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LECCIONES

DE

FILOSOFIA ELEMENTAL
pon

S q to n io L (ó p e % jV C u fio^

C A T E D R Á T IC O N U M ER A R IO D E F ILO SO FÍA

E N E L . IN S T IT U T O D EL- C A R D E N A L C IS N E R O S

T CO N SE JE R O P E IN STSUCCJÓN P Ú B L IC A

(TDKVA EDICIÓN, CORREGIDA Y AUMENTADA

M A D R ID
h ireita del Asilo de Hnfcrraios leí Sagrado Comói de leiis,
C alle de J o a n B r a v o , n ú m ero &.
1899
PSICOLOGIA

INTRODUCCION.

CONCEPTO Y DIVISION DE LA PSICOLOGÍA.

JUA ci»KS» m tra organismo de verdades ciertas; es decir, una


série ordenada de conocimientos que, guardando entre si jus­
tas y adecuadas conexiones, se subordinan á nn principio, cuya
virtualidad los abraza y sostiene.
Síguese de esto que la ciencia es una obra á la cual con*
curren por una parte la realidad y por otra el sujeto; éste, po­
niendo en ejercicio reflexivo y metódico sus- facultades, aspira
& descubrir la esencia, los modos y las relaciones de lo cognos­
cible, y marcha de esa manera al logro del ideal, á que se
siente impulsada la inteligencia por constante y poderosa atrac­
ción.
E l hombre no puede realizar este noble propósito emplean­
do su actividad sin concierto ni ley; sino que debe regular sns
fuerzas intelectuales, procurando, si ha de ver la armonía de
cuanto existe, que no se rompa ni turbe la que eu su propia
naturaleza ha de resplandecer siempre y á cada instante, por
lo loísmo que es imágen y semejanza de la naturaleza divina.
Mas para dar oportuna dirección á nuestras facxütadeSy es de
todo punto preciso conocerlas; bien así como las fuerzas del
— G—
mundo natural, sólo debidamente apreciados, han podido cons­
tituir, con bu discreta aplicación, esos adelantos que muestran
una vez más la soberanía del hombre en la tierra.
Á la Psicología, ciencia del alma, toca liacer aquel estudio,
el más difícil acaso; pero también el más importante, por ver­
sar sobre el espíritu, con cuya luz hemos de orientarnos en la
vida y en la ciencia.
L a importancia de la Psicología no se reduce, como en otros
ramos del saber, á sola una esfera de acción; sino que se ex­
tiende á todas, puesto que, según vamos indicando, el estudio
del alma es el punto desde el cual se divisa todo el horizonte
filosófico. Pero hay más; no sólo es la Psicología un antece­
dente necesario para la formación de los ciencias, por poner
de manifiesto las facultades que han de ser empleadas en ese
trabajo; es también la base de -todas las investigaciones cientí­
ficas, porque ella únicamente puede ofrecer una verdad segura,
capaz de resistir los ataques del escepticismo.
Y no hay duda; el conocimiento psicológico es un sagrado
que la mano del osccptico no puede profanar; antes bien, sal­
dría purificada, si intentara mancharlo; tal es la claridad -oon
que las verdades subjetivas se intiman en todas las concien­
cias. San Agustín lo decia en esta frase: noli foras iré; in te
ipsum redi; in interiori Iwmine habitat veritas.
No es im-nos importante el estudio psicológico en lo que
respecta á la vida; en efecto; el alma es la que en el hombre
crea y dirige, y su acción, buena ó mala, puede salvarlo rea­
lizando su destino, ó malgastar y consumir sus fuerzas lleván­
dolo por una-senda de perdición; así pues, nuestra primera
obra debe ser conocemos á nosotros mismos, para que, deter­
minando bien el círculo en que han de moverse nuestras fa­
cultades, hagamos vida moral y religiosa, 3ra como individuos,
ya como seres de múltiples relaciones en el conjunto social.
Fácilmente puede señalarse el lugar que á la Psicología
corresponde en el organismo general de la ciencia, si se atien­
de á que el alma, objeto de su estudio, y el cuerpo, que es el
asunto de la Somatología, son dos elementos enlazados en
„ 7—
perfecta unidad constituyendo la esencia humana; esta esencia
reclama, como concepto superior, una rama superior también
á la cual estén las otras dos subordinadas: ln Antropología; y
ésta á su vez, como la Teología, ciencia de Dios, y la Cosmo­
logía, ciencia del mundo, forma parte del gran cuadro filosófi­
co, en el cual fie examinan las causas, los principios y las leyes
de todos los órdenes de la realidad.
Siendo la Psicología ciencia del alma; habiendo en ésta
tres facultades, como más adelante hallaremos ocasiou de mos­
trar; y teniendo cada una de ellas un objeto propio, que es el
centro hácia el cual respectivamente gravitan y la perpetua
norma de sus actos, claro es que de la Psicología derivan tres
ciencias particulares: la Lógica, que marca el rumbo á la inte­
ligencia; la Estética, que ednca el sentimiento, y la Moral, que
traza & la voluntad leyes eternas. Mediante esta triple direc­
ción, puede el espirita ennoblecerse con la verdad, extasiarse
cpn la belleza y perfeccionarse con el bien, saciando, cuanto
el mundo, el anhelo que á todas horas le acosa
de lo infinito.
La Psicología tiene dos fases: la analítica y la sintética, cada
una de las cuales corresponde al método empleado en el exá-
men del espíritu; éste, en efecto, debe ser visto primero tal
como es y aparece en la conciencia, investigándose despues
mediante el raciocinio la manera de hallarse demostrado en
un principio superior; y sólo cuando ambos procesos concuer-
dan en un todo, es cuando puede darse por alcanzado el cono­
cimiento del alma.
No hay, pues, como afirman en general los autores, dos Psi­
cologías, una experimental y otra racional, en cuya división
hasta los nombres son impropios; la ciencia psicológica, indi­
visible por esencia, se rige como todas por la ley del método,
debiendo construirse primero analítica y luego sintéticamente;
procedimientos que al cabo han de enlazarse en el estudio
pnerfiíÉto del alma.
Nuegtife misión, dados los limites en que se encierra esta
enseñanza, debe sin embargo concretarse al análisis, reser­
—8—
vando la síntesis para ulteriores trabajos en armonía con una
educación intelectual más reflexiva y completa, de la cual son
los que habremos de prestar ahora legítima y necesaria pre­
paración.
Nosotros, por tanto, hemos de acudir al testimonio de la
conciencia, como fuente natural de las verdades anímioas, y
hemos de trazar á grandes rasgos, según conviene á lo elemen­
tal de nuestras tareas, todo cuanto la conciencia nos revele,
cuidando por supuesto de ordenarlo según las leyes del método.
En tres partes se divide la materia de nuestro estadio: P si­
cología general. Psicología particular y Síntesis anímica. La
primera se ocupa de los atributos generales del alma; la se­
gunda trata de sus facultades, funciones y operaciones; y la
tercera examina la relación y atmonia de estos elementos.
PARTE PRIMERA.

PSICOLOGIA GENERAL.

SECCION 1.a

CONCEPTO DEL ALMA EN SU DISTINCION DEL CUEBPO.

L a conciencia do nuestra personalidad es la verdad prime­


ra de la Psicología, como nocion ¿ la cual han de referirse to­
dos los juicios que en adelante vayamos haoiendo. En el órden
de la realidad, habremos de convenir en que el sujeto es ante­
rior & sus propias determinaciones; y en el órden de las ideas,
y 8ÜL discutir ahora si es primero conocido aquel de una ma­
nera absoluta, ó si por el contrarío lo sos ana hechos y mo­
dificaciones, habremos de convenir también en que lo racional
es consignar ante todo el concepto del Yo, por lo mismo que
en él Be fundan sus varios estados, y porque la ciencia debe
corresponder exactamente á lo real de los objetos.
Si así no procediéramos, serian viciosos nuestro método y la
educación intelectual que en él se cimentara; porque siendo
cada uno de nuestros pensamientos el Yo pensando, cada uno
de nuestros sentimientos el Yo sintiendo y cada una de núes-
tras voliciones el Yo determinándose, importa que al exami­
nar los hechos cognitivos, sensibles y voluntarios ó las facul­
tades respectivas, no se pierda de vista jamás el sér á quien
pertenecen unas y otras, para no atribuirles ni por un instante
una independencia de él, que en realidad no tienen.
En todas las obras espirituales late la esencia del espíritu:
en las creaciones del arte está el fuego creador del artista; en
lasvenlsde? de la ciencia brilla el entendimiento del sabio; en
los trasportes religiosos está la.fe del creyente; ¿cómo podrían
estudiarse reflexivamente esas manifestaciones sin. afirmar, si*
%
— 10 —
quiera en principio, la fuerza que les da vidii? Primero, la
causa; despues, el efecto; primero, el todo; despues, la parte;
primero el agente; despues, el acto.
Podrá objetarse que el alma no es conocida más que por
sus hechos, de cuya observación nos elevamos inductivamente
á las facultades productoras y á la sustancia en que residen;
pero, aun esto concedido, debe tenerse en cuenta que las cien­
cias no se exponen en rigor según han sido históricamente
formadas; sino que, una vez descubierto el fundamento de los
fenómenos, se fija éste, como punto del cual han de estimarse
atribuciones todos los particulares que de él emanan. (1)
En el total concepto de nuestra personalidad se distingueu
ante todo dos elementos: el cuerpo y el alma: el cuerpo, como
sér material sujeto á las leyes -de la naturaleza, y el alma, co­
mo sér libre regido por los principios del mundo espiritual.
No concuerdan en esto todos los pensadores: algunos (los
materialistas) niegan la existencia del alma, creyendo sus fun­
ciones un producto del organismo físico; otros (los idealistas)
estiman el cuerpo un sistema que el espíritu mismo crea para
comunicar en la vida.
Sin extendernos á elevadas consideraciones, que no caben
dentro de los límites trazados á nuestro estudio, podemos afir-
mar desde luego que en nosotros hay una série de actos de
que tenemos conciencia, y otra que no cae bajo el dominio de
nuestra intimidad. Nosotros conocemos inmediata y directa­
mente nuestros pensamientos, sentimientos y voliciones, al
paso que ignoramos cuanto se refiere á nuestros órganos cor­
porales y á su ejercicio; de tal manera que, cuando nos propo
nemos observarlos, usamos el mismo procedimiento que el que
se aplica ¿ la percepción de los objetos exteriores.
Cada una de estas séries constituye una vida propia, dis­
tinta, original; la una nos es íntimamente conocida y se rige
por nueítra determinación; la otra se desenvuelve con arreglo

(1 ) E g ta p rim ara aflrm aclo a del Yo lo d latin to , sía te sia n a tu ra l d el o b jeto de la


cie n cia , aa ten id a eu m enos por m u cb oa p aleólogos, por s e r co sa q u e d ice re la ció n
a l co n o cim ien to v u lg a r y no a l reflexiv o ; p ero, a t a e a tie n d e á qu e et pu nto de
p a rtid a del m étodo no ea ni pnede a e r o tro que el co n o cer o om u n , y b u f in , e s c la ­
r e c e r y co m p letar esas p rim eras acc io n e s, s e co m p ren d erá cu án l e g i t i m a ea la ra­
zón que Lañemos p ara e sta b le c e r com o p rim era verdad d é l a P aleo lo gía la to ta l
co n cie n cia de n u eotra personalidad.
— 11 —
á las leyes del mundo corpóreo, sin que en sus manifestaciones
esenciales intervenga nuestra voluntad. Dícenos, pues, la con­
ciencia que en nosotros hay dos principios, de naturaleza tan
opuesta como opuestos son entre sí esos dos aspectos de la vida
que la observación nos descubre.
En vano repiten los materialistas que la diferencia de ex*
presión en uno y otro depende de las varias condiciones de la
materia, que tiene por su actividad modos de ser más delica­
dos ó groseros según el fin respectivo de los órganos. Esto
pudiera admitirse, si los hechos referidos no fueran esencial­
mente contradictorios; lo libre y lo fetal no pueden concebirse
como manifestaciones de una misma sustancia, por mucho que
ésta se trasforme; de afirmar lo contrarío, pugnaríamos oon lo
más elemental de la razón. No queda otro recurso, para soste­
ner en buena lógica la no existencia del espíritu, que negar la
libertad humana; y esto seria tan insensato como negarnos á
nosotros mismos, que ea la más absurda de las negaciones. (1)
N i arguya tampoco el materialismo, en apoyo de su doctri­
na, la oirounatancia no desmentida de que el pretendido espí­
ritu vive de tal manera influido por el cuerpo y necesitado de
él, que no parecen ni son en realidad cosas distintas; argu­
mento es este poco serio, que estriba no más en la confasion
lastimosa que en él se hace de los conceptos de causa y condi­
ción. Cierto es que el espíritu, en la existencia actual, no pue­
de manifestarse sino mediante el cuerpo; pero eso no significa
que los actos anímicos tengan su origen en la actividad corpo­
ral; sino que ésta es necesaria para que ellos se produzcan.
Sentemos, pues, definitivamente, y sin perjuicio de que nues­
tras afirmaciones sean robustecidas en otra ciencia, que el
hombre consta de alma y cuerpo; la primera, consciente y li­
bre; el segundo, inconsciente y fatal.
Ahora bien; ¿cómo pueden hallarse en intimidad dos ele­
mentos de tan contraria naturaleza? Para explicar esta unión,
han ideado los filósofos diversas teorías; pero ni la hipótesis
del Infltyo físicOy que se concreta á consignar la reciprocidad
de acción entre el alma y el cuerpo, lo cual nada nuevo añade

(1 ) E n In g tr op ortu n o m o strn reico s la lib ertad de ouftslros »Ctoí, desvane­


cien do loa e m v o i á e todo aU t«irn f a ta lis ta .
— 12 —
$ los términos simples del problema; ni la de las Camas oca­
sionales, que hace intervenir continuamente A Dios como cau­
sa inmediata de los actos corporales y anímicos, sin dejar al
hombre más virtud que la de ser ocasíon para que se manifies­
te la causalidad absoluta; ni la que se conoce con el nombre
de Armonía preestablecida, que supone al alma y al cuerpo
obrando por leyes propias, pero sin relación alguna entre sí,
dependiendo su armonía, no de la actividad de ambas sustan­
cias, sino de la presciencia divina que la ha determinado ab
eterno; ni la del Mediador plástico, que pretende la existencia
de un agente de naturaleza mista entre el espíritu y la mate­
ria, pueden ser admitidas, ya por insuficientes, ya por irracio­
nales, ya por estar en abierta oposicion con los principios con
sagrados en la ciencia.
E l problema tiene en nuestro sentir dos aspectos diferentes:
ó se pretende explicar el modo Intimo de unión entre el alma
y el cuerpo, ó simplemente conocer la unión misma con todas
sus determinaciones, como cosa muy de acuerdo con las leyes
naturales; si lo primoro, la cuestión no puede resolverse, por­
que no es dado á la inteligencia humana penetrar en la inti­
midad de las fuerzas que concurren á ese consorcio, como no
le es dado descubrir, por ejemplo, la virtualidad que determi­
na la concepción de un nuevo sér en el seno materno, ni la
que desarrolla el gérmen lanzado á la tierra llenando de vida
y hermosura los campos.
En cuanto á lo segundo, el problema es fácil de resolver.
Que la unión existe es indudable; la misma observación que
nos ha descubierto dos sustancias diversas en el hombre, nos
dice también que están enlazadas estrechamente formando uni­
dad perfecta.
Que la unión del alma y el cuerpo no se opone & las leyes
naturales, sino que está de acuerdo con ellas, se muestra con
sólo atender á lo contradictorio que son ambos elementos, lo
cual, en vez de ser un obstáculo para su intimidad, la favore­
ce notoriamente. Nada hay, en efecto, que más ponga á los
objetos en condiciones de unirse que su misma diversidad y
oposicion, ley de la armonía que en todo resplandece. Díganlo,
si no, los cuadros que á todas horas nos presenta la Naturale­
za, en los cuales se unifican los más encontrados caracteres;
— 13 —
díganlo las creaciones artísticas, que sólo viven de los contras­
tes; díganlo la aproximación y enlace de los sexos, en los cua­
les existen marcadas contradicciones físicas y morales; dígalo
el sentimiento de la amistad, que más encadena las volunta­
des cuanto más difieren las tendencias de los individuos; di­
galo, en fin, la creación entera, en la cual la eterna sabiduría
ha fundido la luz y la sombra, lo pequefio y lo grande, lo fie­
ro y lo apacible, lo fecundo y lo estéril* en el crisol de la
belleza.
E l espíritu y la materia no podían sustraerse á este he iver­
sal concierto, sino é riesgo de constituir una imperfección en
la obra divina; y el hombre es el encargado de representar esa
gran síntesis en que se agitan todas las fuerzas del Universo,
ennoblecidas con la grandeza .del fin á que se dirigen.
¿Y cómo están unidos el espíritu y el cuerpo? Lo están de
un modo esencial, inmediato, recíproco y completo; esencial,
porque ninguno de los dos pierde su propia naturaleza; inme­
diato, porque se comunican sin necesidad de sustancia alguna
intermedia; recíproco, porque se influyen mutuamente; á cada
momento de la vida anímica corresponde un movimiento de los
órganoB corporales, y al contrario; y completo, porque todo el
cuerpo está animado de todo el espíritu, sin que haya parte
orgánica ó modo espiritual que se halle fuera de la relación de
ambas esencias.
Estos dos elementos de nuestra personalidad, el alma y el
cuerpo, tienen, pues, especial actividad y propia misión, ya
respecto á sus fines particulares, ya respecto al más elevado de
la persona entera, al cual deben subordinarse los primeros co­
mo las partes al todo, realizando aquella sabia máxima: mcns
sana in corpore sano,

SECCION 2.a

ATRIBUTOS DEL ALMA.

Dada la nocion del alma en su distinción del cuerpo, pro­


cede ahora, si hemos de ir ordenadamente descubriendo su
— 14 —
naturaleza, determinar b u s atributos, como lo más general que
en ella puede concebirse.
Atribulo es todo lo característico de un objeto. Los atribu­
tos son de esencia y de forma: los unos constituyen el sér; los
otros lo revelan.
Importa no confundir las propiedades de forma con los ac­
cidentes; las primeras son invariables, y los segundos pueden
variar y desaparecer. Así, por ejemplo, la extensión es un
atributo esencial de los cuerpos; la longitud, latitud y profun­
didad son atributos formales; y esta longitud, aquella latitud y
esotra profundidad son propiedades de accidente; el cuerpo no
deja de ser largo ni ancho ni profundo, porque lo sea más ó
menos; pero deja de ser tal cuerpo, si carece de esas dimen­
siones, que no son otra cosa que el modo de revelarse la ex­
tensión; es decir; la forma de lo esencial.
Nosotros prescindiremos de los accidentes, por lo mismo que
están sujetos á continuo cambio; mas no dejaremos de con*
signar, para que no se orean completamente fuera de las notas
esenciales, que forman una escala, en la cual lo que bajo una
relación es fortuito puede constituir, bajo otra cualquiera, un
carácter fundamental.
Así, v. g., si para los cuerpos, en general, es de accidente
la regularidad de la figura, no lo es asimismo para ciertoB
cuerpos geométricos; y si para estos es accidental la magnitud
de los ángulos y lados, con tal de que guarden la debida pro-
porcion, para un cuerpo colocado en ciertas condiciones puede
eaa misma circunstancia ser de necesidad y afectar, por con­
siguiente, á su particular esencia.
Los atributos esenciales motivan esta pregunta: ¿qué es el
objeto? Los formales, esta otra: ¿cómo es el objeto?

C A P ÍT U L O I.

A TR IB U TO S E S E N C IA L E S D E L A L U A .

L a unidad y la actividad son los atributos esenciales del


alma; hallándose la primera constituida por dos cualidades di­
versas, y afectando la segunda dos modos fundamentales.
La unidad quiere decir que el espíritu no contiene elemen-
— 15 —
toa extraños á su naturaleza, ni deja de ocultener cuanto la
constituye; que es simple, puro y homogéneo. Esta unidad sub­
siste en todas las manifestaciones anímicas, siendo como su
vinculo y razón; la ciencia y el arte son un reflejo del espíritu,
y en ellos late una misma esencia, invariable en la mudanza;
indivisible en la multiplicidad.
No es la unidad del alma, como vemos, la numérica, mer­
ced ¿ la cual cada objeto es uno, no dos ni tres; no es tampoco
la unión, que brota del enlace de unas partes con otras en un
conjunto cualquiera; ni ménos es una abstracción, un todo fan­
tástico sin contenido real; sino que, anterior y superior á los
conceptos de número y armonía, es objetiva y permanente y
abraza en si cualidades y modos diversos.
A l afirmar que el alma es una» no condensamos en ella todo
cuanto existe, juzgándola única; antes bien; desde luego se
no9 aparece la idea de límite, y reconocemos objetos semejan­
tes y superiores que la condicionan y causan; el alma no e8
única, sino en cnanto muestra su especie de un modo original.
La unidad del alma se prueba por la conciencia, sin cuyo
ejercicio no podria concebirse nuestra personalidad; el Yo
existe para sí en cuanto puede intimarse consigo mismo; en
cuanto conoce sus pensamientos, sus afecciones y b u s actos; y
esto le es dado solamente, por el hecho de ser uno y subsistir
con e9e carácter en lo variable de la vida.
La propiedad y la integridad son cualidades que derivan de
la unidad del alma.
Por la propiedad afirmamos que la esencia del espíritu es
suya; qne no pertenece á ningún otro objeto. Mediante ella,
nos distinguimos de los demás séres; y ni referimos & estos lo
que es nuestro exclusivamente, ni á nosotros lo que á cosas
distintas corresponde.
Si el alma y cuanto existe no tuvieran algo propio, desapa­
recería todo rasgo de individualidad, y los objetos se confun­
dirían en la sustancia única; habría, como pretende el panteís­
mo (1), un solo sér, una sola vida; los múltiples aspectos de la

(1) P an teísm o : sistem a filosófico q u e , setfun Indica su m ism o n o m b re, no r e ­


conoce m ás qua nn solo s é r (D ios), del c u a l son todos los o bjetos p a rticip a cio n e s
esen ciales, y con el c u a l ro n d a n , p o r c o m ig u le n te , un a aola y m ism a s u s ta n c ia .
— 16 —
realidad señan modos necesarios de Lo absoluto; los ideas de lo
bueno y de lo malo, de lo justo y de lo injusto, de lo deforme
y de lo bello dejarían de tener adecuada significación, porque
todo seria legitimo, como desarrollo natural y necesario de lo
divino; y al hombre, en fin, le estaría reservado el mismo des­
tino que el que realizan la piedra ó la planta, E l alma tiene
atributos y facultades, se determina en estados, realiza hechos;
y estas cosas, que llamamos nuestras, no lo serian en verdad,
si el alma no tuviera esencia propia.
L a propiedad se llama identidad, cuando se considera en
relación con los actos sucesivos del espíritu. Éste, en efecto,
permanece el mismo en Las varias transformaciones de la vida,
lo cual nos pone en condiciones de ser agentes morales, por­
que hace posible el mérito y la responsabilidad de las acciones
libres, perpetuando sus trazas en la unidad de la conciencia.
A sí como la propiedad quiere decir que nuestra esencia nos
pertenece, así la integridad significa que somos toda nuestra
esencia; que nada de lo que es inherente á nuestra naturaleza
deja de estar entrañado en ella; que la esencia del espíritu es
toda espiritual.
E l alma es, pues, un todo indivisible, que no por carecer
de palies permanece indeterminado; sino que tiene varios ele­
mentos y modos, en los cuales, no obstante su diversidad, se
da toda la esencia anímica; estos modos y elementos pueden
distinguirse, pero no disgregarse; porque siendo revelaciones
de una sustancia simple+tienen idéntica simplicidad.
Si el alma no fuera integra, seria susceptible de infinita
división; lo cual no puede pensarse, dada la unidad con que
aparecen los estados psicológicos en la conciencia; contra este
hecho innegable nada puede el materialismo, cuyas doctrinas
hemos rechazado por absurdas, y en cuyos errores habríamos
de caer, si no reconociéramos la integridad del espíritu.
Importa hacer constar que lo propio y lo integro de la sus­
tancia anímica no son lo absoluto y lo infinito. Lo absoluto es
lo no sujeto á causa ni condicion; lo infinito es lo que abraza
la plenitud del ser, qp teniendo por consiguiente, limite algu­
no; y nosotros no hemos atribuido al alma la propiedad y la
integridad bajo ese concepto ni con ese sentido; antes bien,
afirmamos que es un objeto condicionado y finito, dada la
. — 17 —
existencia de otros, también limitados, y la de Dios, en el
cual tienen todos los séres su causa y condicion supremas.
E l alma, según hemos indicado, no es una unidad sin con­
tenido; es un sér que poSee continuos estados, á los cuales da
origen y fundamento; esto nos lleva A reconocer un nuevo
atributo, la actividad, que significa la virtud que tiene el alma
de determinar su esencia.
No estudian algunos autores la actividad entre los atributos
esenciales del espíritu, sin que exista á nuestro juicio motivo
para descartarla. Cierto es que la esencia es lo inmutable, y
que lo activo dice relación á lo movible de los séres, á los efec­
tos, á los fenómenos, cuya forma necesaria es el tiempo; pero,
aunque las mudanzas no constituyen la esencia» la cualidad
misma de mudar es invariable y esencial al espíritu, y del
propio modo ha de serlo la virtud de causar lo mudable.
Además, si los atributos esenciales, como lo más general
de un objeto, se dan lo mismo en el todo que en cada uno de
sus estados y modificaciones, que es realmente lo que caracte­
riza ei atributo mismo, y si la actividad, como la unidad, se
dice igualmente de toda el alma y de cada una de sus faculta­
des, hallándose constantemente expresada por los hechos psi­
cológicos, claro es que debe ser tratada al lado de la unidad,
por ser un atributo fundamental como ésta.
La actividad puede ser considerada bajo dos aspectos: como
razón de todos los estados anímicos posibles, y como causa
particular de cada uno de ellos en la sucesión del tiempo. En
efecto; el alma no se determina por entero en un solo instante;
no llegan de una vez á la realidad todos los estados que en
germen contiene el espíritu; en cada momento se cumple sólo
aquella parte del ideal que puede y debe cumplirse, dadas las
condiciones especiales en que se halla el sujeto. Hay, pues,
para nosotros hechos ya realizados, hechos que se están reali­
zando y hechos que se han de realizar; todos ellos se refieren
á la actividad en general, como el efecto ¿ la causa; los hechos
presentes son manifestaciones de la actividad que pudiera lla­
marse específica; (1) y los no cumplidos, que forman el porvenir

(1 ) H em os em p lead o l a p ala b ra a ctiv id a d en doa d ife re n te s a cep cio n e s, y con*


vieoo f ija rla s, p a ra no d a r lu g u r 6 co n fu slo a. La ao tlvid ad g e n e ra l del a lm a , com o
— 18 —
* del alma, están como latentes en la potencia, de cuyo seno van
pasando á lo efectivo de la vida.
A l hablar de cambios y efectos, téngase entendido que no
nos referimos á la esencia del alma; ésta, como tal, no Bufre
alteración alguna, ni es causada por su misma actividad; nos­
otros no adquirimos en el trascurso del tiempo nuevos atribu­
tos, ni jamás llegamos á carecer de ninguno; io que muda, lo
que se renueva á cada paso, constituyendo una variedad ina­
gotable, son nuestras maneras de ser en el sucesivo desarrollo
del espíritu.
Nuestra inteligencia progresa, y del irreflexivo conocimien­
to vulgar puede elevarse al más ordenado y fecundo de la
ciencia; nuestro sentimiento se educa, y de belleza en belleza
Llega hasta las regiones más puras del arte; nuestra voluntad
es perfectible, y consigue hacerse digna de su fin con la prácti­
ca de los virtudes; pero ni la inteligencia, ni el sentimiento, ni
la voluntad dejan de pensar, sentir y querer, cualesquiera que
sean los órdenes de pensamientos, sentimientos y voliciones
que produzcan. Quede, pues, establecido como hecho impor­
tante que la actividad no es la cansa del espíritu mismo, sino
de sus estados y evoluciones.
L a actividad del alma es, como la unidad, un hecho de con­
ciencia, cuyo testimonio sugiere la prueba más directa de ese
atributo. Todo el que vuelva sobre sí propio, sobre su vida in­
terna, atribuirá á su esencia la virtud de producir estados, ora
los contenga en mera posibilidad, ora Los efectúe; á nadie
ocurrirá pensar que la causa y la razón de Los actos se encuen­
tre fuera del espíritu que los cumple, por más que á veces
puedan ser externas las condiciones necesarias al ejercicio de
la actividad. Esta prueba de conciencia se halla confirmada
por la razón, que no sabria concebir una sustancia simple y al
mismo tiempo inactiva.

v irtu d qn e é s ta posee da d e te r m in a r s o e s e n c ia , de c a n s a r s o s hechos* Pernos indi­


cad o que s e m an ifiesta de d o e m a n e ra si com o p o ien cfaf razón e tern a de lo s estad os
posib les), y com o activ id ad tsportfien [ca u sa esp ecial de los estad o s a c t u a le s ): y he­
m os dicho activ id ad esp ecifica, á f a lta de un n u ev o térm in o qn e exp re se la idea:
p u ea, a u n q u e h u b iéram o s podido em p lear el de e fe ctu a lld a d ü o tro se m e ja n te , A
d e s ig n a r el a tr ib u to g e n e rlc o con e l nom bre de cau salidad» no h em o s qu erido ha­
c e r lo , porque el p rim ero n o e B d e uso c o r rie n te en el idiom a, c u y a tra d ició n ooa
proponem os no ro m p er, y e l seg u n d o no t r a i u c e e l concepto tan g rá fica m e n te co­
m o e l adoptado.
— 19 —
Para tener cabal concepto de los atributos fundamentales
del alma, conviene observar si son exclusivamente espiritua­
les, ó ai están encamados en todos los sóres. Desde luego po­
demos asegurar que, en el sentido que les hemos dado, no son
inherentes más que á lo anímico.
La materia no es una, no es simple, no es indivisible, sen­
cillamente porque lo propio de su naturaleza es estar com­
puesta de partes; y aunque es cierto que la fuerza constitutiva
de sus organismos no las tiene, no debe olvidarse que la fuerza
es propiedad y uo sustancia, y que los elementos unidos por
ella se disgregan y trasforman á cada paso> lo cual da á las
unidades físicas el carácter de puro accidente, opuesto en uu
todo á la permanencia de la unidad que hemos reconocido en
el alma.
No Biendo unos los cuerpos en el concepto atribuido al es­
píritu, claro es que no serán Integros ni propios ¿ la manera
de éste, ni por lo mismo idénticos; y tan es así, que las par­
tes de los objetos externos sufren constante renovación, posan­
do de unos ¿ otros, merced á la acción no interrumpida de los
agentes naturales; verdad es que la materia orgánica tiene
cierta identidad; pero ni es absoluta, ni puede referirse más que
á la misma organización, y no á los elementos que la forman.
La actividad no es tampoco atributo de los cuerpos, tal co­
mo entendemos en el espíritu esa propiedad; los cuerpos, sean
ó no organizados, no tienen conciencia de su desenvolvimiento
y fin ni de la fuerza que produce sus cambios, y carecen por
tanto de libertad para emplearla y dirigirla; están fatalmente
sujetos á las leyes generales de la Naturaleza, y no entrañan
en sí mismos el prinoipio determinante de sus estados.
E l alma, por el contrario, es consciente y libre; sabe cuál
es su destino, cuál su vida, euáles los medios de que dispone
parihflumplir el uno y efectuar la otra; y si bien su esencia es
en ella necesaria, no por eso deja de tener libertad de pensa­
miento y acción, porqué la libertad es precisamente su ley; el
alma' 6s por necesidad una sustancia libre, y tiene en sí misma
el principio determinante de sus hechos. L a inspirada frase
de Leibnitz, citada en los autores, expresa todo esto de un
modo preciso: quod in corpore est falum , in animo est provi- ,
dentia.
-2 0 —

C A P ÍT U L O n .

A T R IB U T O S F O R M A L E S D E L A LM A .

Son atributos formales, según hemos dicho, aquellos que


revelan la naturaleza de los séres; según esto, todo objeto es­
piritual ó físico, en cuanto ha de manifestarse de algún modo,
tiene una forma; que, si bien es inseparable de la esencia, no
se confunde con ella, y expresa un concepto por todo extremo
distinto.
Pudiera á primera vista parecer extra fio esto de afirmar
que el alma tiene forma, á la cual ordinariamente va unida la
nocion de contorno; mas, si bien meditamos, la verdadera im­
propiedad estaría en negarla; porque*' siendo el espíritu algo
real, no puede ménos de atribuírsele una manera de ser espe­
cial y privativa. La inteligencia no concibe propiedad alguna
que, al pasar de la pura concepción á lo objetivo, no se encar­
ne, digámoslo asi, en alguna expresión, adquiriendo con ello
una nueva cualidad.
Los giros del lenguaje vulgar concuerdan con la acepción
en que tomamos el referido concepto; asi se dice: dar forma;
guardar las formas; en debida forma; cuyas frases tienen co­
mo fondo común el modo, la significación de algo permanente
y esencial.
L a forma limitada en el espacio se llama figura. Todos
los objetos materiales de un órden cualquiera tienen idéntica
forma, pero diversas concreciones, diferentes límites, que es
lo que distingue unos cuerpos de otros; pudiéramos decir
que la figura es la forma de la forma. El espíritu, como sus­
tancia simple, no puede ser figurado, porque carece de exten­
sión; pero sí informado, porque tiene esencia propia.
Lo formal es una idea que, aunqué con valor absoluto, se
aplica siempre de un modo relativo; asi es que la manifesta­
ción de un sér abraza varias manifestaciones, y estas contienen
otras, y así sucesivamente hasta llegar á lo totalmente limita­
do en espacio ó tiempo ó en ambas cosas, que es el último tér­
mino de la expresión.
£ 1 alma tiene una forma, que es la existencia. La existencia
— 21 —
significa la esencia misma en cuanto es positiva. No es esto
decir que algunas esencias no lo sean, porque esas dos cosas
son inseparables; de tal manera, que aun los séres quiméricos,
que no tienen objetividad fuera de la fantasía, son en ella positi­
vos 7 por consecuencia existentes; de otro modo, ni aun po­
dría la inteligencia proponérselos como objeto de conocimien­
to. Mas si bien no deben separarse el ser y el existir, deben
distinguirse; y la ciencia, en efecto, los distingue, dando ¿ ca­
da concepto su valor y su nombre adecuados.
E l alma no es solamente un objeto que existe; es un objeto
que existe en si; de un modo independiente; y como esta
cualidad es lo qué constituye la sustancia, debemos añadir que
el espíritu es un sér con existencia sustantiva. L a sustancialidad
del Yo no implica por supuesto independencia de toda causa;
implica solo que el Yo no está en ningún otro srr como pro­
piedad, accidente ó parte, por más que tenga universales rela­
ciones con lo material, con lo humano y con lo divino. La
sustantividad absoluta, que supone la existencia del ser en si
mismo y por sí mismo de una manera Acondicionada, se atri­
buye únicamente ¿ Dios.
Á la existencia se refieren dos atributos de* forma: la indi­
vidualidad y la vida, correspondientes á la unidad el primero
y á la actividad el segundo.
L a individualidad es aquel atributo por el cual la naturale­
za del alma se determina de un modo original. Y a hemos in­
dicado en el capitulo anterior que la unidad, siendo el funda-
jnento de las propiedades y relaciones del espíritu, se muestra
en todas ellas; ahora bien; ¿cómo se muestra? Se muestra siem­
pre y en cada momento con existencia propia, distinta y única,
considerado el sujeto en su singular manera de revelar la
esencia anímica.
Todo hombro posee Las cualidades eternas del espíritu, ó
todo espíritu es uno y cuanto de la unidad se .deriva: y en
este sentido, no hay diferencia alguna entre los seres que com­
ponen la humanidad; pero cada uno desenvuelve sus elementos
y aptitudes con diferente dirección; se propond diferentes fines
particulares dentro del fin común; piensa y ejecuta con dife­
rente intensidad y medios diferentes, no sólo por lo que. res­
pecta á las resoluciones libres de la voluntad, sino también
— 22 —
por las condiciones orgánicas de cada hombre, que según su
grado más á menos perfecto de desarrollo» modifican las ex­
presiones psicológicas. Todo esto, que es exclusivamente peca*
liar á cada sujeto, origina su individualidad.
¿ Y no desaparece ésta en aquellos actos en que la conducta
humana es idéntica, si no en todos los espíritus, cuando ménos
en una gran parte de ellos? ¿Los que siguen una misma direc­
ción, por ejemplo, en la ciencia, no proclaman iguales prin­
cipios, recorren igual senda y deducen iguales conclusiones?
Más aun; ¿no aparecen de igual modo á todas las conciencias las
verdades de sentido común? Y si de tal manera coincide, repeti­
mos, la conducta humana, ¿habrá en esto una prueba contra la
individualidad como atributo permanente del alma? No, en
verdad; podrán muchos hombres convenir en un mismo pen­
samiento, y aun en la forma especial de aplicarlo; pero cada
cual habrá de pensar y discurrir con sus propias facultades;
según su educación y cultura; conforme á su carácter, á sus
tendencias y aficiones; con arreglo á las circuntancias anterio­
res y de momento; en una palabra; dos manifestaciones espi­
rituales de sujetos distintos serán en el fondo idénticas; pero
no constituirán una sola,' porque en el hecho de corresponder á
diversas personas, tienen cuando ménos la desigualdad que
resulta de la procedencia.
Tan esencial es á nosotros la forma individual, que por ella
se establece distinción, no sólo entre las varias personalidades,
sino también entre los estados de una persona; el espíritu
de un hombre no es el mismo en la infancia que en la juven­
tud y que en la edad madura, ni eu los periodos de esas tres
edades, ni aun en los instantes sucesivos que los forman, en
lo que respecta por supuesto á las determinaciones y no á la
esencia, que es, como sabemos, invariable Así, por ejemplo,
decimos: soy otro hombre; es otro el espíritu que me anima; en
aquella hora suprema me sentí más grande; no soy ya él que
tú conociste, etc., etc., cuyas locuciones se fundan en la con­
ciencia de nuestros modos siempre individuales, en la continua
serie del tiempo.
Disienten los psicólogos respecto á si la individualidad es
inherente al espíritu en si mismo, ó si únicamente le es apli­
cable en cuanto se míe al cuerpo. Cuestión es esta qne no
- 2 3 -
puede resolverse por el testimonio de la couciencia, en la cual
sólo ve el análisis que el alma es individual en su condicion
presente; si lo es ó no con independencia del cuei'po, la sínte­
sis lo dirá, demostrándolo en un principio superior, Á nosotros
no nos cumple otra misión que la de ir consignando, con mé­
todo y plan, todo cuanto en nosotros mismos vayamos reflexi­
vamente descubriendo.
A si como A la unidad, atributo de esencia, corresponde la in­
dividualidad, atributo de forma, asi ¿ la actividad corresponde
la vida. La vida es aquella propiedad por la cual la existencia
del alma se desarrolla progresivamente en una série continua
de actos. Si La actividad es la virtud que el alma tiene de de­
terminar su esencia, claro se ve que la vida bb la manifestación
de la actividad.
Hace poco bemos apuntado el concepto de la vida, al asen­
tar que en cada momento tiene el espíritu una determinación
individual distinta de la anterior y de la siguiente, á las cua­
les excluye y por las cuales es excluida á su vez. En cuanto el
alma se manifiesta en esa série continua de estados incompati­
bles, se dice que vive. (1)
Si, pues, el vivir supone cambio continuo, la condicion esen­
cial de la vida es el tiempo; que, como dice Balmee, no puede
concebirse más que al concebir la variación, la existencia de
cosas que se excluyen. (2 ) Mas, para que baya de entenderse
esa exclusión sucesiva, preciso es que pensemos en algo no
sujeto á ella; pues de lo contrario, como la exclusión entraña
el no ser, si dejara de existir el objeto á que pertenecen los
cambios y modos, desaparecería en el instante la vida misma,
cuyo fondo por consecuencia se halla enteramente desligado
del tiempo.
E l fondo de la vida psicológica es la esencia del espíritu
determinada libremente por él; una modificación suya cual­
quiera no tiene b u oausa en la precedente, ni da origen nece­
sario á la que le sigue, por más que entre ellas deba recono­
cerse alguna relación y órden: cada acto halla su razón en la

(1) P o r T ld a s u e l e n e n t e n d e r í a d o s co sas: y a la p r o p ie d a d d e ¿ « a r r o l l o p r o -
E r o s iv o , y a e l m ism o d e s a r r o l l o ; r A c llm e o t e p o d r á i n f e r i r s e , por e l s a n t ld o d o l a
fra& a, e l q u e d a m o s e n d i f e r e n t e s p u n t o s ¿ e s e c o n c e p t o .
(2) Pilosofín elem enta!.—Ideología pura.—Pág. 116.
- 2 4 -
activídftd del alma, siendo por esto la vida moral opuesta á
la física, en la cual todo está fatalmente encadenado.
L a vida espiritual tiene un principio determinante, un fin
y una ley. El principio es la actividad; la ley es el bien, que
consiste en hacer efectiva la naturaleza del alma en conformi­
dad con ella misma; y el fin es el cumplimiento de la ley. £1
hombre debe, pues, si ha de mostrarse digno de su libertad,
determinar en la vida su esenoia tal como ella es; con lo cual,
y no de otro modo, habrá de realizar el pensamiento divino.
Esto es lo que expresamos cuando decimos en el lenguaje
común: sé hombre; obra como quien eres; ó lo que es idéntico;
procura no desmentir tu constitución racional; porque todo
acto que ejecutes en oposicion con ella estará lejos de tu des­
tino y contra él, y te colocará, por ser un mal, fuera del órden
establecido por Dios. (1)
L a vida del alma, como la de todos los seres, tiene doa
épocas: la ascendente y La descendente; y la ascendente,
tres edades diversas. En la primera edad están como en em­
brión sus facultades; se encuentran éstas, al ejercitarse, en
cierto modo indistintas, y empiezan á darse Las condiciones
qne han de favorecer su progresivo desarrollo. En este periodo
predomina el elemento sensible, por hallarse' relacionado con
el medio exterior, que constituye el estimulo más inmediato y
directo; de tal manera, que nos maravillamos al observar en
un niño destellos marcados de reflexión, precisamente por
conceptuarlo impropio de su edad.
En la segunda el espíritu va especificando en variedad in­
mensa todas sus facultades; roto, por decirlo asi, el velo de
Los primeros años, se abren al alma todos los horizontes; la
verdad la atrae; el amor la conmueve; la virtud la cautiva;, so­
licitada por mil objetos diferentes, desplega su actividad en
todos sentidos, y se muestra exuberante y pródiga, como si no
pudiera contener en si los tesoros de su propia vitalidad. En
este período campea la imaginación, siendo por eso el más

( l) A palam os co n U n t a frecu en cia, t i le n g u a je v u l g a r , no aólo para, e s c la r e ­


c e r lá s idena, sino p a r * c o n fir m a rla s : y a hom o? d icho q u e l a F ilo so fía, en vez de
o pon am e a l sentido c o m a n , debe ap o y arse en á l , co m o en fund am en to y p a n to
de p e rtld a .
— 25 —
abonado para las pasiones y extravíos y el que más pide una
educación esmerada y constante.
En la tercera edad, por último, las fuerzas que en la ante­
rior se han desarrollado sin verdadero concierto, sin unidad
superior de conducta, van entrando en su adecuada esfera de
acción y armonizándose poco á poco, hasta alcanzar la perfec­
ción posible. Para que esto se verifique, es preciso que el alma
escuche la voz de la reflexión, cuyo ejercicio previene todo
trastorno dando á cada cosa su debido puesto.
Una vez aclarado el concepto de la vida, fácil es apreciar
la distinción que hay entre ella y la existencia. E l existir es
forma del ser, y el vivir es forma del existir; la vida supone
la existencia; en tales términos, que no es más que su crecien­
te desarrollo; la existencia se trueca en vida, cuando se deter­
mina en estados sucesivos que se exoluyen en continua pro­
gresión. A sí pues, hay séres que existen y que no viven, como
sucede con los del reino llamado inorgánico; pero todo cuanto
vive existe necesariamente. (1)
En resumen; el alma tiene una esencia, cuyos atributos son
la unidad y la actividad; y esta esencia tiene una forma gene­
ral, que es la existencia, y dos atributos formales, la indivi­
dualidad y la vida, que corresponden respectivamente á la
unidad y á la actividad. Estas propiedades, por 6er primarias,
se compenetran íntimamente; y así podemos decir que el alma

ID C on vien e n el a r a r e sto . L o s cu e rp o s in o rg án ico s no son pro p iam en te néres;


sino frag m en to s d el p la n e ta ; y a s í e s q ue no viven en si m iam os; pero viven en la
N a tu ra le z a , com o v iv o «1 brazo en el cu erp o ; sep arad et brazo del cu e rp o y m ori­
r á , es d ecir, v iv irá de o tra m a n e ra ; v iv ir á en la tie r r a y som etid o y a á s o s le y e s y
evolu ciones g e n e r a le s ; porque U m u e rte no es mfts qne un cam bio e se n cia l de
form a. L ob Béres llam ad o s o rg á n ic o s tien en dos fines; u n o , q u e co n sisto en co n s­
p ira r al o ni v e rs a l co n c ie rto ; y o tro , qu e se c o n c re ta y refiere a l m isino s é r ; por
eso, al te rm in a r su ñ a ín tim o , al ce rra ra o e l c ie lo de su e x is te n c ia in d iv id u a l, en­
tr a n en un a n o e v a v id a; pero entonoea ; a no com o au tó n o m o s; no com o ce n tro
dinám ico; no com o foco o rig in a l do fu erza; sino com o elem en to y s&lo co m o ele ­
m en to de o tro o rg a n ism o m ás am plio. T om ad un pedazo de oro y fraccio n a d lo , y
cad a fra cció n se rá un ob jeto de la s m ism as cond iciones que el todo d e q u e form aba
p a rte , au n q u e lo red u zcáis A polvo im p alp ab le; ag rá d is tin ta la cau ti dad, pero
se rá la cu alid ad la m lam a; tom ad u n a cris ta liz a c ió n c u a lq u ie ra y rom ped la r e ­
g u la rid a d de su s fo rm as, y s e g u ir á sien d o el m ism o cu e rp o en esen cia ; razón por
Ja c u a l,a u n q u e la. crista liz a ció n es u n a esp ecie de p ro g reso en los m in e ra le s, no
e s el p ro greso qne hem os asig n ad o á la v id a , porque no h a y a llí v n « a ctiv id a d
Individual y p ro p ia ; pero fraccio n ad un v e g e t a l, y las p a rte s a g re g a d a s m o rirá n ,
y al cabo a q u e lla o rg an izació n d e ja rá de s e r esen cia lm e n te lo que e ra p a r a s e r u n
fa cto r en c ie rto modo p asiv o de l a v id a có sm ica .
1
— 26 —
es una unidad activa y una actividad simple; y con respecto
á la forma, que es un individuo viviente y una vida individual;
mas no por'eso se confunden ni se subordinan entre bí; son,
bí vale la frase, cualidades paralelas, cada una de las cuales
significa cosa distinta, siendo todas igualmente fundamentales.

SECCION 3.a

FACULTADES DEL ALMA.

E l almo, según hemos repetido, determina su naturaleza


en la vida en virtud de la actividad. Siempre vária, BÍempre
nueva en sus manifestaciones, se concreta en estados y pro­
duce hechos, inagotables tanto por su diversidad como por su
número. Pero en esa continua sucesión de fenómenos singula­
res y diferentes, que aparecen como relámpagos por la con­
ciencia, hay algo permanente y fijo: en primer lugar, la cons­
tante determinación de los actos en series perfectamente dis­
tintas; y en segundo, la existencia de sus causas productoras.
Basta, en efecto, volver los ojos á nuestra vida íntima para
observar claramente que los actos espirituales constituyen ór­
denes irreductibles, por ser constante la diferenoia de sus notas.
Nosotros adquirimos percepciones del mundo externo; tenemos
continua revelación de lo absoluto; traemos á tiempo actual lo
ya perdido en la oscuridad del pasado; damos contorno y luz
á lo incorpóreo, y revestimos lo sensible con la imágen de lo
ideal; hallamos las relaciones natnrales de las cosas, y junto
al inmenso mundo de la realidad creamos el no ménos inmen­
so de la ciencia; á la vista de tan variados objetos, nos senti­
mos como impulsados á hacerlos parte de nuestro ser si nos
aparecen con dignidad y con belleza, ó á rechazarlos totalmen­
te si son opuestos á nuestra condicion y estado, engendrando
lo primero el placer y lo segundo el dolor; tenemos deseos,
aspiraciones; nos regeneramos con el amor y nos envilecemos
con el odio; concebimos temores y esperanzas; agradecemos;
nos arrepentimos; nos determinamos libremente á cumplir lo
bueno ó lo malo, elevándonos á la virtud ó descendiendo al
vicio; queremos el placer de los sentidos ó el goce del alma;
— 27 —
lachamos entre los estímalos del interés y las prescripciones
absolutas de la ley; y todo esto levanta ecos en la conciencia,
por lo cual nos intimamos con la vida subjetiva, siendo perso*
nos en virtud de esa condicion, y por consiguiente, sujetos
morales.
Pues bien; hecha excepción de las circunstancias indivi­
duales, que establecen diferencia entre todos los fenómenos y
aun entre dos de una misma índole, lo cierto es que esa varie­
dad de modificaciones puede ordenarse en tres grupos, correla­
tivos á tres poderes ó facultades.
Observemos, si no. Por la imaginación damos á las nocio­
nes forma sensible; por los sentidos vemoB lo exterior; por la
conciencia, lo subjetivo; por la razón, lo eterno; por el enten­
dimiento, las relaciones; por la memoria, lo pasado; mas estas
aplicaciones tienen un carácter común, la percepción, y se
resuelven en el hecho simple de conocer; igualmente se redu­
cen á la afección el dolor y el placer, la esperanza, el temor,
la gratitud, el arrepentimiento; y del propio modo, por último,
se resúmen en el querer el determinarse á lo racional ó á lo
sensible, el proponerse el bien ó el mal, el consagrarse á la
ciencia ó al arte, el resolverse á obrar con recto ó falso cono­
cimiento de motivos. En pensar, sentir y querer se concreta
la esencia anímica, y la inteligencia, el sentimiento y la vo­
luntad son los modos permanentes de la actividad del alma.
Despues de este procedimiento, que á todas horas puede ser
comprobado en la conciencia, siempre que se la consulte im-
parcial y severamente, ningún valor tienen las teoría# que
multiplican ó reducen las facultades,' cuyo error proviene de
considerar con naturalezá distinta hechos que en realidad la
tienen idéntica, ó al contrario. Pero, si fuera necesario una
confirmación de lo que sustentamos, la hallaríamos evidente
con solo atender á nuestro fin en la vida, que exige en nos­
otros la luz de la inteligencia para conocerlo, el fuego del sen­
timiento paia amarlo, y el impulso A la voluntad para cum­
plirlo; faltando en nosotros oualquiera de esas facultades ó
existiendo alguna otra, estarían en desacuerdo nuestro destino
y nuestra esencia; lo cual es imposible, dado el órden universal
y perfecto establecido por Dios.
Esto dicho, fijemos ya el concepto de facultad, y demos una
— 28 —
ligera nocion de las que, de común acuerdo, reconocen en nos­
otros la observación y el raciocinio. Llámanse facultades del
alma las causas ó principios de los hechos espirituales. Estas
causas ó principios, que son, como queda expresado, modos
permanentes de la actividad, pueden ser considerados, á la
manera de ésta, como razón habitual ó perpétua de los estados
posibles, ya cognitivos, ya afectivos, ya voluntarios, y como
razón actual de cada uno de ellos en el trascurso de la vida;
bajo el primer aspecto se llaman potencias; y bajo el segundo,
actividades específicas.
No deben confundirse estos conceptos con los de tendencia
y fuerza. La actividad se llama tendenciaf considerada en su
propensión á efectuar en el tiempo todo lo que en ella está
virtualmente contenido. Dejemos hablar á Santo Tomás, por
medio de uno de sus más aventajados expositores (1) «Como
quiera que toda potencia implica tendencia á determinada es­
pecie de actos, tiene por ende nna propensión á realizar los
actos de esa determinada especie; pues á esta propensión llá­
masela conato. Que en toda potencia existe esa propensión na­
tiva, cosa es indudable; pues, como quiera que cabalmente en
el acto consisten la perfección y el fin de cada potencia, forzo­
so es que cada cual de ellas esté ordenada á la realización de
su actividad propia, porque en esto consisten su perfección y
su fin. Es así que toda cosa ordenada á un fin tiene cierta in­
clinación ó propensión á realizarlo, luego en toda potencia del
alma reside propensión á realizar sus netos propios.»
La tendencia no se manifiesta siempre con el mismo carác­
ter, porque no todos los objetos de nuestro impulso ó conato
son claramente conocidos por nosotros; en la primera edad de
la vida, en los instantes apasionados, en los estados de igno­
rancia ó preocupación no se halla en reflexión la conciencia,
y no podemos tender libremente ol fin de la actividad; tende­
mos, sin embargo, y nos determinamos, porque la propen­
sión es constante y esencial en las facultades; la tendencia es,
pues, consciente 6 inconsciente, según que tengamos ó no idea
reflexiva del objeto. (2)
(11 P risco .—E lem en to » de F ilo so fía e s p e c u la tiv a ,—D ln a m llo g ia g e n e r a l, —
Are. 5 .°, pág*. 114.
(2 ) A I p u n c a a u t o r e s d ia tln R 'u e n la a d o a fo rm a B d e la t e n d e n c i a c o n l o a n o m ­
b r e s d e im tin to y deseo, N o s o tr o s 110 p o d e m o s A c e p t a r l o s , p o r q u e l a p a l a b r a íaartln-
-2 9 —
La propensión irreflexiva no es invariable en el hombre,
como en los animales inferiores el instinto; sino que se va ha­
ciendo refleja, ¿ medida que se ensancha el círculo de la con­
ciencia. Así, por ejemplo, desde los primeros años tenemos el
impulso de la curiosidad, que nos lleva á inquirirlo todo, de
cuya tendencia dan testimonio las acciones del niño cuando
fija su atención en los objetos que están á su alcance; mas
cuando la razón ilumina de lleno el espíritu, la propensión,
antes ciega, se trueca en ordenada y sabida aspiración á lo
verdadero; no naciendo el amor á la ciencia del móvil de la
curiosidad, como frecuentemente se dice; sino siendo una y
otra propensión formas de la tendencia general intelectiva.
Las facultades son asimismo fuerzas, cuando se les consi­
dera en la intensidad con que hacen efectivas sus modificacio­
nes; y no podían ménos de tener este carácter, dado el limite
á que se hallan sujetas. Toda virtud finita de producir hechos
invierte en realizarlos más ó ménos energía, según las circuns­
tancias del momento; y así es que nuestras especulaciones cien-
tlficast por ejemplo, son unas veces más constantes, mis pro­
fundas que otras; y los impulsos de nuestra voluntad, más
fuertes y sostenidos en un órden de conducta que en los res­
tantes, y aun más en un acto que en otro de los que se refieren
á una misma dirección moral. Hay, pues, que admitir en las
potencias del alma una cierta cantidad, en la cual va conteni­
da la nocion de fuerza ó de ímpetu, como decían los antiguos.
Hemos afirmado que la nocion de fuerza nace de la de lí­
mite, porque sólo con esa condicion se conciben el más y el
ménos en el ejercicio de las facultades; asi es que en Dios no
hay mayor ó menor intensidad de acción, porque el ser y el
obrar son en lo infinito una sola y misma cosa; Dios no tiene
actos que verificar en el tiempo contenidos en su virtualidad;
sino que es por esencia un acto pilrísimo y perfecto.
Tres, según hemos repetido, son las facultades del alma:
inteligencia, sentimiento y voluntad. La inteligencia es la fa­
cultad de conocer; el sentimiento es la facultad de sentir; y la

t o e s t á c o n s a g r n d a p a r a e x p r e s a r e N i n p u l s o c i e g o y m in e a r r fw m a b l» , c o y a a e -
g a n d a c u a lid a d n o p u e d e a t r i b u i r s e á o i n g u n m o d o e s p i r i t u a l ; y e l d e s e o e s u n
a c t o q u e s e r e f ie r e p a r t i c u l a r m e n t e a l s e n t im ie n t o , y d o á Ja p r o p e n s ió n g e n e r a l
«le la ¿ f a c u l t a d e s .
— 30 —
voluntad es la facultad de querer. £1 conocimiento, el afecto
y la volicion exigen u n Bujeto, un objeto y una relación entre
ambos; cuyos elementos tienen, en el ejercicio de cada una de
las facultades, condiciones y notas especiales por las cuales se
diferencian entre sí. En el conocer el sujeto no se afecta ni
turba; permanece impasible y como á distancia de las cosas,
las cuales procura desentrañar, sin producir en ellas mudanza
alguna; la inteligencia, conservando su propia manera de seT>
aspira á descubrir la propia naturaleza de los séres. En el
sentir, el sujeto parece que pierde su individualidad para con­
fundirse con el objeto; se afecta, se conmueve, como si tuviera
dentro de si las cosas que le emocionan. En el querer, el espí­
ritu se une á los objetos en relación de causalidad; de tal ma­
nera que sobre ellos recae su total determinación, siendo por
esto el hecho volitivo la más enérgica expresión de la sustnn-
tividad del alma.
E l lenguaje tiene sus frases para indicar estos modos. Así,
en lo que respecta al pensamiento, decimos: las cosas desde
lejos se ven mejor; la historia es la que. debe juzgar á los hom­
bres, etc., etc.; con lo cual rovelara os la serenidad en que ha
de hallarse el espíritu para conocer, y la circunstancia de estar
el objeto couocido fuera de nosotros. Con respecto al senti­
miento, noB expresamos de esta manera; en el amor: vida mia,
nuestras dos almas son una sola, etc.; en el odio: tú y yo no
cabemos en el mundo ( 1); cuyas.palabras vienen á significar la
fusión y compenetración del sujeto que siente y el objeto sen­
tido; y por último, en lo que toca al querer, decimos: yo lo
mando; yo respondo de mis acciones; no habrá fuerza humana
que me haga retroceder; expresiones todas que refieren á la vo­
luntad el objeto de su determinación como el efecto á la cansa.
Debátese entre los psicólogos el punto de si las facultades
son realmente distintas de la esencia del alma, ó si, por el
contrario, lo son con diferencia puramente lógica. Ante todo,

(I) A unqu e a l p a re ce r e st» frftie In d ica m ás bien rep u lsió n qu e a tr a c c ió n ,


nlngrnnn tr a d u c e m is g rá fica m e n te la intim lrtad d e l se n tim ien to ; en e l odio, qu e­
ra m o s a le ja r de nosotroB el objeto co n t a n t a ir.Aa e n e r g ía , cn a n to tnáa unido y com ­
p en etrad o lo tenem os.
E l a m a n te d ice: p rf/trro i» odio A fu 6 lo que e« ig u a l; q u ie ro e sta r
e n t i da a lg u n a m a n e ra , au n q u e s e a b ajo la form a d e a b o rrecim ien to .
— 31 —
debemos hacer presente que nos parece vicioso el dar á la dis­
tinción los nombres de lógica y real', con lo cual se contrapo­
nen ideas que no son, á la verdad, opuestas entre sí. Toda
distinción ha de ser necesariamente real; en la ciencia no es
dado distingair lo que en la realidad no se halla de alguna
manera distinguido; tanto, que aquella no cumple su propia
misión mas que siendo nna verdadera imagen de ésta. Yo,
por ejemplo, no puedo diferenciar mis manos de mis manos,
porque hay entre los dos términos identidad perfecta; pero sí
mis manos que amenazan de mis manos que suplican, porque,
en efecto, son varias en la actitud; y tan real es esta distin-
cion como la que existe entre mis manos y mi cabeza, ó entre
mi cuerpo y el de cualquiera de mis semejante3. Nosotros,
pues, diremos distinción esencial, en vez de real, y asi dare­
mos á la cuestión mayor esclarecimiento.
Esto consignado, creemos que las facultades, lejos de ser
esencialmente distintas del alma, no son más que el alma
misma considerada en uno ú otro de sus modos permanentes.
Cuando decimos mi pensamiento, mi sentimiento, mi voluntad,
no nos referimos á entidades diversas encargadas respectiva­
mente de cada órden de hechos, como varios medios de que el
espíritu se vale para hacer efectivas sus determinaciones; por­
que esto, como dice Balmes (1), destruiría la nnidad de con­
ciencia; nos referimos á toda el alma, ya pensando, ya sintien­
do, ya queriendo.
Y en efecto; si las facultades no son el alma, ¿qué son?
¿Partes diferentes, á la manera de los órganos corporales, en
las cuale6 reside aptitud para desempeñar funciones? Esto no
cabe concederlo más que atentando á la integridad del espíri
tu. ¿Sujetos esencialmente diversos del alma y diversos entre
sí? L a conciencia no nos atestigua esta variedad de esencias
en el Yo. ¿Meros accidentes sujetos á mudanza, y por consi­
guiente opuestos á lo inmutable del aér en quien están? Su
subsistencia prueba lo contrario. ¿Poderes <í medios que, sub­
ordinados al alma y dentro de ella, son, sin embargo, esen­
cialmente distintos de la propia sustancia anímica? Esto es
inconcebible tratándose de un objeto simple por la naturaleza.

(1 ) C a ra o do F ilo so fía e le m e n ta l.—P aleo lo g ía.— C ap . 3 .° , pAg. 229.


— 32 —
La unidad espiritual, ó no expresa uada nuevo respecto de la
que es inherente á los cuerpos, 6 significa que en cualquiera
de las manifestaciones del alma ha de darse toda su esencia; y
una vez reconocido ese atributo, no es posible resolver la cues­
tión más que en el sentido expuesto, á riesgo, si no, de intro-
ducir un grave desórden en el conocimiento psicológico.
Lí^s facultades tienen dos modos en su ejercicio: la esponta­
neidad y la receptividad. Una facultad es espontánea, cuando
se la considera causando sus actos con independencia de toda
solicitación externa; cuando obra por sí de una manera exclu­
siva, sin estímulo ni influjo alguno por parte del objeto; y es
receptiva, cuando el objeto la condiciona y mueve en cierto
modo. En esta segunda relación no queda inerte el espíritu; no
hace sino recibir la influencia, eij lo cual ya se muestra activo,
por ser necesario que concurra, que se preste á la unión y mo­
dificación provocadas por el agente exterior. L a pasividad no
debe ser atribuida al alma ni un instante, por lo mismo que la
actividad es en ella atributo esencial, y de consiguiente, inva­
riable y continuo.
.El ser receptivas las facultades, lejos de menoscabar ni en
lo más mínimo nuestra libertad de acción, la hace fecunda,
poniendo al espíritu en comunicación con todos los objetos,
y haciéndolo vivir de ese modo en el concierto universal. E l
alma, como todo sér finito, ha menester de condiciones para
desenvolverse; pues bien; la receptividad es la virtud. que tie­
ne aquella de abrir su seno á la influencia de los elementos
exteriores, ya ideales, ya sensibles, tomándolos á su vez como
objeto de acción, y efectuando con esas relaciones mutuas el
pensamiento de armonía que rige lo creado.
Sajo un nuevo aspecto, tienen las facultades otras dos ma­
neras de ejercitarse: la directa y la reflexiva. El ejercicio de
uua facultad es directo, cuando se pone simplemente en rela­
ción con su objeto respectivo; y es reflejo, cuando vuelve sobre
ella propia, teniendo á la vez presente el objeto. Ordinaria*
mente se piensa que la reflexión está reducida á replegarse la
actividad sobre sí misma; mas esto, en verdad, no es nada
distinto del modo que hemos llamado di reoto; porque, en últi­
mo término, con volver una facultad sobre si no hace más que
tomarse ella como objeto de su acción. E l alma no es propia­
—SS-
mente reflexiva si, al intimarse, pierde ú olvida el punto pro­
puesto, ya en orden al conocer, ya al sentir, ya al determinar­
se. Conocer sencillamente nuestro conocimiento es un modo
directo de la actividad espiritual; pero conocerlo reformándolo
ó persistiendo en él, en vista de la cosa conocida, es ya un acto
reflejo; sólo i ese titulo son perfectibles la ciencia, el arte y la
conducta.

PARTE SEGUNDA.

PSICOLOGIA PARTICULAR.

Despues de haber estudiado el alma en su unidad, procede


fijar sus vario9 modos y determinaciones, que no podrian en
verdad analizarse sin el anterior conocimiento de los concep­
tos generales ya consignados. Si los modos permanentes de la
actividad del espíritu son, como queda expuesto, las faculta­
des, la Psicología particular tiene su natural división en la de
estas; debiendo constar, por consiguiente, dé tres secciones:
Noología (tratado de la inteligencia); Estética (tratado del sen­
timiento); y Prasología (tratado de la voluntad).

SECCION 1.a

NOOLOGÍA.

Llámase Noología aquel tratado de ln Psicología particular


que se ocupa de la inteligencia. Por él empezamos el estudio
de las facultades, y no por la Estética, como algunos autores
hacen; porque en la vida el pensar determina en cierto modo
al sentir; y porque, si el objeto que nos proponemos en esta
ciencia es conocer reflexivamente nuestro espíritu, lo natural
— 34 —
es que, ante todo, busquemos La Luz que ha de prestamos el
eximen de nuestra facultad de conocer.
Siguiendo el plan que hemos trazado en la división general
de la Psicología, que se ajusta en un todo á las leyes univer­
sales del método, distribuiremos el estudio de esta sección eu
tres capítulos. En el primero trataremos de la inteligencia en
si misma, en su conjunto, en sus rasgos característicos, tal
como se ofrece eu primer término á nuestra indagación; en el
segundo, de su contenido, de sus varias maneras de ser, de sus
formas especiales (facultades, funciones y operaciones); y eu
el tercero, de la verdad científica como fin y ley de su acti­
vidad.

C A P ÍT U L O I.

NOCION DE L A IN T E L IG E N C IA .

Llámase inteligencia la facultad de pensar y conocer. Y a


hemos indicado, en la sección anterior, que el conocimiento es
una relación compuesta de doB términos: el sujeto cognoscente
y el .objeto cognoscible. Veamos qué son y qué caracteres revis­
ten estos elementos.
E l sujeto es el Yo; en él reside la propiedad de conocer,
considerado como concienoia racional, cuya unidad abraza
nuestras varias fuentes ó medios de conocimiento, y en la cual
Be depuran nuestras percepciones particulares hasta que ad­
quieren un valor objetivo y real. E l conocer en su sentido
propio no es, pues, subjetivo y variable como el sentimiento,
por lo mismo que se halla subordinado á los principios racio­
nales, que, según habremos de observar, son necesarios y ab­
solutos y se imponen del mismo modo á todas las inteligencias.
Así, dos sujetos, y aun uno mismo en distintas circunstancias,
pueden experimentar emociones encontradas con motivos idén­
ticos; mas no pueden tener diverso conocimiento de una misma
cosa; porque, si bien es dable que ésta les aparezca con opues­
tas propiedades, sólo la conocerán verdaderamente cuando la
perciban conforme á su realidad; en todos los demás casos no
harán sino determinar un estado intelectual sin valor alguno
con respecto á la cosa misma, y por consiguiente, negativo.
— 35 —
Usase generalmente la palabra conocimientot en el lenguaje
vulgar y aun en el científico, como concepto genérico aplica*
ble tanto á la verdad como al error. Este sentido pugna con el
estricto en que aqní empleamos dicho término, con el cual sólo
expresamos la exacta relación entre la inteligencia y los obje­
tos, que es lo que constituye la verdad; esta última significa­
ción es la precisa; porque si el conocer es la presencia real del
objeto en el espíritu, claro es que, no dándose en el error esta
presencia, el error no es conocimiento; sin embargo, también es
aceptable el sentido amplio en que la palabra se toma, por
estar sancionada por el uso. Por lo demás, el uso ha sanciona­
do también la otra acepción, y así decimos: tú no conoces á
ese hombre: tú no has llegado á conocer esa cuestión; frases que
solemos emplear como sinónimas de estas otras: es equivocado
tu juicio respecto de ese hombre; no has penetrado en el fondo
de esa cuestión.
E l objeto del conocimiento es toda la realidad en si misma
y en sus cualidades y relaciones, salva por supuesto nuestra
limitación, por cuyo efecto no todo es accesible á la inteligen­
cia. Límites son al pensamiento individual el tiempo y el es­
pacio; y á la conciencia general humana, su perfección pura­
mente relativa, que hace inagotable el ideal científico, quedan­
do siempre, por tanto, alguna parte de ¿1 que realizar en el
trascurso de la vida; lo contrario seria querer ensanchar la es­
fera de actividad del hombre hasta confundirla con la infinita
del Sér Supremo, cuya pretensión fuera irracional de todo pun­
to. Aparte de esto, todos los aspectos de la realidad son ade­
cuados para el conocimiento, como lo prueba el existir en el
alma facultades análogas á cada uno de ellos, que hacen del
hombre un sér de relaciones universales.
Los dos términos del conocer, sujeto y objeto, se enlazan
.en armónica unión; nuevo y superior elemento por el cual es
recibida en el espíritu la presencia de lo cognoscible. Esta re­
lación se efectúa según la esencia propia de los extremos rela­
cionados, y es indudablemente legítima. Yeamos cómo. En el
conocimiento de nosotros mismos, punto de partida del pro­
ceso científico, el sujeto y el objeto se hallan bajo la esfera y
dirección de nuestra personalidad, en la cual se comprueba la
perfecta relación, de concordancia que entre aquellos existo.
— 36 —
Resuelta la cuestión en lo que hace al conocimiento subjetivo,
fácilmente se resuelve en lo respectivo al trascendental, consi­
derando que en éste se Hace aplicación de las mismas leyes y
de igual procedimiento, sin más variación que la diferencia de
objeto, lo cual en nada afecta ¿ la esencia y legitimidad del
conocer.
Reconocida la propiedad de conocer, lógicamente temos de
afirmar en nosotros una facultad, merced á la cual podamos
ponemos con las cosas en la indicada relación cognitiva: tal
es el pensamionto. Para conocer es preciso pensar; no hay pro­
ducto sin fuerza productora; el pensar es la aptitud, y el cono­
cer eB el fin inmediato de la actividad pensante.
E l pensamiento con respecto á su esencia es necesario y
es continuo; y con respecto á sus determinaciones es libre y
es individual. Necesario, porque no es obra de nuestra propia
virtud; nos ha sido impuesto por leyes supremas, que no esté
en nuestras faoultades euprimir ni modificar; el hombre no al­
canzaría á despojarse del pensamiento sino despojándose de la
vida. Siendo el pensamiento esencial y necesario en la con­
ciencia humana, claro está que es continuo; su marcha no se
detiene jamás; ni en la vigilia ni en el sueño, ni en el estado
regular y ordinario, ni en las situaciones anormales del espí­
ritu. Considerando interrumpida siquiera en un punto la acti­
vidad del pensar, quedaría negada la identidad del alma, y
por consiguiente, el alma misma.
Es líbre en su manifestación, porque en efecto podemos á
voluntad dirigirlo y educarlo, fijándolo en uno ú otro órden
de objetos. Entiéndase que con esto no decimos que el hombre
en todo instante sea dueño de fijar su inteligencia en lo que
quiere y se propone tal como se propone y lo quiere; á veces
no le es posible librarse de ideas que le acosan y mortifican;
]o que queremos afirmar es que en el desarrollo general de la
existencia, y Biempre que por causas subjetivas ó externas no
se halle coartado el libre albedrío, las direcciones del pensa­
miento obedecen á nuestra espontánea determinación. Por eso
la ciencia es progresiva, y por eso también somos responsables
de nuestra cultura, que tanto influye de un modo bienhechor ó
funesto en nuestro vida moraL Es, por último, individual el
pensamiento, porque, si bien no tiene solucion de continuidad.
— S7 —
como inherente que es al alma, se concreta sin embargo en
estados particulares y opuestos que se excluyen entre si.
E l pensar, como el conocer, exige dos términos: sujeto pen­
sante y cosa pensada; mas la relación entre ambos no es de la
misma naturaleza en uno y otro caso. E l objeto aparece al
pensamiento, para ser conocido, de un modo indeterminado y
vago; y cuando merced al trabajo de la inteligencia se deter­
mina y esclarece, aprendiendo el espíritu su realidad, enton­
ces es cuando se produce el conocimiento. Pudiéramos decir
que el pensamiento es como la luz que baña los cuerpos ha­
ciéndolos perceptibles; y así como ella, si propiamente no los
crea, los descubre al menos disipando la sombra, asi el pensa­
miento , sin sacar las cosas de su mismo fondo, las hace existir
para nosotros condensando en ellas toda su actividad.
Para dejar perfectameute distinguidos el pensar y el cono­
cer, podemos definirlos diciendo: el pensamiento es aquella
facultad del alma que tiende á conocer; ol oonocimiento es
una relación en la cual el objeto está, en su completa reali­
dad, presente á la conciencia.

C A P ÍT U L O H.

FO R M AS D E L A IN T E L IG E N C IA .

La inteligencia puede .ser examinada bajo tres aspectos: en


sus órganos, en sus funciones y en b u s operaciones, ’ Los órga­
nos intelectuales son las actividades que concebimos en el pen­
samiento, correspondientes á los varios objetos con los cuales
puede esa facultad ponerse en relación; s u b funciones, los di­
versos procedimientos que se requieren en la obra del conocer;
sus operaciones, los resultados naturales de su ejercicio. Para
entender esto bien, sirvámonos de un ejemplo. En el acto ma­
terial de escribir que ejecuto, el órgano será mi mauo; la fun­
ción, el movimiento que le imprimo para escribir; y la opera­
ción, lo que resulta escrito.
Los órganos intelectuales son: la percepción externa, la con­
ciencia, la memoria, la imaginación, la razón y el entendi­
miento; las funciones son estas: atención, percepción y deter­
minación; y las operaciones, nocion, juicio y raciocinio.
— 38 —

(Ó n esA N O S I N T E L E C T U A L E S .)

I.

Percepción extema.

Percepción externa es aquel órgano intelectual en cuya vir­


tud conocemos el mundo exterior.
E l alma no se pone en comunicación con los objetos físicos
de un modo inmediato y directo; sino mediante los sentidos,
que tienen condiciones análogas á las de las cosas materiales,
y que están organizados con arreglo ¿ las diversas manifesta­
ciones que han de caer bajo su esfera de acción.
* En el conocimiento de lo exterior hay, pues, dos elementos:
los sentidos corporales, que proporcionan los primeros datos,
y la inteligencia, qué los recoge y transforma en acabadas per­
cepciones. E l alma atiende d las sensaciones para formar juicio
de los objetos externos, y estos penetran en cierto modo en
nuestros Bentidos, que, según la gráfica expresión de un dis­
tinguido escritor moderno, son el punto á donde concurren,
para comunicarse, el espíritu por una parte y la materia por
otra.
Los sentidos externos son: el olfato, el gusto, el tacto, la
vista y el oido (1). E l olfato y el gusto, que nos dan las sensa­
ciones de olor y sabor, corresponden al procedimiento químico
de la Naturaleza, y están singularmente al servicio de las fun-
ciones nutritivas; el oido y la vista, que se ejercitan en armo­
nía con el proceso del sonido y la luz, y el tacto, que se refie­
re al del calor y á la existencia de otras propiedades y estados

( I ) Alfrunoa a u to re s a iluden el eettiído m u *culo rt p o r o ! c u a t experim éntam ele


la sen ra d o n de r e s is te n c ia qu e >e m an lflesta, cu n n d o un obaUkeuloae opone a l m o­
v im ie n to d el cu erp o 6 de a lg u n a p a rle da e l. H u x le y en « a o b ra Letón» de W iy»ío-
logle *Iem§nfaire, páff, 211, d ice: -Pono-I un a m ano exten d id a p or el dora» en una
m e sa y un disco de ca rtó n de 5 c é n tim a , sobre l a e xtrem id ad d e lo s dados: la sola
gen M cio n que reeu ltar& s e r á la da contacto; paro co lo ca d u n p*tso de dos libran so­
b re el d is c c , y á la sen sació n de nonlucto acom pnfiarA la ríe jir'Mtort,* b a s ta date m o­
m e n to , lo s dedos y la m ano b an quedado sobre la m eaa; ai a h o ra lp v an ta ia la m n-
tio. a p a re ce r/i utm n n e v a sen sació n : la de f f i í i « n < i a <ií e tíu erro - E s ta sen sación se
m o s tra r á al m ism o tiem po que el esfuerzo Ae loa m ú sc u lo s p ara so sten e r el brazo*
p u e s bien ; l a co n cien cia de a sta esfu erzo n o a ha nido d ad a p o r el s en tid o m u s c u la r .'
Pi» récen o s que e sta p ercep ción de qu e h a ld a H u í ley no se refiere mfta q u e a l
t a c t o , da c a y o s dalos in d u cim o s el peso y r e s is te n c ia de los cu erp os.
— 39 —
físicos, conspiran en especial á la vida de relación. Cada sen-
tido tiene su objeto propio; mas para formar cabal concepto
del mundo exterior, es preciso apelar al testimonio de todos
ellos. Además de las sensaciones indicadas, liay otras internas,
que son las que acompañan á las necesidades y estados del or­
ganismo. Estas sensaciones tienen poca importancia en lo quo
respecta al conocimiento.
Los sentidos se ponen en ejercicio cuando un objeto mate­
rial los impresiona; esta impresión excita el sistema nervioso,
por el cual es trasmitida al cerebro, centro común de todas las
modificaciones sensibles. Cumplidas estas exigencias puramen­
te corporales, el alma recibe la impresión de los sentidos, y
entonces, y no antes, se verifica la sensación. La experiencia
nos da á cada paso testimonio de que las sensaciones no se
producen sin el concurso del espíritu; sabido es que en ocasio­
nes, cuando está nuestra atención, por ejemplo, profundamente
empeñada en el estudio de un punto científico, ó en cualquiera
otra situación semejante, pasan para nosotros desapercibidas
las impresiones externas, de las cuales quedan á veces en
nuestro organismo huellas indudables.
£1 objeto directo del conocimiento sensible no es el mundo
exterior; es la modificación de los sentidos, por la cual, en
virtud del proceso que indicaremos, se infiere la existencia y
se perciben las propiedades de los cuerpos. Basta, para de­
mostrarlo, hacer notar que no siempre nos aparecen éstos del
mismo modo, siu embargo de ser idénticas su constitución y
condiciones; lo cual no sucederia ciertamente, si nuestra re­
lación con ellos fuera inmediata.
Producida la sensación, sobre sus datos, que dicen relación
á lo puramente individual, forma la inteligencia el conoci­
miento de lo exterior, ejercitando la imaginación, la razón y
el entendimiento; facultades que estudiaremos detenidamente
en su lugar, y sobre las cuales es preciso anticipar una nocion
ligera.
Una de las funciones de la imaginación es la de conservar
y reproducir las imagénes de los objetos físicos; merced á efita
aptitud, que el hábito llega á desenvolver de una manera pro­
digiosa, la imaginación retiene las formas de los ouerpoB; las
completa; Les da eu el espíritu tiempo, espacio, movimiento y
— 40 —
luz; reúne las varias propiedades de cada uno de los objetos
en un todo ideal correspondiente á la realidad de los objetos
mismos; en suma; crea para el alma un mundo igual al de la
Naturaleza, haciendo así posible el trabajo del pensamiento
sobre los datos del sentido, que son por extremo fugaces.
La razón, que es el órgano de los principios, de los concep­
tos universales, concurre también al conocimiento externo,
como á todo otro, modelando los objetos en esas ideas y jui­
cios que se aplican ¿ todo sér, individual ó genérico, espiri­
tual ó corpóreo, absoluto ó relativo, temporal ó eterno. Nos­
otros no adquirimos por los sentidos las nociones de ser, de
u n id a d de causa, etc.; antes bien, nos es preciso tener anterior
conciencia de ellas para formar las percepciones individuales.
No ménos indispensable nos es la intuición de las verdades
axiomáticas; sin ellas, sin saber á priori que iodo efecto tiene
una causa; que una cosa no puede ser y no ser oí mismo tiem­
po, etc., no podríamos orientarnos en el conocimiento sensible,
ni referir las sensaciones ¿ las cosas que las producen, ni afir­
mar la realidad del mundo en que esas cosas existen.
£1 entendimiento, facultad encargada de establecer apropia­
das relaciones entre los varios elementos cognitivos, es el que
forma verdaderamente el conocimiento externo, aplicando los
principios racionales á los datos sensibles, y haciendo de éstos
la debida interpretación. É l es, por tanto, el único responsable
de la verdad ó error que contengan los juicios relativos á las
cosas exteriores, y no los sentidos, como pudiera pensarse. Los
sentidos no nos engañan, porque no pueden ménos de respon­
der de una manera mecánica á las impresiones que reciben,
según su estado y condicion. Apreciar si las sensaciones cor­
responden á lo real de las cosas y determinar .las propiedades
de éstas es misión encomendada al entendimiento, el cual
debe en lo posible suplir lo que- al sentido falte y corregir Los
extravíos de la imaginación, atento siempre al dictámen ra­
cional.
Tal es el proceso del conocimiento sensible externo. E l
mundo material modifica los sentidos; el sujeto vuelve sobre
estas modificaciones, y no puede ménos de atribuir su causa á
los objetos externos, puesto que se dan con independencia de
nuestro querer y aun en oposicion con nosotros mismos. For­
— 41 —
mada ya la conciencia de lo exterior, fácil es determinar las
propiedades de las cosas que lo constituyen, observando el di­
verso modo de ser de las sensaciones, á las cuales corresponde
precisamente diversidad de modos y estados en la Naturaleza.
La repetida frase de que la belleza de los colores, la armo­
nía de la música, la fragancia de los aromas están en nosotros,
es más bien poética, pero tiene cilrto sentido filosófico; porque,
en efecto, Lo que percibe el espíritu directamente son los esta­
dos de nuestros órganos, de los cuales infiere, según hemos
dicho, las propiedades de Los séres corpóreos; no es, sin em­
bargo. exacta en nn todo; porque, si bien es cierto que, supri­
midos los sentidos, *el mundo físico no existiría para nosotros,
también lo es que no por eso dejaría de tener b u realidad; las
flores seguirían exhalando sus efluvios, la luz reflejando eu las
superficies, las ondas sonoras propagándose á través de Los dis­
tintos medios, etc., etc. Depende de nuestros sentidoB la per­
cepción, mas no la objetividad de las c o b o s exteriores.
La complejidad del conocimiento externo parece no estar
en armonía con lo rápido y sencillo de su adquisición; pero
téngase en cuenta que el hábito facilita lo más complicad#, y
que esa misma rapidez de nuestros juicios hoce imposible que
tengamos conciencia de ellos.

II.

Qonciencia.

La conciencia, en general, es aquel estado que expresa la


intimidad permanente del espíritu consigo mismo, mediante
la cual se halla como en posesion y presencia de todo su ser.
Entendida así la conciencia, es el fundamento de nuestros
estados particulares; pues, en efecto, en todos y cada uno de
ellos el espíritu se refiere á sí mismo como causa y razón de
cuanto en él se determina. Este es precisamente uno de los
caractéres que más en especial distinguen el espíritu de la ma-
terig; el uno vive en sí, porque tiene el poder de concentrarse,
de poseerse; al paso que la otra vive bajo la forma de la éBpan-
sion, que es su ley, desarrollándose de dentro á fuera, y sin
volver jamás sobre sí misma,
o
— 42 —
Ahora bien; esta conciencia, que pudiera llamarse total ó
absoluta, tiene varias manifestaciones, ya respecto de las fa­
cultades anímicas, ya respecto de los objetos con los cuales se
ponen éstas en relación. Bajo el aspecto de las facultades, se
manifiesta como conocimiento, sentimiento ó determinación
voluntaria; y bajo el aspecto de los objetos, es moral, estética,
jurídica, etc., etc., según que^se consideren intimándose en el
espíritu el bien, la belleza ó el derecho.
Aquí debemos ocuparnos de la conciencia como fuente de
conocimiento correspondiente á lo subjetivo; y en este concep­
to, La definiremos diciendo que es aquel órgano intelectual en
cuya virtud el alma se conoce á sí propia. ‘
E l asunto de la conciencia es la vida psicológica, la cual no
existiría para nosotros ni se hollaría, por tanto, bajo nuestra
dirección, si no nos estuviera presente de continuo. A l pensar,
conocemos nuestro pensamiento; al sentir, nuestro sentimien­
to; al querer, nuestra volicion; y sólo merced á este poder re­
flexivo que nos constituye en personas, somos moralmente li­
bres y capaces de perfecoion en todas las esferas humanas.
No se piense que los únicos objetos de la conciencia son los
hechos y estados psicológicos, como expresiones del Yo; lo es
también el Y o mismo, como sujeto de sus modificaciones y por
cima de ellas; y en tanto adquieren valor nuestros particu­
lares conocimientos subjetivos, en cuanto referimos los hechos
sobre qne versan á la unidad del sér que los produce. Mucho
se ha debatido sobre este punto, afirmando unos que. el Y o era
percibido directamente en la conciencia, y sosteniendo otros
que no podía ser conocido sino por inducción; en nuestro sen­
tir, la aola afirmación de cualquier fenómeno espiritual supone
la nocion del espíritu, sin lo cual seiia aquella de todo punto
imposible. Cuando digo mi alegría, mi gratitud, claro está que
refiero ambas cosas á mi, de cuyo término, para que lo sea de
referencia, he de tener algún conocimiento próvio.
Esta nocion del Y o considerado en su unidad es de la ma­
yor importancia, porque constituye el único fundamento ra­
cional de la Psicología; y en efecto; si el principio de una
ciencia ha de ser tal que trascienda á todas sus derivaciones,
que palpite, digámoslo así, en todo lo determinado por él, in­
dudablemente el de la Psicología no puede ser otro que la
— 43 —
percepción del Y'o, la cual, según hemos apuntado, va envuel­
ta hasta en el concepto más individual de lo relativo al espí*
ritu.
Y no os ciertamente exclusiva de la filosofía moderna la
aseveración de que la conciencia percibe el sujeto de laa mo­
dificaciones anímicas. E l P. Ceferino González, profundo pen­
sador escolástico, la consigna en su Filosofía elemental, (1)
conformándose oon un texto que cita del Ángel de las escue­
las, y añadiendo que por ese medio conocemos con ¿oda cer­
teza la existencia del alma racional; frase que encierra una
verdad de gran interés, porque en esa nocion 68 en la que
existe completa identidad entre los dos términos del conoci­
miento, cuya condicion legitima todo el proceso de la ciencia.
La conciencia tiene dos modos: el simple y el reflexivo. Te*
Hemos, pues, conciencia de nuestros actos, y conciencia de la
oonciencia de nuestros actos; este segundo modo no es conti­
nuo en la vida; la preocupación, el delirio, la distracción, la
locura son circunstancias en las cuales la inteligencia se tur­
ba y el dominio de nosotros mismos se suspende, y no es po­
sible que el alma vuelva sobre sí; pero el ejercicio simple de
la conciencia no se interrumpe jamás, sean cualesquiera la
edad, la educación y los estados del sujeto.
Veamos si esto puede comprobarse. En cuanto á la edad,
sólo tratándose de la infancia habría dificultad en admitirlo; y
en efecto, algunos han sostenido que el niño no tiene con­
ciencia de sí; mas d poco que meditemos, veremos confirmado
nuestro aserto. Si apelamos á la observación interna, yen­
do todo lo lejos que sea posible con nuestra memona, vere­
mos por ella que en el tiempo á que los recuerdos alcanzan
hemos poseído la intimidad de nuestro Yo; esto no es bastan­
te, sin embargo, porque la memoria no se extiende á los pri­
meros meses de la vida; pero la observación exterior nos lleva
á inducir la existencia en ese período de actos espirituales, de
los que son manifiesta señal ciertos movimientos orgánicos,
como el llanto y la risa, y que hallan despues en el lenguaje
clara y definida expresión.

|1) C rite rio da c o n c ie n cia .— P ¿ ¿ . 133.


— 44 —

Suele aducirse, en contra de estas inducciones, el hecho de


que el niño cuando empieza á hablar no lo hace de ai en pri­
mera persona; mas esto no prueba en modo alguno la falta ab­
soluta de conciencia; sino la de su modo reflexivo; lo cual,
despues de todo, tiene fácil explicación, con sólo atender á que
el niño está largo tiempo ocupado en tomar posesion de b u s
órganos corporales y del mundo exterior. (1)
Respecto á la educación, toda vez que se Umita á dar al
hombre condiciones para que cumpla su destino» claro eBtá
que la falta de su influencia, caso de que en absoluto pueda
concebirse, no significa la no intimidad del alma; antes bien,
para que el alma ae eduque, preciso os que tenga propia acti­
vidad, y que se preste, según hemos indicado en otro punto,
á recibir la acción de los elementos exteriores. La educación,
haciendo despertar la conciencia á los múltiples fines de la
vida, la ilustra, la perfecciona, la purifica á veces, mas no la
crea; podrá ser necesaria para engendrar hábitos de reflexión,
mas no para que el espíritu adquiera ese primer grado de
intimidad que hemos reconocido hasta en Iob primeros dias de
la existencia.
Análogo razonamiento podemos hacer respecto á los varios
estados del sujeto. En algunos de ellos falta la conciencia re­
flexiva; mas en ninguno deja de estar el espíritu en posesion de
sí mismo, siquiera sea de uñ modo indeterminado. En el sue­
ño se debilitan en cierta manera las relaciones entre el cuerpo
y el espíritu, no pudiendo éste mantener la unidad personal
sobre todas y cada una de las fuerzas que la constituyen; mas
ni el cuerpo ni el alma pierden por completo su actividad, co­
mo lo prueba una multitud de hechos que nadie desconoce (2).

(I) A b re o s e a a a C urto de P t i* o b j( - 1 S9 ex p re sa de este m odo: «Cuando se e o n -


aid era q a e e l e s p irita del o iS o d eb a c s t a r o c a p t d o ca s i e n te r a m e n te e n a d q u irir
Im p erto so b re 6 o s ó rg a n o s co rp o ral a», ue co n c ib e fá cilm e n te q u e no ae co n c e n tre
en su Yo, h acién d o lo un ob jeto de sn reflexió n . E s ta n d o c o n tin u a m e n te afectad o
por u a m an d o qne no co n o ce to d av ía, y «obre e l e n a l está c o n tín a a m e n te ob lig a­
do & re o b ra r por aua propias fuerzan, e stá p o r necesidad todo él d istraíd o en las
d ife re n te s seitsnclones qu e e x p e rim e n ta , t r u q u e por e s t o l a fa lte la co n cie n cia ,
lis té e n to n ce s en m enor e s c a la , com o m uch o» h o m b res q n e sig n e n sien d o siem p re
niHoR, absorbidos por el m an d o e x te r io r . M uchas v e ce s s e n l e p a tam bién A esto s
ho m b res la co n c ie n cia da st m ism o?, pero la poseen, au n q u e d o lo s e p a n , aun
euan do no te n g an co n cie n cia d e q u e tien en co n c ie n cia de bí propios: e sto m ism o
su ce d o con los ñiflas.
(9} Q ue no se in terru m p o !& activ id ad d el e s p irito en e l su elto , os eoeo fu e ra de
— 45 —
Lo propio sucede eu la locura; en cuyo estado, si bien ha des­
aparecido la fundamental armonía de nuestras facultades, sub­
siste la vida intima ex; sus tres esenciales aspectos.
La conciencia, como toda facultad del alma, es perfectible
y se desenvuelve en relación con las edades. Eu la infancia,
según hemos notado, manifiéstase el espíritu en su primer gra­
do de intimidad, sin. que apenas pueda proponerse otro objeto
que el mundo exterior, en el cual, para orientarse, necesita
concentrar toda su atención y su energía. En la segunda edad
de la vida es la actividad más vária en manifestaciones, pues*
to que todos los órdenes de objetos la solicitan y mueven,
y la conciencia es también, por lo tanto, más rica y más per­
fecta; pero esa variedad distrae de su propia observación al
espíritu, que no alcanza totalmente á volver sobre sí mismo,
sino cuando la razón da unidad y esclarecimiento d todas sus
direcciones, por encontradas que sean.
Síguese de esto que el desarrollo de la conciencia está en
razón directa de nuestra cultura. Cuando el hombre conoce
los objetos en cuyas relaciones halla los elementos que nece­
sita para cumplir su ideal; cuando tiene claTO concepto de la
Naturaleza, que es el medio que condiciona sus funciones or­
gánicas; de sus semejantes, con los cuales está unido por el do­
ble vínculo' del derecho y el deber, puntos invariables sobre
que gira el concierto social; de Dios, como providencia y prin­
cipio supremo, entonces es cuando fija su verdadera posicion, y
cuando llega la conciencia á su expresión más alta.

III.

Memoria.

A l tratar de las propiedades formales del espíritu, hemos


dicho que su esencia se determina en modos originales y dis*

cu estió n . E l d e s p e rta r cu an d o olm os ruidos ap en as p e rce p tib le s A q u e no esta m o s


habituados y e l no p erd er el suefio con o tro s in te Tuertea q u e co n ocem os: el ha­
lla rn o s, a l d e s p e rta r, r e s u e lta un p ro b lem a que ao vano hem os p ro cu ra d o re so l­
ver d u ra n te la v i g ilia , y pensando en el c u a l, nos liem os do rm id o; e l d e s p e rta r A
una hora p ro p u esta; el s e n tir toda c la r o de a feccio n as d u ra n te loe on so eflos, e t c .,
hechos son qu e d em u e s tra n el e je rcicio d é l a s fa.culta.dea a n ím ic a s m ien tra* el
sue&o nos e m b a rg a .
— 46 —
tintos que se sustituyen unos á otros, siendo arrebatados, per­
mítase la frase, por el curso rápido del tiempo. L a unidad de
la vida espiritual no se destruye, Bin embargo, en medio de
estos cambios incesantes; la conciencia permanece sobre ellos,
y enlazando lo pasado con lo presente, mantiene y nos revela
nuestra identidad personal, resolviendo do esta manera núes-
tros fines particulares en un fiu comun, y h a d a d o posible
nuestra libre y continua dirección á su cumplimiento. Ahora
bien; la conciencia considerada en relación con los actos pasa­
dos llámase memoria.
Psicólogos hay que no circunscriben el ejercicio de la me»
moría al tiempo pasado; sino que la extienden al futuro, con­
siderando la previsión y el presentimiento formas de esa fa­
cultad; ó mejor, llamando memoria á la conciencia en rela­
ción con todo tiempo. No nos parece esto exacto; verdad es
que el espíritu se relaciona de Rlgun modo con lo que no ha
llegado aún ¿ efectuarse; que está, valiéndonos de la expre­
sión de un esclarecido filósofo, preñado del porvenir; pero no
es la memoria la que ejerce estas funciones; el alma no pene­
tra en la oscuridad del tiempo venidero, sino eligiendo por
medio de la inducción leyes que se aplican tanto á lo oberva-
do como A lo observable, ó deduciendo de algunas premisas
consecuencias aún no realizados. Cuando estas deducciones
tienen solo carácter de probabilidad, porque no son conocidas
claramente todas las circunstancias que deben apreciarse, cons­
tituyen la previsión; y cuando simplemente abrigamos temor
ó esperanza más ó ménos fundados de que ciertos hechos se
realicen, entonces tenemos presentimiento.
E l objeto de la memoria es, pues, la vida íntima del alma
en relación con lo pasado; mas adviértase que, si bien traemos
á tiempo actual hechos relativos tanto al pensar como al sen­
tir y al querer, el recuerdo versa propiamente sobre el concepto
de nuestras modificaciones, y no sobre ellas mismas; porque sien­
do el recordar darse de nuevo en el espíritu un fenómeno cual­
quiera, reproducir un sentimiento y hacer memoria de una
volicion equivaldrían á. experimentar el uno y efectuar la otra,
lo cual no es cierto. Podemos recordar nuestras penas y pla­
ceres, nuestras acciones buenas ó malas; pero no como tales
afecciones ó impulsos voluntarios; sino como meras percepcio­
— 47 —
nes de la conciencia. De igual manera, lo exterior al sujeto no
oae bajo la esfera de la memoria más que á título de conocí*
miento personal; así es que cuantío decimos recuerdo este sitio,
me acuerdo de mi fam ilia, no olvido los dios de mi juventud,
nos expresamos figuradamente, porque no se evocan los sitios,
la familia y los dms; sino los juicios que hemos formado de
tales objetos.
Si la memoria es la conciencia misma en relación con el
tiempo, (1) dicho se está que la una no puede extenderse más
allá de donde alcance la otra, y que allí donde esta falte, fal­
tará también Aquélla;, no es posible qne se reconozca lo que
no se ha conocido. E l niño en los primeros años de su vida,
el demente, el sonámbulo, el^delirante, el que se halla fuerte­
mente dominado por una pasión, no conservan recuerdo algu­
no de sus actos, porque no han tenido conciencia de ellos. No
es esto decir que se evoquen todos los hechos conscientes; la
facilidad de la memoria varia según la aptitud y la educación
del sujeto, dándose en ocasiones fenómenos extraños que obede-'
cen á causas puramente individuales. (2)
Aparte de estos casos, cuya razón determinada no es fácil
designar, podemos establecer el principio de qne las ideas se evo-
can con tanta más seguridad y lucidei cuanto más se graban
en la conciencia; y tanto más se graban eu la conciencia cuan­
to más profundamente se conocen sus objetos. De aquí la di­
visión de los hechos de la memoria en recuerdos y reminis­
cencias. £1 recuerdo es la reproducción olara y cierta de lo
percibido; la reminiscencia es la reproducción imperfecta y
confusa. Se tiene recuerdo de aquello que la atención ha
discernido bien; y se tiene simple reminiscencia de lo que ha
sido objeto de una atención insuficiente. Por eso se ha dicho
que la atención es el buril de la memoria.

(1) Nos re ferim o s á lft o on alen cia r e f a ja , que ea la ú n ic a en que aa da a l cono­


cim ien to su b je tiv o .
(2) H ay q u ien re cu e rd a c o a facilid ad nombres y fochas, y Jamás retie n e co n ­
cep to* g e n e r a le a ; o tro s evocan cu a m o leen su jeto fi rim u, y con m u ch a d ificu ltad
reproducen l o q u e c a r e c e de e lla ; qu ién re cu e rd a bien lo que estu d ia m om eo toa
antea de e o t r e g w w d sueilo, y no lo que aprend a & o tra s h o ra s. ¿C óm o d a r e x p li­
cación de « a l w y o tra s irre g u la rid a d e s, en laa cu a le a h a s ta l&a le y e a d e l háb ito
su elen in frin g irs e ? Solo b u scan d o s u o rig e n e n los cU apoaidónea n a tu ra le s de loa
individuos.
— 48 —
La palabra reminiscencia se emplea por los filósofos en dis­
tintas acepciones. Unos sostienen que es la facultad de inquirir
de una manera racional ó refleja las cosas pasadas, reprodu­
ciéndolas cuando se bailan más ó menos borradas de la memo­
ria. Otros afirman que es el hecho de tomar por nuevo en la
conciencia lo que es reproducción inconsciente de conocimien­
tos anteriores. Parécenos más de acuerdo con la etimología de
la palabra el sentido en que la aceptamos; pero sea como quie­
ra, lo importante es consignar que la memoria tiene en su
ejercicio los dos grados que hemos reconocido, del estudio de
cuyas causas puede desprenderse una enseñanza fecunda.
Además de este principio general que acabamos de estable­
cer, hay para la memoria dos leyes particulares: nna que se
refiere á los estados anímicos y que llamaremos inmanente, y
otra que se refiere d las conexiones de los objetos y á la cunl
daremos el nombre de trascendente. La ley inmanente ó sub­
jetiva se funda en la atracción de los estados anímicos seme­
jantes, y se comprueba á cada paso en la vida. Por ella se
explica que los ancianos recuerden los acontecimientos de la
infancia y olviden los de otras edades más próximas á la se­
nectud; que en los momentos de gozo acudan á nuestra mente
recuerdos plácidos, y en los de pena recuerdos testes, etc. (1)
L a ley trascendente ü objetiva se funda en la asociación de
las ideas que entre sí guardan relaciones más ó ménos estre­
chas, y revisten dos formas diferentes, según el carácter esen­
cial ó accidental de las relaciones mismas.
Asociaciones naturales son las que tienen por base la rela­
ción de causa á efecto, de principio á consecuencia, de igual­
dad, de semejanza, de subordinación, de contraste, etc. Acci­
dentales son las que provienen de relaciones de espacio ó de
tiempo, ó de cualquiera otra conexion puramente fortuita. En
la asociación de ideas se funda la Mnemotecnia (arte de facili­
tar los recuerdos); pues, en efecto, cuando varias nociones for­
man como una unidad en la conciencia, evocada una, todas

(1) A lg-nna r e z e u c e d e lo co n tr a r io ; m as n o por eso ae desm ien te la ley e atn -


b le c id a ; parque en ese ta s o e l hech o obedece & u n a de la s ro laclo n ea do l& ley
t r a s c e n d e n te ; la de c o n tr a s te . L a razón de q u e u n aa vecea respondan loo recu erd o s
& la le y su b je tiv a y otr&a á la o b je tiv a , ea p u ram en te In d iv id u al,
— 49 —
las otras reaparecen con ella, por la tendencia natural del es­
píritu á dar á los hechos La armonía que en ¿1 existe; y tanto
más seguros serán los recuerdos y tanto más útiles y apropia­
dos á nuestra cultura intelectual, cuanto menos accidental sea
la relación que los motive. E l ideal del arte mnemotécnico es,
por tanto, desenvolverse con arreglo á los vínculos esenciales
de las ideas.
Estas leyes de la memoria no son incompatibles con la li­
bertad del espíritu para ejercitarla; queremos recordar un con­
cepto cualquiera, y lo recordamos; queremos persistir en un
recuerdo, y persistimos; queremos evocar los hechos alterando
la sucesión continua con que se produjeron, y conseguimos
nuestro propósito; queremos, en ñn, alejar de nosotros memo­
rias importunas, y nos sustraemos á su poder. ¿Pudiera ne­
garse esto en general? No se objete que en ocasiones son esté­
riles nuestros esfuerzos para reproducir las ideas, y que otras
veces, por el contrario, nos acuden á pesar nuestro, sin que
seamos parte á darlas al olvido; la libertad, como teda cualidad
finita, necesita condiciones para mostrarse, y es natural por
tanto que no se muestre cuando ellas no concurren.
Por otra parte, la libertad del espíritu ha de darse en armo­
nía con todas las propiedades espirituales; así es que el perse­
guimos algunos recuerdos con tanta más insistencia cuanto
mayor es nuestro empeño en arrancarlos del alma, no consti­
tuye un hecho contrario á nuestra libre condicion; sino muy
de acuerdo con ella y con las Leyes generales de nuestra acti­
vidad. Esos recuerdos tenaces son siempre relativos á ideas
que provoca el sentimiento; y como el sentir, según queda
dicho, es una relación en la cual el alma y el objeto bb con­
funden y compenetran, claro está que Los recuerdos nacidos de
esa intimidad no pueden ser desvirtuados sino á medida que
se relajan los vínculos de la afección. Esto es lo que expresa­
mos cuando decimos: quítame la vida y entonces te olvidaré;
pues, en efecto, en los sentimientos profundos, como el odio y
el amor, parécenos que el objeto y nuestro sér Bon una misma
cosa.
¿Y quién duda que eBa ley es, no sólo adecuada á nuestro
modo de ser, sino necesaria para nuestra vida moral? ¿Qué es
el remordimiento más que la redención del alma pecadora? SÍ
— 50 —
nuestra libertad llegara al punto de poder ahogarlo siempre
en la conciencia, la ley moral perdería su inmediata sanción y
su carácter absoluto.
No hay, pues, fatalidad en la sucesión de los recuerdos; su
independencia de la continuidad de los hechos es la desespe­
ración del materialismo, cuyas teorías, bastantes al parecer
para dar explicación de multitud de fenómenos, caen por su
base al ser aplicadas á la memoria. Si los objetos, como sostie­
nen los materialistas, dejan en el cerebro una huella que se
renueva por la acción espontánea del Adido nervioso ó por
sensaciones análogas, ¿cómo se hace esta renovación sin que
las impresiones intermedias se despierten? ¿Hay, por ventura,
en la materia eolucion de continuidad?
L a memoria se divide en ideal y sensible. Se llama ideal
cuando reproduce principios ó conocimientos abstractos; y sen­
sibles, cuando versa sobre nociones individuales. En ambos
aspectos debe ser cultivada; pero es más importante el prime­
ro pora los fines científicos, toda vez que la ciencia no se for­
ma de conceptos singulares, syio de principios genéricos y
absolutos. L a memoria sensible parece más ligada que la ideal
con los órganos corporales. L a medicina registra una multitud
de casos que no podrían explicarse sin la división fundamen­
tal que acabamos de hacer; tal es, entre otros, el que refiere
Mauchart (1) de un hombre que atacado de apoplegía, perdió
la facultad del lenguaje por haber olvidado los signos, conser­
vando, sin embargo, la conciencia de sus propios pensamientos.
Tres son las funciones de la memoria: impresión, conserva­
ción y reproducción. La impresión, por la cual se graban en
el espíritu los conocimientos, es un acto complejo cuyo pri*
mer agente es la atención; la atención es á la memoria lo que
en el procedimiento fotográfico es la luz á la placa sensibili­
zada. Despues de grabados los objetos en la memoria, es pre*
ciso retenerlos, encadenarlos con otros ideas, buscando, como
queda expuesto, sus relaoiones naturales; y por último, repro­
ducirlos ouando son neoesarios & la ciencia ó á la vida. La
impresión debe ser viva; la conservación, tenaz; la reproduc-
cion, fiel. *

(1 ) N ouveau r e p e rto lre p o u r U P s lch o lo g le e x p e r im e n u le , c ita d o por A b re o s.


— 61 —
¿Habrá necesidad de probar la importancia de la memoria?
Basta definirla para ver que es la condicion de todo progreso
y el fondo de toda expresión psicológica, y para alcanzar lo
mucho que exige su educación de porte nuestra. Sin buena
memoria no hay buenos oradores ni buenos artistas ni buenos
filósofos. La memoria, se ha dicho, llega á confundirse con el
talento; hay en eso algo de verdad, porque el talbnto no puede
tener otra base de actividad que la memoria; y tanto más bri­
lla cuantos más recuerdos tiene á su alcance en un momento
dado. Hay, sin embargo, en la memoria un peligro que impor­
ta prevenir; tal es el atractivo especial con que se nos. presen­
tan los hechos pasados, perturbando á veces nuestros juicios y
nuestra conducta: cómo á nuestro parecer— cualquiera tiempo
pasado—fu e mejor, decia con profundo sentido el inspirado
poeta Jorge Manrique. Es preciso resistir á la magia de los
recuerdos, y estar siempre con la razón sobre todos I ob senti­
mientos que ellos engendran.

IV .
Imaginación.
La imaginación ó fantasía es aquella facultad que ofrece al
espíritu los objetos en imágen, bajo formas individuales y con­
cretas. La actividad imaginativa se refiere tanto á los objetos
físicos como á los incorpóreos; por ella el mundo material se
refleja en el espíritu con sus ¿colores, sus distancias y sus mo­
vimientos, y por ella adquieren también las ideas abstractas y
racionales contornos definidos y claros.
Y a de lo primero hemos hablad.o al explicar el eonooimien-
to externo; nuestros órganos sensitivos no nos dan más que
sensaciones aisladas; no nos muestran todas las dimensiones
del espacio; no nos atestiguan el movimiento de los cuerpos;
nosotros, sin embargo, hacemos de las impresiones diversas
un conjunto análogo al que constituye cada objeto; apreciamos
los límites de la extensión; sabemos que los cuerpos se mueven
y cómo y hácia dónde lo verifican; y esto, que no lo dan los
sentidos, es lo <jue allega la imaginación, en la cual, aunque
no en el modo y forma de lo físico, están la luz y el espacio
con sus múltiples combinaciones.
— 52 —
Buena prueba de ello son los ensueños, y no ménos cumpli­
da la ofrece la consideración de esos instantes en que, des­
piertos, pero cerrada, por decirlo así, toda comunicación con
el mundo que nos rodea, reproducimos ó creamos cuadros ani­
mados y completos, en los cuales no falta condicion alguna de
las que existen en la misma realidad. Lft imaginación es, pues,
el lazo que uúe la materia con el espíritu; por ella es éste ac­
cesible al proceso de la Naturaleza, y aquella dócil á las en­
camaciones del genio.
Los conceptos absolutos y racionales caen también, como
hemos dicho, bajo el dominio de la fantasía, revistiendo en
ella formas individuales, en las cuales resaltan los caracteres
culminantes de lo imaginado tal como se dan en la conciencia.
Las nociones absolutas y las qne corresponden á los m&s altos
grados de la abstracción resisten al contorno; mas no deja por
eso la fantasía de representarlas, ya por medio de un símbolo,
ya encerrándolas en una expresión gramatical consagrada en
el lenguaje, ó en una combinación de letras puramente capri­
chosa. Así, v. g., al deseo se le representa en la figura de un
jóven impetuoso con alas, en actitud de lanzarse á un objeto
cualquiera y arrojando llamas de su pecho; á la justicia, en la
fígnra de una balanza ó de una espada; al infinito, en la de
una serpiente qne se muerde la cola, etc.
Si todo cuanto alcanza el pensamiento toma por virtud de
la imaginación una forma precisa, claro es que esta facultad
ejerce en la vida una gran influencia, provechosa cuando su
actividad se subordina á la razón, y mortal cuando se sobre­
pone & ella rompiendo la armonía del espíritu. La imagina­
ción en efecto interviene, como ya sabemos, en la percepción
de las cosas externas, hasta el punto de ser en' esto indispen­
sable su concurso; pone límites sensibles á los conceptos gené­
ricos para que la inteligencia abarque fácilmente su realidad,
oompensando de ese modo la indeterminación de los mismos,
que si bien bajo un concepto es necesaria al proceso de la
ciencia, lo dificulta bajo otro; y por último, circunscribe los
principios eternos, presentándolos constantemente al espíritu
en sus más brillantes rasgos y despertando en el corazon el amor
á la justicia, á la verdad, al bien, en suma, á todos los ideales
de la vida.
— 53 —
Mas si la imaginación desata los vínculos que la unen á la
conciencia racional, muy luego ee vicia el conocimiento, se
perturba el corazon y se extravia la conducta. De ahí las fal­
gas sensaciones; el imperio exclusivo de los sentimientos; la
impotencia de la voluntad para someterlos encauzándolos por
el camino del bien; la torcida aplicación de los principios; loa
delirios, verdaderas enfermedades del olma, y basta la demen­
cia, que es la muerte de la personalidad. Con barto motivo ha
sido llamada la imaginación la loca de la casa. Para evitar estas
consecuencias, eB preciso que esté siempre iluminada por la luz
serena de la reflexión, sin que nos halaguen y seduzcan sus
extravíos; es preciso no vacilar jamás en sacrificar sus atracti­
vos á las exigencias morales, seguros de que brota un santo
deleite de cada ilusión que muere en brazos del deber por los
esfuerzos de nuestra libre voluntad.
Cuando la imaginación obra de un modo tal sobre nuestro
organismo que produce sensaciones por su propia virtud y sin
que haya realmente objetos que las motiven, se dice que es­
tamos alucinados. La alucinación se refiero á todos los senti­
dos, por más que algunos autores la concreten al de la vista,
fundados indudablemente en la etimología del término, al cual
ha dado el uso un significado más amplio del que por aquella
le corresponde. (1)
Este influjo de la imaginación sobre el cuerpo no se limita
al ejercicio de los sentidos; bíuo que llega á causar hondas
perturbaciones, que determinan estados patológicos. Sabido es
el caso del que á una hora dada se eentia atacado de fiebre,
cuya enfermedad, despues de haber resistido á todos los es­
fuerzos médicos, desapareció con sólo el retraso oportuno del
reloj que había en la habitación del enfermo. Notable es tam­
bién el hecho del sentenciado á muerte, á quien, despues de
haberle notificado que habia de morir de una sangría suelta»
se le vendaron los ojos, se le punzó en una mano procurando
no herir vaso alguno, y se simuló por medio de un aparato el
ruido de la caída de la sangre en un receptáculo sonoro, lo

(1) L& a lu c in a ció n no debe coD rundfrsacúti lA A M oaaclonesaln o b jrto r e a l, que


rro v ie n e n d el eatado a n o rm al de lo a ó rg a n o s, ni c o d l a Uu*ian, q u e , au n q u a de
a n álo g o c a r á c te r q u e a q u e lla , v e n a sobre o b jeto * eepiri M alee.
-5 4 —
cual dió por resultado qne el individuo espirara como el en
efecto hubiera acontecido lo que ¿1 creia.
La imaginación se divide en reproductora y creadora, esté­
tica y lógica. Se llama reproductorat cuando se limita á copiar
tipos ya concebidos y expresados, lo mismo en el mundo ex­
terior que en el órden psicológico; y ee llama creadora, cuando
produce tipos originales. Importa no dar á la virtud creadora
de la imaginación más valor del que le es propio; (1) la ima­
ginación no produce los primeros elementos de sus obras; Iob
toma de la realidad y los combina eu conjuntos orgánicos, que
son bellos ó deformes según que se ajusten ó no al ideal de
perfección; al prototipo grabado en la mente humana que Mil-
ton llamaba eterna ley del ciclo: al modelo por el cual decia
Cicerón que dirigía el artista Phidias sus manos y su arte. (2 )
L a imaginación se llama estética (3 ), cuando apoderándbse
de un pensamiento bello, lo determina en sus elementos y ras­
gos, procediendo de la vaguedad del conjunto á sus últimos
detalles y haciendo irradiar sobre estos la luz de la idea con­
cebida. !En esta obra no lo hace todo la fantasía; también to­
man parte en ella el entendimiento como constitutivo del
gusto, y la razón como criterio de belleza; por eso no basta
el genio para ser artista; sino que son preoisas además la re­
flexión y el estudio. Cuando el espíritu siente latir en su seno
la idea que lo engrandece y arrastra al culto del arte, se dice
que está inspirado; pues, en efecto, no se da cuenta de cómo
ha nacido en él ese germen poderoso que le imprime una vir­
tud de que antes carecía; dominado por 01, dibuja, esculpe,

(1) L a s p a lab ras rrta t-.im f c n f a r .q n f l se a p lica n A l a im ag in ació n p ro d u cto ra ,


v ienen d e d o s v erb os, uno g r ie g o y o tro la tin o (lierao, invanioj, que sig n ifican
r e sp e ctiv a m e n te com poner y b a ila r .
E l realism o y el Id ealism o , sistem as e s té tic o s ,d e los c u a le s el n n o red u ce
el a r t e fc U sim p le rep ro d u cció n a e los aérea y cu a d ro s r e a le s y e l o tro de&de&a la
re a lid a d , co n c re ta n d o aq u el A tan p u ra s cre a cio n e s de l a fa n ta s ía , son Talaos por lo
e x clu siv o a . La sim p le rep ro d u cció n de la N a ta r a le ia es a n a co p la y nada m&s; el
ideal s in expresión definida es sólo un co n cep to . E l id eal e s e te rn o ; la fo rm a , va­
r ia b le ; e l a r t e es m an ifestació n de lo e te r n o en lo to m p o ra l, e n ca rn a ció n de lo
ideal e n lo se n sib le. E l a r t e e x ig e , pu es, am bos elem en to s, y la Im ag in a ció n e s el
lazo qua los u n í .
(31 A lg u n o s a u to re s lla m a n faniatia i la Im a g in a c ió n e s té tic a ; o íro s reservan
e ste nom bre p a ra la re p ro d u cto ra ; y o tr o s , p o r ú ltim o , u san in d istin ta m e n te la s
p a la b ra s Im a g in a ció n ó fan tasía p ara sl|rniflcar In f a cu lta d en g e n e ra l. E s to pa­
re c e m ás de acu erd o con la etim o lo g ía de am bos térm in o s.
— 66 —
traza ó escribe, y sus producciones despiertan en los demás el
noble sentimiento de lo bello. Esta influencia sobre el artista
de algo superior y desconocido se expresa én el simbolismo de
las musas que invocan los poetas, y hasta en el nombre de
vates que éstos reciben. Con gran verdad decía el poeta del
Lacio: Deus esl in nobis; agitante callescimus itlo.
Se llama lógica la imaginación, cuando de algún modo con­
vierte eu imágen un concepto abstracto ó absoluto; la imagina­
ción lógica está, pues, al servicio de la verdad y la ciencia,
como la estética al de la belleza y el arte. Se gubdivide en
pura y representativa. L a representativa versa sobre las no­
ciones genéricas; asi v. g., figuramos el género árbol indi­
vidualizando sus caracteres más gráficos, tronco, ramas y
hojas, no refiriendo esta representación á ningún árbol en par­
ticular, sino á todos los árboles. L a imaginación pura, llama­
da así por no contener sus objetos elemento alguno sensible,
versa sobre los principios de razón, trazando un bosquejo de
sus más directas aplicaciones, y convirtiendo la idea en ideal.
E l ejercicio de la imaginación pura debe anteceder al de la
estética, porque no hay belleza posible en las creaciones cuya
idea no haya sido vista por el genio en b u fondo y en sus re­
laciones esenciales; y ampliando esta indicación, podemos afir­
mar que el arte ha de basarse en la ciencia; razón por la cual
el artista debe procurarse una vasta y sólida instrucción, si no
han de quedar sus composiciones reducidas á embellecer lo
sensible prescindiendo de lo moral, que es la fuente de inspi­
ración más digna y fecunda.

Y.

Razón.
A l tratar del conocimiento sensible externo, hemos apunta­
do que tanto en los objetos sobre que recae como en cuales­
quiera otros hay algo absoluto y universal, que es por lo mis­
mo aplicable á toda percepción. Así, por ejemplo, en un de­
terminado mineral distinguimos sus caracteres singulares, color,
forma, etcMque están bajo el dominio de los sentidos; en el
mineral, como nocion abstracta, reconocemos igualmente las
notas constitutivas de ese género, cuya formación compete,
— 56 —
según habremos de ver, al entendimiento; mas uno y otro ob­
jeto bou: son unos; son idénticos á sí mismos; obedecen á una
causa; se rigen por una ley; no pueden ser y no ser al mismo
tiempo, etc.; pues bien; estos conceptoB y principios, llamados
categorías por los filósofos, son datos racionales, y han de ser
invocados para toda suerte de especulaciones como molde in­
variable y preciso.
La razón es, pues, la facultad intelectiva que nos pone en
relación con loa principios universales.
Suelen darse á la palabra razón otras acepciones, que si
bien no son precisas, tienen alguna conexion con la que he­
mos admitido. Empléase como sinónimo de inteligencia, por­
que es en ésta lo más elevado y noble; úsase en lugar de juicio,
porque es la norma de esta operacion; signifícase con ella el
espíritu humano, porque es su elemento característico; y tóma­
se, finalmente, en el Bentido de causa, prueba, justicia, funda­
mento y ley, expresándose los objetos de la facultad con el
nombre de la facultad misma.
E l mundo racional no es puramente subjetivo; antes bien,
existe fuera del sujeto con tanta realidad como la Naturaleza;
bu fundamento es el mismo sér infinito absoluto, luz de las in­

teligencias, como Lo llama Balmes con mucha propiedad; es


Dios, que iluminando por medio de la razón la conciencia, nos
traza el camino de La verdad y del bien, para que ajustetaos
á esos ideales nuestra conducta viviendo á su imágen y seme­
janza.
Preoiso es, por consiguiente, no confundir la razón con la
esfera racional: la razón, ejercitándose, nos da principios y
leyes que emanan de Dios como sér necesario, y que existen
con independencia de nuestro propio conocimiento, como exis­
ten los objetos materiales con independencia de los sentidos.
E l no hacer esta distinción ha llevado á algunos pensadores
á sostener que la razón es impersonal, basados en el heoho de
ser sus ideas comunes á todos los hombres y de imponerse á
todas las inteligencias por su carácter absoluto. Clara se ve
aq u í la confusion: sobre la razón de cada uno de I ob hombres
está la razón suprema, que es Dios; ésta se halla por cima de
nuestra personalidad; mas aquella es uno de los elementos que
la constituyen.
— 57 —
Esto de afirmar que los conceptos racionales son como loa
modelos de la actividad humana, líos obliga á tratar del inna-
tisnto de las ideas; punto en gran manera controvertido y que
importa esclarecer.
Se llaman ideas innatas, en oposicion ¿ las adquiridas, las
que preexisten en el espíritu al ejercicio de la inteligencia.
Ahora bien; ¿son innatos los principios de razón? Creemos que
en el alma no hay de innato otra cosa que las facultades:
cuando nos ponemos en posesion de usía de esas nociones uni­
versales de que antes no nos dábamos cuenta, no es qne hayan
despertado dej. fondo de la conciencia en donde estuvieran
ocultas; sino que entonces conocemos el ejercicio de la razón
en ese determinado aspecto, lo cual es distinto.
Más claro: la tazón individual no es un conjunto de prin­
cipios; es una facultad por cuyo medio conocemos lo inmuta­
ble, ¿orno los sentidos no son un conjunto de figuras, movi­
mientos y colores, sino órganos *adecuados para percibirlos.
Fuera de los sentidos está lo material; fuera de la razón, lo
divino. La materia se ofrece á nosotros por los sentidos; Dios
se revela por la razón. Sin la obra de los sentidos no conoce­
ríamos la Naturaleza; sin la obra de la razón no conoceríamos
á Dios. (1 )
Los séres racionales no por el mero hecho de serlo perciben
adecuadamente lo eterno y necesario; han menester de condi­
ciones que favorezcan la actividad de la razón, dependientes
en su mayor parte de nuestro libre albedrío: los extravíos de
la imaginación, las sugestiones del sentimiento, la falta de
atención y de estudio empañan» si vale esta frase figurada, el
cristal de la razón, dificultando y hasta haciendo imposible el
paso de la luz divina á la conciencia; son (valiéndonos de nue­
vo, como término de comparación, de los sentidos por la ana-
logia que entre ellos y la razón existe) como el obstáculo que
impide á las vibraciones del éter llegar á nuestra retina, ó co­
mo el vidrio que las modifica hasta el extremo de cambiar el
color y la figura de Io b objetos.

(1) S i por i d e a I n n a t a s e e t i t i é n d e l a a d q u i r i d a por d i esp íritu « l a e l ConcttíSfl


do l a percep ción se n s itiv o , e n to n ce s Io b p rin cip io s d e r e z o o s o n I n n a t o s ; e l n t h t i
fiw ip W ia / u 4 n'< f o f f n í u o a c e a l t a , e n n u e s t r o s e n t ir , n o s o lo
el com plem ento de L e i b o i l s n ú intaileeius tjwe, sino e s te o t r o : at absolutum.
8
— 58 —
A si se explican loa opuestos criterios de la Filosofía en el
Derecho, en la Moral, en la Lógica, cuyos principios eternos
y absolutos no son claramente vistos por todas las escuelas, ó
se aplican por algunas con precipitación. Necesita, pues, el es­
píritu, y esta es ineludible exigencia moral, procurarse la su­
ficiente cultura para adquirir las leyes racionales y para cum­
plirlas hasta en sus últimas determinaciones. «La atención
(que aquí puede tomarse como sinónima de estudio) es, decía
Malebranche, (L) la plegaria por la cual alcanzamos de la ra­
zón que nos inspire y esclarezca.» No basta que haya en todos
nuestros actos un buen propósito; es preciso además ponemos
en condiciones de saber en cada momento qué es lo bueno y
justo, para que se correspondan la bondad de la obra y la san­
tidad de la inténcion.
De todo lo dicho se desprende que La razón no es la facul­
tad del discurso. L a razón da Las categorías y Las leyes á que
deben ajustarse los juicios y -raciocinios, y el entendimiento es
el que en vista de ellas juzga y raciocina. En efecto; las exi­
gencias naturales de la clasificación no se ven satisfechas mas
que distinguiendo entre sí esos dos órganos intelectuales: si hay
tres esferas de conocimiento, la exterior sensible, la subjetiva
y la absoluta, claro es que en nosotros han de existir como
órganos adecuados los sentidos, la conciencia y la razón; y si
los sentidos y la conciencia se concretan á proporcionar al es­
píritu datos de sus respectivos objetos sin juzgar ni discurrir
acerca de ellos ¿por qué dar á la razón esta virtud negada á
las otras dos facultades, que tienen análogo carácter? Á nadie
ha ocurrido afirmar que loa sentidos juzguen, y la razón no es
otra cosa que el sentido de lo universal y necesario.
La razón puede considerarse en relación ya con las ideas
aplicadas ¿ la esencia de las cosas (el ser, la forma, etc.,) ya
con las leyes en que se funda el conocimiento (el principio de
contradicción, el de causalidad, etc.); en el primer caso se lla­
ma ortológica; en el segundo, lógica; (2) ó mejor, se Llaman

(1) Citado por T ib e rg lile n .—La scieo cie d e l'a m e , pAg-. 293.
(2) P referim o s loa nom bres da etnológica y lógica A loa da especulativa y formal
q u e em p lean a lg u n o s a u to r e s , por p a re ce m o s a lto s ú ltim o s im propias: la razón
a p lica d a á la roalfdad no debe lla m a rs e e s p e c u la tiv a , porque lo e sp e cu la tiv o se
ra lla re p re cisam o o te a l d iscu rso , a l co n o cim ien to y no & la e x is te n c ia ; y aplicada
— 59 —
respectivamente ontológicos ó lógicos los principios racionales,
cuando se refieren al ser <3 al conocer. En ambos aspectos lo
razón es intuitiva (1) y no discursiva, y sus datos son de evi­
dencia inmediata, necesarios, universales y absolutos.
Son de evidencia inmediata, porque se perciben claramente
sin necesidad de discurso; necesarios, porque es imposible qne
no hayan sido ó que dejen de ser lo que son; universales, por­
que no admiten excepción alguna y porque se Terelan del mis­
mo modo á todas las conciencias; y absolutos, porque están
por cima de toda condicion.
Bajo otro aspecto, la razón es teórica ó práctica, según se
considere dándonos concepto de las primeras verdades de la
ciencia ó de las que son inmediatamente necesarias para la
vida, indicando á la vez el modo de efectuarlas en ésta. L a
razón práctica se llama también sentido común, por el asenso
que todos los hombres prestun á sus principios, lo cual (dicho
sea en evitación de graves errores) no es origen de su certeza:
las afirmaciones del sentido común no son exactas porque to­
dos los hombres las admitan; sino todos los hombres las admi­
ten porque son exactas; de tal modo qne, cuando alguno pro*
cede en contra de ellas desconociéndolas ó negándolas, duda*'
mos de su cordura.
Entre la razón teórica y la práctica hay distinción, mas no
divorcio. Igual universalidad tienen los principios de ambos;
igualmente son revelaciones de lo eterno y absoluto; idéntioa es
su génesis; idéntico su modo de adquisición; se diferencian
únicamente en $us aplicaciones respectivas y en las condicio­
nes diversas de educación y cultura que exigen una y otra en
los individuos. Y ampliando este concepto, nada hay tan absur­
do como separar en general la teoría de la práctica; error en
que se incurre con harta frecnencia, y cuyoB resultados son
tan peligrosos como irracional su fundamento.
Entiéndese de ordinario que los principios científicos son
abstracciones sin aplicación ¿ la vida, cuando en verdad la
vida no puede regirse más que por la ciencia, ó mejor, cuando

»1 conocer no dehe lU tn u rse fo rm a l, porque lo form al puede re fe rirse t a c t o A In


realidad com o al co n o cim ien to .
(1) I n ttu r i: ver claramente.
— 60 —
la ciencia no realiza su ministerio sino regulaudo la actividad
humana en todas sus esferas, constituyendo la sabiduría. La
ciencia que no puede vivirse no es racional; la vida que no se
ajusta á leyes ciertas no es ordenada. Podrán éstas no ser
realizables en un todo por exigencias puramente históricas;
pero el hombre no debe proponerse otro fin que cumplir en
cuanto le sea posible los principios, hermanando de esa ma­
nera el conocimiento con la acción, el hecho con la ley, lo
humano con lo divino.

V I.
E l entendimiento.

Despues de haber hablado de los sentidos, que nos ponen


en contacto con el mundo externo; de la conciencia, que nos
atestigua la vida íntima del alma; de la memoria, que nos
evoca lo pasado; de la imaginación, que da forma concreta ¿
lo ideal y forma ideal á lo concreto; y de la razón, que nos re­
vela lo universal y eterno, seria completo el estudio de las fa­
cultades intelectuales, si bastara al espíritu el conocimiento
de los objetos en sí mismos como simples datos sin vinculo
alguno entre sí. Mas, lejos de reducirse á esto la aspiración de
la inteligencia, extiéndese á relacionar las nociones que le
prestan los Órganos mencionados, fecundando con su actividad
esos gérmenes, y descubriendo con su propio trabajo las ocul­
tas conexiones de la realidad para llevarlas á la ciencia, que
es su más digna obra y su más legitima conquista.
Revelados por la razón los principios absolutos, falta des­
entrañar su contenido y hacer que bu luz refleje en todo lo
individual y determinado; percibidos por los órganos sensibles
los objetos individuales, falta descubrir sus leyes y sus causas;
traídos á tiempo actual por la memoria los hechos pasados,
falta enlazarlos con los presentes en la unidad de la vida psi­
cológica; circunscrita, en fin, por la imaginación las ideas, falta
convertirlas en ideales para la actividad ó en artísticas repre­
sentaciones de lo bello. Tal es la misión del Entendimiento,
que definiremos de este modo: la facultad del discurso. (1)

(1 ) B I e n ten d im ien to en e je rcicio Lomm el nom bre de rtfirxio n .


— 61 —
Los modos de ejercicio del entendimiento son el abstraer,
el generalizar, el inducir y el deducir.
La abstracción consiste en separar cualidades ó partes de los
objetos á los cuales están esencialmente unidas. Es necesaria
para conocer, dados nuestros límites y la variedad de caracte­
res que afectan las cosas sobre que versa nuestra atención.
Tiene un doble fin: aislar las paites de un todo para hacer po­
sible su exacta percepción, y formar grupos génericos para dar
materiales á la ciencia, que no podria construirse con nociones
singulares.
Ante un objeto cualquiera, un libro, por ejemplo, la inteli­
gencia no ve sino un conjunto indistinto; para saber su conte­
nido, necesita proceder separamente y estudiar cada una de
sus páginas como si fueran objetos aislados; mas como las pá­
ginas constituyen el libro y no pueden considerarse fuera de
él en absoluto sin atentar á la integridad del libro mismo, el
entendimiento cuida despues de dar i cada elemento su debido
lugar y de reconocer sus naturales lazos, formando un concep­
to de todo punto conforme con la realidad de la cosa propuesta.
Pero no es esto solo: cuando observamos en varios objetos
propiedades idénticas, las abstraemos, las separamos de laB
diferentes y construimos una nocion genérica, aplicable á to­
dos los stres que participan del carácter común, base de este
nuevo procedimiento. En este caso la abstracción se completa
con la gmeráligacion, cuyo fin es dar á las percepciones la
simplicidad que en la Naturaleza existe, reuniendo, según he­
mos dicho, en un tipo ideal las cualidades abstraídas.
En las nociones generalizadas hay dos elementos que apre­
ciar: la comprensión y la extensión. La comprensión es la
suma de notas que contienen; y la extensión, el número de in­
dividuos que abrazan. La comprensión y la extensión están en
razón inversa; así, v. g., el concepto ser es monos comprensivo
que el concepto sér espiritual, porque tiene un carácter minos;
y es más extenso, porque se refiere tanto al espíritu corno ú la
mataría, al paso que ésta se halla descartada de la segunda
nocion. La escala del proceso generalizado? está formada de
géneros y especies; ideas relativas, hecha excepción del género
supremo y la especie última, que son respectivamente lo más
universal y lo más concreto.
— G2 —
Si iinportante ee reducir las nociones individuales á grupos
genéricos que faciliten la marcha de la inteligencia, no lo es
ménos subordinar los fenómenos d sus principios y abarcar en
fórmulas generales séries indefinidas de hechos, si distintos en
el tiempo y el espacio, iguales en el fondo como expresión de
leyes inmutables. El generalizar y el inducir se desenvuelven
de nn modo análogo; mas se diferencian en que poT lo prime­
ro se forman, simplemente géneros, y por lo segundo se inquie­
ren principios. La inducción consiste, pues, en elevarse de los
hechos singulares á las causns que los producen y las leyes á
que se ajustan.
Divídese la inducción en propia y analógica. La inducción
propia se funda en la identidad de casos; la analógica, en la
semejanza de un objeto con otro. Observando, por ejemplo, en
algunos cuerpos que los que tienen electricidad del mismo
nombre se repelen y se atraen los que tienen electricidad de
nombre contrario, en vez de reducir esa afirmación ¿ los obje­
tos de nuestra experiencia, la convertimos en ley extensiva á
todos los cuerpos observados y observables. Para justificar ese
tránsito brusco de lo particular á lo universal, tenemos la con­
vicción racional de que el Universo obedece á principios inva­
riables; de que en igualdad de circunstancias producen las
mismas causas los mismos efectos, y de que todo hecho es ex­
presión de una ley, ó mejor, es la ley misma efectuándose.
Esto, que legitima la inducción, no es bastante sin embar­
go para dar á sus principios carácter absoluto, Biendo por
tanto exigencia lógica el mantenerlos eu la esfera de la pro­
babilidad hasta verlos demostrados; porque ¿quién nos respon­
de de que hemos conocido la esencia del hecho? ¿quién de que
no exista acaso una fuerza cuyo concurso escape á nuestros
medios actuales de observación? ¿No está la historia de las
ciencias experimentales llena de inducciones proclamadas en
un tiempo como ciertas y despues rechazadas por falsas ó im­
probables? ¿no ha sido, v. g., recientemente desmentido el
principio de que los vegetales no se alimenten de sustancias
orgánicas? (1)

(1) H ooker.—La rev u e acionliflqQe de la Kr&nae e t de 1‘ e lm n g e r.


— 63 —
Estas reflexiones, que se vea comprobadas con repetidos
ejemplos, más que nunca desde que vino el microscopio á hacer
una revolución en los conocimientos físicos y naturales, bastan,
para convencernos del valor solamente provisional que tienen
los conceptos inductivos; circunstancia que no les quita su ne­
cesidad y trascendencia, reconocidas por la Filosofía y confir­
madas por la Historia. Induciendo no se llega ¿ la adquisición
de verdades definitivas; pero no hay otro medio de estudiar la
Naturaleza; medio legítimo cuando*se completa por la demos­
tración, merced ¿ la cual lo probable se vuelve cierto y lo pro­
visional absoluto.
«La experiencia, dice un escritor (1 ), da siempre el mundo
físico roto en mil pedazos, porque su mano es tan pequeña
que poco abarca, y tan tosca que hace añicos aquello en que
se apoya: preciso es que la razón componga y constituya la
Naturaleza, si ha de comprenderla viviendo y funcionando co­
mo vive y funciona en la realidad.» Por eso yerran los siste­
mas que proclaman la inducción como el único proceso lógico
y desdeñan la Metafísica, cuyos principios son como la'sávia
de toda ciencia.
Esto, por lo que respecta á la inducción propia. En cnanto
Ala analogía ó inducción analógica, con más motivo necesitan
comprobacion sus resultados, toda vez que es más violento el
tránsito de lo observado á lo inducido. Podemos colegir en un
hombre esta ó la otra cualidad, por ver en él caractéreB análo­
gos á los de otro que la posee; pero nos exponemos á error si
lo damos por hecho en virtud de ese solo raciocinio, siendo
por tanto racional suspender nuestro juicio hasta que nuevos
procedimientos le presten condiciones de certidumbre.
Réstanos hablar de La deducción, que consiste en derivar de
fos principios sus naturales consecuencias. Función es esta tan
necesaria como fecunda, porque en ella encuentran los datos
científicos su confirmación y legitimidad. Conocidas las leyes
Vverdades fundamentales por 1& intuición racional ó por la
marcha inductiva, es preciso desenvolverlas, según apuntamos
al comienzo de esta lección, no tanto para comprobarlas cuanto
para penetrar en su fondo y esclarecer con su evidencia loa co­

tí) ficheffiray.—Teorías modernaa de la Física.


— 64 —
nocimientos particulares. Si es cierto que los hechos sin prin­
cipios son datos aislados que nada valen ni significan para los
fines intelectuales, también lo es que los principios sin conse­
cuencias y aplicaciones son conceptos estériles para el pensa­
miento y para la actividad.
La deducción requiere, pues, un principio, que ha de Ber
incuestionable ya por su propia evidencia ya por virtud de
una demostración; un caso concreto, perfectamente conocido y
determinado, y una relación adecuada entre ambos.
Si el fundamento es incierto, el hecho vago y confuso ó la
relación injustificada, la deducción es viciosa y puede causar
graves trastornos en procesos ulteriores. Por el contrario, cuan­
do se cumplen las exigencias designadas, forman las verdades
deducidas un riguroso encadenamiento que fácilmente percibe
el espíritu y en el cual se complace, hallando en el soluciones
para toda cuestión particular.
Se comprende que en la inducción haya vicios, porque las
leyes no siempre surgen de nuestra experiencia limitada, á la
cual habrá en todo tiempo algo inaccesible; pero, dado un prin­
cipio, puede ser visto cuanto en ¿l se contenga, siquiera sea en
fórmulas con aplicación á todos los hechos que abrace.

(PUNCIONES INTEUECTVAIiBS.)

Atención.

La atención es aquella función intelectual por la cual se di­


rige el espíritu al objeto que quiere conocer. Estimase por al­
gunos psicólogos que la atención es acto voluntario y no fun­
ción oognitiva, confundiendo la voluntad con la actividad pro­
pia de la inteligencia; y en verdad importa dejar este punto
definido, para tener desde luego resueltas las cuestiones análo­
gas que pudieran proponerse.
Hay en el alma una potencia llamada voluntad, cuya misión
se halla reducida á querer, á determinar los actoB anímicos; la
inteligencia y el sentimiento están, pues, bajo su dominio en
este respecto; pero una vez dada la resolución voluntaria, tie­
-6 5 —
nen diclias facultades propia actividad para efectuar sus hechos
con independencia de aquella. En la atención, como en todo
fenómeno consciente, la voluntad determina el acto, y la inte­
ligencia se dirige al objeto propuesto, concentra en él su ener­
gía para percibirlo, atiende. No basta percibir; es preciso ade­
más que el pensamiento se mueva hácia la cosa perceptible. La
atención es, por tanto, peculiar al pensamiento, por más que
en ella intervenga el poder volitivo.
No siempre nos damos cuenta de la atención: en las reflexio­
nes profundas» en las tareas difíciles y sostenidas y en ciertos
estados de ánimo perdemos ó no adquirimos la conciencia de
hallamos atentos, cobrándola á veces ó recobrándola cuando
surge un obstáculo en el asunto que nos ocupa. Bajo eBte as­
pecto se divide en inconsciente y consciente. Tanto en uno co­
mo en otro modo es necesario, para atender, qne el objeto esté
presente al espíritu, aunque no sea más que en forma de pen­
samiento.
La atención reclama toda la actividad del alma, no siendo
posible para ésta ninguna otra función cuando en ésa se ejer­
cita; y no sólo se requiere dicha circunstancia, sino también la
precisa de que sea uno el objeto atendido, debiendo estar el
alma abstraída de los otros, cuya presencia desvirtuaría la
atención dificultando el conocimiento. (1 ) Mas siendo indis­
pensable que ésta se preste en instantes sucesivos, porque uno
solo no bastaría para percibir bien, pídese que, además de in­
tensa, sea sostenida y persistente.
Esta unidad del objeto de la atención es relativa ¿ la apti­
tud individual, al grado de cultura y á las condiciones del pro­
pósito formado: uno es el objeto, cuando se reduce á una pro­
piedad; uno, cuando se extiende ¿ un conjunto de propiedades;
uno, cuando se concreta á una especie; uno, cuando abraza un
órden; y yendo así de concepto en concepto, uno es también
cuando se refiere á toda la realidad, siendo á la vez el mis
complejo y vário.

O) Esos casos, raro s por cierto, da personas é la s c u a le s se a trib u y e la v irtu d


de fija r» en varios objetos a l m ism o tiem po, como Cé^ar. que d ictab a cu atro c a r­
ta s &(a vez, se ex plican por u o a alúne ion sum am ente flexible, que p*sa rá p id a ­
m ente de u n as cosas á o tra s sin p erd er t i conocí de léelo de n in g u n a do ellas. R®-
potlmoe que «on ca&w excepcionales y q u e aun en ello s el ol)JeU>de la atención
es ano en cada In stan te.
0
— 66 —
En los primeros pasos de la inteligencia, la marcha ha de
ser analítica, y particulares los objetos de la atención; pero á
medida que el espíritu va tomando poseBion de la ciencia, son
más extensos y generales, ampliándose cada vez con nuevas re­
laciones, perceptibles al mismo tiempo bajo una sola nocion.
La manera de despertar la atención hacia los puntos cientí­
ficos es el secreto de la enseüanza. Vanos serian los esfuerzos
que Be hicieran para inculcar en tiernas inteligencias ideas
abstractas, mostrándolas en su pura abstracción, como impro­
cedentes ó quizá peligrosos los que se practicaran para llevar­
las sólo con formas sensibles á espíritus maduros y reflexivos;
tan impropio seria llamar la actividad del pensamiento á lo
singular de las cosas cuando se tratara de aplicar los rasgos
universales de las mismas, como hacerla fijar para caso contra­
rio en lo genérico y absoluto.
E n toda educación han de tenerse en cuenta por igual el su­
jeto educado y la cosa en que se educa; y sólo será perfecta la
obra, cuando se den en armonía las condiciones de ambos, es­
tando el espíritu en aptitud de aprender el objeto, y el objeto
en condiciones de ser asequible al espíritu. «La atención, dice
un discreto íilósofo, debe ejercerse con métodoy porque el des-
órden es por b í mismo una distracción constante.»
Mucho gana la atención en intensidad y firmeza con el há­
bito ordenado de emplearla; mas hay en los sujetos propensio­
nes nativas, que marcan entre ellos una desigualdad difícil ó
imposible de ser borrada por la educación. Generalmente el
artista no vale para el cultivo de las ciencias, ni el filósofo pa­
ra el cultivo de las artes; el sabio que se distingue en las cien­
cias experimentales no adelanta apenas en los estudios metafíi­
sicos, y el que vive en la región de los principios suele ser mal
observador de los hechos. (1 ) Hay hombres de atención enér­
gica y profunda, y otros que jamás consiguen esta cualidad, á
pesar de poner en práctica todos los medios que la razón acon­
seja. Diferencias son estas que derivan del carácter original
impreso á los espíritus por la individualidad que les es propia.

(1) No deja esa le y da te n e r s u s excepciones. L a H istoria nós h a b la de a lg a -


nos hom bres, v e r d a d e r a je n ío a , en loa oualea han existido las m ás o puestas j
b r illa n te s a p titu d es.
— 67 —
Tan varios como Iob objetos del conocimiento son los de la
atención, la cnal recibe diferentes nombres Begirn como se apli­
ca y según la esfera á que se dirige. Cuando versa aobre los
hechos se llama observación, tomando también el dictado de
reflexión cuando recae en particular sobre los fenómenos y es­
tados psicológicos. Llámase meditación cuando abraza varios
conceptos relacionados; y por último, cuando se vuelve hdcia
el órden ideal, se denomina contemplación.

H.

Percepción.

La percepción es aquella función intelectiva por la cual se


apodera el espiritu del objeto cognoscible. La percepción no
envuelve un conocimiento acabado; indica sólo la vista de las
cosas en unidad, requiriéndose por tanto varias percepciones
para la entera y exacta determinación de las mismas. Al pro­
ponernos, v. g.,.el estudio psicológico, empezamos por volver
la atención ¿ nuestra vida intima, adquiriendo no más por este
primer acto la nocion indefinida y vaga del espiritu; es decir,
percibiéndolo; y cuando, merced á nuevas y repetidas observa­
ciones vamos definiendo y aclarando esa nocion, constituimos
entonces, y no antes, la ciencia del alma.
Esto no obstante, úsase á veces la percepción para expresar
el conocimiento, y al contrarío, tomándose ambos términos en
La acepción general de hecho cognitivo, como ya dijimos que
solían emplearse las palabras conocimiento y verdad, (1 ) Nos­
otros en párrafos anteriores hemoB llamado percepción externa
á La facultad de conocer el mundo exterior; procúrese no con­
fundir esta idea con la que estamos desenvolviendo, para lo
cual no ha de echarse en olvido que alli nos referíamos á un
órgano de la-inteligencia, y aqut á una función, que recae Lo
mismo sobre lo externo que sobre lo racional y subjetivo.

[1] Serla m uy co n v en ien te quo en el len g u aje filosófico no se dferu 6 loa voca­
blo* mAa que u n a sigulñc& elon, por lo m íam e que los qne en él se osan no aon ea
bq m ayor p a rle distitito a de los q u e B in e n ni le n g u a je coibun; pero eso no ocu rre,
y hay necesidad de e s ta r apercibidos pitra p revenir vicios originados de la elo cu ­
ción, q u e en e#ludioe p o sterio res tom an proporciones g rav es,
— 68 —
Mas si la percepción no es el conocimiento, es su anteceden­
te necesario: lo que no se percibe no se conoce; entendiendo,
por supuesto, que las cosas no percibidas una vez pueden serlo
en posteriores trabajos de atención, y las que resisten á los es­
fuerzos de un individuo pueden ser concebidas por otro. Algu­
nos objetos físicos*, por ejemplo, que bar sido mucho tiempo
imposibles de porcibir. han caído despues bajo la acción de los
sentidos, gracias ni alcance que ha dado á éstos la ciencia con
la invención de aparatos ingeniosos; del mismo modo los ob­
jetos morales pasan más ó ménos desapercibidos para la hu­
manidad. según el grado que ésta alcanza de ilustración. De
esto no debe inferirse que todo lo percibido se conozca, toda
vez que, según hemos indicado en otro lugar, hay cosas incog­
noscibles para el pensamiento finito del hombre.
No siempre se percibe el punto á que ge atiende, ni á la
misma cantidad de atención corresponde en todos los indivi­
duos, ni aun en los diversos estados de un sujeto, igual clari­
dad y prontitud en la percepción. E l percibir, como el aten­
der, depende de multitud de condiciones ya del individuo, co­
mo la edad, la cultura, los hábitos, el carácter y la aptitud, ya
del objeto, como su complicación ó sencillez, su belleza, su
magnitud, su distancia. Mas aunque en ocasiones no se perciba
aquello en que se fija la atención, no es ésta jamás infecunda:
siempre despues de atender se aprende algo, aunque no sea
más que nuestro propio estado psicológico.
De ahí la conveniencia de estar siempre atentos; los espíri­
tus distraidos son poco á propósito para la ciencia y yerran á
menudo también en los asuntos prácticos, llegando por ese con­
cepto á ser inhábiles para los múltiples fines de la actividad.
La percepción se divide en inmediata y mediata. Es inme­
diata cuando versa sobre objetos inmanentes, porque entonces
no hay término alguno entre el sujeto que percibe y lo perci­
bido; y es mediata cuando se ejerce sobre cosas ir las cuales no
llega la inteligencia sino en virtud de inducciones ó deduccio­
nes más ó ménos fáciles: de este modo nos relacionamos con el
mundo físico, y así también hallamos las consecuencias de to­
dos los principios. Aunque á primera vista parecía natural que
estas últimas percepciones fueran las que reclamaran más fir­
meza de atención, no es eso lo cierto, sin embargo; nada hay
— 69 —
tan difícil como la reflexión del filma sobre ella propia, porque
es el trabajo en que ésta ha de tener más dominio de si.
Para que la percepción pueda llevarnos al conocimiento', lo
primero que hemos de procurar es que sea adecuada á la esen­
cia del objeto, para lo cual hemos de huir de todo móvil apa­
sionado, teniendo presenta que las cosas deben verse como son
y no como quisiéramos que fueran; punto en el cual nunca in­
sistiremos lo bastante, dada su trascendencia y dado también
el carácter educador de esta enseñanza. La más pequeña preo­
cupación puede servir de obstáculo á la marcha del pensamien­
to ó desviarlo de la linea que debe seguir, siendo acaso impo­
sible restablecer el equilibrio moral en lo restante de la vida..
Requiérese además que la percepción sea continua; es decir,
que no demos por terminada la obra hasta apoderamos de todo
el asunto y de sus elementos y modificaciones, haciendo de ca­
da una de totas como un solo objeto, porque la no percepción
de un dato cualquiera es despues un vacio en la determinación
de las cosaB; de tal manera, que muchas veces el declaramos
insuficientes para dar solucion á un punto científico proviene
de haber pasado por alto un detalle al parecer sin importancia.
Finalmente, la percepción ha de ser orgánica,• ó lo que es
igual, hemos de proceder en ella con método y órden, fijando
las mutuas relaciones entre los particulares percibidos y reco­
nociendo sobre todos ellos la unidad superior del objeto.

n i.

Determinación.

Del estudio de las funciones anteriores se desprende que no


agotan ellas la aspiración de la inteligencia, cuya actividad,
tendiendo de un modo continuo á conocer, no reposa en la in­
tuición indeterminada de los objetos ni da por cumplido su fin
más que viéndolos en toda su realidad y contenido. De aqui la
necesidad de un tercer procedimiento, la determinación, por la
cual se conocen, no solo las propiedades y elementos de los
séreB, sino también sus conexiones naturales y las que tienen
con la unidad de la cosa en que existen.
Así como los objetos son la armonía de todo cuanto los cons­
— 70 —
tituye, así la determinación es un ordenado concierto de per­
cepciones, d I e s cualea oportunamente preceden los necesarios
esfuerzos de atención. VeamoB cómo. Atendiendo, v. g., al
mundo exterior» lo percibimos, ó lo que es idéntico, notamos
un vago conjunto de formas y colores, cuya vista detallada y
concreta requiere nuevos propósitos y nuevos trabajos intelec­
tuales; insistimos, en efecto, y aislando cada particular conte­
nido en la realidad externa, los observamos sucesivamente, co­
mo siendo también conjuntos indivisos en que á su vez están
incluidas otras unidades inferiores. Terminada esta obra, no
hemos aun adquirido el conocimiento de lo observado; falta
para esto ver cómo se relacionan entre sí los órdenes físicos, y
formar un organismo de verdades adecuado al organismo de la
Naturaleza. Hasta entonces no se halla ésta determinada.
La determinación en su sentido estricto puede decirse que
es la ciencia absoluta, porque sólo en ésta concebimos que sean
los objetos definidos en un todo y eternamente vistos en sus
fundamentos y temporales manifestaciones. Esta presencia real
y completa de cuanto es refiérese únicamente, á la inteligencia
infinita; no siendo dado á la humana determinar la realidad
sino de un modo parcial y susceptible siempre de reforma, sal­
vos los principios elementales de la razón.
Estas determinaciones parciales á que el espíritu llega re*
quieren lentos y difíciles trabajos, ya de obseryacion ya de
raciocinio, que marcan una doble dirección científica: el análi­
sis y la síntesis. Bajo este punto, divídese la determinación en
analítica y sintética; la primera descompone los objetos para
examinar su contenido, y la segunda loa reconstituye para fijar
sus vínculos internos. Mas téngase presente que ni el uno ni el
otro proceso son bastantes por sí solos á constituir la ciencia,
siendo cada uno de ellos no más que un aspecto de la misma.
Como quiera que los órdenes de conocimiento son indivi­
duales, y por lo mismo diferentes entre sí, cada uno reclama
un criterio distinto en su determinación; mas todos ellos, por
opuestos que sean, deben regirse por idénticas leyes, que son
las universales del método, de cuyo estudio habremos de ocu­
parnos extensamente en la Lógica. Reservando para aquel lu­
gar todo lo relativo á este punto, señalaremos aquí únicamente
las más importantes condiciones de la función que nos ocupa.
— 71 —
Consiste la primera en cuidar de que na subsigan A las per*
cepciones actos de atención improcedentes, sino los necesarios
para completarlas ó esclarecerlas. Es muy frecuente, al estu­
diar un objeto, distraer la atención con cuestiones que le son
extrañas ó poco afines, de lo cual resulta fatiga intelectual y
consiguiente ineptitud del espíritu para adquirir un cabal co­
nocimiento. Conviene, es cierto, ver las relaciones de las cosas;
pero despues de estudiadas en sí mismas; porque sin este pri­
mer trabajo es irrealizable aquel propósito.
La segunda se reduce á que Los grados por que ha de ir pa­
sando la determinación en su marcha progresiva» sean los que
ofrezca el objeto según la disposición orgánica de sus partes,
que es el único modo de reconocer despues sus naturales lazos.
La determinación como las otras funciones, llega á consti­
tuir un Aisgo característico de nuestra individualidad. Los es­
píritus más obtusos, dice un filósofo (1), son los ménos capaces
de atender, percibir y determinar; al paso que los más juicio­
sos y sagaces son los que mejor saben ejercitar estas funciones;
pero entre estos dos extremos hay variantes hasta lo infinito:
ya con una atención ligera se percibe pronto y se determina
.con exactitud, ya con una atención sostenida se comprende
confusamente, etc. Estas desigualdades Bon compensadas en
parte por la memoria, más fiel cuanto mayor es el trabajo dé
la inteligencia.

( OPEKACIONKS INTELECTUALES,)

I.

Nocion.

Los varios modos de ejercitarse el entendimiento, que mi­


rados con relaeion al sujeto constituyen las funciones intelec­
tivas, pueden también considerarse bajo el punto de vista de
sus resultados, dada la naturaleza y propiedades de lo cognos­
cible, originándose de ahí las operaciones; que son, como que­
da dicho en otro lugar, La nocion, el juicio y el raciocinio.

[1) Ttberghlem, -Scien ce de 1* ame.


— 72 —
La nocion es el conocimiento de una cosa en unidad, en su
conjunto indiviso. Segun esto, pues, la nocion indica tan sólo
la presencia en el espíritu de un sér ó cualidad, no afirmándose
ninguna relación intima ni exterior del objeto. Desde el mo­
mento en que se afirma alguna, aunque sea la más simple, pa­
sa la nocion á ser juicio.
Hay entre estas dos operaciones un límite difícil de apreciar
en la formacion del conocimiento; pero que no por ser más ó
menos asignable, deja de marcar una diferencia entre ambas.
En la complejidad de nuestros conocimientos no es ciertamen­
te fácil sorprender el punto en que la nocion acaba y el juicio
principia; pero la razón nos impone que no cabe relación algu­
na entre términos desconocidos, debiendo por lo mismo ser an­
tes la percepción aislada de éstos que la de sus mutuas cone­
xiones. Entre una y otra podrá haber una sucesión tan rápida,
que parezca másJñen simultaneidad; pero otro tanto sucede,
v. g., con los diversos instantes del conocimiento externo, y
no por eso deja de reconocerse en su formacion una marcha
sucesiva.
Algunos autores ven en el fondo de toda nocion un verda*
dero juicio, arguyendo que la sola presencia de las cosas al.
pensamiento envuelve una relación entre las unas y el otro,
sin la cual aquella no se concebiría. No se concibe, en efecto,
que- haya un hecho oognitivo sin relación entre la inteligen­
cia y el objeto; mas la que engendra el juicio ha de tener el
indispensable carácter de refleja, cuya cualidad no concurre-en
el caso citado.
Cuando una cosa nos está presente, se halla sin duda en re*
lacion con nosotros; mas no es ésta el objeto propio de nuestra
atención, motivo por el cual no la percibimos ni la afirmamos;
sólo cuando de propósito hacemos de ella el asunto de nuestro
exámen, establecemos un juicio, el cual, como todo otro, supo­
ne el anterior conocimiento de los extremos juzgados. Ni vale,
para sostener lo contrarío, dividir los juicios en directos y re­
flejos, llamando directo á aquel en el cual el sujeto y la afir*
macion se confunden en un mismo hecho psicológico; porque,
segun hemos dicho repetidas veces, lo que no existe en la con­
ciencia no existe para nosotros; y el juicio, fíjese esto bien, no
es una relación cualquiera entre dos cosas; sino una relación
— 73 —
percibida y afirmada como tal por el espíritu, que es el que
juzga.
Coa la palabra nocion se expresa el conocimiento de las co­
sas según su unidad; mas como estas pertenecen á distintas
esferas, toma la opeiaoion distintos nombres. Así pues, lláma­
se idea la nocion racional; concepto, la nocion genérica; repre­
sentación, la nocion concretada por la fantasía; y propiamente
nocion, la que versa sobre objetos sensibles, Á pesar de esta
diferencia de significado, suelen emplearse esas palabras indis­
tintamente.
El detallado estudio de la nocion, y en general de las ope­
raciones intelectuales, pertenece á la Lógica como ciencia que
es del conocimiento. Allí se harán Ampliamente las divisiones
de las tres formas indicadas; mas siendo éstas al cobo estados
de la inteligencia, debeu por tal razón ser aquí estudiadas en
todas sus determinaciones„ si bien únicamente bajo su aspecto
psicológico. Señalaremos, pues, ligeramente sus divisiones
principales.
Los objetos sobre que versan las nociones pueden ser sus­
tancias ó propiedades, porque lo mismo unas que otras pueden
ser tomadas en unidad y sin relación alguna; en ese concepto,
pues, habrá nociones sustantivas ó qne expresen un objeto in­
dependiente en cierto modo: espíritu; y otras accidentales ó
que expresen una cualidad: valor. Mas también puede haberlas
compuestas ó expresivas de ambas cosas á la vez: sacerdote.; en
la cual consideramos, no ya el sér, sino el sér juntamente con
una propiedad ó en una de sus propiedades.
Bajo otro punto de vista serán sensibles ó racionales, según
que provengan de los sentidos ó de la razón, únicas fuentes
primarias del conocer; y como el entendimiento, recogiendo
los datos de los primeros y aplicándoles los principios de la
segunda, forma nociones que no son puramente sensibles ni
puramente racionales, aunque de ambos caracteres participan,
debe darse á éstas el nombre de inteligibles, por la facultad
que las engendra.
Cuando las nociones anteriores no son consideradas en su
génesis, sino en la cualidad de sus objetos, se llaman indivi­
duales, genéricas ó absolutas, según que recaigan sobre lo de­
terminado en espacio y tiempo, sobre lo coman á un órden do
10
— 74 —
cosas ó sobre lo eterno y fundamental; que son. precisamente
Las que hace poco distinguimos con los términos nocion, con­
cepto, idea.
Habiendo dicho que la percepción es la vista de Las cosas
en unidad, conviene, para distinguirla de la nocion, á La cual
hemos atribuido el mismo fin, consignar que La primera dice
más bien relación al sujeto cognoscente, y la segunda al objeto
conocido. EL sujeto, viendo las cosas en unidad, percibe; y el
objeto, siendo visto en unidad por La inteligencia, toma el
carácter de nocion.

n.

Juicio.

Como los objetos no son unidades paramente lógicas, sino


que contienen en sí modos diversos, el pensamiento no ha de
limitarse á la adquisición de meras nociones; antes bien, ad­
quiridas éstas, continúa su obra distinguiendo y relacionando
las partes que constituyen la variedad interna de los séres y
refiriendo unos séres á otros, como variedad que son ¿ su vez
de unidades superiores. No otra es la misión del juicio, en cu­
ya virtud se percibe y afirma una relación entre dos términos.
Los elementos del juicio son la materia y la forma. Consti­
tuyen la materia las nociones que se enlazan; y la forma, la
relación en que se unen. Los nociones son dos, y toman el
nombre de sujeto y predicado; el uno es el término de refe­
rencia, y el otro es lo referido; la relación se Llama cópula. El
sujeto y el predicado, que pueden ser lo mismo cualidades que
sustancia^ se expresan por nombre sustantivo ó palabra sus­
tantivada el primero, y por sustantivo ó adjetivo el segundo;
roas téngase en cuenta que el predicado, aun indicando sus­
tancias, no pierde jamás su carácter de atribución. Pueden ser­
vir de ejemplo estos juicios; respecto del Bujeto; el hombre es
perfectible; la conciencia es sagrada: lo virtuoso es amable; res­
pecto del predicado: Dios es justo: el estilo es el hombre.
Estos elementos son, como tales, indispensables en el juicio:
los términos, porque repitiendo Lo consignado en el párrafo
anterior, no cabe referencia sin extremos referibles; y la reln-
—75-
cion, porque es precisamente lo que el pensamiento llera ti las
nociones para establecer juicios. Si ponemos juntos los térmi­
nos belleza-resplandor de la verdad, no afirmamos relaoion al­
guna ni de consiguiente juzgamos; mas sí por medio del
verbo ser ligamos ambos conceptos y decimos la belleza es él
resplandor de la verdad, expresamos ya la existencia de las
nociones y el enlace que entre ellas concebimos.
Los autores que ven un juicio en el fondo de toda nocion,
ven también, siendo en e9to lógicos, un raciocinio en el fondo
de todo juicio. Pensando, dicen, en un juicio cualquiera, en
éste, por ejemplo, yo soy, bailamos que para hacer esta afirma­
ción, que es simple de suyo, hemos tenido precisión de discur­
rir siquiera sea rápidamente de este modo: todo lo que tiene
tales ó ouales condiciones es; yo tengo tales ó cuales condicio­
nes, luego yo soy. Esto, en primer lugar, no es exacto, porque
el yo y el ser son conceptos intuitivos, el uno de conoiencia y
el otro de razón; mas aunque lo fuera, es exigencia racional
admitir el juicio como generador del raciocinio, siendo éste,
como es, relación de relaciones. Por lo demás, nadie duda de
que en el discurso es muy difícil sorprender loa limites del
juicio, como en éste los de la nocion.
La relación constitutiva del juicio puede ser considerada
bajo los aspectos de la cuantidad, de la cualidad y del modo.
Por la cuantidad son los juicios: universales, cuando el su­
jeto se refiere totalmente al predicado: el espíritu es inmortal;
particulares, cuando no se refiere sino en parte: algunos espíri­
tus son incultos; y armónicos, cuando se refiere á la vez en
totalidad y en cada una de sus manifestaciones: él espíritu, en
su concepto universal y en sus formas individuales, es un sér
viviente.
En esta clase de juicios el predicado se afirma de los ele­
mentos del sujeto, tomándolos en sí mismos y como aislados,
que es como únicamente pudiera no convenirles lo atribuido;
pues claro es que si se toman unidos al todo que forman, la
afirmación va hecha en el juicio universal, holgando por con­
siguiente el armónico. Así, v. g., se concibe que un rostro
pueda ser deforme siendo bellas sus facciones todas en cuanto
vistas fuera del rostro mismo; mas en él y dada la relaoion que
entre si guardan, no se concibe que tengan distinta cualidad
— 76 —-
de la reconocida en el conjunto. Así también, se dice que vive
la Naturaleza entera y que los minerales no viven.
Por la cualidad son los juicios: afirmativos, cuando hay con­
formidad entre sus términos: la verdad es una; negativos,
cuando no hay conveniencia entre los mismos: la verdad no es
subjetiva; y limitativos, cuando hay al propio tiempo conformi­
dad y repugnancia: la educación es bajo un aspecto generadora
de la conciencia.
Por el modo se dividen los juicios en apodíctieos, proble­
máticos y asertóricos. Es apodictico el que expresa una rela­
ción necesaria: como la de un triángulo con tres foífos,'^pro­
blemático, el que expresa una relación posible: como la de un
triángulo con forma rectangular; y asertórico, el que expresa
una relación de pura existencia: como la figura de la tierra es
elíptica,
Restamos deoir que la propoaicion es la forma exterior del
juicio, y que la relación eutrañada en éste se significa por el
verbo, ya en su carácter sustantivo, que envuelve puramente
la idea de ser, ya en su carácter adjetivo, que añade á ésta al­
guna atribución.

n i.

Raciocinio.

Despues de vistas las relaciones entre los diversos objetos


ó entre las propiedades 6 elementos de uno solo, muévese la
inteligencia á fundarlas si en efecto tienen su fundamento en
más altos principios, ó á desenvolverlas si son axiomáticas y
por sí mismas evidentes. El espíritu no descansa, pues, en el
juicio; no se detiene en la simple relación de los términos;
sino que aspira á formar relaciones más ámplias oon las ya es­
tablecidas, ora yendo de lo particular á lo absoluto, ora de lo
absoluto á lo particular y determinado. Así oomo las nociones
no tienen valor hasta que se enlazan en los juicios, así éstos
no son científicos hasta que se unifican en el raciocinio: E l ra­
ciocinio es, pues, la operacion en cuya virtud se relacionan
entre sí los juicios de nn modo esencial.
Despréndese de ésto que no basta una relación cualquiera
— 77 —
de juicios para engendrar un raciocinio, como, sostienen mu­
chos p en sad o res; la relación ha de ser intrínseca; tal, que los
juioios do estén simplemente unidos, sino unificados y for*
mando un organismo perfecto. Varios juicios entre los cuales
no haya, por ejemplo, otra conexion que la de coexistencia
son varios juicios simultáneos en la conciencia y nada máf>;
del mismo modo que varias verdades sin unidad superior que
las enlace y sostenga no son Bino dos ó más verdades; para
que aquellos formen, raciocinio y éstas ciencia, requiérese que
se relacionen entre sí de una manera esencial en un conjunto
cerrado y armónico.
Dividen los filósofos el raciocinio en inductivo y deductivo,
llamándole de uno ú otro modo según que proceda de lo parti-
ciliar á Lo universal ó del principio á la consecuencia. Creemos
que en el fondo son ambos uno mismo, porque el inductivo su­
pone ciertas leyes universales en las cuales se apoya y de las
cuales se deriva; así es que cuando afirmamos que todo cuerpo
abandonado á su peso cae al centro de la tierra, induciéndolo
de juicios en los cuales se afirma lo propio respecto de algunos
cuerpos en particular, no hacemos sino aplicar los principios
que ya establecimos al hablar de La inducción; a saber: el Uni­
verso obedece á Leyes inmutables, y en igualdad de circunstan­
cias las mismas causas producen los mismos efectos. Si pues el
raciocinio inductivo toma realmente su legitimidad de premi­
sas universales, claro está que se reduce en último caso al de­
ductivo.
En éste hayTcomo en el juicio, dos elementos: la materia y
la forma; son la materia Las proposiciones, y es La forma la re­
laoion que las une. La materia del raciocinio consta de dos
partes: antecedente y consiguiente; el antecedente abraza dos
juicios, en Los cuales hay tres términos (mayor, menor y me­
dio) y de los cuales el uno es el fundamento de la deducción
y el otro une á éste con lo inferido; el consiguiente es una pro-
posicion en que Be expresa lo que del antecedente se concluye.
Las premisas se llaman mayor y menor, y el tercer juicio con­
clusión. Ejemplo:
P rbuisa m it o r .—Todo sé r que m archa p ro g resiv am en te A su fin, vivé.
P r riii 8a m enos .—BI ¿apiri tu m archa jiro g résiv im ien te A bu fln.
C onclusión.—L uego el e s p irita vlv«.
— 78 —
Suele distinguirse el rnoiocinio en dos clases: el inmediato,
en el cual la oonclusion procede de una sola premisa, y el me­
diato ó silogístico, en el cual nace la conclusión de dos juicios
en que se comparan dos nociones con una tercera. Nosotros
entendemos que el raciocinio en el fondo no puede tener otra
forma que la última, por más que á veces en el lenguaje se
omita alguna proposicion por innecesaria para expresar el
pensamiento. Asi es que cuando decimos dos es la mitad de
cuatro, luego cuatro es el doble de dos, tenemos presente un ter­
cer juicio, en el cual se encierra la afirmación de que todo nú­
mero es el doble de su mitad , y sin cuya premisa no podríamos
establecer la relación indicada.
Á veces en estos raciocinios que se nombran de primer gra­
do nos seria difícil expresar lógicamente el juicio omitido; mas
no depende esto de que no hayamos atendido á él para hallar
la conclusión; sino de que en muchas ocasiones teniendo el es­
píritu un pensamiento, no encuentra sin embargo la fórmula
precisa en que traducirlo.

CAPÍTULO III.

FINES DE LA INTELIGENCIA.

£1 conocer ea la natural tendencia del pensamiento, y la


ciencia b u fin último. La ciencia no dice relación á otra esfera
que á la del conocer; tanto, que es el grado más perfecto del
conocimiento mismo. La cieucia y el conocer común difieren en
cualidad y forma; al paso que la una es reflexiva, universal y sis­
temática, el otro es irreflexivo, particular é inarmónico; en éste
110 vuelve el sujeto sobre sí propio teniendo á la vez presente
lo percibido para, corregirlo <3 confirmarlo, ni el objeto es visto
en todas sus fases y conexiones, ni la relación entre ambos tór-
minos tiene criterio superior en qne Be resuelva ni ley sabida
á que se ajuste; en aquella el sujeto depura sus percepciones
en la conciencia» donde busca y halla el seguro contra el error;
el objeto es determinado en todo cuanto es y abraza Bin exclu­
sión alguna, y la relación se halla garantida por fijo y racional
criterio.
La ciencia no es una obra puramente subjetiva, oomo suele
— 79 —
pensarse: no la construye cada hombre según su entender; sino
que existe á. pesar de nuestro conocimiento y por cima de ¿1,
como eterna relación de Dios con toda la realidad; y tan es
esto cierto, que sólo á ese titulo nos es posible adquirirla y
verla como inmutable y única. No caben dos ciencias distintas
de una misma cosa, y caben no obstante muchos y muy va­
rios pensamientos acerca de ella; procurar sin tregua que nues­
tra percepción sea en todo caso adecuada á la esencia de los
objetos es el ideal de la inteligencia, porque así vive á seme­
janza de Dios. Negar la ciencia infinita seria despojar á la hu­
mana de fundamento y quitar al espíritu su luz y su norte.
En la ciencia deben considerarse tres elementos distintos: el
fondo, la forma y el método. El fondo de la ciencia es la ver­
dad, que consiste en la adecuada relación del sujeto que cono­
ce y la cosa conocida; todas las relaciones impropias, cualquie­
ra que sea el carácter que revistan, eBtán, pues, excluidas de
aquella: los errores, las opiniones, las conjeturas, los puntos de
vista parciales é incompletos, las hipótesis, las inducciones
mismas, mientras no se comprueban por la demostración, son
caminos por donde el espiritu llega á la adquisición de la cien*
cía; mas no la constituyen por su propia virtud; es más; los co­
nocimientos analíticos y sintéticos, que se llaman de ordinario
ciencias, no lo son en puridad; porque toman respectivamente
una sola faz de los objetos, y la verdad se refiere á todo cuan­
to los objetos son en su unidad, en su contenido y en sus rela­
ciones.
Mas la verdad necesita la nota de cierta para que sea en to­
do su valor recibida por el sujeto. La exigida conformidad en­
tre el conocimiento y lo conocido puede darse sin que el espi­
ritu tenga conciencia de ello, en cuyo caso la verdad, siéndolo
en si, no lo es para el que conoce. La certeza depende no tanto
del criterio adoptado para comprobar las verdades científicas,
ouanto del método seguido en su adquisición. De aquí lo im­
portante que es la elección del punto de partida de la ciencia,
en el oual ha de resolverse definitivamente la cuestión de cer­
tidumbre.
Siendo la verdad el fondo de la ciencia y consistiendo en la
adecuada relación entre eL pensamiento y lo cognoscible, la
ciencia no puede ménos de tener una forma orgánica como la
— 80 —
realidad, de la cual es fiel trasunto. Así pues, ha de ser una:
ha de tener un principio en el cual se hallen virtual mente con­
tenidos sus múltiples aspectos; ha de ser al propio tiempo va­
ria, considerada en estas mismas determinaciones de su total
objeto; y ha de ser amónica, hallándose sus partes relaciona­
das, sostenidas por un lazo común é iluminadas por la eviden­
cia del principio, á semejanza de los astros, que tienen en el
sol su foco de atracción y de luz.
El espíritu no se satisface sino con esta armonía, que por
ser cualidad inherente á la ciencia toda, lo es también de sus
ramas particulares y se ostenta asimismo en cada uno de los
tratados que éstas abrazan; debiendo tener presente que esa
forma orgánica se refiere tanto á la verdad en sí cuanto á su
certeza. Procediendo el sujeto orgánicamente en sn trabajo de
reflexión, halla un criterio para cada uno de los conocimientos
en el anterior inmediato, pudiendo de esa manera, y no de otra,
marchar con seguridad al cumplimiento de su propósito.
Quédanos por tratar la cuestión de método, de la cual vamos
á ocuparnos ligeramente, dejando su detenido estudio para la
Lógica, en donde tiene su propio lugar.
Aun cuando la ciencia absoluta existe por cima de nuestro
conocimiento y con independencia de él, no así la adquirida
por nosotros, que no puede serlo sino mediante nuestra activi­
dad. Mas esta actividad no puede consagrarse á la determina­
ción de los objetos de una manera caprichosa; sino que ha de
respetar y satisfacer las naturales exigencias de los objetos
mismos para ser determinados; porque es preciso no perder
nunca de vista que el conocimiento, lejos de ser cosa exclusiva
del sujeto, es relación en la cual el que conoce y lo conocido
han de mostrarse según bu naturaleza; y como el sujeto es al
cabo el único activo en esa obra» cúmplele subordinarse á las
leyes de su esencia primero y á las propios de los objetos des­
pues, para que el conocimiento sea verdadero y orgánico. Pnes
bien; esa dirección que debe seguir el espíritu para, formar la
ciencia, esa forma ordenada de la actividad refleja del pensa­
miento es lo que llamamos método«
El método abraza dos direcciones particulares, el análisis y
la síntesis, que se determinan tanto en razón del objeto cog­
noscible, que entraña dos elementos opuestos, ouanto en razón
— 81 —
de la actividad misma del sujeto, que tiene también dos aspec­
tos distintos. El método analítico y el sintético tienen ambos
el propósito de formar el adecuado conocimiento de las oosas;
pero el uno aspira no más á recibir la presencia de lo cognos­
cible tal como es y aparece á nuestros medios de observaoion;
y el otro inquiere, no ya la presencia directa de*los'objetos,
sino el principio en que se fundan y de que se derivan. Infié­
rese de esto que ni el uno ni el otro proceso son por si solos
bastantes á constituir la ciencia; antes bien, necesitan unirse
y compararse en virtud de un nuevo método, la construcciónf
por¡¿el cual lo analizado se comprueba y lo demostrado se ve­
rifica.

SECCION

KSTÉTFCA.

La Estética es aquel tratado de la Psicología particular que


ae ocupa del sentimiento. Si tuviéramos nosotros autoridad
bastante para romper las tradiciones científicas, daríamos otro
nombre á esta sección (1) para diferenciarla de la cienoia de lo
bello, que se denomina de idéntico modo; pero careoemos de
aquella condicion, y nos limitamos á apuntar la conveniencia
de que se acepte la innovación indicada.
Al dividir la Estética, quisiéramos seguir exactamente el
mismo Orden de la Noología, para mantener el rigor del méto­
do y facilitar la enseñanza; pero no puede el sentimiento ser
estudiado de igual manera que la inteligencia, porque en aquel
no hay órganos distintos como en ésta, ni las funciones y ope­
raciones ofrecen tanto motivo de estadio. Esto despues de todo
sq explica fácilmente, por lo mismo que el sentimiento es una

relación en que eLalma y los o bjetoB parecen confundirse; y si


el conocer expresa distinción y el sentir totalidad indistinta,
es natural que la inteligencia conste de varias facultades y el
sentimiento d& una sola.

(11 P uesto q u e l u vocee g rie g a s de que esta p alab ra ee deriva aon el verbo
aUthtnomai (se n tir) 6 el nom bre a ítih tiH (sen tim ien to i, podría llam aras « l a sec­
ción A .isiolcg¿a ó A últ»io¡ogia.
11
— 82 —
Esto no obsta, sin embargo, para que en la Estética efectúe
mos la misma división fundamental que en la Noología, si­
guiendo como en ¿ata las leyes del proceso lógico. Distribui­
remos el asunto en tres capítulos: en el primero trataremos del
sentimiento en general; en el segundo, de sus formas, com­
prendiendo en dos párrafos distintos sus funciones y operacio­
nes, sus grados y esferas y sus clases; y en el tercero tnos ocu­
paremos de los fines del sentimiento como expresión de su
armonía y de su pleno desarrollo.

CAPÍTULO I.

NOCION D E L SEN T IM IEN T O .


%

Ya hemos dicho, al determinar el concepto de las faculta­


des, que el sentimiento (1) es aquella relación en la cual el
sujeto y el objeto se confunden hasta el punto de perder am­
bos, al ménos en esta esfera, su propia individualidad y cons
tituir una sola.
Mucho se ha debatido acerca de esto, objetando algunos que
tal definición es puramente poética, acusándola otros de inexac­
ta en todos sus extremos, y queriendo los más deducir de ella
consecuencias alarmantes. El asunto, pues, merece especial
atención y detenimiento, y nosotros, á riesgo de trastornar en
algo el propósito que abrigamos de dar á este libro carácter
elemental, vamos á hacer algunas consideraciones para esclare­
cer el punto en lo posible y poner la cuestión en sus justos
límites, si esto nos es dado.
El alma, al determinarse en forma de conocimiento, de afee*
to ó de volicion, lo hace aplicando sus facultades ¿ un objeto
cualquiera; tanto que si éste falta, no son posibles aquellos
estados anímicos; y claro está que al consignar nosotros la
existencia de un objeto como necesaria para, conocer, sentir ó
querer, entendemos que el alma puede tomarse ú sí propia
como término objetivo de la relación. Ahora bien; dada una
cosa, es evidente que el espíritu puede conocerla, sentirla ó

(l ) L a p a la b ra u a tim U n to ae em plee, como la palftbra pensam iento, paro alff-


DlAcar j a la f& calUd de s e n tir ye el hecho afectivo.
— 83 —
determinarla; de donde se infiere que estos hechos no provie­
nen. de la cualidad de aquella, que es idéntica siempre; sino
del modo con que la cosa misma y el espíritu se unen. ¿Cómo
se unen el espíritu y las cosas en el pensar, en el sentir y en
el querer? Hé aquí el punto de la dificultad.
Hay psicólogos que la salvan declarando que no pueden ser
definidos tales* modos, y dándose por satisfechos con afirmar
que el conocimiento es el resultado de la facultad de conocer,
el sentimiento de la de sentir y la volicion de la de querer;
mas ni es cierto, aunque sea muy agradable á la pereza inte­
lectual, que esa imposibilidad exista, ni el dar á conocer una
cosa por ella propia es procedimiento adecuado paTa fundar
toda una teoría, siendo asi que las ideas de que se trata no
aon primordiales, y caben por tanto en los limites de la defi­
nición,
Otros psicólogos, haciéndose cafgo de esta acepción que da­
mos al sentimiento, objetan que, si bien pudiera admitirse en
lo que respecta al placer, no se concibe en los afectos que son
por naturaleza repulsivos, como el odio, la aversión, el disgus­
to, etc., en los cuales, lejos de haber la pretendida fusión, hay
tendencia en el espíritu á repeler el objeto. Esta observación
parece á primera vista concluyente; mas, si un poco ee refle­
xiona, habrá de notarse que subsiste la compenetración indi­
cada en esos sentimientos quizá con más intimidad que en los
simpáticos y agradables. Ciertamente en el odio y en la aver­
sión tendemos á alejar de nosotros la cosa odiada ó repugnan­
te; pero esto mismo prueba que está en nosotros, que es de
donde queremos apartarla; y tanto mayor es nuestro empeño
en conseguirlo, cuanto está clavada con más fuerza en el alma.
Ya, al dar la nocion de las facultades, adujimos algunas
frases relativas al sentimiento consagradas por el uso, en las
cuales se releva claramente el mismo carácter que nosotros le
venimos dando; no habremos de repetirlas ahora; pero importa
fijar ese dato de mucha importancia para la solucion apetecida;
y aun para darles más valor, no está fuera de propósito citar
algunas, no ya del lenguaje común, sino de escritores y filóso­
fos ilustres. Cuando San Juan de La Cruz, extasiado por el
amor divino, en el cual toman vida todos los amores, exclama:
<rajos son los cielos y tnia es la tierra, mias son las gentes,
— 84 —
los justos sou míos y míos los pecadores, los ángeles son míos
y la Madre de Dios y todas las cosas son mias, y el mismo
Dios es mió y para mí,» ¿qué expresa sino esa confusion del
sentimiento, en la cual loa objetos parecen formar parte de
nuestra propia personalidad? ¿Qué otro sentido se encierra en
esta frase del mismo autor «la amada en el amado trasforma-
da,» y en esta otra de San Agustín «el odio es como un zara-
tan, que está siempre royendo las entrañas donde mora?»
Pero esta unión afectiva es consustancial como la del alma
y el cuerpo, de cuyo enlaoe resulta un nuevo sér de armonía?
¿Tiene por ventura un carácter de tal manera absorbente que
el objeto se despoje de su individualidad para perderse en el
espíritu, como se pierden en el mar las aguas que llegan á su
seno? No, en verdad; lo que se adhiere á nosotros, cuando
sentimos, na es la cosa misma, no es su esencia; sino su idea,
su representación ó su concepto, única forma de que la reali­
dad sea recibida en el alma; y así los mismos objetos son ama­
dos ó aborrecidos por distintas personas y aun por una perso­
na en diversas situaciones, segun el conocimiento que de ellos
formen.
En nuestras palabras está, pues, trazada la diferencia de un
modo radical entre el conocer y el sentir: el conocimiento es
la presencia del objeto en el espíritu; el sentimiento, confusion
de ambos; el uno es progresivo, el otro conservador; el uno
es la luz que esclarece, el otro es el calor qne funde; por eso
la mujer, en cuya naturaleza predomina el sentimiento, es más
apegada á sus hábitos, á sus aficiones, y hasta á los objetos
materiales que la rodean dentro del hogar; en tanto que el
hombre, en el cual la inteligencia adquiere más vuelo, mide
más amplios horizontes con su actividad, se desliga más fácil­
mente de sus costumbres, es más fuerte, en una palabra, por­
que tiene más dominio sobre si propio y sobre las cosas que le
afectan.
Enfrente de esta definición nuestra se han dado algunas
que no expresan, ó nuestro .parecer, el concepto oón la debida
precisión. Definen algunos autores el sentimiento diciendo que
es la facultad de experimentar placer ó dolor, entendiendo poT
placer el resultado de satisfacer una necesidad, y por dolor el
efécto de la necesidad misma no satisfecha. En primer lugar,
- 85 —
no puedeu aceptarse estas nociones de lo placentero y doloro­
so, porque hay placeres de los cuales es licito afirmar con Fray
Luis de Granada «que no producen hartura, sino hambre;», y
en segundo término, y aun aceptando dichas nociones, qneda-
ria en realidad por establecer el carácter del sentimiento, en
el cual hemos de fijar una nota genérica, aplicable tanto al
placer como al dolor.
Más Tacional es decir con Sto. Tomás que el placer es el re­
poso de las facultades en su objeto propio; pues, en efecto,
todo cuanto se halla conforme con nuestra naturaleza produce
emociones plácidas, y dolorosas cuanto está en desacuerdo con
ella; pero aquí se da á conooer el sentimiento por b u s efectos y
no por él mismo, no por la forma de la relación que en el sen­
tir mantienen el alma y los objetos; así ©6 que para el ilustre
filósofo citado no hay, como para nosotros, una, facultad de
sentir en el espíritu; sino que el gozar ó el sufrir son meros
resultados del ejercicio de todas las facultades.
En la relaoion del sentimiento, como en la del conocimiento,
hay dos términos: el sujeto que siente y el objeto sentido. El
sujeto es el Yo; el objeto es toda la realidad en cuanto es de
algún modo conocida por el sujeto: ignoti nulla cupido; y la
relación en la cual ambos términos se oonfunden, según queda
expresado, supone un fundamento común á los dos por cuya
virtud se hace posible su enlace.
Puede este enlace ser determinado por un objeto conforme
á nuestra esencia, lo cual engendra el placer, ó contrario á
ella, lo cual motiva el dolor. Aunque las cosas para producir
una afección placentera han de ser estimadas por el espíritu
como buenas y bellas, no pueden el placer y el dolor consti­
tuir un criterio de belleza y de bien, porque fácilmente se en­
gaña el entendimiento en la naturaleza de los objetos toman­
do como bueno y bello lo que en realidad es malo y deforme.
Esta falsa apreciación no es por supuesto ni puede ser jamás
absoluta, ó mejor, no tiene ni puede tener un fundamento ab­
soluto, porque las cosas son buenas y bellas en sí mismas sólo
por el hecho de ser.
Tanto en el placer como en el dolor ó en la combinación de
ambos estados, que también suele darse en la vida, la relación
es tal que el sujeto no se une á las cosas según sus especiales
— 86 —
notas y condiciones, sino de un modo total é indistinto; esta for­
ma indivisa del sentimiento no podía ménos de reflejarse en el
lenguaje, siendo esa la razón de. que en la mayoría de los casos
nos declaremos inhábiles para expresar nuestros afectos, y de
que ordinariamente se tengan por ciegos los impulsos del eo-
razoii. (1) Ciegos son, en efecto, en este sentido; pero no en el
concepto de fatalidad, como ordinariamente se piensa, buscan­
do acaso en esto una justificación de nuestra conducta; en el
sentimiento goza el espiritu, como en todas las manifestacio­
nes anímicas, de la libertad que le es propia, pudiendo por
tanto el sujeto enfrenar sus afecciones cuando son extravia­
dos. De ahí que algunos sentimientos levanten en nuestra con*
ciencia p c o s dolorosos; de ahí que nos avergoncemos ante nos­
otros mismos de dar cabida i ciertos impulsos afectivos, y de
ahí, por últiipo, que juzguemos responsables de sus inclinacio­
nes á los demás hombres.
Este poder de la voluntad sobre el sentimiento alcanza aun
á los hábitos, en los cuales parece como que perdemos nuestra
libertad de acción. Los hábitos, en efecto, no son más que la
repetición de un mismo hecho ú órden de hechos por la adhe­
sión del ánimo á las cosas; nacen, pues, del sentimiento y son
por lo mismo difíciles de desarraigar, tanto más cuanto más
nos abandonamos á ellos; pero ni en los actos habituales se
pierde totalmente el impulso voluntario ni somos jamás impo­
tentes para vencerlos; aunque á veces lo declaremos; lo que
sucede en tales casos es que no tenemos suficiente energía pa­
ra sufrir el yugo doloroso á que hemos de someternos por ne­
cesidad para alterar nuestra conducta, prefiriendo el placer
que leutamente nos mata al dolor pasajero, aunque fuerte, que
habría de restablecer el órden en nuestra vida moral. Para evi­
tar estas crisis violentas que á veces nos purifican pero que de
ordinario nos pierden, importa quebrantar desde luego los la­
zos morales oon que el sentitaiento nos liga, contrayendo, se­
gun una frase discreta, el hábffiode contraer buenos hábitos. (2)

[1) Kn la M itología se sim boliza, como sahornos, el femar eu un aillo ciego.


(2) No debe co nfundirse al h& bilocou o! iu etlato ; Ante ea innato, y adquirido
aqu el; el iu stin to no p u ed e modifica rae ni «oprim irse, y el hábito es reform able y
puede eer e x tin g u id o ; el ín atln to e&, se g u n se expresa un fllóRofo, la to s de la na-
to ra le z a m lem a, y «i h áb ito en u n a n e fa n d a n u tu ralezs.
—87 —

De lo dir.lio se infiere que el sentimiento es, como la inteli­


gencia, receptivo y no pasivo; verdad es que el objeto impre­
sionando el ánimo parece ser el único elemento de actividad;
pero, repitiendo ahora lo dicho en algunos capítulos atrás, si
el espirita no se puesta á la modificación provocada por el ob­
jeto, no puede el sentimiento producirse; el alma es, pues, ac­
tiva en la relación del sentir bajo este aspecto; pero no sola­
mente bajo este aspecto; lo es también en cuanto el sujeto pro­
cede espontáneamente hácia las cosas provocando su unión
afectiva con ellas, y en cuanto despues de verificada ésta tie­
ne virtud para modificarla ó destruirla, como á menudo acon­
tece aun en las grandes pasiones. (1)
Hemos establecido que el placer y el dolor son los dos ma­
nifestaciones naturales del sentimiento, y conviene distinguir
éste de la sensación Ten la cual se dan en nosotros igualmente
ambos estados. La sensación (actio sensuum) se refiere á lo fí­
sico y es motivada por impresiones puramente materiales; el
sentimiento, por el contrario, dice relación á lo espiritual y se
determina en virtud de hechos anímicos: todo hombre distin­
gue perfectamente sus placeres y dolores físicos de sus placeres
y dolores morales, sin que á nadie se ocurra, por ejemplo, con­
siderar dentro del mismo órden de fenómenos la molestia cau­
sada en su cuerpo por una herida y el pesar motivado por la
ausencia de una persona amada. No es esto decir que la sen­
sación excluya la actividad del espíritu ni el sentimiento la
del cuerpo; antes bien, á la modificación orgánica corresponde
un estado psicológico, y á la modificación psicológica un esta­
do orgánico.
£1 sentir, como el pensar, es con respecto ásu esencia nece­
sario y continuo; y con respecto á sus determinaciones, libre i>
individual. Basta, en efecto, la simple observación de concien­
cia para reconocemos obligados por ley suprema á sentir, sin
que seamos parte á cambiar esta imposición de nuestra misma
naturaleza; mas al propio tiempo y dada eBta necesidad, somos
libres de educar y dirigir nuestros sentimientos, y según he­
mos dicho,hace poco, responsables de nuestra conducta en este
punto.

(1J espfrLla Considerado ea «a facultad de snotir reciba el 0001111*0 de Animo.


— 88 —
Es también continuo el sentimiento, es decir, no se inter­
rumpe jamás como modo esencial que es del espíritu; y es,
por último» individual á la vez que continuo, porque se deter­
mina en la vida en estados concretos que se excluyen y que
caen bajo la precisa condicion de tiempo, como todo hecho,
por más que á veces nos parezca estar fuera de la forma regu­
lar de aquel, juzgando los instantes más ó ménos breves según
el estado de nuestro ánimo.

CAPÍTULO II.

POAMAS DEL SENTIMIENTO.

T.
Funciones y operaciones afectivas.

El sentimiento es, como toda facultad anímica, potencia en


cnanto se le considera razón y causa perpetua de sus estados
posibles, y actividad específica en cuanto determina temporal­
mente sus hechos y estados particulares. Estas determinacio­
nes pueden afectar dos caractéres análogos á los que ya exami­
namos en la inteligencia: cuando se toman en relación con la
actividad del sujeto ll&nanse funciones: y cuando ee toman en
relación con las condiciones y oualidades del objeto se deno­
minan operaciones.
Las funciones afectivas son tres: inclinación, adhesión y po­
sesion.
I n c l in a c ió n .—La inclinación es el primer movimiento afec­
tivo hacia las cosas, ó Lo que es igual, el instante en que el es­
píritu toma el objeto como tal para unirse á él en relación de
sentimiento. Tiene la inclinación cuatro grados positivos y
cuatro negativos, llamados los primeros apetito, deseo, aspira­
ción y amor, y los segundos repugnancia, disgusto, aversión y
odio.
El apetito es la inclinación que versa sobre objetos sensibles.
Nacen los apetitos de impulsos materiales reclamados por la
conservación del individuo ó de la especie; pero suelen moti­
var una tendencia del sentimiento y llegan á ser por esto ver-
— 89 —
daderns inclinaciones. La repugnancia ee una inclinación ne­
gativa, por la cual propende el sujeto á separarse del objeto
sensible qne considera en desacuerdo con su naturaleza y es­
tado.
El deseo es la inclinación qne recae sobre objetos morales
estimados por el espíritu como un bien. «El bienTdice Tiber-
ghien citando á Aristóteles, es lo único susceptible de deseo,
el principio de los movimientos del alma;» y en efecto, jamás
tiende ésta á lo que juzga un mal para si propia, por más que
á veces yerre en esta apreciación, seducida por el placer del
momento. Suele confundirse el deseo con la volicion hacién­
dose sinónimas en el lenguaje común y aun en el filosófico es­
tas expresiones: yo quiero, yo deseo; pero no son en realidad
una cosa misma, como lo prueba claramente el hecho de ha­
llarse con frecuencia en oposicion nuestros deseos y nuestras
determinaciones voluntarias: ¿ la vista, por ejemplo, de un
hermoso lienzo deseamos poseerlo, no por lo que tiene de ex­
temo y material, sino por la belleza que encama; pero no que­
remos tomarlo, si no nos es licito; en lo cual no hay más que
ona resistencia de la voluntad al deseo. La inclinación opuesta
á la que venimos examinando se llama disgusto.
Cuando acompaña al deseo el temor de que no se realice lo
que ambicionamos, cuyo temor se funda en la conciencia de
loa obstáculos más ó ménos graves que se nos presentan, llá­
mase aquel entonces aspiración. La aspiración es, pues, una
inclinación compleja en que luchan el temor y la esperanza;
cuando disminuyen las dificultades para el logro de nuestros
deseos, va aumentándose la esperanza y disipándose el temor,
hasta el extremo de confiar el espíritu en la posesion del obje­
to; cuando, por el contrario, las dificultades crecen, el temor
se apodera de nosotros hasta hacernos desesperar; entre la con­
fianza y la desesperación hay grados infinitos. Hablando de es­
ta lucha de afectos propia de la aspiración, emplea un autor (1)
esta expresión gráfica: el que aspira suspira. Cuando lejos de
tender á unimos con las cosas tendemos á separamos de ellas
con el temor más ó ménos vivo de que su influjo nos alcance,
entonces se dice que les tenemos aversión.

ll) Á lvaiez Espino.


— 90 —
El amor es el último grado de 1a inclinación, y consiste en
un movimiento afectivo hacia los séres personales ó hdcia las
manifestaciones directas de la personalidad;* así pues, son oh
jeto de nuestro amor Dios y el hombre, la ciencia, el arte, la
virtud, etc. Toma el amor nombres diferentes según el objeto
sobre que recae y según su intensidad y viveza: harto conoci­
das son las palabras adoraeion, amistad', afición, aprecio, sim­
patía, caridad y otras, que marcan esos varios aspectos del
amor y que más bien se entienden que se explican.
E l odio es lo oontrario del amor, y consiste en la tendencia
del espíritu á huir de la persona ó manifestación personal que
ejerce en él uua perniciosa influenoia. Así como el amor debe
¿jarse tanto en las personas como en las cosas en que palpita
la personalidad, así el odio debe concretarse á las malas accio­
nes, sin tener nunca por objeto la persona que las produce: al­
tamente sabia es la máxima aquella que prescribe odiar el deli­
to y compadecer al delincuente.
Adhesión.—La segunda función del sentimiento es la ad­
hesión, por la cual el espíritu se une al objeto. Dejemos ha­
blar á Tiberghien (1 ), que hace un luminoso análisis de este
punto. «Lo que es distinción y luz, dice, para la inteligencia
es asimilación y calor para el sentimiento; la inteligencia en
la percepción se mantiene á distancia del objeto para analizar-
lo bien; el corazon se aproxima i él y con él se confunde. Sin
adhesión no hay penetración; el sentimiento queda débil, su­
perficial y fugitivo. La adhesión es universal como la refle­
xión: el espíritu puede unirse ya á séres animados, personas,
animales ó plantas, ya á cosas impregnadas de la personalidad
de otro y conservadas á título de recuerdos ó reliquias. Impor­
ta desenvolver esta función en sus relaciones con los objetos
que son dignos de afecto; es preciso amar lo que es divino en
todos los órdenes de la realidad, lo bueno, lo justo, lo verda­
dero, lo bello, con exclusión de sus contrarios.»
Nada hay que añadir á esto, como no sea hacer constar que
el precepto consignado en las anteriores lineas, que tiene gran
importanoia moral, debe hacerse extensivo á la inclinación,
que es donde comienza el hecho afectivo. Verdad es que las

(1) ScieDce de l’ ame, pá?. 33J,


— 91 —
inclinaciones no siempre pueden prevenirse; pero el hábito de
contrariar las nocivas y el propósito constante de no abrigarlas
llegan á formar las buenas aficiones y á constituir un verdade­
ro carácter en la vida del espiritu; así se dice, v. g., este es un
hombre de buenas inclinaciones; aquel es propenso al mal, etc.
P o s e s io n .— Para que el hecho efectivo sea completo no bas­
ta que el espiritu se una d las cosas; es preciso qué las posea,
que se compenetren ambos términos; como no basta, segun he­
mos dicho oportunamente, que el alma perciba los objetos, sino
que es necesario además que los determine; y tanto más acabado
será el sentimiento cuanto se verifique por más ladoB aquella
penetración. Del mismo modo que la determinación resulta del
concierto de las anteriores funciones intelectuales, la posesion
requiere asimismo que el sujeto se incline y adhiera repetida­
mente al objeto basta llegar á su plena poBesion y goce; y como
el sentimiento no puede darse sin que las cosas sean de ante­
mano conocidas, claro está que la determinación intelectual es
un antecedente ineludible de la plena posesion estética; cabien­
do en esta, por tanto, una gradación semejante á la de aquella.
El bien en todas bus esferas es más amado cuanto es más
conocido; y aunque es cierto que en ocasiones la luz de la in­
teligencia disipa, los vapores del sentimiento, esto no ocurre
sino cuando recae nuestro afecto sobre objetos falsamente apre­
ciados en el primer instante de la inclinación; razón por la cual
es de suma importancia procurar cuanto sea posible tener una
percepción cabal de las cosos, para no amar sino aquellas quo
sean dignas de nuestro amor. No ama á Dios, por ejemplo, do
la misma manera un hombre inoulto que un espiritu educado
en la ciencia, en la cual lo percibe como principio y funda­
mento de la realidad, como providencia sobre el mundo, como
ideal absoluto del Arte, de la Moral y del Derecho, como orde­
nador de la Naturaleza y de la Historia, como suprema aspi­
ración de la conciencia; porque cada una de estas relaciones
puede decirse, imitando una expresión feliz, que Bon otras tan­
tas puntas de diamante con que se fija Dios en el alma del
hombre.
Las operaciones del sentimiento son tres: elemento, relación
y composicion afectivas.
E l e m e n t o a f e c t i v o . —Para entender bien las operaciones
— 92 —
del sentimiento conviene recordar las de la inteligencia, con
las cuales tienen aquellas íntima conexion y semejanza. Ya
sabemos que la nocion es el conocimiento del objeto en su uni­
dad; que el juicio lo es de sus relaciones internas ó externas; y
el raciocinio, de la relación superior bajo la cual se dan todas
las relaciones particulares. Pues bien; el elemento afectivo es al
sentimiento lo que la nocion á la inteligencia, y consiste en la
unión afectiva del sujeto con las cosas en si mismas y sin re­
lación alguna; reciben estos afectos el nombre de elementales,
porque son términos simples que entran en toda relación esté­
tica. Como quiera que. sobre ellos ba de fundarse la vida del
sentimiento, importa someterlos al imperio de la razón desde
luego y antes que, por medio de las relaciones en que despuee
se oonstituyen, echen hondas raíces en el corazon y determinen
perturbaciones no ménos hondas.
R e l a c ió n 1 a f e c t i v a . —Cuando estos afectos simples se rela­
cionan entre sí ya para un i rae ya para repelerse, se establece
la segunda operacion estética; puestas en lucha mediante ella
las diversas afecciones anímicas, se depura el sentimiento, ha­
llando cabida y atrayéndose en el espíritu recto los que son
ordenados, y muriendo los que están en él como fuera de oca-
sion y de lugar. Á propósito de esta relación de afectos dice
Garnier: (1 ) «Ciertas inclinaciones marchan por grupos y tie­
nen entre si una especie de asociación y parentesco. Las afec­
ciones del corazon se llaman ordinariamente Las unas á las
otras; el que es tierno hijo es tierno padre y amigo de la hu­
manidad; las inclinaciones del amor propio se atraen, por de­
cirlo asi, recíprocamente: el amor del poder se asocia al amor
de la gloria, á la confianza en si mismo, al deseo de preemi­
nencia en todo. > Asi es, en efecto, y así también los senti­
mientos encontrados tienden á excluirse, solicitando cada uno
de ellos la energía de la voluntad.
C o m f o s ic io n a f e c t i v a .—Dadas entre los varios sentimien­
tos estas relaciones de lucha ó de concordia, hay que ordenar­
los según las leyes de la misma realidad, subordinando los
unos á los otros, condicionándolos mútuamente y dando, en
suma, á la vida afectiva lu propia unidad que á la del pensa­

( 1) C it a d o p o r T ib e r tf lH e n .— SciirliCe del* iim c, pág '. £ 35.


-9 3 —
miento, para lograr de esta manera el equilibrio de nuestras
facultades y la sumisión de nuestras inclinaciones al dictámen
severo de la conciencia.
Ordenada así la vida, fácilmente se resuelven las colisiones
morales que provoca á menudo el sentimiento; las emociones
determinadas ya como inferiores pueden mantenerse de conti­
nuo en su relativa inferioridad, y de ese modo las leyes mora­
les se cumplen con ánimo sereno. Cuando, por el contrario, no
reina este concierto en los impulsos afectivos, cada momento
es una crisis y cada resolución un martirio; por eso los que se
empefian en negar la existencia de Dios carecen de unidad su­
prema á la cual subordinar y referir sus afectos, siendo enton­
ces su conducta verdaderamente monstruosa, ó prescinden á su
pesar de aquella negación, desmintiéndola á cada paso.
Para terminar este punto y con el fin de prevenir dificulta­
des, es conveniente hacer algunas indicaciones. Hemos dicho
que en el sentimiento el sujeto no se une al objeto seguu sus
especiales notas y condiciones, sino de tina manera total, y
hemos dicho también que las operaciones estéticas se caracte­
rizan por la mayor ó menor distinción que el espíritu hace de
los objetos mismos, en lo que se refiere tanto á sus relaciones
internas cuanto á sus vínculos exteriores, Pudiera verse en am­
bas afirmaciones una contradicción; mas téngase en cuenta que
las funciones y operaciones afectivas son, como todo hecho
psicológico, fenómenos complejos en que intervienen á la vez
todas las facultades. La relación del sentimiento, pues, no
pierde jamás su carácter de totalidad; pero el espíritu combina
los afectos; determina las cosas, presentándolas al sentimiento
con más ó ménos lucidez; en una palabra, dirige nuestra vida
afectiva estableciendo esas manifestaciones diversas, llamadas
estéticas, porque entra en ellas el sentimiento como principal
aunque no como único factor.

II.
Clases de sentimientos.
Convienen los autores que se ocupan extensamente de clasi­
ficar los sentimientos en que es esta una empresa de suma di­
ficultad, no tanto por la riqueza y variedad de la vida afectiva
— 94 —
cuanto por el carácter mismo de totalidad y confusión que al
sentimiento distingue; ese es también nuestro juicio sobre este
punto» y desde luego renunciamos á presentar una clasificación
completa y acabada, por ser asunto en el cual los detalles es­
capan al análisis más detenido, y porque aun cuando así no
fuera, quizás en un libro elemental estaría una división harto
prolija fuera de propósito. Pero hemos de procurar hacer un
cuadro lo más completo posible y simplificar sobre todo las
divisiones, reduciendo á pocos principios sus miiltiples aspec­
tos, con lo cual llenaremos el doble objeto de ordenarlas y de
facilitar su estudio. Poco cuidan de esto los autores, aun los
más rigorosos en el método, y en verdad que tiene ese descui­
do el mal grave, entre otros, de la falta de unidad en la clasi­
ficación, sin la cual ni el espíritu reposa ni el objeto se deter­
mina bien.
Nosotros hemos aceptado en general las divisiones hechas;
pero hemos omitido algunos de sus puntos de vista y aumen­
tado otros; hemos variado también en algo la nomenclatura,
por parecemos impropios algunos términos, y hemos fijado, por
último, un criterio de unidad de que aquellas carecen.
Al buscar un principio general de clasificación para el sen­
timiento, y supuesto que toda división debe arrancar del fondo
mismo del objeto divisible, lo lógico es á nuestro juicio consi­
derar los elementos del sentir, el sujeto, el objeto y la relación,
agrupando eu cada uno todos los aspectos que á ellos se refie­
ran de un modo inmediato. Verdad es que, siendo el sujeto, el
objeto y la relación elementos afectivos, en todos y cada uno
de nuestros afectos han de darse juntamente; pero al dividir,
por ejemplo, el sentimiento por el sujeto, no es que prescinda­
mos de los otros dos términos; sino que tomamos uno de ellos
solamente y lo consideramos centro de división, por serle los
miembros de ésta más directamente referibles, de la misma
manera que dividimos, v. g., el conocimiento por el objeto en
inmanente y trascendente, según que verse sobre el Yo ó so­
bre lo exterior á nosotros, sin que por esto afirmemos que es­
tas dos formas de conocimiento dejen de ser, como todas, una
relación en que se unen el espíritu y la realidad. E l sentimien­
to, pues, se divide roa e l s u j e t o , p o r e l o b j e t o y p o r l a r e ­
l a c ió n .
— 95 —
P o r EL s u j e t o .— E n e l s u je to p u e d e n c o n s id e ra rs e t r e s co­
sas: LA f d b n t e , es d e c ir , l a f a c u lta d in t e le c t iv a p o r l a c u a l s o n
lo s o b je to s c o n o c id o s , c o n d ic io n in d i s p e n s a b le , c o m o s a b e m o s,
p a r a q u e s e p r o d u z o a la re la c ió n e s té tic a ; l a c u a n t id a d y l a
CUALIDAD.
Según l a f u e n te s e d iv id e n lo s s e n t im ie n t o s e n sensibles, re­
flexivos y racionales.
Los sensibles recaen sobre cosas individuales cuya nocion
suministran los sentidos; tales son el miedo, la lujuria y otros.
Estos afectos son con frecuencia intervenidos por la fantasía,
y en ocasiones engendrados exclusivamente por ella. Los re­
flexivos versan sobre relaciones bailadas por el entendimiento;
tales son los que inspiran las nociones de semejanza > de con­
traste, de organización, de método, etc. Los racionales tienen
por objeto datos y principios de la razón; como el amor ¿ lo
bello, ¿ lo verdadero, á lo justo, consideradas estas ideas en su
pureza absoluta.
Segun la cuantidad pueden ser los sentimientos universales
y particulares. Los universales son aquellos que embargan
por completo el espíritu, arrancando ordinariamente al cuerpo
muestras de la espansion ó el sobrecogimiento en que aquel se
constituye. Cuando tal sucede, cuando el movimiento afectivo
va acompañado de una perturbación orgánioa más ó ménos
honda, recibe entonces el sentimiento el nombre de emocwtt.
Las emociones encontradas suelen manifestarse del mismo
modo; y así es que lo mismo se teme proporcionar á una per­
sona querida una alegría súbita qne un pesar intenso. Los sen­
timientos particulares son aquellos que no nos conmueven tan
profundamente, quedando el alma, por tanto, más serena y con
más dominio de si propia.
Estos estados espirituales producidos por dichos afectos se
deben en gran parte al temple de cada hombre, ¿ su educa­
ción, á su costumbre de sufrir y á otras circunstancias pura­
mente individuales: personas hay que T e siste n con impavidez
los más fuertes contratiempos de la fortuna, y ceden y se arre­
dran ante un accidente li g e r o ; y otras, por el contraño, que
por todo se emocionan y acobardan, crecen en vigor y arrojo
ante un suceso grave y lo arrostran con la mayor serenidad.
Sirvan de ejemplo de los afectos universales el producido por
— 96 —
la muerte de un sér amado, el ocasionado por la afrenta ó por
la ruina, 1a gratitud que le guardamos á quien nos salva de
una situación difícil, la indignación que levanta la injusticia
en La conciencia justa, el éxtasis religioso y otros; y de afectos
particulares, los goces ordinarios de la amistad, de la fami­
lia, etc.
En la cualidad, tercer principio de división de los senti­
mientos por el sujeto, pueden tomarse tres aspectos: b l e s t a ­
d o , e l o r a d o y l a in ü l ix a c io n . Por el estado son los afectos
placenteros, dolorosos y complejos. Placenteros son aquellos en
los cuales el objeto concuerda con la naturaleza y estado del
espíritu; dolorosos, aquellos cuyo objeto está en oposicion con
ambas cosas; y complejos, aquellos que participan á un tiempo
de los anteriores. Sentimiento de placer es, v. g., el que se ex­
perimenta al conquistar una posicion que anhelamos, al ver
una acción benéfica, al contemplar á nuestros padres ó á nues­
tros hijos buenos y alegres; sentimiento de dolor, el que moti­
va la pérdida de una esperanza, el que nace de considerar las
angustias de la patria, del amigo ó del hermano, el que produ­
ce la ingratitud, la infidelidad, la inconsecuencia; y complejo,
el que tenemos al empeñamos en la resolución de un punto
difícil, el del amante que goza en la posesion del objeto ama­
do y teme perderlo, el que experimenta todo hombre que aspi­
ra á conseguir un bien en cuya realización no confia en abso­
luto, etc.
Ya hemos dicho en el capitulo anterior que el bien y el mal
ocasionan respectivamente el placer y el dolor; pero no el bien
y el mal en si mismos; sino en su relación con el juicio que
el sujeto forma de las cosas. E l bien estimado como bien es un
placer; estimado como mal es un dolor; y del propio modo, lo
malo oonocido y sentido como tal es un dolor, y tomado como
bien es un goce. Constantemente se dice que no hay placer
más sabroso ni más íntimo que el de la venganza, y sin em­
bargo, constituye un hecho inmoral; á menudo también se pa­
dece al enfrenar Los malos hábitos, y el acto es moral y bueno
por excelencia.
Por el grado, segundo aspecto de la cualidad, se distingue
el sentimiento en irreflexivo, reflejo y armónico. El irreflexi­
vo aparece en la primera edad de La vida; se caracteriza por el
— 97 —
predominio de la receptividad en el sujeto, y por lo fácil qne
es su perversión eu virtud de ese mismo estado de abandono,
propio de la edad en que se manifiesta. EL reflejo supone un
estado más perfecto de conciencia, y lleva en eí, aunque inde­
terminada, la nocion del bien; en estos afectos vuelve el espi­
ritu sobre sus placeres y dolores, y procura ajustarlos á la pru­
dencia, á la utilidad, al cálculo y aun al mismo criterio moral.
El sentimiento armónico corresponde á la plenitud de la vida,
en cuyo grado el espíritu con pureza de intención y alteza de
miras subordina sus afecciones particulares &aquella universal
que las rige y funda en cierto modo; así es, por ejemplo, el
amor ¿ la patria, á la familia, á la ciencia, etc.; y asi es, por
último, el sentimiento religioso, suprema ley estética bajo la
cual se unen todos los sentimientos puros.
Por la inclinación, tercera y última cualidad afectiva del
sujeto, se dividen los sentimientos en positivos y negativos. Los
positivos significan una tendencia del ánimo h¿cia las cosas
consideradas como buenas; son el apetito, el deseo, la aspira­
ción y el amor. Los negativos expresan una tendencia del ¿ni-
nimo á repeler lo que considera un mal; toman las formas de
repugnancia, disgusto, aversión y odio. Ya hemos estudiado
estos modos de la inclinación, y nos creemos dispensados de
hacerlo nuevamente.
Pon e l o b j e t o .—Tres puntos de vista ofrece también la di­
visión del sentimiento por el objeto: la E8RN0IA, EL MODO y
LA e s f e r a . Segun la esencia se dividen los afectos en indivi­
duales, genéricos y absolutos. Son individuales aquellos cuyo
objeto es singular y determinado; genéricos, aquellos que ver­
san sobre nociones abstractas; y absolutos, los que recaen sobre
objetos universales. Estos sentimientos corresponden ¿ los sen­
sibles, reflexivos y racionales ya estudiados. Abora bien; sien­
do los objetos universales la verdad, la belleza y el bien como
emanaciones directas de Dios y Dios mismo como esencia in­
finita que las abraza, los sentimientos absolutos Be subdividen
en lógicos, estéticos, éticos y religiosos, segun el principio eter­
no al cual se relacionan. El bien á su vez puede ser tomado
como fin de los actos humanos (el bien por el bien), ó como
medio para el cumplimiento de un fin (el bien para el bien);
lo primero constituye lo moral; lo segundo, lo útil; mas como
13
— 98 —
lo útil dice relación á los fines materiales ó á los sociales» de
ahí que se determine en dos aspectos diversos: lo económico y
lo jurídico; Los sentimientos éticos, pues, se subdividen en eco­
nómicos, jurídicos y morales.
Sentimientos lógicos ó intelectuales son todos aquellos que
despiertan las investigaciones científicas; el que brota de la
verdad adquirida mediante el esfuerzo de nuestra propia inte­
ligencia, el que inspira la victoria en las lides académicas, el
que se experimenta al escuchar la palabra de un sabio, etc.;
estéticos son los que nacen al contemplar los esplendentes cua­
dros de La Naturaleza, las creaciones del genio en todas las
esferas artísticas, en los certámenes, en los teatros, en los mu­
seos, etc.; éticos, los que se levantan á la vista de grandes ac­
ciones, á la contemplación de una vida sosegada y virtuosa,
ante el triunfo de la justicia, ante la ternura del padre, ante el
sacrificio del amigo, etc.; religiosos» en fin, los que se fundan
en el amor de Dios y en cnanto se piensa y hace con la vista
fija en Él.
Según el modo se clasifican los sentimientos en determina­
dos é indeterminados. Son determinados los que tienen un ob­
jeto claro y preciso; tales son todos los citados hasta ahora; y
son indeterminados aquellos cuyo objeto es indistinto y vago,
teniendo ellos por tanto La misma indistinción y vaguedad.
En estos sentimientos no suele haber medias tintas; ó son se­
renos y apacibles, ó por el contrario, producen en el ánimo
fuertes inquietudes; esto último acontece con todos los que
origina la incertidumbre y con Los presentimientos, que son á
menudo el mayor enemigo de nuestro reposo. .Muchas veces
nos ocurre hallarnos abatidos y como faltos de vigor moral
sin damos cuenta del objeto que determina tal estado de pesa­
dumbre; en estos casos en que nos acosa la fatiga y el ánimo
se rinde y ht^sta asoman las Lágrimas á nuestros ojos, es nece­
sario imponemos ¿ nosotros mismos con la reflexión, con el
recuerdo de instantes felices, con la esperanza de próximos
goces y con la idea, sobre todo, de nuestros deberes, fortale­
ciendo asi el espíritu y disponiéndolo á entrar en la marcha
natural y razonable de la vida.
Según la esfera se distingue el sentimiento en inmanente y
trascendente. Es inmanente el que versa sobre el Yo; y tras-
— 99 —
candente, el que tiene por objeta lo exterior á nosotros mis­
mos. Pero el Yo es recibido en la conciencia en relación de
sentimiento de dos maneras: en totalidad y sin distinción al­
guna de sus modificaciones singulares, cuyo estado nos acom­
paña de continuo en la vida, ó en cada uno de sus modos y
hechos; de aquí la subdivisión del afecto inmanente en total y
pardal . E l trascendente á su vez se subdivide en coordinado,
superior y supremo; en el coordinado el objeto afectivo es se­
mejante al sujeto; tal acontece, v. g , con el amor conyugal; el
superior es aquel cuyo objeto constituye un urden más elevado
y comprensivo, v. g., el amor á la patria; y supremo el que se
refiere á Dios mismo como causa y razón de todos los séres.
P o r l a r e l a c ió n . —Procediendo de nn modo análogo al
empleado en las anteriores divisiones, hallamos en la relación
del sentimiento tres aspectos dignos de consideración: l a e n e r ­
g ía , e l INFLUJO e n l a v i d a y EL FIN MORAL. Antes de entrar
ó desenvolverlos, importa fijar que el elegir la relación .como
principio de las divisiones estéticas significa tomar el senti­
miento en sí mismo como relación ya formada, y sin atender
en especial á los términos que la constituyen, ó mejor, aten­
diendo á ambos igualmente. Asi es, v. g., que establecemos la
energía como aspecto de la relación, porque el sentimiento
fuerte ó el violento no se caracterizan por la condicion del su­
jeto ni por la cualidad de la cosa sentida; no es el espíritu el
violento ni el fuerte ni tampoco lo es el objeto; sino que, da­
das tales ó cuales condiciones psicológicas y objetivas, la rela­
ción estética se determina con esos ú otros caractéres. Esto di­
cho, estudiemos esos puntos de vista que hemos señalado.
Segun la energía se clasifican los sentimientos POR LA i n ­
t e n s id a d , p o r l a Mo v il id a d y p o r l a e b p a n s io n . Por la in­
tensidad son fuertes y suaves; por la movilidad, vivos y lentos;
y por la espanaion, violentos y apacibles. Sentimiento fuerte es
el impetuoso que conmueve profundamente el espíritu; suave,
el sereno y tranquilo que apenas lo impresiona y modifica; vi­
vo, el que se produce y pasa con rapidez; lento, el que nace
perezosamente y deja de existir con dificultad; violento, el que
á la vez es fuerte y vivo; y apacible, el que es á un tiempo
lento y suave. Como á primera vista puede notarse, estos afec­
tos son muy relativos y admiten infinitos grados; no es posible
— 100—

determinar cuándo el sentimiento deja de ser suave para con­


vertirse en fuerte, ó fuerte para convertirse en suave, ni cuán­
do deja de ser viro 6 violento para conventirBe en Lento y apa­
cible, <5 al contrario. Pudiera decirse que es fuerte el dolor que
produce la pérdida de un padre ó de un hijo; suave, el placer
del bien obrar; vivo, el sentimiento de la ira; lento, el amor á
nuestros semejantes; violento, el sentimiento de la venganza;
y apacible, el de la amistad.
Según su influjo en la vida, son los afectos benéficos, maléfi~
eos y mixtos. Los benéficos, como su nombre lo indica, son los
que ejercen en nosotros provechosa influencia, vigorizando el
espíritu con nobles aspiraciones y prestándole calor para abri­
gar en su seno los puros ideales de la vida. Tales son todos
aquellos que tienen por objeto el bien y por base la conciencia
de nuestra alta misión y la confianza en el cumplimiento de
nuestro destino. Sin esta fe en el porvenir fácilmente desmaya
el espíritu de más temple ante las adversidades propias de la
existencia; pero con ella se salvan los mayores obstáculos y se
realizan los hechos más grandes; esa fe es la que alienta en el
corazon de los héroes y de los justos.
Sentimientos maléficos son los que deprimen y abaten el es­
píritu, quitándole condiciones para que cumpla su fin en la
vida. Tales son los que tienen por objeto el mal y por funda­
mento la desconfianza de nosotros mismos y la exagerada con­
ciencia de nuestra limitación. Á veces los sentimientos produ­
cen uno y otro efecto, fortifican y abaten, enaltecen y humillan;
en este caso reciben el nombre de mixtos, y son aquellos cuyo
objeto ha sido falsamente estimado, ó los que por la doble na­
turaleza del objeto mismo ejercen opuesto influjo en el alma.
Tal es, entre los unos, la cólera, que primero enardece y alien­
ta y despues abate y rinde; tal es, entre los otros, el remordi-
miento* que al mismo tiempo nos confunde y regenera, nos
perturba y purifica.
Atendiendo, por último, al fin moral, ae dividen los senti­
mientos en ordenados y desordenados ó pasiones. Ordenados
son los que se ajustan á las prescripciones de la conciencia; y
pasiones, los que se producen en contra de las leyes morales.
Las pasiones toman de ordinario gran incremento, y son ver­
daderas enfermedades del alma. Suele darse el nombre de pa-
101 — —

sion á todo sentimiento vivo y exaltado, sea cualquiera su mó­


vil; en este sentido, las pasiones no pueden condenarse en ab­
soluto; antes bien, sirven de impulso á las acciones heróicas
cuando están animadas de un buen propósito; así decía Cha-
teubriand: «las pasiones bou alas para subir á los cielos;» pero
á nuestro juicio la pasión, segun expresa su/etimología, no es
más que el sentimiento desordenado que rofipe la armonía del
espíritu.

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— 102 —

C A PÍTULO ITI.

FINES DEL SENTIMIENTO.

Asi como la presencia de las cosas en el pensamiento se da


en razón de la verdad, cualidad absoluta de los séres, asi la
intimidad del sentimiento responde á la belleza, cualidad tam­
bién intrínseca de los objetos; la belleza es, pues, la tendencia
del sentimiento, como la verdad lo es de la inteligencia. Pero
del mismo modo que ésta no reposa en la verdad aislada y sin
relación, Bino en la verdad científica, asi aquel no se propone
como fin último la belleza suelta y desordenada, sino la belle­
za artística.
La belleza puede decirse que es la adecuada expresión del
ideal en la forma. Asi pues, los elementos estéticos son: la
idea que se encarna en una forma determinada; la forma en
que se encarna la idea, y el modo con que se produce esa en­
camación; y en efecto, los objetos en su pura esencia no son
ni dejan de ser bellos; en su pura forma nada son sino como
expresiones del fondo; y en la simple información de la esen­
cia 6 idea no son más que sfres existentes; es preciso, para que
sean bellos, que esta información sea la propia y adecuada á la
naturaleza de las cosas, y conforme en un todo con el tipo di­
vino, con la idea absoluta en que se modelan.
Nosotros, v. g,, no decimos que es hermoso un caballo por­
que tenga naturaleza de tal ni porque revista una forma cual­
quiera, sino porque en ésta Be halla expresado propia y adecua­
damente el ideal del caballo; de tal modo, que si faltan en ¿1
los rasgos que en el tipo concebipos, si no es erguida la cer­
viz, brioso el cuello y descarnada y viva la cabeza ó hay des­
proporción entre estas partes, aunque en sí cada una sea ga­
llarda , diremos que el caballo no es hermoso. Y tan necesario
es que la forma corresponda & la naturaleza del objeto bello,
que igual concepto de deformidad nos merecería el caballo si
tuviera rasgos de león ó de hombre, aun cuando fueran per­
fectos.
Entendida así la belleza, podemos desde luego consignar
— 103 —
que las categorías de lo bello son la unidad, la variedad y la
armonía, únicas cualidades que bastan á satisfacer la exigencia
de que sea propia y adecuada la expresión del ideal en la for­
ma. Estas categorías son universales y se refieren á la esencia
de todos los objetos» según bemos tenido ocasion de mostrar; y
por consiguiente, debiendo manifestarse en la forma de los ob­
jetos bellos la esencia ideal, la esencia tipo de cada órden de
aérea respectivamente, claro está que la armonía de lo uno y lo
vário es cualidad fundamental de la belleza. La belleza es in­
compatible con el desórden: allí donde el pensamiento no con­
cibe una ley de armonía que rija y enlace los elementos y par­
tes de los séres, no tendrá el alma de seguro el sentimiento
inefable de lo bello.
El gran poeta y critico Lista ( 1 ) dice ú este propósito: «Un
monton inmenso de peñascos hacinados por un terremoto es
ciertamente un objeto sublime: ¿dónde está su belleza? En las
ideas del órden físico que asocia inmediatamente nuestra fan­
tasía á aquel caos, á aquel monton de piedras incoherente. Pa­
ra' convencerse de esto, basta observar que si encontramos en
una habitación todos los muebles acumulados sin órden ni con­
cierto, este espectáculo no? nos parecerá sublime, porque basta
el poder y la travesura de un niño para producirlo; ni bello,
porque no nos recordará ideas de órden. No sucede asi con los
estragos de la Naturaleza: el poder que los produce es dema­
siado grande para que no procuremos ligarlos con las ideas del
(írden físico A que está sometido el Universo; y aun casi siem­
pre hallamos en estas ideas la explicación de aquel aparente
desórden, como, por ejemplo, cuando nos convencemos de que
las tempestades purifican la atmósfera.»
Siendo la belleza cualidad absoluta, se corresponde exacta­
mente con la verdad y con el bien; los tres principios univer­
sales tienen un fundamento común y se enlazan intimamente
en la esencia infinita, que es lo sumo del bien, de la verdad y
de la belleza. Todo lo verdadero es bello por su sola verdad, y
todo lo bueno lo es asimismo por su bondad intrínseca: cuando
declaramos deforme algún objeto, no lo hacemos ciertamente

(1) Citado por F ern an d ez Baplno.—C orso de L ite ra tu ra g en eral, p ág in a 43.—


t.4 «d le ion.
— 104 —
por lo que tiene de verdadero y bueno, sino bajo algún otro
aspecto ó condicion emanados de la finitud de los sóres. En
Dios no hay límite alguno, sino plenitud de esencia y de vida,
no cabiendo por tanto en b u nuturaleza ningún aspecto in­
armónico; y como Él es lo bello por excelencia, pudiera decir­
se que la belleza es la semejanza &Dios en lo creado.
En las relaciones estéticas deben considerarse tres grados:
lo bello propiamente dicho, lo sublime y lo cómico. Cuando
hay proporcion entre el fondo y la forma de las cosas, se dice
que son bellas; cuando la forma, que es limitada y concreta, áe
manifiesta claramente incapaz de contener lo ilimitado del fon­
do» resultando de esto una falta de equilibrio en que la esencia
supera á la expresión, se produce el sublime; y cuando la for­
ma excede notoriamente á la idea, entonces aparece lo cómico.
Lo bello despierta en el ánimo un placer sereno y tranquilo;
Lo sublime nos aterra á la vez que nos encanta, y lo cómico
excita en nosotros goces espansivos y á la par ligeroB.
Bello es el sol cuando se eleva entre vistosos celajes; bello
es el prado cubierto de flores y bella eB la contemplación de
una existencia feliz y virtuosa; el mar embravecido, el incen*
dio que arrasa los campos, el sacrificio de la vida en aras del
bien son espectáculos sublimes; y son, en fin, expresiones có­
micas un ejército de niños con armas de cartón, una mujer de
edad avanzada con las ilusiones amorosas de la juventud. Den­
se á la Gatomaquia los personajes de la Odisea, y se converti­
rá en una obra sublime; dénse á la Odisea los de la Gatoma­
quia, y será una producción cómica.
La belleza, como la verdad, es absoluta y relativa. La abso­
luta no está sino en Dios ni se concibe más que en su esencia,
libre por completo de la impureza del límite. Dios es fuente
perenne de belleza; de ella emanan y ¿-ella se dirigen todas las
bellezas finitas, que no tendrían sin ella razón ni modelo y que
le deben su existencia, como el mundo, b í vale esta compara­
ción, debe su luz al sol, y si éste se apagara quedaría aquel su­
mido en perpétua noche. Por eso, dándose el sentimiento en
relación con la belleza de Iob objetos, Dios debe ser amado so­
bre todas las cosas y su amor debe ser la ley de todos nues­
tros amores.
La belleza relativa está en los séres creados, y se divide en
— 105 —
tantas especies cuantos son los órdenes de la realidad Hay,
pues, una belleza física , que es la que brilla en la Naturaleza,
y cuya nota característica es la continuidad» el enlace nunca
roto de las partes y elementos que componen tal organismo;
hay también una belleza espiritual, cuyo principal carácter es
la libertad en el pensamiento y en la acción; y bay por últi­
mo una belleza compuesta, en la cual se muestran á la vez lo
libre y ló fatal en ordenado compendio, condicionándose de un
modo recíproco: el cuerpo recibe la belleza del espíritu y la
encama, poniéndola en relación con otros séres, y el espíritu
recibe á su vez la belleza del cuerpo y la acrisola con la razón
y con la libertad.
Pero el espíritu, hemos dicho, no T ep o sa en la belleza natu­
ral; bu*ca la belleza artística por la cual se depura aquella, to­
cada ordinariamente en la realidad d e imperfección y acompa­
ñada de fealdad. Estudiemos, pues, esta nueva faz estética.
El Arte en general es el desarrollo de la actividad humana
según la naturaleza y condicion de los objetos sobre que versa.
Para que esta naturaleza y condicion sirvan de ley á la pro­
ducción artística, es preciso que sean determinadas de antema­
no por el sujeto; razón por la cual la ciencia de las cosas es
anterior á su arte, y ciencia y arte se relacionan estrechamente
y se corresponden en el cumplimiento de los fines biológicos.
(1) El arte estético es una manifestación del arte en general, y
puede definirse diciendo que es el desarrollo de la actividad hu­
mana segun la naturaleza y condicion de lo bello, cuya produc­
ción es él fin de la actividad misma.
En las bellas artes, cuyo cultivo responde á un fin racional,
porque la belleza no es solo para contemplada sino también
paTa producida, hay tres elementos como en la ciencia: el su­
jeto creador (artista), el objeto determinable (asunto) y la rela-

(1] S u ele d isc u tirse si a lg u n a * r a n a s del saber son p u ra ciencia 6 puro a rte ;
tal cnaation es im propia, po rq u e to l a ciencia es a r te á la voz, y lodo a r to h a de
fundarse en a n a ciencia. No cabe poro conocim iento de un a s u n to sin que de 61
emanan re g ia s para la vida, ni caben re g la s p rácticas sin principio en q a e no b a ­
sen, por lo m lstno qu e el a rte ha de m o strarse « a arm en ia can la n a tu ra le z a da
loa objetos, q u e no puede se r determ inada má* que por la ciencia. Ba més; la cien­
cia, aun considerada a la aplicación i la vida, e n tra ñ a el a r te en el solo organism o
da su forma.
14
— 106 —
cion entre ambos (obra artística.) El sujeto creador ea el hom­
bre. ( 1 ) Todos los séres racionales tienen aptitud para sentir y
expresar la belleza, cada cual en la proporcion de su cultura y
de sus propensiones nativas. En lo que se refiere á la produc­
ción de lo bello hay, pues, una escala inmensa que empieza
en la simple habilidad y termina en las esplendentes alturas
del genio.
Y a hicimos algunas indicaciones relativas á la inspiración y
á las bellas artes al ocuparnos de la fantasía; allí apuntamos
que la vocacion y la aptitud artísticas exigían para ser ade­
cuadamente cultivadas la reflexión y el estudio, por lo mismo
que el arte en todos sus grados y esferas supone el conocimien­
to del objeto sobre el cual ha de recaer la actividad. Ese ada­
gio que expresa que el poela nace y el filósofo se hace es cierto,
si con él se quiere significar que el estudio por si solo no cons­
tituye la cualidad de artista; pero no debe tomarse en el senti­
do de que baste el genio para venoer todas las dificultades y
escalar todas las alturas, porque el genio, como toda otra apti­
tud, ha de subordinarse á los preceptos de la razón y á las le­
yes de la realidad sobre la cual levanta sus creaciones. Verdad
es que el artista suele tener adivinaciones sorprendentes; pero
también se precipita en funestos delirios por desconocer la
naturaleza de las cosas.
Compruébase esto con la determinación del objeto artístico,
que no puede ser Bino aquello que de alguna manera le está
presente al sujeto por medio de la inteligencia y le es íntimo
por medio del sentimiento: lo que no se conoce y siente no
puede ser asunto de la actividad; luego el estudio es indispen­
sable para disponerse á la creación artística, porque en el ór­
den de la vida primero es conocer que sentir, y primero ambas
cosas que obrar. En general puede decirse que es asunto de Las
obras de arte todo cuanto existe: Dios, la Naturaleza, el espí­
ritu y la humanidad, en cuanto son estos objetos conocidos por
el artista.
La relación, por último, en La esfera del arte ha de ser or­
gánica, como Lo es La exigida por la ciencia. En ella ha de ser

(1} Y* an o tro la g a r hemaa aclarado el sentido de l a p alab ra eriacion aplicada


al arte.
— 107 —

estimado y cumplido el fin, que es la belleza, según sus cate­


gorías ya enunciadas, y ba de ser igualmente ■determinado el
sujeto en la armonía y plenitud de sus facultades. Este doble
organismo se refleja en la producción y constituye su ley eter­
na, sin la cual perdería La obra su carácter estético. La unidad,
la variedad y la armonía son, pues, los principios de toda pro­
ducción genial.

SECCION 3.a

PRASOLOGÍA.

La Prasologia es aquella sección de la Psicología analítica


que trata de la voluntad. El plan de su estudio obedece á la
misma ley que el de las anteriores secciones, y está en ellas
trazado. Constará, pues, la Prasologia de tres capítulos: en el
primero trataremos de la voluntad en general; en el segundo,
de sus formas, que comprenden las funciones y operaciones
volitivas y las clases de voliciones; y en el tercero, de sus fines.

CAPÍTULO I.

NOCION DE LA VOLUNTAD.

La voluntad es la facultad de querer, de determinarnos á


un acto. E l querer es, como el conocer y el sentir, una rela­
ción compuesta de dos términos: sujeto que quiere y objeto
querido. El sujeto es el Yo; el objeto es nuestra misma activi­
dad en sus dos esferas intelectual y afectiva y en su relación
con los actos corporales determinables por el espiritu. Distín­
guese en esto la voluntad de la inteligencia; pues al paso que
el objeto directo de ésta es todo cuanto existe en la concien­
cia ó fuera de ella, el de la voluntad no es el mundo exterior
sino en cuanto ya nos está presente y en cuanto queremos
conocerlo* sentirlo 6 tomarlo como fin de nuestra actividad
corporal. Nosotros conocemos la realidad; sentimos Lo que
conocemos; y nos determinamos, ya á conocer, ya á sentir,
— 108 —
ya á obrar en cuanto nos es posible pon nuestros medios fí­
sicos. (1)
Algunos psicólogos afirman, exagerando esto, que la acti­
vidad humana se concreta en pensar y sentir, reservando á la
voluntad el papel de simple motor de las otras facultades sin
ser en realidad cosa distinta de ellos, bien asi como la pro­
piedad de adaptación, que es común á todos los sentidos cor­
porales; pero esto no es exacto: verdad es que la volicion en
el órden psicológico se resuelve siempre en pensamientos ó
en afectos; pero tiene una esfera distinta y un fin propio, que
la constituyen en hecho referible á un principio distinto y
original también,
Propónese el pensamiento la verdad; muévese el sentimien­
to con la belleza, y dirígese la voluntad al bien; y estos tres
conceptos absolutos no pueden menos de estar en relación
con tres actividades anímicas tan irreductibles como ellos.
Añaden los indicados psicólogos que la verdad es el bien de
la inteligencia y la belleza lo es del sentimiento, y que no
hay otra forma de bien para el espíritu; pero yerran en esto,
porque olvidan que la pura determinación voluntaria es tam­
bién en sí misma buena ó mala, y que no puede por tanto
reducirse el bien á la verdad y é la belleza; como lo pro­
baría, si otra razón no quisiera darse, el hecho de existir una
ciencia, la Moral, tan original y sustantiva como la Estética
y la Lógica.
La relación del querer tiene también un carácter que la di­
ferencia de la del conocer y el sentir: si la relación en el co­
nocimiento es de presencia y en el sentimiento de intimidad,
en la volicion es de causa y de fin; de causa, en cuanto el es­
píritu determina y produce el acto, que por este concepto le
es imputable; y de fin, en cuanto se lo propone como tér­
mino de su actividad para cumplirlo, que es lo que moral-

l l) A lguno* sostienen la ex istencia en el e sp íritu de ana facultad locomolrit


diB tinta d e l a v o lu n tad , y c u j a esfera de acción se co ncreta á la actividad del
cuerpo. Eq n u estfu (sentir do b asta la diferencia de Objeto para h a c e r suponer non
facu ltad d istin ta ; ta n to en lo e s p iritu a l como eu lo físico h ay en lo referente a
cato u n hecha com ún y co n stan te que es lft d íterm iu n ció n , & la c u a l, seau cua­
lesq u iera su s form as, no CoiTeSponde m ás que u n a sola potencia aním ica.
— 109 —
mente avalora la acción. El propósito, dice un psicólogo (1),
ee el fin mismo en tanto que recibido en la voluntad para su
realización en la vida. Entre la propia causalidad y el bien
realizado, añade el mismo autor, se cierra el ciclo todo del
proceso volitivo.
La voluntad es, como las otras facultades, á la vez que ne­
cesaria, libre; y á la vez que continua, individual. Necesaria,
porque es ley de nuestra esencia anímica que no podemos ex­
cusar: empeñarnos en no querer seria contradictorio, porque
nuestro empeño formaría ya un acto volitivo; no somos libres
de querer ó de no querer; pero sí nos es dado determinamos
en una ó en otra dirección, querer una cosa ú otra: de cuya
facultad arranca precisamente la responsabilidad moral de
nuestros actos. La voluntad es asimismo continua; jamás de­
jamos de hallamos en estado de querer, tengamos ó no con­
ciencia de ello; pero si en la vida no se rompe nunca la ac­
tividad voluntaria, no por eso cada hecho es dependiente de
los anteriores; antes bien, en cada instante se determina el
espiritu de un modo original, produciendo voliciones indi­
viduales.
Excusado parece consignar, despues de haberlo hecho del
pensar y del sentir, que la voluntad no es pasiva, sino recep­
tiva; en ella parece expresarse la actividad animica con más
vigor que en las otras dos facultades; y si es cierto que no
se determina jamás sin motivos de acción, éstos no son los
que causan las voliciones; se concretan á condicionarlas, co­
mo probaremos ahora al estudiar las escuelas que combaten
la libertad psicológica. Esta actividad que por sí misma obra,
teniendo perenne en su seno la fuerza con que se determina,
fuá llamada por Aristóteles entelequia: realidad que tiene en
sí el principio de sus actos y que tiende espontáneamente á
su fin.
La voluntad, hemos dicho, no obra sin motivos. Los motivos
de acción son las ideas ó juicios que intervienen en la forma­
cion del propósito; cuando influyen en el propósito mismo los
estímulos del sentimiento, toman estos el nombre de móviles.

(1) G ln e r.—Lecciones sunuiriaB de Psicología, p ip , 182.


— 110

Los motivos y los móviles concurren siempre en más ó en


meaos al acto volitivo.
Tiene la voluntad» como propiedad inherente á su natura-
leza, la condiciou de libre, Dícese que el alma es libre en
cuanto determina y rige sus actos por su propia virtud y con
perfecta conciencia. Dos circunstancias concurren, pues, en
el acto libre: la conciencia clara y la resolución propia; si el
hombre produce un hecho sin conocimiento de motivos, sin
atender á la ley del obrar, que se funda en la esencia mis­
ma de las cosas y en la espacial relación de éstas con el es­
píritu, ó si, por el contrario, conociéndola, abandona su ini­
ciativa á merced de un motivo irracional que se le impone,
el hecho será determinado en un caso y conocido en otro; pe­
ro en ninguno de los dos libre, por no ser ¿ la vez rectamente
conocido y querido.
Suele tenerse una falsa nocion de la libertad: quién la hace
consistir en la resolución voluntaria que no atiende &motivo ni
consideración alguna; quién la fija en la independencia de to­
do principio, y quién finalmente sostiene que es la faoultad
de elegir entre el bien y el mal. Estas nociones son inexactas,
y couducen á la negación de la Libertad misma.
Respecto de la primera acepción, la voluntad que no atien­
de á motivo de ninguna oíase es inconsciente, en cuyo caso fá­
cilmente se nota que no puede ser libre, ó es inconcebible de
todo punto, porque la sola consideración de no aceptar motivo
alguno es ya un motivo de obrar. Respecto de la segunda, la
conciencia sugiere la prueba más auténtica y firme de que
nunca estamos más en el goce de nuestra libertad que cuando,
fija la vista en el deber que la ley moral impone, nos senti­
mos fuertes para rechazar toda sugestión bastarda y ordena­
mos con resolución inquebrantable nuestra conducta: al decla­
rarnos fuera del alcance y dominio de las leyes morales si que
nos constituimos en verdad era esclavitud, como lo evidencia
el desórden que sobreviene en la vida, en que casi perdemos
la posesion de nosotros mismos y la posibilidad de regir núes*
tros actos. Y respecto al último de los conceptos expresados,
la elección entre lo bueno y lo malo no es propiedad de nues­
tra condicion libre, sino de nuestra condicion limitada; el
hombre tiene la facultad de elegir, no por su libertad, sino
— 111

por su finitnd; de tal manera, que es tanto más libre cuanto


más se liga coa el bien y menos tiene, por consiguiente, la
posibilidad de elegir el mal.
La libertad humana se niega por algunas escuelas filosófi­
cas llamadas genéricamente fatalistas. Hay dos clases de fa­
talismo: el psicológico y el ontológico. Aunque brevemente,
trataremos de ambos, por ser este un punto en cuya discusión
hemos de echar sólidamente los cimientos de la Moral.
E l fatalismo p s i c o l ó g i c o es aquel que parte, para negaT la
libertad humana, de consideraciones puramente respectivas
al órden anímico; tiene tres direcciones: la indiferentista, la
determinista y la optimista. La escuela indiferentista pre­
tende que la voluntad es libre cuando se determina por sí
misma y sin atender ¿ ningún motivo; de tal manera, que en
en el instante en que se deje influir por el bien ó por el mal y
obre segun este influjo, se hace esclava de las razones á que
atiende.
T a hemos dicho hace un momento que no se concibe una
voluntad consciente que obre sin. motivos de acción; hasta en
el acto más ligero los hay; porque, dado el organismo espi­
ritual y la consiguiente relación entre las facultades, la in­
teligencia no puede dejar Ala voluntad huérfana de su luz.
Cuando yo, por ejemplo, rae propongo salir de paseo y tomo
indistintamente una ú otra dirección, el motivo de esta ac­
ción mia, que al parecer carece de ellos, es precisamente el
serme igual pasear por este ó por el otro camino; si mi obje­
to fuera llegar á un punto dado, entonces tomaría el que con­
dujera al término propuesto. La libertad, tal como la piensa
el indiferentismo es por consiguiente irrealizable; y no ad­
mitiéndola sino de ese modo, lo que hacemos en realidad es
negarla. Respecto del segundo extremo, ahora probaremos
que los motivos no destruyen ni amenguan nuestra libertad de
acción.
El determinismó piensa que los motivos de obrar son los
que propiamente determinan los actos humanos, porque im
pulsan la voluntad y en último término la obligan á resolver­
se, sin que ella sea parte á resistirlos. Contra esta teoría pug­
nan á un tiempo la experiencia y la razón: afírmase en ella
que ¿l semejanza délo que sucede con las fuerzas físicas al
— 112

obrar sobre un cuerpo, el motivo más poderoso es el que


triunfa y determina el acto; ¿pero cuál es el motivo más po­
deroso? ¿cómo se establece comparación entre motivos hete­
rogéneos? ¿cómo el que ahora es fuerte, luego es débil y al
contrario? Si los motivos, como las fuerzas materiales, tienen
valor absoluto ¿por qué varían segtin los individuos y según
las circunstancias? Preguntas son estas que no puede satisfa-
cer el determinismo; y es que los motivos toman su valor de
la voluntad misma: ella, aceptándolos ó rechazándolos, les da
<í lea quita fuerza; ella los compara y los estima, y ella es en
fin la causa de las acciones que se determinan en el espirita,
quedando los motivos reducidos á la categoría de meras con­
diciones volitivas.
£1 optimismo es una doctrina semejante á la anterior; con-
BÍste en afirmar que la voluntad no es libre de elegir entre el
bien y el mal, y que entre dos bienes necesariamente ha de
elegir el mayor. Importa hacer distinción en este punto. Si se
quiere significar con esto que el bien es la causa de nues­
tros actos, se comete el mismo error de que adolece el deter­
minismo: el bien solicita la voluntad y la estimula; pero la
voluntad es la que quiere, la que decide el acto; no obra­
mos por efecto, sino en vista del bien concebido. Si por el
contrarío se quiere significar que la voluntad se determina en
el sentido del bien cuando lo conooe, entonces no hay en el
optimismo ningún ataque á la libertad psicológica; porque,
según hemos expresado ya, el ideal de la actividad libre es
producir el bien y rechazar desde su altura todo móvil apasio­
nado y todo motivo injusto; pero conste siempre que no es lo
bueno lo que causa las determinaciones voluntarías; sino la
voluntad la que se determina por propia virtud en considera­
ción á lo bueno.
E l fatalismo o n t o l ó g i c o es el que niega la libertad, no por
meras consideraciones subjetivas, sino como consecuencia de
principios metafíisicos. Tiene, como la psicológica, tres tenden­
cias: la materialista, la panteista y la teológica.
El materialismo, que ya nos es conocido (1 ), no admite la

(1) P ágina 10.


— 113 —
existencia del alma, siendo su resultado necesario el conside­
rar los hechos de la vida moral sometidos á las mismas leyes
fatales que los de la vida física Segun esa teoría, la conducta
humana obedece é las evoluciones invariables y continuas de
la materia; de tal modo que, dadas tales ó- cuales condiciones
orgánicas en una persona, no caben en ella más actos que los
que esas condiciones determinen. Ya en otro lugar mostramos
lo erróneo de esta doctrina; añadiremos ahora solamente que
para aceptarla seria preciso desoir la voz de la conciencia, que
premia nuestros actos buenos con puras y dulces satisfacciones
y se revuelve amenazadora contra las acciones inmorales. La
sanción inmediata de la conciencia y la irresponsabilidad mo­
ral que del materialismo se desprende son incompatibles; y
si de lo primero no es posible dudar, hay que rechazar lo
segundo.
El panteísmo, de que ya tenemos también .alguna noticia,
pudiera condensarse en estas dos fórmulas: no hay más que
una sustancia; la sustancia se desenvuelve siguiendo las leyes
necesarias que derivan de 9u esencia. Esto sentado, confundi­
das todas las cosas con Dios y hechas manifestaciones suyas,
claro está que el individuo, y con él la libertad, desaparece en
el océano de la existencia divina; si las acciones humanas son
expresiones de las leyes inmutables porque se rige la sustan­
cia universal, son Dios mismo determinándose necesariamente
¿qué le queda ¿ la iniciativa individual? Del panteísmo se in­
fieren conclusiones idénticas á Las del materialismo; segun él,
todo Lo que se produce en la realidad es legítimo, todo es
bueno, todo es justo, todo es adecuado y conforme ¿ los prin­
cipios de la realidad misma; y el mundo moral, que la con­
ciencia revela y afirma y que 1a humanidad entera reconoce»
queda reducido á un torpe delirio de la mente, á un vano
arranque de nuestra soberbia.
El fatalismo teológico, por último, admito la personalidad
humana y la divina, pero juzga incompatible la libertad de la
primera con la presciencia de la segunda. Si Dios, dice esta
doctrina, todo lo prevé y es infalible, al hombre no le es dado
realizar más que aquello que Dios prevé; porque si pudiera
efectuar otra cosa, quedaría la omnisciencia desmentida; y si
el hombre tiene en la sabiduría infinita como un patrón in-
15
— 114 —
variable del que do se puede apartar eu su conducta, claro
está que no es libre. Hay, pues, que elegir entre la presciencia
y la libertad.
En esta disyuntiva no están debidamente puestos los térmi­
nos: no es que el hombre hnga necesariamente lo que Dios
prevé; sino que Dios prevé lo que el hombre libremente hace;
con ouya sola inversión de tcrminbs recobra la cuestión su
verdadero aspecto y acaba todo peligro para la libertad hu­
mana. Pero además la palabra previsión, que es la más alar­
mante porque significa prioridad en el tiempo respecto del
saber divino con relación á los actos humanos, es impropia
por todo extremo. Dios está sobre el tiempo; Dios lo ve todo
tal como es y todo lo abaroa en su conooimiento con intuición
simple y perfecta; lo temporal dice sólo referencia á nosotros,
que vivimos sujetos á la ley de sucesión. Pero, siendo para
Dios el conocimiento un eterno presente, si asi podemos ex­
presamos, ve, sin embargo, como futuras las cosas que son fu­
turas y como pasadas las que son pasadas; y del mismo modo
conoce lo posible como posible y lo efectivo como efectivo:
con lo cual ni su sabiduría se menoscaba ni nuestra libertad
se destruye, porque el ver no es determinar ni el conocer
prescribir.
Queda, pues, la libertad triunfante de todas las doctrinas
fatalistas; y no podia menos de ser así, dada la claridad con
que á todo espíritu reflexivo aparece su existencia. Contra
todas las razones que en contra de ellas puedan discurrirse
hay una razón suprema: el testimonio de la propia concien­
cia, que, á pesar de todos los argumentos y aun despues de
algunos que acaso no pueda inmediatamente contestar, si­
gue creyéndose libre. ¿Qué significan, si no, los sacrificios,
las luchas constantes de la vida, la integridad del varón justo
que cierra el sagrario de su conciencia á toda profanación,
el pesor de una acción inmoral, el arrepentimiento y el pro­
pósito que formamos de tomar una nueva línea de conducta,
y la creencia, en fin, de que en todo momento hemos podido
querer y hacer lo contrario de lo que hemos querido y hecho?
¿Qué consagran las leyes y prácticas de todos los pueblos
y qué muestra la Historia sino la existencia de la libertad
humana?
— 115 —
Cuando, desafiando la sana razón, dice un pensador moder­
no (1 ), se pretende elevar á La categoría de principio el de­
terninismo, todos Los argumentos de sus mantenedores enmu­
decen ante la voz de la Libertad que todos oimos en la con­
ciencia, y que parece puesta allí por Dios como dique en que
se estrellan los dos grandes peligros en que puede caer la ra­
zón humana: el materialismo y el panteísmo.

CAPÍTULO II.

F orm as de la v o lu n ta d,

I.
Funciones y operaciones volitivas.

La voluntad, como las anteriores facultades, tiene funciones


y operaciones que corresponden al proceso que pudiéramos
Llamar subjetivo las primeras, y ¿ la manifestación objetiva,
&los resultados naturales del ejercicio de dicha facultad, las
segundas. Las funciones son tres: la disposición, el propósito
v* la resolución.
DISPOSICION.—Asi como la inteligencia atiende á los obje­
tos para conocerlos, y asi como el sentimiento se inclina á
ellos para amarlos, asi la voluntad se dispone á ejercer su de­
terminación en vista del punto sobre el cual ha de recaer. La
disposición es el primer movimiento de la voluntad hacia Las
cosas determinables; durante elln recoge el espíritu sus fuer­
zas, procurando sustraerse á toda influencia extra fia, y adqui­
rir perfecta concienoia de lo que puede y vale en el instante
en que el objeto la solicita. Si fuera permitida una compara­
ción para hacer esto tangible, diríamos que, salva la diferen­
cia que existe entre ambas acciones, la voluntad hace en la
disposición lo que hace la fiera cuando descubre la presa sobre
la cual ha de arrojarse; se pára, se rehace, mide sus fuerzas y
las de la víctima, calcula la distancia que las separa, y se re­
coge para dar una acometida segura.

(I) Gum ersindo*^ A rc4r$lf.-B 1 positivismo y la clvUkeolop.—Ravlatu con-r


ttmporAoea, núm, J-f,
— 116 —
La disposición, qne en las acciones ordinarias pasa desaper­
cibida para el sujeto por confundirse con el propósito, tiene
á veces una importancia decisiva; y en efecto; la mejor ga­
rantía de una resolución atinada es la seguridad de que el
espirito cuenta para el momento de la acción con sus más po­
derosos elementos, la conciencia y el dominio de si. Á veces
• no se llega á la formacion de un propósito por creerse el in­
dividuo falto de condiciones para efectuarlo; creencia que re­
sulta de ese recogimiento de la disposición, en el cual apare*
cen al alma juntamente la situación actual y las lachas pasadas,
arredrándola ó fortaleciéndola; asi se dice, v. g.: «no tengo va­
lor, no estoy dispuesto para cometer ese acto; disponte ¿ re­
sistir este contratiempo; disponte á variar de conducta; estoy
dispuesto a todo, etc. >
P r o p ó s it o .— £ 1 propósito es aquella función en la cual el
objeto es recibido ya como fin por la voluntad para su realiza­
ción en la vida. El propósito resulta inmediatamente de la
deliberación, durante la cual juzga r*l espíritu los motivos de
obrar, los compara, los aprecia, y aun los busca para am­
pararse de ellos contra otros que á su pesar lo influyen. Fá­
cilmente se comprende lo necesario de esta función en el acto
volitivo; puede decirse que es la clave de nuestra coaduota:
cuando pugnan por dominar la voluntad motivos encontra­
dos; cuando suenan al mismo tiempo en la conciencia la voz
severa del deber y La insinuante y halagüeña de los place­
res, <5 cuando el deber mismo no es entendido claramente y
solioita con formas opuestas nuestra libertad, lo único que
puede salvamos es una deliberación sosegada y reflexiva, que
deslinde los campos y presente á la voluntad fácil y expedito
el camino.
Dada una buena deliberación, el acto es moral seguramente;
porque al compararse los motivos sin pasión y con calma, por
necesidad han de sobreponerse los raciónalos y lian de cauti­
var el espíritu; por el contrario, despues de una deliberación
incompleta fácilmente se extravia nuestro juicio y toma como
bueno lo malo, como bello lo deforme y como verdadero lo
absurdo. Durante la deliberación son disculpables las vacila­
ciones, los propósitos inmorales que ahora se formau y luego
se rechazan, las inconsecuencias y las luchas; pero una vez dán-
— 117 —
dolft por terminada y tomando nna resolución definitiva qne
cause estado, no se disculpan en esta ni las variaciones ni los
extravíos. Por eso se afea tanto la inconsecuencia política: un
hombre puede, sin que nadie lo censure, tomar todo el tiempo
que juzgue necesario para formar juicio respecto de las grandes
cuestiones que ¿ la política se refieren; pero una vest resuelto
á abrazar un ideal, tiene la sociedad derecho á exigirle qne
sea constante en él; porque supone qne antes de resolverse lo
ha pensado maduramente; los desertores de cualquiera idea
son poco estimados por la ligereza de su juicio.
No quiere esto decir que, una vez trazada una línea de
conducta, se deba seguir necesariamente por el solo hecho
de haber adoptado una decisión, y aun conociendo el error*
morir abrazado á él, acaso como pená de la deliberación in­
suficiente; no; siempre que el hombre conozca que yerra, de­
be reformar bu juicio; pero antes que esta obligación, tiene
la de poner todos los medios que estén á su alcance para no
errar; y sabido es que el error suele originarse de la precipi-
tacion al juagar las cosas. Hay ocasiones en que no nos es
dado deliberar todo el tiempo qne quizá fuera preciso, por­
que las circunstancias apremian al acto; en este caso deben
seguiise, como en todos, las inspiraciones d e‘la conciencia
de una manera honrada, fiando lo demás á la Providencia, y
permaneciendo tranquilos, sea cualquiera el resultado de
nuestra conducta, siempre que no hayamos llegado al caso
apremiante por nuestra propia culpa y habiendo podido evi­
tarlo.
RESOLUCION.— La resolución es el último instante del pro­
ceso volitivo, en el cual ponemos fin ¿ la lucha entablada
durante ia formacion del propósito, decidiéndola á favor de
una de las razones y aceptando en definitiva un camino cual­
quiera. Así como la deliberación no cesa mientras no se re­
suelve el' espíritu, así la resolución no termina mientras no
se ejecuta el acto 6 mientras no desiste de «!1 la voluntad; si
la volicion no continuara mientras debe realizarse la acción
querida, no se llevaría ésta jamás á término. No basta qne
la voluntad diga á la inteligencia conoce y al sentimiento
ama; es preciso que asistá oon su impulso constante al ejerci­
cio de ambas facultades, alimentando á la vez la luz de la
— 118 —
inteligencia y el calor del sentimiento en relación con el ob­
jeto de su querer.
El modo de que las decisiones voluntarias sean adecuadas
á las exigencias del objeto por si mismo y por las circunstan­
cias en que se halle, es procurar que la inteligencia lo perci-
ba claramente en todas sub relaciones. Si tal se consigue y el
objeto es bueno, el sentimiento lo amará y la voluntad se lo
propondrá resueltamente como fin; si el objeto es malo, lo re­
chazarán á la vez el sentimiento y la voluntad: nuestros esfuer­
zos deben encaminarse á que el bien sea estimado como bien
y el mal como mal; porque una vez lleno el espíritu de la idea
de lo bueno, fácilmente se combaten las sugestiones desor­
denadas.
Réstanos añadir que ho todo lo querido puede ser ejecuta­
do: la ejecución depende de nuestros medios de obrar, que
son limitados en todas sus esferas, y en cambio la voluntad
tiene aptitud para quererlo todo, sea ó no posible su realiza­
ción. Y o puedo querer que se trastornen las leyes del uni­
verso, que Dios sea relativo y el hombre absoluto,. que los
principios morales no se impongan á la conciencia; pero
estas voliciones serian irrealizables; y porque sabemos que
lo serian no las prodqciraos, á no tener una perturbación
mental; pues aun cuando nos sentimos capaces de resolver
hasta lo imposible, la voluntad ordenada no determina sino
aquello que racionalmente podemos ejecutar Entiéndase que
este aspecto ilimitado de la voluntad, que los psicólogos con­
signan acaso exageradamente, no es absoluto; lo querido ba
de ser de alguna manera conocido, y el hombre, como sabe­
mos, es limitado en su conocimiento: nihil voliíum quin prce-
cognitum.
Las operaciones de la voluntad son tres: elemento, relación
y composicion volitivas.

E l e m e n t o v o l i t i v o .— E l demento volitivo es á la voluntad


lo que la nocion á la inteligencia y lo que el elemento afecti­
vo al sentimiento: consiste, pues, en la determinación volun­
taria que recae sobre objetos no tomados en sus conexiones
con otros ni con los aspectos particulares del objeto mismo.
De estas voliciones elementales debemos decir lo mismo que
— 119 —

de los afectos simples; así como estos entran en toda relación


estética, asi aquellos juegan en todarelncion moral; y es, por
tanto, necesario no dejar ni por un instante que los guien la
pasión ni el capricho, para no exponernos á que, una vez vi'
ciados, se ingieran á nuestro pesar en lo general de nuestra
conducta, que mal sabríamos poner en razón con elementos
irracionales.

R e l a c ió n v o l i t i v a . — No se concreta en verdad el espiritu


á. producir estas voliciones aisladas; antes bien, las concierta
en planes más ó menos vastos, haciéndolas concurrir á pro­
pósitos que, por abrazar fines complejos, eon complejos y
varios también; tal es el objeto de la segunda operacion de
la voluntad. El militar que prepara y dirige una batalla; el
hombre de ciencia que escribe un libro; el pintor que con­
cibe y produce un cuadro; el gobernanta que plantea una re­
forma social ó que simplemente rige un país con arreglo á
las leyes establecidos; el malhechor que dispone sus fuerzas
y recursos para privar á un semejante suyo de la hacienda ó
de la vida; en Buma, todo el que forma un proyecto en el
cual se dan diversas voliciones concertadas, realiza la opera­
ción que estudiamos, y que, al decir del ya citado autor de la
ciencia del alma, marca la diferencia fundamental entre la
conducta del niño y la del hombre, entre la actividad anímica
en la vigilia y en el sueño, entre los espíritus ligeros y los
sensatos.

C om po sic io n v o l i t i v a .— Pero es aún más importante y


más amplio el arte de la vida. Todos nuestros planes cientí­
ficos, artísticos ó de cualquier otro órden deben estar en ar­
monía, deben ser expresiones de un plan general por el cual
se rija nuestra conducta y en el cual brille eternamente la
ley del bien, como única guia de nuestros actos, como perpé*
tuo alimento de nuestro espiritu, como centro inmóvil de núes-
tras fuerzas. Forjada en él la voluntad, todas nuestras accio­
nes tienen idéntico carácter; adqniere nuestra vida el sello de
la virtud, que más fortifica y engrandece el alma cuanto más
constantemente se ama y practica; y la tierra, que es sólo valle
de lágrimas para el que no se ampara del bien, se trueca en
— 120 —
peregrinación, penosa siempre, pero dulce y hermosa á la vez,
porque tras ella ae adivinan y aguardan felicidades más puras.
Esta relación superior que enlaza y unifica nuestras particula­
res relaciones morales, es la que constituye la tercera opera­
ción de la voluntad,

n -

Clases de voliciones.

La clasificación de las voliciones se ajusta á los mismos


principios que la del sentimiento; tanto, que hemos de darle
igual disposición y hasta hemos de valernos de idénticas pa­
labras; de esta suerte, siendo un solo molde común & ambas
divisiones, será clara su comprensión y fácil su estudio; y no
habiendo en esto, como no hay, sacrificio alguno para la ver-
dad de las cosas ni violencia para su exposición, esta será una
prueba de que los aspectos tomados no son arbitrarios ni ac­
cidentales, sino que por el contrario, cumplen las condiciones
de una división razonada.
Las v o lic io n e s , c o m o lo s se n tim ien tos, se d iv id e n p o r el
SUJETO, POR EL OBJETO y POR LA RELACION.
P o r e l s u j e t o . — Tres aspectos deben tomarse en el su­
jeto; LA PUENTE, LA CUANTIDAD J LA CUALIDAD. Según la
fuente, se dividen las voliciones en sensibles, reflexivas y ro-
cionales. Son voliciones sensibles las ocasionadas por motivos
cuyo origen noológico está en las sensaciones; reflexivas, las
que se inspiran en motivos sugeridos por el entendimiento;
y racionales, las que se apoyan en motivos emanados de la
razón. Las voliciones sensibles se producen, por ejemplo, en
atención á las nociones de color, de temperatura, de distan­
cias, de movimientos, de sonidos, etc.; las reflexivas, en aten­
ción á las de igualdad, de contraste, de consecuencia, de fun­
damento; y las racionales, en vista de los principios lógi­
cos y ontológicos: el bien, la verdad, la causalidad, la contra­
dicción.
Según la cuantidad, se dividen las voliciones en universa­
les y particulares. Son universales aquellas en las cuales se
interesa de tal modo el sujeto, que en ellas parece que se con*
— 121 —
doman todas sus facultades. Así como el sentimiento univer­
sal va, según dijimos, acompañado de una risible perturba­
ción orgánica, asi la volición, cuando llena por completo el
espíritu, se traduce las más de las veces en actitudes físioas
vivamente pronunciadas; en estas voliciones tiene el sentí*
miento una participación activa. Voliciones particulares son
las que no interesan el alma de una manera tan honda. Sean
ejemplo de laa primeras las que determina el padre que de­
fiende la vida de sus hijos, el mártir que desafia los tormentos
y en ellos reitera la pureza de su fe, y el magistrado que al
aplicar las leyes rechaza enérgicamente las promesas inmora­
les. Ejemplo de las segundas son las que producimos en lo
normal y corriente de la vida.
Segun la cualidad, pueden ser consideradas bajo tres aspec­
tos: POR EL ESTADO, POR EL ORADO y POR LA TENDENCIA. Por
el estado se dividen en buenas, malas y complejas. Son buenas
las que están en relación de armonía oon nuestro fin esencial;
malas, las constituidas por una relación cuyo objeto es contra­
rio á nuestra* naturaleza; y complejas, las que por conceptos
distintos tienen ambas propiedades. Las primeras son todas
aquellas que entrañan un bien para el sujeto: el estudio, el
ejercicio de la caridad, el ordenado trabajo físico, etc. Las se­
gundas son todas aquellas que nos originan un mal: la ociosidad,
el cultivo de las malas pasiones, la desobediencia á los precep­
tos paternales, etc. Las complejas son las que nos producen ¿
un tiempo bien y mal: tal es el estudio mismo, cuando per­
judica nuestra salud, siendo á la vez provechoso á nuestra
cultura.
Por el grado pueden tener las voliciones la oualidad de
irreflexivas, de refleja\s ó de armónicas. Las voliciones irre­
flexivas que, como los afectos de su propia índole, se dan en
la primera edad de la vida, son las determinadas más bien por
influencias del sentimiento que por inspiraciones de la con­
ciencia, más bien por móviles que por motivos; las reflejas,
que pertenecen á la segunda edad, parten de exigencias ra­
cionales y son efecto de un plan más ó menos acabado, en el
cual las mismas influencias afectivas se depuran y someten á
principios; las armónicas se refieren á la edad madura, y su­
ponen un concierto de propósitos subordinados á las leyes ab-
10
V
— 122 —
solutas del bien. Así el niño se resuelve de ordinario en vista
del placer físico, y busca, por ejemplo, los alimentos agrada­
bles, los juegos divertidos, I09 espectáculos vistosos; el joven
se inspira ya en motivos personales más altos, y se entrega
al amor, al cultivo de las ciencias elementales, á los cálculos
que han de proporcionarle utilidad, al mejoramiento de su
porvenir; y el hombre, poT último, hace converger todos los
elementos de su vida á la realización completa de sus fines, y
es padre de familia, y ejerce una profesion y toma parte en
los destinos públicos, etc.
Por la tendencia se dividen las determinaciones voluntarias
en positivas y negativas. Son positivas cuando el espíritu acep­
ta, digámoslo asi, el objeto; y negativas, cuando lo rechaza.
Esta facultad que tenemos de querer ó de no querer, de re­
solvernos ó no á Cualquier acto» no se dice de la voluntad
considerada como potencia; se dice solo de su ejercicio como
actividad especifica y de un momento particular de ese ejer­
cicio. La voluntad quiere siempre, porque esa es su ley; pero
puede no querer en un sentido especial cualquiera, que es lo
que engendra la volicion negativa. Por eso los miembros de
división deben referirse, no á la voluntad, como lo hacen en
general los psicólogos, sino á los voliciones, á los actos de la
voluntad misma, que son los que en realidad toman distintos
aspectos.
P o r s l o b j e t o .— Tres son Las fases dignas de consideración
en el objeto: LA. e s e n c ia , e l modo y l a e s f e r a . Según la
esencia se dividen las voliciones en individuales, genéricas y
absolutas: las individuales recaen sobre un objeto singular y
determinado; los genéricos sobre un objeto abstracto; y las
absolutas sobre un objeto universal. Las voliciones absolutas
se gubdividen, como los afectos, en intelectuales, estéticas,
éticas y religiosas, según que se propongan como fin la ver­
dad, la belleza, el bien ó las relaciones del espíritu oon Dios;
y Las éticas á su vez se subdividen en económicas, jurídicas y
morales, según el aspecto bajo el cual se cumpla el bien,
que, como dijimos en la división de los sentimientos, puede
ser tomado como medio para la realización de los fines ma*
teriales ó sociales, ó pura y simplemente como fin de nues­
tros actos.
— 123 —

Según el modo se clasifican las voliciones en determinadas


é indeterminadas. Como queda dicho en el párrafo anterior, no
siempre la deliberación da por resultado un conocimiento
exacto del objeto sobre el cual recae la decisión de la volun­
tad; cuando tal suoede, llámase esta indeterminada; cuando,
por el contrario, el objeto se muestra con claridad, cuando el
espíritu sin duda ni recelos lo juzga un bien que, como tal,
debe ser cumplido, ó un mal que, por Berlo, no debe entrar en
nuestro propósito, entonces se dice que la volicion es deter­
minada. ‘ Entiéndase que esta determinación ó indetermina­
ción no se refieren á las voliciones en cuanto son puramente
actos de la voluntad; porque en este sentido quien dice vo­
licion dice determinación; refiérense al proceso intelectual, por
cuya virtud, como ya sabemos, las cosas se determinan, es
decir, se conocen más ó menos completamente. Hablamos,
pues, aquí de la determinación intelectual en su relación In­
tima y directa con la voluntaria; relación tan Íntima y tan
directa, que la primera función imprime carácter á la segun­
da; y asi es que en general los hombres de más cultura y es­
tudio rigen más fácilmente su conducta que los ignorantes; y
asi es también que en un mismo sujeto las voliciones hechas á
conciencia son firmes y son acertadas, al paso que las produ­
cidas entre zozobras y confusiones son tímidas y por lo común
improcedentes.
Segun la esfera se distingue la volicion en inmanente y tras­
cendente. Es inmanente cuando tiene por objeto nuestro pro­
pio bien; trascendente, cuando versa sobre las cosas que son
exteriores á nosotros. Fúndase el aspecto inmanente de los
fines voluntarios en el deber que tenemos de realizar nuestro
bien y en la aspiración legítima que en todo hombre existe
de llenar sus naturales exigencias físicos y morales; pero como
no es sólo nuestro bien particular el que ha de ser cumplido,
ó mejor, como cumpliendo nuestro bien particular con exclu­
sión de los otros séres no está plenamente cumplido, siendo,
como somos, sujetos de relación, de ahí que debamos pro­
ponernos al mismo tiempo y en la medida de nuestras fuer­
zas el bien de los demás, ó cuando menos estemos obliga­
dos á no prescindir de ellos y á respetar sus condiciones y
SUS leyes,
— 124 —
La volicion inmanente se subdivide en total y parcial; es
total cuando versa sobre el Yo en general, sobre nuestra per­
sonalidad entera; y parcial, cuando recae sobre algunos de sua
elementos ó modos. £1 bien subjetivo claro está que no pue­
de realizarse sino de una manera particular y sucesiva; mas
esto no obsta para que la voluntad se lo proponga totalmente,
cuyo propósito debe presidir todos nuestros actos. La volicion
trascendente es susceptible de una subdivisión en coordinada,
superior y suprema, según que tenga por objeto séres seme­
jantes á nosotros, ó de más alto órden, ó Dios en último tér­
mino, como fundamento supremo de la realidad. Excusado es
decir que cuando Dios es tomado como objeto de nuestra vo­
luntad no nos proponemos prestarle condiciones para que
cumpla su bien, que está eternamente cumplido, y sí efectuar
nosotros el bien que su voluntad absoluta nos prescribe, en
atención á ella misma y sin otra razón ni motivo.
P or l a r e l a c i ó n ,— Los puntos de vista de la relación vo­
litiva son también los mismos que los de la estética; á saber.
LA ENERGIA, EL INFLUJO EN LA VIDA y EL FIN MORAL. En la
energía pueden tomarse tres fases: l a i n t e n s i d a d , l a m o v il i ­
d a d y l a EXPANSION. Por la intensidad se distinguen las voli­
ciones en fuertes y débiles; por la movilidad, en vivas y tar­
das; y por la expansión, en violentas y apacibles; cuyos térmi­
nos tienen análoga significación á los explicados ya en el
sentimiento, y cuyas manifestaciones, cuando son continuas
dan carácter á la voluntad misma, y por lo tanto, al sujeto. Asi
se dice que un hombre es tardo pero firme en sus resolucio­
nes, que es rápido en el obrar, que tiene debilidad de caráoter,
que tiene voluntad de hierro, que es arrojado hasta la temeri­
dad, etc. En esto no puede trazarse un ideal concreto pare la
voluntad; la más acertada es la que subviene oportunamente
á las necesidades de la vida.
Según su influjo en la vida son las voliciones benéficas, ma­
léficas y mixtas. Las benéficas influyen provechosamente en
nuestra conducta, porque son inspiradas por motivos justos y
sucede á ellas el dulce sosiego del bien obrar, que nos alienta
á recorrer el camino de la virtud. Las maléficas, por el contra­
rio, nos perjudican en gran manera, porque nos alejan de
nuestro legítimo fin, y porque suelen engendrar malos hábitos
— 125 —
y dificultan, por lo mismo, nuestra regeneración moral. Las
voliciones mixtas son aquellas que á la vez nos acobardan y
nos alientan, ya porque pasada la primer impresión divisa el
espíritu nuevos horizontes, ya porque el pesar ó la vergüenza
nos estimulan á reformar nuestros actos, ya, en fin, porque
nos engañamos en el éxito apeteoido. No es ciertamente cada
hecho moral consecuencia del que le antecede; pero mucho
lleva adelantado para ser virtuoso el que en el bien se ejer­
cita, y para ser vicioso el que se entrega ¿ las seducciones del
mal; lo bueno se corresponde con lo bueno y lo malo cou lo
malo; practiquemos, pues, el bien, y lograremos el de forta-
leoer nuestra voluntad y hacerla cada vez más apta para el
triunfo en las luchas terrenales.
Réstanos dividir las voliciones atendiendo al fin moral, se­
gun cuyo punto de vista pueden ser ordenadas ó desordenadas.
Son ordenadas cuando se producen en vista del bien y sin
mas intento que el de efectuarlo; y son desordenadas cuando
las anima un mal propósito, cuando nos resolvemos á un acto
con intención deliberada de hacer el mal y sin respeto á las
inspiraciones de la conciencia. Todo aoto se refiere por un
lado á la intención, al fin moral del que lo resuelve, y por
otro, al fin esencial del objeto que lo motiva; cuando el mó­
vil subjetivo está de acuerdo con la ley de la actividad se dioe
que la volicion es moral ü. ordenada; y cuando está en des­
acuerdo con ella, se dice que es desordenada ó inmoral. Pero
siendo moral un acto, puede no estar en armonía con el fid
esencial del objeto, en cuyo coso el bien no se cumple aun
habiendo intención de ello; y por el contrario, siendo inmoral
un acto, puede estar á despecho del sujeto en urmonía con el
fin de la cosa sobre que recae, en cuyo caso el bien se realiza;
conviene, pues, no confundir la intención con el resultado, el
fin moral con el fin objetivo.
Pero ocurre preguntar: ¿es posible querer el mal por si
mismo'de una manera absoluta? No, en verdad; el mal es una
negación, y quererlo absolutamente seria negamos á nosotros
mismos; quiérese, pues, bajo algún aspecto de bien, por más
que con este nos constituyamos en una falsa relación. Asi
el ladrón se propone, v. g., adquirir medios para satisfacer
sus necesidades; el asesino, gozar el placer de la venganza;
— 126 —
el mentiroso, conseguir algún fin interesado ó simplemente
lucir su inventiva; el juez renal* conquistar una posioion ó
una fortuna; y todo el que obra mal va tras de algo que con­
ceptúa bueno para sí. Lo esencial, lo positivo es el bien; to­
dos los elementos de una acción criminal son buenos en su
esencia: el valor, la destreza, la sagacidad, la fuerza son fac­
tores intrínsecamente buenos; el mal resulta de su torcida
aplicación. La inmoralidad consiste, pues, no en querer el
mal absoluto, sino en subordinar lo absolutamente bueno ¿ lo
que solo tiene esta, cualidad de una manera relativa, en sacri­
ficar la ley del deber á la satisfacción de los deseos que pug­
nan con ella, y que se aceptan y prefieren por el momento A
los severos mandatos de la razón.

DIVISION DE LAS VOLÍGIONES.

______ J SdDslblea.
oEQUK LA FTXEVTE.......J n.eftgx|vtl8.
( Raciónale».
SEGCN LA CUANTIDAD. |
“ I BU8DU>
P o r el e sta d o . ¡ Mala*.
I Complejas.
Seuun la cualidad .. í p or £ g r a d o ., j Reflejas.
I Armónica#,
P o r la te n d e n c ia .....................j E ^ a ¡ w

k Individúalas. . T ^
Skgtw la esencia ,... Oeuéricaa. ( .o «
Absolutas
A D soiuiaq.... » £*létíCBS. Bcoo&micw.
................ Joridlcaa.
Rol iir losa*. ( Morales.
SegüN EL, MOD0.......t KemTnldas.
S kOUN LA SSPttlM.......í Inm anentes........ j Parciales.
| Coordinadas.
Trascendentes. { Superiores.
I Supremas.

P o r ¡a in te n s id a d * ... j
S e g u x bu s n ü k o U .... | p0). u m o viH d a d ......
P o r la e x p a n s ió n ....... ¡

¡
BeneOcas.
Maléficas.

£ Mil tas.
S eüitn kt. m - MORAL........¡ p e so l’dftBadaa,
— 127 —

CAPÍTULO III.

FINES DE LA VOLUNTAD.

* La voluntad, como la inteligencia y el sentimiento, se de­


termina en razón de una cualidad objetiva; la cual, al mismo
tiempo que su foco de atracción, es como su alimento y sávia;
esta cualidad es el bien, y se corresponde con la verdad y con
la belleza, fines respectivamente del pensar y del sentir. Pero
&BÍ como la verdad para llenar el entendimiento ha de ser
científica y la belleza para satisfacer el corazon ha ser artísti­
ca, el bien para constituir el*fin supremo de la voluntad libre
ha de Ber moral.
El bien de las cosas es el cumplimiento de su fin. Todo
objeto, cualquiera que sea su naturaleza, tiene un destino que
realizar, existe para algo, está ordenado segun una ley que ea
la de su existencia; aserto es este que declaran de consuno el
análisis y la demostración, dando el primero á conocer actos
y relaciones de los aérea que lo acreditan, y fundándose la se­
gunda en la nocion del órden universal, inexplicable sin tal
fundamento y categoría. Pues bien; la realización de ese des­
tino de los seres, la efectividad de ese algo esencial al cual
tienden de continuo, el cumplimiento de esa ley por la cual
se ordenan es el bien de los séres mismos.
En el bien hay, pues, tres elementos: esencia con actividad
para cumplir un fin propio; fin que ha de cumplir la actividad
y adecuada relación de la actividad al fin; y de tal modo se
requieren estas condiciones para que el bien se produzca, que
aun las influencias exteriores á los objetos necesarias para su
desarrollo, buenas para las cosos sobre que recaen, no son
elementos efectivos de bien hasta que la actividad del sér in­
fluido las i'ecoge y aplica de un modo conveniente á sus fines.
Las plantas, por ejemplo, necesitan para vivir la intervención
de los agentes naturales cuya condicion no depende de las
plantas mismas; pero una vez prestada, no viven estas sino
recibiendo esos influjos- y acomodándolos en combinaciones
especiales á las exigencias de su vida en virtud de su ac­
— 128 —

tividad, que no, por ser la general de la Naturaleza, deja de


pertenecer al mismo tiempo á cada uno de los organismos in­
dividuales.
Divídese el bien, como la belleza y la verdad, en absoluto
y relativo. El bien absoluto es Dios, por Lo mismo que su
esencia es una actualidad pura; la vida de Dios, y por lo tanto
su fin, no se cumplen sucesivamente en el trascurso del tiem-'
po; sino que están en la eternidad plenamente cumplidos,
no siendo concebible desacuerdo ni oposicion entre su esencia
y eu actividad. En Dios no hay, por consiguiente, posibilidad
del mal; porque, siendo éste una falsa relación, no caben en
el sér divino, que abraza adecuadamente en su conciencia infi­
nita todas las relaciones. Dios es el bien absoluto, el sumo bien,
y en Él se fundan y á Él se dirigen los bienes finitos, como
su centro natural y su fuente perpétua
El bien relativo se dioe de los séres finitos, que, por serlo,
no abrazan en el desarrollo de su actividad todos los fines
éticos, concretándose sólo á los que le son respectivamente
peculiares; y como Dios es el ordenador del Universo y en Él
está el modelo de las perfecciones, pudiéramos definir el bien
relativo de un modo trascendental, diciendo que es la seme
janza de las cosas creadas con Dios. Pero el bien de las cosas
creadas, que es relativo y finito respecto del bien supremo,
tiene á la vez un aspecto absoluto en cuanto cada sér está
ordenado á un fin especial insustituible y por cima de toda
condicion; asi es que la inteligencia, por ejemplo, tiende ne­
cesariamente á la verdad, que es su destino propio, invaria­
ble y eterno; y la verdad es, por tanto, en absoluto el bien
de la inteligencia.
El hombre tiene, como todos los séres, un fin que Tealizar,
y su bien consiste en el cumplimiento de las leyes que pre­
siden su Naturaleza; y como esta es vária, puesto que consta
de dos elementos esenciales, el alma y el cuerpo, el bien hu­
mano tiene también dos diversas direcciones; direcciones que
deben enlazarse íntimamente en la vida, porque esa variedad
interna del Y o se resuelve asimismo en unidad personal des­
de la cual rige y armoniza el sujeto la oposicion de sus
tendencias. Pero el hombre no realiza su bien como los de­
más séres finitos; no va impelido, como ellos, por fuerzas fa*
— 129 —
tales al cumplimiento de su fin; antes bien, tiene conciencia
de su destino y de las facultades con que puede lograrlo, y
voluntad para marchar libremente hácia él.
Brota de aquí el concepto de moralidad, sólo aplicable, en­
tre los séres finitos, á la conducta humana, porque supone
esas dos propiedades, la conciencia y la libertad, que única­
mente posee el hombre. Un acto ordenado al fin es un acto
bueno; un acto ordenado al fin con deliberado propósito y
con propia virtud para determinarlo es un acto moral. En las
acciones morales hay tres términos: el sujeto (agente), el ob­
jeto (ley moral) y la relación entre ambos (deber). El sujeto,
hemos dicho, es el hombre, cuyas facultades psicológicas son
todas ellas elementos morales: la conciencia y la razón revelan
las prescripciones absolutas del bien, el sentimiento las ama
y la voluntad se las propone como^fm.
Pero hay en el sujeto un elemento moral por excelencia:
la intención. La intención es la que imprime carácter de mo­
ralidad. á los actos libres; hay que hacer el bien con propósi­
to de hacerlo y sin ningún otro motivo que le sea ajeno; de
tal suerte, que la acción más benéfica no puede calificarse de
moral, si no la abona un propósito recto: el hombre que se
despoja^ por ejemplo, de una parte de su hacienda en favor de
un menesteroso efectúa á no dudar el bien, porque el acto
que ejecuta no solo está de acuerdo con la ley, sino que cons­
pira al fin de la persona en quien recae; pero si fuera po­
sible llegar á la conciencia del que lo practica y viéramos en
ella como único impulso de la acción la vanidad ó cual­
quier otro móvil mezquino ¿diríamos que habia moralidad en
el acto?
Hay una sentencia que expresa esto sabiamente: la inten­
ción es la que mata ó sana. Cuando San Pablo fué preguntado
por unos judíos sobre si podian tomar ciertos alimentos, con­
testó: «si lo creeis bien, comed de ellos; si lo creeis mal, no co­
máis » Cervantes, refiriéndose á un hombre cruel en su mane-
Ta de obrar, emplea e9ta expresión gráfica: «moralmente era
un hombre de bien;» y hasta en la vida ordinaria confirma­
mos á cada paso con nuestras frases, á veces triviales, esta
doctrina moral. Pero aquella sentencia no puede tomarse en
absoluto como norma de conducta; porque no sólo estamos
n
— 130 —
obligados á obrar siempre y en cada instante-con rectitud de
motivo; tenemos además el deber de procurar por cuantos me*
dios estén á nuestro alcance conocer adecuadamente lo bueno,
para que se correspondan 1a intención y el resultado: ni éste
ha de ser *bueno ignorándolo nosotros ó á pesar nuestro, ni
aquella ha de ser infecunda; cuya exigencia traduce perfecta­
mente esta otra máxima no menos sábia: el que ignorante­
mente peca, ignorantemente se condena; la cual en vez de ser
inconciliable con la anterior, la completa, abrazando ambas
toda la doctrina moral.
El objeto de la moral es el bien en tanto que aparece en la
conciencia cómo ley de la actividad. Si el bien es el fin de la
actividad misma, claro está que es también su ley; porque
esta expresa lo invariable de la vida, lo que está por cima de
' las combinaciones y los cambios, siendo como su norma y
fundamento, La ley es, pr&s, una relación necesaria entre lo
esencial y lo variable de las cosos; y como no hay entre la
voluntad libre y los actos humanos otra relación absoluta que
el bien, el bien es la ley de la voluntad libre.
La ley moral es diviua; es decir, tiene su origen en Dios,
que es, como sabemos, fuente de todo bien; y como divina,
es, confirmando lo dicho, universal: se refiere á todos los hom­
bres sin distinción alguna y á todas las cosas que por el hom­
bre pueden ser realizadas en el tiempo; es eterna: se halla
exento en sí mismo de variaciones; es absoluto: existe por sí
con independencia de toda condicion; y es, finalmente, nece*
sario: no puede dejar de ser lo que es y se impone a todos los
séres libres, dejando á salvo, por supuesto, nuestra libertad,
porque no se impone en forma de coaccion, sino en forma de
criterio para la conducta.
La libertad del sujeto y lo necesidad de la ley se enlazan
en el deber, tercer elemento moral que condensa I09 anterio­
res y que es como su propia resultante. Hay en el hombre
voluntad libre para determinar sus netos, y ley eterna al mis­
mo tiempo que le prescribe lo dirección que ha de darles en
la vida; puede esta dirección ser ó no tomada; pero la ley
exige de continuo ser cumplida, y la voluntad se debe á la ley,
está moralmente ligada con ella, obligada á respetarlo y á po­
nerla por obra, El deber no so concibo siu esos dos términos
— 131 —
expresados: sin libertad sari a coaccion; sin principio necesario
seria desórden; con libertad y con norma ñja y absoluta es
como la escala que lleva al hombre desde su conciencia á
Dios. Puede definirse el deber diciendo que es la ley misma
en cuanto se impone al espíritu.
La perfección moral está en la virtud, que consiste en el
hábito de obrar bien, en el continuo cumplimiento de la ley.
La virtud es, pues, el ideal de la conducta humana; querer el
bien y quererlo siempre y siempre ejecutarlo en la medida de
nuestras fuerzas es vivir á semejanza de Dios. Pero el bien
no ha de ser realizado únicamente porque la costumbre de
obrar con rectitud nos impulse en cierto modo ¿ practicarlo
sin meditación y propósito deliberado por parte nuestra; por­
que entonces nuestros actos no serian meritorios; esta apti­
tud habitual á querer lo bueno y á ponerlo por obra ha de
ser adquirida mediante nuestros esfuerzos, y en cada ins­
tante hemos de conocer y amar el fin á que nuestros actos se
encaminan: conocer!o, porque sin el conocimiento no es posi­
ble la intención; amarlo, porque sin el amor no concurre todo
el espíritu ¿ la realización del acto, y nosotros debemos unir­
nos por todos lados y de todas maneras con el bien, que es
nuestro fin esencial.
Por eso la moral estói¿a no es perfecta: cumplir el deber
aunque nos repugne su cumplimiento, sin amarlo, sin gozar
en nuestras acciones buenas y con sacrificio de nuestro co-
razón es irracional de todo punto, y es inmoral por consi­
guiente. Verdad es que el respeto á la conciencia impone sa­
crificios; pero son los que se refieren á los goces incompati­
bles con el bien: y en estos sacrificios el pesar que resulta de
quebrantar nuestra inclinación se compensa con el amor al
bien mismo, ¿Tiene un padre, por ejemplo, que inmolar la
alegría de sus hijos al cumplimiento del deber? Pues la in ­
mola; pero no odiando el deber que tal sacrificio le cuesta,
sino abrazándolo cou cariño y gozando con la satisfacción
del mandato moral en que se inspira. La fórmula, pues, qne
resume todos los preceptos morales es esta: haz el bien por él
bien mismo, procurando conocerlo y practicarlo con amor y
caridad
— 132 —

PARTE TERCERA.

S ÍN T E S IS A N IM IC A .

La síntesis anímica es la parte de la Psicología que estudia


la armonía de las facultades. Analizadas estas una á una, vis­
tas sus correspondientes esferas en todo cuanto abrazan, sin
más relaciones que las interiores de las facultades mismas,
exige el método que las demos á conocer en su enlace y or­
ganismo, tal como realmente existen constituyendo la unidad
psicológica; sin cuyo estudio, segun hemos repetido en ocasio­
nes análogas, ni el conocimiento es cabal ni, por tanto, la in­
teligencia descansa en él. Dos puntos capitales entraña el exa­
men de esta parte de la Psicología: las relaciones que guardan
las facultades entre sí y con el espíritu y los modos individua­
les en que éste se determina como tal organismo viviente. En­
tremos en el estudio de ambas cuestiones.

SECCION 1.a

RELACIONES ENTRE LAS FACULTADES.

fen más de una Qpasion hemos dicho, sí bien únicamente de


pasada, que en todo hecho psicológico intervienen juntamente
todas nuestras facultades, pero sin confundirse jamás su ac­
ción y naturaleza respectivas; de tal modo, que en cualquier
fenómeno espiritual, por complejo que sea, descubre el análisis
y designa claramente la parte que á cada una de las activi­
dades corresponde, según los notas diferenciales del pensar,
del sentir y del querer. En este organismo en que, por serlo,
todo se relaciona y unifica, hay dos caracteres que hacer
TiQtar; el de subordinacioi} de las facultades respecto del alma
— 133 —
á la cual se atribuyen, y el de coordinación ó paralelismo
entre si.
En. efecto; siendo el espíritu una sustancia simple, en cada
una de sus manifestaciones ba de darse toda su esencia; y asi
es que todo el Y o es el que piensa, siente ó quiere, y no una
parte ú órgano de ól; constituyendo por esto sus potencias mo­
dos permanentes de su sér. Esto sentado, fácilmente se ve que
las facultades mantienen con el alma una relación de depen­
dencia; porque el sujeto es siempre, y no se concibe de otra
suerte, anterior y superior á sus modos. Verdad es que cada
uno de estos modos es el alma entera; pero el alma entera de­
terminada al cabo en una relación particular, por cima de la
cual está el alma misma considerada en absoluto, abrazando y
rigiendo todas sus determinaciones.
Las facultades, hemos dicho, son coordinadas entre sí: no
hay más ni menos gerarquia en unas respecto de las otras;
tan importante es el cultivo de la inteligencia como el de la
voluntad y el sentimiento; con igual atención debemos velar
por el cumplimiento de bus fines, y del propio modo son abso­
lutos los objetos hácia los cuales tienden por natural é ingé­
nita propensión. Poí eso se marca como ideal de la vida psi­
cológica el desarrollo armónico de las faoultades; la opinion,
muy generalizada por cierto, de que el sentimiento debe ser
combatido porque unas veces es el azote del alma y otras cosa
innecesaria para la vida, quedando, por tanto, el arte redu­
cido á la categoría de un vano juego propio de espíritus in­
fantiles, es absurda á todas luces. El íin estético es tan noble
como el lógico y el moral, y tan necesario como ellos á nues­
tro bien; de tal manera que si pudiéramos ahogar por comple­
to en nosotros el estimulo del sentimiento, haríamos infecun­
das las otras actividades: y aparte de esta razón de condicio-
nalidad que la concienoia deolara, la belleza, que constituye
el objeto del sentimiento, es propiedad absoluta de las cosas,
y como tal, ley de nuestra conducta.
La relación de las facultades afecta dos caracteres: la con-
dicionalidad y el influjo. Son las facultades condicion unas
de otras; en cuanto reciprocamente se necesitan para su ejer­
cicio. Ya en otro lugar hemos consignado que no cabía sen­
timiento de un objeto desconocido, ni volicion sobre cosa no
— 134 —
conocida y sentida de algún modo; y de igual suerte el cono­
cimiento requiere el impulso voluntario y el móvil afectivo.
Todo en el espíritu se corresponde; no hay fenómeno que esté
en absoluto desligado de lo general de La conducta, ni que deje
de ser á la vez condicion y condicionado; de ahí que la vida
espiritual forme una série continua, y que tenga cada acto im­
portancia suficiente para reclamar ser sometido al imperio de
las leyes morales, por la conexion y correspondencia que tiene
con los demás.
En cuanto al influjo de uuas facultades sobre otras, puede
ejercerse por una facultad sobre las restantes ó por dos con­
certadas sobre la tercera. La influencia de una facultad sobre
las restantes es benéfica, cuando procede ordenadamente y está
en relación adecuada con su objeto; y maléfica, cuando procede
de una manera desordenada y está con su objeto en falsa re­
lación. Así la inteligencia, cuando se halla en posesion de la
verdad, esclarece la vida del espíritu, da ocasion á que el sen­
timiento se depure y acrisole y á que la voluntad sea recta y
firme en el cumplimiento de los deberes morales; por el contra­
rio, cuando el pensamiento es perezoso y no adquiere la necesa­
ria cultura ó se extravia en sus especulaciones, el corazon se
pervierte y la voluntad es laxa en la determinación de la
conducta, ó se vicia y precipita á la conciencia por Los cami­
nos del mal.
Asi también, cuando el sentimiento ama lo bello y se con­
sagra á nobles aficiones, su calor anima á la inteligencia y la
mueve á conocer lo verdadero, y estimula la voluntad al culto
de lo bueno y de lo justo, dándole energía para que sacrifique
todos los motivos impuros á los preceptos de la razón; mas si
el corazon se Llena de objetos indignos ó permanece inaotivo,
ni el pensamiento se consagrará ¿ las santas especulaciones de
la cietioia, ni la voluntad se sentirá impulsada á la práctica
del bien. El amor es la fuerza que noB impele á obrar; despo­
seído el espíritu de amor, la vida seria imposible: por amor ¿
la verdad soporta el sabio los rudos afanes de la ciencia; por
amor á la belleza recorre el genio el calvario del arte; por
amor al bien sostiene el justo la fuerte y continua batalla de
lus pasiones. Eu todas las edades, en todas lns circunstancias
el sentimiento es el que nos vivifica: el desgraciado ama el
— 135 —
bien perdido; el feliz ama su propia ventura qne quisiera ha­
cer inextinguible; el joven vive alentado por ilusiones de
amor y de gloria; el anciano va tras el reposo del cuerpo y la
.salvación del alma; todo hombre busca algo para hacerlo ob­
jeto de su amor, y la pureza ó impureza de éste determinan
direcciones opuestas en la vida.
La voluntad, por último, influye también en las otras dos
facultades; cuando quiere el bien y tiende de continuo á su
cumplimiento, la inteligencia se ennoblece y marcha con des­
pejo al logro de su fin, libre de las trabas con que el vicio la
aprisiona y de la sombra con que la oscurece; el sosiego de la
conciencia, consiguiente al bien obrar, pone al espíritu en ap­
titud de consagrarse con reposo á las tareas científicas; en
cambio la inquietud de las malas acciones inhabilita el ejer­
cicio adecuado del entendimiento y da origen d todos los
errores. Asimismo la constante práctica del bien engendra
sentimientos puros; y la práctica del mal pervierte nuestras
inclinaciones; y como todo acto tiene resonancia en el espí­
ritu, según hemos dicho, es preciso desenvolver nuestras fa­
cultades en armonía, si hemos de cumplir nuestro fin, sin difi­
cultades que casi llegan á hacerse invencibles.
Pero la armonía del espíritu puede- producirse tomando el
sujeto como centro dinámico ya la inteligencia, ya el senti­
miento, ya la voluntad* Cuando sirve de base para el desarro­
llo anímico el cultivo de la inteligencia influida por el con­
cierto del sentir y del querer, se alcanza la sabiduría; cuando
sirve de base para el propio fin el sentimiento bajo el influjo
del querer y del pensar, tom^ la perfección psicológica el
nombre de caridad; y cuando la voluntad es tomada como
principio de acción en la vida, desenvolviéndose bajo su acti­
vidad la inteligencia y el sentimiento y á la vez obrando am­
bas facultades sobre ella, llámase bondad la resultante de
nuestra conducta.
La sabiduría, aunque se refiere en especial á la perfección
de la inteligencia, trasciende á todo el espíritu. El sabio no
aólo ha de conocer lo bueno; ha de amarlo también y ha de
quererlo, hermanando así la teoría con la práctica, el saber
con el vivir. Hay, pues, que distinguir entre la ciencia y la
sabiduría, entre el científico y el sabio: la ciencia es puro co­
— 136 —
nocimiento; la sabiduría, conocimiento y acción; el científico
inquiera y halla la verdad: el sabio la inquiere y la convierte
en ideal de bien para practicarlo. Hay en el sabio dos cualida­
des características: la prudencia y la habilidad; la prudencia
es la adecuada elección del bien en cada instante y de los me­
dios de realizarlo; la habilidad consiste en sn oportuna y acer­
tada realización.
De ordinario se emplean esas palabras, y generalmente se
hace entre ellas la misma distinción que indicamos, refirién­
dose la una al conocimiento de las cosas y la otra á sn ejecu­
ción; y así, v. g-, calificamos de prudente un consejo, y de há­
bil una negociación diplomática. Pero no siempre se toman
la prudencia y la habilidad como cualidades ordenadas al
bien; y así es que solemos llamar hábil al delincuente que ha
consumado con oportunidad su delito y que burla astutamente
la acción de la justicia. En rigor tal acepción ea bastarda; la
prudencia y la habilidad se fundan en el recto conocimiento
de los objetriS.y en la recta intención moral, y no tienen apli­
cación sino á los actos buenos: cuando el fin que persigue la
voluntad no es justo, la actitud para su adecuada realización
podrá llamarse sagacidad, astucia, mafia, etc.; pero jamás ha­
bilidad y prudencia, cualidades internas de la sabiduría, que
constituye, como sabemos, una virtud.
La caridad abraza asimismo todas las fuerzas espirituales,
si bien se refiere en especial á la perfección del sentimiento,
merced al benéfico influjo de las otras facultades. Es la cari­
dad en ocasiones más fecunda que la misma sabiduría, si cabe
que entre ambas cosas se establezca tan marcada distinción:
el consejo discreto dado á nuestros semejantes y el ejemplo
con que se intenta moralizarlos suelen ser estériles por es'
casez de entendimiento ó por completa perversión moral en
el que los recibe; pero rara vez deja de encontrar eco la ca­
ridad en el corazon de los hombres, y templados por au fuego
y purificados en él suelen volver los extraviados al camino de
la virtud.
La caridad es un deber; obligados estamos, en efecto, &
amar todo lo bueno por el heoho de serlo, sin otra considera­
ción ni mira interesada; y como Dios es el bien absoluto, to­
dos los hombres debemos amarnos en Dios y por Dios; núes-
— 137 —
tros brazos deben estar siempre abiertos para cobijar la des*
gracia allí donde se muestre, sea cualquiera el afecto que en
los desgraciados inspire nuestro amor y sea cualquiera la si­
tuación moral ó material en que se hallen. Las expresiones que
á cada paso empleamos en la vida al juzgar á nuestros seme­
jantes: «ese hombre no es digno de compasion,» «no mereces
que se haga nada por tí,> etc., etc., no deben tener en recta
moral más que un sentido retórico, no sirviendo, por tanto,
sino para enoarecer las malas cualidades de una persona, y
jamás para expresar un juicio que pueda convertirse en moti­
vo de conducta. Ningún semejante nuestro se coloca por nin­
gún título fuera del derecho á nuestro amor; cuanto más ale­
jado se halle del buen camino, cuanto más pervertido tenga el
criterio moral, cuanta mayor sea su ingratitud por nuestros
beneficios, mayor debe ser también nuestro desvelo en procu*
rar su bien, por lo mismo que su desgracia parece como que
le cierra todas las puertas y lo aisla de toda comunicación
bienhechora. No hay afecto más santo que el de la caridad,
que une á todos los hombres en el amor de Dios.
Tiene la caridad dos aspectos, como la sabiduría: la miseri­
cordia y la piedad. La misericordia se concreta á perdonar las
injusticias, á tolerar las faltas de nuestros semejantes, vien­
do siempre en los que delinquen séres desgraciados más bien
que criminales; la piedad, de cuyo sentimiento es base la mi­
sericordia, se extiende á llevarnos hácia los hombres, nues­
tros hermanos, para concurrir con elloB al oumplimiento de
su bien y al logro de su dicha, con sacrificio en ocasiones de
nuestro sosiego y bienestar. La piedad es el ángel de la fami­
lia; es la que asiste al enfermo sin temor del contagio, la que
enjuga las lágrimas del que sufre sin recelo de ser abrumada
por las desdichas ajenas, la que lleva el pan al mendigo ocul­
tando el beneficio á sus ojos y á los del mundo, la que abre
las puertas del hogar al fatigado caminante, la que sufre las
injurias de la ingratitud en cambio del consejo prudente ó del
auxilio salvador.
La bondad es el tercer aspecto de la perfección del espiritu,
y consiste en la constante propensión á realizar el bien con
recto propósito y ánimo decidido de vencer los obstáculos qne
i ello puedan oponerse. La bondad requiere, para ser racional
18
— 138 —
y fecunda, el conocimiento y el amor del bien; pues aunque
hay espíritus naturalmente bondadosos siendo ni mismo tiem­
po incultos» eso no constituye sino una aptitud ¿ cuyo servi­
cio deben ponerse nuestras fuerzas todas para cultivarla de­
bidamente. Tiene también la bondad dos modos de ejercicio:
la benevolencia y la beneficencia. Se dice que un hombre es be­
névolo, cuando mira con indulgencia los actos de sus seme­
jantes; y benéfico, cuando ejecuta el bien de una manera po­
sitiva y directa. Entre estos cualidades y las que proceden in­
mediatamente de la caridad no hay más diferencia que la
fuente de donde emanan: la misericordia y la piedad respon­
den al impulso del sentimiento; la benevolencia y la benefi­
cencia responden al propósito de la voluntad.
Aunque la sabiduría, la bondad y la caridad no se dan ais­
ladamente en el espíritu, sino que, por el contrario, se condi­
cionan y auxilian de un modo recíproco en máq ó en menos,
de ordinario predomina una cualquiera de esas perfecciones,
y á ella se subordinan las otras dos; y asi se .dice: «tiene
un bello corazon;» «es una gran cabeza;» «es un hermoso
carácter.» Pero á veces, y este es el ideal, existen equilibra­
das las tres perfecciones, y es el individuo tan sabio como ca­
ritativo y tan bondadoso como caritativo y sabio, cuyo estado
constituye propiamente la bcüessa de alma y la única feli­
cidad posible en la vida: la belleza, porque entonces es cuan­
do el espíritu muestra adecuadamente la esencia, el ideal
en cuanto puede ser cumplido; la felicidad, porque ésta no
es otra cosa que el desarrollo integral y proporcionado de
nuestro sér.
Hay todavía un grado superior de perfección anímica, que
consiste en el cumplimiento armónico del bien en medio de una
lucha ruda y con sacrificio de aquello que nos es más querido;
en este caso llega el espíritu á la sublimidad, compañera del
mártir y del héroe. Mas téngase en cuenta que el heroísmo
no se alcanza inmolando temerariamente la tranquilidad ó la
vida en vista de un bien particular y con perjuicio de nuestro
fin supremo; esto determinará cuando más el valor; el heroís­
mo moral es la armonía de nuestras facultades en un grado
superior y caminando con fe inquebrantable al cumplimiento
de nuestro destino providencial, sean cuales fueren los obs»
— 139 —
táoulos que puedan oponerse &ello. Cuando el hombre alcanza
esta grandeza moral, tiene un altar en toda conciencia honra­
da; el Arte le consagra sns cantos y sus lienzos, y la Historia
le reserva una página de oro.

SECCION 2.a

MODOS INDIVIDUALES DEL ESPÍRITU.

Considerado el espiritu como un organismo viviente, hay


en el modos originales, rasgos propios y exclusivos de cada
sujeto, que imprimen á la vida una determinada dirección. De
estos modos uno se refiere más bien al aspecto cualitativo del
alma: el carácter: otro al cuantitativo: el temperamento; y
tres á la cualidad y cuantidad juntamente: la edad, él sexo y
la aptitud.

CAPÍTULO I.

KL CARÁCTER.

El carácter es la determinación de la actividad anímica


bajo el aspecto de la cualidad. El espíritu de cada hombre tie­
ne una forma habitual que se manifiesta en todos los actos de
igual manera, y que proviene del modo con que la vida se rige
7 desenvuelve, merced á nuestra voluntad libre. Esa forma
individual del espíritu es lo que se llama el oaráoter. El ca­
rácter, pues, no es ingénito en el alma; se constituye y se
arraiga por virtud de nuestra conducta, y puede reformarse,
por consiguiente, si bien con la dificultad propia de todo lo
engendrado y sostenido por la costumbre.
En el lenguaje común solemos expresar al pareoer lo con­
trario; y asi decimos, v, g.: genio y figura hasta la sepultura;
mas no queremos realmente significar con esto la absoluta
imposibilidad de reformar nuestro carácter, sino la dificultad
extraordinaria de hacerlo; porque requiere el logro de tal em*
presa gran fuerza de voluntad y gran constancia de propósito
que pocos hombres tienen. Por lo demás, hay circunstancias
en la vida que contribuyen á modifioar en más ó en menos
— 140 —
nuestro modo de ser: un cambio de fortuna, una mudanza sen­
sible de esiado, un acontecimiento imprevisto que nos con­
mueve profundamente, etc.
Si, pues, el carácter es reformable por virtud de nuestra
voluntad libre, claro está que siendo, como es, imperfecto en
todo hombre, debemos procurar de continuo perfeccionarlo,
fija la vista en el ideal que la razón impone, y teniendo siem~
pre en cuenta que de la mayor ó menor perfección del ca­
rácter mismo depende el órden en las múltiples relaciones de
la vida.
El carácter se refiere á todas nuestras facultades, por lo
mismo que es forma general de nuestra conducta. Todos los
hombres piensan, sienten y quieren de igual modo en lo que
respecta á lo esencial de estas relaciones del espíritu con las
cosas; pero cada hombre piensa, siente y quiere de un modo
original que no es idéntico al de los otros y que engendra una
distinción clara y precisa entre todos los séres libres; y en
cada uno además se corresponden exactamente las notas indi­
viduales del pensar, del sentir y del querer, como condiciona­
das que están en su ejercicio las treB actividades. jPero merced
á esta misma condicionalidad que se acentúa más eu el pensa­
miento respecto de las otras fuerzas espirituales, parece de­
pender el carácter más directamente de la inteligencia; y en
efecto; según pensamos, asi sentimos y queremos; según la
nocion que formamos de la vida, asi vivimos; según el jui­
cio que nos merecen los objetos, así los amamos ó los aborre­
cemos; según la claridad con que el bien es percibido, así lo
praoticamos.
Puesto que el carácter ha de mostrarse en el ejercicio de
las facultades, á las cuales se refiere, divídese, según la facul­
tad predominante, en afectivo, intelectual y práctico. Adquiere
la vida un carácter afectivo, cuando en ella domina el senti­
miento y su influjo marca la dirección de nuestros actos. Co­
mo el sentimiento tiene dos estados fundamentales, el pla­
cer y el dolor, manifiéstase el carácter afectivo como triste ó
alegre, cabiendo en ambos todos los matices del sentimiento
mismo, y originándose los caractéres taciturnos, melancólicos,
sombríos, joviales, expansivos, etc. El carácter afectivo es el
que Be llama comunmente impresionable,
— 141 —
EL intelectual, llamado también teórioo, en oposicion al
práctico, es aquel en el cual impera con dominio casi absoluto
la inteligencia. Distínguese en sensible, reflexivo y racional,
segun los grados de perfección de la conciencia. El oarácter
sensible corresponde ordinariamente á la primera edad de la
vida, en la cual la esfera de nuestra actividad se baila casi
reducida á las cosas individuales; pues aun cuando las facul­
tades superiores existen y obran, no están aún bajo la cons­
ciente determinación de la personalidad, ni su cultivo es, por
tanto, objeto de nuestra conducta. En tal estado, limitándose
la inteligencia á la percepción de los objetos exteriores y á
las representaciones más ó menos exactas que de ellos hace la
fantasía, claro está que el sentimiento y la voluntad han de
moverse también en ese circulo estrecho; no hay, pues, casi en
esa edad más placeres y dolores que los físicos, ni más deter­
minaciones voluntarias que las provocadas por el ejercicio de
los sentidos corporales. Hemos dicho que el carácter sensible
es propio de la primera edad; puede, sin embargo, subsistir
en las siguientes; pero en aquella tiene su encanto y su be­
lleza, por lo mismo que es natural y necesario; y en estas se
hace repulsivo, porque contraria las leyes del desenvolvi­
miento gradual de la vida.
Al ejercicio casi exclusivo' de las facultades sensibles su­
cede el de la reflexión: los datos experimentales se generali­
zan; los hechos se levantan á la altura de los principios que
los rigen, y toma la conducta en general un aspecto más ele­
vado. La razón, si bien acude á nuestros juicios y raciocinios
con sus nunca apagados resplandores, porque sin ella toda
manifestación psicológica seria imposible, no es la suprema
directora de nuestros actos; y hasta en el mismo órden moral,
que en ella se funda, casi lo fiamos todo al sentido común y
á la experiencia, erigiendo en leyes de nuestra voluntad las
máximas que de uno y otra se derivan; el arte, segun se ex­
presa un ilustre filósofo, está en los ojos y en los oídos y no
en lo intimo de la vida; la caridad está sobre los labios
como un adorno y no como un deber en la conciencia. Á tal
estado anímico corresponde el carácter reflexivo, que es el
más frecuente, y que mostrándose más bien en armonía con
el interés personal, puede mantenerse en prudentes limitas,
— 142 —
haciéndose entonces simpático, ó engendrar un egoísmo apa­
sionado y odioso.
£1 carácter racional es propio de los individuos en que la
razón ilumina vivamente la conciencia, llevando, por consi­
guiente, todos los actos el reflejo de su luz. Mediante la ra­
zón, según hemos dicho repetidas veces, adquiere el pensa­
miento leyes y principios evidentes que le dan seguridad y
acierto á sus especulaciones, librándose de esta suerte el es­
píritu de las zozobras que lo empequeñecen y atormentan;
fórmase de la vida su concepto propio y se vive por lo mis­
mo en calma y en aptitud para cumplir nuestro destino. Si
la fortuna nos depara dias felices, sabemos apreciar la dicha
en su justo valor y gozarla debidamente; si descarga sobre
nosotros contrarios golpes, nos halla coa energía bastante
para resistirlos y para trocarlos acaso en motivos de regoci­
jo; el corazon, dócil á nuestro propósito, se agita en la at­
mósfera de los sentimientos puros que engendra la belleza; y
la voluntad, inspirándose de continuo en los atractivos del
bien, Be mueve únicamente por él y hácia él, y lo toca y con
su contacto se dignifica. Con tales manifestaciones, el carác-
ter racional no puede menos de ser objeto de estimación pa­
ra todos los hombres; tanto que hasta lbs más refractarios al
bien le reconocen y admiran, y buscan acaso en su trato los
encantos de la honradez que pocas yeces ó nunoa prueban por
si solos.
El carácter práctico es aquel en el cual predomina el ejer­
cicio de la voluntad; y oomo ésta puede moverse por razones
morales ó por motivos impuros, determínase aquel como buen
ó mal carácter, según que tome una ú otra dirección; mani­
festaciones del carácter práctico son el activo, el enérgico, el
emprendedor, etc. Entiéndese comunmente por hombre prác­
tico el que lo subordina iodo al cálculo y á la utilidad per­
sonal; mas no es este el sentido que aquí damos á esa pala­
bra; nosotros llamamos, en general, hombre práctico el que
no se mantiene en la esfera del conocimiento, sino que está
más bien en la de la vida; al hombre de acción, resuelto, efi­
caz, que tiende de continuo á poner por obra cuanto piensa.
En esta clase de hombres caben, pues, no sólo los calcula­
dores y egoístas, sino también los de índole noble y franca.
— 143 —
Por lo demás, si bien hay necesidad de practicar, de llevar
á la vida nuestros pensamientos, importa no hacerlo sino des-
pues de un maduro exámen y cuando la conciencia dé su ra­
cional Veredicto.

CAPÍTULO II.

EL TEMPERAMENTO.

EL temperamento es la determinación cuantitativa de la


actividad del espíritu. Asi como ei carácter expresa la cua­
lidad, el cómo de las facultades anímicas en su desarrollo,
asi el temperamento expresa la intensidad, la fuerza, el cuán­
to de las facultades mismas al ejercitarse; por eso se denomi­
na también, aun cuando no con entera exactitud, temple de
alma.
No significa el temperamento con relación al espíritu lo
mismo que con relación al cuerpo. En Fisiología se refiere el
temperamento á la dispoBioion de los sistemas; y como no hay
jamás en La vida equilibrio perfecto entre ellos, toma la fun­
cionalidad un carácter distinto, segun el que predpmina; y así
es que hay temperamento sanguíneo, nervioso y linfático, sin
que sea ninguno de ellos permanente, por estar sujetos á las
condiciones varias del organismo, tales como la edad, la ali­
mentación, las costumbres, etc.
En el espíritu es el temperamento el espiritu mismo con­
siderado como fuerza. Este carácter, este rasgo individual que
la fuerza constituye puede ser modificado por el sujeto, me­
diante su conducta; y éste no solo puede, sino debe corregirlo
y perfeccionarlo siempre en atención al fin que persigue y á
las exigencias del momento, procurando atemperarse á las
circunstancias, en la medida de sus facultades, eu lo que dice
relación al cumplimiento del bien.
De ordinario coinciden el temperamento fisiológico y el mo­
ral de los individuos; pero no siempre se verifica esta iden­
tidad, ocurriendo á veces que las manifestaciones espirituales
están en oposicion con el temperamento fisiológico, ya por vir­
tud de la educación y del hábito, ya de una manera espontá­
nea y como nativa.
— 144 —
Nosotros prescindiremos del temperamento físico, cuyo es­
tudio corresponde á la Fisiología, y nos ocuparemos del fisio­
lógico, dejando á la Antropología el eximen de la unión y
armonía de ambos, que origina el temperamento propiamente
humano.
Una. vez habiendo consignado que el temperamento, como
el carácter, se refiere á todas nuestras facultades, cosa que im­
porta fijar para la buena inteligencia de este punto, pase­
mos á dividirlo. Para ello, y supuesto que es la fuerza su ele-
mentó característico, debemos consignar las cualidades de ésta
y tomar de ellas los principios de nuestras divisiones. Dos
son las cualidades de la fuerza: la intensidad y la movilidad.
Por la intensidad es la fuerza enérgica y débil; y por la mo­
vilidad, viva y lenta. Divídese, pues, el temperamento en
enérgico y débil según la intensidad, y en vivo y lento según la
movilidad.
Pero como la fuerza no se manifiesta sólo como intensidad
ni solo como movimiento sino con ambos caractéres á la vez,
de ahí que los temperamentos no se den jamás en la vida sino
como expresión de la intensidad y la movilidad oombinadas.
No hay, pues, temperamentos débiles, ni lentos, ni fuertes,
ni vivos; los hay fuertes y vivos á un tiempo, ó fuertes y
débiles,, ó lentos y débiles, ó débiles y vivos. El fuerte y vivo
se caracteriza por la violencia en el sentimiento, por la ra­
pidez y firmeza en el propósito y por la profundidad y viveza
en la reflexión. Según que predominen la energía ó la mo>
vilidad, los individuos de temperamento fuerte y vivo son
artistas ó sabios, hombres de mucha imaginación ó de gran
entendimiento; y alguna vez, aunque rara, se equilibran am­
bas cualidades, dando por resultado el consorcio feliz de las
aptitudes artística y científica, manifestándose brillantemen­
te en esos genios que iluminan y enaltecen toda una edad
histórica.
El temperamento fuerte y tardo se distingue por La pro­
fundidad y pereza en el juicio, por la energía y lentitud en
el obrar y por la fuerza y poca espontaneidad del sentimiento.
Los hombres de este temperamento son aquellos de Los cua­
les se dice que tienen aplomo y sangre fria; son poco aptos
para las soluciones del momento, que más bien se encomien*
— 145 —
dan á la imaginación qne al juicio; pero en cambio, cuando
disponen de tiempo para ejercitar sus facultades, suelen ser
atinados en sus decisiones, y enteros para llevarlas á cabo una
vez concebidas.
En el temperamento vivo y débil el juicio es sagaz; la fan­
tasía, rica y animada; el sentimiento, excitable; la memoria,
fácil; la voluntad, rápida en sus propósitos, y el lenguaje ex­
pedito y de ordinario brillante; pero todas las manifestaciones
de la vida psicológica son poco intensas y profundas, y poco
fijas sobre todo. Este temperamento engendra los espíritus ve­
leidosos que hoy aman lo que ayer aborrecían, y ahora de­
fienden lo qne antes atacaban; es poco adecuado para el cum­
plimiento de los fines humanos; porque si bien la sagacidad
es una prenda estimable, se destruye su eficacia con la escasa
firmeza de resolución y de juicio.
EL débü y tardo se conoce por su falta de animación. Todos
sus actos carecen de colorido: la fantasía es lánguida y poco
feliz en sus creaciones; el juicio, superficial y perezoso; La vo­
luntad, laxa y vacilante; el sentimiento, escaso y tardío, y la
palabra, premiosa y sin calor alguno. L ob hombres de este
temperamento, que es el más desprovisto de cualidades útiles,
son pocos en número, y generalmente carecen casi en abso­
luto de educación inteleotual; pues la cultura, que modifica
en gran manera, segun hemos dicho, el temperamento y el ca-
rácter, es incompatible con una vida espiritual tan inactiva y
abandonada.
Estos tipos diversos que en el temperamento se distinguen,
no tienen siempre una exacta realización. Hay en cada uno de
ellos grados indefinidos; y aunque no existen otras combina­
ciones que las dichas y los individuos han de ajustarse, por
tanto, más á una que á las otras, suelen tener de éstas, sin
embargo, algún rasgo constante, ó tomarlo en un instante de­
terminado por efecto de las condiciones de actualidad; y así,
por ejemplo, nos extrañamos de que algunos hombres de
temperamento fuerte y tardo pierdan su aplomo en un caso
cualquiera, ante el cual, otros de actividad menos vigorosa y
lenta permanecen en igualdad de circunstancias serenos y con
dominio de sí.
Estos ejemplos, muy frecuentes en la vida, son una prue-
id
— 146 —
ba evidente de que el temperamento puede reformarse, como
eL carácter, por Las condiciones (ya involuntarias, ya creadas
de propósito por el individuo) en que el espirita a# encuen­
tra. ¿Á. qué responden, si nú, estas exclamaciones que á rae-
undo escuchamos de nuestros semejantes?: cyo, que por nada
me arredro, no puedo oir el llanto de un uiño sin estreme­
cerme;» «para hacerme perder la serenidad, no hay más que
indicarme esta ó la otra cuestión;» «tal individuo se trasfor-
ma, se crece, se excede á si propio, hasta el punto de desco­
nocérsele ante el peligro.» ¿Por qué ciertos hombres de esca­
sa imaginación y de palabra torpe y perezosa, son elocuentes
en un momento dado ó en órden á un asunto cualquiera? ¿Por
qué otros, al contrario, de palabra Limpia y elegante, de arre­
batadora fantasía, de entendimiento profundo, se vuelven á
veces torpes en el entender, premiosos en el decir y toscos
en el imaginar? Pues estas transformaciones súbitas y fuga­
ces del temperamento pueden hacerse poco á poco habituales,
hasta el extremo de reformarlo y hacerlo más apto para el
logro de nuestro fin racional, procurándonos nosotros mis­
mos influencias legitimas de análogo carácter á Las que así
nos refrenan ó estimulan en el pensar, en el sentir y en el
querer.
Hemos hablado hasta aquí del temperamento, en cuanto se
manifiesta de un modo igual ó análogo en todas nuestras fa­
cultades; mas esto no sucede siempre en Los individuos, en
algunos de los cuales cada potencia tiene una cuantidad dis­
tinta; y así vemos hombres de inteligencia poderosa y de sen­
timiento débil, ó al contrario; de imaginación viva y resolu­
ción tarda, «te. De estos espíritus, no puede decirse sino que
tienen varios temperamentos, según la facultad que en ellos
se considere. Ocurre también á veces que en una facultad
cualquiera se acentúa la cuantidad por viva ó por lenta, por
intensa ó por débil, y en las otras toma un carácter medio y
poco notable por lo mismo; en cuyo caso suele atenderse pa­
ra calificar el temperamento, sólo á la facultad en la cual se
acentúa.
— 147 —

CAPÍTULO m .

LA EDAD.

Ya dijimos en otro lugar que la vida consta de períodos,


llamados edades, que se marcan más bien por el carácter con
que se manifiesta la vida misma, que por el tiempo. La edad
es un modo individual del espíritu, un elemento dei cual no
puede presoindÍTse, cuando se trata de determinar la origina­
lidad de cada sujeto en sus manifestaciones anímicas.
No estudian los psicólogos la edad entre los modos indivi­
duales del alma; y en verdad qne no se nos alcanza el motivo
de esta exclusión. Si la edad imprime al sujeto una detemii*
nada dirección en sus actos; si no es esta dirección ó manera
de ser accidental ó fortuita, sino constante y uniforme; y sí,
por último, se refiere á todos nuestros hechos y facultades,
claro se ve que la edad es un rasgo individual, como el sexo,
el temperamento y el carácter; pues el tener épocas que, aun­
que variables en el tiempo, son fijas en cuanto á la necesidad
de su aparición, no se opone ciertamente á la nota de indivi­
dualidad que en ella reconocemos; antes bien, la confirma y
demuestra. ¿Es que la edad no afecta á las condiciones esen­
ciales del espíritu y si únicamente á su manifestación? Pues
tampoco tocan á la eseucia del alma el carácter, el tempera­
mento y la aptitud, y sin embargo, los estimamos modos ori­
ginales del organismo psicológico.
Hay en la vida del espíritu humano dos épocas generales:
la ascendente y la descendente. La primera empieza en el
nacimiento y acaba en la madurez; y la segunda empieza en
ésta y acaba en la muerte. La una se caracteriza por su evo­
lución progresiva; la otra, por el descenso gradual de la ac­
tividad.
La época ascendente ó progresiva consta de tres edades: la
infancia, la juventud y la mctduree. En la infancia, según di­
jimos al tratar de la vida, están como en embrión las facul­
tades, ejercitándose más las sensibles; y tomando, por esto, la
existencia un carácter sensible t&n)bie&. Puesto el nifio en
— 148 —
contacto con la Naturaleza, cuyas influencias maternales re­
cibe antea que ninguna otra, ha de abrirse necesariamente ¿
ellas y ha de poner en ejercicio Los sentidos corporales, por
ouyo medio toma posesion del mundo externo; la imagina­
ción, facultad, como sabemos, precisa para el conocimiento
de lo exterior» se halla también en actividad, pero sólo en su
forma reproductora; el sentimiento concrétase ¿ las impre­
siones físicas, y la voluptad tiene por objeto fines materiales,
referentes á la conservación y desarrollo del cuerpo. La vida
moral dibújase apenas en el adolescente, que libre casi en un
todo de las luchas y tempestades de la pasión, ocúltase bajo
el velo de la inocencia, fuente de poras emociones y dulces
alegrías. No hay, en verdad, nada más poético que el alma de
un niño, ni profanación más infame que la que con él se come­
te, abriendo bu espíritu á las seducciones del mal con ideas
prematuras que no puede apreciar en todo su valor. Por eso,
la misión del padre y la del maestro son en extremo difíciles;
y contraen uno y otro grave responsabilidad al bastardearla;
porque, acaso, pierden el tesoro que la Providencia confió á
sus manos, segando en flor facultades dispuestas al bien y á
la virtud.
La juventud, á la cual llega el individuo por una gradación
apenas perceptible, rompe con el dominio exclusivo de lo ex*
terior y despierta á la vida del entendimiento, vagando sin
norma fija por entre todos los objetoB, ocultos antes á su ob­
servación. La fantasía, desligándose de la copia servil, foija
creaciones más ó ménos originales y bellas, que encienden el
sentimiento y evocan el amor; la voluntad, solicitada por
opuestos motivos, desarrolla una actividad vertiginosa, ya
arrojándose en brazos del bien, ya prefiriendo los fugaces en­
cantos del vicio; la ciencia, el arte, la religión, todos los idea­
les del espíritu acuden á él, abrumándolo unas veces y esti­
mulándolo otras; y en medio de este conjunto de tendencias y
afeotos, de ilusiones y desencantos, la razón empieza á mar­
car con su voz inflexible el camino del bien y á encauzar las
múltiples corrientes de la vida.
La edad madura se distingue, principalmente, por la unidad
que imprime á la conducta el soberano imperio de la actividad
racional. Á la fiebre de la juventud sucede la calma; mas no la
— 149 —
calma de la inacción; sino la calma que resulta de haber enfre­
nado nuestras tendencias sujetándolas á la línea del deber y
manteniéndolas en sn esfera propia; el sentimiento no 6e apa­
ga, pero se templa, convirtiéndose en benéfico estimulo; la fan­
tasía no pierde en colorido ni en riqueza, pero se ciñe á lí­
mites prudentes, auxiliando al entendimiento en la obra de
la ciencia; la memoria languidece, pero en cambio la refle­
xión se vigoriza; disminuyen los encantos de los sentidos,
pero acrecen los goces morales; terminan las diversiones tu­
multuosas, pero empieza el santo deleite de la familia, la pu­
ra satisfacción que engendra el ejercicio de nuestra aptitud
en el foro, en la cátedra, junto al lecho del enfermo, en la
tribuna, etc.; la voluntad adquiere temple bastante en la ra­
zón para resistir las torpes sugestiones; y el hombre, en fin,
dispónese á legar á sus hijos un nombre honrado, un caudal
de experiencia que los sostenga y vivifique en las contiendas
humanas.
Tras esta edad, que es oomo la cima de la existencia, y que
tiene, como todas las otras, una duración muy variable según
los individuos, empieza el espíritu á perder la energía y deli­
cadeza de sus facultades: la reflexión se debilita, la memona
se gasta, el sentimiento se amortigua ó se excita con motivos
pueriles, los sentidos se apagan ó se inutilizan, la imagina­
ción se empobrece, la voluntad se vuelve caprichosa y débil,
apareciendo, no obstante, de vez en cuando los reflejos de la
experiencia que distingue siempre, en medio de su analogía,
el alma del viejo de la del niño; y así, gradual y lentamente,
bajamos al sepulcro, término de la vida terrena y umbral de
otra vida más alta.
Debemos decir de las edades lo mismo que de los tempe­
ramentos: no todos los hombres se ajustan precisamente en
la evolucion de la vida al cuadro que acabamos de presen­
tar: hay jóvenes que tienen más en concierto 6u conducta
que muchos viejos, y niños que reflexionan más que muchos
jóvenes; pero en medio de estas variaciones, imposibles de su­
jetar á cálculo, hay siempre en cada individuo (y esto es inva­
riable siempre que sea normal el curso de la vida) esos aspectos
que hemos marcado, ya se acentúen más ó menos, ya se pon­
gan ó no las facultades al servicio de sus legítimos objetos.
— 150 —
Aun cuando no con toda la precisión de un análisis psico­
lógico, Horacio en su carta á los Pisones traza los caractéres
úolmmantes de las edades, al exigir que el escritor los tenga
en cuenta y reproduzca en la creación y desarrollo de sus ti­
pos; precepto de gran importancia para el arte y de no menos
trascendencia en la obra de la educación, una de cuyas leyes
fundamentales está constituida por la edad del educando. Re­
produzcamos las palabras de Horacio, con las cuales deben es­
tar familiarizados nuestros alumnos; para que veamos lina vez
más cómo toda ciencia y todo arte arranca de la filosofía más
ó ménos inmediatamente.
«El niño que ya articula palabras y huella con pié firme el
suelo, procura jugar con sus iguales, se enfada y desenfada
sin razón y muda á cada instante de parecer. El jóven imber­
be, libre de su guardian, gusta de caballos y perros y de la
llanura de los campos; es como la cera para doblarse al vicio;
áspero con los que le aconsejan; poco previsor de lo útil; pró­
digo, altivo y de ardientes deseos, y pronto á dejar lo que an­
tes amaba. Cambiadas estas inclinaciones, la edad virú bus­
ca riqueza y amistades; se hace esclava del honor, se guarda
de emprender lo que despues le cueste trabajo variar. Mu­
chas molestias rodean al anciano: ya en su afan de adquirir
riquezas y miserable se abstiene de gastar lo adquirido; ya
administra su caudal con frialdad y con recelo; apático, flo­
jo, codicioso de esperanzas, impertinente, quejumbroso, ala­
bador del tiempo pasado, censor y juez severo de los ni­
ños.......... »

R edd ere qui voces jatn scit puer, et ped e certo


Signat huroum , gestit paribun rol lude re, et iram
Coligit, ac p on it tem ere et m utatur in horas;
ImberbiB ju v e n ís, etc.

Véase cómo Horacio con sabio pincel retrata los rasgos sa­
lientes de las edades. Eu los juegos del nifio y en lo voluble
de sus antojos caracterízase el predominio de las facultades
sensibles; en lo pródigo, en lo ardiente, en lo impresionable,
en lo áspero con las personas que le aconsejan dibújase la in­
dependencia y la riqueza de actividad del jóven; en el afán dé­
la amistad y del trato, en la previsión, en el culto del honor
— 151 —
manifiéstase la reflexión y concierto del hombre maduro; y
finalmente, en lo frío, en lo apático y en lo codicioso del por­
venir, por lo mismo que ya es corto el tiempo de la vida,
muéstrase el poco vigor del anciano.

CAPÍTULO IV .

EL SEXO.

De todos los modos espirituales, ninguno es aoaso tan fun­


damental como el sexo, que refiriéndose juntamente á la cuan­
tidad y cualidad del espíritu, arranca, no ya del hábito, sino
de la misma naturaleza subjetiva, estando, por consiguien­
te, sus manifestaciones esenciales por cima de nuestra vo­
luntad.
La sexualidad fisiológica se revela en todos los órganos y
funciones de la vida orgánica. «La mujer, dice un escritor,
nada hace oomo nosotros; no circula como la nuestra su san­
gre, pnes por momentos se precipita como un chubasco de
tempestad; no respira como nosotros; y la Naturaleza, pre­
viendo el embarazo y la futura ascensión de los órganos in­
feriores ha determinado que respirase especialmente con las
cuatro costillas altas, de cuya necesidad resulta la belleza ma­
yor de la mujer, la suave ondulación de su seno, qne expresa
todos sus sentimientos con muda elocuencia. No come«omo
nosotros, ni tanto, ni ios mismos manjares, etc.»
Pues bien; una diferencia tan profunda como la determi­
nada por el sexo corporal marca en los individuos el sexo psi­
cológico, que no proviene ciertamente de aquel, aunque de
ordinario coincidan. Para evidenciarlo basta pensar en que
el ama es una sustanoia distinta del cuerpo, y en que el sexo
es esencial al alma; y siendo lo esencial de Ia s cosas inmu­
table en ellas, claro está que la modalidad sexual del espí­
ritu no se adquiere por virtud de las influencias corporales.
Hay en el espíritu dos cualidades: la propiedad y la integri­
dad, que corresponden en el vivir á la actividad espontánea
y receptiva; y según predomine en la vida uno ú otro carác­
ter, así se manifiesta el alma en una ú. otra dirección Bexual.
¿No se observan algunas veces espíritus varoniles en cuerpos
— 152 —
de mujer, y espíritus afeminados, ó mejor, femeninos, en cuer­
pos de hombre? ¿Pues qué prueba mayor de que el sexo es­
piritual no proviene del fisiológico?
Las notas diferenciales de los sexos son, como acabamos de
decir, la espontaneidad en el hombre y la receptividad en la
mujer; y como consecuencia natural, el predominio del pen­
samiento en el uno y del sentimiento en la otra. La esponta­
neidad del hombre se revela en su independencia y en su
fuerza; la receptividad de la mujer, en su dulzura y en su gra­
cia; ambos son séres condicionados, pero el hombre se deja
influir menos por las circunstancias que la mujer, y devuelve
cou más energía que ésta su acción á los elementos exteriores.
EL hombre es fuerte; la mujer, débil, aunque esta debilidad se
convierta por el amor y aun sea por si sola más avasalladora
que la fuerza misma.
El pensamiento, hemos dicho, predomina en el hombre y
el sentimiento en la mujer; por eso el hombre representa el
progreso, la fuerza impulsiva, y la mujer la tradición, la
fuerza conservadora; el uno, segun se expresa un psicólogo,
es la cabeza; la otra el corazon de la humanidad. Pero aparte
de esto, hay en los sexos diferencias en todas sus faculta­
des. La inteligencia es en el hombre más bien reflexiva; en
la mujer, más bien intuitiva; el primero tiende más al análi­
sis; la segunda, á la síntesis. El sentimiento es en el hombre
ménos delicado y vivo, y sobre todo, menos absorbente que
en la mujer; en aquel es el amor uno de tantos objetos de la
actividad; en ésta es casi el objeto universal de la vida, ó la
llama al menos en que todo se abrasa ó purifica. La volun­
tad asimismo obra de distinto modo en el hombre que en la
mujer; siendo lo propio del uno hallar el motivo de la con­
ducta en las ideas, y lo propio de la otra buscarlo en ios
afectos.
En consonancia con estas cualidades características de uno
y otro sexo están sub manifestaciones todas, lo mismo en la
esfera de la ciencia que en la del arte; Lo mismo en la vida
pública que en el hogar doméstico; lo mismo en las costum­
bres sociales que en las creencias religiosas.
En cuanto á la ciencia y el arte, la primera distinción que
hay que hacer es que el hombre es en general más apto que
— 153 —
la mujer para el cultivo científico, no siendo esta obra sino'
pocas veces objeto de la actividad femenina; y aun en los ca­
sos en que esto sucede, distinguense (fe ordinario uno y otro
proceso en que el hombre da á todas sus especulaciones el se­
llo de la reflexión y la mujer el de la intuición; se concibe
bien una mujer instruida en idiomas, en ciencias naturales,
en las geográficas é históricas, pero no versada en matemáti­
cas ni en filosofía. Del misino modo nótase en el arte la des-
igualdad de aptitudes en los sexos. Las artes en que predo­
minan el cálculo y la meditación y se requiere un estudio téc­
nico, parecen reservadas al hombre; tales son la escultura y
la arquitectura; aquellas eu que predominan el sentimiento y
la imaginación, como la música y el baile, parecen reservadas
á la mujer. Aquellas otras en que se requieren igualmente el
sentimiento y reflexión, el gusto y la fantasía, pueden ser cul­
tivadas por ambos sexos, aunque siempre con diversas direc­
ciones; y asi es que la mujer no llega generalmente á las altas
concepciones épicas ni trágicas, teniendo en cambio gracia y
delicadeza para el detalle. (1)
La religión, lazo, que une intima y personalmente el espí­
ritu con Dios, es también en los sexos distinta en cuanto á
sus expresiones y en cuanto á su mismo fundamento. Fún­
dase la creencia religiosa de la mujer en el amor; por la edu­
cación se despierta y arraiga, y con el fuego sagrado de la tra­
dición se alimenta. Fúndase la creencia religiosa del hombre
y especialmente del hombre culto, más bien en la razón que en
el sentimiento; la fe se nutre de la claridad con que la concien­
cia muestra á Dios como sér infinitamente sabio y justo y
como fuente perenne de verdad; y conformando de este modo
con su piedad las inspiraciones de su razón, reposa igualmen­
te en la creencia y la ciencia. Los actos religiosos de la mujer
son más frecuentes y más exteriores, si vale decirlo así; los
del hombre, menos frecuentes pero más íntimos; la mujer está
más expuesta á la superstición; el hombre más expuesto á la
incredulidad.
En erl trato social la mujer es más delicada, más dulce y
cariñosa; el hombre más serio y más rudo; en las prácticas

(1) Véase en «ate panto A Tlharghtern.—Sclencie deV anup.


— 154 —
de la sociedad, en las contiendas del amor es más sugaz y más
discreta la mujer; más torpe y ménos ingenioso el hombre,
quizá porque ln habilidad consiste en el detalle. Sabios que
triunfan en las difíciles luchas del Parlamento ó del Ateneo,
guerreros que vencen á superiores enemigos; artistas que
dominan la aspereza de la roca estampando en ella su pen­
samiento, suelen rendirse en los salones á la discreción de
una mujer, aun sin estar ya rendidos por los encantos de su
belleza.
En cuanto á la esfera social en que la actividad de uno y
otro sexo se desenvuelve, nótase también una diferencia marca­
da. La mujer limitase al hogar doméstico, del cual es el ángel
tutelar, y en el cual halla cumplidas todas sus aspiraciones;
primero como hija dócil y cuidadosa; despues como esposa
fiel y tierna; y por último, como madre desvelada y amante,
lia mujer tiene en la familia una alta misión que llevar á
cabo, especialmente cerca de sus hijos, cuyo corazon está lla­
mada á formar. Si pudiéramos penetrar en la historia intima
de muchos hombres sin corazon y sin fe, quizá los encontrá­
ramos en sus primeros años faltos del calor maternal, que
tanto dulcifica y ennoblece los sentimientos. Quitar á la mu­
jer del círculo del hogar y lanzarla á más ancha esfera, seria
contrariar sus aptitudes y sus aficiones y sacar de su quicio la
familia, que es el cimiento del órden social.
Por eso las teorías que proclaman la emancipación de la
mujer, otorgando á ésta en absoluto los mismos derechos y
deberes que el hombre en sociedad, prescinden de la distin­
ción de los sexos, que como nota característica debe ser teni­
da en cuenta para los fines de la educación y de la vida. Ni
de esta desigualdad, que no afecta á la condicion intrínseca
del espiritu, debe sacarse partido para hacer á la mujer es­
clava del hombre, suponiendo en éste más noble gerarquía.
En buen hora que en los antiguos pueblos, en el Oriente, en
Grecia, en la Roma pagana se creyera á la mujer un mero
instrumento de los placeres del hombre; pero despues de ha­
ber lucido la verdad cristiana, que redimió á aquella de la
servidumbre en que estaba, y despues que la Filosofía ha re­
conocido ln igualdad psicológica de los sexos, aunque marcan*
do sus diferencias, no cabe tamaña injusticia.
— 155 —
La mujer tiene en ni hogar, hemos dicho, su esfera propia
de acción; el hombre, sin perjuicio de caberle también en La
familia una misión sagrada, la de dirigirla y encauzarla por el
camino del bien más con la inteligencia que con las inspira­
ciones del sentimiento, está al propio tiempo destinado á la
vida pública, contribuyendo en la medida de sus fuerzas á la
obra social común en todas sus direcciones y aspectos: como
hombre de ley, vela por su cumplimiento; como maestro, edu­
ca á la juventud; como médico, lleva á las dolencias físicas el
bálsamo que las cure ó aplaque; como sacerdote, predica la
ley divina; como militar, defiende la patria; como hombre po­
lítico, en fin, procura efectuar en su pueblo el derecho tal co­
mo puede racionalmente ser efectuado.
Tales son los caracteres propios de los sexos, cuya antíte­
sis responde á la eterna ley de la variedad. «La mujer e» un
sér especial mucho más diferente del hombre de lo que parece
á primera vista; y más que diferente, opuesto; pero graciosa­
mente opuesto en un grato combate armónico que constituye
el encanto del mundo.» ( 1) Y en efecto; esta oposicion sexual
se resuelve en superior armonía por virtud del matrimonio,
en el cual se unen el hombre y la mujer para cumplir todos
los fines racionales de la vida, buscando cada sexo en el otro
su natural complemento. El autor de Uhomme.-femme dice
elocuentemente á este propósito: «Las dos manifestaciones ex­
teriores de Dios son la formR y el movimiento. En la huma-
nidad el masculino es el movimiento; el femenino la forma.
De su armonía brota la creaoion perpétua; pero esta armonía
no se verifica sin luoha. Hay choque antes que haya fu­
sión. Cada uno de estos términos encuentra en el otro lo que
no tiene en sí, y lo busca para ampaiarse de él. El movimien­
to quiere entrañar en sí la forma; la forma quiere aprisionar
el movimiento.»
CAPÍTULO Y.

LA APTITUD.

Entiéndese por aptitud la disposición del espíritu hácia

llj M ichelet.—lii Amor,


— 156 —
cierto género de actos con preferencia á otros: ya sabemos que
la actividad del alma se llama potencia en cuanto es causa
permanente de sas estados posibles; pues bien; en cuanto la
potencia propende más especialmente á una clase cualquiera
de hechos, se llama aptitud. Asi pues, todo hombre puede,
porque el espiritu es idéntico en lo esencial de sus facultades,
ejecutar actos correspondientes ¿ cada una de ellas y á los
varios objetos de la actividad voluntaria; pero no todo hombre
es apto para todas las manifestaciones de esa misma activi­
dad; por eso. hay personas qne valen más que otras en el arte
ó en la ciencia ó en tal ó cual ramo de arte ó de ciencia,
sin que por eso dejen todas ellas de tener facultad de ejerci­
tarse en unas y otras esferas.
Las aptitudes varias del espiritu que ordinariamente difie­
ren en los hombres, siendo una excepción brillantísima el
reunirías todas, halla bu razón de ser en nuestra propia lirai-
taoion, y en lo infinito de los ideales á que aspira la huma­
nidad para cumplirlos en el tiempo. La ciencia y el arte son
obra de todos los hombres, no de uuo sólo; tanto, que el cul­
tivo de un aspecto artístico ó científico, por limitado que Bea,
llena toda la vida de un individuo; quedando, sin embargo,
una extensión inmensa que recorrer, y que no agotan ni
agotarán jamás todas las generaciones humanas. Preciso es,
por tanto, si ha de oaminar el espíritu de progreso en pro­
greso á su perfección en la tierra, que cada uno allegue al
común esfuerzo el trabajo que cuadre á su aptitud, no disi­
pando su actividad en varios objetos, pirro concentrándola en
aquel ó aquellos que providencialmente estén llamados á
cultivar.
Dividen los psicólogos la aptitud en innata y adquirida;
entendiendo por aptitud iunata la qne se muestra sin el auxi­
lio de la educación desde los primeros años, y por aptitud
adquirida la que aparece despues de haber recibido el sujeto
tales ó cuales influencias de lo exterior. Nosotros estimamos
que la aptitud es siempre ingénita, porque la consideramos
un don providencial que el hombre debe por lo mismo amar
y desenvolver en el mundo; y si es cierto que algunas aptitu­
des no se muestran desde luego sino cuando se dan condicio­
nes para qu« se muestren, no implica esto $u existencia cu-
— 157 —
too tales aptitudes sólo desde el momento en que aparecen,
porque do siempre las cosas son cuando apareoen ni apare­
cen cuando son. Si las aptitudes pudieran adquirirse en la
vida por la educación, todos los hombres colocados en las mis­
mas condiciones tendrían iguales aptitudes, lo cual desmiente
la experiencia.
La aptitud en condiciones de desarrollo, ó mejor, la apti­
tud cultivada se llama talento. Palabra es esta que emplea­
mos á cada paso con varios sentidos; ya la hacemos sinónima
de entendimiento, ya de habilidad, ya de gracia, ya de pru­
dencia, y& de rapidez en la concepción ó de facilidad en el
decir; y acaso, si se nos pregunta, al emplearla, cuál es su sig­
nificado propio, vacilamos en contestar, por lo mismo que la
acomodamos á distintas cualidades. Con frecuencia decimos:
«este tiene inspiración, pero no talento;» «aquel tiene talento,
pero discurre mal;» «estotro es hombre de talento, pero no
sabe vivir, etc., etc.» El talento no es otra cosa que la dispo­
sición natural del espíritu en condiciones de revelarse: y así
es que hay tantas clases de talento como de aptitudes: talento
artístico, talento práctico, talento filosófico, talento matemá­
tico, etc. No debe, por tanto, decirse: este hombre tiene ins­
piración, pero no talento; porque la inspiración, que es la ap­
titud estética, oonstituye por sí misma un talento, no bien re­
cibe el necesario cultivo.
Cuando la aptitud abraza más ó ménos perfectamente, pero
siempre con lucidez, los ideales todos de la vida, sin que tal
manifestación se deba á los esfuerzos individuales ni sea ex­
plicable por ellos, entonces, dice el ilustre profesor de Bru­
selas, miramos esta perfección como celeste, y al que la posee
como un espíritu superior é inspirado, como un genio. No es
esto decir que el genio tenga tal virtud que poT al mismo y
sin ninguna condicion externa vierta sus fulgores divinos;
antes bien; neoesita que las circunstancias lo hagan posible.
El genio aparece y se desarrolla, cuando debe aparecer y
desarrollarse; no siempre ni en cualquier época ó pueblo; 'peto
aun dada esta oondicionalidad, el genio sobrepuja las cir­
cunstancias y se remonta por cima del siglo en que vive, siendo
como una anticipación que deposita en su época el gérmen
de la época futura. Si se recorre la historia, bien corta é la
— 158 —
'verdad, de los genios, se verán desatendidos, desdeñados y
hasta perseguidos por sus contemporáneos; y sólo cuando
dan su cuerpo á la tierra y su espíritu á los siglos, segun
la frase de un escritor, es cuando bb sienten éstos vivificados,
animados por él, y colman su memoria de aplausos y ben­
diciones.
Las aptitudes se dividen, por las facultades del sujeto y por
las cosas con las cuales se pone en relación el espíritu. Por
Las facultades del sujeto, hay aptitudes intelectuales, estéti­
cas y morales; y dentro de cada uno de estos órdenes, tantas
como determinaciones particulares tiene cada facultad; y asi
es que en la inteligencia hay aptitud de recordar ó de discu­
rrir ó de imaginar ó de atender, etc. Segun las cosas con las
cuales se pone en relación el espíritu, hay tantas aptitudes
como objetos de ciencia ó de arte: aptitud para el derecho,
para la moral, para la belleza, etc.; y considerada La activi­
dad en la práctica social de estos objetos mismos, aptitud
para la magistratura, para el profesorado, para el sacer­
docio, etc.
La conciencia de la aptitud se llama vocacion; y el cum­
plimiento de un fin particular en la vida, profesion. lia profe­
sión debe estar en armonía con la vocacion de cada sujeto,
única manera de que el hombre realice en la sociedad el ma­
yor bien posible; cuya obra alcanza á todos los individuos,
produciéndose por eBte reciproco influjo la precisa eondicio
nalidad en la vida social humana. Desatender, la vocacion es
ahogar la actividad del espiritu; y el que por motivos inte­
resados tuerce la suya propia ó la de alguna persona en
quien influye, se busca á si mismo ó busca al sér influido uoa
continua pesadumbre, que casi siempre reviste la forma de re­
mordimiento.
La misión de los padres es en este punto más delicada que
en ninguno otro; y por desdicha los más de ellos, en vez de
estudiar la vocacion de sus hijos para inclinarlos ¿ La profe­
sion debida, descuidan esta obligación ó sacrifican la natural
aptitud á miraa de interés mal entendido. Tal acontece, en­
tre nosotros, con el afan que muchas familias tienen por iii-
cliuar Á sus hijos á la carrera eclesiástica, por ejemplo, ins­
pirados quizá 011 el egoismo de estorbar de este modo la for-
— 159 —
macion de una familia nueva que tome parte en las ventajas
de la profesion abrazada» que se supone lucrativa. Los jóve­
nes colocados en tan graves circunstancias, suelen ceder al
peso de la exigencia paterna; y muy á menudo acontece
que son séres desgraciados, sacerdotes indignos que provo­
can el escándalo y basta el desprestigio de la sagrada insti­
tución que representan, cuando acaso en el ejercicio de su
profesion natural hubieran sido en gran manera útiles á la
sociedad, cumpliendo rectamente su fin y conspirando al cum­
plimiento del de sus semejantes. También es frecuente en
algunos padres que no profesan oreenoias religiosas, ahogar
con sus consejos y con su mandato la de sus hijos, apar­
tándoles de un camino en que hubieran podido derramar
el bien á manos llenas, y dejando helado su corazon, al arran­
car de él la fe, que constituía su noble impulso y su más pura
felicidad.
Lo mismo que en esta esfera que hemos tomado por ejem­
plo, por ser uno de Los más grandes problemas de la educa­
ción y de la vida, acontece en todas las profesiones; y para
evitar tan desastrosos resultados y para cumplir el dober im­
puesto á todo hombre de respetar y cultivar su aptitud, como
don providencial que es, y puesto que esta obligación alcan­
za muy principalmente Á los padres respecto de la vocacion
de sus hijos, lo natural y lo exigido es que procuren aquellos
conocer la aptitud de estos, despertándola por los medios más
eficaces. A este fin responde la segunda enseñanza, que mu­
chos tienen en poco y que algunos consideran más bien como
un trayecto penoso que hay que recorrer, bó I o por la fuerza
de los preceptos legales, para poner al jóven en carrera; sien­
do así que en verdad la segunda enseñanza es como la pie­
dra de loque de las aptitudes individuales. En los diversos
ramos que abraza va mostrando el escolar sus disposiciones
naturales; y el padre y el maestro, atentos á los resultados
que aquel alcance en todo el curso de la enseñanza misma,
deben sorprender la aptitud y sus grados de intensidad, para
dar al jóven, si ya por si propio no la elige, la profesion que
cuadre á sus aficiones.
Pero ¿debe el hombre concretarse á cultivar su vocacion,
descuidando y menospreciando la realización de los demás
— 160 —
fines racionales? No, por cierto; el liombre debe cultivar pre­
ferentemente, porque no es posible que abrace todos los oh*
jetos humanos, su vocaeion, y servirse de ella para el mejor
cumplimiento de todos sus deberes morales como ciudadano,
como hijo, como esposo, como padre, como amigo, como per­
sona religiosa, etc., conciliando en cuanto pueda y jamás po­
niendo en pugna lo individual con lo humano.
Para concluir, dejando íntegro el organismo espiritual que
hemos ido analizando, debemos indicar que estos modos es­
tudiados, el carácter, el temperamento, la edad, el sexo y la
aptitud se combinan entre si en. cada espíritu, produciendo un
todo original y compuesto que constituye la individualidad psi­
cológica.
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ELEMENTOS DE PSICOLOGIA.
INTRODUCCION.

CONCEPTO Y DIVISION DE LA PSICOLOGÍA.

La Psicología es la ciencia del alma.


La importancia de la Psicología se extiende á todas las enfurtís,
porque es un antecedente necesario para la formación de la ciencia
y constituyo su punto de partida; y porque siendo el ulma la que
en nosotros crea y dirige, eu estudio es la luz y el norte de nuestra
conducta.
l*a Psicología es Taina de la Antropología, ciencia del hombre, y
esta á su vee de la Filosofía, ciencia de los principios y las leyes.
De la Psicología derivan tres ciencias particulares; la Estética, que
educa el sentimiento; la Lógica, que marca el rumbo A la inteligencia,
y la Moral, que traza á la voluntad leyes eternas.
La Psicología tiene dos fases-, la analítica y la scntética, correspon­
dientes al método empleado en el exámen del espíritu. Nosotros he­
mos de ocuparnos del aspecto analítico solamente.
La materia de nuestro estudio se divide en tres partes: Psicología
general, Psicología particular y Síntesis anímica. La primera se ocupa
du los atributos generales del alma; la segunda trata de bus faculta-
des, funcione» y operaciones; y la torcera examina la relación y ar­
monía de estos elementos.

PARTE PRIMERA.

PSICOLOGIA GENERAL.
S ección 1 .a

CONCEPTO DEL ALMA EN SU DISTINCION DEL CUERPO.

La conciencia de nuestra personalidad es la verdad primera de la


— 166 —
Peicologify'tttmú nocion á la onal lian de referirse los juicioB qne en
adelante vayamoB estableciendo.
DiBtínguense en ella ante todo dos elementos: el cuerpo y el al­
ma; el cuerpo, como sér material sujeto á la» leyes de la Natúrale-
ea; y el alma, como sér libre regido por loa principios del mundo es­
piritual.
No concuerdan en esto todos loe pensadores; algunos, (los materia­
listas) niegan la existencia del alma, creyendo sus fundones nn pro­
ducto del organismo físico; otros (los idealistas) estiman el cuerpo un
sistema que el mismo espíritu crea para comunicar en la vida.
Para combatir esas doctrinas, podemos afirmar desde laego qne en
nosotros hay una série de actos de que tenemos conciencia, y otra que
no cae bajo el dominio de nuestra intimidad. Cada una de estas sé­
rica con&tituve una vida propia, distinta, original; y eBto nos hace re­
conocer en el hombre la existencia de dos principios, de naturaleza
tan opuesta como opuestos son esos dos aspectos de la vida qne la
observación nos descubre,
La unión del alma y el cuerpo no se opone ¿ las leyes naturales,
nino que eBtá de acuerdo con ellas. Muéstrase esto con solo atender ¿
lo contradictorios que son ambos elementos; lo cual, en vea de Ber un
obstáculo para en intimidad, la favorece notoriamente.
El espíritu y el cuerpo están unidos de un modo esencial, inmedia­
to, recíproco y completo.
Esencial, porque ninguno de los dos pierde su propia naturaleza;
inmediato, porque se comunican sin necesidad de sustancia alguna
intermedia; reciproco, porque Be influyen mútuamente; y completo,
porque todo el cuerpo fcstá animado de todo el espíritu*

S ección 2 .ft

ATRIBUTOS DEL ALMA.


y
Atributo es todo lo caracterÍBtico de un objeto.
Los atributos son de esencia y de forma: los unos constituyen el
sér; los otros lo revelan.
Importa no confundir las propiedades de forma con los accidenta;
las primeras son invariables, ”yv los segundos pueden variar y des­
aparecer. **■-
Nosotros prescindiremos de los accidentes, por lo mismo que están
sujetos'á.continuo cambio; mas no dejaremos de consignar, para que
no se crean completamente fuera de las notas esenciales, que forman
nna escala, mediante la cual, lo que bajo una relación es fortuito pue­
de constituir bajo otra cualquiera un carácter fundamental.
Los atributos esenciales motivan esta pregunta: ¿qué es el objeto?
Los formales esta otra; ¿cómo es e] objeto?
— 167 —

CAPÍTULO I.

a t r ib u t o s e s e n c ia l e s d e l a l m a .

La anidad y la actividad son loa atributos esenciales del alma.


La uxidad quiere decir que el espíritu no contiene elementos extra­
ño» á su naturaleza, ni deja de contener cnanto la constituye; qne es
puro, simple y homogéneo. Esta unidad subsiste en toda a las manifes­
taciones anímicas.
Al afirmar que el alma es una, no la consideramos única; antes
bien, reconocemos objetos semejantes y superiores que la condicio­
nan; el alma no es única sino en cuanto muestra bu especie de un
modo original.
La unidad del olma se prueba por la conciencia,
yí'-ia propiedad y la integridad son cualidades que derivan de la uni­
dad del alma.
Por la propiedad afirmamos que la esencia del espíritu es suya; que
no pertenece á ningún otro objeto. Mediante ella nos distinguinjofl
de I o n demás séres; y ni referimos á estoe lo que es nuestro exclusi­
vamente, ni á nosotros lo que á cosaa distintas corresponde.
La propiedad se llama identidad, cuando se considera en relación
con los actos sucesivos del espíritu.
Así como la propiedad quiere decir que nuestra esencia nos perte­
nece, así la integridad significa que somos toda nuestra esencia; que
nada de lo que es inherente á nuestra naturaleza deja de estar entra-
fiado en ella; que la esencia del espíritu es toda espiritual.
Lo propio y lo íntegro de la sustancia anímica no son lo infinito
y lo absoluto; antes bien, afirmamos que el alma es un objeto re­
lativo y limitado, dada la existencia de otros también finitos; y la
de Dios, en el oual tienen todos los «¿res su causa y condicion su­
premas.
La actividad espiritual es la virtud que tiene el espíritu de deter­
minar su esencia.
Puede ser considerada bajo dos aspectos: como razón de todoB los
estados anímicos posibles (potencia), y como causa pactiealar de cada
uno de ellos en la sucesión del tiempo (actividad específica.)
El ejercicio de la actividad se refiere á las manifestaciones de la
esencia del alma, y no ¿ la esencia misma.
La actividad del alma es, como la unidad, un hecho de concien­
cia, cuyo testimonio sugiere la prueba más concluyente de ese
atributo. '
CAPÍTULO ir.

ATRIBUTOS FORMALES DEL ALMA.


El alma tiene ana forma> que es la existencia. La existencia siguí
fica la esencia misma en cuanto es positiva.
— 168 —
El alma no es Bolamente u n objeto que existe; es un objeto que
existe en ai, de un modo independiente; y corno esta cualidad es la
que constituye la sustancia, debem os añadir que el e sp íritu eB un sér
con existencia sustantiva.
Á. la existencia se refieren dos atributos de forma: la individualidad
y la vida; correspondientes á la unidad el primero y á la actividad el
segundo.
La individualidad es aquel atributo por el cual la naturaleza del es­
píritu se determina de un modo original.
Tan esencial es á nosotros la forma individual, que por ella se es­
tablece distinción, no sólo entre las varias personalidades, sino tam­
bién entre los varios estados de una persona.
Asi como á la unidad, atributo de esencia, corresponde la indivi­
dualidad, atributo de forma, así á la actividad corresponde la vida.
Ln nidn es aquella propiedad por la cual la existencia del alma se
desarrolla progresivamente en una série continua de actos. Si la acti­
vidad es la virtud que tiene et alma de determinar su esencia., claro
se ve que la vida es la manifestación de la actividad.
El fondo de la vida psicológica es la esencia del espíritu, determi­
nada libremente por él.
La vida espiritual tiene un principio determinante, un fin y una ley.
El principio es la actividad; la ley es el bien, que consiste en hacer
efectiva la naturaleza del alma en conformidad con ella misma; y el
fin es el cumplimiento de la ley.
La vida del alma, como la de todos los séres, tiene tres edades di­
verjas. En la primera están como en embrión sus facultades; en la
segunda va et espíritu determinándolas en variedad inmensa; y en la
tercera entran en su adecuada esfera de acción, con unidad superior
de cónducta.

S ección 3 .a

FACULTADES DEL ALMA.

LMmanrfe facultades del alma las causas ó principios de los hechos


espirituales. Pueden ser consideradas como razón habitual ó perpétua
de 8ns estados posibles (potencias), y como fasooftctual de cada una
de ellas en el trascurso de la vida (actividades específicas).
Pueden también considerarse en au propensión á realizar los esta­
dos aun desconocidos (tendencias), y en la intensidad con que hacen
efectivas sus determinaciones (fuerzas).
fres son las facultades del alma: inteligencia, sentimiento y volun­
tad. La inteligencia es la facultad de conocer; el sentimiento, la facul­
tad de sentir, y la voluntad,, la facultad de querer.
En el conocer, el sujeto permanece impasible y como á distancia de
las cosas, las males procura desentrañar sin producir en ellas mudan-
— 169 —
xa. alguna. En el sentir, el sujeto parece que pierde su individualidad
para confundirse con el objeto. En ql querer, el espíritu se une á loa
objetos en relación de causalidad.
Las facultades no son esencialmente tlietintas del alma; son el alma
misma considerada en uno ú otro de sus modos permanentes.
Tienen las facultades dos modos en su ejercicio: la espontaneidad
y la receptividad. Una facultad es espontánea coando causa sus actos
ron independencia de toda solicitación externa; y es receptiva, cuando
el objeto la condiciona y mueve en cierto modo.
Bajo un nuevo aspecto, tienen las facultades otras dos maneras de
ejercitarse: la directa y la reflexiva. El ejercicio de una facultad es di*
recto, cuando se pone simplemente en relación con su objeto respec­
tivo; y es reflejo, cuando vuelvo sobre ella propia, teniendo ¿ la ver.
presente el objeto. ‘

PARTE SEGUNDA.

PSICOLOGIA PARTICULAR.
La Psicología particular consta de tres secciones: Noologia (tratado
de la inteligencia); Estítica (tratado del sentimiento); y Prasología
(tratado de la voluntad).

S e c c ió n 1 .a

NOOLOGÍA.
Llámase Noologín aquel tratado de la Psicología particular que se
ocupa de la inteligencia.
El estudio de la NcftlogíA abraza tres capítulos: el primero trnta de
la inteligencia un si misma; el segundo, de su contenido, de sus for­
mas especiales; y el tercero, de la verdad científica como fin v le^ de
su actividad.

CAPÍTULO I.

NOCION DE LA INTELIGENCIA.
Llámase inteligencia la facultad de pensar y conocer.
El conocimiento es una relación compuesta de doR términos: el su­
jeto cognoscente y el objeto cognoscible.
El sujeto es el Yo. En él reside la propiedad de conocer, conside­
rado como conciencia racional, cuya unidad abraza nuestras varias
fuentes ú medios de conocimiento, y en la cual se depuran nuestras
percepciones particulares, hasta qne adquieren un valor objetivo.
— 170 —
El objeto es toda la realidad en ai misma y en hhb cualidades y re­
laciones; salva, por supuesto, nuestra limitación, por cuyo efecto no
todo es accesible á la inteligencia.
Los dos términos del conocer, sujeto y objeto, se enlazan en armó­
nica unión, nuevo y superior elemento por el cual es recibido en el
espíritu lo cognoscible. Esta relación se efectúa según la esenda pro­
pia de loe extremos relacionados.
Dada la propiedad de conocer, hemos de admitir en nosotros una
facultad, mediante la cual podamos ponernos con las cosas en la in­
dicada relación cognitiva: tal es el pensamiento.
El pensamiento, con respecto á su esencia, es necesario y continuo;
y con respecto á sus determinaciones, libre é individual.
Necesario, porque no es obra de nuestra propia virtud. Continuo,
porque bu marcha no se interrumpe jamás. Libre, porque podemos á
voluntad dirigirlo y educarlo. Individual, porque se concreta en esta­
dos particulares y opuestos que se excluyen entre sí.
El pensar, como el conocer, exige dos términos: sujeto pensante y
cosa pensada; mas la relación entre ambos no es de la misma natu­
raleza en uno y otro caso. El objeto aparece al pensamiento para ser
conocido, de un modo indeterminado; y cuando merced al trabajo de
la inteligencia, se determina y esclarece, entonces se produce el co­
nocimiento.
El pensar y el conocer pueden definirse de este modo. El pensa­
miento es aquella facultad del alma que tiende á conocer. El conoci­
miento es una relación, en la cual el objeto está en b u completa reali­
dad presente ¿ la conciencia.

CAPÍTULO II.

FORMAS DE LA INTELIGENCIA.

La inteligencia puede ser examinada bajo tres aspectos: en sus ór­


ganos, en b u s funciones y en s u r operaciones.
Los órganos intelectuales son las actividades que concebimos en el
pensamiento, correspondientes á los varios objetos con los cuales pue­
de esa facultad ponerse en relación. Las funciones son los procedi­
mientos que se requieren en la obra del conocer. Las operaciones, los
resultados naturales del ejercido intelectual.
(ÓRGANOS IN TELECTU A LES*)

I.
Percepción externa.
Percepción externa es aquel órgano intelectual, en cuya visrtud co­
nocemos el mundo exterior.
— 171 —
En el conocimiento de I» exterior hay dos elementos: los sentidos
corporales que proporcionan los primeros datos, y la inteligencia, que
los recoge y transforma en acabada* percepciones.
Los sentidos externos son: el olfato, el gusto, el tacto, la vista y el
oido, Los dos primeros noB dan las sensaciones de olor y sabor, y es­
tán singularmente al servicio de las funciones nutritivas; el oido y la
vista, que se ejercitan en armonía con el proceso del sonido y
1» luz, y el tacto, que se refiere al calor y otraB propiedades análogas,
conspiran en especial á la vida de relación.
Los sentidos obran, cuando un objeto material los impresiona; esta
impresión excita el sistema nervioso, por el cual es trasmitida al ce­
rebro, centro común de las modificaciones sensibles.
El objeto directo del conocimiento sensible no ob el mundo exterior;
es la modificación de los sentidos, por la cual se infiere ha existencia
y se perciben las propiedades de Iob cuerpos.
Producida la sensación, sobre sub datos Be ejercitan la imaginación,
la razón y el entendimiento.
La imaginación conserva y reproduce las imágenes de los objetos
físicos; las completa; les da en el espíritu tiempo, espacio, movimien­
to y luz, y reúne las propiedades diversas en un todo ideal, correspon­
diente á la realidad de los objetos mismos.
La razón, que es el órgano de los principios, modela los objetos
físicos en las ideas y juicios universales, que, por serlo, se aplican á
todo sér, individual ó genérico, espiritual ó corpóreo, absoluto ó re­
lativo, temporal ó eterno.
El entendimiento, por último, es el que forma en definitiva el cono­
cimiento de l o exterior, aplicando I o b principios racionales á los datos
sensibles, y haciendo de estos la debida interpretación. . q

II.
Conciencia.

La conciencia es aquel órgano intelectual, en cuya virtud el alma se


conoce á sí propia.
No Bon los hechos y estados psicológicos, como expresiones del Yo,
el único asunto de la conciencia; lo es también el Yo mismo, como
sujeto de sus modificaciones y por cima de ellas.
La conciencia tiene doB modos: el simple y el reflexivo. TenemoB,
pues, conciencia de nuestros actos, y conciencia de la conciencia de
nuestroB actos. Este segundo modo no es continuo en la vida; pero el
simple no se interrumpe jamás, sean cualesquiera la edad¿ la educa­
ción y loe estados del sujeto. — — ~
En cuanto á la edad, sólo tratándose de la infancia habría dificultad
en admitirlo; pero confirman nuestro aserto la observación interna en
todo cuanto alcanza, y la externa, que nos lleva á inducir la existen­
cia en el niño de actos espirituales, de los cuales son manifiesta seftal
ciertos movimientos orgánicoB, como el llanto y la risa.
— 172 —
Respecto á la educación, toda ves que se limita á dar al hombre
condiciones para que cumpla su destino, claro es que la falta de su
influencia no significa la no intimidad del alma; antes bien, para que
el alma se eduque, es preciso que tenga propia actividad y que se
preste á recibir la acción de los elementos exteriores.
Análogo razonamiento podemos hacer Tespecto á loe varios estados
del sujeto. En el suefio, se debilitan en cierto modo las relaciones en­
tre el alma y el cuerpo; pero ni la ana ni el otro pierden por completo
su actividad. Lo propio sucede con la locura; en cuyo estado, si bien
ha desaparecido la fundamental armonía de nuestras facultades, sub­
siste la vida íntima en sus tres esenciales aspectos.
La conciencia, como toda facultad del alma, es perfectible, y se des­
envuelve en relación con las edades.

in .

Memoria.

Llámase memoria la conciencia en relación con los actos pasados.


El objeto de la memoria es, pues, la vida íntima en relación con lo
ya trascurrido; pero el recuerdo versa propiamente sobre el conoci­
miento de nuestras modificaciones, y no sobre ellas mismas.
Si la memoria es la conciencia en relación con el tiempo, dicho se está
que la uoa no puede extenderse más allá du donde alcance la otra; y
que allí donde esta falte, faltará también aquella. No es posible que se
reconozca lo que no se ha conocido.
Los hechos de la memoria se dividen en recuerdos y reminiscencias.
Recuerdo es la reproducción clara y cierta de lo percibido. Reminis­
cencia, la reproducción imperfecta y confusa.
Hay en la memoria dos leyes: una inmanente, que se refiere á los
estados anímicos; y otra trascendente, que se refiere á las conexiones
de los objetos. La ley inmanente se funda en la atracción de los es­
tados anímicos semejantes. La trascendente, en la asociación de las
ideas que guardan entre si relaciones más ó menos estrechas.
En la asociación de las ideas se funda Ja Mmometecnia, arte de in­
ri litar los recuerdos.
Estas leyes de la memoria no Bon incompatibles con la libertad del
espíritu para ejercitarla. La sucesión de los recuerdos es libre, aun­
que requiera la producción de éstos condiciones á propósito, como las
requieren todas las cosas finitas.
La memoria se divide en ideal y Bcneiblc. Se llama ideal, cuando re­
produce principios universales ó conocimientos abstractos; y sensible,
cuando versa sobre nociones individuales.
Tres son las funciones de la memoria: impresión, conservación y
reproducción. Por la impresión se graban en el espíritu los conoci­
mientos; por la conservación se retienen, y por la reproducción se
evocan.
Invaginación.
La imaginación, 0 fantasía, os aquella facultad que ofrece al espíritu
los objetos en iraágen, bajo formas individuales y concretas.
La actividad imaginativa se refiere tanto á los objetos físicos como
á los incorpóreos.
Ya de lo primero hemos hablado al explicar el conocimiento exter­
no. Nuestros órganos sensitivos no nos dan más que sensaciones ais.
ladae; no nos muestran las dimensiones del espacio ni el movimiento
de los cuerpos; y esto, que no lo dan los sentidos, es lo que allega la
imaginación, en la cual, aunque no en el modo y forma de lo físico,
están la I uje y el espacio con sus múltiples combinaciones.
Los conceptos abstractos y Iob racionales caen también bajo el do­
minio de la fantasía, revistiendo en ella formas individuales, en las
caales resaltan los caracteres culminantes de lo imaginado, tal como
se dan en la conciencia.
La imaginación ejerce en la vida una gran influencia; provechosa,
cuando su actividad se subordina á la razón; y funesta, cuando Be so­
brepone á ella rompiendo la armonía del espíritu.
Cuando la imaginación obra d e un m odo tal sobre nuestro organis­
mo que produce sensaciones por su propia virtud, y sin que haya real­
m en te objetos que las m otiven, se dice q n e estamoB alucinados.
Divídese la imaginación en reproductora y creadora, estética y
lógica.
Se llama reproductora, cuando se limita á copiar tipos ya concebi­
dos y expresados; y creadora, cuando produce tipos originales.
Se llama estética, cuando apoderándose de un conjunto bello, lo
determina en sus elementos y rasgos, procediendo de la vaguedad del
conjunto á sus últimos detalles, y haciendo irradiar sobre estos la luz
de la idea concebida.
Toma el nombre de lógica, cuando de algún modo convierto en
imágen un concepto abstracto ó absoluto. Si recae sobre un objeto
absoluto, se denomina pura; ai sobre un objeto abstracto, repre­
sentativa.

V.
Razan.

La razón es la facnlta<l intelectiva que nos pone en relación con los


principios universales.
El mundo racional no es puramente subjetivo; antes bieh,, existo
fuera del sujeto con tanta realidad como la Naturaleza. Su fundamen­
to es el mismo Sér infinito absoluto.
Los principios de razón no son innatos, en cuanto requieren el ejer­
cicio de dicha facultad; pero lo son, si por idea innata se entiende la
adquirida por til espíritu sin el concurso de la percepción sensitiva,
— 174 —
La razón no es la facultad del dinrurso; da las categorías y leyes á
que deben ajustarse los juicios y raciocinios, y el entendimiento os el
que juzga y raciocina en vista de ellas.
Cuando la razón suministra las ideas aplicadas á la esencia de las
cosas, se llama ontológica\ y cuando revela las leyes en que el conocí-
miento se funda, lógica.
Bajo otro aspecto es la razón teórica y práctica, segtm Be considere
dándonos concepto de las primeras verdades de la ciencia, ó de las
que son inmediatamente necesarias para la vida. La razón práctica se
llama también sentido común.

VI.
Entendimiento.

El entendimiento es la facultad del discurso.


Los modos de ejercicio del entendimiento son el abstraer, el gene*
ralizar, el inducir y el deducir.
La abstracción consiste en separar cualidades ó partes de loa obje­
tos, á los cuales están esencialmente unidas.
Tiene un doble fin: aislar las partes de un todo para hacer posible
su exacta percepción, y preparar la formacion de grupos genéricos
para dar materiales á la ciencia.
La generalización consiste en reunir en un tipo ideal las cualidades
abstraídas.
En las nociones generalizadas hay dos elementos que apreciar; la
comprensión y la extensión. La comprensión es la snma de notas que
contienen; y la extensión el número de individuos que abrazan. La
comprensión y la extensión están en razón inversa.
La inducción tiene por objeto elevarse de los hechos singulares á
las causas que los producen y á las leyes á que se ajustan.
Divídese en propia y analógica. La inducción propia se funda en
la identidad de casos; la analógica, en la semejanza de un objeto
con otro.
Para justificar este tránsito de lo particular á lo universal hecho
por el procedimiento inductivo, dispone la ciencia de principios ra­
cionales, y por lo misino absolutos.
Esto que legitima la inducción no es bastante, Bin embargo, para
dar á sus principios carácter de necesidad; debiendo mantenerse en la
esfera de lo probable hasta verlos demostrados.
La deducción consiste en derivar de los principios sus naturales
consecuencias.
Requiere la deducción un principio incuestionable, un caso concreto
perfectamente conocido y una relación adecuada entre ambos.
— 176 —
(FU N C IO N ES IN TE LEC T U A L ES )

I.
Atención.

La atención es aquella función intelectual por la cual se dirige el es­


píritu al objeto que quiere conocer.
Se divide en incomtcientc y consciente. Es inconsciente, cuando no
nos damoB cuenta de ella; y consciente, cuando tenemos la percep­
ción de hallarnos atentos.
La atención reclama toda la actividad del alma, no siendo posible
para ésta otra función mientras en atender se ejercita. Así, pues, de­
be ser una; y como ha de prestarse en instantes sucesivos, debe ser,
además de intensa, sostenida y persistente.
La manera de despertar la atención hácia los puntos científicos es
el secreto de la enseñanza; razón por la cual el estudio de aquella tie­
ne gran importancia en el ministerio de ésta.
En la atención individual hay propensiones nativas, que deben ser
aprovechadas y cultivadas con preferencia á las otras.
Recibe la atención diferentes nombres, Begun cómo se aplica y se­
gún la esfera á que se dirige.
Cuando versa sobre los hechos, bo llama observado». Cuando recae
en particular Bobre los estados psicológicos, reflexión. Meditación,
cuando abraza varios conceptos relacionados. Contemplación, cuando
se vuelve hácia el órden ideal.

Percepción.

La percepción es aquella función intelectiva por la cual se apodera


el espíritu del objeto cognoscible.
La percepción no envuelve un conocimiento acabado; pero es bu
antecedente lógico: lo que no Be percibe no se conoce.
No siempre se percibe el punto á que se atiende; mas no es la aten­
ción jamás infecunda; siempre despues de atender se aprende algo,
aunque no sea más que nuestro propio estado psicológico. De ahí la
conveniencia de estar siempre atentos.
La percepción Be divide en inmediata y mediata. Es tí»mediato,
cuando no hay término alguno entre el que percibe y lo percibido; y
mediata, cuando se ejerce sobre cosas á que no llega la inteligencia
sino por medio del discurso.
La percepción ha de ser: v
Adecuada á la esencia del objeto, para lo cual hemos de4»uir de
todo móvil apasionado.
\
V:-
— 176 —
Continua, en decir, que no demos por terminada la obra hasta apo­
derarnos de todo el asunto y de sus elementos y modificaciones.
Orgánira, ó lo qne es igual, hemos de proceder en ella con método
y órden.
III.
Determinación.
La determinación es aquella función intelectiva por la cual se oono-
cen, no sólo las propiedades y elementos de los séres, sino también
sus relaciones.
La determinación en su sentido estricto es la ciencia absoluta; por­
que sólo en ésta concebimos que sean los objetos eternamente vistos en
sus fundamentos y determinaciones.
La determinación puede ser analítica y sintética. La primera des­
compone los objetos para examinar su contenido; y 1a segunda los re­
constituye para fijar sus vínculos internos.
Jjlb principales condiciones de la determinación son dos:
La primera consiste en cuidar de que no subsigan á las percepcio­
nes actos de atención improcedentes; sino los necesarios para comple­
tarlas 6 esclarecerlas.
La segunda Be reduce A que los grados porque ha de ir pasando la
determinación en su marcha progresiva, sean los que ofrezca el objeto,
segun la disposición orgánica de sus partes.

(OPERACIONES INTELECTUALES.)

I.
Nocion.

La nocion eB el conocimiento de una cosa en unidad, eti su con­


junto indiviso.
Entre el juicio y la nocion hay un límite difídl de apreciar en la
formacion del conocimiento; pero que no por ser más ó menos asig­
nable, deja de marcar una diferencia entre ambas operaciones.
La nocion toma distintos nombres, según las cosas sobre que versa.
Se llama idea la nocion racional; concepto, la nocion genérica; represen­
tación, la nocion concretada por la fantasía; y propiamente nocion, la
que versa sobre objetos sensibles.
Las nociones Be dividen principalmente de este modo:
Por el objeto, en sustantivas, accülmtale8 y cúmpneHtps, según que la
cosa sobre que versan sea un sér ó una propiedad, ó un sér en una
de sus propiedades.
Por su fuente, en sensibles, inteligibles y racionales, segun que pro­
vengan de los sentidos, del entendimiento ó de la razón.
Por su esencia, en individuales, genéricas y absolutas, segun que re-
— 177 —
caigan Bobre lo determinado en espacio y tiempo, Robre lo coman A
uu órden de cosas ó sobre lo eterno y fundamental.

II.

Juicio.

El juicio es aquella operación intelectual en cuya virtud se percibe


y a filia una relación entre dos términos.
Los elementos del juicio son la materia y la forma. Constituyen la
materia las nociones que se enlazan; y la forma, la relación en que
se unen.
Las nociones son, dos, y toman el nombre de sujeto y predicado; el
uno es el término de referencia; el otro es lo referido. La relación se
llama cópula.
La relación constitutiva del juicio puede ser considerada bajo los
aspectos do la cuantidad, de la cualidad y del modo.
Por la cuantidad son los juicios: universales, cuando el sujeto se re­
fiere totalmente al predicado; particulares, cuando no se refiere sino
en parte; y armónicos, cuando se refiere á la vez en totalidad y en
cada una de sus manifestaciones.
Por la cualidad son Iob juicios: afirmativo», cuando hay conformidad
entre sus términos; negativos, cuando no hay entre los mismoB conve­
niencia; y limitativos, cuando hay al propio tiempo conformidad y re­
pugnancia.
Por el modo, apodícticos, problemáticos y asertóricos. Es apodíctico
el que expresa una relación necesaria; problemático, el que expresa
una relación posible; y asertórico, el que expresa una relación de pura
existencia.
III.
Raciocinio.

El raciocinio es la operacion en cuya virtud se relacionan los juicios


de un modo esencial.
Hay en el raciocinio, como en el juicio, dos elementos: la materia y
la form a: son la materia la# proposiciones; y es la forma la relación
que las une.
La materia del raciocinio conBta de dos partes: antecedente y consi-
guíente. El antecedente abraza por lo general dos juicios, en los cua­
les hay tres términos, y de los cuales el uno es el fnndainento de lo
inferido, y el otro une lo inferido con el fundamento.
En el raciocinio hay cuando menos tres juicios, que expresan res­
pectivamente lo inferido, aquello de .que Be infiere y la re^cion entre
ambos.
Divídese el raciocinio en inductiva y deductivo, según que proceda
de lo particular á lo universal, ó del principio á la consecuencia.
23
— 178 —

CAPÍTULO I i r ¿ ¿ ^ 2 /

FINES DE LA INTELIUENCIA.

El conocer es 1a natural tendencia del pensamiento, y la cienda na


fin último.
La ciencia no es una obra puramente subjetiva; no la construyo
coda hombro segun eu entender; sino que existe á pesar de nuestro
conocimiento y por endma de él, como eterna relación de Dios Con
toda la renlidad.
En la ciencia deben considerarse tres elementos distintos: el fondo,
la forma y el método.
El fondo de la ciencia es la verdad, que consiste en la adecuada
relación del sujeto qne conoce y la cosa conodda. La verdad nece­
sita la nota de cierta, para que sea en todo su valor recibida por el
sujeto.
Siendo la verdad el fondo de la ciencia y consistiendo en la ade­
cuada relación entre el pensamiento y lo cognoscible, la cienda no
puede menos de tener una forma orgánica como la realidad, de la
cual es fiel trasunto.
El método en la forma ordenada de la actividad refleja del pensa­
miento en la obra científica.
El método abraza dos direcciones particulares: el análisis y la sín­
tesis. El análisis aspira á recibir la prebenda de lo cognosdble, tal
cuino es y apurece á nuestros medios do observación. La síntesis de­
duce el conocimiento de las objetos del principio en que Se fundan.
Ambas direcciones necesitan unirse y compararse en virtud de nn
nuevo procedimiento: la construcción; por el cual lo analizado se com­
prueba, y lo demostrado se verifica.

S ección 2 ." ¿ á /e —

ESTÉTICA.
La Estética es aquel tratado de la Psicología particular que se ocu­
pa del sentimiento.
Consta de tres capítulos: noción del sentimiento, sus formas y sub
fines.
CAPÍTULO I.

ROCION SEL SENTIMIENTO.

El f»enti®?ento es aquella relación en la cual el sujeto y el objeto se


confunden hasta el punto de perder ambos, al menoB en esta esfera,
su individualidad, v A n elitu ir una sola.
— 179 —
En la relación del sentimiento, como en la del conocimiento, hay
dos términos: el sujeto que siente y el objeto Bentido.
£1 sqjeto es el Yo. El objeto es toda la realidad, en cuanto es de
algún modo conocida por el sujeto; y la relación, en la cual ambos
términos Be confunden, supone un fundamento común ¿ los dos, por
cuya Virtud Be hace posible bu enlace.
Puede este enlace ser determinado por un objeto conforme á nuestra
Bituacion y naturaleza, ó contrario á ellas: lo uno engendra el placer;
lo otro, el dolor.
El sentimiento oa, como la inteligencia, receptivo y no pasivo; por*
que bí el espíritu no se presta A la modificación provocada por el ob­
jeto, no puede el afecto producirse.
Distínguese el sentimiento de la sensación, en que ésta se refiere á
lo fíflico y es motivada por impresiones puramente materiales, y aquel
se refiere á lo espiritual y os determinado por hechos anímicos.
El sentir es, á la manera del pensar, necesario y continuo respecto
á su eaentia, y libre é individual con. respecto á bus determinaciones.

CAPÍTULO II.

FORMAS DEL SENTIMIENTO.


I.
Funciones y operaciones afectivas.
Cuando las determinaciones del sentimiento se toman en relación
con la actividad del sujeto, llámanse /unciones; y cuando se tonuin en
relación con las condiciones y cualidades del objeto, se denominan
operacione$.
LaB funciones afectivas son treB: inclinación, adhesión y posesion.
La inclinación es el primer movimiento afectivo hácia las cosas, ó
el instante en que el espíritu toma al objeto como tal para unirse á él
en relación de sentimiento.
Tiene cuatro grados positivos y cuatro negativos. Los primeros son
el apetito, el deseo, la aspiración y el amor; los segundos, la repug­
nancia, el disgusto, la aversión y el odio.
La adhesión es la función del sentimiento por la cual el espíritu su
une al objeto.
La posesion es la función afectiva por la cual el espíritu y la» co­
tias se compenetran y confunden.
Las operaciones del sentimiento Bon tres: elemento, relación y com-
poaidon afectivas.
El demento infectivo consiste en la unión del sentimiento con las eo-
KtiM, tomadas en sí mismas y sin relación alguna.
La relación qfectivn es aquella operacion en cuya virtud los di-
versos afectos simples se relacionan entre si, ya para unirse, ya para
repelerse.
— 180 —
La composicion afectiva consiste en dar á las varias relaciones de
sentimientos el órden y la unidad, que en las mismas cosas existen.
II.
Clases de sentimientos.
El sentimiento se divide por el sujeto, por el objeto y por la
relación.
Por e l sujeto.—En el sujeto pueden considerarse tres cosas: la
fuente, la cuantidad y la cualidad.
Según la fuente se dividen los sentimientos en sensible», reflexivos y
racionales. Los sensibles recaen sobre nociones suministradas por los
sentidos. Los reflexivos versan sobre relaciones halladas por el en­
tendimiento. Los racionales tienen por objeto datos y principios de
la razón.
Segun la cuantidad pueden ser los sentimientos universales y parti­
culares. Lob universales son aquellos que embargan por completo el
ánimo. Los particulares son los que no conmueven tan profundamen­
te, quedando el alma con más dominio de sf.
En la cualidad pueden tomarse tres aspectos: el eBtado, el grado y
la inclinación.
Por el estado son los afectos placenteros, dolorosos y complejos, se­
gún se acuerde ó no el objeto con nuestra situación y naturaleza, ó
se den ambaa relaciones á un tiempo.
Por el grado son irreflexivos, reflejos y armónicos. El irreflexivo se
caracteriza por el predominio de la receptividad sujeto. El re­
flejo supone ya un estado más perfecto de. conciencia. El armónico
corresponde á la plenitud de la vida.
Por la inclinación se dividen los sentimientos en positivos y negati­
vos. Los unos expresan tendencia; los otros, repulsión del ánimo hácia
los objetos.
P or el objeto.—Tres puntos de vista ofrece también la división del
sentimiento por el objeto: la esencia, el modo y la esfera.
Segun la esenda se dividen Iob afectos en individuales, genéricos y
absolutos. Son individuales aquellos cuyo objeto es singular. Genéri­
cos, aquellos que versan sobre objetos abstractos. Absolutos, Los que
recaen sobre objetos universales. (1) -— —
Segun el modo se clasifican en determinados é indeterminados. Son
determinados los que tienen nn objeto claro y predso. Indetermina­
dos, aquellos cuyo objeto es indistinto y vago.
Segun la esfera Be distingue el sentimiento en inmanente y trascen­
dió te. Eb inmanente el que versa sobre el Yo. Trascendente, el que
tiene por objeto lo exterior á nosotros mismos.

(1) Indicamos s61o las divisiones generales, y omitimos para mis sencillez lu
BUixlivJsioneg hachas en el texto.
— 181 —
P o r t * r k l a c i o k . — En la relación pu eden considerarse la energía, el
influjo en la vida 7 el fin m oral.
Según la energía son: por la intensidad, /weríe» y suaves; por la mo­
vilidad, vivos y lentos; por la expansión, violentos y apacibles; cayos
términos se explican fácilmente por los caracteres de la fuerza.
Según su influjo en la vida son benéficos, maléficos y mixtos, Los be­
néficos son los que ejercen en nosotros provechosa influencia. Maléfi­
cos, los que deprimen y abaten el espíritu. Mixtos, los que producen
uno y otro efecto.
Según el fin moral son ordenados y desordenados ó pasiones. Orde­
nados son Io b que se ajustan ¿ las prescripción es de la conciencia; y
pasiones, los que se producen en contra de las leyes morales.

CAPÍTULO III.

FINES DEL SENTIMIENTO.

La intimidad del sentimiento se da en razón de la belleza, como In


relación cognitiva en razón de la verdad.
La belleza es la adecuada expresión del ideal en la forma, y b u s
cualidades esenciales son la unidad, la variedad y la armonía.
En las relaciones estéticas deben considerarse tres grados: lo bello,
propiamente dicho, lo sublime y lo cárnico. Lo bello supone propor-
cion entre el fondo y la forma de las cosas. Lo sublime aparece
cuando la forma se muestra claramente incapaz de contener lo ilimi­
tado del fondo. Lo cómico, cuando la forma excede notoriamente á
la idea.
La belleza es absoluta y relativa. La belleza absoluta no se concibe
sino en Dios, que está libre por completo de la impureza del limite. Ln
belleza relativa está en los séres creados, y se divide en tantas espe­
cies cuantos son los órdenes de la realidad.
El espíritu no reposa en la belleza natural; sino que busca y pro­
duce la belleza artística.
El Arte estético es el desarrollo de la actividad humana según la na­
turaleza y condición de lo bello, cuya producción es el fin de la acti­
vidad misma.
En las bellas artes hay tres elementos como en la ciencia: el sujeto
creador (artista), el objeto determinable (asunto) y la relación entru
ambos (obra artística).
El sujeto creador es el hombre: todos los séres racionales tienen
aptitud para sentir y expresar la bellessa, cada cual en la proporcion
de su cultura y de sus aptitudes.
El objeto artístico es todo aquello que de alguna manera está pre­
sente al sujeto por medio de la inteligencia, y le es íntimo por medio
del sentimiento.
La relación, por último, en la entura del arte ha de ser orgánica,
como lo es la exigida por la ciencia.
— 182 —

S ección 3 .a

PRASOLOGÍA.
La Prasolbgía ee aquella sección de la Psicología que trata de la
voluntad.
Consta de tras capítolos. El primero trata de la voluntad en gene­
ral; el segundo, de sus formas; y el tercero, de sus fines.

CAPÍTULO L

NOCION DE LA VOLUNTAD.

La voluntad es la facultad de querer, de determinamos á un acto.


El querer ee, como el conocer y el sentir, una relación compuesta
de do» términos; sujeto que quiere y objeto querido.
El sujeto es el Yo. El objeto es nuestra misma actividad en sus dos
esferas intelectual y afectiva, y p su relación con los actos corporales
determinables por el espíritu.
La relación del querer se distingue de la del oonocer y sentir, en
que en éstos es de presencia y de intimidad respectivamente, y en
aquel de causa y de fin.
La voluntad no obra sin motivos. Los motivos de acción son las
ideas ó juicios que intervienen en la formacion del propósito. Cuando
influyen en éste los estímulos del sentimiento, toman el nombre de
móviles.
Tiene la voluntad como propiedad inherente á su naturaleza la
condicion de libre. Díceee que el alma es libre, en cuanto determina y
rige sus actos por bu propia virtad y con perfecta conciencia.
La libertad humana se niega por algunas escuelas filosóficas, lla­
madas genéricamente fatalistas. Pero contra todas bus razones hay
una razón suprema: el testimonio de la propia conciencia, la cual, ií
pesar de todos los argumentos y aun despues de algunos que acaso no
pueda inmediatamente contestar, sigue creyéndose libre.

CAPÍTULO II.

FORUAS DE LA VOLUNTAD.

L
Funcione9 y operaciones volitivas.
Las funciones de la volnntad son tres: la disposición, el propósito
y la resolución.
La disposición es el primer movimiento de Ea voluntad hécia las co-
— 183 —
sos dcterminublcs. Durante ella recoge el espirita mi« fuerzas, procu­
rando sustraerse á toda influencia extraña.
£1 propósito ee aquella función en la cual el objeto es recibido yft
como ñrt en la voluntad, para bu realización en la vida. El propósito
resulta inmediatamente de la deliberación, durante la cualJuzga el es­
píritu Iob motivos de obrar.
La resaludan ea el último matante del proceso volitivo, en el cual
ponemoB fin á la lucha entablada durante la formación del propósito;1
decidiéndola á favor de una de laa razonen, y aceptando en definitiva
un camino cualquiera.
Las operadoncw de la voluntad son: elemento, relación y composi­
ción volitivas.
El elemento volitivo en A la voluntad lo que la nocion á la inteli­
gencia y el elemento afectivo al sentimiento. Consiste, pues, en la
determinación voluntaria qne recae sobre objetos tomadoB en sí
miamoB.
La relación volitiva consiste en hacer concurrir laa voliciones aisla­
das A la formación de propósitos que, por abrazar finen complejos, son
complejos y varios también.
■ La cotnposicion volitiva consisto en poner en armonía todos nues­
tros planeB científicos, artísticos, etc., como expresiones de un plan
general por el cual se rige nuestra conducta.

Clases de voliciones.

Las voliciones, como los sentimientos, se dividen por el Bujeto, por


el objeto y por la relación.
Tres aspectos deben tomarse en el sujeto: la fnente, la cuantidad y
la cualidad.
Por la fuente ae dividen las voliciones en sensibles, reflexivas y ra­
cionales^ según que sus motivos tengan origen noológico en Iob senti­
dos, en el entendimiento á en la razón.
Por la cuantidad, en universales y particulares. En los primeras Be
interesa de tal modo el sujeto, que parecen condensarse en ellaa to­
das las facultades. Las segundas.no interesan el alma de uiuran^nem
tan honda.
Por la cualidad pueden ser consideradas en relación con el estado,
con el grado y con la tendencia.
El estado origina las voliciones buenas, malas y complejas. Los bue­
nas están en armonía con nuestro fin esencial; las malas están en des­
acuerdo con él; las complejas tienen por conceptos distintqp ambas
propiedades. f
El grado origina las voliciones irreflexivas, reflejas y armónicas. Las
irreflexivas son las determinadas más bien por influencias del senti­
miento que por inspiradonqs do la conciencia. Las reflexivas parten
de exigencias racionales, y son efecto de un plan más ó menos ncti-
— 184 —
bado. Las armónicas suponen un concierto de propósitos subordinados
A las leyes absolutas del bien.
La tendencia da lugar á las voliciones positivas y negativas. Son po­
sitivas cuando el espíritu acepta el objeto; y negativas, cuando lo re­
chaza.
■ Tres son Iab fases dignas de consideración en el objeto: la esencia,
el modo y la esfera.
Segun la esencia, se dividen las voliciones en individuales, genéri­
cas y absolutas. Las individuales recaen sobre un objeto BÍngular y de­
term inado; los genéricas, sobre un objeto abstracto; y las absolutas,
sobre un objeto universal.
Segun el modo, en determinadas 6 indeterminadas. Determinadas Bon
las que recaen sobre objetos cloros y precisos; indeterminadas, lasque
recaen Bobre objetos vagos y no bien definidos.
Segun la esfera, en inmanentes y trascendentes. Son inmanentes, .
cuando tienen por objeto nuestro propio bien; y trascendentes, cuan­
do versan sobre las cosas que son exteriores á nosotros.
Por 1a relación se dividen las voliciones según la energía, según el
influjo en la vida y según el fin moral.
Segun la energía, se dividen en vivas y tardas, fuertes y débiles, vio­
lentas y apacibles, cuyos términos corresponden á la movilidad, la in­
tensidad y la expansión, y tienen análogo carácter al' atribuido á los
sentimientos.
Segun su influjo en la vida, son las voliciones benéficas, maléficas y
mixtas. Las benéficas son las que influyen provechosamente en nues­
tra conducta; las maléfica^ por el Contrario, lus que nos alejan de
nuestro legitimo fin; y mixtas, las que á la vez y por distinto concepto
ejercen ambas influencias.
Segun el fin moral, se dividen las voliciones en ordenadas y desorde­
nadas. Son ordenadas cuando se producen en vista del bien; y desor­
denadas, cuando las anima un mal propósito.

CAPÍTULO m .

FINES DE LA VOLUNTAD-

La voluntad se determina en razón del bien. El bien de las cosas es


el cumplimiento de su fin.
En el bien hay, pues, tres elementos: esencia con actividad para
cumplir un fin propio; fin que ha de cumplir la actividad, y adecuada
relación de la actividad al fin.
El bién se divide en absoluto y relativo. El bien absoluto os Dios,
por lo mismo que su esencia es una actualidad pura. El bien relativo
se dice do Iob séres finitos, que, por serlo, no abrazan todos lo» fines
en el desarrollo denn actividad.
El bien moral es sólo aplicable entre loa séres finitos al hombre,
— 185 —
porque Bupone la conciencia y la libertad. £1 elemento moral por e x ­
celencia es la intención; tanto, que el mérito ó demérito de los actos
estriba en la cualidad del propósito,
£1 objete de la moral es el bien, en tanto que aparece en la con­
ciencia como ley de la actividad.
La libertad del sujeto y la necesidad de la ley se enlazan en el de­
ber. El deber puede definirse diciendo que es la ley misma en cuanto
ae ünpoue al espíritu.
La perfección moral está en la virtud^ que consiste en el hábito de
obrar bien, en el continuo cumplimiento de la ley.

PARTE TERCERA.

S Í N T E S I S ANÍMI CA.
La síntesis anímica es la parte de la Psicología que estudia laar-,
monía de las facultades.
Dos puntos capitales entraíla: las relaciones que guardan las facul­
tades entre sí y con el espíritu, y los modos individuales en que éste
Be determina como tal organismo viviente.

S ección 1 .a

RELACIONES ENTRE LAS FACULTADES.

En el organismo espiritual hay dos caracteres: el de subordinación


de las facultades respecto del alma, y el de coordinacion ó paralelis­
mo entre sí.
Respecto al carácter de subordinación, claro está que ha de darse
en las facultades respoeto del espíritu, porque el sujeto es siempre su­
perior á suff modos.
Laa facultades además son coordinadas entre sí, siendo, por tanto,
de igual importancia el cultivo de todas ellas en la vida.
La relación de las facultades afecta á su vez dos caractéres: la con*
dicionalidad y el influjo.
Son las facultades condicion unas de otras, en cuanto recíproca­
mente se necesitan para su ejercicio.
En cuanto al influjo, puede ejercerse por una facultad sobre las res­
tantes, ó por dos concertadas sobre la tercera. La influencia de una
facultad sobre las otras es benéfica, cuando procede ordenadamente;
y maléfica, cuando procede de una manera desordenada.
La influencia de dos facultades sobre la tercera produce loa estados
siguientes:
Cuando sirvo (k* base para el desarrollo anímico el cultivo de ia in­
24
— irtii —
teligencia influida por el concierto del sentir y el querer, se alcanza la
sabiduría.
Cuando bítvo de base el sentimiento bajo el influjo del querer y
del pensar, toma la perfección psicológica el nombre de caridad.
Cuando sirve de baso la voluntad bajo el influjo del pensar y del
Bentir, se llama bondad la resultante de nueBtra conducta.
Hay todavía un grado superior de perfección anímica, que consiste
en el cumplimiento armónico del bien en medio de una lucha ruda y
constante; en este caso se dice que el espíritu es heroico.

S ección 2 .a

MODOS INDIVIDUALES DEL ESPÍRITU.

Considerado el espíritu como un organismo viviente, hay en él mo­


dos originales, rasgos ptopios y exclusivos de cada sujeto; de los cua­
les uno se refiere más bien al aspecto cualitativo del alma: el carácter;
otro al cuantitativo: el temperamento; y tres A la cualidad y cuantidad
juntamente: la edad, el sexo y la aptitud.

CAPÍTULO r.

EL CARÁCTER.

El carácter es la determinación de la actividad anímica bajo el as­


pecto de la cualidad,
El carácter no es ingénito en el alma; se constituyo y se arraiga
l»or virtud de nuestra conducta, y puede, por consiguiente, refor­
marse.
El carácter se refiere á todas nuestras facultades, por lo mismo que
es forma general de nuestra conducta; y según la facultad predomi­
nante, se divide en afectivo, intelectual y práctico.
Adquiere la vida un carácter afectivo, cuando en ella domina el sen­
timiento, y su influjo marea la dirección de nuestros actos.
Como el sentimiento tiene dos estados fundamentales, manifiéstase
,el carácter afectivo como triste ó alegre, cabiendo en ambos todos los
matices del sentimiento miento.
El intelectual es aquel en el cual impera con dominio casi absoluto
el pensamiento. Distínguese en sensible, reflexivo y racional, segun loa
grados de .perfección de la conciencia.
El sensible corresponde á la primera edad de la vida, en la cual
nuestra actividad se halla casi reducida á las cosas individuales. El
reflexivo supone ya el conocimiento de superiores relaciones. El ra­
cional es propio de Iob individuos en que la razón ilumina vivamente
el espíritu, llevando todo» Ion netos el reflejo de su luz.
— 187 —
£1 carácter práctico en a.quel en ti cual predomina el ejercicio de la
voluntad; determinándose como friten ó mal carácter, según se mueva
aquella por razones morales ó por motivos impuro».

CAPÍTULO II.

EL TEMPERAMENTO.

El temperamento es la determinación cuantitativa de la actividad


del espíritu.
De ordinario coinciden el temperamento fisiológico y el moral de
los individuos; pero no siempre se verifica esta identidad, merced á
Iob influjos de la educación y del hábito.
El temperamento se divide: según la intensidad, en enérgico y dé­
bil; y según la movilidad^ en vivo y lento. Pero en la vida los tempe­
ramentos están siempre determinados á la vez por la intensidad y por
la movilidad.
El temperamento fuerte y tardo se distingue por la profundidad y
pereza en el juicio, por la energía y lentitud en el obrar y por la fuer­
za y poca espontaneidad del sentimiento.
En el temperamento vivo y débil el juicio es sagas; la fantasía, rica
y animada; el sentimiento, excitable; la memoria, fácil; la voluntad rá­
pida en su propósito; pero todas las manifestaciones son poco intensas
y profundas.
El débil y tardo se conoce por su falta de animación. La fantasía es
lánguida; el juicio, superficial v perezoso; la voluntad, laxa y vacilan­
te; el sentimiento, escaso y tardío; la palabra, premiosa y sin color
alguno.
El fuerte y vivo se caracteriza por la violencia en el sentimiento,
por la rapidez y firmeza en el propósito y por la profundidad y viveza
en la reflexión.
Estos tipos diversos no tienen siempre una exacta realización; sino
que hay en cada uno de ellos grafios indefinidos.

CAPÍTULO III.

LA EDAD.

Hay en la vida del espíritu humano dos épocas generales: la aseen,


dente y la descendente.
La época ascendente o progresiva consta de tres edades: la infancia,
la juventud y la madurez.
En la infancia están como en embrión las facultades; ejercitándose
más las sensibles, y tomando por cuto la existencia un carácter sen­
sible tatubicn.
— 188 —
La juventud, á la cual llega el individuo por una gradación apenas
perceptible, rompe con el dominio exclusivo de lo exterior, y des­
pierta á la villa del entendimiento, vagando nin norma fija por entre
todos los objetos de la actividad.
La edad madura se distingue por la anidad, que imprime á la con­
ducta el soberano imperio de la actividad racional.
Tras esta edad, que es la cima de la existencia, y que tiene,
como todas las otras, una duración muy variable según los individuos,
empieza el espíritu á perder la energía y delicadeza de sus facultades;
y así gradual y lentamente llega el término de la vida terrena, um­
bral de otra vida más alta.
No todos los hombres se ajustan precisamente en la evolucúm de
su vida al cuadra presentado; pero hay siempre en cada individuo
esos aspectos sucesivos, sea cualquiera su grado diferencial.

CAPÍTULO IV.

E l SEXO.

Hay en el espíritu dos cualidades, la propiedad y la integridad, que


corresponden en el vivir á la actividad espontánea y receptiva; y se­
gun predomine en la vida uno ri otro carácter, así se manifiesta el
alma en una ú otra dirección sexual.
Como consecuencia natural de estas notas diferenciales, en el hom­
bre predomina el pensamiento y en la mujer el sentimiento; y además
el pensamiento en el uno es más reflexivo que en la otra, y el senti­
miento en ésta es más delicado y vivo que en aquel.
En consonancia con estas cualidades, características de uno y otro
sexo, están sus manifestaciones todas.
El hombre es en general más apto que la mujer para el cultivo de
la ciencia.
En el de las artes, se adapta más la actividad masculina al de aque­
llas en que predomina la meditación» y la actividad femenina, al de
aquellas en que prepondera la imaginación.
Las expresiones religiosas son también distintas en los sexos. La
creencia de la mujer se funda en el amor; la del hombre, en la razón.
Los actos religiosos de la mujer son más frecuentes; pero más exte­
riores; los del hombre, menos frecuentes; pero más íntimos.
En el trato social la mujer es más sagaz, más dulce y cariñosa; el
hombre más torpe y más rudo. La esfera de actividad de la una se
concreta al hogar doméstico; la del otro abarca más ámplios ho­
rizontes.
La oposicion de los sexos, que responde á la eterna ley de varie­
dad, se resuelve en el matrimonio, en el cual su unen el hombre y ln
mujer, para cumplir todos los fines racionales du lu vida.
— 189 —

CAPÍTULO Y.

LA APTITUD,

Entiéndese por aptitud la disposición del espirita liáeia cierto géne­


ro de actos con preferencia á otros.
Las aptitudes varias del espíritu hallan sn razón de ser en nuestra
propia limitación, y en lo infinito de lo» ideales á que aspira la huma­
nidad para cumplirlos un el tiempo.
La aptitud en condiciones de desarrollo, ó la aptitud cultivada, se
llama talento. La aptitud, abrazando más ó menos perfectamente, pero
siempre con lucidez, los ideales todos de la vida, yin que tal manifes­
tación se explique por los esfuerzos individuales, se llama genio.
Las aptitudes se dividen: por tas facultades del sujeto y por las co­
sas con las cuales se relaciona el espíritu.
Por las facultades, hay aptitudes intelectuales, estéticas y morales;
y por las cosas, tantas como objetos de ciencia y de arte.
La conciencia de la aptitud se llama vocación; y el cumplimiento de
un fin particular en la vida, profesion. La profesión debe estar en ar­
monía con la vocacion de cada sujeto.
El hombre no debe, por cultivar su vocación, menospreciar los de­
más fines de la vida; sino servirse de aquella para el cumplimiento de
todos sus deberes morales.
INDICE
ELEMENTOS DE PSICOLOGÍA.

Plora a.

INTRODUCCION —CosütüPTOs * división de la. P sicología. 5

PARTE PRIMERA.

PSICOLOGÍA GENERAL.

SECCION 1.*—Concepto del alma en su distinción del


cuerpo...........................................................
SECCION 2.®'—Atributos del alma . . , . . . . . 13
Capítulo I.—Atributos esenciales del a l m a . ........................ 14
Capítulo II.—Atributos fórmale» del alum. . . . . . 20
SECCION 3.a—Facultades del a l m a ............................. 2ti

PARTE SEGUNDA.

PSICOLOGÍA PARTICULAR.
SECCION 1.a—NoolooIa .......................................................... 33
Capítulo I.—Nocion de la in te lig e n c ia ................................. 34
C a p íttlo II.—Forma» de la inteligencia............................. 37

órganos intelectuales.

I. Percepción externa . ............................. 38


II. Conciencia . . . . ........................................... 41
IIL M em oria........................................................................ 46
IV. Imaginación . . . . . ......................... . 61
V. R azó n ...................................................................................... &?>
VI. E ntendim iento. . ........................... . . . . 60
PimxA.

Funciones intelectuale*.
I. Atención. , . . . . . . . . . . 64
II. P ercepción...................................... ................... 67
. III. Determinación . . . . , , . GB
Operaciones intelectuales.
I.
N o d o n .................... ............................................ 7Í
II.
Juicio . . . . . . . . . 74
III.
R a c io c in io ................................................................... 70
Capítulo IIL—Fines de la inteligencia .................................. 78
SECCION 2.«*—EsT*noA.......................................................... ai
Capítulo I.—Nocion del sentimiento...................................... 82
Capítulo II.—Formas del s e n tim ie n to .................................. 88
I. —Funciones y operaciones afectivas. . . . id.
II. —Clases de sentimientos....................................... 03
Capítulo III.—Fines del sentimiento...................................... 104
SECCION 3.*—P rasolooí^ . ■............................................... 107
Capítulo I.—Nocion de la v o lu n ta d ...................................... id.
C apítulo II.—Formas de la voluntad................... .... , . . 115
I. —Fundones y operaciones volitivas................... id.
II. —Clases de voliciones........................................... 120
Capítulo III.—Fines de la volu n tad ....................................... 127

PARTE TERCERA.

SÍNTESIS ANÍMICA.

SECCION l .n—R e l a c i o x k s r n t r h l a s f a c u l t a d a s 132


SECCION 2.a— M o i k l s im m v id u a i.e s d e l e s p í r i t u . . . . 1£19
C apítulo I.—El carácter.................... . . . i<l.
Capítulo II.—El te m p e ra m e n to ............................................ 14:1
Capítulo III.—La e d a d ................................................. . 147
Capítulo IV .—El sexo..................................................... 151
Capítulo V.—La a p titu d ................................................ 166
R e SÚMBN DE LOS UI.EWfiSTTOS TIE PSICOLOGÍA . ............................. 1G 3
ELEMENTOS DE LOGICA

INTRODUCCIÓN

CONOKPTO X D IV ISIÓ N DB LA LÓGICA

Las ciencias no so constituyen Bino en virtud de ciertas le­


yes que hAcen de los conocimientos un todo, en el cual se re­
lacionan las partea de una manera armónica. El estudio de
esas leyes incumbe á una ciencia particular, que por su objeto
las abraza Atodas: tal es la Lógica, que debe definirse: ciencia
del conocimiento .
La Lógica tiene su raiz y fundamento en la Psicología. Esta,
en su parte noológica, se ocupa de la inteligencia en sí mis­
ma, y aquélla de la propia facultad en su relación con el ob­
jeto cognoscible. La primera es antecedente necesario de la
segunda, y tiene k la vez en ella su natural complemento.
Basta deñnir la Lógica para comprender su utilidad; si ella
contiene en si las leyes comunes A todas las ciencias, éstas no
podrán ser estudiadas con fruto sin los conceptos lógicos, ni
al hombre le será dado, por consiguiente, realizar su fin y su
destino en la vida i .
La Lógica se divide en tres partes: Lógica general, Lógica
particular ó a n a lítica , y Lógica sintética ó aplicada. La pri­
mera se ocupa del conocimiento en sus condiciones y divisio-

1 La Importancia de la Lógica m revela en l u afirmaciones que respecto de


ella han hecho filósofos llostree. Santo Tomia la llamaba Ara artinm, los estoicos
virtud, j Sócrates Don de loa Diouea.
lie» generales; la segunda trata del mismo en sus distintas
formas, y la tercera lo estudia en la plenitud de sus relacio­
nes, constituyendo la ciencia.

PARTE PRIMERA

LÓGICA G E N E R A L

SECCION 1.a
C o n d io io n e « d o l o o n o o im ie n to .

Hay una facultad en el espiritu humano, mediante la cual


éste ve los propiedades de los objetos y sus relaciones; tal es
ía inteligencia. Para que ésta se ejercite, para que se ponga ,
en contacto con el mundo exterior, para que viva en la esfera
dé lo pasado por medio de los recuerdos, para que dé forma
A las ideas ó idealice la realidad, para que contemple los
principios eternos y absolutos y los aplique A todo particu­
lar objeto, para que conozca, en una palabra, son precisas
ciertas condiciones. Exponerlas debe ser el primer paso de la
Lógica.
El conocimiento- exige tres condiciones, ó tiene tres ele­
mentos: un sujeto cognoscente, un objeto cognoscible y una
relación entre ambos. El aujeio es el Yo. Todas las verdades
que atesore la inteligencia humana, por varias que sean, ora
digan relación ¿ nosotros, ora al mundo exterior, ora al su­
prasensible, se resumen en la unidad de la conciencia. En
ella existen funciones diversas necesarias al conocimiento;
son á saber: la atención, la percepción y la determinación.
La atención no os otra cosa que la dirección del espíritu
hacia el objeto que ha de ser conocido. La claridad y precisión
científicas dependen en su mayor parte del ejercicio recto de
esa función intelectiva, que es más ó menos enérgica y pro­
funda, según el estado de cultura, la edad, el carácter y otras
circunstancias personales y externas. Nuestros esfuerzos de­
ben encaminarse á que la atención sea una, directa, intensa y
sostenida; es decir, á que recaiga en un instante dado sobre
nn solo objeto, porque dividirla seria debilitarla; á que vaya
directamente al punto de investigación, y á que tenga toda la
energía posible y toda la duración y firmeza necesarias al
caso. Para que la atención se ejerza, es preciso que el objeto
esté presente de alguna manera al espíritu, aunque no sea
más que bajo la forma de pensamiento.
El alma, atenta á loé objetos, los ve, los percibe, se apodera
<le ellos. La percepción es tanto más clara cuanto la atención
-es más firme, y ésta no debe cesar mientras aquélla no ad­
quiera el expresado carácter.
La determinación consiste en ver todos los elementos que el
objeto yntrafia, no sólo en b í mismos, sino también en su rela­
ción, constituyendo la esencia de aquél. La función determi­
nativa resulta del concierto feliz de las anteriores. Adquirida,
en efecto, la primera percepción de nn objeto, nuevos actos de
atención y rníevas percepciones van originando el conocimien­
to separado de las partes, y motivan al cabo el total y armó­
nico de las cosas.
El objeto cognoscible es la realidad éu sus múltiples mani­
festaciones; todos los seres, sin distinción de naturaleza, son
adecuados para que el alma se relacione con ellos en forma
de conocimiento, y puede reducirse á los siguientes: el To y
el no Yo. A las condiciones psicológicas ya dichas correspon­
den otras análogas en, el objeto, el cual aparece á la inteli­
gencia de tres modos consecutivos: primero en anidad indis­
tinta, después en la variedad más ó menos rica de su conte­
nido, y finalmente en su esencial composición: (unidad, va­
riedad, armonía).
Estos tres elementos son en cierto modo leyes cognitivas
del objeto; pues él no está, completamente determinado si deja
de ser visto en alguna de esas posiciones, ni puede llegarse &
la realización de ese propósito si no recae la actividad inteli­
gente sobre estas distintas fases en el orden enunciado. A la
presencia de un hombre, por ejemplo, lo primero es verlo en
su conjunto; con lo cual, al reconocer en él los caracteres qne
son propios de todas las especies de ese género, afirmamos
que es un hombre y no otra cosa; lo segundo, percibir sus dos
elementos (alma y cuerpo) y cuanto en ellos existe, determi­
nando su esencia y forma (atributos, facultades, funciones y
operaciones en el primero; vasos, músculos, etc., en el segun­
do)^ lo tercero, examinar el enlace que tienen todos ellos en­
tre si (el cuerpo y el alma en relación de condicionalidad, los
actos y las facultades en las de efecto & causa, etc.); y sólo
después de esto es cuando alcanzamos un conocimiento total
del hombre. Estas condiciones objetivas deben ser norma de
estudio y división de todas las ciencias, pues en ellas se funda
el rigoroso método, que no es ciertamente sino un reflejo de
la realidad.
Réstanos fijar las condiciones inherentes á la Pelación: para
esto debemos observar que en ella el sujeto permanece inalte­
rable y como á distancia del objeto, y que éste se presenta
como es en si; hay unión entre ambos; pero no confusa, sino
distinta; no^así en el sentimiento, en el cual los dos términos
se confunden y subsisten como formando parte uno de otro. El
conocimiento debe, pues, definirse, á falta de una expresión
más exacta, diciendo que eB una relación en la cual el objeto
está presente al espíritu.
- 9 —

SECCION 2 .a
D iv ls ld n c i d o o n o o lm ie n to .

Adquirida la noción del conocimiento, procede dividirlo;


y puesto que la división ha de fundarse en el mismo concepto
de lo que se intenta dividir, ningún punto do vista más en
razón pudiera elegirse para el caso presente, que la conside­
ración de los tres elementos citados. Debe, pues, el conoci­
miento clasificarse: primero, por el sujeto; segundo, por el
objeto; tercero, por la relación.

CAPÍTULO I
DIVISIÓIT DEL COKOCER SEGÚN EL -SUJETO

En el organismo complejo de nuestras facultades intelec­


tuales, hay tres puramente receptivas y una que tiene el ca­
rácter opuesto: los sentidos, la conciencia y la razón, que per­
tenecen á las primeras, suministran datos del mundo sensible
y del ideal, y sobre ellos se ejercita la actividad del entendi­
miento combinándolos en juicios y raciocinios. El conoci­
miento, pues, según el sujeto, se divide en sensible, racional
é inteligible.
El conocimiento sensible tiene por objeto los hechos y fe­
nómenos, ya referentes á la vida física, ya & la espiritual; su
origen está en los sentidos y en la conciencia.
El conocimiento racional tiene por objeto los principios, y
se origina de la razón, órgano de lo absoluto.
El inteligible recae especialmente sobre las propiedades co­
munes de los objetos, y procede de la actividad del entendi­
miento.
Todos ellos, oportunamente combinados por la reflexión,
producen el conocimiento aplicado, que es el propiamente
constitutivo de la ciencia.
— JO -

I
I»ol conocimiento BeAtlblo.

Ya hemos dicho que el conocimiento sensible se refiere &


los hechos y fenómenos, ora del mundo exterior, ora del sub­
jetivo: según esta noción h$brá de dividirse en externo é in*■
temo: los órganos correspondientes al primero son los senti­
dos; y el relativo al segundo, la conciencia.
El conocimiento sensible externo requiere condiciones fisio­
lógicas y anímicas. Los sentidos, en efecto, son impresionados
más ó menos profundamente; y el alma, atenta á esa modifica­
ción, aplica para formar el conocimiento todas sus facultades
intelectivas: la fantasía conserva y fortalece la imagen, la ra­
zón presta sus conceptos absolutos, y el entendimiento com­
bina las nociones y pronuncia su fallo.
De lo dicho se refiere que la percepción sensible no tiene
por objeto directo el mundo exterior, sino el dato del sentido,
llegando el espiritu á afirmar la existencia de aquél mediante
una serie de raciocinios, que sólo por efecto del hábito llegan
á formarse con extrema rapidez.
El conocimiento externo, hemos dicho, requiere condicio­
nes físicas y psicológicas. Dejando á la Fisiología el estudio
de las primeras, vamos á examinar, aunque ligeramente, las
segundas.
La primera facultad cuyo ejercicio es necesario en el citado
conocimiento, es la imaginación, que en este caso retiene las
imágenes sensibles, completa las sensaciones y las reúne en
un todo ideal, correspondiente & la realidad de los objetos.
Cuando se presenta 4 nuestra vista un edificio, por ejem­
plo, lo que el sentido verdaderamente nos da es la imagen
del lado que tenemos enfrénte de nuestros ojos; por esa única
sensación no podemos afirmar que el objeto sea un edificio,
sino un solo mui-o de más ó menos dimensiones y con tales ó
— li­
cúales accidentes; para tener una percepción cabal, nos ce
necesario el concurso de la fantasía, que traza la imagen total
del objeto, completándola con las formas y colores de que
puede disponer.
De igual modo la imaginación reúne las sensaciones diver­
sas que experimentamos por los cinco sentidos, y forma una
imagen perfecto, sobre la cual se ejercita después la ..actividad
del entendimiento.
Un árbol, por ejemplo, impresiona al olfato con las emana­
ciones olorosas de sus flores, al paladar con las propiedades
sápidas de sus frutos, al tacto con la suavidad ó aspereza de
sus hojas, á la vista con su color y figura, y al oido con el
movimiento de sus ramas agitadas por el aire. Cada una de
estas sensaciones no puede dar materia sino para el conoci­
miento de una propiedad ó condición; mas la fantasía, asimi­
lándolas y formando una verdadera síntesis, ofrece ya á otras
facultades intelectuales motivo para una percepción integra
y exacta
La fantasía es un mundo intermediario entre el de la rea­
lidad y el de laB ideas; ella, siendo facultad del espíritu, tieno
en si espacio, tiempo, movimiento, formas y colores como la
naturaleza, si bien todos estos elementos revisten el carácter
de libertad, propio de la fuerza anímica que los contiene; este
lazo de unión entre lo ideal y lo sensible es lo que hace posi­
ble el mundo del arte, síntesis prodigiosa de lo humano y lo
divino, que solamente á la inspiración le es dado realizarla.
Una vez intervenidas las sensaciones por la fantasía, la
razán presta sus conceptos universales necesarios á todo pen­
samiento.
Imposible seria, en efecto, formular juicio alguno ni adqui­
rir la noción más simple, sin aplicar á los objetos ¿fenómenos
las ideas de ser, de existencia, de relaciónf de identidad} etc.,
que sólo la razón suministra. Mediante ellas y por ellas afir-
— 12 —

muraos que tal cosa es, que es idéntica A sí misma, que es


efecto dependiente de tal ó cual cattsa, que es dife inte de
otra; sin ellas cualquier pensamiento carecería de base y mo­
delo, y el conocimiento sensible Beria, como todos los otros,
irrealizable.
Después de la sensación, del complemento imaginativo y
del modelo racional, el entendimiento interpreta los datos
sensibles y pronuncia su fallo; para esto aplica sus funciones
y sus operaciones todas. Después, de atender, percibir y de­
terminar, y adqnirido el concepto de la modificación prime­
ra, lo relaciona con una causa que atribuye al mundo exte­
rior, y concluye con un raciocinio, afirmando primero la
existencia del objeto y precisando después sus caracteres y
condiciones.
El conocimiento sensible interno, que tiene por objeto^ se­
gún hemos repetido, los hechos y fenómenos del Yo, se ‘ori­
gina del ejercicio de la conciencia» mediante la cual conoce
el espíritu sus propias modificaciones. En su formación inter­
vienen, como en la del externo, la imaginación, la razón y el
entendimiento con su peculiar energía.
Lo mismo los sentidos que la conciencia son criterio infali­
ble de verdad, cuando se les invoca dentro de sus propias
esferas; ellos no dan sino modificaciones, no acreditan sino la
presencia de los hechos, y no son responsables do la verdad
ó error que haya en los juicios formados por el entendimiento,
con ocasión de los datos que suministra al espiritu la expe­
riencia.
II
Díat oonooimleato racional.

Asi como los sentidos proporcionan al espíritu datos del


mundo sensible, quedando ¿ eso reducid^ su esfera de activi-
dad, así la razón se los proporciona del suprasensible en for­
ma de idea*.
— 13 -
Según hemos apuntado ya en el párrafo anterior, en todo
objctovtuicden considerarse dos clases de elementos: unos que
revisten el carácter de individualidad, completamente deter­
minados en espacio y tiempo, y otros que entrañan las condi­
ciones opuestas, diciendo relación, ya á lo común y genérico,
ya á lo invariable y absoluto de los objetos mismos.
Á la presencia de un libro, por ejemplo, afirma el espirita
la existencia de ese objeto, como siendo él y no otro, en vir­
tud de notas singulares, que son exclusivamente Buyas y que
se revelan á los sentidos, como su figura ó.su color; más para
afirmar esa figura y ese color, necesitamos el anterior cono­
cimiento de lo que son el color y la figura; conceptos que no
hemos podido ciertamente adquirir, sino abstrayendo las pro­
piedades individuales y generalizando después las que son
comunes á toda una clase de objetos/
üaS al mismo tiempo que esas propiedades genéricas, afir­
mamos otras anteriores y superiores á todo género, que no
han podido venir á nosotros por experiencia ni por abstrac­
ción, y que se predican lo mismo de los individuos que de los
órdenes superiores, de lo finito que de lo infinito; de lo ideal
que de lo sensible; tales son: el ser, la unidad, la identidad,
él todo, la, parte, etc. EBtas ideas, decimos, no pneden for­
marse por abstracción, porque es necesario su anterior cono­
cimiento para efectuar, y aun para pensar la abstracción
misma. j
No pueden formarse tampoco por inducción, pues es ley
constante do ésta la repetición de observaciones en casos
idénticos; y los conocimientos racionales, por el contrario,
aparecen con motivo de un solo hecho, sin que sea preciso
verlos confirmados en otros. Los principios inductivos ade­
más se fundan en la experiencia y tienen siempre cierto
carácter hipotético, como lo atestiguan las ciencias experi­
mentales, en donde á menudo una nueva observación destruye
t
- 14 -

toda una teoría; en cambio, los principios de razón son inde­


pendientes de la experiencia, y s e atribuyen A toda la reali­
dad de una m anen necesaria y absoluta, y sin temor de qne
puedan ser nunca desmentidos.
Buen ejemplo de ello nos da el oreado moral, en donde los
principios, grabados en la razón del hombre «por la mano de
Dios, flotan sobre todos los accidentes de la vida. Aunqee tina
generación entera se aparte de ellos en el ejercicio de sn li­
bertad, permanecen invariables como la misma esencia de
donde emanan, y scjn siempre la norma de las acciones libres.
Por eso las ciencias morales están por encima de la experien­
cia, y en ellas se rechazan como malos los actos qne nó sfc
ajustan ¿ la ley, al paso qne en las de observación se rechaza
la ley que deje de explicar uno siquiora de los fenómenos-.
El no haber reconocido algunos filósofos esta verdad evi­
dente de suyo, ha dado por consecuencia la moral acomoda­
ticia y absurda de los hechos consumados, envolviendo á la
humanidad en el más grave de los errores.
Los principios de razón son de evidencia inmediata y _per-
fecta ; es decir, aparecen desde luego con enteTa claridad, y
no tiene el espiritu precisión de medio alguno para conocerlos.
Son necesarios? es decir, los concebimos habiendo sido y
habiendo de ser de igual naturaleza siempre.
Son absolutos, ó lo que es lo mismo, no dependen de condi­
ción alguna.
Son universales lo mismo en relación al sujeto que al objeto;
pues en verdad, no sólo aparecen á toda conciencia, sino que
se aplican con igual carácter 4 todos los objetos reales y po­
sibles.
ni
Del fKmoolmftento Inteligible.

El órgano verdaderamente activo en la facultad de conocer


es el entendimiento; él es el que, dados los materiales que
- 15 —

proporcionan la razón y Iob sentidos, forma los elementos en


los cuales se funda el desarrollo de las ciencias. El entendi­
miento abstrae, generaliza, induce y deduce; y osos conoci­
mientos abstractos, genéricos, inductivos y deductivos, reci­
ben el nombre común de inteligibles por la facultad de donde
provienen.
La abstracción consiste en separar de los objetos propieda^
des ó accidentes, que en realidad están esencialmente unidos.
La limitación del espíritu, humano requiere, como condición
necesaria de su educación y de su vida, esa facultad de abs­
traer; pues no pudiendo la inteligencia abarcar de un solo
golpe de vista toda la complejidad de los objetos, necesita ir
paso A paso verificando su trabajo de análisis, para lo cual
considera ya la esencia sin los atributos, ya los atributos sin
la esencia, ya una propiedad sin otras, ya todas ellas sin la
unión y enlaec que tienen entre sí.
No de otro modo procedemos en-este mismo asunto de que
nos venimos ocupando i Cualquier conocimiento, por elemen­
tal* per sencillo que parezca, requiere toda la actividad del
esp íT itu ; y sin embargo, nosotros, al estudiar el conocimiento
mismo, fijamos nuestra atención en una sola do nuestras fa­
cultades, haciendo abstracción de las demás, sin perjuicio de
efectuar luego entre todas ellas las comparaciones y relacio­
nes debidas.
t
La abstracción, aunque necesario* elemento para conocer,
envuelve por su propia naturaleza un escollo que debe evi­
tarse á toda costa: tal es de dar á las partes abstraídas el ca •
rácter de verdaderas substancias, olvidando que por si no
tienen realidad objetiva. Tal acontecía á los antiguos físicos,
que, incurriendo en esc lamentable error, daban existencia
independiente &los llamados fluidos imponderables ; error que
ya la ciencia moderna ha desvanecido con sus más razonadas
teorías.
— 16 —

La abstracción seria estéril, si no se tocara con ella el pro­


vechoso resultado de rennir en nn tipo ideal las propiedades
separadas de los objetos, formando úna noción extensiva á
todas las especies de un mismo grupó* Este nuevo conocimiento
genérico que el entendimiento forma, no debe confundirse con
el llamado general, que es el que la razón allega.
Conviene, para entender el proceso de la generalización,
hacer constar que en todas las naciones hay dos elementos
diversoB: la compresión, llamada por algunos intensión, ó sea
el número de caracteres que ellos entrañan, y la extensión, ó
sea el número de objetos á que se aplican. Fácilmente se in­
fiere que, mientras más comprensivo ea un conocimiento, es
también menos extenso, y al contrario. La noción poesía, por
ejemplo, es más comprensiva que la noción arte, porque so­
bre los caracteres dé éste tiene el suyo propio y determinado;
pero es al mismo tiempo menos extensa, porque se aplica úni­
camente A los géneros poéticos, en tanto que el arte se refiere,
no sólo á ja poesía, sino también á la música, pintura, escul­
tura, etc. Las nociones poesía Urica, épica, ó dramática son
respecto de la poesía lo que ésta respecto del arte, y asi de
las demás contenidas en ellas.
Los cónccptos específicos y genéricos son, por consecuencia,
puramente relativos, excepto el género supremo y la especie
última, que constituyen los limites de la escala. El primero
tiene la menor comprensión y la mayor extensión posibles, y
el segundo es el menos extenso y el más comprensivo.
Al llegar á este puntó, aparece naturalmente una cuestión
que indicamos antes, al afirmar que los conocimientos racio­
nales no proceden de la abstracción. Pudieran aducirnos los
fllósofoB defensores de contrarias teorías que, según la indi­
cada marcha, abstrayendo y generalizando se toca sin obs­
táculo al concepto ser, que nosotros hemos colocado entre loa
de razón. No puede negarse tal aserto; mas en ese caso la ex­
— 17 —

presada noción es puramente genérica, no.general; eB inteli­


gible por la facultad que la engendra, sin que por eso deje de
ser también un conocimiento de razón, necesario para gene­
ralizar, y anterior sin duda á ese procedimiento.
En el instante actual, v. gr., abstraigo .y generalizo hasta
llegar al ser; para hacerlo he tenido precisión de aplicar el
mismo concepto que busco; y si indagando su génesis camino
de uno en otro proceso, habré de llegar al cabo á una abstrac­
ción y generalización primeras, para las cuales he necesitado
de igual modo aplicar el concepto inquirido; luégo el enten­
dimiento, en vez de crearlo, lo invoca y necesita para todas
sus creaciones.
Asi como generalizando constituimos nociones que abarcan
grupot más ó menos amplios, asi induciendo formulamos prin­
cipios que se aplican á una clase determinada de hechos. La
inducción exige, como antecedentes necesarios, una observa­
ción atenta y rigorosa y una abstracción y generalización ló­
gicamente verificadas.
Observa el físico, por ejemplo, en experiencias repetidas,
que cuerpos de más ó menos densidad, de más ó menos volu­
men y descienden al centro de la tierra cuando son abandona­
dos A su propio peso; y notando que jamás deja de efectuarse
er fenómeno, sospecha la existencia de una le y ; insiste en su
examen para adquirir toda la certeza posible; y cuando ya
cuenta con nn número bastante de observaciones, asienta la
ley de gravedad, incluyendo en ella, no sólo los cuerpos ob­
servados y observables, sino todos absolutamente.
Estos principios inductivos deben Ber confirmados por la
deducción, para que adquieran todo su valor científico.
La inducción puede ser propia ó analógica, según que Bean
observados idénticos ó análogos aspectos de la realidad. La
inducción analógica Be aplica á aquellos objetos que no pue­
den caer directamente y por entero bajo nuestra observación.
En meras analogías se funda la pluralidad de mundos habita,-
dosi de que algunos hombres de ciencia se declaran' partida­
rios decididos.
Ninguna de las funciones del entendimiento es tan fecunda
como la deducción, que consiste en derivar de los principios
absolutos sus naturales consecuencia^. Cada ley racional tiene
una ciencia en germen; desarrollarla es el objeto d«l proceder
deductivo, -el cual debe siempre básarrse en la razón misma, y
hacerse efectivo según sus1preceptos. La belleza, la verdad, la
justicia y el bien, son principios1eternos; desenvueltos deduc­
tivamente, llegan ¿ ser otras tantas ciencias: la Estética, la
Lógicar el Derecho y la Moral.
La aspiración constante del filósofo debe ser hallar cuanto
encierran los principios; por eso decia Santo TomAs, Son un
sentido profundo, que la elevación del talento consistía en
ver de una vez muchas ideas y relaciones dentro de una ley
general*

CAPÍTULO II

DIVISIÓH DEL CONOCER SÉCtffr E L OBJETO

Considerando que el objeto del conocer abraza dos mundos


diferentes, el Yo y el no Yo, claro es que puede y debe ha­
cerse bajo ese punto de vista una racional división del conoci­
miento en inmanente y trascendente; versando el primero so­
bre el orden subjetivo, y el segundo sobre el de la realidad
exterior al süjeto.

Del oonoolmiento inmanente.

En el capítulo anterior, hemos dicho que el Yo podia ser,


no sólo Bujeto, sino también objeto del conocimiento. El alma,
volviendo hacia sí en virtud de la intimidad de que dispone,
— 19-
se elige A ella propia como objeto de su investigación, y se
estudia: primero, en la unidad absoluta de su esencia; des­
pués, y bajo esa nnidad, en sus atributos y facultades; y des­
pués, en la influencia de unos elementos sobre otros y en la
relación de todos olios con el espíritu.
Hecho ese primer estudio con arreglo á las leyes objetivas
del conocer, y sabida la naturaleza del alma, puede ésta ob­
servarse, no ya en sí misma, sino en relación con otros con­
ceptos, brotando nuevas ramas científicas de cada una de esas
relaciones. Así, pues, son ciencias inmanentes la Psicología,
la Lógica, y en suma, todas las que tienen por objeto el To
considerado bajo algñn aspecto.
Estos conocimientos son tan reales como aquellos que en­
vuelven objetos sensibles, y tienen una misión tanto más altaT
enante que son la base sobre la cual se construye todo el or­
ganismo de las ciencias; éstas, en efecto, no se realizan sino
bajo la estricta condición de que descansasen en una verdad
inmediata, absoluta y umversalmente cierta, qne las ponga al
abrigo de los embates harto frecuentes dirigidos ¿ ellas por el
escepticismo. Fijando la atención en todos y cada uno de los
conocimientos posibles, habremos de hallar con Sócrates, San
Agustín, Descartes y otros filósofos esclarecidos, que no puede
verse satisfecha la expresada condición sino en un conoci­
miento inmanente; y entre ellos, y como el primero y funda­
mental, la noción del Yo, considerado en su unidad indivisa,
que no puede ser negada sin manifiesta contradicción; por
ella el templo de la ciencia se abre al espíritu humano, que
llega sin zozobras á purificarse con la luz nunca extinguida de
la verdad.
El conocimiento inmanente posee también gran aplicación
á la vida; pues sólo en vista de esa nnidad esencial qne nos es
propia, es como podemos apreciar en su justo, valor todas las
tendencias y aptitudes de nuestro ser y subordinarlas á sn ver­
— 20 -
dadero principio, sin sacrificarlo jamás á ellas, en lo cnal con-
siste propiamente nuestro bien.
Xada hay tan difícil de efectuar como el conocimiento de
nosotros mismos, según se reconocía ya en las antiguas escue­
las; y buen ejemplo nos da de esta afirmación el nunca inte­
rrumpido nacer y morir de los sistemas filosóficos, en algunos
de los cuales ha llegado el delirio á negar cosas evidentes y á
sostener opiniones claramente absurdas: no parece sino que el
genio maligno, de que nos hablaba Descartes, ha caminado con
los siglos, llevando la perturbación á las inteligencias.
Mas este espectáculo, en vez de sembrar en nuestro espíritu
el temor y la desconfianza, debe servirnos de estimulo para
consagrarnos al estudio con toda la imparcialidad que requiere
el objeto. La preocupación, el amor sistemático & un sistema
determinado y todas las circunstancias de ese orden, son otros
tantos prismas á través de los cuales la verdad se aleja ú obs­
curece: así, pues, la reflexión en conciencia severa y desapa­
sionada debe ser la sola y única norma del estudio inmanente,
sin qne dejemos de ver cuanto los hombres de ciencia han
dicho; pero no aceptando sus afirmaciones sino después de un
examen rigoroso.
El conocimiento inmanente se divide en general, particiUar
y aplicado. El primero tiene por objeto el Yo en su naturaleza
íntegra, con todas sus determinaciones y en todas sus maneras
de ser (la Psicología). El Begundo se refiere al Yo en uno de sus
aspectos (la Psicología analítica). El tercero versa sobre el Yo
en algunas de sus relaciones (la Moral, la Estética, la Lógica).

n
XMl oonoúimiento tratoondúnte.

Tan legitimo como el conocimiento de nosotros mismos lo


es el de los objetos exteriores, por más que haya sido negada
esa legitimidad con gran insistencia por multitud de filósofos
— 21 —
que, no pudiendo en modo alguno llevar la duda al seno de >as
ciencias inmanentes, han intentado hacer ilusorias las percep­
ciones de la realidad externa» arguyendo la falta de un crite­
rio en donde se resuelvan los dos términos del conocimiento y
se halle la certeza de que todas nuestras percepciones corres­
ponden á la esencia de los objetos percibidos. Esa aparente di­
ficultad so deshace, al notar que entre el conocimiento inma­
nente y el trascendente no hay más diferencia que la varia­
ción de objeto, quedando inmutables las condiciones y leyes
del conocimiento mismo en uno y otro caso; y ai en el primero
aceptamos nuestras adquisiciones intelectuales como verdade­
ras, por ser qna misma cosa el que conoce y lo conocido, en
el segundo no nos es dado rechazarlas, porque, para llegar á
tales afirmaciones, hemos emprendido igual senda, aplicado
idénticas facultades y seguido el propio método, de cuya efi­
cacia nos responden las verdades subjetivas.
El conocimiento trascendente puede recaer sobre la natura-
lesa, como conjunto orgánico de los seres materiales; sobre el
espíritu, no ya como individuo, sino en su concepto univer­
sal; sobre el hombref como síntesis comprensiva de los ante­
riores elementos, y sobre el Ser infinito absoluto,
Estos objetos tienen en si propiedades y caracteres que los
separan en grupos distintos: en el primero todo es continuo y
fatal, en todo existe un encadenamiento rigoroso; los ¿tomos
se ligan á los átomos, las moléculas á las moléculas, los cuer­
pos á los cuerpos, los organismos á los organismos; tan ciega­
mente se agrupan las partes de un mineral formando compli­
cadas cristalizaciones, como giran los astros en la inmensidad
de los cielos. En el segundo impera la libertad; los espíritus
no realizan su fin ignorándolo, sino teniendo conciencia de él
y propia actividad para cumplirlo. Verdad es que no están
exentos de leyes indeclinables; pero no son fatales, sino nece­
sarias; y sabido es que entre ambas cosas existe la radical
— 22 —

distinción de que los seres en quienes residen las segundas,


tienen conciencia de que en él se dan y de lo qne entrañan;
en tanto que aquellos otros en quienes rigen las primeras, se
desenvuelven en completa ignorancia de esos principios que
las regulan. El tercer objeto, la humanidad, contiene en admi­
rable consorcio los dos elementos, el psicológico y el físico,
con sus propiedades respectivas, siendo por eso el hombre un
verdadero microcosmos en donde Be reflejan todas las fuerzas
del universo. Finalmente, Dios es infinito, absoluto y eterno,
á diferencia de los otros seres, que son relativos, limitados y
mudables y tienen en Él su condición y su causa providente.
Estos objetos del conocimiento motivan otras tantas cien­
cias, y dan asimismo lugar á multitud de ramas científicas con
el desarrollo de sn inagotable contenido.
El conocimiento trascendente se divide, con el mismo fun­
damento que el subjetivo, en general, particular y aplicado.

CAPÍTULO III
niVlSIÓM DEL CONOCIMIENTO SEGÚN BU RELACIÓN

La relación subjetivo-objetiva del conocer afecta dos carac­


teres encontrados: la inteligencia, en efecto* percibe los obje­
tos, ya como ellos son, ya simplemente como aparecen y sin
que esa apariencia corresponda á lo esencial de los mismos.
De ahí que la relación sea ó no exacta, y qne deba hacerse
según ella nna división del conocimiento en verdadero y falso;
mas también pnede ser éste cierto ó dudoso, según que las
condiciones particulares de las cosas engendren ó no en el
espíritu la pura y perfecta conciencia de la verdad: asi pues,
deben tratarse con separación ep este capítulo la verdad, el
error, la certeza y la duda.
— 28 —

I
lio Xa verdad.

La verdad se ha considerado por los filósofos de tres distin­


tas maneras: quién, como San Agustín, fijándola únicamente
en el objeto, la ha definido verum est id quod eaí;-quién, asig­
nándola de un modo exclusivo á la inteligencia, ha llegado
A afirmar que es el desarrollo del conocimiento según sus mis-
mas leyes; quién, finalmente, formando propio concepto de
ella, la ha visto como una relación exacta entre él pensamiento
y la realidad, 6 como se decía en las escuelas, confovmitas
notionis cum objecto.
Hay quien divíde la verdad en subjetiva y objetiva, defi­
niendo la primera como acabamos de indicar, y la segunda
diciendo que es la conformidad del objeto con su misma esen­
cia; ]fero en buena lógica 110 debe esa división ser admitida,
por ser falso el concepto que envuelve el Begxmdo miembro de
ella. Las cosas, en cuanto son, no puede decirse dB ellas sino
que son; y no toman la propiedad de verdaderas, enjtanto que
la inteligencia no las conoce de una manera adecuada. Cierto
e« que la verdad existe para tados los objetos; pero es sin
duda porque se. ajustan al pensamiento infinito-de Dios; por
eso también se ha definido la verdad de una manera absoluta,
diciendo que es la conformidad de las esencias con él. arque­
tipo divino. Existe ella, pues, con independencia de nuestras
facultades; mas no en modo alguno sin relación á un ser inte­
ligente, que es Dios en todo respecto y caso, ó el hombre en
determinados objetos y posiciones.
Despréndese de aqui que la verdad puede Ber lógica y me­
tafísica; es la primera, la relación exacta entre el conocimiento
y el objeto conocido; y es la segunda, la conformidad de las co­
sas con la inteligencia infinita; en la una se exige al sujeto la
virtud de referirse al objeto en ecuación perfecto; en la otra
— 24 —

se requiere en éste la misma cualidad; pero en ambas se pide


como carácter diferencial la relación Bubjctivo-objetiva l.
La verdad es una, absoluta y necesaria. Es una, porque de
todas las relaciones en qne pueda el espíritu colocarse con Ios-
objetos, una sola ha de respónder A la exactitud exigida; no
hay mAs verdad que la verdad, en tanto que los errores pue­
den multiplicarse & lo infinito. Es absoluta, porque en b í no-
depende de ninguna condición subjetiva ni externa, aunque
b u adquisición las exija; el hombre no es autor, sino testigo de

la verdad; y b u esfuerzo debe, por tanto, fijarse en desemba-


razar las cosas de accidentes que pudieran envolverlas, y li­
brar al espíritu de preocupaciones, que Biempre son un prece­
dente funesto para conocer. Finalmente, la verdad es necesa­
ria; es decir, se impone al entendimiento, sin que sea dado al
hombre rechazarla ó desconocerla, ai una vez la toca; podrá
m
acaso afirmar errores con un fin mAs ó menos bastardo; pero
en el fondo de su conciencia se habrá de sentir subyugado por
su luz, aunque sea contraria A b u s propósitos, y aunque v e r i *
fique grandes esfuerzos para obscurecerla.
Por más que nadie, si piensa honradamente, puede asegu-
ror lo contrario do cuanto venimos diciendo, hay, sin em­
bargo, escuelas filosóficas que niegan la existencia de la ver­
dad, y que se conocen bajo el nombre genérico de escepti­
cismo. Pudiera éste acaso disculparse en un instante de pasión
ó desaliento ante lo falible de nuestras especulaciones, ó ante
la eterna ilusión de qne es victima el hombre, quizá por culpa
saya, en el tejido dramático de la vida; pero no es concebible
formulado seriamente copio sistema que, á vueltas de todo, es­
una pura contradicción.
El escepticismo, en efecto, tacha todo sistema de absurdo, y

■ 1 AIganos n t o r u consignan también la verdad moral, como una lelaoidn d *


eonionnldad entre el pensamiento y ao expresión.
— 25 -

erige un sistema sosteniendo esa aseveración; niega la verdad,


lo cual equivale á proclamarla, aunque no sea más que eu eso
respecto de que todo es falso; pues si esta proposición es ver­
dadera, ya no es posible asentar en absoluto que la verdad no
exista. Y esforzando el argumento, ¿cómo asegurar que jamás
hay una correspondencia exacta entre el conocimiento y la
cosa conocida, sin ver la esencia de los objetos pará saber que
efectivamente no corresponden & la noción de ellos formada?
¿Cómo atribuir & la verdad la negación, Bin conocer, no sólo
el término que se atribuye, Bino también el otro del que se
dice lo atribuido, que es la verdad misma? Por lo demás, ne­
gar toda afirmación, fundándose en lo ineficaz de nuestros me­
dios de conocer ó en los infinitos errores en que cae la razón,
es cosa pueril ó indigna, por lo tanto, de la severidad cientí­
fica: por eso las teorías escépticas son en el gran cuadro filo­
sófico sombras que, en vez de mancharlo, le dan más realce y
esplendor.
Hay verdades conocidas por el sujeto directamente; como
todo efecto tiene una causa, el todo es mayor qué la parte, etc.,
y otras, á las cuales no se llega sino después do uno ó mu­
chos raciocinios, como Bucede con todas aquellas que de­
penden de otras, y de que las ciencias matemáticas nos dan
claro ejemplo. Las primeras se llaman intuitivas 6 directas, y
las segundas discursivas ó demostradas. Pudieran hacerse
otras divisiones de la verdad; pero nada nuevo se añadiría &
las ya hechas del conocimiento; las de éste corresponden tam­
bién á aquélla.
II
x>el e r r o r .

Asi como la verdad envuelve una relación exacta entre el


conocer y los objetos, asi el error la supone, por el contrarior
inexacta; y aunque estado real para la inteligencia, es en si
mismo una pura negación. Si al mirar, por ejemplo, á larga
— 26 —
distancia en una llanura los objeto» invertidos afirmamos que
lo están, habremos adquirido un conocimiento tan positivo
para nosotros como la verdad más «vidente, pero sin realidad
alguna en su relación oon la cosa conocida; porque aunque en
este caso, como en todos, el data del sentido es fiel, no están,
sin embargo, los objetos en la posición en que aparecen. El
error, por consiguiente, es en esencia el vacio; no hay error
absolutamente considerado, como tampoco existe el mal re­
vestido de esc carácter, porque equivaldrían á la nada abso-
luta, que es por todo extremo inconcebible. Ambos provienen
de esa limitación de que está tocado el espíritu, como lo está
de la muerte el cuerpo; por eso en la inteligencia infinita no
hay falsas relaciones; todo está presente á ella tal como es.
Dios no puede en su omnisciencia engañarse, ni en su bondad
purísima engañarnos; en cambio nosotros, libremente y por
las causas particulares que más adelante indicaremos, lleva­
mos á nuestra alma la perturbación y el desequilibrio.
Mentira parece que el hombre, -aspirando siempre á la ver­
dad, no descansando sino en ella, y teniendo facultades á pro­
pósito para adquirirla, entre por la senda del errór tan á me­
nudo y vaya á parar á tan fatales consecuencias;*sin embargo,
nada es por desdicha más cierto; y es que el error no se acepta
como .error, sino bajo algún aspecto de verdad; y una vez
aceptado, la imaginación, que nunca cesa, levanta sobre lo ya
construido Bistemas enteros que deslumbran y ciegan al es­
píritu.
El error no está sino en la relación de los términos: las no­
ciones Dioa, alma, belleza, por ejemplo, no bou verdaderas ni
falsas; pero si afirmamos de Dios que es imperfecto, del alma
que es mortal ó de la belleza que es inarmónica, producire­
mos juicios erróneos; porque la imperfección, la mortalidad y
la falta de armonía no corresponden á la esencia de los obje­
tos á que se atribuyen.
— 27 —

£1 error en general, como posible, tiene, según lo dicho, su


origen y fundamento en la humana limitación; mas nuestros
errores efectivos y particulares reconocen causas determina­
das que importa consignar. -
Una de las principales es la falta de método en nuestras in­
vestigaciones, motivada por el desconocimiento de las leyes
que para bien razonar dicta la Lógica; pues debiendo el mé­
todo inspirarse en la realidad misma, y llevando á la inteligen­
cia con firme paso 4 la verdad, cada trastorno verificado en él
perturba nuestros conocimientos parcial ó totalmente.
Otra no menos importante es el predominio de la imagina­
ción y del sentimiento en el espíritu, do lo cual se originan
la atención insuficiente y versátil, lo precipitado de nuestros
juicios y la preocupación, en cuyo molde se vacian todas las
ideas. La imaginación es, al propio tiempo que un auxiliar
poderoso para la ciencia y pora la vida, el m&s peligroso ene­
migo de una sólida instrucción y del bien á qne aspiramos sin
tregua-, también los sentimientos que, bien dirigidos, pueden
ejercer en nosotros una santa influencia, truécanse á veces en
perniciosas pasiones que ahogan la voz siempre justa de la
razón y encadenan la voluntad haciéndola esclava. Debemos,
por tanto, someter una y otros al equilibrio de las fuerzas es­
pirituales, sin dejar que éste sea roto por ellos, porque fácil­
mente se imponen, y muy difícilmente se reducen después al
justo medio en que deben estar.
Para evitar el error en lo posible, debe tenerse en cuenta,
como única regla práctica, el buen uso y aplicación de las
funciones del entendimiento; venciendo todas cuantas dificul­
tades puedan oponerse á ello, con una intención recta y una
voluntad firme.
— 28 —

m
I5o la certeza*.

Con sólo fijarnos en la noción de la verdad, se comprende


que puede existir entre el conocer y los objetos una exacta
/
relación, sin que el espirita se dé cuenta de ello; á veces nos
ocurre, por ejemplo, cuando tratamos de resolver un proble­
ma, tocar la solución adecuada y no pararle mientes, ó recha­
zarla juzgándola irracional, ó no aceptarla sino á condición de
repetir y confirmar las operaciones que nos han conducido &
aquel punto. De esto se infiere qne la verdad es infructuosa
para la eiencia, si el espíritu no la ve en toda su pureza y
plenitud: he aqaí la certeza. El conocer es una simple relación
de propiedad entre el sujeto y el objeto; la verdad es una re­
lación exacta, y la certeza es la conciencia de la verdad. Al­
gunos autores la definen diciendo que es la adhesión firme 4
lo verdadero; mas ciertamente esa noción es falsa, por ser el
adherirse propio tan sólo del sentimiento, y señalar, no la
certeza misma, sino cuando más un estado anímico engen­
drado por ella.
Cuando la verdad aparece en la conciencia, no le es dado
al hombre, según hemos dicho, obscurecer su claridad; pues
bien; esa luz con la que la verdad ilumina de un modo irre­
sistible al entendimiento, es lo que llamamos evidencia', la
evidencia es, pues, objetiva, y la certeza subjetiva; por eso
decimos en el lenguaje ordinario, cuando hablamos con toda
corrección, yo estoy cierto de eso, eso es evidente para mi.
Si, pues, la certeza es el perfecto conocimiento de la ver­
dad, sus orígenes científicos no pneden ser otros que nuestras
propias facultades intelectuales, las cuales por ese concepto,
y en cuanto son principio y norma para distinguir lo verda­
dero de lo falBO, reciben el nombre de criterios.
En los objetos puede ser conocido lo individual, lo genérico
— 29 —

y lo absoluto, para lo cual existen en el espíritu, como órga­


nos correspondientes, los sentidos y la conciencia, el entendi­
miento y la razón: he aquí los criterios fundamentales y pri­
mitivos. Pero Biendo nuestra propia investigación limitada y
estrecha, por hallarse circunscrita á tiempo y lugar, debe
reconocerse también como criterio legítimo, aunque deriva*
do, el testimonio.
Los s e n t i d o h . — Ya al ocuparnos del conocimiento Bensible
hemos visto que los sentidos nos ponen en relacióu con el
mundo externo, quedando limitada su actividad á recibir
modificaciones, que luego otras facultades interpretan, y
siendo infalibles dentro de su propia esfera, como ya Platón
sostenía. Por más que á primera vista pudiera parecer esta
última afirmación exagerada, no lo es, sin embargo, y basta
fijar un poco la atención para convencerse de ello. El sol, por
ejemplo, cuando está próximo al horizonte, se ve de m&s di­
mensiones que cuando ya avanza en su carrera; el objeto es
el mismo y se halla á igual distancia en ambos casos; y á
pesar de ello es diferente el dato del sentido; mas esto no ar­
guye en contra de su legitimidad; pues ól no puede en modo
alguno dejar de transmitir la imagen tal como aparece, siendo
del dominio de otras facultades apreciar todas las circunstan­
cias que rodean al objeto, para formular un exacto juicio. Asi,
en el ejemplo citado, las leyes de la luz motivan el fenómeno;
y no es el sentido el que se engaña si afirmamos que el sol está
en un caso más cerca y en otro más distante; sino el entendi­
miento, que no ha tenido en cuenta las citadas leyes para
juzgar de la sensación. Mas como él al cabo ha de fundar en
ésta su dictamen, importa someterla á reglas para que en su
ejercicio reúna las más favorables circunstancias:
1.a No son legitimas las sensaciones, cuando Iob sentidos no
tienen perfectas condiciones orgánicas.
2.a Cada sentido debe relacionarse con su propio objeto,
— 80 —

sin perjuicio de que apelemos al testimonio de otro ú otros,


para buscar mayor garantía de exactitud en nuestro juicio. Si,
lejos de hallar el acuerdo deseado, vemos contradicción, de-
bemoB sólo fiar en el sentido análogo, siendo de todos modos
prudente supender nuestro fallo y repetir las observaciones.
3.a Al emitir nuesfro dictamen, debe atenderse, no sólo á
la relación entre el órgano y el objeto, sino también á las le­
yes por las que uno y otro se rigen.
4.a Debtift-echazarse el testimonio sensible cuando se opone
á las leyes naturales, y sospecharse de él cuando está eu con­
tradicción con el curso ordinario de la vida.
5.® Loe sentidos deben aplicarse procurando que esté el
espiritu sereno; porque el miedor la ira, etc., nos alucinan de
continuo.
6.a No debe exigirse al sentido sino que responda al ob­
jeto tal como aparece, y en modo alguno á la esencia de las
cosas.
L a o o n o i e n c i a . — Ya sabemos que la conciencia, individual­
mente considerada, es aquel órgano por el cual conoce el su­
jeto sus propias modificaciones. Sin esa intimidad que tiene
el alma consigo misma, no entrañarían aquéllas valor alguno,
y toda verdad carecería de fundamento. £1 testimonio de la
conciencia es infalible, como el de los sentidos, porque seria
una contradicción suponer que ella acusaba la existeneia de
un hecho sin que el hecho existiera; tener conciencia de un
pensamiento, equivale á pensar; tenerla de un sentimiento, á
sentir; y de una volición; á querer; y á pensar, sentir y querer
precisamente aquello de que la conciencia nos testifica. Dudar
de una modificación interna, es afirmarla en la misma duda;
por eso dijimos, al hablar del conocimiento inmanente, y re ­
petimos ahora, que guarecidos en la conciencia podíamos
construir, sólida y fácilmente, todo el organismo científico,
sin temor alguno de que el escepticismo lo echara por tierra.
— 31 —

Hay que distinguir dos clases de•conciencia: una que se re­


fiere 4 la presencia continua del alma en todos sus hechos y
estados, y que pudiéramos llamar directa, habitual ó absoluta,
y otra que significa el determinado conocimiento de los he­
chos subjetivos, y que se denomina refleja, actual ó psicoló­
gica; la primera es como la base de todo criterio; la segunda
es el criterio particular que venimos examinando. Sus reglas
pueden reducirse á las siguientes:
1.* El testimonio de la conciencia es legitimo, cuando Be
ciñe á mostrar lasóla existencia dé los hechos internos, sin
extenderse jamás A otras reia-cioncs.
2.a Para que el testimonio de la conciencia sea fecundo,
importa verificar su examen con severa imparcialidad.
L a ra zón .—Ningún criterio ha sido negado con tanta in­
sistencia como el racional, y ninguno puede contestar tan. vic­
toriosamente como él A los ataques que se le han dirigido. La
razón, siempre que se mantenga en sus propios limites, es un
criterio irrecusable; desestimarlo seria tanto como destruir el
orden ideal, cuya fundamento es Dios, en el que se hallan,
como natural derivación de sus atributos, la belleza, el bien,
la verdad, la justicia-y todos los principios en que descansan
las ciencias.,
Aducen los detractores de la razón qne ella sostiene A cada
paso graves errores, imperando sus téorias algún tiempo, para
ser suplantadas después <por otras tan absurdas como las que
las han precedido, sin que llegue jamás el espíritu A reposar
en una incontrovertible, que dé justa solución á todos los pro­
blemas y satisfaga todas las aspiraciones. -Mas este argumento
cae por su base, notando que el acusar de irracionales todas
las teorías está suponiendo la razón, la cual Be invoca como
criterio exacto para desechar á nombre suyo cuanto ha pro­
ducido la humanidad en el orden de los conocimiento*. Cuan­
do el hombre intenta sacar A la razón de. su esfera, yaatribu-
— 32 —

yéndole una virtud omnipotente que no plugo á Dios otor­


garle, y constituyendo, al decir de un filósofo ilustre, la bar­
barie de la inteligencia, ya rebajándola dé su justo nivel, irá
de seguro al abismo; mas cuando la razón es considerada en
su propia actividad, como reveladora de un mundo absoluto
y eterno que, en concepto de tal, está por encima de todas las
calidades humanas; cuando se la invoca sin pasión y con fe,
entonces es la norma de toda la verdad; las conquistas intelec­
tuales se garantizan y arraigan por ella, y el espíritu marcha
sereno al bien infinito á que aspira, por escuchar dentro de si
la voz infalible con que Dios habla eternamente á la humani­
dad , trazándole su destino. Guardémonos, dice Balmes, de
exagerar; el desprecio de la razón suele volverse una apoteo­
sis grosera; la victima se convierte en Idolo y el agresor en
su gran sacerdote:
Importa consignar aquí que la razón es un órganp pura­
mente receptivo; ella no juzga ni raciocina; no hace sino dar
las categorías y leyes en que el raciocinio se funda; porque
no so concibe que obrara contra su misma naturaleza, produ­
ciendo juicios irracionales. El discurrir es propio del entendi­
miento, el cual puede, en efecto, engañarse por no tener con*
ciencia exacta de lo que enseña la razón. Y como ese estado
inconsciente puede originarse de no haber en el espiritu la
necesaria cultura, ó de dar cabida á las pasiones en cualquier
sentido, deben señalarse como reglas de este criterio las si­
guientes:
1.a No habrán de tenerse como principios racionales, sino
-aquellos conocimientos inmediatos, necesarios, universales y
absolutos.
2.a Para invocar provechosamente el criterio de razón, es
preciso que esté el espiritu educado y libre- de pasiones.
La razón, considerada en sus más universales y ordinarias
aplicaciones á la práctida de la vida, constituye el sentido
- 83 —
romúny que la mayor parte de los autores considera un ver­
dadero criterio; mas no añadiendo sus verdades nada nuevo
& las ya estudiadas de la razón, sino el constante y general
asentimiento que reciben, que no es, después de todo, origen
de su certidumbre, sino un resultado de ella, claro es que de­
ben mirarse incluidas én el criterio racional.
E l e n t e n d i m i e n t o . — De nada servirían las anteriores fa­
cultades, si no fueran sus datos recogidos y aplicados por el
entendimiento, el cual en vista de ellos, según hemos dicho
repetidas veces, juzga y raciocina. Ningún criterio debe ser
tan cuidadosamente Regulado como él, por lo mismo que, ante
la esencia multiforme de los objetos y la opuesta dirección de
las fuerzas espirituales, es fácil que no lo aprecie todo en su
justo valor, ora desconociendo propiedades, ora atribuyéndo­
las indebidamente. Mas no por eso dejan de ser legítimas sus
afirmaciones, de cuya certeza son firme garantía los criterios
ya examinados; porque dicho se está que, si el entendimiento
obra sobre los materiales que ellos allegan, reconocidos ya
como infalibles, todo se reduce á que en su combinación haya
la oportunidad exigida, que es fácil de obtener, no juzgando
nunca sino en virtud de leyes basadas en la misma realidad
de las cosas.
Dejando para lugar más oportuno las reglas del método, con
las cuales habrá de fijarse cuanto se refiere al entendimiento
en la formación de la ciencia, señalaremos aquí las particula­
res de sus funciones, que son, como sabemos, el abstraer, el
generalizar, el inducir y el deducir.
1.a No se ejercerá la abstracción arbitrariamente en cuanto
al modo, que habrá de ajustarse á las leyes del método, ni en
cuanto al fin, que siempre debe ser, ya generalizar, ya adqui­
rir el total conocimiento del objeto ó el de las partes abs­
traídas, no consideradas aisladamente, sino dentro del objeto
mismo.
— 34 —
2." El generalizar exige una comparación escrupulosa en­
tre las abstracciones, para que los conceptos genéricos corres­
pondan exactamente á su contenido.
3.” Para inducir, es preciso verificar las observaciones A
conciencia y en número suficiente, con el propósito de preve­
nir en lo posible la presencia de un hecho contrario A la ley
que se formule; sin extender nunca el principio más que á los
aspectos observados, y no admitiéndolo con necesidad abso^
luta, sino después de confirmado por la deducción.
4.a No se puede deducir de una manera adecuada, sin ob­
tener la convicción de que las ideas en que tal proceder se
funda son verdaderos principios racionales, y sin que baya un
enlace rigoroso en toda la serie de consecuencias que vayamos,
estableciendo.
E l t e s t i m o n i o . — El testimonio es el único medio de que
sea conocido por nosotros lo que no hemos presenciado ó po­
dido inquirir con nuestras propias facultades. Distínguese en
divino y humano, según que provenga de Dios ó de los hom­
bres; y es un criterio tan importante como los anteriores, aun
cuando su certeza no se origine inmediatamente de nosotros-
mismos.
En cuanto al primero, una vez comprobada su autenticidad^
no queda al hombre otro camino que prestarle firme asenti­
miento ; la ciencia se ilumina con los resplandores de la fe, y
unidas ambas en racional consorcio, conspiran, alentándose
mutuamente, á dar al espiritu condiciones para que realice el
bien y toque la felicidad.
En cuanto al segundo, que es el propiamente regulable,
siempre que se halle investido de ciertos caracteres, no puede
menos de inspirar una legitima certeza; porque seria nece­
sario un trastorno completo de las leyes humanas para poner­
lo en duda. Es además un criterio preciso; porque faltando,
pasarían las generaciones sin dejar de si huella alguna, y la
— 36 —
humanidad viviría en eterna infancia, sin realizar jamás so.
noble misión eobre la tierra. Por medio del testimonio recogen
unas edadeB lo que otras legan, y de ese modo la ciencia ade­
lanta, se engrandece el arte y el hombre se va haciendo cada
vez más digno de bu naturaleza.
La crítica, decimos, exige ciertas condiciones al testimonio
histórico, que pueden condensarse en las siguientes: unas
referentes al testigo, y otras á la interpretación de lo atesti­
guado. Natural es qne se requieran garantía? Á la persona de
quien proviene el testimonio, siendo tan fácil que se bastar­
deen los hechos por ignorancia, pasión ó mala fe; por eso debe
el critico asegurarse de que el testigo reúne las dos condicio­
nes siguientes:
1.a Capacidad; 6 lo que es lo mismo, aptitud intelectiva
para formar un juicio verdadero del hecho que transmite; y
esta circunstancia se verá satisfecha para la crítica, cuando
constb que el hecho no se halló por ningún concepto fuera del
alcance intelectual del testigo, ni pudo excitar sus pasiones,
afectándole más ó menos directamente.
2.a Veracidad; es decir, propósito de no falsear el hecho en
su transmisión; y habrá de alcanzarse el convencimiento de esa
cualidad, cuando sea notoriamente conocida la honradez del
testigo; cuando refiera hechos públicos y de importancia sin,
ser contradicho por nadie; cuando arriesgue, por dar testimo­
nio, algo que le sea querido, ó cuando sea confirmada su na­
rración por otro ú otroé de distinta nacionalidad, religión, cos­
tumbres, etc.
El testimonio será tanto más digno de crédito, cuanto mayor
número de estas circunstancias reúna el testigo.
Tan importantes como estas indicaciones son las que se re­
fieren á la interpretación del testimonio; el cual, aun siendo
fidedigno en esencia, puede viciarse por no atender el crítico
para su buena comprensión á. todas las relaciones que entraña.
— 86 —
Para sorprender la verdad que los primeros pueblos envuel­
ven en el. tejido do sus ficciones poéticas; para descifrar el
perfecto sentido material y moral de las ceremonias, de los
símbolos, ele las medallas, de los monumentos y de los escri­
tos; para asegurarse, en fin, de que un testimonio es auténtico,
se necesita la oportuna y reflexiva aplicación de todos los co­
nocimientos de la Arqueología, Filología, Etnografía y otra
multitud de ciencias que, á costa de grandes trabajos, sacan
la luz histórica de entre las sombras con qne vela el tiempo
las edades.
A la buena interpretación de nn testimonio deben asignarse
dos reglas:
1.a Hágase de él nn estudio atento y minucioso, con el fin
de poner en claro su literal contenido; fijándose para ello en
todos sus antecedentes* y sin tener jamás espiritu de sistema,
que acaso lleyaria al resultado de amoldar el texto á una idea
preconcebida, sacrificando la verdad. '
¿2.a Atiéndase al fin que pudo guiar al autor del testimonio,
á sus tendencias y opiniones, á la ocasión en que se hallaba
cuando transmitía los hechos y al carácter de la obra en que
atestigua.
IV
De la dad».

Llámase duda aquel estado, en el cual suspende el entendi­


miento su fallo respecto á la verdad de los objetos. Dicho es­
tado se origina de hallar el espiritu en su examen razones con­
trapuestos; y claro es que por este concepto no puede confun*
dirse jamás con Ja ignorancia, qne supone carencia absoluta
de motivos para juzgar. Nosotros, por ejemplo, ignoramos lo
qne está aconteciendo en una región distante de que no tenga­
mos antecedente alguno; y abrigamos duda sobre la exactitud
de un hecho que nos refieren, cuando se nos presentan dos tes-
j
tuaonios de igual ó semejante valor.
— 37 -
Los autores suelen dividir la duda en positiva y negativa,
entendiendo la primera según la hemos dado A coüocer, y
considerando la otra un resultado de no existir absolutamente
razones en pro ni en contra de la verdad, cuando la cuestión
se propone entre dos términos. Mas esta división, aun ad­
mitida por filósofos de nombre, debe tenerse por absurda;
la llamada por ellos duda negativa, no es otra cosa que la
ignorancia; para que el alma vacile, se requieren fuerzas con­
trarias que en ella ejerzan igual ó parecida atracción. El mis­
mo lenguaje común viene en apoyo de nuestro aserto; pues, si
bien notamos, todo hombre al cual se pregunte si es par ó im­
par el número de estrellas que hay en el ciclo, contestará: «lo
ignoro»; al paso que ante dos caminos de análogos accidentes
conocidos de antemano por él» mas no hasta el extremo de re­
cordar fijamente cual de ellos conduce al punto que desea, ex­
clamará: «no sé por cual decidirme, vacilo en mi resolución,
me hallo perplejo, dudo».
Cuando tienen valor desigual las razones que solicitan al
entendimiento, inclinase éste hacia las más poderosas, sin afir­
mar aún nada en définitiva: y entonces la duda toma el nom­
bre de probabilidad. En ella se funda la hipótesis, que es una
fórmula científica ideada para explicar una Berie de hechos
cuyo principio cierto se desconoce, y la opinión, que es un co­
nocimiento particular no basado en leyes evidentes.
El hombre no reposa jamás en la duda; antes por el contra­
rio, se siente mortificado con ella y hace continuos esfuerzos
por disiparla, procurando asiduamente que se reúnan las con­
diciones favorables al descubrimiento de la verdad, única as­
piración de la inteligencia; por eso, aun en los trances más
dolorosos de la vida, preferimos la realidad á la incertidumbre.
Hay dos géneros de duda: una racional, que responde A las
exigencias del método, y que consiste en suspender con pru­
dencia nuestros juicios, hasta cerciorarnos de sú legitimidad;
— U8 —
y otra sistemática, que tiene por objetó desechar la certeza,
ora negando todos los criterios, ora admitiendo algunos y re­
chazando otros.
El escepticismo total, que es el sistema en cuyas afirmacio­
nes se rechaza todo testimonio de certeza, ha sido ya en la
lección de la verdad examinado y rebatido; el parcial, tan
absurdo como el aterior, abraza cuatro direcciones distintas:
el empirismo, el idealismo, el psicoligismo y el tradicionalis­
mo. El empirismo cree que la sensación es el único criterio
aceptable, porque se ejercita sobre cosas que tienen verdade­
ra realidad; en tanto que los otros conocimientos son creacio­
nes de la fantasía, á las cuales nada objetivo corresponde. El
idealismo, por el contrario, juzga que la razón es el único ori­
gen de verdad, por dar conocimientos absolutos y eternos; al
paso que en las sensaciones es todo relativo y mudable. El
psicalogismo no halla más criterio que la conciencia, de lo
cual se deduce que el yo es el soló objeto existente. El tradi­
cionalismo, por último, no admite más norma de certeza que el
asentimiento universal, pensando que la razón es sólo fuente
de continuos errores.
La aparición sucesiva de estas escuelas filosóficas muestra
lo incompleto de cada una de ellas; todas han hecho asevera­
ciones particulares, que por serlo han necesitado otras opues­
tas, viniendo después el recto juicio á armonizarlas. Para con
firmar la teoría que de los criterios hemos establecido, basta
fijarse en que el alma es una y en que esa unidad resplandece
en todas sus manifestaciones; las facultades no son cosas esen­
cialmente distintas entre si; son el alma misma considerada
en uno ú otro aspecto; así, pues, una vez admitida la certeza
en alguno de sus medios de conocer, forzosamente ha de ad­
mitirse en los demás, á riesgo, si no, de caer en abierta con
tradicción.
- 39 -

PARTE SEGUNDA

LÓGICA PARTICULAR Ó ANALÍTICA


La Lógica analítica estudia, según hemos dicho, las varias
y particulares formas del conocimiento-, y como éste puede
versar, ya sobre un objeto, ya sobre una relación, ya Bobre
un concierto de relaciones, claro es que no son más que tres
las citadas formas, A saber: noción, juicio y raciocinio.

SECCION PRIM ERA


D e la . n o c i ó n .

CAPÍTULO I
CONCEPTO DE LAS NOCIONES

Llámase noción el conocimiento de un objeto considerado


en sí mismo y según b u carácter de unidad; v. g r .: Diosf alma,
virtud. La noción, pues, excluye todo linaje de relaciones,
aunque la cosa sobre qne veree las entrañe; desde el momento
•en que sean referidas unas á otras las propiedades de un ob­
jeto, ó sea ¿1 visto en relación con otros, ya termina la esfera
de la noción "y empieza la del juicio,
Al h a b l a r de las funciones del pensamiento, h e m o B dado A
la percepción el sentido de vista directa de los objetos consi­
derados en su unidad indivisa; pues bien, éstos, en cuanto son
percibidos, se llaman nociones. No hay entre los dos concep­
— -40 —

tos más diferencia que la de ser el primero un estado más in­


mediatamente subjetivo, y el segundo más inmediatamente
objetivo.
No faltan autores que quiten á las nociones su valor lógico,
asegurando que el juicio es lo más simple de nuestros conoci­
mientos, supuesto que el hecho solo de conocer indica, desde
luego, una relación entre la inteligencia y los objetos, en cuya
virtud se afirma, cuando menos, la propiedad de la existencia.
Mas, si bien Be nota, esa aseveración no es más que uua suti­
leza; porque, en primer lugar, las nociones no arguyen afirma­
ción de ninguna clase, significando únicamente la presencia
del objeto en el espíritu; y en segundo lugar, el juicio expresa
una relación consciente, en la cual reclaman la atención y son
igualmente conocidos de antemano los términos que se rela­
cionan.
Á la noción corresponde en el lenguaje el nombre sustan­
tivo en sus distintas formas: como principe, ejército, César; ó
cualquier otra palabra sustantivada: como el amar, el lejosr
lo honrado. También sirve el adjetivo para expresar las nocio­
nes, especialmente cuando desempeñan el papel de predicado
en los juicios.

CAPÍTULO II

DIVISIÓN DE LAS NOCIONES ^

En las nociones puede considerarse su objetof su esencia, su


cualidad, su fuente, bu forma y su contenido, siendo cada uno

de estos puntos de vista principios de las varias divisiones que


ellas entrañan.
Dividense las nociones bajo el primer aspecto en sustanti­
vas y accidentales. Son las primeras las que se refieren á obje­
tos que tienen una existencia en cierto modo independiente:
como hombre, rosa; y son las segundas las que expresan cuali­
— 41 —
dad es de los objetos mismos, que no subsisten sino en ellos:
como resplandor, honra, vanidad.
Por la esencia, se dividen las nociones en individuales, ge­
néricas y absolutas. Las individuales representan objetos com­
pletamente determinados en tiempo y lugar: como Grecia, este
libro, aquel suceso. Las genéricas contienen todo un orden de
objetos considerados en sus notas comunes: como insecto, blan­
cura. Las absolutas se aplican á aquellos objetos, sean substan­
cias ó propiedades, únicos, invariablesy no sujetos á condición:
como el ser, la esencia, el espacio. A las nociones individuales-
corresponde un algo real y concreto, del que se predican los
caracteres que lo definen. No sucede lo mismo con las nociones
genéricas, que no tienen propia realidad, en tanto que no se in­
dividualizan; la noción planta, por ejemplo, no significa nin­
guno de los vegetales en particular; mas la noción esta planta
indica ya un vegetal determinado y perceptible por los senti­
dos externos.
Bajo el punto de vista de sus fuentes/dividense las nociones
en sensibles, inteligibles y racionales. Son las primeras las
que se adquieren por medio de los sentidos; las segundas, las
que forma el entendimiento; y las terceras, las que suminis­
tra la razón.
Por sn cualidad, se dividen las nociones en definidas, inde­
finidas y restrictivas. Las'primeras expresan el objeto positi­
vamente: como él yo; las segundas lo muestran en forma ne­
gativa: como el no yo; y las terceras afirman algnna ó algunas
de sus propiedades, y excluyen las demás: como el yo en cuan­
to espíritu.
Por su forma, se dividen las nociones en claras y obscurasr
distintas y confusas, determinadas ó indeterminadas, comple­
tas y parciales. Noción clara es la que representa el objeto
con pureza y propiedad; distinta, aquella por la cual discer­
nimos sus cualidades; determinada, la que lo expresa en al*
— 42 —

gunos de bus detalles; y completa, la que revela todas sus no­


tas constitutivos: y son nociones obscuras, confusas, indeter­
minadas y parciales, las que tienen caracteres opuestos á los
anteriores.
Divi dense las nociones por su contenido, en simples y com­
puestas. Son las primeras las que no pueden descomponerse
en otras: como linea, circulo; y son las segundas las que cons­
tan de dos ó más simples: como aire, libro , triángulo.
Aun puede hacerse una segunda división de las nociones
bajo este último aspecto, considerándolas, no en si mismas,
sino en relación con otras: de aquí las nociones idénticas y
opuestas, subordinadas y coordinadas. Son idénticas las que
encierran los mismos elementos: como espiritual y aním ico; y
opuestas, las que tienen caracteres diversos: como cuerpo y
alm a. Las opuestas se subdividen en contrarias y contradic­
torias. Son contradictorias aquellas qu« se excluyen total y
recíprocamente: como bien y m al, verdad y errory son contra­
rias las que, aun excluyéndose, admiten una tercera que á su
vez excluye á las otras: como pensar y sentir: el hecho de
pensar no es el de sentir; pero lo contrario á pensar puede ser,
no Bólo sentir, sino también determinarse á obrar.
Nociones coordinadas son aquellas que tienen el mismo lu­
gar en la escala genérica: como anim al y vegetal; y subordi­
nadas, aquellas de las cuales una tiene menos extensión que
la otra, estando, por consiguiente, incluida en ella: como a n i­
m al y ave, vegetal y árbol.
— 48 —

DIVISION DE LAS NOCIONES

r- r.. S Sustantivas.
Por su objeto. . . . j Ac C a n ta le s .
í Individuales.
Pqt su esencia. . Genéricas.
( Absolutas.
í Definidas.
Por su cualidad.< Indefinidas.
( Restrictivas.

¡
Sensibles.
Racionales.
Inteligibles.
Claras.
Obscuras.
Determinadas.
Indeterminadas.
Por fwforma. . . <
Distintas*
Confusas.
Completas.
P arciales.

Consideradas en eí Simples.
mismas............... Compues­
tas.
[idénticas.
(Contrarias.
Por su contenido. ■Opuestas.. <Contradi o-
Consideradas en reía
oión oon otras.... ^Coordina­ ( toriaB.
das.
(Subordina­
das.
— 41 —

SECCION 2.a
D e l j a le lo .

CAPÍTU LO I

' NOCIÓN D EL JU IC IO

Llámase juicio aquella operación intelectual en cuya vir­


tud percibimos y afirmamos una relación entre dos nociones.
Estas no tienen por sí solas importancia alguna científica,
por lo mismo que, según hemos dicho, no entrañan nada
verdadero ni falso; y porque los objetos no son realmente co­
nocidos sino cuando ve el espíritu sus relaciones intimas y
externas. El juicio aproxima las nociones, las enlaza y unifica
y les da un valor apreciable, marcando, no sólo su exis­
tencia, sino también el modo de ser las partes en un objeto ó
la forma en que se relacionan unos objetos con otros. En el
juicio Dios es infinito, afirmamos, no solamente que Dios y la
infinitud existen, sino que la infinitud se atribuye á Dios co­
mo propiedad de su esencia.
Hay que distinguir dos elementos en el juicio: los términos
que se relacionan, y la relación misma. Los primeros, que
constituyen su materia, son dos nociones cualesquiera; la se­
gunda, que constituye su forma, puede ser inmanente, tras­
cendente, de substancia, de modo, de cansa, de fundamento;
en suma, puede revestir todos los aspectos posibles.
Él juicio se expresa en el lenguaje por medio de la propo­
sición, la cual consta de tres elementos; son á saber: el sujeto,
la cóptda y el predicado. El sujeto es aquella noción de la
cual se dice alguna condición ó cualidad que la determina; se
traduce por el nominativo, y ocupa el primer lugar en la pro­
posición, las más de las veces de un modo material y siempre
de un modo lógico. El predicado es aquella noción que deter­
— 45 —

mina de alguna manera al sujeto; se traduce por el nombre


adjetivo, y debe colocarse después de la cópula. La cópula
indica la relación del predicado con el sujeto, y está simbo­
lizada en. el verbo ser, expreso ó tácito. Aunque hay proposi­
ciones en que no aparece, por haber en ellas nn verbo atri­
butivo, debe tenerse en cuenta que éste no es sino una ex­
presión abreviada del verbo 6er y un predicado; y aunque las
necesidades estéticas de los idiomas exijan esa estructura
particular, no por eso deja de encerrar en esencia el juicio los
elementos irreductibles qne hemos señalado.

CAPÍTULO II
DIVISIÓN DEL JUICIO

Si el juicio se compone de materia y forma, ellas han de ser


la base racional sobre la cual se construyan sus varias divi­
siones; y como esos elementos pueden Ber considerados ya
aisladamente, ya en relación uno con otro, el jnicio debe cla­
sificarse: primero, por su 'materia; segundo, por svlforma-, ter­
cero, por la combinación de la materia y la forma.
Al dividir el juicio por su materia, preciso es salvar el
inconveniente que surge de. ser dos las nociones que la cons­
tituyen, y poder ellas afectar distintos y aun encontrados ca­
racteres. Teniendo, pues, más valor gramatical y lógico el su­
jeto que el predicado, por ser el término al cual convergen
todas las relaciones, prescindiremos del Segundo para limitar­
nos al primero, en el cual, después de todo, no habremos de
examinar sino los tres aspectos de más importancia crítica: la
esencia, el objeto y la cualidad.
Los juicios, según su materia, se dividen: por la esencia,
en individuales, genéricos y absolutos; por el objeto, en sustan­
tivos y accidentales; y por la cualidad, en definidos, indefini­
dos y restrictivos; tomando esas denominaciones, conforme á
— 46 —
loe caracteres que revista el sujeto, explicados ya en la divi­
sión de las nociones.
Según la forma, se dividen los juicios: por la cualidad, en
positivos, negativos y limitativos,' por el modo, en problemáti­
cos, asertárteos y apodicticos/ y por la esencia, en categóricos,
hipotéticos y disyuntivos.
Juicio afirmativo es aquel cuya relación implica convenien­
cia ó conformidad entre el sujeto y el predicado: como Dios
es justo; negativo, el que implica repugnancia entre ambos
términos: como Dios no es falibley y limitativo, el que implica
al mismo tiempo afirmación y negación: como el maestro es
en cierto modo padre de sus discípulos. La limitación se signi­
fica generalmente por un adverbio, que es la palabra ade­
cuada para modificar y restringir la acción del verbo»
Juicio problemático es el que expresa una relación fortuita,
que, como tal, puede cambiar y aun desaparecer, v. gr.: esta
campiña puede ser floreciente; asertórico, el que indica una
relación de pura existencia: como Granada es una ciudad
hermosa; y apodíctico, el que indica una relación necesaria:
como Dios es la suma bondad.
Juicio hipotético es aquel cuyo verbp afirma ó niega me­
diante una condición que le precede, v, gr-: si haces el bienr
serás feliz. El juicio hipotético consta de un antecedente y un
consiguiente, de los cuales el primero es condición y no causa
ni fundamento del segundo. Juicio disyuntivo es el que marca
una relación de incompatibilidad de do^ atributos en un su­
jeto, v. gr.: este libro es bueno ó malo; y categórico, el que la
exprésa integra y pura: como el alma es simple.
Por la combinación de la materia y de la forma, ó lo que es
lo mismo, por los términos considerados en relación, se divi­
den los juicios, según su cuantidad, en universales„ particula­
res y armónicos; y según su contenido, en idénticos y opuestos.
Juicio universal es aquel cuyo sujeto se refiere totalmente
— 47 —
al predicado: como toda obra humana es imperfecta/ particu­
lar, aquel cuyo sujeto no se refiere al atributo sino de un modo
parcial: como algunas obras humanas son bellas; y armónico,
aquel cuyo Bujeto se refiere al atributo en totalidad y en cada
una de sus partes, v.gr.: este drama, en conjunto y en detalles,
es digno de un genio.
Juicio idéntico es aquel en el cual hay una perfecta igual­
dad entre el B ujeto y el atributo, como sucede con todas las
definiciones; y opuesto, aquel cuyos términos se diferencian
uno de otro. El juicio opuesto se subdivide en sintético y ana­
lítico. Sintético es aquel en el cual el sujeto y el predicado
tienen esfera distinta^ y analítico, aquel cuyo predicado se
halla incluido en la esfera del sujeto.
La clasificación que hemos verificado tiene gran interés, no
sólo por lo que respecta al juicio mismo, que debe ser cono­
cido en todas bub formas, sino por la aplicación que de algu­
nos de sus miembros se hace en la teoría del raciocinio. Para
evitar en lo posible confusiones, téngase en cuenta que el as­
pecto de la cualidad, á que en ella se hace á menudo referen­
cia, es el que hemos indicado al ocuparnos de la división del
juicio según su forma; es decir, el que da por resultado los
juicios afirmativos y negativos, que, en unión de los universa­
les y de los particulares, juegan un gran papel en la mencio­
nada teoria.
A fin de entrar en ella con la debida preparación, debemos
hacer constar que la cuantidad y cualidad unidas dan por re­
sultado cuatro combinaciones en los juicios: juicio universal
afirmativo, que se expresa con la letra A; juicio universal ne­
gativo, que se simboliza con la letra E ; juicio particular afir­
mativo, que se traduce con la letra I; y juicio particular ne­
gativo, que se significa con la letra O.
Aflsoít A, negat, E, verum oniversaHIer ambo
Anerlt I, negat 0, vernm portioolaiiter ambo.
— 43 —

DIVISIÓN DE LOS JUICIOS

Individnales.
Í Genéricos.
Absolutos.
í Definidos.
Por la materia,. ( Según la cualidad....< Indefinidos.
f Restrictivos.
Sustantivos.
Según el objeto,
Accidentales.
í Afirmativos.
Según la cualidad...] Negativos.
( Limitativos.
i Categóricos.
Por la f o r m a . . Según la esencia....] Hipotéticos.
(Disyuntivos.
í Problemáticos.
Según el modo.......... j Asertóricos.
( Apodicticos.
| Universales.
/ Según la ouantidad*.] Particulares*
Por la combina-\ ( Armónicos.
etSn de la mate-<
ría y la forma J í Idénticos.
v Según el contenido..] í Sintéticos.
( Opuestos. ]
( Analíticos.

CAPÍTULO n i
COMPARACIÓN DE LOS JUICIOS

Después de haber examinado la naturaleza y división del


juicio, procede averiguar los nuevos aspectos que resultan de
comparar dos de ellos entre s í, porque ese estudio arroja
mucha luz en la complicada estructura de las argumenta­
ciones.
Desde luego se comprende que no vamos á tratar de juicios
— 49 -

cuyos términos sean en esencia diferentes; porque ontonccs


las combinaciones serian infinitas, y no habría posibilidad de
abrazarlas; vamos sólo á ocupamos de la comparación de
juicios que tengan iguales términos, de la cual se originan
tres aspectos dignos do examen: la oposición, la conversión y
la equivalencia.
Juicios opuestos son los qne difieren en cuantidad ó cuali­
dad ó en ambas cosas; juicios conversos Bon aquellos en los
cuales mudan de lugar el sujeto y el predicado, conservando
la verdad de la proposición; y equivalentes, los que tienen
idéntico significado, aun cuando la forma sea distinta.
O p o s ic ió n . — El estudio de la oposición da por resultado
cuatro clases de juicios: los contradictor ion, los contrarios, los
svbcontrarios y los subalternos.
Los contradictorios se fundan en la diversa cuantidad y
cualidad entre dos proposiciones, siendo, por consiguiente,
nna universal afirmativa y otra particular negativa (A O), ó
bien una universal negativa y otra particular afirmativa (EI).
Los contrarios tienen, siendo universales, diferencia de cua­
lidad; son, por lo tanto, las proposiciones universales afirma­
tiva la una y universal negativa la otra (A E).
Los subcontrarios suponen diferencia de cualidad, siendo
ambos particulares; así, pues, se forman con las proposiciones
particular afirmativa y particular negativa (1 0 ).
Los subalternos conservan la cualidad y son en cuantidad
diferentes, marcándose con las proposiciones universal y par­
ticular afirmativas (A I), ó las universal negativa y particular
negativa (E O).
En el siguiente cuadro que los autores presentan, se hallan
perfectamente simbolizadas estas combinaciones.
— 60 -

A. Contrarias. 13.

O
0Q
a
M ecr
>
O
•P
\ /
'l
0
03

I. Subcontr&ri&s. O*

I
De la atenta consideración de estos juicios, se desprende
que los contradictorios aon verdadero el uno y falso el otro;
de tal manera, que una vez afirmado cualquiera do los dos,
queda negado absolutamente su opuesto. No puede menos de
suceder, porque todo cuanto se predica del continente es apli­
cable al contenido; y no siendo posible, en virtud del principio
de contradicción, que una cosa sea y deje de ser al mismo
tiempo, de ahí que la exactitud do nn juicio universal afirma­
tivo envuelva la falsedad de otro particular negativo com­
puesto de las mismas nociones. Si es cierto que todas las almas
son activas, no lo es que algunas no son activas, y viceversa.
Los juicios contrarios no pueden ser ambos verdaderos, por­
que la verdad no es más que una; pero pueden ser ambos erró­
neos, porque entre ellos cabe uno particular que sea contra­
dictorio de alguno de los dos y afirme lo exacto; en estos jui­
cios, por consiguiente, la verdad del uno supone la falsedad
del otro, mas no reciprocamente. Si es conforme A la realidad
que todas las almas sean activas, deja de serlo la proposi­
ción contraria; pero si es inexacto el juicio todo hombre es
- 51 —

Imeno, no por eso es cierto sn contrario, porque la verdad re-


side precisamente en el contradictorio de éste, algún hombre
es bueno.
Los juicios 6ubcontrarios no pueden ser falsos al mismo
tiempo; mas en cambio pueden Ber ambos verdaderos, por lo
mismo qne en su, carácter de particulares no afirman ni niegan
en totalidad la conveniencia de los términos; así, pues, recha­
zar el uno equivale A admitir el otro; pero admitir cualquiera
de los dos no supone rechazar el opuesto.
En los juicios subalternos que,. según hemos dicho,-son el
uno universal y el otro particular y ambos afirmativos ó ne­
gativos, hay una relación de todo á parte; por consiguiente, si
es cierto el universal, lo es también el particular que está com­
prendido en él; y si éste es falso, aquél no puede ser verda­
dero; mas de la exactitud del particular ó de la falsedad de
su opuesto, no se infiere que sean verdaderos ni falsos el uno
ni el otro.
Conversión. — Los juicios pueden convertirse de tres m a­
neras: por el mero cambio de lugar verificado en los términos
(conversión simple); por el mismo cambio de las nociones con
alteración de su cuantidad (conversión accidental); y por la
aplicación de una partícula negativa al sujeto y al predicado
(conversión contrapuesta).
E, 1 rlmplíciter convertitnr; E, A per u c id .;
O, A per contra. Sle flt convenio tota.

Los juicios universal negativo y particular afirmativo, se


prestan á la simple conversión. Indicando, en efecto, el pri­
mero que el sujeto y el predicado tienen esferas que se exclu­
yen reciprocamente, y señalando el segundo esferas que b©
incluyen en parte, claro es que pueden invertirse los términos,
sin quebrantar la exactitud de los juicios.
Ningún S. ca P. Algún S. ea P.
Ningún P. e» S. Algún P. ea S.
— 52 —

El universal negativo puede snfrir conversión accidental,


haciendo particular el predicado y dándole el lugar de sujeto,
por la misma razón, ya repetida, de que lo atribnido al todn
conviene &las partes que lo integran.
Nigún S. t i P.
Algún P. no ea S.

El universal afirmativo es adecuado para la misma conver­


sión; porque diciéndose en él que toda la esfera del sujeto está
incluida en la del atributo, es suficiente dar á esta última me­
nos proporciones con un signo restrictivo, para que desde
luego se vea comprendida en la primera.
Todo S, o* P.
Algún P. ea £

El particular negativo y el universal afirmativo son á pro­


pósito para ser convertidos por contraposición, lo cual se con­
signe anteponiendo á los términos una negación que los hace
indefinidos.
E q u i v a l e n c i a , — Los únicos juicios qúe pueden hacerse
equivalentes son los contradictorios, los contrarios y los su­
balternos; y el modo particular de darles igual significado es
el empleo de la negación, ya antepuesta, ya pospuesta, ya
colocada antes y después del sujeto.
Para obtener la equivalencia en los contradictorios, Be debe
anteponer la partícula negativa al sujeto.
Todo S ea P ......... No algún S no ea P.
Algún S no ea P... No todo S «a P.

Los contrarios reclaman la partícula negativa después del


sujeto.
Todo S «a P ....... N bigún S no ea P.
Ningún S ea P ... Todo S no ea P.

Los subalternos piden la negación antes y después del su­


jeto.
Todo S ea P ..... No Rlgún S no es V.
Algún S ea P . .. No todo S no ea P.
— 63 —
La teoría de la equivalencia se funda, como puede notarse,
en que la negación sirve unas veces para restringir la canti­
dad, y otras, para alterar con sus varias combinaciones [la
cualidad de los juicios.

SECCION 3 *
Del Haoioeinio.

CAPÍTULO I.
NOCIÓN DEL RACIOCINIO

Llámase raciocinio toda relación esencial entre varios jui­


cios.
Asi como los nociones no adquieren valor hasta que se en­
lazan y combinan en los juicios, así éstos no son fecundos,
mientras no se relacionan con otros, en los que tienen su ra­
zón, ó de los cuales son principio y fundamento. Un juicio
evidente por si mismo, como lo son todos los axiomas, no res­
ponde á la aspiración eterna del espíritu, mientras no se
hacen de él reflexivas aplicaciones; y éstas no merecen el nom­
bre de verdades ciertas, mientras no son deducidas de los
principios y demostradas por él. El raciocinio es, pues, la más
perfecta operación del entendimiento, supuesto qne forma con
elementos separados nn organismo completo, el cuaJ se liga
A otros con relaciones más amplias, hasta producir el total or­
ganismo de la ciencia.
No debe perderse de vista que, al definir el raciocinio, he­
mos dicho que es una relación esencial entre varios juicios; y
llamamos la atención sobre la palabra esencial, porque hay
autores que, aun allí donde la relación es accidental ó for­
tuita, ven un raciocinio perfecto: y así, v. gr., estiman como tal
esta frase ú otra equivalente: César llega} ve y triunfa; en la
— 54 —

cual afirman que hay tres juicios unidos por una relación de
sucesión ó coexistencia expresada por la conjunción copula­
tiva, que es lo bastante á constituir un raciocinio completo.
No nos parece exacta esa teoría: la relación que existe en la
frase citada es puramente exterior; está fuera, digámoslo así,
de las proposiciones mismas y no puede tenerse por un racio­
cinio, como las .nociones el hombre y la justicia no constitu­
yen un juicio, por más que se hallen al mismo tiempo presen­
tes á la conciencia, César llega} ve y triunfa, no son más que
tres proposiciones unidas, no unificadas ; y el raciocinio, si
ha de llevar algo nuevo y trascendental á los juicios, no puede
ser otra cosa que el todo armónico en el cual los enlaza.
Fácilmente puede comprenderse, después de lo dicho, que
el raciocinio ha de constar cuando menos de tres proposicio­
nes: aquella de la cual se deduce, la que expresa lo deduci­
do, y la que contiene el principio en cuya virtud se verifica
la deducción; y si aquella de la cual se infiere algo ea un
principio evidente, entonces, además de ella, deben existir la
inferida y otra por la cual se unen las dos anteriores.
Al afirmar esto, disentimos también de los autores que ad­
miten el raciocinio inmediato, dando este nombre á aquel
que sólo encierra dos juicios relacionados sin medio alguno;
el error de esos lógicos estriba en que no tienen en cuenta
más que las proposiciones expresas, y no las que se omiten
por innecesarias para significar la relación. Algunos ejemplos
pueden servir de prueba: la racionalidad es un atributo del
hombre, luégo el león no es racional; aqui no hay, en efecto,
más que dos juicios; pero claramente se ve que se ha omitido
un tercero, al cual, aunque rápidamente, ha de haber aten­
dido el espíritu para hallar la conexión que los otros tienen
entre s í; es á saber: el león no es hombre. Todo lo bello cau­
tiva ; luégo algunas bellezas cautivan ; para llegar á esta con­
clusión, se }ia tenido presente el principio por el cual se afirma
— Be­
que lo que conviene al todo conviene asimismo á cada una
de sus partes, y cuya aplicación directa es en este caso la
siguiente: la noción a l g u n a s b e l l e z a s está contenida en lo,
noción t o d o l o b e l l o .
El raciocinio, que en cierto modo nos ennoblece con el
desarrollo que obtienen nuestras facultades al descubrir la
verdad, es al mismo tiempo una señal evidente de nuestra
limitación. En Dios todo conocimiento es una intuición purí­
sima; el hombre, por el contrario, necesita para adquirir la
ciencia ir desentrañando poco á poco los principios; y mucho
hace si consigue desprenderse de todo cuanto pueda extra­
viarlo. No sólo pugna el hombre con la reducida esfera en
que se agita por virtud de leyes indeclinables; tiene también
que vencer grandes obstáculos, que van á menudo creando
las perturbaciones del sentimiento y las circnnstacias externas
que lo solicitan. En esta confusión á que puede sor impelido,
no carece, sin embargo, de un norte seguro que lo guíe: por­
que existe en é l 1a razón, que le marca lo evidente, lo no sujeto
á condición ni mudanza, y en la cual debo inspirarse para
llegar á soluciones satisfactorias y ciertas.
El raciocinio se expresa en el lenguaje por medio de las
conjunciones que pudiéramos llamar discursivas; es decir; por
aquellas que arguyen una relación intrínseca de juicios, como
las ilativas y las finales.

CAPÍTULO n

DIVISIÓN DEL RACIOCINIO

El raciocinio puede tener dos aspectos: ó se eleva de lo


particular á lo general, ó desciende del principio ó la conse­
cuencia; on el primer caso se llama inductivo} y en el segundo
deductivo. En rigor no hay más raciocinio que el basado en
la deducción, porque el inductivo no es exacto sino cuaudo
— 66 —
toma b u origen de una ley reconocida como cierta; no obs­
tante, los lógicos hacen una distinción entre ambos, por ser
opuestos en la forma. Respetando nosotros lo que ellos con­
signan, pero juzgando que en el estudio y análisis del racio­
cinio deductivo- ha de quedar el de inducción conocido y
regulado, nos ocuparemos extensamente de aquól, concre­
tándonos á mostrar con un ejemplo de éste su particular es­
tructura.

Los metales, sumergidos en «I agua, pierden ana parte de su peto


igual al peso del volumen de liquido que desalojan.
L u piedra», sumergirlas en el agua, ete.
Los oqerpoa esféricos, aamergidoa en. el agua, etc.
Loa cuerpos angulares, sumergidos en el agua, etc.
Luégo todo cuerpo sumergido en el agua, pierde una parte de su
peao igual al peso del volumen de liquido que desaloja.

Como se nota á primera vista, la conclusión del raciocinio


precedente excede á lo afirmado «n las premisas; y no seria,
por tanto, racional, si no lo garantizaran las verdades de que
todo en la materia es fatal, invariable y continuo, y de que
en igualdad de circunstancias, las mismas causas producen
los mismos efectos.
La expresión más perfecta y sencilla del raciocinio deduc­
tivo es la argumentación silogística: en ella, tras de haber un
principio general que unifica los juicios, aparece clara la re­
lación que entre ellos se forma, y se muestra inflexible y recta
la consecuencia que se desprende.
No es el silogismo, como suponen algunos, un artificio que
abruma al‘espíritu, encerrando sn espontánea actividad en un
circulo de hierro, formado por caprichosas reglas y habilido­
sas combinaciones. Sus leyes se fundan en la naturaleza del
pensamiento, y por lo mismo, trazan el camino que lleva se­
guramente al descubrimiento de la verdad y á la construcción
— 57 —
de la ciencia. En ellas no hay elementos extraños, no hay pan­
tos de vista traídos de fuera para amoldarlos & nn intento
preconcebido-, no hay más que nn proceso natural d éla razón,
aplicable á todas las épocas y circunstancias. Su misma his­
toria nos da una prueba de ello: desde Aristóteles acá, no han
sufrido modificación alguna los fundamentos del raciocinio, á
pesar de haberse multiplicado los sistemas filosóficos, dispu­
tándose con los más encontrados principios el campo de -la
verdad; y es que lo inmutable no puede sufrir mudanza, sin
que la razón caiga en delirio. No creó Aristóteles un sistema
de razonamientos, como no creó Newton las leyes de grave­
dad; Aristóteles y Newton, con la fuerza poderosa de su genio,
arrancaron, uno al mundo moral y otro al mundo físico, dos
de sus más preciosos secretos, dando valor inestimable á la
ciencia, y sentando de entonces para siempre verdades que
no pueden desconocerse ni rechazarse sino cerrando los ojos
á la luz de la evidencia misma.
Cierto es que en la práctica de esas leyes han podido exisir
exageraciones y abusos; pero no lo es menos que no debe juz­
garse de las cosas por sus extraviadas aplicaciones, sino por
lo que en esencia valen y significan.
Hecha esta reflexión, que hemos creído necesaria de todo
punto, hoy que la mano escéptica del positivismo intenta
destruir los sanos principios racionales, estudiemos la natura­
leza del silogismo, en cuyo análisis hemos de ver comproba­
das estas afirmaciones.
El silogismo puede revestir una expresión perfecta, ó tener,
por el contrario, una expresión irregular. De ambas maneras
debe ser estudiado, para qne el pensamiento pueda seguir el
enlace riguroso de los raciocinios, aun A través de las miilti-
.ples manifestaciones del lenguaje.
— 58 —

I
SI loglamo regular.

El silogismo regular consta de tres juicios dispuestos de tal


modo, que de los primeros, llamados prem isas, se deduce ne­
cesariamente un tercero, llamado conclusión. Las premisas
toman el nombre genérico de antecedente, y la conclusión de
consiguiente.
Hacen los autores una oportuna distinción entre consi­
guiente y consecuencia, entendiendo por la segunda, no una
proposición determinada, sino la relación que el consiguiente
y el antecedente guardan entre sí.
Las proposiciones que constituyen el silogismo encierran
únicamente tres nociones, llamadas término mayor, menor y
medio. El mayor y el menor se hallan en las premisas, y entran
además en la conclusión, como predicado el primero y como
sujeto el segundo; el término medio, que es aquel con el cual
se comparan los extremos, toma parte en ambas premisas y
no tiene cabida en la conclusión.
El silogismo consta de materia y form a. Son la materia in­
mediata del silogismo las proposiciones; y la mediata, los tér­
minos; y es su forma la relación misma que entre los juicios
se establece. Despréndese de esto que puede un raciocinio ser
verdadero por lo que en si valen las preposiciones que entraña,
teniendo sin embargo disposición viciosa, y siendo rechazable
la conclusión.
La expresión más ordinaria y simple del silogismo es la si­
guiente :
Premia* mayor.— Toda oianda es útil.
Premisa menor. - 'L a Lógica es ciencia,
Conclulón. — La Lógica « útil.
Esta figura, adoptada por los lógicos para simbolizar el si­
logismo, responde bien á su objeto. El triángulo, en efecto,
consta de tres ángulos y tres lados, como el silogismo, de tros
términos y tres proposiciones; y así como en aquél se enlazan
y combinan los lados y los ángulos, formando una sola figura
geométrica completamente cerrada, así en éste se relacionan
los términos y las proposiciones, constituyendo un organismo
acabado, en el cual hay unidad perfecta. La base del trián­
gulo representa la conclusión, y sus lados convienen á las dos
premisas; y en fin, para que sea completa la semejanza, el
vértice superior, adonde convergen ambos lados, simboliza el
término medio, con el cual se comparan los extremos.
Las reglas que deben asignarse al silogismo son ocho: cua­
tro relativas á los términos y cuatro á las proposiciones.
Las reglas de los términos son las siguientes:
TerminuB esto triplex; inedia*, tnajorque minorqn»;
Latiu* hunc q tum pr® miseá conclnsio non volt:
AoL semel au t iterum , médium genernliter eslo;
Nequaqaana m ediam eapiat oonclueio í « b est.

1.* Tres deben ser los términos: el mayor, el menor y el


medio. Esta regla es evidente: si fueran más ó menos de tres
las nociones constitutivas del silogismo, no habría realmente
comparación entre ellas.
- 60 —
2.ft Los términos no pueden ser mis extensos en la con­
clusión que en las premisas.
3.a EL término medio debe ser tomado universal mente si­
quiera una vez.
Estas dos reglas son una consecuencia precisa de la ante­
rior: si los términos extremos son más extensos en la conclu­
sión que en las premisas, por tomarse. en un caso como
género, y en otro como especie; si el término medio á su vez
no es universal y puede representar dos especies distintas de
un mismo género, entonces la conclusión es absurda, como se
ve en los siguientes ejemplos.
L u estrellas timen luz propia;
Alganoe caerpos celestes son estrellas;
Loégo loa cuerpos celestes tienen luz propia

El término cuerpos celestes es particular en la premisa me­


nor y universal en la conclusión, lo cual motiva su falsedad;
porque, si es cierto el juicio algunos cuerpos celestes son. es­
trellas, también lo es el subcontrario algunos cuerpos celestes
no son estrellas,
Los árboles tienen hojas:
Los libra* tienen hojas; ^
Luégo loa libros son árboles.

La conclusión es falsa, porque el término medio está tomado


en dos acepciones diferentes.
4.a El término medio no debe entrar en la conclusión. Si
la misión que tiene es la de servir de término comparativo,
claro es que no debe bailar cabida más que en las premisas,
tínicos juicios que se comparan.
Las reglas de las proposiciones son las que siguen:
Utraqae ai premias» negat, nlhil inde aeqnetar,
Sibil seqaitor geminis ex partícularibas unqaam.
Ambee aifirinantos, neqnennt generare negatem
Pqjorem samper esquitar oonohxsio partera. #

1.* De dos premisas negativas nada se deduce. En efecto;


— 61 —
si A no es igual á B y B no es igual &C, no puede concluirse
que A sea ni que no sea igual á C. Esto no necesita acla­
ración.
2.a De dos premisas particulares nada se concluye. De­
mostrado que el término medio ha de considerarse universal-
mente siqnicra una vez, dicho se está que nada se concluye
de dos premisas particulares.
Aunque, infringiendo las reglas precedentes, pueden formu­
larse raciocinios, cuyas proposiciones no son rechazables por
el valor de sus términos, no por eso quedan aquéllas desmen­
tidas; pues las conclusiones á que aludimos no son necesarias
ni absolutas, como reclama la naturaleza del silogismo. Tal
sucede, por ejemplo, con éste:
Algunos hombres son virtuosos:
Algunos aares son hombres;
Algunoa aeres ion Ttrtaoaoa.

Esta conclusión es cierta; pero no se deduce rigurosamente


de la disposición y enlace de los juicios, sino del valor intrín­
seco de ellos.
Vcámoslo claramente.

Algún M ea P
Algún S ea U '

Como á primera vista se nota en esta figura, S puede hallarse


incluida parcialmente en M, estando dentro ó fuera de P:
por tanto, la conclusión, cualquiera que ella sea, ha de tener
un carácter de mera posibilidad, contrario al fin y objeto del
raciocinio concluyente.
— 62 —
3.* Dos premisas afirmativas no pueden dar una conclu­
sión negativa.
Aun siendo particular una de las premisas, lo cual podría
ocasionar una relación negativa entre ambas, no deja de cum­
plirse la ley; pues para establecer la conclusión negativa,
seria preciso dar ese carácter á una de las proposiciones ante­
cedentes.
4.a La conclusión sigue siempre la parte más débil.
Es decir: si son las premisas ana afirmativa y otra negati­
va, la conclusión lia de ser negativa;,y si son una universal y
otra particular, la conclusión ha de ser particular.
Lo primero no necesita demostración. Para patentizar lo
segundo, basta sólo fijarse en que, si fuera universal la con­
clusión desprendida de premisas de cuantidad diversa, resul­
tarían en ella más términos universales que los consignados
en el antecedente, lo cual es absurdo.
F i g u e a b t m o d o s d e l s i l o g i s m o . — Llámanse figuras del
silogismo los diversas formas que afectan las premisas, por la
varia colocación en ellas del término medio.
Cuatro son las figuras. En la primera, el término medio es
sujeto en la mayor y predicado en la menor; eu la segunda,
predicado en ambas; en la tercera, sujeto em ambas; y en la
cuarta, predicado en la mayor y sujeto en la menor.
Siendo M el término medio y S y P los extremos, las com­
binaciones se expresarían de este modo.

1 .a 2 .a 3 .a 4 .a
M es P P «a M M et P P ea H
S e iM S M M M ea 8 M ea S
S es P S ea P S ea P S ea P

Las figuras son irreductibles, porque todas ellas tienen un


carácter original, qne corresponde á un aspecto determinado
del discurso.
- 63 —
No agotan las figuras todas las relaciones internas del silo­
gismo, puesto que no precisan el valor de los términos; de
aqui la necesidad de los modos, que son las varias maneras
que tiene el silogismo de concluir, según la cuantidad y cuali­
dad de premisas.
Tomando dos á dos las letras a, e, i, o, que simbolizan
respectivamente las proposiciones universal afirmativa, uni­
versal negativa, particular afirmativa y particular negativa,
y descartando las combinaciones que, e.egún las reglas expre­
sadas, no pueden dar conclusiones legitimas, resultarán diez
y nueve modos, pertenecientes: cuatro A la primera figura,
cuatro á la segunda, seis á. la tercera y cinco á la cuarta, en
esta forma:
l-4
U a P Mf l P M a P M e P
S a 11 S a M 8 i U S i U
S * P S • P S i P S o P

2.a
P e II P a M P e M P * M
S a M 8 o M 9 i M S o M
S e P S é P S o P S o P

3.a
M a P M e P M i P M a P 1C o P M e P
M a S M a S M a S M i S M a S M i S
S i P S o P S I P S i P S o P S o P

P a M P a M P i M P e M P e M
M e S M a S M a S M a S U 1 S
S e P S i P S i P S o P S o P

Pongamos algunos ejemplos':


1.° Expresa el cuarto modo de la primera figura, que el tér­
mino medio es sujeto en la mayor y predicado en la menor; y
- 64 —
que la premisa mayor es universal negativa; la menor, par­
ticular afirmativa; y la conclusión, particular negativa:

Ningún U es P
Algún S es M
Algún S no ea P

La conclusión no puede ser universal, porque el estar la


esfera S incluida en parte en M, no indica que esté necesaria­
mente en totalidad fuera de P :
Ninngiin Ignorante ea modesto:
Algunos hombrea son ignorantes;
Algunos hombrea no son modestos.

ü.° El primer modo do la segunda figura indica que eí tér­


mino medio es predicado eu ambas premisas; y que la mayor
es universal negativa, la menor universal afirmativa, y la
conclusión univesal negativa:
M
Ningún P es M
Todo S ea M
Ningún 5 es P

Ninguna conjetura es conocimiento cierto:


Todaa Jaa ciencias son conocimientos clertoaj
Ninguna ciencia, es conjetura.

3.° Dice el tercer modo de la tercera figura que el término


medio es sujeto en ambas premisas, y que la mayor y la con­
clusión son particulares; la menor universal, y afirmativas
todas las proposiciones:
— 65 —

Algún M ea P
Todo M esS
Algún S es P

Algún hombre es virtuoso:


Todo hombre ea mortal;
Algún mortal ea virtuoso.

4.° El quinto modo de la cuarta figura marca que el tér­


mino medio es predicado en la mayor y sujeto en la menor;
y que la primera es universal negativa, la segunda particu­
lar afirmativa, y la conclusión particular negativa:

Ningún P ea M
Algún M ea S
Algún S no ea P

No püede ser universal la conclusión, aunque parece indi­


carlo la posición de las esferas, porque S puede comprender
en parte á M, estando al mismo tiempo parcialmente compren­
dida en P; mas, cualquiera que sea la posición de S, siempre
resultará que parte de su esfera quedará excluida de la de Pt
que es lo dicho en la conclusión;

Ningún vegetal ea ser inteligente:


Algunos seres inteligentes son bellos;
Algunos aeres bellos no aon vegetales.

De la atenta consideración de la tabla anteriormente for­


mada, se deduce que la observación es la sola que puede pre­
cisar los modos concluyentes. Hay, en efecto, combinaciones
que no son racionales eu una figura, y caben perfectamente
B
— 66 -
on otra; y premisas que, dispuestas con distinto orden del asig­
nado á las figuraB, no dan conclusión aceptable.
El segundo modo de la primera ñgura es concluyente; pues
bien; invirtiendo la cualidad en las premisas, no hay conclu­
sión posible. ■
Ningún M ea P
Todo 8 es M
Ningún S n P

Este silogismo es completo.


Todo M es P
Ningún S es M

De estas premisas nada se infiere. S puede estar completa­


mente excluida de P:

Puede asimismo estar en parte dentro de P:

Por tanto, nada puede deducirse de esta forma silogística,


aun cuando del valor de los términos pueda sacarse una con­
clusión verdadera.
P$ra facilitar el recuerdo de los modos silogísticos, hay uno&
- 67 —
versos que, de una manera ingeniosa, inician todo el movi­
miento dialéctico. Son los sigientcS:

Barbare., CaJaVont'príww, Daril, Ferioque.


Celara, Cameatres, Feafino, Baxoco fecunda!,
' Teríüt grande tottant «dU: Daraptl, Felapton,
Adjungetu: Dlaamis, Datial, Booardo, Ferison:
Calcines, Bamallp, DtmaUa, Fcsapo, Fresiao.

Las vocales a, e, i, o, designan la cuantidad y cualidad de


los juicios; las consonantes B, C, D, F, indican sucesivamente
los cuatro modos de la primera figura, á la cual se reducen los
otros. Para esto, la letra con que empieza la palabra señala el
modo al cual se ha de reducir el propuesto; y las minúsculas
8, p, m, c, el proceder que ha de seguirse en la reducción:

S vult simplicitcr vertij P varo par accidenu;


M volt traspon!; C per JmpoaaibUe duoi.

Eb decir, S y P se reducen por conversión, simple la una y


accidental la otra; M, por trasposición; y C, por imposible, que
significa formar la contradictoria de la conclusión de un silo­
gismo y combinarla con una de 1&b proposiciones anteceden­
tes, para deducir la contradictoria de la otra premisa.
Sirvan de ejemplo un silogismo en Bárbara y otro en Ba-
malip, el uno de la primera figura y el otro de la cuarta:

Todo M es P Todo P ea M
1.° T odoS eaM 2.° Todo M os S
Todo S «a P Algún S es P

Las dos conclusiones son exactAs. Respecto de la primera,


claro es que todo lo que está en e^contenido se halla también
en el continente.
Respecto de la segunda, si P se encuentra incluido en M, y
M en S, no podemos asegurar sino que 8 lo está parcialmente
— 68 —
en P; porque no todo lo que se encierra en el continente está
del propio modo en el contenido.

Todo clavel en vegetal:


Todo vegetal es ser orgánico: r
Algún aer orgánioo es clavel.

El segundo silogismo difiere del primero en la trasposición


de premisas y conversión accidental de la conclusión, que es
lo Que indican las letras M y P del cuerpo de la palabra.
Para concluir las principales indicaciones respecto á la teo­
ría de las figuras y modos del silogismo, réstanos consignar
las reglas especiales de las figuras; á saber: en l a primera, la
mayor es siempre universal y la menor afirmativa; en la se­
gunda, la mayor es siempre universal, y la menor puede tener
todas las formas; en la tercera, la mayor tiene todas las for­
máis y la menor es afirmativa; y en la cuarta, la mayor y la
menor tienen todas las formas, excepto la particular negativa.
Divídese el silogismo regular en categórico, hipotético y
disyuntivo. Examinado ya el primero, debemos estudiarla
naturaleza de los otros dos.
S ilo g ism o h ip o t é t ic o .— Llámase silogismo hipotético,6 con­
dicional, aquel cuya premisa mayor es un juicio hipotético.
Este silogismo tiene dos modos concluyentes:po?ie7is y tollens",
el uno afirma el antecedente en la menor, y el consiguiente
en la conclusión; el otro niega en la menor el consiguiente, y
en la conclusión el antecedente.
P obhnb.—El qne obra bien, tiene tranquila la conciencia:
Tú obras bien;
Luégo til tienes tranquila la conciencia.
T o l l b n s .—E l que obra bien, tiene tranquila la conciencia:
Tú no Henea tranquila la concienoia;
Luégo tú no obras bien.

Dos reglas deben asignarse al silogismo hipotético:


— 69 —
1.a Admitido el principio, necesariamente ha de ser admi­
tida la consecuencia.
2.a Negada la consecuencia, no puede ser admitido el prin­
cipio.
S ilo g ism o d isy u n t iv o . —Silogismo disyuntivo es aquel cuya
premisa mayor es una proposición disyuntiva.
Dos modos legítimos tiene también esta forma de argumen­
tación: ponetuio tollens y tollendo ponens. El primero afirma
en la menor uno de los miembros, y niega en la conclusión los
restantes. El segundo niega en la menor todos los miembros
meuos uno, que es afirmado en la conclusión.
PONENDO TOLLENB.—Hale ingalo es agudo, obtuso ó recto:
Es recio;
Luégo no m agado ai obtuso.
Tollendo pokens.—Este Angulo es agado, obtuso ó recto:
No es agudo ni recto;
Luégo es obtuso.

La única regla asignada al silogismo disyuntivo es la si­


guiente: la conclusión tiene siempre cualidad contraria ¿ la
premisa menor 1.
II
Form ai lrregularea doL silogismo:

Según hemos indicado, hay raciocinios que, aun teniendo


en esencia los mismos elementos que el silogismo ordinario,
revisten una forma irregular, ya por exceso, ya por defecto.
Deben, pues, considerarse en ellos dos maneras distintas; A
saber: la defectiva y Ja amplificativa. Los silogismos defecti­
vos son: el entimema directo, el inverso y la sentencia eniime~
mática. Los amplificativos son: el epiquerema, el sorites y el
dilema.

1 El llamado silogismo copulativo no es más qne en aaso particular del dis­


yuntivo
— 70 —

E n t im e m a —Llámase entimema directo, aquel silo-


d ir e c t o .

sismo en el cual se omite una premisa, fácilmente compren­


sible:
¿Españoles no sois? Pues sola valientes:
fuer tie castellanos, aoia lealea.

Estos dos versos son dos entimemas directos, en los cuales


se han callado las premisas mayores*
E n t i m e m a inverso . —Este raciocinio no se diferencia del
anterior, más que por la circunstancia de colocarse en él la
conclusión antes que las premisas.
Debemos caminar al combato, porque en ¿I eati la honra de la patria.

S e n t e n c ia e n t im e m At i c a . —Esta
argumentación consiste en
expresar todos los términos en un solo juicio:
[Hijo ingrato! Serás un padre infeliz.

Todos los modos del silogismo defectivo condensan el pen­


samiento, dando Ala frase vigor y energía; razón por la cual
son adecuados para la oratoria.
E p i q u e r e m a . —Cuando Ja sola enunciación de las premisas
no es bastante A establecer la conclusión de un modo indiscu­
tible, pueden aducirse pruebas después de cada uno de los
juicios antecedentes, ampliando de este modo lo contenido en
ellos: esto es lo que se llama epiquerema:
Toda ciencia ea útil, porque maestra al hombre so destino:
La Lógica es ciencia» porqae es nn organismo da verdades;
Lulgo la Lógica ea úül-

S o b i t e s . —Llámase sorites una seriede juicios perfectamente


enlazados que dan una sola conclusión, en la cual se unen las
dos nociones extremas.
El sorites se divide en directo y regresivo. Se llama directo,
cuando la disposición de los juicios es tal, que el predicado
del primero viene á ser sujeto del segundo; el del segundo, su­
— 71 -
jeto del tercero, y así sucesivamente; y regresivo, cuando,
siguiendo la marcha opuesta, el sujeto de cada premisa se
convierte en predicado de la siguiente:
SI hom bre es un ser espirito*!;
Los aerea espirituales tienen libertad j conciencia;
El que tiene libertad y conciencia, puede conocer j querer lo bueno;
El que puede conocer y querer lo bueno, ea responsable de aoa actos;
El que ea reaponaable de ana acto*, h allará premio á au virtud 6 castigo &au
culpa;
L u é|o el hombre hallará premio á tn virtud A eaatigo 1 au culpa.

Este sorites directo puede fácilmente trocarse en regresivo.


A fin de que el sorites no lleve á conclusiones absurdas, es
preciso que haya un encadenamiento rigoroso y exacto entre
las premisas, para lo cual debe cuidarse de que los términos
expresen en todo el raciocinio idénticas relaciones.
El sorites no es más que un polisilogiBmo abreviado,1.
Dilema. —El dilema consta de una premisa mayor disyun­
tiva, de tantas menores hipotéticas como términos tenga la
disyunción, y de una conclusión que viene & -demostrar la
tesis concebida.
El dilema es una forma propia de refutación; y para que
llene su objeto, debe procurarse que la disyunción sea perfec­
ta; porque, de no serlo, podría el adversario llegar á deduc­
ciones contrarias, valiéndose de los mismos juicios empleados,
que es en lo que consiste la retorsión dilemática.
SÍ quisiéramos convencer á un escéptico de la falsedad de
8U bístema, podríamos hacer el dilema siguiente:
Ó el juicio que tú form as negando la verdad e t cierto, ó no lo es:
SI no e* cierto, la verdad existe.
Si es cierto, existe cuando menoB la verdad contenida en tu afirmación;
Lnégo la verdad existe.

1 El polisilabismo, como su nom bre lo indica, es un conjunto de silogismo»


ligados estrecham ente; algunos autores lo señalan como una forma silogística*
irregular.
_ 72 —

Aunque el raciocinio es, en su esencia y en su forma tal


como lo dejamos explicado, no se halla reducido su empleo,
en la ciencia y en la vida, A los estrechos límites que parecen
indicar los varios ejemplos de que nos hemos valido, ui menos
se presenta tan desnudo de los giros oratorios, como á primera
vista pudiera desprenderse de esas fórmulas áridas en que lo
hemos dado á conocer. Á veces todo un discurso ó todo un
libro encierran una sola argumentación, tipo grabado en la
mente del autor y tenido en cuenta por él, para ajustar á esa
norma todas las evoluciones del pensamiento en una dirección
propuesta. Sirva de ejemplo una parte del discurso de Cice­
rón P e o L e g e M a n i l i a .
« Loa reyes M itridates y Tigranes, qoe juzgan llegada. la ocasión de apoderarse
• del Asia, hacen o na guerra grave y peligrosa & nuestros aliados y tributarios.
• Todos los dias están viniendo cartas & honradísimos caballeros romanos, las
>cuales m e han Informado del daño de la República y del riesgo de sus caudales:
»en la B itlnia, que ahora es provincia vuestra, han sido quemadas muohas
• aldeas; el reino de Ailobarzanes, vecino á los pueblos que os pagan tríbulo,
» está en poder del enemigo; todos á una voz, aliadoo y ciudadanos, piden y de*
>sean un determinado General que dirija esta cam paña, porque sólo ¿I puede con
• su prestigio imponerse á los enemigos j alcanzar el triunfo.
• E sta guerra es de tal naturaleza, qae debe enardecer vuestros ánim os; pues
• se interesa en ella la gloria del pueblo rom ano qae os dejaron vuestros mayo-
tre s, grande en todo, pero sobresaliente en las arm as; se interesa a l propio
»tiempo la conservación de los aliados y amigos, por la cual vuestros antepaga*
• dos lidiaron sin tregua; se interesan tam bién vuestras m ás seguras j crecidas
» rentas, sin las cuales echaréis de menos el esplendor en la paz y los recursos en
»la guerra; se interesan, por último, los caudales de muchos ciudadanos, por los
• cuales debéis m irar, asi por ellos, como por respeto á la República.
• Y ya que siempre habéis sido codiciosos de gloria, debéis borrar la aírenla
• que recibisteis en la últim a guerra de Mitridates, el cual en un mismo dia en
• toda el Asia, con un solo aviso y ana sola orden, destinó á m uerte sangrienta y
•cruel á los ciudadanos rom anos en m ultitud de ciudades; y no sólo no h a llevado
»el castigo correspondiente á su infamia, sino que desde entonces acá cuenta
• veintitrés aSoa de reinado; y de un reinado que ya no qaiere ocultarse en el
>Ponto ó en loa confines de la Capadocia, sino salir del reino paterno y pasearse
•p o r las tierras que son tributarias vuestrai; «ato es, por lo m ás floreciente del
• Asia. De tal m anera le han hecho la guerra h asta ahora nuestros Generales,
• que triunfaron de él, m as no le vencieron: triunfaron de Mitridates Sila y Mu-
• rena, ambos varones esforzados; pero de tal modo, que él, aunqac vencido, se
• mantuvo reinando.
— 73 —

»Vaeatros mayores hicieron mucha» vece* guerras, por sólo habar sido ligera-
»mente ofendidos vuestros comerciantes y marineros. ¿Y qné resoloción toma*
• réis vosotros, al ver muertos tantos millares de ciudadanos romanos con ana
»sola orden y 4 nn mismo tiempo? Solamente porque se trató con poco respeto
» i vuestros Embajadores, determinaron vuestros antepasados apagar la loz de
• toda la G-recifc, que lo era Corinto: ¿y dejaréis vosotros sin el castigo merecido
»& un Re; que hizo matar á un Embajador del pueblo romano revestido de la
• dignidad de Cónsul, después de haberle heoho pasar por cárceles y azotes y por
>toda oíate de tormento*?... Mirad no sea, qne, asi como para ellos fuá de macha
• honra dejaros un imperio tan glorioso, sea para vosotros de mucha deshonra
>no poder mantener y conservar lo que habéis recibido. ■

Este elocuente trozo del discurso P r o L e g e M a n il ia c o n ­


tiene en el fondo un raciocinio, que pudiera condensarse en
este silogismo:
Toda guerra en que se interesan la salvación y la honra de la patria,
debe llevarse á oabo:
Esta guerra interesa á la salvación y á la honra de la patria ¡
Laégo eeta gaerra debe llevarse &oabo.

ni
F ala cia s.

Llámase falacia todo raciocinio falso presentado con apa­


riencia do verdad.
Divídese la falacia en sofisma y paralogismo} el primero se
origina de la intención deliberada de hacer tomar lo falso
como verdadero, y el segundo proviene de la falta de refle­
xión 6 de estudio en la persona que lo forma.
Para evitar las falacias>se debe, en general, hacer un cstu-
’/
dio detenido de las leyes del pensamiento y de su natural ex­
presión, que es el lenguaje; y en particular, debe cuidarse de
precisar el valor de los términos y de las proposiciones, pro -
curando que no se altere el de unos ni el de otras en todo oí
raciocinio, y haciendo rigorosa la relación que debe existir
entre la conclusión y las premisas.
Los sofismas se dividen en formales y reales; los primeros
— 74 —

se originan de las palabras, y los segundos, de las ideas. Los


sofismas formales ó d e palabra b o u los siguientes:
Homonlmia *. — Toma su origen la homonimia de la varia
acepción en que puede emplearse una misma voz:
Loa rayos provienen d» laa to rm en tas:
El sol lanza royo»;
luégo el sol ea una tormenta.

A c e n t o , — Co n s is te e n l a v a r i a c ió n d e s ig n if ic a d o d e uri t é r ­
m in o c u a l q u i e r a , p r o v o c a d a p o r e l c a m b io d e a c e n t u a c ió n

Lo sagrado merece todo nuestro respeto:


£1 honor de la patria ee sagrado;
Luégo él, honor de la patria, merece todo nuestro respeto.

Como se ve en este ejemplo, al acentuar la palabra el en la


conclusión le da el carácter de pronombre, cuando en la me­
nor es articulo; de aquí el sofisma.
F ig u b a d e d i c c i ó n . —Se forma, tomando como una sola dos
palabras que, aunque se escriben del mismo modo, son dife­
rentes en esencia;
Lo mitológico no tiene existencia real:
L a oreaoión de Apelo es mitológica;
Luégo el Apoto de Belveder no tlpne exiatencia real.

En este sofisma se toma la palabra Apolo, significando en


la premisa menor el dios de la mitología; y en la conclusión,
en el sentido de una obra de arte.
C o m p o s ic ió n .—(Transitus a sensu diviso ad compositum).
Consiste en afirmar la coexistencia de dos términos, que sólo
deben admitirse separadamente:
El qae puede afirmar, puede negar;
Luégo puede afirmar j negar al m im o tiempo.

1 Igual oarácter tiene la ohfibohgia y ol iqutvoeo.


2 También puede darse lugar & falacias da este género, al tetando algunos
otros signos ortográfico#.
— 76 -

D i v i s i ó n . —(Tran$itu$
a sen&u composito ad divisum). Con­
siste en presentar con existencia separada términos que no
son verdaderos, sino juntos.
EL hombre y la miyer unidosjconstitayen el matrimonio;
Luégo el hombre 4 la mujer conatitujen el matrimonio.

Los sofismas reales ó dialécticos son:.


S o f is m a p o b a c c i d e n t e . (Fallada accidentis).—Se comete
cuando, de premisas que sólo son ciertas de un modo contin­
gente, ae infiere una conclusión incondicionada:
Loa artistas son generalmente pobres;
Luégo el arle condnoe siempre á la miseria.

T r á n s ito d e l o c o n d ic io n a l á l o c a te g ó r ic o y a b s o lu to .
(Transitus a dicto secundum quid ad dictum simpliciler.)—Se
forma esta falacia, pasando bruscamente de un sentido parcial
Á otro más amplio:
El médico suele enga&arae ea el conocimiento de las enfermedadea;
Loégo el médico es pemioioso.

I g n o r a n c ia d e l a c u e s t i ó n . (Ignoratio elenchi.)— Consiste


en sacar la cuestión de su terreno propio, no precisando el va­
lor de las nociones:
La voluntad no se determina sin motivos de obrar,
Luégo los motivoa de obrar son los determinante* de la acción.

C í r c u l o v i c i o s o . (Petitio principii.)—Es aquel sofisma en


que se intenta probar una tesis por ella misma, ó por algo que
en ella va supuesto:
El hombre es un ser inteligente, porque existe en él la (aooltad de conocer:

F a l s e d a d d e c a u s a . (Non causa pro causa.)—Consiste en


designar por causa de un hecho lo que es pura relación dé pre­
cedencia ó coexistencia:
Los juecea pronunoiaxon la sentencia de muerte, porque el reo
palideció, al ewuehar el nombre de la'victima.
— 76 —

S o f is m a d e c o n s i g u i e n t e . ( F a lla d a conseqiientis.) —Se ori­


gina de tomar como reciproca la relación que cu los juicios
hipotéticos guardan entre si la condición y lo condicionado:
Si das solución i u ta problema, te acreditarás de laborioso:
Te has acreditado de laborioso;
Laégo ha* dado sol ación i este problema.

Como se nota fácilmente, esta conclusión no es legítima.


P b e o u n t a c o m p l e j a . (Plurium interrogatio.)—Consiste en
reunir nociones contradictorias en una misma pregunta, de
modo que la contestación, por no convenir á todas, deje lugar
á las conclusiones que desea el que establece el sofisma:
«La inteligencia, la memoria, la atención, el sentimiento, son
fa.colta.des irreductibles del alma?

Una pregunta de estas, hecha cpn habilidad en una discu­


sión, puede arrancar al adversario la afirmación de un extre­
mo que lo lleve á convenir en aseveraciones, íi las cuales no
asentiría pensando con calma.
Algunos de estos sofismas son pueriles, y todos ellos son ar­
mas poco fuertes, cuando se enuncian de una manera descar­
nada; pero, revestidos con los accidentes del lenguaje y am­
parados de otros argumentos serios, suelen extraviar una dis­
cusión. Los sofismas se parecen á las monedas falsas; solas,
son fácilmente conocidas y rechazadas; pero entre muchas,
llenan & veces plaza de legitimas. ¡Mentira parece que las su­
gestiones del amor propio ú otras causas, no menos pequeñas,
ahoguen el respeto que la verdad inspira, y lleven las miserias
humanas hasta el santuario de la ciencia!
— 77 —

SECCION 4 .B
I> e l l e n g u a j e .

Una vez estudiadas las formas particulares del conocimiento


en su esencia, cualidad y relación, procede ocuparse de su
expresión sensible, la palabra, en cuanto el pensamiento la
determina y regula; y ese estudio es tanto más interesante,
cuanto que los fines científicos no se realizan sino merced á
esa expresión misma, trasunto fiel de la vida interna del alma.
Llámase lenguaje, aquella propiedad en cuya virtud expresa
el hombre sus hechos y estados anímicos.
En el lenguaje deben distinguirse tres elementos: Jo signi­
ficado, el signo y la significación.
Lo significado es todo cuanto en nosotros existe bajo la for­
ma de conocimiento, sentimiento ó determinación voluntaria.
El signo es el medio sensible de que nos valemos para mos­
trar lo significado. Hay tres clases de signos: unos, que se fun­
dan en las varias actitudes del cuerpo, y dan lugar al lenguaje
mímico; otros, que se forman por medio de sonidos, y cons­
tituyen el lenguaje oral ó articulado; y otros, por último, que
consisten en figuras trazadas en el espacio, y-motivan el len­
guaje de figura.
Los tres órdenes de signos se completan, y por ellos tiene el
hombre condiciones de perfecta expresión, siendo el más ade­
cuado para las relaciones científicas el que da lugar al len­
guaje articulado. Todos ellos son, sin embargo, necesarios; sa­
bido es que muchas combinaciones intelectuales no alcanzan
una traducción fiel sino en el lenguaje de figura, y sabido es
también que el de gestos tiene mucha aplicación en las gran­
des expansiones del sentimiento y en las resoluciones enérgicas
de la voluntad; notoria es la importancia que Demóstenes
concedía á la gesticulación para los fines de Ja oratoria.
— 78 —
La significación, tercer elemento del lenguaje, es, digámoslo
asi, la encarnación de lo significado en el signo, y proviene
de la unión esencial entre el alma y el cuerpo.
Al ocupamos del lenguaje articulado, único que debe tra­
tarse aquí, vamos sólo á estudiar su aspecto ideológico, de­
jando á otras ciencias el amplio y detenido examen de todas
las cuestiones que, bajo distintas fases, están encerradas en el
asunto.
Esta sección constara de dos capítulos: uno, en que habre­
mos de considerar los elementos gramaticales como formas
correspondientes á las particulares del conocimiento, ya ana­
lizadas; y otro, en que habremos de fijar las relaciones que di­
chos elementos guardan entre si.

CAPÍTULO I

ANÁLISIS DE LOS ELEMENTOS GRAMATICALES

Tres son las palabras fundamentales y de todo punto nece­


sarias ¿ la manifestación del pensamiento, xomo tres son las
formas únicas en que éste se determina: el nombre, que sirve
para expresar los objetos aisladamente y considerados en si
mismos; el verbo, que marca la relación de laB cosas; y la con­
junción, que designa la relación existente entre dos ó más
relaciones dadas. Mas, como el pensamiento tiene una serie in­
agotable de maneras secundarias, que no podrian ser traduci­
das por esos tres solos elementos, hay necesidad de que reci­
ban éstos modificaciones en su estructura, y de que sean
acompañados de otras palabras accidentales, subordinadas A
ellas; teniendo siempre en cuenta que este organismo particu­
lar varia, según el genio, las tendencias, el origen y la cul­
tura de los pueblos.
- 79 —

I
b e l n o m b re.

El nombre es aquella palabra con la cual se designan los


objetos.
Siendo el nombre la expresión de la primera fonna del co­
nocimiento, la noción, desde luego se comprende que sus divi­
siones han de ser análogas á. las de ésta. La más importante es
la que distingue el nombre en sustantivo y adjetivo. Se llama
sustantivo, cuando representa objetos considerados con exis­
tencia propia: como ja rd ín , hombre, belleza/ y adjetivo,
cuando representa cualidades ó modos atribuidos á las cosas:
como blanco, bueno, celeste, Conviene fijarse en que el nom­
bre sustantivo no indica siempre substancias, sino también
objetos tomados como tales.
, El nombre tiene accidentes, con los qne se traducen las va­
rias modificaciones cuantitativas y cualitativas de las cosas,
asi como las posiciones particulares que afectan; son tres: el
género, el número y la declinación.
El género es el accidente gramatical que marca el sexo; es
masculino, si se refiere al macho; y femenino, si á la hembra.
También se fija en gramática el género neutro, significando la
carencia de modificación sexual.
En estricta lógica, no deberían tener género más que los nom­
bres expresivos de seres animados; mas no está, sin embargo,
destituido de fundamento el que lo lleven también las cosas
inanimadas, por esa tendencia que hay en el hombre á dar á
éstas animación; y aparte de algunas excepciones, se nota que
en general son masculinos los nombres que representan obje­
tos de ciertas condiciones análogas á las del macho; y feme­
ninos, los de aquellos que las tienen parecidas á las de In
hembra.
— 80 -

El número es el accidente gramatical en cuya virtud se dice


si el nombre representa nn solo objeto; ó si corresponde á dos
ó más* Divídese el número en singular y plural5 es singular,
cuando expresa un solo individuo; y plural, cuando denota en
general más de uno. Algunas lenguas admiten el dual, para
significar cosas dobles: como los ojos y las manos.
Téngase presente que el número no afecta ál contenido ló­
gico de las nociones, sino al modo de ser en totalidad numéri-
-camente consideradas: asi, v f g r ., decimos en singular la hu­
manidad, el ejército, aun cnando la humanidad se extiendo á
todos los hombres, y el ejército á multitud de soldados.
Además de los accidentes de género y número, tienen los
nombres el de la declinación, por la cual se significan las rela­
ciones de un objeto con otro, dentro de un mismo juicio.
Á pesar de ser indefinidas estas relaciones, 110 tiene la de­
clinación más que seis desinencias llamadas caso». Unos idio1
mas los forman, alterando ligeramente las terminaciones de
loa nombres; y otros, más imperfectos en este punto, se valen
de partículas, llamadas preposiciones.
Al nombre están subordinadas tres palabras: la preposición,
cuyo oficio acabamos de manifestar, el pronombre y el ar­
tículo.
El pronombre os aquella palabra empicada para significar
la representación personal del nombre; su existencia responde,
no sólo á razones ideológicas, puesto que marca la interven­
ción de la persona eñ el coloquio, sino también 6. exigencias
de estética ó de eufonía.
El articulo sirve para indicar los grádos de determinación
que tiene el objeto expresado por el nombre. No es una pala,
bra lógicamente precisa, porque del sentido de la oración
puede ser inferido lo que el artículo señala.
— 81 -

II
Z>el verbo.

El verbo es el elemento gramatical qne expresa la relación


constitutiva del juicio; asi pues, corresponde á la segunda for­
ma del conocimiento, y es la palabra qne da propiamente
valor á las otras. Dos nombres cualesquiera, v.gr.: emperador,
Augustof no forman sentido alguno; mas desde el ponto en
que se unen por el verbo, v. gr. en este juicio: Augusto fué
emperador, quedan en él señaladas las dos nociones como
existentes, y como ligadas bajo un definido respecto. Esta
influencia vital del verbo en la oración es lo que ha motivado
el qne se le llame verbum, palabra por excelencia.
Divídese el verbo, como el nombre, en sustantivo y'adjetivo.
Se llama sustantivo cuando se concreta á presentar la idea de
serj desnuda de toda atribución; entendiéndose que esta falta
de atributo no se refiere al juicio, que jamás carece de él, sino
al verbo, considerado aisladamente. Se llama verbo adjetivo,
aquel que en si lleva envuelta alguna determinación, añadida
á la idea de ser.
En rigor, los verbos adjetivos no son» como en otra parte
hemos dicho, sino contracciones del verbo ser y un predicado;
por cuya razón, las exigencias filosóficas quedan plenamente
realizadas con la sola admisión del sustantivo. Esto no obs­
tante, como las lenguas no pueden formarse atendiendo única­
mente á la severidad del análisis lógico, sino que han de llenar
al propio tiempo necesidades estéticas y han de reflejar las
aptitudes geniales délos pueblos, de ahi que los verbos atri­
butivos tome'n plaza legitima en los idiomas, sin que puedan
ser descartados, más que destruyendo de una manera violenta
la armonía del lenguaje.
6
— 83 —
El verbo, para copiar el infinito juego de relaciones á que so
prestan los juicios, tiene varios accidentes gramaticales; son
■á saber: las personas, los números, los tiempos, los modos y
las voces.
Llámanse personas las varias modificaciones que el verbo
recibe en su terminación, para sefialar si el sujeto á que se
refiere es el que habla, el que escucha, 6 el que es objeto del
coloquio.
Número es un accidente verbal, con análoga significación al
ya considerado en los nombres.
Tiempos son las inflexiones que reciben los verbos, para
expresar el instante á que se refieren su acción 6 estado. El
tiempo es condición precisa de todo lo sujeto á mudanza, y
por lo mismo debe ser accidente propio del verbo, que es
el que indica la existencia y sus particulares determina*?
ciones.
Tres son los tiempos verbales; el pasado, el presente y el
futuro: la acción, en efecto, no puede relacionarse m¿B que
con el instante actual, con el que no ha llegado todavia, ó con
el que ya pasó. Al decir el instante actual, no nos concreta­
mos ¿ un momento preciso, porque entonces seria el tiempo
presento inconcebible; por eso las lenguas dan más extensión
á este concepto, prescindiendo en algo del rigor metaffsico.
Estas formas del tiempo son adsolutas, y de consiguiente,
son en esencia las únicas; pero, combinadas entre sí y toma­
das de una manera relativa, dan lugar A otras secundarias,
cuyo detenido examen no es ya de nuestro propósito.
Modos son los accidentes en cuya virtud se significan las
varias modalidades de que es- suceptible la acción verbal. Los
modos cambian según el carácter de cada lengua: los verda­
deramente indispensables son el indicativo, el imperativo y el
subjuntivo. El indicativa expresa la acción categóricamente;
el imperativo la designa en forma de mandato; y 61 subjuntivo
— 83 —
la significa siempre de tina manera relativa, bien á las cosas,
bien al sujeto de la acción *.
Las voces sirven para marcar el doble carácter activo ó pa­
sivo de que son susceptibles los verbos. Las gramáticas, en
general, admiten dos: la activa y la pasiva; la griega afiatlo
á estas la media, principalmente para el caso de que un sujeto
sea á la vez término de la acción verbal que ejecuta.
Al verbo acompañan, como al nombre, algunas palabras ac­
cidentales; son á saber: el participio y* el adverbio.
El participio es una palabra de origen verbal que tiene for­
ma de nombre, y posee los accidentes gramaticales de éste,
participando además de algunos del verbo.
El adverbio es una palabra que sirve, en general, para mo­
dificar la significación del verbo, y algunas veces la del adje­
tivo. Está exento de todo accidente gramatical, porque se con­
creta á expresar modos muy especiales. Hay quien sostiene lo
innecesario de los adverbios, por Ber fáciles de resolver en una
preposición y un nombre sustantivo; mas ni esto es siempre
tan fácil como se supone, ni aunque k> fuera podría conde­
narse en absoluto el empleo de esa palabra, por parecidas ra­
zones á las expuestas respeeto á los verbos adjetivos.

III /
De la conjunción.

Así coma el verbo une los nombres, así la conjunción enlaza


las oraciones unas con otras.
Supone, pues, Ja conjunción la existencia de varios juicios
ligad o b ; pero no constituye siempre u n raciocinio, según he­
mos demostrado, al ocuparnos de épte. La conjunción indica

1 £1 Infinitivo ha sido inctoído también entre loo modos; pero implopinmen*


te, porque no enderra modalidad alguna, toda vei qae «e reduce &mostrar la
acción verbal de ana manera indeterminada.
- s-t ^
relación de relaciones; mas es preciso que esta relación sea
esencial y compositiva, para dar como establecida la última
y la más importante forma del conocimiento.
Hay conjunciones que se limitan á unir dos ó más juicios,
¿ aproximarlos, á yustaponerlos, si se permite la frase; y hay
otras que los unifican, que los hacen un todo sistemático: sólo
estas últimas acusan la existencia del raciocinio.
Esta consideración nos lleva, como de la mano, á nna capi­
tal división de las conjunciones qne, aunque no establecida
por los autores, es racional 6 importante, en unitivas, y unifi­
ca ti vas 6 discursivas. Son las primeras las que agregan unos
juicios á otros; y son las segundas las que los enlazan en uni­
dad, formando raciocinios perfectos.
Bajo otro punto de vista, se dividen las conjunciones en co­
pulativas, disyuntivas, restrictivas, ilativas, condicionales,
causaUs, finales, etc., según la relación que expresan.
Después de haber consignado el fin y objeto de las conjun­
ciones, inútil será decir que yerran los que no le dan otra im­
portancia que la de un- elemento secundario, igualándola á la
preposición, al artículo y demás palabras accidéntales. Negar
que la conjunción tiene la misma jerarquía gramatical que el
nombre y el verbo, es caer en el absurdo de suponer que el
juicio es el fin último de la actividad del pensamiento, Ya lo
hemos dicho y no estará de más repetirlo ahora. Los juicios,
por sí solos, no llenan el ideal científico; precisa, pues, esta­
blecer entre ellos conexiones más ó menos directas, que no
pueden traducirse de otro modo que por la conjunción.
Réstanos decir algo de la interjección, que es una palabra
de carácter enteramente opuesto á todas las otras.
Sirve la interjección, no para apuntar un modo del pensa­
miento, sino para expresar los afectos del ánimo cuando éste
se impresiona vivamenfe. Las interjecciones tienen algo de
inarticulado; más que voces sujetas á las reglas de estructura
— 85 —
gramatical, son gritos que arrancan al alma el dolor, la ale­
gría, la indignación, la sorpresa, la cólera y todos los senti­
mientos extremos.
Las interjecciones dan mucha vida al lenguaje, por lo mis­
mo qae son signos del sentimiento, en el cual todo es calor y
animación.

CAPÍTULO II

SÍN TE8I8 DE LOS ELEMENTOS GRAMATICALES

Una vez hecho el análisis de las palabras, debemos, para


completar el estudio gramatical, ocupamos de todas las rela­
ciones que ellas guardan entre sí, formando un conjunto ar­
mónico de signos, correspondiente al todo, armónico también,
de lo significado.
Estas relaciones pueden sér de tres clases: de conformidad
ó paralelismo (concordancia); de dependencia (régimen), y de
orden (construcción).
Si al considerar los elementos gramaticales tuvimos que
prescindir de ciertos pormenores propios de las gramáticas en
particular, no menos precisión tenemos de hacerlo en este ca­
pítulo, porque no menos influencia tienen en la varia relación
de las palabras el' genio y las tendencias de cada pueblo.
Nuestras indicaciones serán, pues, muy generales, y por lo
mismo breves y someras.
Consignemos, ante todo, que las palabras enlazadas entre
si constituyen la oración, y que las oraciones ligadas forman
el discurso.
C o n c o r d a n c i a . —Llámase concordancia la conformidad que
existe entre los accidentes gramaticales de las palabras.
Las concordancias señaladas generalmente por los gramá­
ticos, son: la de sustantivo y adjetivo¡ que conciertan en gé-
— 86 —
ñero,, número y caso; la de nombre y verbo, que concuerdau
en número y persona; y la de relativo y antecedente, que lo
hacen en género y número.
La razón de las concordancias es muy obvia: el sustantivo
y el adjetivo deben coincidir en las formas gramaticales, por-
qtu? en esa identidad perfecta se ve reflejada la unión que con­
cebimos entre la substancia y el accidente. El nombre y el
verbo deben concordar asimismo, porque la idea de ser ó cual­
quiera atribución representadas por el segundo, son concebi­
das como esenciales al primero; por último, el relativo y el
antecedente tienen sentido análogo al que expresan el acci­
dente y la substancia, supuesto que el relativo y su oración
vienen á ser ana modificación particular del nombre que les
precede.
Régimen. — Régimen es la relación de dependencia que
tienen entre si los elementos gramaticales.
Imposible seria dar una teoría detallada del régimen, por­
que en esto se diferencian mucho los idiomas, preceptuando
unos para un caso especial lo qne otros omiten ó reservan
para caso distinto; pero en general puede afirmarse que no es
caprichoso el fundamento del régimen, sino que, por el contra­
rio, tiene explicación racional.
En nuestros juicios hay, en efecto, términos accesorios res:
pecto de otros, que deben estimarse como principales, por ser
los que inician, ai la frase es permitida, el movimiento ideoló­
gico; y esta subordinación, que no puede menos de pasar al
lenguaje, halla en el régimen su expresión adecuada. Asi es
que las lenguas varian en cuanto al modo de regirse las pala­
bras; pero ninguna carece del régimen, porque sin él adolece*
rían de confusión extrema.
C o n s t r u c c i ó n . — Construcción es el orden en que deben
aparecer las palabras, en las oraciones, y las oraciones en el
discurso.
— 87 —
No se forman los hechos anitíricos al acaso, m están faltos
de conexión y armonía; sino que obedecen á ciertas leyes, y
forman un todo bajo la unidad de la conciencia. Natural es, por
tanto, que resplandezca en el lenguaje esta misma unidad, y
que los elementos gramaticales se ordenen en vista de ella y
según el carácter que cada uno revista; por eso, si la concor­
dancia y el régimen se ajustan á principios lógicos, la cons­
trucción no cumple una misión menos importante, ni responde
menos á las necesidades del espíritu.
Debemos distinguir dos clases de construcción: lógica y esté­
tica. En la primera se tiene en cuenta el sentido material de
las palabras; en la segunda se atiende á su mayor ó menor in­
terés y valor para la belleza del conjunto. Estos dos géneros
de construcción no son ni pueden ser incompatibles; antes
bien} deben, hermanarse, como se hermanan y condicionan
en la vida la inteligencia y el sentimiento; los aspectos ex­
clusivos son siempre irracionales; así pues, las construccio­
nes lógica y estética no pueden significar otra cosa que el
predominio de uno ú otro de los caracteres indicados, según
las circunstancias que rodean al que habla ó escribe y la ín­
dole del asunto que trata. En una obra didáctica, en donde la
reflexión lo hace todo, claro es que ha de buscarse un orden,
en las palabras y oraciones, análogo á la severidad de cuanto
se piensa; al paso que en una obra de arte, en que la inspira­
ción y el entusiasmo campean, el lenguaje ha de revelar esa
especie de desorden propio del sentimiento; mas ni en la pri­
mera debe olvidarse el elemento estético hasta el extremo de
llegar á la aridez, ni en la segunda debe prescindirse del ele­
mento lógico hasta el punto de dar en la confusión.
Á la construcción estética debe asignársele un precepto; y
es que no lleve el aparente desorden hasta un caso tal, que
resulte desnaturalizado el lenguaje.
La construcción lógica obedece á reglas constantes, que va-
— 88 —
moe A exponer, primero con respecto á la oración y luego con
respecto al discurso.
El orden lógico de las palabras en la oración ha de ser este:
primero debe enunciarse el sujeto, como noción que preside el
juicio; después el verbo, como.lazo entre el sujeto de la atribu­
ción y el atributo; y finalmente el predicado, como expresión
natural de lo atribuido al sujeto; mas, como el nombre y el
verbo pueden estar afectados de varias modificaciones, habrán
de ir uno y otro acompañados respectivamente de los elemen­
tos secundarios que las indican. El eBtudio de las combinacio­
nes ¿ que se prestan las palabras, según el carácter de la ora­
ción en que figuran, pertenece á las gramáticas especiales.
El orden lógico de las oraciones en el discurso es tan rigu­
roso como el de las palabras. El primer puesto debe estar re­
servado para aquellos juicios de los cuales se infiere una con­
clusión, que, como fln del pensamiento, habrá de tener el úl­
timo lugar. Al decir esto, nos referimos á aquellas oraciones
que constituyen raciocinio; en cuanto á las simplemente agre­
gadas, debe cuidarse de que la conjunción sea puesta entre
los juicios que une.
- «y -

PARTE TERCERA

LÓGICA SINTÉTICA Ó APLICADA


La Lógica sintética se ocupa del conocimiento desarrollado
en sn plenitud, constituyendo la ciencia. Todo el estudio ve*
rificado en las dos primeras sería insuficiente, si no formára­
mos con ios elementos ya conocidos un organismo perfecto de
verdades.
En la realidad no hay un orden de cosas, sea complicado ó
sencillo, que no esté organizado y que no contribuya á la uni­
v e r s a l armonía. Cualquier objeto, por alejado que parezca del
concierto de los seres, una piedra, un insecto, una planta per­
dida en las escabrosidades de la tierra, cumple un fin determi­
nado, y tiene con otros objetos afinidades, acaBO ignoradas,
que lo hacen necesario en el todo de la creación.
En la ciencia, que es reflejo de la realidad y obra del espí­
ritu, no podía faltar eso principio de armonia; la ciencia no se
concibe sin él; cualquier conocimiento aislado es un conoci­
miento aislado y nada más; para que lleve el carácter de cien-
tificO; es preciso que, en virtud de relaciones estrechas, entre
á formar parte de un conjunto simétrico y ordenado.
Todo el contenido de la Lógica sintética se muestra resol­
viendo estas dos cuestiones.
1." ¿Cómo se constituye la ciencia?
2.® ¿En qué forma se desenvuelve?
La primera cuestión supone el estudio del método. La se­
gunda encierra el de la fovwa del conocimiento científico.
Trataremos de las dos en secciones distintas.
SECCION 1.a
I>el método.
Método es la dirección que debe seguir el entendimiento
para constituir la ciencia.
Esta definición indica desde luego que el método requiere
un puntó de partida, un fin directo, y una ley por la cual re­
corra la inteligencia el camino que separa ambos extremos.
El punto de partida es siempre lo conocido, aunque no pase
esto de la noción vulgar que posee la conciencia, desde el ins­
tante mismo en que nos proponemos la obra científica.
Entiéndese por algunos que ese primer conocimiento des­
ordenado no tiene valor en el proceso de la ciencia; y la ver­
dad ea qne ésta, originariamente, no puede fundarse en otros
datos, quedando limitada su misión á esclarecerlos y Afijar sus
relaciones universales. Todo lo comprendido en la ciencia cae
bajo el dominio del sentido común, si bien con diferente cua­
lidad y forma.
En el conocimiento vulgar, el sujeto es irreflexivo, el ob­
jeto parcial, y la relación inarmónica; en el científico, el
sujeto es reflexivo, el objeto total, y la relación sistemática:
he 'aquí los puntos diferenciales entre ambos. El sujeto del
primero, decimos, es irreflexivo, ó lo que es igual, no vuelve
solwe sí mismo y sobre su propio conocimiento para com­
pletarlo; el objeto ea parcial; no se halla determinado en to­
dos sus aspectos y conexiones, sino sólo en aquel que inme­
diatamente se revela; por último, la relación ea inarmónica; es
decir, se halla exenta de principio que garantice su verdad,
y de norma que la dirija á su propio término.
El fin directo del método se reduce, pues, A dar al conoci­
miento los caracteres: de reflexión, en cuanto al sujeto; de
universalidad, en cuanto al objeto; y de armonía, en cuanto &
la relación.
- 91 -
Pero esto no se obtiene de una manera arbitraria, sino en
vista de una ley que dirija nuestra actividad; y esa ley con*
siste en que los esfuerzos intelectuales se ajusten á la misma
realidad de las cosas, como ya en la primera parte de la Ló­
gica tuvimos ocaBiónde apuntar. Por eso ‘las escocias filosófi­
cas que prescinden de ello, en todo ó en parte, encaminan sus
pasos por el vacío, y son impotentes para dar solución á las
cuestiones de la ciencia.
¿Y cómo se ofrece la realidad al entendimiento humano?
Ya lo vimos también en la Lógica general, al exponer las le­
yes cognitivas del objeto: primero, en unidad; no en unidad
abstracta, de la cual quedan excluidas las partes que la inte­
gran, sino en unidad absoluta, comprensiva de todas las con­
creciones, mas no especificada por ninguna de ollas; despuf»
en variedad r mostrándose todos y cada uno de los elementos
que el objeto contiene; y por último, en composición, ó sea on
el modo de cBtar las partes y cualidades del objeto relaciona­
das con la totalidad del objeto mismo.
Nada tan importante como el método; él nos guia, nos abre
paso & través de las grandes dificultades que se oponen á la
marcha del pensamiento; es con frecuencia la piedra de toque
de nuestros extravíos, y salva al espíritu de la duda mortal
que á veces le acosa; mas, por lo miBmo que tiene importancia
suma, reclama de parte nuestra gran meditación y estudio;
porque como dice nuestro discreto Bey y Heredia, los errores
de método dañan, tarde ó temprano, á, la humanidad entera.
El método abraza en sí dos direcciones opuestas: el análisia,
por cuya aplicación conocemos la realidad simplemente, en
cuanto es y como aparece; y la síntesis, que nos eleva al cono­
cimiento de las cosas, tal como deben ser ó se hallan incluidas
en bus principios y regidas por sus leyes. Estas dos fases del
método no son antagónicas; antes bien, se unen y se prestan
reciprocamente vigor y eficacia, dando lugar &un tercer pro-
— 92 —
cedimiento llamado construcción; la ciencia, en general, ha de
ser constructiva, por más que sus diversos ramos sean analí­
ticos ó sintéticos, según su objeto y su fin. Para grabar el ca­
rácter de cada uno de estos métodos, podemos decir qne el
análisis prepara la obra científica; la síntesis la completa, y
la construcción la perfecciona.

CAPÍTULO I

DEL, MÉTODO ANALÍTICO

El método analítico es aquel procedimiento por el cual as­


piramos A recibir en nuestra propia conciencia la vista de la
realidad, en cuanto es efectiva.
El análisis es, por consiguiente, lo primero, si hemos de
atender A nuestra condición y naturaleza. El hombre, al abrir
los ojos A la reflexión, se halla ante un mundo que aspira A
desentrañar, descubriendo, no sólo la existencia de los obje­
tos, sino también sus principios y leyes. Para conseguir eB to,
natural es que ante todo Be oriente-respecto de las cosas sobre
las cuales ha de recaer su trabajo intelectual, y empezando
por conocer las individuales, siga en escala ascendente, am­
pliando más y más las nociones hasta llegar A Dios, en cuyo
punto acaba el proceso analítico. Después de recibida en el
espiritu la presencia de lo cognoscible en sus propiedades y
relaciones, toca á la síntesis derivar de los principios eternos
de las cosas sus consecuencias naturales, enseñando cómo lo
visto en la analítica sólo en cnanto existente, es también nece­
sario, y haciendo indiscutibles de esta manera las verdades
científicas.
Entendámoslo bien; el análisis muestra la realidad; la sín­
tesis la demuestra; el uno se limita ¿ la existencia efectiva de
las cosas; la otra se extiende A la existencia necesaria de las
— 93 —

mismas; aquél parte de lo individual y llega ¿ lo absoluto;


ésta empieza en lo absolnto y termina en lo particular, y con­
creto. La materia del análisis es exactamente la misma que la
adecuada á la síntesis, sólo que cada una de estas direcciones
se refiere á una faz distinta del objeto.
Esa marcha ascendente del análisis está, perfectamente des­
crita, aunque sólo con relación á la belleza, en uno de los diá­
logos de Platón r en el cual dice Diotino: «El camino derecho
*del amor que debe seguir el hombre por si mismo tí guiado
»por algún otro, es el principiar por las bellezas terrenales,
■elevándose hasta la belleza suprema; para lo cual pasará,
•por decirlo así, por todos los grados de la escala: de un solo
*cuerpo bello, á dos; de éstos, á los demás; de las bellas ocu-
»paciones, á las bellas ciencias; hasta que, de ciencia en cien-
acia, vengamos al conocimiento superior, que no es otra cosa
•que la ciencia de la belleza, y que concluye por conocer lo
»quo es evidente por sí mismo.»
Sigamos al método analítico en su germinación y desarrollo.
O b s e r v a c i ó n t e x p e r i e n c i a . — Observación e s l a percepción
directa de las cosas individuales, ya pertenecientes al mundo
exterior, ya al de la conciencia.
Por la observación debe empezarse el análisis; pues mal po­
dríamos, sin el estudio de Jos objetos en todas sus manifestar
ciones sensibles, formar la escala que lleva de lo finito á Dios.
La observación es necesaria, no sólo como base de ulterio­
res especulaciones, sino también como medio de enriquecer
los datos científicos; la mayor parte de esos descubrimientos
que marcan un paso gigante en la historia de la humanidad,
halla su origen acaso en la observación de un pequefio deta­
lle, tenido en menos mucho tiempo por los sabios. No es esto
decir que la observación sea el único elemento investigador,
aunque sí el más poderoso; á veces, colocado el pensamiento
en la altura de los principios, adivina la existencia de un ob­
— 94 —
jeto, qne luego la observación encuentra tal como ln razón lo
predijo.
Puesto que la observación da por resultado el conocimiento
sensible, cuya naturaleza, fin y condiciones dejamos bien dis­
cernidas en su lugar, nos dispensamos de hacer aquí nn exa­
men prolijo de sus realas, advirtiendo BÓlo que lo primero
que ha de ponerse enjuego para observar con. provecho, es
una atención asidua y firme á los objetos observados.
Como no siempre se mnestran las cosas cuando el pensa­
miento las desea, ni tal como las quiere, hay que recurrir á la
experiencia; por la cual, sometidas aquéllas A ciertas condi­
ciones, se prestan Aser examinadas bajo el punto de vista que
se propone el observador.
Los procedimientos de la experiencia varían según el aná­
lisis lo reclama. Unas veces se sustituyen en ella unos objetos
con otros, ó bien se hacen obrar causas nuevas, para ver hasta
qué punto pueden establecerse las propiedades halladas; otras
veces se extiende la experiencia, no sólo á confirmar los
hechos por repetidas observaciones, sino á probar el hecho
contrario; otras, se la lleva á un limite extremo en que ya cesa
el fenómeno, con el propósito de investigar la duración y
alcance de éste; otras, en fin, se la traslada de la ciencia al
arte ó de un arte A otro, buscándose con esto mayor exactitud
y utilidad en el procedimiento.
La experiencia tiene aplicación á todas las materias analí­
ticas, y muy especialmente á las físicas y naturales.
G e n e r a l i z a c i ó n . —Hecha la observación de los objetos en
particular, el entendimiento va agrupando las propiedades
idénticas y formando tipos ideales, con los que llega á regula­
rizar el estudio, y sin los cuales el conocimiento se reduciría á
noticias singulares y confusas, nada provechosas á los fine©
intelectivos. Tal es el destino propio de la generalización; ella
hace los datos sensibles aptos para la generación de la ciencia,
— im ­
puesto que aspira A dar A los conocimientos el carácter de
totalidad que existo en la misma naturaleza, pasando de la
especie al genero, de éste á otro superior, y así sucesivamente,
hasta la noción más extensa, que abraza en sí todos los seres.
Ya sabemos que el generalizar supone la abstracción, por
cuyo medio elegimos una sola nota de entre las que definen
un objeto cualquiera; nota que, observada en otro y otros mu­
chos que se comparan, es transformada en un solo concepto,
aplicablé A concreciones que participan de las cualidades
abstraídas.
Ya sabemos también lo que son las propiedades compren­
siva y exttn&iva de las nociones, y el giro inverso que toman
ambas en su desarrollo; asi pues, no os fácil dar á conocer
algunos términos de muy frecuente uso en la ciencia: talo»
son, el género, la especie, el individuo y la última diferencia.
Se llaman género y especie, aquellas nociones de las cuales
la primera es más extensa que la segunda. Género próximo es
el inmediato superior á la especie; y remotos son todos los
mediatamente superiores á la misma.
Individuo es aquella noción expresiva de los objetos singu­
lares, que sirven de punto de partida A la generalización.
Última diferencia es aquel carácter que Be afiade al género,
para formar la especie.
Veamos cómo se llevan á la práctica estas ideas.
Observando, por ejemplo, un clavel, adquiere la inteligencia
una noción individual, que refiere exclusivamente á ese objeto
y que llama asi: este clavel; mas percibiendo sucesivamennte
otras y otras cosas con las mismas propiedades que aquélla,
deja á un lado las circunstancias de momento que rodean á
cada una y la distinguen de las demás de su clase, y consti­
tuyen una noción específica, cla vel, en la cual están inclui­
dos todos los claveles observados y por observar. Notándo
después que algunas cualidades de ese orden de objetos coin­
— 96 —
ciden con las de otro ú otros órdenes (rosa, azucena, etc.),
abstrae esas cualidades comunes, esquivando las diferentes, y
forma un concepto más extenso que el primero: el concepto
flor. De este modo, y por medio de este trabajo incesante de
comparación, se van componiendo nociones más y más altas
y ordenando los materiales científicos. El concepto flor es
género respecto de clavel, y éste es especie respecto del pri­
mero.
Las ciencias naturales han adoptado algunas palabras para
acusar los distintos grados de las nociones en su evolución
genérica; tales son: los Hitos, las seccionea, las clases, los órde­
nesy las familias, etc.
I n d u c c i ó n . — Las nociones generalizadas n o son todavía bas­
tantes á cumplir la misión analítica. Para llevarla á cabo hay
otro procedimiento, que ya también nos es conocido; tal es la
inducción, que, partiendo de los hechos, se eleva á las cansas
y leyes y constituye un juicio en el cual están unas y otras
formuladas.
El generalizar y el inducir tienen la misma base y recorren
la misma senda; pero el generalizar aspira no más á reducir
los conceptos* agrupando las cosas; al paso qne el inducir as­
pira, no sólo á simplificar los conocimientos, sino á fijar rela­
ciones de sumo interés, como las de efecto ú causa, las de fe­
nómeno á ley y las de fundado á fundamento.
No están, pues, en lo cierto los autores que admiten el in­
ducir como un simple modo del generalizar; pues aunque par­
ticipan ambas funciones de nn carácter común, difieren mu­
cho en sus resaltados, y aílegan muy distintos recursos á la
ciencia.
La inducción es una de las más imperiosas necesidades del
espiritu. Cuando nos consagramos ál estudio de un hecho,
nunca damos por terminadas nuestras investigaciones, sino
después de haber hallado la causa que lo produce ó la ley á
— 97 —
que está subordinado; y esa eterna pregunta que el hombre
dirige A su conciencia Bobre el por qué ,d& todas laa cosas, ea
tan adecuada A nuestra condición racional, que hasta el niño,
en los primeros vuelos de su inteligencia, tiende á descubrir
las causas productoras de los fenómenos que despiertan b u
curiosidad y provocan su atención.
Ahora bien; supuesto que los hechos, por ser infinitamente
variables, tienen naturaleza opuesta A las, leyes y causas, que
son permanentes, ¿es lógico admitir como legitimo el conoci­
miento de éstas, basado en el estudio de aquéllos? Sin duda;
ese mismo sello de permanencia que tienen las causas y las
leyes, nos deja racionalmente suponer que no están ellas fuera
de cada uno de los casos singulares, sino que, por el contrario,
se hallan en todos, rigiéndolos y efectuándolos. Tenemos de
un lado los datos sensibles, que son ciertos cuando obedecen
A una recta aplicación de los sentidos; de otro, la razón, qne
nos da las nociones de causa y de ley, presentes de continuo
A la conciencia; natural es, por tanto, que el entendimiento,
en vista de su ideal, tienda A unir ambas cosas, tal como Be
dan unidas en el total objeto del conocer.
Entiéndase, sin embargo, que los juicios inductivos, aunque
basados en principios racionales, no son necesarios y absolu­
tos, ni deben estimarse como indiscutibles, sino después de
comprobados por la síntesis. Esto 6e funda en qne la experien­
cia, de donde parten, es muy ocasionada A error, porque sus
adquisiciones son siempre parciales; asi es que en muchas
ocasiones han caido por tierra teorías científicas que venían
siendo aceptadas por una ó mAs generaciones. Tal aconteció
con el sistema de Ptolomeo, que, ¿ pesar de haber imperado
largo tiempo como el único capaz de dar solución Alos proble­
mas astronómicos, entrañaba el gravísimo defecto de basarse
en la simple apariencia de las cosas, siendo al fin suplantado
por otro enteramente opuesto, que, al hallar confirmación en
7
— 98 —
loa deducciones matemáticas, ha sido y es tenido por inne­
gable.
La inducción presenta más dificultades en las ciencias mo­
rales que en las físicas, por la razón de que los hechos mate­
riales son más duraderos y constantes, más inmediatamente
ligados con sas leyes, y más susceptibles de ser sometidos á la
experiencia que los hechos psicológicos. En el mundo moral
no se producen los fenómenos sin causas; mas la libertad que
las distingue hace que no exista entre unos y otras esa conti­
nuidad que en la materia observamos. No es esto rechazar por
completo el proceder inductivo en las ciencias morales, sino
hacer notar que no es en ellas de .resultado tan riguroso como
en las físicas, y que importa, ser muy cauto, para no llegar á
errores de que están aquéllas saturadas con harta frecuencia.
De todos modos, y tanto en uuns como en otra& investiga­
ciones, es preciso, para inducir con fruto, adquirir el conven­
cimiento de que las relaciones y caracteres observados en los
hechos son esenciales á los hechos mismos, y no fortuitos,
como sucede en multitud de casos, en que suelen acumularse
con repetición circunstancias puramente casuales, que estima­
das falsamente como leyes, vician de raíz el procedimiento.
Con ej fin de evitarlo, deben observarse atentamente los he­
chos, hasta ver en ellos relaciones que, por mostrarse de una
manera idéntica en todos los casos, motiven la afirmación
racional de que no son combinadas al azar, y si permanentes
y esenciales.
Á la inducción propiamente dicha se debe unir la induc­
ción analógica, mediante la cual, de propiedades vistas en un
objeto cualquiera, inferimos algunas en ptro análogo. Así, por
ejemplo, suponemos que en un terreno dado Be esconden mi­
nas de plata, porque distinguimos en él una porción de pro­
piedades semejantes á las de otro que encierra dicho metaL
La analogía tiene gran aplicación, especialmente á los oh-
— 99 —
jetos que no están al alcance de nuestros medios de observar;
y es tanto más legítima, cuanto menos diferencias existen
entre las cosas, y son éstas, por tanto, más análogas entre sí.
Si la inducción lia do practicarse á reserva de lo que arro­
jen nuevas observaciones ó de lo que enseñen las deducciones
de síntesis, la analogía, aun recayendo sobre propiedades
esenciales, debe con más razón ser empleada con mucha so­
briedad y prudencia y sin afirmar nada en absoluto, hasta
que sean demostrados los hechos..
Asi, por ejemplo, si nos. dejamos llevar indiscretamente de
inducciones analógicas en vista de los puntos de identidad que
tienen la tierra y los demás planetas, podremos aventurar una
porción de juicios, muchos do los cuales no deben admitirse
con cabal certeza; porque si bien la analogía nos impele á su­
ponerlos, no es ella suficiente á que la ciencia los consigne
comd verdades indudables. La sana critica debe, pues, mante­
ner la analogía en los limites de nna mera hipótesis.
Fáltanos dejar establecido que, al inducir, debo ponerse
especial cuidado en que la imaginación no intervenga hasta
el punto de sobreponerse al entendimiento, como á. menudo
acontece; porque de su influjo, exagerado resultan grandes
errores, qne llegan á aceptarse sin repugnancia como verda­
deras conquistas intelectuales.
H i p ó t e s i s . — No siempre es posible la inducción; á veces la
naturaleza de los hechos es tal, qne nq hay medio de inferir
la causa á que obedecen; de no suceder esto, no habría secreto
alguno para la ciencia. Hay. veces en qne el entendimiento
110 llega ¿ descubrir las causas ó las leyes de un orden de he­
chos, y tiene que suponerlas, para no interrumpir el enlace
científico.
Esta suposición de principios, explicativos de una serie cual*
quiera de fenómenos, es lo que se llama hipótesis.
El uso de la hipótesis es legitimo y racional. El espíritu lia
— ICO —
necesitado, desde e l comienzo de b u s especulaciones, proceder
de ana manera hipotética, ann en aquellos puntos susceptibles
de fácil inducción, con el fin de ir esparciendo alguna luz en
la inmensa variedad de los objetos. Sin éstas primeras conje­
turas, sin estos ensayos provisionales, acaso la ciencia, per­
dida en la complejidad de los hechos, no hubiera alcanzado
tan alto desarrollo.
La hipótesis es siempre fecunda. Cuando no se convierte en
un principio demostrado, presenta por lo menos una faz de
la cuestión, de cuyo examen suelen nacer las soluciones ver­
daderas. No por esto creemos que debe ser la hipótesis em­
pleada á cada paso y de un modo cualquiera. La hipótesis,
para qne sea aceptable, debe someterse á ciertas leyes.
1.a Debe ser sencilla i*n su formn y clara en su compren­
sión; pues de otro modo, afiadiría una nueva dificultad, en
vez de contribuir al esclarecimiento de las cosas.
2." Debe ser justificada; es decir, ha de responder A nna
verdadera necesidad científica; pues de lo contrarío, pecaría
de superflua, ya que no de embarazosa.
3.a Debe ser racional; es decir, ha de mostrarse en perfecta
armonía con los principios de razón y con toda otra verdad
establecida como cierta.
4.a Debe ser bastante á dar explicación de los hechos que
la motiven, si no de todos, cuando menos de los más impor­
tantes; entendiendo que, dado esto último, no ha de repugnar
su admisión á ninguno de los fenómenos no explicados por ella.
Síguese de esto que la hipótesis será tanto máB digna de
consideración, cuantos más hechos la confirmen; y que puede
tenerse por indicio de su certeza el que coincidan en todas sus
partes los hechos previstos con los realizados.
Indicio decimos, y no prueba, porque ésta no se obtiene
cumplida sino cu las deducciones de la síntesis. No piensan
lo mismo todos los autores. Stuart Mili, en su sistema de Ló­
— 101 -
gica, combate la opinión que el doctor Whewel sostiene* sobre
este punto. Merece esa opinión ser expuesta, por ingeniosa.
«Si copiando una larga serie de letras, do las cuales estén ■
ocultas las seis últimas, las adivino, como se comprobaría des­
cubriéndolas, es necesariamente porque he hallado el sentido
de la inscripción.» Esto dice Whewel, y en esto se funda para
afirmar, por paridad de casos, que es prueba concluyente
para la certeza de la hipótesis lo que hemos juzgado mero in­
dicio. Mas Stuart Mili le objeta, victoriosamente en nuestro
concepto, que en ese acuerdo de lo predicho con lo observado
no ve más que una fuerte presunción de que sea verdad lo que
se adivina; mas no un motivo de total asentimiento; porque
puede ocurrir, en el ejemplo citado por Whewel, que la inter­
pretación dada á la parte visible de la inscripción concuerde
con la restante, siendo sin embargo errónea, como sucedería
si hubiera sido hecha con el propósito de que admitiera un
doble sentido.
La ciencia no puede aceptar como pricipio innegable nin-1
gún conocimiento que tenga en contra de su verdad algunas
razones, aunque sean estas remotas, lín esto no hay términos
medios; la más ligera sombra de duda, siendo justificada,
quita A la certeza su carácter absoluto, y ocasiona un estado
de simple probabilidad, más ó menos fundada.
El citado Stuart Mill,.á pesar de lo objetado á Whewel,
consigna que la verificación de la hipótesis da una prueba
conclúyente de su verdad, cuando la causa supuesta es, como
decia Newton, vera causa, una cosa real y capaz de ejercer
influencia sobre el efecto. Nosotros pensamos que, aun de ese
modo, requiere la hipótesis confirmación deductiva; pues esa
circunstancia y otras más favorables al caso se reúnen en las
inducciones, y ya hemos hecho constar que lo inducido nece­
sita igual confirmación.
Tales son los procedimientos analíticos; la observación y
— 102 —
experiencia, la generalización, la inducción, la analogía y la
hipótesis, lógicamente aplicadas, nos dan el conocimiento de
la verdad en el modo y forma dichos, valiéndose de supuestos
ó anticipaciones racionales, que son precedente obligado eu
toda percepción.
Ahora bien: si las verdades analíticas reclaman las demos­
traciones de la síntesis, Dios, que es la última verdad del
análisis, ¿habrá de ser igualmente demostrado? No por cierto.
Dios es indemostrable, porqne no hay concepto superior en
donde se halle contenido: su noción está por encima de las dos
direcciones del método, sirviendo de término á la ana y de
principio á la otra, y abrazándolas en su infinita virtualidad.
A Dios se llega por análisis, como causa de todo cuanto existe;
en Dios tiene la síntesis su natural fundamento, como razón
primordial de todas las causas; y Dios late siempre en la con­
ciencia humana cuando es esclarecida por la luz de la razón,
por lo mismo que es una verdad de toda evidencia.
«Nosotros, dice un autor 1, contemplamos á Dios en la al­
tura desde el fondo de nuestro abismo; lo vemos clara y dis­
tintamente bajo todas las formas de los seres, y olmos su voz
en todas las armonías de la naturaleza; nnestra Lógica quiere
una causa primera y una causa última en las obras creadas.»
El método analítico, en general, debe ajustarse á las si­
guientes reglas:
1.a Al emprender el examen de una cuestión, es preciso
fijar bien los términos, á fin de evitar divagaciones inútiles*
2.a El objeto sobre que verse el examen analítico debe ser
descompuesto en sus varios elementos, cuidando siempre de
que sean estudiádas las relaciones que sntre ellos existan.

1 Fl&mm&Tidn: P luraU ti d « utondta kabtiár, Uvre m , pág. 132.


— 103 —

CAPÍTULO II

DEL MÉTODO SINTÉTICO

Método sintético es aquel procedimiento por el cual dedu­


cimos de los principios generales todo cuanto en ellos está vir-
tualmente contenido.
Lo visto en la marcha analítica es hallado de nuevo en la
síntesis, no ya con mero carácter de existencia, Bino e n con­
cepto de necesidad, y aclarándose bien todo cuanto dé razón
de las cosas y de au presencia ante el espíritu.
La síntesis pide una verdad fundamental, y en ella descan­
san otros principios secundarios, de los cuates dimana el pro­
ceso deductivo.
Autores liay que no conceden á la síntesis otra misión que
la de exponer la ciencia, reservando puramente al análisis la^
virtud de investigarla. Semejante error queda desvanecido con
sólo pensar en que la síntesis, si bien en distinto orden, des­
cubre relaciones de tanta importancia como las del análisis,
supuesto que á su ejercicio está encomendado fijar las que
guardan entre si los principios y las consecuencias; todo esto
aparte do que la síntesis da á los conocimientos la cualidad de
plena certeza; lo cual no es ya la simple exposición científica.
Pero hay más: pretender que la verdad ha de enunciarse
precisamente de un modo sintético, es hacer abstracción de
las leyes mismas del conocimiento; ni podemos ver un hecho
demostrado por su ley, mientras no sea con antelación direc*
tamente percibido en la conciencia, ni aunque pudiéramos,
serla justo partir de lo general, cuando es lo concreto lo pri­
mero que se ofrece á nuestra atención. Entre la investigación
y la enseñanza de la verdad, no hay más diferencia que la que
existe entre la naturaleza y el arte, según se expresa Santo
— 104 —
Tomás. No es, pues, oportuno seguir paso á paso en la expo­
sición de la ciencia todas las tentativas, todos los esfuerzos del
espíritu p ara in q u irir las cosas; pero es necesario y racional
m ostrar prim ero el objeto tal como el análisis lo concibe >y
com pletar después este conocimiento con las dem ostraciones
sintéticas; no perdiendo de vista que sólo con ambos procedi­
m ientos, y jam ás con uno solo, queda la realidad perfecta­
m ente determ inada.
N ada hay tan peligroso como poner en acción el método sin­
tético sin haber llegado hasta las últim as percepciones del
análisis por un a escala g ra d u al, en la que, sin dudas ni pasos
violentos, se h ay a m archado de causa en causa hasta el p rin ­
cipio absoluto. Los errores y vacíos del proceso analítico tom an
gravea proporciones en la síntesis, sirviendo cuando m enos
para dificultarla; por eso h ay que tener m ucha prudencia al
verificar el tránsito del uno al otro método, supuesto que, al
hacerlo, tomamos un nuevo criterio de verdad.
E sta doble dirección m etódica, que hemos juzgado necesaria
á la ciencia en to ta lid a d , es aplicable, no sólo al objeto del
conocimiento considerado de una m anera in d iv isa , sino tam ­
bién á los diversos ram os científicos; los cuales, sin em bargo,
tom an las denom inaciones de analíticos ó sintéticos, según el
aspeeto bajo el cual se exam inen sus respectivas m aterias. Asi,
por ejemplo, se llam a Psicología analítica la que se ocupa del
alm a partiendo de la observación de conciencia; y Psicología
sintética, la que la estudia en vista de un principio superior
al alm a m isma, en el que se halla com prendida y al cuaJ está
subordinada.
Algunos filósofos llam an al m étodo sintético métedo racio­
nal; nosotros creemos vicioso el empleo de esa palabra, y nos
juzgam os en el caso de rech azarla, porque puede d ar origen
á u n a perturbación en las nociones lógicas. El método, para
que propiam ente lo sea, h a de tener la indispensable 1condi*
„ 105 —
ción de racional; ó lo que es lo mismo, ha de proceder con
arreglo á los preceptos de la razón; tan racional es, pues* el
análisis como la síntesis; y por tanto, no debe darse A ésta esa
calificación, con lo cual parece que se le niega A aquél dicho
carácter. T am bién es im propio el nom bre de experim ental
dado al método analítico; porque si bien es cierto que éste se
vale de la experiencia, lio es ella sola la que ejerce el minis­
terio del análisis.
El medio de que se vale la síntesis para cum plir su come­
tido es la deducción, por la cual, como sabemos, se desciende
de los principios á las consecuencias.
No falta quien condene el proceso deductivo considerado
como una faz com pleta de la obra científica, fundándose en
que, si la deducción supone necesidad de lo deducido, el m un­
do, por ejem p lo deducido de Dios, aparecería como necesario,
siendo así que es píor esencia contingente y relativo. Pero en
esta reflexión están viciados los términos; la deducción no in­
dica que lo inferido sea de aquella naturaleza; m uestra sólo
que entre el principio y la consecuencia hay una relación pre­
cisa, invariable, sin que por esto deba pensarse que se despo­
jan uno y otra de sus peculiares caracteres.
Si las funciones del análisis son fecundas en datoseientí ticos,
que sin ellas perm anecerían ocultos á la indagación del en­
tendim iento, la función deductiva no lo es menos en descubrir
conexiones ignoradas que enriquecen el trabajo filosófico, por
una parte, y prestan por otra gran utilidad á la vida artística:
todos los adelantos dignos de adm iración con que se enorgu­
llecen los sabios modernos, no son otra cosa que aplicaciones
de principios y leyes A casos determ inados y concretos.
Mas por lo mismo que la deducción tiene tan ta trascenden­
cia, es indispensable en ella m ucha discreción. Ante todo, h ay
que ten er plena certeza de que el punto de donde partim os es
un verdadero principio; porque, si damos el prim er paso en
— 106 —
falso, cam inarem os de consecuencia en consecuencia hasta el
absurdo, im pelidos A él por la m isma fuerza de la lógica.
Es preciso adem ás, según establecim os al h ab lar de los cri­
terios de certeza, que la relación entre la consecuencia y el
principio sea la propia y adecuada. Aunque parece que en
esto no es fácil ex trav iarse, táles son las circunstancias que
pueden co n sp irar á una torcida apreciación, que h ay veceB en
que se requiere g ran esfuerzo para vencerlas, desechando toda
conexión injustificada.
La H istoria de la Filosofía nos da á cada paso pruebas evi­
dentes de que toda circunspección es poca, cuando se tra ta de
poner en juego el proceder deductivo. Los errores de que ado­
lecen la m ayor p arte de los sistem as filosóficos reconocen por
causa una falsa intuición del principio, ó poca reflexión y de­
tenim iento al fijar las consecuencias que de él deben inferirse.
Las reglas generales del método sintético son las siguientes:
1 .a Los conceptos en que se funda el procedim iento deduc­
tivo, deben ser definidos con entera claridad.
2.a Las consecuencias inm ediatas de los principios deben
consignarse inm ediatam ente después de ellos, señalando á
continuación las m ediatas en orden riguroso.

CAPÍTULO III

DEL MÉTODO CONSTRUCTIVO

Aun después de vista la realidad en sus hechos y en sus


principios, por análisis y por deducción, no está todavía te r­
m inada la obra del conocimiento, m ientras no se unan am bos
procesos en el próceso constructivo.
Las indagaciones del análisis requieren, como hemos dicho,
la dem ostración sintética, p a ra que sean aceptadas como v er­
dades ciertas; y los principios de la síntesis necesitan asim is­
- 107 —
mo de loa hechos, si no han de tener el carácter de m eras uto­
pias. Lo sim plem ente mostrado y lo que se fija en v irtud de
dem ostración, deben corresponderse con exactitud: si el an á­
lisis hace constar, por ejemplo, que h ay una ley moral á que
el hombre se halla sujeto, la síntesis debe encontrarla d e ri­
vad a de un principio; y si la síntesis afirm a, v. gr., que el es­
p íritu debe existir, el análisis ha de m ostrar que realm ente
existe.
Dos son las funciones del método constructivo: la compara­
ción y la aplicación. Consiste la prim era en relacionar los re ­
sultados de la síntesis con. los del análisis, á fin de observar
si hay entre ellos la correspoudencin exigida. Consiste la se-
gunda en aplicar las verdades de éste 6 las de aquélla, con el
propósito de ver hasta qué punto son ciertas las investiga­
ciones an alíticas ; repitiendo, por supuesto, una y otra fun­
ción, hasta lo g rar el convencim iento de que han sido exam i­
nadas todas las relaciones en todos sus aspectos, sin om itir
ninguno que sea esencial á los objetos estudiados.
P ara que la construcción científica sea posible, es necesario
qae las nociones estén esclarecidas y bien expresadas; de otro
modo, la com paración es una obra de inmensa dificultad, ya
que no infecunda ó perniciosa. La construcción en último caso
no es más que un juicio, cuyos térm inos son el análisis y la
síntesis; y mal puede un juicio form arse y ser útil á la cien­
cia, si no son de antem ano conocidos los elementos que han
de constituirlo, y si no están en p erfecta arm onía el concepto
que ellos envuelven y la form a en que se expresan.
¡Cuántos errores se originan de esta falta de previsión! Un
filósofo sienta unos principios cualesquiera; y al encontrar
acaso serios obstáculos en la realización de los mismos, suele
b astardear el fondo de las nociones, y a influido pór el am or 6
su propia obra y realm ente equivocado, y a viciando de in­
tento el sentido de las ideas, con el fin de am oldarlas á sus
— 103 —
prim eras concepciones. P ara evitar todo esto, no hay otro
medio que precisar el valor de los conceptos, y acomodarlos
á una forma clara y apropiada.
De lo dicho se infiere que la construcción no allega ningún
nuevo m aterial á la formación de la ciencia, concretándose no
más á u n ir en acabado organism o los y a recogidos por am bas
direcciones m etódicas, legitim ándolas y com probando sus
verdades respectivas. Véase ahora con cuánta razón decíamos
que el análisis prepara la obra científica, la síntesis la com­
pleta y la construcción la perfecciona.

SECCION 2.*

F o r m a , «lo l a c io n o i a .

E xpuesta la teoría del método, que nos lia revelado el ca­


mino por donde se llega á la construcción de la ciencia, de­
bemos estu d iar el medio de que nos hemos de valer para
expresarla; estudio tan necesario y útil como el anterior, si
atendem os á que la form a de las cosas debe estar en arm onía
con su fondo; ni aquélla ha de ser una pura abstracción falta
de contenido, ni ís ta ha de quedar incom unicable, con lo cual
perdería el conocimiento su carácter progresivo.
Este p articu lar puede ser exam inado de dos modos: ó con­
siderando la ciencia en sus especiales determ inaciones, ó en
su unidad absoluta, si vale decirlo asi. Dos capítulos, pues,
ab razará esta sección: en el prim ero tratarem os de las formas
particulares del conocimiento científico, y en el segundo de la
forma general de la ciencia.
— 109 —

CAPÍTULO I

FORMAS PARTICULARES DEL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO

Trea son laa formas p articu laresd el conocimiento científico:


la definición, que versa sobre la comprensión de las nociones;
la división, que se refiere A la extensión de las mismas; y la
demostración, qne expresa las relaciones que g u ard an los cono­
cim ientos con el principio en que se fundan.

l>fl |« <l«Hnlcltfia«

La definición, según se desprende de su etim ología, es una


expresión en la cual so lim ita, se circunscribe el conocimiento:
y como el conocimiento no puede ser circunscrito de otro
niodo que fijando sus caracteres privativos y diferenciales,
esto últim o es lo que propiam ente constituye el definir en la
acepción general de la palabra.
No es este, sin em bargo, el sentido que en estricta Lógica
debe darse á la definición; los caracteres de un objeto son m uy
numerosos, y seria un trabajo harto prolijo el de Befi al arlos en
su totalidad. L a definición debe concretarse á ap u n tar el con­
cepto superior en. que está incluido lo que se intenta definir,
y la nota singular que realm ente lo caracteriza; reservando
al ulterior desarrollo de la ciencia el fijar todas las cualidades
de lo definido.
Nosotros, por ejemplo, decimos que la Psicología es la cien­
cia del alm a; y en esta expresión tomamos el género próximo
ciencia y la diferencia especifica alma, con lo cual no se con­
funde y a la Psicología con ningún otro orden de conocimien­
tos. Mas la com prensión in teg ra de la ciencia psicológica no
- 110 -
queda plenam ente expuesta, sino después de haber sido desen­
vuelto su contenido.
Podem os, pues, afirm ar, después de esto, que la definición
consiste en dar á conocer un objeto p o r género próxim o y última di -
ferencia.
No todos los objetos pueden ser definidos; las prim eras ver­
dades y las verdades individuales, Bon respectivam ente el lí­
m ite m áxim o y mínimo de la escala genérica, y no tienen las
unas noción superior en donde puedan ser incluidas, ni las
otras diferencia especial que atribuirles.
P a ra m ostrar estos objetos y p ara disponernos á dar defini­
ciones exactas de aquellos que adm iten esta form a lógica, hay
que valerse de la descripción y de la ordenación; la prim era con­
siste en enunciar, más ó menos detalladam ente, los caracteres
de las cosas; y la segunda, en fijar sus relaciones con otras, á
fin de distinguirlas y precisarlas todo lo posible.
En las ciencias sintéticas es más fácil la definición que en
las analíticas, porque en 'las prim eras se m uestra el objeto en
m ás inm ediata y d irecta relación con la inteligencia; al paso
que en las segundas depende el conocimiento de m ultiplica­
das observaciones, que pueden reform arlo sucesivam ente.
Tres son los elem entos necesarios á toda definición: el dtfi-
nenie, que es el térm ino inm ediato superior al objeto que está
presente al esp íritu : el definido, que es el objeto mismo; y la
ro 2Ón d e definir, que es el fundam ento de la relación estable­
cida entre ambos.
Las reglas de la definición pueden resum irse en estas:
1 .a Debe ser clara, no sólo en su concepto, sino tam bién en
su formai Esto se halla m uy en arm onía con el objeto de la
definición,-que no es otró sino a c la ra r las nociones científicas.
P a ra cum plir esta regla, hay. qne ten er en cuenta dos p re ­
ceptos capitales: el uno exige qne no entre el definido «n la defi­
nición] porque, de e n tra r, caeríam os en un circulo vicioso.
— 111 —
opuesto de todo punto á la claridad; el otro pide que la ex p re­
sión sea precisa; es d ecir, que conste de los términos necesa­
rios, y no menos ni m ás; las palabras inútiles y la concisión
extrem ada son ocasionadas generalm ente á confusión. Á pro­
pósito de la brev ed ad , recuerda Balmes la frase de Horacio:
brevis esse laboro, vbscurus fio.
2 .a Debe ser reciproca; es d ec ir, debe ser tal, que haya per­
fecta identidad entre el sujeto y el predicado, quedando ínte­
g ra la v erdad del juicio, aunque se in v iertan los térm inos.
P ara conseguirlo, es fuerza que la definición convenga á todo y
solo el definido] lo cual se obtendrá, procurando que la nota
afíadida al género para form ar la especie, sea la propia y ca­
racterística de la especie misma. Así, por ejemplo, si decimos
que la Noologia es la parte de 1$ Psicología que se ocupa de
la inteligencia en cuanto se relaciona con las causas, la defini­
ción no conviene á todo el definido, porque prescindim os de
otros estados y posiciones de la facultad de conocer, que tam ­
bién se estudian en la parte noológica; y ®i definimos este
concepto diciendo que es la p arte de la Psicologia que se
ocupa de las facultades an ím icas, no conviene la definición á
solo el definido, porque incluimos en ella lo que pertenece á
otras secciones de la ciencia del alm a.
3.a Debe constar de género próximo y última diferencia. E sta
regla es tanto m ás im portante, cuanto que, según queda esta­
blecido, en ella está el verdadero concepto de la definición.
Se requiere el género próxim o, porque él es el inm ediato fun­
dam ento de.lo definido; y porque, si bien expresando un gé­
nero remoto no faltaríam os á lo cierto, carecería la definición
del rigor necesario. Si decimos, v. g r., que el león es un sér de
tales ó cuales condiciones, no cometemos un error, porque el
león está incluido en la totalidad de los seres; pero h ay otras
nociones por bajo de la de ser, que están m ás próxim as al ob­
jeto que queremos definir, y-qüe lo explican más seguram ente,
— 112 —
cuanto le son más cercanas; hallándose en la más inm ediata á
él Ja determ inación exacta, en cuanto al lim ite superior. La
últim a diferencia es la encargada de com pletar la aclaración
de lo definido.

II

D e Id d iv is ió n ..

Así como la definición traza los caracteres propios y dife­


renciales de los conceptos, así la división expresa sus partes
constitutivas. La u n a versa sobre la comprensión; y la otra,
sobre la extensión de las nociones.
L a división consiste en enunciar las partes de «n todo.
H ay tres clases de partes: partes integrantes, que son las que
componen nn todo físico en virtud de simple agregación; p a r­
tes orgánicas, que son las que concurren por influjo reciproco
á la formación de un organism o cualquiera; y partes lógicas,
que son los determ inados aspectos y posiciones en que puede
ofrecerse una noción al entendim iento. De aquí se desprenden
tres géneros de división: la física, la orgánica, y la lógica. La
prim era recae sobre las p artes integrantes; tal seria la que
hiciéram os de la cabeza en cráneo y cara; la segunda, sobre las
partes orgánicas: el hombre se divide en alma y cuerpo; y la
tercera, sobre las lógicas: hay dos clases de cuerpos celestes:
planetas y soles.
Los autores no llam an verdadera división m ás que aquella
form a científica que distribuye el género en sus especies,
dando el nom bre de partición á lo que nosotros hemos llam ado
divisiones física y orgánica.,E sta distinción nos parece im per­
tinen te, por estar en pugna con el uso constante; las ciencias,
por ejemplo, no se parten en tales ó cuales tratados, sino que
sé dividen; y los tratados de u n a ciencia no son especies; son
realm ente secciones del objeto dividido.
— 113 —
La división consta: de objeto divisible, que ea el todo qne
pretendem os descomponer; principio de división ó razón de d iv i­
d ir , que debe fundarse en la m isma definición del objeto; y
miembros de la división , que son las partes eít que el todo se
distrib u y e.
El principio ó razón de dividir ea fino en cada objeto, por
más que á veces una sola noción puede ser dividida bajo dos
ó m ás aspectos; porque en este caso, los varios puntos elegidos
se refieren á u n pensam iento capital, que los m otiva y los
«nlaza entre si.
Nosotros, v. g r., hemos definido el conocimiento, diciendo
que es una relación, en la cual el objeto está presente a l espí­
ritu; y al dividirlo, hemos tenido en cuenta los elementos indi­
cados en la definición misma; á saber: sujeto, objeto y re la ­
ción subjetivo-objeti va. Esta consideración da unidad á las tres
divisiones que p arten de esos tros principios; pero el conoci­
m iento sensible, v. gr., que es m iem bro de una de ellas, puede
A su vez adm itir otra, atendido su origen psicológico; cuyo
nuevo respecto está subordinado & uno de los anteriores.
Las divisiones colaterales, digám oslo así, de un mismo ob­
jeto, se llam an codivisioncs; y las subordinadas,. subdivisiones.
La división, como la definición, no alcanza á lo absoluto. Lo
que está por encim a del tiempo, lo invariable, no puede s e r ló­
gicam ente descompuesto, porque en cualquiera de los aspectos
en que se le considere, está toda la esencia del objeto. En Dios
concibe la inteligencia una porción de atributos: la sabiduría,
la j.usticia, la bondad, etc.; pero no hay un Dios sabio, otro
justo y otro bueno; sino que en la bondad, en la, justicia, en la
sabiduría de Dios existe toda la esencia divina. No sucede lo
propio con los conceptos retativos; el ángulo, v. g r., se dividé
en agudo, obturo y recto; y cada uno de estos m iem bros ex ­
cluye por com pleto á loa restantes, y existe con independen­
cia de ellos. Lo individual, lo <jue está circunscrito en tiempo
&
— 114 —
y espacio, no es tam poco divisible, por lo mismo que es, como
sabemos, el grado m ínimo de la extensión.
A hora bien; si la división ea una form a científica., y lo abso­
luto no es divisible, ¿estará lo absoluto fuera de la ciencia?
No, en verdad; lo absoluto en si mismo no puede ser dividido;
mas su conocimiento Be presta á ser exam inado bajo fases dis­
tintas, que son realm ente m iem bros de división para los fines
dé la ciencia.
Las reglas de la división son las siguientes:
1.a Debe ser initgra; es decir, debe ex p resar en sus distin­
tos miembros todos los aspectos de la cosa dividida, sin omi­
tir ninguno, ni enum erar elementos exteriores al objeto. Así,
p.or ejemplo, seria, viciosa la división que hiciéram os de la Ló­
gica en general y p articu lar, por no consignar un tercer
m iem bro, aplicada, sin el cual no está com pleto el contenida
de esa ciencia.
2.a Debe ser opuesta; es decir, los distintos miembros deben
reciprocam ente excluirse; porque, de estar entrañados uno»
en otros, resultaría desnaturalizado su valor, lo cual seg u ra­
m ente h ab ría de inducir á confusiones. Si dividiéram os la Ló­
gica en general, p articu lar, crítica y aplicada, faltaríam os á
este precepto, porque la Lógica critica seria una sección de la
particular.
3.a Debe ser adecuada; es decir, no debemos ser dem asiado
difusos, ni dem asiado concisos; porque- ambos extrem os son
enemigos de la claridad*
Algunos hacen de la clasificación una form a Científica dife­
rente de la división. En nuefetro concepto, el clasificar no ea
más qne un a m anera especial de dividir, supuesto que se ocupa
de la ordenada distribución de dates, que es exactam ente lo q u e
hace la división lógica.
P udiera la clasificación significar algo nuevo, bí consistiera
en h a lla r> dado un objeto, su clase correspondiente; pero en
— 115 —
este caso no seria una forma científica, sino u n a aplicación
particular de las y a estudiadas.

in

D e la d « m o « tra o l6 n .

La dem ostración es un raciocinio, en el cual de un principio evi­


dente se infiere una conclusión cierta.
L a demostración se diferencia de la deducción, en que ésta
es una función del entendim iento y aquélla una form a p a rti­
cu lar de la ciencia. Ambas tienen por objeto la relación que
entre sí m antienen la consecuencia y el principio; pero la una
significa la actividad en cuya virtud se fija esa relación, y la
otra expresa la relación misma. El dedueir se refiere m;'is bien
&la aptitud del sujeto; y el dem ostrar, A la determ inación del
objeto.
P arece á prim era vista, por la definición antes indicada, que
son una misma cosa la dem ostración y el silogismo; mas si
bien se discurre, habrem os de com prender qne entre ambos
hay la distinción que es natural entre el fondo y la forma. La
dem ostración se expresa por medio del silogismo, como la no­
ción por medio del nom bre; y, aunque son realm ente insepa­
rables, tiene cada uno de ellos su valor y su puesto en el o rg a­
nismo de la Lógica.
En la dem ostración, como en laB otras formas científicas,
hay tres elementos: la tesis, ó lo que h a de ser demostrado; la
razón de demostrar, que es el principio en el cual está contenida
la tesis, y que recibe el nom bre de axiom a, si es una verdad
de inm ediata evidencia, y de teorem a, si es resultado de un
raciocinio anterior; y , por últim o, el argumento, ó sea la rela­
ción entre la tesis y el principio.
Esta relación, dicen algunos lógicos, puede hallarse lomismo
por inducción que por deducción; lo mismo procediendo de lo
— lie —
p artic u la r al principio, que de éste á lo demostrado; y se fun­
dan, p ara sostenerlo, en que, siendo dicha relación de conte­
nido á continente, es igual que partam os do la tesis para verla
en su razón, ó de la razón p a ra ver en ella la tesis. Pensar lo
contrario, afiaden, es tom ar aspectos parciales en la ciencia,
lo cual es contrario al espíritu de la ciencia misma.
Nosotros entendem os que la demostración ha de ser deduc­
tiv a, consecuentes con la aseveración que hemos hecho del
carácter provisional de la inducción, opuesto en un todo á las
condiciones de certeza, que son inherentes á las verdades
dem ostradas. f
En la opinión que defienden ésos lógicos, hay un verdadero
paralogism o. C iertam ente que es igual p a rtir de la tesis para
verla, en su fundam ento, ó del uno para ver la otra; pero,
como en la dem ostración no nos proponemos hallar el funda­
m ento en sí mismo, como punto desconocido para nosotros,
sino sólo en su respecto con una cuestión determ inada, de ahí
que el m archar de ésta hacia aquél no sea propiam ente inducir.
Por lo dermis, nosotros hemos proclam ado, al ocupam os del
m étodo, la necesidad de que se unan el análisis y la-síntesis,
evitando el peligro de que resulten esos aspectos parciales,
con tan ta justicia rechazados; m as, en verdad, no se incurre
en ese defecto por señ alar á cada función su natural ejercicio.
La ciencia se forma con el concurso de todas las fuerzas inte­
lectuales; n in guna de ellas debe quedar excluida de la obra;
pero cada una facilita sus propios m ateriales, sin invadirse
m utuam ente su esfera de acción.
Esto sentado, se ocurre preguntar: ¿son todos los objetos
dem ostrables? Todosj menos el fundam ento supremo y lo pu­
ram en te individual.
Si cada dem ostración ex ig e u n principio, claro es que en el
conjunto de verdades que constituye la ciencia han de verse
contenidas unas verdades en otras, yendo en progresión con-
— 117 —
tínua hasta oí principio de los principios, que, como tal, está
fuera de la demostración.
Lo individual se halla en igual caso, porque su existencia
depende de infinidad de circunstancias, que no es posible su­
je ta r á ley alguna.
Autores hay que, haciendo u n a distinción de los hechos en
morales y físicos, declaran A los prim eros incapaces de demos­
tración, y dem ostrables á los segundos, por lo mismo que en
aquéllos todo os contingente y variable, al paso que cada .uno
de éstos equivale á una propiedad necesaria. '
Parécenos equivocada esta opinión. Tanto loa hechos libres
como los naturales pueden ser demostrados, cuando se les
considera de un modo genérico; cuando se les despoja de
aquellas nptas singulares que constituyen su verdadera indi­
vidualidad; v. g r., las infracciones del orden m oral, la calda
de I ob cuerpos, la propagación de las ondas sonoras, etc. Pero
ni unos ni otros adm iten dem ostración cuando se les tom a de
un modo concreto, cuando se les estudia, no como posibles,
sino como efectivos, que es el sentido qüe nosotros les veni­
mos dando; y no puede suceder otra cosa, por el motivo, y a
expresado, de la m ultitud de condiciones que necesitan para
existir.
Así como un mismo objeto puede ser dividido bajo dos ó m ás
aspectos, así tam bién puede prestarse á dos ó m ás dem ostra­
ciones, según el concepto que sirva de razón para la tesis ó el
medio empleado p ara descubrir la relación.
Esto no arg u y e en modo alguno contra la exactitud de lo
dem ostrado, sino que es, por el contrario, m uy racional, toda
vez que en la ciencia los principios se relacionan con víncu­
los estrechos. Pero debemos procurar, en todo caso, efectuar
la dem ostración que se funde en el principio más inm ediato
al objeto, por ser lo m ¿6 sencillo y lo más en arm onía con la
claridad.
V
— 118 —
La demostración puede ser dividida, con respecto á la cuali­
dad del principio y con respecto á la forma de la relación.
Con respecto á la cualidad del principio, puede Ber A priori
ó aposteriori. Se llam a á priori, cuando la razón en qne ae
apoya es una verdad incondicional y necesaria; y se llam a á
posteriori, cuando la razón no es de evidencia inm ediata, sino
un resultado de la experiencia. Esta clase de dem ostración es
tan legitim a como la prim era, cuando su fundam ento ha sido
oportunam ente comprobado por los medios de que dispone el
método científico.
Con respecto á la form a de la relación, la demostración
puede ser directa ó indirecta, Tom a el nom bre de directa, cu an ­
do la relación entre el principio y la tesis es positiva; y de in*
directa, cuando es afirm ada la exactitud de lo que. pretende­
mos patentizar, observando que la conclusión opuesta es im ­
posible.
L a demostración indirecta, ó ad absurdum, se emplea cuando
no hay térm ino de com paración inm ediata y afirm ativa entre
los extrem os conocidos. Su expresión n atu ral es el silogismo
disyuntivo, en . el modo tollendo ponens. Así, por ejemplo, si
querem os probar que la razón no es la facultad productora del
raciocinio, lo haremos en eBta fo rm a :'

ó la razón produce raciocinios, ó nú los producá.


De producirlos, n darla el absurdo de que su aotÍTidad se
fjercilara en oposloión consigo m isma, toda vez que hay ra ­
ciocinios contra razón.
Luego la razón no produce raciocinios.

Las regios de la dem ostración son estas:


1.a Debe ser proporcionaJa; ó lo que es lo misino; ha de aju s­
tarse la conclusión á la tesis, no abrazando más ni menos que
ella, ni versando sobre cosa distinta; porque hacer lo co n tra­
rio seria v iciar el fin de la dem ostración, y producir un des­
orden en el método,
— 119 —
2.a Debe ser el principio una verdad ev id en te; porque to­
m ando de él su valor todo el proceso dem ostrativo, la conclu­
sión no será cierta si el fundam ento carece de esta cualidad:
¿qué im portancia científica ten d ría la conclusión deducida,
v. gr., do este juicio: no hay más que una substancia?
3. a L a consecuencia do toda demostración ha de ser legi­
tim a; es decir, Jo inferido debe hallarse contenido estricta­
m ente en aquello de lo cual se infiere. En los sofismas reales
ó dialécticos, que hemos dejado explicados en la teoría del
raciocinio; se infringen claram ente todas estas reglas.

CAPITULO II

FORUA GENERAL DE LA CIENCIA

Bi los varios órdenes de conocimientos que constituyen el


fondo de la ciencia tienen u n a form a adecuada, sin la cual no
podrían aer expresados con pureza y exactitud, la ciencia en
general, como ordenado conjunto de ellos, no puede menos de
revestir tam bién una forma invariable, acorde con las leyes
y condiciones de la realidad por u n a parte, y del espiritu
por otra.
La ciencia ha de ser orgánica; ha de constituir un todo, en
el cual las partes tengan en tre b í conexiones intim as, y se re­
fieran á la vez al todo mismo como n atu ra l fundam ento de
ellas. No basta, pues, en la ciencia que los elementos se re la­
cionen de un modo cualquiera, arb itrario ó fortuito; no basta
que en v irtu d de una razón artificial, creada por la fantasía,
se unifiquen al p arecer los conocim ientos; sino que éstos se
deben un ir de una m anera esencial y con los lazos ingénitos
en las cosas sobre que versan, y deben asimismo suljordinarse
á un principio real, en el cual se basen y por el cual se d e ­
m uestren.
— 120 —
El objeto de toda ciencia, por consiguiente, debe ser une;
y esta unidad, que contiene en sí diversas m anifestaciones, es
el racional fundam ento de ellas. En la definición de una cien­
cia cualquiera, ó lo que es igual, en la expresión de su con­
cepto, está virtualm ente la ciencia toda; de tal m anera, que
ésta queda constituida con el lógico desenvolvim iento de
aquél. Así, por ejemplo, determ inando todos los aspectos y
relaciones del alma». se form a la Psicología: estudiando los
del conocimiento, la Lógica; los del espacio, la Geometría; los
del bien, la Ética; los de la belleza, la Estética; y así sucesi­
vam ente.
La unidad de la ciencia, que em ana de la que es inherente
al espíritu y A los objetos, elementos únicos é invariables de la
obra científica, es condición tan racional y tan necesaria, que
n ad a puede afirm arse de las cosas sin saber la unidad substan­
cial en que lo afirmado se sostiene ó ú que lo conocido se aplica.
Y en vano se harían esfuerzos por negarla; porque todas y cada
una de las determ inaciones parciales de la realidad son la re a­
lidad misma, determ inada en tal ó cual posición.
Síguese de aquí, que el objeto de cada ram& científica mo­
tiva todos cuantos p articulares se encierren en ella; mas no
puede ser m otivado sino en otra, en la eual sea, no funda­
m ento, sino punto de vista individual, fundado en principios
más altos.
El objeto do toda ciencia, hemos dicho, im plica varias ma^
nifestaciones que form an la totalidad de su contenido; pues
bien; esas partes diversas deben ser exam inadas detenida­
mente, si h a de corresponder el conocimiento A la esencia de
las cosas, pues no quedan estas ciertam ente sabidas con apren­
der de un modo indefinido su conjunto, lo cual seria no m ás
un punto de p a rtid a p a ra ulteriores estudios; sino que es in­
dispensable distinguir sus fases internas, que son las que han
de darnos el medio de ap reciar los objetos en su propio valor.
— 121 —
La variedad es, pues, una condición tan lógica como la uni­
dad en la form a científica; m ediante ella se establecen divi­
siones, se ordenan tratados, que se excluyen recíprocamente*
evitando así toda confusión, y se fijan á cada parte sus cuali­
dades y modos respectivos.
No de otro modo podría el espíritu ab a rca r los objetos, dada
su fínitud y su imperfección.. El ver la realidad intuitivam ente
y sin necesidad de discurso, es^á reservado á Ja inteligencia
divina; la razón hum ana necesita descomponer, analizar lo
cognoscible; por eso cuando se apodera de un todo cualquiera,
exam ina, m ovida por n atu ral impulso, las partes que lo for­
man; asi como, al observar una de estas, inquiere ol todo en
que se h alla com prendida.
Aún queda por fijar u n a tercera cualidad de la forma cien­
tífica: la armonía. En efecto; el percibir los objetos considera­
dos en su conjunto y el distinguir sus m últiples partes, no d a­
ría n el integro conocimiento de los mismos, si no m arcáram os
el modo de condicionarse unas á otras sus varias determ ina­
ciones, y el de subordinarse á su legítim o fundam ento.
Todo en la ciencia debe estar unido, y todo separado; unido
sin confusión; separado sin disgregación; cada punto debe te­
ner el lugar que le corresponda, según su im portancia en el
total organism o, y relacionarse oportunam ente con los dem ás,
debiendo hallarse unos y otros esclarecidos hasta en sus m ás
leves porm enores,-con la lu z b e l principio.
Esta estructura orgánica de la ciencia, tan de acuerdo con
la razón y con las leyep del objeto, no es reconocida por todos
los filósofos, algunos de los cuales, lejos de considerarla útil
y racional, la rechazan por creerla molde estrecho y preconce­
bido que coarta eí desarrollo de la verdad y la sacrifica, des­
viando en ocasiones al espíritu del caminó recto.
Lo misino podemos decir á esos pensadores, que lo repetido
tantas veces respecto á lo equivocados que están los q u e des-
— 122 —
deflan el arte literario, suponiendo que sus reglas com primen
y sofocan el genio. La form a orgánica que hemos adm itido no
puede condenarse sin caer en ei absurdo, porque está b asad a,
según hemos visto, en la m isma re a lid a d , de la que es un re ­
flejo la ciencia; ese molde exclusivo, lo es efectivam ente, pero
exclusivo de la verdad; en él no caben más inspiraciones que
Jas del buen sentido; y no es extraño que sea molesto y em ba­
razoso á los que prescin den, para conocer r de las exigencias
lógicas del conocimiento.
Hechas, pues, estas reflexiones, podemos definir la ciencia,
diciendo que es un organismo de verdades ciertas.
En esta definición están perfectam ente señalados el fondo y
la form a de la ciencia, así como su doble carácter snbjetivo-
objetivo. L a form a está resum ida en la cualidad de orgánica; el
fondo, en la verdad exigida á loa conocimientos que la integran;
y el indispensable concurso del sujeto, en la verdad m isma,
que m arca una relación de conform idad entre el entendim iento
y las cosas, y en la certeza, que consiste, como sabemos, en la
conciencia de esa relación.
Según lo expuesto, la ciencia, que es una, tiene varias m ani­
festaciones, que corresponden á los m últiples aspectos en que
el objeto puede tom arse; la ciencia es divisible, y cada una
de sus diversas ram as ha de p articip ar de las mismas leyes
que en ella se reconocen.
Atendiendo á que lo cognoscible puede concretarse en h e­
cho, principios y relación de principios con hechos, la ciencia
debe dividirse en Filosofía, Historia y Filosofía de la Historia.
L a prim era tra ta de los principios, de lo que es inm utable en
las cosas; la segunda se ocupa de los hechos, de lo m udable, de
lo sujeto á tiem po y condición; y la tercera, de aquello que
h ay de perm anente y esencial en los hechos, que no por ser
individuales dejan de estar regidos por leyes eternas.
Si el objeto de toda ciencia es uno, y como tal invariable,
—m —
¿es posible la ciencia de loa hechos? Sin (luda alguna; pues,
aunque pudiera creérsela falta (le principio, no lo estA, sin
embargo, quedando éste constituido con el hecho mismo en
general, del que son determinaciones los'hechos particulares.
Conviene tener esto muy presente, porque hay autores que,
no hallando el principio de la Historia dentro de ella, lo se-
ñalan invadiendo la esfera de otros órdenes de verdades, lo
cual es un error, por más que la Historia se encuentre ligada
cou ellos en la forma en que se enlazan todoB los aspectos del
saber.
Cada una de esas ramas puede ser dividida en otras,‘y éstas
á su vez admiten nuevas divisiones, constituyendo todas ellas
el fondo de la ciencia humana, que, como tal, es perfectible
y progresiva.
— 124 —

Cuadro general de la Lógica.

SECCION 1.*
OondiaioBW del coiooi-
c e n a ra !.

miwLto.
I C a p ítu lo I.- •Por 41
( 1•_I
—C onocim iento sen sib le.
Jiia. B>-Conocimiento racional
( 8'*—<
*—Conocimionto inteligi­
Lóftlea

ble.
SECCIÓN 8.a C a p ítu lo n . — ítot* tí —C o n o c im ie n to inma­
«bftte. J ‘- - c nente.
V0iTÍBi¿n d«l oúuosmicnto ( 2,°— C
—Conocimiento trascen­
dente.
( L *—Verdad..
\CapJtch.o I I I . — Pvr te) S.°—E rro r,
r ilación. } 8.a—Cortea*.
( 4,°—D nd*.
SECCIÓN 1.* |C a p Itu lo l.~Co»c*pto dtJai nactonu.
(C a p ítu lo II. —¡heitión dt lat nsciontt.
L 6d c » particular 6 analítica

Nocifa.
SECCIÓN B.* (C a p Itd lo I . — Noción del juicio,
J C a p jp c l o I I .—LftUió* dtl juicio.
Juicio. (C a p ítu lo I I I . — Comparación d» !ot juicio i.

SECCIÓN a* (C a p ítu lo L — Moción dtl raciocinio.


J ( 1."—Silogismo regular.
ftimocinio. (C a p ítu lo I L — División) l * —F o rm a s irr e g u la r e s del
dtl raciocinio. i silogism o.
[ 8.°—Falacias.
SECCIÓN ¿ C a p Itd lo I. — Análüitl 1.*—N om bre.
1 d* lor tltmtTíiotgrama- ’ 8 .* —V e r b o .
i ticaiei. ( 8.6—Conjunción.
leafuftje. (C a p ítu lo H .—S in iu it dt ¡os stenumtor gramatical*!.

SECCIÓN I." (C a p ítu lo I .—Método anali/ieo.


LAó íBpl*c4»*/?C*

¡C a p ítu lo I I . — Jfitodo tM ilico.


Método. (C a p ítu lo I I I .—Método cont/ruciúo.

SECCIÓN 8.* ( C a p ítu lo I. — Formas l 1.°—Definialón-


i particuíaru d*l cone-j 2 .°—D iv isió n ,
i cimiento citniiflco. [ B.0—D em o stració n .
Forma de la otatei». (C a p ítu lo I I . — Forma gtneral di ¡a cimeia.
RESUMEN

DE LOS

ELEMENTOS DE LÓGICA
RESUMEN DE LOS ELEMENTOS DE LÓGICA

INTRODUCCIÓN

CONCEPTO Y DIVISIÓN DE LA LÓGICA

La Lógica es la ciencia del conocimiento.


Su estudio requiere el anterior de la Psicología, la cual en su parte
noológica so ocupa de la facultad de conocer.
La Lógica tiene suma importancia, por abrazar en bí las leyes co­
munes A todas las ciencias y ser de constante aplicación á la vida.
Se divide en tres partes: general, particular ó analítica , y sintética 6
aplicada. La prim era tra ta del conocimiento en sus condiciones y
divisiones generales; la segunda tra ta del mismo en bub distintas
formaB, y la tercera en la plenitud de eus relaciones, constituyendo
la ciencia.

PARTE PRIMERA

LÓGICA G E N E R A L

SECCIÓN i.a
O o n d ío lo n e s d e l o o n o o im ie n to .

El conocimiento exige tres condiciones distintas: un Bujeto cog-


noscente, un dujeto cognoscible y una relación entre ambos.
El tujtto es el Yo. Todas las verdades se refieren á la unidad de la-
conciencia, en la cual existen funciones diversas necesasias al co­
nocimiento; V>n á saber: la atención, la percepción y la determinación.
— 128 —
La atención no eB otra cosa que la dirección del espíritu hacia el
objeto que ba de Ber conocido.
Debe Ber una, directa , intensa y toxitnida; ea decir, debe recaer en
un instante dado Bobreun solo objeto; ir directamente al punto de
examen, y tener toda la energía y toda la firmeza necesarias al caso.
L a percepción es la función por la cual la inteligencia Te las co­
sas en conjunto. Ha de ser ¿faro* no debiendo ceBar la atención,
m ientras no adquiera lo percibido eBe carácter.
La determinación consiste en ver todos los elementos que el ob­
jeto entraña, no sólo en sí mismos, sino también en su enlace y ar­
monía.
El objeto cognoscible es la realidad en sus m últiples manifestacio­
nes. Puede dividiTBe de este modo: Yo y no Yo.
k las condiciones subjetivas corresponden otras análogas en el
objeto, el cual aparece al pensamiento de treB modos consecutivos:
primero, en unidad indistinta; después, en variedad; y finalmente,
en esencial composición. f
La relación, te rc e r elemento del conocer, es de ta l naturaleza, que
en ella el sujeto permanece inalterable y como á distancia del obje­
to, y éBte se presenta como es en sí; hay unión entre ambos, pero
no confusa, sino distinta.
El conocimiento debs, paeB, definirse, á falta de una expresión más
exacta, diciendo que es una relación en la cual el objeto está pre~
tente al espíritu.

El conocimiento, dada su noción, debe clasificarse: primero, por


el sujeto; segundo, por el objeto; tercero, por la relación subjetivo-
objetiva.
CAPÍTULO I
DIVISIÓN BEL CONOCE*, BBQÚN EL SUJETO

E1 conocimiento, según el sujeto, se divide en t entibie < racional é


inteligible.
El conocimiento temible tiene por objeto los hechos y fenómenos,
ya referentes á l a vida física, ya ¿ la espiritual; bu origen está en
los sentidos y en la conciencia,
. El conocimiento racional tiene per objeto los principios, y ae ori-
gioa de la razón, órgano de lo absoluto.
— 129 —
El inteligible recae especialmente sobre las propiedades comunes %
de los objetos, y procede de la actividad del entendimiento.

I
Del conocimiento sentible.
El conocimiento sensible se divide en externo é intento: los órga­
nos correspondientes al primero son los Bentidos, y el adecuado al
sepundo, la conciencia.
El conocimiento sensible externo requiere condiciones físicas j
psicológicas. Dejando i la Fisiología el estadio de las primeras,
vamos á examinar, aunque ligeramente, las segnndas.
La primera facultad, cuyo ejercicio es necesario en el citado co­
nocimiento, eB la imaginación, que en este caso completa las sensa­
ciones, y las reúne en un todo ideal.
Una vez intervenidas las sensaciones por la fantasía, la ratón
presta sus conceptos universales necesarios &todo pensamiento.
Después de la sensación, del complemento imaginativo y del mo­
delo racional, el entendimiento interpreta los datos sensibles y pro­
nuncia su fallo.
F.l conocimiento sensible interno, que tiene por objeto los hechoB
y fenómenos del Yo, se origina del ejercicio de la conciencia, me­

diante la cual conoce el espíritu sus propias modificaciones. En eu


formación intervienen, como en la del externo, la imaginación, la
razón j el entendimiento con su peculiar energía.

II
Del conocimiento rocionaf.
Así como los sentidos proporcionan al espíritu dato
externo, así la razón se los proporciona del suprasensible en forma
de ideas.
Los principios racionales son anteriores y superiores á toda otra
moción, y se predican lo mismo de los individuos qne de los órde­
nes superiores, de lo finito qne de lo infinito, de lo físico que de lo
inmaterial; tales son: el sert la unidad* la identidad, el lodo, la parte,
etcétera.
Estas ideas no pueden formarse por abstracción, porque eB nece­
sario su anterior conocimiento para efectuar y aun para pensar la
abstracción misma.
No pueden formarse tampoco por inducción, porque ésta exige la
repetición de observaciones en casos idénticos y tiene siempre cierto
carácter condicional, mientras que, los principios racionales son
- 130 -
independientes de la observación, y se atribuyen á toda la realidad
de una manera necesaria y absoluta.
Los conceptos racionales son:
De evidencia inmediata y perfecta; es decir, aparecen desde luego
con entera claridad, y no tiene el espíritu precisión de medio alguno
para conocerlos.
Necesarios; es decir, los concebimos habiendo sido y habiendo de
ser de igual naturaleza siempre.
Absolutos; 6 lo que es lo mismo, no dependen de condición alguna.
Universales; lo mismo en relación al sujeto que al objeto; pues en
verdad, no sólo aparecen á toda conciencia, sino que se aplican con
igual carácter á todos los objetos reales y posibles.

III
Del conocimiento inteligible.

El entendimiento abstrae, generaliza, induce y deduce; y esos cono>


cimientos abstractos, genéricob, inductivos y deductivos, reciben el
nombre común de inteligibles, por la facultad de donde provienen.
I.a ultlraccidn consiste en separar de loe objetos propiedades ó ac
cidentes que, en realidad, están esencialmente unidos.
La abstracción, aunque necesario elemento para conocer, saele
inducirnos 4 dar ¿ las partes abstraídas el valor de verdaderas subs­
tancias, lo cual debe evitarse á toda costa.
l a generalización consiste en Teunir en un tipo ideal las propie­
dades abstraídas de Iob objetos, formando una noción extensiva é
todas las especies de un mismo grupo.
Para generalizar, hay que tener en cuenta doB elementos en las
nociones: la comprensión, ó sea el número de caracteres que ella»
entrañan; y la extensión, ó Bea el número de objetos á que se aplican.
Fácilmente Be infiere que, m ientras más comprensivo es un cono­
cimiento, es también menos extenso, y al contrario.
Los conceptos específicos y genéricos son puram ente relativos, ex­
cepto el género supremo y la especie últim a, que constituyen los lí­
m ites de la escala.
Así como generalizando constituim os nociones que abarcan gru­
pos más ó menos amplios, así induciendo, formulamos principio»
que se aplican á una clase determ inada de hechos.
Estos principios inductivos deben ser confirmados por La deduc­
ción, para que adquieran todo su valor científico.
La inducción puede ser propia ó analógica, según que sean obser­
vados idénticos ó análogos aspectos de la realidad.
— 1S1 —
La deducción consiste en derivar de los principios absolutos sus
naturales consecuencias; cada lev racional tiene una ciencia en ger­
men; desarrollarla es el objeto del proceder deductivo, el cual debe
siempre basarse on la razón misma, y hacerse electiva según bus
preceptos.

CAPÍTULO II
DIVISIÓN DEL CONOCER SEGÚN EL OBJETO

Considerando que el objeto del conocer abraza dos mundos diie-


reotee, el Yo y el no Yo, claro es que puede, y debe hacerse bajo ese
punto de vista, una racional división del conocimiento en inmanente
y trascendente, versando el primero sobre el orden subjetivo, y el se­
gundo sobre el de la realidad exterior al sujeto.

I
Del conocimiento inmanente.

£1 Yo, volviendo hacia b í , en virtud de la intim idad de que dis-


pone, se elige á si propio como objeto de su investigación, y se es­
tudia primero en su naturaleza y después en relación con otros
conceptos.
Estos conocimientos son tan reales como aquellos que envuelven
objetos sensibles; y tienen una misión tanto más alta, cuanto que son
la base sobre la cual se construye todo el organismo de las ciencias.
Las verdades inmanentes poseen tam bién gran aplicación ó. la
vida; pues sólo en vista de la unidad esencial que nos es propia,
es como podemos apreciar en su justo valor todas laB tendencia»? y
aptitudes de nuestro B e r y subordinarlas á su verdadero principio.
El conocimiento inmanente se divide en general, particular y apii-
cado. El primero tiene por objeto el Yo en su naturaleza íntegra con
todaB b u s determinaciones y en todas sus maneras de ser. El se­
gundo se refiere al Yo en uno de sus aspectos. El tercero versa sobre
el Yo en algunas de ¿fes relaciones.

ieftto trascendente.

El conocimiento trasce el que versa sobre la realidad ex-


terior al Yo.
Es tan legítimo como el i: , no habiendo entre ambos m¿B
diferencia que la variación de ó\$
— 132 —
El conocimiento trascendente puede recaer: sobre la naturaleta.
como conjunto orgánico de los seres materiales; sobre el espiritu, no
como individuo, sino en su concepto universal; sobre el hombre,
como síntesis comprensiva de los anteriores elementos, y sobre el
ser infinite absoluto.
Estos objetos tienen propiedades y caracteres distintos entre pí.
En el primero todo es fatal y continuo; en el segundo impera la li­
bertad; el tercero contiene en acabado consorcio los dos elementos,
el psicológico y el físico; y finalmente, Díob es eterno, á diferencia
de los otros aeres, que fon limitados y mudables, y tienen en él su
condición j su causa providente.
El conocimiento trascendente se divide, con el mismo fundamento
que el subjetivo, en general, particular y aplicado.

CAPÍTULO III
DIVISIÓN DEL CONOCIMIENTO SEGÚN SU RELACIÓN

La relación subjetivo objetiva del conocer afecta doa caracteres


encontrados. La inteligencia, en efecto, percibe los objetoB, ja como
ellos son. ya simplemente como aparecen, y sin que eBa apariencia
corresponda á lo esencial de los mismos.
De aquí que la relación sea ó no exocta, y que pueda hacerse, se­
gún ella, una división del conocimiento en verdadero y falso; mas
también puede éste ser cierto 6 dvdbto, según que el sujeto tenga 6 no
conciencia de la verdad.

1
De la verdad.
La verdad es la relación de conformidad entre la inteligencia jf el
objeto.
Se divide en lógica y metafísica; en la primera Be exige al conoci­
miento la.virtud de referirse á las cosas en ecuación perfecta; y en
la segunda se pide ¿ éstaB la cualidad de conformarse con el pensa­
miento infinito.
Li verdad es una, absoluta y necesaria.
Es una. porque de todas las relaciones en. qne puede colocarse el
espíritu con la realidad, una sola ha de responder á la exactitud
exigida, en tanto que los errores pueden multiplicarse indefinida­
mente.
Es absoluta, porque en sí no dépende de ninguna condición sub­
jetiva ni externa; el hombre no es autor, sino testigo de ía verdad.
— 133 -
Eb Becesaría, es decir, Be impone al entendimiento, sin que sea
dado al hombre rechazar] a ó desconocerla, ei una vez la toca.
Hay escuelas filosóficas que niegan la existencia de la verdad, y
que se conocen bajo el nombre genérico de escepticismo; paro los es­
cépticos están en continua contradicción con sub propiuB afirmacio­
nes, pueBto que niegan la verdad á nombre de la verdad minna, en
lo cual el absnrdo es evidente.
Hay verdades conocidas por el sujeto directamente, y otras á las
cualea no se llega sino después de uno ó muchos raciocinios. Las
primeras se llaman intuitivas ó directas; y las segundas, discursivas d
demostradas.
II
Del error.

Abí como la verdad envuelve lina relación exacta entre el conocer


y los objetos, así el error la supone, por el contrario, inexacta; y
aunque estado real para la inteligencia, es en bí mismo una pura
negación.
El error no Be acepta nunca como tal, sino bajo algún aBpecto de
exactitud; y una ve» aceptado, no es difícil llegar á sus últimas con­
secuencias, en la convicción de que se recorre una senda legitima.
El error, en general, como posible, tiene bu origen y fundamento
en la humana limitación; mas nuestros errores efectivos y particula­
res reconocen causaB determinadas, que importa consignar.
Una es la falta de método en nuestras investigaciones, motivada
por el desconocimiento de las leyes que dicta la Lógica.
Otra es el predominio de la imaginación y del sentimiento en el
espíritu, de lo cual se originan la atención insuficiente y versátil, lo
precipitado de nueBtros juicios y la preocupación.
' Para evitar el error en lo posible debe tenerse en cuenta, como
única regla práctica, el buen uso y aplicación de las funciones del
entendimiento.
El error no está en las nociones, sino en la relación de unoB tér­
minos con otros. ^
III
De la certeza.

La certeza es la conciencia de la verdad.


La evidencia es la lu¿ coa que la verdad ilumina el entendimiento.
Los orígenes científicos de la certeza son nuestras propias facul­
— 134 —
tades intelectuales, las cuales por ese concepto, y en cuanto son
principio d norma para distinguir lo verdadero de lo falso, reciban
el nombre de criterios.
Los criterios se dividen en primitivos y derivados. Los primitivos
son los sentidos, la concienciat el entendimiento y la razón; el derivado
es el testimonio.
Los sentidos.—Los sentidos son los órganos qne nos ponen en re­
lación con el mundo ezteruo. Sus reglas son lae siguientes:
1.a No son legítim as las sensaciones cuando los sentidos no tienen
p erfectas condiciones físicas.
2.a Cada eeutido debe relacionarse con su objeto propio.
3.a Al emitir nuestro dictamen, debe atenderse, no sólo á la rela­
ción entre el órgano y el objeto, sino tam bién á las leyes por las que
uno y otro se rigen.
4.a Debe sospecharse del testimonio sensible cuando se oponga &
las leyes naturales, ó al curso ordinario de la vida.
5.a Los sentidos deben aplicarse, procurando que esté el espiritu
sereno.
6.a No debe exigirse al Bentido sino que responda al objeto tal
como aparece, y en m odo algunfl_^la esencia de las cosas.
L a conciencia . — H ay que d istin g u ir dos clases de conciencia:
u n a, que se refiere ¿ la continua presencia del alm a en todos sus
hech o s y estados, y que pudiéram os llam ar habitual ó aitoluta; y
o tra, que significa el determ inado conocim iento de los hechos sub­
jetivos, y que se denom ina refleja, actual y psicológica.
Las reglaB del criterio de la conciencia son estas :
1.* Su testimonio es legitimo, cuando se ciñe & m ostrar la sola
existencia de los hechos internos.
2.a Para que el testimonio de la conciencia sea fecundo, importa
verificar su examen con severa imparcialidad.
La razón. — La razón, siem pre que se m antenga en sub propios
limiteB, es un criterio irrecnsable; desestim arlo, sería ta n to como
d estru ir el orden ideal que pOT ella nos es revelado. El ejercicio de
esta facultad debe aju sta rse á Iob preceptos que siguen:
1.° No habrán de tenerse como principios racionales sino aque­
llos conocimientos inmediatos, necesarios, universales y absolutos.
2.° Para invocar provechdsamente el criterio de razón, es preciso
que esté el espiritu educado y libre de pasiones.
La razón, considerada en sus m is universales y ordinarias apli­
caciones á la vida, constituye el sentido común, el cual debe mirarse
incluido en el criterio racional.
El entendimiento. — El entendimiento combina I ob datoH sensi­
bles y los racionales, produciendo juicios y raciocinios. En él Be en­
— 186 -
cuentra el origen de los errorea huruanoa, v por lo mismo debe bu
actividad ser regulada con esmero.
Laa reg las de bub funciones bou eataa:
1.a No se ejercerá la abstracción arbitrariam ente, ni en cnanto al
modo ni en cuanto al fin, Iob cuales deben estar en armonía con laa
leyes del método.
2.a £1 generalizar exige una comparación escrupulosa entre las
al atracciones.
3.4 Para inducir, es preciso verificar las observaciones A con­
ciencia J en número suficiente.
4 a No Be puede deducir de una manera adecuada, sin obtener
la convicción de que el fundamento es un verdadero principio ra-

E l testimonio . — El testimonio ea el único medio de que sea


conocido por nosotros lo que no hemos presenciado, ó podido inqui­
rir con nuestras propias facultades*
Distínguese en divino y inmuno, según que provenga de Dios ó de
loa hombrea.
En cuanto al primero, una vez comprobada su autenticidad, no
queda 6 la inteligencia otro camino que prestarle firme asentimien­
to, porque Dios no puede en au omnisciencia engañarse, ni en su
bondad purísim a engañarnos.
En cuanto al segundo, siempre que se halle investido de ciertos
caracteres, no puede menos de inspirar una legítim a certeza.'
La crítica dxige ciertas condiciones al testimonio histórico, que
pueden condensarse en estas: unas referentes al teBtigo, y otras ¿ la
interpretación de lo atestiguado.
Laa referentes al testig^ Bon:
1.a Capacidad; ó lo que es lo mismo, ap titu d intelectiva para
iorm ar u n juicio verdadero del hecho que transm ite.
2.a Veracidad; es decir, propósito de no falsear el hecho en bu
transmisión.
k. la buena interpretación de un testimonio deben asignarse dos
preceptos:
1." Hágase de él un estudio atento j minucioso, con el fin de
poner en claro bu literal contenido, teniendo en cuenta bus antece­
dentes y procurando dejar á nn lado todo espíritu de sistema.
2.° Atiéndase al fin que pudo guiar al autor del testimonio, á
sua tendencias y opiniones, y ai carácter de la obra en que atestigua.
- 186 —

IV
D e la duda..
Llámase duda aquel estado en el cual suspende el entendimiento
6u fallo respecto á la verdad de los objetos.
Dicho estado se origina de hallar el espirita en su examen razo­
nes contrapuestas; y claro es que no puede confundirse cou la igno­
rancia, que supone carencia de motivos para juzgar.
Cuando tienen valor desigual laB razones que solicitan al enten­
dimiento, inclinase éste hacia las más poderosas, sin afirmar aún
nada en definitiva; entonce» la duda toma el nombre de probabilidad.
Hay dos clases de duda: u ta racional, que consiste en suspeuder
con prudencia nuestro fallo, hasta cerciorarnos de su legitimidad; y
otra sútemdlica> que tieue por objeto desechar la certeza, ora negando
todos los criterios, ora aceptando algunos y negando otroB.
Ei escepticismo total ba sido ya examinado. El parcial es tan ab­
surdo como el anterior» y queda rebatido con sólo Ajarse en la ímm-
dad del alma. Según ella, una vez admitida la certeza en algunos de
nueBtroB medios de conocer, forzosamente ha de admitirse en los
demás, á riesgo, si no, de caer en abierta contradicción.

PARTE SEGUNDA

LÓGICA PARTICULAR 6 ANALITICA


La lógica analítica estudia las variaB y particulares formas del co­
nocimiento: noción, juicio y raciocinio.

SECCION 1.a
D e Iii n o e i d n .

CAPÍTULO 1
CONCEPTO SE L 4 8 NOCIONES

Llámase noción el conocimiento de un objeto considerado en sí


mismo, y según su carácter de unidad.
La noción es lo m&s simple de nuestros conocimientos, porque ín­
dica únicamente la presencia del objeto en el espíritu.
- 137 -
Se expresa en el lenguaje con el nombrd su stantivo en su* d istin ­
ta s formas, ó cualquiera otra palabra sustantivada. También Birve
el adjetivo para expresar las nocioieB, cuando desem peñan el papel
de predicado en los juicios.

CAPÍTULO II
divibiones de lab nociones

Las nociones pueden dividirse por su objeto, por su esencia, por su


exaudid, por su fuente, por su forma y por su contenido.
Por el objeto se clasifican eu sustantivas y accidéntale».
Son la s primeraB laB que se refieren á cosas que tieuen u na exis­
tencia independiente, y lsg eegundas las que expresan cualidades
6 modos.
Por la esencia son individuales, genéricas y absolvías.
Las individuales representan objetos determinados en tiempo y
lugar. Las genéricas contienen todo un orden de objetos, considera­
dos en sns notas comunes. Las absolutas so aplican á aquellas subs­
tancias ó^propiedadeB que son únicas, invariables y no sujetaB á.
condicidiu^
Bajo el puntp de vista de bus fuentes, divídense las nociones en
sensibles, inteligibles y racionales.
Las primeras se adquieren por los Bentidos, las segundas por el
entendimiento y las terceras por la razón.
Por bu cualidad pueden ser definidas, indefinidas ó restrictiva*.
Las definidas expresan el objeto positivamente; las indefinidas lo
muestran de un modo negativo; y las restrictivas afirman alguna á
algunas de bus propiedades y excluyen laB demás.
Por sa forma se dividen en claras y obscuradistintas y confusash
determinadas é indeterminadas, completas y parciales.
Clara es la que representa el objeto con propiedad; distinta, aque­
lla por la cual discernimos sus' caracteres; determinada, la que lo
expreua con alguno de sus detalles; y completa, la que revela todus
sus notas. Las obscuras, confusas, indeterminadas y parciales, bcu
opuestas á las anteriores.
Por su contenido se clasifican en simples y compuestas,
Son las primeras las que no pueden descomponerse en otras, y las
secundas las que constan de dos ó más simples.
Bajo eBte último aspecto, y tomadas en relación, se dividen en
idénticas opuestas, coordinadas y subordinadas.
Las idénticas son las que encierran los mismos elementos; la»
opuestas son las que tienen diversos caracteres; las coordinadas, las
— 133 —
<Jue ocupan el mismo lugar en la escala genérica; y las subordina­
das, aquellas de las coalee la una tiene menos extensión qua la otra.
Las opuestas se dividen en contrarias y contradictorias.
Son contradictorias laB que se excluyen total y reciprocamente; y
contrarias, las que, aun excluyéndose, admiten una tercera, que ¿
su vez excluye á las otraB.

SECCION 2.a
L>c 1 J t i i o i o .

CAPÍTULO’I
MOCIÓN DEL JUICIO

Llámase juicio aquella operación intelectual, en cuya virtud per­


cibimos y afirmamos una relación entre dos nociones.
El juicio consta de materia y forma; la materia eati constituida
por los términos, y la forma por la relación que entre elloa se es­
tablece.
En el lenguaje se expresa el juicio por medio de la proposición,
que consta de sujeto, cópula y predicado.
El sujeto es aquella noción de la cual se dice alguna condición ó
cualidad. El predicado es lo que determina al sujeto. La cópula in­
dica la relación entre ambos. *
El sujeto se traduce por un sustantivo ó palabra sustantivada; el
predicado por el adjetivo, y la cópula por el verbo.

CAPÍTULO II
DIU8IÓN DEL JUICIO
Loe juicios se dividen por la materia, por la forma y por la Cúittdi-
nación de la materia y la forma.
Por lo materia son: según la esencia, individuales, genéricos y ai so­
lutos; según el objeto, sustantivos y accidentales; y según la cualidad,
definidos, indefinidos y restrictivos. Estas denominaciones proceden
del carácter que revista el sujeto.
Por la forma se dividen: según la cualidad, en afirmativos, negati­
vos y limitativos; según el modo, en problemáticos, asertóricos y apo-
dicticot; y según la esencia, en categóricos, hipotéticos y disyuntivos.
Afirmativo es el que implica conveniencia entre sus términos; ne­
gativo, el que implica repugnancia; y limitativo, el que encierra al
mismo tiempo afirmación y negación.
— 139 —
El problemático expresa una relación fortuita; el asertó rico, ae
pura existencia; y el apodíctico. de necesidad.
EL hipotético afirma ó niega mediante una condición; el categó­
rico es independiente de ella, y el disyuntivo acusa incompatibilidad
de dos atributos en un sujeto.
Por la combinación de la m ateria y la forma, Bon los juicios:
según su cantidad, universales, particulares y armónicot; y Begúu bu
contenido, idéntico* y opuettos.
En el universal, el Bujeto se refiere en totalidad al predicado; en
el particular, no se refiere sino en parte; y en el armónico, en todos
y cada uno de sus ele mentó s.
Idéntico es el que mantiene los términos en perfecta ecuación; y
opuesto es aquel cu jas nociones Bon distintas.
El opuesto se divide en sintético y analítico.
En el primero tienen esfera distinta el Bujeto j el predicado; y en
el segundo, se halla la de éste incluida en la de aquél.

CAPÍTULO 1L1
COMPARACIÓN DE LOS JUICIOS
V
»
La comparación de Los juicios da por resultado tres aspectos: la
oposición, la conversión y la equivalencia.
OttjáiciÓN. — Juicios opuestos son los que difieren en cantidad ó
cualidad, ó en ambas cosas.
La oposición contiene cuatro clases de juicios: los contradictorios,
los contrarios, los sn¿>contrarios y Iob subalternos.
Los contradictorios ee fundan en la diversa cuantidad y cualidad
de las proposiciones. Si cualquiera de ellos ea verdadero, el otro
eB falso, y viceversa.
Los contrarios tienen, siendo universales, diferencia de cualidad.
En éstos, la verdad del uno supone la falsedad del otro; mas no re­
ciprocamente.
Los subcontrarios tienen diferencia de cualidad, siendo ambos
particulares. En éstos, rechazar el uno equivale ¿ adm itir el otro;
pero adm itir cualquiera de Iob dos, no es rechazar el opuesto.
Lob subalternos conservan la cualidad, y son en cuantidad dife­
rentes. Si es cierto el universal, lo eB también t-1 particular; y si éste
es falso, aquél no puede ser verdadero; mas de la exactitud del par­
ticular ó de la falsedad de su opuesto, no se infiere que sean verda­
deros ni falsos el uno ni el otro.
Convebbión. —Juicio s conversos, bou aquéllos en loe cuales
m udan de lugar el Bnjeto y el predicado.
— 140 —
Puede verificarse la conversión de tres maneras: por el cambio
de lugar verificado en loa términos (simplicüér);-por el mismo cam­
bio, con alteración de su cuantidad (per acc¡dau};y por la aplicaoión
de una partícula negativa al sujeto y al predicado (per eonlrapoit-
tionen).
Á lo primero ae prestan el universal negativo y el particular afir­
mativo; á lo segundo, loa universales afirmativo y negativo; á lo
tercero, el particular negativo y el universal ntirmativo.
E quivalencia .—Juicioa equivalentes son loa que tienen idéntico
significado, aun cuando la forma Bea distinta.
Los únicos que admiten este caso son los contradictorios, los con­
trarios y los subalternos.
Los contradictorios se hacen equivalentes, anteponiendo la par­
tícula negativa al sujeto; los contrarios, posponiéndola; y los subal­
ternos, poniéndola antes y después.

S E C C IO N 3.a
D el raciocinio.

c a p ít u l o i
NOCIÓN DHL BACIQC1NIO
Llámase raciocinio, toda relación esencial entre varios juicios.
Consta de treB proposiciones: aquella de la cual Be deduce, la que
indica lo deducido, y la que contiene el principio en que se basa la
deducción.
El raciocinio se significa en el lenguaje por medio de las conjun­
ciones que arguyen una relación intrínseca de juicios, como las ila­
tivas y las finales.
CAPÍTULO II
DIViBtÓN OSL RACIOCINIO

El raciocinio ae divide en inductivo y deductivo,' el primero se eleva


de lo particular á lo general, y el segundo desciende del principia
á la consecuencia.
El inductivo en rigor no tiene fuerza, si no se funda en una ley
racional; asi pues, por el fondo, ya que no por la forma, puede in­
cluirse en el deductivo.
La expresión má$ pura y sencilla de éste es el silogismo, cuya es­
tructura puede ser regular ó imperfecta.
— 148 —
Las falacias pueden ser formales y reales; las primeraB se refieren
á las palabras, y las segundas á laB ideas.
Las de palabra son:
H omonimia . —Toma bu origen de la varia acepción en que puede
emplearse una misma voz.
A cento .—Consiste en la variación de significado de un térm ino
cualquiera, provocada por el cam bio de acentuación.
F i gur a d e d i c c i ó n . — Se forma tomando como una solados pala­
bras, que, aunque se escriben del miBmo modo, son diferentes en
esencia.
Composición.—Consiste en afirmar la coexistencia de dos térmi­
nos que sólo deben admitirse separadamente.
D ivisión .—Consiste en presentar con existencia separada térmi­
nos, que no son verdaderos, sino juDtos.
L bb falacias reales ó dialécticas son:
T rá n s ito d e lo c o n d ic io n a l á l o c a te g ó b ic o y a d s o lu to ,—Se
form a esta falacia pasando bruscam ente de un sentido parcial á otro
m ás am plio.
I gnorancia db la cuestión .—Consiste en sacar la cuestión de bu
terreno propio, no precisando el valor de las nociones.
C írculo vicioso .—E s aquel sofism a en que se in ten ta probar u n a
tesis por ella m ism a, ó por algo que en ella va supuesto.
F alsedad de causa .—Consiste en designar por causa de un hecho
lo que es pura relación de precedencia ó coexistencia.
So fi 9ma de consiguiente . - Se origina de tomar como recíproca la
relación que en los juicios hipotéticos guardan entre bí la condición
y lo condicionado.
P regunta compleja .—Consiste en reunir nociones contradicto­
rias en una misma pregunta, de modo que la contestación, por no
convenir á todas, deje lugar ¿ las conclusiones que desea el que es­
tablece la falacia.
SECCION 4 *

Del lenguaje. .
Llámase lenguaje, aquella propiedad en cuja virtud expresa el
hombre bus hechoB y estados anímicos.
En el lenguaje deben distinguirse tres elementos: lo significado,
el signo j la significación.
Lo significado es todo cuanto en nosotros existe bajo laíforma de
conocimiento, sentimiento ó determinación voluntaria.
EU signo es el medio sensible de que nos valemos para mostrar lo
significado. .
— 141 —
I.a tignijteación es, digámoslo ebí, la encarnación de lo significado
en el signo.
K1 lenguaje articulado ea el único objeto de nuestro estudio, en
esta sección.

CAPÍTULO I
ANJÍLI8I8 DB LOB ELEMENTOS QBAMATICALES

Tres son 1aB palabras necesarias á la manifestación dal pensa­


miento, como tres son las íormaB en que éBte se determina: el noni-
bre* el verbo y la conjunción.

1
Del nombre.
El nombre es equella palabra con la cual se designan los objetos.
Es svtlautivo, cuando representa objetos considerad os como tales;
y adjetivo t cuando representa cualidades atribuidas á las cosas.
Los accidentes del nombre son:
El género, que es el que marca el sexo.
El nimero, que indica si el nombre corresponde á un objeto <5 á
dos 6 más.
La declinación, por la caal se significan las relaciones de un nom>
bre con otro en un mismo juicio.
Al nombre están subordinadas tres palabras:
La preposición, que designa Iob casos.
El pronombre, que es la palapra empleada para acusar la represen­
tación personal del nombre.
El articulo, que manifiesta loa grados de determinación que tienen
las nociones.
II
Del verbo,
El verbo eB el elemento gram atical que expresa la relación cons­
titutiva del jirteio.
Se divide en tvstantivo y adjetivo.
El primero presenta la idea de ser, desnuda de toda atribución; y
el segando lleva en sí alguna atribución, añadida á la idea de ser.
Los accidentes del verbo son estos:
La pertona, que señala si el sujeto de la acción es el que habla, el
que escucha ó el que es objeto del coloquio.
El número, que tiene acepción análoga al mismo accidente consi­
derado en los nombres.
El tiempo, que señala el instante á que ce refiere la acción.
El modo, que refleja las varias modalidades de la misma.
La voz, que marca el doble carácter activo ó pasivo de que el verbo
es susceptible.
Al verbo acompañan algunas palabras accidentales:
El participio, palabra de origen verbal, que tiene forma de nombre.
El adverbio, que sirve paTa explicar de alguna manera el sentido
del verbo.
III
De la conjunción.
Asi como el verbo une los nombres, así la conjunción une los
juicios.
Las conjunciones se dividen en unitivas y unijícativas, 6 discur­
sivas.
Son las primeras las que agregan simplemente unas oraciones á
otras; y la B segundas, las que las enlazan en unidad, formando racio­
cinios.
Algo debemos decir de la interjección, que es un elemento en cuya
virtud Be expresan los afectos del ánimo.
Más que una voz sujeta á lrts reglas de la estructura gramatical,
es un gTito arrancado al alma por la fuerza del sentimiento.

CAPÍTULO II
síntesis dk los elementos gramaticales

Las relaciones entre laB palabras pueden ser de tres claBea : de


concordancia, de régimen y de construcción.
C o n c o r d a n c ia .— E s l a c o n f o rm id a d q u e e x is te e n tre lo s a c c id e n ­
te s d e l a s voceB.
Puede ser: de sustantivo y adjetivo, que conciertan en género,
número y cnso; de nombre y verbo, qne concuerdan en número y
persona; y de relativo y antecedente, que lo hacen en género y
número.
R égimen.—Es la relación de dependencia que tienen entre sí los
elementos gramaticales.
Los idiomas varían en las leves del régimen; pero ninguno carece
de él, por Ber indispensable para la claridad y armonía.
C o n s t r u c c i ó n . — Es e l orden e n q u e deben aparecer las palabras
en las oraciones, y laB oraciones en el discurBO.
Hay que d istin g u ir dos claseB de construcción: lógica y estética.
En la u na se tiene en cu e n ta el sentido m aterial de las voces; y en
— 140 —

la otra se atiende & bu mayor ó menor interés para la belleza del


conjunto.
A la eBtética debe asignársele un precepto; y ea que no lleve el
desorden basta un punto tal, que resulte desnaturalizado el len­
guaje.
El orden lógico de las palabras en la oración ha de ser éste; pri­
mero, el Bujeto; después, el verbo; y finalmente, el atributo; llevando
cada uno después da sí b u s términos accidentales, ni I o b tuviere.
El de las o r a c i o n e B en el discurso, es el siguiente: primero, aque­
llos juicios de los cuales se infiere algo; y después, los que designan
lo inferido.

PAUTE TERCERA

LÓGICA SINTÉTICA Ó APLICADA

I.a Lógica sintética Be ocupa del conocimiento desarrollado en su


plenitud, constituyendo la ciencia.
Bu contenido ae muestra en estas dos cuestiones.
1.a ¿Cómo se constituye la ciencia?
2.a ¿En qué forma se desenvuelve?

SECCION 1.a
D el mé t odo.

Método ea la dirección que debe seguir el entendimiento, para cons­


titu ir la ciencia.
El método requiere un punto de partida, un fin y una ley.
El punto de partida eB siempre lo conocido, aunque no pase esto de
la noción vulgar que poBee la conciencia, desde el instante en que
nos proponemos la obra científica.
El fin se reduce á dar al conocimiento I o b caracteres de reflexión
en cuanto al sujeto; de universalidad, en cuanto al objeto; y de ar­
monía, en cuanto á la relación.
La ley consiste en que los esfuerzos intelectuales se ajuBten á la
miBma realidad de las cosas.
El método ae divide en analítico , sintético y construclico.
- 147 -

CAPÍTULO I
DHL MÉTODO ANALÍTICO

El método analítico es aquel procedim iento por el cual aspiram os


á recibir en n u estra propia conciencia la v ista de la realid ad , en
cu an to eB efectiva.
He aquí loe procedimientos del análisis.
O bservación y experiencia . — O bservación es la percepción d i­
rec ta da las cosas individuales, ya pertenecientes al m undo exterior,,
ja .a l de la conciencia.
La experiencia es aquella operación por la cua]T sometidas las
cosas á ciertas condiciones artificiales, Be prestan á ser examinadas
bajo el punto de vista que se propone el investigador.
G eneralización .—Hecha la observación de los objetos, el en ten ­
dim iento va agrupando las propiedades idénticas, y form ando tipoB
ideales, con los que llega ¿ regularizar el estu d io .
Se llaman género y especie, aquellas nociones de las cuales ésta es
tíienoB extensa que aquélla.
Individuo es la noción que Be refiere á. objetos sin g u lares.
Uliima diferencia es el carácter que se añade al género, para for­
mar la especie.
I n d u c c ió n . — La in d u c c ió n , p a r tie n d o d e lo s h e c h o s , se e le v a á
l a s c a u s a s y le y e s , y c o n s titu y e u n j u ic i o e n el c u a l e s t á n u n a s y
o t r a s f o r m u la d a s .
Para inducir con fruto, eB preciso cerciorarse de que los caracteres
y relaciones, observados en los hechos, son esenciales &los hechos
mismos.
A la inducción propia se debe unir la analogía, mediante la cual,
de propiedades vistas e n 'u n objeto cualquiera, infeirmos algunas
en otro análogo.
H ipótesis . — La hipótesis es la suposición de un principio, por el
cual se explica una serie de fenómenos.
Para que sea aceptable, debe reunir estas condiciones:
1.a Debe ser clara, Rencilla y justificada.
Ha de mostrarEC en arm onía con las verdades establecidas en
la ciencia.
3.a Debe ser bastante ó esclarecer los hechos que la motiven.
Tales son I o b procedimientos analíticos; para emplearlos, h a y que
valerse de supuestos ó anticipaciones racionales, que son precedente
obligado en toda percepción,
£1 análisis, en general, h abrá de aju starse á l a s BiguienteB reglas:
— 148 —
1.a Al emprender el examen de una cuestión, es preciso fijar
bien bub términos.
2.a El objeto sobre que verse el examen, debe ser descompuesto
en bub varios elementos, cuidando siempre de que sean estudiadas
las conexiones que entre ellos existan.

CAPÍTULO II

DEL MÉTODO SINTÉTICO

Método sintético es aquel, mediante el cual deducimos de los prin­


cipios generales todo cuanto en ellos esté virtualmente contenido.
La sínteBiB pide una verdad fundamental, y en ella descansan
otras secundarias, de las cuales dim ana todo el proceso.
El método sintético no debe ponerse en acción, sin haber llegado
hasta las últim as percepciones del análisis,
E l medio de que se vale la BintesiB para cumplir su cometido eB
la deducción, por la cual, como sabemos, se desciende de los princi­
pios á las consecuencias.
L bb reglas generales del método sintético son las siguientes:
1.a Los conceptos en que bq funda el procedimiento, deben ser
expuestos con entera claridad.
2.a Las consecuencias inmediatas de los principioe debeu consig­
narse inmediatamente después de ellos, seBalando á continuación
las m ediatas, en orden rigoroso.

CAPÍTULO III
DEL MÉTODO CONBTBUCTIVO

Aun después de vista la realidad en sus hechos y en sus princi­


pios, por análisis y por deducción, no está todavía term inada la
obra del conocimiento, m ientras no se unan ambos procesos en el
proceso constructivo.
Dos son las funciones de éste: la comparación y la aplicación.
Consiste la una en relacionar los resultados de la síntesis con los
del análisis, á fin de ver bí hay entre ellos la correspondencia
debida.
ConsiBte la otra en aplicar las verdades de éste á las de aquélla,
con el propósito de observar hasta qué punto son ciertaB las inves­
tigaciones analíticas.
Para que la construcción científica sea posible, es necesario que
las nociones eBtén esclarecidas y bien expresadas.
- 14S -

SECCIO N 2.*
F o r m a d o la. c i e n c i a .
Este pauto puede ser examinado de dos modos: <5considerando Ib
ciencia eu sus especiales determinaciones, ó en su unidad absoluta.
Dos capítulos abraza, pues, esta acecido.
Formas particulares del conocimiento científico.
Forma general de la ciencia.

CAPÍTULO I
\
FORMAS PARTICULARES DEL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO

Tres son estas formas: la definición, la división y la demostración.


I
De la definición.
Consiste la definición on dar ó conocer un objeto, por género próxi­
mo y última diferencia.
Tres son los elementos necesarios á toda definición: el definente,
que es el término inmediato superior al que está presente al espí­
ritu; el definido, que es el objeto mismo; y la razón de definir, quo es
el fundamento de la relación establecida entre ambos.
Las reglas de la definición son estas:
1.a Debe ser clara, no sólo en su concepto, sino también en su
forma.
2.* Debe ser recíproca.
3.a Debe constar de género próximo y última diferencia.
II
Ve la división.
Consiste la división en enunciar las parteB de un todo.
La división consta: de objeto divisible, que es el todo que pretende­
mos descomponer; principio de división ó razón de dividir, que debe
fundarle en la misma definición de la cosa; y miembros de divúión,
que son las partes en que el todo se distribuye.
Las divisiones colaterales de un mismo objtto se llaman codivisio-
net, y las subordinadas subdivisiones.
Las reglas de esta forma científica son las siguientes:
1.a Debe ser integra.
2.a Debe ser opuesta.
3.a Debe ser adecuada.
— 150 -

III
De la demostración.
La demostración es un raciocinio, por el cual de un principio evi­
dente se infiere una conclusión cierta.
En la demostración hay tres elementos: la tesis, ó lo que ha de Ber
demoBtrado; la ratón de demostrar, que es el juicio en el cual está
contenida la tesis; y el argumento, ó sea la relación entre la teBis y
el principio.
La demostración puede ser divilida por la cualidad del principio, y
.por la forma de la relación.
Bajo el primer aspecto, puede Ber u. priori ó á posteriori. Se llama
a priori, cuando la razón es una verdad necesaria, y á posteriori,
cuando no es de evidencia inmediata, sino un resultado de la expe­
riencia.
Bajo el segundo aspecto, puede ser directa ó indirecta. Toma el
nombre de directa, cuando es positiva la relación entre la tesis y el
principio; y de indirecta, cuando es afirmada la exactitud de lo que
pretendemos patentizar, observando que la conclusión opuesta eB
imposible.
Las reglas de la demostración son estas:
l.4 Debe proporcionada.
2 ." El principio lia de ser evidente.
3 .a La consecuencia ha de ser legitima.

CAPÍTULO II
FOBMA GENERAL DE LA CIENCIA
La ciencia ha de ser orgánica; ha de constituir un todo, en el cual
las partes tengan entre si conexiones íntimas, y se refieran á la vez
al todo mi9mo, como natural fundamento de ellas.
El objeto de toda ciencia, por coüBiguiente, debe ser uno; y esta
unidad, que entraña direrBas manifestaciones, es la razón en que
éstas Be basan y mantienen.
El objeto, asimismo, ha de tener variedad, merced á la cual se es­
tablecen divisiones y se ordenan trntadoB, que evitan toda confusión
en la materia.
Finalmente, la obra científica lia de sujetarse á las leyes de la ar­
monía, por cuja cualidad bc condicionan unoB ¿ otros los varios co­
nocimientos, y ae subordinan á bu legítimo principio.
Hechas, pues, estas reflexiones, podemos definir la ciencia, di­
ciendo que es un organismo de verdades ciertas.
ÍNDICE

PágB.
INTRODUCCIÓN.—Concepto y división de la L ógica........... 5
PA R TE PRIM ER A .—L ógica general .......................................... 6
Sección 1.a— Condiciones del conocimiento.................................... 6
Sección 2 .a—División del conocimiento. , ...................................... 0
C apítulo I .—División del conocer, según el s u je to .. 9
I .—Del conocimiento sensible........................ 10
I I .—Del conocimiento racional......................... 12
I I I .— Del conocimiento in telig ib le................... 14
C apítulo I I .—División del conocer, según el objeto.. 18
I. -D e l conocimiento inm anente.................... 18
I I .—Del conocimiento trascendente............... 20
C apitulo III.—División del conocimiento, según bu re-
lación............................................................ 22
I.—De la verdad.................................................... 23
II ,—Del error........................................................... 25
III.—De la certeza...................... . ................... 28
IV .— De la duda....................................................... 30
PA R T E SEGUNDA. - L ógica partículas ó analítica ........... 39
S ección 1.a—De Ui noción.................................. . .............................. 39
Capítulo I .—Concepto de las nociones.......................... 39
C apítulo I I .—División de las nociones........................... 40
S ección 2 .a—Del juicio ..................................................................... 44
Capítulo I.— Noción del juicio........................................... 44
C apítulo II.—División del ju icio .......... ............................ 45
Capítulo I I I .—Comparación de loa juicios............... .. 48
Sección 3 .a—Del raciocinio............................................................... 53
C apítulo I.—Noción del raciocinio............... ................... 53
Capítulo 11.—División del raciocinio................................ 55
I .—Silogismo regu lar. ..................................... 68
I I .—Form as.irregulares del silogism o,. . . . 69
I I I .— F alacia s *73
— 152 —

Sección 4 .* — Del lenguaje........................................................... Ti


C apítulo I .—AnálieiB de Iob elementos gram aticales,
I .—Del nombre.....................................................
I I .—Del verbo......................................................... 8í
111.—De la conjunción...................................... 83
C apitulo II.—SinteBis de Iob elementos gramaticales. 85
PARTE T ER C ER A —L ógica sintética ó aplicada ................ 80
Sección 1 .*—Z>í¿ método..................................................................... 90
Capítulo 1.—Del método analítico.................................... 92
C apítulo II .—Del método sintético.................... .............. 103
Capítulo III.—Del método constructivo............................ 10(5
Sección 2.a—Forma de la ciencia, ................................................... 108
Capítulo I ,—Form as particulares del conocimiento
científico........................................................ 109
I .—De la definición.............................................. 109
II.—De la división..................... ............................ 11*2
I I I .—De la dem ostración.,.. . ............................ 115
C apítulo II.—Form a general de la ciencia.................. 119
CUADBO GKNKBAL DE LA LÓGICA.......................... .............................. 124
R esumen de los elementos s e L ógica........................................... 125
ELEMENTOS DE MORAL

INTRODUCCIÓN

CONCEPTO, RELACIONES Y DIVISIÓN DE LA MORAL

Varias definiciones se han dado de la Moral, que dicen


todas ellas relación al bien, en cuanto es cumplido por la vo­
luntad libre. Prescindiendo aquí de bu análisis, y sólo consig­
nando este fondo común que las distingue como nota funda­
mental y característica de esta ciencia, pasemos á dar de ella
un concepto claro y preciso, atendiendo al organismo de
nuestras propias facultades, toda vez que el hombre es desdo,
luego el sujeto á quien la Moral se refiere como directora de
sus actos 1.
Hemos establecido en Psicología que el espiritu tiene tres
facultades; y hemos establecido asimismo que cada facultad
tiene un objeto propio, un fin especial que realizar en la vida;
y como toda actividad para cumplir su fin ha de proceder
según su propia naturaleza y en armonía con las condiciones
intrínsecas del objeto, el estudio de uno y otro punto en rela­
ción para marcar e] proceso ordenado de las facultades, cons­

1 La Moral se llama también Ética, si bien algunos reservan esta segunda


palabra para significar la cienoia del bien en general por encima de toda rela­
ción. Etimológicamente los dos vocablos expresan lo mismo, porque proceden
de ano latino el primero j de otro griego el segundo, que signifiean ambos aos-
tumbr*.
tituye ciencias diversas, que tam bién en Psicología quedaron
bosquejadas. Asi como la Lógica, partiendo de los datos del
exam en espiritual .y fundándose en ellos, determ ina el objeto
de la inteligencia y las leyes á que debe ajustarse esta facul­
tad p ara alcanzarlo debidam ente, así la Moral, arrancando
de la n aturaleza de la voluntad que la Psicología m uestra,
traz a el camino racional que el hom bre, como ser libre, debe
seguir p ara el logro de su n atu ra l é ingénita aspiración.
Pero, siendo el objeto propio de la voluntad el bien, y h a­
biendo en éste relaciones y fases diversas, precisa determ inar
cómo es el bien objeto de la Moral, bajo qué relación lo com­
prende, A distinción de otras cicncias, que, teniendo el mismo
centro y acaso el mismo radio, se diferencian, no obstante,,
de la que constituye el punto exclusivo de nuestro exam en.
Indiquem os p ara esto, si bien ligeram ente y como cum ple A
estas nociones en cierto modo anticipadas, qué es el bien y
cuáles son sus aspectos, sin perjuicio de am pliar su estudio en
el lu g ar que corresponde.
El bien, en general, puede decirse que consiste en la ade-'
cuada relación de la actividad al fin; de donde se desprende
que el bien supone tres térm inos obligados: esencia con facul­
tad de hacerse efectiva en la vida; fin á que la facultad se en­
cam ina por n ativ a tendencia, y ordenación de la facultad á su
ün propio, que por este concepto se erige en ley de la facul­
tad m isma. Los seres finitos se dice, pues, que son buenos en
cuanto se desarrollan en arm onía con su esencia, que es siem­
pre p ára cada ser el tipo de su bien particu lar; y Dios es infi­
nita y absolutam ente bueno, porque su n atu raleza está cum ­
plida en la plenitud de los tiem pos, ó mejor, por encim a de
todo tiempo, según ella misma, y sin posibilidad de m ancha
ni de im pureza.
Ahora bien; el hom bre que es, según hemos dicho, el sujeto
m oral, puede hacer el bien bajo tres conceptos: puede hacer
el bien por el bion mismo y atento sólo á su realización, como
fin directo y pecular de sús actos; puede hacer el bien para
el bien, como medio p ara el logro de un fin ulterior; y final­
m ente, puede hacer el bien por a c a ta r la suprem a voluntad
de Dios, que es su fuente prim era y su .foco perenne. De aquí
tres.órdenes de bienes: el bien m oral, el bien útil y el bien
religioso; y como lo útil puede ser condicion para la efecti­
vidad de los fines sociales por un Jado y de loa m ateriales por
o tro , el bien útil se m anifiesta en la hum anidad como ju rí­
dico en el prim er caso, y como económico en el segundo.
Queda, pues, trazado ol círculo de la Moral. La Moral es la
ciencia que dirige la voluntad ai b!en, en cuanto es tomado por ésta
<w«<a fin de sus actos. Y con el concepto de Irt Mornl quedan
trazadas igualm ente sus diferencias del Derecho, de la Eco­
nom ía y de la Religión, y sua conexiones con éstas esferas.
El Derecho y la Moral tienen un fondo común; el bieij como
objeto de la voluntad libre; pero el Derecho lo tom a como con­
dición p ara el cum plimiento de los fines sociales, m ientras que
la Moral lo considera en sí mismo, en su propia sustantividad
y como fin do los actos. Siguese de esto que todo lo jurídico
puede ser m oral, porque la m era condición puedo ser osti-
m ada como fin; y que todo lo m oral puede ser jurídico, por­
gue el fin puede ser á su vez condición de otros fines más
.amplios*
De ordinario se séllala á jla Moral y a l Derecho tina nota
diferencial que no distingue bien am bas esferas; tal es la de
consignar que la una expresa el bien en sus relaciones con
la intención, y el otro el bien en sus relaciones exteriores.
A prim era vista se nota que esto no es propio; en el Dere­
cho no se prescinde ni puede prescindirse jamás- de la inten­
ción, que e.s después de todo nn factor im portante .para av a­
lorar la acción com etida, porque sin ella quedarían las re la ­
ciones jurídicas lim itadas á una m era forma: en las m ismas
leyes positivas se contienen claram ente disposiciones qne en­
trañ a n la intención del sujeto. P or otra parte, tampoco en la
Moral puede prnscindirse de lo ex terio r, que es el comple­
m ento del móvil interno. Lo que si ocurre es que en el D ere­
cho Be va del hecho externo á. la intención p a ra aquilatarlo,
y en la Moral se va de la intención al hecho externo para defi­
nirla: en aquél es el hecho el que ha de determ inarse según
la intención; en ésta es la intención la que h a de esclarecerse
según el hecho; pero ambos térm inos entran obligadam ente
en una y otra relación.
Según esto ¿queda reducida la distinción entre la Moral y
el Derecho &una m era apreciación subjetiva? No, ciertam ente;
por encim a del sujeto y sea cualquiera su intención al obrar,
la Moral y el Derecho, que tienen su fuente real en el sumo
bien y su criterio lógico en la razón, están eternam ente dis­
tinguidos; y asi la conciencia racional, reveladora de lo a b ­
soluto, nos dice: haz el bién por el bien (relación moral); haz
el bien para el bien (relación útil, que bajo nn aspecto es ju rí­
dica); y según el agente se proponga al obrar una ú o tra m á­
xim a como g u la de sus actos, estos actos serán m orales ó ju ­
rídicos; mas no dependiendo esta distinción realm ente de la
sola finalidad del sujeto, sino del fundam ento objetivo de am ­
bas relaciones, que en vez de recibir su valor de la conducta
hum ana, se lo d an ellas por su m isma absoluta naturaleza.
Pero el Derecho tien e, como todo principio fundam ental,
dos aspectos distintos, que m utuam ente se com pletan: el as­
pecto metafisico y el aspecto biológico. El Derecho, como ór­
gano d e la vida, conservando, como no podía menbs de con­
serv ar, su ca rác te r de condicionalidad re cíp ro ca, está sujeto
á todas las lim itaciones hum anas; y por eso, al ser exigible
su cum plim iento y penable su infracción, al constituir la
atm ósfera social, aparece m ás ligado con la. form a que con el
fondo de la vida, singularm ente en lo que respecta á la san^
ción, por lo mismo qne está encom endada á los fallos Ruma­
nos, que no pueden penetrar el interior de la conciencia.
Así es que los tribunales de justicia van, en.la apreciación
de un delito, hasta dónde puede ir la vista lim itada del hom­
bre por las obscuridades de la intención; pero en la m ayor
p arte de los casos el procedim iento se lim ita puram ente á los
hechos, p ara fundar en ellos la aplicación de una pena, acaso
desproporcionada respecto del delito, aunque parezca plena­
m ente ju sta. Nosotros concebimos bien que un hom bre acu­
sado por los tribunales de la tierra según todas las prescrip­
ciones del Derecho escrito, esté absuelto p o r b u propia con­
ciencia y por Dios; pero absuelto, no sólo c o m o agente m oral;
sino como ser jurídico y dentro de esta esfera, que aunque
aplicable á las relaciones hum anas, tiene realidad absoluta.
¿Qué es Dios, sino la suprem a condición de la vida uni­
versal?
No sucede con la Moral lo mismo. Los actos m orales se pro­
ponen el bien como fin, y no como condición de la v id a social;
y por tanto, su sanción no toca ni en poco ni en mucho á la
sociedad misma, sino á la conciencia de un modo relativo, y
á Dios de un modo absoluto. De aquí resulta que la sanción
m oral es perfecta, porque la intención puede ser depurada
hasta en sus últimos motivos; y esto, sin duda, esta diferencia
p rá ctica, esta d istinta pureza en la sanción de unos y otros
actos es lo que á prim era vista establece una separación, que
realm ente no existe, entre la Moral y el Derecho, y es lo que
ha podido inducir & algún filósofo á desligar la acción ju rí­
dica de la intención; pero es preciso no tom ar los principios
en su p ráctica solam ente, sino tam b ién , y en especial, en bu
Concepto metafisico. Haciendo esto, que es exigencia racional,
fíjase fácilm ente el carácter del Derecho en el sentido que he­
mos dado á conocer, con estas dos consideraciones:
1.a El Derecho no es una forma arbitraria ideada por los
— 10 -
hom bres para su m ejor estado social , sino un principio de ra ­
zón, y .p o rlo mismo,, absoluto.;
2.ft Refiriéndose- el Derecho á la lib ertad , no es posible se­
p a ra r del acto jurídico la intención, qne es el fondp personal
de las acciones hum anas.
El derecho ,dc castigar y la .naturaleza de la pena, m arcan
perfectam ente el fondo común q u e . tienen la Moral y el Dere­
cho y bu diferencia p ráctica. Diciendo el Derecho- relación á
la vida social, siendo el,conjunto de condiciones necesarias
p a ra el integro cum plim iento de los fines racionales humanos,
claro está que & todo trance debe sor m antenido en la socie­
d a d contra todo propósito perturbador, venga de donde qúiera;
y la sociedad, por medio de su representación jurídica, ¿plica
la pena, que es la contradicción del delito, como el delito lo es
del Derecho. Esta sanción del Derecho no es aplicable al c ir­
culo m oral, que, aunque abraza los fines sociales, no es con­
dición ni medio, sino fin en sí mismo. He aqui la diferencia.
Pero, por otra parte, si la pena tiene por objeto restab 1ecer el
Derecho violado, y uno de los objetos de la penalidad alcanza
á la conciencia del delincuente, toda vez que procura su re ­
dención m o ral, claro ea que la lib e rta d , y con ella la inten­
ción, es un elem ento incuestionable del Derecho.
H ay otro caraeter diferencial m uy digno de ser tenido en
cuenta. Los actos morales pueden no tener m anifestación e x ­
te rio r, pueden consum arse en el propósito m ism o; y así es
-que de los malos pensam ientos, de los malos designios es el
hom bre responsable, y por ellos da ^u sanción inm ediata la
conciencia; pero los actos jurídicos, como medio qne son p a ra
la realización de los fines racionales,.no adquieren valor como
tales acciones m ientras no se exteriorizan, traduciéndose, ya
en acatam iento A la l e y ,y a en infracción de sus m andatos.
La Moral se distingue, pnes, del Derecho, p a ra resum ir y
term in ar este punto, p o r varios conceptos:
— IX —
1.p Por su fin, que eu la Moral es el bien cu si mismo, y en
el Derecho es el bien como condición para que prosperen de­
bidam ente los ideales humanos.
2.°. P or su elem ento principal (fíjese bien este térm ino), que
on la Moral es la intención y ,en el Derecho la relación externa;
y asi es que en éste se atiende, por ejem plo, en un delito á la
m agnitud del daño causado, ijiientras que en aquélla es el
propósito el regalador del m érito que en trañ an las acciones.
3.° Por su sanción, que en el Derecho se encom ienda inm e­
diatam ente í\ las instituciones hum anas, y en Ja m.oral sólo ¿
la conciencia y A Dios,
Pero pudiera decirse: si entro la Moral y el Derecho no hay
niAs.diferencia que la que existe entre la condición y el fin,
resultan en realidad confundidos; porque el fin es condición
de otros fines y la condición es un fin en ai mismo. Esto último
es cierto; pero no induce A confusión; porque.el m edio y el
fin , dada una relación cu a lq u ie ra , se distingue claram ente,
aunque después bajo otros aspectos se trueque la naturaleza
de am bos, haciéndose del fin una condición, y al contrario;
pero si no hay ni puede haber en tre lo jurídico y lo m oral esa
confusión, sí h ay relación estrecha; ta n ta , q u e, para decirlo
de una vez, el Derecho es á la Moral como el organism o al
fondo de las cosas, lia Moral afecta al bien en sn fondo; el
Derecho toca á su forma, á su condición, á. los medios de pro­
ducirlo en la vida; y por eso, en nuestro sentir, h ay un dere-
■cho del hombre p ara consigo mismo, como lo h ay de unos
hom bres p ara con otros, y por eso tam bién las acciones que
acepta el Derecho como buenas porque en trañan una presta­
ción, 110 se conform an con el ideal jurídico si no las anim a un
propósito ordenado al bien, si no son al mismo tiempo morales.
En el Derecho ideal, en Dios, de cuya esencia brotan todas
las relaciones del bien, la m oralidad y la justicia son una
m isma cosa, porque el Ser Infinito es una actualidad pura y
— 12 —
bu bien está eternam ente cum plido; en la bum anidad, por el
contrario, el Derecho está tocado, como todo cuanto á lo hu­
mano se reñere, de la lim itación; y las leyes sociales reflejan
y reflejarán siem pre esta flnitud en lo respectivo á la ap recia­
ción intim a de las condiciones p ara el bien, y por tanto, en
lo tocante ¿ su sanción. Pero si es cualidad hum ana la im per­
fección, lo es tam bién el progreso; y el Derecho debe tender
de continuo, y tiende en efecto, á desligar la ley en lo posible
de lo puram ente exterior, acercándose cada vez más á la iden­
tidad de lo m oral y de lo justo, siendo asi qne la vida del hom­
bre debe ser im agen y sem ejanza de la vida de Dios.
No menos clara es la diferencia que existe entre la Moral y
la Religión. L a1Religión, sean cualesquiera las creencias y las
prácticas de los pueblos, es concebida como una com unicación
íntim a y personal entre Dios y el hombre: Dios, como Ser crea­
dor, ordenador y providente; el hom bre, como ser creado que
m ira en Dios su salvación y su bien suprem o. En el orden re­
ligioso hay los mismos térm inos que en el orden moral: la con­
ciencia hum ana y el bien; m as en el prim ero, el bien es la
fuente de todo bien, Dios mismo; y en el segando, es el bien
como epianación divina, como ley v iv a im puesta á la volun­
ta d p ara que ésta se inspire en ella de continuo.
Los mismos actos pueden sef"religiosos y m orales; religio­
sos, en cnanto se practican con el pensam iento en Dios, como
en presencia suya y p ara rendirle un tributo de nuestro amor;,
m orales, en cuanto se obedece al realizarlos al m andato de la
conciencia. No queda, pues, reducida la actividad religiosa á
las p rácticas del culto; sino que u n a acción cualquiera (el es­
tudio, la limosna, el consejo, la ensefianzá) tiene esc c a rá c te r
6i se verifica por Dios; y en cam bio aquéllas, si no responden
á la intención interna, sí no son ante todo adoración de Dios
en espíritu y en verdad, no constituyen sino una fórm ula es­
téril, y a que no impía.
— IB —
La Moral, aunque d istinta de la Religión, no es indepen­
diente de ella; antes al contrario, sostienen am bas un estrecho
consorcio, que se entiende fácilm ente con sólo pensar en que
la Moral es la relación de la voluntad con el bien, y la Reli­
gión lo es de la conciencia con Dios; que es el bien supremo
y absoluto.
H ay, pues, cierto-vinculo de dependencia entre el principio
m oral y el religioso, porque p ara am ar A Dios y ren d irle culto
ea preciso conocerlo: y según el concepto m á s ó menos claro
que de su esencia se forme, asi la Moral tom a sus inspiracio­
nes con m ás ó menos pureza, y tiene un fundam ento mAs ó
menos estable y racional. Pero bajo otro punto de vista, los
principios m orales ab razan los religiosos, toda vez que la co­
munión del hombre con el Ser Infinito es ni) deber impuesto
por la razón á la conciencia. •
Los sistemas filosóficos que niegan la existencia de Dios, y
por tanto, Jos vinculoe religiosos, s e em pellan en vano en cons­
titu ir una Moral que esté en arm onía con los ideales humanos,
porque carecen de base y criterio para establecerla. Negrada
la realidad del mundo absoluto del cual em ana todo principio
racional, no queda otro medio para fundar el orden moral que
la p u ra experiencia; y la experiencia, que en lo sensible es el
inm ediato criterio lógico, en lo ideal, en Jo que estA por enci­
m a de.la experiencia misma» no lleva sino á resultados absur­
dos, cuando tem erariam ente nos empeñamos en aplicarla.
¿Qué h ab rá de enseñarnos, la experiencia respecto á las leyes
morales? Si no versa m&s que’sobre heehos, y los hechos están
unos en arm onía yotroB en pugna con el principio de m orali­
dad, ¿cómo ha de ser posible la indueción de este principio
partiendo de acciones contradictorias? Y si tal contradicción
es conocida de antem ano y p o r v irtud de este conocimiento
se descartan los hechos inm orales, ¿no supone esto la posesión
anterio r del principio que se pretende investigar? La expe-
— 14 —

r ie n d a , pues, no es proceso adecuado p a ra el coaocTmíeato


de las leyes m orales; lo es 1& razón, órgano-de lo absolitto^y
lo absoluto existe fuera de la razón, como el m undo externo
fuera de los sentidos. Lo absoluto, aulnqne concebido por nos*
otros,, no tiene en nosotros mismos su fundam ento; lo tiene en
Dios; y por eso del conocimiento que de él formamos y de la»
relaciones que con él sostenemos en la vida; brotan rayos de
luz que esclarecen el mundo m oral, poniendo de manifiesto
todas sus bellezas y todas sus arm onías.
M arcada la distinción entre la Moral y el Derecho, no es
difícil establecer los justos 'linderos entre la Moral y la Eco­
nomía. T res notas diferenciales pueden designarse, bastantes
6. conseguirlo: El fin. 2.a L a esfera. 3.a L a sanción. P o r
el fin se distinga^ la Moral de la Economía en que aquélla,
según hemos repetido, tom a el bien por el bien; y ésta, el
bien p ara el bien; el bien como medio p a ra el cum plim iento
d e los fines m ateriales, q u e es la segunda form a, antes -con­
signada, de lo ú til.
Después de esto, se com prende &prim era vista, que la Eco­
nom ía tiene u n a esfera menos am plia qne la Moral, toda vez
que sn objeto es el bien com o medio p ara n n fin determ inado;
pero no todo el bien, que es, en sus relaciones universales con
la voluntad, el objeto de la ciencia de laS costum bres. Cual­
quier acto económico puede ser m oral, en cuanto el trabajo
constituye uno de nuestros deberes; pero no todo acto m oral
es económico; sin que se entienda por esto que puede existir
colisión entre unos y otros hechos; sino sólo q n e h ay algo del
m nndo m oral m ás all& del horizonte de la Economía.
L a sanción es el tercer carácter qne distingue en tre sí los
dos órdenes indicados. Ambos tienen una sanción común:
Dios y la conciencia, bajo cu y a jurisdicción caen en últim o
térm ino todas las acciones hum anas; pero adem ás tiene en la
vida cada género de actos su sanción peculiar y propia. Los
— 15 -
hechos m orales, como fundados que estárr en la intención
del agente, la tienen e n l a conciencia; los hechos económi­
cos, cbmo ordenados que Son á l bienestar del sujeto, la en­
cuentran en el estado de'prosperidad 6 dé m iseria ('n q u e l a
persona so constituye, por virtud del empico míis ó menos
acertado qüe hace de- fens fúferzas, y de la aplicación m ás 6
meíios racional que da A su trabajo. P or k>’dom:\s, los hechos
económicos, como los jurídicos, no pueden 'desligarse de la
libertad personal, que determ ina el fondo de toda m anifesta­
ción humana.'
La Moral, en rigor, necesita la cooperación de todas las
ciencias porque, si ha de trazar el camino que la voluntad
libre del hom bre debe recorrer en la vida, los preceptos m ora­
les han de tom ar el principio regulador, p ara cada esfera, del
orden de conocimientos que le sea respectivo: que no cabe r e ­
g u lar sin la p re tia determ inación del'objeto sobre el cual h ay a
de recaer la activ id ad regulada ®. Pero las que de un modo
m ás inm ediato le prestan su apoyo son la Psicología y la Me­
tafísica, que form an como lofe polos en que descansa y sobre
que g ira. En efecto; y a hemos dicho que la Moral tiene dos
térm m ós: la conciencia y el bien; y siendo esto así, claro se
ve que p ara la determ inación del prim er elem ento tiene que
valerse de la ciencia psicológica, que pone de manifiesta
cuanto se da en la conciencia, rectam ente consultada; y p a ra
la definición del segundo ha de recibir sus inspiraciones d e
la Metafísica, en la cual se fijan todds los principios absolutos*

1 Nos referimos á 1» Moral tom ada en sentido má* amplio; no & la esfera
elem ental, en donde apena* han de boíqupjarne cueationea.
*2 Seguramente, si h a ; a n a ciencia qoe parezca con derecho de no confar m á»
que con ella miania, es lá Moral. Es la c i rocía toberaua; poaee nn principio de
arta certeza evidente, ctoya aupremacia no ea discutible; y, sin embargo,-la Moral
tiene frecuentem ente que buscAr el eonenrao de laa otra* alenda». El bien, del
coa! ella ordena la relación, no ea conocido por nosotros instintivam ente. Teñe-
moa qae indagarlo, etc., e tc .—H. Patay*
— 16 —

Aunque es hasta cierto punto irracional la pregunta de si la


Moral es ciencia ó arte, según habrá de comprenderse en el
desarrollo de este punto, es lo cierto que esa pregunta se
hace, y hay necesidad de contestarla. Nosotros entendemos
que la ciencia es un organismo de verdades ciertas, y que el
arte es, en su acepción más amplia, el desarrollo de la activi­
dad según la naturaleza y condición de su objeto. Dice, pues,
la ciencia relación al conocer, y el arte al obrar; y como la
acción, si ha de ser ordenada, si ha de ser artística, tiene que
amoldarse, como queda expresado, á la naturaleza y condi­
ción del objeto, que no pueden ser conocidas y determinadas
sino por la ciencia, síguese de aquí con todo rigor y claridad
que no se concibe arte sin ciencia, como no se concibe planta
sin raíces ni edificio sin cimiento. Pero á su vez, no cabe cien­
cia sin arte; porque el saber es ante todo y sobre todo para
el vivir, pora regir y ordenar la conducta, sin enyo fln esen­
cial la ciencia sería una fórmula vana, incomprensible por
todo extremo; puesto que la inteligencia, que es su órgano
propio, condiciona toda la actividad del espíritu
La Moral es, por tanto,.ciencia y arte á la vez; ciencia, en
cuanto organiza el conocimiento de su objeto, estableciendo
principios generales de conducta; arte, en cuanto aplica estos
principios generales ¿i la actividad, dándole reglas y trazán­
dole caminos adecuados al cumplimiento de sus filies. De ahí
que la Moral no se limite á consignar que la intención es el
primer elemento de los actos morales, sino quo se extjende á
marcar los medios procedentes á la consecución del bien en

1 Al qne formular* en deílnjtiva la objeción de que las cosas en ooncreto no


enoeden como n ha podido Imaginar en Jo abstracto, nosotros responderíamos
con Q&Vileo, qae mientras esto no ocurre, la falla es del observador qae no ha
hecho bien los oáloulop; poro- al se ha dado cuenta exacta de todo, lis cosas
m encontrarán siempre en una conformidad entre la teoría y la práalica.—
MlngfaetU: Relación de la Economía ptliíico con la Mora! y el Z)erecfco,]ibro i,
pAftna 73.
- 17 —
la vida; y de ahí, por consiguiente, que no baste para ser hom­
bre moral tener constantemente un propósito recto; sino que
es preciso poner el propósito en armonía con el fin, para qne
se correspondan la pureza del motivo y la bondad de la obra.
Expuesto el concepto de la Moral, y supuesto que toda
ciencia tiene una doble dirección que seguir para la ínte­
gra determinación de su objeto (la analítica, por la cual es
recibida en el espiritu la presencia de lo cognoscible, y la
sintética, que deduce cuanto en los principios absolutos está
contenido en virtualidad), importa fijar si nosotros nos propo­
nemos esta doble tarea, como cumple á las leyes del método,
ó si, por el contrario, vamos á emprender uno solo de los pro­
cedimientos señalados.
En realidad (y ya queda este punto ampliamente discutido
en la Lógica) no hay más que un camino racional en la obra
científica, que consiste precisamente en ese doble trabajo ana­
lítico y sintético; de tal manera, que ni el análisis tiene legi­
timidad absoluta en la ciencia mientras la deducción no com­
pruebe sus resultados, ni la síntesis por sí sola abraza toda la
complejidad del conocimiento, que reclama ser verificado,
ser tocado en la piedra de los hechos; brotando de esta alianza
mutua de ambas direcciones la garantía de una plena certi­
dumbre. Pero si no hay dos ciencias morales (una analítica y
otra sintética), puede la Moral, que es una, ser estudiada pro­
visionalmente y para completar después el trabajo científico
en estudios superiores, sólo en uno de sus aspectos, en uno de
sus instantes lógicos; y esto es lo que marca nuestro propósito
por ahora. Nos ocuparemos, pues, del aspecto analítico de la
Moral, por corresponder así al carácter elemental de esta en­
señanza, que es el que predomina también en los anteriores
tratados de la asignatura que nos está encomendada.
Si nuestro trabajo es puramente analítico, ¿cuál ha de ser'
nuestra fuente principal de conocimiento? Claro está que la
2
— 18 -

conciencia, en la cual iremos descubriendo sucesivamente los


elementos y las relaciones morales, que procuraremos ir con­
signando con orden *. Pero claro está también que, al formar
el conocimiento moral, emplearemos todas las facultades que
A la conciencia se aplican para dar A luz, si vale decirlo, para
informar lo que elln guarda sólo como dato primero sin reali­
dad científica todavía. En la génesis del conocimiento moral,
la conciencia es el germen; y la actividad del entendimiento,
ajustada á loa principios de razón y estimulada por la experien­
cia externa, es la que fecunda el germen y lo desarrolla, pro­
duciendo la ciencia de las costunibres, bajo la cual se abri­
gan, buscando en ella norte y amparo, las acciones humanas.
Divídese la Moral en tres partes: general, especial 6 analítica,
y sintética ú orgánica. La primera parte trata de los elementos
morales; la segunda, de las varias formas ó especies del deber;
y la tercera, de cómo cumple el sujeto moral en todas sus con­
creciones el deber ó los deberes que está llamado A cumplir.
No hacen los autores esta división de la Ética, infringiendo,
á nuestro juicio, las leyes universales del métodoT norma in­
variable para el estudio científico. En efecto; si el conoci­
miento ha de ajustarse á la realidad, de la cual es fiel tra­
sunto, es preciso que refleje toda ciencia los tres instantes ómo-
dos en que lo cognoscible se ofrece al espíritu: primero, en uni­
dad; después, en variedad; y finalmente, en esencial composi­
ción. Y de tal manera es esto exigido, que cualqnier estudio en
que no se abrace alguno de estes momentos dél proceso cogniti-
vo,eapor lo mismo deficiente; no sólo en cnantoála forma, sino
también, y muy en especial, en cuanto al fondo, que queda
con tal defecto como quebrantado en sus naturales relaciones.
Algunos autores dividen la Moral en general y especial, tra­
tando en la primera parte lo fundamental de las cuestiones
1 La conciencia mora), no la psicológica} la conciencia, considerada como
«xpresión de los principios racionales qne conciernen al orden ético.
— 19 —
morales, lo cientítfco, qne pudiera decirse, y en la segúndalo
práctico, lo artístico. Esta división no es aceptable, porque
ostá implícito y como absorbido en sus miembros un aspecto
del asento que debiera constituir miembro aparte, por ser,
como los otros, un modo esencial del asunto misino. Las ínti­
mas relaciones entre lo general y lo especial no son ni lo uno
ni lo otro; son cosa distinta, aunque referible igualmente á
ambos extremos; y no pueden ser claramente concebidas ni
expuestas, sino después de haberse formado exacto conoci­
miento de los términos de que brotan. Además, los autores
referidos dejan fuera del estudio moral muchas cuestiones que
deben tocarse en la parte que nosotros llamamos sintética. De
modo que en esos tratados hay dos defectos que lmcen inad­
misible su plan: distribuir la materia con infracción de las
leyes lógicas, y omitir, quizá por esta mala distribución, pun­
tos que, según veremos en su lugar, tienen derecho incuestio­
nable á ser considerados.
Otros moralistas dividen la Ética en parte subjetiva, par/e
objetiva, y dcontologia 6 tratado del deber. Esta división nos pa­
rece igualmente viciosa, porque tampoco responde á las cate
gorias del método que eaos mismos filósofos proclaman y acep­
tan hasta el punto de amoldar á ellas otros libros, no menos
importantes y dignos de estima. La deontologia es en cierto
modo nn aspecto orgánico, porque el deber es la relación cji-
tre la conciencia libre y Ja ley absoluta del bien; poro no re­
presenta la síntesis fecunda de lo general y lo especial, de la
unidad y el contenido, de la tesis y la antítesis; porque ni lo
subjetivo es la unidad, ni lo objetivo la variedad; sino que lo
snhg^tivo y lo objetivo son unos y varios al mismo tiempo,
como términos igualmente sustantivos y propios. Y si en &lgq
cupiera darles distinto carácter, más bien es el objeto lo uni­
versal, puesto que^abraza e^hicn en todas sus relaciones; al
paso que el sujeto se concreta exclusivamente á la humanidad,
— 20 -
fuera de la cual hay otros órdenes de objetbs y de séres. En la
deontología tratan los autores citados, no sólo del deber como
noción general, sino también de los deberes especiales que
tiene el hombre con sus semejantes, consigo mismo, con la
Naturaleza y con Dios; y esto, sobre ser una tarea puramente
analítica, no constituye, como pronto habremos de observar,
un sistema completo de deberes morales*
Las tres partes en qué esos tratados se dividen (el sujeto,
el objeto y la relación) no deben, á nuestro juicio, formar más
que una sola: la primera, la general; descartando, por supues­
to, lo referente á nuestros deberes particulares, que en otra
disposición y con más relaciones, con todas las qué natural­
mente están contenidas en el objeto, constituyen la parte ana­
lítica. Y decimos que el estudio de los tres términos morales
debe hacerse en el primer miembro, porque son elementos
Micos; y mal puede construirse una noción Integra de un asun­
to cualquiera, si no se lijan, aunque sin descender A pormeno­
res analíticos, los elementos, las propiedades sin las cuales el
objeto no podría siquiera concebirse.
Y no se diga que se trata de un libro elemental, cuyo ca­
rácter no os compatible con un plan acabado y extenso; por­
que lo elemental no significa ilógico,' ni es carta de libertad
para quebrantar las leyes del método. Lo elemental y lo fun­
damental tienen otra distinción, que no afecta ni al fondo ni
al plan de la obra, sino exclusivamente á la mayor ó menor
profundidad con que se tratan las cuestiones; las mismas pa­
labras lo dicen. No liáy, pues, dos planes ni dos asuntos di­
versos para esos dos aspectos del estudio; no hay dos Éticas,
bino una sola Ética, qué según sé exponga en sus nociones ó
en sus fundamentosasí tendrá uno ú otro de los aspectos nom­
brados; siendo ambók, sobre todo, como expresión del mismo
fondo, idénticos en el método yen el plan.
PARTE GENERAL ,i
y
; i..-
t
‘ ] •?/"

La parte general de la Etica trata, según hemos dicho, de


los elementos morales, que son: el sujeta (la conciencia), el
objeto (el bien) y la relación entre ambos (el deber). Consta,
pues, la parte general de tres secciones: 1 .a De la conciencia.
2 .a Del bien. 3.a Del deben

secciós r

De la conciencia.
Para que el tratado del sujeto moral sea íntegro y contendí
las bases en que después han de fundarse las varias conexio­
nes éticas, es preciso examinar, no sólo los aspectos que pu­
diéramos llamar Intimos de la conciencia, sino también Jas
diversas posiciones en que ésta se constituye en sus relaciones
generales con los objetos de su actividad; estudio para el cual
necesitamos anticipar en cierto modo alguna idea, que des­
pués irá teniendo su natural desarrollo. No de otra manera se­
ria posible ver en el organismo moral cómo la conducta hu­
mana va recibiendo en todas sus fases la savia de las leyes
que deben informarla, y cómo á su vez ella nutre y vivifica
los fines que A su libre actividad están encomendados, ten­
diendo á hacerlos efectivos en el tiempo*
— 22 —
Este segundo examen, que ha de versar sobre loa modos di­
versos de ] a conciencia en orden á bu s fines, pudiera, á pri­
mera vista, parecer propio de la parte especial; pero no lo es
ciertamente, porque en. ésta habremos de fijar, no ya esos
puntos de vista generales, sino los deberes particulares que
tiene el sujeto en las varias relaciones en que se coloca res­
pecto del bien; relaciones y modos que, por ser necesarios para
el total conocimiento del sujeto, han de ser determinados en
la parte general, aplicados después en la especial á la desig­
nación de las obligaciones morales, y recogidos, por último,
en la orgánica, á fin de señalar el proceso racional para el
cumplimiento de esas obligaciones mismas.
De esta manera, y no de otra, puede percibirse la Intima
rolacián de todos los puntos de la ciencia, sin perder de vista
jamás el principio que la rige y que en ella late siempre, for­
mando un verdadero organismo. Esta sección debe, pues, dL-
vidirse de este modo: 1 .° Elementos morales de la conciencia. 2.°
Órganos morales.
»'
( e l e m e n t o s m o r a l e s d e l a c o n c ie n c ia . /

4
En los elementos subjetivos de la moral hay que estudiar,
ante todo, siguiendo rigurosamente el plan que informa toda
la ciencia ética, la conciencia en su unidad, que es la clave
de todas las afirmaciones posteriores; y después, en sus varios
modos esenciales, originándose de aquí dos tratados; á saber:
Unidad de ¡a conciencia moral.—Contenido de la conciencia moral,
Y como los modos esenciales de ésta son la inteligencia, el
sentimiento y la voluntad, hay que examinar en párrafos se­
parados cada una de estas facultades en sus fases éticas. Una
vez hecho este examen analítico, es preciso fijar las relaciones
de cada una de las facultades con la conciencia en general,
brotando de aquf, como habremos de observar claramente, los
— 213 —
conceptos de la intención, la motivación y la imputabilidad,
que deben ser tratados en un tercer capítulo bajo el epígrafe,
de Eclaciones íntimas de la conciencia moral.

CAPÍTULO I (

UXIDAD DE LA. CONCIENCIA MORAL.

La conciencia, en absoluto, es aquella propiedad por cuya


virtud el hombre está en presencia y posesión de todo b u ser.
Abraza esta cualidad universal cuanto se da en nosotros bajo
la forma de conocimiento, sentimiento ó volición; y toma di*
ferentes nombres, según el objeto con el cual se intima el
espíritu. Natural derivación de esa conciencia una es la con­
ciencia moral, que dice relación al bien, como ley de la con­
ducta humana.
Pero el bien no se intima con el sujeto sólo bajo la r a c ió n
de conocimiento, como afirman con error evidente algunos
pensadores; sino que se refiere á toda la actividad, á todo el
espíritu, siendo, ó debiendo ser, á la vez que conocido por él,
amado y cumplido. La conciencia moral abarca, pues, tres
modos permanentes, de tal suerte indispensables en ella, que
la falta de cualquiera de los tres quebrantaría la integridad
de la persona moral; y como el espiritu es simple por natura­
leza, este quebrantamiento implicaría, en rigor r-la anulación
<Ie la conciencia misma. Funestas consecuencias se han des­
prendido para las costumbres de considerar la conciencia mo­
ral reducida á sólo uno de los tres modos individuales. Y -en
efecto; conocer meramente el bien y no amarlo ni hacerlo
efectivo en la vida, sería por demás infecundo; practicarlo
sin conocerlo debidamente, seria ocasionado á frecuentes y
gTaves peligros; conocerlo y cumplirlo sin amor, sería redu­
cir la voluntad á dura servidumbre; practicarlo, en fin, por
— 24 -
las solas inspiraciones del sentimiento, seria gastar nuestras
fuerzas en obras á veces perjudiciales, y casi siempre esté­
riles.
El hombre, pues, se llama persona moral en cuanto tiene
facultades para conocer el bien, como suprema ley de la vida;
para am arlo, como término y resumen natural de todas sus-
aspiraciones; y para efectuarlo, como fin propio de sus actos
libres. Ordinariamente se piensa la conciencia moral sólo
como el órgano que mira, acusa y sentencia nuestras accio­
nes; y asi se dice en una frase que tiene carácter de máxima
popular: la candencia es á la vez—testigo, fistol y juez, Pero la
conciencia no es únicamente esto; no es sólo la custodia del
bien; no es sólo el ojo que vigila y la mano que azota; ea, an­
tes que esto, la luz que dirige, el fuego que impulsa, la ener­
gía que obra. No hay en- nosotros dos sujetos morales, uno que
prescribe y otro que sanciona, uno reo y otro juez; la concien­
cia, qfte es una, que es íntegra, que es indivisible, condensa
en sí misma todas estas funciones; y el remordimiento no es
más que el vacio producido en el aLma por bu propia culpa,
como la satisfacción de conciencia es la plenitud en que se
constituye el espíritu, al recibir en su seno las divinas luces
del bien.
Si, pues, la conciencia moral no es otra cosa que la unión
total del espíritu con el bien como ley de la vida, claro está
que, siendo el bien un principio absoluto, no hay conciencia
entre los seres finitos más que en el hombre, porque única­
mente la razón puede ponerse en contacto con lo absoluto y
eterno. El único Ber moral es el hombre, sean cualesquiera
las afirmaciones qne en contrarío puedan hacer las escuelas
que no ven entre aquél y los animales inferiores más que una
diferencia de grado, no de naturaleza. La vida moral abre
un abismo entre el hombre y las especies animales, aun las
más perfectas; abismo que no puede salvar y en el cual s^
— 25 —
pierde la escuela transformisia , á pesar del mucho ingenio do
sus cultivadores, y de las importantes observaciones que todo»
los dias hacen, bascando los eslabones perdidos de la inmensa
cadena de los seres
La conciencia moral es propia del hombre y de todo hom­
bre , sea cualquiera su cultura, excepción hecha de esos es­
tados anormales que privan al sujeto de la posesión de sí mis­
mo. Los pueblos más salvajes, loa hombres más incultos tie­
nen noción de lo bueno y de lo malo, y reciben sus actos la
sanción íntima de la satisfacción y del remordimiento. Esa no­
ción podrá ser equivocada, porque no les permita su falta do
educación intelectual tener claro conocimiento de los princi­
pios racionales; pero errónea ó cierta, existe en el fondo del
alma como condición inherente á nuestra naturaleza. Aquellas
tribus nómadas, por ejemplo, que al trasladarse de un punto-
á otro daban muerte á los ancianos que no estaban en aptitud
de sufrir las penalidades de una expedición, erraban, es cier­
to, en cuanto al hecho que consideraban un deber; pero lo
cumplían con regocijo, porque iban á libertar A sus padres do
molestias y trabajos superiores á sus fuerzas.
Mucho se ha declamado contra la estabilidad de los princi­
pios morales, fundándose sus impugnadores en esas accionas
y algunas más bárbaras aún, de todo punto opuestas á lo que
enseña la razón esclarecida y culta; pero no es éste argumento,
de fuerza, ni por lo mismo destruye la sana teoría. Los princi­
pios morales son eternos y absolutos, y están por encima de las
acciones y apreciaciones humanas; y á la humanidad cumplo*

1 L a esaaela tratufon nüta sostiene que en la locha por la existencia vecosiv


siempre las e¿peci«s m is inertes, las qna tienen sobre las otras al ganas condicio­
nes ó aptitudes, qae a n a vez preponderantes, ana Tez elegida* por las fuerzas
natorales (por eso esta teoría se llam a teoría da la teltenión) y abonadas por e l
medio circundante, u perpetúan por La herencia y Tan aaí tiansform ándoae en e l
tiempo anas especies en otras.
— 26 —
como obligación ineludible, tender de continuo á despejar la
conciencia para que brille la luz racional con toda su pufeza.
¿Diríamos, por ventura, que las leyes físicas, mal conocidas ó
no sospechadas, no han tenido realidad hasta que lian sido
discutidas? Pues del propio modo las leyes del mundo moral
existen con independencia del estado científico y do la con­
ducta de los pueblos.
La conciencia moral, como todas las formas de la concien­
cia, se desenvuelve con la edad y la educación del espíritu, y
llega á su plenitud cuando en la madurez la razón preside
todas las actividades y todos los actos, rednciendo unas y otros
al imperio absoluto del bien. De ahí la inmensa trascenden­
cia de la educación en los primeros aflos de'la vida, en los
cuales pueden favorecerse l^s buenas aptitudes y refrenarse
las malas, despertando las cualidades compatibles con el es­
tado anímico de la infancia. De ordinario los padres tocan uno
de estos dos extremos: ó hacen de sus hijos meros siervos que
obedecen temblandola voz que les mandadlo cual debilita el
vigor y la libre iniciativa del espíritu, ó personas de voluntad
virgen, de iniciativa salvaje,.que no reconocen ni respetan
autoridad alguna y que. más adelante han de rendir culto á
sus propias pasiones. Toda la obra de la educación en la pri­
mera edad consiste en hermanar la firmeza de carácter, que
vence los obstáculos, con el hábito de una obediencia racio­
nal, que dispone á la voluntad para acatar debidamente los
preceptos morales. No se puede reeorrer el camino de la vir­
tud sin ambas cualidades, difíciles de armonizar en los prime­
ros aflos; pero objeto obligado por lo mismo de los desvelos
paternales.
■ Q
CAPÍTULO II iy
CONTENIDO DE LA CONCIENCIA, MORAL

Ya hemos dicho que la conciencia, moral abraza las varias


«actividades del espíritu, siendo todas ellas elementos de igual
necesidad y trascendencia en la vida. Importa, pues, una vez
determinada la conciencia en su unidad, ir examinando sepa­
radamente cada uno de sus modos. Consta, por tanto, este ca- '
pitulo de tres párrafos diversos: í .° Del conocimiento moral.
2 .° Del sentimiento moral. B.°.Del acto moral.

D el conocimiento moral.

«La inteligencia humana, dice un pensador compatriota


nuestro, atesora una gran copia de ideas que llamamos mora­
les, porque se aplican de un modo inmediato á la dirección
de las costumbres y d e 'la conducta en la v i d a . Estas id e a B
son las de bueno, malo, virtud, vicio, honesto, deshonesto, lidio, ilí­
cito, etc. Todo el mundo entiende de igual manera las palabras
que expresan esaB nociones. Todos los idiomas llenan una
gran parte de los diccionarios con tales vocablos, y respecto
á estas ideas no hay distinción de sabios ó de ignorantes entre
los hombres, de cultos ó de atrasados entro los pueblos, ni de
civilización ó barbarie entre las épocas.»
Propone después el filósofo citado la cuestión sobre el ori­
gen de tales conceptos, que, tras un estudio luminoso de la
materia, fija en la actividad de la razón* En efecto; la razón,
según queda ampliamente explicado en Psicología, es la fa­
cultad que nps pone en relación con los principios y nociones
universales, sobre las que todo el conocimiento descansa,
— 23 —
como descansa la realidad en los objetos á que unos y otras
se refieren.
Y no podía menos de ser asi. En el estudio hecho en Lógica
sobre las fuentes del conocimiento, hemos visto que los senti­
dos externos y la conciencia no nos atestiguan sino hechos, no
nos dan sino impresiones movedizas que ni aun podrían entrar
en la esfera de lo conocido sin las categorías racionales. El
entendimiento forma nociones genéricas y pronuncia jnicics
que ya no entrañan aquel carácter de pura individualidad;
pero no tiene en sí eficacia para producir los elementos pri­
marios del conocer, quedando reducida su acción á la consti­
tución de relaciones entre los elementos mismos. La memoria
es una actividad formal, cuyos límites no se extienden más
allá del dominio de la conciencia. La imaginación, ya repro-
duciendo, ya creando, versa siempre sobre datos que otras
facultades proporcionan y A que ella da cuerpo más ó menos
apropiado y más ó menos bello. Á ninguna de esas facultades-
deben, por tanto, referirse los principios morales, que son ne­
cesarios y eternos, y que por lo mismo no pueden ser conce­
bidos sino por la razón, órgano de lo absoluto, revelación
constante de Dios á la conciencia *.
Pero la razón no hace mfls que revelar los primeros datos,
los elementos del orden moral, qne si forman su cimiento y si

1 E scudas filosóficas de muy distintos principios señalan esa m ism a foente


para t i conocimiento del bien. Tiberghien dice en bu Bosquejo da Fitom /ía moral:
«Mientras la rizó n daerm e en el hom bre, los pensamientos^ sentim ientos y de­
seos se alim entan por los sentidos, no m anifestándose sino en relación á las co­
sas sensibles. Mas al punto qae la conciencia se ilum ina con un reflejo de la luz
qne Tiene d e Dios, cam bia de aspecto la vida: la razón d a naeTO pasto á la a cti­
vidad, los pensamientos, loe sentim ientos y los deseos tom an un carácter m ás
elevado, desarrollándose cada ve» m ás en arm onía con lo divino, y la vida bu-
m ana se convierte en T id a racional, moral y religiosa.»
El P. Ceferino González se expresa en estos términos: «La razón hnm ana, oomo
participación de la razón divina y comp expresión de la ley eterna, posee, en
prim er locar, la faerza inn ata de reconocer y discernir el bien y el m al m oral,
eto.* — Filosofía elemental, tom o u, pág. 477.
— 29 —
deben aplicarse constantemente á la vida, no producen el in ­
menso tejido de relaciones que son inherentes á la conducta
humaiúv. La razón es el norte de la voluntad; pero otra facul­
tad ea la que, inspirada en su luz, debe llevamos por el camino
del bien, formulando encada caso los juicios prácticos que las
circunstancias requieran. Esta facultad es el entendimiento.
El entendimiento pide sus inspiraciones á la razón, para saber
la ley; sus datos á las facultades sensibles, para conocer el he­
cho; y disponiendo ya de estos elementos, juzga y falla sobre
la bondad ó malicia de los motivos, primero, y de las acciones,
después.
De ahí lo vario y lo falible de nuestros juicios morales, á
pesar de ser los principios obj¿to de una revelación igual en
todos los hombres; y de ahí también que exija la Moral una
solicitud continua, un 'estudio atento para adquirir conciencia
do las leyes racionales, disipando toda sombra que pueda obs­
curecerlas.
El conocimiento moral se divide, como todo conocimiento,
«n verdadero y falso, cierto y dudoso. Es verdadero, cuando la
relación entre el entendimiento y el bien es tal que hay per­
fecta conformidad entre la apreciación del sujeto y la esencia
del objeto. Es erróneo ó falso, cuando no existe entre; ambos
términos esa conformidad. Es cierto, cuando el sujeto tiene
perfecta conciencia de la adecuada relación en que se consti­
tuye con el bien. Y os dudoso, cuando suspende la conciencia
su fallo, por estar solicitada de razones opuestas.
Surge en este panto la siguiente cuestión, que proponen los
moralistas: ¿En qué relación debe estar la resolución volun­
taria con el conocimiento moral t cuandó éste afecta los carac­
teres de erróneo ó dudoso? ¿Obliga &la acción el conocimiento
moral erróneo? Creemos que si. El error, hemoB dicho y pro­
bado en Lógica, no se acepta jamás como error, porque su
existencia, una vez sabida, es incompatible'con nuestra na tu-
— 80 —
raleza racional. Ahora bien; si en un caso cualquiera ncs
equivocamos respecto á la apreciación de un motivo y lo juz­
gamos bueno, siendo en realidad-malo, no hay más camino
que tomar que el que trace la conciencia, única norma indi­
vidual de conductat porque no hay modo de que el que yerra
se dé cuenta de su error, mientras en él está. Ea claro que el
hombre debe procurar por cuantos medios estén á su alcance
no apreciar erróneamente las cosas; pero si una vez puestos
de buena fe y con propósito firme se equivoca, bu acción será
una desgracia, no un pecado. La ley moral exige en todo su­
jeto pureza de intención y esfuerzo constante para el recto
conocimiento del bien; dadas ambas cosas, el sujeto no eB res­
ponsable de sus limitaciones. '
¿Y el conocimiento dudoso? ¿Puede obligar á la acción un
juicio vacilante? Según los casos: si es* posible diferir el acto
hasta que nuevas reflexiones acaben con la fluctuación del
r espíritu, claro está que entonces debe suspenderse la resolu­
ción hasta que se den estas condiciones, huyendo la ligereza
de conducta, que es por todo extremo ftinesta; pero si las cir­
cunstancias apremian de tal suerte que no hay tiempo que
perder, entonces, como la conciencia no es fácil que se halle
en estado de duda perfecta, á no ser que nosotros pretenda­
mos engañarnos á nosotros mismos, dando importancia á la
inspiración del sentimiento, es obligado tomar el camino á
que la conciencia se incline, aunque sea ligeramente. Pudiera
darse alguna vez el caso de una duda perfecta y de una in­
mediata precisión dé obrar; v. gi\, el del peligro que corrie­
ran dos perdonas igualmente queridas y de iguales titules
. para un hombre, estando éste en la imposibilidad de salvar­
las á las dos y teniendo qne decidirse rápidamente por una
sola de ellas. En ese caso es licito y necesario tomar cualquiera
de los dos partidos, porque la vacilación seria lo inmoral.
No' hay que perder esto de vista: cuando la conciencia, honra-
/
— 31 —
damcnte consultada, fluctúa dando igual valor á los motivos
opuestos, no lucha entre un toen y un mal, sino entre dos que
estima bienes; y si no logra salir de la perplejidad en que se
halla y le es urgente obrar, cualquiera de los dos es un justo
motivo del acto.
Hay una doctrina sobre este punto, digna de ser expuesta.
Tal es el casuismo, que sostiene, en la sabida fórmula ín dubiis
libertas, que en caso de incertldumbre es lícito obrar en favor
de la libertad y en contra de la ley, porque la ley dudosa no
obliga. Esta doctrina es irracional, porque contrapone la liber­
tad á la ley, siendo así que nunca se ostenta con más vigor la
una que cuando cumple los mandatos de la otra. Además, si
el sujeto no obra con arreglo al principio que, aunque no con
plena certidumbre, se ofrece á su conciencia , 6 lo hará con
arreglo á sus pasiones, á sus caprichos, á sus placeres, ha­
ciendo consistir en esto la libertad, ó lo hará ajustado á
otros preceptos de moral; si lo primero, claro se ve que la
conciencia no puede aceptar la acción como buena, siendo en
todas ocasiones preferible al capricho el deber, aunque sólo
presunto; si lo segundo, no hay caso, porque los preócptos A
que obedezca el individuo, siendo morales, constituyen for­
mas de la ley.
Al principio in dubiis libertas suele dársele una aplicación
distinta de la consignada: cuando un juez, por ejemplo, ha
de fallar en nn asunto en que no está ciará lá delincuencia,
por haber razones tan poderosas én pró como en contra del
presunto reo, se sostiene que debe optar por la absolución y
no por lá pena, porque es más injusto él ¿ftstigo de un ino­
cente que la 'absolución de nn Culpable. En este caso ú otros
análogos, y con esa interpretación, es la frase referida una
verdadera máxima moral.
Del sentimiento moral.

Tan claramente como el conocer,revela el sentir la existen­


cia del orden ético y nuestra actividad moral, porque no es
menos necesaria sn participación en los actos humanos, ni
menos universal au relación con el bien. Tiene el sentimiento
moral un doble objeto: estimularnos, prestarnos calor y fuerza
para ejecutar lo bueno y huir lo malo, y sancionar nuestras
acciones con la satisfacción ó con el remordimiento.
El bien es una necesidad del espíritu, porque constituye un
lin racional de la actividad humana. Puesto el espíritu en re­
lación con el bien, reposa en Í*1 y se recrea en su posesión,
por lo mismo que el bien concuerda con nuestra naturaleza.
Puesto en relación con el mal, se inquieta, se apena y tiende
A arrojarlo de sí, como elemento que es extraño, ó más bien,
opuesto á su condición; bien así como el cuerpo, cuando algún
agente perturba la regularidad de sus funciones, entabla con
él una lucha, siempre dolorosa, para restablecer el equilibrio
de sus actos, prenda segura de bienestar y de salud.
Pues bien; el amor, que nativamente consagra el espíritu á
lo que cumple sus aspiraciones, y el temor, que es consi­
guiente, de no lograrlo ó de que puedan otros influjos con­
trariar sus tendencias, se convierte en eficaz impulso que ani­
ma, que arrastra á veces á la voluntad á determinados actos,
irrealizables algunos al parecer por las facultades humanas,
y todos de seguró imposibles sin el calor del sentimiento.
Claro se ve, por tanto, que el sentimiento juega un papel de
suma importancia en la vida moral, puesto que ea propia­
mente su motor, y que interesa muy mucho educarlo, para
que no se vuelva elemento de perdición y de muerte.
El sentimiento, por desgracia, no está siempre en relación
— 33 —
con el juicio moral. Aparte de que el jnicio puede 9er equivo­
cado, en cuyo caso al sentimiento no toca responsabilidad al­
guna si ama lo malo y esquiva lo bueno, es frecuente en la
vida estimar algunas cosas un bien y repugnarlas, sin embar­
go, en vez de tributarles incondicionadamente nuestro amor.
Así, por ejemplo, odiamos A veces el estudio, que por otra
parte juzgamos provechoso y debido, porque nos priva de
algún otro placer, de ordinario sensible, qué preferimos &
aquél, aun sabiendo que nos perjudica y que atenta á. las leyes
morales. Además de educar el juicio, es preciso educar el sen­
timiento para que se adhiera en todas ocasiones á lo que el
juicio declara justo, procurándose para esto que el hombre
desde sus primeros anos vea en el deber seducciones y goces
superiores á los que proporciona la práctica del mal, y se
complazca, por tanto, en realizarlo, y no una traba odiosa
que quita toda libertad y que surge en el fondo de la concien'
cía como una maldición *,

1 Con b a ria frecuencia adolece la educación prim era de este vicio mortal. La
e rsfñnnza, por ejemplo, suele ser para los educandos, por efecto de un sistema He
represión mal entendido, m ás bien un azote que ona ocupación grata y apacible.
El niño, por no aabdrBele conducir aprovechando el calado de bus facultades y la
nportanifad de pañerías en juego, m ira el estudio como ana mortificación, como
una camisa de fuerza, quédese* rom per 7 que rom pe caai siempre cuando puede
hacerlo; y asi, en vez de dejar en el corazón de losjóvenes una aemflia benéfica
que m añana fructifique vigorosamente, ae lea deiDierta una m ala pasión, el
horror & loa l'bron, que después los hace incultos y m al avenidos con toda ocu­
pación aeria; espíritus errantes, que no tienen á vocea ni aun la conciencia de ru
posición en el mundo.
Es muy común m anifestar nuestra e x tr a ñ e » al ver un hom bre extraviado,
después de haber recibido una educación rigorosa en aua primeros años; y, ain
embargo, n a d a bay m ás natural, cuando el rigor traspasa loa lim ites raclonalea.
Es preciso hacer, para educar con provecho, que el sentim iento tenga en laa
boeAáa prácticas espacio en que desplegar sus alas inquietas, para que no busque
otroa espacioa más dilatados, pero menos puros; y aunque el bien ea la et>fcia
natural de laa aapimeíonee hum anas, de tal modo puede ofrecerte y con tales
accidentes puede exigirse su cumplimiento, que en realidad se haga estrecho lo
que de suyo es amplio; obscuro lo (¿ue ea fooo de luz, y odioao lo que ea fuente
de amor.
3
- 34 —
No basta, como piensan algunos, conocer oí bien y practi­
carlo una vez conocido; hay necesidad de interesar el cora­
zón en la obra, para que sea total la unión del espíritu con el
bien, y en último término, para qae la práctica del bien sea
posible y fecunda en la vida. Entre el hombre, v. gr., que
cultiva la tierra por amor al trabajo y por amor á sus hijos,
á quienes va á llevar la subsistencia, y el esclavo que lo hace
por temor de que el látigo ensangriente sus espaldas, y abo­
rreciendo sus propias acciones arrancadas á viva fuerza, hay
un abismo. El uno bendecirá el trabajo y trabajará siempre
y cada vez con más ahinco y más provecho; el otro lo malde­
cirá y lo esquivará en el instante en que puecla; el uno será
feliz, el otro desgraciado; el uno se sentirá dispuesto constan­
temente al bien, el otro acaso formará y abrigará en su con­
ciencia el sentimiento de la venganza, para esgrimirlo contra
la humanidad entera.
Obra el sentimiento en nosotros, no sólo cuando nos esti­
mula á un acto y después de haberlo realizado, sino también
cuando prensenciamos alguna acción en nuestros semejantes^
en forma de simpatía, si es buena, y en forma de antipatía, si es
mala; movimientos de atracción y repulsión que acusan asi­
mismo la aptitud moral del hrtmbre y la influencia del senti­
miento en la conducta. Bajo este punto de vista requiere
también el sentimiento una dirección prudente, que forme en
el sujeto el hábito de no fiarlo todo á esos afectos, á veces in­
justificados. El bien es simpático bajo cualquier aspecto que
se ofrezca, y antipático el mal: pero no han de tomarse estas
impresiones sino como una indicación que debe corroborar el
juicio detenido y amplio, para despojar en lo posible al senti­
miento de su aspecto subjetivo y variable.
¿Quiere esto decir que en aras del deber no haya de inmo­
larse jamás el sentimiento? No, ciertamente; porque esto equi­
valdría á desconocer el heroísmo de ciertas acciones, que tie-
- 85 —
ñau en la vida resonancias fecundas. Si en contra del deber
está nuestro corazón, bí para cumplir la Jey moral hay qne
despojarse de afectos que constituyen nuestra alegría, es
fuerza que éstos sucumban en' la lacha; pero al mismo tiempo
es obligado no recibir con odio, sino con amor, la ley que Ies
da muerte; abrazando con júbilo la mano que hiere, en la con­
fianza de que la herida produce divinas esperanzas,y celestia­
les contentos* alimentados- por el bien, que .es la savia de la
vida.
m

El acto moral, aunque relacionado estrechamente con la in­


teligencia y con el sentimiento, según hemos tenido ocasión
de ver, radica en la voluntad, á la cual se refiere copio el
efecto á Ja causa.. La voluntad, dijimos en Psicología *, es la
facuLfad anímica en cuya virtud ,nos determinamos á obrar.
Tiene, como inherente á su naturaleza, la condición de libre,
que es el carácter constitutivo de las acciones morales; pues
cualquiera resolución de que el espíritu no se cuenta ó que
no caiga bajo la esfera de su propia actividad, no es imputa­
ble & la persona, por lp mismo que no depende realmente de
ella. Por eso bay, como habremos de ver más adelante, casos
y circunstancias que atenúan la culpa ó que eximen de ella al
sujeto.
Importa dar la noción precisa de libertad, porque de ella
ha de arrancar todo el organismo de nuestras afirmaciones.
La libertad, según unos, es la facultad que tiene el hombre de
obrar sin sujeción á ley alguna; de. tal manera, que cualquier
principio de conducta,.sea de autoridad exterior,-sea de la
conciencia misma, somete ya nuestra fuerza voluntaría, la

1 Paleología, pag. 113.


— 86 -
obliga á tomar una determinada dirección, y anula, por tanto
jf uestra iniciativa y nuestra independencia. Esta idea de la li­
bertad psicológica c b á todas luces inexacta, y rompe con el
orden moral que la conciencia humana reconoce y acata.
Es cierto que la sujeción á leyes caprichosas, que el culto
irracional al goce de los sentidos, postra la voluntad y la con­
dena á vergonzosa esclavitud; cierto que, entregado el hom­
bre á pasiones torpes, abdica de los más altos atributos de su
personalidad; pero el ajustarse á los preceptos que la concien­
cia dicta, lejos de constituir al espíritu en servidumbre, lo dig­
nifica y honra; lejos de matar la libertad, la vigoriza; lejos de
abatir la personalidad, la enaltece. ¿Puede, por ventura, pen­
sarse una muestra más clara de libre actividad que la que
ofrece el hombre luchando con todas las sugestiones injustas
que de continuo le asedian, y venciéndolas por sí mismo, sin
más arma que sn propósito, sin más escudo que su conciencia?
Otros afirman que el hombre no sería libre si viera en su
plenitud el bien, porque s«^ sentiría llevado á su seno, como el
acero va al imán y como los cuerpos van al centro de la ticra;
pero, no siendo posible para el espíritu esta visión directa y
absoluta, estando siempre el bien ante-sus ojos mezclado y
rodeado de mal, ha de elegir medios que lo conduzcan A su
fin propio, en lo cual yerra á menudo por su condición finita.
Consiste, pues, la libertad, para esos moralistas, en la elección
de medios para el logro del fin; siendo, según esto, más libre
aquel que más está en aptitud de verificar esta elección.
Tampoco es, en nuestro sentir, exacta esta noción de la li­
bertad humana. En primer lugar entendemos que la voluntad
no dejaría de ser libre frente á frente del bien absoluto; por­
que, si el bien éste ejerce, lo cual es indudable, una atracción
poderosa sobre el espíritu, como su centro que es, no por eso
radicaría la determinación del acto bueno en el bien, sino en
la voluntad, con ocasión Óen vista del bien, lo cual es distinto,
— 87 —
ni perdería el alma la conciencia de su determinación. Dios
no puede hacer el m al; y sin embargo, es infinitamente libre.
En segundo lugar, aunque es cierto que el hombre necesita
elección de medios para el logro de su fln, esto no es efecto de
su libertad, sino de su condición limitada. El hombre, por ser
finito, elige I03 medios que están á su alcance para conseguir
el bien; Dios, por ser infinito, realiza el bien absolutamente;
pero el hombre, eligiendo y errando, y Dios obrando sin va­
cilación y sin error, son libres ambos, siendo la libertad hu­
mana imagen y semejanza de la libertad divina l.
La libertad consiste sólo en regir el hombro su vida con
plena conciencia y con propia actividad. Todo acto en que
falto cualquiera de estas dos condiciones, deja de ser libre:
conciencia y dominio de si; estas son los propiedades que dis­
tinguen al hombre de los demás seres vivientes de la tierra.
En los vegetales, en los animales mismos, dadas ciertas in­
fluencias exteriores, se realizan tales ó cuales movimientos de
un modo fatal; en nuestro mismo cuerpo, cuya comparación
con el espíritu es más inmediata, los hechos se verifican sin
que el cuerpo mismo sea parte á regirlos y determinarlos;
puesto, por ejemplo, el aire atmosférico en contacto con los
pulmones por medio de ía inspiración, la sangre venosa se
convierte en arterial de una manera precisa, y sin conoci­
miento nuestro ni intervención de nuestra voluutad.
1 A'gunos pensadores, entre ellos H trlm an, en su FHotofia de lo irtcontciente
entienden Ja conciencia, y con ella la libertad, como una Imperfección, negándo­
sela, por consiguiente, & Dios (el Uno todoj, en el cual no bay cofttraaicción
alguna; condición precisa, sagúu el e d í m u o H u lm u i, para que aquélla exista en
un ser. Claro se vo qae esta teoria es Inaceptable, porque niega 4 Dios una co*-
Jidad sin la cual no se concibe ninguno do bus atributos. Si Dios no te da cuenta
de sus actos, ¿cóttio loa determ ina siem pre en consonancia ccjn el oraei? Si no es
consciente y por lo mismo libre, ¿cómo rige con absoluto Imperio la Tealidad? £ n
vano Hartman oonoede en cam bio & Dios ana intuición inf&ilbls, a n a supra-
conuiencia; porque la intuícióu ciega ea concepto irracional de lodo punió: cono­
cer con intuición perfecta y no darse cuenta de este conocimiento, e$ como no
conocer; y la falta de conocimiento Implica la carencia de personalidad.
— 38 —
En el espíritu 110 sucede lo mismo; porque si bien es verdad
que recibe las influencia» de lo exterior, 110 lo mueven éstas
por sí solas; antes por el contrario, tiene la virtud de reple­
garse, de volver sobre si, teniendo presente la solicitación
externa para darle ó no valor y obrar en consecuencia, no del
influjo, sino de la propia deliberación. Nada hay, en verdad,
más interesante que la posición del hombre en el mundo; en
sí lleva el germen de su salvación ó de su muerte; por si mis­
ino ha de abrirse camino entro las asperezas de la vida; por su
propia mano ha de separar los obstáculos; con sus propios ojóB
ha de vislumbrar el horizonte de su destino, lleno unas voces
de resplandores que deslumbran, y velado otras por nubes que
ciegan; en su propia fantasía ha de recoger las imágenes de la
realidad, que puede libremente embellecer para encanto de
sus nobles aficiones, y en su propio corazón ha de sentir las
resonancias de sus pasos por la tierra.
Ahora bien; si la libertad ha sido otorgada al hombre para
que cumpla su fin, que la conciencia le revela, ¿cuándo es el
hombre más libre? Cuando hace el bien; es decir, cuando em­
plea la libertad en su objeto natural. Cuando, por el contrario,
la emplea en el mal, realmente abdica de ella, porque el mal
no concuerda con nuestra voluntad racional. Seria lo mismo
que si consagráramos la inteligencia al error, que ciertamente
renunciaríamos á la inteligencia ínisma. El mal obrar, dice
Santo Tomás, es una señal de que somos libres; pero no con­
siste nuestra libertad en las malas obras»
*
La voluntad se determina siempre en vista del bien; ¡el mal
es una negación, y por lo mismo no puede ser querido de una
manera absoluta, sino bajo alguna razón de bien más ó menos
ajustada A conciencia. E 11 los casos de error ya examinados,
evidentemente el mal se toma como bien, y como tal se prac­
tica; pero en otros casos en que el sujeto sabe que lo que
marca su propósito es una inmoralidad, y sin embargo Jo eje­
— 99 —
cuta (video metiora proboque, deteriora sequor ), subsiste sieiúpre
en el fondo do la intención algún motivó del acto que no se
estima un mal, y qne por esta condición se acepta. El que no
cultiva, por ejemplo, sn inteligencia, sabe que debe cultivarla
y que peca no haciéndolo; pero prefiere el placer de la ociosi­
dad al estudio que, aunque bueno, le priva de aquel goce á
que el sentimiento le arrastra. Es claro que no hay sino falta
grave en estas laxitudes de la voluntad; pero no lo es menos
que el ocioso no deja de estudiar por no estudiar, sino por
estar ocioso; no por complacerse en el mal, sino por tocar
un bien.
Yerran, pues, gravemente los que afirman que el hombre
tiende al mal por propensión nativa, quedando el ministerio
de la educación reducido &encubrir esa tendencia y á debili­
tarla, toda vez que, por ser ingénita, no puede desarraigarse
del espíritu. No; el hombre, como todos los seres, está orde­
nado á un fin, y su actividad propende & este fin por su pro­
pia naturaleza; que no es concebible siquiera una facultad
divorciada nativamente de su objeto adecuado. El hombre
tiende al bien; pero, merced á su limitación, toma por bueno
lo malo, ó da más valor intencionadamente Aesto último, para
satisfacer goces que por el momento aprecia en mucho. La
educación, por consiguiente, tiene por objeto no más hacerle
conocer el bien y fortalecer su voluntad, para que lo efectúe
con preferencia á todo; nó ahogar las inclinaciones naturales
por ser malas, sino despertarlas, por ser intrínsecamente
buenas.
La voluntad tiene tres funciones: la disposición , el propósito
y la resolución. La disposición y el propósito, que consisten
respectivamente en recoger el espíritu sus fuerzas para tener
dominio de si mismo y en recibir la voluntad el objeto para
su realización en la vida, son, como fácilmente se nota, ele­
mentos morales de gran importancia; pues, sin ser el hombre
- 40-
dueño de sí, nial puedo comparar y apreciar los motivos que
lo soliciten, ni menos resolverse á llevar á cabo el fin pro­
puesto. Este último es, sin duda, el paso más delicado y el ins­
tante más grave, porque la resolución termina ya el proceso
voluntario; y aun cuando alguna vez el sujeto vuelve sobre
sus determinaciones y las rectifica, de ordinario no sucede
esto, y la ejecución inmediata viene á hacer infecundo en
muchos casos el arrepentimiento.
La voluntad no cesa, como piensan algunos moralistas, una
vez dada la resolución; sino que asiste al cumplimiento del
acto, como impulso constante que mantiene viva, en lo que
de ella depende, la ejecución del acto mismo. Verdad es que
en la acción externa caben obstáculos que hagan irresponsa­
ble al sujeto; pero bí la \-oluntad abandonara la ejecución del
acto, el acto no se consumaría, y habría entonces para el
agente una grave responsabilidad. Y tan es cierta esta asis­
tencia de la voluntad á la ejecución, que muchas veces, nes
arrepentimos de nuestro mandato, y empezado el acto ya, lo
suspendemos hasta una deliberación más amplia, cuando no
realizamos la acción opuesta.

CAPÍTULO n i

BELACIOKEÚ D E LA CONCIENCIA MOJÍ AL

Estudiados los tres aspectos permanentes de la conciencia


moral (el conocer, el sentir y el querer), y habiendo visto, que
la voluntad libre es la actividad á que el bien se refiere di­
rectamente en la relación ética, procede ahora determinar las
conexiones de la voluntad, que es el principal factor, con la
inteligencia y el sentimiento, como condiciones que son del
acto humano, con el acto mismo llevado á término. Esta
nueva fase del estudio nos da tres ideas capitales que importa
— 41 —
examinar detenidamente: la intencióny el vwtivo y la impiüabili-
•laJ; la intención, en cuanto el B u j e to al resolverse ae propone
un fln; el motivo, en cuanto la resolución tiene un fundamen­
to; y la imputabilidad, en cnanto el hecho se refiere, como el
efecto á la causa, á un ser que obra co^ motivo y con pro­
pósito.

I
D e la intención.

Todo acto sn refiere por un lad.o al sujeto que lo produce, y


por otro al objeto sobre que recae: en cuanto está en armonía,
con el fln de éste, se dice que es bueno; én cuanto lo está con la
recta conciencia de aquél, se dice, que ea mnra\ De aquí re­
sulta que no todo acto moral es bueno, porque no siempre