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LIBROS

La superstición
de la actualidad
Es posible profundizar en lo inmediato,
iluminarlo mediante el análisis histórico
y descubrir los mecanismos psicosociales
básicos, constantes en la conducta humana.
josé lázaro

Antonio Muñoz Molina, Todo lo que era sólido, Seix Barral, Barcelona, 2013.

El reflejo de la realidad que cada día nos ofrece la prensa es un es-


pléndido instrumento para reflexionar sobre el sentido de las cosas
que ocurren, pero el dogma periodístico de que lo importante es la
actualidad informativa contribuye en gran medida a dificultar la com-
prensión de ese sentido. Hay una curiosa superstición en el periodis-
mo según la cual la actualidad dura muy poco y lo ocurrido anteayer
carece de interés; el resultado es que las noticias se superponen a
un ritmo que los nuevos medios digitales no hacen más que acele-
rar. Cuanta más información se emite, menos elaborada se transmite.
Cuanta más rapidez se exige a la noticia, menos posibilidad hay de
contrastarla y refinarla. Cuanto más rabiosa actualidad se quiere dar
a la crónica, menos se logra dar sentido a los hechos que recoge.
El conocimiento exacto y preciso de los acontecimientos es condición
indispensable para cualquier análisis serio que se pretenda realizar

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sobre ellos (y, por tanto, si se han vivido directamente, mejor). Pero la
posibilidad de ese análisis depende de un cierto distanciamiento, una
toma de perspectiva, una disponibilidad de tiempo suficiente para la
reflexión. Solo la conjunción de esas dos condiciones permite, por un
lado, que las reflexiones generales no se pierdan en la abstracción y,
por el otro, que el flujo constante de lo que ocurre no nos impida dedi-
carle el esfuerzo y el tiempo necesarios para penetrar en su sentido.
Si se revisan ahora los escritos que en las décadas centrales del si-
glo XX dedicó Wilhelm Reich a la psicología de masas del fascismo,
Erich Fromm al miedo a la libertad, Theodor Adorno a la personali-
dad autoritaria, Hannah Arendt a los orígenes del totalitarismo o Eric
Hoffer al verdadero creyente, es evidente el impacto que reflejan del
comunismo soviético, del fascismo italiano y, sobre todo, del nazismo
alemán. Son textos escritos bajo la impresión aplastante de aquellos
movimientos de masas que convulsionaron Europa, se enfrentaron en
la Segunda Guerra mundial y, en el caso del comunismo, se siguieron
arrastrando por la historia hasta 1989. Es evidente que si no se hubie-
sen producido las mencionadas experiencias totalitarias, aquellos tex-
tos no habrían sido engendrados. En ellos es explícita la referencia a
lo que entonces eran los acontecimientos históricos por antonomasia,
que las reflexiones psicológicas, sociológicas y filosóficas contribuyen
a iluminar. Pero esas reflexiones, tan diversas –y a la vez tan comple-
mentarias– de Reich, Fromm, Adorno, Arendt o Hoffer, resultan hoy
mucho más interesantes en la medida en que trascienden los fenóme-
nos concretos que las inspiraron y penetran en mecanismos psicoso-
ciales de la conducta humana que no sólo son comunes al fascismo y
al comunismo, sino también a muchos otros episodios históricos. Con
razón se le han reprochado a Adorno sus esfuerzos por excluir a los
marxistas de los análisis que hace sobre la personalidad autoritaria y
con razón Wilhelm Reich, que había sido en su juventud un ferviente
comunista, acabó asimilando el fanatismo negro al rojo y reconociendo
que el fascismo no es una ideología sino una estructura del carácter.
Y esa contribución al conocimiento de los elementos comunes a la
conducta humana en las situaciones más diversas se da incluso en

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quienes piensan, como Hannah Arendt, que “el mayor peligro para
una verdadera comprensión de nuestra historia reciente radica en la
demasiado comprensible tendencia del historiador a establecer ana-
logías. La cuestión está en que Hitler no era como Genghis Khan y no
era peor que otros grandes criminales, sino enteramente diferente”1.
Desde la perspectiva opuesta, Eric Hoffer buscó en las frustraciones
personales la raíz que predispone a un individuo hacia la adhesión
ciega a cualquier movimiento que le permita romper con su pasado e
integrarse en una nueva identidad colectiva al servicio de una causa
cuyo futuro radiante le dará (a él, concretamente) los triunfos y sa-
tisfacciones que siempre había merecido y que la injusticia social le
había negado hasta entonces. Da igual que la causa sea cristiana, ma-
hometana, nacionalista, comunista o nazi, lo importante es que “todos
los movimientos de masas desarrollan en sus partidarios (…) una ten-
dencia hacia la acción conjunta; todos ellos, al margen de la doctrina
que predican y del programa que plantean, alimentan el fanatismo,
el entusiasmo, una esperanza ferviente, odio e intolerancia; todos son
capaces de liberar una poderosa corriente de actividad en ciertos as-
pectos de la vida; todos exigen una fe ciega y una lealtad sincera”2.

El libro de Antonio Muñoz Molina, Todo lo que era sólido3 es buen


ejemplo del difícil equilibrio que un ensayo requiere entre la descrip-
ción de fenómenos concretos cuya peculiaridad hay que reconocer y
el análisis de los elementos genéricos que permiten comprenderlo al
descubrir los mecanismos profundos que tienen en común con otros
muchos fenómenos en gran medida diversos. Para explicar (y expli-
carse) la situación catastrófica en que se encuentra España, el escritor
se somete en el verano de 2012 a un ejercicio que –sobre el papel–
no resulta nada apetecible, pero que en este caso fue fructífero: la
lectura detenida de los periódicos de enero y febrero del año 2007.

1
Hannah Arendt: Ensayos de comprensión, 1930-1954, Madrid, Caparrós Editores, 2005, pág. 299.
2
Eric Hoffer: El verdadero creyente, Madrid, Tecnos, 2009, pág. 35.
3
Antonio Muñoz Molina: Todo lo que era sólido, Barcelona, Seix Barral, 2013.

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Así, establece un distanciamiento temporal y recorre lentamente aque-


lla prensa, dedicando más de una hora al periódico de cada día. Ese
salto en el tiempo hasta la fotografía periodística de la España inme-
diatamente anterior a la crisis le proporciona una imagen estática que
enmarca en una trayectoria biográfica más amplia: su propia memoria
personal, que evoca desde las reuniones clandestinas de células comu-
nistas en Úbeda a principios de los setenta, pasando por la austeridad
que conoció como auxiliar administrativo interino del ayuntamiento
de Granada a principios de los ochenta y la posterior invasión de los
municipios por una nueva casta política (que pronto suprimió los bu-
rocráticos controles heredados de la vieja Administración para entre-
garse alegremente a la multiplicación de instituciones autonómicas, y
mediante ellas al despilfarro y al saqueo) hasta la debacle final en los
años de Zapatero. El resultado es la actual indignación ciudadana con-
tra esa “nueva nobleza” de los políticos profesionales que han mono-
polizado todo tipo de privilegios y prebendas pero no dudan en exigir
restricciones y sacrificios cada vez mayores al resto de la población.
La población, claro está, no era inocente. El banquero que ofrecía
a su cliente acciones cuyo riesgo enmascaraba, aprovechaba la codi-
cia del inversor en busca de beneficios lo más altos posibles; el que
ofrecía al modesto asalariado una hipoteca desmesurada estimulaba
el conocido mecanismo psicológico que empuja a disfrutar hoy sin
pensar en lo que se tendrá que pagar mañana. Pero la mayoría de los
ciudadanos dirige su furia contra los principales acusados, los repre-
sentantes del poder político y económico, la nueva clase privilegiada.
Y detrás de la casta política actual, los largos siglos de la vieja nobleza
que la precedió (siempre apoyada por la Iglesia católica) con el cultivo
sistemático de la mentalidad profunda característica del país: sectaris-
mo, narcisismo colectivo, codicia individual, desprecio de lo común,
exaltación de lo tribal, alergia al cambio, autobombo e ignorancia.
Y es ahí donde el ensayo de Muñoz Molina se eleva desde la brillan-
te descripción autobiográfica de la evolución española en las últimas
décadas hacia la insinuación de esos mecanismos nucleares que ex-
plican el desastre. De todos ellos es particularmente interesante (quizá

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porque se suele describir menos que el sectarismo o la codicia) el


constante deslizamiento tramposo entre lo personal y lo colectivo, la
atribución al grupo rival de los propios fracasos y la apropiación per-
sonal de méritos colectivos: “Pedir responsabilidad a un individuo es
insultar a una patria. Envuelto en la oportuna bandera un delincuente
es un héroe” (págs. 97-98). El mecanismo tiene una larga historia,
pues ya al principio de la Transición el caso Banca Catalana pasó de
ser considerado una acusación delictiva contra Jordi Pujol a una agre-
sión contra el pueblo de Cataluña. Su eficacia ha quedado más que
demostrada en infinidad de casos (incluido el que ahora mismo afecta
a los descendientes de aquel patriótico precursor), aunque también
es verdad que tiene algunas limitaciones: supongamos, por poner un
ejemplo imaginario, que un ministro liberal y andaluz llegase a ser
acusado por un juez de aceptar sobres llenos de billetes de oscuro ori-
gen: ¿habría que considerar ese hipotético proceso judicial como una
agresión contra el liberalismo o como un insulto a Andalucía?
Todo este endemoniado carnaval (en que lo personal se disfraza de
colectivo y viceversa) funciona sobre la base de sentimientos muy
primitivos, hábilmente manejados por las élites del poder local y es-
tatal. Hay pocas emociones más primitivas que las narcisistas, las
que permiten a cualquier pringado sentirse orgulloso de haber nacido
en su pueblo y encabritarse como un energúmeno ante la mínima
ofensa del vecino a su patria chica (cada vez más chica). Cuando se
empezaron a desarrollar las autonomías, descubrieron las autorida-
des andaluzas que tenían un grave problema: carecían de una lengua
propia distinta del castellano, lo que, evidentemente, les podía hacer
parecer menos propiamente propios que los gallegos, catalanes y vas-
cos. Pero esas deficiencias se compensaron en cada una de las 17
Españitas creando todo tipo de instituciones y “tradiciones” locales,
incluidos carísimos museos e infinidad de festejos propiosísimos, que
seguían estimulando el narcisismo propio de los ciudadanos mientras
la casta local se iba apropiando de todo lo apropiable. Para ello era
esencial que cada uno de los 17 nuevos reinos de Taifas se dedicase
a “un proceso acelerado de exageración sí mismo” (pág. 60), es decir,

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al cultivo embriagador del narcisismo de la propia tribu. Así la po-


blación se intoxica con el orgullo de ser de donde es mientras la casta
local aprovecha la borrachera (y la resaca) para embolsarse el botín
sin molestas interferencias de la casta estatal.
Victimismo y narcisismo tribal se convierten así en el auténtico
opio del pueblo: el constante recuerdo de los agravios que nuestros
antepasados sufrieron hace siglos (y de las hazañas que realizaron)
“forma parte de ese nosotros entre publicitario y místico del narci-
sismo colectivo” (pág. 88). El culto a los mitos de la tribu que se ha
decidido potenciar es la perfecta cortina de humo que permite a la
casta tribal el control absoluto e impune de su parcela territorial: por
eso tenía Franco tanto interés en que su España fuese “Una, Grande
y Libre”, es decir, total y exclusivamente Suya. Los dirigentes de las
17 Españitas en la actualidad lo imitan lo mejor que pueden.
En la espléndida novela Sefarad (si es que ese libro se puede con-
siderar una novela) Muñoz Molina asociaba proustianamente situa-
ciones y personajes tomados de diferentes episodios históricos para ir
trazando narrativamente una tremenda reflexión sobre el fanatismo,
sobre el exilio y sobre la destrucción de los que se oponen a un pro-
yecto totalitario en plena ebullición. En un tono más sencillo e inme-
diato, más local y menos novelesco, Todo lo que era sólido comparte
con aquel libro la habilidad para arraigarse en lo concreto, reflexionar
sobre lo personal, proyectarlo en el contexto histórico correspondiente
y penetrar en su análisis hasta tocar los mecanismos perennes que se
repiten en las conductas humanas. Partiendo del testimonio concreto
y trascendiendo la superstición de la actualidad se puede profundizar
en lo inmediato para iluminarlo mediante el análisis histórico y llegar
hasta el descubrimiento de los mecanismos psicosociales básicos que
siempre permanecen constantes en la conducta humana.

José Lázaro es profesor de Humanidades Médicas en la Universidad Autónoma


de Madrid. Autor de La violencia de los fanáticos. Un ensayo de novela.

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