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LOS

MILAGROS
DE
SAN VICENTE
FERRER
Fr. Lorenzo G. Sempere
LOS MILAGROS
DE

SAN VICENTE FERRER


P O R EL

M. R. P. Fr. LORENZO 6. SEMPERE


DOMINICO

L E C T O R DE S A G R A D A TEO LOCrÍA,
A B OG AD O, DO C TO R EN F I L O S O F Í A Y L E T R A S , . '
EX AMTNADOK S I NO DA L, .
DOCTO R D E L CO L E G IO CA KÓ Nl CO D E LA U N I V E R S I D A D P O N T I F I C I A
DE V A L E N C I A ,
M IEMB RO DE L A J U N 'l ’A D I O C E S A N A DE C E NS U RA DE C Á D I Z ,
C A P E L L Á N DE HO NO R DE LA S A NT A B A S Í L I C A LA TJ BE TA tfA ,
F A M I L I A R D E £¡U S A N T I D A D ,
P R I O R D E L C O N V E N T O DE N U E S T R A S E Ñ O R A D E L R O S A R I O
Y SANTO DO MINGO, DE CA DI Z,
D E F IN ID O R DE SU P R O V IN C IA DE A N D A LU C ÍA ,
M IE MB RO HO N O R A R I O TpE V A R I A S AS O C I A C IO N E S

CON LA S D E R I D A S L I C E N C I A S

L UIS GILI, Editor


LIBRERÍA CATÓLICA INTERNACIONAL
CLARIS, 8 2 , BARCELONA
1913
N IH IL OBSTAT
LOS CENSORES,

F r , M a n u e l P u e b l a , O. P . F r , J a i m e A n d r é u , O. P .

Maestro en Teología Lector de Teología

Alm agro , 20 d& J u lio de 1912

IMPRIMATUR

Fr. J uan Ca s a s , O . P .

P rior P rovincial

Barcelona , 20 de Noviembre de 1912

IMPRÍMASE

JUAN J., Obispó de Barcelona

P o r m andado de Su Excia, lim a, el O b isp a


mi Señor,

D r . F r a n c is c o M u ñ o z
Arcipreste, Secretario
BENDICIÓN

M u c h o s R m o s. S r e s , P r e l a d o s de la s D ió c e ­

s is d e E sp añ a b e n d ic e n y conceden in d u lg e n ­

c i a s A LOS FIELES, POR CADA VEZ QUE DEVOTAMEN­

TE LEAN U OIGAN LEER ALGUNO DE LOS MILAGROS

QUE SE NARRAN EN ÉSTE LIBRO.


PROTESTACIÓN DO FE

Cuanto he escrito en esta obrita lo dejo a la


corrección de la Santa Madre Iglesia y, por consi­
guiente, del Romano Pontífice, Vicario de Nues­
tro Señor Jesucristo en la tierra, Papa y Señor
nuestro.
Las voces m ilagro , prodigio, etc., no tienen
de suyo en todo este libro otro significado que
el de expresar el sentimiento piadoso que en mf
causan, fuera del caso que la autoridad compe­
tente de la Iglesia les haya definido el que en rí-
gor literario les corresponde.

Cádiz, Convento de Santo Domingo,


5 de Junio de 1912.
Fr. Lorenzo G. Sempere , O. P.
j l la Jautísima e Jnmaculaíia f ilie n
W f i a r á en sus abuocariones:
be los |esamparaíi05, f atona
í)e falencia, ío iik se comentó a
escribii* esta obra, el año 1907,
u íiel Santísimo fo sa r á , f a -
twma Se |á í)u , tiontie se terminó,
el año tic 1912.
J l |tltO ?
INTRODUCCIÓN

Como son muchos los que-hablan de los m i­


lagros de San Vicente Ferrer, y refiriéndolos se
adulteran no sólo las circunstancias, sino tam ­
bién la substancia de muchos de los prodigios del
Santo, y.aun se inventan otros, nos ha parecido
que haríamos una obra buena reuniendo en un
libro todos esos milagros principales, refirién­
dolos tal y como los encontramos en la historia,
y omitiendo cuantos en ella no se refieren.
Es evidente que no los hemos coleccionado
todos, en razón de que son innumerables y por­
que muchos se verificaron uniformemente, así
que con sólo variar los nombres de los actores
estarían dichos; pero los que se contienen en
nuestro libro son sacados de las historias y m o­
nografías, o presenciados o probados por nos­
otros mismos; de forma que ni uno solo ni una
sola circunstancia se ha fingido.
Las fuentes que nos han proporcionado este
abundoso caudal son las siguientes:
1.—Vida y Milagros de San Vicente Ferrer, por
el P. Fr. Vicente Gómez, O. P .—Edición de
Valencia, 1618.
2 .— Vida de San Vicente Ferrer, por el maestro
Vidal y Micó.
3 .—Historia de la Vida maravillosa y admirable
del nuevo Apóstol de Valencia San Vicente
Ferrer, por el P. M. Fr. Andrés de Valdece-
bro, O. P .—Edición de Madrid, 1682.
4 .— Vida portentosa de San Vicente Ferrer.—El
libro no tenía portada, pero por el texto se
deduce que se escribió por un Dominico del
Convento de Santa Catalina M. de Barcelona.
Ei estilo es del siglo xvi o principios del xvit.
5 .—Compendio de la Vida del Apóstol de Valen­
cia San Vicente Ferrer , por el M. R. P. M. Fray
Francisco Vidal, O. P. —Edición de Manila,
1892.—Esta vida se cita por los días de la
Novena que le acompaña,
6 . —Historia de San Vicente Ferrer , por el reve­
rendo P. Fr, H, Fages, O. P. Traducida de la
2.a edición francesa por D. Antonio Polo Ber­
nabé, editada en Valencia, 1903.
7 .—Vida de San Vicente Ferrer , por el P. Tei-
xedpr.—Ms.
8 .—Suplemento a la anterior, por el mismo.—
Manuscrito,
9 .—'Vida de San Vicente Ferrer, por Sala, O. P .—
Manuscrito.
10.—Crónica del Real Convento de Predicadores ,
por el mismo.—Ms.
— X III —

1L — Idem ídem, por el P. Ribelles, O. P .— Ms,


12.—Proceso de la B eatificación y Canonización
del S a n io .— Ms.
13.— Varios M anuscritos sobre el Sanio.
XA,— V arias relaciones de M ilagros sobre el S a n ­
to. — Ms.

Todos los manuscritos están en la casa de


los Dominicos de Valencia, y, además, hemos
visto otros en el P o d io o Casa Natalicia de San
Vicente Ferrer en Valencia.

15.— V ida de San L u is B ertrán , por el Padre


A n tist.—Edición de Valencia, 1882.
16.— V arias relaciones verbales de los m ism os s u ­
jeto s en quienes se obraron m ilagros.

Débese, pues, tener en cuenta que, al citar


otros autores aquí no mencionados, las citas son
tomadas de los ya expresados.
BOSQUEJO DE LA VIDA DEL SANTO

Nació San Vicente Ferrer en Valencia, el día


22 de Enero de 1350. Este año fué cuando por
v e z primera tuvo lugar el Jubileo plenísimo, ins­
tituido por el Papa Bonifacio VIII para de 100
en 100 años, pero mandado celebrar de 50 en 50
por el Papa Clemente VI. La actual disciplina
de la Iglesia lo celebra de 25 en 25 años.
Fueron sus padres En (don) Guillem Ferrer,
notario, y Ena (doña) Constanza Miquel, o Mi­
guel, Este matrimonio, que era piadosísimo, ob­
tuvo de Dios, además de nuestro Santo, que fué
el segundo, otros dos hijos y cinco hijas. Los nom­
bres de los hijos son: Pedro, que se casó, y B o­
nifacio, que fué clérigo y general de la Cartuja*
Las hijas se llamaron: Constanza, Inés y Fran­
cisca. De las otras dos no nos han legado las his­
torias los nombres.
Los cuerpos de los padres y hermanos del
Santo se fueron enterrando en el panteón de fa­
milia, sito en la capilla de San Bartolomé de la
iglesia de Predicadores de Valencia; pero en
cuanto se edificó y dedicó a nuestro Santo la
hermosa y rica capilla en dicha iglesia, se tras-
— XVI —
íadaron a ella, y allí, en el presbiterio, se ven aun
hoy día sus sepulturas, cubiertas de grandes lo­
sas de mármol alabastrino, con las inscripciones
correspondientes.
Según San Luis Bertrán, nuestro Santo fué,
como otro Precursor, santificado aun antes de
nacer. En su infancia semejaba un ángel del pa­
raíso, y hasta en la hermosura de su rostro lo
parecía. Muchas personas iban de propósito a
verlo, y la misma Reina de Aragón hizo que se ie
llevara para admirar tan rara hermosura y las
gracias del rostro del niño Vicente.
Yendo a la escuela, era el asombro de todos
por su compostura y los milagros que en tan tier­
na edad ya hacía como un varón consumado en
la virtud.
Por Mayo de 1364 tomó posesión de un be­
neficio de familia que su padre fundó para el jo ­
ven Vicente en la parroquia de Santo Tomás,
capilla de Santa Ana; pero hubo de poner un
ecónomo, porque aun no era él sacerdote.
Desde los doce años comenzó a estudiar Hu­
manidades y Filosofía, adquiriendo en sólo dos
años renombre de maestro en estas disciplinas.
Con santa sagacidad y elocuencia impropia de
sus años, hablaba de las cosas del cielo en forma
que ganaba los corazones. Y así persuadió a sus
padres que le autorizaran el abandonar al mun-
do, entrando en Religión y renunciando su be­
neficio de Santo Tomás. En efecto, el 5 de
Febrero de 1367 vistió el hábito de Santo Do­
— XVII —
mingo en Predicadores de Valencia, y al año
justo profesó en aquel mismo Convento, uno
de los de más fama que por aquellos tiempos
tenía ia Orden.
Poco después de profesar, el Capítulo Pro­
vincial lo asignó a Barcelona, para que enseñara
lógica, mas el Prelado Superior de la Provincia
de Aragón, con mejor acuerdo, le mandó que se
quedara en Valencia con el mismo oficio. En V a­
lencia, pues, siguió hasta fines de 1370, que fué
enviado a Lérida, donde permaneció cinco cur­
sos, El de 1375 io pasó ya en Barcelona enseñan­
do filosofía, y terminado este año volvió a Va­
lencia. Al año siguiente ios Superiores lo envia­
ron, como Estudiante formal, a Toulouse, para
que ampliara sus estudios teológicos. Allí estu­
dió en 1376, por más que aquella célebre Uni­
versidad sostiene que fueron dos los cursos que
el Santo estudió allí. Lo cierto es que el año 1378
le vemos otra vez en Valencia, después de haber
estudiado un curso en la Sorbona de París, En
Valencia, por este tiempo, se ordenó de sacerdote
y comenzó a dedicarse al santo ministerio, cau­
tivando a todos con su predicación, su ciencia en
la cátedra y su discreción en el confesonario.
Tanto creció su fama de varón sabio y pruden­
te, que se le nombró Confesor de la Infanta de
Aragón, María de Luna, mujer que fué después
del Rey D. Martín.
En 1384, por acuerdo del Cabildo Catedral y
del Obispo D. Ramón Gastón, fué designado para
*
— XVII I —
regentar la cátedra de Sagrada Escritura en la
Catedral. Se instaló esta cátedra en un edificio
contiguo a la Basílica, el cual aun hoy ostenta
una lápida, al exterior del muro, en la cual se
consigna este hecho de la vida de nuestro Santo.
Desempeñó con grandísimo aplauso de todos
este cometido tan honroso, y estaban todos tan
enamorados del joven Vicente Ferrer, que la
nobleza valenciana le costeó los gastos del Ma­
gisterio en Sagrada Teología, dignidad que le
invistió la Universidad de Lérida, una de las
más acreditadas entonces en Aragón en esta cla­
se de estudios. Esto ocurrió el año 1388.
Por este tiempo llegó a Valencia el Cardenal
D. Pedro de Luna, Legado del Papa Clemen­
te V II, y, a pesar de resistirlo el Santo, consiguió
que se le diera de compañero en el viaje que iba
a emprender por las Castillas, como Legado del
Pontífice. Nuestro Santo siguió con el Cardenal
hasta Salamanca, donde se hallaba el año 1390;
mas, a fuerza de súplicas, pudo declinar el ho­
nor de seguirle más allá; así que, cuando el Le­
gado salió de Salamanca para Aviñón, nuestro
Santo se quedó en tierra de Castilla, y allí evan­
gelizó varios pueblos, en su regreso a Valencia,
donde llegó a fines de 1391. En Valencia siguió
hasta 1396, y en este tiempo fué confesor de
la reina D/ Violante, esposa de Juan II de
Aragón.
En 1396, elegido ya Papa, en Aviñón, el Car­
denal Luna, llamó a Vicente, para que le asístie-
— XIX —
ra con sus consejos, y al efecto le nombró su con­
fesor y maestro deí Sacro Palacio. El Santo no
tuvo más remedio que irse a la Corte Pontifi­
cia; pero sí pudo encontrar pretextos y razones
para no aceptar varios obispados que el Papa
quiso darle, incluso el de Valencia. Anduvo con
la Corte Pontificia dos años, o sea hasta 1398.
Este año, estando en Aviñón, cayó gravemente
enfermo y todos temían que había llegado su
última hora; pero el Santo curó repentinamente,
porque en una visión se le apareció Nuestro Se­
ñor Jesucristo, acompañado de los Patriarcas
San Francisco y Santo Domingo, y le intimó que,
como Legado suyo, se levantara y recorriera el
mundo, predicando a todos su próxima venida
final, si no se convertían a Dios. Ei Santo, pues,
anunció al Papa esta orden del cielo y se despi­
dió de los cortesanos de Aviñón, para comenzar
su apostolado. Era el día 22 de Noviembre.de
este año de 1399.
Del estudio detenido que hemos hecho so­
bre el itinerario que llevó nuestro Santo a partir
de esta despedida de la Corte Pontificia hasta
su feliz tránsito a la gloria, deducimos que reco­
rrió los pueblos de su apostolado por el orden
siguiente;
Eí dicho día 22 de Noviembre de Í399 salió
de Aviñón en dirección a España, donde entró
por Cataluña y predicó en Barcelona, Cervera,
Montblanch, Cartuja de Scala Dei y Gandesa,
En 1400 regresó a Francia, y estuvo en la
— XX —
Provenza, Aix, Marsella, el Delfinado y Lucer-
na, hasta primeros de 1402, que aparece en Ita ­
lia y sigue evangelizando por Lombardía, en los
pueblos de Alejandría, Alba, San Honorato, Gé-
nova y su ribera, Padua y en el Piamonte.
En 1403 penetra en Saboya, y se detiene en
el Monferrato y en Chamberí, hasta que vuelve
a Francia, al año siguiente, predicando en los
pueblos de la Laosana, Ducado de Lorena, Lyon,
país de Artois y de Puy-de-Dóme y Niza. Antes
habíase remontado hacia el centro de Europa/
pues estos años lo encontramos evangelizando
en Holanda.
En 1407, vuelto a España de los países del
centro, baja a Andalucía, por ruego del rey moro
de Granada; predica en esta ciudad y en E cija y
Sevilla y otros pueblos de esta región, y sale ha­
cia las provincias del Norte, pasando por Tole­
do, Guadalajara, Lupiana y otros lugares del
tránsito.
En 1408 se encuentra en Vizcaya y predica
en Vitoria, y sucesivamente recorre, evangeii-
zándolos, los pueblos de Tolosa, San Sebastián,
Mondragón, Compostela y Coruña. Aquí recibe
orden del Rey de Aragón para que vaya a Cata­
luña; y se dirige hacia allá, pasando por Segovia
y otros pueblos del centro; llega a Cataluña y
luego va a Perpiñán, Montpeller, Fábregues, otros
pueblos de la Cerdaña española, y otra vez a Per­
piñán, para verse con algunos príncipes y car­
denales que llevaban entre manos el grave ne­
— XXI —

gocio de acabar con el escandaloso cisma de Oc­


cidente.
En 1409 sale para España, pasando por Elna,
y en Abril llega a Gerona. De aquí fué a Vich,
Granollers, Barcelona, Manresa y otra vez a B ar­
celona. Por Octubre, según el cálculo más pro­
bable, pasa a las Islas Británicas, a instancias
del Rey de Inglaterra, y predica en este reino
y en e] de Escocia. Esto no vemos se pueda ne­
gar con sólidas pruebas, pues es afirmación uni­
forme de los contemporáneos del Santo. Lo que
es grandemente controvertido es si el Santo pre­
dicó en Irlanda. Fages lo niega rotundamente,
porque no admite que el Santo pasara el Cana!
de la Mancha. Hablé con este autor sobre el parti­
cular, y el argumento aquiles en que fundaba su
opinión es que en Irlanda, y aun en todo el Reino
Unido, no hay monumentos ni memorias que
digan que allí predicó San Vicente Ferrer, Ju z ­
gamos flojo el argumento. Lo son de suyo todos
los negativos, pero en el caso presente más. A
esta cuenta podría negarse que el Santo predi­
có en muchos pueblos que Fages admite, y en
los cuales, sin embargo, no existe monumento
ni tradición que lo digan. Cada cual que opine
lo que quiera de esto, que no aminora un ápice
el apostolado de nuestro Santo.
Este, en 1410, se encuentra otra vez en Ca­
taluña, y predicó en Pontvedres y siguió a Bar­
celona, Caldas de Montbuy, Tortosa, Morella,
Catí, Burriol y Nules, llegando por Julio a Va­
— XXII —

lencia. Desde aquí hizo excursiones apostólicas


a Liria y pueblos del paso, y se dirigió hacia el
mediodía, evangelizando en Teulada y Denla,
camino de Alicante. Desde Denia regresó a Va­
lencia a toda prisa, para componer unas diferen­
cias enconadas surgidas entre los valencianos
y saguntinos. Llegó, pues, a Valencia y fué a
Sagunto y regresó a la capital. En esta ocasión
fundó allí el celebérrimo Colegio Imperial que
lleva su nombre, para niños y niñas huér­
fanos.
Pacificados los ánimos y arregladas las cosas
de Valencia, emprendió de nuevo el camino de
Alicante, pasando por el célebre Monasterio de
la Murta y pueblos circunvecinos, y Terrateix,
Albaida y su fértil valle y Alcoy. Llegó a No-
velda y a un caserío vecino de que se formó des­
pués el hoy importante pueblo de San Vicente,
cuyo nombre recuerda los prodigios que allí hizo
el Santo.
A fines de 1410 salió nuestro Santo de Ali­
cante y se detuvo en Elche, predicando también
en los lugares dichos Fortuna y Aranilla, y otros
del contorno, y a primeros del año siguiente lle­
gó a Orihuela, cuyos jurados, con gran instan­
cia, le habían suplicado que fuera allá. De Ori­
huela pasó a Murcia y los poblados de Lebrilla
y Lambra; fué a Lorca, otra vez a Murcia, y si­
guió a Molina, Cieza, Jumilla, Hellín, Tabara,
Chinchilla, Albacete, poblado de Villaverde, AI-
caraz, Moraleja y demás villas de la Mancha que
— XXIII - -

encontró al paso, y por Junio de este año de 1411


llegó a Ciudad Real.
Continuó sus correrías apostólicas por am ­
bas Castillas, y en especial evangelizó en Mala-
gón, Santa María del Monte, Yévenes, Orgaz,
Nambroca, Toledo, Bienquerencia, Yepes, Oca-
ña, Bórax, íllescas, otra vez Toledo, Simancas,
Valladolid y Tordesillas.
En 1412 fué a Ayllón y otra vez a Simancas
y Tordesillas. Aquí recibió órdenes para que se
trasladara a Caspe para la Asamblea nacional
que tenía que dar sucesor en el Trono de Aragón
al difunto Rey D. Martín. Pero se pasó antes
por Medina de Ríoseco, Zamora y Salamanca.
El Compromiso de Caspe va unido al nombre
de Vicente Ferrer de tal modo, que sin éste no
se puede estudiar. No obstante que, en aquella
asamblea, entre los nueve Compromisarios había
Prelados ilustres y proceres distinguidos, el hu­
milde hijo de Santo Domingo fué su alma, y por
su indicación salió resuelto felizmente el con­
flicto y proclamado por Rey de Aragón el In­
fante de Castilla D. Fernando, llamado el de
Antequera. El mismo Santo leyó al pueblo el
decreto de elección hecho por los Compromisarios
y predicó en la Misa solemne que con tal motivo
se tuvo antes de disolverse la Asamblea,
Terminado con tan grandioso éxito el Com­
promiso, nuestro Santo siguió su apostolado, yen­
do a Alcañiz, de donde pasó a Lérida, y de aquí
emprendió su vuelta a Valencia, entrando de ca­
— XXIV —
mino en Lucena, Castellón de la Plana, Aima-
zora y otros pueblos de aquella región. En No­
viembre entraba en su adorada Valencia, que
lo recibió con delirios de júbilo y aclamaciones*
Desde Valencia hizo varias salidas a los diver­
sos pueblos de sus alrededores.
Entrado ya el año 1413, a grandes instan­
cias del Rey de Aragón, de los Proceres y Pre­
lados de España, el Santo abandona otra vez
su patria chica, a la cual ya no volverá, y em­
prende el viaje a Francia, a fin de intervenir en
la deposición del Papa Luna y la celebración
del Concilio general, que había de devolver a Ea
Iglesia la ansiada unidad de autoridad suprema.
Pero hace este viaje sin prisas, ocupándose sin
cesar en evangelizar, como Dios le había man­
dado, Así es que, desde Valencia, le vemos ir al
Maestrazgo y predicar en San Mateo y Traigue-
ra, célebre desde el Compromiso. Luego pasó a
Barcelona, y de aquí, en fines de Agosto, a las
Islas Baleares.
Predicó e hizo muchos milagros en Mallorca,
como atestiguan las crónicas de Palma, Vallde-
mús, Pollensa, Pobla, Incamuro, SóIIer y AI-
gayda. Se detuvo otra vez en Palma, y el 22 de
Febrero de 1414 regresó a la Península, y segui­
damente lo vemos predicando en Tortosa, T a­
rragona, Tamarit, Zaragoza, Daroca y otra vez
en Zaragoza.
En 1415 vuelve a predicar en Alcañiz y-si­
gue a Calatayud, Huesca, Encina y otros lugares
— XXV —
de Aragón, como Munebrega, Monterde, Monas­
terio de Piedra, Barbastro, Graus, Ainza y
Benabarre. En Agosto, pasando por Alliure, lle­
ga a Perpiñán, donde, gracias a sus manejos,
se decreta por eí Rey de Aragón y otros Prínci­
pes negar la obediencia al antipapa Luna. De
Perpiñán volvió a Aragón.
En 1416 se dirige a Francia, entrando por
Narbona. Predica en el país de Languedoc, prin­
cipalmente en Carcasona, Rufiano, Durbano,
Beziers, Montpeller. Castelnou, Montesquieu,
Montolíu y otros varios lugares de la diócesis de
Carcasona, en Cartenet y en Toulouse, donde
arriba por Abrií y es recibido en triunfo. Aquí
se detiene bastante, haciendo algunas salidas a
los pueblos y lugares circunvecinos, como Mu-
ret, Caramano y MonLMirail. Sale de Toulouse
y va a Conflant, Saix, Castre, Alby, Guillac,
Cordes, Nayac, Villefranche, Rodhes y Caldes
Aígues. Y sigue su apostolado por el país de
Velai, Lepuy, país de Auvergne, Ducado de
Borbón, Mouiins, Ducado de Borgona, Dijon,
La Champanie, Claraval, Ducado de Berry, Bour-
ges y Tours.
Desde aquí hace una excursión a Italia y vi­
sita a Bolonia. Esta excursión, sin embargo, no
es admitida unánimemente por los historiado­
res del Santo, por más que la mayoría de ellos
convienen en que, estando en Bolonia, hizo va­
rios milagros.
Vuelve a Francia y entra en la Bretaña y
#*
— XX VI —
va a Nantes y Taix; y el año 1417 lo vemos evan­
gelizando en Vannes,
Algunos autores sostienen que nuestro San­
to asistió este año al Concilio general de Cons­
tancia, que puso fin al cisma de Occidente, con
la elección de Martino V, en el mes de Noviem­
bre. Pero es indudable que no asistió, sin em­
bargo de las grandes gestiones e instancias rei­
teradas de los Padres del Concilio, del emperador
Segismundo y de los Reyes de España y Francia.
Cuando se le cuenta como presente al Conci­
lio, hay que sobrentender que fué y asistió en
espíritu. Y en verdad, puede afirmarse que Vi­
cente Ferrer era el alma de este Concilio, porque
suya es la gloria de haberse al fin reunido y nor­
malizado, no sólo por lo que escribió y -aconsejó
a cuantos en él intervinieron, sino también por­
que por su medio pudo realizarse, ya que a él se
le debe el que Aragón y Castilla prescindieran y
desconceptuaran al antipapa Luna, hecho lo cual,
fué ya viable la existencia del Concilio y la elec­
ción de Martino V.
Todo lo que resta del 1417 está nuestro San­
to predicando en Taix, pueblos de la Guerraud,
San Giles, Angers y en ia Normandía, Dinan,
San Malo-, Coutances y Caen, donde por enton­
ces se encontraba la Corte de la Bretaña.
En 1418 continúa su apostolado por aque­
lla región; va a Castel Andreu, San Brien, Quin­
tín, Lamballe, Tugon, otros pueblos de la dió­
cesis de San Malo, Joselín, Píoermel, Rhedan y
— XXVII —
Abadía de. Santa María de Precibus. Aquí su
debilidad es extrema; sus años y los incalcula­
bles trabajos de su apostolado le postran, con
fiebres, y todos los síntomas son pesimistas. To­
dos temen que su vida se extingue por momentos,
y la consternación de sus discípulos y de aquellos
pueblos no tiene palabras con que expresarse.
Entrado ya el 1419, llega a Vannes la noti­
cia de la extremada debilidad del Santo. La du­
quesa de Bretaña pone en juego todo su poder
y toda la sagacidad que le inspira el profundo
cariño que tiene a nuestro Santo, y logra que
se le traiga a Vannes. En efecto, antes de aca­
bar el mes de Febrero llegó a esta ciudad San
Vicente Ferrer. Era la segunda vez que la visi­
taba, y el recibimiento que se le hizo fué entu­
siasta sobre toda ponderación.
Los valencianos que iban en la compañía del
Santo, convencidos de que pronto iba a morir,
intentan por dos veces llevárselo a Valencia; pero
las dos veces, milagrosamente, el cielo lo estor­
bó y el Santo les dijo que no pensaran en eso,
pues era voluntad de Dios que allí muriera.
En efecto, pronto iba a extinguirse aquella
lumbrera de la Iglesia Católica. Se agravó en los
primeros días de Abril, y el día 5 de este mes,
rodeado de sus discípulos, de los Duques de Bre­
taña, del Obispo y Clero de Vannes y de una in­
mensa multitud de fieles de aquella ciudad y
sus contornos, llorado por todos, entregó su al­
ma al Criador. Era. miércoles aquel día.
Su cuerpo quedó más hermoso que un ángel.
A los ángeles se pareció desde niño y a los án­
geles se parecía la hermosura de su cadáver.
Sus restos mortales han profetizado, en frase
de la Sagrada Escritura; su cuerpo- muerto ha
hecho más milagros que su persona cuando v i­
vía. Descansa en la Catedral de Vannes, de
cual ciudad es Patrono Principal.
San Vicente Ferrer redujo a la Religión Ca­
tólica a millares de hebreos, mahometanos, he­
rejes y pecadores, y ha legado a la posteridad
inmortales documentos de su saber y virtudes
acrisoladas.
Lo canonizó, como él mismo tenía profeti­
zado, el Papa Calixto III, el año 1455; pero la
Bula de Canonización la expidió, tres años des­
pués, el Papa Pío II. Su fiesta en la Iglesia Uni­
versal es el 5 de Abril; en el reino de Valencia,
el lunes después de la Dominica in A lbis..
La Orden de Predicadores lo considera, en
su Oficio divino, como Doctor de la Iglesia.
Nornen ejus requiretur a generatione in genera -
tionem.
PRIMERA PARTE

MILAGROS DE SAN VICENTE FERRER


DURANTE SU VIDA

CAPÍTULO PRIMERO

D E SD E SU NACIMIENTO HASTA QUE PR OFESA EN LA


OR DEN D E PRED IC A D OR ES

(Años 1349-1368)

1—1349—Estando aún San Vicente en el seno


materno, una noche soñó su padre que asistía a una
gran solemnidad religiosa, en la que predicaba un
Padre Dominico de mucha fama. Oía él el sermón
con recogimiento, cuando el predicador se paró y r
dirigiéndose a él, íe decía que se alegrara, porque
tendría un hijo que sería Dominico y famosísimo
Predicador en toda Europa y ai cual el mundo tri­
butaría culto entusiasta y ferviente como a un após­
tol. Después vió que todo el auditorio, lleno de albo­
rozo, le daba mil parabienes por este hijo que el cielo
le deparaba, y todos alababan a Dios y él con todos
hacía lo propio. Despertó con fuertes emociones de
gozo, y, aunque no creía en sueños, anduvo en ade­
lante con mucha devoción, esperando el fruto de ben*
dición que su esposa llevaba en sus entrañas. (Ran-
LOS M I L A G R O S DE SAN VIC ENTE F E R R E R I
— 2 —

zano, lib. I, cap. I; Antist, pág. 2; Díago, pág. 10;


Teixedor, lib. I, cap. V; Gómez, cap, II; Valdecebro,
lib. I, cap. I; Fages, parte 1.a, cap. III.)

2— 1349— La madre de San Vicente tenía siem­


pre los embarazos muy penosos; pero en este de nues­
tro Santo era tanta la agilidad, bienestar, actividad
y gozo que sentía, que no sóío no se preocupaba de
su estado, sino que hacía todas las cosas como si em­
barazada no estuviera. Sentíase también ahora más
movida a devoción y a pensar en Dios Nuestro Se­
ñor. Todo esto no podía menos de admirarla, como
a su marido, acostumbrado a verla tan enferma y
melancólica siempre que estaba encinta. Además,
la dichosa madre estaba asombrada, porque de vez
en cuando oía en su seno como voces o ladridos. T an ­
to le preocupaba esto último, que un día consultó
con el limo. Sr. Obispo D. Hugo Fenollet sobre qué
podría ser aquello. Este venerable Prelado, en tono
p roí ético, le dijo: «Tened la seguridad de que seréis
madre de un místico cachorro, custodio lealísimo de
la casa de Dios, Dará poderosos ladridos contra los
enemigos de la fe, y con la gracia de su lengua curará
las heridas espirituales de las almas.» Bien probado
está que se cumplió este vaticinio, (Los mismos au­
tores, en los lugares citados, menos Diago, que lo trae
a la pág. 13.)

3— 1349 — La madre de San Vicente, que era


muy piadosa, tenía la costumbre de socorrer a una
pobre ciega, dándole todos los meses cierta cantidad
de harina y de dinero. En los días de su embarazo
de su santo hijo, al dar la acostumbrada limosna,
dijo a la ciega: «Pida usted para que tenga un parto
3 —

feliz.» La ciega acercó su cabeza al seno de la que tan


liberalmente la socorría y luego le dijo: «¡Dios os con­
ceda esa gracia!», y al instante recobróla vista, y» lle­
na de júbilo, añadió: «¡Madre feliz! Lo que lleváis en
vuestro seno es un ángel que acaba de devolverme
!a vista.» (Fages, loe. cit.; Vidal y Mico, cap. I.)

4— 1350— Este año, que fué jubilar por institu­


ción del Papa Clemente VI, el día 2-2 de Enero nació
San Vicente Ferrer en la ciudad de Valencia. Y ocu­
rrió un suceso maravilloso. Sin previo aviso ni darse
a público la noticia, todos los vecinos de Valencia,
como movidos por fuerza invisible, se alborotaron
y llenaron de gozo. Y reunido el Concejo de la ciudad,
por acuerdo de aclamación unánime, decretó apadri­
nar al reciennacido, cosa que hasta entonces de nadie
se lee se hiciera, ni aun de los hijos de reyes. Al acto
del bautizo concurrió casi todo el vecindario de la
populosa urbe, sin que de antemano se dirigiera la
menor invitación oficiosa. (Fages, parte 1.a, cap, III;
Vidal y Mico, cap. I.)

5— 1350— En virtud del acuerdo del Concejo de


Valencia y representando a éste, se designaron va­
rias personas para que apadrinaran en el bautizo a
San Vicente. Pero cuando se trató.del nombre que
había que imponerle, hubo grandes disputas y alter­
cados. Parientes, padrinos, magistrados urbanos y el
pueblo de Valencia en masa, cada cual se esforzaba
en hacer prevalecer su opinión y se temían conflic­
tos graves con tal motivo. Entonces levantó la voz
e impuso silencio a lodos el sacerdote que lo tenía
que bautizar. En Perot Pertusa, cura de la parro­
quial de San Esteban, y dijo: «Nadie tiene derecho a
— 4 —
dar nombre a esta criatura sino sólo Dios, que para
su gloria la ha criado. Se llamará, pues, Vicente, que
significa Triunfador.» Todos al punto se calmaron y
unánimes dijeron: «Vicente, Vicente es su nombre.»
{Fages y Vidal y Mico, loe. cit.)

ft—1350— La infancia de San Vicente fué mila­


grosa como su nacimiento. Después de bautizado, sin
interrupción todo Valencia iba a su casa de la ca­
lle del Mar, donde había nacido y seguía amaman­
tándole su piadosa madre. Todos le contemplaban
reposando tranquilo y hermoso en la cuna como un
ángel. Consta que no se emplearon jamás con él los
cantos y los ruidos monótonos con que se suele ador­
mir a los niños; y tan prodigiosa y hermosa se reve­
laba su niñez, que la reina D.a Leonor de Sicilia,
esposa del rey D. Pedro IV de Aragón, hizo que íe
llevaran el niño a su palacio por sólo el gusto de con­
templarle, como, en efecto, se le llevó. (Fages, loe. cit.)

7— 1351— Cuando San Vicente tenía poco más


de un año, hubo en Valencia una sequía espantosa,
que ni las rogativas públicas ni las plegarias priva­
das conseguían alejar. Un díaT la madre de nuestro
Santo lo tenía en sus brazos y lloraba y pedía al cielo
remedio a tanto estrago y hacía como que presentaba
a Dios su tierno hijo para intercesor. El santo niño
entonces, balbuciendo, dijo a su madre: «Si quieren
que llueva, que me lleven a mí en procesión.» La ben­
dita mujer, sugestionada con esta lindeza de su hijo,
refirió a los regidores de la ciudad y a otras personas
esta ocurrencia, y todos resolvieron hacer lo que el
niño Vicente decía. Y, en efecto, lo sacaron en pro­
cesión por las calles de la ciudad, como se saca la
imagen de un santo, y al poco rato cubrióse el cielo
de nubes y llovió en tal abundancia que cesó la sequía
y se pudieron reparar los daños causados y los mayo­
res que amenazaban. (Fages, ibíd.)

8— 1355— En el corral o pequeño huerto de la


casa donde nació San Vicente había un ciprés muy
hermoso, pero bajo cuya sombra, que todo lo llena­
ba, no podían apenas desarrollarse otras plantas. Por
esto, el padre del Santo, oyéndolo él, dió orden de
que lo arrancaran y se hiciera leña, Pero el niño
Vicente exclamó: «Padre, que lo dejen, pues de su
tronco podrán hacer mi imagen cuando me canoni­
cen, fr La salida del afortunado niño no pudo ser más
eficaz. El ciprés no se arrancó; y ya hasta se olvidó
esta gracia. Y el milagro más patente consiste en que,
después de un siglo, luego que fué canonizado San
Vicente, y se convirtió en iglesia su casa natalicia, se
echó mano al acaso de aquel corpulento árbol, seco
ya, y de él se hizo la imagen del Santo, que aun
allí existe, en el altar mayor, y es de grandor y al­
tura más c¡ue natural.
En este suceso encontramos un fondo común, pe­
ro referencias distintas-en los biógrafos de San Vicen­
te. El relato, como va escrito, lo defienden Fages,
Vidal y Mico y Valdecebro, añadiendo este último
que sucedió el año 1360. Teixedor y Gómez dicen que
la dicha imagen se hizo de un ciprés del huertecillo
de la celda del Santo, y que, siendo pequeño el tronco,
mientras se trabajaba, fué alargándose maravillosa­
mente hasta dar el largor de la imagen. Esto último
también lo parece admitir Vidal y Micó. (Fages, ibíd.,
cap. V; Valdecebro, lib. IV, cap. L II; Teixedor, lib. í,
cap. V ií; Gómez, cap II; Vidal y Micó, cap. VI.)
9— 1356— Jugando un día el niño Vicente junto
a un pozo, que no dicen las crónicas si era el de su
misma casa, nosotros creemos que no, se le cayó en él
uno de sus zapatitos. Quedó el santo niño asombra­
do, pero ni su corazón inocente ni su ánimo se alte­
raron. Como la cosa más natural, se arrodilló, oró bre­
ves instantes y gravemente, con su manecita, trazó
sobre el brocal del pozo la señal de la santa cruz, y
en seguida el agua subió ai alcance de su mano y so­
bre el agua el zapatito. Con igual serenidad lo recogió,
y viendo que estaba seco y sin mojarse siquiera, se lo
calzó y apartóse con miedo de aquel sitio como de
lugar peligroso,
Este suceso no lo admite Teixedor, lo cual nos
extraña, pues todos los demás biógrafos del Santo lo
refieren sin la menor controversia.
Este mismo suceso lo hemos visto alterado en el
fondo en una piececita dramática sobre los milagros
de San Vicente, En ella se supone que el zapatito en
cuestión era de un niño de teta que iba en brazos de
una niñera, y que ésta, para evitar que sus amos la
riñeran, acudió al niño Vicente llorándole la desgra­
cia, y entonces Vicentico oró, bendijo, etc. (Fages,
ibíd., cap. V; Vidal y Micó, cap. I; Valdecebro, lib. III,
cap. X I X ; Teixedor, lib. I, cap. VI.)

10— 1359— En Valencia, D. Miguel Garrigues, bo­


ticario, tenía un hijo de cinco años, llamado Antonio,
el cual padecía de llagas ulcerosas en el cuello, de las
que se desprendía hedor pestilencial. Como este señor
era amigo del padre de San Vicente, le suplicó que se
lo enviara para que tocara en aquellas úlceras. Fué,
pues, nuestro Santo, niño aún de nueve años, y tocó
en el cuello al enfermito, y en el mismo instante las
úlceras desaparecieron. La fama de esta curación mi­
lagrosa hizo que muchos niños enfermos fuesen lle­
vados al santo niño Vicente, quien los curaba a todos
con sólo tocarlos. Andando el tiempo, un hijo del An­
tonio, tan prodigiosamente curado, que se llamaba
Juan Garrigues, luego que San Vicente fué canoni­
zado, colocó una imagen del Santo en la fachada de
su casa, donde ocurrió la curación de su padre. E sta
casa estaba en la calle del Mar; plazoleta dicha deis
Ams o de los Anzuelos. En dicha plazoleta y junto a
esta casa se levanta aún todos los años, por las fies­
tas de San Vicente, uno de los altares para los Mita-
eres. La imagen de San Vicente, alumbrada constan­
temente por una lámpara de aceite, estuvo en aquel
sitio hasta el año 1835. (Fages, ibíd., cap. IV; Teixe-
dort lib. I, cap. X ; Vidal y Micó, cap. I.)

15— 1359— Siendo San Vicente de unos nueve años


de edad, llegó a la casa de otro niño, su camarada de
estudio, para juntos irse a la escuela. Pero, al entrar
en la casa de su amiguito, salieron a recibirle los pa­
dres de éste, con grandes lloros y gemidos, porque el
niño acababa de expirar a causa de un ataque. Lle­
varon a Vicente donde yacía el muerto sobre la cama;
se acercó nuestro Santo al cadáver de su amiguito y
le habló asi; «Vamos al estudio), y en el mismo ins­
tante el cadáver se animó y momentos después el
niño estaba enteramente vuelto a la vida. Vicente de­
cía, con gracia, a los padres de su amiguito, ahora
fuera de sí por la alegría: «Se hacía el muerto para no
venir al estudio.)) (Vidal y Micó, Compendio; Valde-
cebro, lib. I, cap. X X X V II.)

12— 1362— Como nunca faltan, entre los mismos


niños y jóvenes, no obstante de ser buenos, quienes
no admitan sin discusión los elogios que se hacen de
otros niños, aunque sean amigos, al niño Vicente, fa­
moso desde que nació por las mil maravillas que el
cielo obraba por su medio, no le faltaron amiguitos
incrédulos y reidores de su fama. Un día, varios mu­
chachos, sus compañeros de colegio, se estaban bur­
lando del crédito de santo que gozaba Vicente. Y,
como esperaban a éste para ir juntos al colegio, se
agruparon a la puerta de la calle del Mar, por donde
Vicente tenía que pasar para ir a su casa a recoger
los libros, a su regreso de un paseo que estaba toman­
do. Cuando le vieron venir, uno de ellos se tendió
en el suelo, haciéndose el muerto, y los otros fingían
llorar esta desgracia, Llegado allí el santo niño, le di­
jeron, con sorna, que bendijera y resucitase a su ami-
güito. Entonces Dios Nuestro Señor salió a la defensa
de aquel ángel. Vicente se acercó al que se hacía el
muerto, a cuyo alrededor se había aglomerado mu­
cha gente, y mirándole con fijeza dijo a sus traviesos
amigos: «Este ha querido divertiros haciéndose el muer­
to, pero le ha salido mal su engaño, porque de verdad
está muerto.» Los chicos comenzaron a gritar y sal­
tar de gozo, por creer que la broma era completa. El
gentío era ya inmensa en aquel sitio. Los chicos, a em­
pellones y puntapiés, hacían para que el fingido muer­
to se levantase; pero, con gran estupor y certificados
por dictamen de médicos, se convencieron de que en
verdad estaba muerto. Y comenzaron a llorar, ahora
muy de veras. El santo niño Vicente, rogado con toda
sinceridad para que obrara un milagro, y conmovido
ante los sollozos de sus amiguitos, de los parientes
del muerto y de todos los que allí estaban, se reco­
gió, oró un momento y mandó al muerto que voL
viera a la vida; y, en efecto, en seguida resucitó el
chanceador chanceado. E l estupor de todo Valencia
creció con este nuevo prodigio, que acreditó más y
más al- santo niño Vicente. (Fages, ibíd., cap. IV; V i­
dal y Mico, cap. I; Valdecebro, lib. í, cap. V IL )

13— 1367— E l Prior del Convento de Predicado­


res de Valencia, que era a la sazón el P. Fr. Mateo de
Benencasa, pocos días antes de saberse que el joven
Vicente Ferrer se iba a hacer Dominico, tuvo una
como visión espiritual. En ella Dios Nuestro Señor
le reveló que muy pronto tendría que recibir en el
Convento a una persona de sobresalientes condicio­
nes. Puso esto en conocimiento de los religiosos para
que a Dios lo encomendaran, y él y la Comunidad
andaban muy pensativos sobre quién podría ser el
postulante anunciado por el Señor. A los pocos días,
esto es, el 2 de Febrero, se presenta en el Conven­
to para pedir el Hábito el santo joven Vicente F e­
rrer Llena de indecible placer la Comunidad, admite
en seguida a Vicente, y a los tres días, o sea, el 5 de
Febrero, fiesta de Santa Agueda, virgen y mártir,
Vicente recibe aquella librea, el hábito blanco y ne­
gro de Santo Domingo, que tanto tenía que ilustrar
con su apostolado y sus milagros. (Fages, ibíd., ca­
pítulo V I; Teixedor, lib. I, cap. X II.)

14— 1368— Se acercaba a toda prisa el día en que


el santo novicio Vicente Ferrer tenía que pronunciar
sus votos, abandonando por completo el mundo. Su
madre, aquella piadosa Ena Constanza, lloraba in­
consolable, pues su ilusión era que su hijo se quedara
con ella y no se hiciera religioso. Con este fin redobla­
ba sus visitas al Convento, para persuadir a su hijo
— 10 —
que se volviera a casa. Al regresar a su hogar de una
de estas visitas, iba con el alma llena de amargor,
pues Vicente le había dicho la última palabra y pron­
to se consagraría por votos solemnes a servir a Dios
en aquel estado. Rumiaba ella, dolorida, esta sepa­
ración y pérdida de su amado y santo hijo, cuando
se le acercó un pobre, hombre ya anciano, que en vez
de pedirle limosna comenzó a consolarla. Le recor­
daba las misericordias del Señor con ella durante el
embarazo de su hijo Vicente y le decía otras tales
cosas tan divinas sobre la excelencia del estado re­
ligioso que este hijo suyo iba a profesar, que la afli­
gida mujer serenóse del todo. Siguió el pobre acom­
pañándole hasta su casa y, llegados aquí, al querer
ella agradecer y recompensar, con una buena limos­
na, al que parecía un desvalido pordiosero, éste des­
apareció súbitamente de su vista, como si todo aque­
llo fuera una visión del cielo. Y, en efecto, se creyó
por ella y por toda su familia y por cuantos se ente­
raron de lo ocurrido, que aquel personaje debió ser
un ángel de la gloria, enviado expresamente por Dios
Nuestro Señor para bien y consuelo de la madre y
defensa y tranquilidad del santo hijo. (Fages, ibíd,,
cap. VI; Diago, pág. 42; Serafín, pág. 48; Gómez, ca­
pítulo IV; Teixedor, lib. 1, cap. XII.)
CAPÍTULO II

SALE DESTINADO A BARCELONA Y LERIDA


Y VUEL VE A VALENCIA

(1368-1376)

Una vez profeso San Vicente, fué enviado por sus


Superiores a que perfeccionara sus estudios en el
Convento de Santa Catalina, mártir, de Barcelona.
De aquí pasó, con cargo de Lector, a Lérida; volvió
a Barcelona y poco después a Valencia.

15-—1374— Este año fué de pruebas terribles para


Barcelona; pues, entre otras públicas calamidades, se
vió envuelta en un hambre espantosa. A consecuen­
cia de malas cosechas, agotáronse los alimentos, y el
trigo sobre todoT base general de alimentación. Con
tal motivo, se produjeron varias enfermedades, tra­
máronse muchas intrigas y revueltas y se cometían
desmanes que ocasionaba el hambre, que siempre
fué mala consejera. No se veía por parte alguna el
remedio. A pesar de las cartas dirigidas por el rey
D. Pedro IV a los pueblos productores y a la isla de
Cerdeña, que aprovisionaba de trigo a Barcelona,
no venía nada de fuera. Y las esperanzas eran menos
fundadas, porque en aquellos días la mar estaba em­
bravecida y las tormentas sucedíanse sin tregua unas
a otras. Todo era desorden, todo lamentos, confusión
y anarquía. En tal conflicto, Vicente Ferrer, que con­
taba apenas 25 años y era aún Diácono, aconsejó, CGn
éxito, que se hicieran rogativas públicas y una pro-
cesión solemne, en la cual iban más de 20.000 perso­
nas (Ranzano ías hace subir a más de 30.000). Lie*
gada aquella muchedumbre a la plaza del Born, su­
bió nuestro Santo a un púlpito, allí levantado para
esto, y dirigiendo 1?. palabra a la inmensa concurren­
cia, exhortó a todos a poner su confianza en Dios
Nuestro Señor, y añadió: «Estad serenos; esta misma
noche llegarán aquí dos navios cargados de trigo.»
Como el temporal marítimo continuaba arreciando,
hubo muchos que no ]e dieron crédito y aun quisie­
ron acometerle por creer que se burlaba. El mismo
Prior de Santa Catalina, mártir, le reprendió por te­
merario y le mandó que se abstuviera de hacer tales
pronósticos. El santo joven religioso todo lo sufrió
con humildad. Y cuando seguían las malas lenguas
mordiendo en la fama del Santo y el día iba declinan­
do, poco antes de anochecido los vigías de Montjuich
anunciaron que estaban a la vista dos grandes navios.
A poco arribaron al puerto, y aquella misma noche
se descargaron del trigo que traían, más que sufi­
ciente para abastecer a la ciudad para muchos días.
Al día siguiente, todo Barcelona, admirado de tan
maravilloso vaticinio, desfiló por el Convento de los
Dominicos, aclamando con vítores entusiastas al san­
to Fr. Vicente, a quien Dios de tan magnífico modo
autorizaba. La fama de este prodigio llevó el nom­
bre del humilde religioso lleno de gloria por todos los
reinos de España y del extranjero, (Fages, ibíd., ca­
pítulo V II; Ranzano, lib, III, cap. I; Antíst, pág. 12;
Diago, pág. 50; Serafín, pág. 23; Gómez, cap. V; Vi
dal y Micó, cap, VI; Valdecebro, lib. L cap. X I , y li
bro IV, cap. L II; Teixedor, lib. i, cap. XV.)

16— 1375— En Barcelona, cierto día regresaba San


— 13 —
Vicente al Convento, después de haber practicado-
una obra de caridad, y pasó por delante de la cárcel
que se estaba construyendo. Uno de los albañiles que
allí trabajaban, en aquel mismo instante resbaló dei
andamio, y al caer distinguió a nuestro Santo, que pa­
saba por debajo del andamio, y le llamó, gritando:
«¡Hermano P. Vicente, salvadme!?) Parece que el Prior
tenía prohibido a San Vicente hacer milagros; segu­
ramente esta prohibición debió hacérsele con motivo
de las hablillas que se levantaron al anunciar él que
llegarían las dos naves cargadas de trigo. Ello es, que
el Santo contestó al albañil que así le invocaba: «Es­
pere, hermano, que voy a pedir permiso para hacer
el milagro.)) En efecto, el desgraciado y cuitado obrero
quedó suspenso en el sire, mientras Vicente volaba
ai Convento a pedir ei permiso. No sabemos qué di­
ría el Prior al ruego del Santo; pero es cierto que
éste regresó sin perder tiempo al lugar del suceso, y
dirigiéndose al obrero, colgado en el espacio, le dijo:
«Hermano, baje sin hacerse daño.» Y el albañil des­
cendió ileso.
Este portento, auténtico por demás, lo refieren
algunas autores como sucedido en Mallorca; otros,
en Montpeller; otros, en Toulouse, y otros, en fin, en
otros lugares. Creemos que sucedió en Barcelona, don­
de es cierto que San Vicente tuvo que sufrir la admo­
nición del Prior respecto a su manera de decir y obrar
maravillas. Los que refieren que ocurrió en otros pun­
tos, puede que hablen de hechos semejantes a éste,
que el Santo obrara en aquellos lugares (1). (Fages,
íbídem, cap. V íí; Vidal y Micó, cap. IV.)

(1) Teíxedor parece tener por apócrifo este suceso. Vide Ilus
tracioms, pág. 105, núm. 68.
— 14 —
17— 1376—Vuelto a Valencia San Vicente, des­
pués de formado su entendimiento en los estudios
generales de Barcelona y Lérida, iba su corazón en­
cendiéndose más cada día en el amor de Dios. Con­
templando una noche este amor infinito, se abismó
en la meditación de la pasión cruelísima del Salva­
dor, a quien estaba adorando postrado ante una de­
votísima pintura de Cristo Crucificado, que por mu­
chos anos poseyó aquel famosísimo Convento de Pre­
dicadores. En tal estado de ánimo y suspirando el
bendito F . Vicente, dijo a Jesús; «¿Es posible, Señor,
Jesús mío, que tanto hayáis sufrido?» De la santa
Imagen salió entonces esta voz: «Si, y mucho más
aún.» Y al decir esto, el Cristo se inclinó en dirección
del Santo hacia su brazo derecho. Desde este suceso,
esta imagen de Cristo Crucificado presentó la irre­
gularidad de tener muy alargado el brazo izquierdo.
El cronista Sales dice que este prodigio era sabido
de todos y se predicaba como una cosa auténtica. Es
lástim a que no sepamos dónde ha ido a parar esta ve­
neranda Imagen, después que fueron expulsadas las
Comunidades religiosas en el aciago año de 1835. {F a ­
ges, ibíd., cap. V III; Teixedor, loe. cit.)

18— 1376— En Valencia traía San Vicente una


vida de tan remontada perfección evangélica, que era
asombro aun a los religiosos más santos que en su
Convento vivían, y éstos eran muchos, como dice
Antist. San Vicente, sobre dedicarse con ahinco a la
ciencia, se ejercitaba de admirable manera en las más
austeras mortificaciones, vigilias y demás trabajos
de la vida religiosa. Estando él así abstraído casi de
este mundo, una mañana que iba por los claustros
del Convento, se le acercó un venerable anciano, de
— 15 —
semblante austero, barba blanca, larga y desaliñada
y un porte general como de anacoreta o ermitaño.
Después de los saludos de religiosa cortesía, entraron
en conversación. El anciano decía al siervo de Dios
que no le parecía ser cosa del Señor aquella vida tan
austera que se había impuesto; que, pues era aún jo­
ven, debía mitigar un poco tantos rigores, divertirse
y no andar tan endiosado. El bienaventurado Vicen­
te rechazaba estas propuestas con divina sabiduría
y al fin se persuadió que su interlocutor era un de­
monio disfrazado. Lo conjuró, en nombre de Dios,
y el viejo desapareció como por ensalmo. (Fages, ibíd.,
cap. VIII; Flamín, fol. 165; Antist, pág. 21; Diago,
pág. 69; Vidal y Micó, pág. 45, n.° 68; Serafín, pági­
na 17; Gómez, cap. VI; Ranzano, lib. I, cap. III; Val-
decebro, lib. I, cap. X III: Teixedor, lib. I, cap, XVIII.)
CAPITULO III

DE VALENCIA PARTE A TO ULOüSE; REGRESA Á VA LE N ­


CIA Y ACOMPAÑA A PEDRO DE L U NA POR A LGU NO S
PUEBLOS DE CASTILLA.

(1377-1391)

19—1377—Poco antes de salir San Vicente para.


Toukmse, adonde le enviaba la Obediencia para que
diera allí algunas lecciones en las aulas de aquel es­
tudio general dominicano, tuvo lugar un suceso que
la historia y la tradición nos guardaron como una de
las más preciadas joyas de la biografía de San Vicente
Ferrer. Sea predicando en Valencia, sea que fuera a
predicar a Alcudia de Carlet, como otros afirman, o
a Játiva, según dicen allí las gentes, es lo cierto que
un día acababa de enardecer, como solía, a todo el
pueblo en el santo temor de Dios; por lo cual, termi­
nado el sermón, todos se le acercaban para saludarle
y besarle la mano. Entre aquella multitud, se le acer­
có una señora nobilísima, de la casa dé los Borjas,
cuyo castillo aún se puede visitar en Alcudia; esta
señora estaba encinta de su hijo Alfonso, más ade­
lante el Papa Calixto III. Al verla nuestro Santo le-
dijo: «Señora, velad con esmero por ese hijo que lle­
váis en vuestras entrañas, porque Dios lo tiene pre­
destinado para grandes cosas.» La historia se ha en­
cargado de confirmarnos de que San Vicente fué aquí,
como en otras ocasiones, como veremos, verdadera
— 17 —

profeta. {Fages, parte 3.a, cap. IV; Antist, pág. 80;


Vidal y Micó, cap. V I; Valdecebro, lib. IV, cap. LI;
Teixedor, lib. III, cap. X I.)

20— 1378—Vuelto a Valencia San Vicente, con­


tinuó aquí su asombrosa vida de penitencia y celo
por la salvación propia y del mundo entero. El de­
monio ya había perdido el tiempo una vez, queriendo
retraerle de aquel hermoso camino de la santidad;
pero intentó segundo ataque, y veremos que en esto
no cedía el enemigo. Toda la vida de San Vicente está
matizada de gloriosos triunfos conseguidos por él con­
tra la astucia del enemigo de las almas. Ahora se le
presentó el demonio bajo la figura de un negro muy
horrible. Y como ei Santo no se alterara, el negro le
amenazó, diciéndole: «No tengas soberbia; yo te juro
que te he de hacer mucha guerra, te haré sufrir mu­
cho y te haré caer en pecado mortal.» Nuestro Santo
invocó el nombre de Jesús e hizo la señal de la cruz,
y al instante desapareció el negro. (Fages, cap. V III;
Gómez, cap. VI; Valdecebro, lib. I, cap. X IV ; T ei­
xedor, lib. I, cap, X V ill.)

2 Í— 1379—-En Valencia, por este tiempo, San V i­


cente era Prior de su Convento de Predicadores, y se ­
guía admirando a todos con su santidad y fervor en
convertir almas. Tenía en su celda una devota im a­
gen de la Virgen Santísima, pintada con mucho arte
y maestría piadosa. Ante ella oraba ei Santo frecuen-
temente, y la Virgen por esta efigie suya le solía revelar
grandes misterios y otras veces le consolaba hablán­
dole. Hay especial mención de la siguiente maravi­
lla. Una noche, a eso de las diez, el Santo, delante de
esta imagen, leía ta defensa que escribió San Jeró n i-
LDS M ILA GRO S D E SAN V I C E N T E F Í R R E R 2
— la­
mo contra Elvidio, probando la maternidad virginal
de María. E l Santo estaba enamorado de esta virtud
de la virginidad, y así gozaba eri extremo leyendo los
elogios que de ella hacía San Jerónimo. De repente se
le aparece el demonio y le dice: «No te forjes ilusiones;
tú caerás en pecado de la carne y no has de ser vir­
gen.» Quedóse el Santo triste y azorado, pero recu­
rrió a la que es Madre de vírgenes, se postró ante la
imagen predilecta y lloró y expuso su pena. En aquel
momento el cuadro se ilumina, como otras veces su­
cedía, la imagen se aviva y de los labios de la santa
efigie oye estas palabras: «No temas, hijo mío. Yo te
ayudaré, saldrás siempre victorioso de todas las ten­
taciones contra la castidad, y te prometo que te con­
servarás virgen y virgen entrarás en la otra vida.;
Vicente, serenado, lloró de consuelo, Y efectivamente,
no perdió jamás su pureza virgina!, como consta por
la Bula de su Canonización, (Fages, ibíd,, cap. X I I I ,
y Ranzano, Antist, Liccio, Diago, Flamín, Gómez,
Serafín, Vidal y Micó y Teixedor.)

22— 1382— Por divina permisión, el Santo vióse


sujeto a grandes embates que contra su pureza vir­
ginal le hizo el demonio. De los más famosos es el que
sigue. Una joven de la nobleza de Valencia, de muy
rara hermosura y que se llamaba ínés Hernández,
habíase enamorado perdidamente del P. Vicente Fe-
rrer. Como nuestro Santo no era fácilmente aborda­
ble, por la vida religiosísima que llevaba y que no
dejaba de admirar a todo Valencia, la desdichada jo ­
ven, para el logro de satisfacer su pasión criminal,
fingióse enferma y como que se moría, e hizo llamar
a San Vicente para que la confesara. Fué el Santo,
y una vez sola con él, Inés deja su ficción y con gran­
— 19 —

dísima ternura le dice que sólo está enferma de


amor por él, y que si no le corresponde y accede a sus
ruegos y solicitación, morirá. El Santo quedóse asom­
brado por de pronto ante declaración tan inaudita,
y luego contestó a la loca mujer cuán criminal era su
deseo, pues siendo él religioso y sacerdote, había re­
nunciado por siempre a ese amor pasional y en ma­
nera alguna podía hacer tal crimen. Seguidamente
la exhortó para que se arrepintiera de su enorme pe­
cado, y salióse del cuarto de la fingida enferma, reti­
rándose a su Convento sin decir palabra de lo ocurri­
do. La infeliz Inés, que vió perdidas del todo sus es­
peranzas de gozar de su amor'criminal, montó en có­
lera, llenóse de rabia y se entregó a la desesperación,
a todos los demonios del amor propio, que, en efec­
to, parecía vinieron a morar en ella. En tan lam enta­
ble estado quedó su salud, que su familia, preocupada,
hizo venir a varios médicos. Pero era inútil. Todos
declararon que Inés era una posesa o endemoniada
y que sólo con los exorcismos podría curar. Se llamó,
pues, a algunos sacerdotes que le leyeron los Santos
Evangelios y otras oraciones; pero ella, o mejor el
demonio por boca de ella, decía a grandes voces; «No
curaré; no ha de salir de mí el demonio hasta que
venga a echarlo quien, en medio de las llamas, no se
quemó.)) Nadie comprendía qué significaban estas
palabras. Y como la enferma se agravaba por momen­
tos, la familia volvió a llamar a San Vicente. Volvió
él a la habitación de la enferma, disimulando; pero
con el ánimo resuelto para convertir a aquella ener-
gúmena. Apenas el Santo se puso delante de Inés,
que estaba rodeada de sus parientes y varias perso­
nas amigas, la enferma comenzó a gritar: «Este, este
es quien no se quemó en medio de las llamas*, y ha­
— 20 —
ciendo una gran contorsión quedóse tranquila por
completo, aunque con grandísimos dolores, que tam ­
bién cesaron pronto enteramente. Libre la pobre Inés
de aquella pesadilla del demonio de la pasión, pidió
sus vestidos, y saliendo de su cuarto arrojóse a los
pies del Santo toda hecha un mar de lágrimas. Arre­
pentida y contrita de todas veras de su pecado, en
adelante emprendió una vida de gran fervor y santi­
dad, en la cual perseveró hasta su muerte. Algunos
dicen que no se llamaba Inés, sino Isabel. (Fages,
ibíd,, cap. V IH ; Gón>ez, cap. V I; Valdecebro, lib. I,
cap. XV; Vidal y Mi'có, cap. II; Teixedor, lib. I, ca­
pítulo X IX .)

23— 1383— Triunfador San Vicente de la celada


tan bien preparada por la desdichada joven Inés,
vióse poco después otra vez atacado del genio del
mal, empeñado en derribar en el fango del vicio y
deshonor a aquella alma sublime. Mas otra vez va­
mos a ver a Vicente salir con gloria de las maquina­
ciones del demonio. Movidos por éste, algunos en­
vidiosos del afamado Dominico lograron burlar la vigi­
lancia del Convento de Predicadores, e' introdujeron
en la celda del Santo una mujer descocada y resuelta
a seducir al bendito Vicente Ferrer. Este no se dió
cuenta del acecho en que el enemigo lo tenía, hasta
altas horas de la noche. Y cuando vió en su alcoba
a aquella criatura vil, no sólo la rechazó indignado,
sino que, con palabras divinas, logró que esta infeliz
mujer prorrumpiera en grandes sollozos y muestras
de sincero arrepentimiento. Entonces ella misma des­
cubrió al Santo los nombres de los que allí la habían
llevado. San Vicente le prohibió que los dijera a per­
sona alguna y ni siquiera mentara lo ocurrido, Pero
— 21 —
ella, en adelante, llevando una vida enteramente se­
parada de los placeres ilícitos del mundo, no se can­
saba de decir a todos la victoria tan insigne que el
Santo había conseguido. (Fages, ibíd., cap. V IH ; Gó­
mez, cap. VI; Vidal y Micó, cap. II, y cita a Serafín;
Valdecebro, lib. I, cap. X V ; Teixedor, lib. I, capí­
tulo X IX .)

24— 1384— Los émulos de San Vicente Ferrer,


burlados en su malvado plan de deshonrarle, llevan­
do furtivamente a su morada una infeliz mujer que
el Santo ganó para la virtud, no cejaron en su empe­
ño de mancillar el nombre de aquel humilde hijo de
Santo Domingo. Pero ni ahora lograron su diabólico
intento. Veamos. Uno de aquellos malvados se dis­
frazó un día de Dominico y sedujo y violentó a una
pobre mujer, la cual lloraba después amargamente
su honor, robado de tan indigna manera. Llevó sus
quejas a la autoridad, pero ésta no podía resolver
nada, pues la mujer no podía decir quién fué su co­
rruptor por no conocerle. Alguien dejó caer de sus
labios el nombre del santo religioso Vicente Ferrer,
y comenzó a fermentar el rumor, aunque todos re­
chazaban por calumniosa esta versión. Sin embar­
go, los enemigos del Santo procuraban dar visos de
verosimilitud a la calumnia. La misma interesada,
sin querer, ayudaba, porque no negaba ni afirmaba
y sólo decía que era un religioso Dominico y que no
conocía al P. Vicente Ferrer; así que no podía decir
si él fué ó fué otro. Apenados los buenos y autorida­
des y pueblo por tan atroz agravio hecho a un varón
que todos miraban como a un santo, se resolvió ape­
lar a una prueba pública y decisiva. D. Bonifacio
Ferrer, hermano del Santo, que presidía por aquellos
— 22 —

días el Concejo de la ciudad, logró que se hiciera una


procesión en la que deberían ir todos los religiosos
que había en Valencia. Se reunió el Cabildo munici­
pal y con él estaba la mujer de la querella. Esta de­
bía fijarse en todos los religiosos y al pasar el seduc­
tor señalarlo. Pero pasaban los religiosos y la mujer
decía que allí no iba. Llegó allí el santo Vicente, y el
Cabildo preguntó a la mujer: «¿Es ése el religioso que
buscamos?» Ella contestó en seguida y sin titubear:
«No; ése no es; a ése le conozco yo muy bien (ignora­
ba ella que era el Santo); el que yo digo es más viejo*»
La prueba fué aplastante. El Santo quedó plenamente
justificado. Y terminado el desfile se probó también
que el seductor no iba en la procesión. ¿Y cómo ir?
¡Si era un religioso de pega! No se pudo nunca sa­
ber quién fué tan gran criminal; pero los que trama­
ron este enredo tuvieron que morder otra vez el pol­
vo, Dios los confundió en sus mismas mentiras. (F a­
ges, ibíd., cap. V III.)

25— 1385— D. Bonifacio Ferrer, hermano de San


Vicente, vivía en la casa que hoy lleva número 5 en
la calle del Miguelete, en Valencia; tenía allí dispues­
ta una habitación donde se hospedaba nuestro San­
to cuando sus faenas apostólicas no le permitían re­
gresar al Convento de Predicadores. Esta casa pasó
a ser propiedad de un tal Martis, que vivía en ella,
teniendo en gran respeto la habitación en que el San­
to había vivido. Este señor tenía una esclava tune­
cina, que era de continuo atormentada con horribles
visiones del demonio; la pobre chica procuraba li­
brarse de estas pesadillas yendo de una a otra habi­
tación de la casa, descansando un rato aquí, otro allí.
Una noche se le ocurrió refugiarse en la habitación
— 23 —
que decían del Santo, y apenas entró serenóse tan
completamente, que durmió sin el menor sobresalto.
Con esto, la infeliz no sólo iba a dormir allí todas las
noches, sino que también, durante el día, cuando el
demonio la atormentaba, se refugiaba en aquel asilo.
Al fin las otras criadas notaron esto y supieron lo de
que la esclava se atrevía a dormir en aquel sitio, que
todos tenían en suma veneración. Y se lo dijeron al
amo de la casa. La joven tunecina explicóle cuanto
le ocurría con el demonio y le aseguró que sólo allí
podía dormir sin que éste la persiguiera, por más que
desde la puerta la amenazaba y hacía muecas. Des­
de entonces aquella habitación se convirtió en ora­
torio casi público, pues muchos valencianos iban a
orar allí ante la imagen de San Vicente, que siempre
tenía una lámpara ardiendo. Actualmente habita esta
casa su propietario, mi amigo D. Vicente Calatayud
Rovira, quien la restauró, o mejor, reedificó por com­
pleto el año 1908, dándole grandiosidad y aspecto
moderno y elegantísimo. ¡Es lástima que el arquitecto,
D. Juan Luis Calvo, no haya podido hallar medio de
conservar intacta ía veneranda habitación para reali­
zar su plano! De ella sólo se ha conservado el piso, que
en tableros encuadrados en maderas, me ha dicho el
Sr. Calatayud, se pondrá como zócalo del Oratorio
que en la casa ha de hacerse. (Fages, ibíd., cap. IX ;
Diago, pág. 1GS; Serafín, pág. 284; Gómez, pág. 239;
Vidal y Micó, pág. 315; Teixedor, lib. IV, cap. L)

26— 1385 (1)— Predicando San Vicente en Valen­


cia, en la plaza del Mercado, en cierta ocasión, se
paró súbitamente y muy conmovido dijo al audito-

(I) Algunos creen que este milagro ocum ó el año 1413.


— 24 —
rio: «Hermanos, ahora mismo estoy viendo que unos
hermanos nuestros piden un socorro inmediato, que
si no se les da morirán.» Todos unánimes preguntá­
ronle dónde estaban esas personas. El Santo contestó:
«Seguid a mi pañuelo, y donde él entre, entrad.» Y
lanzó al aire su pañuelo, al cual siguieron con ansia
muchos de los que aílí había. El pañuelo, como lle­
vado en manos invisibles, se entró por la ventana de
una buhardilla. En ella, en efecto, se estaba murien­
do de hambre una familia pobrísima, que fué soco­
rrida, sin perder tiempo, por los que habían seguido
al pañuelo. La calle donde estaba esta casa se llama
aún «del Milagro de San Vicente», dice Fages, pero
está equivocado. La calle de este nombre no está en
el Trosai, que es donde estaba la calle de la célebre
buhardilla. En el Trosai, en efecto, se celebra todos
los años una fiesta cívico-religiosa recordando este
prodigio, que los valencianos dicen del «Mocadoret».
Teixedor (lib, I, cap, VI) parece que no admite este
suceso; pero es cierto que la tradición lo apoya. (F a­
ges, parte lA cap. V.)

27— 1385— En Valencia, un día se acercaron a


San Vicente un niño de pocos años y un caballero, de
cuya mano iba cogido el niño. Después de saludar al
Santo, el niño le pidió la mano para besarla. El San­
to reparó en él y dirigiéndose al caballero, que era tío
de aquella criatura, le dijo: «Haced que este niño se
dedique al estudio, porque llegará un día en que debe
gobernar la Iglesia.» Aquel niño era Alfonso Borja,
después Arzobispo de Valencia y finalmente Papa con
el nombre de Calixto III. (Fages. parte 3.ft, cap. ÍV;
Antist. pág. 80; Vidal y Mico, cap. V II; Valdecebro,
lib. IV, cap. LI; Teixedor, sobrs Calixto III.)
28—1391—En Valladolid. Este año, San Vicente
había salido con el Cardenal de Aragón, D, Pedro
de Luna, acompañándole como consultor teólogo y
secretario particular por ambas Castillas. No desper:
diciaba ocasiones el Santo, y por eso su celo se enar­
decía más viendo ios muchos judíos que infestaban a
España. Con ellos en todas las grandes ciudades en­
tablaba discusiones públicas y logró convertir a mu­
chos. Entre las conversiones más ruidosas, cuentan
la que hizo en Valladolid. Había allí un rabino de
los más afamados. San Vicente le arguyo en tan di­
vina forma, que al fin el rabino se hizo cristiano, bau­
tizándose con el nombre de Pablo de Santa María.
Llegó a ser obispo de Cartagena y de Burgos y famo­
sísimo predicador. Muerto San Vicente, comenzó, en
privado, a darle culto, diciendo a todos que pronto
le verían canonizado, (Fages, parte 1.a, cap, XI.)
CAPÍTULO IV

OTRA VEZ EN V A LENCIA.— SAL E PARA CATALUÑA CON


LOS R E YE S Y LLEGA A AVIÑON, LLAMADO A LOS
CONSEJOS DEL PAPA,

(139Í-1397)

29—1391—En Valencia. Hacía poco que llegaron


a Valencia los reyes de Aragón, y precisamente en
aquellos días había regresado también San Vicente
de su ida a Castilla con el Cardenal Luna, que dejó en
Salamanca. La fama de sabio y santo que rodeaba a
Vicente influyó, sin duda, en el ánimo de la reina
D,a Violante para que le escogiera por su confesor.
Y fué tan grande la afición piadosa que la reina te­
nía al Santo, que, sobre consolarse recibiendo sus con­
sejos, deseó vivamente verle en su celda. El Santo
siempre se lo rehusó, por más que los Santos Cánones
permiten a los reyes que puedan entrar en la clausu­
ra, así de religiosos como de religiosas. Pero, como
mujer, D.a Violante no desistió de su intento. Un día,
sin decirle a él nada, se convino con el Superior del
Convento de Predicadores, y, acompañada de éste
y otros religiosos, se dirigió a la celda del Santo, Lle­
gados allí, encontraron que la celda tenía cerrada la
puerta. Llamaron y el Santo no contestó. Entonces
empujaron la puerta y todos entraron donde estaba
el Santo. Este, que vió con los religiosos a la reina,
dijo al que primero empujó la puerta; «Hermano, ¿no
sabéis que está prohibido a las mujeres entrar en núes-
— 27 —
ras celdas?» El Superior y todos los religiosos veían
y oían a San Vicente; pero la reina no le veía, y, oyen­
do la reconvención del Santo al religioso, le dijo:
«Padre, ¿dónde estáis, pues no os veo?» El Santo con­
testó: «Señora, estoy aquí, pero velado a vuestra vis­
ta, y os aseguro que no me veréis, aunque estoy de­
lante de Vuestra Majestad. Salid, señora, y sabed
que Dios hubiera castigado vuestro atrevimiento, si
no tuviera en cuenta que habéis hecho esto a impul­
sos de una ligereza femenil» La reina tuvo al fin que
salirse del Convento sin haber logrado su intento de
ver en su celda a su santo confesor, no obstante que
con él conversó lo que va dicho. Sobre este milagro
añade Vidal y Micó, que además el Santo conminó a
la reina diciéndole: «Ya os costará cara esta curio'
sidad», y que se refirió el Santo a la muerte del rey
D. Juan, que murió pocos arios después. No nos pa­
rece verosímil esto, pues, como vamos a ver, doña
Violante repitió la suerte, y no lo hiciera de ser cierto
lo dicho por Vidal y Micó. (Fages, parte 1.a, cap. X I I ;
Ranzano, lib. II, cap. III; Gómez, cap. V II; Vidal y
Micó, cap. II; Valdecebro, lib. I, cap. X X 1 I1 ; Tei-
xedor, lib, I, cap. X X I I I .)

30— 1392— En Valencia. Insistiendo D.a Violante


en ver a San Vicente en su celda, porque ella se lo
figuraba como el hombre de mayor santidad, consi­
guió otra vez del Prior de Predicadores permiso para
entrar en el Convento, lo que el Prior no podía negar
porque era reina; pero esta vez se acompañó de su
real comitiva. Entró, pues, en el Convento, y con el
aparato de su alta jerarquía y seguida de la Comuni­
dad, se dirigió a la celda de San Vicente. Llegados
todos allí y encontrando cerrada la celda, la reina
— 23 —
se acercó y atisbo por las rendijas, y vio al Santo
puesto de rodillas orando con extraordinaria cal­
ma y rodeado todo de un fulgor sobrenatural. Asus­
tada entonces de su atrevimiento, volvióse a su comi­
tiva y dijo con majestad: «Vámonos de aquí, que no
está bien curiosear lo que hace este Santo, padre mío.»
Desde aquel momento la reina D.a Violante, siempre
que veía a su santo confesor Vicente, lo saludaba de
rodillas y le pedía su bendición. (Teixedor, loe. cit.;
Valdecebro, lib. I, cap. X V III; Gómez, cap. V IL )

31— 1394—Zaragoza. Los biógrafos nos refieren


que este año San Vicente Ferrer vino a Zaragoza, sin
duda por algún asunto particular que los reyes íe
encargaron, o tal vez de paso,' cuando salió de Va-
lencia para el condado de Cardona. Como sea, el he­
cho que sigue es incuestionable, si bien equivocada­
mente, Valdecebro lo pone al año 1414. Un día cele­
braba nuestro Santo delante del rey de Aragón, y al
llegar a la mitad de la Misa se paró un gran rato, y
comenzó a derramar abundantes lágrimas, Los que
estaban alrededor del altar se emocionaron extre­
madamente; pero el Santo los serenó diciéndoles: «De­
cid al Rey, nuestro Señor, que acaba de morir mi pa­
dre en Valencia.» Tal se comunicó al Monarca, quien,
después de acompañar al Santo en su sentimiento y
dolor tan justos, hizo diligencias para que se averi­
guase lo acaecido en Valencia al padre del Santo.
Y, en efecto, llegaron cartas de aquella ciudad cer­
tificando de que En Guillem, padre del P. Vicente,
había fallecido de muerte natural el día que el Santo
lo dijo y en el preciso momento que lloró dentro de
la Misa. (Valdecebro, lib* IV, cap. L II.)
- 29 —
32— 1395— Cuando a fines del 1394 los reyes sa-
Jieron de Valencia para Cataluña, San Vicente, que
era confesor de la reina, los siguió; pero, llegados al
Principado, e) Santo pudo separarse de silos y pre­
dicar por algunos pueblos del Norte, llegando a Fran­
cia. En este país, sin que sepamos en qué pueblo, des­
pués de predicar se le presentó un hombre pidiendo
le confesara. E ralo que se dice todo un criminal, pues
había cometido muchos y enormes pecados y delitos.
Iba el infeliz muy arrepentido, pero muy desazonado,
porque ^pensaba que Dios no íe perdonaría. El Santo
le exhortó y íe oyó muy tranquilo. Después de con­
fesado, le puso por penitencia que ayunara todos los
viernes durante siete años. El penitente, llorando, le
preguntó: «Padre, ¿y Dios me perdonará con tan poca
penitencia?» El Santo le contestó: «Dios ya te ha per­
donado por ta absolución; ahora sólo falta que cum­
plas esta penitencia.» El penitente repuso: «¡Pero tan
poca!» Vio el Santo el grandísimo dolor de contrición
que aquel hombre tenía, y le dijo: <iSí, ella basta; y
mira, ahora te digo que ayunes sólo tres días,* El pe­
cador, arrepentido, lloraba más y más y se deshacía
en contrición; y el Santo añadió: «Vamos, cálmate;
Dios Nuestro Señor no necesita de tu penitencia, quie­
re tu corazón contrito. Y tanto es así, que sólo quiero
que reces para formar el sacramento una penitencia
de tres Padrenuestros.» Y a seguida, como corrigién­
dose: <<¡No tres, no; un solo Padrenuestro! ¡Eaí ¡Co­
miénzalo a rezar!» El penitente, efectivamente, co­
menzó a rezar el Padrenuestro, y ¡caso admirable!
antes de acabarlo cayó muerto de dolor a los pies
del Santo. Este bendijo entonces a ía divina piedad,
que se habfa llevado a aquella alma, poco antes es­
clava del infierno, en virtud del grandísimo dolor d&
— 30 —
contrición que había tenido. (Fages, parte 3.a, capí­
tulo IX ; Gómez, cap. X X I I I ; Vidal y Micó,)

33— 1396— Luego que llegó San Vicente a Cata­


luña acompañando a los reyes, se le presentó el con­
de de Cardona y le expuso cuán necesitadas estaban
las gentes de su territorio de unas misiones que lle­
garan al alma de tantos cristianos fríos como allí ha­
bía. Nuestro Santo persuadió a la reina D.a Violante
la conveniencia de que le dejara irse con el conde
para evangelizar por algunos días allí. Conseguido el
real permiso, el Santo partió con aquel procer y es­
tuvo recorriendo aquellos pueblos algunos meses. Y
fué tan grande el entusiasmo que en todos despertó,
que un día, en Cardona, al bajar del púlpito, se le api­
ñaron los fieles y a porfía le besaban la mano y pedían
los bendijese y sanara a cuantos tenían alguna do­
lencia. Todos curaban con sólo la bendición suya.
Con tal motivo, algunos, llevados de su fervor y para
tener un recuerdo del Santo, le cortaron, sin él sa­
berlo, algunos pedazos de su hábito. Y cuando San
Vicente se fué de Cardona, cuantos enfermos eran
tocados de alguno de aquellos pedazos del hábito,
curaban, cualquiera que fuese la enfermedad o do­
lencia que sufrieran. (Fages, parte 1.a, cap. X I I.)

34— 1397—Creado Papa por el Cónclave cismá­


tico el Cardenal de Aragón D. Pedro de Luna, el
año 1394, este Pontífice, que las fatales circunstan­
cias de la época daban como el verdadero Papa, lla­
mó a su lado a San Vicente Ferrer. El humilde hijo
de Santo Domingo se vió, pues, precisado a formar
en la corte pontificia, donde desempeñó, además del
cargo de confesor del Papa, el de maestro del Sagra­
— 31 —
do Palacio Apostólico. Llegó a Aviñón, donde residía
la corte del Pontífice este año de 1397, y se hospedó
en el Convento que allí tiene la Orden, aunque otros
biógrafos, entre ellos Teixedor, dicen que se hospe­
daba en el mismo Palacio del Papa. Nada hace esta
divergencia para la verdad del admirable suceso que
sigue. Fué que por Octubre y víspera de la festivi­
dad de nuestro Padre San Francisco, nuestro Santo
cayó gravemente, enfermo, y tan grave, que se temía
por todos que iba a morir. Pero, cuando esta noticia
se corría como cierta, he aquí que súbitam ente la ha­
bitación donde yacía el Santo se iluminó con resplan­
dores de luz del cielo y el Santo entró en un elevado
arrobamiento. Estando en él, dirigió su corazón a
Dios y le dijo: «Señor, assí como avéis hecho muchos
^milagros, haced a mí esta gracia, que yo cure de esta
^enfermedad, para que pueda ir a predicar vuestra
»santa palabra por el mundo.» Acabada su oración y
petición, súbitam ente fué arrebatado en espíritu, y vió
a J esucristo que estava en un trono sin antepecho, y
que San Francisco y Santo Domingo estavan de rodi­
llas a los pies de J esucristo, y él (nuestro Santo) estava
mirando, y vió cómo Santo Domingo y San F ran ­
cisco rogavan con gran devoción y humildad: «O,
ftSeñor, no sea tan ai na vuestra ejecución contra vues-
»tro pueblo; mas antes, Señor, que deis fin al mundo,
¿enviadles algunos que les prediquen y les avisen.» Y
J esucristo m ostrava que no lo vía ni lo oía y estava
su corazón duro como mármol. Y a cabo de rato,
por los ruegos que los dos Santos le hicieron, abrió la
fuente de la misericordia y miró a los dos Santos a
la cara y púsose en medio de ellos, y llamó al enfermo,
que estava algo apartado, y Jesucristo, así como que­
riéndole allegar, púsole la mano sobre la cara y díjole:
— 32 —
amigo mío y devoto siervo: tú que has aborrecido
was vanidades y vicios del mundo, por tus grandes rue-
»gos que me has hecho, y estos dos Santos que están
^presentes, yo quiero esperar tu predicación, y mán-
ídote que vayas a predicar por el mundo, porque no
»puedan alegar ignorancia ni negar el día del juicio,
)>y que no hayan sido por muchas veces avisados de
»su incredulidad y poco conocimiento que tienen en
í hacer buenas obras; y en conocer la cuenta que me
»han de dar de todo.» Acabando Jesucristo de decir
esto, el enfermo despertó y hallóse bueno y sano.»
Añade el mismo Santo, de quien es la anterior rela­
ción, así como para despistar y que no se creyera que
era él mismo: ((Y yo sé que él no m entirá por no perder
la amistad de Dios, y más ha de doce años que va pre­
dicando por el mundo, con muchos afanes y trabajos,
y aina no morirá.» La historia nos prueba que se
cumplió la palabra de Jesucristo a San Vicente, el cual
no sólo curado, sino tan hermoseado quedó, con aque­
lla caricia divina que con su mano puso el Salvador
sobre la mejilla del Santo, que éste en adelante fué
asombro de cuantos le miraban, porque le daba una
belleza de rostro imposible de explicar, y le duró has­
ta su muerte. Adviértase que las palabras del Santo
que van entrecomilladas son de una carta que él es­
cribió al papa Luna el año 1412, y las hemos copiado
al pie de la letra, como las trae Teixedor en su Vida
m anuscrita (lib. I, cap. X X V I1.) (Fages, parte 1.a,
cap. XVI i I; Diago, pág. 107; Serafín, pág. 42; Val­
decebro, lib. I, cap. XX; Vidal y Micóh pág. 76; Gó­
mez, pág. 152; M arietta, lib. II, cap. X X X I.)
CAPÍTULO V

CUMPLIENDO EL MANDAMIENTO D E JESUCRISTO, QUE


LO H I 2 0 SU LEGADO «A LATERE», COMIENZA SA N
VICENTE SU APOSTOLADO ADMIRABLE,

(1393-1401)

Después que San Vicente recibió la visita del Sal­


vador en Aviñón, curando milagrosamente y quedan­
do investido de -la autoridad divina para ir por el
mundo convirtiendo a Dios los corazones de los hom­
bres, su primer cuidado fue despojarse de cuanto po­
día impedirle esta misión divina. Se apartó, pues, de
la Corte pontificia, y, con todas las facultades que le
dió el Papa, comenzó a predicar por Carpentras, si­
guiendo en Aix, Marsella y el Delfinado, llenando a
todos de asombro con su arrebatadora elocuencia y
]a multitud y grandiosidad de los prodigios.

35— 1398—En Zaragoza. La fama de la predica­


ción de San Vicente debió mover a los reyes, que se
encontraban en Zaragoza este año, y 3e llamaron,
bien para consultarle, bien para gozar también ellos
de los beneficios de la palabra del Santo, que en el
Sur de Francia disfrutaban y se disputaban los pue­
blos. Fué, pues, a esta dudad nuestro Santo y comen’
zó a predicar con aquel celo que nada podía contra­
rrestar. Un día, en medio del sermón, se paró en seco,
como suele decirse, y así estuvo suspenso y teniendo
en suspenso al auditorio por un rato, Al fin continuó
LOS MILAGROS DE SAN VI CE NT E F E K K E R 3
— 34 —
el sermón, diciendo: «Hermanos míos. Dad gracias
a Dios conmigo, porque en este momento acaba de
morir mi madre en Valencia y los ángeles se han lle­
vado su alm a al Paraíso.» Tan extraña salida picó la
curiosidad de todos y se anotó el día y el instante en
que San Vicente pronunció estas palabras. Al poco
tiempo se recibió correo de Valencia en que se comu­
nicaba la muerte de la dichosa madre del Santo, ocu­
rrida precisamente en el momento que él la anunció.
(Gómez, cap. XV; Valdecebro, lib. I íl, cap. LII;
Vidal y Micó, cap. VI.)

36 —1399— Ranzano, primer biógrafo del Santo,


al comenzar a hablar de las muchas maravillas que
San Vicente hizo al principio de su predicación extra­
ordinaria, refiere el suceso que sigue, aunque ni lo
data ni fecha. Pero creemos que debió ocurrir por este
tiempo y en el teatro de su apostolado de entonces.
El hecho fué, que un niño había muerto, dejando a
sus padres en el mayor desconsuelo. Se dispuso todo
lo concerniente para el entierro de la criatura; pero
su madre, loca de dolor, no se avenía a la idea de que
su hijo fuera enterrado. H abía ya transcurrido más
de medio día desde que el niño dejó de existir, y sien­
do ya de noche, aquella desolada mujer, sin revelarlo
a nadie, salióse de casa en dirección donde m oraba
San Vicente. Llegada ailí, rogó e instó que la dejaran
hablar en seguida con el maestro Vicente, Su im por­
tunidad lo consiguió. Al estar en presencia del Santo,
se echó a sus pies sollozando con am argura y dicién-
dole: «Vos podéis resucitar a mi hijo si queréis.» El
Santo, viendo aquella fe tan grande, condescendió y
le dijo: «Mujer, vete y duerme tranquila, pues es ya
tarde.» En efecto, al instante el corazón de aquella
— 35 —
madre desolada recobró la tranquilidad y así partió
para su casa. Al llegar se encontró vivo a su hijo,
que, viéndola, le pidió que le diera de mamar. (Fages,
parte 1.a, cap. IX.)

37—1399—Al principio tam bién del apostolado


de San Vicente, y en tierras del Sur de Francia, ju z­
gamos debe referirse el siguiente maravilloso caso.
Un gran pecador llegó al artículo de la muerte, y por
mucho que se hizo no pudo conseguirse de él que se
arrepintiera y confesara de sus pecados. Fué avisado
San Vicente, y, yendo a verle, conoció que aquel in­
feliz estaba desesperado y no confiaba que Dios le
había de perdonar. El Santo le exhortó y animó y al
fin le dijo: «Mira,' yo doy a Dios todos mis méritos a
cambio de tu salvación,» El moribundo entonces se
reanimó, y mirando muy fijamente a San Vicente le
dijo: «Escríbame, Padre, eso en un papel.>> El Santo,
con mucha amabilidad., escribió aquello en un papel,
que entregó al mismo enfermo en sus manos. Luego
que éste tuvo el papel y leyó, conmovióse santam en-
te y comenzó a llorar. Se confesó al fin, doliéndose de
sus pecados, y ya del todo confiado de que se salva­
ría, entró en la agonía. Cuantos presenciaban la dul­
ce paz en que ahora se encontraba aquel hombre, llo­
raban de puro consuelo. La agonía se prolongó un
rato, y al fin aquel hombre murió plácidamente, apre­
tando en sus manos aquel papel. Mas cuando acabó
de expirar, el papel había desaparecido. El mismo
Santo estaba asombrado de esta desaparición del p a ­
pel, Algunos días después predicaba o refería este
suceso, alentando a los fíeles a confiar en la divina
misericordia, y de repente, m ientras él hablaba, un
papel, viéndolo todos, revoloteando sobre la cabeza
— 36 —
del Santo, vino a pararse delante de él. El Santo lo
cogió y desdobló, y su faz no pudo menos de inm utar­
se viendo que era el mismo que él había escrito y que
el enfermo retuvo en sus manos hasta expirar, des­
apareciendo luego, «iEra, dice Fages, la cédula re­
expedida por Dios!», para certificar de la salvación
del que había muerto. (Fages, parte 6.a, cap. XL)

38—1400— La guerra que el demonio siempre ha­


bía hecho a San Vicente se acentuó más cuando el
Santo emprendió sus correrías apostólicas, después
de la visión de Aviñón. Todos los documentos de aque­
llos tiempos nos atestiguan que en el siglo x iv y
principios del x v estaban infestados muchos pue­
blos de Europa de diablos disfrazados, generalmente
de ermitaños. En el Delfínado, donde ahora coloca­
mos al Santo, y en Lombardía, Cerdeña y otros pue~
blos de Italia y de España, donde le veremos pron­
to, estos ermitaños-demonios solían vestir con mucha
austeridad y llegaban a infundir en las gentes cierta
veneración hacia ellos, que al momento se podía ver
que no era buena: las gentes no se hacían humildes
ni adquirían fervor cristiano; antes se notaba en los
que los seguían cierto orgullo e indiferencia religiosa.
Esto hizo entrar en sospechas a San Vicente Ferrer,
y miró, por lo mismo, con prevención a los dichos er­
mitaños. Sucedió que un día que el Santo exorcís-
taba a un poseso, echó mano, como es de rúbrica,
del agua que el Santo creía era bendita, pues así se
lo habían asegurado algunos erm itaños que presen­
tes estaban. El endemoniado, sin embargo, cuando
el Santo le echaba el agua, se burlaba de él diciendo:
«¡Valiente agua, valiente agua!» Y como el exorcismo
no producía efecto, el Santo juzgó que'aquella agua
— 37 —

no era bendita, y juzgó bien. Porque luego que ia ben­


dijo y la empleó, así bendecida por él, el exorcistado
quedó libre. Otras veces el Santo observó que algu­
nos fieles se acercaban a él desdeñosos y hasta le lla­
maban mal cristiano, instigados por los ermitaños
misteriosos. Entonces el Santo se encaraba con éstos
y les argüía de viles y enemigos de Dios, y súbita­
mente se veían desaparecer, como por ensalmo, aquellos
marrulleros andrajosos; y visto esto, los fieles que in­
sultaran al Santo> echándose a sus pies, le pedían
perdón. En el célebre Concilio que el Papa Luna ce­
lebró en Perpiñán, al cual, como es sabido, asistió
San Vicente, uno de aquellos ermitaños, de muy ve­
nerable aspecto, sentóse junto al Papa, San Vicente,
al terminar el Concilio, se acercó a este ermitaño y
le dijo: «Tú eres un demonio disfrazado.» El ermitaño
contestó: «¡Calla, traidor! Me voy porque tengo que
hacer; pero pronto recibirás noticias de lo mucho que
yo puedo,» Y desapareció. Á la siguiente mañana se
supo que el supuesto ermitaño había dado muerte al
abad de cierto monasterio. El Santo, con este mo­
tivo, explicó la maldad de aquel ermitaño, que en
realidad era el demonio disfrazado. {Fages, parte 2.a>
caps. II y XI; Gómez, cap. XVI11,)
CAPÍTULO VI

APOSTOLADO DE SAN VICENTE POR ITALIA, PAÍSES


BAJOS Y ALGUNOS PU EBLO S DEL S U R ' DE FRANCIA

(1401-1408)

39—1101— Por una carta que San Vicente escri­


bió al Rmo. Maestro General de los Dominicos, fe-
chada en Noviembre de 1403, sabemos que desde
primeros de 1401 anduvo por varias ciudades y vi­
llas de Lombardía, Saboya y otras regiones de Ita­
lia, haciendo tales conversiones y confirmando Dios
su predicación con tales milagros, que su nombre es
uno de los más famosos entre los apóstoles de aquel
país. En adelante los milagros de San Vicente son
más en número. Como de los primeros en Italia, re­
feriremos el obrado por el Santo en Ferusasco, Predi­
caba en este lugar, y era tal !a confianza que en su
santidad tenían aquellos moradores, que un día, aca­
bado el sermón, nuestro Santo fué detenido por una
mujer que llevaba en brazos un niño epiléptico. El
Santo quedó esperando que acabara aquella mujer
de decir lo que quería. Arrodillada a sus pies 3e pre­
sentaba su hijito, y al fin comenzó a llorar y explicar
al Santo lo que la criaturita sufría, añadiendo: «Vos
curadlo, o, por lo menos, poned vuestra mano sobre
mi hijo.# El Santo, conmovido ante los sollozos de
aquella madre, la procuraba consolar con palabras
de resignación, Pero ella insistía en que tocara a su
hijo, AI fin el Santo accedió a esto. Puso su mano so-
— 39 —
bre el niño y de repente desapareció de él aquella
dolencia, sin que jam ás le volviera. {Fages, parte 2.a,
cap. III.)

40— 1402— En Saboya, en un lugar que se decía


Valle Impuro, había predicado San Vicente con ta n ­
to éxito, que conquistó muchas almas para la virtud,
sacándolas dei cenagal de los vicios. Los hombres m a­
los, que nunca faltan, no podían sufrir que el Santo
así cambiara en buenas 3as costumbres depravadas en
que aquellas gentes vivían, con lo cual ellos veían­
se contrariados en la satisfacción de sus desenfrena­
das pasiones. Por esta causa intentaron muchas ve­
ces quitarle la vida, como el mismo San Vicente es­
cribe. Con tan depravado intento, una noche, unos
cuantos malvados subiéronse al tejado de la casa
donde San Vicente se hospedaba, y comenzaron a
levantar las tejas de la cubierta de su dormitorio.
Pero Dios velaba por su fiel siervo, y los malvados
fueron sorprendidos milagrosamente sin haber po­
dido realizar sus criminales proyectos. Fué tal ]a im­
presión que les causó este caso, para ellos inexplica­
ble, que todos, confusos y humillados, confesaron p a ­
ladinamente su crimen y dijeron que el maestro V i­
cente era muy santo, y en adelante no sólo no le m o­
lestaron, sino que todos emprendieron una vida a l­
tamente cristiana y morigerada. Este iugar cambió
desde entonces el nombre de Valle Im puro en Valle
Puro, o Valpure, que dicen las historias antiguas, y
después se llamó Valluise, de Luis X IV de Francia.
(Fages, parte 2.a, cap. II.)

41— 1402—En Alejandría de Paila (Italia) pre­


dicaba San Vicente en e! mes de junio, y entre los
— 40
de su auditorio distinguió a un jovencito que se lla­
maba Bernardino Albizesca. Luego que terminó el
sermón lo llamó, conversó con él un rato, y al fin hizo
que le acom pañara a su morada, donde le sentó a su
mesa y le agasajó extraordinariam ente. Al otro día
volvió el Santo a predicar, y en medio del sermón
apostrofó a sus oyentes, diciéndoles que todos dieran
a Dios muchas gracias porque les había concedido
un joven de ta n ta virtud como Bernardino. «Este jo­
ven, añadió, andando el tiempo se hará franciscano
y predicador famosísimo, y será canonizado antes
que yo.» Y sucedió, efectivamente, como San Vicen­
te lo tenía anunciado. Aquel joven, hoy gloria purí­
sima de la Orden de nuestro P adre San Francisco, fué
canonizado el año 1450,„ esto es, cuatro anos antes
que nuestro Santo. Se llama San Bernardino de Sena
y su fiesta se celebra el 20 de Mayo. {Fages, parte 2.a,
cap. II; Ranzano, lib. III, cap. í; A ntist, pág. 116;
Serafín, pág. 79; Diago, pág. 145; Gómez, cap. XÍV;
Vidal y Micó, cap, VI; Valdecebro, lib. I, cap. XX IV ,
y lib. IV, cap. LII; Teixedor, lib. II, cap. IV,)

42—1402—Alba Pompeya. Llegó San Vicente a


esta ciudad y se hospedó en el Convento que allí tie­
ne su Orden, y ocupó la celda de un tal Fr. Teobaldo.
Este íe dio al Santo una llave de la habitación y él,
sin decirlo a nadie, se quedó con otra, para entrar
cuando bien le pareciera. Muchas veces, picado Fray
Teobaldo de la curiosidad, solía entrar en la celda
sin previo aviso, sólo por ver quá hacía el santo P a­
dre Vicente, al cual indefectiblemente encontraba tra ­
tando con Dios. Y depuso además Fr. Teobaldo que
por espacio de un día entero, con su noche, anduvo
entrando en la celda a cada hora y siempre halló al
- - 41 —

Santo en oración y en forma que parecía estar con


algún amigo, oyéndole claram ente conversar con Dios
como conversa un hombre con otro. El Santo no se
apercibió de estas tretas que se traía el curioso Fray
Teobaido. (Fages, parte 2.a, cap. III; Proceso, folio
181, parte 1.a; Valdecebro, lib, I, cap. XXIV; Teixe­
dor, lib. I í h cap. IV.)

43—1403—Montecalieri. Venido a este pueblo, San


Vicente se hospedó en casa de una familia labriega.
Aquel país hacía tiempo que venía sufriendo mucho
a causa de grandes torm entas que caían sobre los
campos, destrozándolos por completo. Un día el hués­
ped del Santo le preguntó: ((Maestro Vicente, ¿cómo
me las arreglaré para librar mis campos de esa cala­
midad de las torm entas que todos los años vienen a
echármelos a perder?» El Santo le dijo simplemente:
«Este año no te sucederá este mal; yo lo arreglaré.»
Y en efecto, a poco se desencadenó sobre aquel té r­
mino una terrible tem pestad de granizo, que convir­
tió en tristes desiertos los campos que mucho pro­
metían; pero en medio de aquella inmensa sabana de
ruinas, cuya vista afligía el corazón, destacábase, a gui­
sa de isla frondosísima, el campo de la propiedad del
huésped. Aquello causó un asombro indescriptible en
todos. El Santo predicó con este motivo un sermón so­
bre la eficacia del agua bendita, aun contra los males
temporales, y, exhortando al auditorio a su uso,’ dijo:
«Sed buenos y rociad los campos con agua bendita,
aprovechándoos de este remedio tan sencillo que os
ofrece la Santa Madre Iglesia.» La m ayoría de los
labradores se rieron y hasta se burlaron del Santo,
porque no les daba otro remedio para conjurar los
males que amenazaban de continuo a sus cosechas;
— 42 —
pero cuando vieron que las tem pestades se sucedían,
haciendo cada vez más destrozos, acudieron a él hu­
mildes, implorando que los remediara. El Santo los
recibió con afabilidad y Ies dijo: «Buena gente, Dios
vendrá en vuestro auxilio.» Y yendo con ellos roció
los campos con el agua bendita, y los campos, destro­
zados muchas veces, florecieron y la cosecha de aquel
ano superó a las de muchos años atrás. Desde este
suceso, en aquella región se acostum bra bendecir los
campos rociándolos con agua bendita e invocando
al santo Maestro Vicente Ferrer. (Fages, parte 2.*,
cap. III; Proceso, fol. 221, parte 1.a; Valdecebro, li­
bro III, cap. X L II; Cronista del Convento de Chieri;
Teixedor, lib. I, cap. IV.)

44— 1404:— Desde que San Vicente comenzó su


apostolado pudo observarse un fenómeno que se re­
pitió infinidad de veces, como veremos, y era que su
predicación tenía el don singularísimo de dejar a to ­
dos convencidos o por lo menos tan claram ente en­
terados de lo que predicaba, que nadie de los que le
oían quedaba con la menor sombra de duda. Y otra
cosa admirable solía suceder: que le oían y com pren­
dían todas y cada una de sus palabras por muy lejos
que de él estuvieran, si de verdad ponían ánimo en
escucharle. Por eso se suele decir, al ponderar la pre­
dicación de San Vicente, que la distancia no influía
para nada en sus sermones. Muchas veces, de intento,
muchas personas se alejaban extrem adam ente del púl-
pito o sitio donde predicaba, y siempre probaron que
la voz del Santo llegaba a 'ellos tan distinta y clara
como si estuvieran pegados al pulpito. (Fages, p a r­
te 2.a, cap. VI; Gómez, cap, X; Serafín, pág. 50; Vidal
y Micó, págs. 84 y 175; Teixedor, lib. II, cap. X X IX .)
— 43 - -

45— 1404— Es muy digno de notarse otro prodi­


gio de San Vicente, referido varias veces y por mu­
chos testigos de vista, y que ellos mismos lo experi­
mentaron, sobre todo en Italia y Francia. Cuando a
alguno de los que iban a los sermones del Santo o
trataban con él se le ocurría alguna duda, algún re­
paro, no tenía que hacer otra cosa que preguntarse
a sí mismo en su interior. El Santo, como sí leyera
en el interior de ellos, al punto les contestaba o decía
lo conveniente para que las dudas se disiparan. Su­
cedía muchas veces que varios escribían sus dudas
en papeles que depositaban dentro o al pie del pul­
pito donde predicaba el Santo, y al otro día, oyendo
el sermón del Santo, notaban que iba dando respues­
ta a cada contenido de los papeles, que aún perm ane­
cían sin desdoblar en el sitio donde se colocaron. F i­
nalmente, con sólo desear uno seriamente consultar­
le, aun sin decírselo, el Santo se adelantaba a dar e]
consejo ansiado. (Fages, parte 2.a, cap. VI; Gómez,
cap. X.)

46— 1404— Este año desde Italia fué el Santo a


Lyon, y fueron tantas las maravillas que obró en aque­
lla ciudad, que el Cabildo de la Catedral redactó esta
nota ad perpetuam reí mem oriam: «Durante su (de
San Vicente) permanencia en Lyon era tan considera­
ble el número de enfermos que acudían a él diaria­
mente, que era imposible contarlos. Además, visita-1
ba, a ciertas horas, a los enfermos que no podían ir
por sí; los tocaba recitando muy hermosas y devotas
oraciones, y a todos curaba por la imposición de sus
manos.» (Fages, parte 2.a, cap. IV.)

47— 1404— En Lyon, Predicaba allí por Septiem ­


bre, y con el Santo llegaron a aquella ciudad los 2.000
y pico disciplinantes que se le habían reunido desde
que salió de Aviñón, a cumplir la misión que le había
dado Jesucristo. Entre ellos iban varios sacerdotes,
que solían confesar a los que ei Santo convertía con
sus sermones. Esta vez fué un soldado convertido
quien nos va a probar cuán discreto era San Vicente
Ferrer. Este soldado hizo su confesión con uno de
aquellos sacerdotes. Este le impuso por penitencia,
pues eran muchos y grandes sus pecados, que fuera
a la procesión de los disciplinantes, que solían hacer
los de la compañía de San Vicente en los pueblos don­
de entraban, y que durante ella se disciplinase ta m ­
bién. El soldado repugnaba mucho esta penitencia.
Entonces el confesor le pidió permiso para consultar
el caso con San Vicente. Este le dijo al sacerdote:
«No le mande usted que se discipline: basta que asista
a la procesión.f> El soldado admitió ya la penitencia
con esta condición. Asistió, pues, a la procesión; pero
at ver el fervor y devoción con que se disciplinaban ios
de la compañía del Santo, se llenó de tan gran dolor
de sus pecados, que pidió unas disciplinas y se disci­
plinó con más fervor y devoción y rigor que los otros.
(Fages, ibíd.)

48—1405—Genova, Ya habían transcurrido casi


media docena de años desde que San Vicente comen­
zó su divino apostolado, y «a nadie, dice Fages, se le
ocurriera preguntarle en qué lengua hablaba». Es lo
cierto que el Santo llegaba a un pueblo de ítalia,
Francia, Flandes, Cataluña, etc., subía al pulpito,
arrebataba a sus auditorios con su gran elocuencia
y todos creían que hablaba la lengua de cada uno de
sus oyentes. Ei Señor quiso al fin que el mundo
— 45 —
se fijara en esta m aravilla que nos refieren los his­
toriadores, y la cusí es otro insigne carácter de la
divina misión de nuestro Santo. La ciudad de Génova,
que por aquellos tiempos se podía lla m a ra n pueblo de
todas las lenguas conocidas, fué el primer lugar donde
se descubrió que San Vicente poseía el don de lenguas.
En Génova vivían gentes de todos ios países civili­
zados, porque allí tenían sus negocios mercantiles y
financieros, y muchos genoveses hacían fortuna ejer­
ciendo el oficio de intérpretes. Pues bien, todas estas
gentes, de tan distintos idiomas y dialectos, acu­
dían al sermón o sermones del Santo, y todos le oían
y entendían como si hablara el lenguaje de cada uno.
Este fenómeno no pudo menos de notarse por aquellos
hombres observadores, y com enzáronlas disputas so­
bre si el Santo había hablado en italiano, o en francés,
o en polaco, etc. Y llegaron a agriarse los ánimos,
pues cada cual sostenía que el Santo predicaba en
la lengua que cada cual tenía por suya. Y fué ta n ta
la gravedad de estas disputas, que los m agistrados
tuvieron que intervenir y acordaron, para dar sen­
tencia segura, preguntar al Santo mismo acerca de
esto. Fueron, pues, con la cuestión a San Vicente y
íe preguntaron o le expusieron las causas de los dis­
turbios. El Santo, líeno de mansedumbre y dulzura,
les contestó: «Hermanos, todos tienen razón. Yo pre­
dico y hablo únicamente mi lengua, que es lalem osína,
pues no sé otra (1), fuera del latín y un poco de hebreo;

(1) No podemos creer que esta expr&sión sea enteramente


del Santo, a menos que se explique. Pues es innegable que
además del lemosín sabía el castellano y , en general, e] romance;
pero la hemos dejado como la traen los biógrafos.
— AC) —
pero Dios Nuestro Señor hace que todos la entiendan
cuando yo íes hablo, y por eso cada cual crse que h a ­
blo su lengua propia.» (Fages,. parte 2.a, cap. VI.)

49— 1405— En Génova, dice Tacchetti, obró San


Vicente uno de los mayores milagros que jam ás se
han visto. Este milagro, añade Tonna, ocurrió por
el verano de este año, y fué el siguiente. En Génova,
las mujeres, en especial las de la nobleza, tenían cos­
tum bre de ir a la iglesia con la cabeza descubierta y
ostentando una liviandad y vanidad a todas luces
contrarias al espíritu del Evangelio. Se había tra b a ­
jado muchísimo para desterrar tal abuso, pero todas
las energías, todo el celo de los Prelados resultó in­
útil hasta entonces para remediar esta aberración.
Llegado allí el Santo y habiendo observado estas in­
conveniencias, predicó contra ellas con ta n ta energía
y persuasión, que al instante las señoras nobles se cu­
brieron y fueron al templo con modestia, y todas las
mujeres siguieron el ejemplo, sin que una sola volviera
a ir a la iglesia con la cabeza descubierta, Y fué tan
notable y firme esta m udanza, que aun a principios
del siglo x x las señoras genovesas de alguna posición,
cuando van a la iglesia, llevan el velo tal como lo
aconsejó San Vicente. Es bastante parecido a la m an­
tilla española. Se llama esa prenda m ezzaro; suele
tener de dos a tres varas de largo y lo llevan a modo
de cha!, pero cubriéndoles la cabeza, como les ordenó
San Vicente Ferrer. E sta vestim enta agradaba m u­
cho a la Em peratriz Josefina. (Fages, parte 2.a, capí­
tulo VI.)

50— 1406—Bruselas. Cuando San Vicente pre­


dicó en esta ciudad se' encontraba enfermo el duque
— 47 —
de Cléves. Nada podía sanar al enfermo. Como eran
tantos los prodigios que se decían obrados por el San­
to, le rogaron que se dignara visitar y curar al duque.
El Santo fué, oró y bendijo al ilustre enfermo, y éste en
el mismo instante recobró com pletamente su perdida
salud, quedando admirados él y cuantos presencia­
ron el caso. En memoria de este milagro se encargó
al célebre artista janssens un cuadro en que se re­
presenta el prodigio. E sta pintura se colocó más ta r­
de sobre el altar m ayor de la iglesia de los Dominicos,
fundada allí por D.a Isabel de Portugal, duquesa de
Brabante, y erigida en virtud de un breve dado el
5 de Noviembre de 1457 por el Papa Calixto III.
Esta iglesia se dedicó a San Vicente Ferrer, poco a n ­
tes canonizado. El célebre trabajo de Janssens fué
trasladado a la iglesia de Santa Catalina, según los
cronistas He une y W auters. (Fages, parte 2.a, capí­
tulo V III.)

51— 1407— Lyon. O tra vez arribó a esta ciudad,


mediado el año 1407. El entusiasmo por verle y oírle
aumentó ahora, porque sus milagros iban tam bién
en aumento.. En uno de sus sermones, al que parecía
no faltaba una sola alma de aquella populosa ciudad,
el santo maestro Vicente, después de hablar de cosas
que llegaban al fondo de los más duros corazones, le­
vantó el tono de la voz, y muy solemne y con aparato
oratorio exclamó: ((Hermanos, os advierto que en una
de las casas principales de estas cristianas tierras se
está amasando un pastel que, cuando se descubra,
va a oler muy mal.» El público no comprendió lo que
el Santo quería decir; pero el día 22 de Noviembre
todo Lyon cayó en la cuenta y todos vieron bien clara
la alusión de San Vicente y lo que aquellas palabras
anunciaban. En efecto, ese día estalló el complot
político y cayó asesinado el duque de Orleans, como
nos refiere la historia. Todos los biógrafos, como si
precediera un convenio, traen las mismas palabras
lemosinas con que el Santo profetizó este trágico su­
ceso. Son éstas: Es f a un p a sü s, lo qual cu and será des-
cubert p u d irá m olí forí . (Fages, parte 2.a, cap. VII;
Proceso, fol. 171, parte 1.a; Spondano, t. I, ann. 1407,
núm. 8; 1410, núm. 15; 1419, núm. 9; Monstres, li­
bro í ( cap. X III; Gómez, cap. XIX; Vidal y Mico,
cap. VI; Valdecebro, lib. IV, cap. LII; Teixedor, li­
bro II, cap, VI.)
CAPÍTULO VII

RÁPIDA EXCURSIÓN A GALICIA Y A N D A L U C ÍA .— ATRA ­


VIESA AMBAS CASTILLAS, GUIPUZCOA Y N A V A R R A ,
Y V U EL VE A LA PARTE MER ID IONAL DE FRANCIA,

(1408)

52—140S—Movido tal vez San Vicente por una


carta que le escribió el rey moro de Granada, invitán­
dole a que fuera a su reino, porque tenía grande in­
terés en oirle, y pensando el Santo en el mucho fruto
que podría reportar a la religión si convertía a aque­
llos moros, se determinó volver a España precipita­
damente, y a principios de este año nos lo hallamos
en Santiago de Galicia. Sin duda fué allí para implo­
rar la intercesión del Apóstol, Patrono de las Espa-
ñas. En esta ciudad ocurrió un suceso que ciertamente
revela el gran poder de que gozaba cerca del Altísimo
este taumaturgo del siglo xiv. Un día, después de
terminar los oficios en la Basílica Composteiana, a
que el Santo había asistido con particular devoción,
y rodeándole la multitud, que no acababa de salir
de su pasmo ante los muchos milagros que allí obra­
ba, se vi ó penetrar entre aquellas masas vivientes
un hombre joven, bien apuesto y fornido, pero ente­
ramente ciego. Cuando llegó adonde estaba el Santo,
se echó a sus pies y comenzó a suplicarte, con vivas
instancias, que le devolviera la vista. La alta estatu­
ra, la voz sonora y los llantos de aquel joven ciego
LOE MILAGROS DE SAN VI CE NTE FERRER 4
- 50 —
llamaron la atención de todos, y todos creyeron que
San Vicente le devolvería la vista en seguida, hacien­
do sobre él la señal de la cruz, como con tantos otros
había hecho. Pero todos se equivocaron. Con sorpre­
sa general oyeron al Santo decir al ciego: «Hermano,
yo no hago milagros; los milagros sólo los hace Dios.
¿De dónde eres?» El ciego respondió: «De Oviedo, en
tierra de Asturias.») Repuso el Santo: «Bien, vuelve a
Oviedo, entra en la Catedral y allí, de rodillas ante
la imagen del Salvador, dile que yo te envío, para que
te cure, y serás atendido.» El joven no titubeó, se
puso en camino, y llegado ante la imagen del R eden­
tor, le dijo: «Señor, el Hermano maestro Vicente me
envía para que Vos me curéis.&No bien acabó de pro­
nunciar estas palabras, recobró enteram ente la vista.
Este prodigio se divulgó por los reinos de A sturias
y Galicia, y por doquiera se bendecía a Dios, que tan
gran poder había concedido al santo predicador. De
este hecho se hizo información canónica ^n ía Curia
de Oviedo, (Fages, parte 2.a, cap, IX; Serafín, pági­
na 388 (notas); Vidal y Micó, Novena, día 1.°; Teixe­
dor, lib. II, cap- V IIÚ

53—1408—Ecija. El domingo de Ramos predi­


caba aquí San Vicente y le oía u n a . m ultitud inmensa
de cristianos y judíos. E ntre éstos se encontraba una
judía rica y poderosa, pero muy terca, pues a pesar
de ver claramente los resplandores de la verdad de
la predicación del Santo, no cesaba, sin embargo, de
dirigirle palabras sarcásticas. Este día, durante el
sermón, todos m ostraban estar más atentos y silen­
ciosos, coss que a la altiva hembra vino de perlas
para hacer alguna de las suyas. En efecto, con el fin
de hacer más patente su desprecio al Santo, y llamar
— 51 -
más hacia sí la atención de todos, a la m itad del ser­
món se levantó para regresar a su casa. Indignado el
auditorio con el ruido que esto ocasionó, todos le ce­
rraban el paso y se armó un alboroto. Es lo que ella
deseaba. Pero de repente el Santo levantó la voz e
impuso silencio y dijo: «Dejad salir a esa mujer; pero
que se retiren inm ediatam ente cuantos están en el
pórtico .>> Como movidos por un resorte, se apartaron
de allí los que estaban en el pórtico, y tan luego llegó
debajo de él la orgullosa hebrea, cayó la puerta sobre
ella y la dejó aplastada y tan m uerta, que al retirarla
de allí era sólo una masa informe de carne ensan­
grentada. El espanto fué inmenso. Todos se miraban
y no se atrevían, aunque en sus semblantes lo decían
expresamente, a pedir al Santo que remediara aque­
lla desgracia, evidente castigo de Dios a la popular
y temida mujer. San Vicente consoló al auditorio y
a los parientes de la m uerta en especial, y allí mismo
se puso en oración. AI pasar unos instantes, exclamó
con voz potente: «Mujer, en nombre de Jesucristo, re­
cobra la vida.» En ei mismo instante la masa de car­
ne aplastada se animó y la mujer se levantó sana y
salva. Pidió en seguida perdón al Santo y a cuantos
con sus altiveces tenía ofendidos y se bautizó, em­
prendiendo una vida del todo piadosa. Destinó una
buena parte de su fortuna a una fundación piadosa,
para que, en memoria de este suceso, todos los años,
el domingo de Ramos, se celebrara una íiesta solem­
nísima con procesión y sermón, en el cual se tenía
que relatar perpetuamente este hecho, y para el ser­
món había que nombrar un P. Dominico. Cuando
más adelante hubo de restaurarse aquel templo, se
conservó la puerta de este suceso, como el pulpito en
que el Santo predicaba en aquel instante. El último
— 52 -

P. Dominico que predicó en Ecija esta fiesta es el


P, Fr. Marcial Pérez de Mina, fallecido al comenzar
el siglo actual. En aquel Convento existían tam bién
varios cuadros representando este milagro, pero to ­
dos han desaparecido, con la Comunidad ecijana, por
gracia de los vandalismos adm inistrativos del aciago
año 1835. (Fages, parte 2.a, capítulo IX; Valdecebro,
lib. I, cap. XX X ; Teixedor, lib. II, cap. V IL)
■s

54— 1408—Prolesque. Es un pueblo de A ndalu­


cía (1). Cuando a aquella región fué San Vicente, lla­
mado por el rey moro de Granada, era tan celebrada
su doctrina, que todos los literatos se desvivían por
oírle. Había en este pueblo un judío muy letrado,
pero, dominado por su orgullo, no quería que le vieran
que iba a oir las enseñanzas deí Apóstol de Cristo. Se
convino, pues, con un cristiano, muy amigo suyo,
para que, durante uno de los sermones del Santo, pu­
diese oirle, escondido en su casa, en un cuarto que
precisamente daba a espaldas del lugar donde se
había levantado el estrado o pulpito. Así se hizo. El
judío, antes que el Santo comenzara su sermón, ya
estaba en su escondrijo. Pero, a poco que el ser­
món hubo comenzado, el judío quedóse dormido. El
Santo, suspendiendo el razonamiento, con asombro
grande del auditorio, que ignoraba lo que ocurría,
apostrofó al .judío, levantando la voz y diciendo:
«¡Oh, tú, hijo de Israel! Despierta y oye cómo las San­

(1) Así dicen todos los autores que hemos visto. Pero no he­
mos podido verificar este nombre. En toda Andalucía, ni aun
en toda España, hay pueblo que así se nombre. Es, por tanto,
un vocablo mal escrito, que no sabemos a cuál responde.
— 53 -
tas Escrituras prueban hasta la convicción que el
Mesías es ya venido y es Nuestro Señor Jesucristo.»
El judío despertó todo azorado, y visto que el Santo,
con luz profética, había penetrado sus intentos, que
nadie sino él y su amigo conocían, salió de su escon­
dite, se arrojó a los pies del Santo, confesó pública­
mente su error y abrazó con fervor la fe católica.
(Teixedor, lib. IV, cap. I; Ranzano, lib. III, num e­
ro 15.)

55— 1408—De Andalucía partió San Vicente en


dirección al Norte, predicando antes por algunas pro­
vincias de la Península. Llegó a Toledo, y el celo que
en Andalucía había desplegado contra los judíos le
dió alientos aún para realizar en la ciudad imperial
otro hecho famosísimo. Se resume en esta inscripción
sobre uno de los muros de Santa María la Blanca de
aquella ciudad. Dice: «Este edificio fuá Sinagoga has­
ta los años 1405 (1), que se consagró en iglesia con t í ­
tulo de Santa María la Blanca, por la predicación de
San Vicente Ferrer.» El hecho aquí aludido ocurrió
así: Un día predicaba nuestro Santo en la iglesia de
Santiago, sita en el arrabal, y le oía un inmenso gen­
tío, compuesto todo de solos cristianos. El Santo pa­
rece que ponderaba las excelencias de las misericor­
dias de la Santísima Virgen. A la m itad de su razo­
namiento su rostro se encendió como de luz sobrena­
tural, y en tono patético dijo: «¿Es posible, hermanos
que en Toledo, tierra que visitó la Santísim a Virgen
María, bajando del cíelo para hablar con el santo a r­

(1) Fecha a todas luces equivocada.


— 54 -
zobispo Ildefonso, se consientan edificios tan hermo­
sos como el que tienen aquí los judíos, enemigos del
Hijo divino de María? ¡Vamos ahora mismo a esa
Sinagoga y convirtám osla en templo de la Madre de
Dios!» Y en eí acto tomó en su mano el Crucifijo, bajó
del pulpito y se encaminó hacia la Sinagoga, siguién­
dole todos. Los judíos de la ciudad y los que estaban
dentro de la Sinagoga, sobrecogidos de un tem or so­
brehumano, no sólo no opusieron resistencia, sino
que, en su mayoría, los recibieron con alborozo, con­
virtiéndose casi todos, al ver el prodigio de que su
Sinagoga fuera ocupada por el Santo y el pueblo
cristiano, con tan decisiva intrepidez y unánim e sen­
tir. San Vicente, una vez dentro de aquel grandioso
edificio, dirigió la palabra a judíos y cristianos, y
sin pérdida de tiempo la Sinagoga fué consagrada al
culto verdadero y dedicada a la Virgen Santísima.
Y se llamó de Santa María la Blanca, por la blancura
purísima de las paredes de aquella joya m onumental
de la judería de Toledo.
Al referir Fages este suceso, recuerda muy opor­
tunam ente la insensatez con que en pleno Parlam en­
to, en 1869, el Sr. Castelar se atrevió a injuriar la me­
m oria del Santo, a quien hacía fautor de las m atanzas
de judíos ocurridas en los siglos medios en varios lu­
gares de España. Y ciertam ente, aparte su mala fe,
sólo la ignorancia pudo excusar al Sr. Castelar. Con­
fundía sin duda este suceso con las dichas matanzas;
fuera de que, por m uy poca historia de España que
uno posea, sabe perfectam ente que siempre que en
el siglo x iv sale el nombre de Vicente Ferrer, en las
cuestiones referentes a los judíos, sea en Valencia,
en Toledo, en Zaragoza, etc., siempre es para decir
en su elogio que, con su palabra admirable, reprimía
- 65 —
el ímpetu de los cristianos contra la raza hebrea, y
defendía a los judíos y sus intereses, amparándolos
ante los pueblos y los reyes. Pero nada nos debe e x ­
trañar la salida extravagante de aquel político. Se­
guía en esto 3a consigna sectaria de los enemigos de
ía Iglesia, aunque para sus adentros le quedara o tra
cosa bien distinta, (Fages, parte 2.a,. cap. X.)

56— HQ8— Huete. Detúvose aquí San V icen tejr


predicó a sus vecinos. Estos venían sufriendo mucho,
de tiempo inmemorial, frecuentes y agudas enfer­
medades que en personas como en bestias causaban
las aguas de un m anantial del que se proveía el ve­
cindario, tanto para beber como para las otras nece­
sidades de la vida. San Vicente fué enterado m inu­
ciosamente de todas estas desgracias y miserias. Y
como todo el pueblo miraba al Santo como a un en­
viado de Diost todos le dijeron que ponían en él su
confianza, y que él, si quería, podía remediarlos. San
Vicente se conmovió, y siguiéndole todo el vecinda­
rio, se encaminó hacia donde estaba el m anantial
fatídico. Llegados ailí, e! Santo bendijo aquellas aguas
y dijo; «íBuena gente: bebed ya y usad sin miedo de
este manantial.)) Desde entonces aquellas aguas se
volvieron muy saludables y ya nunca causaron daño
en 1a salud de aquel pueblo. (Fages. parte 2.a, cap. X;
Valdecebro, lib. I, cap. X X X IV .)

57— 1408—-Por este año llegó San Vicente Ferrer


a un pueblo de G uadalajara que dicen Luzón. P re ­
dicó allí, arrebatando los ánimos de todos en
forma que le aclamaban de continuo. Luego que
el Santo abandonó el lugar, los vecinos comenzaron
a venerar con mucho respeto y como preciosa reli­
56 -
quia una gran piedra sobre la cual había predicado.
La devoción fué creciendo, y muchos comenzaron a
raer aquella piedra, y con grande fe echaban aquellos
polvos en el agua y en los alim entos de los enfermos,
los cuales infaliblemente sanaban. Al fin, visto el
prodigio, la piedra fué reducida a polvo y éste dis­
tribuido como medicamento celestial, y con él se
consiguieron innumerables curaciones.

5S— 1408—Dirigiéndose hacia el Norte de E spa­


ña y habiendo salido de Toledo, San Vicente arribó
al célebre monasterio de Jerónimos de Lupíana, pro­
vincia de G uadalajara. Recibido por aquellos monjes
con grandes m uestras de cariño y veneración, después
que saludó a la Comunidad, acompañándole ésta, re
corrió las dependencias del Monasterio, Cuando más
satisfechos iban los monjes mostrando la casa a nues­
tro Santo, éste se detuvo, levantó al cielo sus ojos y,
dirigiéndolos después a los religiosos, les dijo: «Este
Convento es la casa de los Angeles.» La memoria de
este dicho de San Vicente fué allí uno de los más pre­
ciados recuerdos; por escrito y de palabra fueron
siempre comunicando los antiguos a los modernos
esta expresión, de que se gloriaban en extremo aque­
llos monjes. Al cabo de 220 años, es decir, el día 28
de Abril de 1630, se pudo probar que la expresión de
San Vicente fué una profecía. Efectivamente, en este
día volvía toda la Comunidad de llevar el santo Viá­
tico a un monje enfermo y, al entrar en el coro, todos
los religiosos quedaron pasmados y como arrebatados
por una fuerza divina, pues se dejó oir una melodía
del todo celestial y angélica. Abierta información ca­
nónica sobre este suceso, se confirmó ser verdad que
los monjes todos oyeron aquellos cánticos de los An­
— 57 —
geles, y así se consignó jurídicam ente por auto que
el año 1631 firmó el Emmo. Cardenal Antonio Zapata,
Inquisidor general del reino y arzobispo de Toledo.
(Fages, parte 2.a, cap. X.)

59—1408—San Sebastián. H abía llegado San Vi­


cente a esta ciudad, y con el entusiasmo que en todas
partes levantaba la fama de su predicación y de sus
milagros, comenzó a predicar aquí, yendo a oirle cuan­
tos vivían en la ciudad y pueblos circunvecinos. Un
pastor que apacentaba su ganado en un collado pró­
ximo, entró en vivos deseos de oirle también; pero no
podía compaginar el logro de sus anhelos con los de­
beres de su oficio, pues no encontraba quien le guar­
dara, entretanto, su ganado. Al fin se le ocurrió en­
comendarlo, en su mente, al mismo Santo. Reunió,
pues, todas las reses como en aprisco, y con su caya­
do trazó en tierra un círculo alrededor del ganado,
y cual si éste le entendiera, lo apostrofó así; (Voy a
oír al P. Vicente. Nadie se mueva hasta que yo vuel
va»; y hecho esto, se partió al pueblo y se colocó en
sitio conveniente para oir el sermón que iba a comen­
zar. Muy a gusto escuchaba cuanto decía el Santo,
y ni el menor fastidio sentía estando allí tan pren
sado por la m ultitud que se había apiñado. Y cuan
do este fiel guardador de ganado con más embeleso
saboreaba la admirable elocuencia de San Vicente,
entróle un pasmo que a todos dejó admirados. Era
que el Santo, después de un razonamiento, lo refor­
zó así: «Lo mismo que ese pastor que hay ahí, que ha
dejado su ganado en el monte, después de m arcar
en tierra un círculo a su alrededor.» Sin embargo, el
pastor siguió hasta el fin del sermón, sin abandonar
su sitio; pero terminado aquél, salió veloz, como un
- 58 —
rayo, hacia donde había dejado el ganado, llevando
en su ánimo el tem or de que éste, con ta n larga au­
sencia suya, se hallara disperso. Mas no sucedió así.
Ahora quedó doblemente maravillado, pues lo en­
contró todo reunido, como él lo dejara, sin que ni
una sola res hubiera traspasado la línea del círculo
par él trazado en el suelo. Al divulgarse estos porten­
tos, las gentes aclamaron al Santo con mayor rego­
cijo. (Fages, parte 2.a, cap. X.)

60— 1408— Mondragón. Un historiador de Guipúz­


coa, Garibay, al hablar de Mondragón, escribía en
1528 que había oído referir a sus abuelos muchas m a­
ravillas realizadas allí por San Vicente Ferrer, cuando
en 1408 evangelizó las tierras de Guipúzcoa. E sta re­
lación de Garibay ha sido recientemente publicada
por la Real Academia de la Historia en la obra M e­
m orial H istórico, E ntre otras muchas cosas, se hace
allí constar que después de pasar por dicho pueblo
nuestro Santo, no sufrió ya aquel país la peste, que
antes íe visitaba con h arta frecuencia, y que una
inundación que am enazaba destruirlo todo se detuvo
repentinam ente tan luego llevaron al lugar sinies­
trado una imagen del Santo. Para conmemorar estos
favores, añade Garibay que él mismo hizo levantar en
aquel térm ino en honor de San Vicente una capilla,
que pronto se convirtió en suntuosa iglesia, gracias
a la devoción que allí todos tenían al taum aturgo.
Esta iglesia m antuvo cordial correspondencia con la
que en Vannes guarda el sepulcro del Santo. Al pre­
sente existe aún en Mondragón una H erm andad o
Cofradía que allí fundó San Vicente, la iglesia y una
viva devoción a este Santo, cuyo nombre suelen lle­
var los primogénitos de las familias. Se conserva ta n r
- 59 -
bién allí el pulpito donde el Santo predicaba, y con
tanta veneración y religiosidad, que los sacerdotes
que han de ocuparlo besan siempre la prim era grada
antes de subir a é l (Fages, parte 2.a, cap. X; Valde­
cebro, lib. I, cap. X X X III.)

61— 1408— Famplona. Estando aquí San Vicente,


un día vió que llevaban al suplicio a un hombre, de
cuya inocencia le atestiguaba al Santo una voz inte*
rior. San Vicente sufrió mucho, pues a todo trance que­
ría evitar aquel error de la justicia hum ana y no tenía
más prueba que su palabra, y ésta no era adm itida
como suficiente para que los jueces acordaran la re­
visión del proceso. Así, torturando a su corazón, acu­
dió a pedir al cielo luces. Y en efecto, su m ente se
iluminó* Fuése a los oficiales de ]a justicia, que iban
ya a dar muerte al reo, y les dijo con imperio, que de­
tuvo por de pronto el brazo de la ley: {(Esperad; ahí
viene alguien que va a decirnos si este hombre es
culpable o inocente.» Juez, verdugo y todos los pre­
sentes miraron en dirección de donde había señalado
el Santo, y vieron que hacia ellos traían un m u erto (
que llevaban ai cementerio. San Vicente m andó pa­
rar a los que lo conducían, y dirigiéndose al cadáver
le preguntó: «<Es inocente este hombre que la ju sti­
cia manda ejecutar por creerle culpable?» El cadáver
se animó y respondió: <£í; este hombre es inocente.»
Los jueces, ante prodigio y testimonio tan insólitos,
dieron por nula la sentencia, y el infeliz reo fué pues­
to en libertad. Un historiador hace observar que el
muerto, antes de hablar, había sido resucitado y m an­
dado salir del ataúd, y luego de haber prestado de­
claración se volvió a él, muriendo otra vez, pues dijo
al Santo, que le brindaba con dejarle aún en el
— 60 —
mundo, que ya tenía asegurada su salvación, y así
tío quería exponerse otra vez^ a perderla viviendo
esta vida mortal. (Fages, parte 2.a, cap. X.)

62—1408—Nimes. «Las Memorias del Monasterio


de Villeneüve-lez-Avignon refieren, dice Fages, que
un monje quería a toda costa oír a Vicente Ferrer,
y el abadf medio en broma, medio subyugado por
la fama del taumaturgo, le dijo:—Subid al campana­
rio y le oiréis.—Y así sucedió. Aunque el Apóstol
predicaba en Nimes, el religioso repitió el sermón
textualmente. Villeneuve-lez-Avignon dista cuaren­
ta kilómetros de Nimes; pero el Santo supo el caso
por esa vista interior que le era peculiar, y dijo a
sus oyentes:—Aprovechaos bien de los beneficios de
Dios. ¡Cuántas almas quisieran gozar del mismo fa­
vor! En este momento hay muy lejos de aquí un re­
ligioso que desearía vivamente oir el sermón, a lo
cual se ha opuesto su superior; pero Dios ha visto
su buena voluntad, y se dispone a escribir lo que os
digo.» (Parte 2.a, cap. XL)
CAPÍTULO V ílí

DEJANDO A FRANCIA, PEN E TR A EN CATALUÑA, V IS I ­


TANDO VARIOS PU EBLO S DE ESTA REGIÓN Y M UL­
TIPLICANDO S U S MILAGROS.

(1409-1410)

63—1409—Puigcerdá. Aquí había llegado San Vi­


cente precedido de tal fama de excelente predicador,
que todo aquel. territorio se conmovió, yendo y vi­
niendo las gentes con el exclusivo objeto de oirle. Mu­
chas veces las avenidas de los pueblos se hacían in­
transitables por la aglomeración de peregrinos que,
en grandes romerías, iban a los sermones del maestro
Vicente. Una vez que predicaba en Puigcerdá, ocu­
rrió que cierta mujer de Livia, que dista una legua
de aquel pueblo, no habiendo podido ir a oírle, se
puso a mirar hacia aquel lugar en Iá hora precisa en
que el Santo predicaba, Y así le sorprendió la voz del
Santo, que llegaba distintamente a los oídos de aque-
lia devota. De forma que le escuchó y entendió todo
el sermón. Algunos autores escriben que el Santo en
esta ocasión no predicaba en Puigcerdá, sino en Per-
piñán. De todos modos, el prodigio es el mismo. (Fa-
ges, parte 2.a, cap. XI; Gómez, cap. X; Valdecebro,
lib. III, cap. XX; Teixedor, lib. II, cap. XXIX.)

64—1409~Gerona. Poco antes de salir de esta ciu­


dad San Vicente, ocurrió un hecho que dejó maravi-
— 62 —
Hados a cuantos lo presenciaron. H abía allí un m a­
trimonio cuyo marido, enfermo por la cruel dolencia
de los celos, hacía sufrir lo indecible a su pobre m u­
jer, desterrando por completo la paz de la familia.
La ceguedad de este marido llegó hasta la insensatez
de decir públicamente y a cuantos le tratab an , que
un hijo que su mujer acababa de dar a luz no era suyo,
sino fruto de los adulterios de su esposa. Esta acudió
llorosa a San Vicente, exponiéndole su pena y la lo­
cura de su marido, a quien ni de pensamiento ella
había ofendido. El Santo la consoló y le dijo: «Rogad
ai Señor y venid al sermón con vuestro hijo.» Comen­
zó a predicar el Santo, y también había acudido a
oírle el marido desventurado; y a la mitad de un her­
moso período de su sermón, al que asistían muchísi­
mos oyentes, el Santo se detuvo, y llamando por su
nombre al niño discutido, que sólo tenía ocho meses,
le dijo; («Niño, ve y abraza ahora mismo a tu padre.»
Inm ediatam ente el niño se desprendió de los brazos
de su madre y fuese derechamente adonde su padre
estaba, con rostro contraído, y le abrazó con gran
ternura. E sta caricia precoz, como la llama Fages,
devolvió al matrimonio la paz y alegría, dejando al
mismo tiempo llenos de estupor al auditorio y a cuan­
tos supieron el caso. (Fages, parte 2.a, cap. X II; Teí-
xedor. lib. II, cap, X,)

65—1409—Gerona. Predicaba San Vicente Ferrer


en esta ciudad por el mes de Abril, y era grandísimo
■el fruto que todos sacaban de sus sermones, y de ahí
la ansia de oirle. Por toda la región se extendía la
fama del santo predicador. Una m ujer de Salt, pue­
blo que dista de Gerona unos tres cuartos de legua,
deseaba muchísimo irse a la ciudad para cir algún
— 63 —
sermón del Santo; pero su marido no se lo permitió.
Ella entonces se subió al terrado de su casa en la
hora que suponía estaría predicando nuestro Santo,
y desde allí dirigió su vista y su espíritu hacia Gerona;
y estando así, súbitam ente quedó como enajenada,
pues comenzó a sentir que en sus oídos repercutían
todas las palabras que el Santo decía en su sermón,
Y tan clara y distintam ente le oía, que luego que cesó
de predicar, ella bajóse corriendo a encontrar a su
marido, a quien, como a los vecinos, contó lo acae­
cido y les repitió cuanto el Santo había predicado,
palabra por palabra, lo cual fuá otro prodigio y m a­
yor si se quiere que haberle oído desde tan lejos. (Tei­
xedor, lib. II, cap. X,)

66—1409—Caldas de Montbuy. Predicando San


Vicente en este lugar, se le presentó una mujer que
llevaba en brazos a un niño de teta, al cual se le había
roto una vena' a fuerza de llorar. La pobre madre ro­
gaba encarecidamente y con muchas lágrimas a nues­
tro Santo para que se dignara curar a su hijo, San
Vicente bendijo al niño y dijo a la madre: «Tened es­
peranza. Vuestro hijo curará y llegará a ser sacerdote
y os dará mucho consuelo por el lugar em inente que
ocupará en el mundo.» Todo se cumplió. Aquel niño
curó, y corriendo los días fué el celebérrimo Juan So­
ler, maestro de Sagrada Teología, obispo de Barcelona,
Penitenciario del Papa y su embajador extraordina­
rio cerca de muchos soberanos de la cristiandad. Este
suceso lo refirió bajo juram ento el mismo Ju an Soler
el día 18 de Noviembre de 1454, siendo doctor en Sa­
grada Teología y vicario de T a m a rit (Fages, par­
te 2.a, cap. X III; Proceso, fol. 273; Diago, Condes de
Barcelona, fol. IÍ04; Aymerich, A cta B p isco p . B a r-
— 64 —
cin., pág. 398; Valdecebro, lib. IV, cap. Lí; Gómez,
cap. XIV; Teixedor, lib. II, cap. X I.)

67 -1409— Berga. Un día, term inado un serm ón


de San Vicente, al que, como a todos, había acudido
muchísima gente, comenzó a llover con tai ab u n d a n ­
cia, que los fíeles no pudieron regresar en seguida a
sus hogares. Buen número de ellos se refugiaron en
una especie de corral o choza muy grande, en la que
guardaba leña un moro panadero de la población.
Este sujeto era de lo más obstinado y licencioso; así
que toda diligencia para convertirlo había sido in­
útil hasta aquella hora. Varias piadosas mujeres
de las que allí se refugiaron dijeron al moro; «¿Por
qué no vais al sermón del santo P. Vicente?» Amos­
cado el moro, les contestó: «Vais a ver para qué sirve
vuestro santo P. Vicente.» Y al instante pegó fuego
a la leña y, saliendo precipitadam ente de la choza, se
fué, dejando dentro bien encerrados a los que estaban
allí refugiados. Estos, visto el peligro de ser abrasa­
dos vivos y no pudiendo forzar la salida de ningún
modo, comenzaron a llam ar al P. Vicente, y en el
mismo momento que este nombre salió de sus labios,
las llamas, que ya levantaban mucho, se apagaron
repentinam ente. Visto y publicado el prodigio, el mo­
ro panadero se convirtió a nuestra fe y con él fueron
bautizados también todos los moros de Berga y sus
cercanías, (Fages, parte 2.a, cap. X II; López, citado
por Antist, pág. 335; Diago, pág. 365; Serafín, pá­
gina 178; Vidal y Mico, pág. 335; Gómez, capítulo
X X X II; Valdecebro, lib. I, cap. VII; Teixedor. li­
bro II, cap. X X X V III.)

68 —1409—Yendo San Vicente con cerca de 3.000-


— 65 —
personas, que le seguían, por el mes de Agosto, desde
Vich a GranoHers', llegaron todos a un hostal que se
decía Venia de la G rúa , sito en ia Aldea de Locana.
San Vicente llamó al ventero y le rogó que viera de
dar de comer a todos, pues eran penitentes de su com­
pañía y no traían provisión alguna. El ventero, lleno
de ansiedad, dijo al Santo; «Padre, ¡si lleváis un ejér­
cito! ¿Cómo podéis pensar que yo tenga aquí provi­
siones para tantos? Todo lo que ahora tengo dispo­
nible son cinco panes y un pellejo de vino, y no del
mejor,» Ei Santo, muy tranquilo, repuso: «Pues bien,
dad lo que tengáis.» El ventero comenzó entonces a
repartir aquel pan y aquel vino; pero en tal form a
se multiplicaban estos alimentos, que después de co­
mer y beber todos a satisfacción resultó que aún so­
braba pan y vino, y éste trocado en calidad muy su ­
perior. El dueño de la posada, en vista de tan gran
prodigio y lleno de un santo estupor, se echó a los
pies del Santo, rogándole que ss dignara bendecir
a él y a su casa y familia. San Vicente así lo hizo, y
el azorado ventero, luego que se hubieron partido el
Santo y los suyos, vió que el vino, mejorado, rebosa­
ba en todos los pellejos y el pan en todas las arcas.
(Fages, parte 2.a, cap. X ií; Ranzano, lib. ÍH , nú­
mero 23; San Antonino, § 7; A ntisí, pág. 211;
Diago, pág. 310; Serafín, pág. 99; Gómez, cap. XX;
Valdecebro, lib. III, cap. XX; Teixedor, lib. II, ca­
pítulo X.)

6S— 1409— Barcelona, El ciudadano Luis de Ca-


taldo sufría mucho tiempo una grave dolencia, que
no determinan las crónicas. Se enteró que San Vicen­
te había llegado a la ciudad el 26 de Agosto y que, a
ciertas horas, curaba a cuantos enfermos se le presen-
LOS MI LAGROS DE SAN V( CENTE F E R R E R 5
taban. Con esto cobró ánimos y la confianza de con­
seguir la salud, Pero no tuvo paciencia para esperar
y asistir a las audiencias que solía conceder el Santo
en su morada. Por eso un día se fué resuelto a la igle­
sia, creyendo que allí le vería; mas se equivocó, pues
como en la iglesia no cabía la m ultitud que iba a sus
sermones, éstos los hacía desde un pulpito levantado
en el huerto del Convento de Santa Catalina. Allá
se fué Cataldo, y cuando el Santo bajaba de predicar,
se le presentó, se echó a sus pies y con vivas muestras
de dolor y de confianza al mismo tiempo, le suplica­
ba que le quitara aquel mal. El Santo estuvo por un
momento indeciso, sin contestar ni decirle nada. Al
fin, conmovido por,la gran fe de este enfermo, lo ben­
dijo, haciendo sobre él la señal de la cruz, y Cataldo
se alzó del suelo completam ente bien y curado de su
dolencia. (Fages, parte 2.a, cap. X III; Proceso, folio
277, parte 2.a; Serafín, pág. 156; Teixedor, lib. II,
cap. X X X II.)

70- 1409— Barcelona. Este suceso es verdadera­


mente notable. Sólo lo hemos podido leer en Fages.
Durante la estancia de San Vicente en esta ciudad,
esta vez, un hombre fué con muchos apuros a una po­
sada a que le dieran un poco de carne para un enfer­
mo. Aunque allí, según parece, se vendía carne para
el público, se le contestó que toda la que había era
ya cecina y no había fresca, que es la que se quería
comprar. En aquel mismo momento pasaba por allí
San Vicente, y oyendo los dimes y diretes del que pe­
día la carne y de los que le daban la excusa, entró
y, enterándose de lo que ocurría, dijo al dueño (parece
que era una mujer): «Vamos a ver esa carne que
dice vuestra merced es ya cecina, que si es buena
— 67 -
aun así habrá de servir al enfermo.» Aunque de mala
gana, hubieron de m ostrar al Santo el depósito donde
se guardaba la carne. Quedó absorto un momento
San Vicente, y luego, bendiciendo toda aquella carne,
dijo: «En nombre de Jesús, compareced los sacrifi­
cados,» ¡Prodigio estupendo! Acabado de pronunciar
este mandato, aparecieron varias criaturas hum anas,
reviviendo de en medio de aquellos despojos, que es­
taban destinados a la venta, como si fuera carne or­
dinaria de animales. El Santo mandó que todos se
retiraran de aquel lugar, y luego al punto se abrió un
abismo en que quedó sepultada aquella casa del cri­
men, que en las leyendas se llamó en adelante: P o ­
sada del infierno. Se pintaron cuadros representando
este y otros sucesos análogos, ocurridos en la vida
de San Vicente. Teolí, biógrafo del Santo, dice que
vió algunos de ellos en Cerdeña. (Fages, parte 2.a,
cap. X III.)

71— 1409—Barcelona. Una crónica de esta ciu­


dad dice: «Cuando en 1409 entró en Barcelona ei
apóstol Vicente Ferrer, seguido de 3.000 personas,
a las que se encargó de mantener el tesoro público,
como consta en el diario de la ciudad, vió sobre la
puerta un hermoso joven, con una espada desnuda
en la mano. Sabiendo que era una aparición celeste,
le pregunto el Santo: «Angel de Dios, ¿qué haces ahí?*
A lo que el Angel respondió: «Guardo esta ciudad
por mandato del Todopoderoso.)) E ntró el Santo, y
en su primer sermón informó de esta m aravilla a
ios barceloneses, ponderando su dicha, y dispuso
que se dieran y dió él mismo gracias públicamente
por este señalado favor.»— «En memoria de este pro­
digio d iercn los barceloneses a aquella puerta el
— 68 —

nombre de P uerta del Angel, y para interesar más


en su favor a tan poderoso protector, construyeron
sobre ella una capilla en honor suyo. E sta capilla
ha venido a ser el punto de reunión de una Cofradía
que todos los años, ei 2 de Octubre, hace celebrar
una fiesta espléndida, a la que contribuye la ciudad,
la cual además tomó a este Angel por patrono espe­
cial; y es digno de notarse que con tantos sitios como
ha sufrido Barcelona, jam ás ha sido atacada la Puer­
ta del Angel. En dicho día, 2 de Octubre, fiesta de
los Angeles Custodios, toda la ciudad va a venerar
al Angel en su capilla.» (Copiado de Fages, par­
te 2.a, cap. X III; Teixedor, lib. II, cap. II.)

72—1409— Barcelona. Predicando el 15 de Sep­


tiembre, dijo San Vicente que vendría un tiem po en
que Barcelona sería una confusión, porque en ella
querrían reinar dos reyes y la Francia; pero a esto
sucedería la decadencia de Francia, la paz y glorioso
gobierno de un solo rey y la prosperidad y grandeza
de todo el Principado de Cataluña, que seguiría siem­
pre siendo una gloria de todos los reinos de España.
Esta profecía, según los escritores del país, tuvo cum ­
plido cumplimiento, cuando las guerras por la suce­
sión de Aragón, entre el conde de Urgel y Fernando de
Antequera; cuando la proclamación de éste y su triun­
fo pacífico en Cataluña; cuando la decadencia de
Francia al term inar el reinado de Carlos VI, y, fi­
nalmente, cuando los catalanes entraron a ponerse
al frente del movimiento industrial y de progreso,
en que aún siguen, siendo indiscutiblemente Catalu­
ña la gloria más brillante de todos los antiguos reinos
de España. (Fages, parte 2.a, cap. X III.)
— 69 —
73—1409— Lérida. San Vicente había estudiado
aquí bajo ia dirección del V. P. Fr. Tomás Carnicer,
muerto en el Convento de Lérida en olor de san ti­
dad el año 1370; después había estado en aquella
ciudad varias veces y siempre recordaba, con venera­
ción, a su santo maestro. El día 15 de Diciembre de
1409 volvió allí, y predicando recordó al pueblo la
vida santísima del P, Carnicer. Mas parece que ni el
pueblo ni aun los mismos religiosos hacían ya gran
caso de aquel santo varón, que en vida los edificó
con sus preclaras virtudes. El abandono u olvido ha­
bía llegado al extremo de que nadie recordaba ya el
lugar donde se le había enterrado. San Vicente la­
mentábase de esto, y para excitar los ánimos a favor
de su maestro idolatrado, les ponderaba cuánto ag ra­
daron a Dios sus virtudes, las que tan sólidas eran
que Dios, para gloria de su siervo, conservaba, dijo,
incorrupto el cadáver de dicho venerable. Pero ¿cómo
se probaría esta afirmación? Tal era la pregunta
que asomaba a los labios de todos. San Vicente se
adelantó a contestarles: «Su cuerpo, les dijo, está en
tal sitio; cavad, sacadlo y lo veréis entero y fresco
como el día que lo enterraron, de lo cual hace ya cua­
renta años.» Se hizo lo que dijo el Santo, y efectiva­
mente se encontró el cuerpo del venerable Carnicer
como él había predicho. Después de este sermón de
San Vicente fué grande la estim a y devoción que co­
braron los de Lérida hacia este venerable. Su cuer­
po estaría aún entero, «si una reina de Aragón, dice
Doménech, no 3e hubiera quitado la cabeza para re­
liquia». (Fages, parte 2.a, cap. XIV; Gómez; capí­
tulo XVÍ; Diago, H isL de la P r o v ., fol. 149; Vidal y
Micó, pág. 195; Valdecebro, lib. I, cap. L II; Teixe­
dor, lib. I, cap. XXVÍ.)
— 70 —
74— 1409— Lérida. Como había encargado San Vi­
cente a su familia, el joven Alfonso Borgia fué dedi­
cado al estudio de las letras, y en este año se encon­
trab a ya en Lérida próximo a salir, hecho un maestro
famoso, de las aulas de aquella celebérrima U niver­
sidad. Iba a todos los sermones que en aquellos días
(mes de Diciembre) el Santo hacía, arrebatando los
corazones con el fervor de su elocuencia y los conti­
nuos prodigios de sus dichos y hechos milagrosos.
Un día, al bajar el Santo del pulpito, se le acercó el
joven Borgia, y, después de saludarle, le dijo: «Padre
maestro Vicente, habéis pronunciado un sermón mag­
nífico. ¡Que Dios N uestro Señor os haga un Santo!»
San Vicente le repuso: «Sí espero en su misericordia
que me hará Santo; pero tú ten en cuenta que me
has de dar el mayor honor que puede darse en el
mundo.» (Fages, parte 3.a, cap. IV, y los autores
citados en el milagro 19.)

75— 1409— Lérida. Poco antes de abandonar San


Vicente esta ciudad, el Prior del Convento de Domi-
nicos. donde el Santo se hospedaba, entró en la celda
del siervo de Dios y con mucho apuro le dijo: «Padre
maestro, D.a María, una bienhechora de la Comuni­
dad, está muy enferma; desearía que vuestra P a te r­
nidad fuera a visitarla y curarla.» El Santo dijo al
Prior que fuera él y la bendijera, que la curaría; y
además que curara a cuantos enfermos viera yendo
o viniendo con esta ocasión, pues él, en nombre de
Dios, le otorgaba este poder. El Prior fué a ver a la
enferm a, recitóle la misma oración que San Vicente
solía decir a los enfermos, y la enferma curó instan­
táneam ente. Lo mismo aconteció a varios otros que
el Prior bendijo al ir y venir, como el Santo se lo ha­
— 71 —
bía encargado. (Gómez, cap. IX; Valdecebro, lib. III,
cap. X X X V I.)

76— 1409—A fines de este año, San Vicente se


trasladó otra vez de Lérida a Barcelona, donde la
peste asolaba ei país. El Santo consoló a los ataca­
dos y animó a todos a que confiaran en la divina mi­
sericordia; y al efecto escribió, con tal motivo, la
ternísima oración: C risto vence, etc., que suele re­
zarse también para im petrar del cielo una muerte
santa. «Apenas hubo excitado al pueblo al arrepen­
timiento, en seguida cesó la peste.» Esto lo escribe
un testigo de aquella época, y el mismo refiere que
tenía él una herm ana enferma, para la cual no se ha­
bía podido hallar remedio; pero la bendijo el Santo
y curó al instante. Y después de mucho ponderar el
poder maravilloso del bendito maestro V icente/ aña­
de: «Y otros muchos acudieron a él atacados de dife­
rentes males, y a todos los curó con la imposición
de las manos, no hablándose en toda la comarca más
que de estas m aravillase (Fages, pa,rte 2.a, capítu­
lo X III; Proceso, fol. 26(3, parte 2.a; Teixedor, lib. II,
cap, XI.)

77— 1410—Montblanch. Llegó a este pueblo San


Vicente por Enero, y, al parecer, aquí no se le debió
recibir con el entusiasmo de los otros pueblos de Ca­
taluña, pues pudo ocurrir, y ocurrió de hecho, el si­
guiente chistoso suceso, lo que sería inexplicable de
haber recibido al Santo con aquellas vivas muestras
de alegría. Fué que el jumentilio que el Santo solía
montar en sus correrías apostólicas, que ya San Vi­
cente tenía 60 años, se estropeó las herraduras y
hubo necesidad de fijarle unas nuevas. Se buscó.
— 72 —
pues, un herrador y se las puso. El Santo acostum ­
braba a pagar con bendiciones del cielo los favores
o servicios que él conceptuaba hechos con amor y
sin daño de hacienda. Por eso cuando el herrador
le presentó el asnillo con las nuevas herraduras, el
Santo, hablando con mucho cariño y hum ildad con
este industrial, íe dijo: «Hermano, Dios le pague este
favor.» El herrador, que debía entender poco de estas
cuentas, se molestó y exigió que se le pagara en di­
nero contante y sonante. San Vicente, con gran in ­
genuidad, sin inm utarse en lo más mínimo, dijo qus
no tenía dinero, pero que no por eso habían de reñir;
y dirigiéndose al asnillo le apostrofó, mandándole que
se quitara y devolviera las herraduras nuevas que
aquel hombre le había puesto. Al instante, como si
lo hubiera entendido, el animalillo sacudió las patas
y despidió una a una las cuatro herraduras. No com­
prendemos que la historia sólo añada que el Santo,
cuando salió de aquel pueblo, montó el animalillo
desherrado. Parece esto inverosímil, pues en Mont-
blanch e] Santo obró muchos prodigios, y sería cosa
natural que de alguna m anera los vecinos enm enda­
ran la sequedad adusta del herrador. Tal vez no van
desacertados los biógrafos que ponen este suceso co­
mo acaecido en Zamora o en otro pueblo de Cata­
luña. (Fages, parte 2.a, cap. XV; Valdecebro, lib. III,
cap. X L II; Vidal y Micó, cap. V.)

78— 1410— Montblanch. Un vecino llamado Ma­


teo Studet, a consecuencia de una enfermedad que­
dó sordo y expuesto a tan graves ataques de locura,
que se exaltaba y enfurecía como energúmeno, so­
liendo arrojarse, para despedazarlas, sobre las perso­
nas que en aquellos momentos le salían al paso. Por
— 73 —
tal motivo, el infeliz fué relegado a vivir aislado en
una m ontaña de la cercanía, donde por muchos años
hizo vida salvaje, alimentándose, como una bestia,
de vegetales y animalitos crudos, y hasta llegó a per­
der casi la forma de hombre. Los vecinos le llegaron
a llamar el hombre bruto. Pues este desventurado
recibió de San Vicente el insigne favor de la salud
y rehabilitación social (1). En efecto, una noche soñó
que veía a un hombre vestido de blanco, el cual le
tocaba en las orejas y le devolvía el sentido perdido.
Despertó sintiendo como una transform ación en todo
su ser y una calma en su interior a la cual no estaba
acostumbrado. Movido por secreto im pulso,-se diri­
gió al amanecer al pueblo, yendo muy pacífico; pero
apenas encontró alma hum ana en las casas, porque
todos los vecinos estaban en la iglesia oyendo uno de
los sermones que San Vicente predicaba. Fuése, pues,
a la iglesia, y como viera al Santo rodeado de enfer­
mos y dolientes que le pedían la salud, se acordó de
su sueño y lo refirió a algunos vecinos, y aconsejado
por éstos se unió a los enfermos y comenzó tam bién
a pedir al Santo que lo curara. San Vicente le tocó,
efectivamente, en las orejas, y en el mismo instante
aquel desgraciado curó de todas sus dolencias, Agra­
decido, se unió a la compañía del Santo y le siguió
durante ocho meses. (Fages, parte 2.a, cap. XV; R an-
zano, lib. III, núm. 22; Flamín, fol. 175; Antist, pá­
gina 214; Diago, pág, 361; Gómez, cap. X X X II; Val
decebro, lib. I, cap. XLVIÍ; Teixedor, lib. ÍI, cap. X I

(1) Teixedor parees decir que este desgraciado se le llevó a


Lérida cuando el afio 1412 estaba en aquella ciudad. Creemos
más verosímil que la cura fué en Montblanch.
_ 74 —
79— 1410—Montblanch. Presentaron a San Vicen­
te un pobre hombre que hacía ya quince años estaba
lisiado y paralítico de tal m anera que no podía mo­
ver parte alguna de su cuerpo. El Santo se conm o­
vió ante tan grande miseria, e invocó sobre aquel
desdichado a la Santísim a Virgen María, que es la
salud de los enfermos. Después de orar así a la Vir­
gen María, el Santo se puso alegre y bendijo con la
señal de la san ta cruz al paralítico. Este súbitam ente
sintióse fortalecido, y en seguida, lleno de gozo, regre­
só a su casa brincando y cantando, y entre las aclama­
ciones de cuantos presenciaron tan milagrosa cura­
ción. (Fages, parte 2.a, cap. XV; Gómez, cap. X X X I1;
Valdecebro, lib. III, cap. X X III; Teixedor, lib. II,
cap. II.)

80- 1 4 1 0 --Montblanch. Estando aquí San Vicen­


te, trabajaban padre e hijo en ía reparación del tem ­
plo principal, dedicado a la Virgen María. El hijo,
llamado Antonio Pío, se cayó del andam iaje con tan
m ala fortuna, que lo levantaron ya moribundo. Lla­
maron apresuradam ente a nuestro Santo al lugar
del suceso. Fué, y el afligido padre se postró ante él
diciéndole; «Vos, hombre de Dios, vos que curáis to­
dos los males, salvad a mi hijo. ¿Seré yo por ventura
el único de quien no tengáis compasión?» El Santo,
muy emocionado, se acercó al moribundo, le hizo
en la frente la señal de la cruz y luego le dijo: «Ten
confianza, hijo mío; recobrarás la vida y la salud;
pero tú y tu padre acabad vuestro trabajo sin exigir
salario, sólo por amor a la Santísim a Virgen María,
a quien debes agradecer tu salvación.» Al momento
el joven se encontró curado del todo, como si nada
le hubiera ocurrido, y muy contentos él y su padre
— 75 —
cumplieron lo que el Santo Ies encargó. (Fages, p ar­
te 2.a, cap. XV; Ranzano, lib. III, cap. XXIV; Flamín,
fol. 176; A ntist, pág, 215; Gómez, cap. X X X II; Vaí-
decebro, lib. III, cap. X X III; Teixedor, lib. II, ca­
pítulo IL)

81— 1410— Tortosa. San Vicente se disponía a pre­


dicar el 12 de Marzo, que era Viernes Santo (1). Como
el concurso era tan numeroso* hubo necesidad de
habilitar al otro lado del Ebro un vasto espacio que
estaba plantado de árboles, y así el Santo, predican­
do en la plaza, se dejaría oir por aquella m ultitud que
ocupaba la plaza, las dos riberas del río y el río mis­
mo, sobre el cual se formó un puente de barcas. Iba
ya a comenzar el sermón; un silencio profundam ente
religioso reinaba en toda la ciudad, y súbitam ente
un clam or estridente se eleva de en medio de aque­
lla m ultitud. Era que el puente se había roto y co­
menzaba ya a hundirse y con él a perecer sumergN
das en el Ebro algunos miles de personas que allí se
colocaran. Pero San Vicente fué más veloz que la
misma ley de gravedad que tal catástrofe pedía. En
efecto, lo mismo fué oir el clamor que ver al Santo
echando la bendición sobre el puente roto y quedar
éste así roto, pero sin hundirse una línea. La gente
toda pudo ganar la orilla, y en el mismo instante que
estuvo en tierra firme la últim a persona, el puente lse
hundió con estrépito. Entonces el Santo hizo su
sermón, y miles de corazones elevaron al cíelo since­
ras bendiciones por tan singular beneficio, otorgado

(I) Después de la corrección gregoriana el Viernes Sanio no


puede caer nunca antes del 20 de Marzo.
— 76 —
por el maravilloso poder del Santo, que desde aquel
día llevó tras sí los corazones todos de los tortosinos.
(Fages, parte 3.a, cap. I; Gómez, cap. XXI; Valde-
cebro, I, cap. XXVI; Teixedor, lib. II, cap, XI.)

82—1410—Gandesa. Cuando a principio del año


estuvo aquí San Vicente, los fieles le rogaron que les
dejara algún buen recuerdo de su visita. El Santo,
que veía el fervor y buen celo con que le pedían esta
gracia, no teniendo cosa mejor, les dejó una capa algo
usada ya por él. Con ella se obraron allí muchas
curaciones milagrosas. Más adelante se debieron en­
friar aquellos vecinos, pues el baile o alcalde (1) del
pueblo llegó a burlarse de esta veneranda reliquia,
vistiéndosela por mofa. Pero llevó su castigo, pues
de repente fué atacado de hidrofobia y murió al ter­
cer día, dejando consternado al pueblo y un ejemplo
en sí propio en que escarmentar. En Lérida, donde
se conserva ahora tan preciada reliquia, hay tradi­
ción de que el baile atrevido y blasfemo reventó al
ponerse ia santa capa. También hemos leído en algún
biógrafo que este impío se había atrevido a cortarse
de ella un jubón para su uso. De cualquier modo que
sea, el hecho lleva en sí mismo bastantes enseñanzas
que no debemos echar en olvido, {Fages, parte 3.a,
cap. I; Serafín, pág. 76; Gómez, cap. VIII; Teixedor,
lib. V, cap. VI.)

(1) Parece que este sujeto era judio.


CAPITULO IX

ENTRA EN EL MAESTRAZGO Y SIGUE A VALENCIA, R E ­


CORRIENDO VARIOS PUEBLOS DE LAS TRES PR O­
VINCIAS DE ESTE REINO.

<1410)

83—1410—Morella. Por los últimos días de Marzo


fué allí San Vicente y dió una Misión que enardeció
los ánimos de aquellos vecinos, que en adelante pro­
fesaron al Santo una devoción entusiasta. En eí ser­
món de despedida, San Vicente, con voz emocionada,
les dijo: «Hermanos, os anuncio a todos que; dentro
de ocho días, habrá una horrorosa detonación, cuyo
ruido resonará en todo este reino, con tan funestos
resultados, que se seguirán muchas muertes violen­
tas y arroyos de sangre.» Como un solo hombre, todo
el auditorio, lleno de ansiedad, le instó para que se
dignara explicarles el significado de estas palabras;
y el Santo repuso: «Ya veo llegar las postas que os
traen la noticia de la muerte del rey.» Y en efecto, eni
los primeros días de Junio llegó a Morella la triste
nueva de que el rey D, Martín había fallecido. Sabi­
dos son los odios, crímenes, las guerras sangrientas
que ocasionó esta muerte, y la mucha sangre que se
derramó hasta la proclamación en Caspe de D, Fer­
nando de Antequera; todo, en fin, como San Vicen­
te lo había profetizado con aquellas palabras* (Fa-
ges, parte 3.a, cap. I; Teixedor, lib. II, cap. X II
— 73 —
84~-1410—Moreila. Tanto era el afecto que San
Vicente había dedicado a los morellanos, que su me­
moria allí está guardada por todos los vecinos de tan
noble ciudad, en bendiciones perennes, Y como prue­
ba de que el Santo am aba con predilección a More-
11a, y Moreila a él, oigamos lo que dice, entre otras
muchas cosas, el historiador de Moreila Sr. Segura:
«En la parte Este de Moreila, en una barranca lla­
m ada el T in o T in te , a 300 metros, poco más o menos,
de las murallas, hay una fuente llamada de San V i­
cente, que en el siglo x v era un sitio de paseo. Allí
fué un día el apóstol para descansar de las fatigas
de su rudo ministerio, y allí le siguió el pueblo, ávi­
do siempre de oir su palabra. Habló con tal celo, que
el auditorio prorrumpió en lágrimas; y para dar más
fuerza a su predicación exclamó (San Vicente): «Tan
»cierto es lo que os digo como lo es que jam ás se ago­
stará esta fuente.» Corría entonces el mes de Marzo
de 1410. La profecía se ha cumplido hasta el presen­
te; y el notario López de Vidal la menciona al hacer
constar en su protocolo que en 1649 y 1650 todas
las demás fuentes se secaron.» (Fages, parte 4.a, ca­
pítulo VI; Teixedor, lib. II, cap. X II.)

85— 1410—Catí. Este es un pueblo pequeño de


la provincia de Castellón, en el cual San Vicente Fe­
rrer obró muchas y grandes maravillas, como consta,
entre otros documentos, por lo que relata el libro de
Actas de aquel Ayuntam iento. Se consigna en él que
en las sequías y calamidades públicas es costumbre sa­
car en procesión la imagen de San Vicente., y siempre
se halla en él el remedio anhelado. Por este motivo,
añade el citado texto, las poblaciones comarcanas se
encomiendan al Santo, en sus apuros, en los públicos
- 79 —
muy principalmente. En concreto, las crónicas nos
refieren el hecho que sigue.
En la primera quincena de Junio, San Vicente
se despidió de los moradores de Catí, que todos, aun
los niños y las mujeres, salieron a decir adiós al que
tanto les había robado los corazones. Todos lloraban
y el Santo se esforzaba por consolarlos. Y queriendo
dejarles un recuerdo de su visita, como el Santo no
llevara nada para daríes, los reunió alrededor de una
piedra grandísima que había a la salida, y llamando
la atención les dijo: «Esta cruz os dejo.» E hizo una
cruz sobre la piedra con el pulgar de su diestra. Mi­
ra ron todos y vieren con asombro que efectivamente
la cruz quedó grabada como un bajo relieve en aque-
lia piedra, que ni que fuera, de blandísima cera
hubiera podido prestarse a esta labor. P ara memoria
de este suceso, se levantó en aquel sitio una iglesia,
cuya primera piedra se puso el 19 de Marzo de 1810.
A ella acude constantemente el vecindario para im ­
plorar del Santo sus favores y para celebrar su fiesta
todos los años. (Fages, parte 3.a, cap. I; Teixedor,
lib. II, cap. X ÍII.)

86— 1410—Catí. A kilómetro y medio del pueblo


hay levantado una especie de pilar y a su pie puede
verse un pequeño espacio de tierra, capaz para con
tener a una persona plantada. Este pedacito de tie
rra hace siglos que no se ha mojado, por mucha que
sea el agua que llueva. Según tradición de este pue
bloT es el sitio donde San Vicente puso los pies al dar
el último adiós a los vecinos, que en masa y llorosos
le acompañaban. Y, ciertamente, aquel pilar contie­
ne un retablo de azulejos que representa esta tierna
despedida. Se da como cosa indiscutible que muchas
— so —
veces la tierra recogida de aquel sitio ha curado s.
enfermos de varias dolencias. (Fages, ibíd.)

87— 1410—Caudiei. También en este pequeño pue­


blo de ia provincia de Castellón, San Vicente quiso
dar pruebas de su amor y gratitud a los entusiasmos
con que sus vecinos lo recibieron. Hay allí una igle­
sia que fue de un convento de Agustinos, en la cual
se venera una hermosa imagen de la Santísim a Vir­
gen, llamada del Niño Perdido. Son innumerables
los romeros que todos ios años van allí de casi todos
los pueblos de la provincia y de otras partes, para
adorar a esta veneranda imagen. Se dice que la dejó
San Vicente y que es la que él llevaba en sus viajes
apostólicos, y la cual muchas veces habló al Santo.
(Fages, ibíd.)

88— 1410— Peñíscola. Entre los religiosos que lle­


vaba San Vicente en su compañía, iba uno llamado
Fr. Francisco, dominico. Cuando el Santo llegó aquí,
este año, Fr. Francisco se puso enfermo, y tanto, que
al continuar San Vicente y los suyos su viaje hubo
necesidad de dejarlo allí. Estando ya bastante lejos
de Peñíscola, llamó el Santo a algunos de los que
iban con él y les encargó que rogaran a Dios por Fray
Francisco, porque moriría donde le habían dejado,
Poco después reunió a todos y les dijo: «Hermanos,
sabed que acaba de morir en Peñíscola Fr. Francis­
co; recemos para que salga del Purgatorio»; y todos
rezaron. Al día siguiente, muy risueño, los volvió a
reunir para decirles que el alma de Fr. Francisco
había entrado ya en la gloria. Se probó auténtica­
mente que el de Peñíscola expiró en el preciso momen­
to que el Santo comenzó a hablar para noticiar la
— 81 —

muerte. (Valdecebro, lib. III, cap. LIX; Teixedor,


Üb. V, cap. X III.)

89— 1410— Castellón de ]a Plana. Predicando allí


San Vicente, solía reunirse en aquel pueblo una in­
mensa m ultitud de eníermos, pidiendo la salüd al
Santo. Venían allí de todos los lugares y pueblos de
la región, y érale al Santo m aterialm ente imposible
acudir a todos. Para no defraudar en sus esperanzas
el fervor de aquellos fieles que tanto confiaban en
la poderosa bendición del Taum aturgo, éste dijo ai
Superior que allí tenían los Dominicos, que en nom­
bre de Dios le daba ei poder de que curara e hiciera
los milagros que tuviera a bien. Y el Superior hizo
milagros, y, lo que es más de adm irar, conservó toda
su vida esta gracia. Algunos biógrafos no se explican
este hecho, porque dicen que en 1410 aun no se había
fundado allí convento de Dominicos. Lo que debe­
rían probar es que en aquel tiempo no existía allí ni
residencia de la Orden; y esto no lo prueban. Por lo
que tenemos por verdadero este asombroso suceso,
siguiendo a otros biógrafos del Santo. (Gómez, ca­
pítulo VI; Valdecebro, lib. I, cap. XXXVI*.)

98— 1410—Nules. Con el fin de que todo el pue­


blo pudiera cómodamente asistir a los sermones de
San Vicente, se levantó en la plaza Mayor una g ra­
dería, que siempre se llenaba, mejor, resultaba ma­
terialmente atestada de gente. Durante uno de los
sermones, una délas gradas cedió y al fin vino al suelo
y con ella, en confuso tropel, cuantos sobre ella esta-
ban. Hombres, mujeres, niños, todos se estrellaron
contra la dura tierra, pues habían caído de una altura
regular. La confusión y ios ayes fueron extrem ados,
L05 iULAÜEOS DE S AN VICENTE FERRER. 6
— 32 —
porque todos pensaron que aquellos infelices estarían
aplastados, muertos o heridos por lo menos. Pero no
fué así. San Vicente hizo la seña! de la cruz sobre
aquel montón de seres humanos, y ni uno solo resultó
lastimado en lo más mínimo. (Fages, parte 3.a, capí-
tu lo II; Teixedor, lib. II, cap. X III.)

91— 1410—Puig. Llegado aquí San Vicente, se hos­


pedó en el célebre monasterio de Mercedarios, que
dicen fundó allí Don Jaim e el Conquistador. Vivía
entonces en aquel monasterio el, por muchos títulos
ilustre, V. P. Fr. Juan Gilabert Jofré, que, cautivado
por la santidad y celo de San Vicente, se le unió en
sus apostólicas faenas. Siguió, pues, al Santo desde
entonces; pero cuando el Santo predicaba por Bor-
goña, en Francia, un día llamó al venerable Gilabert
y le dijo: «Padre: vuélvase a su convento del Puig,
porque allí os esperan vuestros Hermanos para des­
pediros a otro viaje mejor que tendréis que em pren­
der luego que allí hayáis llegado.» El venerable P a ­
dre Juan obedeció; llegó a su convento del Puig y
recibiéronle con los brazos abiertos todos los religio­
sos, sus Hermanos; pero apenas acabó de saludar al
Santísim o Sacramento, murió en los mismos brazos
del religioso Comendador. Se dice que al llegar al
Puig, las campanas del Monasterio tocaron por sí
solas, con lo que la Comunidad salió a la puerta a
recibir al venerable. E sta santa m uerte fué el ¿mo
1417, San Vicente andaba entonces por Besanzon,
y un día, a la hora misma en que ocurría este suceso,
dijo a los que estaban con él: <<E1 P, Fr. Ju an acaba
de morir en Puig. Está en buena parte; alabemos a
Dios por la gloria que le ha dado.» El venerable Gt-
labert jo fré tiene en Valencia fama de santo; su cuer­
— 83 —
po, incorrupto aún el año 1555, se conserva en el ar­
mario de las reliquias donde en aquella fecha fué de­
positado, (Valdecebro, lib. IV, cap, LI.)

92—1410—Valencia. E ntre los muchos que en esta


ciudad se entusiasmaron viendo el fervor y altísim a
vida espiritual que hacían los que iban en la com pa­
ñía de San Vicente, fué uno el valenciano Leonardo
Gaya. Por eso un día se presentó muy resuelto a San
Vicente y le dijo: «P. Vicente, yo quiero agregarm e
a vuestra compañía.» El Santo le explicó y detalló
los muchos trabajos, las grandes dificultades que ten ­
dría que soportar y vencer si se resolvía, pues aque­
lla vida de los suyos era asaz penosa. Gaya repuso
que pasaba por todo. Entonces el Santo le dijo: «Pues
bien; para venir en la compañía de los míos debes
dejar todo amor a los bienes de la tierra; así que lo
primero que debes hacer es vender todas tus heredades
y distribuir entre los pobres lo que saques de esta
venta.» Gaya contestó que así lo haría. Y, en efecto,
se fué y vendió todas sus fincas y comenzó a repartir
su producto entre los pobres; pero en esto se le ocurrió
que tal vez llegaría un día en que el Padre maestro
Vicente no pudiera sustentar a tan ta gente como con­
sigo llevaba. Y en virtud de esta ocurrencia, se reser­
vó ocultamente, por si acaso, la m itad de lo que la
venta le había producido. Después, muy tranquilo,
se presentó al Santo y le dijo; «F. Vicente, ya está
vendido todo y entregado a los pobres ei producto
de la venta, sin que me quede ya bien alguno en la
tierra.» San Vicente le miró de cierta manera, y pe­
netrando todos los senos del corazón de Gaya, le dijo:
*Mira, hermano: en mi compañía no se admiten los
que no confían del todo en la divina Providencia y
— 84 —
menos los que son mentirosos. Ve, hombre, ve y
quédate en tu casa; porque tú has desconfiado y aun
te vienes con mentiras, diciendo que lo has dado todo,
y es muy cierto que te has guardado ocultam ente la
m itad del dinero que la venta te produjo.» Gaya, sor­
prendido, estupefacto, avergonzado, confesó su pe­
cado, lloró am argam ente su poca fe, dio a los pobres
lo que se había reservado, y sólo entonces fué adm i­
tido a la compañía del Santo, que le amó mucho en
adelante, por la sinceridad que siempre tuvo su arre­
pentimiento. (Fages, parte 2.a, cap. V; Proceso, fo­
no 220, parte 2.a; Gómez, cap. XIV; Valdecebro, li­
bro IV, cap. LII; Teixedor, Suplem., lib. I, capí­
tulo X X X .)

93— 1410— Valencia. Dos judíos, llamados Israel


Bruet e Isaac Coufé, habían m atado a dos niños cris­
tianos, por cuyo delito fueron condenados a pena ca­
pital. E ra grande la consternación que había en to ­
dos los ánimos, pues aquellos desgraciados iban a
sufrir su condena, sin que hum ana diligencia pudie­
ra hacerlos concebir el menor sentim iento de piedad
y dolor por su crimen. San Vicente, movido tal vez
por este clamoreo que debió llegar hasta él, ocupado
siempre en el ministerio de la divina palabra, pues
para esto vino, en particular, esta vez a Valencia,
rogó a los jueces que concedieran permiso para que
antes de ser ejecutados pasaran los reos a oir el ser­
món que ese día tenía que predicar (1). Lograda esta
gracia, San Vicente les habló tan al corazón, que los
dos infelices judíos, deshechos en un m ar de lágri-

(1) Este sermón fué en la plaza del Mercado.


— 85 ™
mas, detestaron públicamente su delito y rogaron
que los bautizaran antes de m atarlos. Así se hizo;
pero además San Vicente rogó al supremo m agistra­
do que in d u ltara a estos reos. También se concedió
al Santo esta gracia, y por cierto que fué grandem ente
fructífera. Porque aquellos dos hombres lograron que
se convirtiera toda su parentela, y en adelante sus
familias fueron verdaderos núcleos de almas grande­
mente enamoradas de Jesús, nuestro Redentor. (F a­
ges, parte 3.a, cap. II; Diago, lib. I, cap. X V III, pá­
gina 229; Serafín, pág. 105; Vidal; Teixedor, lib. II,
cap. XVI.)

94— 1410—Valencia. Por el verano de este año,


San Vicente se encontró con Alfonso Borja, ya maes­
tro de Teología famoso y clérigo adscrito a la parro­
quia de San Nicolás. Alfonso le conocía e intimó
con el Santo en Lérida y le profesaba gran venera­
ción. El Santo ya otras veces se había ocupado de
Alfonso. Cuando éste aun no había nacido, anunció
de él grandes cosas; cuando tierno niño, lo vió de la
mano de su tío en Valencia, y le dijo que gobernaría
la Iglesia; cuando, aventajado discípulo en Lérida,
se le acercó para felicitarle por un sermón que San
Vicente acababa de predicar, el Santo le dijo que éí
tenía que hacerle asimismo el mayor honor que se
puede hacer sobre la tierra; ahora, llevándolo ap arte
de ías personas que iban con Alfonso, le dijo categó­
ricamente: «Tú serás Papa y me canonizarás.» Estas
palabras causaron en Alfonso Borja una viva im pre­
sión y las recibió en su alma tan enteras, que jam ás
las olvidó en adelante ni tuvo sobre ellas la menor
duda. Y prueba evidente de que fué así la tenemos
en lo que nos refiere la historia sobre este hombre,
— 86 —

verdaderam ente extraordinario. Había alcanzado ya


la edad de 74 años; era Cardenal y no pensaba en
morirse. Recordaba esta frase suya: «Yo he de ser
Papa», que ya hacía años repetía. Y hasta llegó a fir­
mar antes de serlo: C alixiu s P a p a 111, es decir, que
hasta el nombre se había preparado para cuando se
realizara su convicción. Esta se realizó, en efecto,
en Abril de 1455. Dos meses después, el 29 de Junio,
Calixto III, el Alfonso Borja que en 1410 saludó al
‘maestro Vicente en Valencia, decretaba a éste los
honores de la Canonización. ¡La profecía de San Vi­
cente tuvo plena realización! (Todas las autoridades
del milagro 19.)

95— 1410—Valencia, A fines de Junio presentá­


ronle a San Vicente una m ujer pobrísima, que era
m uda de nacimiento, y todos la conocían en la ciu­
dad, porque pasaba su vida mendigando por calles
y plazas, sin que jam ás la vieran retirarse a su domici­
lio, De seguro no lo tendría. Al llegar delante del Santo
se quedó mirándole, como pidiéndole algo. El Santo
le preguntó: «¿Qué es lo que quieres, hija mía?» La
m uda contestó, no con señas, sino con palabras cla­
ras e inteligibles: «Quiero que me deis con qué comer
y pasar mi vida, y hablar.» Puede suponerse el asom ­
bro del público que presenciaba este hecho prodigio­
so. San Vicente le dijo: «Desde ahora tendrás qué co­
mer y con qué pasar tu vida; pero lo otro de poder
hablar, tú misma sabes que no te conviéne, por el
mal uso que harías de tu lengua. Dale, pues, gracias
a Dios por el sustento, que no te faltará, y no le pidas
más el uso de la palabra.» La m ujer quedó agrade­
cida y obediente a] Santo. Tuvo medios de pasar los
siete años que aun vivió; pero no volvió a tener pena
— 87 —
por ser muda. (Fages, parte 3.a, cap. II; Ranzano,
lib. III, pág. 22, y con él Licio, Surio y Flamín; Dia-
go, pág. 224; Antist, pág. 132; Gómez, cap. X X I;
Valdecebro, líb. III, cap. XX; Teixedor, lib, II, ca­
pítulo XV L)

96—1410—Valencia. El 23 de Septiem bre predi­


caba San Vicente en Ja iglesia de Santa Tecla. Entre
!a m ultitud que había ido a oírle se encontraba una
joven huertana de Moneada, llam ada Inés Pedros,
que iba todos los días a vender flores en eí mercado.
Su edad no llegaba a veinte años. San Vicente en
este sermón ponderaba cuánto hemos de procurar
vivir separados de todo lo que es pecado u ocasión
de pecado, y desear ir al Señor por los caminos que
Él nos señale. Y dirigiendo un apostrofe a un Cruci­
fijo que había allí, dijo; «Señor, m ostradnos vuestros
caminos y enseñadnos las sendas que a Vos conducen.»
Todo el auditorio, con atención y fervor, m iraba tam ­
bién al Crucifijo, y la joven Inés con más fijeza que
todos. Al acabar de decir el Santo aquellas palabras,
el Cristo inclinó su divina cabeza como para otorgar
el favor que pedía San Vicente. Un pasmo de adm i­
ración y alegría inenarrable penetró en los corazones
de todos. Pero la joven florista sintióse de tal modo
emocionada y enam orada de este seguimiento por
Jas sendas de la virtud, que sin más dilaciones se re­
tiró a un lugar solitario y montuoso cerca de Mon­
eada. Para despistar más a ]os que pudieran pensar
en buscaría, vistióse de traje de hombre, y se con­
sagró por completo a la vida anacorética, en ]a que
permaneció hasta su muerte, adm irando a cuantos
con ella se encontraban en tan celestial y angelical
vida. Se han escrito algunas biografías de esta santa
— 38 —
virgen. La Historia del reino de Valencia la llama
Santa Inés de Moneada.
Algunos creen que este suceso ocurrió el año 1413
y que la venerable Inés no tomó esta resolución en
este sermón en que se vió al santo Cristo inclinarse.
E sta veneranda imagen, según Teixedor, habló v a ­
rias veces al Santo, cuando éste, pasando delante de
ella, le dirigía alguna jaculatoria. Y añade que en su
tiempo se había trasladado de la iglesia al Coro, don­
de las religiosas la tienen en veneración suma. (F a­
ges, parte 3.a, cap. ÍI; Gómez, cap. X X III; Valdece­
bro; Teixedor, lib. II, cap. XVI.)

97 —1410— Albayda. Cerca de este pueblo, hoy


ciudad, en el camino que va a Alicante, existía un
santuario dedicado a S an ta Ana, Era grandísima la
devoción que en todo el valle se profesaba a la S anta
y su pequeño templo. San Vicente tam bién lo visitó
cuando fué evangelizando por aquella región; y ob­
servando el fervor con que allí acudían de todos aque­
llos lugares, se volvió a los que le acompañaban y
dijo: «En verdad os digo que vendrá tiempo en que
Dios Nuestro Señor y la Santa serán más alabados
en este mismo sitio.» Un siglo después, en 1538, según
hemos podido averiguar (1), el V. F. Ju a n Micó, P ro­
vincial de los Dominicos de Aragón, fundó allí mismo
un convento de su Orden y nombró Superior de S anta
Ana al santo Luis B ertrán, su muy amado discípulo.
La historia nos dice elocuentemente cuánto ilustró

(1) La Anaiecta Ordin is Praedic aíoru m, tomo [, dice que se


fundó este convento el año 1410. Error manifiesto, pues su furw
dador es el P. Micó y éste vió el siglo >:vc.
— 39 —
San Luis Bertrán con su vida y milagros al convento
de Santa Ana de Albayda, (Fages, parte 3.a, capí’
tul o III.)

98— 1410—Teulada. E ntre los muchos pueblos que


San Vicente visitó en este año que pasó en Valencia,
yendo y viniendo por la región, ocupa lugar preemi­
nente Teulada, hoy perteneciente a la provincia de
Alicante, puerto antiguo vecino al cabo de San Mar­
tín. Predicó, pues, San Vicente en Teulada y fueron
grandísimos los frutos espirituales que aquellos ve­
cinos sacaron de sus sermones. Por eso el Santo tam ­
bién les dispensó notables beneficios. Supo el Santo
que sufrían frecuentes acom etidas de los piratas mo­
ras que entraban allí y cautivaban a muchos vecinos,
y el Santo un día les dijo: «Venid todos conmigo al
mar.» Todos salieron acompañándole hasta una roca,
situada mar adentro. San Vicente, dice Escolano, so­
bre aquella roca trazó una cruz con el pulgar de su
mano derecha y dijo: «Tened la seguridad que en ade­
lante no salvarán ya nunca este punto.» Y fué así.
En adelante ya jam ás entraron los piratas en T eu­
lada ni cautivaron a ningún vecino de aquel pueblo.
(Fages, parte 3.a, cap. II; Escolano, líb. VI, cap. XIV;
Antist, pág, 144; Gómez, cap. X X I; Vidal y Micó,
cap. VI; Valdecebro, lib. I, cap. XXVI; Teixedor,
lib. II, cap. X V II.)

99-—1410--Teulada, A orillas del mar, San Vicen­


te, para dar de beber a los moradores de este pueblo,
hizo brotar con su bastón una fuente, que,- aunque de
escaso caudal de agua, no aum enta ni disminuye, ya
el tiempo esté en lluvias, ya en sequías. Además, aque­
llas aguas son medicinales, que por esto se han hecho
allí unos como baños públicos. Junto a esta fuente
se levantó una especie de erm ita dedicada a San Vi­
cente, que recuerda este beneficio y milagro; de sus
paredes cuelgan infinidad de presentallas o exvotos,
en especial arreos de marinería, como trajes, barqui­
tos, etc. (Fages, parte 3.íl, cap. II.)

100— 1410—Teulada, Al despedirse de aquí San


Vicente le acompañó todo el pueblo hasta un lugar
poco distante del poblado, en donde se cruzan varios
caminos. Desde allí el Santo bendijo el térm ino de
Teulada, encargó que se levantara allí una cruz y ase­
guró que el pueblo no sería jam ás víctim a de la peste.
Esta promesa parece que se ha venido cumpliendo al
pie de la letra. En 1532 se vió esto de modo m aravi­
lloso. En efecto, este año el pueblo de Benisa y otros
circunvecinos de Teulada sufrieron este cruel azote de
trem enda manera; en especial en Benisa murieron
casi todos los habitantes, grandes y pequeños, y la
mayoría de los animales. Consta esto, como que en
Teulada no hubo ni un solo caso de peste, de una rela­
ción jurada de los regidores de este último pueblo,
enviada al P. Antist, que pocos años después de aque­
lla fecha escribía la Vida de San Vicente, tal vez la
mejor que se ha escrito hasta la del P. Fages. (Fages,
parte 3.a, cap.- II; Antist, pág. 144; Vidal y Mico, ca­
pítulo VI; Teixedor, líb. II, cap. X V II.)

101— 1410— Denia, Predicando aquí San Vicen­


te, dijo un día, en tono profético, que llamó sobrem a­
nera la atención de cuantos le oían: «Cuando en este
pueblo* sea gobernador un Calvo, huirán de aquí to ­
dos sus habitantes.!) El auditorio no comprendió la
profecía; pero se anotó en los Anales o libro del Con­
— 91 —
sejo, y esta diligencia sirvió para comprobar que San
Vicente decía verdad. En efecto, el año 166 O acudie­
ron a Denia muchísimas gentes de varios pueblos
para presenciar el embarque de la Em peratriz doña
Margarita, esposa del Em perador Leopoldo, E sta aglo­
meración de seres humanos dejó en Denia gérmenes
de una enfermedad contagiosa y endémica, que se
desarrolló tan cruel, que obligó a sus moradores a
huir lejos de la población. De esta enfermedad fué
atacado un tal Victorio, pariente de San Vicente, y
uno de sus biógrafos, ei cual curó invocando al Santo.
Pues bien, en aquella ocasión, hacen notar las cróni­
cas, el gobernador de Denia por aquellos días era ju s­
tam ente D. Francisco Calvo. {Fages, parte 3.:L, ca­
pítulo II.)

102— 1410-—Alcira. Debió San Vicente pasar por


aquí cuando, llamado con urgencia por los vecinos
de Liria, regresaba del Valle de Albayda. Alcira tiene
entre sus tradiciones un milagro de San Vicente que
lo creemos apócrifo, a menos que probemos que fué
segunda edición del que hizo en M ontblanch. Nos
referimos al de haberse desherrado por sí mismo el
asnillo que el Santo llevaba para sus viajes. El caso
es que parece que en Alcira hasta se detalla la casa
en que esto ocurrió, situada en un ángulo de la plaza
Mayor. Lo que sí consta con toda autenticidad es el
hecho ocurrido en el monasterio de Jerónimos, encla­
vado en su término, y llamado el Monasterio de la
Murta. En un documento que se conserva de aquel
convento se lee: «Cuando Vicente Ferrer vino a este
monasterio felicitó a los Padres por su método de
vida, y dijo que si no le llamase Dios al Apostolado ,
term inaría con gusto aquí sus días con ellos. A ña’
— 92 —
dió que ninguno de los religiosos que m urieran en
esta casa se condenaría; así que, desde entonces,
estos religiosos siempre se han hecho trasladar al
Convento cuando les sorprendía fuera de él alguna
grave enfermedad.>> (Fages, parte 3.a, cap. III.)

103—1410--L iria. Sufría esta ciudad una sequía


pertinaz y tan grande, que todas las fuentes dismi­
nuyeron ai extremo de tenerse que tasar el agua para
el consumo. U na comisión de vecinos fué a exponer
sus apuros a San Vicente, que entonces andaba p re­
dicando por ios pueblos de la Ribera y Valle de Al-
bayda, y el día 26 de Agosto el Santo se presentó en
Liria, acompañado de los que por él habían ido. El
Santo consoló a todos y les prometió el remedio. P ara
conseguirlo de Dios Nuestro Señor dispuso un ay u ­
no de tres días y seguidamente organizó una proce­
sión solemne de rogativas al lugar de 3a fuente prin ­
cipal del pueblo. Llegados aquí, San Vicente bendijo
aquel m anantial con la misma fórmula que desde en­
tonces adoptó la Iglesia para estos casos; y en el mis­
mo instante se vió crecer abundosa la fuente. El San­
to, excitando a todos a dar gracias a Dios, les asegu­
ró que en adelante, aunque la fuente no tuviera ta n ­
ta abundancia de agua, sin embargo, no dejaría de
dar toda la que el vecindario necesitara. Y tal como
el Santo lo anunció viene sucediendo.
ftCerca de la fuente, dice un texto, han levantado
los habitantes (de Liria) una iglesia dedicada al San­
to, a la que el día de la fiesta se traslada el clero por
veredas deliciosas, llevando sombrero y bastón de­
bajo de la capa, para significar que van de viaje, en
recuerdo del que hicieron a Albayda. A algunos pa­
sos de la capilla, en el extremo de una alam eda de
cipreses, hay un olivo, que es e] que sirvió de pulpi­
to (al Taum aturgo) y desde el cual se bendice la fuente
todos los años.» (Fages, parte 3.a, cap. III; Antist,
pág. 143; Gómez, cap. X X I; Valdecebro, lib. I, capí­
tulo XXVI; Teixedor, lib. II, cap. X V II.)

104— 1410—Valencia. Predicando San Vicente en


esta ciudad, a lo que se cree, ante un auditorio que
llenaba el templo, entró en él una m ujer de vida ai­
rada, y, como escondida en un rincón, comenzó a
fijarse en lo que el Santo predicaba. Al principio hizo
esto por pura curiosidad; después fué interesándose
con lo que iba oyendo. El Santo, por inspiración di­
vina, había conocido quién era aquella mujer, cuyo
contacto todo el auditorio parecía querer evitar, y
dirigió su razonamiento en forma que la infeliz llegó
a pensar que todo el sermón era para ella; y ya ni se
atrevía a levantar los ojos del suelo. Se avergonzaba
de sí misma y aun pensaba que todos los fíeles allí
reunidos leían en su corazón y veían los grandes pe­
cados y las torpezas en que estaba metida. El Santo,
al mismo tiempo que tronaba, como suele decirse,
contra los vicios, ponderaba la grandísima hermo­
sura de la virtud y el amor inmenso de Dios a las al­
mas y su inagotable misericordia para los que detes­
tan sus pecados. Aquella m ujer se conmovió al fin,
y comenzó a gemir y suspirar, y sus lloros y lamentos
fueron creciendo con tan ta am argura, que cayó al
suelo desvanecida, se puso lívido su rostro y exhalo
allí mismo su último suspiro. Todos, ai ver esto, se
condolían en extrem o y comenzaron a separarse del
lugar donde yacía el cadáver de squelía pobre mujer,
cuya alma suponían arrebatada por los demonios,
pues era publica la vida de burdel que había llevado
— 94 —
hasta aquel instante. San Vicente, sin embargo, al­
zando la voz dijo: «Hermanos míos: esa m ujer ha
m uerto de puro dolor de sus pecados y se ha salvado.»
Y súbitam ente resonó una voz del cielo, que oyeron
todos, afirmando lo que el Santo acababa de decir.
Este suceso lo refirió ei mismo San Vicente en un
sermón. (Fages, parte 3.a, cap. IX; Gómez, cap. XXIV:
Valdecebro, lib. I, cap. LIX.)

105— 1410—Valencia. H abía aquí una mujer muy


entusiasta de los dichos y hechos de San Vicente, y
era su mayor delicia saber algo de lo mucho que el
Santo hacía en sus viajes apostólicos. Pero sucedió
que se quedó tu erta de un ojo, y aunque la ciencia
le quitó toda esperanza de recobrarlo, ella no se re­
signaba a seguir con esta desgracia. Un día se va re­
suelta a encontrarse con el Santo, y una vez delante
de él, le pidió de rodillas que se dignara conseguirle
de Dios el milagro de que le desapareciera esta fealdad
de su rostro. El S anto, que vió la fe de esta infeliz, la
bendijo, y al instante quedó aquella m ujer con los dos
ojos tan sanos y hermosos como antes no los tuvo.
(Valdecebro, lib. III, cap. XX.)

106— 1410— Valldigna. Cuando San Vicente andu­


vo por Alcira y pueblos de aquella región, estuvo en
el célebre monasterio de Bernardos que había en el
término de este pueblo, y cuyas ruinas aun son hoy
admiración de cuantos lo visitan. Dejó a ios monjes
ta n encantados y aficionados a sus celestiales ense­
ñanzas, que regresando hacia Valencia el Santo y
deteniéndose en Cullera para predicar, ocurrió un
hecho revelador elocuente del estado de ánimo en
que aquellos monjes quedaban. Uno de ellos, D. Ber­
— 95 —
nardo Benavides, sabiendo que el Santo se había de
detener en Cullera, distante unas leguas dei m onaste­
rio, pidió permiso al abad, que entonces era Fray
Luis Rull, para seguir a San Vicente hasta este pue­
blo y tener otra vez el gusto de oirle predicar.
El abad no concedió este permiso. Entonces el Be­
navides, m uy fiado de que Dios Nuestro Señor le con­
cedería el beneficio de oir al Santo, como ya otras
yeces con otros había sucedido, que le oyeron de muy
lejos, tomó papel, pluma y tinta y se subió al ca m p a­
nario del monasterio, Comenzó el Santo su sermón
en Cullera y ¡caso admirable! el monje Benavides
a oirle distintam ente todo lo que decía, y tan bien,
que iba escribiéndolo, como quien copia al dictado.
Terminado el sermón del Santo, Benavides bajó del
campanario todo entusiasmado, contó al abad lo su ­
cedido y le mostró lo que había escrito. El abad,
algo incrédulo, envió un doméstico con aquel escrito
para que San Vicente dijera si era verdadero sermón
suyo aquello y el que él predicó en Cullera. El Santo
contestó al abad que, compulsado con su original,
ni en una palabra se diferenciaba. (Teixedor, lib. II,
cap. X X IX ; Fages, parte 2.a, cap. X I; Gómez, capí­
tulo X; Valdecebro, lib. III, cap. XX.)

107— 1410—Sueca. Un sacristán de esta parro­


quia no había podido realizar sus ensueños de oir pre­
dicar a San Vicente cuando éste anduvo por las cer­
canías de aquella población. Tampoco podía abando­
nar sus quehaceres para irse a Valencia, donde sabía
que había llegado ya el Santo, Y esta pena no le de­
jaba. Un día pensaba él que el Santo estaría a aque­
llas horas haciendo un sermón a un público numeroso
y entusiasta, y en esto pensando, de repente oye la
~ 96 —
voz del Santo, que, en efecto, estaba predicando en
Valencia, y siguió oyéndole y entendiéndole tan cla­
ramente, como si el Santo predicara desde el pulpito
de la iglesia donde el devoto sacristán tuvo esta m a­
ravillosa dicha. (Fages, parte 2.a, cap. XI; Gómez,
cap, X; Valdecebro, lib. I, cap. XX; Teixedor, lib, II,
cap. X X IX .)

108— MIO—Alcoy. Por Noviembre aparece San


Vicente en esta ciudad, en dirección a Murcia. La
historia, al hablarnos de esta visita del Santo a Al­
coy, después de haber estado en J á tiv a y otros pue­
blos vecinos, obrando en todos muchas maravillas,
nos refieren que allí se veneraba mucho un go­
rro dsi Santo, de lana negra. Unos dicen que este
gorro lo dejó el Santo como recuerdo a su huésped
D. Antonio Gisbert; otros, y al parecer de éstos nos
adherimos, escriben que esa reliquia fué a Alcoy y
en la propiedad de la familia Gisbert, por m atrim o­
nio de uno de sus individuos con una hija de D, Juan
Alcamora, secretario de D. Ju an de Austria, hermano
de Felipe II. D. Ju an tenía en mucha devoción esta
reliquia, y parees que la llevó consigo en todas sus
expediciones militares, y en particular en la gloriosa
de Lepante, y como la cosa más preciada se lo re­
galó a su secretario Alcamora, Como quiera que se
explique ia presencia de la reliquia en poder de los
Gisbert, es cierto que, desde muy remoto tiempo, esta
prenda, venerada con entusiasmo por los alcoyanos,
se llevó devotam ente a las casas donde había enfer­
mos, que siempre curaban a su contacto. Sin que se
haya podido averiguar cómo, el gorro bendito se per­
dió, y por tres años lloraron los Gisbert la desapari­
ción de este tesoro. A los tres años, en una noche de
— 97
horrible torm enta, llamaron a la puerta de la casa
donde el Santo, dicen, se había hospedado, y al abrir-
la, una mano desconocida arrojó dentro de la casa
la veneranda reliquia, D, José Gisbert Colomer* úl­
timo de la familia, legó la reliquia a un sobrino suyo
llam ado Pedro Corbi, que se la trajo a Valencia, don­
de, tam bién por disposición testam entaria, pasó a
poder de su hijo Jorge Corbi Assensi. Se refiere, en
fin, que en los días de la fracasada República, por los
años 1869, cuando tantos estragos sufrió Valencia,
cayeron algunas bombas en la casa que habitaba en­
tonces D, José Gisbert, las cuales destrozaron m ue­
bles y arrojaron a mucha distancia la caja que e n ­
cerraba el gorro bendito, pero sin que ni un solo
desperfecto sufriera y ni un solo cristal se rompiera.
Al presente, pues, la familia Corbi tiene esta precio­
sa reliquia, que recibió de los Gisbert, de Alcoy; éstos
la tuvieron de Alcamora; éste del príncipe D. Ju an
de Austria, y éste no se sabe cómo la adquirió. (Fa-
ges, parte 7.*, capítulo IV y apéndice.)

109— 1 4 1 0 --Alcoy-Al icante. Saliendo San Vicen­


te, con su numerosa comitiva, de Alcoy en dirección a
Alicante, se internaron todos en las extensas ondula­
ciones áridas, montes, valles y colinas que dan tan
característico tipo a esa extensión entre las dos ciu­
dades, y que, sin duda, por ser terreno de practicaje
difícil, no se ha acometido aún la empresa de unirlas
directamente por un ferrocarril. A través de aquellas
sierras solitarias, las gentes que iban con nuestro
Santo desfallecían de hambre, sed y cansancio. San
Vicente lo notaba y obró como quien era, taum aturgo
de los más famosos que han aparecido en el Cristia­
nismo. Efectivam ente, cuando term inaron de pasar
LOS M IL A G R O S DE SAN VICENTE FESEER
un pequeño bosque, entre aquellas sierras,,y las gen­
tes iban fatigadas y hambrientas, porque no encon­
traron en todo el camino ni un miserable ventorrillo
donde poder siquiera beber, apareció a la vista de
todos una posada espaciosa, con arboleda, flores y
otras singularidades que en absoluto ellos no espera­
ban ni podían adivinar. Los dueños de aquella posada
se adelantaron a recibirlos, como si de antem ano ya
estuvieran avisados. Descansaron todos y comieron
y bebieron, y en todo fueron atendidos y confortados,
con tanto más placer de ellos, cuanto que allí todo
era arreglo, limpieza, abundancia y cortesía. Después
de haber reposado lo bastante para continuar, reno­
vados en sus fuerzas, este penoso viaje, el Santo y
todos los de la compañía suya se despidieron, agra­
decidos de aquellos amables huéspedes, bendiciendo
a Dios, que tan providencialmente les había guiado
a aquella posada, única morada de seres humanos
que habían encontrado en el camino. E ntre los que
iban en la compañía del Santo había un hombre
algo adusto y que no siempre tenía como efecto del
divino poder los milagros que a su vista hacía San
Vicente. A este hom bre precisamente, luego que ya
todos habían caminado lo bastante para perder de
vista la posada, encargó el Santo que se dignara vol­
ver atrá s y le trajera el gorro que «me he dejado, de­
cía el Santo, colgado de un árbol frente a la puerta
de la posada». Fu ése el hombre a cumplir el encargo,
y ¡qué espanto se apoderó de él! Llegó al lugar donde
habían comido y descansado; vió las pisadas, los re­
siduos de la comida; se cercioró de que aquél era ei
lugar donde estuvieron; pero allí ni en toda la sierra
no había ni posada, ni huéspedes, ni arboleda, ni flo­
res. Sólo había un árbol y colgado de él vió el gorro
— 99 —
del Santo. Cayó de rodillas, lloró de devoción, y to ­
mando, lleno de espanto, el gorro, corrió precipitada­
mente adonde estaban San Vicente y los suyos, y
azorado refirió al Santo lo ocurrido* Este le dijo que
nada dijera; pero al hombre, antes tardo para creer,
ahora fidelísimo defensor del Santo, le faltó tiempo
para divulgar este prodigio, este milagro de milagros.
Todos desde este momento llamaron a aquella posa­
da, y no sin gran sentido teológico, la «Venta de los
Angeles», pues, ciertam ente, obra exclusiva de ios
Angeles del cielo fué todo. (Fages, parte 3.a, cap. IV;
Antist, pág. 330; Diago, pág. 231; Serafín, pág. 114;
Gómez, cap, X X II; Vidal y Micó, cap. V; Teixedor,
lib. II, cap. X IX , y Valdecebro, lib. I, cap. X L IL
donde dice que esto ocurrió entre Tortosa y T a rra ­
gona; pero es una manifiesta equivocación, atendida-
la fecha y la calidad del terreno que anotan todos les
biógrafos.)

110— 14X0—Camino de Alicante. En un pueblo


que no señalan los biógrafos, ya cerca de Alicante, sa­
lieron a recibir al Santo y a los suyos, vitoreándolos,
porque la fama del milagro de la «Venta de ios Ange­
les» habíase corrido por todo aquel contorno (1). To­
dos le pedían a San Vicente que se dignara bendecir­
los. En medio de tantos admiradores, fué al Santo
una pobre mujer m uda que vivía de la pública cari­
dad. Al postrarse, como todos, para recibir la bendi­
ción del Santo, éste se fijó en ella y la bendijo en p ar­
ticular, y al instante la m uda recuperó el habla y co-

(1) Otra prueba contra la opinión de Valdecebro sobre ei iu-


gar del suceso de !a aVenta de los A ngeles*.
— 100 —
menzó a aclam ar al Santo. En adelante ya nunca per­
dió este precioso don de nuestra naturaleza, (Fages,
parte 3.a, cap. IV.)

111—1410— Pueblo de San Vicente. E sta im por­


tante población tiene por origen la aglomeración de
casas alrededor de una erm ita o capilla que en el si­
glo x v se erigió en aquel sitio al glorioso San Vicente
Ferrer. Cuando en 1410 pasó por allí nuestro Santo,
aquel sitio era sólo un poblado disperso, pobre y m i­
serable. El Santo reunió un día a todos aquellos m o­
radores y Ies dijo: «Os encargo que no os trasladéis
ya de este sitio; procurad vivir todos aquí, formando
reunidos un solo pueblo. Porque os aseguro que por
más que hasta ahora han sido aquí m uy grandes las
sequías, ya en adelante no lo serán tanto y aquí vi­
viréis con mucha salud.)) Desde entonces es prover­
bial la devoción con que los habitantes de este hoy
hermoso pueblo alicantino acuden a la iglesia de su
Santo Patrono, para exponerle sus cuitas. H a pasado
a la historia el dicho alusivo al sermón que San Vicen­
te les hizo: E stará sequeí, pero saneí, esto es: «Este
lugar será algo seco, pero será sano,» (Fages, p ar­
te 3.a, capítulo IV.)

112— 1410— Orihuela. Predicando San Vicente por


Alicante y Elche y otros poblados de la jurisdición
de la hermosa ciudad de las palmeras, recibió una
comisión del Concejo de Orihuela, rogándole que se
dignara ir allí cuanto antes, pues era precisa su pre­
sencia para a ta ja r la corrupción de costumbres que
allí se desarrollaba. El Santo dió de mano a todo y
trasladóse a esta ciudad, donde desde su entrada co­
menzó a obrar maravillas. Citemos una. Apenas entró
— 101 —
el Santo en Orihuela, se encontró con una enferma
que padecía convulsiones tan terribles, que a cada
momento la ponían a morir. El Santo pasó su mano
sobre la cabeza de la doliente y en el acto quedó
curada. D.a Elvira Rodríguez, que declaró jurídica­
mente que vió la entrada del Santo y la curación de
esta mujer, añadió que, además, San Vicente resti­
tuyó el habla a otra mujer m uda y furiosa, a la cual
por fuerza llevaron a presencia del Santo. (Fages,
parte 3.a, cap. IV; Proceso, folio 265; Teixedor, lib, II, :
cap. xx.) [;
113—1410—Orihuela. El Prior del Convento de
Agustinos de esta ciudad parece que no tenía gran
confianza ni en la m anera del Apostolado de San Vi­
cente, ni en los muchos prodigios que obraba el Santo
en confirmación de la verdad de su doctrina. Por eso
en su interior, y aun con palabras, llegó a m urm urar
contra nuestro Santo. No era extraño. Estando en
Valencia este ofuscado Padre agustino, se había a tre ­
vido a calum niar indignamente a San Vicente. S u­
cedió, pues, que a poco de haber salido el Santo de
Orihuela, este Prior, vistos los frutos de reforma de
costumbres allí conseguidos por su san ta predicación,
reflexionó, se avergonzó de su proceder con el Santo
y, arrepentido de veras, corrió, sin demora, a encon­
trarse con el santo P. Vicente. Llegado a éí, se arrojó
a sus pies y le pidió muy cordialmente que le perdo­
nara. Y esto lo hizo delante de las muchedumbres
que iban con el Santo. Este le abrazó con mucho
amor, y le dijo que hacía tiempo que le tenía perdo­
nado, cosa que Dios había hecho ya tam bién; pero
le advirtió que se confesara sin perder tiempo, p o r­
que pronto moriría. El Prior así lo hizo. Y muy ale-
— 102 —
gre por verse libre de este pecado, emprendió otra
vez el camino de Orihuela, en compañía de algunos
que con él habían ido a encontrar al Santo. En su re­
greso, antes de llegar a Orihuela, sintióse repentina­
mente enfermo y murió, cuando sólo se había sepa­
rado del lugar donde estaba el Santo como dos leguas
y media. San Vicente tuvo revelación de esta muerte,
y dirigiéndose a los que con él estaban, les dijo: «Ro-
guemos por aquel P. Prior que marchó de aquí esta mis­
ma mañana.» Al día siguiente un mensajero' llegó al
Santo, diciéndole: «P. Vicente, aquel religioso, Prior
de Agustinos, a quien avisasteis que moriría pronto,
murió, en efecto, ayer mismo.» El Santo repuso: «Ya
lo sé; y acabo de celebrar la santa Misa por su
alma.» (Fages, parte 3.a, cap. IV; Antist, pág. 126;
Gómez, cap. XXII; Vidal y Mico, cap. V; Valdecebro,
lib, I, cap. X X V I1; Teixedor, lib. I, cap. XX.)
CAPÍTULO X

ENTRA SA N V IC E N T E EN EL REIN O DE MURCIA Y A TRA ­


V IESA EL CENTRO D E LA PE N Í N S U L A , PREDICANDO
EN VARIOS PUEBLO S, QUE ILUSTRA CON LOS R E S ­
P L A N D OR ES DE SU DOCTRINA, CONFIRMADA CON
ASOMBROSOS PRODIGIOS.

(Í41M 412)

114— 1411—Murcia. Estaba aquí San Vicente a


primeros del año, y hubo de permanecer en esta ciu­
dad y pueblos comarcanos unos tres meses. Duran­
te todo este tiempo, fueron muchos los beneficios que
milagrosamente dispensó a aquella región. Un tes­
tigo presencial se expresa así; «He visto en Murcia,
en la época en que predicaba Fr. Vicente, una gran
cantidad de langosta y de orugas que devoraban
todas las hojas del viñedo y las espigas del trigo,
hasta el punto que todos creían perdidas las cose­
chas. Fr. Vicente hizo rociar con agua bendita los
cuatro extremos de la ciudad en forma de cruz, e
inmediatamente perecieron las langostas y las oru­
gas, y los vecinos recogieron sus cosechas.# (Fages,
parte 3.a, cap. Vi; Proceso, rol. 265, parte 1.a; Antist,
pág. 125; Gómez, cap. X X II; Teixedor, lib. II, capí­
tulo XXI.)

i 15—1411—Murcia. Predicando una vez aquí, pa­


róse en medio del sermón, y cortando su razonami ento,
— 104 —
dijo estas palabras: «Hay aquí entre vosotros una m a­
dre que no ha querido traer a su hija al sermón. Mal
ha hecho: ya llorará su falta y su despreocupación
de dejar sola en su casa a la hija,» Por de pronto na­
die pareció tom ar gran interés en esta amonestación
y ni aun la persona aludida; pero, antes de una hora,
ya toda la ciudad comentaba lo dicho por el Santo,
En efecto, mientras predicaba San Vicente esta ser­
món, un hombre bellaco y criminal entró en la casa
aludida y abusó de aquelia hija desventurada, ro ­
bándole la joya más preciada de la mujer y la cual
nunca más se recobra. (Fages, parte 3.a, cap. Vi; Ran-
zano, lib. III, núm, 26; Gómez, cap. X X II; Valdece-
bro, lib. I, cap. X X V I1; Teixedor, iib. II, cap. X X I.)

136— 1411— Lorca. En ios primeros días de Marzo


San Vicente predicó en esta ciudad, y tan enfervo­
rizados salieron los fieles, que no se oía por las calles
y en las casas otra cosa que la doctrina evangélica
expuesta por el Santo. Unas cuantas mujeres que se
habían reunido en la casa de un moro, ponderaban
tam bién el sermón y prodigios del Santo, y decían al
moro que debía convertirse al Cristianismo, y para
más persuadirle, comenzaron a exponerle a su manera
las razones que San Vicente había apuntado en el
sermón. El moro, fastidiado ya con tales argumentos,
que él no sabía cómo devolver a aquellas buenas m u ­
jeres, se enfurruñó y prendió fuego a un montón de
sarm ientes que allí mismo había y comenzó a arder
i a casa. Ante las reprensiones del público, el moro,
desesperado, dijo: «Pues si Jesucristo es Dios, como
dice e^e Predicador, que apague esto, y me conver­
tiré » En el mismo punto que tal dijo, se apagó el
fuego, quedando todo frío como si por mucho tie m ­
— 105 —
po allí no se hubiera encendido la menor hoguera.
Entonce^ el moro llamó a San Vicente, confesó a J e ­
sús, lloró sus pecados y se bautizó, y en adelante fué
gran adm irador de nuestro Santo. (Fages, parte 3.a,
cap. VI; Diago, pág. 241; Serafín; Gómez, capítulo
X X III; Vidal y Micó, lib. II, cap. XIV, Valdecebro,
]ib. I, cap. X X V II; Teixedor, lib. II, cap. X X L)

1Í7—1411— Murcia. De Lorca regresó San Vicen­


te a Murcia, después de convertir al moro incendiario,
y el Domingo de Ramos lo vemos predicando en la
plaza Mayor, oyéndole como unas 10.000 personas.
Cuando má? silencio reinaba en aquel numerosísimo
auditorio, súbitam ente se armó una confusión horri­
ble. Fué que se dejaron oir galopes como de caballos
desbocados, que em itían relinchos salvajes, como fie­
ras que se acercaban para aplastar a todos los que allí
estaban; y en seguida, precedidos además de un to r­
bellino de polvo que levantaban con su galope sin fre­
no, aparecieron en aquel lugar tres furiosos caballos,
con los ojos encendidos, las crines tendidas, hum ean­
tes las narices y los cuerpos sudorosos. Llegaron hasta
v e in te ' pasos del auditorio. En aquel momento de
indescriptible angustia San Vicente gritó: «Santiguaos
todos», y como movidas por una m áquina uniforme,
diez mil manos trazaron la señal de la santa cruz. El
Santo a la vez tendió su brazo derecho y trazó ta m ­
bién la señal de la redención hacia el lugar donde es­
taban aquellas fieras. De repente los caballos se de­
tienen, y lanzando bramidos horripilantes emprenden
a galope tendido otra dirección, huyendo de la plaza,
dejándose oir por largo espacio de tiempo el estruen­
do de sus pisadas. Volvió, pues, a reinar el sosiego y
San Vicente a tom ar el hilo de su discurso; pero an^
— 10ó —
tes dijo: «Hermanos, esos caballos no son bestias de
la tierra, sino obra del demonio, que ruge de furor,
porque vosotros, libertándoos de su yugo, que es el
pecado, os convertís a Dios Nuestro Señor, que es la
paz y el consuelo verdadero de los corazones.» Todos
los habitantes de Murcia quedaron con este prodi­
gio más aficionados a la virtud y al santo Predicador,
que tales maravillas hacía. (Fages, parte 3.^ capítu­
lo VI; Ranzano, lib. III, núm, 26; Gómez, cap. X X II;
Valdecebro, lib.. I, cap. X X V II; Teixedor, lib. II,
cap. X X I.)

118— 1411-— Chinchilla. Por Abril llegó aquí San


Vicente, y nos refiere la historia que trabajó mucho
para enfervorizar a aquellos pueblos. Las mujeres de
Chinchilla, por entonces, exageraban tanto el adorno
de sus vestidos, que ésta era una de las prim eras re­
formas que se proponían y no podían lograr los ce­
losos sacerdotes que adm inistraban en aquella iglesia.
E ntre otras extravagancias, se cuenta ésta: Todas las
mujeres llevaban pendientes de sus vestidos unas cintas
muy largas, a m anera de ínfulas finísimas. Algunas de
aquellas cintas medían más de quince varas. Sobre el
gasto inútil, aquello era una verdadera ridiculez, pues
iban las mujeres rodeándose continuam ente su cuer­
po con estas como fajas de lujo, San Vicente se per­
cató bien de lo arraigada que estaba tal m oda y logró
quitarla. Al efecto, en un sermón a que habían acu­
dido muchas mujeres ataviadas de ese modo, el San­
to dijo esta parábola: «En cierto lugar llevaban a
ahorcar a un criminal y le seguía llorando su pobre
esposa. Llegados al lugar del suplicio, se cayó en la
cuenta que los verdugos no habían traído cordeles
para atar al reo y ahorcarle. En este apuro, el mismo
— 107 -
reo, volviéndose o señalando a su esposa, dijo a los
verdugos:— Esa que me viene llorando trae en el a d o r
nó de su cuerpo unas cintas que servirán bien para
que me atéis y ahorquéis.—Repararon los verdugd-i
y, en efecto, quitaron a la infeliz esposa aquellas cin­
tas, que para nada le servían, y con ellas ataron y
ahorcaron a aquel pobre hombre. Ya, pues, tiene des­
tino'apropiado esa moda. Con las cintas que lleváis
se puede ahorcar al marido.» Impresionó tanto esta
parábola, que desde aquel momento la ridicula moda
desapareció por completo. (Fages, parte 3.a, cap. VII.)

119— 1411—Chinchilla. San Vicente salió de aquí


por Mayo, dejando a sus habitantes tan entusiasm a­
dos con sus sermones y el celo con que procuró e n ­
señarles los caminos de la virtud, que la celda que ocu­
pó el Santo en el Convento que en Chinchilla tenía
la Orden de Santo Domingo, comenzó a ser punto de
grandes romerías, pues allí Dios Nuestro Señor con­
cedía a los fieles toda clase de auxilios a la invocación
de San Vicente. Aquella celda siguió venerándose con
el mismo respeto y amor por Chinchilla y pueblos
comarcanos, hasta que, consumada la iniquidad del
Gobierno el año 1835 y expulsados los religiosos, el
Convento íué vendido para ser convertido en posada.
Sin embargo, el nuevo dueño tuvo interés en guardar
y revestir de gran pompa y devoción la celda del San­
to, que era, por otra parte, lo mejor conservado del
Convento. Pero a San Vicente no debió gustarle el
que su celda estuviera en una posada, porque, pa­
sado algún tiempo, a pesar de su solidez, afirm ada
por la ciencia de edificar, se vino repentina y estre­
pitosamente al suelo, para no restaurarse probable­
mente, Y decimos probablemente, porque ya se han
— 108 —
hecho diligencias por varios vecinos, dirigidos por
D. Tomás Ortiz y el que esto escribe, para que se
reinstalen allí los Dominicos; pero habiendo ido a
Chinchilla el Provincial de Andalucía con este objeto,
se ha visto que no es posible esta reinstalación. (Fages,
parte 3.a, cap VII.)

120— M i l —Camino da Toledo. Dirigiéndose a


esta ciudad San Vicente, detúvose en un monasterio
de monjes del Cister, a unas quince leguas de Toledo.
Allí, como en todas partes, el Santo cautivó el ánimo
de los religiosos en los breves razonamientos que les
hizo. Uno de aquellos monjes pidió permiso al Supe­
rior para seguir al Santo hasta ía ciudad imperial, o
por lo menos hasta el primer pueblo inm ediato donde
parara y predicara el Santo, porque su fin, al pedir
esto, era tener el gusto de volver a oirle predicar.
Al Superior no le pareció bien conceder el permiso.
El religioso, sin embargo, no desistió de sus propósi­
tos de oir predicar a San Vicente, Y cuando ya el
Santo había salido de allí, un día se subió aquel re­
ligioso a la torre del Convento, y Heno de fe m iraba
hacia donde San Vicente se dirigía, aunque no sabía
dónde estaba en aquel momento. El Santo ya había
llegado a Toledo, y precisamente cuando el religioso
atalayaba desde su observatorio, el Santo estaba p re­
dicando en aquella ciudad, Y esto se probó porque el
religioso comenzó a oir al Santo tan clara y d istin ta ­
mente como si hablara a su lado, y aun pudo escribir
el sermón que el Santo hacía. Terminado el sermón,
el religioso bajó de la torre y dijo a! Abad que h a b n
oído y entendido un sermón que el Santo acababa
de predicar en Toledo, y en prueba de ello, «aquí
tiene, le dijo, presentando lo escrito, aquí tiene el
— 109 —
sermón del maestro Vicente». J uzgó el Abad que esto
era insólito y caso gravísimo, y reunió a la Comunidad
en capítulo. Allí se leyó el escrito, y unánimes los re­
ligiosos resolvieron escribir el caso a San Vicente,
enviándole una copia de lo escrito por el religioso,
suplicándole dijera si era verdad lo que eí religioso
contaba. Y se hizo así. No se hizo esperar la respuesta
de San Vicente, que afirmaba que aquello era lo que
él había predicado en Toledo el día y hora que el re­
ligioso estuvo en !a torre. La Comunidad quedó asom ­
brada, como aconteció a la de Viileneuve-lez-Avi-
gnon, cuando eí caso igual ocurrido allí. (Fages,
parte 2.a, cap. XI; Gómez, cap. X; Teixedor, lib. I,
cap. X X ÍX .)

121— 1411—Toledo. Celebraba la santa Misa San


Vicente Ferrer en uno de los días que pasó este año
en Toledo, y al ir a sumir, quedó como arrobado.
Era que Dios le reveló que en aquel momento moría
una herm ana suya en Valencia. Y tan asegurado
quedó de esta.revelación, que al día siguiente, pre­
dicando, io dijo a todo el auditorio. Hechas las dili­
gencias, se averiguó que, en efecto, en aquel instante
sucedió la dicha muerte. Por la alegría que el Santo
tenía refiriéndola, todos presumieron, y no sin m o­
tivo, que Dios le había revelado tam bién la gloria
que su herm ana había ya conseguido.
No podemos menos de lam entar lo confuso que
está en los autores este suceso. ¿Cuándo tuvo el S an ­
to esta revelación? ¿Qué herm ana era la que moría?
Dos pregunt-as que hemos hecho por contestarnos
satisfactoriamente, sin lograrlo.
Teixedor supone que esta revelación íué el año
1407; pero este año San Vicente no estuvo en Toledo.
— 110 —
Además, dice que otra herm ana de San Vicente m u­
rió el 23 de Junio de 1411. Teixedor supone que el
Santo tuvo sólo cuatro hermanas. Y es cierto que
fueron cinco. Valdecebro dice que esta herm ana fué
Constanza. Esto no puede ser, porque está probado
que Constanza murió en 1435. El mismo San Vicente
dijo en Ciudad Real que de los ocho hijos que tuvie­
ron sus padres, cinco habían ya m uerto y.estaban en
la gloria, y que los tres que quedaban en el mundo
era de esperar se salvarían, pues su vida eso hácía
presumir (1). El Santo estuvo en Ciudad Real este año
de 1411; luego la revelación de que habla este milagro
no parece debe ponerse en este año, sino en el 1408,
en que tam bién estuvo el Santo en Toledo. Los hijos
que en 1411 eran aún vivos debían ser: el Santo, Inés,
que murió en 1434, y Constanza, que murió, como
se ha dicho, en 1435. Francisca, la otra herm ana del
Santo, murió también hacía tiempo, pues el Santo
cuenta que la sacó del Purgatorio aplicándole 48 mi­
sas, que son las que hoy se llaman «Misas de San Vi­
cente», En conclusión. E sta revelación debió ser en
1411; y la herm ana que murió, una de las dos, c u ­
yos nombres no nos ha transm itido la historia, cosa
que acusa un gran descuido en los primeros biógra­
fos de nuestro Santo. Los hermanos de San Vicente
se llamaron Pedro, mayor que él, y Bonifacio, el menor
de todos. (Fages, p arte 1.a, cap. X I; Valdecebro, li­
bro IV, cap. L U I; Teixedor, lib. I, cap. VII.)

(1) Pienso que os biógrafos han escrito sobre esto sin ningu­
na crítica. Porque el año 1411 vivía aún don Bonifacio, de modo
que eran cuatro los hermanos vivos, y no sé cómo ha preva­
lecido eso de que el Santo dijo que eran cinco los muertos y tres
loa que aún vivían.
— 111 —
122— 1411—Cuenca. Ignoramos el día, pero da­
mos por averiguado que fué este año, cuando San Vi­
cente estuvo en Cuenca, E ntre los muchos pecados
contra los cuales predicó el Santo en este lugar, uno
fué el pecado de la carne. Cuenca se conmovió y Dios
Nuestro Señor derramó abundantem ente sus gracias
sobre aquellos moradores, aunque no sobre todos. El
Santo no tuvo el consuelo de sacar del fango del vicio
a muchas infelices mujeres que hacían la vida del des­
honor; antes instigadas estas esclavas de la im pure­
za por los rufianes, sus cortesanos, se revolvieron
contra el Santo y aun lograron echarle de Cuenca.
San Vicente, en efecto, salió de la ciudad muy ape­
nado por los pecados en que veía sumidas a aquellas
almas, atravesando una puerta que se llam aba <<Ei
Portillo», En adelante, dicen los biógrafos, no fué po­
sible cerrar ya aquella puerta, por más que m uchísi­
mas veces se intentó para las obras de embellecimien­
to de la ciudad. {Valdecebro, lib. I, cap. X X X IV .)

123— 1411— En este.cam ino que hacía San Vi­


cente atravesando España, se encontró con un joven
que, dejándose llevar de sus pasiones, se arrebató al
extremo de comprometerse por escrito a entregar
su alma al demonio. Y el demonio, efectivamente,
quitó aquel papel al desventurado. El Santo pudo
tocar en el corazón de este infeliz por medio de su
admirable palabra, y cuando le oyó en confesión y
supo lo que le sucedía, le animó con la palabra formal
de obligar al demonio a devolver aquel papel. Llenó­
se el joven de indecible consuelo y fué su gozo cum ­
plido cuando, de ahí a poco, el Santo le presentó el
fatídico escrito que el joven en su delirio había fir­
mado. Ante prodigio tan estupendo, el joven entró
— 112 —
a velas desplegadas por el camino ds la virtud; se
hizo sacerdote y se unió a los que San Vicente llevaba
en su compañía, y con ellos permaneció hasta que el
Santo murió en Vannes. Hacen notar las crónicas que
éste, ahora dichoso discípulo del Santo, quería estar
siempre junto a su Maestro, como si tem iera que el
demonio se vengara por haberle burlado, rescindien­
do aquel pacto impío; y jamás, hasta su muerte, cesó
de hablar, ponderando la santidad oel P. Vicente y
los innumerables milagros que obró antes y después
de muerto. Un tal Francisco Castellón, canónigo de
Florencia, refiere que tuvo hospedado en su casa a
este favorecido discípulo de San Vicente, siendo ya
muy anciano. (Fages, parte 3.a, cap. V il; Gómez,
cap. X X X V I; Vidal y Micó, Camp-Nor.° D. L°)

124— 1411—Valladolid. Para ver el entusiasm o que


todos tenían por San Vicente, refiramos un trazo nada
más de lo que le ocurrió estando en Valladolid, El
Santo se hospedó, como era natural, en el célebre Con­
vento de su Orden, llamado de San Pablo, Y era ta n ta
la m ultitud de gente que allí acudía para que el Santo
los curara, que el Padre Prior señaló a nuestro Santo una
celda cerca de la portería. Las leyes nefastas de exclaus­
tración han ocasionado la pérdida de preciosos docu­
mentos, entre ellos los referentes a los milagros sin
número que allí hizo San Vicente. Sin embargo, sa­
bemos que los frescos del claustro principal represen­
taban no sólo la entrada triunfal que hizo en aquella
antigua ciudad, sino tam bién los milagros más fa­
mosos que obró allí. Entre éstos se recuerdan m u­
chos ciegos a quienes devolvió la vista, y muchos bal­
dados que curó con sólo bendecirlos. Los biógrafos
del Santo, cuando se ocupan en los milagros que
— 113 —
en Valladolid obró, no detallan. Se contentan con
decir que fueron estupendos y numerosos los favo­
res dispensados por el Taum aturgo. (Fages, p ar­
te 3.a, cap. V III.)

125— 1411—Tordesillas. Bien sabido es que los


judíos, en los primeros años de] siglo x v , eran n u ­
merosísimos en Castilla la Vieja. Uno de los pueblos
que tenían como enfeudado y donde desplegaban con
más ardor su genio mercantilero, fué Medina de Río
Seco (1). San Vicente llegó este año, ya finalizando,
a Tordesillas, y habiendo observado la esclavitud en
que a Medina de Río Seco, como a varios otros pue­
blos, im ponían los judíos por sus muchas riquezas,
un día, predicando a todo el pueblo, que, ávido de
oírle, había acudido al sermón, dijo: «Estos judíos os
devoran con sus usuras y os malean con sus crímenes.
Yo iré a esa Medina y veréis cómo todos esos judíos
se hacen todos buenos cristianos y cesan vuestros
males.)) En efecto, fué a Medina, y todos los judíos
se convirtieron. (Fages, parte 3.a, cap. V III; Valde-
cebro, lib. I, cap. X X X I.)

126— 1411—A fines de este año, predicando en


un pueblo de Castilla la Vieja (bien podía ser Medina
de Río Seco), el Santo ponderaba 3a om nipotencia
de la invocación de Dios. Algunos le preguntaron
que se dignara explicarles por qué bendecía siempre
al pueblo aglomerado sobre gradas para oír su ser­
món o asistir a su Misa, San Vicente Íes respondió lo
que sigue: «Desde hace trece años que predico fuera

(1} Valdecebro dica equivocadamente M e d in a del Campo.


LOS M I L A G R O S D E SAN VICENTE FERRER 8
— 114 —
de las iglesias, he hecho las experiencias que os voy
a decir. En Saboya, el día de Navidad, predicaba en
un castillo en el que se hallaban el conde y la condesa,
y en lo alto de la pared de la sala había ventanas, con
unas grandes puertas; de repente, a la m itad del ser­
món, cayó una de estas puertas sobre la gente y no
hizo más daño que una paja. En otra ciudad p redi­
caba en un tablado muy alto, al que había que subir
por una escalera voladiza, y ésta cayó sobre la m ul­
titud, sin causar daño alguno. En Reus, cerca de T a ­
rragona, se rompió el tablado y nadie sufrió daño.
En Chinchilla nos libramos de un peligro m ayor to ­
davía. Por lo cual no os admiréis que haga la señai
de la cruz, porque con esta señal no hay peligro posi­
ble,» (Fages, parte 3.a, cap. 1; Teixedor, lib. II, capí­
tulo X III.)

127— 1412—Zamora. Llegó aquí San Vicente a pri­


meros de este año. Sus milagros y las prodigiosas cu­
raciones eran tantas, que a todas horas se veía el Con­
vento lleno de gente. Por esto hubo necesidad de apo­
sentarle en una de las habitaciones contiguas a la por­
tería, como solía hacerse en otros lugares, a fin de
que pudiera atender a los que iban a él, sin menosca­
bar la regular observancia de los Conventos. También
hacen notar las crónicas que estas m oradas del Santo
en adelante quedaban en mucha veneración y los
fieles las visitaban con fervor y reverencia. De esta su
celda de Zamora se refiere que muchos enfermos recu­
peraron la salud con sólo apoyar la cabeza a la puerta.
Así curaron infinidad de tullidos, ciegos y sordos.
(Fages, parte 3.a, cap, IX.)

128^1412—Zamora, Un autor dice: «Un día que


— 115 —
el bienaventurado Vicente Ferrer predicaba ante una
multitud inmensa, vió que conducían al suplicio a
dos criminales, condenados a ser quemados vivos,
y rogó al oficial público, encargado de su custodia,
que se los aproxim ara. Como este hombre tenía tal
autoridad que nada se le podía negar, los colocaron
debajo del tablado (donde el Santo predicaba), res­
guardados de las miradas de las gentes. El varón de
Dios comenzó a pintar las penas que en la otra vida
se imponen a !as diversas clases de crímenes, penas
de las que nada de lo que aquí sufrimos puede dar
idea, y de aquí pasó a hablar de los que habían co­
metido aquellos dos condenados. D urante tres ho­
ras estuvo hablando sobre estos terribles asuntos,
después de lo cual hizo que los llevasen a su presencia;
pero, ¡oh prodigio de la elocuencia! ¡oh efecto m ara­
villoso de la palabra de la verdadí Si hubiera hecho
quemar a los dos criminales no lo hubiera consegui­
do mejor que con su palabra. La conciencia de su
falta les afectó con tal violencia, y los remordimien­
tos habían conmovido sus almas a tal punto, que sus
carnes parecían consumidas por un fuego m isterio­
so. Yo no dudo, term ina diciendo Castellón, que el
vigor de su palabra libró a la vez a los dos culpables
del fuego de la otra vida y de un vergonzoso suplicio
en ésta.» Este milagro de los dos carbonizados en
fuerza de la contrición que les inspiró el santo após­
tol Vicente Ferrer, tuvo lugar por Enero de este año,
y es conocido en la historia con el nombre de {(Prodi­
gio de Zamora», Aun se conserva en aquella ciudad
el púlpito donde el Santo obró tal maravilla, (Fages,
parte 3.a, cap. V III; Serafín, pág. 123; Gómez, capí­
tulo X X III; Valdecebro, lib. I, cap. X X X I; Vidal
y Micó, cap. IV; Teixedor, supl.r lib. ÍI, cap, X X I.)
— 116 —
129 —Zamora. El famoso milagro «Prodigio de Z a­
mora» se escribió en dos piedras que, como venerando
recuerdo, se conservaban en la ciudad. Pocos años
después de acaecido el milagro, dos portugueses que
visitaron a Zam ora vieron estas inscripciones y dije­
ron a los que les acom pañaban que aquello era una
mentira, que no era posible que un hombre se quem ara
en fuerza de un dolor moral o físico; que para quem ar­
se un cuerpo se necesita fuego corpóreo. Estos por­
tugueses eran, según se ve, de ideas nada elevadas.
Les expusieron todo lo sucedido y el poder asom bro­
so de San Vicente para hacer milagros; pero ellos no
cedían. Uno de ellos añadió: «No creeré jam ás esto,
si ahora mismo no se funde esta piedra», y dió con el
pie a una de las piedras. En el mismo instante la pie­
dra no se fundió, se rompió en dos pedazos como si fuera
un vidrio. El portugués, asustado, exclamó: «jCréolo!
¡Créolo!» (Fages, parte 3.a, cap. V III.)

130— 1412—Zam ora. En la visita que San Vicente


hizo a esta ciudad dejó, como un recuerdo suyo, a sus
hermanos los Dominicos, una cam pana de unos seis
kilos de peso. E sta cam pana solía tocar sola tres días
antes de que algún religioso muriese, y por esto se la
tenía en mucho respeto y devotam ente se cuidaba de
ella. En una ocasión, según refiere el biógrafo Victo­
ria, un familiar del Obispo de Zamora, yendo por el
Convento, se fijó en la cam pana y alargó la mano
para hacerla sonar. Los religiosos le advirtieron que
la respetase, y le explicaron cómo había venido al
Convento y la m aravilla que por ella obraba el Se­
ñor, avisando cuando iba a morir alguno de la Co­
munidad. El fam iliar tomó a chacota el relato, y para
probar que no creía esas su p ersticio n es , volvió a agi­
tar y hacer tocar la campana. Este tem erario el mis­
mo día murió ahogado. La cam pana se guarda hoy
con gran veneración en el Convento de las Dueñas
de Zamora, y se la conocía con el nombre de «Cam­
pana de íos muertos».
Hablan los biógrafos de una cam pana de San
Vicente, la cual, dicen, llevaba el Santo y m andaba
tocar para -anunciar a los pueblos que iba a hacer
milagros. Fages no adm ite esta cam pana. Valdecebro
la admite y dice que se conserva en Zamora. Es creí­
ble que sea una misma la cam pana de «tocar a hacer
milagros» y esta *de los muertos». (Fages, parte 3.a,
cap. IX; Gómez, cap. III; Valdecebro, lib. I, capítu­
lo X XX I.)

131—1412—Zamora. En el monasterio de Jeró ­


nimos de M ontam arta, situado a unas cuatro leguas
de Zamora, se repitió el milagro de otras veces. Un
religioso de este monasterio, no pudiendo ir a Zamo­
ra para oir predicar a San Vicente, se puso a la ven­
tana de su celda, mirando hacia la ciudad. De repente
quedó absorto, pues comenzó a oir los acentos de
nuestro Santo tan distinta y claram ente como si el
Santo predicara debajo de la ventana. El afortunado
monje, luego que terminó de oir eí sermón que ei San­
to predicó en Zamora, lo refirió al pie de la letra a
toda la Comunidad, que creyó en el prodigio porque
aquel religioso no era capaz de inventar tan elevados
conceptos ni de apropiarse un estilo que a todas lu­
ces era el estilo de nuestro Santo. (Fages, parte 3.!\
cap. IX; López, parte 3.*, lib. I, cao. XXVÍ1, pági­
na 149; Valdecebro, lib, III, cap. XX; Teixedor, su ­
plemento, lib. II, cap. X X I.)
— 118 —
132— 1412—Salamanca. San Vicente honró a esta
ciudad con su visita dos veces por lo menos. El
cronista de la Orden de la Merced, hablando de la es­
tancia de nuestro Santo aquí, en el año 1412, nos
refiere con entusiasmo cuanto el Santo hizo en Sala­
manca. La crónica la escribía A raya en el siglo x v i i .
Véanse algunos de sus párrafos sobre el particular:
«San Vicente, dice, recorrió como un sol la Iglesia
Universal. E ntre las ciudades de Castilla, honró par­
ticularm ente a Salamanca, donde había una im por­
tante Sinagoga, situada en el mismo lugar que aho­
ra ocupa el Convento de los Padres de la Merced,
cuyo refectorio corresponde al sitio en que celebra­
ban (los judíos) sus sábados.» Luego nos refiere el
siguiente prodigio:
«Estaban un día los judíos y las judías en dicha
Sinagoga celebrando su sábado, y San Vicente, mo­
vido por Dios, pudo ganarse el ánimo de uno de aque­
llos obcecados, el cual condujo al Santo a la Sinago­
ga. Al ver los que allí estaban al santo religioso, a l­
borotáronse y tum ultuariam ente querían huir. Pero
el Santo, que allí había ido para predicarles, ya que
en tanto número se habían reunido, los apaciguó con
palabras dulcísimas y les predicó las verdades de la
realización de las profecías en Cristo Jesús. Estando
él predicando y aquella m ultitud oyéndole, de re­
pente comenzó a caer de la bóveda de la Sinagoga
una lluvia de crucecitas blancas que se posaron so-
bre los vestidos de los israelitas, y ellos y ellas que­
daron envueltos en aquel adorno misterioso. E n to n ­
ces Dios les tocó en el corazón y a grandes voces co­
menzaron a confesar a Cristo y pedir ser bautizados.
El Santo los bautizó a todos, y la Sinagoga fué de­
dicada y consagrada en Templo cristiano, con el nom ­
— 119 —
bre de Veracruz, en memoria de aquellas cruces m a­
ravillosas. Sobre la fachada, añade, se esculpieron
unos versos latinos que, traducidos al castellano, de­
cían: «Este Santuario, en otro tiempo Sinagoga, está
»ahora consagrado a ía verdadera religión. Vicente
»Ferrer lo purificó después de expulsar de él a los ju-
»díos, A ruegos suyos bajó del cielo una lluvia m iste­
rio sa y se posaron cruces sobre todos los pechos.
»Desde entonces llevan muchos el nombre de Vicente
&y el templo ha recibido el de la Verdadera Cruz.» Y
termina así el cronista: «Este fué el primer milagro
obrado por el Santo en Salam anca para gloria de
Dios; pero no fué el único ni el m ayor.>> (Fages, p a r­
te 3.a, cap. X; Gómez, C rónica de ios R eligiosos, folio
326; Antist, pág. 151; Diago, págs. 114 y 267; Gómez,
cap. XXIV; Valdecebro, lib. I, cap. X X X Ií; Vidal y
Micó, cap. IV; Girón, Serm ón de S ím V icente ; Teixe­
dor, supl., lib. II, cap. X X I.)

133— 1412—Salamanca. Otro hecho estupendo nos


refiere Araya sobre la predicación de San Vicente en
esta ciudad. Un día predicaba el Santo s:>bre un m on­
tículo que allí llaman «Monte de las olivas», en donde
estuvo el huerto de los Dominicos, y . para convencer
más ai auditorio de que se acercaba el fin del mundo
si los hombres no hacían alto en sus vicios y pecados,
tema que el Santo, por m andato del mismo Jesucris­
to, venía predicando en todos los pueblos, aseguró
de plano y sin eufemismos que él mismo era el Angel
que San Juan dice en su A p o c a lip sis vió bajar del
cielo y el cual iba clamando por las alturas: «Temed
a Dios y dadle honor, porque se acerca la hora de su
juicio.» Al oir esto, todo el auditorio quedó pasmado-
y los más comenzaron a m urm urar del S anto, acusán-
— 120 —
dolé de temerario. H um anam ente juzgando, no Ies
faltaba razón, pues el caso era insólito en los Anales
de la Iglesia, San Vicente se dio cuenta del mal efec­
to que su afirmación había causado y se apresuró a
quitar el escándalo y la nota de presuntuoso que al­
gunos hacían caer sobre su fama de predicador de la
verdad. Dios le preparó la ocasión para que esa ver­
dad brillara más y su fama quedara a cubierto de
toda sospecha. En efecto, en aquella ocasión llevaban
a enterrar a la iglesia de San Pablo el cadáver de una
mujer. El Santo hizo que trajeran allí la difunta. La
llevaron y en el mismo ataúd ia dejaron a presencia
del Santo. La m uchedumbre que allí se había reuni­
do estaba como sin respirar, esperando el fin de esta
especie de contienda santa entre San Vicente y los
maestros y sacerdotes y teólogos que no aprobaron
su afirmación tan categórica. El Santo, pues, persua­
dido como estaba firm em ente de la misión recibida
del mismo Jesucristo, y movido ciertam ente por el
Espíritu Santo y confiando en que Dios no dejaría
de asistirle, ante aquella m ultitud de fieles, con voz
firme y segura, dirigiéndose a la difunta le mandó
que en seguida se levantase y dijera si era él efectiva­
mente el Angel de la A p o c a lip sis , encargado efe anun­
ciar el juicio final. La difunta obedeció, se levantó
del féretro y dijo que el P. Vicente Ferrer era verda­
deramente este Angel de la A p o ca lip sis. El Santo pre­
guntó a la m ujer si quería vivir o volver a morir, y
optando por esto, volvió a echarse en el ataúd y que­
dó otra vez m uerta. Y es que sólo para atestiguar este
prodigio parece que Dios la había resucitado. En m e­
moria de milagro tan estupendo, se levantó en aquel
sitio una cruz de madera; luego se cambió por una de
piedra y puede aún verse allí, pues se conserva hasta
— 125 —

hoy. (Los mismos autores que se anotan en el mila­


gro anterior, y el mismo Santo en una carta a Bene­
dicto X III, año 1412*)

134—1412—Salamanca. En las visitas de despedida


que San Vicente hizo a los Padres Agustinos Ies dijo:
■Aquí en este Convento habrá siempre un santo.»
Esta profecía se cumplió perfectamente, como pue­
de comprobarse leyendo los Anales de aquella Comu­
nidad religiosa. Y al despedirse de sus hermanos, los
Dominicos del célebre convento de San Esteban, Ies
dijo: «Aquí habrá siempre un loco.» También fué pro­
feta San Vicente en este anuncio. Aun cuando llegó
la tiránica ley de exclaustración el año 1835, salió ex­
claustrado de San Esteban un Dominico demente,
que falleció unos quince años después de destruida
aquella Comunidad. (Fages, parte 3.a, cap. X.)

1 3 5 —1412 —Segovta. Refiriendo Colmenares, cro­


nista de Segovia, la entrada de San Vicente en esta
ciudad, hace notar que si Santo, montado sobre una
humilde cabalgadura, se adelantó, dejando atrás a
una multitud que le seguía, la cual no contaría me­
nos de 7.000 personas. Llegado el Santo a una cruz
que hay a corta distancia de la ciudad, se apeó y
comenzó a predicar sobre las excelencias de la misma
y convirtió a muchos pecadores, judíos y moros. Este
sermón se le oyeron varias personas que estaban le­
jos de allí unas tres leguas, y le notaron algunos que
predicaba en lemosín, y sin embargo todos los que
le oían creyeron que predicaba en la lengua de ellos.
(Fages, parte 3.a-, cap. XIV.)
— 122 —
136— 1412—San Vicente se dirigía a toda prisa
a Caspe, donde Dios Nuestro Señor le tenía dispuesto
el honor de ser él quien decidiera la cuestión del céle­
bre compromiso de nom brar rey de Aragón. En uno
de los pueblos del tránsito, el mismo Santo refirió el
siguiente suceso, Fué que un hombre habíale difa­
mado y a poco murió, pero habiendo antes llorado
su pecado; por lo cual su alma se hallaba en estado
de salvación, aunque sufriendo en el Purgatorio el
reato de sus culpas. Desde aquel lugar de expiación
volvió el alma a este mundo y se presentó a nuestra
Santo pidiéndole perdón de aquella difamación. San
Vicente, al referir esto, no detalló persona ni lugar,
pero dijo expresamente: «Yo sé que este sucedido es
verdad, que el alma vino al mundo porque yo mis­
mo fui el infamado y a mí me pidió perdón.» (Gómez,
cap. X X X V I; Valdecebro, lib. I, cap. LVIÍ; Vidal y
Micó, cap. V.)

137— 1412-—Caspe. E staban reunidos los Jueces


Compromisarios para decidir quién debería ser procla­
mado sucesor de D Martín, rey de Aragón, y San Vi­
cente sabido es que ocupaba lugar preferente en esta
reunión, por la santidad admirable de su vida apostóli­
ca. Todos los vecinos y cuantos de Valencia, Aragón y
Cataluña allí se habían juntado con motivo de este tra s­
cendental suceso, andaban ansiosos por adivinar a cuál
de los seis pretendientes le darían los Compromisa­
rios la corona. En Caspe vivía entonces un hombre
tenido por brujo, eí cual a toda costa quiso saber quién
sería el elegido. Para esto, dice un m anuscrito, recu­
rrió a sus hechizos y diabluras, y preguntó al demonio.
Este, como buen padre de la m entira, un día le suge­
ría un nombre; otro día, otro distinto, y así siempre.
— 123 —
El brujo llegaba ya a dudar de la sabiduría y del po­
der diabólicos de su fementido mentor, cuando éste
le dijo: «Sepas que durante la deliberación de este
Compromiso no hemos podido los demonios acercar­
nos a tres leguas del castillo, por causa de un hom­
bre que hay allí, que es el religioso Vicente.» Puede
calcularse cuánto ganó en estimación en los corazo­
nes de aquellas gentes nuestro Santo, luego que el
brujo reveló esta confesión despechada del genio del
mal. (Fages, parte 3.a, cap. XVI.)

138—1412-—Caspe-Feñalba. El conde de Urge!,


uno de los pretendientes a la corona de Aragón, se
llenó de ira y despecho contra San Vicente Ferrer,
luego que se vió burlado en sus esperanzas por la
elección que hicieron los Compromisarios de la per­
sona de D. Fernando de Antequera, que fué procla-
mado rey inm ediatam ente. Y su odio al Santo pro­
cedía de estar convencido, como todos estaban, de
que el Santo fué el alma de aquella Convención y
quien decidió a los otros Compromisarios p ara que
eligieran al de A ntequera, El rencoroso conde fué en
su odio hasta decidirse a dar alevosa muerte al S an­
to, Veamos cómo refiere este episodio un biógrafo
del Santo. Dice: «En los límites de los térm inos de
Caspe y de Peñalba, y en el punto en que term ina
una senda en pendiente, llam ada (hoy) C uesta de
San Vicente, se encuentra una cruz de piedra de bas­
tante elevación que m arca el sitio en que, saliendo
de una emboscada, el de Urgel y sus gentes acome­
tieron al Santo. El conde, impulsado por su resen­
timiento, le colmó de injurias, llamándole hipócrita,
embustero y mal hombre. El Santo le llevó aparte
y le dijo en voz baja:—El mal hombre sois vos, que
— 124 —
m atasteis a vuestro hermano ( 1 ) tal día y a tal hora
y en tales circunstancias. Dios no ha querido que
ciñera la corona sem ejante m alvado,—Quedóse es­
tupefacto eí de Urgel al oir la revelación de un hecho
que él sabía que se había realizado en el secreto más
absoluto, y hubiera ido inm ediatam ente a hacer su
sumisión al rey, si no fuera por el tem or que su m a­
dre le inspiraba.» El conde ya no sólo desistió de m a­
ta r al Santo, sino que en adelante le fué m uy adicta.
(Fages, parte 4.a, cap, I; Zurita, lib. X, cap. LX X X ÍV ;
Gómez, cap. X X V III; Valdecebro, lib. IV, cap. LII;
Teixedor, lib. II, cap. X X V I.)

139— 1412— Lérida. Fué San Vicente a esta ciu­


dad, llamado por el nuevo rey de Aragón, D. F ernan­
do. Y como no perdía ocasión, comenzó otra vez allí
sus admirables predicaciones, a las que acudían casi
todos ios vecinos y muchos de los alrededores de Lé­
rida. En un sermón clamó el Santo con vehemencia
contra el lujo y la vanidad de los vestidos, pecado
que allí se había introducido hasta en buena parte
del clero. Se halló presente a este sermón un joven
beneficiado, llam ado Lorenzo Pelegrín, y a éste, au n ­
que sin nombrarle, aludió el Santo, condenando con
energía las galas que hasta en su indum entaria in­
terior usaba. El joven sacerdote, al oir todas aquellas
cosas y cómo el Santo nom braba todas las ricas y
preciosas piezas de su vestido, ya no dudó de que él
era eí aludido, y como tenía buen corazón, se aplicó
a sí mismo toda la predicación del Santo. Muy com­
pungido, luego que el Santo terminó, Lorenzo se

(1) Arzobispo que era de Zarajora,


— 125 —
arrojó a sus pies y le pidió que le alcanzara perdón
de Dios, que él muy de veras se arrepentía y prome­
tía echar de sí las vanidades y superfluidades de su
vestido, así exterior como interior. P ara mejor con-
solidar este propósito, rogó y consiguió ser adm itido
en la compañía del Santo, como uno de sus discípu­
los. En efecto, Lorenzo fué en adelante dechado de
virtudes, y el Santo le encomendó el cargo de aposen­
tador de su gente cuando llegaban a algún puebio.
De su obediencia y santidad nos dan pruebas las cró­
nicas. Más adelante, esto es, por Abril de 1413, es­
tando el Santo con los suyos en Traiguera, provin­
cia de Castellón, Lorenzo se encontraba postrado con
unas fiebres m uy altas y rogó a San Vicente que por
aquella vez se dignara sustituirle por otro en la faena
de aposentar a los de la com pañía. El Santo le dijo
que, a pesar de estar doliente, obedeciera y cum pliera
con su oficio. Obedeció Lozano, se ocupó de cuanto
a los de la com pañía concernía, habitación, comi­
da, etc., y con gran admiración suya cumplió perfec­
tamente con su cargo y además se encontró que las
fiebres le habían desaparecido, y él estaba como si
nunca hubiera tenido ta l dolencia. (Fages, parte 4.a,
cap. II; Ranzano, lib. ÍI1, núm. 2 ; A ntist, pág. 86 ;
Gómez, cap. X X V I1; Vidal y Micó, pág. 146; Vaíde-
cebro, lib. III, caps. II y LI; Teixedor, lib, II,
caps. XXVI y XXXI.}

140— 1412— Lérida. El médico del rey de Aragón,


Jaime Q uintanís, m aestro en artes, refiere lo siguien­
te: «Un día que el maestro Vicente predicaba en Lé­
rida en la plaza que hay delante del convento de
Santo Domingo, hallándose presente el rey Fernando
y una m ultitud considerable, vió como a media mi-
— 126 —
Ha de distancia a un infeliz tullido, que no podía an­
dar más que apoyándose sobre pies y manos, como
los cuadrúpedos, y dirigiéndose al rey le dijo:—Ma­
jestad, dignaos, por am or de Dios, enviar dos de
vuestros servidores a aquel infeliz que veo allá aba­
jo, para que se informen de si realmente está im pe­
dido, como parece.— El rey envió en seguida, a dos
oficiales, Guillermo de Apella, del condado de Ur-
gel, y Hugo Veglatz. Llegados jun to al mendigo,
pudieron cerciorarse del deplorable estado en que
se hallaba, y cuando se disponían a auxiliarle, vie­
ron al maestro Vicente que hacía la señal de la cruz,
y en seguida se incorporó el tullido y se puso a andar
como si en su vida hubiera estado enfermo. El rey
y toda la ciudad fueron, como yo, testigos de este
milagro.» Este hombre, ta n agradecido quedó al S an­
to por su curación, que se unió a su com pañía y en
ella anduvo, haciendo penitencia dos años. (Fages,
parte 4.a, cap. II; Proceso, fol. 267, parte 2.a; Antist,
pág. 279; Diago, pág. 502; Gómez, cap. X X V I; Val-
decebro, lib. III, cap. XX; Teixedor, lib. II, capítu­
lo XXVL)

141— 1412— Lérida. El rey Fernando de Aragón


tenía que p artir con urgencia a Tortosa; pero la vís­
pera de su salida quiso, con la misma prem ura, ver
y hablar privadam ente con nuestro Santo. Con tal
intento, pues, se presentó en el convento de Santo
Domingo, donde San Vicente se alojaba; pero era ya
de noche y el Santo habíase recogido a su celda, sin
que nadie durante este recogimiento se atreviera a
estorbarle. El religioso que cuidaba de la habitación
del Santo y que estaba siempre a su puerta para eva­
cuar las diligencias que ocurrían, expuso al Rey
— 127 —
todo esto; pero el R ey insistió en que a todo trance
le era preciso ver al maestro Vicente. Entonces, con
gran sigilo, abrió la puerta de la celda del Santo, y si­
guiéndole el Rey, ambos estuvieron en presencia del
siervo de Dios, a quien hallaron en contemplación
altísima y rodeado de una luz celestial, cuyo respían-
dor les cegaba la vista. Sobrecogido el Rey de santo
temor, no se atrevió a decir palabra y rogó al reli­
gioso que saliera con él, dejando al Santo en su arro ­
bamiento. Al amanecer deí otro día el Rey pudo ha­
blar a San Vicente y le dijo la ten tativ a hecha la no­
che anterior. El Santo expuso al Rey lo mucho que
sentía el atrevim iento que tuvieron de abrir y entrar
sin llamar; y al religioso que abrió la p uerta le impuso
por castigo siete años de fiebres continuas. Y en efec­
to, este religioso, que, a pesar de todo, el Santo lle­
vaba siempre en su compañía, comenzó a sentir to ­
dos los días este ataque de calentura. Y las crónicas
refieren que, estando en Vannes, le suplicó al Santo
que al menos por un día le librara o dispensara de
aquella penitencia. El Santo le respondió: «Bien, os
lo concedo; pero aprovechad ese día que no tendréis
fiebre para prepararos, porque moriréis en las pri­
meras horas del domingo próximo,» Efectivam ente,
aquel religioso murió cuando el Santo había dicho.
(Fages, parte 4.a, cap. II; Gómez, cap. X X X V I; Tei­
xedor, lib. II, cap. X X IV .)

142— 1412— Lérida. Fages atestigua que el céle­


bre y santo religioso dominico V, P. maestro Ju an
Micó refiere, apoyándose en relaciones de testigos
oculares, el hecho que sigue. En Lérida San Vicente
Ferrer tenía cautivados los corazones y él tam bién
amaba mucho a aquellos ciudadanos, porque allí hizo
— 128 —
sus primeros estudios y ensayos de m aestro en artes,
y luego visitó otras veces la ciudad, consiguiendo siem­
pre grandes victorias contra e] enemigo de las almas.
Por eso siempre se le veía prestar socorro y consuelo
a aquellos moradores. Un día noticiaron al Santo la
aflicción de una familia por la m uerte de un deudo.
Le dijeron que ya llevaban a enterrar a éste en el ce-
menterio de la parroquia de San Juan. El Santo salió
sin perder tiempo, encontró a la fúnebre comitiva,
les mandó parar y, habiendo orado unos instantes,
mandó al muerto que resucitase, y, en efecto, el muer­
to resucitó, con admiración y asombro de cuantos
presenciaron el caso. (Fages, parte 4,a, cap. II.)

143— 1412— Lérida. Uno de los mayores triunfos


que San Vicente consiguió en Lérida fué convertir
y sacar del oprobio de la prostitución a las infelices
mujeres de los lupanares, que abundaban en la ciudad.
Los canallas y rufianes llevaron con indignación este
triunfo de la gracia y juraron que el maestro Vicente
les había de pagar caro el haberlos despojado de sus
casas de orgía y robádoles el ánimo de las mujeres
que ellos tenían tan to tiempo en posesión pacífica,
tanto más pacífica cuanto mayor es la corrupción
moral de un pueblo. Para llevar a la obra sus crim ina­
les designios aguardaron que el Santo se despidiera y
saliera de la ciudad. Llegó ese día. El Santo, acabada
una misión, salió de Lérida, dirigiéndose hacia Ba-
laguer, seguido siempre de su compañía de penitentes.
No estaban aún muy distantes de Lérida, cuando el
Santo y los suyos observaron que de la ciudad venían
hacia ellos muchos hombres armados y en tropel.
Estando así observando qué podría ser aquello, San
Vicente dijo a los suyos: «Los que hacia aquí vienen
- 129 —

son los hombres irritados por la conversión de las


rameras y llevan en su ánimo el quitarm e la vida.»
Todos quisieron defenderlo; pero él no lo consintió,
y les mandó que siguieran hacia Balaguer y le dejaran
solo. Así lo hicieron. Él entonces fuése al encuentro
de los que venían tan en tum ulto, y cuando ya aque­
llos obcecados iban a descargar sus arm as sobre el
Santo, éste hizo sobre eilos la señal de la cruz, y al
instante, como heridos de un rayo, todos tiraron a\
suelo sus armas, se acercaron al Santo y de rodillas
le pidieron perdón. El Santo les animó a que se re­
solvieran a emprender el camino de la virtud, y to ­
dos ai fin se convirtieron y aun se unieron a la com­
pañía del Santo. (Fages, parte 4.a, cap. Ií; Proceso,
foi, 267, parte 2.a; Antist, pág. 179; Gómez, cap. XXVI;
Valdecebro, ¡ib. III, cap. XX: Teixedor, lib. II, ca­
pítulo XXVI.)

144—1412—Barcelona, Camino de Valencia, San


Vicente entró en Barcelona, y como eran tantos los
milagros que se referían obrados por él durante este
año, y más por la grandísima m ajestad que le rodeaba
desde que en Caspe acabó con las ensangrentadas
guerras de sucesión, los barceloneses le recibieron lle­
nos de entusiasmo delirante. Sin embargo, como siem­
pre sucede, algunas excepciones había. U na de ellas
era un caballero que hacía dos años venía sufriendo
horribles jaquecas, que remedio alguno ni médicos
le podían aliviar. Al fin se resolvió a pedir a San Vi­
cente su salud, y con esto salir de las dudas que abri­
gaba sobre la santidad y obras maravillosas que de
aquel varón de Dios se referían. Se fué, pues, un día
al Convento de S an ta Catalina, m ártir, donde el San­
to habitaba, y en ocasión de acabar el Santo de pre-
LOS M IL A G R O S DE S A N VICEN TE FERRER 0
— 130 —

dicar un sermón y retirarse a descansar, el caballero


le saludó y le dijo: «P. Vicente: hace dos años que no
me deja un dolor de cabeza fortísfmo que ni médi.
eos ni medicinas han podido aliviarme. Suplícoos que,
si tan to podéis con Dios, me curéis,* El Santo ie res­
pondió: «Hijo, yo no soy médico, y sabed que es Dios
solo el qué cura. Vos ¿creéis que yo puedo curaros?))
El paciente dijo que sí lo creía. Entonces el Santo pú ­
sole sus benditas manos sobre la cabeza, y eí caballero
quedó curado del todo en el mismo instante. Desde
entonces este sujeto fué siempre ardiente defensor
de la fama del maestro P. Vicente. (Valdecebro, li­
bro III, cap. XX,)

145—1409— Barcelona. Un tal D. Fray Pedro,


abad del monasterio de Cistercienses de Font-Fride,
en la diócesis de Narbona, tenía una herm ana llam ada
D.a Leonor, la cual padecía en el cuello tan terrible
y pertinaz dolencia, que ni la dejaba reposar ni con
ningún medicamento había podido curarse. El abad
había conocido a San Vicente cuando el año anterior
anduvo el Santo por aquella región meridional de
Francia, y tenía muy buen concepto formado de la
misión divina que el Santo desempeñaba en el mundo.
Por eso aconsejó a su familia que llevaran la enfer­
ma y la presentaran al Santo, que acababa de arribar
a Barcelona. Fué, pues, D> Leonor acom pañada de
su padre, y postrada a los pies del siervo de Dios, le
suplicó que se dignara curarla. El Santo rezó bre­
ves oraciones, la tocó en el cuello y, bendiciéndola,
la enferma repentinam ente curó del todo, como si
nunca tal mal tuviera. (Teixedor, lib. II, cap. XI;
Proceso, fol. 266, parte 2.a)
CAPÍTULO XI

VUELVE SA N VICENTE POR ÚLTIMA VEZ A VALENCIA,


Y REGRESA HACIA CATA LUÑA, A T RA VESA NDO AL'
GUNOS PU EBLO S D EL MAESTRAZGO.

(1412-1413)

(46—1412—Valencia. Vuelto San Vicente a su


ciudad natal por el mes de Noviembre, comenzó otra
vez a predicar y propagar el reino de Dios entre aque­
llas gentes. Una vez predicaba en una gran plaza y
muchos miles de oyentes le escuchaban embelesados.
Cuando con más silencio y recogimiento le estaban
oyendo, se presentó repentinamente una como nube
de cuervos que se puso a graznar y revolotear por en­
cima del auditorio. Todos se conmovieron, y, asusta­
dos, manifestaron bien a las claras su intento, de huir
de aquel lugar. El Santo, sin embargo,,los apaciguó y
les dijo que no se fuera nadie. Después hizo la. señal
de la cruz sobre aquellos fieros animales, y en el mismo
instante y con la misma celeridad con que habían ve­
nido desaparecieron. (Fages, parte 4.a, cap, III; An­
tist, pág- 235; Diago,. pág, 302; Gómez, cap. XXVII;
Valdecebro, lib, IV, cap. LII; Teixedor, lib. II, capí­
tulo XXIX.) .

147—1412—Valencia. Una pebre mujer lloraba


inconsolable :por haberse quedado sorda, y tanto más
se:afligía cuanto mayor era sú deseo de oir :a San Vi-
- 132 —
. cente, que tenía cautivados los corazones con sus di­
vinas enseñanzas. Pensando ella adem ás en los m u­
chos milagros que hacía el Santo y que de boca en
boca se decían en toda la ciudad, se resolvió a ir a
pedirle en persona que la curara de este mal. Fué,
pues, al Santo, y con muchas lágrimas le rogaba le
quitara la sordera, y le decía que estaba cierta de
que si él quería podía conseguirle de Dios este favor.
El Santo, viendo la fe y devoción de esta infeliz, la
bendijo y la mujer recuperó súbitam ente el oído.
(Fages, parte 4.a, cap. III; Proceso, núm. 247, pár­
t e l a Teixedor, lib. II, cap. X X IX .)

148— 1412—Valencia, Cierto sujeto que las cró­


nicas nos pintan como un varón de Dios, de un co­
razón rectísimo y cumplidor fiel de todos sus deberes,
era enteram ente mudo. Al parecer había quedado
así por una enfermedad gravísima que tuvo cuando
niño. Ahora llevaba ya cuarenta años de mudo. Guia­
do por una inspiración que nadie le sugirió, un día
se unió a los muchos dolientes que de continuo iban
a pedir a San Vicente que les curara. Puesto en la
presencia del Santo, no hizo la menor señaj para re­
velar el mal que’tenía; pero San Vicente se le acercó
con' cariño, le tocó los labios, y al punto comenzó
aquel 'hombre á hablar, bendiciendo a Dios y a su
siervo, y ya toda su vida conservó el uso de la pala­
bra. (F á g e s,1parte 4.a, cap. II í; Proceso, fol. 247,
parte 1.a; Gómez, cap, X X V II; Valdecebro, lib.' III,
cap. X X I; Teixedor, lib. II, cap. X X IX .) '

149— 1412—Valencia, El maestro Vidal y Micó


refiere que en Valencia había por este tiempo u n hom­
bre enteram ente ciego. Se le habían aplicado ;todos
— 133 —
los remedios humanos imaginables, y los médicos, al
fin, declararon que era de todo punto imposible de­
volverle la vista. No desmayó, empero, el desgracia­
do. Pensó en que San Vicente Ferrer podría hacer,
si era menester, un milagro para curarle; y lleno de
fe en el poder del Santo, se presentó a él, exponién­
dole su triste situación y rogándole que no dejara de
devolverle la vista que los remedios de la tierra no
habían podido lograr. Entonces el Santo le dió su
bendición, y con sola esta diligencia, aquel hom bre
vió en seguida y quedó perfectam ente curado de su
dolencia. Algunos autores creen que este milagro se
obró por Marzo de 1413; Valdecebro dice que tuvo
lugar en la segunda v e z que San Vicente estuvo en
Valencia. (Fages, parte 4.a, cap. III; Proceso, fol. 247,
parte 1 »; Gómez, cap. X X V II; Valdecebro, lib. III,
cap, X X II; Teixedor, lib. II, cap. X X IX .)

150— 1412—Valencia. A fines de este año y cuan­


do San Vicente había ya curado a una infinidad de
enfermos que en Noviembre y Diciembre se le pre­
sentaban a diario, un hombre, sordo como una tapia,
se le presentó tam bién, rogándole que le dispensara
por venir tan rezagado a implorar su misericordia.
Este infeliz había estado mucho tiempo confiado a
los remedios de la ciencia, y por esto o por no oir las
continuas maravillas que el Santo obraba en toda
clase de enfermos, es lo cierto que no se le había ocu­
rrido ir él también a implorar este remedio divino
del poder asombroso del Santo. Cuando se le pre­
sentó, confesó su torpeza y pidió al Santo que no le
dejara por más tiempo con esta sordera, que le hacía
llevar una vida tristísima. El Santo invocó sobre el
sordo el nombre de ] esús y al instante le desapare­
— 134 —
ció la sordera, y en adelante oyó bien todos los días
de su vida. (Fages, parte 4.a, cap. III; Proceso, Tei­
xedor, como el anterior.)

151— 1413-—Valencia-Alicante. Luego que el San­


to llegó esta vez a Valencia, en todo el reino hubo
grande entusiasmo y todos esperaban que, como la
vez pasada, recorrería aquellos pueblos. Pero era ya
entrado el año 1413, y al fin se esparció la nueva de
que el Santo, cumplidos sus urgentes asuntos que le
habían traído a Valencia, regresaría a Francia. Con
esto, muchos vinieron expresamente a Valencia para
oirle algún sermón. En Alicante había una joven re­
cién casada que no había oído nunca a San Vicente,
y perdidas las esperanzas de oirle allí, rogó mucho a
su marido que la llevara a Valencia. Por mucho que
el m arido quisiera acceder al ruego de su esposa, no
pudo complacerla, porque en m anera alguna le per­
mitían sus asuntos ausentarse de Alicante. La joven
se resignó, como buena; pero muchas veces pensaba
en cómo estaría San Vicente predicando y arreba­
tando con su elocuencia a los valencianos de aquella
populosa ciudad. Una vez que así ella m editaba, sú­
bitam ente oyó una voz gratísim a que le sorprendió.
Puso atención y siguió oyéndola. E ra la voz de San
Vicente que predicaba en Valencia. La joven conti­
nuó oyendo al Santo todo el sermón, como si el San­
to predicara junto a ella. (Fages, parte 2.a, cap. XI;
Gómez, cap, X; Valdecebro, lib, III, cap. XX; Tei­
xedor, lib, II, cap. X X IX .)

152 — 1413—Valencia. Un sujeto natural de Pa-


lermo (Italia) había asesinado a su cuñado, y, para
no caer en manos de la leyf huyó de su país, y va­
gando por el mundo, al fin vino a establecerse en
Jas costas de España, dedicándose al comercio. San
Vicente lo encontró un día, y después de los saludos
acostumbrados, le dijo sin la menor hesitación: «Hijo
mío, tú m ataste a tu cuñado y estás aquí, huyendo
de tu patria, porque así crees poder escapar de la
pena que tan gran delito merece. Te advierto que
vivas apercibido y que te pongas bien con Dios y
siempre estés bien con Él, porque ha de llegar un m o­
mento, cuando tú menos pienses, y serás castigado por
tu crimen.» El palermitano, como iba boyante en sus
negocios, no dió a esta advertencia im portancia m a­
yor, y aun parece que llegó a olvidar por completo la
exhortación del Santo. Años más adelante, navegaba
el por asuntos de su industria, y una tem pestad que
se levantó en el mar obligó al barco en que iba a re­
fugiarse precisamente en la misma ciudad de Paler-
rao. Obligado, como toda la tripulación y pasaje, a
saltar en tierra, en seguida fué reconocido y entre­
gado a la justicia, que le condenó a pena capital. E n­
tonces recordó io que San Vicente ie había dicho y
refirió a los jueces esta predicción de] Santo. Se con­
fesó y se encomendó a San Vicente, que ya era m uer­
to, y con santa resignación sufrió la pena de su de­
lito. {Fages, parte I a, cap. III.)

Í53— L íl3 —Valencia. «Un día, en Valencia, dice


Fages, una m ujer fué a quejarse a San Vicente ds
los malos tratos de su marido y preguntarle de qué
medio se valdría para que reinara la paz en el m a­
trimonio. El Santo le dijo:— Id a nuestro convento
y decid al Hermano portero que os dé agua del pozo
que hay en medio del claustro. Cuando vuestro m a­
rido entre en casa, tom ad un sorbo de esta agua y
— 136 —
tenedla en la boca todo el tiempo que podáis. Ve-
réis una cosa m aravillosa.—Así lo hizo. El marido
un día quiso exhalar su mal humor, pero al ver que
su m ujer no le responde, acaba por callar. Y como
en el fondo era un buen hombre, *alabó la paciencia
de su m ujer y dió gracias a Dios por haber cambia
do su corazón y cerrado su boca. Adm irada ella a la
vez del cambio de su marido, volvió a ver al Santo,
para darle gracias por su remedio. Díjole el Santo:
— El remedio que te he dado, hija mía, no es el agua
del pozo, sino el silencio, pues así como irritabas a
tu marido con tus réplicas, le has apaciguado callan­
do.— De este hecho se divulgó el adagio: «Bebed agua
de San Vicente», para los casos parecidos de alterca­
dos y enconadas disputas.» (Fages, parte 4-.a, capí
tulo III.)

154—1413—Valencia. A los sermones de San Vi­


cente solía asistir con gran asiduidad la reina viuda
de D. Martín, D.a M argarita de Prades, a quien acom­
pañaba su herm ana la princesa D.a ju a n a . E sta fué
a uno de los sermones trajeada con un rico y esplén­
dido vestido y con un tocado de primor exquisito
que formaba sobre su cabeza una verdadera torre de
perlas y diam antes. Comenzó a predicar el Santo, y
a la m itad del sermón, reinando silencio profundo en
el auditorio, se desprendió, sin saberse de dónde, una
enorme piedra, que vino a caer de lleno sobre la ca­
beza de la joven D.a Juana. Puede suponerse el
espanto de ésta y de cuantos vieron rebotar la pie­
dra, pues ni vieron de dónde venía ni podían me­
nos de pensar que había herido gravem ente a la
princesa. Cuando ésta y las damas que la asistían es-
taban lívidas del susto, el Santo, con mucha calm a,
— 137 —
apaciguó a todos, y dirigiéndose a D.a J uana, le dijo:
wNo temáis; nada os ha sucedido. Ha sido sólo una
prueba que Dios ha hecho para ver si la torre que lle­
váis sobre la cabeza resiste a las pedradas.» La prin­
cesa quedó corrida santam ente, y visto el prodigio de
no saberse de dónde vino la piedra y de no lastim arla
ni en lo rr.ás mínimo, cuando todo hacía suponer que
Íe había aplastado la cabeza, se arrepintió de su v a ­
nidad y en adelante ya jam ás volvió a exagerar sus
atavíos. (Fages, parte 4.a, cap. ÍIÍ; A ntist, pág. 235;
Diago, pág. 302; Gómez, cap. X X V II; Valdecebro,
lib. III, cap. XX; Teixedor, lib. II, cap. X X IX .)

155— 1413— Valencia. Un día, a las puertas de


Valencia, le (a San Vicente) pidió limosna una m u­
jer, «Nada tengo», le dijo el Santo. Pero reflexionan­
do que no debe jam ás despedirse a un pobre, porque
puede ser el mismo Jesucristo, le dió su sombrero.
«¿Qué queréis que haga yo con él?,» le preguntó la
mujer. «Tomadle de todos modos; ya os servirá.» Y
aquella tarde, al pedir que comer por am or de Dios
en una humilde venta, y saber que el ventero pade­
cía mucho de la cabeza, tuvo la inspiración de po­
nerle el sombrero del Santo, con lo cual sanó inm e­
diatamente, D urante su m archa la mendiga renovó
la prueba sabe Dios cuántas veces, y al llegar a S a­
lamanca, los Padres (Dominicos), a cuyo convento
fué a pedir limosna, le señalaron una pensión v ita ­
licia a cambio del prodigioso sombrero. (Fages. p ar­
te 3.a, cap. X; Teixedor, lib. V, cap. VI.)

156—1413— Valencia, Predicando San Vicente en


la iglesia de Santa Tecla, a que el Santo tenía gran
afición por un devoto Crucifijo que allí había, el cual
13S —
algunas veces le había hablado, sucedió que llevaron,
para que le oyeran, a dos reos que acababan de ser
condenados a muerte. Sin duda el Santo suplicó a
los jueces esta gracia, a fin de que muriesen bien re­
conciliados con Dios aquellos desgraciados. Llegados,
pues, a la iglesia, el Santo dirigió a ellos su razona­
miento, ponderando la suma bondad de Dios Nuestro
Señor y la negra ingratitud de los hombres que así,
tan sin reparo, se lanzan a ofender a su divina Majes­
tad. Los dos reos, que hasta entonces no habían pen­
sado en estas cosas, comenzaron a conmoverse; lue­
go se echaron a llorar, detestando sus crímenes con
am argura y verdadera contrición, y al fin, insistien­
do eí Santo en su obra de convertir a aquellos hom ­
bres, éstos cayeron al suelo muertos realmente en
fuerza del dolor que de sus pecados habían concebido.
Puede suponerse lo mucho que espantó a todos este
caso prodigioso. (San Luis Bertrán, Serm ón de San
Vicente, núm. 2 de los fragmentos; Teixedor, lib. II,
cap. XVI.)

157— 1413—Valencia. Por Marzo predicaba San


Vicente y el gentío era inmenso. En medio del ser­
món, se vió llegar una señora de la nobleza que co­
menzó a afanarse mucho, pues, habiéndose retrasa-
do, no podía encontrar donde colocarse cómodamente
para oir al santo Predicador. El Santo se fijó en ella,
y apostrofándola sin rodeos, le dijo; «Señora, no os
aposentéis; volveos, volveos y pronto a vuestra casa,
porque os ha ocurrido en ella una gran desventura.»
La pobre mujer, toda llorosa, obedeció y al punto re­
gresó para su casa. Al entrar en ella se encontró con
que una criada suya, que acababa de dar a luz un
niño, lo estaba ahogando para ocultar su pecado. La
— 139 —
noble señora pudo aún arrancar de las manos de su
criada aquella víctim a, que ya agonizaba, a la que
administró, aun viva, ei bautism o que llaman de ne­
cesidad. (Fages, parte £>, cap. i TI; A ntist, pág. I35Í
Diago, pág. 302; Gómez, cap. X X V I1; Valdecebro,
lib. IV, cap. L II; Teixedor, lib. I, cap, X X IX .)

158—1413— Valencia. Una m ujer muy devota de


los sermones de San Vicente venía ya mucho tiempo
enferma, sin poder salir de casa, pues sufría horrible'
ni en te con flujos continuos de sangre, y por muchos
remedios de médicos y medicinas que había empleado
no se le quitaban. Haciendo un esfuerzo y pensando
en las grandes m aravillas que el Padre m aestrb Vi­
cente obraba, pidió al Señor ánimos y se encaminó
a buscar al Santo. En presencia de éste lloró y con
muy vivas instancias le suplicó la librara de aquel
mal, que le hacía llevar una vida tan triste. El Santo
animó la fe de aquella m ujer, y cuando se persuadió
que ella fiaba enteram ente su corazón a Dios Nuestro
Señor, la signó, invocando sobre ella el nom bre de
Jesús y el de su Santísim a Madre, y sin otro remedio
la dichosa mujer se vió libre de su enfermedad y que­
dó completamente curada. (Fages, A ntist, Valdece­
bro y Teixedor, u b i supra.)

159-—1413—Valencia. Pasando San Vicente por


cierta calle, oyó jurar y blasfemar de modo terrible
en el interior de una casa, de la cual vió salir precipi­
tadamente a un hombre enfurecido, que ni se fijó en
el Santo y desapareció veloz. El Santo entró entonces
en la casa y se encontró con una m ujer que lloraba
inconsolable. Calmóla el Santo y ie preguntó qué eran
aquellas blasfemias, y por qué tan to s alborotos y
— 140 —
desesperación de ella y su marido. La pobre mujer
respondió al Santo que su marido todos los días ar­
maba estas camorras y se propasaba a pegarla cruel­
mente, «siendo mi vida, añadió, un infierno, peor
que el de todos los diablos». El Santo dijo: «¡Vaya,
vaya! No nombréis a esos malditos. Demasiadas ve­
ces vienen ellos sin llamarlos. Tened paciencia y ofre­
ced a Dios vuestras amarguras; pero no juréis de esa
manera, pues con eso no hacéis más que excitar la
cólera de vuestro marido. Y decidme: ¿cuál es la causa
de estas riñas?» La pobre mujer respondió secamente:
«Es que dice que soy fea.') Repuso el Santo: «¡Y por
tan fútil motivo ofender de ese modo al buen Dios!
Yo os aseguro que ya no podrá deciros eso vuestro ma­
rido.» Y acabando de decir esto, hizo sobre ella la
señal de la san ta cruz, y en el mismo instante aquella
mujer tornóse la más hermosa de la ciudad. Este pro­
digio fué muy celebrado en toda Valencia y aun en
Europa. Sobre ál se han escrito varias anécdotas y
algunas piezas dram áticas. En el Colegio Im perial de
los Niños de San Vicente hemos visto representar
este milagro, pero adulterado en los detalles. (Fages,
parte 4.a, cap. III- Valdecebro, lib. I, cap. X X X V ÍI;
Vidal y Micó, cap. IV.)

160— 1413— Valencia. Según todas las probabíli-


dades, el 23 de Abril predicó San Vicente su último
sermón en Valencia, A este sermón, como a todos los
que hasta allí había predicado, acudió una m ultitud
inmensa, ahora más com pacta que nunca. E ra al aire
libre, y cerca del lugar donde estaba apiñado el audi­
torio había un cobertizo, que súbitam ente y sin saber
cómo vióse rodeado de fuego. Las llamas eran tan
vivas y extensas y el viento comenzó a soplar tan
- 141 -
fuerte, que hum anam ente hablando era inevitable
el qué ardiera toda aquella barriada. Ante el peligro
tsn seguro del voraz incendio, todos comenzaron a
gritar, llorar y huir espantados. El Santo, sin embargo,
alzando la voz los contuvo y serenó diciéndoles: «No
temáis, no lloréis. Este fuego es una broma.fr Des­
pués hizo sobre el incendio la señal de la cruz, y las
Harrias se apagaron y el fuego se extinguió por com­
pleto en el mismo instante, y sin dejar "de sí la menor
huella o señal. (Fages, parte 1.a, cap. III; Gómez,
cap. XXVII; Valdecebro y Teixedor, u b i su p ra .)

161— 1413—Valencia. Es una tradición eí que el


retrato de San Vicente que hay sobre las fuentes de
su casa natalicia lo dejó el Santo como un recuerdo
suyo, y también que el pozo de allí lo dejó para bene­
ficiar a los valencianos, prometiendo que nunca se
agotaría y que con sus aguas se conseguirían m uchas
curaciones. «A vosotros, mi familia, dejo este re tra ­
to, y a los valencianos este pozo, que nunca se ago­
tará.» Tales son las expresiones que se dicen pronun­
ciadas por el Santo al salir de Valencia, para ya no
volver a ella. E sta tradición se halla consignada en
varios retablos de azulejos antiguos que aun se con­
servan en los sótanos de la casa natalicia, donde está
el elevador del agua. E sta profecía de San Vicente
se ha cumplido hasta hoy. Los valencianos veneran
aquella imagen con devoción suma. Apenas pasa uno
por delante de ella que no se pare, para rezar al Santo,
El agua del pozo sigue inagotable; jam ás ha faltado,
aun cuando todas las otras fuentes de la ciudad se han
agotado muchas veces; con esta agua han conseguido
y consiguen sanar muchos enfermos, - como lo prue­
ban los exvotos que allí hay y mil casos que ocurren
— 142 -

a diario. Nosotros hemos presenciado varios. Es cos­


tumbre, cuando hay un enfermo, ir a por agua del
Pocito o P u et. Así llaman en Valencia a este pozo de
la casa natalicia del Santo. No pueden en Valencia
quejarse de que San Vicente no los despidió, como
quien amaba a su tierra con toda su alma, cosa que
aun tendremos ocasión de ver al ocaso de este hermo­
sísimo astro de la Iglesia Católica. (Fages, parte l.R>
cap. IV) (1).

(!) A unque San Vicente salió de V alencia en Abril de 1413,


term in ad o allí sü apostolado, la historia nos dice que el 13 de
Agosto predicó en el poblado m arítim o de dicha ciudad, oon mo­
tivo del ruidoso pleito del S anto Cristo del Grao. E ste viaje a V a­
lencia debió ser de incógnito y es m uy probable que lo hiciera
por mar. E stab a en Barcelona. Y tam bién es cierto que no se de­
tu v o en Valencia, porque a fines de Agosto lo vem os arreglando
en B arcelona su expedición a las Baleares, p ara donde salió el SO
<ieí mismo mes.
CAPÍTULO XII

SE DE TIE NE EN EL MAESTRAZGO, LLEGA A BARCELONA


Y PASA A LAS BALE ARES . REGRESA A LA P E N Í N S U L A

(1413 1414)

162—1413—San Mateo. Llamado por el rey don


Fernando, San Vicente salió de Valencia para B ar­
celona; pero se dedicó en el trayecto a evangelizar
otra vez muchos pueblos, y se detuvo en particular
en los del Maestrazgo, que parece m iraba el Santo
con más amor. Por Mayo llegó ai pueblo de San Mateo,
hoy provincia de Castellón, y en sus sermones halla­
ron aquellos vecinos sublimes docum entos de vida
cristiana y un medio para la reformación de las cos­
tumbres. E staban lo que se dice prendados del Santo
por su celestial elocuencia y por las muchas obras m a­
ravillosas que en bien de todos continuam ente hacía.
La historia nos ha conservado un caso curiosísimo
ocurrido al Santo en este pueblo. En aquellos días
precisamente en que con más entusiasmo los vecinos
de San Mateo se hacían lenguas del Santo, apareció
en aquel pueblo un viejo anacoreta o erm itaño, como
entonces decían a cuantos vestidos de saco y ci­
licio recorrían los pueblos. Este viejo austerísimo asom ­
braba a todos con sus rigurosas penitencias y su porte
devotísimo. Pero una vez, ante los que iban a visi­
tarle en su retiro o erm ita, se atrevió a hablar mal de
San Vicente, desacreditando su predicación y sus mi-
— 144 —
lagros. «No oigáis, les decía, a ese hombre. Su doctrina
está plagada de errores; sus milagros son obra deí dia­
blo. Sabed que yo os digo verdad, pues el Todopoderoso
me ha enviado aquí para advertiros de este engaño
que se trae el dicho P. Vicente.» Causó en los que tai
oyeron una pésima impresión este criterio desfavora­
ble al Santo. Se propaló esto entre los vecinos, y lle­
gó, como no podía menos de suceder, a oídos de las
autoridades. Como todos veneraban al santo P. Vi­
cente como a un santo, el escándalo y la indignación
llegaron a! colmo en todos. Enardecidos, pues, con­
tra el viejo que tales cosas se atrevía a decir, dirigié­
ronse todos tum ultuariam ente en busca del viejo er­
m itaño, y caído en sus manos, este detractor fué con­
ducido a la cárcel, y allí, cargado de cadenas, le ence­
rraron en el más oscuro calabozo. Aquella noche to­
dos estaban satisfechos por haber salido tan valero­
samente en defensa del santo Predicador. Al siguiente
día los carceleros entraron a llevarle comida al viejo
encerrado; pero, ¡qué sorpresa! el viejo había des­
aparecido, dejando en el calabozo las cadenas con que
le habían atado. Llenos de espanto y miedo, dieron
cuenta a las autoridades y éstas lo refirieron a San
Vicente. Entonces el Santo íes explicó el misterio
Aquel viejo era el demonio, que ya otras muchas veces
tomó estas y parecidas máscaras, para destruir la
obra de su apostolado; pero que bien seguro esta b a
de que Dios Nuestro Señor siempre descubriría las
mañas del demonio, como ahora se vió. {Fages, par­
te 4.a, cap. IV; Ranzano, lib. III, num. 37; Licio,
cap. II;F lam ín , fol. 174; Antist, pág, 154; Diago, pá­
gina 189; Gómez, cap. X V II; Valdecebro, lib. I, ca­
pítulo X X V I; Teixedor, lib, II, cap. X X X I.)
- 145 -

163—■1-113—Trai güera. Es este pueblo vecino de


San Mateo, y en él le ocurrió al Santo una aventura
írágicojocosa con uno de los de su compañía, P re­
dicó San Vicente en este pueblo sobre S an ta M arga­
rita, mártir, y, como era natural, ponderó la adm i­
rable manera cómo esta tierna virgen venció y h u ­
milló al demonio, cosa que no hacen muchos hombres
que se tienen por de gran corazón y alma esforzada.
Un joven, natural de Lombardía, que seguía ya m u­
cho tiempo en la compañía del Santo, salió del ser­
món muy conmovido y resuelto a luchar, hasta ven­
cer, contra el demonio. E sta idea barrenó en su im a­
ginación. Y un día que él andaba solitario, ocupado
en sus meditaciones, se alucinó al extrem o de tom ar
por el mismo demonio en persona a una pobre vieja
feísima, muda, cabello encrespado, piel rugosa y ne­
gra, y vestida apenas con harapos sucios, y llevando
en sus manos una hoz, pues la infeliz iba a cortar hier­
ba, El lombardo se encaró con ella, la improperó, y
como no era entendido por ella, el joven se enfureció
más y se persuadía de que ciertam ente aquella a p a­
rición era el mismo demonio en figura de vieja as­
querosa, Dominado por esta idea, se arrojó sobre ella,
la pateó y malhirió a puñetazos y con la propia hoz
que llevaba la pobre mujer. E sta deshacíase g ritan ­
do con furia y él gritaba más, hasta que acudió gente
que los separó. La pobre vieja salió de las manos del
lombardo toda m agullada y en grave peligro de muer­
te, El lombardo apenas si acababa de salir de su es­
tupefacción, pues había estado creído que en reali­
dad luchaba con el demonio. San Vicente, luego que
se enteró del caso, bendijo a la m ujer, que recuperó
instantáneamente completa sanidad y adem ás el h a ­
bla, que ya conservó toda su vida, y reprendiendo
LOS MILAG RO S DE S A N V I C E N T E F E R R E R 10
— 146 —
severam ente al lombardo, ie mandó volver a su país.
(Fages, parte 4.a, cap, IV; A ntist, pág. 145; Serafín,
pág. 402; Gómez, cap. X V Ií; Vidal y Micó, Noven.,
d. 2; Valdecebro, lib. I, cap. X X X IX ; Teixedor,
Hb. II, cap. X X X I.)

164— 141S-—'T raiguera. H abía en este pueblo, ju n ­


to al camino que va a Tortosa, una fuente, pero tan
escasas eran sus aguas, que apenas bastaban para
las necesidades de los vecinos, los cuales además en­
fermaban con frecuencia con esta agua, porque era
de muy mala clase. Cuando San Vicente estuvo aquí,
los vecinos le expusieron esta pobreza de elemento
tan esencial en un pueblo. El Santo, acompañado
de todos los vecinos, fué adonde estaba la fuente y la
bendijo, y en el mismo instante el caudal de agua au­
mentó y se tornó de inmejorable calidad, y basta hoy
no se ha secado ni una vez. E sta fuente se llama aho­
ra «Fuente de San Vicente». Sobre ella hay construida
una capillita, con una imagen del Santo, ya algo de­
teriorada. No hace mucho, un m ozalbete se quiso
divertir arrojando piedras y lodo sobre esta imagen
y aun se subió encima de la capilla, haciendo alarde
de despreocupado. La punible precocidad llevó su
merecido. Porque estando allí tan ufano, de'repente,
como impulsado por una mano invisible, se cayó
aparatosam ente al suelo y murió como herido de un
rayo. (Fages, parte 4.a, cap. IV; Gómez, cap. X X V I1;
P. Salvador Vidal, m anuscrito H isto ria de la Virgen
dé la S alu d, lib. V, cap. I; Teixedor, lib. I, capítu­
lo X X X I.)

165— 1413— Gallera. Es un poblado pequeño, cer­


ca de Traiguera, que tuvo, sin embargo, la honra de
- 147 —
ser visitado y evangelizado por San Vicente. Por aque­
llos días ios vecinos se encontraban muy angustiados,
porque allí no tenían agua y la del cielo hacía tiempo
que no caía, Compadecido el Santo de ta n ta miseria^
luego que los consoló, dijo a los vecinos que le acom ­
pañaran a cierto lugar. Llegados, mandó el Santo que
cavaran allí y, a poco de comenzar el trabajo, brotó
un m anantial abundante de agua cristalina. Lo ben­
dijo el Santo, prometiéndoles que no les faltaría aq u e­
lla agua y que sería de inmejorables condiciones ct>n
tal que en Gallera procurasen servir bien al Señor.
Hoy aquel m anantial se llam a «Fuente de San Vicen­
te». (Fages, ibíd.)

166— 1413— Baleares. Después de muchos años


(tres por lo menos) que los habitantes de estas islas
deseaban que los visitara San Vicente Ferrer, al fin
vieron cumplidos sus deseos, pues el día 1.° de Sep­
tiembre arribaba a Palm a de Mallorca nuestro Santo,
que, acom pañado del obispo de las islas (o de Ma­
llorca), se había em barcado en Barcelona el 30 de
Agosto. Son muchos los testim onios que se conser­
van sobre los prodigios que San Vicente obró en aque­
llas tierras, donde estuvo casi medio año evangeli­
zando al país. Comencemos a referir algunos y sirva
como prólogo este pequeño fragm ento de un famoso
cronista mallorquín, el Sr. M u t Dice; «Padecíase en­
tonces (al llegar allí nuestro Santo) una terrible se­
quía, y a los tres días de haber empezado (San Vi­
cente) su predicación, llovió copiosamente en toda
la isla, por lo que los habitantes, llenos de gratitud,
se persuadieron de que en adelante no tendrían más
que seguir los pasos de este insigne bienhechor. £1
Procurador real, Pedro Casagualda, dió cuenta al
— 148 —
Rey de todos estos sucesos.» (Fages, parte 4.a, ca­
pítulo V.)

167— 1413— Mallorca. El pueblo de La Pobla,


cuando San Vicente fué a la isla, era sólo una peque­
ña agrupación de modestas viviendas campesinas o
m assadas, y se llam aba H uguetfas. El Santo se de­
tuvo entre estos campesinos, a los que predicó varias
veces, al aire libre, pero cada vez más entusiasm án­
dolos y animándolos a seguir la vida cristiana. Un
día les bendijo una fuente mezquina de que aquellos
vecinos se aprovechaban, y desde aquel instante la
fuente se convirtió en un m anantial abundante y
milagroso; y está probado que suben a miles los en­
fermos que con aquella agua han recuperado la sa­
lud, La dicha fuente se llama aún ahora «Balsa Pe­
rrera». Vidal y Micó dice que le escribieron desde
Mallorca, refiriéndole que en esta balsa se obraba el
prodigio siguiente: «En invierno se echaban en ella
leprosos, sarnosos y otros enfermos, y no sólo no les
dañaba la natural frialdad del agua, sino que salían
de ella enteram ente curados. En verano la balsa se
seca; pero llevan y echan allí agua traída de otra
parte, y metiéndose los enfermos curan igualmen­
te.» (Fages, parte 4.a, cap. V; Mut, pág. 290; Valde­
cebro, lib. III, cap. X L V ÍI; Vidal y Mico, cap. IV;
Teixedor, lib. II, cap. X X X II.)

168— 1413—Mallorca. En Valldemosa la iglesia era


harto pequeña para el auditorio que se reunía a oir al
Santo Apóstol, Por eso San Vicente determ inó pre­
dicar en una llanura, junto al pueblo, y colocado él
como en un púlpito en el hueco de un enorme olivo
secular que allí h ab ía U na vez, estando predicando,
— 149 —
empezó a caer una fuerte lluvia, y los oyentes, como
era natural, a querer huir para refugiarse bajo techo.
E! Santo, sin embargo, los detuvo, y elevando al cielo
sus manos, repentinam ente se formó en el cielo una
nube blanquísima, que cubría por entero a la negra
de la lluvia, y semejaba un dosel, cobijando al Santo
y su auditorio, defendiéndolos de la lluvia torrencial,
que seguía cayendo alrededor, sin que una sola gota
de agua llegara al auditorio. Este prodigio impresionó
tan vivamente a los de Valldemosa, que en adelante
tuvieron en gran respeto aquel olivo. En el siglo x v n
se rajó su tronco en tres o cuatro pedazos, y por
más que estaba inm ediato al pueblo, «jamás le tocan,
dice Mut, los que van a hacer leña, respetándolo como
una reliquia». Y un leñador que quiso aprovechar­
se de aquellos troncos, no consiguió sino que se le
estropearan todas las hachas que para esto había
empleado. (Fages, parte 4.a, cap. V; Gavaldá, pági­
na 238; Teixedor, lib. II, cap. X X X II; Mut, pági­
na 243.)

169— 1413— Mallorca. Cierto día San Vicente se


acercó a una taberna y rogó que le dieran un poco
de vino. Muy contento eí tabernero iba a servir al
Santo, cuando éste le detuvo diciendo: «Ponme el vino
en este vaso», y le ofreció su escapulario como for­
mando copa. El tabernero le dijo: «F. Vicente, que se
va a manchar,» El Santo, m uy sereno, repuso: «Pierde
cuidado; echa aquí el vino y no tem as me manche .9
Y en efecto, el tabernero vertió el vino sobre el esca­
pulario; pero ¡qué pasmo para aquel hombre! el vino
cayó a tierra y en el escapulario quedó toda el agua
con que estaba mezclado. Con este motivo el Santo
reprendió las malas mañas del tabernero, que muy
— 150 —
corrido hubo de confesar su pecado. Este mismo su­
ceso lo hemos visto relatado, no recordamos dónde,
en el'sentido de que el tabernero acudió al Santo,
quejándose de que sus parroquianos no le pagaban,
y el Santo, con aquel prodigio, le convenció de que
no tenía derecho a quejarse, pues él era el prim er es­
tafador. (Fages, parte 4.a, cap. V; Valdecebro, li-
bro III, cap. X LV IÍ; Vidal y Micó, cap. IV; Teixe­
dor, lib. II, cap. X X X III.)-'

170— 1413—Mallorca. En Palm s. predicando una


vez San Vicente, un hombre comenzó súbitam ente
a dar aullidos y hacer contorsiones en tal forma,
que cuantos presentes estaban se llenaron de espan-
to. San Vicente, desde el púlpito, gritó: «Hacedle so­
bre el pecho la señal de la cruz.» Los que estaban cer­
ca de aquel hombre hicieron lo que el Santo decía,
y el infeliz poseso, que tal era, quedó dormido tra n ­
quilamente. Cuando terminó el Santo su sermón, aquel
hombre volvió a sus gritos y visajes, con más furor
que antes. Eí Santo gritó' otra vez; «Que lo persigne
cualquiera, invocando sobre él el nombre de Jesús,#
Así lo hicieron, y ya no volvió aquel desgraciado a te ­
ner estos arrebatos. San Vicente, bajado del púlpito,
lo llamó aparte y le dijo: «¿Sabéis por qué os ha su­
cedido esto? Id, id en seguida y confesad el pecado
que hasta hoy no os habéis atrevido a declarar, y
yo os aseguro que ya nada podrá sobre vos el demo­
nio.)) El hombre fué, se confesó, y en adelante ya nun­
ca estuvo sujeto a aquella tiranía del enemigo de las
almas. (Fages, parte 4.a, cap. V.)

171— 14-ld— Mallorca. Cuando estuvo San Vicen­


te en Palma, hacía poco que la ciudad sufrió uno de
los frecuentes alborotos ocasionados por eí desenfre­
no de las brutales pasiones que hombres sin concien­
cia suelen fom entar en los pueblos. La prostitución
era espantosa y las harpías de los lenocinios traían
revueltas a muchas infelices, que al fin se acordó re­
unirías todas en un barrio que se llamó el Bordellet.
E! Santo tomó por su cuenta convertir a aquellas
pobres mujeres, víctim as de sus brutales apetitos,
y fué gran consuelo el que el Santo dió a la ciudad
sacando de las casas públicas a muchas de aquellas
desgraciadas. Y predicando sobre esto, aun consoló
más a la ciudad, pues dijo que en aquel mismo sitio,
donde m oraban las prostitutas, se había de edificar,
andando el tiempo, una casa en que Dios Nuestro Se­
ñor sería grandem ente alabado, Al pie de la letra se
ha visto cumplida esta profecía. En efecto, en el si­
glo xvti se levantó allí un hermoso Convento de
Padres Capuchinos, a cuyas obras contribuyó el cé­
lebre marino D. Antonio Bareli con la respetable
suma de 40.000 reales, y el antiguo B ordellet ha des­
aparecido por completo. (Teixedor, Ilu stracion es, pá­
gina 102, núm. 66.)

172— 1414—Mallorca. San Vicente había hecho


grandísima reformación de costum bres en to d a la
isla, con lo que vió premiado el celo de su apostolado
entre aquellos habitantes. Pronto tenía que regresar
a 3a Península y deseaba ardientem ente consolidar
su obra para que la semilla que había sembrado en
aquellos corazones no pereciera. Sin embargo, «Sa­
tán, dice Mut, hizo cuanto pudo por mezclar cizaña
en la cosecha, intentando varías veces y en diversas
formas introducir eí desorden en el auditorio. Un
día, en Pollensa, en el período más patético del ser­
— 152 —

món, se oyeron como lloros de niños que partían de


un precipicio próximo, dominado por un gran pe­
ñasco, y como algunos, conmovidos por este llanto,
se dispusieran a prestar socorro:—No os mováis, dijo
el Santo, que conocía al enemigo; ésas no son voces
hum anas.— Desde este momento dejaron de oírse los
lamentos, sin que jam ás se pudiera saber de quién
procedieron. O tras veces, el enemigo, tornando la
forma de un venado, se lanzaba sobre los agrupados
oyentes, bastando que hiciera (el Santo) la señal de
la cruz para que desapareciese.» (Mut, pág. 291; Fa~
ges, parte 4.a, cap. V; Teixedor, lib. II, cap. X X X II.)

173— 1414— Mallorca. U na m ujer llam ada Mag­


dalena se acercó a San Vicente luego que éste acabó
de predicar. Magdalena venía sufriendo muchos años
ya de una grave afección a la garganta que no la dejaba
un momento de reposo, e iba, poco a poco, acabán­
dole la vida. El Santo, ai ver a aquella m ujer tan de-
macrada, le pidió que le explicara lo que tenía. Eíla
así lo hizo, acabando por echarse a llorar y pedir al
Santo, con mucho fervor, que la curase, ya que a ta n ­
tos otros había curado. El Santo se conmovió de pura
compasión y bendíjola y luego íe tocó en el cuello,
y de repente Magdalena quedó enteram ente libre de
su mal, que ya nunca le volvió. Teixedor cree que este
milagro ocurrió por Septiem bre de 1413. Para nues­
tro objeto, poco im porta que fuera entonces o .ya
en 1414, como aquí lo ponemos. (Teixedor. libre II,
cap. X X X II.)

■ 174— 1414— Mallorca. E ntre los innum erables en­


fermos que San Vicente curó milagrosamente en Ma­
llorca, es muy digno de notarse el que sigue, que, en
- 153 —
verdad, es admirable. Hubo allí una mujer casada
que vivía siempre afligidísima porque todos sus em ­
barazos acababan por un aborto, que la ponía a las
puertas de la muerte. Su pobre marido había consul­
tado repetidas veces a los médicos, y no sabía qué m e­
dios ni qué medicinas emplear, para que, una vez por lo
menos, diera a luz un hijo vivo, cosa que su m ujer
también deseaba con ansias. Movidos estos esposos
por los muchos prodigios que se contaban hechos en
Mallorca por el santo P. Vicente, determ inaron dejar
en sus manos este negocio. Fueron, pues, un día a
verse con el Santo, y con muchas lágrimas le expusie­
ron su tribulación, rogándole que él les alcanzara del
Señor el remedio. El Santo los consoló y bendijo a
aquella m ujer y le dijo; «Confiad en Dios; ya no ten
dréis abortos; concebiréis en breve y tendréis feliz
alumbramiento,» Salieron consolados de la presencia
deí Santo, y, en efecto, ya en adelante, aquella m u­
jer no tuvo ningún aborto, sino que siempre dio a
luz con toda felicidad. (Teixedor, lib. II, cap. X X X II;
Serafín, pág. 157; Vidal y Micó, pág. 214.)

175— 1414— Mallorca. La expedición de San Vi­


cente a Baleares es altam ente celebrada por cuantos
han escrito la historia de aquellas islas, en especial
de Mallorca. Todos a porfía confiesan que la predica­
ción del Santo cambió la faz moral de aquellos pue­
blos, que el Santo llenó de celestiales doctrinas y
asombró con milagros, y consoló con la dispensación
de inefables beneficios. Más adelante tendrem os o ca­
sión de ver cómo en Mallorca el culto de nuestro San­
to se conservó con amor, y los milagros que sus im á­
genes obraron allí. Ahora, para cerrar los que el San­
to hizo durante su estancia en aquella tierra, diga
— 154 —

mos lo que refiere un testigo de vista que por escrito


dejó consignado en dos frases el conjunto de benefi­
ciosos milagros que el Santo dispensó a los mallor­
quines. Dice: «Todos los días le traían los enfermos
y achacosos, y con sólo tocarlos, pronunciando cier­
tas palabras, los curaba en seguida.» {Fages, parte 4.a,
cap. V; Mut, H isto ria de M allorca , pág, 269; Teixe­
dor, lib. II, cap. X X X II.)

176— 1414— Mallorca. Por Enero, según unos, o


por Febrero, según otros biógrafos, San Vicente aban­
donó por fin las Baleares, porque el Rey lo llamaba
con urgencia para que se ocupara en la Península en
ios graves asuntos de la conversión de los moros y ju ­
díos, que por entonces se prestaban a entrar en dis­
cusión y prom etían convertirse si se les convencía.
Se embarcó, pues, San Vicente; pero, a poco de in­
ternarse en eí mar, éste se alborotó, se levantó una
tem pestad horrorosa, y, según un testigo que en el
mismo barco iba, todos se creyeron perdidos, pues,
sin gobernalle ya la embarcación, iba a estrellarse
contra la costa de la Península, cerca de Valencia.
Toda la tripulación y cuantos en el barco había diri­
gieron sus miradas tristes a San Vicente como pidién­
dole un milagro, ya que tantos había hecho para con­
solar a ios afligidos; eí Santo dirigió las suyas al cielo
y oró breves instantes, y de repente, como por ensal­
mo, se deshizo la torm enta, calmó la furia de los vien­
tos y el entum ecimiento del mar, y el barco, como
dirigido por una mano invisible, con suave y tranquilo
movimiento, llegó al fin a su destino. Suponemos
que era Vínaroz, si ya no Tortosa, pues en esta ciu­
dad comienza la historia de San Vicente al regresar
de Baleares. (Fages, parte 4.a, cap. V.)
CAPÍTULO XIII

LLEGADO A LA P E N Í N S U L A ,. SE D E T I E N E EN EL MAES ­
TRAZGO; ENTRA EN ALGUNO S FIJES LOS DE ARAGÓN;
SIG UE SU CAMINO POR CA TA LUÑA Y A R RIBA A LOS
PU E B LO S FRONTERIZOS DE FRANCIA.

(1414-1415)

177— 1414—Tortosa. E ra muy grande eí interés


que despertaba la serie de conferencias que se habían
preparado por el Rey y por el P apa en 3a ciudad de
Tortosa, para atraer a nuestra Religión a tantísim os
judíos, muy sabios varios de ellos, los cuales en aque­
lla región eran una verdadera potencia política y so­
cial. En medio de esta expectación o de este entusias­
mo, ocurrió un hecho verdaderam ente asombroso.
Recién llegado San Vicente de su expedición a las
Baleares, predicaba un día en Tortosa y súbitam ente,
durante su discurso, se quedó como cortado y en éx­
tasis, teniendo fijos sus ojos en el cielo. El auditorio
se sobreexaltó y la confusión comenzaba a reinar,
pues aquello era insólito en el santo Predicador. E ste,
sin embargo, lo apaciguó pronto: «No os alborotéis,
les dijo, ni llevéis a mal esta interrupción, porque así
lo exige Dios Nuestro Señor, que quiere esperemos
un poco a la gracia divina.» Todos se calmaron, y
al instante, sin darse nadie cuenta, comenzaron a re­
tirarse insensiblemente, dejando un gran espacio va­
cío alrededor del púlpito donde San Vicente seguía
— 156 —

como arrobado. A] mismo tiempo, con silencio que


nadie interrum pió, fueron llegando muchos judíos,
que ocupaban el espacio evacuado, y hacían esto
sin preguntar siquiera dónde podrían colocarse. Cuan­
do aquel espacio estuvo com pletamente lleno de is­
raelitas, el Santo continuó su sermón, en el cual ha­
bló con tal persuasión, que los judíos se convirtieron
con grandes m uestras de sinceridad. Term inado el
sermón, los fieles les preguntaron cómo era que ha­
bían venido a la iglesia y precisamente interrum pien­
do el sermón del Santo. Pero los judíos no sabían dar
explicación de esto. Sólo decían; frHemos sentido una
inspiración en nuestros corazones y hemos ido.» (F a­
ges, parte 4.a, cap. VI; Proceso, fol. 262, parte 2.a;
Valdecebro, lib. IV, cap. LII; Teixedor, lib. II, ca­
pítulo X X X IV .)

178— 1414—Tortosa. San Vicente predicaba una


vez y la m ultitud de oyentes que asistía a su sermón
estaba como encantada, oyendo las divinas m aravi­
llas de aquella elocuencia de ángel. Pero el Santo la
hizo descender de aquel encantam iento de una m a­
nera admirable. En efecto, en medio del sermón el
Santo suspende su razonamiento y apostrofa con m u­
cha vehemencia a sus oyentes con estas palabras:
«Hermanos míos, ¡qué desgracia! En este mismo ins­
tante se ha levantado un fuego voraz en los pajares
que hay al otro lado del río. Corred, id unos cuantos
nada más para m atar aquel fuego.» Todos, como es
natural, se llenaron de espanto y todos tam bién que­
rían ir a prestar auxilio; pero, obedientes a la voz del
Santo, sólo unos pocos hombres salieron hacia el lu­
gar del siniestro que el Santo señalaba, y el Santo
continuó tranquilam ente su sermón. Los que de él
— 157 —
se fueron para apagar el fuego que el Santo había dicho,
llegados a los pajares, quedaron petrificados de asom ­
bro, pues allí ni humo había y los pajares seguían
tan quietos y sanos. ¿Es que el P. m aestro Vicente
se ha engañado? E sta parece que era la pregunta que
se hicieron; mas no se atrevieron a contestarla afir­
mativamente, pues ni una sola vez pensaban que po­
día equivocarse el Santo. Por eso, puestos ya allí,
no se retiraron, sino que penetraron en los pajares, y,
efectivamente, el fuego voraz fué al fin hallado. Allí
escondidos encontraron a un hombre y una mujer
entretenidos en tratos ilícitos. Estos infel-icas, así des­
cubiertos, llenos de rubor y vergüenza huyeron al
instante cada uno por su lado, bien apagado por cier­
to el fuego de su sensualidad, por esta vez al menos.
(Proceso, fol. 262, parte 2.a; Antist, pág. 220; Gómez,
cap. X X IX ; Valdecebro, lib. IV, cap. LII; Teixedor,
lib. II, cap. X X X IV .)

179— 1114— Moreila. Después de los triunfos ob­


tenidos por San Vicente en Tortosa contra los he­
breos, continuó él su apostolado por algunos pueblos
de las provincias de Tarragona, Zaragoza y Teruel;
en especial se hace notar su presencia en T am arit y
Daroca, y aunque el Rey lo llamaba a que se viera
con él en Zaragoza, todavía lo vemos por Julio y
Agosto en la ciudad de Moreila, que tan to distinguió
ya el año H10. Ahora parece que fué allí para dejar­
les un recuerdo inm ortal, porque es uno de los m ayo­
res milagros que se leen en los fastos de la Iglesia.
Esta vez el Santo se hospedó en una casa de la
calle que dicen «de la Virgen», propiedad de D. F ran ­
cisco Gavaldá, notario, noble de sangre y más de v ir­
tud él, como su esposa, pues ambos vivían piadosa­
— 153 —
m ente en la práctica de todas las virtudes. Su esposa
era más joven y, si se quiere, más piadosa que su m a­
rido; pero de vez en cuando sufría ataques de locura.
En los primeros días de vivir con ellos nuestro Santo,
aquellos ataques parecía como que habían desapa­
recido por completo. Sin embargo, no era así, y el
tristísimo suceso que vamos a referir lo prueba evi­
dentemente. Un día su marido se había ido a la igle­
sia para oir el sermón del Santo, y ella se quedó sola
en su casa, y toda su preocupación era disponer un
modesto convite de familia, con que ha días deseaba
honrar a su huésped. Como nadie tenía en casa con
quien consultar, pues la servidum bre también debía
haberse ido al sermón, la idea la obsesionó y cayó en
tal estado de excitación, que volvió la locura y con
toda franqueza. Así trasto rn ad a la infeliz, tomó a
un niño pequeño que tenían y lo degolló, y luego que
m uerto lo hubo, lo dividió en trozos. Unos los guardó
en la despensa, otros los puso a asar con el fin de pre­
sentarlos a su tiem po en la mesa como sabroso bo­
cado. Term inado el sermón, regresaron los domes-
ticos y el marido, y cuando éste le preguntó a su mu­
jer sobre la comida que se preparaba al Santo y si
era esm erada la diligencia que se había puesto, la es­
posa, demudado el rostro, pero revelando una alegría
íntim a extraordinaria, le dijo que todo estaba bien
preparado y añadió; «Además se servirá un plato de
carne riquísima, de la que he guardado tam bién para
la noche,)) Al marido le pareció ver algo anorm al en
la m anera de expresarse su mujer, y quiso por sí mis­
mo cerciorarse de lo que ella íe decía. Y entonces vió
el horrible desaguisado de aquella loca, que, con aíre
de triunfo, le m ostraba los trozos del cuerpo de su
hijo guardados para la noche, y después, asados,
- — 159 —

otros trozos del hijo de sus entrañas. Presa de la m a­


yor angustia y llorando con la am argura que se pue­
de suponer le encontró San Vicente, cuando se re­
tiraba a descansar de su sermón en aquella casa de
tan cristianos huéspedes. Se conmovió asimismo el
Santo en presencia de hecho tan horrible; pero con
faz serena se acercó al desventurado e inconsolable
padre y !e dijo: «¡Tened confianza! Dios Nuestro Se­
ñor, que dió la vida a vuestro hijo, se la puede de-
volver si tenéis fe.» Luego mandó que le trajeran
los trozos asados y los crudos de aquel cuerpecito;
los juntó y arregló, ordenándolos lo mejor que pudo,
reconstruyendo el cuerpo del niño; se arrodilló de­
lante de ellos, invocó a Jesús y a su benditísim a Ma­
dre e hizo sobre aquellos despojos de la m uerte la
señal de la cruz. ¡Cosa estupenda! Al instante, aque­
llos trozos de carne asados y sangrientos, y aquellos
huesos machacados y desfigurados, todos se trabaron
por sí mismos, recobraron movimiento, formando per­
fectam ente el cuerpecito del niño, y éste apareció vivo
y enteram ente sano ante sus padres y los mil curio­
sos que allí se habían reunido para tom ar parte en el
duelo que este hecho produjera a la familia toda de
aquel caballero. Ahora éste lloraba de gozo y alegría
viendo cómo su pequeñuelo le abrazaba y le dirigía
miradas llenas de dulcedumbre. Este prodigio deja
sin valor el otro de restaurar por completo la inteli­
gencia de aquella infeliz mujer, que ya siguió siem­
pre normal. «Después de la canonización del Santo,
añade el Sr, Segura, cuando aun vivían testigos del
suceso (14H-1456), se reprodujo éste en un cuadro
y se abrió al culto una capilla en la misma casa, sub
sistiendo todavía y pudiendo aún verse el horno en
que fué asado el pequeño.» Debemos ad vertir que aL
— 160 —

gunos opinan que Gavaídá era propietario de la casa,


pero no quien la habitaba, y, por tanto, que no pudo
ser hijo de Gavaldá el niño milagroso. Como sea, el
hecho no se altera en lo que tiene de esencial y m a­
ravilloso. {Fages, parte 4.a, cap. VII; Gómez, lib. II,
cap. I; Vidal, cap. V; Teixedor, lib. II, cap. XXXV.)

180— 1414— Morella. A fines de Julio o primeros


de Agosto predicaba San Vicente en la hermosa igle­
sia, hoy arciprestal, y asistían a este sermón el P apa
Benedicto X III, seis de sus Cardenales y el Rey de
Aragón D. Fernando. Poco antes de finir su sermón,
el Santo se dirigió al pueblo con este apostrofe; «¡Oh
Morella! No te tengas por despreciable porque se han
menoscabado tus casas y tus moradores. Vendrá tiem ­
po en que se tendrán por muy dichosos cuantos con­
sigan posar sus pies en las haldas y vertientes de tu
castillo.!) Según hace observar el sabio Viciana, esta
profecía tuvo su perfecto cumplimiento en el mes de
Agosto del año 1521, cuando las sangrientas guerras
de las Germanías, durante las cuales es sabido que
Morella fué entonces en ei reino de Valencia el refu­
gio de la legalidad y el único pueblo de la región en
que no lograron aclimatarse aquellos tum ultos fratri­
cidas. (Teixedor, lib, II, cap. XXXV; Viciana, folio
136, parte 2.*)

181— 1415— Calatayud. San Vicente aparece el 2 de


Noviembre de 1414 en Zaragoza, después de haber
recorrido varios pueblos. Luego, entrado ya el 1415,
en Calatayud, donde, como en todas partes, su p re­
dicación conmovía en peso a todos los vecinos; de
tal modo, que casi siempre predicaba aquí y en otras
partes fuera de los templos. En Calatayud le sucedió
que estando predicando una vez, tam bién al aire li­
bre, el auditorio era inmenso, y' para oírle bien se co­
locaron todos en una gran planicie inm ediata a la
población, junto a la puerta que se dice de Zaragoza.
Y como aun allí no cabían, hubieron de ocupar otra
explanada que está detrás de una roca, en una ondu­
lación de la colina vecina a que llaman cuesta del
cenacho. La prim era planicie domina el valle llamado
de la Longia. Cuando la m ultitud, llenando estos
dos inmensos espacios, le oía el sermón sin pesta­
ñear, como suele decirse, un niño se descuidó y fué
rodando hasta el fondo de una de aquellas barran ­
cas profundísimas. Un grito general atronó el espacio (
pues supusieron, y con fundam ento, que el niño se
había estrellado y matado. Pero el Santo no se in­
mutó y calmó los espíritus afirm ando que nada h a ­
bía que lam entar sino el susto. En efecto, a pocos mo­
mentos, ei niño im prudente, como si nada le hubiera
ocurrido, subió del fondo del abismo, riéndose y aver­
gonzada de su torpeza. (Fages, parte -i.* cap. V III.)

182-— 1415— Graus. D urante este año ponen al­


gunos autores en tela de juicio la opinión de que San
Vicente fué a Bolonia. No nos pertenece discutir este
punto. Lo que sí es cierto es que desde junio, en que
el Santo visita la villa de Graus, ya no interrum ­
pe su itinerario a través de Aragón y Cataluña hasta
penetrar en Francia, de donde ya no sale sino para re­
montarse al cielo.
Sobre la estancia de San Vicente en Graus débese
tener por auténtico un testimonio que se nos da es­
crito encima de una imagen del Santo que allí se ve­
nera. Dice la inscripción: «En Junio de 1415, el muy
R. F, M. Vicente Ferrer, en hora Santo, apóstol va-
LOS M I L A G R O S DÉ S A N VICENTE FERKÉK II
— 162 —

lenciano, movido de superior espíritu, llegó a esta


antiquísim a villa de Graus, hizo una fervorosa mi­
sión y en la misma estableció ía penitente procesión
de disciplina. Notó en sus moradores la docilidad,
celo de 3a gloria de Dios, fidelidad a su san ta ley y
amor al Redentor, motivos que obligaron al Santo
a desprenderse, por un afecto de cariño a este pueblo,
del divino Crucifijo que llevaba en su compañía y
por ei que obraba innumerables conversiones en su
predicación... Son sinnúmero los beneficios, favo­
res, gracias y milagros que esta villa, toda su com ar­
ca y todos sus devotos han experimentado visitan-
do a este soberano Señor... por cuyo medio tiene este
pueblo una sucesión de misericordias en todas las
dolencias, necesidad de aguas y epidemias,» Entra
los innumerables prodigios que con este Santo Cris­
to han podido probar los vecinos de Graus, que en
mil ocasiones por este divino medio se remedian, es
notable éste: Los ríos Esera e Isabena, que bañan el
término, salen con frecuencia de sus cauces, llevan da
la desolación a los campos. Pues bien; siempre que
esto ocurre es constante tradición, que para atajar
estas inundaciones basta m eter en el agua el pie ds
la cruz de esta veneranda imagen; en el acto la inun­
dación se detiene y retroceden las aguas a su nor­
mal curso. E sta san ta imagen mide unos 0,30 metros,
es auténtica, y muchos Papas han concedido indulgen­
cias a los que la veneren. (Fages, parte 4.a, cap. IX;
Valdecebro, lib. III, cap. X IX .)

183— 1415— Graus. Los vecinos ds este pueblo,


que estaban enamorados de San Vicente, le obser­
vaban con interés, bendiciendo a Dios Nuestro Ss-
fíor, que tan tas m aravillas obraba por su siervo. Cuan­
— 163 —
do ei Santo se despedía de ellos, como le habían vis­
to reposar su cabeza sobre una dura piedra cuando
volvía a su morada, rendido del trabajo de su apos­
tolado, le suplicaron que les diera o dejara este re­
cuerdo de su vida austera. El Santo, que ya les había
dado un Crucifijo que él llevaba, les dió también esta
almohada singular y con ella la promesa de conse­
guir por su medio muchas gracias. Y, efectivamente,
esta piedrai conservada allí como un tesoro, ha cu­
rado a infinidad de enfermos de muchas dolencias,
con sólo to caren ella la cabeza. (Valdecebro, lib. III,
cap, X IX .)

í 84— 1-Í15—Barbastro. San Vicente estaba cele­


brando la santa Misa, después de la cual tenía por
costumbre predicar. Por eso en torno suyo se había
reunido una m ultitud innumerable, ansiosa de oír­
le. Cuando ya la Misa iba acabando, se encapotó el
cielo, y casi repentinam ente comenzó una tempestad
horrorosa. Las nubes casi a flor de tierra, el relám­
pago iluminando de continuo el espacio, el trueno
retumbando con horror, Los corazones estaban he­
lados de miedo; pero nadie se movió de su sitio y el
mismo Santo terminó la Misa, y con mucha calma
y serenidad subió al pulpito, contempló los rostros
de todos, que revelaban todos la más negra angustia,
y bendiciendo en dirección de las nubes, éstas súbita­
mente se dividieron como si se descorriera un gran
telón, dejándose ver al instante un cíelo purísimo y
tranquilo. Comenzó el sermón diciendo a su au d i­
torio que este favor del conjuro de aquella tem pes­
tad debían agradecerlo a los santos apóstoles Pedro
y Pablo, cuya fiesta era aquel día. Después les ex­
hortó a que se m antuvieran en la práctica de las vir-
— 164 —

tildes, porque antes de un ano sobrevendría otra gran


torm enta, cuyos efectos dependían de la fidelidad que
ellos guardaran al Señor. Y fué así; a los once meses
volvió la tem pestad y la devastación de la torm enta.
Valdecebro dice que este milagro fué en Berga y
omite la profecía. Evidentem ente está equivocado,
porque San Vicente a estas fechas aun andaba por
la provincia de Huesca y hasta Agosto no entró en
Cataluña. (Fages, parte 4.a, cap. IX; Ranzano, li­
bro III, núm. 4; Antist, pág. 334; Flamín, ío l 174;
Valdecebro, lib. II í, cap. XLVI; Teixedor, lib. II,
cap. X X X V Í.)

í 85— 1416—-Ainza. Por julio estaba San Vicente


en este pueblo, que en masa había acudido a oírle un
sermón. El Santo tenía conmovido a tan numeroso
auditorio, que devotam ente percibía en su alma aque­
llas enseñanzas divinas. Pero cuando reinaba el ma­
yor silencio, oyóse a un asno lanzar tan altos y pro­
longados rebuznos, que era imposible seguir el hilo
del sermón sin distraerse. El Santo paró, miró hacia
el lugar de donde procedía el rebuzno y en alta voz
mandó al jum ento que callara y no molestara al audi­
torio durante eí sermón. En el mismo instante el ju ­
mento cesó en sus rebuznos. Y dicen algunos biógra­
fos que ya nunca más rebuznó. Por lo cual corría en
Ainza el dicho: «San Vicente hizo mudo a un asno.»
(Fages, parte 4.a, cap. ÍX; Teixedor, íib. II, capítu­
lo XXX V I.)

186— 1415— Benabarre. De Ainza se dirigió San


Vicente a este pueblo. La noche antes de llegar se
hospedó en una finca o masía, propiedad de D. José
Clemente Pinies. Allí obró muchos prodigios, favo­
— 165 —
reciendo a los que acudieron pidiéndole remedio a
sus dolencias; y antes de salir de aquel hospedaje,
vaticinó que en aquella m orada jam ás se experim en­
taría la pobreza. Los descendientes de aquel ilustre
procer aragonés conservan aún con gran reverencia
la cama donde el Santo descansó, celebran su fiesta
el 5 de Abril con extrem ados regocijos, y han llama­
do a su finca el «Mas Ferrer». Un manuscrito a n ­
tiguo que trae Teixedor dice: «Vino San Vicente Fe­
rrer, transitando por este país, y, como Dios m udan­
do el rumbo a Abram, bendijo su casa; assí con esta
lo exercitó el Santo, pues llamándose muy de an­
tiguo «Mas de la Pudiola» (Pudeola), ordenó que en
adelante se dixesse de Ferrer, con cuyo nombre se
ha apellidado hasta oy, aunque ha tenido diversos
herederos, con apellidos distintos; y le echó su ben­
dición que nunca se vería mendiga,» (Fages, par­
te 4.a, cap. IX; H isto ria de R ib a go rza ; Teixedor,
ubi su p ra ) (1).

187— 1415— Fonz. Fages dice equivocadam ente


que es pueblo de Cataluña. Pertenece a la provin­
cia de Huesca. San Vicente arribó aquí en Agos­
to, y, según Maner y Sisear, su predicación hizo
revivir en éste y demás pueblos de e s ta comarca el
espíritu de piedad y amor a todas las instituciones de

{]) Mí buen amigo el ilustrado Sr. Barón de La Linde nos


da sobre esta heredad las noticias que siguen; Pertenece hoy a
D. Vicente Pinies y Bayona, Diputado conservador del Alto
Aragón, Acaba este señor, que es devotísim o del Santo, de res­
taurar la masía, a la que le ha puesto por nombre «San Vicen­
te*. Conviene no olvidar esto, para saber que es en la actuali­
dad el famoso «Mas Ferrer*.
— 166 —
la Iglesia. Su predicación, como acontecía en todos
los pueblos, iba con el sello de las obras sobrenatural
Ies que ejecutaba el Santo en bien de las almas y de
los cuerpos. En este pueblo aseguró delante de los
vecinos que ninguno de'los hijos de Fonz m oriría en
las guerras, aunque asistieran valientes a ios campos
de batalla, Y esta profecía parece se ha venido cum­
pliendo, sin que una sola vez haya dejado de reali­
zarse. (Fages, parte 4.a, cap, IX.)

188— M15— Villalonga. Creemos se tra ta del paso


de San Vicente por la provincia de Gerona. Sobre la
estancia del Santo en aquel pueblo, ■tenemos el tes­
timonio jurado del señor Obispo de Telasia, que dice
que oyó a un testigo de vista lo que sigue; «Yo iba,
habla el testigo, en la com itiva del maestro Vicente,
cuando llegamos a un pueblo de Cataluña, que se
llam a Villalonga, en número de más de mil personas,
en donde un caballero, llamado Saint Yust, le ofre­
ció un refrigerio a él y a los que le acompañaban.
Esto ocurrió en el mes de Agosto de 1415. Y yo vi
a este caballero y hablé con él. Trajeron el vino ofre­
cido en una vasija que contenía medio tonel (sic) y
bebimos de él, primero el maestro Vicente y luego
todos los demás, viéndose al term inar que la vasija,
que era lo que en catalán se llama una portadora, es­
tab a llena, como si nadie hubiese bebido,») El mismo
Señor Obispo dice que el dicho sujeto le manifestó que
luego que San Vicente arribó al pueblo de San Martín,
a unas tres millas de Villalonga, Saint Yust se apro­
ximó al Santo lleno de admiración y entusiasmo, re­
firiéndole que aquella portadora seguía llena de vino,
a pesar de que continuam ente se bebía de ella.
El Santo, con dulzura, dijo a Saint Yust: «Bien;
— 167 —

pues id, y a cuantos os pidan vino dadles de ése.*


Pasaron diez años, y un día el caballero S aint Y ust
aseguró, bajo palabra de honor y por la salvación
de su alma, que todos los días daba de aquel vino a
cuantos le pedían, sin que la portadora se agotase,
y que además cuantos enfermos bebían de aquel vino
sanaban, cualquiera que fuese la dolencia que les
aquejara. (Fages, parte 4.a, cap. IX; Proceso, fol. 270,
parte 2.a; Antist, pág. 211; Gómez, cap. X X X II; Val­
decebro, lib. I, cap. XLVI; Vidal y Micó, cap. III:
Teixedor, lib, II, cap. X X X V II.)

189-—1415— La Roca y San Celoni (1). Un adm i­


rable hecho que bien a las claras dem uestra la tie r­
na solicitud de Dios Nuestro Señor en socorrer a los
que en Él confían, nos refiere bajo juram ento un tal
Antonio Roces, natural de Mallorca y testigo presen­
cial. Dice: «Yo iba por Cataluña acom pañando al
maestro Vicente, cuando llegamos a un lugar s itu a ­
do entre los pueblos de La Roca y San Celoni, fa ti­
gados y hambrientos. El maestro Vicente, poseído
de tristeza, tomó una senda escarpada que condu­
cía a un bosque, cerca de la cual se veía una pequeña
casa, y nosotros le seguimos. Sentóse debajo de una
encina y mandó que todos nos sentáramos, para des­
cansar un poco; cuando al cabo de un instante vi­
mos desembocar por todas partes gentes que traían
comestibles con tal abundancia, que todos queda­
mos saciados, atribuyendo el hecho a milagro. Era-

(1) Aunque todos los autores que hemos visto dicen La Rocha
y San Solón, creemos que se trata de La Roca y San Celoni,
pueblos hoy de la provincia de Barcelona, pues no existen
aquellos pueblos en todo el Principado,
— 168 —
mos 2.500 personas.» Este prodigio es. sin duda el
aludido en el Oficio de San Vicente, según el Rito
Dominicano, en el responsorio séptimo de Maitines,
que empieza; R es agitu r d ig n a specíaculo... (Fages,
parte 4.a, cap, IX; Proceso, fol. 250, parte 2.a; Antist,
pág. 331; Teixedor, lib. II, cap. X X X V III.)

190—1415— Conflans. Según iba term inando este


año, San Vicente iba adelantándose hacia Francia.
Conflans es ya fronterizo. En este pueblo, adonde
llegó el Santo en compañía de unas tres mil perso­
nas, existía el famosísimo Monasterio Cisterciense o
Cartuja, según la opinión más segura, llamado Scaía
D el. Cuando San Vicente con su com pañía llegó a
este Monasterio, suplicó hospedaje en él y es claro
que se le concedió. Luego dijo a uno de los monjes,
que debía ser el procurador, otros dicen que el portero,
que viera de dar comida a toda aquella m ultitud, que
subía a algunos miles, y estaban ya necesitados. El
pobre religioso quedóse estupefacto ante ruego tan
peregrino, pues no podía menos de comprender el
P, maestro Vicente que en todo el Monasterio no había
vitualla para tan ta gente, y así lo expuso al Santo.
Este le dijo que diera lo que tuviese. Obedeció el re­
ligioso y comenzó a distribuir raciones, y luego que
aquellos miles de personas hubieron comido cada cual
su ración, cosa que tenía ai religioso asombrado, pues,
visiblemente, se multiplicaban en sus manos las vian-
das, el asombro fué superior en él y en toda la Comu­
nidad, al ver que, en vez de disminuir, las provisiones
del Monasterio aum entaron. Algunos biógrafos del
Santo dicen que en el Monasterio las reservas se re­
ducían a quince panes. Vidal y Micó dice que los que
¡legaron allí con el Santo subían a unos 3.000. (Fa-
169 —
ges, parte 4.a, cap. IX; A ntist, pág. 213; Gómez, ca­
pítulo X X X II; Valdecebro, lib. í, cap. XLVI; Vidal
y Micó, cap. III; Teixedor, lib. II, cap. XL)

191— 14X5— Perpiñán. Se encontraba aquí San Vi­


cente a fines de este año trabajando al terco Pedro
de Luna para que, al fin, en bien de la Iglesia, renun­
ciara la tiara, pues con eso quedaría extinguido el
funesto cisma que la afligía hacía ya casi medio si­
glo. Sus continuos desvelos en este negocio y los tr a ­
bajos de su predicación postraron a San Vicente con
unas fiebres tan altas, que todos creyeron que era
ya llegada su últim a hora. Cuantos remedios le apli­
caron fueron inútiles. El Prior del Convento de su
Orden lo instaló en la celda Priora!, habitación bas­
tante desahogada; el Papa Luna le envió a Francisco
Girones, su médico de cabecera, al cual acom pañaba
su discípulo Andrés de Foulques. Al ver el Santo ta n ­
tas atenciones, dijo a los médicos: «Dad las gracias,
en mi nombre, al Soberano Pontífice, y vosotros re­
cibidlas tam bién por vuestro celo e interés; pero os
atestiguo que yo no curaré con ningún remedio de
la tierra. Y estad seguros que el próximo jueves ya
estaré curado con los remedios del cielo y podré otra
vez presentarm e en público y seguir en mi aposto­
lado.!) Girones, que tenía ciega confianza en el San­
to, dijo a su compañero: «¡Vámonos! Ya aquí no ha­
cemos falta. Él ha dicho que no morirá ahora y que
el jueves ya estará bien; así sucederá, aunque, por lo
que nosotros sabemos por nuestros estudios y expe­
riencias, su vida no se debe prolongar más de una
hora.» Y los médicos salieron, y todos adm irados vie­
ron al Santo el jueves próximo inm ediato subir al
púlpito y predicar tan bueno y tan sano como si en-
— 170 —

íermo no hubiera estado. (Fages, parte 4.a, cap. X;


Proceso, fol, 192, parte 2.a; Valdecebro, lib. I, capítu­
lo X LIII, el cual dice que este hecho ocurrió en Nar-
bona; Teixedor, lib. II, cap. XXXVII.)
CAPITULO XÍV

OTRA VEZ EN FRANCIA. GLORIOSA EXCURSIÓN A V ARIOS


PU E B LO S DE LA PARTE SU D E S T E

(1416-1417)

192 —1416—-Carcasona. Llegó San Vicente a esta


región a primeros de este año, y por cierto cuando
aquellas gentes se encontraban en situación bien aflic­
tiva. En todo el país, y en algunos pueblecillos en par­
ticular, había una grande sequía que tenía a todos
arruinados y hambrientos. Al llegar allí nuestro San­
to, una multitud de vecinos le salieron al encuentro,
y llorando y de rodillas le suplicaban que les reme­
diara en aquella pertinaz calamidad, haciendo algu­
no de los muchos prodigios que acostumbraba. El
Santo mandó hacer rogativas públicas, y a los pocos
momentos, cuando aun todos estaban arrodillados*
implorando la divina clemencia, cayó un rocío abun­
dante y seguidamente una lluvia copiosa, que con­
tinuó sin cesar dos días y medio. Cuando al tercer día,
al mediodía, seguía aún la cerrazón y la lluvia, el San­
to ordenó al intendente de su compañía que dispusie­
ra las cosas de forma que a las tres de la tarde se con­
tinuara el viaje. El intendente le expuso la dificultad
de salir tan pronto, pues seguía lloviendo y sin seña­
les de acabarse la lluvia. El Santo le contestó; «No
tengáis cuidado; la lluvia lia cesado ya.» En el mis­
mo instante la lluvia cesó de repente, y a las tres en
— 172 —
punto, como el Santo había dicho, salieron todos
camino de Beziers. Este suceso ío refiere un tal R ai­
mundo Fabri, que dice lo presenció. (Fages, parte 5.a,
cap. í; San Antcnino; Antist, pág. 272; Gómez, ca­
pítulo XXXV; Valdecebro, lib. III, cap. X L V III;
Vidal y Micó, cap. ÍV; Teixedor, lib. III, cap. I.)

193— 1416—Beziers. Llegado aquí San Vicente,


un día predicaba en la plaza que se decía de Santa
Magdalena, ante un concurso inmenso. Súbitam ente
sobrevino una lluvia tortísim a y los oyentes comen­
zaron a agitarse corriendo de aquí para allí, para po­
nerse a cubierto. El Santo alzó la voz entonces y
dijo: <(No os mováis ni temáis; que el buen Dios pon­
drá remedio.» Y cuando decía esto, ju n tab a las m a­
nos y alzaba sus ojos al cielo. Oró un instante, y en
seguida, como por ensalmo, la cerrazón se deshizo y
apareció el sol radiante en medio del cielo. Un tes­
tigo que presenció el caso dice; «Para mí las obras de
este hombre eran más divinas que humanas.» (F a­
ges, parte 5.a, cap. I; Antist, pág. 270; Gómez, capí­
tulo XXXV; Teixedor, lib. III, cap. I.)

194— 1416—Montolieu. En este pueblo San Vicen­


te se detuvo unos días y fueron innumerables las m a­
ravillas que hizo, remediando todas las necesidades
de sus vecinos. Por eso acudían a él todos los que su­
frían y él los rem ediaba con toda caridad. Ranzano
refiere en especial el caso siguiente: Había allí un e n ­
fermo al que Ies médicos llegaron a quitar toda espe­
ranza de curar. Él entonces se fue a San Vicente y le
expuso su dolencia, y cómo en lo humano ya había
perdido la esperanza de encontrar remedio; y le su­
plicó con mucho fervor que él lo curara. Eí Santo,
— 173 —

compadecido de su aflicción y vista su fe sincera


le bendijo, y al punto, sin más medicinas, quedó cu­
rado completamente. (Fages, ibíd.)

195— 1416—Montolieu. Otro de los singulares fa­


vores que San Vicente dispensó en este pueblo fué
el que sigue: Vivía allí un sujeto de mucha virtud,
honrado en gran m anera y muy querido de todos, el
cual, debido a una enfermedad, hacía ya siete años
que había perdido por completo el sentido del oído,
de forma que era, como se dice, un sordo rem atado.
Como eran tantos los milagros que eí Santo hacia cu­
rando a los enfermos, un día se presentó él también
al Santo y le explicó su am argura, pues era muy gran­
de, po.r no poder desempeñar cerca de sus convecinos
muchos oficios en que antes solía' favorecerlos, y le
rogó que se compadeciera de él y le sanara. El Santo,
que lo había recibido con mucho cariño, como viera
en él tan gran fervor y ta n ta virtud, le mandó arro­
dillar, rezó sobre él la oración que acostum braba para
sanar a los enfermos, lo bendijo y al instante aquel
sordo se levantó com pletam ente curado, y en ade­
lante nunca más, hasta su m uerte, volvió a padecer
de aquella dolencia. (Fages, ibíd.)

1S3— 1416—Montolieu. Un sujeto, natural de


Brenne. refiere de sí mismo el suceso siguiente, que
pone bien a las claras cuánta confianza inspiraba San
Vicente Ferrer en los que se sentían dominados p o r
alguna dolencia. Dice, pues, Guillermo Sauhier, que
así se llam aba este hombre: «No es que yo estuviese
enteramente ciego, sino que se había debilitado ta n ­
to mi vista en tres años, que de ningún modo podía
distinguir ni descifrar una letra, es más, me era im~
— 174 —
posible reconocer a las personas de mi familia, aun­
que fuera mi padre y mi madre. Hace de esto trein ­
ta y siete años, poco más o menos; el 25 de Marzo
de 1416 vino el maestro Vicente a predicar a Monto-
lieu, diócesis de Carcasona, y habiéndome dirigido
allí por la fama del santo Predicador, me hospedé en
casa del capellán del Monasterio. Al bajar la escalera
el maestro para ir a predicar en el sitio dispuesto al
efecto, me puse de rodillas en las gradas, diciéndole
que le creía verdadero discípulo de Jesucristo, y, en
nombre del mismo, le rogaba que me devolviese la
vísta. Él se detuvo, me hizo la señal de la cruz sobre
los ojos, pronunciando ciertas palabras de que no
me acuerdo, y en seguida, a presencia de doscientas
personas, recobré la vista tan com pletam ente, que
he tenido los ojos tan buenos como el primero y
así los conservo por la gracia de Dios.» Algunos bió­
grafos ponen este milagro como hecho en Brenne;
pero el mismo favorecido en su declaración desmiente
este aserto. También a este curado de la vista le lla­
man Guillermo Pedro Sauchier, en vez de Guillermo
Sauhier. (Fages, parte 5.a, cap. I; Proceso, fol. 231,
parte 1.a; A ntist, pág. 270; Gómez, cap. XXXV; Val­
decebro, lib. I, cap. X X II; Teixedor, lib. III, capí­
tulo I.)

197— 1416—Toulouse. Por Abril llegó San Vicen­


te a esta ciudad, y el entusiasmo que su presencia des-
pertó fué delirante. Debe referirse y tenerse como un
verdadero milagro el ardor con que en Toulouse era
aclamado y escuchado nuestro Santo. Testigos de
vista, en efecto, refieren que «todo el mundo acudía
a sus predicaciones, así de la ciudad como de los alre­
dedores, eclesiásticos y seglares, interrum piéndose os
— 175 —

trabajos y cerrándose los almacenes, talleres, ofici­


nas, posadas y escritorios». Y tenemos sobre esto un
testimonio de mayor excepción que debemos trasla­
dar. «Yo me hallaba entonces, dice M. Huges. notario
real, de asesor de M. Guillermo de Fraga, presidente
de las causas criminales, y, aunque teníam os mucho
trabajo, suspendimos las audiencias, y lo mismo ha­
d a n las demás Cámaras, lo cual duró todo el tiempo
que el maestro Vicente estuvo en Toulouse.» (Fages,
parte 5.a, cap. II.)

188— 1416— Toulouse. En los primeros días as su


estancia en esta ciudad, este año, San Vicente pare­
ce que no quería obrar ninguno de sus admirables
prodigios; por lo mismo había sido y seguía siendo
grandísimo el entusiasm o y muy refinados los aga­
sajos que allí le tributaron; y como humilde, «por no
caer en nota de vanidad», dice ingenuamente un his­
toriador, parece que había tomado aquella resolución.
Sin embargo, observó que aquellos moradores se en­
tristecían, y sin cesar le dem andaban misericordia y
remedio a sus dolencias, y su corazón magnánimo no
pudo resistir, y al fin desistió de sus propósitos. E ra
asombroso ver con qué facilidad curaba de todas las
enfermedades que los hombres y mujeres sufrían.
Imponía sus manos sobre los enfermos, invocaba so­
bre ellos los nombres de jesú s y de María, y bendi-
ciéndolos luego los despedía curados y contentos. «To­
dos los días, añade el citado historiador, acudía m u­
cha gente al claustro del convento con gran devoción
a venerar el estrado desde el cual predicaba (el Santo),
tocándolo, con mucho respeto, con las manos y con
la frente.» (Fages, parte 5.a, cap, II.)
- 176 —

199— 1416—Toulouse. No sólo San Vicente obra­


ba milagros en lo que se refería directam ente a su per­
sona, sino tam bién en lo que de alguna m anera to ­
caba a él. Cuando llegó a Toulouse se preocupó, como
es claro, del hospedaje de los que iban en su com­
pañía; pero bastó una sola indicación suya para que
todos se tuvieran por m uy dichosos en dar hospedaje
a aquella buena gente. Y Dios Nuestro Señor bendijo
con milagros esta obra de misericordia que se hizo a
los que iban con su fiel siervo. A una familia que te ­
nía sólo una pipa de vino cuando entraron en la casa
aquellos huéspedes, se le quedó vino por mucho tiem ­
po después de ido el Santo; a otra, el pan se le m ulti­
plicó en forma de que, acostum brando a am asar to­
das las semanas, tuvo pan en abundancia m ientras
allí estuvo San Vicente y aun después que se fué,
sin haber amasado en todo aquel tiempo; a otra, cuando
el criado avisó que se había acabado el vino de una
tinaja, trajeron para llenarla y se encontraron la ti ­
naja llena. De estos sucesos depuso el Rector de la
Parroquia de Podio Bona, llamado Pedro Molanis, o
Malón. (Fages, parte 1.a, cap. V; Teixedor, S upL
lib. I, cap. XX X .)

200— 1416— Toulouse. San Vicente se había hos­


pedado en el Convento de su Orden, y por más que
él procuraba esconderse de las gentes, fuera de cuando
predicaba, aquel Convento a todas horas era invadido
de muchedumbres que sin interrupción se sucedían;
era un verdadero delirio el que tenían por nuestro
Santo. Véase una m uestra no más de lo que vamos
diciendo y otro milagro del Santo. H abla Pedro Gau-
thier, que intervino en el suceso. Dice: «Yo era enton­
ces sacristán del Convento de los Hermanos Predi-
„ 177 —
cadores, y por tem prano que abriese la puerta de
la iglesia, siempre hallaba esperando una m ultitud
de gente, que había permanecido allí seis o siete ho­
ras, sin m ostrar impaciencia. Una m añana que me
retrasé por olvido, fué tal el tropel que se precipitó
al abrir, que derribó a una señora, pasándole sobre
su cuerpo más de cien personas; pero ella no se asus­
tó, sino que invocó en su corazón al T aum aturgo, y,
al cesar la avalancha, se levantó, oyó la Misa y re­
gresó a su casa, sin una contusión.» (Fages, parte 5.a,
cap. II; Proceso, fol. 196, parte 1.a; Valdecebro, li­
bro III, cap. X X V III; Teixedor, lib. III, cap. II.)

201— 1416—Toulouse. Vistos los muchos que iban


al Convento para ver a San Vicente y la efervescen­
cia que en todos había por tenerle siempre consigo,
para que les consolara y obrara milagros, el señor
Arzobispo de esta ciudad rogó al Santo que se dig­
nara trasladarse a vivir en su palacio,- donde podría
mejor evitarse la confusión que se hacía estando en
ei Convento. El Santo accedió, y, en efecto, a fines
de Abril, según la opinión más probable, se instaló
en el Palacio Arzobispal. Pero pronto se vió que esta
diligencia fué vana para el objeto que con ella se, in­
tentó, porque el pueblo siguió en grandes masas acu­
diendo a aclam ar al siervo de Dios. Oigamos lo que
dice a este propósito Bernardo de Rosergio: «Mien­
tras Vicente Ferrer h abitaba el palacio episcopal,
acudía diariam ente m ultitud de enfermos de todas
edades y diferentes condiciones, y el m aestro Vicen­
te salía de su cuarto, con las manos juntas, apoya­
das sobre el pecho, les dirigía palabras de consuelo,
les exhortaba a poner su confianza en Dios, les ha­
cía la señal de la cruz, diciendo al mismo tiempo.
LOS Í.'I LA GK O S D E S A N VICENTE FEKKEK 12
— 173 —
—Jesús, Hijo de María y Salvador deí mundo, ssdme
propicio y misericordioso,—y luego los bendecía coa
esta misma invocación. Algunas veces les ponía las
manos sobre la cabeza o Ies signaba en la frente, y
muchos han afirmado luego que en seguida se sen­
tían curados de sus males.» (Fages. parte 5.a , capí­
tulo II.)

202— 1416—Toulouse. Después que San Vicente se


hubo instalado en el palacio del Arzobispo, un día
los Padres Dominicos del Convento de Santo Tomás
de aquella ciudad le enviaron un par de botellas de
vino por medio de un criado joven que tenían en el
Convento. Este joven era de suyo muy aficionado a
los divertim ientos del mundo, y, sin ser malo, no era
nada místico, n: de muy lejos. Le entregó, pues, el
encargo de la Comunidad de Santo Tomás, y, al des­
pedirse y besarle la mano, le dijo, por cortesía más
bien que por devoción, que se dignara bendecirlo.
El Santo le dio su bendición, y en el mismo in stante el
joven sintió que su corazón le dió un vuelco, y tomó
tal horror a las cosas de la tierra y tan gran entusias­
mo por la virtud, que sin dejar pasar tiempo se re­
solvió y propuso hacerse religioso. Y, en efecto, al
fin se hizo religioso, con gran consuelo de su alma,
(Valdecebro, lib. III, cap, X L II.)

. 203— 1416—Toulouse. El Domingo de Ramos, San


Vicente predicaba en la M etropolitana de San E ste­
ban. E staba la Catedral llena de tal modo, que era
imposible dar un paso en el interior de aquel templo.
El Santo había tom ado por tem a de su sermón aque­
llas palabras que dirá el Angel el últim o día del mun­
do: «¡Levantaos, muertos!» Y en su exposición se
— 179 —
enardeció tanto y llevó al ánimo del auditorio tan
gran atención y espanto, que tres veces que el Santo
apostrofó a sus oyentes, éstos otras tan tas cayeron
al suelo, como derribados por una fuerza sobrenatu­
ral. La voz del Santo, dicen, semejaba un horrísono
trueno; no era humana, era de un Angel, como dice
un testigo ocular. Y todos salieron de aquel sermón
más entusiasm ados con la dicha de tener en la ciudad
a este apóstol, que así movía los corazones. (Proceso,
foi. 223, parte 2.a; Brixense, Serm ón de San V icen ­
te; Teixedor, lib. III, cap I.)

204—1416—Toulouse. Predicaba San Vicente en


la plaza de la Catedral, donde se había reunido una
multitud sin número. Y poco antes de comenzar el ser­
món el cielo se encapotó. Subió el Santo al pulpito
y comenzó a retum bar el espacio y a cruzar el rayo
por eí cielo, y, sin dar tiempo una lluvia torrencial
se presentaba, precedida de todos los fenómenos a t­
mosféricos acostumbrados. El Santo vió el pánico
y la inquietud que tenían todos los ánimos y clamó:
«¡Buenas gentes! No temáis; esto no es más que agua,
que Dios Nuestro Señor hará que no caiga.» Y dicho
esto bendijo en dirección de las nubes, que al punto
se dividieron en dos grandes fajas, cual si fuera aque­
llo una tela, y apareció sereno y puro el cielo, con lo
cual el Santo predicó, sin otro percance. Otro suceso
semejante le ocurrió poco después, predicando en
el patio del Convento del Carmen de la misma ciu­
dad. (Fages, parte 5.a, cap. II; Proceso, fol. 227,
parte 1.a; Gómez, cap. X X X IV ; Teixedor, lib. III,
cap. II.)

205—1416—Toulouse, El día de Jueves Santo,


— 180 —

cuando San Vicente se disponía a salir del palacio


en dirección a la iglesia, se agolpó allí una grandísi­
ma m ultitud de fieles, ansiosos de verle y pedirle su
bendición. E ntre ellos se encontraba un pobre hom ­
bre enfermo de agudos dolores de costado, el cual,
con sólo pedir al Santo le curase, quedó curado por
completo. En la misma puerta del palacio vió el San­
to a un grupo de hombres que tenían en medio a
otro hombre enteram ente paralítico. Se acercó, y las
gentes comenzaron a gritar que se dignara curar
al enfermo antes de salir para la iglesia. Viendo el
Santo aquella grande fe que tenían en su poder di­
vino se aproximó al paralítico, lo bendijo, y en el
mismo momento aquel infeliz se levantó sano y cu­
rado deí todo. Visto lo cual, un grito entusiasta, ben­
diciendo a Dios y a su siervo, se elevó al cielo de los
labios de aquella muchedum bre. (Fages, parte 5.íl,
cap, II; Proceso, fol. 206, parte 2.a; Gómez, capí­
tulo X X X II; Teixedor, lib. III, cap. II.)

206— 1416—Toulouse, El jueves Santo por la no­


che predicaba San Vicente en una iglesia que los bió­
grafos no dicen, sin duda para evitar el descrédito.
El templo estaba poco iluminado, como ordinaria­
m ente sucede en tal coyuntura, cosa que no acaba­
mos de comprender por qué sucede así; el concurso
era grandísimo y estaba absorto escuchando al santo
Predicador. Súbitam ente el Santo exclamó de esta
manera: «Hermanos: ¡luz! ¡luz! Buscad en seguida
por los rincones de este templo, que aquí mismo, en
este mismo instante, se está ofendiendo a Dios gra-
vísimamente.» Todos quedaron asombrados, y en se­
guida unos cuantos, ayudados de los oficiales de la
iglesia, la recorrieron, llevando en las manos grandes
— 181 —

hachas encendidas, y al fin encontraron a dos perso-


ñas jóvenes ocupadas en actos impúdicos, cuyos cuer­
pos, en la misma actitu d lúbrica, ardían como dos
carbones encendidos, y no pudieron apagarse hasta
que los cuerpos quedaron hechos cenizas. A aquellos
infelices les sorprendió la m uerte en el pecado, y Dios
Nuestro Señor quiso m anifestar su enojo con tan ho­
rrible espectáculo. San Vicente tomó de aquí ocasión
para inspirar horror al pecado de la carne, y más co­
metido en la casa del Señor. (Teixedor, SupL, lib. II>
cap. X X I.)

207—1416—Toulouse. El Viernes Santo predicó


San Vicente en una de las plazas principales de la ciu­
dad, y su auditorio se com ponía de más de 30.000
personas. El sermón duró seis horas y versó todo so­
bre la Pasión del Señor. Cuando con más énfasis esta-
ba nuestro Santo hablando y moviendo a los fieles
al amor y confianza en Dios Nuestro Señor, un joven
que le escuchaba absorto cayóse de un elevado sitio
y se estrelló contra el suelo, quedando gravem ente
herido, El Santo, sin inm utarse, paró su razonam ien­
to, bendijo al cuitado, que en el mismo instante quedó
enteramente como si nada le hubiera ocurrido, y el
Santo se volvió a continuar su sermón. Pero el pue-
blo, entusiasmado, no le dejó hablar en un gran rato,
pues todo eran gritos y aclamaciones. E ntre otras, re­
petían ésta, que es del Evangelio: «Un gran profeta
tenemos entre nosotros, y Dios ha visitado a su pue­
blo por su Apóstol, el maestro Vicente.» Todo esto i o
refiere Percin, cronista del Convento de Santo To­
más de aquella ciudad. Ju an de Saxis, refiriendo este
mismo hecho, hace notar que aquel famoso sermón
fué todo en lengua valenciana, y. sin embargo, ni
— 182 —
una sola de aquellas 30.000 personas dejó de enten­
derlo. (Fages, parte 5.a , cap. II; Percin, M onum .
Conv. Tolos., págs. 95 y 102; Teixedor, lib. III, ca­
pítulo II.)

208— 1416—Toulouse. Ju an de Saxis, procurador


real de Francia, militar, legista y asiduo oyente de
los sermones de San Vicente en esta ciudad, refiere
el hecho prodigioso que sigue. Dice; «El día de P as­
cua predicó el maestro Vicente, a la hora de costum ­
bre, en la plaza de San Esteban, siendo asunto de
su sermón la resurrección del Salvador, diciendo de
qué manera y en qué hora tuvo lugar esta resurrec­
ción; luego, a qué personas se apareció primero, dón­
de y en qué forma, a cuyo sermón asistí. Por la noche
se me ocurrió ir a oir otro sermón que predicaba un
religioso de otra Orden, el cual, por de pronto, expuso
el tem a con cierto tono de suficiencia, y luego, re­
cordando unas palabras pronunciadas por Vicente
Ferrer, pero sin nombrarle, dijo que lo que aquella
m añana se había predicado p or alguno era apócrifo
y debía entenderse de un modo m uy distinto, como
tendría la seguridad de demostrarlo muy pronto a su
auditorio. Apenas hubo pronunciado estas palabras*
alteráronse sus facciones, se puso muy pálido, ex­
piró la palabra en sus labios y fué preciso que le ayu­
daran a bajar del púlpito y retirarse a su Convento,
haciendo que 3o llevaran a su país y sin que se le
haya vuelto a ver. Toda la ciudad quedó persuadida
de que esto fué un castigo del cielo, y tal es tam bién
mi opinión.» (Fages, parte 5.a, cap, II; Procoso, fo­
lio 209, parte 2.a; Gómez, cap. X X X IV ; Valdecebro,
lib. I, cap. LI; Vidal y Micó, cap. V; Teixedor, lib. III,
cap, II.)
— 183 —
209— 14-16—Toulouse. En uno de los sermones de
San Vicente, como paraban todos los talleres y todas
las oficinas para que todos pudieran ir a oirle, su ­
cedió que un pobre obrero, no hallando ya sitio, se
encaramó a una pared de unas cinco brazas de altura,
la cual estaba detrás del tablado donde el Santo pre­
dicaba, es decir, que el Santo lo tenía a sus espaldas.
Reinaba un silencio profundo oyendo al Santo; pero
éste de improviso se para y dice secamente; «Avisad
a ese pobre cristiano q.ue está ahí detrás, sobre la
pared, que no se duerma.» En efecto, algunos del a u ­
ditorio fueron y hallaron al infeliz obrero rendido y
entregado al sueño. Le despertaron, y él se puso m uy
sobre aviso; pero pronto el cansancio y la soledad
en que allí se encontraba llamaron otra vez al sueño
y otra vez el sueño cerró sus ojos. El Santo, segunda
vez también, se detuvo en su sermón y dijo; «Ved,
id a decir a ese pobre trabajador que se vaya a su
casa a dormir, pues si allí sigue, caerá y se m atará.»
Fueron y hallaron al pobre obrero enteram ente dor­
mido y en posición peligrosa de caer y estrellarse con­
tra el suelo. Ahora le hicieron bajar, y el infeliz, obe­
deciendo al Santo, fuese a dormir a su casa. Todos
los que presenciaron y oyeron este caso no acababan
de maravillarse del don de profecía y la caridad tan
refinada del bendito Padre maestro Vicente. (Proceso,
fol. 178, parte 2.a, y fols. 225 y 273, parte 1.a; Teixe­
dor, lib, III, cap. II.)

210— 141G—Toulouse. Un día hablaban delante de


San Vicente acerca de la pujanza en que se encontra­
ban Rúan y París. El Santo, tom ando entonces la
palabra, dijo que dentro de unos años sobre ambas
ciudades vendría la desolación. Así nos lo refiere, como
— 184 —
oído al mismo Santo, Galbaud D aluntí. Y, efec­
tivam ente, a los diez y seis años de haber dicho esto
San Vicente, la desolación vino sobre Rúan y París:
a aquélla la entraron a saco los ingleses; a París es­
tos mismos la asediaron, y muchos franceses fueron
muertos, entre ellos la que entonces fué la única li­
bertadora de Francia, la joven de Orleans, que hoy
ya veneramos en ios altares con el nombre de Ju ana
de Arco. (Fages, parte 5.a, cap. II; Gaguin, A n n a l,
F ran qais., lib. IX; Gómez, cap. X X X IV ; Valdscebro,
lib. I, cap. L íl; Teixedor, lib. III, cap. II.)

211— 1416—Toulouse. Estando aquí San Vicente,


le rogaron las religiosas Clarisas que se dignara ha­
cerles un sermón en la iglesia de su Convento. El San­
to accedió gustoso; pero prohibió que en la iglesia,
durante el sermón, estuviera persona-alguna seglar,
pues así les podría hablar a las religiosas más concre­
tam ente de lo que a ellas convenía, para el mayor
servicio del Señor, Se hizo público que el Santo iba
a predicar a las Claras, pero que no podría oirle nadie
de fuera. Sin embargo, una devota mujer, im pru­
dentem ente y prevalida de la gran respetabilidad
que en la ciudad tenía, no dió la mayor im portancia
a la prohibición, y dijo que ella tenía que entrar en
la iglesia de las Claras y oír allí al maestro P. Vicen­
te. Y, en efecto, sin saberse cómo logró esconderse en
un rincón de la iglesia. El Santo, que ya tiempo ha­
bía entrado en ella, al ir a comenzar su sermón a las
religiosas, vió profétícam ente a esta m ujer escondida
y en alta voz la interpeló y mandó que se saliera deí
templo, lo que ella hizo bien corrida. Así ruborizada
iba hacia su casa y llena de pesadumbre, que su amor
propio hacía más cruel, y cuando llegó estaba ya toda
— 185 —

exaltada, rebosando furor contra el Santo. Sus hijos,


asustados, la interrogaron, y ella, a su modo, refirió­
les lo sucedido, y ponderándoles tanto su bochorno,
que sus hijos se enardecieron en el deseo de vengar
a su madre de aquella que ellos calificaron de in ju ­
ria grave inferida por el Santo. Resueltos a m atarle,
fuéronse, sin perder tiempo, a la iglesia; pero al v er­
los acercarse detúvolos el Santo con su palabra y les
dijo: oíd, decid a vuestra m adre que repare la falta
cometida, y en tan to que ella no lo haga, vosotros que­
daréis tullidos.» Aquellos leones , vueltos m uy teme-
rosos a su casa, quedaron tullidos, y así estuvieron
iodo el tiempo que su m adre tardó en arrepentirse
de sus graves ofensas al Santo. En adelante ella y sus
hijos, ya curados, fueron los más ardientes defenso­
res del P. maestro Vicente. (Fages, parte 5.a, cap. II;
Proceso, fol. 245, parte 2.a; Antist, pág. 230; Gómez,
cap. X X X II; Valdecebro, Hb. IV r cap. LII; Vidal y
Micó, cap. VI; Teixedor, lib. III, cap. II.)

212—1416— Toulouse. Un día predicaba San Vi­


cente en la plaza de la Catedral, teniendo el estrado
o púlpito en la misma fachada. Toda la plaza rebosa­
ba de gente. Balcones, ventanas y hasta las ménsulas
y cornisas de las fachadas de las casas y de la C ate­
dral, todo estaba lleno de gente, ávida por oir predicar
al Santo. A. una de las cornisas o repisas de la fachada
del templo se habla subido un joven para desde allí
ver mejor al Santo, sin que nadie le estorbara. Lle­
vaba allí ya mucho tiempo antes de que comenzara
el sermón, y cuando éste comenzó, el joven se había
dormido sin que nadie se apercibiera, y en tan peli­
grosa posición quedó, que a m itad del sermón todos
le vieron hacer un movimiento oscilatorio, como p ara
— 186 —
volverse, y ya se caía al suelo cuando la m ultitud que’
dó sin aliento, viendo que aquel hombre de cierto se
m ataba. Pero el Santo alzó los ojos, lo vió también,
le bendijo desde el púípito, y el dormido, sin despertar,
dio otra vuelta e inconscientemente se colocó en po­
sición segura. Así permaneció todo el sermón. Term i­
nado éste, se le despertó y se le dijo el peligro de que
el Santo ie había librado. (Fages, parte 5.a, cap. II;
Proceso, fol. 202, parte 1.a; Gómez, cap. X X X IV ; Val­
decebro, !ib. III, cap. X IX ; Teixedor, lib. III, cap. II.)

213— 1416—Toulouse. D urante ia estancia de San


Vicente en esta ciudad por Abril de este año, hubo
en ella una sedición tum ultuaria en que se vieron
amenazados los más caros intereses, pues todos los
ciudadanos tomaron parte en ella, atacando al Go­
bierno y sus autoridades. La causa fué el haberse
consumido toda la moneda fraccionaria, lo cual im­
posibilitaba a los vecinos para hacer sus transaccio­
nes ordinarias de ia vida. No había medio de calmar
los ánimos, y las autoridades acudieron a San Vicente
para que él interviniera. El Santo, pues, se presentó
en medio de las masas revolucionadas, e imponiendo
silencio con su acostum brada elocuencia, díjoles: «Es­
tad tranquilos, pues ya se está batiendo o acuñando
moneda para vosotros en particular.» El pueblo se
calmó, y a poco llegaron, efectivamente, grandes re­
servas de moneda de toda especie y en ta n ta abundan­
cia, que no se cuenta que en adelante faltara ya mo­
neda fraccionaria en Toulouse, por muchas operacio­
nes mercantiles que allí se hicieran y siguen hacién­
dose, pues bien sabido es cuánto en este ramo del co­
mercio ha progresado esta ciudad. (Valdecebro, li­
bro IV, cap. L II.)
— 187 —

214— M I6—Toulouse, Un tierno suceso nos p a te n ­


tiza cuánto se complacía Dios Nuestro Señor en aquel
fervor tan entusiasta con que todos los moradores
ce esta ciudad acudían a oir los sermones de San Vi­
cente, Oigamos referido este caso por el diligente
crítico y docto jurisconsulto M. Muges. Dice así: «Yo
tenía tres pequeñuelos, y muy tem prano me dirigía
con mi m ujer a la Misa y el sermón, dejándolos acos­
tados, no regresando hasta que term inaba todo el
oficio, es decir, alrededor de las once, encontrándo­
los siempre tranquilos, alegres y buenos, sin que se hu­
bieran movido de la cama. Tengo la convicción de
que en esto había algo de maravilloso.» No sólo algo,
sino mucho era de m aravillar ver a tres niños peque­
ños solos en casa, sin que jam ás se les ocurriera ni
llorar ni quejarse de la ausencia de sus padres y sin
que nada les ocurriera nunca, pues es de advertir
que el Santo predicó en Toulouse muchos días, Sólo
suponiendo que un Angel del cielo asistía a estas
criaturnas, se puede comprender que pasaran aque­
llos niños tan tas horas solos, sin que nada les ocu­
rriera nunca, (Fagas, parte 5.a, cap. II.)

2Í5—1416—Toulouse. En la vida de San Vicente


hablan todos los biógrafos de ias transform aciones
que el Santo sufría cuando subía al pulpito. Las n o ta­
ron muchos en Alby, Vannes, N antes y otros p u n ­
tos, Plácenos referir la que un testigo de vista nos
cuenta, observada por él mismo en esta ciudad.
Este testigo es el arzobispo Bernardo Rosergio. Él
era entonces estudiante en Toulouse, y el Santo tenía
ya sesenta y seis años y estaba b astante enfermizo
y su salud gastada, a causa de su larga y penosa ca­
liera evangélica. Veamos este precioso testimonio.
— 188 —
Dice el citado Rosergio: «Vicente Ferrar empezaba a
predicar después de la Misa con el sem blante anim a­
do y el aspecto de un joven, y expresaban sus pala­
bras una caridad tan ardiente, tenía su voz vibracio­
nes tan poderosas y explicaba los sagrados misterios
con una elocuencia tan arrebatadora, que sus oyen­
tes, instruidos o ignorantes, escuchaban absortos aquel
lenguaje divino que servía de alimento a su alma, sin
dar señales de cansancio, aunque el sermón durase
dos o tres horas; y los doctores recogían estos ser­
mones en latín o en lengua vulgar, que luego estu ­
diaban con mucho fruto.» (Fages, parte 5.a, cap. Ii;
Vidal, cap. V.)

216— 1416—Toulouse. Todo el tiem po que San


Vicente estuvo esta vez en esta ciudad, dos indivi­
duos de su compañía fueron huéspedes de un tal Ber­
nardo Ferrada. Este y su esposa, llam ada Peyronna,
tenían mucho entusiasmo por nuestro Santo, y, aun­
que no ricos en bienes de la tierra, hicieron el sacrifi­
cio de su stentar todo aquel tiempo a los dos discípu­
los del santo Predicador. Bernardo observó que su
mujer no se preocupaba de proveer de pan ni nunca
le decía que éste hiciera falta, así que ni tra ía de fuera
ni am asábalo ella, cosa que por lo menos de ocho en
ocho días tenía costum bre de hacer. Preguntóle, pues,
una vez a su esposa; «Pero ¿de dónde traes el pan, que
no veo te preocupas de esto?» Peyronna le respondió:
«Yo no sé lo que ocurre; pero lo cierto es que el pan
no mengua y siempre tengo de sobra.» Luego que ss
fué San Vicente de la ciudad en dirección a Bourges,
el pan disminuyó y hubo que am asar en seguida. E n ­
tonces se divulgó el prodigio ds la multiplicación del
pan en casa de Ferrada, como había ocurrido en otras
— 189 —
casas con el pan, el vino y otros alimentos, donde se
hospedaba alguno de los discípulos que seguían al
Santo. {Teixedor, Supl., lib. I, cap, X X X ; Proceso,
fol. Í84, parte 2.a; Antist, pág. 245.)

217— 1416— Muret. San Vicente salió de Toulou


se en Mayo, pues el día 4 de este mes ya lo en
contramos predicando en Muret (1), pueblo vecino
a Toulouse. Y como la fam a de sus milagros se había
acrecentado tanto en los últimos meses, en Muret
se le recibió con las más vivas m uestras de cariño,
por más que el Santo no llegó allí sino como de paso.
Un prodigio sólo referiremos, obrado en este pueblo.
Predicaba allí nuestro Santo al aire Ubre, pues, como
en todas partes, su auditorio no cabía en la iglesia, y
reinando un religioso silencio en todos, porque era
inmenso el que imponía el Santo a sus auditorios; de
repente todos los que le oían prorrumpieron en un
grito desgarrador. Era que una grande m áquina de
guerra, que no describen los autores, la cual estaba en
lo alto, se venía al suelo sobre aquellas gentes. El San
to, a la vez, gritó también: «¡Nadie se mueva! ¡No
temáis, que Dios está con nosotros!», y aquel a p a ra ­
to, como detenido por manos o fuerzas invisibles, se
paró en medio de su caída, y así suspendido estuvo
todo el tiempo que duró el sermón. Cuando hubo
terminado éste y los oyentes despejaron el lugar, se
vino al suelo con estrépito. (Fages, parte 5.a, cap. II;
Proceso, fol. 200, parte 1.a; Antist, pág. 249; Percin,
Morí. C onv , T o i, tecul. III, pág. 95, núm. 8; Teixe­
dor, lib. III, cap, I.)

(1) Teixedor llámalo Portel.


— 190 —
218— 1416—Montesquieu, hoy Val ves t re. En ia bre­
ve visita que San Vicente hizo a este pueblecito obró
bastantes prodigios, curanao a muchos enfermos. Uno
hacen resaltar los biógrafos del Santo, y es el que va­
mos a referir. Un vecino ds aquel lugar, que se lla­
maba Gerardo Tournier, venía muchos años pade­
ciendo la terrible enferm edad de mal de corazón y
epilepsia tan pronunciada, que ya se le hacía aborre­
cible la vida, pues le era penosísimo seguir un día más
con tan grave dolencia. Cuando más desesperado es­
tab a ds aquella vida de doior que arrastraba, un
amigo suyo, Ju an Aressane. le sugirió la idea de que
se presentara al maestro Vicente y le suplicara su cu­
ración. Así lo hizo. Se fué a encontrar al Santo y
lo encontró precisamente cuando acababa de predi­
car. Echóse a sus pies, y sollozando y muy am arga­
mente le expuso su infelicidad y le rogó que se dig­
nara curarle. El Santo le acogió con su caridad de
siempre, y bendiciéndole le dijo: «Hijo mío, vuelve
en paz a tu casa.» Gerardo al instante se sintió bien,
y lleno de paz y alegría se fué del todo curado, y tanto,
que ya en su vida suirió aquella dolencia. (Fages, p ar­
te 5.a, cap. II; Ranzano, lib. í11r cap. V; Antist, pá­
gina 256; Teixedor, SupL. lib. III, cap. I.)

219— 1416— Castres. San Vicente volvió hacia Tou­


louse en dirección al Norte, y el día de la Ascensión
lo vemos evangelizando en Castres, Tal vez llegó aquí
este mismo día por la tarde, porque por la noche ya
nos cuentan los biógrafos que predicaba en aquel lu­
gar. Y por cierto que se guarda una declaración de
un testigo de vista sobre un milagro que aquella mis­
ma noche obró allí el Santo. Fué que, estando el Santo
predicando, se levantó un viento huracanado y tan
— 191 —
fuerte, que movía las cam panas de la ciudad e iba
acompañado de brillantísimos y extensos relámpagos
y truenos ensordecedores. Era natural que el pánico
se apoderara del auditorio. Así lo comprendió el San­
to, y por eso les mandó a todos que se pusieran en
oración. Así lo hicieron, y en el mismo instante sere­
nóse el tiempo, quedando el cielo tan quieto y tra n ­
quilo como si en muchos días nada hubiera ocurrido
que trastornara la atmósfera, (Fages, parte 5.a', ca­
pítulo III; Proceso, fol. 187, parte 2.a; Antist. pá­
gina 251; Gómez, cap. XXXV; Valdecebro, lib. III,
cap. XLVI; Teixedor, Supl., lib. IÍI, cap. IÍÍ.)

220— 1416—Castres. En esta ciudad fué grande


el fruto que San Vicente hizo con su adm irable pre­
dicación, y muchos tam bién fueron los milagros que
en favor de aquellas gentes obró. Una infeliz mujer,
vecina de aquel pueblo, sobre sufrir una enfermedad
de boca, había perdido por completo el gusto, el oído
y la vista, y así vivía, en la aflicción que puede supo­
nerse, hacía mucho tiempo. Un día fué presentada al
Santo y le rogaron que la curara, obrando con ella
uno de tantos prodigios como hacía. El Santo se acer­
có a aquella mujer, rezóle las preces que acostum bra­
ba y le dió su bendición, y al punto aquella m ujer
se encontró curada del todo y recuperados los tres
preciosos sentidos que tantos años ya ten ía perdi­
dos. (Teixedor, Supl., lib. III, cap. III; Proceso, fo­
lio 180, parte 2.a-)

221— M 16"C astres, Toda ia ciudad y pueblos cir­


cunvecinos estaban locos de contento con ver y oir
a San Vicente, del cual aprendían a salir de su frial­
dad en el divino servicio y recibían continuam ente
— 192 —

muchos beneficios en sus apuros y enfermedades. Un


niño estaba tan debilitado y enfermo, que ni reposar
ni resollar podía y ya había entrado en el período
agónico. Se habían ensayado con él todos los remedios;
pero inútilm ente. U na señora, muy enam orada de
aquel niño, que era pariente cercano suyo, llena de fe
e intrepidez, un día lo tom a en sus brazos y con él
se va a encontrar al Santo. P uesta en su presencia,
le ruega se apiade de aquel angelito, y le explica cuan­
to el niño sufría y cómo ninguna medicina prosperaba
en él. Entonces el Santo puso sus manos benditas
sobre la cabeza del niño y oró y le bendijo, y al ins­
tante la críaturita quedó sana del todo. (Teixedor y
Proceso, ibíd.; Antist, pág. 255.)

222— 1416—Castres. E staba San Vicente en su


morada, de regreso de predicar, cuando arribaron a
aquella casa un sacerdote y otro hombre seglar, los
cuales, con gran caridad, llevaban a un paralítico para
que lo curara el Santo. Los familiares de éste, por no
molestar en aquella hora a su Maestro, dijeron a aque­
llos dos buenos hombres que volvieran a la hora de
Vísperas. El pobre enfermo no quiso retirarse de allí,
y, como pudo, se agarró con todas sus fuerzas a una
barra de hierro de ]a puerta, y a grandes voces y con
muchos sollozos comenzó a llamar al Santo, pidién­
dole que le bendijera. El Santo se apercibió de este
ruido y salió de su habitación, y acercándose al pa­
ralítico le preguntó: «¿Qué es lo que quieres, hijo?>>
Respondió el enfermo: «Quisiera que rogarais por mí
y me dierais vuestra bendición, pues hace ya siete
años que me tiene así tullido esta enfermedad.» E n ­
tonces el Santo, en presencia de una gran m ultitud
que allí se había reunido, bendijo al paralítico, y fué
— 193 —
tocándole en diversas partes del cuerpo, al mismo
tiempo que recitaba algunas oraciones, y lo despidió
en nombre de Dios. Los que le habían traído volvie­
ron a cargar con él y lo llevaron a un mesón próximo,
donde el enfermo se agravó y parecía que llegaba su
última hora, Vigilado, lo dejaron en su habitación y
salieron a almorzar. El enfermo se durmió un poco,
y despertando súbitam ente se tiró del lecho y corrió
adonde estaban sus amigos, ante los cuales comenzó
a saltar y brincar de alegría, por estar ya del todo cu­
rado. Rogóles que le acom pañaran adonde se hospe­
daba el Santo, para darle las gracias; fueron allí, en
efecto, pero uno de los que seguían al siervo de Dios
les dijo que se fueran a sus casas, pues el P. m aestro
Vicente no adm itía esas demostraciones y sólo q ue­
ría que fueran buenos. Se retiraron muy llenos
de alegría por el milagro, en especial el paralítico
en quien se obró, al cual ya nunca más le volvió aque­
lla enfermedad. Valdecebro dice que este milagro se
hizo en Nantes; pero todos los demás biógrafos lo
ponen en Castres. (Fages, parte 5.a, cap. III; Proce­
so, fol. 187, parte 1.a; A ntist, pág. 25Í; Gómez, capí­
tulo XXXV; Valdecebro, lib. III, cap. XXI I I ; Tei­
xedor, Supl., lib. III, cap. III.)

223— 1417— Dijon, Continuando San Vicente su


gloriosa carrera apostólica, este año lo emplea en re­
correr Besan$ons, Claraval, Dijon y Bourges y lu ­
gares de estos territorios, hasta llegar a la B retaña,
donde parece le guiaba el Señor, para que allí, en los
días últimos de su vida, resplandecieran más su v ir­
tud y el don portentoso de milagros que ya le había
dado fama universal de T aum aturgo. En uno de los
lugares vecinos a Dijon parece que ocurrió este suce-
Lgs MILAGROS D£ SAN VICENTE FERRER 13
_ _ 194 —

so. Un hombre, ciego de nacimiento, oyó predicar al


Santo, que ponderaba los colores y la luz del alma
justa, revelados, por regla general, en la fisonomía,
El pobre ciego entró en deseos de ver corporalmente
al Santo, y prefería esto a oírlo, sin duda porque lo
último ya lo tenía. Presentóse, pues, a San Vicente
y le dijo: <<Padre maestro: yo quiero poder ver vuestra
cara, para conoceros, aunque no os oiga.» El Santo,
conmovido ante la ingenuidad de aquel desgraciado,
lo bendijo y al instante el ciego vió y con vista con­
tinuó hasta su muerte. (Gómez, lib. I, cap, X X XVI.)

224— 1417— Dijon. Predicando San Vicente por


esta región, se le presentó un señor que se decía Ala­
no. Venía lleno de apuros, como suele decirse, y con
grandes instancias rogaba al Santo se dignara se­
guirle sin perder tiempo. El Santo le apaciguó y ls
preguntó qué le ocurría, y Alano expuso entonces el
motivo de sus apuros. Era que una criada suya lle­
gó al parto y le cogieron tan terribles dolores y angus­
tias, que todos auguraron que moriría en ellos. Ella te­
nía mucha confianza en la bendición de San Vicente, y
aseguraba que si venía y la bendecía no ocurriría
nada desagradable. El Santo, pues, viendo que la
misma doliente instó que él fuera, fué con Alano a
la casa de éste, donde estaba la enferma. La consoló
y bendijo, y luego añadió: ((No temáis; daréis a luz
pronto un hijo y él y vos estaréis buenos.» La enfer­
ma en seguida curó y de ahí a poco se cumplió la
promesa del Santo. (Valdecebro, lib, III, cap. XLII.)

225— 1417— Dijon. U na de las muy célebres pro­


fecías de San Vicente fué ésta. Iba en su compañía
hacía ya algún tiempo un sujeto llamado F ernan do,
— 195 —
natural del reino de Aragón. Al principio fué muy
fervoroso; mas poco después comenzó a e n trarse y
malearse, hasta el punto que sólo era bueno en a p a­
riencias. El Santo conoció todo el interior de aque]
hombre, y un día le llamó aparte y le dijo; «Herma­
no: ved de enmendaros de esto y de esto, porque, de
otro modo, Dios Nuestro Señor os castigará.» Fernan­
do quedó santam ente afligido con esta am onesta­
ción, y muy compungido dijo al Santo; «P. Vicente,
pedid por mí, para que Dios me perdone.» Repuso el
Santo: «Sabed que ya he pedido mucho por vos. Y
os advierto que el Señor me ha concedido para vos el
favor de que viváis mucho y seajs bueno, porque,
andando el tiempo, tenéis que trab ajar vos en honra
mía, cuando seáis enumerado entre los hombres que
más excelencia tienen en la tierra.» Y, efectivamente,
aquel Fernando fué en adelante muy virtuoso y apli­
cado al estudio de las divinas letras, y más tarde Ar­
zobispo de Toulouse, en cuyo elevado puesto trabajó
mucho en el proceso de la Canonización de San V i­
cente Ferrer. (Valdecebro, lib. IV, cap. Lí.)

226— 1417—Claraval. Desde la ciudad de Dijon,


San Vicente se trasladó al célebre valle de Claraval.
Reinaba allí entonces un gran pánico, y en el famoso
Monasterio de San Bernardo toda la Comunidad es­
taba infestada de la peste. El Santo con palabras di­
vinas reanimó a los monjes; luego pidió que le tra je ­
ran agua bendita en abundancia y un hisopo, y reco­
rrió todas las dependencias del Monasterio rocián­
dolas con el agua bendita. Hecho esto, recitó sobre
los enfermos las oraciones que acostum braba decir
a todos los dolientes, y al instante todos los enfer­
mos se curaron y la peste desapareció por completo
— 196 —
de aquel Monasterio, dejando a todos los religiosos
llenos de asombro y alegría y entusiasm ados con su
inagotable caridad, que no se cansaban de decir, a
grandes voces, a cuantos iban al Monasterio. (Teixe*
dor, lib. IIÍ, cap. III, Supl.; A ntist, pág. 261; Diago,
pág. 397: Gómez, pág. ¿97.)

227— 1417— Poligny. San Vicente se encontraba


en este pueblo en J unió, traído por la divina P rovi­
dencia sin duda, pues, según el itinerario, esto pa­
rece volver atrás del camino que seguía hacia Bre­
taña. Y vamos a ver cómo intervino en esto la Pro­
videncia divina. Santa Coleta, gloria de !a Orden de
N. P. San Francisco, y una de las reformadoras de
más espíritu que han tenido las Clarisas, había co­
nocido a nuestro Santo en Auxonne, pueblo vecino
a Dijon, y quedó prendada de la vida santísim a de
apóstol que él traía. El Santo se despidió de ella para
seguir su camino hacia el Oeste de Francia. Un día
de aquellos, Santa Coleta hablaba acerca del maestro
P. Vicente con su amiga D,a Blanca de Saboya, y en
aquel instante la S anta tuvo un éxtasis en el cual
Dios le reveló que San Vicente iría a misionar a Po-
ligny. Parecía increíble, pero como Dios jam ás en­
gaña, y la Santa ardía en deseos de oír predicar ai
Santo, contra el parecer de todos, Coleta se dirigió
a Poligny, donde, en efecto, por Junio llegó San Vi­
cente. Se encontraron estas dos grandes lumbreras ds
santidad en un valle que aun se dice de San Vicente,
Y sucedió un milagro. El Santo, como los que iban con
ál, estaban rendidos de sed, y en todo el valle no ha­
bía una gota de agua.. Entonces San Vicente se puso
en oración, y al rato brotó, junto al sitio donde él
estaba, una fuente de clarísima y abundante agua,
— 197 —
que hasta el día es inagotable. S anta Goleta y cuan­
tos allí estaban presenciaron este prodigio. Esta fuen­
te se llama, aún hoy día, de San Vicente. (Fages, p ar­
te 5A cap. VII.)

228—1417— Bourges. Arribó aquí San Vicente des­


pués de haber obrado muchos milagros en todo el
camino recorrido desde Toulouse, y su fama de predi­
cador llegó a despertar celos y envidias en algunos
que con más respeto debieran tratarle. U na de las
cosas que criticaban en el Santo es que se había lla­
mado a sí mismo Legado a latere C h risíi . Esto se ve­
nía repitiendo por San Vicente desde hacía casi vein­
te años, cuando Cristo Nuestro Señor, en verdad,
estando el Santo en Avignon, le envió a predicar in­
vistiéndole de todo su poder. Sin embargo, Dios per­
mitió que antes de que el Santo entrara en B reta­
ña, donde tenía que dar cima gloriosa a su aposto­
lado, los malos le inculparan o tildaran de orgulloso.
T tanto hablaban algunos sobre esto, que el mismo
Arzobispo de Bourges fué informado y prevenido con­
tra el Santo. Cuando éste llegó a esta ciudad, el Ar­
zobispo estaba ausente de ella; pero tan luego supo
que Vicente Ferrer entró en Bourges, se fué allá, con
el ánimo de vigilar y corregir y hasta hacer callar al
Taumaturgo. Luego que el Arzobispo entró en Bour­
ges, el Santo fué a su presencia y le pidió la bendición
según mandan los Sagrados Cánones y es costum bre
en toda la Orden de Santo Domingo. El Arzobispo
disimuló, y sin hablar nada le otorgó la bendición
para que predicara en la ciudad, y una vez, de in­
cógnito, se fué a oir y ver cómo predicaba el Santo.
Durante el sermón, aquel Prelado comenzó a sentir
remordimientos de la prevención que tenía hacia el
— 198 —
Santo, y llegó a poner en duda cuanto contra él le
habían dicho. Poco después del sermón, el Santo fué
a Palacio, y puesto en presencia del Arzobispo, le
dijo con mucha' humildad no sólo los intentos hosti­
les que contra él tenía su ilustrísima, sino también la
resolución con que había regresado a Bourges, que era
para no dejarle ni entrar siquiera en la ciudad. El
Arzobispo se conmovió y dolió tan to de su mal pro­
ceder con el Santo, que llorando se echó en los brazos
de éste, comenzó a alabar su predicación y la vida
santísim a que traía, y le pidió que le perdonara los
juicios tem erarios que contra él había formado. Des­
pués declaró de modo oficial que «el maestro Vicente
Ferrer es digno de toda veneración)) y que a nadie en
el mundo am aba más que a él. En virtud de este cam ­
bio tan radical obrado en el corazón de aquel P re­
lado, el Santo, por darle gusto, pasó a hospedarse en
su Palacio. (Fages, parte 5.a, cap, VII; Proceso, fo­
lio 273, parte 2.a; A ntist, pág. 273; Teixedor, Supl.»
íib. III, cap. III.)

229— 1417— Bourges. Luego que se divulgó en la


ciudad que San Vicente se trasladaba al Palacio del
Arzobispo, hubo un llanto general en la casa donde el
Santo estaba hospedado. Le habían recibido allí unos
esposos muy cristianos y se creían ahora infelicísimos
porque los abandonaba. El Santo los consoló y les
dijo que le pidieran algún favor que les recordara su
m orada con ellos. Entonces la m ujer se postró a los
pies de San Vicente y le expuso que desde hacía tiem ­
po venía sufriendo de vez en cuando unos dolores
agudísimos que no la dejaban reposar ni nadie a ti­
naba a curarla; que se dignara él dejarla libre de esta
pena y esto sería una buena memoria de su hospedaje.
_ 199 —

El Santo entonces dijo: «¡Bien, sea!», y bendiciendo


a la mujer, ésta jam ás volvió a sentir aquella dolencia.
(Fages, parte 5.a, cap. V II.)

230— 1417— Bourges. Como en todas partes, San


Vicente concedió su bendición prodigiosa a muchos
pacientes y afligidos de esta ciudad, los cuales que-
ciaban todos remediados. H abía allí entonces una m u­
jer que no había podido presentarse al Santo porque
yacía gravísima, a consecuencia de un ataque, al p a ­
recer, de la cabeza. El marido de esta enferma, lla­
mado Mr. Castellfort, con otras personas, fué a su­
plicar al Santo que se dignara curar a la enferma.
El Santo se trasladó adonde ésta estaba, rezó allí en
su presencia las oraciones que acostum braba, la ben-
dijo, y repentinam ente la enferma quedó sana y cu­
rada del todo. (Teixedor, Supl., lib* III, cap. III;
Proceso, fol. 273, parte 2.a; A ntist, pág. 274.)

231—1417— Rieux. Finalizando eí año, San Vi­


cente llegó a este pueblo, clave de la B retaña, como
lo llaman algunos. Sus milagros se m ultiplicaban de
tal manera, que es'v erd ad eram en te cansado seguir
a los biógrafos que detallan los prodigios del Santo
desde que pisa esta tierra occidental de Francia, don­
de tan glorioso tenía que ser su sepulcro. En este a n ­
tiquísimo pueblo de Rieux obró nuestro S anto una
curación que impresionó mucho. Según Pedro Jolis,
vivía allí por entonces un tal Perrinet P errau lt, que
hacía seis años estaba enteram ente sordo. El S anto
predicaba en la iglesia parroquial, y allí llevaron a
este infeliz para que el Santo lo curara. Se lo presen­
taron terminado el sermón. El Santo, viendo la fe
con que él y ]os que le acom pañaban ponían en sus
— 200 —
manos esta cura, tocó a Perrinet en las orejas, reci­
tando a la vez una oración; después hizo sobre él la
señal de la santa cruz, y el sordo, en el mismo instan­
te, recobró el oído, como no lo había tenido jamás,
admirándose todos y exclamando: «¡Milagro, mila­
gro!» (Fages, parte 5.a, cap. VIII.)
CAPÍTULO XV

ENTRA SA N VICEN TE EN LA B RET AÑA. ADMIR A B LE S


CORRERÍAS APOSTÓLICAS POR ESTOS PUEBLO S

(1418)

232—1418-—Redon. En uno de los pueblos de esta


provincia San Vicente había arrebatado, como solía,
a su auditorio; pero una familia lloraba cuando oía
referir los prodigios que el Santo hacía con su divina
elocuencia. Y era que aquella pobre familia no podía
tener la dicha de oirle, pues la madre y dos hijas es­
taban atormentadas con fuerte jaqueca. Se llamaba
aquella familia «de Bazuellerm, según refiere el Abad
deí Monasterio Cisíerciense de Santa María de Pre-
cibus. Al fin, un día se resolvió la madre a presentar­
se con sus dos hijas delante del Santo, para que, aten­
diendo a sus lágrimas, les alcanzara del Señor el re­
medio a tan molesta dolencia. Fueron, en efecto, las
tres enfermas, y luego que el Santo las admitió a su
presencia, las tres cayeron de rodillas y comenzaron
a sollozar, exponiéndole su enfermedad e instándole
que íes diera su bendición, pues con ella decían que
estaban seguras de curar. El Santo accedió, las ben­
dijo, y como por ensalmo aquellas tres mujeres que­
daron curadas de tal forma, que nunca más sufrieron
dolor de cabeza. (Teixedor, Supl., lib. III, cap. III;
Antist pág, 305; Valdecebro, ]ib. III, cap. XX, el
— 202 —
cual dice que no el apellido de la familia, sino el
nom bre del pueblo de este milagro es Bazueliern.)

233— 1418— Bretaña. En uno de los pueblos de


esta región, donde San Vicente se encontraba obran­
do grandes prodigios en favor de los cuerpos y más
de las almas de los bretones, una m ujer lloraba in­
consolable a un hijo pequeño que acababa de morir-
sele, sumiendo a toda la casa en la m ayor tristeza.
Aquella m ujer llam aba en su auxilio al Santo y decía
que ella no había de ser menos que tantos otros, los
cuales sabía habían experimentado los efectos de
la caridad del Santo Apóstol. Dominada por este
sentim iento y sin que a nadie lo revelara, tom a en
brazos a su pequeñuelo muerto y sale precipitadam en­
te en busca del Santo. Cuando lo tuvo delante, mos­
tróle el cadáver lívido del hijo, y llorando, con viví­
simo dolor, le pedía a grandes voces que lo resucita­
ra, pues tenía la seguridad de que, si el Santo quería,
podía hacerlo. El Santo, viendo aquellas lágrimas y
aquella fe, la bendijo y despidió con estas palabras:
«No llores, mujer; tu hijo duerme. Ve tranquila; a n ­
tes que llegues a tu casa habrá despertado.)) La m u­
jer se levantó y encaminóse, llena de confianza, a su
casa, a cuya misma puerta el pequeñín, que había sa­
cado de allí muerto, volvió a la vida. (Teixedor, li­
bro, IV, cap. I; A ntist, pág. 331.)

234— 1418—Q uestem bert. Pertenece a la B retaña,


y San Vicente llegó allí en los primeros meses de este
año. Su fama de gran predicador y Taum aturgo lle­
naba de alegría a aquellos pueblos donde el Santo se
dignaba entrar. Y el primer efecto era casi siempre
trocar los corazones, sacándolos del vicio y del pe­
- 203 -
cado. Aquí había un hombre, bueno sí, pero bastan te
descuidado en el cumplimiento de sus obligaciones.
El Santo le llamó aparte y le reprendió su mal pro­
ceder. Aquel hombre no sólo se convirtió, sino que
se aficionó tanto a San Vicente, que siempre estaba
hablando de él; en particular, con su esposa ponderaba
mucho los milagros que hacía el Santo. Tenían ellos
un hijo mudo de nacimiento, y su m ujer le dijo: «Va­
mos, pide al maestro Vicente que dé a nuestro hijo
lengua.» Ei buen hombre expuso al Santo lü que su
mujer dijo, y el Santo bendijo al muchacho, que ai
instante habló y siguió ya libre de la mudez toda su
vida, (Fages, parte 5. a , cap. V iII.)

235— 1418— Vannes. Llegó San Vicente aquí el


6 de Marzo. Su en trad a en esta ciudad, capital de
Bretaña, llenó a todos de santo estupor, no sólo por
la magnificencia que proceres y pueblo desplegaron
para recibirlo, sino tam bién por los innumerables pro­
digios que entonces obró nuestro Santo. Fueron miles
los enfermos que salieron a recibirle, pues en B reta­
ña, en aquellos tiempos, eran muchos los atacados
de lepra, cáncer, ceguera y otras enfermedades. «Se
concibe, dice Fages hablando de esta entrada, que
el entusiasmo tom ara grandes proporciones al ver
todo este pueblo andrajoso enderezarse al recibir
la bendición del Santo, arrojar sus muletas, dejar
en las zanjas sus carretones, esos mil trofeos de la
miseria, encontrándose de repente alegres y sanos,
levantando al cíelo sus brazos libres y sus ojos sere­
nos, y emprender luego la marcha, con esos m ovi­
mientos propios de miembros por mucho tiempo en­
tumecidos, cantando u orando en voz alta, form an­
do a la cabeza del cortejo.)) El historiador Teoli dice
tam bién, hablando de esta entrada en Vannes: «Des­
pués de franquear la puerta de la ciudad, se presen­
tó a sus ojos un espectáculo infinitam ente más grato
a su corazón que el primero (es decir, que la pompa
con que los duques y m agistrados y proceres lo re­
cibieron), y fuá un número infinito de pobres infeli­
ces, ciegos, tullidos y mendigos de todas clases, co­
locados todos en dos filas que, juntando las manos,
imploraban su bendición. El santo anciano (tenía
ya 68 años), todo compasión y caridad, los bendijo
con toda voluntad, devolviéndoles en un instante
ja apetecida salud.# (Fages, parte 5.a, cap. IX; Pro­
ceso, fol. 36, parte 1.a, y fol. 237, parte 2.a; Antist, pági­
na 284; Marcí y Echard, v. Vannes; Teixedor, Supl.,
lib. III, cap. III,)

236 -1418—Vannes. Cuando entró San Vicente


en esta ciudad, hubo una algazara inmensa de miles
de enfermos, curados repentinam ente por su bendi­
ción. En medio de tanto vítor y entusiasmo, se oyó
gritar potentem ente de algo lejos, E ra un pobre p ara­
litico, llamado Juan Leben, que, no pudiendo acer­
carse a la m uchedum bre que rodeaba al Santo, daba
voces dicieado: «jOh servidor y amigo de Dios, dig­
naos escucharme a mí también!» Y con todas sus
fuerzas repetía; «¡Tened compasión de mí, gran sier­
vo de Dios!» El Santo se fijó y vió ai pobre paralítico,
y, yendo hasta él, le dijo: «Mira, hijo mío, yo no tengo
oro ni plata; pero te daré lo que tengo. En nombre
de Jesucristo, levántate y vuelve sar.o a tu casa.» Y
le puso las manos sobre la cabeza. El paralítico al
instante se levantó curado, saltando de alegría, y el
Santo, llenos sus ojos de lágrimas, dirigió la mirada
al cielo, exclamando: «¡Oh Señor! ¡Todo el honor y
■ 205 —
toda la gloria sean dados a vuestro Nombre!» E n tre ­
tanto el paralítico, curado, corría entusiasm ando a
la m ultitud, que, por lo apiñada, apenas podía darle
paso. Teixedor parece indicar que este suceso ocu­
rrió en Nantes, y lo mismo Gómez. (Fages, p a r te o ,0,
cap. IX; Proceso, fol. 269, parte 2.a; Gómez, capí­
tulo X X X V I; Valdecebro, lib. III, cap. X X III; Tei­
xedor, SupL, lib. III, cap. III.)

237— Í418—Vannes. Al día siguiente de su en tra­


da en esta ciudad, San Vicente predicó en la plaza
de los Torneos, frente al castillo del Armiño, y a este
sermón asistieron los duques de Bretaña, con toda su
Corte. El tem a de su sermón fueron las palabras del
Evangelio de San Juan {VI, 12): «Recoged los pe­
dazos, para que no se pierdan.¡» Todos los biógrafos
del Santo interpretan estos pedazos por los milagros
que venía obrando en su gloriosa carrera apostólica,
y que ahora, en Bretaña, fueron más numerosos,
como vióse sucedió a su entrada en Vannes y veremos
aún hasta el último aliento de su vida m ortal. Con
tal motivo exclama, sobre esto, el P. Enrique Fages;
«¡Qué maravilloso cesto era éste, de cuyo contenido
habían disfrutado ya todos los pueblosf [Si tales eran
los restos, podemos imaginarnos lo que habría sido
el festín; si tales las espigas destinadas al espigador,
lo que habría sido la cosecha! Y no por eso cesaron
las cosechas.» Ciertam ente, en aquellos mismos días
el Santo resucitó a una joven, cuya noticia nos la dió
años después un duque de Bretaña. Veamos. Recién
canonizado el Santo, el duque de B retaña dispuso
un banquete en su palacio para obsequiar a D, An­
drés Boxados, em bajador en aquella Corte, del rey de
Aragón, Alfonso V. A todos los convidados m andó el
--- 206 —

duque sirvieran caballeros de su familia; pero a don


Andrés ordenó que le sirviera una joven bretona,
muy hermosa, que era dam a de la duquesa. Esto no
pudo menos de chocar a todos y más al mismo em­
bajador aragonés. Terminado el banquete, el duque
explicó sus órdenes de este modo; «No extrañéis^
Sr. D, Andrés, que en este convite os haya particu ­
larizado mi estimación ordenando que os sirviera esa
hermosa doncella, porque debéis saber que San Vi­
cente Ferrer, hijo de vuestra España y Corona de
Aragón, cuando estuvo en esta Corte de Vannes, la
resucitó, con sólo su oración, a tiempo que la llevaban
a enterrar. Yo la tengo en mi palacio, para viva me­
moria de tan estupendo milagro.» (Fages, parte 5.a,
cap. IX; Proceso, fol. 12, parte 1.a; Antist, pág. 28(3;
Teixedor, Supl., lib. III, cap. III; Fages, parte 6.a,
cap. V; Surio, De vir. MusL Prou. A r a g . t cap. IV,
§ 3; Teixedor, lib. IV, cap. II.)

238— 1418—Vannes. Como continuara San Vicen­


te obrando en esta ciudad prodigiosas curaciones en
toda clase de dolencias, una mujer, llam ada Oliva,
esposa de Alano Aufredic, la cual hacía mucho tiem­
po tenía parálisis general de un lado, concibió el deseo
de presentarse tam bién al Santo. Y decía a todos que
de cierto había de curar con sólo la bendición del maes­
tro Vicente. Su marido, pues, la llevó un día a un
sermón que el Santo predicaba, y cuando terminó
el sermón, Oliva se postró a los pies del siervo de Dios,
suplicándole usara con ella de aquel gran poder de
que Dios le había revestido. El Santo le puso la mano
sobre la cabeza y sobre el lado enfermo, haciendo
sobre ella la señal de la cruz, y luego la despidió con
estas palabras; «Ve en nombre de J esús.» Lleváronsela
- 207 -
*de la presencia del Santo, y al llegar a su casa, Oliva
se halló com pletam ente curada y así siguió toda su
vida. (Fages, parte 5.a, cap* IX; Proceso, fol. 15,
parte 2>; Á ntist, pág. 287; Valdecebro, lib. III, ca­
pítulo X X IV ; Teixedor, Supl., lib. III, cap. III.)
239— 1418—Vannes. San Vicente se hospedó esta
vez en la casa de un señor llamado Robín el Scarb.
Allí acudían muchos para que el Santo los sanase.
Entre otros se nombra, en particular, a la m adre de
Miguel Maécot. E sta mujer, según escribe el mis­
mo Maécot, venía sufriendo hacía tres años atroces
dolores de cabeza. Por consejo de algunos amigos,
fué a casa del Scarb, y se presentó a San Vicente,
llorando y pidiéndole se dignara curarla de aquella
enfermedad, para la cual fueron inútiles cuantos re­
medios había empleado hasta aquella hora. El Santo
hizo la señal de la cruz sobre la cabeza de la dolien­
te, y al instante se vió ésta enteram ente libre de aquel
agudo dolor. Y hace notar su hijo, que ya nunca más
su madre padeció de dolor alguno de cabeza. (Fages,
parte 5.a, cap. IX.)
240— 14-18—Vannes. Un día estaba San Vicente
retirado en su habitación en casa de Robin, y llam a­
ron precipitadam ente, porque acababa de llegar allí
un pobre soldado herido, llamado Ju an de Calmont,
por ser natural de este pueblo. El pobre soldado sen­
tía en gran m anera tener que molestar al Santo; pero
le había sido imposible arribar a la hora en que el
Santo solía dedicarse a recibir y curar a los enfer­
mos, Así se le dijo al Santo, el cual salió sin perder
tiempo y bajóse al patio de la casa, donde el herido
yacía en su mísero cam astro. Al verlo el Santo, se con­
movió en su corazón, lleno siempre de caridad, se
— 208 -
acercó y tocó en la herida, recitando al propio tiem ­
po una oración, durante la cual m antuvo sus ojos
elevados al cielo, Al punto mismo de term inar el San­
to esta oración, el soldado sintióse repentinam ente
curado. (Fages, parte 5.a, cap. IX; A ntist, pág. 287;
Teixedor, Supl., lib. III, cap. III.)

241— 1418—Vannes. Luego que San Vicente en­


tró en Vannes la prim era vez, la duquesa de Bretaña,
que era estéril, le suplicó que pidiera a Dios por ella.
El Santo la bendijo y le pronosticó que daría a luz
un niño con toda felicidad. En efecto, la duquesa fué
m adre y tuvo un niño que bautizó el mismo Santo,
imponiéndole el nombre de Vicente. Pero a poco ests
niño murió. La duquesa, cuando habló con nuestro
Santo sobre esta desgracia, le suplicó que pidiera ai
Señor por ella, para que le diera otro hijo y no se le
m uriera, Eí Santo le dió su bendición y le dijo que
la bendición era para ella y para el hijo que ya lle­
vaba en sus entrañas. Quedóse la duquesa sorpren­
dida, pues ignoraba que tal estuviera ella; pero era
así en verdad. A su tiempo dió a luz otro hijo, a quien
se puso el nom bre de Pedro. Tenemos por cosa ave­
riguada que esta duquesa de B retaña era la esposa
de Juan V, y se llam aba ju a n a de Francia, hija de
Carlos VI. El hijo segundo que le profetizó San Vi
cente es, sin duda, el duque de Guingamp, que se casó
el año 1442 con la bienaventurada Francisca de Am-
boise. (Proceso, fols. 11 y 270, parte 1.a; Teixedor,
Supl., lib. III, cap. III; Fages, parte 5.a, cap. XIV.)

242— 1418—Vannes. D urante los días que San Vi­


cente estuvo esta vez predicando y haciendo tantos
milagros en esta ciudad, ocurrió un hecho que llenó
— 209 —
de espanto y que vino a elevar en todos el alto concep­
to de la misión divina que el Santo desempeñaba.
Fuá que un criado de la servidumbre de la duquesa
de Bretaña, por no se sabe qué interés o motivo,
jamás quiso hacer caso délas predicaciones del Santo,
y aun muchas veces se atrevía a criticarlas y m ur­
murar del Santo. En una ocasión en que esta desgra­
ciado se entretenía en estas malas obras y ridiculi­
zaba lo que el Santo venía haciendo en los pueblos
de Bretaña, sintióse súbitam ente enfermo y acom e­
tido de tan terribles dolores y de un mal tan extraño,
que los intestinos se le desprendieron tan deforme­
mente. que más que herniado parecía un despanzu­
rrado, Todos los que allí estaban y esto supieron, y
aun él mismo, reconocieron que esto era un castigo
de Dios a su mal corazón para su siervo. Se lo conta­
ron al Santo y éste hizo que ls presentaran aquel
desventurado, el cual, en efecto, bien arrepentido,
fué a la presencia del Santo, y con sólo darle éste su
bendición, lo dejó sano y curado, como si nada h u ­
biera sufrido, (Fages, parte 6.a, cap, IV.)

243—1418—Muríllac. A fines de Marzo, salido ya


de Vannes, se encontraba San Vicente en este pueblo.
Se le había recibido tam bién aquí con mucho e n tu ­
siasmo y predicó con mucho pro y echo codos sus
vecinos. Antes de salir de Muríllac, el Santo pidió r.l
Señor que derram ara sobre todos sus habitantes las
divinas misericordias. Y, en eíecto, este pueblo «se
ha visto libre de toda epidemia después deí paso
del apóstol, m ientras los pueblos próximos eran víc­
timas de varias plagas». En recuerdo de este bene­
ficio y tantos otros como el Santo obró aquí, luego
que fué canonizado se le declaró Patrono del pueblo,
LOS M I L A G R O S DE S A N V I C E N T E F E R R E R 14
- 210
y, además, a una de sus aldeas se le dió el nombre de
dSan Vicente Ferrer», (Fages, parte 5.a, cap. IX.}

244— 1418—G uirande. Los primeros días de Abril


anduvo San Vicente misionando por Priores y otros
pueblos vecinos, y sobre el 10 de este mes llegó a
Gu¿rande. Como en la mayoría de ios lugares, predi­
caba en las plazas públicas. Un día, estando en el ser­
món en uno de los lugares de esta comarca, vio pasar
un carro en que iba o llevaban a una infeliz mujer
fuertem ente atada. El Santo hizo que pararan el c i ­
rro y preguntó qué enfermedad tenía aquella mu­
jer para ir así atada. Le contestaron los conductores
que estaba con rabia y furiosa como si estuviera en­
demoniada. Dijo el Santo: «Esperad ahí un poco.»;
Terminado el sermón, se acercó al carro, signó a la
m ujer y oró por ella, y al instante la infeliz quedó
libre para siempre de aquellos accesos y volvióse a
su pueblo alegre y dando gracias a Dios y predican­
do encomios sobre su siervo. (Fages, parte 5.a, cap. IX;
Proceso, foi. 136, parte 2.a; Teixedor, Supl., lib. III,
cap. III.)

245— 1418—Aubigné. E stá situado este pueblo cer­


ca de Rennes, donde fué San Vicente días antes de
rem ontar en su apostolado hacia N orm a^día. E ntre los
muchos milagros que en estos contornos de Bretaña
hizo el Santo, es famoso el siguiente. En Aubigné le
presentaron un niño gravísimo, desahuciado ya de los
médicos, y le rogaron lo tom ara bajo su defensa, de­
volviéndole la salud. El Santo puso sus manos sobre
la criatura, diciendo la oración acostum brada, y la
criaturita repentinam ente quedó sana. Pasados al­
gunos años, y cuando el Santo ya estaba en la glo­
- 211 —
ria, este mismo niño, que era ya hombre, fué atacado
de una enfermedad que los médicos no atinaban a
clasificar ni menos remediar, y poco a poco iba con­
sumiendo la naturaleza del enfermo. Se acordó ésre
de que el maestro Vicente, ya de niño le había arran ­
cado de las puertas de la m uerte, y con todo su cora­
zón se encomendó a él, pues creía firmemente que es­
taba en el cielo. A cabada su súplica, repentinam ente
también quedó curado y como si enfermo no estu ­
viera. (Fages, parte 5 / \ cap. IX.)

246—1118—Caen. San Vicente, a mediados de


Abril, subió en sus correrías apostólicas hasta Ner-
mandía, de donde le vemos regresado a B retaña por
Mayo. Evangelizó, pues, en aquellos pueblos norm an­
dos, llenándolos del mismo entusiasmo que alentaban
cuantos había ya visitado por lo restante de Europa.
Estando misionando en un lugar cerca de Saint-Lo,
le presentaron un niño atacado de un mal bien extra-
fío, pues ningún médico pudo decir qué era aquella
enfermedad. El Santo dijo que se lo llevaran a Caen,
donde probablemente tenía sentados sus reales. A q u í,
en efecto, tenía el Santo el mayor empeño en predicar,
pues Caen era entonces habitual residencia del rey
Enrique y su Corte, y es sabido que donde abundan
soldados y empleados suele la piedad estar poco ate n ­
dida. Por otra parte, el rey, como toda la Corte, no
acababan de salir del asombro que les causaba el
Santo, sobre todo viéndole dotado dél don de len­
guas. A Caen, pues, llevaron el niño enfermo sus pa­
dres, muy confiados de que el Santo lo curaría. Y pre­
cisamente llegaron cuando el Santo acababa de pre­
dicar, y, por tanto, estando presentes el rey de Inglate­
rra y sus cortesanos. Al ver el Santo al niño enfermo,
- 212 —
comenzó a moralizar, pintando diestram ente y con
los más vivos colores el poder tirano con que el de-
monio aflige a la hum anidad, pues es cierto que sólo
el pecado es el origen de todas las enfermedades y
dolencias y de la misma muerte. Después vióse al
Santo entrar como en un arrebato de santa cólera,
se arrugó su frente , dice un texto, y acercóse al niño,
y, como si hablara con una persona m alvada, increpó
y mandó, en nombre del Todopoderoso, a la enferme­
dad que tenía postrado a aquel niño. Al instante,
como por ensalmo, el niño quedó com pletam ente sano,
y lienos de admiración el rey Enrique y su Corte.
(Fages, parte 5.a, cap. IX; Gómez, cap. X X X V I.)

247— 1418-—Caen. Otro de los maravillosos su­


cesos ocurridos a San Vicente en Norm andía nos re­
fiere Fages con estas palabras; «Había en Saint-Gilles,
cerca de S a in t-L ó , diócesis de C outances, un niño
de diez u once años, llamado Guillermo de Villiers,
el cual estaba mudo y en dos años no había comido
ni bebido, y cuyos padres, oyendo hablar de la san­
tidad del maestro Vicente, que predicaba entonces
en Caen, diócesis de Bayeux, en donde se hallaba el
rey de Inglaterra, condujeron allí al niño en un ca­
rro, rogando al Santo que pidiera a Dios su curación'
o su muerte. El Santo hizo poner en oración a la
concurrencia, que era numerosa, y el niño hablój
bebió y comió y se encontró com pletam ente curado,»
El Santo dijo después que el haber vivido y crecido
aquel niño sin comer ni beber fué obra de un espíritu
benéfico. Juan R uault hizo un viaje a Saint-Gilles
expresam ente para ver a este niño y enterarse del
milagro, y volvió a su pueblo diciendo que Vicente
Ferrer m ultiplicaba los milagros por todas partes en
— 213 —
Normandía, donde es sabido que está Saint-Gilles.
{Fages, parte 5.a, cap. X; Proceso, íols. 147 y 166,
parte 1.a-; Antist, pág. 312; Gómez, cap. X X X V I;
Teixedor, Supl., lib. III. cap. III.)

248— 1417— Rennes. En Mayo, San Vicente esta­


ba otra vez en esta región de Bretaña, continuando
su admirable apostolado. En esta ciudad fueron m u­
chos los prodigios que obró. E ntre ellos, cuentan sus
biógrafos éste. Una joven de diez y ocho años de edad,
llamada Isabel Cadoret, hacía ya años venía a to r­
mentada de un fuerte dolor de cabeza; en ta n ta gra­
vedad la tenía, que, por no poder descansar ni un
momento, todo este tiempo, se puso en trance de m uer­
te, Animada, sin embargo, con lo que oía contar de
las admirables curaciones que obraba San Vicente, un
día, como pudo, logró hallarse delante de él y le su­
plicó con muchas lágrimas que le alcanzara de Dios
Nuestro Señor que se le quitara aquel tormento. El
Santo la bendijo, y la joven al instante quedó libre
de aquella pena y nunca más la tuvo, (Antist, pági­
na 500; Teixedor, Supl., lib. III, cap. III.)

249—1418—Rennes. Cerca de esta ciudad pre­


sentaron a San Vicente un niño moribundo y que ha­
cía ya tres años venía "enfermo. El Santo, como sin
fijarse, bendijo al niño, y de repente quedó éste
enteramente curado. Nueve años después, es decir,
el año 14.-28, este mismo niño sufrió un ataque fulm i­
nante que le puso a morir, y cuando salió del ataque
se quedó con la cara vuelta, de tal forma, que daba
lástima mirarlo. Sus padres lloraban inconsolables
esta desgracia de su pequeño, y un día recordaron que
San Vicente, ya en vida, los había consolado, cu­
- 2Í4 —
rándole. Comenzaron a pedirle que, pues estaba
ahora viendo a Dios en el cielo, les alcanzara la gra­
cia de curar otra vez al niño. Y prometieron llevarlo
a su santo sepulcro de Vannes. Hecho este voto, vie­
ron que su hijo quedó del todo bien, y fueron a cum­
plir su promesa, y nunca más aquel niño tuvo esta
enfermedad. (Teixedor, Supl.. lib. III. cap, III; P ro­
ceso, fol. 1S9, parte 1.a, y fol. 156, parte 2.a)

250— M IS— Lamballe. E stá este pueblo en Bre


taña, en el camino de Brest. Llegó allí San Vicente
y le hospedó en su casa una dam a noble, llam ada se­
ñora Lasquen. El Santo accedió a aquel hospedaje
ccn tra su voluntad casi. Aquella señora, si bien muy
piadosa, era sum am ente m olestada por la curiosidad,
y en su virtud determinó no dorm ir en toda la no­
che, acercándose cuantas veces podía a la puerta
de la habitación del Santo, para poderle ver en ora­
ción. Y confiesa ella misma que, cuantas veces ob­
servó, otras tan tas vió la habitación del Santo llena
de una claridad celestial. Al otro día y antes de que el
Santo saliera de Lamballe, ya todos sabían aquel pro­
digio, con lo cual aum entó el entusiasmo que todos
tenían hacia él. Al despedirse del Santo, le dijo esta
dam a que sufría frecuentes cefalalgias y que, en re­
cuerdo del hospedaje, se dignara curarla. El Santo
la bendijo, y aquella señora nunca más volvió a sen­
tir esta dolencia. (Fages, parte 5.a, cap. X I; Proceso,
fol, SI, parte 1.a; A ntist, pág. 303; Gómez, capítu­
lo X X X V 1; Teixedor, Supl., lib. III, cap. VI.)

251— 14-18—Chatelandreu. Cae en la frontera de


Bretaña, y allí fué San Vicente a fines de Mayo,
Como iba m ontado sobre un mal asnillo y el herrador
- - 215 —
del pueblo, sin duda interesado, como el otro de
quien se cuenta que el Santo mandó a su asno devol­
verle las herraduras, no quiso tampoco herrarlo ahora,
entró en el pueblo e iba por él jadeante el asnillo
y demacrado en extremo el Santo que lo m ontaba.
Unos soldados, de guarnición en aquel castillo, al
ver al pobre animalejo cojear, burláronse en grande
e hicieron de él pesadas befas. El Santo reprendió a
les soldados y les dijo que muy pronto «los asnos y
las ovejas pastarían entre los escombros del castillo».
E sta profecía se cumplió al pie de la letra, pues, como
observa Legrand, «a los tres años el castillo fué demo­
lido, en castigo del atentado que los de Peutherre
cometieron contra la persona dei duque Juan de
Borgoña», (Fages, parte 5.a, cap. X III; Teixedor,
Supl., lib. III, cap. VI.)

252— M18— Dinan. Arribado que hubo San Vi­


cente a esta ciudad, comenzó a predicar, llenando,
como solía, de adm iración a todos sus moradores.
La fama de sus milagros iba siempre en aum ento,
como su poderosa elocuencia, aunque ya su edad
era avanzadísim a. Por aquellos días vivía en Dinan
un tal Tom ás Fonienay, que padecía de ataques epi­
lépticos, de form a que no servía para nada, dicen las
historias; y llevaba en ese estado una vida llena de
miseria hacía tiempo. Un día su padre se lo llevó para
presentarlo al Santo, a ver si lo curaba. E staba el San­
to predicando, y esperaron. Term inado el sermón,
en efecto, «fué presentado este enfermo, dice Guyara,
a aquel hombre extraordinario». El Santo, después
de escuchar las explicaciones y las suplicas, bendijo
al enfermo, y Tomás, curado súbitam ente, nunca^más
tuvo aquellos ataques, viendo él y su padre confir­
— 216 —
mada la confianza que en el Santo depositaran. (Fa
ges, parte 5.a, cap. X I.)

253— 1418— Dinan. San Vicente en esta ciudad


obró otro milagro bien grande. Había allí dos jóve­
nes que se am aban en extremo y se habían dado pa­
labra solemne de casamiento, y cuando ya iba a rea­
lizarse su enlace, hubo de suspenderse, y para siempre
tal vez, sin la intervención prodigiosa del Santo. En
efecto, la novia, una vez celebrados los esponsales,
fué atacada de parálisis, y cuando llegó el Santo a
Dinan hacía ya tres años que la infeliz estaba sin po­
derse mover. El novio la am aba de todas veras, y, le­
jos de abandonarla, siguió esperando el día en que
estuviera buena para casarse. A poco de llegar a
aquel pueblo nuestro Santo le informaron sobre la
aflicción de estos jóvenes. El Santo mandó que le
llevaran la novia, que se llam aba Ju an a Moulier, a
la iglesia donde el Santo predicaba, pues estaba hos­
pedado en el Convento de Dominicos, junto a aquella
iglesia. Al saberse esto, todos auguraron un feliz tér­
mino; por eso la joven, acom pañada de sus parientes,
del novio y muchos curiosos, fué conducida al templo
del Convento de Santo Domingo, Ei Santo oró por
ella y luego la signó con la señal de la san ta cruz, y
al instante aquella joven quedó curada com pletam en­
te, volviéndose ya por su propio pie a su casa. Pasa­
dos unos días, aquellos dos jóvenes lograron lo que
tan to habían deseado: unirse para siempre ante los
altares del Señor, (Fages, parte 5,a, cap. XI.)

254— 141S— Dinan. Según varias referencias his_


tóricas, además de los innum erables milagros que San
Vicente obró en Dinan, las dos o tres veces que pasó
— 217 —
por esta ciudad, hizo estas tres curaciones milagrosas:
a ) La niña Raoulete, de diez años, enferma d é la vis­
ta, curó con sólo tocarla San Vicente en los ojos.
b) Un niño de seis años, llamado Tomás, enfermo de
gota, curó bendiciéndolo el Santo, c ) Un hijo de
j . Linquillac, enfermo de los riñones, fué llevado por
su padre al convento donde estaba San Vicente, y
si Santo lo bendijo, y al instante estuvo bien y cura­
do. (Proceso, fols. 158 y 162, parte 2.a; A ntist, p á ­
gina 302; Gómez, cap. X X X V I; Valdecebro, lib. 11 I f
cap, X X IÍ; Teixedor, Supl., lib. IIJ, cap. IIí.)

255—1418—La Motte. Es un pueblo pequeño de


Bretaña, en eí país o región que llam an de Laudiac.
San Vicente, que parece se había propuesto santifi­
car con su predicación hasta los lugarejos más insig­
nificantes de Bretaña, se detuvo en La Motte. Como
observara el fervor de aquellos fieles y se en terara
de que sufrían mucho, por carecer de agua, un día,
antes de retirarse a su morada, reunió al pueblo cer­
ca del presbiterio de 3a iglesia parroquial, y a p re ­
sencia de todos ordenó que brotara una fuente. B ro­
tó la fuente, y tan milagrosamente que hasta hoy no
se ha visto jam ás agotada, aun en los años de m ayor
sequía. E sta fuente se llama ahora de San Vicente.
Algunos dicen que este suceso tuvo lugar en 1416;
pero es claram ente un error, pues el Santo no estuvo
en aquel país hasta 1418, a- mediados lo más pro b a­
ble. (Fages, parte 5.Ll, cap. X II,)

256— 1418— La Motte, La equivocación de poner


la estancia de San Vicente en este pueblo el año 1416,
tal vez provenga de que existe otro pueblo del mismo
nombre en ¡a región sur de Francia. Es innegable
— 21S —
que La Motte, de que dicen las crónicas es un pueblo
am antísim a ce San Vicente, es este de Bretaña, al
norte de Vannes. En este pueblecito, pues, donde
ta n ta devoción se tiene al Santo, se guardan sobre
la visita que el Santo le hizo muchas tradiciones.
E ntre ellas la más notable es la siguiente: San Vi-
cente prometió a sus vecinos que jam ás en aquel pue­
blo habría perros con rabia, y si algún m orador de
La iMotte era mordido por perro rabioso, no le daña­
ría. Un historiador de nuestros días afirm a que, a
p artir de aquella visita de San Vicente, en La Motte
no hay memoria de que un solo vecino haya sido
mordido de perro rabioso, ni jam ás se han visto ya
allí perros rabiosos. (Fages, parte 5.a, cap. X I 1.)

257— H 18— La Chere. Está situado este pueblo


en Bretaña, entre Rennes y Vannes, y San Vicente,
cuando en él estuvo, profetizó un suceso que tuvo
pleno cumplimiento. «Había en La Chcre una gran ca­
pilla dedicada a la Santísim a Virgen, bajo la advoca­
ción de N uestra Señora de la Piedad, que, totalm en­
te arruinada, hacía algunos siglos se hallaba sin te ­
cho y el interior lleno de escaramujos y ortigas.
El gran apóstol de B retaña, San Vicente Ferrer,
la había visto en éste estado en el curso de sus mi­
siones, y predicando un día al pueblo, después de
expresar el gusto que hubiera tenido en restaurarla,
aseguró que esta gran empresa estaba reservada por
el cielo a un hombre que el Todopoderoso haría na­
cer en los tiempos venideros, hombre que vendría
de incógnito, que se vería muy contrariado y befado,
y que, sin embargo, con eí auxilio de la gracia, lle­
varía a cabo esta gran empresa.» El hombre anun­
ciado por San Vicente apareció, en efecto, dos siglos
— 219 —
después. Fué Luis M.- Grignon de Monfort, sacerdote
santísimo, dominico terciario, acérrimo predicador y
propagador del Santísim o Rosario y fundador do dos
Congregaciones, una de hombres y otra de mujeres,
consagradas ésta a enseñar la ciencia de salvarse,
y aquélla a las misiones. Su vida santísim a le dio me­
dios para restaurar la iglesia de la Piedad de La Che re
y méritos para que Su Santidad León X III, el año
IS87, lo beatificara solemnemente. Su fiesta es, en
el calendario dominicano, el 23 ds Mayo. (Fages,
parte 5.a, cap. X II.)

258— 1418— Plotrm el. San Vicente se detuvo aquí


a fines de Noviembre. Sus sermones, como sus m ila­
gros, eran el tem a ordinario de la conversación de to ­
dos aquellos vecinos, que en los hogares y en pú­
blico no se cansaban de hablar y encomiar a nuestro
Santo. A nte un numeroso grupo que com entaba las
m aravillas del maestro Vicente, acertó a pasar una
pobre mujer; se paró, puso atención a lo que se decía
acerca del gran poder del Santo y fuése precipitada­
mente a su casa. La infeliz tenía allí a un hijo pe­
queño gravísimo y desahuciado de los médicos. Pero
con lo que había oído, radiante de alegría por la fe
concebida en que el Santo había de consolarla, llamó
a un deudo y ls rogó que, sin pérdida de tiempo, lle­
vara el niño y lo presentara a San Vicente y le p i­
diera que le curase. El deudo obedeció, y dice éí
mismo en su declaración jurada; «Le llevé yo solo al
maestro Vicente, que h ab itab a entonces en el Prio­
rato de San Nicolás, situado en el' arrabal de
Ploermel, pues la madre no se atrevió a venir. E n ­
teré al Santo de ia enferm edad del niño, y, después
de oirme, le hizo la señal de la cruz, y con las m a­
nos jun tas recitó una oración, y apenas term inada
ésta, sonrió el niño, que desde entonces está lleno
de vida.*> (Fages, parte 5.a, cap. XIV; Proceso, folio
155, parte 2.a; A ntist, pág. 304; Teixedor, Supl., li­
bro III, cap. VL)

259— 1413—Nantes. Era ya el mes de Diciembre


cuando San Vicente se encontraba otra vez en esta
im portante ciudad de Bretaña; y, según parece, vino
aquí para predicar el Adviento. Su caridad en favor
de los desgraciados no disminuía. En esta segunda
entrada en Mantés, ocurrió el hecho siguiente, que
nos refiere Mahé, testigo presencial: «La esposa, dice,
de un oficial, que se había quedado ciega y a la que
una fe tardía impulsó a seguir al Santo, se presentó
a él un día en el Convento de Dominicos, en donde
se hospedaba, suplicándole que 3e devolviera la vis­
ta. Él le tocó los ojos, hizo sobre ellos por tres veces
la seña] de la sagrada cruz, diciendo:—Que Jesucris­
to os devuelva la luz,—y a la tercera invocación la
ciega empezó a ver.» H abía ido allí la ciega llevando
por lazarillo una joven que la servía; cuando re­
gresaron, curada ya 1a ceguera, esta joven, que a
la ida iba delante, a la vueita iba detrás de su se­
ñora, como observa ingeniosamente Mahé. Y es de
observar que en adelante nunca más volvió a perder
la vista aquella mujer. Teixedor dice que este suceso
ocurrió en Tours y que a la ciega acom pañaba su m a­
rido cuando se presentó al Santo. Tal vez el caso de
Teixedor sea distinto de éste. {Fages, parte 5.a1, ca­
pítulo XIV; Proceso, fol. 261), paite 2.a; Ranzano,
lib. IV, núm. 3; A ntist, pág. 282; Diago, pág. 400;
Gómez, pág. 499: Serafín, lib. III, cap. V; Vidal y
Micó; Teixedor, S u p l, lib. III, cap, III.)
- 221 —
260— 1418— Nantes. San Vicente a fines de este
aña estaba ya sum amente debilitado. Sus fatigas en
N antes no disminuían, antes iban en aum ento, pues
sobre predicar tan to a auditorios que solían tener
allí unas setenta mil .personas, como consta por un
documento oficial, los enfermos no le dejaban ta m ­
poco y «muchos leprosos y enfermos iban a im plorar
su curación». Todo esto llegó a postrarle de tal for­
ma, que los valencianos que iban en su compañía, te ­
miendo se m uriera fuera de Valencia, determ inaron
aconsejarle que saliera de Bretaña y se dirigiera a su
país. El Santo, que amó siempre tanto a Valencia,
no reprobó la idea y se prestó a su realización. Con­
viniéronse, pues, todo con grande reserva, y una no­
che, sin dar aviso a nadie de Nantes, salieron todos
de la ciudad, yendo el Santo en medio, como un te ­
soro que todos querían poner a salvo. Salidos ya de
Nantes, apretaron el paso y caminaron toda la noche
a largas marchas; pero, ¡qué prodigio! al rayar el
día todos se encontraron a las mismas puertas de
Nantes. Entonces nuestro Santo, con gran cariño,
dijo a sus paisanos y a todos sus discípulos: «Hijos
míos, bien lo veis. Desistamos de ir a V alencia.'D ios
quiere que m uera en Bretaña,)) (Fages, parte 5.a, ca­
pítulo XV.)

263— 1418— Nantes. Debió ser después de es:a


frustrada fuga que a San Vicente hicieron ejecutar
los valencianos, cuando otra milagrosa curación vino
a aum entar el entusiasmo que en N antes tenían a
nuestro Santo. Vivía en esta ciudad un sujeto de la
nobleza y muy respetado y querido, el cual hacía seis
años que se había quedado sordo, sin que remedio
alguno humano acertara a curarlo. Algunos amigos
— 222 -
le acompañaron a la presencia del Santo, a quien ex­
pusieron con verdadero interés su ruego para que se
dignara curar al enfermo. El Santo, viendo la caridad
de aquella buena gente, se acercó al caballero sordo,
le puso las manos sobre la cabeza, y el cuitado señor
sintióse repentinamente curado radicalmente. (Ter
xedor Supl., lib. III, cap. III; Antist, pág. 232.)
CAPÍTULO XVS

V U E L V E A ENTRAR EN V A N N ES. SU TRÁNSITO A LA GL O­


RIA. P R I ? ¿ ~ R 0 5 MILAGROS POSTUMOS

(1419)

262—1419—Vannes. Habiendo San Vicente reco­


rrido la Bretaña en varias direcciones, volvió a Van­
nes entrado ya este año, para acabar en esta ciudad,
con su vida santísima, el apostolado admirable co­
menzado en Avignon el año 1398. Una multitud sin
número salió también esta vez a recibirle. En ella se
encontraba un hombre que sufría horriblemente de
dolor de cabeza. Nada dijo a nadie; sólo llevado del
entusiasmo, había salido a vitorear al gran apóstol.
Este vio, con la luz profética que tenía, no sólo el
fervor de aquel buen cristiano, sino también el agudo
dolor en que estaba, y acercándose a él le bendijo, sin
que nadie ni el mismo interesado le indicara nada,
y al instante aquel hombre quedó enteramente cu­
rado de su dolencia. Teixedor pone este milagro en
la primera vez que el Santo estuvo en Vannes. (Tei­
xedor, Supl... lib. III, cap. III; Antist, pág. 285.)

263—1419—Vannes. Sea esta vez, sea la primera


que vino a Vannes San Vicente, la Historia nos re­
fiere que, entre otros milagros, obró éstos: a ) Curó
de fuerte dolor de cabeza a la esposa de M. Bernier,
ministro del duque, b) Idem de ídem a Catalina, es­
posa de un tal Oliverio Magot. c) Idem de ídem a la
madre de Lorenzo Lespanol, que lo tenía hacía veinte
años, d) A otra mujer, de una enferm edad grave.
e ) A otras dos mujeres, de dolor de cabeza, f ) A Pedro
de Josse, enfermo cinco años hacía, g) A una dam a
de la duquesa, que sufría terribles dolores de parto.
(Teixedor, Supl., lib. III, cap. III; Proceso, fols. 11,
37 y 39, parte 1.a, y foi. 13, parte 2.a; A ntist, pági­
na 288.)

264— 1419—Vannes. San Vicente, por deferencia


a los duques de Bretaña, se hospedó esta vez en casa
de un caballero de la Corte, llamado Dreulin o Tru-
helin. Estando, pues, en aquella casa nuestro Santo,
sucedió que un niño, hijo de los señores Dreulin, ju ­
gando y por una de esas travesuras o descuidos h ar­
to frecuentes en la gente menuda, se cayó al fondo
de una caldera de agua hirviendo. Puede suponerse
la agonía de sus padres al ver quemado y muerto al
hijo de sus entrañas. A los lloros y vivísimos gritos
de dolor que lanzaban, acudió el Santo para cercio-
rarse de qué era aquello. Y cuando se enteró y vió la
trem enda desgracia, no pudo menos de unir sus lágri­
mas a las de los padres inconsolables. Sin embargo, el
Santo los animó y calmó, invitándolos a poner en
manos de Dios tan gran infortunio, esperando sólo de
Dios el consuelo. Después se fué muy devotam ente
a la habitación donde yacía el cadáver del niño, que
estaba todo quemado. Siguiéronle todos los de casa,
y en presencia de todos echó la bendición sobre aque­
llos despojos de la muerte, y al instante el niño resu­
citó y se levantó sin lesión alguna, como si nada íe
hubiera ocurrido. (Fages, parte 5.a, cap. XV; Proce-
— 225 —
so, fol. 61, parte 1.a; Valdecebro, lib. III, cap, X L III;
Teixedor, Supl.. lib. III, cap..V I.)

265— 1419—Vannes. Por estos días, Febrero y


Marzo, San Vicente solía ir a descansar de sus faenas
apostólicas a una casa de campo de los señores Dreu-
lin, sus huéspedes, situada en el pueblecito de Arra-
don, cerca de Vannes. Allí el Santo se entregaba por
completo a los ejercicios de la oración, y tan to tiempo
pasaba en la presencia de Dios, que todavía se m ues­
tra allí a los forasteros una pequeña protuberancia
granítica, no lejos de la playa, en la cual hay dos ca­
vidades iguales inm ediata la una a la otra, y redon­
deadas en forma de cúpula invertida. Son la m ilagro­
sa impresión de las rodillas del Santo que allí oraba.
Los vecinos y aldeanos del contorno muchas veces
van a arrodillarse en aquel mismo lugar, im plorando
la protección de San Vicente; y son innum erables las
gracias que del Santo reciben estos devotos suyos.
(Fages, parte 5.a, cap. XV.)

266— 1419—Vannes. Como San Vicente se había


debilitado en extrem o y era ya penosísimo a su salud
el santo ministerio de ]a palabra, no obstante que
hasta el último instante de su vida estuvo en él, como
hace notar el cronista Guyard, los paisanos del San­
to, que eran bastantes, resolvieron intentar otra vez
llevárselo a Valencia, para que no quedara en país
extranjero el tesoro de su sagrado cuerpo. Le habla­
ron, pues, y le instaron, y el Santo, sonriendo por­
que sabía de cierto que m oriría en Vannes, dej6 que
obraran. Se preparó, pues, todo; se despidió el Santo
de los duques, que lloraban inconsolables, y para no
alborotar al pueblo se determ inó que la salida sería
LOS M I L A G R O S DÉ SAN VI CÉNTE FEKRER 15
- 226 —
por la noche, y para mayor comodidad ss fijó tam bién
que un barco lo llevara a España. Embarcóse, pues,
el Santo con algunos de sus compañeros, pero al estar
en alta mar agravóse de tal m anera, que tuvieron que
regresar a Vannes, donde llegaron al otro día, como
a medía mañana. El pueblo, que ya lloraba la especie
de fuga del santo apóstol, al saber que otra vez re­
gresó el barco y que iba a entrar de nuevo en la ciu­
dad, pararon todos en sus oficios, se adornó la po­
blación y se echaron a vuelo todas las cam panas.
Y así, con este triunfo, entró nuestro Santo otra vez
en Vannes, cumpliéndose su pronóstico de que Dios
no quería dejarle morir sino en Bretaña. Algunos a u ­
tores dicen que antes de este viaje frustrado por m ar
se intentó otro por tierra, y ocurrió lo mismo que en
Nantes, esto es, que después de cam inar mucho, al
amanecer se hallaron a las puertas de Vannes. Hemos
estudiado el asunto y tenemos la convicción de que
estos autores confunden o, mejor, repiten el hecho de
Nantes. P ara nosotros es casi evidente que el Santo
sólo dos veces, no tres, se dejó convencer de los va.
lencianos para que lo trasladaran a Valencia: una
por tierra, estando en Nantes; o tra por mar, ahora.
(Fages, parte 5.a, cap. XV; Proceso, fol. 41, parte 1.a;
Ranzano, lib. IV, cap. í f núm. 4; A ntist, pág. 314;
Gómez, cap. X X X V IÍ; Valdecebro, lib. í, cap. L V ÍII;
Teixedor, Supl., lib. III, cap. Vi,)

■ 267— 1419—Vannes, Cuando San Vicente regre­


só a esta ciudad, frustrada por completo su ida a Va­
lencia por mar, no sólo todo el pueblo lo aclamó, sino
que infinidad de enfermos se le presentaron pidién­
dole, salud. El Santo, muy conmovido, después -que
les dió las gracias por sus inmensos honores trib u ­
— 227 —
tados a él, pero que él sólo a Dios refería, y habiendo
bendecido y curado a cuantos enfermos tenía presen­
tes, dijo a todos; «Hijos míos, retiraos. Dios me envía
otra vez entre vosotros, mas ya no para que os pre­
dique, sino para que m uera en este vuestro pueblo.))
El pueblo prorrum pió en llanto y nuestro Santo se
retiró muy emocionado, y aquella misma noche, en
efecto, se apoderó de él una fiebre altísim a que le
postró en cama, de la que ya no se levantó. Gómez
dice que Dios le reveló esto de que moriría en Vannes
cuando el Santo comenzó su apostolado en Avignon,
(Fages, parte 5.íl, cap. XV; Gómez, cap. X X X V II;
Valdecebro, lib. I, oap. L V III.)

268— 1419--Vannes. San Vicente, postrado ya en


cama y con fiebre que no le abandonó hasta morir t
seguía con el sem blante tan risueño y su aspecto se­
mejaba un ángel del Paraíso. Mandó que se perm i­
tiera la entrada en su cuarto no sólo a los duques,
proceres y dignatarios eclesiásticos y civiles, sino ta m ­
bién a un gran concurso de pueblo. Había llegado el
día 26 de Marzo y estaban con él los duques, el Obis­
po, los m agistrados, y mucha gente del pueblo, todos
llorando, porque pensaban que iba a morir el Santo
en seguida. El Santo los consolaba a todos con razo­
namientos encendidísimos en la más pura caridad.
Y luego, con mucha pausa y llamando la atención,
Ies dijo que no m oriría hasta dentro de diez días; así
que podían estar tranquilos y seguros. Todos se echa­
ron a llorar, pero al propio tiempo todos adquirie­
ron el convencimiento de que hasta diez días podían
vivir sin sobresaltos respecto a la m uerte de su ido-
— 228 —
latrado apóstol (1). Y, en efecto, a los diez días jus­
tos, esto es, el día 5 de Abril, que era miércoles de la
semana de Pasión, a la hora de Vísperas, San Vicente
cerró los ojos a la luz de esta vida y los abrió a la luz
de la gloria. (Fages, parte 5.a, cap. XV.)

269— ld l9 —Vannes. En el mismo momento de


expirar San Vicente, entre otras mil m aravillas pro­
digiosas que sobre todo en los corazones se obraron,
sobresale ésta: Por 3a abertura de una de las ventanas
de la habitación entraron en tropel muchas m aripo­
sas blancas de hermosísimo aspecto. «Estas mariposas,
dice Guyard, volaban por la habitación con una ale­
gría sin igual, pareciendo que con sus dim inutas alas
quisieran producir en el aire una música para cantar
como un triunfo de entrada en el cielo.» Fué aquello
una verdadera m aravilla. Cuantos estaban en la es­
tancia miraban a aquellas hermosísimas criaturas
como si fueran ángeles transform ados en tan delica­
dos animalitos. Algunos decían: «No, no; son verda­
deras mariposas atraídas por el penetrante y riquísi­
mo perfume que se desprende de este venerable ca­
dáver de nuestro P. maestro Vicente.» Teixedor dice
que entraron en la habitación pa lo m a s blancas. No
sabemos si alude a las m ariposas, o quiere decir que,
además de éstas, entraron palom as tam bién. Como
no hemos leído esto en otro au to r, juzgamos que Tei­
xedor, con el nombre de palomas quiso decir mari-

(1) V aldecebro dice que el San to abandonó su lecho y salió


para curar a los m uchos enferm os que habían ido allí; y luego
s s v olvió a su cam a, para prepararse a la m uerte, V id. Lib, III,
cap. X L I I .
— 229 —
posas. (Fages, parte 5.a, cap. XV; Gómez, cap ítu ­
lo X X X V II; Valdecebro, lib. I, cap. LV III; Vidal y
Micó, cap. V II; Teixedor, Supl., lib. III, cap. VI, e
Ilustraciones , pág. 111, núm, 73.)

270—14-19—Vannes. D.a Ju a n a de Francia, d u ­


quesa de B retaña, profesaba a San Vicente un amor
grandísimo, porque por mucho tiempo había reci­
bido de él reglas de vida espiritual y a éi acudía en
todas sus dudas y penas; por eso, desde que el Santo
cayó enfermo, la duquesa le prodigó toda su atención,
y al expirar logró hallarse presente, situada a los pies
del lecho, llorando inconsolable la pérdida de tan gran
maestro de su alma. Ella misma, luego que expiró
el Santo, lavó con sus reales manos aquellos pies del
apóstol y gran Taum aturgo del siglo xiv. Y la pia­
dosa señora tuvo la inspiración de guardar como pre­
cioso tesoro el agua con que lavó los pies del santo
cuerpo del P. Vicente. Con esta agua se curaron m u­
chísimos enfermos de diversas dolencias y sucedió
otro mayor prodigio, y fué que aquella agua, hasta
que se consumió por evaporación natural, se m antuvo
purísima y clara, y emanando suavísim as fragancias,
(Fages, parte 5.a, cap. XV; Ranzano, lib. IV, núm. 9;
Flamín; Gómez, cap, X X X V II; Valdecebro, lib. I,
cap, LV III; Vidal y Micó, cap. V il; Teixedor, Supl.,
lib. III, cap. V IH .)

271— 1419—Dinan. De las muchas revelaciones


o muestras con que la muerte de San Vicente se m a­
nifestó, es digna de notarse ésta. Guillermo de.L in-
quiliic, letrado de Dinan, declaró lo que sigue; «Mi
padre guardaba como reliquia dos cirios que habían
servido al maestro Vicente para decir la Misa, los
— 230 —
cuales quiso aprovechar mí madre para la fiesta de
la Candelaria. Pero no pudo encontrarlos, aunque
los buscó con gran diligencia. Al cabo de mucho
tiempo, vió una noche mi padre dos cirios encendidos
encima de un cofre que había en su alcoba, m aravi­
llándose de esto. Mi m adre los vió tam bién, y eran
precisamente aquellos dos cirios que antes dije guar­
daba mi padre como reliquia. Luego supimos todos
que a la hora en que aparecieron encendidos sobre
el cofre, fallecía en Vannes el maestro Vicente.» (Fa­
ges, parte 5.a, cap. XI; Proceso, fol. 159, parte 2.a;
G uiant, pág. 39; Gómez, cap. X X X V II; Valdecebro,
lib. III, cap. X L II; Teixedor, Supl., lib. III, capí­
tulo V III.)

272--1419—Saboya. La reina Margarita, viuda de


Teodoro II el Paleólogo, se había consagrado entera­
mente a la piedad bajo la diestra dirección de San Vi­
cente, que por muchos años gobernó su espíritu. Poco
después de morir el Santo, estaba esta santa m atrona
en oración, y de repente vió iluminado su oratorio y
en medio de él a su confesor San Vicente, el cual le
manifestó la suma gloria de que acababa de tom ar
posesión, y la instruyó una vez más. detallándole
lo que ella debía hacer para conseguir una gran san­
tidad. La santa reina quedó tan asegurada de la glo­
ria de su maestro y de estas enseñanzas, que desde
aquel momento se consagró toda a Dios, rehusó te­
nazm ente contraer segundas nupcias con el duque
de Milán, rechazando la dispensa del voto de casti­
dad que ai efecto le ofrecía el Papa, y al fin ingresó
y profesó en la V. O. T. de Santo Domingo. Y tan
adm irable vida llevó en su profesión, que murió con
olor de santidad. Instruido el Proceso de sus v irtu ­
— 231 —
des, después de su muerte, la beatificó el Papa San
Pío V, y, más tarde, el P apa Clemente X mandó que
se rezara su oficio en toda la Orden de Predicadores.
Su fiesta es el 27 de Noviembre. (Fages, parte 1.a,
cap. III.)

273— 1419—Vannes. Luego que falleció San Vi­


cente, hubo grandes altercados, muy fuertes cuestio­
nes entre los duques, los Franciscanos de Vannes y
los Dominicos del Convento más próximo a Vannes,
pues cada facción se creía con derecho a llevarse el
sagrado cadáver. Al fin, el Obispo de Vannes, ya como
autoridad suprem a en la materia, ya porque a él
había dejado el Santo el resolver sobre este punto,
se incautó de estos santos despojos y mandó fuesen
trasladados a la iglesia Catedral. Así se hizo, dejando
expuesto el santo cuerpo por algunos días, aunque
bien custodiado, para que el pueblo no pudiera to~
cario. Ocurrió que aquellos días habían fallecido en
Vannes dos hombres, y un devoto fervorosísimo del
Santo dejó caer la idea de que, pues el m aestro Vi­
cente, er. vida, había obrado tantos prodigios, se le
suplicara ahora, después de m uerto, que los obrara
también, resucitando a aquellos dos muertos. La idea
tomó cuerpo y los dos cadáveres fueron llevados y
colocados junto al sepulcro abierto donde descansa­
ba el del Santo. Aquellos hombres llevaban muertos:
uno, nueve horas; el otro, sesenta. Lo mismo fué dejar
al lado de la san ta tum ba aquellos dos cadáveres y
pedir aí Santo que los resucitara, que ver levantarse
vivos a los dos hombres. Este suceso impresionó v i­
vamente a todos, y tanto se ponderó, que en Vannes
fué celebrado con volteo general de campanas, m ú­
sicas, salvas y demás pompas de los días más solem­
— 232 —
nes que se acostum braban celebrar en la ciudad.
(Fages, parte 5.a, cap. XV; Gómez, cap. X X X V III;
Teixedor, Supl., lib. III, cap. IX, e Ilustraciones ,
pág. 115, núm. 76.)

274—1.419—Vannes. Como un recuerdo y te sti­


monio de amor y veneración a San Vicente Ferrer,
el Obispo de Vannes mandó fabricar unos hermosos
tapices, obra de M. de Bellessise, los cuales aun se
conservan en aquella Catedral, y contienen, adm ira­
blemente representados, hechos de la vida del Santo,
Citemos sólo los siguientes:
1.° Dos hombres que m urm uraban m ientras un
sermón del Santo, son castigados milagrosamente, y
el Santo, con otro milagro, los cura.
2.° Una paralítica pide al Santo su curación; él
le dice; «Camina en el nombre de Jesús», y la paralí­
tica vase libre de su dolencia.
3.° Un loco furioso es llevado a la tum ba del San­
to, y de repente queda curado.
4.° Un niño cae de un árbol, y tan magullado que­
da, que lo tienen todos por muerto; pero le enco­
miendan al Santo, y el niño se levanta sano y
bueno.
5.° Un hombre es atacado de un grave mal; pide
al Santo su protección y éste le libra de dicha en­
fermedad.
6.° Un niño atacado de la peste es encomendado
por sus padres al poder taum atúrgico del Santo, y
el niño cura al instante.
7.° Otro muchacho de cinco años que ha caído
en el río, sale de él sano y salvo por intercesión del
Santo.
8.° Después de infinitos milagros, es canonizado
— 233 —
el Santo por el Papa Calixto III en el año 1455, en
el reinado de. Pedro II, duque de Bretaña.
Como puede observarse, en estos tapices se re­
cuerdan milagros del Santo, ya en vida, ya después
de muerto. Aquéllos, los principales, los hemos ano­
tado hasta aquí; éstos vamos ahora a anotarlos, los
principales también, pues todos es imposible, por­
que exceden a toda investigación humana, ¡tan in­
numerables son! Advertimos que los milagros de los
tapices llevan cada uno su correspondiente letrero
explicativo en los dichos tapices, como aquí los he­
mos dado. (Fages, parte 5.a, cap. XVI.)
ADICIÓN k ESTA PRIM EM PARTE

275—Sin detallarnos fecha, lugar ni el nombre


del protagonista, nos refieren los biógrafos el siguien­
te hecho milagroso: Hacía algún tiempo que seguía
en la compañía de San Vicente Ferrer un hombre
cuya intención malsana era observar si podía ver en
nuestro Santo algo reprochable y fuera de virtud,
para luego calumniarle y quitar a los pueblos el de­
lirio que sentían por el siervo de Dios. El disimulo
que el hombre se traía era perfectísimo, pero, no obs­
tante, el Santo penetró por completo aquellas aviesas
intenciones, y un día, durante el sermón, dirigió a
aquel malvado sus razonamientos, aludiendo a su
perfidia, tan claramente para él, y con tanta maestría
al avieso intento de aquel hombre, que este curio­
so impertinente no pudo sufrir el reproche de su con­
ciencia. Por eso, allí mismo, se echó a llorar, arrepin­
tióse de su pecado y lo publicó, acusándose de pér­
fido. El Santo le consoló, y en adelante aquel desven­
turado le siguió con el mayor fervor. {Gómez, capí­
tulo XIV; Valdecehro, lib. IV, cap. LI.)

276—Chavel o Chirel No hemos podido encontrar


este pueblo que trae Vaidecebro. De todos modos, el
hecho que se refiere sí que lo tenemos por real, y
por eso lo consignamos. Cuando aquí arribó San Vi­
cente, en sus expediciones apostólicas, se encontró que
en este pueblo había mucho desenfreno de malas pa­
siones. Se esforzó el Santo en desarraigar el pecado de
aquellos pechos; mas su labor no tenía los éxitos que
se proponía. Uno de los abusos que el Santo les afeó
— 235 —

era 3a disolución y lubricidad que tenían en los baños


públicos y aun privadamente. Predicó el Santo con­
tra esto con mucho celo; pero casi se puede decir
que en esto no Je hacían el menor caso. Después que
bien claro les había amonestado, ellos seguían aque­
llos mismos días con sus malas costumbres al tomar
baños. El Santo entonces, en un sermón, sin nom­
brar personas, fué diciendo todos los pecados que el
día anterior se habían cometido en ios baños. Esto
hizo salir los colores al auditorio y llenarse de indig­
nación los corazones contra tales abominaciones, y
unánimes comenzaron a enmendarse y vivir según los
documentos de vida cristiana que el Santo les daba.
(Valdecebro, lib. IV, cap. LI.)
PARTE SEGUNDA

1IRGS POSTUMOSOí i ! VICOU KRtH


CAPÍTULO XVII

MILAGROS QUE OBRÓ EL SANTO D E S P U É S D E MUERTO,

D U R A NTE LA PRIM ER A MITAD DEL SIGLO XV

277—1419—Vannes. En la misma noche en que


fueron inhumados los benditos restos mortales de
San Vicente Ferrer, un hombre, lleno de lepra, se
empeñó en quedarse junto al sepulcro. Como era un
infeliz enfermo, todos convinieron en que no se le
privara de ese consuelo. Pasó, pues, allí toda la noche,
como velando al Santo, y al amanecer, cuando se dis­
ponía a regresar a su casa, vió con asombro y alegría
indecible que ie había desaparecido toda ía lepra y
que estaba tan sano y tan curado como si jamás
hubiera tenido tan horrible dolencia. El asombro y la
alegría se hicieron generales en Vannes, luego que se
publicó y palpó con evidencia meridiana esta curación.
(Gómez, cap. XXXVIII; Valdecebro, lib. III, capí­
tulo XXIX.)

278—1419—Poco después de muerto San Vicente


Ferrer, un matrimonio muy cristiano de Normandía
tuvo el sentimiento de ver morir a un hijo pequeño,
— 23S —
que form aba el encanto de aquella familia. Tanto el
marido como la mujer hacía tiempo que miraban al
Santo, aun viviendo, con grande cariño. Después que
se certificaron de su inmensa desgracia y de lo irre­
parable que era aquella pérdida, recordaron cuánta
confianza el Santo les inspiró siempre, y llenos am ­
bos esposos de confianza en el poder que en el cielo
debía tener ahora el que tantos prodigios obró en
la tierra durante su vida mortal, le invocaron con
todas veras y le pidieron que resucitara a su hijo,
añadiendo que, si les alcanzaba de Dios este favor,
ellos mismos llevarían su hijo a Vannes, para visitar
su santo sepulcro, y publicarían este favor. A cabada
su oración, el niño volvió a la vida. Unos meses des­
pués, es decir, entrado ya el año 1420, aquellos ven­
turosos padres entraban en Vannes, llevando en sus
brazos al hijo del milagro, que lleno de vida, en el se­
pulcro del Santo, fué objeto de una delirante ovación.
Tan renombrado y público fué el prodigio, que el
Obispo mandó se echaran a vuelo las cam panas de
la Catedral para celebrar tan insigne beneficio, (Fa­
ges, parte 6.a, cap. V.)

279— 1419—A poco de morir San Vicente Ferrer,


un sujeto llamado Tomás Amborsech, del obispado
de Vannes, fué presa de una terrible afección en los
oídos. Sobre el dolor agudísimo que no. le dejaba re­
posar, los oídos le supuraban con tal pestilencia, que
ni él mismo podía sufrirla. Fueron inútiles cuantos
remedios se le aplicaron; se daban por agotadas las
hum anas diligencias, y al fin se tuvo la convicción
de que con nada curaría. Entonces, muy afligido, el
doliente recurrió al patrocinio del santo P. Vicente,
a quien la voz pública llam aba Bienaventurado, y
— 239 —
le suplicó muy rendidam ente no sólo que le quitase
aquel dolor y aquella pestilencia de los oídos, sino
también que le alcanzara que le desapareciera la sor­
dera que cinco años hacía venía sufriendo, en tal for­
ma, que no podía oir nada sino gritándole descom pa­
sadamente. Prometió visitar el sepulcro de! Santo
y ofrecer allí un exvoto que representara dos oídos.
No bien acabó de hacer su oración, cuando sintió cal­
marse su dolor, y a poco estuvo enteram ente bien,
como si nada hubiera tenido. (Teixedor, Supl., li­
bro IV, cap. III; Vidal, D. 3.°; Proceso, fol. 137;
Antist, pág. 376.)

280— 1419— Hacía poco de la m uerte gloriosa de


San Vicente Ferrer, cuando tuvo lugar un suceso muy
notable y celebrado en los pueblos de Bretaña. Unos
marineros de los alrededores de Vannes navegaban
en alta mar, y de repente se vieron envueltos en un
torbellino que infaliblem ente los anegaba. La tem pes­
tad se sostenía y arreciaba cada vez más, y ya se veían
náufragos. Unos cuantos, sin embargo, con las manos
levantadas al cielo, comenzaron a llam ar e invocar
al P. San Vicente y su poderosa intercesión, y al ins­
tante cesó la tem pestad por completo, y todos lle­
garon a tierra sanos y salvos. Uno de éstos, tan pro­
digiosamente favorecidos del cielo por la intercesión
del Santo, com entando el peligro que habían corri­
do, se atrevió a decir algo que era injurioso a esta in­
tervención divina por los méritos del Santo, a quien
los otros atribuían enteram ente su salvación. Y es­
tando en estas cuestiones, el burlador, o mejor, blas­
femo, fué atacado de improviso y como herido por
un rayo de una parálisis que le dejó baldado de un
lado por toda su vida. (Teixedor, Supi., lib. IV, ca­
pítulo IV; Proceso, fol. 241; A ntist, pág. 390; Val­
decebro, lib. III, cap. X X X V III.)

281— 1419— Gabriel Brixense, dominico, refiere que,


luego que murió San Vicente Ferrer, fueron au ten ti­
cados muchos prodigios obrados a su invocación en
varios lugares. E ntre ellos nom bra los que siguen:
1.° En Crema (¿Cremona?) una m ujer se cayó en
el pozo de su casa, de donde ía sacaron a las tres ho­
ras, enteram ente ahogada. Los parientes y amigos
pidieron a Dios que, por la intercesión de su siervo,
los consolara de esta desgracia, y al instante la m uer­
ta resucitó, como obedeciendo a una voz om nipotente
que la llam ara de la m uerte a la vida.
2*° En M antua, una señora llam ada Marquesa
sufría agudísimos dolores de parto. Se encomendó al
Santo, y en el mismo punto le desaparecieron, sin que
más los tuviera.
3.° O tra m ujer dio a luz un feto monstruoso, sin
forma alguna hum ana. La desolada m adre de aquel
feto mandó que, sin perder tiempo, se celebrara una
Misa en honor del F. San Vicente, y, ¡caso adm ira­
ble! a medida que la Misa iba adelantando, el feto
fué reconstituyéndose, hasta quedar enteram ente nor­
mal. {Teixedor, Supl., lib, IV, cap, VI; Brixense,
D e 55. Conc. 5. Vine., fol. 24T col. 4; A ntist, pági­
na 454.)

282— 1419—Valencia, El mismo año que murió


San Vicente Ferrer ocurrió el siguiente caso, harto
maravilloso y curioso a la vez, Jerónimo G uitart ve­
nía ha tiempo sufriendo gravísimas fiebres y un dolor
de cabeza tan fuerte, que no podía en m anera alguna
tener el menor descanso. Ningún m edicamento le h a ­
— 241 —
cía bien; tenía él la obsesión de que, si lograra sudar, al
instante se pondría bueno. Estando, pues, G uitart
con estas penas, llegó a Valencia la noticia de que en
Vannes había fallecido santam ente el siervo de Dios,
y se noticiaban asimismo los muchos milagros que
en este bendito tránsito se obraron. Se encomendó
entonces al Santo, y en esto no se le ocurrió pedir a
su ilustre paisano otra cosa que, pues ya había en tra ­
do en la gloria, le alcanzara de Dios el poder sudar.
Hecha esta suplica, se acostó, y a poco durmióse
profundam ente; y e n sueños se le figuró que el Padre
San Vicente estaba a su lado echándole agua a mares.
La impresión del susto que esto le produjo le volvió
al estado de vigilia, y, efectivamente, se encontró
todo bañado en sudor, sin fiebre, sin dolor de cabeza
y bueno del todo, como si enfermo no hubiera estado.
(Teixedor, Supl., lib. IV, cap. VII; A ntist, pági­
na 453.)

283— 1419— Nantes. Al poco tiempo de haber m uer­


to San Vicente Ferrer, una joven tuvo una gran su­
bida de sangre que la puso a las puertas del sepulcro.
Entráronle fiebres altísimas, quedó ciega, se le caye­
ron los cabellos, sufría una horrible jaqueca, y, por
último, detrás de las orejas se le formaron unos tu ­
mores gangrenosos. Los médicos apuraron ios recur­
sos del arte y al fin declaráronse im potentes p ara res­
taurar aquella naturaleza, de tan variada m anera
herida. La m adre de la infeliz joven fuése luego a
refugiarse en la oración, postrándose muy dolorida
ante una imagen de Dios Nuestro Señor, y comenzó
a invocar al Santo, que, es claro, aun no estaba ca­
nonizado. Por eso, entre otras cosas, repetía estas
palabras: «Maestro Vicente, sí estáis en el cielo, yo
LOS M I L A G R O S D E S A N V I C E N T E F E R R E R
— 242 —
os suplico que roguéis que mi hija se ponga buena.»
Después de esto, se calmó su espíritu, y al otro día
su hija estaba enteram ente curada de todas aquellas
dolencias. (Valdecebro, lib. III, cap, X X II.)

284— 1419—Mallorca. Poco después de la m uerte


del glorioso San Vicente Ferrer, un clérigo de aquella
isla fué atacado de la peste. El Obispo de la diócesis
se condolía en extremo de esta desgracia, pues am a­
ba entrañablem ente a aquel enfermo. Un día fué a
visitarle y lo halló moribundo. Pudo aún confesarlo,
y en la exhortación le aconsejó que hiciera voto al
bendito maestro Vicente de m andar fabricar una es­
ta tu a de cera de su altura y peso, la cual se colocaría
inm ediata al altar, luego que fuera canonizado, cosa
que con toda seguridad era de esperar sucedería. El
enfermo formuló este voto en su corazón y al instante
quedó dormido y descansando con sueño plácido.
A la noche siguiente vió en sueños que el m aestro
San Vicente le decía y aseguraba con toda certeza
que saldría en bien de aquella enfermedad y en segui­
da. Y sucedió así. Al amanecer, el enfermo abandonó
el lecho, curado del todo, con asombro de los médicos
que le asistían, los cuales habían ido a la casa a cer­
tificar de su fallecimiento. (Fages, parte 6.a, cap. VI.)

285— 1420— El presbítero Dr. de Bovidier, párro­


co de Lizivenel, el cual vivía en Vannes en 1420, a tes­
tigua que, algún tiempo después de muerto San Vicen­
te Ferrer, vió conducir locos al sepulcro del Santo, los
cuales quedaban allí mismo cuerdos. «Los he visto,
dice, tendidos sobre la tum ba y levantarse después
sin señal alguna de demencia; y se tocaban las cam ­
panas y acudía el pueblo -a dar gracias a Dios y al
— 243 —
maestro Vicente.» E ntre los entonces curados de otras
enfermedades, refiere Teixedor que se cuenta un
ciego de nacimiento, el cual, así que llegó al sepul­
cro, invocó el favor del Santo, y en el mismo momen­
to recobró la vista. (Fages, parte 6.a, cap* IV; Teixe­
dor, lib. III, cap. X,)

286—1420—Después de una batalla entre fran ­


ceses e ingleses, en Normandía, el soldado francés
Rodolfo del Bosque, que había salido herido, pudo
huir y refugiarse en un pantano, desde el cual veía,
con horror, que los ingleses hacían una verdadera
carnicería en el campo de sus contrarios, m atando
y m utilando franceses bretones. H abía profesado él
siempre admiración y cariño a San Vicente, y vién­
dose en aquel apuro y desamparo, le llamó con los
gemidos de su corazón, pidiéndole que le defendiera.
((Apenas hube formulado mi súplica, dice él mismo,
y un voto que le hice, cuando se me presentó un ca­
ballo rojo, con silla y brida. Salí del escondite y
monté en éIT sin que el anim al hiciera demostración
alguna de extrañeza; y hasta observé que tenía pues­
ta la silla como yo tenía costum bre de ponerla. Sólo
a la intervención deí maestro Vicente puedo a tr i­
buir este socorro.» (Fages, parte 6.a, cap. IV; Proce­
so, fol. 152, parte 1.a; Antist, pág, 417; Teixedor,
Supl., lib. IV, cap. V,)

287— 1420— En Bretaña, cerca de Joselín, n au­


fragó un barco, y la mayor parte de la tripulación se
fué a pique con el navio. Y fué digno de adm irarse
que, cuantos tripulantes invocaron a San Vicente
Ferrer, tuvieron el consuelo de salvar la vida. Uno
de éstos, Pedro Cadier, natural de aquella región, re­
— 244 —
fiere su salvam ento. «Al verme en el fondo del agua,
dice, hice un voto al maestro Vicente, y en seguida
sentí una mano que me subía a la superficie. No vi
a nadie más que una tab la jun to a mí, de la que me
serví para ganar la-orilla, no pudiendo atrib u ir mi
salvación sino al m aestro Vicente, porque yo no sé
absolutam ente nadar y el naufragio ocurrió a más
de cuatro leguas m ar adentro.» (Fages, parte 6.a,
cap. IV; Proceso, fol, 241, parte 2,a; A ntist, pági­
na 390; Valdecebro, lib. III, cap. X X X V Iíl; Teixe­
dor, Supl., lib. IV, cap. IV,)

288—1420—Toulouse. Mr. Jaim e de Isalgueri, ca­


ballero noble de esta ciudad y señor de muchos lu­
gares y tierras, tuvo el dolor de ver postrada y gra-
vísimam ente enferma a una hija suya, que tenía por
nombre Merendi o Merinda, Los médicos, después de
muchísimos esfuerzos, no lograron sino adquirir la
evidencia de que la niña se moría a todo correr. El
desventurado padre, luego que ss enteró del desahu­
cio decretado por los facultativos, se encomendó a
San Vicente Ferrer, a quien había conocido en T ou­
louse, y le suplicó por la salvación de su hija. No se
hizo esperar el auxilio de tan grande protector. La
niña se puso repentinam ente buena. Cuando, el año
1451, se form alizaba el proceso de beatificación del
Santo, Merendi era casada y su padre, Mr. de IsaL
gueri, refería bajo juram ento esta prodigiosa curación
a los jueces apostólicos. (Proceso, fol. 179, parte 1.a;
A ntist, pág. 371; Valdecebro, lib. III, cap. III;
Teixedor, lib. IV, cap, III.)

2S8— 1420— En el pueblo de Gilíes (¿será San


Gilíes?), distante de Vannes como unas siete leguas,
— 245 —
una mujer, llam ada Alieta, cayó enferma gravem ente
y adem ás quedóse ciega. Su marido, cuando se per­
suadió que no bastaban para curarla los remedios
humanos, acudió a los divinos, pidiéndolos a San Vi­
cente Ferrer. En efecto, postrado ante Dios Nuestro
Señor, invocó al Santo e hizo voto ds que si curaba
a su esposa iría con ella, a pie y descalzos ambos, a
su santo sepulcro. Al cuarto día de estar repitiendo
esta oración, Alieta recobró la vista, y quince días
después, curada ya del todo, cumplía con su marido
el voto que éste había hecho. (Proceso, fol. 120, p ar­
te 1.a; Antist. pág. 372: Valdecebro, lib I, cap. X X II;
Teixedor, lib. IV, cap. IV.)

290—1420—-Una señora de Redom se presen­


tó en la iglesia de San Pedro, de Vannes, donde se
encuentra el sepulcro de San Vicente Ferrer, para
pedir al Santo que la curara de una ceguera que ha
tiempo venía padeciendo. Y como se lo pidió, el Santo
así lo hizo, pues on el mismo instante la mujer se
halló buena de la vista. Hecho público el suceso, se
procedió por la curia a autenticarlo, y , al efecto, y
para que más resplandeciera el prodigio, allí mismo
en la iglesia se arrojó al suelo una hebilla a bastante
distancia de la surada, para que ésta pudiera mos­
trar que la cura era perfecta. La mujer, pues, fuése
derecha hacia donde cay ó la hebilla y con todo aplo­
mo la recogió como si ciega no hubiera estado, (Pro­
ceso, fol. 16, parte 2.a; A ntist, pág. 372; Valdecebro,
lib. III, cap. X X II; Teixedor, ibíd.)

291— 1420—«En Vannes, dice Fages. una mujer


que padecía ataques de locura, teniendo que prepa­
rar un día la comida para su marido, cogió a su niño,
— 246 —
de unos catorce meses, y lo partió en dos mitades,
y de una de ellas tomó una porción que puso a co­
cer, sirviendo a su marido este guiso, condimentado
con azafrán, de donde salía una de las manecitas.
El marido, loco de dolor, fué a arrojarse al pie de
la tum ba del maestro Vicente, en donde perm ane­
ció hasta ia noche orando y llorando, en términos
que los encargados de la iglesia tuvieron que obli­
garle a salir; pero al entrar en su casa se encontró a
su hijo jugando por debajo de la cama, como suelen
hacer los niños, conservando aún su cuerpo, sobre
la parte que había sido cocida, un tin te azafranado.»
AI probarse jurídicam ente este hecho, que ocurrió
a mediados de este año, se notó que el niño gozaba
de perfecta salud y conservaba ciertas señales del
descuartizam iento en la parte anterior - superior del
cuerpo. Este niño fué después religioso dominico y
se llamó Fr. Vicente de Pistoia, y adquirió grandísi­
ma fam a de sabio y santo en toda Italia, especial­
mente en Sicilia. Algunos autores confunden m isera­
blemente este hecho con el otro sem ejante de More-
lia. (Fages, parte 6.a, cap. V; Proceso, fols. 37 y 69,
parte 2.a; Flamín, fol. 171, parte 2.a; Claudio de Ro­
ta: A d d . a la leyenda áurea de Vorágine, fol. 160;
Lucio, A cia del S a n to , pág. 540, Abril; A ntist, pá­
gina 358; Gómez, lib. II, cap. I; Valdecebro, lib. III,
cap. XLIV; Teixedor, lib, IV, cap. II.)

292— 1420—Bretaña. De un m anuscrito au té n ­


tico del siglo x v son las siguientes noticias. U na m a­
dre viuda perdió a su hijo menor, cerca de la fiesta
de Navidad de este año. Pero acordándose de las pre­
dicaciones del santo Vicente Ferrer, a quien ella ha­
bía visto y oído muchas veces durante su perm anen­
— 247 —
cia en aquel país, y del cusí ahora seguía oyendo
contar m aravillas, tomó el cadáver de su pequeño,
lo envolvió decentem ente y se lo entregó a un criado,
llamado Alienen, para que éste lo llevara sobre un
caballo a la iglesia donde estaba el sepulcro del San­
to, m ientras ella seguiría a pie al fúnebre convoy
Asi se hizo. Llegados a Vannes, entraron en la igle­
sia con ei cuerpo m uerto y lo depositaron sobre la
piedra del santo sepulcro del Taum aturgo. Este aún
no estaba canonizado, y de aquí que la infeliz madre
prorrum piera en esta súplica: «¡Oh maestro Vicente-
Si sois Santo, como yo creo, como todos lo creen, y
si tenéis algún poder en el cielo, devolved la vida a
mi hijo.» Term inada esta plegaria, el niño muerto
comenzó a moverse; se tornó alegre el semblante y
pidió le dieran de comer. El criado había llevado para
comerlas él unas cerezas, y el niño que las vió se las
pedía con ansia, y dadas que le fueron, se las comió,
quedando del todo tan sano y tan bueno. La misma,
ahora afortunada madre, ia noble señora D.a Oliva
de Coatsal, que es quien con más detalles refiere esta
resurrección de su hijo, nos dice que fueron muchas
las personas que por este suceso la felicitaron. Y al­
gunos años después aun decía ella, llena de gozo: «Mi­
ren; todavía vive mi hijo, y él mismo os puede con­
testar a muchas preguntas que deseéis hacerle.» En
efecto, con ella vivían sus hijos. E ran tres; el menor,
llamado Guillermo, era el resucitado. Excusado es
decir que» al divulgarse en Vannes este prodigio, se
celebró con vuelo general de campanas. El afortuna­
do Guillermo iba después tedos los anos al sepulcro
del Santo como humilde peregrino, para agradecer al
Señor tan insigne beneficio. (Fages, parte 6.a, capítu­
lo V; Proceso, fol. G9, partes ] y 2.a; Antist, pág. 354;
— 248 —
Gómez, libro II, cap. f; Valdecebro, lib. IÍI, capítu­
lo XLIV; Teixedor, lib. IV, cap. IIf.)

293— 1421— Vannes. Desde el año 1417, la madre


política de un vannés, llamado Caerscab, sufría p ará­
lisis general y tan intensa, que no le perm itía el me­
nor movimiento. Llegado el año 1421, es decir, a los
dos años de la m uerte de San Vicente- Ferrer, oyendo
esta infeliz los muchos milagros que obraba en cuantos
lo invocaban, con fe y devoción lo invocó ella ta m ­
bién del fondo de su alma, haciendo voto de ir en se­
guida a visitarle en su santo sepulcro y prom over su
culto con todas sus fuerzas. En el mismo instante
de acabar su oración le desapareció la parálisis, que­
dando enteram ente curada, como si nada hubiera
tenido. En seguida también, a pie y acom pañada,
fuése al sepulcro, cumpliendo su promesa. (Teixedor,
Supl., lib. IV, cap. V.)

294— 1422—Una joven recién casada vivía afli­


gidísima a causa de una grave enfermedad de la m a­
triz, que le vino de improviso. Sus grandes dolores
éranle aún mayores por la consideración de que los
médicos no encontraban manera de curarla, no obs­
tante las enojosísimas molestias que las curas le oca­
sionaban. Era, sin embargo, mujer sólidamente pia­
dosa y devotísima del maestro San Vicente Ferrer.
Un día, pensando en el siervo de Dios,.cuyos milagros
seguían tan ponderados, no quiso curarse, apartó de
sí todos los medicamentos y dijo a su marido que la
acom pañara en las oraciones que iba a hacer al maes­
tro Vicente, y ya vería cómo el Santo la curaba. En
efecto, luego que ambos esposos term inaron las pri­
meras preces al Santo, la enferma sintióse anim adá y
— 249 —
curada del todo, sin que ya más la molestara, aquella
dolencia. (Teixedor, Supl,, lib. IV, cap. IV; Proceso,
fol. 126, parte 2.a)

295— ¿1423?— En Rochefort (Bretaña), a los pocos-


años de m uerto San Vicente Ferrer, enfermó la niña,
de dos años, llam ada Francisca, hija del juez de Cóm­
putos del Ducado, D. Nicolás de Conutis, que vivía
en Nantes, y agravóse tan to la infeliz, que al fin m u­
rió, sumiendo a sus padres en la más honda pena. Se
estaban haciendo todos los preparativos para ente­
rrarla, y Nicolás y su mujer, sin embargo, seguían
esperanzados de que el santo Fr. Vicente les había de
oir sus ruegos por su hija. En efecto, elevaron al cielo
una fervorosa petición, prometiendo al Señor que si
su hija, por intercesión del Santo, volvía a la vida,
harían para el servicio de su altar un cáliz de dos m ar­
cos de plata, y además la m adre prometió ir a Vannes
descalza y en traje de penitencia. Luego que term in a­
ron esta últim a oración, la niña Francisca volvió a
la vida, con pasmo general de los que la iban a en­
terrar. y sus padres cumplieron al pie de ia letra lo
que habían prometido. E sta niña vivía aún el año
1452, es decir, unos treinta años después que el San­
to la resucitó. (Proceso, fol. 51, parte 2.a; Antist, pá­
gina 363; Gómez, lib. II, cap. I; Valdecebro, lib. III,
cap. XLIV; Teixedor, lib. IVT cap. II.)

296—1425—Vannes. Perrin Hervé. conocido por


Grasset, de la casa del príncipe Pedro, duque de Bre­
taña, natural de Guillac, de edad de unos treinta
años, fué atacado de locura súbitam ente, el Sábado
Santo, sobre las once de la m añana. «Yole he visto,
dice Pedro Fioch, en su casa, tendido, fuertem ente
— 250 —
am arrado con cuerdas, invocando al diablo y blas­
femando de Dios y de los Santos. Se le llevó a Nues­
tra Señora del Buen Don; daba gritos horribles y le
acometían verdaderos accesos'de rabia, cada vez que
se le echaba agua bendita o se le nom braba a Dios;
y el carm elita Fr. Tomás aconsejó que lo llevaran
a la tum ba del maestro Vicente. Atáronle las manos
y los brazos con una cadena de hierro, no recordan­
do ya si le ataron tam bién las piernas; pero sí muy
bien, que hubo necesidad de llevarlo en alto; y. al
colocarle sobre el sepulcro, se quedó dormido por
espacio de una hora. Al despertarse preguntó por
qué le habían am arrado de aquel modo, y, habién­
doselo explicado, dijo;— Bueno, pero ahora ya estoy
curado; el maestro Vicente ha venido a hablarm e
durante mi sueño. ¿No le habéis visto?-—Le desata­
ron y volvió a su casa sano y salvo. Como se tr a ­
tab a de una enfermedad tan extraña, había acudido
mucha gente, y, en vista del milagro, se echaron a
vuelo todas las campanas. Yo vi después al sujeto
y estaba perfectam ente sano.» (Fages, parte 6.a, ca­
pítulo IV; Proceso, fols. 16 y 42, parte 2.11, y fol. 13,
parte 6.a; Gómez, lib, II, cap. 1; Valdecebro, lib. III,
cap. XXV; Vidal, D. l.°; Teixedor, lib. III, cap. IX.)

297— 1425— Vannes. El religioso carm elita Fray


Tomás, que se dice en el milagro anterior, experim en­
tó en sí mismo tam bién la protección de San Vicente
Ferrer. En efecto, estando en la operación de su jetar
al demente Perrin, éste le mordió con tal furia, que
el religioso se puso a m orir por la gangrena indudable­
mente que se le debió formar. Muy afligidos él y los
que le asistían, resolvieron llevarlo al sepulcro del
Santo; y, ¡caso admirable! apenas Fr. Tomás oró
— 251 —
allí, en el mismo momento sú bitam ente quedó cu­
rado, en forma que ni la cicatriz de la mordedura se
le quedó. (Fages, etc., etc., como en el anterior.)

298— 1427—Un religioso dominico, de los reinos


de España, perdió 3a vista de tal manera que sólo podía
distinguirlas vislumbres del sol o de una luz potente.
Se encomendaba mucho a San Vicente Ferrer, a
quien tenía por Santo, aunque no estaba aún canoni­
zado, y al fin logró conseguir la venia de los superio­
res para ir a Vannes a venerar eí bendito sepulcro,
pues ya habíanse agotado todos los remedios hum a­
nos para curarle. Fué, pues, a Vannes, y ante la tu m ­
ba del Santo comenzó a rezar una Novena, suplicán­
dole le devolviera tan precioso sentido. Apenas se
postró la prim era vez ante aquel milagroso sepul­
cro, ya comenzó a distinguir los objetos, y a los pocos
días, antes de finir la Novena, pudo leer y celebró la
santa Misa, y días después regresaba de Vannes a su
convento enteram ente curado y con vista mejor que
la que antes tenía. (Proceso, fol. 16, parte 2.a; A ntist,
pág. 373; Valdecebro, lib. III, cap. X X II; Teixedor,
lib. IV, cap. IV.)

299— 1428— Un niño llamado Pedro Lechan-


teur fué atacado de tan violenta y desconocida en­
fermedad, que le dejó la cara vuelta atrás, al ex tre­
mo de que no podía ver la parte anterior de su cuerpo,
y los médicos no pudieron tampoco atinar en la cura.
El padre del infeliz muchacho, cansado de gastar en
médicos y medicinas, lo encomendó al santo m aestro
Vicente Ferrer, y prometió que, si curaba al niño, éste
iría todos los años a su santo sepulcro. El enferm ito
sanó en el acto mismo de acabar su padre de hacer
— 252 —
esta promesa. El padre, muy agradecido al Santo, y
conmovido, dijo a su hijo la promesa hecha y áste
la aceptó igualmente de buen grado, y por varios
años fué al sepulcro con su padre y siguió bien, Pero
más adelante, y ya crecido, se olvidó de su promesa o
fué infiel en cumplirla, y de repente, y sin que prece­
diera accidente alguno, volviósele la cara como cuando
niño. Arrepentido de su infidelidad, fué al santo se­
pulcro, y tornó a estar bien. Y notan las crónicas que
siete años que en el curso de su vida dejó negligen­
tem ente de ir a visitar la san ta tum ba, otras tan tas
le castigó el Señor con esta terrible enfermedad. (Fa­
ges, parte 6.a, cap. IV; Proceso, fol. 90, parte 2."
Antist, pág. 385; Valdecebro, lib. III, cap. XXVI;
Vidal. D. 2.°; Teixedor, Supl.. lib. IV, cap, IV) (1).

300— 1429 (2)—Un marinero bretón atestigua lo


que sigue: «Un día, por los años 1429, que volvíamos
de España con un gran cargamento y muchos pasaje­
ros, se levantó tal torm enta de viento y lluvia a la
altura de Peum arch, que no se veía a dos pasos de dis­
tancia. El m ar se puso muy agitado a consecuencia
de la borrasca, y pronto nos vimos obligados a dejar
el barco a merced del viento. Después de confesarnos
unos con otros, nos atam os de dos en dos, mientras
el buque, impelido por la corriente, fué a estrellarse
entre dos rocas, de las que no había fuerza humana
que consiguiera hacerlo salir, y en esta situación per-

(1) A lgunos autores dicen que esto sucedió a! padre de P e­


dro; otros añaden que igual suceso ocurrió a un tal Ivo y a Oli­
verio H ebet.
(2) V aldecebro dice eq u ivocad am en te que esto ocurrió en el
golfo de Lyon.
— 253 —
manecimos desde el alba hasta la hora de vísperas*
De repente v in o .a nuestra memoria el recuerdo del
maestro Vicente; hicimos un voto, y distinguimos a
modo de un hombre blanco que cogía con sus manos
la vela y la orientaba en dirección conveniente, y
en seguida salió el barco de entre las rocas y no ta r­
damos en llegar al puerto mayor de Peumarch.» (Fa­
ges, parte 6.a, cap. IV; Proceso, fol. 110, parte 1.a;
Antist, pág. 395; Valdecebro, lib. III, cap. X X X V IIÍ;
Teixedor, Supl., lib. IV, cap. IV.)

30Í—14=33— Dinan, Un hombre, zapatero de ofi­


cio, perdió la vista, y como, pasado algún tiempo,
los médicos quitaran toda esperanza de que curaría,
su mujer, gran devota del santo Vicente Ferrer, co­
menzó a encomendarle la curación de su marido. Ade­
más, dispuso las cosas para que llevaran a su marido
a Vannes, con objeto de que él mismo le pidiera al
Santo, en su mismo sepulcro, el remedio de su m a l
Llegado allí el cegato, comenzó a rogar con mucho
fervor esta protección y en seguida comenzó tam bién
a ver más claro y al fin a recuperar por completo la
vista. Muy lleno de alegría, volvióse él mismo, solo y
sin guía, de Vannes a Dinan, que distaba veinte le­
guas, y, llegado a su casa, continuó en su oficio, sin el
menor entorpecim iento y con vista más clara y po­
tente que la que antes había tenido, (A ntist, pág. 376;
Valdecebro, lib. 11IT cap. X X II; Teixedor, lib. IV >
cap. IV.)
302— ¿1433?—’V annes. Una mujer, llam ada Oliva,
profesó siempre desde n iñ a un cariño especial al san­
to maestro Vicente, patrono de su ciudad y en la
cual descansan sus reliquias. Como sí ya estuviera
canonizado, en todos sus apuros, Oliva invocaba a
— 254 —
San Vicente Ferrer. Sucedió que un día le desapare­
cieron de su casa dos vasos que no valían gran cosa,
pues eran de cobre, pero que ella estim aba mucho,
por ser recuerdo de familia. En tal apuro, invocó a
su predilecto San Vicente, rogándole que él se los de­
volviera. En el mismo instante de acabar su oración,
se presentó en la casa un hombre llevando uno de
aquellos vasos, el cual dijo que lo había comprado a
otro hombre. Hechas las averiguaciones del caso, se
descubrió al ladrón y se recuperaron los dos vasos.
En memoria de esto, Oliva mandó hacer dos vasos
de cera iguales a los del suceso y se colocaron como
exvoto en eí sepulcro del Santo. Valdecebro dice que
los vasos eran de plata, de a dos marcos cada uno, y
además que a Oliva le robaron tam bién una onza de
oro, que volvió a recuperar con el mismo expedien­
te. Tal vez sea esto otro caso distinto del que referi­
mos. (Proceso, fol. 61; Antist. pág. 389; Valdecebro,
lib. III, cap. X X X IX ; Vidal, D. 1.»; Teixedor,
Supl., lib. IV, cap. IV.)

303—1141—Vannes. Un sacerdote de esta ciu­


dad, apellidado Metayer, poseía un breviario o libro
de rezo litúrgico que estim aba en gran manera, por
ser de los más primorosos que por aquel tiempo se
conocían. U na vez, rezando el oficio divino, según
parece, en la iglesia, lo dejó sobre un banco mientras
las Completas, y ya no lo vió; el libro había desapa­
recido. Fué grande su pena, más que todo porque
en aquellos tiempos, no estando aún inventada la
im prenta, los libros eran todos escritos o dibujados
a mano, y, por consiguiente, resultaba a Metayer
punto menos que imposible hacerse con otro bre­
viario. Así apenado con este disgusto vivió cinco años,
- 255 —
sin que se le fuera de la memoria esta pérdida, antes
cada día la sentía más. Por eso pedía al Señor que lo
recobrara, y, al fin, insistió en su oración, poniendo
por intercesor a San Vicente Ferrer. A los quince días
justos de haber invocado al Santo, se le presentó una
persona desconocida, dicíéndole que el breviario es­
taba en la capilla de San Germán. Fué sin perder
tiempo, y lleno de júbilo volvió a encontrar en su
poder tan preciado objeto. P ara perpetuar la memo­
ria de este beneficio, que tan to estimaba, mandó ha-
cer un libro de cera, enteram ente igual al breviario,
y lo llevó y dejó entre los exvotos que hay en el san­
to sepulcro del Santo. (Proceso, fol. 121; Antist, pá­
gina 398; Teixedor, S u p l, lib. IV, cap. IV. Valdece­
bro, lib. III, cap. X X X IX , dice que esta pérdida ocu­
rrió en la Catedral de Nantes.)

304— 1446. Zaragoza. Un marido, agitado por la


pasión de los celos, se arrebató tan violentam ente que,
puñal en mano, acometió a su mujer. Esta, asustada,
se detuvo delante de él, y él la atravesó con el puñal,
que penetró por el lado derecho del pecho. Entonces
huyó la cuitada esposa y él la persiguió y dióle otra
puñalada por el lado izquierdo de la espalda, saliendo
la punta del arm a por encima del pecho. Cayó la in­
feliz desplomada, como se deja comprender, y estuvo
sin sentido durante ocho días, en los cuales los m édi­
cos, aunque la curaban, esperaban que se les mori­
ría en alguna cura. Sin embargo, llegado el día o cta­
vo, la infeliz m ujer volvió en sí y, oyendo decir lo gra­
vísima que estaba, dijo a los circunstantes: «No p a ­
séis cuidado. Mi Padre San Vicente Ferrer me ha to ­
mado por su cuenta, y él me curará y no moriré de
estas heridas ni en esta ocasión.» Y fué así, que se
— 256 —
puso buena del todo, sin más medicinas ni curas, con
asombro de cuantos la vieron y sobre todo de los mé­
dicos. Uno de los que más se admiró de esta curación
prodigiosa es D* Juan Alvaro, canónigo regular de
San Agustín, de Valencia, que es quien lo declaró en
el Proceso Apostólico el año 1451. El mal agitado es­
poso lloró am argam ente su locura y su crimen, y acom­
pañado de su esposa se fué en perégrinación a Vannes,
para dar gracias al Santo, en su sepulcro, por tan in­
signe beneficio. Este prodigio lo refiere tam bién como
visto por él el Prior del Monasterio de «Valí de Jesús
o Cristo», que en el siglo x v m estaba enclavado en
térm ino de Puzol, provincia de Valencia. (Fages, par­
te 6.a, cap. V; Proceso, fol. 230, parte 1.a; A ntist, pá­
gina 368; Valdecebro, lib, III, cap. XLIV; Teixedor,
Supl., lib. IV, cap. III.)

305— 1447— Vannes. El día II de Noviembre de


este año, la esposa de j . Le Clerc dió a luz dos hijos
mellizos; el primero salió muerto. Tanto aquella po­
bre madre como Le Clerc lloraban inconsolables la
desgracia de aquel hijo, muerto sin el santo bautis­
mo. Pero el Señor ios consoló. En efecto, como eran
fervientes devotos de San Vicente Ferrer, acudieron
ambos a suplicar al Santo, con vivas ansias y entera
confianza, y le pedían que se dignara hacer el mila­
gro de que su hijo resucitase, al menos para que, re­
cibiendo el santo bautismo, fuera digno de estar con
él en la gloria. Dios Nuestro Señor premió la fe de aque­
llos buenos padres, pues la criaturita, term inada la
súplica, comenzó a animarse, tuvo vida y recibió el
santo bautism o, con gran alborozo de cuantos pre­
senciaron el caso, y, pasados unos veinte días, dejó
de existir en la tierra para eternam ente vivir en el
— 257 —
cielo. (Proceso, fols. 103 y 105; Antist, pág. 367; Tei­
xedor, lib. IV, cap. II.)

305—1448—Vannes. Oliverio Duquiroix, senescal


del duque de B retaña, oyó en un cuarto de su casa
un gran alboroto de gente que gritaba y'lloraba des­
compasadamente. Con precipitación fuése al lugar
dsl ruido y se encontró que, entre otros, estaba allí
medio desesperada la esposa de un escudero, llamado
Bruzur, la cual, am argam ente llorando, se lam entaba
de que a su hijo Gervasio le había sobrecogida una
grave enfermedad que lo tenía a las puertas de la
muerte. Por todo remedio, a Duquiroix no se le ocu­
rrió otra cosa sino que todos los que allí estaban se
arrodillaran y pidieran a San Vicente Ferrer la sal­
vación del enfermo. Y él, por su parte, juró que, en
obsequio del Santo, no tenía que comer ni beber has­
ta haber ido al sepulcro del Santo y pedirle allí esta
misma gracia. Aquella buena gente hizo lo que Oli­
verio propuso, y él se fué en la misma tarde a la Ca­
tedral, donde está el cuerpo del Santo, Antes de salir
él de allí, el enfermo estaba enteram ente curado de
su mal. (Proceso, fol, 20, parte 1.a; A ntist, pág, 368;
Valdecebro, lib. III, cap, X L III; Teixedor, lib. IV,
cap. III.)

307— 1448—Una tal Guillermette, o Guillerma,


que dice Valdecebro, esposa de je y a t, tuvo un parto
laboriosísimo y por demás angustioso. Parió al fin
un hijo sano y robusto, pero ella quedó destrozado
su organismo y con fiebres tan altas, que los médicos
dijeron que era inevitable la muerte, Su marido y
todos los parientes lloraban desolados, porque se Ies
iba aquel deudo. Entonces, sacando ánimos de fia-
LOS M IL A G R O S D £ SA N V I C É N T E F E K R E K 17
— 258 ~
queza, su herm ana Catalina dijo que todos la encomen­
daran a San Vicente Ferrer; y Jey at y cuantos en la
casa había, dirigidos por esta devota del Santo, co­
menzaron a suplicar a Dios que por los méritos de
San Vicente curara a la enferma. Catalina, en especial,
decía al Santo muchas veces que salvara a su herm a­
na. La enferma, que había estado sin sentidos, co­
menzó a recobrarlos, pero quedando inmóvil. Catalina
y su cuñado gritaban al oído de la enferma muchas
palabras, para que hablara; mas la enferma no se mo­
vía, como si nada oyera. Al fin su herm ana le dijo:
«San Vicente te cure»; la enferma abrió los ojos, son­
rió y quedó en el instante tan sana y buena como si
nada hubiera tenido. (Proceso, fol. G5, parte 1.a; An­
tist, pág. 384; Valdecebro, iib. III, cap, XLIV; Tei­
xedor, Supl., lib. IV, cap. IV.)

308— 1449--O bispado de Vannes. El siguiente su­


ceso lo refiere la misma beneficiada, natural de Bre­
taña, aunque no sabemos el nombre de su pueblo.
Dice, pues, la esposa de un tal Juan Ufray: «Yo me
vi atacada de una especie de' apoplegía violenta y
había perdido la vista; pero habiendo hecho un voto
al maestro Vicente, recobré la salud. A los tres días
cumplí el voto; mas no hice pública mi curación, se­
gún había tam bién ofrecido, y al cabo de ocho días
me volvió el mal y perdí de nuevo la vista. Entonces
recurrí primero a las medicinas, y una m ujer que era
curandera me indicó que me sangrase, y así lo hice.
Pero asom brada al ver que no la recobraba, me pre­
guntó si había hecho algún voto. Entonces reconocí
mi olvido; me hice conducir por mi vecina a ía igle­
sia de Vannes, y allí tuve un pequeño desvanecimien­
to, al salir dei cual había recobrado la vista, sin notar
— 259 —
huella alguna del mal. E sta vez tuve buen cuidado
de publicar mi curación.» Valdecebro llama Aufray
y no U fray al marido. Fages parece indicar que no
la mujer, sino el marido, fué el curado. (Fages, par­
te 6.a, cap. V; Proceso, fol. G6, parte 1.a; Antist, pá­
gina 385; Valdecebro, lib. III, cap. X X II; Vidal,
D. l.°; Teixedor, Supl., lib. IV, cap. IV.)

309— 1449 ó 1448— Un miércoles por la mañana,


«Oliverio Rauxel, de Vannes, perdió a su hijo Olive­
rio, y la madre, que sé llam aba Catalina, no podía
creer en la m uerte de un hijo que am aba con delirio.
Le acercó, pues, una llama a la boca y a las narices
y le puso a los pies ladrillos muy calientes; y, aunque
todo fué inútil, no quiso que lo enterrasen todavía,
y lo retuvo aquel día a su lado, Al día siguiente le
preguntó a su marido si había ido a orar al sepulcro
del santo Vicente Ferrer, y habiéndole contestado
que no había ido, ie pidió que fuera en seguida. Fué
éste allá, dejó encendida una vela, y le llevó otra a
su mujer para que a su vez fuera a ponerla al sepul­
cro, Pero no atreviéndose ésta a abandonar un mo­
mento el querido cadáver, se dirigió a una iglesia
próxima, que era la de San Francisco, Encomendó
su hijo a Dios, a la san ta Virgen y a San Vicente
Ferrer, y dejó pagada una Misa, Al regresar a su
casa, sale a su encuentro su hija y le dice que el niño
continuaba yerto y frío; pero ella no desm aya to d a ­
vía, y vuelve a encomendarlo al m aestro Vicente.
Después de lo cual, al entrar en su cuarto, ve que el
niño le tiende los brazos y le pide una fruta que ha­
bía allí próxima, porque tiene hambre. Loca de ale­
gría, olvida la fru ta y corre a anunciar a su marido
que su hijo vive. E n tra él, y el niño le sonríe, y en­
— 260 —
tonces le ofrece la m adre la fruta, y llevan los dos al
querido ser resucitado a la tu m b a del Santo, para dar­
le gracias. El niño, que tenía nueve años, pasó el
resto del día jugando con sus compañeros». (Fages,
parte 6.a, cap. V; Proceso, fol. 158, parte 1.a, y folio
160, parte 2.a; A ntist, pág. 357; Teixedor, lib. IV, ca­
pítulo II, llama Guillermo a este niño.)

310 — 144ÍJ—Obispado de Vannes. El bachiller en


Leyes M artín Guennego estuvo todo este año con
fiebres, y tan fuertem ente le tom aban, que le pusie­
ron a morir varias veces. Al cabo del año, y habiendo
apurado todos los humanos remedios, se acordó de
nuestro San Vicente Ferrer, y le suplicó con mucho
fervor que le curase. No contento con esto, se fué un
día a su santo sepulcro, y orando allí sobre este vene­
rabilísimo m onumento se pasó como una media hora.
Cuando terminó su oración se quedó libre de sus ca­
lenturas y tan radicalm ente curado de ellas, que ya
en su vida nunca jam ás las tuvo. (Proceso, fol. 136,
parte 1.a; Antist, pág. 386; Valdecebro, lib. III, ca­
pítulo X X X IX ; Teixedor, Supl,, lib. IV, cap. IV.)

311— 1449—Guillermo Langoer enfermó de una


hinchazón en todo su cuerpo, y al parecer sufría la
enfermedad que llaman beriberi. Se debilitó al extre­
mo que en las piernas no le quedó ni asomo de fuer*
zas, y además sentía horribles dolores en los muslos.
Ni sostenido por otros podía tenerse. Por consejo de
algunas personas devotas de San Vicente Ferrer, se
resolvió al fin a prescindir de los remedios de 3a tie­
rra, pues en nada le venían ayudando, y recurrir a
pedir a Dios los del cíelo, por medio de la invocación
de su siervo el maestro Vicente. Oró. pues, de corazón
al Santo, y en el mismo instante sintióse curado del
todo como por ensalmo, y tan bien curado, que es­
taba mejor que antes de sufrir aquella enfermedad.
(Proceso, fol. 133, parte 1.a; Antist, pág, 399;Teixe’
dor, Supl., lib. IV, cap. IV.)
CAPÍTULO X V II!

FAVORES Y PRODIGIOS DE SAN VIGENTE FE RRER D U ­


R A N TE LA SE G U N D A MITAD DEL SIGLO X V

3í2—1450— Parece que Dios Nuestro Señor se


complacía en probar de todos los modos 3a santidad
de su siervo Vicente Ferrer. Después de una vida llena
de prodigios, después de los milagros- sin cuento que
se obraron a su muerte, como los hombres no se apre­
suraron a conseguir del Sumo Pontífice la canoniza­
ción de tan gran Santo, no obstante que todo el pue­
blo cristiano la deseaba y esperaba con entera se­
guridad, Dios Nuestro Señor dispuso que la virtud
taumatúrgica de nuestro Santo como que se extin­
guiera o menguara, dejando sin remedios a los miles
de personas que confiaban aliviarse con ella. Y, en
efecto, por los años 1427 cesaron casi por completo
aquellos proverbiales prodigios, obrados a sola la in­
vocación del nombre del maestro Vicente, y las sú­
plicas que se le dirigían pidiéndole milagros como que
caían en el vacío. En esto mismo debemos ver un
milagro; Dios se mostraba vengador celoso de su fiel
siervo. El año 1450 comenzó a agitarse con bríos la
idea de la canonización, y como si Dios aprobara este
afán de los hombres y se adelantara a premiarles sus
anhelos de ahora, que nunca debieron dejar de te­
ner, el Santo, en su sepulcro, en sus reliquias, en las
oraciones que los fíeles le dirigían, volvió a multipli­
car, en sus devotos, las maravillas antiguas de su
— 263 —
poder cerca de Dios. Este hecho, observado por varios
historiadores de San Vicente Ferrer, debe ser tenido,
sin duda, como otro de sus innum erables milagros.
(Fages, parte -1.a, cap. IX; A ntist, pág. 345; Teixe­
dor, lib. I, cap. IX.)

313— 1450— Bretaña. El bretón Alano de Cresso-


les estuvo este año con unas fuertes calenturas, vién­
dose reducido a una extrem a debilidad. Siempre tuvo
grandísim a confianza en la poderosa protección de
San Vicente Ferrer, y asi, prescindiendo en absoluto de
médicos y medicinas, que no le curaban, comenzó a
pedirle remedio al Santo. Como pudo, llegóse a ve­
nerar su santo sepulcro, y estando allí orando, quedó
repentinam ente curado. Pocos años después se dis­
locó un pie, y con sólo llam ar en su auxilio a San Vi­
cente, el pie quedó igualmente curado. El mismo Ala­
no es quien en el Froceso de Canonización depone es-
tos prodigios. (Proceso, fol. 28, parte 1.a; A ntist, p á ­
gina 386; Teixedor, Supl., lib. IV, cap. IV.)

314— 1450— La Prouille. Una religiosa de este ce­


lebérrimo Convento dominicano, al mediodía de F ra n ­
cia, cayó enferm a tan gravem ente, que tenía pasm a­
dos todos sus miembros, y daba lástim a verla. Un
religioso de la misma Orden, llamado P. Juan María,
que era primo suyo, la encomendó m uy de veras al
bendito F. Vicente Ferrer, y le hizo promesa de que,
si curaba, mandaría[;hacer una imagen suya y la colo­
caría en su Convento, para que la veneraran los fieles,
aunque el Santo no estaba aún canonizado. Tan pronto
como term inó su oración este Padre, la religiosa que­
dó libre del pasmo y curada de todas sus dolencias.
Se puso en el Convento la imagen de San Vicente,
— 264 —
como se había prometido, y como fué tan-celebrada
esta prodigiosa curación, aquella imagen vióse, en
breve, rodeada de devotos, de fieles de todas condi­
ciones, que acudían al Santo a pedirle auxilio en sus
penas. Los exvotos que se colgaron junto a ella fue­
ron muchísimos. Al ario siguiente, o sea el 1451, el
Convento de La Prouiile fué atacado de la epidemia, y
ya habían m uerto de esa enfermedad 33 religiosas. La
prim a del P. j uan estaba tam bién atacada y llevaba
seis días sin dar señales de vida, y muchos la creyeron
m uerta, aunque los médicos no se atrevían a certifi­
carlo. Entonces el mismo P. J. María volvió a recu­
rrir a San Vicente e hízole voto de que si libraba a
su prima, y a él le preservaba de la epidemia, iría
a visitar su santo sepulcro en Vannes. Nuestro Santo
otra ve 2 tam bién otorgó a su devoto lo que le pedía,
pues la religiosa sanó, y el P. J. María, preservado de
la epidemia, fué con mucho fervor a Vannes a cump lir
su voto. (Fages, parte 5.a, cap. III; Proceso, fol. 182,
parte 2.ft; Teixedor, lib. III, cap. IX.)

315— 1450— Vannes, E3 capellán del rey D, Al­


fonso V de Aragón, en su Dietario m anuscrito, al
folio LV, refiere que el duque de Bretaña, por este
año, tenía un pariente, que apreciaba mucho, lleno de
lepra y tan malparado, que causaba grandísim a aflic­
ción a toda la familia. Cuando San Vicente Ferrer, des­
pués de los años en que apenas hizo milagros, volvió
a dejar sentir en los fieles el grandísimo poder que tie­
ne en el cielo, concediendo favores prodigiosos a sus
devotos, algunos deudos del duque persuadieron a
éste que el pariente leproso podía probar pedir a Dios
la salud, interponiendo la intercesión dei maestro
Vicente, pues tal vez el Santo lo curaría. Aceptóse
la propuesta, y se rogó al Santo con mucho fervor,
llevando al leproso al bendito sepulcro para que lo
tocara y besara los santos despojos de San Vicente.
Lo mismo fué posar el leproso sus manos en la sa n ta
tumba, que desaparecerle la lepra y las señales de ella
y todas las dolencias que venía sufriendo. (Teixedor,
lib. ÍIÍ, cap. X; Gómez, lib. I, cap. X X X III. Dice que
ocurrió esto el ano 1419; pero es equivocación m ani­
fiesta, como se ve por lo de que el Santo «había d eja­
do de hacer milagros». Tal vez ocurriera el año 1449,
habiendo en Gómez sólo una errata de im prenta,
esto es, un 1 en vez de un 4.)

316— 1450— Bretaña. Una pobre y desolada m a­


dre tenía en sus brazos a su pequeña hija Estéfana,
enfermita y muy expuesta a morir. Doliéndose de es­
to, su am argura llegó al colmo, pues viola a tacad a de
repente de convulsiones de muerte, y al fin m uerta
en su mismo regazo. La familia dispuso todo lo del
caso, y la pequeña'E stéfana fué colocada en el ataúd,
y se habían tom ado ya todas las diligencias para el
entierro. Pero la afligida m adre no quería persuadir­
se de que había perdido para siempre a su pequeña.
Llena de angustias, conjuró a todos los de casa que
rogaran al maestro Vicente Ferrer, y ella misma co­
menzó a pedirle, con toda la fe que puede suponerse,
que resucitara a su hija, prom etiendo que si el Santo
le hacía este beneficio, vestiría de blanco a su hijita
y la llevaría, y con ella el mismo ataúd y una imagen
de cera, al santo sepulcro, donde publicaría el favor
recibido. El Santo oyó complacido desde el cielo tan
fervorosas súplicas,y, breves instantes pasados, la niña
Estéfana volvió a la vida; y con asombro universal
aquella madre, dichosa ahora, se presentó en Van-
— 266 —
nes para cumplir su voto. (Proceso, fol. 104, parte 2.a;
Antist, pág. 359; Teixedor, lib. IV, cap. II.)

317— 1450-—3retañ a. Un niño llamado Ivo cayó


enfermo tan gravemente, que a los tres días perdió
ei habla y todo movimiento, y al fin quedó frío, yer­
to, cadáver. En medio de la confusión y llanto de la
familia, una deuda que am aba con frenesí al niño
hizo voto a San Vicente Ferrer de que si le volvía la
vida a Ivo, ella iría, y haría que el niño la acom pa­
ñara, a su santa tum ba, en hábito de penitencia, y
dejaría allí una rica ofrenda en agradecim iento y tes­
timonio, Apenas hubo term inado esta oración, el niño
resucitó, pues volvió a respirar y abrió los ojos con
m ucha expresión, aunque sin poder articular palabra.
A los dos días estaba ya bien del todo, y lo llevaron
al sepulcro de! Santo, cumpliéndose lo que se había
ofrecido; de allí.regresó como si tal enferm edad y
tal trance por él no hubieran pasado. (Proceso, folio
127; A ntist, pág. 362; Teixedor, lib. IV, cap. II.)

3íS— 1450— Diócesis de Vannes. Una mujer, mo­


lestada fuertem ente con los dolores del parto, pasó
tres días de inmensa angustia y am argura; pero su
mayor aflicción fué cuando ia comadrona que la
asistía le dijo que lo que había dado a luz era un
aborta deforme, hasta el extremo de no aparecer en
él nada humano. La cuitada paciente lloraba deso­
lada y no quería dar crédito, antes con m ucha con­
fianza y devoción pedía al m aestroíVicente que vi­
niera en su auxilio, y le prometió que si eí fruto de
sus entrañas vivía, ella le inspirarla siempre que le
fuera muy devoto y le am ara mucho. Decía todo esto
con una serenidad tan grande de juicio, que adm ira­
— 267 —
ba a cuantos 1a oían. Y sucedió que, acabando ella
su coloquio con San Vicente, aquel feto m onstruoso
comenzó a llorar y transform óse en un hermosa niño.
Se le bautizó con el nombre de Guillermo. Cuatro
años después, luego que esta devota m ujer declaró
en el Proceso apostólico de canonización del Sanio,
el niño Guillermo aun vivía y era el encanto de su
casa. (Proceso, fol. 87, parte 2.a; A ntist, pág. 567;
Teixedor, lib. IV, cap. II.)

3SS— 1450—Lyon. Según relación de Juan Quero,


un sacerdote, yendo a Roma para ganar el J ubileo, pues
era éste «año santo», contrajo, sin saber cómo, la as­
querosa e incurable enfermedad de Ja lepra. De pies
a cabeza estaba lleno, y eran sin éxito los exquisitos
remedios que se le aplicaban para curarle. Como la
fama de ¡os milagros y beneficios de San Vicente F e­
rrer con sus devotos corría por Francia más que en
otra parte del mundo, por lo mismo que en aquella
nación se guardaban los santos despojos del bienaven­
turado, algunos amigos aconsejaron al leproso que
probara a poner en manos de San Vicente su curación,
y aun le dijeron que debería ir a B retaña para vene­
rar el santo sepulcro de San Vicente. El sacerdote
dolorido aceptó, con m uestras de reconocimiento, la
sugestión y comenzó a encomendarse a nuestro San­
to, y le prometió ir a Vannes a visitar su sepulcro.
No bien acabó de hacer esta promesa encontró alivio
y quedó gratam ente sorprendido, porque ia lepra le
había desparecido por completo de ia mitad del
cuerpo. Alegre y confiado, pues, emprendió su viaje
a Vannes, y apenas se postró ante el sepulcro del San­
to, cuando quedó enteram ente curado de aquella en-
fermedad, y tan perfectam ente le curó el Santo, que
en nada se le conocía que hubiera tenido lepra, ni en
adelante la tuvo ya más. (Fages, parte 6.a, cap. IV;
Valdecebro, lib. III, cap. X X X IX ; Proceso, fol. 129,
parte 1.a; Antist, pág. é l l ; Teixedor, S u p l, lib. IV,
cap. IV.)

320—1451—Toulouse. Se encontraba gravemente


enferma y ya mucho tiempo baldada una señora, lla­
mada D.a Flor, que vivía en la calle Malicoquinati
( M a l cuinat, que dicen en Valencia, donde en el si­
glo xvii aun había tam bién calle con este nombre).
E sta señora, habiendo cahido los nuevos prodigios
que volvían a hacerse por la intercesión de San Vi­
cente Ferrer, suplicó al Santo que se dignara inter­
poner su valimiento cerca de Dios Nuestro Señor en
favor suyo; y para más obligar al Santo le hizo voto
ds ir al Convento de Santo Tomás y visitar el al­
ta r que le tenían dedicado en el claustro, porque aun
el Santo no estaba canonizado. Apenas pronunció su
voto, se quedó llena de asombro, pues sintió no sólo
que podía moverse del lecho, sino tam bién que la
parálisis había desaparecido y que estaba, en fin,
tan buena y sana, como si jam ás tuviera la menor do­
lencia. El asombro fué general, y más cuando, andan­
do el tiempo, se observó que ya no le volvieron acha­
ques ni enfermedades como las que habíale quitado
el Santo. (Proceso, fol. 196, parte 2.a; A ntist, pági­
na 317; Serafín, pág. 721; Vidal, pág. 293; Teixedor,
lib. 111, cap. IX.)

321— 1-151— Phermel, diócesis de Malo (Francia),


Por el estío, un hombre perdió la vista, sin que nin­
gún remedio se encontrara para curarle. Al cabo de
dos meses, oyendo los milagros que hacía Dios por
— 269 —
la invocación del maestro Vicente Ferrer, se volvió
también al Santo y comenzó a pedirle con mucha fe
que lo sanase. Hízole voto de que si curaba iría en
persona a Vannes a visitar su santo sepulcro y dejar
allí, en memoria del beneficio recibido, unos ojos a rti­
ficiales. Después de hacer esta promesa, su ánimo
quedó tranquilo y confiadam ente esperaba en que el
Santo le oiría. En efecto, a los pocos días, sin más
medicinas, recobró la vista y estuvo m ejor que
antes de perderla. Poco después fué a Vannes y oró
ante la sagrada tum ba, y al irse dejó para culto del
Santo una buena limosna, pero no los ojos artificia-
Ies que había prometido. A los dos años, sin causa
aparente, le acometieron terribles convulsiones y do­
lores de cabeza y en los pies. Y como los médicos no
atinaran a definir esta enfermedad, el Santo vino
como a definirla. Sucedió que el paciente cayó en cuen­
ta de que no había cumplido lo de dejar en el santo
sepulcro los ojos, y lloró su descuido y volvió a pro­
meter llevarlos, y sólo con esto sanó de repente, des­
pués de siete semanas que llevaba con tan terrible
enfermedad. Cumplió fielmente su promesa y en a d e­
lante ya no tuvo nada. Valdecebro dice que el sujeto
de este prodigio era de Pleniguer, y que le volvió la
ceguera, no las convulsiones. Las discrepancias son
bien tenues para la verdad del hecho. (Proceso, folio
134, parte 1.a; A ntist, pág. 374; Valdecebro, lib. III,
cap. X X II; Teixedor, lib. IV, cap. IV.)

322— M51— Chef-du-Bois. Un hijo pequeño de un


tal Derroras estaba atacado de enfermedad tan rara,
que los médicos no podían medicinarle, y eso que le
visitaron los más notables de la región. Al fin la en­
fermedad puso ai niño a las puertas del sepulcro, y
— 270 —

los médicos pronosticaron con e! desahucio que mori­


ría irremisiblemente muy en breve. Entonces los pa­
dres del niño, en unión de U familia y muchos am i­
gos, comenzaron a pedir a Dios que, por los méritos
dsl maestro Vicente Ferrer, a quien todos tenían por
santo, se dignara librarlos de aquella desgracia; y al
Santo hacían muchas y fervorosas oraciones para esto
mismo. El Santo otorgó lo que con ta n ta fe se le pe­
día, porque el enfsrm ito repentinam ente se puso bue­
no en tal forma, que los médicos declararon que esta
curación era menos inteligible para la ciencia que la
enfermedad que el niño padecía. (Fages, parte 6.a ,
cap. IV.)

323— 1451—Otro señor del mismo apellido que


el anterior, llamado Oliverio, tenía un hijo que, sin
saber cómo ni por qué, el día 25 de Julio de este año
quedó enteram ente mudo. Oliverio habíase ido aque­
llos días a Vannes con una romería que se hizo al se­
pulcro de San Vicente Ferrer; por eso, sólo al volver
pudo enterarse de la desgracia de su hijo, A todos cho­
có que tal desventura no le afectara lo mucho que el
caso requería; pero era que venía entusiasm adísim o
con el poder de San Vicente, que había adm irado en
los prodigios y exvotos que había visto en Vannes.
Por eso, sin preocuparse de buscar y consultar mé­
dicos, se dirigió a una imagen del Santo, y con fe firme
le dijo: «Ya que tantos milagros he visto que hace
vuestro sepulcro en Vannes, haced ahora uno más
en mi hijo, curándole de esta enfermedad, y él, con-
migo y con su madre, tam bién irá a vuestro sepul­
cro a daros gracias, y allí ofreceremos algo para vues
tro culto.» Term inada esta súplica y siendo cumplido
u n año desde que el joven quedó mudo, éste sanó re-
— 27Í —
pentínam ente. (Valdecebro, lib. III, cap. X X I; T ei­
xedor, Supl., lib. IV, cap. in .)

324—1451— Este año era de peste p a ra la B retaña,


y el propio Oliverio cuenta que el día mismo 25 de
Julio en que su hijo quedó mudo, y él, ignorante ds
esto, visitaba la sagrada tum ba de San Vicente Ferrer,
rogó al Santo que él y toda su casa y familia fue­
sen preservados de la terrible enfermedad. El ruego
fué despachado’ favorablem ente, pues ni Oliverio ni
nadie de su familia y casa fueron atacados del cólera,
no obstante que este azote de la ira divina hacía es­
tragos en sus mismos vecinos. (Teixedor, libro IV,
cap, III, S u p l)

325— 1451 — Bretaña. U na mujer 1iamad a P e rri­


na Dayot fué víctim a del cólera o peste, que desohba
aquella comarca. Y tan violentam ente le acometió,
que en breves instantes la puso a las puertas de la
muerte. En este apuro, y como Oliverio Douval y otros
le refirieran los muchos milagros que obraba San Vi­
cente Ferrer en su sepulcro, en los que se acogían a
su patrocinio, ella con mucho fervor invocó al San­
to y en el mismo instante quedó curada y sana com­
pletamente, con asombro de los médicos y de muchos
que habíap acudido allí para asistir a la recom enda­
ción de su alma. (Teixedor, S u p l, lib. IV, cap. IIÍ.)

326— 1451— D urante nueve meses, este año, Ju an


Balorce tuvo fiebres todos los días, gastándose una
fortuna, como suele decirse, en médicos y medicinas.
Agotados todos los recursos humanos, se volvió muy
dolorido y con fe a la invocación de San Vicente Fe­
rrer. Le ofreció al Santo que, si le curaba, todos los
— 272 —
años que le quedaran de vida daría una limosna para
su sepulcro. Pronunciada su promesa, le desaparecie­
ron por completo las fiebres. A los tres días fué al
santo sepulcro dei maestro Vicente a darle gracias;
mas otra vez allí mismo fué presa de calentura muy
alta e infecciosa. El, sin embargo, no decayó de áni­
mo, antes, recostándose sobre la tum ba bendita, decía
que no se levantaría de allí hasta que el Santo le cu­
rase del todo. Y así perseveró, rogando al Santo le
concediera este favor. A la hora quedó limpio de la
fiebre y en adelante nunca más padeció de esta enfer­
medad. (Proceso, fol. 106, parte 2.a; A ntist, pág. 3S7;
Teixedor, Supl., lib. IV, cap. IV,)

327— 1452— El m atrim onio Le Franch era feliz


y se complacía extrem adam ente en un hijo que el
cielo les concedió. Pero el 6 de Enero de este año nu­
blóse aquella felicidad. La esposa tenía en su regazo
a su_hijo, y cuando con más cariño lo acariciaba, fué
súbitam ente atacada de epilepsia y convulsiones vio­
lentas, que al fin se declararon mal de corazón. En
el momento del ataque estrelló contra el suelo la
criaturita, y fué milagro no muriera, y ella cayó en
el fuego que ardía en la chimenea. Salida de este
ataque, quedó lisiada y grave. El Viernes Santo le
repitió el ataque. E ran desesperados los esfuerzos de
la ciencia para curarla, y los médicos tuvieron que
declarar incurable esta dolencia. Entonces la familia
de la enferma comenzó a encomendarla, con mucha
fe, al maestro Vicente Ferrer. Le volvió el ataque
con mayor fuerza en Abril. La fam ilia insistía en
pedir al Santo, y al fin, pasados unos días, la enferma
curó de repente y nunca más tuvo aquella enferme­
dad. (Proceso, fols, 118 y 119, parte 1.a; A ntist,
— 273 —

pág. 379; Valdecebro, lib, III, cap. IV; Teixedor,


lib. IV, cap. IV.)

328— 1452— Diócesis de Vannes. Otros creen que


fué diócesis de Rennes. Una niña de unos seis años,
hija de Ju an Michard, sastre de oficio, iba enredando
y jugando por ía casa; de repente le cae sobre la cabeza
un enorme madero. La pobre Ju a n ita , que así se lla­
maba, comenzó a dar tales gritos y a llorar con ta n ­
to dolor, que sus padres, asustados, corrieron presu­
rosos hacia ella, y la encontraron bañada en sangre y
abierta la cabeza en tal forma, que a todas luces se
desangraba. No se les ocurrió por de pronto otra cosa
que llam ar con urgencia al barbero Godofredo Le-
clerc, para que, cortando el cabello y afeitando la
cabecita, se pudiera contener tan enorme hem orra­
gia. Llegó Leclerc y certificó que él no podía hacer allí
nada, porque J uanita tenía fracturados los huesos del
cráneo. La cabeza de la pobre niña parecía, dice el
mismo Michard, su padre, «una m anzana podrida». La
niña, sin embargo, con los primeros auxilios de sus
padres, permaneció medio día y toda la noche en un
letargo mortal, pues ni tomó nada ni se le notaba
respiración. Su m adre era m uy devota de San Vicen­
te Ferrer, y con las ansias y angustias que pueden
suponerse, no dejaba de pedirle por su hijita, y es­
tando ella en un momento de mucha fe en el Santo,
la niña dió un suspiro, comenzó a hablar, y sonrien­
do decía que no tenía nada. En efecto, la cabeza, sin
otros remedios, volvió a su estado normal, y ni señales
le quedaron de aquellas trem endas heridas. (Proceso,
fol. 148, parte 1.a; A ntist, pág. 364; Valdecebro, li­
bro III, cap. XLV; Teixedor, Hb. IV, cap. IL)

LOS M IL A G R O S D E S A N V I C E N T E F E R R E R 18
— 274 —
329 — 1452— Toulouse. Un señor, juez del crimen
de esta ciudad, tenía gravem ente enfermo a un hijo
suyo pequeño, a quien todos los de casa am aban con
delirio. Por aquellos días se hablaba con gran calor,
en todo el mundo, de los muchos milagros y favores
que se obraban y conseguían a la invocación del ben­
dito P. Vicente Ferrer. Y_en especial, una tía del en-
fermito se deshacía en ponderar la virtud milagrosa
del Santo, porque estaba altam ente impresionada con
un prodigio obrado por medio del birrete de San Vi­
cente, que guardaban los Padres Dominicos de aque­
lla ciudad; y fué, que hacía pocos días una señora gra-
vlsimamente enferma curó al sólo tocarla con aque­
lla reliquia. Como los médicos no daban esperanza de
curarse el niño, su tía envió al Convento, suplicando
que se dignaran traer al enfermito aquella reliquia.
Fué, en efecto, un Padre del Convento con el birrete
del Santo y se lo puso al niño en la cabeza, y al ins­
tante, con gran sorpresa de todos, el niño quedó ale­
gre y curado radicalmente. {Proceso, fol. 196, par­
te 2.a; Teixedor, lib. IV, cap. IX.)

330 — 1452—H abía nacido m uerta una criatura,


cuyos padres eran devotísimos del santo Vicente Fe­
rrer. E ra fruto mucho tiempo esperado por ellos y
toda la parentela, y esto no les dejaba consolar­
se con nada. En este am argor de ánimo, tanto los
padres como sus parientes comenzaron a invocar
fervorosam ente la intercesión del Santo. Se postra­
ron, pues, y rezaron varias oraciones con un Padre­
nuestro. Y ¡caso maravilloso! antes de term inar el
Padrenuestro, la criaturita comenzó a moverse, y al
fin vivió o revivió, después de media hora que hacía la
declararon m uerta los médicos. Puede suponerse el
— 275 —
alborozo de aquellos devotos del Santo, a quien en
adelante hubieron de vivir agradecidos. (Proceso, fo­
lio 66, parte 2.a; A ntist, pág. 367; Valdecebro, lib, III,
cap. XLV; Teixedor, lib. IV P cap. II.)

331 — 1452— El 2 de Febrero de este año cayó en-


ferma, de un gran dolor de costado, la esposa de Pe-
rrin Hervé. alias Grasset. Con nada se le podía cal­
mar. Vinieron los mejores médicos, y, apurando los
recursos del arte, no lograron tampoco el menor re­
sultado. Además, la enferma no podía absolutam ente
retener ninguna clase de alimento, y al fin llegó a ser
desahuciada y entró en la agonía. En tan apurado
trance, Grasset, muy llorosa, recurrió a la devoción
que toda su familia profesaba al maestro Vicente F e­
rrer. Comenzaron, pues, a rezarle, e indicaban a la
enferma que, en el corazón, ella tam bién rezara.
Así lo hizo la enferma, y al punto desapareció todo el
mal y quedó enteram ente sana, yendo pocos días
después, acom pañada de su marido, a darle gracias
al Santo en su sepulcro. (Proceso, fol. 22, parte 2.a;
Teixedor, Supl., lib, IV, cap. IV.)

332—1452—-Vannes. El sacerdote Ju an Quero fué


atacado de la peste con ta n ta violencia^ que al ins­
tante se le gangrenaron las ingles y todo hacía pre­
sumir que al punto moriría. Sin embargo, él parecía
tranquilo, porque se había puesto bajo la protección
del maestro Vicente Ferrer, a quien esperaba ver ca­
nonizado bien pronto. Le suplicaba fervorosam ente
que le librara de aquel peligro en que estaba, y le hizo
voto de que en adelante fom entaría su culto e imi­
taría sus virtudes. Tan luego terminó de pronunciar
su promesa, instantáneam ente salió de la agonía y
entró en franca convalecencia; a los tres días abando­
nó el lecho, y poco después quedó perfectam ente cu­
rado y más sano que antes de haber tenido cólera o
peste. (Teixedor, Supl., lib. IV, cap. IV.)

333— 1452—Vannes. La esposa de un tal Collet


tenía experiencia de lo mucho que puede el maestro
San Vicente Ferrer para favorecer a ios que le invo­
can con fe y fervor. Porque el año 1420, ella misma
fué curada de la vista por intercesión del Santo. Su­
cedió, pues, otro caso en que esta m ujer quedó más
agradecida al Santo y más entusiasta promovedora
de su devoción. Fué que el día de la Ascensión de este
año, acom pañada de una hija suya pequeña, m ila­
grosamente curada por el Santo, visitó la iglesia don­
de está la bendita tum ba de sus restos. Oró allí un
rato y luego, con m ucha devoción, puso sus manos
sobre el sepulcro, y en el mismo instante vió y palpó
que éste se elevó como cuatro dedos. Con esto, aque­
lla devota m ujer quedó más entusiasm ada para pro-
mover la gloria de su amado San Vicente Ferrer y
trab ajar por su canonización. (Proceso, fol. 119, par­
te 1.a; A ntist, pág. 408; Teixedor, S u p l, lib. IV, ca­
pítulo IV.)

334—1452—Vannes, El siguiente milagro causó


grandísim a admiración. U na joven, niña de unos doce
años, andaba jugando con una hebilla, metiéndosela
y sacándola de la boca; pero, por uno de esos movi­
mientos naturales de la deglución, que no siempre
se pueden evitar, se tragó la hebilla; era ésta de ace’
ro y del cinturón d e 'la niña. Excusado es decir que
se le atravesó en el esófago y era inútil intentar .sa­
cársela, pues la niña, a cada movimiento, se desga­
— 277 —

rraba de dolor, y los médicos se declararon im poten­


tes para remediar este mal. La infeliz criatura se iba
acabando, pues ni podía comer ni beber, y sólo le
quedaban fuerzas para estar en continuo desasosiego.
La familia, consternada, tuvo la dicha de que alguien
sugiriera la idea de que, pues el maestro Vicente Fe­
rrar obraba tantos milagros y pronto le canonizarían,
encomendaran la nina a su patrocinio. Se hizo así y
se le dijo a la paciente que form ulara en su corazón
un voto al Santo, prom etiendo ir a su sepulcro en
seguida. La llevaron, pues, y estando allí todos oran­
do, la nina dió un grito de alegría,, porque la hebilla,
sin haber hecho nada la paciente, salió por sí misma
de la boca. (Fages, p arte 6.a, cap. IV.)

335—1452—Joselín. El 2S de Junio, un joven de


15 años, llamado Guého, y cuyos padres aquellos días
estaban en Vannes con motivo del Jubileo, se ba­
ñaba descuidadam ente en una gran acequia de mo­
lino. Con imprudencia se metió en el remanso que for­
maba la presa, y como no sabía nadar, eí remolino
que allí forma el agua lo lanzó a la corriente, donde
pereció ahogado. Por tres veces se le vió aparecer so­
bre la superficie, siendo juguete del impetuoso cau­
dal del agua, pero a la tercera vez ya se hundió para
no aparecer. E ntre los muchos curiosos que desde
las márgenes de la acequia veían aterrados esta des­
gracia, se encontraba un tal Margot Boudart, el cual
era devotísimo del maestro Vicente Ferrer. Este, pues,
gritó a todos; «Pedid al santo maestro Vicente que se
salve ese chico.» Como movidos por un resorte, to ­
dos cayeron de rodillas invocando al Santo, y en se­
guida volvieron a ver flotando tranquilam ente sobre
el agua al infeliz joven, que estaba boca arriba y sin
— 278 —

el menor movimiento, cual si fuera un cadáver. Re­


doblaron las súplicas con entusiasmo, y entonces el
joven volvióse boca abajo y comenzó a nadar, sal­
vando la corriente y ganando la orilla. Pero al lle­
gar vieron que estaba con los ojos cerrados y pálido
como un m uerto, aunque gritó fuerte: «Jesús!» Le
envolvieron, pues, en una m anta y le hicieron repo­
sar, y al fin se espaviló del todo y quedó tan bien
como si nada le hubiera acontecido. «Esto, dice la his­
toria, no puede menos de considerarse como un mi­
lagro, porque todo el mundo, en Joselín, conoce esta
balsa profunda, en la que se han ahogado muchas
personas, sin que jam ás se haya podido salvar nin­
guna.» (Fages, parte 6.a, cap. IV; Proceso, fol, 48,
parte 1.a, y fol, 40, parte 2.a; A ntist, pág. 361; Tei­
xedor, lib. IV, cap. III.)

336— 1452—Vannes. Fué herido de la peste el


niño Guillén Travers, de 13 años de edad e hijo de
un criado del duque de Bretaña. La dolencia le pos­
tró de modo que se desconfió de poder salvarle, y, en
efecto, el pobre niño entró en breve en la agonía. En­
tonces, cuando ya en lo humano no había remedio,
Dios Nuestro Señor inspiró a los padres del enfer-
mito y demás del Palacio ducal, que acudieran a pe­
dir el remedio del cíelo por medio del santo Vicente
Ferrer, de quien los duques de B retaña eran devotí­
simos. Comenzaron, pues, todos a invocar sobre el
enfermo la protección del siervo de Dios, y el niño,
que creían todos iba a dar la últim a boqueada, co­
menzó tam bién a hablar m uy alegre y risueño. En­
tre otras cosas decía: <<jOh, qué bien he estado!» Le
preguntaron que dónde había estado, y contestó: «No
sé; pero sí os aseguro que he visto cosas muy boni­
— 279 —

tas.» Y en seguida se levantó de la cama tan bueno


y sano como si nada hubiera tenido. (Proceso, folio
45, parte 1.*, y fol. 46, parte 2.a; Antist, pág. 405;
Teixedor, Supl., lib. IV, cap. IV.)

337— 1452— Vannes. Rodolfo Ruallano íué vícti­


ma de la peste. Hiciéronsele unas hinchazones horri­
bles en todo el cuerpo y principalm ente en el cuello,
que se le puso tan deforme, que un buey no lo tenía
más grande, dice una crónica. Declarado el caso
desesperado por los médicos, se le adm inistraron los
Santos Sacram entos de la Penitencia, Comunión y
Extremaunción, y ya todo conspiraba para dar por
acabada en la tierra aquella existencia. La familia
del paciente, sin embargo, no cesaba en pedir al
maestro Vicente F errer que consiguiera de Dios la sa­
lud del enfermo, y luego que le olearon, redoblaron
con más fe sus ruegos y plegarias. Y sucedió que, a
los pocos momentos de habérsele oleado, el enfermo
salió de su letargo y entró en franca mejoría, y al día
siguiente, enteram ente curado, fué al sepulcro del
Santo para darle gracias por este favor tan prodi­
giosamente otorgado. (Proceso, fol. 34, parte 1.a;
Antist, pág. 40o; Teixedor, Supl., lib. IV, cap. IV.)

338— 1452—Vannes. U na señora, esposa de J. An-


guenegon, atacada de peste, llegó a tal postración,
que se creyó por todos que su m uerte era segura y
muy acelerada. Se hinchó to d a ella de m anera ex­
traordinaria y en las ingles se le form aron unos tu ­
mores asquerosísimos. Todos los intentos de la cien­
cia eran ineficaces, y los médicos dijeron que dispu­
sieran ya el entierro, pues tendría que enterrarse
en seguida que muriese y esto era inminente. Sin em­
— 280 —

bargo, sobre los hombres está Dios Nuestro Señor.


Ocurriósele a la familia acostar a la enferm a en una
cam a que había usado San Vicente Ferrer y que en
Vannes se tenía en gran veneración, y la llamaban:
Cama de penitencia. Recostada allí, la doliente y
m oribunda m ujer oró en su corazón al Santo, pidién­
dole la curara, si era la voluntad de Dios; y no bien
hizo esta humilde y cristiana súplica, pidió la llevaran
o tra vez a su propia cama, porque San Vicente la
iba a curar. Y, en efecto, en el mismo instante de que­
dar tendida en su cama, dió un grito de alborozo, se
levantó ágil, y todo su mal y la hinchazón y la peste
habían desaparecido. (Proceso, fol. 128, parte 1.a;
A ntist, pág. 406; Teixedor, Supl., lib. IV, cap. IV.)

339— 1452—Vannes. En los estragos que este año


hizo la peste en la B retaña francesa es digno de no­
tarse el caso siguiente. Los esposos Yegat tenían once
hijos y una niña de unos meses. Uno tras otro, en
pocos días, se murieron todos los hijos, menos el más
pequeño, que se llam aba Bertrando. Pero tam bién a
éste.alcanzó tan trem endo azote, y el pobre niño que­
dó casi muerto, y por tal le tuvieron, aunque los mé­
dicos no perm itieron se en terrara porque no veían
claro el caso. E staba frío, lívido, sin ia m enor respi­
ración. La madre del niño, llam ada Catalina, lloraba
inconsolable y llam aba coa fe al maestro Vicente
Ferrer, y para más obligar al Santo a que hiciera el
milagro de no morir su hijo, envió un cuñado suyo a
la Catedral, donde reposan los restos benditos del
Santo, para que en seguida y en aquel mismo sitio
se celebrara una Misa de ruegos en honor del Taum a­
turgo. El m andatario cumplió su cometido y la Misa
se celebró, oyéndola él mismo. Terminada, regresó
— 281 —

a casa de sus hermanos, y se encontró ai niño Ber-


trando vivo, sonrosado y comiendo encima de la
cama, como si tal cosa. Pasados dos días, el niño ab an ­
donó el lecho y quedó’corepletam ente bien. (Proceso,
fols. 45 y 46, parte 1.a; Antist, pág. 406; Teixedor,
Supl., lib. IV, cap. IV.}

340—-1452—'V annes. Como ya hemos visto, este


año fué de grandísimo luto para la Bretaña, pues
la peste hacía víctim as a diario. Sin embargo, infi­
nidad de apestados sanaba a sola la invocación del
nombre del santo Vicente Ferrer; pero no todos fia­
ban tanto del favor del cielo que dejaran de poner
las diligencias hum anas, como era razón. En Agosto,
la esposa de un tal Loranz, que tenía un hijo único
de cuatro años, llamado Guillermo, ante el tem or de
que se lo arreb atara la epidemia, salió de Vannes con
su hijo, para refugiarse en un pueblecito de Bretaña,
llamado Clereguet. Mas le valió poco esta diligencia,
porque eí terrible azote le siguió hasta allí, y el niño
Guillermo fué presa de la común dolencia, y tan fuer­
temente le atacó la peste, que los médicos lo dieron
por muerto. La desventurada m adre comenzó con
grandes sollozos y suspiros a invocar al m aestro
Vicente, poniendo en él toda su confianza y pidién­
dole que no m uriera su hijo. E sta confianza parece
que el Santo quería ver en aquella señora, porque,
acabando ella de hacer esta súplica, el niño Guiller­
mo se reanimó, y un instante después estuvo sano y
bueno, mejor que antes de tener la peste. (Proceso,
fol. 71, parte 2.a; A ntist, pág. 407; Teixedor, Supl., H*
bro IV, cap. IV.)

341-—1452—Vannes. O tra víctim a de la peste fué


— 262 —
la joven de veinte años H enrica Annoblan. Llegó el
mal hasta lo último, tanto, que se dispuso ya el en­
tierro y se trajo el ataú d a la casa. No obstante esto,
los padres de Henrica tenían depositada su confian­
za en el poderoso auxilio del maestro Vicente Ferrer,
y no cesaban de pedirle por la curación de su hija.
Cuando vieron el ataúd y demás aparatos fúnebres,
redoblaron sus ruegos al Santo con tan gran fervor,
que en su interior sintieron como que el Santo les
aseguraba de que su hija viviría. Ellos prom etieron
al Santo que, si curaba su hija, publicarían este mi­
lagro y llevarían a su sepulcro un ataúd de cera. Cuan­
do acabaron de pronunciar su promesa, la enferm a
recobró la color y el calor de la sangre y quedó com­
pletam ente bien, como si peste no hubiera tenido.
Y seguidamente ella y sus padres fueron al sepulcro
del Santo, donde más adelante enviaron el ataú d de
cera. La misma Henrica es quien, en el Proceso de
Canonización, depuso bajo juram ento este suceso.
{Proceso, fol. 107, parte 2.a, y fol. 108, parte 1.a; An­
tist, pág. 407; Teixedor, Supl,, lib. IV, cap. IV.)

342— 1452—Vannes. Una niña llam ada A lista Co-


llet, de unos seis años de edad, enfermó de fiebres
que no atinaban los médicos a definir. Poco a poco,
sin embargo, se vió lo que era, pues a la niña se le
hicieron unos como carbunclos en las orejas, y luego
todo el cuerpo se le llenó de manchas, con lo que ya
los médicos declararon que la niña era presa de la pes­
te reinante. Muy acongojado, el padre de la enfermi-
ta se fué a orar sobre el sepulcro de San Vicente Fe­
rrer, a quien profesaba mucha devoción; allí le pidió
con fervor la salud de su hijita. Y como lleno de con­
fianza se volvió a su casa; mas, al entrar en ella, su
— 283 —

Alieta entraba en el período agónico. Postrado con


su esposa alrededor de la cama de la enfermita, co­
menzaron ambos esposos a llorar y suspirar con la
pena que se puede suponer; ambos, en medio de sus
llantos, no cesaban de llam ar al m aestro Vicente, y
estando así, la enferm ita salió de su sopor m ortal,
abrió los ojos, y muy n atural y risueña dijo: «No llo­
réis, que no moriré de esta enferm edad, porque el
P. San Vicente me curará.» En efecto, desde aquel m o­
mento, Alieta, sin más asistencia facultativa, se re­
puso y curó el mismo día, quedando con más salud
que antes. (Proceso, fol. 119, parte 1.a; A ntist, p á ­
gina 408; Teixedor, Supl., lib. IV, cap. IV.)

343— 1452—Vannes. Una señora tenía un hijo en


ama, la cual vivía en uno de los arrabales de la ciudad.
La epidemia que este año reinaba en B retaña atacó
a este niño, y el ama, sin pérdida de tiempo, avisó a
la madre de lo que pasaba, añadiendo que, si -no ve­
nía en seguida, tal vez lo encontrara ya sin vida. La
desolada madre voló y se trajo al niño enfermo y todo
a su morada de Vannes. Llegada a su casa, se arro ­
dilló delante de una imagen de San Vicente Ferrer, y
con gran piedad le ofreció a su hijo, para que él,
como cosa suya, dispusiera del niño. Y sucedió que,
como si el Santo aceptara la oferta y el niño fuera en
verdad cosa suya, éste sanó de repente, comenzó a
reír y pedir el pecho. Pasada media hora, no había
en él ni el menor rastro de aquella gravísima enfer­
medad. (Proceso, fol. 60, parte 1.a; A ntist, pág. 409;
Teixedor, Supl., lib. IV, cap. IV.)

344— 1452—Vannes. Una señora de la nobleza sa­


lió de esta ciudad huyendo aterrorizada de los estra­
— 284 —
gos que allí h a d a la peste. Sin embargo, la peste la
siguió y dióle alcance, atacándola con tal bravura,
que la infeliz m ujer llegó al artículo de la m uerte y
los médicos la dieron por m uerta; antes, empero, se
pasó aviso al Párroco, que vino a adm inistrarle los
santos óleos. La moribunda, en medio de la conster­
nación que todos tenían, oraba en el interior de su
alm a y pedía al maestro Vicente Ferrer que le alcan­
zara de Dios ser libertada de la peste, si tal convenía
a la gloria divina y salvación de su alma. Estas sú­
plicas, hechas con tanto espíritu cristiano, fueron
aceptas a San Vicente Ferrer, pues cuando menos
se esperaba la enferma se reanimó y repentinam ente
se encontró sana. Esta señora después no acababa de
adm irar y propagar la devoción a San Vicente, que
tan prodigiosamente la había curado. (Proceso, folio
62, parte 1.a;, Antist, pág. 409; Teixedor, Supl., li­
bro IV, cap. IV.)

345— 1452—Vannes. <<Mícer Ivon, abad del mo­


nasterio de N uestra Señora de Lauvsux, en la dió­
cesis de Vannes, tenía un sobrino de diez y seis años,
al cual envió un día a coger nueces. Comprendió el
muchacho que se tra ta b a de subir a un soberbio no­
gal que había en el huerto del monasterio, y no sólo
lo hizo asi, con todo el ardor propio de su edad, sino
que quiso además coger un nido de maricas, suspen­
dido de una de las ramas más sólidas.» Desde aquella
altura se cayó el infeliz al suelo, reventándose y que­
dando muerto, según todas las apariencias. El Abad,
su tío, ido al lugar del suceso y certificado de la des­
gracia, no pensó ya en más sino en encargar a todos
los religiosos que pidieran a Dios, por la intercesión
del maestro Vicente Ferrer, se dignara, al menos, con­
— 285 —
ceder al chico que volviera en sí y se confesara. Todos
pidieron al Santo esta gracia, y al instante el m ucha­
cho se levantó sano del todo, como si nada hubiera
ocurrido. Este suceso parece sucedió este año de 1452;
(Fages, parte 6.a, cap. IV; Proceso, fol. 48, parte 2.a.
Valdecebro, lib. II, cap, X L IÍ; Teixedor, lib. IV,
cap. II.)

346— 1452— Vannes. Un tal Limón, viudo, con


siete hijos de familia, estaba am edrentado con los
estragos que cada día oía decir de la peste reinante.
En su pánico y terror, se fué un día a orar al sepul­
cro del santo Vicente Ferrer, y allí le pidió con gran
fervor que se dignara preservar a su familia del azote
de la peste, y que por lo menos librara de ella a sus
dos pequeños, que él am aba tiernam ente, y eran Oli­
verio, de once años, y Juan , de catorce. A los pocos
días de haber hecho esta súplica, la peste entró en
la casa de Limón, y en breve arrebató de la vida a
cinco de sus hijos, dejando incólumes a Limón y a
sus dos hijos Oliverio y Juan. (Proceso, fol. 60, p a r­
te 1.a; Antist, pág, 410; Teixedor, Supl., lib, IV, ca­
pítulo IV.)

347— 1452—-La esposa de un tal Guillermo Carré


sufría de una dolencia tan aguda, que llegó al último
extremo, del que salió, pero quedando ciega comple­
tamente. Cuatro meses llevaba ya de ceguera, sin que
los médicos pudieran atin ar en el remedio que con­
venía darle para su curación. Así desahuciada, se
deshacía en lamentos la pobre mujer, cuando algunos
amigos de su fam ilia sugirieron la idea de que se acu­
diera a pedir el remedio al maestro Vicente Ferrer,
ya que en la tierra no se hallaba. Toda la familia co­
- 286 -
menzó desde aquel día a invocar el patrocinio de tan
poderoso siervo de Dios, en especial la enferma entró
en gran fervor y entusiasmo, y prometió al Santo
ofrecer por sí misma en su bendito sepulcro, como
testimonio del favor que le pedía, unos ojos de cera,
una moneda y una candela, No bien acabó de pro­
nunciar estas palabras, sintió que su vísta le volvía y
poco después la recuperó del todo. El día 29 de J unió
la ahora afortunada m ujer fué a Vannes y cumplió
su promesa, Después, el '28 de Octubre, volvió a visi­
ta r agradecida el sepulcro de su glorioso protector.
(Proceso, fol. 93, parte l , a; A ntist, pág. 373; Teixe­
dor, lib. IV, cap. IV.)

348— 1452— Un hombre tropezó con un madero


con tan mala fortuna, que el madero le vació por com­
pleto el ojo derecho. Era, pues, inútil intentar curarle
por medios humanos. Los médicos se declararon
im potentes para devolver a aquel desgraciado tan
precioso sentido. Entonces el doliente se volvió a
la intercesión del santo maestro Vicente Ferrer,
Muy lleno de fe, le suplicó que le curara, prom etien­
do enviar a su santo sepulcro una presentalla qua
atestiguara del favor recibido. ¡Caso maravilloso! Sin
otro remedio humano, cuando una vez acabó su sú­
plica al Santo, hallóse curado radicalmente, con el
ojo norm al y viendo con él m ejor que antes. (Proce­
so, fo l 135, parte 1.a; Antist, pág. 373; Teixedor, li­
bro IV, cap. IV.)

349— 1452—Vannes. Una niña pequeña fué a ta ­


cada de la peste reinante por aquel entonces en
toda la Bretaña; y tan violentam ente le entró el mal,
que la infeliz criatu rita comenzó a agitarse en las
— 287 —
convulsiones de la muerte. Su madre, presa del do
lor agudísimo que le causó ver a su hija en este tra n ­
ce, hecha una loca, salióse de casa, huyendo como
si la persiguiera algún monstruo y dejando entera­
mente abandonada a su hija. Sin darse cuenta, aque­
lla infeliz madre se encontró frente a la iglesia donde
está el sepulcro de San Vicente Ferrer, y maquinal-
mente se entró en la iglesia y, arrodillada sobre la
tum ba veneranda, comenzó a sollozar y a pedir al
Santo que no perm itiera que su hijita muriese. He­
cho este ruego, serenóse su espíritu y muy tranquila
se dirigió a su casa. Al entrar en ella, vió que la pe-
queña estaba casi buena y desde luego fuera dei a r­
tículo de m uerte en que la había dejado, y que con
mucho afán le pedía el pecho. Se lo dió con el fervor
y entusiasmo que se puede suponer, y pasados dos
días, aquella niña estaba com pletam ente libre de la
peste y curada como si no la hubiera tenido. (Pro­
ceso, fol. 44, parte 1.a; Antist, pág. 405; Teixedor,
Supl, lib. IV, cap. IV.)

350— 1452—Vannes, El hijo de una talC oreta fué


víctima de la peste. Cayó en tal postración, que pa­
recía muerto, sin tom ar alim ento casi una sem ana en­
tera, de lunes a sábado. Los médicos este día des­
ahuciaron al enfermo; pero la afligida m adre se dirigió
en súplica ferviente al m aestro Vicente Ferrer, pi­
diéndole que, pues en lo humano no había remedio
para su hijo, a éí lo recomendaba, fiada de que, si
quería, lo podía sanar. El mismo día y luego que la
afligida m ujer term inó su ruego, el chico se reanimó
y pidió a su m adre que le diera alguna cosa de comer.
La madre le dió lo que primero le vino a la mano, que
fué una fruta. La comió, y sin otra medicina le des­
— 288 —
aparecieron los agudos dolores en que estaba, y a los
quince días quedó enteram ente bien. Cuando, en el
Proceso de Canonización del Santo, la misma Coreta
juró la verdad de este hecho milagroso, añadió que
ella fué al sepulcro a darle gracias al Santo, y allí vió
a muchas personas que le estaban agradeciendo al
siervo de Dios el haberlas curado de la peste y algu­
nas por haberlas resucitado. De un solo pueblo o pa~
rroquia vió once. (Proceso, foh 88, parte 1.a; Teixe­
dor, Supl., lib, IV, cap, IV.) .

351— 1452-—Toulouse. Por este tiempo, una seño­


ra de la nobleza de Francia se encontraba muy gra­
ve y atorm entada en gran m anera con un dolor tor­
tísimo de cabeza, que no la dejaba reposar un momen
to. Los médicos habían confesado paladinam ente que
en la ciencia no tenían medios para aliviarla. En tal
circunstancia, visitó a la enferma el Rdo. P. Fr. Pe­
dro Guater, dominico del Convento de Santo Tomás
de aquella ciudad, y la exhortó a que pusiera su sa­
lud en manos del santo Vicente Ferrer, pidiéndole con
fervor que la curara; y le prometió traerle un birrete
del siervo de Dios quer como preciosa reliquia, guar­
daban en el Convento. La pobre enferma con esto se
reanimó y comenzó a encom endarse a San Vicente,
suplicándole que hiciera en ella otro de los muchos
prodigios que hacía en sus devotos. AI poco, otra vez
entraba en su habitación el dicho P. Guater con la
prom etida reliquia. Con m ucha reverencia se puso
sobre la cabeza de la doliente el birrete del Santo, y
con él se quedó hasta el día siguiente, que el mismo
Padre fué a recogerlo. Cuando éste llegó al otro^día
a la casa de la enferma, se le dijo que ésta había dor­
mido toda la noche y estaba ya enteram ente curada.
— 289 —
(Proceso, folio 196; Teixedor, libro III, capí­
tulo IX.)

352— 1452— Rehdon. El Abad del Monasterio de


San Salvador venía sufriendo una pleuresía aguda,
y el día 6 de Diciembre llegó al extrem o de declarar
los médicos que el enfermo iba a morir en seguida.
Entonces el Abad moribundo mandó a los religiosos
que se can tara una Misa del Espíritu Santo con con­
memoración del bienaventurado Vicente Ferrer. Pro­
metió o hizo voto adem ás.de que, si el Santo lo cura­
ba, mandaría pintar un buen retrato del siervo de
Dios cuando, como se esperaba, el P ap a lo canoni­
zara. En el momento de acabar de tom ar estas dis­
posiciones, e! bendito Abad se durmió muy reposada­
mente, y al despertar se encontró no sólo que el peli­
gro de m uerte había desaparecido, sino que además
estaba por completo curado de su grave mal. (F a­
ges, parte 6.a, cap. VI; Gómez, lib. II, cap, I; Valde­
cebro, lib. 11ír cap. XL; Proceso, fol. 242, parte 2.a;
Teixedor, lib. III cap. IX.)

353—1 4 52-Q uestem bert. El día 8 de Diciembre,


la esposa de Guili de la Rivi¿re, llam ada Marión, se
dirigía al molino en una caballería indóm ita que guia­
ba al freno un hijo de Marión. En medio del camino,
la bestia se paró, y por más que Marión y su hijo ia
espoleaban, el caballo no se movía del sitio. E nton­
ces el joven de la Riviere, tom ándole a su m adre las
bridas, comenzó a forzar al caballo, pero éste no sólo
no obedeció, sino que ]e soltó al joven una coz tan
tremenda, que el domador cayó muerto al suelo. En
efecto, le había dado en la sien. El pobre muchacho
no se movía ni respiraba, y quedó frío y yerto, sin que
LOS M IL A G R O S DE S AN V I C E N T E F E R R E R 19
— 290 -
una fogata que se quemó para hacerle entrar en calor
aprovechara lo más mínimo. La pobre Marión llo­
raba desolada y con ella lloraban cuantas personas
amigas se habían agrupado en el lugar del suceso.
Todos clam aban a grandes voces y con fe al bendito
maestro Vicente Ferrer, para que viniera, con su in­
tercesión, en socorro de aquella desgracia, y estando
así pidiéndole al Santo, el muchacho volvió en sí y
comenzó a hablar y a pedir él tam bién al Santo que
le ayudara. A los pocos instantes, y sin otra asisten­
cia de médicos y medicinas, el joven quedó como si
nada le hubiera ocurrido. (Fages, parte G.a, cap. V;
Proceso, fols. 238 y 241; A ntist, pág. 364; Valdece­
bro, lib. III, cap. XLV, que dice ocurrió esto en D ri-
go; Teixedor, lib. IV, cap. II.)

354— 1452— Nantes. Por Diciembre, una mujer,


que tenía cerca de esta ciudad un mesón o posada,
se tomó por descuido un brevaje de veneno. Desde
entonces, la desgraciada vivía sufriendo gravísimos
dolores y continuas angustias que la ponían a morir.
En especial sufrió los primeros meses que siguieron
a este fatal descuido. Como no encontraba remedio
alguno ni podía sufrir una vida tan llena de achaques,
comenzó a entregarse resignada en manos de Dios,
pidiéndole mucho que la curara por intercesión del
maestro Vicente Ferrer, Ella había estado el año an­
terior en Vannes, y recordaba que allí vió con sus
propios ojos infinidad de testim onios auténticos de
milagros hechos allí por la invocación de este bien­
aventurado, Movida con este dulce recuerdo, hizo voto
de que si el Santo la curaba, ella tam bién iría a su se­
pulcro y atestiguaría el favor recibido. Al instante
de pronunciar su promesa, sintióse aliviada. Y, fi­
delísima a lo que había prometido, embarcóse para
Vannes. D urante el viaje tuvo fuertes vómitos, p ro ­
ducidos sin duda por el mareo; y los que iban con ella
notaron que con los vómitos arrojaba al mar enor­
mes cantidades de tósigo. Llegada a Vannes la em ­
barcación, ella se vistió el traje de. penitente, y como
por la debilidad en que estaba no podía valerse, la
llevaron al sepulcro del Santo, y en el momento m is­
mo de tocarlo con su mano, quedó enteram ente sana
y robusta, más que antes de haber tenido tan fatal
equivocación. E ra aquel día Pascua de Resurrección
de 1453. (Proceso, fol. 60, parte 2.a; A ntist, pág. 412;
Teixedor, Supl., lib. IV, cap. IV.)

355— 1452— Diócesis de Nantes. A fines de Diciem­


bre, una mujer llam ada Luisa fué presa de la terrible
enfermedad de viruelas, y tan fuertes le dieron, que
perdió el ojo derecho. Siguió enferma hasta carnes­
tolendas del año siguiente, en que quedó limpia de
ellas y curada, pero ciega de aquel ojo. Su padre, muy
devoto de San Vicente Ferrer, dolorido por la desgra­
cia de su hija, comenzó a pedir al Santo por ella y le
prometió que si la curaba la llevaría a su sepulcro,
y cada año, durante su vida, daría cierta sum a para
promover o sostener su culto. Hecho este voto, Lui­
sa, sin haberse aplicado remedio alguno, recobró la
vista perdida, dejando adm irados a cuantos se en­
teraron del suceso. Su padre, sin embargo, pensando
que era Cuaresma ya y que hacía una tem peratura
desapacible y fría en extremo, difirió por entonces y
no creyó oportuno aún llevar a su hija al sepulcro del
Santo, como lo había prometido. Pero no debió ser del
mismo parecer San Vicente, porque Luisa volvió a
quedar ciega del mismo ojo. A sustada la familia del
— 292 —
caso y comprendiendo el padre que era un castigo
visible a su infidelidad, lloró y pidió perdón al Santo,
y de nuevo volvió a prom eter ir a visitarle en su santo
sepulcro. Y, en efecto, se preparaba para cumplir la
promesa, y Luisa otra vez, sin más auxilios, recobró
la vista perdida, y así sana continuó y fué con su pa­
dre a bendecir a su divino médico en su san ta tum ba.
En adelante nunca más padeció de aquel mal. {Pro­
ceso, fol, 134, parte 1.a; A ntist, pág. 375; Valdecebro,
lib. III, cap. X X II; Teixedor, lib. IV, cap. IV.)

356— 1452— Por Junio, un sujeto llamado Gil To-


masón hacía tiempo que venía sufriendo mucho con
no interrum pidas dolencias. Al fin los médicos decla­
raron que sufría una afección grave cardíaca, la cual
poco después se le declaró en gota coral, que decían
los antiguos. Como no podían los médicos curarle y
fueron inútiles cuantos remedios se le dieron, Gil se
aplicó a suplicar a Dios Nuestro Señor que lo curara
por la poderosa intercesión de San Vicente Ferrer.
Pedía a este Santo que con su protección le socorriera
y librara de ta n ta s plagas como sufría, y, para más
obligarle, hizo promesa de que, si le curaba, iría a
Vannes a venerar su santo sepulcro y daría una li­
mosna para su culto. Tan luego pronunció su pro­
mesa, sintió una como conmoción general en su cuer­
po, y se encontró restablecido perfectam ente en su
cabal salud. (Proceso, fol. 132, parte 2.a; A ntist, pá­
gina 380; Teixedor, Supl., lib. IV, cap. IV.)

357— 1453—Vannes. J. Santi enfermó gravem en­


te y en esta gravedad llevaba ya un mes sin adelan­
ta r nada, y acongojado por tener sin despachar los
muchos asuntos de su incumbencia. U na noche, a
— 293 —
eso de las doce, estaba enteram ente desvelado y m uy
triste, cuando se le ocurrió recurrir a im plorar la in­
tercesión del bienaventurado Vicente Ferrer, cuyos
prodigiosos auxilios a sus devotos se llevaban de boca
en boca. Le pidió, pues, que si era conforme al divino
beneplácito su petición, le alcanzara la apetecida
salud; y prometió que, si le sanaba, su prim era vi­
sita había de ser a su santo sepulcro. E stando así
orando, oyó clara y distintam ente una voz que le
dijo: {(Levántate, ya estás bueno, y agradécelo al
maestro Vicente.» Inm ediatam ente se tiró de la cama,
y, en efecto, estaba bueno y sano del todo. A] am ane­
cer fué corriendo al sepulcro del Santo, para darle
gracias por tan insigne beneficio. Muchos escritores
dicen que este sujeta era obispo de Vannes. (Pro­
ceso, fol. 139, parte 2.a; A ntist, pág. 420; Teixedor,
Supl, lib. IV, cap. IV.}

358—1453— Nantes. Cerca de esta ciudad, una


mujer llam ada Luisa sufría horriblem ente la enfer­
medad de la lepra. Llevaba ya gastada una fortuna
para verse libre de este mal, pero n ada había ade­
lantado en tal sentido. Este año varios peregrinos
que venían de Vannes le dijeron los muchos m ila­
gros que ailí hacía el maestro Vicente Ferrer, a quien
todos veneraban como santo y visitaban su sepul­
cro con verdadera piedad, Luisa entonces salió como
pudo de su casa, se dirigió a la iglesia, ss confesó y co­
mulgó en honor del Santo y rogó muy fervorosa al
Señor que, por la intercesión de tan milagroso sier­
vo suyo, íe concediera verse libre de esta enferm edad.
Sus ruegos fueron despachados favorablem ente, pues
en el mismo in stante la fiebre y m alestar en que siem ­
pre estaba desaparecieron por completo. Entonces
— 294 —
prometió al Santo ir a visitar su sepulcro y contri­
buir al esplendor de su culto, y en el acto se encontró
curada com pletam ente de aquella terrible dolencia,
y sin perder tiempo fué a Vannes a cum plir su pro­
mesa. (Proceso, fol. 57, parte 2.a; A ntist, pág, 411;
Valdecebro, lib. III, cap, X X IX ; Teixedor, Supl., li­
bro IV, cap. IV.)

359 — 1453—Unos marineros, entre los cuales iba


un mercader de Vannes, navegaban de Burdeos a
Bretaña. Un día de domingo sobrevino en alta m ar
una obscuridad espantosa y la nave chocó contra un
enorme arrecife y poco después contra otras dos g ran­
des rocas. En este apuro y peligro cierto de perecer,
todos acordes clamaron invocando, al m aestro Vi­
cente Ferrer, y, como por ensalmo, en el mismo ins­
tante la obscuridad se disipó y apareció radiante la
luz del cielo. El barco tomó entonces altu ra y refu­
gióse en lugar seguro cerca del punto adonde iba des­
tinado, Pero, al poco tiempo; otra vez se encapotó el
cielo; mas, como la tripulación estaba ya orientada,
allí permanecieron sin moverse hasta la noche. Re­
doblaron sus ruegos a San Vicente, y el m ercader pro­
metió ir a visitar su santo sepulcro y entregar allí
una buena limosna para su culto. Al amanecer, el
barco se halló sin la menor avería, y sin correr ya más
peligros arribó a Bretaña. Sin perder tiempo, el mer-
cader dirigióse a Vannes al sepulcro del Santo para
cumplir su promesa. (Proceso, fol. 109, parte 1.a; An­
tist, pág. 395; Valdecebro, lib. III, cap. X X X V IIÍ;
Teixedor, Supl., lib. IV, cap. IV.)

360 — 1 4 5 3 ^ Ib a n unos cuantos marineros norm an­


dos en un barquichuelo, y sin ellos darse cuenta vie­
— 295 —
ron venir a su alcance un barco de piratas in­
gleses. Estos eran numerosísimos y clamaban con
gran algazara, alborozo y triunfo, como si ya tuvieran
en sus manos aquella presa. Y era así, que hum ana­
mente no había m anera de escapar de aquellos pira­
tas. Sin embargo, los del barquichuelo invocaron con
fe al maestro Vicente Ferrer, prometiéndole que todos
irían a visitar su sepulcro si los libraba de aquellos
enemigos. No bien acabaron su oración, vieron con
asombro que el buque pirata viraba en redondo y
tom aba rumbo enteram ente opuesto al que ellos lle­
vaban. Entonces exclamaron, conmovidos de alegría,
vitoreando al santo Vicente, y llegados a tierra, fie­
les a su promesa, fueron a darle las gracias sobre su
santa tum ba. {Proceso, fol, 135, parte 2.a; A ntist, pá­
gina 390; Valdecebro, lib. III, cap. X X X V III; Tei­
xedor, Supl., lib. IV, cap. IV.)

361— 1453—Vannes. El 28 de junio, un ladron­


zuelo robó un vaso de plata a Pedro Matheon y lle­
vólo a esconder en un prado. El dueño estim aba en
gran m anera aquella prenda y sintió vivam ente que
se la hubieran robado. Sin saber qué hacer, todo afli­
gido y apesadum brado, se dirigió a la Catedral, donde
está el sepulcro de San Vicente Ferrer, y allí, con m u­
cho fervor y grandísim a confianza, suplicó al Señor
que, por intercesión del Santo, se recuperara el vaso.
El Santo vino en su socorro. Aquella misma tarde el
muchacho ladronzuelo fué cogido en el mismo prado
donde tenía escondido su hurto. Pero al cogerle no
se sabía que él era el ladrón, sino que el mismo mu­
chacho dijo que desde la m añana, a pesar de estar
todo el día andando y buscando salida de aquel si­
tio, no había podido ausentarse de allí, precisamente
— 2% —

el lugar donde tenía escondido su robo. Todos, y en


especial Matheon, no pudieron menos de reconocer
que en esto se m anifestaba el gran poder de San Vi­
cente para socorrer a sus devotos. (Fages, parte 6.ft,
cap. IV; Proceso, fols. 17 y 44, parte 1.a; Antist, pá­
gina 388; Vidal, Día 2.°; Valdecebro, lib. III, ca­
pítulo X X X IX ; Teixedor, Supl., lib, IV, capí­
tulo IV.)

362—1453— Vannes. La peste qus infestaba toda


Bretaña este año hizo presa, entre otras muchas víc­
timas, en una niña que causó con su m uerte la desola­
ción en sus inconsolables padres. Ambos esposos eran
fervorosos devotos de San Vicente Ferrer, y en su
amargo dolor no cesaban de pedirle que resucitara
a su hija, pues a tantos otros había resucitado en vida
y después que estaba en la gloria. Le prometieron
que si les hacía este beneficio, pesarían de cera a su
hija y harían con ella un cirio del grandor de la niña,
la cual llevarían a su santo sepulcro, para publicar
allí las misericordias divinas con ellos. El Santo es­
cuchó este ruego, pues la niña, en el momento de
terminarlo, volvió a la vida. Poco después, acom pa­
ñada de sus padres, orando en el sepulcro del Santo,
era la admiración y el objeto del estupor de cuantos
se enteraron de este milagro. (Proceso; A ntist, pá­
gina 365; Teixedor, lib. IV, cap. II.)

363— 1453—Por el mes de Junio tam bién de ests


año, una, m ujer llamada Ju a n a se había vuelto loca
y los médicos trab ajab an sin resultado en su curación.
Dióle en m anía no comer ni tom ar ninguna clase de
alimento, y así llegó a una debilidad extrem a y su
cura declaróse imposible. Lloraba sin cesar y con
— 297 —

furia se mesaba los cabellos. Su afligida madre, que


tenía gran devoción al bienaventurado Vicente Fe­
rrer, le pedía al Santo muy dolorida el remedio para
su hija, y un día, postrada ante una imagen suya, le
prometió que si su hija sanaba de aquella dolencia,
mandaría hacer una imagen suya de cera que fuera
como un exvoto que atestiguara el favor obtenido.
Concluida esta plegaria, la infeliz dem ente cesó en sus
extravagancias y rabias y comenzó a alimentarse.
A los pocos días, sin acudir a otro remedio, quedó
enteram ente curada de la locura y demás males que
venía sufriendo. (Proceso, fol. 140, parte 1.a; Antist,
pág. 381; Valdecebro, lib. III, cap. XXV; Teixe
dor, Supl., lib. IV, cap. IV.)

364—1453—Por el mes de Agosto, la viuda de


Ivo Birlonan cayó enferma, con tan rara dolencia,
que los médicos no sabían clasificar. Poco a poco la
enfermedad degeneró en una corrupción general de
la sangre, y toda ella quedó cubierta de una gangrena
horrible. Todo su cuerpo estaba lleno de manchas
negras y asquerosas, y los médicos declararon que
moriría en seguida, si Dios no hacía un milagro. En
tal estado se le adm inistraron los últimos sacram en­
tos y se preparaban todas las cosas para el fatal des­
enlace. La enferma, sin embargo, no cesaba en su
corazón de encomendarse al santo Vicente Ferrer,
cuyos beneficios a favor de sus devotos ella había
oído ponderar, y ie pedía que si había de ceder en
gloria del Sefior; se dignara restituirla a la com pleta
salud, prometiéndole honrarle siempre en adelante
de modo particular. No había acabado de pronun­
ciar esta promesa, cuando se sintió aliviada, y el mis­
mo día quedó curada del todo> como si nada antes
— 293 —
tuviera. Este hecho lo depuso jurídicam ente el pres­
bítero Bovidier, párroco de Liziversel. (Ibídem.)

365 — 1453-—Por el raes de Agosto, la niña M argari­


ta Guenego, de edad de ocho años, la cual venía ha­
cía días delicada, se agravó tan to en su enferm edad,
que todos los síntomas revelaban su próxima muerte.
En efecto, al poco perdió la color, se paralizó el uso
de sus sentidos y su respiración cesó por completo, y
los médicos diéronla por m uerta. El padre de la niña,
sin embargo, no daba fe a estos atestados de oficio
y de experiencia, y decía que su hija no estaba m uer­
ta, y si lo estaba, San Vicente Ferrer la resucitaría.
Este hombre tenía en el Santo ilim itada confianza,
porque a él mismo, con sólo invocar su nombre, ha­
bía curado milagrosamente de unas fiebres p e rtin a ­
ces. Ahora pensó que tam bién el Santo lo escucharía
y haría un milagro salvando a su hijita. Con tales pen­
samientos, postróse ante la imagen del Santo y le
prometió que si su hijita volvía a la vida, la pesaría
de cera y la llevaría a venerar su sepulcro. Esto io
repitió algunas veces en su interior, y al prorrum pir
con palabras exteriores en esta súplica, la que dijo
ta n claram ente que todos los que allí estaban le oye­
ron a perfección, la niña se reanimó, inm utándose la
color de su carne en rosa vivísimo y hermoso. Todos
se adm iraron y la niña comenzó a hablar y quedó tan
sana como antes de su enfermedad y con más salud
que jam ás tuviera. (Proceso, fol. 136, parte 1.a; An­
tist, pág, 421; Teixedor, Supl., lib. IV, cap, V.)

366 — 1453— Una m ujer bretona llam ada Ivonnet-


te, a prim eros de Septiem bre sufrió una e n fe rm e d a d
terrible. Hinchósele la cara y quedó enteram ente cié-
— 299 —

ga. Por espacio de cuatro días no pudo tom ar ninguna:


clase de alim ento y vivía como de milagro. Sin em­
bargo de estar con ta n ta s calamidades, conservaba
claro y expedito el uso de su razón y una fe o con­
fianza muy viva en la intercesión de San Vicente Fe­
rrer, de quien fué siempre devota, aunque el Santo
aun no estaba canonizado. Cuando peor la encontra-
ron los médicos, ella pidió al Santo que la curara, y
en seguida quedó sana. Aquello fué asombroso para
todos y más para los médicos. Pero m ayor asombro
les causó ver que a los quince días justos, Ivonnette
recayó en las mismas atroces dolencias. Esta, llo­
rando, recordó que no había cumplido un voto que
hizo al .Santo, y le pidió perdón con mucho arrepen­
tim iento y renovóle su voto, y al instante volvió a
quedar bien, y sin más dilaciones cumplió lo que había
prometido. (Proceso, fol. 143, parte 2.a; Antist, pá­
gina 416; Teixedor, Supl., lib. IV, cap. IV.)

367 — 1453—Un joven norm ando del apellido Ca-


piteneois, de unos 17 años de edad, sufría de mal de
piedra y con tan agudos dolores que, no pudiendo
soportarlos, le vino un colapso y fué desahuciado
por los médicos. Por todo un día quedó como m uerto,
frío enteram ente e insensible a cuantos reactivos se
le aplicaron para hacerle volver en sí. Los fuertes do­
lores le iban convulsionando cada vez más, y al fin
entró en la agonía. Toda la familia lloraba inconsola­
ble alrededor de su lecho, y su atribulado padre pro­
rrumpía en gemidos y decía lloroso: «¡Hijo mío! ¡Oh,
si el maestro Vicente te curara! Pídeselo tú en tu co­
razón, ¡Sí, dile que te cure, y yo te llevaré a que vene
res su sepulcro!» De repente, el moribundo abrió los
ojos y miró complacido a su padre, que llamó la
— 300 —

atención de los circunstantes sobre el semblante


tan reanimado que tomó el enfermo. Este, sin em ­
bargo, seguía inmóvil, como muerto. Entonces unos
parientes que allí estaban le dijeron: «¿Quieres que
pidamos al P, Vicente que te cure?» Y el enfermo
comenzó a decir que no, que ya el Santo le había
curado. Y, en efecto, cual si nada hubiera tenido, co­
menzó a hablar y sonreír, y luego pidió su ropa, se
vistió él solo con tal agilidad, que todos pudieron
probar que su curación era completa. Unos días
después, este joven, con hábito de penitencia y
acompañado de algunos de su familia, se encaminó a
Vannes a venerar el sepulcro de su insigne bienhechor.
El mismo padre de este enfermo, tan milagrosamente
curado, refirió este caso a los Jueces del Proceso apos­
tólico de canonización del Santo.
Valdecebro y Vidal apellidan a este joven «Capite-
nemores», y dicen que en la enfermedad el vientre
se le hinchó tanto, que le caía hasta las rodillas, y
que estaba enteram ente insensible, sin ver ni oir, n¡
comer ni beber, y que para darle algún alim ento te ­
nían que abrirle con fuerza la boca, {Proceso, folios
80 y 81, parte 2.a; A ntist, pág. 401; Vidal, Día 3.°;
Valdecebro, lib. III, cap. XL; Teixedor, Supl., lib. IV,
cap. IV.)

388— 1453— La esposa de Matelino G aultier pa­


decía el mal que dicen gota coral o mal de corazón.
Era tan violentam ente atorm entada por los frecuen­
tes accidentes, que sobre perder por completo el co­
nocimiento y el sentido, vivía en un continuo e inten­
sísimo dolor. Su marido no fué avaro en proporcio­
narle remedios y se gastaba cuanto tenía en médicos
y medicinas. AI fin, después de tantos dispendios de
— 301 —

tiempo y fortuna, se convenció de que, en lo humano,


el mal era incurable. Entonces comenzó a invocar al
santo Vicente Ferrer, de quien oía referir muchas cu­
raciones milagrosas, y le ofreció una limosna y m an­
dar hacer una pierna de cera, para que atestiguara en
su sepulcro la poderosa intercesión del Santo. No hizo _
más. A los dos días de haber prometido esto, que ra- -o '
tífico su mujer, ésta se encontró de repente curada
y nunca jam ás volvió a sufrir de esta dolencia. (f?ro-
ceso, fol. 125, parte 1.a; A ntist, pág. 104; Teixedor,
Supl., lib. IV, cap. IV.) ' ~-

363— 1453— Un tal J. Guiqueron era gotoso y


hacía un mes que los dolores y el mal habían subido
tanto, que no podía hacer el menor movimiento, y
aun para comer sufría indeciblemente, pues no se
podía valer ni de sus manos ni brazos. Como por aquel
tiempo eran divulgados las gracias y los favores que
San Vicente Ferrer hacía y se hablaba mucho de que
pronto lo iban a canonizar, el enfermo pidió con fer­
vor al bienaventurado que se dignara interponer su
intercesión con Dios Nuestro Señor para que se le qui­
tara este mal; y le prometió que si curaba haría esto
o aquello (la historia no dice qué). En el mismo pun­
to de term inar su oración, se encontró bueno del todo,
con grandísimo consuelo y pasmo suyo y de cuantos
le conocían hacía tiem po enfermo. (Proceso, fol. 141,
parte 1.a; Antist, pág. 104; Valdecebro, lib. III, ca­
pítulo X X V II; Teixedor, Supl., lib. IV, cap. IV.)

370— 1453— Una niña de doce anos, llam ada J u a ­


nita, tuvo una subida de sangre, o lo que fuera, a
la garganta, que se le hinchó deformemente. Por tres
semanas no pudo pasar otro alim ento que líquidos*
Luego se le complicó esta dolencia con otra más g ra­
ve, que los médicos no acertaron a definir. El caso
fué que la pobre niña llegó al último extrem o y se le
recomendó el alma y rezáronle las oraciones de ay u ­
dar a bien morir. Sus afligidos padres redoblaron sus
ruegos al santo Vicente Ferrer por su hija, y prom e­
tiéronle que si volvía su hija a la vida la llevarían
consigo a su santo sepulcro, vestida con el traje que
para esto se acostum braba y con una candela en la
mano, para su sepulcro. Hicieron esta súplica con
tan to fervor y confianza, que Dios Nuestro Señor
premió su fe y devoción. En efecto, la niña re­
animóse en seguida y recobró fuerzas, de m anera que
comenzó a llam ar a su madre. A los pocos días es­
tab a bien del todo, y acom pañada de sus padres fué
al sepulcro del Santo a cum plir lo prometido. (Pro­
ceso, fol. 130, parte 2.a; A ntist, pág. 370; Valdecebro.
lib. III, cap. X L III; Teixedor, lib. IV, cap. III.)

371— 1453— El día 1S de O ctubre se presentó en


la Catedral de Vannes un m atrim onio, acompañado
de una joven de quince años y unos hombres que traían
un féretro o ataúd. Causó esto gran sorpresa, y pron­
to la curiosidad reunió allí a muchos, ansiosos de en­
terarse de lo que aquello significaba. Marido y mujer
y la joven, que era hija de ellos, oraban de rodillas,
con gran fervor, sobre el sepulcro del Santo, y al ser
preguntados sobre el ataúd, respondieron con natural
ingenuidad: «Este féretro se mandó hacer para esta
nuestra hija que, desahuciada de médicos y remedios
humanos, se la dió ya por muerta; pero nosotros acu­
dimos a im plorar el favor del santo m aestro Vicente
Ferrer para nuestra hija y ésta al instante salió del
letargo de la m uerte y comenzó a m ejorar con franca
— 303 —

mejoría, hasta quedar en breve tan sana y robusta


como aquí está,» Y el haber ido a Vannes era porque
tenían hecho voto al glorioso Santo de que si su hija
salía en bien de aquel estado agónico, irían a presen­
társela en su san ta tum ba. (Proceso, fol. 88, parte 1.a;
Antist, pág. 370; Valdecebro, lib. III, cap. X L III;
Teixedor, lib. IV, cap. III,)

372-—-1453— En las cercanías de Vannes, el día


1.° de Noviembre, una niña, hija de honrados labrie­
gos, tuvo la desgracia de que se le m etiera en el ojo
izquierdo una cáscara de castaña. Agravósele el mal,
y no obstante el exquisito esmero con que los m édi­
cos procuraron curarla, todo fué inútil. Quedó en te­
ramente sin vista de aquel ojo. A los nueve días co­
menzóse a ver que la infeliz criatu ra iba irrem isible­
mente a perder la vista en el ojo sano. Declarados in­
eficaces los remedios hum anos para salvar de esta
desgracia a la niña, sus padres acudieron a Dios Nues­
tro Señor con toda fe, y le instaban en ferviente ora­
ción que, por los méritos del bienaventurado maestro
Vicente Ferrer, se dignara conceder a su pequeña la
gracia de que no quedara ciega del todo. Las súplicas
fueron tan eficaces, que, tan luego hicieron al Señor
este ruego, la niña, sin otro remedio ni más asistencia
facultativa, recuperó la vista del ojo izquierdo y sanó
del todo del otro ojo. El padre de la niña, lleno de
entusiasmo, prometió entonces que iría ai sepulcro
del Santo y publicaría este favor insigne; mas pasó el
tiempo y olvidó su promesa, y la niña volvió a sen-
tír su mal y quedó ciega por completo. Entonces el
cuitado padre recordó que no había cumplido su voto,
y llorando, con grandes m uestras de arrepentim iento,
ensilló la caballería, colocó sobre ella a su hija y con
— 304 —
mucha devoción se dirigió a Vannes a cumplir lo pro­
metido. No se había alejado de su casa unos dos tiros
de ballesta, cuando observó que su hija otra vez es­
tab a curada. Con más fe y entusiasmo siguió hacia el
sepulcro del Santo, cumplió su promesa y su hija ya
nunca tuvo enfermedad en los ojos. {Proceso, folio
101, parte 1.a; Antist, pág. 374; Valdecebro, lib. III,
cap. X X II; Teixedor, lib. IV, cap. IV.)

373— 1453— Un joven, apellidado Bocher, que ha­


bitaba en uno de los arrabales de Vannes, cayó en
tal exceso de locura, que ni los médicos atinaban a
m itigar aquella demencia frenética con ningún cal­
m ante, por enérgico que fuera. Declarada im potente
la ciencia para volver al uso de la razón a este desgra­
ciado, su familia decidió poner su curación en manos
de San Vicente Ferrer, y no fué en vano. En efecto,
su padre hizo voto de ir de rodillas de su casa hasta el
sepulcro del Santo, y en eí mismo instante el infeliz
demente recuperó del todo el uso de su razón y nun­
ca más dió m uestras de haber estado loco. (Proceso,
ibíd.; A ntist, pág. 381; Valdecebro, lib. III, capítu­
lo XXV; Teixedor, Supl., lib. IV, cap, IV.)

374— 1453—Otro caso maravilloso parecido acon­


teció a la esposa de un tal Damon, La desgraciada re­
pentinam ente perdió la razón y poco a poco se volvió
loca furiosa. Damon, su marido, que profesaba gran
devoción a San Vicente, encargó a toda su fami­
lia que le pidieran al Santo la salud de aquella infe­
liz y él tam bién se la pedía sin cesar. El Santo no se
hizo esperar, pues a los pocos días la loca cayó en
un sopor inusitado, y al volver de él se encontró ente
ram ente buena y libre de su locura. E sta misma se­
— 305 —
ñora de Damon, estando em barazada, contrajo, en­
tre otras dolencias, la que se llama gota coral. Un día,
próxima ya a salir de su cuidado, le dió el ataque y
rodó escaleras abajo. Su madre, que la vió, gritó con
fe; «¡San Vicente, salvadla!» Y ¡caso admirable! al
llegar la accidentada al suelo se encontró libre del ac­
cidente sin la menor lesión, y a los pocos días dió a
luz con toda felicidad a una niña. (Proceso, fol. 9,
parte 1.a; A ntist, pág. 381; Valdecebro, lib. III, ca­
pítulo XXV; Teixedor, ibíd.)

375— 1453—Cierto sujeto contrajo una rara en­


fermedad en un ojo, y tan molesta que no le dejaba ni
dormir ni tom ar el menor descanso ni ocuparse en
nada. Su aflicción subió de punto cuando los médicos
declararon que era incurable la dolencia. Le parecía
al paciente que dentro del ojo tenía una piedra o una
astilla. Algunos amigos, viéndole tan apenado, le su­
girieron la idea de que pidiera el remedio a San Vi­
cente Ferrer. Se encomendó, pues, al Santo con gran
fervor, y al instante, con gran sorpresa suya, de los
suyos y de los médicos, le desapareció por completo
tan grave dolencia. (Proceso, fol. 16; parte 2.a; A n­
tist, pág, 372; Valdecebro, lib, III, cap. X X II; Tei­
xedor, lib, IV, cap. IV.)

376— 1453—Vannes. Oliverio Heibet, de oficio b ar­


bero, fué atacado de una parálisis fulm inante. Se le
torció la boca, se le hincharon la cara y la lengua,
perdió el habla y quedóle sin movimiento el brazo
derecho. Como era muy devoto de San Vicente Fe­
rrer, en su corazón se encomendó a él y le prometió
que si le curaba iría a visitar su santo sepulcro. De
repente, y sin tom ar otro remedio humano, quedó
LOS MIL A GR O S DÉ SAN V ICEN TE FERRER. 20
— 306 —
del todo bueno, aunque algo débil. Por esta razón
envió, desde luego, al sepulcro del Santo una ofrenda,
y pasados unos días, fortalecido por completo, con
expreso certificado de los médicos, él mismo fué a cum ­
plir su voto. (Proceso, fol. 85, parte 1.a; Antist, pá-'
gina 3S4; Teixedor, Supl., lib. IV, cap. IV.)

377— 1453— Un testigo de vista, llamado Dog-


naolo, dice lo siguiente: «Volvía yo a mi casa desde
Carmegny, cuando vi que estaba ardiendo la casa
de j . Hervé, habiéndose quemado ya toda la techum ­
bre y no quedando en ella, al parecer, más que las
cuatro paredes. Me arrodillé e hice arrodillar a mis
compañeros, pidiendo al maestro Vicente que apa^
gara el incendio; y lo apagó, en efecto, tan com pleta­
mente, que un niño que había quedado en la casa
se encontró sano y salvo en su cuna, y la casa apenas
había sufrido desperfectos insignificantes, observan­
do adem ás que apenas quedó en ella rastro de fuego.
Y eso que éste era tan intenso, que nadie se había
atrevido a en trar en la casa ni aproxim arse a ella.*
La casa era pequeña y cubierta de paja, Valdecebro
dice que esto ocurrió en Berga. (Proceso, fols. 80,
81 y 82; A ntist, pág. 413; Valdecebro, lib, III, capítu^
lo XXX ; Vidal, Día 5.°; Teixedor, S u p l, lib, IV, ca­
pítulo IV, y Fages, de quien es el texto, parte 6.a, ca­
pítulo IV.)

378— 1453— Una piadosa m ujer tenía un hijo de


once años, el cual sufría tan fuertes y sostenidas ca­
lenturas, que claram ente se veía iban a acabar can
aquella tierna vida. En su gran aflicción, y visto que
los médicos no le daban esperanzas, lo llevó ella mis­
ma dos viernes seguidos al sepulcro de San Vicente
— 307 —
Ferrer, donde ella derram aba su corazón pidiendo al
Santo que lo curara, Pero el niño volvía de allí con
fiebre más alta. No perdió el ánimo, sin embargo,
esta devota de San Vicente, y otra vez el tercer vier­
nes llevó allí a su hijo. E sta vez lo colocó sobre el
sepulcro y oró al Santo con más fe y confianza. No
bien acabó su oración, el niño quedó limpio de fie­
bre y tan perfectam ente bien, que nadie hubiera d i­
cho que por tan to tiempo hubiera estado sufriendo
aquellas pertinaces calenturas. (Proceso, fol. 65, p a r­
te 2.a; Antist, pág. 387; Teixedor, Supl., lib. IV, ca­
pítulo IV, § 7.)

379— 1453—Un tal Guéran, pescador de Calmont,


refiere lo que sigue: «El miércoles 28 de Noviembre
último, hacia media noche, j . Rochelart, P errot Ke-
rauroux, mi hijo N atividad y yo, estábam os pescan­
do hacia un islote de Au-Maluce, cerca de la isla de
Huat, próxim am ente a unas ocho leguas m arinas de
Vannes, e íbamos a levantar las redes que habíam os
echado la víspera, cuando se levantó una tem pestad
tan violenta y el m ar se puso de tal modo em brave­
cido, que, a pesar de estar muy acostum brado a fre­
cuentar desde niño esos sitios, jam ás he visto cosa
igual. Como el peligro era tan inminente, largamos
las am arras y abandonam os las anclas, decididos a
que el barco m archara a voluntad de Dios; pero era
tan fuerte eí viento, que aquél daba vueltas en el
mismo sitio, sin avanzar un solo paso; y así pasamos
tres horas. Entonces mandé primero a mi hijo, como
más inocente, y luego a los otros marineros, que se
arrodillasen, implorando devotam ente ai maestro Vi­
cente y haciendo voto 'de ir en peregrinación a su
tumba, si nos salvaba de la m uerte. Así sucedió. La
— 306 —
del todo bueno, aunque algo débil. Por esta razón
envió, desde luego, al sepulcro del Santo una ofrenda,
y pasados unos días, fortalecido por completo, con
expreso certificado de los médicos, él mismo fué a cum ­
plir su voto. (Proceso, fol. 85, parte 1.a; A ntist, pá­
gina 384; Teixedor, Supl., lib. IV, cap. IV.)

377—1453—Un testigo de vista, llamado Dog-


naolo, dice lo siguiente; «Volvía yo a mi casa desde
Carmegny, cuando vi que estaba ardiendo la casa
de J. Hervé, habiéndose quemado ya toda la techum ­
bre y no quedando en ella, al parecer, más que las
cuatro paredes. Me arrodillé e hice arrodillar a mis
compañeros, pidiendo al maestro Vicente que apa­
gara el incendio; y lo apagó, en efecto, tan com pleta­
mente, que un niño que había quedado en la casa
se encontró sano y salvo en su cuna, y la casa apenas
había sufrido desperfectos insignificantes, observan­
do adem ás que apenas quedó en ella rastro de fuego.
Y eso que éste era tan intenso, que nadie se había
atrevido a en trar en la casa ni aproxim arse a ella.»
La casa era pequeña y cubierta de paja. Valdecebro
dice que esto ocurrió en Berga. (Proceso, fols, 80,
81 y 82; Antist, pág. 413; Valdecebro, lib. III, capítu­
lo X X X ; Vidal, Día 5.°; Teixedor, Supl.r lib. IV, ca­
pítulo IV, y Fages, de quien es el texto, parte 6.a, ca­
pítulo IV.)

378— 1453—Una piadosa mujer tenía un hijo de


once años, el cual sufría tan fuertes y sostenidas ca­
lenturas, que claram ente se veía iban a acabar con
aquella tierna vida. En su gran aflicción, y visto que
los médicos no le daban esperanzas, lo llevó ella mis­
ma dos viernes seguidos al sepulcro de San Vicente
— 307 —
Ferrer, donde ella derram aba su corazón pidiendo al
Santo que lo curara. Pero el niño volvía de allí con
fiebre más alta. No perdió el ánimo, sin embargo,
esta devota de San Vicente, y otra vez el tercer vier­
nes llevó allí a su hijo. E sta vez lo colocó sobre el
sepulcro y oró al Santo con más fe y confianza. No
bien acabó su oración, el niño quedó limpio de fie­
bre y ta n perfectam ente bien, que nadie hubiera di­
cho que por tanto tiempo hubiera estado sufriendo
aquellas pertinaces calenturas. (Proceso, fol. 65, p a r­
te 2.a; Antist, pág, 387; Teixedor, Supl,, lib. IV, ca­
pítulo IV, | 7.)

379— 1453— Un tal Guéran, pescador de Calmont,


refiere lo que sigue: «El miércoles 28 de Noviembre
último, hacia media noche, J. Rochelart, Perrot Ke-
rauroux, mi hijo N atividad y yo, estábam os pescan­
do hacia un islote de Au-Maluce, cerca de la isla de
Huat, próxim am ente a unas ocho leguas marinas de
Vannes, e íbamos a levantar las redes que habíam os
echado la víspera, cuando se levantó una tem pestad
tan violenta y el m ar se puso de tal modo em brave­
cido, que, a pesar de estar muy acostum brado a fre­
cuentar desde niño esos sitios, jam ás he visto cosa
igual. Como el peligro era tan inminente, largamos
las am arras y abandonam os las anclas, decididos a
que el barco m archara a voluntad de'D ios; pero era
tan fuerte el viento, que aquél daba vueltas en el
mismo sitio, sin avanzar un solo paso; y así pasamos
tres horas. Entonces mandé primero a mi hijo, como
más inocente, y luego a los otros marineros, que se
arrodillasen, implorando devotam ente al m aestro Vi­
cente y haciendo voto |de ir en peregrinación a su
tumba, si nos salvaba de la m uerte. Así sucedió. La
— 308 ~
tem pestad se calmó en el acto, el m ar se apaciguó
y quedó en calma, encontrando intactas las áncoras,
cuerdas y redes que cien veces debían haberse hecho
pedazos.» (Fages, parte 6.a; cap* IV; Proceso, folios
70 y 71, parte 1.a; Antist, pág. 393; Valdecebro, li­
bro III, cap. X X X V III; Teixedor, Supl., lib. IV, ca­
pítulo IV,)

380— 1453— Una hija de G. Roiand, llam ada Ma­


riana, venía hacía tiempo sufriendo una dolencia que,
sin poderse llam ar enfermedad declarada, la tenía
siempre delicada. Al fin se le declaró grave y de tal
forma, que los médicos no pudieron comprender qué
era aquello ni menos evitarlo; y Mariana a los ocho días
perdió el habla y luego expiró. Sus padres y toda la
familia entregáronse a la aflicción más grande, en
presencia del cadáver de su hija, pidiendo incesante­
mente a Dios por el descanso de su alma, y a San
Vicente Ferrer le instaban para que no perm itiera
que su hija estuviera en el Purgatorio, sino que se la
llevara al cielo. Pero fué grandísimo el espanto que
en aquel momento se apoderó de todos. Lo mismo
fué repetir el nom bre de San Vicente Ferrer, que la
m uerta dar un suspiro. ¡Había resucitado! Y, en efec-
tOj sin intervalo alguno, se levantó del lecho tan buena
y más que antes. (Proceso, foL 72, parte 2.a; Antist,
pág. 421; Teixedor, Supl., lib. IV, cap. V.)

381— 1453—Un tal J . Madec cayó enfermo y en


breve se agravó y quedó sin poder tom ar ninguna clase
de alimentación, y poco después los médicos afirm a­
ron que se moría sin remedio. Y, efectivamente, en­
tró en ia agonía. Consternada la familia y estando ya
haciendo la recomendación del alma, su esposa, que
— 309 —
era gran devota de San Vicente Ferrer, comenzó a
invocar al Santo con grandes sollozos, pidiéndole fer­
vorosamente que no perm itiera tan grande desgracia
y que sanara a su marido. Al instante que hizo este
ruego, el moribundo salió de aquel estado y mejoró
notablemente en su dolencia. .Entonces él se unió a
los ruegos de su esposa, pidiendo al Santo que ío cu­
rara. A las dos semanas justas de haber estado agoni­
zando, se encontró, al fin, curado y bien del todo,
como sí nada hubiera tenido. (Proceso, fol. 124, p ar­
te L a; A ntist, pág. 400; Valdecebro, lib. III, cap ítu ­
lo X X X II; Vidal y Micó, Día 4.°; Teixedor, Supl,,
lib. IV, cap. IV.)

382— 1454— Por Agosto de este año, el limo, señor


Obispo de Mallorca declaró, bajo su palabra de honor
y jurando por los Santos Evangelios, que antes de
ser obispo se encontraba en Zaragoza y fué llamado
para confesar a Ju an de Sammano, notario del J u s ­
ticia de Aragón, que, desahuciado de los médicos, es­
taba ya para morir. Le confesó, en efecto, y luego le
encargó que se encomendara a San Vicente Ferrer,
cuya canonización iba pronto a decretarse, y que le
hiciera alguna promesa. El enfermo oró al Santo e
hízole promesa de que, si lo sacaba de aquella enfer­
medad, m andaría hacer una estatua de cera del peso
y altura que él tenía y la llevaría a su altar, que ya
en Zaragoza en aquel tiempo se había dedicado alta­
res a nuestro Santo. Después de esto se durmió, y en
sueños vió que San Vicente le dijo; «Ten confianza en
Dios y en Jesucristo, su Unigénito, que no m orirás
de esta enfermedad.» Despertóse el enfermo y se en­
contró enteram ente bueno. Entonces llamaron a los
médicos, y éstos atestiguaron que, efectivamente, es­
— 310 —
ta b a sano del todo y que sólo por un milagro pudo
verificarse esta curación. (Vidal, Día 7.°, que dice que
el enfermo era escribano; Teixedor, lib. II, capítu­
lo X X X V .)

383— 1454— Pocos días antes de que el Papa Ca­


lixto III canonizara a San Vicente Ferrer, la m ujer
de Pedro Vilchori, del obispado Doleuse, sufría lo in-
decible con un fuerte dolor de muelas, que ya siete
días seguidos no la dejaba un instante de reposo.
Oyendo hablar de los milagros del Santo y de que
pronto se le iba a canonizar, se volvió a él devota­
mente y le rogó que por la grande gloría que iba a re­
cibir en este mundo, se dignara aliviarla en aquel
terrible dolor tan pertinaz. En el mismo punto de
hacer esta súplica le desapareció el dolor, sin que en
adelante padeciera ya más de dolor de muelas ni de
otra enfermedad de la boca. (Proceso, fol. 165, par­
te 1.a; A ntist, pág, 399; Teixedor, S u p l, lib. IV, ca­
pitulo IV.)

384— 1454— Vannes, U na hija de Feberier fué he­


rida de la peste y le atacó con tal violencia, que se le
hicieron unos tum ores venenosos negruzcos detrás
de las orejas, perdió por completo la vista del ojo iz­
quierdo y con el derecho apenas veía; se le cayó todo
el cabello y le saltaba quemado el cuero de la cabeza,
y al cabo se pronosticó que moriría en seguida. Du­
rante diez días no comió ni bebió cosa alguna. Su ma­
dre, que se llam aba Tomasa, sin decir nada a nadie,
un día envolvió muy bien a la enferm a y , ocultándola
a los domésticos, salió con ella, pretextando que iba
a evacuar una diligencia urgente cerca del culto de
San Vicente Ferrer, y, en efecto, llevó a su hija a la
— 311 —
Catedral y la dejó sobre el sepulcro del Santo. Allí
comenzó a pedirle con grandes suspiros por ella, ha­
ciéndole muchas promesas, y, al fin, añadió: «Si es­
táis en el cielo, curad a mi hija.» Y sin decir ni hacer
más, tornóse con su hija a casa. Al día siguiente la
enferma ya no tuvo fiebre, los ojos se le aclararon
y el mal de la cabeza se contuvo, Pasados otros dos
días, la enferm a quedó perfectam ente bien y curada
de todos los achaques. (Proceso, fol. 82, parte 2.a;
Antist, pág. 416; Teixedor, Supl., lib. IV, cap. IV.)

385— 145o—Vannes. Se tiene como uno de los


más patentes milagros el que ponemos a continuación,
relatado en los Anales de Vannes, referentes a San
Vicente Ferrer, Después que el Santo fué canoni­
zado, el Cabildo Catedral de Vannes consiguió de la
Santa Sede permiso para trasladar el cuerpo del Santo
a un sepulcro más rico y lujoso. Al hacer esta tra sla ­
ción, se vió que el santo cuerpo estaba fresco y fle­
xible, como si acabara de morir, y el hábito se conser­
vaba con la misma blancura y limpieza como cuando
le am ortajaron. Y se dice tam bién que, al solo tacto
de aquellos vestidos, muchos enfermos recobraron com­
pleta su salud. Vidal y Micó añade que los m uertos
que se trajeron para tocarlos al hábito resucitaron.
Esto último, que en sólo este autor hemos leído, tal
vez sea una confusión y se refiera a los dos m uertos
que, colocados debajo de la capa del Santo el día que
se le hicieron las exequias, volvieron a la vida, por
más que Covarrubias lo explica diciendo que, al
ser trasladado el santo cuerpo, la capa tocó en un
sepulcro que encerraba dos m uertos y en el acto és­
tos resucitaron, (Vide V ida portentosa de S an Vicente
Ferrer, lib. III, cap, X III; Vidal y Micó, cap. VII.)
— 312 —
386—1455—San Vicente Ferrer fué canonizado
por el Papa Calixto 11í el 29 de Junio de este año.
Con tal motivo, para ese día, en que se tenía que leer
en el Vaticano el decreto del Padre Santo, se dispu­
sieron solemnísimos cultos en la Catedral de Vannes,
donde se guardaba, y aun se guarda, el cuerpo de San
Vicente. Fueron a aquella ciudad representaciones
de casi todos los pueblos donde el Santo había evan­
gelizado, pero muy especialmente de Valencia, su
patria. Y, term inados los festejos, los delegados v a ­
lencianos redactaron ante notario el siguiente ates­
tado, que aun se conserva: «En dicho día 29 de Junio,
dicen, fiesta de San Pedro y San Pablo, se obraron
muchos milagros en dicha ciudad de Vannes. El cuer­
po del Santo, su hábito y su capa se encontraron tan
^ntactos y libres de descomposición como el día que le
sepultaron. El cuerpo estuvo expuesto delante del
altar durante la Misa; dos muertos a quienes se cu­
brió con la capa del Santo resucitaron, antes de te r­
minar el oficio, a vista de la m ultitud; un pariente
del duque de B retaña quedó instantáneam ente cu­
rado de la peste; un ciego de nacimiento cobró la
vista, y otros muchos milagros tuvieron lugar por
intercesión del Santo, con gran admiración de todo
eí mundo.» (Fages, parte 6 .a, cap, II.)

387— 1455—Del historiador de Plasencia, Alfonso


González, se ha. tom ado la relación que sigue: «Don
Alvaro de Zúñiga y D.a Leonor de Pim entel, condesa
de Plasencia, duquesa de Béjar y Arévalo, tenían
un hijo llamado Juan , el cual murió a los doce años.
P ara consolar a los desolados padres, fué el dominico
P. Ju an López de Salam anca, confesor que era de la
duquesa y muy devoto de San Vicente Ferrer, de
— 313 —
quien fué tam bién casi contemporáneo, y aconsejó
que invocaran al Santo, recientem ente canonizado.
La duquesa hízolo asi, y aun prometió que si su hijo
volvía a la vida edificaría un convento e iglesia en
honor del Santo. No bien acabó de hacer esta pro­
mesa, el niño resucitó, con pasmo de cuantos estaban
presentes. Andando el tiempo, este niño fué el céle-
bre D. Ju an de Zúñiga, gran maestre de A lcántara,
cardenal y arzobispo de Sevilla. La duquesa cumplió
en seguida lo prometido, y desde entonces tuvo tan
grande devoción a San Vicente Ferrer, que rogó a
su confesor, con grandes instancias, escribiera la vida,
virtudes y milagros dei Santo. El resucitado vivió
hasta el año 1504, en que dejó esta vida, en edad
provecta, en E xtrem adura, cerca de Guadalupe, Dia-
go dice, equivocadam ente, que este suceso ocurrió vi­
viendo aún el Santo. (López, parte 3.a, lib. III, cap. V,
pág. 194; Fernández, H . de P ía s .; Grtiz de Zúñigai
Anales, lib. X II, pág. 423; Covarrubias, t. I, Conc,,
fol. 134, parte 2.a, edic. de París, 1520; Díago, pá­
gina 268; Gómez, pág. 364; Valdecebro, lib. i, capí­
tulo X X X II; Teixedor, Supl., lib. IV, cap. X II; Fa
ges, parte 3.a, cap. XIV.)

388—1455— López, cronista de Salam anca, en una


vida m anuscrita que nos dejó de San Vicente Ferrer,
refiere que, ya canonizado nuestro Santo, murió un
niño en la ciudad de Toledo, el cual, porque era único,
formaba las delicias más risueñas de sus padres. Es-
tos, por salvarle, habían hecho cuanto pudieron, sin
que lograran ver cumplido su anhelo. Contempíán-
dolo muerto, resignáronse a la voluntad del Señor,
y ya no se ocuparon sino de am ortajarle y disponer
las cosas para el sepelio. La pobre madre, sin em bar­
— 314 —
go, no se separaba del lado de su hijo, y lloraba am ar­
gamente y suspiraba inconsolable y oraba incesante.
Llegó la hora del entierro, y aquelia mujer, fuerte y
herida, siguió intrépida al féretro, y, en el mismo ins­
tante que iban a enterrarlo, exclamó como enajenada:
«¡Padre San Vicente Ferrer! ¡Tened piedad de mí!
¡No tengo más hijos que éste!» Y en el mismo momen­
to, los que lo llevaban sintieron moverse el ataúd,
y con gran sorpresa vieron que el niño estaba vivo
y como si nada hubiera tenido. (Antist, pág. 451;
Gómez, lib. I, cap. í; Valdecebro, lib. IIi, cap. X LIV ,
dice sucedió durante las fiestas de la canonización;
Teixedor, Supl., lib. IV, cap. V; Fages, parte 6 .a,
cap. V )

389— 1456— Valencia. El día 1.° de Febrero ce­


lebrábase la fiesta de la canonización de San Vicente
Ferrer. D urante la procesión, un joven, llamado Vi­
cente, lleno de alborozo ¡se subió a la torre-cam pana­
rio del Real Convento de Predicadores de dicha ciu­
dad. Estando allí entusiasmado con la algazara y
bullicio de la fiesta, sin que se averiguara aún el
cómo, cayó aparatosam ente a la calle. Un grito de ho­
rror y espanto resonó en el espacio, salido de las gen­
tes apiñadas en aquel lugar. Pero, sin intervalo, aquel
grito trocóse en aclamaciones de júbilo y alabanzas
a San Vicente, En efecto, el cuitado joven se levantó
del suelo, tan ágil y tan sin daño, y siguió celebrando
los festejos, sin que jam ás padeciera de consecuencias
de esta caída. Las bendiciones y vítores al Santo se
redoblaron al saber que el joven le invocó en su cora­
zón al caer. (Fages, parte 6 .a, cap. V II; Dieíar. del
capel!, de A l f . Y, fol. 96; Gómez, cap. X X X V III;
Teixedor, lib. III, cap. X Ií.) .
— 315 —
390— 1456— Piasen cía. El historiador de esta ciu­
dad, Sr. Alonso González, refieré lo siguiente: Mien­
tras se edificaba el convento e iglesia de San Vicente
Ferrer, según el voto que había hecho la duquesa
D,a Leonor de Pimentel, cuyo hijo Juan resucitó por
la intercesión de nuestro glorioso Santo, la duquesa
quiso además «solemnizar la fiesta del Santo en la
Catedral con toda la magnificencia posible». Por des-
gracia, su confesor estaba enfermo y no podía haber
el sermón; pero he aquí que la víspera por la tarde
vieron los criados de la casa pasar un religioso de
Santo Domingo que, al parecer, iba de viaje. Avisada
la duquesa, le hizo llam ar y le rogó, que asistiese a la
fiesta y se encargara del sermón, a lo cual accedió
el religioso, prometiéndose la buena duquesa una fies­
ta completa. Tuvo ésta lugar, en efecto, con gran de­
voción de todos, presidiéndola los duques, teniendo
a su lado a sus hijos, incluso el resucitado . Llegada
la hora, subió el predicador al pulpito y predicó con
un talento tan maravilloso, que el auditorio quedó
sorprendido y encantado de sus palabras y su doctrina
celestiales. Term inada la ceremonia, quisieron dar gra­
cias al predicador; pero toda diligencia fué inútil,
pues no se le encontró en la ciudad ni en los caminos,
ni pudo nadie dar razón de él. Los duques y los habi­
tantes (de Píasencia) quedaron persuadidos de que
era el mismo San Vicente el que había ido a .pronun­
ciar el sermón, p ara prem iar la devoción de la duquesa,
o que si no era él, era un ángel por lo menos. (Fages,
parte 3.a, cap. X IV ; H ist. de Píasen cia; Ortiz de Zú­
ñiga. Anales, lib, X II, pág. 423; Covarrubias, t, I,
Conc., fol. 134, parte 2 .a (edic. de París, 1520); Gómez,
cap, X X IV , pág. 364; Diago, pág. 268, dice que su­
cedió viviendo el Santo, lo que es error manifiesto;
— 316 —

Valdecebro, lib. I, cap. Ií; Vidal, cap. V ÍIÍ; Teixe­


dor, Supl., lib. IV, cap, X II.)

391— ¿1457?—Poco después de canonizado San Vi­


cente Ferrer, un joven, cuya patria y condiciones nos
callan las crónicas, fué alcanzado por un perro ra ­
bioso que le mordió y m aterialm ente se cebó en él.
Todo hacía augurar que el desdichado joven no sólo
rabiaría, sino que, según el pronóstico de los médicos,
moriría en seguida, víctim a de la rabia. Pero el joven
era muy devoto de San Vicente, y como ya lo veía
colocado en los altares canonizado, se encom endaba
a él con mucho fervor y confianza, y era tan grande
ésta, que sereno decía a todos que el Santo le asisti­
ría en esta desgracia y le curaría. Y fué así; sin em­
plear con él ningún remedio humano quedó libre del
virus rábico, con gran asombro de los médicos, y tan
perfectam ente curado como si en tal aprieto nunca
hubiera estado. (López, ms.; A ntist, pág. 451; Tei­
xedor, Supl., lib. IV, cap. VI.)

392— 1458—Aunque Calixto III canonizó a San


Vicente Ferrer, la Bula de Canonización la expidió
el Papa Pío II el día 1.° de Octubre de este año, por
haber fallecido Calixta III sin expedirla. A partir de
esta fecha, los milagros obrados por intercesión del
Santo se multiplicaron asombrosamente. Como sería
labor ímproba, casi imposible, referirlos todos, v a ­
mos a copiar, como epílogo de ellos, a algunos histO’
riadores que hablan sobre el particular. Entre ellos
sobresale Guyard, que dice; «Vannes es la piscina de
Francia y del mundo. Imposible es contarlo todo.
¡Oh Vannes! Paso en silencio el gran número de tus
habitantes, salvados unos de inm inente peligro de
— 317 —
su vida, en medio de las em bravecidas olas del mar;
otros curados de parálisis; otros, de peste; otros, de
ceguera; otros resucitados; otros, en fin, de toda cla­
se de enfermedades. Sólo diré que puedes vanaglo­
riarte de poseer uno de los mayores Santos que hayan
brillado jam ás en el firm am ento de la Iglesia... He
ahí una gran parte de los milagros que he recogido
en la información de Vannes, habiendo corregido
su relato en térm inos de preferir correr el peligro de
quitarle interés antes de que os pareciera dem asía-
do difuso. En tiempo del maestro general Auribell
se celebró con gran solemnidad la canonización del
bienaventurado San Vicente Ferrer, quedando todo
el mundo estupefacto ante el número de milagros
que se hicieron públicos. Digamos tan sólo que se
comprobó como cosa cierta que después de su falle­
cimiento había resucitado 28 difuntos.» (Ya veremos,
dice Fages, que el número verdadero fué mucho más
considerable.)
Guyard, concretándose a los milagros que el Santo
hizo, después de muerto, sólo en Rennes, dice que ha
visto con sus propios ojos a muchos religiosos y se­
glares, abatidos por las calenturas, quedar súbitam en­
te curados en cuanto se Ies leía la oración del Santo,
y vuelve a repetir que no hace mención en su obra
más que de un número muy reducido de milagros,
«en relación con los 873 auténticos que constan en el
proceso de su canonización». Este proceso no abarca
o contiene el que se hizo en España, según observan
varios biógrafos, y a pesar de todo es, dice el mis­
mo Guyard, «un verdadero laberinto de prodigios».
(Fages, parte 6 .a, cap. Ií.)

393—¿1461?“ Rlbes Albes. El niño Domingo Al-


— 318 —
baíat y Pardo, de tres años, e hijo de Domingo y E s­
peranza, vecinos de este pueblo, que pertenece al rei­
no de Valencia, se quebró tan infortunadam ente, que,
sobre hacerle sufrir agudísimos dolores este acciden­
te, los médicos le desahuciaron. Entonces sus padres
lo ofrecieron a Sán Vicente Ferrer, prometiendo
pesar de trigo al niño y m andar cantar unos
gozos al Santo. Sin más remedios, el niño comenzó
a sentirse aliviado, y a los ocho días desapareció
la quebradura, quedando el niño como si tal no hu­
biera tenido. (Mas, pág. 81; Teixedor, lib. V, ca­
pítulo VIL)

394— <1468?—Reino de V alencia.'U n niño llamado


Pedro Vicente Marco, a los cuatro días de haber na­
cido, dejó de tom ar el pecho de su madre, y ninguna
m ujer podía am am antarlo, aunque fueron muchas
las que se ofrecieron y probaron a hacerlo. Pensativa
la madre del niño, una vez que lo acariciaba, notó
que la criaturita tenía la cabeza deforme y abierta.
E ra inútil toda cura; los médicos definieron que así
el niño no podía vivir y que era incurable el mal. La
infeliz m adre comenzó entonces a pedir con m ucha
fe a San Vicente Ferrer que salvara a su hijo. Y al
día siguiente de haber invocado así al Santo, el niño
volvió a mamar, y a los pocos días la cabeza tomó
forma normal y quedó como si nada hubiera ocurrido
en ella. El niño, además, sin otros remedios humanos,
se crió y creció perfectam ente. (Mas, pág. 82; T eixe­
dor, lib. V, cap. VIL)

395— ¿1470?— El Emmo, Cardenal de San Sixto,


Ju an de Torquem ada, había conseguido para la du­
quesa de Píasencia, D ,a Leonor dé Pimentel, una re­
— 319 —
liquia del cuerpo de San Vicente Ferrer, Suponemos,
por lo que se dirá después, que esta reliquia era un
dedo. P a ra hacer llegar a la duquesa o condesa,
como la llaman tam bién algunos historiadores, esta v a ­
liosa joya, fué comisionado el dominico P. Fr. Ju an
Bernal. Salió, pues, este religioso de Roma, llevando'
el celestial presente, y en Civitavecchía, al parecer,
se embarcó para España. No bien la embarcación
se hizo a la vela levantóse una furiosa tem pestad
que am enazaba hundirlos a todos. El P. Bernal, en­
tonces, viendo la am argura de ánimo en que estaban
los de la nave, dijo al capitán del barco que llevaba
la reliquia y que, si le parecía bien, la pondría, para
que' la veneraran todos, sobre el puente. El capitán
no sólo dió su permiso, sino que, con su ejemplo, movió
a que todos los que iban en la nave se arrodillaran
delante de la reliquia. Todos oraron con fervor, in­
vocando al Santo, y al instante cesó de repente la
tormenta. (Fages, parte 5.a, cap. X V II; A ntist, p á ­
gina 452; Valdecebro, lib. III, cap. X X X V III; T ei­
xedor, lib. V, cap. VI.)

396—¿1470?—Plasencia. Dice González, cronista del


Convento, o mejor, de la ciudad citada, que los domi­
nicos de aquella Comunidad, por los años 1461 a 1483,
poseían un dedo de San Vicente Ferrer, que su fun­
dadora, D,a Leonor de Pim entel, obtuvo por media­
ción del rey Luis XI de Francia. Afirmaríamos de
plano que este dedo es la reliquia de que se habla en
el milagro anterior, a no decirnos el cronista citado
que a la duquesa ese dedo le fué enviado de Vannes.
Podía muy bien ir de Vannes a Roma y de aquí a
Plasencia. Sea lo que fuere, es el caso que ese dedo
se tenía allí en gran veneración, y muchos enfermos
— 320 —
recobraron la salud bebiendo agua tocada a la santa re­
liquia. Y añade el historiador que «de toda la comarca
piden agua así santificada, y que obra tantos m ila­
groso. (Fages, parte 5.a, cap. X V II; López, parte 3.a,
pág. 196, col. 2; A. Ferdú, Hist. de Píasencia, lib, II,
cap. IV, pág. 313, col. 2; Teixedor, Hb. V, cap, VI.)

397— 1481— Bolonia. Aquí se ahogó un niño de


cuatro años de edad, sin que remedio humano lo pu­
diera volver a la vida. Este niño lo había obtenido
su madre por ruegos que hizo a San Vicente, que sin
duda interpuso su intercesión, y Dios Nuestro Señor
otorgó a esta devota de su siervo que diera a luz con
toda felicidad. La pobre m adre ahora, viendo m uerto
aquel fruto de bendición, que sólo a la gloriosa in­
tercesión del Santo atribuía, lloraba inconsolable, y
postrada an te una imagen de San Vicente, am argada
en su corazón, le dijo: {(¡Oh San Vicente! ¡Por vuestra
mediación tuve yo este hijo, y por ella espero y os
suplico que me sea devuelto! ¡Por ti ha existido ,mi
hijo; que vuelva a esta existencia por t i f» No había
aún term inado su oración, y el niño comenzó a res­
pirar y a poco quedó sano y salvo. Este niño, andando
el tiempo, se hizo religioso dominico, y es conocido
en las crónicas de la Orden con el nombre del reve­
rendo P. Fr. Vicente de Bolonia. (Fages, parte 6 .a,
cap. V; Valdecebro, lib. III, cap. XLV, dice que,
predicando el Santo en Bolonia, bendijo a esta mujer,
que era estéril, y parió a este hijo. Este debe ser otro
caso, pues el hecho referido aquí lo ponen todos al
año 1481, y es evidente que no puede ser el que se
obtuvo por la bendición del Santo, estando en Bolo­
nia, estancia ésta que es muy com batida por el críti­
co Fages,)
— 321 —
398—¿1483?— Chamberí (Saboya), En el Convento
de .Dominicos de esta ciudad se guardaba por estos
tiempos, entre otras muchas reliquias de San Vicente
Ferrer, un sombrero suyo. «Es de paja, dice Teoli,
revestido de una tela negra, habiéndose cubierto
después de satén para que se conserve mejor, por­
que se lleva a muchos enfermos de dolor de cabeza,
que se curan en cuanto se lo ponen. El día de San
Vicente, m ártir, continúa, acude gran m ultitud de
gente que baja de las m ontañas y de otras poblacio­
nes distantes, para ponerse el sombrero por devoción,
y las cuales im petran el favor de Dios por mediación
de San Vicente Ferrer, o le dan gracias por las m er­
cedes recibidas.» Los Anales Dominicanos hacen ob­
servar que esta costum bre de honrar a nuestro Santo
el día de San Vicente, m ártir, viene de que en este día
le hacían ya su fiesta, aun antes de estar canonizado.
(Fages, pavte 5.a, cap. X V II; Teixedor, lib. V, cap. VI.)

399— 1484—Ragusa (Dalmacia). En esta ciudad


este año se colocó una imagen de San Vicente Ferrer
en la iglesia del Convento de Santo Domingo, y en el
momento mismo que la santa imagen quedó expuesta
en el altar, cesó de repente la epidemia que en aq u e­
llos días asolaba la población ya hacía tres años. Este
prodigio se conmemora aún allí todos los años el
5 de Abril, y de él hanse pintado muchos cuadros.
Además, por los muchos milagros que esa imagen
hace, son muchísimas las ofrendas que los fieles lle­
van a aquella iglesia. Finalm ente, se cuenta que el
año 1691 invadió el pueblo una enfermedad conta­
giosa, y que el Arzobispo mandó sacar la san ta im a­
gen en procesión, y al instante cesó la epidemia. (F a­
ges, parte 6 .a, cap. X.)
LOS M IL A G R O S DE S A N V I C E N T E F E R R E R 21
— 322 —

400—Valencia, En los últimos años del siglo xv,


el niño Juan Luis Bertrán, que después fué el padre
del Santo de este nombre, andaba enredando con
pólvora, y, cuando más descuidado estaba, cayó en
ella una pavesa encendida. La pólvora, al inflamarse,
quemó al niño toda la cara, dejándole en un estado
casi agónico. Mientras la familia lloraba inconsolable
y andaba afanosa en la cura del niño, su abuela, doña
Ursula Ferrer, que era parienta no muy lejana de
San Vicente Ferrer, corrió al Convento de Predica­
dores de aquella ciudad y, arrodillándose ante el altar
de nuestro Santo, le suplicó por la salud y la vida del
infeliz muchacho. En la seguridad de que el Santo
le otorgaría este beneficio, se volvió tranquila a su
casa, donde estaba el niño, al cual, en efecto, encon­
tró ya fuera de todo peligro de muerte, y al poco sanó
del todo. (Fages, parte 6.a, cap. Vf; Proceso de cano­
nización de S. L. Bert., parte 2.a, fol. 2.148; Antist,
V id a de 5. B ert., cap. I; SaborÍt,íd., lib. II, capí­
tulo XXI; Sala, fol. 16; Gavaldá, cap. X LIII; Vidal
y Micó; Teixedor, Supl, lib. IV, cap. X.)
CAPÍTULO XIX

FAVORES Y PRODIGIOS OBRADOS POR LA INTERCESIÓN

DE SA N V IC E N T E F E R R E R EN EL SÍGLO XVI

401—1500—Onteniente. Este año los moradores


de esta ciudad de la provincia de Valencia llamaron
a los Dominicos del Convento de Predicadores de
la capital para que fundaran allí un Convento de su
Orden. En efecto, para este fin salieron de Valencia
y llegaron a Onteniente algunos Padres, los cuales
comenzaron a entender de esta fundación. Pero fue­
ron tantas las dificultades, tan graves los inconve­
nientes y contratiempos que surgían, que resuelta­
mente desistieron de su intento y, desalentados del
todo, comenzaron a regresar a la capital. Y sucedió
que en el camino se les apareció el mismo San Vicente
Ferrer y les dijo: «¿Qué es esto? No volváis a Valencia;
regresad a Onteniente, que todo ha cambiado y han
desaparecido todas las dificultades, y en seguida podéis
levantar el Convento.» Efectivamente, aquellos reli­
giosos volvieron a Onteniente, y sin perder tiempo ni
atravesarse dificultad alguna se levantó el Convento,
que llegó a ser uno de los de más fama de España, ya
por su estructura, ya por los hombres eminentes en
virtud y letras'que de él han salido. En el sitio de la
aparición del Santo se levantó una capilla.( Fages,
parte 3.a, cap. IV.)

402—1500—Valencia. Este año, el cólera estaba


— 324 —
haciendo grandes estragos en la m ayor parte de las
poblaciones de España, y já tiv a era uno de los pue­
blos que más sufrían este azote. La ciudad de Valencia,
llena del natural espanto que a todos los pueblos ocu­
paba, acudió en m asa a pedir auxilio y protección a
San Vicente Ferrer, a quien todo el reino había es­
cogido por Patrono. Y en uno de los días de rogativas,
que las hacían con frecuencia, muchos moradores
de la ciudad vieron al Santo sobre la puerta que lla­
m aban de Já tiv a , con una espada en la mano, como
defendiendo al pueblo del ángel exterm inados Des­
de aquel instante Valencia estuvo libre del cólera, que
seguía cebándose en otros lugares. Este suceso y otros
parecidos han dado origen, sin duda, a las imágenes
de San Vicente Ferrer que se ven por Valencia, las
cuales llevan en la mano una espada, como suele lle­
varla la del Arcángel San Miguel, (Fages, parte 6 .a,
cap. V II; A ntist, pág. 405; Gavaldá, págs. 382 y 364;
Serafín, pág. 277; Teixedor, Supl., lib. IV, cap. X.)

403—Valencia. En los primeros años del siglo xvi,


un niño de dos años de edad, hijo de un caballero de
la familia Marrades, cayó enfermo y por muchos días
estuvo como agonizando, sin que los médicos pudie­
ran adivinar qué enferm edad tenía postrada a la po~
bre criaturita. Así iban pasando los días y el niño
agravándose en su agonía, y los médicos cada vez más
im potentes para cortar aquel peligro. Un día, al caer
la tarde, el padre del enfermito platicaba con los de
la familia, agrupados alrededor del lecho del niño,
y, pensando que éste estaba aletargado, les dijo: «¡Es­
toy harto de médicos; los voy a despedir todos!»,
y el niño, Incorporándose, con pasmo de todos, gritó
en son de súplica: «Sí, los médicos, sí; pero el fraile
— 325 —
no se despida.» En seguida Marrades y los que pre­
sentes estaban se acercaron al enfermito y hallaron
que no sólo del letargo, sino de la agonía y de toda
enfermedad había salido, pues estaba enteram en­
te sano, como si no hubiera tenido la menor dolencia.
Estupefactos todos, no cesaban de interrogar intriga­
dos al niño, y éste sólo repetía: «El fraile me ha cu ra­
do.» Al día siguiente de este suceso, Marrades llevó
a su hijo para que viera los cuadros e imágenes de
los Conventos de Valencia para inquirir si el niño se
daba cuenta de lo que decía: «El fraile me ha curado»,
pues sabido es que en los conventos hay muchas im á­
genes y cuadros de venerables y santos religiosos.
Después de visitar a los franciscanos, el Convento de
Santa Cruz de los Carm elitas y otros, llegaron a P re­
dicadores. Yendo por el claustro el niño, se para de
repente y dice señalando a un cuadro de San Vicente
Ferrer: «¡Padre, este fraile es!»
Un caballero pariente de los M arrades refirió al
P. Antist este suceso, y A ntist lo hace constar así en
la Vida de San Vicente que escribió por los años
1576.
El cuadro aludido se conserva hoy en el Museo de
Valencia,
De este suceso, y de otro parecido que ocurrió al
enfermo Jaim e Llom bart, han deducido los biógrafos
del Santo que su verdadero retrato es el que decimos
se conserva en el Museo de Valencia, con el núm e­
ro 407. H ay que observar que, tal como hoy existe, es
obra de Ribalta, que lo reparó, pues el prim itivo es­
taba pintado a la cola. Algunos escritores creen que
el retrato primitivo, o sea el de este milagro, no existe,
y que el de R ibalta es una copia exactísim a. Al pa­
trón de este retrato se han hecho las mil y mil copias
— 326 —
que corren de nuestro Santo, casi todas desfigurando
la cara que tiene el original. (Fages, parte 6 .a, cap. V II;
Gómez, lib. II, cap. I; Valdecebro, lib. III, cap. X L II;
Teixedor, lib. V, cap. V II.)

404-—1511—Valencia* Por el mes de Junio anda­


ba jugando un niño de cuatro años en la acequia del
molino que se llam aba de la Robella, y, sin que pu ­
dieran salvarle, cayóse y se ahogó. Llena de aflicción
su pobre madre, consiguió que llevaran el cadáver a
la iglesia de Predicadores y a la capilla de San Vicente
Ferrer. Allí, con su hijo en los brazos, comenzó a su­
plicar y pedir, con lágrimas y sollozos y llena de fe,
al Santo, que se dignara consolarla, volviendo la vida
a su hijo. Estando en estas plegarias el niño resucitó,
con asombro de todos los que aquella dolorosa esce­
na presenciaban, y a pie y de la mano de su madre
volvió a su casa, como si nada hubiera ocurrido. (Fa­
ges, parte 6 .a, cap. VII; A ntist, pág. 455; Vidal y Micó;
Teixedor, S u p l, lib. IV', cap. V II.)

405—¿1515?— Valencia. Ei patricio Juan Luis Ber­


trán, que fué padre del glorioso San Luís de este ape­
llido, poco tiempo después de haberse casado de pri­
meras nupcias, cayó en una enfermedad tan grave,
que lo puso a las puertas de la muerte. Los parientes
y los médicos no sólo habían perdido toda esperanza
de salvarlo, sino que llegaron a tenerlo por muerto.
Pero al ir a comunicar tan triste noticia a la familia,
quedaron espantados con un sobresalto grandísimo.
Fué que observaron que, el que ellos tenían por m uer­
to, abiertos los ojos y muy sereno pedía su ropa, por-
que quería vestirse y levantarse. Los que esto presen­
ciaron se decían muy quedo; (E stá delirando,» Mas el
— 327 —
enfermo contestó: «Ho deliro, no; es que han estado
aquí San Vicente Ferrer y San Bruno, y me han dicho
que no moriré en mucho tiem po, y que el próximo
miércoles santo debo asistir a los divinos oficios.»
Y, efectivamente, .el enfermo curó con rapidez asom­
brosa y sobrevivió a su mujer. Después casó con doña
ju a n a Angela Eixarch, y de este m atrim onio nació
aquel famoso segundo apóstol valenciano San Luis
Bertrán, que fué gran lucero de la Orden de Santo
Domingo, evangelizó en las Indias y dió honor y b ri­
llo a Valencia, su patria, que aun conserva, con vene-
ración ferviente, incorrupto su bendito cuerpo. (F a­
ges, parte 6 .a, cap. V II; Antist, V ida de S. L. B e r ­
tr án , cap. I; Saborit, id., lib. II, cap. X II; Sala, folio
16; Proceso de Roma, parte 2.a,-fol. '2.148; Gavaldá,
cap. X L III; Vidal y Micó; Teixedor, Supl., lib. IV,
cap. X.)

406— 3508 a 1515—Valencia, Un notario de la


Real Cancillería andaba enfermizo, y al fin se vió
postrado y su enferm edad se agravó al extremo de
que, desahuciado de los facultativos, entró en ago­
nía. Su familia y sus deudos redoblaron entonces sus
plegarias a San Vicente Ferrer en favor del agonizan­
te, que, inesperadam ente, se reanimó y salió de aquella
angustia suprema. Al saber él que esto era un benefi­
cio que el Santo le había otorgado, por las oraciones
de sus familiares, se dirigió al mismo Santo, dicién-
dole: «¡Santo mío Vicente! Acabad la obra; pues ha­
céis tantos milagros, curadm e a mí de esta dolencia.»
Y en el mismo instante quedó curado tan radicalm en­
te, que ni el menor síntom a le quedó de aquella enfer­
medad. (Antist, pág. 455; Teixedor, Supl., lib. IV,
cap. VIL)
— 328 —
407— 1515—Valencia. En una de esas comedias
religiosas tan corrientes en los siglos xv y xvi, un tal
Jaim e Llom bart había hecho el papel de león. Se re­
presentaba, al parecer, algún episodio de la vida de
San Jerónimo. Llom bart se fatigó tan to representan­
do su papel, que cayó enfermo, se metió en cama con
parálisis primero y luego fiebres altísimas. Después
le salieron tumores y uno muy grandísimo, que era,
sin duda, el infarto que le producía tan tas dolencias.
Y como los médicos lo dieron por perdido, se confesó
para morir, y ya se preparaba todo para traerle el
santo Viático de la parroquia de San Bartolomé. El
enfermo no cesaba de pedir en su corazón a San Vi­
cente Ferrer, de quien era gran devoto, y con asom­
bro de todos la enfermedad perdió su gravedad inm i­
nente, y tanto, que se desistió de darle el Viático aquel
día, aplazándolo para el siguiente. Pero, a media
noche, despertando el enfermo de un profundo sue­
ño en que había caído, a grandes voces comenzó a
decir que ya estaba bueno, que un fraile dominico
había venido a su cama y le había dicho: «Levántate,
hijo mío, no tem as nada.» Todos le creían loco; pero
él resueltam ente dijo: «No, no estoy loco; es San Vi­
cente que ha venido del Convento, y vedme ya curado.»
Y curado estaba perfectam ente de todos aquellos
graves males. El Ordinario, que se enteró de este pro­
digio, el día siguiente mandó abrir información ju ­
rada sobre el caso, que al fin se declaró auténtico,
Gómez llama a Llom bart J eró n im o ; tal vez porque
hay otro milagro verificado en un sujeto de este mis­
mo nombre. (Fages, parte 6 .a, cap. V II; Gómez, li­
bro II, cap. I; Vidal y Micó, Día 3.°; Valdecebro,
lib. III, cap. X L III; Teixedor, lib. V, cap. VIL)
— 329 —
408—1517— Foyos. Este pueblo se halla m uy ve­
cino de Valencia y se profesa en él gran devoción a
San Vicente Ferrer. Se encontraba m uy enfermo un
hombre devotísimo suyo, y sin que los médicos a ti­
naran en su cura, el infeliz se agravó y daba quejidos
horribles por un dolor fortísimo de costado que se le
había declarado. Al fin fué desahuciado. Cuando se
dio cuenta de su gravedad, volvió su ánimo, con gran
fervor, al Santo, y le suplicaba, con muchas instancias,
que lo curara. Al poco le sobrevino un sueño plácido
y profundísimo. D urante él soñó que nuestro Santo,
acercándose a su lecho en compañía de otro religio­
so, le abría el costado y le extraía una cosa gruesa
como eí puño; en esto sintió un dolor agudísimo que
le hizo dar un grito estridente, diciendo: «¡Ay! ¡Que
me lastimáis!» Y despertó y se encontró enteram ente
sano y como si nada hubiera tenido. (Fages, parte
cap. VII; Antist, pág. 455; Valdecebro, lib. III, capí’
tulo X L ÍII; Vidal y Micó, Día 4.°; Teixedor, Supl.,
lib. IV, cap. V III.)

409— 1519—Valencia. Refiere el erudito P. Vi­


cente Justiniani Antist, que el día 19 de Febrero se
apareció a un niño un religioso dominico y le dijo dos
veces: «Anda y di a tu m adre que, si no fuera por la
Virgen N uestra Señora y por Fr. Vicente Ferrer,
ya Valencia estaría desolada. Y en prueba de que es
verdad lo que te digo, esta misma noche se quem ará
el reloj de la ciudad.» El niño refirió al píe de la letra
lo ocurrido, que. era natural, dejó asom brados a cuan­
tos tuvieron noticia de esto. Este niño fué conducido
en seguida al Convento de Predicadores para que in­
dicara qué religioso le había dicho aquellas cosas.
Y al pasar por el claustro y ver el retrato de San V i­
— 330 —
cente, el que hoy está en el Museo de Valencia, p a ­
róse y exclamó; «Ése, ése es el fraile que me ha dicho
aquello.» Todos quedaron admirados y convencidos
de que, en efecto, el tai religioso era el mismo San Vi­
cente en persona. Y su convencimiento fué completo
cuando, a las nueve en punto de la noche, un rayo rajó
la cam pana llam ada «Micalet» y prendió fuego al
capitel de m adera que term inaba este hermoso mo­
num ento adosado a la Catedral. Eran tan inmensas
las llamas, dice un escritor contemporáneo de aquel
suceso, que parecía como que ardía toda Valencia,
y se veían a muchas leguas de distancia. El día 28
de Octubre de 1521 se subía a la torre,, ya restaurada,
la nueva cam pana del reloj de la ciudad, vaciada por
el maestro Trilles, bendecida por el obispo Ausias
Carbonell, dominico, hijo de Jijona, y bautizada con
los nombres de «San Miguel» y «San Vicente». (Teixe­
dor, lib. V, cap. VÍI.}

4 í0-—1519-—Valencia. El día 4 de Mayo, Pedro de


Frías tuvo un gran disgusto, y airado comenzó como
un energúmeno a proferir palabras fuertes y exaltarse
descompasadamente, hasta el extremo de acciden­
tarse y quedar sin habla y gravem ente enfermo. Como
ningún remedio humano le aprovechaba, se acudió
a los divinos. Y, en efecto, le llevaron unas reliquias
de San Vicente Ferrer, y un Padre dominico comenzó
a bendecirle con las oraciones que el Santo acostum ­
braba rezar sobre ios enfermos. Cuando el religioso
leía el Evangelio, el enfermo, con mucha naturalidad,
respondió el Gloria Ubi, D o m in e , y siguió hablando en­
teram ente curado. (Fages, parte 6 .a, cap. V II; An-
tist, pág. 455; Teixedor, Supl., lib, IV, cap. V II.)
— 331 —
411— 1527— Rafelbuñol. Es un pueblo de la pro­
vincia de Valencia. En él h a d a mucho tiempo que es­
taba com pletam ente sordo un tal Mateo Manes o Mu-
ñi2 , según Teixedor. Habíase gastado un dineral y
sufrido dolorosísimas operaciones para recuperar el
oído, y iodo le resultó vano, y los médicos declararon
que era incurable aquella dolencia. Entonces resol­
vióse a poner su cura en manos de San Vicente Fe­
rrer, de quien era muy devoto. Al efecto, comenzó a
rezarle todos los días ante su imagen, con grande fer­
vor y mayor confianza. El día 6 de Agosto hizo voto
al Santo de que, si le curaba de aquella sordera, dis­
pondría en su honor cierta cosa que las crónicas se
callan, y en el mismo instante recuperó este sentido
y quedó tan curado que no parecía había sufrido ja ­
más tan grave dolencia. (Fages, parte 6 .a, cap. V III
Antist, pág. 456; Teixedor, Supl., lib. IV, cap. V III.)

412—1532—Valencia, Este año se recibieron en


esta ciudad «tres huesos del índice de la mano dere­
chas de San Vicente Ferrer, dice el cronista-archivero
Sala. Y el mismo escritor nos atestigua que, con tal mo­
tivo, el Santo obró muchos milagros, y pondera p arti­
cularmente el que transcribim os aquí, ocurrido durante
la procesión que se organizó para llevar a la iglesia
tan inestimable tesoro. «El día 20 de Octubre, dice,
en el momento que la procesión pasaba por delante
de la casa de D.a Jerónim a Almenar, que tenía una
hija, llam ada Elena, ciega de nacimiento y atacada
de unas calenturas hasta el punto de haberla desahu­
ciado los médicos, al oir la música se asomó a la ven­
tana y rogó al Santo que devolviese la salud a su hija,
y al entrar de nuevo en la habitación se encontró a
ésta buena y que había recobrado la vista. E sta
- 332 —
D,a Elena vivía aún en 1600, cuando se recibió la
o tra reliquia (la costilla), y refirió el hecho al P f Día-
go.» Se armó tal alboroto (son palabras de Elena) en
casa al verme curada, que el justicia Mosén Alonso
March creyó que reñían y subió a la habitación.»
Según Gómez, esta afortunada enferma tenía, cuando
el milagro, unos 16 anos de edad, y su primer apellido
es Zanoguera. (Fages, parte 5.a, cap. X V III; Gómez,
lib. II, cap. III; Teixedor, lib. V, cap. II.)

433—1544—Valencia. Este año, el día 3 de Sep­


tiembre, nació en Valencia el Rmo. P. M. Fr. Vicente
Justiniano Antist, gloria de la religión de Santo Do­
mingo y de las letras patrias, y escritor crítico de lo
más fino que hubo en el siglo xvi. En honra de San
Vicente Ferrer nos place transcribir lo que de sí mis­
mo nos refiere este autor, ponderando el gran poder
y los milagros del Santo. «Siendo niño, dice, estuve
una vez muy enfermo y mi madre fué a orar a la
capilla de San Vicente Ferrer, con la idea de prom e­
ter que no me impediría tom ar el hábito dominico,
si yo le pedía permiso para ello, encontrándom e a la
vuelta curado. Algunos años más tarde, hallándom e
en la celda del Santo, el día de su fiesta, sentí
el deseo de abrazar la vida religiosa, form ando en
seguida la resolución de abandonar la carrera de De­
recho que estudiaba y además prometí escribir la
historia de mi celestial inspirador. Nacido en la mis­
ma ciudad, bautizado en la misma pila, llevando el
mismo hábito y el mismo nombre, hijo del mismo
Convento, pago mi deuda de gratitud.» Y con estas
palabras term ina la historia o vida de San Vicente
Ferrer que él escribió, y que, según todos los escrito­
res del Santo, es la que mejor se ha escrito hasta el
— 333 —
presente, si exceptuamos, tal vez, la del P. E. Fages.
El P. A ntist murió el 12 de Marzo de 1599. (Fages,
parte 6 A cap. III; A ntist, V. de 5 . Vic. Ferr., capí-
tulo X X X V III, pág. 463; Teixedor, S u p l, lib. IV (
cap. VIL)

414— 15-14— Carlet. U na fam ilia, cuya devoción


a San Vicente Ferrer era proverbial en este pueblo,
tuvo la grandísim a pena de ver que un niño suyo,
sin que pudieran salvarle, se ahogó cayendo en una
acequia. Todos los vecinos fueron interesados en esta
aflicción y desgracia, porque aquella familia era que­
rida del vecindario, sin tener enemigos. Al ver, pues,
aquellos moradores las lágrimas y la desolación en
que estaban los padres de aquella criatura, como
movidos por un resorte, todos comenzaron a pedir
al Santo que viniera con su poderosa protección a
socorrerlos en esta desgracia. Y estando así invocan­
do a nuestro Santo, el niño revivió, pasmando a todos
de alegría y dejándolos más aficionados a San Vicen­
te. (Vidal y Micó; Teixedor, Supl., lib, IV, cap. V III.)

415—¿1550?— Onteniente. En este pueblo, hoy ciu­


dad del reino de Valencia, que de antiguo profesó gran
devoción a San Vicente Ferrer, una m ujer muy de­
vota suya dió a luz varias veces, pero siempre sacaba
muertas las criaturas. Es de suponer el desconsuelo
en que viviría. Iba otra vez a ser madre, y llorando
fuése a la iglesia de los Padres Dominicos, dedica­
da a San Juan B autista y nuestro Santo, y con
mucho fervor pidió a éste que siquiera esta vez le
concediera que el fruto de sus entrañas viviera o
por lo menos que no naciera muerto como los otros.
Prometió que, si el Santo le otorgaba este favor, pe­
— 334 —
saría de cera a su hijo, la cual entregaría para su
culto. Llegada la hora del parto, dió a luz un feto
deforme, tanto, que los que !a asistían dijeron que
debía enterrarse en seguida en el m uladar. Pero
una de las parteras observó que el feto respiraba.
Entonces la infeliz m adre suplicó que, sin perder
tiempo, trajeran la balanza y pusieran en un pla­
tillo al feto y en el otro cera labrada. Así se hizo.
Al estar la balanza en el fiel, se vió claram ente
que el feto era vivo y que habían desaparecido
las monstruosidades. La devota mujer, pasadas unas
semanas, muy alegre fué a la misma iglesia a pre­
sentar al Señor aquel fruto de bendición y dar
rendidas gracias a San Vicente, por cuya interce­
sión decía ella, y era verdad, que Dios se lo había
concedido. (Fages, parte 6 .a, cap, V II; A ntist, pá­
gina 462; Serafín, pág. 281; Vidal y Micó, pág. 341,
cap. XI; Teixedor, Supl., lib. IV, cap. V III.)

416—¿1550?—Alcora, Es un pueblo de la provin­


cia de Castellón y donde siempre estuvo floreciente el
culto de San Vicente Ferrer. E ra allí costum bre muy
antigua llevar su imagen, en tiempos malos, procesio­
nalm ente a un cerro distante del pueblo como unas
cuatro leguas, y allí, como bajo una tienda de cam pa­
ña, se levantaba un altar y se celebraba la Misa en su
honor, pidiendo remedio contra la persistente sequía,
Sucedió un ano de m itad del siglo x v i que, m ien­
tras se celebraban estos cultos, sobrevino una lluvia
ta n abundante y recia, que dispersó a todos de
aquel lugar. U na joven, llam ada Constancia P alla­
rás, que pastoreaba en la m ontaña vecina y vió aque­
lla dispersión, y que la imagen del Santo quedaba sola
y mojándose, dijo: «Yo prometo al Santo que si me
— 335 —
caso y llego a reunir una pequeña fortuna, haré edi­
ficar a San Vicente en ese sitio una capilla, para que
nunca más se moje.» El Santo escuchó desde el cielo
esta promesa de aquel corazón puro y sencillo, y con­
cedió a Constancia un buen marido y una regular
fortuna; y ella cumplió, como buena, su promesa, m an­
dando edificar en aquel cerro la actual capilla de San
Vicente, que allí se ve, y que por cierto es muy bo­
nita, según el testim onio de Fages, que la ha visitado.
Constancia murió sin hijos en los primeros años del
siglo x v n y cumplidos los 63 años de su edad. Su m a­
rido se llamó Ju an Lledó. (Fages, parte 6 .a, cap. V Ií;
Teixedor, lib. V, cap. V II.)

417—¿1550?— Huesca. En el convento de Domini­


cos de esta ciudad sucedió, a mediados del siglo xvi,
un caso por demás gracioso. Era costum bre en aquel
convento dar a los religiosos un extraordinario en
el refectorio el día 5 de Abril, fiesta de San Vicente
Ferrer. Aquel año este día cayó en Semana S anta, y
el Padre Subprior, que por ausencia del Prior regía
la Comunidad, prohibió que este día se diera el e x tra ­
ordinario de costumbre. Sin duda los religiosos no
llevaron muy a bien la prohibición, pues insistieron
en pedirlo. Pero el Subprior mantúvose en su p ri­
mera decisión muy inflexible. Con esta inflexibilidad
de ánimo sobre este punto, y muy convencido de que
su mandato se tenía que cumplir, fuese a celebrar.
Estaba en la sacristía para revestirse, y de repente se
le viene encima un gran cuadro del Santo que allí es­
taba colgado. Su sorpresa y la de todos fué grande, y
m ás cuando observaron que ni había caído el clavo
ni estaban rotos los cordeles de que pendía el cuadro,
ni había sufrido eí menor deterioro la puerta sobre que
— 336 —

estaba. Lo único evidente era que el Subprior recibió


el golpe en la cabeza, aunque sin grave daño, y que
él y todos pensaron que aquello fué un castigo que el
Santo le daba por su negativa a celebrar su fiesta,
como era costumbre. Vidal y Micó, que detalla el
suceso, no dice, que yo recuerde, si al fin se dió el
extraordinario. (Vidal y Micó, pág. 231; Teixedor,
lib. II, cap. X X X V I.)

418— ¿1550?—Valencia. En el convento de P re­


dicadores estaban arreglando la iglesia para las fies­
tas de San Vicente Ferrer, y aconteció que, despren­
diéndose de lo alto una pesada barra de hierro, vino a
dar en la cabeza del corista Fr. Vicente Mas, m allor­
quín, el que, andando el tiempo, fu e tan célebre re­
ligioso por su virtud y letras. E ra entonces Maestro
de Novicios de aquel Convento San Luis B ertrán. El
golpe fué terrible y tanto, que los médicos, para ha­
cer la primera cura, hubieron de sajar horriblem ente
la cabeza. San Luis, que veía sufrir al pobre corista,
que él am aba mucho, se resolvió a pone^ la cura en
manos de San Vicente. Tenía él como preciosa reli­
quia un zapato del Santo; oró, pues, y, acercándose
al enfermo, le puso el zapato sobre la herida, y al ins­
tante Fr. Mas quedó com pletamente curado y sano,
como si nada le hubiera ocurrido. (Mut, H . de Malí.,
lib. X I, cap, X II; Valperga, Vid. de S, CataL T o m á s ,
fol. 134; Vidal y Micó, Vid. de S. L. B r., pág. 499; Se­
rafín, Vid, del venerable A nadón, pág. S (nota); Teixe-
dor, lib. V. cap. II.)

419—¿1550?—Valencia, El niño Francisco Despuig


cayó enfermo y le salió en la cara un tum or grandí­
simo, cuyo pronóstico, según la ciencia, era desespe-
— 337 —
rado caso. Sus padres, sin embargo, llenos de con­
fianza en San Vicente Ferrer, lo llevaron al convento
de Predicadores y con él visitaron su capilla. Cuando
salían del convento, el santo P. Domingo Anadón,
que era portero, bendijo al enfermito y le cubrió el
rostro con una flor que llevaba en las m anos, y dijo a
sus padres: «Vístanle el hábito de San Vicente, y el
día de la fiesta del S anto estará bien del todo.» En
efecto, el niño para ese día estuvo curado; pero sus
padres, creyendo que bastaba vestirle el escapulario
en vez del hábito, así lo hicieron, y el niño recayó.
Le vistieron el hábito completo, y al instante estuvo
y continuó bien, sin que le volvieran las calenturas
ni otras dolencias. (Teixedor, Supl., lib. IV, cap, X IL )

420— 1567— La peste epidémica por este tiempo


hizo muchos estragos en Italia, y en este año mayores
y sin que se viera cesaban; sobre todo el pueblo de
Taño, en el Ducado de Urbino, el azote terrible era
exterm inados Pero unánimes sus moradores alzaron
la voz suplicando a San Vicente Ferrer les librara de
aquella desgracia desoladora, y al instante Taño quedó
libre de la peste. Fué tan notable este suceso, que el
Concejo Municipal dispuso que en acción de gracias
se celebrara el día 5 de Abril de este año una solem­
nidad grandiosa en.honor del Santo, y este mismo día
expidió un decreto solemne en que se hacía constar
este beneficio y otros muchos que en varias ocasio­
nes había dispensado el Santo a aquel pueblo. (Fages,
parte 6 .a, cap. IX,)

421 —1570—Valencia. Este año ocurrió un suceso


curioso, digno de contarse, referente al pozo de San
Vicente Ferrer del convento de Predicadores de esta
LOS MILAGROS DE SAN V I C E N T E F E K R É R 22
— 338 —

ciudad. Copiamos a Teixedor: «Fué rara y singular


la (curación) que un religioso muy siervo de Dios,
llamado Fr. Francisco Rubio, de la Orden del glo­
rioso P. San Francisco, experimentó en su persona.
E staba este Padre muy enfermo de una calentura,
y con ella y con el deseo que tenía de salud fuése al
convento de Predicadores, y, llamando a la porte­
ría, le recibió el bendito P. Fr. Domingo Anadón,
portero, con la caridad que él acostum braba y con
la reverencia que solía tra ta r con sacerdotes y gente
religiosa. Viéndole tan enfermo, llevólo platicando
cosas de Dios, poco a poco, a la celda del glorioso
P. San Vicente Ferrer: allí hicieron ambos breve
oración delante de la imagen del Santo, y luego lle­
vóle al pozo, que está en su huertecillo, al lado de
la propia celda, de cuya agua el P. San V icente be­
bió muchas veces y en quien toda esta ciudad tiene
increíble devoción, por los muchos enferm os que,
bebiendo de ella, curan de diferentes enfermedades,
Díjole el bendito Padre al enfermo:— Padre, beba de
esta agua, beba.— Él reparó mucho, temiendo no le
hiciese daño por ser agua y bebida fuera de sazón,
estando en el crecimiento de la calentura. Replicóle
otra vez que bebiese. Y, al fin, el buen Padre Fr. Fran­
cisco Rubio se resolvió a bebería, pues, tocada de
la boca.y recetada por otro y preparada con su viva fe
del bendito Fr. Domingo (1). Con todo, no bebiósíno
un trago, porque le acobardaba el miedo de hacerse
daño. Instóle más el portero Fr. Domingo que be­
biese sin recelo, y así bebió mucho. Luego él mismo
le dijo que se lavara las manos y el rostro, y él le echó

{1) D ejam os sin retocar e sta cláusula, que á todas luces está
fa lta de alguna expresión.
— 339 —

agua por la cara, y así se volvieron los dos a la p o rte­


ría, donde se sentaron un rato. Y habiendo hablado
de cosas del cielo, díjole el P. Domingo al enfermo:
—Padre: ¿qué es de la calentura?— Y se halló libre de
ella y con tanto esfuerzo como si jam ás la hubiese
tenido, y quedó del todo libre.» (Gómez, Vida del
V. D. A nadón, cap. X X I; Serafín, E p íto m e de ídem,
cap. XX, pág. 113; Teixedor, lib. V, cap. V III.)

422—1574—Valencia. Predicando San Luis Ber­


trán a los Cofrades de la Celda de San Vicente Ferrer,
les aseguró que, si se esmeraban en honrar la memo­
ria de tan excelso Patrono, el santo Vicente vendría
a consolarlos en la hora de la muerte. En efecto, a
los pocos días se cumplió el vaticinio. D. Jerónim o
Dalmáu, que muchos años ha era cofrade de la Celda,
se agravó en una enfermedad que venía sufriendo ha-
cía días, y, desahuciado, llegó al artículo de la muerte.
En tal conflicto, se le apareció visiblemente nuestro
Santo, consolándole de tan adm irable manera, que
amigos y familiares del enfermo encontraron a éste
llorando de pura alegría. Pero como ignoraban la cau -
sa de aquel llanto tan grande, uno de los amigos pre­
sente, llamado Gaspar Pérez, le dijo: «No llores, que
yo y todos estamos aquí para que dispongas de nos­
otros en lo que quieras.» Entonces el enfermo dijo que
sus llantos y sollozos eran, no de pena, sino de gozo
y alegría, y les refirió la aparición del Santo.
Igual favor se refiere que recibieron Guillem R a ­
món de Valeriola, catalán, y el V. P. Fr. Domingo
Miguel Lázaro. (Fages, parte 1.a, cap. X III; Gómez,
cap. V III; Vidal y Micó, cap. V III; Sala, lib. IV, ca­
pítulos III y V II; Serafín; Teixedor.)
— 340 —
423— 1574—Valencia. D.a Angela M ontagud Vi-
lanova y Ribelles, señora de Alcudia, era devotísima
de San Vicente Ferrer e iba todos los días a la iglesia
de Predicadores p ara visitar su altar. Un caballero,
perdidam ente enam orado de ella, la acosaba a todas
horas y no la dejaba ni a sol ni a sombra, requirién-
dola siempre de amores; pero jamás, ni remotamente,
le daba esperanza ni correspondencia a sus criminales
deseos. Loco de furor aquel hombre, la esperó que sa­
liera de la iglesia de hacer su visita al Santo. E ra la
víspera de la Ascensión de este año. Cuando D.a An­
gela estaba ya en medio de la plaza de Santo Do­
mingo, aquel villano le disparó un trabucazo, que le
dió en la espalda por el lado izquierdo, dentro del cual
quedaron a la infeliz señora dos balas y once perdi­
gones gruesos. Trasladada a su domicilio, los médi­
cos pusieron a contribución toda su ciencia y todo su
arte para salvar a esta noble dama. Hubieron de abrir­
le y rajarle el costado derecho para extraerle la carga
del arcabuz; pero, aun así, sólo pudieron extraerle
cuatro perdigones. Y como sobre la trem enda heri­
da la enferma era presa de fiebre altísim a, los médi­
cos, perdidas las esperanzas de salir airosos, la des­
ahuciaron. Ella no había perdido el conocimiento y se
dió perfectam ente cuenta de lo que ocurría. Por eso,
no esperando ya el remedio de la tierra, se volvió a
pedir el del cielo. Oró, pues, fervorosísimamente a su
amado San Vicente; hizo que le trajeran una reliquia
suya y le pusieran delante u n a imagen del Santo. Y
orando y pidiendo a este glorioso Taum aturgo valen-
cían o, quedóse plácidam ente dormida. En sueños,
como después refirió, se le representó que dos Padres
Dominicos entraron en su dormitorio, y uno de ellos
se acercó a su lecho y le metió la una mano por la
— 341 —

herida de un costado y la otra por la herida del otro


costado, y tanto ahondaban las manos, que llegaron
a cru 2arse dentro de la caja del pecho de la paciente;
pero ella no sólo no sentía dolor con esto, sino que más
bien experim entaba placer grandísimo. Después vió
que aquel religioso le sacaba del pecho una cosa ne­
gra y que luego vendó las heridas con mucho esmero.
Entonces no pudo contenerse y preguntó: «Padre,
¿quién sois?» Y el religioso le respondió; «Hija, yo
soy Fr. Vicente Ferrer.» Oyendo esto, se despertó,
desapareció la visión y se encontró enteram ente cu­
rada. Comenzó, pues, a dar gritos de alegría. E n tra ­
ron los de su familia, les contó lo ocurrido, le descu­
brieron las heridas y probaron que era verdad, y en­
contraran y vieron jun to a las heridas una masa de
plomo, form ada de las balas y perdigones que los
médicos no habían podido extraer. Llena de alborozo,
se vistió y salió corriendo, sin perder tiempo, hacia
la capilla de su amado Santo, p ara darle gracias. En
adelante aquel caballero no se vió más. Ella, en m e­
moria de este beneficio, se gastó 1.200 ducados en un
enrejado para la capilla del Santo, y en su testam ento
dejó 300 ducados más para el dorado de la misma.
Gómez llama a esta señora Angela Ribelles, señora
de Alcudia. (Fages, parte 6 .a, cap. V II; Gómez, lib. II,
cap. II; Vidal y Micó, Día 9.°; Teixedor, Supl., lib. IV,
cap, XI.)

424— 1575—Valencia. Este año fué San Luis B er­


trán elegido Prior del convento de Predicadores. L ue­
go que tomó posesión de su cargo, fuése an te una
imagen de San Vicente Ferrer, que se colocó en el
sitio en que se le apareció la Virgen consolándole y
prometiéndole que no perdería su virginidad, y, pos­
- 342 -
trándose en venia ante dicha imagen, le dijo: «Padre
San Vicente: me han elegida Prior y yo no sirvo para
este cargo. Vos seréis el Prior y yo haré cuanto me m an­
déis para el buen régimen de este convento, ¿Acep­
táis?» La imagen de San Vicente entonces se inclinó
a San Luis y, como abrazándole y muy anim ada, le
contestó que sí y que él le guiaría en todo. (Fages,
parte 1.a, cap. X III; Gómez, cap. V III.)

425— 1575—Valencia. Después que la Sociedad de


boneteros o gorreros cedió al A yuntam iento, en 18
de Septiembre de 1573, la casa natalicia de San Vi­
cente Ferrer, con su iglesia o capilla, el A yuntam iento
encargó su culto a un capellán que no debía ser muy
devoto del Santo, pues dejóse de celebrar un año en
dicha capilla una fiesta que se había hecho ya popu­
lar. En efecto, era costum bre inmemorial celebrar
todos los años, con la mayor pompa posible, la cano­
nización del Santo. El último capellán, mosén Balderas,
se lam entaba de esto con el nuevo capellán deí A yun­
tam iento, mosén Gasea; pero éste no atendía a refle­
xiones y persistió en no celebrar dicha solemnidad,
contentándose con cantar una Misa, que era lo que
m andaban las Ordenanzas Municipales. Pero el mis­
mo Santo vindicó a sus fieles devotos que pedían la
fiesta. En efecto, en la noche del 28 al 29 de Junio
de este año (el Santo fué canonizado el 29 de Junio
de 1455), la rueda de campanillas de la sacristía co­
menzó a tocar por sí sola y como movida por un brazo
poderoso. Mosén Gasea, asustado, despierta a An­
tonio Estopiñá, cordelero, que tenía a su cargo el
cuidar del arreglo de la capilla, y éste, lleno de estu­
por, corre a referir el hecho al antiguo capellán mosén
Balderas. Al oírlo el buen sacerdote, exclamó con ale­
— 343 —
gría; «jEs que San Vicente pide su fiesta!» Desde en­
tonces la fiesta se ha celebrado sin interrupción, y los
centenarios de esa fecha de la canonización, con lujo
y regocijos insólitos. Los primeros años mosén Bal-
deras la costeó de su bolsillo; luego la tomó a su cargo
la Corporación municipal. (Fages, parte 1.a, cap. V;
Escolano, lib. V, cap. X V III; Gavaídá, pág. 17; Se­
rafín, pág. 7; Valdecebro, líb. III, cap. X LV II; Vi­
dal y Micó, pág. 9; Teixedor, lib. I, cap. V IL)

426--1575—Valencia. Una délas muchas veces que


estuvo enfermo San Luis Bertrán, algunos religiosos
que le asistían invocaban a la Santísim a Virgen y a
San Vicente Ferrer para que le curaran. El bienaven­
turado P. Luis, al oir eí nombre de San Vicente, ex­
clamó entusiasmado; «¡Oh santo P. Vicente, Padre
mío, Padre mío!» Y en el acto se puso bien, y fué lue­
go su primer cuidado ir a celebrar Misa en la capilla
del Santo, para darle gracias, (Fages, parte 6 .a, cap. X.)

427— 1575— Valencia. San Nicolás Factor era de­


votísimo de San Vicente Ferrer, y tenía ta n ta con­
fianza en el poder de intercesión del apóstol valen­
ciano, que muchas veces, cuando se le presentaba
algún afligido y le hablaba de acudir a nuestro P. San
Francisco o San Antonio de Padua, como santos de
su Orden que eran, él solía decir; «Dejaos, dejaos;
dirigios a San Vicente Ferrer.» En una ocasión le
fueron a decir que un niño se estaba muriendo. Él les
dijo: «Llevadle a la capilla de San Vicente Ferrer.fr
Y lo llevaron, y al instante el niño salió de su grave­
dad y luego se curó del todo, (Fages, parte 6 .a, capí­
tulo X; Falcó, A n a le s año i $ ? 9 ; Sala; Saborit, lib. II,
cap. X V III; Teixedor, Supl., lib. IV, cap. X.)
— 344 —
428— 1576—Valencia. El santo P atriarca y Arzo­
bispo de Valencia B. Ju an de Ribera profesaba m ar­
cada predilección a San Vicente Ferrer y a los Padres
Dominicos, y hasta quiso renunciar el arzobispado y
retirarse al convento de Predicadores para acabar su
santa vida en la Celda del santo Patrono de Valencia,
como se prueba por su carta al P apa San Pío V, fe­
chada en 17 de ju lio de 1569, y por el Breve que este
Pontífice le dirigió disuadiéndole. Gozaba singular­
mente en conversar con San Luis B ertrán, que por
este tiempo de 1575 a 1578 era Prior del expresado
convento. Muchas veces, cuando el santo Arzobispo
estaba en B urjasot, pueblo vecino a Valencia, donde
había un palacio de recreo de los arzobispos, llamaba
al venerable Prior Fr. Luis, y con él pasaba largos
y gratísimos ratos en san ta conversación. Sucedió
que una vez le envió a llam ar, m andándole el carrua­
je, pero San Luis no pudo ir, y en su lugar mandó a
un religioso que fuera a B urjasot para conversar san­
tam ente con su lima. Rdma. Y, en efecto, ta n san­
tam ente conversó con el Beato Patriarca, que éste
quedó prendado de aquel religioso, y sentía que ha­
blando con él se fortalecía su espíritu y se llenaba de
dulzura inenarrable. Al declinar el día, el religioso se
despidió del Arzobispo, que dijo iría al convento a
devolverle la visita luego que regresara a Valencia.
Estando, pues, de vuelta en la ciudad, una tarde
fuése a Predicadores, y después de saludar al santo
Prior Fr. Luis, le dijo: «Vengo a dar gracias a V. R.
por el buen religioso que me envió la otra tarde a
B urjasot, con cuya conversación no se puede figu­
rar lo que me edifiqué.» Entonces el venerable Padre
Luis le respondió: «No lo extrañe, porque ese reli­
gioso que dice vuestra lima, fué el P. San Vicente,
quien, con sem ejante visita, ha querido obligar y
favorecer más a Vuecencia, para que más se confir­
me en ,1a mucha devoción que le profesa.» (Serafín,
lib. IV, pág. 415, notas a los capítulos V y VI; Tei­
xedor, lib, V, cap. V )

429—1587—Valencia. D. Francisco Fenollet te ­


nía un hijo de cinco años de edad, el cual cayó enfer­
mo de fiebres pertinaces. Sin esto, la pobre criatura
era víctim a de horribles convulsiones, que al fin llega­
ron a ponerle a las puertas de la muerte, y los m édi­
cos, desahuciándole, dijeron a sus desolados padres
que el niño no tenía remedio. El cuitado señor Feno­
llet se fué muy apenado, como es de suponer, al con­
vento de Predicadores, y contó al P. Prior, que en­
tonces era el célebre P. A ntist, que es quien nos re­
fiere este suceso, lo que con el niño ocurría y que ya
los médicos le desahuciaron. Por lo cual, le suplicaba
se dignara dejarle una reliquia de San Vicente Ferrer
para ponerla sobre el niño. Accedió el Prior y envió
al V, P. Fr. Domingo Anadón con la reliquia a casa
del enfermito, y en el instante que tocaron al niño
con la reliquia, éste repentinam ente quedó curado de
todas sus dolencias. En acción de gracias, el Sr. Feno­
llet pagó lo que costó dorar el relicario del Santo, esto
es, la limosna de unas 200 pesetas. El niño de este m i­
lagro fué, andando el tiempo, D. Ju an Cabamlles Fe­
nollet, señor de Alginet. (Fages, parte 6 .a, cap, V II;
Antist; Vidal y Micó; Mas; Teixedor, lib. V, cap. II.)

430—1588—Valencia. La joven Isabel Ju an a Z a­


mora estaba herida de apoplegía y tan abatida, que
tenía enteram ente muerto todo el lado derecho, la
boca y el ojo derecho. El día 24 de Junio, por la tarde,
- 346 —
visitáronla los Padres Dominicos Francisco Sala y
Andrés Albero, y lleváronle un zapato de San Vicente
Ferrer, que, con gran veneración, tenían en el con­
vento. La anim aran a que se encomendara al Santo, y
luego íe pusieron sobre la cabeza la dicha reliquia, y
al instante dijo la enferma: «Ya parece que veo con
el ojo malo», y rogó que volvieran a dejarle encima la
reliquia. Así lo hicieron aquellos religiosos, y llenos
de admiración todos los presentes, ellos muy alegres,
comenzaron a rezar el Tedeum. Antes de retirarse para
volverse al convento, Isabel estaba enteram ente cu­
rada y tan restablecida en su salud, que nadie, al
verla ahora, hubiera creído el gravísimo estado en
que estuvo. (Gómez, lib. II, cap. IV, pág. 549; Vidal
y Micó, pág. 289; Teixedor, lib. V, cap. II.)

431— 1591—Carpesa. Había en este pueblo, de


la diócesis de Tortosa, una mujer llam ada Ana Te-
vián, sordomuda y con fiebres que auguraban un
funesto desenlace. El 5 de Abril, en su corazón, se
encomendó a San Vicente Ferrer, cuya fiesta era aquel
día, y por señas dió a entender que deseaba la lle­
varan a la capilla del Santo. A pesar del lastimoso
estado de su salud, la llevaron, y durante la Misa que
se celebró, a expensas suyas, cayó en un sopor tra n ­
quilo, en el que creyó ver o sentir que alguien le abría
la boca a la fuerza. La abrió, en efecto, por tres veces
como bostezando, y gritó de modo que todos la oye­
ron: «¡Madre de Dios, he recobrado la palabra!» La
curación fué radical, pues no sólo quedó libre de las
fiebres y buena del todo, sino que, hasta que m u­
rió, ya siempre tuvo expedito el uso de la palabra. De
este suceso se levantó por la Curia acta notarial. (F a­
ges, parte 6 .a, cap. V II, que cita a Vidal y Micó.)
- 347 -
Falcón (H isto ria de las cosas notables del C onven­
to de Predicadores, año 1591, pág. 169) refiere este
mismo hecho, pero con estas variantes; Dice que el
apellido era Jovián, que era mujer de Juan de Sici­
lia, y que de Carpesa vinieron a Valencia a celebrar
la fiesta de San Vicente; que, habiendo llegado tarde
y encontrando ya cerrada la iglesia, volvieron al otro
día con una hija suya; que la enferma, de rodillas ante
el altar de San Vicente, hacía señas, como pidiéndole
la salud, m ientras su marido fué a la sacristía a rogar
que celebraran una Misa por la enferma y que ésta,
a la elevación, prorrum pió en aquel grito, Como se
ve, el detalle no varía la substancia. Lo que sí debe
notarse es que sucedió en Valencia y no en Carpesa,
y, por consiguiente, que la Curia de Valencia fué la
que autentizó el hecho.

432—Valencia. El V. P, Sala, dominico, que vivió


a fines del siglo x v j , dice lo que sigue: «En un aposen­
to bajo de la casa de la Diputación que salen las v en ­
tanas a la puerta de la Bahía, estaba una imagen del
Santo (Vicente Ferrer) muy grande y m uy hermosa
y nueva. Cayó un rayo y, como guarnecida de m a­
dera, fué el rayo rodeándole y quemando la dicha
madera, y no quemó ni tocó a la imagen ni la ropa
de los hábitos de nuestro Patrón. Yo lo vi por mis
ojos.» (Sala, H istoria del Co?wento de Predicadores,
cap, LX1II; Teixedor, lib. V, cap. V IL)
CAPÍTULO XX

PRODIGIOS Y FAVORES CON SE GU ID OS POR LA DEVO­


CIÓN E INTERCESIÓN D E SA N V IC EN TE FERRER, D U ­
RANTE EL SIGLO X V II.

433— 1600—Valencia. Cuando este año llegó a Va­


lencia la reliquia de San Vicente Ferrer, una costilla
auténtica, toda la ciudad salió a la puerta llam ada de
Serranos para hacerle un entusiasta recibimiento. Iban
en una misma carroza el gobernador, Jaim e Ferrer,
el bayle general, Gaspar Mercader, y cinco Jurados
de la ciudad- El jurado sexto, J. B. Julián, estaba gra­
vemente enfermo, con calenturas, y sentía mucho no
poder asistir a esta solemnidad. Pero de repente, con
sólo haber expuesto al Santo, en su corazón, este deseo
de recibir su reliquia, se encontró sano y tan curado,
que corrió a unirse a la com itiva a la puerta de Se­
rranos. Al verlo los otros jurados, quedaron llenos de
espanto, y el milagro corrió de boca en boca, arran ­
cando vítores y bendiciones a San Vicente. (Fages,
parte 5.a, cap. X V III; Sala, cap. L X III; Teixedor.)

434—1600.—'V alencia. E ntre los que más se es­


meraron en solemnizar la entrada de la santa costilla
de San Vicente Ferrer en Valencia, deben contarse
los que form aban la familia del gobernador que en­
tonces tenía la ciudad, y muy en especial a éste, que
era D. Jaim e Ferrer, su hijo D. Luis y su cuñado don
Felipe Cardona, alm irante de Aragón y marqués de
— 349 —
Guadalest. El Santo, empero, les recompensó tan to
fervor, celo y su gran devoción con un insigne bene­
ficio otorgado en aquella sazón a D.a Blanca Cardona,
esposa, madre y herm ana respectivam ente de los ci­
tados nobles caballeros, «Marchábamos, dice un tes­
tigo de vista, con la cabeza descubierta, en medio de
la lluvia que caía, uniéndose a las lágrimas de los de­
votos», cuando D.a Blanca, que hacía nueve meses
que estaba tullida, quiso que la asom aran a la ventana,
y, sin duda, por efecto del frío que hacía, se puso peor.
Mas en el momento de pasar la san ta reliquia por la
plazoleta de San Bartolomé se encomendó de corazón
al Santo y sintió en su interior como una voz que le
decía: «Ya estás curada.» Probó a andar sin las m u­
letas- y así corrió a la otra v entana para ver pasar el
coche donde iba la san ta reliquia, el cual daba vuel­
ta hacia la casa de la ciudad. Y quedó tan curada, que
comenzó a correr por las habitaciones, loca de alegría,
y entusiasm ada aclam aba al Santo con grandes vo­
ces. dándole gracias, y todo con tal agilidad, que se
bajó sola á la escalera y salió a la calle, llorando de
alegría, como de alegría lloraban tam bién su m arido,
su hijo y su hermano, y todos los que allí estaban y
presenciaron el caso. En alborozo inmenso y algazara
de vítores, todos se dirigieron a la casa de la ciudad,
donde D.a Blanca refirió, con detalles, lo ocurrido y
luego adoró y besó la san ta reliquia. Los Jurados hi­
cieron levantar acta de este milagro por un notario,
y Blanca y su marido, en agradecimiento de tan
insigne beneficio, otorgaron escritura pública de fu n ­
dación para que todos los años se celebrara la fiesta
del Santo en la iglesia de San Bartolomé, con Misa
solemne^y sermón, en el que debería referirse este pro­
digio. El primer año que se celebró esta fiesta fué el
30 de Abril de 1601. (Fages, parte 5.a, cap. X V III;
Gómez, lib. II, cap. IV; Vidal y Micó, Día 6.°; Teixe­
dor, lib. V, cap. III.)

435—1600—Valencia. H ablando de las fiestas que


en Valencia se hicieron con motivo de recibirse una
costilla auténtica de San Vicente Ferrer, este año los
cronistas se hacen interminables. Entresacam os de
un escritor que se halló presente las siguientes noti­
cias, que, en verdad, son emocionantes. E ntre los m u­
chos milagros que obró San Vicente en esta ocasión,
hizo uno singularísimo. D. Ju an de Villarrasa tenía en
Madrid un criadito, niño de 12 años de edad, que era
sordomudo de nacimiento. Cuando D. Juan se pre­
paraba para venir a Valencia a las fiestas, el niño le
pidió con insistencia que le llevara consigo, pues él
quería tam bién ver las fiestas de Valencia. D. Juan
lo otorgó, y el niño se encontraba en la ciudad de las
flores cuando llegó la santa reliquia. El lunes, 17 de
Abril, último día de fiestas, después de la Misa, el
niño se acercó con todos los demás fieles a besar la
reliquia, y al instante que la besó se puso a dar gri­
tos. El P. dominico Sala comenzó a hacerle preguntas,
que el niño no contestaba sino con gritos y voces in­
inteligibles y poco después con éstas: «San Vicente»,
Y éstas fueron las prim eras palabras que le entendie­
ron. Luego le hicieron decir «Jesús» y lo dijo, y luego
«María». Con esto, todo era alboroto y entusiasmo.
Llevaron al niño a la Catedral (o la Seo) y le coloca­
ron en las gradas del a lta r mayor, con un gran cirio
encendido en la mano, para que todo el mundo pu­
diera verlo. Predicó el arzobispo B. J. de Ribera so­
bre los milagros realizados aquel día por el Santo y
explicó el del niño. Después de ía Misa mayor fué tal
- 351 —
la aglomeración de la gente que ansiaba por ver al
niño milagroso, que casi le asfixiaban. Él gritaba m u­
chas veces: «¡San Vicente, San Vicente!)) En la pro-
cesión de la tarde iba tam bién este niño, llevando
su gran cirio encendido, y como oía que algunos de­
cían: «levante esa hacha» y «aparte esa hacha», pensó
que hacha significaba las luces, y por la noche, er.
casa llam aba hacha a las lám paras, velones y candiles.
(.Poco a poco, añade el cronista, fué hablando y luego
hablaba más que nosotros. El pobre niño antes no
tenía lengua, sino un pedazo carnoso, como lengua
de papagayo; pero con el ejercicio de la palabra se
le fué formando.» Este milagro está representado en
un cuadro que se conserva aun en Valencia en el Co­
legio del Patriarca. Hay otro cuadro que representa
la solemne entrada de esta reliquia. Y e3 cronista antes
aludido dice, con desenfado gracioso: «Yo me hallaba
allí (en la entrada), pero no me han puesto en el cua­
dro, » (Fages, parte 5,a, cap, X V III; Gómez, lib. II,
cap. IV, hace al niño de 16 años; Vidal y Micó, Día 2.°,
dice que era criado del conde de Faura; Teixedor,
lib. V, cap, IV.)

436— 1600—Valencia. Como es sabido, a prim e­


ros de Abril de este año hubo en esta ciudad grandes
festejos con motivo de la reliquia, la costilla de San
Vicente Ferrer, E sta reliquia, al llegar a Valencia,
se expuso, para que el pueblo la venerara, en eí Salón
Dorado de la Casa de la Ciudad. Allí acudieron m u­
chos enfermos y milagrosamente quedaron curados,
Uno fué caso muy notable. Fué un niño de cinco años,
mudo de nacimiento, el cual, al presentarse con sus
padres delante de la santa reliquia, rompió a hablar
y quedó libre de aquella desgracia, llenando a sus pa­
- 352 —
dres de inmensa alegría, y de admiración a cuantos
presenciaron el suceso. (Sala, fol, 153, parte 2.a; Tei­
xedor, lib. V, cap. III.)

437— 1600—Valencia. Otro suceso de resonancia


tuvo lugar en la pública veneración de la san ta reli­
quia que antes se dice, y fué que el 9 de Abril, do­
mingo, una joven doncella valenciana, ciega de na­
cimiento, se postró ante la reliquia, bendiciendo a
Dios por la gloria de su siervo San Vicente Ferrer.
Y en el mismo instante de estar ella pidiendo al Santo
la curara, quedó curada, es decir, Dios le otorgó la
vista que nunca había tenido. Todos quedaron asom­
brados, en especial eí B. P atriarca Ribera, pero más
que todos la dichosa joven, que, excusado es decirlo,
en adelante fué ferventísima devota de nuestro Santo,
(Idem, ídem.)

438— 1600—Agullent. Es hoy pueblo de alguna


im portancia en la provincia de Valencia. Al com en­
zar el siglo x v n , sólo contaba ciento cincuenta veci­
nos, Muy próxim a al pueblo, existía una erm ita de­
dicada a San Vicente Ferrer, del cual se veneraba allí
una muy devota imagen, obra de antiguo y reputado
pincel. Este año, la peste mató sólo en Agullent ochen­
ta y tres personas en dos meses. Aterrados los que so­
brevivieron a ta n ta m ortandad, fuéronse lejos del.
pueblo a vivir en chozas o en las cuevas vecinas,
Sólo quedaron en Agullent: el vicario, que era el doc­
tor Antonio Berenguer Barberá; el justicia mayor,
Ju an Pía, y los jurados Jaim e Espí, José Micó y Ju an
Sanz. De la erm ita cuidaban Ju an Solves y su mujer,
que vivían en habitación adherida a la erm ita. El
día i de Septiembre, Solves, al acaso, se asomó al in­
— 353 —
terior de la erm ita por una claraboya, y quedó como
fuera de sí al ver allí que un religioso dominico esta-
ba de rodillas y con gran devoción delante de la im a­
gen de San Vicente. Con su pasmo, corrió a decirio
a su mujer, y cuando los dos volvieron a mirar, ya
no vieron allí al religioso; pero notaron que la lám ­
para del Santo estaba encendida y rebosando de acei­
te, siendo cierto que hacía muchos días no la encendían
por falta de aceite. Visto el prodigio, empezaron a
tocar la campana, y pronto acudieron el Vicario, el
Justicia y los Jurados, temerosos de algún desagra­
dable suceso. Certificados de lo que era, se retiraron,
y encontráronse con un tal Andrés Calatayud, a quien
dijeron lo ocurrido. Calatayud no quiso dar fe al pro­
digio, y, con otros muchos vecinos que acudieron,
porque el suceso comenzaba ya a divulgarse, entró en
la ermita y se arrodilló junto al altar de la imagen
del Santo. Estando así de rodillasf cayó delante de él
la lámpara sin romperse la cuerda ni faltar eí clavo.
Y con tener el plato más de un palmo de rem ate en
cono puntiagudo, se le quedó delante sin torcer a
ninguna parte, sin romperse el vidrio ni derram arse
una gota de aceite ni apagarse la luz. Pasm ados que­
daron Calatayud y los otros. El día iba ya anoche­
ciendo, y a los que allí se habían reunido se Ies ocu­
rrió, sin duda por divina disposición, encender un
cirio de aquella luz de la lám para y tom ar aceite de
la misma y con él ir ungiendo a los apestados. Así
lo ejecutaron y fuéronse por todo el contorno ungien­
do a los enfermos, los cuales sanaban al instante, y
alumbrándose con aquella vela, que, sobre no ir en
linterna y hacer viento recio, ni se apagó ni gastó has­
ta que todos los enfermos fueron remediados. AI día
siguiente se celebró este suceso por todos los mora-
LOS M I L A G R O S DE S AN V I C E N T E F E R R E R 23
— 354 —
dores de aquella vecindad, con grandes regocijos y
disparándose muchos petardos y demás adherentes
de fuegos artificiales. Estos truenos y estruendos se
oyeron en Játiv a, Gandía y Cerbera, pueblos distan­
tes muchas leguas de Agullent, lo cual todos confe­
saron era nuevo prodigio. El 28 de O ctubre se auten ­
ticó este suceso m últiple ante el diocesano, que de­
legó como juez de informaciones al canónigo D .‘ J e ­
rónimo Font. El Ayuntam iento, agradecido y con­
fesando el poder de nuestro Santo, votó por unani­
midad hacer todos los años una fiesta solemne al
Santo, para perenne memoria de ta n insigne benefi­
cio. H asta hoy sigue cumpliéndose este acuerdo. En
otros pueblos de Valencia se conm emora asimismo
este suceso de Agullent. E ntre otros puedo citar al
pueblo de Manises, donde el año 190S prediqué yo,
en valenciano, en esta solemnidad. (Fages, parte 6.a,
cap. V; Vidal y Micó; Teixedor, lib. V, cap. VII.)

439— 1600—Villanueva de Castellón. Un vecino


de este pueblo de la provincia de Valencia estaba muy
apurado y triste porque no tenía hoja de morera para
alim entar el gusano de la seda, que era toda su
fortuna. Apenado con sus tristes presentim ientos, se
acordó de los muchos milagros que hacía San Vicente
Ferrer en favor de los que le invocaban, y se fué al
convento de Dominicos de aquel pueblo y, postrado
ante la hermosa imagen del Santo, oró un breve rato,
lleno de confianza en que el Santo le tenía que soco­
rrer. Salió del templo y se dirigió a su casa, siempre
esperando en San Vicente. Y no esperó en vano. Lle­
gado a su casa, fué a m irar donde tenía los gusanos y
se encontró que, sin que hubiera rastro de haber co­
mido, habían trabajado tan bien, que tenían hechos
— 355 -
los capullos de un grandor y de una calidad tan supe­
riores como nunca allí se habían producido. {Teixe­
dor, Supl,, lib. IV, cap. X III.)

440— 1601—Aícora. En este pueblo del reino de


Valencia y a principios de este año, la joven Eufemia
Dorotea, hija de un tal José Blasco, fué herida de un
rayo y estaba gravísima, con fiebres muy altas y do­
lor de costado tan agudo, que llegó a ser desahuciada.
Vivía esta familia Blasco en casa de mosén Miguel
Martí, beneficiado de la parroquia. Este sacerdote
era devotísimo de San Vicente Ferrer, y, acercán­
dose a la enferma, le dijo que se encomendara a tan
gran Santo, y que él tam bién la encomendaría. Ante
una imagen del Santo oró la enferma y oró el sacer­
dote, y, term inada la oración de éste, la enferma, lle­
na de alegría, dijo que ya estaba buena y curada del
todo. Y era verdad, pues al día siguiente salió de
casa y fué a oir una Misa en acción de gracias al Santo
por la salud recibida. Este prodigio se autenticó ante
la Curia de Tortosa el día 20 de Julio de este mismo
año, {Vidal y Micó, pág. 24 de la V id a de S. L. B r.;
Mas, pág. 46; Teixedor, lib. V, cap. VII.)

441—1601— Figuerola. Es un pueblo de la dióce­


sis de Tortosa. En él cayó enferma Apolonia Palan-
ques, esposa de J . Cortés, y dióle una epilepsia u te­
rina, que decían entonces, «de la cual le vino un tem ­
blor o movimiento de todo el cuerpo, con las extrem i­
dades y partes externas enteram ente frías. Estando
en este trabajo, llamaron a Luis Bonarrés, médico fa­
moso, quien, viéndola tan fatigada, dijo que tenía
muy poca confianza de su vida, y que, según su pare­
cer, no llegaría al otro día por la mañana. Oyendo
— 354 ---
dores de aquella vecindad, con grandes regocijos y
disparándose muchos petardos y demás adherentes
de fuegos artificiales. Estos truenos y estruendos se
oyeron en Játiv a, Gandía y Cerbera, pueblos distan­
tes muchas leguas de Agullent, lo cual todos confe­
saron era nuevo prodigio. El 28 de Octubre se au te n ­
ticó este suceso m últiple ante el diocesano, que de­
legó como juez de informaciones al canónigo D. J e ­
rónimo Font. El Ayuntam iento, agradecido y con­
fesando el poder de nuestro Santo, votó por unani­
m idad hacer todos los años una fiesta solemne al
Santo, para perenne memoria de tan insigne benefi­
cio. H asta hoy sigue cumpliéndose este acuerdo. En
otros , pueblos de Valencia se conm em ora asimismo
este suceso de Agullent, E ntre otros puedo citar al
pueblo de Manises, donde el año 1908 prediqué yo,
en valenciano, en esta solemnidad. (Fages, parte 6.a,
cap. V; Vidal y Micó; Teixedor, lib. V, cap. VII.)

439—1600—Villanueva de Castellón. Un vecino


de este pueblo de la provincia de Valencia estaba muy
apurado y triste porque no tenía hoja de morera para
alim entar el gusano de la seda, que era toda su
fortuna. Apenado con sus tristes presentim ientos, se
acordó de los muchos milagros que hacía San Vicente
Ferrer en favor de los que le invocaban, y se fué al
convento de Dominicos de aquel pueblo y, postrado
ante la hermosa imagen del Santo, oró un breve rato,
lleno de confianza en que el Santo le tenía que soco­
rrer. Salió del templo y se dirigió a su casa, siempre
esperando en San Vicente. Y no esperó en vano. Lle­
gado a su casa, fué a m irar donde tenía los gusanos y
se encontró que, sin que hubiera rastro de haber co­
mido, habían trabajado tan bien, que tenían hechos
— 355 —
los capullos de un grandor y de una calidad tan supe­
riores como nunca allí se habían producido. (Teixe­
dor, Supl., lib. IV, cap. X III.)

440— 1601—Alcora. En este pueblo del reino de


Valencia y a principios de este año, la joven Eufemia
Dorotea, hija de un tal José Blasco, fué herida de un
rayo y estaba gravísima, con fiebres muy altas y do­
lor de costado tan agudo, que. llegó a ser desahuciada.
Vivía esta familia Blasco en casa de mosén Miguel
Martí, beneficiado de la parroquia. Este sacerdote
era devotísimo de San Vicente Ferrer, y , acercán­
dose a la enferma, le dijo que se encomendara a tan
gran Santo, y que él tam bién la encomendaría. Ante
una imagen del Santo oró la enferma y oró el sacer­
dote, y, term inada 3a oración de éste, la enferma, lle­
na de alegría, dijo que ya estaba buena y curada del
todo. Y era verdad, pues al día siguiente salió de
casa y fué a oir una Misa en acción de gracias al Santo
por la salud recibida. Este prodigio se autenticó ante
la Curia de Tortosa el día 20 de Julio de este mismo
año. (Vidal y Micó, pág. 2 é de la V ida de 5* L. B r.;
Mas, pág. 46; Teixedor, lib. V, cap. VÍL)

441— 1601— Figuerola. Es un pueblo de la dióce-


sis de Tortosa. En él cayó enferma Apolonia Palan-
ques, esposa de J, Cortés, y dióle una epilepsia u te­
rina, que decían entonces, «de la cual le vino un tem ­
blor o movimiento de todo el cuerpo, con las extrem i­
dades y partes externas enteram ente frías. Estando
en este trabajo, llamaron a Luis Bonarrés, médico fa­
moso, quien, viéndola tan fatigada, dijo que tenía
muy poca confianza de su vida, y que, según su pare­
cer, no llegaría al otro día por la m añana. Oyendo
— 356 —
revelación tan funesta, Ju an Cortés, su marido, la
encomendó con mucha devoción al Padre San Vicen­
te Ferrer, ofreciéndole medio cahíz de trigo si, por su
intercesión, la curaba el Señor. De allí a poco estuvo
buena y sana, con adm iración del susodicho médico,
que dijo que aquella salud no podía ser sino milagrosa
y sobrenatural». E sta cura se autenticó en Tortosa a
20 de Julio de este año. (Mas, pág. 47; Teixedor, lib. V,
cap. VII.)

442— 1601— Lucena, provincia de Castellón de la


Plana. El 20 de Julio de este año, el notario público
de la diócesis de Tortosa dió fe de haberse compro­
bado canónicamente el suceso que sigue: En Lucena,
la esposa de Domingo Badenes, sastre, dió a luz un
niño que se llamó Domingo Vicente, el cual, desde el
momento de nacer, tuvo tal dolor de vientre, que se
deshacía y moría en fuerza de llorar, sin que los mé­
dicos atinaran a otra cosa que a diagnosticar el mal
de la criatura. En tal conflicto, su m adre acudió llo­
rosa al patrocinio de San Vicente Ferrer. En medio
de su oración, prometió al Santo que, si el niño cu­
raba, daría para su culto el trigo que su hijo pesara,
luego de estar com pletam ente bueno. A cabada su
oración, el niño cesó de llorar y de sufrir, y ya nunca
en adelante tuvo aquellos dolores. Su m adre cumplió
religiosamente lo prometido. Este favor está au ten ­
ticado como el milagro J40. (Mas, pág. 48; Teixedor,
lib. V, cap. V IL)

443— 1601— Alcora. El vecino Gaspar Tomás con­


trajo unas tortísim as calenturas que no le dejaban
un momento, haciéndole caer en una postración agó­
nica. Mosén Jaim e Ibañes, que era devotísimo de
— 357 —
San Vicente Ferrer y testam entario de la afortunada
pastora Constancia, la cual gastó su fortuna en le­
van tar en Alcora la hermosa erm ita del Santo, dijo
al enfermo: «Voy a traerte una medida de la imagen
ds nuestro glorioso San Vicente, y la tendrás puesta
al cuello hasta que cures.» Trajéronla, en efecto, y
en el instante mismo de ponerla al cuello del enfermo,
éste quedó libre de las fiebres, las que hacía diez días
venían consumiéndole. A los pocos días iba Gaspar
a la erm ita de nuestro Santo a darle publicamente las
gracias por este insigne beneficio. Se probó a u té n ti­
camente como el milagro 440. (Mas, pág, 49; Teixe­
dor, lib. V, cap. VIL)

444—-1601— Los esposos Juan Nebot y E speran­


za Beltrán, que no nos dice la H istoria de dónde eran,
tuvieran el sentim iento de ver que su híjor niño de
pocos meses, tenía una hernia peligrosísima. Los mé­
dicos no acababan de curarla, y al fin declararon que
la ciencia no podía más. Apenada la familia, pues to ­
dos se interesaban por la criatura, acordaron forzar,
como quien dice, al poder divino, y encomendar a
San Vicente Ferrer aquel caso desesperado. La abuela
m aterna, llamada D.a Leonor, llevó al enferm ito a
la erm ita de nuestro Santo, en Alcora, llena de fe
en la poderosa protección del Santo. P ostrada ante
su imagen veneranda y teniendo a su nietecito en
los brazos, comenzó su oración, recordando al Santo
las muchas curaciones milagrosas que allí se habían
alcanzado por su invocación, y prometió visitar su
altar nueve días seguidos, llevando siempre allí a su
nietecito, e insistir en pedir que lo curara. Ei Santo se
debió complacer en la fe de aquella mujer, porque, al
noveno día, regresando de su diaria visita a la santa
— 358 —
imagen, llamó a casa del médico, para que observara
el estado del niño, y el médico, luego que lo vió, que­
dó agradablem ente sorprendido porque la hernia había
desaparecido por completo y la salud del niño era in­
mejorable. Este hecho se autenticó como el 440. (Mas,
pág. 50; Teixedor, lib, V, cap. VII.)

445— 1601—AIcora. Un día Jaim e Felíu y su es­


posa Esperanza Ribes subieron a la erm ita famosa
de San Vicente Ferrer, a lo que parece, para cumplir
una promesa que tenían hecha. Y m ientras ellos
oraban ante ¡a milagrosa imagen, una hija de ellos, de
cinco años de edad, llam ada como su madre, la cual
habían dejado en casa, se cayó desde el terrado de
la casa, que por cierto era bastante elevado, en medio
de ia calle. Los que por allí transitaban entonces y
vieron a la pobre niña estrellarse contra el suelo, co­
rrieron hacia ella llenos de espanto, juzgando que se
había destrozado y que estaría muerta, Pero su asom­
bro fué m ayor cuando la hallaron sonriente y sin la
menor lesión. Le preguntaron si sentía algún dolor,
y respondió la niña: «No me he hecho daño, nada,
nada, porque San Vicente me ha dado la mano cuan­
do caí.» Este prodigio se autenticó como el 440. (Mas,
pág. 51; Teixedor, lib. V, cap. VIL)

446— 1601— Lucena. Bartolomé Negre tenía una


hija de unos dos meses de edad, y la criatura fué a ta ­
cada de una enfermedad variolosa que le produjo al
fin en todo el cuerpecito un fuego ta n terrible que los
médicos la desahuciaron primero y luego la dieron por
muerta. Bartolomé, lleno de angustias, la encomendó
a San Vicente Ferrer, ofreciéndole que le daría para
su culto cierta cantidad de la cosecha de aquel año.
— 359 —
No había acabado su oración cuando la pequeña Es­
peranza comenzó a poner sem blante risueño, a no
tener fiebre, y al fin quedar tan sana y buena que los
mismos médicos afirmaron que sólo por milagro po­
día explicarse esta curación tan inesperada e insólita.
La Curia levantó información canónica sobre este
hecho como en el del 440. (Mas, pág. 52; Teixedor,
lib. V, cap. V IL)

447— 1601— Alcora. La niña de tres años Angela


Marta, hija del m atrimonio de Bartolomé Paliarés e
Isabel Cugat, cayó gravem ente enferm a de calenturas.
Nada podía curar a esta pobre niña, que cada día iba
debilitándose más, en fuerza de las altas tem peratu­
ras que tenía. Así pasaron cinco meses. Su familia
ya había perdido las esperanzas en las medicinas y
los médicos. Por eso su pobre m adre volvió al cielo
su mirada, y con gran fervor comenzó a encomendar
a su hija a la Santísim a Virgen, bajo la advocación
de M ontserrat, luego de los Angeles, después del Car­
men; a esta advocación hizo la prom esa de pesar de
trigo a su hija y vestirla el hábito carmelitano; pero
la enfermedad no sólo no menguaba, sino que la niña
se agravó notablem ente, hasta tanto que los médicos
dieron el caso por desesperado. La infeliz Isabel, he­
cha ya la m ortaja de su hija, llamó en su socorro a
San Vicente Ferrer y le prometió que, si curaba a
su hija, iría con ella a venerar su imagen en la erm ita.
Parece que la Santísim a Virgen se complació en que
fuese honrado el Santo, pues acabada esta súplica,
la niña, que no sanó encom endada tan tas veces
a la Virgen Santísim a, ahora, tan de repente,
quedó curada del todo y radicalm ente buena. Así
consta en el documento jurado que se hizo, como
— 360 —
del caso 440. (Mas, pág. 54; Teixedor, lib. V, ca­
pítulo VIL)

448— 1601—Alcora. Lina niña, hija de Miguel Ri-


bes, llamada Ursula Ana, estaba jugando con otras
niñas de su edad a la puerta de la iglesia, y sin inten­
ción, al cerrar las puertas, cogiéronle una mano tan
fuertem ente, que a la pobre niña se le cortaron a cer­
cén los dedos pulgar e índice. Asustados los padres
de la niña, no obstante que el cirujano unió los dedos
cortados a sus respectivos sitios, aunque diciendo
que la niña no quedaría ya bien, la encomendaron
con gran fervor a San Vicente Ferrer, prometiendo
llevar la niña a la famosa erm ita y dejar allí una pre­
sentalla de un brazo y mano de cera. A los nueve días,
el cirujano se quedó asombrado y con él los padres de
la niña y cuantos del caso se enteraron. El caso es
que los dedos cortados estaban tan unidos a la mano
y tan bien curados, que no aparecía rastro de la des­
gracia sufrida. Este prodigio se autenticó como
el 440. (Mas, pág. 55; Teixedor, lib, V, capí­
tulo VIL)

449— 1601—Alcora. Bartolomé Ribes, hermano de


la niña Ursula Ana, que se cortó los dedos en la puer­
ta de la iglesia, cayó enfermo, sin saber los médicos
definir aquella dolencia. Al pobre le salieron unos tu ­
mores al cuello que le gangrenaban la sangre. El mé­
dico, después de mucho tiempo, al fin logró curar ai
paciente de aquellos tumores, pero a éste le quedaron
unas llagas supurosas que daban asco y, además,
unos costurones feísimos. Poco después le salió otro
tum or m uy duro debajo de la quijada izquierda.
Entonces su padre, que tenía viva fe y grandísima
— 361 —
devoción a San Vicente Ferrer, pidió al Santo que se
dignara curar a su hijo, haciendo voto de llevarlo a
su erm ita y dejar allí una cabeza con su cuello, todo
de cera, para que atestiguara siempre este beneficio.
Fiado, pues, en que el Santo le otorgaba su ruego,
pidió del aceite de la lám para que ardía ante la ima­
gen de San Vicente, y con él ungió dicho tum or y los
costurones y llagas del cuello. A los tres días, sin otro
medicamento ni más tratam ientos de médicos, B ar­
tolomé quedó curado, no sólo de este tum or, sino ta m ­
bién de las llagas y costurones, y tan perfectam ente ►
que no se le conocía que tales tumores y llagas había
tenido. A utenticado como el 440. (Mas, pág. 58; Tei­
xedor, lib. V r cap. VII.)

450—1601—Alcora.' Isabel Bernardo, esposa de


Cristóbal Saborit, entró en los dolores del parto. En
ellos llevaba ya tres días, y sufría tan agudos mareos
y agobios, que se pasmó, en forma que se quedó sin
vista y sin poder mover sus miembros. El Dr. Gomar;
médico de la villa, dijo a la familia que la paciente
no tenía salvación y que aquel mismo día o al otro
moriría. Su marido, que era devotísimo de San Vi­
cente Ferrer, se acercó a su mujer y le sugirió que en
su corazón se encom endara al Santo, sobre el cual y
su poderosa intercesión le habló con mucho entusias­
mo. Isabel., anim ada y con gran confianza, oró en su
corazón y prometió a San Vicente que si la sacaba
de aquel peligro y le daba buen parto publicaría sus
maravillas, y el niño o niña que naciera llevaría su
nombre. Al term inar su ruego recobró el habla y la
vista, y luego, al instante, se sintió buena y fuerte,
y dió a luz felizmente un niño, a quien se llamó Vi­
cente, como lo había prometido. Este prodigio fué
— 362 —
autenticado como el 440. (Mas, pág. 59; Teixedor,
lib. VT cap. VII.)

45í — 1601—Alcora. Estos mismos esposos Cris­


tóbal e Isabel alcanzaron un nuevo beneficio de San
Vicente Ferrer. Aquel niño Vicente que tan milagro­
sam ente había nacido por la invocación del Santo,
cayó gravem ente enfermo a los tres meses de nacido.
No era posible en lo humano curarle, según declaró el
médico, y la pobre Isabel lloraba desolada. Pero tuvo
una inspiración. Se fué sola con su hijo en los brazos
ante la milagrosa imagen de San Vicente, y postrada
de rodillas oró así: «¡Padre San Vicente] No me aban­
donéis a mi desesperación. Este hijo que nació por­
que vos rogasteis por mí, que me estaba muriendo,
os pertenece. ¿Para qué me lo alcanzasteis del Señor,
si ahora tenía yo que verme privada de él? Curadlo,
pues, que es cosa vuestra.» El Santo premió ta n ta fe,
pues el niño, al instante mismo de acabar su madre
aquella súplica, quedó enteram ente curado. Se au ten ­
ticó este hecho como el 440. (Mas, pág. 59; Teixedor,
lib. V, cap. VIL)

452— 1601’—Alcora. Guillem Arnáu fué acometido


de una rara y aguda enfermedad que le tuvo postrado
más de doce años con dolores atrocísimos, principal­
m ente en una pierna. E staba ya hastiado de medici­
nas y humanos remedios, con los cuales no conseguía
la salud y ni apenas alivio. Un día oyó referir ios m u­
chos favores y milagros que en sus devotos hacía San
Vicente Ferrer por medio de la milagrosa imagen que
en aquel pueblo se veneraba, y enardecióse en el amor
del Santo y confió a él de corazón su cura. En efecto,
le suplicó con todo fervor y confianza que le diera la
— 363 —
ansiada salud, y, ¡caso admirable! en el momento
estuvo completamente curado. Se autenticó este pro­
digio como el 440. (Mas, pág. 61; Teixedor, lib. V, ca­
pítulo VII.)

453—1601—Alcora. Catalina Beltrán, casada con


Juan Gil, estuvo gravemente enferma y se le forma­
ron unas asquerosas llagas en-el cuello a causa de las-
escrófulas que había tenido. Aplicáronla mil remedios,
sin que jamás se consiguiera curarla. Al fin los mé­
dicos se declararon impotentes, porque no entendían
qué eran aquellas llagas ni la enfermedad que aquella
mujer tenía. La enferma entonces, muy afligida, dijo
que ponía su vida en manos de San Vicente Ferrer,
y suplicó a su marido y a todos sus deudos que con
ella pidieran al Santo la salud. Así lo hicieron, y lo
mismo fué implorar el patrocinio del Santo, que ella
quedar enteramente curada de todos sus achaques, y
las Hagas desaparecieron como por ensalmo, sin dejar
rastro en su cuello. Se hizo información jurada de esta
curación como del milagro 440. (Mas, pág. 62; Teixe­
dor, lib. V, cap. VIL)

454—1601—Alcora. El vecino Juan García tenía


un hijo tan enfermo de calenturas, que los médicos
le desahuciaron. Viendo este afligido padre que su
hijo se moría sin remedio, volvió su corazón a
buscar alivio en el cielo. Se acordó de la milagrosa
imagen de San Vicente Ferrer, que en la ermita de
Alcora se venera con tan gran devoción, y con mucha
fe pidió al Santo se apiadara de él y sanara a su hijo.
Tan gran confianza debió tener en su oración, que el
Santo íe otorgó lo que pedía. En efecto, su hijo, sin
emplearse ya en él medicinas ni otros remedios de la
- 364 —
tierra, se restableció repentinamente en la mejor sa­
lud. En acción de gracias, el así curado, acompañado
de sus padres y amigos, subió a la ermita del Santo,
y allí dejaron como exvoto la mortaja que ya habían
preparado para enterrarle. Se autenticó esta curación
como el hecho 440. (Mas, pág. 63; Teixedor, lib. V,
cap. VII.)

455—1601—Alcora. Susana Arensa tuvo una su­


bida de sangre tan violenta que perdió el habla, y en
manera alguna podía ingerir la menor cantidad de
alimento. El médico, al segundo día y viendo la gra­
vedad del accidente, la sangró dos veces en el inter­
valo de una hora; pero, lejos de aliviarla, la dolencia
se recrudeció con más alarmantes síntomas, y al fin
el médico la desahució y dijo a la familia de Susana
que podían disponer lo concerniente al entierro, pues,
sin remedio, la enferma iba a expirar. El marido de
ésta, muy alarmado, comenzó a decir a la enferma
que se encomendara al P. San Vicente Ferrer, y él
también, con muchos sollozos, oraba al Santo e hizo
voto de ir con su esposa, si sanaba, a la ermita del
Santo por espacio de nueve días. Al mismo punto de
terminar la oración, la enferma cayó en un profundo
sueño, y al despertar comenzó a hablar, como si nada
le hubiera ocurrido. Vino el médico y, espantado de
tal curación, dijo: «Den gracias a Dios, porque sólo
por milagro ha podido suceder esto.» A los pocos días
Susana y su marido comenzaron a cumplir el voto,
yendo con mucho fervor a la ermita a dar gracias al
glorioso San Vicente. Este milagro fue autenticado
como el 440. (Mas, pág. 64; Teixedor, lib. V, cap. VIL)

456—1601—Valencia. Grandes prodigios hemos leí­


— 3ó5 —
do hechos por la intercesión de San Vicente Ferrer,
pero el que vamos a referir nos ha asombrado siem­
pre, pues revela con cuánta verdad la iglesia da el
sobrenombre de Taumaturgo a nuestro Santo, Eí he­
cho es éste; El día 28 de Octubre de este año, domin­
go, se recibió solemnemente en esta ciudad una pre­
ciosa reliquia del Santo, que el mismo B. Patriarca
Ribera dice es milagrosa hasta en su adquisición. La
reliquia consiste en una canilla; hoy, como desde el
primer día, forma parte del devotísimo relicario del
Colegio de Corpus Christi. Entre otros muchos pro­
digios que se obraron en este día de su recepción en
Valencia, cuentan las crónicas que el sol se detuvo
en su carrera por un buen rato, y que el día fué, por
consiguiente, mayor de lo que naturalmente podía
ser, <ipara dar lugar, dice el cronista, sin duda al in­
finito concurso de gente, autoridades, clero, religio­
sos y pueblo que acompañaba la procesión, y que
bastase el tiempo». (Escolano, lib. V, cap. CCXL11,
col. 1.036, núm. H; Busquet, Vida, pág, 209; Teixe­
dor, lib. V, cap. V.)

457—1601— Puzol. Es un pueblo cerca de Valen­


cia. Ya hemos dicho que el 28 de Octubre de este año
llegó a Valencia (da canilla izquierda de la pierna en­
tera del bendito y esclarecido San Vicente Ferrer,
patrón de esta ciudad y reino, la cual hubimos, dice
el B, Ribera, por particular misericordia de Nuestro
Señor». Pues bien; al pasar por eí pueblo de Puzol
esta veneranda joya, había en aquel pueblo un hom­
bre herido mortalmente. Este hombre, cuando por
la algazara y santos regocijos del pueblo supo lo que
ocurría, comenzó a pedir al Santo que tuviera com­
pasión de él, y estando así orando, repentinamente
- 366
se vió curado del todo. Esto causó general admira­
ción, y todos aclamaron a San Vicente, confesando
que aquello era un milagro patente de su amor y poder
que tiene en el cielo. (Fages, parte 5.a, cap. XVIII.)-

458—1602— Alcora. Por Enero de este año enfer­


mó una tal Isabel Ferrándíz. Le dieron calenturas,
con frío continuo de la cintura a los pies tan intenso,
que si no le aplicaban paños muy calientes, siempre
estaba helada como un cadáver. Añadióse a este mal
un hastío y una inapetencia tan grandes, que nada
podía comer ni pasar, ni aun líquidos. Llevaba ya
tres meses así y sensiblemente iba aproximándose a
la muerte. Entonces le vino al corazón pedir a San
Vicente Ferrer que hiciera con ella un milagro, como
con tantos otros había hecho, y oró con mucha hu­
mildad al Santo, prometiéndole celebrar una novena
en su honor y llevar a su ermita como presentalla
una m ortaja para que testificara a todos que, por su
intercesión, ella había sido libertada de la muerte.
Terminada su oración y sus promesas, comenzó a ex­
perimentar notable mejoría, y a los pocos días se en­
contraba del todo buena, y fué a la ermita del Santo
a cumplir sus votos. (Mas, pág. 73; Teixedor, lib. V,
cap. VIL)

459—1602—Alcora. Tanta era la fe y la devoción


que los vecinos de este pueblo profesaban a San Vi­
cente Ferrer, que aun en las cosas ordinarias de la
vida acudían a su invocación, y el Santo parece se
complacía en aquella sencillez, pues los remediaba
obrando prodigios aun en bien de las bestias, como
nos lo prueban el caso que vamos a referir y el otro
que sigue a continuación.
- 367 —
E3 vecino Jaime Marín tenía un macho de labran­
za, el cual enfermó de modo que ya no podía servir
a su dueño. Este, fiado en la poderosa protección deí
Santo, a quien hacía día§ pedía socorro en este apuro,
llevó el animal a la ermita de San Vicente. Allí le
hizo dar tres vueltas alrededor de aquel santuario y
regresó a su casa con su macho, que, sin embargo,
continuaba lo mismo. Pasados unos días y viendo que
el animal no curaba, como ya sin esperanza, mandó
que lo llevaran al campo y lo abandonaran. Y así lo
hicieron. Todos pensaron que el macho se moriría
allí, y Marín el primero, pues con tal intención lo
mandó abandonar. Pero al día siguiente un hijo de
Marín fué al lugar donde dejaron al animal y vió que
aun vivía. Vuelto a casa, lo dijo a su padre, y éste
le mandó que lo llevara otra vez a la ermita de San
Vicente y le hiciera dar otras tres vueltas alrededor
de ella. Se ejecutó así, el animal comenzó a revivir,
y a los tres días quedó del todo curado y tan sano
como si nada hubiera tenido. Jaime y su familia y
cuantos supieron el caso no acababan de bendecir a
San Vicente, por cuya intercesión aseguraban habían
conseguido este favor. (Teixedor, lib. V, cap. VIL)

460— 1602—Alcora. Un asno del vecino Miguel


Ribes había comido o pacido unas hierbas venenosas,
y enfermó, al extremo de no poderse tener plantado,
y además se hinchó deformemente. Después de mu­
chas curas y cuidados, se creyó por el veterinario y
por Ribes y su familia que el pollino moriría bien pres­
to. Ribes, pues, lo llevó a un muladar y lo abandonó,
pero al poco rato recordó los beneficios de todo gé­
nero que San Vicente Ferrer había dispensado a
los vecinos de aquel pueblo, y, como si se tratara de
— 368 —
una persona querida, comenzó a pedirle al Santo que
su pollino no muriera, antes lo curara y volviera a su
buen estado. En seguida, ayudándole algunos ami­
gos, arrastró como pudo al asno hasta la ermita del
Santo, Llegados allí, Ribes se entró en la ermita y
volvió a pedir a San Vicente ante su milagrosa ima­
gen que su asno sanara. Mientras, los que quedaron
al cuidado del animal le hicieron dar unas vueltas
alrededor del Santuario. Al salir Ribes de la ermita
halló que su asno estaba bien y tan remozado y ágil,
aunque con la hinchazón, que montando en él regre­
só al pueblo contentísimo, y más lo estuvo cuando a
los pocos días la hinchazón desapareció y el animal
quedó como si no hubiera estado enfermo. (Teixe­
dor, lib. V, cap. VIL)

461—1602—Alcora. La esposa de Berenguer Pie-


nart tuvo una larguísima y dolorosa fluxión en la
vista, y de resultas de ella casi llegó a vaciársele el ojo
derecho; en el cual le salió un apéndice externo del
grandor de un garbanzo. Esto le impedía ocuparse
en las faenas domésticas, además de hacerle sufrir
tanto, que pasaba las noches de claro en claro, espe­
cialmente en los novi y plenilunios, pues en estos
tiempos aquel apéndice se desarrollaba en extremo.
El día 19 de Marzo tuvo una subida de sangre que le
irritó los ojos, y al derecho le atacó tanto, que se le
hinchó de- forma que era mayor que un huevo de ga­
llina. Los médicos le aplicaron muchos remedios de
emplastos y sangrías, pero como nada aprovechaban,
decidiéronse a sajar el ojo. Ella se negó en absoluto a
esta operación, y, acordándose de los milagros de
San Vicente Ferrer, comenzó a rogar a su marido y
deudos que pidieran con ella al Santo se dignara cu­
- 369 —
rarla y sacarla de aquel trance. Todos, en efecto, se
arrodillaron y pidieron a San Vicente que hiciera este
prodigio, y con entera confianza lo dejaron en sus
manos. Después de esta súplica, la enferma se dur­
mió y todos se retiraron maravillados, pues hacía
quince días que no había pegado los ojos. El 25 de
Marzo se hizo la solemne entrada en el pueblo de unas
reliquias de nuestro Santo que su devoto el presbítero
mosén Jaime Ibáñez había conseguido. Y al pasar
la procesión por frente la casa de la enferma, ésta,
arrodillada ante una imagen del Santo que tenía en
su dormitorio, redobló las súplicas y prometió visi­
tar su ermita luego que estuviera buena. Lo estuvo
pronto, porque, según las crónicas, el 6 de Abril co­
menzó a cumplir su promesa, aunque no debía estar
curada del todo. Las crónicas, efectivamente, hacen
notar que esta mujer, luego que subió a la ermita,
se ungió con el aceite de la lámpara del Santo, y que
a esta unción siguió repentinamente la desaparición
de todo aquel mal, que por espacio de 14 años la ha­
bía estado mortificando. Como exvoto, dejó en la er­
mita una cabeza de cera. (Mas, pág. 67; Teixedor,
lib. V, cap. VIL)

462—1602—Alcora, Isabel Aycart, viuda de Mas­


caros, tenía un hijo de cuatro años, llamado Cristó­
bal, el cual fué atacado de fiebres muy altas e infec­
ciosas. Poco a poco se iba consumiendo aquella cria­
tura, pues era inútil hacer que tomara alimento, por­
que el niño cayó en absoluta inapetencia. La fiebre
no cedía a ningún tratamiento, y los médicos descon­
fiaron de salvarle. Isabel era una pobre y vivía sola
con su hijo, casi moribundo; pero se le ocurrió ir de
prisa y corriendo a la ermita de San Vicente Ferrer
LOS M IL A G R O S DE S AN V I C E N T E F E R R E R 24
— 370 —
a pedir al Santo que lo curara, puesto que ningún re­
medio humano hallaba para él. Y, en efecto, sin decir
nada a nadie, deja a su pequeño bien arropado en la
cama y sale precipitada camino de la ermita. Llega,
ora y se vuelve, con la misma prisa, a su casa. Pero
¡qué sorpresa! a la puerta se encuentra a su pequeño
que, sentado y quietecito, la esperaba. qHijo mío!, le
dice tomándolo en brazos. ¿Quién te ha sacado de la
cama y puesto aquí?» El niño responde risueño; «Ma­
dre; yo solo me levanté y me vine a esperarte.» Y el
niño estaba del todo curado. Ahora la afortunada ma­
dre volvió a la ermita, ya no sola, sino con su hijo en
los brazos; no acongojada y llorando de pena, sino
radiante de alegría; no a suplicar, sino a dar gracias
a San Vicente Ferrer, En memoria de este suceso, se
puso en la ermita una mortaja de la medida del niño
Cristóbal, (Mas, pág. 71; Teixedor, lib, V, cap. VIL)

463—1602—¿Alcora? A primeros de Abril, un


niño de un año de edad, llamado Juan Marchani, fué
acometido de una dolencia que los médicos no ati­
naban a diagnosticar. Por diez días seguidos la cria-
turita se deshizo llorando sin parar; luego pasaron
trece días que no lloró ni un instante y seis estuvo sin
tomar el pecho. Su pobre madre, desconsolada al ver
que se le moría su hijo, estaba el 30 de este mes, que
aquel año en el reino de Valencia era víspera de San
Vicente Ferrer, ocupada en los quehaceres domés­
ticos en la planta baja de su casa, teniendo siempre
su corazón puesto en la parte alta, donde había de­
jado acostado y dormido a su hijo. De repente oye
un fuerte golpe arriba, como de un objeto que cae con
aparato sobre el suelo, Sube corriendo y se encuentra
a la infeliz criatura caída de la cama de cabeza sobre
— 37 í —
una silla que también estaba tumbada. El niño estaba
todo ensangrentado y la cabeza abierta y arrojando
sangre por la boca. Tomólo en sus brazos y, arrodillán­
dose ante una imagen del Santo, le suplica diciéndole
que, pues era víspera de su fiesta, se dignara otorgar­
le la merced de salvar a su hijo, «el cual, añadía, lle­
vará vuestro santo hábito si lo curáis. Y yo os haré
una Novena de gracias». La oración de aquella bue­
na madre fué escuchada, pues pasados unos veinte
minutos, el niño, sin más remedios humanos, quedó
enteramente curado de la herida de la cabeza y de
todos los achaques que venía padeciendo. (Mas, pá­
gina 74; Teixedor, lib. V, cap. VIL)

454—1602—Onda. El vecino de este pueblo, hoy


de la provincia de Castellón, llamado Montserrat del
Puerto, cayó enfermo, por Mayo, con fiebres y otros
accidentes graves, y tanto, que el médico avisó a su
mujer e hija del peligro en que estaban de perderle,
si el cielo no lo remediaba con un milagro. Las dos mu­
jeres, muy cuitadas, recurrieron a implorar el auxilio
de San Vicente Ferrer, y dijeron a su marido y padre
que él también se uniera a ellas en esta oración que
hacían al Santo, que tantos favores venía dispensando
en su milagrosa imagen de la ermita de Alcora. El
enfermo, su mujer y su hija oraron, pues, juntos, y
prometieron ir a Alcora para hacer en la ermita una
Novena y llevar como exvoto una mortaja para me­
moria del favor que confiaban les haría el Santo. No
fueron defraudados en sus esperanzas, porque al día
tercero de esto el enfermo, con su familia, llevó lo pro­
metido a la ermita y comenzó a hacer la Novena de
gracias. (Mas, pág. 77; Teixedor, lib. V, cap. VIL)
— 372 —
465—1602—Villanueva de Castellón. Un Padre de
Predicadores de Valencia fué elegido Vicario del con­
vento de Dominicos de aquella villa; pero, al saber
que la peste estaba en játiva, no se atrevía a ir, por­
que aquella villa dista poco de Játiva. El V. P. Do­
mingo Anadón llamó al electo y, haciéndole la señal
de la cruz en la frente, le dijo: «No tema V. R. ir a
Villanueva de Castellón; fiad en Dios y en el P. San
Vicente Ferrer, que él hará que la peste no entre en
ese pueblo; y decid a sus vecinos esto mismo de parte
mía.® El electo se tranquilizó, fué a su oficio y, en
efecto, la peste que asolaba los pueblos vecinos no
tocó en Villanueva de Castellón. (Gómez, Vida del
V. Anadón , cap. XXXI; Serafín, id,, pág. 138; Tei­
xedor, Supl., lib, IV, cap. X.)

466—Vannes. En los primeros años del siglo xvn


era gobernador o presidente de Vannes monseñor de
Trean, el cual lloraba inconsolable el que un hijo suyo
estuviera ciego. Un día suplicó con gran fervor a
San Vicente Ferrer, Patrono de aquella ciudad y cuyo
glorioso sepulcro allí se venera, que se dignara con­
seguir de Dios la vista para su hijo. Luego de hecha
esta súplica, quedó inundado de alegría, pues su hijo
al instante recuperó tan precioso sentido. Con tal mo­
tivo y para memoria de este beneficio, levantó a su
costa un convento de Carmelitas bajo la advocación
de San Vicente Ferrer, que se inauguró el año 1627.
(Vidal y Micó, pág. 3S3; Teixedor, lib. IV, cap. IV.)

467—1605—Valencia. En la parroquia de San Es­


teban está la pila donde fué bautizado San Vicente
Ferrer. Se le tiene desde antiguo mucha veneración, y
casi la mayor parte de los vástagos de la nobleza se
— 373 —
bautizan allí. Está en el centro a los pies de la iglesia
y dentro de una pequeña capilla que tiene algunos
cuadros de mérito. Antiguamente pendía del techo
de la capilla una hermosa iámpara-araña, que se en­
cendía en los días de gran solemnidad. Eí día 21 de
Noviembre de este año andaba arreglándola el sacris­
tán Medina, poniéndole velas nuevas, pues se habían
gastado el día anterior, y de repente, al cambiar un
cabo por una vela, se rompió la cuerda que sostenía
la araña. El susto del sacristán fué mayúsculo, pero
quedó más asustado c.uando vió que la cuerda rota
cayó al suelo y la araña quedó suspendida en el es­
pacio. Salió Medina corriendo a dar parte de este pro­
digio, y muchos vinieron y lo vieron. Y estuvo así la
araña en el aire hasta que por medio de escaleras la
bajaron. De este prodigio se hizo información canónica
e ld ía 22 del mismo mesr la que autorizó el Vicario
general de la diócesis D. Pedro Ginés, que más tarde
fué Obispo de Segorbe, El P. Teixedor dice que era
no araña, sino lámpara, lo cual no obsta al milagro,
pues hay lámparas, y en Valencia es muy ordinario,
que tienen arbontantes para velas. Lo que es un error
evidente, porque contradice a los autores contempo­
ráneos, es lo de Valdecebro, que dice que era lámpara
y que el sacristán le estaba poniendo aceite. Escolano,
que era entonces cura de San Esteban, explica el hecho
como lo hemos referido. (Fages, parte 1.a, cap. III;
Gómez, cap. 111; Valdecebro, lib. III, cap. XLVII;
Teixedor, lib. I, cap. VIII.)

468—¿1609?—Valencia, Los esposos Bautista Ti-


bona y Ursula March tenían una hija que amaban con
delirio. Aunque enfermiza, llegó a cumplir catorce
años de edad; pero a esta edad íe dió un ataque que
— 374 —
debía ser de los que llaman del corazón, pues con
grandes convulsiones arrojaba por la boca muchos
espumarajos. Los médicos, después de emplear toda
su ciencia en curarla, declararon al fin que no tenía
remedio, y en otro ataque que tuvo certificaron de
su muerte. En consecuencia, cubrieron el rostro a la
niña, y ya se disponía todo lo necesario para am orta­
jarla. Sus padres, que a viva fuerza habían sido arran­
cados del lado de su hija difunta, gemían y lloraban,
y con grandes suspiros no cesaban de llamar a San
Vicente Ferrer, para que devolviera la vida a su hija.
Y, estando así todo, la niña repentinamente abrió
los ojos, recobró 1a color y quedó enteramente buena,
y decía, con ingenuidad de ángel, que habían venido
a curarla la Virgen del Rosario, San Vicente Ferrer
y San Luis Bertrán. (Saborit, pág. 364; Teixedor,
Supl., lib, IV, cap. XII.)

469—1611—Picasent. Es un pueblecito de la pro­


vincia de Valencia. Un vecino de allí, labrador, lla­
mado Juan Millá, tenía un cuadro de San Vicente
Ferrer. Eí día 15 de Diciembre, a la una de la noche,
estando descansando él y toda su familia, compues­
ta de mujer, dos hijos y dos hijas, cada cual en su
aposento, Millá despertó oyendo unos fuertes golpes
que daban en la pared. Se levanta algo impresionado,
enciende una vela y observa que eí cuadro del Santo
se movía, al mismo tiempo que los golpes se hacían
cada vez más fuertes y acelerados. Asombrado de
esto, llama precipitadamente a su mujer y le cuenta
lo ocurrido. Su mujer, como inspirada, le dice que sal­
gan todos de la casa sin perder tiempo, y, en efecto,
recogen a sus hijos, y en un instante toda aquella fa­
milia está en la calle. Y apenas evacúan la casa, ésta
— 375 —
se desploma, hundiéndose hasta los cimientos. Al ir
a desescombrar, se ve que todo está destrozado, me­
nos el cuadro de San Vicente. Como este suceso fué
calificada al instante de milagroso, aqueí cuadro se
llevó en seguida a la capilla del Santo y se le miró
desde entonces con gran veneración. (Fages, par­
te 6.a, cap. VII; Serafín, pág. 283; Vidal y Micó, pági­
na 323, col, % Valdecebro, lib, IIL cap. XLVII; Tei­
xedor, lib. V, cap. VII.)

470—1612—Valencia. Un mercader de esta ciu­


dad que tenía un pequeño barco para su industria
era devotísimo de San Vicente Ferrer, y jamás se po­
nía en camino sin hacerse con algún cuadro que lo
representara. Navegaba esta vez llevando la querida
imagen de San Vicente en la popa del navichuelo, y,
al arribar frente a las costas de Tenerife, yendo el
barco bastante averiado, se vié acometido por un
barco de corsarios holandeses. El mercader llevaba
a bordo toda su fortuna. En este aprieto, para él in­
esperado, clamó a San Vicente y, colocándose junto
a su bendita imagen, disparó, con ánimo, un pequeño
cañón a los corsarios; el proyectil cayó en el pañol de
la pólvora del buque holandés, que se hundió destro­
zado, mientras el valenciano ganaba la costa, invo­
cando a su patrón San Vicente. Llegado a ia Isla de
San Sebastián, fuése ai convento de Padres Domi­
nicos que allí había, y en su iglesia erigió un altar
precioso al Santo y dejó fundada a perpetuidad una
fiesta a su celestial defensor. (Fages, parte 6.^, capí­
tulo VII; López, parte 5.a, fol 187, pág. 2; Teixedor,
Supl., lib. IV, cap. V rií.)

471—1618—Valencia. Este año hubo en Valen­


cia gran sequía, y, no obstante las rogativas genera­
— 376 —

les y particulares y las penitencias públicas que se


hicieron, el cielo se mantenía de bronce. Por aquellos
mismos días enfermó de tabardillo un hijo de los se­
ñores D. Juan de Villarrasa y D.a Brígida Frígola,
llamado Vicente, y que aun era de muy pocos años.
La enfermedad se agravó de tal modo, que los médi­
cos lo desahuciaron y aconsejaron a sus padres que
se retiraran del lado del enfermito, sin duda para que
no vieran morir al hijo de sus entrañas. Quedó con el
niño una tía suya y, velándole ella aquella noche,
observó que el niño la llamaba con ansia diciendo:
«¡Tía, el Santo! ¡Tía, el Santo!» Se acercó y le pregun­
tó qué quería, y él, muy agitado de gozo, señalaba
hacia la pared de los pies de su cama, gritando: «¡Tía,
el Santo que está allí!» A las voces del niño y de su tía,
que estaba aturdida, entraron en la alcoba D. Juan
y su esposa y otros hijos suyos, y todos vieron con
asombro la agitación alegre del enfermito, que repetía:
((¡Miren, allí está el Santo!» Preguntóle su padre qué
Santo era, y dijo no sabía, que iba vestido de blanco
y negro y que tenía el brazo levantado señalando al
cielo y sobre la cabeza una cosa muy resplandeciente.
Todos comprendieron que este Santo era San Vicente
Ferrer, D. Juan preguntó al niño si el Santo le dijo
algo, y contestó el niño: «Sí, padre; me ha dicho que
ya estoy bueno y que lloverá mañana.» Efectivamente,
este niño, bueno del todo y con fuerzas, fué al otro
día con su padre al convento de Predicadores a dar
gracias al Santo; y el mismo día llovió en Valencia,
como todos deseaban, continuando la lluvia tres días,
(Fages, parte 6.a, cap. V il; Gavald.á, cap..X L III,
pág. 359; Vidal y Micó. Día 4.°; Teixedor, Supl, li­
bro IV, cap. XII.)
- - 377 —
472—1624—Valencia Una niña de cinco años,
llamada Teodora Suárez, dió una caída con tan mala
fortuna, que se le destrozó una pierna; la otra se le
dislocó; se le hizo una corcova en el pecho y otra en
la espalda, y, en fin, quedó toda tullida y privada,
hasta el extremo de que no podía menearse del sitio
donde la colocaban. De ordinario estaba postrada en
una silla. A los cinco años de aquella caída y en el día
mismo de la fiesta de San Vicente Ferrer, la pusieron
al balcón para que viera pasar la procesión tan so­
lemne que a su Santo, Hijo y Patrono dedica la ciu­
dad de las flores. La pobre niña sentíase emocionada,
presenciando tanta animación y algazara del pueblo,
y cuando la imagen del Santo llegó bajo el balcón
donde ella estaba, se echó a llorar y suspirar y pedir
al Santo que la pusiera buena y librara de tantos ma­
les. A las súplicas de la niña se unieron las de su ma
dre, que, además de la vela que la niña había ya ofre
cido, prometió al Santo que le llevaría una presen­
talla. Y sucedió que, al acabar de pasar la procesión,
la niña se levantó sola, sin ayuda de nadie, y comenzó
a correr por la sala, y al subir su padre para ver tan
gran prodigio, la niña se arrojó a sus brazos, gritando;
<ijPadre, ya estoy buena! San Vicente me ha curado.»
En efecto, de repente curó de todos aquellos males,
menos de la hidropesía, que también, pasados unos
días, 3e desapareció, sin tomar nada de medicamentos
ni ser visitada de médicos. Con este motivo se cantó
en Predicadores un Tedeum , al que asistió la niña
Teodora. Este milagro se declaró auténtico por el
arzobispo D. Isidoro Aliaga. (Fages, parte 6.a, capí
tulo VII; Gavaldá, cap. XLII; Serafín, pág. 280;
Vidal y Micó, Día S.°; Teixedor, Supl., lib. IV, capí­
tulo VIII.)
— 378 —
473—1637—Ragusa (Dalmacia). El niño Pedro Bi-
cich contrajo una enfermedad tan violenta, que en bre­
ves días lo llevó al sepulcro, mejor, a la muerte, pues
la madre del niño, llena de fe, tomó en sus brazos a su
hijo muerto y no permitió que ]o sepultaran. Era
toda aquella familia muy devota de San Vicente Fe­
rrer. La madre del niño muerto llevó ante la imagen
del Santo el cadáver de su hijo y, dejado a los pies
de la imagen, ella comenzó a dar gritos, suspiros y
sollozos, pidiendo al Santo que lo resucitara, por­
que podía hacerlo. De repente el niño resucita y se
arroja en los brazos de su madre, la cual, loca de ale­
gría, corrió a su casa con su hijo vivo, espantando a
cuantos del caso se enteraron, la gran fe de esta mu­
jer y el poder y la misericordia de Dios, que por la
intercesión de San Vicente había dispensado tan gran
favor. De esto se hizo información canónica, y este
milagro-se reprodujo por varios pintores. El año 1691
aun vivía aquel hombre que de niño recibió tan in­
signe beneficio de nuestro Santo. (Fages, parte 6.a,
cap. X.)

474—1647--Nápoles. El príncipe o infante don


Juan de Austria, el hijo de Felipe IV de España, pro­
fesaba grandísima devoción a San Vicente Ferrer.
Siendo virrey de Cataluña hizo diligencias exquisi­
tas por tener una reliquia del Santo. Al fin, le envia­
ron una de Valencia. Cuando pasó a Nápoles para
apagar la revolución en que estaba aquel reino, por
Jas intrigas, sugestiones y el apoyo que los rebeldes
recibían de los malos franceses, tuvo ocasión de pro­
bar cómo le pagaba el Santo su fervor y su fe en su
poderoso patrocinio. En efecto, el día 4 de Abril de
este año, antes de emprender la lucha con los revo­
— 379 —
lucionarios, mandó que se expusiera el Santísimo Sa­
cramento en el altar de San Vicente, y él se afianzó
al pecho la reliquia del Santo y, encomendándole el
éxito, sale espada en mano, montado a caballo, y re­
corre las calles arengando a los leales y exhortando
a los revoltosos a que depongan su actitud. Con tal
confianza en Dios y San Vicente procedió, que, sin
más ataques, logra que los rebeldes se rindan y en­
treguen las armas y vuelvan sumisos a la obediencia
de su legítimo soberano. El infante reconoció que este
suceso se debía todo a San Vicente, y, para memoria
de tan gran beneficio, asignó una crecida suma para
que todos los años se celebrara la fiesta del Santo en
la parroquia de Consuezza, enclavada en territorio
de su encomienda. (Fages, parte 6.*, cap. IX; Valde-
cebra, lib. III, cap, XLVIIL)

475—1651—Valencia. En los primeros dias del


año, esta ciudad sufría la grande aflicción del ham­
bre y de una espantosa sequía que la causaba. Los
Cabildos municipal y catedral acordaron acudir al
bienaventurado San Vicente Ferrer, que era de anti­
guo Patrono de aquel reino. Se le hicieron, pues, so­
lemnes rogativas y todos le pidieron con fervor que
les socorriera. El Santo no se hizo esperar y vino en
socorro de Valencia de un modo portentoso. En efec­
to, en el pueblo de Caller (Italia) estaban detenidos
tres grandes navios, cargados de trigo, esperando buen
tiempo para darse a la vela. Los cargadores dudaban
dónde deberían dirigir las naves para vender en se­
guida tan gran cantidad de trigo; algunos de ellos
eran amigos de los Padres Dominicos de aquella ciu­
dad, a los que visitaban con frecuencia. En una de
estas visitas salió la conversación sobre esta duda,
— 380 —
pero nada resolvieron. Otro día se dirigieron de nue­
vo al convento, para definitivamente resolver dónde
les convendría enviar la expedición. Al Regar al con­
vento fueron recibidos por un Padre dominico que
al momento les cautivó el corazón y trabó conversa­
ción con ellos, A las pocas palabras que se cruzaron,
salió la cuestión que los navieros iban a proponer a
los Padres, y él entonces les dijo: «No consulten más.
Dirijan las naves con rumbo a España y vayan a des­
cargarlas al puerto de Valencia.» Aquello fué un man­
dato sin réplica. Los cargadores quedáronse en el
momento convencidos de que eso debían de hacer;
no insistieron más ni pasaron al interior del convento,
y se despidieron agradeciendo el consejo a aquel Pa­
dre, que les dijo, además, que él pertenecía a la Comu­
nidad de Predicadores de Valencia. Cuando ya todo
lo tenían dispuesto para levar anclas, volvieron al
convento para despedirse de aquel simpático Domi­
nico valenciano. Llegaron a la portería, preguntaron
por él y el portero les dijo que allí no había ningún
Padre de Valencia, Insistieron ellos y pasaron al in­
terior y se avistaron con la Comunidad, que certificó
lo dicho por eí portero. Y sucedió que, yendo por los
claustros, los navieros fijaron su atención en uno de
los muchos cuadros murales que allí había y excla­
maron: «¡Oh! Este es el Padre que nos dijo que lle­
váramos los navios a Valencia.» El cuadro era de San
Vicente. Entonces todos adoraron la providencia de
Dios y el poder de intercesión de su fiel siervo, que.
sin duda, para socorrer a Valencia, habíase apare­
cido a los navieros. Lo cual se probó canónicamente
después, porque el 27 de Enero de este año los tres
navios llegaron a Valencia y la ciudad pudo remediar­
se en la grave necesidad en que estaba. Las aclama­
— 381 —
ciones de júbilo en Valencia fueron completas, pues
luego que reconocieron los valencianos que el Santo
les proporcionó el trigo, le pidieron remedio para la
sequía, y en Febrero llovió un poco, lo bastante para
que las cosechas no se perdieran, y en Marzo lo sufi­
ciente para asegurarlas abundantes. Todo Valencia,
con estos prodigios, se enardeció más en el amor y
veneración hacia su ínclito hijo. (Alegre, fol. 58, pá­
gina 2; Vidal, Día 8.°; Teixedor, Hb. III, cap, XXX.)

476—1651—Luchen te (provincia de Valencia). Los


esposos, vecinos de este pueblo, Miguel Aranda y J e-
rónima Ferrer llevaban muchos años casados, y Dios
Nuestro Señor no les daba fruto de bendición, que
ellos deseaban ardientemente. Con esta pena se Ies
quitaba toda alegría. Al fin decidieron pedirle a San
Vicente Ferrer que les alcanzara del Señor un hijo
al menos. Con este intento fueron a Valencia para
orar juntos ante su altar de la iglesia de Predicadores.
Postrados allí, con mucha humildad y confianza en
la protección del Santo, oraron e hicieron voto de
publicar y agradecer toda su vida el beneficio que le
pedían. Terminada su oración, muy satisfechos y se­
guros de que el Santo los había escuchado, volvié­
ronse a Luchente. Al poco tiempo la esposa concibió
y a su debido tiempo dió a luz un niño robusto, que
marido y mujer trajeron más tarde a Valencia para
presentarlo y ofrecerlo a San Vicente, a cuya glorio­
sa intercesión confesaban deberlo. Este hijo mila­
groso fué siempre tan devoto de San Vicente, que le
llamaba en todas las ocasiones su Padre, y vivió has­
ta edad bien madura, (Bono, Silva de varia leccióny
fol. 222; Teixedor, Supl, lib. IV, cap. IX.)
— 382 - -
477—1655—Valencia. Se celebraba en esta ciu­
dad el 2.° centenario de la canonización de San Vi­
cente Ferrer. La parroquia de San Martín poseía
como preciosa reliquia un bonetillo {barreí que se
dice en valenciano) del Santo, del cual, según la tra­
dición, había profetizado él que haría muchos mila­
gros. Lo tenían o guardaban en un relicario de plata;
pero como el relicario estaba sucio y denegrido por
la acción natural del tiempo, acordó el clero de la
parroquia llevarlo a un platero. Pero, no queriendo
que la reliquia saliera del templo, pensaron sacarla
de aquel estuche. Esto tampoco parecía bien a mu­
chos. En estas dudas y perplejidades, se le- ocurrió
a un clérigo pasar un paño por el relicario, y, ¡cosa
maravillosa! a] instante quedó brillante y como re­
cién hecho, tanto, que no hubo ya necesidad de en­
viarlo al platero. Todos quedaron asombrados, y el
arte declaró que aquello no se pudo hacer sino obran­
do Dios un tan patente prodigio, (Alegre, Crón., año
1655, pág. 77.)

478—1666—Valencia. Han sido muchísimas las


veces que San Vicente Ferrer ha demostrado que des­
de eí cielo mira a Valencia con el mismo amor que le
tuvo mientras vivió en la tierra, y, por tanto, que la
cobija bajo su glorioso patrocinio. Otra prueba, o
una de esas veces, sucedió eí día 18 de ] unió de este
año. A media noche un hombre vió una grandísima
claridad sobre la casa natalicia del Santo. Cosa tan
rara e insólita le llamó la atención sobremanera, y
fuése corriendo a comunicarla a su mujer y familia
y al dueño de la casa donde él vivía. Todos, llenos de
curiosidad, aunque sobresaltados, asomáronse a los
balcones y ventanas y también vieron el resplandor;
383 —
pero además distinguieron perfectamente en medio
de él la figura del Santo, vestido con su hábito blan­
co y negro, rodeado de una aureola de luz más bri­
llante. El Santo tenía los brazos abiertos y extendi­
dos, y su mirada volvíase a íos cuatro ángulos de la
ciudad, revelando ansia por defenderla en todas par­
tes, Como esto se divulgó y era cosa tan significativa,
al día siguiente las cinco personas que tal visión ob­
servaron prestaron declaración auténtica y jurada
ante los magníficos Jurados de Valencia, que abrie­
ron información sobre este suceso. (Fages, parte 6.a,
cap. VII; Alegre, Anal., año 1666; Teixedor, Supl.,
lib. IV, caps. X y XII.)

479—1674—Palma de Mallorca. Ocurrió aquí este


año un caso asaz extraño* Un caballero, natural de
esta ciudad, llamado D. J, Antonio Suñer, poseía un
hermoso cuadro de San Vicente Ferrer, al cual mi
raba siempre con grandísimo respeto. Bien sabido es
que el Santo estuvo en las Baleares y lo mucho que
se enamoraron de él aquellos moradores y la gran de­
voción que siempre allí se le ha tenido. Para más au­
mentar esta devoción, o para que el Santo fuese fre­
cuentemente saludado por los palmenses, el señor
Suñer se desprendió gustoso de esta santa imagen,
para que fuese colocada convenientemente sobre un
lienzo exterior del Convento de los Mínimos, a fin de
que el pueblo la venerara. Impresionando aquel her­
moso cuadro la vista y los espíritus, pronto comenzó
la gente a pararse delante de él y orar allí a San Vi­
cente, pidiéndole mercedes y remedios a sus necesi­
dades. Pues bien, de esta santa imagen de nuestro
Santo nos refieren las crónicas, entre otros prodigios,
los que siguen:
— 384 —
Primero. Un día vieron que la imagen se movía.
Corrió la nueva y se agruparon en aquel sitio muchí­
simas personas, que no sólo vieron que se movía la
imagen, sino que, además, oyeron que salían de sus
labios voces articuladas que nadie, sin embargo, enten­
día. Aumentó el terror refiriendo este prodigio, y se
comentaba en todas partes, y, al fin, las autoridades
abrieron información y se averiguó que muchas fa­
milias de judíos convertidos habían vuelto a sus anti­
guos ritos, y todos se explicaron el prodigio, como
un aviso o reconvención que el Santo daba a los bue­
nos cristianos para que no se contaminaran con aque­
llos pérfidos.
Segundo. Un joven mallorquín iba todos los días a
rezar a aquella imagen deí Santo. Una tarde la vió
como enojada y la cara iluminada con brillo siniestro.
El joven se azoró, y en su turbación se fué tomando
una dirección distinta de la que ordinariamente se­
guía. Al día siguiente, este joven supo que en el camino
que él solía hacerle acechaban tres hombres para ma­
tarle, se explicó la demutación del rostro de la imagen,
como un aviso que le daba* y que, en efecto, el Santo
lo llevó por el otro camino para que no le asesinaran.
Tercero. Un hombre fué sorprendido por otros cua­
tro, enemigos mortales suyos. Le ataron a un árbol,
y ya iban a descargar sus armas contra él, cuando se
encomendó al Santo. Este se le apareció como estaba
representado en el cuadro y paró las balas que le dis­
pararon, haciéndolas caer a los pies de aquel infeliz.
Los asesinos se fueron, creyendo que le habían muer­
to; pero él se encontró desatado e ileso y corrió a pu­
blicar este insigne favor que tan prodigiosamente le
concedió San Vicente*
Cuarto. Un reo condenado a muerte iba camino-
— 385 —
del patíbulo, con semblante sereno y hasta sonriente.
Le preguntaron cómo era esto que estaba tan tran­
quilo, y contestó: «Estoy seguro que San Vicente
me ha de salvar de esta desgracia.» En efecto, llegados
al lugar de la ejecución, arribó allí también una orden
del Virrey indultando a aquel reo y ordenando se le
pusiera en libertad.
Quinto. El año 1675, una gran sequía amenazaba
a Palma con eí hambre y la miseria, su compañera.
Se llevó la imagen del Santo, la del cuadro, en pro­
cesión de rogativa, y en seguida llovió, resultando la
cosecha tan buena como los años ordinarios.
Como el muro o la pared donde estaba instalado
el cuadro milagroso, según se ha dicho, se llenara de
exvotos, el Obispo y Cabildo dispusieron que fuese
trasladado a una capilla de la Catedral y, más adelan­
te, a un rico santuario, donde San Vicente continuó
obrando maravillas. Por esto el Consejo general de
Mallorca, en 14 de Octubre de 1875, pidió al Papa que
declarara a San Vicente Ferrer Patrono de aquel rei­
no; el Cabildo Catedral ordenó en 1685 que se hicie­
ra una colecta para erigir al Santo un altar más rico;
pero este altar lo costeó de su bolsillo particular un
devoto del Santo, y la colecta se destinó al culto del
mismo glorioso Patrono. Los exvotos de plata que a
fines del siglo xvn tenía su capilla se valoraron en
unas 2.500 pesetas. Por último, tantos y tan notables
son los prodigios y favores que el Santo ha hecho por
medio de esta su imagen, que se escribió un grueso
volumen relatando sólo los acaecidos desde el año
1674 al de Í705. (Fages, parte 6.a, cap. X; Valdece-
bro, lib. III, caps. XLIX y L; Vidal y Micó, capí­
tulo VII; Teixedor, lib. II, cap. X X X III.)

LOS M IL A G R O S D £ SA N V I C E N T E F E R R E R 25
— 386 —
480—1689—Benabarre (Aragón). El día 4 de Abril,
víspera de San Vicente Ferrer, falleció D.a Felipa de
la Casa, señora de mucha virtud, devotísima del Santo
y heredera directa de la masía o finca llamada «Mas
Ferrer» (1), lugar visitado y bendecido por el Santo el
año 1415. Esta señora ordenó en su testamento que
se la enterrara en la iglesia de Padres Dominicos de
aquella población. El entierro fué el mismo día de
la fiesta de nuestro Santo, y acompañando al fére­
tro desde «Mas Ferrer» hasta dicha iglesia, distante
poco más de media legua, iban unos treinta hombres,
con grandes velas encendidas, las cuales ardieron todo
el tiempo que duraron las exequias y el enterramien­
to, que sería como unas cuatro horas. Terminados los
oficios, se recogieron las velas, y, al pesarlas en la ce­
rería para pagarla cera gastada, se encontró que todas
las velas pesaban lo mismo que al sacarlas nuevas.
Este prodigio arrancó, a cuantos de él se enteraron,
alabanzas al poder del glorioso San Vicente. (Tei­
xedor, lib. II, cap. XXXVI,)

481—1694—Valencia. D.a Ana Luisa Pérez Sarrio,


esposa de D. Antonio Pallás, regidor que era de la
ciudad, llevaba tan mal un embarazo, que cayó en­
ferma con fiebres, tabardillo y sarampión. Los mé­
dicos, después de muchas pruebas para curarla, dije­
ron que ya no encontraban remedio y se moriría de
ésta, y así, que se procurara preparar a la familia
para este rudo golpe: Como aquella familia era devo­
tísima de San Vicente Ferrer, todos recurrieron a
invocarle, y el mismo marido lo invocó, juntamente

(I) Hoy se dice de San Vicente.


— 337 —
con su esposa moribunda, la cual, además, prometió al
Santo vestir su hábito por un año y mandar celebrar
una Misa solemne en su honor, si la curaba. Era esto
el día en que Valencia celebra la fiesta de su santo
Patrono. El afligido marido de la enferma rogó al
Cabildo Catedral se dignara mandar que, al pasar la
procesión general aquella tarde, se detuviera la vene­
randa imagen del Santo ante la casa de la enferma.
Como el que suplicaba, además de regidor, era en toda
la ciudad querido y respetado por su posición social,
y conocían todos su mucha devoción a San Vicente,
el Cabildo otorgó lo pedido. Salió la procesión y, en
efecto, la imagen del Santo se paró a la puerta de ia
casa del Sr. Pallás. La enferma se incorporó y se arro­
dilló encima de la cama donde yacía moribunda, y
redobló sus oraciones al Santo, pidiéndole en su co­
razón que la curara. De repente, apenas comenzó a
pedir, se animó su demacrado rostro, desaparecieron
las fiebres, el tabardillo y el sarampión, y, en finí
quedó enteramente bien, siguiendo en su embarazo
sin molestias notables, y, cuando fué hora, dió a luz
con toda felicidad. Y ocurrió en esta ocasión una cosa
singular. Fué que los cleros de las diferentes parro­
quias de Valencia, que bajo cruz alzada asistieron a
la procesión, cuando pasaban por delante de la casa
de la enferma, sin haberse convenido ni saber pala­
bra de que allí había enferma, iban cantando esta es­
trofa del himno del Santo: Cufus ob praestans me-
ritum frecuentar— Aegra quae passim jacú ere mem-
bra—-V ir i bus morbi domiiis saluti — Resiiiuuntur,
Que viene a decifl «Por los méritos de este Santo, a
cada paso los miembros enfermos recobran salud.»
Este suceso se autenticó, jurado por la interesada,
su marido y testigos de vísta, haciéndose igualmente
— 388 —

información jurada de que los cleros ni se habían con­


venido ni tratado palabra en lo de cantar todos pre­
cisamente y ante la misma casa aquella estrofa. (Se­
rafín, pág. 283; Teixedor, Supl., lib, IV, cap. VII.)

482—1697—Masalfasar, Es un pueblecillo de la
provincia de Valencia. Una joven que padecía de la
matriz se agravó en forma que se perdió toda esperan­
za de salvarla. Le estaban ya recomendando el alma
unos Padres Capuchinos, cuando ella, en su cora­
zón, invocó muy fervorosamente a San Vicente Fe­
rrer. Quedó un instante como muerta, pero en seguida
se reanimó y dijo: <<San Vicente ha venido a decirme
que no me moriré, sino que ya estoy buena,>> Y, en
efecto, con admiración de todos, abandonó el lecho
y comenzó a traginar como si nunca enferma hubiera
estado. (Serafín, pág. 278; Teixedor, Supl,, lib. IV,
cap. XIL)

483—¿1698?—Valencia, Una mujer embarazada fué


el 7 de Abril de este año a rezar a San Vicente Ferrer
en su casa natalicia, y, al salir de aquella iglesia y
pasar por el huertecito que allí había, donde hoy es­
tán parte de las habitaciones del capellán y el patio
del Potito , vió una higuera muy frondosa, y se le an­
tojó comer higos de ella, y en su corazón pidió este
favor al Santo. Al instante de terminar su plegaria,
la higuera brotó tres higos bien sazonados, los cuales
cogió, llena de espanto, aquella mujer. Como el mi­
lagro era tan patente, satisfizo su antojo comiendo
sólo uno de los higos; los otros dos los llevó al P. Do­
minico que tenía que predicar allí, pues se celebraba
la fiesta del Santo. Este dominico fué un maestro en
Sagrada Teología y calificador del Santo Oficio, el
— 389 —
cual en el sermón refirió este portento. El niño que
llevaba en sus entrañas aquella mujer fué, corriendo
el tiempo, sacerdote, vicario de la parroquia de San
Esteban de Valencia y devoto ferviente del Santo,
en cuyo honor hizo grandes expensas de su propio
bolsillo. (Fages, parte 1.a, cap. V; Vidal y Micó, íib. 1,
cap. II, pág, 10, núm. 4; Teixedor, lib. V, cap. VII.
Dicen estos dos últimos que no fueron higos, sino
brevas. Cosa que no altera el valor del prodigio, por­
que en Abril no es tiempo aún ni de higos ni de bre­
vas.)

484—¿1699?—Madrid. La señora condesa de Oro-


pesa atestigua lo siguiente: Ella era devotísima de
San Vicente Ferrer, y confesaba siempre en las igle­
sias de Dominicos; sobre todo, cuando iba a Valen­
cia, no dejaba un día de visitar la del Convento de
Predicadores, donde está la hermosa capilla del
Santo. A éste le había dedicado una habitación de su
palacio, y tenía tal seguridad en que el Santo la asis­
tía, que, cuando entraron los soldados del archidu­
que Carlos en Madrid y saquearon la población y,
por tanto, el palacio de Oropesa, esta señora dijo:
«De seguro que no se atreverán a tocar en la ha­
bitación de San Vicente.» Efectivamente, todo en
aquella morada fué objeto de la rapiña y del pi­
llaje de aquellos foragidos: salones, cristalerías, ora­
torio, todo lo destrozaron y desmantelaron, y sólo
quedó ilesa la habitación de San Vicente, y nada
en ella tocaron. (Vidal y Micó, pág. 343; Teixedor,
Supl., Iib. IV, cap. IX,)
CAPÍTULO XXI

PRODIGIOS Y FAVORES C ONSE GU IDOS POR LA DEVOCIÓN


D E SAN VICENTE FERRER DU R A NTE EL SIGLO XVIII

485—1700—jávea. En los comienzos de este si­


glo, un hijo de este pueblo, perteneciente hoy a la
provincia de Alicante, llamado D. Sebastián Cholvi,
se embarcó en este puerto para Valencia, donde iba
a ordenarse de presbítero. Sucedió que, a poco de
hacerse a la vela el navio, sobrevino una gran tempes­
tad que casi destrozó el barco, que arribó, como por
milagro, al cabo de Cullera, pero habiendo perdido
la brújula y todos los medios de orientación, Eti tal
apuro, todos los que tripulaban y viajaban en aquel
barco, clamaron y llamaron a San Vicente Ferrer,
cuyo poder y amor por sus devotos les ponderaba el
Sr. Cholvi, AI instante la mar se calmó y, en medio
de la absoluta obscuridad que reinaba, apareció una
luz brillantísima, como si una mano invisible la guia­
ra, delante de la embarcación. Con tal prodigio, el
barco siguió felizmente su rumbo, y, sin haber per-
dido un solo hombre, arribó al Grao de Valencia,
Al parar el barco quedaron más sorprendidos aun,
pues vieron claramente que aquella luz la sostenía
en la mano un religioso dominico, idéntico en todo a
la imagen de San Vicente Ferrer, venerada en Jávea,
el cual desapareció tan luego el pasaje bajó a tierra.
Ante este prodigio, todos, marineros y pasajeros, como
movidos por un mismo resorte, se dirigieron al Con-
— 391 —
vento de Predicadores de Valencia, para dar gracias
públicas al Santo por tantas maravillas que su inter­
cesión gloriosa había obrado en aquel viaje. (Vidal
y Mico, cap. I, pág. 345; Teixedor, Supl, lib. IV, ca­
pítulo VIII.)

486—¿1700?—Madrid. Un hijo del célebre pintor


Antonio Palomino, siendo niño de pocos anos, se que­
bró, con tan mala fortuna, que los médicos pronosti­
caron mal de aquella dolencia, y al fin dijeron a su
familia que el niño se moría sin falta por aquella her­
nia tan rara. Sufría muy agudos dolores, y ni aun éstos
lograban mitigarle; estando así padeciendo, se vol­
vió su corazón al recuerdo de San Vicente Ferrer, y
le suplicó, con fervor grandísimo, que él le trajera
del cielo alguna medicina contra su enfermedad, y
luego dijo a su madre que deseaba se celebrara sin
perder tiempo una Misa en honor del Santo. Su madre
fuese en seguida al Convento del Rosario (1) y man­
dó que se celebrara la Misa, que ella misma oyó con
gran veneración y confianza. Cuando regresó a su
casa, se encontró con la grata nueva de que su hijo
estaba del todo curado, habiéndole desaparecido por
completo la hernia. Toda aquella famiiia, entonces,
y cuantos se enteraron del caso, aclamaron a San
Vicente, pero más el niño, tan milagrosamente cu­
rado. Pasados unos cuarenta años de este suceso, y
estando en Valencia, refería el afortunado a sus ami­
gos y con grande ponderación esta gracia que San
Vicente le hizo. (Teixedor, Supl., lib. IV, cap. V iII.)

(1) Creemos que se refiere al célebre Convento de Atocha.


— 392 —
487— 1704—Santiago de Galicia. D. Alonso Val-
derrama, siendo estudiante de Salamanca, concibió
una muy grande devoción a San Vicente Ferrer, y
se complacía en oir relatar los muchos milagros que
por su intercesión se hacían allí, principalmente en
los lugares más venerandos, santificados con la pre­
sencia del Santo durante su vida, y particularmente
veneraba los púlpitos en que el Santo había predica-
do, todos los cuales ostentaban esta inscripción; «Aquí
predicó San Vicente.>> Terminados los estudios, don
Alonso regresó a su pueblo, y a su tiempo contrajo ma­
trimonio; mas, por muchos años, no logró tener hijos
y vivía por eso en una pena continua. En una oca­
sión y siendo regidor de Santiago de Galicia, pidió
fervorosamente a San Vicente que se apiadara de él
y, por lo mucho que le era devoto y admirador de
sus prodigios, se dignara alcanzarle del cielo un hijo.
El Santo escuchó esta oración, y D, Alonso a poco
pudo alegrarse de ello, y al tiempo oportuno tuvo la
dicha de abrazar al hijo que con tantas ansias había
deseado. En memoria y agradecimiento de este bene­
ficio se le impuso al niño el nombre de Vicente cuan­
do se le bautizó el 13 de Octubre de este año, Fué hijo
único, y el 9 de Junio de 1733, casado ya y con una
hija, depuso bajo juramento el insigne beneficio que
el Santo había concedido a él y a su padre trayén-
dolo al mundo con su poderosa intercesión. (Fages,
parte 6.a, cap. VII; Vidal y Micó, pág. 339; Teixedor,
Supl, lib. IV, cap. IX.)

488—1706—Valencia. La señora D.a Isabel Pa­


checo y Velasco, hija de los condes de Uceda, condesa
de Oropesa, fué muy devota de San Vicente Ferrer.
Este año vino de Madrid a Valencia, y era costum­
— 393 —
bre suya confesar frecuentemente en Predicadores
con un Padre dominico. Andaba ella muy triste por­
que no tenía sucesión. Su .confesor, que era el venera­
ble P, Alegre, gran historiador de aquella casa, la
animaba a que se encomendara a San Vicente, el
cual, aun en vida, consiguió muchas veces de Dios
Nuestro Señor este beneficio de los hijos a muchos
esposos que a sus oraciones se encomendaron. La
condesa oró al Santo; pero parece que no tenía tanta
fe en que sus ruegos fuesen despachados favorable­
mente. Llegó la hora de regresar a Madrid, y, al des­
pedirse del P. Alegre, éste le dijo; «Tenga ánimo.
De parte de San Vicente le digo que, para su próxi­
ma fiesta, vuestra merced dará a luz un vástago,
en que se asegurará su casa.» Se fué la condesa a Ma­
drid, consolada con estas palabras, y allí decía a sus
amigas que, para la fiesta de San Vicente, sería ma­
dre. Llegó el 5 de Abril y sus amigas le gastaron bro­
mas sobre el caso, porque la condesa no era aún ma­
dre. Ella les dijo que en Valencia la fiesta del Santo
es el lunes de la semana siguiente a la de Pascua, y
así que no perdía las esperanzas de que la promesa
de su confesor se cumpliría. En efecto, se cumplió,
porque ese día de la fiesta de San Vicente en Valen­
cia daba a luz la condesa un hermoso niño, al que
puso por nombre Vicente, en memoria de tan seña­
lado favor. El P. Teixedor dice que esta señora no
puede ser la condesa, mujer de D. F. Alvarez de To­
ledo, pues por estos anos no vino a Valencia, sino
que debe ser una hija suya o una nieta. Se funda en
que el confesor de aquélla fue el P* Gaspar Catalá, y
el de ésta, que este año estuvo en Valencia, el vene­
rable P. Alegre, quien confesaba también a D. José
de Silva, conde de Cifuentes. A este señor le dió el
— 394 —
P. Alegre un rosario de San Vicente, y el conde lo
envió a la condesa, esposa de D. Fernando, con quien
el P. Alegre se escribía, como con el de Cifuentes.
Como quiera que sea, los hechos principales resul­
tan ciertos, y esto es lo que debe salvarse en
nuestra obra. (Fages, parte 6.a, cap. V il; Vidal y
Mico, pág. 342, núm. 431; Teixedor, Supl., lib, IV7
cap. IX.)

489—1706—Un sujeto llamado Juan Carrillo fué


herido de dos tiros, que le destrozaron el muslo de­
recho. No hubo medio de contener la grandísima he­
morragia sino después de mucho tiempo, y esto le
produjo una fiebre altísima. El infeliz, en este estado,
fué desahuciado de los médicos. Algunas personas
amigas de la familia hablaron con entusiasmo de los
muchos milagros de San Vicente Ferrer, diciendo que
el herido podría intentar pedirle al Santo que lo cu­
rase. El interesado se enfervorizó y entró en gran
devoción del Santo, y comenzó a rogarle humilde-
mente tuviera compasión de él. Al mismo tiempo
ordenó que, en honor suyo, se celebrara una Misa.
Al día siguiente de la Misa, sin haberse aplicado re­
medio alguno humano, no sólo se vió libre de la fie­
bre, sino también con el muslo enteramente curado de
tal manera, que ni ía menor señal se le podía apreciar
de que hubiera estado herido. (Vidal y Micó, Día 7.°)

490— 1707—Alcañíz. La religiosa dominica Sor Ro­


sa de Fraguas fué atacada de alferecía. Sufría horri­
blemente y se agravó su dolencia al extremo que los
médicos la desahuciaron. La consternación de todo
si Convento era grande, pues aquella religiosa tenía
ganados los corazones de sus Hermanas, y hacía im­
— 395 —
portante papel en la Comunidad. Por eso todas las
religiosas oraban a porfía, pidiendo al cielo por la
enferma. Esta les dijo que no temieran, que ponía
su salud y remedio en manos de San Vicente Ferrer,
y así, que todas íe ayudaran con sus ruegos a pe­
dirle a este santo Hermano que la curase. Así se
hizo, y al instante Sor Rosa encontróse curada, tan
sana y tan buena como si nada hubiera tenido. En
memoria de tan señalado beneficio, aquella Comuni­
dad dispuso que todos los años se celebrara una fun­
ción solemne en honor del Santo. (Teixedor, Supl.,
lib. IV, cap. X III.)

491—¿1710?—Falencia. En esta ciudad, desde muy


antiguo, se venía venerando la memoria de San Vi­
cente Ferrer; pero desde los comienzos del siglo xviir,
se estableció la costumbre de celebrar todos los años
un Novenario solemne en su honor, para el cual lla­
maban a los más notables oradores de la región. Era
extraordinario el fervor y el regocijo con que los pa­
lentinos se preparaban para celebrar estos cultos.
Este año, el día primero del Novenario, habían muer­
to dos niños, y otra mujer estaba también agonizando
de hidropesía. Todos celebraban las glorías del San­
to con regocijo, menos las familias de estos desgra­
ciados, como era natural; sin embargo, aun en el
seno de estas familias, el nombre de San Vicente era
invocado y bendecido. Y. ciertamente no en balde,
porque el Santo premió su fervor con una bendición
que ellos estaban muy lejos de presumir. En efecto,
apenas comenzó el sermón, en ese primer día del No­
venario, los dos niños muertos resucitaron y la mu­
jer agonizante se encontró repentinamente buena del
todo. Estos prodigios, como es claro, arrancaron de
— 396 —
todos los corazones vítores al Santo, y el Ayuntamien­
to y el vecindario se gastaron hasta tres mil y pico
de ducados para el año 1712 levantar al Santo una
hermosa capilla, en la que se colocó un rico retablo.
(Fages, parte 6.a, cap. VI; Vidal y Micó.)

492—1710—Santiago de Galicia. Los primeros años


del siglo x v iii fueron tristísimos para muchos pue­
blos de España, pues en ellos la peste hizo estragos.
En esta ciudad, este año moría la mayoría de los
atacados, y eran innumerables los que esta enferme­
dad padecían. En presencia de tan horrible mortan­
dad, ambos cabildos acordaron hacer rogativas pú­
blicas, llevando en ellas procesionalmente la imagen
de San Vicente Ferrer, a quien todo el pueblo profe­
saba gran devoción. Y fué admirable lo que sucedió.
Tan pronto salió a la calle la veneranda imagen del
Santo, cesó repentinamente la peste, curándose los
que la tenían. Esto dejó más entusiasmados con la
devoción al Santo a aquellos compostelanos. (Fages,
parte 6.a, cap. VII; Catoyra, pág, 463; Teixedor,
Supl., lib. IV, cap. IX.)

493—1710—Santiago de Galicia. Días antes del


milagro que se acaba de referir, San Vicente Ferrer
concedió un insigne beneficio en esta misma ciudad
a dos señores canónigos de aquella Metropolitana,
uno de ellos era el Arcediano. Estos señores estaban
atacados de la epidemia remante y los médicos los
abandonaron como incurables. Estaban ya agonizan­
do, cuando un amigo, devoto del Santo, les llevó una
reliquia de éste y los exhortó a que en su corazón
le pidieran su protección. Ellos, como pudieron, ora-
ron en esté sentido, y al besar devotamente la reli­
— 397 -

quia, de súbito se encontraron, no sólo sin peste, pero


aun sanos y buenos del todo. (Catoyra, pág. 4-63; Tei­
xedor, Supl., lib. IV, cap. X.)

494— 1710—Santiago de Galicia. Una mujer ata­


cada de la pestef de que hemos hablado, llegó a lo pos­
trero. Abandonada a sí misma, esperaba la hora o el
momento de rendir el alma a Dios. El Padre domini­
co que había ido a asistirla y recomendarle el alma,
llevaba consigo una reliquia de San Vicente Ferrer,
y presentándola a ia enferma para que la besara y
se encomendara a nuestro Santo, la enferma como
pudo aplicó sus labios a la reliquia y en el mismo ins­
tante se sintió mejor, y los médicos declararon que
había desaparecido la gravedad. Pasados ocho días,
buena y sana completamente, fué a la iglesia del
Convento de Dominicos, para dar gracias pública­
mente a nuestro admirable y glorioso Padre San Vi­
cente Ferrer, apóstol valenciano y Taumaturgo de
primer orden en la Iglesia de Dios. (Idem, ídem, ídem.)

495—1714—Una mujer, cuyo nombre y pueblo


nos han callado las historias, llevaba tres días con agu­
dísimos dolores de parto. Se le hinchó el vientre de
manera asombrosa y los médicos dijeron que la única
solución que daba probabilidades de éxito era hacer a
la paciente la operación cesárea, esto es, abrirle las
entrañas y sacarle el feto o la criatura. Como no ha­
bía otro medio de salvar a aquella mujer, parece que
se aceptó la propuesta de los facultativos, y, en con­
secuencia, se dispuso lo conducente a esta operación.
Un pariente de la enferma suplicó a un Padre domi­
nico que se dignara llevar allí, para que estuviera du­
rante la operación en la habitación de la paciente,
- - 39S —
una reliquia de San Vicente Ferrer. No hubo en esto
dificultad; fué el Padre dominico con la reliquia a
casa de la enferma, y sin premeditación, como una
inspiración del cielo, se pidió al Santo que hiciera un
milagro y al mismo tiempo se aplicó la santa reliquia
al vientre entumecido de la infeliz mujer, la que ya
comenzaba a entrar en la agonía, y al instante bajó
la hinchazón y cesaron del todo los dolores y ella quedó
en estado norm al A la mañana siguiente dió a luz,
con toda felicidad, un niño hermosísimo, al que, para
memoria de tan singular beneficio, se le puso Vicente
por nombre. (Catoyra, pág. 58; Teixedor, Supl,, li­
bro IV, cap. VIII.)

496—1715—Falencia, Un niño de cinco a seis años


de edad, hijo de un profesor de música, se cayó en un
pozo de unas siete varas de profundidad y lleno de
agua, y estuvo allí como una hora. La madre del niño
era muy devota de San Vicente Ferrer y, al ver a su
hijo hundirse, clamó al Santo, pidiéndole salvara a
su hijo. Ella y su marido, presas de estupor y amar-
gura, no se separaban del brocal del pozo, mirando al
fondo y llorando con gemidos que bien se dejan com­
prender, y sin cesar de llamar a San Vicente. De sú­
bito el marido observó que el pozo se llenó de resplan­
dor, y él y su mujer vieron en seguida que su pequeño
subía del fondo y al fin salió del pozo, sin que ni una
gota de agua hubiera tragado y diciendo muy alegre:
«San Vicente me ha sacado.» Con motivo de este por­
tento, la devoción al Santo subió de punto en Falen­
cia, y se estableció la costumbre de celebrar la novena
y fiesta del Santo por la Ascensión, y todo a gran
orquesta, y con el mayor esplendor y entusiasmo.
(Fages, parte 6.a, cap. VI; Vidal y Micó.)
— 399 —
497—1717—Valencia. La niña de dos años de edad
llamada Josefa Boil, hija primogénita de los mar­
queses de Escala, señores de Manises, enfermó con
dolencia tan rara, que, no acertando los médicos qué
era, no pudieron atajar aquella enfermedad, y la
niña se agravó al extremo de ser desahuciada. Sus
padres, grandes devotos de San Vicente Ferrer, se
la encomendaron con mucho fervor, y el día de la
fiesta del Santo, al pasar en la procesión general sus
reliquias por frente de la casa de estos devotos, éstos
abrieron las ventanas de la habitación de la enfer-
mita, las cuales daban a la calle de Calabazas. Arro­
dillados allí, imploraron con más fe la poderosa in­
tercesión del Santo en favor de su hija. Y ¡caso admi­
rable! cuando volvieron a la cama donde la niña
yacía, se la encontraron completamente bien y muy
vivaracha, hablando y pidiendo unos juguetes y que
le dieran de comer. Tan repentina e insólita fué la
curación, que íos médicos atestiguaron jurídicamente
que no pudo ser sino por un milagro. (Vidal y Micó,
pág. 342, cap. II; Teixedor, Supl., lib. IV, cap. VII.)

498—1719—Valencia. Este año el Rdo. P. Fray


José Agramunt arregló y adecentó el pozo que lla­
maban «de San Vicente Ferrer» en el Convento de
Predicadores, colocando azulejos en las paredes ds
aquel recinto y una imagen del Santo. El agua de
aquel pozo no sólo curaba en Valencia, sino que, lie
vada a otros países remotos, obraba prodigios en íos
que de ella bebían. Ün ejemplo: D. Adrián Gabriel de
Andújar escribía desde Sevilla, con fecha 19 de No­
viembre de este año, a D.a Tomasa de Ossorno y Ca-
talá, residente en Valencia en aquella sazón: «La co~
madre, le decía, que ha padecido tabardillo y dolor
— 400 —
de costado, que precisó a darle los Sacramentos, ha
escapado por virtud del agua de mi señor San Vicente.
Con la misma, está libre de otra enfermedad la señora
comendadora de la Asunción. D. Manuel Madariaga,
de fuertes cólicos; mi señora, la marquesa de Peña-
rrubía, se libró de malparir; Bernardo Galán ya sabe
V. S. cómo estuvo más muerto que vivo, y, al punto
que tomó el agua, dió muestras que resucitaba. Esta
medicina celestial tomada con fe, es sánaloiodo y no
la franqueo sino a sujetos de mi cariño, por conser­
varla, etc.» Por todo esto y para perpetua memoria,
en el Convento de Predicadores se llevaba un libro-
registro, legalmente autorizado, en que se anotaban
los puntos adonde se remitía agua del venerado pozo,
la cual iba siempre certificada, sellada y autorizada
por las autoridades del Convento. (Teixedor, lib, V,
cap. VIII.)

499—1719—Andalucía. Un caballero de esta re­


gión que era muy devoto de San Vicente Ferrer fué
acometido de un síncope violento que degeneró en
una hemiplejía y luego en cólico mortal. Era esto el
12 de Agosto. Hasta esta fecha, aquel sujeto no había
estado jamás enfermo y ni siquiera débil en su salud.
Los médicos hicieron esfuerzos por salvarlo, pero no
consiguieron nada, y al fin lo desahuciaron, diciendo
que, a lo más tarde, moriría al anochecer. El enfer­
mo pudo darse cuenta de su gravedad e inevitable
muerte, y al anochecer rogó que le trajeran y pusie­
ran delante una devota imagen de nuestro Santo que
él siempre llevaba consigo. Así se hizo, y como podía
tomábala y besábala con mucho fervor, pidiendo al
Santo que no le dejara morir en esta ocasión, y pedía
a los médicos que no dejaran de recetarle ni le desahu-
— 401 —
ciaran, «porque San Vicente, decía, me ha de curar».
Los médicos, para consolarle y recetar algo, como de­
seaba, le mandaron tomar un brevaje o pócima, que
era pura agua mezclada con hierbas, sin virtud para
nada. Él lo tomó, invocando, al mismo tiempo, al
Santo, y luego que lo tomó, al instante curó radical­
mente de todas sus enfermedades. Los médicos de- ...
clararon que esta curación fué sobrenatural y que, v;X
sin género de duda, debía predicarse como uno de
los más grandes milagros. (Catoyra, S . Vic. ilustrado ,
pág. 219; Teixedor, Supl., lib. IV, cap. VIII.)

500— ¿1720?—Valencia. El dominico, venerable Pa­


dre maestro Vidal y Micó, natural de Valencia, escri­
bió mucho sobre San Vicente Ferrer y, hablando de
los muchísimas milagros de] Santo, dice de sí mismo:
«Creo deberle la vida y salud que disfruto a mi amado
Santo. Porque el año 1720, estando enfermo en Al-
bayda de vómitos y despeños de que morían muchos
(y yo me hallé en el mismo inminente peligro), lle­
gando la víspera de la fiesta del Santo, procuré en
mi tibieza encomendarme a su protección, sin atre­
verme a pedirle la salud (lo que no dudo hicieron por
mí algunas buenas almas). Proseguí así agravado
aquella noche, y al amanecer me hallé de repente
libre de los mortales accidentes.» (Vidal y Micó, pá­
gina 328, col. 2; Teixedor, Supl., lib. IV, cap. VIII.)

501— 1727—Milán. El concienzudo crítico y bió­


grafo diligentísimo de San Vicente Ferrer, el domi­
nico P. Enrique Fages, refiere el siguiente suceso:
«En Mayo de 1720, en la tarde de la novena en ho­
nor del Santo, cuando la multitud llenaba la iglesia
de San Eustorgio, en Milán, y la plaza contigua,
LOS M IL A G R O S DE SA N V I C E N T E F E R R E R 26
— 402 —

las detonaciones de las armas de fuego espantaron


los caballos de los carruajes estacionados en un án­
gulo de la plaza, echando a correr por las calles y
atropellando a multitud de personas. Una de ellas
fué un joven llamado José San Píetro, el cual fué
pisoteado por los caballos, pasándole las ruedas de
los carruajes por encima. Pero cuando todo el mun­
do lo creía muerto, vieron que se levantaba, sin
lesión alguna, debido a que la gente, al ver el peligro,
había gritado:— ¡San Vicente, protegedle!—De aquí
proviene la gran devoción que Milán profesa al San­
to.» En lo último no parece se expresa bien el Padre
Fages. Milán ya profesaba gran devoción a San Vi­
cente desde muy antiguo, como se podría evidenciar
con la historia en la mano. Este mismo suceso nos
lo prueba. Cuando hay costumbre de llamar a un
santo, se le llama siempre en casos imprevistos. Al
clamar todos: «¡San Vicente, protegedle!», es evidente
que estaban acostumbrados a esta exclamación, y
esa costumbre no se tiene si no se profesa gran devo­
ción al Santo así invocado. A nadie se le ocurre en
casos repentinos invocar a San Jaime, por ejemplo,
si no tiene devoción, y gran devoción, a este santo
apóstol. (Fages, parte 6.a cap. IX.)

502—1727—Calatayud. La vecina de esta ciudad


Antonia María de la Cruz tenia un hijo, llamado Ma­
nuel, el cual venía sufriendo hacía tiempo unas cuar­
tanas, sin que los médicos atinaran a curar a aquella
infeliz criatura. Ya transcurrieron siete meses y el
niño no curaba. En tal conflicto, su afligida madre
desconfió del todo de los medios humanos y puso
toda su confianza en la poderosa intercesión de San
Vicente Ferrer, de quien era devota muy sincera.
- - 403 —
Comenzó, pues, a pedir al Santo que él curara a su
hijo. Con este fin, mandó celebrar una fiesta solem­
ne el día 5 de Abril de este año, en la cual ella, como
se deja comprender, oró con más fervor y mayor
confianza, Y el Santo premió su virtud. En efecto,
luego que dió fin la fiesta, repentinamente el niño
Manuel recobró tan completamente la salud, que no
parecía había sufrido tanto tiempo aquellas calen­
turas, las cuales ya nunca en su vida le volvieron.
Según algunos historiadores, de este hecho se originó
en Calatayud la devoción que allí existía de llevar
los niños enfermos a San Vicente, los cuales, dice Vi­
dal y Micó, casi todos curaban radicalmente. (Vidal
y Micó, pág. 230; Teixedor, lib. II, cap. XXXVI.)

503—1730—Calatayud. El caso este nos revela


cuán pronto está Dios Nuestro Señor para beneficiar
a los devotos fieles de sus escogidos. El sabio y com­
petentísimo escritor D. Vicente de la Fuente, en su
Historia de Calatayud , nos dice que este año «Felipa
Gil, de edad de 5 i años, observó un día que los te­
chos y el tejado de su casa se movían, amenazando
ruina, y lo advirtió a su marido, el cual se salió in­
mediatamente; pero ella se entretuvo en guardar en
un cofre ciertos objetos que había en una alacena, y
en este momento se hundió el techo, teniendo (la mu­
jer) apenas tiempo para gritar:— ¡San Vicente, asis­
tidme!—Acudió su marido, creyéndola aplastada, y
vió que se levantaba de entre los escombros llena de
polvo, pero sin otra lesión que algunos rasguños
insignificantes, reconociendo en ello la protección del
Santo». (Fages, parte 4.a, cap. VIII; Vidal y Micó,
pág. 230; Teixedor, lib. II, cap. XXXVI.)
— 404 —
504—1731—Calatayud. «María Martínez parió el
día de San Vicente Ferrer un niño monstruoso, por­
que estaba hinchado, cárdeno, frío y, a su parecer,
muerto, de suerte que lo quitaron de su presencia,
para que no se afligiese con su vista. Ella, a sus solas,
rogaba a San Vicente por el niño y decía que su her­
mana la había engañado, diciéndole que tuviese más
devoción a San Vicente que a San Ramón Nonato,
pues en este conflicto no la socorría. Y dijo a San
Vicente:—Santo mío, dadle vida para que reciba el
bautismo; después siquiera, muera. Si no me socorréis,
no tengo más de ir a Misa a los Dominicos ni me en­
gañarán más estos frailes con su Santo, pues no es
tan milagroso como dicen.—No sólo vivió el niño, ter­
mina D. Vicente de la Fuente, sino que fué bautiza­
do y fué hermoso como un sol.» (Fages, parte 4.a,
cap. VIII; Vidal y Micó, pág. 229, col. 2; Teixedor,
lib. II, cap. XXXVÍ.)

505—'1732— Nápoles. El día 21 de Noviembre un


fuerte terremoto sacudió todo este reino. En la igle­
sia de Dominicos de MirabeDa ocurrieron entonces
estos hechos prodigiosos: 1.° De todos los fieles que
había en la iglesia sólo se salvó una mujer, la cual
atestiguó que, al sentir el temblor, había invocado a
San Vicente Ferrer y colocádose debajo de su imagen
que estaba en la iglesia. 2.° En el coro había siete re­
ligiosos rezando los divinos oficios. El coro se hundió
con la iglesia; pero los religiosos llamaron a voces a
San Vicente Ferrer, cuya imagen también estaba en
el coro, y los siete salieron ilesos. El P. F rt Pascual
del Santísimo, que no podía salir de en medio de los
escombros, se vió levantado por una fuerza sobrena­
tural que lo puso en salvo. 3.° Sin saber cómo, todos
— 405 —
los manuscritos y registros del convento se encon­
traron reunidos y bien guardados en un talego, cuan­
do todos los religiosos ponderaban su pérdida entre
las ruinas del convento, que también se hundió. El
P. Teixedor añade que, estando el dicho P. Pascual
en el campo contemplando las ruinas de la iglesia
y convento, se lamentaba de haber perdido entre
aquella desolación sus manuscritos y toda su docu­
mentación personal, y que de repente, bajando la
vista, vió a sus pies una bolsa, dentro de la cual en­
contró los títulos de su ordenación, las licencias mi­
nisteriales y los manuscritos que lloraba perdidos.
De estos admirables prodigios se levantó acta jura­
da el día 21 de Enero del año siguiente por el reveren­
dísimo Sr. Arzobispo de Ñapóles, Cardenal Pignatelli.
Teixedor dice que esto ocurrió en la ciudad de
Girggenti, y que el P. Pascual era religioso alcanta-
rino. Esto engendra confusión grande. Y más cuando,
leyendo bien los textos, parece que el convento no
era de Dominicos, sino de Alcantarinos, De todos mo­
dos, la verdad del hecho o de los hechos, para el efec­
to de admirar el poder del glorioso San Vicente, no
se altera en nada. (Fages, parte cap. VII; Vidal
y Micó, pág. 345; Teixedor, Supl., lib. IV, capí­
tulo IX.)

506—1732—Ollería, En este pueblo de la provin­


cia de Valencia, Juan Boiger sufría horriblemente de
mal de piedra y fueron inútiles cuantos remedios se
emplearon en curarle. Su dolencia se agravó y él lle­
gó, al fin, a las puertas de la muerte. Entró en la ago­
nía precisamente el día de la fiesta de San Vicente
Ferrer. Al pasar la procesión del Santo por delante
de la puerta de su casa, él y su mujer, sacando fuer­
— 406 —
zas de flaqueza, gritaron: «¡Pare Sen Vicent!», y en el
mismo instante el enfermo se reanimó y al siguiente
día arrojó catorce pequeños cálculos, quedando en
teramente curado de esta terrible enfermedad, que
no volvió a sufrir en toda su vida. Este milagro fué
de tanta resonancia, que en la curia de Valencia se
abrió y terminó una información jurídica. (Vidal y
Micó, pág, 325, col. 2; Teixedor, Supl., lib. IV, capí­
tulo V il I.)

507—1733—Fabriano. Esta ciudad italiana, en la


provincia de la Marca de Ancona, experimentó pa­
tentemente la protección de San Vicente Ferrer, como
vamos a ver. Durante los Carnavales fué acometida
de temblores de tierra, que se repetían a intervalos,
lo que hizo que todos aquellos moradores fueran pre­
sa de pánica y que su ánimo cayera en un dolorosí-
simo estado de angustia. Las autoridades dispusie­
ron, sin más dilaciones, que se hicieran públicas ro­
gativas, y el día 7 de Marzo, el Predicador, durante
eí sermón, recordó al pueblo los milagros que hizo
San Vicente en Ñapóles, precisamente con ocasión de
igual desgracia que la que actualmente afligía a Fa­
briano. Al acabar de recordar los sucesos de Ñapóles,
todo el auditorio exclamó, vitoreando a San Vicente
Ferrer y ofreciéndose a venerarle con gran esmero. In­
mediatamente se adornó su altar, se expuso su reli­
quia y se comenzó un triduo solemnísimo en su
honor. El Santo no se hizo esperar. Apenas comenza­
ron los cultos religiosos del primer día del triduo, sin­
tióse una formidable conmoción que resonó por todos
los ámbitos de la ciudad; pero no sólo no causó daño
alguno, sino que impresionó plácidamente a aquellos
vecinos, los cuales, sin saber por qué, todos vieron en
— 407 —
esto el remate de los temblores de tierra que tanto
habían angustiado los espíritus. Y fué así; Fabriano
ya no volvió a sufrir ese azote de los terremotos.
Terminado el triduo, se pintó por orden del Gobier­
no en el llamado Palacio Apostólico una imagen del
Santo, con esta inscripción: «El Regente y Gobernador
de la ciudad, Carlos Gonzaga, dedica, en nombre de
todos, este monumento a San Vicente Ferrer, por ha­
ber librado a la ciudad de los terremotos. Año 1733.»
(Fages, parte 6.a, cap. IX.)

508—1733—Calatayud. Una señora de 35 años de


edad, llamada Antonia Anchuela, esposa de Roque
Leza, sufría horriblemente de dolor de costado y te­
nía un tumor en la pierna, tan maligno, que la tenía
postrada completamente y no la dejaba descansar ni
dormir por los agudos dolores que le producía. Fué
ella siempre muy devota de San Vicente Ferrer, y
al comenzarse su Novena solemne en la iglesia de
los Dominicos, entró en vivos deseos de ir en persona
a pedir al Santo que la curase. Por la noche de aquel
día se aletargó un tanto, lo bastante para ver entre
sueños que de hecho ella asistía a la Novena en el
presbiterio y que San Vicente la curaba. Al amane­
cer del día siguiente se le notó que estaba muy ale­
gre con aquella figuración, que ella decía ser visión
perfecta, y se empeñó en ir a la iglesia, aunque se­
guía impedida y dolorida. Sin embargo, hizo que dos
mujeres, amigas suyas, la condujeran, y, en efecto,
asistió a todos los cultos de este día. Al terminar el
ejercicio de la Novena se le acercaron las dos amigas
para llevarla a casa; entonces ella se levantó saltando
y gritando de alegría, pues estaba del todo curada.
Como para recuerdo del prodigio, le quedó una señal
— 408 —
cárdena en la pierna donde había tenido aquel tu ­
mor. (Vidal y Micó, pág. 230; Teixedor, líb. II, ca­
pítulo XXXVI.)

509—1734—Zaragoza. El cronista Vidal y Micó


refiere lo que sigue: gD. Francisco de Córdoba, mar­
qués de Aguilar, hijo del conde ds Sástago, escribe
de su mano el siguiente prodigio en este año de mil
setecientos treinta y cuatro. Habiendo ofrecido a San
Vicente Ferrer visitarle todos los días en su casa del
Colegio de Zaragoza, y manifestar mi gratitud con
una limosna, si le merecía alcanzar de su Divina Ma­
jestad (por su intercesión) me curase de una quebra­
dura del lado izquierdo, uno de los días de la novena
que yo hacía al Santo, me hallé con el cintero o liga­
dura rota, siendo ésta de hierro y bastante fuerte, y
habiéndome después puesto otro, me pareció que era
falta de fe en el Santo, y volví de mitad del camino
a quitármelo, y habiendo ido sin él, no he hallado no­
vedad aún en los mayores y fuertes ejercicios. Y para
mayor calificación del milagro, llamé a un potrero
que tenía la ciudad para estas curas, y habiéndole pre­
guntado si tenía yo señales de rotura o de haberlo es­
tado, me respondió que no, habiendo practicado aque­
llas experiencias que tienen en su facultad. Este es el
hecho cierto del milagro y e! que me constituye a pu­
blicar lo mucho que a este Santo debo.» (Fages, par­
te 6.a, cap. VII; Vidal y Micó, pág. 330., col. 1; Tei­
xedor, Supl., ííb. IV, cap. VIII.)

510—1734—Maella (provincia de Zaragoza). Por


julio tuvo un ataque de alferecía Estéfana Roda, es­
posa de Silvestre Mas, El caso se declaró desesperado
por los médicos y la enferma se agravaba por momen­
— 409 —
tos, Tanto ella como su marido profesaban gran de­
voción a San Vicente Ferrer, y en este conflicto do­
loroso en que estaban, comenzaron a invocarle con
nuevo fervor. El Santo no se hizo sordo a estos rue­
gos, porque Estéfana, sin tomar más medicinas y con
asombro de los .médicos, se encontró enteramente
curada no bien encomendó su salud a tan excelso
protector. Este prodigio fué tan notable, que de él se
hizo un atestado jurídico. (Teixedor, Supl., lib, IV,
cap. XIII.)

511— 1734:—Trujillo. En este pueblo de la provin­


cia de Palencia ocurrió este año un caso gracioso. Su­
fría el pueblo una sequía tan grande que, aun para
beber, tenían que ir los vecinos muy lejos a traer
agua. Como la calamidad tenía trazas de persistir, el
Ayuntamiento y el Clero dispusieron que se sacase
la imagen de San Vicente Ferrer en solemne proce-
sión de rogativas y se celebrara un solemne novenario
en la parroquia de San Martín en honor del apóstol
valenciano. Se hizo el novenario y se sacó la santa
imagen, y, en efecto, llovió, pero poco. Para explicar­
se los vecinos este beneficio a medias, comenzaron
a decir que es que el Santo estaba enfadado porque
no se le sacó bajo palio, como era costumbre, la cual
prohibió el señor Obispo. El rumor corrió válido has­
ta el punto que de oficio se escribió al Obispo para
que otorgara el que San Vicente saliera bajo palio.
El Obispo accedió a esta súplica y volvió a sacarse
bajo palio la santa imagen, y llovió en abundancia.
Era aquel día el 23 de Septiembre. Al querer volver
la imagen de la parroquia al Convento, hubo de de-
sistirse, porque otra vez una lluvia torrencial, con es­
truendosos truenos, se desató sobre Trujillo, con la
- 410 —
particularidad de que en la plazoleta del Convento
no llovió ni una gota de agua. De esto se dió conocí’
miento al señor Obispo, y éste mandó que la traslación
se hiciera por la noche privadamente, luego que ce­
sara del todo la lluvia. No se avisó, pues, a nadie, y
llegada la noche se comenzaron los preparativos para
trasladar la santa imagen. Y en el punto mismo de
salir de la parroquia, sin saber cómo, el pueblo en
masa se presentó, llevando todos hachas encendi­
das, de forma que la traslación resultó un paseo triun­
fal de la imagen desde la parroquia al Convento. (Vi­
dal y Micó, Üb. VI, cap. último; Teixedor, Supl.,
lib. IV, cap. X III.)

512—1734— Carcagente. El vecino Francisco Ni-


coláu tenía la industria del gusano de la seda. Se culti­
van estos gusanos en salones altos de la casa, acondi­
cionados de cierta manera, corriente en aquellos pue­
blos de la provincia de Valencia, y que llaman ande­
nes. Era la víspera de la fiesta de San Vicente Ferrer,
y Francisco, visitando los andenes, quedó estupe­
facto, pues halló que todos los gusanos estaban re­
torcidos o babosos, como dicen por allá. Lo que equi­
vale a decir que la cosecha es perdida. La aflicción de
Francisco era inmensa; pero el Santo la convirtió
pronto en suma alegría. En efecto, una hija suya era
aquel año Hermana mayor o davariesa de la Cofra­
día de San Vicente, y en tal concepto guardaba la
imagen del Santo. Se le ocurrió, pues, llena de fe,
quitar la capa al Santo y posarla sobre todos los an­
denes, donde ios gusanos trabajaban sus capullos, y>
como por ensalmo, los gusanos comenzaron a revivir
y normalizarse en sus formas y trabajar con tal pri­
mor que, al fin, resultó-la cosecha de aquel año más
- 4U —
rica y abundante que los anteriores. (Vidal y Micó, y
Teixedor, ibíd.)

513— 1734—Coria. Con fecha 9 de julio, el ilus-


trísimo Sr, D. Miguel Vicente Cebrián, obispo de esta
ciudad, en carta a un Padre dominico de Zaragoza,
su pueblo natal, certifica los favores siguientes reci­
bidos de San Vicente Ferrer: Siendo él un niño, tuvo
la enfermedad de alferecía, y sin que los médicos le
pudieran curar, su familia lo recomendó al Santo, y
sin otra medicina curó; siendo mayor, le salieron unos
tumores de muy mala naturaleza, y habiéndose en­
comendado al Santo, los médicos y cirujanos, que no
se atrevían a operarle, se los extirparon al fin con
suma facilidad, quedando éstos grandemente sorpren­
didos de esto. Tales beneficios no pudieron menos de
aumentar en él la devoción que desde pequeño pro­
fesaba a nuestro Santo. (Vidal y Micó, págs, 377 y
476; Teixedor, Supl, lib. IV, cap, X III.)

514— 1735—Teruel. Por Junio, el limo, señor don


José Martina Scalzo} vicario general del Obispado,
fué atacado de la epidemia y con tal violencia, que,
no pudíendo los médicos atajar el mal, lo puso a las
puertas de la muerte. Había ya perdido los sentidos
y la razón; pero ésta la recobró la misma noche en
que todos le daban por muerto. Él, sin embargo, en
su interior se encomendó a San Vicente Ferrer, su­
plicándole le curase, y le prometió que, si íe curaba,
iría a pie a su capilla de la iglesia de Predicadores de
Valencia. No bien formuló esta promesa, cayó otra
vez en delirio y se figuró que un Padre dominico se
acercaba a su cama. Después, así enajenado, quedóse
plácidamente dormido hasta el amanecer, en que se
— 412 —
encontró del todo bueno y refirió él mismo aquel sue­
ño o alucinación que tuvo. El 12 de Agosto de aquel
año, él mismo también, en la información que se hizo,
atestiguó bajo juramento este prodigio. (Vidal y Micó,
pág. 501, col. 2; Teixedor, Supl., lib. IV, cap. X.)

515—1738—Calatayud. En esta ciudad se habían


levantado dos monumentos en honor de San Vicente
Ferrer en los mismos sitios que el Santo predicó cuan­
do allí estuvo, y para memoria de estas predicacio­
nes y de los muchos milagros que allí obró el Santo,
ambos se llamaban de San Vicente. Uno de estos mo­
numentos, conocido con el nombre de la columna de
San Vicente, domina un barranco o una sima de unos
cincuenta metros de profundidad. Este año ocurrió
allí un caso verdaderamente asombroso. La joven Ma­
ría García andaba distraída por el borde de aquel
precipicio y, sin poder evitarlo, rodó al fondo del
abismo. Sucedió esto en presencia de muchas perso­
nas que, al ver caer a la joven, dieron un grito de ho­
rror y comenzaron a invocar a San Vicente, para que
la libertara de tan evidente desgracia. Luego corrie­
ron al fondo del barranco para recogerla, y su espanto
fué mayor cuando hallaron a la joven tan buena y
sonriente y sin el menor dañoTcomo si nada hubiera
pasado. (Fages, parte 4.a, cap. VIH.)

516— 1739—Turín. For toda Italia el nombre de


San Vicente Ferrer fuá desde antiguo muy venerado,
porque el Santo, en mil partes y mil ocasiones, ha con­
cedido sus beneficios y dispensado sus prodigios: En­
tre otros documentos que se podrían traer para con­
firm ar esto, sólo haremos mención de una ordenanza
municipal de esta ciudad, capital del Piamonte. Lie-
— 413 —
va fecha de 18 de Mayo de este año, y en ella se lee
que la ciudad toma a San Vicente Ferrer por especial
Patrono, no sólo porque es grandísima la confianza
que todos los habitantes tienen en su patrocinio, sino
también por los múltiples prodigios que diariamente
hace en favor de la ciudad y, finalmente, porque este
mismo acuerdo está tomado por la mayor parte de
las ciudades de Italia. (Fages, parte 6.a, cap. IV.)

517—1740— Como. Es una ciudad de Italia que


tiene un monasterio de monjas benedictinas, llama­
do de Santa Margarita. En este monasterio, por Agos­
to de este año, había una religiosa enferma que los
médicos, después de agotar en ella todos los recursos
de la ciencia, hubieron de declarar que era imposi­
ble su curación, y así la desahuciaron. Acongojada la
Comunidad, se acordaron las religiosas del poderoso
auxilio de San Vicente Ferrer, y comenzaron a rogar
al Santo por la enferma, y ésta también le suplicó,
con grandísimo fervor, se dignara curarla. A poco de
recurrir a nuestro Santo, la enferma se reanimó y
al instante quedó sana y buena, tanto, que quiso des­
de luego abandonar el lecho. No se le permitió, sin
embargo, porque parecía tener una debilidad extre­
ma; pero ella insistió y al fin obtuvo de la Superiora
que se le dejara levantar. Entonces vieron todas que.
la curación había sido completa, pues habían desapa­
recido los más insignificantes síntomas de enferme­
dad, El 18 del mismo mes y año, los médicos de
cabecera firmaron un acta, que entregaron a la
autoridad eclesiástica, donde juraban que, según sus
conocimientos, esta curación fué del todo milagrosa,.
(Fages, parte 6 a, cap. IX.)
— 414 —
518—1749—Fagnano. La religiosa del Convento
de esta villa de Italia, Sor María Cayetana Dragoni
Faetína, poco después de profesar comenzó a sentir­
se mala, y al fin los médicos declararon que tenía un
tumor en el vientre, el cual, por necesidad, le había de
producir en breve la muerte. Nada, en efecto, la ali­
viaba e iba de mal en peor; se le formó otro tumor en
el pecho izquierdo y estaba notablemente deforma-
-.da y llena de angustias continuamente, pues no po­
día estar sino boca arriba, y, aun así, sufriendo mu­
chos otros males de la vejiga y aparato respiratorio,
que era milagro no la mataran. Los médicos la des­
ahuciaron. La enferma y toda la Comunidad no ce­
saban de llamar a San Vicente Ferrer en este con­
flicto. La noche de Navidad de este año Sor Cayetana
tuvo como un sueño. Se le figuraba que de repente,
abriéndose la puerta de su celda, entró San Vicente,
con un porte muy majestuoso, y, acercándose a su
lecho, le dijo: «¿Qué quieres de mí?» La enferma, al­
borozada al ver al Santo, exclamó: «¡Ah, mi amado
San Vicente! Yo os ruego me alcancéis paciencia en
mi grande mal. Libradme de él o haced de manera
que el Señor me llame a Sí, porque en este estado yo
no puedo vivir.» El Santo respondió: «Quiero hacerte
esta gracia.» Y sacando de su pecho una cruz colo­
rada, bendijo con ella a la enferma y desapareció.
«De allí a poco me desperté, dice Sor Cayetana, y,
poniendo mt mano sobre mi cuerpo, conocí que ya
no estaba hinchado ni desmedido, sino sano, de modo
como si no hubiese padecido mal alguno.» Efectiva­
mente, estaba curada deí todo. Así que, llamando a
Sor Lucrecia Canoli, que la asistía aquella noche, toda
llena de gozo comenzó a contarle esta visión y pedir­
le *-la ropa para vestirse, como lo hizo sin ayuda de
— 415 —
nadie. Toda la Comunidad se levantó asimismo al­
borozada, y cuando los médicos vinieron al otro día
quedaron estupefactos de tal repentina curación. Este
milagro fué autenticado por el Rmo. D. Antonio Can-
toni, obispo de Faenza, a que Fagnano pertenecía;
el expediente formado lleva la fecha de 9 de Abril
de 1750. (V ida portentosa de San Vicente Ferrer „
lib. IV, cap. IV.)

519—1752—Savigliano. En el siglo x v e i i , esta ciu­


dad italiana fué grandemente afligida por una como
peste que los médicos italianos llamaron influsso. Sin
duda de esta voz se ha derivado la que ya todos ad­
miten en castellano: influenza , Todos los vecinos, mo­
vidos por un movimiento unánime, que se tuvo por
milagroso, acudieron a impetrar la protección de San
Vicente Ferrer, y entonces el milagro fué patente: la
peste cesó al instante. Agradecida la ciudad por tan
insigne beneficio, acordó este año que el Santo se
declarara Copatrono de Savigliano y todos los años
se le hiciera una función solemnísima, a la que de­
bían acudir y asistir todos los magistrados del pueblo.
Así se hizo. Dos años más tarde mandaron que la
fiesta del Santo comenzara a solemnizarse la víspera,
anunciándola con el toque de ia campana mayor de
la Torre Heroica, la cual allí llaman Tribodeita, y sólo
se toca en las grandes solemnidades. El año 1774,
como el Santo continuara dispensando su protección
a aquellos moradores, se organizó y celebró en su
honor un Triduo solemnísimo, implorando a la vez
del Santo que remediara al pueblo en una gran se­
quía. Y fué también prodigioso que, terminado el
Triduo, comenzó a llover en la medida que deseaban
los de Savigliano. (Fages, parte 6.a, cap. IX.)
— 416 —
520—1754—Valencia. Un sujeto llamado Gaspar
Martínez, de oficio albañil, cayó gravemente enfer­
mo. Su dolencia era caso desesperado y los médicos
lo daban por muerto. El enfermo, sin embargo, muy
devoto de San Vicente Ferrer, no cesaba de pedirle
le curase, y con este mismo fin mandó que le trajeran,
para beber, agua del pocito de la casa donde nació el
Santo. Comenzó a beber con mucha devoción esta
agua, y al instante se halló fuera de peligro y poco des­
pués curado enteramente. En agradecimiento de tan
claro favor, a sus expensas renovó toda la fachada
de la casa natalicia del Santo, que, como es sabido,
está convertida hoy en iglesia, con habitaciones para
el capellán. (Vidal y Micó, lib. I, cap. Ií.)

521—1755—Valencia, El día 21 de Junio, en la ca­


lle del Mar, plazoleta que dicen deis A m s o Anzuelos,
se estaba levantando el acostumbrado altar de San
Vicente Ferrer para las fiestas del tercer centenario
de su canonización. Uno de los oficiales operarios se
había encaramado a las altas traviesas, y de repente
dió un traspié y cayó de aquella altura con gran apa­
rato, yendo de cabeza directo a estrellarse en el suelo;
pero en el mismo instante de caer exclamó: «¡Padre
San Vicente!», y quedóse cogido del empeine de un
pie, teniendo todo el cuerpo en el aíre. Una vende­
dora de refrescos que estaba debajo y sobre la cual
iba a caer irremisiblemente aquel infeliz, comenzó a
gritar: «¡Padre San Vicente, ahora es hora, salvadle!»
El obrero, suspendido tan trágicamente en el espacio,
muy sereno gritó también, dirigiéndose a la mujer:
«No tengáis miedo, que no caeré.» Y, en efecto, así
colgado en el aire estuvo hasta que, subiendo sus com­
pañeros, le cogieron y bajaron. El gran susto que lie-
— 417 —
vó y una herida en el pie de que estuvo colgado, le
causaron un trastorno ta n grande en su salud, que
le pusieron en trance de muerte. Así fué que le lle­
varon al Hospital casi desahuciado. Él, sin embargo,
fiaba en que San Vicente le curaría, aunque tuviera
que hacerse otro milagro, Y no se equivocó. A poco
de ingresar en el Hospital y hacerle una cura, recobró
en el acto la salud tan perfectamente, que el día 29,
que era el de la fiesta, ya pudo ir en la procesión so­
lemne del Santo, que ese día recorrió casi toda la ciu­
dad. (Teixedor, lib, III, cap. XV; Tarifa, Ms. de las
fiestas , fol. 59, parte 2.a, cap. XIX.)

522—1755—Valencia. Con motivo de las fiestas


centenarias de la canonización de San Vicente Fe­
rrer, como se dice en el milagro anterior, se adornaba
también, con gran pompa, la capilla del Santo en la
iglesia del Real Convento de Predicadores. Entre otras
cosas primorosas, se había hecho un rico y soberbio
cuadro, pintado sobre cristal, de gran tamaño, con
marco de madera tallada exquisitamente y compuesto
de muchas lunetas, espejos y vidrios pintados. Este
hermoso cuadro se colocó en ia parte superior del reta­
blo, colgado de un clavo de gran calibre. Estando ya
así colgado, se quiso clavar otros dos clavos más que
le sirvieran de soporte, y estando en esta operación ce­
dió el clavo superior y el cuadro fué rodando por entre
el andamiaje hasta dar estrepitosamente sobre el suelo.
Fué esto causa de grandísima aflicción entre las per­
sonas que lo presenciaron, pues todos, como era na­
tural, pensaron que la joya se hizo trizas sobre el
pavimento. Pero no fué así. Con gran sorpresa de
todos y placer inenarrable, se vió que el cuadro no
había sufrido ei menor desperfecto; ni un solo espe-
LOS MILAGROS D £ SAN VI C E N T E F E R K É R 27
„ 418 —
juelose rompió, ni una tilde se había descascarillado
el dorado, ni un rasguño había sufrido la pintura.
(Teixedor, lib. III, cap. XV; Tarifa, ibíd.)

523—1755—-Valencia. Muchos milagros y prodi­


gios se obraron durante las fiestas que esta ciudad
dedicó a San Vicente Ferrer, conmemorando el ter­
cer centenario de su canonización. Y terminadas és­
tas, parece que el Santo quiso dejar como una estela
admirable de la protección que a Valencia en aquellos
días había dispensado. En efecto, el caso que vamos
a referir lo prueba. En la carroza del Gremio de Cor­
tantes, la cual formaba en la grandiosa retreta o pro­
cesión cívica, uno de los puntos más culminantes del
programa de aquellas fiestas, iba una estatua o ima­
gen del Santo, no muy artística por cierto, la cual
vistieron con hábito dominicano, hecho de papel grue­
so, embreado y pintado de blanco, y la capa de negro.
Al desmontar la carroza, esta imagen se guardó, con
algún respeto, en la casa del Gremio de dicho oficio.
Entre los muchos que iban a la casa del Gremio y fi­
jaban su atención en la imagen, hubo un anciano
que sufría, hacía tiempo, pertinaces cuartanas. Un
día se conmovió tanto mirando la imagen, que dijo-
dirigiéndose al Santo; «¡Padre San Vicente! ¿Por qué
no me curáis siendo así que hacéis tantos milagros?
Yo quisiera llevarme a mí casa vuestra imagen, y bien
la cuidaría; pero ya que no puedo, voy a llevarme
un pedacito de su hábito,» Y diciendo esto, como na­
die le observara, furtivamente cortó un pedazo de
aquel hábito de papel y se lo llevó con grande fe y
fervor. Al llegar a su casa se halló libre por completo
de su dolencia y nunca más tuvo aquellas fiebres y
racutanas. Divulgado el prodigio, la Cofradía o Gre-
— 419 —
mío de Cortantes determinó vestir con lujo aquella
imagen del Santo y colocarla en el a lta r de la Cofra­
día, Se hizo así, y el 30 de Enero del año siguiente se
colocó con solemnidad extraordinaria en el altar, pre­
dicando en la Misa el mismo P. Tarifa, que es quien
nos ha dejado consignado en su crónica este suceso.
(Teixedor, lib. III, cap. XV; Serrano, R elac., pág. 295.)

524— 1756—Valencia, Entre Marzo y Abril se a d ­


miró por todos otro de los grandes beneficios que San
Vicente Ferrer hace a sus devotos. Un niño, que vino
al mundo encanijado y enfermizo en extrem o, tuvo
otra mayor desgracia: la de quebrarse y de una caída
abrirse la cabeza. E ra gravísimo su estado de salud
y los médicos declararon que el niño no tenía cura,
se moría sin remedio. El padre de esta infeliz criatu ra
pidió con muchas lágrimas a San Vicente que se dig­
nara salvar a su hijo, y, con la firme esperanza de
que el Santo despacharía favorablem ente sus ruegos,
fuése a traer un poco de aceite de la lám para que con­
tinuam ente ardía delante de la prodigiosa imagen
del Santo, venerada por la Cofradía o Gremio de Cor­
tantes. Llegado a su casa, con este precioso bálsamo
ungió la cabeza, vientre y espaldas de su pequeño,
y repentinam ente el niño quedó curado de todas
sus graves dolencias, sin que se le conociera que las
había tenido, (Teixedor, lib, III, cap, XV,)

525—1757—Valencia, En la segunda sem ana del


mes de Febrero, San Vicente Ferrer otorgó otro in­
signe favor, por medio de su prodigiosa imagen de
los Cortantes. U na mujer sufría grandes y agudos do­
lores y angustias vehementes, a causa de unos flujos
de sangre que venía sufriendo hacía ya mucho tíem-
— 4 20 —

po. Aconsejada por varias personas, fué y oró ante la


dicha veneranda imagen. El hombre que cuidaba de
éste, que era ya un rico tesoro en Valencia, enterado
por la interesada de cuanto sufría ésta, le dijo que
tuviera fe en el Santo, y le dio un poco de aceite de
aquella lám para que de continuo ardía ante la im a­
gen. La mujer, después de su oración, fuése muy sere­
nada a su casa, llevando este aceite con más regocijo
que si llevara un regalo riquísimo. Llegada que fué
a su morada, ungióse con él y al instante le desapare­
cieron sus dolores y achaques, y nunca ya los tuvo.
(Teixedor, lib. I li, cap. XV.)

526— 1757—Valencia, H abía un hombre entera­


mente sordo, el cual quedaba gratam ente asombrado
siempre que le referían los grandes favores que San
Vicente Ferrer dispensaba a sus devotos por medio
de su milagrosa imagen, llam ada de los Carniceros o
Cortantes. Un día se fué delante de esta imagen y,
arrodillado y m uy confiado, comenzó a pedirle al
Santo que se dignara alcanzarle de Dios este precioso
sentido del oir. El -sacristán de la capilla donde es­
taba esta milagrosa imagen se acercó al sordo y,
enterado por éste de lo que pedía al Santo, comenzó
a exhortarle y persuadirle que ungiera los oídos con
aceite de la lám para del Santo, El sordo, muy conmo­
vido, así lo hizo, y al instante le desapareció la sordera
y salióse el afortunado devoto dando gritos de alegría
y contando a todos este milagro, con sus detalles, con
lo que toda la plaza de Pellicers y todo el barrio aquel,
donde el sordo era popularísimo, llenáronse de rego­
cijo, y pronto se divulgó por toda la ciudad esta m ara­
villa. Ocurrió este hecho por Julio de este año. (Tei­
xedor, lib. l í l , cap. XV.)
— 421 —

527— 1757—Valencia. Un día llevaban a un po­


bre hombre forastero com pletam ente loco para en­
cerrarle en el Hospital general de la ciudad, donde
entonces estaba instalado el manicomio que hoy exis­
te en el exconvento llamado de Jesús. Cuando lo
pasaban por frente a la capilla de San Vicente Ferrer,
del Gremio de Cortantes, donde se veneraba la pro­
digiosa imagen de nuestro Santo, los que le condu­
cían tuvieron la ocurrencia de entrarle allí, y muy
devotos oraron un rato por éi ante la bendita imagen.
Debió ser aquella ocurrencia una inspiración del cielo,
pues a los pocos momentos de orar y ungir al dem en­
te con aceite de la lám para vieron con estupor que
el loco recobró la razón tan por entero, que hubieron
de dejarle libre. Ei afortunado forastero iba ahora
fuera de sí, lleno de alegría, refiriendo a todos este
gran prodigio que en él hizo el bienaventurado San
Vicente, (Teixedor, lib. III, cap. XV.}

528— 1782— Valencia. En el Convento de Santa


Catalina de Sena ocurrió este prodigioso suceso. Sor
Antonia del Real estaba baldada hacía ya 27 años.
Este año, por el mes de Enero, se inauguraba en la
iglesia de Predicadores la hermosa capilla dedicada
a San Vicente Ferrer, la cual es lo único que ha que­
dado sano de aquel por mil títulos glorioso templo,
y ahora sirve como parroquia’castrense. Sor A ntonia
era muy ferviente devota del Santo y gozaba mucho
con las noticias que le daban sobre la capilla tan rica
que se iba a inaugurar en su honor. Así pensando en
el Santo, se le ocurrió pedirle que, para ese día 7 se
dignara otorgarle la curación de su enfermedad. Lo
dijo a la Priora y demás religiosas, y, para más obli­
gar al Santo, quiso comulgar en ese día. P ara esto,
— 422 —

la víspera llamó al Provincial de los Dominicos para


que la confesara y se uniera a sus oraciones. Al am a­
necer, en efecto, le llevaron la santa Comunión, y
cuando poco más tarde oyó el repique general de
campanas anunciando a la ciudad la inauguración de
la capilla, redobló sus súplicas al Santo, y en el mismo
instante sintió una voz interior que le decía: «Anda,
que estás ya bien.» Y, en efecto, bien estaba, porque
por sí sola se echó de la cama y medio vestida corrió
al coro, donde estaba la Comunidad, gritando: «¡Ya
estoy buena! (San Vicente me ha curado!» Las religio­
sas, estupefactas, suspendieron el rezo de ías Horas
Canónicas; luego, repuestas de su asombro, term ina­
dos los divinos oficios y vestida convenientemente
Sor Antonia, cantaron solemne Tedeum en acción de
gracias. Este prodigio fué ampliam ente examinado y
autenticado por la Curia. En memoria de él, todos los
años, en la iglesia de Santa Catalina de Sena, se canta
una Misa solemne, con sermón, en el cual el predica­
dor debe relatar este acontecimiento. Yo he leído la
información canónica original que se hizo por la Curia
y predicado este sermón varios años, del 1900 al 1910.

529— 1783— Fabriano (Italia). Los vecinos de este


pueblo eran devotísimos de San Vicente Ferrer, y ya
muchas veces el Santo había premiado su devoción
otorgándoles grandes beneficios públicos y privados.
En las fiestas que todos los años le dedicaban eran
singularm ente fervorosos, y tal confianza tenían en
la protección del Santo, que mayor apenas podemos
encontrarla. Una prueba clara es este caso. El año
1783 celebraban las fiestas acostum bradas, de las
que formaba parte m uy principal una procesión so­
lemnísima en que llevaban al Santo, vitoreado a cada
— 423 —
paso. Sucedió esta vez que, al ir a salir la procesión,
se encapotó el cielo de forma que la lluvia era inmi­
nente. Nadie, sin embargo, se retiró; antes todos uná­
nimes pidieron al Santo que les permitiera sacarla,
y con esta sola precaución se lanzaron á la calle, obs­
curecido del todo el horizonte. La procesión, en efec­
to, fué tan lucida como si en el cielo brillara un sol es­
plendente, y cuando terminó y todos se habían ya
retirado, fué tan grande la lluvia que cayó, que se vió
patente que el Santo había mandado a las nubes que
se contuvieran. De este hecho se formó una relación
auténtica que se envió de oficio a Roma. (Fages, par­
te 6.a, cap. IX.)
CAPÍTULO X X II

PRODI GIOS Y FAVORES CONSEGUIDOS POR LA I N T E R ­


CESIÓN DE SA N VICEN TE FERRER D U R A NT E EL S I ­
GLO X IX Y LO QUE VA DEL- X X .

530—1809—Salamanca. El Convento de San Es­


teban de Salamanca, «verdadera ciudad, dice Fages,
dentro de otra ciudad, fué salvado por Vicente
Ferrer a principios del último siglo, cuando la in­
vasión francesa. El general Monpetit, bretón, entró
en Salamanca el 11 de Noviembre de 1809, y pre­
guntó qué significaba aquella cruz en medio de una
colina desierta. Le respondieron:—Es el crucero de
San Vicente Ferrer {donde él hizo que una muerta
atestiguara que él era el Angel del Apocalipsis).—
San Vicente Ferrer murió en Bretaña. No se nece­
sitó más para que el general ordenase instalar allí
un hospital, es decir, la salvaguardia, y por una pro­
videncia inexplicable este Convento ha sido el único
que escapó a las sacrilegas expoliaciones de 1835».
Hoy lo han vuelto a habitar sus verdaderos dueños,
los Padres Dominicos. Sin desmentir a Fages en lo
de la protección del Santo a este Convento, debemos,
sin embargo, rectificar la equivocación en que está.
No sólo San Esteban, sino otros muchos Conventos,
se escaparon de la expoliación del 35. La afirmación
rotunda del P. Fages es una de tantas genialidades
suyas, que hemos observado en su tan hermosa y
razonada H isto ria de la vida de S an Vicente F errer ,
(Fages, parte 3.a, cap. X.)
— 425 —

531— 1820— Nápoles. En los primeros años del si­


glo pasado, y después que el hermoso santuario o tem ­
plo llamado de S an ia M a ria delta S an itii había esta­
do abandonado, los Religiosos Menores Observantes
se hicieron cargo de él, y como allí se veneraba de a n ­
tiguo el culto de San Vicente Ferrer, fué m uy grande
la alegría que ocupó a los devotos de nuestro Santo
al ver que otra vez su culto tom aba incremento bajo
la dirección de los hijos de nuestro P. San Francisco.
Singularm ente se regocijaba de esto el sacristán de
aquella iglesia, que era un delirio el que tenía por San
Vicente. Y llegó su exaltación a lo sumo, como lo
m uestra este caso. Se había subido al cam panario
a voltear las cam panas para celebrar tan gran
acontecimiento, y lo hizo tan lleno de entusiasmo y
gozo que, en un descuido, el infeliz fué enganchado
y bamboleado por la cam pana. Ya iba a salir impeli­
do para estrellarse sobre el piso de la plaza, con espan­
to de todos los que allí estaban, cuyo terror puede
calcularse. Pero instintivam ente invocó a San Vicen­
te, y en el mismo momento recobró la serenidad y
posición natural, como si nada hubiera ocurrido. Este,
que todos aclamaron milagro de San Vicente, se ha
conservado, además de la relación auténtica, en un
cuadro pintado que se conserva en aquel tem plo.
Lleva fecha de 1820, (Fages, parte 6 .a, cap. IX.)

532— 1836— Nápoles. E sta hermosa ciudad ita ­


liana sufrió este año una de las mayores calamidades
que más aterran a los pueblos: la invasión de una epi­
demia desoladora. Para conjurar el mal, se tom aron
todas las medidas que la ciencia aconseja y se recu­
rrió al favor del cielo, por medio de rogativas y otras
funciones religiosas; pero la peste iba en aum ento.
— 426 —

La ciudad en peso acudió entonces a invocar-la pro­


tección de San Vicente Ferrer, que ya, en otras oca­
siones, había mostrado su valimiento en favor de los
napolitanos. Y ¡caso sorprendente! en el mismo instan­
te que se le suplicó ía peste cesó y ni un caso más pudo
registrarse, quedando Ñapóles en breves momentos re­
puesta de tan justo pavor. Para conmemorar este pro­
digio y rendir gracias al Santo, se celebró en su honor
una fiesta solemnísima, y el 30 de Abril de 1838 se
declaró a San Vicente P atrón de la ciudad y se fun­
dió una estatua suya de plata, cuyo coste se calcula­
ba en unos 7.000 francos. E sta estatua forma parte
del tesoro de la Catedral. El A yuntam iento, en ins­
trum ento público, dejó consignadas todas estas no­
ticias. (Fages, parte 6 .a, cap. IX.)

533— 1850—San Andrés (Italia). Un sujeto lla­


mado Cayetano, adm inistrador que era de este pue­
blo, profesaba a San Vicente Ferrer una devoción
grandísima. Un día iba en un carro y, sin saber cómo
Tii por qué, inesperadam ente volcóse el carro, y Caye­
tano cayó y fué rodando al fondo de un barranco o
torrente lleno de grandes piedras. Sin remedio allí
tenía que estrellarse, pero despedido del carro y vol­
teando hacia aquel abismo, gritó: «¡San Vicente ben­
dito, salvadme!>>, y, en efecto, el Santo le saivó, pues
al caer en el fondo del precipicio se encontró sin la
menor lesión. En agradecim iento y para eterna re­
cordación de tan singular dispensación, costeó de su
bolsillo una preciosa capilla del Santo en el pequeño
Convento de aquel pueblo, y además dejó fu ndada
una fiesta anual a San Vicente. Este Cayetano m urió
hace aún pocos años, según dice Fages, que escribía es­
ta noticia por los años 1892, (Fages, parte 6 .a, cap. 1X.)
— 427 —

534—¿1850?— Nápoles. Por demás maravilloso es


el caso que sigue, ocurrido a mediados del siglo pa­
sado. Un día el rey Fernando II estaba solo en su
despacho, ocupado en les asuntos de su cargo, y de
repente o im provisadam ente, y sin hacerse anunciar
de nadie, entró en su despacho un religioso dominico,
el que, después de los saludos de cortesía, le entregó
un memorial, rogando al Rey, con gran serenidad y
entereza, que se dignara despacharlo sin demoras y
en conformidad con lo que en el memorial se decía,
y, sin más hablar, el religioso se despidió del Rey y
salióse. Por más que Fernando II am aba mucho a
todos los Dominicos del Convento de Nápoles, que
él llam aba su C onvenio „ se disgustó, sin embargo, y
en su interior calificó de ruda im pertinencia la tan
repentina y, al parecer, descortés entrada del religioso
en su cámara. Para corregirlos por esta perm isión que
suponía habían hecho al religioso, llamó en seguida
a sus guardias, pero éstos afirm aron unánimes y cons­
tantes que no habían dejado pasar a nadie ni habían
visto que entrase hombre alguno en el real gabinete.
Se hicieron entonces indagaciones preguntando a los
porteros de Palacio y a toda la servidum bre, y todos
dijeron lo mismo: que allí no había estado religioso
alguno. Preocupado el Rey, y hasta medio encoleri­
zado, se fué al Convento de los Dominicos y preguntó
al Prior: «¿Cuál de vuestros religiosos ha ido hoy a
verme a Palacio?» El Prior le contestó que no sabía
que hubiera salido de casa ningún religioso, ni para ir
a Palacio ni para nada. Y con el fin de satisfacer al
Rey, mandó que acudiera allí mismo toda ía Comuni­
dad, para que el Rey viera a todos y señalara al que
había estado en Palacio. Puestos todos los religiosos
delante del Rey, éste dijo al Prior: «Efectivamente,
— 428 —

ninguno de estos religiosos es el que hoy me ha lle­


vado un memorial y hablado sobre él. ¿Qué misterio
habrá en esto, reverendo Padre?» El Prior pensó que
bien podría, en efecto, haber de por medio algún pro­
digio del cielo, de los muchos que la historia refiere,
en especial la de San Vicente Ferrer. Y, sin comunicar
su pensamiento, dijo al Rey: «Señor, podríamos bajar
a la iglesia, a ver si allí encontramos escondido a ese
religioso.» Bajaron, pues, y al pasar por delante de
un cuadro de San Vicente Ferrer, el Rey se paró a d ­
mirado y señalando al cuadro dijo: «P. Prior: ved,
este religioso es el que hoy ha ido a mi despacho y
me ha entregado el memorial.& Visto el portento, se
volvió el Rey a su Palacio, y con avidez y devoción
leyó aquel papel. En él se pedía por una pobre viuda
un destino para su hijo, del cual pudiera sacarse lo
necesario para vivir decorosamente la familia. El
Rey otorgó en el acto lo que se le pedía en el escrito;
al hijo de la viuda dió un honroso y bien retribuido
empleo, y a una hija de la misma la colocó en un cole­
gio para su educación e instrucción.
Este prodigio tuvo por origen la fe y grandísim a
devoción que aquella piadosa m ujer tenía puesta en
la poderosa intercesión de nuestro Santo. De todas
las puertas a que había llamado para que la socorrie­
ran, fué rechazada sin esperanza de socorro; en su
desolación escribió al Rey el consabido memorial;
pero «¿quién lo llevará al Rey?», se preguntaba, y
no acertaba la infeliz a responder a esta pregunta.
En tal conflicto invoca a San Vicente, va decidida
adonde está su imagen, y llena de fe, dejando el me­
morial al pie de la santa imagen, dice al Santo: «Aquí
os dejo esto, Santo mío, para el rey Fernando. Vos
encargaos de que lo despache favorablemente.» Y
— 429 —
como era piadosa y todo lo hacía resignada en manos
de Dios, Dios Nuestro Señor la ayudó visiblemente,
disponiendo que el Santo cumpliera al pie de la letra
el encargo que se le hizo, ¡Cuán cierto es que la fe ver­
dadera hace milagros! (Fages, parte 6 .a, cap. IX.)

535— 1860—Valencia. Un hombre tuvo la des­


gracia de que se le atravesara una espina en la gar­
ganta, Los médicos y cirujanos trabajaron en balde
para sacársela. Con esto el infeliz fué presa de fiebre
y trastorno general de su salud, hasta el grado de
que se le desahuciara. Como en Valencia se tiene en
gran veneración el agua del pozo de la casa natalicia
de San Vicente Ferrer, como remedio supremo e in­
vocando sobre el enfermo ia protección del Santo, le
dieron a beber de esta agua, y en el mismo punto que
bebió quedó enteram ente curado y bueno, como sí
nada le hubiera ocurrido. Este prodigio sucedió el
14 de Julio. De él se pintó un cuadrito que está co­
locado entre los muchos exvotos que penden de las
paredes del patio, donde está el pozo milagroso, co­
nocido en Valencia por el P o d io , Yo mismo he visto
este cuadro y leído en él esta curación, como las de­
más que voy a citar,

536— 1861—Valencia. En la m asía o alquería lla­


mada del R u llo, un perro rabioso mordió a Vicente
Pérez, el día 16 de Abril. Son estos accidentes de con­
secuencias fatalísimas, y de ahí el pavor que causan
muy justam ente. El cuitado Pérez, en medio de su
tristeza y dolor, invocó de corazón a San Vicente Fe­
rrer y comenzó a beber con fe del agua del Pocito, y ai
poco curó radicalm ente y nunca más sintió los efectos
de aquella m ordedura. (Testimonio escrito en el P o d io .)
— 430 —
537— 1873— Barcelona, D.a Isabel Moreno, de edad
de 76 años, hallábase enferma y ningún remedio hu­
mano la aliviaba. Se agravó al extremo de que se te ­
mió que no saldría de aquella dolencia. Ya estaban
todos persuadidos de que se moría, cuando ella, con
mucha fe, comenzó a encomendarse a San Vicente
Ferrer, pidiendo que la curara, si era del servicio de
Dios su curación. Desde este momento ya no quiso
tom ar medicinas, fiada en ]a poderosa protección del
Santo, el cual, en efecto, a los pocos días, y cuando
menos ella lo esperaba, la curó repentinam ente, sin
que le quedara rastro de su enfermedad. Esto ocurrió
el 7 de Marzo. (Idem, ídem.)

538— 1881— Manises (Valencia). Este año sufrió


la provincia de Valencia en especial el azote terrible
del cólera y fueron muchas las víctimas que hacía.
Entre otras, se apoderó de la joven de 16 años María
Royo y Sanchis, la cual, m uy confiada en San Vicente
Ferrer, cuya devoción en Manises está muy arraiga­
da, le invocó, suplicándole la librara de aquella m uer­
te tan cierta que la amenazaba. Y en el mismo ins­
tan te se sintió buena y libre del cólera, que ya nunca
más lo ha vuelto a tener. (Idem, ídem.)

539—1882—Valencia. La niña Concepción Aixa


T arazona se hallaba enferm a por Marzo de este año,
y para obtener de San Vicente Ferrer la curación le
cortaron el cabello, y en un cuadrito de industria pre­
parado lo colocaron y llevaron al Pocito. El Santo
pagó este fervor curando a la niña, sin otros remedios
de la tierra. Este cuadrito aun pende de aquellas pa­
redes, y la escritura que tiene reza así: «Este cabello
es de Concepción Aixa Tarazona, de 12 años de edad,
— 431 —
que se lo dedica a San Vicente Ferrer, para que se
digne curarla de la enfermedad que padece.» (ídem ,
ídem.)

540—1883—Valencia. E ntre los buenos valencia­


nos se ha venido transm itiendo, por varios siglos,
como cosa segura, la promesa de San Vicente Ferrer
de que nadie, dentro de la ciudad de Valencia, mo-
rirá de rayo. El P. E. Fages, historiador ultracrítico
de nuestro Santo, analizador escrupuloso de sus he­
chos, los cuales no adm ite jam ás sin que él mismo los
haya comprobado ser verdad, escribe sobre esta tra ­
dición, en su obra m onum ental H isto ria de !a v id a de
S a n V icente F errer, lo que sigue: «He aquí lo que yo
he presenciado el lunes 2 de Abril de 1883, día en que
se celebra la fiesta de San Vicente Ferrer (sería aquel
año, pues es fiesta movible, asignada en el reino de
Valencia al lunes siguiente al día octavo de Pascua).
Hacia las cuatro de la tarde se extendió sobre el cie­
lo, siempre azul, de Valencia, una nube cenicienta,
pesada y triste; el aire abrasaba; la brisa del mar
cayó por completo como desalentada, y estalló de
repente una violenta tem pestad. Jam ás he visto re­
lámpagos tan fulgurantes ni oído truenos tan horro­
rosos y tan frecuentes: cayeron cuatro rayos, uno de
los cuales destruyó el tejado de una casa y derribó a
dos personas, que pudieron levantarse sin más ac­
cidente que el susto. Pero vi a un niño al que el fluido
eléctrico hirió de tal modo que, en circunstancias nor­
males, hubiera quedado muerto, pues tenía los cabe-
líos quemados, una herida profunda en la oreja y una
ancha quem adura a modo de banda negra que se
extendía desde la espalda a la clavícula izquierda.
Derribado por el golpe, permaneció asfixiado como
— 432 —
un cuarto de hora, y una hora después jugaba con
sus compañeros, de lo cual quedaron asombrados los
médicos, haciendo constar el hecho el Arzobispo en
la sum aria que se formó,»
H asta aquí, pues, la tradición parece confirmada
con hechos; pero es el caso que el S de Diciembre
de 1906, un joven que volteaba las cam panas de la
parroquia de Santa Cruz de Valencia cayó herido de
un rayo en la torm enta que ese día sufrió la ciudad, y
al siguiente se enterró a aquel infeliz, dejando en
consternación a todos por ver desm entida la tra d i­
ción sobredicha. Vamos a razonar un poco sobre el
particular.
¿Quiere decir el hecho referido del muerto por el
rayo en el cam panario de Santa Cruz que, en efecto,
ha salido fallida la profecía o promesa que San Vi­
cente, según tradición, hizo a los valencianos? Sa­
bido es de todos los medianam ente instruidos en la
historia de la Religión, que Dios Nuestro Señor pro­
mete siempre, contando con que los hombres no pon­
gan obstáculos de rebelde voluntad a los designios
de su misericordia, llenando la medida de su divina