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DÉLIVRE-TOI DE MES DÉSIRS: LA TRANSMIGRACIÓN DE LA OBRAS

María Velasco

Dicen que Goethe tardó en dar por concluido su Fausto 70 años. Es más que la esperanza
de vida en muchos países. Flaubert necesito un quinquenio para escribir Madame Bovary.
En los textos se queda enredada una porción de tiempo. Como la escritura es una
gimnasia, quien la ha practicado, puede constatar que un libro, más allá de su asunto,
siempre habla sobre el tiempo.
Cuando las obras se reeditan, pero todavía más, cuando las obras se traducen, es como si
la vida –envasada al vacío en el volumen– se multiplicara. Los libros a veces transmigran,
renaciendo en otro contexto lingüístico y, claro está, sociocultural. En sus sucesivas
existencias, el libro acarrea pequeños éxitos y venganzas. La moda, aunque sea
agasajadora, no deja de ser como el traje nuevo del emperador. Los criterios por los que
una obra vaya a vibrar en la eternidad de la historia son obtusos, y un artista nunca debería
preocuparse por ello. A los que se aventuran hoy en el mundo de la escritura, escénica o
no, les aconsejo, al contrario, que abracen su marginalidad dentro del turbocapitalismo,
donde nadie tiene tiempo para leer ni escribir. Con esto no les inoculo el virus del
malditismo. Cervantes no era un maldito como tal, pero el fracaso le garantizó un uso
alucinado de la libertad de expresión.
En la obra de la que aquí hablo, Líbrate de las cosas hermosas que te deseo, estrenada y
publicada en España en 2014, esa idea de porción de vida (tableu vivant) es más obvia,
por cuanto la pieza se adscribe al género de la autoficción. ¿Acepto esa etiqueta? Decía
Chéjov que cada uno escribe de su aldea, y creo que esta fórmula se puede hacer extensiva
a los autores de ciencia ficción. En mi caso, se trata de mi aldea sin ningún telón pintado:
Castilla, donde el franquismo, con a ayuda del mal clima, hizo estragos. Solo algunos
reconocen en el dramatis personae a mi padre y a un senegalés con quien mantuve una
relación (“si me recuerdo, me invento, soy un ser ficticio”, sostenía Doubrovsky). El
primero es el emperador del tarot, un Agamenón rural, la versión castiza de Pialat en À
nos Amours; el segundo es Viernes en Robinson Crusoe, el chino de El Amante de
Marguerite Duras y un hombre sin atributos.
La obra ya ha tenido al menos dos transmigraciones, dos vidas más. La primera vino
auspiciada por la traducción al francés de David Ferré en 2016 para Actualités Éditions.
A consecuencia, el texto tuvo su eco en Incertain Regards nº 7, a partir de una reseña del
profesor Arnaud Maïsetti, y una mise en voix de la Université Aix-Marseille. En 2017, se
realizó una lectura en la la Mousson d’Été y, próximamente, habrá un nueva mise en
space en el CDN de Reims. La otra reencarnación fue, para mí sorpresa, en la Turquía de
Erdogan.
En Francia encontré a mi lector objetivo en el traductor y, luego, en Maïsetti. Prefiero
reemplazar la noción de lector objetivo por una cita de Stendhal: “escribo para una decena
de almas a las que quizá no veré nunca, pero que adoro sin haberlas visto". En su reseña,
Maïsetti rehuía el filtro de la actualidad, que podría haber condicionado una lectura en
relación con las migraciones y la islamofobia. El personaje de Pap es inmigrante, pero el
tema de la obra no es la extranjería. Tiene que ver con las derivas de la sentencia “lo
personal es político”, las consecuencias del deseo en la polis (la política) y viceversa.
Maïsetti formulaba la siguiente pregunta: "¿dónde y cómo encontrar una emancipación
individual que no tome las formas del neoliberalismo y su culto al rey individual, que
fomenta la competencia de todos contra todos? Una respuesta posible y dolorosa se
propone en la pieza: el amor"1. El turbocapitalismo es enemigo de la lectura y la escritura,
pero también del amor. Lo que a mí me preocupaba fundamentalmente cuando escribí la
obra era amar por y a pesar de la alteridad; la pugna entre ideal y deseo ante ese pequeño
big bang que es el encuentro catastrófico con el otro.
Creí que el encuentro catastrófico estaba garantizado en Turquía, donde las políticas
islamistas se habían radicalizado. Cuando conocí Esmirna y Estambul, en 2010, una
primavera turca parecía inminente. Ocho años más tarde, con una visión más escéptica,
regresaba allí para ver la mise en space, a cargo del GalataPerform. El amor al que se
refería Maïsetti es, en el fuero de la obra, un amor sexual, relacionado con la fisiología
femenina. Algún bloguer español describió a la protagonista “promiscua hasta la
saciedad”. Era natural temer y/o desear el escándalo: ¿no afirma Erdogan que la igualdad
entre géneros va contra los dictados de la naturaleza y que el papel reservado a la mujer
es el de madre? No obstante, el director de escena turco había comprendido mucho mejor
que el bloguero: “esta historia habla de aprender a tocar al otro”.
En Europa el teatro siempre es como un coto vedado. Por primera vez en mi vida, en
Turquía experimenté el escenario como un espacio de clandestinidad y peligrosidad.
Siempre recordaré el momento en que la escena más indecorosa, donde se habla de la
penetración anal, coincidió con la llamada al rezo del almuecín. El nombre de Alá rebosó
de manera literal el espacio. ¿Qué hizo la actriz? Cogió un micrófono para hacerse oír.
Me pareció una verdadera heroína, una Antígona del feminismo prosexo. Al salir del
teatro fui a pasear y contemplé de noche el Bósforo. La belleza irreprimible de aquella
panorámica me dejó sin aliento. Era pura voluptuosidad y me hizo comprender que toda
censura es impotente.
Hacernos viajar (en el espacio y el tiempo), cuestionando la universalidad... El arte no
puede tener cometido más alto que forzar las expectativas del público, español, francés o
turco, dirigiéndose siempre al pueblo que falta.

1
Où et comment trouver une émancipation individuelle qui ne prenne pas les formes du néo-libéralisme
et son culte de l’individu roi, qui encourage la concurrence de tous contre chacun. Une réponse possible
et douloureuse proposée dans la pièce : l’amour ».

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