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Elena White comenta: *

Cristo se identificaría con las debilidades de la raza caída, y con una obediencia firme le
mostraría al hombre cómo redimir el vergonzoso fracaso de Adán, para que el hombre con una
obediencia humilde pudiera recuperar el Edén perdido.

La gran obra de la redención solo podía llevarse a cabo si el Redentor tomaba el lugar de
Adán caído. Con los pecados del mundo sobre él, él iría por el suelo donde Adán
tropezó. Soportaría la prueba que Adán no pudo soportar, y que sería casi infinitamente más
severa que la que tuvo que ver con Adán. Él vencería al hombre, y vencería al tentador, para
que a través de su obediencia, su pureza de carácter y su integridad inquebrantable, su justicia
pudiera ser imputada al hombre, para que a través de su nombre el hombre pudiera vencer al
enemigo por su propia cuenta.

¡Qué amor! ¡Qué asombrosa condescendencia! ¡El Rey de la gloria propuso humillarse ante la
humanidad caída! Colocaría sus pies en los pasos de Adán. Tomaría la naturaleza caída del
hombre y se enfrentaría al enemigo fuerte que triunfó sobre Adán. Él vencería a Satanás, y al
hacerlo, abriría el camino para la redención de aquellos que creerían en él por la desgracia de
la caída y caída de Adán.

Riview and Herald 24 de febrero de 1874

“Habría sido casi una infinita humillación para el Hijo de Dios tomar la naturaleza humana, aun
cuando Adán permaneció en su inocencia en el Edén. Pero Jesús aceptó la humanidad cuando
la raza había sido debilitada por cuatro mil años de pecado”. (White, DTG:32).

“Y para elevar al hombre caído, Cristo tiene que alcanzarlo donde éste estaba. Él tomó la
naturaleza humana, y llevó las enfermedades y la degeneración de la raza”. (White, Review
and Herald, 28 de Julio de 1874).
“Al tomar sobre Sí mismo la naturaleza del hombre en su condición caída, Cristo no participó
en lo más mínimo en su pecado”. (White, 5CBA:1131)

“Justamente aquello que usted puede ser, Él lo fue en


naturaleza humana”. (Carta 106, 1896).

. Hebreos 2:14 y 15 nos dice que Jesús iba a destruir "por medio de la muerte al que tenía el
imperio de la muerte", "y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante
toda la vida sujetos a servidumbre". El versículo 17 nos dice que la única forma en que Cristo
podía lograr tal cosa es siendo "en todo semejante a sus hermanos": no en algunos aspectos,
sino "en todo". La inspiración nos dice además: "La gran obra de la redención podía sólo ser
llevada a cabo mediante el Redentor tomando el lugar del Adán caído" (Review and Herald, 24
febrero 1874). No habría podido cumplirse si Cristo hubiera tomado el lugar de Adán antes de
la caída, o si no hubiera tomado el lugar de nadie (parcialmente como Adán y parcialmente
como nosotros). A fin de ser nuestro Sustituto impecable, tuvo que vencer las debilidades de
nuestra naturaleza caída. Cristo se había de erigir en poder vencedor, allí donde había existido
una fuerza irresistible para el hombre.

"Si tuviéramos que soportar algo que Jesús no soportó, en este detalle
Satanás representaría el poder de Dios como insuficiente para nosotros. Por
lo tanto, Jesús fue ‘tentado en todo punto, así como nosotros’ (Heb. 4:15).
Soportó toda prueba a la cual estemos sujetos" (El Deseado de todas las
gentes, p. 15 y 16). ¿Es el poder de Dios realmente suficiente para vencer las
inclinaciones del corazón natural? Si Jesús no estuvo afectado por dichas
inclinaciones, entonces las acusaciones de Satanás no habrían sido jamás
respondidas, y nuestra salvación sería más que incierta.

"Bendijo a niños que poseían pasiones como las de él mismo" (Signs of the
Times, 9 abril 1896).

"En su humanidad, el Hijo de Dios luchó con las mismísimas terribles y


aparentemente abrumadoras tentaciones que asaltan al hombre:
tentaciones a complacer el apetito, a aventurarse atrevidamente donde Dios
no nos conduce, y a adorar al dios de este mundo, a sacrificar una eternidad
de bienaventuranza por los placeres fascinadores de esta vida" (Mensajes
Selectos, vol. I, p. 111 y 112)

La diferencia entre Cristo y nosotros no consiste en ninguna exención por su


parte de las inclinaciones naturales hacia el pecado, propias de la naturaleza
caída. La diferencia consiste en que jamás consintió esas inclinaciones ni las
incorporó a su carácter, tal como hacemos nosotros. Las tentaciones del
corazón natural fueron tan fuertes para Cristo como lo son para nosotros.

Al margen del vocabulario que prefieran usar los defensores de una supuesta
naturaleza previa a la caída en Cristo, si él carecía de inclinaciones naturales a
pecar, sencillamente no pudo ser tentado como nosotros, y queda así destruido
uno de los mayores vínculos de Cristo con la raza humana caída.

"Al tomar nuestra naturaleza caída, mostró lo que ésta podría llegar a ser"
(Mensajes selectos, vol. 3, p. 151).