Está en la página 1de 24

LA BREVE VIDA FELIZ DE FRANCIS MACOMBER

(“The Short Happy Life of Francis Macomber”)


Originalmente publicado en la revista Cosmopolitan (septiembre de 1936);
The Fifth Column and the First Forty-Nine Stories
(Nueva York: Charles Scribner's Sons, 1938, 597 págs.)

Ernest Hemingway
(Oak Park, Ilinois, E.U, 1899 - Ketchum, Idaho, E.U., 1961)

AHORA ERA HORA de comer y estaban cocinero, los criados, el despellejador y los
sentados bajo la doble lona verde de la porteadores. Los porteadores de armas no
tienda comedor, fingiendo que no había habían tomado parte en el desfile. Cuando
pasado nada. los muchachos nativos lo depositaron en el
—¿Queréis zumo de lima o limonada? — suelo a la puerta de su tienda, Macomber
preguntó Macomber. les estrechó a todos la mano, recibió sus
—Yo tomaré un gimlet —le dijo Robert felicitaciones y luego entró y se sentó en la
Wilson. cama hasta que llegó su mujer. Cuando ella
—Yo también tomaré un gimlet. entró no le dijo nada, él salió de la tienda
Necesito tomar algo —dijo la mujer de enseguida para lavarse la cara y las manos
Macomber. en la jofaina portátil que había fuera y
—Supongo que es lo mejor —coincidió dirigirse luego a la tienda comedor, donde
Macomber—. Dígale que prepare se sentó en una cómoda silla de lona a la
tres gimlets. brisa y a la sombra.
El criado ya había comenzado a —Ya ha conseguido su león —le dijo
prepararlos, sacando las botellas de las Robert Wilson—, y un león
bolsas de lona isotérmicas, empapadas de condenadamente bueno.
humedad en el viento que soplaba a través La señora Macomber se volvió rauda
de los árboles que sombreaban las tiendas. hacia Wilson. Era una mujer
—¿Qué debería darles? —preguntó extremadamente guapa y bien conservada,
Macomber. poseía la belleza y posición social que cinco
—Una libra sería más que suficiente — años atrás le habían permitido exigir cinco
le dijo Wilson—. No querrá malcriarlos. mil dólares para promocionar, con
—¿El capataz lo repartirá? fotografías, un producto de belleza que
—Desde luego. nunca había utilizado. Llevaba once años
Media hora antes Francis Macomber casada con Francis Macomber.
había sido triunfalmente transportado —Era un buen león, ¿verdad? —dijo
hasta su tienda, desde los límites del Francis Macomber. Ahora su esposa le
campamento, a hombros y brazos del miraba. Miraba a los dos hombres como si
nunca los hubiera visto. agradecerle lo que hizo. Margaret, su
A uno, Wilson, el cazador profesional, esposa, apartó la mirada de él y la dirigió a
sabía que no lo había visto antes de Wilson.
emprender el safari. Era de estatura —No hablemos del león —dijo ella.
mediana y pelo pajizo, bigotillo de pelos Wilson le dirigió una mirada sin
cortos y tiesos, la cara muy roja y unos ojos sonreír y ahora fue ella quien le sonrió.
extremadamente azules con unas —Ha sido un día muy raro —dijo—. ¿No
arruguillas blancas en las comisuras que se debería llevar el sombrero puesto aunque
hacían más profundas cuando sonreía. estemos debajo de una lona? Me lo dijo
Ahora él le sonreía, y ella apartó la mirada usted, por si no lo recuerda.
de su cara y la dirigió a la caída de sus —Puede que me lo ponga —dijo Wilson.
hombros bajo la chaqueta holgada que —Sabe que tiene la cara muy roja,
llevaba, con cuatro grandes cartuchos en señor Wilson —le dijo ella, y volvió a
las presillas donde debería haber habido el sonreír.
bolsillo izquierdo, a sus manos grandes y —La bebida —dijo Wilson.
morenas, a sus pantalones viejos, sus botas —No lo creo —dijo ella—. Francis bebe
muy sucias, y luego volvió a su cara roja. Se mucho, pero la cara nunca se le pone roja.
fijó en que el rojo recocido de su cara —Hoy está roja —dijo Macomber
quedaba delimitado por una línea blanca intentando hacer un chiste.
que señalaba la frontera de su sombrero —No —dijo Margaret—. La mía es la
Stetson, que ahora colgaba de uno de los que está hoy roja. Pero la del señor Wilson
colgadores del palo de la tienda. lo está siempre.
—Bueno, por el león —dijo Robert —Debe de ser una cuestión racial —dijo
Wilson. Volvió a sonreír a la señora Wilson—. Y digo yo, ¿qué les parece si
Macomber, y esta, sin sonreír, miró con dejamos de hablar de mi belleza?
curiosidad a su marido. —Pero si acabo de empezar.
Francis Macomber era muy alto, muy —Pues vamos a dejarlo —dijo Wilson.
bien formado si no te importaba que —La conversación va a ser difícil —dijo
tuviera los huesos tan largos, atezado, con Margaret.
el pelo rapado como un galeote, labios —No seas tonta, Margot —dijo su
bastante finos, y se le consideraba un marido.
hombre apuesto. Llevaba la misma clase de —De difícil nada —dijo Wilson—. Ha
ropas de safari que Wilson, solo que las conseguido un león magnífico.
suyas eran nuevas. Tenía treinta y cinco Margot los miró a los dos, y ambos se
años, se mantenía muy en forma, era buen dieron cuenta de que estaba a punto de
deportista, poseía varios récords de pesca llorar. Wilson hacía ya rato que se lo veía
mayor, y acababa de demostrarse a sí venir, y le aterraba. Pero Macomber ya
mismo, a la vista de todo el mundo, que era había superado ese terror.
un cobarde. —Ojalá no hubiera ocurrido. Oh, ojalá
—Por el león —dijo—. Nunca podré no hubiera ocurrido —dijo ella, y se dirigió
a su tienda. No emitió ningún sonido, pero —Es ilegal —dijo Wilson—. Se supone
los dos vieron que le temblaban los que debemos multarlos.
hombros bajo la camisa de color rosa, —¿Y usted aún los azota?
resistente al sol. —Oh, sí. Si decidieran quejarse
—Las mujeres se disgustan —le dijo armarían un follón de mil demonios. Pero
Wilson al hombre alto—. En realidad no ha no se quejan. Lo prefieran a las multas.
sido nada. Los nervios demasiado tensos, y —¡Qué raro! —dijo Macomber.
una cosa y otra... —No, la verdad es que no es raro —dijo
—No —dijo Macomber—. Supongo que Wilson—. Usted, ¿qué preferiría, perder el
ahora llevaré esa cruz el resto de mi vida. sueldo o que le dieran unos buenos azotes?
—Tonterías. Tomemos una copa de este Pero enseguida se avergonzó de haberle
matagigantes —dijo Wilson—. Olvídelo hecho aquella pregunta, y antes de que
todo. No ha sido nada. Macomber pudiera contestar añadió:
—Lo intentaremos —dijo Macomber—. —A todos nos dan una paliza todos los
De todos modos, nunca olvidaré lo que hizo días, sabe, de uno u otro modo.
por mí. Eso tampoco lo arregló. Dios mío, se
—Nada —dijo Wilson—. Tonterías. dijo. Qué diplomático soy.
De modo que se quedaron sentados a la —Sí, a todos nos dan una paliza —dijo
sombra. Habían instalado el campamento Macomber, todavía sin mirarle—. Siento
bajo unas acacias de ancha copa, y detrás muchísimo lo del león. No tiene por qué
de ellos había un precipicio salpicado de salir de aquí, ¿verdad? Quiero decir que
rocas, delante una extensión de hierba que nadie tiene por qué enterarse, ¿no cree?
iba hasta la orilla de un arroyo lleno de —¿Quiere decir si lo contaré en el
rocas, y más allá un bosque. Tomaron sus Mathaiga Club? —Ahora Wilson lo miraba
bebidas de lima, enfriadas al punto, y fríamente. No se esperaba eso. Así que
evitaron mirarse a los ojos mientras los además de un maldito cobarde es un
criados preparaban la mesa para comer. maldito cabrón, se dijo. Me caía bastante
Wilson se dio cuenta de que todos los bien hasta hoy. Pero con los americanos
criados ya estaban al corriente, y cuando nunca se sabe.
vio al criado personal de Macomber —No —dijo Wilson—. Soy un cazador
mirando a su amo lleno de curiosidad profesional. Nunca hablamos de nuestros
mientras ponía los platos en la mesa le clientes. Puede estar tranquilo por lo que a
espetó unas palabras en swahili. El chico eso respecta. Además, se supone que es de
apartó la mirada. Estaba pálido. mal tono pedirnos que no hablemos.
—¿Qué le estaba diciendo? —preguntó Acababa de decidir que lo mip fácil
Macomber. sería romper cualquier asomo de amistad.
—Nada. Le he dicho que se espabilara o Comería solo, y durante las comidas podría
me encargaría de que le dieran quince de leer. Todos comerían solos. Durante el
los buenos. safari mantendría con ellos esa relación
—¿Quince qué? ¿Azotes? más formal —¿cómo lo llamaban los
franceses?, distinguida consideración— y te fijabas en cómo lo delataban los ojos
sería muchísimo más fácil que tener que cuando estaba ofendido.
pasar por toda esa basura emocional. Le —A lo mejor puedo arreglarlo cuando
insultaría y romperían limpiamente su cacemos búfalos —dijo Macomber—.
amistad. Luego podría leer algún libro a la Cazaremos búfalos, ¿verdad?
hora de comer y seguiría bebiéndose el —Por la mañana, si quiere —le dijo
whisky de los Macomber. Esa era la frase Wilson. Tal vez se había equivocado. Desde
adecuada para cuando un safari iba mal. Te luego, así era como había que tomárselo.
topabas con otro cazador y le preguntabas: Desde luego, no se sabía nunca con estos
“¿Cómo va todo?”, y él te contestaba: “Oh, americanos. Ahora ya volvía a estar del
todavía sigo bebiéndome su whisky”, y lado de Macomber. Si conseguía olvidarse
sabías que todo se había ido al garete. de esa mañana. Pero claro, no podía.
—Lo siento —dijo Macomber, y lo miró Aquella había sido una mala mañana con
con esa cara de americano que seguiría ganas.
siendo adolescente hasta que alcanzara la —Aquí viene la memsahib —dijo. Volvía
mediana edad, y Wilson observó su pelo de su tienda, parecía haberse refrescado y
cortado a cepillo, su mirada apenas furtiva, se la veía alegre y encantadora. Su cara era
la hermosa nariz, sus finos labios y la un óvalo perfecto, tan perfecto que
apuesta barbilla—. Siento mucho no esperabas que fuera estúpida. Pero no lo
haberme dado cuenta. Hay muchas cosas era, se dijo Wilson, no, no era estúpida.
que ignoro. —¿Cómo está el guapo señor Wilson de
Qué podía hacer, pues, se dijo Wilson. cara roja? ¿Te encuentras mejor, Francis,
Estaba a punto de acabar con aquella tesoro?
relación de una manera rápida y limpia, y —Oh, mucho mejor —dijo Francis.
el miserable se ponía a disculparse después —Ya no quiero pensar más en eso —
de haberlo insultado. dijo Margaret, sentándose a la mesa—.
—No se preocupe por lo que yo pueda ¿Qué más da que Francis sea bueno o no
decir —replicó Wil matando leones? No es su oficio. Es el
son—. Tengo que ganarme la vida. Ya oficio del señor Wilson. El señor Wilson
sabe que en áfrica ninguna mujer falla impresiona bastante matando cualquier
cuando dispara a su león y ningún hombre cosa. Usted mata cualquier cosa, ¿verdad?
blanco sale nunca por piernas. —Oh, lo que sea —dijo Wilson—.
—Pues yo salí corriendo como un Sencillamente, lo que sea. —Son las más
conejo —dijo Macomber. Bueno, qué duras del mundo; las más duras, las más
demonios había que hacer con un hombre crueles, las más depredadoras y las más
que hablaba así, se preguntó Wilson. atractivas, y sus hombres se han ablandado
Wilson miró a Macomber con sus ojos o se han quedado con los nervios
azules y apagados de quien sabe manejar destrozados mientras ellas se endurecían.
una ametralladora y el otro le devolvió la ¿O es que solo escogen a los hombres que
sonrisa. Tenía una agradable sonrisa si no pueden manejar? Aunque a la edad en que
se casan eso no pueden saberlo, se dijo ocurrido por la mañana.
Wilson. Dio gracias por haber aprobado ya —Oh, no —dijo ella—. Ha sido
la asignatura de las mujeres americanas, encantador. Y mañana. No sabe lo
porque aquella era muy atractiva. impaciente que estoy por salir mañana.
—Iremos a cazar búfalos por la mañana —Lo que le ofrece es alce africano —
—le dijo a Margaret. dijo Wilson.
—Yo iré —dijo ella. —Son aquellos animales que parecen
—No, no irá. vacas y saltan como liebres, ¿verdad?
—Oh, sí, iré. ¿Puedo, Francis? —Supongo que es una manera de
—¿Por qué no te quedas en el describirlos —dijo Wilson. —La carne es
campamento? muy buena —dijo Macomber.
—Por nada del mundo —dijo ella—. No —¿Lo has matado tú? —preguntó
me perdería algo como lo de hoy por nada Margaret.
del mundo. —Sí.
Cuando Margaret se fue a llorar, estaba —No son peligrosos, ¿verdad?
pensando Wilson, parecía una mujer —Solo si te caen encima —dijo Wilson.
estupenda de verdad. Parecía comprender, —Me alegra saberlo.
darse cuenta de las cosas, que se apenaba —¿Por qué no dejas de joder, Margot?
por él y por ella y que sabía cuál era —dijo Macomber, cortando el bistec de alce
realmente la situación. Está fuera veinte africano y colocando un poco de puré de
minutos y ahora vuelve recubierta de esa patata, salsa y zanahoria en el tenedor
crueldad femenina americana. No hay vuelto del revés que atravesaba el trozo de
quien pueda con ellas. Desde luego, no hay carne.
quien pueda con ellas —Supongo que podré —dijo ella—, ya
—Mañana montaremos otro numerito que lo has expresado tan finamente.
para ti —dijo Francis Macomber. —Esta noche brindaremos con
—Usted no viene —dijo Wilson. champán por el león —dijo Wilson—. A
—Está usted muy equivocado —le mediodía hace demasiado calor.
contestó ella—. Y tengo muchísimas ganas —Oh, el león —dijo Margot—. ¡Se me
de verle actuar de nuevo. Esta mañana ha había olvidado el león!
estado fabuloso, si es que es fabuloso Así que, se dijo Robert Wilson, lo que
volarle la cabeza a un animal. pasa es que ella le está tomando el pelo,
—Aquí está la comida —dijo Wilson—. ¿no? ¿O quizá es la manera que tiene de
Está contenta, ¿verdad? montar el numerito? ¿Cómo ha de
—¿Por qué no? No he venido aquí a comportarse una mujer cuando descubre
bostezar. que su marido es un maldito cobarde? Es
—Bueno, no ha sido aburrido —dijo condenadamente cruel, pero todas son
Wilson. Desde donde estaba podía ver las crueles. Son las que mandan, desde luego,
rocas del río y la orilla elevada del otro y para mandar a veces hay que ser cruel.
lado, con los árboles, y se acordó de lo Sin embargo, ya estoy hasta las narices de
su maldito terrorismo. —¿Cree que mañana encontraremos
—Tome un poco más de alce —le dijo a algún búfalo?
Margaret cortésmente. —Es muy posible. Salen a pacer a
Al caer la tarde Wilson y Macomber primera hora de la mañana, y con suerte
salieron en el vehículo con el conductor podemos pillarlos en campo abierto.
nativo y dos porteadores de armas. La —Me gustaría poder borrar lo del león
señora Macomber se quedó en el —dijo Macomber—. No es muy agradable
campamento. Hacía demasiado calor para que tu esposa te vea hacer algo así.
salir, dijo, ya los acompañaría por la Yo hubiera dicho que era aún más
mañana temprano. Cuando se alejaban, desagradable hacerlo, se dijo Wilson, con
Wilson la vio de pie debajo del gran árbol, y esposa o sin esposa, o hablar de ello tras
le pareció más guapa que hermosa, con su haberlo hecho. Pero lo que dijo fue:
cansa caqui levemente rosada, el pelo —Yo no pensaría más en eso.
negro echado para atrás y recogido en una Cualquiera puede asustarse al ver un león
trenza en la nuca, su cutis tan lozano, se por primera vez. Asunto concluido.
dijo, como si estuviera en Inglaterra. Los Pero aquella noche, después de la cena
saludó con la mano cuando el coche se y un whisky con soda junto al fuego antes
alejó a través de la llanura pantanosa de de irse a la cama, mientras Francis
altas hierbas y giró para cruzar entre los Macomber estaba echado en la cama y
árboles y adentrarse en las pequeñas escuchaba los ruidos de la noche, no todo
colinas cubiertas de sabana. había concluido. Ni había concluido ni
En la sabana encontraron un rebaño de estaba empezando. Estaba ahí exactamente
impalas, y salieron del coche y acecharon como había ocurrido, con algunas partes
un viejo macho de cuernos largos y de gran indeleblemente subrayadas, y él se sentía
envergadura, y Macomber lo mató con un triste y avergonzado. Pero más que
meritorio disparo que derribó al animal a vergüenza sentía un miedo frío y hueco en
unos doscientos metros de distancia y puso su interior. El miedo seguía allí como un
al rebaño en desenfrenada huida, los hueco frío y viscoso, y en el lugar que antes
animales saltando y encaramándose en las ocupaba su seguridad en sí mismo se abría
grupas de los que iban delante, con unos un vacío, y eso le provocaba náuseas. Y
saltos en los que estiraban las largas ahora seguía con él.
piernas de una manera tan increíble que Había comenzado la noche antes,
parecía que flotaran, como en los saltos que cuando se despertó y oyó el león rugiendo
a veces se dan en sueños. en algún lugar inconcreto, río arriba. Era
—Ha sido un buen disparo —dijo un sonido grave, rematado por una especie
Wilson—. Son un objetivo pequeño. de gruñido mezclado con tos que parecía
—¿La cabeza vale la pena? —preguntó proceder de delante de su tienda, y cuando
Macomber. Francis Macomber se despertó en plena
—Es excelente —le dijo Wilson—. Si noche para oírlo tuvo miedo. Oía a su
dispara así no tendrá ningún problema. esposa respirando plácidamente, dormida.
No había nadie a quien poder decirle que dice la suya. No dispare hasta que esté lo
tenía miedo, con quien compartir el miedo, bastante cerca para asegurar el tiro.
y echado, solo, ignoraba ese proverbio —¿A menos de cien metros? —preguntó
somalí que dice que un hombre valiente Macomber. Wilson lo miró rápidamente.
siempre le tiene miedo a un león tres veces; —Cien metros está bien. Puede que
la primera vez que ve su rastro, la primera tenga que ser un poco menos. No se
vez que lo oye rugir y la primera vez que se arriesgue a disparar a más distancia. Cien
enfrenta a él. Por la mañana, mientras metros es una distancia razonable. A esa
desayunaba a la luz de un farol en la tienda distancia le dará siempre que quiera. Ahí
comedor, antes de que el sol saliera, el león viene la memsahib.
volvió a rugir y Francis pensó que estaba en —Buenos días —dijo Margaret—.
los limites del campamento. ¿Vamos a ir a por el león? —En cuanto
—Parece un viejo —dijo Robert Wilson, acabe de desayunar —dijo Wilson—. ¿Cómo
levantando la mirada de sus arenques se siente? —De maravilla —dijo ella—.
ahumados y su café—. Escuche cómo tose. Estoy muy emocionada.
—¿Está muy cerca? —Iré a supervisar que todo esté a
—Más o menos a un kilómetro y medio punto. —Wilson se marchó. Cuando se iba,
río arriba. el león volvió a rugir.
—¿Lo veremos? —Viejo gruñón —dijo Wilson—. Te
—Echaremos un vistazo. haremos callar.
—¿Llega tan lejos su rugido? Se oye —¿Qué pasa, Francis? —le preguntó su
como si estuviera en el campamento. mujer.
—Se le puede oír desde muy lejías — —Nada —dijo Macomber.
dijo Robert Wilson—. Es curioso lo lejos —Sí, algo te pasa —dijo ella—. ¿Por qué
que puede llegar. Esperemos que sea un estás tan alterado? —No me pasa nada —
gato que valga la pena cazar. Los criados dijo él.
dijeron que había uno muy grande por —Dímelo —dijo ella mirándolo—. ¿No
aquí. te encuentras bien? —Son esos condenados
—Si le disparo, ¿dónde debo apuntar rugidos —dijo—. Lleva así toda la noche,
para detenerle? —preguntó Macomber. ¿sabes?
—Entre los hombros —dijo Wilson—. —¿Por qué no me has despertado? —
En el cuello si cree que podrá darle. Busque dijo ella—. Me habría encantado oírlo.
el hueso. Derríbelo. —Tengo que matar a ese maldito
—Espero darle en el lugar adecuado — animal —dijo Macomber, abatido.
dijo Macomber. —Bueno, para eso estás aquí, ¿no?
—Usted dispara muy bien —le dijo —Sí. Pero estoy nervioso. Oír esos
Wilson—. Tómese su tiempo. Asegure el rugidos me pone los nervios de punta.
tiro. El primero es el que cuenta. —Bueno, pues como dijo Wilson,
—¿A qué distancia estará? mátalo y acaba con esos rugidos.
—No se sabe. En eso el león también —Sí, cariño —dijo Francis Macomber—.
Es fácil de decir, ¿verdad? metálicos, echó el cerrojo y puso el seguro.
—No tendrás miedo, ¿verdad? Vio que le temblaba la mano. Se metió la
—Claro que no. Pero estoy nervioso mano en el bolsillo y tocó los cartuchos que
después de oírlo rugir toda la noche. llevaba, y pasó los dedos por los cartuchos
—Dispararás de maravilla y lo matarás que llevaba en las presillas de la pechera de
—dijo ella—. Sé que lo harás. Estoy la chaqueta. Se volvió hacia Wilson,
terriblemente ansiosa por verlo. sentado en la parte de atrás del vehículo,
—Acaba tu desayuno y nos pondremos sin puerta y cuadrado, junto a su mujer, los
en marcha. dos sonriendo de la emoción, y Wilson se
—Aún no es de día —dijo ella—. Es una inclinó hacia delante y le susurró:
hora ridícula. Justo en ese momento el león —Fíjese en cómo bajan los pajarracos.
rugió con un gemido cavernoso, Eso significa que el abuelete ha
repentinamente gutural, una vibración abandonado su presa.
ascendente que pareció sacudir el aire y En la otra ribera del río Macomber vio,
acabó en un suspiro y en un gruñido por encima de los árboles, buitres dando
intenso y cavernoso. vueltas y bajando en picado.
—Suena casi como si estuviera aquí — —Es probable que se acerque a beber
dijo la mujer de Macomber. por aquí —le susurró Wilson—. Antes de
—Dios mío —dijo Macomber—. Odio echarse un rato. Mantenga los ojos
ese condenado ruido. —Es de lo más abiertos.
impresionante. Conducían lentamente por la elevada
—Impresionante. Es aterrador. ribera del río, que en aquel lugar caía en
Robert Wilson apareció sonriegte con picado hasta el lecho lleno de rocas, y
su Gibbs de calibre 505, feo, chato y de avanzaron serpenteando entre los árboles.
boca sorprendentemente grande. Macomber estaba atento a la otra orilla
—Vamos —dijo—. Su porteador de cuando notó que Wilson lo agarraba del
armas ya tiene el Springfield y el rifle de brazo. El coche se detuvo.
gran calibre. Todo está en el coche. ¿Lleva —Ahí está —oyó decir en un susurro—.
la munición? Vaya hacia delante y a la derecha. Baje y
—Sí. mátelo. Es un león maravilloso.
—Estoy lista —dijo la mujer de Entonces Macomber vio el león. Estaba
Macomber. de pie, casi de lado, con la gran cabeza
—Hay que hacer que deje de armar levantada y vuelta hacia ellos. La brisa de
tanto jaleo —dijo Wilson—. Siéntese primera hora de la mañana que soplaba
delante. La memsahib puede ir detrás hacia ellos le revolvía la oscura melena, y el
conmigo. león parecía enorme, perfilado sobre la
Subieron al coche, y en el gris de la orilla del río a la luz gris de la mañana, los
primera luz del día remontaron el río entre hombros pesados, su cuerpo, en forma de
los árboles. Macomber abrió la recámara tonel, formando una curva suave.
de su rifle y vio las balas con sus casquillos —¿A qué distancia está? —preguntó
Macomber, levantando el rifle. estampidos lo bastante cerca para dar un
—A unos setenta y cinco metros. Baje y salto y coger al hombre que la esgrimía.
mátelo. Cuando Macomber salió del coche no
—¿Por qué no le disparo desde donde pensaba en lo que el león sentiría. Solo
estoy? sabía que las manos le temblaban, y
—No se dispara desde el coche —oyó mientras se alejaba del coche le parecía casi
que Wilson le decía al oído—. Baje. No va a imposible conseguir mover las piernas.
quedarse ahí todo el día. Tenía los muslos agarrotados, pero sentía
Macomber salió por la abertura curva el pálpito de los músculos. Levantó el rifle,
que había al lado del asiento delantero, apuntó a la inserción de la cabeza del león
primero puso el pie en el estribo y luego en entre los hombros y apretó el gatillo. No
el suelo. El león permanecía allí, mirando pasó nada, y eso que apretó hasta que
majestuosa y fríamente hacia ese objeto pensó que se le iba a romper el dedo.
que sus ojos solo le mostraban en silueta, y Entonces se dio cuenta de que no había
que abultaba como un superrinoceronte. quitado el seguro, y cuando bajó el rifle
No le llegaba olor de hombre, y para quitarlo avanzó otro paso helado, y el
contemplaba el objeto moviendo su gran león, al ver cómo su silueta se separaba de
cabeza de un lado a otro. A continuación, la silueta del coche, se volvió e inició un
mientras seguía contemplando el objeto, trotecillo, y, cuando Macomber disparó,
sin temor, pero vacilando antes de bajar a oyó un golpe sordo que significaba que la
beber a la orilla con un cosa así delante de bala había dado en el blanco; pero el león
él, vio la figura de un hombre separarse del seguía moviéndose. Macomber volvió a
objeto; volvió su pesada cabeza para disparar y todos vieron que la bala levantó
alejarse hacia el resguardo de los árboles una salpicadura de tierra, y el león siguió
cuando oyó un estampido, casi un trotando. Volvió a disparar, acordándose
chasquido, y sintió el impacto de una sólida de que debía apuntar más abajo, y todos
bala del 30-06 que le perforó el flanco y le oyeron el impacto de la bala en el blanco, y
desgarró el estómago causándole una el león pasó a galopar y ya estaba en medio
náusea repentina y caliente. Echó a trotar, de las hierbas altas antes de que Macomber
pesado, con sus grandes patas, hubiera tenido tiempo de cargar el rifle.
balanceando el vientre herido, a través de Macomber comenzó a sentir náuseas, le
los árboles en dirección a las hierbas altas, temblaban las manos que sostenían el
donde podría protegerse, y el estampido se Springfield, aún en posición de disparo, y
repitió y lo oyó pasar desgarrando el aire. su esposa y Robert Wilson estaban a su
Hubo otro estampido y sintió el golpe en lado. Y también los dos porteadores de
las costillas inferiores y cómo la bala lo armas, hablando entre ellos en wakamba.
penetraba, laiangre caliente y espumosa en —Le he dado —dijo Macomber—. Le he
la boca, y galopó hacia las hierbas altas, dado dos veces.
donde podría acurrucarse y no ser visto y —Le dio en las tripas y luego un poco
atraer esa cosa que provocaba esos más adelante —dijo Wilson sin entusiasmo.
Los porteadores de armas parecían muy porteadores de armas señalaron con unos
serios. Ahora callaban. tallos, y el reguero se escurría hasta los
—Puede que lo haya matado — árboles de la ribera.
prosiguió Wilson—. Tendremos que —¿Qué hacemos? —preguntó
esperar un poco antes de ir a averiguarlo. Macomber.
—¿A qué se refiere? —No tenemos muchas opcic, nes —dijo
—Esperaremos a que se desangre un Wilson—. No podemos traer el coche. La
poco antes de ir a buscarlo. orilla es demasiado empinada. Dejaremos
—Oh —dijo Macomber. que se agarrote un poco y luego usted y yo
—Es un león de primera —dijo Wilson iremos a buscarlo.
con alegría—. Aunque se ha metido en un —¿No podríamos prender fuego a la
mal sitio. hierba? —preguntó Macomber.
—¿Por qué es un mal sitio? —Demasiado verde.
—Porque no podrá verlo hasta que lo —¿No podemos enviar batidores?
tenga encima. Wilson lo miró de arriba abajo.
—Ah —dijo Macomber. —Claro que podemos —dijo—. Pero es
—Vamos —dijo Wilson—. La memsahib casi un asesinato. Verá, sabemos que el
puede quedarse en el coche. Le echaremos león está herido. A un león que no está
un vistazo al rastro de sangre. herido se le puede empujar. Irá avanzando,
—Quédate aquí, Margot —le dijo huyendo del ruido. Pero un león herido
Macomber a su mujer. Tenía la boca muy está dispuesto a atacar. No lo ve hasta que
seca y le costaba mucho hablar. lo tiene encima. Se quedará totalmente
—¿Por qué? —preguntó ella. pegado al suelo en un escondrijo en el que
—Porque lo dice Wilson. se diría que no cabe ni una liebre. No
—Vamos a echar un vistazo —dijo parece muy acertado enviar a los criados a
Wilson—. Quédese aquí. Incluso lo verá este tipo de espectáculo. Alguien podría
mejor desde aquí. resultar malherido.
—Muy bien. —¿Y los porteadores de armas?
Wilson le habló en swahili al —Oh, ellos vendrán con nosotros. Es su
conductor. Este asintió y dijo: shauri. Han firmado un contrato para eso,
—Sí, bwana. ¿sabe? Aunque tampoco se les ve muy
A continuación bajaron la empinada contentos, ¿no cree?
orilla y cruzaron el río, trepando por —No quiero meterme ahí —dijo
encima de las rocas y sorteándolas y Macomber. Le salió antes de saber lo que
subieron a la otra ribera, ayudándose de decía.
algunas raíces que sobresalían, y siguieron —Ni yo —dijo Wilson alegremente—.
la ribera hasta llegar al lugar por donde Aunque la verdad es que no tengo elección.
había trotado el león cuando Macomber le —Entonces, como si no se le hubiera
disparó por primera vez. Había sangre ocurrido hasta ese momento, miró a
oscura en la hierba corta que los Macomber y de repente se dio cuenta de
que temblaba y de su patética expresión. venga si no quiere. Este es mi shauri,
—Naturalmente, no tiene por qué ¿sabe?
hacerlo —dijo—. Para eso me ha —Quiero ir —dijo Macomber.
contratado, sabe. Por eso soy tan caro. Se sentaron bajo un árbol y fumaron.
—¿Quiere decir que irá solo? ¿Por qué —¿Quiere volver y hablar con la
no lo dejamos allí? memsahib mientras esperamos? —
Robert Wilson, que hasta ese momento preguntó Wilson.
solo se había preocupado del león y del —No.
problema que presentaba, y que no había —Iré yo y le diré que tenga p7ciencia.
pensado en Macomber excepto para darse —Bueno —dijo Macomber. Se quedó
cuenta de que estaba hablando demasiado, allí sentado, con las axilas sudadas, la boca
súbitamente se sintió como el que abre la seca, sintiendo un vacío en el estómago,
puerta equivocada de una habitación de queriendo reunir el valor para decirle a
hotel y ve algo vergonzoso. Wilson que liquidara el león sin él. No
—¿A qué se refiere? podía saber que Wilson estaba furioso por
—¿Por qué no lo dejamos allí? no haberse dado cuenta antes del estado en
—¿Quiere decir que finjamos que no le que se encontraba y no haberle mandado
hemos dado? con su mujer. Mientras estaba allí sentado
—No. Simplemente dejarlo ahí. apareció Wilson.
—Eso no se hace. —He traído el rifle de gran calibre —
—¿Por qué? dijo—. Cójalo. Creo que ya le hemos dado
—Para empezar, seguro que está tiempo. Vamos.
sufriendo. Además, otros podrían Macomber cogió el rifle de gran calibre
tropezarse con él. y Wilson dijo: —Manténgase unos cinco
—Entiendo. metros detrás de mí y a la derecha y haga
—Pero usted se puede quedar al exactamente lo que le diga.
margen. A continuación habló en swahili con los
—Me gustaría ir —dijo Macomber—. Es dos porteadores de armas, que ponían cara
solo que estoy asustado. de funeral.
—Yo iré delante —dijo Wilson— y —Vamos —dijo.
Kongoni irá el último. Manténgase detrás —¿Podría beber un sorbo de agua? —
de mí y ligeramente a un lado. Muy preguntó Macomber. Wilson le dijo algo al
probablemente le oiremos gruñir. Si le porteador de más edad, que llevaba una
vemos, dispararemos los dos. No se cantimplora en el cinturón, y el hombre se
preocupe por nada. Le cubriré. De hecho, la quitó, desenroscó el tapón y se la entregó
sería mejor que no viniera. Sería mucho a Macomber, que la cogió pensando que
mejor. ¿Por qué no se va con la memsahib parecía muy pesada y notando la envoltura
mientras yo me encargo de todo? de fieltro peluda y barata. La levantó para
—No, quiero ir. beber y miró delante de él, las hierbas altas
—Muy bien —dijo Wilson—. Pero no y los árboles de copas aplanadas que había
detrás. Soplaba brisa en dirección a ellos, y mirando delante y escuchando; Macomber,
la hierba se ondulaba suavemente al viento. cerca de Wilson con el rifle montado;
Miró al porteador y se dio cuenta de que acababan de adentrarse en la hierba
también él sentía miedo. cuando Macomber oyó el medio gruñido
A unos treinta metros de donde mezclado con tos ahogado de sangre y vio
comenzaban las hierbas altas yacía el león, el movimiento que silbaba entre las
aplastado contra el suelo. Tenía las orejas hierbas. Cuando se dio cuenta estaba
gachas y el único movimiento que se corriendo; corriendo desaforadamente,
permitía era sacudir arriba y abajo su larga presa del pánico en campo abierto,
cola de pelo negro. Se había puesto en corriendo hacia el río.
guardia nada más llegar a ese escondite; Oyó el ¡patapum! del rifle de gran
sentía náuseas a causa de la herida en el calibre de Wilson, seguido de un segundo
vientre, y la herida de los pulmones lo ¡patapum!, y al volverse vio el león, que
había debilitado, haciendo aflorar una fina ahora tenía un aspecto horrible y al que
espuma roja en la boca cada vez que parecía faltarle la mitad de la cabeza,
respiraba. Tenía los flancos mojados y arrastrándose hacia Wilson en el límite de
calientes, y las moscas se arremolinaban en las altas hierbas, mientras el hombre de
torno a los pequeños orificios que las balas cara roja manipulaba el cerrojo de su rifle
habían abierto en su pellejo pardo; sus feo y chato y apuntaba cuidadosamente, y
grandes ojos amarillos, entrecerrados con otro ¡patapum! salía de la boca, y la mole
odio, miraban en línea recta, y solo reptante, pesada y amarilla del león se
parpadeaban cuando le llegaba el dolor, al quedaba rígida, la enorme cabeza mutilada
respirar, y sus garras se clavaban en la se deslizaba hacia delante, y Macomber,
tierra blanda y recocida. Todo él, dolor, solo en el claro al que había llegada
náusea, odio y todas las fuerzas que le corriendo, empuñando un rifle cargado
restaban, se tensaban en una concentración mientras dos negros y un blanco lo
absoluta para cuando hubiera que atacar. miraban con desprecio, supo que el león
Oía hablar a los hombres y esperaba, estaba muerto. Se acercó a Wilson, cuya
haciendo acopio de todas sus fuerzas para estatura parecía toda ella un puro
acometer en cuanto los hombres se reproche, y Wilson lo miró y le dijo:
adentraran en la hierba. Cuando oía las —¿Quiere sacar fotos?
voces la cola se le tensaba y la sacudía —No —dijo Macomber.
arriba y abajo, y, cuando se acercaron al No dijeron nada más hasta llegar al
límite de las hierbas, emitió su medio coche. Entonces Wilson dijo:
gruñido mezclado con tos y atacó. —Un león de primera. Los criados lo
Kongoni, el porteador de más edad, en despellejarán. Nosotros nos podemos
cabeza siguiendo el rastro de sangre; quedar a la sombra.
Wilson, que vigilaba las hierbas atento a La esposa de Macomber no le había
cualquier movimiento, el rifle de gran dirigido la mirada, ni él a ella, y Macomber
calibre a punto; el segundo porteador, se había sentado junto a ella en el asiento
de atrás, mientras Wilson iba delante. En Macomber tampoco sabía cuáles eran los
una ocasión le cogió la mano sin dirigirle la sentimientos de Wilson acerca de todo eso.
vista, y ella la apartó. Al mirar hacia al otro Tampoco sabía lo que sentía su esposa,
lado del río, donde los porteadores de más allá de que no quería saber nada de él.
armas desollaban el león, se dio cuenta de Su mujer ya se había enfadado con él
que ella lo había visto todo. Mientras otras veces, pero nunca duraba. él era muy
estaban allí sentados, su mujer extendió el rico, y seria mucho más rico, y sabía que
brazo y puso la mano en el hombro de ella no le abandonaría nunca. Era una de
Wilson. Este se volvió y ella se inclinó hacia las pocas cosas que sabía de verdad. Sabía
delante por encima del asiento y le besó en eso, de motos —eso fue antes—, de coches,
la boca. de cazar patos, de pesca, salmón, trucha y
—Oh, vaya —dijo Wilson, poniéndose en alta mar, de sexo en los libros, muchos
más rojo aún de lo que era su color natural. libros, demasiados libros, de todos los
—El señor Robert Wilson —dijo ella—. deportes de pista, de perros, no mucho de
El guapo señor Wilson de cara roja. caballos, de no perder el dinero que tenía,
A continuación volvió a sentarse al lado de casi todas las demás cosas que tenían
de Macomber y miró hacia el otro lado del que ver con su mundo, y que su mujer no le
río, donde yacía el león, con las patas dejaría. Su mujer había sido una gran
delanteras desnudas y levantadas, a la vista belleza, y seguía siendo una gran belleza en
los blancos músculos y los tendones, y la áfrica, pero en su país ya no era una belleza
barriga blanca e hinchada, mientras los tan llamativa como para dejarlo y
negros le iban arrancando la piel. Al final encontrar algo mejor, y ella lo sabía y él lo
los porteadores cargaron la piel, húmeda y sabía. A ella se le había pasado la
pesada, y se subieron a la parte de atrás del oportunidad de dejarlo y él lo sabía. Si él
coche, enrollándola antes de subir, y hubiese sido mejor con las mujeres
partieron. Nadie dijo nada más hasta que probablemente a ella habría comenzado a
estuvieron de regreso en el campamento. preocuparle que él pudiera encontrar una
Esa era la historia del león. Macomber nueva y bella esposa; pero ella le conocía
no sabía lo que el león había sentido antes demasiado bien y sabía que no tenía que
de echar a correr, ni cuando atacó, cuando preocuparse. Además, él siempre había
la increíble descarga de un 505 con una sido muy tolerante, cosa que parecería la
velocidad de salida de dos toneladas le dio mejor de sus virtudes de no ser la más
en el morro, ni lo que lo impulsó a seguir siniestra.
avanzando, cuando el segundo estampido Con todo, se les consideraba una pareja
le destrozó las patas traseras y continuó relativamente feliz, una de esas parejas de
arrastrándose hacia ese objeto que las que siipre se rumorea que se van a
retumbaba y explotaba y le había separar pero nunca ocurre, y, tal como lo
destruido. Wilson sí sabía algo de lo que expresó un columnista de sociedad,
sentía el león, y lo había expresado añadían más que una pizca de aventura a
diciendo: “Un león de primera”, pero su tan envidiado e imperecedero romance
mediante un safari en lo que se conocía —Muy bien —dijo él—. ¿Y qué?
como el “Africa más oscura” hasta que —Por mí, nada. Pero por favor, no
Martin Johnson la iluminó en tantas hablemos, cariño, porque tengo mucho
pantallas cinematográficas, donde sueño.
perseguían al viejo Simba, el león, al —Crees que voy a tragar con todo.
búfalo, a Tembo el elefante y coleccionaban —Sé que lo harás, cariño.
especímenes para el Museo de Historia —Bueno, pues no.
Natural. El mismo columnista había —Por favor, cariño, no hablemos.
informado que habían estado a punto tres Tengo mucho sueño. —Esto no se iba a
veces en el pasado, y era cierto. Pero repetir. Me prometiste que se había
siempre se reconciliaban. Su unión poseía acabado. —Bueno, pues resulta que no se
una base sólida. Margot era demasiado ha acabado —dijo ella dulce
hermosa para que Macomber se divorciara, mente.
y él tenía demasiado dinero para que ella le —Me dijiste que si hacíamos este viaje
dejara. eso no se repetiría. Me lo prometiste.
Eran ya las tres de la mañana, y Francis —Sí, cariño. Esa era mi intención. Pero
Macomber, que había dormido un rato ayer el viaje se fue al garete. No tenemos
después de dejar de pensar en el león, se por qué hablar de eso, ¿verdad?
despertó y volvió a dormirse, y de repente —En cuanto has tenido la oportunidad
volvió a despertarse, asustado por un sueño la has aprovechado, ¿verdad?
en el que tenía encima la cabeza —Por favor, no hablemos. Tengo tanto
ensangrentada del león, y mientras sueño, cariño. —Pues pienso hablar.
escuchaba el fuerte latido de su corazón se —Pues no te preocupes por mí, porque
dio cuenta de que su mujer no estaba en el yo tengo intención de dormir. —Y eso hizo.
otro catre de la tienda. Con esa idea se Antes de que amaneciera estaban los
quedó despierto dos horas. tres a la mesa, desayunando, y Francis
Transcurrido ese tiempo su mujer Macomber descubrió que, de todos los
entró en la tienda, levantó la mosquitera y hombres a los que había odiado, Robert
se instaló confortablemente en su catre. Wilson era el que más odiaba.
—¿Dónde has estado? —preguntó —¿Ha dormido bien? —preguntó
Macomber en la oscuridad. —Hola —dijo Wilson con su voz ronca, llenando una
ella—. ¿Estás despierto? pipa.
—¿Dónde has estado? —¿Y usted?
—Salí a tomar un poco el aire. —De primera —le dijo el cazador
—Y un cuerno. profesional.
—¿Qué quieres que diga, cariño? Cabrón, se dijo Macomber, cabrón
—¿Dónde has estado? insolente.
—Salí a tomar un poco el aire. Así que ella lo despertó al enttar, se dijo
—No sabía que ahora tenía ese nombre. Wilson, mirándolos a los dos con sus ojos
Eres una zorra. —Bueno, y tú un cobarde. azules e inexpresivos. Bueno, ¿por qué no
la pone en su sitio? ¿Qué cree que soy, un —¿Estaba mala la comida? —preguntó
maldito santo de yeso? Que la ponga en su Wilson sin inmutarse. —No tan mal como
sitio. Es culpa de él. todo lo demás.
—¿Cree que encontraremos algún —Me gustaría que se calmara un poco,
búfalo? —preguntó Margot, apartando un hombre —dijo Wilson sin alterarse—. Uno
plato de albaricoques. de los criados que sirve la mesa entiende
—Es posible —dijo Wilson, y le sonrió— un poco de inglés.
. ¿Por qué no se queda en el campamento? —Que se vaya al infierno.
—Por nada del mundo —le dijo ella. Wilson se puso en pie y se alejó dando
—¿Por qué no le ordena que se quede bocanadas a su pipa. Le dijo unas palabras
en el campamento? —le dijo Wilson a en swahili a uno de los porteadores de
Macomber. armas que estaba esperándole. Macomber
—Ordéneselo usted —le dijo fríamente y su mujer se quedaron sentados a la mesa.
Macomber. —Dejémonos de dar órdenes — él miraba fijamente la taza de café.
dijo Margot, y volviéndose hacia —Si armas una escena te dejo, cariño —
Macomber— y de tonterías, Francis. —Lo dijo Margot sin alterarse.
dijo en una voz bastante amable. —No lo harás.
—¿Está preparado? —preguntó —Ponme a prueba.
Macomber. —No me dejarás.
—Cuando quiera —le dijo Wilson—. —No —dijo ella—. No te dejaré si te
¿Quiere que la memsahib venga? comportas. —¿Comportarme? Hay que ver.
—¿Importa algo lo que yo quiera? Comportarme.
Al diablo, se dijo Robert Wilson. Al —Sí. Compórtate.
diablo una y mil veces. Así que esas —¿Por qué no pruebas a comportarte
tenemos. Bueno, pues como quieran. tú?
—Tanto da —dijo. —Llevo mucho tiempo intentándolo.
—¿Está seguro de que no le gustaría Muchísimo.
quedarse solo en el campamento con ella y —Odio a ese cerdo de cara roja —dijo
dejar que vaya yo solo a cazar el búfalo? — Macomber—. Odio su sola presencia.
preguntó Macomber. —Pues es muy simpático.
—Eso no lo puede hacer —dijo Wilson— —Oh, cállate —casi gritó Macomber.
. Si yo fuera usted no diría tonterías. Justo en ese momento apareció el coche. Se
—No digo tonterías. Estoy disgustado. paró delante de la tienda comedor y
—Una mala palabra, disgustado. salieron el conductor y los dos porteadores
—Francis, ¿quieres hacer el favor de de armas. Wilson se acercó y se quedó
hablar con sensatez? —dijo su esposa. mirando a marido y mujerrentados a la
—Hablo con toda la maldita sensatez mesa.
del mundo —dijo Macomber—. ¿Ha —¿Vamos a cazar? —preguntó.
probado alguna vez una comida tan —Sí —dijo Macomber poniéndose en
inmunda como esta? pie—. Sí.
—Más vale que cojan un jersey. Hará vegetación densa. La verdad es que no
frío en el coche —dijo Wilson. quería cazar ni búfalos ni ninguna otra cosa
—Cogeré mi chaqueta de piel —dijo con Macomber en ninguna parte, pero era
Margot. un cazador profesional, y en su vida había
—La tiene el criado —dijo Wilson. Se cazado con gente rara de verdad. Si hoy
subió delante con el conductor, y Francis conseguían un búfalo ya solo les quedaría
Macomber y su mujer se sentaron detrás el rinoceronte, y el pobre hombre ya habría
sin hablar. pasado por esa peligrosa prueba y todo
Espero que a este idiota no se le ocurra volvería a estar en orden. Podría romper
pegarme un tiro en la nuca, se dijo Wilson. con la mujer y Macomber también lo
En un safari las mujeres son un fastidio. superaría. Al parecer había pasado por
El coche rechinaba al cruzar el río por aquello muchas veces. Pobre desgraciado.
un vado lleno de rocas a la luz gris de la Debía de tener algún método para
mañana, y subió la otra empinada orilla en superarlo. Bueno, al fin y al cabo la culpa
ángulo. Allí Wilson había ordenado abrir era de ese pobre idiota.
un paso a golpe de pala el día antes para El, Robert Wilson, llevaba un catre de
que pudieran alcanzar aquella zona dos plazas para acomodar cualquier fruta
ondulada y boscosa que parecía un parque. madura que le cayera del cielo. Había
Era una buena mañana, se dijo Wilson. cazado para cierta clientela, internacional,
Había un denso rocío, y cuando las ruedas libertina, deportista, en la que las mujeres
aplastaban las hierbas y las matas bajas le parecían no quedar del todo satisfechas con
llegaba el olor de las frondas aplastadas. el safari hasta que compartían ese catre con
Era un olor como a verbena, y le gustaba el el cazador profesional. él las despreciaba
olor tempranero del rocío, los helechos cuando las tenía lejos, aunque algunas le
aplastados y el aspecto de los troncos de los habían gustado bastante en el momento, y
árboles, negros entre la neblina matinal, a se ganaba la vida con ellas; y sus normas
medida que el coche se abría paso por esa eran también las de él desde el momento
ve- getación sin caminos, parecida ala de en que lo contrataban.
un parque. Había apartado de su mente a Obedecía las normas de quienes le
los dos que iban detrás y estaba pensando contrataban excepto en lo que se refería a
en los búfalos. Los búfalos que él perseguía la caza. En la caza él tenía sus propias
se pasaban las horas de sol en un pantano normas, y los demás o se atenían a ellas o
de densa vegetación donde era imposible se buscaban a otro. También sabía que
disparar, pero por la noche pacían en una todos le respetaban por eso. Aunque ese
zona de campo abierto, y si podían Macomber era un tipo raro. Que me aspen
interponerse entre ellos y el pantano con el si no lo es. Y la mujer. Bueno, la mujer. Sí,
coche, Macomber tendría muchas la mujer. Mmm, la mujer. Bueno, eso lo
posibilidades de disparar en un terreno dejaría correr. Se volvió. Macomber estaba
abierto. No quería cazar búfalos ni ninguna apesadumbrado y furioso. Margot le
otra cosa con Macomber en una zona de sonrió. Hoy parecía más joven, más
inocente y lozana, con una belleza no tan kilómetros por hora a campo abierto, y
profesional. Dios sabe qué hay en su mientras Macomber miraba los búfalos
corazón, se dijo Wilson. La noche anterior estos se hacían más y más grandes, hasta
no había hablado mucho. Además, era un que llegó a distinguir el aspecto gris,
placer contemplarla. costroso y sin vello de un toro enorme, el
El coche ascendió una ligera pendiente cuello que formaba parte de sus hombros, y
y prosiguió entre los árboles. A el negro brillante de sus cuernos. Galopaba
continuación se adentro en un claro que un poco rezagado del resto, que iban en
era como una pradera cubierta de hierba, hilera con su paso firme y veloz; y luego el
manteniéndose al abrigo de los árboles de coche dio un bandazo como si se hubiera
la linde. El conductor iba despacio y Wilson subido a una carretera, los animales se
observaba atentamente la extensión de la aproximaron y vio la veloz enormidad del
pradera hasta donde se perdía, en el toro, y el polvo sobre su piel de escaso pelo,
horizonte. Hizo parar el coche y estudió la la amplia protuberancia del cuerno y el
planicie con sus binoculares. Luego le hizo hocico de fosas nasales anchas y dilatadas,
seña al conductor de que siguiera y el coche y ya levantaba el rifle cuando Wilson le
avanzó con lentitud, evitando los socavones gritó: “¡Desde el coche no, idiota!”, y no
dejados por los jabalíes y esquivando tuvo miedo, solo odió a Wilson, y hubo un
montículos de barro construidos por las frenazo y el coche derrapó, clavándose de
hormigas. A continuación, observando el lado en el suelo hasta quedar casi parado, y
campo abierto, Wilson se volvió de repente Wilson salió por un lado y él por el otro,
y dijo: trastabillando al tocar con los pies el suelo
—¡Dios mío, ahí están! porque el coche aún estaba en marcha, y
Y Macomber, mirando hacia donde le enseguida disparó al toro mientras este
señalaban mientras el coche avanzaba a seguía galopando, oyó cómo las balas le
saltos y Wilson le hablaba rápidamente en impactaban, vació el rifle mientras el
swahili al conductor, vio tres enormes animal se alejaba a paso firme, y al final
animales negros que parecían casi recordó que debía dirigir sus disparos entre
cilíndricos de tan largos y gruesos, como los hombros, y cuando intentaba recargar
grandes tanques negros, que galopaban por torpemente vio que el toro estaba en el
el otro extremo de la pradera abierta. suelo. Había caído de rodillas y sacudía la
Galopaban con el cuello y el cuerpo rígidos, cabeza. Al ver que los otros dos seguían
y pudo ver los cuernos negros, abiertos y galopando le disparó al líder y le dio.
curvados hacia arriba mientras avanzaban Volvió a disparar y falló, y oyó el carauang
con la cabeza adelantada; no movían la del rifle de Wilson y vio cómo el líder se
cabeza. desplomaba de narices.
—Son tres búfalos viejos —dijo —Dele al otro —dijo Wilson—. ¡Ahora
Wilson—. Les cortaremos el paso antes de dispare usted!
que lleguen al pantano. Pero el otro toro seguía galopando al
El coche iba a más de setenta mismo ritmo y Macomber falló, levantando
una salpicadura de polvo, y Wilson falló y —Primero vamos a rematar a ese búfalo
el polvo formó una nube y Wilson gritó: —le dijo Wilson. El búfalo estaba de
“¡Vamos, está demasiado lejos!”, y le cogió rodillas y sacudía furiosamente la cabeza,
del brazo y ya volvían a estar en el coche, bramando furioso desde sus ojos hundidos
Macomber y Wilson agarrados a los a medida que se le acercaban.
laterales y avanzando a toda mecha, dando —Ojo que no se levante —dijo Wilson. Y
bandazos por encima del terreno irregular, añadió—: Póngase un poco de lado y dele
acercándose al toro, que seguía con su en el cuello, justo detrás de la oreja.
galope constante, veloz, de cuello grueso y Macomber apuntó cuidadosamente al
línea recta. centro de ese cuello enorme y zarandeado
Estaban detrás de él y Macomber por la rabia y disparó. La cabeza se
estaba cargando el rifle, tirando los desplomó hacia delante.
casquillos al suelo, se le encasquilló el —Ya está —dijo Wilson—. Le ha dado
arma, la desencasquilló, y ya estaban casi en el espinazo. Son unos animales
encima del toro cuando Wilson gritó: impresionantes, ¿verdad?
“¡Para!” y el coche derrapó y casi vuelcan y —Vamos a echar un trago —dijo
Macomber cayó hacia delante sobre los Macomber. En su vida se había sentido tan
pies, cargó el rifle y disparó lo más adelante bien.
que pudo apuntar a la espalda negra, En el coche, la mujer de Macomber
redondeada y al galope, apuntó y volvió a estaba pálida.
disparar, y otra vez, y otra, y no falló ni una —Eres maravilloso, cariño —le dijo a
vez, pero las balas no parecían afectar al Macomber—. Menuda persecución.
animal. Entonces disparó Wilson, el —¿Ha sido duro?
estampido le dejó sordo, y vio que el toro —Ha sido espantoso. Nunca había
sQ tambaleaba. Macomber volvió a estado tan asustada. —Echemos un trago —
disparar, apuntando cuidadosamente, y el dijo Macomber.
animal cayó de rodillas. —Desde luego —dijo Wilson—. Déselo a
—Muy bien —dijo Wilson—. Buen la memsahib. —Margot bebió del whisky
trabajo. Este es el tercero. que había en la petaca y se estremeció un
Macomber se sintió ebrio de euforia. poco al tragar. Le entregó la petaca a
—¿Cuántas veces ha disparado? — Macomber, que se la pasó a Wilson.
preguntó. —Ha sido de lo más emocionante —dijo
—Solo tres —dijo Wilson—. Usted mató Margot—. Me ha dado un terrible dolor de
al primer toro. El más grande. Yo le he cabeza. No sabía que se permitía disparar
ayudado a acabar con los otros dos. Temía desde el coche.
que se metieran en la espesura. Usted los —Nadie ha disparado desde el coche —
mató. Yo solo le he echado una mano. Ha dijo Wilson fríamente. —Me refería a
disparado condenadamente bien. perseguirlos con un coche.
—Subamos al coche —dijo Macomber— —Normalmente no se hace —dijo
. Tengo sed. Wilson—. Aunque tal como lo hemos hecho
me ha parecido bastante deportivo. Nos llegó se dirigió a Wilson, y todos vieron el
hemos arriesgado más conduciendo por cambio que sufrió la cara del cazador.
esta planicie llena de baches que si —¿Qué ha dicho? —preguntó Margot.
hubiéramos cazado a pie. Los búfalos —Dice que el primer toro se ha
podrían habernos atacado cada vez que levantado y se ha metido en la espesura. —
disparábamos de haber querido. Les hemos Wilson habló con una voz totalmente
dado todas las oportunidades. De todos inexpresiva.
modos no se lo mencione a nadie. Es ilegal, —Oh —dijo Macomber, pálido.
si a eso se refería. —Entonces va a ser como lo del león —
—A mí me ha parecido muy injusto — dijo Margot, llena de impaciencia.
dijo Margot— perseguir a esos grandes —Ni de casualidad va a ser como lo del
animales indefensos en coche. león —le dijo Wilson—. ¿Quiere otro trago,
—¿Ah, sí? —dijo Wilson. Macomber?
—¿Qué pasaría si se enteraran en —Sí, gracias —dijo Macomber. Pensó
Nairobi? que volvería a experimentar la misma
—Que para empezar perdería mi sensación que con el león, pero no fue así.
licencia. Y otras cosas desagradables —dijo Por primera vez en su vida sintió que no
Wilson, echando un trago de la petaca—. tenía miedo. En lugar de miedo le invadía
Me quedaría sin trabajo. una auténtica euforia.
—¿En serio? —Vamos a echarle un vistazo a ese
—Sí, en serio. segundo búfalo —dijo Wilson—. Le diré al
—Bueno —dijo Macomber, y sonrió por conductor que ponga el coche en la
primera vez en todo el día—. Ahora ella le sombra.
tiene pifiado. —¿Qué van a hacer? —preguntó
—Siempre sabes decir las cosas con Margaret Macomber. —Echarle un vistazo
tanta delicadeza, Francis —dijo Margot al búfalo —dijo Wilson.
Macomber. Wilson los miró a los dos. Si un —Yo también voy.
cabrón se casa con una zorra, pensaba, —Vamos.
¿qué clase de animales serán los hijos? Lo Los tres se acercaron a la negra mole
que dijo fue—: Hemos perdido a uno de los del segundo búfalo, la cabeza echada hacia
porteadores. ¿Se han dado cuenta? delante, sobre la hierba, los cuernos
—Dios mío, no —dijo Macomber. enormes y separados.
—Ahí viene —dijo Wilson-,, Se —Es una cabeza magnífica —dijo
encuentra bien. Debe de haberse caído Wilson—. Debe de tener más de un metro
cuando dejamos atrás el primer búfalo. de envergadura.
Vieron acercarse al porteador de Macomber lo miraba encantado.
mediana edad, tocado con su gorro de —A mí me parece algo repugnante —
punto, su túnica caqui, sus pantalones dijo Margot—. ¿Podemos ir a la sombra?
cortos y sus sandalias de goma. Cojeaba, y —Claro —dijo Wilson—. Mire —le dijo a
se le veía sombrío y disgustado. Cuando Macomber, y seña- 16—: ¿Ve aquella
espesura? Como cuando revienta un dique. Ha sido
—Sí. pura emoción.
—Ahí es donde se ha metido el primer —Te depura el hígado —dijo Wilson—.
toro. El porteador dice que cuando él se Ala gente le pasan cosas muy raras.
cayó del coche el toro estaba en el suelo. Se La cara de Macomber resplandecía.
quedó mirando cómo perseguíamos a toda —Algo me ha pasado —dijo—. Me
velocidad a los otros dos búfalos. Cuando siento completamente distinto.
se volvió se encontró con el búfalo en pie y Su esposa no dijo nada y le miró con
mirándole. El porteador corrió como un extrañeza. Estaba sentada en el extremo
demonio y el toro se fue lentamente hacia del asiento y Macomber se inclinaba hacia
esos matorrales. delante mientras hablaba con Wilson, que
—¿Podemos ir a por él ahora? —dijo estaba de lado, hablando por encima del
Macomber, impaciente. Wilson lo estudió respaldo del asiento delantero.
lentamente. Que me aspen si esto no es —¿Sabe?, me gustaría probar con otro
raro, se dijo. Ayer estaba hecho un flan y león —dijo Macomber—. Ahora ya no me
hoy se comería el mundo. dan miedo. Después de todo, ¿qué pueden
—No, démosle un rato. hacerte?
—Por favor, vamos a la sombra —dijo —Exactamente —dijo Wilson—. Lo peor
Margot. Tenía la cara blanca y parecía que pueden hacerte es matarte. ¿Cómo es
enferma. ese fragmento? Shakespeare. Es
Se dirigieron al coche, que estaba bajo buenísimo. A ver si me acuerdo. Oh, es
un solitario árbol de copa ancha, y se buenísimo. Durante una época solía
metieron en él. repetírmelo. Vamos a ver. “A fe mía que no
—Lo más probable es que esté muerto me importa; un hombre solo puede morir
ahí dentro —observó Wilson—. Dentro de una vez; le debemos a Dios una muerte y
un rato iremos a echar un vistazo. tanto da cómo se la paguemos; el que
Macomber sintió una felicidad muere este año, el que viene ya se ha
desmedida e irracional que nunca había librado.” Buenísimo, ¿eh?
experimentado. Se avergonzó de haber revelado
—Dios mío, menuda persecución — aquellas palabras que habían guiado su
dijo—. Nunca había sentido nada igual. vida, pero había visto alcanzarla mayoría
¿No ha sido maravilloso, Margot? de edad a algunos hombres, y era algo que
—A mí me ha parecido horroroso. siempre le conmovía. Era totalmente
—¿Por qué? distinto de cumplir los veintiún años.
—Me ha parecido horroroso —dijo con Había hecho falta un momento singular
amargura—. Detestable. en la cacería, una acción precipitada que no
—¿Sabe?, no creo que nunca vuelva a había dado opción a pensárselo de
tener miedo de nada —le dijo Macomber a antemano, para provocar aquello en
Wilson—. Algltpasó dentro de mí después Macomber, pero tanto daba cómo había
de ver el búfalo y comenzar a perseguirlo. sucedido, lo cierto era que había sucedido.
Míralo ahora, se dijo Wilson. Lo que pasa que le digo, también tendrá miedo muchas
es que algunos siguen siendo unos críos veces.
durante mucho tiempo, se dijo Wilson. —Pero ¿no siente felicidad por lo que
Algunos toda la vida. Siguen pareciendo vamos a hacer?
unos chavales cuando cumplen los —Sí —dijo Wilson—. Eso ocurre. Pero
cincuenta. El gran niño-hombre no hay que hablar demasiado de esto.
americano. Qué gente tan extraña. Pero Déjelo. Si habla demasiado de una cosa
ahora ese Macomber le caía bien. Un tipo pierde la gracia.
bien raro. Probablemente eso también —No decís más que tonterías, los dos —
significaría que dejaría de ser un cornudo. dijo Margot—. Solo porque habéis cazado
Bueno, eso sí que estaría bien. Eso estaría unos anisales inocentes desde un coche
de primera. El tipo probablemente ha habláis como si fuerais héroes.
estado toda la vida asustado. No sabe cómo —Lo siento —dijo Wilson—. Me he
empezó. Pero ya lo ha superado. Con el disparado. —Empieza a estar preocupada
búfalo no ha tenido tiempo de estar por lo ocurrido, se dijo.
asustado. Eso y que también estaba —Si no sabes de qué hablas, ¿por qué te
furioso. Y el coche. Los coches te hacen metes? —le preguntó Macomber a su
sentirte más como en casa. Ahora está que mujer.
se come el mundo. En la guerra había visto —De repente te has vuelto muy
a gente a la que le pasaba algo parecido. Te valiente, así, sin más —dijo su mujer,
cambiaba más eso que perder la virginidad. zahereña. Pero su desprecio era vacilante.
Se te iba el miedo como si te lo hubieran Tenía miedo de algo.
extirpado. Y en su lugar surgía otra cosa. Macomber se rió, una carcajada muy
Lo más importante de un hombre. Lo que natural y campechana.
le hacía hombre. Las mujeres también lo —Y que lo digas —dijo—. Ya lo puedes
sabían. Adiós al maldito miedo. decir, ya.
Desde la otra punta del asiento —¿Y no es un poco tarde? —dijo
Margaret Macomber los miró a los dos. En Margot con amargura. Porque durante
Wilson no había ningún cambio. Vio a muchos años había hecho todo lo que había
Wilson tal como lo había visto el día antes, podido, y nadie tenía la culpa de que su
cuando comprendió por primera vez cuál matrimonio hubiera llegado a esa
era su gran talento. Pero ahora veía el situación.
cambio ocurrido en Francis Macomber. —No para mí —dijo Macomber.
—¿Siente también usted toda esta Margot no dijo nada, pero se reclinó en
felicidad por lo que va a ocurrir? — la esquina del asiento.
preguntó Macomber, explorando aún su —¿Cree que le hemos dado tiempo
nueva abundancia. suficiente? —le preguntó alegremente
—No debe mencionarlo —le dijo Macomber a Wilson.
Wilson, observando la cara del otro—. Se —Podemos ir a echar un vistazo —dijo
lleva más decir que está asustado. Y mire lo Wilson—. ¿Le queda munición?
—El porteador sí. era excitación, no miedo.
Wilson dijo unas palabras en swahili, y —Por aquí es por donde ha entrado —
el porteador, que estaba desollando una de dijo Wilson. A continuación le dijo al
las cabezas, se enderezó, sacó una caja de porteador en swahili—: Sigue el rastro de
balas del bolsillo y se las llevó a Macomber, sangre.
que llenó el cargador y se metió el resto en El coche estaba en paralelo a los
el bolsillo. matorrales. Macomber, Wilson y el
—También podría utilizar el Springfield porteador se bajaron. Macomber volvió la
—dijo Wilson—. Está acostumbrado a él. mirada y vio a su mujer con el rifle a su
Dejaremos el Mannlicher en el coche con la lado, mirándolo. La saludó con la mano,
memsahib. Su porteador puede llevar el pero ella no le devolvió el saludo.
arma pesada. Yo tengo este maldito cañón. La vegetación era muy espesa, y el
Y ahora deje que le explique una cosa. —Se terreno estaba seco. El porteador de
había guardado esto para el final porque no mediana edad sudaba profusamente, y
quería preocupar a Macomber—. Cuando Wilson se inclinó el sombrero delante de
un búfalo ataca lo hace con la cabeza alta y los ojos y su nuca roja apareció justo
echada hacia delante. No se le puede delante de Macomber. De repente el
disparar al cerebro porque la protuberancia porteador le dijo algo en swahili a Wilson y
de los cuernos lo protege. Solo se le puede echó a correr hacia delante.
disparar a la nariz. Solo hay otro disparo —Está muerto ahí delante —dijo
bueno, y es al pecho, o, si está de lado, al Wilson—. Buen trabajo. —Se volvió para
cuello o a los hombros. Una vez han coger la mano de Macomber, y mientras se
recibido un disparo se ponen hechos una la estrechaban, sonriéndose mutuamente,
furia.No intente ninguna filigrana. Elija la el porteador se puso a gritar como un loco y
opción más sencilla. Ya han acabado de le vieron salir de la espesura corriendo de
desollar la cabeza. ¿Nos ponemos en lado, veloz como un cangrejo, y el toro
marcha? también salió, el morro levantado, la boca
Llamó a los porteadores, que llegaron apretada, goteando sangre, el gran cabezón
sacudiéndose las manos, yel de más edad hacia delante, a la carga, los ojillos
se subió atrás. hundidos inyectados en sangre mientras
—Solo me llevaré a Kongoni —dijo los miraba. Wilson, que estaba delante, se
Wilson—. El otro puede quedarse a vigilar había arrodillado y disparaba, y Macomber,
que no vengan los pajarracos. mientras disparaba, no oyendo sus
Mientras el coche avanzaba lentamente disparos a causa del estruendo del arma de
por el claro, hacia la isla de árboles tupidos Wilson, vio fragmentos como de pizarra
que formaban una lengua de follaje que saltaban de la enorme protuberancia
siguiendo un cauce seco que cortaba el de los cuernos, y la cabeza sufrió una
terreno pantanoso abierto, Macomber sacudida, y volvió a disparar a las anchas
sintió que de nuevo el corazón le latía con fosas nasales y vio cómo los cuernos
fuerza y volvía a tener la boca seca, pero sufrían otra sacudida y salían volando
algunos fragmentos, y ahora no veía a Wilson se incorporó y vio el búfalo
Wilson, y, apuntando con cuidado, volvió a tendido de lado, las patas extendidas, su
disparar, y tenía la enorme mole del búfalo vientre de pelo ralo poblado de garrapatas.
casi encima, y el rifle estaba casi alineado Menudo toro, registró automáticamente su
con la cabeza que acometía, el morro cerebro. Aquí hay un metro de cornamenta.
levantado, y podía ver aquellos ojillos O más. Mucho más. Llamó al conductor y
malignos, y la cabeza empezó a descender y le dijo que extendiera una manta sobre el
sintió un repentino destello cegador, búfalo y se quedara junto a él. A
candente que estallaba dentro de su cabeza, continuación se acercó al coche, donde la
y ya nunca volvió a sentir nada más. mujer lloraba en un rincón.
Wilson se había hecho a un lado para —Menuda la has hecho —dijo en una
poder disparar a los hombros. Macomber voz sin inflexiones—. Pero si de todos
había permanecido impertérrito apuntando modos él te habría dejado.
a la nariz, disparando cada vez un pelín —Cállate —dijo ella.
alto y dándole en la pesada cornamenta, —Por supuesto, ha sido un accidente —
sacándole esquirlas y astillas como si le dijo—. Lo sé.
disparara a un tejado de pizarra, y la —Cállate —dijo ella.
señora Macomber, en el coche, le había —No te preocupes —dijo él—. Habrá
disparado al búfalo con el Mannlicher del que pasar por algunos momentos
6,5 porque pensó que iba a cornear a desagradables, pero haré que saquen
Macomber, pero le había dado a su marido, algunas fotos muy útiles para la
unos cinco centímetros por arriba y un investigación. También está el testimonio
poco a un lado de la base del cráneo. de los porteadores y del conductor. Estás
Ahora Francis Macomber estaba completamente a salvo.
tendido en el suelo, a dos metros de donde —Cállate —dijo ella.
yacía el búfalo, y su mujer se arrodillaba a —Hay muchísimas cosas que hacer —
su lado, Wilson junto a ella. dijo él—. Y tendré que mandar un camión
—Yo no le daría la vuelta —dijo Wilson. al lago para que telegrafíen pidiendo un
La mujer lloraba histérica. avión que nos lleve a los tres a Nairobi.
—Yo de ti volvería al coche —dijo ¿Por qué no le envenenaste? Es lo que
Wilson—. ¿Dónde está el rifle? hacen en Inglaterra.
Ella regresó con la cabeza, la cara —Cállate. Cállate. Cállate —gritó la
deformada. El porteador recogió el rifle. mujer.
—Déjalo como está —dijo Wilson. Y Wilson la miró con sus ojos azules e
luego—: Ve a buscar a Abdulá para que dé inexpresivos.
fe de cómo se ha producido el accidente. —Ya he terminado —dijo él—. Me había
Wilson se arrodilló, sacó un pañuelo enfadado un poco. Tu marido había
del bolsillo y lo extendió sobre la cabeza a empezado a caerme bien.
cepillo de Francis Macomber. La sangre —Oh, por favor, cállate —dijo ella—.
empapó la tierra seca y suelta. Por favor, cállate.
—Eso está mejor —dijo Wilson—.
Pedirlo por favor es mucho mejor. Ahora
me callo.
FIN

También podría gustarte