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FERNANDO CRUZ KRONFLY

Profesor titular de la Universidad del Valle Facultad de Ciencias de la Admistración Doctor Honoris Causa en Literatura Universidad del Valle Escritor, ensayista. Director Grupo de Investigación Nuevo Pensamiento Administrativo

LA ALDEA ENCANTADA

ensayista. Director Grupo de Investigación Nuevo Pensamiento Administrativo LA ALDEA ENCANTADA Colección Bitácora
Colección Bitácora
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Colección BITÁCORA

N° 6

Dirección Cultural

Universidad Industrial de Santander Rector. Jaime Alberto Camacho Pico Vicerrector Académico. Álvaro Gómez Torrado Dirección Cultural. Luis Álvaro Mejía Argüello

Impresión:

División Editorial y de Publicaciones UIS

Comité Editorial Armando Martínez Garnica Serafín Martínez González Luis Alvaro Mejía A.

Bucaramanga, junio de 2008

Dirección Cultural UIS Ciudad Universitaria Cra. 27 calle 9. Tel. 6846730 - 6321349 Fax. 6321364 divcult@uis.edu.co Bucaramanga, Colombia

Impreso en Colombia

LA ALDEA ENCANTADA

modernización de una sociedad puede ser descrita

bajo el punto de vista de una racionalización cultural y social.”

la “

Jürgen Habermas Teoría de la Acción Comunicativa

La aldea donde transcurren los hechos en Cien Años de Soledad, de García Márquez, es una aldea todavía encantada. Esta afirmación requiere una explicación preliminar. Cuando hablo de aldea encantada, más allá de la eventual belleza formal de la frase y del mundo de fascinación que anuncia, lo que quiero significar es que en el lugar donde ocurren los acontecimientos de la novela que nos ocupa no se ha producido aún lo que Max Weber denomina el desencantamiento de las imágenes del mundo (Max Weber. Economía

y sociedad, 1.968), rasgo inequívoco que caracteriza la mentalidad y la cultura modernas en Occidente.

Todos los estudios sobre el ingreso de Occidente en la modernidad coinciden en que, quizás la característica más notable de la mente moderna, es la secularización

y laicización de las operaciones del pensamiento y de la cultura, mediante un agudo y extendido proceso

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de desencantamiento del mundo, según reglas y normas de tipo racional. En este orden de ideas, si la aldea donde suceden los hechos y las historias de Cien Años de Soledad se encuentra encantada, esto significa que allí no ha ocurrido la secularización de la cultura y que sus personajes y los acontecimientos se deben entender inscritos en una etapa de la historia de la humanidad anclada, en razón de sus mitos, en la pre-modernidad mental y cultural.

Este anclaje en la pre-modernidad no debe, sin embargo, preocupar a la literatura, puesto que en muchas ocasiones se convierte en clave de encanto de ciertas obras que han llegado hasta nosotros en el siglo XX o que han hecho parte significativa de él.

Jürgen Habermas, siguiendo de cerca los pasos de Max Weber (Jürgen Habermas: Teoría de la acción comunicativa, 1.989), define la modernidad como la época histórica en que ocurre un agudo proceso de racionalización de todas las esferas de la vida. Esta racionalización se expresa a través de un eje de cálculo racional de medios y de fines que aglutina alrededor suyo la práctica de las artes, la filosofía, la economía, el derecho, la política y todas las demás actividades humanas, entre ellas la ciencia y la técnica en cuanto nuevos escenarios del ejercicio de la razón, según normas, rigores metodológicos y principios predeterminados. En la modernidad, las artes ya no se perciben como el resultado espontáneo de la simple inspiración y posesión de las musas sobre el creador, sino más bien como el producto calculado

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de medios idóneos y de técnicas racionalmente

elegidas para producir un resultado intencional. Leonardo Da Vinci estudia la anatomía humana con

el detenimiento de un relojero y la pintura, en general,

ingresa en el mundo de la perspectiva geométrica y en

la consecuente matematización del espacio pictórico.

Descartes somete la filosofía al imperio de la razón y desde entonces el “amor a la sabiduría” de los griegos

debió pasar por la duda metódica y la construcción racional de sus presupuestos. La economía, en manos de los mercaderes y de la burguesía emergente, pasó

a convertirse en una actividad sometida al cálculo

económico del tiempo eficaz, tal como describe con exactitud Alfred Von Martín en sus estudios sobre el renacimiento en Florencia. (Alfred Von Martin:

Sociología del Renacimiento, 1980) Las normas jurídicas ya no fueron el resultado del capricho del gobernante de turno sino que debieron plegarse a las exigencias de la racionalidad, en cuanto normas-

medio, eficaces para generar y consolidar como un fin

el orden social. Y hasta la política, con Maquiavelo,

fue concebida como una práctica humana, demasiado humana, sometida a las leyes del cálculo racional y de losmétodoseficacesparaproducirresultadosprácticos, quedando de este modo inscrita en una lógica mundana según la cual el fin justifica los medios. Finalmente, la astronomía, una de las aventuras científicas más notables y apasionantes de la época, debió con Copérnico atreverse a matematizar el espacio, antes denominado Cielo, para derivar conclusiones fuertes, capaces por sí mismas de empezar a configurar lo que algunos pensadores, como Thomas Kuhn denominan

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con propiedad la Revolución Copernicana (Thomas Kuhn: La revolución copernicana, 1981) Copernizar la mirada pasó a significar, desde entonces, el ingreso de la humanidad occidental en un nuevo paradigma, mediante una profunda ruptura en la cosmovisión tradicional del mundo, conducente a una obligada resignificación en los términos de lo que ya estaba dicho de otro modo, en fin, volver a barajar en condiciones racionales todo el universo de la cultura. Se trata ahora del ingreso de Occidente en la modernidad mental, sometida a exigencias de racionalidad que antes no existían. Una racionalidad que ahora formula leyes, elabora teorías, exige pruebas, diseña experimentos y demanda rigor de método y consensos rigurosos en los procedimientos de la mente.

Sin embargo, al tiempo que en “el centro” moderno del mundo Occidental estaba ocurriendo este proceso de secularización cada vez más agudo, conducente al desencantamiento de las imágenes del mundo, algunas áreas geográficas y culturales resistían oponiendo su religión y su mitología, su magia y su hechicería. El proceso de globalización económico y cultural que actualmente se impone en el mundo no ha sido el único ni el más importante en la historia. La cristianización, debe entenderse como un proceso de globalización cultural y de los sentimientos humanos asociados a determinadas creencias religiosas, propuesta que conquistó desde el medio oriente al Occidente europeo y a través suyo a sus colonias de ultramar. De igual manera, la modernidad mental y cultural fue una propuesta que Occidente le hizo

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al resto de la humanidad, que terminó por seducirla

y conquistarla, al menos en el ámbito de las élites intelectuales librepensadoras y escolarizadas, de mente secular. Surgen entonces nuevos modos de pensar y de vivir denominados “civilizados”. La propuesta racionalista terminó por imponerse en la

educación escolar, primaria y secundaria, así como en

la formación superior, arrancadas ahora al dogma y al

control de la iglesia. La disputa que el pensamiento

laico y secular le planteó al pensamiento confesional religioso, respecto del aparato escolar y universitario, hace parte de la historia de Occidente y de manera un tanto trágica de nuestra historia nacional. Si algo caracterizó etapas enteras de la historia política e ideológica de este país colombiano, fue el combate que en su momento debieron librar los sectores liberales librepensadores durante los siglos XIX y XX por controlar la educación, en manos de las aristocracias de papel fuertemente conservadoras ligadas al aparato de la Iglesia. Y, todo, porque el proyecto de modernización técnica y de modernidad mental

y espiritual, en cuanto un nuevo modo de pensar y

de vivir la existencia, debía pasar, ante todo, por el circuito educativo. Si no era a través de la educación formal, parecía imposible proponerse con seriedad un proyecto político y social de modernidad mental y de modernización técnica e instrumental.

Pero, mientras este proceso de modernización se extendía por las ciudades de mayor contacto con los centros modernos, dinámicos y contagiosos, en nuestras aldeas alejadas continuaban vigentes el

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encantamiento del mundo, la mentalidad mágica y religiosa, los mitos y la hechicería, el poder de los augurios y la causalidad primaria no sometida a las normas y reglas que impone la ciencia.

América Latina, se ha dicho ya de manera suficiente,

es un continente culturalmente híbrido y plural. Para

el caso colombiano, nuestra conformación étnica y cultural se deriva de tres núcleos básicos. El núcleo hispánico, cristiano católico, no sólo premoderno sino anti-moderno. El núcelo aborigen, mítico-mágico- hechicero. Y, finalmente, el núcleo africano, mítico- mágico-hechicero, también. ¿Qué tantas cosas y de

qué características podrían esperarse de este hibridaje por coexistencia de culturas tradicionales y arcaicas, tan distante de la modernidad prototípica racionalista, qué tantas derivaciones en el terreno de la creatividad

y la cultura? Pero, además, hacia los inicios del

siglo XIX, con la revolución de independencia, el comienzo de la vida republicana y las influencias de la Ilustración y del pensamiento filosófico-político revolucionario francés e inglés, nuestro país tuvo un nuevo núcleo cultural de influencia, en este caso moderno, que vino a sumarse al hibridaje anterior, tornándolo más complejo y seductoramente más inédito. Este nuevo componente de modernización y de modernidad comprende la economía capitalista,

dominada por el cálculo y la racionalidad productiva instrumental adecuada a fines y medios eficaces, por

la racionalidad política democrática al menos en sus

formas y apariencias, por la agitación intelectual en los colegios y universidades, por el proceso de

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urbanización y el impacto sobre la sociedad y la

cultura del libre pensamiento, todo lo cual impone

a la sociedad en su conjunto una nueva dinámica en términos de modernización del aparato productivo

y de las instituciones, así como de modernidad

desde el punto de vista de una mentalidad secular

y laica, desencantada. Entre tanto, las aldeas que

se fueron quedando por fuera de esta lógica social de modernización instrumental y de modernidad mental, terminaron ensimismadas en medio de su

aislamiento mítico, mágico, agorero, hechicero y una cierta cuota de religión. Hablo de aldeas mucho más aisladas que solitarias, donde la soledad se expresa fundamentalmente bajo la forma de alejamiento del “epicentro” civilizador y de abandono a su suerte en condiciones culturalmente endogámicas; hablo de marginalidad respecto de los procesos de modernidad

y modernización, así como de natural asombro cuando

ocurre el contacto exporádico con la civilización y los avances de la técnica que vienen de lejos, en medio de estruendos y conmociones que parecen terremotos. En estas aldeas, la visión de la vida humana permanece anclada en el mito, la magia, los augurios y las premoniciones, la predestinación y el asombro. Se trata, en fin, de aldeas donde no ha ocurrido todavía y quizás no ocurrirá jamás el desencantamiento de las imágenes del mundo.

Este es el universo encantado que gobierna la lógica mental de los personajes que circulan por los corredores de esa gran casa de medio-locos y de chiflados, que es Cien Años de Soledad.

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La chifladura es, en consecuencia, el tema que se impone y que sigue.

La medio-locura humana, la chifladura y el despiste pueden derivarse en ciertos casos del anacronismo, ya sea por anticipación visionaria del sujeto o por atraso mental o simbólico del mismo respecto de la época que le haya tocado en suerte. En ambos casos nos encontramos delante de un sujeto relativamente desajustado en relación con las coordenadas mentales de su tiempo. Cada época tiene su propio criterio de normalidad. Desde este punto de vista, suele tener consecuencias imprevisibles vivir mentalmente en épocas históricas pasadas que no corresponden a las lógicas del presente, situarse por fuera de la actualidad del mundo, existir un tanto al revés en el tiempo equivocado. Don Quijote es uno de estos buenos ejemplos de anacronismo mental que la literatura nos ofrece. Si el hijo imaginario de Cervantes hubiera existido en el tiempo de la caballería y en medio de su vigencia histórica, no habría sido medio-loco sino por el contrario un gran caballero andante con todos sus pergaminos en regla. La chifladura de Quijote, lo que equivale a decir sus “quijotadas”, derivan principalmente del anacronismo de sus andanzas y sistema de valores, de sus propósitos y proyectos fuera de época, en cuanto vive en un tiempo mental que no le corresponde porque, simplemente, ya no existe. Ya para los días de nuestro personaje, el universo mental y simbólico de la caballería había pasado de moda. Este desajuste de época, por anticipación o por rezago, es una de las señales más significativas que

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se deben tener en cuenta en el momento de identificar los rasgos mentales decisivos de ciertos personajes en la historia de la literatura universal. Los personajes anacrónicos, que cabalgan con un pie puesto en una época y con el otro en un tiempo diferente, resultan encantadores porque nos permiten situarnos en las coordenadas del tiempo y del espacio con una sonrisa en los labios pero también con una lágrima en la esquina de los ojos, todo esto al mismo tiempo y en un mismo movimiento. ¿Debo recordar ahora, acaso, a Charles Chaplin? Deseo hacer énfasis, efectivamente, en los sentimientos que despierta el personaje que encarna, su actitud desajustada delante del mundo que le estaba tocando vivir. Pienso, además, en voz alta y para ustedes, que este es parte del secreto profundo de Franz Kafka y de Federico Nietzsche, cada uno en lo suyo, en momentos en que la modernidad en su carrera faústica (Marshall Berman: Todo lo sólido se desvanece en el aire, La experiencia de la modernidad,1.991) estaba dejando atrás el tejido de valores del siglo XIX e imponiendo los rigores del inicio del Siglo XX, en cada caso. Pero, sobre todo, es la situación de Shakespeare, en el momento en que el Renacimiento está dando vida a un nuevo tipo de hombre que se busca a sí mismo en la contradicción de su espíritu, que se descubre como consecuencia del principio de individuación y de autonomía del sujeto que la modernidad ha puesto en marcha, tal como lo sugiere Harold Bloom en sus estudios sobre Shakespeare (Harold Bloom: Shakespeare, la invención de lo humano, 2.001)

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En la aldea encantada que es Cien Años de Soledad, todo resulta anacrónico y por lo tanto bastante medio-loco. Decir que un universo real y mental es anacrónico, significa que casi todo lo que allí sucede pertenece a un tiempo que no se corresponde con el tiempo presente. Ni en cuanto al mundo de los objetos cotidianos en uso ni, sobre todo, en cuanto al universo de los procesos mentales, en este caso en desuso por cuenta de la modernización instrumental y de la modernidad racionalista del pensamiento. Para juzgar un mundo como anacrónico, sin que esto signifique un juicio negativo de valor, hay que situarse en un universo real y mental que esté “actualizado” en el tiempo y en el espacio respecto del mundo que está siendo juzgado y poder de esta manera llevar a cabo la comparación de época. Esta especie de traslape del tiempo bajo la forma de anacronismo, crea un cierto delirio. La locura de los personajes que deambulan por los corredores, las calles y los patios en esta portentosa novela que es Cien Años de Soledad, es vista como tal a partir de la manera como desde la cultura desencantada que hoy habitamos, juzgamos como extraños y encantadores los acontecimientos y las lógicas que los gobiernan en la aldea encantada. El encantamiento de las imágenes del mundo sólo se percibe y se puede valorar como tal desde “afuera” de él mismo, es decir desde el desencantamiento secular y laico que lleva a cabo la modernidad. El modo como en Macondo es visto y representado el hielo podría ser un buen ejemplo de lo anterior. Que es la misma manera como ocurre la representación mental de la técnica y sus productos a lo largo de la novela.

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Los avances de la ciencia y de la técnica son vistos en la aldea encantada desde un mundo simbólico premoderno, desde un sistema mental encantado que

se asombra y que atrapa y re-inscribe lo nuevo en lo mítico-mágico tradicional.

Es quizás esta circunstancia la que conecta Cien Años de Soledad con la idea de lo que somos los

colombianos desde el punto de vista de la antropología cultural, parcialmente o nada desencantados todavía en sectores enteros de la población, inmigrantes míticos, mágicos, agoreros y religiosos desplazados desde las aldeas aún culturalmente encantadas, rumbo

a las ciudades donde se habrán de descomponer,

debido a la marginalidad y a la miseria urbanas, en delincencia y desesperanza. Néstor García Canclini habla en estos casos latinoamericanos de hibridaje cultural (Néstor García Canclini: Culturas híbridas, 1990) para dar cuenta de la coexistencia sin conflicto en nosotros de varios mundos mentales. Universos mentales superpuestos, entre los cuales quiero destacar, incluso, el racionalista “a la brava”, que se deriva de los procesos de escolaridad formales y obligados, y que termina coexistiendo con los mundos míticos, mágicos, religioso y agoreros provenientes de las tradiciones culturales, todavía absolutamente vigentes.

¿Qué sucede, entonces, a una cultura y a una mente, cuando el encantamiento y el desencantamiento coexisten y se dan la mano en una misma unidad mental, en medio de un tiempo mental pasado que sin

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embargo hace parte sustancial de nuestro presente, ahora “mass-mediático” y de alguna manera un tanto alucinado, cargado de mensajes hedonistas y consumistas dirigidos a las masas marginales que no tienen siquiera con qué comprar una lenteja? Vivir, disfrutar la contemporaneidad televisiva es una buena forma de sacarle el cuerpo a las exigencias racionalistas de la modernidad, con todo lo que esto significa en términos de las pérdidas que, respecto el principio de la esperanza, trae consigo el desencantamiento moderno.

Sin embargo un lector, cualquiera que él sea, culto o no, desencantado o no, cuando se sumerge en las páginas de Cien Años de Soledad, lo primero que advierte es que allí todo sucede de un modo que le permite re-conocerse y des-conocerse al mismo tiempo, es decir volverse a conocer en la distancia de lo que un día fue él mismo o fueron sus padres, así ese pasado hubiese sido el de su propia infancia superada. Leer Cien Años de Soledad, desde cierto punto de vista adicional, dejarse llevar por su maravillosa lógica primaria donde impera la inocencia del mundo, representa igualmente un cierto retorno al estadio infantil, en el sentido del encantamiento que domina a todo ser humano a esta edad de oro. Las cosas ocurren como si dentro de todo lector contemporáneo hubiese, en estado de resistencia larvada, una zona mental nunca suficientemente racionalizada, jamás desencantada del todo, que se resiste al desencantamiento. Zona interior un tanto a-histórica, donde ocurre el feliz desencuentro con esa

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otra parte del psiquismo humano del hombre moderno

o simplemente contemporáneo, cuando entra en

contacto con la obra de arte que le propone un mundo medio-loco contrario a su racionalidad normalizada. Que es lo que sucede con la lectura de Cien Años de Soledad, donde sucede esa extraordinaria experiencia empática de la zona no desencantada del lector, con aquella “racionalidad desquiciada” que gobierna

las conductas y los acontecimientos en la novela emblemática de García Márquez.

He vuelto a leer hace apenas unas pocas semanas Cien Años de Soledad y he podido comprobar en mí mismo lo que estoy diciendo. Resulta de nuevo encantador introducirse en este mundo de medio- locos por anacronismo, donde hasta las mujeres aparentemente sensatas y que parecen tener sus pies

bien puestos en la tierra se muestran chifladas de otro modo, en cuanto saben enfrentar lo peor como si lo más extraño y catastrófico hubiera sido ya anunciado desde siempre y ellas lo estuvieran esperando como quien sólo aguarda el cumplimiento sin asombro de la premonición. Un mundo que ya no podría considerarse a plenitud el nuestro, donde todavía domina la mentalidad encantada y donde las relaciones

de

causalidad entre los hechos y sus consecuencias

se

encuentra gobernada por los mitos intactos, la

mentalidad agorera y hasta la magia. Encantador, pienso, porque algo debe conservar uno todavía de todo esto en términos de añoranza de una edad de oro mítica y de necesidad de asombro, no obstante el agudo proceso de racionalización de la existencia

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en que cada quien se encuentre comprometido para fines prácticos y productivos. El alquimista, tanto como sus búsquedas y sus sueños, como ya se sabe, no pertenecen ya a nuestro tiempo y por lo tanto devienen absolutamente anacrónicos, vistos desde nuestro presente realista y “científico”. El alquimista pertenece por derecho propio a épocas pasadas, cuando no era visto como un despistado sino como un hombre de ciencia; y, sin embargo, lo encontramos ejerciendo a destiempo su oficio en la aldea encantada, en cuyo taller se consume ensimismado al experimentar con

la materia, mientras las mujeres de la casa cumplen

con su obligación de mantener la dinámica doméstica con los pies en la tierra, esperando y enfrentando los desastres anunciados como si no estuviera sucediendo nada extraño alrededor. Entre tanto árabes, indios y gitanos recorren las páginas de la aldea encantada con su cabeza y su sistema de valores en otra parte, en una extraña mezcla de mentalidades y de temporalidades históricas cuyo componente común no es exactamente el de la modernidad desencantada sino el de la pre-modernidad aldeana, mítica-mágica- agorera-religiosa.

Pero, hay algo extraordinario aquí, algo que es quizás

lo único que sin querer conecta los acontecimientos y

los personajes de Cien Años de Soledad con el tiempo

y con la realidad presentes. Hablo del permanente

tono de fracaso que rodea los acontecimientos, del derrumbe de los principales emprendimientos, de la derrota de los experimentos del alquimista cuyo único éxito se reduce a la fabricación de pescaditos

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de oro, de la estruendosa inutilidad de todo. Nada sale como ha sido previsto. Lo que se espera de un modo ocurre del otro, incluso al revés o de manera absolutamente inesperada. Cuando se trata de precipitar un acontecimiento se produce lo contrario. La causalidad real se impone a veces implacable ante los ojos del lector, que presencia desde su asiento la locura de los personajes que viven, piensan y actúan en otro mundo mental encantado, pero a quienes la realidad les presenta en todo momento para su cobro las facturas. Desde este permanente cobro de cuentas, por medio de los reiterados fracasos y acciones inútiles, es que podemos advertir también la chifladura de los personajes encerrados en un mundo cuyo contenido principal no es tanto la soledad, que no existe entre ellos mismos, sino más bien su radical aislamiento por anacronismo en el tiempo y en el espacio, respecto de la modernidad y los procesos de civilización que dominan en el “otro mundo” que existe más allá de la ciénaga infinita y que en Macondo muchos presienten. Los acontecimientos de la aldea encantada, en realidad, no están afectados por la soledad propiamente dicha, a no ser que por soledad se entienda el disloque mental de los personajes en cuanto al espacio y el tiempo. En Cien Años de Soledad no hay, ciertamente, soledad. Lo que sí podemos encontrar es desconexión total respecto del tiempo presente, racionalista, secular y desencantado.

Ha llegado el momento de hablar de la relación de causalidad racionalista, propia del mundo que la modernidad algún día se propuso desencantar.

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La mente desencantada suele pensar la relación de

causalidad en términos racionales. Si me levanto de la cama y mientras me despierto sentado introduzco

mi pie derecho en la pantufla izquierda, la mente

desencantada interpreta el acontecimiento como una equivocación sin importancia y nada más. Entonces procede a poner la fantufla equivocada en su lugar y punto. No queda flotando en el aire ninguna

sospecha de nada, ninguna premonición. Pero la mente encantada, presa de la racionalidad agorera, de inmediato supone que se encuentra en presencia

del anuncio de un acontecimiento extraordinario. Si

de repente en una clínica desencantada por la ciencia médica nace un niño con cola externa, es decir con algunas vértebras adicionales de coxis, o viene al mundo con un dedo de más, la mentalidad racionalista propia de la ciencia médica explica el hecho como un fenómeno genético derivado de las informaciones y órdenes erradas del DNA; en cambio, la mentalidad mítica encantada interpreta la situación como un castigo por años esperado, consecuencia del incesto

o de la vida descarriada en que se han sumergido las

criaturas. Esto significa que delante de un mismo hecho de la naturaleza, existe la posibilidad de levantar, al menos, una doble interpretación: la mítica-agorera

y la racionalista. La literatura, entonces, se da sus

licencias y elige los mundos mentales humanos que más le interesan, y es tal vez por esta misma razón que se convierte en el instrumento más penetrante de las complejas realidades humanas, de las culturas en su hibridaje y de las mentalidades colectivas, de sus grietas y complejidades. Veamos esto de otro modo:

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Estambul, de Orhan Pamuk, premio Nobel de literatura en el año 2.006, es la reconstrucción espléndida de la cultura y de las formas de pensar y de vivir que dominaron durante cierto tiempo en aquella ciudad ahora en derrumbe, cuya esencia identitaria es la amargura, la melancolía y el tono crepuscular de los espíritus por causa de aquel esplendor perdido. Estambul, según el autor Nobel hijo de Turquía, representa de algún modo la resistencia del pasado esplendor en la derrota del presente, el desconcierto y la amarguna de la mentalidad colectiva estambulí en medio de semejante escenario, la quiebra de los sueños del pasado otomano, de los anacronismos simbólicos respecto de una contemporaneidad que se impone y que todo lo aplasta. Este poderoso y conmovedor efecto literario lo advierte de inmediato el atento lector al sumirse en aquellas maravillosas páginas y no tarda en atribuirlo a los juegos y a los desencuentros del tiempo, al anacronismo de lo que está siendo agobiado por la lógica real de la actualidad, todo lo cual equivale a su vez a los juegos de la cultura como entrecruzamiento de mentalidades que se enfrentan, mientras al mismo tiempo resisten y agonizan coexistiendo.

El mundo del Occidente racionalista, frío, eficaz y de cierta manera aburrido, donde todo cuanto sucede se encuentra atado a la previsibilidad y el cálculo racional, es tal vez el que más disfruta de Cien Años de Soledad, y debe andar por ahí la clave de su éxito entre los buenos lectores y de su “boom” editorial por todas partes, sobre todo en los paises industrializados.

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Las mentes ordenadas y cartesianas de Occidente, dominadas por la razón y el cálculo que todo lo tornan previsible, desencantadas por efecto de la ciencia, la técnica y la rutina que imponen la racionalidad y la previsibilidad, al leer la novela entran en un recreo infantil fascinante donde lo insólito es posible y donde nada ocurre de la manera como la razón “normal” puede sentarse a esperarlo. Este absoluto desorden de todo, esta aguda inutilidad en el esfuerzo, este perturbador sinsentido resultan encantadores en un mundo como el actual, gobernado por el principio de la eficacia, de los rendimientos netos traducibles en

asientos contables y por el ethos de lo útil. En la aldea encantada los mejores emprendimientos terminan en

el fracaso, en lo contrario de lo previsto, casi siempre

con efectos al revés de como se los espera. El tiempo se muerde la cola, es cíclico y no se parece en nada al tiempo lineal que domina el mundo moderno (Michael Palencia-Roth: Gabriel García Márquez: la línea, el círculo y las metamorfosis del mito, 1983) Nada más fascinante que la chifladura, es cosa que ya conocemos desde Quijote. Y de nuevo debo insistir

en que es el fracaso absoluto de los emprendimientos, esa manera de moverse a ciegas en redondo y sin la menor posibilidad de romper el círculo del tiempo

y del espacio y trazar la línea del horizonte para la

acción futura, lo que a mi parecer conecta mejor este mundo de chiflados y despistados, a través del contraste, respecto del universo del lector y el sentido de realidad en que éste se encuentra instalado. Ciertas mujeres, que en la novela parecen encarnar el orden y la sensatez, sólo consiguen transmitir

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esta característica en razón de su carácter práctico, aunque nunca por su pertenencia a un mundo mental realmente desencantado y moderno. Ellas también permanecen presas del mismo encantamiento que encandila a sus hombres, a pesar de que en razón de su helado pragmatismo parezcan sensatas. En Cien Años de Soledad, estas mujeres de que hablo son la antena a tierra atada a las patas de los hombres que aman y que andan comprometidos en sus chifladuras por el mundo cerrado y endogámico de Macondo. Con paciencia infinita, ellas los dejan hacer sus chifladuras inútiles casi sin inmutarse y con resignación de sabias, porque desde su comienzo, según ellas, el mundo se encuentra predestinado a que suceda lo que debe suceder, en círculo, a ciegas.

Epílogo.

En el año de 1.968, por ciertas circunstancias del destino recalé en Cartago, en el extremo norte del Valle del Cauca, donde me desempeñé durante año y medio como Juez de la República. No había pasado un mes de mi llegada cuando conocí a un personaje bastante maduro y serio, responsable y buen esposo y padre de familia, propietario de la papelería más acreditada y tradicional de la ciudad. Me invitó a un café y nos pusimos una cita al caer la tarde de aquel mismo día, en el café Marovi. Quince días después me convidó a su casa, de patio central y corredores enladrillados, en medio de un impenetrable secreto que de verdad me intrigó. Yo adivinaba que este

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personaje quería confesarme algo que tenía atrancado

en el pecho. Al entrar a la sala, su esposa me atendió

con dulce de mamey servido con galletitas de sal. Al rato ella desapareció de la escena y don Gabriel

me pudo decir al oído lo que ella ya sabía: “Sígame, doctor, que deseo mostrarle algo”. Pasamos por un corredor, donde había un pastor alemán amarrado

de una cadena a la pata de una vieja mesa que hacía

las veces de escritorio, refugio de papeles arrugados

y documentos viejos cargados de polvo. Luego

desembocamos en un angar, apenas iluminado. “Estoy haciendo un avión”, me dijo, inclinándose encima de mi oído. Yo no había leído todavía Cien Años de Soledad, aunque sí Pedro Páramo, de don Juan Rulfo. Corría el mes de febrero de 1.968. Entonces Don Gabriel quitó de encima del aparato la tela de lona que lo cubría. Yo quedé estupefacto. Le dimos una vuelta en redondo al aparato y me dijo: “como puede observar, ya estamos próximos a terminar, no faltan sino los últimos detalles de la cola”. En ese instante eran las siete y media de la noche y ví entrar al angar a un hombre moreno, flaco, espigado, bicicleta en mano. Se acercó a saludar y en el acto lo reconocí: era Palomino, el fotógrafo de la calle real, que tenía la colección más completa de imágenes de los muertos de la época de la violencia de los años cincuenta en la zona del norte del Valle del Cauca, casi todos degollados, doblados sobre la hierba. Durante el día, Palomino atendía su casa fotográfica y en la noche ayudaba a don Gabriel en lo del avión. Imagínense ustedes lo que estaba sucediendo en mi cabeza racional. El fotógrafo se sirvió él mismo una

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taza de café humeante y fresco, de un termo que había dispuesto encima de una pequeña mesa de trabajo y

se fue hasta la trompa del avión, desde donde con un

ojo cerrado miró hacia la cola. En el angar se produjo un silencio de hielo. Entonces Palomino dijo: “Don Gabriel, pienso que este avión todavía está muy largo”. Don Gabriel encendió un cigarrillo Pielroja

y dijo, con una calma aterradora que me cortó la

respiración: “entonces vamos a cortarle un pedazo”. Serrucho en mano, Palomino se trasladó hasta la cola del aparato y le cortó un pedazo de aproximadamente un geme. Luego regresó a la trompa, cerró de nuevo un ojo y dijo: “parece que ahora sí estamos en lo que estamos”. No estoy inventando nada, señores, esto lo presencié y se quedó para siempre en mis recuerdos. Jamás, hasta hoy, escribí nada sobre este episodio, por temor posterior a ser considerado un copista de García Márquez o una especie de Isabel Allende con pantalón. Pero falta algo más:

Tres meses más tarde el avión estaba listo para ser volado. En realidad, se trataba de un planeador. Don Gabriel me pidió que hablara con un amigo, piloto de fumigación, para ver si se animaba a volar y a dar unas cuantas vueltas sobre la ciudad. Era Jorge Döering, padre de Maria Helena Döering, estrella actual de la

televisión. Jorge era boliviano, de origen alemán, y se

le medía a lo imposible. Fuimos con el piloto a ver el

aparato y mi amigo le dio la aprobación. “Si me mato, ustedes responden”, dijo con humor. Yo empezaba a tener miedo. Llegó el día del vuelo. Y fue apenas en

ese momento que todos nos vimos enfrentados a la

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aterradora realidad que nos pasaba la cuenta de cobro mediante la presentación de sus facturas, como ocurre en Cien Años de Soledad: el aparato no cabía por la puerta.

Por aquellos días cayó en mis manos un ejemplar

de Cien Años de Soledad. La historia de este avión

y de los personajes relacionados con la aventura de

alzar vuelo sobre la torre de la iglesia parecía una más de la novela mágica. Don Gabriel, hablo del propietario de la papelería, por supuesto y no del escritor, era una especie de Melquíades descendiente del General Pinto, combatiente de la Guerra de los Mil Días. Tenía de su propiedad una papelería, y se estaba ayudando de un fotógrafo para hacer entre los

dos un avión. Vuélvanse ustedes a imaginar el asunto,

a representarse con la imaginación el escenario. En

donde yo, racionalista y desencantado, materialista

y

en aquel entonces buen lector de filosofía alemana

y

de autores existencialistas, ayudé a conseguir y a

motivar el aviador, como un cómplice. Sólo la imagen del aparato delante de la pequeña puerta por donde no cabía ni la trompa, nos hizo a todos descender a la dura realidad.

Apenas siete meses después, una mañana de finales de septiembre, cuando iba rumbo a mi despacho en el Juzgado, observé la plaza central de la ciudad alfombrada de pájaros muertos. No estoy inventando nada, señores. Quedé estupefacto. Me senté en una banca del parque y me dispuse a escuchar los comentarios de los lustrabotas y de la gente alrededor.

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Yo no comprendía nada de cuanto estaba pasando, pero hacía esfuerzos racionales por entenderlo. Los lustrabotas hablaban del anuncio evidente de una catástrofe y los vendedores de lotería lo confirmaban todo con el movimiento afirmativo de sus quijadas. Sus mentes agoreras habían conectado el acontecimiento con un desastre que de esta manera tan evidente se anunciaba. Según ellos, Cartago estaba ahora en la mira de las fuerzas del destino. Un periodista despistado había corrido ya a la casa cural, para recoger el punto de vista del cura, pero lo encontró distraído en la operación mágica de transformación del vino en sangre y del pan en carne viva. La dueña del restaurante de la esquina, donde yo tomaba los alimentos, consideró como cierto lo mismo que todos los demás decían y partió en carrera, huyendo de la visión de los pájaros muertos, no sé hacia dónde. Fui al café de la otra esquina y el comentario era general:

Tarde o temprano Cartago iba a ser destruído. Algunos ya se habían puesto a beber cerveza y a esuchar músicas tristes. Caminé hacia el almacén veterinario y me encontré con un amigo agrónomo, que me explicó lo sucedido mediante los argumentos racionales que yo esperaba: las tierras cercanas, a la redonda de la ciudad, habían sido sembradas con granos de cereal envenenados, porque los miles de pájaros estaban arruinando los cultivos y las cosechas. Durante el día anterior las aves estuvieron comiendo de aquellos granos envenenados clavando sus picos en los surcos y al caer la noche vinieron a dormir en los frondosos árboles del parque. Ya en la madrugada habían empezado a caer como piedras

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por el suelo. La explicación racional desbarataba el augurio y la premonición, pero pocos en el pueblo la admitieron. De aquellos hechos hace ya treinta y ocho años y Cartago todavía está ahí, sin que hubiera sucedido nada semejante a un terremoto, salvo el del narcotráfico, que es otro tipo de terremoto. Pero de estos acontecimientos hablaremos otro día.

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