valores de la madre. La admiración significa que se ha
desencadenado ya el proceso de identificación. La imitación sigue naturalmente a la
admiración. Inicialmente consciente y voluntaria, esta imitación lleva también al niño a
copiar a su madre en otras muchas cosas sin darse cuenta de ello. Esto es la identificación.
Identificarse con alguien significa hacerse un poco como él. Este es el resultado final de
todo proceso de crecimiento moral. El primer signo de que se ha desencadenado el
proceso de formación es la admiración del formando por su formador. La admiración lo
lleva a hacer suyo el comportamiento de la persona-modelo. Esta primera relación humana
ayuda al sujeto a definir mejor su autoimagen aceptable. Por eso la mayor preocupación
formativa del formador tiene que ser siempre la de sí mismo, esto es, tiene que esforzarse
en encarnar cada vez más la imagen del religioso ideal que propone a sus jóvenes
discípulos, lo que andan buscando. La autoimagen del formando corresponde en gran
parte a lo que los formadores piensan de él. En efecto, la imagen que el formador se hace
del formando condiciona poderosamente sus actitudes externas en sus relaciones con el
formando. Este se da inmediatamente cuenta de ello y reacciona en consecuencia. Su
reacción puede ser de rechazo, de aceptación o de acogida del formador. En el primer
caso no se dará la identificación con él. En el segundo caso, la identificación será débil y
el crecimiento difícil. En el caso de la acogida, el proceso del crecimiento y de la
maduración se verá acelerado.

Este esfuerzo del formando por hacerse como su modelo humano y de copiar en cierta
medida su modo de vivir, sus relaciones personales con el Señor, es un proceso de
aprendizaje. El aprendizaje puramente humano empieza también a manifestarse poco a
poco en sus primeras relaciones con Jesucristo a través de un proceso espontáneo de
transferencia del aprendizaje. Esta transferencia de la realidad humana a la realidad
espiritual será tanto más difícil cuanto más sea el formador un auténtico alter Christus.

Dimensiones y valoración de la madurez humana.


Aproximaciones pedagógicas

Pretendo describir la madurez que se requiere para una formación religiosa en el novicio
con vistas al compromiso temporal y sobre todo definitivo en la vida religiosa.

Para el objetivo previsto es mi opinión que, tras la especial selección desde el punto de
vista de la normalidad física hecha por el médico y de la normalidad psíquica hecha por el
psicólogo, todos los demás aspectos de la personalidad del formando tienen que ser
constante y esmeradamente observados y valorados por los formadores.
Los primeros responsables de la formación no son los especialistas, sino los formadores.
Por eso tienen que ser muy competentes en las ciencias pedagógicas. Una cualidad
indispensable para un buen educador es la capacidad de observación.

Ahora es casi normal que un candidato a la vida religiosa llegue al noviciado bastante
inmaduro en muchos aspectos de su personalidad. La educación familiar y la escolar van
encontrando cada vez más dificultades para crear un clima favorable al desarrollo normal
de la personalidad de los niños y de los jóvenes. Hoy es prácticamente imposible no
cometer errores de educación o de formación más o menos graves. La repercusión de
estos errores puede bloquear varios aspectos del proceso evolutivo. Por eso la inmadurez
de los formandos y de los jóvenes religiosos debe buscarse sobre todo en la manera como
vive el sujeto sus relaciones consigo mismo, con los demás y con Dios. Son éstas
precisamente las dimensiones fundamentales en las que se cumplen los acontecimientos
existenciales focales que definen el equilibrio o el desequilibrio de la vida. De aquí nacen
las actitudes que favorecen o que impiden la adaptación de la persona a su realidad.

Los puntos más sensibles a las desviaciones en el proceso evolutivo son: la imagen de sí
mismo; la fuerza del yo; la capacidad de recibir, de dar y de compartir; la capacidad de
elaborar adecuadamente las frustraciones; la capacidad de encarnar un ideal trascendente;
la capacidad de autonomía afectiva; la capacidad de autocontrol; la capacidad de
adaptación a nuevas situaciones; la capacidad de desechar la satisfacción de una
necesidad no vital; la capacidad de tomar conciencia de la culpabilidad y de aceptarla; la
capacidad de aceptarse a sí mismo, a los demás y la propia historia; la capacidad de
interiorizar los valores del ideal.

La imagen de sí mismo

La imagen de sí mismo se refiere al concepto que la persona tiene de sí misma. El concepto


de sí nace de lo que el sujeto piensa de sí. Esto es siempre muy parecido a lo que los
demás piensan de él. A través de las actitudes y de los comportamientos de los demás
para cón él, el sujeto se da cuenta con mayor o menor claridad de lo que ellos piensan de
él. Este conocimiento más o menos subconsciente para el individuo determina la
organización de su comportamiento.

De la imagen positiva de sí nacen sentimientos de satisfacción personal que facilitan la


adaptación de la persona al mundo de su propia situación. El niño, el joven, el adulto...
satisfechos son eficientes y eficaces en sus relaciones consigo, con las cosas, con las
personas...; son abiertos a los valores humanos naturales y sobrenaturales.

La imagen negativa de sí mismo lleva al individuo de cualquier edad cronológica a cerrarse


dentro de sí. El miedo le impide expresarse existencialmente en el mundo. Frecuentemente
toma una actitud más bien defensiva ante la vida, y de este comportamiento resultan
manifestaciones infantiles, como la timidez, la agresividad, las compensaciones afectivas,
los delirios infantiles, la falta de interés, el sentimiento de inferioridad, las mentiras.
Signos de una buena imagen de sí mismo son ciertas actitudes, como la estima normal de
sí mismo, la capacidad de cuidarse de sí mismo, es decir, una preocupación equilibrada
por la propia higiene física, mental y espiritual, una buena presentación personal,
autenticidad, espontaneidad, sencillez, modestia. cordialidad en las relaciones
interpersonales...

La fuerza del yo

El yo es el centro personalista al que el individuo atribuye la responsabilidad de sus


opciones, de sus decisiones y de las consecuencias de las mismas. Es también el punto
causal de partida y de llegada de todas las actividades biopsicológicas que comportan la
dinámica de su ser.

El yo del niño es débil; por eso no puede ser un verdadero autor. A medida que se van
actualizando sus virtualidades de hombre, él mismo toma en sus manos su destino para
abrirse camino en la vida. El desarrollo normal del proceso de maduración permite al
individuo proveer por sí mismo a las diversas necesidades de defensa y de síntesis
relativas a su edad. El niño maduro, el muchacho maduro, el adolescente maduro, el joven
maduro y el adulto maduro saben escoger, decidir, trabajar y jugar según una escala de
valores que corresponde objetivamente a sus intereses naturales como seres plenamente
conscientes de su lugar exacto en medio de los demás de su mundo.

Un joven que depende demasiado de su formador o superior, que no consigue crear por sí
mismo las condiciones necesarias para poder dominar las circunstancias de su vida y
moverse libremente hacia su ideal, lógicamente está retrasado en varios aspectos de su
personalidad. La señal más clara de este retraso es precisamente la debilidad de su yo.
Está indeciso y procura adaptarse por el principio del placer, exactamente como los niños.

Para poder asumir válidamente un compromiso personal tanto temporal como definitivo en
la vida religiosa, la persona tiene que ser capaz de elegir personal y libremente los valores
evangélicos de la consagración. Esto supone igualmente la capacidad de renunciar a unos
valores naturales concretos. La decisión de esta opción tiene que ser una iniciativa
personal, la del propio candidato. El papel del formador tiene que limitarse a proponer los
valores mostrando sus ventajas bien sea con su información o bien sobre todo con su
ejemplo de vida. Por tanto, es menester que el formador responsable se dé cuenta de los
motivos de esta opción y del grado de libertad interna de la decisión del candidato. Si el
caso lo requiere, tiene que ayudar expresamente al candidato a purificar y a profundizar
los motivos que ha proclamado en su opción.

Capacidad de recibir, de dar y compartir

Cuando la madre natural o la madre sustitutiva no consigue satisfacer de manera


conveniente las necesidades fundamentales del niño, éste tampoco aprende un tipo de
relaciones positivas con los demás. Se siente amenazado en su propia existencia. Elabora
inconscientemente un concepto malo de los demás y toma ante ellos una actitud
desconfiada y hostil. No puede amarlos. Por tanto, tampoco puede darse ni compartir con
ellos. El niño aprende a darse a los demás mediante ese experimento tan sencillo y tan
hermoso que realizaron todos los niños que tuvieron la fortuna de tener una buena madre.
A los siete u ocho meses el niño normalmente desarrollado quiere tomar él mismo su
comida del plato y llevárselo a la boca con la mano. Si alguno quiere quitarle el plato,
protesta, porque tiene necesidad de él para satisfacer su hambre. Cuando tiene el
estómago lleno viene entonces el espectáculo. Con su rostro y con sus manitas sucias de
comida, toma comida del plato y se la pone en la boca a la madre. Es decir, hace por la
madre lo que ella ha hecho tantas veces por él. Imita a la madre porque la admira. Si la
madre es una buena educadora, acepta la comida que su pequeño le mete en la boca y
expresa también su satisfacción por el gesto de su hijo. Este se da cuenta del placer que
la madre experimenta. La madre lo estimula a repetir el gesto. De esta forma el niño
descubre el placer personal de dar gusto a otro. Descubre la alegría que puede gozar al
dar..., al darse. Nunca lo hace cuando tiene hambre. La generosidad en dar está todavía
estrechamente ligada a la satisfacción de las necesidades personales.

Si el padre del niño está cerca y si también él ama a su hijo, dirá algo así como: "¿Y yo?...
También yo quiero que me des de comer. Tengo hambre. ¡Dame también a mí!..."
Ordinariamente el niño se resiste a las primeras insinuaciones del padre, ya que en la
práctica conoce solamente a la madre como a la persona buena. El padre le da todavía un
poco de miedo. De todas formas, si la madre le ayuda un poco al niño y le guía la mano
hacia la boca abierta del padre, con la reacción de alegría del padre al recibir también él la
comida de manos de su hijo, éste admirará primero la reacción inesperada, luego sonreirá,
tomará un poco más de ánimo y, ayudado siempre por la madre, repetirá el gesto hasta
descubrir también la alegría que puede uno sentir al compartir sus bienes no solamente
con los amigos más cercanos, sino incluso con terceras personas.

Así es como el niño aprende a dar (a darse) y a compartir. Las personas adultas que son
demasiado egocéntricas y que no saben darse ni compartir es que quizá no han podido
realizar aún la experiencia del gozo que se siente en la relación interpersonal aliocéntrica.
Saber centrarse más en los otros significa superar la actitud egocéntrica propia del niño.
Significa, por consiguiente, una mayor madurez humana. Esta es la condición para una
relación interpersonal más creativa y, por tanto, más fácil y más satisfactoria para el
individuo. El adulto que ha realizado una experiencia semejante rompe el egocentrismo del
niño. El niño es siempre egocéntrico, esto es, se siente como el centro de su mundo. El
adulto egocéntrico vive para llamar la atención de los demás a través de sus sentimientos
de rechazo, de sus actitudes de hostilidad y de agresividad, a través de sus dificultades de
entrega generosa y de su incapacidad para compartir en la vida y en las actividades
comunitarias.

La persona que tiene ya la madurez relativa a su edad sabe recibir (dones, regalos, una
visita, un homenaje...), sabe darse, es decir, renunciar a cosas personales (como su
tiempo, sus talentos, sus amistades), para ayudar a sus compañeros de comunidad; sabe
dar su saber a los que tienen necesidad de él, sabe poner a disposición de todos sus
instrumentos de trabajo.

Yo diría que una señal de madurez en este nivel es la actitud de una cierta disponibilidad
para los demás. El egocéntrico está centrado en sí mismo. Ser disponible para con los
demás consiste en una actitud más objetiva, digamos aliocéntrica, es decir, centrarse más
bien en los demás, ser abierto, acogedor...

Capacidad de elaborar adecuadamente las frustraciones

Todos los hombres, durante toda su vida, sufren frustraciones. Estas son realmente
inevitables. Forman parte de todas las realidades humanas. En esta época de nuestra
historia el tiempo se ha convertido en la cosa más importante del mundo. Todos nos
preocupamos del tiempo. Para algunos nunca hay tiempo suficiente para poder hacer todo
lo que querrían hacer. Por eso andan siempre con prisas. Están ansiosos y tienen miedo
de llegar tarde al trabajo. En la vida es imposible caminar tranquilamente. Están los coches,
los demás, que también marchan aprisa. El que ha tomado el coche nunca sabe si
encontrará quizá un embotellamiento... ¡Hay tantas situaciones imprevistas!... De noche no
es posible dormir por el ruido, por la televisión del vecino, por las motos de los jóvenes que
desean llamar la atención.

Si algunos no encuentran el tiempo necesario para hacer todo lo que quieren, hay otros
muchos que no saben qué hacer con el tiempo de que disponen. Sufren el hastío de la
vida. No saben entretenerse. Por eso duermen más de lo necesario, comen demasiado,
pasean, compran, no saben dónde gastar el dinero que tienen. Hoy también son muchos
los que desean trabajar y no encuentran un puesto de trabajo. Están además los jubilados
en plena forma laboral, que se ven marginados por la sociedad para que dejen su sitio a
los jóvenes. En una palabra, bien por falta de formación, bien por falta de una visión más
pragmática de la vida, hay muchos que fuera de su trabajo profesional no han aprendido
nunca a hacer alguna otra cosa. Por eso, si no pueden trabajar en su profesión andan
desorientados por la vida. No saben cómo pasar el tiempo.

Hacer cosas es vivir el instinto de la creatividad. Hacer cosas que uno ha elegido porque
corresponden a sus deseos y a su saber hacer es vivir algo así como los niños que juegan.
Verse obligado a hacer tan sólo lo que hay que hacer, únicamente para tener el dinero
necesario para poder vivir, es algo que cansa a todos. Es vivir algo así como un niño
obligado a jugar con juguetes que le gustan a su madre, pero que no le hacen ninguna
gracia al hijo. Por eso hay muchos trabajadores, obligados a trabajar toda su vida de la
misma manera en el mismo lugar y con las mismas personas, que necesariamente
terminan siendo personas neuróticas. Cualquier persona normal alimenta deseos y
expectativas que nunca se cumplen. La desilusión consiguiente se sufre como un dolor
moral, tanto más desgarrador cuanto mayor es la necesidad natural o artificial que ha
quedado insatisfecha. Un deseo y una expectativa que no se cumplen producen un
sentimiento de frustración. Este sentimiento puede ser más o menos destructivo en el
interior de la personalidad según la consistencia o la fragilidad de la misma y según el
grado de madurez del sujeto.

La madurez en este nivel supone la capacidad de prorrogar o renunciar definitivamente a


la satisfacción de un deseo. Las reacciones internas que se expresan clamorosamente a
través de comportamientos de resentimiento, de rebelión, de agresividad, de repliegue, de
cerrazón..., son siempre un síntoma de inmadurez emocional. El individuo inmaduro en la
etapa de edad que le corresponde no consigue soportar ni elaborar sus frustraciones. El
hombre emotivamente maduro no tiene dificultad en prorrogar la satisfacción de sus
deseos, la realización de sus proyectos. El inmaduro vive su frustración a través de unas
actitudes y unos sentimientos más o menos infantiles: llora, se deprime, se siente
amenazado o inseguro. Cree que sus planes y sus proyectos tienen que concretarse
siempre según sus previsiones. En la misma línea de comportamiento inmaduro se
encuentra también la dificultad de vivir la fe y la esperanza con un sano optimismo.

Un religioso debe ser tan maduro, que sea capaz de elaborar interiormente, por sí solo,
sus pequeñas frustraciones ligadas a la vida ordinaria. Tiene que ser capaz de encontrar
personalmente soluciones para sus pequeñas dificultades. La impulsividad o la prisa y la
impaciencia excesiva por satisfacer una necesidad o un deseo que pueden prorrogarse es
un síntoma de inmadurez que puede crear dificultades para una equilibrada vida
comunitaria.

Capacidad de encarnar un ideal trascendente

Además de una buena madurez en relación con la edad cronológica del sujeto, la auténtica
vocación religiosa supone una gran sensibilidad intelectual y emocional por las realidades
del mundo sobrenatural. Se trata de una característica que resulta de una adecuada
educación religiosa familiar. Es de esperar que el candidato haya venido a la casa de
formación con cierto desarrollo de ese germen que yo pienso que es también instintivo. En
efecto, es también una convicción científica la que tengo de que la trascendencia es un
aspecto inmanente de la estructura antropológico-psicológica del hombre. Esta convicción
se basa en el argumento histórico de que no existe ningún pueblo ni tribu primitiva que no
cultive la creencia en un valor fuera de las realidades sensibles. Quizá por eso dijo el Señor
que su ley está inscrita en el corazón del hombre. Quizá el animismo y el pensamiento
mágico del niño son signos que denuncian la existencia de esa ley natural que inclina al
hombre espontáneamente a ver algo más allá de las cosas que pueden percibir sus
sentidos externos.

Un buen formador sabe lo que ha de hacer para ayudar al formando a crecer en su


dimensión trascendental. Considero que el objetivo principal del noviciado es precisamente
el dar motivos al formando para que se comprometa a fondo en la búsqueda de Dios y del
significado real de su llamada a seguirlo más de cerca. La experiencia del descubrimiento
personal de Dios como de alguien que nos quiere, que nos atrae con una fuerza irresistible
para la comunión con él, es precisamente la primera etapa del proceso de maduración
espiritual. El éxito o el fracaso de este aprendizaje condiciona también la manera más o
menos sólida de vivir su fe.

Este descubrimiento personal, hecho no sólo en el nivel intelectual, sino también


experimental (experiencia interna), introduce al formando espontáneamente en un proceso
de diálogo con Dios. El diálogo se concreta a través de la oración. Pero una buena
formación para una oración auténtica fortifica también extraordinariamente la adhesión a
Dios como un ideal poderoso que hay que realizar. Un ideal se vive siempre como un valor
existencial para la realización de sí.

Por consiguiente, la capacidad de asumir con responsabilidad personal una vida auténtica
de oración, aunque permanezca tan sólo en un nivel de principiantes, es seguramente un
signo de un proceso de maduración espiritual en vías de desarrollo. Un espíritu de oración
auténtica queda encarnado en la vida, de manera que llega a cambiar diversos aspectos
del comportamiento del individuo. Este mejora en sentido positivo, particularmente en su
dimensión social, esto es, se hace más fraternal en las relaciones interpersonales. Por
tanto, el sujeto se hace más humilde, más sencillo, más auténtico, más espontáneo, más
abierto, más disponible; en una palabra, crece en caridad para con Dios y para con los
hombres.

¿Cuál será el grado de madurez relativo a este aspecto que se considera necesario para
que pueda permitírsele al novicio, con seguridad suficiente, emitir los votos? Me parece
que este problema debe ser resuelto por el responsable directo de la formación del
candidato. Efectivamente, el instrumento mejor para esta valoración tan importante es la
observación inteligente, sistemática, del sujeto. Creo que solamente el formador
responsable está en disposición de hacerla. Su prudencia de hombre responsable y su
personal experiencia espiritual le darán los criterios para un juicio prudente humanamente
suficiente para una decisión final válida. Es verdad que sólo el superior mayor o bien él con
su consejo son los responsables últimos de la admisión de un candidato. Pero es normal
que tomen en su debida consideración el parecer del formador que ha acompañado al
formando en su búsqueda y en su crecimiento espiritual.

Capacidad de autonomía afectiva

Con el concepto de autonomía afectiva deseo señalar la no-dependencia afectiva. El niño


nace totalmente dependiente de su madre. Sin ella o sin una buena madre sustitutiva no
podrá siquiera vivir. René Spitz y sus compañeros de investigación han podido establecer
científicamente que la causa más frecuente de la mortalidad infantil es la ausencia de una
persona verdaderamente capaz de hacer sentir al niño el calor del afecto humano. La
satisfacción adecuada de esta necesidad vital despierta en el niño el sentimiento de
seguridad. Le permite experiencias que consienten hacer el descubrimiento de sus
capacidades. La profundización de las reglas de la vida se lleva a cabo precisamente por
medio del riesgo de las experiencias. El niño que se siente amado y afectivamente
satisfecho es capaz de arriesgarse, porque se siente protegido por la persona afectuosa.
La primera señal del desarrollo normal de este proceso de crecimiento son las
manifestaciones de la alegría de vivir del niño. La segunda señal está en el esfuerzo más
o menos espontáneo del niño de imitar a la persona que admira. En efecto, la admiración
es la primera reacción natural de la persona que se siente amada. El niño, el muchacho, el
adolescente, que se sienten amados por sus padres los admiran y los imitan
espontáneamente. La imitación, que se ha hecho inconsciente, construye la identificación
con el ideal. Esta es la condición personal sin la que resultaría inútil todo esfuerzo de
verdadero crecimiento en autonomía y libertad, que son las prerrogativas del hombre
maduro. Un niño y un adolescente, e incluso un adulto que se sienten amenazados,
inseguros por estar solos, ni siquiera tienen el coraje de correr el riesgo de una iniciativa
normal.

La frustración de la satisfacción de la necesidad afectiva bloquea la capacidad de libre


iniciativa. Este individuo sigue siendo dependiente de cualquiera que lo acepte y que le dé
un poco de comprensión y de afecto. Tiene un destino natural a ser esclavo de los demás,
una persona que no tiene las condiciones mínimas para gozar de la verdadera alegría de
vivir ni a nivel humano ni a nivel espiritual.

La evolución del modo de satisfacer la propia afectividad se realiza a través del crecimiento
de autonomía afectiva. El fracaso de este proceso mantiene al individuo en la dependencia.
Esta se manifiesta por una necesidad excesiva de la presencia y de la ayuda de los demás
en su vida y en su actividad. Semejante situación intrapsíquica hace también difícil el
crecimiento espiritual normal, que implica necesariamente el sentimiento de dependencia
de Dios. Es decir, el que no se siente libre ante los hombres experimenta también una
especie de obstáculo para buscar libremente a Dios. Y tampoco sabrá darse libremente al
Señor.

Escoger la vida consagrada en el celibato determina un estilo de vida de un cierto grado


de soledad humana y, por tanto, de un cierto grado de frustración de la naturaleza
esencialmente social del hombre. La madurez requerida para poder correr el riesgo de una
opción semejante consiste en la capacidad de elaborar creativamente este sentimiento por
una vigorosa y dinámica vida de amor a Jesucristo y a los demás valores espirituales. La
expresión "odiar al mundo" para seguir a Cristo tiene que entenderse como la capacidad
de renunciar libremente a las cosas humanas más preciosas de manera que no se deje
uno bloquear el corazón para una entrega incondicional al Señor.

Capacidad de autocontrol

La evolución se hace a partir de un núcleo interior natural de energía inmanente. Este


núcleo se manifiesta ya en el niño bajo forma de inclinaciones, de tendencias naturales, y
entra en seguida en relación con el mundo exterior para plasmar el yo. Se trata de una
potencialidad en vías de desarrollo. Estas posibilidades pueden realizarse, formarse o
verse ahogadas por factores circunstanciales en la educación familiar, escolar o social. Del
ahogo de estas tendencias se derivan tensiones y actitudes más o menos neuróticas. En
el fondo, toda tendencia natural y todo instinto son buenos. Miran siempre al desarrollo y
al crecimiento del hombre y a su adaptación a su realidad en el mundo. Pero según el
grado de éxito que se haya alcanzado en la educación, sobre todo en los primeros años,
los instintos y las tendencias naturales pueden también sufrir desviaciones de su función
natural. Las manifestaciones de instintos y de tendencias malas son siempre con seguridad
signos de errores cometidos en la educación o en la formación del individuo. El hombre, el
religioso moral y espiritualmente adulto siempre sabe lo que tiene que hacer con los
impulsos de la energía que brota de sus instintos y de sus tendencias naturales. En cierto
sentido podría decirse igualmente que educarse o formarse es aprender a controlar la
energía natural para construir con ella la propia vida según el plan providencial de Dios
sobre nosotros.

En la intimidad más profunda del hombre original existe un mecanismo psicológico muy
fino y muy seguro de orientación, que nos hace saber "sin equívocos lo que hemos de
hacer, cuándo, dónde, cómo y con quién tenemos que hacerio" *. Desgraciadamente, la
educación y la formación de los niños y de los jóvenes que se ha hecho mediante la
adaptación a las exigencias de una sociedad sofisticadamente tecnológica, cuando no
perversa, acaba con esta preciosa luz interna natural. No obstante, la autenticidad del
hombre tiene raíces en las difusas manifestaciones de este centro de autocontrol. La
atención a lo que queda de esa misteriosa vocecilla interior indica con absoluta seguridad
el camino que hay que seguir para la realización de sí mismo según la opción personal de
fondo.
*ABRAHAM H. MASLOW, El hombre autorrealizado, Kairós, Barcelona 1979.

Ayudar a los formandos a clarificar y a purificar las motivaciones profundas de su opción


vocacional es la primera etapa de la intervención de los formadores en la vida del formando.
Ayudar a ver con claridad lo que quiere realmente y lo que no quiere, lo que puede hacer
y lo que no puede hacer. Gran parte de la formación consiste en estimularlo a que oiga
esta voz interna de la conciencia. Por desgracia, gran parte de nuestras potencialidades
han quedado definitivamente inutilizadas y abandonadas, bien sea por la incuria en su
educación, bien por una represión activa motivada desde fuera. De este modo el hombre
se ve empobrecido de importantes elementos constructivos de su personalidad: capacidad,
emociones, juicios, actitudes, percepciones, etc.

La voz interna de la conciencia psicológica nunca desaparece por completo del hombre
normal. Incluso cuando ha sido activamente reprimida y hasta deformada, en virtud de su
dinámica intrínseca sigue haciendo presión para hacerse oír. Aparece como una exigencia
del fundamental querer vivir según la propia naturaleza trascendental del hombre.

Nadie es un producto determinado únicamente por factores externos. La identidad de todo


individuo se deriva en gran parte de sus opciones personales. Estas se van haciendo a lo
largo de la vida de acuerdo con los descubrimientos y la aceptación de las virtualidades
que existen en él desde el principio. Es ésta la materia prima con la que el hombre crea su
propia personalidad. Un punto fundamental de la actitud educativa del formador ante su
formando es, por consiguiente, creer que en el fondo, de una manera o de otra, toda
persona se forma y se determina por sí misma. Ni el educador ni el formador pueden hacer
otra cosa que no sea interferir de modo positivo o negativo en dicho proceso, en el sentido
de ayudar o de no facilitar el crecimiento del sujeto.

La frustración de la necesidad fundamental de ser el sujeto de la propia historia afecta


siempre profundamente al equilibrio de la personalidad. Por eso un clima concreto de
libertad sin miedos es una condición para un buen crecimiento personal en el sentido de la
madurez. "La naturaleza interna (del hombre), tan profundamente como podemos
conocerla, no es fundamentalmente mala, sino más bien buena, en el sentido que damos
a esta palabra en nuestra cultura, o mejor dicho, neutral. La manera más justa de expresar
esto es decir que es anterior al bien y al mal" *.
* ABRAHAM H. MASLOW, El hombre autorrealizado, Kairós, Barcelona 1979.

La capacidad de autocontrol tiene que referirse en primer lugar al comportamiento. Se


supone que el novicio, como consecuencia de la masa de nuevas informaciones que recibe
sobre el nuevo estilo de vida que desea adoptar, va descubriendo y consolidando poco a
poco algunos principios fundamentales de vida. Capaz de autocontrol es aquel que
consigue regular su conducta de una forma coherente con los principios que adopta. Esa
persona no tiene necesidad de ser controlada ni vigilada desde fuera por el superior... Es
capaz de asumir personalmente la responsabilidad de lo que dice y de lo que hace.

El joven maduro en esta dimensión de su personalidad es igualmente capaz de ser fiel a


los compromisos asumidos por libre decisión personal. Vive sus convicciones personales
de modo coherente y responsable.

Es verdad que esa persona sigue estando expuesta a sufrir ansiedades y conflictos. Pero
estas perturbaciones emocionales no le harán perder la estabilidad de su comportamiento.

El joven novicio o religioso demasiado inmaduro en este nivel manifiesta cierta falta de
respeto a las leyes y al reglamento. No es muy fiel a sus pequeños compromisos
domésticos. No es posible confiar mucho en su responsabilidad personal. La ansiedad
normal, realmente inevitable en las relaciones interpersonales, desorganiza su equilibrio
emocional. El cambio interior demasiado intenso explica también sus reacciones,
escandalosamente desproporcionadas a las causas. De todas formas, cuando consigue
controlar su comportamiento exterior, siempre corre el peligro de hacerlo solamente a costa
de su equilibrio interior.

Por tanto, es suficientemente maduro para poder asumir con éxito un compromiso de
consagración bajo este aspecto de la personalidad aquel candidato que es capaz de una
fidelidad regular a los principios de conducta prescritos en las constituciones y a los demás
que regulan la vida normal o armónica de relaciones interpersonales con Dios y con los
hermanos en la vida religiosa comunitaria.
Capacidad de adaptación a nuevas situaciones

De la confrontación con situaciones nuevas e imprevistas casi siempre se deriva cierto


grado de ansiedad y de inseguridad. Entonces ignoramos qué es lo que tenemos que hacer
para adaptarnos. El sentimiento de seguridad depende en su mayor parte de las
condiciones de esta adaptación. La persona madura no tiene serias dificultades por lo que
tiene que hacer para crear esas condiciones de seguridad. Las dificultades con que
tropieza en este esfuerzo de defensa y de adaptación no desorganizan su equilibrio
emocional. La persona madura se distingue también por su mayor plasticidad de actitudes
y de comportamientos. He aquí dos condiciones que facilitan la adaptación a la realidad.
En definitiva, yo diría que esta dimensión de madurez significa una mayor libertad interna,
la valoración de la originalidad de la persona única e irrepetible. La espontaneidad de
expresión de sí mismo a través de un alto nivel de creatividad es su síntoma más elocuente.

El inmaduro, por el contrario, se siente amenazado por las necesidades de adaptarse a


una situación nueva. Ordinariamente sus intentos de adaptación acaban en una pequeña
comedia de comportamiento ridículamente infantil. La causa de su fracaso de
comportamiento tiene que buscarse en sus sentimientos de miedo y de inseguridad
existencial.

Quizá la experiencia de su pasado lo ha convencido inconscientemente de que el mundo


y las personas son peligrosos. Ciertos traumatismos psíquicos, vividos como demasiado
destructivos en el período evolutivo, llevan a menudo a desarrollar espontáneamente este
mal mecanismo de adaptación. La costumbre de seguir un comportamiento rígidamente
estereotipado acaba bloqueando por completo el proceso de crecimiento.

La persona inmadura demuestra gran pobreza de expresión de sí misma. El miedo y la


timidez lo impulsan a cerrarse en su interior. Y por eso su obrar no es creativo, sino más
bien muy repetitivo.

La suficiente madurez emocional que se le exige al religioso para su buena adaptación a


la vida es seguramente la capacidad de mantener la cabeza fría en una circunstancia más
o menos imprevista que exige su intervención apostólica. Una juiciosa observación hecha
por el formador sobre el comportamiento del formando en circunstancias un tanto
imprevistas podrá revelarle el grado de madurez que ha alcanzado en ese nivel.

Capacidad de desechar o prorrogar

Los animales, así como el niño y el hombre inmaduro, actúan más o menos impulsivamente
en los comportamientos que miran a la satisfacción de sus necesidades. Son incapaces de
prorrogar la satisfacción de esas necesidades. El inmaduro se preocupa del presente. El
pensamiento del futuro desconocido despierta fuertemente su sentimiento de inseguridad.
No soporta el ansia de esperar. El miedo a verse frustrado en sus expectativas es sentido
como una amenaza atroz a su propia existencia. La persona madura a nivel de su edad
vive tranquilamente, esto es, sin ansiedades, el transcurso del tiempo. Sabe organizarlo y
aprovecharlo como un tesoro gratuito del que se sirve para realizarse. Realizarse es
actualizar las propias potencialidades a través de la actividad creativa, que no es sino una
recreación o expresión de la persona en su actitud y en su obra. Se trata quizá del instinto
humano más fuerte. No poder satisfacerlo convenientemente perturba la mente y el
corazón del hombre, hasta el punto de deprimirse seriamente. La vida pierde su sentido
para él. Sentirse amenazado en su propia existencia es algo tremendamente nefasto.

La persona madura sigue siendo fiel a los principios ligados a su opción de vida, a pesar
de las solicitaciones de sus tendencias instintivas. Estas se van disciplinando y sometiendo
a los dinamismos de atracción de los valores escogidos. El dinamismo de búsqueda del
camino para alcanzar el ideal es controlado por la voluntad. Pero la voluntad se mueve
impulsada por los motivos que nacen bien de las presiones ambientales o de grupo, bien
de las informaciones precisas transmitidas por el método de formación.

Las violencias, las presiones y también las solicitaciones ejercidas sobre el individuo para
desviarlo de los principios que orientan su conducta por el camino escogido pueden
debilitar el sentido de responsabilidad personal y la capacidad de decidir autónomamente.
Este peligro es tanto más grave y los síntomas comportamentales de esta perturbación son
tanto más numerosos cuanto menos maduro es el sujeto. En relación con este aspecto del
proceso de su crecimiento, el individuo muy inmaduro se presenta más o menos
despersonalizado: deja que le tomen un poco el pelo, es objeto de burla y de bromas de
los demás, no sabe defenderse...

La cualidad del comportamiento y de la acción del hombre atestiguan con mucha fidelidad
la calidad o también los valores de su personalidad. Para un buen observador no es difícil
valorar varios aspectos cuantitativos y cualitativos de la personalidad de una persona. He
aquí por qué la observación inteligente y sistemática es quizá el instrumento más
importante de que dispone todo formador responsable de la formación para una valoración
continua de los formandos. Su juicio sobre el grado de madurez es necesariamente
evolutivo, precisamente porque el papel de un formador en el proceso de crecimiento
humano y espiritual de los formandos no es sólo el de valorar sus condiciones de madurez
para un juicio y un discernimiento vocacional. La tarea fundamental del formador consiste
en ayudar a los formandos a crecer en el sentido del hombre adulto, maduro e integrado
en todos los niveles de su ser. Pero es obvio que su mayor preocupación tiene que ir en el
sentido del crecimiento espiritual del formando. Sin embargo, es de la mayor importancia
que no se olvide nunca de que gratia supponit naturam. Para un crecimiento equilibrado
propio y verdadero del hombre espiritual es menester que éste sea antes un hombre
verdaderamente humano.

El religioso y el sacerdote espiritualmente equilibrados y verdaderamente maduros son


también siempre personas verdaderamente humanas. También puede asegurarse que las
perturbaciones físicas o psíquicas, aunque sean graves, no constituyen nunca condiciones
de impedimento absoluto para la gracia. Si el Señor puede hacer de las piedras personas
que griten y canten su alabanza, ¿no sabrá servirse también de la persona humana
psíquicamente tarada y pobre para hacer resplandecer en ella o a través de ella las
maravillas de su gracia?

Pero no cabe ninguna duda de la conveniencia de una buena elección de los candidatos.
Los sacerdotes y los religiosos representan de algún modo la fachada de la Iglesia. Si se
presentan de tal modo que convencen a los demás de que su vida es realmente la
encarnación del evangelio, nuestros hermanos laicos podrán creer que la Iglesia es
verdaderamente santa. Es conveniente que los que han sido llamados a ser por vocación
específica los testimonios más persuasivos del Reino con su ejemplo de vida, lo sean
también a ser posible en el nivel humano. Las limitaciones humanas demasiado grandes, in
extremis, constituyen a menudo una cierta dificultad para la transparencia de los valores
espirituales y apostólicos de los consagrados; por consiguiente, también para la aceptación
y la eficacia del testimonio. Más aún, hay condiciones personales físicas y psíquicas que
sin duda contribuyen a una acción apostólica más eficaz.

Así pues, no se requiere en el candidato a la vida religiosa la perfección física, sino más
bien una buena salud, así como una conveniente integridad física. De la misma manera,
es cierto que un buen grado de integración de la personalidad es una exigencia para la
aceptación del mismo. La capacidad de rechazar o prorrogar la satisfacción de los deseos
y expectativas es un síntoma elocuente de todo ello.

Capacidad de tomar conciencia de la culpabilidad

En sentido amplio puede decirse que el sujeto adulto ha llegado a la madurez cuando "tiene
la capacidad de entender, de querer y de saber juzgar sobre la culpabilidad de sus acciones
y está en disposición de actuar en consecuencia; debe comprender, por consiguiente, la
seriedad de las exigencias morales" *.
* Cf Dizionario di Psicologia, Paoline, Roma 1975, 679.

Por tanto, no se trata aquí del delirio de culpabilidad ni del fenómeno psicopatológico del
escrúpulo, sino de la culpabilidad fundada y reconocible. Según Martin Buber, "el hombre
es el ser capaz de hacerse culpable y capaz de explicar su culpabilidad".

La culpabilidad es el reconocimiento de la desaprobación interna o externa por causa de


la infidelidad a los valores personales intrínsecos para la realización de sí. Es una reacción
natural o una protesta de la realidad profunda frente a una traición del hombre a sí mismo.
En este sentido, el sentimiento de culpabilidad es bueno. Es un elemento útil para el
autocontrol del comportamiento, para el crecimiento y la adaptación a la realidad. Incluso
me atrevo a decir que la culpabilidad es un elemento indispensable para el desarrollo y
para la maduración de la personalidad. Funciona como una brújula de orientación para la
realización de sí.
Todo hombre lleva en la más profunda intimidad de sí mismo un núcleo de energía vital
inconsciente en donde arraiga la potencialidad para el amor, para la creatividad, para el
juego, para el humor, para el arte... Crecer significa también aprender a descender hasta
esta profundidad de uno mismo para descubrir estas posibilidades y servirse de ellas para
la propia realización. El formador debe creer en estas posibilidades del formando,
respetarlas y ayudarle a que las descubra y las aprecie. Esta es una de las condiciones
que permiten el desarrollo sano de los jóvenes. La inmadurez no es más que una etapa
del camino para la realización de sí.

¿Qué es lo que significa realización de sí?

Según Maslow se define como la aceptación y la expresión del núcleo interno del yo, la
concreción de las capacidades y potencialidades latentes, que permite el funcionamiento
a un alto nivel en las relaciones interpersonales según el concepto de Carkhuff y la
confianza en el valor de la interioridad humana y personal.

Por tanto, las tendencias profundas del formando son buenas en principio. Constituyen la
semilla y la premisa de la madurez. Por eso tienen que ser estimuladas para que puedan
desarrollarse. Los valores humanos y trascendentes explícitamente propuestos y
debidamente explicados por los formadores serán la garantía para la orientación correcta
de las tendencias del formando.

Un signo bastante creíble de la madurez del individuo en cualquier edad es


su espontaneidad en el hablar y en el actuar. Poder expresarse libremente, sin
inhibiciones, sin controles, con confianza y sin premeditación, en un ambiente sano y
normal, es siempre un síntoma seguro de equilibrio interior y de salud mental. Pero madurar
significa también aprender a controlar la propia espontaneidad. Para una adaptación justa
y armoniosa a la realidad es necesario saber controlar, querer, ser prudente, discreto, tener
capacidad de autocontrol, de cálculo... Está además el autocontrol consciente de los
impulsos espontáneos del trabajador, del artista, del intelectual, del atleta, del santo...,
necesario para el mantenimiento del equilibrio psíquico, moral y espiritual. Pero en la
personalidad madura todo autocontrol sano, es decir, hecho por motivos de una mejor
realización de sí, se integra pronto en el comportamiento espontáneo habitual.

Formar es también ayudar al formando a encontrar su equilibrio de comportamiento justo


entre la espontaneidad y la expresión de sí mismo, por un lado, y la necesidad de
controlarse, por otro. Para poder vivir la vida religiosa de un modo sano y normal, la
formación tiene que favorecer lo más posible la espontaneidad, la capacidad de
expresarse, de ser acogedor, maleable, confiado, sin premeditación, capaz de crear...

La persona madura se siente libre. Tiene el coraje de asumir la responsabilidad de sus


acciones y de sus intenciones. Es capaz de decidir por sí mismo de manera sensata sobre
su comportamiento. Hay jóvenes incapaces de ordenar cada uno de sus comportamientos
y de sus actitudes de modo que puedan insertarse armónicamente en los procesos sociales
de su grupo de pertenencia. Esos jóvenes no tienen seguramente el sentido común de
responsabilidad personal.

La persona madura reconoce sus errores y los sentimientos de culpa ligados a ellos. Se
reconoce a sí misma como el sujeto que ha cometido el error y asume personalmente sus
consecuencias. Esta constatación se lleva a cabo con una actitud objetiva, sin depresiones
nerviosas. Es su actitud positiva que incluye siempre un fuerte deseo de salir bien. La
persona madura se sirve de todas sus experiencias' para aprender a vivir mejor. Integrar
pacíficamente el sentimiento de culpa implica la necesidad de reparar el mal que se ha
hecho como un deber de justicia. Semejante actitud revela que el sujeto tiene conciencia
de sí mismo y de sus limitaciones, conciencia de los demás y de sus limitaciones. He aquí
una de las condiciones imprescindibles para unas buenas relaciones interpersonales, para
la eficiencia profesional y para la eficacia apostólica.

También el individuo inmaduro tiene conciencia de sus limitaciones, pero no las reconoce
con facilidad. Por eso mismo atribuye la causa de sus errores a los demás. Y, por
consiguiente, no descubre la necesidad de cambiar de comportamiento, ni siquiera cuando
sabe lo que tiene que hacer para adaptarse mejor a su realidad. Por eso mismo cree
también que carecen de justificación y que incluso son inútiles las observaciones y las
advertencias que puede hacerle el formador o el superior. Y acaba siempre lamentándose
y diciendo que no lo comprenden.

En definitiva, puede decirse que el sentimiento de culpa desorganiza y bloquea a la persona


inmadura. Se dan consecuencias muy negativas de una perturbación semejante de la
personalidad: el sujeto se hace más o menos improductivo en todos los niveles; a menudo
aparecen actitudes autopunitivas, como abuso del tabaco, del alcohol, hiperactividad,
sufrimientos diversos de naturaleza psicosomática... Semejantes reacciones tienen que
llamar la atención del formador sobre el aspecto de inmadurez del candidato. Habrá que
examinar entonces su significación profunda. Ver si son el resultado de una grave falta de
madurez en alguno de los aspectos fundamentales de la personalidad. En algunos casos
quizá fuera útil pedir también la ayuda de un experto psicólogo para una verificación más
justa.

Capacidad de aceptarse a sí mismo, a los demás y la propia historia

Todos somos semejantes, pero no iguales. La ignorancia de esta realidad es quizá la causa
frecuente de las dificultades de equilibrio de las relaciones interpersonales. Puede estar
también en el origen de la no aceptación de sí mismo. Sin embargo, la originalidad de cada
individuo es un aspecto importante de la realidad humana.

Ciertos errores de educación, sobre todo en el primer período evolutivo, pueden darle al
niño la idea de que para poder vivir con los demás tiene que cambiarse a sí mismo para
hacerse lo más posible igual a los demás. Inconscientemente se ve llevado a comparar
varios aspectos de su ser con los del comportamiento de los demás, y concluye no
aceptando algunos de ellos y rechazando otros. El primer síntoma que se deriva de
semejante esfuerzo de autoformación es la pérdida de la espontaneidad. Poco a poco, en
medio de ciertas dificultades dramáticas, el niño inocente se va convirtiendo en un horrible
hombrecillo artificial, enmascarado y más o menos infeliz, como sus malos modelos. Esta
actitud educativa está ciertamente equivocada. En efecto, se basa en el concepto erróneo
de que el hombre es por su misma naturaleza fundamentalmente malo. Pero hemos de
desafiar a cualquier observador inteligente y objetivo a que demuestre científicamente que
toda tendencia espontánea del niño es fundamentalmente mala. Más aún, no resulta difícil,
ni mucho menos, darse cuenta de que todas las, tendencias del niño son buenas en el
fondo o todo lo más neutrales. El convencimiento contrario es el resultado de una grave
confusión entre el impulso natural a vivir según la ley de vida inscrita en el corazón del
hombre por el Creador y las conveniencias de la política humana de interés por el
asentamiento de un cierto modelo social. Desgraciadamente, ese orden social promovido
por el hombre actual no corresponde siempre al orden expresado por Dios. A menudo se
va construyendo según un modelo pragmatista más o menos en consonancia con el
egoísmo del hombre.

Así pues, el sistema educativo tiene que adaptarse siempre a la finalidad de preparar al
hombre a cumplir con su función social. De este modo, en nuestra sociedad occidental de
producción y de consumo, a lo largo de todo el período de formación, la educación se hace
en el sentido de adiestrar al niño y al joven para que aprendan a producir y a consumir. En
todos los grados escolares, el alumno aprende sobre todo a asimilar las técnicas y los
métodos competitivos. Ya en la familia adiestran al pequeño a competir con los demás:
aprender a luchar, a vencer a toda costa, aunque sea con el sacrificio del otro. "¡No dejes
que te roben!... Prepárate a luchar y a vencer..." Stroegle for life, dirán los americanos. De
esta forma los niños descubren a los demás como eventuales opositores, o quizá
enemigos, que intentan engañarles, vencerles, obligarles a ceder, a someterse. Los
romanos dirían: Homo homini lupus. Todo hombre es un lobo para sus compañeros. ¿No
será ésta precisamente la actitud de fondo del hombre de hoy en s'us relaciones
interpersonales en todos los niveles: familiar, comunitario, nacional, internacionales?...

La educación familiar v escolar no hace en gran parte más que ratificar estos errores para
servirse de ellos en el adiestramiento del hombre para la lucha que habrá de sostener con
sus hermanos. ¿No habría sido ya Caín víctima de uno de estos graves errores de
educación? La envidia que lo llevó a golpear y a matar a su hermano quizá nació y se
desarrolló en un corazón oprimido y humillado por algún sentimiento de injusticia que había
sufrido en su familia. En la historia de Esaú aparece con claridad el acontecimiento de una
mala relación interpersonal en la que uno fue entregado por su hermano. A menudo la
educación consiste fundamentalmente en despertar la ambición del niño y del adolescente
para enseñarle luego las técnicas para alcanzar sus objetivos, sin tomar muchas veces
resalta con evidencia en las relaciones comerciales entre un individuo y otro, entre un país
y otro. La llamada psicología de venta consiste fundamentalmente en descubrir los medios
para obligar al otro a comprar, aunque no lo quiera en el fondo. Es ésta una cruel realidad
de las relaciones comerciales en todos los niveles. El más fuerte impone la condición para
la transacción e intenta sacar de ello el mayor provecho personal que le sea posible. Para
satisfacer sus deseos y sus ambiciones, el moderno comerciante deja el corazón aparcado
y trabaja sólo con la cabeza fría, como un ordenador.

En todo esto se da una grave inversión de los valores existenciales. Sin embargo, en su
origen, el hombre es un ser destinado a vivir. ¿Y qué es vivir? En el sentido filosófico-
teológico, vivir es realizarse según la propia naturaleza. Pues bien, el hombre es, sin duda
alguna, de una naturaleza trascendental. Por tanto, realizarse será vivir según sus
tendencias más profundas que lo impulsan hacia los valores de la trascendencia. Creer
que el hombre es esencialmente malo y materialista es reducirlo a un simple animal,
racional ciertamente, pero nada más. Pero si estamos hechos a imagen y semejanza del
Creador, no podemos menos de ser fundamentalmente buenos. La malicia aparente, o
real, del hombre no nace de su naturaleza, sino de las malas experiencias que va sufriendo
en sus relaciones con el hombre ya deformado, bien sea en la familia, bien en la escuela,
bien en la sociedad.

Por consiguiente, es innegable que el hombre original ha sido transformado por factores
externos en un ser que, en vez de realizarse simplemente en el sentido de ser plenamente
según sus virtualidades, se convierte en un ser fundamentalmente preocupado de
satisfacer sus ambiciones de poseer; poseer bienes materiales que le permitan satisfacer
sus deseos infantiles de placer, es decir, su sed de consumir.

Capacidad de interiorizar los valores del ideal

Todo lo que llevamos dicho hasta ahora respecto a la madurez es solamente una premisa
de la condición psicológica para la madurez humano-espiritual que se requiere en el
candidato para poder comprometerse sin riesgos en las exigencias de la vida religiosa.
Según nuestra visión cristiana del mundo, la esencia del hombre es su trascendencia. Por
consiguiente, realizarse es vivir de un modo coherente la tendencia espontánea hacia el
más allá; es decir, hacerse voluntariamente sensible a los valores de la trascendencia-
consistencia. Pablo VI habla en este sentido de dejarse arrastrar por nuestra natural
"gravedad ascendente".

Para el religioso consciente, Jesucristo, camino, verdad y vida, representa la encarnación


del ideal de vida más sublime. La apertura al Absoluto es, por tanto, la primera condición
que permite al candidato a la vida religiosa poder crecer en el sentido del espíritu. La
segunda es la consistencia interna, es decir, la capacidad de adaptar la actitud y la
conducta a las exigencias de los valores proclamados a pesar de las debilidades inevitables
de la fragilidad humana natural.

Así pues, la intención y la actitud fundamentales, o sea la motivación más importante del
candidato a la vida religiosa será siempre su disposición generosa para realizar la voluntad
de Dios sobre él.
Para comprender mejor esta afirmación hemos de recordar que el yo presenta dos
aspectos en su estructura psíquica:

 El yo-ideal, que puede definirse como una función de sensibilidad, de motivación y de


orientación del hombre hacia los valores ideales interiorizados.

 El yo-actual, que representa la expresión de sí mismo a través del comportamiento y de la


conducta mediante la adaptación a las situaciones concretas. El yo-actual es el resultado
de todas las tendencias y potencias naturales. Se trata de una energía interior de la que el
hombre se sirve para satisfacer sus necesidades y sus intereses naturales.

Todos los hombres presentan esta estructura ambivalente del yo. La formación religiosa
pretende capacitar al hombre a ordenar sus tendencias naturales de tal manera que no le
impidan vivir más bien de acuerdo con los valores ideales de la existencia y que incluso le
ayuden a realizarse en el sentido de su naturaleza trascendental.

Milton Rokeach * define los valores como el contenido del yo-ideal que se presenta en
forma de ideal de conducta o bien como un modo ideal de ser de la existencia final. Este
modo de pensar y de sentir es el que lleva al hombre a decidir su estado de vida. Así pues,
la vocación religiosa es la llamada de Dios para la autotrascendencia. El valor atrae al
sujeto y le invita a que se supere a sí mismo.
* M. ROKEACH, The nature of human values and values systems, in the nature of human values, The Free Press,
N. Y. 1973, 3-25.

El valor cristiano y religioso más alto queda expresado en el primer mandamiento: amar y
servir a Dios con todo el cuerpo, el alma, el corazón, la inteligencia... El instrumento más
adecuado para llevar a cabo esta realización personal es la imitación de Jesucristo.

El grado de maduración en la trascendencia-coherencia depende esencialmente de la


motivación profunda del sujeto para trabajar en el sentido de alcanzar estos valores
terminales. La motivación nace de motivos que indican la intención del sentido en el que
quiere actuar el sujeto. Motivar es despertar y sostener el interés. El interés es un impulso
duradero para una acción que el sujeto juzga como buena. La tendencia profunda de los
intereses es conocer o actuar, mientras que la tendencia profunda de los valores es la
unión para el amor.

Resulta fácil comprender que para tener éxito en la vida religiosa no basta el interés. Sólo
los valores, es decir, el auténtico amor de Dios y la generosa imitación de Jesucristo
pueden realizar al religioso.

Así pues, para el crecimiento y la maduración espiritual del candidato a la vida religiosa no
es tan importante lo que hace como el porqué lo hace (la motivación). La motivación
fundamental nace del modo como se ha estructurado la escala personal de valores. Su
función es la de catalizar, coordinar y realizar de manera adecuada las necesidades
naturales, las actitudes, los valores y los intereses.
La madurez afectiva del religioso, por tanto, consiste en la capacidad de realizarse como
persona libre y objetivamente según los valores proclamados. Esto supone la armonía
interna que resulta del equilibrio dinámico entre los valores aceptados y las necesidades
instintivas. Este estado de personalidad aparece en el modo de ser del comportamiento. A
un buen formador no le resulta difícil darse cuenta de si el comportamiento ordinario de un
candidato está motivado por los valores propuestos y aceptados o si su conducta está
dictada más bien por las necesidades naturales.

El candidato está seguramente bastante maduro para poder vivir con equilibrio sus
compromisos particulares cuando ha logrado interiorizar los valores de su yo-ideal. Los
valores están interiorizados si el modo de pensar, de sentir, de juzgar, de decidir y de obrar
está espontáneamente de acuerdo con los valores existenciales de la vida religiosa, a
pesar de las eventuales influencias y presiones externas y sociales... En este caso la
conducta es tan sólo espontáneamente la expresión de los valores. Estos se han
convertido en una motivación vital. Para ese hombre el evangelio se ha convertido en un
valor personal en sí mismo. Es fácil comprender que este religioso camina con optimismo,
con confianza y con fidelidad por el camino justo para dar un testimonio eficaz de
trascendencia en la Iglesia. "El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome
su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su
vida por mí y por el evangelio la salvará" (Mc 8,34-35).

Religioso espiritualmente maduro es aquel que ha logrado interiorizar los valores que
proclama. A nivel de actitud interna, de comportamiento y de conducta, su ideal no está en
conflicto con sus tendencias instintivas.

Conclusión

Podríamos prolongar esta interesante reflexión sobre la urgente necesidad de inventar


nuevos métodos para la formación de los candidatos a la vida religiosa. La perversión de
las tendencias naturales del hombre de hoy como consecuencia de toda una serie de
violencias educativas está demostrando la 'urgencia de introducir un profundo cambio en
el método tradicional de educación cristiana y de formación de los aspirantes a la vida
consagrada. Pero basta esto para hacernos comprender que la primera actitud del
formador para con el formando tiene que ser de profundo respeto por la originalidad de su
ser.

Solamente el hombre que se siente aceptado logra aceptarse a sí mismo tal como es: sus
cualidades, sus defectos físicos, psíquicos, morales... Aceptarse no significa resignarse
pasivamente, sino adherirse positivamente a la propia

realidad, que define el puesto exacto y la función conveniente de cada uno en el mundo.
Aceptar significa integrar pacíficamente un elemento existencial, aunque éste sea
objetivamente negativo.
El hombre maduro en su nivel de edad cronológica es capaz de aceptar tranquilamente la
manifestación de sus impulsos instintivos y de sus necesidades físicas y biológicas sin
rebelión, sin miedo, sin vergüenza, sin culpa...

La madurez en este sentido consiste en no hacerse problemas de equilibrio interno con las
necesidades naturales de dormir, de comer, de trabajar, de descansar...; en no hacerse
problemas por las manifestaciones naturales de la sexualidad, por las reacciones naturales
de carácter; consiste también en la aceptación optimista del propio sexo con todas las
realidades circunstanciales y las implicaciones de adaptación social. Ser hombre o mujer
son las dos únicas maneras normales de ser de la naturaleza humana.

La persona madura acepta igualmente todas sus características y necesidades


psicológicas, emocionales y espirituales, o sea de amar y de ser amado, de seguridad y de
afiliación, de deseo de perfección moral, de sentimiento religioso, de cultivo de la intimidad,
de aspiración al saber, a la felicidad, a la realización de sí mismo.

La persona madura no se lamenta ni se defiende contra sus realidades; acepta también


las diferencias individuales de todos; irradia una cierta alegría y bienestar por lo que es.
Acepta e integra en su personalidad todos los acontecimientos de su historia. Los
recuerdos, buenos o malos, no desorganizan su equilibrio emocional. No vive de nostalgias
estériles. No se exalta excesivamente por los éxitos ni se deprime por los fracasos. Todas
sus experiencias lo enriquecen o lo enseñan.

El inmaduro, por el contrario, permanece emotivamente ligado a ciertas experiencias


positivas o negativas de su pasado; es decir, su pasado condiciona demasiado a su
presente. La fuerza de atracción del ideal permanece inoperante; por eso el crecimiento
del individuo en el sentido de la madurez espiritual no avanza. De este debilitamiento se
deriva también el bloqueo de su creatividad apostólica.

Por el contrario, la persona madura permanece internamente libre respecto a su pasado.


Impulsada desde dentro por una actitud de apertura hacia la trascendencia, desarrolla
espontáneamente una relación interpersonal positiva con Dios. Esta es la fuente de su fe
sencilla y auténtica de donde mana su vida de oración. La oración es entonces un auténtico
diálogo de amor del hombre con su Dios, que se ha hecho un hombre como él. Por eso la
gozosa aceptación de sí mismo es un buen síntoma de madurez. Esta es también una de
las condiciones que permiten al candidato a la vida religiosa insertarse en el grupo como
un miembro eficiente y eficaz de los dinamismos apostólicos dentro del grupo. Una persona
semejante demuestra, además, cierta facilidad para el desarrollo de una auténtica y
profunda oración personal.

Las pruebas

Someter al formando a unas cuantas pruebas respecto a la autenticidad y a la consistencia


de su vocación es algo que forma parte de su formación. Es importante que, después de
cierto período de formación, pueda él mismo experimentar sus fuerzas, sus actitudes y su
capacidad de arrostrar las exigencias de la vida comunitaria y los trabajos de la vida
apostólica. Pero quizá no fuera prudente que pudiera él mismo escoger libremente las
experiencias que ha de hacer. Es mejor que la comunidad formativa escoja las experiencias
que habrán de proponerse a los formandos. Es mejor que los formadores indiquen a cada
formando cuáles serán las experiencias que tendrá que realizar según las necesidades
personales y las ventajas para cada uno. No sería muy provechoso obligar a todos a hacer
las mismas experiencias. El objetivo de todo experimento es el de ayudar al formando en
su esfuerzo de autoformación en cualquier dimensión de la vida consagrada y apostólica.

Los experimentos que habrá de hacer tienen que guardar relación con el espíritu del
instituto al que pertenece el formando. Consisten en revivir y recorrer personalmente las
experiencias más importantes del fundador y de sus primeros discípulos. El experimento
permite al formando el descubrimiento de la realidad, lo cual le ayudará a comprender
mejor el conocimiento de las cosas que obtuvo anteriormente a través de un estudio
meramente teórico. Así pues, corresponde a un verdadero adiestramiento práctico en las
diversas tareas apostólicas que se desarrollan en su congregación. Todo saber verdadero
requiere la fatiga de un esfuerzo personal de aprendizaje, que corresponde a un
descubrimiento hecho a través de un experimento. Es mejor comenzar este aprendizaje
durante el período de formación.

Podríamos hacer algunas sugerencias sobre algunos experimentos útiles en general para
los formandos de cualquier congregación religiosa:

1. Ejercicios espirituales, bien sean los de san Ignacio de Loyola que se prolongan durante
un mes, bien sean otros más breves. Lo importante es que el formando pueda realizar una
auténtica y profunda experiencia de Dios, más honda y un poco más larga que la que hace
de ordinario a través de las oraciones diseminadas a través de la jornada de estudio y de
diversas tareas. Este experimento es fundamental para todos los formandos, ya que está
precisamente en el meollo de la experiencia de Dios y de la unión del consagrado con el
Señor.
2. Un experimento interesante para muchos formandos sería servir gratuitamente, durante
algunas semanas, en un hospital. Es una manera práctica de descubrir al Señor crucificado
en las personas que sufren y están abandonadas.
3. En varias regiones del mundo el formando podrá adquirir una conciencia más aguda del
problema de la pobreza y de la justicia, si puede vivir durante cierto tiempo en medio de
los pobres compartiendo con ellos la angustia de la existencia en un estado de suma
pobreza. Este experimento tendrán que hacerlo dos juntos.
4. Vivir por algún tiempo en una comunidad apostólica real de la congregación,
comprometiéndose en todos los niveles en las mismas actividades comunitarias, incluidas
las del apostolado directo.
5. Compromiso personal en las diversas tareas manuales de la casa: limpieza, cocina, lavado
de ropa, cultivar el huerto, el jardín, atender a la granja, arreglar ventanas, grifos, mejorar
o renovar los ambientes interiores o exteriores, etc.
6. Ayuda pastoral en una parroquia: animar la misa dominical y tener la catequesis, preparar
a los niños a la primera comunión, preparar a los padres y a los padrinos para el bautizo
de un niño...

Hay otros muchos experimentos que pueden ser útiles como complementos para la
formación de los jóvenes religiosos. Es importante que el formador sepa ayudar al sujeto a
crecer y a madurar para que pueda correr tranquilamente el riesgo de realizar un
experimento de ese tipo sin el peligro de prejuzgar su libre opción vocacional. De todas
formas, los experimentos propuestos y otros por el estilo son un banco de prueba de la
autenticidad de la vocación. Por tanto, son un tema para una autocrítica. El encuentro
personal con el formador es una ocasión excelente para una seria verificación del estado
de crecimiento del candidato. De allí tiene que derivarse para el formando una conciencia
vocacional más intensa y para el formador una mayor clarividencia de la situación. Los dos
estarán así en disposición de potenciar mejor el conjunto del proceso de formación y de
crecimiento.

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