Está en la página 1de 2

El caracol y el rosal

Cuentos clásicos
Autor:

Hans Christian Andersen


Edades:

A partir de 8 años
Valores:

superación
Un rosal lleno de flores crecía en
el centro de un jardín. Bajo el
rosal vivía un caracol que
cargaba con su gran caparazón.

- ¡Calma! -decía el caracol-. ¡Ya


llegará mi hora!

- Espero mucho de ti -dijo el


rosal-. Dime cuándo.

- Me tomo mi tiempo -contestó el


caracol-. Así se preparan las
sorpresas.

Un año después, el caracol


tomaba el sol allí mismo y el rosal
echaba capullos y lucía hermosas
rosas.

-¡Nada ha cambiado! -dijo el caracol-. No ha habido ningún progreso.

Pasó el verano, vino el otoño y el rosal siguió dando capullos y rosas hasta
el invierno, cuando nevó. El rosal se inclinó y el caracol se cobijó,
enterrándose allí mismo. Meses después, con la primavera, las rosas salieron
y el caracol también.

- Ya eres un rosal viejo -dijo el caracol-. Pronto morirás y no hiciste nada por
hacer otras cosas, pues no distes otros frutos que rosas.

-Me asustas -dijo el rosal-. Nunca lo pensé. Florecía de contento, ¡no podía
evitarlo! Bebía del rocío y de la lluvia generosa. Respiraba. De la tierra me
subía la fuerza y del cielo también la recibía. Sentía una felicidad siempre
nueva y profunda, así que florería sin remedio. Esa era mi vida y no podía
hacer otra cosa.

-Tu vida fue demasiado fácil -dijo el caracol.

-Cierto -dijo el rosal-. Pero tú tuviste más suerte aún. Eres un ser de gran
inteligencia, que podría asombrar al mundo. Es cierto que no te he dado sino
rosas; pero tú, en cambio, que posees tantos dones, ¿qué le has dado al
mundo?

-¿Darle yo al mundo? -dijo el caracol-. Anda, sigue cultivando tus rosas. Deja
que los castaños den frutos y que las vacas y las ovejas den leche. Cada uno
tiene su público, yo tengo el mío dentro de mí. El mundo no me interesa.

Dicho esto, el caracol se metió dentro de su casa y la selló.

-¡Qué pena! -dijo el rosal-. Yo


no puedo esconderme. Cierta vez vi cómo una madre guardaba una de mis
rosas y cómo una joven se prendía otra en el pecho, y cómo un niño besaba
otra con emoción. Eso me alegró.

Pasaron los años. El caracol se había vuelto polvo, y el rosal también, así
como las rosas que alguien cogiera de él. Pero en el jardín brotaban los
rosales nuevos, y los nuevos caracoles se arrastraban dentro de sus casas y
escupían al mundo.

¿Empezamos otra vez nuestra historia desde el principio? No vale la pena...


siempre sería la misma.

Intereses relacionados