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*
t

LA SOLEDAD.
LA SOLEDAD.
¡
Obra escrita por Zlmmermann.

TRADUCIDA

POR

D. FERNANDO DE GABRIEL Y APODACA.

MADRID:
MPRINTA DE B. AGUSTIN ESPINOSA T COMPAÑIA.

1850.
r. ZYíV\Í
INTRODUCCION.

.Toco mas de medio siglo ha trascurrido des


de que un escritor ilustre dió á luz en la poé
tica y pensadora Alemania una obra sublime.
Al aparecer en aquella nacion saludáronla
unánimes aplausos, y poco después se hallaba
traducida en todos los idiomas. Eran el au
tor y el libro á que me refiero , Juan Jorge
Zimmermann y su Tratado de la Soledad.
Nació Zimmermann en 1 728 en Brugg, ciu
dad del canton de Argovia, en Suiza. Su padre
era senador y su madre hija de un abogado
francés. Recibió la primera educacion de su
ilustrado progenitor, y al cumplirlos catorce
años fué á concluir su instruccion á la univer
sidad de Berna. Concurrió á ella por espacio
de cinco años, en los que estudió con gran fru
to la filosofia y las bellas letras, y con el ob
jeto de seguir la carrera de la medicina pasó
ála universidad de Gotinga, asistiendo alli á
la cátedra del sábio Haller, con el que le
unieron muy pronto los lazos de una amistad
tierna y duradera. Al mismo tiempo se dedi
caba Zimmermann, con grande afan y no me
nos provecho , á la lectura y el estudio de los
grandes poetas de Grecia y Roma y de las li
teraturas francesa é inglesa.
Terminados sus estudios en Gotinga, en
i
VI
1751 , y habiendo obtenido el grado de doc
tor, hizo un viaje á Francia y Holanda para
completar su instruccion , después del cual vol
vió á Berna, y alli dió sus primeros pasos en
la literatura escribiendo algunos articulos en
el Diario Helvético. Casóse por aquel tiempo con
una jóven viuda, parienta de su ilustre maes
tro, y poco después pidió la plaza vacante de
médico de Brugg, que le fué concedida.
Desgraciadamente no encontró Zimmer-
mann en su ciudad natal la dicha que espera
ba. Catorce años pasados en el tédio y la de
sesperacion ; catorce años durante los cuales
vivió en una esfera enteramente distinta déla
suya, entre personas que, ó se burlaban de
sus profundos conocimientos y de lo elevado
de sus ideas, ole miraban con envidiosa des
confianza , acabaron de determinar su marca
da inclinacion á la melancolía.
Asi fué que, inspirándole el mayor despre
cio la mezquina sociedad en que vivia , sus li
mitadas ideas, su nécia envidia, sus ridicu
las preocupaciones , aislóse de todos sus con
ciudadanos para entregarse con ardor al estu
dio en el el silencio de su retiro , sin otro
momento de solaz que aquel en qne, libre de
importunos, salia á recorrer la campiña y á
contemplar estasiado la espléndida magnifi
cencia de los Alpes. En esta época escribió,
entre otras obras , un Tratado sobre la Soledad;
tratado que entonces no fué mas que un en
sayo, y que mas adelante, en 1784, se pu
blicó con mucha mayor estension.
Mientras que Zimmermann se ahogaba en
la atmósfera de Brugg, eran acogidas sus
VII
obras con grande aprecio en Suiza y Alema
nia, en cuyos paises gozaba de la mas alta re
putacion como escritor y como médico; reputa
cion cimentada asi en sus libros sobre la sole
dad y sobre el orgullo de las naciones, como
en el singular acierto con que trató una epi
demia que se desarrolló en Suiza, y en varias
obras que escribió sobre su profesion , entre
las que es tenida por la mejor una titulada:
De la Esperiencia en Medicina.
Salió, por fin, de Brugg, por haber acep
tado la plaza de primer médico del rey de In
glaterra en Hannover, que le fué ofrecida.
Llegado á esta ciudad, y por uno de los mis
terios incomprensibles del corazon humano,
echó de menos aquella misma poblacion que
tan dolorosamente le habia hecho sufrir. Po
co después tuvo la horrible desgracia de per
der en corto espacio de tiempo á su mujer,
á quien idolatraba , á su hija , ángel de can
dor, victima de una consuncion que nada pu
do combatir, y á su hijo, su última esperan
za, que murió loco.
En 1780, y teniendo ya 32 años, trató de
unirse con nuevos lazos á la vida y volvió á
casarse. Pero su halagüeña posicion, su fama,
el cariño que le unia á su esposa, no solo no
disminuyeron sus padecimientos morales, si
no que la temprana muerte de su nueva com
pañera vino á aumentar en aquella alma
tan cruelmente lacerada la mas negra melan
colia.
En 1783 , fué llamado á Prusia para asis
tir en su última enfermedad á Federico el
Grande, y en 1789 para desempeñar igual
VIII
cuidado con respecto al rey de Inglaterra gra
vemente enfermo.
Al manifestarse las primeras señales de la
revolucion francesa , Zimmermann , que ha
bia proclamado la libertad en sus obras, que
mas de 30 años antes habia profetizado, en su
magnifico libro sobre el orgullo de las nacio
nes, que sobrevendria una revolucion desti
nada á trastornar la faz déla Europa (1), tu
vo miedo de tan impetuoso desbordamiento y
entabló una ardiente controversia, atacando
á muchos sábios de Alemania y acusando á
una secta de filósofos alemanes, los iluminados,
de haber propagado las ideas mas desorgani
zadoras. Ayudáronle en su empresa muchos
personajes notables, entre ellos el empera
dor Leopoldo II; pero muerto este soberano,
quedó Zimmermann espuesto á todo el furor
de sus fanáticos y encarnizados enemigos.
Todas sus fuerzas se agotaron en esta lucha,
y cayendo en una profunda misantropia, era
acometido de espantosos accesos de terror,
creando su imaginacion exaltada las mashor-

(i) En esta obra famosa dice Zimmermann : «Tocamos


á una gran revolucion en este siglo , en que por segunda
vez empieza á brotar la luz de las tinieblas. Se observa en
Europa una especie de nueva resurreccion. Las nubes del
miedo y del error se disipan. Fatigados de una larga escla
vitud, rompemos las cadenas de las antiguas preocupacio
nes para reclamar los derechos de la razon y de la libertad.
La luz y el espiritu filosófico esparcidos por todas partes;
los vicios que á su resplandor percibimos; los ataques que
se dan á las falsas creencias de la época , todo anuncia un
atrevimiento en las opiniones, que degenerará en criminal
audacia, que causará á unos la pérdida de su libertad, á
otros la de su fortuna; que derribará muchas cabeias, ysus-
ituirá, por desgracia, los sofismas del error á la sana lógica.»
fibles visiones. Solo conseguia dormir algu
nos momentos, tomando grandes pociones de
láudano ; pero á pesar de su estremada lan
guidez, y queriendo llenar sus deberes de mé
dico se hacia trasportar en carruaje á casa
de sus enfermos, á donde llegaba tan cste-
nuado , que muchas veces se desmayaba.
Aconsejáronle en esta época que hiciera
un viaje á Holstein para ver si lograba
distraerse; pero solo consiguió un débil ali
vio. Por último, á su regreso á Hannover
«ayó en tal estado , que , perdiendo com
pletamente la razón , creia encontrarse en la
ultima miseria, condenado á morir de ham
bre. Asi murió en 179o aquel médico ilustre,
aquel sábio filósofo, aquel consolador de la
humanidad.
Tal fué la vida de Zimmermann. Daré aho
ra una ligera idea del Tratado sobre la So
ledad; de estaobra, cuyo éxito fue tan grande,
y que mereció á su autor que la gran empera
triz de Rusia Catalina II le manifestase su
alto aprecio enviándole una sortija de dia
mantes, una medalla de oro con su busto, y
las siguientes lineas escritas de su puño: «A.
Zimmermann , en agradecimiento de las es-
celentes recetas que ha dado al género huma
no en su libro sobre la soledad.»
Zimmermann escribió este famoso libro á
los 28 años de edad , esto es, durante su resi
dencia en Brugg, como antes he dicho; pero
rehizo después este que puede llamarse ensa
yo, y lo publicó aumentado considerable
mente desde 1784 á 1786. Su objeto es exa
minar en él las ventajas y los inconvenientes
X
que puede ofrecer la soledad, y deducir de
unos y otros cuándo puede ser provechosa,
cuándo perjudicial, y cómo debe usarse de ella.
En todas las páginas de este magnifico estu
dio psicológico se descubre el elevado talen
to , el profundo espiritu de observacion , el
melancólico y dulce carácter y el amor á la
soledad que distinguian á Zimmermann. A
pesar de que el no se tenia por misántropo,
descúbrese tambien á veces en su libro algu
na predisposicion á la misantropia.
En su obra pinta con tan vivos como verda
deros colores, ya el Yacio que se encuentra en
esas reuniones del gran mundo , en que las
mas veces solo se oyen conversaciones insul
sas, en que nada habla al corazon ni al enten
dimiento, en que consigue general aplauso el
mas superficial ; ya la envidia , la maledi
cencia , las ruines pasiones que suelen agitar
á los habitantes de ciertos pueblos de provin
cia , y que les hacen escudriñar cuanto ocur
re en casa de todos sus vecinos; ya, en fin,
los obstáculos que tiene que vencer todo el
que desea sobresalir y busca la gloria entre
aquellos con quienes vive , todo el que aspi
ra á ser profeta en su patria. «Siempre que
alguno, dice, pretende ver un poco mas lejos
que sus conciudadanos , y tiene la locura de
querer publicar lo que ha descubierto, des
pierta al punto la animadversion general. No
hay un solo escritor, grande ó pequeño, que
no sea blanco de los tiros de todas las perso
nas inferiores á él que lo rodean. Encontra
reis siempre en vuestra ciudad natal personas
que os darán un vestido si careceis de él, que
XI
os alimentarán si teneis hambre , que os ayu
darán en muchas ocasiones , pero que jamás
tolerarán que se os tribute el mas insignifi
cante honor.
Pero á la vez que representa todas las
miserias de la humanidad y revela todos los
agudos dolores que desgarraron su alma en
Brugg , todos los amargos pesares de su vida:
á la vez que retrata los defectos que la soledad
y el mundo pueden engendrar, las flaquezas
de los grandes y de los pequeños , de los sá-
bios y délas ignorantes, de los fanáticos y de
los incrédulos ; describe también el terrible es
collo de la misantropia , y, partiendo del prin
cipio de que los hombres no son tan malos co
mo algunos suponen , aconseja para evitarlo
que , dejando de querer que sean como no pue
den ser, y aceptándolos tales como son, no in
tentando contradecir á aquellos á quienes el
raciocinio no puede convencer, y agenos de
todo espiritu de ódio , tratemos de ganar su
corazon, porque, una vez conseguido su afec
to, podremos facilmente dirigir su espiritu.
Al mismo tiempo presenta lleno de entu
siasmo la faz noble y bella déla humanidad,
el provechoso resultado que del mundo y la
soledad puede sacarse, usando cuerda y digna
mente de una y otro , y, por último, descri
be con arrebatadora emocion los sencillos go
ces del hogar doméstico ; los nobles placeres
del estudio; la amistad , hija del cielo; los pu
ros amores, bálsamo déla existencia; la reli
gion , seguro puerto de refugio en las dese
chas borrascas déla vida.
Lleno el Tratado de la Soledad de verdades
XII
amargas, pero tambien de dulcisimos consue
los; lleno de citas históricas y de altos ejem
plos de todos los siglos , pero lejos de todo va
no alarde de indigesta erudicion ; lleno de
bellisimas descripciones ; engalanado con el
mas poético lenguaje, demuestra el profundo
conocimiento del corazon humano , la vasta
instruccion que Zimmermann poseia y la su
blime escelencia de aquella alma tan traba
jada por la desgracia como rica en virtudes
y en ternura. Leyendo atentamente la Sole
dad, no es posible dejar de esclamar al con
cluirla : 1 1 Qué gran poeta es este gran filó
sofo ! »
En cuanto á la traduccion , solo diré dos pa
labras. Todas las naciones se han apresurado
á trasladar á su idioma la obra de Zimmer
mann; al francés lo ha sido por muchos ilus
tres escritores. Solo España no poseia en su
idioma la Soledad , y solo en ella es conocida
de pocos. He creido llenar un gran vacio tra
duciéndola, y solo me aflije la conviccion en
que estoy de que mi trabajo se halla, por des
gracia, muy lejos de ser digno de Zimmer
mann.
Para hacerla version castellana he elegido
entrelas traducciones francesas , despojadas,
como todas , de lo que pudiera hacer enfado
so el trabajo de Zimmermann , la del emi
nente literato Marmier. Concluyo diciendo con
él, que para las almas tiernas y melancólicas
es la Soledad una obra de suavisima fragancia;
para los que viven en el gran mundo un útil
consejo; para los hombres de estudio un salu
dable estimulo.
Fernando de Gabriel.
LA SOLEDAD.

Reflexionen preliminares.

Oprimido por los negocios y deberes de una vida


agitada, sujeto por las cadenas del mundo, quiero, al
declinar mi existencia , llamar á mi la sombra de mis
alegrias desvanecidas, la sombra de aquellos dias de
mi juventud en que encontraba mi dicha en la sole
dad, en que mi mas dulce y anhelado refugio eran
solo los cláustros, las ermitas edificadas en las monta
ñas; en queme lanzaba con ardor en lo mas espeso
de las selvas, en las ruinas de los antiguos castillos,
y, finalmente, en que no hallaba placer mas vivo
que el de hablar con los seres que habian dejado de
existir.
Quiero meditar sobre una idea importante para el
hombre, sobre los peligros y consuelos de la soledad,
sobre las ventajas que ofrece y que los pueblos mas
famosos han reconocido en todas épocas, pero que
acaso no han profundizado jamas. Quiero reflexionar
sobre el poderoso socorro que puede prestarnos cuan-
de el pesar desgarra nuestro corazon , cuando la en
fermedad nos enerva, cuando el peso de los dias nos
agovia , cuando sufrimos dolores que nuestra alma no
puede soportar.
¡Ah! renuncio con placer al mundo y sus distrac
ciones , á todo lo que se llama goces de la vida , pues
to que aun me restan algunas horas de libertad y d«
reposo, puesto que, solo y libre, puedo decir sobre la
soledad algunas verdades útiles que ocupen al menos
un instante al hombre de mundo y conmuevan á los
hombres de bien.
La soledad es una situacion en la que el alma se
abandona á sus propias reflexiones : gozamos de ella»
ora cuando nos complacemos en separarnos del tu
multo humano, ora cuando apartamos nuestro pensa
miento de lo que nos rodea.
Cada individuo se entrega entonces á sus medita
ciones, segun la naturaleza de su imaginacion , su in
teligencia y sus miras particulares. Ved esos pastores
acá y allá sentados. El uno canta , el otro cincela un
vaso rústico, este contempla la naturaleza, aquel dis
curre, estotro desvaria ; y si divisan bajo la sombra
de los árboles, en la orilla de un apacible arroyo , á
una linda joven , acaso todos ellos la enamoran.
Pero en la triste ausencia de cuanto el corazon
há menester, al hallarnos solos con nuestro arre
pentimiento, no encontramos mas recurso que el de
ocuparnos en nuestras propias ideas. Cada hombre
obedece entonces á una impresion particular. Este
busca el canto del ruiseñor; aquel solo quiere oir el
grito del buho. Inspira á otros un profundo disgusto
la obligacion de visitar , y el fastidio los retiene en su
morada.
El pobre corazon humano busca aquello que le
proporciona un consuelo que su situacion le rehusa.
En el convento de Santa Magdalena , en Hildesheim,
vi una pajarera llena de canarios que recreaban la
celda de un religioso. Un caballero del Brabante pa
só veinte y cinco años de su vida en perfecta salud sin
salir de su habitacion.
Su felicidad consistía en formar una coleccion de
cuadros y grabados, y no salia nunca de su casa, por
que temia la impresion del aire y por tener á las
mujeres ta antipatia que algunas personas a los ra
tones.
Los que se hallan en una prision buscan tambien
en su forzada soledad todo lo que puede distraerlos .
El filósofo ginebrino Miguel Ducret , encerrado en
una fortaleza del canton de Berna, se ocupaba en
medir la altura de los Alpes ; el baron de Trenk solo
pensaba en la ciudadela de Magdebourg en el medio
de evadirse , y el general Walrave pasaba el tiempo
criando gallinas.
Todas estas particularidades pueden mencionare»
en un libro sobre la soledad sin profundizar por eso»
la cuestion principal. He tratado de no perder de vis
ta el objeto que me he propuesto , aunque á veces pa
rezca que me estravio, y espero poder demostrar por
medio de una larga série de observaciones el carácter
de la soledad, su accion, sus peligros y benéfica in
fluencia. Por soledad no entiendo una separacion com
pleta del mundo, ni una vida de ermitaño. Puede ha
llarse la soledad asi en una ciudad como en un cláus-
tro, en el gabinete de estudio de un sábio y en el ale
jamiento temporal de la multitud. Posible es estar so
lo en medio de una reunion numerosa. Una noble se
ñora alemana estará sola en una sociedad cuando no
haya otra que , como ella , tenga el honor de contar
diez y seis cuarteles en su escudo. Un hombre pen
sador estará con frecuencia solo en la mesa de los
grandes.
Coloquémonos en una concurrencia fuera de lo que
nos rodea ; recojámonos en nosotros mismos, y henos
ya tan solos como un monje puede estarlo en su cel
da, como un ermitaño en su gruta. Podemos, pues,
estar solos en nuestra morada en medio del movi
miento mas ruidoso, como en el triste silencio de una
aldea ; en Londres y en Paris, como en el desierto de
la Tebaida.
Un libro sobre los resultados de la soledad es un
nuevo documento añadido á todas las investigaciones
hechas para conseguir la felicidad del hombre. Cuan
tas menos necesidades tiene este , mas se esfuerza en
descubrir en si nuevos manantiales de goces. Cuanto
mas fácil le es separarse de los demas hombres, tanto
mas seguro está de hallar la verdadera felicidad.
Ninguna de las diversiones del gran mundo me pa
rece digna del deseo con que se las honra. Pero tam
bien es preciso confesar que esos sistemas tan ensal
zados de absoluto retiro son tan solo en su mayor
parte utopias irrealizable. Si es grande y noble ha
cerse independiente del resto de los hombres y apar
tarse alguna vez de ellos , tambien es digno y bueno
unirse á la sociedad y entrar en ella con amistosa in
tencion, porque estamos ¡ loado sea Dios ! llamados á
vivir en sociedad.
CAPITULO I.

De la Inclinacion á la sociedad.

í\o es bueno que el hombre viva solo. Necesidades


innumerables y una inclinacion natural, innata, for
man los lazos sociales, y prueban que no hemos si
do creados únicamente para la soledad. La sociedad
es la primera necesidad del hombre. Dios mismo ha
consagrado la inclinacion á la vida social con estas
palabras: «No es bueno que el hombre viva solo.» Des
pues añadió: «Le daré una compañera con la cual vi
virá. » En el mundo se desnaturaliza el sentido de las
palabras de Dios y se cree que para que el hombre
no esté solo es preciso que siempre se halle en saraos
y reuniones. La inclinacion á la vida doméstica, á las
relaciones intimas, es innata en nosotros. Siguiéndo
la obedecemos á nuestra propia naturaleza. Pero des
de que sintamos despertarse la inclinacion que nos
arrastra hacia las reuniones del mundo, debemos estar
alerta. La primera es indestructible siempre que el
hombre permanezca fiel á su vocacion. La segunda es
solo hija de la ociosidad ; es solo una necesidad ficti
cia, una costumbre que nace del fastidio y la curiosi
dad.
Las relaciones afectuosas son un manantial inago
table ' de ventura. Espresando nuestas sensaciones,
haciendo con un amigo un cambio sincero de nuestras
ideas y de nuestras concepciones, gozamos de un de
leite al que el ermitaño mas inflexible intentaria en
vano permanecer indiferentes. No puedo hacer oir mis
quejas á las rocas ni contar mis alegrias á los vientos
de la tarde. Mi alma suspira cerca de un alma á quien
ama como á una hermana; mi corazon busca un cora
zon semejante á él. El cielo y la tierra desaparecen al
lado de la mujer que amamos. Lejos del mundo y de
sus afecciones, ¿qué placer gustariamos en la mayor
parte de nuestros conocimientos, de nuestras ¡deas y
de nuestros sentimientos? Por otra parte, todo parece
frio, triste, desierto en las reuniones mas brillantes,
si no hay en ellas un corazon unido al nuestro con
los vinculos del afecto.
Pero si renunciais al torbellino de los placeres, se
os llama misántropo. Si para trabajar en una obra
importante, á que no podeis dar cima si no en el si
lencio del retiro, os eximis de visitas monotonas, se
dice que sois insociable. Si huis del mundo, bien en
unas de esas horas de desaliento, en las que todo apa
rece á la imaginacion con los colores mas sombrios,
bien agoviado por los pesares que os causa un amor
desgraciado, por esos pesares profundos en que nada
veis que os atraiga ni satisfaga, ni nadie tampoco que
os comprenda, se os llama insensato. Sin embargo,
no renunciariais al mundo si hubierais encontrado
en él un corazon que respondiese al vuestro , y no
una de esas vanas muñecas , semejante á aquella de
quien una dama me hablaba cierto dia. Era todavia
niña cuando su tutor le regaló una hermosa muñeca
A la mañana siguiente quiso este saber qué efecto
habia producido su presente. La muñeca estaba redu
cida a cenizas. ePor qué has quemado mi regalo, hi
ja mia, le dijo el tutor?» La niña respondió llorando:
«Le he dicho á esa muñeca que la amaba y no me ha
contestado. >
Muchas circunstancias pueden hacernos realmente
poco sociables, ó solo en la apariencia ; pero es preci
so tener una naturaleza verdaderamente salvaje para
detestar al género humano.
Las inclinaciones mas evidentes, como las mas se
cretas, las necesidades mas naturales y mas incontes
tables, nos impelen a acercarnos á nuestros semejan
tes. Buscamos solicitamente una persona que nos
ame, con la que podamos identificarnos , que nos es
cuche con mas interes que las demas, que influya
en nosotros , y que al mismo tiempo esté bajo nues
tra influencia. No siempre nos permiten las circuns
tancias escoger nuestras relaciones segun nuestros de
seos , segun los impulsos del entendimiento y del co
razon. rfPero la necesidad de desahogar nuestro pe
cho triunfa de todas estas consideraciones, y mas
de una bella dama puede decir en su aislamiento lo
que aquella cocinera de Hannover, que, reconvenida
por el gran número de novios que habia tenido, res
pondió : « Es preciso que uua joven tenga algun ami
go, aun cuando sea un estafermo.»
Existen personas muy dignas que no pueden dar
un solo paso si no se atiende al modo con que lo ha
cen; pero si las observais, si las seguis en sus ac
ciones, os abrazan con reconocimiento. ¡ Qué poder
tan inmenso ejerce el amor en un alma buena! No
nos satisface sentir la existencia en nosotros mismos,
sino que queremos sentirla tambien en todo lo que
nos rodea.
El gérmen del amor nace á veces de las emociones
de un alma que sin darse realmente cuenta de sus
inclinaciones , conoce , sin embargo , con vehemencia
.que no es bueno vivir solo.
La bondad, la benevolencia , el afecto, el deseo de
participar nuestros pensamientos, de dividir con otro
ser nuestras alegrias y nuestros dolores, de enca-
. denar nuestro corazon á otro corazon , de sentirnos
vivir en él y de reconocer que él vive en nosotros,
hé aqui las emociones que arrebatan ; y si el hombre
no está por si mismo dotado de esta fuerza de atrac
cion, si no atrae á sus semejantes,es al menos atraido
por ellos.
Existe, sin embargo una inclinacion ficticia á la so
ciedad, que hace con frecuencia al hombre incapaz de
vivir consigo mismo. No encontrando ninguna satis
faccion en su espiritu, si se aleja del mundo cree
que se aparta de todas las alegrias de la vida; enton
ces ¡adios felicidad posible ! ¡Adios encantos de la so
ledad ! Semejante hombre ha menester movimiento,
ruido, brillo, reuniones numerosas.
Jamás Alemania ha tenido tanta aficion como en es
ta época al bullicio de los salones. Las clases inferio
res del pueblo imitan los usos del gran mundo. To
dos disipan el tiempo. Estar solo, vivir solo, es hoy
en Alemania poco menos que vergonzoso. Las niñas
que apenas pueden andar conocen ya los cumplimien
tos de las visitas. Se hacen anunciar y hacen que
nos anunciemos en sus casas. Reciben convidados y
dan almuerzos. En nuestras grandes ciudades se ha
ce una vida tan disipada como en Lórdres y Paris.
Las aldeas imitan á las ciudades , como los pobres á
los ricos. Poblaciones alemanas miserables, tienen ca
sinos y reuniones semanales.
Los jitanos han formado tambien una especie de ca
sino en una de las bellas y ricas provincias del norte
de Alemania. Todos los sábados se reunen en un mo
lino para fumar y comer lo que' han recogido durante
la semana robando y pidiendo limosna. El dueño del
molino tolera esta reunion, tanto por politica y por no
ser robado, como por curiosidad, pues sabe asi todas
cuantas noticias circulan por el pais.
Alemania está poblada en la actualidad de una mul
titud de asociaciones públicas y secretas que ejercen
grande influencia. De aqui resulta una gran comuni
dad de ideas , y una poderosa accion dirigida hacia
un mismo punto ; pero todos estos móviles de la vida
social , todos estos medios empleados para hacernos
volver á la virtud, esta inculcacion de los deberes de
hombre y de ciudadano por medio de las leyes, de la
moral , de la religion , de dogmas misteriosos , por
medio, en fin , de todo lo que debe elevar al hombre
sobre el hombre; no esa un suficiente si creemos encon
trar solo flores en nuestro camino; si queremos segar
antes de haber sembrado. Solemos dejarnos seducir
por vanas quimeras y por falsas apariencias; inter
pretamos torcidamente el pensamiento del legislador,
y esta es la causa de que naufraguen los mas grandes
proyectos de los hombres que dictan leyes á sus se
mejantes.
¡Cuántas penas inútiles nos acarreamos, cuando ge
neralmente sucede que la primera causa de nuestros
movimientos, de nuestras acciones y tentativas es el
temor al tédio, al fastidio I
El fastidio es una peste á cuya influencia creemos sus
traernos saliendo del retiro, y que, por el contrario,
nunca se encuentra tan pronto como en la sociedad.
Es un vacio del alma , un anonadamiento de nuestra
actividad y de nuestras fuerzas , un cansancio gene
ral, una pereza soñolienta, una fatiga infinita, y, lo
lo que es peor aun , es un golpe mortal que se dá con
mano delicada y llena de gracia á nuestra inteligencia
y á nuestras mas dulces emociones. Todo lo que hay
de elevado en el alma del hombre , de vehemente en
su corazon , es comprimido , paralizado por el fastidio
que sufre ó que se le hace sufrir. Dominado por él, se
sienta en silencio en medio de una reunion , oye con
indiferencia lo que se habla, no se interesa en ningu
na conversacion , y con frecuencia se pierde en sus
propios pensamientos .
El fastidio se hace dueño de nosotros cuando nos ve
2
— iO-
mos obligados á permanecer en un paraje donde se ha
bla de cosas que no nos cuidamos de saber, ó cuando
alguno se apodera de nosotros y nos obliga á oir pa
labras destituidas de todo interes. ¡ Cuántas veces al
guno de estos imperturbables habladores rebosa de
alegría, mientras que su conversacion fatiga, ator
menta á toda una sociedad I Al entregarse á su proli-
gidad , no comprende que aburre á cuantos le ro
dean.
Todo negocio, todo libro, toda conversacion que
no escita en nosotros ni atencion ni curiosidad, es
causa de tedio. Su influencia arrastra muchas perso
nas al mundo ; pero hay tambien muchas á quienes el
disgusto de la sociedad conduce al retiro. Nunca el
ocioso se deja avasallar tan fácilmente por el tedio co
mo cuando se encuentra solo con su imaginacion,
mientras que , por el contrario, el hombre laborioso
sufre con pesar cada hora , cada instante que pone
trabas á su actividad. El primero, por no saber vivir
consigo mismo, busca distracciones esteriores ; el se
gundo encuentra la dicha en su propio corazon, des
pues de haber corrido vanamente en su seguimiento
en las reuniones del gran mundo. El hombre que no
tiene ninguna ocupacion seria , y que carece del há
bito de reflexionar, mira con profundo desden todo
lo que interesa á las naturalezas inteligentes , y", fe
lizmente para él , no oye por lo general en el mun
do sino conversaciones frivolas y vacias de sentido.
El hombre que encuentra un placer en estudiar y
en pensar, mira con el mismo desden todas esas con
versaciones enfadosas que nada pueden enseñarle, ni
hacerle esperimentar ninguna emocion.
Todo el que está dotado de un carácter fácil y ale
gre se complace en la sociedad , porque domina sin
, esfuerzo la volubilidad de un hablador indiscreto.
Todo el que es de imaginacion tierna y melancólica
— ii —
se encuentra fuera de su elemento en una reunion,
porque se vé á menudo obligado á ceder á la imper
tinencia de un atolondrado.
Las almas comunes esperimentan raras veces se
mejante fastidio. Encuentran en todas partes gente de
su especie, á la que se unen desde el primer momento.
Un aleman muy necio decia con razon sobrada : «Un
caballero como yo encuentra siempre otro caballero
que lo presenta en el mundo.»
Oprimido por el tédio, busca el hombre natural
mente un medio de salir de esta inaccion del entendi
miento. Para llegar á conseguirlo necesita conmover
sus sentidos, su inteligencia, su cuerpo y su alma.
Es mas fácil sentir que pensar, recibir que dar, y
el que no toma la iniciativa gnsta de que los dema
la tomen para con él. Hé aqui la razon que nos im
pulsa á dirigirnos á donde esperamos encontrar mo
vimiento, alegria, ruido. Hé aqui por qué se buscan
con afan los saraos , los bailes , los salones resplan
decientes de luces y de diamantes, las danzas vo
luptuosas que despiertan tan vivas sensaciones ; nada
mas fácil que procurarse estos placeres ficticios : los
de la soledad no se gozan sino despues de ciertos es
fuerzos.
La esterilidad de la razon es la que hace huir da
los placeres de la inteligencia, burlarse de todo lo que
es verdaderamente grande y hermoso , desdeñar las
producciones de los mejores escritores. Todo lo que
hay de mas sublime en las obras del pensamiento des
agrada á esos flemáticos hijos del mundo, que, como
ha dicho un ingles, no tienen ni voluntad ni poder
para conocer tanta grandeza ; que solo buscan un pa
satiempo ligero, y que en el vacio de su imaginacion
lo buscan sin encontrarlo. Si una sensacion irresisti
ble los arranca de su fria indiferencia ó de su desde
ñosa sangre fria , imaginan que para distinguirse
del vulgo deben reprimir toda manifestacion de pia
— 12 —
•er, toda espresion de admiracion , y afectar, por e!
eontrario, una orgullosa impasibilidad.
Un hombre bien organizado ocupa fácilmente un
puesto agradable en la sociedad , especialmente si la
salud le sonrie y es joven y alegre. Aquel cuya al
ma es propensa ala tristeza es mas dificil de satisfacer.
Las naturalezas vulgares necesitan , por el contrario,
para conmoverse impresiones vivas y groseras. La»
bufonadas triviales, la maledicencia , el vino, el taba
co, el libertinaje , son los vinculos de su comunidad.
El desenfreno puede solo animar al indolente sibari
ta. Su inteligencia es tan mezquina , tan grosera, que
nada que sea noble la conmueve.
Mas de un joven elegante, mas de una bella dama
perecerian de tedio en la ciudad mas agradable si no
supieran que encontraban cada dia una casa donde
ir á comer, a criticar y á perder el tiempo. Asi corre
mos de semana en semana , ds año en año arreba
tados en un torbellino perpetuo, asi cada mañana
ve nacer un nuevo proyecto de que no ha de que
dar memoria el dia siguiente.
Los indolentes no encuentran en ningun punto
el placer que buscan , cualquiera que sea la inclina
cion que tengan a la sociedad. Siempre su cabeza
está vacia y su espiritu embargado; se hastian sin ce
sar , y difunden sin cesar el hastio á su alrededor. Pa
recen ocupados, y no concluyen nada corren apre
suradamente , y se encuentran siempre en el mismo
punto. Se quejan de la brevedad del tiempo, suspiran
dia y noohe al pensar en el cúmulo de papeles que se
amontonan sobre su bufete, y olvidan que" solo ei
trabajo puede disminuir su número ; se aterran al ver
Regare! lindel año, y se preguntan todas las ma
ñanas: ¿Cuandoltegará k tarde? En verano desean el
invierno, en invierno claman por el verano; estos des
graciados no tienen mas que un corto número de
ideas y una resolucion impotente, y siempre están
— 13 —
prontos á acudir á donde haya ocasion de hablar y i*
oir conversaciones inútiles.
iVo obstante, no siempre se frecuentan sin objeto
las reuniones del mundo. Las relaciones sociales pue
den ofrecer un saludable descanso despues del traba
jo , de los cuidados del dia , y haciendo reposar el es
piritu, pueden darle nueva fuerza. Estas relacione*
pueden ser tambien de grande utilidad para los jo
venes, sirviendo para formar su raciocinio y sus ma
neras ; y , para las personas de todas las edades , la
sociedad es una escelente escuela: en ella se aprende á
conocer á los hombres, áser complaciente y modesto.
Los principes , los grandes , pueden tambien tomar
en ella lecciones de sabiduria y de humanidad , y ad
quirir al mismo tiempo el conocimiento de si mis
mos. Las personas de clase inferior aprenden tam
bien á conocer que se harán mas dignas y aprecia-
bles á los ojos de los depositarios del poder por la
elegancia de sus maneras y un verdadero buen tono,
que por una baja adulacion.
Tambien suelen buscarse las relaciones sociales
para dulcificar algun cuidado penoso ó una amarga
tristeza , y para apartar el espiritu del temor de una
desgracia. ¡ Ah! Rara vez consuelala soledad al des
venturado á quien la tumba ha arrebatado su única
alegria ; al que llama sin cesar una sombra adorada
que no se aparta nunca de su vista ; al que daria to
dos los bienes de la tierra por volver á escuchar una
vez sola el acento de la voz querida que no debe oir
jamás. Todas las fuerzas de su alma se consumen con
tantos pesares ; ni conoce ni siente ya si no dolor y de
sesperacion.
Otros temen la soledad porque temen interrogar su
conciencia. ¡Cuántos tiemblan á ciertos recuerdos!
¡Qué cambio seria preciso que se operase en ellos pa
ra que volviesen á hallar el reposo, para que una di
sipacion continua no fuese el único paliativo de la vor
— 14 —
interior que los persigue en el aislamiento ! ¡ Cuántos
otros han engañado al mundo con sus falsas virtudes,
y, no obstante, solo se encuentran bien en él I Han prac
ticado con ostentacion la filantropia , dado abundan
tes limosnas y hecho muchas buenas obras. Se han in
clinado hasta hundir la frente en el polvo delante
de los ricos y de los grandes , han alabado todas las
estravagancias de los poderosos. A sus ojos el hom
bre influyente no ha tenido jamás ningun defecto : so
lo han reconocido maldad y falta de talento en los que
no gozan del aura popular , no han encontrado preo
cupaciones ni errores , mentira ni esclavitud del pen
samiento en el lugar que habitan : ¡ y estos seres sin
dignidad y nobleza son bien recibidos en todas partes!
i Y solo se siembran flores en su camino !
La soledad suele pintarse, como la religion, con tan
sombrios colores , que solo de pensar en ella pierden
muchas personas su alegría. No han recurrido á la
soledad sino cuando se han visto enfermos , llenos de
cuidados, afligidos, es decir, cuando apenas han podi
do comprender su utilidad. Pero es preciso descono
cer el carácter de la religion y no sentir su fuerza
para no entregarse á ella siempre y en las épocas mas
felices de la vida. Es preciso tambien ignorar los go
ces que se esperimentan al recojerse dentro de si, las
dulzuras de una vida retirada y pacifica , para no com
prender que refugiándose en la soledad en circuns
tancias dadas , y sabiendo emplear el tiempo que en
ella se vive , se adquiere una satisfaccion inefable.
Se cometeria un grave error si se creyese que un
hombre es de naturaleza misantrópica y que despre
cia todas las distracciones porque se aleja del mun
do , porque no se precipita en la confusion de los sa
lones ; se cometeria un grave error si se dudase de su
razon porque se siente feliz y satisfecho cuando se le
deja solo consigo mismo.
CAPITULO II.

De la inclinacion á la soledad.

La necesidad de alejarse de todo lo que exaspera,


embai aza y fatiga; el deseo de encontrar el reposo y
el goce de si mismo, es lo que constituyela inclina
cion á la soledad. Las personas del gran mundo no
tienen idea de este goce: al menos la inclinacion á la
soledad no es en ellas comun. Anuncia un alma que
no se deja seducir por los hábitos vulgares. Bacon de
cia que esta inclinacion era indicio de una rudeza es
tremada ó de una gran elevacion de alma.
Es de notar que nada conduce al hombre indolen
te a la soledad : permanece en ella por efecto de su
pereza flemática. Por consecuencia, la inclinacion á la
soledad no es siempre resultado de una viva impul
sion, sino que algunas veces nace de la negligencia.
Entonces no es un vuelo , sino una caida del alma.
La vergüenza y el arrepentimiento , las acciones in
sensatas, los desengaños, á veces una enfermedad, pue
den herir tan profundamente el alma, que quiera
ocultar su llaga en el retiro y renunciar á todos los
placeres de la sociedad. En este caso la inclinacion á
la soledad es con corta diferencia para el alma lo que
la propension al sueño para el cuerpo fatigado. El
hastio decide tambien á muchas personas á alejarse
del mundo. Hastiado el filósofo Heráclito de la so
ciedad , so hizo misántropo ; estableció su inorada en
— 16 —
una montaña en medio de animales salvajes, y solo
se alimentaba de raices. Semejante conducta indica
mas debilidad que fuerza , mas indolencia que pa
sion.
El que ha gozado de todo cuanto el mundo puede
dar , de todo cuanto en él se tiene en mas estima;
el que ha obtenido á costa de grandes esfuerzos glo
ria, fortuna, poder, honores, y que al cabo conoce,
como Salomon, que tocio es vanidad: el que despues
de haber sido aguijoneado por las pasiones como un
caballo por la espuela , no es ya esclavo de ninguna,
está realmente saciado. No se refugia, es cierto, entre
animales salvajes : no se alimenta de plantas silves
tres; pero la soledad es su último asilo. ¡A cuántos
grandes hombres he visto en esta situacion! Porque
el hombre colocado en una clase inferior nunca cae
tan al fondo; su corazon no abrigaba ya ningun de
seo, amaban todavia la vida, lo demas no tenia precio
á sus ojos , la soledad era por consecuencia su último
asilo.
La inclinacion á la soledad proviene, pues, ya de
la necesidad de huir de todo lo que odiamos en la
confusion del mundo, ya de la de recobrar la calma y
la independencia, ya tambien, para un claro entendi
miento, de la de gozar de la felicidad no envidiada
que existe en nosotros mismos. i
La felicidad mayor consiste en el reposo del cora
zon y en la libertad de obrar impulsado solamente
por la voluntad y el poder propio. Unos aman la so
ledad porque en ella trabajan sin ser interrumpidos;
otros -porque en ella reposan sin ser turbados. Unos
y otros buscan igualmente la libertad , y este de-
séo es el que conduce á la soledad á los caracte
res estravagantes y á los hipocondriacos , á los filó
sofos y á los sábios. El deseo de recogerse en si mis
mo y de descansar se esperimenta naturalmente cuan
— 17 —
do hemos estado obligados por otros á obrar á pesar
nuestro. Sin independencia y sin reposo no se alcan
zará jamás el verdadero goce de si mismo. Hay, sin
embargo, personas que nunca obran mejor que cuando
creen que deben privarse de esta fruicion , cuando no
pueden disponer de un solo momento para hacer su
voluntad. Ciertamente que seria cruel no regocijarse
del bien que Dios nos presenta ocasion de hacer; pe
ro el mundo splicita de nosotros multitud de cosas
que la Providencia está muy lejos de exigirnos: tales
como paseos sin objeto , obligaciones inútiles , actos
de vana politica que no pueden ser considerados co
mo un deber formal , y de los que no puede tener
origen nada realmente útil. Los profesores de las uni
versidades alemanas deben tal vez su larga vida y su
perfecta salud tan solo á que no se ven obligados á
adulará nadie, y á que pueden proseguir tranquila
y útilmente sus tareas sin fatigar ni entorpecer su
espiritu con frivolas preocupaciones.
Lo que el sábio desea en medio de la opresion de
sus deberes, en el tumulto de la sociedad, es el repo
so. En las situaciones mas elevadas, como en las mas
humildes, aspira siempre el alma al descanso como á
la felicidad suprema (l). Pirro lo consideraba como
el único objeto de sus largas guerras, y Federico el
Grande esclamaba al concluirse una batalla en que
habia alcanzado la victoria: «¿Cuándo acabarán mis
tormentos?»
El artesano encargado de un trabajo penoso, el mi-

(i) El (imperador José preguntaba un diaal baron de


Grolhaiis, intrépido viajero hannoveriano, que paises de
seaba visitar aun. El baron nombró muchos. —¿Y des
pues? dijo el emperador. —Despues, replicó el baron, vol
veré á Hannover á plantar mis coles.—¡Ah! esclamó enton
ces José con tauta dulzura como razon, pues entonces id
desde ahora á plantar vuestras coles á Hannover.
— 18 —
lustro que quiere hacer la felicidad de una nacion sin
poder conseguirlo, tienen el mismo deseo al terminar
un largo dia, y piden reposo; esta misma esperanza
sostiene el corazon del marinero en medio de la tem
pestad: todas las fatigas á que se vé condenado se le
hacen llevaderas con la perspectiva de la calma y bien
estar que le esperan en el puerto. Los reyes se can
san del trono y de la etiqueta que los rodea, los gran
des de su poder, y los cortesanos de su dorada es
clavitud. Todos ansian sustraerse en el instante que
les sea dable al torbellino que los arrastra, é ir á
buscar la tranquilidad en el retiro.
Cuando Publio Scipion ejercia en Roma los mas
altos cargos de la república, se alejaba con frecuen
cia del mundo para vivir en la soledad ; no escribia
libros como Ciceron, pero pesaba en silencio los des
tinos de Roma, y decia: «Nunca estoy mas acompa
ñado que cuando estoy solo. » Despues de haber lle
gado al mas alto grado del poder humano, abandonó
voluntariamente á Roma, y se refugió en su casa de
campo cerca de Litterna, para terminar en ella en si
lencio el curso de su gloriosa carrera.
Ciceron, sobre quien estaban fijas todas las mira
das, abandonó tambien esta gran capital del mundo
cuando gobernaba todavia el corazon de los romanos,
con la firme resolucion de vivir solitario. Roma no
tenia ya a sus ojos el encanto que sus jardines de
Túsculo. Horacio olvidaba tambien en su solitario re
tiro de Tibur la orgullosa vida de los emperadores y
los ruidosos placeres del pueblo rey.
Pocos principes han terminado sus dias tan apacible
mente como el emperador Diocleciano. A los veinte
y cinco años de reinado resolvió renunciar el trono.
Los libros no le habian hecho filósofo, porque no leia
ninguno; pero fué el primero de los emperadores ro
manos que se consideró bastante grande para poder
despojarse de la púrpura soberana. Su reinado habia
sido constantemente feliz: todos sus enemigos estaban
vencidos, y todos sus proyectos realizados; en la épo
ca de su abdicacion no contaba mas que cincuenta y
nueve años; pero su débil salud le impedia llenar
cumplidamente sus deberes , y quiso entregar las
riendas del gobierno á manos mas jovenes y firmes que
las suyas. En medio de una vasta llanura cerca de Nico-
media subió á un elevado trono, y en una arenga lle
na de razon y dignidad, anunció al pueblo y al ejér
cito la resolucion que acababa de tomar; despues,
entrando en un carruaje cubierto para ocultarse á las
miradas «le la multitud sorprendida, fué á encerrarse
en su retiro de Salona, en Dalmacia. Alli aquel hom
bre que de las filas del pueblo se habia elevado á la
dignidad imperial , vivió todavia nueve años. Las
ciencias no podian embellecer su retiro ; pero hizo
edificar un palacio magnifico , cuyas ruinas se con
templan hoy dia con asombro, y se complacia en las
mas inocentes fruiciones de la vida. El mismo culti
vaba sus jardines. Sabida es la respuesta que dio á su
antiguo colega Maximiano, que, habiendo dejado el
poder con él, le escitaba a volver al trono. «Si vie
ras, le dijo Diocleciano con desdeñosa sonrisa, las
plantas que he cultivado en Salona, no me aconseja
rias que abandonase por el cetro la felicidad de que
disfruto.
Zenobia, la hermosa reina de Palmira, ingrata dis-
cipula de Lonjino , la mujer que leia á Homero y á
Platon, que igualaba en belleza a las mas hermosas
y las superaba en sabiduría y en valor , la heroina
que se hizo tan temible a los árabes, á los armenios
y á los persas, y que llegó hasta el punto de alcanzar
tambien la victoria sobre un ejército romano, fué al
fin batida por el emperador Aurelio y hecha prision
ñera. Su valor la abandonó, y sus amigos se alejaron
— 20 —
de ella. Retiróse entonces á una casa de campo da
que el emperador le hizo donacion en Tivoli, y so
brellevó su infortunio dignamente. Los sencillos y
dulces placeres de la soledad la consolaron de la pér
dida de un trono , y la filosofia le hizo olvidar su
grandeza desvanecida.
El emperador Carlos V sepultó en el modesto y
solitario monasterio de Yusle en España la ambicion
y los proyectos gigantescos que durante medio siglo
habian agitado la Europa entera y amenazado á to
dos los pueblos.
El emperador de la China , Kien-Long, que fué el
padre de sus vasallos, unia á las cualidades mas eleva
das, una gran inclinacion al reposo y á la soledad. Es
cribió algunas obras, y en un corto poema sobre el té
que compuso en una partida de caza fuera de la gran
muralla, se espresa asi: «¡Que no me sea dado, como
á un antiguo sábio, alimentarme solo de la fruta de
ciertos árboles, para poder conversar libremente con
migo mismo y no tener ya mas que desear I
Acontece tambien, como ya he dicho, alejarse de
la sociedad por hipocondria. La situacion en que el
alma cae es un manantial inagotable de pesares que
se rehusa confiar a los demas y que se guardan para
si propio. Agoviado por un peso de que no puede li
bertarse, y lleno el corazon de las mas dolorosas sen
saciones, no osa un hipocondriaco presentarse en una
reunion gozosa ni asociarse á ninguna manifestacion
de alegria; á donde quiera que a pesar suyo vá, sien
te el alma como entorpecida y la cabeza embarazada.
Todas las fruiciones de la vida están para él enve
nenadas y todos los móviles del alma anonadados.
Cuando por instancias indiscretas ó por una enojosa
politica se le obliga á asistir á una concurrencia, lleva
á los salones la triste conviccion de que agrada á po
cos hombres, y de que aun menos son los que á él la
- 21 -
agradan ; que no se le comprende porque no se ana
liza su situac.on, y esta idea basta para hacerle apa
recer como un hombre falto de talento y de facultades
intelectuales. Con este sufrimiento que conmueve, por
decirlo asi, hasta las mas delicadas fibras de la imagi
nacion, con esta espina en el corazon anhela hallarse
solo y ocultarse á las miradas del mundo. En su reti
ro no siempre encuentra el reposo; pero puede decir:
aqui soy libre é independiente; aqui puedo hacer
cuanto quiera sin ser atormentado por importunos
cumplimientos, por enojosas conversaciones, por nin
gun mal pensamiento; y permanece asi meditabundo
y solitario, sin hallar otro ser á quien poder confiar lo
que siente, otro ser que pueda comprender el doloro
so estado de su alma y aceptarlo con dulzura, pru
dencia y cariño.
A veces tambien nos alejamos de la sociedad por la
repugnancia que nos causan los erróneos y acerbos
juicios que oimos formular. El que quiere libertarse
de todas las preocupaciones y de todas las opiniones
comunes; el que no puede variar su modo de ver las
cosas segun el viento reinante ; el que tiene bastante
solidez de ideas para no dejarse dirigir por los demas,
y bastante razon para intentar dirigirlos; el que quie
re vivir con su siglo y se regocija á cada nuevo ade
lanto de los conocimientos humanos, se aleja volunta
riamente de esas reuniones en donde no se sabe apre
ciar lo grande ni lo bello. Prosigue sus estudios en
silencio, y se une mas y mas á su retiro cuando de
nuevo observala esclavitud del pensamiento, los erro
res populares, y los hombres cuya alma, como dice
Shakespeare, no sabe correr sino por caminos reales.
No debe considerarse como prueba del progreso de
las luces el acuerdo general de las opciones sobre to
das las cuestiones. La libertad individual de pensar y
de juzgar segun miras particulares anuncia, por el
— 22 —
contrario, mas movimiento, mas inteligencia. Si todos
los habitantes de una ciudad son de un mismo pare
cer, y nadie tiene su opinion particular, puede decir
se que en ella hay una epidemia de estravagancia asi
en la alabanza como en el vituperio.
La aficion á la soledad puede, pues, nacer de la na
turaleza misma de los lugares donde solo se formulan
opiniones sin exámen; donde reina perpétuamente un
tono uniforme, que nunca es el mejor, donde la pasion
da alas a todos los errores y una influencia poderosa,
una autoridad irresistible á todas las preocupaciones.
No siempre es posible admitir las creencias de los
demas; pues nuestra educacion ó las costumbres que
hayamos contraido pueden ser distintas de las suyas.
Entonces no estamos con libertad en las sociedades
en donde el gusto, la literatura están dominados por
preocupaciones absolutas ó por el orgullo y la igno
rancia de los que se han erigido en oráculos de la
opinion pública ; todo lo no comprendido en el es
trecho circulo de la razon de estos seres limitados, to
do lo que se separa de la generalidad, toda obra im
portante, toda accion laudable, todo, todo se critica
amargamente, todo se destroza.
El que es celoso de su libertad no inclina la cabe
za abrumado con los hierros de la esclavitud; no pue
de someterse al despotismo de los mentidos talen
tos que desde su miserable tribunal arrojan rauda
les de hiel sobre todos aquellos de sus contemporá
neos que han adquirido alguna distincion, sobre todos
los que se señalan por su talento ó por su valor ,escri
tores, filósofos, legisladores, generales y principes.
Es, por consiguiente, muy fácil de comprender la afi
cion á la soledad en donde es de buen tono despreciar
todo lo bueno, y en donde podria decirse, con mi ami
go Federico de Stolberg: «Para los talentos de relum
bron de nuestra época la amistad , el amor, la verdad, la
— 25 —
naturaleza, el valor, la patria y la religion son palabras
Vacias de sentido, que afectan desagradablemente el
oido como sonidos desconcertados. • Alli, en'efecto, los
escritores mas ilustres son tratados por las medianias
como miserables cubiertos de andrajos. Alli muchas
mujeres que pasan su existencia delante de un espe
jo, que solo entienden de gasas y de cintas, hablan
con desden de todo cuanto tiene algun carácter de vi
da y elevacion. Alli nadie se atreve á hacer un elogio
antes de haber consultado al oráculo de su circulo,
antes de haber sabido de él qué opinion debe mani
festarse. Alli un escritor que no participa de las ideas
dominantes es castigado por la reflexion mas justa,
por la espresion mas generosa, como si hubiese aten
tado á la tranquilidad de la nacion y tratado de difun
dir por todas partes el desorden.
La arrogancia y el charlatanismo, la envidia y la in
tolerancia, han afligido en todos los tiempos á los
hombres honrados, aun en los pueblos mas ilustrados
y famosos. David Hume era de naturaleza dulce y
tranquila. Ni la mancha mas leve empañó durante el
curso de su vida su reputacion de virtuoso. Su bondad
de carácter no le abandonó ni en la vida pública ni en
la privada. Conservó su tranquilidad aun en el tiem
po mismo en que sus adversarios le hacian objeto de
las burlas mas groseras. Leia con imperturbable calma
los horribles libelos lanzados en contra suya hasta
los pobres de su vecindad, que eran azuzados contra
él, observaban con respeto y gratitud su humanidad
y sus actos de beneficencia. Siempre fué su conducta
honrosa, firme y opuesta á toda vana pompa y á to
da afectacion. Era de fácil acceso , y nada anunciaba
en su esterior ni e i su conversacion la pedanteria del
sabio. Su afabilidad era la espansion natural y since
ra de un corazon bueno. Cierto es que Hume abusó de
su talento atacando la religion ; pero sus costumbres
— 24 — -
hubieran podido citarse como ejemplo en los tiempos
en que el cristianismo no habia perdido aun nada de
su primitiva pureza. Tenia esa nobleza de alma, esa
bondad de corazon que ennoblecen al hombre en to
dos los paises y en todos los tiempos, y lo elevan al
rango de los mejores y mas grandes talentos. Asi es
como en Inglaterra juzga á David Hume la posteridad
imparcial ; pero no lo fué del mismo modo por sus
contemporáneos. ¡Cuán grandes deseos no deberia te
ner de retirarse á la soledad y huir del mundo, des
pues de tantas pruebas dolorosas como en él habia su
frido! Vivió, sin embargo, en una época ilustrada, en
medio de un pueblo instruido é inteligente.
El escepticismo de Hume no fué seguramente la
única causa de tantos ultrages como se le hicieron su
frir en Inglaterra. El odio nacional contribuyó indu
dablemente a' irritar á los ingleses. Hume era escoces;
pero la rabia desenfrenada que se levantó contra él
penetró hasta Escocia. No es posible leer sin una do-
lorosa emocion la narracion hecha por él mismo de
todo lo que tuvo que sufrir como escritor, asi en In
glaterra como en Escocia é Irlanda.
Hume pagó con sus amarguras el tributo que todo
hombre célebre debe á los talentos de oropel. Pero los
hombres de razon no debieran haberse dejado go
bernar por ellos. Todos los grandes filósofos del con
tinente consideraban los escritos de Hume como
obras maestras de esposicion filosófica, y admiraban
á la vez su delicadeza , su profundidad y su elegan
cia. Sulzer fué, segun creo, el primero que reveló á
los alemanes su mérito. El talento de Hume como his
toriador iguala al de Voltaire, aunque aventajándolo
en ser mas grave y profundo ; con la circunstancia de
que es muy verosimil que Voltaire se haya aprovecha
do mas de los escritos de Hume, que este de los de
aquel. Dotado de tan grandes cualidades, hizo Hume
— 25 —
sobre sus compatriotas una impresion de que hubieran
debido avergonzarse.
Parece increible lo que aconteció al publicar sus
obras. Afines del año de 1758 dióáluz un Tratado so
bre la naturaleza del hombre. Jamás, dice, fué tan
desgraciado un primer ensayo. Este tratado nació
muerto, y no causó la mas ligera sensacion; refundió
la primera parte de él en sus Investigaciones sobre el
entendimiento humano, que aparecieron en 1748, du
rante su estancia en Turin. A su vuelta á Inglaterra
supo con humillacion que esta obra no habia desper
tado la menor atencion. Una nueva edicion de sus
Ensayos morales y politicos , que fueron publicados
en Londres en la misma época con corta diferencia,
no obtuvo mejor exito. Consideraba sus Investigaciones
sobre los principios de la moral como la mejor de sus
obras, y sin embargo, pasó tambien sin ser notada.
Hume creia seguro el éxito de la historia de la ca
sa de Stuardo, publicada en 1754, y fué, sin embar
go, para él causa de un nuevo desengaño. De todas
partes se elevaron en contra suya gritos de reconven
cion, de cólera y aun de horror. Ingleses y escoceses,
.whigs, y torys, filósofos y devotos, patriotas y cortesa
nos, todos se reunieron animados de un mismo furor
contra el hombre que habia osado enternecerse al re
cordar la suerte de Carlos I y del conde de Strafford.
Y apenas hubo pasado este violento rumor, sufrió
Hume la humillacion de ver su libro sepultado en e¡
olvido. Millar, su editor, le aseguró que en el discur
so de un año entero no se habian vendido mas que
cuarenta y cinco ejemplares. Dos personas solamente
tomaron á su cargo la defensa de esta obra: el doctor
Hering, primado de Inglaterra, y el doctor Stone, pri
mado de Irlanda. Ambos prelados escribieron al au
tor que no se dejase intimidar por lo que se decia
de él. A pesar de esto, aquel escritor tan enérgi
— m —
co perdió el valor , y él mismo ha declarado des
pues que á no haber estallado la guerra entre Fran
cia é Inglaterra , se hubiera retirado bajo un nombre
supuesto á alguna provincia de aquella nacion con el
firme propósito de no volver jamás á su pais. Pero
nomo este proyecto era entonces irrealizable, y habia
ya escrito una gran parte de otra nueva obra, se de
terminó á proseguir su empresa. Su historia de la ca
sa de Tudor apareció en 1759, y la Gran Bretaña
prorrumpió en tantos gritos de reprobacion como al
publicarse la historia de los dos primeros Stuardos. En
fin, Hume abandonó en 1763 las costas de Inglaterra;
fué a Paris c*on el conde de Hertford, y alli encon
tró una acojida tan honrosa para los franceses co
mo para él. «Los que no conozcan , dice modesta
mente, lo* sorprendentes efectos de la moda, no pue
den imaginar el recibimiento que me hicieron en Pa
ris hombres y mujeres de todas clases y condiciones.
Cuanto mas intentaba sustraerme á sus agasajos, mas
me los prodigaban.^ (1)

(i) Xos sabios y les filósofos parisienses hicieron ma?


en obsequio de Hume que de un rey. Cuando llegó á Pa
ris, dice Sture, todos los escritores ansiaban verlo, por
que decian que era un hombre de un talento infinito. Ape
nas hubo arribado al continente, las principales reunio
nes empezaron á intrigar para atraerlo. Una elegante prin
cesa consiguió apoderarse del hombre maravilloso para in
troducirlo en el gran mundo. Repartió por todas partes
invitaciones á una cena deliciosa á que asistiría monsieur
Ume. Apareció , en fin, este , seco y rudo, y que si nada le
interesaba no pronunciaba una sola palabra. Nada se omi
tió de cuanto podia electrizarlo. No se hablaba mas que
de sus encantadoras obras, y del genio profundo de mes-
sieurs les anglais. Pero todo fué inútil: el ingrato continuó
frio y silencioso. Los que se habian agrupado en torno su
yo se encogieron de hombros mirándose unos á otros con
aire de compasion. Al dia siguiente se decian al oido: Es
te monsieur Ume es un bruto; un gracioso añadió : Es que
lia empleado todo el talento en sus libros.
— 27 —
La historia de Hume suele ser la de todos los quo
aspiran á ser profetas en su patria. Siempre que al
guno pretende ver un poco mas lejos que sus conciu
dadanos, y tiene la locura de querer publicar lo que
ha descubierto, despierta al punto la animadversion
general. No hay un solo escritor, grande ó pequeño,
que no sea blanco de los tiros de todas las personas
inferiores á él que lo rodean. Encontrareis siempre
en vuestra ciudad natal personas que os darán un
vestido si careceis de él, que os alimentarán si teneis
hambre, que os ayudarán en muchas ocasiones, pero
que jamás tolerarán que se os tribute el mas insigni
ficante honor.
Los efectos decian en su exaltacion republicana:
■ Si hay entre nosotros algun sábio, que salga de este
pais y se establezca en otra parte.» Yo en su lugar hu
biera dicho á los sabios: «No os alejeis, permaneced
en vuestra morada, y en vez de odiar á vuestros con
ciudadanos, olvidadlos. »
Dejemos ya de desear que los hombres sean como
no pueden ser , y aceptémoslos tales como son. Cierto
es que cuando tenemos en el alma el sentimiento de
lo noble y de lo bello, nos exasperamos al ver á seres
miserables erigirse en maestros de la sabiduría y de
la verdad; cierto es que sufrimos al oir formular un
pensamiento falso, que, comunicándose de uno en otro
circulo, se hará en pocos dias la opinion gensral. Pe
ro supuesto que es imposible para los talentos de oro
pel de nuestros dias formar un juicio recto , puesto
que en materia de literatura cada ignorante y cada
loco se cree con derecho á dar consejos, puesto que la
multitud se forma siempre una falsa idea de todo lo
que hay de mas intimo en el corazon humano, resig
némonos á este idiotismo, y acordémonos de que na
da es mas raro en el mundo que encontrar un juicio
esacto.
— 28 —
No nos humillemos hasta el punto de irritarnos
contra esos pobres hombres que hablan sin cesar y sin
saber lo que dicen; no miremos á esos insensatos co
mo serpientes y escorpiones, porque no siempre tra
tan de hacer daño : elevémonos sobre las miserables
murmuraciones que provoca en todas partes la pre
sencia de un hombre que ha llamado algo la aten
cion. No tratemos de contradecir á los que el racioci
nio no puede convencer ; nos es mas fácil conquistar
su corazon , y cuando hayamos adquirido su afecto,
podremos dirigir su espiritu.
No debemos hollar las flores que Dios hace brotar
en nuestro camino; no debemos huir del mundo an
tes de haber encontrado en él algo bueno. Que uno
juzgue segun sus limitadas ideas , y que este juicio
sea la regla de una ciudad ó de un pais, ¿qué nos im
porta, si de él nos burlamos? No murmuremos, aun
cuando nos sea imposible hacernos superiores á los
defectos de los hombres: aprendamos, por el contra
rio, á soportarlos.
En la corte, en las ciudades, en los lugares mas re
tirados, en todas partes, en fin, ha perseguido la ca
lumnia al que no se ha dejado arrastrar en el tor
rente de la multitud. Hé aqui por que los sabios re
nuncian á los sufragios de la muchedumbre. Se apar
tan de ella á fin de no hacer sombra á nadie, y en
tonces suelen caer en la misantropia. Solon se encer
ró en su casa cuando no pudo ya oponer resistencia
á la tirania de Pisistrato ; depuso las armas diciendo:
•He defendido cuanto me ha sido posible las leyes
de mi pais.» Y se retiró á hacer versos contra los ate
nienses.
Un cortesano que no haya deseado á veces aban
donar las grandezas por la paz de los campos, no tie
ne corazon ni entrañas. Es imposible que vea sin pe
sar ni disgusto que, por lo general, no se goza favor
— 29 —
en la corte si no por medio de lisonjas serviles, que
las mujeres pierden el dia ocupándose en frivolida
des, mofándose de todas las virtudes, ridiculizando
el mérito y apreciando solo al que debe su elevacion
a alguna vileza. Allidebe tambien ver con lástima
los ardides y subterfugios que se emplean para enga
ñar á los principes y para cegar á los mas perspica
ces. Alli debe tambien despreciar profundamente to
das las cabalas que los pequeños urden contra los
grandes, y la vil satisfaccion con que se descubre una
mancha, un defecto, en aquel cuyo poder se envidia.
Dion era odiado , envidiado y perseguido por los
cortesanos de Dionisio el Joven porque no vivia co
mo ellos, porque no concurria á sus reuniones, por
que no gustaba de sus conversaciones ni de su modo
de pensar. Los cortesanos dieron á sus virtudes el co
lorido del vicio, y le calumniaron cerca de Dionisio:
llamaron á su gravedad, orgullo; á su franqueza, ar
rogancia y obstinacion. Acusaron sus consejos de
amarga sátira, y dijeron que despreciaba sus desór
denes, cuando no queria unirse á ellos.
A pesar de estas malas pasiones, no se debe aborre
cer á los hombres; los juicios erróneos y necios, son
dignos de que se les desprecie, pero no de que se les
odie. El odio es la estincion del amor: y, ¿quese
ria la vida sin amor? Dado el primer paso para ale
jarse del género humano , es fácil caer en una terri
ble misantropia. El que se irrita de todas las locu
ras y debilidades que nota, el que se detiene mucho
en las cosas que le hieren, odia á los hombres desde
el momento en que le ofenden. Entonces se agria su
carácter, observa tambien á los demas con preven
cion, y juzga mal de todo cuanto llama su atencion;
entonces se hace desconfiado, susceptible, malvado,
y cuando ya, en fin, la pasion le arrastra, acaso en su
ciego furor llegue á desear, con M. de Saint Hyacin
— 30 —
the., poder habitar en una isla desierta para asesinar
á los desgraciados que, indefensos y desvalidos, arro
je a ella la tempestad.
Todavia me estremezco de horror al recordar á uno
de estos monstruos á quien estuve obligado á ver al
gunas veces en Suiza. Aquel enemigo de los hombres
solo se alimentaba del veneno de los litigios. Al
aproximarme á él creia ver agitarse serpientes sobre
su peluca sucia y desordenada. Manchas rojas y azu
les cubrian su rostro ; la mas afectuosa de sus mira
das luciendo siniestramente á través de sus negras
cejas, era infernal. En cada palabra os ofrecia la pers
pectiva de un pleito. El mal era su alimento , y su
casa el refugio de todos los genios turbulentos, de to
dos los enemigos del reposo público. Sostenia todas
las injusticias, perseguia á todos los hombres honra
das , acariciaba á los malvados, atraia con empeño á
los calumniadores, recogia cuidadosamente todas las
mentiras; era, en fin, el abogado del demonio y el pa
dre de las furias. Este ser terrible se hallaba muy á
su sabor en este género de vida; todos los dias pre
paraba en silencio alguno de sus goces misantrópicos,
y se llamaba feliz en su soledad.
El desgraciado timon, que nos describe Luciano, te
nia motivos de odio contra los hombres, y no necesi
taba recurrir á los sofismas y á los pleitos para com
placerse en su salvaje filosofia. «Este rincon de la
tierra, decia, será mi morada y mi tumba. Aborrez
co todo lo que lleva la denominacion de hombre, y
las relaciones sociales , la amistad, la compasion no
tienen ya poder sobre mi. Compadecer á los desgra-
c iados, socorrer á los indigentes , es una debilidad y
un crimen. Quiero acabar mi vida en el retiro como
los animales salvajes, y nadie mas que Timon será
amigo de Timon . Los hombres son á mis ojos infa
mes y malvados , y considero las relaciones que con
— 51 —
ellos se tengan como una profanacion ó una diversion
idiota. ¡ Maldito mil veces el dia en que alguno de
ellos se muestre á mi vista ! No quiero ver en los
hombres sino masas de piedra ó de metal. Con ellos
ni paz ni trato. Que mi soledad sea una barrera insu
perable entre el mundo y yo , y parientes , amigos,
patria vanos nombres que solo los locos respeten.
Desprecio todo elogio, y aborrezco la vil lisonja; no
quiero encontrar placer mas que en mi mismo: quie
ro sacrificar solo á los dioses y solo asistirá mis ban
quetes. Quiero ser mi único vecino y mi único com
pañero; pasar mi vida solitario, y morir tambien en
el aislamiento . Quiero distinguirme y señalarme por
mi carácter sombrio, por la estravagancia de mis cos
tumbres, por mi cólera cruel, por mi inhumanidad.
Si un hombre próximo á morir en medio de las lla
mas me suplica que las apague, arrojaré en ellas
aceite para aumentar su ardor. Si un hombre arras
trado por un torrente eleva sus manos hácia mi im
plorando mi ausiliO., lo cogeré por la cabeza y lo su
mergiré en las aguas para que en ellas perezca.»
Sabido es á qué causa atribuye Luciano, uno de los
mas grandes escritores que han existido, la estraña lo
cura cuya espresion acabamos de leer. A tal grado de
exasperacion pueden conducir la injusticia, la ingrati
tud y maldades de todo género á un hombre , bueno
y generoso en un principio, como lo era Timon.
Hay tambien hombres que sin tener la mas leve
queja de nadie, se retiran del mundo porque odian
la luz, y solo abandonan su asilo en la oscuridad.
Asi se desliza en las sombras la envidia , esa pasion
abominable. Los caribes dicen que la envidia fué la
primera criatura que apareció en la tierra. Difundió
el mal por la superficie del mundo, y se creia muy
bella, cuando viendo súbitamente el sol, corrió i ocul
tarse para aparecer solo durante la noche.
Hay tambien muchos que buscan la soledad sin hi
pocondria, sin odio, sin el menor sentimiento indig
no de un verdadero filósofo; la desean solo para po
der estudiar en paz las obras mas sublimes de todas
las edades y de todos los pueblos. Corren con ardor
tras este objeto querido , y no odian sino lo que les
interrumpe en sus pensamientos predilectos. Para un
alma buena la soledad es el antidoto de la misantro
pia. Los que necesitan trabajar en su propia perfec
cion, los que quieren desplegar libremente sus fuer
zas y sus facultades, los que desean tener mas accion
que la que ordinariamente se goza en el curso de la
vida, los que aspiran á ser algo para los hombres que
aun no conocen y de quien son tambien desconoci
dos , pueden mirar con noble repugnancia las vanas
distracciones y estériles placeres de las sociedades
"frivolas.
El alma y el corazon se elevan entonces, se reani
man y fortifican en la soledad. Hé aqui la razon de
por qué esta ha sido tan querida de los filósofos, los
poetas, los oradores, los héroes; de todos los hom
bres que han tratado de elevarse sobre el horizonte
vulgar, y acrecentar sus conocimientos. Homero ha
pintado los lugares solitarios de Italia y Grecia con
tal verdad, dice Ciceron, que vemos por sus descrip
ciones lo que él mismo no habia visto. Demóstenes
se retira á un subterráneo, lejos de los rumores de
Atenas, se encierra en él durante meses enteros, y se
hace afeitar la cabeza para no verse tentado á aban
donar aquel retiro en donde escribia sus arengas.
Epicuro pasa sus dias en un jardin. Los mas grandes
héroes de Grecia y Roma dividen su tiempo entre los
libros y las armas, entre los cuidados de la guerra y
los trabajos silenciosos , y se distinguen á la vez por
su filosofia y por sus proezas militares. San Geróni
mo escribe en un espantoso desierto sus libros llenos
de elocuencia sublime, y desde el fondo de las tinie
blas esparcen sus obras á lo lejos la luz. Los druida»
de la antigua Bretaña, de la Germania y de las Ga-
lias huian de las ciudades cuando no tenian ya en
ellas ningun deber público* que cumplir; vivian en.
los bosques, y enseñaban ala juventud al pié de en
cinas seculares. Eran los sacerdotes, los legisladores,
los médicos y los filósofos de su nacion.
Algunos reyes que estimaban mas el género huma
no que su corona, entre ellos José II, el mas grande
de los emperadores de Alemania, han abandonado la
etiqueta de sus palacios para hacer una vida mas sen
cilla y que los aproximase mas á los demas hombres.
Wieland, cuyo nombre entusiasma á los alemanes,
tanto como el recuerdo de sus obras inspiradas por
las Gracias, escribióen una pequeña ciudad de Suavia,
en Biberic , esos libros que debian ser el orgullo de
sus compatriotas. ¿De qué modo han adquirido su fa
ma los filósofos ilustres, los hombres de Estado dis
tinguidos? ¿Escribió acaso Aristóteles sus obras entre
los cortesanos del rey de Macedonia? ¿Compuso Pla
ton las suyas en la corte de Dionisio? No; todos aque
llos varones, cuya alma era tan elevada , buscaban el
silencio del retiro.
Hemos examinado ya las razones que impelen al
hombre á la soledad; pero nos falta añadir á ellas
otras dos causas: la religion y el fanatismo. La reli
gion aficiona al hombre á la soledad por los motivos
mas nobles y elevados, por las convicciones mas pro
fundas, por las necesidades del corazon mas verdade
ras y mas intimas. El fanatismo es la degeneracion de
estas nobles inclinaciones, el fruto de un juicio erró
neo, de un celo exagerado y de una loca supersticion.
Las almas verdaderamente religiosas se ven incli
nadas a la soledad por el temor que les inspira el
asjieclo del mundo y de sus peligros. Quizá temen vi
— 54 -
tuperar, en el ardor de su devocion, algun placer mo
cente. Persuadidas de que el mundo no puede dar
les el bien supremo á que aspiran, no quieren disipar
su existencia en vanas distracciones. Animadas de
la esperanza de gozar algun dia de las felicidades del
cielo, se eximen de las perecederas de la tierra; juz
gan que es deber suyo renunciar desde la juventud á
todo lo que hemos de abandonar á la hora de la muer-
se; prefieren temer en el curso de la existencia para
estar menos aterradas en el momento supremo en que
la vida se estingue. A cada mirada que dirigen á la
eternidad, á cada paso que dan hácia la tumba en
cuentran menos atractivos en los goces de este mun
do. Esta es la razon de que tantos católicos busquen
un refugio en los claustros ; y este sentimiento reli
gioso dá al corazon y al espiritu una elevacion ante
la cual me inclino con humildad y derramando lá
grimas de dolor en el silencio de mi retiro.
Los fanáticos huyen del mundo porque se forman
una idea exagerada de la perfeccion. A cada paso que
dan se creen mas próximos al cielo, y maldicen á los
que no siguen su mismo camino. Desde sus primeros
años suelen apartarse de los niños de su edad, como
para obedecer á su vocacion: se alejan de los juegos
mas inocentes, y en medio de la alegría general os
tentan un semblante sombrio. Cuando son mayores se
hacen pesados, groseros, tristes y malvados. Desde
su centro oscuro observan el mundo sin comprender lo
que en él pasa, ó huyen precipitadamente ásu aspecto
como aquel insensato que huia de los hombres por
temor de que le rompiesen su nariz de vidrio. La de
bilidad de sü juicio dá a su imaginacion un ardor
singular , y una estraña movilidad. Pero á pesar de
su locura, son felices en su aislamiento, pues su cabe
za se exalta y fermenta libremente.
Otras muchas personas se retiran á la soledad para
— 00 —
obedecer á la moda. Es costumbre que al principiar
el verano todas las personas de buen tono, y las que
quieren ser tenidas por tales, vayan á vivir al campo,
y se figuren que nadie queda en las ciudades. No las
hace obrar asi ni la fatiga del trabajo ni el gusto de
estudiar, sino sencillamente el deseo de trasportar su
pereza á otro teatro, y de dormir en paz , en vez de pa
sar las noches en el tumulto de los bailes. La mayor
ventaja que las personas de la alta sociedad encuen
tran en la soledad es no esponer á las miradas de
tantos testigos su estraño modo de vivir ; pero ni la
sombra de los bosques ni las flores de los valles pro
ducen en ellas la menor impresion feliz. Las driadas
no las hacen mas razonables, ni les enseñan á pensar
ni á obrar mejor. La mayor parte de esos personajes
distinguidos que pasan el verano en el campo no ob
tienen otra ventaja que poder hablar de su felicidad
y hermosura al regresar á la ciudad, felicidad que no
han conocido, hermosura que no han apreciado.
.
CAPITULO III.

Inconvenientes generales de la soledad.

La inclinacion á la soledad no siempre va unida,


como ya hemos visto, á una perfecta rectitud de
juicio, ni á un carácter pacifico, dispuesto á deslizar
se como una sombra apacible por el teatro del mun
do. El alejamiento de la sociedad tiene sus inconve
nientes, y estos se aumentan y crecen cuando se hu
ye de los hombres con obstinacion. No todos los de
fectos de los solitarios son resultado de la soledad.
Pueden provenir de otras varias causas ; pero si se
entra en el retiro con malas inclinaciones, es de temer
que en él se aumentarán.
Vamos á tratar de conocer los buenos y malos efec
tos de la soledad, segun los diferentes caracteres, á fin
de poder deducir en qué casos es dañosa y en cuales
apetecible. Debemos examinar cuándo puede propor
cionar la misma satisfaccion que las relaciones socia
les , y en qué circunstancias es útil que los hom
bres se alejen de sus semejantes. No trataría de los
inconvenientes de la soledad, si, como otros muchos,
solo intentase escribir una novela sobre este asunto;
pero mi objeto es mas grave.
El hombre en el ocio de la soledad es como el
agua estancada, que no teniendo salida se corrompe.
La inaccion completa ó la escesiva tension de las fuerzas
intelectuales dañan igualmente al cuerpo y al alma.
Todos los órganos del cuerpo humano se fatigan
— 58 —
con un trabajo continuado. El espiritu desfallece tam
bien cuándo vé siempre delante de si los mismos ob
jetos, cuando prosigue un trabajo sin intermision y
lleva sobre si el mismo peso. La soledad abruma al
que, hallándose en un peligroso estado de languidez,
no puede ocuparse en si mismo ni consigo mismo. Su
cumbe al menor esfuerzo cuando ni el deber ni la pa
sion lo reaniman, y el ardor de su alma se estingue
en un triste aislamiento, en una negra melancolia En
tonces conviene buscar la sociedad de hombres dignos
y amables, hasta tanto que pueda volverse á tomar
alguna aficion al trabajo, y encontrar dentro de si
alguna satisfaccion.
Sin la variedad, sin la distraccion, el hombre se em
bota en la soledad cuando carece de la fuerza nece
saria para soportar un dificil esfuerzo. Sus ideas to
man un carácter rigido é inflexible ; su modo de ver
las cosas le parece preferible al de todos los demas, y
acaba por estimar solo á si propio; mientras que, por
el contrario, la sociedad mejora nuestro caráctery cos
tumbres, enseñándonos á sufrir las eontradicciones y á
vivir con personas que piensan de distinto modo que
noso Iros.
Otro peligro ofrece tambien la soledad : el de que
retirándose á ella se concluye por prendarse de si
mismo. Los hidalgos que habitan en el campo con
traen la costumbre de hablar con tal terquedad , de
sostener con tal obstinacion las opiniones mas erró
neas, que es casi imposible tratar de ningun asunto
con ellos, por insignificante que sea. Platon decia que
el orgullo, la obstinacion , la aspereza de carácter
eran un efecto constante de la soledad, lo que no de
bia sorprender, porque el hombre que vive solo , no
piensa mas queen complacerse á si propio. Cree que
puede hacer cuanto quiere porque sus criados ejecu
tan cuanto ordena.
— 39 —
Dificil es destruir el profundo respeto que algunos
solitarios conservan á su3 caprichos y la admiracion
que se causan á si propios. Intimamente convencidos
de que sus ideas son de orijen divino, y de que les
han sido inspiradas por el cielo mismo, emplazan an
te el tribunal de Dios á todos los que no son de su
modo de pensar.
La soledad tiene tambien inconvenientes para los
sábios. Muchos de ellos viven enteramente solos ó en
un circulo muy limitado, y se encuentran fuera de su
elemento cuando abandonan su gabinete de estudio.
Acaso no se me dé crédito; pero el hecho que voy á
consignar es verdadero. En una célebre ciudad de
Alemania se ha rogado encarecidamente a los sábios
desde el pulpito que procuren preservarse de los de
fectos que por lo regular unen á su ciencia, de la ir
ritabilidad, de la misantropia y del desprecio que les
inspira lo que no pertenece al circulo ordinario de
su vida y de sus ocupaciones. Se les ha recomen
dado que no sean tan altaneros y ambiciosos; que
traten cariñosamente la debilidad, la ignorancia, el
error; que instruyan al que yerra y no le ofendan;
que no sean tan ligeros en juzgar de un modo abso
luto, y con frecuencia sin razon. Se les ha rogado que
pongan su saber al alcance de todos; que oigan sin
cólera al que espresa modestamente una opinion
opuesta á la suya; que reciban lecciones con el mismo
empeño que tienen en darlas ; y, finalmente, que no
desprecien las cualidades ni las opiniones que les son
estrañas, ni las ocupaciones útiles de los demas.
Ignoro el resultado de esta amonestacion; pero es
muy cierto que el no seguirla hace que los sábios se
tengan por personajes muy importantes, y que su mis
ma presuncion les dé por lo general muy poca im
portancia á los ojos de los demas. Muchos sábios, acos
tumbrados á hablar en su cátedra á su sabor , se sor
prenden cuando alguno quiere tomar la palabra antes
que ellos. Adquieren otros en el limitado circulo en
que está concentrada su vida una confianza tan pre
suntuosa en si propios, que hacen alarde de ella en to
das partes. Otros, en fin, enterrándose en sus libros,
olvidan tan completamente á los hombres, que exaltan
el sentimiento moral de todo el que los escucha. Sus
continuas relaciones con estudiantes groseros ó con in
dividuos de la última clase del pueblo les hacen ad
quirir tanto talento, que carecen absolutamente de él
cuando entran en un salon.
Se podia vivir mucho tiempo con Platon sin saber
que fuese Platon. Un estranjero que habia hecho un
largo viaje con el único objeto de conocer á este gran
filósofo, se sorprendió estraordinariamente al saber
que Platon era el desconocido, sencillo y afable, con
quien habia conversado varias veces en diferentes
reuniones, sin encontrar en él nada notable.
¿Quién no se burlaria de un mercader que instala
do en su tienda recibiese desdeñosamente á los que
no necesitasen de sus mercancias ? Y sin embargo, es
muy probable que , creyendo tener un surtido mas
completo que los demas de su profesion , careciese de
multitud de cosas necesarias.
Tales son las locuras que suelen resultar de una vi
da demasiado retirada; asi es como un sábio que ig
nora lo que es el mundo tiene ideas tan limitadas, y
demuestra en muchas ocasiones una pequenez sor
prendente. Pero estos hombres que viven en el aisla
miento creen que es imposible existir fuera de sus
universidades, (1)
(i) Un célebre profesor aloman decia: vita extra aca
demias, non est vita. Es indudable que muchos profesores
tienen rarezas que no se encuentran en ninguna otra clase
de la sociedad. Un principo de Alemania regaló una ta
baquera de oro á un profesor que era considerado como un
— 41 —
Preciso es tambien confesar que las personas del
.gran mundo exijen a veces de un sábio cosas opues
tas á su carácter, sofocando asi en él hasta el deseo de
.agradar. Se ha dicho con razon que , acostumbrados
los sábios á una existencia solitaria , y ocupados en
graves tareas, no pueden tener ni la alegría de espiritu,
.ni la elegancia de maneras, ni la viveza de conversa
cion de las personas que viven en el mundo , y que
conocen todos sus usos; asi, los cortesanos suecos co
metieron nna verdadera crueldad al burlarse del em
barazo de Meiborn y Naudé, cuando, al ser presen
tados á la reina Cristina, les dijo esta: «Vos, que
fiabeis escrito sobre el baile de los antiguos , ¿ sa
breis bailar? Y vos, que habeis compuesto un tratado
sobre la música antigua, ¿sabreis cantar?» Los france
ses cometieron la misma crueldad con el gran mate
mático Nicolle en un banquete á que habia sido con
vidado por una señora de Paris. El buen Nicolle no
habia comido nunca tan opiparamente, y al retirarse
dirigió á la dueña de la casa infinitos cumplimientos,
asegurándola que jamás cesaria de admirar sus her
mosos y pequeños ojos. Al bajar la escalera, le dijo
uno de sus amigos: «Vaya un cumplido raro para un
matemático.» «Teneisrazon, respondió Nicolle: voy á
reparar mi falta.» En el mismo instante vuelve á subir
apresuradamente, pide á la señora perdon con la ma
yor humildad, y persuadido de que tan hermosa da
ma no podia ver con gusto que se notase en ella na
da pequeño , le jura que jamás ha visto en persona
alguna ojos, boca, nariz ni pies tan grandes.
Al dejar los sábios su biblioteca para entrar en un
salon, salen de un pais que conocen , en donde están

hombre muy distinguido, y al mismo tiempo le escribió


una carta muy lisonjera. El profesor se hizo retratar con
Ja tabaquera en una mano y la carta en la otra, y envió
este retrato al principa.
— 4á —
en su elemento , para penetrar en una región en la
que todo es para ellos desconocido , nuevo, inespera
do. Unos, llenos de escesiva modestia , no se atreven
á presentarse en el mundo ; otros comprenden que les
será dificil hacerse oir en una sociedad compuesta de
orgullosos é ignorantes , que desprecia la ciencia y
no quiere ver ningun sábio á su inmediacion. Otros
conocen que el mundo es tan estraño para ellos, co
mo ellos para el mundo. Algunos creen que habien
do puesto en sus libros todos los dones de su enten
dimiento, aparecerian en un salon como limones es-
pri millos. Finalmente, hay tambien otros que, esfor
zándose por parecer lo que ni son ni pueden ser, y
notando que toda discusion séria es imposible en una
reunion frivola, en la que á cada momento son
eclipsados por cualquier atolondrado, se alejan con
desden de las concurrencias en que se les impone una
inutil opresion.
Muchos de los sábios que escriben con el objeto de-
ejercer alguna influencia sobre los hombres, huyen
de ellos, y cometen un error. Los libros á que recurren
no bastan para darles á conocer el corazon humano y
la esperiencia del mundo. No les dan el talento de-ob-
servacion que nos hace estudiará los hombres, por po
ca que sea la satisfaccion que nos proporcione el co
nocerlos. Los mas grandes moralistas se han formado
en el mundo por la esperiencia que han hecho por si
mismos de lo que puede ser favorable ó dañoso á la
humanidad. Unicamente en el mundo puedo adquirir
un escritor el buen gusto, amoldándose á las buenas,
prácticas ; porque , ¡ cuántas cosas escribimos en el
retiro de que nos avergonzamos al pensar en ellas en
la sociedad I
Las relaciones sociales son un manantial inagotable
de nuevos pensamientos y observaciones. Nos ayudan
á ejecutar cosas que nos parecian imposibles ; nos da»
— 45 -v
aquella gracia, aquella flexibilidad, aquella fuerza
que arrastra el corazon y persuade el entendimiento.
¡Cuántos sabios pretenden iluminar á los hombres
desde el fondo de su retiro, y no saben cuál es el modo
de influir sobre ellos! Quieren atraer, y rechazan; ca
minan perpetuamente hacia un objeto, y no pueden al
canzarlo jamás. Conmoved , agitad á todo un pueblo
con algunas verdades importantes ; pero aprended al
mismo tiempo el arte de ser amables, complacientes,
afectuosos , tended la mano á esos mismos á quienes
habeis agitado , y asi os librareis de sus maldiciones.
Las relaciones sociales enseñan, pues, lo que no
siempre se adquiere en la soledad. Los libros solos,
diceBacon, no enseñan á servirse de los libros (1).
Para conocer á los hombres es preciso verlos obrar,
asociarse á sus empresas, y á veces comprar muy ca
ro un poco de esperiencia. Pero un filósofo debe en
contrar suficiente compensacion de todo esto, adqui
riendo en el mundo la bondad y dulzura de carácter
que se pierde tan fácilmente en la soledad, y aun
cuando solo consiga recojer los frutos que son de es
perar del conocimiento de las debilidades y defectos
humanos, debe considerarse tambien ámpliamente re
compensado de la incomodidad que pudiera causarle
«1 frecuentar el mundo.
Con este roce social obtiene ademas el filósofo otra

(i) Un profesor exento de las preocupaciones ordinarias


de su profesion , M. Hisraann, de Gotinga, dice en su En
sayo sobre la vida de Leibtnitz : Las cuatro paredes de un
gabinete de estudio no son los limites del mundo , y los li
bros no contienen todo lo que los grandes hombres han
pensado. Hay multitud de observaciones , de nociones pre
ciosas que no se han impreso. El que empieza su educacion
en el retiro por medio de la lectura y de la reflexion , debe
continuarla j concluirla por las relaciones sociales , en lai
que se aprende á conocer á.los hombres, sus sentimientos,
sus errores , su discrecion y su locura.
ventaja mucho mayor. La de- apremiar á soportar i
los hombres y a hacerse soportar de ellos, cuando,
siguiendo el ejemplo de Sócrates y Wieland, separa de
la filosofía cuanta hay en ella de penoso ó desagrada
ble , le presta atractivos , la despoja de su esterior
austero y la muestra en su belleza natural. Un escri
tor aleman dice en una disertacion sobre Franklin:
Los escritos de Franklin no tienen el carácter pedan
tesco ni dogmático. Son observaciones sueltas y pre
sentadas bajo una forma agradable, breves noticias,
pequeños tratados y cartas de estilo (luido dirigidas á
mujeres y amigos. Hace que nos interesemos en sus
obras, y no nos cansamos de leerlas ; tal es la varie
dad con que están espresadas las ideas tanto en la
forma como en le fondo. En esta página se reconoce
el tacto delicado del hombre de mundo y el sublime-
criterio, el sentido natural de una filosofia seductora.
Caton el censor, era grave, pero no pedante. Su
afabilidad de carácter hacia muy agradable su trato.
Creia que los ignorantes contribuyen mas á la instruc
cion de los sábios, que estos á la de aquellos. Los pre
suntuosos y los necios, decia el emperador Marco Au
relio , hablan sin pensar, y el filósofo Sexto fué el que
me enseñó á soportarlos.
Esta amable tolerancia une al hombre ilustrado con
los faltos de instruccion. Aquel siembra en la soledad
los jérmenesdel saber y recoje el fruto en el mundo.
En aquella nada hay bastante grande para su ardor
cientifico ; en este no hay un solo pliegue en el co
razon humano que le parezca demasiado pequeño.
En la soledad era triste y rudo ; en el mundo se hace
dulce y cortés , se une á todos los hombres y á todas
las condiciones. No intenta dominar á sus semejantes;
«o diserta con arrogancia; en vano Sócrates habria he
cho descender la sabiduria del cielo, sino hubiera cui
dado de hacerla siempre amable. Para amar al que es
— 45 —
tudia y observa a los hombres, basta no verse obliga
do á temerle. Todo por el amor, decia Goethe, y
el que haya conocido á aquel gran poeta , sabe de qué
encantos revestia la fuerza de su génio, y la naturale
za árida y grave de sus estudios.
Es fácil hacerse amar cuando buscamos francamen
te á los hombresy nos unimos á ellos con confianza.
No hay una situacion en la vida en que no tengamos
necesidad de su apoyo ó de sus consejos. ¿ Pero cómo
ha de hacerse amar el que quiere siempre que tomen
la iniciativa para con él, sin tomarla él nunca para
con nadie ; el que se inquieta á cada palabra que se
escapa de sus labios , á cada sentimiento que revela»
á cada espresion de su fisonomia que descubre el es
tado de su alma ; el que, sin unirse jamás á ningun
hombre, vive lejos de ellos, solitario, silencioso, en
cerrado dentro de si; el que está siempre receloso y
vigilante, y no se atreve á depositar la menor confian
za en lo que le rodea ?
Abrir francamente el corazon á sus semejantes, es
proporcionarse una fuente de fruiciones infinitas. Para
que nadie esté embarazado en nuestra presencia , es
necesario que nosotros no lo estemos delante de na
die. Todo lo mas envidiado , favor de mundo, rique
zas y cuantos elogios puedan prodigar los periodicos,
están muy distantes de proporcionar la alegria que se
goza al decir : he inspirado confianza á ese desgracia
do ; he consolado á ese corazon afligido ; he dado va
lor , ¡bendito sea Dios ! á ese ser abatido. Pero será
en vano desear tal felicidad si no se tiene el don de
hacerse amar, y los sabios suelen perderlo en la so
ledad. Los goces que proporciona el afecto, elevan,
sin embargo, á mayor altura el alma y el corazon
que el estéril placer de hallar un nuevo método de
esponer una ciencia árida y seca , ó el necio orgullo
de algun pedante, que, como cierto profesor aleman,
- 4G —
escriba un libro entero para probar que en el otro
mundo solo se hablará latin.
El que sino unian á los que le escuchan, á los que
le alaban , á los que nunca le contradicen, no es dig
no de ser amado. ¿Cuántos sábios y escritores famosos
que afectan los sentimientos mas nobles y hacen con
tinuamente alarde de su abnegacion abandonan in
humanamente á un amigo que no aprueba su loca va
nidad , en el momento acaso en que invoca su gene
rosidad ! ¡ Cuántos sábios que con las manos llenas de
alabanzas en su honor van de casa en casa mendi
gando elogios , sin conocer que se tiembla al verlos
entrar y se esperimenta un placer al verlos alejarse!
Lejos de nosotros esa necia ambicion, esa vanidad
pueril, que acaba por escitar el odio de los envidiosos
y entibiar el afecto de los que nos admiran.
Sin embargo, la existencia silenciosa del sabio tie
ne tambien su punto de vista noble y bello. ¿Qué vi
da mas honrosa y feliz que la de un ser que á nadie
envidia , que es amado y respetado del mundo, aun
cuando no vive en él , y que no necesita recurrir á
vanos alardes de talento para llamar la atencion? Su
alma jamás se aletarga , su imaginacion es siempre fe
cunda : ningun trabajo le espanta; lee, escribe, me
dita con una completa satisfaccion; los pensamientos
emanan de su corazon, como la linfa pura de un ma
nantial inagotable. La felicidad que en si mismo en
cuentra le dispensa de buscar distracciones estrañas, y
la alegria que le proporciona el estudio sostiene su pa
ciencia , por lentos que sean sus progresos ; sus cono
cimientos se acrecientan de dia en dia, sus pensamien
tos se desarrollan y fortifican; su perseverancia le con
duce á su objeto; no se ocupa de la baja envidia de
los que se creen obligados á ultrajar á todo el que es
cribe un libro , es decir, á todo el que manifiesta, se
gun ellos, la intencion de enseñarles algo.
- 47 —
Muchos de estos seres felices existen no solo cerca
de mi , si no tambien en todos los paises , y prueban
hasta la evidencia que no puede vituperarse sin gran
des restricciones la vida retirada de los sábios. Es po
sible que el retiro dé pábulo á alguna ridiculez, y aun
que pueda conducir á algunos á cometer malas accio
nes. Suele ser perjudicial á los que no han recurrido
á él por efecto de una noble impulsion, y á los que en
caminan continuamente sus pensamientos á un solo
objeto. Es tambien posible que no siempre sea una es
cuela de buenas costumbres, que dé, por el contrario,
á los sabios modales raros y un aire original ; pero la
influencia que ejerce en la imaginacion y las pa
siones es de mas grave naturaleza , y merece ser mas
sériamente estudiada.
1
CAPITULO IV,

Inconvenientes de la soledad para la


imaginacion.

El imperio de la imaginacion sobre el hombre es


mucho mayor que el de la razon. Esta exige cono
cimientos esactos ; aquella se dá por satisfecha con
una vaga intuicion. La razon es la facultad de repre
sentarse clara y distintamente lo posible , mientras
que , por el contrario , las imaginaciones ardientes
creen ver tambien clara y distintamente una multitud
decosas que una razon tranquila, reflexiva, no per
cibe : la imaginacion reproduce las ideas como la me
moria, pero las altera, las amplifica ó las reduce , y
las mezcla confusamente.
La imaginacion , el entusiasmo, la exaltacion deli
rante, no se desarrollan únicamente en la soledad.
En todas partes está abierto el camino á la discrecion
y á la locura, y por desgracia son pocos los que saben
distinguir cuál de los dos es el verdadero. Algunas
observaciones generales sobre estos fenómenos del al
ma, darán á conocer los efectos de la imaginacion
que á mi modo de ver son peligrosos, y hasta qu é
punto creo que la imaginacion puede alimentar en
ciertos casos en la soledad sueños é ilusiones perjudi
ciales, que pueden convertirse en otras tantas enfer
medades morales.
Se dice que la imaginacion es la repeticion de las
sensaciones ; pero yo creo que aquella suele limitarse
á hacer únicamente una deduccion falsa de una sensa
cion verdadera. Por ejemplo: un enfermo sufre en
— 50 —
una parte da su cuerpo una contraccion nerviosa, y
pretende que tiene en ella una úlcera ; indica una sen
sacion real , pero la deduccion que hace es falsa. ¡ V
cuántas veces de una idea verdadera se forma asi
una creencia falsa I La imaginacion obra con rapidez,
y se crea en un momento mil ilusiones. Todo obra so
bre ella y ella obra sobre todo; crea imágenes, las
asocia al pensamiento, les dá colorido y espresion.
El entusiasmo es su vida, ha dicho Wieland, la esce-
siva exaltacion su muerte.
El entusiasmo y la exaltacion pueden provenir de
muchas causas ; pero nada los desarrolla con mas ra
pidez que la soledad cuando se entra en ella con cier
ta predisposicion de ánimo. El entusiasmo es una
violenta y eléctrica elevacion del alma, que resulta de
una fuerie emocion , y que hace acometer al hombre
empresas estraordinarias, acciones inesperadas. Cuan
do nos hallamos bajo la impresion del entusiasmo no
estamos fuera de nosotros mismos, pero si fuera del
nivel ordinario de la vida; hé aqui por qué el entu
siasmo es desconocido de las personas frias y apáticas,
convertido en irrision por los despreocupados y los
tontos, y admirado estúpidameute por los aduladores.
Cuando el entusiasmo estalla en todo su poder, el
hombre se emancipa de las mas fuertes restricciones,
olvida los obtáculos, ó los rompe con un impetu for
midable. Por esto se dice que un hombre está inspira
do, esto es, inflamado y fortalecido por un ser superior-
Todo lo que hay de mas sublime en las pasiones hu-
manaslo comprende esta facultad del alma, lo embar
ga , lo realiza. Lord Shaftesbury decia: «Un noble en
tusiasmo enjendra-los héroes, los poetas y los orado
res, los artistas y los filósofos, todo lo que hay demas
grande en el mundo.
Si se pudiera esperar que la soledad diese esta fa
cultad , todos los que no quieren arrastrarse por lo
— 51 —
senderos de la vida vulgar se dirigirian á ella lleno»
de alegría ; pero el dolo, la mentira imprimen á las
naturalezas exaltadas un impulso tan fuerte como el
que la verdad dá al entusiasmo. El visionario exalta
do trata de hacer oro ; el entusiasta se lanza á las re
giones etéreas en el globo de Montgolfier.
El visionario vé fuera y delante de si todos los ob
jetos del modo que apetece segun los caprichos de su
imaginacion. Se identifica con esperanzas gigantescas;
vé lo que los demas no alcanzan á distinguir, y no
distingue lo que los demas ven claramente; compren
de lo que ningun ser razonable sospecha; oye la voz
de mundos invisibles; se cree inspirado y capaz de
hacer milagros. Ningun temor le turba, ningun obs
táculo detiene la vehemencia de su alma; hay en él
una fuerza que destruye y arrolla la palabra misma
de Dios, la palabra de los sabios. Si se encuentra en
circunstancias que favorezcan el vuelo de su imagina
cion, llega pronto al fanatismo, y condena á tormentos
eternos á los que osan dudar de su poder infinito. (1)
El fanatismo nace lo misino en el mundo que en la
soledad, y acaso es uno de los males mas frecuentes
de nuestra época. El solo ha bastado para velar con
una nube sombría la antorcha de la civilizacion en
muchas provincias de Alemania.
La alquimia, la theurgia, la creencia en los espec
tros, y los estraños dogmas de Jacobo Boehme, ocu-
(i) Los fanáticos no espliego» la Sagrada Escritura co
mo la entendemos los demas, y entre las mismas sectas
que pueblan la Sniza se distinguen los anabaptistas por su
sistema de interpretaciones. Dice el Evangelio: «Si no imi
tamos á los niñas no entraremos en el reino de los cie
los.» Para seguir este precepto se despojan de sus vestidos,
montan en caballos de madera y corren de una parte á
otra; sus mujeres y sus hijas, también desnudas, corren del
mismo modo. Despues estos nuevos cristianos van todos
revueltos á echarse con la mayor inocencia en sus lechos
para parecerse en un todo á los niños.
— 52 —
pan en la hora presente á un inmenso número de
personas. Se precipitan en tropel tras una sabiduria
oculta á través de espesas tinieblas, rechazan la ver
dad y ultrajan secreta ó públicamente al que se atre
ve á proclamarla. Mientras que la juventud alemana
recibe hoy en las universidades una instruccion sóli
da, leen sus padres el Anunulus Platonis. La filosofia
oculta de Hermes Trjsmejisto , el divino anillo de la
mágia adámica, del compas de los sabios, de 'Grabell,
de lugell etc., reemplazan, para un gran número de
personas, á la verdadera fisica, á la verdadera filosofía.
Todas estas locuras de los visionarios serian acaso
de corta duracion si no fuesen alimentadas por la so
ledad. El que puede crearse todo género de ideas fan
tásticas, se abandona voluntariamente á este impulso
de su alma; todo depende dela tranquilidad que 1»
rodea y del ardor de su imaginacion. La soledad es
peligrosa, como ya hemos dicho, para todo el que se
entrega incesantemente á la contemplacion. Es tan
peligrosa para el hombre de talento como para el ig
norante, si aquel se abandona á oscuras concepciones,
si concentra en si mismo todo el ejercicio de su ima
ginacion y evita todo lo que puede distraerle%El sá-
bio Molanus, de Hannover, se figuraba en los últimos
años de su vida que era un grano de cebada. Habla
ba con gran sensatez de todo con las personas que
iban á visitarle; pero por nada en el mundo se hu
biera atrevido á salir á la calle por temor de ser tra
gado por las gallinas. ^»
La imaginacion dela mujeres mas fácil de conmover
que la del hombre; asi es que las mujeres estan espues
tas á cometer las mayores estravagancias cuando hace
una vida muy retirada y constantemente solitaria. De
esto proviene el que en los asilos de las huérfanas, y en
las demas casas de refugio, se comuniquen tan fácil
mente las enfermedades nerviosas.
- 53 —
La vehemencia de la imaginacion femenina hace
que muchas mujeres crean y quieran hacer lo que una
deellascreeé intenta. Muchos ejemplos demuestran
que todo lo que obra con fuerza sobre su imaginacion
puede estraviar fácilmente su razon; asi se desarrolló
entre las jovenes de Mileto una verdadera epidemia
moral que las hacia ahorcarse, y otra entre las mu
jeres de Lyon, que se reunian para arrojarse en tropel
al Rodano.
No acabaria nunca si quisiera hacer ver hasta dón
de puede llegar una imaginacion estraviada, y la fu
nesta influencia que la soledad puede ejercer sobre el
que no sabe preservarse de tal peligro. Sumergido en
el silencio del retiro, permanece en él dias y no
ches, años enteros, solo consigo mismo. Entonces,
¡cuántos delirios! ¡cuánestrañas visionesl ¡qué fácil es
en tal situacion dejarse seducir por las promesas en
gañadoras de la alquimia y ser arrastrado por todos
los estravios de la supersticion! El que no quiere vi
vir mas que de si, encuentra de este modo un medio
escelente para morirse de hambre, porque, como dijo
un sábio antiguo, se alimenta de su cerebro y devora
su corazon.
La inclinacion á la soledad es uno de los sintomas
caracteristicos de la melancolia. El que está bajo la
influencia de este sentimiento huye de la claridad del
dia y de la vista del mundo. Incapaz de seguir con
empeño otro pensamiento que el que le consume, con
vierte la vida en verdadero tormento. Este estado se
agrava mas en la soledad, á menos que un fuerte sa
cudimiento no haga tomar á la imaginacion otro nue
vo rumbo ; pero esto es todavia mas dificil que el
apartar de una imaginacion las ideas en que se com
place y embebe, y cambiar la naturaleza de sus de
seos; es necesario que el que se halla bajo su influen
cia no desfallezca en la misma fruicion; es necesario
— 54 —
que no codicie una felicidad única que no le es dado
obtener, y debe, por el contrario, reunir todas sus fuer
zas, poner todo su conato en alcanzar cuanto eleve su
alma y en evitar cuanto la hiera. Si se consigue ha
cerle adoptar estos principios , si se le puede inspirar
inclinacion á un trabajo que le ocupe seriamente, se
le habrá hecho un servicio mayor que rodeándolo de
todas las distracciones del mundo. Conservará siempre
su propension á la melancolia; pero esta propension
podrá servirle de estimulo en todo lo que desee con
vehemencia, en todo loque exija perseverancia.
Un ingles acometido de spleen se suicida. Los fran
ceses que se encuentran en esta misma disposicion de
ánimo se encierran en un claustro. No se matarian
los ingleses si tuvieran conventos .
Cuando la melancolia estingue nuestro ardor y
subyuga nuestra actividad , perdemos muy pronto la
inclinacion al mundo y al goce de la vida, y nos re
tiramos á la soledad. Nada es mas inseparable de los
diversos géneros de melancolia que el deseo de ale
jarse de los hombres, de huir de ellos, de romper todo
jénerode relaciones y no mantener ninguna correspon
dencia. Se anhela estar solo para entregarse libre
mente á utopias, á imágenes que se deberian evitar.
Las personas que observan este estado valetudinario
de un hombre melancólico, le repiten que debe dis
traerse , ver el mundo, frecuentar los bailes. Tales
consejos son seguramente dictados por la mas sana
intencion ; pero no pueden ser eficazmente seguidos.
Un ser melancólico no se resigna á hacer lo que se
opone á sus gustos, á sus inclinaciones, á su convic
cion. La melancolia entroniza el desorden en el al
ma, y hasta suele anonadar el saludable efecto de la
religion, los beneficios de Dios, la felicidad humana.
Los libros de medicina no enseñan á conocer en
dónde reside la melancolia, Un cambio nervioso im
perceptible, unligero sacudimiento producido por una
indigestion ó un resfriado bastan á veces para arro
jarnos en un abismo de tristeza, al paso que otro cam
bio, tambien imperceptible, pero de distinta naturale
za, detiene un torrente de amargos pensamientos. El
que se observa con atencion conoce mejor que nadie
de qué modo debe obrar para prevenir aquel estado
y favorecer este. Pero los médicos deben tambien co
nocer la historia y la naturaleza de un hombre me
lancólico; deben sondear el estado de su alma hasta en
sus pliegues mas recónditos si tratan de saber lo que la
abate, lo que la reanima, lo que le es útil ó perju
dicial, porque suele notarse que un incidente que
produce en un hombre una gran melancolia, es pre
cisamente el que llena de júbilo á otro , y que lo que
sostiene el valor de aquel aniquila las fuerzas de este.
La melancolia es la consecuencia de un falso racio
cinio, que con el concurso de ciertas sensaciones de
enfermedad y de pena mantiene en el alma ideas de .
desaliento, y le hace ver, dentro y fuera de si, todos
los objetos bajo el aspecto mas aflictivo. No debe,
pues, calificarse de melancólico al que huye de la so
ciedad para entregarse á un trabajo importante. Es
tando dolado de un buen sistema nervioso, y tenien
do un noble objeto por término, puede sobrellevarse
durante largo tiempo la soledad, mientras que, por el
contrario, se hace muy peligrosa, si teniendo mar
cada predisposicion á la melancolia , no se acude
á ella para trabajar en una obra predilecta que con
duzca perpetuamente de uno en otro pensamiento.
Nada favorece tanto el desarrollo de la melancolia y
de las ideas misantrópicas como el estar pensando
constantemente en el motivo que causa estas pasiones.
Creer que las distracciones incesantes son un pre
servativo contra la melancolia, es un error grosero.
¡Cuántos hombres se vuelven melancólicos solo poi
que no pueden encontrar el reposo y la libertad que
— 56 —
desean! ¡Cuántas veces nos irritamos contra el mun
do solo porque no podemos encontrar un momento
en que recojer en paz nuestras ideas! ¡En qué pro
funda melancolia no suele caer el que está obligado
á llevar continuamente sobre si el mismo peso, el que
siempre debe obedecer á la voluntad de los demas,
y nunca puede dejarse llevar de lo que le agrada!
Para un hombre dominado por la melancolia, la si
tuacion mas favorable seria aquella en que pudiera
hacer mas beneficios á sus semejantes, y esta situa
cion suele encontrarse mas fácilmente en la soledad
que en el mundo. Podemos, pues, afirmar que si bien
la soledad alimenta y desarrolla en ciertos casos la
melancolia, en otras circunstancias puede templarla
y curarla.
Lo mas amargo para un alma melancólica, lo que
sobretodo le hace evitar el contacto del mundo, es ver
que nadie la comprende, que á veces se alaba su ale
gría cuanto está sufriendo un tormento horrible. Pocas
son las personasque adivinan los dolores de los demas,
y porque el hombre indiferente no vé la punta del
dardo oculta en un corazon enfermo; y asi como no
se comprenden los sufrimientos de una afeccion ner
viosa hasta que no se manifiestan públicamente por
medio de convulsiones, tampoco conmueven los dolo
res de un hombre melancólico si no cuando un suici
dio termina su existencia. Podeis pasar años enteros
siendo presa de toda clase de tormentos , y las perso
nas apáticas que tienen costumbre de veros estarán
persuadidas de que os va inmejorablemente.
Se puede aparecer como muy alegre á los ojos de
los ignorantes hasta en el mismo instante en que aca
so se maldice el mundo y la existencia. Jamás ha ha
bido en el teatro italiano de Paris un arlequin com
parable á Garlin, que murió en 1778. Este actor te
nia el privilegio de hacer reir estraordinariamente á
todo su auditorio; pero desde el momento en que se
despojaba de su traje de cien colores, se volvia triste
y taciturno. Cierto diase presentó un enfermo en ca
sa de un médico de Paris, y preguntó qué remedio
deberia emplear para curarse de una negra melanco
lia, «ld á la comedia italiana, le respondió el médi
co ; seria preciso que vuestra melancolia estuviese
hondamente arraigada sino cediera á los chistes de
Carlin.»— «¡Ah, señor! dijo el enfermo; yo soy ese Car-
lin de quien hablais. Hago reir á los demas, y la tris
teza me consume.»
Si un hombre melancólico no puede vivir con los
que no le comprenden, es muy temible el que inten
te quedar enteramente aislado, porque, como ya he
mos dicho, la melancolia suele agravarse en la sole
dad, asi porque en ella se piensa constantemente en
la misma idea, como por la ausencia de toda distrac
cion. Un hombre que se halle en este estado suele
hacerse desconfiado y agreste, aun cuando su carác
ter haya sido antes atrevido y emprendedor ; evi
ta los sitios en donde se reunen algunas personas; la
claridad del sol le espanta porque está mas tranquilo
cuando cree que se le vé menos, y jamás se encuen
tra mejor que bajo un cielo sombrio , en medio de la
luvia y la tempestad. Salir de su retiro es para él un
suplicio; cuando atraviesa las calles quisiera no en
contrar ni un ser viviente. Reina en su habitacion
una oscuridad continua ; tiembla cuando espera al
guna visita, y seria imposible hacerle mas desgraciado
que obligándole por un esceso de politica á volver al
mundo. La soledad es para él un veneno, pero la ama.
Una sensibilidad esquisita, una escesiva vehemen
cia de imaginacion, anonadan las fuerzas del espiritu.
¡Ah! ¡Cuán lejos se estaria de envidiar á los hombres
que consiguen distinguirse y hacerse notables si se su
piera que el dolor suele abrumar durante años enteros,
que turba su memoria y les arrebata á veces hasta las
— 58 —
facultad de pensar! ¡Qué compasion no. inspirarian si
se supiera que esos hombres, tan dichosos en la apa
riencia, sufren una y otra noche Ñamando vanamente
el sueño! Haller, que hasta su última hora fué frené
tico por la gloria; Haller, el sabio- famoso, estaba
tan debilitado al fin de su vida, que caia en la mayor
postracion eldiaenque dejaba de tomar ocho granos de
ópio\ Sil melancólica imaginacion abria ante él abis
mos de donde veia salir horribles fantasmas que es-
tinguian en su razon la pura antorcha del cristianismo.
Semejante postracion de espiritu es espantosa, aun
cuando deje algunos intérvalos en que eí alma vuelva
á recobrar su antigua energia. Pero aun es mas espan
toso y terrible el caer en una de esas situaciones en que
nada se siente, en que se permanece indiferente á todas
las emociones de otro tiempo-,, á todo lo- que- era un.
placer ó un dolor; entonces se anhela estar solo, y no
se goza en Ta soledad ; se abandona el mundo para
entrar en el retiro, y se mira con disgusto cuanto-
hay en ér. Se miran los libros como jirones de cien
«olores, buenos solo para causar vértigos. Se tiene in
tencion de arrojar al fuego cuantas cartas se reciben,
sin abrirlas. Se oyen con furor los elogios que el
mundo suele prodigar con tanta ligereza, y se con
templan con indiferencia las tramas de la calumnia,
las pérfidas maquinaciones de una critica odiosa . No
causan ya placer alguno las producciones del enten
dimiento; importa poco que el sol se eleve sobre el
horizonte ó que avance la noche; no se encuentra so
laz en la vuelta de la aurora ni reposo en el sueño;
cada dia se sienten nuevos dolores y una indiferencia
mas absoluta hácia todo.
Podrian citarse terribles ejemplos de los efectos-
producidos por la soledad en las imaginaciones me
lancólicas: locuras espantosas, errores estravagantes,
que rayan an lo increible.
— 39 —
Cuando una naturaleza melancólica se deja llevar
de ideas religiosas, la soledad es para ella un verda
dero infierno. Se cree entonces abandonada de Dios y
de los hombres, tiene horror á sus semejantes, y son
para ella un horrendo martirio los dogmas de la reli
gion, que deberian ser, por el contrario, su mas eficaz
y poderoso consuelo.
Haller estaba bajo la influencia de esta melancolia
religiosa cuando renunció á los negocios públicos en
los últimos años de su vida: desde aquel momento
vivió solo con sus libros, y casi siempre ocultándose
hasta de los personages de mas distincion que iban á
visitarle. Yo lo vi dos años antes de su muerte en tan
dolorosa situacion. Solo le animaba ya un vivo deseo
de gloria y la necesidad de tener constantemente á
su lado algun predicador. Hacia venir cuantos le era
posible, sin ocuparse de su sistema ni de su talento, y
Ies pedia un remedio moral, del modo que un enfer
mo incurable , despues de haber agotado los recursos
reales del arte, se dirige al primer charlatan que le
ofrece algun nuevo medio de curacion.
Haller exajeraba hasta el último estremo sus ideas
sobre la religion. Se habia formado una teologia tan
dura é inflexible como su carácter, y que, aun cuando
le agradaba, estaba muy distante de convenir á su es
tado moral.
Pocos dias antes de morir escribió á uno de sus
amigos , al sábio y escelente Heine, de Gotinga , que,
próximo ya ála eternidad, creia en la bondad infini
ta del Redentor, pero que no obstante, dudaba aun si
debía esperarla, porque veia todos sus vicios á su al
rededor como un formidable escuadron reunido para
perderle durante setenta años. Deseaba tambien que
el doctor Less, que gozaba gran reputacion como es
celente teólogo, le indicase algunos libros poco esten
sos para poder leerlos antes de espirar, y salvarse de
— GO —
los terrores Je la muerte. «Termino esta carta dema
siado pronto, añadia ; pero os tendré al corriente de
cuanto me suceda . »
Falleció sin poder cumplir e.*ta promesa, y algunos
dias despues de su muerte un joven de Berna escri
bió una carta á Gotinga, que hizo profunda sensacion
en Alemania. En ella se decia, que habiendo reuni
do Haller á su lado en sus últimos momentos á varios
teólogos, habia declarado que en nada creia ni podia
creer, aunque lo deseaba ardientemente.
Por efecto de su melancolia religiosa habia llega
do Haller á dudar de la infinita misericordia de Dios;
temia la muerte y no trataba de ocultarlo. La idea
del juicio final le aterraba, como él decia, por la feal
dad do su alma. Asi es como la melancolia religiosa
hace desconocer la admirable bondad de Dios y su
suprema justicia. Si Haller hubiera vivido en una so
ledad ociosa, su melancolia le hubiera atormentado
dia y noche : la reprimia por medio del opio y el tra
bajo; pero se volvia á apoderar de él con una fuerza
terrible, en el momento en que entraba en cuestio
nes sobre ella con los teólogos ó cuando , hallándose
solo, dejaba de trabajar.
Por todo lo espuesto puede venirse en conocimiento
del peligro que las naturalezas melancólicas corren
en la soledad , y de que la imaginacion es el punto
débil sobre que esta ejerce desde luego la mas funesta
influencia.
No hablaré hasta mas adelante de los preservati
vos que deben emplearse para precaver este triste es
tado del alma, aunque me es muy duro no ofrecer un
consuelo inmediato a aquellos á quienes este cuadro
de sufrimientos morales haya afligido. Si algun lec
tor melancólico es tan indulgente para conmigo que
continúe hasta el fin la lectura de este libro, espo-
ro demostrarle las ventajas de la soledad, y hacer
- Gl -
le ver que cuando se sabe aprovechar el tiempo, se
llega á disipar en el retiro la mas negra melancolia.
Se formaria una falsa idea de cuanto he dicho so
bre los peligros de la soledad para la imaginacion si
se creyese que existen en todos los casos; seria preci
so que yo fuera enteramente ciego de entendimiento
si no conociese que el reposo, el retiro, apaciguan las
olas tempestuosas de una imaginacion enferma. ¿Quién
se atreveria á hablar de distracciones al que estuviera
afectado de una sensibilidad dolorosa, cuando el me
nor ruido, la menor conversacion forzada le causan
la mas penosa sensacion? Nada alivia entonces si no el
reposo, y solo se consigue este esforzándose por iden
tificar el alma con una idea sencilla, y vejetando co
mo se pueda hasta que la crisis pase.
Lejos, pues, de mi la idea de que la soledad perjudica
ala imaginacion; por el contrario, en ella es donde el
pensamiento del hombre crea sus obras mas sublimes;
pero tambien debe tenerse presente que es muy per
judicial si se abusa de ella. La masa de felicidad y de
dolor que la imaginacion puede producir es grande,
dice Addison. Dios conoce todos los medios de obrar
sobre ella ; puede hacer brotar en nosotros el pensa
miento, y hacerlo risueño ó espantoso. Puede sin el
ausilio de la palabra, hacer que nazcan imágenes en
nuestra alma, y poner á nuestra vista las escenas
mas variadas sin el concurso de los objetos esteriores.
Puede enagenar la imaginacion con las mas bellas vi
siones, ó aterrarla con monstruos tales, que maldiga
mos la existencia y deseemos sepultarnos en la nada.
Puede por efecto de la imaginacion exaltar ó atormen
tar el alma de tal modo, que nos creamos en el in
fierno. Deaqui proceden, segun la naturaleza con que
Dios nos ha dotado para el bien y lo que nosotros la
corrompemos en la soledad, esos eslravios, esos fan
tasmas, esas quimeras de la melancolia.
r
CAPITULO V.

Inconvenientes de la soledad para las


pasiones.

Las pasiones obran mas impetuosa y enérgicamen


te en la soledad, porque en ella se concentran en ua
solo punto. En medio de una calma aparentese encu
bren las pasiones bajo cenizas engañadoras siempre
que el hombre se ocupa únicamente en sus propias
ideas, y martiriza su imaginacion obligándola á recor
rer continuamente el mismo circulo.
No os fieis de un hombre altanero; aun cuando le
voais solitario y doliente, guardaos de ofenderle. Sus
pasiones duermen. Podeis doblar un cuerpo elástico;
pero sed prudentes, porque os herirá en el momento
en que deje de estar comprimido. La soledad es muy
peligrosa para los propensos á la susceptibilidad y á
las pasiones fuertes , porque escita y desarrolla cada
vez mas estas inclinaciones. Todas nuestras pasiones
nos siguen á la soledad. En ella se agrava la mas li
gera enfermedad moral, porque se presenta á nuestra
imaginacion con los mas vivos colores lo pasado y
lo presente. En ella nada se olvida ; las antiguas he
ridas vuelven á abrirse; ninguna flecha envenenada
se embota. Todo lo que antes nos ha agitado, todo lo
que ha quedado impreso en nuestra imaginacion, apa
rece de nuevo como un espectro que nos persigue
con implacable furor, ó como un ángel que no* mues
tra una' ventura celestial.
— 64 —
En la triste esterilidad de los pueblos, donde un
corto número de personas ociosas viven en continuo
contacto, ejerce visiblemente la soledad una influen
cia dañosa sobre la cabeza y el corazon. No era de
esperar seguramente tanto movimiento y tanto ardor
en el seno de tal reposo, porque ved cuán indolentes
y ociosos son los habitantes de ese pueblo, qué tedio
los consume en su escasez de ideas cuando habiendo
ya dejado la mesa cesan de jugar ó de disertar sobre
politica; solo distrae á esos hombres estravagantes lo
que sucede en la calle y lo que alcanzan á ver al mi
rarse unos á otros por las ventanas, desde que sale el
sol hasta que desciende al ocaso.
Pero precisamente esta misma penuria de ideas dá
tanta vehemencia á las pasiones de la gente de los
pueblos. Circunstancias frivolas, incidentes que pasa
rian desapercibidos en las grandes ciudades, ocupan
á todo un pueblo de provincia, desde la mas eleva
da señora hasta la mas humilde criada, desde el alto
funcionario hasta el sencillo artesano. La chispa del
entusiasmo existe en el alma de todos; pero á no ha
berlo visto uno mismo , se creeria que las cosas mas
insignificantes hicieran brotar aquella chispa en esta
clase de poblaciones.
Los personages importantes de ellas tienen una es
pantosa facundia. ¡Pobre del joven inteligente y ra
zonable que vive en uno de esos pueblos cuyos gra
ves magistrados no han abierto jamás un libro, y to
do lo ignoran!
Cuando César se dirigia á España, pasó por una al
dea de los Alpes habitada solo por algunos morado
res miserables. Sus amigos le preguntaron sonriendo
si seria posible que se buscasen alli los empleos pú
blicos y las dignidades tan ávidamente como en Ro
ma ; si habria facciones en el senado , y si los hom
bres del poder tendrian tambien sus rivalidades.
— 65 —
Si; no debe caber duda; en las aldeas mas misera
bles se encuentran las pasiones, las rivalidades, la
ambicion que conmueven á los mas grandes imperios;
la sola diferencia consiste en que los papeles están
mal desempeñados, y en que conversaciones néeias,
despreciables susceptibilidades son el origen de los
mayores acontecimientos. Para encender el volcan
basta con atreverse á espresar la menor duda sobre
la belleza, la inteligencia, el poder, las cualidades
angelicales de una de esas mujeres que brillan en un
pueblo como el sol. Basta tener la mas insignificante
contestacion con el último ser de ese mismo pueblo
para causar tanto ruido como el duque de Crillon en
Gibraltar.
Un escritor ingles cree que se ejerce menos la ca
lumnia en Londres que en cualquiera de las ciuda
des secundarias de Inglaterra. Como en aquella capi
tal hay mayor número de personas que merecen ser
observadas y vituperadas, es lo general contentarse
con señalar sus locuras, sin que nadie trate de irritar
se, á menos de no ser ofendido personalmente. Pero en
las poblaciones aisladas , donde durante una larga
serie de años habitan las mismas familias en las mis
mas casas, la maledicencia procede por genealogia, y
se conocen las faltas de cada generacion en linea as
cendente. En uno de estos pueblos, dice el citado in
gles, he sabido cómo habia adquirido cada uno su
fortuna; y á haber creido todo lo que sobre este par
ticular se me decia , hubiera debido persuadirme de
que ellos era legalmente poseedor de sus bienes.
Alli me contaron tambien los amorios de un sin
número de presumidas y coquetas de há tres si
glos, y las infamias de muchas personas, cuyo nombre
estaria ya olvidado si no se hubiera abrigado la espe
ranza de que recordándolo se mancillaria el honor de
sus descendientes,
— 66 —
En las grandes ciudades se olvida á los que se odia
porque ó no se les vé ó se puede evitar su presencia.
En las pequeñas, por el contrario, están continuamen
te á nuestra inmediacion , y es preciso sufrirlas uno y
otro año. Una vieja devota de cierto pueblecito de
Suiza me decia: «No quiero dar á conocer los defec
tos de los muchos picaros que hay aqui , porque son
incorregibles; pero no puedo acostumbrarme á la idea
de que he de resucitar en medio de ellos.»
Cuando el presuntuoso magistrado de una de estas
poblaciones va orgulloso y soberbio malgastando el
tiempo y haciendo gala de su ociosidad, es induda
ble que todos los objetos se representan á sus ojos de
otro color que á los vuestros y á los mios. El aisla
miento, la falta de saber, la opresion del pensamien
to, la pequeñez de alma, el triste horizonte de un cir
culo limitado, la pobreza, el hastio, la gula, la in
fluencia omnipotente de un hombre cuyo único mé
rito consiste en una charlataneria inagotable, hacen
gran daño en esta clase de poblaciones, y dan origen
á multitud de cosas estúpidas. Esta es una de las con
secuencias de la soledad; y á medida que vaya desar
rollando mis ideas, causará mayor sorpresa el ver con
qué espantosa energia pueden crecer las pasiones en
el retiro.
Nunca obra el amor con tanta fuerza como cuan
do se trata de huir de él. Los amantes felices apenas
conocen la melancolia del amor ; pero si encuentran
obstáculos ; si intentan libertarse de esos dos gran
des venenos del alma ; si la fria razon eleva su voz
contra el amor ; si dos corazones que no pueden vi
vir el uno sin el otro se ven separados , brota enton
ces el amor en todo su poder; solo entonces se apren
de á conocerlo.
Mas fácil es renunciar al mundo que al amor. Se
pueden abandonar los hombres, las reuniones placen
— 67 —
teras , todos los goces que el mundo nos ofrece ; se
puede olvidar en los trasportes del amor la envidia
y sus furores, las desgracias, los desengaños, los do
lores de todo género; pero no se olvida el verdadero
amor/lo que ha sido y ya no es; ese acuerdo armonio
so y sublime del alma y la existencia destruido por
el destino. Todos los encantos de la soledad son im
potentes para templar los sufrimientos del amor ; la
naturaleza nos parece triste y desolada cuando la con -
templamos con el corazon enfermo; torrentes de lá
grimas no bastan para borrar un solo vestigio de lo
pasado. Fluye incesantemente el llanto de nuestros
ojos cuando contemplamos una de aquellas flores de
los campos que recogiamos en otro tiempo en union de
una persona amada; fluye incesantemente al hallarnos
bajo las verdes ramas de los árboles, en las márgenes
de un limpio arroyo. Nada puede sofocar las tristes
memorias de las alegrias que pasaron, el recuerdo de
un sueño arrobador.
La soledad no triunfa del amor. El pastor hace reso
nar las montañas con sus ayes lastimeros, y el cenobita
inunda de lágrimas su retiro. El nombre adorado se
escapa á cada momento de nuestros labios; los ecos lo
repiten, en todas partes lo grabamos, se coloca entre
nuestro pensamiento y Dios. El convento de San Gil-
dasio, en Bretaña, estaba situado en la cima de una ro
ca solitaria bañada por las olas del mar. En este retiro
salvaje intentaba Abelardo olvidar á su Eloisa por me
dio de ejercicios piadosos; queria borrar con sus lágri
mas la imágen de su amada; pero su virtud naciente,
su piedad todavia débil, no bastaron á preservarle de
una nueva tempestad. Recibe una carta de Eloisa, y
en aquel momento se reanima su amor. Eloisa era dé
bil; pero él era aun mas débil y digno de compasion.
Abelardo habia gozado antes que Eloisa de los salu
dables efectos de la gracia, como se vé en su respues
— 68 —
la; poro sofoca este sentimiento, no responde á Eloi
sa como un maestro ni como un confesor, sino como
un hombre que ha amado , que ama todavia , que lo
confiesa y le es imposible consolar á la que vá á lle
nar de acerbos pesares refiriéndole lo que sufre en es
tar separado de ella.
La soledad es un veneno y no un remedio para los
amantes. Es insoportable para un corazon agitado; el
tedio se aumenta en el silencio del retiro. En SanGil-
dasio no cesa Abelardo de derramar amargas lágri
mas; ya anteriormente el Paracleto habia resonado
con sus sollozos. Condenado como un cautivo á una
soledad eterna, pasa losdias suspirando y las noches
oprimido por el dolor. En medio de estos desiertos, di
ce, que jamás son refrigerados por el rocio, amo lo
que no me es licito amar; las pasiones escitadas por
la soledad subyugan el alma en este silencio profun
do, y puede olvidarse á Dios, pero nunca al amor.
Las cartas de Eloisa son dulces, cariñosas, pero
respiran tambien un amor violento é invencible. «De
seo con ardor verte, dice, pero no me es dado espe
rarlo; quiero consolar mi corazon leyendo algunos
renglones escritos por ti.» No pide Eloisa á Abelardo
cartas eruditas y estudiadas que lleven el sello de su
talento; quiere billetes dictados por el corazon, escri
tos segun van ocurriendo, y cuyas espresiones no es
tén pesadas por la razon. «Cuanto me engañé, conti
núa, cuando creyéndote mio, tomé el velo, resuella á
vivir siempre bajo tus leyes. Me encerré en un claus
tro para ser tuya. Quisiste despues de tu desgracia
que abandonase el mundo; ahora, ¿por qué ocultár
telo? no es la compasion la que me hace permanecer
sepultada en estos muros. Estoy en un claustro, con
tinúo en él, en él vivo; pero si tu no vives para mi,
si no me amas , si no te ocupas de mi, ¿para qué me
«irve esta pasion? ¿cuál es mi recompensa? He toma
- GO -
do estas castas vestiduras despues de nuestro crimen,
despues de tu desgracia , y no por el deseo de hacer
penitencia. Me atormento y lucho en vano; en medio
de las esposas del Señor, soy tu sierva; entre estas no
bles esclavas de la cruz, soy una miserable ofrenda
del amor humano; estoy al frente de una comunidad,
y solo vivo para Abelardo.»
Abelardo respondia á Eloisa : « Libértate de esos
restos vergonzosos de tu pasion. ¡ Ah ! Si vieras mi
semblante descarnado, mis ojos tristesy melancólicos,
¿qué pensarias de mis cobardes suspiros y de mis inú
tiles lágrimas? He sido vencido por el imperio del
amor, y no por el de la cruz. Eloisa, compadéceme y
librame del amor; soy un pobre pecador que en los
momentos de gracia en que recobra su razon se pros
terna ante su juez, clava sus labios en la tierra y rie
ga el polvo con sus lágrimas. ¿Podrias venir, verme
en tal estado y reclamar todavia mi amor? Ven si te
atreves con tus vestiduras religiosas á colocarte entre
Dios y yo; ven a secundar al espiritu maligno, y sé el
instrumento de su rabia. ¡ Qué inmenso es tu poder
sobre este corazon cuya debilidad ignoras ! Pero no;
huye de mi, y estoy salvado. Arráncame de la perdi
cion, yo te lo ruego, te lo pido por tu amor, que me
ha sido tan querido, por nuestros comunes sufrimien
tos No demostrarme amor, será todavia amor.»
La pasion luchaba aun con mas violencia contra la
gracia y la razon en el corazon de la pobre Eloisa.
Cada linea de su carta demuestra la influencia que
Ja soledad ejercia sobre su amor. «En este santuario
de la castidad , dice , estoy cubierta con las cenizas
del fuego que nos ha consumido. Soy una pecadora,
lo confieso; pero en lugar de llorar mis pecados, lio
xo la pérdida de mi amante. En lugar de aborrecer
mis faltas, solo tengo el deseo de cometer otras nue
ras. No ignoro las obligaciones que el hábito me im
— 70 -
pone; pero conozco aun mejor el imperio que ejerce
sobre un alma sensible el hábito de amar. Estoy ava
sallada y vencida por esta tierna inclinacion. El amor
estravia mi razon y mi voluntad. Tan pronto cedo á
los presentimientos que nacen en mi , como dejo ar
rastrar mi imaginacion por todo lo que encanta mi
ternura. Hoy descubro cuanto ayer juré ocultar para
siempre. Formé la resolucion de no amar : ratifiqué
mis votos, contemplé mi velo, quise persuadirme de
que estaba aqui muerta y sepultada. Pero el amor
disipa todas mis resoluciones y arroja una nube so
bre mi corazon y mi piedad. Tú, Abelardo, reinas en
los pliegues mas recónditos y profundos de mi cora
zon de tal modo, que me es imposible lanzarte de
ellos. Si intento romper la cadena que me une á ti,
son inútiles todos mis esfuerzos , y solo consigo re
machar mas sus eslabones. Por piedad, socorre á una
desventurada; préstale tu ausilio para que , si es po
sible, renuncie á sus deseos, á si misma, á ti. Si eres
mi amante , si eres mi padre , socorre á tu amada,
socorre á tu hija.»
En esta situacion suelen creerse los amantes libres
y esentos de sensaciones voluptuosas , y el sensualis
mo mas ardiente inflama, sin embargo, sus corazones.
«Si no me inspiraras mas que voluptuosidad, dice
Eloisa , hubiera podido encontrar en otra parte algun
consuelo cuando sucumbiste en manos de tus verdu
gos. No habia cumplido aun veinte y un años. ¡ Qué
edad ! ¡ Cuántos hombres se me hubieran ofrecido á
reemplazar á Abelardo ! ¿Y qué he hecho? Me he en
terrado viva en un claustro. He dominado los deseos
del amor en la época en que todo lo vencen. Te con
servo aun los restos de mi belleza marchita, mis no
ches de viudez, los largos dias que paso sin ti; y co
mo no puedes gozar de las delicias de otro tiempo,
las condeno y se las ofrezco á Dios.»
— 71 —
Pero el amor no inquietaba menos á Eloisa en la
abadia de Paracleto que en el claustro de Argcnte-
nil, y solo al fin de su vida, y despues de luchas in
cesantes, pudo recobrar alguna tranquilidad.
Esa pasion abrasadora, ese delirio del amor conde
nado por la razon y la moral se desarrolla en el co
razon de Eloisa y Abelardo por efecto de la soledad
y del alejamienio del mundo; y asi, este ejemplo, como
otros muchos que podrian citarse, prueban cuan peli
groso es el retiro para un amor que solo respira de
leite.
Petrarca, cuya pasion era de mas delicada natura
leza que la de Eloisa , es olra prueba elocuente de
que el amor está muy próximo á la melancolia. En la
flor de su edad corre á la fuente de Valclusa á buscar
un refugio contra sus dolores. «¡Pero ah! dice, igno
raba lo que hacia; no me era dado hallar el socorro
que imploraba: mis crueles inquietudes me seguian á
todas partes. Solo, desamparado, sin apoyo, sufria
mas en mi retiro que en ningun otro paraje. Devo
rado sin cesar por el amor, exhalaba esas quejas do
lientes, eso* hondos suspiros que han llegado á los
confines del mundo, y cuyo sonido se ha juzgado tan
halagüeño.»
El amor en el alma de Petrarca era un noble com
bate de la virtud, un deleite del coraron elevado so
bre los deseos terrenales, una dulce melancolia, una
armonia celestial. En el corazon de Abelardo y Eloi
sa era una efervescencia impetuosa , era el hervor de
un ardor sensual.
Las necesidades del amor na son á veces mas que
efecto de la imaginacion, ilusiones de un alma enfer
ma. Para poder venceros aprended á vencer á vues
tra imaginacion ; ella es la que turba vuestros senti
dos; ¡cuántas veces permanecerian tranquilos si con
siguieseis calmarla desde un principia!
— 72 —
«Es imposible sofocar las necesidades del amor»
decia una mujer alemana. Pero observando á algunos
jovenes que adoptaban esta máxima, he llegado á co
nocer cuántas victorias puede alcanzar el hombre en
esta lucha teniendo una voluntad firme. Un semblan
te pálido y abatido , una mirada lánguida, mejillas
hundidas, manos trémulas me han revelado que la
castidad es la primera de las reglas y el mas eficaz
de los remedios para los jovenes que creen imposi
ble el comprimir las necesidades carnales del amor.
Puedo decir á estos jovenes con Rousseau: «Si ningun
objeto lascivo hubiera herido nuestra vista, si ningu
na idea deshonesta huhiese penetrado en nuestra al
ma, acaso nunca hubiéramos sentido esa pretendida
necesidad, y viviriamos en la castidad , sin tentacio
nes, sin esfuerzos y sin mérito.»
Nada hay tan peligroso para los hombres propen
sos á esta enfermedad moral como la soledad , y so
bre todo, la soledad ociosa. Las ideas osbcenas los per
siguen en ella y los sorprenden en medio de sus mejo
res resoluciones.
Por efecto del retiro y la ociosidad puede una ca
beza ardiente llegar á todos los errores imaginables,
a todos los vicios, á todos los crimenes. La ociosidad
por si sola está llena de peligros señalados en todos
los tiempos, aun en medio de la vida moral. Dracon
y Pisistrato castigaban con la muerte la pereza y
el ocio para asegurar con este rigor de la ley la
tranquilidad de las ciudades y establecer la activi
dad en los campos. Pericles envió colonias al Cher-
soneso, á Andros, Tracia é Italia para purgar á Ate
nas de muchos ciudadanos que la ociosidad hacia ca
da dia mas sospechosos y perjudiciales. Nuestros de
seos frivolos, nuestras necesidades ficticias son en
cierto modo un beneficio para los grandes Estado»
por la ocupacion que dan á multitud de obreros en
— 73 —
las ciudades populosas. Para poner á Londres en com
bustion bastaria apartar al pueblo durante una sema
na de sus trabajos diarios; pronto se veria la inmen
sa ciudad desolada, destruida, aniquilada por la rebe
lion á las leyes y los horrores del incendio y la guer
ra civil.

6
CAPITULO VI.

Ventajas generales de la soledad.

La soledad nos seduce ofreciéndonos la imagen del


reposo. El eco lejano de las campanas del claustro so
litario, el sublime silencio de la naturaleza en las al
tas horas de una frermosa noche, la vista de una ele
vada montaña, desde las ruinas grandiosas de un an
tiguo monumento, ó entre las sombras de una espesa
selva, infunden en el alma que se recoje en si misma
una dulce melancolia , y apartan sus pensamientos des
la confusion del mundo. Pero el que no sabe encon
trar en si propio un amigo , una sociedad, el que no
halla solaz en sus propios pensamientos, asemeja la so
ledad á la muerte.
Cuanto he dicho sobre los inconvenientes y peli
gros de la soledad, está muy lejos de ser un ataque á
los saludables efectos que puede producir si al retirar
se á ella se sabe hacer un uso prudente del reposo y
la libertad, y se vela sobre lo porvenir. Se pasa á tra
vés de los mas peligrosos escollos cuando se distin
guen las señales y los parajes temibles. Nada prue
ban en eontra de la soledad los que, dominatlos por
la necesidad de vivir perpétuamente fuera de si mis
mos, se apegan con tolas sus fuerzas al mundo, y
tratan de quimeras las palabras de retiro y tranqui
lidad. Semejante clase de hombres solo permanece
en sus casas el tiempo preciso para vestirse y recibir
visitas; no tienen la menor idea de los beneficios de
la soledad.
— ib —
Tampoco pretendo recomendar la soledad sí no a
los que saben aun apreciar las fruiciones del alma, el
desarrollo de la inteligencia y los esfuerzos de la vir
tud, a los que pueden encontrarse sin temor so!oí
consigo mismos, y saborear con placer los apacibles-
dias ds la vida doméstica. El que ha perdido ta¡t
venturosas facultades, el que tan solo busca su satis
faccion en la mesa ó el juego, no necesita que se trate
de proporcionarle otros goces. Si le quitais su baraja,
haced cuenta que le quitais la vida. El que desdeña el
trabajo del entendimiento, el que mira con necia afec
tacion los sentimientos mas delicados del alma, y qua
en su rudeza de carácter hace mofa de la sensibili
dad, no puede hallar ningun goce én recojerse en si
mismo. A muchas mujeres del gran mundo les seria
imposible consagrar a pensamientos graves otro tan
to tiempo como el que emplean en su tocador.
Los ministros del Evangelio darian a la sabiduría
apariencias austeras en demasia si se alejasen de la
sociedad y sus distracciones; pero están muy distan
tes de hacerlo . La soledad es para muchos de ello»
insoportable. ¿En qué horrible tedio no quedarian
sumergidos muchos pastores protestantes de Alema
nia si no jugasen todas las noches su partida , y mu
chos predicadores ingleses si no las pasasen en el ca
fé? Pasó ya el tiempo en que tanto se apreciaba la vi
da contemplativa, y en que á medida que el hombre
se alejaba de la tierra creia acercarse al cielo.
Mi intencion es examinar primeramente cuáles son
en general las ventajas de la soledad. Demostraré có
mo acostumbra el hombre á vivir consigo mismo, y
espero hacer ver que no hay pesar tan amargo n'
tristeza tan cruel que- no pueda ser endulzada por un
sistema de soledad bien entendido; que no debe es
perar felicidad verdadera en la vida el que no la en
cuentra en el hogar doméstico; que las fruiciones del
alma superan á loa placeres de los sentidos; que Ios-
goces del corazon están abiertos á los hombres de to
das clases, de todas edades y condiciones; que el amor
al trabajo aumenta y sostiene las fuerzas del alma;
que la soledad es la fuente de muchas virtudes, y qus
dá á nuestro carácter y sentimientos mayor indepen
dencia y energia. Espero, en fin, hacer ver que en
ninguna parte se aprende como en la soledad á cono
cerse á si propio, á observar y á juzgar rectament»
de los objetos esteriores ; que en ella se adquiere el
poder da reprimir las malas pasiones , y el degustar
los placeres verdaderamente duraderos y la felicidad
intima.
Comparando la3 alegrias de la vida del mundo y
sus mas deseadas distracciones con las menores ven
tajas de la sociedad, se reconocerá la verdad de obser
vacion de aquellos filósofos que consideran la disipa
cion y el bullicio de la soledad como incompatibles con
el ejercicio de una sana razon, con la investigacion da
la verdad y el conocimiento del corazon humano.
La razon del hombre de mundo suele ser sofocada
por la multitud de preocupaciones que debe respetar
y que enervan su alma. ¡Tantas frivolidades, tantas
locuras, podria decirse, le estravian! No ve las cosas
tales como son, ni conoce los verdaderos placeres. 151
desorden reina en su pensamiento, y su razon está lle
na de quimeras.
Por el contrario, el que eitá acostumbrado á vivir
consigo mismo y á estimar la pretendida felicidad y
las falsas distracciones del mundo en lo que valen,
ve á este despojado de su vano prestigio, y conoce
que corre tras de cosas que tienen mas apariencia que
realidad. Pero raros son los que se entregan á tales
reflexiones, los que comprenden la verdadera dicha.
El que disipa los años de su juventud en el torbe
llino de la sociedad, se olvida de que esprec,Í30 sem
— 78 —
brar en los hermosos dias de la primavera para reco
lectar en la estacion siguiente. No hablo de aquellos
que gozan de una salud robusta, y á qujenes la muer
te sorprende en medio de su vida indolente. Pero
como no debemos olvidar que la alegría nos aban
dona tarde ó temprano, que no podemos confiar en
una salud duradera, ya que nos abstenemos de hacer
lo que nos daria fuerzas para soportar el grave peso
de la vejez , tratemos al menos de dar al alma una
fuerza indestructible. La salud mas brillante puede
ser aniquilada en un solo momento ; pero debemos
conservar de tal modo el fuego sagrado del alma, que
jamás se estinga. Prudencia y virtud; firmeza delan
te de los hombres y temor en presencia de Dios; hé
aqui lo que nos ayuda á soportar nuestros sufrimien
tos, hé aqui lo que nos da fortaleza, y puede todavia
sacarnos de nuestro abatimiento.
El disgusto y la saciedad son la consecuencia ine
vitable del ardor con que nos precipitamos en las di
versiones mundanas. El que despues de haber apura
do hasta la última gota la copa del placer se ve
obligado á confesar que ya nada mas hay que espe
rar, nada mas que hacer en el mundo; el que fatiga
do de los placeres que por tanto tiempo ha codiciado
se sorprende de su propia insensibilidad; el que no
posee ya aquel mágico poder de la imaginacion que
colora y embellece todos los objetos de la vida, lla
ma en vano en su ausilio á las hijas del deleite. Sus
caricias no hacen mas que irritar sus pesares, y sus
cantares armoniosos estan muy lejos de apagar su
tristeza. Mirad ese viejo que aun trata de continuar
el curso de sus galanteos; quiere parecer festivo, y es
grosero; quiere brillar, y se mofan de él; quiere de
cir chistes, y fatiga á los que le escuchan. Sus pala
bras no tienen la menor gracia , sus cumplimientos
estan gastados, los jovenes se burlan de sus anticua
- 79 —
das galanterias; pero es siempre el mismo á los ojos
del sabio que lo ha visto en otro tiempo brillar en
los circulos de la locura, y lanzarse en las moradas de
vicio.
Los hombres de clara razon sienten á veces des
pertarse un pensamiento irresistible en medio de las
reuniones mas ruidosas al considerar lo que son ca
paces de hacer y lo que hacen. Mas do una noble
empresa ejecutada en el retiro, mas de una accion
brillante ha sido concebida en un sarao, entre el ru
mor del baile y el sonido de la música. Acaso no en
tre nunca tan sériamente en si misma una alma pura y
elevada como en esas reuniones tumultuosas, en que
la multitud se abandona al vértigo de los sentidos y
se deja arrastrar en el torbellino de la locura.
Los espiiitus frivolos y estériles buscan con tanta
avidez las distracciones de la sociedad por huir de si
mismos. Se apresuran á acojer la menor distraccion
que pueda entretenerles un dia, un instante; es pre
ciso que haya algo de nuevo que saque fuera de si á
esos pobres seres, y los arrebate á si propios Si vues
tra imaginacion es bastante fecunda para inventar á
cada momento un medio de divertir á esos ociosos,
les hareis un servicio inmenso, y sereis su mejor ami
go empleándolo en su favor. No obstante, si quisie
ran encontrarian todos ellos bastante ocupacion para
no ser una carga pesada para si mismos y no malgas
tar inútilmente el tiempo. Pero como no aprecian
otras diversiones que las esteriores, pierden insensi
blemente la fuerza de ejercer la propia accion, y su
fren la de todo lo que les rodea. En esto se funda el
que no haya ningun ser tan desgraciado al terminar
su vida como el rico dominado por deseos sensuales.
Los nobles y los cortesanos creen que solo parecen
fútiles sus placeres á los que no pueden participar de
ellos. A mi entender se engañan. Volviendo un do
— 80 —
mingo de Trianon vi á lo lejos un numeroso gentio
reunido en los jardines del palacio de Versalles.
Luis XV estaba en el balcon con toda su corte. Se
habia colocado una cornamenta do ciervo en la ca
beza de un hombre notable por su velocidad en la
carrera, y se le llamaba el ciervo. Una docena de
hombres se lanzaban detrás de él haciendo el papel de
perros. Ciervo y perros se precipitaban en el es-tan
que; despues salian de él y corrian en todas direcciones
en medio de los.aplausosde los espectadores.—¿Qué
significa este espectáculo? pregunté á un francés que
estaba cerca de mi. —Señor, me respondió muy for
malmente, es para diversion de la corte.
Los hombres de la clase mas oscura son mas felices
que esos dueños del mundo con su séquito de escla
vos, con los tristes medios á que recurren para pro
curarse un pasatiempo fugaz. El gran señor oculta en
sus salones bajo un- semblante risueño un corazon
carcomido por los ciudados, y habla con el mas vivo
interés en la apariencia de acontecimientos que nada
le importan. Unos y otros se engañan mutuamente.
La mayor parte de ellos se hallan, sin embargo, en su
verdadero elemento, y se complacen en ver los salo
nes llenos de una concurrencia en que cada miembro
cuenta por lo menos diez y seis cuarteles de nobleza
y muchos titulos pomposos.
Estas imájenes de la razon turban con harta fre
cuencia la felicidad de la vida social. Da ellas nacen
el insoportable orgullo de los grandes y la increible
ambicion de las clases inferiores. De ellas el despre
cio de los unos, el hastio de los otros y la locura de
todos.
Nuestra alma encierra, no obstante, una fuerza se
creta y recursos harto mas poderosos de lo que cree
mos. El que por inclinacion ó necesidad llega á usar
de estos recursos, reconoce al punto que lamassegu
- 81 —
ra felicidad de que nos es dado gozar reside en nos
otros mismos. La mayor parte de nuestras necesidades
son ficticias. La escasa satisfaccion que encontramos
en los objetos esteriores es debida á que estamos acos
tumbrados á ellos, no á que los necesitemos realmen
te. El placer que en ellos hallamos una vez hace que
volvamos siempre á buscarlos. Pero sino existiesen, si
quisiéramos olvidarlos y buscar en nosotros mismos
el placer que aquellos nos proporcionaron, nos con
venceriamos de que las fruiciones de la vida intima
son los verdaderos tesoros.
Los seres superficiales se lamentarian, a pesar de
todo, detener que asistir á un sitio á que no iban pa
ra ver y ser vistos. ¡Pero cuántas mujeres mueren de
tédio en esas concurrencias frivolas, cuántos hombres
inteligentes se sientan tristemente en ellas lejos del
bullicio! Nos formamos una idea demasiado brillante
de las grandes reuniones. Las ocurrencias oportunas,
1* coqueteria, la sensualidad obtienen en ellas á veces
algun éxito; cada uno hace alarde de lo que posee, y
suele acontecer que los menos ricos sean los que ha
gan mayor gasto. Ciertamente que de vez en cuan
do se ven y aprenden alli cosas útiles ó agradables,
tales como una observacion ingeniosa, una frase de
talento, un hombre interesante que nos era descono
cido ó una mujer, tan notable por su conversacion co
mo por su belleza. Alguna vez se esperimenta tam
bien la inefable satisfaccion de elojiar á un enemigo,
ó de tratarlo con esquisita atencion y cortesania.
¡Pero cuántas espinas rodean átan dulces sensacio
nes! ¡El hombre cuya alma está inquieta y ujitada, el
que sufre un dolor secreto, y, sobretodo, el que ra
ciocina qué actitud tan embarazada conservan en medio
de esas dichas del mundo! Por otra parte, es tambien
muy chistoso el ver la pueril alegria de graves funcio
narios, la grotesca petulancia de tantas viejas, la ri
— 82 —
diculez de tantos jovenes de cabello blanco. ¿Pero
quién no se cansaria de una buena comedia si se le
obligase á verla continuamente? Del mismo modo el
que ha conocido el vacio y el tédio de esas reunio
nes, el que ha sabido distinguir la verdad de la men
tira, las falsas apariencias de la realidad, solo esperi-
menta tristeza en esos salones brillantes, y se apresura
á volver á su morada para meditar sobre los placeres
que no engañan, que pueden gustarse en todas las
edades, y que no dejan tras de si pesares ni in
quietud.
Es asimismo muy dulce abandonar las mentidas
relaciones mundanas para refugiarse en el seno de
una amistad tierna é ilustrada. Entonces estamos li
bres y sin opresion ; manifestamos francamente nues
tras ideas y sentimientos, y confesamos sin temor nues
tros mas intimos deseos. Si cometemos un error, nues
tro amigo nos hace volver dulcemente á la verdad;
para entendernos con él nos basta una palabra, una
mirada ; á su lado encontramos los consejos, el con
suelo, el apoyo de que necesitamos en todas las des
gracias y azares de la vida. Ayudada nuestra alma de
esta amistad bienhechora, se reanima de su des
aliento, despierta de su letargo y vuelve á empren
der su vuelo saliendo de la inaccion en que yacia. La
esperanza renace entonces mas pura y risueña. Diri
giendo una mirada á lo pasado, recordamos con dulc«
melancolia los dias que hemos vivido con el amigo
de nuestro corazon, las largas conversaciones de la
tarde, las horas de reunion intima en que no nos can
sábamos de oir ni de hablar, en que nuestro único te
mor era el de ser separados de él por la ausencia ó
la muerte, en que los pesares eran reciprocamente
enlazados, en que nuestra alma y nuestro corazon
estaban estrechadamente unidos á otra alma y otro
corazon, en que gozábamos á la vez de todo lo que
- 85 —
habiamos leido y aprendido, y dividiamos por igual
con otro ser las penas y los placeres.
Entonces, no es por rudeza de carácter, por insocia
bilidad ni error de la imaginacion por lo que se llega
á no desear ya relacion alguna con el resto del mun
do, por lo que se permanece indiferente á su indife
rencia y hasta á su desvio; una amistad sincera ocu
pa nuestro pensamisnto. Comparados con tal tesoro,
¿qué son el torbellino del mundo y el aturdimiento
de los salones?
¡Pero euán fragil y perecedera es esta ventura! ¡Que
rápidamente puede arrebatarnos la suerte de un solo
golpe esas encantadoras delicias de la vida, y cuan som
brio, cuan triste y árido queda entonces todo a n uestros
ojos! En vano estendemos los brazos en el espacio, ea
vano llamamos con afan lo que tanto hemos amado. A
veces creemos distinguir todavia el ruido de sus pasos;
pero es solo una loca ilusion. Todo está muerto para
nosotros, y nosotros lo estamos para todo. Una espan
tosa soledad nos rodea; en todas partes nos encontra
mos solos con la sangrienta herida de nuestro cora
zon. En tan profunda afliccion, creemos no poder
amar ni ser amados , y una existencia sin afecto es
para los corazones tiernos una horrorosa agonia.
Nuestro único deseo consiste entonces en vivir aisla
dos, y morir del'mismo modo. Las espesas nubes que
oscurecen la existencia no nos dejan entrever ni una
mano solitaria que se nos tienda con cariño; no es
peramos simpatias ni compasion, porque el que nun
ca ha sufrido no comprende el espantoso estado del
que sufre.
Pero entonces es cuando brilla en todo su esplen
dor el triunfo de la soledad, pues sabiendo usar con
acierto de los remedios que ella o frece, no hay triste
za tan profunda ni pesares tan terribles que no sea
posible dulcificar.
Cierto es qu« la curacion se efectúa lenta y gra
dualmente; el arte de vivir consigo mismo exije tan
grande esperiencia, depende de tantos acontecimien
tos diversos y de tantas situaciones particulares, que
es preciso estar ya seriamente preparado para la so
ledad para poder esperar sus efectos bienhechores. El
que ha elevado su carácter sobre las preocupaciones
vulgares, y ha aprendido desde su juventud á amar
la soledad, toma pronto su resolucion en cualquier
circunstancia fatal. Cuando nada de lo que le rodea le
da la menor animacion, pone en juego los resortes
de su alma, y nunca está tan acompañado como cuan
do se encierra en su retiro.
Las personas de una naturaleza elevada suelen te
ner que ocuparse de negocios que son para su al
ma como la ipecacuana para un estómago hambrien
to. Encadenadas á un trabajo árido y penoso, conde
nadas á vivir con criaturas sin alma, no les'es dado
cambiar de posicion ni libertarse de su pesada carga;
sus funciones son para ellas un yugo insoportable; se
tienten oprimidos, y oprimen á su vez á aquellos quo
están á su inmediacion. En algunas ocasiones llegan
á figurarse que solo hay reposo para ellas en la tum
ba; los libros no les ofrecen ya ningun atractivo, y
las correspondencias escritas les importunan. Ni una
ráfaga refrigerante las reanima en su triste situacion,
ni un campo siempre verde recrea sus miradas ; pero
dejadlas solas, volvedlas su libertad, sus deliciosas
horas sin ocupacion forzosa, y al punto las vereis re
nacer al entusiasmo de su juventud, y emprender de
nuevo su magnifico vuelo de águila.
Si la soledad tiene tal imperio sobre los domina
dos por el pesar, ¡qué influencia no será la suya sobre
aquellos que pueden acudirá ella cuando asi lo quie
ran, y cuya alma no busca ni desea otra cosa que una
atmósfera pura y la felicidad doméstica ! Habiendo
— 85
preguntado á Antistenes que de que le habia servido
la filosofia, respondió: «Me ha servido para aprender
el modo de gobernarme á mi mismo.» Pope no se
acostaba ninguna noche sin haber reflexionado en
que el mejor y mas grave de los negocios de la tierra
es el de averiguar el medio de encontrarse mejor en
el hogar domestico. Creo que habremos hallado lo que
Pope buscaba cuando, sintiéndonos felices en nuestra
morada, amemos cuanto nos rodea, hasta el perro y
el gato.
Las ingeniosas tentativas hechas para proporcio
narse placeres esteriores no presentan otra ventaja
que la de conducirnos á graves reflexiones cuando nos
recogemos en nosotros mismos. Entonces conocemos
donde está la verdadera dicha , lo quimérico de las
esperanzas que nos inclinaban al mundo y la nada de
los placeres que en él creiamos encontrar. Una her
mosa joven me escribia despues de un gran baile
lo siguiente: «Me visteis alegre y risueña al ir al bai
le ; pues bien , á la vista de aquellos salones en que
solo existia una alegria ficticia, esperimenté tal senti
miento de tristeza, que hubiera arrancado con placer
las flores de mi vestido.»
Nada son todas las dichas del mundo sino contri
buyen á hacernos mas felices en el hogar doméstico;
cualquier infortunio es, por el contrario, soportable pa
ra aquel que puede aliviarlo con el sosiego, los libros
y el retiro.
Nuestros gustos, nuestras inclinaciones y nues
tras pasiones pueden cambiar, y entonces no tan so
lo sufrimos sin exasperacion las privaciones, sino
que podemos encontrar una verdadera satisfaccion
en un estado que pareceria á otros deplorable. Asi,
por ejemplo, la salud es sin duda alguna un bien
inapreciable , y hay , sin embargo , circunstancias
en que el verla declinar nos entrega á un verdadero
— 86 —
reposo. ¡Cuantas veces he dado gracias al cielo cuan
do una indisposicion me obligaba a permanecer en mi
casa y á recogerme en silencio!
Precisado durante largos años á salir todos los dias,
á pesar de mis sufrimientos fisicos , y á arrostrar los
rigores y la inclemencia del invierno, me considera
ba feliz cuando por estar enfermo me era dado no
salir de mi casa. Ocupado perpetuamente en los do
lores de sus semejantes, suele olvidar el médico com -
pasivo los suyos propios para aliviar los de aquellos
que ponen en él su confianza. ¡Pero cuántas veces es
para él un cruel sacrificio el tener que emplear en
servicio de los demas las fuerzas que le faltan! En
tan triste situacion, la enfermedad que me permitia
quedarme en mi morada era para mi jun verdade
ro descanso, con tal de no verme tampoco asediado de
visitas importunas. Caigan todas las bendiciones del
cielo sobre el que me deja solo, sobre el que por com
pasion no sé cree obligado á ocuparse de mi y robar
me una parte preciosa de mi tiempo. Una hermosa
mañana en que pueda gozar de mi libertad, sin estar
precisado á ver á persona alguna ni tener cartas que
escribir , es de mas precio a mis ojos que todos los
bailes del mundo á los de una joven elegante.
Cuando , ya en la juventud , ya en la edad madu
ra, hemos sabido crearnos una ocupacion útil y agra
dable, permanecemos con nosotros mismos de la me
jor yoluntad. El que se sienta triste, debe esforzarse
á leer algun libro con una intencion determinada;
para leer con fruto es preciso tener una pluma ó un
lápiz en la mano, y anotar cuantas ideas nuevas en
contremos y cuantas observaciones confirmen las que
ya hubiéramos adquirido. Pronto se cansará de la
lectura el que no se apropie ó no atribuya á otros lo
.que lee , y no sienta despertarse en su ánimo algun
súbito pensamiento. E.1 egercicio hace contraer esta
— 87 —
costumbre, y asi pasan agradablemente hasta las ho
ras mas tristes y sombrias.
Con tal de que la atencion esté siempre escitada, es
casi seguro que se conseguirá el disipar las ideas ac
cidentales mas enojosas. Un objeto interesante, un
ramo de las ciencias fecundas, un rasgo de la histo
ria de la humanidad, un nuevo progreso en las artes
pueden fijar la atencion y ahuyentar como por encan
to la tristeza. Asi es como el hombre se forma en si
mismo una dulce sociedad; asi como hace de su cora
zon su mejor amigo.
Los placeres del entendimiento que de este modo se
adquieren son muy superiores á los de los sentidos.
Por placeres del entendimiento se entienden general
mente las meditaciones profundas, los trabajos difi
ciles ó las obras ligeras de la imaginacion. Pero hay
tambien otros que ni exigen gran suma de educacion
ni grandes facultades. Los que nacen de la ocupacion,
de la actividad, están al alcance del sábio y del igno
rante, y proporcionan asimismo grato solaz. El tra
bajo mecánico no debe ser despreciado. Conozco va
rios cahalleros alemanes que saben los oficios de re
lojero, pintor, carpintero etc., que poseen todos los
instrumentos de estas profesiones y saben servirse de
ellos. De esta manera ocupan útilmente sus horas de
ocio, y son dichosos.
Todo lo que se intenta aprender por mera aficion,
sea en artes ó en ciencias, y todo aquello en que se
consigue adquirir algunos conocimientos, acostumbra
al hombre á vivir consigo mismo, y es un poderoso
antidoto de las mayores penas morales. Cada nueva
dificultad grave ó de poca monta que vencemos nos
causa una verdadera satisfaccion. Cada minuto que
empleamos en conseguir un objeto honroso, y cada
trabajo que concluimos, contribuyen á solazar el alma
y amenizar la aproximacion del dia de mañana,
— 88 —
Los placeres del corazon están abiertos á todos los
que saben conservar su paz interior, y se encuentran
satisfechos de sus semejantes y de si propios. Los hom
bres de mundo suelen quejarse del tedio que los con
sume en la confusion de las ciudades. Esta triste enfer
medad es desconocida en los valles de los Alpes, en
las montañas en que reina todavia la inocencia y que
nunca abandona el viajero sin una tierna emocion.
Si renunciáramos al género de vida de que tanto
nos lamentamos, conseguiriamos sustraernos al tédio
que se esperimenta en las ciudades. Toda accion vir
tuosa devuelve al alma su perdida serenidad, y una
dulce fruicion acompaña en su retiro al que acaba de
llenar un deber para con su prógimo. ¿Quién no co
noce el encanto de los recuerdos de la infancia? ¡Con
qué plácida sonrisa, con qué tierna melancolia se tras
lada el anciano á aquella época en que los colores de
la salud animaban su rostro; en que anhelaba las di
ficultades para tener ocasion de desplegar sus fuerzasl
Comparemos lo que entonces éramos con lo que
hemos venido á ser, y veremos que todo lo que obra
ba con fuerza sobre nosotros en aquella edad feliz,
ejerce aun la misma influencia, pero mas apacible
mente en nuestros momentos de tranquilidad y ale
gria; que ponemos en juego los mismos resortes en
nuestras luchas con el destino , en nuestras virtudes
y defectos, en todos los incidentes de nuestra vida.
Dirijamos enseguida una mirada sobre los aconteci
mientos que nos han causado impresion , sobre los
medios que Dios emplea para elevar ó abatir los im
perios, sobre los progresos hechos en las artes y en
las ciencias, sobre el vuelo sublime del entendimien
to humano y sus aberraciones infinitas. Entregándo
nos en nuestra soledad á estas graves ó risueñas re
flexiones, nos interesamos en lo que sucede á nuestro
alrededor, y ahuyentamos el tédio. Estos placeres
— 89 -
que nacen de la reflexion pueden gozarse en todas
las edades y parages. Basta para ello haber desarro
llado el entendimiento con el estudio, y poder son
dear nuestro corazon sin temor alguno.
El amor al trabajo anima y aumenta todas lis facul
tades del alma; el esfuerzo y la actividad son una nece
sidad para las imaginaciones ardientes; la conciencia de
si mismas, el sentimiento de su poder y de su dignidad
imprime una noble direccion á las almas puras. Si por
deber ó necesidad estamos en relaciones con un gran
número de personas, ó nos vemosprecisados á some
ternos, á pesar nuestro, á vanas y fatigosas disipaciones,
esperimentamos al salir del torbellino que nos ha ar
rastrado, un vehemente deseo de romper tan pesadas
cadenas y de sustraernos á sus tumultuosos placeres.
Jamas nos sentimos tan tranquilos, tan felices, tan ele
vados; jamas nos es tan dulce comprender la vida , el
pensamiento, la aptitud para lasgrandes cosas y el don
de inmortalidad de que estamos dotados , como en el
momento en que podemos evitar las visitas importu
nas, las conversaciones estériles.
Mis pensamientos vienen cuando ellos quieren y
no cuando yo quiero, decia Rousseau; y los recibia
cuando venian, rechazando entonces con horror á los
estraños y desconocidos que deseaban verlo.
¿Qué de chispas de grandes pensamientos se han so
focado en esas ávidas relaciones del mundo , y cuán
frivolos nos hacemos viviendo siempre con personas
frivolas! Esas chispas, magnifico presente del Ser su
premo, saltan únicamente en la soledad, y la soledad
es también la que suele desarrollar muchas virtudes
que no se adquiririan en la sociedad mas agradable.
Lejos de nuestros amigos; privados dela dicha de ver
los y oirlos, fortificamos nuestra alma en el retiro, y
nos elevamos á resoluciones atrevidas para resistir á los
pesares que sufrimos, porque puede suceder que si la
— no —
amistad y et amor nos prodigan sus cuidado* , si nos
acompañan hasta en el paso mas insignificante , per
damos insensiblemente la facultad de obrar por nos
otros mismos y de guiarnos á través de los escollos d*
la vida. Pero en la soledad cobra el alma nuevo vi
gor; si se sabe luchar con firmeza y perseverancia con
tra el infortunio, se encuentran en si mismo recursos
inesperados, y una resolucion estoica nos sostienecuan-
do el horizonte de nuestra vida se oscurece. Si deja
mos vagar nuestra alma á la ventura , es porque so
mos demasiado débiles para trazarnos un rumbo fijo,
y entonces debemos consultar la opinion para arreglar
nuestras miras y nuestras acciones á los mandatos de
este oráculo.
Los necios se figuran que marchan con mas rapidez
cuando siguen á la multitud; no juzgan sino cuando
esta ha juzgado, y se conforman con sus decisiones so
bre los hombres y las cosas. Poco les inquieta el saber
' ó ignorar donde está el derecho y la verdad , y poco
les importa el grito del débil y del oprimido. Si la mu
chedumbre de los necios os es contraria; si sois victi
ma del error y de las preocupaciones, no busqueis apo
yo en esos pobres seres cuyas ideas varian con el vien
to reinante.
Vivir ignorado, encontrarse solo , es una situacion
temible únicamente cuando se trate de rechazar la fuer
za con la fuerza. Pero el vigor del ánimo se aumenta,
por el contrario, en el hecho mismo de nuestro ais
lamiento, porque no esperamos ayuda de nadie en
el combate. Viviendo en la soledad se adquiere esta
fuerza , se aprende á dominar las vicisitudes de la vi
da y á arrostrar valerosamente el peligro. ¡Qué tran
quilidad no obtendriamos si no tuviéramos que pre
guntarnos: ¿qué dicen este y aquel? ¡Cuántas preocu
paciones necias, y miserables inclinaciones pueden di
siparse por medio de reflexiones graves 1 Este hábito
— 91 —
de reflexionar hace que nos emancipemos de rendir
un servil y vergonzoso vasallaje á cosas indignas del
menor respeto. Esta eficaz influencia nos ayuda á re
chazar lejos de nosotros el temor á los hombres que
fundan en los titulos de sus antepasados su derecho
de tiranizar á sus semejantes y de elevarse sobre los
mismos que podrian despreciarlos.
Si el hombre de mundo se conforma mezquinamente
con la engañosa etiqueta que la sociedad que frecuen
ta le impone, el que se ha formado en el retiro teme
tan solo el ofenderla verdad. Tal es el origen de esas
acciones tan nobles como imprudentes, y que dan lu
gar á que el mundo se burle de su intrepidez ó de
su temeridad, de su presuncion ó de su embarazo. No
obstante, nadie como él tiene el derecho de esclamar:
«Que digan lo que quieran, nada me importa.
Guando se entra en el mundo con principios fijos,
pueden conservarse, aun enjmedio desu aturdimiento,
pensamientos buenos é independientes; pero es muy
diñcil conseguir que el corazon permanezca ileso.
I Cuántas personas agradan en el mundo solo por sus
defectos I ¡ Cuántos miserables obtienen el comun
aplauso solo porque saben amoldarse á todas las debi
lidades y ridiculeces de los que dan el tono en los sa
lones! ¿Cómo han de poder apreciarse en lo que valen
si el incienso los desvanece y embriaga? En el retiro
aprenderian, por el contrario, á conocer lo que son y
lo que debieran ser , si eran capaces de juzgarse se
veramente, si la desgracia les obligaba á refugiarse en
si mismos.
¡Cuántos descubrimientos pueden hacerse evadién
dose del tumulto del mundo y entregándose á las re
flexiones que sugiere! ¡Cuántas personas reconoce
rian entonces con terror que habian sido indignas es
clavas de las costumbres mundanas, de los usos ad
mitidos; que se habian sometido de buen grado á to'
- 92 -
das las reglas de la etiqueta, sin atreverse á protestan
contra lo que les parecia absurdo ó inmoral; que ha
bian inclinado la cerviz ante la opinion de la muche
dumbre y les habia faltado valor para vituperar lo
que oian alabar inmerecidamente! Si obran de bue
na fé, reconocerán tambien que diariamente han di
cho una multitud de cosas por el solo temor de no dis
gustar, ó por el deseo de hacerse agradables á los de-
mas; que se han hecho culpables de mil bajezas para
obtener la aprobacion de los poderosos. Reflexionan
do sobre todo esto, se conocerá cuán urgente es el re
tirarse, al menos por algun tiempo, á la soledad, ó el
cambiar de método de vida reuniéndose á personas
de mayor firmeza de ánimo y de mas noble natura
leza.
El tránsito súbito de la alegria al dolor y del te
mor á la esperanza atormenta á los que , cuando la
necesidad lo ordena, carecen de la fuerza de elevarse
ayudados de la serenidad de su corazon sobre todo lo
que puede agitarlos. Todas las virtudes desaparecen
cuando cedemos á la primera emocion, cuando nos
dejamos subyugar por la primera circunstancia ines
perada , y no sabemos dominar los acontecimientos
vulgares. Huye tamb.en la virtud del corazon de
aquellos que solo se ocupan de su propio interes, y
cuyas palabras y acciones son inspiradas por un pen
samiento de egoismo. Es preciso aprender á conocer
el valor de todas las cosas y acciones humanas para
tener el valor de hacer bien, aun con daño propio.
Los esclavos del mundo no pueden sacrificar el inte
rés del momento ni hacer un noble sacrificio. Juzgan
cada determinacion segun su valor intrinseco. Solo
tratan de obtener alguna muestra de favor, una nue
va gracia, titulos, empleos, y toda su conducta está
basada sobre este cálculo de interes. Hacen la corte,
adulan, mienten, calumnian y se inclinan servilmen
— 93 —
te delante del que puede perjudicarles, si es tan des
preciable como ellos.
El hombre j uzga mas cuerdamente sus pasiones exa
minándolas en el retiro. Su alma está entonces mas fir
me, y no titubea ni vacila tanto entre el miedo y la te
meridad. ¡Qué buenos nos hace la desgracia! ¡Qué flexi
bilidad en nuestro entendimiento, qué dulzara é indul
gencia cuando la mano de Dios cae sobre nosotros y
burla nuestros deseos, destruye nuestras esperanzas,
nos agovia bajo su poder, cambia nuestro saber en
locura y revela á todas las miradas la nada de nues
tras mas hábiles combinaciones! Entonces una pala
bra afectuosa de un niño, una muestra de respeto de
un mendigo nos turban y nos llenan de alegria. Pe
ro todo aparece bajo otro punto de vista, y somos ya
menos dulces y resignados cuando empezamos á re
animarnos, cuando sentimos renacer nuestras fuerzas
y comprendemos nuestra superioridad.
En la soledad no nos abatimos tanto en el infortu
nio ni nos deslumbramos en la prosperidad; no nece
sitamos de las lecciones de la desgracia para compren
der que nada somos delante de Dios, y que á él se lo
debemos todo, que el orgullo sin la fuerza es el vene
no de la vida, el infierno del corazon y el origen de
nuestras miserias; y cuando no tenemos ya ningun
apoyo ni recurso, sobrellevamos menos trabajosamen
te nuestra suerte en el retiro, en donde nada ofusca
nuestra vista, en donde nadie nos desprecia injusta
mente.
Retiraos, pues, á la soledad; interrogad á vuestro co
razon para aprender á pensar con mas cordura. ¡ Qué
humildes y reflexivos nos hacen las lecciones de una
verdadera filosofia, porjescasas que sean, y una razon
clara é ilustrada! Pero jen el error de las preocupacio
nes, en la ignorancia del entendimiento, nos alejamos
del camino recto, y buscamos la felicidad en las tinie
— 94 —
blas. Es preciso vivir tranquilo y alejado del mundo
para apreciar á los hombres y las cosas únicamente en
lo que valen. Rechazarlas injustas prevenciones del
vulgo, es el primer paso de la razon , y buscando la
verdad ayudado de esta misma razon, observando las
reglas de la filosofía practica, es como se consigue no
venerar sino lo que es realmente venerable.
La soledad nos proporciona los medios de estudiar
nos á nosotros mismos, de apartarnos de los errores
ordinarios de la vida y de elevar nuestra alma. Pero
aun asi no llegamos á conocernos exactamente; y, ¡cuan
parcialmente solemos juzgarn os en el retiro! ¡Por cuán
tas malas pasiones nos dejamos arrastrar, y cuántas cir
cunstancias nos fallan para obtener la verdadera satis
faccion y la felicidad interior!
La soledad puede darnos esa felicidad si cuando nos
encontramos lejos de las miradas de los hombres, y so
los con Dios, nos repite continuamente la conciencia
que no somos como creemos , que nos faltan muchas
cualidades para ser 1 o que debiéramos, y que para con.
seguir la perfeccion moral tenemos aun grandes difi
cultades que vencer. En el mundose engañan los hom
bres unos á otros, afectan ideas y finjen sentimientos
que no tienen, tratan de deslumbrar á los demas y
concluyen por deslumbrarse á si mismos. En la sole
dad el que de buena fé se examina llega á juzgarse
imparcialmente. Lejos de los aduladores y de los mal
vados, se aprende á estimar la sencillez y sinceridad de i
eorazon. No tememos que estas nobles virtudes nos
perjudiquen, porque en la soledad no podemos apare
cer ridiculos ni ser despreciados. En ella se compara lo
que realmente somoscon loque pareciamos ser en el
mundo, y vemos desvanecerse como un globo de ja
bon las ilusoriasventajas y las cualidades indecisas que
se nos reconocian; todos los vacios de nuestra ciencia,
Jos errores de nuestra inteligencia, los flancos débiles
de nuestro corazon se revelan entonces á nuestra vis
ta. Todas nuestras faltas, las partes vulnerables de
nuestras acciones y sentimientos, el prestigio engaña
dor de nuestro amor propio, senos presentan en toda
su desnudez.
Cuando se llega á hacer esta prueba de si mismo,
puede abrigarse la esperanza de vencer las malas pa
siones. Para alcanzar este objeto es preciso buscar
otras ideas, dedicarse á desarrollar inclinaciones mas
sanas. En ninguna parte se encuentra como en la so
ledad una fuente tan preciosa y abundante de nue
vas ideas y sensaciones. En ella siguen las fuerzas del
alma fácilmente la direccion que se les imprime. Si la
soledad favorece el desarrollo de los deseos funestos
en el alma del hombre ocioso, hace tambien que el
que sabe emplearla con acierto alcance una brillante
victoria sobre sus malos deseos.
Asi , pues , para adquirir las fruiciones duraderas
y la paz interior de que no nos cansamos de hablar,
es necesario que hagamos de la vida una ocupacion
grave, que busquemos los goces que ningun accidente
puede destruir , y miremos con lástima esa multitud
frivola que trata la existencia como un sueño pueril.
Los que no conocen su propio corazon nada tienen
que esperar de la soledad ; nunca podrán acostum
brarse á la menor reflexion , al mas insignificante
trabajo, ni al menor esfuerzo en el bien. Todos sus
goces se marchitan cuando su ardor disminuye, cuan
do sus sentidos se embotan y se estinguen sus fuer
zas. Al menor accidente tisico , á la mas ligera indis
posicion corporal, al revés mas insignificante, caen en
una terrible ansiedad, y son presa de los tormentos de
la imaginacion.
Todavia no he dado á conocer (odas las ventajas
de la soledad. Voy á describir muchas que interesan
aun mas al hombre. Tales son la influencia qucejer
— 96 —
ce en las desgracias de este mundo, en las enfermeda
des, en la melancolia , en el dolor que nos causa la
muerte ó la ausencia de una persona querida. Ben
dito mil veces el retiro en que nos encerramos po
seidos de un sentimiento religioso, en que todo lo
hueno que hemos adquirido en las relaciones sociales
se graba mas profundamente en nuestra alma, en que
triunfamos de obstáculos que nos apartarian de la vir
tud, nos consagramos á sabios y puros pensamientos,
y obedecemos a la vocacion indefinible que nos ar
rastraba desde la juventud, en que en el momento de
la muerte quisiéramos haber pasado la vida entera.. .
Fácil es comprender tan benéfica influencia, compa
rando los pensamientos del hombre religioso y soli
tario con los del hombre de mundo apartado de los
principios divinos, el fin apacible y dulce del que se
somete con piadosa resignacion á los decretos del cie
lo, con la vida tumultuosa del otro. Observando este
contraste, se conocerá euán necesario es adquirir, por
medio de un cambio de vida, la confianza en Dios y
la fortaleza necesaria para sufrir y morir.
Los enfermos y los afligidos se alejarian aterrados
de la soledad si su saludable reposo no les ofreciese
medios de consuelo que en vano buscan en las reu
niones mas ruidosas. Han perdido ya el ligero pres
tigio que los sentidos y la imaginacion conceden á la
aureola que rodea á los felices del mundo; han per
dido el fugaz encanto que no reside en los objetos, si
no en la idea que de ellos nos formamos. Todo lo que
aparece bajo risueños colores a los que tienen una
imaginacion alegre, se reviste de sombrio luto para
aquellos cuya alma es triste y melancólica. Unos y
otros yerran , pero ninguno se convence de su error
hasta el momento en que el velo cae, en que la escena
cambia y la ilusion se desvanece; todos despiertan de
su sueño cuando la imaginacion que locausaba cesa de
— 97 —
obrar. Estos reconocen que la Providencia se cura
de nosotros en el mismo momento en que nos cree
mos mas desamparados; aquellos advierten de la nada
de sus mundanos placeres desde el instante en que re
flexionan sobre su situacion y su destino, y sobre los
medios de alcanzar la verdadera felicidad.
¡Cuán desgraciados y dignos de compasion seria
mos si Dios escuchase todos nuestros votos ! Acaso
cuando creemos haber perdido para siempre la felici
dad en la tierra, nos prepara el Omnipotente algun
placer inesperado. Nuevas circunstancias dan impul
so á nuevas fuerzas. Una naturaleza ya inerte em
prende de nuevo un movimiento activo y se eleva á
la mayor altura si confiada en la Providencia se es
fuerza en la tranquilidad del retiro por hacerse su
perior al infortunio. La energia y el ardor se reaniman
cuando nos creiamos condenados á perpetua inaccion,
y nada esperábamos ya de los resortes del alma.
Nos retiramos llenos de tristeza á la soledad, y la
paciencia y la perseverancia nos hacen recobrar lenta
mente la alegria que habiamos perdido. Nunca debe
ríamos juzgar de lo futuro, porque es imposible que
el juicio que formemos no sea equivocado ; sino que,
por el contrario, debiéramos repetimos incesantemen
te una verdad consoladora probada por la esperiencia,
á saber: que muchos acontecimientos que lejanos nosin-
quietan y aterran, cambian de aspecto d medida que se
acercan, y hasta llegan d convertirse en una felicidad
inesperada. El que emplea todos los medios decoro
sos para librarse de las dificultades de la vida, y lu
cha con todos- los obstáculos, el que nunca pierde su
confianza en Dios, rompe las espinas del dolor, y
triunfa de la adversidad. (1)
(i) Todos los hombres debian grabar en su alma la
máxima que el ya citado Hismann, escribia en sus últimos
dias . «Dios no lleva á sus hijos por ninguna senda que
— 98 —
Los pesares , la desgracia y las enfermedades nos
familiarizan muy presto con la soledad. Pronto re
nunciamos entonces al mundo, miramos con indife
rencia sus mentidas distracciones y desoimos la voz
de los deseos ficticios. Cuando el dolor nos oprime y
nos abandonan las fuerzas, reconocemos antes de mu
cho la debilidad del apoyo que el mundo nos ofrece
y el vacio de los placeres que en él buscamos con tanto
afan. ¡Cuántas útiles verdades revelan las enferme
dades á los grandes y á los principes, á quienes en
gaña todo lo que les rodea!
Es indudable que un enfermo solo puede aprove
char algunos instantes para dedicar sus fuerzas al ob
jeto moral que se propone. El que goza de una sa
lud robusta , puede decir: El tiempo es mio. Pero
cuando nos vemos agoviados de continuos sufri
mientos y penosos cuidados , y caemos en un estado
de crisis y languidez, se hace preciso que luchemos de
frente contra esos sufrimientos y dificultades si no
queremos dejarnos abatir completamente. Cuanto mas
cedemos, mas se agrava la enfermedad. En tales casos,
una resistencia obstinada y un animoso esfuerzo nun
ca quedan sin resultado satisfactorio.
Las enfermedades suelen enervarnos y preocupar
nos demasiado. La menor sensacion desagradable nos
hace olvidar de que aun podriamos sostenernos des
plegando alguna energia. El alma se abate y el vigor
que le restaba llega á estinguirse ; cuando padecemos,
tenemos demasiada falta de confianza en nosotros mis
mos. Si el valetudinario procura distraer su atencion
de sus dolores físicos , si separa , por decirlo asi, su
pensamiento de su cubierta terrenal, esperimentará
indudablemente un alivio inesperado, y ejecutará mu-

farde 6 temprano no conduzca á la felicidad, y no arranca


un solo suspiro que no acabe por trasformarse en un him
no de reconocimiento.»
— 99 —
chas de aquellas acciones y empresas que anles le pa
recia imposible intentar. Pero es tambien preciso pa
ra conseguir este resultado que no dé oidos á aque
llos médicos que, informándose continuamente de su
astado, tomándole el pulso con grotesca formalidad
y con los aspavientos de costumbre, creyendo ver lo
que no existe, y rehusando distinguir lo que existe,
despreciando la accion del alma y de la imaginacion,
y afectando una compasion estudiada, fijan mas y mas
la atencion del enfermo sobre aquello mismo que de
be esforzarse en olvidar. Es tambien preciso que rue-
gue á sus allegados que no consientan sus debilida
des, ni crean todo lo que les diga. Porque por ver
daderos que sean en el fondo los dolores de un en
fermo, la imaginacion los engrandece y exagera.
Hasta en la situacion mas penosa ofrece la soledad
recursos y consuelo. Si vuestros nervios empiezan á
paralizarse, si vuestra cabeza está acometida de un
vértigo continuo, si os faltan las fuerzas para pensar,
para escribir y leer, tratad entonces de aprender a ve-
jetar; estas palabras me dijo en cierta ocasion uno de
los hombres mas esclarecidos de Alemania viéndome
en tan deplorable estado. ¡Con qué emocion escuchó
tus palabras, oh Garve, al referirme que habias espe-
rimentado los mismos sufrimientos y puesto en prác
tica los mismos consejos! (1)
(i) To senlia entonces lo que uno de los bienhechores
de la humanidad, Fest, ha dicho con tanta verdad en su
libro Sobre las ventajas de los sufrimientos y contrarieda
des de la vida, obra escelente que deberia estar en manos
de todos los enfermos y afligidos: «He tenido ocasion de co
nocer por mi mismo, dice este escritor, que una sola mues
tra de interes, un solo pensamiento salido del corazon del
que haya sufrido su parte de los dolores humanos, y reco
nocido tamMen el poder de los consuelos que nos prodi
ga, son mas eficaces que el mejor discurso estudiado, que
lágrimas fingidas y vanas frases de consideracion dictadas
por el bien parecer.
— 100 —
El célebre Mendelsshon tuvo una época tal en su
vida, que no podia permanecer en una concurrencia
en que se hablase de filosofia sin estar espuesto á des
mayarse. En esta situacion se abstuvo de todo linaje
de pensamientos. Cierto dia le preguntó su médico:
«¿En qué os ocupais cuando estais solo, habiendo re
nunciado á pensar?» — «Me asomo á la ventana, le res
pondió, y cuento las tejas de mi vecino.»
Dios mantiene en el corazon del que sufre el pen
samiento consolador de que el alma ejerce siempre
un grande imperio sobre el cuerpo. Abrigando esta
idea, es de todo punto imposible abatirse totalmente,
ni quedar privado de los ausilios de la religion. Cam-
panella llegó á conseguir el distraer de tal modo su
atencion de las mas penosas sensaciones, que creia po
der sufrir el tormento sin sentir dolores muy violen
to*; acaso se dude de ello: en cuanto á mi, puedo ase
gurar por mi propia esperiencia , que en las crisis
mas fatigosas se consigue , distrayendo la atencion,
no solo aliviar las dolencias, sino á veces hacer tam
bien que desaparezcan.
Muchos hombres ilustres han logrado, por este
medio, conservar su tranquilidad en las circunstan
cias mas dificiles, y mantener su energia á despecho
de la debilidad de su constitucion. Rousseau escribió
muchas de sus mas célebres obras abrumado de con
tinuos sufrimientos. Gellert, cuyas obras agradables
é instructivas han obtenido tanto aplauso en Alemania,
encontró en sus ocupaciones un remedio para la hi
pocondria. Mendelsshon, que no era de naturaleza
melancólica , pero que padecia terribles ataques de
nervios, recobró en una edad avanzada, con su pa
ciencia y resignacion, la elevacion de alma que lo
animaba en su juventud. Garve, que durante años en
teros estuvo imposibilitado, no solo de leer y escri
bir, sino tambien de pensar, escribió despues su tra
— 101 —
tado sobre Ciceron , y dio , lleno de entusiasmo , las
mas fervorosas gracias al Ser Supremo por la debili
dad de su constitucion, que le habia revelado el inmen
so imperio que el alma puede ejercer sobre el cuerpo.
Una resolucion inmutable y el deseo de conseguir
un grande objeto pueden hacernos sufrir con pacien
cia los mas agudos dolores. En los grandes peligros es
muy natural el heroismo, y puede afirmarse que este
don es menos raro que la paciencia en las pequeñas
agitaciones de la vida. La resolucion necesaria para su
frir con paciencia un largo padecimiento es muy di
ficil de adquirir, sobre todo cuando la melancolia pa
raliza nuestra alma, como suele suceder, y cuando nos
figuramos que nuestros sufrimientos no tendrán tér
mino. Asi, pues, de todos los males que afligen á la
humanidad, ninguno es comparable á la melancolia;
y de todos los medios empleados para disiparla, nin
guno es tan eficaz como una tranquila ocupacion.
Cuando intentamos combatir nuestras penas, cada
victoria que alcanzamos nos conduce á otra victoria
mayor, y la alegria que entonces nos anima da al me
nos algunos instantes de tregua á la sensacion del mal
que nos aflije. Cuando la razon y la virtud no logran
vencer vuestros pesares ó vuestras dolencias, ocupaos
en cosas poco importantes, y que exijan débiles esfuer
zos; muchas veces no es necesario mas para aliviaros.
Las nubes de la melancolia se disipan desde el mo
mento en que logramos proseguir con interes una
ocupacion á que en un principio nos habiamos dedi
cado a pesar nuestro. Muchas veces sucede que la de
sesperacion á que nos entregamos, la apatia del es
piritu, la indolencia del cuerpo, no son otra cosa que
el disfraz de nuestro mal humor, y, por consiguiente,
una verdadera enfermedad de la imaginacion, que no
es dado vencer sino á una voluntad constante yenér-
gica.
- 102 -
La soledad no es únicamente una necesidad, sino
tambien un deber imprescindible para todos aquellos
que, por efecto de una sensibilidad esquisita y de una
impresionabilidad nerviosa , no pueden soportar la
vida del mundo, y siempre tienen motivos de queja
de los hombres y las cosas. El que se deja conmover
por un incidente que no causaria la menor emocion á
cualquier otro, el que se créa dolores quiméricos y se
desconsuela porque no logra inmediatamente sus de
seos, el que se atormenta sin cesar con los delirios de
su imaginacion, creyéndose desgraciado porque la fe
licidad no corre delante de él, ignorando él mismo lo
que quiere, pasando á cada instante de uno á otro de
seo, Umiéndolo todo y no gozando de nada, no está
formado para la sociedad , y sino halla su curacion
en el retiro, no hay remedio posible para él en el
mundo.
Muchas personas sensatas , piadosas , llenas de ta
lento, se dejan caer en un profundo desaliento , y en
una horrible ansiedad , á pesar de la firmeza de sus
principios; pero suya es la culpa. Si ceden á temores
pueriles, si por una ligera incomodidad se atormen
tan y atormentan á los demas, si buscan en la medi
cina un remedio que encontrarian en su razon , sino
saben reprimir los estravios de su imaginacion, y des
pues de haber sufrido con resignacion grandes traba
jos y grandes desgracias sucumben á las contrarie
dades accidentales y á los sufrimientos pasajeros de
la vida, suya es la culpa. Podria comparárseles á un
soldado que , despues de haber arrostrado valerosa
mente el fuego de una bateria , se espantára de la li
gera flecha lanzada por una mano infantil.
La resolucion, la energia y la estoica firmeza de al
ma se adquieren mas fácilmente en la práctica intima
de si mismo que en la confusion del mundo, en que á
cada paso nos vemos sorprendidos y arrastrados por
— 103 —
mil consideraciones interiores; en que ideas de eti
queta, de urbanidad y adulacion aniquilan la volun
tad; en que las almas vulgares despliegan mayor ac
tividad y obtienen mas consideracion y mejor éxito
que los caracteres mas nobles.
La soledad nos dá tanta mayor fuerza en la aflic
cion, cuanto que disipa los vanos fantasmas que ale
jan el alma de si misma y la estravian en un dédalo
de fútiles preocupaciones. Renunciamos en la soledad
á tantos placeres, disminuimos de tal modo la medi
da de nuestras necesidades, y hacemos tales progre
sos en el estudio de nuestro propio conocimiento,
que es menor nuestra sorpresa cuando Dios nos im
pone algun dolor para humillar nuestro orgullo, do
mar la fogosidad de nuestras pasiones y recordarnos
el sentimiento de nuestra impotencia y nulidad. ¡A
cuántas reflexiones nos es dado entregarnos en la so
ledad que no se ocurren al hombre de mundo, cuyas
disipaciones sofocan su alma distraida I
Los desgraciados que tienen que llorar la muerte
de una persona querida abrigan el saludable deseo
de retirarse del mundo, y todos se esfuerzan en sofo
car en ellos este deseo. Se evita cuidadosamente ha
blarles de la pérdida que han sufrido. Se cree que
vale mas rodearlos de un enjambre de seres frios é
indiferentes, que imaginan que para calmar su triste
za es preciso abrumarlos á visitas, hablarles continua
mente de las noticias de la ciudad.
Dejadme solo , esclamaba yo cuando á los dos años
de mi llegada á Alemania perdi una esposa tierna
mente amada. Su alma flotaba sin cesar á mi alrede- «
dor, y sin cesar me ocupaba el recuerdo de todo lo
que ella habia sido para mi, y de todo lo que habia
sufrido por mi en aquella tierra estranjera. El con
traste de tanta inocencia, de tanta pureza y tan an
gelical dulzura, con su cruel fin, me sumergia en un
— 104 -
abismo de dudas desoladoras. Durante cinco meses
estuve sufriendo una continua agonia. Cierto dia es
taba yo leyendo junto á su lecho la muerte de Jesus,
por Ramler; dirigió ella sus miradas sobre el libro, y
me mostró en silencio el pasaje siguiente: «Mi aliento
es débil , mis dias están contados ; tengo el alma des
garrada por el dolor , y mi vida es un horrible tor
mento.» ¡Ah! Cuando recuerdo todas estas circunstan
cias y la imposibilidad en que entonces me encontra
ba de sustraerme á las relaciones del mundo; cuando
recuerdo que en aquella época era esclavo del prime
ro que me llamaba en su ausilio, que llevaba la muer
te en mi seno, que perseguido por la envidia y ago-
viado de dolor no sentia ya en mi ni fuerza ni vir
tud , ¡ ah ! veo que tenia derecho de esclamar : ¡De
jadme, dejadme solo!
Estar solo , lejos del torbellino atronador de la so
ciedad , es el primero y mas ardiente deseo del co
razon cuando 'estamos persuadidos de no encon
trar en el mundo sino hombres que no compren
den el dolor timido y silencioso, que no perciben otro
sufrimiento que aquel cuyos gritos resuenan en sus
oidos.
Estar solo, en un retiro profundo y desierto, es un
consuelo para las penas que desgarran el corazon.
Cuando nos vemos obligados á separarnos para siem
pre de un ser querido, dolor aun mas terrible que el
que podamos sentir cuando la mano de la muerte lle
gue á apoderarse de nosotros mismos , únicamente la
soledad puede endulzar nuestra desesperacion. Nues
tra alma trémula cree ver abismarse la tierra ; en
aquel momento espantoso, en que es preciso dar un
terrible adios á los que durante largos años lo han
sido todo para nosotros, á los que jamás olvidaremos
ni un instante , entonces es preciso retirarse á la sole
dad, pero esforzándose por crearse en ella alguna
— 105 —
ocupacion, y por dedicar la imaginacion á otros pen
samientos.
I Ah I ¡Cuántos hondos sufrimientos están velados á
los ojos del mundo, cuantos hondos sufrimientos nos
aquejan, cuyo peso debemos llevar solos, y á los que
solo podemos resistir en el retiro!
Figuraos por un momento que llegais lleno de zo
zobra á un pais en que todo os es desconocido, en que
la desgracia os agovia, y estais espuesto á cada mo
mento á caer en la desesperacion; en que teneis con- «w^ 9
tinuamente ante vuestros ojos una continua g.gjmig,; 1
en que nadie os comprende ni puede comprenderos,
y solo se arrojan espinas y abrojos en vuestro camino;
en que, finalmente, estais condenado á perder lo que
os era mas querido en el mundo. Pero de pronto en
aquel pais de desolacion, en semejante duelo del al
mo, se os tiende una mano cariñosa, y una voz que
parece venir del cielo os dice : «Ven : quiero enjugar
tus lágrimas, reanimar tu espiritu abatido, ser el con
fidente de tus penas y ayudarte á sobrellevarlas. Quie
ro sacarte de tu tristeza, y hacer que vuelvas á apre
ciar las bellezas de la naturaleza y los beneficios de
Dios, que tambien derrama consuelos sobre esta co
marca. Quiero sentir y pensar contigo, abrirte un
nuevo horizonte , recoger para ti las flores que en
cuentre en el sendero de la vida, hablarte de los que
te aman, de los que hablan de ti con estimacion y con
fianza, probarte que no todos los hombres son tan
malos como crees, y que la única falta que, con res
pecto á ti, cometen la mayor parte, consiste en no co
nocerte. Quiero alejar de ti todos los cuidados, hacer
te gozar de una existencia dulce y tranquila, y tra
bajar en corregir tus defectos. Tu corregirás tambien
los mios , formarás mi entendimiento , me enseñarás
lo que sabes.> Si despues de haber gozado durante
largos años el encanto de una existencia que asi se os
— 100 —
habia ofrecido, si despues de haber hallado tan eficaz
y tierno consuelo en los acontecimientos mas desastro
sos, si despues de haber esperado que en el último
momento os cerraria los ojos esa mano compasiva, que
dais privado de tanto afecto, de tan cariñoso interés,
solo os resta un asilo para sobrellevar vuestros pe
sares y aprender á luchar valerosamente contra el des
tino: —la soledad.
En el retiro vemos próxima y distintamente el ojo
que todo lo vé. Cuando cesan á nuestro alrededor to
dos los vanos rumores, comprende mejor nuestro co
razon ese feliz y grandioso pensamiento de que Dios
nos mira y domina, que está á nuestro lado, y todo lo
dirige con su poder y su bondad. En la soledad se
nos presenta Dios en todas partes. Libres de la em
briaguez de los sentidos, animados de deseos mas pu
ros y de una alegria mas ideal , reflexionamos mas
gravemente y con mas libertad y confianza sobre
nuestra felicidad suprema, y solopor pensar en ella
creemos gozarla ya. Nuestro piadoso recogimiento
aparta de nosotros las ideas groseras y los cuidado»
serviles.
La soledad nos aproxima á Dios cuando mantiene
en nosotros sentimientos tiernos y humanos y una
saludable desconfianza en nuestras propias fuerzas.
Guando al lado del lecho de un moribundo observa
ba los esfuerzos que nuestra pobre naturaleza opone
á su anonadamiento, los tormentos que le hace sufrir
cada minuto que roba á la muerte ; cuando veia al
desgraciado elevar al cielo sus manos trémulas, y di
rigirle, cuando se sentia aliviado , ardientes accione*
de gracias; cuando oia sus palabras entrecortadas, sus
suspiros lastimeros, y observaba las miradas compasi
vas de los circunstantes, me abrumaba el dolor, y me
alejaba aterrado para lamentar la suerte de la huma -
nidad y mi impotencia para socorrer tales miserias
— 107 —
euando deseaba tan profundamente hacerlo. ¡Ah!
Guando embebido en estos tristes pensamientos me in
clino delante de Dios , conozco intimamente que no
debemos confiar ni en la lozania de la vida ni en la
ciencia en que el hombre crée encontrar esperanza y
consuelojframas me levanto de mi lecho sin pensar
en que si aun existo es debido á un milagro del Om
nipotente. Jamás cuento los años que he vivido en
este mundo sin dar gracias á la Providencia por ha
berme sostenido mas de lo que yo esperaba, por ha- ^ij» l ^>
berme conducido con una fuerza incomprensible por *^ IfAWfe »
un mar lleno de escollos. Solo me es dado enmudecer ,
y adorarle en silencio, porque cada vez me persuado »t ,
mas de mi flaqueza, porque cada dia veo caer a mi
alrededor hombres en la flor de su edad, que no pensa
ban en peligro alguno, y que se creian, durante largo
tiempo, á salvo de los golpes de la muerte^
y ¿Como podremos llegar á ser cuerdos y sensatos, y ,
á salvarnos de los escollos que nos amenazan, si no nos c *
alejamos de esas relaciones atolondradas que borran
en nosotros las impresiones del bien ? Solo lejos de
ellas podemos reflexionar sobre lo que vemos y oí
mos continuamente, y atesorar en nuestro corazon
pensamientos provechosos y duraderos. La sensatez y
la cordura no se adquieren corriendo perpetuamente
en pos de frivolos placeres , vagando sin reflexion de
una en otra concurrencia, hablando de cosas sin in
terés y malgastando sin fruto el tiempo. El que
quiera ser cuerdo, ha dicho un filósofo, debe apren
der á vivir solo; la perpetua fascinacion de los senti
dos sofoca tados los buenos pensamientos; sumergido
en esa especie de vértigo, no se oye la voz de la razon,
no se conoce su fuerza, no se resiste á ninguna tenta
cion, y lejos de evitar los lazos que nos tienden nues
tras malas inclinaciones, se buscan con afan. En nin
guna parte está Dios tan olvidado como en las diver-
— 108 —
siones habituales de las reuniones del gran mundo,
en ese torbellino que nos arrebata , que inflama todo*
nuestros deseos, que escita todas nuestras pasiones, se
rompen los vinculos que nos unen al Criador; renun
ciamos á la primera, á la única fuente de felicidad, á
las facultades intelectuales , y no nos dedicamos á
nuestros deberes religiosos sino furtivamente, sin en
mienda, sin uncion. Por el contrario, el que se re
concentra dentro de si propio y eleva su corazon al
cielo; el que considera el circulo en que debe desple
gar las facultades de su alma, la bóveda celeste, la
tierra cubierta de flores, las montañas y los bosques
como un inmenso templo del Señor; el que refiere to
das sus inspiraciones al dueño del universo, no pue
de menos de haber vivido en una piadosa soledad, en
un intimo y saludable recogimiento.
De este modo puede vencer el retiro los mas gran
des obstáculos que se opongan á la piedad, consa
grando únicamente á sanas reflexiones parte del tiem
po que todos los dias se perdia en el tocador y en el
juego. Cada hora de recogimiento y de meditacion
dá mayor fortaleza y solidez á nuestra alma, y nos
hace mirar mas desdeñosamente las estériles distrac
ciones mundanas. Podemos estar animados de los me
jores sentimientos respecto á nuestros semejantes, so
correr á los necesitados, hacer todas las buenas obras
que nuestros medios nos permitan, y al mismo tiem-
jpo eximirnos de todos los festejos inútiles , de todas
las distracciones de una vida disipada.
Pocos son los que pueden ejecutar actos deslum
bradores de virtud , y señalarse por su caridad es
pléndida, ¡ Pero cuántas virtudes modestas pueden
ponerse en práctica todos los dias sin necesidad de sa
lir de nuestra morada , sin ruido , sin fausto I El que
sabe hallar una ocupacion provechosa en su retiro,
puede, sin abandonarlo, ocuparse tambien en la fell—
— 109 —
cidad de sus semejantes, aliviarlos en su miseria y
;olmarlos de beneficios sin que el mundo lo note.
Una inclinacion decidida á la soledad suele á veces
acercarnos de nuevo a Dios. Esa melancolia vaga y
3¡n nombre que muchos esperimentan en su juventud,
y que despues toma un carácter mas determinado,
nos conduce á la observacion grave y sincera de nos
otros mismos , y al estudio de lo que somos y de lo
que debiéramos ser. En la época en que se verifica
en el hombre un cambio fisico que imprime al alma
nueva direccion, nuestra conciencia se despierta, oi
mos la voz de Dios, y nos prosternamos devotamen
te ante él. La melancolia es la escuela de Ta humil
dad, porque con el poco caso que se hace de uno
mismo, se llega á conocerse á fondo. En esas horas de
reflexion y soledad en que el hombre se examina de
buena fé, desaparecen los sofismas de las pasiones. Si
exageramos nuestros defectos, si sentimos una ansie
dad demasiado viva , si adoptamos principios exalta
dos, no se borran sus impresiones sino muy tarde, y
este mismo esceso es una felicidad comparado con la
indolencia que paraliza las emociones del bien. La
profunda tristeza que nos causa el conocimiento de
nuestra miseria se convierte, si nos ilumina una ver
dadera fé, en un dulce reposo, y es de esperar que el
que se observa de este modo en la exajeracion de su
flaqueza, acabe por elevarse delante de Dios sobre
el espiritu fuerte que hace escarnio de su piedad.
El examinarse á si mismo e3 tan poco comun, que
todo lo que coopere á ello debe ser para nosotros im
portante y precioso. Necesitamos que el dolor nos
despierte, y haber bebido durante largo tiempo en la
copa de la adversidad, para conseguir entrar en nos
otros mismos, recoger nuestros pensamientos y no de
jarlos correr en un insensato abandono. Uno de los
mas grandes filósofos de Alemania me decia: « Debo á
— no —
mi conformidad la ventaja de haber aprendido á co
nocerme.»
Aqui la religion y la filosofia se unen para guiar
nos, ambas nos dicen cuánto debemos temer los pe
ligros del error; pero sino podemos llegar al bien mas
que á costa de grandes crisis del alma, no debe arre
drarnos el sufrirlas. En los últimos momentos de la
vida nos lamentamos de no haber dedicado mas tiem
po á la soledad y á pensar en Dios y en nosotros mis
mos. Entonces recordamos con dolor todas nuestras
fal tas , y reconocemos que no hubiéramos cometido
muchas de ellas, si hubiéramos querido evitar las ase
chanzas del mundo y velar sobre nuestro corazon.
Compárese la situacion del que vive en la soledad
persuadido de que Dios todo lo vé, con la de esas
criaturas frivolas y atolondradas que nunca piensan
en su Soberano dueño, y consagran toda su existencia
á los placeres del momento; compárese el hombre cu
ya alma se ocupa dignamente en la idea de la eterni
dad, con todos los que solo piensan en bailes y festi
nes, y se reconocerá que el amor á la soledad , el so
siego del retiro, el deseo de asociarse á un verdadero
amigo, nos proporciona mayor satisfaccion en este
mundo y mas dulce consuelo en la hora suprema, que
todas las ilusorias alegrias de la sociedad.
Pero donde mas claramente se observa la diferencia
que existe entre el que ha conservado en su corazon
el pensamiento de Dios y el que solo ha pensado en
satisfacer sus deseos y sus pasiones , es en la hora de
la muerte; iqué contraste entre el fin del hombre que
ha vivido en la disipacion y el bullicio , aun cuando
no haya empañado su existencia ninguna mancha no
table, y el que ha vivido en el recogimiento dulce y
dignamente!
No citaré los siniestros ejemplos de los que han
agotado sus facultades en el desenfreno, y han muer
— 111 —
to vergonzosa y miserablemente. Pero séame licito re
ferir la historia de una joven cuya memoria quiero
conservar, porque puedo decir de ella lo que Petrar
ca de su Laura: «El mundo no la conoció mientras
la tuvo en su seno ; solo la han conocido los que aun
viven para llorarla.»
La soledad era para ella el mundo, el retiro su ale
gria ; se sometia con la mas piadosa resignacion á la
voluntad del cielo. Dotada de una constitucion débil,
sufria con valor; dulce y buena, lánguida y amable,
timida y reservada animándose únicamente á impulsos
de un Cándido entusiasmo: tal era aquella alma delica
da que, por la firmeza que conservó en medio de los
dolores, me hizo conocer la gran fuerza de alma que
mayores puede dar la soledad á los seres mas débiles.
Todo lo bueno influia sobre ella; pero no manifestaba
sus impresiones sino con gran reserva, á menos que se
encontrase entre amigos tan intimos, que no le inspi
rasen el mas leve temor. La naturaleza la habia dotado
de una grandeza de alma maravillosa , y de un valor
heróico para sufrir. Siempre que volvia de la santa
Mesa animaba su rostro una alegria celestial. Llena
de fé en Dios y de desconfianza en si misma, obede
cia todas mis prescipciones , y amándome con entra
ñable afecto, jamás me lo decia; yo hubiera dado mi
vida por ella, y ella hubiera dado la suya por mi. El
hacer lo que le era grato era para mi una satisfac
cion indecible, y el mayor placer que ella se atrevia
á proporcionarme era traerme alguna rosa; recibida
de su mano, era un tesoro. Un ataque de sangre pul-
monal la hirió en mis brazos ; conociendo su consti
tucion, comprendi desde el primer momento que aquel
accidente era mortal. Cien veces al dia me arrodilla
ba con angustia inesplicable; ella ignoraba el grave
peligro en que se encontraba ; pero no obstante, se
sentia muy mala, y no lo decía. Cuando me acercaba
— 112 —
á tu lecho, se sonreia, y cuando me alejaba se sonreia
tambien. Durante el curso de su enfermedad no exhaló
ni una queja. Respondia á todas mis preguntas con
dulce y afectuoso acento ; pero sin entrar en el menor
detalle. Su vida se estinguió con la espresion de un
tierno amor y de una serenidad inefable.
Asi fué como vi morir, despues de nueve meses da
sufrimientos, á mi hija única, de edad de veinte y cin
co años. En el tiempo que vivió en Hannover, don
de inspiraba general simpatia, compuso algunas ora
ciones que encontré entre sus papeles. Pedia en ellas
a Dios la merced de morir pronto para reunirse con
su madre. Espresaba el mismo deseo en cartas muy
tiernas. En el momento de espirar, agitada por una
agonia indecible, fueron sus últimas palabras: «Hoy
iré á gozar de la alegria del cielo.»
Seriamos indignos de haber tenido semejante ejem
plo, de haber visto tanta debilidad unida á tantos pa
decimientos, si nos dejáramos abatir por dolores que
nuestro valor puede vencer. Ese ángel que jamás
murmuró de la Providencia, y que, por el contrario, se
resignó siempre á sus decretos, goza ahora de la feli
cidad eterna , y nosotros, que todavia moramos en la
tierra , que conservamos el recuerdo de aquella hija
adorada , y de todo lo que nos enseñó en su última
enfermedad , en sus horas de angustia; nosotros, que
aspiramos tambien al reposo de la eternidad, ¿no in
tentaremos ensayar y poner en práctica todo lo ima
ginable para encontrar fuerzas en la desgracia, y para
adquirir, cambiando d? vida , ayudados de un pensa
miento religioso, paciencia y sumision?
G vosotros los que sufris, todo oprime y agovia
vuestra alma, y sin embargo, creedme, hay afliccio
nes dulces, pesares que nos elevan sobre la tierra y
nos dan una energia desconocida. Hoy estais desani
mados y abatidos; pero vendrá otro tiempo en que os
— 115 —
elevareis en vuestro dolor entre el cielo y la tierra;
entonces encontrareis el reposo, y hallareis en el ale
jamiento de la mukitud y en el tierno recuerdo de
los que habeis perdido deleites puros y sublimes.
La soledad no conviene ciertamente a todos los
afligidos; el alma no siempre puede sustraerse á las
exigencias de un cuerpo enfermo y exahusto de vida.
¡Pero bendiga Dios la mano compasiva de un amigo,
y recompense en la eternidad el afecto que nos ayu
da á sobrellevar nuestras penas 1 que si el dolor que
nos ha hecho sufrir una muerte cruel se cambia en una
dulce melancolia , ó si somos bastante fuertes para no
sucumbir á la catástrofe , debemos buscar entonces el
silencio de los campos, la calma del retiro; encon
tramos una dichosa tranquilidad, y aun en medio de
nuestra tristeza aprendemos á mirar con mas libertad
y valor los sufrimientos pasageros de este mundo , á
estar solos sin temor y á cubrir de flores los sepulcros.
CAPITULO VII.

Ventajas de la soledad para la Inteligencia.

Solo las almas libres comprenden el precio de la


libertad. El esclavo se complace en su esclavitud. El
que despues de haberse dejado arrastrar en el torbe
llino del mundo, despues de haber conocido el ver
dadero valor de los hombres, juzga todas las cosas
con imparcialidad, y, penetrando en los diversos sen
deros de la virtud , busca la dicha en si mismo , es
libre.
Cierto es que el camino es sombrio, áspero, es
carpado; pero cuando á costa de penosos esfuerzos se
consigue llegar á la cima, conduce á asilos apaci
bles, á risueñas orillas, al espacio libre y puro. La
soledad nos dá una independencia completa cuando
nos es agradable y hemos reconocido desde temprano
sus ventajas. Quiero indicar esta via de felicidad á
los jovenes, á los hombres sencillos y honrados á
quienes deseo ser útil. No quiero que el despecho
los arrastre á la soledad, si no que los haga acudir á
ella la indiferencia a distracciones inútiles, el deseo
de alejarse de placeres frivolos, el temor de conver
tirse en juguete de seducciones engañadoras.
Muchas personas deben á la soledad su fortaleza y
superioridad de alma. Semejantes al cedro que en la
montaña desafia á la tempestad, desafiaron tambien
en su retiro al hábito de las malas tentaciones. Algu
— 116 —
nos haii conservado en este último refugio las debi
lidades de la humanidad ; ¡ pero cuántos han hecho
noble alarde de una firmeza incontrastable! Todo es
fuerzo sincero y generoso hecho para llegar á la vir
tud, todo cuanto tiende á elevar el entendimiento,
toda empresa valerosa, escita en nosotros un senti
miento de admiracion. El monje á quien anima un
pensamiento noble y enérgico, es tambien un héroe.
La religiosa cuya alma, sostenida por una tendencia
ideal , consigue adquirir sosiego no sin grandes y
trabajosos esfuerzos, produce en nosotros mejor y
mas profunda emocion que cualquiera otra mujer, por
bellas que sean las cualidades que la adornen, ¡ Cuán
tas veces he reconocido lo digna de estimacion y be
nevolencia que es una religiosa sincera! ¡Cuánto res
peto me han inspirado siempre los héroes de esa pro
fesion por su tierna piedad, por su sagrada fidelidad,
y por su perseverancia en tratar de vencer sus pasio .
nes! ¡Cuántas veces he considerado á un convento
como un asilo lleno de consuelos para las ansiedades
de nuestro corazon ! Nunca he podido menos de ver
en esos silenciosos y sombrios retiros la eficacia de
semejante género de vida para impeler el alma á una
virtud sólida. Muchas veces he estrechado con ver
dadera simpatia la mano de un pobre fraile, y nunca
he salido de un convento de religiosas sin derramar
lágrimas de ternura.^ ^ sJUfcdUJ!** v ÁkWwo,\ &ü«.
Pero mis consideraciones sobre la soledad no de
ben limitarse al recinto de los claustros. Quiero adap
tar la benéfica idea que he formado de la soledad al
mundo en que vivo, que obra sobre mi y sobre el que
puedo obrar, porque hay corazones juveniles en que
pueden fructificar estas reflexiones.
Hay épocas en la vida en que llega á ser necesario
estar solo. En la juventud, para adquirir instruccion
y conocimientos provechosos, para formarse un modo
de pensar y conservarlo toda la vida; en la vejez, pa
ra recordar el camino que se ha recorrido, para re
flexionar sobre lo pasado, sobre las dulces flores que
se recogieron en el tránsito y sobre las tempestades
de nuestro destino.
Lord Bollingbroke dice que no hay en las obras
del canciller Bacon una observacion mas bella y pro
funda que esta: «Debemos proponernos desde tempra
no, tanto en la vida como en nuestras acciones, un
objeto decoroso, noble, posible, y procurar con todas
nuestras fuerzas alcanzarlo, para que de este modo se
forme nuestra alma para todas las virtudes. Pero al
formar nuestro carácter moral, no debemos imitar ai
escultor que, despuesde concluir un busto, deja el res
to del cuerpo en estado de masa informe y grosera.
Debemos seguir el ejemplo de la naturaleza , que en
la formacion de una flor, de un animal, desarrolla á
la vez todas las partes de su obra. »
O tu, joven, queen el comercio seductor, y las mas
veces engañoso, del mundo, no has abdicado todavia
los principios de la virtud; tú, á quien aun no ha in
festado el veneno de la ociosidad frivola ; tú , que en
el arrebato y las imágenes de una ferviente galante
ria no has perdido el deseo ni la fuerza de hacer
grandes cosas , y que en muchas reuniones resistes á
locas tentaciones, la soledad te reclama. Quiero rete
jerte en tu estudioso retiro, animar y fortificar tus no
bles intenciones, inspirarte una noble y justa altivez
que en las funciones que serás llamado á desempe
ñar te impida estimar el mundo en mas de lo que
vale.
t,a razon te ordena salir de un circulo demasiado li
mitado para rodearte léjos de él de grandes ejemplos.
Aprendiendo á conocer los claros varones de Grecia
y Roma , adquirirás el poder necesario para vencer
todos los obstáculos. ¿Dónde se encuentran ejemplos.
— 118 —
mas ilustres de la grandeza humana? ¿Quién ha de
mostrado mas valor guerrero, celo mas infatigable
por la ciencia y mas clara razon? Arroja lejos de ti
las vanas frivolidades , y aspira solo á lo que real
mente merece ser buscado é imitado. La nobleza so
la no eleva. Diez y seis?cuarteles son una ventaja, no
un mérito. Tus disposiciones son buenas, puesto que
reconoces todas estas verdades , y que sabes que el
que solo respeta las cosas pequeñas nunca será gran
de. Deja á las mujeres contar sus abuelos que solo
se distinguieron hace setecientos años yendo á la
guerra á caballo, mientras que los villanos iban á pié.
Cuenta los hombres de tu familia que no han huido
en las batallas, ni despojado al pasagero en los ca
minos. Cuenta los hombres de tu familia que han he
cho alguna accion noble, cuya memoria conserva la
historia nacional, y cuyo nombre está inscrito en los
anales estranjeros; pero acuérdate de que nadie es
verdaderamente grande mas que por sus propios he
chos y sus propias virtudes.
Dos caminos se abren delante de ti ; el uno serpen
tea entre alamedas siempre verdes, entre jardines
embalsamados, en que se oyen resonar los acordes
de la música, el rumor del baile, las canciones del
amor. Este es el que busca la multitud. El otro, me
nos frecuentado, es escarpado y duro, y tan solo po
demos seguirlo lentamente , y muchas veces cuando
creemos estar cerca de la cumbre caemos delo alto
de las rocas. En él repiten los valles y las montañas
los mugidos de las fieras; en él solo se oye el grazni
do de los cuervos , el silbido de las viboras; á cada
momento aparecen nuevos enjambres de insectos da
ñinos; no se ofrece á la vista otro horizonte que un
espantoso y sombrio desierto. El camino cubierto de
flores es el del mundo; el otro el del honor. Aquel
conduce á los empleos, á las dignidades de las ciuda
— 119 —
des y de la córte; este penetra cada vez mas en
la soledad. Siguiendo el primero, puedes ser un
hombreamable, un personage de moda ; puedes tam
bien ser un malvado. Siguiendo el otro, serásdes
conocido , acaso odiado ; pero con energia y favo
rables disposiciones puedes llegar a ser un grande
hombre. La disipacion es un remedio, no un alimento.
Es preciso que endurezcas tu cuerpo con el egercicio,
que hagas cuanto te sea dable para que tus fuerzas fisi
cas sostengan á las morales. Pero jamás emplearás bas
tante celo en los trabajos del alma, jamásTpersistiias en
tus mejores resoluciones, sino se arraiga en tu cora
zon el odio á todas las vanas disipaciones. Conozco
muchos hombres que han pasado su juventud solita
rios en el estudio y el recogimiento. Han crecido en
la práctica de las virtudes, y son ahora ministros que
gobiernan Estados, escritores cuya vida está consa
grada á combatir el error, filósofos que se emancipa
ron en sazon oportuna de las trabas impuestas por
necias preocupaciones.
Gracias merece el noble escritor que ha dicho: «Si
veis á un joven de elevado talento retirarse del mun
do, volverse melancólico, hablar poco , dar á conocer
por su frialdad y su reserva el desprecio que los ma
los le inspiran, quejarse raras veces de la injusticia,
pero reconcentrar en si propio todas las sensaciones
penosas que ella le hace sufrir; si veis que su alma
arroja destellos resplandecientes como el relámpago
que brilla en medio de la noche, y se sepulta en se
guida en un largo silencio ; si notais que todo lo que
le rodea le parece árido, que todo le inspira aversion
y disgusto, ¡oh! creed que es una planta preciosa
que solo espera una mano hábil para desarrollarse.
Cuidadla. Que sea sagrada para vosotros. Cometeriais
un asesinato si la hollaseis.»
Semejante planta seria mi alegria. La calentaria
— 120 —
contra mi corazon, la cultivaria con amor, la oculta
rla á las miradas de los pedantes que se inflaman de
cólera á la vista de un joven, que demuestra mas ta
lento que el que ellos tienen. Con un soplo apartaria
tambien de mi hermosa planta el enjambre de pisa
verdes insipidosy enervados. Pero si no correspondia
semejante joven á lo que de él esperaba; si no se mos
traba bastante franco y flexible ; si no se amoldaba á
las maneras del mundo, lo dejaria á veces golpearse
furioso contra las rocas por cosas que no produci
rian la menor impresion en un hombre ya esperi-
mentado.
La soledad puede producir una obstinacion de ca
rácter desagradable que las relaciones del mundo
templan ; muchos que en su juventud son altivos y
desdeñosos , se corrigen de estos defectos en la edad
madura, conservando solo una noble confianza en si
mismos. Entonces lo amargo de su critica se dulcifi
ca, y no presenta mas que el contraste de lo que las
cosas son realmente, con lo que debian ser; su despre
cio á los malos les suele dar una elocuencia varonil,
y el fruto de la larga lucha que han sostenido es una
juiciosa esperiencia del mundo y una bondad que dá
origen á provechosos ejemplos.
Pero existe tambien una ciencia del corazon , á ve
ces muy olvidada, que debe tratarse de adquirir des
de la juventud, y que dá al alma cualidades preciosas;
esta ciencia es la filosofia, que forma los hombres, que
los atrae á si mas con la dulzura y el amor que con
vanos preceptos, que ilumina su concepcion con el
sentimiento, que los salva de muchos errores, que los
dirige por la senda de la virtud y los anima. Dion
habia sido educado en la bajeza de una corte servil;
sus costumbres eran muelles y afeminadas; era apa
sionado del lujo , de lo superfluo| y de los deleites
de todo género. Pero apenas penetraron en su alma
las lecciones de Platon , apenas hubo comprendido
tan benéfica filosofia , su alma quedó en ella infla
mada.
Lo que Platon hizo en beneficio de Dion, lo hacen
muchas madres por sus hijos , y las mas veces á sin
noticias de sus esposos. La filosofia que emana de los
labios Je una madre discreta, y que conoce el mundo,
se abre paso hasta el entendimiento con el ausilio del
corazon. ¿Quién no marcha con placer por un camino
penoso si se apoya en una mano querida, y qué ins
truccion puede ser comparada a las dulces lecciones
de una madre cuya inteligencia es elevada, cuya al
ma es sensible y cuya mirada es profunda? (1)
A una mujer semejante le deseo un hijo que'se com.
plazca en estar solo con ella , ó que, cogiendo un li
bro, suba á las mas empinadas montañas y se siente
al pié de una encina abandonando su inútil escopeta,
porque prefiere conversar con los grandes hombres da
Plutarco, á perseguir á los pájaros por entre los ar
bustos. ¡Que felicidad tan grande para ella si el si
lencio y la soledad de los bosques escita y eleva los
pensamientos de su hijo, (2) si este reconoce que ha
(i) Mi digno amigo Islen ha espresado este pensamien
to en términos mu. tiernos: «Creo incontestable, dice,
que si se conociera completamente la historia de aquellos
que se han distinguido por su dignidad de carácter y sus
virtudes, se veria que de rada diez , debian nueve estas
cualidades á su madre.- No so dá generalmente toda la
importancia debida á lo interesante que le es al hombre en
su juventud tener una conducta pura, y sin mancha. Na
esj(á tan arraigada como debiera la creencia de que la ma
yor parte de los que han gozado de tan inestimable ven
taja' son deudores de ello á su madre , y que la felicidad
y la perfeccion del genero humano se deben, en gran par
te, a la inteligencia y virtud de las mujeres »
(a) Mirum esl, dice Plinio el joven, ut animus agilatio-
ne motuque corporis excitetur. Jam undique silva el sol>
ludo, ipso que illud silentium, quod venationi datur , mag
na eogitationei incitamento, sunt.
— 122 —
habido y hay en el mundo hombres mas grandes que
el alcalde de su pueblo ó el señor de su aldea, y que
aquellos tenian otros placeres que el sentarse á una
mesa de juego, que gustaban de estar solos en sus ho
ras de reposo, que su juventud se desarrolló con el
estudio de las letras y de la filosofia, animando tam-
hien este mismo estudio su corazon en la edad ma
dura, y que, en medio de los mayores peligros, con
servaban las preciosas afecciones que destierran la
tristeza del retiro mas ignorado , y el fastidio del de
sierto mas salvaje!
Pero cuando un joven ilustrado se establece en un
punto, una multitud de cosas le fatigan y hacen des
graciado. Es, pues, útil el investigar de qué modo po
dremos libertarnos, por medio de la soledad, de las
reuniones insustanciales, cualquiera que sea el pais,
el pueblo y la situacion en que nos encontremos.
Las poblaciones cuyos peligros é inconvenientes
hicimos ver en uno de los capitulos anteriores, ofre
cen, no obstante, y bajo cierto punto de vista, una
ventaja efectiva y real sobre las grandes ciudades,;
que es preciso concederles ; esta ventaja es que se
tiene en ellas mas libertad para vivir aislado, y que
como se quiera, puede encontrarse mas descanso y
tranquilidad. Es indudable que, como ya digimos,
se nota en esta clase de poblaciones un gran vacio
y una gran esterilidad de alma ; los que viven en!
ellas no saben aprovechar sus horas de ocio como de
bieran ; desconocen el valor del tiempo, y no sacan
partido de su soledad. Causa tristeza al ver el té-
dio que consume á los hidalgos de los pueblos , que,
creyendo indigna de su nobleza la sociedad de los
plebeyos, prefieren ocultarse y sufrir su insipido ais
lamiento, á tratar con personas razonables , pero que
carecen de aristocráticos pergaminos; debian proceder
de un modo enteramente opuesto, y amar á los hom
— 123 —
bres para ser amados de ellos á su vez. Si un hom
bre del pueblo concibe un solo pensamiento notable,
debe tener en ello suficiente recomendacion para ser
buscado por el higalgo que carezca de todo género
de ideas y á quien abrume el fastidio. Los que no
saben cómo pasar el tiempo, no deben despreciar á
nadie. Los nobles y los plebeyos debian, al menos en
los pueblos, tenderse la mano y alejar de si esas locas
ideas de distincion de clases que dividen á los habi
tantes de las grandes ciudades.
Creo que el mejor método de vida que podian
adoptar las personas distinguidas que viven en las
poblaciones pequeñas seria el mostrarse afables y
afectuosos con todos, manifestar una benevolencia
general, y reservarse la libertad y el descanso nece
sarios para evitar que las fuerzas de su alma se en
torpezcan y estingan en donde por lo general están
poco escitadas.
Sabiendo aprovecharse del sosiego de los pueblos,
icuántas ventajas preciosas se obtendrian! En ningu
na parte es tan alegre la vida, en ninguna parte se
emplean mejor los hermosos dias de la juventud, en
ninguna parte, en fin, está el hombre menos espues
ta á caer en la tentacion de perder el tiempo, ni se
aprende mejor á conocer y evitar los escollos de la
soledad. Las poblaciones de que vamos tratando pue
den ser consideradas como un claustro en que se está
encerrado en un circulo muy reducido de personas,
en que las pasiones de los seres vulgares y de los mal
vados estallan con violencia , y en donde es preciso
crearse un refugio en el retiro ó en el seno de algu
nos sires escogidos. Estos pueblos se asemejan todos
entre si, difer nciándose solo en el modo con que es
tán gobernados ; no hay tirania mas grosera que la
de esas pequeñas repúblicas , en que no solamente se
erije un ciudadano en amo de sus compatriota», sino
— 124 —
•n que tambien la escasa inteligencia de este tiranoer'
lo es la medida del entendimiento du los demas, á
menos que no haya alguno bastante fuerte para opo
nerse á ello.
Las poblaciones de las repúblicas quieren bastarse
á si mismas , y no se curan de lo que pasa en el este-
rior. El magistrado que gobierna una de estas ciuda
des democráticas la mira como un mundo completo;
desus lábios emanan, como de una fuente inagota
ble, todas las decisiones de los negocios públicos; su
alma se ocupa solo en mantener su omnipotencia so
bre la opinion de sus conciudadanos, en cuanto á
anécdotas de familias, cuentos pueriles, precio de
los granos, cantidad de los impuestos, y, finalmente,
en cuanto á la siega y ála feria próximas. En su pue
blo es, después de Óios, el hombre mas grande del
ünivérso; sus palabras hacen palpitar apresuradamente
el corazon y empalidecer el semblante ; mas de un
honrado ciudadano comparece temblando ante seme
jante magestad, porque sabe los peligros á que pue
de esponerle la menor desavenencia con la autori
dad. La cólera de estos magistrados es mas terrible
que el rayo, porque el rayo pasa, pero su cólera jamás.
Si se habla de la constitucion inglesa delante de al
guno de estos personages ó de sus hijos, dicen que el
ayuntamiento de su pueblo está basado absolutamente
en los mismos principios. Las esposas de tan altos se
ñores ostentan ademanes soberbios; gobiernan, orde
nan, mandan; su favor ó su desgracia establece y es
parce el honor ó la vergüenza, el crédito ó la ruina. Si
algun pobre hombre se atreve á figurarse que los miem
bros del ayuntamiento han cometido cualquier error,
dice misteriosamente á sus amigos que los grandes de
la tierra se han engañado. La pasion dominante de los
habitantes de semejantes poblaciones es ordinaria
mente la de los pleitos; los abogados son genios á sus
— 125 —
ojos; en vano les habla la razon : solo creen lo juz
gado por los tribunales; no tienen en la menor esti
macion al que no tributa con el mas profundo respe
to á sus casas consistoriales , y no conciben mayor
honor en la tierra que el sentarse en los escaños del
ayuntamiento. No siempre están de acuerdo; veci-
riosy vecinas se hallan tan pronto unidos como en com
pleta disidencia. En teologia, particularmente, son
muy profundos; miran la hipocresia como un pilar
de la iglesia de Dios, y algunas máximas cristianas
murmuradas en la última hora bastan á su modo de
ver para borrar los escándalos de una vida mancha
da de todo linaje de malas acciones.
Si alguno se aleja de sus reuniones y se retira á su
morada para trabajar y pensar libremente, creen que se
muere de fastidio ; no pueden comprender que se estu
die sin ser sacerdote ó maestro de escuela, y no hay en
su lenguage términos bastante enérgicos para espresar
el desprecio que les inspira todo el que se atreve á
escribir algun libro. Ignoran que la sana razon y la
supersticion nunca van unidas ; carece á sus ojos de
religion el que tiene la audacia de reirse cuando les
oye decir que esperan una gran desgracia porque un
gallo negro se ha parado en el umbral de su puerta,
porque un cuervo se ha mecido sobre su tejado ó
porque un raton ha atravesado su aposento; no sa
ben que, no por dudar sencillamente que unas man
chas en Ja sábana anuncien la muerte de un pariente
cercano, ó porque no se cree en muchos cuentos po
pulares, trasmitidos de una en otra generacion, es el
que tal hace un espíritu fuerte. No saben que se pue
de ser útil al mundo aunque no se diserte en sus reu
niones, y que se puede gozar de alta estimacion en
tre los hombres verdaderamente importantes, aun
cuando se desagrade al gran personage de su pueblo;
ignoran que hay almas noblemente altivas que ja
- 126 -
mas se arrastran en el fango, y que solo ellos son ca
paces de prosternarse ante los magistrados de sü re
pública con la sumision servil de que se indemnizan
abrumando á sus conciudadanos con orgullosas exi
gencias; ignoran que un hombre recto y justo solo se
inclina delante de Dios, delante de la ley, del talen
to, del mérito, de la virtud , y que no puede menos
de reirse cuando un alcalde lo recibe altaneramente
y con el sombrero puesto ; ignoran tambien que la
maledicencia que tan cruelmente se ensaña en los
pueblos solo es una necesidad para las almas vacias
y apocadas que se consagran á espiar lo que pasa en
la morada agena, y forjan un asunto importante del
menor accidente que sucede en su mueblaje, en su
cocina , en su caballeriza ; ignoran , en fin , que no
causa el menor placer el oir sus interminables con
versaciones, el escudriñar la conducta de los demas
cuando se conocen las ventajas de la soledad , cuando
se estudia con ardor la ciencia, y cuando, desprecian
do los miserables tiros de la envidia, se sigue la em
prendida senda con energia y perseverancia.
En semejantes poblaciones nada secunda la ambi
cion del joven que desea sobresalir. Nuevos Abderi-
tanos, lo mirarán como un insensato porque no consi
dera como un honor supremo el cargo de concejal.
Se reiran de él porque en vez de querer agradar á
los grandes, prefiere proseguir su trabajo en el reti
fo. Es menester que viva como todos los demas, di
ran, que tome parte en las conversaciones que ocu
pan al pueblo, en todos los pleitos, en todos loscuen.
tos de aparecidos y hechiceros. Es menester que se
pa escuchar á los supremos gefes de la república cuan
do se sientan durante todo un dia á un interminable
banquete. Es menester que no venere , que no bus
que, que no aprecie otras inspiraciones que las de su
talento.
— 127 —
¿Qué importa que haya sido educado entre los
hombres mas ilustrados, que haya recibido las leccio
nes de los maestros mas hábiles, que esté en corres
pondencia con las personas mas instruidas? ¿Se com
prenden acaso estas ventajas en un pueblo en donde
las luces no han penetrado todavia? Cuando son ios
Abderitanos los que egercen un poder tiránico, los
que distribuyen favores y empleos, es preciso que el
pobre joven acepte piadosamente todo lo que dicen,
ó se resigne á ser tenido por un ser de muy cortos
alcances. No puede hablar de lo que vé ni de lo que
siente, y está condenado á escuchar continuamente lo
que no tiene ningun deseo de saber. No le es permi
tido permanecer indiferente á esa eterna murmura
cion; esta perdido para siempre si dá á entender con
su triste silencio que el tedio le consume. Entre tan
tos contrahechos, deben, él y sus amigos, avergonzar
se de no padecer la enfermedad general. Si asiste á,
una deliberacion que, por el asunto mas insignifican»
te, hace entrar al ayuntamiento en discusiones mas
interminables que las que los destinos de ¡Europa oca
sionan á las grandes potencias, debe mostrarse sério y
atento; y si es citado ante un tribunal que debe fallar
sobre una cuestion motivada por la construccion de
un mal tabique, es necesario que comparezca contanto
respeto como si asistiera al congreso de los dioses.
Cuando vé que la ignorancia grosera y la necedad
presuntuosa son mas estimadas que la razon; cuando
vé que el entendimiento mas tosco y limitado es el
que tiene mas autoridad ; que la filosofia es conside
rada como un contrasentido y la libertad como una
rebelion; que solo agradan los que lo aprueban todo.;
que solo se tolera una sumision ciega , y se buscan
únicamente las almas rastreras , si en el corazon de
este joven hay algun noble resorte, es preciso que
busque un asilo en la soledad.
— 128 —
Cuando el poeta Marcial volvió á Bilbilis (Calata-
yud),en España, que era su pais natal, todo le parecia
triste, desanimado, desierto. Acababa de pasar treinta
y cuatro años en Roma, en unasociedadilustrada y sá-
bia, y cuando se vió lejos de ella se sintió poseido de un
tedio mortal. No encontró entre sus conciudadanos ni
aficion á las ciencias, ni desarrollo intelectual; deseaba
incesantemente regresar á Roma, en donde habia go
zado general aplauso, en donde Plinio el joven ensal
zaba su talento y penetracion ', alababa la franqueza,
la delicadeza incisiva de sus escritos , y aseguraba á
sus obras eterna duracion. En Bilbilis, por el contra
rio, solo le atrajo su reputacion lo que debe esperar
se de un pueblo ignorante : envidia y desprecio.
En semejantes poblaciones gana , sin embargo, el
alma en la soledad lo que pierde en las relaciones sct-
ciales. Si es preciso parecer necio por cortesia y cie
go teniendo muy buena vista si debeis trasformar
continuamente vuestra fisonomia y disimular vues
tros sentimientos; si estais obligado á pasar horas en
teras en una mesa de juego; si la inteligencia y la
bondad de carácter deben inclinarse ante la ignoran
cia titulada; si es preciso que reprimais las mas feli
ces impresiones, las palabras mas espresivas, las mas
atrevidas verdades con tanto cuidado como si trata
rais de alejar de vos una sospecha de alta traicion; si
os persuadis de que toda la vida intelectual está su
mergida en ese frio mortal , como el fuego en el pe
dernal que no es herido por el acero, y de que po
deis pasar años enteros sin que se os presente ocasion
de hacer brillar á tiempo una sola chispa de vuestro
talento, ¡ahl ¡huid entonces de las reuniones pérfidas
de ese pueblo, buscad la libertad, ocultaos en vues
tra morada ó en el silencio de los bosquesl
Entonces el velo que cubria vuestro pensamiento
cm súbitamente ; el peso que os oprimia se aligera;
— 129 —
no teneis ja que luchar contra la desgracia; todo con
curre á dulcificarla. Lejos de murmurar de la provi
dencia, reflexionais con el alma tranquila y llena do
júbilo sobre los beneficios de la soledad ; entonces
aprende vuestro corazon á ser sufrido; toio os son
rie; los rayos de púrpura del sol que se entienden so
bre las montañas nevadas, los pájaros que se duer
men cantando, el grito del gallo, el rumor de los
campos. Entonces hasta aceptais las visitas importu
nas, os reconciliais con el pueblo con tal de que os
dege todos los dias algunas horas de soledad.
En las ciudades grandes, como en las pequeñas, el
alma se eleva solo por el amor á la libertad , y por ia
soledad en que reina la libertad del alma. En el gran
mundo hay aun mas motivo para buscar la libertad
que en los pueblos. En él los errores y las faltas son
mas contagiosos; los grandes pensamientos se estin
guen fácilmente en esas regiones en que la luz y la
verdad aterran, en que se temen las grandes almas y
se rechaza la virtud como un yugo importuno. La
energia de alma, los nobles esfuerzos de la inteligen
cia son muy pronto paralizados en ese mundo aris
tocrático, en que el noble no está satisfecho si no en las
sociedades sin mezcla , es decir , en aquellas á que rio
concurren mas que nobles de raza antigua é intacta.
Sin embargo, generalmente se cree que el gran
mundo es la única buena sociedad. Desgraciadamen
te no es asi, cualesquiera que sean los defectos de las
clases bajas. Si contais diez y seis cuarteles , vuestra
reputacion está ya asegurada, aunque por lo demas
seais un pobre hombre. Las cortes, las mesás de los
principes se os abrirán, y en todos los parages en que
no se atiende al mériio podeis estar seguro de que se
os concederá la preferencia sobre el realmente digno.
Pero lo que sois como hombre lo aprendereis en las
sociedades en que la inteligencia y las cualidades del
— 150 —
alma forman la verdadera nobleza. Examinad, por lo,
tanto, cuando esteis en una antecámara y no tengais
que ocuparos de ningun rival temible, examinad las
prerogativasque, segun vos, y desde el principio de los
siglos, os elevan tanto sobre el resto de los hombres, y
reconocereis que las genealogias sin mérito se aseme-
jan á los globos, que solo suben por su falta de peso.
En Alemania, como en otros paises , los titulos ge
nealógicos separan á los nobles de los ciudadanos mas
sábios y mas dignos, como el grano de la paja. El
primer puesto está consagrado á hombres que no
fundan su crédito , su rango y consistencia mas que
cr. los pergaminos, á veces poco respetables, desus,
antepasados, que no tratan de adquirir el menor mé
rito: el nacimiento es para ellos suficiente; la genera
lidad solo saben cual es la última moda, cuales son
las reglas de la etiqueta; poséen todos los recursos de
la voluptuosidad , y esperimentan todas las necesida
des de los sentidos, porque se figuran que están do
tados de órganos mas delicados y de nérvios mas sen
sibles que los demas hombres.
El fastidio penetra , sin embargo, en los salones en
que ningun plebeyo es admitido, en que solo entran,
nobles cuya genealogia está bien probada. Una señora,
alemana me esplicaba cierto dia la causa de este fas
tidio. «Las personas que componen nuestras reunio
nes, me decia, no tienen ni los mismos gustos, ni los
mismos sentimientos; es, sobre todo, muy poco comun
que las mujeres simpaticen entre si. El destino de los
grandes es, generalmente, poseer mucho, desear mas,
y no gozar nada ; se buscan en las sociedades sin
amarse, se ven sin agradarse y se pierden en la confu
sion sin echarse de menos.> —«¿Qué esentonces lo que
os reune?» le dije.—«El rango, respondió, la costum
bre , el tédio , la necesidad d« aturdirse inhsrente á
nuestra condicion.»
- 451 —
Pues que tambien nos ataca el fastidio en las reu
niones aristocráticas , examinemos si la soledad pue
de ser útil á las personas de la alta nobleza.
Los nobles pretenden que la soledad conduce á la
misantropia, ó, lo que es peor aun, que la misantro
pia conduce á la soledad. Pero yo creo que, reflexio
nando un poco , se reconocerá que generalmente no
tenemos tan felices disposiciones de alma cuando vol
vemos de una reunion como al salir de casa para ir
á ella. ¡ Cuántos parten para un sarao con la espe
ranza de pasar en él algunas boras de alegria, y solo
encuentran desengaños! ¡Cuántas cosas se dicen que
no se hacen! ¡Cuántas ideas se espresan que nadie
comprende! ¡Cuántas veces se escita la envidia con la
satisfaccion, y el mal humor con la serenidad! En ge
neral, las personas que componen estas sociedades es
tán animadas por intereses diferentes, y á veces con
trarios. Preguntad á esa joven ooqueta si encuentra
siempre en ellas lo que busca ; si no sufre una viva
contrariedad cuando un fatuo la abandona para ren
dir homenage á otra, y si esta no esperimenta el mis
mo pesar cuando lo vé dirigirse á otra tercera. Pre
guntad á esa vieja, que en otro tiempo fué tan co
queta, si no tiene un verdadero pesar siempre que se
prodigan elogios delante de ella á la juventud y á la
belleza. Un ingles que be conocido en Alemania de
cia con notable esactitud: «Hay mujeres que, temien
do siempre que no se les demuestre bastante respeto,
afectan un orgullo que apenas se toleraria en una em
peratriz. Su vanidad se eriza como las puntas de un
puerco-espin, mientras que á su lado una mujer ama
ble y bondadosa encanta á los que la rodean con su
graciosa sonrisa y con sus maneras dignas , pero mo
destas. »
El hombre de mundo mas hábil no puede ver sin
una repugnancia manifiesta tales criaturas. Si observa
— 1S2 —
cuántas personas que dan el tono en la sociedad con
funden el error con la verdad, las apaiiencias con la
realidad; cuántas veces esa llamada buena sociedad,
hasta por confesion de los observadores mas impar-
ciales, se contenta con conocimientos mucho menos
sólidos y con ideas mucho menos estensas de las que
deberia tener, segun los medios que están á su dispo
sicion y las ocasiones de instruirse que se le presen
tan; si observa cuánto teme la reflexion , la soledad,
el silencio, cómo se arroja en un torbellino de disipa
cion y cómo esquiva darse cuenta de su propio esta
do; si observa cuan poco egerce su inteligencia, cuán
gustosa se somete á la opinion, al juicio de los de-
mas, con tal de no tener que juzgar por si; cómo se
deja gobernar por necias preocupaciones de educa
cion, de nobleza, de etiqueta; cómo gira sin cesar en
el mismo circulo de concepciones falsas, oscuras, de
fectuosas, sofocando todo deseo formal de saber y re
chazando la instruccion; si el hombre de mundo es-
perimentado considera todas estas estravagaucias, no
podrá menos de esclamar con uno de los filósofos mas
distinguidos de Alemania: «La obligacion de frecuen
tar semejante buena sociedad puede llegar á conver
tirse, para el hombre que piensa , en un verdadero
tormento, y si no puede sustraerse á esta necesidad,
aprende por comparacion á estimar la solead en toda
su valia.»
Uno de los hombres mas ilustres de la antigüedad,
Plinio el joven, no encontraba satisfaccion alguna en
las diversiones públicas , en las fiestas y solemnida»
des; buscaba los nobles placeres en el trabajo de su
pensamiento. Un dia escribia á uno de sus amigos:
«Estos últimos dias he leido y trabajado en un com
pleto reposo. Me preguntarás cómo me ha sido posi
ble conseguirlo en medio de Roma. Era en la época
da las fiestas del circo, que no me causan la menor
— 13o —
impresion; no encuentro en ellas verdad ni novedad:
nada que merezca ser visto mas de una vez. No
comprendo cómo millares de hombres son bastante
niños para ir á ver siempre caballos que corren y es
clavos sentados en carros. Cuando considero que los
hombres se interesan tanto en escenas tan frivolas,
tan frias y tan repetidas, siento una gran alegria en
no participar de tal curiosidad, y en emplear con ab
negacion en el estudio de las ciencias el tiempo que
la multitud pierde en asistir á miserables espectá
culos.»
Pero , se me dirá , si un hombre de mundo se aleja
de los circulos de la sociedad, ¿no perderá en la sole
dad ese buen tono, esas cualidades que distinguen á
la jiobleza de la plebe?
Lo que llamamos buen tono nos viene de los fran
ceses; es el arte de espresarse con gracia y de dar á la
conversacion la forma mas agradable. El buen tono
agrada en todas partes y se encuentra en todos los
hombres de talento, cualquiera que sea su condición.
El noble y el plebeyo pueden tenerlo igualmente. Lá
soledad solo borra los habitos pasajeros, y da ciertas
facultades que un hombre de carácter firme gusta de
conservar, aunque sepa que desagradan en el mundo.
El solitario se presentará acaso en un salon con un
trage de color y forma antic nados; tal vez chocarán sus
modales al hombre de mundo que estudia gravemente
las reglas del buen parecer, las leyes de la etiqueta.
Pero si bajo este aspecto está atrasado con respecto á
su siglo, su continente desembarazado ', su rectitud su
cortesia natural lo harán agradable á las personas
sensatas cuando lo vean 'aparecer "en la corte; con f as
iento, con tacto y con las ideas que ha recogido^n
el curso de su vida. Cierto es que en la esfera del
gran mundo no se necesita gran número de udeas." A
menudo el cortesano mas'cumplido dá i conocer que
— 154 —
iene muy pocas, y que solo se cura de pequeneces.
El solitario obtendria poco éxito en las reuniones en
que se considera una alegria osada y ruidosa como el
indicio mas verdadero de una estelente cabeza y de
un hombre agradable. No se adquiere esta alegria en
la soledad 121 que mas hace reir a las personas del
mundo, no suele tener otro mérito que el de tratar con
desprecio todo lo que es verdadero , grande, hermo
so; no suele ser mas que un hablador imperturbable,
sin criterio, sin principios y sin elevacion.
En todas las consideraciones que he tratado de es
tablecer no he hecho todavia cuestion especial de las
ventajas inmediatas de la soledad para el entendimien
to. La mas poderosa, la mas incontestable de estas ven
tajas es la de habituarnos a reflexionar. La imaginacion
es mas viva y la memoria mas fiel cuando nada distrae
nuestros sentidos, cuando ningun objeto esterior nos
conturba. Lejos del ruido del mundo, en que mil imá
genes estrañas flotan á nuestros ojos y fascinan nuestro
espiritu, solo sebusca un bien en la soledad: apartarnos
de las cosas esteriores, que no son las que apetecemos,
las que amamos. Un escritor, cuyas obras quisiera es
tar leyendo siempre, Blair, autor de las lecturas sobre
la retórica y las bellas letras, dice en uno de sus li
bros: «La fuerza de atencion es la que suele distin
guir de la multitud al hombredotado de grandes cuali
dades. Los seres vulgares no reconocen ni fuerza ni
objeto en su marcha aventurera. Los objetos flotan sin
union en la superficie de su alma, semejantes á las ho
jas que el viento arrebata y dispersa por la superficie
de las aguas.»
El hombre se habitúa á reflexionar cuando aparta
sus pensamientos de las distracciones vanas, y cuan
do se encuentra en una situacion que no cambia á ca
da momento por el curso ordinario de las cosas. Para
ejercitarnos en reflexionar es necesario, es preciso re
— 155 —
tirarnos desde luego de la multitud tumultuosa, y
elevarnos sobre las exigencias sensuales. Entonces
recordamos fácilmente todo lo que hemos leido, viV
to, esperimentado. Cada mirada que dirigimos en el
silencio del retiro nos revela nuevas pensamientos, y
procura al alma placeres nias dulces. Se mira lo pa
sado, se contempla lo porvenir y se olvidan ambas
épocas con las fruiciones de la ventura presente; pe
ro para que la razon conserve en la soledad su fuer
za particular, es necesario que dediquemos nuestra'
actividad á una noble ocupacion.
Habrá personas á quienes acaso haria reir si les di-
gese que la soledad es una escuela en que se aprendo
á conocer á los hombres. No obstante, es cierto que
en las relaciones de la sociedad no hacemos mas que
recoger bases de pensamientos, sin ejercer en toda su
fuerza la libertad de pensar. Un el mundo no hace
mos en realidad mas que observar, y en la soledad es
donde podemos coordinar y utilizar nuestras obser
vaciones. Es menester conocer á los hombres, y para
conseguirlo es preciso estudiarlos. Sea que este estu
dio se prosiga en silencio , sea que queramos que sir
va para la instruccion de los demas, no lo creo tan
engañador, tan cruel , tan temible como á veces se
imagina. No creo que deprima, que ultrage la digni
dad del hombre, que le prive de una multitud de no-
Éles fruiciones, y que, en fin, le arrebate elegercicio
de sus facultades. No hay en este estudio tan calum
niado otra cosa que espiritu de. observacion.
¿Se me tachará de envidioso, de enemigo de los
hombres , porque estudio las enfermedades , poique
observo los indicios de debilidad mas secretos del co
razon humano, porque examino de cerca todo lo que:
hay de frágil y de imperfecto en la constitucion del
hombre, y porque me regocijo de haber iluminado lo
que por mi y por los demas estaba todavia en las ti
— 136 -
nieblas? De haber hecho este estudio , no se deduce
que yo deba deoiral primer advenedizo: Esta ó la otra
persona tiene tal enfermedad. Pero, ¿quién ha de im
pedirme que cuando pueda ser útil, diga lo que he
aprendido , haga conocer la enfermedad, con todas
sus co nplicaciones?
¿Quieres ahora establecer una linea de demarca
cion entre aquel á quien permitis observar vuestro
cuerpo, y aquel á quien prohibis observar vuestra al
ma? Aiaso digais que el médico estudia las enferme
dades del cuerpo para tratar de curarlas, y que no es
ese el objeto del que estudia el alma. ¿Qué sabeis vos
otros? Una alma delicada sufre tanto con el aspecto
de nuestras enfermedades morales , como con el dé
nuestras debilidades fisicas. ¿Porque, abandona la sen
da trillada? ¿Por que se oculta en la soledad sino te
me el contagio? Pero como hay muchas debilidades é
imperfecciones morales que no pasan por tales, es un
placer indisputable conocer estos defectos , designar
los con su verdadero rioriíbre , mostrarlos a las mira
das de todos cuando esta revelacion a nadie puede
perjudicar.
La soledad es, pues, una escuela en que se egercita
él espiritu de observacion, y nos ayuda a conocer
á los hombres, porque despues de haber reflexionado
tranquilamente sabemos mejor lo que debemos exa
minar en el mundo, y rumiamos en su seno nuestros
reparos y observaciones.
Bonnet cuenta, en un pasage interesante del prefa
cio de su tratado sobre el alma, que la soledad hizo
convertirse en provecho suyo la debilidad de su vista.
«La soledad, dice, nos conduce naturalmente á la me
ditacion. La soledad en que en algun modo he vivido
hasta ahora, las tristes circunstancias en que me en
cuentro desde hace algunos años me han hecho bus
car en mi alma un refugio y una distraccion necesa
— 137 —
rias. Mi cerebro ha sido para mi una morada apaci
ble, donde he disfrutado placeres que han disipado
como por encanto mi afliccion.»
Otro hombre no menos recomendable en un género
diferente, el poeta Pfeffel de Colmar, soportó con la
misma resignacion los dolores de una ceguera comple
ta causada por una enfermedad. Aunque su vida fué
menos solitaria, sabia encontrar muchos instantes de
libertad, que consagraba á la filosofia y á la huma
nidad. . .
En el Japon existia antiguamente una academia
de ciegos, que veia acaso mas claro que otras muchas
academias. Sus miembros se dedicaban á la historia
del pais, á la poesia y á la música; describian en cán
ticos elevados y armoniosos los mas bellos rasgos de
los anales japoneses. Al'recordará estos pobres ciegos
del Japon, se esperimenta un sentimiento de respeto.
Los ojos interiores de su alma eran tanto mas claros,
cuanto que su triste destino les privaba de la luz cor
poral. La luz, la vida, la felicidad nacian para ellos
del seno de las tinieblas por medio de la tranquila
reflexion y de ocupaciones saludables.
Si la soledad despierta nuestro pensamiento , este
es el primer móvil de todo lo que hacemos. Se ha di
cho que las acciones son los pensamientos realiza
dos. Asi, el que quiera estudiar imparcialmentela na
turaleza de los pensamientos que le son peculiares,
descubrirá de este modo el secreto de su verdadero
carácter; y el que tenga la costumbre de apartarse de
la sociedad, y conversar consigo mismo, sabrá á ve
ces verdades que no le dice el mundo.
Libertad y reposo: hé aqui lo que se necesita cuan
do se aspira á desplegar actividad en la soledad. De
jad á ese hombre solo; todas sus fuerzas se pondrán
en movimiento: dadle reposo, libertad, y producirá
incomparablemente mas que si se dejara arrastrar to
— 158 —
«los los dias con el alma fatigada en el seno de vues
tras reuniones. Sábios que jamás piensan, que no
pueden ya encontrar en si ninguna idea, que sola
mente conservan la memoria, se ponen á recapacitar,
y son dichosos. Pero para el espiritu es una satisfaccion
mucho mas elevada la de poder hacer en la soledad
algo que coopere al bien. El silencio y la oscuridad
calman una cabeza ardiente, concentran los pensa
mientos en un solo punto, y dan al alma un valor
que nada puede arredrar una; vez escitado. Ni legio
nes enteras de adversarios le inquietan; sabe que pue
de alcanzar su objeto cuando quiere, y lo único que
desea es que, tarde ó temprano, se haga justicia á to
dos. Indudablemente debe ver con dolor los errores
de este mundo, el vicio honrado por la multitud, la
preocupacion reinando todavia sobre la muchedum
bre, y decir á veces: esto debia ser asi, y no es; des
pues con un rasgo de pluma se abate al malvado, y
éon otro rasgo se humilla al ignorante preocupado.
En la soledad es donde sobre todo se descubre la
verdad á los grandes pensadores , á los hombres de
genio. Un escritor que hemos ya citado, Blair , ha di
cho que una ocupacion constante en las pequeneces
diarias de la vida es indicio^ de un alma vulgar y
Vana. Un alma mas grande y acendrada deja detras
de si el mundo, aspira á satisfacciones mas elevadas,
y las busca en la soledad. El patriota pide á esta un
asilo para formar en él proyectos de utilidad gene
ral; el hombre de talento para entregarse en él á sus
ocupaciones favoritas; el filósofo para continuar sus
descubrimientos; el santo para hacer nuevos progre
sos en la gracia.
Habiendo perdido Numa á su mujer antes de dar
leyes á Roma y de egercer el supremo poder, se re
tiró solo al campo. Pasaba sus dias en los parajes mas
desiertos, en los bosques, en los valles consagrados á
— 139 —
los dioses ; y la voz pública decia que no era la de
sesperacion ni la melancolía lo que le hacia huir de
los hombres; se decia que tenia en su soledad una so
ciedad noble y encantadora , que la ninfa Ejeria le
amaba, que era su esposa , y le colmaba de felicidad
ilustrando su entendimiento, dándole lecciones de al
ta sabiduria. Se habla tambien de druidas que desda
la cumbre de las rocas, en los bosques mas espe
sos, enseñaban á los nobles de su raza la sabiduria
y la elocuencia , la naturaleza de las cosas , el curso
de los astros , los misterios divinos y las leyes de la
eternidad. Si, como la historia de Numa, no es esta
tradicion de las druidas mas que una fábula, demues
tra, sin embargo, la noble idea que en todos tiempos
se ha tenido de la sabiduria adquirida en la calma
de la soledad.
Frecuentemente se despierta el genio del hombre
y se manifiesta en la soledad por su propia fuerza,
sin ningun ausilio estraño, sin ningun estimulo.
Flandes ha producido en medio de los horrores de
la guerra civil un gran número de pintores ilustres,
pero todos pobres. El Correggio fué siempre tan mal
retribuido por sus obras , que la alegria que esperi-
mentó al recibir en Parma una suma de diez doblo
nes le costó la vida El sentimiento de su valia re
compensaba á estos artistas : pintaban para lo fu
turo.
Las meditaciones profundas en parages solitarios
dan á veces á la inteligencia, á la imaginacion el mas
poderoso vuelo, y crean los mas grandes pensamien
tos. Alli hay para el alma una satisfaccion mas pura,
mas duradera , mas fecunda; alli vivir es pensar. A
cada momento se acerca el alma á lo infinito, palpi
ta de entusiasmo en ese libre goce de si misma , y »e
eleva cada vez mas con la reflexion de las grandes co
sas y con el apego á las resoluciones heroicas. En un
— 140 —
prfrage solitario, sobre una montaña de las cercaViiaí
de Pyrraont, fué decretado uno de los acontecimien
tos mas memorables de la historia moderna. El rey
de Prusia, que habia llegado alli para tomar las
águas, se ocultaba á veces de la sociedad, y se pasea
ba solo por aquella montaña, que hoy dia se llama
ftoenigsberg (montaña del rey). Alli fué donde el jo
ven monarca concibió, segun dicen, el proyecto de
su primera guerra de Silesia.
En la soledad se aprende mejor que en la vida
agitada del mundo á conocer el precio del tiempoj
que el ocioso jamás comprende sin cierta actividad.
El que trabaja con ardor á Un de que su vida sea
útil, no puede pensar sin espanto en la marcha de un
reló de segundos, imagen patente de nuestra existen
cia, de la rápida carrera del tiempo.
Un dia es un abismo para una vieja mundana que
pierde en el ocio las primeras horas del dia, hasta
que sabe por sus ruegos, por sus preguntas, deque
modo pasan el tiempo sus amigas. ¡Pero con que ra
pidez correrian sus instantes si pensase en los resul
tados que, cada minuto tiene en la eternidad!
No se pierde el tiempo en las relaciones sociales
si mantienen el alma y el corazon á cierta altura; si
ensanchan el circulo de nuestras ideás y disipan nues
tros cuidados; pero si llegan á ser la' única necesidad
del alma, si nos atraen con demasiada fuerza, se aca
ba por sacrificarles todo , y pasan entonces los años
rápidamente y sin fruto.
El tiempo parece siempre muy corto al que quiere
émplearlo útilmente segun su naturaleza , su voca
cion, sus deberes y sus facultades. Conozco un prin
cipe á quien sus criados arreglan y visten en algu
nos minutos. Los caballos que conducen su carruaje
no corren , si no vuelan. Su comida se termina ert
un momento. Se me dirá que asi es como general
— 141 —
mente obran los principes, porque quieren que tocU
se haga con prontitud; pero he visto á este principe,
que está dotado de una gran elevacion de alma, re
cibir por si mismo todas las súplicas, y sé queá to
das respondia. Sé que todos los dias revisaba por si
mismo los negocios del Estado con la mayor escrupu
losidad , y que todos consagraba muchas horas á la
lectura de las mejores obras italianas, francesas y ale
manas
El solitario sabe emplear el tiempo que el hombre
de mundo disipa inutilmente , y para el que sabe
usar de un bien tan pasagero, no hay goce compara
ble. La tarea diaria del hombre es grande. El que
quiere hacer algo bueno , debe ocuparse en ello sin
tregua, á fin de que el dia presente no sea arrancado
del libro de la vida como una página en blanco. De
tenemos el curso del tiempo por medio del trabajo;
prolongamos la duracion de la vida por medio de
pensamientos y acciones fecundas. Para el que no
puede vivir inutilmente, la vida es el pensamiento,
y la accion , y nunca es el pensamiento tan activo,
tan feliz como en las horas en que se oculta á las vi
sitas monótonas y sin objeto.
Seríamos mas avaros del tiempo si observáramos
cuántas horas preciosas perdemos á pesar nuestro.
Un gran escritor ingles ha dicho: «Si deducimos del
curso de nuestra existencia el tiempo absorvido por
las necesidades absolutas dela naturaleza, por obli
gaciones forzadas , el tiempo que empleamos ó que
sacrificamos á los demas, el que nos quitan las enfer
medades, la debilidad y el cansancio, reconoceremos
que la existencia de que podemos llamarnos real
mente dueños, y de que podemos disponer á nuestro
albedrio, es muy corta. Consumimos muchas horas
en vanas preocupaciones , en actos sin importancia
que se renuevan sin cesar. Todos los dias perdemos
— 142 —
una parte del tiempo que creiamos poder consagrar al
reposo y á la dicha, y la mitad de nuestra existencia
tolo sirve para anonadar los goces de la parte que
nos resta.»
Cuando mas tiempo se pierde es cuando nos que
jamos de no tener bastante. Todo lo que entonces ha
cemos es de mala gana. El yugo que estamos conde
nados á sufrir parece mas ligero cuando se soporta
con resignacion; pero cuando tenemos que obedecer
á las leyes de la etiqueta, cuando se nos impone la
obligacion de hacer numerosas visitas, es necesario,
que sepamos romper nuestras cadenas ; es necesario
que no temamos cerrar la puerta á los que nada tienen
que decirnos , que formemos todas las mañanas un
plan de trabajo, y nos demos cuenta severa todas las no
ches de lo hecho durante el dia; de este modo prolon
garemos la duracion de la existencia. Cuando alguno
anunciaba á Mellanchthon la intencion de ir á visi
tarle, se informaba no solamente de la hora, si no
tambien del minuto en que debia verificarlo, á fin de
no perder el dia en una vaga incertidumbre.
Cuando se está acostumbrado á contar los instan
tes, cuando se vive en la libertad del campo, no hay
temor de deplorar la pérdida del tiempo. En él no hay
visitas que hacer; no hay que responder á esas invi
taciones importunas que se renuevan sin cesar, ni á
esa afluencia de ociosos que van á veros sin más obje
to que el de veros; en él no hay que cumplir ese sin
número de obligaciones mundanas, que, todas juntas,
no valen lo que una sola virtud; en él, en fin, ningun
importuno os arrebata las horas que pensabais em
plear útilmente , y estais libre de los pedantes que
os abruman con su locuacidad sin notar la pena que
os causan, sin notar que ansiais que llegue el momen
to en que por fin os dejen solos, para encerraros con
vutstros libros en el retiro.
— 143 —
Pero se dice, con razon , que son pocas las horas
pasadas en la soledad notables por actos verdadera
mente útiles y duraderos ; que muchas se pierden en
sueños y quimeras, en reflexiones melancólicas , en
pasiones peligrosas ó en deseos desarreglados.
Porque un hombre se retire á la soledad, no siem
pre debe deducirse de esta determinacion que se ocu
pa en graves pensamientos, y que no se entrega á inú
tiles frivolidades. La soledad puede ser á veces mas
peligrosa que el torbellino del mundo. ¡Cuantas veces
nos sorprende una indisposicion en nuestras horas de
descanso, y nos incapacita de pensar y de obrar! Muy
triste es la existencia de un enfermo que no piensa en
Ja soledad mas que en sus males. El hombre de mun
do mas disipado no pierde tanto tiempo en las reu
niones mas bulliciosas, como el que, apartado de la,
sociedad, se entrega á la melancolia. El mal humor
no es menos temible ; opone grandes obstáculos á
nuestra felicidad interior. Podemos resistir á la me
lancolia como á un enemigo á quien tememos. El mal
humor nos sorprende de improviso, y nos vence an
tes de que hayamos pensado en los medios de disipar
lo. El mal humor es uno de los azotes de la vida; y
de estar sugeto a él, valdria mas no tener humor. (1)
(i) Garvo ha espresado con mucha 'esactitud lo que se
entiende por la palabra mal humor. «So designa por ella,
dice, ya aquella disposicion de alma de que resulta que un,
hombre vea los objetos bajo un aspecto singular, y esperi-
mente una impresion enteramente diferente de la que pro
ducen sobre los demas; ja la disposicion de alma que le
hace decir y hacer francamente todo lo que le parece bue
no , mientras que los demas se contienen por la opinion
pública ó por sus costumbres. Ciertos hombres encierran
sus pensamientos dentro de si, y no los espresan si no cuan
do pueden servir para el objeto que se proponen, ó cuan
do están conformes con las ideas de los que los rodean. El
hombre que tiene mal humor abre su alma sin reserva y
divulga todos sus pensamientos; por medio de él se pene-
-~ 144 —
Para libertarnos del mal humor, ó resistir al me
nos á sus accesos, debemos recordar que nos hace per
der, no tan solo los dias, sino tambien las semanas y
los meses. Si un solo pensamiento desagradable lle
ga á preocuparnos, nos roba á veces por largo tiempo
Ja facultad de ejercer nuestra accion fuera. del circu
lo acostumbrado. Debemos, pues, hacer cuantos es
fuerzos podamos para sustraernos todo lo posible á
tan peligrosa influencia. Cuanto mas trabajemos, me
nos espuestos estaremos á la tristeza. Escribiendo un
libro se disipa el mal humor. A veces se toma la plu
ma en un momento de pesar , y cuando se deja ha
vuelto el corazon á recuperar la serenidad perdida.
¡Cuánto tiempo se pierde tambien dando oidos á
consideraciones secundarias, á las cuestiones que una
idea origina, á las dificultades que puedenjencontrar-
»e! No es posible hacer nada grande si se atiende
siempre á puerilidades, si no se tiene bastante energia
de alma para emprender un proyecto y proseguirlo
alentado por las mismas dificultades y peligros que
presenta.
No valdría la pena el vivir si , como ha dicho un-
ingles, no se considerara con un noble desden que la
▼ida se compone de miserables azares, de episodios
tra tambien en la filosofia secreta |del corazon humano.
Cuando tal disposicion de alma se maniGesta en hombres
vulgares, y cuyos pensamientos son comunes é insipidos, es
insoportable. jEs preciso que estas personas se sometan á
las leyes de la politica y á los obstáculos de la costumbre
para librarse del odio y del desden, del mismo modo que un
cuerpo contrahecho necesita un vestido para ocultar su de
formidad. Pero cuando el mal humor existe en una cabeza
bien organizada, en un corazón generoso, que se deja lle
var de sus propias inspiraciones, hace la sociedad de este
hombre mas interesante é instructiva que si conservase la
máscara del bien parecer, y si para presentarse delante de
los demas reprimiese la «plosion de sus pensamiento*
j sensaciones.
— 145 —
sin interes, de deseos escitados por lo que nos rodeq,
de contrariedades que nacen, de designios que fraca
san, de picaduras de insectos que se escapan despues
de habernos herido , de locuras que nos aturden por
un instante y que se desvanecen en un punto, de pla
ceres que desaparecen como una sombra fugaz des
pues de habernos seducido , de cumplimientos que
deslumbran el alma como una música agradable, y
que en el momento son olvidados por el que los ha
ce y por el que los recibe.
Tendriamos tambien mas tiempo de que disponer
si no tuviéramos que perder forzosamente una gran
parte con pleno conocimiento. El que en su juventud
hubiere aprendido á emplear útilmente un solo cuar
to de hora , poseeria ya las disposiciones necesarias
para llegará ser un grande hombre de negocios; por
que para conseguirlo es preciso saber ocupar todos
los momentos. Pero sea por mal humor, sea por fal
ta de energia, antes de emprender un trabajo busca
mos nuestras comodidades, ponemos condiciones, cree
mos estar siempre á tiempo para obrar; nuestra pere
za quiere que se la acaricie antes de determinarse á
moverse.
Sea, pues, nuestro principal negocio el proponer
nos desde luego un objeto en la vida y aprender a'
vencer las circunstancias que puedan poner trabas á
nuestra voluntad. Prescribiéndonos un objeto deter
minado, resistimos al peligro de perder el tiempo y la
vida. Desde el monarca al jornalero debe tener todo
hombre su tarea diaria y cumplirla. Todos los pensa
mientos y todas las acciones deben dirigirse al objeto
que se quiere alcanzar. Fed rico el Grande, que in
fluyó tan poderosamente en su siglo, que fué un
modelo para todos los soberanos , se levantaba á las
cuatro en verano y á las cinco en invierno. Las car
tas que todos sus vasallos podian escribirle, las peti
— 146 —
ciones, las memorias que llegaban por la tarde ó por
la noche , se colocaban á su vista sobre su mesa. El
rey lo abria y examinaba todo; despues dividialos
papeles en tres clases. La primera se componia de Iqs
que debian ser contestados inmediatamente, con ar
reglo á instrucciones generales. En los de la segun
da escribia de su propio puño notas que se diri
gian al ministro, al gobernador , á los tribunales; y,
finalmente, los de la tercera eran arrqjadqs al fuegq.
Los secretarios del despachq se acercaban á él y reci
bian todo lo que debia espedirse en el momento; des-:
pues montaba á caballo, revistaba sus tropas y daba
audiencia á los estranjeros. En seguida se sentaba
á la mesa, y desplegaba durante la comida una vive?
za de ingenio constante, diciendo cosas cuya sabidu-?
ria y verdad se hubieran recq;iocidq en todqs tiem-
pqs. Despues de comer le presentaban sus secreta-:
riqs para que firmase; las cartas cuya minuta les habia,
entregado por la mañana, y con arreglq á la cual las.
habian redactado; á las cuatro ó las cinco, de la tarde
terminaba el trabajo del dia, y el rey descansaba le
yendo ó haciendo que le leyeran obras antiguas y
modernas. Un principe que empleaba asi el tiempo*
tenia derecho á exigir que ninguno de sus ministro*
ni de sus oficiales perdiese el suyo.
Hay hombres que solo quieren hacer cosas impor
tantes , y que esperando tiempo oportuno para ocu
parse en sus graves proyectos nada, hacen. Jamás al
canzan el grado de perfeccion á que aspiran, y qua
les hace despreciar lo que pasa en torno suyo. He
conocido en Suiza , y sobre todo en Berna , muchos
hombres de esta especie; hubieran podido ser escrito
res de primer orden, y no imprimian ni una sola li
nea, fuese por no tomarse el menor trabajo, fuese por
temor de aparecer menos grandes de lo que realmen
te eran.
Hay hombres que viven en la ociosidad solo par
que no saben arreglar el empleo del tiempo. Po
drian producir obras útiles y notables si aprovecha
sen todos los momentos disponibles del din, y si los
empleasen en conseguir su objeto, porque hiy un sin
número de grandes cosas que solo se hacen lentamen
te Pero si se les interrumpe sin cesar, si se complacen
en estas interrupciones, si esperan el placer del tra
bajo que solo se goza trabajando, si no tienen libres
las largas horas que desean, y que jamás se obtienen,
acaban por creer que no tienen tiempo para traba
jar , y no hacen otra cosa que pasearse desde que
amanece hasta que anochece.
Uno de los hombres mas apreciables de Suiza, mi
amigo Islin, escribió en medio del senado de Basilea
sus efemérides, que todos los grandes personages de
Alemania debieran leer, y que muchos han leido
ya. (1) Moser de Osnabruck, que se ha grangeado
como ciudadano y coma hombre de Estado la esti
macion y el afecto de los principes, de los ministros,
de la nobleza y de la plebe, se elevó , jugando, á una
altura á que pocos escritores alemanes han podido
llegar. (2)
Carpe diem , decia Horacio , y esta sentencia debe
ser aplicada á cada momento. Los hombres superfi
ciales, los bebedores y los poetas anacreónticos, dicen
que es preciso alejar de si todos los cuidados , estar
alegre y gozar de todos los instantes. Tienen razon;
(i) Islin era secretario del consejo. Cuando escribia
sus efemérides creian los consejeros de Basilea que anota
ba lo que ellos decian, del mismo modo que en otro tiempo
imaginaban los consejeros de Zurich que el inmortal Gess-
ner recogia en sus tablillas las palabras que pronuncia
ban, mientras que estaba haciendo sus caricaturas.
(a) Moser dictaba á su hija, cuando jugaba con ella,
esas hojas volantes que son sus verdaderos titulos al apre
cio de la posteridad.
— 148 —
pero no es en beber en lo que deben emplearse los
momentos, si no en proseguir una tarea que nos
conduzca á un objeto elevado. Se puede estar solo
aun enmedio del torbellino del mundo, hacer visitas
al medio dia , aparecer en las reuniones , y guardar
para si las mañanas y las tardes. Solo es necesario,
como ya hemos dicho, saber trazarse un plan deter-^
minado de conducta, y dedicarse con amor al traba
jo. Unicamente, el hombre ocupado, laborioso, puíde,
despues de haber pasado todo el dia desempeñando
sus deberes públicos ó sirviendo á sus semejantes,
sentarse sin cargo de conciencia durante la noche á
una mesa de juego donde no dice , ni oye decir , la
menor palabra interesante, y de donde no deduce
otra idea que la de haber perdido ó ganado.
Petrarca nos enseña la preciosa ventaja del tiempo,
y nos muestra el objeto que quiero dar á conocer por
medio de mis reflexiones. «Si queremos, dice, servir
a Dios, que es el mayor acto de libertad y el medio
mas grande de ventura; si queremos elevar nuestra
inteligencia con el estudio de las letras, que, despues
de la religion, es el placer mas dulce; si por nues
tros pensamientos y nuestros escritos queremos legar
á la posteridad una obra que nos inmortalice, que
detenga el rápido curso de los dias y prolongue la
duracion de una vida tan efimera, ¡ahl huyamos, os
lo ruego, y pasaremos en la soledad el corto tiempo
que hemos de existir en este mundo.»
No todos podemos realizar esta idéa; pero hay hom
bres que pueden disponer mas ó menos de su tiem
po, que pueden conservar las relaciones sociales ó
romperlas segun su voluntad. Para estos es para los
que continúo desarrollando las ventajas de la so
ledad.
La soledad nos dá un gusto mas delicado y pen:
samientos mas grandes; hace el alma mas activa y le
r
— 149 —
rirocüra satisfacciones de una naturaleza superior y
que nadie puede arrebatarnos.
El gusto se perfeiciona en la soledad escogiendo
nías escrupulosamente las bellezas que ocupan el al
ma. En la soledad depende de nosotros no ver maá
que lo que nos agrada, no leer ni pensar mas que
lo que coopera á perfeccionarnos , y nos ofrere ma
yor variedad de objetos. Alli nos libertamos de esas
falsas ideas que se aceptan con tanta facilidad en el
mundo, y en las que es necesario referirse al senti
miento de los demas mas bien que á las propias im
presiones. No hay cosa mas insoportable que repetir
sin cesar: «Esto es lo que debe sentirse.» ¿Por qué
no se aprecian los propios pensamientos? ¿ Por qué
no se hace por si mismo la eleccion, en vez de some
terse á decisiones arbitrarias? ¿Qué me importa la
Opinion que formen un fatuo y una aturdida de un
libro que me es agradable? ¿Qué me pueden enseñar
esas criticas frias y miserables en las que no distingo
ningun sentimiento de lo que es verdaderamente her
moso y verdaderamente grande? ¿Cómo pretendeis
que me incline ante ese tribunal ciego, que juzga
del valor de una obra segun los hábitos de conven
cion, y bajo un punto de vista falso? ¿Qué idea pue
do formarme de esa multitud de seres serviles que
solo repiten vuestro parecer; que solo atienden á los
clamores generales? ¿Qué pueden vuestras opiniones,
puesto que encontrais escelenteel peor libro solo por
que algun necio acreditado lo ha alabado, y puesto
que, creyéndolo sobre su palabra, podeis del mismo
modo considerar un buen libro como una obra sin
Valor?
Si no os alejais de tales criticos, no podeis recono
cerla verdad, porque antes de verla estais ya engaña
dos. Pero el que tiene el buen gusto que distingue Id
que hay en una obra digno de alabanza ó de vitupe"
— 150 —
rio; que se deja conmover y entusiasmar por cualida
des reales; que rechaza lo que la razon condena, se
aparta voluntariamente de la confusion, y solo, ó en
un circulo de amigos muy limitado, goza de los teso
ros de la antigüedad y de las edades modernas.
Entonces esperimentamos un sentimiento agradable
de nuestra existencia, porque vemos cuántas faculta
des hay en nosotros para trabajar en nuestra perfec
cion y en nuestra dicha. Entonces nos regocijamos
de poseer estas facultades y de saber emplearlas; de
poder intentarlo todo para instruirnos, para gozar,
para proporcionar tambien estas ventajas á nuestro1»
amigos y a las almas que, aunque lejanas, simpatizan
con las nuestras, que no conocemos pero que se inte
resan acaso en las verdades que espresamos. gui I
La soledad nos da ideas /*conocimientos rña5^jm-
plios ; dá tambien mas actividad al alma escitando
nuestra curiosidad , afirmando nuestra aplicacion y
perseverancia. Un hombre que conocia bien estas ven
tajas ha dicho: «Las fuerzas del alma se ejercitan y
acrecientan en la soledad. Las tinieblas que á veces en
vuelven nuestro caminose disipan, y entramos con
mas calma y serenidad en las relaciones sociales.
Nuestro horizonte se ensanche con la reflexion. Apren
demos á entrever mayor número de cosas y á Unir
las entre si. Volvemos al mundo en que estamos lla
mados á vivir con una vista mas esacta , un criterio
mas recto y principios mas firmes aun en medio de
las distracciones; podemos conservar entonces una
atencion mas sostenida , y juzgar con mas precision
por la costumbre que henios adquirido en el retiro.»
La curiosidad del hombre inteligente se satisface al
punto en las relaciones ordinarias de la vida. La sole
dad, por el contrario, la aumenta cada dia. El enten
dimiento humano no distingue desde luego el objeto
que busca. Sus ensayos se unen á observaciones, sus
- \Hl -
experiencias á resultados, y una verdad engendra u\i
nuevo manantial de estudios y de verdades. Los pri
meros que observaron el curso de las estrellas estaban
muy lejos de prever la influencia que llegarian á
ejercer sus descubrimientos sobre las empresas y el
destino del hombre. Gustaban de contemplar las lu
ces del cielo duranie la noche , y notando que los
cuerpos celestes cambian de lugar, trataron de cono
cer movimientos, los que admiraban , y consiguieron
determinar la marcha regular de los astros. Asi es co
mo ss desarrollan con una noble actividad las facul
tades del alma. El espiritu observador ensancha mas
y nías su horizonte á medida que reflexiona sobre las
relaciones, los efectos y los resultados de una verdad
reconocida. . .
Si la razon domina el vuelo de la imaginacion, se
marcha con paso menos rápido, pero mas seguro. Los
hombres que se entregan á la fogosidad de su imagi
nacion construyen mundos ligeros y flotantes como glo
bos de espuma de jabon. El que raciocina todo lo dis
cute, y solo conserva lo que debe conservarse. Locke
h'a dicho que el gran secreto de progresar en la cien
cia consiste en emprender pocas cosas á. la vez. Asi
no se revelan de pronto á las miradas del joven sin
esperiencia los caminos que no ha recorrido , cuando
6n su vuelo impetuoso' cree elevarse sobre su siglo, y
habla y escribe segun los caprichos de su imagi
nacion.
Observando atentamente se sale de las oscuras re
vueltas de un laberinto, con perseverancia se sube á
las cumbres mas escarpadas, con resolucion se supe
ran los obstáculos; pero no se debe llevar por la ma
ñana al mercado lo que se ha recogido la vispera. En
la soledad deben emplearse los ideas estudiando los"
filósofos de todos los tiempos, se debe elevar el alma'
sobre las preocupaciones mezquinas, no doblegarse
— 152 —
servilmente ante la opinion general, seguir el caminó
que nos hemos trazado, y que miramos como mejor,
sin dejarse atemorizar por vanas fórmulas y sistemas
de convencion. Pero si se aspira á elevarse á mayor
altura, es preciso saber preparar en la soledad lo que
debe fructificar en el mundo.
El ilustre escritor ingles Johnson ha dicho muy
juiciosamente: «Las obras del arte que contemplamos
con admira .ion y que escitan nuestro entusiasmo, son
pruebas palpables del poder irresistible de la perse
verancia. Ella hace de una cantera de piedra una pi
rámide, une por medio de canales las provincias mas
distantes. Si se compara el mezquino efecto que se
puede producir con una azada y una pala, con las
construcciones inmensas que se proyectan , ños sor
prenderá la desproporcion que existe entre esos vul
gares instrumentos, y los trabajos colosales que se
quieren ejecutar. Sin embargo, con tales medios, pues
tos en práctica con paciencia , se consigue vencer las
mayores dificultades, allanar las montañas, estrechar
los limites del Occéano; tambien es de la mas alta im
portancia aplicar todo el entendimiento, todo' el va
lor á las resoluciones ya tomadas, si se quiere dejar
á un lado la rutina , si se quiere adquirir una glo
ria mus duradera que la de aquellos cuyo nombre
brilla por la mañana, para sumergirse á la tarde en
el olvido con los inmerecidos elogios que se le prodi
gaban. Es preciso aprender el arte de minar lo que
no se puede romper, y de vencer una resistencia obs
tinada por medio de esfuerzos aun mas obstinados. »
La actividad anima un desierto , hace un mundo
de una celda y asegura un nombre imperecedero al
hombre reflexivo y al artista laborioso. El alma goza
de una satisfaccion verdadera en el ejercicio de sus
facultades; todo lo que de lejos llama su atencion, le
regocija, y cuantos mas obstáculos encuentra, mas ití
— 155 —
clinado se siente á redoblar sus esfuerzos. Cuando se
reconvenia á Apeles porque' producia tan pocos cua
dros y se ocupaba continuamente en corregir todas
sus obras, respondia: «Pinto para la posteridad.*
Preguntad á ese hombre que tiene tanta dignidad
de carácter, que os hace reconocer vuestras faltas con
tanta dulzura como circunspeccion, que os indica de
tan buena voluntad el mejor camino, que gusta de las
costumbres sociales y las pinta con tan bellos colores;
preguntadle si el circulo de actividad que se encuen
tra en la soledad no aleja de nosotros el atractivo de
las disipaciones frivolas , de las relaciones en que el
corazon permanece frio é impasible; preguntadle si la
dicha de conocer en la soledad lo que somos y lo que
podemos ser, no es preferible al placer de merecer de
un alto personage un signo de cabeza protector, y
os responderá: «Si el sentimiento de vos mismo se
desarrolla. en las horas solemnes de la soledad; si el
prestigio de todo lo que no puede seduciros mas que
un instante se disipa á vuestros ojos; si vuestro en
tendimiento se sumerge en las profundidades de la
naturaleza, ¿qué facultades, qué fuerza, qué medios de
perfeccion y de felicidad no descubrirá en si mismo?
Comprenderá entonces que su, estado actual no es el
mas perfecto, ni el objeto final de su existencia; que
en el torbellino mundano no puede elevarse á la al
tura. á que debe aspirar; que está dotado de una fuer
za activa y espansiva que tiende sin cesar á romper
las trabas con que se intenta contenerle , y que en
otras relaciones con el mundo material é intelectual
esta fuerza interior producirá efectos enteramente di
ferentes, y le dará otra felicidad. »
Petrarca ha dicho: «No quiero que la soledad sea
ociosa, ni que el sosiego que se encuentre en ella sea
inútil. Es preciso, por el contrario, tratar de aprove
char esta soledad, no solo para si, sino tambien para
los demas. Un hombre desocupado , negligente y se
parado del mundo cae necesariamente en una lasti
mosa tristeza. Ni puede hacer bien , ni entregarse á
nobles estudios , ni sostener la mirada' de un grande
hombre. »
Pero es fácil procurarse las fruiciones del alma.
Los grandes solo tienen un derecho esclusivo sobre
los placeres que compran á precio de oro, y que bus
can únicamente para disipar el tedio que Ies abruma
ó para embotar sus sentidos. Pero no se apoderan de
los que el alma se crea á si misma , que son fruto de
su propia accion, de sus pensamientos , de sus inves
tigaciones ; que se refieren mas á las cosas invisible»
que á las terrenales, y que nacen del conocimiento,-
de la contemplacion ¡ de la verdad , del sentimiento
intimo de nuestro progreso moral y de nuestra per
feccion.
Un predicador suizo ha dicho en un pulpito de'
Alemania: «Los placeres del alma, los placeres que'
todos los hombres pueden gozar, cualquiera que sea
su condicion, nacen unos de otros. El que mas hemos
gustado , lejos de perder lo mas minimo de su valor,-
lejos de saciarnos, nos presenta., por el contrario, siem
pre nuevos encantos, ofreciéndosenos bajo nuevas for
mas. El manantial de estos placeres es inagotable co
mo el imperio de la verdad; inmenso como el mundo?
infinito como la perfeccion divina; y asi es que los pla
ceres intelectuales no se borran como los materiales.
No se desvanecen como la claridad del dia, no se disi
pan con los objetos esteriores, no descienden á la
tumba con nuestros despojos mortales. Los poseemos
todo el tiempo que existimos, nos acompañan en las-
vicisitudes de la vida de este mundo , y nos siguen á
la vida futura. Nos indemnizan de la privacion de
los vinculos de la sociedad, en la oscuridad de la no*
che y en las nubes de nuestro destino. »
— 135 —
Los varones mas eminentes han conservado siempre
la inclinacion á los placeres del alma : en el tumulto
del mundo, en las carreras mas brillantes , en medio
del torrente de los negocios , en el seno de todas las
distracciones permanecian fieles á las musas y al es
tudio de las obras del genio; no creian que por pode
rosos y grandes señores que fuesen, estuviesen esentos
de leer y de instruirse; no se avergonzaban de desem
peñar la tarea.de escritores. Comiendo cierto dia enCo-
rinto Filipo de Macedonia con Dionisio el joven, em
bromaba á este principe sobre que su padre habia
compuesto odas y tragedias siendo rey. « ¿Cuando en
contraba tu padre tiempo para escribir esas obras?» le
decia.—«Lo encontraba, replicó Dionisio, en las horas
que tu y yo empleamos en beber y divertirnos. »
Alejandro gustaba de la lectura en la época en que
llenaba el mundo de sangre y de carniceria, en que
marchaba de victoria en victoria, llevando tras si una
comitiva de reyes cautivos , hollando ciudades hu
meantes, provincias desoladas, tronos destruidos; se
fastidiaba en medio de su grandeza, y pedia libros pa
ra disipar su tédio. Escribia á Harpalo que le envia
se las obras de Filinto, las tragedias de Eurípides, de
Sófocles, de Esquilo, y los ditirambos de Thales.
En el egército de Pompeyo, Bruto , el vengador de
la libertad romana, empleaba en la lectura todo el
tiempo de que sus funciones le permitian disponer.
Leia y escribia sin cesar cuando el egército no esta
ba en marcha , y leia y escribia tambien , la vispera
de la célebre batalla de Farsalia, que decidió del im
perio del mundo. Era en los ardores abrasadores del
verano; el egército acampaba en medio de una llanu
ra pantanosa ; los esclavos que conducian la tienda
de Bruto llegaron tarde; abrumado de fatiga, se ba
ñó esperándoles, y al medio dia se hizo frotar con
«ceite. Despules de haber hecho una ligera comida, y
— 156 —
mientras que lo» Jemas dormian ó se curaban de los
próximos acontecimientos, él, sin tienda, espuesto á
los rayos del sol , trabajo hasta la noche en redactar
un estrado de la historia de Polibio.
Ciceron , que saboreaba con placer los goces del
trabajo, ha dicho en su oracion por Archias: «¿Por
que he de avergonzarme de los placeres del estudio,
yo, que los he gustado durante tantos años sin que
jamás hayan entibiado mi celo, ni me hayan impedi
do servir a mis conciudadanos? ¿Quién puede mote
jarme porque consagro al estudio el tiempo que los
demas emplean en asuntos vulgares, en juegos, en
fiestas ó en muelles deleites?!
Plinio el anciano estabá animado del mismo ardor,
y empleaba en el trabajo todos los momentos de su
vida. Mientras comia hacia que le leyesen ; cuando
viajaba, llevaba siempre consigo algun libro y unas
tablillas en las que anotaba todo lo que encontraba
digno de memoria en las obras que leia. Gracias á tan
onstante aplicacion, doblaba el curso de su vida , y
no creia vivir cuando dormia.
Plinio el joven leia siempre, en la caza, en la me
sa, en paseo y en todos los momentos de ocio que le
dejaban los negocios. Se habia hecho, es cierto, una
ley de preferir los deberes positivos á las ocupaciones
agradables, y aspiraba sin cesar al reposo y á la sole
dad. «¿No podré romper, esclamaba, ios lazos que me
sugetan? No; jamás. Cada dia añade nuevas preocu
paciones á las antiguas. Apenas termina un negocio,
se presenta otro nuevo ; la cadena de mi trabajo se
prolonga sin cesar, y se hace cada dia sias pesada.»
Petrarca era acometido de hipocondria cuando de
jaba de leer ó de escribir, ó cuando no se traspor
taba en los sueños de su imaginacion á valles solita
rios, junto á un manantial cristalino , sobre la pen
diente de las rocas y de las montañas. En el curso de
— 157 —
sus frecuentes viajes escribia |en todos los puntos en
que se detenia. Uno de sus amigos, el obispo de Ca-
vaillon, temiendo que el ardor con que el poeta tra
bajaba en Valclusa acabase de arruinar su salud, ya
muy decaida, le pidió un dia la llave de su bibliote
ca. Petrarca la entregó sin saber para qué la queria
su amigo. El buen obispo encerró en aquella libros
y escritorios, y le dijo: «Te prohibo trabajar durante
diez dias.« Petrarca prometió obedecer, no sin repug
nancia. El primer dia le pareció interminable, el se
gundo tuvo un dolor de cabeza continuo , el tercero
esperimentó sintomas de fiebre. El obispo, alarmado
de su estado, le volvió la llave, y el poeta recobró al
punto sus fuerzas.
El padre de Pitt era en su juventud porta-estandarte
de un regimiento de dragones, que estaba de guarni
cion en un pueblo de Inglaterra. Hacia el servicio
con la mayor exactitud; pero asi que habia cumpli
do con su obligacion, se retiraba á su casa, y leia con
tinuamente los autores mas célebres de Grecia y Ro
ma. Vivia con mucha frugalidad para vencer una go
ta hereditaria que le habia atacado desde muy joven.
Acaso fué esta disposicion enfermiza la que le inspiró
inclinacion á la soledad, y en ella fué donde echó los
fundamentos de la alta posicion á que se elevó andan
do el tiempo.
Algunos dirán que ya no se encuentran hombres de
este temple; pero esto no tan solo no debe decirse,
sino que tampoco debe pensarse. Lo que es verdadera
mente grande y bello, subsiste siempre. ¿El padre de
Pitt no era de un temple romano? Su célebre hijo, que
en su juventud tronaba ya en el parlamento ingles co
mo otro Demóstenes, y subyugaba los corazones co
mo Ferieles; su hijo, que, á los veinte y cinco años,
investido con el titulo de primer ministro de Ingla
terra, egercia tan prodigiosa influencia, ¿podia obrar
— 158 —
de otro modo que su padre, cualquiera que fuese la
situacion en que se encontrára? Lo que los hombres
han sido una vez pueden serlo en todas épocas. El
que vive en un tiempo en que los acontecimientos
mas grandiosos se suceden sin cesar y sorprenden al
mundo, no debe dudar de sus fuerzas cuando se tie
ne derecho á esperar de él acciones brillantes. Ni en.
Grecia ni en Roma ha habido hombres tan eminentes
como los de que podemos gloriarnos. Los medios de
obrar subsisten siempre que se quiere ; la sabiduria y
la virtud pueden ponerse en práctica en los circulos
de la corte como en la oscuridad de la vida privada,
en el palacio de los reyes como en la choza del pas
tor. En ninguna parte es mas respetable una soledad
inteligente que en un palacio. En él se distinguen con
claridad las cualidades del alma y sus defectos , la
sombra y la luz; en él se pesan en silencio los mas
grandes intereses ; en él se puede vivir tranquilo y
satisfecho sabiendo manejarse y rodeándose de hom
bres de talento. En todas partes penetra la clari
dad; pocos lugares hay ya realmente atrasados ; pero
es imposible reconstituirlo todo á la vez , y si alguno
se halla en posicion de hacer brillar en una córte la
antorcha de la filosofia, obrará acaso con prudencia
no dejando entrever al principio mas que algunos
destellos.
La accion de la soledad nos complace sobre todos
los acontecimientos pasajeros de este mundo. Si lai
riquezas, la voluptuosidad, las grandezas no han po
dido satisfacer vuestros deseos , aun hallareis en un
retiro campestre, con un libro en la mano, los pla
ceres que en vano habeis buscado lejos de él.
El que se aleja del ¡tumulto de la multitud para
trabajar en adquirirse el afecto y el reconocimiento
de los hombres; el que se levanta con la aurora para
vivir con los que fueron, no se adorna desde la ma
— 459 —
ñaua. Sus caballos descansan en la cuadra, y su puer
ta está cerrada a los ociosos ; pero como estudia en la
humanidad, no pierde de vista el mundo , á pesar de
que sus ventanas están veladas por cortinas, y que no
vé estenderse á su vista el horizonte. Medita sobre to
do lo que ha visto y aprendido. Cada observacion
que ha hecho en el mundo confirma para él una ver
dad, ó combate una preocupacion; todo lo vé entonce*
despojado de su falso brillo y en su austera desnudez.
¡Qué dicha tan grande es encontrarse en una situa
cion en que se puede evitar la mentira!
Los placeres de la soledad se concilian con todos
los deberes públicos, porque son el mas noble eger-
cicio de las facultades que cooperan al bien general.
¿Será acaso un crimen amar, honrar la verdad y pro
clamarla? ¿Será un crimen atreverse á publicaren
voz alta lo que un hombre vulgar piensa temblando,
y preferir una generosa libertad á una cobarde servi
dumbre? ¿No son los escritores los que difunden la
verdad entre el pueblo y hieren con sus rayos los
ojos de los grandes? ¿Los buenos escritores no inspi-
piran el valor de pensar; y la libertad del pensamien
to no es el móvil principal de los progresos de la ra
zon? Hé aqui por que arrojamos con tanto placer en
la soledad las cadenas que hemos llevado en el mun
do; porque el pensador solitario puede espresar li
bremente lo que apenas osaria confesar en la socie
dad. La cobardia no penetra en la soledad; en ella,
mas que en ningun otro parage, nos acostumbramos á
mirar frente á frente la insolencia de los poderosos,
y arrancar la máscara con que la necedad encubre su
despotismo. "T
La soledad, no debemos dejar de repetirlo, nos da
satisfacciones de la naturaleza mas elevada , que no
nos abandonan á menos que el alma no] habite en un
cuerpo completamente debilitado. Estas satisfaccio
— 160 —
nes nos llenan de regocijo en todas las circunstancias
de la vida, y nos consuelan en'la desgracia. Son, co
mo ha dicho Ciceron, el alimento de la juventud, la
alegria de la ancianidad, el alivio de nuestras penas,
el refugio en la adversidad. Nos rgcrean en nuestra
morada, nos distraen fuera de ella, abrevian la dura
cion de las noches y [nos acompañan en los viajes.
«Las bellas letras, decia Plinio el joven, son mi amor
y mi consuelo. Nada conozco mas dulce , y no hay
pesar que no calmen. En los cuidados que me causa
una indisposicion de mi mujer , la enfermedad de al
guno de mis amigos, la muerte de uno de mis sier
vos, solo encuentro socorro en el estudio. Compren
do toda la estension de la desgracia que me hiere;
pero el estudio me ayuda á soportarla. »
La soledad nos hace conservar el amor á las bellas
letras, la aficion á la filosofia y á todo lo que ocupa
agradablemente el alma. Es imposible que el buen
gusto subsista largo tiempo en el pensamiento de esos
entes importantes que suelen hablar con tanto des
den. La costumbre de pensar, de esforzarse en hacer
continuamente nuevas observaciones y de adquirir
nuevas ideas, es un tesoro inapreciable para el que se
cree enriquecido con cada observacion que hace, y
que cultiva todas sus ideas. Cuando Demetrio con
quistó y entregó al pillaje la ciudad de Megara, hizo
llamar al filósofo Stilpon , y le preguntó si en aquel
saqueo habia perdido algo. «No, respondió Stilpon;
porque todo lo que poseo está en mi cabeza.»
La soledad es la fuente de donde emana lo que or
dinariamente se oculta en las relaciones del mundo.
Alli cuando se puede escribir se alivia el corazon.
No siempre que estamos en el retiro escribimos; pe
ro es necesario estar en el retiro para escribir. El pla
cer de comunicar sus sentimientos y sus pensamien
tos á un circulo mas estenso que aquel en que se vi
— 161 —
ve., es el mayor de los placeres para el hombre que
por efecto de las circunstancias en que se encuentra,
no puede decir en voz alta lo que piensa.
Todos pueden escribir en su habitacion ; pero el
que quiere escribir un libro de filosofia ó un poema,
necesita plena libertad. Es menester dejarlo solo; es
menester que pueda seguir el curso de su inspiracion,
establecerse donde le parezca mejor , al aire libre ó
en su gabinete, á la sombra de los árboles ó en su si
llon. Para escribir con fruto es menester que nos im
pulse a' ello alguna necesidad moral, y cierto ardor, y
que no nos veamos forzados a hacerlo; si nos interrum
pen á cada momento, es preciso resignarse , y esperar
otra época mas favorable. No se escribe bien si no nos
vemos obligados á ello por una impulsion interior, sino
espiamos los momentos preciosos en que la cabeza está
despejada y el corazon animado ; es preciso entonces
que el pensamiento sea mas vivo, y que tengamos una
firme resolucion de arrostrar todos los obstáculos. El
alma abraza en este momento con fuerza todos los ob
jetos, las ideas se aclaran, y las espresiones se pre
sentan por si mismas. Entonces no se dice: «¿Debo
escribir, ó no?» Es preciso escribir, aun cuando se
pierda el cariño de los amigos, el favor de los gran
des, el reposo doméstico y los bienes de fortuna.
Petrarca obedecia á este impulso cuando abandonó
á Aviñon, la ciudad mas corrompida de su tiempo;
cuando se alejó del Papa, que lo honraba con su pro
teccion; de los principes y de los cardenales, para re
tirarse á la soledad de Valclusa , á la que no llevó
consigo mas que un criado, y en la que solo poseia una
casa humilde y un jardin. Seducido por la belleza de
este retiro, hizo trasportar á él todos sus libros, vi
vió alli muchos años , y alli fué donde sus obras se
acabaron , se 'empezaron ó fueron proyectadas. ^Pe
trarca ha escrito en Valclusa mas que en ningun otro
— 162 —
parage, y alli trabajaba sin cesar en revisar, en cor
regir sus escritos , sin poderse decidir á publicarlos,
Virgilio se lamentaba de sus vergonzosos ocios de
Nápoles. En esos ocios compuso sus Geórgicas, la
obra que puede considerarse mas perfecta de todas
las suyas, y que revela mas que ninguna otra que Vir-:
gilio escribia para la inmortalidad.
Todo grande escritor arroja una mirada entusiasta
á lo porvenir, y cree en la duracion de sus obras. El
escritor secundario no eleva tan alto su ambición;
se contenta con un éxito menos duradero, y á veces
obtiene lo que pide. Unos y otros, sin embargo, de
ben alejarse de la multitud , buscar los retiros silen
ciosos y recogerse dentro de si. Todo lo que hacen,
todo lo que adquieren, es efecto de la soledad. Es ne-.
cesario que el amor á ella esté fuertemente arraigado
en su corazon si quieren producir alguna obra que
pase á la posteridad, ó que obtenga la estimacion de.
los hombres juiciosos de su tiempo. Toda la accion
que un sentimiento profundo puede egercer sobre un
escritor es debida á la soledad. Alli recoge, examina
todo lo que en el mundo ha hecho alguna impresion
en su alma, aguza sus flechas contra las opiniones en
vejecidas y los errores generales. Los defectos del
hombre animan al moralista , y el deseo de corregir
los le dá un noble ardor. La esperanza de vivir de,
edad en edad es el deseo mas grande que un escritor
de primer orden puede abrigar. Ninguno debe dejar
se llevar de esta ambiciosa confianza, sino esta dotado
de un verdadero genio , del genio que crea las obra,s
maestras. Aquellos á quienes el cielo ha dotado de
este poder intelectual, pueden decirse: «Nos sentimos
animados por el dulce y consolador pensamiento de
que se hablará de nosotros cuando ya no existamos
en la tierra. El rumor de aprobacion que nuestro*
eontemporán«os han hecho oir en derredor nuestro,
— 163 —
nos deja presagiar lo que dirán algun dia de nosotros
los hombres para cuya instrucción y ventura nos he
mos sacrificado; esos hombres que estimábamos y que
amábamos antes de que hubieran nacido. Hemos es-
perimentado esa emulacion que arrebata á la muerte
la parte mas sublime del hombre , que arranca á la
nada los cortos momentos de la existencia de que po
demos gloriarnos. »
A la escasa luz de una lámpara nocturna cómo en
el esplendor del trono, sobre las olas del Océano co
mo en loscamposde batalla, el amor á la gloria con
duce al hombre á acciones cuyo recuerdo no puede
anonadar la muerte. El medio dia de la vida es en
tonces tan bello como la aurora. Las alabanzas que
reciben las almas fuertes y elevadas, dice Plutarco,
aumentan su ardor. La fama que adquieren los con
duce con un poder estraordinario á todo lo que es be-
Jlo y grande. La recompensa que obtienen no les satis:
face; las acciones que han llevado a cabo no han si
do para ellos mas que una prenda de lo que pueden
esperar; se avergonzarian de no permanecer fieles á
su gloria; de no darle nuevo esplendor con mas altos
hechos.
El que desprecia profundamente los elogios falsos,
el éxito vano y los cumplimientos enfadosos, debe
leer con entusiasmo el siguiente pasaje de Ciceron:
«¿Por qué se quiere disimular lo que no es posible
ocultar? ¿Por que no nos preciamos de eonfesar fran
camente que todos aspiramos á la gloria, y que las al
mas mas nobles esperimentan con mas fuerza este Je-
seo? Los filosofos que escriben sobre el desprecio de
la gloria ponen su nombre al frente de su libro, y
prueban asi que al enseñar que se debe dar poca im
portancia á la fama, desean tambien que se les nom
bre y alabe. La virtud no pide otra recompensa por
las fatigas y peligros á que está espuesta. ¿Qué lequt
— 164 —
daria en esta vida tan rápida y tan miserable si se le
privase de este galardon ? Si el alma no tuviese el
presentimiento de lo porvenir , si no estendiese sus
pensamientos mas allá de los estrechos limites de esta
existencia, no se consagraria á los trabajos mas peno
sos, no se fatigaria coa tantas vigilias y cuidados, no
desafiaria los mayores peligros Pero los hombres mas
dignos están continuamente agitados por el deseo de
crearse celebridad, y de prolongar su memoria mas
allá de los limites de esta vida. Los que servimos al
Estado y que todos los dias nos esponemos por él á
tantos peligros, ¿querriamos condenarnos á no tener
un solo instante de reposo si creyéramos perderlo to
do al exhalar el último suspiro? Muchos grandes hom
bres han querido dejar á la posteridad sus facciones
grabadas en mármol y en bronce; ¿no es mas impor
tante dejarle el sello de nuestra alma y de nuestro co
razon? En cuanto á mi, todo lo que he hecho ha sido
con la idea de sembrar para lo futuro y de llenar
el universo de la memoria de mi nombre. Aunque es
ta gloria no exista despues de mi muerte, no importa;
hoy al menos gozo con tan lisongera esperanza.»
Hé aqui los pensamientos que debieran inculcarse
á los hijos de los grandes. ¡Ah! Si se pudiera desper
tar en ellos tan noble ardor é inspirarles paciencia y
amor al trabajo, se les veria alejarse de los placeres
corruptores de la juventud; lanzarse con entusiasmo
en una noble carrera. ¡Cuántas acciones loables no ha
rian, y qué ilustracion no podrian adquirir! Para ele
var la inteligencia de los grandes, es necesario enseñar
les á despreciar todo lo que es indigno de ellos, todo lo
que enerva el cuerpo y el alma. Es necesario sustraer
los á las seducciones de esos viles aduladores que so
lo les muestran el placer de los sentidos , que tratan
de adquirir alguna influencia sobre ellos atrayéndo
los al vicio, rebajando á s us ojos las grandes cosas y
— 165 —
.haciéndoles sospechoso todo lo que es hueno. El de
seo de ilustrarse por acciones memorables, de aumen
tar su crédito por la dignidad interior y la grandeza
de alma, procura ventajas que ni el nacimiento ni el
rango proporcionan, y que ni en un trono se pueden
adquirir sin practicar la virtud, sin tener la vista
constantemente fija en lo futuro.
Nadie derrama tantos gérmenes preciosos sobre lo
porvenir como el escritor inteligente que no terne he
rir la vanidad de sus conciudadanos trazando una
pintura enérgica de sus preocupaciones y de sus erro
res. No escribe solo para ellos, si no para sus hijos y
sus nietos, cuya razon va á ilustrar. Guando el hom
bre de mérito á quien persigue el odio durante su vi
da baja á la tumba, su saber, su ejemplo, su justa
reputacion dan el fruto debido. ¡OhLavater! La falan
ge de necios que osaron atacarte será olvidada, y tu
serás amado y honrado. El recuerdo de tus debilida
des se borrará, y solo quedará la memoria de lo que
te eleva sobre los demas hombres. Entonces, segun lo
ha predicho el autor de los Garactéres de los poetas y
de los prosistas alemanes , la riqueza de tu estilo, la
energia, la concision, el atrevimiento de tus descrip
ciones, el talento con que has representado las cos
tumbres y las flaquezas humanas harán admirar á la
posteridad tu obra, que fué una de las producciones
originales de nuestro siglo , y entonces nadie sabrá
que Lavater, que ha creado una lengua tan espresiva,
y que ha revelado tantas verdades ignoradas, creia
en las truhanerías de Gassner. Tal es el éxito de los
grandes escritores. La esperanza entusiasta de Cice
ron se ha realizado, y Lavater, á pesar de todas las
injurias de que ha sido objeto en Suiza y en Alema
nia, ha obtenido por su Fisiognomonia la celebridad
que presentia. Pero si el orador romano solo hubiera
r solo taumaturgo , poco queda
— 166 —
Ha de ellos en los anales de los tiempos, que ahogan;
las cosas vulgares y no guardan para la posteridad
si no lo que es digno de ella.
Cuanto mas elevado está un buen escritor sobre el
comun de los hombres, tanto mas sobrepuja el poder
de su pensamiento al de los pensamientos de la mul
titud. Cierto es que los ignorantes gobiernan en mu
chos lugares la opinion, que suelen ser consultados
para saber lo que se debe admitir o rechazar ; pero'
los grandes pensamientos son inmortales, y la critica'
de un necio desaparece con el dia que la vió nacer.
Cuando se ven formular juicios sin gusto, sátiras
que no están apoyadas en ninguna obra , se podria
decir á los mentidos talentos que en su esterilidad
no se burlan sino de las mas graves producciones:
¿Por qué quereis esplicar y comentar lo que escribo,
cuando los pasages mas notables de mis obras se
deslizan por vuestra alma sin conmoverla? ¿Quién
sois? ¿Por qué os erigis en archiveros de la necedad y
en jueces del buen gusto? ¿Dónde están vuestros es
critos? ¿En qué para'ge se ha oido pronunciar vues
tro nombre? ¿Qué hombres distinguidos contais en
tre vuestros amigos? ¿En qué comarca se sabe que
existis? ¿Por qué predicais sin cesar vuestro nihü ad
mirara ¿Por qué intentáis marchitar todo lo que es
grande y noble, á no ser que lo hagais porque no po
seis esas cualidades, porque conoceis vuestra miseria
y pequenez? Solicitais torcidamente los sufragios de
un vulgo crédulo' é ignorante, porque nadie os estima;
afectais despreciar la gloria, porque sois incapaces de
producir nada duradero. Pero tranquilizaos; el nom
bre que intentais cubrir de ridiculo brillará radiante,
y el vuestro será olvidado.
Es licito' conservar su deseo de fama entre esos seres
vulgares; pero debemos apelar de ellos á los hombres
de recto' é imparcial critérioi á los hombre» escogidos;
— 167 —
a quienes deseamos conmover, á aquellos cuyo corazon
se abre siempre al escritor cuando ven con cuánta con
fianza aspira á desahogar el suyo. Para conquistar sus
sufragios nos retiramos a la soledad. Despues de los que
se divierten en escribir sus nombres en las paredes y
los vidrids, nadie me parece menos digno de fama que
el que solo escribe para el pueblo en que habita. El que
busca la gloria entre los hombres con quienes vive,
es un loco que siembra el grano en las rocas. Se le
concederán algunas buenas cualidades, pero jamás se
le perdonará su grandeza y su libertad.
Por fortuna un escritor de corazon puede confiar
en que los hombres justos y sensatos que viven lejos
de él, siguen otras reglas que sus conciudadanos para
apreciar un buen libro. Aquellos preguntarán si el
libro puede obrar sobre el alma, si tiene alguna ten
dencia moral y provechosa, si está marcado con el se
llo de la sinceridad, si puede dar mas elevacion al
alma, hacer brotar sentimientos nobles é inspirar re
soluciones generosas. Si es asi, el libro tendrá sus
sufragios, y harán justicia al autor.
En las relaciones ordinarias de la vida, todos apa
recen bajo una forma prestada , engañan á los de-
mas , prodigan elogios para recibirlos , se inclinan
respetuosamente delante del que mas desprecian , y
dan á algun personage inepto los titulos mas solem
nes. Pero el que sabe apartarse de esos circulos enga
ñosos, no pide falsos cumplimientos, ni los dirige á
quien no los merece. Todas las vanas protestas que se
reciben en el mundo no son nada comparadas con la
felicidad que se esperimenta al lado de un amigo que
nos inspira un noble valor, nos sostiene contra la in
justicia, nos conduce al camina del honor y marcha
por él con nosotros.
¿Qué son las alegres frases de los salones compara
das con la paz doméstica , con la felicidad que nos
— 168 —
proporciona una mujer bella y amable, que reanima
las fuerzas desfallecidas de nuestra alma; que, secun
dando nuestro ardor y nuestra energia , nos ayuda y
anima á superar todos los obstáculos y á proseguir
nuestros proyectos ; que inflama nuestra imaginacion
por su naturaleza ideal; que examina con perspicaz
sabiduria nuestros pensamientos y nuestras acciones;
que, reconociendo nuestras faltas, nos da con dulzura
avisos graves y nos ilumina con sus consejos; que,
desahogando su corazon en el nuestro, nos anima cada
vez mas de un deseo virtuoso, y que acaba, en fin, de
formar nuestro carácter por la dulzura de su amor,
por la armonia arrebatadora de sus sentimientos con
los nuestros?
Bajo semejante influenciado que hay bueno en nos
otros se eonserva , y lo malo se borra. Nuestros con
ciudadanos nos ven tales como debiamos ser en pú
blico y no tales como somos en la soledad. En el
mundo, nos proponemos mostrar solo el lado bueno
de nuestro carácter y disimular el defectuoso. Asi
conseguimos agradar, y si nada hemos escrito , toda
nuestra ciudad natal podrá decir el dia de nuestra
muerte: « ¡Ahí ¡Era un hombre honrado!» Uño de mis
mejores amigos me decia en cierta ocasion: « La ma
teria constituye el principal mérito del hombre, y pa
ra vivir en paz se debe cuidar de no dejar sin la otra
parte de si mismo.»
Pero nuestros contemporáneos nos juzgan mas im-
parcialmente que nuestros conciudadanos , y nuestras
flaquezas nos siguen á la tumba; se anonadan con el
cuerpo que las originaba. Solo subsiste nuestro pen
samiento si ha producido alguna obra honrosa. Nues
tros escritos son los bienes que dejamos al morir.
Entonces cesa la envidia de ultrajar nuestro nom
bre; nuestros adversarios enmudecen, y busca la ma
ledicencia otro alimento. Entonces los hombres que
— 169 —
nos amaban y que temian manifestar su afecto toman
acaso la palabra; quizá se nos perdona haber querido
elevarnos sobre los que hacen todo lo posible para
caer al morir en eterno olvido, y que consiguen com
pletamente su objeto. Quizá se nos perdona haber es
tado animados del deseo de dejar algo que no perez
ca al mismo tiempo que nosotros, ó que pueda consi
derarse como una apelacion que hacemos del juicio
de nuestros conciudadanos al del mundo.
No es solo la sed de gloria lo que anima al escritor
en la soledad ; esperimenta tambien otro placer ; un
placer inapreciable que nadie puede arrebatarle: el
que nace del trabajo mismo. Cuando se escribe con
una aplicacion sostenida, ¡que satisfaccion se encuen
tra en el entusiasmo con que se trabaja! Basta á veces
para disipar nuestros pesares, para hacernos olvidar
nuestros dolores. ¡ Ah! ¡No daria una sola de estas ocu
paciones apacibles por todos los sueños de gloria que
enagenaban á Ciceron! La tranquilidad que nos propor
cionan en una larga serie de sufrimientos causa al alma
las mas dulces , las mas nobles emociones. El placer
que se esperimenta al hacer todavia algo, cuando nos
creiamos ya fuera de estado de producir nada, es des
conocido para el hombre que goza de buena salud
porque tiene confianza en si mismo. Pero para un es
critor enfermo , una dificultad vencida, un periodo
elegante, una espresion feliz, una esposicion clara y
hábil, son un bálsamo saludable, un antidoto dela
melancolia y una de las grandes ventajas de la sole
dad, y la satisfaccion que se recibe es preferible á to
das las ideas de gloria y de reputacion. ¿Quién no re
nunciaria voluntariamente, en cambio de tal satisfac
cion, á las utopias contra que eleva nuestra razon tan
poderosas objeciones?
Bastarse á si mismo sin tener necesidad de recurrir
ál apoyo de los demas: consagrar á un trabajo que
12
— Ho —
puede no ser enteramente inútil las horas, los dias
Xue hubiéramos perdido en la tristeza ó en el tedio:
aqui uno de los mas preciosos resultados de la vo
cacion del escritor, y este resultado me basta.
¿Quién no se entusiasma en su retiro al considerar
todo lo que puede hacer en una noche mientras que
tas hileras de carruajes circulan por las calles y ha
cen temblar los vidrios de las ventanas?
Por lo demas, que cada uno sueñe si le agrada con
la esperanza de lo porvenir y con la inmortalidad
ideal. Estos sueños de la imaginacion son una de las
ventajas del retiro; no pretendo contestar su utilidad,
porque tanto los buenos como los malos escritores en
cuentran en ellos su dicha, y esos sueños, esas espe
ranzas se dirigen al mismo objeto; nos dan á conocer
la fuerza por medio de la cual nosengrandecemos en la
soledad, y la facilidad con que nos sustraemos al fal
so brillo del mundo.
Las singularidades de algunos escritores suelen tam
bién ser una de las ventajas de la soledad. En el apar
tamiento de las relaciones sociales se hacen menos
consecuentes y menos flexibles; pero el que conserva
estas cualidades, odia el presentarse de otro modo que
como realmente es, y deseando desquitarse, toma la
pluma, aunque sea solo para aliviar su corazon. (1)

(i) Esta necesidad se hace notar sobre lodo en Italia,


donde fuera de los conventos pasan muchas personas su
vida en un retiro filosófico , y manifiestan su opinion so
bre todo lo que llama su atencion en el mundo Ja emarn
dice en sus Carlas sobre la Italia: «Hay muchas i, mi lia*
nobles en Florencia que no han abandonado su reti
ro desde la estincion de la casa de Médicis. Estos hom
bres solitarios se consagran en silencio al culto de las musas,
y adquieren por sus lecturas y sus reflexiones tan gran
des conocimientos, que es una verdadera felicidad para un
principe el descubrir uno de esos talentos laboriosos , y
atraerlo á su servicio. De estas costumbres retiradas pro-
— 171 -
Este escritor yerra, dirán; semejante manera de es
cribir no puede contribuir al agrado ni á la instruccion
del lector. No obstante, tiene tambien su mérito. La li
teratura gana asi en libertad; se aleja de las formas,
de las opiniones rastreras y serviles, y se adapta á
las necesidades de la época.
En un tratado sobre el estilo publicado en Weimar,
se espresan muchas ideas que voy á tomarme la li
bertad de contradecir. En él se quieren reglas de esti
lo generales, y yo reclamo la libertad de estilo en li
bros escritos por hombres de naturaleza tan diferen
tes. En él se quiere que nos dediquemos a seguir cier
tos modelos, y yo creo que cada uno puede ser para
si su mejor modelo. En él se quiere que se imiten
ciertas formas de lenguage, y'yo quisiera que el escri
tor se retratase cuanto fuera posible en sus pensa
mientos y en sus espresiones. En él se quiere- que el
escritor no aparezca en su obra , y yo creo que le es
tan permitido disecar abiertamente su alma y hacer
sobre si mismo observaciones útiles á los demas, co
mo legar su cuerpo á un profesor de anatomia. En
él se quiere que nadie se separe de los senderos ordi
narios, que se avance con grave y mesurado paso, y
yo no me cuido de aprender de otro el modo de que
debo marchar. En él se dice que si cada uno cami
na á su manera, no hay unidad, y yo respondo que
no hago gran caso de esa unidad, que es efecto de la
rutina. En él se pretende que en la actualidad es en
los escritores una enfermedad contagiosa el mostrar

viene la inclinacion á la sátira que se observa con tanta


frecuencia en Italia. Hombres descontentos de sus seme
jantes, y ocupados en meditar en silencio y se sienten incli
nados, por su humor hipocondriaco , á criticar las accio
nes de los demas. Hé aqui porque las sátiras de los italia
nos son tan amargas.»
— 172 —
cuál es la disposicion de su alma en el momento1 en
que escriben, y yo declaro que no puedo ocultar lo
que por mi pasa cuando hablo con mi lector. En él
parece desearse que cuando se escribe un libro no
se obre como si se estuviese solo , y yo no suelo te
ner otro motivo al escribir que poder decir una pala
bra completamente solo.
En general contiene este tratado reflexiones muy
justas y muy esactas, y no tengo mas objeciones que
hacerle que las que acabo de espresar; porque aun
que las digresiones, los estravios, las fantasias de nues
tros falsos talentos me desagradan tanto como al au
tor de dicha obra, me parece tambien que esa manera
de escribir que solose adquiere en la soledad nos ha
dado ya mas libertad de la que teniamos , y que esta
libertad, empleada con buen gusto y con mesura, ha
rá circular entre el publico numerosas y útiles ver
dades.
Hay todavia muchas ciudades en que las luces no
han penetrado tanto como seria de desear, y en que
se marcha timidamente y paso á paso segun los an
tiguos errores; todos miran y escuchan á sus vecinos, y
nadie osa salir de la senda ordinaria. Los que con-
cuerdan con las ideas de las naciones estrangeras, se
ven obligados a guardarlas para si, y á seguir á la
multitud. Pero si nuestros escritores se acostumbrasen
en la soledad á comparecer atrevidamente ante el pú
blico; si quisieran aprender á conocer la vida, las cos
tumbres, las opiniones de los hombres en todas las
condiciones; si osaran llamar las cosas por sus verda
deros nombres y hablar en sus escritos de todo lo que
tiene derecho a ocuparse un hombre razonable, en
tonces se difundiria la instruccion entre el pueblo, y
se acostumbraria á pensar por si mismo, sin consul
tar ninguna vana opinion. Pero para conseguir esto
es preciso que los escritores, y principalmente los es
critores alemanes, conozcan otro mundo que el de su
universidad, de su pueblo natal ó de la casa que ha
bitan; es preciso que hayan vivido y estado en rela
ciones con hombres de diferentes paises y de diver
sas condiciones; es preciso que no se espanten de la
sociedad de los grandes y que no huyan de la de las
clases inferiores , y es preciso tambien que se alejen
con frecuencia de estas relaciones, y que sepan vivir
en el retiro.
Muchos proyectos útilea se malograrian sin duda
si para darles cima fuera necesario recurrir á los sa
bios y á los escritores. Pero, sin embargo, esbueno que
un escritor desembarace el camino, y qut no se des
anime si se interpretan mal sus intenciones, y se lle
ga hasta rebelarse contra él.
Los pensamientos grandes y profundos están gene
ralmente desterrados del lenguage ordinario de la con
versacion. Lo que se admite con mejor voluntad en
«1 mundo, es decir, en el mundo que vemos en der
redor nuestro , son las espresiones mas timidas y los
sentimientos mas reservados. Pero si en un salon no
se tolera la ruda franqueza del escritor , debemos
creer que el lenguage adulador del mundo es:ará en
un libro fuera de su centro. Es preciso que proclame,
mos la verdad, que nos acostumbremos á reconocerla
en la sociedad, á callarla cuando haya necesidad de
ello, y que formemos nuestros modales en el mundo,
y nuestro carácter en la soledad.
La voluntad se afirma en la soledad , nos hacemos
en ella mas exigentes para son nosotros mismos porque
encontramos mas holgura, mas libertad, y porque esto
mismo nos hace adquirir mas poder. Pero es preciso,
y lo repetimos otra vez, que el descanso de que enton
ces gozamos no degenere en ociosidad, y embote poco
á poco nuestras mas cuerdas resoluciones. Es preciso,
por el contrario, que la fruicion de una]plena y ente
— 174 —
ra libertad anime á la vez nuestra alma y nuestra
imaginacion.
Uno de mis amigos solia decirme que nunca espe-
rimentaba tan vivamente la necesidad de escribir co
mo los dias de revista , en que miles de personas pa
saban bajo sus ventanas para asistir á las maniobras
de los regimientos. Ha publicado obras cientificas
muy buenas; pero lo mas perfecto que se le debe lo
ha hecho precisamente en esos dias de gran espectá
culo popular. Yo mismo recuerdo que, en mi juven
tud , nunca me sentia tan dispuesto á ocuparme en
ideas graves como en las mañanas de los dias festivos,
cuando mis conciudadanos circulaban por las calles
muy compuestos y vestidos de domingo, y oia á lo le
jos resonar una campana de aldea.
Las frecuentes interrupciones paralizan los buenos
efectos de la soledad. No encontrándose tranquilo, es
imposible recoger sus pensamientos. Hé aqui por que
los cargos públicos nos quitan mas inteligencia de la
que nos dan; todo hombre está obligado á ser, en el
empleo que ocupa, lo que se quiere que sea, mientras
que en la soledad conserva su verdadera naturaleza.
De esto proviene que tantos hombres entregados á los
estudios de la ciencia sufran graves reconvencio
nes en punto á los deberes que se les imponen. Se
dice de ellos que solo sirven para escribir libros; se
alaban sus obras y se ataca sin compasion su capaci-
dan administrativa.
En la soledad se combaten enérgicimente la preo
cupacion y el error. Cuanto mas de cerca se observan
las cosas, mas se afirman las convicciones, y se siente
con mas fuerza todo lo que se examina. Cuando el al
ma entra enteramente en si misma, llega á ser mas fá
cil obrar poderosamente sobre los objetos que la ro
dean. Si despues de haberse concentrado en sus pro
pias reflexiones consigue un hombre de juicio recto
— 175 —
y corazon generoso alcanzar la verdad que ha busca
do sinceramente, no se inquieta ya por los que quie
ren afectar con respecto a él un injusto desden , escu
cha sin temor los sarcasmos hijos de groseras preven
ciones, y permanece tranquilo en medio del tumulto
que escita en la multitud ignorante el que se atreve á
abrir la mano para dar salida á una verdad.
La soledad disminuye el número de nuestras pa
siones; de cien preocupaciones mezquinas forma una
grande. He tratado de demostrar la perniciosa in
fluencia que ejerce sobre nuestras inclinaciones; pe
ro, ¡alabado sea Dios! produce tambien sobre estas
mismas inclinaciones efectos saludables. Si siembra en
algunas cabezas una funesta turbacion , hay otras á
las que da una direccion acertada. Si; en la soledad
se aprende a sentir y reconocer realmente las pasiones.
Ellos se «levan contra nosotros como olas impetuosas,
y tratan de sumergirnos ; pero la razon las domina y
apacigua. Si nos vemos obligados á sostener una lu
cha dificil, la virtud, la resignacion, nos dan fuerzas
gigantescas. Entonces se desgajan los arboles, se redu
cen á polvo las rocas ; con virtud y resolucion todo es
posible desde el momento en que se sabe que una pa
sion solo puede ser vencida por otra pasion.
La nobleza de alma que se adquiere en esta obser
vacion de si mismo se enorgullece de su propia digni
dad, y aleja de si todo contacto impuro y toda relacion
indigna. ¿Qué le importa que se proclame en derredor
suyo que la voluptuosidad es una de las primeras ne
cesidades de la naturaleza humana, y que un hombre
como debe ser no puede dispensarse de mantener cor
tesanas y entregarse á todos los placeres de los senti
dos? Vé que el desenfreno sofoca en los hombres el
sentimiento de la virtud, que enerva su valor, que
los entrega á la pereza y á la indolencia cuando mas
necesitarían obrar con energia y perseverancia.
— 176 —
El que quiera distinguirse en el mundo debe temer
la ociosidad. Si no agota sus fuerzas en la crapula, si
para repararlas no recurre á una nueva intemperan-
za, no tendrá necesidad de emplear el dia en pasear
se. Todos los hombres tienen que aprender, sin es-
cepcion, alguna cosa nueva en cada uno de los dias
de su vida. Nadie es verdaderamente grande, cual
quiera que sea su rango, sino por su grandeza inte
rior. Cuanto mas ejercitemos nuestras facultades in
telectuales, mas conoceremos su estension. Si nos sen
timos inclinados á la crápula y al desenfreno, es pre
ciso, para triunfar de tan fatal inclinacion, volver el
pensamiento á las acciones nobles y grandes, evitar
las distracciones frivolas, aplicarnos al estudio de las
acostumbrarnos á entrar
con frecuencia en nosotros mismos.
En el seno del retiro se desarrolla en todo su es
plendor esta generosa altivez. El que quiere que sus
meditaciones sean útiles á sus semejantes , debe ver él
mundo; pero sin habitarlo tan largo tiempo que lle
gue á aficionarse á él, porque corre el riesgo de ener
var sus propias fuerzas. Cesar se escapó de los bra
zos de Cleopatra , y llegó á ser dueño del universo.
Antonio se sometió como un esclavo á los encantos
de esta princesa, y su debilidad le costó el poder y
la vida.
Es cierto que la soledad dá al alma ideas exaltadas
que no concuerdan con la vida real; pero el atracti
vo de las grandes cosas y el entusiasmo enseñan al
solitario la posibilidad de sostenerse á una altura eu
que el hombre de mundo se veria acometido de un
vértigo. El solitario se vé rodeado de todo lo que en
grandece su razon, inflama su alma , la eleva sobre si
misma y le dá el sentimiento de la inmortalidad,
mientras que el hombre de mundo solo tiene una
vida efímera. El solitario encuentra en el retiro una
— 177 -
Compensacion suficiente á todos los vanos placeres de
que se priva, mientras que el hombre de mundo cree
haberlo perdido todo si deja de asistir á una reunion,
si olvida un espectaculo.
No pusdo recordar sin una dulce emocion el pa-
sage en quedicePlutarco: «Vivoen la historia; mien
tras leo los hechos que me presenta, se llena mi alma
de las imagines de los hombres mas grandes y mas
virtuosos. Si las personas que me veo obligado im
prescindiblemente á tratar me ofrecen algun punto
de vista indigno, me esfuerzo por alejarlo* de mi, y,
esento de toda pasion vituperable , me identifico con
esos nobles modelos de virtud, que son tan bellos, tan
seductores, y que concuerdan tan bien con nuestra
naturaleza. »
El alma que se enlaza en la soledad á esas grandes
imagines olvida las seducciones vulgares. Se eleva
siempre mas alto, y mira con desden todo lo que tien
de en el mundo á rebajarla y á arrebatarle su ener
gia. Cuando llega á tan magestuosa altura, se desarro
llan sus fuerzas y sus necesidades. Todo hombre pue
de ordinariamente hacer mas de lo que hace; y por
esta razon debe esforzarse á ejecutar todo aquello pa
ra lo que no se siente enteramente incapaz. [Cuántas
ideas adormecidas se reaniman con este esfuerzo!
¡Cuántas impresiones que se creian borradas cobran
nueva vida en nuestra alma y se renuevan bajo nues
tra pluma! Siempre tenemos mas poder del que cree
mos, puesto que no cesamos de egercerlo, puesto que
el estusiasmo dá pábulo al fuego, que la imaginacion
lo alienta, y que la vida nos parece enfadosa y triste
desde que no sentimos ese calor vivificante. (1)

(i) Un filósofo que conocia el corazon humano ba di


cho: «Solo la ¡fuerza de las pasiones puede equilibrar la
fuerza de la pereza y de la inercia; arrancarnos al reposo j
— 178 —
En la soledad, como fuera do ella, la apatia es la
muerte, del alma. Cuando abandoné la Suiza, una
grave enfermedad , sufrimientos indecibles , me su
mergieron á intérvalos, por espacio de largos años,
en un estado espantoso Al paso que los que me ro
deaban, y que ignoraban el secreto de mis dolores in
ternos, me creian agitado por una ardiente cólera y
pronto á tomar la lanza y el escudo, continuaba des
empeñando con esactitud y celo mis deberes de mé
dico; al paso que por todas partes se elevaban contra
mi gritos de rabia , permanecia impasible, y á nadie
hablaba de tan increibles recriminaciones. Estaba en
fermo; mi corazón estaba traspasado ; una desgracia
doméstica , desgracia terrible , ocupaba mis pensa
mientos y me hacia insensible á cualquiera otra pena.
Durante años enteros estuve como petrificado ; pasé
largas horas sin poder pensar, y á veces hasta decia lo
contrario de lo que trataba de espresar. Apenas toma
ba alimento; apenas probaba nada de lo que fortifica
ba a los demas; á veces me sentia tan débil, que creia
estar á punto de desmayarme, y cuando me sentaba
para escribir, sufria los tormentos del infierno. Nada
ora para mi el mundo entero: estaba absorto por el
dolor reprimido en mi corazon llagado.
Solo nace la pasion cuando los órganos corporales
son capaces de ejecutar lo que está en la esencia del
sarácter.J'ara que el alma pueda obrar, no deben estar
comprimidos sus órganos, porque por ellos obra, tan
to en la soledad como en el mundo; para que aquella
sea activa y emprendedora, es preciso que no encuen
tre obstáculo en estos agentes.
En general, á medida que dejamos de estimar las

á la estupidez á que sin cesar nos inclinamos, y dotarnos,


en fin, de la continuidad de atencion á que vá unida la su
perioridad de talento.»
— 179 —
cosas pequeñas, nos apasionamos por las grandes. Por
esta razon vale á veces tanto en la práctica de los nego-
cioscomunes el buen sentido como el genio. (1) Si las
funciones públicas han fatigado el espiritu , solo la
soledad, la libertad, pueden volverle su fuerza; no
hay tampoco otro recurso para el filósofo, para el es
critor cuando han sido injuriados, heridos, mal inter
pretados por los que los rodean; si su alma se lamen
ta de estas injurias y de esta opresion, si se desalienta,
dadles un reposo saludable, una pluma y tinta, y que
darán vengados. Naciones enteras leerán lo que van
á escribir. Muchos hombres dotados de una alma in
teligente quedan en la mediania por el hecho mismo
de los empleos de que están encargados, porque des
fallecen en ocupaciones que no les obligan á pensar,
y que son mas propias de un necio que de una inte
ligencia privilegiada.
La soledad clasifica todas las cosas en el rango que
le conviene. Alli nos regocijamos de poder pensar,
y nos regocijamos de ganar tiempo, mal que les pese
á ciertos hombres. El alejamiento que entonces se ins
pira es á veces una felicidad digna de envidiarse.
Compadezco al que queriendo meditar en silencio se
ve abrumado á cada momento de visitas importunas,
de preguntas indiscretas; al que, en el mismo instan
te en que se sienta animado por una inspiracion fe
liz, se vea forzado á recibir, unos despues de otros,
á una docena de ociosos, á disertar sobre lugares co
munes y á repetir vanas fórmulas. Entonces, adios
movimiento de sus ideas; solo le quedará el dolor de

(i) Helvecio ha dicho: «El hombre de buen sentido es


un nombre en cuyo carácter domina la pereza: no está do
tado de esa actividad que en los primeros puestos hace in
ventar á los grandes hombres nuevos resortes para conmo
ver 'el mundo, ó que les hace sembrar en lo presente el
germen de los acontecimientos futuros.»
— 180 —
haber perdido horas preciosas. Pero no es en general
á esos hambres laboriosos á los que mas se busca, y
no se levanta una ciudad entera contra un hombre
vulgar. Confesad, pues, que algo de grande hay en el
que causa tantos clamores, al que tantos desastres se
pronostican y al que se colma de tantas calumnias.
¡Dichoso el pensador ignorado del público! Se le deja
permanecer solo, y como sabe que no se le compren
de, no se admira de ser mal juzgado.
Tal fué, en el seno de la multitud, el destino del
ilustre conde Schaumbourg-Lippe , mas comunmen
te conocido con el nombre de conde jde Buckebourg.
Jamás he visto un hombre tan mal juzgado como él;
y sin embargo, su nombre debe ser citado entre los
mas eminentes de Alemania. Aprendi á conocerle en
una época en que vivia lejos del mundo, gobernando
su pequeño estado con notable sabiduria. Es cierto
que la primera impresion hacia encontrar en él algo
de estraño que impedia hacer justicia á su verdadero
mérito. El conde de Lacy , embajador de España en
San Petersburgo , me decia que cuando el conde de
Buckebourg mandaba las tropas portuguesas, chocó
de tal modo su esterior á los generales españoles, que
esclamaron: «¿Acaso han tomado los portugueses por
gefe á un D. Quijote?» Pero el mismo conde de La
cy, que era hombre de gran talento , me contaba con
entusiasmo la conducta de Buckebourg en Portugal,
y ensalzaba la grandeza de su entendimiento, la no
bleza de su carácter. Su preseneia, preciso es confe
sarlo, era muy estraña. Su actitud, sus cabellos flo
tantes, su semblante enflaquecido y lo desmesurado
del óvalo de su cabeza recordaban la figura de don
Quijote; pero observándolo atentamente, no se tarda
ba en formar de él otra idea. Una fisonomia viva y
animada anunciaba la elevacion de su alma, la saga
cidad de su talento , la bondad y la serenidad de su
— 181 —
coraron , y jamás he pasado con él un solo instame
sin admirar la dulzura y nobleza de su indole. Los
sentimientos distinguidos y los pensamientos ¿heroi
cos brotaban en él como en las almas mas grandes de
los griegos y romanos. Habia nacido en Londres, y
era a veces muy estravagante ; por ejemplo, gustaba
de rivalizar en todo con los ingleses. Una vez apostó
á que iria á caballo de Londres á Edimburgo vol
viendo la espalda á esta última ciudad. Recorrió á
pié parte de la gran Bretaña , y tuvo el capricho de
atravesar muchas provincias de estH reino pidiendo
limosna con un principe aleman que le acompañaba.
Habiéndole dicho en otra ocasion que en cierto para-
gej cerca de Ratisbona, era tan impetuosa la corriente
del Danubio que nadie habia podido atravesarlo á na
do, intentó esta empresa , y tanto se adelantó en el
sitio mas peligroso, que costó mucho trabajo el salvar
le la vida. Un hombre eminente como diplomático y co
mo filósofo, el consegero Strube , me refirió, que, du
rante la guerra contra la Francia, el conde, que man
daba la artilleria en el egército del duque Fernando
de Brunswick , invitó un dia á varios oficiales han-
noverianos á comer con él. En lo mejor del banquete
se oyeron silbar las balas sobre la tienda. «Los fran
ceses se acercan,» digeron los oficiales.—«No, replicó
el conde, están muy lejosde nosotros; sigamos comien
do.» A poco volvieron otras balas á rozar lo alto de
la tienda. Los oficiales se levantaron esclamando:
«¡Los franceses están ya aqui!»—«No, repitió el con
de, no están aqui : os doy mi palabra de honor.» A
pesar de esto, se oian caer las balas cada vez mas in
mediatas, y los Oficiales, al mismo tiempo que afecta
ban un aire tranquilo, hacian en su interior sus re
flexiones sobre tan singular fiesta. En fin, el conde
les dijo: «Señores, he querido haceros ver hasta qué
punto puedo contar con mis artilleros. Les habia or-
— 182 —
denado que tiraran á la banderola de mi tienda mien
tras estábamos comiendo, y han obedecido mis ins
trucciones con la mayor destreza.» Este rasgo revela
un hombre que quiere egercitarse y egercitar á los
demas en todo lo que le parece dificil. Estando una
mañana con el conde en la inmediacion de un alma
cen de pólvora que habia hecho construir debajo de
su alcoba, en el fuerte de Wilhemstein, le dije: «No
me gustaria dormir aqui en las calorosas noches del
verano.» Y en el momento empezó á hacer los racio
cinios mas especiosos para probarme que el esceso y
la ausencia del peligro era todo uno. La primera vez
que vi á este hombre sorprendente , fué en presencia
de un oficial ingles y otro portugues. Me habló du
rante dos horas de la fisiologia de Haller, la que sa
bia de memoria. La mañana siguiente me condujo en
un bote que dirigia él mismo á la fortaleza de Wil
hemstein, que habia hecho construir en medio de un
lago. Un domingo en la alameda de Pirmont , entre
mil mujeres elegantes y jovenes bizarros, me estuvo ha
blando tranquila é imperturbablemente de las pruebas
que hasta ahora se han dado de la existencia de Dios,
de lo que falta todavia á estos testimonios , y de lo
que aun podria añadirse á ellos. Otro dia me enseñó
en Buckebourg un enorme volumen en folio escrito
de su puño sobre el arte de defender un pequeño es
tado contra una potencia poderosa. Esta obra, desti
nada al rey de Portugal , estaba terminada. Me leyó
muchos pasagesde ellaque se referian á Suiza. Con
sideraba la Helvecia como un pais invencible. Me
nombró todas las posiciones que deberian ocuparse al
frente del enemigo, y me enumeró sendas verdadera
mente impenetrables. Mi amigo Mendelssohn, á quien
habia leido el prefacio de este libro , lo consideraba
como una obra maestra de raciocinio y de estilo. Los
que hayan observado mas intimamente y con mas sa
— 183 —
gacidad que yo al conde de Buckebourg, podrán re
ferir algunos rasgos mas curiosos de este hombre es-
traordinario. Solo añadiré una observacion á lo que
acabo de decir , y es que el conde leia mucho , que
conocia los hombres, no gustaba de ningun juego,
y nunca se reia , dejando solo entrever una sonrisa
burlona.
Tal fué el carácter de este hombre tan mal com
prendido. Sobrada razon tenia para reirse de los de-
mas al ver que se reian de él. Sin embargo, hasta en
su espresion sardónica habia bondad. Sin ser misán
tropo, habitaba con preferencia una casa aislada en
medio de un bosque; alli vivia solo, ó con- su angeli
cal esposa, de la que parecia poco enamorado , y cu
ya prematura pérdida le hizo morir de dolor.
La multitud se mofaba tambien de Temistocles
porque no tenia los bellos modales ni el refinado tono
de Atenas. Una vez respondió Temistocles á los que
le perseguian con sus sarcasmos: «Es cierto que no sé
templar una lira ni tocar un salterio ; pero dadme
una ciudad, por pequeña, por desconocida que sea, y
la hare célebre.»
Asi, la soledad y la filosofia pueden darnos una
apariencia risible á los ojos de los hombres vulgares,
pero reemplazan todas nuestras mezquinas preocupa
ciones por nobles ideas. El que ha empleado su vida
en estudiar los grandes hombres y los sentimien
tos elevados, puede contraer costumbres estravagan-
tes; pero en las grandes ocasiones muestra la eleva
ción de su alma y la nobleza de su caTácter.
La grandeza de los antiguos produce en la soledad
una impresion estraordinaria en las almas capaces de
comprenderla. Basta á veces una chispa de la llama
sublime que animaba á los hombres ilustres dela anti
güedad para dar origen, en donde menos se esperaba,
á los efectos mas sorprendentes. Una mujer que vi
— 184 —
via aislada en el campo padecia continuos ataques de
nervios. La aconsejé que para fortificar su energia
leyese con frecuencia la historia griega y romana.
Tres meses despues me escribia: « ¡Que veneracion me
habeis inspirado por la antigüedad! ¿Qué son al lado
de aquellos hombres los pigmeos que nos rodean?
Ante> no gustaba de la historia ; ahora solo vivo por
ella. Quiero convertirme, á fuerza de ieer, en griega
ó romana. Los libros que me habeis indicado contier-
nen mi salud, y son para mi un manantial inagotable
de placeres. ¡Cuán lejos estaba de creer hallar tal te-
soso! Ahora ,son para mi mas preciosos que mis bie
nes. Antes de mucho no oireis ya salir de mi boca ni
una queja. Mi Plutarco me es ya mas querido que los
triunfos de la coqueteria y las frases sentimentales
que se dirigen á las mujeres del campo que preten
den ser todo alma, aun cuando Satanas tenga menos
trabajo en Vencerlas que un aficionado á la música
en tocar un violin. »
La imagen de la grandeza y de las virtudes de los
antiguos ejerce solo una accion duradera en la calma
y en el seno de un corto número de hombres ; pero
entonces es fecunda en resultados. Un hombre de ge
nio concibe repentinamente en uno de sus paseos so
litarios una idea que parece ridicula á sus contempo
ráneos; pero llegará un tiempo en que esa misma idea
arrastrará á las mas nobles acciones á millares de se
res. Los cantos de Lavater se publicaron en una épo
ca poco favorable. La sociedad de Schintinack , que
habia confiado á aquel gran escritor el cuidado de
componer estos versos, se hizo sospechosa al emba
jador de Francia, y numerosas invectivas resonaron
contra ella. El mismo Haller, este hombre tan céle
bre, á quien habia rehusado por largo tiempo admi
tir en el número de sus miembros , le prodigaba mil
epigramas en las cartas que me dirigia. El presiden
— 185 —
te de la censura de Zurich prohibió la impresion de los
cantos de Lavater. No obstante, ningun poeta ha es
crito mas enérgica y ardorosamente en favor de su pa
tria que Lavater en favor de Suiza. He oido a los niños
entonar sus estrofas con entusiasmo; he visto bañarse
en lágrimas al escucharlas los semblantes mas bellos;
he visto pintarse una noble emocion en el rostro y
en los ojos de los paisanos suizos á quienes se Ies
cantaban. Los padres de familia han ido con sus hijos
á la capilla de Guillermo Tell para repetir en ella
versos que Lavater ha compuesto en honor de este li
bertador de Suiza. Creia oir resonar las rocas en der
redor mio cuando modulaba sobre un aire que , in
venté yo mismo, uno de estos cantos patrióticos, en
los campos, sobre las colinas en que nuestros abuelos
se inmortalizaron por su valor, en que creia estar
circundado de las sombras de los héroes muertos en
gloriosas batallas, en que creia todavia verlos pulve
rizar con sus toscas mazas las coronas feudales de los
germanos, y obligar á la nobleza alemana á huir ver
gonzosamente , á pesar de sus numerosas tropas.
Se me dirá que estos son sueños novelescos, ideas
que únicamente pueden agradar á los que viven en la
soledad y ven las cosas de otro modo que como se ven
en el mundo. Pero las ideas vencen tarde ó temprano la
resistencia que se les opone. En las repúblicas obran
lentamente sobre los espiritus ; inspiran á la multitud
sentimientos generosos que desagradan acaso á los
agentes del poder, pero que pueden ser de admirable
utilidad en un momento de crisis y de peligro.
Todo concurre, pues, en la soledad á elevar el al
ma, á fortificar el caracter, á familiarizarnos con mas
seguridad y prontitud que en el mundo con los sen
timientos mas nobles y las resoluciones mas animo
sas. El hombre que se retira á la soledad se liberta
de los tiros de la envidia, de la ignorancia y de la
15
— 186 —
malignidad. Resuelto á no mendigar el sufragio de
los espiritus limitados , de los seres vulgares, cuen
ta con las contrariedades que puede esperimentar, y
no se sorprende cuando le sobrevienen.
Si la soledad eleva nuestro pensamiento, se cree
demasiado generalmente que nos hace poco á propó
sito para los negocios, y esto es lo que niego. Cuanto
mas se eleve el alma en el silencio del retiro, menos
riesgo se correrá de que se abata en el mundo; cuan
to mas se egercite el entendimiento , mas útiles nos
hará este egercicio para el comercio de la sociedad.
El hombre que ha vivido en el sosiego puede ad
quirir por esta misma razon mas actividad en la
vida práctica , y cuando se aleja del mundo , entra
en la soledad para encontrar en ella un reposo nece
sario y prepararse á nuevos combates. Pericles, Pho-
cion, Epaminondas formaron indudablemente en el
retiro las ideas que hicieron su grandeza. Cuando Pe
ricles estaba ocupado en algun proyecto importan
te, no se le veia en las calles de Atenas ; renunciaba á
los festines, á las reuniones bulliciosas y á todas las
distracciones ordinarias. Durante todo el tiempo que
gobernó la república, solo una vez fué á cenar en ca
sa de uno de sus amigos, permaneciendo en ella cor
tos momentos. Phocion se dedicó desde un principio
al estudio de la filosofia, no con el orgullosodesignio
de merecer el titulo de sábio, sino con la esperanza
de adquirir mas energia, presencia de espiritu y re
solucion en la conducta de los asuntos públicos AI
observar á Epanimondas, no podemos menos de pre
guntarnos cómo un hombre que pasó su vida entre
los libros, pudo adquirir sus talentos militares. Era
muy avaro de su tiempo; dedicado de corazon al es
tudio, se alejo de los empleos públicos, y fué necesa
rio que sus compatriotas lo arrancasen de su soledad
para que se pusiera al frente del egórcito:
- 187 —
Un hombre en quian jamás pienso sin entusiasmo,
Petrarca , formó su carácter en el retiro , y ganó en
ella las cualidades que dió á conocer en los negocios
mas delicados. Es cierto que algunas veces incurrió
en los defectos que suele producir la soledad, es de
cir, que en ocasiones fué caprichoso, satirico y arre
batado. Se le han vituperado las descripciones dema
siado licenciosas que hizo de las costumbres de su
tiempo, y sobre todo, la que representa la vida escan
dalosa que se hacia en Aviñon en la época de Cle
mente VI. Pero Petrarca conocia perfectamente el co
razon humano, y tuvo una gran habilidad para mane
jar los espiritus y dirigirlos á su objeto. Generalmen
te no se le conoce, dice el abate de Sades, su mejor
historiador, mas que como un poeta tierno y elegante
que amó á Laura ardientemente y la cantó con esqui-
sita gracia. Se ignora cuánto se le debe; se ignora que
sacó la literatura de la barbárie en que estaba sumer
gida ; que salvó de la podredumbre y del polvo las
mejores obras de la antigüedad , obras inapreciables
que acaso se hubieran perdido para nosotros si no
hubiese cuidado de recogerlas y de hacer que fue
sen fielmente copiadas. Se ignora que despertó en Eu
ropa el estudio de las bellas letras y acrisoló el gus
to de sus contemporáneos; que penso y escribió como
un ciudadano de la antigua Roma ; que supo hollar
numerosas preocupaciones, conservar hasta la muerte
su valor y su resolucion, y que su última obra sobre
pujo á todas las anteriores. Se igriora tambien por
muchos que Petrarca fué un grande hombre de Es
tado; que los primeros soberanos de su tiempo le con
fiaron las negociaciones mas espinosas y le consulta
ron en los asuntos mas importantes ; que en el si
glo XIV alcanzó tal reputacion, tal poder, tal influen
cia, que ningun sábio de nuestros dias ha llegado á
su altura; que tres Papas, un emperador, un rey de
— 188 —
Francia, un rey de Ñapoles, una hueste de cardena
les, los principes y señores mas grandes de Italia,
buscaron su amistad, y manifestaron sus deseos de
entrar en relaciones con él ; que fué llamado por ellos
como hombre de Estado, como ministro y como em
bajador á intervenir en los asuntos mas graves de su
tiempo; que fortificado por la soledad, no titubeó en
decir á las personas eminentes que le consultaban las
verdades mas útiles é importantes; que nadie apreció ni
alabó tanto como él las ventajas de la soledad, á la
que debia en parte sus nobles cualidades, y el prefe
rir sus horas de reposo y libertad á todos los goces
del mundo. Largo tiempo estuvo como enervado por
el profundo amor, á que habia consagrado losanos
mas floridos de su vida. Pero llega un dia en que re
nuncia á su lenguage lastimero , á sus lánguidos sus
piros; entonces habla como hombre , y como hombre
osado, á los reyes, a los emperadores, al Papa. Les
habla con la seguridad que dan los grandes talentos y
una gran reputacion. Con su palabra .elocuente, como
la de Demóstenes y de Ciceron , exorta á los princi
pes de Italia á vivir en paz entre si , á reunir sus
fuerzas contra el enemigo comun, contra los bárbaros
que desgarran su patria. Guia, alienta, sostiene á
Rienzi, que aparece como un enviado del cielo , para
devolver á la ciudad de Roma su antiguo esplendor.
Decide á un emperador pusilánime á penetrar en Ita
lia como sucesor de los Césares, y á tomar en ella las
riendas del imperio del mundo; conjura á los Papas
á fijar de nuevo en las orillas del Tiber la silla pon
tificia, que habian trasladado á las riberas del Roda- .
no. En la misma época en que confesaba en sus es
critos que estaba triste, asediado por un amor que en
vano intentaba dominar, lleno de odio contra los
hombres y contra las ciudades, se encarga de prose
guir en la corte de Ñapoles una negociacion dificil
— 189
para el Papa Clemente VI. Decia que Ta vicia Se 1m
cortes le hacia ambicioso é impaciente, y añadia que
era muy gracioso ver á un solitario abandonar los
bosques silenciosos y las llanuras desiertas para re
correr los espléndidos palacios de los tribunales con
una escolta de cortesanos. Guando Juan Visconti, este
arzobispo de Milan y este soberano de Lombardia,
que unia á talentos eminentes una ambicion insaciable,
y que amenazaba absorver toda la Italia, consiguió fijar
á Petrarca en su servicio, hacerle aceptar sus favores y
una plaza en su consejo, se decian unos a otros los ami
go del poeta: «¡Cómo! Aquel orgulloso republicano,
que solo hablaba de libertad, de independencia; aquel
toro indomable, que rugia ¡i la apariencia del mas leve
yugo, que solo queria someterse á las cadenas del amor
y que aun estas le parecian á veces demasiado pesa
das ; aquel hombre, que habia rehusado en la corte de
Roma los puestos mas elevados porque no queria de
jarse sujetar con cadenas doradas, helo aqui que se en
trega á los hierros del tirano de Italia; el misántropo
que clamaba por la paz de los campos, el apóstol fer
viente de la soledad, habita ahora en el tumulto de
Milan.»— «Tienen razon, respondia Petrarca, el hom
bre no tiene mayor enemigo que si mismo; he obra
do contra mi gusto y contra mi modo de pensar. ¡Ahí
Pasamos nuestra vida en hacer lo que no queremos,
y en no ejecutar lo que deseamos. » Pero ademas hu
biera podido decir á sus amigos : «He querido dar á
conocer al mundo lo que el hombre puede hacer
cuando ha ejercitado largo tiempo sus fuerzas en la
soledad; he querido probar cuánta libertad, dignidad
y nobleza dá la soledad en la conducta de los ne
gocios.»
El alejamiento de las vanas relaciones y de las fri
volas etiquetas inspira á los escritores el valor de que
necesitan con tanta frecuencia para soportar las in
— 190 —
justicias, que una multitud ciega comete con respecto
á ellos; su ejemplointroduce lentamente las ideas libe
rales en los parages en que no se conocian ni aun de
nombre. A la soledad deben los grandes pensadores
la sangre fria que los salva en las ocasiones criticas,
que los escuda de los furores de un populacho exas
perado, que los mantiene tranquilos en medio de sus
detractores. La voz del pueblo suele ser la de las malas
pasiones, y la opinion pública varia como el viento. El
que no quiera dejarse aturdir por esa voz peligrosa, ni
jirar como una veleta, debe alejarse de los hombres que
pretenden regir despóticamente nuestro modo de pen
sar. Debe alejarse de los ociosos que , no pudiendo
producir ninguna obra de mérito, censuran todas las
que salen á luz. Aun en la república mas libre debe
•1 hombre virtuoso evitar los parages en que solo se
eseuchan los gritos de la multitud. Debe sobretodo
huir de esos seres sin valor, que solo aspiran á hacer
reir á los demas, y que gozan en despreciar al que se
burla de ellos.
¡Cuántas veces no es objeto de reprobacion general
el que tiene la audacia de pensar de otro modo que
los mentidos oráculos del buen gusto! Si publica un
libro, no se intentará conocer las cualidades de él; se
preguntará si el autor ha tratado de criticar el mun
do en que vive; se le atribuirán sátiras que ni ha he
cho ni ha pensado hacer. Si con la mas' pura inten
cion espresa verdades que los hombres de bien le
agradecerán en el fondo de su corazon; si se atreve á
vituperar instituciones ó costumbres que debieran
corregirse, se le llama malvado, y se invita álos agen
tes del poder á castigar tal audacia con todo rigor.
Acaso si estuvieran ante el hombre que ha tenido el
valor de proclamar sin disfraz estas nuevas verdades
enmudecerian aterrados.
En Paris mismo, en el centro de las luces , lo esperi
— 191 —
mentó Montesquieu , y en la Defensa di su inmortal
obra el Espiritu de las leyes ha dicho : «Nada ahoga-
tanto la doctrina como revestir las cosas con el trage
de doctor. Los que siempre quieren enseñar, suelen
impedir que se aprenda. No hay genio que no se ami
lane si se le envuelve en un millon de escrúpulos va
nos. Aun cuando tengais las mejores intenciones del
mundo, os obligarán á dudar de ellas. No podeis ocupa
ros en decir bien cuando estais aterrados por el te
mor de decir mal, y cuando en lugar de seguir vues
tro pensamiento solo os ocupais de los términos que
puedan salir triunfantes de la sutileza de los criticos.
Se os pone una venda en los ojos para deciros á
cada palabra : cuidado con caer. Quereis hablar co
mo vos; quiero que hableis como yo. (1) Quereis
emprender el vuelo, y os cogen por las alas. Teneis
fuerza y vida, y os la quitan á alfilerazos. Os elevais
algo, y he aqui que toman un pié ó una toesa; levan
tan la cabeza , y os gritan que bajeis para mediros.
Emprendeis á vuestra carrera ; querrán que mireis
todas las piedras que las hormigas han puesto en
vuestro camino.»
Montesquieu añade que no hay ciencia ni literatu
ra que resista á tales pedantes. Sin embargo , él Ies
ha resistido. Su libro se imprimió, y se lee en todo el
mundo.
Si, es preciso que el escritor que conoce á esta clase
de hombres, y que intenta pintarlos, arme su pecho con
(i) Puedo citar los censores de muchas comarcas de Ale
mania y Suiza que cambian ó borran con autoridad ma
gistral todo lo que no comprende su limitado talento; que
solo conceden su imprimatur á necedades; qufjp lugar de
decidir si la obra que se les somete contiemV principios
contrarios á la religion ó al Estado, lo quesería la única ra
zon para prohibir que se publicase , no vacilan en hacer
cuantas sustituciones les sugieren sus dogmas particulares,
su moral, su retórica y hasta su método <!• ortugraiiu,
— 192 —
un triple escudo. Ningun tratado de moral es comple
to sino contiene alguna de estas dificiles pinturas. ¿Por
qué en esos cuadros de costumbres estamos tan distan
tes de los griegos y romanos? Porque nos dejamos inti
midar por los clamores que se elevan contra todo es
critor que , por el bien de sus semejantes , osa pene
trar en la filosofía de la vida. ¿Pero por qué nosotros,
que rendimos tan justo homenage al esfuerzo de los
guerreros, nos dejamos turbar en nuestro reposo como
afeminados sibaritas, por el pliegue de una hoja de ro
sa, y porqué colmamos de injurias al valor civico, al
valor sin armas, á las domésticas fortitudines de Ci
ceron?
No es solo en las repúblicas donde se tiene corazon
y alma; no solo en ellas se puede pensar y escribir.
En Alemania, ¡alabado sea Dios! los castigos prescri
tos por las leyes son generalmente equitativos, y en
las repúblicas se suele obedecer á las preocupaciones,
á la pasion, á lo que se llama razon de Estado. (1)
De aqui tiene en Suiza origen la primera máxima
que los padres se apresuran á grabar en el corazon de
sus hijos: la de no hacerse enemigos. Cuando yo era
aun muy joven, respondi á mi madre, que me daba
tan sábio consejo: ¿No sabeis que el que no tiene ene
migos es un pobre hombre? En una república cada
ciudadano está bajo él dominio, bajo la vigilancia de
cien guardianes; en una monarquia un pueblo solo
depende de un hombre. En Suiza la multitud de

(i) Meiner ha observado muy juiciosamente que en una


república en que los agentes del poder no tienen á su dis
posicion egército permanente que los sostenga, son mucho
mas peligrosas que en los gobiernos monárquinos las per
sonas que quieren amotinar á la ciega multitud contra la
parle menos numerosa y mas ilustrada de la sociedad, y
que, por consecuencia, toda tentativa de rebelion debe con
siderarse como mas culpable y digna de castigo.
— 193 —
amos, oprime el alma del republicano. El amor y la
confianza elevan la del aleman en las monarquias.
Conozco muchos principes que tienen ideas mas graiii
des, mas liberales y mas nobles que algunos magis
trados republicanos que podria citar. (1) Suele en
contrarse mas buen sentido entre la nobleza alemana,
que se despoja de sus antiguas preocupaciones, que
en ninguna república del mundo. Si aun existen en
Alemania necios vanidosos que cifran su orgullo en
contar sus cuarteles , hay tambien personas de recta
razon que fundan su gloria en buscar la elevacion
del pensamiento sin cuidarse de sus pergaminos.
En las monarquias alemanas, el hombre grave que
renunciad las inútiles relaciones del mundo, que se
forma en el retiro, observando todo lo que vé y todo
lo que oye, estudiando los héices de Giecia y Rcrra
llega á adquirir un modo de pensar mas amplio y
mas libre que el mas ardiente republicano, y puede,
al escribir, difundiren derredorsuyo tan útiles verdades .
Hé aqui cuanto tenia que decir sobre las ventajas
que la soledad ofrece á la inteligencia. Algunas de
estas páginas no estarán acaso bastante meditadas, y
muchas de estas ideas no estaran sin duda espresadas
como debieran. Si este libro cae en mafios de algun
joven virtuoso, le diré: Toma de él lo que encuentres
bueno, rechazalo que te parezca frio y errado, lo
que no te conmueva. Me regocijaré en la sinceridad
de mi alma, me creeré ampliamente recompensado de
mi trabajo si juzgas que debes darme gracias por es-

(i) Dos magistrados de Berna juzgaron de esle modo,


en 1758, mi libro sobre el orgullo nacional. El primero,
despues de hojearlo, lo arrojó al suelo, esclamando con có
lera: «Queremos obediencia y no ciencia.» El segundo di
jo, despues de haberlo leido casijtodo: «Este doctor Zim-
mermann es un hombre inquieto y peligroso ; es preciso
obligarla í que deje la pluma. »
— 194 —
te libro, si reconoces que te ha ilustrado, instruido y
tranquilizado. No pediré mas bendiciones para esta
obra si al leerla te sientes afirmado en tu inclinacion
á una soledad discreta y activa, en tu desvio á las re
laciones que conducen á una pérdida de tiempo irre-
perable, en tu repugnancia á ceder á los consejos de
los que repiten sin cesar que, para gozar en el mun
do, es preciso frecuentar los parages públicos. Y si te
sientes timido y receloso, sino te atreves a hablar de
lante de los que se creen arbitros del talento y del
buen gusto, y que, en virtud de tal usurpacion, ob
tienen el favor general al espresar las cosas mas vul
gares y mas insipidas, ¡ah! piensa que en semejante
sociedad estoy tan embarazado como tu.
Este capitulo puede darte mucho que pensar. Si
me he limitado á hacer observar la influencia que la
soledad egerce en la inteligencia; si en el capitulo si
guiente no hago mas que indicar el imperio que debe
tener sobre la voluntad que quiere someterse á la vir
tud, he dicho, sin embargo, lo bastante para enseñarte
de qué manera la soledad ilustra nuestra razon y dá
á nuestro corazon los goces del sentimiento.
Sé que en tales distinciones hay su parte débil. Las
fruiciones del alma y del corazon son resultado de
una sola y misma fuerza; la religion que, distinguién
dolas asi, entra en el dominio del corazon, degenera
en fanatismo cuando no es guiada por la razon. Pero
solo se puede persuadir y conducir á los hombres
presentándoles la verdad bajo un punto de vista que
esté en armonia con sus costumbres, con sus pasiones,
y es preciso que se encuentre el corazon en todo.
He obedecido á un sentimiento del corazon escri
biendo este libro sobre la soledad. Una mujer de mu
cho ingenio ha dicho que jo desenvolvia todo lo que
sentia, y que abandonaba la pluma cuando dejaba de
sentir. Por esta razon he incurrido en defectos de
— 195 —
composicion que un filósofo sistemático hubiera evi
tado. Pero como conozco los hombres, me basta que
este capitulo deje entrever las ventajas que pueden
resultar de la soledad para el alma, para la razon y
el carácter, y que el capitulo siguiente muestre que
placeres tan nobles y verdaderos procura por medio
de la contemplacion apacible de la naturaleza, por la
comprension y el atractivo de lo bello y de lo digno.
CAPITULO VIII.

Ventajas de la soledad para el corazón.

La paz del alma es en este mundo la felicidad su


prema. Esta felicidad puede gustarse en la sencillez
del corazon, si, al apartarnos del tumulto del mundo,
sabemos limitar nuestros votosy nuestra ambicion, so
meternos á los decretos del cielo, juzgar con indulgen
cia todo lo que pasa en derredor nuestro , y gozar de
las armonias de la naturaleza , del mugido de las cas
cadas, del frescor de los bosques y del suspiro de los
vientos.
¡Qué serenidad en nuestros sentimientoscuando las
borrascas de la vida han pasado ya, cuando todo lo
que nos entristecia se desvanece , cuando en torno
"nuestro reinan la amistad, la paz, la inocencia y la li
bertad! Aun estando el corazon agitado , podemos
encontrar encantos en la soledad. Una dulce me
lancolia es preferible á las fruiciones terrenales , y
una sola lágrima de amor tiene mas precio que el
universo entero.
Para poder comprender este encanto de la soledad,
es necesario encontrar un palacer en contemplar las ma
ravillas de la creacion desde sus bellezas mas grandio
sas basta la humilde flor de los campos; es preciso po
der gozar de todo lo que engrandece el alma y de todo
lo que ofrece imágenes risueñas. Estos goces no perte
necen esclusivamente á las almas fuertes, á las imagi
naciones ardientes, á los espiritus de un temple vehe
mente y delicado; pertenecen también a las persona»
— 198 —
de carácter frio, que acusan con frecuencia á aquellas'
de exagerar la espresion de sus sensaciones. Solo si es
preciso arreglar para estas las tintas y los efectos de
la luz; porque por la misma razon que se sorpren
den menos de lo malo, sienten tambien con menos ve
hemencia lo bello y lo bueno.
En la soledad una gran parte de las fruiciones del
corazon provienen de la fantasia. El aspecto de una
comarca pintoresca, el verde follage de los bosques,
al murmullo de las aguas, el susurro de los árboles,
el canto de las aves y los contornos de un horizonte
lejano , absorven con frecuencia el alma hasta tal
punto, que todos nuestros pensamientos se convierten
en otras tantas sensaciones. Entonces se conmueve
nuestra alma y aspira á todos los sentimientos dignos;
este es uno de los efectos del mágico poder dela ima
ginacion. Si todo lo que nos rodea es libre y apacible,
la imaginacion derrama sobre todo lo que nuestra vis
ta alcanza las tintas mas risueñas y el prestigio mas
encantador. ¡Ahí Cuando se conoce la melancolia fi-
losólica que inspira la soledad, es fácil renunciará
los placeres ruidosos y á las asambleas tumultuosas.
Las rocas escarpadas , las profundas sombras de las
selvas, los puntos de vista seductores ó magestuosos
escitan á su vez en nosotros una especie de temor re
ligioso ó un dulce trasporte. El dolor se disipa len
tamente en estas graves ó risueñas emociones, y se
trasforma en una apacible ilusion. La soledad y el si
lencio de la naturaleza dan nueva vida á los objetos
que fijan nuestra atencion ; nuestra sensibilidad es
mas viva, nuestra admiracion mas grande, y nuestro
placer mas intenso.
Habia gozado muchas veces de las mas grandes be
llezas de la naturaleza, cuando vi por primera vez un
jardin ingles cerca de Hannover y otro en las inme
diaciones de Marienwerder ; ignoraba todavia el arte
— 199 —
de trasformar, por medio una especie de creacion, coli-
arenosasen un fresco paisage; arte admirable que des
pierta en el corazon del que ha conservado el gusto
de los encantos de la naturaleza todas los placeres
que la soledad y la paz de los campos pueden procu
rar. Jamás recuerdo sin un sentimiento de gratitud el
dia en que entré en el jardin de mi difunto amigo
M. Hinuber. Acababa de llegar á Hannover, esperi-
mentaba un amargo pesar al verme lejos de mi pa
tria, y aquel dia olvidé mis pesares y mi patria.
Ignoraba que fuese posible representar en un espa
cio tan limitado la variedad encantadora y la noble
sencillez de la naturaleza. Semejante concepcion es
hija de un sentimiento puro y delicado de las belle
zas de la naturaleza y de los efectos que una imagi
nacion pura puede producir sobre el corazon. Hirsch-
feld, el filósofo amable y seductor, el gran pintor de
la naturaleza, fué el primero que dio á conocer en
Alemania los jardines ingleses , y con ello hizo á sus
compatriotas un señalado servicio.
Existen todavia aqui y allá jardines, mitad ingle
ses y mitad alemanes, cuya estravagante distribucion
nos hace sonreir de lástima ; pero pueden servirnos
de objeto de comparacion ventajoso. ¿Cómo hemos de
conservar nuestra formalidad al ver unas selvas de
álamos blancos que apenas bastarian á calentar una
estufa durante un dia, montoncitos de tierra que
se decoran con el nombre de montañas , corrales
que encierran animales salvages y domésticos pinta
dos en láminas de hoja de lata, puentes construi
dos sobre rios que un par de gallinas dejarian ex-
ahusto, y peces de madera en canales que se llenan
de agua todas las mañanas por medio de una bom
ba? Estos trabajos son indudablemente peores que
los producidos en otro tiempo por el mal gusto de
nuestros antepasados. ¿Pero si en el jardin de M. Hi
— 2()0 —
nuber esperimento á cada mirada un pensamiento
piadoso; si cada punto de vista me conmueve; si por
cada lado descubro una nueva escena; si, en fin, jamas
lo he recorrido sin que mi corazon se sintiese alivia
do, iré d examinar si todas aquellas masas de árboles
podrian disponerse de otro modo, y las Mas bufonadas
de los que no cesan de ensalzar su gusto particular
disminuirán el placer de que gozo en aquel recinto?
En cualquiera parte donde descubrimos una ima
gen de reposo, sea producida por una obra del arte, sea
por una creacion de la naturaleza, se esparce la calma
en nuestro espiritu; y este es un beneficio que debemos
á la imaginacion. Si por todas partes se ofrece á mi
vista una dulce paz bajo las formas mas agradables;
si una morada campestre absorve mis facultades y re
prime los pensamientos que podrian afligirme ; si el
encanto de la soledad domina lentamente mi alma, y
solo deja cabida á ideas de benevolencia, de amor y
de satisfaccion, debo dar gracias á Dios de haberme
dotado de una imaginacion, que, si suele turbar á ve
ces mi existencia, al menos me hace encontraren la
soledad un asilo al que me apego, y desde el que con
te nplo con mas tranquilidad la tempestad de que aca
bo de libertarme. (1)
La soledad, como ha dicho un celebre escritor in-

(i) Un escrilor frances moderno ha dicho: «No es sen


sible el que no ha gustado en la soledad los instantes deli
ciosos en <liie el hombre, desviándose de los prestigios de
la mentira, entra en su propio cora7on pava buscar en él
los destellos de la verdad ¡Qué placer tan grande es, des
pués de haber surcado durante algún tiempo la mar del
mimdo, retirarse á uua roca tranquila i ara consideraren ella
en seguridad Jas tempestades y naufragios que se sucedie
ron! ¡Feliz entonces el que puede olvidar por un instante
las vanas preocupaciones de que está llena su alma! Las
miserias de la humanidad desaparecen á su vista, la au
gusta verdad inunda su corazon de una alegria pura. Soló
— 201 —
gles, inspira cierto terror en un principio, porque to
do lo que lleva consigo la idea de la privacion es
aterrador, y por lo mismo sublime como el vacio, la
oscuridad, el silencio. En Suiza, y principalmente en
las cercanias de Berna , los Alpes, vistos desde lejos,
ofrecen un cuadra de increible magnificencia; de cer
ca solo presentan al alma imágenes terribles, pero mag
nificas. Cuando á cierta distancia vemos elevarse aque
llas masas gigantescas escalonadas unas sobre otras,
nos admira una grandeza que se aproxima á lo infini
to; el brillo resplandeciente de aquellas cadena de ro
cas templala impresion de pasmo que sus proporciones
debian causarnos, y les dá un aspecto mas agradable
que aterrador; pero es imposible acercarse por la pri
mera vez á los Alpes sin esperimentar una especie de
estremecimiento involuntario. Se contemplan con ter
ror sus hielos eternos, sus abismos sin fondo , sus
ruinas tenebrosas , los torrentes que se precipitan
desde las cumbres de las montañas , los negros bas
ques de pinos que cubren las laderas, y las rocas que
el tiempo ha arrojado de su cima y precipitado al
borde del valle. ¡Cuán fuertemente latia mi corazon
cuando subi por primera vez por un sendero tortuoso
que conducia á aqullos desiertos ! Nuevas montañas
se elevaban, sin cesar sobre mi cabeza , y la muerte
me amenazaba á cada momento; pero tambien, ¡qué
escitacion de alma se esperimenta cuando solo, en
medio de estas grandes escenas de la naturaleza , se
contemplala nada de las grandezas humanas y la de
bilidad de los reyes!
La historia de Suiza nos prueba que los habitantes
de esas montañas no son hombres de un temple or

en estos instantes, y en los que preceden á la muerte, pue


de conocer el hombre lo que e» sobre la tierra , y lo que
la tierra os para él.
14
— 202 —
dinario. La osadia es innata en su corazon , la liber
tad dá alas á sus pensamientos, huellan la tirania y los
tiranos. No todos los suizos son libres; pero todos son
entusiastas por la libertad, adoran á su patria , y dan
gracias al Eterno por la tranquilidad de que gozan á
Ja sombra de sus viñedos y de sus bosques.
Los distritos mas salvages de los Alpes y de Sui
za están habitados por hombres rudos , pero genero
sos ; un cielo severo les dá formas agrestes pero la
vida pastoral endulza su carácter. Un ingles ha dicho
que el que nunca ha oido resonar el trueno en los Al
pes no puede formarse idea del estruendo que pro
duce al retumbar en todos los puntos del horizonte.
Del misino modo los habitantes de estas montañas,
que jamás han visto casas mas bellas que sus cabanas
ni otras comarcas que la suya consideran el resto
del mundo como un pais que presenta el mismo ca
rácter salvage, y sugeto á las mismas tempestades.
Pero asi como despues de la tormenta se vuelve á
serenar el cielo lentamente , asi en la cabeza y en el
corazon del suizo sucede al arrebata la dulzura y la
generosidad al furor. Con hechos puedo demostrarlo'
fácilmente.
Uno de estos hijos de los Alpes, el general Reding,
nacido en el canton de Schwitz, habia entrado des
de su juventud en las guardias suizas al servicio de
los reyes de Francia, y habia llegado en ellas al gra
do de teniente general; la residencia en Paris y Ver-
salles no habia cambiado su carácter; era siempre sui
zo. Los nuevos reglamentos á que la corte de Fran
cia quiso sugetar en 1764 las compañias helvéticas
escitaron un vivo descontento en el canton de Schwi tz.
Se decia que estos reglamentos atentaban á los anti
guos privilegios, y se hacia responsable de ello al ge
neral Reding. Al mismo tiempo la mujer de este,
que vivia en su patria, reclutaba gente para el serví
— 203 -
cio de Francia; pero todos se enfurecian al oir tocar
el tambor frances, y el magistrado , temiendo que la
indignacion del pueblo ocasionase algun desorden,
prohibió á aquella continuar sus levas. Pidió enton
ces ella que se le diese esta orden por escrito , y no
atreviéndose los magistrados á romper tan abierta
mente con Francia, siguió obrando como si no se le
hubiera notificado tal prohibicion. Este arrojo au
mentó la animosidad de los habitantes del canton. Se
convocó una asamblea para deliberar sobre aquel su
ceso, se intimó á la esposa de Reding que compare
ciera ante ella. «El tambor, contestó esta, no cesará
de tocar sino cuando me deis un escrito que justifi
que á mi marido en la corte en el caso de que no pue
da completar sus reclutas.» Accediose á su peticion,
y se encargó al general la defensa de los intereses de
la patria cerca del gobierno frances. En consecuen
cia ;de estas medidas, esperaban los habitantes de
Schwitz noticias favorables de Paris ; pero se frustró
su esperanza. Entonces los que tenian alguna auto
ridad declararon sin la menor reserva que con el
nuevo reglamento peligraban la religion y la liber
tad. El descontento general se cambió al punto en fu
ror. Convocóse otra nueva asamblea , y en ella se re
solvió no proveer ya de tropas al rey de Francia. El
tratado de 1715 fué arrancado'de los registros públi
cos , y se intimó al general Reding la orden de vol
ver inmediatamente con sus soldados á Suiza , so pe
na de destierro perpétuo. Reding obtuvo del rey li
cencia para si y los suyos, y regresó á su patria. En
tró en Schwitz á la cabeza de sus compañias, tambor
batiente y banderas desplegadas. Llegado á la iglesia,
depuso su estandarte en el altar mayor, se arrodilló
y dió gracias á Dios; despues, despidiéndose de sus
soldados, que lloraban al separarse de él , les dió el
sueldo que se les debia, y les regaló sus armas y uni
— 204 —
formes. Desde este momento quedaron dueños lossui-
zosdel hombre á quien miraban como traidor, á quieu
acusaban de haber sostenido el nuevo reglamento de
Versalles, y de haber dado por tanto un golpe funesto
á su pais. Se intimó á Rading que diese cuenta de su
conducta ante los Estados reunidos, y el que sabia que
en tales circunstancias la elocuencia mas sublime fra
casaria contra las prevenciones populares , se contentó
con decir breve y secamente que to los sabiau cómo
habian pasado las cosas, y que no podia vituperárse
le ni por la promulgacion del nuevo reglamento ni
por la licencia que habia recibido. «¡El traidor no
quiere confesar su crimen! esclamaron algunos furio
sos ; ¡ que se le cuelgue del árbol mas próximo, que
se le haga trizas!» Y estos gritos de rabia fueron repe
tidos por un gran número de espectadores. Reding,
sin embargo, permanecia tranquilo é impasible. Al
gunos paisanos, mas ardientes que los demas, subie
ron á la tribuna en que aquel estaba de pié al lado
de los magistrados. Llovia, y un joven elevó su para
guas sobre la cabeza de Reding, que era su padrino.
Un paisano rompió el paraguas con furor, esclaman
do: « Que el traidor esté á la intemperie.» La misma
rabia se apodera del joven. «¡Ahí dice, ignoraba que
mi padrino hubiese hecho traicion á su pais. Si es
asi, dadme' una cuerda para ahorcarlo.» Los miem
bros del consejo se reunen en circulo alrededor del
general, y le ruegan que reconozca que no se ha
opuesto tanto como debia á las innovaciones de Ver-
salles, y que salve su vida ofreciendo sus bienes pa
ra reparar la falta que ha cometido. Reding sale del
circulo con aire grave é imponente, y reclama el si
lencio. Todos esperan una confesion, y muchos asis
tentes se regocijan de poder perdonar, « Queridos
compatriotas , dice el general, sabeis que he servido
al rey de Francia durante cuarenta y dos años. Sa
— 205 —
beis, y muchos de vosotros habeis sido' testigos, de
cuantas veces he marchado al enemigo y de como rae
he conducido en muchas batallas. He considerado ca
da uno de esos dias de combate como el último de mi
vida. Pues bien, os declaro á la faz del Ser Supremo,
que todo lo vé, queme oye y que os juzga, que jamás
avancé contra el enemigo con una conciencia tan pura
como la que llevaré hoy á la muerte si á ella me conde
nais, por lo cual no quiero reconome culpable de un
crimen que no he cometido.» La dignidad de sus pa
labras, la resplandeciente sinceridad que se pintaba
en todas sus facciones , calmaron á la asamblea, y se
salvó. Algunos dias despues abandonó el canton con
su esposa. Esta entró en un convento de religiosas de
Uri, y el pasó dos años en un profundo retiro. Sin
embargo , las prevenciones de sus compatriotas se
amortiguaron. Volvió en medio de ellos, y pagó su
ingratitud con importantes servicios. Todos recono
cieron su integridad, y para indemnizarle de la in
justicia que habia sufrido se le nombró landamann,
es decir, primer magistrado del canton, y tres veces
seguidas fué mantenido por la eleccion del pueblo en
esta dignidad.
Tal es el habitante de los Alpes y de Suiza. Por
efecto de la soledad y de la imaginacion, á veces vio
lento y á veces tierno, presenta las mismas vicisitu
des que el clima en que vive.
Si el aspecto continuo de una naturaleza sal vaga dá
á los suizos una apariencia tosca, deben á esa mis
ma naturaleza la bondad de alma que la calma de los
campos y la contemplacion de las plácidas bellezas
de la creacion dan á los hombres de todos los paises.
Los ingleses dicen que la naturaleza es en Suiza de
masiado grande y demasiado magestuosa para que ei
pincel mas hábil pueda reproducirla fielmente. [Pero
qué placer se esperimenta en aquellas colinas román
— 206 —
ticas, en aquellos frescos valles , en las márgenes de
aquellos lagos serenos! Alli es donde puede observarse
de cerca la naturaleza; alli es donde esta aparece en
toda su gracia y en todo su esplendor. Si la vista de
los bosques helvéticos, donde se elevan llenos de ma-
gestad la encina y el pino, no os satisface, no lejos de
ellos podeis encontrar el mirto de ligero follage , el
almendro, el jazmin, el granado y las colinas cubier
tas de pámpanos. En ningun pais del mundo es mas
variada la naturaleza que en Suiza, y el delicioso pai-
sage de Zurich inspiró "á Gessner sus idilios melo
diosos.
Una naturaleza grandiosa agita el corazon , [lo ele
va y lo inflama. Conmueve mas la imaginacion que
el paisaje mas risueño, asi como la noche nos ofre
ce un espectáculo mas imponente y solemne que el
dia. Guando se viene de Frascati, costeando el lago
de Nemi, cercado por todas partes de bosques y mon
tañas, y cuya tranquila superficie jamás agitan los
vientos, no se puede menos de decir con el poeta in
gles: «La negra melancolia reside aqui en el silencio
de la muerte y en un reposo aterrador; su imagen en
tristece la naturaleza, empaña el brillo de las flores y
marchita el verde follage. ¡Pero qué serenidad y que
alegria tan dulce se esperimenta cuando desde el jar-
din de los Capuchinos, cerca de Albano, se vé esten
derse el lago apacible con las montañas y los bosques
que lo rodean, y el castillo de Guadolfo! Por un lado
Frascati y sus casas de campo; por otro la linda ciu
dad de Albano , el pueblo y el castillo de la Riccia
con sus colinas cubiertas de viñas; mas lejos las in
mensas llanuras de la Campania en que se eleva Ro
ma, la antigua señora del mundo, y en el horizonte
las alturas de Tivoli, los Apeninos y el Mediterráneo.
Asi es como puntos de vista salvages ó risueños
ejercen una viva accion sobre el corazon. Unos inspi
— 207
ran un sentimiento de terror; otros nos causan agra
dables sensaciones. Pero todos ensanchan la esfera
de nuestra existencia , y nos dan un goce mayor de
nosotros mismos.
Para esperimentar estas nobles sensaciones no es,
sin embargo, necesario recorrer los parages solitarios
de Italia y de Suiza. Sin ir como el poeta Kleist por
las montañas en busca de inspiraciones poéticas , se
puede sentir la influencia que la naturaleza ejerce
ee el corazon y la imaginacion. Si el espiritu que
quiere comprender, medir el espacio, no se pierde en
lo vago de la inmensidad; si en una ardiente emocion
no llega hasta imaginarse que es el dueño de la tier
ra, que posee la facultad de crear y de destruir; si no
tiene, como Lavater y Rousseau, visiones maravillo
sas, el aspecto de un fresco paisage, la pureza del ai
re, el azul del cielo le causan un bienestar moral,
que le hará parecer el camino demasiado corto. (1)
El apartamiento de todo lo que nos recuerda nuestra
dependencia, nuestro empleo diario y nuestras ocu-

(i) Un joven hannoveriano radecia , desde largos años,


una profunda hipocondria, y sufria una enfermedad del hi
gado que amenazaba sermortal En vano traté de aliviarle, y
no lo consiguieron tampoco otros muchos médicos Un dia
fué este joven á buscarme, y me dijo que le prescribiera to
do lo que me pareciera conveniente, y que seguiria sin res
triccion alguna mis mandatos. Le aconsejé que fuera á las
aguas de Pfeffersbad, en el canton de los Grisoncs, y que
viviera en él como los aldeanos do aquel pais Partió al
punto, y siguió durante dos meses el régimen mas severo.
Este régimen hizo que se desarrollara en su cuerpo una
erupcion abrasadora. El enfermo se encontraba impedido de
todos sus miembros, y no podia moverse sin esperimentar
grandes dolores. Pero apenas terminó ésta crisis, recobró
la salud. Recorrió las montañas, visitó una parte de Italia,
y volvió despues á Hannover alegre y sano. Al contarme el
efecto que los le baños habian producido, se servia de una
espresion que no puedo olvidar: «Cada nuevo paso que da
ba, decia, me parecia demasiado corto.»
— 208 —
paciones obligatorias , nos dá una esadia de pensa
miento , un ardor de imaginacion , que reaniman el
alma y embelesan el corazon.
Con una imaginacion alegre y juvenil podemos ser
mas dichosos en una oscura prision, que sin imagina
cion en la mas bella comarca. Pero aun sin estar do
tados de tan venturoso don de la naturaleza, pode
mos esperimentar las mas puras fruiciones del cora
zon en la tranquilidad de la vida campestre, y en el
aspecto de los trabajos rústicos. ¿Quién no ha recono
cido en ciertos momentos de tédio, el mágico poder
de los placeres del aldeano, y la dicha de que se go
za al participar de su franca alegria? ¡Con qué since
ra cordialidad se le tiende la mano! ¡Con qué simpa
tia se escuchan sus sencillos discursos! Todo lo que
entonces nos rodea nos interesa y seduce; nuestras in
clinaciones secretas se purifican , se mejoran bajo esta
dulce influencia. Todavia existen goces reales en el
campo para el que no los encuentra ya en las ciu
dades..
Al volver á su patria despues de largos viajes , se
espresaba asi Bernardino de Saint-Pierre: «Solo en el
campo se goza de los bienes del corazon, de si mis
mo, de su mujer, de sus hijos, de sus amigos. En todo
me parece preferible el campo álas ciudades; el aire
es en él mas puro , la perspectiva risueña , el caminar
ligero, el vivir feliz , las costumbres sencillas y los
hombres mejores. Las pasiones se desarrollan sin per
judicar á nadie. El que ama la libertad solo depende
alli del cielo. El avaro recibe presentes siempre re
novados; el guerrero se entrega á la caza; el volup
tuoso construye sus jardines , y el filósofo consigue
meditar sin salir de su morada.» Despues añade: «Pre
fiero el campo de mi patria á todos los demas, no
porque sea mas bello, sino porque me he criado en
él. Hay en el pais natal un atractivo oeulto, un no se
— 209 —
jtté de tierno, que ni la fortuna puede reemplazar,
ni ningun pais puede ofrecer. ¿Dónde están aquellos
dias de la primera edad, aquellos dias de placer sin
prevision y sin amargura? Coger un pájaro me llena
ba de alegria. ¡Qué placer tan grande era para mi el
acariciar una perdiz, reeibir sus picotazos, sentir pal
pitar entre mis manos su corazon y alisar sus plu
mas! ¡Dichoso el que vuelve á ver los parages en que
todo le fue querido , en que todo le parecia amable,
y las praderas en que jugaba, y el vergel que des
truian
Estos sentimientos graban para siempre en nuestro
corazon el recuerdo de nuestra residencia en el cam
po, de esos dias felices en que recorriamos los luga
res solitarios del pais natal. Al mismo tiempo, en to
das las edades, en todos los paises, á la vista solo de
un árbol florido, en la libertad y la calma de los cam
pos, se conmoverá eternamente nuestra alma, y escla
maremos con el orador sagrado: «¡Qué dichoso es el
mortal que sabe gozar pacificamente de la dignidad
independiente de todo lo que le rodea! ¡Ah! ¡Cuán
preferible es la tranquilidad de que él goza al vano
esplendor y al tumulto del mundo! ¡Cuántos senti
mientos nobles y generosos se desarrollan en el retiro
que en el torbellino de los negocios permanecerian
ocultos en el fondo 'del alma!»
¡Oh, mi querido Zollikofer! ¡En el campo, en el se
no de la vida doméstica, he comprendido las verda
des que proclamabas en Leipzig desde el pulpito, las
verdades que apoyabas , no en los frios axiomas de
la teologia, sino en la sensibilidad de tu corazon! He
reconocido, como nos decias, que el hombre de nego
cios puede olvidar en la soledad los cuidados que le
agitan ; que sino consigue desterrarlos enteramente,
puede al menos depositarlos en el seno de un amigo;
que su corazon consolado se abre entonces á la espe
— 210 —
ranza, que su semblante se esplaya y que sus pesares
se alejan hasta tanto qus recobra la fortaleza necesa
ria para soportarlos ó aliviarlos. He visto al sábio
abandonar sus laboriosas investigaciones, salir del la
berinto á que el estudio le conducia, y descubrir en
la inocente sencillez de sus allegados mas calma y
verdad, mas alimento para su alma y para su cora
zon que en todas las profundidades del arte y de la
ciencia. En ese circulo intimo encontramos los elo
gios merecidos y obtenemos la aprobacion de las per
sonas que tenemos en mas estima; en él recobra el al
ma afligida su perdido vigor; el entendimiento estra-
viado entra en el buen camino; el carácter indolente
se despierta de su letargo; nuestras ansiedades se cal
man, y una verdadera satisfaccion se difunde lenta
mente en nuestro seno.
A veces la tranquilidad de los campos , la contem
placion de la naturaleza nos ¡conduce á una vaga
melancolia ; entonces los goces bulliciosos no tienen
para nosotros atractivo, pero gozamos mas del encan
to, del reposo y de la soledad. Ese far niente de los
italianos, que, bajo un cielo espléndido, sonfpobres sin
ser miserables, no está esento de ventajas para el co
razon; encuentra una amplia compensacion de todo
lo que les falta en la dulzura de su clima, en la fer
tilidad de su suelo y en su carácter apacible y reli
gioso. Un escritor ingles, cuyas obras tienen gran
precio á mis ojos, el doctor Moone, dice que los ita
lianos son los mayores holgazanes que existen; pero
que cuando se pasean por el carapo, cuando se sien
tan á la sombra de los árboles, gozan de la serenidad
y del agradable ambiente de su cielo con un deleite
sin igual. No se les verá entregarse á los mismos es-
eesos que los ingleses , ni manifestarán en general la
alegre vivacidad de los franceses, ni la flema impasi
ble de los alemanes. Gozan con mas moderacion de
— 211 —
Jas fruiciones de todos géneros, lo que les proporcio
na mas medios reales de felicidad que á los demas
hombres.
En este desvio de todo lo que nos inquieta y nos
aflige no estaremos acaso libres de ideas novelescas;
pero si esta predisposicion tiene inconvenientes, pre
senta tambien su parle favorable. Puede suceder que
ilusiones quiméricas nos conduzcan á sistemas peli
grosos , que despierten algunas malas pasiones, que
nos den un modo de pensar ligeramente inconsecuen
te, que haga á veces al alma incapaz de entregarse ac
tivamente á útiles esfuerzos, y satisfacerse con las sen
cillas realidades de la vida ordinaria ; puede hacer
tambien que la imaginacion no descienda sin pesar
del mundo ideal en que ha fluctuado, que tenga cier
ta repugnancia á las relaciones sociales, y que hasta
se encuentre fuera de estado de poder llenar los de
beres ordinarios de la vida y de gozar en ella. Cierto
es que los sentimientos novelescos no siempre dan ori
gen á la desgracia. Fácilmente se comprende que se
goza mas con la imaginacion que con la realidad.
Rousseau habia leido en su juventud muchas nove
las. Arrastrado por esta lectura á las cosas imagina
rias, renunció á todo lo que le rodeaba. Desde enton
ces se desarrolló en él una inclinacion á la soledad,
que conservó hasta el fin de sus dias. Decia que esta
predileccion, que tenia todas las apariencias de la
misantropia, era efecto de las cualidades demasiado
afectuosas de su corazon que, no encontrando en nin
gun punto los mismos sentimientos, se resignaba á
vivir de ficciones.
En la soledad toma algunas veces la imaginacion
un vuelo aventurero que ennoblece el corazon sin
perjudicar al alma. En todos los parages en que he
habitado he encontrado alguna persona con quien
mi alma se ha identificado. ¡Ah! ¡Si mis antiguos ami
— 212 —
gos de Suiza supieran cuantas veces hablo con ello*
en mis noches de insomnio! ¡Si supieran que ni la
distancia ni el tiempo borran en mi el recuerdo de lo
que han sido en otra época de mi vida! Si supieran
que esos recuerdos alivian mis dolores, se regocija
rian de ver que vivo todavia con ellos por la imagina
cion, aunque en realidad estoy ya muerto para ellos.
No es en mi opinion completamente infeliz el que
se siente animado en la soledad por nobles y puros
sentimientos. Generalmente se cree que el que vive
lejos del mundo está sometido á las ideas mas som
brias, y á veces goza, por el contrario, de una felici
dad poco comun. Los franceses miraban á Rousseau
como un frio misántropo. No lo fué , sin embargo,
durante una gran parte de su vida, y no lo era segu
ramente cuando escribia á M. de Malesherbes, hijo
del canciller: «No puedo esplicaros, señor, lo queme
ha interesado el saber que me creiais el mas desgra
ciado de todos los hombres. El público juzgará indu
dablemente como vos, y eso es lo que me aflige. ¡Oh!
¡Hasta qué punto se ignora el modo con que he vi
vido! No hay un solo hombre que no deseara una
existencia semejante. La paz renaceria sobre la tierra;
los hombres no pensarian en hacerse daño , y no ha
bria malvados, porque nadie tendria interes en serlo.
¿Pero de qué gozaba yo cuando estaba solo? De mi,
del universo entero, de todo lo que es, de todo lo que
puede ser, de cuanto hay mas hermoso en el mundo
sensible, y imaginable en el mundo intelectual. Reu
nia en derredor mio todo lo que podia lisongear mi
corazon. Mis deseos eran la medida de mis placeres.
Jamás han conocido los mas voluptuosos tales deli
cias , y he gozado cien veces mas con mis quimeras
que ellos con la realidad.» ,„
En esta carta de Rousseau hay sin duda exagera
cion; ¿pero quién no preferiria seguir á Rousseau en
— 213 —
esta exageracion que al mundo en sus cálculos, en sus
costumbres de juego, sus falsos goces y sus preocu
paciones? ¿Quién no preferiria á tantas reuniones bu
lliciosas la tranquilidad de la vida interior y los en
cantos de la naturaleza?
Las églogas son tambien obra de la imaginacion,
y son, en mi concepto, la espresion mas pura é ideal
de la dicha de los campos. El que teniendo solo de
seos modestos no se fatiga con una inquieta ambicion y
solo busca pensamientos de amor é inocencia, vé re
nacer para él esa edad de oro de los poetas que la
mentamos haber perdido; el amor, el reposo, los go
ces que dá la naturaleza no han sido reservados es-
clusivamente á las venturosas llanuras de Arcadia.
Todos podemos tener, si queremos, nuestra Arcadia;
podemos gozar en las verdes praderas , en las már
genes de los arroyos cristalinos, en la sombra de los
árboles las dulces é inocentes fruiciones del corazon.
Pope hace remontar la poesia á los primeros tiem
pos de la creacion. Los primeros hombres eran pasto
res, y sus primeros poemas fueron sin duda églogas.
Al conducir sus rebaños de prado en prado, trataban
de embellecer las horas de descanso de sus bellos
dias, y cantaban su ventura. Tal es verosimilmente,
dice Pope , el origen del idilio , de esas pinturas de
una vida risueña y apacible en que se reflejan los sen
timientos de las antiguas virtudes.
Estas ficciones producen sobre los que las leen una
agradable sensacion , y se bendice al poeta que, en la
elevacion de su entusiasmo, trata de comunicar á sus
semejantes la felicidad que esperimenta. Sicilia y Sui
za han producido dos de esos poetas que podrian
contarse entre el Húmero de los bienhechores de la
humanidad, Theócrito y Gesnier, cuyos suaves idi
lios nos hacen sentir con tanta vehemencia el atracti
vo y los encantos de la naturaleza. - -
— 214 —
Solo en la soledad consigue encontrar el corazon
reposo y la felicidad á que aspira. Cuando digo re
poso, no quiero dar á entender ociosidad é indolen
cia; pasar de un trabajo penoso á una ocupacion
agradable, y de la opresion de los negocios al estudio
de las bellas letras, es reposo. Hé aqui por que Sci-
pion decia que jamás estaba menos ocioso que cuan
do nada tenia que hacer y jamás menos solitario que
cuando estaba solo. Las almas fuertes no se adorme
cen en el ocio y en el retiro; sienten en él un nue
vo aguijon, y cuando se recojan por haber acabado
un trabajo, piensan al punto en empezar otro.
¡Ah! ¡Demasiado cierto es que el que busca una si
tuacion esenta de inquietud sigue vanamente tras una
sombra engañosa! Debe aspirarse al reposo única
mente como medio de reanimar nuestra actividad, y
es necesario saber preferir el trabajo proporcionado
á nuestras fuerzas, y del que encontraremos la recom
pensa despues de los esfuerzos que hayamos hecho, á
todo lo que nos sumergiria en la inercia y nos ador
meceria en la pereza, y á todo lo que nos ofrece pla
cerás demasiado fáciles de adquirir.
No busquemos el reposo en la inaccion, pero siga
mos el impulso que nos hace obrar , y si la desven
tura de los que amamos pesa sobre nuestra alma; si la
compasion que nos inspiran envenena ;todas nues
tras alegrias , y reviste á nuestra vista el mundo con
una nube de luto; si hemos intentado en vano duran
te meses y años enteros sustraernos á nuestros sufri
mientos, huyamos entonces á la soledad, ¡y dichosos
nosotros si somos conducidos y sostenidos en ella por
la mano angelical de una mujer querida! En las di
versas y penosas vicisitudes de vida no he conocido
instantes mas felices que aquellos en que olvidaba el
mundo y el mundo me olvidaba, y en la soledad era
donde encontraba tan profunda satisfaccion. Entonces
— 215 —
estaba al abrigo de todo lo que en el tumulto de las
ciudades gravitaba tan pesadamente sobre mi, de to
das las sombrias agitaciones que me causaba el tor
bellino del mundo. Admiraba la naturaleza , gozaba
de su plácida calma, y solo sentia emociones agra
dables.
Muchas veces he admirado en estas horas de bendi
cion, en una fresca mañana, la colina cubierta de
verdes árboles donde se elevan las ruinas solitarias
del castillo de Rodolfo de Hapbourg. Alli me com
placia en ver el Aar, ya cayendo entre sus orillas es
carpadas á un ancho estanque, ya precipitándose en
tre las rocas agrupadas sobre su paso, serpenteando
despues magestuosamente por entre risueñas prade
ras, y recibiendo en sus aguas al Reues y al Limat,
que le llevan el tributo de sus olas. Al través de este
espléndido paisaje, se detenian mis miradas sobre Ia
soledad real en que reposan las cenizas del empera
dor Alberto I y las de tantos principes de la casa de
Austria y tantos caballeros alemanes vencidos por
los suizos. En lontananza aparecia á mi vista el va
lle que dominan las ruinas de Yindonissa (1), al que
solia ir á meditar sobre la nada de las grandezas hu
manas. El horizonte era limitado por un recinto de
colinas y de antiguos castillos, y mas allá se veia bri-
(i) Vindonissa era una ciudad romana, grande y fuerte,
que servia de baluarte á los emperadores contra las inva
siones de los germanos. En el año 287, el emperador Clo
ro batió en estos puntos á esas hordas impetuosas que las
fortalezas del Rbin no podian contener. Al principiarse el
siglo IV fué Vindonissa tomada y saqueada por los germa
nos. Se reeuperó de este desastre, y fué bajo los francos
silla de un obispado que se transfirió en 579 á Constanza.
Los condes de Windich y de Altemburgo, que son tronco
de la casa de Hapbourg, habitabau en el siglo XII sobre
los restos de esta antigua ciudad romana. De toda esta gran
deza imperial y feudal solo quedan ruinas, sobre las que se
— 216 -
llar la cadena de los Alpes en su admirable magnifi
cencia. Algunas veces, apartando mis ojos de este es
pectáculo espléndido, contemplaba el fresco valle que
se estendia á mis pies y la pequeña ciudad que me ha
visto nacer. Distinguia todos los barrios y podia con
tar todas las ventanas de la casa que habitaba. Al re
flexionar entonces sobre sus sensaciones, me decia:
¿Por qué está mi alma tan oprimida en medio de tan
magnificos cuadros? ¿Por qué me ha parecido el in
vierno tan sombrio, por qué he esperimentado en él
tantas horas de tédio y tantos pesares? Mientras que
aqui está mi corazon tan tranquilo , tan dispuesto á
perdonar todos los falsos juicios y tan libre de todo
cuidado, ¿porqué hay tan poca armonia entre esa pe
queña porcion de hombres que vejetan á mis pies?
¿Por qué el que gobierna aparece tan grande y los
gobernados tan pequeños? ¿Por qué unos son tan al
taneros y otros tan humildes y tan bajos? ¿Por qué el
que es bueno y honrado se muestra tan timido y re
celoso? ¿Por qué esos hombres tienen tan poca liber
tad y resolucion y tan poca conciencia de si mismos?
¿Por qué, en fin, existe tanto orgullo y tanta envidia
entre esos seres que han nacido iguales, mientaas que
las aves, unas al lado de otras, se elevan en los aires
y unen sus cantos para celebrar á su criador? Enton
ces descendia de la colina satisfecho y apacible. Ten
dia afectuosamente la mano á mis inferiores, hacia
un saludo reverente á los magistrados de mi pequeña
ciudad, y conservaba esta saludable disposicion de al
ma hasta que las relaciones de los hombres me hacian
olvidar de nuevo el aspecto imponente de las mon
tañas, el verdor de las praderas y el canto de las aves.
La soledad campestre borra asi en nuestro entendi
miento lo que nos desagrada en las relaciones del
mundo, cambia con frecuencia en placeres interiores
las impresiones mas enojosas y nos inspira un entu
— 217 —
siasmo que no esperi mentamos en las ciudades. En
la soledad , al aspecto de una naturaleza apacible
mas de un ser vicioso puede olvidar sus malas incli
naciones. La soledad desarrolla los pensamientos mas
benévolos y afectuosos , y nos afirma en los deseos
virtuosos, supuesto el caso de que no sepamos com
batir nuestras pasiones y dirigirlas cuerdamente.
Mas dificil es hallar esta saludable soledad dentro
del recinto de las ciudades. Son pocos los que tienen
bastante resolucion para retirarse á su gabinete y ele
varse con el pensamiento sobre todo lo que les rodea;
porque en las calles, en las sociedades , en nuestro
mismo hogar, mil incidentes enfadosos interrumpen
el curso de nuestras reflexiones y la tristeza se apode
ra del corazon y paraliza el vuelo del entendimiento.
Rousseau estraba descontento enParis. (1) Cierto es
que escribió en él algunas de sus obras mas elocuen
tes; pero desde que salia de su humilde morada se
veia asaltado por multitud de impresiones desagrada
bles. Entonces su talento le abandonaba, y el profun
do filósofo, el brillante escritor tenia todas las débiles
susceptibilidades de un niño.
En el campo salimos de nuestra morada con mas
confianza y tranquilidad. En el momento en que nos
cansamos de estudiar, de reflexionar en nuestro gabi
nete, con solo franquear el umbral de la puerta, en
contramos en todas partes la imagen del reposo, y
cada paseo que damos es una agradable distraccion.
Tendemos afectuosamente la mano á todos los que en
contramos, amamos á todos los hombres que vemos y
nos creemos amados de ellos. Al recorrer el sende
ro campestre , no corremos riesgo de exasperarnos
por el desden de algun orgulloso aristócrata, ni de

(i) El mismo ha dicho: «He empleado el tiempo que


vivi en Paris. en buscar recursos para vivir lejos de el.»
15
— 218 -
ser atropellados por un carruaje blasonado. No hiere
nuestras miradas el espectáculo del vicio que se pa
vonea bajo titulos pomposos , ó de la ignorancia car
gada de oro.
Aun á despecho de una constitucion delicada pue
de deslizarse apaciblemente nuestra existencia en el
seno del torbellino social si conocemos el arte de vi
vir con nosotros mismos. Nuestras pasiones son las
que imprimen el movimiento á nuestra alma, y las
que deben conducir nuestro esquife por el occéano de
la vida. Pero si estas pasiones llegan á ser demasiado
impetuosas, la pobre barca peligra y puede naufra
gar. Los pesares solo son un mal secundario para el
que sabs rechazar los deseos culpables. Olvidemos,
pues, lo pasado, si necesario fuese ; no nos perdamos
en vanas congeturas sobre lo porvenir, y no nos de
solemos porque nuestra suerte pueda ser mejor de lo
que es. Todo es siempre mejor de lo que creemos.
La satisfaccion no proviene de las cosas que mas de
seamos, puesto que despues de haberlas obtenido no
estamos todavia satisfechos. La verdadera satisfaccion
reside en nosotros mismos, en la firme voluntad de
conocer, de buscar el bien, y de gozar de él, por limi
tado que sea.
Petrarca comprendia perfectamente el arte de do
minarse y de ocupar su soledad de Valclusa: «Me le
vanto á media noche , dice ; salgo al amanecer; estu
dio en los campos como en mi gabinete; Ico, escribo,
sueño, lucho contraía pereza, contra el sueño y la
sensualidad. A veces recorro montañas áridas, valles
profundos, grutas tenebrosas; á veces me paseo so
lo con mis pensamientos á las orillas de un arroyo.
Nadie puede distraerme ; los hombres se me hacen
cada dia menos pesados, y los tengo á cierta distan
cia. Recuerdo lo pasado; reflexiono sobre lo porve
nir. He descubierto un medio escótente de separarme
— 219 —
del mundo: consiste en acostumbrarme á los parages
en que me establezco, y estoy convencido de que po
dria habituarme asi á todos los lugares, esceptuando,
sin embargo, Aviñon. Aqui , en Valclusa, me liguro
que estoy ora en Atenas, ora en Roma ó en Florencia,
segun los caprichos de mi imaginacion; aqui gozo de
todos mis amigos, de aquellos con quienes he vivido,
de los que ya han muerto y de los que solo conozco
por sus obras.»
Petrarca no quiso , sin embargo, hacer todo aque
llo de que era capaz, porque estaba enamorado. No
tenia la paz del corazon, esa paz que es uno de los
medios mas infalibles, dice Lavater, de ser bueno y
de producir el bien.
Por efecto del trabajo puede gustarse el encanto
del reposo en la soledad mas espantosa. Un empera
dor del Japon desterró á la isla de Fateitzio á algu
nos grandes señores que le habian desagradado. Es
ta isla árida y desierta tiene sus costas tan escarpa
das y de tan dificil acceso, que es necesario subir por
medio d- maquinas á los desgraciados que son en
viados á ella, y los viveres de que se alimentan. La
única ocupacion de los desterrados á esta tierra sal
vaje es fabricar tisúes de oro y seda de gran belleza,
y que jamás venden los japoneses á los estranjeros.
Con permiso de S. M. el emperador del Japon, creo
que se puede encontrar mayor paz interior en la isla
de Fateitzio, que á su lado, en el brillo de su corte.
Debemos esforzarnos en reunir lodo lo que pueda
proporcionarnos algun reposo y conservar cuidado
samente tan precioso alivio. Puede encontrársele en
los campos despues de haberlo buscado vanamente en
las ciudades.
¿Qué cortesano esperimentó jamas en medio de los
banquetes mas brillantes una satisfaccion compara
ble á la que Rousseau gustaba al hacer su frugal co
— 220 —
mida? « Volvia muy despacio, dice , con la cabeza un
poco fatigada, pero con el corazon contento; reposa -
ha agradablemente al regreso, entregandome á la im
presion de los objetos, pero sin pensar, sin imaginar,
sin hacer mas que disfrutar de la calma y de la dicha
de mi situacion. Encontraba mi cubierto dispuesto en
el terrado, cenaba con grande apetito con mi familia.
Ninguna imagen de servidumbre ni de dependencia
venia á turbar la benevolencia que á todos nos unia.
Mi perro mismo era mi amigo, no mi esclavo. Tema
mos siempre la misma voluntad ; jamás me ha obede
cido. Mi alegria durante la noche demostraba que ha
bia vivido solo durante el dia. Todo lo contrario su
cedia cuando habia estado acompañado : raras veces
estaba contento de los demas, y nunca de mi. Por la
tarde estaba regañon y taciturno. Esta observacion
es de mi ama de gobierno, y desde que me lo dijo he
encontrado siempre justas sus observaciones. En fin,
despues de haber dado algunas vueltas por mi jar-
din, cantaba algunos aires sobre mi espinela, y encon
traba luego en mi lecho un reposo de cuerpo y de alma
cien veces mas dulce que el sueño mismo. »
La naturaleza, y un corazon apacible, pueden ser
para Dios un templo tan bello y magestuoso como
los edificios mas magnificos. La grandeza del Eterno
santifica la colina solitaria en que un alma esenta de
malas pasiones le ofrece su humilde sacrificio. En to
das partes lee en nuestro corazon, en todas partes es
cucha nuestra plegaria. No hay un átomo de polvo
que no esté lleno de su podar; pero tampoco hay un
lugar que inspire tanta piedad como aquellos en que
la magestad , la gracia de la naturaleza arrebatan el
pensamiento y nos causan un sentimiento de admira
cion y de amor.
Jamás recuerdo sin una profuuda emocion la es
pléndida escena que se presentó á mi vista al subir
una vez con mi amigo Lavater al terrado de la casa
en que habia nacido; al traer á la memoria lo que mi
querido Brudon habia esperimentado en la cima del
Etna, creia sentir las mismas emociones, (1)
Mis miradas se cernian á la vez sobre la ciudad de
Zurich y sobre las alegres campiñas que la rodean;
veia estenderse á mis pies aquel lago tan limpio y
trasparente], y en el horizonte las cimas de monta
ñas gigantescas cubiertas de eterna nieve. Con esta
perspectiva gozaba de una serenidad celestial.
Entonces comprendi cómo Lavater, con este inalte
rable sentimiento de su existencia y de sus fuerzas,
podia mostrarse tranquilamente en Zurich a los ojos
de los sabios, que no cesaban de zaherirle, y á los que
pedia tan humildemente perdon de su inocente exis
tencia. Comprendi cómo podia amar aun á sus im
placables enemigos, que se irritaban al oir su nom
bre, que se resignaban con pesar á reconocer parte
de su mérito , pero que tenian una verdadera alegria
al notar en él algun defecto, alguna ridiculez, y re
cogian con avidez todas las imposturas que podian
empañar su reputacion.
En posicion aun mas tranquila y seductora que la
de la casa de Lavater, en medio de los sitios mas ri
sueños y magestuosos de Suiza , en la aldea de Rich-
tenvyl, á algunas leguas de Zurich, vive un gran mé
dico; su alma es nobli y dulce como la naturaleza
que le rodea. Su casa es el templo de las virtudes
apacibles y de las afecciones tiernas. La aldea de
Richterwyl se estiende sobre dos leguas de tierra que

(i) A medida, dice Brudon, que nos elevábamos sobre


las habitaciones de los hombres, nos parecia que todos los
sentimientos bajos y vulgares nos abandonaban; que cerca
de las regiones etéreas se despojaba nuestra alma de las pa
siones terrenales, como si hubiera recobrado parte de su in
maculada pureza.
— 222 —
se adelantan en medio del lago de Zurich , y forman
un puerto natural de una media legua de estension.
Sobre la otra orilla, el lago, que por este parage solo
tiene una legua de ancho , está cerrado de norte á le
vante por colinas cubiertas de viñas, de praderas, de
vergeles, de campos sembrados de aldeas, de iglesias
y de habitaciones rústicas.
De levante á mediodia se ve desarrollar un inmen
so anfiteatro , que ningun pintor ha podido todavia
reproducir. Hácia la parte superior del lago se perci
ben islas, promontorios, la pequeña ciudad de Ras-
perchwyl, edificada en la ladera de una colina, y el
puente que se estiende de una orilla á otra del lago.
Mas allá se eleva aquel anfiteatro que nadie se cansa
de contemplar. Se descubren colinas ondeadas, des
pues montañas revestidas de verdes árboles y pobla
das de habitaciones, luego las cumbres fértiles de los
Alpes con su tinta de plata y azul; luego, eD fin, las
cimas grandiosas que se elevan hasta el cielo. Hácia
el sur se abre este anfiteatro, y deja percibir nuevas
cadenas de montañas que se estienden á lo lejos, esca
lonadas unas sobre otras.
Sobre las orillas , al pié de estas montañas, que se
prolongan desde el mediodia al oeste , se eleva la al
dea de Richterwyl. Sombrios bosques de abetos cu
bren sus flancos, y al pié de ellos se estienden verge
les llenos de árboles frutales, campos fecundos y pra
dos inmensos; la aldea es limpia, sus calles están em
pedradas, sus casas construidas de piedra y pintadas
de colores. Por una parte está cercada de un recinto
de árboles frutales ; por otra de espesos bosques. El
estrangero no puede contemplar sin viva emocion es
te cuadro encantador. Ni un solo palmo de aquella
comarca está inculto. Todos trabajan , niños y an
cianos.
El médico de quien hablo tiene alli dos casas en
— 223 —
medio de un jardin en el centro de la aldea , y tan
tranquilas como si estuvieran en el campo. Bajo las
ventanas de su habitacion corre un fresco arroyo que
lame el camino real, por el que desde hace siglos pa
san diariamente multitud de peregrinos que se diri
gen al convento de Nuestra Señora ds las Ermitas.
Desde alli se descubre, al mediodia, el soberbio Etzel-
berg con sus negros bosques , en medio de los que se
vé brillar á los rayos del sol la flecha de una iglesia.
A algunos pasos de la aldea está el lago de Zurich,
cuyas aguas, ligeramente rizadas por el viento, se cu
bren de blanca espuma, ó, unidas como un espejo, re
flejan en su limpio cristal los bosques y las montañas,
el verdor y el cielo.
Si en este retiro seductor se vá por la noche á res
pirar en el jardin el aroma de las flores nacientes, al
mismo tiempo que la luna aparece por detras de las
montañas, y proyecta un largo surco de luz sobre las
superficie del lago, en esta hora tan apacible, en es-
la hora de reposo, se oye por una parte el sonido de
las campanas de la aldea, por otra la voz vibrante
del sereno y el ladrido de los perros de ganado. Se
distingue en lontananza la barca del pescador que
con su remo hiere las hondas con golpes acompasados.
Se le ve deslizarse en medio de una estela de luz y
columpiarse sobre las olas argentadas. ¡Quién al ver
por primera vez el lago de Ginebra en toda su esten-
sion no permanece atónito contemplándolo y no cree
ver una obra maestra de la creacion! Pero en Richter-
.wyl, todos los objetos que abrazan nuestras miradas
están mas próximos, y tienen una tinta mas dulce y
agradable.
En la morada de este sábio médico no hay lujo ni
vano fausto. Las sillas son de paja; solo hay mesas de
madera dtl pais , y vagilla de barro; pero todo es
aseado y cómodo. Una coleccion de retratos, pintados
— 224 —
ó grabados, es el único lujo de mi amigo. Los prime
ros rayos de la aurora iluminan la habitacion en que
reposa, y le convidan á recobrar el movimiento y la
vida. Una bandada de aves se despierta al mismo
tiempo que él, y le saluda con sus trinos. Los prime
ros y últimos momentos del dia le pertenecen; consa
gra los restantes á todos los enfermos, á todos los po
bres que van incesantemente á consultarle. La bene
ficencia absorve su tiempo, pero es la alegria de su
vida, y el alimento de su corazon. Los habitantes de
las montañas de Suiza y de los valles de los Alpes acu
den en gran número a su morada, y le esplican sen
cillamente sus necesidedes, porque están persuadidos
de que todo lo sabe. Responden á sus preguntas con
franca sencillez ; oyen atentamente sus palabras; re
cogen cuidadosamente sus consejos, y se separan de él
llenos de esperanza y de consuelo, como al separarse de
los confesores de Nuestra Señora de las Ermitas. Pa
sando de tal modo los dias, ¿qué puede faltarle á es
te hombre tan digno? Cuando una honrada aldeana,
que poco antes temblaba por la vida de su esposo,
entra en la habitacion del buen doctor y le dice estre
chándole la mano : « Mi marido estaba muy malo
cuando vine á consultaros; ahora está ya mucho me
jor. ¡Ah! ¡Cuánto os debo!» Debe sentir el alma de
mi amigo con tales] pal abras todo cuanto un rey espe-
rimentaria en ' el momento de hacer la felicidad de
su pueblo.
TaFes la ^comarca de] Suiza, en que reside uno de
los mas grandes prácticos de nuestro siglo , el doctor
Hotz , á quien su habilidad como médico , su criterio
como filósofo , y su esperiencia colocan en la misma
linea que á mis dos queridos amigos Tissot y Her-
zel. Sus años pasan en el cumplimiento de sus debe
res; cierto es que solo puede disponer durante el dia
de dos horas; el resto está destinado á aliviar á lo»
— 223 —
que necesitan de él. Su alma viva y enérgica jamás re
posa'; pero una tranquilidad suprema reside en su
corazon. ¡Ah! No hubiera encontrado tanta dicha en
la corte. Pero todos podemos adquirirla semejante
sin habitar una morada tan bella como la de mi ami
go Hotz, como el claustro de los capuchinos cerca de
Albano ó el palacio de Windsor.
El que se contenta con lo que "posee es dichoso. Se
encuentra con facilidad esta dicha en Richterwyl, en
las orillas del lago de Zurich; pero no es tan fácil co
mo acaso se crea encontrarla en la habitacion en que
escribo este libro sobre la soledad, y donde hace sie
te años que solo se estiende mi vista sobre techos mi
serables y la cúpula de un triste campanario.
Es preciso que la calma emane del corazon; pero
entra en él mas fácilmente con las virtudes que de
ben acompañarla. En el silencio de un retiro cam
pestre conseguimos sin trabajo ser buenos é inclina
dos á amar; en una fresca selva, en las orillas de un
claro arroyo , la tranquilidad de la naturaleza pene
tra en nuestro corazon, al paso que entre los hombres
nos inclinamos mas á huir de nosotros mismos que
á huir de los demas. Estar en paz consigo mismo es
estar en paz con el mundo entero; cuando el alma es
tá tranquila, los hombres y las cosas se nos presentan
bajo el mejor punto de vista. Cuando la naturaleza
nos sonrie, cuando los sentimientos de benevolencia
que nos inspira llenan nuestro corazon, solo nos falta
un corazon con quien dividir nuestra felicidad.
Los caractéres apacibles encuentran mas dicha in
terior en el campo que en cualquiera otra parte. El
palacio mas soberbio , la corte mas brillante no po
drian borrar el dolor del que abandonara á pesar su
yo una situacion dulce y tranquila para trasladarse
al torbellino del gran mundo , en que se encuentra
— 226 —
tanto tedio, tanta mentira, tantas demostraciones fal
sas y tanto odio. (1)
En los campos se vuelve á encontrar todavia el
amor, la buena fé, los verdaderos placeres y la senci
llez de costumbres de nuestros antepasados. Hé aqui
por que Rousseau decia á los habitantes de las ciu
dades que en la vida campestre existe un encanto
particular de que no tienen idea, y placeres menos
enfadosos y groseros de lo que creen; que alli se en
cuentra tambien gusto y delicadeza; que un hombre
de mérito que se relira al campo con su familia, y que
se hace su propio arrendatario, pasa los dias mas dul
ces que en las reuniones mas espléndidas; que una
honrada ama de casa puede ser en el campo una mu
jer llena de gracias y atractivos preferibles á todos los
de las grandes señoras.
En el tumulto social, bajo el yugo de la subor
dinacion, la lucha continua del buen sentido y de
la razon contra la ignorancia de los que ejercen el
poder, entristece y desoía el alma del hombre. Ne
cios investidos con una autoridad injusta, hacen pe
nosa la existencia de sus inferiores, siembran de es
pinas y abrojos la carrera de los que tienen mas ta
lento que el. os, los desalientan y llenan de am*rgura.
¡Cuantos hombres de honor obligados á vivir en la
corte, cuantos bravos oficiales y empleados instruidos
podrian esclamar con el filósofo: «¡Oh! ¡Que no ten
ga alas como la paloma! ¡Que no pueda partir y fi
jar mi morada donde me agrade! Huiria al pun
to de aqui para retirarme al desierto, para librar-

(i) Madame de Maintenon escribia desde Versalles á


Madame de Quclus: «Aqui hacemos una vida muy singular;
quisiéramos tener talenlo, galanteria, invencion, y todo esto
dos talla completamente. Se juega, se baila, se cuentan al
gunas miserias de los demas; se odia, te envidia , se aca
ricia y se destroza.»
- 227 —
ms de la tempestad que me amenaza en estos lugares,
donde reinan la necedad, la mala fé , la mentira y la
discordia.»
La necedad que ejerce algun poder y tiene algun
crédito, es, sobre todo, perjudicial y peligrosa, porque
toma al hombre por lo contrario de lo que es, porque
invierte el orden de todas las ideas razonables. Es
preciso que los caracteres rectos, libres y honrados
que quieren escaparsele conozcan sus artificios y sus
malignas combinaciones como la zorra de Saadi, el
fabulista indio.
Se encontró un hombre á una zorra que huia á su
madriguera, y le dijo : «¿Por qué forres tanto? ¿Has
cometido alguna mala accion, y temes que te casti
guen?» —iNo, respondió la zorra, mi conciencia esta
pura; pero acabo de ver unos cazadores que tratan de
coger un camello.» — «¿Y qué te importa? Tu no eres
camello.» —«¡Ah! repuso la zorra; las buenas cabe
zas siempre tienen enemigos. Si alguno me mostrase
á los cazadores esclamando: Ved un camello que cor
re por el campo, me cogerian, y me atarian sin to
marse el trabajo de ver si era realmente el animal que
buscaban.»
La zorra tenia razon. Pero que los hombres sean
malvados por necesidad ó por envidia, si no puedo
librarme de sus tiros; si, porque me creen dichoso, soy
objeto de sus celos, solo me vengaré de sus malos
pensamientos manifestándoles que á nadie envidio.
El que está satisfecho de lo que posee no tiene tan
viles celos. Las ideas de sencillez, orden y reposo
que la soledad inspira nos preservan de deseos inmo
derados. Viviendo frecuentemente con nosotros mis
mos, debemos reconocer cuantas cualidadesnos faltan
y que estamos aun mas abajo de lo que se cree. Todo
lo bueno que nos acontece entonces, y toda la felici
dad de que gozamos, nos parece una gracia especial.
— 228 —
y no podemos afligirnos por la ventura de los demas
hombres. La dulzura nace tambien de las reflexiones
que hacemos sobre los defectos propios, y de lajus-
ticia con que miramos las cualidades superiores que
tenemos ocasion de apreciar.
Un historiador de la Luisiana ha dicho: « Hubiera
querido acabar mis dias en las dichosas soledades de
esta comarca, lejos del mundo, del egoismo y de la
mala fé; alli se esperimentan muchos placeres inocen
tes, que sin cesar se renuevan ; alli se está libre de
los malvados y de la envidia; alli es imposible con
templar, sin admirar la poderosa bondad de Dios,
tantos animales de todos géneros que vagan pacifica
mente en aquellas inmensas praderas, tantas aves que
llenan los bosques de armonia, tantas maravillas de la
naturaleza que nos inclinan á sábias meditaciones.»
Pero estos placeres pueden tambien hallarse lejos
de las soledades de la Luisiana. El laborioso padre
de familias, que, despues de haber cumplido digna
mente su tarea diaria, se reune por la noche á su mu
jer y á sus hijos, no tiene ciertamente los tristes cuida
dos del cortesano. Si el hombre investido de un em
pleo público no obtiene de los que le rodean la jus
ticia y el honor que merece; si su celo y sus trabajos
no se recompensan como deberian serlo, olvida esta
ingratitud cuando vuelve en medio de los suyos,
cuando encuentra sus muestras de ternura, cuando re
cibe de ellos los elogios de que es digno. Si el falso
brillo del mundo y sus grandezas no ha conmovido
su pensamiento, si el disimulo, el ardid, la vanidad
pueril no han hecho mas que fatigar y agriar su co
razon, pronto, en el circulo de los que ama y de quie
nes es amado, reanimará una noble emocion su alma
abatida, un sentimiento puro y consolador desperta
rá su valor , y la verdad , la probidad, la inocencia
que reinan á su alrededor le reconciliarán con el gé
— 229 —
fleto humano. Pero si aun cuando poseyera la mas
inmensa fortuna, aun cuando fuera el favorito de los
ministros, de los grandes ó de las mujeres, reinan en
su morada la envidia y la discordia, ¿encontrará en
esas fastuosas apariencias de felicidad compensacion
á la satisfaccion real de que carece?
Al espresar estos pensamientos sobre las ventajas de
la soledad, recuerdo los del ilustre predicador Zolli-
kofer.
«La soledad, dice, nos pone al abrigo de los frivo
los sarcasmos, de los desprecios injustos y de las opi
niones injuriosas de la envidia. Nos oculta el aflicti
vo espectáculo de las locuras , crimenes y miserias
que en el torbellino de la sociedad profanan y man
chan con tanta frecuencia el curso de la vida; templa
el demasiado ardor de las pasiones; afirma la paz en
nuestro corazon. Por mi mismo sé la verdad de estas
palabras. Cuando creian mis enemigos que aconteci
mientos sin importancia turbaban mi tranquilidad,
cuando se me referia que se complacian al saber las
injurias que se me habian hecho y las que se me pre
paraban, me decia á mi mismo : ¿Qué importan esos
epigramas y esas burlas? ¿Qué importan esos graba
dos satiricos que se esparcen para ofenderme en Sui
za y Alemania?»
Asi como no podemos tocar, sin sufrir algun dolor,
las espinas y zarzas que pies encallecidos pisan impu
nemente, hay tambien personas que se afectan de lo
que para otras seria indiferente ; á estas debe tratár
selas con cariño como plantas delicadas; pero el que
ha ejercitado su energia contra peligros reales y des
gracias temibles , no nota esas ligeras picaduras, las
abandona á los espiritus mezquinos que no se ocupan
en otra cosa, y se rie de las amenazas de un enjam
bre de insectos.
No siempre es necesario gustar los encantos de una
— 250 —
naturaleza fresca y risueña para olvidar la cólera de
nuestros enemigos; porque la olvidamos en cualquiera
parte donde encontramos calma. Las mezquinas con
trariedades de la vida , las injusticias, los cuidados,
desaparecen como el polvo á los ojos de! que tiene bas
tante resolucion para vivir segun su gusto y su ca
rácter. Lo que se hace voluntariamente es mas agra
dable que lo que se hace por fuerza; la opresion del
mundo y la servidumbre fatigan á las almas libres,
agotan su energia y les quitan, en el seno mismo de
la riqueza, todo placer y toda satisfaccion.
No solo vuelve la soledad la calina al corazon, no
solo lo predispone a la bondad, a la virtud, no solo nos
eleva sobre la malignidad y la envidia , sino que nos
ofrece tambien oiras ventajas aun mas preciosas si
cabe.
En ninguna parte se adquiere tan fácilmente la ver
dadera libertad como en el desvio del mundo y de
las relaciones forzadas con los hombres. Lo hemos di
choya, y lo repetimos ahora: el hombre vuelve en si
misino en la soledad, recobra alli su talento libre y
natural, piensa, habla y obra segun sus sentimientos.
Libre de toda tirania, de la opresion de los negocios,
délas leyes de una etiqueta importuna, puede pen
sar en alta voz y dejarse llevar de sus verdaderas
emociones.
Madame Stael decia que era un gran error creerse
libreen la corte, donde, a la menor circunstancia, se
está obligado á respetar todo género de consideracio
nes, donde es preciso arreglar los sentimientos á todo
lo que nos rodea, donde todos los que están á nues
tra inmediacion parecen tener el derecho de poner
nos á prueba, y donde no podemos gozar de nosotros
mismos. El goee de si mismo solo existe en la sole
dad. En la Bastilla me conoci por la primera vez.
Los hombres que tienen un corazon libre y altivo,
- 231 -
no han nacido para desempeñar un cargo de sumiller
de corps. El cortesano mira con temor cuanto le ro
dea , y la sospecha y la inquietud le atormentan sin
cesar. Trata, sin embargo, de conservar un semblan
te sereno; pero semejante a la anciana cuyo cullo sen
cillo se ha contado tantas veces, ofiece un cirio al ar
cangel San Miguel y olio al demonio, poique no sa
be ;i cual de los dos podrá necesitar algun dia.
El amor á la soledad y á la libertad hacia odiosas
á Petrarca las vanas distracciones del mundo. En su
áncianidad se intentó muchas veces ligailo, en cali
dad de secretario, al pontiüce romano. Petrarca res
pondia: «Las riquezas que se adquieren a espensas de
la libertad, son una verdadera miseria. Un yugo de
oro es tan pesado como uno de madera.» Representó
á sus amigos que no podia renunciar a su indepen
dencia y ú sus ocios, á sus estudios y a sus libros;
que en la época en que habia necesitado fortuna, ha
bia sabido desdeñarla, y que se avergonzaria de bus
carla cuando no le era ya necesaria; que se debian ar
reglar las provisiones a la duracion del viaje, y que
estando próximo al término de su carrera, debia mas
bien pensar en la posada que en los gastos del ca
mino.
Petrarca se retiró a la soledad á la edad de veinte y
tres años, y tenia, no obstante, todas las cualidades
esteriores que puede apetecer un cortesano. Era tan
hermoso, que los transeuntes se detenian en las calles
para mirarlo; sus ojos eran vivos, ardientes, y su fi
sonomia llena de vida. En su noble y varonil sem-
blente brillaban los colores de la salud, y era de una
estatura esbelta, elevada, imponente. En un princi
pio se abandonó á la fogosidad de su temperamento
y á la influencia del clima de Aviñon. Se de ó sedu
cir por la belleza de las mujeres, y empleaba una gran
parte del dia en su tocado. Siempre vestido de blaa»
— 232 —
lo, si veia en su trage la menor mancha, la menor
arruga , esperimentaba un verdadero pesar. Usaba
unos zapatos tan estrechos, que hubiera concluido por
no poder andar sino hubiera conocido que era mejor
tener el pié menos bonito que hacerse daño. Al atra
vesar las calles se ponia con cuidado al abrigo del
viento por temor de ver estropeado el orden elegan
te de sus cabellos. El estudio de las letras y el senti
miento de la virtud contrarestaron, sin embargo, su
inclinacion á las mujeres. Cierto es que por agradar
las escribió sus poesias en italiano. Pero á pesar del
ardor de su temperamento, conservó su castidad. An
tes de conocer á Laura era en estremo agreste en este
punto, y si hemos de darle crédito, á los veinte y tres
años no tenia que hacerse ninguna reconvencion so
bre su conducta. El temor de Dios, la idea de la muer
te y los principios religiosos que su escelente madre
la habia inculcado le preservaron de los escollos que
le rodeaban. La ciencia del jurisconsulto era entonces
uno de los mejores medios de hacer carrera en la cor
te del Papa; pero Petrarca tenia gran aversion al es
tudio de las leyes. Antes de dedicarse al estado ecle
siástico , habia egercido la profesion de abogado, y
ganado muchas causas. Mas tarde se hacia reconven
ciones y decia: «En mi juventud estaba consagrado á
vender palabras, ó, mas bien, mentiras; pero lo que se
hace de mala voluntad nunca se consigue; yo amaba la
soledad y detestaba el foro. » El sentimiento de su mé
rito le daba, es cierto, ese aire de seguridad que sue
le notarse en los jovenes , ese orgullo que hace creer
que se puede aspirar al objeto mas elevado. Pero su
aversion á la vida de cortesano venció á sus sueños
de ambicion. «No espero, decia, hacer fortuna en la
corte del Papa. Seria forzoso para lograrlo que me
presentase en los palacios de los grandes, seria forzo
so adular y mentir.» Y Petrarca no era capaz de ha
— 253 —
cerlo.'No odiaba los honores ni el poder; pero si los
medios á que habia que recurrir para conseguirlos.
Amaba la gloria ; pero no queria buscarla por las
vias acostumbradas; no queria seguir la misma mar
cha que los demas hombres, y se alejo de la corte.
En 1346 , durante la cuaresma , se encontraba en
Valclusa, segun su costumbre; el obispo de Cavaillon,
deseoso de conocerlo y de hablar con él, Tino á esta
blecerse á su inmediacion en un castillo edificado en
la cima de una roca, pero del que solo quedan hoy
las ruinas. Lo que estos dos hombres habian presen
ciado en Ñapoles y en Aviñon , les hacia mirar con
gran repugnancia el residir en las ciudades, y despre
ciar profundamente las hipocresias de la corte. Al
conversar entre si, recordaban con frecuencia lo que
habian esperimentado en otro tiempo, y pintaban con
entusiasmo las ventajas de la soledad. Petrarca conci
bió entonces la idea de escribir un libro sobre este
asunto, reuniendo sus propias ideas á las de los de-
mas filósofos. Empezó la obra al principio de la cua
resma, y en pascua estaba terminada; pero la corrigió
luego muchas veces, y añadió nuevos pensamientos.
Hasta veinte años despues no osó darla á luz, regalán
dola al obispo de Cavaillon, á quien la habia dedicado.
Cierto es que Petrarca al alejarse asi de la corte ha -
cia grandes sacrificios en la soledad; pero encontró en
ella las mayores fruiciones del alma y del corazon,
y estas fruiciones las debia á su alejamiento del mun
do y á su amor á la libertad.
Este mismo amor á la libertad hacia á Rousseau
tan penosa la sociedad, y le proporcionaba gustar con
tanto deleite el reposo de la soledad; en una de sus
cartas á M. de Malesherbes dice:
«Largo tiempo me he engañado en la causa del in
vencible disgusto que he esperimentado siempre en el
trato de los hombres ; lo atribuia al pesar de carecer
16
— 234 —
del talento necesario para mostrar en la conversacion
el poco que tengo, y por consecuencia al de no ocu
par en el mundo el lugar que creia merecer. Pero
cuando despues de haber emborronado papel me he
asegurado, aun diciendo necedades, de que no se me
tendría por necio ; cuando me he visto buscado por
todos, y honrado con mucha mas consideracion que
la que la mas ridicula vanidad hubiera osado espe
rar, y que, á pesar de esto, he sentido este mismo dis
gusto mas bien aumentado que disminuido, he dedu
cido que provenia de otra causa, y que no eran estos
goces los que necesitaba.
¿Cuál es, pues, esta causa? No es otra que ese in
domable espiritu de libertad que nada ha podido ven
cer , y ante el cual los honores , la fortuna y hasta
la reputacion nada valen para mi. Cierto es que es
te espiritu de libertad proviene en mi, menos de or
gullo, que de pereza ; pero esta pereza es increible.
Todo la asusta ; los menores deberes de la vida civil
le son insoportables; una palabra que decir, una carta
que escribir, una visita que hacer, desde que es for
zoso, son para mi suplicios. He aqui por que, aunque
el trato ordinario de los hombres me es odioso, me ea
querida la amistad intima , porque no hay deberes
para con ella ; se siguen los impulsos del corazon, y
todo está hecho. Hé aqui tambien porque he temido
siempre tanto los benelicios: porque todo beneficio
exige reconocimiento, y soy ingrato solo porque el
reconocimiento es un deber. Ea una palabra, la clase
de felicidad que necesito , no es tanto hacer lo que
quiero, como no hacer lo que no quiero. Nada me se
duce en la vida activa; consentiria mas bien en no ha
cer jamás nada, que en hacer algo á mi pesar. He pen
sado muchas veces en que no hubiera sido muy des
graciado en la Bastilla no estando obligado mas que
a permanecer en ella. »
- 235 —
En otro párrafo de sus libros habla tambien Rous
seau de la felicidad de que gozaba en un reposo apa
cible.
«Cuando mis dolores , dice , me hacen medir tris
temente lo largo de las noches, y cuando la agitacion
de la fiebre me impide goaar de un solo instante de
sueño, suelo distraerme de mi estado presente pen
sando en los diversos acontecimientos de mi vida; y
el arrepentimiento, los dulces recuerdos , los pesares,
la ternura, se dividen el cuidado de hacerme olvidar
por algunos instantes mis sufrimientos. ¿Qué tiempo
ereis, monseñor , que recuerdo con mas frecuencia y
mejor voluntad en mis ensueños? No son los place
res de mi juventud : fueron demasiado cortos, dema
siado llenos de amargura, y están ya muy lejos de mi.
Son los de mi retiro , mis paseos solitarios; son los
dias rápidos, pero deliciosos, que he pasado solo con
migo mismo, con mi buena y sencilla ama de gobier
no, con mi querido perro, mi vieja gata, con las aves
de la campiña y las corzas del bosque, con la natura,
leza entera y su inconcebible autor ; levantándome
antes que el sol para ir á contemplar su aparicion des
de mi jardin. Cuando veia empezar un hermoso dia,
mi primer deseo era que ni cartas ni visitas vinieran
á turbar su encanto. Despues de haber dedicado la
mañana á diversos cuidados, que los llenaba todos con
placer, porque era árbitro de dejarlos para otra hora,
me apresuraba á comer para librarme de los impor
tunos y proporcionarme una larga tarde. Una hora
despues, aun en los dias mas ardientes, me dirigia
po los parages donde mas daba el sol, con eí fiel Aca
tes, acelerando el paso por temor de que alguien se
apoderase de mi antes de que pudiera ocultarme;
pero cuando ya habia podido doblar cierto recodo,
¡con qué latidos de corazon, con qué demostraciones
de alegria empezaba á respirar al verme salvo y di
— 256 —
riéndome: ¡Heme aqui dueño de rai por el resto de\
dia! Entonces iba con un paso mas tranquilo á bus
car algun paraje agreste en el bosque, algun sitio de
sierto, donde, no mostrándose la mano del hombre,
nada anunciase servidumbre y dominacion; algun asi
lo en que pudiera creer que era el primero que pe
netraba, y en donde ningun tercero importuno vinie
se á interponerse entre la naturaleza y yo.»
¿Quién no renunciaria voluntariamente á los tu
multuosos placeres del mundo por estos placeres del
corazon y esta libertad modesta? Bien sé que no to
dos están en situacion de poder gozar tan intimamen
te de si mismo; pero que se procure conocer los go
ces del campo , y se verá que una hora de libertad,
un instante de reposo, bastan acaso para hacernos sen
tir el vacio de la disipacion de las ciudades, del apa
rato y de las frivolas distracciones del mundo.
Clemente VI ofrecia á Petrarca el cargo de secre
tario apostólico y muchos obispados. Petrarca no que
ria aceptar estas funciones. «Rehusas cuanto te pro
pongo, le dijo un dia el Papa; pide, pues, lo que de-
ses, y te lo daré. » Dos meses despues escribia Petrar
ca á uno de sus amigos: «Toda elevacion me es sos
pechosa, porque cerca de la elevacion distingo la cai
da. Que se me conceda la mediania que se me ha pro
metido, y que prefiero al oro. La aceptaré con placer
y reconocimiento; pero si se me quiere investir de un
empleo importante, lo rehuso, sacudo su yugo, por
que quiero mejor permanecer pobre que ser esclavo.»
Un ingles ha dicho: «¿Por qué los habitantes de las
llanuras de Lombardia, en que la naturaleza reparte
y prodiga sus dones, son mas pobres que los monta
ñeses de Suiza? Porque la libertad ejerce mayor in
fluencia sobre la felicidad de los hombres que el sol
y la temperatura. Por la accion de la libertad, la ro
ca árida se convierte en tierra fértil , el pantano in*
— 237 —
fecto se seca, los desiertos se cubren de alegre ver
dor. La libertad solaza el corazon de los habitantes
del campo que ven crecer á su lado á sus vigoro
sos hijos. La libertad ha abandonado las fértiles lla
nuras de Lombardia y se ha refugiado en Suiza.»
Se dirá que esto es entusiasmo poético, pero puede
confirmarse la verdad de esta observacion en los can
tones helvéticos de Uri , Schwitz , Underwalds , Zug,
Glaris y Appenzell ; porque el que tiene mas de lo
que necesita, es rico; y es libre el que puede pensar y
hablar segun le agrade, y trabajar para si propio.go
Este estado del alma, en que puede decirse: ¡Ten
'o que me basta! es el mas feliz término de la filoso
fia práctica. No importa que se carezca de grandes
posesiones, puesto que lo que se posee basta ; hé aqui
la felicidad. Los reyes y los principes no están satis
fechos porque sus deseos van siempre mas allá de lo
que tienen, y porque se les piden mas favores de los
que pueden dar. Cuando se considera de buena fé su
situacion verdadera, no se les puede ciertamente re
convenir porque cierren algunas veces los oidos á los
pretendientes.
Sucede tambien que ciertos hombres quieren apare- *
cer mas felices de lo que en efecto son, y miran como
una calamidad lo que falta á esta apariencia ficticia.
Pero si esperimentais alguna verdadera dicha, no lo
digais mas que á vuestros mas seguros amigos; y pa
ra aiejar de vos los tiros de la envidia , ocultad á to
dos los que no os estén sinceramente unidos los be
neficios que la suerte y la fortuna os concedan.
El que tiene pocas necesidades siempre es rico. Pe
trarca escribia á sus amigos los cardenales Talairand
y de Bolonia:
«Estoy satisfecho; he limitado mis deseos, y tengo
todo lo que me hace falta. Cincinato., Curio, Fabricio,
Régulo no eran tan ricos como yo, á pesar de haber
vencido naciones enteras y llevado reyes en la comi
- 238 -
tira de sus triunfos. Seria pobre si diera oidos á Tas
pasiones. La ambicion, el lujo y la avaricia ha tienen
limites. La concupiscencia es un abismo sin fondo.
Tengo vestidos para cubrirme, alimentos para mante
nerme, caballos para conducirme, tierras para pasear
me, reposar y recibir mis restos mortales. Un empe
rador romano no tenia mas. Mi cuerpo está sano; sub
yugado por el trabajo es menos rebelde al alma. Ten
go libros de todas clases, ¡tesoros inapreciables! em
briagan mi alma con una fruicion de que jamás me
sacio. Tengo amigos que considero como mis mas pre
ciosos bienes, pues que no intentan quitarme la li
bertad con sus consejos. No tengo otros enemigos que
los que la envidia ha exasperado contra mi; pero los
desprecio profundamente, y acaso me pesaria no te
nerlos; cuento, ademas, en el número de mis riquezas
las simpatias de los hombres de bien , esparcidos por
todo el mundo, asi de los que conozco como de los
que jamás he visto, y puede ser que nunca vea.»
Por estas lineas de Petrarca se vé que la envidia lo
perseguia tambien en 1 a soledad. Suele quejarse de
ella; pero aqui la trata como un hombre de razon de
be hacerlo; la desprecia, y hasta añade que seria para
él un pesar no haberla escitado.
La soledad revela al hombre sus verdaderas nece
sidades. Si no veo ni sé lo que los otros desean, no
pensaré en formular el mismo deseo. Una vez se le
dió un gallo silvestre á un humilde pastor de aldea
que residia en las orillas del lago de Thoun; el buen
hombre, que no conocia esta especie de caza , consul
tó con su criada qué era lo que debia hacer , y ambos
convinieron en enterrarlo.
A la edad de doce años escribia Pope un corto poe
ma, tierno y agradable , sobre la soledad. «¡Feliz, di
ce en esta composicion juvenil, feliz el que sabe re
primir sus deseos y limitar sus cuidados á algunas
— 239 —
aranzadas de tierra heredadas de sus padres , que go
za en respirar el aire natal , en vivir del producto de
su campo y de la leche de sus ganados, que se viste
con la lana de sus ovejas , y á quien sus árboles le
dan fuego en el invierno y sombra en el verano! ¡Fe
liz aquel cuyas horas , cuyos dias y cuyos años se
deslizan apaciblemente y sin temor, con salud de cuer
po y reposo inacente de alma , en el curso regular de
sus trabajos! El que goza de tal destino puede vivir y
morir ignorado;, no necesita tumba fastuosa ni epi-
táfio.»
Para el hombre que busca una existencia tranquila ,
tienen los placeres de los sentidos una sencillez admi
rable. A los ojos de las personas del mundo, la sen
sualidad solo presenta banquetes tumultuosos, bailes
licenciosos, hospitales en todas partes, losas sepulcra
les sobre las que se marchitan las flores , y bosqueci-
llos en que los cantos del amor quieren encontrar su
inspiracion. Pero para el que rechaza los deleites
groseros, los placeres de los sentidos son de naturale
za mas e.evada, inocentes y duraderos.
En la modestia de la vida campestre no se esperi-
menta la saciedad que nace de la abundancia. Alli se
aprende á ver las cosas de otro]modo que en el mundo.
Petrarca escribia en cierta ocasion á su amigo el car
denal Colonna para rogarle que fuese á verlo en su
retiro de Valclusa, y le decia: «Si prefieres al tumul
to de las ciudades la tranquilidad del campo , ven á
gozar de ella, y no estrañes la frugalidad de mi co
mida ni la dureza de mi lecho. Los reyes mismos se
cansan del fausto de su delicada mesa, y acaban por
desear un alimento mas grosero; la variedad les es ne
cesaria; un placer interrumpido parece despues mas
vivo. Si no piensas de este modo, trae contigo manja
res mas escogidos, vinos del Vesubio, vagilla de pla
ta y todo lo que halaga los sentidos. En cuanto á lo
- 240 —
demas, puedes descansar en mi. Te prometo un lecho
de musgo , la sombra de los árboles , el canto de las
aves, la delicada breva y la dorada uva, agua de ma
nantiales cristalinos, en una palabra, los dones mas
preciosos de la naturaleza.»
Sabiendo reprimir á tiempo el vuelo sublime de la
imaginacion, se encuentran en todas partes goces nue
vos é ignorados, fruiciones sin pesares y deleites sin
remordimientos. Los sentidos fatigados se reaniman
por medio de nuevas impresiones. El susurro de los
bosques, el murmullo de las aguas resuenan entonces
mas armoniosamente en nuestro oido que los cantos
de la ópera y los acordes de una música artistica
mente compuesta. La perspectiva del cielo , de rocas
agrestes, de lagos y montañas, fatiga menos nuestras
miradas que la de los bailes mas brillantes. En la so
ledad nos dedicamos á lo que en el primer . momento
nos parecia insoportable, y renunciamos sin esfuerzo
todos los placeres falsos. Petrarca, á quien tanto nos
agrada citar, escribia á sus amigos desde Valclusa:
«Hago la guerra á mi cuerpo, porque es mi enemigo;
mis ojos, que han sido la causa de todos mis errores,
solo ven ahora una mujer seca, abrasada y ennegre
cida por el sol. Si Elena y Lucrecia hubieran tenido
su fisonomia, no hubiera sido Troya reducida á ceni
zas, ni Tarquino arrojado de sus estados. Pero nin
guna mujer es mas fiel, laboriosa y sumisa que ella;
pasa los dias enteros en el campo, y su piel endureci
da desafia los ardores de la canicula. Aunque todavia
conservo trages elegantes, no los uso ya, y estoy per
suadido de que si me vieras me tomarias por un la
brador ó un pastor, y eso que en otro tiempo me ocu
paba tanto de mi tocado. Pero los motivos que me
hacian dar tanta importancia á mi adorno, no existen
ya. Las cadenas que me sugetaban están rotas, los ojos
á quien quería agradar se han cerrado , y si pudieran
— .241 —
abrirse de nuevo acaso no tuvieran el mismo impe
rio sobre mi.
La soledad despoja á los bienes de la tierra del
prestigio engañoso que la imaginacion les dá, y ano
nada asi toda vana ambicion. Despues de haber gus
tado la realidad de los placeres campestres, son indi
ferentes todos los demas, y no se envidian honores ni
fortuna. Un romano llamado de pronto á la dignidad
de cónsul, lloraba al pensar que iba á pasar un año
entero sin poder ocuparse en el cultivo de su campo.
Cincinato que fué arrebatado del arado para ser pues
to a la cabeza del egército, alcanza una brillante vic
toria sobre el enemigo, se apodera de muchas provin
cias, entra en Roma en triunfo, y quince dias despues
vuelve á su arado.
Cierto es que hay mucha diferencia entre habitar
en una modesta cabaña, ó en una casa elegante y có
moda, entre estar rodeado de todo el lujo material, y
verse obligado á buscarse la subsistencia. Pero pre
gúntese á los que se hayan encontrado en ambas si
tuaciones en cuál de ellas han gozado de mayor sa
tisfaccion. ¡Cuántos cuidados fatigosos hay en los pa
lacios que se desconocen en la morada de un parti
cular! Ningun principe digiere las comidas suntuosas,
pero nocivas, que le preparan sus cocineros, como el
pobre aldeano de las llanuras de Lunebourg su grosera
galleta de trigo negro. Un joven de noble cuna propo-
niaáuna linda aldeana que fuese con él áParis: «¡Ah,
señor marques, respondió esta, cuanto mas se aleja
uno de si mismo, se aleja tambien mas de la felicidad!»
Basta una sola pasion que no pueda satisfacerse, pa
ra llenar nuestro corazon de amargura. Hay momen
tos en que nos hastiamos de nosotros mismos y de
nuestra existencia entera; no tenemos entonces incli
nacion á la soledad ni á las distracciones del mundo.
Estamos inquietos, y no sabemos cómo salir de esta
— 242 —
inquietud. Nos parece el tiempo de una longitud ter
rible, y no le empleamos. No podemos gozar de lo
presente , y esperamos con impaciencia lo porvenir,
porque nos falta todo lo que embellece y anima la vida
¿Pero dónde encontrar esta animacion?¿En el amor?
Si, el amor nos reanima y entusiasma; pero mal pode
mos esperar la satisfaccion duradera que deseamos de
una pasion que nos consume. Para que el amor adquie
ra una duracion eterna, es forzoso que se trasforme en
otro nuevo sentimiento que participa de la amistad y
del amor, dulce y grave como aquella, tierno y apa
sionado como este ; si no se destruye á si mismo, ó á
los que están bajo su dominio abrasando sus corazo
nes en un fuego devorador. Debemos, pues , buscar la
animacion de la vida en una pasion que se sostenga
por si misma, que encuentre nueva fuerza en su pro
longacion, y que se eleve sobre todo lo que la rodea.
La soledad es el mejor refugio para los hombres de
Estado heridos por la desgracia, ó condenados al des
tierro. No todos los grandes hacendistas abandonan
sus funciones con el esplendor queNecker; pero si
deben todos dar gracias á Dios, que los saca de las tem
pestades del mundo para conducirlos á la tranquilidad
de los campos, bajo los árboles plantados por sus an
tepasados, en medio de sus rebaños. Se ha dichoque
por cada veinte ministros desgraciados, ó forzados por
la edad á dejar el peso de los negocios, se podrian
contar doce ó quince que acababan por entregarse á
los trabajos del campo. Esto es una felicidad para
ellos. Estoy ssguro de que encontraban mas satisfac
cion en cultivar su jardin, que en los mejores tiempos
de su administracion.
Debe tambien concederse que los placeres comu
nes de la vida campestre no son la única causa de la
Tentura que encuentran en el retiro los hombres pri
vados de su poder. En el empleo que ocupaban se
— 245 —
veian detenidos á cada momento por alguna traba,
y forzados a recurrir ya á la autoridad, ya al ardid,
para conseguir su objeto. En el retiro obran como
dueños absolutos. Pueden crear y destruir, hacer nue
vas plantaciones y abandonar otras. Pueden trasfor-
mar susvergeles en jardines ingleses, dirigir á su ca
pricho el curso de un arroyo, allanar colinas, cortar
alamedas, construir edificios; en una palabra, man
dar, regir y satisfacer asi la inclinacion que arrastra
á tantas personas a egercer autoridad.
Se cometeria un grave error, y se proclamaria una
leccion moral impracticable, si se pretendiera que pa
ra gozar de las ventajas de la soledad era necesario
eximirse de todas las pasiones humanas. Lo que está
en la naturaleza del hombre debe permanecer en ej
hombre. Si el que está ya lejos del poder no se ha
cansado de mandar, que mande á los dóciles seres que
le rodean, puesto que esta satisfacción lo salva del de
seo de esponerse de nuevo a los naufragios de la vi
da. Tarde ó temprano aprenderá á conocer la nada
de las grandezas á que ha aspirado; tarde ó tempra
no conocerá que el pretendido pesar de no estar ya
en posicion de hacer bien suele ser la espresion de
una ambicion que se trata de disimular, y que en ge
neral los aldeanos sencillos y honrados son mas di
chosos que los mas poderosos ministros.
Saber bastarse á si mismo, es lo necesario en tales
circunstancias. Olvidese la abundancia, y se conoce
rá el precio de lo poco que se posee. Durante el pri
mer año de su rdsidencia en Valclusa estaba Petrarca
casi siempre solo; no tenia mas compañero que su
perro, y un pescador del pais que le servia ; porque
no habiendo podido acostumbrarse los criados que te
nia en Aviñon á su nuevo modo de vivir, le habian
abandonado todos. Estaba ademas alojado en una po
bre casa de un paisano, que despues hizo reedificar
— 244 —
sin lujo de ninguna especie, únicamente con lo preci
so para poder habitarla. En el dia no queda ya, el
menor vestigio d* la morada del poeta. Su alimento
era muy frugal. Nada había en su casa que pudiese
halagar los sentidos. Asi es, que sus mas intimos ami
gos solo le hacian cortas y raras visitas; algunos otros
iban á verle como por caridad, del mismo modo que
se va a verá un enfermo ó á un encarcelado. Escribia á
su amigo el obispo de Gavaillon: «Corran otros tras
de tesoros y de honores, sean principes ó reyes, no
se lo estorbaré. Yo soy poeta, y esto me basta. ¿Y tú,
querido obispo, quieres vagar constantemente por tan
tas vias y tantos caminos distintos? Conoces las prin
cipales cortes, las asechanzas y peligros que en ellas
se encuentran, las borrascas á que se está espuesto.
Vuelve á tú diócesis, vuelve á gozar de reposo. Pue -
deshacerlo, porque aun te sonrie la fortuna. Encon
traras aqui todo lo que necesitas; deja á los avaros lo
supcrfluo. Sino tenemos ricas tapicerias, estaremos
cómodamente vestidos; sino tenemos una mesa sun
tuosa , tendremos lo necesario para vivir. No se vé
brillar sobre nuestros lechos el oro y la púrpura, pe
ro dormiremos bien en ellos. La hora de la muerte se
acerca, y me advierte que renuncie^ todo loco error.
Gozo en cultivar mi jardin ; planto en él árboles fru
tales que me protegerán con su sombra cuando vaya
á pescar bajo las rocas. Mis árboles son muy viejos,
y es preciso reemplazarlos. Di á tus gentes de Ñapo
les qu« me traigan albaricoqueros y perales. Traba
jo en vista de mi ancianidad y de los placeres que so
lo contigo quiero dividir. Esto te escribo en medio
de un bosque, en la ermita de las orillas del Sorgue.»
Si yo fuera párroco de una aldea, la moderacion de
mis deseos seria mi riqueza , y la independencia reli
giosa mi orgullo. Nadie es tan dichoso como un sen
cillo cura de lugar si se propone ser feliz. ¡Qué ven
— 24S —
tura se goza en algunas de nuestras pobres cabañas
de madera construidas groseramente en un terreno
cenagoso! Jamon y guisantes secos son el alimento de
estos dignos ministros del Evangelio ; leche y cerbeza
su bebida, y gozan de una salud robusta; no cierran
sus ventanas á los vientos, y sin embargo, nunca es
tán enfermos. Su esposa no lee novelas ni padece des
mayos. Uno de sus libros favoritos es el Almanaque
del jardinero; pasa sus dias en ocuparse en las nece
sidades de la casa; solo ama á su marido , á sus hijos
y á los desgraciados que invocan su ausilio. El sacer
dote predica la virtud á sus feligreses, y la enseña con
su ejemplo. Todos sus asuntos se refieren á Dios; Je
sucristo es su apoyo'; la razón sil guia y la fé su
consuelo. Estraño á las contiendas religiosas , solo
obedece á los principios de equidad y moderacion.
Si una tempestad asola la campiña, se complace al
ver que su campo ha sufrido mas que los de sus ove
jas. El buen párroco sabe que mientras que sus feli
greses tengan algun alimento, no debe inquietarse
por su subsistencia; su bolsa suele estar vacia sin que
su corazon esté triste; y de este modo es mas mas fe
liz que un rey ó un grave concejal de ayuntamiento.
A pesar de su poderosa eficacia, no nos daTiaia so
ledad el reposo que deseamos si quisiéramos investi
gar con esceso los elementos de Ventura. A fuerza de
reflexionar sobre lo que podrá ser mejor, se acaba
por olvidar lo que es bueno. El que toma á su cargo
corregir y enderezar todo lo que no le parece bien,
se priva voluntariamente de divertirse á costa de mu
chas estravagancias.
Uno: de los medios mas seguros de ser dichoso es
acomodarse en lo posible á todo lo que llama nues
tra atención en el mundo,' tratar de hacer todo el bien
que se pueda, segun la situacion en que cada uno s6'
encuentre, y tomar las cosas conforme vienen.
— 246 —
Mi barbero rae decia en una ocasion al afeitarme,
dando un profundo suspiro: «Hoy hace un calor espan
toso.» —«Poneis al cielo en un gran aprieto,» le con
testé yo.— «Hace nueve meses que me decis todas
las mañanas: Hoy hace un frio espantoso. ¿Acaso no
puede Dios gobernar el mundo sin que los señores
baiberos censuren su poder? ¿No es mas racional to
mar el tiempo segun viene, y aceptar con reconoci
miento de mano de Dios los dias calurosos y los frios?»
Los que viven habitualmente en el campo no se
verian tentados á residir en las ciudades si supieran
las ventajas de su situacion. Cuando abandonan su re
tiro deben cansarse pronto de nuestras frivolidades y
fastidiarse de ver hombres que pierden su tiempo en
hacer visitas, engalanarse y dirigirse cumplimientos.
{Qué dulce es tambien en la soledad pensar en los ami
gos ausentes! Su recuerdo basta para que volvamos á
disfrutar de los placeres de que habiamos gozado con
ellos. Mi amigo está lejos de mi, y no obstante, estoy
á su lado. Este es el sillon en que se sentaba , y ese
el cuadro que me regaló. ¿Debemos lamentarnos tan
to pudiendo escribirnos? ¡Qué emociones tan. encan
tadoras .de esperanza y de alegria nacen de una cor
respondencia regularizada! Gracias á los felices arti
ficios de la imaginacion, que se inventan en la sole
dad y que regocijan el corazon , se crean dos amigos
fieles todo un mundo en si mismos, y aun cuando se
vieran separados por la inmensidad del espacio, sa
brian reunir sus pensamientos y confundir su exis
tencia. , .
En ninguna parte se ennoblecen tanto los senti
mientos afectuosos como en los parages en que nada
turba los recuerdos de la amistad. En las relaciones
del mundo, un acceso de mal humor, la menor con
trariedad, una multitud de accidentes imprevistos
pueden alterar el placer que tienen dos amigos en
- 247 —
reunirse; entonces no piensan en los lazos que los han
unido durante tan largo tiempo, y que seguiran unién
dolos. Se dejan arrastrar de la impresion del momen
to. Es indudable que la amistad debe ser sincera;
pero es tambien necesario que se entre con sentimien
tos de condescendencia y tolerancia hasta en las mas
intimas relaciones. Es necesario que en la ocasion se
conteste al arrebato con dulzura y a la acritud con
paciencia. Desgraciadamente es harto comun en el
mundo que los amigos no observen este principio.
Se dejan llevar de una irritacion accidental y olvi
dan las consideraciones que mutuamente se deben.
En la soledad desaparecen estos inconvenientes. La
soledad santifica la memoria de1 las personas queridas
y borra las impresiones de todo lo que puede atenuar
los puros goces de la amistad. La seguridad, la con
fianza recobran su imperio sobre el corazon. Nada
de desacuerdo. Oigo siempre a mi amigo, y sé que él
me oye. Considero como un bien sagrado' las flores
que siembra en mi camino, y recojo para él todas las
que encuentro .
La soledad nos da tambien amigos que nada pue
de arrebatarnos, de quien nadie puede separarnos, y
cuyo útil socorro jamás invocamos en vano.
Los amigos de Petrarca le escribian algunas veces
para escusarse de no ir á verle: «¿Cómo vivir conti
go? La vida que haces en Valclusa es contraria á la
naturaleza humana. En el invierno te ocultas como
un buho, y en el verano corres sin cesar por los cam
pos.» Petrarca se reia de estas observaciones, y decia:
«Estos miran como ün bien supremo los placeres del
mundo, y no conciben que se puedan abandonar. Pe
ro tengo amigos cuya sociedad me es muy agradable!;
amigos de todos los paises y de todos los siglos , que
se han inmortalizado en la guerra, en los negocios
públicos y en las ciencias. No me impongo con su
— 248 —
trato ninguna sujecion, y están siempre á mi disposi
cion. Los llamo y los despido cuando nie parece. No
me importunan, y contestan á todas mis preguntas.
Unos me refieren los acontecimientos de los siglos pa
sados; otros me revelan los secretos de la naturaleza.
Este me enseña el modo de vivir y morir bien; aquel
disipa mis cuidados con su alegria ó me distrae con
su gracia. Otros hay que templan mi alma para los
sufrimientos, que mie enseñan á doniinarmis deseosy
á soportarme; finalmente, míe conducen por el cami
no de la ciencia y del arte, y satisfacen todas las ne-
sidades de mi pensamiento. En premio de tantos be .
neficios, solo me piden una modesta habitacion en que
estén á cubierto de los gusanos. Cuando salgo los lle
vo conmigo á los caminos que recorro, y mas les agra
da la calma de los campos que el rumor de las ciu
dades.»
El amor, que es uno de los mayores goces del co
razon, puede hacerse mas dulce y mejor por efecto
de la soledad.
La perspectiva de Una bella comarca contribuye
poderosamente á despertar en nosotros el amor ó á
darle mas prestigio. El corazon de una mujer se con
mueve mas fácilmente en una risueña soledad, en la
calma de una fresca noche de verano.
Las mujeres gozan mas que nosotros de las puras
fruiciones de la vida campestre , de la belleza de un
paseo solitario, del atractivo de un bosque silencioso;
su alma contempla con maravillosa sorpresa la gra
cia y la magestad de la naturaleza. Muchas cuyo co
razon hubiera permanecido helado en la agitacion
de las ciudades, se entregan á su seductora emocion
en la tranquilidad de los campos. De aqui proviene
el que el amor conmueva con especialidad los cora
zones tiernos á la 'vuelta de la primavera. Nada se
asemeja tanto al amor, ha dicho un filósofo aleman,
— 249 —
como el sentimiento que despierta en nosotros el as
pecto de un risueño valle iluminado por los últimos
rayos del sol poniente. Para Rousseau era un placer
indecible ver nacer los primeros botones de las plan
tas. La primavera le daba en cierto modo nueva vi
da. Su ternura natural se aumentaba al ver las pri
meras hojas verdes; unia en un mismo pensamiento
la belleza de los primeros dias de la primavera y la
hermosura de una mujer querida; con la perspectiva
de un horizonte magestuoso se dilataba su corazon
oprimido, y sus suspiros se exhalaban con mas facili
dad en un jardin.
Nada agrada tanto á los que aman como la calma
de la soledad. Buscan los parages mas aislados para
entregarse sin embarazo al pensamiento que embelle
ce su vida. ¡Qué les importa lo que pasa en las ciu
dades , lo que no respira amor! Para entregarse á sus
ensueños y desahogar el secreto de su alma, quieren
habitaciones oscuras, magestuosos bosques de abetos,
márgenes de lagos silenciosos.
Asoma la sonrisa á sus lábios al ver la espesa selva
y los verdes campos en que la aldeana dá el pecho á
su tierno hijo, mientras que su marido come á su la
do un pedazo de pan negro. Cuando un hombre se
enamora, comprende mejor la grandiosidad y belle
za de la naturaleza, y nada le da tanto entendimien
to como el amor.
En ninguna parte es tan dulce evocar los recuer
dos del amor como en la soledad. ¡Ah! El primer ru
bor púdico que se pintó en nuestras megillas, la prime
ra vez que se estrechó una mano querida, la primera
exasperacion sufrida al verse turbado por un impor
tuno en una tierna conversacion, son impresiones in.
delebles. Frecuentemente creemos que el tiempo ha
destruido todas estas impresiones; pero hay en el al
ma pliegues secretos en que se conservan, y de don
17
— 250 —
de renacen en confusion cuando se las llama; alli esr
tan todas las emociones de nuestra juventud, sobre
todo las que se refieren á la primera pasion. La me
moria del arrobamiento supremo que dos amantes es-
perimentan en el momento en que reconocen su mu
tuo amor, es eterna, (I)
El que ha gozado de estas fruiciones puede volver
á hallarlas en sus recuerdos. Herder habla de cierto
mitólogo oriental que refiere que los hombres, duran
te miles de años, no se demostraban su amor mas que
por sus miradas en un principio, despues por algunos
besos, luego por inocentes abrazos. Wieland profesó
en el ardor de su juventud este amor noble y casto á
una joven de Zurich. Sabia que el misterio del amor
espira en parte en el primer beso y en el primer sus
piro. Un dia le pregunté á esta joven cuando la habia
besado Wieland por primera vez: «Me besó la mano,
por primera vez, me contestó, cuatro años despues de
haberme conocido.»
La soledad es tan favorable al amor, que á veces se:
deja de intento á la persona amada para ir á pensar
en ella solitariamente. ¿Quién no recuerda el pasage
de las Confesiones de Rousseau, en que se habla de
aquel hombre que dejaba á su amante para escribir
la? Rousseau decia á madame deLuxembourg, qué el
seria este hombre, y tenia razon. El que ha amado
sabe que hay momentos en que es necesario escribir
todo lo que la palabra no puede espresar.
En ninguna parte se conoce tanto como en la sole
dad la fuerza del amor, y en ninguna parle puede es
presarse del modo que en ella. En un retiro solitario,

(i) uMomentos preciosos, y que recuerdo tan tristemen


te, dice Rousseau, ¡ah! volved á empezar vuestra agrada
ble carrera ; corred aun por mas tiempo en mi memoria,
« es posible, mas de lo que lo hicisteis realmente en vues
tra fugitiva sucesion.»
— 25 i —
bajo las rocas deValclusa, ha escrito Petrarca sus me
jores versos, sus versos lastimeros sobre la ausencia
ó los rigores de Laura. Nadie ha hablado del amor
mejor que él, ni antes ni despues, y alas tres gracias
que le inspiraban unió otra nueva: la del decoro.
Suele tambien acontecer que el amor exalta hasta
la locura en los campos solitarios la impetuosa ima
ginacion de los jovenes; la ternura, la melancolia, la
religion, se confunden entonces en su corazon y ar
rebatan su cerebro ; exigen que su amada no se ria,
porque dicen que el amor no puede ser mas que una
tristeza perpétua ; quieren suicidarse por amor, y en
su desarreglado pensamiento se creen modelos de
perfeccion. Ambos amantes reprueban el lenguage
comun; no quieren amarse en prosa, sino en versos
ditirambos. El no es criatura humana, es un dios. (1)
Ella , exaltada , hace de él un santuario de amor, y
cree que la ternura que esperimenta es una emana
cion celestial. Asocia á su novela estática las flores,
las aves, los ángeles del cielo y la naturaleza entera.
Los querubines, patriarcas y santos deben mirarla
con benevolencia y aplaudir la pureza de su afecto-
Los sentidos no tienen parte alguna en su amor ; se
cree casta; arrancaria el globo del universo y el sol
del firmamento para probar que todo lo que quiere
y hace es bueno; crea para si y para su amante un
nuevo evangelio y una nueva moral.
De este modo puede sernos perjudicial la soledad.
Hasta el amor que no se entrega á tales estravios, que

(i) «Cuando la'pasion está en su apogeo, dice Rousseau,


ve á su objeto perfecto, hace de él su idolo, lo coloca en el
cielo, y asi como el entusiasmo de la devoción se apodera
del lenguaje" del amor, el entusiasmo del amor se apropia
también el lenguage déla devocion. Solo vé paraisos , ánge
les, las virtudes de los santos, las delicias de la mansion ce
lestial.»
— 252 —
no inventa tales quimeras , puede llegar á haeeraf
hombre muy desgraciado, y consumirlo. Consagrad»
enteramente á la persona que absorve las facultades de
su alma, se aleja de un mundo que no le ofrece ya
ningún atractivo; pero si acaba de ser separado de la
que ama mas que nada en la tierra , de la que hacia
por él los mas penosos sacrificios, de la que fué su
consuelo en la desgracia y su refugio en la adversi
dad, de la que con su mano le sostenia cuando des
fallecian sus fuerzas, y le iluminaba con sus juiciosos
consejos cuando estaba inhabilitado de poder pensar
y obrar, ¡ohf solo le es dado aniquilarse eu una ocio
sa soledad; las noches pasan sin sueño, y el disgusto
de la vida, el deséo de la muerte, el odio a los hom
bres atormentan su corazon y le impelen al azar por
caminos desiertos. Pero aun cuando se huya de uno
i otro reino, aun cuando se vaya del norte al oeste,
hasta las playas inhospitalarias del occéano, á buscar
un alivio á tan profundo pesar, se lleva clavado en
el corazon á los bosques y á los arenales el dardo
que nos ha herido, como la cierva de que habla Vir
gilio.
En ninguna parte sintió Petrarca con tanta vehe .
mencia los tristes recuerdos, los pesares del amor como
en su soledad de Valclusa. La imagen de Laura le per
seguia en ella sin cesar; la vé en todas partes, en todos
los momentos y bajo todas las formas, « Tres veces,
dice, se ha aparecido delante de mi lecho en medio
de la noche, fijando sobre mi una mirada resuelta
que anunciaba su poder ; un sudor frio inundó mis
miembros, y toda mi sangrese agolpó al corazon.
Si hubiera entrado alguien en aquel instante en mi
habitacion, me hubiera visto pálido como un cadá
ver, y con el semblante trastornado por el terror. An
tes de los primeros rayos de la aurora me levanté
temblando, sali apresuradamente de mi casa, en la que
— 253 —
todo me inquietaba, y me lancé á la cumbre de un»
roca; despues corri como un loco á través de los bos
ques, dirigiendo á mi alrededor miradas despavori
das para ver si el fantasma que acababa de turbar mi
reposo me perseguia todavia. No me encontraba se
guro en ninguna parte. En los parages estraviados, en
que creia estar solo, veia salir á Laura del tronco da
un árbol, de la taza de una fuente, de las hendiduras
de una roca; el temor me hacia permanecer entonces
inmóvil, y no sabia qué partido tomar. i
La soledad es tambien peligrosa cuando se tiene un
amor culpable , porque irrita las inclinaciones que
acaso apagaria la presencia de la persona á quien se
ama. Lejos de ella nos abandonamos á la fogosidad
de la imaginacion; nos representamos todo lo que es
cita los deseos, todo lo que enlaza el pensamiento á
imágenes de voluptuosidad; nos entregamos sin temor
á una ilusion demasiado seductora, y es el modo de
que la pasion se haga peligrosa.
Petrarca sentia con frecuencia este aguijon de la
voluptuosidad en medio de las mismas rocas de Val-
clusa, en que trataba de ocultarse á los tiros del amor;
pero se apresuraba á alejar de si estos sueños lasci
vos, y en su pasion radiaba la pureza ideal de que son
sus versos tan encantadora espresion.
Se puede encontrar reposo en el amor sabiendo re
signarse á los decretos del cielo. Sumergirse en la
afliccion, no es resignarse á la voluntad de Dios. El
hombre que no sabe dominar sus pesares , se adhiere
obstinadamente á lo que no existe ni puede ya existir.
Busca en el espacio una imágen que no puede volver
á ver, y presta el oido á una voz que no debe ya oir.
A veces se figura que la que llora vive y respira to
davia; ¡vana quimera! Cultiva rosas sobre una tumba;
las contempla con amor; respira su perfume; pero ¡ay!
que estas tambien se marchitan y se deshojan. Solo
— 254 —
despues de haber luchado durante largo tiempo en la
soledad contra el dolor, despues de haber tendido
muchas veces los brazos á una sombra impalpable,
recobra lentamente sus fuerzas , aprende á soportar
su duelo y consigue reconquistar la tranquilidad. Y
esta victoria que se alcanza sobre si mismo en la so
ledad, y esta resolucion heroica, lisongea mas el cora
zon que todos los aplausos quo puedan recibirse en los
salones.
Sabiendo usar de la soledad , se puede encon
trar una bien dulce compensacion de los pesares del
amor. En esta lucha solitaria se elevó Petrarca á
esa altura de pensamientos que admiramos ; en el
tiempo que asi luchaba adquirió en su siglo tan gran
influencia. Ese mismo Petrarca que, prosternado á
los pies de una mujer, lloraba y suspiraba como un
niño; que solo compuso á Laura lastimeras y dolien
tes elegias; ese mismo Petrarca, volviendo los ojos á
Roma, escribió en firme y enérgico estilo cartas im
pregnadas del generoso espiritu que animaba á los ro
manos. Los reyes olvidaban el alimento y el sueño al
leer sus poemas. Poco despues de esta fase, reminis
cencia de la juventud , no era ya Petrarca el poeta
lánguido, el esclavo afeminado que besaba las cade
nas de una beldad altiva y desdeñosa ; era, si, un re
publicano atrevido, que daba la alarma contra los ti
ranos, y suscitaba y propagaba el amor á la libertad
en toda Italia.
Alemania vé tranquilamente cómo emprenden sus
poetas el vuelo audaz y vuelven á descender á la
tierra. Nada hace por ellos. Petrarca se vió rodeado
de los mayores testimonios de confianza y distincion.
Si no conseguimos en la soledad triunfar comple
tamente de nuestro amor, podemos al menos purifi
carlo y santificarlo; y si queremos ser aun mas di
chosos que Petrarca, tratemos de hacer partícipe de
— 255 —
nuestra soledad á un ser amado. Un filóssfo ha dicha
que la presencia de una persona que simpatice con
nuestros pensamientos y con nuestros deseos, lejos de
turbar la paz de la soledad, la embellece. ¡Ah! Si co
mo yo debeis vuestra dicha al amor de una mujer
digna y noble, pronto os acostumbrará esta á olvidar
el mundo por la dulce y amable espansion desus sen
timientos. Si teneis deberes , negocios multiplicados,
vuestras mas intimas conversaciones serán aun mas
variadas y llenas de atractivos. Un escritor elocuente
ha pintado asi la felicidad doméstica: «Alli, dice, una
buena palabra nunca se pierde; jamás queda sin efecto
una intencion laudable; todos los pensamientos se re
cogen, todos los placeres se comparten, y no hay una
sola emocion verdadera que no hiera dos corazones á
la vez. En este acuerdo de dos seres fieles, todo lo
que cada uno de ellos posée pertenece al otro; ambo»
contemplan sus reciprocas ventajas con sincera satis
facción , y observan mutuamente y con tierna indul
gencia sus defectos. Se entienden á la primera ojeada;
previenen uno á otro sus deseos ; siempre unidos en
sus sentimientos, se regocijan de la menor satisfac
cion que cada uno de ellos tiene.»
Asi es como la soledad que se comparte con una
persona querida nos dá mayor tranquilidad y mayor
satisfaccion. Entonces mantiene el amor los mas no
bles sentimientos en el corazon, eleva el alma, secun
da la inclinacion á la benevolencia y nos afirma en la
práctica de la virtud.
La soledad cambia á veces en dulce melancolia una
profunda tristeza. Todo lo que influye en nosotros
con dulzura es para el alma afligida un saludable
bálsamo. Hé aquiporque cuando sufrimos una enfer
medad fisica ó un dolor moral , somos tan sensible*
á los compasivos cuidados de una mujer, á sus aga
sajos, á su afecto. ¡ Ah ! Cuando todo me entris
— 236 —
tecia en el mundo, cuando una 'profunda melancolia
aniquilaba mis fuerzas, paralizaba mi valor y velaba
á mis ojos las plácidas bellezas de la naturaleza; cuan
do el universo entero solo me parecia una inmensa
tumba, las delicadas atenciones de una mujer eran
para mi un poderoso consuelo.
La soledad infunde tambien á veces una dulce me
lancolia desde la edad mas tierna. Muchos jovenes de
sensibilidad esquisi ta, de imaginacion viva, son presa
de ella en el campo en la edad en que se desarrolla
la necesidad de amar. He reconocido con gran fre
cuencia los indicios de esta melancolia sin ningun
sintoma de enfermedad. Rousseau la esperimentó en
Vevay cuando se paseaba en las riberas del lago de
Ginebra, « Mi corazon, dice, se lanzaba con ardor á
mil felicidades inocentes; me enternecia , suspiraba
y lloraba como un niño. ¡Cuántas veces, deteniéndo
me para llorar libremente, y sentándome en alguna
piedra, me he distraido viendo caer mis lágrimas en
las aguas!» 'W - > »'...
Y yo no he escrito estas páginas sin que un recuer
do intenso me haya hecho tambien derramar lágri
mas. A los diez y siete años me he sentado tambien
muchas veces con esa misma agitacion en esas orillas
encantadoras de que habla Rousseau. El amor me cu
ró. ¡Es tan dulce de concebir el amor bajo las frescas
sombras del lago de Ginebra! (1) Se ama este vago
estado de tristeza, y ni aun se intenta sacudir su yu
go. Se sufre dulce y tranquilamente sin saber por
qué. Se goza en permanecer en las márgenes de los
(i) Nadie hasta ahora ha podido contemplar sin emo
cion las orillas encantadoras del lago de Ginebra, los gran
des valles, las risueñas viñas que lo rodean, las cimas im
ponentes que lo dominan. Nadie puede separar su vista de
este magnifico espectáculo sin sentir un profundo pesar, se
mejante al que oprime el corazon cuando es preciso alejar
se de un amigo que se cree no volver á ver.
— 257 —
arroyos, en la cima de las rocas, en el fondo de los
bosques, á la vista de las sencillas y magestuosas be
llezas de la naturaleza, y solo se forma un ardiente
deseo: el de tener cerca de si una persona |querida á
quien se puedan comunicar todos estos pensamientos,
y que se asocie á todas nuestras emociones.
Esta soledad no conviene á todas las personas sub
yugadas por un acceso de tristeza. ¡Cuán abundantes
lágrimas he vertido, querido Hirschfeld, al leer tu li
bro sobre la vida campestre, y sobre todo, al llegar á
este pasage que me conmovia hasta lo mas recóndito
del corazon! «Las lágrimas se secan al soplo saluda
ble de los céfiros, el corazon se dilata y esperimen-
ta una apacible melancolia. El fresco ambiente de la
naturaleza nos penetra, y al respirarlo conocemos que
se alivian nuestros dolores. Poco a poco las lúgubres
imágenes que oscurecian nuestras miradas se bor
ran y desaparecen. El alma no resiste á las medita
ciones que consuelan, y como una risueña tarde su
cede á un dia tempestuoso, una calma imperturbable
reemplaza á los cuidados que agitaban nuestra alma,
y gozamos de los encantos de la vida campestre. »
Hay seres desgraciados á quienes el recuerdo de una
persona amada devora lentamente , que se estremecen
al volver á leer las cartas que les ha escrito, y que caen
desfallecidos sobre la tumba en que han visto sumer
girse la dicha de su vida. ¡Ah! Para ellos¡adios rayos
luminosos! ¡adios plácidas auroras! Las primeras vio
letas que brotan entre el césped, el canto de las aves
que anuncian la vuelta de la primavera, el delicioso
aspecto de la naturaleza, que se reanima en esta época
del año, no tienen ya encanto para ellos. El recuerdo
de los vinculos que los han enlazado enotio tiempo
les irrita, les hiere, y rechazan la mano compasiva
que quisiera sacarles de sus sueños fúnebres para
ofrecerles mas bellas perspectivas. Estos desventura
— 258 —
dos tienen en general un carácter violento , y suelen
estar ademas subyugados por una enfermedad real .
Para curarlos es preciso mucho cariño y una condes
cendencia cordial.
Para los hombres de un carácter dulce que han su
frido tambien crueles pérdidas, tiene la soledad pode
rosos encantos. Estos se representan con esactitud su
dssgracia en toda su estension, pero asocian á su su
frimiento la naturaleza entera. Gustan de plantar so
bre las tumbas sauces llorones y arbustos en flor, di
bujar modelos de sepulturas, componer cantos de due
lo, y dan asi á la muerte apariencias agradables.
Dedicado su corazon constantemente á los que re
cuerdan, viven con tristeza en una especie de region
ideal entre el cielo y la tierra. Compadezco profun
damente su estada y sin embargo, me parece que de
ben ser dichosos en él, puesto que nadie turba su pia
doso pensamiento. Me parecen dichosos porque son
de tal naturaleza, que el sufrimiento jamás abrumará
su alma. Gozan de lo que inspira á los demas un sen
timiento de terror. Ksperimentan una alegria indefi
nible en pensar continuamente en los seres queridos
y sinceros que han perdido.
Muchas desgracias se sobrellevan mas fácilmente
en la soledad que en el mundo si se tiene la fortaleza
suficiente para distraer el pensamiento é imprimirle
nuevo rumbo. Ved ese hombre que, herido súbita
mente por una calamidad imprevista, se figura que
no le queda otra alternativa que la desesperacion ó la
muerte. Si intenta dedicar su entendimiento á inves
tigaren el retiro algunas verdades, al punto se seca
rán sus lágrimas, su carga le parecerá menos pesada
y su destino menos aterrador.
Muchas personas, entre las que se cuentan particu
larmente las mujeres, se sustraen mas fácilmente á la
tristeza en la soledad que en el mundo. Una mujer de
— 259 —
naturaleza impresionable se desalienta con la misma
facilidad con que se reanima. Las enfermedades mo
rales de los hombres, por el contrario, se aumentan
lentamente, echan en el corazon hondas raices y son
dificiles de curar. Para combatirlas es preciso em
plear con una constancia incontrastable cuantos me
dios de accion puede ejercer el alma sobre el cuer
po. Un alma fuerte es un escudo impenetrable con
tra los golpes del destino ; un alma enérgica arroja
con altivez lejos de si todo lo que fat ga, exaspera,
agovia á los demas, y sostiene el cuerpo á quien ani
ma, mientras que un alma timida y vacilante pierde
al que debe proteger.
En estas crisis morales es de gran interes el inves
tigar lo que conviene á tal ó cual naturaleza. A cier
tos hombres es necesario ofrecerles distracciones mun
danas; otros reclaman la soledad.
Es, pues , necesario , en moral como en medici
na, evitar el atenerse á preceptos generales, que no
pueden aplicarse en muchas circunstancias particula
res. Lejos de nosotros todos los pretendidos medios
infalibles de curacion para la hipocondria. En las co
sas que pertenecen al dominio de la existencia, solo
es verdadero lo que conviene en casos determinados.
Aconsejar á los hipocondriacos que abran su casa á
los bailes, á las reuniones bulliciosas, es esponerse á
cometer un gran error. Con respecto a un gran nú
mero de individuos inclinados á la melancolia y á la
hipocondria solo es dado decir: «Dejadlos solos; no
hay otro medio de distraerlos.»
Estas diversas consideraciones sobre las ventajas
que el corazon puede sacar de la soledad me condu
cen al fin á proponer esta grave cuestion: ¿Es mas fá
cil ser virtuoso en la soledad que en el mundo?
En el mundo se hace generalmente el bien por de
ber. El juez hace justicia, el médico visita á sus en
— $60 —
termos, y ambos dicen que obran por un sentimiento
de humanidad. Puede ser que algunas veces sea cier
to; pero las mas de ellas es falso: se estudia y juz
ga una causa , se socorre á un enfermo, porque se es
tá sentado en un tribunal y porque se ha puesto so
bre la puerta un titulo que lo dice. Me han escrito
miles de cartas que empiezan asi: «Vuestra conocida
humanidad, » y solo veo en estas palabras un cumpli
miento comun, ó una fria mentira. Esa virtud gene
rosa y compasiva que se llama humanidad, es uno de
los atributos de un alma noble y elevada. ¿Quién os
ha dicho que obro de este ó del otro modo por vir
tud , y no por una de las obligaciones de mi po
sicion?
Las buenas obras no siempre son actos tan loables.
Se puede hacer bien sin ser realmente bueno; se pue
de aparecer grande en los negocios, y permanecer pe
queño en el fondo del corazon. La virtud es menos
comun de lo que se cree, y es preciso reservar para
las ocasiones graves las solemnes palabras de virtud,
patriotismo, abnegacion, porque prodigándolas se cor
re riesgo de disminuir su prestigio.
Se practican verdaderamente mejor las máximas
del bien en la soledad queen el mundo. Sien ella hace
un gran personage un acto de virtud, es porque cono
ce que la grandeza de alma está sobre todas las demas
grandezas.
La virtud es mas fácil de practicar en el retiro que
en la sociedad. En esta raras veces se manifiesta á
la luz del sol. Nos vemos cercados en ella de tantas
asechanzas y fascinaciones, que, aunque con la mejor
voluntad, no podemos eximirnos de cometer incesan
temente alguna falta. A este le falta buena intencion;
la de aquel es inmejorable, pero yerra en su conduc
ta. Por la mañana , antes de salir, tenemos acaso es-
celentes disposiciones de espiritu, nuestro corazon es
— 26 1 —
tá libre é inclinado á la benevolencia y á la justicia,
porque aun no hemos esperi mentado contrariedades,
pero, á pesar de la vigilancia mas severa, no podemos
ser durante el dia enteramente dueños de nosotros
mismos, cuando es forzoso proseguira iraves de cuida
dos sin cuento negocios multiplicados, mantener nu
merosas relaciones y esponerse á toda especie de in
cidentes desagradables e imprevistos. No se puede, de
consiguiente, olvidar la intima union del alma con el
cuerpo, y no se puede llegar al término mas elevado
de una virtud ideal. Viviendo en la soledad se con
serva la naturaleza de hombre ; y si la virtud es en
esta mas fácil de practicar porque se está mas libre de
peligros, tiene por lo mismo menos mérito.
Un célebre filósofo escoces ha dicho: «El amor á la
virtud hace que dependa la dicha de un hombre de su
conducta. El que no trata de practicarla es solo un es
clavo del mundo Depende del favor, vive de las cari
cias del mundo, se cree feliz ó desdichado segun los su
cesos ó las vicisitudes que le acontecen en esta movible
esfera. Pero las empresas hechas por el hombre virtuo
so son para él únicamente un motivo secundario de fe
licidad. Llenado su deber, goza de la tranquilidad de
su alma, y se entrega á la sabiduria de la Providen
cia. Su testimonio está en el cielo , y el que le cono
ce es el Ser Supremo. Satisfecho de la voz de su con
ciencia, y confiado en la justicia de Dios , es dichoso
con su inocencia , y desprecia el triunfo de los mal
vados. Grabados estos nobles principios en nuestro
corazon, nos eximimos de la esclavitud del mundo, y
ponemos nuestro valor al abrigo de sus vicisitudes.
Mi objeto al escribir esta obra sobre la soledad, ha
sido enseñar esta emancipacion del mundo. No quie
ro conducirá los hombres á desiertos agrestes, quisiera
únicamente libertarlos de un temor inutil , darles in
dependencia, inspirarles un gusto saludable hacia el
— 262 —
retiro á fin de que tengan al menos algunas horas
del dia en que puedan decir: «Somos libres.»
Esta independencia no debe impulsarnos mas que á
usar razonablemente de las ventajas de la soledad Solo
empleando bien las horas de que está en nuestra mano
disponer podremos tornar la firme resolucion de domi
nar nuestras pasiones y arreglar dignamente nuestra
conducta. Reflexionando sobre los acontecimientos do
nuestra vida, sobre las tentaciones á que hemos estado
espuestos, sobre los puntos débiles de nuestro ser, es
como podemos armarnos de antemano contra todos los
peligros que nos amenazan en las relaciones mundanas.
Si la virtud, en el primer momento, parece limitar el
circulo de nuestros placeres, fácil es cerciorarnos de que
nos dá mayores y mas seguros goces que los imagina
rios y engañosos de que nos aleja. El rico solo gusta
de curarse de su fortuna, el voluptuoso de sus goces
materiales ; pero el hombre que es verdaderamente
bueno encuentra una felicidad inmensa en llenar cual
corresponde sus deberes. Cuando los ha llenado, ve
brjllar una nueva luz ; una claridad mas viva y pura
le rodea por todas partes; todo se embellece para él,
y continúa alegremente su carrera. Dios, que es nues
tro padre, penetra el secreto de los corazones, lee en
las tinieblas de la soledad, y nos recompensa de nues
tras buenas acciones con la satisfaccion que nos dá y
la nueva fuerza que nos infunde.
La independencia, el alejamiento del vano tumul
to del mundo, la tranquilidad, son, pues, para nos
otros medios seguros para conducirnos á la virtud.
En esta situacion tan envidiable, no nos limitamos ya
á reprimir el curso fogoso de las pasiones; no permi
timos á los pensamientos que se inquieten por cosas
que para nada deben importarles. La vida doméstica
no es entonces esa existencia fastidiosa, ni esos campos
borrascosos que se encuentran con tanta frecuencia en
— 263 —
el mundo. La paz y la felicidad pertenecen al que re
nuncia á los placeres impuros; paz y felicidad que di
funde en derredor suyo.
No hay un solo hombre, por malvado que sea,
que no confiese en secreto que la virtud es la ba
se fundamental de la dicha en este mundo : no obs
tante, el vicio lanza por todas partes sus lazos seducto.
res, y prende en ellos sin cesar personas de todas eda
des y condiciones. Velar sobre los deseos engañado
res aun antes que nos alcancen , vencer con nobles
pensamientos la culpable concupiscencia , es uno de
los mas bellos triunfos del alma, y el modo de adqui
rir la paz interior.
¡Dichoso el que entra en la soledad con esta paz
interior y la conserva sin que se empañe I ¿De qué
servirla buscar un refugio en el retiro si á él se lle
vase el odio contra los hombres? No se encontraria
entonces mas satisfaccion en las verdes y frescas pra
deras que en las siniestras tinieblas de una celda ló
brega. Purificar nuestro corazon , preservarlo de to
do golpe funesto , es la tarea que debemos prescri
birnos en la soledad.
Es tambien á ve^es muy importante saber estimar
lo que los homb' es desprecian, y despreciar lo que es
timan. Cuando despues de la guerra de los piratas se
dió á Pompeyo el mando quitado á Lúculo, esclamó:
«¡Oh dioses, me encargais de una obra sin fin! ¿No
hubiera sido yo mas dichoso sin este aparato de glo
ria? ¿Es forzoso, acaso, que esté siempre en campaña
y con la coraza en el pecho? ¿No podria libertarme
de la envidia que me persigue sin descanso, y vivir
apaciblemente en el campo con mi mujer y mis hijos?»
Al hablar asi, mentia Pompeyo, porque no estima
ba aun bastante lo que los hombras de su naturaleza
desprecian, ni despreciaba suficientemente lo que los
romanos, celosos del poder, estimaban sobre todas las
— 264 —
cosas. Pero Mario Curcio, ese gran ciudadano, obró de
otra manera. Despues de haber arrojado á Pirro de
Italia, despues de haber obtenido tres veces los ho
nores del triunfo, se retiró al campo á una humilde
morada, y cultivó alli por si mismo su jardin. Cuan-
do los embajadores de los Samnitas fueron á ofrecer
le oro, que rehusó, estaba sentado al hogar, ocupado
en cocer nabos.
La soledad proporciona las mismas fruiciones al
hombre mas oscuro que al personage mas eminente.
La frescura del aura, la magestad de los bosques, el
plácido brillo de las praderas, la magnificencia del ve
rano , pueden enagenar lo mismo al ignorante que á
los filósofos y á los héroes. « No es necesario , ha di
cho un ingles, eonocer las leyes de la vegetacion para
admirar el cáliz de una flor, ni estudiar el sistema de
Copérncio y de Tolomáo para gozar de la luz y del
calor del sol. ¡Cuántas dulces emociones se esperi-
mentan al volver la primavera! Cuando un hombre
encerrado por largo tiempo en las ciudades visita
la campiña, no hay un punto de vista campestre que
no regocije alguno de sus sentidos.»
Hasta los desterrados han conocido algunas veces
los beneficios de la soledad. En lugar del mundo de
donde han sido proscriptos, se crean otro nuevo en
el silencio del retiro, olvidando los placeres ficticio
para adherirse á los verdaderos (1), é inventando
mil inocentes distracciones que no hubieran encon
trado en otra parte.
Mauricio, príncipe de Isembourg, despues de haber
se señalado durante largos años por su valor , ya á

(i) Ciceron ha dicho: «Multa prseclare Dyonisias Pha-


lereus in illoexilo scripsit, non in usum aliquem suum quo
erat orbatus sed aniroi cultus ille erat ei quasi quidam hu-
manitatit cibus.u
— 265 —
las órdenes del duque Fernando de Brunswick, ya á
las del mariscal de Broglie y en las guerras de los rd«
sos contra los turcos, cayó en desgracia, y fué dester?
rado. Sabido es lo que en Rusia se entiende por una
sentencia de destierro. El tedio le abrumó en un prin
cipio; el dolor se apoderó de él ; pero un dia cayó en
sus manos el libro de Bolingbroke sobre el destierro;
Lo leyó y releyó, y lo, tradujo. «A medida que lo leia,
dice, iba conociendo que se calmaba mi tristeza;» .
Este libro de Bolingbroke es una obra maestra de
estoicismo y de estilo. El autor traza en él todas las
adversidades de la vida. . No quiere que se trate de
sustraerse á ellas , por medio de una resignacion pro
longada y cobarde; quiere que se empleen para ven-i
cerlas los remedios mas violentos ; que se persiga el
mal hasta en su origen para curarlo radicalmente..
Con Cierta energia puede indudablemente conse--
guirse soportar el mas prolongado destierro , y hasta
encontrar en él placeres desconocidos desde que se es-
privado de los que se buscaban en otro tiempo.
Bruto encontró á Marcelo en su destierro de Mityle-
ne tan dichoso como es posible serlo , y entregado
con tanto ardor como en otro tiempo al estudio de las
ciencias útiles. Al verle asi, pensó que él era quien
al volver al mundo iba al destierro. ,
Algunos años, antes , Metelo Nimidico habia sido
condenado al, destierro por haber rehusado sancionar
las Jeyes fundamentales del tribuno Saturnino. Mu
chos ciudadanos recomendables querian armarse pa
ra defenderle; pero Metelo, que no habia podido con
tener el mal con la persuacion, no quiso ultrajar las,
leyes con la violencia. Lamentó solamente el delirio
de los romanos como en otro tiempo Platon el de los
atenienses. «Mis conciudadanos, dijo, me llamarán si,
vuelven de su estravio y si no, vuelven nunca, en nin-,
guna parte estaria peor que en Roma.» Partióse al
— 266 —
destierro , persuadido de que era ventajoso para él
alejarse de los lugares en que su corazon hubiera sido
desgarrado continuameute por el doloroso espectáculo
de un estado de anarquia y una república espirante.
Rutilio se alejo de Roma despreciando profunda
mente las costumbres corrompidas de esta gran ciu
dad. Habia amotinado contra si una clase de personas
poderosas al tratar de proteger las provincias del Asia
contra las exacciones de los arrendadores. Se le acu
só de haberse dejado corromper, y fué citado ante la
justicia por el infame Apicio. Sus acusadores eran sus
jueces; lo sabia, y apenas se dignó defenderse. Mar
chó al Oriente, donde fué recibido con respeto; y cuan
do terminó el plazo de su destierro, en lugar de vol-
rer á su patria, se alejo todavia mas.
En estas imponentes historias de desterrados hace
Ciceron una triste escepcion. Estaba dotado de todos
los tesoros del alma, de todos los sentimientos deli
cados que podian embelíecer su soledad; pero no te
nia fuerzas para soportar su destierro. En la época de
su prosperidad no habian podido aterrarle las amena
zas de un partido poderoso ni los puñales de los ase
sinos. El sufrimiento moral le hizo sucumbir en su
destierro; se volvió hipocondríaco , y esta enferme
dad agota la energia del alma y quebranta todas las
resoluciones. Ciceron deshonró con su flaqueza el des
tierro y la soledad. Inquieto y timido, recordando sirt
cesar la pérdida de su rango, de su fortuna y de su
crédito, no podia conocer la influencia saludable del
retiro, porque todo se presentaba á su vista bajo una
sombra siniestra.
Para que un desterrado acabe en paz sus dias en el
silencio del retiro, es necesario que haya pagado su
deuda a la sociedad, y que ofrezca á los que le obser
van el ejemplo de un hombre tan grande en la des-*
gracia como en la prosperidad.
— 267 —
Es sobre todo muy dulce pensar en la soledad
cuando la vejez se acerca, cuando la vida declina. La
existencia es un viaje de corta duracion; la vejez un dia
rápido que es preciso considerar como un momento
de reposo, como un intérvalo entre la actividad y el
último sueño, como el puerto cuyos escollos observa
mos y en que corremos riesgo de estrellarnos ; y en
ninguna parte podemos gozar mejor de estas últimas
impresiones de la vejez que en la soledad.
El hombre suele agotar todo cuanto le es estraño
antes de curarse de si mismo. Asi empezamos por
visitar paises lejanos antes de observar lo interesante
del nuestro; pero el joven prudente y el anciano es-
perimentado no obran de este modo. Para ellos el
principio y el fin de la sabiduria están en la soledad
y en la observacion concienzuda de si mismos. Por
otra parte , cuántas personas que la soledad há hecho
melancólicas eu su juventud, no están ya bajo su im-
pério al acercarse la vejez!
Üna alternativa incesante de deseos, creencias, es
peranzas é ilusiones: tal es nuestra entrada en la vida;
La edad madura se inclina á la melancolia ; pero na
da sorprende al hombre que se afirma en su camino
por la esperiencia. Cuando no se está obligado á pen
sar en vanas necesidades, y cuando se han sabido
apreciar á tiempo las miserables intrigas del mundo,
nadie se queja de la ingratitud de que es victima. Ob
tener el reposo, es cuanto se pide ; nada es el resto si
se ha entrado temprano en si mismo , si se han visto'
las cosas esteriores como realmente son.
Un aleman ha dicho*: En politica hay cartujos, co
mo en religion. En el silenció del retiro se encuentra
al observador discreto consagrado á la verdad y á su.
patria, que á nadie calumnia y á quien nada exalta
desmedidamente. Gusta su lucida razon; se admira su
amor á las ciencias y á los hombres; se querría poseer
— 268 —
su confianza y su amistad; sorprende su modestia,
su lenguaje y su existencia; se quisiera hacerle aban
donar su humilde morada por un palacio; pero pare
ce que lleva escrito en la frente aquel axioma do
la antigüedad: Odi profanum vulgus et arceo;> y en
tonces, en vez de haber conseguido seducirle por va
nos halagos, él es quien se hace un prosélito.
He aprendido á conocer este cartujo politico eri
cierta provincia, y me inspiró un respeto y un amor
filiales. Acaso no existiese entonces en las cortes de
Alemania un hombre rifas sabio y profundo que él.
Juzgaba del mundo y dé las cosas con admirable sa
gacidad, y conocia personalmente á algunos de Ida
mas grandes soberanos de Europa. En ninguna parte
he encontrado un alma mas libre, mas franca y dota
da de mas dulzura y energia ; jamás una vista mas
perspicaz y penetrante, y jamas un hombre con quien
haya deseado tanto pasar toda mi vida. Su 'casa era
estrenuamente sencilla, y su mesa muy frugal : era el
baron de Schrantemback.
Los jovenes están en general escesivainenfe dís^
puestos á maldecirlos escritos de los ancianos; sin ern-
bargo, jamás ha escrito ningun hombre con tanto ca
lor y emocion como Rousseau durante sus últimos
años. La mayor parte de sus mejo'rés obras datan de
su vejez. Entre los cincuenta y sesenta años se hizo
Uno de los primeros escritores de sü siglo, y entonces
consi deraba las obras de su j uventud c'tfmo débiles
producciones de sü encendimiento.
Cuando se está mas inclinado á la meditacion es en
la vejez. El ardor de la juventud está apagado; |Ia
efervescencia del mediodia de la vida calmada; llega
la tarde con su dulce tranquilidad y su calma refri
gerante. Es, pues, útil consagrar á la meditacion los
últimos momentos que se van á pasar en este mundo,
y despues de los cuidados que nos han aquejado se
— 269 —
consigue de este modo conquistar algun reposo. El
pensamiento de estos apacibles ocios nos regocija, co
mo la perspectiva de un hermoso dia de primavera
despues de un largo invierno. Bueno que se repose,
diránal gunos jovenes desdeñosos; pero que no se es
criba, porque en esa edad no hay calor, la imaginacion
se ha estinguido, y el prisma que la animaba ha des
aparecido. Puede ser, responde el anciano; pero gozo
todavia en espresar las sensaciones que esperimento.
Leo, escribo, pienso: he aqui mi alegría, ahora, como
en mi juventud. El hombre de edad adquiere con su
apacible y ordenada actividad lo que todos los dias
perdeis por vuestra bulliciosa agitacion.
Apenas sintió Petrarca el desfallecimiento de la ve
jez. Sabia animar su soledad con el movimiento de su
entendimiento, y sus años se deslizaban dulcemente.
Desde una casa de campo situada en las cercanias de
una cartuja á algunas leguas de Milan, escribia á Set-
timo con amable sencillez: «A medida que me acerco
al término de mi camino, doblo el paso como un via-
gero fatigado. Leo , escribo dia y noche; una ocupa
cion me hace descansar de otra ; velo y me divierto;
trabajo y no me fatigo; cuantas mas dificultades en
cuentro, mas aumenta mi ardor. La novedad me agui
jonea, los obstáculos me escilan. El trabajo es seguro,
y el mio es incierto. Mi vista se ha debilitado con las
vigilias, y mi mano esta cansada de tener la pluma.
Pero deseo que la posteridad me conozca, y sino con.-
sigo ocupar su atencion, mi siglo al menos, mis ami
gos, me habrán conocido, y me basta. Mi salud es to
davia tan buena, mi cuerpo tan robusto , mi tempe
ramento tan ardiente , que la edad, las ocupaciones
graves, la continencia y la maceracion no vencen á
este rebelde enemigo, contra el que lucho sin cesar.
Si no tuviera fé en la Providencia sucumbiria, como
he sucumbido muchas veces. Suele ser preciso que al
— 270 rr.
fin del invierno vuelva á tomar las armas contra la
carne ; que combata por mi libertad contra sus mas
erueles enemigos. »
Mas de un hombre> al buscar en su vejez la soledad,
ha adquirido lejos del mundo una importancia que no
habia tenido en otra edad. «En el retiro, ha dicho Po
pe, en el destierro, en su última enfermedad , arroja
ban su mayor esplendor los mas grandes varones de
la antigüedad, y hacian sus mayores beneficios, comu
nicando sus luces á los demas.»
«Algo es, dice Rousseau, dar ejemplo á los hombres
de la vida que todos deberian hacer. Algo es, cuando
no se tiene fuerza ni salud para trabajar con los bra
zos, atreverse á hacer oir desde su retiro la voz de la
verdad. Algo es advertirles la locura de las opiniones
que los hacen miserables. Yo seria mucho mas inútil
á mis compatriotas viviendo en medio de ellos que lo
que puedo serlo en la calma de mi retiro. ¿Qué im
porta el lugar en que habito si obro como debo ?
«Dichoso el anciano que en sus últimos años recibe
en este muudo la recompensa del bien que ha hecho,
y alcanza las bendiciones de los que le rodean. El que
ha vivido digna y honrosamente, no teme dirigir sus
miradas al camino que ha recorrido, y las almas gran
des no se aterran por la aproximacion de la tumba.
La emperatriz Maria Teresa hizo construir la suya;
solia detenerse cerca de este monumento funeral, y lo
mostraba á sus hijos diciéndoles: «¿Tenemos derecho
de ser altaneros? Ved el ultimo asilo de los empera
dores.»
Sin elevarse á esta altura de sentimientos , pueden
todos retirarse del mundo, no dar á lo pasado una im
portancia exagerada, y en los momentos que todavia
les pertenecen, mantener , desarrollar los pensamien
tos que los enlazan á Dios y á la virtud; entonces no
les presentará la tumba tan lúgubre aspecto, y mira
— 271 —
rán el fin de su vida como la tarda de un hermoso
dia.
Las fruiciones del corazon que nos procura el retiro
suelen aumentarse por las ideas religiosas que este en
gendra. Una vida apacible, sencilla, inocente, acerca
nuestro corazon á Dios. La perspectiva de la natura
leza nos vuelve á la religion, y la religion, por uno de
sus sublimes efectos, nosdá tranquilidad.
El que está penetrado de estos sentimientos religio
sos no atribuye al mundo el mismo valor, y no siente
ya tan vivamente las miserias de la humanidad. Se
encuentra entonces como en unlresso valle, donde se
oye á lo lejos correr el torrente ae las malas pasio
nes. Cuando el célebre Addison, abandonado por los
médicos, conoció su fin próximo, hizo llamar á un jo
ven pariente suyo que Je era muy afecto. Despues de
algunos momentos de esperar, el joven desolado le di
jo: «Me habeis llamado: dictadme vuéstras órdenes;
las cumpliré religiosamente.» Addison le cogió la ma
no y le respondió : «Mira cuan tranquilamente muere
un cristiano.»
Sino está en nuestro poder destruir los obstáculos
que se oponen á esta paz interior, y triunfar en todas
las circunstancias de las escitaciones del mundo, la
idea de todo sacrificio es grande, é imprime un noble
vuelo á un alma ardiente. ¿Por qué estamos con tan
ta frecuencia descontentos de nuestra situacion? ¿Por
qué nos lamentamos de no conocer la alegria ni la fe
licidad? Porque nos dejamos seducir por la aparien
cia de las cosas , porque nuestros sentidos gobiernan
a la razon, porque en muchas y muchas ocasiones pre
ferimos bienes engañadores á fruiciones reales y du- .
raderas; finalmente, porque no tenemos la piedad que
deberiamos tener.
Es necesario hacerse un deber de consagrar á re
flexiones piadosas una parte de esas horas que tantas
— 272 —
personas pierden en vanas distracciones. Pero no es
necesario que esta piedad degenere en fanatismo, que
nos dé vagos sentimientos en vez de pensamientos lu
minosos, que reemplace con utopias las realidades; no
es necesario que nos avasalle á un rigorismo exage
rado, que nos haga renunciar á placeres inocentes. Una
noble alegria aumenta nuestras fuerzas, y la Virtud
debe dar una satisfaccion dulce y profunda.
Para el hombre que ha contraido la costumbre de
recogerse en la calma, las horas que consagra á me
ditaciones religiosas son los mejores instantes de su
vida. Asi como cuando vamos á la iglesia á cumplir
uno de nuestros deberes de cristiano debemos exami
narnos seriamente, escrutar nuestra conducta y afir
marnos en la resolucion de vivir segun la voz de Dios,
asi, siempre que elevemos en el retiro nuestro pensa
miento al cielo, debemos dirigirnos una mirada'severa.
De este modo aprenderemos á reconocer nuestras fal
tas, á rectificar nuestras ideas, a reflexionar útilmente
sobre el término y objeto de nuestra existencia.
No basta hacer buenas acciones; es preciso tambien
discernir el motivo de ellas. ¿No hemos cedido al ha
cerlas á alguna consideracion humana , ó á algun en
tusiasmo pasagero? ¿No hemos sido dirigidos mas bien
por el amor propio que por el amor al prógimo. En
nuestras horas solitarias, al elevar nuestro corazon á
Dios, conocemos mas fácil y juiciosamente la natura
leza y el motivo real de estas acciones.
La soledad nos conduce de la debilidad á la fuerza,
de la seduccion á la resistencia, de lo presente á lo
porvenir, de la opresion de este mundo á la contem
placion de otro mundo mejor. En las horas de retiro
y de silencio estamos mas cerca de aquel á quien de
bemos agradar mas que á nadie, y que vela á nuestro
lado en las sombras de la noche.
" Los apologistas de la sociedad repiten continuamen
— 273 —
te que hay grandes cosas 'que hacer en este mundo.
Pero por una parte, no hacemos en el mundo todo lo
que nos prescribe el deber, y por otra, debemos estar
convencidos de que nunca adquiriremos tan bien co
mo en la soledad y por la religion la energia necesa
ria para dar cima á acciones de mérito, y la elevacion
de carácter que todos debemos ambicionar.
La satisfacción habitual de que goza nuestra alma
en el seno de la solelad tiene ya alguna analogia con
la ventura de la eternidad, y en estos momentos de
felicidad nos estasiamos abandonándonos á los deseos
y á las esperanzas que despierta en nosotros la idea
de otra vida.
En este mundo, en que todo es opresion é inquie
tud, la libertad, el reposo, son bienes inapreciables á
que se aspira, como el marino fatigado de los tempo
rales aspira á la tierra firme. Pero el que nunca ha
estado privado de tal dicha , se asemeja al habitante
lejano de las playas maritimas que no se figura las
ansiedades, agonias y deseos del marinero. En cuanto
á mi, me complazco en creer que gozaremos en la
eternidad de una tranquilidad constante, inalterable
y esenta de todo movimiento sensual. Ahora bien, co
mo la paz interior y esterior es ya en la tierra un
principio de beatitud, puede ser útil creer que un dif-
creto alejamiento del tumulto del mundo, es un me
dio de desarrollar en el alma facultades que llegaráu
á ser uno de los elementos de nuestra felicidad para
la vida futura.
Termino aqui mis reflexiones sobre las ventajas
que la soledad ofrece al corazon. ¡Feliz yo si pueden
propagar algun pensamiento saludable, alguna ver
dad consoladora, y cooperará difundir entre los hom
bres la idea de una dicha que está tan cerca de nos
otros! ¡Hé aqui mi único deseo!
Conclusión.

Después de haber leido la primera parte de esta


obra, se me ha acusado de haber despreciado con es
ceso los resultados de la soledad. Al leer la segunda,
acaso se me reconvenga por hablar de estos mismos
resultados eon escesivo entusiasmo. Se dirá que pres
cribo una moral demasiado severa, una elevacion de
alma á que no es posible llegaran verdadero despre
cio de los hombres y de los atractivos esteriores, una
calma y una firmeza imaginarias , un disgusto del
mundo que nada justifica. Se me reconvendrá de que
no solamente quiero debilitar asi la inclinacion á la
vida social, sino también escitar un triste desconten
to en el corazon de los hombres, incitarles á romper
teda especie de yugo para vivir segun su capricho, y
hacerles demasiado filósofos y escesivamente libres.
Finalmente, se me reconvendrá tambien por haber
elogiado con exageracion la vida privada, y destruido
asi la justa estimacion en que se deben tener las re
laciones sociales.
No ha sido este, sin embargo, mi propósito, y creo
que las fruiciones de la dicha doméstica no alteran
en un alma noble el deseo del bienestar general. Si
uno de los efectos de la soledad es que miremos con
cierta indiferencia el mundo, la costumbre de pensar
que contraemos en el retiro nos perfecciona moral
— 276 —
mente, y nos di una actividad de entendimiento que
puede ser útil á la sociedad.
No podemos hallar felicidad eompleta en nosotros
mismos, y estamos obligados por nuestra misma de
bilidad á vivir con algun ser que nos ame. No entra
en los derechos de la naturaleza que seamos misán
tropos. Solo Dios puede bastarse á si mismo. No po
driamos, pues, sin graves inconveniente* , atrinche
rarnos en un retiro absoluto.
Si existe algun ser completamente aislado, debe ser
muy miserable, porque no tiene apoyo ni consuelo.
La naturaleza misma quiere que estemos unidos á una
criatura de nuestra especie, y todos los sentimientos
que nacen y se desarrollan en nuestro corazon nos re
cuerdan á cada momento esta ley. Unicamente estan
do dominados por una idea espantosa del género hu-
mano'podriamos imitar á aquel monje que fué á habitar
en la falda del Vesubio, prefiriendo, segun decia, la
vecindad del volcan á la sociedad de sus semejantes.
Teniendo un carácter razonable, es imposible ale -
jarse completamente de los hombres. Se necesita ser
les agradable, hacerles bien, adherirse á ellos, gozar
en union suya de la vida. Plutarco decia: «Huyo del
mundo por gusto, y la dulzura de mi carácter me ha
ce volver á él.
Si con la idea de encontrar en los libros todo lo
que merece ser conocido consagramos todas nuestras
horas al estudio, nos privaremos de las ventajas rea
les que debemos sacar de las relaciones sociales; los
jovenes se alejarian de los ancianos ; la soledad mas
ocupada no nos seria ya tan útil, y podriamos acabar
por convertirnos en pedantes insoportables.
Para cumplir dignamente su destino, para adquirir
cierto grado de esperiencia y de sabiduria, es necesa
ria que el hombre esté alternativamente en relacion
cpn sus semejantes y en relaciones directas consigo
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mismo; qüe sepa gozar de los placeres dignos que 1S
ofrece el mundo, y entregarse á las graves reflexiones
que le inspira la soledad.
Ya lo hemos dicho: Dios mismo quiere que viva
mos en relaciones con los demas hombres. La incli
nación social que ha puesto en nosotros, es una prue
ba evidente de su voluntad. Jesucristo nos invita coil
su ejemplo á retirarnos algunas veces á la soledad.
Vivió en medio de los hombres'; pero de tiempo en
tiempo habitaba en el retiro. De este modo nos enseñá
que el cristiano debe saber tambien alejarse de los ne:
gocios y distracciones del iriundó, para observar el es
tado de su eorazon , y elevar su pensamiento á Dios;
Todo lo que tiende á acercar los hombres unos á
otros, á hacerlos mas ilustrados, mas afables, mas vir
tuosos; todo lo que puede aumentar entre ellos una
sabia armonia, merece nuestros elogios. Es preciso que
reposemos de las fruiciones del entendimiento con las
distracciones del mundo ; estas distracciones , estos
inocentes placeres que la sociedad nos ofrece, dulcifi
can el carácter, y dan a la virtud un aspecto mas se
ductor.
Frecuentando las reuniones del mundo es preciso
resignarse de antemano á sufrir en ellas muchas con
trariedades, á pasar muchas horas de tedio. Se sue
len encontrar alli mas pedantes que entre los sábios
que se retiran á la soledad. Hay en ellas insipidos é
inagotables charlatanes, cuya locuacidad es imposible
contener. Si uno de estos deplorables oradores de sa
lon se adhiere á nosotros y nos abruma cón sus largas
frases, escuchémoslo con paciencia, recordando aque
llas palabras de Garve: «Estas pobres gentes han per
dido la medida moral , que enseña á arreglar el len-
guage y las acciones segun las personas á quienes se
habla. Lospedantes y los apasionados, no se cuidan pa
ra nada de las circunstanciasen que se encuentran, y
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tto consultando mas que á su fantasia, cometen á cada
momento faltas, porque todo lo olvidan, escepto la pa
sion que les anima.»
En una esfera mas elevada, en que no se admita ni
la pedanteria ni los hombres sin instruccion, las rela
ciones del mundo pueden ser de mayor utilidad, y
creo que el trato de los principes y de los grandes se
ria una escelente escuela de filosofia práctica para los
que suelen vivir solos, porque se necesita harto mas
valor para resolverse á proclamar una verdad atrevi
da delante de un poderoso , que para propagarlas á
centenares en un libro. ¿Y qué observador del géné-
ro humano no quisiera haber visto á Cesar, y relacio
narse intimamente con él, en la época en que Sila de
cia mirándole: «No os fieis de ese joven que lleva la
cabeza tan erguida. Hay en él muchos Marios.» Es
tambien altamente interesante poder estudiar en su
germen y en su desarrollo el poder con cuyo ausilio hace
un hombre época, y llega á ser modelo de los demas.
¿No tenemos una gran alegria si al observar á ese hom
bre reconocemos que reune á sus estraordinarias cua
lidades un tacto delicado y una dulce naturaleza de
pensamientos?
No obstante, hay tambien muchas personas qué
quieren fundadamente ocultarse al torbellino de los
salones. El que aspire á elevarse sobre lo vulgar, de
be saber encerrarse en el retiro, y aplicarse asidua
mente al trabajo. Y comunmente sucede que aquellos'
mismos que dan la mayor importancia á las obliga
ciones mundanas, absuelven al hombre grave que se
exime de ellas. Lo que las personas que dan el tono
en los salones exigen no siempre es de rigorosa nece
sidad, y el hombre de bien, al interrogar su concien
cia, sabe lo que debe hacer cada dia. Nadie es un sal
vaje solo porque le agrade vivir de tiempo en tiempo
en la oscuridad. Ya lo hemos dicho: hay muchas obras
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graves que soló pueden acabarse en el retira; desde
el fondo de su soledad suele hacerse mas útil al géne
ro humano »n escritor, que el hombre de negocios con
su impetuosa actividad. ¡Ah! ¡Cuantos de esos hombres
modestos y reservados desarrollan en el mas humil
de albergue mayor fuerza intelectual, que muchos que
hacen gala de las suyas en el mundo ! Lo esencial es
que nuestra actividad interior se dirija á un objeto loa
ble. El que trata de instruir la juventud , ó escribe
un libro útil, está constantemente en relacion con el
mundo por medio de su pensamientos, y harto contri
buye á nuestra felicidad. En su vida solitaria, en su
alejamiento de las relaciones sociales, trabaja para la
sociedad, espresa libremente lejos de ella lo que aca
so no osaria decir en una gran reunion por razones
de bien parecer, de respeto ó de timidez.
Es muy dificil de cumplir la mision de sabio pasan
do una gran parte de la vida en el mundo. Pero me
rece un doble homenage el que , consagrándose al cul
to de las ciencias, posee el arte de atraerse los corazo
nes por la sagacidad de su talento y la dulzura de sus
sentimientos.
Para gozar provechosamente de la soledad y de las
relaciones del mundo, es necesario saber emplear se
riamente el tiempo en el retiro , conducirse con dig
nidad é inteligencia entre los hombres, aprender á
corregir los inconvenientes de la soledad por medio
de las relaciones de la sociedad, los de esta por me
dio de aquella, y no apegarse esclusivamente ni á una
ni á otra de ambas seducciones. El hombre cuya edu
cacion ha sido cuerdamente dirigida, sabe hacerse
útil en sus diversas situaciones, como un rio apacible
que no solo riega valles solitarios, sino que lleva sus
ondas á ciudades populosas, y contribuye á hermosear
las y enriquecerlas.
La vida contemplativa y¡la social deben servir jun
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tómente para perfeccionarnos. Nuestro deseo es ser
dichosos, .obtener para nosotros cuanta felicidad nos
sea posible, y hacer á les demas todo el bien que es
tá en nuestra mano. Pero por efecto de las circunstan
cias, no se.hallan muchos hombres en el lugar que les
corresponde. Unos, por ejemplo, vegetan oscuramente
en el fondo de, una provincia, y podrian desempeñar
ün gran papel en un vasto teatro; otros, por el con
trario, que están llamados por su cuna á ocupar una
elevada categoria, son seres sin valor, real, que debe
rian.sustraerse á todas las miradas. ¡Cuantas personas
condenadas á vivir en un retiro monótono podrian
ejercer en las ciudades una influencia dulce y saluda
ble! ¡Cuántas mujeres se consumen en una casa de
campo porque el esposo que se les ha dado no sabe
apreciar su alma ni su corazon, porque únicamente
ven á su alrededor naturalezas nulas, y ni un solo ser
que pueda juzgarlas y comprenderlas! Sin émbargo,
la que en tan triste situacion sabe vencer sus pesares
y usar cuerdamente de los recursos que posee, puede
todavia gozar de envidiable felicidad. El cumplimien
to de sus deberes le proporcionará reposo , la soledad
tendrá para ella encantos, y cogerá flores entre las es
pinas.
Saber utilizar la posicion en que la naturaleza nos
ha colocado, es el gran secreto'. La so'edad nos propor
ciona lo que no encontramos en el mundo , y este nos
ofrece un vasto campo de nuevas acciones y observa
ciones. Si estaraos obligados á frecuentar el mundo,
sepamos reanimar el desvio que nos inspira; sepamos
amoldarnos con todo el agrado posible á las obliga
ciones que nos impone. Esta condescendencia basta á
veces para infundir en el alma una serenidad bienhe
chora, y despues de este esfuerzo de un instante, nos
entregaremos con mas facilidad al trabajo y ala medi
tacion.
= 281 =
El hombre ha sido creado para pensT y obrar Es
preciso, pues, que aprenda á coaducirse cuerdamente
en la vida especulativa como en la tctiva, y hará
tan mal en huir obstinadamente de 'a sociedad, como
en aborrecer la soledad.
Sucede con harta frecuencia, qut, al examinar á los
hombres que queremos evitar, se descubren en ellos
cualidades hasta entonces desconocidas , y hasta se
llega á profesar estimacion y afecto á aquellos mismos
que, juzgando por las apariencias, creiamos no po
der tolerar nunca. Tratemos solo de entrar en el
inundo con un juicio imparcial, con un corazon be
névolo, y es probable que, aun cuando hayamos ido á
él con pesar, volvamos tranquilos y satisfechos.
Se ignora cuan grande es el poder de la voluntad
del hombre, puesto que constantemente se está dicien
do: ¡Qué quereis! El hombre es asi. Porque el hombre
es asi, deben hacerse todos los esfnerzos imaginables
para que se eleve sobre si mismo. No importa que la
fatiga, el tedio, el pesar, nos impidan arrancarnos va
lerosamente dela molicie para emprender una noble
lucha. Basta á veces un poco de resolucion para vencer
nuestra debilidad fisica y sugetar nuestro entendimien
to á un trabajo útil. ¿Qué felicidad es comparable á la
de poder decir : Ved lo que he conseguido hacer con
mi valor y mi voluntad!
Debemos, pues, saber compartir noblemente nues
tro tiempo entre el mundo y la soledad, entre las dis
tracciones decorosas de la sociedad y los placeres in
telectuales. Asi nos libertaremos de la locura del que
corre aturdidamente en seguimiento de lodos los pla
ceres, y de la misantropia del queso relira con un som
brio pensamiento á un lugar salvage.
Es necesario que tratemos de hacernos amar de los
demas hombres sin cometer ninguna bajeza, y que se
pamos apartarnos libremente del mundo sin abando
d9
— 275 —
uarlo enteramente. Debemos llenar con dignidad las
obligaciones que la sociedad nos prescribe, aprove
charnos de cuantas ventajas podamos encontrar entre
los hombres, y hacerles cuantos beneficios dependan
de nosotros. Pero al mismo tiempo debemos tambien
saber alejarnos de ellos, para recogernos en el senti
miento de Dios y de la verdad.

FIN.
ERRATAS.
Páginas. Líneas Dice. Debe decir.
IX 2 pociones cantidades
X 2 unos unas
XI 12 las los
6 2 indiferentes indiferente
33 »7 suya hasta suya , y hasta
»7 14 efectos efesios
44 i5 esta cada
5a 7 Amimilus Anntilus*
id. 10 lugell lugell
id. 24 Molauus Molano
id. 32 hace hacen
56 21 y poi que porque
«7 35 abrumar abrumarlos
fi-l 22 se creeria 110 se creeria
65 3o que ellos que ninguno de ellos
71 2 y 3 Argentenil Argentenil
77 16 sociedad soledad
id. 18 soledad sociedad
85 5 mejor major
97 3 advierten de la nada advierten la nada
m i4 dolores maj ores dolores
id i5 mayores puede dar puede dar
114 H y i5 encontramos encontraremos
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125 3 tributa con él tributa et
i35 36 ]pov mi y por los demas para mi y para lodos
■ 36 7 ¿Quieres ¿Quereis
i5i 9 )movimientos, los que los movimientos que
168 26 sin' ver
170 3 aqui he aqui
»9» 20 á vuestra carrera de nuevo la carrera
•99 1 por medio una por medio de una
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205 C si á ella me conde- j) siá ella me condenais
l nais, por lo cual > porque no quiero re
f no] quiero recono- J conocerme
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Páginas. Lineas. Dice. Dtbc drcir.
2o5 i5 y 16 Sin embargo Entre tanto
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id. 28 Moone Mooje
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214 11 se recojan se regocijan
215 2() e» es!os puntos en ella
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264 17 Coperncio Copcrnico
260 28 fundamentales funesta».
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