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Coyolillo y su carnaval (Región centro)

La comunidad de El Coyolillo se ubica a tan solo 38 kilómetros al este de la ciudad de Xalapa,


capital del estado de Veracruz y pertenece al municipio de Actopan. Se le podría considerar como
una de las pocas comunidades afromestizas en el estado. Sus orígenes son un poco inciertos, pero
se tienen algunas pistas. Por ejemplo, se sabe que por la cercanía y la relación geográfica y
socioeconómica con ingenios como el de Nuestra Señora de la Concepción y la ex hacienda e
ingenio de San Miguel Almolonga (que se crearon en la última década del siglo XVI y que utilizaron
mano de obra africana esclavizada) existen vínculos importantes de estos centros productivos con
la formación de la comunidad de El Coyolillo (Martínez Maranto y Tillis, 2004). Aunado a este
hecho se sabe también que durante el siglo XVIII, llegaron a tierras veracruzanas grupos de negros
del presidio de Panzacola (Florida) y que rechazaban la nacionalidad estadounidense al pasar el
territorio en el que se encontraban de España a los Estados Unidos. Al llegar fundan el pueblo de
San Carlos (hoy Úrsulo Galván) y sus descendientes se dispersaron poco después por La Antigua,
Mozomboa y El Coyolillo (Martínez Maranto y Tillis, 2004).

Ante los pocos datos escritos e históricos que se tiene acerca de la fundación de la
comunidad, también adquiere fuerza una especie de mito fundacional que circula entre sus
habitantes. Se cuenta que hace mucho tiempo, los esclavos “negros” del ingenio intercambiaron
con el dueño de éste un tesoro que encontraron, a cambio de que les diera su libertad. Una vez
libres, se dirigieron al territorio que ahora es El Coyolillo y ahí fundaron su comunidad (Martínez
Maranto y Tillis, 2004; Martínez Maranto, 2010).

Por si fuera poco, existen otro tipo de evidencias que nos muestran los vínculos de la
comunidad con su procedencia. Por ejemplo, existen nombres que hacen referencia a lugares
ubicados en África como Cerro del Congo. Existe también un mapa de principios del siglo XX que
muestra los límites de la hacienda de Almolonga y en él se registra el nombre de una zona llamada
Mosambique. Existe la posibilidad de que el nombre de Mozomboa, comunidad cercana a El
Coyolillo, tenga alguna relación con Mozambique, pues según algunas versiones, en tiempos en
que era hacienda, allí vivía un mozo o empleado nacido en Mozambique. Aparte de ello, también
entre los coyoleños se conservan algunos vocablos que probablemente tienen procedencia
africana, como lo pueden ser: molonga, cachimba, tángano, lingo, chuchumián, tonga, tumba, etc.
(Martínez Maranto y Tillis, 2004).

Una de las actividades que más representa y llama la atención a la gente de los alrededores
es su tradicional carnaval, que tiene algunas variantes en las comunidades circundantes como lo
son: Blanca Espuma, La Providencia, Alto Lucero, Alto Tío Diego, Almolonga, Chicoasen, entre
otras. Y aunque también, no se sepa a ciencia cierta sobre el origen de este carnaval (algunos
pobladores dicen que tiene más de 150 años), es muy probable que dicho origen se haya dado en
la época colonial por los elementos que lo constituyen.

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En la versión antigua del carnaval de El Coyolillo, que se conservó hasta el año de 1960,
existían muchos más elementos que los que lo conforman actualmente. En aquel entonces el
carnaval consistía en una formación de disfrazados con máscaras de animales (generalmente
toros, venados, coyotes, etc.) que eran llamados “negros”, y que su vestimenta consistía en una
túnica de tres colores (verde, amarillo y rojo); una capa de iguales colores; y un gorro de dos picos
(uno adelante y otro atrás) adornado con espejos a los lados y borlas en los picos. Estos “negros”
recorrían el pueblo de casa en casa bailando sones jarochos que eran interpretados con guitarras,
jaranas, arpas y marimbol. Se sabe que además en ocasiones se llegó a utilizar flauta, acordeón y
mandolina y hasta en algunos casos se tiene registro de la utilización de un cántaro al que se le
golpeaba con una chancla para que sonara o incluso de peines tocados con un hilo (Martínez
Maranto y Tillis, 2004; Martínez Maranto, 2010).

Aparte de los llamados “negros” (los cuales eran avisados con el grito de: “¡ahí vienen los
negros!”), se encontraban otros personajes como los viejitos y las viejitas, que se disfrazaban ya
sea de hombre o mujer respectivamente y portaban la máscara de un viejito o viejita. También
existía el personaje de capitán, el cual dirigía (generalmente dos de ellos) a la formación de
“negros”. Su aspecto era el de tener la cara tiznada, y portar una espada y un látigo cuidando que
los “negros” y el resto de los disfrazados permanecieran en formación pues en caso de no hacerlo
utilizaban sus instrumentos de dominación sobre ellos e incluso emprendían la persecución tras
los inconformes si las condiciones se los exigían. Es decir, su papel era el de un capataz que se
encargaba de arrear a los “negros”.

Junto al personaje del capataz, se encontraba en ocasiones un hombre sin máscara ni disfraz
que se encargaba de ayudar al capitán a cargar la canasta en donde se depositaban los chiles
rellenos y las tortas de plátano, camote y calabaza, las cuales son el platillo típico de la comunidad
dentro de estas festividades. Este tipo de platillos, se ofrecía y se ofrece tanto para los que
participan en el carnaval, como para quienes solo van de visita y nunca falta en estas fechas. Pues
como dicen algunos pobladores, estos platillos surgen al mismo tiempo que lo hace el carnaval.

Ya durante la noche, después del último recorrido de los “negros” por el pueblo, se hacía un
baile bajo una enramada que era prácticamente un fandango. La música que se interpretaba
consistía en varios géneros entre los que se encontraba también los sones jarochos con canciones
como: El Carpintero, El Siquisiri, El Fandanguito, El Zapateado, El Jarabe Loco y La Bamba (Martínez
Maranto, 2010).

Se sabe además, que una de las actividades realizadas por los disfrazados era atrapar a la
gente fuereña para llevarlas directo con el capitán y “obligarlas” a dar dinero. Cuando esto no
resultaba, los “negros” simulaban ahorcarlos y les ataban las manos por detrás. Se sabe también
que en tiempos de Manuel Parra (hacendado de Almolonga en 1903), los disfrazados de El
Coyolillo y Omiquila, tenían que ir a Almolonga para divertirlo y así tener libres los días restantes al
carnaval. Una de las prácticas previas a esta fiesta, era entonces el reunirlos y marcarles la espalda
con un sello para así tener un control sobre ellos. Lo mismo sucedía en El Coyolillo, solo que en

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este caso el agente municipal colocaba el sello en la parte interna de la muñeca (Martínez
Maranto, 2010).

Como en muchas fiestas de carnaval, también existían tanto reglas como creencias en torno
a la fiesta. Se decía por ejemplo, que los niños no podían participar o portar una máscara hasta ser
mayores de edad. En todo caso, aquel que se aventurara a portar una máscara durante la
celebración, debía participar obligatoriamente durante siete años consecutivos, pues de lo
contrario, al morir su alma se iría directamente al infierno. Lo mismo se podía decir de aquellas
personas que llegaban a morir durante el carnaval, pues se decía que su alma se la había llevado el
demonio (Duch Carvallo, 2018).

Los elementos que se han perdido en el transcurso del tiempo, han sido el personaje del
capataz, la interpretación de los sones y también las creencias ya mencionadas. En la actualidad,
los llamados “negros” portan una túnica de algodón con flores en colore vivos y de cuello redondo;
encima de ella se colocan una capa que lleva flecos escalonados; portan igual que antes, una
máscara de equimite o calabazo representando algún animal; en la cabeza se colocan un gorro
elaborado con un cesto de palma, alambre, flores de papel crepé de diferentes colores, espejos y
una borla; además de llevar atados cascabeles en los tobillos y campanas o cencerros en la cintura.
Al no haber capataz ni sones, la formación original de “negros” ha dado paso a pequeños grupos
de amigos que disfrazados persiguen por todo el pueblo a los niños y entran a las casas a seducir a
las muchachas aprovechando su anonimato. Para poder mantener este anonimato, también
recurren al intercambio de trajes entre sus amigos y así seguir ocultando su identidad. En
ocasiones también se recitan algunos versos ya sea de forma improvisada o de memoria a la gente
de fuera para obtener dinero o a las mismas muchachas solo para divertirlas y divertirse.

Aunque los personajes del viejito y de la viejita siguen presentes, su indumentaria ya no es


la misma. Ambos personajes ya no portan su característica máscara de rostro de anciano. En su
lugar, “el viejito” suele utilizar alguna máscara de luchador, por ejemplo, que ha sido comprado en
algún establecimiento comercial. Y por otro lado “la viejita” suele portar una peluca, pintura en los
labios y mejillas y utilizar algún vestido para coquetear y perseguir a los muchachos.

El carnaval de El Coyolillo es una fiesta donde tanto hombres como mujeres participan
activamente, pues a pesar de ser todavía pocas las mujeres que se dejan ver portando alguna
máscara, también ellas se dedican a la confección de los trajes de los “negros” y a la preparación
de la comida típica de la fiesta. A pesar de haber perdido algunos elementos con el tiempo como
la imagen del capitán, podríamos atrevernos a mirar casi de manera simbólica este hecho y decir
que ahora “los negros” se encuentran libres y ahora el carnaval es motivo de realzar esas
características afromestizas de la comunidad de El Coyolillo que se tenían olvidadas en el tiempo.

Lista de referencias

Duch Carvallo, Adriana.

3
“La historia de la máscara de carnaval en la vida de don Octavio López” en María Cristina
Núñez Madrazo (Coord.), Narrativas, memoria colectiva y tradiciones., Xalapa, Universidad
Veracruzana, 2018, pp. 131-159.
Martinez Maranto, Alfredo.
“Carnaval de negros” en Agustín Dany (Ed.), Veracruz: fiesta viva., Xalapa, Gobierno del
Estado de Veracruz, 2010, pp. 207-218.
Martínez Maranto, Alfredo y Antonio Tillis.
“La población afromestiza de El Coyolillo”. Callaloo, Johns Hopkins University Press,
Volumen 27, Núm. 1, 2004, pp. 323-330.

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