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1816

DE HAITÍ A OCUMARE DE LA COSTA


El Año de la Aventura
El año 1816 aglomera los episodios más inverosímiles de nuestra lucha
libertaria; ese año su junta la derrota, la aventura, los amoríos y la traición en
un sin fin de hechos que encontraremos descritos a continuación. Desde
Enero a Diciembre de ese año los hechos son narrados así por Gerhard Masur
en su “Simón Bolívar”

Hacia 1815, Haity y los Estados


Unidos eran los únicos países del
Hemisferio Occidental cuyas ideas
republicanas habían prevalecido. La
población de Haití, que se componía
casi enteramente de mestizos y
negros, hizo que su isla se aliase,
más con América Central y del Sur
que con Norteamérica. Colonia
francesa hasta el estallido de la Gran
Revolución, había captado los ideales
de libertad e igualdad a su propia
manera. Cuando Bolívar llegó a Aux Cayes, el Presidente de la República
era Alejandro Pétion.

Entonces Pétion tenía cuarenta y seis años y su


apariencia revelaba que era medio mestizo. Su
padre era francés y su madre una negra de la
casta sobre la cual la huella de la explotación
colonial se marcó con más fuerza. Pétion había
aprendido el oficio de herrero, pero
posteriormente se alistó en la armada francesa y
en 1789 contribuyó con sus esfuerzos al
levantamiento de la isla. Aun después pasó
largos años en Francia y en 1802 retornó a Haití.
En 1807 llegó a Presidente de la República. Fue
electo dos veces más, y en 1816 se convirtió en Presidente vitalicio. Los
haitianos lo reconocieron como a su libertador.
Bolívar llegó a Port au Prince el 1 de enero y
fue recibido por el Presidente al siguiente día.

Se encontraron frente a frente dos grandes


exponentes de la vida americana. Pétion,
esclavo por descendencia, había llegado a la
posición que ahora ostentaba por sus propios
esfuerzos. Era todo dignidad y comprensión. Amaba la virtud y creía en
la posibilidad de alcanzarla. Los dos hombres se entendieron
mutuamente con rapidez. Estaban unidos por los mismos ideales y en la
creencia en la dignidad del hombre. Pétion vislumbró, como lo había
hecho un año antes Camilo Torres, que la libertad del continente se
encarnaba en la persona de Bolívar. Pétion agregó otra más a sus
prendas de patriota y estadista. Se convirtió en el protector de Bolívar.

Durante las numerosas conversaciones que sostuvieron estos dos


hombres en los primeros días de 1816, Bolívar bosquejó sintéticamente a
Pétion el estado de la revolución. Cartagena había caído y los españoles
amenazaban Colombia. No obstante, Bolívar juraba que libertaría a
Venezuela y al continente entero. Solicitó a Pétion la ayuda que le había
sido negada en Jamaica: dinero, armas, municiones, barcos y alimentos.
Su plan parecía alocado y desesperado, pero, como de costumbre, Bolívar
sabía cómo hacer para que lo imposible pareciese posible. Convenció a
Pétion. El Presidente prometió su ayuda con todos los medios a su
alcance, pero puso una condición. Bolívar debía darle su palabra de que
otorgaría la libertad a los esclavos de todos los Estados que liberase.
Bolívar así lo hizo sin dudar un instante. Años antes había emancipado a
sus propios esclavos y desde entonces había abandonado todo
pensamiento consciente sobre cuestiones de clase. Su perspectiva
abarcaba a todo un hemisferio. Mediante este acuerdo para emancipar a
los esclavos, Pétion y Bolívar cobraron importancia histórica mundial.
Antes de que Abraham Lincoln hubiese alzado su voz en el mundo
anglosajón, estos dos hombres, en una pequeña isla del Caribe,
proclamaron la aplicación de los principios de libertad e igualdad a una
multitud anónima de esclavos.

Bolívar quería conceder el mérito de los decretos que habrían de liberar


a los esclavos al Presidente Pétion y levantar así un monumento al
carácter bondadoso del Presidente de Haití, pero Pétion no quiso que se
le mencionara. Escribió a Bolívar: «Usted conoce mis sentimientos hacia
la causa cuya defensa ha tomado en sus manos y los que
personalmente usted me inspira. Debe compenetrarse de mi ardiente
deseo de que sean emancipados todos los que sufren bajo el yugo de la
esclavitud.» Sin embargo, Haití estaba en una posición difícil. La mitad
de la isla era todavía colonia española y Pétion
debía tener en cuenta asimismo a los Estados
Unidos. Era comprensible que prefiriese trabajar
entre telones. Tampoco necesitaba del
reconocimiento personal. Por estas razones todas
las instrucciones referentes a Bolívar llegaban a los
puertos y a los funcionarios en forma de órdenes
secretas. Pétion puso a disposición de Bolívar
armas y municiones. Le permitió reclutar
marineros, pero tuvo cuidado al mismo tiempo de
que estas decisiones fuesen llevadas a cabo de
modo tal que no pusieran en peligro la independencia de su pequeño
Estado. Hasta el dinero con que habría de financiarse la expedición no
provenía del Tesoro nacional. Un rico comerciante inglés, Roberto
Sutherland, que era amigo y admirador de Bolívar, tomó a su cargo la
realización de los pagos para ocultar su verdadero propósito.

Después de Sutherland, la figura más importante entre los amigos y


protectores de Bolívar era Luis Brion. Brion era un próspero comerciante
de Curaçao, que había puesto su fortuna a disposición de la
independencia sudamericana. Mitad pirata y mitad empresario,
pertenecía a esa clase de mercaderes temerarios que, en tiempos de
crisis, encuentran salidas pródigas para su pasión de jugadores y su
amor a la aventura. En Jamaica, Bolívar ya lo había llamado el primero
de sus protectores y el más libre de los hombres. En Haití, su
contribución a la causa de la revolución cobró la mayor importancia.
Brion había fletado una pequeña flota de cuya ayuda dependía el éxito
de toda expedición al continente. Su participación trajo aparejado un
cambio completo en la estrategia revolucionaria. Al morir Brion en 1821,
Bolívar escribió: «El almirante Brion tiene un altar de gratitud en todos
los corazones colombianos.»

Durante los primeros días de su estancia en Port au Prince, Bolívar se


dirigió a Brion en busca de ayuda para unir las distintas facciones. Creía
que los dos juntos podrían trazar un plan de ataque efectivo contra el
continente. ¿Cuáles eran estas facciones? Y, en realidad, ¿con qué
material humano podía contar Bolívar para ganar sus batallas?

Varios funcionarios venezolanos habían buscado refugio en Haití junto


con Bolívar. Numerosos políticos y soldados perseguidos llegaban
diariamente de Cartagena. Habían preferido huir en pequeños barcos
antes que arrostrar la muerte segura a manos de los españoles. Bajo el
mando de un francés, Luis Aury, también arribó a Haití una flotilla que
había luchado por Cartagena. Pétion se cuidó de que estos desgraciados
no partiesen hambrientos. Bolívar se abocó a la tarea de organizarlos
tanto política como militarmente.

Bolívar regresó de la capital a Aux Cayes con una carta que le abrió
todas las puertas que pudiesen significar una ayuda en la provincia. Su
misión consistía en preparar el ataque sobre el continente. De inmediato
nombró su cuerpo de generales. Sin embargo, todo ataque al régimen
español en Sudamérica constituía un acto político tanto como militar.
Bolívar convocó a una sesión para delinear el nuevo Gobierno de
Venezuela. Concurrieron a esta reunión los hombres más influyentes de
la revolución: Mariño, Bermúdez, Piar, Leandro Palacios, Brion, Aury, el
escocés Mac Gregor, el francés Ducoudray Holstein y Zea.
Bolívar inauguró este «parlamento» de los desposeídos con un discurso.
Señaló que el objetivo que tenía a la vista era la liberación del
continente. No ocultó a sus colegas los peligros de la expedición, pero
proclamó su fe implícita en el triunfo final de la libertad. Declaró que el
requisito previo de la victoria era la creación de un Gobierno cuyos
poderes no tuvieran límite. Un solo hombre debía administrar el Estado.
Era el viejo plan de Bolívar: una dictadura en tiempos de necesidad. La
asamblea no mostró su acuerdo sin presentar alguna resis tencia. Aury
propuso la formación de un triunvirato. Bolívar replicó que, aunque nada
había en su propia persona que sugiriese que era el hombre más capaz
para erigirse en dictador, jamás consentiría en una división de poderes
que pusiese fácilmente en peligro el éxito de cualquier empresa militar.
Brion puso fin al apasionado debate. Ofreció los servicios de su flota a
condición de que Bolívar fuese designado jefe indiscutido de la expedición.
Y así se convino en esto.

Pero la resistencia a Bolívar como líder no quedó quebrada por esta


decisión. Surgieron nuevamente rivalidades nimias entre los jefes, que
en años anteriores habían impedido que la revolución siguiese adelante.
Se acusó a Bolívar de incompetencia y cobardía. Fue retado a un duelo.
Por último, Bermúdez y Aury se unieron para impedir su partida. Como
se acercaba el día de la despedida de Bolívar, Aury ordenó que se le
diese la goleta La Constitución y declaró que atacaría a México sin ayuda
alguna. Bolívar apeló ante las autoridades del país: primero al
gobernador y finalmente al propio Presidente. Pétion dio entonces otra
prueba de su sagacidad política. Comprendió que cualquier tipo de
desunión entre los refugiados podía perjudicar a la causa de la libertad.
Prohibió el ataque a México y reafirmó su fe en Bolívar, asegurando que
quienes no deseasen aceptar su mando estarían obligados a permanecer
en el puerto de Haití. La Constitución fue devuelta a Bo lívar para que no
se perdiese ni un solo momento en esta hora histórica para el mundo.

Protegido de este modo contra la rebeldía en su propio campo, Bolívar


designó a Mariño su representante. Brion fue designado primer
almirante de la República y Zea administrador en jefe. Los rebeldes se
habían retirado del ejército. Una vez más retornó Bolívar a la capital
para despedirse de Pétion. Con lágrimas en los ojos, el más viejo de los
dos hombres dijo: Que le bon Dieu vous benisse dans toutes vos
entreprises. Los demás funcionarios de Haití quedaron encantados por el
tacto y la cortesía demostrados por el Libertador en tan conmovedora
circunstancia. Il a été d'une courtoisie remarquable dans cette
circonstance. Bolívar había necesitado tres meses para reorganizar un
ejército. El 31 de marzo de 1816 la pequeña flota dejó las aguas de
Santo Domingo y puso velas en dirección a Venezuela.

En conjunto, la fuerza expedicionaria de Bolívar se componía de 250


hombres escasos, que en su mayoría eran oficiales. Para muchos la
travesía parecía como un viaje por mar con Don Quijote y existían dudas
graves en cuanto al éxito de tan temeraria empresa. Bolívar portaba
armas para seis mil hombres. También llevaba consigo una imprenta,
pues esperaba levantar a la población esclavizada mediante la
distribución de folletos.

Los barcos eran pequeños y ni siquiera numerosos: seis goletas y una


balandra constituían toda la flota, que apenas excedía en su conjunto las
mil toneladas.

Bolívar tenía que sortear los buques de guerra que guard aban Puerto
Rico. Sin embargo, encontró tiempo y oportunidad para embarcar a la
mujer de su corazón, Josefina Machado. Esta acción demoró
considerablemente el viaje. Brion se vio obligado a realizar en treinta y
dos días un recorrido que tomaba por lo general diez. El 2 de mayo los
patriotas llegaron a aguas venezolanas.

La flotilla se dirigió a la isla Margarita, cercana a la costa oriental. En un


breve encuentro con los barcos españoles que bloqueaban la isla los
patriotas alcanzaron la victoria y capturaron dos buques españoles. El 3
de mayo Bolívar ancló en el pequeño puerto de la isla. Y entonces
comenzó la tercera época de la República. Bolívar anunció que era la
reconstrucción y no la conquista lo que habría de liberar a Venezuela.
Su programa era éste: unificación del pueblo, creación de un Gobierno
central y convocatoria de un Congreso. Había que evitar los errores del
pasado.

Los venezolanos no podían ser al mismo tiempo hombres libres y


esclavos.

La Tercera República correspondía todavía a un futuro distante. Antes de


que pudiese resurgir, Venezuela debía sacudir el yugo español. ¿Cómo
pretendía hacerlo Bolívar? ¿Cuáles eran sus planes de acción? Cuando
dejó Haití vislumbrando una rápida victoria, había prometido al
gobernador de Aux Cayes que le enviaría caballos de la mejor raza tan
pronto como tomara posesión de Angostura y La Guayana.

Sin embargo, Angostura y La Guayana implicaban el Orinoco. Este


imponente río significaba la entrada no sólo a Venezuela, sino también a
grandes extensiones de territorio en el interior. Era navegable mucho
trecho corriente arriba; podía llegarse a Nueva Granada por esta gran
arteria. Las vastas planicies del Orinoco, con sus caballos y su ganado,
podían mantener fácilmente a todo un ejército. Podían obtenerse fru tas
tropicales río abajo hacia la costa del Atlántico y allí canjearse por armas
y municiones. Un ejército que operase en la región del Orinoco no podía
ser derrotado sin ayuda de una flota, ni tampoco podía defenderse sin su
protección.
Bolívar había logrado deslizarse entre las patrullas españolas. ¿Por qué
punto esperaba abrirse paso a través del cinturón de seguridad de las
fortificaciones españolas? ¿En qué basaba su plan para atacar las
regiones del Orinoco?

En Venezuela oriental la revolución aún estaba latente. Las tropas


dispersas del derrotado ejército de la Segunda República habían huido a
las llanuras. Habían surgido nuevos líderes para dirigir una vez más a
estos hombres indomables contra los españoles, sin más esperanza que
mantener el estado de guerra. Por el momento eran pocas las
esperanzas de derrotar al enemigo. Bolívar quería llegar al Orinoco
porque allí estaban acuarteladas las guerrillas patriotas. Puede que
supiese poco sobre ellas, pero podía proporcionarles armas y aumentar
su ejército con sus hombres. La isla Margarita habría de ser sólo un
trampolín para lanzarse al ataque sobre el continente. La pequeña isla
se había rendido a Morillo en 1815 cuando prometió una amnistía
general. Pero la política de conciliación no duró mucho. En septiembre de
1815, Arismendi, líder político y militar de los margariteños, escapó de
las garras españolas y desató otra vez el levantamiento. La guerra se
desarrolló con gran crueldad por ambas partes. Arismendi había instigado
a matar prisioneros en Caracas en 1814. Su esposa y su pequeño hijo
quedaron en manos de los españoles, y los monárquicos amenazaron con
matarlos como represalia.

Sin embargo, Arismendi se mostró insensible y cuando llegó Bolívar, no


tardó en reconocer al Libertador como a su jefe supremo.

En Margarita se convocó de inmediato una reunión para confirmar las


resoluciones de Haití. Bolívar pudo actuar en consecuencia con algunos
visos de legalidad. Los españoles, sorprendidos, abandonaron la capital y
se retiraron a un pequeño fuerte. Pero en él lograron resistir. Bolívar
exigió su rendición y prometió solemnemente que por su parte pon dría
fin para siempre a la guerra a muerte. Los españoles rechazaron la
propuesta. Negaron ser culpables del aspecto horrible de la guerra y
declararon que era su intención resistir el sitio de Bolívar. Después de
varios intentos infructuosos, el Libertador admitió que sólo podía perder
tiempo en el caso de ocuparse personalmente de la ofensiva. Arismendi
podía tener en jaque a los monárquicos mientras Bolívar pasaba al
continente en busca de provisiones y hombres.

Bolívar se lanzó al mar en dirección al continente el 26 de mayo, con una


flota compuesta por once unidades. A los seis días llegó a Carúpano. El
desembarco se llevó a cabo con éxito, mientras los cañones de los
buques de guerra cubrían la operación. L' s primeras tropas bajo el
mando de Soublette y Piar pisaron la tierra de su patria nativa y el
comandante español fue derrotado con todas sus fuerzas. Los patriotas
capturaron un botín considerable.
La primera preocupación de Bolívar fue el ejército. Rápidamente organizó
una pequeña fuerza de reclutas. Los regimientos fueron bautizados con
los viejos y gloriosos nombres de Girardot, Araure y Cumaná. Bolívar
envió a los generales Mariño y Piar al puerto de Guiria para armar a la
población y reclutar soldados para el campamento principal. El éxito
dependía ahora de la posibilidad de mantener a sus soldados
aprovisionados y las islas británicas de Trinidad y Barbados eran
depósitos naturales para preparar la invasión al continente. Trinidad
dominaba la zona costera oriental hasta la desembocadura del Orinoco.
Pero las autoridades inglesas trataron a los patriotas con fría animosidad.
Bolívar apeló ante los gobernadores de ambas islas y solicitó el
reconocimiento de su flota, que llevaba la bandera de Venezuela. Para el
resto tenía preparado el viejo cebo que atraía a los ingleses; un cebo
que esperaba se tragasen más temprano o más tarde. «Nuestras
relaciones con Inglaterra serán siempre amistosas y ventajosas para el
comercio británico.» Durante estas semanas cumplió asimismo la palabra
que le había dado a Pétion. Libertó a los esclavos. Por supuesto, Bolívar
impuso una condición. Todo hombre apto entre los catorce y los sesenta
años tenía que ingresar en el ejército; los que se negaran a hacerlo
permanecerían esclavos, lo mismo que todas sus familias. El efecto de
esta medida revolucionaria estuvo lejos de ser el que esperaba Bolívar;
sólo unos pocos cientos se incorporaron al ejército. La mayoría siguió a la
bandera española.

En general, la posición de Bolívar era difícil e iba empeorando día tras


día. Se había puesto un precio de diez mil pesos a su cabeza; el pueblo
se mostraba hostil; las provisiones eran escasas. Los españoles
presionaban otra vez sobre Campano. Bolívar sólo podía detenerlos con
su artillería; había perdido toda movilidad. Había creído que Mariño y
Piar le enviarían ayuda, pero tuvo que desengañarse. Quizá no estaban
en condiciones de hacerlo; quizá simplemente no lo quisieron. Fuese
cual fuese la razón, lo cierto es que Bolívar quedó solo. El cerco que
formaban los españoles se estrechaba cada vez más y la flota de esa
nacionalidad amenazaba cortar la retirada por el mar. Bolívar tenía que
actuar con rapidez si quería escapar a la trampa. Recurrió a su viejo
método de derrotar al enemigo antes de que pudiese concentrar sus
fuerzas. Quería atacar a la flota española y, luego de derrotarla, lanzar
rápidamente sus fuerzas sobre Cumaná. Pero también en esta
oportunidad le fallaron las herramientas. Los marineros de los barcos no
constituían una tripulación experimentada. En realidad no tenían interés
en el movimiento emancipador. Sólo la esperanza del botín los había
impulsado a seguir a Bolívar. Hasta ese momento estos piratas no habían
podido adueñarse de nada de valor y la pobre comida que recibían a
bordo de sus barcos aumentaba su descontento. Se reían de las
solemnes promesas de Bolívar, y cuando éste anunció su plan de atacar
a los barcos españoles, se negaron a luchar. No le quedaba a Bolívar otra
cosa que ceder y renunciar al ataque.
Parecería como si el fracaso de la flota hubiese tenido un efecto
desastroso sobre sus intenciones originales. Doquiera dirigiese su
ataque necesitaba del apoyo de Brion y sus barcos. En esto
descansaban todas sus esperanzas de llevar adelante la invasión. Si la
situación iba de mal en peor, eran éstos los instrumentos del rescate.
Con su ayuda podría buscar otra vez refugio en las Antillas. Confiando en
la flota, había planeado el ataque a las líneas españolas en el Orinoco y
esto era exactamente lo que el enemigo esperaba.

Para su desgracia, Bolívar abandonó su intención original. Dejó de lado el


ataque sobre el Orinoco y en su lugar se decidió a llevar la lucha al
corazón de Venezuela. Caracas se convirtió entonces en su meta. Resolvió
evacuar Carúpano y embarcarse con sus tropas. En una carta a Arismendi
confesó que lo impulsaba a hacer tal cosa más la fuerza de las
circunstancias que sus propios deseos. Y como si se diese cuenta del
carácter suicida de su nuevo plan, agregaba: «Si la suerte me abandona,
no puedo perder más que mi vida. Es siempre grande intentar lo
heroico.» Se embarcó con un millar de hombres y cuanto poseía en
materia de armas y municiones.

Su punto de destino era Ocumare, pequeña ciudad situada entre La


Guaira y Puerto Cabello. Bolívar creyó que podría tomar Caracas en ocho
días; después quería regresar al Este. Desde el comienzo, las
probabilidades se concertaron en su contra. Esperaba una ayuda más
activa de la población del Oeste que la que había encontrado en el Este.
Pero esta ventaja habría de ser contrarrestada por las numerosas tropas
españolas y la mayor vigilancia con que los españoles defendían su
dominio más importante.

La flotilla llegó a Ocumare el 6 de julio. El comandante español se retiró.


Bolívar envió la mayor parte de sus tropas bajo el mando de Soublette
contra Maracay. Quería organizar por sí mismo otro ejército con amigos
y patriotas, pero no había contado con los españoles. Bolívar recibía en
el Oeste tan pocas adhesiones como en el Este. El gobernador de
Caracas había sido lo suficientemente astuto para invalidar por
adelantado la propaganda de Bolívar.

Morillo había delegado en Morales, el hombre del terror, la jefatura de


Venezuela. El 13 de junio Morales atacó a Soublette y después de una
batalla que duró tres horas y media los independientes fueron
derrotados. Soublette temió la superioridad de su adversario y
retrocedió ordenadamente. Bolívar, que se había apresurado a ir en su
ayuda, llegó demasiado tarde para impedir la derrota de sus soldados.
Cuando Bolívar reanudó la persecución al día siguiente y marchó so bre
Ocumare encontró la ciudad y el puerto desiertos. Abandonados a lo
largo de la playa estaban los pertrechos de los patriotas: mil cañones,
sesenta mil balas, pedernal y lanzas: en pocas palabras, todo lo que
Pétion había entregado a Bolívar para su expedición. «La cuadrilla de
criminales que ya se creían dueños de Venezuela se desvaneció como el
humo», dijo Morales triunfalmente. ¿Qué había pasado?

Desde el principio mismo, Bolívar no había logrado darse cuenta de la


inutilidad de su empresa. Los informes que ha bía recibido sobre la
fuerza y los movimientos de los españoles habían sido falsos. Pensó
que tenía toda la costa para él y que sería tarea fácil apoderarse de
Puerto Cabello o Caracas, de modo que permitió el desembarco de toda
su sección de transporte. Entonces ocurrió algo totalmente inesperado.
La flota se negó a permanecer fuera de Ocumare, aparentemente por la
falta de provisiones. En realidad, la razón era que los piratas habían
llenado los barcos de frutas tropicales en Ocumare y deseaban venderlas
con ganancias en Curaçao; el propio Brion dirigió la mayor parte de la
flota hacia ese puerto. Sólo se quedaron tres de los barcos más
pequeños. Por lo tanto, la expedición de Bolívar perdió su movilidad. Este
se vio obligado a dividir sus tropas, de modo que los pertrechos que
había guardado la flota no quedasen sin protección.

Tal era la situación en la mañana del 14 de julio. Cuando las tropas que
habían sido derrotadas por Morales regresaron a Ocumare, todo fue
terrible confusión. Había que resolver dos puntos: ¿qué hacer con el
ejército y qué con los irreemplazables pertrechos? Morales estaba sobre
los talones de los patriotas. Se reunió un consejo de guerra y resultó
evidente para todos que los tres pequeños barcos no tenían capacidad
suficiente para llevar a salvo al ejército a través del mar. Los oficiales
habían decidido no zarpar; no querían abandonar, a sus hombres.
Pensaron que podrían abrirse paso entre las líneas españolas y
refugiarse luego en los llanos, donde tendrían oportunidad de unirse a
las pequeñas bandas de guerrilleros que luchaban allí. Sin embargo, no
deseaban que Bolívar los acompañase porque los peligros que
entrañaba este plan eran tremendos. En el caso de que Bolívar pudiese
salvarse, siempre quedaría enhiesta la esperanza de liberar el suelo
natal. La conferencia se desarrollóen el alojamiento de Bolívar. Los
oficiales le suplicaron que zarpara, pero Bolívar no quiso oírlos. Envió al
puerto su pesado equipaje y preparó una pequeña caja, para poder
acompañar al ejército en su marcha.

Quedaba pendiente de solución otro problema: la protección del equipo.


Bolívar decidió tomar a su cargo el embarque de los pertrechos. Se
apresuró a dirigirse al puerto y se vio envuelto en una confusión
indescriptible. El día tocaba a su fin y en la oscuridad que caía Bolívar
pudo observar que la playa estaba repleta de hombres y mujeres que
pugnaban por salvarse. Frente a ellos estaba desparramado el costoso
material de guerra que los marineros no podrían o no querrían
transportar a bordo. Nunca podrá aclararse suficientemente lo que
ocurrió en esos momentos. Uno de los testigos principales de los
acontecimientos, el general Soublette, nos ha dejado estas palabras
ambiguas: «En estos hechos entró en juego el amor... Marco Antonio,
haciendo caso omiso al peligro en que se encontraba, perdió un tiempo
precioso al lado de Cleopatra.» Sabemos que Bolívar nunca dejó de tener
consigo a una mujer en los campamentos de guerra. Es muy probable
que encontrara a Pepita o a otra de sus amigas en el puerto de Ocumare.
Nunca se sabrá si trató de rescatarla, perdiendo así, al decir de
Soublette, un tiempo precioso, o si ella le rogó que la llevase con él.
Una cosa es cierta: en medio de aquella confusión, Bolívar tuvo noticias
de que Morales ya había ocupado Ocumare. El informe era falso, pero
con el pánico general que reinaba nadie pensó en verificarlo. Bolívar y
sus hombres saltaron al cúter; y al levar anclas partió el último barco
que quedaba.

En el ínterin, los oficiales que estaban en Ocumare esperaron en vano el


regreso de Bolívar. No habían recibido órdenes; sólo llegó hasta ellos la
noticia de su huida. Ahora se veían obligados, bajo su propia
responsabilidad, a iniciar su marcha hacia el interior, pero no pudieron
salvar sus preciosos pertrechos. Estos quedaron sobre la playa, de donde
el victorioso Morales los recogió al día siguiente.

Ningún acontecimiento de la vida de Bolívar fue objeto de tantas críticas


amargas como la catástrofe de Ocumare. El mismo Bolívar pensó más
tarde en ello como en algo absolutamente incompatible con su carrera
militar. Cuando en sus últimos meses de vida planeó dejar un relato
escrito de sus hazañas, dijo: «Nunca di un paso durante la guerra que
pudiese calificarse de cobarde.» Pero se hizo característico en él
mencionar la noche de Ocumare como el único ejemplo que podría
utilizarse para contradecir su afirmación. Incluso varían sus propios
relatos sobre el particular. Inmediatamente después de su huida aseguró
a sus amigos que su preocupación por los pertrechos lo había obligado a
abandonar Ocumare. En años posteriores sostuvo que su ayudante lo
había traicionado con un informe falso, y que había estado a punto de
matarse cuando a último momento un amigo lo empujó a uno de los
botes. Bolívar jamás admitió que este incidente fatal había tenido su
origen en su interés por una mujer, pero las implicaciones del relato de
Soublette no pierden importancia por ello.

Desde un punto de vista militar, la conducta de Bolívar en esa noche fue


inexcusable. La expedición se llevó a cabo bajo su responsabilidad y por
su propia inspiración. Es imperdonable que, después del desastre,
Bolívar desertase de su ejército sin salvar siquiera su equipo vital. Fue
más el fracaso del general que del hombre; más una falta de
autodominio y de pensamientos claros que una falta de coraje. No fue el
primer incidente de este tipo en la vida de Bolívar, ni habría de ser el
último. Otros generales y estadistas tuvieron esos momen tos de
debilidad. Federico el Grande en Mollwitz, Napoleón el 18 de Brumario y
Richelieu muchas veces en su carrera. Y Bolívar era un hijo del trópico,
un genio del momento, tanto para mal como para bien.

La pequeña flota que dejó el puerto de Ocumare consistía en dos barcos


mercantes y en un buque de guerra. En vano trató Bolívar de persuadir
al capitán para que se dirigiese al cercano puerto costero de Choroní y
pudiese así reunirse con sus tropas. El capitán se negó y puso proa hacia
la pequeña isla de Bonaire, cerca de Curaçao. Bolívar ordenó al bu que
de guerra que disparase sobre los mercantes, pero éstos tenían
demasiada ventaja. Todo lo que Bolívar pudo hacer para salvar las
armas fue seguir a los mercantes. En Bonaire, Bolívar encontró a Brion
quien, gracias a su posición, pudo dirimir la pelea con los piratas. Bolívar
convenció al almirante de la necesidad de establecer contacto con las
tropas que habían quedado atrás, en el continente. Al siguiente día
navegó con Brion hacia la costa, pero hallaron todos los puertos
ocupados por el enemigo y supieron por medio de espías que las tropas
republicanas habían marchado hacia el interior.

La posición de Bolívar era


desesperada. Deprimido por su
propio fracaso, sin dinero ni
pertrechos, no sabía a dónde
dirigirse. No podía quedarse en
Bonaire, y Curaçao estaba
cerrado para los «rebeldes».
Carecía de víveres suficientes
para emprender un viaje por
mar a la costa oriental. Por
último, concibió la alocada idea
de desembarcar en otra de las
islas españolas y obtener
mediante el saqueo cuanto necesitaba. Para su aventura eligió a una
pequeña isla próxima a Puerto Rico, pero la goleta encalló durante la
travesía. Un velero español que pasaba envió a bordo a su capitán para
examinar la documentación del barco, por donde cayó en manos de
Bolívar. Cuando el capitán comprendió que había caído en poder de
Bolívar, se hincó de rodillas y suplicó que se le perdonara la vida. Bolívar
prometió que se la respetaría si otorgaba a las damas que estaban a
bordo, y que eran la causa de tanta confusión, un salvoconducto para
Santo Tomás. El capitán juró que así lo haría; el barco de Bolívar fue
puesto en condiciones de navegar y, abastecido de víveres, una vez más
se hizo a la mar.

El incidente parece tomado de una novela de aventuras, y, en realidad,


durante esas semanas, la vida de Bolívar se asemejó a la de un
bucanero. El mar del Caribe, etapa brillante de los grandes ladrones del
mar, Drake y Morgan, contempló cómo el Libertador de Sudamérica se
trasladaba de puerto en puerto y de isla en isla. Pero por fin pudo
encontrar un mínimo de pertrechos y víveres y así decidió aventurarse a
cruzar hacia la costa oriental y Guiria. Pero si pensaba poner término allí
a su deambular, habría de sufrir un amargo desengaño.

Había transcurrido un mes desde la catástrofe de Ocumare y los jefes


del movimiento emancipador en Guiria hacía mucho que habían sido
informados sobre el particular. Todos culparon a Bolívar. El general
Mariño, que estaba en Guiria, aspiraba desde el comienzo de la
revolución a ocupar el más alto rango. Bermúdez, a quien Bolívar había
excluido de la expedición en Haití y que en realidad tenía prohibido
hasta poner sus pies en suelo venezolano, también estaba allí. Am bos
hombres creyeron llegado el momento de ajustar sus cuentas con Bolívar.
Desde el momento mismo de su desembarco le habían negado el
derecho a dar órdenes y ello originó apasionados altercados. Bermúdez y
Mariño calificaron a Bolívar de desertor y traidor y lo declararon
licenciado. Bolívar los acusó de insurgentes. Ambos bandos tenían armas
y sólo los esfuerzos de unos cuantos hombres que mantuvieron la
serenidad impidieron la lucha abierta. El ejército estaba dividido. Una
parte reconocía todavía la autoridad de Bolívar; la otra seguía a Mariño y
Bermúdez. Bolívar comprendió que esta situación no dejaba otra
alternativa que la guerra civil. Por tercera vez en el curso de dos años
sus propios compañeros le habían asestado una puñalada por la espalda.
En 1814 fue Ribas; en 1815, Castillo, y ahora eran Mariño y Bermúdez.
Haría entonces lo que había hecho antes; si su presencia era causa de
división entre los patriotas, se exiliaría de nuevo.

Después de seis días se dispuso a abandonar Guiria. Pero el odio de sus


adversarios era tan grande que ni siquiera aprobaron esta decisión.
Bermúdez estaba resuelto a capturar a Bolívar y lo persiguió, daga en
mano, hasta el puerto. Bolívar se vio obligado a abrirse paso hasta el
barco con su espada. Había abrigado la esperanza de que por lo menos
unos cuantos de sus soldados lo seguirían y que así podría intentar la
invasión en otro punto de la costa oriental. En tales circunstancias, tuvo
que abandonar este proyecto, de modo que se dirigió a la isla Margarita.
Sin embargo, aquí fue la flota española la que se interpuso en su camino.
Cambió de destino y navegó rumbo al pequeño puerto de Jakmal.
Durante tres días su barco se vio envuelto en una terrible tormenta y al
fin buscó refugio en Port au Prince, que había dejado seis meses an tes.
Por segunda vez tuvo que pedir ayuda a Pétion.

Pétion seguía siendo un amigo fiel. Tuvo confianza instintiva en que el


Libertador no fracasaría por segunda vez y ofreció de nuevo su
colaboración. No obstante, Bolívar se sintió amargamente humillado.
«Cuando un hombre es desgraciado —escribió entonces— nunca tiene
razón. No es sorprendente que yo también esté sujeto a esta ley
universal.» Planeó publicar un manifiesto en el que describiría los
recientes acontecimientos y su grado de responsabilidad en ellos. Sin
embargo, no descendió a la contemplación introspectiva. No todo
estaba perdido. Se habían conquistado puntos importantes en la costa.
Ahora se planteaba justamente el problema de recaudar nuevos fondos
para una segunda expedición que significaría la liberación final de
Venezuela. «Esta vez asestaremos el golpe definitivo.»

Había indicios en Haití que confirmaban que la domin ción española sobre
Sudamérica se estaba extinguiendo. Bolívar se encontró con el español
Javier Mina, que había luchado por la libertad de los americanos en
México. Tuvo noticiasde Jamaica en el sentido de que uno de los
pioneros más viejos de la revolución, el canónigo Cortés Madariaga,
había buscado refugio allí. Sin más demora, Bolívar lo invitó a cooperar
en el restablecimiento del orden político en Venezuela. En el ínterin,
solicitó ayuda a Pétion, que precisamente por ese entonces había sido
electo Presidente vitalicio de Haití. Para retornar a Venezuela, Bolívar
necesitaba la flota de Brion, quien había zarpado precisamente para los
Estados Unidos en busca de material de guerra y de ayuda. La demora
consiguiente significó, no obstante, una ventaja para Bolívar. En el
campamento patriota establecido en el continente se había producido
una reacción a favor del Libertador. Los malos tratos y el oprobio de
que había sido objeto en Guiria eran bien conocidos. Los hombres más
reflexivos consideraron que esto sólo implicaba el aumento de las
desgracias y la confusión que afligían al país. Los oficiales que no habían
participado en el levantamiento se negaban a reconocer a cualquier otro
caudillo. En octubre de 1816 un consejo de guerra presidido por Piar
llamó otra vez a Bolívar para que asumiese el mando en jefe. Los
habitantes de la isla Margarita y Arismendi apoyaron esta demanda. El
colombiano Francisco Antonio Zea fue enviado a Haití como portavoz de
los patriotas.

Bolívar no vaciló. Si lo necesitaban, estaba pronto. Sólo esperó el arribo


de Brion para despedirse de sus amigos haitianos.

El 21 de diciembre de 1816 puso rumbo, una vez más, hacia Venezuela.

El hecho de que perdonase no implicaba necesariamente que hubiese


olvidado. Su axioma de que «el arte de la victoria sólo se aprende por
medio de la derrota» le ayudó a disipar las tinieblas del año 1816. Las
experiencias desgraciadas adquiridas en su vida errante fueron tanto
militares como políticas. El desastre de Ocumare había enseñado a
Bolívar que cualquier ataque a la costa norte de Venezuela siempre
estaría cerca de constituir un suicidio militar. La captura de Caracas sólo
podía ser el fin —jamás el principio— de una campaña victoriosa. La
costa oriental, por otra parte, estaba menos custodiada y era de más
fácil acceso. Para penetrar en Venezuela desde el Este tenía que tomar
la línea del Orinoco y aumentar allí sus fuerzas.

La organización era la segunda gran lección de estos meses y tenía un


carácter político. El fracaso de Bolívar en 1816 no sólo debe atribuirse
a factores militares; antes que nada fue el resultado de una política.
Sus derrotas en Carúpano y Ocumare y la fatalidad de Guiria tuvieron su
origen en la desintegración general producida en los campamentos de los
patriotas. Anarquía en el ejército, anarquía entre los líderes y anarquía
en la flota: éstas eran las características de la situación. Cada hombre,
impulsado por motivos particulares, fuesen ellos la gloria, la ambición o
la avaricia, actuó por iniciativa propia y se enfrentó el uno con el otro.
Si Venezuela deseaba ser libre, era imperativo que se estableciese un
Gobierno central y se reconociese una sola autoridad.

«Las armas destruirán en vano a los tiranos —escribía Bolívar a fines de


1816— a menos de crear un orden político que pueda sacar provecho de
los daños de la revolución. El sistema militar es un sistema de fuerza, y
la fuerza no crea gobiernos.»

Esta opinión sintetiza el programa de Bolívar para el futuro.

La revolución sólo podía alcanzar éxito si reconocía en un hombre a su


personificación, si se comprometía a seguirlo y ponía toda su autoridad
en sus manos. Y que él, Bolívar, estaba capacitado para desempeñar ese
papel, nunca lo dudó, pese a todos los contratiempos. En Venezuela, y
en esos mismos momentos, había hombres que habían realizado mayores
hazañas, pero él era el único cuya personalidad comprendía la
inteligencia y la capacidad militar; el único capaz de estable cer un
Gobierno, de formar una nación y de dar vida a todo un hemisferio.
Pese a todas sus debilidades y fracasos, era el genio de la revolución
sudamericana. El problema que se le presentaba tenía dos aspectos:
para libertar a América tenía que derrotar a España; para derrotar a
España tenía que someter a su voluntad a los americanos. ¿Encontraría
los medios de dar forma al caos?