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Perfeccionamiento del 5º Mandamiento. (Mt.

5, 21-26) GRADO: 9° RELIGIÓN FABIAN ALBARRACIN 2019

Según los escribas y fariseos, el lacónico "No matarás" se refería tan solo al acto exterior del homicidio, pero Nuestro Señor va mucho más lejos,
cortando la raíz misma de un posible daño al prójimo: "Cualquiera que se enoje con su hermano, comete un delito" (Mt. 5,22). El pecado no
es tan solo matar físicamente sino el simple rencor, el odio, el desear mal al prójimo, el insulto, el desprecio. Habremos de responder ante el
Tribunal Supremo de todos esos actos tal vez interiores que nunca llegaron a manifestarse en un acto de violencia.

"NO saldrás de ahí sino cuando hayas pagado hasta el último centavo" Todo el mal enterrado en nuestra conciencia deberá ser sacado a la
luz antes de que entremos en la Luz de la Verdad que es Dios. Si no nos purificamos en esta vida, seremos purificados después de la muerte.
Muriendo en pecado mortal, no hay purificación que valga en el infierno, pero aún muriendo en Gracia de Dios, siempre tendremos faltas y deudas
que pagar antes de entrar al Cielo.

Más adelante, en los versículos 38 al 48, Jesús continúa profundizando en el 5º. Mandamiento.

En el Antiguo Testamento, como freno a los desmanes que provoca la sed de venganza, existía la Ley del Talión, o sea, "Ojo por ojo y diente por
diente". Pero Nuestro Señor condena dicha ley y lleva a sus discípulos a alturas ciertamente tan sublimes como difíciles de alcanzar.

"Ustedes saben que se dijo 'ojo por ojo, diente por diente'. En cambio Yo les digo: No resistan a los malvados. Preséntale la mejilla
izquierda al que te abofetea la derecha y al que te arma pleito por la ropa, entrégale también el manto. Si alguien te obliga a llevarle la
carga, llévasela el doble más lejos. Dale al que te pida algo y no le vuelvas la espalda al que te solicite algo prestado". (Mt. 5,38-42)

Con figuras atrevidas, hipérboles impactantes, Cristo nos está diciendo que la mejor manera de acabar con el mal es haciendo el bien. Si
concedemos al adversario el doble de lo que él pide, se rompe su armadura mental y al final reconocerá que estaba errado.

Tenemos en la historia reciente, casos notables en que la no-violencia activa ha cambiado el destino de pueblos enteros: Gandhi independizó a
la India del imperio inglés sin derramar una gota de sangre y Martin Luther King logró terminar con la discriminación racial contra los negros en
Estados Unidos de Norteamérica. Ambos dieron su vida por sus ideales, pero triunfaron en bien de los demás.

En el circo Romano, los sangrientos combates a muerte entre gladiadores, tuvieron su fin cuando San Telémaco ofrendó su vida por ellos ante el
César.

En el versículo 43 y los siguientes, Jesús llega a extremos nunca soñados, nunca predicados, nunca exigidos: "Ustedes saben que se dijo ' Ama
a tu prójimo y guarda rencor a tu enemigo' pero Yo les digo: Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores".

Si confundimos el amor con un sentimiento agradable hacia los demás, evidentemente no podríamos amar a los que nos han hecho daño. Pero
el amor no es tan solo un sentimiento, sino un acto de la voluntad de hacer el bien al prójimo, sea quien sea. El mismo Jesús, en su pasión,
humanamente no podía haber "sentido" nada agradable por sus verdugos judíos o romanos, pero desde la cruz ora por ellos aduciendo que "no
sabían lo que hacían".

A nuestros enemigos, podemos y debemos devolverles bien por el mal que nos han hecho. Eso es amor del bueno sintamos lo que sintamos. Por
eso más adelante Jesucristo añade: "Porque si ustedes aman a los que los aman, ¿qué premio merecen? ¿no obran así también los pecadores?
¿Qué hay de nuevo si saludan a sus amigos? ¿No lo hacen también los que no conocen a Dios? (versículos 46 y 47).

Esta enseñanza sublime la supieron predicar y vivir los discípulos, como San Esteban que muere orando por sus asesinos, o como nos lo
recomienda San Pablo en múltiples ocasiones (Rom.12, 14 y 13, 9; Gál. 5, 14; Cor. 4,12; Ef. 5,1).

Nuestro Salvador nos propone dos motivos de aliento para amara los enemigos: el ejemplo del Padre Eterno que hace el bien a los buenos y los
malos y además nos promete como premio, ser hijos de ese mismo Padre Bondadoso.

Termina Jesús poniéndonos un ideal ciertamente inalcanzable, pero al cual debemos tender con todas nuestras fuerzas: "Por lo tanto, sean
perfectos como es perfecto su Padre que está en el Cielo" (v 48).

Perfeccionamiento del 6º. y 9º. Mandamientos.

"No cometerás adulterio" "No codicies la mujer de tu prójimo" (Ex. 20, 14, 17) dice escuetamente el Decálogo. La mujer era considerada
entre las "cosas" del hombre. Así como se prohibía codiciar su casa, su burro y su buey, tampoco había que desear a su mujer: "No codicies nada
de lo que le pertenece". La mujer pertenecía al hombre como una cosa más. En la práctica se interpretaba prohibiendo los actos explícitos de la
infidelidad, pero Jesucristo va más allá: no solamente ordena extirpar hasta la raíz del adulterio, o sea el simple deseo previo al acto, sino que
equipara a la mujer al hombre. Tan adúltero sería el hombre como la mujer en caso de infidelidad.

Cuando ponen en su presencia a esa mujer sorprendida en adulterio para ver si aprobaba la costumbre machista de apedrearla a muerte, su
cómplice en el pecado de adulterio no corría prácticamente ningún peligro a pesar de que en el Libro del Deuteronomio la Ley establecía lo
siguiente: "Si sorprenden a uno acostado con la mujer de otro, han de morir los dos: el que se acostó con ella y la mujer. Así extirparás la maldad
de ti" (Deut. 22, 22). De hecho, como suele suceder aún en nuestros días, la pecadora era la mujer y la condenada a muerte era ella, no él.

Por eso Jesucristo aclara que delante de Dios, tan culpable es el hombre como la mujer, tan pecador es él como ella. No hay dos morales distintas
para hombres y mujeres.

Sabe bien además Nuestro Señor que de los malos pensamientos, de los malos deseos consentidos, sigue el acto positivo si se presenta
oportunidad.

Es por eso que en sentido figurado añade "si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecar, sácatelo y arrójalo lejos de ti: pues mejor te está perder
uno de tus miembros que no todo tu cuerpo sea arrojado al infierno" (Mt. 5, 29). Y lo mismo dice de la mano derecha, la más útil. Es tan fácil perder
la castidad, es tan tentadora la infidelidad, que no debemos retroceder ante las más severas medidas para evitar el pecado. Todo lo que sea
ocasión próxima de pecado, debe ser cercenado aunque deba uno sujetarse a sacrificios tan dramáticos como fuera el perder un ojo o una mano.

Lo malo es que no nos decidimos a romper una relación peligrosa: nos gusta jugar con el fuego, creemos siempre que en el momento en que
queramos podremos impedir la caída. Apagamos la conciencia que nos advierte el peligro, coqueteamos con la tentación... hasta que llega el
momento en que ya no deseamos evitarla y caemos en pecado irremediablemente, porque "el que ama el peligro en él perece".
Asunto del Divorcio.

Los versículos 31 y 32 del Sermón de la Montaña, siempre en el capítulo 5º. de San Mateo, son candentes, son tajantes: un NO rotundo al divorcio
entendido como la liberación total del lazo conyugal con la posibilidad de casarse otra vez.

"El que despide a su mujer, la expone al adulterio y el que se case con la divorciada, comete adulterio".

Jesús vuelve a llevar al matrimonio a su primitiva santidad, condenando el divorcio y declarando la indisolubilidad del lazo conyugal. En el capítulo
19, 1-9 del mismo San Mateo, Jesús establece con mayor claridad la indisolubilidad matrimonial al decir "Lo que Dios ha unido, no lo separe el
hombre", La unión matrimonial no es cosa simplemente humana: Dios tiene un proyecto sublime para el amor humano y lo convierte en Sacramento
con su presencia en las Bodas de Caná de Galilea. Dios, el Creador del género humano, sabe por Supuesto que la familia es el fundamento
primordial de la humanidad, la célula básica de la sociedad, y el divorcio contradice totalmente el plan divino y en consecuencia destruye en sus
raíces a la sociedad.

No hace falta mucha observación o muchos estudios sociológicos para constatar que en los países, religiones o culturas en que el divorcio se ha
instaurado como ley, la familia ha sufrido un deterioro moral con terribles consecuencias más que evidentes: son los hijos los más dañados por la
separación de sus padres, sufriendo un trauma que no logran curar "padrastros" o "madrastras" postizos. No debe extrañarnos el aparentemente
insoluble problema de la drogadicción, del pandillerismo, de los embarazos entre adolescentes, del SIDA, la plaga del aborto, los crímenes por
arma de fuego en las escuelas y de los suicidios entre adolescentes, principalmente en los países del norte donde por ser mayoritariamente
protestantes, el divorcio y las uniones posteriores (no importa cuántas sean), son cosa común y corriente. La familia ha perdido su identidad hasta
el grado de cuestionarse si dos homosexuales pueden "ser familia".

La Iglesia Católica admite tan solo la separación física de los esposos en los casos en que la convivencia es imposible sin remedio, pero insiste
en que son y seguirán siendo marido y mujer "hasta que la muerte los separe". Ni el Papa mismo puede anular un matrimonio si este existió. Toda
Inglaterra fue separada cruentamente de la Iglesia Católica por el libidinoso Enrique VIII que exigía al Papa le permitiera unirse a Ana Bolena,
siendo en realidad esposo de Catalina de Aragón.

Casos hay, sin embargo, en que la unión Sacramental no se dio por alguna razón, a pesar de haberse realizado la ceremonia ante un sacerdote.
Las Leyes de la Iglesia llamadas Derecho Canónico, prevén una serie de casos en los que el matrimonio fue nulo, (por ejemplo cuando uno de
los contrayentes se había casado anteriormente) y lo declara así simplemente. La Iglesia no "divorcia" a nadie, porque no tiene la facultad para
ello, pero sí dictamina después de un juicio muy profesional y muy serio; que los aparentemente casados, en realidad son libres y pueden por
tanto casarse por la Iglesia.

Perfeccionamiento del 2º. Mandamiento.

"Ustedes aprendieron también lo dicho a sus antepasados: No jurarás en falso, sino cumplirás lo que has prometido al Señor. Ahora Yo
les digo: No juren nunca, ni por el cielo porque es el trono de Dios, ni por la tierra, que es la tarima de sus pies, ni por Jerusalén, porque
es la ciudad del Gran Rey, ni por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco o negro ni uno solo de tus cabellos. Digan sí cuando es sí
y no cuando es no, porque lo que se añade lo dicta el demonio" (Mt. 5, 33-37)

El Hijo de Dios corrige los abusos que acerca de los juramentos habían introducido los judíos, pues según los fariseos, no había juramento cuando
no se pronunciaba el Nombre de Dios. Nos invita simplemente a no tener que jurar jamás. Que la palabra del cristiano sea de tal transparencia y
veracidad, que sea indiscutible y digna de fe total. Cuando una persona jura, está demostrando que se duda de su veracidad y el que exige un
juramento atestigua que no tiene confianza en su prójimo.

¡Qué distinta sería nuestra sociedad si pudiéramos confiar en la palabra de los demás!

Perfeccionamiento del 1er. Mandamiento.

Dios no puede premiarnos mientras busquemos nuestro propio interés y el aprecio o admiración de los demás. Empezará a escucharnos y a
manifestarse a nosotros, cuando hagamos las buenas obras tan solo por El, para su mayor gloria. Con el ejemplo de la limosna; la oración y el
ayuno, nos hace ver que será inútil abrir la boca, dar algo o privarnos de algo si lo hacemos con el fin de llamar la atención. (Mt. 6, 1-8)

Dios está en todas partes y conoce hasta las motivaciones más íntimas de nuestro corazón. No hace falta pues, hacer alardes para que El nos
vea o escuche. Al contrario: mientras más vanidosos seamos, menos prestará atención a lo que recemos o hagamos.

El Padre Nuestro.

En el Evangelio de San Mateo se presenta a continuación la enseñanza de la oración perfecta: el Padre Nuestro. San Lucas lo intercala en otro
contexto y la Iglesia ha considerado a esta oración imprescindible en la vida del cristiano. Tan importante es, que se reza oficialmente en la Santa
Misa todos los días. Es la oración que aprendemos de los labios de nuestra madre y abuelas.

De las 7 peticiones que hacemos al rezarlo, las tres primeras se refieren a la gloria de Dios y las siguientes a nuestros propios intereses y
necesidades.

El simple hecho de empezar diciendo "Padre Nuestro" es algo que debe asombrarnos y llenarnos de amor y gratitud. ¿Cómo llamar Padre a Dios
Todopoderoso, al Creador de Cielo y Tierra, al Eterno? ¿Qué somos nosotros ante El? La distancia entre el Creador y sus creaturas es
simplemente infinita.

Por eso en el Antiguo Testamento abundan los nombres que revelan la fuerza, el poder, la grandeza y elevación de Dios sobre el hombre:
Todopoderoso, Elohím, Yahvé, Señor de los ejércitos, Santo de Israel, etc.

Pero en el colmo de amor por nosotros, pobres pecadores, Jesucristo suprime en su persona esa infinita distancia: por la Encarnación, la Persona
Divina del Hijo, se hace también hijo de una mujer extraordinaria, la Santísima Virgen María. Y lo hace para hacernos participar de su propia Vida
Divina, haciéndonos hijos de Dios como El es Hijo del Padre Eterno. Es lo que llamamos Gracia Santificante.

Por medio del Bautismo y de los demás Sacramentos, somos hermanos de Jesucristo y por tanto hijos de su Padre. ¡Podemos rezar el Padre
Nuestro!

Los Santos Padres de la Iglesia y los grandes místicos y santos, han comentado abundantísimamente la Oración del Señor (oración Dominical,
del latín Dominus = Señor).
Rezar de veras esta oración es suficiente para hacernos cambiar de vida. Pensar en cada una de sus palabras, meditándolas en el corazón,
haciéndolas vida en nosotros, bastaría para cambiar el mundo entero porque nos descubriríamos todos hermanos, hijos de un mismo Padre.
Lástima que la decimos en muchas ocasiones tan solo con los labios, a toda prisa y pensando en otras cosas.

Dios y las Riquezas.

En los versículos 19 al 21 del capítulo 6 del Evangelio de San Mateo, Nuestro Señor nos dicta la posición que debemos tomar ante los bienes
materiales:

"No se hagan tesoros en la tierra, donde la polilla y el gusano los echan a perder y donde los ladrones rompen l muro y roban. Acumulen
tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el gusano los echan a perder, ni hay ladrones para romper el muro y robar. Pues donde están
tus riquezas ahí está también tu corazón".

No tan solo en el Sermón de la Montaña Jesús aborda este tema tan difícil. Recordemos: que en otra ocasión dijo: "Nadie puede servir a Dios y
al dinero" (Mt. 6, 24)

En estos tiempos de un desenfrenado consumismo, de un afán de lucro a toda costa (tráfico de drogas, de indocumentados, contrabando de
armas, secuestros, venta de niños, corrupción en todos los ambientes, etc.); cuando tratan de convencernos de que la lotería o cualquier rifa nos
puede dar la felicidad... Sencillamente no puede conciliarse el culto a Dios con las voluptuosidades y pecados que las riquezas permiten hacer.
Poderoso caballero es don dinero, dice el refrán popular.

El dinero compra lo que sea, por dinero se da lo que sea, hasta el alma misma. Es necesario escoger entre el Amo del Universo y el amo de este
mundo, que es el dinero. Ellos son dos señores rivales e incompatibles a los cuales no se les puede servir al mismo tiempo.

Por las riquezas, el pobre, en su ambición, cae en pecados sin cuento: desde robos a mano armada hasta asesinatos... mientras que el rico cae
en el orgullo, sensualidad, impureza, traiciones, escándalos, dureza de corazón, avaricia, etc... Nada como el amor a las riquezas contraría la
acción del Evangelio en el mundo, pues viene a ser una auténtica idolatría: la adoración del Becerro de Oro.

Confianza en la Divina Providencia.

Como corolario de esta visión acerca de los bienes materiales, Jesucristo nos enseña a partir del versículo 25 del mismo capítulo 6, a confiar en
el amor providente de Dios por nosotros.

Con ejemplos muy cotidianos nos hace ver que lo importante en la vida no es lo material: Dios que cuida a las aves del cielo, los lirios del campo,
a la hierba común, no puede dejarnos sin alimentos y vestido. "¿No valen ustedes más que las aves? ¿No es más la vida que el alimento y
el cuerpo más que la ropa? ¿Qué Dios no hará mucho más por ustedes, hombres de poca fe? ¿Por qué tantas preocupaciones? El Padre
de ustedes sabe que necesitan todo eso. Por lo tanto, busquen primero el Reino de Dios y su justicia y lo demás vendrá por
añadidura" (Mt. 6, 25-33). Ya sabemos que el Reino y la justicia equivalen a la Gracia de Dios, a la Santidad.

La confianza en la Providencia amorosa de Dios por nosotros, no excluye, por supuesto, nuestro honesto trabajo para proporcionarnos lo necesario
para vivir. Dios cuida a las aves del cielo, pero no les abre el piquito para alimentarlas: los pajaritos no descansan buscando su comida. "A Dios
rogando y con el mazo dando".

Perfeccionamiento del 8º. Mandamiento.

En el capítulo séptimo de San Mateo, Jesús aborda el tema del falso celo, indiscreto y equivocado para juzgar la conducta del prójimo. "No juzguen
y no serán juzgados (Mt. 7, 1).

Debemos por supuesto, juzgar en el sentido de discernir entre el bien y el mal de lo que sucede a nuestro alrededor, pero no debemos juzgar en
el sentido de hacernos jueces para condenar a nuestro prójimo. Cada uno de nosotros llevamos dentro un tribunal siempre alerta al que citamos
a todo mundo usurpando un derecho que nadie nos ha dado, en el que se acusa sin previa investigación, sin tomar en cuenta el derecho de la
defensa y en el que se condena sin apelación. ¡Qué de iniquidades juntas!

y lo peor: al juzgar al prójimo no tomamos un elemento decisivo que es la intención, solo conocida por Dios, el Justo Juez.

Para juzgar usamos dos medidas (v 2), una para juzgarnos nosotros mismos y otra para los demás. Dios nos deja en libertad para que elijamos
la medida en que queremos ser juzgados: la medida con la que medimos será aplicada a cada uno de nosotros.

La solidaridad humana, al amor al prójimo y la preocupación por la salvación de sus almas, nos obliga a usar de la corrección fraterna, pero habrá
que hacerla con suma prudencia y caridad, con benevolencia y oportunidad. No debemos permanecer indiferentes por una falsa humildad ante
las malas acciones que vemos se cometen a nuestro alrededor. Y al mismo tiempo, como pecadores que somos, debemos ser humildes para
aceptar las correcciones y los consejos que nos den nuestros hermanos.

El versículo 6 del capítulo 7 merece una explicación especial: "No den las cosas sagradas a los perros ni echen sus joyas a los cerdos. Ellos
podrían pisotearlas y después, se lanzarían encima de ustedes para destrozarlos". Jesús piensa en las dificultades que van a encontrar los
cristianos viviendo en el mundo hostil al Evangelio. Propagar indiscriminadamente los misterios cristianos, malbaratar los Sacramentos, hablar de
los deberes del cristiano a los que no están preparados para entenderlos, sería en el mejor de los casos inútil, porque en la tormentosa historia
de la Iglesia, hemos visto cómo ha sido incomprendida y perseguida a muerte en todo el mundo por los enemigos de Cristo como sucedió en
nuestra Patria después de la Revolución el siglo pasado.

Eficacia de la Oración

Los versículos siguientes, siempre del capítulo 7 del Evangelio de San Mateo, nos invitan a orar asidua y confiadamente. "Pidan y se les dará,
busquen y hallarán, llamen a la puerta y les abrirán. Porque el que pide recibe, el que busca halla y al que llame a una puerta le abrirán".

Respecto de la oración del cristiano, hay que referirnos también a otros lugares en los Evangelios: Lc. 11, 19; Mc. 11, 24; Jn. 14, 13; 15, 7; 16, 23
Y St.1, 5. No vayamos a pensar que Dios hará cualquier milagro que le pidamos. Cuando un enfermo trata de convencerse de que va a sanar,
puede que con esto la mejoría se haga más fácil, pero ese ejercicio mental o esa esperanza no es necesariamente la fe en Dios. Y si me sugestiono
a mí mismo para persuadirme que Dios me dará el premio mayor de la Lotería, El no tiene la obligación de pensar que siendo más rico, seré
mejor, más santo.
Sabemos que Dios nos ama y escucha nuestras oraciones aunque sean imperfectas o equivocadas. El quiere nuestro bien nuestra felicidad,
nuestra salvación. Aquel que está apasionado por el Reino de Dios, pide al Señor que su mano todopoderosa quite los obstáculos que se oponen
a la extensión del Reino,. empezando por nuestra alma.

Nos pide Cristo que perseveremos en la oración hasta conseguir de Dios la certeza de que nuestra oración ha sido escuchada o por el contrario
descubramos que lo que pedíamos no era bueno para nosotros ni la voluntad de Dios.

En el Padre Nuestro oramos una y otra vez que se haga la voluntad divina y no la nuestra, como Jesús mismo oró en el Huerto de los Olivos.
¡Sabemos tan poco de lo que nos conviene! Somos muy hábiles para auto convencernos de que lo que nosotros deseamos, Dios lo quiere también.
Y en muchos casos no es así, sino todo lo contrario. ¿Qué es mejor, la salud o la enfermedad, la riqueza o la pobreza, el éxito o el fracaso?

El cristiano se esmera en descubrir cuál es la voluntad de Dios y pide la fuerza para acatar sus designios. En una oración de la Misa decimos que
la Providencia de Dios nunca se equivoca. Nosotros sí. Y aunque de pronto no veamos claro, debemos poner por encima de todas las penas o
problemas de nuestras vidas, la certeza absoluta de que Dios nos está escuchando y si permite ciertas cosas, es a la larga por nuestro bien.

Recordemos las palabras del Papa Juan Pablo II: "El único mal absoluto es el pecado". Viviendo en Gracia de Dios, todo lo demás, todo sin
excepción, es secundario, por doloroso que sea.

La puerta angosta.

Los versículos 13 y 14, capítulo 7, son tremendos. Jesús nos advierte en contra de la molicie, que es el afán de pasarla bien, evitando todo
esfuerzo, todo sacrificio. Los humanos somos capaces de privaciones exigentísimas por conseguir una medalla olímpica o un trofeo, pero el
cristiano aburguesado, tibio, blandengue, quiere salvar su alma sin el menor esfuerzo. Tal vez confiado en la bondad de Dios o habiendo perdido
de vista su último fin, se deja envolver por las comodidades, el placer y la diversión, permitiendo en su conducta actitudes parecidas a las de aquel
rico Epulón del Evangelio, que fue incapaz de ver siquiera y menos de compartir su bienestar con el mendigo Lázaro; no era malo, pero vivía
demasiado placenteramente, gozando el momento actual.

Y este concepto tiene repercusiones muy actuales y candentes. Para poder vivir cómodamente, no más de dos hijos: así se puede estrenar auto,
salir de vacaciones, tener casa propia y beber vinos importados. Claro que para evitar un tercer hijo, habrá que recurrir a los anticonceptivos, a
las operaciones quirúrgicas masculinas o femeninas o en último caso al aborto. La molicie termina en asesinato.

La puerta es estrecha, ya lo dijo el Señor. Son muchos los que entran por el camino ancho y fácil pero que conduce a la perdición, a la
condenación eterna.

Los frutos buenos, los frutos malos.

En Mt. 7,15-20 Jesucristo nos dice otra de sus parábolas geniales: ¿Quién no entiende que por los frutos calificamos a un árbol de bueno o de
malo? Evidentemente un árbol que da frutos buenos es un árbol bueno. "Por sus frutos los conocerán" (ver.19) y eso se aplica a nosotros. ¿Qué
clase de frutos estamos dando en esta vida? Los casados, ¿qué clase de hijos tienen? Los religiosos y sacerdotes, ¿qué huella han dejado en la
santificación de las almas? Los solteros, ¿qué han hecho de su vida?

Un dicho muy popular dice que "hay que tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro" pero habría que añadir que debe ser un buen hijo, un
buen árbol y un buen libro, porque de otra manera, habríamos hecho más mal que bien.

El mismo criterio debe ser aplicado a la familia, a la comunidad, a la Parroquia, a una Orden Religiosa y a la Iglesia misma. Podemos decir con
legítima satisfacción que la Iglesia Católica ha dado maravillosos frutos de santidad en sus 2000 años de existencia: la lista de los Santos es
innumerable. Miles y miles de cristianos han sabido seguir las enseñanzas del Sermón de la Montaña y han hecho un bien enorme a la humanidad
entera.

Tenemos Santos y Santas de todas las condiciones sociales, de todas las razas, de todas las naciones evangelizadas. Auténticos héroes de Cristo
que deben ser para nosotros ejemplos a imitar. No olvidemos a nuestro Santo Patrono, cuyo nombre llevamos. Seguir sus pasos en pos de Cristo
será un camino seguro... aunque la senda sea estrecha.

Concluye el Sermón de la Montaña

Los cimientos de una casa

"No es el que me dice: ¡Señor, Señor! el que entrará al Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre del Cielo". Somos
muy propensos a considerarnos ya salvados por haber hecho ciertas cosas buenas, por haber sido amigos de un sacerdote, por haber sido
monaguillos en la infancia, llevar un escapulario al cuello o la Guadalupana tatuada en el pecho. Podemos ser casados "por la Iglesia" y asistir a
Misa "por lo general", peregrinar a Chalma cada año, colaborar con los cohetones en la fiesta patronal, etc., pero al mismo tiempo no estar en
Gracia de Dios.

La Fe que nos salva obra mediante el amor (Gal. 5,6) y nos hace cumplir la Ley del Evangelio, vivir según los criterios de Cristo (St. 2, 8). La
voluntad del Padre Celestial no es otra sino que sigamos a su Hijo Jesucristo hasta las últimas consecuencias, sin regateos, sin trampas, sin
chantajes. Tal vez dicho seguimiento sea como normal para algunos cristianos, pero en otras ocasiones, puede llegar a ser simplemente heroico,
como en el caso de los mártires.

Vivir según el Sermón de la Montaña es todo un estilo de vida que exige el acoger honestamente la Palabra de Dios, la lucha permanente en
contra de las malas tendencias, la práctica de una caridad eficaz y la vivencia de la comunidad en la Iglesia.

Bienaventurado el cristiano que pone los cimientos de su vida entera en las palabras de Cristo. Su vida será como canta el Salmo primero: "Como
un árbol plantado junto al río que da fruto a su tiempo y tiene su follaje siempre verde".

¡Sed santos! Si, santificad vuestras propias vidas y mantened siempre en vuestro interior la presencia de aquel que es El solo Santo.
Sólo si aceptáis como propio estilo de vida el inmutable carácter específico del Evangelio podréis atraer a los hombres.

SS. Juan Pablo II.

Bibliografía:
R. P. Pedro Herrasti S. M.
1a. Edición 2000
Folleto E.V.C. No. 463
Sociedad E.V.C. Apdo. Postal 8707, 06000, México, D.F.

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