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REVISTA Ñ – Edición 24/04/2004

DEBATE
¿Para qué sirve la filosofía?

Desde su nacimiento, la filosofía carga con la sospecha de ser una disciplina sin utilidad. A
lo largo de los siglos, los pensadores han arriesgado varias justificaciones. En este informe,
se ponen en tela de juicio los distintos aportes que la filosofía podría hacer tanto en el
ámbito público como en el individual, el de la vida cotidiana.

Ivana Costa
Según Aristóteles, la filosofía nació con Tales de Mileto en el siglo VI antes de Cristo,
porque fue Tales el primero que buscó respuestas a sus preguntas acerca del mundo sin
recurrir a la mitología. De Tales se sabe que fue matemático, astrónomo, ingeniero,
estadista, meteorólogo y uno de los Siete Sabios. Y sin embargo, entre sus contemporáneos
no despertaba siempre reverencia.

Una vez —cuenta Platón— Tales se cayó en un pozo y una esclava se burló de él: por mirar
el cielo —se reía la joven— no advierte lo que tiene bajo sus pies. En otra ocasión —cuenta
Aristóteles—, Tales tuvo que mostrar que los filósofos también pueden, si quieren, ganar
dinero, porque él estaba cansado de recibir toda clase de cargadas "tanto por su pobreza
como por la inutilidad de la filosofía". Como sus conocimientos le habían permitido
calcular una buena cosecha, Tales arrendó, fuera de estación, todos los contenedores para
olivas a bajo precio y cuando llegó el momento los alquiló más caros.

El punto es que desde que existe la filosofía quienes no la practican se preguntan para qué
sirve o, más bien, hacen explícita su sospecha de que no sirve para nada. Quizá haya algo
muy sensato en esa sospecha, considerando que desde hace veintiséis siglos los filósofos
vienen proponiendo sistemas, teorías, doctrinas, hipótesis o dogmas acerca de las
cuestiones más variadas —¿qué es el hombre? ¿por qué hay universo y no "nada"? ¿existe
dios? ¿cuál es la relación entre el lenguaje y la realidad? ¿cómo hacer justicia?— sin
resolver definitivamente ninguna o pocas de ellas. Debería llamarnos la atención, sin
embargo, que —como señala Manuel Comesaña— "a pesar de tratarse de discusiones
interminables sobre problemas sin solución", el interés por la filosofía no ha desaparecido
nunca.
En todo caso, la pregunta por la utilidad de la filosofía no puede entenderse de una única
manera. "Para qué sirve" se dice en muchos sentidos. Puede ser una pregunta retórica —que
ya presupone una respuesta negativa—, una pregunta ingenua —por ejemplo, la de un
padre preocupado porque su hijo acaba de anotarse en la carrera de filosofía—, una
pregunta decepcionada —la de un profesor o un investigador con crisis de identidad—, o
una pregunta que tiene la expectativa de encontrar en las respuestas apologéticas un nuevo
sentido para encarar la propia tarea o la propia vida. El francés Gilles Deleuze dice que
"cuando se pregunta para qué sirve la filosofía, la respuesta debe ser agresiva, ya que la
pregunta se tiene por irónica y mordaz". Pero algunas veces, es la propia filosofía la que se
formula esa pregunta; entonces es posible que de esa reflexión surja una transformación
fructífera o una revolución en el modo de pensar y de actuar.

Contra las ideas instaladas

"A la pregunta de por qué filosofar hay que responder con otra pregunta: ¿cómo no
filosofar? La posible inutilidad de la filosofía es parte de su contingencia —explica Samuel
Cabanchk—y en ella radica también su utilidad, ya que la filosofía sirve para no hacer masa
con el pensamiento masa; para ir más allá del pensamiento que domina en los medios, de la
espontaneidad de la opinión de la calle, de las fórmulas masificadas. No se trata de instalar
un elitismo del pensar sino de ejercer el pensamiento crítico, tanto en el universo personal
como en el colectivo."

El problema es, quizá, que estos ejercicios de tan noble utilidad sólo tengan lugar en los
ámbitos académicos, a puertas cerradas, y sólo algunas veces lleguen a atravesar los muros
del aula. Cabanchik, que ocupa el puesto de director del departamento de la carrera de
Filosofía, en la facultad de Filosofía y Letras de la UBA, dice que la academia "es un canal
para la filosofía en el cual puede darse o no ese distanciamiento del pensamiento
masificado; pero está claro —subraya— que ningún ejercicio institucional lo garantiza". La
cuestión, de todas maneras, sigue en pie: ¿en qué medida esta capacidad de poner a prueba
los lugares comunes del pensamiento que tiene la filosofía logra hoy salir fuera de los
centros de docencia e investigación para situarse en las prácticas sociales? Y esto ¿tiene que
ser así fatalmente?

A esto apuntan, quizá, los estudiantes que pintan las paredes de las facultades de filosofía
con leyendas del tipo "Que la universidad se pinte de pueblo" (en el tercer piso del edificio
de la UBA) o distribuyen volantes exigiendo que en las aulas se discutan los modos de
accionar académica y políticamente. Pero esa vocación por la acción no viene siempre
acompañada por otra vocación central para la utilidad filosófica: la de una discusión
argumentada, abierta y plural. Por caso, para mostrar rechazo por la actuación de un
filósofo en política no se compromete a cada uno de los actores involucrados en un debate:
el cartel injurioso, el escrache o la pintada están más a mano; y estos hábitos llevan a un
mayor encapsulamiento y aislamiento de la comunidad académica en todos sus niveles.

El fin de las discrepancias


"Algunos piensan que la filosofía puede y debe contribuir a la solución de problemas
morales, psicológicos, científicos, políticos, y que si no lo hace, es sólo un juego frívolo —
dice Manuel Comesaña, de la Universidad de Mar del Plata—. Mi propia opinión, nada
original, es que en dos mil quinientos años la filosofía occidental no ha podido resolver
ninguno de sus propios problemas y siendo así es dudoso que pueda solucionar problemas
ajenos. Desde luego, uno puede dar por buena una teoría filosófica que tenga respuestas
para todos los problemas, y esto es lo que hacen los que dicen aplicar la filosofía. Por
ejemplo: si uno es tomista y se ocupa de la llamada ética aplicada puede condenar el aborto
en toda situación, sin excepciones. Pero algunos de los mejores filósofos van a rechazar con
argumentos eso que uno da por bueno. Si uno mira esta situación desde arriba no encuentra
razones para adherir a ninguna teoría: cuando las autoridades discrepan, no hay
autoridades."

¿Deberían entonces dejar de discrepar los filósofos? En el diálogo De legibus, Cicerón


relata la siguiente anécdota: cuando el procónsul romano Lucio Gelio llegó a Atenas para
gobernar en nombre del Imperio, llamó con urgencia a los filósofos de la ciudad y les pidió
que pusieran fin a sus disputas estériles y llegaran a algún tipo de acuerdo; dijo, además,
que si no querían pasarse la vida discutiendo, él se ofrecía como árbitro para ayudarlos a
alcanzar puntos en común. A Cicerón esta situación le parecía, por lo menos, "chistosa" y,
como él, muchos filósofos se han horrorizado y se escandalizan hoy cuando se los intenta
agrupar bajo una línea de pensamiento. En cambio, Michael Frede, profesor de filosofía
clásica en Oxford, escribió recientemente que hoy existe "demasiado acuerdo" entre los
intelectuales y que resultan mucho más útiles a la filosofía quienes "tienen la claridad
intelectual y el coraje para mostrar que las cosas se pueden ver de otra manera".

Esta era la tarea que Theodor Adorno reivindicaba para la "inútil" filosofía: porque su
supuesta inutilidad deja al descubierto su crítica de los saberes y las prácticas dominantes.
"La filosofía —escribió Adorno—, a la que basta lo que quiere ser y que no galopa
puerilmente detrás de la historia y de lo real, tiene su nervio vital en la resistencia contra el
actual ejercicio corriente y contra aquello a lo que éste sirve: la justificación de lo que ya
es."

El saber en sus límites

Pero tal vez convenga establecer otra zona para los acuerdos entre pensadores; por ejemplo,
acuerdos entre la filosofía y las otras disciplinas relacionadas directamente con el quehacer
humano. Horacio Banega, profesor de gnoseología en la UBA, dice que la utilidad de la
filosofía puede abordarse desde un eje individual y otro colectivo. "En cuanto a lo
individual, la filosofía sirve para adquirir habilidades cognitivas ligadas al pensamiento
abstracto y eso luego trae aparejado el placer por el saber. Colectivamente, la filosofía sirve
para criticar, revisar o consolidar las distintas racionalidades de la vida social, y allí la
filosofía se encuentra en pie de igualdad con otras disciplinas. No creo que pueda dar un
punto de vista fuera de lo social y tampoco dar una vivisón de la totalidad. Su aporte es,
más bien, una metodologías de análisis antes que un pensamiento sustantivo."

Ahora, si la gente se reía de la futilidad del estudio de Tales de Mileto, qué queda para la
filosofía actual, que no es siquiera, como era en la Antigüedad, la suma del saber. No es
ciencia, ni tecnología de aplicación puntual, ni tampoco teología. Pero ¿sería deseable tener
ciencia, técnica o teología sin una reflexión filosófica que examine críticamente sus
supuestos? "La filosofía es un género de reflexión acerca de los fines y de los valores que
orientan a un colectivo social —dice Daniel Kalpokas, doctor en filosofía y especialista en
el pensamiento del norteamericano Richard Rorty—. Se supone que reflexiona sobre por
qué invertir dinero en una investigación científica y no en otra, por ejemplo. Si la ciencia y
la tecnología son medios para alcanzar ciertos fines, la filosofía debería ser una reflexión
acerca de esos fines y de su sentido."

Ligada a esta función aparece la dimensión crítica de la filosofía: "La crítica de la cultura es
prerrogativa suya —dice Kalpokas— porque es una reflexión que atraviesa todas las áreas
culturales: estética, ciencia, historia: todo lo que el alemán Jürgen Habermas llama "el
mundo de la vida", y esto es así porque la filosofía tiene esa capacidad de relacionar los
diversos fragmentos de la cultura con la vida cotidiana. Esto no es parte del contenido de
las ciencias, sino de la filosofía. En este sentido, su vocación por la totalidad de la cultura
es legítima. Si Aristóteles definía a la filosofía como el saber de lo que es en tanto que es,
hoy deberíamos llamarla reflexión de la cultura en su conjunto y en todas las sociedades".

La totalidad perdida

La ilusión de crear un sistema teórico de explicación del mundo a partir de la pura razón se
terminó con Kant, quien situó los límites del conocimiento humano y delineó los usos
posibles de la razón pura y práctica. "Las cosmovisiones omnicomprensivas del mundo,
sean de carácter religioso, metafísico o ideológico, o inclusive metafísicas laicas y seculares
como el marxismo leninismo, han perdido vigencia absoluta", dice Osvaldo Guariglia,
profesor de ética en la UBA e investigador del Conicet. ¿Significa que los márgentes de
utilidad de la filosofía son más estrechos?

"En este mundo nuevo de pensamiento postmetafísico —sigue Guariglia— el filósofo de la


ética y la política debe preguntarse cuáles son los fundamentos intersubjetivos de las
normas que nos deben regir todos los días. La crisis del relativismo cultural, del
escepticismo moral, de la desorientación subjetiva es efecto de la secularización que trae la
modernización, y esto no produce siempre progreso. También produce el terror al progreso,
a la modernización de las relaciones sociales y a la secularización de la sociedad, que está
en la base de todo fundamentalismo. En este marco, el filósofo puede aportar una visión
crítica porque al tener en cuenta el deber ser no intenta rever el pasado sino abrir el
horizonte de las expectativas."

Pensar lo público

Karl Marx, graduado en filosofía con una tesis doctoral sobre el atomismo de Demócrito,
escribió en su madurez: "Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos
modos; de lo que se trata es de transformarlo".
Con esta sentencia subrayó lo que ya era un lugar común desde tiempos antiguos: los
filósofos "interpretan", en cambio la actuación sobre la realidad social y política —incluido
todo intento de transformación— es incumbencia de otros sabios: economistas, sociólogos,
politólogos. Pero hoy, al parcer, muchos filósofos reclaman un lugar más protagónico y
activo en la vida pública.

Tomando sólo algunos casos de académicos de la UBA, se pueden mencionar a Eduardo


Rabossi, que fue Secretario de Derechos Humanos del gobierno de Raúl Alfonsín;
Guariglia, convocado asimismo por Alfonsín para asesorar en la formulación de criterios
procesales que antes del Juicio a las Juntas distinguieron entre quienes daban las órdenes
(de un plan sistemático de terrorismo de Estado), quienes las hacían cumplir y quienes las
cumplían. Florencia Luna ha sido asesora de la Organización Mundial de la Salud en
cuestiones legales y éticas ligadas a la genética; y Diana Maffia ha sido Defensora del
Pueblo adjunta. ¿De qué manera sirve la filosofía en la Argentina de hoy, atravesada por
crisis múltiples y por múltiples deseos de transformación?

"La filosofía cumple una función crítica con respecto a todo lo que la gente cree saber —
explica Manuel Comesaña— y esto resulta útil: Bertrand Russell decía que es preferible
una incertidumbre fundada a una certidumbre infundada. No creo que esto se aplique a
todas las situaciones: por ejemplo, en la vida cotidiana, dar por sentada la existencia de
objetos físicos —que algunos filósofos han negado— parece más práctico que ponerla en
duda. Uno muchas veces está obligado a actuar como si tuviera certezas, aunque no las
tenga, pero en algunas situaciones resulta útil cuestionar certezas, por ejemplo, certezas
políticas —aunque más no sea porque siempre se asesina en nombre de certezas, nunca en
nombre de dudas."

Horacio González afirma: "La filosofía sirve porque su servir está en la revisión de los
cimientos del propio lenguaje con el que pregunta; ahora, cuando nos preguntamos por la
utilidad de la filosofía en la Argentina de hoy tenemos que admitir que nos falta un lenguaje
que pueda servir sin obligar ni programar. Es decir, que sirva justo porque se considera que
está de sobra. Ese lenguaje, que investiga lenguajes, es la oscura felicidad de la filosofía. Es
la flecha celosa que señala hacia la conciencia de lo que falta. Porque todo país se compone
alrededor de lo que él priva. O de lo que a él lo privan".

Para poder intervenir activamente en la crisis actual, la filosofía "debería intentar reproducir
el espacio del ágora, que ya no existe, y que para los griegos era el sitio de encuentro y
debate sobre la política en todos los sentidos de esta palabra", opina Samuel Cabanchik.
"Ese espacio —sigue— debe ser reconstruido en el ámbito familiar, en el de la amistad, en
el trabajo y en la universidad." Guariglia también piensa que la filosofía puede y debe hacer
aportes concretos en ética y en política. "Pero eso no implica —dice— que en la Argentina
de hoy se deba llamar a los filósofos para que esbocen una república platónica ideal (el
revolucionario filósofo portavoz iluminado de la vanguardia entraña graves peligros). Más
aun, es posible que si algo así ocurriese, aquellos a quienes se llame aporten sólo unas
confusas ideas sobre entelequias nacionales. A la inversa, significa que los filósofos, como
ciudadanos, tienen el deber de hacer propuestas claras y comprensibles a la opinión pública
y a los gobernantes, no sólo sobre lo que se debate, sino sobre lo que no se discute y se
debería discutir."
Filosofía para la vida

Para Banega, la pregunta por la utilidad de la filosofía equivale a preguntarse para qué sirve
estudiar. O también ¿cómo se restauran los valores trabajo y del estudio cuando ya nadie
cree en ellos? "A todos quienes nos dedicamos a la filosofía nos toca enfrentar esta
cuestión: ¿Tengo algo para ofrecer? ¿Qué puedo ofrecer, como filósofo, al mercado
productivo? ¿Puedo ofrecer algo más que la aspiración a convertirme en un asalariado del
Estado? Todos deberíamos preguntarnos esto porque la investigación, como profesión, está
desapareciendo en el país. No estoy seguro de que la filosofía pueda ofrecerse como
sabiduría para la vida: eso parece propiedad del psicoanalista o de la religión. Deberíamos
preguntarnos por qué."

No todos los que portan credenciales filosóficas de alguna especie aceptarían hoy que la
filosofía no sirve para la vida. En primer término, quienes organizan cafés filosóficos,
reuniones que proponen a sus asistentes formar un "grupo de reflexión" sobre asuntos de la
vida cotidiana: la infidelidad, la tristeza, el amor. Hoy a las 22, por caso, se puede asistir a
uno que tratará el tema de los celos. A este tipo de encuentros —inspirados en los Cafés-
Philos franceses pero que vienen ganando terreno en Buenos Aires— se accede pagando
diez pesos. A cambio, los organizadores —formados en filosofía— ofrecen una relación
teórica sobre el tema, seguida por un amable diálogo en común. No es lo mismo, sin
embargo, la inocua costumbre de la charla del café que el consultorio filosófico: otro sitio
que reivindica la utilidad y la capacidad de la filosofía para aplicarse a la vida, pero de
origen y función más dudosos.

Difundidos por el norteamericano Lou Marinoff en su best seller Más Platón y menos
Prozac y extendidos en todo el mundo, estos consultores dicen solucionar los problemas de
sus "clientes" por medio de una conversación que versa sobre filosofía. "En función de su
problema —escribe Marinoff— examinamos las ideas de los filósofos que mejor se
apliquen a su caso, aquellas con las que usted se sienta más cómodo". A diferencia del
psicoanálisis, que se propone como una teoría o un conjunto de teorías afines, los
consultores filosóficos disponen de innumerables opciones para hacer que su "cliente" se
sienta a gusto y pague la consulta. Más allá del efecto terapéutico que pudiera tener esta
práctica está claro que el adjetivo "filosófico" está allí en nombre de un rigor y de una
solidez intelectual de las cuales el "cliente" puede no participar jamás. Porque el placer por
la lectura sistemática de los textos y el ejercicio de llegar con el pensamiento hasta las
últimas consecuencias —las dos claves que explican la vigencia y el interés por la filosofía
a través de todos los tiempos— le son escamoteados. Y a juzgar por algunos de los casos
que relatan los consultores en sus propias publicaciones, el aporte "filosófico" puede
reducirse a la pronunciación de unos cuantos consejos del más básico sentido común. Por
otra parte, los filósofos deberían poder hacer lo que les gusta pero ¿tienen derecho a cobrar
por hacer lo que les gusta? ¿Y esto en todas las posibilidades de lo "filosófico" o sólo en
algunas?

En su República, Platón trazó una extraordinaria alegoría: los hombres —dice allí—
vivimos como encadenados en una caverna, y el que logra desencadenarse y ver el sol —es
decir, el filósofo que sabe que hay algo más bello, más verdadero y mejor que las tinieblas
en las que está sumida la multitud— debe regresar a la oscuridad para llevar su noticia y
persuadir a los demás de que lo sigan, aunque lo llamen loco o maldito. Las
interpretaciones éticas y políticas de esta alegoría son incontables pero hay una enseñanza
para los aspirantes a filósofos que sin duda la mantiene viva: la filosofía no servirá ni para
la propia vida ni para la vida en común si no es, de algún modo, un placer dulce y un
retorno arduo a la caverna.