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II.

Eucaristía en el Magisterio y en la teología


Hno. Dr. Alexandre José Rocha de Hollanda Cavalcanti
El Magisterio, basado en la teología, presenta tres aspectos principales sobre la Eucaristía:
• La presencia real de Cristo en la Eucaristía.
• Cómo se da esta presencia.
• Las consecuencias de la relación de estos dos principios, con sus reflejos en el culto
eucarístico.
Siendo la Eucaristía un misterio que pide un acto de fe, encontramos en la teología una
evolución histórica de su comprensión:
• Patrística: se buscan las explicaciones de fe basadas en la omnipotencia de Dios.
• Escolástica: utiliza el modelo filosófico para encontrar el sentido de la conversión del
pan y del vino en Cuerpo y Sangre del Señor.
• Actualmente: se estudia el aspecto simbólico sin perder el sentido de la realidad. Es
importante el papel del Magisterio para profundizar y definir el equilibrio entre los
dos conceptos de símbolo y realidad, rechazando toda tendencia que intente vaciar la
Eucaristía de su realismo.
1. Presencia real en los Padres de la Iglesia
Desde los primeros años se encuentra la fe eucarística en los Padres de la Iglesia. Los
puntos centrales de su pensamiento indican:
• La presencia real y substancial del Cuerpo y Sangre de Cristo.
• La comprensión del cambio de substancia.
• La comprensión de la Eucaristía como sacrificio.
• El valor y los efectos de la comunión eucarística.
San Ignacio de Antioquía (†107) combate a los docetas, que no aceptaban la presencia
de Cristo en la Eucaristía, afirmando con precisión: «la Eucaristía es la carne de nuestro
Salvador Jesucristo, la que padeció por nuestros pecados, la que el Padre resucitó». Esta es la
primera afirmación categórica de que la Eucaristía es la carne de nuestro Señor, la misma que
murió por nosotros y resucitó1. Puntualiza que la Eucaristía es medicina de inmortalidad que
lleva a vivir por siempre en Jesucristo, además de ser el garante de la unidad de la Iglesia.
La Didaché utiliza la expresión bíblica fracción del pan, indicando la necesidad del
bautismo y de la conciencia pura para acercarse a la Eucaristía que es comprendida como
sacrificio. Recuerda las palabras de Cristo: «No deis lo santo a los perros» (Mt 7,6). Se
encuentra también el testimonio de que la Eucaristía era celebrada sin la cena común el domingo,
después de la confesión de los pecados. Esta separación de la celebración como liturgia propia
no insertada en una cena familiar ha dado origen al precepto de la Misa dominical en el siglo
IV.
San Justino (100/10 – 163/7) hace la primera descripción de la celebración eucarística,
informando que era celebrada por el obispo con todo el clero y los fieles. Aporta dos
descripciones: la Eucaristía que sigue al Bautismo y la que se hacía en la liturgia dominical.
Justino presenta una estructura muy semejante a la de la Misa actual: lecturas, homilía, oración
de los fieles, ósculo de la paz, procesión del ofertorio, plegaria eucarística, comunión de los
fieles y envío a los ausentes, colecta a favor de los pobres2. Él puntualiza la necesidad de la fe

1
Cf. SAYÉS, José Antonio. El misterio eucarístico. Madrid: BAC, 1986, p. 115.
2
Cf. SAN JUSTINO. Apologia I, 65-67.

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para comulgar: «nadie puede participar si no cree las cosas que enseñamos […] y viva como
Cristo encomendó». Testimonia la fe en la presencia real: «No tenemos esto como pan ordinario
[…] es la carne y es la sangre de aquel Jesús encarnado»3.
Justino explica que, así como en Cristo sólo se ve el hombre, aunque esté ante nosotros
el hombre-Dios y redentor, así también en la Eucaristía sólo se ve pan y vino, aunque tengamos
ante nosotros la realidad de Cristo y de su sacrificio redentor. Concluye que tan serio y real
como el hecho de la encarnación de Dios es el proceso que convierte el pan y el vino en la
Eucaristía4.
San Ireneo (†202) expresa una profunda doctrina sobre la presencia real y substancial
del Cuerpo y la Sangre de Cristo y prenda de la resurrección eterna.
Por otro lado, Orígenes puntualiza el aspecto sacrificial y el valor expiatorio del sacrificio
del altar, junto con el sacrificio de la cruz. El Adamasto explica la necesidad de purificación
anterior a la comunión:
«La oración [la anáfora dicha por el sacerdote] no santifica por sí mismo al que usa de ello, […]
Por tanto, la utilidad que hay en el que usa el pan del Señor se da cuando con mente inmaculada
y con pura conciencia participa del pan».
En sus famosas Catequesis mistagógicas, san Cirilo de Jerusalén (†386) explica que
después de la invocación del Espíritu Santo el pan y el vino quedan totalmente santificados y
cambiados en su misma substancia. San Cirilo se basa en la autoridad de Cristo:
«Jesús mismo se ha manifestado diciendo del pan: “Éste es mi Cuerpo”. ¿Quién tendría el coraje
de dudar? […] Él, por su voluntad, transformó en Caná de Galilea el agua en vino, y ¿no es digno
de fe si cambia el vino en sangre?».
En esta doctrina se percibe claramente la enseñanza de la conversión total del pan y vino
en Cuerpo y Sangre de Cristo, lo que posteriormente se llamará transubstanciación.
San Ambrosio (†397) argumenta:
«La Palabra de Cristo que pudo crear de la nada lo que no existía, ¿no pudo transformar en una
sustancia diferente lo que existe? No es menor empresa dar una nueva naturaleza a las cosas que
transformarlas».
La abundancia de textos patrísticos permite deducir la fe unánime de la Iglesia acerca de
la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía5.
2. Testimonio litúrgico
Las descripciones de la institución de la Eucaristía en los Evangelios corresponden al
modo cómo se celebraba la Eucaristía en las comunidades que tenían a los Apóstoles por cabeza.
San Pablo informa que en Corinto (año 56) se celebraba la Eucaristía en el contexto de una cena
común. Las primeras celebraciones eucarísticas eran llamadas fracción del pan y se hacían en
las casas, así como en el Cenáculo de Jerusalén, guardando siempre el mismo contenido
doctrinal, pero con una cierta libertad de fórmulas y gestos. Se fue comprendiendo desde el
inicio que la cena no representaba el ofrecimiento de la Cena del Jueves Santo, sino que estaba
lado a lado con el ofrecimiento de la cruz:
«Cuando veas sobre el altar el cuerpo de Cristo, di a ti mismo: […] Este es aquel cuerpo
crucificado con clavos […] nos dio para que comiéramos»6.

3
Cf. NICOLAU, Miguel. Nueva Pascua de la Nueva Alianza. Actuales enfoques sobre la Eucaristía. Madrid:
Stvdium, 1973, pp. 84-88.
4
Cf. AUER, Johann. Sacramentos Eucaristía. Barcelona, Herder, 1975, p. 217.
5
Cf. NICOLAU, Miguel. Nueva Pascua de la Nueva Alianza. Actuales enfoques sobre la Eucaristía. Madrid:
Stvdium, 1973, pp. 88-117.
6
SAN JUAN CRISÓSTOMO. In epis. 1 ad Cor. 24,4: PG 61, 203; R 1195.

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Las primitivas liturgias siguen el ritmo de las oraciones judías llamadas berakah, con
bendiciones a Yahveh por sus beneficios, precedidas de la lectura de las Sagradas Escrituras.
Poco a poco se fueron escribiendo unas anotaciones en el margen de los libros sagrados para
indicar el comienzo y el final de cada lectura, así como el día correspondiente a su uso litúrgico,
dando origen posteriormente a los textos eucológicos, que sólo se encontrarán estructurados a
partir de los siglos IV y V. En todos ellos se encuentran dos elementos:
• El inmutable, de institución divina, con fórmulas litúrgicas originadas del Nuevo
Testamento.
• Otros elementos que están sujetos a cambios, añadidos posteriormente7.
La plegaria más antigua se encuentra en la liturgia de Adday y Mari (anáfora siria de los
apóstoles)8, así como en la Traditio apostolica de san Hipólito de Roma, que es un testigo claro
de la praxis litúrgica en los primeros siglos de la Iglesia. Aquí se encuentra la más antigua
plegaria eucarística que sigue las fórmulas de las oraciones judías:
• Se bendice a Dios.
• Se pasa al relato de la Institución de la Eucaristía.
• Se hace la conmemoración o anámnesis del Señor.
• Se sigue la plegaria de intercesión y de comunión con los santos (hoy memento
de los vivos y memento de los muertos).
• Se invoca al Espíritu Santo (epíclesis).
• Se termina con la doxología.
En todas las antiguas plegarias está perfectamente clara la fe en la presencia real y
substancial de Cristo en la Eucaristía bajo los signos y símbolos sacramentales.
Hay que señalar que la epíclesis no se encuentra en los relatos bíblicos y que no aparece
en las celebraciones descritas en los Hechos de los Apóstoles. Por este motivo, la Iglesia
siempre sustentó que el sacrificio de la misa se cumple por medio del relato de la institución,
contra la postura de las iglesias cismáticas orientales9.
La comprensión del valor de la misa va determinando su celebración diaria que
normalmente era celebrada por el obispo. Con el crecimiento de la población cristiana, pasan a
celebrar también los presbíteros. En Roma nace la costumbre del obispo de enviar un fragmento
de la hostia consagrada para que cada presbítero celebre en comunión con su obispo. De ahí
nace el rito del fermentum, presente hasta hoy en la Iglesia10.
Las misas se celebraban inicialmente sobre el túmulo de los mártires por comprender la
unión de su sacrificio con el de Cristo. Posteriormente, con el aumento del número de altares,
se pasó a utilizar una reliquia de un mártir, colocada en una piedra llamada «piedra de ara».
Actualmente esta costumbre ha quedado en desuso, pero sigue permitida.
Al inicio los fieles comulgaban siempre que asistían a la Misa y llevaban la Eucaristía
para comulgar durante la semana. Sin embargo, esta costumbre generaba abusos, siendo por
eso dejada de lado por comprenderse el mayor respeto en relación a la Eucaristía, que pasó a
ser reservada en las Iglesias para llevar a los enfermos. Se pasa a buscar un modo más digno de
guardar el Sacramento, pasando desde pequeños armarios hasta los sagrarios actuales, que se
utilizaban ya en el siglo VIII y se generalizaron a partir del siglo XVI, siendo obligatorios a
partir del Decreto de 21 de agosto de 1863, de la Sagrada Congregación para los Ritos11.

7
Cf. J. LÓPEZ MARTÍN, En el Espíritu y la verdad. Introducción teológica a la liturgia, 113.
8
Atribuida a Tadeo de Edesa y Mari, discípulos del apóstol santo Tomás.
9
Cf. AUER, Johann. Sacramentos Eucaristía. Barcelona, Herder, 1975, p. 202.
10
Cf. BETTENCOURT, Estevão. Curso sobre os Sacramentos. Rio de Janeiro: Mater Ecclesiae, 2002, p. 111.
11 Cf. GASSO, José María. Gran Enciclopedia Rialp Madrid: Rialp, 1991.

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3. Controversias eucarísticas en la preescolástica
La fe en la presencia real remonta a la era apostólica, pero la comprensión de cómo se da
esta presencia ha evolucionado históricamente.
En la época carolingia hubo una gran reforma litúrgica iniciada por Pipino el Breve y
continuada por Carlomagno, las doctrinas de los Padres de la Iglesia fueron presentadas con un
enfoque centrado en el tema de la presencia real y de la conversión eucarística.
Amalario de Metz (†850) presenta la expresión «cuerpo triforme de Cristo» con tres
variantes terminológicas:
1. El cuerpo nacido de María.
2. El cuerpo eucarístico.
3. El cuerpo eclesial.
La postura de Amalario fue criticada por algunos y interpretada benignamente por otros,
pero se levantó con eso una cuestión más compleja: el cuerpo eucarístico de Cristo, ¿es el
mismo que nació de María, murió y resucitó?
El abad de Corbie, san Pascasio Radberto, en su obra Liber de Corpore e sanguine
Domini (844), afirma claramente que en la Eucaristía se encuentra la «verdadera carne» de
Cristo, la que «nació de María, padeció y resucitó». San Pascasio explica esta presencia por
acción divina a través de la mutación interior del pan y del vino que «se convierten» en el
cuerpo y la sangre de Cristo y por tanto, la Eucaristía es la «verdadera carne de Cristo». A esta
doctrina se ha dado el nombre de realismo, palabra que no refleja correctamente el pensamiento
del Abad de Corbie.
San Pascasio fue equivocadamente acusado de cafarnaitismo, al que responde que este
cuerpo está escondido bajo la figura de pan, de la misma manera que la muerte de Cristo se
renueva místicamente en la Eucaristía, de modo que así estamos muy lejos del «craso realismo
o cafarnaitismo». Pascasio advierte que en la Eucaristía nos movemos en el plan de la fe y no
de los sentidos naturales, consagrando su doctrina en esta frase: «en la Eucaristía se encuentra
la vera et ipsa caro Christi, pero in mysterio», es decir, sacramentalmente.
Comentando este pensamiento, Juan Pablo II señala:
«Existe un vínculo estrechísimo entre la Eucaristía y la Virgen María, que la piedad medieval
acuñó en la expresión caro Christi, caro Mariae: la carne de Cristo en la Eucaristía es,
sacramentalmente, la carne asumida de la Virgen María»12.
Otro monje de Corbie, Ratramno, se sublevó contra las sanas doctrinas de san Pascasio,
haciendo, en su obra De corpore et sanguine Christi (859), una doble pregunta:
• En la Eucaristía, ¿ocurre todo abiertamente o bajo el velo de los signos?
• ¿Tenemos en la Eucaristía el mismo cuerpo que nació de María, murió y resucitó, o
se trata de otro diferente?
Ratramno maneja un concepto de verdad y figura distinto del de Pascasio. Para él, verdad
es lo perciben los sentidos, lo que no está cubierto por el velo. En la Eucaristía la realidad no
se ve, pero existe realmente. La fe versa precisamente sobre lo que no se ve. Así, Ratramno
piensa en un cambio espiritual, simbólico. Para él, Cristo está realmente en la Eucaristía, pero
sub figura, in mysterio, espiritualmente, invisiblemente, mientras que en la cruz su cuerpo era
visible.
Argumenta Ratramno: «Hay una gran diferencia entre el cuerpo en el que padeció Cristo
[…] y este cuerpo que, como misterio, es celebrado a diario por los fieles».

12
JUAN PABLO II, «Ave verum corpus natum de Maria Virgine, Alocución dominical del 13 de junio de 1993, 1-
2», 9.

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El gran problema viene en la conclusión que saca Ratramno: «Las cosas que difieren entre
sí no son lo mismo». Si son diferentes entre sí, entonces, «¿Cómo se les puede llamar verdadero
cuerpo y verdadera sangre de Cristo?». Con Ratramno nace la teoría del simbolismo,
sustentando que hay una enorme diferencia entre el cuerpo eucarístico y el que nació de María.
La controversia tuvo un eco enorme entre los teólogos de la época.
Rábano Mauro se puso a favor de Ratramno: una identidad pura y simple sería inaceptable
e implicaría la repetición de la muerte de Cristo. También Juan Escoto Eriúgena se unió
subrayando aun más la teoría simbolista. Pero la doctrina de san Pascasio tenía mucho más
sustento, siendo inspiradora en el futuro contra la herejía de Berengario de Tours.
En verdad los dos están de acuerdo que Cristo está presente en la Eucaristía de forma
invisible, pero el problema es la conclusión que cada uno saca del tema:
Ratramno: No es el mismo cuerpo.
Pascasio: Es el mismo cuerpo, pero en forma diferente13.
Con sus estudios, san Pascasio fortalece la doctrina eucarística, sintetizando realismo y
simbolismo: La Eucaristía es realidad «verdadera» e igualmente simbólica.
Muchos siglos después, Berengario de Tours (†1088), retoma las teorías de Ratramno y
las desvía de su sentido original, introduciendo el elemento sensualista e histórico en sus
elucubraciones teológicas, negando la presencia real de Cristo y afirmando un total simbolismo
de la Eucaristía, que sería un signo que no contiene el cuerpo de Cristo. En su obra De sacra
Coena, se subleva contra el realismo eucarístico, afirmando que la presencia de Cristo en la
Eucaristía no es real, sino que se encontraría presente en la mente y en la fe de aquéllos que
creen y comulgan.
Intimado a retractarse en el Sínodo de Letrán (1059), Berengario retiró su tesis, pero diez
años más tarde volvió a impugnar la doctrina de la presencia real. El papa San Gregorio VII lo
llamó a Roma, llevando a una nueva retractación en el Sínodo de 1079, en que subscribió una
profesión de fe y murió reconciliado con la Iglesia. No obstante, había abierto una llaga
profunda en la piedad católica, puesto que sus escritos infundieron la duda en los corazones de
los fieles.
La teología católica reaccionó mostrando la presencia real del Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad de Jesucristo totalmente presente bajo las dos especies de pan y de vino. El Espíritu
Santo suscitó en la Iglesia un gran fervor de fe eucarística, con la devoción a la elevación de la
hostia y del cáliz y manifestaciones más abundantes del culto eucarístico.

4. Definiciones del Magisterio hasta el Concilio de Trento


Para incentivar la devoción eucarística y la fe en la presencial real, el Papa Urbano IV,
mediante la Bula «Transiturus», del 8 de septiembre de 1264, instituyó la fiesta del Cuerpo y
Sangre de Cristo, en recuerdo de la institución de este gran misterio14 y como acto de culto
público tributado a Jesús presente en la Eucaristía. Esa acción del Magisterio fue consecuencia
de las revelaciones a la beata Juliana de Mont-Cornillon, quien recibió del Señor la misión de
introducir una fiesta en honor de la Eucaristía en la Iglesia, con el deseo de infundir la devoción
eucarística y proclamar públicamente la fe católica a través de la procesión con el Cristo
Sacramentado.

13
Cf. SAYÉS, José Antonio. El misterio eucarístico. Madrid: BAC, 1986, pp. 154-162.
14
Cf. JUAN PABLO II. Carta Dominicae Cenae, sobre el misterio y el culto de la Santísima Eucaristía, 24 de
febrero de 1980; DE LAS HUERAS MUELA, Jesús. Día del Corpus, día de la caridad. Revista Ecclesia, 20 de mayo
de 2008.

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El canon 944 establece que «donde pueda hacerse, a juicio del obispo diocesano, téngase
la procesión por las calles, sobre todo en la solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo»,
encargando al obispo dictar las normas de la misma.
En el siglo de oro de la escolástica grandes doctores como san Alberto Magno, santo
Tomás y san Buenaventura encontramos una elaboración más equilibrada de la doctrina
eucarística, que sustenta la presencia real y sacramental de Cristo bajo una variada terminología.
La teoría hylemórfica de Aristóteles, cristianizada y aplicada a los sacramentos, ayudó a
comprender la diferencia entre sustancia y accidentes, proporcionando la formulación filosófica
adecuada para explicar el cambio ocurrido en la Eucaristía: hay un cambio total de la sustancia,
sin alteración de los accidentes.
Se pasa a utilizar el término transubstanciación a partir del siglo XII, aunque la realidad
que él expresa ya esté profesada en la propia Escritura y por todas las generaciones cristianas.
Su primera presencia en un documento pontificio se encuentra en la carta del papa Inocencio
III (1202) al arzobispo de Lyon. El uso fue consagrado por el IV Concilio de Letrán (1215),
siendo confirmado por los subsecuentes Concilios: II de Lyon (1275), Constanza (1415-1417)
y Florencia (1438-1444).
El filósofo inglés John Wycliffe (†1384), se opuso al término transubstanciación,
proponiendo una consubstanciación, teoría asumida posteriormente por algunas sectas
protestantes: «Cristo no está en el mismo sacramento idéntica y realmente por su propia
presencia corporal. Si el obispo o el sacerdote está en pecado mortal, no ordena, no consagra,
no realiza, no bautiza». El concilio de Constanza (1414-1418) condena las herejías de Wycliffe,
reafirmando la fe de la Iglesia y prohibiendo la lectura de sus libros.
En la profesión de fe propuesta por el Concilio de Florencia (1438-1445) a los armenios,
la doctrina eucarística es formulada con precisión:
«En virtud de las mismas palabras, se convierten la sustancia del pan en el cuerpo y la sustancia
del vino en la sangre de Cristo; de modo, sin embargo, que todo Cristo se contiene bajo la especie
de pan y todo bajo la especie de vino».
Todas las formulaciones magisteriales de esta época están inspiradas en las doctrinas de
santo Tomás de Aquino, que serán retomadas por el Concilio de Trento.
5. Definiciones del Magisterio en el Concilio de Trento
A partir del siglo XVI la rebelión protestante se opone al carácter sacrificial de la
Eucaristía.
Lutero presenta su oposición basada en tres líneas fundamentales:
a. Afirma la presencia real de Cristo en la Eucaristía, sosteniendo incluso el realismo
contra el simbolismo de otros pseudo-reformadores.
b. Niega la transubstanciación, afirmando ser una «palabra bárbara y una explicación
ridícula». Para él, la presencia se contiene con la sustancia y bajo la sustancia del pan
y del vino. Lo que él, plagiando a Wycliffe, llama de consubstanciación del pan y del
vino, o empanación. Busca explicar el modo de la presencia por la capacidad divina
de encontrarse en todas partes: «ubique». Crea así la expresión «ubiquismo
eucarístico».
c. Acepta la presencia de Cristo únicamente en el momento de la comunión «in usu»,
negando la permanencia fuera de este momento, oponiéndose totalmente al culto
eucarístico fuera de la misa, que él acusa de artolatría, o adoración del pan.
Zwinglio niega la presencia real y rechaza la explicación de Lutero sobre el ubiquismo.
Sustenta una presencia únicamente espiritual. La Eucaristía para él sería sólo un signo.

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Calvino se opone a Lutero y a Zwinglio, acentuando la fuerza espiritual «virtus
espiritualis», que al pan y al vino confiere el Espíritu Santo, en la medida en que es aceptada y
recibida por la fe. Por esto sólo admite la presencia en uso, rechazando polémicamente la
reserva eucarística y su culto.
A estas posiciones heréticas responde el Concilio de Trento (1545-1563) con el Decreto
sobre el sacramento de la Eucaristía. Esta doctrina marcará un punto firme y definitivo en la
doctrina católica totalmente fundamentada en las Sagradas Escrituras, en la Tradición y en los
concilios anteriores, rechazando los «execrables errores y cismas que el hombre enemigo
sembró (Mt 13,25ss) […] por encima de la doctrina de la fe, y el uso y culto de la sacrosanta
Eucaristía»15.
Los puntos principales de la enseñanza tridentina son:
1. La presencia real de Jesucristo en el Santísimo Sacramento.
2. Los motivos de la institución de la Eucaristía.
3. La excelencia de la Eucaristía sobre los demás sacramentos.
4. La transubstanciación.
5. El culto debido al Santísimo Sacramento.
6. La reserva del Santísimo.
7. La preparación para recibir dignamente la Eucaristía.
8. El uso del Santísimo Sacramento.
El Concilio es preciso en sus palabras:
«Por la consagración del pan y del vino, se efectúa la conversión de toda la sustancia del pan en
la sustancia del Cuerpo de Cristo Nuestro Señor, y de toda la sustancia del vino en la sustancia
de su Sangre. Esta conversión fue con mucho acierto y propiedad llamada por la Iglesia Católica
transubstanciación» (DS 1642).
En su Canon 2, el Concilio declara:
«Si alguno dijere que en el sacrosanto sacramento de la Eucaristía permanece la sustancia de pan
y de vino juntamente con el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo […] sea anatema.»
El prefijo trans indica cambio o conversión, en este caso lo que cambia es la sustancia
(sub-est, lo que soporta) que se convierte totalmente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, pero
los accidentes, como el color, las dimensiones, el sabor, la posición en el espacio, pueden
cambiar en una sustancia que las sustenta. Éstas se mantienen en el pan y vino consagrados.
Evidentemente esto sólo es posible por una intervención de la omnipotencia divina que no
encuentra paralelo en la naturaleza, aunque encuentre su explicación con la diferencia filosófica
entre sustancia y accidentes, entre sustancia y especies.
El Magisterio utiliza el concepto dogmático de sustancia como sinónimo de «realidad
fundamental, naturaleza, realidad ontológica». Por otro lado, el concepto de especies es
sinónimo de «propiedades, apariencias, realidad fenoménica»16.
Como el cambio es de sustancia y no de accidentes o especies, el Cuerpo de Cristo no se
parte o se divide cuando se divide la hostia consagrada, puesto que la presencia está en la
sustancia y no depende de los accidentes. Por consiguiente, cuando el pan consagrado es partido,
sólo se parte la cantidad del pan, no el Cuerpo de Cristo.
El Concilio de Trento enseña que la ofrenda de la misa es una sola con la de la cruz y que
Cristo es también el oferente que hoy se ofrece por el ministerio de los sacerdotes.
En la Eucaristía nos unimos al divino Salvador en la comunión más real y efectiva que el
ser humano puede tener con su Creador. El tridentino es muy claro en cuanto a la permanencia
15
Cf. CASTELLANO, Jesús. El misterio de la Eucaristía. Valencia: Edicep, 2004, pp. 153-155.
16
Cf. SAYÉS, José Antonio. El misterio eucarístico. Madrid: BAC, 1986, p. 237.

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de la presencia real en las partículas consagradas que deben ser reservadas después de la
comunión. Enseña que las palabras de la institución hablan claramente de carne y sangre de
Cristo como realidades histórico-salvíficas, objetivas y transcendentales, no dependiendo de la
recepción. Por otro lado, es difícil determinar el cese de la presencia que se da cuando el cambio
de accidentes da lugar a una sustancia distinta de la del pan o del vino que les es connatural.
6. Doctrina postridentina
Después del Concilio de Trento, y determinado el dogma de la transubstanciación, se
profundiza en el tema de la presencia real en armonía con los datos bíblicos y litúrgicos. Se
busca estudiar el modo cómo la misa es verdadero sacrificio de Cristo. Para explicar la esencia
de la acción sacrificial en la Eucaristía, comienzan a surgir en la teología católica diferentes
teorías, sobresaliendo tres posturas principales: la teoría representativa, la inmolacionista (o de
destrucción) y la oblacionista.
Los teólogos actuales recurren a la idea fundamental de que el único sacrificio de Cristo
en la cruz se hace presente in misterio, in sacramento, surgiendo así lo que algunos llaman la
«teoría sacramental».
La Encíclica Mediator Dei (1947), del papa Pío XII reafirma la doctrina del Concilio de
Trento: «La Eucaristía es el memorial que Cristo nos ha dejado con el fin de hacer presente
entre nosotros el sacrificio cruento que había de llevarse a efecto en la cruz».
La Encíclica señala el aspecto victimal de Jesús que se hace presente gracias a la
transubstanciación, simbolizando la cruenta separación del cuerpo y de la sangre del Señor en
el Calvario, afirmando que «la conmemoración de su muerte se repite (iteratur) en cada uno de
los sacrificios del altar», en que se significa y se muestra Jesucristo en estado de víctima.
Concluye afirmando que el sacrificio eucarístico es, por su misma naturaleza, la incruenta
inmolación de la divina víctima, manifestada místicamente por la separación de las sagradas
especies y por la oblación de las mismas al Eterno Padre.
El Concilio Vaticano II, señalando el único sacerdocio de Cristo, reafirma constantemente
que en la Eucaristía se encuentra y se perpetúa el mismo sacrificio de Cristo en la cruz. Afirma
que ahí se celebra el misterio pascual haciéndose presente (representatur) la victoria y el triunfo
de la muerte de Cristo, dando gracias a Dios por el don inefable en Jesucristo17.
En la Encíclica Mysterium fidei Pablo VI reafirma la doctrina del Concilio, en claro
paralelo con la doctrina de Trento, enseñando que la misa hace presente el sacrificio de la cruz
y se nos aplican sus frutos. Explica que la oblación es la misma que Cristo confió a sus apóstoles
y que ahora realizan los sacerdotes, cualquier que sea el oferente. Frente a las posturas que
niegan la transubstanciación, afirmó que es insuficiente la sola transignificación o la sola
transfinalización para explicar la peculiaridad de la presencia eucarística18.
Juan Pablo II crea la expresión María, mujer eucarística y puntualiza la presencia de
María en la misa:
María está presente […] en todo altar donde se celebra el memorial de la pasión-resurrección,
porque estuvo presente, adhiriéndose con todo su ser al designio del Padre, al hecho
histórico-salvífico de la muerte de Cristo; […] Cristo, Sumo Sacerdote; la Iglesia, comunidad
de culto: con uno y otra María está incesantemente unida, en el acontecimiento salvífico y en su
memoria litúrgica19.

17
Cf. SAYÉS, José Antonio. El misterio eucarístico. Madrid: BAC, 1986, pp. 305-317.
18
SAYÉS, José Antonio. El misterio eucarístico. Madrid: BAC, 1986, p. 237.
19
JUAN PABLO II, «La presencia de María en la celebración de la liturgia. Alocución dominical del 12 de febrero
de 1984, 3», 1.

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