Está en la página 1de 9

LA POBLACIÓN MUNDIAL POR ARANGO

La teoría de la transición demográfica


La denominada teoría de la Transición Demográfica, formulada en las décadas centrales del siglo XX, sostiene que, como
consecuencia del desarrollo económico, las poblaciones de los diferentes países y regiones, y eventualmente la del
planeta en su conjunto, experimentan una evolución que las conduce desde un régimen demográfico presidido por altas
tasas de mortalidad y natalidad a otro en el que ambas tasas son bajas. El punto de partida es un equilibrio demográfico
de alta presión y alto gasto humano: nacen muchos individuos y mueren muchos; el de llegada, otro en el que tanto la
presión como el gasto humano son bajos: nacen pocos y mueren pocos. Entre uno y otro, en lo que constituye la
transición propiamente dicha, se produce un período de desequilibrio en el que la población crece deprisa, como
consecuencia de la diferente cronología en el descenso de las tasas vitales: la de mortalidad declina antes que la de
natalidad, y ello es lo que da lugar al período de desajuste entre ambas que se traduce en un crecimiento de la
población mucho más rápido que el habitual. Aunque de duración variable, ese desequilibrio, ingrediente decisivo de la
teoría, suele prolongarse durante unos cuantos decenios, hasta que el posterior declive de la natalidad termina por
restaurar el equilibrio, esta vez en niveles bajos.
En la descripción de la transición acostumbran a distinguirse cuatro estadios. En el primero, antes de que se inicie la
transición, tanto la mortalidad como la natalidad son muy elevadas, y la diferencia entre ellas exigua (pequeña) y
fluctuante. El factor decisivo, en gran medida ajeno a la voluntad humana y derivado sobre todo de las malas
condiciones de vida determinadas por el escaso desarrollo de la ciencia y la tecnología, es la alta mortalidad. El
segundo estadio que se corresponde con el inicio de la transición propiamente dicha comienza con el descenso de la
mortalidad, mientras la natalidad continúa elevada. Trascurrido algún tiempo, generalmente unos decenios, la
natalidad comienza a descender, mientras la mortalidad continúa descendiendo. Es el tercer estadio. En el cuarto,
ambas tasas vitales se estabilizan en niveles bajos, la distancia entre ambas se reduce de nuevo y, en consecuencia, el
crecimiento disminuye. En este estadio se supone que la natalidad fluctuará más que la mortalidad y devendrá la
variable crítica.

La primera transición demográfica


Como se ha dicho, la transición demográfica no se inició en tiempos recientes, hasta el siglo XVIII. Tanto la mortalidad
como la natalidad eran muy elevadas, y la diferencia entre ellas exigua, aunque fluctuante por las fuertes oscilaciones
de la mortalidad. La esperanza de vida no solía superar los 25 años. A ese bajo tenor contribuía la mortalidad en los
primeros años de la vida: la mitad de los nacidos no llegaba a cumplir los cinco años. Las insuficiencias alimenticias y las
malas condiciones higiénicas y sanitarias deparaban una mortalidad elevada en los años normales; las hambrunas, las
guerras y las epidemias la convertían, esporádica pero recurrentemente, en catastrófica.
El elemento decisivo del régimen demográfico antiguo era la mortalidad: impedía que la población creciera de forma
sostenida, y obligaba a mantener altos niveles de natalidad, so pena de extinción del grupo. Sin su modificación,
ningún otro cambio hubiera sido posible. Daba lugar a un sistema autorregulado: cualquier descenso prolongado de la
mortalidad deparaba antes o después en un aumento de la mortalidad extraordinaria, ya fuera por el equilibrio
precario entre la población y los recursos, o por la acción semi-independiente de los microorganismos patógenos. De
ahí resultaban frecuentes oscilaciones. Por ello, el descenso de la mortalidad supuso el primer eslabón de la cadena de
transformaciones demográficas.
El cambio se inició a finales del siglo XVII o comienzos del XVIII en algunas zonas privilegiadas del noroeste del
continente europeo. Los progresos de la agricultura y de los transportes y el comercio de granos, y la enigmática
desaparición de la peste de Europa occidental, desde 1720, estuvieron en su raíz. Más tarde llegarían avances en
higiene, gracias especialmente a la generalización de los vestidos de algodón y a la invención del jabón, y sanidad
pública, con la potabilización de las aguas y la construcción de alcantarillas, esto último sobre todo en la segunda mitad
del siglo XIX e inicios del XX. La contribución de las mejoras médicas a la reducción de la mortalidad fue muy tardía, y
comenzó sobre todo con la inoculación (CONTAGIO) y la vacuna antivariólica. Seguidas por prácticas antisépticas y
finalmente el descubrimiento de los microorganismos hechos posible por el microscopio.

La Transición Epidemiológica
Otra teoría paralela a la de la transición demográfica, inspirada en ella y, como ésta, más bien una gran generalización
histórica pretende sintetizar la evolución histórica de la mortalidad a partir de las causas de muerte dominantes en
cada momento: la llamada teoría de la Transición Epidemiológica, propuesta. Se articula en tres estadios, cuya
duración está igualmente relacionada con el contexto económico y social. Las tres fases pueden resumirse como sigue:
1. º) la «era de las pestilencias y las hambrunas», caracterizada por una mortalidad alta y fluctuante y una esperanza
de vida entre los 20 y los 40 años; ha durado casi toda la historia humana.
2. º) la «era del retroceso de las pandemias»: aumenta el número de supervivientes, y la esperanza de vida alcanza
los 50 años.
3. º) la «era de las enfermedades degenerativas y auto causadas: las principales causas de muerte son enfermedades
crónicas ligadas al envejecimiento y otras ligadas a la modernización (derivadas de accidentes, tabaquismo,
alcoholismo o suicidios); la mortalidad es muy baja, y la esperanza de vida se sitúa entre los 70 y los 80 años. La
mortalidad deja de ser la variable demográfica determinante.
Al principio de la transición el ritmo de progreso es lento, porque lo es la gestación de los avances, y sólo benefician a
algunos segmentos de la población; luego se acelera, cuando los avances simples y baratos se generalizan; y luego
vuelve a ralentizarse, cuando se alcanzan niveles altos de longevidad.
No es de extrañar, por ello, que los países pioneros del noroeste europeo y Norteamérica no alcanzaran los 40 años de
esperanza de vida hasta mediados del siglo XIX, y los 50 hasta inicios del XX. La segunda etapa de la transición
epidemiológica se prolongaría hasta mediados del siglo XX, cuando las enfermedades infecciosas pudieron considerarse
dominadas.

El descenso de la fecundidad
El impacto de las transformaciones socioeconómicas sobre la segunda tasa vital fue mucho más tardío. El descenso
secular de la fecundidad no se produciría hasta inicios del siglo XIX en el caso de Francia, el gran adelantado, y hasta
la segunda mitad del mismo en el caso de los que le siguieron.
En efecto, hasta hace muy poco a lo largo de la Historia, la fecundidad ha sido incontrolada, con excepciones menores
y aisladas. Hasta el XVIII, la especie humana parecía programada para procrear al máximo, como otras especies
animales. La fecundidad media era de seis o siete hijos por mujer. Los factores que la alejaban del máximo biológico
deben buscarse en la malnutrición, la larga duración de la lactancia materna, los años que separaban la pubertad del
matrimonio, la estrecha asociación entre fecundidad y nupcialidad y las viudedades prematuras sin segundas nupcias.
Dos razones muy poderosas contribuían a que no hubiese control de nacimientos: la alta mortalidad, sobre todo la
infantil el aumento de hijos supervivientes será decisivo en el descenso de la fecundidad y el alto valor económico de
los hijos en sociedades agrícolas. Sobre esos sustratos se erigían entramados de normas sociales y religiosas que
ensalzaban y prescribían la alta fecundidad.
El verdadero cambio, el descenso de la fecundidad a través del control sistemático y generalizado de los nacimientos,
no empezaría hasta la Revolución Francesa afines del XVIII. La novedad no se extendería a áreas vecinas hasta
mediados del XIX, y a otros países punteros hasta 1870, y respondería ante todo a reducciones en la mortalidad infantil
y a un conjunto de cambios en los modos de vida, derivados de la industrialización, la urbanización, y la ampliación de la
escolarización, que cambian el sentido económico de los hijos. A su vez, se vería facilitado por progresos en la
tecnología del caucho que se produjeron por las mismas fechas y facilitaron el control de las concepciones.
Esta vez se trató de un descenso que se podría calificar de neomalthusiano, por operar sobre la fecundidad y no sobre
la nupcialidad por el contrario, permitiría que ésta volviese a una cierta normalidad. Se produjo espontáneamente, en
un clima adverso, cuando no hostil y con métodos anticonceptivos muy primitivos. El control de nacimientos como se
llamaba entonces, aunque ampliamente practicado, fue frecuentemente denunciado como práctica infame e inmoral;
y perseguidos los activistas y propagandistas neomalthusiano. Empezó en las ciudades y en las clases medias y se
difundió siguiendo líneas culturales, por difusión. El descenso se intensificó y extendió en el primer tercio del siglo XX.
La fecundidad disminuyó a alrededor de cuatro hijos por mujer a comienzos del siglo XX, y se situó en torno a los dos
hijos por mujer en el período de entreguerras. En los años de la Gran Depresión, algunos países, especialmente en
Centroeuropa, llegaron a alcanzar niveles inferiores a la tasa de reemplazo.
En los decenios centrales del siglo XX, la transición demográfica podía considerarse culminada en los países del Norte.
Tanto la mortalidad como la natalidad habían alcanzado niveles bajos. Sin embargo, ésta última conocería un
repunte en los años 50 y 60, especialmente intenso en Norteamérica, dando lugar a lo que se conoció como el «baby
boom». Durante algunos años se pudo pensar que esa recuperación casaba mal con la teoría, y generar la impresión de
que en el cuarto estadio la natalidad fluctuaría fuertemente. Hoy sabemos que el baby-boom fue un fenómeno
pasajero, una excepción transitoria, generada por un conjunto de condiciones propicias en el excepcional contexto de
vigoroso crecimiento económico, pleno empleo y fuerte movilidad social que siguió a la posguerra. El declive de la
fecundidad retomaría su curso en los países desarrollados a partir de la segunda mitad de los años sesenta.

Transición demográfica y desarrollo económico


En el caso de Europa y los otros países mencionados, la transición demográfica siguió al crecimiento económico
moderno, y fue por ello muy gradual. El ritmo de crecimiento de las diversas poblaciones europeas y asimiladas casi
nunca superó el 1,5 % anual, una tasa considerable entonces, pero muy alejada de las que conocerían después
muchas poblaciones del llamado Tercer Mundo. Y ello porque el descenso de la mortalidad fue más gradual que en la
experiencia posterior, porque dependió de los laboriosos progresos de la economía, la ciencia y la tecnología; y por
el hecho de que la fecundidad pre-transicional de los países europeos y asimilados al comienzo de su transición tendía
a ser más reducida que la de los países del Sur cuando iniciaron la suya. Además, Europa tuvo la fortuna histórica de
disponer durante su transición de la poderosa válvula despresurizadora que supuso la masiva emigración a los
Nuevos Mundos, una espita (salida, llave) que permitió la exportación de hasta una tercera parte del crecimiento de su
población, lo que suavizó los impactos sociales del crecimiento demográfico en los momentos culminantes de la
transición.

Población y territorios. Estructuras y tendencias demográficas en el mundo contemporáneo


Al igual que ocurre en otras facetas de la realidad, en el terreno demográfico el mundo contemporáneo se caracteriza
por profundas desigualdades y disparidades. Hay países, como Nigeria, cuya población crece al 3,5 % anual, lo
que implica que su tamaño se duplica cada 20 años, y países, como Rusia o Bulgaria, con tasas de crecimiento
negativas que los abocan al declive demográfico. Los niveles de mortalidad, medidos por la esperanza de vida al
nacer, van desde los 34 años de Mozambique a los 81 de Japón. En los primeros uno de cada cinco es anciano; en
alguno de los segundos, uno de cada cincuenta. Los pesos se invierten, claro está, por lo que respecta a las
proporciones que suponen los menores de 15 años: desde constituir la mitad de la población en algunos países
africanos a suponer sólo el 14 % en Italia y Grecia, o el 15 en España. Las diferencias se extienden a otras facetas,
como la edad al matrimonio o la universalidad de éste, la frecuencia de los divorcios o la disolución de uniones, pero
éstas resultan de más difícil síntesis e interpretación, por estar más afectadas por diferencias culturales.
No obstante este elevado grado de diversidad, a grandes rasgos, y con los riesgos inherentes a toda
generalización, las poblaciones de los dos centenares largos de países en los que está dividido el mundo pueden
clasificarse en dos grandes grupos, tomando como criterio su situación en relación con la decisiva transformación
que constituye la transición demográfica. En virtud de ella, podemos agrupar por un lado a las poblaciones en
transición o transicionales y, por otro, a las que han completado la transición o post-transicionales. También a
grandes rasgos, esta división se corresponde en gran medida con la que, en virtud de su grado de desarrollo, clasifica
a los países del mundo en desarrollados y en vías de desarrollo, o más y menos desarrollados, en Norte y Sur.
La correspondencia de esta división demográfica con la socioeconómica es muy clara en el caso de los países a los que
inequívocamente se considera del Norte: todos ellos han completado la Transición Demográfica, exhibiendo bajos
niveles de mortalidad y natalidad. Ello es ante todo cierto de los clásicos países del Norte: Europa occidental, Estados
Unidos y Canadá, Australia y Nueva Zelanda, Japón y los que en un día no lejano fueron denominados «nuevos países
industriales»: Singapur, Corea del Sur, Taiwán y Hong Kong, integrado éste último con un estatuto especial en la
República Popular China.
Países de difícil clasificación son los productores de petróleo del Golfo Pérsico y los que hasta la caída del muro
formaban la región conocida como Europa del Este, e incluso alguno de América Latina. En el primer caso se trata de
países cuyos elevados niveles de renta los situarían en el Norte, pero que han llegado a ellos por la riqueza derivada de
la exportación de petróleo y no a través de procesos de desarrollo. En todo caso, están lejos de haber completado la
Transición Demográfica. Sus tendencias y estructuras demográficas se parecen mucho más a los países del metafórico
Sur, y así serán consideradas. En el extremo opuesto se encuentra otro grupo de difícil clasificación, la Europa del Este,
por su desarrollo interrumpido y sus relativamente bajos, cuando no declinantes, niveles de renta y bienestar. Sin
embargo, en términos demográficos deben ser considerados post-transicionales.
Más allá de la transición demográfica: las poblaciones post-transicionales
Las poblaciones post-transicionales son las propias de los países del Norte, caracterizados por altos niveles de renta y
bienestar. La mayoría de ellos alcanzaron el cuarto y último estadio de la transición en las décadas centrales del
siglo XX. Sin embargo, tanto la mortalidad como la natalidad siguen evolucionando sin cesar, y con ellas las formas de
familia, las estructuras de hogar y los patrones de convivencia. Y las consecuencias de esa evolución no son menores
de las que tuvieron los grandes cambios de la época de la transición.
Las diferencias más relevantes en las estructuras y tendencias demográficas de las poblaciones post-transicionales
muestran una considerable similitud básica. Las características más destacadas son subsumibles en cinco caracteres:
lento crecimiento de la población, cuando no estancamiento; baja mortalidad y elevada esperanza de vida;
envejecimiento de la población; baja fecundidad y débil nupcialidad; e inmigración del exterior. Conviene examinarlos
sucesivamente.
1. Lento crecimiento de la población. Constituye el primer rasgo definitorio de las poblaciones de los países más
desarrollados, es el resultado de los llamados componentes del cambio demográfico natalidad, mortalidad y
migraciones-, con los que no puede competir en vastedad y profundidad de implicaciones. El crecimiento vegetativo o
natural va desde 0,5 % en Norteamérica y Australasia a -0,2 % en el conjunto de Europa. Son varios países que registran
tasas negativas. Si en algunos de ellos crece la población, es por la inmigración. No es de extrañar que el peso
demográfico del Norte tienda constantemente a disminuir en el conjunto, en contraste con su peso económico, político
y militar.
2. Baja mortalidad. O lo que es lo mismo, la elevada esperanza de vida, y la prolongación de la vida a edades
avanzadas es el segundo rasgo característico de las poblaciones de los países más desarrollados.
La explicación de esta longevidad reside ante todo en la eliminación casi total de las muertes tempranas, gracias al
control de las enfermedades transmisibles y, a la mejora de la alimentación y las condiciones de vida y a los progresos
de la medicina. A mediados del siglo XX, los países más desarrollados habían superado el segundo estadio de la
transición epidemiológica. Desde entonces, la mayoría de los fallecimientos se produce por enfermedades,
desórdenes o quebrantos derivados del deterioro del organismo por el paso de los años, las llamadas enfermedades
degenerativas.
En el último tercio del siglo XX se han registrados éxitos crecientes en la lucha para postergar la aparición de las
enfermedades degenerativas y retrasar su letalidad, en especial las cardiovasculares. Más recientemente han
empezado a registrarse significativas reducciones en la incidencia de algunos tipos de cáncer, tanto por la acción
preventiva en especial la reducción del tabaquismo y las revisiones periódicas como por mejoras en los
tratamientos. Todo ello está afectando especialmente a la mortalidad a edades medias y avanzadas. En los cuarenta
años transcurridos entre 1955 y 1995, la esperanza de vida del conjunto de los países desarrollados ha pasado de
65 a 75 años, lo que supone una ganancia de un año cada cuatro.
El envejecimiento de la población y sus implicaciones económicas y sociales.
El naciente siglo XXI ha sido, denominado «el siglo del envejecimiento de la población». Por eso el envejecimiento
constituye uno de los procesos de cambio social más influyentes y las repercusiones por su rápido avance. De nuevo,
se trata de un proceso muy reciente y novedoso. Hasta hace muy poco, todas las sociedades humanas han sido
eminentemente jóvenes. Sólo en el curso del siglo XX, y especialmente en su último tercio, algunas poblaciones, las
post-transicionales, han empezado a envejecer de forma significativa. Se puede pronosticar con seguridad que en el
próximo futuro el envejecimiento adquirirá en éstas proporciones masivas, y que el mundo en su conjunto se
embarcará en un proceso que globalmente se encuentra en sus estadios iniciales. Ello ocurrirá y ya está ocurriendo a
mayor velocidad: lo que antes tardaba un siglo en producirse sucede ahora en veinte años. En todo caso, sea cual
sea la evolución futura, en las sociedades del Norte la estructura por edades de la población ya ha experimentado
una drástica e irreversible transformación.
Por envejecimiento de la población se entiende el aumento de la proporción que los mayores suponen del total de
la población. En las poblaciones post-transicionales, esta proporción está en torno al 15 %, acercándose al 20 en
Italia, Grecia y Japón. También supone, obviamente, la elevación de la edad media de la población. También
envejece la población activa, al aumentar el peso de la fracción 45-65 en el conjunto. Finalmente, envejece la
propia población mayor: los mayores de 75 suponen una creciente proporción dentro de ellas, y lo mismo ocurre
con los mayores de 85.
En nuestros días, el envejecimiento de la población resulta tanto del descenso de la natalidad como del de la
mortalidad. El primero estrecha los escalones inferiores de la pirámide; el segundo engrosa los superiores. Hasta
hace poco el primordial era el primero, el envejecimiento por abajo, pero cada vez es más importante el
envejecimiento por arriba. Y dado que no son previsibles cambios sustanciales en estos poderosos motores, la
tendencia al envejecimiento puede considerarse casi irreversible.
Puede decirse que cada uno de estos factores causales confiere una naturaleza o alma al envejecimiento, y de cada
una deriva un conjunto de implicaciones. La primera, consustancial a la propia definición de envejecimiento de la
población como aumento de la proporción que suponen los mayores, es de naturaleza estadística y proporcional.
Resulta sobre todo de una natalidad desfalleciente, aunque también esté contribuyendo a ella el descenso de la
mortalidad. Afecta sobre todo a las relaciones intergeneracionales, al entrañar cambios en los pesos tradicionales
de las generaciones. En su virtud, eleva la tasa de dependencia de los mayores y correlativamente disminuye la de los
La segunda alma del envejecimiento, ésta de naturaleza absoluta y biológica. Se trata de las consecuencias del
aumento del volumen de la población anciana, resultante de la inusitada prolongación de la vida que se ha producido
durante los últimos decenios. Los cambios en la mortalidad de los ancianos suponen un fuerte aumento de las
necesidades sanitarias y sociales, que tienen implicaciones importantes sobre el sistema sanitario y la seguridad social,
en costes, en personal y en organización social.
En suma, las implicaciones y consecuencias del envejecimiento para los sistemas sanitarios y de protección social
son formidables. Más ampliamente, requerirán grandes adaptaciones sociales. Las consecuencias serán
especialmente devastadoras en países, como los del Este de Europa, que combinan una natalidad extremadamente
baja con graves limitaciones en los recursos disponibles para la protección social.

Baja fecundidad y débil nupcialidad.


El segundo rasgo determinante, junto con la baja mortalidad, de las poblaciones post-transicionales es una
fecundidad muy baja, persistentemente por debajo del nivel de reemplazo de 2,1 hijos por mujer. En el conjunto de
Europa, la fecundidad no supera las dos terceras partes de ese nivel. Eso quiere decir que, de mantenerse, y sin
contar con el efecto de la inmigración, en el medio plazo cada generación sería un tercio menor que la de sus
progenitores. Y conviene añadir que el potencial de la inmigración para paliar ese déficit es muy limitado, salvo que el
volumen de los flujos fuera muy superior al de los actuales. En algunos países la fecundidad apenas supera la mitad
del nivel de reemplazo. La fecundidad extremadamente baja es especialmente característica del continente
europeo, alcanzando los niveles más insignificantes en sus extremos sur y este.
A estos bajos niveles se ha llegado en el curso de lo que puede denominarse segundo declive de la fecundidad, el que
se inició en los países pioneros tras los años del baby-boom, a finales de la década de 1960. En la Europa del Sur este
declive comenzó aproximadamente un decenio más tarde, al igual que había ocurrido con el baby-boom. En Europa
occidental la baja fecundidad parece estabilizada, registrando leves fluctuaciones. Por el contrario, en el Este de
Europa el declive se ha intensificado tras la caída de los regímenes comunistas.
Estos niveles de fecundidad son difícilmente sostenibles en el medio plazo. No sólo abocan (juntan) a las poblaciones
que los experimentan a su eventual contracción (encogimiento), sino que resultan en rápido envejecimiento e
introducen profundas alteraciones en la estructura por edades.
Una parte del descenso se explica por el retraso en la edad a la maternidad, lo que está produciendo un efecto
calendario. Como este retraso no puede prolongarse indefinidamente, cabe pensar que la eventual cancelación del
efecto calendario deparará niveles algo más elevados de fecundidad, aunque seguramente alejados del nivel de
reemplazo.
Desde el punto de vista del tamaño de la familia, el descenso ha resultado de la fuerte disminución de los hijos de
rango tres y superior, y del aumento de la proporción de familias y mujeres sin hijos. El rango más frecuente sigue
siendo dos, pero ha aumentado mucho la proporción de las mujeres que sólo tienen uno o ninguno y se ha reducido la
de las que tiene tres o más.
Explicaciones de la baja fecundidad
Las principales son de índole económica y sociológica. La económica aplica un marco costo beneficio a la
reproducción humana. Las decisiones en materia reproductiva son fruto de un cálculo de costos y beneficios. Si el
costo de los hijos, en relación con otros bienes, aumenta, disminuye la cantidad adquirida.
La baja fecundidad contemporánea es consecuencia de cambios en los modos de vida que aumentan el costo de los
hijos, y el costo oportunidad para los padres esto es, lo que se deja de ganar por no hacer algo distinto, y disminuyen
sus beneficios. La baja natalidad se explica sencillamente por el hecho de que los costos de los hijos que han crecido
más que los beneficios que aportan. Muy importante es el costo oportunidad que supone el tiempo que requiere
su crianza. Ese costo, que recae generalmente sobre las madres, ha aumentado fuertemente a medida que las
mujeres alcanzaban niveles educativos más elevados y se incorporaban al mercado de trabajo.

Actividad femenina y cambio demográfico


Un determinante de primer orden en el descenso de la fecundidad, es el fuerte aumento de la participación femenina
en la fuerza de trabajo que se ha registrado en los últimos decenios en las sociedades más desarrolladas. Es a la vez
causa y consecuencia de los grandes cambios culturales que han corrido paralelos a las transformaciones
demográficas, y es factor decisivo en la elevación del coste oportunidad de las mujeres.
Las tasas de actividad femenina han registrado notables aumentos desde finales de la década de los sesenta. En no
pocos países se han duplicado. En Norteamérica y los países nórdicos, las tasas de participación femenina en la fuerza
de trabajo son similares a las de los hombres. En otros países europeos aún tienen margen para crecer; y son más bajas
en la Europa del sur, excluyendo a Portugal. El grueso del incremento se ha debido al fuerte aumento en la participación
del grupo de edad 25-44. La gran diferencia con el pasado es que en nuestros días el matrimonio, o la entrada en una
unión estable, y la maternidad no conllevan el abandono de la actividad, entendida como actividad remunerada fuera
del hogar. En consecuencia, la mayor parte de las madres de familia, al menos las que tienen menos de tres hijos, siguen
trabajando. Ha cambiado la curva de actividad por edad.
El aumento de la actividad femenina es resultado de los grandes avances en la educación de las mujeres, del cambio de
valores, del creciente igualitarismo en el plano de las relaciones interpersonales, de cambiantes expectativas y de
aspiraciones de mayor autonomía. Es requisito para igualdad y protección ante divorcio y frente al desempleo del
marido. En muchos países ha sido muy importante el aumento del empleo a tiempo parcial: para muchas mujeres ha
constituido una fórmula de compromiso entre la carrera profesional y la vida familiar.
En el largo plazo, no cabe duda de que la extensión de la actividad femenina ha estado estrechamente asociada al
descenso de la fecundidad, en una relación de causalidad bidireccional. En nuestros días, esa relación es más compleja
e incierta. Baste recordar que, entre los países desarrollados, los que exhiben las más elevadas tasas de actividad
femenina como Estados Unidos y los escandinavos son también, en general, los que tienen más alta fecundidad. Lo
contrario ocurre en Italia y España, donde tanto las tasas de actividad como las de fecundidad son bajas. Por eso el
impacto de la actividad sobre la fecundidad es difícil de determinar, excepto que aquélla es infrecuente en el caso de
mujeres con tres o más hijos. En cada país tienen más hijos las inactivas, y menos las activas desempleadas, pero entre
países parece haber una relación positiva entre tasa de actividad y fecundidad, seguramente mediada por tasa de
ocupación.

La segunda transición demográfica


Se trata de un conjunto de cambios y tendencias interrelacionados en el terreno de la fecundidad y las pautas de
convivencia que están ocurriendo una vez concluida la transición demográfica por excelencia.
El primero de ellos es un fuerte declive de la nupcialidad, perceptible desde la década de los sesenta. Las causas
directas de la disminución del número de matrimonios residen en la elevación de la edad al matrimonio y en el
aumento del número de los que nunca lo contraen, lo que se traduce en una mayor proporción de solteros. A su vez, el
retraso de la edad al matrimonio se explica por el fuerte aumento de la co-habitación y, más en general, por un
«síndrome de retraso» generalizado, especialmente acusado en el sur de Europa, que supone una mayor tardanza en
recorrer los sucesivos estadios del ciclo de vida: en la emancipación o salida del hogar paterno, la entrada en la fuerza
de trabajo, la entrada en una unión estable, la reproducción, y, más ampliamente, la adopción de decisiones
trascendentes.
Paralela a ese declive corre una fuerte alza en la convivencia o, si se prefiere, en la formación de uniones
consensuales. Las uniones consensuales constituyen una faceta tan frecuente del paisaje social de la mayor parte de las
sociedades avanzadas que muchos países se han sentido en la necesidad de regularlo legalmente.
Una consecuencia de la convivencia, y a la vez otro rasgo característico de las poblaciones post-transicionales, es un
fuerte aumento en los nacimientos extraconyugales o de parejas no casadas, especialmente desde mediados de los
años setenta.
Otra de las tendencias agrupadas en la noción de segunda transición demográfica es el aumento de la divorcialidad o,
más ampliamente, de la disolución de uniones. Desde entonces, la frecuencia se ha duplicado o triplicado. Por lo que
hace a las uniones consensuales, el cálculo de la frecuencia de disoluciones es más difícil, por razones de opacidad
estadística, pero cabe sospechar que sea superior a la matrimonial. Alguien ha calculado que la frecuencia es entre dos
y cinco veces mayor que la conyugal.
La primera y más simple explicación de la creciente divorcialidad reside en los cambios legislativos que han hecho más
fácil el divorcio. Antes las legislaciones estipulaban unas cuantas causas de divorcio, como el adulterio o la crueldad
mental, y éste sólo se admitía si se probaba que se había producido uno de los supuestos casados. En nuestros días,
la mayor parte de los divorcios se producen por mutuo acuerdo, no se requiere que haya un culpable y tiende a
reducirse al mínimo la intervención judicial. Ello refleja una transformación decisiva: el divorcio es un asunto privado
que sólo compete a los cónyuges, aunque produzca consecuencias públicas. Estos son libres de decidir, como son
libres de organizar sus vidas como mejor les convenga. Las formas de convivencia, incluido el matrimonio, se inscriben
en la esfera privada, y la intervención de los poderes públicos en ésta es crecientemente vista como una interferencia
indebida. Los cambios legislativos no han hecho sino sancionar los cambios operados en las costumbres y los valores.
Estos últimos han sido decisivos: el profundo cambio acaecido en el status de las mujeres y en las relaciones entre
hombres y mujeres, el creciente igualitarismo en las relaciones familiares, el desarrollo de orientaciones personales
hacia la autorrealización han contribuido a cambiar el significado del matrimonio. Como decisivo ha sido el aumento
de la autonomía de las mujeres, hecho posible entre otras razones por su masiva incorporación al trabajo.
Todos estos cambios apuntan a lo que Georges Tapinos sintetizó como «un nuevo modelo familiar, o incluso un nuevo
régimen demográfico, caracterizado por el control de la fecundidad, que resulta ahora de las decisiones personales,
una modificación del ciclo de vida de las parejas. Marcado a la vez por el alargamiento de la duración de la vida en
común sin hijos, el alargamiento -para las mujeres de la vida sin cónyuge, y una transformación de la relación entre
las generaciones».

La transición demográfica en los países menos desarrollados


A mediados del siglo XX, cuando la transición demográfica se estaba completando en los países del Norte, había
general acuerdo en que transcurriría mucho tiempo antes de que se extendiera a los del Sur, porque para ello era
necesario que se produjera el desarrollo económico, y éste no parecía cercano. Hasta entonces, persistían en la
mayor parte del mundo estructuras demográficas pre-transicionales, presididas por elevadas tasas de mortalidad y
natalidad, y los indicios de cambio eran escasos, fuera de algunas excepciones aisladas. Seguramente nadie
sospechaba que se estaba en el umbral del cambio, de uno de los cambios más trascendentales que ha conocido la
humanidad en toda su historia: uno que, entre otras muchas consecuencias, ha multiplicado por más de tres el número
de los humanos en menos de medio siglo.
Sin embargo, el cambio ocurrió, y fue tan inesperado como vigoroso; y mucho más abrupto y rápido que el que había
tenido lugar en los países más desarrollados. En su virtud, en los albores del siglo XXI, la práctica totalidad de los
países menos desarrollados se encuentran embarcados de lleno en la transición demográfica; algunos incluso la han
completado, o están muy cerca de su culminación.
El primer y principal resultado ha sido el fenomenal crecimiento, que se conoció como «la explosión demográfica».
Este crecimiento está en curso de desaceleración; hasta el punto de que algunas voces se han precipitado a hablar, no
sin exageración, de implosión demográfica, por contraste con la anterior explosión. Sin embargo, el potencial de
crecimiento está lejos de haberse agotado: aún se plasma en considerables adiciones anuales a la población mundial.
De hecho, del ritmo al que se desarrolle la transición demográfica en los próximos decenios dependerá en considerable
medida el futuro del mundo.
Este crecimiento sin precedentes ha resultado de la mutación operada en uno sólo de los componentes del cambio
demográfico: la mortalidad. Aunque la natalidad pudo aumentar ligeramente al comienzo de esta transición, en el
conjunto del período, y especialmente desde la década de los setenta, se ha reducido sustancialmente. Por lo que
hace al tercer componente del cambio demográfico, las migraciones, apenas han influido en el crecimiento; y en la
escasísima medida en que lo han hecho ha sido para aligerarlo levemente vía emigración.

El descenso de la mortalidad en el mundo en desarrollo


Hasta mediados del siglo XX, el descenso de la mortalidad estuvo limitado a los países del Norte, creándose por ello
grandes disparidades internacionales. No se extendió a los del Sur hasta bien entrada la década de 1940, pero desde
entonces lo ha hecho en forma acelerada. El factor determinante fue la importación de vacunas, antibióticos,
insecticidas y medidas de higiene pública que en los países del Norte habían tardado decenios en desarrollarse. Todo
ello resultó en un rápido retroceso de las enfermedades infecciosas y parasitarias.
Desde entonces, el progreso ha sido continuo. La esperanza de vida del conjunto del mundo en desarrollo ha
experimentado un progreso espectacular en la segunda mitad del siglo XX, pasando de 43 a 64 años, una ganancia
de 21 en tan sólo 50. En ese tiempo se ha reducido considerablemente la distancia que en este terreno le separaba
del mundo más desarrollado.
Las migraciones: causas y consecuencias. Migraciones y globalización.
Redistribución de la población y urbanización
Las migraciones constituyen uno de los tres componentes del cambio demográfico, al lado de natalidad y
mortalidad. Se trata de un componente que interactúa bidireccionalmente con los otros dos, especialmente con la
natalidad. Por lo tanto, respecto de la población más precisamente, de su crecimiento, de la natalidad y de la estructura
por edades, que son las variables más relevantes en las que aquélla se desagrega a estos efectos, las migraciones
son a la vez causa y consecuencia, variable dependiente e independiente. En las sociedades receptoras de inmigración,
ésta es en parte consecuencia de las condiciones demográficas, porque puede estar inducida por el lento crecimiento de
la población, por la baja fecundidad y por una estructura de edades en proceso de envejecimiento, en la medida en que
estos factores resulten en una desfalleciente oferta de trabajo; y es causa del cambio demográfico porque contribuye
al crecimiento de la población y porque, en alguna medida -variable, pero generalmente reducida y pasajera, es
susceptible de elevar la fecundidad agregada y atenuar limitadamente el envejecimiento de la población.
En las sociedades de origen de los emigrantes, el cuadro es prácticamente el inverso del anterior. La emigración es en
parte consecuencia de las condiciones demográficas, porque puede estar inducida por el rápido crecimiento de la
población, por la alta fecundidad y por una estructura de edades en la que abundan los jóvenes: todo ello suele hacer
difícil proporcionar empleo y vivienda para las cuantiosas cohortes (multitudes) que tratan de ingresar en un saturado
mercado de trabajo, exige inversiones reproductivas y desborda las infraestructuras sociales, en la medida en que
existen. La emigración puede contribuir a la persistencia de una fecundidad elevada, por constituir una cierta
alternativa a su reducción, o puede inducir a su declive; y, finalmente, contribuye al envejecimiento de la población,
al estrechar los escalones centrales de la pirámide.
Además de impactos demográficos, las migraciones producen efectos económicos y sociales. De hecho, éstos suelen
importar más que los demográficos. Las migraciones son un componente del cambio demográfico, pero su importancia
desborda con mucho los límites de éste.

Implicaciones de la mundialización
Esta mundialización de las migraciones tiene grandes implicaciones, algunas directas y otras indirectas. La primera es la
conversión en países receptores de inmigración de sociedades tan completamente opuestas a las clásicas como las
actitudes que muestran hacia la inmigración. Hasta hace tan sólo medio siglo, cinco países -Estados Unidos, Canadá,
Argentina, Brasil y Australia, todos ellos prolongaciones ultramarinas de Europa, absorbían el grueso de los
emigrantes que cruzaban fronteras internacionales. Los cinco eran gigantes de dimensiones continentales, con grandes
extensiones de tierras vírgenes que anhelaban brazos que las pusieran en cultivo, y para los que la venida de los
inmigrantes entrañaba la vertebración del territorio, además de grandes economías de escala. Eran, además, países
nuevos, en proceso de formación nacional, hijos de la inmigración, construidos por sucesivas oleadas de inmigrantes.
En la segunda mitad del siglo XX, a la lista de países receptores se han añadido una veintena de países europeos;
media docena de países en el Golfo Pérsico; y otros tantos en la región del Pacífico occidental. Todos ellos presentan
características muy distintas a las de los tradicionales países de inmigración. Son, por lo general, países de dimensiones
reducidas, en cuyo pasado la población tuvo que pugnar reiteradamente con recursos escasos; muchos de ellos estados
viejos que hace siglos dejaron atrás la fase de la construcción nacional; y, finalmente, sociedades presididas por
concepciones excluyentes de la nación y la nacionalidad.
El segundo cambio decisivo en el alumbramiento de la nueva realidad migratoria es la sustitución del predominio
numérico de los europeos en los flujos internacionales por el de africanos, asiáticos y latinoamericanos. Y esa
sustitución es más frecuente de lo que se cree: hasta mediados de los años sesenta los europeos predominaban en
todos los flujos migratorios internacionales importantes.
A su vez, este último cambio ha tenido considerables consecuencias en cadena. Las dos iniciales son, por un lado, la
aparición de un gran desequilibrio entre oferta y demanda de inmigrantes, por expresarlo en términos económicos, y
por otro la multiculturalización y plurietnicización de las sociedades receptoras. Por lo que hace a la primera, el
número de candidatos a la emigración, y más aún el de inmigrantes potenciales, se ha multiplicado, tanto por el
aumento del número de países de origen como por el fenomenal crecimiento demográfico que ha tenido lugar en el
último medio siglo en Asia, Africa y América Latina. Se puede decir que la oferta de trabajo emigrante ha devenido
ilimitada.
Por el contrario, en el otro lado de la relación, la demanda de inmigrantes ha dejado de ser ilimitada, como
prácticamente lo fue durante la era de las grandes migraciones transoceánicas. No cabe duda de que todas las
economías desarrolladas demandan de facto trabajo foráneo, y algunas también de iure. Pero la demanda de in-
migrantes, entendida como lo que los economistas denominan demanda solvente en este caso la capacidad efectiva
de acogida de los países receptores o, en otras palabras, el número de inmigrantes que los países receptores están
dispuestos a aceptar, se ha reducido considerablemente en el conjunto de los países receptores, consecutivamente a
la disminución relativa de la demanda de trabajo en general, tanto por procesos de mecanización e intensificación
de capital y tecnología como por una nueva división internacional del trabajo que ha relegado las operaciones más
intensivas en trabajo a países con niveles salariales más bajos. Sin duda hay demanda de trabajo inmigrante, pero en
general se sitúa en sectores donde la tasa de beneficio depende de bajos salarios, por dificultades para aumentar la
productividad, como ejemplifican diversos tipos de servicios y actividades agrícolas. Y por ello es limitada en volumen.
En algunos países receptores, particularmente los del Golfo Pérsico y algunos asiáticos, la demanda sigue siendo
intensa, pero su magnitud no altera el desequilibrio a escala mundial. Si en el pasado era prácticamente ilimitada la
demanda, ahora lo es la oferta.
En segundo lugar, la mundialización de los flujos, la diversificación de orígenes y, en las principales regiones
receptoras, la sustitución del predominio numérico de los europeos por ciudadanos de Asia, Africa y América Latina
entraña una creciente heterogeneidad étnica en las sociedades receptoras, frente a la relativa homogeneidad anterior.
Ello está conduciendo, en un corto espacio de tiempo, a su conversión en sociedades multiculturales y pluriétnicas,
una transformación histórica, de profundidad e implicaciones sin precedentes.

La multiculturalidad y su malestar
Una breve visita a cualquiera de las ciudades que más leguas han recorrido en el camino de la multiculturalidad
sugiere que ésta no carece de ventajas. Los inmigrantes han vivificado barrios decaídos y han contribuido a la
renovación de las artes, por no hablar de la gastronomía. En cuanto a la contribución que los inmigrantes hacen a la
economía, lo menos que se puede decir es que su concurso resulta imprescindible.
Pero sería erróneo deducir de ello que el acomodo de la diversidad es asunto fácil. Ni siquiera lo es en las tradicionales
sociedades receptoras de inmigración de Norteamérica o Australasia, donde aquélla ha sido un mecanismo esencial
en la construcción de las respectivas naciones

La era de las fronteras entrecerradas


A su vez, lo que antecede ha tenido por consecuencia la generalización de las políticas de control de flujos, las
restricciones sistemáticas a entradas y permanencias. Donde antes predominaban las acciones de reclutamiento y la
bienvenida a los recién llegados, reinan ahora el control y la restricción. Todos los países receptores controlan y limitan
la admisión de inmigrantes; algunos, además, los seleccionan. Las limitaciones son tantas que alguien ha descrito
nuestra época como «la era de la inmovilidad involuntaria». El control de entradas y tráficos se ha erigido en
preocupación preeminente de los gobiernos.
Sin embargo, diversas razones hacen difícil, cuando no inviable, en las sociedades democráticas, la pretensión de
limitar drásticamente los flujos de inmigración, y dificultan la de seleccionar a los deseados. La primera deriva del
hecho de que tales sociedades no pueden dejar de reconocer circunstancias que habilitan a determinadas personas a
establecerse en su territorio. Hay, sobre todo, dos grandes títulos habilitantes: uno es el derecho a vivir en familia, que
da lugar a los flujos conducentes a la re-agrupación familiar; el segundo es el derecho de asilo reconocido por la
Convención de Ginebra de 1951, que obliga a admitir a los que aducen persecución. Estas dos vías han determinado,
por ejemplo, que los países europeos hayan seguido recibiendo considerables flujos de inmigración, a pesar del
cierre de las fronteras.

Las dificultades de la integración


Otra característica de la nueva era, influida por los rasgos que revisten en nuestros días las migraciones internacionales
y el contexto histórico en el que se producen, es la creciente dificultad para la plena incorporación de los inmigrantes
y las minorías étnicas a las sociedades receptoras.
Los poderes públicos se sienten en la necesidad de comenzar mediante una amplia tabla de políticas públicas, para
promover una integración. Tratando de evitar la xenofobia, discriminación, etc.