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Droga, cultura y

farmacolonialidad:

Lizardo Herrera y Julio Ramos


Editores

Colección Trazos
Colección Trazos
Directores: Gastón Molina y r aúl rodríguez freire

Droga, cultura y farmacolonialidad: la alteración narcográfica


EDITOR ES: LIZAR DO HER R ER A Y J ULIO R A MOS

© Lizardo Herrera y Julio Ramos, por la selección de textos y la introducción.


© Por los textos: Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, © herederos Fernando Ortiz,
1991; Mi museo de la cocaína, © Michael Taussig, 2004; “El colonialismo de la cocaína: Re-
beliones indígenas en América del Sur y la historia del psicoanálisis”, © Curtis Marez, 2004;
“La religión de la ayahuasca”, Néstor Perlongher, © Ediciones Excursiones, 2013; “Hacia un
narcoanálisis”, © Avital Ronell, 1992; “El yonqui, el yanqui y la Cosa”, © Juan Duchesne Win-
ter, 2001; “Estética y Anestésica: una reconsideración del ensayo sobre la obra de arte”, © Susan
Buck-Morss, 2005; “La fabricación del vicio”, © Henrique Carneiro, 2002; “Epidemias de la vo-
luntad”, © herederos Eve Kosofsky Sedgwick, 1993; “La adicción punitiva: la desproporción de
leyes de drogas en América Latina”, © Rodrigo Uprimny Yepes, Diana Esther Guzmán y Jorge
Parra Norato; “La era farmacopornográfica”, © Paul Beatriz Preciado, 2008; “El Fármacon
colonial: la Bioisla”, © Miriam Muñiz Varela, 2013; “Habitus furibundo en el gueto estadouni-
dense”, © Phillipe Bourgois, Fernando Montero Castrillo, Laurie Hart y George Karandinos,
2013; “El capitalismo como construcción cultural”, © Sayak Valencia, 2010; “La narcomáquina
y el trabajo de la violencia: apuntes para su decodificación”, © Rossana Reguillo, 2013.

Facultad de Ciencias Sociales


Universidad Central de Chile
San Ignacio 414, Santiago
Sitio Web: www.ucentral.cl/facso
Rector Universidad Central de Chile: Santiago González Larraín
Decana Facultad de Ciencias Sociales: Ana María Zlachevsky

Diseño y Diagramación: Aracelli Salinas Vargas


Corrección de Prueba: Marcela Rivera Hutinel

Registro ISBN Nº 978-956-330-058-1


Impreso en Chile / Printed in Chile
Índice

Introducción. Lizardo Herrera y Julio Ramos 7

De la transculturación del tabaco. Fernando Ortiz 33

Mi museo de la cocaína. Michael Taussig 45

El colonialismo de la cocaína: Rebeliones indígenas en 67


América del Sur y la historia del psicoanálisis. Curtis Marez

La religión de la ayahuasca. Néstor Perlongher 97

Hacia un narcoanálisis. Avital Ronell 127

El yonqui, el yanqui y la Cosa. Juan Duchesne Winter 145

Estética y ANESTÉSICA: una reconsideración del ensayo sobre 161


la obra de arte. Susan Buck-Morss

La fabricación del vicio. Henrique Carneiro 181

Epidemias de la voluntad. Eve Kosofsky Sedgwick 203

La adicción punitiva: la desproporción de leyes de drogas 221


en América Latina. Rodrigo Uprimny Yepes, Diana Esther Guzmán
y Jorge Parra Norato

La era farmacopornográfica. Paul Beatriz Preciado 245

El Fármacon colonial: la Bioisla. Miriam Muñiz Varela 269


Habitus furibundo en el gueto estadounidense. Phillipe 283
Bourgois, Fernando Montero Castrillo, Laurie Hart y George Karandinos

El capitalismo como construcción cultural. Sayak Valencia 305

La narcomáquina y el trabajo de la violencia: Apuntes 323


para su decodificación. Rossana Reguillo

Sobre los autores 343

Agradecimientos 347
INTRODUCCIÓN

Lizardo Herrera y Julio Ramos

I NT ROD U CC I ÓN 7
Hace algunos años, 
cuando comenzamos a
elaborar esta selección
de escritos sobre las drogas, nos enganchaba una pregunta inicial sobre
las dimensiones experimentales de la alteración sensorial y la historia de
sus efectos políticos y culturales. Nos interesaba entender el devenir no
evolutivo de las formas ancestrales y contemporáneas de la alteración, ya
fuera en las asincronías de los usos religiosos, bajo condiciones rituales, o
en las prácticas aparentemente secularizadas del goce o del exceso lúdico,
así como en los usos médicos y las proyecciones industriales del laboratorio
farmacológico, donde se cuecen los mayores (fetiches) anestésicos y esti-
mulantes de los siglos XIX , XX y XXI. Las complejas (des)territorializaciones
letales del narco-estado en los mapas del necro-capital complicaron aún
más nuestra genealogía de la alteración sensorial y los cambiantes sentidos
de la experimentación en el mundo contemporáneo.

Al final del aforismo 86 de La gaya ciencia, Nietzsche se hacía esta pre-


gunta: “¿Quién contará alguna vez la historia de nuestros narcóticos? ¡Es
casi la historia de nuestra ‘cultura’, de nuestra llamada ‘alta cultura’!”.
Avital Ronell propone una respuesta: “Nuestro trabajo fija su residencia
en este ‘casi’ nietzscheano: el lugar en el que los narcóticos articulan un
estremecimiento entre la historia y la ontología”. La violencia contem-
poránea estremece esa historia con presiones imprevistas por Nietzsche
y apenas sugeridas por Ronell en su narcoanálisis. La historia de “nues-
tros” narcóticos es también una de las dimensiones fundamentales de las
nuevas racionalidades del poder contemporáneo, no solo en el sentido
diacrítico que distingue en la alteración sensorial la traza de un límite y

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la proyección del “afuera” de la razón occidental moderna, sino también
porque ese “afuera” le resulta constitutivo como uno de sus órdenes o regí-
menes principales: estimulante de planetarias industrias farmacológicas,
de prósperas máquinas de guerra, de control de la seguridad y de la modi-
ficación neuro-política de las subjetividades.

Está claro que la heterogeneidad del archivo con que hemos trabajado por
varios años rebasa los marcos disciplinarios y problematiza cualquier modo
de entender los principios de la autonomía. El archivo incluye discursos
testimoniales, literarios, filosóficos, antropológicos, científicos, médicos,
religiosos, jurídicos y policiacos que buscan descifrar el sentido de la expe-
riencia singular potenciada por una sustancia –sea natural o artificial, con-
trolada o no por la ley– que desata la “conciencia” de sus amarres habituales
en el horizonte de un sensorio normativo, sedimentado en los “principios
de la realidad” y de la autonomía del sujeto. La textura de estos discursos
heterónomos y múltiples es propensa a los combinados y a los excesos. Se
trata con frecuencia de mezclas de escrituras de la experiencia y protocolos
de investigación: experimentaciones estéticas transitadas por el destello del
análisis social y político de la cultura de la droga. Aquí les llamaremos nar-
cografías en un sentido amplio que de ningún modo pretenderemos reducir a
la narco-literatura y a sus secuaces actuales, aunque estos también son parte
del archivo, intervenido, como ha sugerido Gabriela Polit, por las narrativas
de la industria cultural y por una exuberante dosis de pánico y euforia.

Estas formas desbordan cualquier distinción disciplinaria entre las aproxi-


maciones culturales o sociales al tema y los abordajes literarios que gravitan,
por ejemplo, entre los escritos de Thomas de Quincey, William Burroughs
y Néstor Perlongher y en esa vasta constelación de iluminaciones profanas
en los escritos de Charles Baudelaire, Rubén Darío, José Asunción Silva,
Arturo Borja, Julio Herrera y Reissig, Fernando Pessoa, Walter Benjamin,
Luis Palés Matos, José de Diego Padró, Henri Michaux, Octavio Paz,
Antonin Artaud, Philip K. Dick, Oscar del Barco, Andrés Caicedo, Yuri
Herrera, Heriberto Yépez o Rita Indiana Hernández, entre muchos otros.
Horizonte de experiencias sensibles exacerbadas donde, por cierto, esca-
sean las mujeres, lo que de entrada sugiere un drama de la masculinidad,
lúcidamente analizado por Sayak Valencia, en los pliegues de los discursos

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narcográficos en sus dimensiones más violentas.1 En cambio, no es casual
que la deconstrucción de cierta épica de la alteración sensorial incluya
un número notable de trabajos escritos por mujeres, tal como comprueba
nuestra selección en este volumen.

La historia del cine también añadiría lo suyo al archivo. Ejemplifica diver-


sas propuestas de desprogramación sensorial, a veces próximas –o acaso
modeladas por– los efectos de la alteración química, tal como ocurre con
los sobresaltos asociativos en los montajes del cinema experimental al cual
se refiere Antonin Artaud mediante un vocabulario de los sueños y las
pulsiones inconscientes muy afín al que usa en sus propias descripciones
de los viajes del peyote entre los Tarahumaras de México. En otros casos,
el cinema transforma el drama de la droga en disparador de relatos de pá-
nico, excitación o aversión que dan pie a todo tipo de pronunciamientos y
matices morales y reformistas (desde aquellos contra la reefer madness de la
marihuana en los años 1930 hasta los filmes de Víctor Gaviria y los seriales
sobre Pablo Escobar y los narcos) donde la excitación mediática empalma
con la producción (o el cuestionamiento) de estereotipos sociales y raciales.
Esto se hace especialmente visible durante épocas puntualizadas por cam-
bios de paradigma biopolítico y por reconfiguraciones de la gubernamen-
talidad, según los términos consabidos de Michel Foucault. No cabe duda
de que las representaciones de la droga y la alteración sintomatizan estas
zonas de intensificación e impugnación de los poderes sobre el cuerpo, la
percepción, el tiempo del trabajo, el goce, el abandono, el gobierno de la
vida y de la muerte, o de la muerte en vida, otra de las figuras clave en las
narrativas culturales y sociales de lo que el historiador brasileño Henrique
Carneiro ha llamado la construcción del vicio.

Ante la vastedad del archivo narcográfico, el hilo que recorre y ordena


flexiblemente los trabajos que conforman este volumen tiene que ver con
los retos que la droga y los discursos y testimonios sobre la alteración pre-
sentan a la teoría cultural contemporánea. Aunque la selección de textos
es variada e intenta dar cuenta de la proliferación de saberes, verdades –y

1 Ese drama de la masculinidad, como señala Valencia en Capitalismo gore, es acaso un aspecto
decisivo y muy poco explorado de la llamada narcoliteratura y del negocio contemporáneo de
la muerte, de la violencia, que desborda cualquier teoría “moderna” de una centralizada legiti-
midad estatal bajo los regímenes de la “desregularización” neoliberal.

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poderes– que la droga incita en sus trayectorias, proponemos una selección
de aproximaciones que generalmente se ubican en el cruce del análisis
estético-político, cultural y social. Estos abordajes al tema de la droga y
sus efectos tanto epistémicos como ontológicos ponen de relieve los obs-
táculos que su complejidad implica para cualquier reflexión actual sobre la
subjetividad, las políticas del cuerpo, su relación con la territorialidad, la
soberanía y el colonialismo.

De un modo u otro, nos parece que la “excepcionalidad” de la experiencia


desencadenada por el estímulo de la droga, incluso cuando es una instancia
de fuga o técnica de exploración espiritual, pone en juego los límites y las
fronteras de la racionalidad moderna y sus estéticas. Al mismo tiempo,
buena parte de los escritos sobre las economías de la alteración sensorial
–incluida la poesía del éxtasis, como la llama Néstor Perlongher– remiten
con insistencia a una zona muy problemática de la experiencia donde la
potencia de la experimentación y del goce queda atrapada por la sospecha
–o la constatación– de una especie de debilitamiento o crisis de la “volun-
tad”, lo que suscita una amplia y nerviosa gama de preguntas y discursos
sobre los riesgos del descontrol compulsivo y la abyección de la adicción.
Estos discursos sobre el riesgo de la dependencia y la crisis de la voluntad
explicitan frecuentemente el traslado del vocabulario político de la sobe-
ranía a las dimensiones subjetivas, aunque ahora en el plano individual
de la conciencia y del funcionamiento de la persona, como llama Roberto
Esposito a esa instancia moderna del sujeto individual, de la autonomía
que el liberalismo asigna a su lugar ideal.

En ese sentido, la droga –llamémosle así por ahora sin ignorar la vaguedad
del término– no es un objeto común y corriente: su materialidad química
transforma a los sujetos que toca en su deriva. Su potencia es capaz de tras-
tornar algunos de los aspectos constitutivos, aspectos de la identidad que
se piensan fundamentales o esenciales del sujeto que la consume. Trastoca
nada menos que los lazos entre el sensorio y los objetos de la conciencia,
la percepción “adecuada” de lo real, lo que suscita interrogantes sobre el
“juicio” del sujeto bajo el impacto de la sustancia, interrogantes sobre el
control, la voluntad, la atención, la productividad, la efectividad misma del
“gobierno de sí” y la autonomía de la persona.

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Más que un objeto la droga es lo que Michel Serres ha llamado un qua-
si-sujeto. Es un operador de afectos en las redes subjetivas e intersubjetivas
del poder. Su potencia impacta el lugar del sujeto en el ámbito de las repre-
sentaciones y los discursos, pero evidentemente estimula también cambios
neuronales en una compleja química de los afectos. Esta economía de los
afectos borronea cualquier límite estable o distinción esquemática entre
sujeto y objeto, entre cultura y naturaleza. La droga toca una zona somá-
tica de la experiencia, es decir, de la realidad “orgánica” de la subjetividad,
donde también opera la ingeniería social y donde se extiende el rampante
desarrollo de lo que Paúl Beatriz Preciado ha llamado el poder farma-
co-pornográfico contemporáneo, ya no solo por las dimensiones interpelati-
vas de la inscripción del sujeto en un orden simbólico, representacional o
ideológico, sino material y orgánico a la vez que psíquico.

Entonces no debe sorprendernos que la alteración toca la “naturaleza” mis-


ma del lenguaje. La palabra misma, “droga”, es esquiva, elusiva, como si el
acto de nombrarla, en ciertos circuitos, evocara el riesgo de un exceso que
las palabras designan como efectos de la alteración. Sus contenidos proli-
feran como un desborde de los cuerpos, entre los cuerpos, saberes y fuerzas
que se dispersan o se reconcentran –a veces violentamente– en torno de
las prácticas y economías que se cristalizan en estos nombres. Un vistazo
a la monumental Historia general de las drogas de Antonio Escohotado nos
da una idea de la procedencia múltiple tanto de las sustancias como de los
sistemas de clasificación y control (religiosos, morales, médicos, jurídicos,
industriales) que históricamente se multiplican en torno a la embriaguez
y la intoxicación. Desde el siglo XIX , el capitalismo no solo ha poblado el
mundo que habitamos de cosas, instrumentos, mercancías creadas para
todo tipo de uso y modulaciones del consumo; sino que también nos ha
expuesto a la producción masiva de esos objetos semi-mágicos, sustan-
cias-fetiches que conforman una fluida panoplia farmacológica, “reme-
dios” para las dolencias físicas y achaques psíquicos, habidos y por haber.
Estos son hoy los suplementos químicos que se suministran y mercadean
como modos de alteración requeridos para la supuesta “normalización”
de los sujetos. En este contexto, el fármaco, veneno y remedio, según la
conocida fórmula de Derrida en “La farmacia de Platón”, interviene en
esa maleable plasticidad orgánica donde se inscribe una de las dimensiones

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de la subjetivación y del control, lo que nos parece irreductible al análisis
exclusivo de los tropos, de los deslices figurativos de aquello que Jacques
Derrida denominaba la “Retórica de las drogas”, un tema elaborado por
Ronell en su libro fundamental, Crack Wars, donde investiga la recurrencia
de la droga como una figura del imaginario literario y filosófico moderno,
y donde asimismo postula, por el anverso, la literatura y la filosofía como
el arrojo y el descarrilamiento de las verdades e instituciones del Sujeto.

Por todo esto, no nos sorprende que las sustancias y la embriaguez siempre
hayan estado sometidas a las formas más variadas del control, prescripción
e interdicción. Los controles se dan a partir de por lo menos tres zonas de
riesgo donde opera la alteración. Lo que a su vez explica la diferencia entre
tres regímenes de alteración y de control, y las normativas correspondientes
a sus distintivas políticas del cuerpo: 1) a partir de la potencia y el poder de
la conexión divina que los dones de la sustancia acarrean o posibilitan, 2)
del trastorno de la racionalidad de la persona bajo el impacto de sus efectos
sobre el “juicio” y la “voluntad”, o 3) de las pugnas sobre el control de los
saberes, las tecnologías, el capital que se acumula en torno de la produc-
ción, consumo y gobierno de estas sustancias capaces de controlar el dolor,
de estimular los ánimos, de condicionar los estados de la normalidad y la
percepción misma de la realidad. Está claro que la potencia que consigna
la droga no es poca cosa. Bajo el escrutinio constante de la ley, los usos de
la sustancia explicitan y ponen en juego las condiciones del control y sus
excedentes, es decir, el “afuera” o la “excepción” de los distintos estados
normativos en la historia del cuerpo y los sujetos. Por eso, desde comienzos
del siglo XIX hasta nuestros días, la experiencia de la alteración de la con-
ciencia, del ánimo y de los afectos incita a todo tipo de discusiones sobre el
gobierno de sí y los límites porosos (y maleables) de la subjetividad.

Si por un lado la droga altera la percepción y la conciencia, por otro lado


provoca discursos de reordenamiento. Incluso Perlongher, en un texto que
celebra la fuga de los cabales del sujeto en la experiencia del éxtasis, ad-
vierte que “lo puro dionisíaco es un veneno. Para mantener la lucidez en el
torbellino hace falta una forma. Sabemos que esa forma es poética”. Ahí se
erige un saber del torbellino y del exceso. Para que la alteración provocada
por la droga cobre el sentido superior de la experiencia del éxtasis, requiere

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la intervención del discurso, de una forma. Esa forma poética, para Perlon-
gher, atisba o vislumbra lo divino, una especie de plus de trascendencia (sin
Cielo) a la que también se ha referido el filósofo Oscar del Barco cuando
interpreta su viaje con los hongos alucinógenos de acuerdo con el vocabu-
lario de una filosofía de lo “post-humano”. No hay que confundir la puesta
en forma de la alteración con el sometimiento a una lógica instrumental,
disciplinaria, aunque son múltiples los casos, comenzando con el propio
De Quincey, en que el testimonio sobre la alteración (y las compulsiones
adictivas en su caso), se proponen como un modo de documentación, como
un servicio al estudio científico de los efectos de la droga. Muchos de es-
tos “testimonios”, como el de Benjamin sobre el hachís o el de Preciado
sobre la (auto)adminstración de la testosterona, trabajan dentro del marco
del “protocolo” experimental. Benjamin incluso llevaba a un médico que
tomaba apuntes durante sus experimentos con el hachís y la mezcalina.
Como señala Gilles Deleuze, muchos de estos testimonios condensan el
afán de investigación entre estos arriesgados campeones de la experimen-
tación moderna. Experimentaciones que nuevamente nos llevan a pensar
en la peculiaridad ontológica de la droga como materia quasi-subjetiva,
que engancha en las puntas de los aspectos aparentemente más subjetivos
del ser, para producir allí lo que luego se interpreta como el recorrido de
límites y alteridades. No por casualidad las narcografías con tanta frecuen-
cia inscriben la experiencia con las drogas mediante las convenciones del
relato de viaje. El “viaje” transita las fronteras entre espacios y tiempos
discontinuos; traza puentes, mediaciones, entre los espacios desiguales de
la ley, los principios instrumentalizados de lo real, y las experiencias y los
tiempos múltiples que la racionalidad moderna progresivamente va dejan-
do fuera de sí.

La selección de las narcografías que aquí presentamos comienza con


unos incisivos pasajes de Fernando Ortiz en El contrapunteo del tabaco y
del azúcar (1940). Conviene detenerse en la explicación de esta estrategia
de recorte y ordenamiento de los materiales de nuestra selección. Se trata
del excéntrico y heterogéneo libro donde Ortiz crea el neologismo de la
transculturación. El destino de esa dimensión del influyente concepto de
Ortiz es bastante conocido, ya sea como modelo alternativo para pensar
las dinámicas de los tiempos múltiples de la modernidad latinoamericana

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(ver Ángel Rama y Fernando Coronil), o como una nueva inscripción del
debate sobre el mestizaje (ver la crítica de Luis Duno-Gottberg, Alberto
Moreiras y Román de la Campa). El lugar del texto de Ortiz en el inicio de
esta selección de narcografías reubica su lectura en direcciones que apenas
han sido sugeridas anteriormente (ver Julio Ramos, John Beasley-Murray,
Lizardo Herrera) sobre el potencial de la estrategia crítica que despliega la
cartografía del viaje del tabaco desde el Caribe a Europa y los efectos que
esa trayectoria produce en una excéntrica teoría de una modernidad tran-
sitada por los tiempos múltiples y las heterocronías propias de los procesos
coloniales y de la esclavitud. Tanto para Ortiz como para Carpentier y
Lezama Lima, las temporalidades múltiples desbordan cualquier narrativa
informada por el evolucionismo de la historia universal. De ahí que Ortiz
y Lezama Lima comenten sobre el potencial alternativo del contrapunteo
y de la polifonía barroca. Aunque este introducción no es lugar para un
análisis detallado del texto de Ortiz, conviene comentar dos aspectos de
su ensayo histórico-antropológico que condensan algunas de las aproxi-
maciones y estrategias interpretativas que se reúnen en esta antología. Por
cierto, no pretendemos soslayar las diferencias entre el tabaco, el azúcar y
otras sustancias controladas. Aunque dicho sea de paso, una de las histo-
rias que cuenta Ortiz en su ensayo narra el largo proceso de la prohibición
del tabaco y la lenta transculturación del gusto europeo, donde el objeto
colonial no consolida su aceptación institucional hasta fines del siglo XVIII.
En uno de los capítulos más elaborados de su fragmentario libro, Ortiz
traza una cartografía transatlántica de la vida material, económica, cul-
tural, jurídica y religiosa de este objeto colonial, el tabaco, de su entrada a
Europa por el sur de España y su difusión por el Mediterráneo, gracias a
la intermediación de piratas y africanos, hasta llegar a convertirse, según
lo señala Ortiz, en una fuente de estímulo físico clave para la moderni-
dad europea. Mediante la cartografía de la migración del tabaco, Ortiz
reflexiona sobre las complejas redes de poder, mercados, leyes, consumo,
goce y estímulo sensorial que se producen en la trayectoria del tabaco;
marca en el mapa los puntos donde el viaje del tabaco recorre espacios y
tiempos, cruza límites institucionales, fronteras políticas y sociales, antes
de introducir su potencia “mágica”, anacrónica, en la configuración neu-
rálgica de la ilustración como estímulo del pensamiento moderno, de la
sociabilidad que lo produce y de las economías imperiales que lo sostienen.

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Como podemos constatar en el estudio extraordinario del azúcar de Sid-
ney Mintz (asiduo lector de Ortiz), el trabajo de Ortiz anticipa algunas de
las discusiones actuales sobre la vida material de la cultura, sus redes de
sociabilidad, en planos de inmanencia que preceden las representaciones y
el valor simbólico. En el ensayo de Ortiz, la ontología del objeto (colonial)
excede cualquier riesgo de materialismo empirista, en la medida en que el
autor se aproxima a los efectos culturales, no meramente simbólicos, que el
estímulo del tabaco produce en ese proceso de transculturación del cuerpo/
mente del sujeto imperial. Se trata, como hemos indicado anteriormente,
de la condición farmacolonial del discurso moderno-ilustrado según Ortiz.
Si para Weber la modernidad se definía como un proceso de seculariza-
ción, ligada en términos de la historia intelectual a la ilustración, Fernando
Ortiz insiste en el papel que un objeto de poderes mágicos, ligado a la
sensibilidad del mundo indígena, cumple en la modernidad, como fuerza
que viene de otro tiempo, de otro mundo. De tal modo, el tabaco –como
la droga en varias de las narcografías que se incluyen o se comentan en
este volumen– produce puntos de intersección entre sujetos provenientes
de mundos, razas, tiempos diferenciados.

Hemos dividido esta antología en cuatro secciones. En la primera, nuestro


concepto de farmacolonialidad, paradójicamente, además de ser un dispo-
sitivo de poder que introduce un valor mercantil a partir de un intercambio
desigual y crea aparatos de control que reglamentan o prohíben el uso de
estas substancias, también da cuenta de un sustrato cultural heterogéneo.
Desde esta perspectiva, las fronteras entre el exterior y el interior que
impone la modernidad entran en crisis. Es la droga, substancia extraña,
ajena, extranjera, en último término, de origen colonial, la que estimula el
despliegue de los procesos de acumulación, subjetividad y conocimiento de
la misma modernidad.

Como ya dijimos, abrimos nuestra selección con algunos fragmentos del


texto de Fernando Ortiz, “La transculturación del tabaco”. Estas páginas
estudian las rutas comerciales y la influencia cultural del café, el té, el
chocolate y, en particular, el tabaco en el mundo moderno. La produc-
ción tabacalera desde el siglo XVI estuvo ligada a los estancos, diezmos
religiosos y demás procesos de acumulación de capital; mientras que, en

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lo cultural, se ve una multiplicidad en donde conviven asincrónicamente
elementos religiosos, mercantiles, de prestigio social o de orden lúdico.
Ortiz también da cuenta de los primeros ataques prohibicionistas. Hubo
sacerdotes o moralistas católicos que definieron la planta como diabólica;
sin embargo, los procesos de acumulación mercantil, la renta territorial y
las políticas tributarias junto con su sensualidad (potencial hedonista) y la
defensa de sus propiedades medicinales derrotaron estos tempranos afanes
prohibicionistas consolidando al tabaco como una mercancía global.

A continuación, incluimos una selección de Mi museo de la cocaína de Mi-


chael Taussig. Estos capítulos ofrecen una narcografía a partir de la rela-
ción entre el oro y la cocaína en diferentes espacios y periodos de la historia
colombiana. Mi museo de la cocaína inicia su recorrido en el Museo Nacional
del Oro (Banco de la República -institución claramente comprometida con
la fetichización del oro), en el centro de Bogotá, y allí observa varias con-
tradicciones. En tiempos precolombinos, a diferencia de la actualidad que
aísla a los poporos exhibiéndolos de manera pulcra, estos objetos se usaban
para mezclar saliva, hojas de coca y cal. En ellos, el oro se conectaba con
la coca en un proceso en donde el cuerpo y sus secreciones cumplían un
rol fundamental en la creación de las ideas de sus usuarios masculinos. El
texto de Taussig encuentra además otro vacío en este museo: la ausencia de
la memoria de los esclavos llegados del África, cuyo trabajo en las minas de
oro sostuvo la economía colonial y de la república colombiana.

Taussig deja Colombia para reflexionar sobre los usos del oro y la cocaí-
na en la actualidad; por ejemplo, nota que varias joyerías neoyorquinas
confeccionan los collares de los narcotraficantes colombianos. También
ve cómo la Guerra Contra la Droga ha montado sofisticados sistemas de
vigilancia que se dirigen a perseguir a los colombianos en los aeropuer-
tos internacionales presumiendo su culpabilidad antes que su inocencia.
Luego regresa a Colombia y ubica su museo de la cocaína en los márgenes
–en las heterotopías de la historia nacional–; esto es, en las antiguas zonas
de producción aurífera –Tumaco, lugar de origen de varias de las piezas
exhibidas en el Museo de Oro y al que llegaron los esclavos negros para
explotar las minas. Allí, la economía de la cocaína, producto de la guerra
contra los narcóticos, ha sustituido a la del oro con la consiguiente llegada

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de la guerrilla, los paramilitares y el ejército cuyo resultado no es otro que
la agudización de la violencia.

Uno de los primeros investigadores en analizar la relación entre droga y


colonialismo fue Curtis Marez, quien en “El colonialismo de la cocaína”
traza un mapa cognitivo a partir de los escritos de Freud sobre la cocaína
enfocándose en tres aspectos. En estos escritos de Freud, según Marez,
hay un desequlibrio colonial que idealiza el uso terapéutico y el placer
europeos a partir de una idealización de la figura del conquistador his-
pano. En segundo lugar, desde su perspectiva, la concepción freudiana
del trabajo por medio de la división entre mente y cuerpo refuerza el ideal
productivista. Sin embargo, después de esta experiencia, la cocaína dejó
de ser una fuente de euforia terapéutica, productivista o placentera para
mostrar el agotamiento/destrucción de los cuerpos. En el tercer aspecto,
Marez conecta la adicción y el agotamiento corporal con una resistencia
–venganza indígena– que aparece en tres momentos. 1) Las zonas andinas
de producción cocalera históricamente se han caracterizado por rebeliones
indígenas. 2) La propuesta del inconsciente, a decir de Marez, se vincula
con la imagen del indígena que Freud adquirió en sus estudios sobre la co-
caína y su idealización del colonialismo español. 3) La venganza indígena
de la cocaína coincide justamente con la imagen del bárbaro y está vincu-
lada a ese ámbito de sospecha/prejuicio que la racionalidad instrumental
impone sobre la droga.

El escritor argentino, Néstor Perlongher, en su ensayo “La religión de la


ayahuasca”, profundiza en los cambios que ha sufrido el consumo de drogas
en los tiempos premodernos y los ultramodernos. En la primera etapa, sos-
tiene, prima un uso más ritual y comunitario; en la segunda, tras la emergen-
cia de la mercantilización de la droga, aparece un consumo desritualizado,
individualista y violento. Perlongher traza una narcografía contemporánea
que nos ayuda a comprender el consumo de estupefacientes en la actualidad
y los problemas que vienen aparejados con las políticas de control social, los
sistemas de vigilancia, la autodestrucción, la estigmatización, etc. Su texto
también reflexiona sobre las nuevas comunidades en las que pervive un uso
ritualizado de la droga, pero mezclado con formas modernas, que el escritor
argentino asocia con una barroquización del consumo.

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En la segunda sección de la antología articulamos los siguientes temas: el
capitalismo, la experiencia de la alteración y la estética de la droga. Los
usos médicos y las proyecciones farmacológicas del siglo XIX generaron
nuevos usos, saberes y poderes de la droga. Por un lado, los fármacos sir-
vieron como fuente de alivio para las nuevas enfermedades nerviosas; por
otro, los nuevos alcaloides ampliaron las capacidades de alteración y se
transformaron en una forma de ruptura, dando pie a nuevas experiencias
éticas y estéticas (verbigracia los poetas malditos y el modernismo latinoa-
mericano). Cabe anotar, sin embargo, que en esta sección entendemos la
droga como un fenómeno escurridizo, difícil de aprehender, pues no solo
se transforma en una substancia que rompe la moralidad o la rigidez de lo
establecido (una forma de rebelión, según Octavio Paz), sino que paradó-
jicamente también se desplaza y subordina a la acumulación capitalista en
tanto favorece el consumo y oculta la fragmentación social o el desgaste
corporal resultantes de la industrialización.

En “Hacia un narcoanálisis”, Avital Ronell deconstruye el concepto de la


droga y afirma que este “se resiste al arresto conceptual”. Según la autora,
la droga atraviesa fronteras tanto físicas como disciplinarias, pues no puede
ser abordada exclusivamente desde la química, la biología, el derecho, la
política, la antropología o la medicina; sin embargo, este carácter esqui-
vo no significa que la droga no tenga consecuencias políticas concretas,
gracias a ella estamos envueltos en una guerra y se han montado varios
dispositivos de control biopolítico. En su narcoanálisis, Ronell privilegia
la relación entre la droga y el psicoanálisis o la droga y la literatura. En-
cuentra que, a pesar de que el psicoanálisis ha sido incapaz de encontrar el
tratamiento para la adicción, dejándola fuera de su campo de estudio, tanto
el consumo de drogas como la adicción están íntimamente relacionados
con el horizonte normativo del superego. La literatura, en cambio, al igual
que la droga, necesita un velo que la haga aceptable. Por ejemplo, el Ulises
de Joyce o El almuerzo desnudo de Burroughs necesitaron la aprobación (el
velo) de la crítica para evitar la censura legal.

Ronell también ubica el tema de la droga en el ámbito de la libertad y de la


decisión. La droga, según la autora, nos pone en la esfera de lo indecidible.
De acuerdo con Ronell, la ética kantiana se entrecruza con la imagen del

20 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


adicto de De Quincey. El consumo de drogas como un acto de libertad
perturba la ontología de la autonomía del sujeto. La droga implica la pro-
mesa de una exterioridad frente a una “realidad poco satisfactoria” que
paradójicamente significa la pérdida de la autonomía. La ética, en conse-
cuencia, no puede tomar la salida fácil de condenar o idealizar la droga.
Por el contrario, según la autora, nos exige decidir; pero lamentablemente
nuestra decisión no puede ser totalmente informada dado el carácter inde-
finible y la condición indecidible de la droga.

Juan Duchesne Winter, en “El yonki, el yanqui y la Cosa”, relaciona los


textos del escritor estadounidense William Burroughs, en especial Junky,
con la acumulación de capital. El crítico puertorriqueño recupera el con-
cepto lacaniano de la Cosa para analizar el consumo de drogas y la adicción
en los libros de Burroughs. La Cosa en la obra del escritor estadounidense,
al decir de Duchesne Winter, es una elaboración artística que se le impone
al objeto para otorgarle la dignidad de un objeto absoluto imposible de
alcanzar. El consumo de drogas en Burroughs es uno de índole imposible;
o sea, únicamente se satisface a partir del mismo consumo o de la inyección
de una nueva dosis.

Duchesne Winter identifica una correspondencia entre la acumulación


capitalista analizada por Marx y la adicción o el uso de estupefacientes
descrita por el escritor estadounidense. La acumulación de capital desplaza
al valor de uso; es decir, la droga, como el dinero, deja de ser un interme-
diario en el intercambio de mercancías y se convierte en el fin último. En
lugar de M-D-M (mercancía-dinero-mercancía), estamos ante la fórmula
D-M-D’ (dinero-mercancía-dinero capitalizado). El dinero, de este modo,
se transforma en la Cosa tal como sucede con la droga y la adicción.

Al relacionar el consumo del yonqui con su origen geográfico -yanqui-,


Duchesne Winter también nos ofrece un mapa de la farmacolonialidad
contemporánea. Por un lado, el consumismo actual es igual que la adicción
a la droga, pues solo se puede satisfacer a partir de un consumo mayor; por
otro, la droga funciona como un agente infeccioso que la política imperial
intenta contrarrestar. Duchesne Winter, sin embargo, da la vuelta al ar-
gumento e identifica la acumulación capitalista como el agente infeccioso

I NT ROD U CC I ÓN 21
que no solo contamina el mundo de la droga, sino la totalidad de la vida.
La acumulación capitalista succiona la sangre de los cuerpos hasta dejarlos
agotados y obsoletos, de la misma forma en que la adicción conduce al
agotamiento corporal o a la muerte.

En su clásico artículo, “Estética y anestésica: una reconsideración del en-


sayo sobre la obra de arte”, Susan Buck-Morss analiza el rol de la droga
en la constitución de la modernidad del siglo XIX y del fascismo del XX
a partir de la lectura de Walter Benjamin. Sostiene que el concepto de
estética en sus inicios estaba vinculado al sensorio, no al buen gusto ni a la
contemplación. El sistema sinestésico, según ella, es de conciencia senso-
rial y relaciona las percepciones con las imágenes internas de la memoria y
la anticipación. El arribo de la industrialización trajo consigo el shock: una
sobrecarga sensorial. Así el sistema sinestésico se transformó en anestésico;
es decir, en un mecanismo de defensa para amortiguar los efectos devas-
tadores del shock.

En el siglo XIX , según la autora, aparecieron nuevas enfermedades como la


neurastenia o el colapso nervioso. Para paliar sus efectos, se recurrió al láu-
dano, el opio y otras drogas. En la práctica médica, se descubrió la anestesia
que permitió realizar eficientemente el excesivo número de amputaciones
que significó la implementación de la tecnología industrial en las fábricas
o campos de batalla. En lo cultural, las fantasmagorías o ilusiones visuales
cumplieron una función similar, porque ocultaban los procesos materiales
de producción y recreaban un sentido de totalidad adormeciendo o distra-
yendo a las personas. Buck-Morss también conecta los efectos narcóticos
de la anestesia y del entretenimiento de las fantasmagorías con el fascismo
moderno. Al igual que la imagen del espejo lacaniano, estas substancias o
imágenes narcóticas recrean un sentido de totalidad que oculta los estragos
del shock sobre el cuerpo humano y perpetúa la violencia.

En la tercera sección de la presente selección se aborda el tema de la droga


desde el punto de vista de la tecnología farmacopornográfica, el biopoder,
el prohibicionismo, la construcción de subjetividades, el vicio y la adicción.
La industria farmacéutica (legal o ilegal) constantemente produce nuevos
fármacos, que amplían sus márgenes de ganancias de manera extraordinaria

22 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


no solo a través de los nuevos medicamentos, sino de la subjetividad de las
personas. La alteración no controlada, por su parte, despierta la sospecha
-una discursividad nerviosa- y es objeto de intervención biopolítica. Las
políticas prohibicionistas se expanden inventando nuevos delitos por nar-
cotráfico. Por un lado, la droga no solo coloniza el cuerpo, sino también
la mente; por otro, también nos lleva a los límites de la sobriedad (como
requisito de una racionalidad instrumental) con el consiguiente pánico al
descontrol y, por ende, la intensificación de las políticas represivas de lo que
Deleuze, siguiendo a Burroughs, llama una sociedad de control.

En “La fabricación del vicio”, Henrique Carneiro indica que la noción de


vicio como enfermedad y la asociación de la adicción con una degeneración
mental o física surge en el siglo XIX con el propósito de disciplinar y regular
a los sujetos. A partir de las contribuciones de Foucault sobre la biopolítica,
el historiador brasileño sostiene que la intervención o el control del vicioso
es un mecanismo que cumple una doble función. Por un lado, se inscribe
en una política de eugenesia racial y profilaxis moral, cuyo fin es eliminar a
los “degenerados” y “el peligro de contagio” que ellos representan. Por otro,
forma parte constitutiva del proyecto reflexivo del yo; esto es, las nociones
contemporáneas de autodeterminación e independencia se relacionan con
la emergencia de campos de conocimiento como la psicología o la química
-disciplinas muy ligadas a la experimentación con drogas. Dicho de otro
modo, estas nociones son resultado directo de las tecnologías biopolíticas
del siglo XIX .

Eve Kosofsky Sedgwick, en “Epidemias de la voluntad”, también sostiene


que la identidad del adicto como patología tiene sus inicios en el siglo XIX y
se transforma en el siglo XX, cuando la adicción se expande a otros ámbitos.
Ahora una persona puede ser adicta a la comida, al ejercicio físico, al trabajo,
a relaciones afectivas, etc. La sustancia “droga” en tanto objeto concreto, en
consecuencia, no define el despliegue de la cadena de adicciones. Según la
autora, este despliegue en realidad significa la expansión de la carencia o la
falta de fuerza de voluntad; es decir, la epidemia no está en la adicción, sino
en el proceso de expansión de abstracciones como fuerza de voluntad, libre
albedrío, autonomía, independencia, libertad. La adicción o la compulsión,
en definitiva, no es más que la falla en el despliegue de las abstracciones

I NT ROD U CC I ÓN 23
mencionadas. De acuerdo con Sedgwick, la sociedad actual ha devenido
adicta a la idealización del libre albedrío o la fuerza de voluntad -ideal pa-
recido al del súper hombre nietzscheano- y el adicto representa justamente
lo contrario, un individuo débil y dependiente, quien de sujeto de sus expe-
rimentaciones perceptivas o de sus propios placeres se transformó en objeto
ya sea de intervención biopolítica o de estudio de nuevas disciplinas.

Sedgwick entiende que la reducción del problema de la droga a un asunto


de elección o voluntad individual reifica un sujeto autónomo-independien-
te. Desde esta perspectiva, según Sedgwick, se pierden de vista los pro-
cesos de control y marginación social que persisten detrás del capitalismo
del consumo. La autora rescata la noción de hábito como alternativa a la
psicología del ego o eticización del yo unitario; a los absolutos o dicotomías
problemáticas como adicción/libre albedrío, voluntad/compulsión y a las
narrativas heroicas que derivan en formas punitivas/autoritarias. El hábito,
según Sedgwick, toma en cuenta el habitus corporal, el hábito que arropa
el cuerpo, la habitación que protege, todo aquello que marca huellas en
un mundo en el que los absolutos metafísicos dejan/tienen un vacío; es
decir, en el hábito, queda la huella del otro en nosotros mismos. Es así
que Sedgwick propone una ética relacional que hace causa común con las
identidades patologizadas como una forma de empoderamiento para lograr
un acceso seguro y no penalizado a las sustancias adictivas, para disponer
de centros de salud accesibles y gratuitos y acabar así con la explotación/
abusos de los traficantes.

En “La adicción punitiva”, Rodrigo Uprimny, Diana Esther Guzmán


y Jorge Parra Norato sostienen que la desproporcionalidad es la conse-
cuencia más notable del prohibicionismo: el uso del derecho penal para
combatir los delitos de narcotráfico. Desde una posición similar a la de
Sedgwick, estos investigadores señalan que, desde el inicio de la Guerra
Contra las Drogas, vivimos una gran expansión de la racionalidad puniti-
va. Las penas por narcotráfico son cada vez mayores y existe una tenden-
cia a maximizar el uso del derecho penal con la consiguiente aparición de
nuevos delitos y el incremento de las penas. En este sentido, los autores
señalan que existe una clara contradicción, pues teóricamente el bien pú-
blico que se busca proteger es la salud pública, pero con la emergencia

24 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


del narcotráfico se produce un delito de segundo orden generado por la
misma legislación antidroga.

La violencia del narcotráfico, para estos autores, es el resultado de la apli-


cación del mismo cuerpo legal que busca combatirlo. Esta situación quie-
bra el principio jurídico que reivindica el recurso al derecho penal como
ultima ratio y desemboca en una desproporcionalidad en donde los delitos
por drogas son castigados con mayor dureza que el homicidio, la violación
o el robo violento sin que exista una razón coherente que justifique tal
absurdo. Además, de acuerdo con estos juristas, los verdaderos damnifica-
dos de la legislación antidrogas no son los grandes narcotraficantes, sino
el eslabón más débil de la cadena: los consumidores problemáticos y los
microtraficantes a quienes se vulneran en sus garantías constitucionales y
derechos humanos.

El filósofo español Paúl Beatriz Preciado, en “La era farmacopornográfi-


ca”, también recupera los aportes foucaultianos para analizar la sociedad
posfordista o lo que Sedgwick denomina capitalismo del consumo; pero
en lugar de concentrarse en la revolución informática o del conocimiento,
se enfoca en el uso de la pornografía y de la droga. Si Paz entendía la
droga como una instancia de rebelión ante la modernidad, Preciado toma
el camino inverso y analiza cómo el capitalismo contemporáneo funciona
a partir de la intervención en el ámbito del placer, pues ya no se trata de
producir cuerpos dóciles, sino cuerpos excitables.

Los mercados más rentables en el mundo contemporáneo, según este au-


tor, están ligados al ámbito de la pornografía y de la farmacéutica (legal o
ilegal). El capitalismo actual ha adquirido un rostro farmacopornográfico,
no disciplinario ni biopolítico porque ya no se trata de hacer morir o dejar
vivir –la soberanía- ni hacer vivir o dejar morir –administrar la vida-, sino
de extraer valor a partir de la excitación de los cuerpos. Tampoco estamos
únicamente ante una mayor explotación de la fuerza de trabajo, sino ante
la extracción y la mercantilización del placer. En este sentido, según Pre-
ciado, el capitalismo farmacopornográfico reduce a los cuerpos a potentia
gaudendi: su capacidad de ser excitables. La potentia gaudendi tiene varias
correspondencias con la categoría de vida nuda de Giorgio Agamben y,

I NT ROD U CC I ÓN 25
aunque su meta no es la aniquilación de los cuerpos en los campos de
concentración, sino la permanente excitación, una vez que el cuerpo. Deja
de ser excitable, termina desechado como nuda vida.

El trabajo de Miriam Muñiz Varela sobre el “fármacon colonial” en Puer-


to Rico explora el papel de la industria farmacéutica en el marco de las
transformaciones del capitalismo contemporáneo y la reconfiguración del
trabajo en el régimen laboral post-fordista, cuando los controles de la vida
misma se convierten en fuente de sentido y valor económico. Aunque Mu-
ñiz Varela no elabora la relación entre la industria farmacéutica en Puerto
Rico y el tráfico ilegal de estupefacientes, su trabajo es un excelente punto
de partida para considerar la distinción entre drogas “legales” e “ilega-
les” en el marco del bio-capital contemporáneo, en la medida en que su
análisis pone de relieve el papel económico que cumple la alteración de la
conciencia en la construcción de subjetividades como negocio global. En
el cruce entre el vocabulario derridiano de la ambivalencia del “fármaco” y
el análisis de Aníbal Quijano de la colonialidad del poder, Muñiz Varela
elabora una propuesta fundamental sobre los espacios y tiempos desiguales
e interdependientes de la globalización farmacológica.

El análisis del biopoder o del poder farcopornográfico, sin embargo, no


da cuenta de las economías de la violencia y de la muerte en el mundo del
narco. Por eso, en la última sección de esta antología hemos incluido una
serie de trabajos que demuestran cómo en el narcotráfico contemporáneo
ya no se trata exclusivamente de administrar la vida o de la construcción
de cuerpos excitables, sino que la muerte y la violencia devienen fuentes
de poder y de extracción de valor. Las lógicas de la soberanía se han des-
plazado hacia la necropolítica, para usar el concepto de Achille Mbembe,
en oposición a la biopolítica, aunque no se trata del regreso de una noción
clásica o moderna de soberanía. Las distinciones entre campos políticos
internos y externos pierden sentido. Los Estados no tienen el monopolio
del derecho de matar ni el soberano es una figura visible. Más bien esta-
mos ante la emergencia de máquinas de guerra (Deleuze y Guattari) que
se caracterizan por una constante metamorfosis, se componen de hom-
bres armados que se escinden o fusionan según las circunstancias y fun-
cionan a partir de los principios de segmentación o desterritorialización.

26 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Phillipe Bourgois, Fernando Montero Castrillo, Laurie Hart y George
Karandinos, en “Habitus furibundo en el gueto estadounidense” realizan
una etnografía en un barrio de Filadelfia habitado por descendientes de
puertorriqueños y ubicado en el antiguo centro industrial. Se trata de un
barrio precarizado en donde el mercado de drogas ha llenado los vacíos de
la desindustrialización. Según los investigadores, allí ocurre un proceso de
acumulación primitiva de capital en tanto los recursos del vecindario ter-
minan en manos de sectores acomodados como abogados, jueces, médicos,
psicólogos, guardias carcelarios sindicalizados, la policía, las farmacéuti-
cas, etc. Este proceso de acumulación, sin embargo, no se da a partir de la
explotación de la fuerza de trabajo, sino del habitus furibundo. En el barrio
prima una economía moral de la violencia en donde el ser capaz de recurrir
a la violencia si es necesario y otras formas de masculinidad exacerbada
son fundamentales en el mercado de la droga. Este habitus, sin embargo,
al mismo tiempo que permite a los jóvenes acceder a los beneficios del
mercado de la droga, los introduce en un círculo vicioso cuyo resultado
es una exclusión mayor en tanto son apresados y así sus posibilidades para
integrarse en la economía formal se vuelven aún más complicadas.

La biopolítica contemporánea, de acuerdo con los autores, también con-


tribuye a la acumulación primitiva a partir de este habitus furibundo. Del
Estado de bienestar quedan pocas políticas; entre ellas, por ejemplo, el
pago de un subsidio de empleo por razones médicas, lo que constituye un
ingreso importante para muchos vecinos. Con el fin de acceder a estos
recursos, varios de ellos adquieren un vocabulario que les permite definir-
se a sí mismos como enfermos (bipolaridad, esquizofrenia, etc.). De esta
manera, no solo se reproduce la economía moral de la violencia al mante-
ner comportamientos agresivos, sino que simultáneamente se transfieren
grandes cantidades de recursos a las farmacéuticas que producen este tipo
de medicamentos.

Sayak Valencia, en Capitalismo gore, también analiza cómo la biopolítica


de la globalización actual deviene en un capitalismo violento –capitalis-
mo gore– , cuyas manifestaciones más importantes son la violencia y la
destrucción de los cuerpos. En las zonas pauperizadas del capitalismo
posfordista o de consumo, la norma no es la administración de la vida, sino

I NT ROD U CC I ÓN 27
la capacidad para otorgar la muerte a otros –necropolítica. Aquí se cons-
truyen sujetos endriagos; es decir, sujetos altamente agresivos, híper-mascu-
linizados. La violencia y la destrucción de los cuerpos en estas zonas deja
de ser un medio para adquirir riqueza o poder; por el contrario, según la
autora, se convierten en el fin mismo y la forma como el consumo se ma-
terializa en las zonas pauperizadas. El narcotráfico y el resto de prácticas
del capitalismo gore, por tanto, no son otra cosa que la forma en que los
sectores precarizados por la globalización neoliberal se insertan al híper
consumo contemporáneo debido a que la economía de la droga les permite
obtener la visibilidad y los recursos necesarios.

Cerramos nuestra narcografía con “La narcomáquina y el trabajo de la


violencia: Apuntes para su decodificación”, de la antropóloga mexicana
Rossana Reguillo, quien propone la categoría de máquina del narco para
pensar el escenario de muerte generalizada que soporta México desde la
declaratoria de la guerra contra el narco (2006). La lógica de la soberanía
estatal se ve superada por una máquina cuya violencia es un dispositivo
tautológico que se justifica a sí mismo. Esta máquina actúa a partir de
1) de la disolución de la persona, 2) del cuerpo roto o destrozado que se
transforma en un índice de una escena o poder previo y 3) de su presencia
fantasmática (ilocalizable). Reguillo identifica varios tipos de violencia
(estructural, histórica, disciplinaria y difusa), pero analiza a profundidad
otras dos: la utilitaria y la expresiva. La primera tiene un objetivo deter-
minado; en cambio, la segunda supera lo utilitario y lo relevante está en la
exhibición. Esta violencia contiene tres etapas: a) el suplicio o tortura, b) la
misma muerte y c) la muerte convertida en espectáculo mediático. Regui-
llo analiza cómo la violencia expresiva de la máquina del narco genera su
propio lenguaje –narcoñol– como un ejercicio que pretende otorgar inteli-
gibilidad a las lógicas, modos, estrategias, valores, figuras y, especialmente,
impactos de una máquina letal.

28 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


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DE LA
T R A N S C U LT U R A C I Ó N
D E L TA B A C O *

Fernando Ortiz

* De Fernando Ortiz, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (La Habana: Editorial de Cien-
cias Sociales, 1991 [1940]), pp. 211-294.

DE LA T RA N S C U LT U RAC I Ó N D EL TA BACO 33
La historia del tabaco 
ofrece uno de los
más extraordinarios
procesos de transculturación. Por la rapidez y extensión con que se propa-
garon los usos de aquella planta, apenas fue conocida por los descubridores
de América, por las grandes oposiciones que se presentaron y vencieron, y
por el radicalísimo cambio que el tabaco experimentó en toda su significa-
ción social al pasar de las culturas del Nuevo Mundo a las del Mundo Viejo.

[…]

El tabaco llega al mundo cristiano con las revoluciones del Renacimiento y


de la Reforma, cuando caída la Edad Media empieza la modernidad con su
racionalismo. Diríase que la razón, flaca y entorpecida por la teología, para
fortalecerse y libertarse necesitaba del auxilio de estimulantes benevolen-
tes, que no la embriagaran con entusiasmos y luego la embrutecieran con
ilusiones y bestialidades, como ocurría con las milenarias bebidas alcohóli-
cas que llevan a la beodez. Para eso, para ayudar a la razón de que adolecía,
salió de América el tabaco. Y con éste fue el chocolate. Y de Abisinia y
de Arabia por los mismos tiempos surgió el café. Y el té también acudió
entonces desde el Asia Extrema.

No deja de ser interesante esta coincidencia en la Vieja Europa de esas


cuatro sustancias exóticas, todas ellas estimuladoras de la sensualidad a
la vez que de los espíritus, salidas entonces de los extremos mundos como
enviadas por los demonios para reanimar a Europa cuando “llegó la hora”,
cuando ésta quería rescatar de consuno la prioridad de la razón y la licitud

DE LA T RA N S C U LT U RAC I Ó N D EL TA BACO 35
del sensualismo. A Europa ya no le bastaban para sus sentidos las especias
ni los azúcares; los cuales, aparte de ser escasos y sólo privilegio de pode-
rosos, excitaban sin dar inspiraciones o fortalecían sin dar exaltación. Ni le
eran suficientes a su espíritu los vinos y licores, que, si procuraban audacia
y fantasía, a menudo ocasionaban abyección y desvarío y nunca meditación
ni juicio. Hacían falta otras especias y néctares que fuesen animadores te-
naces y profundos de los sentidos y de las ideas. Y los demonios proveyeron
a ello, enviando para las contiendas mentales que en Europa abrieron la
vida a la Edad Moderna el tabaco de las Antillas, el chocolate de México,
el café del África y el té de la China, la nicotina, la teobromina, la cafeína
y la teína; los cuatro alcaloides que se unieron al servicio de la humanidad
para que la razón fuese más despierta.

[…]

Esos cuatro alcaloides, atracciones sensuales y sutiles estímulos nerviosos,


llegaron todos a tiempo para prolongar el Renacimiento. Fueron refuerzos
sobrehumanos para los revolucionarios de las ideas.

[…]

Pero también el tabaco es gran amigo del pensamiento. “Desde el instante


de tomar una pipa de tabaco el hombre deviene un filósofo”, dijo el inglés
Sam Slick. Según Thackeray, el tabaco “hace manar sabiduría de los labios
del filósofo y cierra la boca del necio”. Al considerar los influjos que en
la vida intelectual de la edad moderna han tenido los citados alcaloides,
todos ellos deben ser considerados como cooperantes, aun cuando en grado
diverso, según las épocas y los países.

Acaso las sustancias tentadoras que hay en todos ellos sean efluvios de una
misma retorta infernal. Ya era sabido que en el café y el té bulle un mismo
alcaloide, el “trimethyloxipurin”. Pero ha poco el profesor Nottbohm descu-
brió que aquellas plantas contienen además otro alcaloide, el “trigonellin”; y
acaba de probarse por Hantzsch (ver Jacob, 1934: cap. III) que ese alcaloide
precisamente es uno de los principales constituyentes de la nicotina, carac-
terística del tabaco. Es también notable que los citados cuatro alcaloides, o

36 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


demonios, aun cuando diversos de apariencias, se asemejaron bastante en
sus trayectorias sociales. Por sus oriundeces todos eran ultramarinos y exó-
ticos, llevados a los blancos por las “gentes de color”: los cobrizos, los negros,
y los amarillos. Por su naturaleza, todos avivaron apetitos sensuales. Por sus
comienzos, todos tuvieron cuna religiosa y anatema de sacerdotes. Por sus
propagandas, todos fueron medicinales. Por su difusión, todos estuvieron
perseguidos, por gobiernos, moralistas y clerecías y defendidos por médicos,
poetas y mercaderes. Y todos al fin ganaron su mundial y rápida victoria, no
sólo por sus favores a la sensualidad y sus promesas medicinales, sino por
su temprana simbiosis con el capitalismo, que los hizo signos de elegancia,
de rango y de dinero y fuentes de caudalosos medros y tributos. Acaso no
sea ocioso decir que dichas sustancias vegetales fueron como “monedas” y
sirvieron como sustitutivas de tales: el tabaco como moneda de uso al menos
en Virginia y en África donde, según el abate de Choisy (1687: 77) los ho-
landeses iban penetrando el continente africano a medida que compraban
las tierras a precio de tabaco. El chocolate fue moneda precolombina en
México y en África, el té en pueblos del Asia. Del café no sabemos.

Es sorprendente cómo hoy día la vida económica de sendas comarcas, de


grandes provincias y de naciones enteras depende básicamente del tabaco,
del café, del té o del cacao.

En los siglos modernos esos cuatro demonios lucrarán juntos y juntos


aparecerán en los altares de la sensualidad con los antiguos y medievales
alcoholes, especias y almíbares.

[…]

Pero, sobre todo, en esa época intervienen ya en la suerte del tabaco es-
pañol dos nuevos factores sociales, ambos de carácter fundamentalmente
económico; uno que se traduce en la comedia y otro que no se confiesa pero
que es el más importante y decisivo. Es que entonces el tabaco adquiere
un sentido de alto rango social y se convierte en un gran valor económico.
Fumar un tabaco o absorber sus polvos fue símbolo de señorío y de opu-
lencia. Acaso el uso del tabaco ya tuvo algo de jerárquico entre los mismos
indios, al menos en ciertas maneras ceremoniales. En algunos cronistas se

DE LA T RA N S C U LT U RAC I Ó N D EL TA BACO 37
apunta la categoría social de ciertos ritos del tabaco, atribuyéndolos a los
caciques y a los sacerdotes. Entre los europeos, tomar tabaco era el goce de
una riqueza exótica que se consumía totalmente en una vez, quemándola y
reduciéndola a cenizas. Lo elevado de su costo no permitía tal dispendioso
y fugitivo placer sino a los potentados. Su exotismo, añadido al subidísimo
precio, le daba a tal lujo un carácter de distinción rara. Se fumaba con
vanagloria como se alardeaba de poseer un esclavito negro, una jaula de
loros parleros, una carroza de caoba o un bastón de carey. Estos no eran
solamente signos de riqueza; pretendían ser símbolos de pompa cortesa-
na, ganados en empresas lejanas y semifabulosas de guerra, autoridad y
poderío. Y el anhelo del rango social estimulaba la apetencia del tabaco
para la ostentación en su disfrute, tal como el parvernú quiere beber en
público el champagne más rico de sabor y de precio para satisfacción de su
petulancia. Así, lo antes “mal visto en sociedad” vino a ser signo de “alta
elegancia entre la gente distinguida”. Aún hoy día, un sujeto que “fuma
en pipa” es todo un personaje en el folklore. Por extensión metafórica,
también de un problema muy importante, se dice que “fuma en pipa”. La
simple categoría social que tenía el tabaco por aquellos tiempos se descubre
en esas alusiones que se le hacen en el teatro español de costumbres. Se le
saca a la mesa a sus postres, con la exóticas y ricas frutas de Indias y de
Castilla, “para echar la bendición”.

Pero, además, el tabaco en esa misma época alcanza una gran considera-
ción económica por los mercaderes, por los estadistas y también por los
eclesiásticos. Ya no es sólo una fuente de placeres; ya lo es también de
riquezas. Al caer el siglo XVI el uso del tabaco es ya tan aceptado que
pasa a ser una mercancía siempre negociable y su cultivo es granjería muy
provechosa. El producido en Indias es tan apetecido que se hace objeto de
un codicioso comercio trasatlántico, ya tan pingüe como lo fue el de las
especias; y, en definitiva, su crecido valor, su inagotable demanda y el ca-
rácter suntuario que tiene su consumo lo convierten en una base económica
excepcionalmente amplia y adecuada para sufrir tributos muy productivos,
zarpazos fiscales de los más crueles y a la vez de los más consentidos.

[…]

38 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Por interés económico, triple, derivado del medro mercantil, del beneficio
tributario y de la renta territorial, la clerecía española no se sintió propicia
a hostilizar el tabaco. Los clérigos en sus conventos y solares debieron de
sentir como otros pobladores la tentación de sembrar y cosechar en sus
plantíos hortelanos esa yerba tan apetecida que ya iba siendo el tabaco.

Es lícito pensar que los clérigos también se procurarían buenos medros


mercantiles con el tráfico del tabaco, cuando este producto fue ya muy
codiciado; pues, pese a su misión profesionalmente apostólica, no fue raro
que la olvidaran persiguiendo negocios monetarios como mercaderes y
contrabandistas. Con frecuencia había frailes que solapadamente trafica-
ban en continuos viajes trasatlánticos entre Sevilla y las Indias, tanto que
se expidieron bulas pontificias con censuras eclesiásticas para evitar tales
abusos, prohibiendo que los frailes en sus viajes marítimos llevasen consi-
go oro, plata y otras cosas fuera de las indispensables para su matalotaje,
y ordenando que ellos fuesen rigurosamente vigilados en los puertos por
razón de sus contrabandos.

[…]

En España llegó a ser institucional el contrabando. Por las serranías y cos-


tas marinas de la Península los contrabandos eran un modo habitual de
vivir; una forma específica del bandolerismo. El tabaco y sus contrabandis-
tas forman un sector histórico en Andalucía, sobre todo en Sevilla, como
personajes de las sierras y de las fábricas cigarreras de Sevilla. ¡Carmen!

[…]

La importancia tributaria del tabaco debió de percibirla, antes que otra en-
tidad social, la Iglesia Católica en las Indias españolas, apenas los poblado-
res iniciaron privadamente el cultivo de tabacales para su aprovechamiento
en los tratos mercantiles. La base económica de la Iglesia española, como
en general de la Católica, aparte de sus grandes feudos, fundos y otros pin-
gües beneficios, estuvo en los diezmos, o sea en el impuesto que aquélla
percibía del diez por ciento de toda la producción minera y agraria del país.
El sistema legislativo de tal tributación eclesiástica ya estaba en vigor en la

DE LA T RA N S C U LT U RAC I Ó N D EL TA BACO 39
España peninsular antes que naciera la España colonial, y cuando surgió
ésta no hubo más que hacer extensivo a los nuevos países ese viejo régimen
fiscal de Castilla, lo cual hicieron los Reyes Católicos por R. C. de 5 de
octubre de 1501. Apenas el tabaco comenzó a ser objeto de la especulación
agraria de los españoles en las tierras por ellos pobladas, por sólo ser un
producto cultivado, quedó ipso facto sometido al impuesto del diezmo, o sea
de la décima parte, de su producción, a favor de las arcas eclesiásticas. Así
los clérigos españoles de las Indias, donde comenzó a cultivarse el tabaco
para su consumo por los pobladores y luego para la exportación, pronto
sacaron directos provechos, económicos y utilitarios de la propagación de la
planta diabólica, como los reyes pudieron beneficiarse con ella mediante los
almojarifazgos, alcabalas, monopolios y toda suerte de gabelas que fueron
impuestos sobre el tabaco bajo amenaza de los más draconianos castigos.

[…]

La transición cultural del tabaco fue muy polémica. Se expresaron con


sumo ardimiento las tendencias innovadoras y las estacionarias, se ima-
ginaron ridículas generalizaciones, se hicieron persecuciones hasta la
muerte y se mantuvieron con tesón las rebeldías; combatieron la teología
y la ciencia, la ignorancia y la técnica; y, al fin, se impusieron los criterios
económicos y hedonísticos, hasta el día de hoy en que sigue la brega, con
otras ideas y propósitos y casi siempre por dineros.

Los demonios, muy sabichosos de las debilidades humanas, para lograr


vencer más pronto entre los pueblos ultraamericanos unieron la original y
fisiológica tentación sensualista del tabaco a la social tentación de la vani-
dad. Pero aún estas dos tentaciones no fueron bastantes. Entonces movi-
lizaron también la de la codicia. Buscaron el modo de traducir tabaco en
dinero. El original sentido del tabaco fue trocado en un interés económico
de posibilidades capitalistas y tributarias. Y ya con la estimulación con-
junta de tres pecados, capitales los tres (la gula, el orgullo y la avaricia) los
demonios vencieron entonces rápidamente; diríase sin irreverencia que “en
un santiamén”, pues, al fin, hasta la alta clerecía los ayudó a que triunfara
por todo el mundo el tabaco, ese archidiabólico y sutilísimo instrumento
de sensualismo y celebración.

40 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


En la historia europea del tabaco se dieron con más pronunciados relieves
estas fases de su transculturación. Es al mediar el siglo XVI cuando el tabaco
deviene en una “mercancía internacional” y comienza a cultivarse en Europa.

[…]

En algunos países de Europa se produjeron curiosos fenómenos de trans-


culturación del tabaco por la línea de la medicina. Algunos médicos llega-
ban a ordenar la introducción del humo del tabaco en el cuerpo, no por la
boca sino por la entrada opuesta. En Suiza, Alemania y otros pueblos de
Europa se conocieron jeringas de humo (Brooks 1937: 55), sugeridas pro-
bablemente por el vago recuerdo de ciertas prácticas indias. Todavía por
1844, en Escandinavia se usó para ciertas enfermedades llenar las narices
del paciente, taponándolas con tabaco (Brooks 1937: 19, nota), tal como
solían hacer los aztecas con polvos de la yerba chilpanton, al querer estancar
las hemorragias nasales (Sahagún 1900, tomo III: 253).

Hay que convenir en que el tabaco fue descubierto por los europeos en una
época propicia para su recepción como panacea. De la Edad Media no se
habían perdido aún las supersticiones en los prodigios y las magias, y del
Renacimiento ya se tenían las curiosidades experimentales, aun cuando
sin haberse condensado en formulaciones científicas. Y el tabaco fue a la
vez cosa de portento y cosa de ciencia; sustancia que atraía tanto por su
exótico misterio y lo semifabuloso de su procedencia, como por lo extraño
de sus métodos y lo inexplorado de sus eficaces aplicaciones, todo lo cual
hacía incontables las posibilidades para la experimentación de los médicos
noveleros y para las engañifas del charlatanismo y la curandería.

[…]

En los médicos fue corriente declamar contra los abusos del tabaco y re-
comendar que no se aplicara la yerba “sana sancta” sin una previa pres-
cripción facultativa; a lo cual replicaban los fanáticos de la yerba que eso
era por egoísmo profesional. Y también, desde mediados del siglo XVII
hubo sátiras contra los médicos que en la novelería del tabaco encontraban
medro económico.

DE LA T RA N S C U LT U RAC I Ó N D EL TA BACO 41
Dogmatistas y científicos cedieron ante el diabólico espíritu del tabaco
cuando éste, pese a los martirios impuestos a sus devotos, logró extenderse
por las altas y las bajas clases sociales y vino a ser fuente fiscal de pingües
almojarifazgos, alcabalas, estancos y diezmos, así para los usufructuarios
de la Corona como para los del Altar. Y, en esto también, todo fue con-
secuencia de la virtud del dinero, que en la corte del rey y en la de Roma
ya había notado con su perspicacia y referido con sorna el P. Juan Ruiz, el
arcipreste desenfadado. Cuando los regios arbitristas comprendieron lo fá-
cil que era poner tributos al tabaco, como a un artículo de placer, se supri-
mieron las persecuciones, los moralistas fueron callados y las conciencias
fueron dormidas, dejando que los endiablados tabacos de los idólatras de
América fueran inficionando al mundo a cambio de pagar fuertes tributos
a sus empinados gobernantes. Entonces el crudelísimo sultán de Turquía,
convencido de las ventajas económicas del tabaco, derogó el iradé que
mandaba empalar a los fumadores y la furia de los ulemas fue relajándose.
Si antes un gran muftí a nombre de Dios inspiró las persecuciones, luego
otro gran muftí cambió la doctrina, no se sabe si también por soplo de Alá.
Tal como ocurrió con el café, condenado primeramente como contrario
a la divina ley coránica y luego encomiado como “vino del Islam” para
sustituir el “vino de los cristianos”. Si antes el café fue tenido por leyenda
como una bebida sacada de la cagarrutas de los cabrunos demonios, luego
una nueva leyenda, de origen persa, explicó piadosamente cómo habiendo
caído Mahoma en abrumador cansancio y somnolencia, Dios reanimó a su
profeta enviándole con el arcángel Gabriel una bebida entonces desconoci-
da, negra como la venerada piedra meteórica de la Kaaba en la Meca. Así
el café bajó de los cielos como un don de Alá y Turquía pasó a figurar entre
los pueblos más fumadores de tabaco y más bebedores de café.

[…]

Los atropellos contra la democracia del tabaco se resienten más profun-


damente que otros, hasta la trascendencia histórica. A las iras despertadas
en los pueblos contra los monopolios del tabaco, generalmente en manos
de magnates aristócratas o de judíos, y contra los abusos de sus detentado-
res despóticos, hasta el punto que provocaron motines en varias capitales
de Europa, se atribuyen las primeras conmociones antiaristocráticas del

42 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


siglo XVIII (Brooks 1937: 146,158). Steinmetz (1878: 13) dice que Jean
Bart, el héroe naval francés, “al fumar ante Luis XIV realizó un acto de
tan prodigiosa audacia y nivelador sentido que puede considerarse como
el verdadero inicio de la Revolución Francesa”. Desde ese punto de mira
puede pensarse que, también por el siglo XVIII, los motines de los vegueros
y frailes contra los monopolistas del tabaco fueron los precursores de la
conciencia nacional y prepararon en el pueblo de Cuba la rebelión liberta-
dora contra los monopolios mercantiles, políticos, eclesiásticos y sociales.

[…]

En la misma evolución de los tipos morfológicos del fumar parece que


hay algo que es impuesto por el ambiente humano, aparte de los apremios
económicos y de las creencias religiosas, como si el ritmo de la vida social
influyese también en las costumbres de los fumadores. La pipa se da más
por tierras frías y recintos cerrados, en ceremonias tradicionales de paz y
de religión. El cigarro o puro es más bien compañía actual de caminantes
por países cálidos y en magias operativas, esparcimientos y jolgorios. El
cigarrillo, ya de papel, breve y liviano, es hijo del amestizamiento, tercería
de culturas, engendro transcultural en tiempos y costumbres de más apre-
mios y tensiones. “El automóvil es enemigo del fumar”, ha dicho con razón
José Aixalá (Diario de la Marina, Habana, 9 de diciembre de 1939); pero el
tabaco que ahora estorba en las tensas duraciones del presente ritmo social,
llena todas sus pausas. Con la vida moderna, veloz y a ritmo de máquina,
el tabaco se habría ahuyentado si el cigarrillo no lo hubiera sostenido, lu-
bricando sus fricciones y válvulas y refrescando las energías.

[…]

En estos años convulsivos se ha pensado que el tabaco es un “arma de


guerra”, como el petróleo y el lubricante que mueven las máquinas bélicas.
El tabaco, se ha dicho, tonifica e impulsa el ánimo de los soldados y no hay
ejército que ahora quiera pelear sin él. Pero no, el tabaco sigue siendo ins-
trumento de paz, indispensable para conservar en cada soldado sometido
a las enormes y terribles presiones nerviosas de la guerra aquel mínimum
de independencia, personalidad, solaz, ensueño y esperanza sin el cual la

DE LA T RA N S C U LT U RAC I Ó N D EL TA BACO 43
sociedad se desintegra y el ser humano enloquece. El tabaco, que es rito so-
cial de paz y amistad, es el más constante amigo del soldado y en la guerra
es siempre y en todo momento “su paz”. Es un transitorio reducto donde
su individualidad se defiende y conforta, cuando, prisionera de Marte, al
fumar respira un hálito libre y cree recuperar por un instante, aunque sea
“en humo”, el goce de su soberanía personal.

Todo esto refleja la constante e íntima vigencia del tabaco, sus contempo-
ráneas funciones sociales, su victoria, su transculturación universal.

REFERENCIAS

JOSÉ A IXALÁ (1939, 9 DE DICIEMBRE). Diario de la Marina, La Habana.


BROOKS, JEROME E. (1937). Tobacco, Its History Ilustrated by the Books, Manuscripts,
and Engravings in the Library of Georges Arents Jr. Nueva York: Rosenbach.
CHOSSY, A BBÉ DE (1687). Journal du Voyage de Siam fait en MCLXXXV et MDCLXXXVI,
Paris: S. Mabré-Cramoisy.
JACOB, HEINRICH (1934). Sage und Siegeszug de Keffes, die Biographie eines Weltwirts-
drafttlichen Stoffes. Berlin: Mahrish Ostrau, J. Kittis.
SAGAHÚN, FR. BERNARDINO DE (1900). Historia general de las cosas de Nueva España,
México. 5 tomos. Paris: G. Masson.
STEINMETZ , A NDREW (1878). The Smoker’s Guide, Philosopher and Friend. Londres:
Hardwicke & Bogue.

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MI MUSEO
DE LA COCAÍNA*

Michael Taussig

* De Michael Taussig, My Cocaine Museum (Chicago, The University Chicago Press, 2004),
pp. ix-xix, 13-20. Los capítulos que aquí incluimos provienen de la traducción de Cristóbal
Gnecco en Michael Taussig, Mi museo de la cocaína (Popayán, Editorial Universidad del
Cauca, 2013), pp. 17-25, 39-45.

M I M US E O D E LA CO CA Í NA 45
NO TA DE L AU T OR : GU Í A PA R A E L U S UA R IO

Lo puede encontrar 
cuando mira el cielo,
cierra los ojos y ve dan-
zar las líneas de colores. Sígalas, siga el calor, y llegará hasta allí como
yo lo hice, hasta Mi Museo de la Cocaína. No es que no hubiese lo que
podría llamar un prototipo, un prototipo más claro y preciso y hermoso,
también escalofriante a su manera, el famoso, mundialmente famoso, el
extraordinario Museo del Oro. No es que necesite ese tipo de publicidad.
De ninguna manera. Porque esto no es una vulgar caseta de carnaval. Hay
ciencia involucrada y también mucha iluminación suave, por no mencionar
grandes sumas de dinero y algo más grande que el dinero: la imagen del
dinero que, como se sabe, estaba allí en el oro todo el tiempo. Y todavía
está –como puede ver cuando va al centro de Bogotá, Colombia, y sube al
segundo piso del Banco de la República de la Carrera Séptima y entra en
los residuos brillantes del tiempo antes del tiempo cuando sólo los indíge-
nas estaban aquí, felices, por lo que parece, felices con su oro y también
felices con su coca. Sólo después se convirtió en cocaína.

Rodeado por tugurios por tres lados, mendigos y artistas callejeros en el


parque de enfrente, el museo entrega un espacio cerrado, oscuro y solem-
ne, donde se exhiben artefactos precolombinos de oro en vitrinas con luz
cenital. El museo, que se dice tiene 38.500 piezas de oro, es un ornamento,
como el oro mismo, que añade dignidad y arte a la avara realidad del banco
-no cualquier viejo banco, desde luego, sino el Banco de la República, el
banco del Estado-Nación, igual a la Reserva Federal de Estados Unidos.

Pero, entonces, ¿qué es un ornamento?

M I M US E O D E LA CO CA Í NA 47
Una cuadra más allá, sobre la Carrera Séptima, se encuentra la hermosa
iglesia colonial de San Francisco que, como el museo, está llena de oro que
brilla en la oscuridad. Los campesinos y los habitantes de los tugurios vienen
y acarician el pie de uno de los santos que, como resultado, brilla más que el
oro detrás del altar. Es posible que los estafadores que hacen su trabajo en el
andén de afuera usen cadenas de oro que imitan las que usan quienes hacen
grandes negocios con el tráfico de drogas. Como cualquier libro que merece
ser escrito, Mi museo de la cocaína pertenece a este sentido del ornamento
como algo base, el pie de un santo o un estafador con una manilla de oro,
algo que permite al carácter de cosa de las cosas brillar en la oscuridad.

Caminar en el Museo del Oro es tomar una vaga conciencia de cómo, por
milenios, el misterio del oro ha sostenido las bases del dinero en todo el
mundo a través de mitos y relatos. Pero falta un relato. El museo calla con
respecto al hecho de que, por más de tres siglos de ocupación española, lo
que la colonia representaba y de lo que dependía era del trabajo de esclavos
de África en las minas de oro. En efecto, este oro, junto con la plata de
México y Perú, fue lo que preparó la bomba del despegue capitalista en
Europa, su acumulación originaria. ¿Seguramente esto preocupa al banco,
su patrimonio, después de todo?

Parece tan monstruosamente injusta esta negación, tan limitada y mezqui-


na una visión incapaz de imaginar lo que era bucear en busca de oro en los
salvajes ríos de la costa, moviendo rocas con sus manos desnudas, descalzo
en el lodo y la lluvia día tras día, tan incapaz, incluso, de quitarse el som-
brero ante el trabajo brutal que hace la gente aún hoy junto a los espíritus
de sus padres y abuelos y de todas las generaciones que, antes de ella, ha
extraído la riqueza del país. También parecía una estafa a mi trabajo como
antropólogo, usar la antropología y la arqueología para dignificar al banco
con el botín agridulce del genocidio y el saqueo.

El Museo del Oro también calla el hecho de que si el oro determinó la


economía política de la colonia, es la cocaína –o, mejor, su prohibición
impuesta por los Estados Unidos– la que da forma al país en la actualidad.
No hablar de la cocaína, no exhibirla, es continuar la misma negación de la
realidad que el museo practica con relación a la esclavitud. Como el oro, la

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cocaína está imbuida de violencia y codicia, brillo que hiede a transgresión.
Más aún, la cocaína también tiene profundas raíces en la prehistoria.

Como el oro, la coca tuvo interés para los indígenas mucho antes de la
llegada de los europeos. De hecho, entre los objetos más significativos del
Museo del Oro están los poporos de oro, contenedores curvilíneos con
forma de botella de Coca Cola, usados por los indígenas para guardar la
cal hecha de conchas tostadas y molidas; añadida a las hojas tostadas de
coca, facilita la liberación de la cocaína en el intestino y el torrente san-
guíneo. Usted mete un palillo en la boca del poporo y lo saca para poner
trozos de cal en su boca mientras masca hojas de coca. Digo ‘su boca’ pero
debería decir ‘sus bocas’, plural, como los hombres sentados toda la noche
alrededor de una hoguera, como los indígenas de la Sierra Nevada de Santa
Marta, como me contó apenas ayer María del Rosario Fierro.1

Reunidos de esta manera, discuten un problema de la comunidad –como


dejarla estar con ellos o ¿por qué diablos está ella allí, de todos modos?
Cuando sacan el extremo del palillo de su boca y lo meten de nuevo en
el poporo pasan varios minutos rotándolo alrededor de los labios de la
boca del recipiente, produciendo una suave dispersión de sonido que se
propaga como el viento que sopla en los bosques del tiempo. En realidad
no rotan el extremo del palillo alrededor de los labios de la boca del
poporo tanto como parecen escribir en curvas y rayas punteadas por
pequeñas puñaladas. Puede haber hasta cien hombres en esta actividad
al mismo tiempo, cada uno con su poporo y su mochila de algodón para
las hojas de coca. Está oscuro. Es ruidoso este sonido más suave que lo
suave, me dice ella, el sonido así ampliado, tal vez como el sonido del
mar Caribe del que provienen las conchas que se llevan tan lejos como
a esta alta montaña.

Me parece que la velocidad y el ritmo de este movimiento espasmódico


rotante alrededor de la boca del poporo y, por lo tanto, la suave dispersión

1 María del Rosario Ferro es una joven antropóloga que, en la década de 1990, pasó cinco años
viviendo con los indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta, en la costa norte de Colombia.
Pasó dos años viviendo con los Arahuacos y otros tres con los Kogis. Ella fue quien me presen-
tó al sacerdote Kogi Mamo Luca y al líder religioso Wiwa Ramón Gil, y me dijo muchas de
las cosas que cuento aquí sobre coca y oro.

M I M US E O D E LA CO CA Í NA 49
de sonidos frotantes corresponde al movimiento del habla y el pensa-
miento; la palabra Arahuaco para pensar es la misma para respirar en
el espíritu (kun-samunu). Pero, desde luego, estos no son los poporos de
oro silenciosos que vemos resplandecer en el Museo del Oro en Bogotá,
desnudos y expuestos, privados de cualquier signo de uso humano, por
no decir de cualquier signo de esta extrañísima costra de saliva saturada
de coca alrededor de la boca del poporo. Con razón el museo está fijado
en el objeto, poniendo fin al habla, por no hablar de la relación entre la
respiración y el pensamiento. Aquí el oro congela la respiración, no menos
que el pensamiento, a medida que miramos el resplandor del aura, distraí-
damente, completamente ignorantes de las maravillas que estos poporos
pueden significar. ¡Qué pena!

Pero ¿podría la saliva seca durar en la atmósfera enrarecida de un museo?


Un museo aborrece el desorden. Puede haber poca compasión para el entu-
siasmo de Walter Benjamin cuando desempacaba su biblioteca, para quien
“desde el comienzo el gran coleccionista es sorprendido por la confusión,
por el desorden, en que se encuentran las cosas del mundo” (Benjamin
1999: 211). Porque para él este desorden implica su fantástico carácter so-
brenatural, como cuando dice: “Toda pasión bordea lo caótico pero la pa-
sión del coleccionista bordea el caos de los recuerdos. Más que eso: el azar,
el destino, que se difunde frente a mis ojos está conspicuamente presente
en la acostumbrada confusión de estos libros” (Benjamin 1931 [1968]: 60).
Imponer orden en ese caos es rendir tributo al azar de manera tal que la
disposición final se suma a lo que llama una “enciclopedia mágica” que, en
sí misma, sirve para interpretar el destino. Esto corresponde bien con los
indígenas de la Sierra Nevada que escriben sus pensamientos en la costra
de saliva seca alrededor de la boca de sus poporos. Algo similar subyace
en la actitud de William Burroughs ante el desorden que llamamos orden,
como cuando señala que los capítulos que está escribiendo, de lo que será
El almuerzo desnudo, “forman un mosaico con el significado críptico de
la yuxtaposición, como objetos abandonados en el cajón de un hotel, una
forma de naturaleza muerta” (Burroughs 1955 [1993]: 289). ¿Cuál es su
propósito? Hacer que la gente tome consciencia de lo que ya sabía pero que
no sabía que sabía (Sobieszek 1996: 118).

50 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


A pesar de su repugnancia, el escupitajo es vulnerable al tiempo y al buen
gusto. Difícilmente el escupitajo es la clase de cosa –si es una cosa– que
serviría a las necesidades de reivindicación cultural de un banco. El es-
cupitajo es el extremo opuesto del oro en la economía Occidental, tanto
que se presta para evacuar las ecuaciones de las que muchos de nosotros
vivimos, esas ecuaciones que conectan la belleza con la bondad y la bondad
con dar sentido encontrando o imponiendo formas en la confusión de la
experiencia que es el universo. El escupitajo es anárquico con respecto a la
forma. Por lo tanto ¿qué otra filosofía puede estar en juego aquí, ‘a la vuelta
de la esquina’? No una filosofía de la forma sino de la substancia y de la
fuerza –como el oro, como la cocaína–, sustancias transgresoras, las llamo,
llenas de todo tipo de peligro que no puede proporcionar mucho al mundo
en términos de una forma estable pero mucho, en realidad, en términos de
exuberancia y perturbación. En efecto, el escupitajo encontró su filósofo
occidental en 1929 en Georges Bataille quien, para una de sus irritables
definiciones de diccionario en su revista Documents (que sólo duró dos
años, pero aún se las ingenia para asombrar), escribió lo siguiente:

Un diccionario comienza cuando ya no da el significado de las


palabras sino sus tareas. Así, informe no sólo es un adjetivo con
un significado dado sino un término que sirve para poner las cosas
en el mundo, generalmente necesitando que cada cosa tenga su
forma. Lo que designa no tiene derechos en ningún sentido y se
aplasta en todas partes, como una araña o una lombriz. De hecho,
para que los académicos puedan estar felices el universo tendría
que tomar forma. Toda la filosofía no tiene otro propósito: se trata
de dar a una levita lo que es, una levita matemática. Por otra parte,
afirmar que el universo no se parece a nada y que es sólo informe
es lo mismo que decir que el universo es como una araña o un
escupitajo (Bataille 1985 [1929]: 31).

¿No tanto Mi Museo de la Cocaína como Mi Museo del Escupitajo?

En lo que respecta a los indígenas de la Sierra, esta costra de saliva alrede-


dor de la boca del poporo crece con el tiempo y le dan forma de cilindro,

M I M US E O D E LA CO CA Í NA 51
cuidadosamente, dice Gerardo Reichel-Dolmatoff en su famoso estudio
sobre los Kogi, entre quienes vivió entre 1946 y 1950. Está absolutamente
prohibido a las mujeres Kogi mascar coca y Reichel-Dolmatoff cree que el
poporo es, de hecho, un rival sexual de las mujeres. Cuando un hombre
joven es iniciado recibe su propio poporo lleno de cal. Después ‘desposa’ a
su ‘mujer’ en esta ceremonia y perfora el poporo, imitando una desfloración
ritual. “Todas las necesidades de la vida”, concluye Reichel-Dolmatoff, se
“concentran, así, en este pequeño instrumento que, para el Kogi, significa
comida, mujer y memoria. No es raro, así, que el hombre Logi sea insepa-
rable de su calabacito” (1985 [1950]: 88-90).

Es probable que la costra seca de saliva engrosada por coca y cal, acariciada
y mimada con el tiempo por el garabatero incesante con la punta del palillo,
sea tanto un disco plano como un cilindro, un objeto de belleza que excede
a cualquier pieza de oro en el museo. Es perfectamente simétrica. Débiles
líneas verdosas, como de una tela de araña, vagabundean por sus costados;
visto desde arriba el disco contiene anillos débiles como los del tronco de
un árbol cortado. La costra, o kalamutsa (en habla Kogi), creada por Mamo
Luca (un sacerdote de Boyacá, tenía unos dos centímetros de grueso y más
de seis centímetros de diámetro. Cuando le pregunté sobre sus caricias y
mimos obsesivos se refirió a ellos como “escribiendo pensamientos” y a la
costra como su “documento”. Más bien como una enciclopedia mágica,
pensé, porque la tarea del Mamo es ejercer sus pensamientos, continua-
mente, mientras masca coca para entender, por el bien de su comunidad,
en qué costos ha incurrido la Madre Tierra debido a las malas acciones de
los seres humanos. “Más o menos lo mismo que yo aspiro a hacer con Mi
Museo de la Cocaína”, me digo.

El cuerpo marrón rojizo de su poporo sólo tenía quince centímetros de


alto; lo ajustaba, cómodamente, en su mano izquierda y no parecía dejarlo
nunca, noche o día. En efecto, el poporo es más una extensión viva del
cuerpo, o debo decir de la mente, que un artefacto mecánico. La costra
del poporo de Ramón Gil, en las estribaciones de la Sierra Nevada, cerca
de Santa Marta, era aún más impresionante: tenía quince centímetros de
ancho, como un pastel, y seis centímetros de grueso.

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Cuando fue invitado a una consulta en 2003 al Museo del Oro en Bogotá y le
preguntaron sobre la posibilidad de que hiciera una “limpieza” de los 38.500
artefactos de oro del museo, Ramón Gil dijo que necesitaría la sangre mens-
trual de las trabajadoras del museo y el semen de los trabajadores, incluyendo
a los miembros de la Junta Directiva del Banco de la República. Ni qué decir
que su exigencia no fue cumplida y que las piezas de oro permanecen en su
estado contaminado. De acuerdo con el Mamo Luca –quien no se atreve a
entrar al museo debido a esa contaminación–, el oro es valioso porque es la
sangre menstrual de la Madre Tierra en la que se concentra todo su poder,
que sólo puede ser extraído a través de un ritual apropiado que asegure que
todo está en armonía en el sitio de la extracción –e.g., “que el río es bueno,
los animales son buenos, las plantas y los bosques son buenos”. Esencial
para ese ritual de purificación, pagar a la Madre Tierra por la deshonra de
la extracción del oro, es el pensamiento –¡sí! el pensamiento– que sólo se
alcanza absorbiendo coca y “escribiendo pensamientos” en los pensamientos
previos incorporados en la costra amarilla de saliva seca alrededor de la boca
del poporo. Y, de acuerdo con el Mamo Luca, antes del nacimiento del sol la
gente usaba oro en vez de conchas trituradas en su poporo.

La pieza central de la exhibición del museo es un poporo con cuatro bolas


de oro alrededor de su orificio. Está en un cuarto oscurecido, colocado
contra un lienzo negro sin el menor asomo de ironía o autoconciencia, e
iluminado con luz cenital. Abajo del poporo hay el siguiente texto:

Este poporo Quimbaya, con el cual comenzó la colección del Mu-


seo del Oro en 1939, identifica a los colombianos con su naciona-
lidad y su historia.

Otro poporo, más delgado que la mayoría, tiene la forma de un pene


erecto. Otros toman la forma de un jaguar, de una fruta ventruda o de
una persona que es mitad caimán. Hay un poporo con forma de mujer
dorada, desnuda, con pájaros que cuelgan de sus muñecas y se nos dice
que la fuente de la cal que contenía eran huesos humanos quemados. El
oro y la cocaína están firmemente conectados desde tiempos antiguos, aún
antes del nacimiento del sol, por el arte, el sexo, la magia y la mitología,
no menos que por la química.

M I M US E O D E LA CO CA Í NA 53
El Museo del Oro ya es Mi Museo de la Cocaína. Pero es sólo cuando
sabemos de estas conexiones que podemos, como dijo Antonin Artaud,
“despertar a los dioses que duermen en los museos” (1964: 52),2 por no
mencionar a los fantasmas de los esclavos africanos que, con sus manos
desnudas, excavaron el oro que mantuvo a flote a la colonia y a España
por más de trescientos años. Sin embargo, a diferencia de los indígenas,
destruidos por Europa y ‘despertados’ siglos después por los estupendos
valores monetarios y estéticos otorgados a la orfebrería precolombina, estos
otros fantasmas son verdaderamente invisibles y su poder contaminante
–su miasma– aún más inquietante.

Y es por eso que he acometido la creación de éste, Mi Museo de la Cocaína.

A diferencia del Museo del Oro, localizado a plomo en el centro de la


capital de la nación, mi museo se encuentra en el extremo más alejado,
donde el Océano Pacífico se filtra por entre más de seiscientos kilómetros
de pantanos de mangle y selvas sin caminos, donde el aire apenas se mueve
y la lluvia nunca cesa. Aquí es donde fueron traídos los esclavos de África
a trabajar en las minas de oro situadas en las cabeceras de los ríos que
descienden con rapidez de los Andes, que van de norte a sur a unos pocos
kilómetros del mar. Aquí es donde vine de visita, pocas semanas cada vez,
todos los veranos de la década de 1990 hasta 2002 y, antes de eso, en 1971 y
1976, con la intención de escribir un libro sobre el pueblo minero de Santa
María, localizado en las cabeceras del río Timbiquí.

Durante esos años, a medida que el oro disminuía a poco más que recuer-
dos, la cocaína apareció en el horizonte. Se había propagado al oeste, por
encima de los Andes, desde la cuenca amazónica, donde las fumigaciones
con defoliantes apoyadas por el gobierno de Estados Unidos llevaron el cul-
tivo de coca a las selvas de la costa Pacífica. Hacia 1999 los traficantes de
cocaína llegaban a Guapi, el puerto fluvial más grande de la región y apenas
un río al sur de Timbiquí, y compraban toneladas de cocaína en varios ríos
más al sur. Estos traficantes vivían en el Hotel Río Guapi, salían por la
mañana en lanchas rápidas y regresaban al anochecer para ir de parranda

2 Agradezco esta conexión a Ed Scheer.

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con la policía. La excitación era palpable y a lo largo del curso medio del río
Saija, apenas un río al norte de Timbiquí, el ejército guerrillero más grande
de América Latina –las FARC– también tenía campos de coca.3

En otras áreas de Colombia la cocaína no sólo atrae a la guerrilla; detrás


de ella llegan los paramilitares con el apoyo, escasamente ocultado, del
aparato militar del Estado. Los paramilitares, que dependen del tráfico de
cocaína, torturan y matan a los campesinos que acusan de colaborar con la
guerrilla. Excepto en el norte, cerca de Panamá, en la región del Chocó, la
costa Pacífica no conocía nada de esta espectacular violencia paramilitar
hasta la masacre de campesinos en abril del 2001 en áreas de cultivos de
coca en las cabeceras del río Naya, varios ríos al norte Timbiquí. Al sur
de Timbiquí, el mismo año, los paramilitares asesinaron a trabajadores de
derechos humanos en el puerto de Tumaco, en la frontera con Ecuador,
y estaban avanzando sobre los cultivos de coca de la cuenca del Patía.
En octubre también se instalaron, temporalmente, en el bajo Timbiquí,
causando una ola de ansiedad, si no de histeria general. Desde entonces
los temores han disminuido pero la pesadilla de un inminente baño de
sangre paramilitar nunca, nunca puede ser descartada. Es en este sentido
que Mi Museo de la Cocaína permanece con la puerta entreabierta en el
apocalipsis inminente.

¿Es el peligro proporcional al valor de estas espléndidas ‘flores del mal’;


el oro y la cocaína? Con el oro quizás vemos ironía más que peligro, la
ironía de mineros condenados a la pobreza en el fin del mundo, metidos
hasta la cintura en el agua y el barro buscando, a veces por años, la materia
de sueños y leyendas, antes de tirar la toalla. De la misma manera que
con la cocaína, el drama es intenso, tan intenso que este drama abre sus
ojos y su corazón a un lugar extraño, pero estimulante, donde las palabras
y las fuerzas elementales de la naturaleza forman entidades híbridas, ni
naturales, ni humanas, más parecidas al pie de un santo o a la pulsera de
oro de un estafador que brilla en la oscuridad. Es aquí, filosóficamente

3 Las FARC, acrónimo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, tienen unos quin-
ce mil combatientes y datan de mediados de la década del 1960, cuando campesinos que perte-
necían al Partido Liberal y que habían sido perseguidos por más de una década por el gobierno
nacional y por el Partido Conservador establecieron “repúblicas rojas” para protegerse, bajo la
influencia o liderazgo del Partido Comunista.

M I M US E O D E LA CO CA Í NA 55
hablando, donde comienza Mi Museo de la Cocaína, donde las sustancias
transgresoras hacen que usted quiera buscar un nuevo lenguaje de la na-
turaleza, perdido en los recuerdos del tiempo prehistórico que reclama el
actual estado de emergencia.

Se trata de lo siguiente: el oro y la cocaína son fetiches, lo que quiere decir


que son sustancias que parecen ser mucho más que materia mineral o ve-
getal. Aparecen más como personas que como cosas, entidades espirituales
que no son ninguna de las dos, y eso es lo que les otorga su extraña belleza.
Como fetiches, el oro y la cocaína hacen trucos sutiles al entendimiento
humano. Porque es, precisamente, como materia mineral o vegetal como
parecen hablar por sí mismos y llevar el peso de la historia humana como
si fuese historia natural. Y es así como quiero que hable Mi Museo de la
Cocaína –como un fetiche.

Este es el lenguaje que quiero, un lenguaje sustancial, despertado por una


relación prolongada con el oro y la cocaína, hediendo en su intensidad
tartamudeante de delirio y fracaso. ¿Por qué fracaso? Porque desenvolver
el fetiche todavía no es posible en el horizonte de la posibilidad humana.
Ojalá pudiéramos desnudar estos fetiches de su mitología y, así, exponer
las sustancias verdaderas y reales, desnudas y solas en su estado primigenio
de ser natural. Pero incluso si pudiéramos hacerlo destruiríamos lo que
nos anima, aquellos trucos sutiles que hacen al entendimiento humano
las sustancias que parecen hablar por sí mismas. El lenguaje que quiero es
solamente ese lenguaje que corre a lo largo de la sutura donde materia y
mito conectan y desconectan, continuamente. Así, Mi Museo de la Cocaína
no trata –repito, no trata– de separar naturaleza de cultura, cosas reales de
cosas hechas, sino que, más bien, acepta el juego de vida –y– muerte de la
naturaleza con la segunda naturaleza como una realidad irreductible para
permitir que ese juego curioso se exprese de la manera más elocuente.

Como museo dedicado a la historia natural, Mi Museo de la Cocaína sigue


el curso del río desde el pueblo de Santa María, en las cabeceras y en la
profundidad de la selva, pasando por la capital provincial de Santa Bárba-
ra, localizada río abajo, justo antes del mar, a través de las aguas inmóviles
de la bocana del río, en los pantanos que forman los bordes hinchados de

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la costa. Unos dieciséis kilómetros mar adentro, en su exhibición terminal,
Mi Museo de la Cocaína desaparece en sí mismo en una isla ex-prisión que
ahora es un parque nacional, una isla museo de historia natural que, al
comienzo de la conquista española del Nuevo Mundo, recibió el nombre
de Gorgona en honor de quien volvía de piedra a quien la miraba. La
Gorgona acecha Mi Museo de la Cocaína. Sin duda. Ella está antes de los
dioses, antes de que la naturaleza fuera separada de la cultura. Ella está
antes del tiempo, dijeron; vive al final del mundo conocido, cerca de la
noche donde el tiempo es espacio. Ella petrifica. Ella es la santa patrona
de los museos. Pero mi sitio se mueve. Hay más de la gorgona de lo que
parece inicialmente.

Pero no estoy interesado en museos. Me parecen lugares muertos, incluso


hostiles, creados para una burguesía aburrida y privada de vida y expe-
riencia. En lo que estoy interesado es en la vida del oro y en la vida de la
cocaína, uno muriendo y la otra despegando, aunque la cocaína también
tiene más que su parte justa de muerte. Lo que me interesa, y espero que
a usted también, sobre el final de la tierra donde la lluvia nunca para y los
árboles alcanzan el cielo, es una ambición tan antigua como las colinas,
a saber, combinar una historia de las cosas con una historia de la gente
forzada por la esclavitud a encontrar su camino en medio de estas cosas.
¿Qué clase de cosas? Calor y lluvia, bosques y ríos, piedras y pantanos,
color e islas –esas clases de cosas– y, especialmente, el miasma que emana
del pantano. Y ¿por qué? Para que, junto con los fantasmas de la esclavitud
que acechan al museo, la naturaleza sea liberada con la prisa de la magia
del oro y de la cocaína, compactada por el tiempo.

MI MUSEO DE LA COCA ÍNA

Pregunto a un amigo río arriba, en Santa María, qué pasa con el oro que
encuentra y vende. Dice que va al Banco de la República en Bogotá, que
lo vende a otros países. “¿Qué le pasa después?” “Realmente no sé. Lo
ponen en museos…” Su discurso se desvanece. Lilia se encoge de hombros.
Es para joyería, piensa. Y para dinero. La gente lo vende por dinero. Va
al Banco de la República y obtienen dinero por él… En un estallido de

M I M US E O D E LA CO CA Í NA 57
justicia propia me pregunto por qué el mundialmente famoso Museo del
Oro del Banco de la República en Bogotá no tiene nada sobre la esclavitud
africana o sobre la vida de estos mineros de oro cuyos ancestros fueron
comprados como esclavos para explotar el oro que fue, por siglos, la base
de la colonia –¿así como la cocaína lo es hoy en día? Así, ¿cómo luciría un Mi
Museo de la Cocaína? Es tan tentador, casi al alcance de la mano, este
proyecto cuyo tiempo ha llegado…

¿Al alcance de la mano?


¿Proyecto?

¿Dónde mejor comenzar, entonces, que con la llave inglesa rojo brillante
de treinta centímetros, amorosamente exhibida en nuestras pantallas de
televisión en la ciudad de Nueva York la semana pasada, como la describe
mi hijo adolescente, un inveterado televidente? ¿No es esta llave inglesa
descomunal el ícono más extraordinario para Mi Museo de la Cocaína? Es
decir, ¿dónde mejor para comenzar que con el universo mundano de las he-
rramientas, antítesis de todo lo que es exorbitante y salvaje sobre la cocaína,
pero tiene esta herramienta particular que, siendo tan falsa y tan grande,
hasta ahora supera el mundo de la utilidad que, realmente, conecta con el
bombo publicitario del mundo de las drogas? Una buena parte de nuestro
relato y, por lo tanto, también de nuestro museo es cómo cooperan estos
dos mundos de la utilidad y el lujo para formar amalgamas engañosas que
sólo pueden valorar las personas que conocen el secreto.

Porque, de acuerdo con los fiscales federales de Estados Unidos, los co-
merciantes de oro de la calle 47 de Manhattan son pagados por los contra-
bandistas de cocaína para que sus joyeros hagan de oro tornillos, hebillas,
llaves inglesas y otras herramientas que son exportadas a Colombia, de
donde vino la cocaína en primer lugar. James B. Comey, abogado de Esta-
dos Unidos en Manhattan, señala “el círculo vicioso de drogas, dinero, oro
y dinero de nuevo” (Weiser y Hernández 2003: 1A).

¿No hubiéramos podido predecirlo teniendo en cuenta lo que conocemos


sobre las estrechas conexiones en la prehistoria entre el oro y la cocaína?
Los exóticos y eróticos poporos de oro del Museo del Oro han unificado,

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desde hace tiempo, el mundo del oro con el mundo de la coca. El poporo,
usado para contener cal hecha de conchas trituradas y huesos quemados
para acelerar la descomposición de la hoja de coca en cocaína, unifica el
mundo práctico con el estallido de estrellas del mundo de la cocaína y no
puede estar demasiado alejado de la belleza de la llave inglesa roja desco-
munal, al mismo tiempo tan práctica e impráctica. “En la calle 47 todo está
en la confianza”, dice un joyero, haciendo todo más fácil, parece, para un
agente encubierto de la Fuerza de Trabajo El Dorado, quien llegó diciendo
que quería contrabandear oro a Colombia y necesitaba cambiar su forma.
El joyero contestó a UC (que es como se llama ahora el agente encubierto)
que le entregaría el oro en la forma que quisiera.

En la forma que quisiera.

Qué perfecto es el oro, el gran cambiador de forma, el metal líquido, la


forma informe. Qué perfecto para nuestro Museo de la Cocaína tener un
parentesco metafísico tan fuerte con una sustancia que, como el lenguaje
del poeta, se puede torcer y ajustar a la música de las esferas. Puedo pensar
en sólo otra sustancia que rivaliza con el oro y con la cocaína en este senti-
do y es el cemento, una vez conocido como piedra líquida, que ahora cubre
Estados Unidos.

Dónde mejor para comenzar, entonces, que en los cañones de Ciudad Gó-
tica, con corredores de bolsa de Wall Street que compran sus drogas a un
hombre de República Dominicana vestido con un buen traje en el cuarto
para hombres oliendo cocaína. Al mismo tiempo, al otro lado del East
River, en el aeropuerto Kennedy, hay un perro Chesapeake Bay, también
oliendo, instado por su ama del servicio de aduanas de Estados Unidos
“¡Anda, muchacho! ¡Anda, encuéntrala! ¡Buen muchacho!”, mientras pa-
sajeros colombianos de baja estatura retroceden con horror en la sala de
equipajes cuando sus claras maletas de gran tamaño envueltas en plástico
aparecen a la vista y al olor, pesadamente –envueltas en plástico en Colom-
bia por una empresa que viene a su casa el día antes del vuelo para sellar su
equipaje y evitar que alguien meta algo sin que usted se dé cuenta (como
un poco de cocaína).

M I M US E O D E LA CO CA Í NA 59
Un estadounidense de verdad decide que ya es suficiente. El perro ha per-
dido el control, decide, y dice a su entrenadora que retroceda cuando el
perro sube y baja baboseando sobre su pecho. “Usted tiene derechos consti-
tucionales”, dice la entrenadora. “Aquí todo el mundo es culpable hasta que
huela a inocente” y pide al perro que salte más alto. Se necesita un perro
más grande para esta clase de trabajo. Los perros pequeños pueden ser más
inteligentes pero son pisoteados. ¡Vaya! ¡Cuidado! Los perros y sus amos
y amas felices llegan corriendo atropelladamente por el corredor como si
estuvieran retozando en el parque. Debe estar pensando en los perros que
saltan a cambio de carne roja, bajo las alas de los aviones en la pista, lejos,
en Bogotá. Perros con suerte del Tercer Mundo. Cuando el animal está
jugando es muy probable que lo prehistórico esté enganchado.

Algunas veces encuentran a un colombiano asustado, sospechoso de haber


tragado condones llenos de cocaína antes del vuelo. Fuerzan-purgan al
sospechoso. Es decir, ¿cuántos días cree que la DEA va a esperar por una
mula estreñida? En el inodoro nadan condones bien amarrados como pares
de ojos asustados, estallados como los de Salvador Dalí, derramándose
fuera del inodoro, por el piso y a lo largo del techo, mostrando los blancos
del terror cuando otros condones explotan en la oscuridad empapada den-
tro de los estómagos de las mulas.

Lejos de la seguridad del mundo de los perros, pero no menos dependientes


del instinto porque no pueden distinguir entre la coca y otras plantas, están
las imágenes satelitales que se usan para probar el éxito de la Guerra Con-
tra las Drogas, rociando defoliante sobre los cultivos de los campesinos y
sobre la coca, forzando a la coca a la profundidad de la selva y, ahora, sobre
las montañas y hacia la costa Pacífica. El embajador de Estados Unidos
en Colombia dijo que “es muy posible que hayamos subestimado a la coca
en Colombia. Allí donde miremos hay más coca de la que esperábamos”
(Forero 2001: 4A). ¿Recuerdan el “conteo de cuerpos” en Nam?

El nudo se está apretando, dice el cura. Junto con la cocaína llega la guerri-
lla y detrás de ella llegan los paramilitares en una guerra sin misericordia
por el control de los cultivos de coca y, por lo tanto, de lo poco que queda
del asombrosamente incompetente Estado colombiano. Usted avanza por

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un cuarto oscuro, con sonidos de una criatura angustiada, iluminado por
un resplandor rojo que produce sombras de buitres en la pared del mata-
dero, temprano en la mañana, como en medio del olor de boñiga calien-
te, el mugido del ganado y el golpe seco del hacha y campesinos pobres,
juntos y en fila, temblado para tomar sangre caliente por razones de salud
al mismo tiempo que el presidente de Estados Unidos de América firma
la Certificación de Derechos Humanos en el jardín de rosas de la Casa
Blanca; esa firma libera un billón de dólares en helicópteros que revolotean
en la oscuridad como los murciélagos que los indígenas hicieron con oro,
cuyo letrero nos dice que, estando entre categorías –ni ratones ni pájaros– ,
los murciélagos significaban maldad en forma de brujería y compara los
helicópteros con los caballos de los conquistadores, resollando fuego y re-
lámpagos sobre los indígenas aterrorizados.

Pero los indígenas siempre fueron buenos con los venenos y las drogas
alucinógenas, de manera que las soluciones de alta tecnología no son tan
efectivas en la selva, así que no desespere: existen muchas posibilidades de
que la guerra y la gigantesca economía que sostiene todavía sigan rugiendo
por muchos años. Hablando de los indígenas, aquí hay una figura conocida
para darle la bienvenida, esa inmensa foto que se ve en el aeropuerto cuan-
do uno llega a inmigración: una indígena estoica sentada en el suelo, en el
mercado, con cal y hojas de coca para vender y frente a ella, de entre todas
las cosas, el refrigerador de William Burroughs, de Lawrence, Kansas,
con un letrero en la puerta, Sólo diga no, mientras un adolescente indígena
deambula con un letrero de Nike en su pecho que dice Just do it y la son-
riente Nancy Reagan flota en lo alto como el gato de Cheshire mirando,
pensativamente, un carro con la bodega abierta y dos cadáveres metidos
dentro con las manos atadas en la espalda y limpios agujeros de bala, uno
en el temporal derecho y otro en la coronilla. El tiro de gracia. Un trabajo
profesional, exclaman los dolientes que se amontonan alrededor del ataúd
abierto y suben a los niños bien vestidos para que puedan ver mejor. “Sé
que cuando muera”, digo a Raúl, “quiero estar aquí, en este pueblo, con esta
gente a mi alrededor”. Me mira raro. Lo he asustado.

Uno de los cuerpos es Henry Chantre, quien cuando prestó servicio militar
en el ejército colombiano recogía y llevaba drogas a Cali para sus oficiales

M I M US E O D E LA CO CA Í NA 61
–por lo menos eso decían– y cuando lo terminó se dedicó al narcotráfico,
un carro elegante, una mujer rubia, lindos niños pequeños, y un día el
negocio se echó a perder y apareció en la bodega de un carro abandonado
cerca del puente, al otro lado del río Cauca. Bastante lejos del East River
de Manhattan. En cierto sentido. Extraños estos ríos, tan elementales; lo
primero que hace un conquistador es encontrar un río que serpentea hacia
el corazón de las tinieblas y todo para comerciar, realmente, canoas, balsas,
ese tipo de cosas, riel y camino, una reflexión décadas o siglos después,
agua abarcando el globo, el puente que cruza el río y conecta a Cali con
este pequeño pueblo al sur, donde Henry Chantre yace mirándolo fijamen-
te, la ciudad dando vueltas, el puente donde la mayor parte de los cuerpos
termina siendo botada, quién sabe por qué; qué extraña ley de la naturaleza
es ésta, el río, el puente, por qué siempre el mismo lugar, compulsión ma-
cabra por arrojar cuerpos en los carros quemados y las cunetas, allí, en la
tierra de nadie cerca del puente entre categorías, como los murciélagos, ni
pájaro ni ratón, suelo santificado lleno de caos y contradicción, aquí, cerca
del río donde hombres negros bucean para sacar arena para la industria de
la construcción en Cali, impulsada por el narcotráfico. El padre Bartolomé
de las Casas, el salvador de los indígenas del Nuevo Mundo en el siglo
XVI, escribió apasionadamente sobre la crueldad de hacer zambullir a los
indígenas en busca de perlas cerca de la isla Margarita, en el Caribe. En
la actualidad, mucho después de la abolición de la esclavitud africana la
esclavitud que reemplazó la esclavitud de los indígenas es rutinario bucear
para sacar arena, no perlas; los fuertes ponis tan obedientes, asegurados
contra la corriente llevando baldes de madera.

Necesitamos cifras, cifras humanas, tan fuertes como estos rechonchos po-
nis que se aseguran contra la corriente, y en la bruma del amanecer, cerca
del río, llega la guerrilla en una sola fila; excepto por las botas baratas de
caucho y por los machetes, es igual al ejército colombiano que luce igual al
ejército de Estados Unidos y a todos los ejércitos de aquí hasta la eternidad,
sobre todo los paramilitares, quienes dan la pelea de verdad, cortando la
garganta de los campesinos y profesores que acusan de colaborar con la
guerrilla, colgando otros con ganchos de carne en el matadero, por días,
antes de ejecutarlos, por no mencionar lo que hacen a los cuerpos vivos con
las motosierras de los mismos campesinos, dejando la evidencia a un lado

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del camino para que todos la vean y, lo peor de todo, para que yo lo cuente.
Por eso la moderación en la vitrina de exposición en nuestro Museo de la
Cocaína con nada más que un pasamontañas negro, una motosierra Stihl
anaranjada y un computador portátil, su pantalla resplandeciendo en la
sombra. Cuando los paras llegan a un pueblo aislado sacan un computador
y leen los nombres de una lista de personas que van a ejecutar, nombres
suministrados por el ejército de Colombia que, por supuesto, no tiene nin-
guna conexión terrenal con los paramilitares. Sólo digital. “Fue una cosa
terrible”, dijo un joven campesino en julio de 2000, en las colinas arriba de
Tuluá, “ver cómo la muerte estaba allí, en ese aparato”.

Los paras son francos, incluso si les gusta ser fotografiados con pasamon-
tañas negros a pesar de que son calientes y ásperos. Hacia julio de 2000 el
70% del ingreso de los paras, dicen ellos tanto como los expertos, provenía
de la coca y la marihuana cultivada en áreas bajo su control en el norte del
país, drogas que llegarían a los Estados Unidos. Pero hasta esa época, por
lo menos, los paras salieron sin un rasguño. Rara vez su coca fue erradicada
y las fuerzas armadas del gobierno nunca, nunca los confrontaron. Más
bien, el empuje de la guerra estimulada por Estados Unidos fue atacar el
sur, donde la guerrilla es más fuerte, y dejar el norte tranquilo. Realmente
la Guerra Contra las Drogas es financiada por la cocaína y no es contra las
drogas, de ninguna manera. Es una Guerra por las Drogas.

Nuestro guía se dirige hacia las ondas que se extienden sobre el río donde
los cadáveres son arrojados todos los días y los hombres bucean para sacar
arena para los residuos de lo que fue una industria floreciente, la construc-
ción de la ciudad de Cali, que se levanta con tonos de arcoíris a través de
capas de rayos del sol ecuatorial engrosados por los gases de los escapes
de los carros. Transformada por el dinero de las drogas invertido en la
construcción de edificios y en automóviles, ahora la ciudad se revuelca en
la decadencia, con muchas de sus torres de apartamentos y sus restaurantes
vacíos. Nada como la cocaína para acelerar el ciclo de negocios.

En el cuarto siguiente de nuestro Museo de la Cocaína están los restos


de parcelas campesinas como cráteres de bombas llenos de lotos en la
buena tierra plana donde el terreno fue excavado a más de 2.5 metros de

M I M US E O D E LA CO CA Í NA 63
profundidad para hacer ladrillos y tejas cuando el boom de construcción en
la ciudad estaba en pleno apogeo. Este rico suelo negro alguna vez fue la
ceniza de los volcanes que flotaron en el lago que fue este valle en tiempos
prehistóricos. Los campesinos lo venden, su patrimonio, sacando provecho
de los altos precios que se pagan por la tierra y porque la agroindustria
causó un desastre ecológico a sus cultivos tradicionales. Entonces el boom
se detuvo y ya no hay trabajo de ninguna clase. Ya no hay finca. Sólo un
pozo de agua con lotos donde los niños gustan nadar.

Y, a decir verdad, aunque hubiera ‘trabajo’ en la ciudad, mucha gente no


lo querría. Arrastrar su culo de un trabajo humillante y masivamente mal
pagado a otro –menos dinero en realidad, que el que obtienen las mujeres
mazamorreando en el Timbiquí (¡puede creerlo!). Eso ya se terminó, la idea
de trabajo. Sólo una madre desesperada o un niño pequeño todavía creerían
que algo se puede ganar vendiendo pescado frito o bebidas heladas de soya
al lado de la carretera, acumulando centavos. Pero ahora para los hombres
jóvenes hay mucho más en la vida y ¿realmente quién cree que vivirán más
de veinticinco años? Si no se matan entre ellos entonces está la limpieza,
cuando los asesinos invisibles vienen en sus camionetas y en sus motos.
Estos muchachos adquieren su primera arma de fuego cuando tienen cator-
ce años. Motocicletas. Armas automáticas. Nikes. Quizás también algunas
granadas. Ese es el sueño. Excepto que, por alguna razón, es cada vez más
difícil lograrlo y los sueños de drogas se estancan en los pantanos en la
parte más baja de la ciudad, como Aguablanca, donde desaguan todos los
desagües y las cañas crecen altas a través de las panzas de ratas y sapos
hediondos. Aguablanca. Las pandillas se multiplican y la puerta es forzada
por tipos malos con palancas para robar la televisión y las zapatillas de los
pies del niño dormido; el basuco lo hace sentir tan bien, su piel ondula y us-
ted siente que flota mientras la policía (que, de otra manera, nunca aparece)
y los escuadrones de la muerte cazan y matan adictos, travestis y maricas
–los desechables–, cuyos cuerpos se encuentran retorcidos cuando los arrojan
desde atrás de las camionetas en los cañaduzales de propiedad de veintidós
familias, cañaduzales que se mueven como el océano de un lado a otro del
valle mientras la marea lo succiona con auténtica música indígena de flauta
y los aullidos a la luz de la luna de los perros que olfatean cocaína dan la
bienvenida al Museo del Oro del Banco de la República.

64 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Algo como eso.
Mi museo de la cocaína.
Una revelación.

REFERENCIAS

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BATAILLE , GEORGES (1985). Visions Of Excess: Selected Writings, 1927-1939. Minnea-
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dered into Gold, U.S. Says”, New York Times, Sec. A.

M I M US E O D E LA CO CA Í NA 65
EL COLONIALISMO DE LA
COCAÍNA: REBELIONES
INDÍGENAS EN AMÉRICA
DEL SUR Y LA HISTORIA
DEL PSICOANÁLISIS*

Curtis Marez

* De Curtis Marez, “Cocaine Colonialism: Indian Rebellion in South America and the
History of Psycoanalisys”. En Drug Wars: The Political Economy of Drug Wars (Minneapolis,
University of Minnesota Press, 2004), pp. 225-246. Traducción de Isabel Cristina Lanio
Posada.

EL CO LO NI A LI S M O D E LA CO CA Í NA : REB ELI O N ES I N D Í G ENA S EN A M ÉRI CA D EL S U R


Y LA H I S TO RI A DEL P S I COA NÁ LI S I S
67
A lo largo de 
Drug Wars, he planteado que la adminis-
tración oficial del tráfico de drogas, que a
menudo ha tenido como objetivo controlar la fuerza de trabajo subalterna,
también ha contribuido al crecimiento de la resistencia subalterna. La se-
gunda parte sugiere que los esfuerzos realizados por los Estados Unidos
para el control de la droga en los años 30 tenían como objetivo controlar a
los trabajadores mexicanos potencialmente rebeldes; sin embargo, tales me-
didas también provocaron las luchas mexicanas contra la criminalización.
De modo similar, la primera parte sostiene que el monopolio controlado
por Gran Bretaña constituía una forma de explotación de la mano de obra
china, pero siempre se vio ensombrecido por la rebelión china. En la tercera
parte la conexión entre el control de la mano de obra y la rebelión subalterna
continúan siendo un objetivo importante, pues la historia del tráfico de co-
caína revela mucho sobre las relaciones entre el imperialismo y la resistencia
indígena en las Américas.

En la segunda mitad del siglo XIX , el mercado emergente de la cocaína


dependía y a la vez ayudaba a reproducir sistemas de facto de esclavitud
indígena en Perú.1 En las grandes plantaciones, los peones indígenas en-
deudados no solo cultivaban y cosechaban la coca, el producto de su trabajo
era a su vez distribuido a otros para mantenerlos controlados y lograr que
el resultado de su trabajo fuera más provechoso. Recordemos el contexto
británico, donde el opio se vendía a los trabajadores chinos para lograr que

1 Aunque existen importantes diferencias químicas y culturales entre la coca y la cocaína uso
ambas palabras de forma intercambiable, pues comparten el mismo significado ideológico en
los contextos estadounidense y europeo.

EL CO LO NI A LI S M O D E LA CO CA Í NA : REB ELI O N ES I N D Í G ENA S EN A M ÉRI CA D EL S U R


Y LA H I S TO RI A DEL P S I COA NÁ LI S I S
69
trabajaran durante más horas y con más ímpetu; en América del Sur la
coca se distribuía entre los indios en las plantaciones y minas por razones
parecidas. Primero, los conquistadores españoles y más tarde los capitalis-
tas europeos y criollos descubrieron que, al ser un poderoso estimulante e
inhibidor del apetito, la coca hacía que los trabajadores indígenas fueran
más productivos, pues les permitía trabajar durante largas horas con poco
alimento. Por esta razón, los dueños de las plantaciones de coca distribuían
las hojas de las plantas a los propios indios que las cultivaban.

Antes de 1880 el consumo de coca estaba en gran medida limitado a Amé-


rica del Sur. Sin embargo, tiempo después se convirtió en una mercancía
global que las compañías farmacéuticas y los productores de medicamen-
tos patentados vendían en grandes cantidades. Ambos tipos de empresas
usaron modernas técnicas publicitarias para promover la droga (Spinalle
1999). “Vin Mariani”, un popular vino fortificado con coca, tuvo una agre-
siva campaña de publicidad que incluyó los testimonios de miembros de la
realeza europea, dos presidentes de los Estados Unidos, escritores como
Julio Verne, H. G. Wells y Alexandre Dumas, el inventor Thomas Edison,
la actriz Sarah Bernhardt y hasta el papa León XIII. El éxito de Vin Ma-
riani inspiró muchas otras bebidas como Café-Cola Compound, Doctor
Don’s Kola, Rococola, Inca Cola, Vin des Incas y por supuesto, Coca Cola
(Kennedy 1985: 62-64, 83-87). La demanda de la droga en Europa y los
Estados Unidos condujo a la expansión masiva de la industria comercial de
coca en Perú (Gootenberg, 1999: 47-49). De hecho, para finales del siglo
la cocaína representaba un papel destacado en una emergente cultura de
consumo en masa a nivel internacional.

Entre los nuevos empresarios de la cocaína estaba el joven Sigmund Freud,


quien promovió la droga entre los médicos y los consumidores occidentales
planteando que se trataba de una mercancía placentera y beneficiosa. Entre
1884 y 1887, Freud escribió seis trabajos sobre la cocaína. En el primero y
más importante de esos trabajos, Über Coca (1884), recomendaba la droga
como estimulante, afrodisíaco y como cura para la adicción al alcohol y a
la morfina. El ensayo, en parte, cuenta la historia del uso de la hoja por
los indígenas peruanos, convirtiéndolo en el primer trabajo publicado de
Freud basado en especulaciones antropológicas. Un año más tarde realizó

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su único experimento científico publicado, mediante el cual intentó re-
gistrar los efectos objetivos de la cocaína en cantidades mensurables de
energía muscular. Poco después, Freud recomendó la coca a las sociedades
fisiológicas y psiquiátricas de Viena en dos conferencias públicas. Estas
conferencias despertaron gran interés en Europa y los Estados Unidos. Por
ejemplo, el primer volumen de 1885 del British Medical Journal, contenía
sesenta y siete artículos sobre la cocaína (Berridge y Edwards, 1987: 221).
Durante ese período, Freud recomendaba la cocaína a todo aquel que lo
quisiera escuchar, sus colegas, su familia, sus amigos, su prometida y el
mundo. Llegó a convertirse en una celebridad menor de la publicidad al
escribir un respaldo para el preparado de cocaína de Parke-Davis (Jones
1953: 93).

La promoción que hiciera Freud de la coca ha recibido relativamente poca


atención crítica. El mismo Freud siempre se mostró bastante tímido en
cuanto a sus trabajos sobre la coca. En una carta a su primer biógrafo, se
refiere a esta como un simple hobby.2 En conformidad con esto, sus escritos
sobre la cocaína fueron excluidos de la Edición estándar de las obras psicoló-
gicas completas de Sigmund Freud. Esto cambió a principios de los años 70,
cuando una popular editorial estadounidense publicó Escritos sobre la cocaí-
na (Freud 1975). Tal vez como una forma de enfatizar el nuevo interés en
las drogas y la contracultura, la edición hizo una reimpresión de los ensayos
científicos de Freud sobre la cocaína, además de fragmentos de artículos
sobre las drogas en el contexto contemporáneo y de un fantasioso trabajo
sobre la relación entre Freud y Sherlock Holmes. Este último también
inspiró una popular novela de Nicholas Meyer titulada La solución al siete
por ciento (1974) en la cual Freud trata a Holmes por adicción a la cocaína.
La novela más tarde se convirtió en una popular película Hollywoodense
con el mismo nombre. Sin embargo, tal celebridad pasó por alto una de
las características más asombrosas del estudio de Freud sobre la cocaína,
el hecho de presuponer formas de neoesclavitud indígena. En contraste,
a finales del siglo XIX , resultaba virtualmente imposible para Freud y sus

2 Freud escribió “el estudio de la coca es un alotrio que ansiaba concluir” (apud Jones 1953: 83-
84). Jones explica que “la palabra alotrio con su connotación punitoria, le resultaba familiar a
Freud pues sus maestros la usaban para referirse a cualquier cosa, como un hobby, que aparte
del serio cumplimiento de un deber” (84).

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Y LA H I S TO RI A DEL P S I COA NÁ LI S I S
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contemporáneos ignorar que la producción de cocaína dependía de siste-
mas de mano de obra forzada. Para los investigadores, este era un hecho
conocido hasta cierto punto divulgado, sobre todo por el naturalista suizo
Johan Jacob Von Tschudi, cuyo trabajo Viajes al Perú (1847) contribuyó a
despertar el interés de europeos y estadounidenses en la droga.

Freud reaccionó ante esto de una manera que anunciaba su posterior ela-
boración del concepto de negación. Como mencioné en el capítulo 1, la
negación es un estado psíquico en el cual se tienen dos creencias contra-
dictorias al mismo tiempo. Según Freud, en tal estado, la negación y la
aceptación “conviven lado a lado… sin influenciarse”. La teoría de Freud
constituye una acertada glosa para sus anteriores investigaciones sobre la
cocaína, en las cuales parece decir: “Sé que la coca es producida por perso-
nas que son casi esclavos, pero a pesar de eso…”. Por lo tanto, él no niega
inmediatamente su conocimiento de las verdaderas condiciones de trabajo,
pues sus huellas distorsionadas pueden encontrarse en sus escritos sobre
la cocaína, los cuales, a mi entender, constituyen un mapa cognitivo del
colonialismo de la droga en Perú y de las formas de explotación que este
acarreaba. Además, los trabajos de Freud muestran la resistencia indígena
a tales sistemas de trabajo. De esta forma, sus ensayos sobre la cocaína
ponen de manifiesto, de forma más detallada en el último capítulo, que
históricamente los conflictos a causa de la cocaína representan formas de
guerra indígena por otros medios.

Además, tales conflictos se pueden percibir en las revisiones psicoanalíticas


que hiciera Freud de sus primeros estudios sobre la cocaína. En sus trabajos
posteriores, Freud incluye inquietudes relacionadas con las condiciones del
comercio farmacéutico internacional en la construcción del sujeto analítico,
dejando que el segundo desplace al primero por subsunción. Es decir, Freud
implosiona el espacio de la esclavitud y la rebelión en un espacio psicológi-
co, reimaginando una división imperial de la mano de obra en términos de
topos conscientes e inconscientes. Freud convierte un mapa imperial en un
mapa psíquico, trasladando a la resistencia indígena dentro de los cambian-
tes límites de un inconsciente polimorfamente perverso y primitivo.

72 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


COCA ÍNA Y M A NO DE OBR A INDÍGENA

En la imaginería imperialista, los indígenas son básicamente perezosos.


Hegel elevó esta idea al nivel de concepto filosófico. Su teoría de la historia
valoriza la marcha del espíritu como voluntad activa y reduce a los habi-
tantes de las Américas al principio de la pasividad, el otro del espíritu. En
“Los fundamentos geográficos de la historia” Hegel decía:

Una disposición débil y desapacible, la falta de carácter y una sumi-


sión pasiva frente a los criollos, y aún mayor frente a los europeos,
son las características principales de los aborígenes americanos, y
deberá pasar mucho tiempo antes de que logren los europeos hacer
que nazca en ellos el espíritu de independencia… La debilidad del
físico americano constituyó la razón principal para traer los negros
a América, para que trabajaran en las tareas que había que hacer en
el Nuevo Mundo (1956: 81-82).

Pese a lo planteado por Hegel acerca de la sustitución de los esclavos afri-


canos, en la práctica la supuesta pereza de los indígenas se convirtió en la
justificación para la esclavitud y el peonaje endeudado, pues si los indíge-
nas no trabajaban por voluntad propia, entonces tenían que ser forzados.
Tal es la lógica, por ejemplo, del Sr. A. Larrea, comandante de la Estación
Marítima Peruana, cuyo reporte sobre los indígenas del Amazonas fue
publicado en una obra promocional llamada Las provincias amazónicas de
Perú como área para la emigración europea (1888): “Los quechua son siempre
sumisos pero lentos para cumplir órdenes; amargados por los malos tratos,
casi nunca harán nada a menos que se les obligue. No harán nada bien a
menos que se les trate como esclavos. Trátalo bien y lo convertirás en la-
drón; azótalo y se levantará, te dará las gracias y será tu humilde sirviente”
(citado en Guillaume 1888: 52).

Según los comentarios de Larrea, la esclavitud y otras formas de coerción


como el sistema de peonaje endeudado eran usuales en las áreas bajo el
dominio europeo en el Amazonas (Taussig 1987: 60-66). Otro autor en
el mismo manual de emigración, Leonardo Pflucker y Rico, señala el pa-
pel principal de la coca en la explotación de la mano de obra indígena. Él

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Y LA H I S TO RI A DEL P S I COA NÁ LI S I S
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contaba que los indígenas trabajaban por períodos de tiempo aparentemente
imposibles en las minas de plata –doce horas al día, siete días a la semana,
más dos o tres turnos nocturnos en la semana. Lo cual, según Pflucker y
Río, significa que “sólo descansan doce horas por cada veintiocho horas de
trabajo, lo cual parece extraño, pero se entiende al observar el físico de estos
hombres ayudados por el uso de la coca” (citado en Guillaume 1888: 137-
38). La coca posibilitó la existencia de esos extenuantes regímenes de traba-
jo por varias razones. Sus propiedades euforizantes se supone opacaban el
dolor de las brutales condiciones de trabajo, al ser estimulante daba energía
a los cuerpos trabajadores, y como supresor del hambre les permitía a los
indígenas trabajar por largas horas con poca alimentación y por lo tanto a
un menor costo. Por estas razones, durante el siglo XIX, los empleadores de
la región distribuían coca entre sus trabajadores indígenas y les permitían
un descanso para usarla durante la jornada de trabajo (Gagliano 1994).

La relación entre la coca y las formas de trabajo forzado fueron tal vez re-
presentadas de la mejor manera en Viajes al Perú de Tschudi. En un famoso
fragmento citado en Freud y por otros, Tschudi describe las asombrosas
hazañas de un indígena llamado Hatun Huamang, a quien el naturalista
empleó como sirviente y guía.3 Tschudi empleó a Huamang por cinco días
y durante ese tiempo al parecer el indio sólo consumió coca y durmió un
par de horas por noche. Este ejemplo llevó a Tschudi a concluir que la coca
funciona como sustituto de la comida y que si se usa con moderación “favo-
rece la salud” (452). Freud cita ese fragmento para promover los beneficios
de la coca y, sin embargo, lo saca de contexto, ignorando el papel de la coca
en la explotación laboral. Como hace ver Tschudi, en las plantaciones,
“los pobres indios viven como esclavos a cambio de algunas ropa, carne,
brandy… El trabajador cuyo nombre es anotado en el libro de deudas de
la plantación por diez o doce dólares tiene grandes probabilidades de se-
guir siendo un esclavo tributario por el resto de su vida… los productos
importados de Europa, aquellos que se pueden comprar a bajos precios
en la Sierra, son luego vendidos a un precio mayor por los dueños de las
plantaciones a los pobres indígenas, quienes tienen que pagar por ellos con
largas y duras jornadas de trabajo” (446).

3 Para encontrar la cita de Freud a Tschudi, ver “Über Coca” (Freud 1975: 50). Las citas subsi-
guientes están dadas en el texto.

74 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Y, según enfatiza, la coca era principalmente beneficiosa en situaciones en
que los indígenas eran obligados a trabajar en condiciones horribles con
una alimentación inadecuada. “Sin la coca, los indios peruanos, con sus
dietas austeras, no pudieran hacer el trabajo que hacen ahora… Es una
forma esencial de preservar la nacionalidad de los indígenas y, en cierta
medida, mitigar el destino melancólico de la que una vez fuera una gran
raza, ahora amenazada con ser destruida por las enfermedades y el trabajo
excesivo” (457). Además, aunque Tschudi plantea que la coca no hace daño
si se usa de forma moderada, enfatiza que en las minas y plantaciones el
exceso es la regla, lo cual cobra un alto precio: “Un coquero empedernido
se reconoce a simple vista. Su andar inestable, su piel amarillenta, sus ojos
apagados y hundidos, rodeados de ojeras, sus labios temblorosos y su apatía
general muestran los efectos funestos del jugo de coca cuando es consu-
mido en exceso” (450). En su afán por promover la cocaína, Freud ignoró
tales hechos.

Freud niega el papel de la coca en la explotación de la mano de obra in-


dígena al desplazar la esclavitud al pasado distante de la conquista espa-
ñola. Siguiendo los pasos de Tschudi, en “Über Coca” Freud comienza su
historia de la droga en el momento en que “los conquistadores españoles
entraron a la fuerza en Perú”. Menciona que “al principio los españoles no
creyeron en los maravillosos efectos de la planta, la cual, sospechaban, era
obra del diablo, principalmente por el papel que representaba en las cere-
monias religiosas” (Freud 1975: 50). Según Freud, esta actitud solo cambió
cuando los españoles “observaron que los indígenas no podían realizar los
duros trabajos que eran obligados a hacer en las minas si se les prohibía
consumir la coca” (50). Los conquistadores decidieron, concluye Freud,
racionalizar y controlar el uso de la coca al distribuir hojas de la planta en
ciertos momentos del día y al incluir los descansos para su consumo. Al
recordar la racionalización de la coca por los españoles, Freud hace una
alabanza a la droga que se sabe hizo trabajar a los indígenas a su pesar y
promete a los consumidores del viejo mundo que pueden de cierta manera
acceder a la prodigiosa vitalidad del nuevo mundo. Aun así, al centrarse
en la conquista del siglo XVI, minimiza el alcance que seguían teniendo las
formas de esclavitud en el siglo XIX . De esta forma, niega de manera efec-
tiva que la conquista española sea precursora de sus propios esfuerzos para

EL CO LO NI A LI S M O D E LA CO CA Í NA : REB ELI O N ES I N D Í G ENA S EN A M ÉRI CA D EL S U R


Y LA H I S TO RI A DEL P S I COA NÁ LI S I S
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promover la coca. Es decir, como la mayor parte de la coca del mundo era
producida por peones endeudados indígenas, el sueño de Freud de que un
día un gran número de personas en Europa y Estados Unidos consumiera
la droga sugiere que su plan a la larga dependía de formas de conquista
que pusieran a los indios a trabajar en apoyo al mercado global de cocaína.

Esta negación de la conquista también es evidente en los análisis clínicos


que hiciera Freud de los efectos de la coca en europeos. Según Freud, en
vez de convertir a los europeos en esclavos, la cocaína promete la experien-
cia del dominio de sí mismos: “Uno siente un aumento del auto control, se
siente más vigoroso y dispuesto para el trabajo… Uno se siente completa-
mente normal y hasta le resulta difícil creer que esté bajo los efectos de dro-
ga alguna”. Según este análisis, la cocaína no mejora el bienestar subjetivo,
en su lugar solo mitiga las fuerzas que pudieran afectar la salud normal. En
“Über Coca”, Freud sugiere que el vigor producido por la cocaína “se debe
no tanto a la estimulación directa, sino a la desaparición de los elementos
que causan la depresión. Tal vez se asume que la euforia resultante de una
buena salud es solamente la condición normal de una corteza cerebral salu-
dable, que no tiene conciencia de los órganos del cuerpo al que pertenece”
(60). En este caso, la cocaína permite que la conciencia normal emerja al
aislar la psiquis del cuerpo, elevando el espíritu eufóricamente más allá
de la conciencia del cuerpo material. Freud presenta la droga como un
producto exótico que permite a los consumidores disfrutar de estados de
normalidad elevada que aparentemente los liberan de sus cuerpos y, meta-
fóricamente, de las condiciones materiales en que se producía la cocaína.
Esta descripción de la euforia causada por la cocaína encaja con los intereses
profesionales de Freud y se puede entender como publicidad al excepcional
valor medicinal de la cocaína y, por consecuencia, al talento de Freud. Aun-
que la consideración de los motivos de beneficio profesional no agota todas
las posibilidades, los escritos hechos por Freud en esos años demuestran que
calculó conscientemente los beneficios profesionales que podían resultar de
la promoción de la cocaína. Deprimido por su relativa oscuridad y frenado
por el antisemitismo, Freud esperaba que la promoción de esta “sustancia
mágica” (60) hiciera que sus considerables talentos se extendieran más allá
de los límites de su medio profesional. En efecto, los planteamientos de
Freud en cuanto a los poderes de la cocaína para aumentar la capacidad de

76 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


trabajo se basaban en parte en su uso de la droga. Yo diría que para salir
del estereotipo de judío “primitivo”, Freud estaba dispuesto a cosificar la
explotación de la mano de obra indígena de la cual dependía su proyecto de
ascenso.4 En efecto, Freud generalizó su uso de la cocaína indígena, sugi-
riendo que el valor extraído del Otro en forma de fármaco permitiría a los
europeos abstraerse de los contextos político-económicos.

Sin embargo, podemos notar que Freud aceptaba que su investigación de-
pendía de la conquista en la manera en que se identifica con España. En
su adolescencia Freud se interesó muchísimo por la lengua y la cultura de
España. A principios de la década de 1870 comenzó a estudiar español con
su amigo de la infancia Eduard Silberstein. Pudiéramos decir que la amis-
tad de los chicos se basaba en parte en sus juegos de “españoles e indios”,
pues en una carta que escribiera mientras investigaba sobre la coca, Freud
mencionaba que los dos habían tenido “sueños románticos sobre indios
rojos, las calzas de cuero de Cooper y las historias de marineros”.5 Leyeron
a Cervantes juntos y crearon un club al que llamaron Academia Española,
que tenía hasta su propio sello, las letras góticas “AE” bajo una corona
estilizada (Walter Boehlich en Freud, 1990: xv-xvi, xxix). Los dos jóvenes
adoptaron nombres españoles (el de Freud era Don Cipión) e intercam-
biaron numerosas cartas escritas en un español poco fluido de escolares.
Y aunque Freud a menudo adoptaba un tono jocoso al escribir sobre esto,
estaba bastante comprometido con el club, al punto de reprender a su ami-
go por descuidar sus estudios:

En mi condición oficial de MdlAE (Miembro de la Academia


Española) no puedo ocultarle una cuestión de gran significación
política que me ha estado preocupando muchísimo. En momentos
en que todos reconocen la República Española, la Academia Espa-
ñola, un modelo insuperable de organización y de tal importancia
para su organismo materno, parece estarse distanciando de España

4 La relación de Freud con el antisemitismo y su condición de judío es un tema de gran mag-


nitud y complejidad al cual me referiré nuevamente de manera breve hacia el final de este
capítulo. Para más detalles sobre el tema consulte Sander L Gilman (1993); Carl E. Schorske
(1981: 181-203) y Marianna Torgovnick (1990: 194-209). La última autora es mi fuente de
estereotipos del judío “primitivo”. En el texto se ofrecen referencias posteriores.
5 Carta a Martha Bernays, 7 de febrero de 1884 (Freud 1960: 97).

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Y LA H I S TO RI A DEL P S I COA NÁ LI S I S
77
y haciendo caso omiso de sus orígenes, permite el acceso o casi el
dominio exclusivo de las costumbres bárbaras y los sonidos forá-
neos hasta en sus documentos oficiales (Freud 1990: 55).

Aquí, a pesar del tono humorístico, Freud se identifica con el estado es-
pañol. Su interés juvenil por España continuaría durante toda su vida. De
hecho, en lo alto de su carrera, Freud recordaba lo suficiente como para
comunicarse en español con su traductor de español (Boehlich en Freud
1990: xvi). Por otra parte, su trabajo “Über Coca” está salpicado por pala-
bras en español y en él, cita varias fuentes en este idioma. Y en sus cartas,
parece identificarse con el gran caballero de la ficción, Don Quijote. En una
carta de 1884, en la cual responde a un pedido de su prometida, Martha
Bernays, caballerescamente promete que si es necesario vestirá la armadura
inmediatamente y después la presiona para que termine de leer Don Quijote
(Freud 1960: 55). En una carta de ese mismo año compara los requisitos
de una clase que está impartiendo “con la condición de que el héroe (Don
Quijote) impone a todos los caballeros que ha conquistado” (126). Una
vez más, aunque el tono de Freud es humorístico, aparentemente se toma
en serio al caballero español. Como escribiera años después, aunque Don
Quijote es “el prototipo inmortal de toda novela cómica”, su héroe “crece en
las manos del autor hasta convertirse en algo más serio de lo que al parecer
se pretendía al inicio”.6 Y más adelante en su vida, sin gota de ironía, Freud
hace explícita su identificación con los colonizadores españoles al escribir,
“yo realmente no soy un hombre de ciencia, ni un observador, ni un expe-
rimentador, ni un pensador. Mi temperamento es el de un conquistador y
aventurero… con toda la curiosidad, audacia y tenacidad características de
estos hombres” (citado en Sulloway 1983: 477).

De esta manera, Freud participó en una mayor ideologización del Imperio


Español, a la cual a menudo se hace referencia como “la fantasía española”.
Mientras el interés popular en el pasado español tiene una historia más
larga que se remonta a los años 40 del siglo XVII y la publicación de las muy
leídas historias sobre la conquista española de las Américas escritas por
W. H. Prescott, en sus encarnaciones de finales del siglo XIX y principios
del XX , la “fantasía española” le debe mucho a la novela Ramona, escrita
6 Carta a Georg Groddeck, 18 de febrero de 1920 (Freud 1960: 3293).

78 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


por Helen Hunt Jackson y que trata de la California española. Esta última
obra fue publicada un año después de “Über Coca” y poco tiempo después
fue traducida al alemán y al español. Como sugiere el ejemplo de Ramo-
na, la “fantasía española” fue un fenómeno internacional. En el suroeste
estadounidense, las edificaciones se construían cada vez más en el estilo de
la arquitectura colonial española y los grupos cívicos creaban concursos y
obras de teatro en las que los estadounidenses blancos se vestían de dones y
señoritas. En otros momentos, he sugerido que tales prácticas permitieron
a los blancos estadounidenses representarse a sí mismos como sucesores del
impero español en la región (Marez 2002). Ahora sugeriría algo parecido
en cuanto a Freud, quien mediante su promoción de la cocaína se imagina-
ba como una especie de heredero del imperio español en Perú.

Mientras trabajaba en sus estudios de la cocaína, pensaba con admiración


en un hombre que parecía reunir las cualidades que él asociaba con las de
los conquistadores, su mentor, el Dr. Ernest von Fleischl. Freud le confió a
su prometida que veneraba a Fleischl, lo veía como “una persona excelente
en todos los sentidos, en la cual, la naturaleza y la educación se combi-
naron para obtener el mejor resultado. Rico, con habilidades en todos los
juegos y deportes, con el sello del genio en sus facciones varoniles, apuesto,
refinado, dotado de muchos talentos y capaz de dar una opinión original
sobre la mayoría de las cosas, siempre ha sido mi ideal” (Freud 1960: II).
No obstante, Freud también podía asumir con Fleischl una postura de
confrontación que recordaba las batallas entre los caballeros españoles que
tanto disfrutara en sus lecturas de Cervantes. En la misma carta en la que
declara su auténtica sumisión ante el superior Fleischl, también menospre-
cia de manera petulante la “noble ciencia” que su amigo sirve y ejemplifica.
Freud sugiere que al dedicarse cortésmente a Martha Bernays en vez de a
su profesión, él finalmente tiene ventaja frente al hombre que tanto ha en-
vidiado. A continuación, aparece una fantasía masoquista en la cual Freud
se encuentra en las suntuosas habitaciones de Fleischl, soñando despierto
con que su amigo le robaba a su prometida: “Miré alrededor de la habi-
tación pensando en mi amigo superior y se me ocurrió cuanto él pudiera
hacer por una chica como Martha, el entorno que pudiera crear para esta
joya”. Aunque Fleischl tenía la posibilidad de llevar a Martha a los Alpes,
Venecia y Roma, en ese momento, Freud solo le podía ofrecer una vida

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Y LA H I S TO RI A DEL P S I COA NÁ LI S I S
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“oculta y casi en la desesperanza”. Termina diciendo que la realización de
su fantasía es posible, casi inevitable: “Fui dolorosamente forzado a visuali-
zar cuan fácil sería para él, que pasa dos meses al año en Múnich y frecuen-
ta lo más exclusivo de la sociedad, conocer a Martha en la casa de su tío.
Y comencé a pensar en lo que pensaría de Martha”. Freud finalmente sale
de su ensoñación y termina la carta decidido a reafirmar los derechos de
la conquista romántica: “¿No puedo yo, por una vez en la vida, tener algo
mejor de lo que merezco? Martha sigue siendo mía” (12).

En su ensoñación, Freud ve a Martha como un objeto precioso que recuer-


da las minas de plata de Perú y también su propia conquista de la coca. En
esta carta, Martha se convierte en contrapeso entre rivales profesionales,
una joya que cuelga entre dos hombres. En otras cartas Freud se refiere
a Martha como su “princesa”. Y aunque el término es una común expre-
sión de cariño bastante común, en diferentes contextos, en este caso, es
notable que, en “Über Coca”, Freud menciona otro tipo de “princesa”, la
diosa inca del amor (Freud 1975: 77) la cual era representada sosteniendo
hojas de coca en sus manos. De manera parecida en el frontispicio de la
célebre obra Historia de la coca, la divina planta de los incas, de W. Golden
Mortimer, aparece “mama coca”, una mujer indígena que lleva un tocado
de plumas y “presenta la planta divina al viejo mundo”, representado en la
forma de un conquistador español.7 Al imaginarse como un conquistador
español, y a la mujer a quien reiteradamente dice poseer, como una india,
Freud indirectamente admite su conocimiento de las relaciones imperiales
de trabajo en la producción de la coca, que convierten a los trabajadores
indígenas, incluyendo a las mujeres, en posesiones de facto de los dueños
de plantaciones.

Tal conocimiento se ve reflejado en los planteamientos de Freud sobre el


valor de la cocaína como suplemento alimenticio que mejora la digestión.
En “Über Coca”, explica: “existe evidencia de que los indígenas bajo la
influencia de la coca pueden soportar grandes penurias y realizar trabajos
pesados sin necesidad de una buena comida durante ese tiempo” (1975: 51).
Y aun así, cuando describe los posibles usos de la droga por no-indígenas,

7 Frontispicio, W. Golden Mortimer (1974).

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no la recomienda como sustituto de la comida, sino como una cura para
la indigestión. Como testimonio expresa, “yo mismo he experimentado
cómo los dolorosos síntomas tras el consumo de mucha comida, una sensa-
ción de presión y pesadez en el estómago, incomodidad y falta de deseos de
trabajar, desaparecen con los eructos que siguen al consumo de pequeñas
dosis de cocaína. En repetidas ocasiones, he proporcionado ese alivio a
mis colegas y dos veces he visto cómo la náusea causada por los excesos
gastronómicos ha desaparecido en poco tiempo con los efectos de la cocaí-
na, dando lugar a un deseo normal de comer y una sensación de bienestar
corporal” (65-66). Mientras que los indígenas usaban la coca como suple-
mento de la pobre nutrición de las plantaciones, Freud promueve la droga
entre los europeos como un remedio para los excesos en la alimentación.
Al pasar de la hambruna indígena a la gula de los blancos, Freud crea un
mapa cognitivo de las desiguales relaciones económicas entre Europa y
América del Sur.

Más adelante, Freud señala que sus propios experimentos científicos de-
penden de la mano de obra indígena al sugerir que imitan el trabajo de
las caminatas indígenas. Para apoyar su planteamiento de que la coca era
un tónico efectivo, Freud cita los experimentos de Sir Robert Christison,
quien reprodujera las proezas de resistencia de los indígenas. Christison
emprendió varias pequeñas expediciones, caminatas rurales y dos escala-
das en Ben Vorlich, para probar la veracidad de los reportes sobre el uso
de la coca por los indígenas. Durante un breve período, tales experimentos
hicieron furor entre los aficionados a la ciencia. Por ejemplo, se dice que Sir
Clifford Allbut consumió cocaína en sus andadas por los Alpes con la in-
tención de sorprender a sus compañeros con sus poderes físicos (Berridge y
Edwards 1987: 218). Una vez más Freud representa las desigualdades eco-
nómicas al mencionar que mientras la coca permite a los indígenas trabajar
en condiciones duras, podrá permitir a los europeos realizar actividades de
ocio, experimentos científicos y también pudiera proporcionarles progresos
en sus carreras y recompensas económicas.

Finalmente, los comentarios de Freud sobre las propiedades de la cocaína


como estimulante del trabajo para los consumidores europeos hacen re-
ferencia indirecta al papel de la droga en los sistemas de trabajo forzado.

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Su investigación sobre la coca se centra básicamente en el valor y el costo
del trabajo; plantea que el principal uso de la droga “continuará sin duda
siendo el mismo que le han dado los indígenas” (1975: 63): el de estimu-
lante para el trabajo. Supuestamente la droga despierta en los humanos,
en el mismo centro de su ser, la disposición para el trabajo. O, como dijera
Freud, “el efecto de la cocaína proviene de la elevación de la disposición
para el trabajo” (116). Sus cálculos en cuanto a la disposición para el trabajo
se asemejan de cierto modo a una teoría de trabajo-valor: sus experimentos
se centran en los índices metabólicos y el efecto de la cocaína en la relación
entre la energía del alimento y los resultados del trabajo. Freud plantea que
la droga representa una “fuente de ahorros” metabólicos. Explica que el
sistema biológico que absorbe la droga puede acumular “una mayor reserva
de energía vital que puede ser luego convertida en trabajo y que no hubiese
sido posible sin la coca. Si analizamos siempre la misma cantidad de tra-
bajo, el cuerpo que ha absorbido la cocaína debe poder realizarlo con un
metabolismo más bajo, lo cual precisa de una menor ingesta de alimentos”
(68). De hecho, Freud pensaba que la cocaína creaba un “corto circuito”
en la homeostasis normal entre la alimentación y el trabajo, aumentando
así “la capacidad física del cuerpo por períodos cortos de tiempo” y per-
mitiendo al cuerpo “reservar las fuerzas para cumplir mayores demandas”
(63). Según afirma una y otra vez, el estimulante funciona como nutriente
y tiene un impacto positivo en la relación alimento-trabajo. Al referirse al
uso de la coca en las minas y plantaciones de Perú, Freud de hecho sugiere
que la droga beneficia la producción de plusvalías, al permitir a los trabaja-
dores reproducir su poder de trabajo con menos alimentos y por lo tanto a
un costo inferior. En realidad, esta teoría contempla a los indígenas como
reserva de fuerza de trabajo que puede reproducirse a cambio de nada, de
casi nada –de puñaditos de droga que literalmente crece silvestre.

Aun así, las ideas de Freud sobre este asunto son confusas de una manera
particularmente reveladora. Para él, los efectos de la cocaína son difíciles
de categorizar ya sea como físicos o psicológicos. Después de hablar y ha-
blar de la teoría sobre “fuente de ahorros” metabólicos, plantea con timidez
que la cocaína reporta beneficios físicos:

82 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


El sistema nervioso humano tiene una indiscutible, si bien no clara
influencia sobre la nutrición de los tejidos; después de todo, los
factores psicológicos pueden llevar a un hombre saludable a perder
peso… las cualidades terapéuticas de la coca, las cuales hemos to-
mado como ejemplo desde el principio, no deben ser rechazadas de
plano. La excitación de los centros nerviosos causada por la cocaína
puede causar un efecto positivo en la nutrición del cuerpo aquejado
de tisis, aun cuando no funcione alentando el metabolismo (69).

Aislando los factores psicológicos, Freud encuadra su planteamiento al


referirse a un proceso psicológico -la excitación nerviosa- cuyo funciona-
miento “no queda claro”. Por lo tanto, la investigación de Freud plantea
preguntas que no tienen respuesta dentro de los límites de sus términos.
¿La cocaína disminuye el trabajo de la mente sobre el cuerpo o el trabajo
del cuerpo sobre la mente? ¿La droga ayuda a la mente a reprimir cualquier
tipo de conciencia del cuerpo o hace que el cuerpo eleve las funciones
mentales? En última instancia, la respuesta es sí y no, pues Freud imagina a
un sujeto contradictorio, consciente más allá de sus límites corporales y a la
vez conectado a un cuerpo que trabaja. A mi entender, este entrelazamien-
to de una psiquis elevada y los cuerpos trabajadores se convierte en una
fantástica alegoría de la desigualdad en las relación entre los consumidores
europeos y los productores indígenas.

COCA ÍNA Y R ESISTENCIA INDÍGENA

Sin embargo, esta unión imaginaria que crea Freud entre los consumidores
y productores amenaza constantemente con desintegrarse al confrontar el
fantasma de las rebeliones de esclavos. Tales posibilidades se ven amplia-
mente representadas en los Viajes al Perú de Tschudi. Por ejemplo, Tschudi
describe un incidente inquietante. Mientras visitaba una choza indígena
descubrió, sin querer, un gran número de mosquetes: “le pregunté al in-
dígena, de forma bastante repentina, por qué pensaba que era necesario
guardar tantas armas de defensa. Me contentó, frunciendo el ceño de
manera funesta, que llegaría el momento en que le serían útiles” (478).
Aún más sorprendente en ese contexto, Tschudi observó que los ataques

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Y LA H I S TO RI A DEL P S I COA NÁ LI S I S
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de los indígenas a comunidades de blancos y mestizos eran particular-
mente comunes cerca de los campos de coca. Menciona que los “peores
enemigos” de las regiones productoras de coca en las Montañas de Vitoc
son los “indios salvajes” llamados Chunchos. Según el naturalista, desde
el siglo XVII los Chunchos habían estado atacando las misiones católicas
y las plantaciones locales. En 1674, en respuesta a la “opresión de los in-
dígenas” por las misiones, hubo una “gran insurrección” en la cual “todos
los blancos fueron masacrados”. La misión se restableció alrededor de 1739
y tres años después fue destruida durante una insurrección indígena, que
según se dice, fue liderada por el inca Atahualpa, también llamado Juan
Santos. Tschudi cuenta que la revuelta se expandió por toda la región, los
indios destruyeron todas las misiones, quemaron poblados, devastaron las
plantaciones y asesinaron a 245 soldados españoles y 26 sacerdotes. La
continua resistencia indígena frenó la colonización española durante las
siguiente cuatro décadas (463-64).

Después de 1784 se volvieron a construir los asentamientos y los Chun-


chos comenzaron a trabajar en las plantaciones a cambio de alimentos,
herramientas y otras cosas. “Lamentablemente los dueños de las planta-
ciones enseguida comenzaron a aprovecharse de manera excesiva de este
intercambio amistoso y a cobrar precios exorbitantes por los artículos que
necesitaban los indios, por un alfiler o una aguja les exigían dos días de
trabajo, por un anzuelo de pesca cuatro y por un cuchillo horroroso ocho,
diez o más” (467-68). A la larga los indígenas destruyeron los poblados en
el área y asesinaron a muchos de los colonos. Varios años después un go-
bernador militar español intentó dominar el área al convertir una aldea de
Chunchos en un campo de coca. Esta práctica de expropiación de la tierra
para la producción de coca era común en los Andes, no solo durante el
dominio español, también en la década de 1880, cuando la producción de
coca se había extendido mucho.8 Pero volviendo a la narración de Tschudi,
“los Chunchos continuaron acosando a sus vecinos, sobre todo durante la
época de la cosecha de coca, la cual no se podía recoger sin protección mi-
litar”. Como resultado de estos ataques, los trabajadores y colonos huyeron
y los campos de coca quedaron baldíos” (469). Tales conflictos continuaron

8 Véase Herbert S. Klein (1996).

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tras la independencia de España, y crearon un patrón en toda la región, lo
cual Tuchudi describe como “el alterno ascenso y descenso del cultivo y la
civilización” (469).

A pesar de que Freud leyó estos informes sobre las rebeliones indígenas
en los campos de coca, no se refiere directamente a tales posibles efectos
secundarios, por así decirlo, en su propósito de aumentar el uso de la droga
en Europa y Estados Unidos. En vez de eso, sus escritos y carrera están
llenos de referencias indirectas de la amenaza de las revueltas subalternas.
Con más exactitud, en muchas de sus descripciones de los efectos de la co-
caína superpone fantasías de revueltas indígenas al cuerpo del consumidor.
Aun cuando en “Über Coca”, se centra principalmente en el poder de la
droga para estimular el trabajo, también se refiere a su efecto secundario.
Como se mencionaba anteriormente, hace referencia a que los nativos de
América del Sur representaban a su diosa del amor sosteniendo hojas de
coca en sus manos. En el mismo fragmento, Freud, que no tiene “dudas
sobre el efecto estimulante de la droga sobre los genitales”, concluye que el
coquero es igualmente hiperactivo e hipersexual. Freud menciona que el
coquero puede realizar sorprendentes hazañas de resistencia física y sexual:
“Cuando tiene que enfrentar un viaje difícil, cuando toma a una mujer o en
general cuando su fuerza es puesta a prueba en forma inusual, utiliza una
dosis mayor de la que toma comúnmente” (51). De hecho, según Freud los
viajeros confirmaban “que los coqueros mantenían una gran potencia en
edades avanzadas” (73). En una carta escrita a su prometida sugiere que la
cocaína tiene un efecto similar sobre su cuerpo, convirtiéndolo simbólica-
mente en un indio salvaje con los mismos deseos violentos: “Pobre de ti mi
princesa, cuando yo llegue. Besaré tu rubor y te alimentaré hasta que estés
saciada. Y si estás dispuesta, verás quién es más fuerte, una gentil mucha-
cha que no come suficiente o un hombre grande y salvaje que lleva cocaína
en el cuerpo”. Bajo el efecto de la cocaína Freud se convierte en salvaje
sexual que promete atacar a Martha con besos que dejan marcas (citado en
Jones, 1953: 54). De manera similar, en “Über Coca” menciona que “Entre
las personas a las que he administrado coca, tres reportaron haber sentido
una excitación sexual violenta…Un joven escritor, al cual el tratamiento
con coca permitió terminar su trabajo después de una enfermedad algo
larga, dejó de usar la droga debido a los indeseados efectos secundarios

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que esta le provocaba” (Freud 1975: 73). Como en el caso de los indígenas
que describía Tschudi, quienes se resistían con violencia a las exigencias
de los cultivadores de coca, aquí las propiedades afrodisíacas de la droga
amenazan con menoscabar la productividad del escritor.

Freud encontraría una parecida subversión simbólica cuando Fleischl, el


hombre a quien idolatraba, se convirtió en adicto a la cocaína o coquero.
Cuando se conocieron, Fleischl necesitaba desesperadamente inyecciones
de morfina para calmar el dolor de los nervios asociado a un pulgar ampu-
tado. Poco tiempo después, Freud le recomendó que cambiara de morfina
a cocaína. Al principio las inyecciones de cocaína parecieron ayudar a Feis-
chl, lo cual hizo que su amigo lo citara como un adicto a la morfina curado
(Jones 1953: 83). Sin embargo, pronto salieron a la luz informes sobre pre-
ocupantes efectos de la cocaína. Los doctores comenzaron a sugerir que era
un veneno que provocaba adicción y no una panacea universal. De hecho,
un investigador culpó a Freud por desatar una plaga sobre la raza humana
(Byck en Freud 1975: 197). Los peligros de la cocaína se fueron hacien-
do penosamente evidentes para Freud mientras trataba a Fleischl, quien
comenzó a tomar enormes dosis de la droga. Como resultado, Fleischl ex-
perimentaba violentos delirium tremens, tenía alucinaciones con serpientes
que se arrastraban sobre su cuerpo. Freud pasó muchas noches cuidando a
Fleisch mientras se encontraba en esos estados de intoxicación, lo cual lo
llevó a pensar “si alguna vez en la vida experimentaré algo tan inquietante
o excitante” al punto de ser difícil de describir (1975: 157-58). De hecho,
el dolor de Fleischl tuvo un profundo efecto en Freud. Le escribiría a su
prometida: “Lo amo con pasión intelectual… Su destrucción me conmo-
verá de la misma forma en que la destrucción de un templo sagrado hubiera
afectado a los griegos en la antigüedad. No lo amo tanto como ser humano,
sino como uno de los valiosos logros de la Creación. Y tú no necesitas estar
celosa en lo absoluto” (citado en Jones 1953: 90). Lamentablemente el ideal
platónico de Freud murió en 1891 debido a una enfermedad aparentemen-
te complicada por el uso de la droga (Sulloway 1983: 26).

La fatal confrontación entre el ideal Fleischl y la cocaína indígena deses-


tructura la afirmación de Freud de que la droga separa mente y cuerpo:
Fleisch trató de apropiarse de la cocaína a modo de terapia y esta lo mató.

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En este caso, el aspecto médico del trabajo tiene un efecto indeseado, y
el remedio indígena puesto en uso para prolongar la vida de los europeos
en lugar de hacer eso, la acorta. Pareciera que la coca hubiera invadido el
“templo sagrado” de la civilización occidental, recordando las rebeliones
que Tschudi describe como causa de la destrucción de las misiones espa-
ñolas y la devastación de los campos de cultivo. La caída de Fleischl en la
adicción por la coca representa la caída de la civilización colonial originada
por la resistencia indígena.

Yo sugeriría que hasta las alucinaciones de Fleischl representan el reflejo


de la rebelión indígena. Al igual que los insectos y otros seres rastreros que
tanto aparecen en las historias de adicciones, sus visiones de serpientes rep-
tando sobre su piel reescriben sobre el cuerpo aquello que Michael Taussig
llamara “topografía” fantasmática de la jungla en representaciones colo-
nialistas. Taussig cita el ejemplo del blanco colombiano Joaquín Rocha,
quien describiera la selva Putumayo como un infierno “Dantesco” lleno
“de un infinito número de víboras e insectos venenosos” (1987: 76). Como
explicara Taussig, en tales anécdotas el horror de la jungla, a menudo se
pone a la par de las descripciones del horror de la brutalidad indígena,
como si los dos fuesen intercambiables. La “imagen de oposición extrema
y de alteridad en la selva primitiva prorrumpe en forma de metáfora colo-
nialmente intensificada del gran espacio de terror y crueldad” constituido
por las relaciones de mano de obra colonial (75). En efecto, Taussig plantea
que las representaciones de la selva y los indios salvajes sirven para despla-
zar la violencia colonial. Yo sugeriría que tales simbolismos -ya sea en las
historias de viajes o en las narraciones de las alucinaciones causadas por la
cocaína- también representan el espectro de la revuelta indígena.

Por su parte, Freud finalmente adoptó imágenes del diablo y su familiar


demoníaco de las representaciones colonialistas de los indígenas para des-
cribir los lamentables efectos de la cocaína.9 Como mencionara el mismo
Freud en “Über Coca”, antes de descubrir su poder para estimular formas
de esclavitud indígena, los españoles sospechaban que la coca era “obra
del diablo” (50) y que se usaba en rituales de adoración. El primer ensayo

9 Para encontrar representaciones de los indígenas como demonios consulte Michael Taussig
(1987: 209-20).

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de Freud sobre el tema estuvo dedicado en parte a exorcizar esas ideas,
aun así, tres años más tarde, en un ensayo titulado “Ansias de cocaína y
el miedo a la cocaína” Freud cambió su sintonía. Sin dudas, después de lo
ocurrido con Fleischl, escribió que la droga podía conducir a un rápido
deterioro físico y moral, estados de alucinación parecidos a delirium tre-
mens, una manía crónica de persecución, caracterizada, en mi experiencia
por alucinaciones con pequeños animales que se mueven por la piel y la
adicción a la cocaína en lugar de adicción a la morfina –estos fueron los
tristes resultados de tratar de expulsar al diablo por Belcebú” (Byck en
Freud 1975: 172).

PSICOA NÁ L ISIS Y R EBEL IÓN I N DÍGENA

Como mencionara al comienzo, los ensayos de Freud sobre la cocaína no


están incluidos en la edición estándar de sus obras completas. Aunque la
exclusión de sus trabajos sobre la cocaína ha ayudado a consolidar el corpus
psicoanalítico, el brusco corte entre ambos discursos resulta apenas obvio.
En ambos lados del corte, podemos distinguir la característica mezcla
freudiana entre la psicología y la antropología, el desarrollo del individuo
y el desarrollo de la especie. A pesar de tales similitudes, los estudiosos a
menudo relegan el trabajo sobre la cocaína a la prehistoria del psicoanáli-
sis -el área de la química, el sistema nervioso y la corteza cerebral. En la
práctica, el relativo silencio en cuanto a los ensayos sobre la cocaína es útil
para dividir la carrera de Freud en dos partes, antes y después del análisis.10
Tal tendencia evita que los críticos noten la influencia de la investigación
sobre la cocaína en las teorías posteriores. Como punto de presión en toda
su obra, también se pueden ver las obras de Freud sobre la cocaína como
una bisagra que actúa de mediador entre su obra fisiológica y psicológica.11

10 Jones, por ejemplo, se refiere a las primeras investigaciones de Freud como “el episodio de
la cocaína” e implica que tuvo poco que ver con sus posteriores y más significativos trabajos
analíticos (1953: 78-97). Siguiendo los pasos de Jones, Sulloway cataloga su análisis de dos pá-
ginas sobre el tema “el episodio de la cocaína” y lo subsume en un encabezamiento más amplio,
“Freud´s Early Neurological Career” (1983: 25-28).
11 “Es posible, también, que el uso de la cocaína [por Freud] haya producido el cambio del interés
fisiológico a un interés principalmente psiquiátrico” (Berridge y Edwards 1987: 219).

88 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Al constituir en parte el vigor y la resistencia de coquero en términos
sexuales, Freud crea las bases para sus futuros estudios sobre las bases
universales, filogenéticas de la subjetividad. Con el tiempo, él plantearía
que el inconsciente contiene una herencia psíquica del pasado primi-
tivo, una reserva de impulsos primitivos, eróticos, que tienen que ser
sublimados para que avance la obra de la civilización.12 El razonamien-
to evolutivo de Freud (de hecho, la versión psicoanalítica de la fórmula
“la ontología se resume en la filogenia”) ubica a los niños (varones), los
hombres histéricos, neuróticos, prehistóricos y los “salvajes” modernos
en niveles de desarrollo más o menos parejos. Estos variados personajes
quedan como esbozos, versiones inmaduras del sujeto idealmente subli-
mado, que convierte de manera eficiente el deseo sexual primitivo en un
logro profesional y cultural. La teoría de la libido de Freud se centra en
la transferencia de energía psíquica entre diferentes esferas de la concien-
cia, recordando sus primeros intentos de transformar la coca indígena en
vitalidad europea.13

De esta forma, sus escritos sobre la sublimación resumen la trayectoria


implícita en sus trabajos sobre la cocaína, donde pasa de la costumbre
indígena “cruda”, sexualizada, a usos médicos más “sublimados”. En la ge-
nealogía que estoy trazando, el modelo analítico de la topografía psíquica
creado por Freud representa una revisión de sus primeros reportes sobre el
valor de la cocaína para la medicina europea. Alrededor de 1895, con su
proyecto de una psicología científica, Freud sustituye el mapa psíquico por
el mapa geopolítico diseñado por sus trabajos sobre la cocaína; transforma
así el espacio entre América del Sur y Europa en un espacio psíquico donde
se delinea la separación entre la conciencia y la inconciencia.

Por lo tanto, el trabajo de Freud sobre la cocaína se puede interpretar como


el primer paso en la marcha de Edipo sobre la tierra, el primer paso en un
intento por someter toda actividad humana al soberano reino del sujeto
psicoanalítico, que tiene un parecido más que casual con el conquistador
español. La aparente identificación de Freud con el conquistador como

12 Para más información sobre este tema consulte Sulloway (1977: 155-64; y 1983).
13 Para ver un resumen de la topografía psíquica en Freud consulte J. Laplanche y J. B. Pontalis
(1973: 449-53) y Derrida (1978: 196-231).

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representante de la civilización occidental se hizo más urgente dado el
antisemitismo Europeo.

Por ejemplo, Mariana Torgovnick ha planteado que “la propaganda en


contra de los judíos los mostraba en los mismos términos en que Freud
y su cultura normalmente usaban para referirse a los primitivos. Aunque
él pocas veces admitiera su existencia, este tipo de propaganda… puede
haber motivado la insistente necesidad de Freud de verse a sí mismo y a
los judíos como seres civilizados, la antítesis de lo primitivo” (199). Según
Torgovnick, esta “insistente necesidad” llevó a Freud a plantear en 1915
que “los grandes poderes entre las naciones blancas” tienen que mantener el
control sobre los demás pueblos (197). Aunque en 1930, con la publicación
de El malestar de la cultura, “el gran colonizador de las psiquis se muestra
reacio ante cualquier aprobación del estado imperial” y en alguna medida
comienza a cuestionar directamente la demagogia antisemita, Torgovnick
sugiere que, no obstante, Freud continuó siendo “un apologista de la civili-
zación” (198, 201). Llega a la conclusión de que “la imagen que tiene Freud
de sí mismo como hombre de ciencia (y el género es importante) le permitió
creer que escribía desde dentro del sistema de la civilización europea; eso
lo hacía sentirse ciudadano europeo (romano) en vez de Otro judío” (201).
Freud reservó la posición de Otro, diría yo, para aquellos que se encontra-
ban, como los coqueros indígenas, dominados por los deseos “primitivos”.

El desarrollo de los escritos profesionales de Freud describe un círculo;


pasa del contexto político-económico de la mano de obra indígena, aun
cuando no lo reconozca, al mundo “interno” de “lo primitivo” dentro de
los europeos, y finalmente, en sus especulaciones sociológicas y antropo-
lógicas, proyecta su modelo de subjetividad analítica sobre las relaciones
sociales. Sin embargo, en los trabajos tardíos de Freud este “círculo” se
rompe debido al resurgimiento del contexto original de rebelión indígena,
esta vez en forma de un generalizado “descontento primitivo” en las en-
trañas de la civilización. A medida que Freud envejece va retornando a su
anterior preocupación por la resistencia indígena manifestada en los fallos
de algunos grupos, o la furia de las tribus primitivas y las masas urbanas.
Sus textos finales se centran menos en el sujeto soberano y más en las
fuerzas de Eros y Tánatos que amenazan su soberanía.

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Por lo tanto, inyectar ferocidad en el tema edípico sigue siendo muy ries-
goso. Podemos discernir algunos de estos riesgos hasta en algunos de los
primeros trabajos presuntamente “fisiológicos”. En los ensayos sobre la
cocaína, detecto un intento de internalizar las semillas del descontento so-
cial. La droga que Freud se inyecta a sí mismo y a otros representa, para él,
el destilado o la sublación química de otra raza: Freud tiende a confundir la
coca con las personas que tradicionalmente la usan, utilizando a menudo al
primero como metonimia del segundo y viceversa. Al comienzo de “Über
Coca”, menciona que el arbusto de coca, con sus hojas en “forma de huevo”
y sus “frutas rojas en forma de huevo… constituyen un estimulante indis-
pensable para alrededor de diez millones” de indígenas (49). Cuidado con
esos huevos, también son bombas de tiempo y vainas alienígenas. A la vez
que Freud inyecta el Otro indígena en el sujeto psicoanalítico, este actúa
como semilla demoníaca. En la Edición Estándar a partir de Tres ensayos
sobre la sexualidad, Freud media cada vez más entre el huevo del Otro, la
semilla del instinto primitivo en la psiquis civilizada, el molesto grano de
arena negra en la ostra. Permutaciones de este tema –la irreducible indis-
ciplina de los deseos primitivos– se pueden encontrar en textos como “La
moralidad sexual civilizada” (1908), “Tótem y Tabú” (1913), “Más allá del
principio del placer” (1920), “Psicología de las masas” (1921) y El malestar
de la cultura (1930). Con el paso del tiempo la atención de Freud deja de
centrarse en el problema del Otro inyectado en el sujeto edípico y pasa
más a centrarse en la aclaración de este modelo de subjetividad individual
frente a la “horda primitiva” o la “mente grupal”.

El comienzo de la historia de la lucha contra las drogas en los Estados Uni-


dos, donde los médicos discutieron fervientemente las obras de Freud y de
otros autores sobre la cocaína, recuerda las formas de rebelión subalterna
que yo asocio con los ensayos sobre la cocaína. En algunos estados sureños
al final del siglo XIX , se decía que los trabajadores negros podían trabajar
durante más horas y más duro con cocaína en la sangre. Sin embargo, poco
después médicos estadounidenses comenzaron a reportar casos de negros
adictos peligrosos. Por ejemplo, la edición de 1900 de la Revista de la Aso-
ciación Médica Americana cita reportes de “negros adictos” a la peligrosa
droga. El Philadelphia Medical Journal hizo eco de estos reportes, pues
en 1902 plantearon que “un alarmante crecimiento del uso de la cocaína

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Y LA H I S TO RI A DEL P S I COA NÁ LI S I S
91
entre los negros del Mississippi sugiere la creación de leyes médicas para
acabar con el mal”. En su testimonio ante el congreso en 1910, el Dr.
Koch advirtió que los negros que consumían cocaína representaban una
peligrosa amenaza para las mujeres blancas. En un artículo publicado
por el New York Times en 1914, así como en un ensayo que apareciera ese
mismo año en el Medical Record, el Dr. E. H. Williams advirtió sobre la
creciente “amenaza” del uso de la cocaína por los negros; planteaba que la
droga impulsaba a los hombres negros a cometer “crímenes violentos” y
“asesinatos gratuitos”. El Dr. Williams llegó a hacer la terrible afirmación
de que la cocaína hacía a los negros “más resistentes a las balas” y mejores
tiradores. Debido a tales reportes varios departamentos de policía en el sur
cambiaron de armas calibre 32 a 35, por miedo a que si no lo hacían no
podrían detener a los negros “enloquecidos por la cocaína”. Tales leyendas
paranoides se mantuvieron vivas durante una época de abundantes lincha-
mientos. Entre 1900 y 1920, mientras la masculinidad de los negros era
ligada por la fuerza al estereotipo del violador salvaje, también se asociaba
imaginativamente al uso de la cocaína.14

A partir de 1980, los funcionarios de la guerra contra las drogas también


identificaban enemigos raciales. De hecho, los oficiales de aplicación de la
ley han reubicado las áreas geográficas asociadas con la producción, la ven-
ta y el consumo de droga dentro de los inestables límites del incontenible
impulso “primitivo” a escala masiva. A mi entender, la guerra contra las
drogas invierte los movimientos lógicos del trabajo de Freud, el cambio de
geopolítica a topografía psíquica, al reimponer las versiones populares de
su modelo psíquico en un espacio social en la forma de políticas públicas
que producen áreas “oscuras” y “salvajes” del crimen relacionado con la
droga: aquellos que usan la retórica antidroga de hecho reinterpretan el
modelo psicobiográfico en el paradigma de la droga. No hace falta decir
que “los guerreros de la droga” participan en este discurso sin considerar la
relación histórica entre el imperialismo y las nociones del vicio de la droga.
Como decía Freud, colapsan el mundo social e histórico en nociones de
responsabilidad individual. En el frente doméstico, un escritor de la revista
Time decía que “el peor problema de la clase marginada negra… se conecta

14 Consulte “Cocaine Habits Among Negroes” (Philadelphia Medical Journal, 15 de noviembre de


1902: 73); y E. H. Williams (7 de febrero de 1914: 247-49; y 8 de febrero de 1914: sec. 4, 12).

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directamente con la virilidad y la responsabilidad de los negros”. El autor
trata como un todo a las mujeres solteras y los traficantes de droga como
evidencia de una peligrosa falta de control entre los negros pobres (citado
en Falbre 1990: 12). Aunque los blancos venden la mayor parte de la co-
caína en los Estados Unidos y representan la mayoría de los consumidores,
a los negros les toca asumir la “responsabilidad” del tráfico de drogas al ir
a prisión. Esta desproporción ha sido institucionalizada por el código pe-
nal, donde aquellos condenados por vender cinco gramos o más de crack,
equivalente a $125, tienen que cumplir un término obligatorio de cinco
años en prisión. Aun así, uno debe ser capturado con quinientos gramos
de cocaína, por casi cincuenta mil dólares en la versión de lujo de la droga,
para recibir una sentencia equivalente.15 Mientras los poderes policiales
crean dentro de las ciudades áreas parecidas a oscuros inframundos al cer-
car los barrios de las minorías, las justificaciones públicas para la guerra de
la droga se vuelven profecías que se cumplen por sí mismas.16

Más allá de eso, como sugiero en el último capítulo, Estados Unidos ha


intentado exportar su modelo de adicción y de responsabilidad individual
a América Latina, donde presiona a los países productores de cocaína para
que eliminen el uso tradicional de las hojas de coca por los indígenas. Se-
gún John T. Cusack, antiguo jefe de estado mayor del Comité Selecto para
el Abuso y Control de Narcóticos, una de las principales prioridades de
tales países debería ser la erradicación del uso doméstico de la coca. Según
plantea, las naciones sudamericanas tienen, en primer lugar, obligación
consigo mismas y en segundo lugar, obligación con las “naciones desarro-
lladas”, de acabar con la perniciosa droga. Sin embargo, en la práctica, los
oficiales sudamericanos ven esta obligación como una forma de perseguir
a sus enemigos internos, particularmente a las tribus. De esta forma, la
guerra contra las drogas ha levantado el miedo a los coqueros salvajes hasta
convertirlo en impulso genocida de criminalizar a familias enteras, regio-
nes y pueblos.

15 He tomado las cifras relacionadas con el uso de la cocaína y los castigos impuestos por su uso
y comercio del innovador artículo escrito por Ron Harris, reportero de Los Angeles Times (24
de abril de 1990: A12).
16 Para un análisis de tales zonas en Los Ángeles, consulte Mike Davis (1992: 267-322).

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Y LA H I S TO RI A DEL P S I COA NÁ LI S I S
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LA RELIGIÓN
D E L A A YA H U A S C A *

Néstor Perlongher

* De Néstor Perlongher, “La religión de la ayahuasca”, Prosa plebeya. Selección y prólogo de


Christian Ferrer y Osvaldo Baigorria (Buenos Aires, Excursiones, segunda edición, 2013),
pp. 210-234.
[Nota de Cristián Ferrer y Osvaldo Baigorria] “A partir de su interés personal en la religión
brasileña del Santo Daime, Perlongher escribió varios textos sobre la experiencia ritual aso-
ciada a la misma. Este ensayo –inédito hasta la fecha– es el más completo. Versiones reduci-
das y otros textos similares se publicaron como ‘’La forcé de la forme. Notes sur la religión
du Santo Daime’’, en Societés n° 29, París, septiembre de 1990, como ‘’Santo Daime. O
discreto charme do sagrado’’ en Nicolau n° 40, Curitiba, 1991, y como ‘’Éxtasis sin silicio’’,
en El Porteño n° 116, Buenos Aires, agosto de 1991”.

LA RELI G I Ó N D E LA AYA H UA S CA 97
Nao creías nos Mestres que te aparecen
E nem con eles o camino queira andar
Creía somente en teu Jesús
Que ele é que tem para te dar

Meu mestre a Vós aquí eu peco


Para vos me guiar
Me guie no camino da Santa Luz
Nao deixa ninguém me derribar

Segue sempre teu camino


Deixa quem quiser falar
Recebe a tua Luz de Cristal
Te firma e te compoe em teu lugar

Recebe todos que chegar


Faz o que eu te mandar
Nao deixa fazer o que eles querem
Espera até o dia que eu chegar

LA RELI G I Ó N D E LA AYA H UA S CA 99
Vibración de la luz 
(por momentos parece que
las lamparitas del templo
estuviesen a punto de estallar), explosión multiforme de colores, cenestesia
de la música que todo lo impregna en flujos de partículas iridiscentes, que
hormiguean trazando arcos de acerado resplandor en el volumen vaporoso
del aire, un aire espeso, como cristal delicuescente. La acre regurgitación
del líquido sagrado en las vísceras –pesadas, graves, casi grávidas– convierte
en un instante el dolor en goce, en éxtasis de goce que se siente como una
película de brillo incandescente clavada en la tetilla de los órganos o en el
aura del alma, purpurina centelleante unciendo, a la manera de un celofán
untuoso, el cuerpo enfebrecido de emoción.

Estamos en una ceremonia de ingestión de ayahuasca, realizada en una


“iglesia” del Santo Daime. Los participantes de la ceremonia –hombres de
un lado, mujeres del otro, ataviados austeramente: camisa blanca y panta-
lón azul, para los primeros; camina y pollera de los mismos colores para
ellas; para las ceremonias de fiesta, coincidentes con fechas religiosas u
onomásticas, el uniforme es blanco con cintas verdes y ellas lucen coro-
nas; una estrella de seis puntas, con un águila y una luna grabadas, orna
los pechos de los fardados (“uniformados”, o sea, iniciados)- se disponen
en forma de doble L en torno de una mesa donde titilan velas y piedras
trasparentes en una blancura de un mantel bordado: en el centro, yérguese
imponente la Cruz de Caravaca (la de dos maderos horizontales, simboli-
zando la segunda venida de Cristo a la Tierra).

LA RELI G I Ó N D E LA AYA H UA S CA 101


A los rezos, de la inspiración cristiana con aportes espiritistas y esotéricos,
sigue la distribución de la ayahuasca, la bebida sagrada preparada a partir
de una complicada maceración de cierta liana amazónica, el yagube (banis-
teriopsis caapi), en mixtura con la chacrona o rainha (psychotria viridis), un
arbusto tropical, hecha en un alto clima ritual. Mezclada a veces con otros
elementos vegetales –tal el poderoso toe; la temible datura o hierba del
diablo– y objeto de una variedad de denominaciones (en el Santo Daime
ella es llamada simplemente Daime) y usos rituales según los grupos que
la toman, la bebida, ya era adorada por los incas que le dieron el nombre
de ayahuasca (literalmente, vino de las almas o vino de los muertos; ya que a
su influjo invócaselos).

Schultes y Hoffman, importantes estudiosos del asunto, destacan el ca-


rácter mágico del yagé: “Al noroeste de América del Sud, existe una planta
mágica de la cual los indios piensan que libera el alma del cuerpo, ella
puede entonces errar libremente, sin trabas y retomar su envoltura carnal
cuando así lo desea. Esa planta emancipa a su posesor de la sumisión a lo
cotidiano y lo introduce en los reinos maravillosos que los indios conside-
ran la única realidad” (1981: 123).

Considerado sagrado y venerado como tal, el potente brebaje, capaz de


producir visiones celestes y desplazamientos cósmicos, es de uso inmemo-
rial entre los pueblos de la Amazonia Occidental, en territorios hoy per-
tenecientes a Brasil, Perú, Colombia, Ecuador, Bolivia. Llama la atención
la expansión del consumo ritual de ayahuasca primero a las áreas rurales y
suburbanas de población mestiza (proceso verificado sobre todo en el Perú
(Dobkin 1976) y actualmente al corazón de las grandes ciudades brasi-
leñas. Este pasaje de uso tribal a un uso urbano se realiza, en el Brasil, a
través de dos nuevas (aun cuando no incipientes) formaciones religiosas: la
União do Vegetal y el Santo Daime.

Nuevas en el sentido de Marion Aubrée: “productos autóctonos de mezclas


innovadoras” (Aubrée), ambas religiones conservan lo esencial de la prácti-
ca indígena: la preparación e ingestión de la bebida sagrada, acompañada,
en el caso del Santo Daime, de un ritual rítmico-musical. La importancia
del canto entre los consumidores tradicionales es impresionante: entre los

102 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Mai-Huna de la Amazonia Peruana, por ejemplo, resulta inconcebible
tomar yagé y permanecer mudo (Béllier 1986).

El antropólogo Jean-Pierre Chaumeil, investigando entre los Yagua del


Nordeste peruano, atribuye la extensión de los usos chamámicos de la
ayahuasca entre las poblaciones mestizas a que “el carácter no dogmático e
integrador del chamanismo facilita la incorporación progresiva de nuevos
modelos… en los cuadros conceptuales tradicionales”. Por no ser hostil
a los cambios, “el chamanismo se presenta como un sistema en perpetua
adaptación con la realidad vivida” (1983: 260-261). Se explica así la com-
binación entre las prácticas chamánicas, generalmente con fines de cura, y
un corpus religioso fuertemente impregnado de catolicismo, fruto de varios
siglos de prédica misionaria. En las ceremonias clásicas el curandero bebe
la bebida junto con el paciente y ve el mal que le afecta y sus causas mági-
cas o espirituales (Luna 1984). Marlene Dobkin registra en Iquitos ritos
similares durante los cuales la ayahuasca es tomada como “filtro de amor”
para protegerse de abandonos y traiciones (Dobkin 1969). Por su parte, los
indios del valle del Sibundoy recorren los centros urbanos de Colombia,
Venezuela y Panamá realizando rituales curativos y adivinatorios con base
en el yagé, a veces mezclado con datura (Ramírez de Jara y Pinzón 1986:
163), llevan así, al decir de Taussig, “el poder mágico de un sitio al otro del
país” (Taussig 1980).

Normalmente el uso colectivo de “alucinógenos” (la pertinencia del tér-


mino será rediscutida) es considerado característico de las sociedades pri-
mitivas y en ellas exilado. Guattari, reconociendo que “la droga ha jugado
un rol fundamental en todas las sociedades, en todas las áreas culturales y
religiosas”, distingue entre “la droga solitaria del capitalismo” y “el modo
colectivo, que era, por ejemplo, el del chamanismo” (Guattari 1979: 219).
Lo interesante del Santo Daime es que se trata de una ritualización religio-
sa moderna de un uso de plantas de poder tenido por primitivo y tradicional.
Al irrumpir en las modernas sociedades urbanas, el Santo Daime rasgaría,
con la firmeza de la fe divina, el sórdido circuito de la droga. Al mismo
tiempo, esta experiencia contemporánea parece iluminar un elemento ex-
tático presente, aunque borrado, en la cultura de la droga.

LA RELI G I Ó N D E LA AYA H UA S CA 103


Si para William Burroughs –cuya experiencia con el yagé no fue precisa-
mente tranquila– ninguna religión podría ser construida sobre los opiáceos
(1971),1 contrariamente todo en los llamados alucinógenos parece predis-
poner al trance sobrenatural: “La experiencia alucinógena –advierte Mar-
tine Xiberras (1989) – se encuentra en efecto muy cercana a una experi-
mentación mística del mundo”. La experiencia psicodélica sería realmente
“antireligiosa”: son las sustancias que la inducen, según Furst, “fundadoras
de toda revelación y, por consecuencia, de las religiones”, encontrándose
“en la fuente de la vida mística, en la raíz de la práctica religiosa y en el
origen del arte” (1974: 13).

El propio Timothy Leary, profeta del LSD, reconoce y trata de explorar


ese lado religioso. Pero ¿cómo constituir una religión a partir del hedo-
nismo individualista? ¿Qué hacer con casos como el de Lisa Lieberman,
“sacerdote boo-hoo neomarxista”, que se proclama diosa de la transgresión
obscena, emergiendo desnuda en moto en los piringundines del pseudo-
culto? (Leary 1979: 426).

Leary menciona la religión india del peyote, también con fuertes compo-
nentes cristianos, pero no parece conocerla o comprenderla. Hay notorias
analogías con el Santo Daime (especialmente en lo que respecta a la com-
binación de usos indígenas y fragmentos de doctrinas cristianas, como con
relación a la relativa juventud de ambos cultos: la Iglesia nativa americana
recién se constituye a fines del Siglo XIX) y una severa diferencia: mientras
que la Iglesia nativa americana sería, según Lanternari (1974), básicamente
defensiva –instrumento de defensa de la cultura indígena–, el Santo Daime
no sería “defensivo” sino “ofensivo”, ya que no se trata meramente de una
reinvindicación de la cultura tradicional, sino de la creación de una nueva
cultura, en un mesianismo irredentista presente tanto en el discurso (a

1 Por el contrario, para Philippe de Felice, autor de Poisons sacrés. Ivresses Divinas (1936), hay una
religión del opio: “La opiomanía es realmente una religión, sobre todo porque ella procura a
los que se le entregan el sentimiento de una evasión, de una salida de sí” (1936: 44). El propio
autor sugiere que el culto de las intoxicaciones no podría ser, al final, sino un avatar del “instin-
to religioso”, “desviado de su destino primero y reducido a buscar en otra parte satisfacciones
de remplazo” (79). Habría para él una convergencia de base entre la droga y la religión, en el
común dépassement de soi (372).

104 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


veces con algo de militar)2 de expansión y extensión (aunque no haya en
verdad prácticas de predicación pública) como en la fundación de aldeas
en cumplimiento de un programa de construcción terrenal del paraíso de
connotaciones místicas y utópicas. Baste mencionar la configuración de
Império (se trata del Império Juramidam) que asume el culto (ver Hocquen-
ghem y Schérer 1986).

La religión del Santo Daime (literalmente, San Dadme: el nombre pro-


viene de invocaciones construidas a partir del verbo dar, del tipo dadme
–daime en portugués– paz, daime amor…) surge en la década del 30 en el
estratégico estado brasileño del Acre –un triángulo tendido en la frontera
del Brasil con Bolivia y Perú, que a principios del siglo se “independizó” de
las autoridades de La Paz para adherir a las de Río de Janeiro.

Los orígenes de esta nueva religión, que conoce hoy en día una minoritaria
aunque barullenta expansión entre las capas medias de las grandes ciuda-
des brasileñas, se sitúan en el encuentro de masas desterritorializadas de
migrantes provenientes del miserable nordeste brasileño (Monteiro 1983),
que se lanzan a la conquista del caucho imbuidas de un ecléctico catoli-
cismo popular (en verdad, un culto de los santos) (Brun 1898, Hoornaert
1991), y chamanes (hechiceros) indígenas que usaban la ayahuasca con
fines de cura o celebración. Según el relato fundante, Raimundo Irineu
Serra, negro del Maranhão –región de fuerte incidencia espiritual afrobra-
sileña–, tomando la bebida con el peruano Crescencio Pizango, quien la
había heredado de los incas, recibe la anunciación de Nuestra Señora de la
Concepción, Reina de la Floresta –pero que es también Yemanjá y Oxum,
divinidades acuáticas africanas, y todas las formas de la Divina Madre–,
que le revela la doctrina3 y le ordena difundirla y realizarla a la manera de
un soldado de Dios (Monteiro 1985). En la cima de un complejo, rico y

2 Así, el jefe de cada núcleo religioso recibe el nombre de Comandante y los adeptos se definen
come soldados del Daime. El propio fundador del culto, Mestre Irineu, fue él mismo soldado.
3 Como curiosidad, señalemos que doctrinas era el nombre dado a los cánticos de un antecedente
del Daime registrado en Rondonia por Nunes Pereira, consistente en una heteróclita mezcla
de rituales oriundos de A Casa das Minas con ingestión de ayahuasca (1979). Hay en los textos
de las doulrinas una amalgama de voduns del panteón mina-jeje, personajes folklóricos, santos
de la hagiología cristiana, etc. Señala Nunes Pereira que “en verdad todo el texto de estas doul-
rinas nada contiene de original y específicamente ligado a la ayahuasca” (224).

LA RELI G I Ó N D E LA AYA H UA S CA 105


proliferante Olimpo nativo –que se permite incluir, al lado de la Virgen
María, a Buda, Krishna y hasta Mahoma– se alza el Maestro Juramidam,
suprema divinidad foresta (Groissman 1991); el sincretismo tiene más de
simultaneidad que de jerarquía rígida.

En concreto el ritual toma la forma de una fiesta colectiva, con matices de


comunión dionisíaca, pero manteniendo un formalismo riguroso y estético.

La ceremonia suele prolongarse la noche entera, hasta las primeras luces


del alba o más. Durante todo ese tiempo los adeptos cantan, acompañados
con música de guitarras escandidas por enérgicas maracas y endulzados
por acordeones, flautas, violines, lo más parecido a un coro celestial, him-
narios, o sea, poemas rimados de contenido místico “recibidos”, gracias a
la inspiración divina, por los protagonistas de este raro ritual, que danzan
sincronizadamente el “bailado”: un vaivén monótono, mecido a cantos hip-
nóticos, de vaga resonancia indígena, el que parece contribuir a una mejor
distribución en el cuerpo del líquido, cuyo poder emético y purgante puede
llegar a manifestarse, no es infrecuente, violentamente. También cantar,
por el movimiento del aire que implica, es común a todas las tribus que
toman ayahuasca.

“A través de ese movimiento rítmico –escribe Vera Froes (1987) en uno


de los raros libros sobre el tema–, se desencadena una fuerte corriente
espiritual entre las personas”. Las miraciones o mareaciones –visiones ce-
lestes, vibraciones intensas, una especie de “alucinación” (en gran medida
constelaciones combinatorias de fosfenos) que, guiada, no es sin embargo
desvarío ni error– producidas por el efecto de la ayahuasca en el cuerpo,
son, por decirlo así, escandidas por la música y la danza, configurando una
singular experiencia de éxtasis.

Trátase de una verdadera doctrina musical, compuesta por “himnos nu-


minosos” (Otto 1929: 54-56) recibidos (suerte de deriva poética de cierto
trance glosolálico, oracular o mántico) por los adeptos gracias a la inspira-
ción divina, que funcionan como explicación y guía de la experiencia in-
ducida por el brebaje acíbar: intransferibles, inefables viajes del alma. Alex
Polari, exguerrillero y uno de los actuales padrinhos del culto (comanda la

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iglesia de Visconde de Mauá, en las montañas de Río de Janeiro), ve un
Lago de Energía:

En algunos momentos la superficie del lago encontraba una pla-


cidez traslúcida. Una luz iridiscente todo lo filtraba y de ella se
plasmaban otras formas y comprensiones de aquello que ocurría
allí, en aquel momento. Luego, alguna energía era lanzada a la su-
perficie del lago y recomenzaban los círculos concéntricos. En ese
movimiento de líneas y círculos, que se dibujaba como en arabescos
ante mis ojos, yo creía ver todos los secretos del ciclo ininterrum-
pido de la creación y destrucción de todos los universos ya existen-
tes. Durante ese período, yo experimentaba la Fuerza. Mi cuerpo
pulsaba, ora desordenadamente, ora serenamente, acompañando la
pulsación de la corriente” (Polari de Alverga 1984: 55).

Es precisamente la afluencia de jóvenes nómades, hijos de la gran deste-


rritorialización del hippismo setentesco, la que incorpora elementos orien-
tales y esotéricos al panteón místico,4 ya poblado por entidades indígenas,
africanas y cristianas. Este feliz encuentro entre los campesinos ayahuas-
queros y los peregrinos del “circo” envueltos en la onda de “retorno a la tie-
rra”, tiene lugar en la Colonia Cinco Mil (así llamada por estar compuesta
de lotes evaluados en cinco mil cruzeiros cada uno), fundada por el nuevo
caudillo del culto, el Padrino Sebastián Mota y Melo, quien, después de la
muerte en 1971 del fundador Irineu, hubo, a raíz de disputas sucesorias, de
retirarse con su gente de la colonia por éste establecida originalmente en
Alto Santo, también en las inmediaciones de Río Branco, capital de Acre.
Cierto nomadismo de impulsión mesiánica empujaría, más cercanamente,
a los seguidores del Padrino Sebastián a trasladarse al interior de la flores-
ta, fundando la aldea de Céu de Mapiá, a dos días de canoa de Boca de
Acre, Estado de Amazonas; sin haber abandonado la Colonia Cinco Mil
–que sin embargo perdió importancia–, ellos están actualmente abocados,
nucleados ya en torno al hijo y sucesor de Sebastián, el padrino Alfredo

4 En verdad, el Mestre Irineu era un hombre de formación esotérica cristiana, afiliado a la Iglesia
Comunião do pensamento de San Pablo (que aún existe), y simpatizante, por un periodo, de los
Rosacruces. Disuelto el Círculo Regeneración y Fe, por él fundado en Brasiléia (frontera con
Bolivia) en 1920, abre en 1931 la Comunidad de Alto Santo, que aun perdura, una de cuyas
actuales ramas es dirigida por su viuda, doña Peregrina.

LA RELI G I Ó N D E LA AYA H UA S CA 107


Mota, a la colonización de una vasta área próxima de río Purus, cedida por
el gobierno brasileño.5

Justamente este sector del Santo Daime (son varios subgrupos: seguidores
originales del mestre Irineu continúan agrupándose en la colonia de Alto
Santo, habiendo aún otras ramas del culto, más o menos umbandizadas), es
el que desencadena, a partir de la década del 80, un proceso de crecimiento
urbano, con la fundación de iglesias en las áreas urbana y rural de Río
de Janeiro, extendidas ahora a São Paulo, Belo Horizonte, Florianópolis,
Brasilia, Porto Velho y otros puntos menores, con comunidades en Nova
Friburgo (RJ) y Airiouca (MG), entre otras.

Esta limitada expansión (que, presúmese, nunca dejará de ser minoritaria,


ya que el Santo Daime es algo demasiado fuerte para cualquier persona)
había sido, más secretamente, precedida por la de otra importante religión
de la ayahuasca en el Brasil: la União do Vegetal, originaria también del
encuentro fructífero entre campesinos e indios de la región de Rondonia,
que, bastante más cerrada y de ingreso más selectivo, practica un ritual
diferente –más esotérico y menos danzarín– de ingestión de la bebida sa-
grada, aquí denominada Vegetal.

Los diferentes centros del Santo Daime asumen en su denominación ofi-


cial –Centro Ecléctico de Fluyente Luz Universal—la vocación fusional, el
eclecticismo como religión. La doctrina se define como Eclecticismo Evolu-
tivo: “varias corrientes religiosas que se interpenetran teniendo como pun-
to de partida el cristianismo” (Froes 1987). Hay una proximidad bastante
grande con la Umbanda, una mezcla de elementos africanos y católicos.6
Esos elementos no tienen necesariamente una relación de sustitución, sino
que impera una simultaneidad total: un santo católico puede ser al mismo
tiempo una entidad africana, configurando una especie de negación del
principio de identidad.

5 Un mapa de la región que debe ser ocupada por la comunidad del Santo Daime se encuentra
en el libro de Gregorim Gilbeto, Santo Daime. Estudos sobre simbolismo, doutrina e Povo de
Juramidam (1991).
6 El Santo Daime se integraría de lo más bien a la categoría de religiones subalternas, propuesta
por Fernando Brumana y Elda González (1991).

108 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Alex Polari habla de tres fuentes principales, además de las influencias
afrobrasileñas: el oriente, con sus métodos de meditación capaces de anular
el ego; la doctrina cristiana, especialmente en su tradición más esotérica; el
culto sacramental de los vegetales, propio del nuevo continente.

Muchos de los adeptos pasaron, antes de ingresar al Santo Daime, por ex-
periencias espiritistas, esotéricas, budistas. Esa multiplicidad es por entero
aceptada:

A nosotros no nos importa si uno cree en el karma, en la resurrec-


ción o en la reencarnación, si viene del espiritismo, de la umbanda
o del budismo. Importa sólo realizar nuestro trabajo, cantar nues-
tros himnos de loor a Dios y a la Naturaleza, saber vivir juntos y re-
partir el pan dentro de valores cristianos auténticos y por nosotros
asumidos en nuestra práctica diaria (Polari de Alverga 1989: 2).

Esa asombrosa plasticidad denota la característica de una religión en mo-


vimiento, parangonable al culto de María Lionza en Venezuela, que tam-
bién mezcla elementos del más heterogéneo origen, llegando a incluir en la
adoración al Presidente Kennedy: su suprema sacerdotisa dice que ni ella
sabe hacia donde va la religión.7 Este procedimiento es un todo análogo al
dispositivo de la umbanda, ahora con crecimiento sorprendentemente en
Buenos Aires (ver Frigerio 1990); esa especie de antropofagia espiritual
aparece también en otros cultos recientes, como el de la Tía Neiva, decidi-
damente barroco, y el de Yokaanan (Fraternidad Ecléctica Espiritual Uni-
versal, “mezcla de catolicismo, espiritismo y umbanda sobre 1540 Kwz”,
ambos con sede en Brasilia [Gaillard 1982: 230]).

7 Jaqueline Briceño: “El Culto de María Lionza”, América Indígena, Vol. XXX, n.2, México, 1979.
Puede verse también Dilia Flores Díaz (1988). Por su parte, Angelina Pollak-Eltz, hablando
de su “caleidoscópica complejidad”, resume así el culto de María Lionza: “Se trata de un culto
sincrético de reciente formación, por lo menos en cuanto se refiere a su forma actual; se basa en
cultos indígenas más antiguos que solían llevarse a cabo en cuevas y montañas en los estados
centrales de Venezuela y que se amalgamaron poco a poco en una leyenda alrededor de un
personaje central –María Lionza– que para los adeptos es exponente de lo bueno. El culto,
como se presenta ahora, es producto de un sincretismo que tiene diferentes raíces: se basa en
un concepto rudimentario de cristianismo indígena con notables aspectos de espiritismo a la
Kardec” (1972: 59).

LA RELI G I Ó N D E LA AYA H UA S CA 109


El hecho de que no haya una doctrina escrita, sino que ella se derive de los
contenidos de los himnos recibidos por los acólitos favorece dicha plastici-
dad proliferante que parece no tener límites: en la iglesia de São Paulo se
cruzan adeptos provenientes de la Gnosis –cierta escuela esotérica–, gente
del candomblé, practicantes de chamanismo, adoradores de Saint Ger-
main y hasta discípulos de Wilhelm Reich (!) en un indiscernible patois (o
paté) espiritual, con dudosos efectos de banalización próximos a los de un
santón de playa carioca. Hasta libros sobre el tema, como el de Gregorim
(ya citado), se integran en esa melaza espiritual de límites y formas difusas.
Pero esto no sería necesariamente un defecto de religión, sino que podría
incluso ser una virtud, esta abundancia y experimentación (casi gimnás-
tica, empero…) de códigos religiosos diversos y superpuestos entre sí, en
una yuxtaposición indefinible próxima al supermercado de cultos afrocu-
banos que Fichte descubre (y defiende en la riqueza de su mescolanza) en
Miami (Fichte 1987). Habría, por añadidura, una fuerte base panteísta,
de adoración de la naturaleza, presente en himnos que exaltan, entre otros
elementos, el sol, la luna y la estrella, realizando lo que Maffesoli deno-
mina “reinvestimiento del inmanentismo” (Maffesoli 1989), que funciona
además como alimentador de los vínculos de sociabilidad, donde se podría
intuir un recuerdo histórico del extinto culto panteísta, aparecido en el
Nordeste brasileño en la década de 1930 y perseguido por las autoridades,
habiendo llamativas semejanzas icónicas e imagéticas con el Santo Daime.8
Se trataría, a decir verdad, de una suerte de licuefacción de los códigos
religiosos, que serían pasados, ya que no por agua, por ayahuasca. Esa cua-
lidad líquida, en todos los sentidos, del Daime se manifiesta en el nombre
adoptado por la iglesia de São Paulo: Flor das Aguas.

Además de los bailados, hay trabajos especialmente de cura, donde los par-
ticipantes cantan sentados, sin bailar, ciertos himnos seleccionados, con
la presencia del enfermo y un círculo selecto de fardados (o sea, iniciados
que han asumido el uniforme y la estrella del culto, que han entrado en la
doctrina). El daimista Chico Corrente, de la Colonia Cinco Mil, habla del
trabajo de cura:

8 Agradezco a Roberto Motta la indicación de la posible importancia del panteísmo. Sobre este
raro culto –que, empero , no consumía enteógenos–, puede verse el libro de Goncalves Fernan-
des (1941).

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Son nueve personas que hacen las curas. Se le da Daime al enfermo,
se rezan nueve oraciones, concéntrase cada uno buscando para sí lo
que precisa para sí de bueno, pidiendo que los espíritus curanderos
fluidifiquen aquel trabajo, hagan operaciones, consultas… Los vi-
dentes ven la llegada de los espíritus. A través de la bebida que el
grupo bebió, se va llegando a un punto en que una fuerza espiritual
va trayendo las energías del bien y apartando las del mal. Cuanto
más concentración en Dios, más fuerza en el corazón del paciente
(entrevistado en Santana: 86).

En los trabajos de cura –que suelen ser asimismo más cortos–, se ve mejor
cierta ambivalencia esencial del padrinho, que dirige el trabajo, entre sacer-
dote y chamán –el primero asimilado a las sociedades de estado, el segundo
a las sociedades tribales.9 Discutiendo el asunto, Clodomir Monteiro aso-
cia el “vuelo extático chamanístico” presente en el Santo Daime y cultos
vecinos (lo que él denomina Sistema de Juramidam, siendo Jura, Dios, y
Midam, Hijo), a las “manifestaciones de incorporación mediúmnica tí-
picamente afro-brasileña”, propiciando la convergencia entre el indio, el
blanco y el negro en un “nuevo tipo de chamanismo” (Monteiro 1985).
Fernando de la Roque Couto, por su parte, prefiere la hipótesis de un “cha-
manismo colectivo” (Roque Couto 1989).

Algo se nota de racial andino, además, en la demanda de impertubabilidad


facial presente en las ceremonias, vigente incluso cuando las incorporacio-
nes de entidades, tan diferente de la contorsión exasperada propia del trance
afrobrasileño. Cabe formular, a la manera de una hipótesis, si no habría en
el Santo Daime un fondo chamánico “recubierto” por una forma religiosa.

9 Weiss reconoce esta tensión entre los indios Campa, de cuyos cultos el Santo Daime toma
muchos elementos, en su artículo: “Chamanismo y sacerdocio a la luz de la ceremonia del
ayahuasca entre los Campa” (en Harner 1976).

LA RELI G I Ó N D E LA AYA H UA S CA 111


F UER ZA Y FOR M A

Toda una disposición poética y barroca se monta para ritualizar la toma


colectiva de la bebida sagrada. Se trata de dar forma (apolínea, estética, de
ahí que puede ser barroca) a la fuerza extática que se suscita y se despierta,
impidiendo que se disipe en vanas fantasmagorías, o, lo que es peor, que
– como suele suceder en el uso desritualizado occidental de drogas pesadas–
se vuelva contra sí, arrastrando al sujeto en una vorágine de destrucción y
autodestrucción.

Tomamos de los grandes místicos cristianos la distinción entre experien-


cia y doctrina. Para San Juan de la Cruz, la experiencia designa –escribe
Baruzi– “el hecho de haber experimentado en sí mismo ciertos estados”
(1924: 235) –sin vacilación asimilables a los “estados modificados de con-
ciencia” de que habla Lapassade (1987). Sin embargo, prosigue Baruzi, “la
experiencia, indispensable para quien quiere sentir la vida mística, no nos
será suficiente para describirla”. La experiencia, por sí sola, permite seguir,
pero no comprender; para comprender, hace falta la doctrina. En la medida
en que la experiencia remite a una contemplación cósmica, parecería que
ella fuese más allá de la doctrina; al mismo tiempo, la doctrina adquiere
un cariz nuevo cuando se vislumbra la experiencia sobre la que se basa.
“Más allá de la construcción doctrinal, el ritmo de la experiencia vivida”:
así, entre los místicos del éxtasis poético, condensa Baruzi, “la experiencia
se traduce inmediatamente en un canto” (1924: IV).

En el caso del Santo Daime, la creencia no es apenas un a priori ideológico,


sino que se basa en la experiencia de la divinidad, vivenciada a partir de
la visión propiciada por la ayahuasca. Por otro lado, la doctrina contenida
en los himnos –que exalta básicamente valores cristianos, como disciplina,
humillación, perdón, exaltación de la fe y la fuerza divinal, etc.– funcionaría
como una manera de dar forma a la experiencia y evitar que ella se desmele-
ne en la insensatez acaso pavorosa del puro mambo personal.

Útil para pensar el Santo Daime, la díada experiencia/doctrina puede analo-


garse, en su funcionamiento, a la distinción entre plano de los cuerpos y plano

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de la expresión,10 formulada por Deleuze y Guattari a partir de Hjemslev
(Deleuze y Guattari 1980). Por un lado, en el plano de los cuerpos todo lo
que tiene que ver con los efectos puramente “físicos”, corporales, inclusive
visuales, de la bebida; por otro lado, los himnos, los rituales, todo lo que
tiene que ver con el plano de expresión. Resumidamente, en la religión del
Santo Daime, habría un plano que tendría que ver con la experiencia del
cuerpo, en el cuerpo, con el cuerpo,11 en ese sentido dionisíaca. Al mismo
tiempo, el Santo Daime dispondría de su propio plano de expresión autó-
nomo, la Doctrina de Juramidam.12

Si bien esta capacidad de producir un discurso autónomo eficaz puede


ser común a otras formaciones religiosas, en el caso del Santo Daime hay
una singularidad, menos común, que es el hecho de sustentarse el culto
en la delectación de un líquido psicoactivo. Eso posibilita una compara-
ción, en este caso no con otras religiones, sino con otros usos desreglados
de sustancias vulgarmente denominadas drogas (habiendo sido la justeza
de esa denominación puesta ya en tela de juicio). En la medida en que
estas experiencias “salvajes” –o en el último de los casos provistas de un
ritual que, alejado de la dimensión de lo sagrado, se revela ineficaz para
“contener” al sujeto en viaje, que se desmelena y corre el riesgo de en-
trar en una vorágine de destrucción y autodestrucción– son incapaces de
construir un plano de expresión propio, caen en dicho caos trágico. Estos
éxtasis descendentes, “destructores” del cuerpo físico (destructores de los
órganos, para ser más estrictos; o sea, indicios de generación de un cuerpo
sin órganos que se queda en la destrucción de los órganos (MacRae 1990),

10 Lucien-Marie de Saint Joseph prefiere referirse a esta diada en términos de experiencia afectiva
y expresión simbólica: “Toda experiencia afectiva no desemboca automáticamente sobre una
expresión simbólica” (1960). El padre Lucien-Marie pretende estudiar el símbolo como medio
de expresión de la experiencia mística.
11 Se trataría, en el trance, de “obtener el máximo de intensidad de las fuerzas que circulan en el
cuerpo” (Gil 1985: 135). Al decir de David Le Breton, el proceso del trance plantea problemas
parecidos a los de la sexualidad (1985), o, si le hacemos caso a Deleuze y Guattari, a los del
masoquismo y la droga, en tanto instancias dirigidas a la producción de un cuerpo sin órganos,
de pura intensidad.
12 Clodomir Monteiro reconoce que “el Santo Daime establece un conjunto semiótico autóno-
mo, valiéndose esencialmente de gestos y lenguaje” (93). Por su parte, Martine Xiberras, ana-
lizando el fracaso del movimiento psicodélico, lamenta que este no haya conseguido “forjarse
una filosofía que le sea específica –a partir de un saber experimental de los psicodélicos y de
una atracción por las culturas otras” (1989: 106).

LA RELI G I Ó N D E LA AYA H UA S CA 113


son como una especie de satori de zanjón que destruyen al cuerpo, en
cierto terrible modo, sí, pero no dejan de ser una exaltación desquiciada
del cuerpo personal, del cuerpo como cuerpo del yo.13 No es que pierdan
su condición de agenciamiento colectivo –como se nota en películas como
Sid & Nancy y Drugstore Cowboy–, un flujo maquínico que une y ata
los cuerpos en la intensidad exacerbada de la sensación compartida; una
experiencia esencialmente corporal, de cuerpo grupalizado o colectivi-
zado, pero que paradójicamente encierra a cada uno en el infierno de su
propia dependencia solitaria en el límite extremo del nihilismo, alzan
la bandera en harapos de un yo en ruinas, pero resisten (o son incapaces
de verla) a la colectivización en lo sagrado. Así, en la medida en que no
articulan el balbuceo de sus marginalidades en una forma eficiente, se
les deforma la experiencia, se les endurece o se les enfría el alma, y son
fácilmente recuperados, enclaustrados y psiquiatrizados, por los aparatos
de poder de la policía y de la medicina. En una palabra, son víctimas
fáciles de las máquinas sociales de disciplinamiento, por mecanismos que
parecen tomar la forma de un dispositivo análogo en su funcionamiento al
dispositivo de sexualidad enunciado por Foucault, que también produce
efectos de proliferación bajo la forma de una locuaz interdicción. No
hay un efecto puramente clínico de la sustancia en sí, sino que ese efecto
resulta inseparable de cierto plano de expresión, el que –según Deleuze
y Guattari– no representa ni refleja (tampoco significa) el plano de los
cuerpos, sino que interviene dándole órdenes al cuerpo (existiría entre
ambos planos una relación de presuposición recíproca: uno no determina
al otro, sino que ambos funcionan presuponiéndose, pero manteniendo
una autonomía relativa).

Puede postularse, a partir del esquema fuerza/forma, cierto instrumen-


tal teórico de abordaje útil para pensar el Santo Daime. Ese abordaje se
diferencia, en principio, de la noción de control (control ritual del uso de
sustancias psicoactivas), que aparece como demasiado “exterior”, y también
de cierta hipótesis del imaginario, que corre el riesgo de crear una especie

13 Henri Ey expresa, al referirse al papel de la sensación en la experiencia psicodélica (él está


comparándola con la experiencia mística), algo parecido en los siguientes términos: “incluso si
la sensación… representa el punto de impacto del sujeto con su mundo, lo vivido es esencial-
mente corporal, permanece como englutido en un subjetivismo radical” (679).

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de colchón, cuando, podría postular, todo es real (o aun surreal): nada más
real que el éxtasis…

¿Cómo funciona el esquema fuerza/forma? Referirse a la tensión entre el


plano de los cuerpos y el plano de la expresión ha sido una manera de
introducir el asunto. Resulta difícil, sino gratuito, intentar explicar qué
es la fuerza. Si deseamos captar la vivencia emocional, estaríamos entre el
encuentro de fuerzas nietzscheano y el axé del candomblé, inclusive más
cerca del segundo en el caso del Santo Daime.14

Situándonos, en el campo antropológico, en la conocida crítica de Lé-


vi-Strauss a Mauss, nos acercamos a la noción de hau (fuerza vital) tomada
de los polinesios por el segundo, a quien el primero acusa de tener una
visión nativa, y sustituye por consecuencia el mencionado hau por una
ecuación lingüística (Levi-Strauss 1971).15

Aquí nos reencontramos con la díada dionisíaco/apolíneo explorada por


Nietzsche. Sin embargo, no cabe recuperar esa noción nietzscheana en un
sentido literal, sino en un sentido extenso –del tipo de uso que hace Ma-
ffesoli en La sombra de Dionisio. Hablamos de dionisíaco en el sentido de
que es una experiencia que afecta directamente al cuerpo, pasa en y por el
cuerpo; al tocar, para decirlo en términos de Mircea Eliade, el plano de la

14 José Gil propone distinguir entre nociones similares como “energía” y “fuerza”: “La energía
es la fuerza no determinada, no codificada; ella designa el aspecto intensivo de la fuerza,
su especificidad en tanto motriz (de un mecanismo, de un proceso)” (1985: 19). La fuerza
sería una transformación de la energía, bajo ciertas condiciones: “Mientras que la energía
no reenvía más que a la pura positividad de un flujo, la fuerza supone alteraciones produ-
cidas en ese flujo, en particular una codificación (encodage) de la energía por medio de un
operador: la energía deviene fuerza en el interior de un campo”, escribe Gil, y continúa:
“Como no hay fuerza sino para otra fuerza, es preciso admitir que la individualización de la
energía comporta ya el juego de tensiones de fuerzas, un combate, es decir fuerzas de vec-
tores contrarios”. Resulta instigante esta idea para pensar la religión del Santo Daime como
una convergencia y encuentro de fuerzas en un campo energético, al tiempo que las fuerzas
resultarían de una diferenciación de la energía.
15 Por su parte, Mary Douglas insinúa, siguiendo al padre Tempels, una generalización de la
noción de fuerza vital, aplicándola –escribe en Pureza y peligro– “no solamente a todos los
Bantues, sino en escala mucho más amplia”, ya que podría extenderse “a toda la gama de
pensamiento que estoy intentando contrastar con el pensamiento diferenciado moderno en las
culturas europea y americana” (1976: 103).

LA RELI G I Ó N D E LA AYA H UA S CA 115


experiencia sensible, carga de significación religiosa la actividad sensorial.16
En ese sentido, tiene lugar una fusión concreta en el plano de los cuerpos,
de las vibraciones sensibles, relegando la intervención supuestamente fun-
dante de la conciencia egocentrada. Parece, más bien, que la conciencia,
antes que determinar a priori el sentido y la dirección de las fuerzas extáti-
cas, viniese a posteriori a darles forma.

No es pues un dionisíaco en el sentido de carnaval pagano, ni de desmesura


voluptuosa. Si alguna analogía entre la experiencia del Santo Daime y la
que Nietzsche denomina dionisíaca puede trazarse, además de su carácter
forestal (el Santo Daime adora a Nuestra Señora de la Concepción, Reina
de la Floresta), ella pasa por la ruptura con el principio de individuación y
la fusión de las individualidades en un sentimiento místico de unidad con
el cosmos, con la naturaleza, con los otros hombres, que caracteriza, en
lugar de la autoconciencia individualista, el éxtasis colectivo.

Ese limitado carácter dionisíaco de la experiencia estaría dado, entonces,


por la disolución de la individualidad. Recordemos los planteos de Ba-
taille (1979). Para él, habría una continuidad esencial entre los hombres
que la individualización propia de la humanización civilizatoria cortaría,
instaurando una discontinuidad –cada uno cerrado sobre sí en su mónada
egoica– que no llegaría a abolir, sin embargo, el impulso dirigido hacia la
continuidad primera. Las formas de “restaurar” dicha continuidad serían
básicamente tres: el erotismo (o sea, la dilución de la individualidad en la
fusión de la orgía o de la pasión, siendo ésta última la que Bataille denomi-
na “erotismo de los corazones”, sentimental y más firme que el “erotismo de
los cuerpos”, que es pasajero y restituye acendrado el egoísmo), la muerte
(fin de la individualidad por extinción física) y lo sagrado, que implicaría
una fusión mística que disuelve, también, al sujeto individual en el cuerpo
divino o en el panteón de las entidades.

Esa desestructuración del frenesí dionisíaco arrastraría la identidad in-


dividual en la “nebulosa afectual” (Maffesoli 1987) de los cuerpos (y, por
qué no, de las almas) en amalgama. Empero, ese fervor dionisíaco, en la

16 Según Mircea Eliade, en los fenómenos físicos hay una “voluntad de cambiar el régimen sen-
sorial” que equivale a una “hierofanización de toda la experiencia sensible” (1989: 103).

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medida en que, librado a sí mismo, es –dice Machado– un “veneno” (1984)
que conduce a la pura destrucción, precisaría de la armonía del elemento
apolíneo que le diese una forma, para poder mantener la lucidez en medio
del torbellino.

Córrese el riespo, empero, de que esa forma doblegue y reprima (tal como
sucede en la cultura occidental racionalista, hecha para expulsar y sofo-
car a Dionisio) a la fuerza suscitada del éxtasis. Pero ello envolvería otra
discusión, que remitiría a pensar en qué medida en el Santo Daime y en
otras sectas religiosas (como la vecina Unión del Vegetal, analizada por el
antropólogo Anthony Henman [1986]) campearía una condición de for-
mación autoritaria, pasible de transformar, al menos en ciertas situaciones,
la forma en dogma. La cuestión no es fácil de zanjar, pues, por otro lado,
también podría argüirse que la observancia fiel de los preceptos sería capaz
de permitir un vuelo más alto y perfecto por los paraísos de la visión y de
la revelación. El ritual actuaría en ese caso, en las palabras de Walter Dias
Junior, como una “potencialización del éxtasis” (1988).

Más que agotar estos complejos asuntos, veamos cómo las religiones de la
ayahuasca –completamente legales en el Brasil, aún cuando dicha adquiri-
da legalidad no esté ni haya estado exenta de amenazas prohibicionistas–
muestran la posibilidad de un uso ritualmente organizado de sustancias
psicoactivas vulgarmente denominadas drogas. El caso del Santo Daime
está lejos de ser el único en el mundo. El término “enteógenos” (literal-
mente, Dios dentro de nosotros), propuesto por el investigador Gordon
Wason, que descubrió los hongos alucinógenos en México y los tomó con
la chamana María Sabina, al apartar la carga negativa arrastrada por el
término alucinógenos –puesto que no se trata en verdad de alucinación en
un sentido conceptual, aun cuando en un sentido físico se dan visualiza-
ciones similares por constelación de fosfenos– resulta más pertinente para
denominar estas sustancias capaces de propiciar un éxtasis. El éxtasis –la
palabra quiere decir textualmente “salir de sí”– no es una experiencia frívo-
la, sino algo que arrastra el sujeto hasta las más recónditas profundidades
del ser y lo hace sentir en presencia de una fuerza superior y cósmica, cuya
acción experimenta corporal y mentalmente, en un estado de trance que
conlleva el pasaje a otro nivel de conciencia, segundo, superior o alterado.

LA RELI G I Ó N D E LA AYA H UA S CA 117


De ahí que en vez de un éxtasis descendente, lo que llamamos un “satori
de zanjón”, donde suelen precipitarse los adeptos de las drogas pesadas,
experimentaciones como la del Santo Daime y la Unión del Vegetal en el
Brasil, el culto del cactus San Pedro en Perú, la iglesia del peyote entre los
indígenas norteamericanos, propicien un éxtasis ascendente, transformando
la energía de la sustancia psicoactiva en un trampolín cósmico, ritualizado
de manera a guiar y “controlar” (como diría Edward MacRae) el viaje. Por
otra parte, estos usos contemporáneos y absolutamente modernos de la
ayahuasca develan de paso, a contraluz, la búsqueda de éxtasis contenida
en principio en la experimentación de masas de las llamadas drogas, por
más que el uso de éstas en un sentido abisal se muestre desgraciado. En
resumen, cultos como los del Santo Daime abren en escorzo otra perspec-
tiva para enfrentar la insensata guerra de la droga que ahora nos envuelve,
teniendo en cuenta asimismo que hay toda una utilización terapéutica de
la ayahuasca, particularmente eficaz en caso de adicciones, alcoholismo y
enfermedades psicosomáticas en general, habiéndose inclusive registrado
casos de curas de males más graves.

Pero el Santo Daime no muestra apenas la fuerza del éxtasis: configura


también una verdadera poética. Autodefiniéndose como una “asociación
espíritu-musical”, los acólitos del Daime dan una gran importancia a la
parte estética de la socialidad. Esa poética es en última instancia barro-
ca: elementos de un barroquismo popular se encuentran abundantemente
en los poemas musitados que son los himnos, siempre impregnados de la
deliciosa ambigüedad propia de la expresión poética; ellos aspiran, en su
incesante proliferación, a “cantar el mundo” –o a invadir todo el mundo
con su canto. Cabe destacar que esta relación entre usos de enteógenos y
producción de una poética oracular y hermética es común, no sólo a otros
usos de la ayahuasca,17 sino a rituales referidos a otras sustancias, como es el
caso de los hongos mexicanos estudiados poéticamente por Munn (1986).
Como otra manifestación de barroquismo, los elementos simbólicos tien-
den a multiplicarse, sobre todo en las iglesias más prósperas del sur del
Brasil, haciendo recordar la proliferación de objetos de culto en las mesas
de la religión del San Pedro, donde más de noventa elementos, cada uno

17 Sobre los cantos chamánicos de los vegetalistas de la Amazonia peruana, ver L. E. Luna
(1986).

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dotado de un sentido ritual, se acumulan (Sharon 1980). Cabría tal vez
leer, en esa abundancia, un “exceso” simbólico.

También se manifestaría cierta pulsión barroca en la avidez sincrética (se-


ría más pertinente llamarla, como los propios cultores lo hacen, ecléctica)18
con que el Santo Daime se precipita sobre los cultos vecinos, se mezcla y se
alía con ellos, guiado por una convicción: al fin y al cabo, las divinidades
serán vistas literalmente en el ritual de la miración.

Es interesante observar, además, a título de hipótesis experimental, cierta


gradación en la experiencia visionaria, observada también por estudiosos
del LSD.19 Estas fases no se verifican necesariamente, menos aún en ese
orden, pero podría condensárselas así: primero, una fase que llamaría “psi-
coanalítica”, con emergencia de recuerdos o, mejor, “películas” de vida,
donde escenas pasadas desfilan vertiginosamente. Después, suele sobre-
venir una fase de visiones abstractas, líneas de puntos, curvas, campos de
flores, extrañas geometrías que denotan la tendencia del fosfeno a transfor-
marse en algo más: irisdiscencia de los puntos de luz, líneas brillantes de
fuerza. A veces, entre un momento y otro, puede sentirse cierto malestar
físico, un dolor que se transforma, si se lo consigue sobrellevar, en éxtasis.
El éxtasis, en esta tercera fase, puede manifestarse con la visión del aura
de las demás personas, intensidad extrema de la luz, fenómenos de telepa-
tía, sensaciones de viaje astral y de salida del cuerpo, tan múltiples como
inefables. Una fase superior estaría dada por visiones figurales, asimiladas

18 Con relación al culto de María Lionza, que varios elementos en común tiene con el Santo Dai-
me, Jacqueline C. de Briceño (articulo citado) considera estrecha la caracterización de sincre-
tismo, ya que en ese culto venezolano, donde se mezclan elementos afrocubanos indios, negros,
espiritistas, católicos, ocultistas, etc., “estos elementos de distintos orígenes fueron agregándose
al culto en el curso del tiempo, en una relación muy viva ya que aún continúan penetrándose,
se mezclan, luchan entres sí, vuelven a salir, a entrar, reciben presiones de las fuerzas políticas,
económicas, de la Iglesia…”, destacando la gran movilidad interna de estos cultos de María
Lionza” (1989: 359/360). Por su parte, Renato Ortiz discute también la caracterización de
sincretismo aplicada a la umbanda: “No estamos más –dice– en presencia de un sincretismo,
sino de una síntesis” (1975: 96).
19 Ver: E. Cousins (1974). Asimismo, se percibe cierto aire familiar entre las visiones registradas
durante las sesiones transpersonales: de LSD, cuyos dibujos ilustran el libro de Stanislav Groff
(1988) y las que son producidas por la ayahuasca. Algo similar podría afirmarse respecto de
las experiencias con mezcalina descriptas por Henri Michaux (1988). En todos estos casos, se
nota cierto manierismo en la forma, que, siendo más audaces, cabría relacionar con lo propio
del arte esquizoide, mostrado por Leo Navratil (1978).

LA RELI G I Ó N D E LA AYA H UA S CA 119


a los santos, los dioses, las diversas divinidades supremas que animan el
panteón del Santo Daime. Por eso se habla de una experiencia vivencial de
lo sagrado. Cabe destacar, sin embargo, que esas condensaciones figurales
parecen constituirse a partir de los puntos y las líneas de luz, a la manera
de una resultante lumínica, como bien lo muestran las pinturas visionarias
del ayahuasquero Pablo Amaringo, de Iquitos, lugar donde los rituales de
la ayahuasca o yagé –otro de los nombres de la espesa poción– son dirigidos
por curanderos locales. Volviendo a la dinámica de las figuraciones en la
miración, el mito sería antes un punto de llegada que un punto de partida.
En resumen, el viaje del Santo Daime condensa y reúne todo tipo de es-
tados de transconciencia; incluso la diferenciación clásica entre religiones
y posesión y viajes chamánicos se ve cuestionada o diluida, en la riqueza y
variedad de la experimentación.

El Daime es ascético. La sexualidad es vista como un óbice para la ascen-


sión al plano del astral, siendo la castidad –como observa Mircea Eliade
entre los primitivos–concebida como una “economía de fuerzas espiritua-
les”, destinada a una “conservación de la energía sagrada” (1952: 36-37).
Ello no impide que algunos acuerdos poligámicos tengan lugar. Cierta
tensión entre el ascetismo de la religión y el dionisismo de la experiencia
extática con ayahuasca se resolvería en una suerte de “armonía conflictual”,
como diría Maffesoli.

Se trata básicamente de una religión comunitaria, donde resalta el carác-


ter colectivo de la ingestión de la ayahuasca. Así se irriga la socialidad
de base. Ese comunismo concreto puede estar difuminado en los núcleos
urbanos; no obstante, hay en el Daime un regreso de la utopía under-
ground de retorno a la tierra, fuerte en las décadas del 60 y el 70. Asimis-
mo, el crecimiento del culto de la ayahuasca entre sectores de las antiguas
“vanguardias” políticas, artísticas, culturales, puede ser el indicio de un
proceso más vasto de conversión de las viejas búsquedas de éxtasis en el
sexo y en la droga desritualizada, en el acceso directo a la experiencia de
lo sagrado a través del trance corporal, resonando cierta recuperación
de las consignas psicodélicas. Hay también una dimensión sociopolíti-
ca, pues esta religión propugna un modelo comunitario de gestión de
la vida, superando la propiedad privada; así, el carácter “libertador” no

120 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


se restringiría al nivel místico, sino que debería concernir, se espera, al
plano material.

La condición comunitaria se realiza a sus anchas en la comunidad de Céu


(Cielo) de Mapiá, en lo recóndito de la selva, junto a un afluente del proce-
loso río Purus, adonde se accede tras dos días navegación, en una verdadera
ascesis forestal. Resulta interesante ver cómo personas de diferente origen
y clase conviven trabajando duramente, en un clima de asamblea perma-
nente que recuerda las tentativas comunitarias de la década del 70, con la
frecuente ceremonia de la ayahuasca disolviendo y llevando a otro plano
las tensiones, con el canto, la danza y la experiencia visionaria y sensorial
colectivamente vivenciados cimentando el “orden fusional” (Maffesoli).
Pareciera que esos campesinos amazónicos –que, nótese, subvierten la re-
lación habitual de dominación, dirigiendo y convirtiendo a sus hermanos de
las ciudades– estuviesen intentando inventar un nuevo sentido de la vida.

LA RELI G I Ó N D E LA AYA H UA S CA 121


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LA RELI G I Ó N D E LA AYA H UA S CA 125


HACIA UN
NARCOANÁLISIS*

Avital Ronell

* De Avital Ronell, “Toward a Narcoanalisys”. En Crack Wars: Literature Addiction Mania


(Urbana / Chicago, University of Illinois Press, 1992), pp. 47-64. Traducción de Mariano
López Seoane. La traducción de López Seoane del libro de Ronell se publicará próxima-
mente en la Argentina.

HAC I A U N NA RCOA NÁ LI S I S 127


Este trabajo no concuerda 
con la crí-
tica litera-
ria en su sentido tradicional. Sin embargo, está dedicado a la comprensión
de una obra literaria. Puede decirse que reside en el distrito del esfuerzo
filosófico. En efecto, intenta entender un objeto que separa la existencia
en articulaciones inconmensurables. Este objeto resiste la revelación de su
verdad al punto de retener el estatuto de otredad absoluta. Sin embargo, ha
dado origen a leyes y pronunciamientos morales. Este hecho, en sí mismo,
no es alarmante. El problema está señalado en otra parte, en el agotamien-
to del lenguaje. ¿Dónde se podría ir hoy, a qué fuente podría uno volverse,
para activar esa constatividad? Ya no vemos en la filosofía la posibilidad
última de conocer los límites de la experiencia humana. Y sin embargo
comenzamos este estudio citando a Nietzsche. Hay dos razones para esta
selección. En primer lugar, Nietzsche fue el filósofo que pensó con su
cuerpo, que “bailó”, que es un lindo modo de decir que se convulsionó y
llegó a tener arcadas. Y además Nietzsche fue el que hizo el llamado a un
imperativo supramoral (ver Nancy 1990). Esta convocatoria nos alentará,
porque en cierto sentido estamos lidiando con el más joven de los vicios, un
vicio demasiado inmaduro, a menudo juzgado equivocadamente y tomado
por otra cosa, un vicio que todavía no es consciente de sí mismo…

Lo que sigue, entonces, es esencialmente un trabajo sobre Madame Bo-


vary. Y nada más. Si se tratara de otro tipo de trabajo –en el género del
ensayo filosófico, la interpretación psicoanalítica o el análisis político– se
esperaría que hiciera cierto tipo de afirmaciones que obedecen a toda una
gramática de procedimientos y certezas. El prestigio y el crédito histórico

HAC I A U N NA RCOA NÁ LI S I S 129


de esos métodos de investigación le habría asegurado al proyecto un marco
tolerablemente confiable. Sin embargo, es demasiado pronto para decir con
certeza que se ha entendido plenamente cómo llevar a cabo el estudio de
la adicción y, en particular, cómo puede relacionarse con las drogas. En-
tender de esa manera sería dejar de leer, cerrar el libro, o incluso arrojarle
el libro a alguien.

No puedo decir que esté preparada para tomar partido en esta cuestión
extremadamente difícil, particularmente cuando los partidos se han
trazado con tal torpeza conceptual. Claramente, es tan ridículo estar “a
favor” de las drogas como asumir una posición “contra” las drogas. Ten-
tativamente, se las puede entender como objetos maestros de catexis libi-
dinal, cuya esencia aún tiene que ser determinada. De hecho, la literatura
consume drogas y trata sobre las drogas; y en este punto retengo la licencia
para abrir el espectro semántico de este término (que ni siquiera llega a
concepto). Volveré a las distintas fluctuaciones de significado y uso en el
curso de mi argumento. Por el momento, se puede entender que las drogas
implican materialmente 1) productos de origen natural, a menudo conoci-
dos en la antigüedad; 2) productos desarrollados por la moderna química
farmacéutica; 3) sustancias farmacológicas, o productos preparados por y
para el adicto (Deniker 1969: 93). Esto no dice nada aún sobre los valores
simbólicos de las drogas, su enraizamiento en lo ritual y lo sagrado, su
promesa de exterioridad, la extensión tecnológica de estructuras sobrena-
turales, o los espacios esculpidos en lo imaginario por la introducción de
una prótesis química.

Bajo el significante compacto “drogas”, los Estados Unidos están librando


una guerra contra una serie de intrusiones sentidas. Tienen que ver so-
bre todo con la deriva y el contagio de una sustancia extraña, o de lo que
se revela como extraño (aun si es de cosecha propia). Como todo buen
parásito, las drogas viajan dentro y fuera de las fronteras de una política
defendida narcisísticamente. Funcionan como doble de los valores con los
que no están de acuerdo: acosan y reproducen el mercado de capitales,
crean expansiones visionarias, producen un léxico del control del cuerpo y
una propiedad privada del yo; todo lo cual debe ser revisado.

130 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Las drogas resisten el arresto conceptual. Nadie ha pensado definirlas
en su esencia, lo que no equivale a decir que “ellas” no existan. Por el
contrario. Ofrecidas en todos lados bajo una forma u otra, encuentran su
fortaleza en sus patrones virtuales y fugitivos. No unen fuerzas con un
enemigo externo (la forma fácil de escapar) sino que tienen una red de
comunicación secreta con el demonio internalizado. Algo está emitiendo
señales, llamando a las drogas a casa.

La identidad compleja de esta sustancia, que nunca es en sí una sustancia,


ha dado origen a la inscripción de una historia vergonzosa. Este no es el
lugar para trazar sus contornos intrincados, porque se trata de una historia
abierta cuyas rutas de acceso todavía están bloqueadas; sin embargo, la
necesidad de llevar a cabo esta tentativa sigue existiendo. En algún plano
de la decencia del pensamiento, tratar a las drogas es o enteramente au-
to-anulador o demasiado fácil. Precisamente porque están en todas partes y
se las puede obligar a hacer, deshacer o prometer cualquier cosa. Participan
del análisis de la palabra rota, o de una historia de la guerra: la metedrina,
o metil-anfetamina, sintetizada en Alemania, tuvo un efecto determinante
en la Blitzkrieg de Hitler; el término heroína deriva de heroisch,1 y Göring
no iba a ningún lado sin su dosis; Dr. Hubertus Strughold, el padre de la
medicina espacial, llevó a cabo experimentos con mezcalina en Dachau; en
efecto, sería difícil disociar a las drogas de la historia de la guerra moderna
y el genocidio. Podría comenzarse en el vecindario contiguo del etnocidio
de los indios norteamericanos en manos del alcohol o la infección viral
estratégica, y entonces sería de no acabar…

La diseminación contagiosa de la entidad descripta como drogas es evi-


dente en lo discursivo. Las drogas no pueden ser colocadas de manera
segura dentro de las fronteras de las disciplinas tradicionales: la antropolo-
gía, la biología, la química, la política, la medicina o el derecho no pueden
pretender contenerlas o contrarrestarlas apoyándose exclusivamente en la
fuerza de sus respectivas epistemologías. Aunque hay tratos con ellas en

1 En realidad, la heroína se produjo por primera vez en el Hospital de Saint Mary en Londres
en 1874. Fue reinventada o “descubierta” en Alemania en la década de 1890 y comercia-
lizada por Bayer bajo el nombre de marca “heroína”, que deriva de heroisch (cf. Berridge y
Griffith 1987: xx).

HAC I A U N NA RCOA NÁ LI S I S 131


todos lados, las drogas funcionan como un parásito radicalmente nómade
liberado de la voluntad del lenguaje.

Si bien resisten toda presentación, las drogas son no obstante demasiado


fácilmente apropiables. Un problema que abate el pensamiento es que las
guerras asociadas con las drogas se puedan medir bien en la atmósfera
actual de lectura consensual. De hecho, se está volviendo descortés entrar
en áreas de conflicto. Todo aquel que no haya sido prudente al reflexionar
sobre esta zona frágil en la que el no conocimiento domina al conocimien-
to ha salido quemado.

Me refiero en particular a la historia profesional de Sigmund Freud, quien,


en nombre de un propósito insondable, apostó su carrera temprana a la co-
caína y a los ensayos que dedicó a la cocaína. Como resultado de Über Coca
–este texto y la defensa subsiguiente, “Observaciones sobre cocainomanía
y cocainofobia”, no están incluidos en la Standard Edition of the Complete
Psychological Works en inglés–, Freud fue reprendido públicamente y ata-
cado en privado. Por qué ignoró obstinadamente el lado oscuro del uso de
cocaína que había documentado el Dr. Louis Lewin es algo que seguirá
siendo un enigma. Su disposición absolutamente favorable hacia la cocaína
(la recomendaba para combatir la fatiga, contra el envejecimiento y como
un anestésico local) le ganó la reprobación pública del célebre psiquiatra
berlinés Albrecht Erlenmeyer (Albrand 1987: 39). Esos ataques contra su
integridad científica por promover la causa de la cocaína le habrían cos-
tado su destino a un ego más débil. El desastre personal que produjo esta
investigación apasionada afectó a su amigo íntimo, Von Fleischl, que fue
el primer adicto a la morfina en ser tratado con cocaína: nuestro primer
adicto europeo a la cocaína. Freud atendió a su amigo a lo largo de una
noche de terror paranoico, en la que fue testigo de la sensación que tenía
Von Fleischl de estar siendo invadido y devorado por infinitos insectos y
demonios incansables. Es posible que con gran costo para sí mismo, sus
amigos y su padre (que fue tratado con cocaína por prescripción de su hijo),
Freud haya descubierto algo sobre la pulsión tóxica que no podía obtener
una autorización inmediata. En su propio trabajo, el drama de la cocaína le
abrió camino al estudio de la neurosis histérica.

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Si puede decirse que sirve para algo, Freud sirve aquí como un sistema de
alarma. En mi opinión, nunca se libró de los problemas que le trajo la defen-
sa de la cocaína. Este no es lugar para analizar ese encuentro fatal, ni sería
apropiado urdir moralizaciones tontas como si ya entendiéramos de qué se
trata la adicción. Hay adicciones buenas y adicciones malas, y cualquier cosa
puede cumplir la función de una droga. En todo caso, “las drogas” nos obli-
gan a enfrentarnos a los enormes abismos de Más allá del principio del placer,
en los que la pulsión de muerte y el deseo reúnen sus víctimas.

En sus estimaciones más contenidas, Freud ha caracterizado al adicto evo-


cando el encanto de los gatos y las aves de rapiña en su inaccesibilidad y en
su aparente autonomía libidinal (Sipriot 1987: 16). Esto no está muy lejos
de la descripción que hace en otro contexto de las mujeres (el lugar en el
que el adicto se encuentra con lo femenino en un intento desesperado de
renarcización social está cuidadosamente señalado en Madame Bovary). La
retirada narcisista introduce a su vez una figura escandalosa en la sociedad
de los humanos al remover al sujeto adicto de la esfera de la conectabilidad
humana. Pero acaso el indicio de autonomía libidinal, o de lo que Félix
Guattari describe como “el segundo grado de soledad”, proporcione el más
amenazador de los atributos sociales (1989: 18). Jacques Lacan parece con-
firmar la convicción de que la adicción a las drogas pertenece al dominio
de una era post-analítica, reservada acaso para el esquizoanálisis y demás;
en efecto, considera que el adicto constituye un sujeto sin esperanza para el
psicoanálisis: “La adicción (la toxicomanie) abre un campo en el que ningu-
na palabra del sujeto es confiable, y en el que escapa al análisis” (1966: 534).
Esto es rendirse rápido. William Burroughs comparte una opinión similar
desde el otro lado de la experiencia: “La adicción a la morfina es una en-
fermedad metabólica producida por el uso de morfina. En mi opinión, el
tratamiento psicológico no sólo es inútil; está contraindicado” (1953). La
connivencia de Lacan y Burroughs, sin embargo, no significa que la posi-
bilidad de tratar psicológicamente al adicto esté fuera de discusión, o que
el psicoanálisis ofrezca un código de acceso inútil o arcaico para destrabar
el problema. Porque en la medida en que la adicción estaba en un momento
dentro de la jurisdicción de la jouissance –en efecto, estamos lidiando con
una epidemia de jouissance no disparada–, el narco más importante, el que
daba las órdenes de disparar, era sin duda el superyó. Para alentar este

HAC I A U N NA RCOA NÁ LI S I S 133


punto sosteniendo cierta claridad, tendremos que ingresar a la clínica de
fantasmas que Flaubert eligió llamar Madame Bovary.

La historia moderna del intento de estabilizar una definición de las drogas


comprende momentos largos, densos y contradictorios (por ejemplo, la reina
Victoria hizo dos guerras para asegurar el comercio libre de opio).2 La histo-
ria legal de las drogas impone análisis de los modos en que las drogas fueron
reclutadas para erosionar el sistema de justicia criminal norteamericano.
Los aeropuertos establecen ahora el espacio retórico más claro para leer
las consecuencias de lo que el juez Brennan proyectó en su momento como
el “ejercicio no analizado de la voluntad judicial” (Emanuel and Knowles
1988: 115ss). Las torres de control del estado han efectuado la fusión del
tráfico aéreo y el tráfico de drogas, instituyendo al aeropuerto como zona
sin ley premonitoria en la que los orificios del sujeto están abiertos a la
investigación. En esa zona no se necesita ninguna “causa probable”. Droit
de la drogue, un importante estudio en francés sobre el problema, echa luz
sobre el hechizo prohibicionista bajo el que los Estados Unidos continúan
llevando a cabo sus intervenciones (Caballero 1989). El estudio no deja de
analizar los efectos de los cálculos xenófobos, racistas y económicos que
han comandado los discursos morales, legales y militares. Sus proposiciones
teóricas se derivan de construcciones que conciernen a la libertad del sujeto
legal y a su derecho a ser protegido de la condición de esclavitud que, según
se dice, las drogas producen inevitablemente. Es cuestión de determinar en
qué momento el objeto toma posesión del sujeto. Tendremos que dejar que
estos términos saturen su historia no deconstruida.

No puedo pretender poseer competencia legal más elaborada que la de


cualquier persona letrada. Sólo quiero sugerir que consideremos el grado
en el que el objeto literario ha sido tratado jurídicamente como droga. En
un caso, ser tratada como una sustancia medicinal, posiblemente a causa
de una manipulación legal “inconsciente”, jugó a favor de la obra literaria.
Este es el caso del Ulysses de James Joyce, en el que la suerte de la obra fue
considerablemente beneficiada por su clasificación como función emética
antes que como aliciente pornográfico. Fue bajo estos términos que se le

2 Implicada en el comercio de opio con China, Inglaterra libró dos “guerras del opio” contra
China, en 1839-1842 y en 1856-1858.

134 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


concedió performativamente derechos de entrada a los Estados Unidos.
Sea como fuere, Ulysses, concebido legalmente ya como fórmula emética ya
como filtro afrodisíaco, fue condensado en su esencia como droga.

El almuerzo desnudo demuestra un colapso similar de la frontera entre


obscenidad y drogas. En Fiscal general vs. un libro llamado “El almuerzo
desnudo”, la corte dictaminó lo siguiente:

La Corte Suprema de los Estados Unidos ha sostenido que para


justificar un cargo de obscenidad “deben unirse tres elementos:
debe establecerse que a) el tema dominante del material tomado
como un todo apela a un interés lascivo en el sexo; b) el material
es evidentemente ofensivo porque ofende estándares comunitarios
contemporáneos… y c) el material carece completamente de valor
social compensatorio [el énfasis es mío]; Un libro llamado “Johns
Cleland’s Memoirs of a Woman of Pleasure” vs. Fiscal general de Mas-
sachussets, 383 U. S. 413, 418-421… En cuanto a si [El almuerzo
desnudo] tiene algún tipo de valor social compensatorio, el registro
contiene muchas reseñas y artículos en publicaciones literarias y de
otro tipo que discuten seriamente este libro polémico que retrata
las alucinaciones de un drogadicto. Así, parece que un grupo sus-
tancial e inteligente de la comunidad cree que el libro tiene cierta
importancia literaria (Burroughs 1959: viii).

El deslizamiento de la obscenidad a la representación de la alucinación


(en otras palabras, la representación de la representación) no puede evitar
plantear preguntas sobre los velos que proyectan tanto la literatura como
las drogas. Este orden de cuestionamiento ya había penetrado el caso de
Madame Bovary, en el que se sostenía que la cortina de la no-representa-
ción (la escena del carruaje) hacía estallar la furia alucinatoria en el espacio
abierto del socius. En estos casos, la amenaza de la literatura consiste en
su señalamiento de lo que no está allí en el sentido ordinario del desvela-
miento ontológico. La corte no está equivocada al instituir la proximidad
de la alucinación y la obscenidad como territorialidades vecinas, dado que
ambas ponen en cuestión la capacidad de la literatura de velar su percep-
ción o limitar su revelación. La literatura está más expuesta cuando deja de

HAC I A U N NA RCOA NÁ LI S I S 135


representar, esto es, cuando deja de velarse con el exceso que comúnmente
llamamos significado.

La pregunta se reduce al modo en que la literatura recubre la herida de su no


ser cuando sale al mundo. En este punto, los casos de Madame Bovary y El
almuerzo desnudo son sólo diferentes hasta cierto punto (todo es una cuestión
de dosis), pero la materia de la representación continúa siendo la misma: la
corte mantiene una vigilancia atenta de las criaturas del simulacro.

No puede haber dudas al respecto. El almuerzo desnudo se libra de sus


problemas sólo cuando se le arroja el velo social de la reseña literaria. La
literatura tiene que ser vista luciendo algo externo a sí misma, no puede
circular sin más su no-ser, y prácticamente cualquier artículo servirá para
cubrirla. Esto afirma al menos un valor de la reseña de libros en tanto
fuerza legal que recubre al libro.

Pues bien. No es tanto una cuestión de conocimiento científico. Y cier-


tamente no puede ser tampoco una cuestión de confianza en la escritura.
Hay ciertas cosas que nos fuerzan la mano. Nos encontramos incontrover-
tiblemente obligados: ocurre algo anterior al deber, y más fundamental que
aquello de lo que cualquier huella de culpa empírica puede dar cuenta. Esta
relación –¿con quién?, ¿con qué?– es nada más y nada menos que nuestra
responsabilidad: lo que debemos antes de pensar, de entender o dar; esto
es, lo que debemos por el hecho mismo de existir, antes de ser propiamente
capaces de deber. No tenemos que hacer nada respecto de nuestra respon-
sabilidad, y la mayoría de las finitudes no hacen nada. Sin embargo, esta
responsabilidad copilotea cada uno de nuestros movimientos, planeando
cada uno de nuestros vuelos, y permanece como el lugar ensombrecido por
la singularidad infinita de nuestra finitud.

La obligación que puede forzar nuestra mano se parece a una compulsión


histórica: se nos obliga a responder a una situación que como tal nunca nos
ha sido dirigida, en la que no se puede hacer más que correr hacia un im-
passe identificatorio. No obstante, nos encontramos tratando de alcanzar

136 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


la exigencia, como si el peso de la justicia dependiera de nuestro avance
inconsecuente.

No me pareció provechoso poner en riesgo el dialecto peculiar de esta obra


instalando tonalidades éticas que finalmente pueden corresponderse sólo
débilmente con su empuje crítico (Flaubert: “El valor de un libro puede
juzgarse por la fuerza de los golpes que da y por el tiempo que nos lleva
recuperarnos de ellos” [Steegmuller 1977: 283]). La tarea de producir una
introducción me hizo vacilar, del mismo modo en que un traductor vacila
sobre la perspectiva de una economía sacrificial que de todos modos domi-
nará todo su trabajo. Podríamos enfrentarlo: algunas dudas son rigurosas.
Se hacen cargo del hecho de que ninguna decisión es estrictamente posible
sin la experiencia de lo indecidible. En la medida en que ya no podemos
ser simplemente guiados –por la Verdad, por la luz o el Logos– hay que
tomar decisiones. Sin embargo, no quería proteger a Emma B. de lo que
estaba a punto de suceder (tenía que permanecer expuesta), no pervertirla
más a fondo. Ciertamente no quería crear un límite desechable, una fase
explicativa que, en el momento de despegue, pudiera ser fácilmente dejada
atrás. Esto se habría acercado demasiado a la repetición de la estructura de
abatimiento con la que se ha asociado a las drogas, una estructura en la que
no hay ni introyección ni incorporación, pero que postula que el cuerpo
es el no-retorno de la desechabilidad: el cuerpo-basura, pivoteado sobre
su propia excrementalidad. Duplicando los restos, este momento de mi
argumento ocupa la posición terrorífica de la cuasi-trascendencia porque se
lo puede hacer determinar el valor del adentro del que es expulsado. Y sin
embargo, uno es responsable y uno tiene que encontrar un modo de pensar
esta responsabilidad como si estuviera concluyendo un contrato afirmativo
con una alteridad perpetuamente demandante.

Acaso más que cualquier otra “sustancia”, sea real sea imaginada, las dro-
gas tematizan la disociación de la autonomía y la responsabilidad que ha
marcado nuestra época desde Kant. A pesar de la indeterminación y la
heterogeneidad que caracterizan a estos fenómenos, las drogas están cru-
cialmente emparentadas con la cuestión de la libertad. El propio Kant de-
dica páginas de la Antropología a contemplar cómo los valores de la fuerza
cívica son afectados por los narcóticos (bajo los cuales incluía a los hongos,

HAC I A U N NA RCOA NÁ LI S I S 137


al romero silvestre, el acanto, la chicha peruana, el ava de Samoa y el opio).
Las cuestiones concernientes a las drogas revelan sólo un momento en la
historia de la adicción. Como tales, las drogas han acumulado una herme-
néutica escasa si se la compara con la considerable movilización de fuerzas
que han implicado.

Nadie ha llegado a definir a las drogas, y esto es en parte porque son


no-teorizables. Sin embargo, han globalizado un ejemplo sólido de jouis-
sance destructiva, afirman la mutación del deseo al interior de un fraseo
post-analítico; o, dicho de otra manera, las drogas nombran la exposición
de nuestra modernidad al carácter incompleto de la jouissance. Es posible
que la cualidad de estos intereses explique en parte por qué se han vuelto
objetos elusivos de una guerra planetaria en el momento en que la “de-
mocracia” está en recuperación. La intersección entre libertad, drogas y
condición adicta (lo que estamos sintomatologizando como “estar-en-las-
drogas”) merece un análisis interminable cuyas puertas enrejadas apenas
pueden ser entreabiertas por medio de la investigación solitaria.

Las implicanciones del deseo narcótico para la libertad no escaparon en-


teramente a la mirada de Kant (de aquí la necesidad de prescripciones en
general). Pero no fue hasta Thomas de Quincey que las drogas fueron em-
pujadas a una filosofía de la decisión. Puede demostrarse que las Confesio-
nes de un inglés comedor de opio perturban toda una ontología haciendo que
las drogas participen en un movimiento de develado que no es capaz de
descubrir una base anterior o más fundamental. Develando y clarificando,
el opio, en la interpretación de De Quincey, lleva a las facultades superiores
a una suerte de orden legal, una armonía legislativa absoluta. Si perturba la
ontología es para instituir algo diferente. La revisión ontológica que lleva
a cabo no estaría sujeta al régimen de alètheia; o, más bien, la claridad que
alienta el opio no depende de un develamiento anterior. Allí donde las par-
tes en guerra de las Confesiones se niegan a suturar, se detectan las cicatrices
increíbles de la decisión. Siempre un adicto en recuperación, el sujeto de
Kant no era particularmente patológico en la persecución de sus hábitos;
el adicto a de Quincey ha sido expuesto a otro límite de la experiencia, a la
promesa de exterioridad. Ofreciendo un escape discreto pero espectacular,
una salud atópica, las drogas obligan al sujeto a tomar una decisión.

138 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Autodisolviéndose y reagrupándose, el sujeto se ligaba a la posibilidad de
una nueva autonomía, y el opio iluminaba en este caso (Baudelaire, aunque
bajo la influencia de De Quincey, lo utilizaría de otro modo) a un indivi-
duo que finalmente no podía identificarse con su autonomía más propia y
que en cambio se encontraba sometido a una humillación heroica en las
regiones de lo sublime. El opio se volvió la transparencia sobre la que podía
revisarse el conflicto interno de la libertad, la hendidura de la subjetividad
allí donde encuentra el abismo de la jouissance destructiva.

El yo en constante división fue transportado en algo distinto a lo sagra-


do, aunque los efectos de la revelación no estaban ausentes. Tuvieron que
tomarse decisiones, tuvimos que volvernos estrategas maestros en la ince-
sante guerra contra el dolor. El aspecto más llamativo de la decisión de De
Quincey reside en el hecho de que se resiste a ser regulado por un telos de
conocimiento. En ese sentido, su elaboración ha descubierto para nosotros
una estructura crítica de la decisión en la medida en que ha sido teñida por
el no conocimiento, basada en gran medida en un estado de anarquiviza-
ción (ver Derrida 1990). Esto deja a toda reflexión futura sobre las drogas,
si esto fuera posible, en la posición decididamente frágil del abandono
sistemático. En el presente, no hay ningún sistema que pueda sostener o
tomar “drogas” por mucho tiempo. Instituido sobre la base de evaluaciones
morales o políticas, el concepto de drogas no puede ser comprendido bajo
ningún sistema científico independiente.

Estas observaciones no buscan implicar que un cierto tipo de suplemento


narcótico ha sido rechazado por la metafísica. Hasta cierto punto, todo es
más o menos una cuestión de dosis (como dijo Nietzsche de la historia).
Precisamente debido a la promesa de exterioridad que se supone que ex-
tienden, las drogas han sido redimidas por las condiciones de trascenden-
cia y revelación con las que comúnmente son asociadas. Pero cualidades
como estas son problemáticas porque tienden a mantener a las drogas de
“este lado” de un pensamiento de la experiencia. Sacralizadas o sataniza-
das, cuando nuestras políticas y nuestras teorías demuestran estar todavía
bajo el pulgar de Dios, se instalan a sí mismas como codependientes. Re-
ciclando constantemente la huella trascendental de la libertad, han sido las
impávidas proveedoras de un ansia metafísica.

HAC I A U N NA RCOA NÁ LI S I S 139


No puede haber dudas sobre esto. Lo que se requiere es una ética genuina
de la decisión. Pero esto a su vez exige una forma superior de droga.

Me atrevería a decir que Madame Bovary es un libro sobre drogas malas.


Del mismo modo, es sobre pensar que las hemos entendido correctamen-
te. Pero si la novela está a la altura de su reputación de volver inteligible
su época –nuestra modernidad–, entonces haríamos bien en recordar que
época también quiere decir interrupción, detención, suspensión y, sobre
todo, suspensión del juicio (Culler 1984: 4; Man 1965; Levin 1963: 250).
Madame Bovary recorre el filo de la navaja de los protocolos de la compren-
sión y la lectura. En este contexto, la comprensión aparece como algo que
sucede cuando ya no estamos leyendo. No es el eco nietzscheano indefini-
do, “¿Me han entendido?”, sino más bien el “Entiendo” que significa que
hemos dejado de suspender el juicio sobre un abismo de lo real. A partir de
este colapso del juicio no puede surgir ninguna decisión genuina. Madame
Bovary entendió demasiado; entendió cómo se suponía que eran las cosas
y sufrió una serie de heridas éticas por esta certeza. Su comprensión la
llevó a legislar conclusiones a cada paso del camino. Era su propia fuerza
policial, y finalmente se entregó a las autoridades. Supo cuándo era hora
de terminar todo el asunto, y entonces ejecutó una coincidencia brutal de
pánico y decisión. No era un Hamlet taciturno, cuya tendencia a leer y re-
leer y a tomar notas de lo que oía le había otorgado la distensión temporal
que necesitaba para derribar a la casa reinante. Sin duda, Hamlet termina
enviándose la punta envenenada por correo y, como Emma, finalmente
se entrega a una escritura del suicidio. Pero si bien comparten el mismo
veneno, y aun los banquetes de lo no comido, no deberíamos mezclarlos
tan inmediatamente, porque Madame Bovary se abre a una historia de in-
teligibilidad absolutamente diferente, a otro pacto suicida, confirmado por
un mundo que ya no limita su podredumbre a una única localidad de lo
injusto. Esto no quiere decir que hayamos lidiado con Hamlet y su fantas-
ma de modo definitivo, sino que han sido dejados en suspensión por medio
de una apertura llena de interrogantes, una suerte de pregunta ontológica
o transmisión a futuro que se ocupa de distraer a los canales más serenos
del olvido. Emma Bovary ha sido comprendida. Y la proliferación material

140 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


de obras críticas alrededor de la novela no refuta esta declaración. Por el
contrario: nadie ha declarado sentirse perplejo frente a este enigma; ella ha
sido el claro, la máquina de traducción por medio de la cual una época se
vuelve inteligible, si no es que se eleva por encima de sí.

Hamlet, De Quincey, Emma Bovary, Balzac, Baudelaire, William


Burroughs, Artaud (y muchos otros) nos alentaron a reflexionar sobre
la nutrición humana. Si no fueron vegetarianos, intentaron nutrirse sin
necesidad de comer. Inyectándose o fumando cigarrillos o simplemente
besando a alguien, re-trazaron los campos de caza de la libido caníbal.
De acuerdo con una determinada manera de monitoreo consciente, se
negaron a comer; y sin embargo lo único que hacían todo el tiempo era
devorar, o tomarse el derrame tóxico del Otro. Las drogas nos hacen
preguntarnos qué significa consumir algo, cualquier cosa. Esta es una
pregunta filosófica, en la medida en que la filosofía siempre ha diagnos-
ticado la salud, esto es, el ser-uno-mismo o el estado de no-alienación,
por medio de sus escáneres medico-ontológicos (Lacoue-Labarthe 1990).
¿Dónde comienza la experiencia del comer? ¿Qué sucede con los restos?
¿Las drogas están de algún modo conectadas con la administración de los
restos? ¿Cómo ha sido arrastrado el cuerpo hacia los sistemas de desechos
de nuestra era tecnológica?

Acaso no nos sorprenda que cada enunciado vinculado a las drogas tenga
algo para decir sobre lo que es apropiable. En su introducción, William
Burroughs escribe: “El título significa exactamente lo que dicen las pala-
bras: Almuerzo DESNUDO, un momento congelado en el que todos ven lo
que está en la punta de cada tenedor” (1959: xxxvii). Con anterioridad a
este momento congelado, Baudelaire, el primer lector digno de Madame
Bovary de acuerdo con Flaubert, observó: “Para digerir la felicidad natural
y la artificial, primero es necesario tener el coraje de tragar; y aquellos
que más merecen la felicidad son precisamente aquellos sobre los que la
alegría, tal como la conciben los mortales, ha tenido siempre el efecto de
un vomitivo (l’effet d’un vomitif )” (Baudelaire 1961: 193).

HAC I A U N NA RCOA NÁ LI S I S 141


La posibilidad de una salud absolutamente diferente, que apunta al gran
vomitador, Nietzsche, tiene que ver con el carácter propiamente impropio
del cuerpo. Al parecer estamos lidiando con fuerzas de inscripción que
alivian al cuerpo de sí mismo al tiempo que resisten su sublimación en
idealidad, espíritu o conciencia. La purificación del cuerpo descripta por
Baudelaire mantiene paradójicamente al cuerpo en su estado material y
corruptible de des-integridad. En tanto aquello que puede tragar y vomitar
–natural o artificialmente– el cuerpo implica rigurosamente la dinámica
del devenir, sobrepasándose sin reducirse a un pasillo. En verdad, estas
observaciones modelan preocupaciones milenarias cuya suscripción al
pensamiento ha sido renovada por el modo en que las drogas negocian la
sustancia paracomestible.

¿Por qué debería comenzar mi estudio de Madame Bovary en modo fic-


cional? Para completar una prescripción; a saber, que las provisiones del
simulacro sean duplicadas. Es un método similar al que utilicé hace tres
siglos cuando edité Las penas del joven Werther. Había otro motivo, más
oportuno, que no descubrí hasta que no leí un pasaje de Gilles Deleuze en
Diferencia y repetición:

Por un lado, un libro de filosofía debería ser un tipo muy particular


de historia policial, y por el otro debería parecer un libro de ciencia
ficción. Con historia policial (roman policier) queremos decir que
los conceptos deberían intervenir para resolver una situación local
y movilizados por una zona de presencia (1968).

Esto localiza nuestra investigación en los distritos exteriores del género


detectivesco, en la tradición de Sherlock Holmes, de quien se decía, ay, que
era adicto a la cocaína.

142 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


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144 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


E L Y O N Q U I , E L YA N Q U I
Y LA COSA*

Juan Duchesne Winter

* De Juan Duchesne Winter, “El yonqui, el yanqui y la Cosa”, Ciudadano insano: ensayos bestiales
sobre cultural y literatura (San Juan, Ediciones Callejón, 2001), pp. 115-130.

EL YO N Q U I , EL YA N Q U I Y LA CO S A 145
Al final de su relato 
épico-químico, titulado
Junky, William Burroughs
invoca unas coordenadas de la demanda y la oferta congruentes con cierto
teorema contemporáneo de la droga:

Decidí bajar hasta Colombia y capear yajé […]. Estoy listo para
moverme al sur y buscar el cantazo puro que abra, en lugar de ce-
rrar como la heroína. El embale es libertad momentánea de los
reclamos de la envejeciente, prudente, jeringona, asustadiza carne.
Quizás encuentre en el yajé lo que buscaba en la heroína, la yerba y
la coca. El yajé será el cantazo final (152).1

Ese “final fix” o cantazo terminal, por supuesto, nunca llegará, pues como
tantos otros cronistas literarios occidentales de la experiencia de la droga,
Burroughs eleva este antiobjeto del placer al rango de la Cosa lacaniana.
Aquí la Cosa es producto de un trabajo literario, de una elaboración artís-
tica de la distancia que se le impone al objeto para otorgarle la dignidad
del objeto absoluto imposible de alcanzar. El yajé de Colombia, el mítico
enteógeno del “sur” amazónico otorga a la Cosa la referencia escatológica
ideal para esta elaboración literaria de la dignidad de la drogadicción que,
en el esquema literario norteamericano, se presenta como una dignifica-
ción de la demanda, una mitificación de la compulsión de consumo. Para
el gran macho blanco que escribe, capear coca, yerba, heroína, es parte de

1 Las traducciones de citas tomadas de originales del inglés o francés son mías. Los énfasis en
todas las citas son míos.

EL YO N Q U I , EL YA N Q U I Y LA CO S A 147
una serie repetitiva y sustituible que remata en la búsqueda de la Cosa –la
imposible utopía química signada por el yajé colombiano.2 Ese gran macho
blanco consumidor de droga invita, con su escritura, a la lectura antro-
pológico-literaria de su máscara letrada. Nos atenemos en todo momento
al teorema literario de Burroughs, pues reconocemos, con Derrida, que
no hay un mundo de la droga ni existe un teorema de la droga, dado que
los actos del toxicómano se estructuran como un lenguaje (60, 74-75), y
tomando en cuenta que ese lenguaje puede variar según distintos perfor-
mances discursivos.

Se puede leer Junky como reservo masoquista de la gesta personal del


gran capitalista blanco: el protagonista de Junky, Bill Lee (alias William
Burroughs), es un negativo radiográfico anticipado de Bill Gates. Marx
decía que el capital es trabajo muerto que, como el vampiro, vive de chupar
trabajo vivo y vive más mientras más trabajo chupa. Pero el personaje de
Burroughs representa una modalidad de consumo terminal que, como el
vampiro, vive de chupar una mercancía mortal y vive más mientras más
veneno chupa. Dice Burroughs: “La droga es una inoculación de muerte
que mantiene el cuerpo en condición de emergencia” (127). Un cuerpo
para el capital es un cuerpo en perenne condición de emergencia. El capital
se retroalimenta de la revolución permanente de sus propias condiciones de
producción, que se repiten y perpetúan gracias a su autodestrucción cíclica
continua. La droga como mercancía importada por los centros capitalistas
de Occidente es la advocación escatológica del ciclo del capital, su abso-
luto end-product revelado como avatar tóxico de sí mismo. La droga es un
capital en sí kantiano. En el escenario contemporáneo, la lucha occidental
contra la droga representa al capital comiéndose la cola como el orobouros
gnóstico. Pero ese consumo no se consuma nunca porque, dado el teorema
literario que nos concierne, la droga no es un objeto, la droga no es una
mercancía consumible sino el consumo en sí y de sí, el consumo mismo
como su propio objeto; la droga es la Cosa, the Thing, das Ding.

2 Las cartas del yajé, textos que continúan el periplo trazado en Junky, llevando al narrador hasta
el Putumayo, despojan al yajé de su rango de objeto inalcanzable tan pronto se lo consume,
pasándose el batón de la Cosa a una visión literaria de la metrópolis maldita y paroxística,
sustentada en gran medida en la simbiosis de referentes latinoamericanos y norteamericanos
de la patología social tan cara a Burroughs (Burroughs y Guinsberg 1975: 44).

148 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Lacan nos dona una noción de la Cosa como rebasamiento del objeto,
manejable más allá de los contextos psicoanalíticos específicos en que ésta
surge. Nos describe una peculiar colección de cajas de fósforos vacías insta-
ladas por su amigo Jacques Prévert de manera que “estando arrimada cada
una a la otra por un ligero desplazamiento del cajón interior, se ponían en
fila unas con otras, formando una especie de banda corriente” –y agrega:

Creo que el shock, la novedad, el efecto logrado por esa agrupación


de cajas de fósforos vacías –este punto es esencial– era hacer surgir
lo siguiente… una caja de fósforos no es simplemente un objeto, sino
que puede, bajo la forma Erscheinung, en la que estaba propuesta su
multiplicidad verdaderamente imponente, ser una Cosa. Dicho de
otro modo, este arreglo manifestaba que una caja de fósforos no es
simplemente algo que tiene cierto uso, que ni siquiera es un tipo,
en sentido platónico, la caja de fósforos abstracta; la caja de fósforos
por sí sola es una cosa, con su coherencia de ser. El carácter com-
pletamente gratuito, proliferante y excesivo, casi absurdo, de esta
colección apuntaba de hecho a su cosidad de caja de fósforo (141).

El teorema de la droga narrado por Burroughs presenta un montaje simi-


lar. Un cantazo de heroína va empotrado en el capeo previo y se empotra en
el chuteo siguiente creando una serie autoproliferante de procedimientos
que sólo apuntan a la mecánica de la propia repetición indefinida del con-
sumo de la droga. Sólo la droga por sí sola, con su implacable coherencia
química, impone la continuidad de la serie. No hay uso, tipo, concepto ni
finalidad abstraíble. Así ella establece su coseidad al margen de cualquier
función objetual. “A medida que el hábito agarra –dice el narrador de
Junky–, los demás intereses pierden importancia para el usuario. La vida
se telescopia en la heroína, un chuteo y a esperar el próximo” (22). En el
mundo de Burroughs, la expresión “vivir para la droga” es inadecuada,
pues la droga no sería siquiera el objeto de una vida. Más bien, la droga
sustituye el vivir, deja de ser objeto de la pulsión vital para sustituir esa
pulsión con su propio ciclo compulsivo, con una ‘vida’ más real que la vida
misma, la vida de la Cosa en sí. Según explica Burroughs en Naked Lunch,
texto fraterno de Junky,

EL YO N Q U I , EL YA N Q U I Y LA CO S A 149
la morfina altera el ciclo completo de expansión y contracción, li-
beración y tensión. La función sexual se desactiva, la peristalsis se
inhibe, las pupilas dejan de reaccionar en respuesta a la luz y a la
oscuridad. El organismo ni se contrae por el dolor ni se expande
hacia las fuentes normales del placer. Se ajusta a un ciclo de mor-
fina (225).

La economía narrativa de Junky prescinde de la interioridad psicológica,


de la motivación de los personajes, de los condicionamientos del ambien-
te y del conflicto intersubjetivo; todo circula en torno al próximo chuteo,
aun los intentos de cura, en los que el yonqui meramente se ilusiona con
reconstruir esa elusiva virginidad que la prodigaría la ilusión fugaz de un
retorno a la primera penetración de la aguja. Es sabido que el período de la
vida de Burroughs correspondiente a este relato contiene acontecimientos
tan dramáticos como el disparo “accidental” con que él mató a su esposa en
un alarde de puntería estilo William Tell. Se sabe que William Burroughs
salió indemne del percance, ocurrido en México, gracias al dinero de su
familia. Pero Junky no narra ese incidente y sólo menciona de pasada a
la abatida mujer como espectral facilitadora o interruptora del próximo
chuteo. En un texto sobre la femineidad de la droga, Bruno Mazzoldi sin-
tetiza en palabras inmejorables ese trucaje de sustituciones sublimatorias,
concluyendo que…

la ansiedad de la aguja y la fiebre de la perforación sugieren que


todo chutero que se respete, todo morfinómano que se espete una
y otra vez, no solamente aspira a la autofecundación en endogamia
absoluta, sino también a parodiar a la madre para odiarla mejor.3

Burroughs se chutea y también chutea (he shoots): le dispara a la ma-


dre-compañera-Cosa para mejor chutarse bajo la égida de la entidad fe-
menina fantásticamente abatida, una entidad irreductible a puro objeto de
deseo. Ángela María Jaramillo explica muy bien cómo la mujer tiende a
encarnar la Cosa en el drama freudiano,4 pero Burroughs, al ejecutar a su

3 Publicación en internet sin número de página; ver bibliografía.


4 Publicación en internet sin número de página; ver bibliografía.

150 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


infortunada compañera, instala el horror-fascinación a la mujer. Por eso,
su esposa no debe aparecer en ese relato, ni siquiera en la incidencia de
su abatimiento “accidentado”. Junky demuestra con ésta y otras omisiones
factuales, que no es una autografía de Burroughs, sino la biografía del ente
fantasmático cuyo deseo se instaura a partir de las repeticiones anuladoras
del objeto que se transmuta en Cosa inenarrable, antagónica y fascinante;
agujero negro donde se precipita la narración en caída libre. La Cosa es
aquí, siguiendo a Lacan, el “fuera-de-significado” en función del cual “el
sujeto conserva su distancia y se constituye en un modo de relación” (70).
Se podría comparar ese nódulo modal “fuera de significado”, que estruc-
tura el mundo narrativo de Junky, con el ojo de un huracán, si no fuera por
la obvia diferencia en los niveles de energía implicados.

Consideremos además la advertencia de Giulia Sissa de que la droga es un


anti-objeto (168). Podemos asumir esta advertencia y añadir que la droga
es poco definible como objeto de deseo, pues la construcción de su hábito
conlleva sustituir los objetos de deseo ordinarios forjados, perseguidos,
sitiados, capturados o evadidos en las fantasías de la realidad cotidiana,
por un solo objeto que, como el dinero, representa a todos los objetos
sin poseer otro valor que sustituir esos objetos. En este sentido, reclama
Burroughs que

El adicto es inmune al aburrimiento. Puede estar horas mirándose


los zapatos o simplemente permanecer en la cama. No necesita
desahogo sexual ni contactos sociales ni trabajo ni diversión ni
ejercicio, nada excepto morfina. La morfina logra aliviar el dolor
gracias a que le imparte al organismo algunos de los atributos de un
vegetal (1959: 225).

Más que la mercancía-dinero, la droga emula el capital-dinero. Recorde-


mos la conocida comparación entre las secuencias M-D-M y D-M-D’ ofreci-
das por Marx en El Capital (I, sec. 2; II, sec. 1). El capital-dinero desplaza
el tradicional ciclo mercancía-dinero-mercancía (M-D-M) e impone el ciclo
dinero-mercancía-dinero (D-M-D’, donde D’ = dinero capitalizado). En el
primer ciclo, el dinero es sólo mediador del intercambio de mercancías.
La mercancía, como objeto con valor de uso socialmente determinado,

EL YO N Q U I , EL YA N Q U I Y LA CO S A 151
domina el ciclo. En las economías pre-capitalistas, predomina M-D-M.
En el segundo ciclo, la mercancía es sólo punto de transición en un mo-
vimiento cuya finalidad se cumple en la acumulación de capital dinero.
Domina el capital-dinero: D-M-D’ expresa la fórmula general del capital.
En dicha fórmula, desaparece la mercancía como objeto. La mercancía es
fugaz instancia intermedia realizable sólo en tanto capital, independien-
temente de su valor de uso socialmente determinado. Lo que nos interesa
es la siguiente homología: la droga se consuma como deseo de más droga,
independientemente de las relaciones de objeto intersubjetivamente deter-
minadas del deseo. Marx le llamaba al capital “trabajo muerto”, dado que
sólo se reproduce en la medida en que se abstrae del trabajo considerado
como medio de satisfacción de necesidades humanas concretas. El capi-
tal sólo tiene hambre de más capital, siendo el trabajo sólo un medio. A
Marx le fascinaba esta implacable voracidad autista del Capital. La droga
es necesidad muerta ante todo otro objeto de deseo que no sea el de su
propio aplacamiento, lo que no deja de fascinar tanto a Burroughs como a
nosotros, sus lectores.

Bill, el yanqui yonqui, deviene el perfecto capitalista del anti-objeto. El


prólogo presenta a un joven de la burguesía media de St. Louis que no
sabe qué hacer con su vida hasta que descubre el “ junk as a way of life”
(xvi), versión underground del American way of life. El resto del relato pro-
vee un ensamblaje cómico-químico de la cadena narrativa del chuteo. Los
episodios se acumulan en una serie paratáctica puramente cuantitativa.
Según Burroughs, la heroína constituye el paradigma de la droga. Ella es
la indudable heroína de su historia. Pero también se evidencia que la subs-
tancia psicoactiva por sí misma no es la droga. La droga delimita el lugar
anti-objetual ocupable por una serie sustitutiva de psicoactivos (morfina,
opio, paregórico, benzedrina, codeína, cocaína, heroína, haschisch, mari-
huana, peyote) que a pesar de sus muy divergentes propiedades y efectos
se ajustan aquí a una misma gramática de la adicción, la de Burroughs.
El sostiene que la droga es un mecanismo psico-bio-social independiente
de la metafísica de la interioridad. Es cierto que el lector convencional
podría identificar en esta narración el curso de degradación moral y física
del protagonista y sus impresentables acólitos. Ello supliría la infaltable
moraleja de la historia. Pero hay también un Bill fantástico que emerge

152 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


como el arriesgado empresario del anti-objeto, el oficiante de la industria
existencial de la Cosa. Ese Billy, the Junky-Kid, transmuta las remesas de
capital recibidas de su familia en el flujo de coseidad que penetra sus venas;
además colecciona armas de fuego, a la vez que explora distintos esce-
narios del mercado de la droga, desplazándose en un derrotero norte-sur
transido de aventurerismo masoquista que pasa por New York, Kentucky,
Nueva Orleans, Texas, México y Colombia. Si bien los personajes de tal
historia representan, en palabras del propio texto, “agregados humanos que
se desintegran en la insanidad cósmica, eventos aleatorios en un universo
moribundo” (139), también vemos que contribuyen con su propia desin-
tegración objetual, como templarios oferentes de su propia entropía, a la
apoteosis de la Cosa. La Cosa es un objeto imposible o anti-objeto. La
droga en tanto ente inexpresable e insólito con respecto al cual se configura
el sujeto que cuenta y escribe, se eleva a la dignidad de Cosa y además se
sublima como letra del objeto imposible en cuya abolladura medra lo Real.
El artista de la droga emerge mediante esta construcción literaria como el
capitador de la Cosa en todo su antagonismo repelente, excesivamente real
y fascinador. El supremo consumidor sirve de reverso al gran financiador
de la Cosa. Bill el Junky aparece como advocación plutónica, underground,
Bill Gates. En la matriz ignota de la Cosa no hay distinción entre capital
tóxico y capital “sano”, ni entre entropía y entropía negativa, pues esa ma-
triz es la precondición de tal distingo. La serie de textos generados por Bu-
rroughs a partir de las Cartas del yajé, bajo el encabezamiento “Roosevelt
After the Inauguration”, presentan a un Roosevelt-Sade que reemplaza el
establishment washingtoniano por personeros de un underground perverso,
drogado e infecto, sin que ello suponga fisura alguna en la consistencia del
poder del estado (Yage 36). Con toda su rebeldía e insanidad subversiva, en
estas escrituras medra un ideal capitalista del yo, un elemento simbólico del
capital, que es parasitado por el otro yo, underground, que Bill ambicionó
y logró ser. Después de todo, William Burroughs fue quien declaró en
1982: “Las Tierras Occidentales son un lugar real. Ese lugar existe, y lo
construimos nosotros, con nuestras manos y nuestros cerebros. Pagamos
por él con nuestra sangre y nuestras vidas. Es nuestro y lo vamos a tomar”
(Final Academy).5

5 Publicación en internet sin número de página; ver bibliografía.

EL YO N Q U I , EL YA N Q U I Y LA CO S A 153
En este imaginario, las Tierras Occidentales, de hecho, se han tornado en
el territorio de la Cosa. Slavoj Zizek describe cómo la postmodernidad oc-
cidental se caracteriza por la obsesión generalizada con la Cosa, concebida
en calidad de un cuerpo extraño alojado en el tejido social. Los gestores
de esta obsesión proliferante urden esquemas ultra-paranoicos donde la
totalidad del cuerpo social asume las proporciones insondables de

un espectro vampiresco que marca hasta las más idílicas superficies


de la vida cotidiana con signos de corrupción latente (en este sen-
tido, se podría aducir que, hoy más que nunca, el capital es la Cosa
por excelencia: una aparición quimérica que, aunque no se la puede
ubicar en ninguna parte como entidad positiva y claramente deli-
mitada, funciona de todos modos como suprema Cosa reguladora
de nuestras vidas). La ambigüedad de la relación posmoderna con
la Cosa responde al hecho de que la Cosa no es un simple cuerpo
extraño, un intruso que perturba la armonía del vínculo social:
precisamente como tal, la Cosa es lo que ‘amarra’ el edificio social
al garantizar su consistencia fantasmática (1992: 123).

Burroughs propaga su metáfora paranoica del virus a partir de Naked


Lunch (Banquete desnudo), obra casi inmediatamente posterior a Junky que,
desde la misma espectralidad de la heroína, emula con talento la escritura
experimental de su época. La manía viral de Burroughs recurre de una
manera u otra en obra tras obra, pero llega a su colmo en el delirante
ensayo-ficción titulado “La revolución electrónica”, 6 donde el autor postula
que el lenguaje humano es un sistema viral invasivo. Según Burroughs,
una infección viral atacó a los homínidos del pre-paleolítico catalizando
mutaciones deformantes de las neuronas, del aparato sonoro y de la estruc-
tura maxilofacial. Su principal síntoma fue el lenguaje. En este teorema
de Burroughs, el síntoma y el agente infeccioso son indistinguibles. El
lenguaje humano es una espora semiótica de virus desmolecularizados, con
los que la CIA , la KGB y otras instituciones espectrales infectan y reinfec-
tan a la población incauta. La adicción a las drogas, las perversiones y los
motines urbanos actúan como señales sintomáticas y como dispositivos de

6 Publicación en internet sin número de página; ver bibliografía.

154 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


contagio. El oficiante underground de la droga, del sexo y de la violencia
cumple su tarea revolucionaria al acelerar indefinidamente la propagación
viral masiva con todo tipo de trucos electrónicos y massmediáticos. El
objetivo es la revolución apocalíptica permanente. No es difícil deducir
que existe una relación simbiótica entre el recurso del apocalipsis y la con-
sistencia espectral de las instituciones del poder. El virus detenta aquí, por
supuesto, el lugar de la Cosa, espacio matricial vacío que absorbe tanto los
delirios del antinomismo underground como las obsesiones de la derecha,
en una misma labor fantasmática de cimentación social y política.

Para el mismo Burroughs, la droga no es sino un avatar posible de la Cosa,


una entre tantas otras maneras de encarnar su dimensión espectral. En las
Cartas del yajé, es una Colombia sádica y obsesivamente disfuncional la
que aparenta encarnar a la Cosa más que el yajé mismo. Lo mismo pueden
hacer otras obsesiones posmodernas, incluyendo el contagio viral, la vio-
lencia y el sexo. A propósito del sexo, Slavoj Zizek considera insuficiente el
tratamiento modernista que le confiere Foucault a esta obsesión histórica.
Se puede derivar en Foucault que no existe el Sexo, con mayúscula, como
un a priori, sino en tanto actualización de prácticas sexuales específicas.
Es sostenible, dice Zizek, concebir el sexo como efecto de una serie de
prácticas históricamente situables y advertir que el sexo no es un objeto
dado con anterioridad a su actualización discursiva, sino el producto de las
mismas. Pero Zizek echa de menos de Foucault el aspecto inherentemente
antagónico que una perpectiva lacaniana permite tomar en cuenta. Exis-
ten, es cierto, las prácticas sexuales plurales, históricamente determinadas,
etc. Pero también existe el Sexo como núcleo traumático elusivo, como
polo antagónico inherente a dichas prácticas. A continuación presento
una versión casi exacta de una cita de Zizek donde me limito a sustituir
la palabra ‘sexo’ por la palabra ‘droga’ y la expresión ‘prácticas sexuales’
por ‘drogadicción’, con lo que obtenemos una proposición perfectamente
coherente relacionada con el imaginario imperante de la droga, tan ines-
capable en el contexto político contemporáneo: La ‘Droga’ no es, entonces,
–y repetimos a Zizek palabra por palabra, enmendando sólo los términos
señalados– la universalidad, la zona común neutral de las prácticas discursivas
que constituyen la ‘ drogadicción’, sino más bien su escollo compartido, su punto de
falla convergente. En otras palabras, la ‘ droga’ pertenece al registro de lo Real: sí

EL YO N Q U I , EL YA N Q U I Y LA CO S A 155
es un ‘efecto’ de la drogadicción (de sus prácticas simbólicas), pero es su efecto anta-
gónico –no hay droga anterior a la drogadicción, la drogadicción como tal produce
(‘segrega’, en todos los sentidos del término) a la droga como su escollo inherente
(de la misma manera que el trauma en el psicoanálisis, el cual constituye un efecto
retroactivo de su simbolización fallida). En esto consiste la máxima paradoja de
la noción lacaniana de la causa qua real: la causa es generada (‘segregada’) por
sus propios efectos (124). Esta proposición nos permite situar las políticas
simbólicas gestoras de la Droga en cuanto encarnación de la Cosa y confir-
mar su coincidencia con la construcción literaria de un William Burroughs
y versiones similares. La Droga encarna al gran antagonista extraño, al
oscuro emisario de una potencia más real que la realidad misma, más quí-
mica que la química, más física que el cuerpo, más económica que la eco-
nomía e inclusive, más espiritual que el espíritu y más bestial que la Bestia,
identificable como punto inefable donde se produce la falla inherente a las
más diversas estrategias de simbolización. Y al mismo tiempo la Droga
es la encarnación espectral que otorga consistencia a estas estrategias dis-
cursivas al proveer una pantalla imaginaria que fundamenta el íntimo e
inevitable fracaso en que ellas, sin reconocerlo, se fundan. Subjetividades
de todo tipo, aparentemente contradictorias o antagónicas, se coagulan en
torno a la Droga. El propio Burroughs, en su novela Naked Lunch, visualiza
masas ectoplásmicas compuestas de una substancia gelatinosa más viva, y
por tanto más repugnante y más fascinante que la vida misma, que posee
y simula indiferentemente tanto la fisonomía de los yonquis como la de los
agentes federales que los persiguen. Repúblicas, corporaciones, organiza-
ciones, laboratorios, sustancias, funcionarios, agentes, técnicos, víctimas,
conspiradores, tan alucinados como hiper-reales conforman el cultivo vi-
ral, ectoplasmoide que palpita en torno al agujero negro de la Droga.

Como podemos constatar en los textos inaugurales de Burroughs y en la


legislación anti-droga que les precedió por apenas unos años, el imaginario
de la Droga ha invocado desde sus inicios la fobia del contagio. La droga
figura como agente extraño que infecta el cuerpo social. Hasta la propia
escritura sobre el flagelo, incluyendo este texto, debe poseer propiedades
infecciosas, según los más adeptos censores. Hoy, en la época del VIH y
dadas las metonimias de droga, sexo y sangre que conforman sus histo-
rias de contagio, surge una encarnación espectral de la Cosa con grandes

156 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


repercusiones imaginarias y simbólicas de valor atávico: ella es el plasma
sanguíneo humano. Es perfectamente previsible y poco sorprendente que
la Droga máxima, y por ende, el máximo agente viral por venir en esta
época de crisis apocalíptica permanente, sea la sangre humana.

Un admirador de Burroughs, Terry Southern, pergeñó un oscuro relato ti-


tulado “La sangre de un pelucón”, donde el protagonista agarra tremendos
embales inyectándose sangre humana gracias a sus contactos con una cá-
bala de tecnólogos adjuntos a un manicomio donde obtienen y distribuyen
la sangre con propiedades psicoactivas de los pacientes esquizos. De hecho,
el investigador del museo Pitts River de Oxford, Richard Rudgley, consta-
ta informes sobre la presencia natural del potente alucinógeno 5-MeO-DMT
en la sangre de algunos esquizofrénicos (46). Por otro lado, el novelista
británico Phillip Kerr, en su crónica de ciencia-ficción, El segundo ángel,
visualiza un año 2069 cuando el precio estándar de la sangre regula la eco-
nomía global. El 80% de la población está contagiada de un virus análogo
al VIH, aunque de acción más lenta y con pronóstico fatal de 100%. La ac-
ción retardada e inicialmente indetectable del virus decuplica su potencial
de contagio. La única cura disponible supone una transfusión completa
de sangre incontaminada. El precio del litro de sangre pura se dispara
hasta rebasar por mucho el precio del oro, convirtiendo la sangre en nuevo
estándar monetario de la economía internacional. Poderosos bancos de
sangre rigen la economía. La actividad criminal se transforma: los bancos
de sangre se albergan tras inexpugnables fortalezas digitalizadas; carteles
hematológicos controlan un tráfico ilegal de sangre, bandidos vampires-
cos asaltan a personas incontaminadas para absorberles la última gota de
plasma, sobrepreciada mercancía que anula el valor de toda otra posesión,
incluyendo el dinero mismo –¡quién quiere tu dinero, lo que queremos es
tu sangre!– ¡Tu sangre es dinero! La hipóstasis concebida en este escenario
es insuperable: el capital-dinero absoluto, el agente de contagio total, y la
droga de la cura última se transubstancian en la sangre, en el flujo de la
vida misma como máxima advocación escatológica de la Cosa. La Cosa ha
dicho: he aquí mi sangre. ¿Cuán soportable sería esta fagocitación de los
bordes de lo Real? ¿Qué márgenes restarían para la labor imaginaria, sim-
bólica y fantasmática que sustenta la realidad social? La boca reptiloide, sin
labios, de William Burroughs, se retuerce extática y colapsa en un agujero

EL YO N Q U I , EL YA N Q U I Y LA CO S A 157
que absorbe su macilenta figura y sus palabras delirantemente lúcidas. El
yonqui, el yanqui y la Cosa = la misma Cosa: esa es la ecuación pedagógica de
toda una formación imaginaria de la literatura occidental contemporánea
sobre la experiencia de la droga. Esta formación no deja de ser histórica-
mente circunscrita, ni siquiera incluye a todos los textos sobre la droga
escritos por la generación beat a la cual supuestamente perteneció William
Burroughs, pero sus coincidencias con ciertas hipóstasis fantasmáticas de
los discursos prevalecientes hoy día sobre el tema es bastante obvia. El
lector suplirá sus propias comparaciones según el caso.

158 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


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EL YO N Q U I , EL YA N Q U I Y LA CO S A 159
ESTÉTICA Y ANESTÉSIC A:
UNA RECONSI DERACIÓN
D E L E N S AY O S O B R E L A
OBRA DE ARTE*

Susan Buck-Morss

* De Susan Buck-Morss, “Aesthetics and Anaesthetics: Walter Benjamin’s Artwork Essay Re-
considered” (October 62, Autumn, 1992), pp. 3-41. Los fragmentos que aquí incluimos pro-
vienen de la traducción de Mariano López Seoane, en Susan Buck-Morss, Walter Benjamin:
escritor revolucionario (Buenos Aires, Interzona Editora, 2005), pp. 169-221.

E S T É T ICA Y A N EST ÉT IC A: U NA R ECONSI DER ACIÓN DEL ENSAYO SOBR E L A OBR A DE A RT E 161
[…]

La comprensión 
benjaminiana de la experiencia
moderna es neurológica. Tiene su
centro en el shock. Aquí, como raramente en otras ocasiones, Benjamin
confía en un hallazgo específico de Freud, la idea de que la conciencia
es un escudo que protege al organismo frente a los estímulos –“energías
demasiado grandes”1– del exterior, impidiendo su retención, su huella
como memoria. Benjamin escribe: “La amenaza de esas energías es la del
shock. Cuanto más habitualmente se registra en la conciencia, tanto menos
habrá que contar con su repercusión traumática” (1972: 130). Bajo tensión
extrema, el yo utiliza la conciencia como un amortiguador, bloqueando
la porosidad del sistema sinestésico,2 aislando así la conciencia actual del
recuerdo del pasado. Sin la profundidad de la memoria, la experiencia se
empobrece.3 El problema es que en las condiciones del shock moderno –los
1 Benjamin cita a Freud: “Para el organismo vivo, defenderse frente a los estímulos es una tarea
casi más importante que la de acogerla [la huella de la memoria]; está dotada [la conciencia]
de una provisión energética propia y debe aspirar sobre todo a proteger las formas de transfor-
mación de la energía… de la influencia… ‘destructiva de las energías demasiado grandes que
trabajan en el exterior’” (citado en Benjamin 1972: 130). El texto de Freud es Más allá del prin-
cipio del placer (1921), que marca el retorno a uno de los esquemas freudianos más tempranos
de la psiquis, el proyecto de 1895 al que describió como “Psicología para neurólogos”, y que
fue publicado póstumamente como “Entwurfeiner Psychologie”. El ensayo de 1921 es el único
texto de Freud que Benjamin considera aquí.
2 La concepción del “sistema sinestésico” es compatible con la comprensión freudiana del yo
como “derivado en última instancia de sensaciones corporales, principalmente de aquellas que
brotan de la superficie del cuerpo”, el lugar desde el cual “tanto las percepciones externas como
las internas pueden brotar”; el ego “puede entonces ser pensado como proyección mental de la
superficie del cuerpo” (Freud 1923, 1960: 15-16).
3 “El recuerdo es… una manifestación elemental que tiende a otorgarnos el tiempo, que por de
pronto nos ha faltado, para organizar la recepción de los estímulos”, Paul Valéry (citado en
Benjamin 1972: 131).

E S T É T ICA Y A N EST ÉT IC A: U NA R ECONSI DER ACIÓN DEL ENSAYO SOBR E L A OBR A DE A RT E 163
shocks cotidianos del mundo moderno– responder a los estímulos sin pensar
se ha hecho necesario para la supervivencia.

Benjamin quería investigar la “fecundidad” de la hipótesis de Freud (que


la conciencia detiene el shock al impedirle penetrar con la profundidad su-
ficiente como para dejar un rastro permanente en la memoria) aplicándola
en estados de la cuestión muy distantes en los que estuvieron presentes en
la concepción freudiana” (128). Freud estaba interesado en la neurosis de
guerra, el trauma nervioso y mental originado en los campos de batalla que
era plaga entre los soldados de la Primera Guerra Mundial. Benjamin sos-
tenía que esta experiencia productora de shock del campo de batalla “se ha
convertido en norma” en la vida moderna (131). Percepciones que antaño
ocasionaban una reflexión consciente son ahora el origen de impulsos de
shock que la conciencia debe parar. En la producción industrial, no menos
que en la guerra moderna, en las multitudes en las calles y en encuen-
tros eróticos, en parques de diversiones y en casinos, el shock es la esencia
misma de la experiencia moderna. El ambiente tecnológicamente alterado
expone el sensorium humano a shocks físicos que tienen su correspondencia
en el shock psíquico, tal como testifica la poesía de Baudelaire. Registrar
el “descalabro” de la experiencia fue el “reto” de la poesía de Baudelaire:
“ha colocado, por tanto, la experiencia del shock en el corazón mismo de su
trabajo artístico” (155).4

Las respuestas motoras de conmutar y oprimir la explosión en el movi-


miento de la maquinaria tienen su contraparte psíquica en el “tiempo…
desmembrado” (154) en una secuencia de momentos repetitivos sin de-
sarrollo. El efecto sobre el sistema sinestésico5 es embrutecedor. Antes
que incorporar el mundo exterior como una forma de fortalecimiento, en

4 Añade: “Baudelaire habla del hombre que se sumerge en la multitud como en una reserva de
energía eléctrica. Trazando la experiencia del shock, le llama enseguida ‘caleidoscopio provisto
de conciencia’” (Benjamin 1972: 147).
5 Benjamin utiliza aquí el término “sinestesia” en conexión con la teoría de las correspondencias
(1972: 154). Puede haber estado consciente de que el término es usado en la fisiología para
describir una sensación en una parte del cuerpo cuando otra parte es estimulada; y, en psico-
logía, para describir el momento en que un estímulo sensorial, por ejemplo el color, evoca otra
sensación, por ejemplo el olor. Mi uso del término “sinestésico” se acerca a estos; identifica la
sincronía mimética entre estímulo exterior (percepción) y estímulo interior (sensaciones cor-
porales, incluyendo recuerdos sensoriales) como el elemento crucial de la cognición estética.

164 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


una “inervación”, 6 se utilizan las capacidades miméticas para desviarlo.
La sonrisa que aparece automáticamente en el paseante previene contra el
contacto, un reflejo que “figuraba entonces como amortiguador mímico de
choques” (148).

En ninguna parte es más obvia la función de la mímesis como reflejo de-


fensivo que en la fábrica, en donde (Benjamin cita a Marx) “…aprenden
los obreros a coordinar ‘su propio movimiento al siempre uniforme de un
autómata’” (147).7 “La pieza trabajada alcanza ese [el del obrero] radio de
acción sin contar con la voluntad del obrero. Y se sustrae a éste con igual
obstinación” (148). La explotación debe ser entendida aquí como categoría
cognitiva, no como categoría económica: el sistema fabril, al dañar cada
uno de los sentidos, paraliza la imaginación del trabajador. Su trabajo “…
se hace impermeable a la experiencia…”; la memoria es reemplazada por
respuestas condicionadas, el aprendizaje por el “adiestramiento”, la destre-
za por la repetición: “El ejercicio pierde… su derecho” (148).

La percepción deviene experiencia sólo cuando se conecta con recuerdos


sensoriales del pasado; pero para el “ojo sobrecargado con funciones de
seguridad” que mantienen a raya las impresiones, “la mirada… prescinde
de perderse soñadoramente en la lejanía” (168).8 Ser “defraudado en su
experiencia” se ha convertido en el estado general del hombre moderno
(153), en tanto se le ordena al sistema sinestésico que detenga los estímulos
tecnológicos para proteger al cuerpo del trauma de accidente y a la psique
del shock perceptual. Como resultado, el sistema invierte su rol. Su objetivo

6 “Inervación” es el término de Benjamin para referirse a una recepción mimética del mundo
exterior, una que es fortalecedora, a diferencia de una adaptación mimética que protege al
precio de paralizar el organismo, privándolo de su capacidad para la imaginación y, consecuen-
temente, de responder en forma activa.
7 Benjamin continúa, citando El capital: “Es común a toda producción capitalista… que no
sea el obrero el que se sirva de las condiciones de trabajo, sino al revés, que éstas se sirvan
del obrero; pero sólo con la maquinaria cobra esta inversión una realidad técnicamente pal-
pable” (1972: 147).
8 La observación de Benjamin está en completo acuerdo con la investigación neurológica. El
neurólogo Frederick Mettler informa acerca de “una contradicción” entre la calma reflexiva
necesaria para ser creativo (e inventar máquinas) y la destrucción de este medio ambiente
calmo “por parte de las mismas máquinas y de la acrecentada productividad que la mente re-
flexiva crea”. Apunta que uno simplemente tiene que estar presente para conducir un automóvil,
mientras que la reflexión creativa es “distraída” (1956: 51).

E S T É T ICA Y A N EST ÉT IC A: U NA R ECONSI DER ACIÓN DEL ENSAYO SOBR E L A OBR A DE A RT E 165
es adormecer el organismo, retardar los sentidos, reprimir la memoria: el
sistema cognitivo de lo sinestésico ha devenido un sistema anestésico. En
esta situación de “crisis en la percepción” ya no se trata de educar al oído
no refinado para que escuche música, sino de devolverle la capacidad de oír.
Ya no se trata de entrenar al ojo para la contemplación de la belleza, sino
de restaurar la “perceptibilidad” (163).9

El aparato técnico de la cámara, incapaz de “devolvernos la mirada”, capta


la insensibilidad de los ojos que se enfrentan a la máquina, ojos que “han
perdido la facultad de mirar” (164). Por supuesto, los ojos aún ven. Bom-
bardeados por impresiones fragmentarias, ven demasiado, y no registran
nada. Así, la concurrencia de sobreestímulo y de torpor es característica de
la nueva organización sinestésica como anestésica. La inversión dialéctica
por la cual la estética pasa de ser un modo cognitivo de estar “en contacto”
con la realidad a ser una manera de bloquear la realidad, destruye el poder
del organismo humano de responder políticamente, incluso cuando está
en juego la autopreservación "quien ya no quiere hacer ninguna experien-
cia… no está ya en situación de distinguir el amigo probado del enemigo
mortal” (158).

VII

La anestésica se convirtió en una técnica elaborada en el tramo final del


siglo XIX . Mientras que las defensas corporales autoanestesiantes son en
su mayor parte involuntarias, estos métodos implicaron una manipulación
consciente, intencional, del sistema sinestésico. A las formas narcóticas de
la Ilustración ya existentes, como el café, el tabaco, el té y los licores, se
añadió un vasto arsenal de drogas y prácticas terapeúticas, desde el opio, el
éter y la cocaína hasta la hipnosis, la hidroterapia y el electro-shock.

Las técnicas anestésicas fueron prescriptas por los doctores contra la

9 En este contexto, el cine reconstituye la experiencia, estableciendo “la percepción a modo de


shock… como principio formal” (Benjamin 1972: 147). Cómo se construye un filme, si es que
se abre camino por entre el escudo adormecedor de la conciencia o meramente proporciona
“adiestramiento” para el fortalecimiento de sus defensas, deviene un problema de gran impor-
tancia política.

166 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


enfermedad de la “neurastenia”, identificada en 1869 como constructo
patológico.10 En las descripciones decimonónicas de los efectos de la neu-
rastenia llama la atención la desintegración de la capacidad para la ex-
periencia, exactamente como en la consideración benjaminiana del shock.
Las metáforas dominantes para la enfermedad reflejan lo siguiente: nervios
“destrozados”, “colapso” nervioso, “hacerse añicos”, “fragmentación” de la
psique. El desorden era causado por “exceso de estimulación” (sthenia) y
por la “incapacidad para reaccionar a los mismos” (asthenia). La neuraste-
nia podía ser provocada por “exceso de trabajo”, por el “desgaste natural”
de la vida moderna, por el trauma físico de un accidente ferroviario, por
la “creciente carga [de la civilización moderna] sobre el cerebro y sus tri-
butarios”, por “los efectos dañinos atribuidos… al predominio del sistema
fabril” (citado en Oppenheim 1991: 44, 87, 95, 96, 101, 105).

Los remedios contra la neurastenia podían incluir baños calientes o un viaje


a la costa marítima, pero el tratamiento más común eran las drogas. La
“principal” de todas las drogas utilizadas contra el “agotamiento nervioso”
era el opio, a causa de su impacto doble: “… excita y estimula por un breve
periodo las neuronas y luego las deja en un estado de tranquilidad, que es
el más propicio para su nutrición y reparación” (Thomas Dowse, citado en
Oppenheim 1991: 114-115). Los opiáceros fueron “… la droga infantil líder
a lo largo del siglo XIX” (113). Las madres que trabajaban en las fábricas
drogaban a sus niños como forma de cuidado. Los anestésicos eran pres-
criptos como inductores de sueño para aquellos que sufrían de insomnio
y como tranquilizantes para los desiquilibrados mentales (M. S. Pernick
1985: 83). La obtención de opicáceos no estaba regulada: los remedios de
patente (tónicos nerviosos y calmantes de todo tipo) eran mercancías trans-
nacionales que producían mucho dinero, comercializadas y vendidas sin
control gubernamental.11 La cocaína, extraída por primera vez de la coca
peruana por el doctor Albert Niemann en 1859, era ampliamente utilizada
hacia fines del siglo (O. H. Waggenteen y S. D. Wagensteen 1978). Las
10 El término “neurastenia” fue divulgado por el doctor neoyorquino George Miller Beard. Hacia
1880 había adquirido un lugar prominente en las discusiones europeas. El mismo Beard sufría
de debilitamiento nervioso, y se propinó a sí mismo electroterapia (shocks) “para volver a llenar
las provisiones agotadas de fuerza nerviosa” (Oppenheim 1991: 120).
11 Los controles (por ejemplo, en Inglaterra la Ley de Farmacia y Veneno, de 1908) no fueron
aprobados hasta el siglo XX.

E S T É T ICA Y A N EST ÉT IC A: U NA R ECONSI DER ACIÓN DEL ENSAYO SOBR E L A OBR A DE A RT E 167
jeringas hipodérmicas estuvieron disponibles para llevar a cabo inyecciones
subcutáneas a partir de 1860 (Oppenheim 1991: 114). El uso de anestésicos
en cirugías médicas data, no accidentalmente,12 de este mismo período de
experimentación manipulativa con los elementos del sistema sinestésico.
“Los juegos de éter”, la versión decimonónica de la inhalación de pega-
mento, tenía lugar en fiestas, en las cuales se inhalaba “gas brillante” (óxido
nitroso), que producía “sensaciones voluptuosas”, “impresiones visibles des-
lumbrantes”, “una sensación de extensión altamente placentera tangible en
cada miembro”, “visiones fascinantes”, “un mundo de nuevas sensaciones”,
un nuevo “universo compuesto de impresiones, ideas, placeres y dolor”.13 No
fue hasta mediados de siglo que se desarrollaron las implicaciones prácticas
para la cirugía. Sucedió en los Estados Unidos cuando, de manera indepen-
diente, estudiantes de medicina de Georgia y de Massachusetts participa-
ron de estos “juegos”. Un cirujano de Georgia, Crawford W. Long, notó
que aquellos que se lastimaban durante las celebraciones no sentían dolor.
En una reunión en Massachusetts, estudiantes de medicina les dieron éter
a ratas en dosis lo suficientemente altas como para inmovilizarlas y produ-
cirles una insensibilidad total. Crawford Long utilizó anestésicos exitosa-
mente en varias operaciones en 1842. En 1844, un dentista de Hartford,
Connecticut, llevó a cabo extracciones dentales con óxido nitroso. En 1846,
en una atmósfera mucho más sobria y legítima que “los juegos de éter”, tuvo
lugar la primera demostración pública del uso de la anestesia general en el
Hospital General de Massachusetts (Wangensteen y Wangensteen 1978:
277-279), desde donde este “descubrimiento maravilloso” (Prescott 1964:
28) se diseminó rápidamente hacia Europa.14

12 No he encontrado referencias a las prácticas de Charles Bell durante la cirugía, pero su contra-
parte francesa, Larry, cirujano para el ejército de Napoléon, congelaba con hielo los miembros
que debían ser amputados o golpeaba al paciente hasta dejarlo inconsciente. Larry deseaba expe-
rimentar con óxido nitroso, que era conocido en su tiempo, pero la mayor parte de la Academia
Real Francesa consideró que la sugerencia orillaba lo criminal (ver Prescott 1964: 18-28).
13 Efectos del óxido nitroso relatados en Prescott (1964: 19).
14 La aceptación de la anestesia no se dio sin resistencias. La codificación cultural del significado
del dolor incluía una fuerte tradición que sostenía que el dolor era “natural” o buscando por
Dios, especialmente durante los nacimientos, y benéfico para la curación. La resistencia a la
insensibilidad provocada por la anestesia general era también política: Elizabeth Cady Stanton
“se opuso a que una mujer entregara su conciencia y su cuerpo a un doctor hombre” (Pernick
1985: 16-61). “Mucho tiempo después de 1846, el atontamiento alcohólico seguía siendo un
calmante quirúrgico aceptable” (178).

168 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


VIII
No era poco usual en el siglo XIX que los cirujanos se volvieran adictos a las
drogas (Wangensteen y Wangensteen 1978: 293). El experimento personal
de Freud con la cocaína es bien conocido. Elizabeth Barrett Browning fue
adicta a la morfina desde su tardía juventud. Samuel Coleridge comenzó
su adicción de toda una vida a la edad de 24. Charles Baudelaire utilizaba
el opio. Hacia mediados del siglo XIX el consumo habitual de drogas era
“excesivo entre los pobres” y “se extendía” entre “los ricos, aun entre la
realeza” (Oppenheim 1991: 113).

La adicción a las drogas es característica de la modernidad. Es el correlato y la


contraparte del shock. El problema social de la adicción a las drogas, sin embar-
go, no es equivalente al problema (neuro) psicológico, porque una adaptación
al shock libre de las drogas, no amortiguada, puede resultar fatal.15 Pero el pro-
blema cognitivo (consecuentemente, político) yace en otra parte. La experien-
cia de la intoxicación no se limita a las transformaciones bioquímicas inducidas
por las drogas. En el siglo XIX se hace de la realidad misma un narcótico.

La palabra clave para entender este desarrollo es “fantasmagoría”. El térmi-


no tuvo su origen en Inglaterra en 1802, como el nombre de una exhibición
de ilusiones ópticas producidas por linternas mágicas. Describe una apa-
riencia de realidad que engaña los sentidos por medio de la manipulación
técnica. Y así como en el siglo XIX se multiplicaron las nuevas tecnologías,
también se multiplicó el potencial para los efectos fantasmagóricos.16
15 Ver Hans Selye (1976: 307). En un artículo publicado el mismo año que el ensayo de la obra
de arte de Benjamin (1936), Selye definió por primera vez el “Síndrome de estrés” como una
“enfermedad de adaptación”, esto es, una incapacidad del organismo para satisfacer una exi-
gencia [no específica] que se le formula con reacciones adaptativas del cuerpo”. El estrés era “el
denominador común de todas las reacciones adaptativas del cuerpo”. Si la exigencia externa se-
guía sin disminuir, atravesaba tres fases: reacción de alarma (resistencia general a la exigencia),
adaptación (un intenso, exitoso en el corto plazo, de coexistir), y, finalmente, el agotamiento,
que resultaba en pasividad (falta de resistencia y, posiblemente, muerte).
16 La tecnología entonces se desarrolla con una doble función. Por un lado, extiende los sentidos
humanos, incrementando la agudeza de la percepción, y fuerza al universo a la penetración por
parte del aparato sensorial humano. Por otro lado, precisamente porque esta extensión técnica
deja los sentidos expuestos, la tecnología se repliega sobre los sentidos como protección bajo la
forma de ilusión, asumiendo el papel del yo para proporcionar aislamiento defensivo. El desa-
rrollo de la maquinaria como herramienta tiene un correlato en el desarrollo de la maquinaria
como armadura (ver más adelante). Se sigue que el sistema sinestésico no es una constante en
la historia. Extiende su alcance, y es por medio de la tecnología como esa extensión tiene lugar.

E S T É T ICA Y A N EST ÉT IC A: U NA R ECONSI DER ACIÓN DEL ENSAYO SOBR E L A OBR A DE A RT E 169
En los interiores burgueses del siglo XIX , los amoblamientos proveían una
fantasmagoría de texturas, tonos y placer sensual que sumergía al habitan-
te del hogar en un ambiente total, un mundo de ensueño privatizado que
funcionaba como escudo protector para los sentidos y las sensibilidades
de la nueva clase dominante. En el Passagen-Werk, Benjamin registra la
diseminación de formas fantasmagóricas en el espacio público: los pasajes
de París, en donde las hileras de vidrieras creaban una fantasmagoría de
mercancías en exhibición; panoramas y dioramas que engullían al espec-
tador en un fingido ambiente total en miniatura; y las Ferias Universales,
que expandían este principio fantasmagórico hacia áreas del tamaño de
ciudades pequeñas. Estas formas decimonónicas son las precursoras de
los grandes centros de compras, parques temáticos y pasajes de videojue-
gos de la actualidad, así como de los ambientes totalmente controlados
de los aviones (en los cuales uno se sienta enchufado a imagen, sonido
y servicio de alimentación), el fenómeno de la “burbuja turística” (en la
cual las “experiencias” del viajero están monitoreadas y controladas de
antemano), el ambiente audiosensorial individualizado del “walkman”, la
fantasmagoría visual de la publicidad, el sensorio táctil de los gimnasios
llenos de equipos Nautilus.

Las fantasmagorías son una tecnoestética. Las percepciones que sumi-


nistran son lo suficientemente “reales”; su impacto sobre los sentidos y
los nervios es todavía “natural” desde un punto de vista neurofísico. Pero
su función social es, en cada uno de los casos, compensatoria. Su obje-
tivo es la manipulación del sistema sinestésico por medio del control de
los estímulos ambientales. Tiene el efecto de anestesiar el organismo,
no a través del adormecimiento, sino a través de una inundación de los
sentidos. Estos sensoria estimulados alteran la conciencia, casi como una
droga, pero lo hacen por medio de la distracción sensorial antes que de
la alternación química y, muy significativamente, sus efectos son experi-
mentados de manera colectiva más que individual. Todos ven el mismo
mundo alterado, experimentan el mismo ambiente total. Como resulta-
do, a diferencia de lo que sucede con las drogas, la fantasmagoría asume
la posición de un dato objetivo. Mientras que los adictos a las drogas se
enfrentan a una sociedad que cuestiona la realidad de sus percepciones
alteradas, la intoxicación de la fantasmagoría deviene la norma social.

170 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


La adicción sensorial a una realidad compensatoria deviene medio de
control social.

El papel del “arte” en este desarrollo es ambivalente dado que, bajo estas
condiciones, la definición del “arte” como experiencia sensual que se dis-
tingue precisamente por su separación de la “realidad” se hace difícil de
sostener. Gran parte del “arte” ingresa en el campo de la fantasmagoría
como entretenimiento, como parte del mundo de las mercancías. Los efec-
tos de la fantasmagoría existen en múltiples niveles, como es visible en la
pintura de fin de siglo de Franz Skarbina.17 La vista es de la Feria Universal
de París en 1901, retratada en esa forma de doble ilusión que representa
el alumbrado en la noche. La pintura es una Stimmungsbild, una “pintura
de estado de ánimo”, un género, entonces a la moda, que buscaba retratar
una atmósfera o “humor” más que un tema. A pesar de la profundidad de
perspectiva, el placer visual es proporcionado por la superficie luminosa de
la pintura, que resplandece sobre la escena como un velo. John Czaplicka
escribe: la ciudad es “… reducida a un estado de ánimo del espectador
… La experiencia del lugar … es más emocional que racional … Hay
una sutil negación de la ciudad como artificio … y una sutil renuncia a
la responsabilidad de la humanidad por haber construido este ambiente”
(Czaplicka 1990: 15).

Benjamin describe al flaneur como autoentrenado en esta facultad de


distanciarse, convirtiendo así la realidad en una fantasmagoría: más que
estar atrapado en la multitud, aminora su paso y la observa, extrayendo
un patrón de su superficie. Ve a la multitud como un reflejo de su humor
onírico, una “embriaguez” para los sentidos.

El sentido de la vista fue privilegiado en este sensorium fantasmagórico


de la modernidad. Pero la vista no estaba afectada de manera exclusiva.
Las perfumerías florecieron en el siglo XIX , sus productos abrumaron el

17 Ver la discusión de John Czaplicka sobre esta pintura en “Pictures of a City at Work, Berlin,
circa 1890-1930: Visual Reflections on Social Structures and Technology in the Modern Ur-
ban Construct” (1990: 12-16). Estoy agradecida al autor por señalar la relevancia de la Stim-
mungsbild para esta discusión.

E S T É T ICA Y A N EST ÉT IC A: U NA R ECONSI DER ACIÓN DEL ENSAYO SOBR E L A OBR A DE A RT E 171
sentido olfativo de una población ya asediada por los olores de la ciudad.18
La novela de Zola Le Bonheur des Dames describe la fantasmagoría de las
grandes tiendas con el tacto a través de las hileras de mostradores colma-
dos de telas y vestimentas. En lo que respecta al gusto, los refinamientos
gustativos parisinos ya habían alcanzado un nivel exquisito en la Francia
postrevolucionaria, cuando los cocineros que solían trabajar para la noble-
za comenzaron a buscar empleo en restaurantes. Es significativo para los
efectos anestésicos de estas experiencias que la singularización de cual-
quiera de estos sentidos por medio de una estimulación intensa tiene el
efecto de adormecer al resto.19

[…]

Marx hizo famoso el término “fantasmagoría”, utilizándolo para descri-


bir el mundo de las mercancías que, en su mera presencia visible, oculta
todo rastro del trabajo que las produjo. Echan un velo sobre el proceso
productivo y, al igual que las pinturas de estados de ánimo, alientan a
sus espectadores a identificarlas con sueños y fantasías subjetivas. Adorno
comenta sobre la teoría de las mercancías de Marx que su fantasmagoría
“… le proporciona un reflejo a la subjetividad al enfrentar al sujeto con
el producto de su propio trabajo, pero de tal manera que el trabajo que
se ha depositado en él ya no es identificable”, antes bien, “el soñador en-
cuentra su propia imagen impotentemente” (Adorno 1981: 91). Adorno
sostiene que la ilusión engañosa del arte de Wagner es análoga.20 La tarea
de su música es ocultar la alienación y la fragmentación, la soledad y el
empobrecimiento sensual de la existencia moderna, que era el material a
partir del cual estaba compuesta: “… la tarea de la música [de Wagner] es
entibiar las relaciones alienadas y cosificadas del hombre y hacerlas sonar
como si todavía fueran humanas” (91). El mismo Wagner habla de “…

18 Benjamin: “… el reconocimiento de un aroma … adormece la conciencia del paso del tiempo”


(1972: 158).
19 Ver M. McLuhan (1964: 53). Esta especialización de la estimulación sensorial causa un desa-
rrollo de los sentidos; en las sociedades industriales son transformados a diferente velocidades.
20 Adorno señala que la obra de Wagner se parecía a “… los bienes de consumo del siglo XIX que
no conocían otra ambición que la de ocultar todo signo del trabajo depositado en ellos, tal vez
porque cualquiera de esos rastros le hacía recordar a la gente demasiado vehementemente la
apropiación del trabajo de los otros, una injusticia que aún podía sentirse” (1981: 83).

172 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


hacer sanar las heridas con las cuales el escalpelo anatómico ha desgarra-
do el cuerpo del lenguaje”.21

[…]

La fábrica era la contraparte del teatro de ópera en el mundo del trabajo,


una especie de contra-fantasmagoría basada en el principio de fragmen-
tación en vez de en la ilusión de totalidad. El capital de Marx, escrito en
la década de 1860 y por lo tanto contemporáneo a las óperas de Wagner,
describe la fábrica como ambiente total:

Cada órgano de los sentidos es dañado en el mismo grado por la


elevación artificial de la temperatura, por la atmósfera cargada de
polvo, por el sonido ensordecedor, sin mencionar el peligro para la
vida y para los miembros entre la maquinaria densamente poblada,
que, con la regularidad de las estaciones, pone en circulación su
lista de los muertos y heridos en la batalla industrial (Marx, El
Capital, vol. 1, capítulo, sección 4).

El escritor alemán Ernst Jünger, herido en reiteradas oportunidades en


la Primera Guerra Mundial, escribió más tarde que los “sacrificios” a la
destrucción tecnológica –no sólo los desastres de guerra sino también los
accidentes industriales y de tránsito– sucedían ahora con predecibilidad

21 En este contexto podemos entender el elogio que Benjamin le prodiga a Baudelaire, un con-
temporáneo de Wagner y Marx, por enfrentarse al shock moderno con la cabeza alta y por ser
capaz de registrar en su poesía precisamente la sensualidad fragmentada y chirriante, incluso
dolorosa, de la experiencia moderna de un modo que perfora y traspasa el velo fantasmagórico.
Escribe que “La prueba que se puede ofrecer de que esta poesía [la de Baudelaire] transcribe
los sueños de un consumidor del hashish, no invalida en absoluto esta interpretación” (Das
passagen-Werk. 1972c, v.5: 58). (Para los experimentos del propio Benjamin con el hashish, ver
Gesammelte Schriften, v. 6). En verdad, en una época de adormecimiento sensorial como defensa
cognitiva, Benjamin sostenía que la percepción de la verdad de la experiencia moderna “rara
vez había de tenerse en estado sobrio”.

E S T É T ICA Y A N EST ÉT IC A: U NA R ECONSI DER ACIÓN DEL ENSAYO SOBR E L A OBR A DE A RT E 173
estadística.22 Han pasado a ser aceptados como rasgos evidentes de la exis-
tencia, provocando así que el “trabajador”, como el nuevo “tipo” moderno,
desarrolle una “segunda conciencia”: “Esta segunda y más fría conciencia
está señalada en la capacidad desarrollada cada vez más agudamente de
verse a uno mismo como un objeto” (1980: 181). Mientras que la “autorre-
flexión” de la psicología al “viejo estilo” tenía como objeto el “ser humano
sensible”, esta segunda conciencia “… se dirige a un ser que se sitúa fuera
de la zona de dolor” (181). Jünger conecta esta perspectiva cambiada con la
fotografía, ese “ojo artificial” que “ataja la bala en el momento del vuelo de
la misma manera que al ser humano en el instante de ser hecho trizas por
una explosión” (182). Los órganos sensoriales poderosamente protéticos
de la técnica son el nuevo “yo” de un sistema sinestésico transformado.
Ahora son ellos los que proporcionan la superficie porosa entre lo interior
y lo exterior, que es tanto órgano perceptivo como mecanismo de defensa.
La tecnología como herramienta y como arma extiende el poder humano
–intensificando al mismo tiempo la vulnerabilidad de lo que Benjamin
llamaba “… el minúsculo y quebradizo cuerpo humano”– 23 y de tal modo
produce contra el “orden más frío” que ella misma crea. Jünger escribe
que los uniformes militares siempre han tenido un protector “carácter de
defensa”; pero ahora, “la tecnología es nuestro uniforme”:

Es el orden tecnológico mismo, ese gran espejo en el cual las cre-


cientes objetivaciones de nuestra vida aparecen más claramente y
que está sellado contra la garra del dolor de un modo especial …
Nosotros, sin embargo, nos situamos demasiado profundamente
en el proceso como para ver esto … Esto es todavía más cierto en

22 Como parte de la “profesionalización” de la medicina y de la despersonalización del paciente,


las estadísticas establecieron normas para la práctica quirúrgica y, para el fin del siglo XIX,
debido a este conocimiento estadístico, las compañías de seguros de salud pasaron a ser una
posibilidad histórica. Permitieron calcular el sufrimiento humano: “No importa quién muere;
lo que cuenta es la relación de los casos con las obligaciones de la compañía” (Adorno y Hor-
kheimer 1997: 132).
23 Escribe en “El narrador” acerca del empobrecimiento de la experiencia como consecuencia de
la Primera Guerra: “Una generación que todavía había ido a la escuela en tranvía tirado por
caballos, se encontró súbitamente a la intemperie, en un paisaje en que nada había quedado
incambiado a excepción de las nubes. Entre ellas, codeado por un campo de fuerza de co-
rrientes devastadoras y explosiones, se encontraba el minúsculo y quebradizo cuerpo humano”
(Benjamin 1972 b: 112).

174 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


tanto el carácter confortable de nuestra tecnología [léase, función
fantasmagórica] se funde cada vez más inequívocamente con su
característica de fuerza instrumental (1972: 182).

En el “gran espejo” de la tecnología, la imagen que vuelve está desplazada,


reflejada en un plano diferente, en el que uno se ve como un cuerpo físi-
co divorciado de la vulnerabilidad sensorial; un cuerpo estadístico, cuyo
comportamiento puede ser calculado; un cuerpo actuante, cuyas acciones
pueden medirse con respecto a la “norma”; un cuerpo virtual, que puede
soportar los shocks de la modernidad sin dolor. Tal como escribe Jünger:
“Todo sucede como si el ser humano estuviera poseído por el esfuerzo de
crear un espacio en el cual el dolor … pueda ser considerado una ilusión”
(1980: 184).

Hemos visto que Adorno consideraba el Art Nouveau una continuación


de la fantasmagoría de Wagner, similar a la de la mercancía. De nuevo, la
unidad de superficie suministraba el efecto fantasmagórico. Justo antes de
la guerra, este movimiento negaba la experiencia de la fragmentación re-
presentando al cuerpo como superficie ornamental, como si se reflejara en
el interior del escudo protector de la técnica. El estallido de la guerra volvió
imposible esa negación. El Manifiesto Dada de Berlín de 1918 anunciaba:
“El arte más elevado será el que en su contenido consciente presente los
problemas de mil pliegues del día, el arte que haya sido visiblemente res-
quebrajado por las explosiones de la semana pasada, que siempre está tra-
tando de recolectar sus miembros después del estallido de ayer” (citado en
Hughes 1991: 68). Es posible leer los retratos de los artistas expresionistas
como si mostraran en la superficie de los rostros, sin armadura y expuesta,
la impresión material de ese estallido tecnológico (esto se opone por com-
pleto a la interpretación fascista del expresionismo como arte degenerado,
que ontologiza la apariencia superficial y reduce la historia a la biología).
El vigoroso movimiento de posguerra del fotomontaje también hizo del
cuerpo fragmentado su material y sustancia.24 Pero el efecto consistía en
volver a juntar los fragmentos en imágenes que parecían impermeables al
dolor. Por ejemplo, en el montaje de 1926 de Hannah Höch Monumento

24 En el ensayo sobre Baudelaire, Benjamin habla positivamente del montaje cinematográfico en


tanto hace de la fragmentación un principio constructivo.

E S T É T ICA Y A N EST ÉT IC A: U NA R ECONSI DER ACIÓN DEL ENSAYO SOBR E L A OBR A DE A RT E 175
II: Vanidad, la imagen está unificada con precisión, creando una superficie
coherente, aunque perturbadora, que sin embargo no tiene la unidad im-
puesta de lo fantasmagórico.

Al mismo tiempo, el modelo de superficie, como representación abstracta


de la razón, la coherencia y el orden, se volvió la forma dominante a la hora
de retratar el cuerpo social que la tecnología había creado, y que en efecto
no podía ser percibido de otro modo. En 1933, Jünger escribió la introduc-
ción a un libro de fotografías, en el cual las ciudades y los campos alemanes
forman un diseño de superficie caracterizado por su orden abstracto, que es
el sello distintivo de la tecnología instrumental. La misma estética aparece
en el “plan” soviético: su cuadro organizativo de 1924 muestra a toda la
sociedad desde la perspectiva del poder centralizado, en términos de sus
unidades productivas: desde el acero a las cerillas.

En estas imágenes, la estética de la superficie le devuelve al observador


una percepción que refuerza la racionalidad del todo del cuerpo social que,
cuando es visto desde el cuerpo particular del observador, es percibido
como amenaza a la integridad. Y sin embargo, si el individuo encuentra
un punto de vista desde el cual puede verse como un todo, el tecnocuerpo
social desaparece del campo visual. En el fascismo, y esto es clave en la
estética fascista, este dilema de la percepción es superado por una fantas-
magoría del individuo como parte de una multitud que forma ella misma
un todo integral –un “adorno masivo”, para usar el término de Siegfried
Kracauer, que se deleita en una estética de la superficie, un patrón desindi-
vidualizado, formal y regular–, parecido al del plan soviético. La ur-forma
de esta estética está ya presente en las óperas de Wagner, en la puesta
en escena del coro, que anticipa el saludo de la multitud a Hitler. Pero
como para que no olvidemos que el fascismo no es en sí responsable de
la percepción transformada, las producciones musicales de la década del
1930 utilizaron ese mismo motivo de diseño (Hitler era aficionado a los
musicales norteamericanos).

176 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


XI

Volvemos, después de un largo rodeo, a las preocupaciones de Benjamin


hacia el final del ensayo de la obra de arte; la crisis en la experiencia cog-
nitiva causada por la alienación de los sentidos que hace posible que la
humanidad contemple su propia destrucción con placer. Recuerden que
este ensayo fue publicado por primera vez en 1936. Ese mismo año Jacques
Lacan viajó a Marienbad para dar una conferencia en la Asociación Inter-
nacional Psicoanalítica en la que formulaba por primera vez su teoría del
“estadio del espejo”.25 Describió el momento en que el infante de seis a die-
ciocho meses reconoce triunfalmente su imagen en el espejo y se identifica
con ella como unidad corporal imaginaria. Esta experiencia narcisista del
yo como “reflejo” especular es una experiencia de falso (re)conocimiento.
El sujeto se identifica con la imagen como “forma” (Gestalt) del yo, de un
modo que encubre su propia falta. Esto conduce, retroactivamente, a una
fantasía del “cuerpo fragmentado” (corps morcelé). Hal Foster ha situado
esta teoría en el contexto histórico del fascismo temprano, y señaló las
conexiones personales entre Lacan y los artistas surrealistas que hacían del
cuerpo fragmentado su propio tema.26 Creo que se puede llevar muy lejos
la importancia de esta contextualización, de tal manera que el estadio del
espejo pueda ser leído como una teoría del fascismo.

La experiencia que describe Lacan puede (o no) ser un estadio universal


en la psicología evolutiva, pero su importancia en términos psicoanalíticos
sólo llega a posteriori, como acción deferida (Nachträglichkeit), cuando el
recuerdo de esta fantasía infantil se dispara en la memoria del adulto por
algo en su situación presente. Así, el significado de la teoría de Lacan
emerge sólo en el contexto histórico de la modernidad precisamente como
la experiencia del cuerpo frágil y de los peligros de su fragmentación, frag-
mentación que replica el trauma del suceso infantil original (la fantasía
del corps morcelé). El mismo Lacan reconocía la especificidad histórica de
los desórdenes narcisistas, comentando que el artículo más importante de
Freud sobre narcisismo no accidentalmente “… data del comienzo de la
25 Esta conferencia nunca fue publicada. Una versión diferente, la que se cita aquí, apareció en
1949.
26 Ver Foster 1991. Esta sección está fuertemente en deuda con las sugerencias de Foster.

E S T É T ICA Y A N EST ÉT IC A: U NA R ECONSI DER ACIÓN DEL ENSAYO SOBR E L A OBR A DE A RT E 177
guerra de 1914, y es bastante conmovedor pensar que era en ese momento
cuando Freud estaba desarrollando tal construcción” (Lacan 1988: 118).

El día siguiente al de su conferencia, Lacan abandonó el Congreso y tomó


un tren a Berlín, para asistir a los Juegos Olímpicos que se desarrollaban
allí.27 En una nota al ensayo sobre la obra de arte, Benjamin hace un co-
mentario sobre estas Olimpiadas modernas, las cuales, dice, difieren de sus
modelos antiguos en tanto son menos un certamen que un procedimiento
de medición exacto, técnico, una forma del test antes que una competencia
(Benjamin 1972 c: 1039). Tomando elementos de Jünger, Foster señala que
el fascismo exhibía el cuerpo físico como una especie de armadura contra
la fragmentación y también contra el dolor. El cuerpo acorazado, mecani-
zado, con su superficie galvanizada y su rostro metálico y anguloso propor-
ciona la ilusión de invulnerabilidad. Es el cuerpo visto desde el punto de
vista de la “segunda conciencia”, descripta por Jünger como “adormecida”
contra el sentimiento. (¡La palabra “narcisismo” tiene la misma raíz que
“narcótico”!) Pero si el fascismo tenía éxito con la representación del cuer-
po-como-armadura, no es ésta la única de sus formas estéticas relevante
para nuestra problemática.

27 Para un relato del viaje desde Marienbad a Berlín, ver D. Macey 1988.

178 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


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L A FA B R I CAC I Ó N
DEL VICIO*

Henrique Carneiro

* De Henrique Carneiro, A fabricação do vicio (2002). Recuperado de http://www.neip.info/


downloads/t_hen1.pdf. Traducción de Mónica González García.
Parte de este texto fue presentado en la conferencia “La construcción del vicio como enferme-
dad: el consumo de drogas y la medicina”, en el XIII Encuentro Regional de Historia (Anpuh,
MG) el 15 de Julio de 2002, en Belo Horizonte..

L A FA B R I C AC I Ó N D E L V I C I O 181
La virtud es sentir dolor seguido de placer;
el vicio, sentir placer seguido de dolor.
Margaret Mead1

Así como el derecho le impide al poder humano invadirnos la


conciencia, también le impide traspasar nuestra epidermis. Una
envuelve la región moral del pensamiento. La otra, la región
fisiológica del organismo. De estas dos regiones se forma el
dominio impenetrable de nuestra personalidad.
Rui Barbosa (1904) 2

La historia de  ciertos conceptos médicos es


esencialmente política, o sea, li-
gada al poder y a los intereses materiales de instituciones, clases, camadas y
grupos sociales.3 Tal vez el concepto médico más controvertido del último
siglo sea el de “dependencia” de las drogas. En la actualidad, éste es el
término más apropiado según la nomenclatura normativizada internacio-
nalmente por la OMS, aunque antes de él hubo otros términos análogos e
igualmente oficiales en sus épocas, como “adicción”, “hábito”, “trastornos
de la voluntad”, “insania moral”.

La construcción política de los conceptos conecta al Estado con la Medici-


na pues la “historia social del lenguaje es básicamente una cuestión de po-
der” (Burke 1987). Existen conceptos investidos de alto poder simbólico,

1 Citado en Vincent (1986: 199).


2 Citado en Lopes (2001: 57).
3 Thomas Szasz (1974) fue uno de los primeros en presentar una crítica política a la institución
de la medicina y en denunciar el control de las drogas como farmacocracia. Iván Illich, con
La expropiación de la salud. Némesis de la medicina (1975), además de una tradición francesa
que viene de G. Canguilhem, F. Dagognet hasta Michel Foucault, entre otros, son también
referencias básicas.

L A FA B R I C AC I Ó N D E L V I C I O 183
conceptos “tótems” según escribe Berridge (1994). La demonización del
“drogado” y la construcción de un significado supuesto para el concepto
“droga” alcanza en la época contemporánea un auge inédito. Un fantasma
ronda el mundo, el fantasma de la droga, alzado a la condición de peor de
los flagelos de la humanidad.

Pero a fin de cuentas, ¿qué es la dependencia de las drogas? Hábito, vi-


cio, necesidad, deseo, voluntad. En la definición actualmente aceptada,
el “abuso” se distinguiría del “uso” por producir un cuadro de tolerancia,
síndrome de abstinencia, compulsividad, desestructuración de la vida per-
sonal y persistencia en el consumo, pese a los efectos nocivos.4

El surgimiento del concepto, así como del personaje, es simultáneo a muchos


otros como el “homosexual”, el “alienado”, el “erotómano”, la “ninfómana”, el
“onanista”. Antes de aquel momento impreciso que adquiere sus contornos
a principios del siglo XIX, beber demasiado no era una enfermedad. Como
mucho, una prueba de mal carácter o de falta de auto-control. La embriaguez
no suprimía la voluntad y, además, no se distinguía entre deseo y voluntad
de beber; no había vocabulario que expresara la existencia de una compul-
sión, de una esclavitud a la bebida o a alguna otra droga. Excepciones las
constituyen algunos relatos sobre el uso de opio en Oriente durante el siglo
XVI, y, a partir del siglo XVIII, algunos autores (J. Jones 1701; Lettson 1787;
S. Crumpe 1793) comienzan a describir “una pérdida voluntaria de control
del hábito” que más tarde será llamada “abuso” (Berridge 1994). Pese a todo,
el uso del alcohol y otras drogas era visto como una práctica en muchos
aspectos condenable, en otros virtuosa, pero jamás como una enfermedad.

La enfermedad del vicio será una construcción del siglo XIX . La concep-
ción de la embriaguez como enfermedad data de 1804, cuando Thomas
Trotter publica su Essay Medical Philosophical and Chemical on Drunkenness,
el cual será considerado un hito en el “descubrimiento” (¿o creación?) de
una nueva entidad nosológica en la medicina. Para Trotter, el hábito de la
embriaguez constituía “una enfermedad de la mente”.

4 Tales presupuestos están presentes en el DSM-IV (Diagnostic and Statistical Manual of Mental
Disorders) de la Asociación Psiquiátrica estadounidense y en el CID-10 (Código Internacional
de Enfermedades de la OMS), ver Silvia de Oliveira Santos Cazenave (en Seibel 2001: 37).

184 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Ya en 1791, Benjamin Rush había relacionado en Estados Unidos alcoholis-
mo y masturbación en tanto “trastornos de la voluntad”, desencadenando una
campaña médica y psiquiátrica contra ambos. Y en Francia, Esquirol tipificó
la ebriedad como “monomanía” e “insania moral con parálisis de la voluntad”.

En 1819, Carl von Bruhl-Cramer acuñó el término “dipsomanía” para


referirse al alcoholismo como enfermedad del sistema nervioso. Legrain
y Morel sintetizaron el pensamiento médico de su época al localizar la
adicción alcohólica dentro de una teoría de la degeneración hereditaria.

El estudio pionero de Moreau de Tours sobre el hachís, publicado en 1845,


representó un hito en la tendencia a hacer de la droga “un medio poderoso
y único –en palabras de Jesús Santiago– de exploración en materia de pa-
togenia mental”, mediante un método introspectivo basado en el principio
epistémico de observación experimental interior. En este momento, la to-
xicomanía comienza a ser considerada y aislada como entidad clínica autó-
noma. Esquirol (Des maladies mentales 1838), por ejemplo, conceptualiza la
“monomanía instintiva” como un “ímpetu irresistible”, y Emmanuel Régis
(Précis de psychiatrie 1885) –quien, según Santiago, es uno de los primeros
en usar el término ‘toxicomanía’– escribe que las tendencias impulsivas a la
solicitud motriz involuntaria en dirección a un acto deben ser entendidas
como “apetito enfermizo”.

Durante la década de 1870 se “descubrió” la capacidad adictiva de la mor-


fina. En 1878 Levinstein publicó “El deseo mórbido por la morfina”, y en
1884 Kerr se refería al vicio de las drogas como “producto natural de una
organización nerviosa depravada, debilitada o defectuosa … indiscutible-
mente una enfermedad, como la gota, la epilepsia o la insania” (citado en
Berridge 1994). Ese mismo año fue fundada en Londres la Society for the
Study of Inebriety.

A lo largo del siglo XIX , la teorización médica sobre la naturaleza de los


efectos y el uso de las drogas fue acompañada del aislamiento químico de
drogas puras: morfina, 1805; codeína, 1832; atropina, 1833; cafeína, 1860;
heroína, 1874; mezcalina, 1888. Esto permitió precisión en la dosificación,
facilitando una actividad experimental controlada.

L A FA B R I C AC I Ó N D E L V I C I O 185
En todo este período, se experimentó una escalada creciente en la inter-
vención del Estado sobre la disciplina de los cuerpos y la medicación de
las poblaciones, censadas estadísticamente según modelos epidemiológicos
con fines de eugenesia social y racial, “higiene social” y “profilaxis mo-
ral”. Es decir, se trataba de intentos por evitar el supuesto deterioro racial
causado por degeneraciones hereditarias –entre las que ocupaban lugar
destacado los viciosos y borrachos. Tal como en la época se buscaba la
erradicación de enfermedades contagiosas con el establecimiento de medi-
das que incluían cuarentenas y notificaciones compulsorias de los enfermos
(Disease Act de Inglaterra en 1899), también se planeó una campaña de
aniquilación del vicio que derivó, en Estados Unidos, en el movimiento
masivo por la temperancia. El control epidemiológico se imponía por sobre
un comportamiento socialmente infeccioso como el alcoholismo. También
las mujeres y la maternidad eran blancos especiales, pues los nacimientos
debían ser regulados a fin de evitar el riesgo de procreación de hijos de bo-
rrachos, homosexuales, viciosos, locos, etc. Se asistía al nacimiento pleno
del biopoder.

Como enfatiza Virginia Berridge, la novedad en el siglo XIX no son los


conceptos de vicio, dependencia o embriaguez, ya existentes, sino la “con-
junción de fuerzas políticas, culturales y sociales que les otorgó hegemonía
a tales conceptos” (Berridge 1994: 17).

La adopción de una teoría orgánica de la enfermedad para explicar los


comportamientos relacionados al uso inmoderado de drogas, correspondió
al clima general de una época en que “las teorías de la enfermedad fueron
colocadas dentro de la tradición clínica e individualista de la medicina
como parte de la revolución bacteriológica, y en contraste con el abordaje
del ambientalismo y la reforma social y sanitaria de la salud pública” (Be-
rridge 1994). La ontologización del mal, la construcción de la nosología
como un jardín de especies y la búsqueda filatelista de colecciones no-
sológicas llevaron a la construcción de incluso otra entidad: la adicción,
y sus víctimas, los adictos. Tal fue el modelo orgánico y hereditario que
identificó y circunscribió las fronteras del vicio. Este término, en tanto, se
hará consensual sólo después del siglo XX , cuando el modelo orgánico de
la enfermedad es superado por un modelo psicológico. En 1919, William

186 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Collins rechazó el modelo orgánico y comenzó a defender la noción de
“enfermedad de la voluntad”. El alcoholismo provoca enfermedades or-
gánicas, pero no es una enfermedad orgánica, por tanto Collins propone
“adicción” como una enfermedad de la voluntad. El término adicción (ad-
diction en inglés) deriva de la palabra latina que designaba, en la Roma
antigua, al ciudadano libre sometido a esclavitud por deudas impagas.

En el mismo período surgía la medicina psicológica debido al tratamiento


de la neurosis de guerra durante y después de la Primera Guerra Mundial.
No sólo el psicoanálisis, sino también otras corrientes como el conductis-
mo (behaviorismo), ampliaban su influencia.

Los hábitos, a su vez, también se expandían, originándose algunos de los


rubros más lucrativos del comercio internacional. Tabaco, opiáceos, café,
té, chocolate, mate, coca cola seducían a las poblaciones mundiales. La
industria química y farmacéutica, especialmente en Alemania, aislaba y
producía principios activos de las plantas. Nacía el siglo de las drogas, el
siglo XX .

Las drogas son uno de los arquetipos culturales más fuertemente presentes
en el espíritu de nuestra época. El significado económico del consumo ma-
sivo y las formas políticas de su control –como el régimen del prohibicio-
nismo, adoptado como “Ley Seca” de 1920 a 1934 en Estados Unidos con
relación al alcohol y hoy extendido a escala mundial con la “guerra contra
las drogas”– son algunos de los aspectos más relevantes del fenómeno con-
temporáneo de las drogas. Pero, además de eso, las drogas impregnan el
imaginario del siglo XX con la marca ambivalente de un pasaje al paraíso
mediante píldoras de felicidad y, al mismo tiempo, de un paradigma del
vicio, de la esclavización extrema a una mercadería.

La ciencia de la farmacología viene haciendo disponibles recursos técnicos


para la producción de estados de conciencia alterada o, en otras palabras,
técnicas para la intervención planificada sobre la subjetividad con la capa-
cidad de producir mecanismos mentales específicos, como ciertos estados
de humor, de placer, de excitación de facultades sensoriales, perceptivas,
intelectivas, cognitivas, mnemónicas y emocionales. Existe un doble

L A FA B R I C AC I Ó N D E L V I C I O 187
potencial despertado por las nuevas tecnologías productoras de subjetivi-
dades auto-programables: por un lado, la utopía reaccionaria del control
del pensamiento por parte del Estado; por otro, la utopía de liberación y
emancipación del espíritu a través de la farmacia: la revolución psicodélica.
En el primer caso, los estados de conciencia son legislados y castigados por
el Estado, el cual reprime y controla los hábitos íntimos y cotidianos de
poblaciones enteras estableciendo un sistema de terror y realizando gran-
des inversiones; en el segundo, la libertad de auto-determinación de la
subjetividad se amplía en la misma medida que la autonomía del espíritu
para interferir químicamente en su funcionamiento.

Freud fue uno de los primeros en teorizar sobre el papel de las drogas en la
economía de la libido, identificándolas como el más eficaz mecanismo para
obtener placer y evitar el dolor. “El servicio prestado por vehículos tóxicos
en la lucha por la felicidad y el alejamiento de la desgracia es tan altamente
apreciado como beneficio, que individuos y pueblos les concedieron un
lugar permanente en la economía de su libido” (Freud 1978: 142).

Desde los inicios de la teoría de la libido, Freud buscó integrar los fun-
damentos de las ciencias naturales de su época, considerando la libido
como una forma de energía subordinada a las leyes de la termodinámica
y con un substrato bioquímico. La llamada “hipótesis substancialista de
la libido” admitía la supuesta existencia de una “toxina sexual”. La am-
bición de Freud residía, según Jesús Santiago, en el intento de inaugurar
una termodinámica de la satisfacción, un compendio del gozo; ambición
explicada en 1908 en carta a Karl Abraham, donde afirmaba que “el filtro
de Soma contiene ciertamente la intuición más importante, es decir, que
todas nuestras bebidas embriagadoras y nuestros alcaloides excitantes son
solamente el ‘sustituto de la toxina única, de la libido todavía por estudiar’,
que la embriaguez del amor produce” (citado en Santiago 2001: 90).

En Freud no existe la categoría clínica de la toxicomanía, pues el uso de


drogas es visto como una “técnica vital” para evitar el sufrimiento y hallar
el placer.

Después de Freud, en tanto, la toxicomanía se transforma en una categoría

188 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


clínica autónoma del psicoanálisis pero aún relacionada con la sexualidad.
Karl Abraham, Sándor Ferenczi, Alfred Gross y Sándor Rado elaboran
una “teoría general de la toxicomanía” como “patología de regresión li-
bidinal”, con una importancia etiológica del erotismo oral y en relación
estrecha con la homosexualidad. La droga o el alcohol destruirían las su-
blimaciones, desgenitalizarían la libido y promoverían un “corto circuito”
en el sujeto deseante, quien se sumergiría en un desorden de tipo narcisista
con la búsqueda de un placer auto-erótico, cuyo extremo llevaría a una
ruptura con el otro y a un placer solitario y autista (ver Santiago 2001).

Michel Foucault elaboró la noción de dispositivo para referirse a la or-


ganización social del sexo instituido por el poder. Las drogas, en tanto
arsenales de sustancias productoras de placeres y sensaciones específicas,
también fueron históricamente sometidas a un dispositivo de normativiza-
ción. Dos son las principales intervenciones del biopoder: sobre los cuerpos
y sobre el régimen químico de las mentes; el control del sexo y el control
fármaco-químico. Asistimos al nacimiento de un nuevo racismo que,
además de biológico, asume contornos biopolíticos con la estigmatización
demonizante, a fines del siglo XX y principios del XXI, de los consumidores
de drogas.

El control estatal de los comportamientos se intensificó en el siglo XX con


la constitución de una amplia red de poderes ligados a la vida cotidiana. La
definición de vicio traspasó la formación de esa red institucional basada so-
bre todo en el estamento médico y, más tarde, en el “poder psi”, vasta esfera
de psicólogos, terapeutas, asesores de empresas, publicistas, investigadores
de mercado, etc., quienes se inmiscuyeron en la familia, la escuela, las em-
presas y los cuarteles para asegurar la eficacia científica de las técnicas de
control (Ver Lash, 1991). Tales “tecnologías sociales” se convirtieron en
teorías de propaganda y, en lo relativo a las drogas, sirvieron tanto para
incentivar la sobriedad como para condicionar el consumo compulsivo.

Un ejemplo definitorio de la relación de estos “ingenieros del comporta-


miento” con la práctica de dependencias químicas socialmente estimu-
ladas, es el de John B. Watson (1878-1958), fundador de la escuela de
behaviorismo en la psicología estadounidense. Después de desarrollar sus

L A FA B R I C AC I Ó N D E L V I C I O 189
teorías conductistas en la Universidad Johns Hopkins, Watson se hizo
publicista y comenzó a trabajar en la campaña de cigarros Lucky Strike,
siendo autor del eslogan “Toma un Lucky en lugar de un dulce” que habría
popularizado el consumo de cigarros especialmente en el público femenino
(Wertheimer 1978: 153).

Otro ejemplo distintivo de la relación de los vicios oficiales con el orden


cultural contemporáneo es el del millonario James B. Duke, quien al mo-
rir en 1925 dejó no sólo una hija única, Doris Duke, entonces conocida
como la “niña más rica del mundo”, sino también una donación de cuatro
millones de dólares para el Trinity College de Durham, Carolina del
Norte, con la condición de que cambiara su nombre a Duke University.
La fortuna de la familia Duke provino de la explotación comercial del
tabaco desde 1881 y, luego, de la American Tobacco Company (ATC),
la cual a principios del siglo XX controlaba la mayor parte de los cigarros
fabricados en Estados Unidos extendiendo su trust al mundo.5 El que uni-
versidades importantes, como Duke University, sean producto del capital
de la industria del tabaco es un síntoma no sólo de la importancia de esta
droga en la ascensión económica de Estados Unidos, sino también de la
legitimidad cultural de ciertos comportamientos viciosos y compulsivos
en la sociedad capitalista contemporánea.

El consumo de tabaco y alcohol, así como de drogas legales e ilegales en


general, comenzó a ser objeto de una fuerte regulación estatal a principios
del siglo XX , la cual redundó en tratados internacionales, legislaciones es-
pecíficas, aparatos policiales y la consecuente hipertrofia del precio y lucro
relacionados con el comercio de drogas. Al mismo tiempo, se desarrolló
un inmenso aparato de observación, intervención y regulación de los há-
bitos cotidianos de las poblaciones. El dispositivo de las políticas sexuales
y raciales se constituyó en uno de los fundamentos de la lucha ideológica
de principios del siglo pasado. El control de los hábitos populares era el
objetivo de cuerpos policiales, estamentos médicos, psicólogos indus-
triales, administradores científicos. El taylorismo y el fordismo fueron

5 La ley anti-trust de 1911 obligó a su división en tres empresas (American Tobacco, Reynolds
y Liggett and Myers). En Francia y España, los monopolios tabacaleros eran estatales (Stubbs
1989: 7-8).

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concomitantes a los mecanismos puritanos de la Ley Seca, en tanto la dis-
criminación racial a inmigrantes sirvió de pretexto en Estados Unidos para
la estigmatización del opio chino y la marihuana mexicana.

Uno de los núcleos de la actividad normativizadora de la medicina en torno


a los hábitos individuales, fue la campaña contra la masturbación iniciada a
fines del siglo XVIII e intensificada en el siglo XIX . El principal comporta-
miento atacado como paradigma del vicio, la tentación, la pérdida del con-
trol sobre sí mismo, fue la masturbación, especialmente en niños y jóvenes.
Una de las matrices de la intervención médica y estatal sobre el control
del cuerpo surge justamente de las campañas contra la masturbación. El
médico más representativo en diagnosticar el erotismo como la peor de
las enfermedades fue el suizo Simon-André Tissot, cuyo libro Tentamen
de morbis ex manustupration ortis (Louvain 1760) se hizo referencia oficial
para sustentar la opinión médica y pedagógica de que la masturbación era
la peor y más peligrosa causa de enfermedades y óbitos.

Tissot condenaba, además de la masturbación, toda práctica que incurriese


en la inmovilidad del cuerpo y en la excitación de la imaginación, como por
ejemplo la lectura continua. La denuncia médica de la lectura se incluyó en
la crítica general a prácticas solitarias, y la medicina buscó infiltrarse cada
vez más en los intersticios de la subjetividad. El auto-erotismo, vicio solita-
rio, es presentado como enemigo de la especie pues, como en el pecado de
Onán, el semen es desperdiciado y, además de eso, constituye una práctica
antisocial, una “amenaza a la naturaleza de la solidaridad humana”, según
explica Thomas Laqueur, destacando que el acento condenatorio recae más
sobre su aspecto “solitario” que sobre el “vicioso” (Laqueur 1992: 263).

El lento declive en el consenso médico que consideraba la masturbación


una enfermedad grave hizo que incluso teóricos como Freud continuaran
estimándola maléfica, causal no sólo de psicosis sino también de neurosis.
Freud escribió diversos artículos defendiendo esta posición y divergiendo
de Stekel, quien no veía ningún mal en el hábito del placer solitario. En
1912 se realizó una discusión sobre el onanismo en la sociedad psicoana-
lítica de Viena que culminó en una declaración diplomática respecto de
esta controversia de años en torno a su nocividad. Aunque se afirmó que el

L A FA B R I C AC I Ó N D E L V I C I O 191
tema del onanismo era “inagotable”, Freud evitó tomar partido en la disputa
de fondo sobre el perjuicio del onanismo, contestado vehementemente por
Stekel. Hasta la década de 1940, los manuales estadounidenses de pediatría
continuaban condenando las prácticas masturbatorias proponiendo como
“terapia” la circuncisión completa de las niñas, la cauterización de los clíto-
ris o ciertos medios mecánicos de coerción.6 Por otro lado, Freud señaló en
1897 en carta a Fliess, que los hábitos compulsivos, los vicios –como fumar
cigarro o aspirar cocaína–, eran todos derivativos de la masturbación: “se me
ocurrió que la masturbación es un hábito fundamental, el ‘vicio primario’, y
que los otros vicios aparecen apenas como substitución –por ejemplo, alco-
hol, tabaco, morfina, etc.” (citado por Szasz 1979: 229). El combate cerrado
a la masturbación en el siglo XIX, así como las actuales campañas contra las
drogas, esa “masturbación química”, proyectan un modelo de subjetividad
donde el autocontrol, el superego fuerte, debe primar por sobre todo.

Definir el vicio no es una tarea fácil. ¿Cómo distinguir hábitos de compul-


siones? ¿Existen hábitos no compulsivos? Según Anthony Giddens, el vicio
es “una incapacidad para administrar el futuro”. Todos los vicios serían,
según esta mirada, “patologías de la auto-disciplina” (Giddens 1993: 88).
Pero el mismo sociólogo inglés reconoce la constatación de Foucault en
torno a que la “invención del vicioso es un mecanismo de control, una
nueva red de un proyecto reflexivo del yo”.

La esencia misma del mecanismo de reproducción ampliada del capital


se funda en el incentivo a un consumo de mercaderías basado no en el
valor intrínseco de uso, sino en un fetiche de la forma-mercadería que
traspasa la satisfacción efectiva de las demandas sociales. El consumo de
mercaderías-fetiche es estimulado por complejos y cada vez más poderosos
mecanismos de creación de comportamientos compulsivos de compra. La
publicidad, nutrida de técnicas conductistas como las desarrolladas por
Watson, incita al consumo compulsivo.

La sociedad contemporánea está cada vez más viciada en el consumo de

6 El libro de Szasz, en su capítulo once, “El nuevo producto. La insania masturbatoria” (1979:
214-241), registra las citas aquí reproducidas y relata con detalle la evolución de la persecución
moderna a la masturbación.

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alimentos, ropas, automóviles. Diversas prácticas sociales toman carac-
terísticas compulsivas: las barras deportivas se envician de sus equipos y
adoptan comportamientos de dependencia. Los mismos deportistas, pre-
sionados por la industria de romper marcas, literalmente se envician en sus
propias endorfinas cuando no consumen aditivos hormonales o excitantes.
Diversas prácticas, como el alpinismo o el manejo de automóviles veloces,
adquieren la misma dimensión viciosa y socialmente arriesgada de ciertos
consumos de droga.

La noción de codependencia se aplica a nuestra sociedad contemporánea,


donde la ausencia de un zeitgeist (espíritu de época) no impidió la ma-
nifestación de un mal-du-siècle; el del reciente final de siglo/milenio fue,
ciertamente, el vicio de las drogas. No existe nada más demonizado, pues
ningún personaje sintetiza mejor la paranoia pública de nuestra época que
el vicioso y el traficante. Nuestra sociedad, en realidad, se hizo dependien-
te de la dependencia, la cual no pasa de la hipertrofia de las consecuencias
inherentes a la forma contemporánea del mercado –inmenso menú de con-
ductas compulsivas hiperestimuladas por los medios.

Las campañas contra las drogas bajo el slogan “Vida sí, drogas no”, suponen
que puede existir una vida sin drogas, lo que es una completa contradicción
con respecto a la historia de la humanidad que, desde la edad de piedra y
pasando por todas las grandes civilizaciones, siempre incorporó su uso.
El mismo alcohol, para centrarnos apenas en una droga, se vuelve parte
esencial de la cultura occidental donde el vino ocupa un lugar primordial,
incluso en la eucaristía cristiana. No hay duda de que el vino tiene buenos
usos; la existencia de millones de dependientes del alcohol lo comprueba.
Pero no todos quienes consumen vino o alcohol se hacen dependientes, y
quienes lo hacen, como ocurre con muchas mercaderías que la intoxicación
publicitaria convierte en fetiches de consumo compulsivo, sólo esperan que
no se les impida gozar de su hábito. Hábito ciertamente elevado a símbolo
de felicidad e identidad nacional, bastando apenas revisar los slogans de
campañas publicitarias de cerveza. Asimismo, la fusión de las dos mayo-
res empresas cerveceras de Brasil da origen a la mayor empresa privada
brasileña, la AmBev, una multinacional global player de la alcoholización
planetaria –lo que se une al récord brasileño de ser el primer exportador

L A FA B R I C AC I Ó N D E L V I C I O 193
mundial de tabaco.

El alcohol, una de las drogas más peligrosas del mundo, reconocida oficial-
mente como causal de buena parte de las patologías individuales y sociales
–desde la cirrosis y la dependencia metabólica (se calcula que cerca del 5
por ciento de la población mundial es dependiente del alcohol), hasta la
violencia urbana y los accidentes de tránsito–, no sólo es permitido sino
que además forma parte del imaginario oficial de la felicidad y la alegría.
¿Cuáles son las razones históricas de este predominio del alcohol en las
preferencias populares en tanto medio simple y directo para el consuelo
físico y espiritual del dolor, la fatiga, el tedio y el sufrimiento? ¿Por qué
ante un menú inconmensurable de substancias químicas que actúan como
remedio para el sufrimiento, el alcohol se consume por encima de todas?

No se trata, en todo caso, de abolir el alcohol como intentó hacer Estados


Unidos durante la “Ley Seca” (1919-1933), sino de buscar un uso saludable
y responsable de esta droga. Y lo dicho sobre el alcohol se aplica a todas las
drogas. Cada una posee su virtud, forma parte de determinadas culturas
humanas, pero al mismo tiempo conlleva un peligro. La prohibición crea
no sólo un Estado policial, sino también un flujo de comercio clandestino
derivado de la hipertrofia del precio. Fue lo que se aprendió de la tentativa
de Ley Volstead o “Ley Seca” en Estados Unidos, y lo que lamentablemen-
te se verifica hoy en día a escala mundial.

Las drogas forman parte de la cultura. La cultura de la droga es estética,


religiosa, científica y política. La cultura de la droga colaboró con el pro-
ceso fundador de la psicología como ciencia en el siglo XIX . La indagación
sobre el funcionamiento del espíritu, la clasificación de las instancias del
pensamiento, la “historia natural de la mente” –como pueden ser definidos
los objetivos de la psicología– tuvieron en las drogas algunos de sus prin-
cipales vehículos. Como el telescopio para la astronomía y el microscopio
para la biología, las drogas representaron el principal instrumento tec-
no-científico para el conocimiento de la mente humana. Desde Humphrey
Davy, Moreau de Tours, Freud, Havelock Ellis y William James, hasta
Albert Hofmann y Alexander Shulgin.
Los estados de la conciencia son clasificados como vigilia, dormir o soñar;

194 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


y sus estados limítrofes, identificados como zonas crepusculares, fronteras
hipnagógicas. El conocimiento científico de la mente partió por carto-
grafiar esas extrañas arquitecturas psíquicas. Una de sus regiones, la del
dormir, se hizo reproducible artificialmente por medio de somníferos,
convertidos en los primeros anestésicos. Desde el óxido nitroso estudiado
por Humphrey Davy, hasta el uso del éter y el cloroformo que se difundió
después de 1845, estas substancias se transformaron en vehículos químicos
de un estado mental, consuelo universal del peor de los sufrimientos hu-
manos: el dolor físico.

La discusión sobre el uso anestésico del éter provocó repercusiones morales


y políticas. El Vaticano se opuso al uso de la anestesia en partos (fue un
escándalo cuando la reina Victoria realizó su octavo parto con anestésicos,
en 1853). El hecho de que la anestesia provocara un adormecimiento lleno
de sueños parecía especialmente peligroso, sobre todo para las pacientes
femeninas, quienes podían perder su auto-control al punto que, durante
un debate en la Academia de Medicina de París sobre el uso anestésico
del éter, a principios de 1847, Magendie llegó a afirmar que: “Se habla de
sueños agradables, de éxtasis, de sensaciones voluptuosas … yo veo ahí
muchos más peligros que ventajas. De lo que estoy seguro a este respecto
es de que las mujeres, jóvenes sobre todo, tienen sueños eróticos, accesos de
histeria, algunas incluso tienen accesos de furor uterino, los cuales podrían
no ser inofensivos para las personas que las rodean, y particularmente para
los señores cirujanos … ahora, yo pregunto, ¿es esto un asunto moral?”
(citado en Milner 2000).

El soñar también probó ser reproducible por el mismo mecanismo de las


drogas. La investigación pionera de Thomas de Quincey abrió un espacio
para la compilación de la tipología de lo onírico, para la confección de un
archivo de las imágenes de lo fantástico. Esta tipología imagética tuvo una
función estética y literaria, siendo usada ampliamente por la escuela de la
narrativa fantástica con De Quincey, Musset, Poe, Baudelaire, Gautier, y
más tarde por la poesía simbolista. No obstante, también fue blanco de la
investigación científica que quería conocer todas las formas de manifesta-
ción del espíritu humano. El experimentalismo de las formas de conciencia
es abierto por el uso controlado de drogas, práctica que permite desvendar

L A FA B R I C AC I Ó N D E L V I C I O 195
el lado oculto y nocturno del espíritu. Si el espíritu está contenido en la
conciencia, la memoria y la imaginación como conciencia del momento,
del pasado y de proyección al futuro, todas sus esferas son factibles al estí-
mulo y análisis psicoquímico.

El imaginario de las drogas cambió según las épocas hasta llegar al resulta-
do actual de un siglo de prohibicionismo, con estereotipos del vicioso como
paradigma de la degeneración física y mental. Pero mucho antes de la in-
vención del cuadro clínico del vicio, las drogas suministraron elementos
indispensables para la atmósfera cultural de la modernidad y el abordaje
estético y científico de los fenómenos de la mente humana. Según afirma
Max Milner, Thomas de Quincey inauguró en 1821, con la publicación de
las Confesiones de un comedor de opio, la teorización de la relación entre la
droga y la creación poética.

La experiencia decimonónica de las drogas funda la psicología en la medi-


da que suministra un instrumento de producción de diferentes estados de
conciencia que permiten la observación de uno mismo como nunca antes
se había logrado, “un reflejo de sí mismo … la sombra especular simbólica
destinada a reflejar a plena luz del día lo que debería, de otra forma, per-
manecer escondido para siempre”. Es así que los espíritus curiosos sobre sí
mismos serán seducidos incesantemente por esta vía de auto-conocimiento:
“es un asunto de psicología, un estudio sobre mí mismo”, escribía Balzac en
una carta. Esta actitud experimental frente a la conciencia inaugura una
ciencia cuyo objeto es el mismo sujeto observador, en tanto los instrumen-
tos productores de conciencia alterada permiten ampliar la gama de los tres
estados básicos de conciencia: vigilia, dormir o soñar. El opio y el hachís
llevan los sueños a la vigilia, confundiéndolos en un nuevo estado. Los
anestésicos llevan el dormir a la vigilia, anulándola químicamente de una
forma tan absoluta que posibilitó las intervenciones quirúrgicas indoloras.

La droga será vista en este imaginario romántico de principios del siglo


XIX como un instrumento para soñar. En la segunda edición de su libro,
en 1856, De Quincey declara que fue escrito con la “intención de exponer
este poder específico del opio sobre la facultad de soñar”. El opio “aviva
los colores de las escenas de los sueños, profundiza sus sombras y refuerza

196 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


el sentido de sus terribles realidades”, y aunque no crea sueños de la nada
(para De Quincey, ellos dependen de las preocupaciones diurnas, del
pasado, la cultura y el temperamento), estimula sobre todo “el poder de
pintar toda suerte de fantasmas en las tinieblas”. Además de hacer soñar
despierto, el opio franquea regiones limítrofes, franjas entre los estados
de la conciencia, produciendo visiones hipnagógicas que llevan al dormir
y que surgen en la zona crepuscular entre la vigilia y el estar dormido. La
idea del cerebro humano como palimpsesto que una memoria involunta-
ria descifra, surge primero en De Quincey para después manifestarse en
Freud y Proust. Según De Quincey, las camadas de palimpsesto pueden
ser leídas con los lentes del opio.

Aunque el sueño ya formaba parte del acervo poético del romanticismo, las
drogas ofrecen nuevos datos experimentales sobre las nociones tradiciona-
les de lo fantástico. La naturaleza precisa de las sensaciones, percepciones,
pensamientos y emociones producidas por las drogas, se traducirá no sólo
en un repertorio literario ampliado de imágenes y temas, sino además en
una vía privilegiada de estudio científico de la mente. A los conceptos de
alucinaciones, ilusiones, visiones, éxtasis, se juntará otro: el de locura.

La noción de locura, en gestación dentro del discurso científico de enton-


ces, encontrará en el efecto de las drogas una poderosa analogía. El médico
francés Jacques-Joseph Moreau de Tours publicó en 1845 Du Haschisch et
de l’aliénation mentale, obra que buscaba identificar los parentescos entre el
hachís y la locura que Gérard de Nerval ejemplificaría. En una época en
que las especulaciones sobre el alma humana alcanzaban una expansión
inusitada con el mesmerismo, el espiritismo, el sonambulismo, los éxtasis
místicos o estéticos y la atmósfera onírica en general, formando parte de
la moda en los salones, el universo de la locura, el sueño y la droga encon-
traban un paralelo fácil: la locura sería una especie de sueño despierto. La
literatura que refleja este clima renueva también los temarios tradicionales
de lo gótico y amplía el género de lo fantástico con alusiones directas e
indirectas a experiencias farmacológicas (en Poe, Dumas, Flaubert, etc.).

En Rimbaud, la búsqueda deliberada y sistemática por alterar la conciencia

L A FA B R I C AC I Ó N D E L V I C I O 197
alcanza un auge con la “desregulación sistemática de todos los sentidos”,
a fin de obtener la videncia. La poética alucinante de Rimbaud –“me ha-
bitué a la alucinación simple … después explicaba mis sofismas mágicos
por la alucinación de las palabras”–, revela una atmósfera cultural donde
los estatutos de la experiencia onírica, alucinatoria, extática y poética eran
comparados. Ejemplo de esto es la obra Des hallucinations; ou, Histoire
raisonnée des apparitions, des visions, des songes, de l’extase, des rêves, du mag-
nétisme et du somnambulisme (3ª ed. Germer Baillière 1862), de Alexandre
Brierre de Boismont. La definición precisa de alucinación, así como de
todas las facultades mentales, era uno de los temas centrales en el debate
de la naciente psicología. Esquirol definía ‘alucinado’ como “un hombre
que tiene la convicción íntima de una sensación actualmente percibida, sin
que ningún objeto exterior propio que excite esta sensación esté al alcance
de sus sentidos en un estado de alucinación: es un visionario” (Des maladies
mentales, Baillière 1838). Este debate fue realizado en 1856 por la Sociedad
Médico-Psicológica de París, donde los efectos de las drogas eran presen-
tados como “alucinaciones voluntarias”.

Se buscaba de este modo distinguir no sólo los tradicionales vigilia, dormir


y soñar, sino también todos los “estados de conciencia”, como alucinación,
ilusión, sonambulismo, efectos de drogas, hipnosis, etc. La distinción
precisa entre tales estados era motivo de gran controversia; para algunos,
como el doctor Buchez, “la sensación real, la representación mental y la
alucinación, son fenómenos de la misma esencia. Entre la representación
mental y la alucinación sólo existe una diferencia de grado. Ciertos pin-
tores, ciertos compositores, poseen la capacidad de representar los objetos
incluyendo la alucinación”.

Todos estos estados confluyeron para constituir un modelo clínico que se


cristalizó a fines del siglo XIX: la toxicomanía. Después de la aparición
de la morfina, hubo una tendencia a incluirlos en el amplio modelo mé-
dico-estatal de control de la vida cotidiana de las poblaciones y adopción
de normas disciplinarias de los cuerpos, centrado en los mecanismos de
la sexualidad y en la práctica del consumo de drogas. El modelo eugené-
sico-sexista-racista que se fundamentaba en las ciencias sociales y biomé-
dicas de finales del siglo, y operaba, según Foucault, sobre el triple eje de

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perversión-herencia-degeneración, se dislocará también hacia los placeres
químicos acusados de poseer –como el sexo– un componente vicioso cau-
sante de extrema dependencia y completa degradación física y espiritual.

En el caso de las drogas, el eje obedece a los mismos presupuestos teóricos:


las drogas causan la degeneración del individuo y, por tanto, de la sociedad;
éstas son enfermedades altamente contagiosas y, en consecuencia, de ca-
rácter epidémico. Así, las drogas se constituyen como uno de los principa-
les factores anti-eugenésicos porque contaminan y degeneran la sangre y la
raza, razón por la cual atingen especialmente a las mujeres, poseedoras de
una constitución más frágil. La noción médica y eugenésica de decadencia
física y racial se unió a la de decadencia política, moral y filosófica, así
como estética y literaria. La droga se volvió, de acuerdo con esta visión, un
símbolo indiscutible de decadencia, restando apenas debatir si era causa o
consecuencia.

Incluso la búsqueda de lo desconocido, la sed de aventura, cuando es lleva-


da al extremo, se torna vicio. Como escribía Octave Doin en 1889: “el es-
tado mental tan especial de los enfermos hereditarios, de los degenerados
… consiste sobre todo en una apetencia, en una sed por lo desconocido y
por sensaciones todavía no experimentadas. Esta sed se encuentra, eviden-
temente, entre los individuos más ponderados y es incluso la base de todos
nuestros conocimientos científicos. Sin embargo, en el enfermo hereditario
degenerado, esta búsqueda es llevada al extremo y llega al delirio”.

La curiosidad experimental, en general indispensable entre los hombres


de ciencia, es considerada una “predisposición neuropática hereditaria”
traducida a una “tendencia al estudio de su organización mental y a expe-
rimentar sobre ella”. La búsqueda de sensaciones raras que existe entre los
“degenerados”, descritos como “cerebrales”, “originales” o “superiores”, se
explica, según el doctor Ernest Chambard, por la “disminución intelectual
y moral de una raza envejecida”.

Las mujeres serían particularmente afectadas por el vicio pues su sexuali-


dad reclamaría el placer específico de la morfina. Por eso, todas las morfi-
nómanas son ninfómanas y las eterómanas son erotómanas. Se consolida, a

L A FA B R I C AC I Ó N D E L V I C I O 199
fines del siglo XIX , una conexión entre morfinomanía, sexualidad femenina
y lesbianismo. La jeringa de Pravaz (juego de palabras para ‘depravar’) se
convierte en el máximo fetiche con sus incrustaciones de brillantes, estu-
ches de plata y forma fálica de éxtasis que dispensa al hombre.

Ha pasado más de un siglo y la droga todavía hace valer su importancia en


la economía de la libido humana. Alzada a la condición de principal mer-
cadería del mundo, los medios químicos de placer sufrieron un crecimiento
análogo en su valor mercantil y su influencia económica, social y cultural. Y
al tiempo que crece la demanda por el placer químico, se instituye también
un sistema prohibicionista apoyado en un discurso médico-jurídico que
justifica una pretendida guerra contra las drogas que, en realidad, desde la
“Ley Seca” de 1919 en Estados Unidos, sólo ha servido para aumentar el
lucro y la violencia. La historia de esa guerra, en sus aspectos económicos,
culturales, políticos y militares, aún se está escribiendo.

200 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


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L A FA B R I C AC I Ó N D E L V I C I O 201
EPIDEMIAS
D E L A V O L U N TA D *

Eve Kosofsky Sedgwick

* De Eve Kosofsky Sedgwick, “Epidemics of the Will”, Tendencies (Durham N.C., Duke Uni-
versity Press, 1993), pp. 130-142. Traducción de Lucía Herrera Montero.

E P I D E M I A S D E L A VO L U N TA D 203
Cuenta la historia que, 
allá en el viejo
mundo, hubo una
época en que alguna gente consumía, algunas veces, opio. Para muchos de
ellos, este consumo era funcional: una forma de control que les permitía
adecuar, a las exigencias materiales de la vida cotidiana, sus niveles de
concentración, su temporalidad o su estado de alerta ante estímulos como
el dolor. Para algunos puede incluso haber sido una fuente de placer –y, si
fue un vicio, fue tan sólo un vicio ordinario y corriente. Para todos ellos,
sin embargo, el consumo de opio era tan solo un comportamiento más
entre tantos otros comportamientos.

Conforme a lo planteado en la narrativa foucaultiana que nos ofrecen Vir-


ginia Berridge y Griffith Edwards en su importante libro Opium and the
People: Opiate Use in Nineteenth-Century England, a la sazón algo cambió.
Bajo la presión taxonómica de la recién ramificada y generalizada autori-
dad médico-jurídica de finales del siglo XIX , y en el contexto de relaciones
tanto de clase como imperiales cambiantes, la que había sido hasta en-
tonces una cuestión de actos se cristalizó como un asunto de identidades.
Parafraseando, en relación al adicto, la ya famosa exposición de Foucault
acerca de la invención del homosexual, diríamos que:

Definida [por la normas de inicios del siglo XIX], [la ingestión de


opio] era una categoría de actos…; su autor no era sino el sujeto
jurídico de ellos. [El adicto] del siglo XIX devino un personaje, un
pasado, una historia clínica y una infancia…[Su adicción] estaba
presente en él por todas partes: en la raíz de todos sus actos pues

E P I D E M I A S D E L A VO L U N TA D 205
constituía su principio insidioso e infinitamente activo; inscrita sin
pudor en su rostro y en su cuerpo porque consistía en un secreto
que siempre se delataba… El [consumidor de opio] había sido una
aberración temporal; el [adicto] era ahora una especie (Foucault
1978: 42-43).

En este reencuadre taxonómico del consumidor de drogas como un adicto,


lo que cambia son sus términos más fundamentales. De una situación de
relativa estabilidad homeostática y control, se lo ha impelido a una narrati-
va de inexorable decadencia y fatalidad, de la que no puede desembarazarse
excepto dando un salto hacia otra narrativa aún más cargada de patetismo
llamada abandonar el hábito. De ser el sujeto de sus propias manipulaciones
perceptivas o, en realidad, de sus propias experimentaciones, ha pasado a
ser emplazado como el objeto idóneo de disciplinas institucionales pres-
criptivas, tanto legales como médicas, que, sin realmente hacer nada para
“ayudarlo/a”, presumen de conocerlo/a mejor de lo que él o ella podría ja-
más llegar a conocerse –y que incluso ofrecen, a cualesquiera en su cultura,
a condición de que no sea él o ella mismo/a, la oportunidad de disfrutar de
esta halagüeña presunción.

La asignación de una nueva y patologizada identidad de adictos a los


usuarios de sustancias derivadas del opio no fue, sin embargo, el final
de la historia. A la gradual ampliación, durante los primeros dos tercios
del siglo XX , del atributo de adictivas a una variedad cada vez mayor de
“drogas”, se suma la sorprendente coda de varios desarrollos recientes;
en particular, de aquel desarrollo que hoy explícitamente hace no sólo de
toda forma de ingestión de sustancias, sino simplemente de toda forma de
comportamiento humano, algo factible de entrar en la órbita de una po-
tencial atribución de adicción. Piénsese si no en el revelador deslizamiento
que comienza por asimilar la ingestión de alimento, percibida como exce-
siva, al alcoholismo –en la institución, por decir algo, de Comedores Ex-
cesivos Anónimos en explícita analogía a la de Alcohólicos Anónimos–.
De la patologización del consumo de alimentos, a la patologización del
rechazo de alimentos (anorexia) e incluso de su intermitente y altamente
controlada ingestión (bulimia), hay sólo un pequeño, pero significativo
paso. La demonización de “la sustancia extraña”, que daba una ostensible

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coherencia al nuevo concepto de “abuso de sustancias”, es deconstruida
casi al tiempo que es articulada: si la adicción puede incluir la ingestión,
el rechazo o la ingestión intermitente y controlada de una sustancia dada;
y el concepto de “sustancia” deviene demasiado elástico para marcar una
frontera entre el exotismo de la “sustancia extraña” y lo doméstico, por de-
cir algo, del “alimento”, el locus de la adicción no puede ser ya la sustancia
adictiva en sí y apenas puede residir en el cuerpo mismo. Tiene que ser,
por tanto, una abstracción comprehensiva que gobierne la narrativa que
las relaciona.

A este espacio abstracto, donde tanto sustancias como comportamientos


devienen “adictivos” o “no adictivos”, ¿debemos denominarlo el saludable
libre albedrío? ¿La capacidad de, digamos, escoger (libremente) la salud?
Después de todo, podemos argumentar que lo que aún vincula al co-
medor excesivo, al anoréxico, y al bulímico, en tanto “consumidores de
sustancias”, no es algo venenoso propio de la sustancia en sí misma, sino
el surplus de propiedades místicas con las que el adicto/consumidor de
forma proyectiva dota a esa sustancia. El consuelo, el reposo, la belleza o
la energía, que realmente sólo pueden ser internos al adicto en sí mismo,
son ilusoriamente atribuidos al suplemento mágico que, entonces –ya sea
consumido o rechazado–, puede operar solamente de manera corrosiva en
el sí mismo (self) construido, de esta forma, como carencia. En este caso,
el saludable libre albedrío pertenecería a quien tuviera en mente el proyecto
de desplegar tales atributos (consuelo, reposo, belleza, energía) más allá de
sí y de su cuerpo que, según se entendería, los posee ya en potencia. Desde
este punto de vista, que en realidad es hoy por hoy uno de los puntales del
discurso medicalizado, tanto profano como clínico, no sería quien hace
dieta, sino quien hace ejercicio la persona que encarnaría el opuesto exacto
a la adicción.

Pero, entonces, ¿qué decir respecto del siguiente personaje patologizado


que materializa el frenesí taxonómico de inicios de la década de los ochen-
ta: el adicto al ejercicio? En ausencia de la hipostatización proyectiva de
una “sustancia” ajena, el objeto de adicción parece ser aquí el cuerpo mis-
mo. Pero con mayor exactitud, el objeto de adicción es el despliegue de esas
mismas cualidades cuya carencia supuestamente define la adicción como

E P I D E M I A S D E L A VO L U N TA D 207
tal: autonomía corporal, autocontrol, fuerza de voluntad. El objeto de la
adicción ha devenido entonces precisamente el disfrute de “la capacidad de
escoger libremente, y el escoger libremente la salud”.

Desde el momento en que esta progresión ocurre, parecería lógicamente


claro que, si el ejercicio podía ser adictivo, nada podría no serlo. El adicto al
ejercicio representaba realmente el caso límite que permitía vaciar, de una
vez por todas, al concepto de adicción de cualquier especificidad propia de
una sustancia, un efecto físico, o una motivación psicológica. (Los marca-
dores químico-cerebrales invocados por los científicos para “explicar” la
adicción, por supuesto, nunca tuvieron sino una fuerza puramente tautoló-
gica de explicación o diagnóstico). Y éste no es tan sólo un reconocimiento
teórico externo a la nueva y floreciente comunidad interesada en definir la
adicción. Por el contrario: lo que resulta sorprendente es la rapidez con que
ha devenido un lugar común la idea de que cualquier sustancia, cualquier
comportamiento, e incluso cualquier afecto puede ser patologizado como
adictivo. La adicción, desde esta definición, reside solamente en la estruc-
tura de una voluntad que, de alguna forma, no es lo suficientemente libre,
una elección cuya voluntariedad no es lo suficientemente pura.

Y, sin embargo, como el ejercicio, las nuevas actividades patologizadas


bajo los escudriñadores rayos de esta nueva atribución de adicciones son
precisamente aquellas que el capitalismo tardío nos presenta como los em-
blemas últimos del control, de la discreción personal y de la libertad en sí
misma. Más allá del hallazgo de un telos hecho-a-la-medida en el trabajo
(“workalholism”), existe un telos que supone efectuar elecciones de consumo
ostentosamente discrecionales (“shopaholism”), de disfrutar de la variedad
sexual (“comportamiento sexual compulsivo”), o incluso de ser parte de
relaciones prolongadas e ininterrumpidas (“codependencia” o “adicción a la
relación”). Si cada afirmación de la voluntad ha hecho que la voluntariedad
misma aparezca como problemática en una nueva esfera, la afirmación de
la voluntad misma surge como adictiva. En el último año, ha habido una
avalancha de trabajos periodísticos cuya temática gira en torno al hecho
de que los grupos de autoayuda, así como los libros que han popularizado
esta radical crítica a la adicción, pueden ellos mismos ser adictivos. Gene-
ralmente los titulares de estos artículos hacen esta sugerencia como si de

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una broma se tratara; sin embargo, todos ellos, de manera sustancial y para
su propio crédito, toman seriamente la observación de auto-ayuda de que,
lógicamente entendida, la circunferencia de la atribución de adicciones no
puede ser delimitada en ninguna parte.

El análisis de auto-ayuda avanza hacia esta conclusión con una claridad y


un rigor tan admirables que, desde sus ejemplares más acabados, propicia
que trabajos descriptivos y analíticos particularmente incisivos operen a
contrapelo de muchas ideologías contemporáneas. Así, por ejemplo, si
bien de ninguna manera toda la literatura propuesta sobre codependencia
es feminista y si bien incluso sus trabajos más ambiciosos evidencian los
límites (individualismo, ahistoricidad) para un posible impacto político,
el paradigma de codependencia representa una herramienta deconstruc-
tiva extraordinariamente accesible para las narrativas experienciales del
“sentido común”. Como tal, y como numerosos autores de trabajos de
auto-ayuda lo han puesto en evidencia, tiene una relevancia descripti-
va-feminista formidable.

Estos paradigmas de adicción no pueden, sin embargo, realizar el trabajo


analítico de cuestionar o interrumpir su propia implicación en un proceso
histórico aparentemente unidireccional: la propaganda del libre albedrío.
Con el término “propaganda” quiero significar algo gramaticalmente espe-
cífico: el imperativo de que el concepto de libre albedrío sea propagado. La
demanda de esta propagación parece requerir, no obstante, no solamente
que el concepto de libre albedrío se difunda y circule, sino que, de mane-
ra simultánea, se vea continuamente desplazado, e incluso que se retraiga
eternamente en una red de contigüidades para, por último, constituir un
horizonte de ausencia cuya presión sobre lo presente se acerca al absoluto. Si
la epidemia de la atribución de adicciones constituye, en parte, una crisis en
esta propagación, representa, por otra, su continuación directa e inexorable.
Cada vez que se ha hipostasiado y adjudicado valor ético a una entidad
denominada “libre albedrío” (una situación cuya consolidación, durante
la Reforma, revelaba ya la estructura de sus dramáticas fracturas fun-
dacionales y su adecuación a las complejas necesidades del capitalismo);
cada vez que se ha hipostasiado y adjudicado valor ético a una entidad
denominada libre albedrío, repito, ha estado disponible en su interior, de

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manera simultánea y con la misma duración, una “compulsión” igualmente
hipostasiada, que ha funcionado en calidad de contraestructura siempre
lista a ser expulsada de ella. Y es este mismo imperativo el que ha impelido
el trabajo de rastreo descriptivo que realiza la atribución de adicciones: su
exacerbada agudeza perceptiva para detectar la compulsión detrás de la
voluntariedad cotidiana es propulsada, aún más ciegamente, por su com-
pulsión a aislar un nuevo espacio, en retirada pero absolutizado, de pura
voluntariedad. El último escrito de Nietzsche sería, obviamente, el mejor
ejemplo de esta contradicción: todo aquello que se puede aprender de o
reconocer en la interpretación nietzscheana de la psicología humana en
términos de una exquisita fenomenología de la adicción –todo ello está
vinculado a la imperativa y extravagantemente moralizada invención de
una Voluntad cuyo valor y potencia parecen devenir más y más absolutas
a medida que toda posibilidad de cimentar su existencia vertiginosamente
se desvanece.

En el mundo de las adicciones y de las atribuciones de adicción que se


vive en la actualidad, resulta notable que la gente se haya adiestrado tan
hábilmente, tanto a si misma como a otros, en la manipulación de estos
aparentemente enmarañados absolutos. En doce-pasos y en programas que
semejan-doce-pasos, la heroicidad de la sobriedad (y al utilizar el térmi-
no heroicidad no pretendo disminuir el sentido de un heroísmo con cuyo
valor y dificultad estoy en completa sintonía) implica, paradójicamente,
una destreza en la micro administración de los absolutos. Bajo la presión
acumulada de la experiencia y la sabiduría de las adicciones vividas por
muchas personas, los programas de doce-pasos multiplican los loci de la
compulsión absoluta y de la voluntariedad absoluta. Así, los lugares de
sumisión a una compulsión figurada como absoluto incluyen la insisten-
cia en un modelo de patologización (“el alcoholismo como enfermedad”)
que otros grupos pueden considerar desempoderante o degradante; la
adscripción a una retórica antiexistencial que se basa en la consideración
de identidades inmodificables (“no existen exalcohólicos, sino solamente
alcohólicos en recuperación”); y el sumiso recurrir a un “poder superior” en
retroceso, pero estructuralmente necesario. Al mismo tiempo, los lugares
de una voluntariedad también figurada como absoluto son procurados y
multiplicados por fragmentación: en los rituales que demandan asumir la

210 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


responsabilidad por acciones pasadas; en la descentralizada y altamente
igualitaria –y hasta estilizada– estructura de la experiencia de grupo;
y especialmente a través de la técnica de la fragmentación temporal: el
intensamente existencial “un día a la vez” que desvincula cada momento
de elección (y, por supuesto, que esos momentos son infinitos) tanto de
la historia de la propia identidad como de la intención de futuro que, en
ambos casos, la pudieran constreñir. Entre estos sitios de sutil negociación
entre absolutos reduplicados, muchas personas parecen ser capaces de crear
para sí mismas una escapatoria posible al callejón sin salida de los double
binds (dobles dilemas), donde la afirmación de que alguien puede actuar
libremente es siempre leída a la luz condenatoria de una especie de secreto
a voces de que el comportamiento en cuestión resulta decididamente com-
pulsivo –mientras la propia afirmación de que se estaba, después de todo,
constreñido/a a actuar de tal o cual manera es leída a la luz igualmente
penetrante del secreto a voces de que en cualquier momento se pudiese
haber elegido una opción diferente.

Si voluntad y compulsión constituyen necesariamente categorías mu-


tuamente internas la una a la otra; si el aislamiento de la adicción “en sí
misma” realizado en el siglo XIX debe ser visto, por tanto, como parte del
mismo proceso histórico que la hipostatización nietzscheana de la Volun-
tad “en sí misma”; si esta presión por superponer clasificaciones no hace
sino labrar un punto de tensión históricamente específico en las centena-
rias fisuras del ‘libre albedrío’; entonces debemos preguntarnos, ¿cuáles son
las coordenadas históricas específicas de la presente crisis de la atribución
de adicciones? Pienso que la respuesta más simple a la pregunta: ¿por qué
ahora? –¿por qué el siglo veinte y, en particular su último cuarto, ha llegado
a ser el lugar de esta epidemia de adicciones y de atribuciones de adic-
ción?– debe residir en las peculiarmente resonantes relaciones que parecen
predominar entre las problemáticas de la adicción y aquellas de la fase
de consumo del capitalismo internacional. Desde las Guerras del Opio, a
mediados del siglo XIX , hasta las actuales relaciones de los Estados Unidos
con Turquía, Colombia, México y Perú, el drama de las “sustancias extra-
ñas” y el drama del nuevo imperialismo y los nuevos nacionalismos han
estado inextricablemente ligados. La integridad de las fronteras nacionales
(las nuevas y las impugnadas), la reificación de la voluntad y la vitalidad

E P I D E M I A S D E L A VO L U N TA D 211
nacionales, fueron fácilmente organizadas en torno a las narrativas de in-
troyección. Es más, desde tiempos tan remotos como los tiempos de Man-
deville, es más, el producto opio –esta sustancia intensamente comerciable,
altamente condensada, portable y onerosa, esta mercadería de exportación
(en oposición a los cultivos de consumo interno) por excelencia vulnerable
a los carteles– ha sido visto como poseedor de una capacidad exclusiva: la
de poder espolear en sus usuarios, indiscutiblemente y de forma siempre
incrementada por fuera de la relativa homeostasis de la necesidad, la po-
tencialmente ilimitada trayectoria de la demanda. Con el advenimiento de
la era de la publicidad, esta sustancia adictiva estuvo espectacularmente
disponible para ser traída de vuelta a casa como la representación de emer-
gentes intuiciones sobre el fetichismo de la mercancía.

Por otra parte, la paráfrasis de la Historia de la sexualidad de Foucault, con


la que inicié este ensayo, sugiere que debido a las estrechas coincidencias,
tanto estructurales como temporales, que existen entre la emergencia de la
identidad del adicto y la del homosexual, sus interimplicaciones históricas
deben haber sido profundas. En El retrato de Dorian Gray así como en Dr.
Jekyl y Mr. Hyde, por ejemplo, la adicción a la droga es a la vez camuflaje
y expresión de las dinámicas del deseo masculino por el mismo sexo, así
como de su prohibición. Ambos libros inician a modo de historias de ten-
siones eróticas entre hombres, y terminan como cuentos con moraleja acer-
ca de solitarios consumidores de sustancias. Las dos nuevas taxonomías,
del adicto y del homosexual, condensan muchos de los mismos problemas
para la cultura del siglo XIX: la vieja oposición antisodomita entre algo
denominado naturaleza y aquello que es considerado contra naturam, opo-
sición mezclada de manera engañosa y aparentemente carente de costuras
en una nueva oposición entre aquellas sustancias que son naturales (e.g. “el
alimento”) y aquellas que son artificiales (e.g. “las drogas”); y de ahí a la
manera característica del siglo veinte de distinguir lo deseos en sí mismos
entre aquellos considerados naturales, llamados “necesidades”, y aquellos
considerados artificiales, llamados “adicciones”. La clasificación reificado-
ra de ciertas sustancias particulares y palpables, como no-naturales en su
relación (la estimulación artificial) con el deseo “natural”, quizá debería a
la larga poner en duda la naturalidad misma de cualquier deseo. (Wilde:
“Todo se convierte en un placer si se lo hace a menudo” [Wilde 1981: 236].

212 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Y, por supuesto, uno de los muchos ecos que resuenan alrededor del terri-
ble accidente del VIH –y del terrible no-accidente de los sobredeterminados
estragos del SIDA– es la forma en que éstos parecen “naturalmente” ratificar
y asociar –como no-naturales, como no adecuados para la supervivencia,
y como objetos puntuales del descuido, el sufrimiento especularizado y la
muerte prematura– las categorías nocionalmente auto-evidentes de “gru-
pos de riesgo” del homosexual masculino y del adicto.1

Aparte del SIDA , algunas otras conexiones en las que la atribución de adic-
ciones llama actualmente la atención sobre lo que es “natural”, se ilustran
en la página de opinión de una revista USA Today de 1987 que se enfoca en
la controversia que suscita el uso de esteroides por parte de los atletas. La
misma definición de adicción entra aquí en juego: Ron Hale señala que los
esteroides no son adictivos (y por lo tanto no deben ser prohibidos) porque
“no son ni estimulantes ni depresores, no pueden alterar la mente, y no
constituyen un hábito que no pueda ser interrumpido”; William N. Taylor
dice, en cambio, que sí lo son y que por lo tanto deben ser prohibidos,
porque “los auto-consumidores exhiben tolerancia a las drogas y síndrome
de abstinencia, de tal modo que los cambios de personalidad y la adicción
son comunes” (USA Today, 6 enero 1987: 10A). En las voces, todas esta-
dounidenses, citadas en el debate, lo Natural es invocado para espantar los
espectros que revolotean en varios diferentes ejes: el eje de los cyborgs que se
despliega entre las personas y las máquinas (“si los atletas deben recurrir a
los esteroides, es que tratan de construir una máquina, no un ser humano”);
el eje de las narrativas evolucionistas que se despliega entre las personas y
los animales, observando tan sólo el espacio intermedio de los cruces, la
“era de los atletas monstruosos”; el eje que se extiende de lo auto-erótico a
lo todo-erótico (pues “los cuerpos musculosos son usualmente el resultado
de años de un narcisismo anabólico inducido por esteroides”); el eje puri-
tano entre una “salud” moralizada y un condenado “acrecentamiento del
cuerpo personal”; el eje entre los impulsos saciables y los “insaciables”, ya
sea sexuales o por la ingestión de sustancias; el eje entre la “habilidad natu-
ral” inmanente y la adictiva extrínseca (“los individuos deben competir con

1 Las problemáticas mencionadas en los párrafos precedentes están contextualizadas más en ex-
tenso en mi libro Epistemology of the Closet, capítulo 3, y en el capítulo siguiente “Nationalisms
and Sexualities: As Oppose to What?”.

E P I D E M I A S D E L A VO L U N TA D 213
los recursos de sus propios cuerpos en lugar de confiar en algún químico
no natural”); y, por supuesto, el eje entre el mundo “libre”, donde el uso
de esteroides en competencias amateur está completamente prohibido, y
“Rusia” donde, según especula el editorial, “puede” que sea absolutamente
obligatorio. Los esteroides, por otra parte, al inducir la “rabia del esteroide”
tienen la peligrosa propiedad de desdibujar la que debería-ser-obvia dis-
tinción entre la heterosexualidad y la violencia masculina en contra de las
mujeres. Peor aún, aunque los esteroides tendrían que ser fáciles de situar
en el eje entre géneros masculino y femenino –después de todo, son “ver-
siones fabricadas de la hormona masculina testosterona”– parecen tener, en
la realidad, efectos impredeciblemente desestabilizadores en los atributos
de género. Si su tendencia generalmente virilizante lleva a formar “mujeres
construidas como hombres y hombres construidos como los Montes Cár-
patos”, si causan “crecimiento del vello facial, calvicie y senos reducidos”
en las mujeres y “un comportamiento excesivamente agresivo y violento”
en los hombres, también inducen en las mujeres a una “ninfomanía” que
no puede ser categorizada con tanta seguridad como un efecto masculino.
Y aún más perjudicialmente para el esquema de género que siempre parece
ocultarse tras los modelos hormonales, los esteroides hacen que los hom-
bres “desarrollen características femeninas como senos”. La escalofriante
caricatura editorial resume la noticia más negativa acerca de esta sustancia
foránea, los esteroides: el imponente cuerpo de la voluntariedad absoluta,
asustado tanto como asusta, es atormentado por un memento mori, el es-
queleto en rayos-X de su propia absoluta compulsión; entre las dos imáge-
nes, sin embargo, el supuestamente auto-evidente lugar de lo deseable, el
esbozo “natural” de un simple joven, ha sido ya corroído más allá de todo
posible recuerdo o restauración.

No es tan difícil, entonces, llegar a una proliferación –no de explicaciones


causales para la presente epidemia de atribuciones de adicción– pero sí al
menos de aspectos del momento histórico actual que parecen acoplarse al
modelo de adicción en relaciones mutuas de representación y tergiversación
políticamente tensas y discursivamente productivas. Quisiera terminar, no
obstante, postulando una pregunta mucho más difícil que el ¿por qué ahora?
A saber, ¿cómo pudo haber sido de otra manera? ¿Qué fragmentos de recur-
sos cognitivos anticuados podemos encontrar aún diseminados al borde del

214 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


camino del progreso, recursos por los que puede o pudo ser posible pensar
la voluntariedad y la compulsión de manera diferente–para resistir el simple
relanzamiento de la propaganda de un Libre Albedrío en retroceso–? Debo
señalar que no encuentro el concepto de inconsciente, ya sea individual o
histórico, de mucha ayuda para abordar esta cuestión en particular. Tanto
el pensamiento psicoanalítico como el marxista parecen poseer la moderna
heroicidad del par voluntariedad/compulsión inscrita ya profundamente en
la fuente misma de sus energías analíticas y narrativas. Por el contrario,
cuando observo el trabajo –del que he aprendido mucho– de Thomas Szasz,
cuyo análisis deconstructivo de conceptos como adicción han sido tan vi-
gorosos que podríamos llamarlos desenmascarantes, también noto que la
saludable influencia que ha tenido en las mitologías patologizantes de la
compulsión se debe por completo a un tropismo hacia el absoluto de un libre
albedrío punible que, en sí mismo, raya en lo autoritario.

Solamente sugeriré brevemente que, en la reconstrucción de un posible


“de otra manera” para la atribución de adicciones, he tenido hasta ahora
mejor suerte con una tradición que, antes que opuesta a o aclaratoria de
ella, se sitúa un paso al costado de la misma. Esta tradición es aquella que
reflexiona en torno al hábito, una versión de acción repetida que se mueve,
no hacia absolutos metafísicos, sino hacia interrelaciones de la acción –y
del yo actuante– con el habitus corporal, el hábito que arropa, la habita-
ción que protege, todo aquello que marca las huellas de aquel hábito en
un mundo en el que los absolutos metafísicos habrían dejado un vacío.
Aunque perpetuado y moralizado de manera relativamente intensa por lo
menos desde Cicerón hasta William James, con una especialmente aguda
circulación psicologista alrededor, por ejemplo, del siglo dieciocho y los
orígenes románticos de la novela inglesa, el concepto mundano de hábi-
to ha abandonado el campo teórico con la superveniencia, en este siglo,
de adicción y de otros paradigmas glamorosos orientados en torno a los
absolutos de voluntariedad/compulsión. Y en realidad es fácil entender
la desconfianza que suscitan las versiones modernas de “hábito”, como la
psicología del ego, cuya dependencia de una metafórica de la consolidación
y cuya consecuente eticización del yo unitario, parecen hacerla particular-
mente vulnerable a formas aún no reconocidas de moralismos. Con todo,
el uso no moralizante del lenguaje del hábito en Proust, por ejemplo, es

E P I D E M I A S D E L A VO L U N TA D 215
tan riguroso como cualquier versión de la contemporánea atribución de
adicciones, sin requerir en absoluto la hipostatización de un libre albedrío
fantasmal y punitivo en el horizonte en retroceso. Proust trata el hábito, en
una primera instancia, como una materia perceptual; esto significa que su
caudal de recursos para desnaturalizar las polaridades “activo” y “pasivo”
en lo que tiene que ver con la percepción es puesto en funcionamiento a lo
largo de toda su argumentación acerca del hábito, la facultad humana que
puede “cambia[r] el color de las cortinas, silencia[r] el reloj, consegui[r] una
expresión de piedad en la superficie, sesgada y cruel, del cristal” (Proust,
vol. 1, 1982: 9). La habituación es “esa operación que siempre debemos
iniciar de nuevo, más larga, más difícil que el dar la vuelta un párpado,
y que consiste en la imposición de nuestra propia alma familiar sobre la
aterradora alma de los alrededores” (vol. 2: 791). Un banal pero precioso
opiato, el hábito nos vuelve ciegos –y de ahí que les permita llegar a existir–
a nuestros alrededores, a nosotros mismos tal como aparecemos ante los
otros, y a la huella de los otros en nosotros mismos.

El hábito, sin embargo, también demarca el espacio de inversión y revela-


ción perceptivas y proprioceptivas –revelaciones a las que la introspección
en sí misma nunca podría arribar–. Como cuando el narrador recibe la
carta de Albertine diciéndole que lo ha dejado para siempre:

Sí, un momento antes de que Françoise entrara a la habitación, yo


había creído que ya no amaba a Albertine; había creído que, como
un analista riguroso, no dejaba nada fuera de consideración; había
creído que conocía el estado de mi propio corazón… Había estado
equivocado creyendo que podía ver claro en mi propio corazón.
Pero este conocimiento, que las más perspicaces percepciones de
la mente no habían sabido darme, me lo traía ahora, duro, des-
lumbrante, extraño, como una sal cristalizada, la abrupta reacción
del dolor. Había estado tan habituado a tener a Albertine junto
a mí, y ahora de repente veía un nuevo aspecto del Hábito. Has-
ta el momento lo había considerado, sobre todo, como un poder
aniquilador que suprime la originalidad e incluso la conciencia
de nuestras percepciones; ahora lo veía como una deidad terrible,
tan emplazada en nuestro propio ser, su rostro insignificante tan

216 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


incrustado en nuestro corazón, que si se desprende, si se aparta de
nosotros, esta deidad que uno apenas podía distinguir nos inflige
sufrimientos más terribles que ninguna otra y es, entonces, tan
cruel como la misma muerte (vol. 3: 426).

Los hábitos en Proust, como las mentiras y las penas absurdas, parecen
“servidores oscuros, detestados, contra los que luchamos, bajo cuyo domi-
nio caemos cada vez más, calamitosos y atroces servidores, imposibles de
sustituir y que, por vías subterráneas, nos llevan a la verdad y a la muerte”
(vol. 3: 948). Y, no obstante, son también ellos, los hábitos “–incluso los
más mezquinos, como nuestro apego a las dimensiones y a la atmósfera
de una habitación– los que se asustan y se niegan, en actos de rebeldía que
debemos reconocer como un aspecto secreto, parcial, tangible y verdadero
de nuestra resistencia a la muerte” (vol. 1: 722).

Resulta extraordinariamente difícil imaginar un lenguaje analítico utiliza-


ble en torno al hábito en el paisaje conceptual ruinoso y desfigurado por los
huracanes gemelos llamados “Solamente hágalo” y “Solamente diga no”.
Siento especialmente el vértigo de esta escena de devastación al enterarme
de que Philip Morris compra –o por lo menos alquila de los Archivos
Nacionales– patrocinio para la Carta de Derechos de la Constitución de
los Estados Unidos, involucrando a la vez una serie de anuncios de revistas
para promover la abstracción ‘Libertad’, tanto de las Libertades ya articu-
ladas en el documento en cuestión como otras que, está más que insinuado,
deberán ser aún especificadas. Un anuncio reciente, por ejemplo, presenta
una agradable fotografía en blanco y negro de una sonriente pero digna
Barbara Jordan a quien se la cita diciendo: “La Carta de Derechos no fue
ordenada por la naturaleza o por Dios. Es muy humana, muy frágil”. El
anuncio, no obstante, carece de detalles. El resto del texto: “La Carta de
Derechos ha sido una fuente de consuelo para mí. Si bien nací en la po-
breza, supe que esa no tenía por qué ser una condición permanente. Yo
era libre para hacer lo que quisiera. Y la fuerza liberadora a lo largo de mi
vida y mi carrera ha sido la Carta de Derechos. Es ahí donde los Estados
Unidos de América cobran vida. Sin ella, este país como lo conocemos
cesaría de existir”.

E P I D E M I A S D E L A VO L U N TA D 217
Ni siquiera voy a discutir lo grotesco de la “ironía” de que esta propagan-
da sobre la Libertad venga de una industria cuyo senador preferido, Jesse
Helm de Carolina del Norte, liquida derechos constitucionales tan profusa
e impunemente como permite que la vida de homosexuales y adictos sea
exterminada.

Asumo que esta campaña publicitaria representa más que un intento para
asociar la publicidad de los cigarrillos, en el presente ella misma en pie de
lucha, de manera más íntima con las protecciones de la Primera Enmienda,
donde ella combate cada vez que se ve amenazada con nuevas regulaciones.
Más allá de la cuestión de la Libertad de anunciar, ella alude a campañas,
pasadas y futuras, de las compañías tabacaleras en cuanto tiene que ver con
los derechos de los fumadores, campañas (incluyendo la publicación de una
nueva y radiante revista sólo para fumadores) que tratan de movilizar a los
fumadores y cristalizarlos como un potente grupo de defensa y cabildeo
según el modelo de la Asociación Nacional del Rifle. Ahora bien, en tér-
minos del paradigma adicción/libre albedrío, la brillante idea de cristalizar
una comunidad de defensa del fumador es, en efecto, una idea obviamente
volátil: por un lado, las compañías tabacaleras saborean la visión de una
población unida en la demanda del derecho de fumar como un elevado
ejercicio de libertad individual, en solidaridad con sus buenos amigos en las
compañías tabacaleras para quienes no sólo la articulación, sino el hecho
mismo de la formulación de estas agendas de afirmación de “derechos” está
destinado incuestionablemente e incluso abyectamente a ser entregado; y
no obstante, por otro lado, persiste el hecho de que este sueño húmedo de
Philip Morris se ve empañado por una pesadilla en la que los fumadores
se unen para reclamar derechos, no como encarnaciones de su derecho
último a fumar, sino más bien como adictos, es decir como gente que se
define a sí misma en tanto privada de derechos en lo que tiene que ver con
el acto de fumar. Es, por supuesto, solamente al reivindicar esta identidad
última, al asumir la disposición a estigmatizarse a sí mismos aún más al
hacer causa común con los más desempoderados de los grupos sociales en
sus demandas de lograr un acceso seguro y no penalizable a las sustancias
adictivas; de disponer de cuidados de salud accesibles o gratuitos, de alta
calidad y no discriminatorios, accesibles para todos aquellos que han sido,
aún son o están en riesgo de devenir adictos (i.e. para todo el mundo); y

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de liberarse de la explotación de parte de los traficantes de las sustancias
adictivas; es solamente al hacer este reclamo, o este reconocimiento, de su
propia identidad patologizada, que los fumadores, como cuerpo, podrían,
paradójicamente, empoderarse en impugnaciones legales, económicas o
ideológicas, en contra de las compañías tabacaleras, así como en áreas en las
que sus intereses pueden coincidir con estas mismas compañías (estas áreas
podrían incluir, por ejemplo, el limitar las prohibiciones de fumar en los
sitios de trabajo, o el resistir las cargas adicionales de las aseguradoras que
culpabilizan a las víctimas).

Hay abundante evidencia de que aquello a lo que las compañías tabacaleras


más temen es al reconocimiento legal y oficial del secreto a voces de que,
tras una fachada de voluntariedad, el fumar “es realmente” una adicción.
Si esta operación es por el momento desempoderante para los fumadores,
también lo es su dinámica compensatoria: la idea de que quienquiera que
reclame que está siendo obligado a fumar, en efecto y con cada cigarrillo
que enciende, está realizando la “libre elección” de no hacerlo de manera
diferente. Yo veo estos anuncios como la realización más eficaz, a cierto ni-
vel, de la burla de advertencia de un chantajista que se dirige a los fumado-
res: ellos encauzan en su contra el grotesco punto de giro, en las presentes
construcciones discursivas del capitalismo de consumo, de que los poderes
de nuestro libre albedrío están siempre ya viciadas por la “verdad” de la
compulsión, mientras que los poderes que acompañan la compulsión reco-
nocida están siempre ya viciados por la “verdad” de nuestro libre albedrío.
No hay duda de que, como Proust sugiere, los actos de rechazo y rebelión
en este desfalleciente paisaje necesitan juntar auténtica astucia retórica y
política para permanecer secretos, parciales, tangibles y verdaderos.

E P I D E M I A S D E L A VO L U N TA D 219
REFERENCIAS

BERRIDGE , VIRGINIA Y GRIFFITH EDWARDS (1987). Opium and the People. New Haven
and London: Yale University Press.
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rence Kilmartin, trads.). 3 vols. New York: Vintage Books.
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California Press.
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WILDE , ÓSCAR (1981). The Picture of Dorian Gray. Harmondsworth, Middlesex: Pen-
guin Books.

220 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


L A A D I C C I Ó N P U N I T I VA :
LA DESPROPORCIÓN
DE LEYES DE DROGAS
E N A M É R I C A L AT I N A *

Rodrigo Uprimny Yepes, Diana Esther Guzmán


y Jorge Parra Norato

* De Rodrigo Uprimny Yepes, Diana Esther Guzmán y Jorge Parra Nurato, La adicción punitiva:
la desproporción de leyes de drogas en América Latina (Bogotá, Ediciones Antropos, 2012), pp.
5-8, 51-54.

L A A DICCIÓN PU NIT IVA: L A DESPROPORCIÓN DE LEY ES DE DROGA S EN A MÉR ICA L AT INA 221
En América Latina 
es más grave contraban-
dear cocaína a fin de que
pueda ser vendida a alguien que quiere consumirla, que violar a una mujer
o matar voluntariamente al vecino. Eso puede parecer increíble, pero es
la conclusión a la que llega el estudio riguroso de la evolución de la legis-
lación penal en la región, la cual muestra que nuestros sistemas jurídicos
prevén penas mayores para el tráfico de drogas, incluso en cantidades a
veces modestas, que para conductas tan atroces como la violencia sexual o
el homicidio doloso, esto es, intencional.1

¿Cómo hemos llegado a una situación que, a todas luces, aparece como
injusta e irracional? La respuesta está en que en las últimas décadas, y en
especial desde los años ochenta, los países latinoamericanos, influidos por
el marco prohibicionista internacional, cayeron en lo que metafóricamente
podríamos llamar una adicción al punitivismo en materia de legislación
sobre drogas, lo cual no deja de ser irónico.

Como se sabe, el uso problemático genera en el dependiente una necesidad


cada vez mayor de consumir unas drogas que le producen cada vez meno-
res efectos; finalmente, el consumidor problemático simplemente consume

1 Por solo citar algunos ejemplos, la pena máxima por tráfico de drogas en Bolivia es de 25 años,
mientras que por el homicidio doloso es de 20, con lo cual el castigo por el contrabando de
drogas es mayor que por matar a otra persona. Y en Colombia, la pena máxima por tráfico es
de 30 años, mientras que por violar a alguien es de 20 años, lo cual significa que para el orde-
namiento colombiano es más grave traficar sustancias psicoactivas para que alguien las compre
voluntariamente que someter por la violencia a una mujer y violarla. Y en casi todos los países
de América Latina que estudiamos llegamos a conclusiones semejantes.

L A A DICCIÓN PU NIT IVA: L A DESPROPORCIÓN DE LEY ES DE DROGA S EN A MÉR ICA L AT INA 223
para evitar el síndrome de abstinencia. La legislación frente a las drogas
en América Latina parece proseguir un camino similar: es cada vez mayor
la necesidad que experimentan nuestros Estados de aumentar los delitos
e incrementar las penas en relación con el tráfico de drogas, en principio
para controlar un mercado ilícito en expansión; son cada vez menores los
efectos de esa punibilidad acentuada en disminuir la oferta y el consumo
de drogas ilícitas.

Y así, al igual que el consumidor problemático que frente a la disminución


de los efectos de la sustancia decide aumentar automáticamente la perio-
dicidad y la dosis del consumo, los poderes públicos, al ver el escaso efecto
de una punibilidad creciente, deciden aumentar la dosis y la periodicidad
de la misma. Y nuestros Estados caen en una punibilidad adictiva, que ex-
plica las desproporciones que hemos señalado y que esta publicación busca
presentar y documentar.

Esta evolución ha estado marcada en los últimos sesenta años por la deno-
minada “guerra contra las drogas”.2 En virtud de ésta, la política dominante
a nivel mundial en materia de “drogas ilícitas” ha sido el prohibicionismo,
caracterizado por el uso del derecho penal como herramienta fundamental
en la lucha contra todas las fases del negocio (cultivo, producción, distri-
bución y tráfico), y en algunos casos incluso en contra del consumo. Con
algunos matices y variaciones importantes, todos los países alrededor del
mundo cuentan dentro de sus legislaciones con tipos penales que contem-
plan sanciones privativas de la libertad a la distribución y tráfico de las
sustancias controladas.3

2 “Se le llama guerra contra las drogas a la política impulsada por el expresidente de Estados
Unidos Richard Nixon a comienzos de los setenta, que se propuso luchar contra las drogas
ilícitas, cuyo consumo tendía a aumentar en la juventud norteamericana de la época". Se trata
de una política estatal de “tolerancia cero” que, mediante el recurso constante al derecho penal
y el uso generalizado de la fuerza, busca suprimir a toda costa la oferta y demanda de estas
sustancias y castigar a quienes estén involucrados en cualquiera de las fases del negocio.
3 Sobre la práctica global de castigar las conductas relacionadas con drogas con penas privativas
de la libertad que suelen ser bastante severas, Gloria Lai dice: “Aunque la mayoría de los países
del mundo ha firmado acuerdos internacionales (y en algunos casos también regionales) que
reconocen el principio de proporcionalidad, por lo general no incorporan los requisitos de
dicho principio en su marco de imposición de penas por delitos de drogas” (2012: 4).

224 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Esto es el resultado de un largo proceso de carácter global, que ha tenido
manifestaciones locales significativas. De hecho, siguiendo la terminología
propuesta por Boaventura de Sousa Santos, se trata de un proceso que
puede ser caracterizado como un localismo globalizado (Santos 1998: 57),
pues las banderas y estrategias de un país en particular, en este caso Es-
tados Unidos, se convirtieron progresivamente en un asunto internacional
en torno al cual se ha producido un importante desarrollo normativo. En
efecto, desde principios del siglo XX ,4 pero en especial desde la década de
los sesenta,5 se han adoptado importantes tratados internacionales que
constituyen la base normativa del prohibicionismo en materia de sustan-
cias controladas. Antes de eso, el régimen internacional sobre drogas era
liberal, pues no contenía realmente regulaciones que limitaran o prohibie-
ran su consumo, producción y tránsito.6

Este marco normativo global de carácter prohibicionista ha tenido, a su


vez, una gran influencia local alrededor del mundo, especialmente en los
países occidentales. Al aprobar estos tratados y ratificarlos a nivel nacio-
nal, los Estados han adquirido la obligación de ajustar sus legislaciones
internas a las prohibiciones incluidas en ellos. De esta forma, progresi-
vamente las legislaciones nacionales han ido incrementando el uso del

4 En 1909 se realizó el primer encuentro internacional sobre la materia: la Conferencia de


Shangai tuvo lugar con el fin de discutir las “consecuencias perjudiciales para la salud gene-
radas por el opio”. El primer tratado internacional, la Convención Internacional del Opio
(La Haya, 1912), recogió la conclusión principal del encuentro en Shangai: adoptar en el
derecho interno una fuerte regulación y control a la producción y distribución de opio. Los
controles se fortalecieron de más en más en las convenciones siguientes: la Convención de
Ginebra de 1925, la Convención Internacional sobre Fabricación y Reglamentación de la
Distribución de Estupefacientes en Ginebra, 1931, y la Convención para la supresión del
tráfico ilícito de 1936, entre otras.
5 A partir de la década de los sesenta se han adoptado tres tratados internacionales que consti-
tuyen el marco jurídico del prohibicionismo en materia de drogas: 1) La Convención Única
sobre Estupefacientes de 1961, que pacta una acción internacional coordinada para el combate
del uso indebido y el tráfico de drogas. 2) La Convención sobre Sustancias Psico-trópicas de
1971, que establece un sistema internacional de fiscalización de sustancias psicotrópicas, in-
cluyendo las drogas sintéticas. Y 3) la Convención contra el Tráfico Ilícito de Estupefacientes
y Sustancias Psicotrópicas de 1988, que se centra en la adopción de medidas integrales en la
lucha contra el narcotráfico.
6 Tal como lo describe Jay Sinha (2001), durante el siglo XIX hubo un uso generalizado de opio y
coca con fines principalmente paliativos y tranquilizantes en Canadá, Estados Unidos, Europa
y Australia. En ese entonces, el control médico y legal sobre estas drogas era menor, por lo que
su consumo era una decisión individual y libre que no era desaprobada socialmente.

L A A DICCIÓN PU NIT IVA: L A DESPROPORCIÓN DE LEY ES DE DROGA S EN A MÉR ICA L AT INA 225
derecho penal en sus estrategias de “lucha contra las drogas”. Este fenó-
meno puede ser a su vez caracterizado como un globalismo localizado
(Santos 1998: 57), pues la regulación global ha tenido importantes efectos
nacionales y locales, que han transformado profundamente la forma como
se responde a los problemas relacionados con drogas, generando respues-
tas cada vez más represivas.

Esta tendencia a usar el derecho penal como estrategia fundamental en


la lucha contra las drogas debería ser analizada con cuidado por varias
razones fundamentales. En primer lugar, porque implica una tendencia
a maximizar el uso del derecho penal, lo cual va en contra de uno de los
principios básicos del mismo, que señala que el derecho penal debe ser la
última ratio.7 Esta constituye una garantía fundamental que implica que
las sanciones penales solamente pueden ser previstas y usadas cuando hay
plena justificación para ello. En segundo lugar, porque puede afectar dere-
chos y garantías fundamentales en el contexto de un Estado constitucio-
nal, como la garantía de la proporcionalidad de los delitos y de las penas.

[Exploramos] si la evolución reciente de la legislación penal en los países


de América Latina en relación con las conductas referidas a drogas respe-
ta estas garantías mínimas a las que debería sujetarse el derecho penal y,
en particular, si pueden ser consideradas proporcionales a los daños que
se ocasionan con las conductas prohibidas. En el fondo, la pregunta que
pretende abordar este escrito es si los delitos y las penas existentes en las
legislaciones nacionales son proporcionales. Si la respuesta a esta pregunta
es negativa, la conclusión que debería seguirse es que resultan incluso in-
constitucionales, en el marco de un Estado constitucional.

Para abordar esta pregunta se explora la evolución reciente de las legisla-


ciones penales a propósito de los delitos relacionados con drogas en siete
países de América Latina: Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador, Colombia,

7 Los penalistas Juan Bustos Ramírez y Hernán Hormazábal Malarée explican el principio de
derecho penal como última ratio de la siguiente manera: “El derecho penal ha de entenderse
como última ratio o mejor extrema ratio. Esto significa que el Estado sólo puede recurrir a él
cuando hayan fallado todos los demás controles, ya sean formales o informales. La gravedad de
la reacción penal aconseja que la norma penal sólo sea considerada, en última instancia, como
un recurso excepcionalísimo frente al conflicto social” (Bustos y Hormazábal 1997: 66).

226 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Perú y México. Estos han sido seleccionados atendiendo a dos criterios
fundamentales. En primer lugar, un criterio de relevancia académica, pues
representan países con diferentes problemáticas en relación con las drogas,
con ubicaciones geográficas y contextos diversos, que tienen además dife-
rentes sistemas políticos.

En este sentido, mientras que, en la tipología tradicional, Colombia, Perú


y Bolivia son considerados países productores, México e incluso Brasil son
considerados países de paso.8 Además, todos ellos representan las dife-
rentes regiones de América Latina, desde el Cono Sur hasta el país más
extremo de habla hispana de América del Norte.

En segundo lugar, un criterio práctico fundamental, pues son los países


que tienen representación en el Colectivo de Estudios Drogas y Derecho
(CEED), que es el grupo en el marco del cual se realiza el presente estudio.
De hecho, este documento hace parte de un esfuerzo grupal por carac-
terizar las políticas de drogas en el continente y documentar sus efectos.
En este sentido, es uno de los componentes de la segunda fase de estudios
del CEED, que se centró en explorar la proporcionalidad de la legisla-
ción penal en cada uno de los siete países señalados.9 Este, en particular,
ofrece un análisis comparado, con lo cual se espera aportar elementos
adicionales al debate sobre la proporcionalidad y razonabilidad de estas
políticas prohibicionistas.

[...]

8 Esta tipología ha entrado en crisis en los últimos tiempos, pues la dinámica actual del negocio
de las drogas a nivel global ha hecho colapsar buena parte de estas categorías. Por solo dar un
ejemplo, en el caso colombiano, tras haber ganado la categoría de productor en los noventa,
actualmente el alza de las cifras de consumo interno lo postulan a convertirse también en un
país consumidor. Sin embargo, para efectos prácticos, las categorías clásicas que hemos men-
cionado son útiles para identificar las diferencias de las problemáticas internas de los países en
relación con los narcóticos.
9 Para conocer los estudios del CEDD, ver, entre otros: Metaal y Youngers (2010) y Pérez Co-
rrea (2012). Los diferentes informes sobre proporcionalidad y leyes de droga en los siete países
estudiados por el CEDD pueden encontrarse en el siguiente vínculo: http://www.wola.org/es/
informes/colectivo_de_estudios_drogas_y_derecho.

L A A DICCIÓN PU NIT IVA: L A DESPROPORCIÓN DE LEY ES DE DROGA S EN A MÉR ICA L AT INA 227
Con el fin de abordar la pregunta central propuesta, a continuación mos-
tramos cuál es el concepto de proporcionalidad que manejamos en el texto,
así como la forma por la cual hemos optado para operacionalizar dicho
concepto, esto es, para medir la proporcionalidad de la legislación penal
antidrogas. Pero antes de presentar estos elementos conceptuales y me-
todológicos, incluimos una reflexión preliminar que resulta esencial para
comprender el análisis propuesto, que es una discusión sobre el daño que
se genera con las conductas tipificadas en América Latina como delitos
relacionados con sustancias controladas.

De esta forma nos ocupamos de tres temas fundamentales. En primer


lugar, presentamos una reflexión sobre el bien jurídico que se pretende
proteger por los delitos relacionados con drogas y el daño que efectiva-
mente se causa con las conductas tipificadas. En segundo lugar, indicamos
qué entendemos por proporcionalidad y cómo puede ser dimensionada
en materia penal. Finalmente, desarrollamos la forma en que se pretende
medir la proporcionalidad de los delitos y penas relacionados con drogas
adoptada en los siete países seleccionados en los últimos sesenta años.

EL BIEN J UR ÍDICO T U TELA DO


Y EL DA ÑO DE L OS DEL I TOS
R E L A C I O N A D O S C O N D R O G A S 10

La pregunta acerca de la proporcionalidad de los delitos de drogas está an-


tecedida por la pregunta sobre cuál es el bien jurídico11 que se pretende sal-
vaguardar con la tipificación, y el daño que se busca prevenir o sancionar.
10 Esta reflexión preliminar retoma y amplía los elementos desarrollados por los autores en re-
flexiones previas, en especial, Uprimny, Guzmán y Parra (2012).
11 De aquí en adelante partimos de un concepto garantista de bien jurídico, cuyo fundamento no
se reduce a su consagración en la ley penal, sino que requiere como condición necesaria y sufi-
ciente un acuerdo de tipo social. Por esta razón, al hablar de “bien jurídico tutelado” hacemos
referencia a una concepción garantista como la desarrollada por Bustos Ramírez y Hormazábal
Malarée (1997: 58) a partir de Ferrajoli: “Una teoría del bien jurídico en un Estado social y
democrático … tiene su origen en la base social y es el producto de procesos interactivos que
tienen lugar en su seno. Son en un Estado democrático el producto de la discusión participati-
va donde la hegemonía alcanzada está dispuesta en el futuro a aceptar su revisión. Los objetos
de protección, los bienes jurídicos, surgen de la base social y por consiguiente, están también
sujetos a rediscusión democrática. Por eso, se dice que tienen un carácter dinámico”.

228 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Este interrogante es central, pues si las políticas de drogas pretenden en-
frentar daños muy graves, entonces parece proporcionado que estas sean
muy severas. Por el contrario, si las políticas de drogas buscan prevenir o
sancionar daños menores, entonces parece intuitivamente desproporciona-
do que recurran a penalizaciones tan estrictas.

Ahora bien, las políticas de drogas, en la medida en que se fundan en


el paradigma prohibicionista, reproducen la siguiente lógica: ciertas sus-
tancias psicoactivas son consideradas nocivas y peligrosas para la salud
pública, con lo cual se busca evitar su consumo y abuso por medio de la
criminalización de su producción y comercialización. El propósito esencial
de las políticas de drogas es entonces, al menos en su formulación, uno de
salud pública, que es impedir que las personas accedan a esas sustancias
psicoactivas por el daño que podría ocasionar su consumo.

Esto se ve reflejado en buena parte de las legislaciones penales de los países


seleccionados, en donde se declara que el bien jurídico que se tutela con la
tipificación es la salud pública. En este sentido, tanto en Colombia como
en México y Perú, el Código Penal incluye los delitos de drogas como
aquellos que protegen la salud pública. En otros países, como Brasil, Ar-
gentina, Bolivia y Ecuador, que cuentan con leyes de drogas que son inde-
pendientes del Código Penal, tiende a no establecerse explícitamente cuál
es ese bien jurídico tutelado. Sin embargo, si se tiene en cuenta el contexto
general de estas leyes, es posible considerar que también en ellos se intenta
proteger la salud pública. En el caso de Brasil, por ejemplo, los delitos de
drogas estuvieron incluidos en el Código Penal hasta 1976, y hasta ese
momento se incorporaban en el capítulo de delitos contra la salud pública.

Pero, en la medida en que las políticas de drogas recurren a la prohibición


penal, han generado el mercado prohibido del narcotráfico, con todas sus
poderosas mafias, que han cometido crímenes terribles y especialmente
sensibles en todos nuestros países. Entonces, esto dificulta a veces evaluar
cuál es el daño que pretenden evitar las políticas de drogas, pues algunos
analistas pueden tomar en cuenta su objetivo primario, que es proteger la
salud pública, mientras que otros ven en ellas instrumentos para combatir
el narcotráfico, que es a su vez un producto de la prohibición.

L A A DICCIÓN PU NIT IVA: L A DESPROPORCIÓN DE LEY ES DE DROGA S EN A MÉR ICA L AT INA 229
Con el fin de precisar cuál es el bien jurídico que efectivamente se protege
con la tipificación de conductas relacionadas con drogas, como el cultivo,
producción y tráfico de las mismas, consideramos importante asumir la
distinción entre “problemas primarios” y “problemas secundarios” asocia-
dos con las drogas ilícitas o sustancias controladas. De acuerdo con autores
como Louk Hulsman (1987) o Ethen Nadelmann (1992), los primeros son
aquellos ocasionados por el abuso de una sustancia psicoactiva. Los segun-
dos, es decir los “problemas secundarios”, son aquellos que se derivan de las
políticas prohibicionistas.

Un ejemplo ilustra esa diferencia: una cirrosis provocada por el consumo


excesivo de alcohol o un cáncer pulmonar causado por el cigarrillo son “pro-
blemas primarios”, pues derivan del abuso mismo de estas sustancias. En
cambio, la violencia generada por las mafias que controlan la producción y
la distribución de la cocaína, o la infección por VIH de los consumidores de
heroína que comparten jeringas constituyen “problemas secundarios”, pues
derivan directamente de la criminalización de la producción y el consumo
de esas drogas.

En este sentido, la violencia que se tiende a asociar con el tráfico de dro-


gas (o narcoviolencia), realmente no constituye un resultado de las drogas
en sí mismas, sino de las políticas prohibicionistas que tienden a generar
incentivos importantes a la formación de mafias, que se inclinan a usar
la violencia para mantener su poder en el negocio de las drogas. En el
debate sobre la proporcionalidad de los delitos y de las penas relacionadas
con drogas, es entonces importante distinguir entre lo que efectivamente
puede ser salvaguardado por los delitos de drogas y lo que no.

Por estas razones, asumimos que la proporcionalidad de las políticas de


drogas debe ser evaluada frente a su propósito primario, que es enfrentar los
problemas de salud pública asociados directamente a los eventuales abusos
de ciertas drogas. En este sentido, el daño que hay que tomar en cuenta en
el análisis aquí propuesto es aquel que se produce a la salud de los miembros
de la sociedad por el consumo y la distribución de sustancias controladas.

230 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Ahora bien, podría argumentarse que el único bien jurídico que pretenden
salvaguardar estos tipos penales no es la salud pública, sino también bienes
tan fundamentales como la integridad personal y la seguridad nacional.
El presupuesto de esta crítica sería que la producción y el tráfico de drogas
causan muertes y afectan la seguridad pública, de forma tal que las personas
que participen de alguna forma en ellos deben ser perseguidas penalmente.

Sin embargo, como ya lo explicamos, los daños ocasionados o derivados de


la criminalidad que se organiza en torno al negocio de las drogas no son un
problema primario, sino secundario, pues obedecen a la prohibición misma
y a lo rentable que resulta el negocio como consecuencia de ella, y no a las
conductas de cultivar, producir y distribuir ciertas sustancias psicoactivas.
Además, estos bienes jurídicos son y deben ser protegidos mediante otros
delitos consagrados en nuestras legislaciones penales, que resultan especí-
ficos para ellos, como el homicidio o las lesiones personales.

Clarificado cuál es el bien jurídico tutelado respecto del cual debe valorarse
la proporcionalidad de los delitos y de las penas en el caso de las conductas
relacionadas con drogas prohibidas, resulta importante hacer algunas pre-
cisiones sobre el daño. En primer lugar, cuál es el daño que efectivamente
pueden producir estas conductas o, en otras palabras, cuál es el tipo de an-
tijuridicidad que efectivamente pueden llegar a causar. En segundo lugar,
cuándo se justifica entonces penalizar conductas relacionadas con drogas,
como la producción y distribución de las mismas.

En cuanto a lo primero, es claro que la salud pública es un bien jurídico


digno de tutela. Lo que no es tan claro es que la producción y distribución
de estas sustancias psicoactivas sean una amenaza grave para ese bien jurí-
dico, o que los tipos penales desarrollados en los países de América Latina
analizados los protejan de manera adecuada. La razón fundamental para
ello es que las conductas criminalizadas no causan un daño concreto, sino
que generan un riesgo de que la salud pública sea afectada.

Así, al transportar alguna cantidad de droga no se causa por ese solo he-
cho un daño concreto a la salud pública, ni a la salud individual de algún
miembro de la comunidad, solo se genera el riesgo de que se pueda afectar

L A A DICCIÓN PU NIT IVA: L A DESPROPORCIÓN DE LEY ES DE DROGA S EN A MÉR ICA L AT INA 231
de alguna forma la salud de algún consumidor, si este voluntariamente
decide comprar y consumir esa sustancia psicoactiva. No debemos olvi-
dar que los consumidores son quienes voluntariamente deciden acceder
a esas sustancias. En esa medida, contribuir de alguna forma al cultivo,
producción, distribución o tráfico de drogas no afecta en sí mismo un bien
jurídico individual o colectivo de manera directa. Puede crear un riesgo o
alentar conductas riesgosas, pero no implica un daño concreto.

De acuerdo con lo anterior, no todos los daños o riesgos que se puedan


causar a la salud de las personas justifican la penalización de las conductas
relacionadas con drogas. Así, por ejemplo, el consumo de sustancias con-
troladas por parte de una persona mayor de edad, que decide libremente
ingerir estas sustancias, no debería ser penalizado. Esta es una conducta
amparada por la autonomía individual y el libre albedrío.

En este sentido, asumimos la subregla jurisprudencial desarrollada por la


Corte Constitucional Colombiana al despenalizar el porte para consumo
de dosis personal, que es en general la filosofía que ha inspirado a los países
que han eliminado la penalización del consumo, o que, a lo menos, presen-
tan una tendencia en este sentido.12 De acuerdo con la Corte, el consumo es
una conducta amparada por derechos fundamentales tan esenciales como la
libertad de autodeterminación y la autonomía personal. El Estado no puede
penalizarlo, pues en un ordenamiento democrático, solo pueden sancionar-
se penalmente aquellas conductas que afecten derechos de terceros.13

En contraste, en cuanto a lo segundo, hay otras conductas cuya penaliza-


ción resulta justificada en un Estado constitucional democrático, porque
afectan derechos de terceros, como la distribución de sustancias controla-
das a menores de edad, pues eso puede afectar su desarrollo psicológico y
físico, con lo cual se puede afectar su salud. Es por ello que otras personas
que participan en la producción, la distribución y el tráfico de sustancias
12 Entre los países de América Latina en donde se ha despenalizado el consumo o el porte de
droga para consumo personal o que presentan una tendencia en este sentido están: Argentina,
Brasil, Chile, Colombia, México, Paraguay, Perú y Uruguay. Para una profundización sobre la
despenalización del consumo y porte de drogas para consumo personal en diferentes países
alrededor del mundo, ver Rosmarin y Eastwood (2012).
13 Corte Constitucional Colombiana, Sentencia C-221 de 1994. M.P. Carlos Gaviria Díaz.

232 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


controladas podrían llegar a ser castigadas penalmente de manera legítima
y proporcionada.

En consecuencia, en el momento de establecer la proporcionalidad entre


el daño ocasionado con el delito y la pena determinada por el legislador, es
importante tener en cuenta que en general las conductas relacionadas con
drogas que han sido tipificadas como delitos, no tienden a generar daños
concretos y de manera directa. Respecto de muy pocos tipos penales se
podría establecer un daño concreto y directo, como en el caso de suminis-
tro a menor, pues la distribución de drogas a niños, niñas y adolescentes
sí podría implicar una afectación de su libre desarrollo de la personalidad.

En la mayoría de los tipos penales existentes en América Latina, la antijuri-


dicidad a la que se refieren consiste en un riesgo, generalmente abstracto, de
que se llegue a concretar un determinado daño a la salud de las personas. Sin
embargo, dado que este riesgo es respecto de bienes de terceros, podría llegar
a justificarse la penalización, siempre que esta resulte proporcional y respete
las garantías penales básicas de las que son titulares todos los ciudadanos.

L A P R O P O R C I O N A L I D A D P E N A L 14

El principio de proporcionalidad penal es fundamental, pues se refiere a la


garantía de la proporcionalidad de la pena que se ha desarrollado desde la
época de la Ilustración y que hoy día es una conquista del Estado de dere-
cho. Tiene su fundamento en el principio de legalidad y está relacionado
con la prohibición de penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes
como garantía para la protección de la dignidad humana, que se encuentra
establecida en diferentes tratados internacionales de derechos humanos,15
14 Para este ejercicio, hemos retomado el concepto de proporcionalidad abstracta desarrollado por
los autores en Uprimny, Guzmán y Parra (2012: 10).
15 Dentro de las normas de derecho internacional que dan respaldo jurídico al principio de pro-
porcionalidad se encuentran los artículos 5 y 29 (2) de la Declaración Universal de Derechos
Humanos, el artículo 7 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, el artículo 5
de la Convención Americana sobre Derechos Humanos y el artículo 49 (3) de la Carta de
los Derechos Fundamentales de la Unión Europea; de igual manera se ha desarrollado en la
jurisprudencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos y el Tribunal Europeo de
Derechos Humanos.

L A A DICCIÓN PU NIT IVA: L A DESPROPORCIÓN DE LEY ES DE DROGA S EN A MÉR ICA L AT INA 233
así como en la mayoría de los textos constitucionales de los países que
hacen parte del estudio.16 En efecto, resulta cruel e inhumano imponer
a una persona una pena que no guarde una razonable proporción con la
gravedad de su conducta.

A pesar de su relevancia, su determinación no es pacífica, pues es difícil


establecer criterios objetivos de ponderación que logren determinar la pro-
porcionalidad entre lo injusto y la pena que se imponga. La pena aplicable
a cada caso encuentra una legitimación externa por ser un problema moral
y político. Con el fin de analizar la proporcionalidad penal de los delitos y
de las penas relacionados con drogas en los países de América Latina selec-
cionados, hemos optado por desarrollar una apuesta teórica y metodológica
a partir de la aproximación desarrollada por Ferrajoli (2000: 398 y ss.).

De acuerdo con este autor, el análisis de la proporcionalidad de las penas


puede descomponerse en tres subproblemas: 1) La predeterminación por
el legislador de las penas mínimas y máximas para cada conducta, 2) la
determinación de la pena realizada por el juez para cada caso en concreto y
3) la posdeterminación que corresponde a la ejecución efectiva de la pena.

[Nos concentramos] en el primer subproblema señalado, y denominaremos


a esta dimensión como proporcionalidad abstracta. Nos concentramos en
ella y dejamos de lado las otras dimensiones del problema porque conside-
ramos que esta proporcionalidad abstracta nos permite, con gran economía
de recursos, hacer un análisis comparado claro en relación con todos los
países seleccionados, pues el ejercicio se concreta en la revisión de las legis-
laciones penales existentes. En cambio, el estudio comparado de las penas
impuestas y cumplidas implica unos costos y esfuerzos investigativos que
podrían resultar, por usar el tema de este estudio, “desproporcionados”.

Para analizar si las legislaciones penales examinadas cumplen con el prin-


cipio de proporcionalidad penal, es posible abordar el asunto desde dos

16 Si bien la mayoría de las constituciones no hacen explícito el principio de proporcionalidad,


sino que contemplan garantías constitucionales semejantes como la prohibición de penas crue-
les e inhumanas, en algunas cartas políticas se hace mención expresa de este principio. Por
ejemplo, el artículo 22 de la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos indica que “toda
pena deberá ser proporcional al delito que sancione y al bien jurídico afectado”.

234 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


puntos de vista diferentes. Por un lado, a partir de los principios teóricos
que han planteado diferentes filósofos como criterio de definición de la
pena mínima y la pena máxima que merece una conducta determinada. Al
respecto, Ferrajoli (2000: 399ss.) rescata dos principios teóricos en concre-
to: la ventaja del delito no debe superar la desventaja de la pena; y la pena no
debe superar a la violencia informal que en su ausencia sufriría el reo por la parte
ofendida o por otras fuerzas más o menos organizadas.

Por otro lado, es posible realizar la predeterminación de la pena a partir de


un criterio comparativo con las penas establecidas para otros tipos penales.
Esto es, analizando si las penas asignadas por el legislador a un determi-
nado delito son desproporcionadas en relación con otros delitos de mayor
o igual gravedad. Para este ejercicio hemos optado por concentrarnos en
esta última alternativa, por ser la que más elementos empíricos provee para
el análisis. La proporcionalidad abstracta se refiere entonces al análisis de
proporcionalidad que se realiza dentro de la primera etapa de definición de
la pena, es decir, dentro de la labor del legislador en la determinación de
las conductas punibles y sus correspondientes sanciones.

E L E M E N T O S PA R A M E D I R
L A PROP ORCIONA L I DA D

Para avanzar en la difícil tarea de determinar la proporcionalidad o des-


proporcionalidad de las leyes penales de drogas en América Latina, desa-
rrollaremos el análisis comparado de las sanciones previstas para los delitos
de drogas en relación con otros delitos que son especialmente graves y que
tienen un gran impacto social en nuestros contextos.

En concreto, hemos elegido el homicidio, el acceso carnal violento (o vio-


lación) y el hurto con violencia sobre la persona (o “robo” para algunas
legislaciones). Esta selección se justifica por las características propias de
estas conductas punibles, pues en todas ellas su configuración coexiste con
la generación de un daño efectivo a bienes jurídicos protegidos: la vida, la
integridad y libertad sexuales y el patrimonio e integridad personal.

L A A DICCIÓN PU NIT IVA: L A DESPROPORCIÓN DE LEY ES DE DROGA S EN A MÉR ICA L AT INA 235
Además, estos delitos suelen reportar altos índices de criminalidad en los
países latinoamericanos, por lo que parecen ser útiles para compararlos
con los delitos de drogas. Precisamente, en caso de dar un tratamiento
punitivo más severo a los delitos de drogas frente a los demás, quedaría en
evidencia su desproporcionalidad, pues la gravedad de los delitos usados
para la comparación es mucho mayor o, cuando menos, más evidente.

Finalmente, cerramos esta explicación metodológica con una aclaración pre-


via: inicialmente tuvimos la intención de realizar un análisis diferenciado del
delito de tráfico, distinguiendo entre el tratamiento punitivo al tráfico de pe-
queñas cantidades de droga (microtráfico) y su equivalente al tráfico de gran-
des cantidades que involucra las fuertes mafias criminales (macrotráfico). Sin
embargo, como lo explicaremos en el texto, las legislaciones suelen no hacer
esta diferenciación, lo que demuestra otro elemento de desproporcionalidad:
un trato penal igual a conductas considerablemente diferentes, pues, como
infortunadamente lo hemos experimentado en la región, los posibles daños
asociados al microtráfico son evidentemente mucho menores a los asociados
al gran narcotráfico. Aún así, en varios países, el tratamiento punitivo es
semejante en uno y otro caso, de suerte que un pequeño distribuidor de ma-
rihuana es penalizado como si fuera Pablo Escobar.

[...]

A NÁ LISIS EVOLU T I VO DE L A CR I M I NA LI-


Z ACIÓN DE LOS DELI TOS DE DROGA S

Las primeras leyes penales antidrogas en América Latina tuvieron lugar en


los años veinte, aproximadamente. Se caracterizaron por criminalizar muy
pocas conductas relacionadas con los estupefacientes y por implementar
castigos mesurados. En Argentina, la Ley 11.309 de 1924 castigaba única-
mente la introducción clandestina, la venta y la prescripción indebida con
una pena de entre seis meses y dos años de prisión (Corda, R.A., 2010).
En Colombia, la Ley 11 de 1920 sancionaba el tráfico o consumo con
multas pecuniarias (Uprimny y Guzmán 2010); y en México, las primeras
regulaciones se dieron en 1916, 1923 y 1927, y en ellas se contemplaban

236 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


prohibiciones que no alcanzaban a tipificar delitos concretos ni penas de
privación de libertad (Hernández 2010).

Ahora bien, una mirada a las leyes penales que hoy están vigentes nos
[da] un buen indicio para proponer como hipótesis la existencia de una
tendencia hacia la maximización del uso del derecho penal para afrontar el
problema de la droga en América Latina. A diferencia de los años veinte,
las leyes de hoy se caracterizan por penalizar un alto número de conductas
de drogas y por contemplar castigos severos. El caso colombiano es un
muy buen ejemplo: mientras las primeras leyes antidrogas impusieron úni-
camente sanciones pecuniarias a solo dos conductas de drogas, el Código
Penal vigente incluye 50 verbos rectores relacionados con este tipo de con-
ductas y contempla penas de hasta 30 años de prisión que pueden aumentar
en casos de modalidad agravada.

Al intentar constatar esta hipótesis se evidencian algunas tendencias en la


evolución de estas leyes respecto de dos elementos concretos: el número de
conductas de drogas que se criminalizan y el número de años de pena que
se contemplan para dichas conductas. A continuación nos detenemos en
cada una de estas dos tendencias generales, señalando sus características
y matices.

AU M EN TO PROGR ESIVO DEL N Ú M ERO


DE CON DUC TA S T I P I F ICA DA S

Desde una perspectiva garantista, el derecho penal encuentra como lí-


mite el principio de derecho penal mínimo.17 Este postulado asocia dos

17 Ferrajoli explica el principio de derecho penal mínimo como justificación del derecho penal
de la siguiente manera: “Un sistema penal, diremos en efecto, está justificado sólo si la suma
de las violencias –delitos, venganzas y castigos arbitrarios– que está en condiciones de prevenir
es superior a la de las violencias constituidas por los delitos no prevenidos y por las penas
establecidas para éstos. Naturalmente, un cálculo de este tipo es imposible. Puede decirse sin
embargo que la pena está justificada como mal menor –lo que es tanto como decir sólo si es
menor, o sea, menos aflictivo y menos arbitrario– respecto a otras reacciones no jurídicas que
es lícito suponer que se producirían en su ausencia; y que, más en general, el monopolio estatal
de la potestad punitiva está tanto más justificado cuanto más bajos sean los costes del derecho
penal respecto a los costes de la anarquía punitiva” (336).

L A A DICCIÓN PU NIT IVA: L A DESPROPORCIÓN DE LEY ES DE DROGA S EN A MÉR ICA L AT INA 237
finalidades preventivas al uso del derecho penal: la más clara, que es la
prevención de la comisión de delitos y la protección de los posibles afecta-
dos; y una menos reconocida, que es la prevención de las penas arbitrarias
y la protección a los reos contra castigos innecesarios (Ferrajoli 2000: 335).

No puede ser entonces admisible exceder el uso mínimo del derecho penal
para cumplir con la primera de estas finalidades en perjuicio de la segun-
da. De manera que la criminalización creciente de un sinnúmero de con-
ductas, lejos de servir de garantía a las víctimas de dichos delitos, estaría
victimizando a aquellos que lleguen a ser condenados por los mismos. Y
esto es aún más problemático si se tiene en cuenta que, en la mayoría de
los casos, los delitos asociados a las drogas carecen de víctimas concretas
pues todos participan voluntariamente en este mercado ilícito. Otra cosa
son, obviamente, los atroces crímenes cometidos por los narcotraficantes
para proteger su negocio. Pero no son esos delitos de los que estamos ha-
blando. Al estudiar en concreto las leyes penales de drogas y su evolución
histórica en los países de la región focalizados, se evidencia una tendencia
maximizadora del uso del derecho penal que ha mantenido una dirección
constante hacia el incremento del número de conductas punibles de drogas
desde que surgieron las primeras leyes en la materia.

[...]

La proporcionalidad en materia penal no solo es un principio que desarro-


lla los postulados de derecho penal como última ratio y de derecho penal
mínimo, sino que es también una garantía sustantiva para las personas
procesadas y condenadas por la ley penal. Se trata de una protección
para quien juega el rol más débil dentro del proceso penal y que permite
mantener la armonía entre la finalidad de proteger a las posibles víctimas
mediante la prevención de la comisión de nuevos delitos y la finalidad de
proteger a los posibles reos mediante la prevención de la imposición de
castigos injustos y excesivos.

Por esta razón, toda política estatal que acuda al uso del derecho penal debe
respetar y garantizar el estricto cumplimiento del principio de proporcio-
nalidad. De otra manera, se violarían diversos derechos humanos, y esto

238 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


resulta inaceptable en regímenes constitucionales. En particular, los países
de América Latina deben hacer todo lo que esté a su alcance para hacer de
las políticas de drogas una respuesta estatal proporcional y garantista en la
que prevalezca el respeto por los derechos de todos los actores que tengan
relación con cualquiera de las fases del negocio de la droga.

Sin embargo, este estudio nos da el fundamento suficiente para concluir


que la tendencia de las políticas antidroga en la región está dirigida al
uso máximo del derecho penal y a una consecuente desproporción de los
delitos de drogas. Por un lado, este comportamiento queda en evidencia al
haberse comprobado que tanto el número de conductas de drogas penali-
zadas como los montos de pena con los que se castigan han incrementado
de más en más desde 1950 hasta el día de hoy. Esta situación ha degenera-
do en un grado tal de punitivismo, que alcanza a penalizar hasta 50 o más
conductas de drogas y a imponer penas de hasta 30 o más años de prisión
en un mismo ordenamiento jurídico.

Por otro lado, dicha desproporción de las políticas de drogas en Améri-


ca Latina se confirma tras la comparación realizada frente a otros delitos
considerados socialmente como de mayor gravedad y que generan daños
mucho más severos, concretos y directos en bienes jurídicos como la vida.
Encontramos que la respuesta punitiva del Estado frente a los delitos de
drogas tiende a ser igual o más severa que la dispuesta para los delitos
de homicidio, acceso carnal violento y hurto agravado sobre la persona.
Esta mayor severidad con la que se reprimen los delitos relacionados con
estupefacientes no solo desatiende cualquier criterio de proporcionalidad,
sino que va en contra de la conciencia social latinoamericana que prefiere
castigar a un homicida o a un abusador sexual antes que a un traficante o
un consumidor de drogas.

Además, con este estudio hemos corroborado, a lo menos, otras dos ca-
racterísticas de las leyes penales de drogas en América Latina que con-
tribuyen a mantener y ampliar la desproporción. La primera es la presen-
cia generalizada de diferentes errores de técnica legislativa que pueden
convertirse en obstáculos para la efectiva protección de los derechos de
quienes son procesados y condenados, como por ejemplo la tendencia

L A A DICCIÓN PU NIT IVA: L A DESPROPORCIÓN DE LEY ES DE DROGA S EN A MÉR ICA L AT INA 239
a incorporar un elevado número de verbos rectores en un mismo tipo
penal, y una buena cantidad de tipos penales en un mismo artículo nor-
mativo, con lo cual se impone la misma pena a delitos de gravedad muy
diversa. Y la segunda, es la presencia de un punitivismo (en materia de
drogas) dentro del punitivismo (del ordenamiento jurídico-penal en su
conjunto), que hemos logrado identificar por la cercanía entre las penas
dispuestas para las conductas de drogas y los topes máximos de pena que
admiten las legislaciones penales.

Así las cosas, frente a la evidente desproporción de los delitos de drogas en


América Latina, es urgente que los Estados adopten medidas suficientes
para revertir esta situación y avanzar en la implementación de políticas de
drogas que respeten los derechos humanos y las garantías penales básicas.

Esto se ve reforzado por el hecho de que quienes resultan más afectados


por la desproporción en los delitos y las penas tienden a ser las perso-
nas que se encuentran en condiciones de vulnerabilidad en las sociedades
latinoamericanas, y quienes constituyen los eslabones más débiles en las
cadenas del tráfico. En efecto, como fue documentado en el estudio Sis-
temas sobrecargados, publicado en el año 2010, la criminalización por el
cultivo, fabricación, comercialización, tráfico, e incluso consumo de sus-
tancias controladas, recae en general sobre las personas que se encuentran
en condiciones socioeconómicas más precarias y con más bajos niveles
educativos. Además, en mayor proporción tienden a ser quienes cumplen
el rol de eslabones débiles dentro del negocio de la droga.18

Adicionalmente, si bien las graves consecuencias que trae la política pro-


hibicionista en materia de derechos humanos y garantías constitucionales
son suficientes para su replanteamiento, los altos costos y bajos beneficios
en términos utilitarios confirman la necesidad de atender el problema
de la droga desde otra perspectiva. En otra oportunidad, el CEDD tuvo
la posibilidad de cuantificar buena parte de estos costos, a los cuales se

18 Así se verificó en un estudio previo del CEDD en el que se concluyó que las principales vícti-
mas de la excesiva represión de las políticas de drogas son personas de origen humilde y de baja
formación escolar, que tienen una participación menor en el ciclo de la droga y que pueden ser
fácilmente sustituibles dentro de las diferentes fases de la economía de la droga. Ver Metaal y
Youngers (2010).

240 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


suman los inmensos costos colaterales generados por la violencia asociada
a las grandes organizaciones criminales y mafias del narcotráfico que tanto
han afectado a los países latinoamericanos.19 Luego no hay razón, ni en
términos de derechos ni en términos económicos, que pueda justificar la
permanencia de un enfoque punitivo en las políticas de drogas en la región.
Por todas estas razones, es indispensable implementar todos los esfuerzos
posibles por redirigir el enfoque de las políticas de drogas en la región. Su eje
fundamental no puede seguir siendo la represión penal. Al contrario, dada
la situación de vulnerabilidad y de desprotección de derechos humanos que
se ha generado, los Estados tiene la obligación de implementar respuestas
alternativas al problema de las drogas. Se deben preferir las políticas de re-
ducción de daños a las políticas de respuesta punitiva; los eslabones débiles
de la cadena de la droga deben recibir una protección estatal antes que una
condena excesiva y los eventuales daños asociados a las sustancias psicoac-
tivas deben ser minimizados a partir de una perspectiva de salud pública y
desarrollo alternativo, y no desde el castigo penal y el uso de la fuerza.

19 Ver Pérez Correa, C. (2012). Tanto por los costos en materia de derechos humanos como por
el déficit que generan en términos económicos, las políticas prohibicionistas en la región han
generado un debate internacional liderado actualmente por gobernantes latinoamericanos que
pretende replantearse la respuesta estatal frente al problema de las drogas. De igual manera,
han motivado la adopción de iniciativas alternativas, como ha ocurrido con la legalización de
la marihuana en los estados de Oregon y Washington en noviembre de 2012 y el proyecto de
legalización del consumo y venta de cannabis que viene encabezando Uruguay.

L A A DICCIÓN PU NIT IVA: L A DESPROPORCIÓN DE LEY ES DE DROGA S EN A MÉR ICA L AT INA 241
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L A A DICCIÓN PU NIT IVA: L A DESPROPORCIÓN DE LEY ES DE DROGA S EN A MÉR ICA L AT INA 243
LA ERA
FA R M A C O P O R N O G R Á F I C A *
Paul Beatriz Preciado

* De Paúl Beatriz Preciado, “La era farmacopornográfica”, Testo yonqui (Madrid, Espasa Calpe,
2008), pp. 25-46.

L A E R A FA R M AC O P O R N O G R Á F I C A 245
Nací en 1970, 
momento en el que la economía del
automóvil, que parecía entonces en su
punto de máximo auge, comenzaba a declinar. Mi padre tenía el primer y
más importante garaje de Burgos, una villa gótica de curas y militares en la
que Franco había instalado la nueva capital simbólica de la España fascista.
De haber ganado la guerra Hitler, la nueva Europa se habría asentado en
torno a esos dos polos (cierto desiguales), Burgos y Berlín, o al menos con
eso soñaba el pequeño general gallego. En el Garaje Central, así se llamaba
el floreciente negocio de mi padre situado en la calle General Mola (el
militar que había dirigido el levantamiento contra el régimen republicano
en 1936), se guardaban los coches más caros de la ciudad, los de los ricos
y los caciques. En mi casa no había libros, solo había coches. Chryslers
de motor Slant Six, varios Renaults Gordini, Dauphine y Ondine («los
coches de las viudas», los llamaban entonces, porque tenían fama de acabar
en las curvas con la vida de los maridos automovilistas), Renaults D-S
(que los españoles llamaban “tiburones”) y algunos Standars traídos desde
Inglaterra y adjudicados a los médicos. A estos había ido comprando: un
Mercedes “Lola Flores” negro, un Citroën gris Traction Avant de los años
treinta, un Ford 17 caballos, un Dodge Dart Swinger, un Citroën “cu-
lo-rana” de 1928 y un Cadillac 8 cilindros. Mi padre invirtió en aquellos
años en la industria de fabricación de ladrillos, que se vino abajo en 1975
(accidentalmente, como la dictadura) con la crisis del petróleo. Al final
tuvo que acabar vendiendo su colección de coches para pagar la quiebra de
la fábrica. Yo lloré por aquellos coches. Entre tanto, yo estaba creciendo
como una pequeña marimacho. Mi padre lloraría por ello.

L A E R A FA R M AC O P O R N O G R Á F I C A 247
Durante esa época, reciente y, sin embargo, ya irrecuperable, que hoy
conoceremos como “fordismo”, la industria del automóvil sintetiza y de-
fine un modo específico de producción y de consumo, una temporización
taylorizante en la vida, una estética polícroma y lisa del objeto inanimado,
una forma de pensar el espacio interior y de habitar la ciudad, un agencia-
miento conflictivo del cuerpo y de la máquina, un modo discontinuo de
desear y de resistir. En los años que siguen a la crisis energética y a la caída
de las cadenas de montaje, se buscarían nuevos sectores portadores de las
transformaciones de la economía global. Se hablará así de las industrias
bioquímicas, electrónicas, informáticas o de la comunicación como nue-
vos soportes industriales del capitalismo… Pero estos discursos seguirán
siendo insuficientes para explicar la producción de valor de la vida en la
sociedad actual.

Sin embargo, parece posible dibujar una cronología de las transformacio-


nes de la producción industrial del último siglo desde el punto de vista
del que se convertirá progresivamente en el negocio del nuevo milenio: la
gestión política y técnica del cuerpo, del sexo y de la sexualidad. Dicho de
otro modo, resulta hoy filosóficamente pertinente llevar a cabo un análisis
sexopolítico de la economía mundial.

Si desde un punto de vista económico, la transición a un tercer tipo de


capitalismo, después de los regímenes esclavista e industrial, se sitúa ha-
bitualmente en torno a los años setenta, la puesta en marcha de un nuevo
tipo de“gubernamentalidad del ser vivo” (Foucault 1994: 641-642) emerge
de las ruinas urbanas, corporales, psíquicas y ecológicas de la Segunda
Guerra Mundial –y en el caso de España, de la Guerra Civil.

¿Pero cómo el sexo y la sexualidad, se preguntarían, llegan a convertirse en


el centro de la actividad política y económica? Síganme:

Durante el período de la guerra fría, Estados Unidos invierte más dólares


en la investigación científica sobre el sexo y la sexualidad que ningún otro
país a lo largo de la historia. La mutación del capitalismo a la que vamos a
asistir se caracterizará no solo por la transformación del sexo en objeto de
gestión política de la vida (como ya había intuido Foucault en su

248 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


descripción “biopolítica” de los nuevos sistemas de control social), sino
porque esta gestión se llevará a cabo a través de las nuevas dinámicas del
tecnocapitalismo avanzado. Pensemos simplemente que el período que va
desde el final de Primera Guerra Mundial a la guerra fría constituye un
momento sin precedente de visibilidad de las mujeres en el espacio público,
así como de emergencia de formas visibles y politizadas de la homosexua-
lidad en lugares tan insospechados como, por ejemplo, el ejército america-
no (Berube 1990). El macartismo americano de los años cincuenta suma a
la persecución patriótica del consumismo la lucha contra la homosexuali-
dad como forma de antinacionalismo, al mismo tiempo que exalta los va-
lores familiaristas de la masculinidad laboriosa y la maternidad domestica
(D’Emilio 1983). Se abren durante este tiempo decenas de centros de in-
vestigación sobre la sexualidad en Occidente como parte de un programa
de salud pública. Al mismo tiempo, los doctores George Henry y Robert
L. Dickinson llevan a cabo la primera demografía de la “desviación se-
xual”, un estudio epidemiológico conocido con el nombre de “Sex Variant”
(Terry 1999), al que más tarde seguirán el Informe Kinsey sobre la sexuali-
dad y los protocolos de Stoller sobre la feminidad y la masculinidad. Entre
tanto, los arquitectos americanos Ray y Charles Eames colaboran con el
ejército americano para fabricar tablillas de sujeción de los miembros mu-
tilados en la guerra con placas de contrachapado playwood. Pocos años
después utilizarán el mismo material para construir los muebles que carac-
terizarán el diseño ligero y la arquitectura americana desechable (Colomi-
na 2007). Harry Benjamin pone en marcha y sistematiza la utilización
clínica de moléculas hormonales, se comercializan las primeras moléculas
naturales de progesterona y estrógeno obtenidas a partir de suero de yegua
(Premarin) y algo más tarde sintéticas (Norethindrone). En 1946 se inven-
ta la primera píldora antibaby a base de estrógenos sintéticos –el estrógeno
se convertirá pronto en la molécula farmacéutica más utilizada de toda la
historia de la humanidad (Tone 2001). En 1947, los laboratorios Eli Lilly
(Indiana, Estados Unidos) comercializan la molécula de metadona (el más
simple de los opiáceos) como analgésico, convirtiéndose en los años setenta
en el tratamiento básico de sustitución en la adicción a la heroína (Carnwa-
th y Smith 2006); ese mismo año, el pseudopsiquiatra norteamericano
John Money inventa el término “género”, diferenciándolo del tradicional
“sexo” para nombrar la pertenencia de un individuo a un grupo

L A E R A FA R M AC O P O R N O G R Á F I C A 249
culturalmente reconocido como “masculino” o “femenino” y afirma que es
posible «modificar el género de cualquier bebé hasta los dieciocho meses»
(Money, Hampson y Hampson 1957; Money 1980). Se multiplica expo-
nencialmente la producción de elementos transuránicos, entre ellos del
plutonio, combustible nuclear empleado militarmente durante la Segunda
Guerra Mundial y que ahora se convierte en material de uso en el sector
civil: el nivel de toxicidad de los elementos transuránicos sobrepasa al de
cualquier otro elemento terrestre, generando una nueva forma de vulnera-
bilidad de la vida. El lifting facial y diversas intervenciones de cirugía esté-
tica se convierten por primera vez en técnicas de consumo de masas en
Estados Unidos y Europa. Andy Warhol se fotografía durante una opera-
ción de lifting facial, haciendo de su propio cuerpo uno de los objetos pop
de la sociedad de consumo. Frente a la amenaza inducida por el nazismo y
por las retóricas racistas de una detección de la diferencia racial o religiosa
a través de los signos corporales, la “des-circuncisión”, reconstrucción arti-
ficial del prepucio del pene, se convierte en una de las operaciones de ciru-
gía estética más practicadas en Estados Unidos en los años posteriores a la
Segunda Guerra Mundial (Gilman 1997; Matz 1946). Al mismo tiempo,
se generaliza el uso del plástico para la fabricación de objetos de la vida
cotidiana. Este material viscoso y semirrígido, impermeable, aislante eléc-
trico y térmico, producido a partir de la multiplicación artificial de átomos
de carbono en largas cadenas moleculares de compuestos orgánicos deriva-
dos del petróleo y cuya quema es altamente contaminante, definirá las
condiciones materiales de una transformación ecológica a gran escala:
destrucción de los recursos energéticos primitivos del planeta, consumo
rápido y alta contaminación. En 1953, el soldado americano George W.
Jorgensen se transforma en Christine, convirtiéndose en el primer transe-
xual mediatizado; Hugh Hefner crea Playboy, la primera revista porno
norteamericana difundida en quiosco, con la fotografía de Marylin Mon-
roe desnuda en la portada del primer número. En la España franquista, la
Ley de Vagos y Maleantes en 1954 incluye por primera vez a homosexuales
y desviados sexuales. El comandante Antonio Vallejo-Nájera, jefe de los
servicios médicos militares, y Juan José López Ibor llevan a cabo sucesivas
investigaciones con el fin de examinar las raíces psicofísicas del marxismo
(para descubrir el famoso “gen rojo”), la homosexualidad y la intersexuali-
dad, preconizando, a pesar de la escasa tecnificación de las instituciones

250 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


médicas durante el franquismo, la lobotomía, las terapias de modificación
de conducta, el tratamiento mediante electroconvulsiones y la castración
terapéutica con fines eugenésicos (Velleo-Nájera 1934; Berrios, Romero y
Huertas García Alepo 1999). En 1958 se lleva a cabo en Rusia la primera
faloplastia (construcción de un pene a partir de un injerto de piel y los
músculos del brazo), como parte de un proceso de cambio de sexo de mujer
a hombre. En 1960, los laboratorios Eli Lilly comercializan Secobarbital,
un barbitúrico con propiedades anestésicas, sedativas e hipnóticas concebi-
do para el tratamiento de la epilepsia, el insomnio o como anestésico en
operaciones breves. Secobarbital, más conocido como la “píldora roja” o
doll, se convierte en una de las drogas de la cultura underground rock de los
años sesenta; al mismo tiempo, Manfred E. Clynes y Nathan S. Hline
utilizan por primera vez el término cyborg para referirse a un organismo
técnicamente suplementado que podría vivir en un medio ambiente extra-
terrestre y operar como un “sistema homeostático integrado inconsciente”
(Clynes y Kline 1960: 27-31, 74-75). Se trata de una rata de laboratorio a la
que se la había implantado una prótesis osmótica que arrastraba en forma
de rabo cibernético. En 1966 se inventan los primeros antidepresores que
intervienen directamente en la síntesis del neurotransmisor serotonina, y
que llevarán hasta la concepción en 1987 de la molécula de Fluxetine que
será después comercializada bajo varios nombres, dependiendo del labora-
torio, de los cuales el más conocido será Prozac, fabricado por Eli Lilly. En
1969 se crea, como parte de un programa de investigación militar estadou-
nidense, arpanet, la primera “red de redes” de ordenadores interconectados
capaces de transmitir información, que dará lugar más tarde a Internet. El
18 de septiembre de 1970 muere Jimi Hendrix, después de haber ingerido
(¿accidente, suicidio, asesinato?) un cóctel farmacéutico que contenía al
menos nueve píldoras de Secobarbital. En 1971 el Reino Unido establece la
Ley de Abuso de Drogas, que regula el consumo y tráfico de sustancias
psicotrópicas. La gravedad de los crímenes por uso y tráfico va desde la
categoría A (cocaína, metadona, morfina, etc.) hasta la categoría C (canna-
bis, ketamina, etc.). El alcohol y el tabaco quedan fuera de esta clasifica-
ción. En 1972, Gerard Damiano realiza, con el dinero de la mafia califor-
niana, Deep Throat (Garganta profunda), una de las primeras películas
porno comercializadas públicamente en Estados Unidos. Deep Throat se
convertirá en una de las películas más vistas de todos los tiempos,

L A E R A FA R M AC O P O R N O G R Á F I C A 251
generando unos beneficios de explotación de más de seiscientos millones de
dólares. Estalla a partir de entonces la producción cinematográfica porno,
pasando de treinta películas clandestinas en 1950 a dos mil quinientas en
1970. En 1973, se retira la homosexualidad de la lista de enfermedades
mentales del DSM (Manual de Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos
Mentales). En 1974, el soviético Victor Konstantinovich Kalnberz patenta
el primer implante de pene a base de varillas de plástico de polietileno
como tratamiento de la falta de erección, creando un pene natural erecto
permanentemente. Estos implantes se abandonaron en beneficios de sus
variantes químicas por resultar “físicamente incómodos y emocionalmente
desconcertantes”. En 1977, el estado de Oklahoma introduce la primera
inyección letal a base de un compuesto barbitúrico semejante a la “píldora
roja” para aplicar la pena capital; un método similar había sido utilizado ya
en el llamado programa Acción T4 de higiene racial de la alemania nazi,
que eutanasia entre setenta y cinco mil y cien mil personas con deficiencias
físicas o psíquicas, método abandonado después a causa de su alto coste
farmacológico y sustituido por la cámara de gas o la simple muerte por in-
anición. En 1983, la transexualidad (“disforia de género”) se incluye en la
lista del DSM como enfermedad mental. En 1984 Tom F. Lue, Emil A.
Tanaghoy y Richard A. Schmidt colocan por primera vez un “marcapasos
sexual” en el pene de un paciente, un sistema de electrodos implantados
cerca de la próstata que permitía desatar una erección por control remoto.
Durante los años ochenta, se descubren y comercializaban nuevas hormo-
nas como la DHEA o la hormona del crecimiento, así como numerosas sus-
tancias anabolizantes que serán utilizadas legal e ilegalmente en el deporte.
En 1988 se aprueba la utilización farmacológica de Sildenafil (comerciali-
zado como Viagra por los laboratorios Pfizer) para tratar la “disfunción
eréctil” del pene. Se trata de un vaso dilatador sin efecto afrodisiaco que
induce la producción de óxido nítrico en el cuerpo cavernoso del pene y la
relajación muscular. A partir de 1996 los laboratorios americanos se lanzan
a la producción sintética de la saciedad, que podría afectar a los mecanis-
mos psicofisiológicos regulares de la adicción y ser comercializada para
provocar la pérdida de peso. A principios del nuevo milenio, cuatro millo-
nes de niños son tratados con Ritalina por hiperactividad y por el llamado
Síndrome de Déficit de Atención, y más de dos millones consumen psico-
trópicos destinados a controlar la depresión infantil.

252 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Estamos frente a un nuevo tipo de capitalismo caliente, psicotrópico y
punk. Estas trasformaciones recientes apuntan hacia la articulación de un
conjunto de nuevos dispositivos microprostéticos de control de la subje-
tividad con nuevas plataformas técnicas biomoleculares y mediáticas. La
nueva “economía-mundo” (Wallerstein 2004) no funciona sin el despliegue
simultáneo e interconectado de la producción de cientos de toneladas de
esteroides sintéticos, sin la difusión global de imágenes pornográficas, sin la
elaboración de nuevas variedades psicotrópicas sintéticas legales e ilegales
(Lexomil, Special K, Viagra, speed, cristal Prozac, éxtasis, popper, heroína,
Omeoprazol, etc.), sin la extensión a la totalidad del planeta de una forma
de arquitectura urbana difusa en la que megaciudades miseria (Davis 2004)
se codean con nudos de la alta concentración de capital, sin el tratamiento
informático de signos y de transmisión numérica de comunicación.

Estos son solo algunos de los índices de aparición de un régimen postin-


dustrial, global y mediático que llamaré a partir de ahora, tomando como
referencia los procesos de gobierno biomolecular (fármaco-) y semióti-
co-técnico (-porno) de la subjetividad sexual, de los que la píldora y Playboy
son paradigmáticos, “farmacopornográfico”. Si bien sus líneas de fuerzas
hunden sus raíces en la sociedad científica y colonial del siglo XIX , sus vec-
tores económicos no se harán visibles hasta el final de la Segunda Guerra
Mundial, ocultos en principio bajo la apariencia de la economía fordista y
quedando expuestos únicamente tras el progresivo desmoronamiento de
esta en los años setenta.

Durante el siglo XX , período en el que se lleva a cabo la materialización


farmacopornográfica, la psicología, la sexología, la endocrinología han es-
tablecido su autoridad material transformando los conceptos de psiquismo,
de libido, de conciencia, de feminidad y masculinidad, de heterosexuali-
dad y homosexualidad en realidades tangibles, en sustancias químicas, en
moléculas comercializables, en cuerpos, en biotipos humanos, en bienes
de intercambio gestionables por las multinacionales farmacéuticas. Si la
ciencia ha alcanzado el lugar hegemónico que ocupa como discurso y como
práctica en nuestra cultura, es precisamente gracias a lo que Ian Hacking,
Steve Woolgar y Bruno Latour llaman su “autoridad material” (Hackin
1986; Latour y Woolgar 1979), es decir, su capacidad para inventar y

L A E R A FA R M AC O P O R N O G R Á F I C A 253
producir artefactos vivos. Por eso la ciencia es la nueva religión de la mo-
dernidad. Porque tiene la capacidad de crear, y no simplemente de descri-
bir, la realidad.1 El éxito de la tecnociencia contemporánea es transformar
nuestra depresión en Prozac, nuestra masculinidad en testosterona, nuestra
erección en Viagra, nuestra fertilidad/esterilidad en píldora, nuestro sida
en triterapia. Sin que sea posible saber quién viene antes, si la depresión o
el Prozac, si el Viagra o la erección, si la testosterona o la masculinidad,
si la píldora o la maternidad, si la triterapia o el sida. Esta producción en
auto-feedback es la propia del poder farmacopornográfico.

La sociedad contemporánea está habitada por subjetividades toxicopor-


nográficas: subjetividades que se definen por la sustancia (o sustancias)
que domina sus metabolismos, por las prótesis cibernéticas a través de las
que se vuelven agentes, por los tipos de deseos farmacopornográficos que
orientan sus acciones. Así hablaremos de sujetos Prozac, subjetos can-
nabis, sujetos cocaína, sujetos alcohol, sujetos ritalina, sujetos cortisona,
sujetos silicona, sujetos heterovaginales, sujetos doblepenetracion, sujetos
Viagra, etc.

No hay nada que desvelar en la naturaleza, no hay un secreto escondido.


Vivimos en la hipermodernidad punk: ya no se trata de revelar la verdad
oculta de la naturaleza, sino que es necesario explicitar los procesos cul-
turales, políticos, técnicos a través de los cuales el cuerpo como artefacto
adquiere estatuto natural. El oncomouse, ratón de laboratorio diseñado
biotecnológicamente para ser portador de un gen cancerígeno (Haraway
1992), se come a Heiddeger. Buffy, la televisual vampira mutante, se come
a Simone de Beauvoir. El dildo, paradigma de toda prótesis de teleproduc-
ción de placer, se come la polla de Rocco Siffredi. No hay nada que desve-
lar en el sexo ni en la identidad sexual, no hay ningún secreto escondido.
La verdad del sexo no es desvelamiento, es sex design.

1 Pero no solo la ciencia tiene este poder performativo. El arte y el activismo se parecen a las
ciencias de laboratorio. Tienen también el poder de crear (y no simplemente de describir, des-
cubrir o representar) artefactos. Como veremos más adelante, el arte, la filosofía o la literatura
pueden funcionar como contra-laboratorios virtuales de producción de realidad.

254 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


COOPER ACIÓN M A S T U R BATOR I A

Los teóricos del postfordismo (Virno, Hardt, Negri, Corsani, Marazzi,


Moulier-Boutang, etc.) han sugerido que el proceso productivo del capita-
lismo actual tiene en realidad como materia prima el saber, la información,
la cultura y las relaciones sociales. Para la teoría económica más reciente,
el motor de la producción ya no está en la empresa, sino “en la sociedad
en su conjunto, en la calidad de la población, en la cooperación, en las
convenciones, los aprendizajes, las formas de organización que hibridan
el mercado, la empresa y la sociedad” (Moulier-Boutang 2000: 7). Ne-
gri y Hardt hablan de “producción biopolítica”, utilizando la noción cult
foucaultiana para nombrar las formas complejas actuales de la producción
capitalista que combinan tanto “producción de símbolos, de lenguaje, de
información, como producción de afectos” (Hardt y Negri 2006: 135).
Nombran apelando al “trabajo de la vida”, las formas de producción que
emanan del cuidado corporal, de la protección del otro y de la creación
de relación humana, del trabajo “femenino” de la reproducción, de las re-
laciones de comunicación y del intercambio de saberes y afectos. Pero la
mayoría de estos análisis se detienen en su descripción de esta nueva forma
de producción cuando llegan a la cintura.

¿Pero si fueran en realidad los cuerpos insaciables de la multitud, sus po-


llas y sus clítoris, sus anos, sus hormonas, sus sinapsis neurosexuales, si el
deseo, la excitación, la sexualidad, la seducción y el placer de la multitud
fueran los motores de creación de valor en la economía contemporánea, si
la cooperación fuera una “cooperación masturbatoria” y no simplemente
una cooperación de cerebros?

La industria pornográfica es hoy el gran motor impulsor de la economía


informática: existen más de un millón y medio de webs adultas accesibles
desde cualquier punto del planeta. De los dieciséis mil millones de dólares
anuales de beneficios de la industria del sexo, una buena parte proviene de los
portales porno de Internet. Cada día, trescientos cincuenta nuevos portales
porno abren sus puertas virtuales a un número exponencialmente creciente
de usuarios. Si es cierto que los portales porno siguen estando en su mayoría
bajo el dominio de multinacionales (Playboy, Hotvideo, Dorcel, Hustler, etc.),

L A E R A FA R M AC O P O R N O G R Á F I C A 255
el mercado emergente del porno en Internet surge de los portales amateurs.
El modelo del emisor único se ve desplazado en 1996 con la iniciativa de
Jennifer Kaye Ringley, que instala varias webcams en su espacio doméstico
y transmite en tiempo real un registro de su vida cotidiana a un portal de
Internet. Las JenniCams producen en estilo documental una crónica audiovi-
sual de sus vidas sexuales y cobran suscripciones semejantes a las de un canal
televisivo (entre diez y veinte euros mensuales). Por el momento, cualquier
usuario de Internet que posee un cuerpo, un ordenador, una cámara de vídeo
o una webcam, una conexión de Internet y una cuenta bancaria puede crear
su propia página porno y acceder al mercado de la industria del sexo. Se trata
de la entrada del cuerpo autopornográfico como nueva fuerza de la econo-
mía mundial. El resultado del reciente acceso de poblaciones relativamente
pauperizadas del planeta (tras la caída del muro de Berlín, los primeros en
acceder a este mercado fueron los trabajadores sexuales del antiguo bloque
soviético, después los de China, África y la India) a los medios técnicos de
producción de ciberpornografía, provocando por primera vez una ruptura
del monopolio que hasta ahora detentaban las grandes multinacionales por-
no. Frente a esta autonomización del trabajador sexual, las multinacionales
porno se alían progresivamente con compañías publicitarias esperando atraer
a sus cibervisitantes a través del acceso gratuito a sus páginas.

La industria del sexo no es únicamente el mercado más rentable de Inter-


net, sino que es el modelo de rentabilidad máxima del mercado cibernético
en su conjunto (solo comparable a la especulación financiera): inversión
mínima, venta directa del producto en tiempo real, de forma única, pro-
duciendo la satisfacción inmediata del consumidor en y a través de la visita
al portal. Cualquier otro portal de Internet se modela y se organiza de
acuerdo con esta lógica masturbatoria de consumo pornográfico. Si los
analistas comerciales que dirigen Googgle o Ebay siguen con atención las
fluctuaciones del mercado ciberporno, es porque saben que la industria de
la pornografía provee un modelo económico de la evolución del mercado
cibernético en su conjunto.

Si tenemos en consideración que las industrias líderes del capitalismo


postfordista, junto con la empresa global de la guerra, son la industria far-
macéutica (bien como extensión farmacológica legal del aparato científico

256 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


médico y cosmético, bien como tráfico de drogas consideradas ilegales)
y la industria pornográfica, entonces habría que darle un nombre más
crudo a esta “materia prima”. Osemos la hipótesis: las verdaderas mate-
rias primas del proceso productivo actual son la excitación, la erección, la
eyaculación, el placer y el sentimiento de autocomplacencia y de control
omnipotente. El verdadero motor del capitalismo actual es el control far-
macopornográfico de la subjetividad, cuyos productos son la seratonina, la
tetosterona, los antiácidos, la cortisona, los antibióticos, el estradiol, el al-
cohol y el tabaco, la morfina, la insulina, la cocaína, el citrato de sidenofil
(Viagra) y todo aquel complejo material-virtual que puede ayudar a la
producción de estados mentales y psicosomáticos de excitación, relajación
y descarga, de omnipotencia y de total control. Aquí, incluso el dinero se
vuelve un significante abstracto psicotrópico. El cuerpo adicto y sexual, el
sexo y todos sus derivados semiótico-técnicos son hoy el principal recurso
del capitalismo postfordista.

Si la era dominada por la economía del automóvil se denominó “fordis-


mo”, llamaremos “farmacopornismo” a esta nueva economía dominada
por la industria de la píldora, por la lógica masturbatoria y por la cadena
de excitación-frustración en la que esta se apoya. La industria farmaco-
pornográfica es el oro blanco y viscoso, el polvo cristalino del capitalismo
postfordista.

Hardt y Negri, releyendo Marx, nos han enseñado que durante los siglos
XIX y XX la economía global se caracteriza por la hegemonía del traba-
jo industrial no porque este fuera dominante en términos cuantitativos,
sino porque todo otro trabajo se modeliza cualitativamente con respecto a
una posible industrialización (Hardt y Negri 2006: 133-134). Del mismo
modo, la producción farmacopornográfica caracteriza hoy un nuevo perio-
do de la economía política mundial no por su preponderancia cuantitativa,
sino porque cualquier otra forma de producción aspira a una producción
molecular intensificada del deseo corporal semejante a la narcoticosexual.
Así, el control farmacopornográfico infiltra y domina toda otra forma de
producción, desde la biotecnología agraria hasta la industria high-tech de
la comunicación.

L A E R A FA R M AC O P O R N O G R Á F I C A 257
En el periodo “farmacopornista”, la industria farmacopornográfica sinte-
tiza y define un modo específico de producción y de consumo, una tem-
poralización masturbatoria de la vida, una estética virtual y alucinógena
del objeto vivo, un modo particular de transformar el espacio interior en
afuera y la ciudad en interioridad y “espacio basura” (Koolhaas 2007) a
través de dispositivos de autovigilancia y difusión ultrarrápida de informa-
ción, un modo continuo y sin reposo de desear y de resistir, de consumir y
destruir, de evolucionar y de autoextinguirse.

POTEN T I A GAU DENDI

Para comprender cómo y por qué la sexualidad y el cuerpo, el cuerpo exci-


table, irrumpen en el centro de la acción política hasta llegar a ser objetos de
una gestión estatal e industrial minuciosa a partir de finales del siglo XIX,
es preciso elaborar un nuevo concepto filosófico equivalente en el dominio
farmacopornográfico al concepto de fuerza de trabajo en el dominio de la
economía clásica. Nombro la noción de “fuerza orgásmica” o potentia gau-
dendi2: se trata de la potencia (actual o virtual) de excitación (total) de un
cuerpo. Esta potencia es una capacidad indeterminada, no tiene género, no
es ni femenina ni masculina, ni humana ni animal, ni animada ni inanima-
da, no se dirige primariamente a lo femenino ni a lo masculino, no conoce
la diferencia entre heterosexualidad y homosexualidad, no diferencia entre
el objeto y el sujeto, no sabe tampoco la diferencia entre ser excitado, excitar
o excitarse-con. No privilegia un órgano sobre otro: el pene no posee más
fuerza orgásmica que la vagina, el ojo o el dedo de un pie. La fuerza orgás-
mica es la suma de la potencialidad de excitación inherente a cada molécula
viva. La fuerza orgásmica no busca su resolución inmediata, sino que aspira
a extenderse en el espacio y en el tiempo, a todo y a todos, en todo lugar y en
todo momento. Es fuerza que transforma el mundo en placer-con. La fuerza
orgásmica reúne al mismo tiempo todas las fuerzas somáticas y psíquicas,
pone en juego todos los recursos bioquímicos y todas las estructuras del alma.

2 Trabajo aquí a partir de la noción de “potencia de actuar o fuerza de existir” que, a partir de la
noción griega de dynamis y de su correlato metafísico escolástico, elaborará Spinoza. Véanse
Spinoza (2000) y Deleuze (1978-1980, curso disponible en la página de la Université Paris 8
dedicada a Deleuze).

258 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


En el capitalismo farmacopornográfico, la fuerza de trabajo ha revelado su
verdadero sustrato: fuerza orgásmica, potentia gaudendi. Lo que el capita-
lismo actual pone a trabajar es la potencia de correrse como tal, ya sea en su
forma farmacológica (molécula digestible que se activará en el cuerpo del
consumidor), en forma de representación pornográfica (como signo semió-
tico-técnico convertible en dato numérico y transferible a soportes infor-
máticos, televisuales o telefónicos) o en su forma de servicio sexual (como
entidad farmacopornográfica viva cuya fuerza orgásmica y cuyo volumen
afectivo son puestos al servicio de un consumidor por un determinado
tiempo bajo contrato más o menos formal de venta de servicios sexuales).

Lo que caracteriza a la potentia gaudendi no es solo su carácter no perma-


nente y altamente maleable, sino, y sobre todo, su imposibilidad de ser
poseída o conservada. La potentia gaudendi, como fundamento energético
del farmacopornismo, no se deja reducir a objeto ni puede transformarse
en propiedad privada. No solo no puedo poseer ni conservar la potentia
gaudendi de otro, sino que tampoco puedo poseer ni conservar aquella que
aparece como mía. La potentia gaudendi existe únicamente como evento,
relación, práctica, devenir.

La fuerza orgásmica es al mismo tiempo la más abstracta y la más mate-


rial de todas las fuerzas de trabajo, inextricablemente carnal y numérica,
viscosa y digitalizable. Ah, gloria fantasmática o molecular transformable
en capital.

El cuerpo polisexual vivo es el sustrato de la fuerza orgásmica. Este cuerpo


no se reduce a un cuerpo pre-discursivo, ni tiene sus límites en la envoltura
carnal que la piel bordea. Esta vida no puede entenderse como un sustrato
biológico fuera de los entramados de producción y cultivo propios de la
tecnociencia. Este cuerpo es una entidad tecnoviva multiconectada que
incorpora tecnología (Haraway 2004: 29). Ni organismo, ni máquina: tec-
nocuerpo. En los años cincuenta, McLuhan, BuckMister Fuller y Wiener
lo habían intuido: las tecnologías de la comunicación funcionaban como
extensiones del cuerpo. Hoy la situación parece mucho más compleja: el
cuerpo individual funciona como una extensión de las tecnologías globales
de comunicación. Dicho con la feminista americana Donna Haraway, el

L A E R A FA R M AC O P O R N O G R Á F I C A 259
cuerpo del siglo XXI es una plataforma tecnoviva, el resultado de una im-
plosión irreversible de sujeto y objeto, de lo natural y lo artificial. De ahí
que la noción misma de “vida” resulte arcaica para identificar los actores
de esta nueva tecnología. Por ello, Donna Haraway prefiere la noción de
“tecnobiopoder” a la foucaultiana de “biopoder”, puesto que ya no se trata
de poder sobre la vida, de poder de gestionar y maximizar la vida, como
quería Foucault, sino de poder y control sobre un todo tecnovivo conectado
(Haraway 1995).

En el circuito de tecnoproducción de excitación no hay ni cuerpos vivos ni


cuerpos muertos, sino conectores presentes o ausentes, actuales o virtuales.
Las imágenes, los virus, los programas informáticos, los internautas, las
voces que responden a los teléfonos rosas, los fármacos, y los animales
de laboratorio en los que estos son testados, los embriones congelados,
las células madre, las moléculas de alcaloides activos… no presentan en
la actual economía global un valor en tanto que “vivos” o “muertos”, sino
en tanto que integrables en una bioelectrónica de la excitación global o
no. Haraway nos recuerda que “las figuras del cyborg, así como la semilla,
el chip, el gen, la base de datos, la bomba, el feto, la raza, el cerebro y el
ecosistema, descienden de implosiones de sujetos y objetos, de lo natural
y lo artificial” (Haraway 2004: 29). En este sentido, todo cuerpo, incluso
un cuerpo “muerto”, puede suscitar fuerza orgásmica, y por tanto ser por-
tador de potencia de producción de capital sexual. Esta fuerza que se deja
convertir en capital no reside en el bios-, tal como se entiende desde Aris-
tóteles hasta Darwin, sino en el tecnoeros, en el cuerpo tecnovivo encantado
y su cibernética amorosa. De aquí la conclusión: tanto biopolítica (política
de control y producción de la vida) como tanatopolítica (política de control
y gestión de la muerte) funcionan como farmacopornopolíticas, gestiones
planetarias de la potentia gaudendi.

El sexo, los órganos sexuales, el pensamiento, la atracción, se desplazan


al centro de la gestión tecnopolítica en la medida en la que está en juego
la posibilidad de sacarle provecho a la fuerza orgásmica. Si los teóricos del
postfordismo se interesan por el trabajo inmeterial, por el “trabajo no-ob-
jetividad” (Virno 2003: 85), por “el trabajo afectivo” (Hardt y Negri 2006:
134), a los teóricos del capitalismo farmacopornográfico nos interesa el

260 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


trabajo sexual como proceso de subjetivación, abriendo la posibilidad de
hacer del sujeto una reserva interminable de corrida planetaria transforma-
ble en capital, en abstracción, en dígito.

No sabemos leer esta teoría de la “fuerza orgásmica” a través de un prisma


hegeliano paranoico o rousseauniano utópico/distópico: el mercado no es
un poder exterior que viene a expropiar, reprimir o controlar los instintos
sexuales del individuo. Nos enfrentamos, por el contrario, a la más difícil
de las situaciones políticas: el cuerpo no conoce su fuerza orgásmica hasta
que no la pone a trabajar.

La fuerza orgásmica en tanto que fuerza de trabajo se ha visto progresiva-


mente regulada por un estricto control tecnobiopolítico. La misma relación
de compra/venta y de dependencia que unía al capitalista y al obrero regía
hasta hace poco la relación entre los géneros como relación entre eyacula-
dor y facilitador de eyaculación. De aquí la definición: lo femenino, lejos
de ser una naturaleza, es la cualidad que cobra la fuerza orgásmica cuando
puede ser convertida en mercancía, en objeto de intercambio económico,
es decir, en trabajo. Evidentemente un cuerpo masculino puede ocupar (y,
de hecho, ocupa ya) en el mercado de trabajo sexual una posición de género
femenina, es decir, puede ver su potencia orgásmica reducida a capacidad
de trabajo.

Pero el control de la potencia orgásmica no define únicamente la diferencia


de género, la dicotomía femenino/masculino; sino también, y de modo más
general, la diferencia tecnobiopolítica entre heterosexualidad y homose-
xualidad. La patologización de la masturbación y de la homosexualidad en
el siglo XIX acompaña a la constitución de un régimen en el que la fuerza
orgásmica colectiva es puesta a trabajar en función de la reproducción he-
terosexual de la especie. Esta situación se verá drásticamente transformada
con la posibilidad de sacar beneficios de la masturbación a través del dis-
positivo pornográfico y de controlar técnicamente la reproducción sexual a
través de la píldora y de la inseminación artificial.

Si pensamos, siguiendo a Marx, que “la fuerza de trabajo no es el trabajo


realmente realizado, sino la simple potencia de trabajar” (Virno 2003: 18),

L A E R A FA R M AC O P O R N O G R Á F I C A 261
entonces habrá que decir que cualquier cuerpo, humano o animal, real o
virtual, femenino o masculino posee esta potencia masturbatoria, poten-
cia de hacer eyacular, potentia gaudendi, por tanto, potencia productora de
capital fijo –puesto que participa en el proceso productivo sin consumirse
en el proceso mismo–. Hasta ahora hemos conocido una relación directa
entre pornificación del cuerpo y grado de opresión. Así, los cuerpos his-
tóricamente más pornificados han sido el cuerpo de la mujer, el cuerpo
infantil, el cuerpo racializado del esclavo, el cuerpo del joven trabajador,
el cuerpo homosexual. Pero no hay relación ontológica entre anatomía y
potentia gaudendi. Corresponde al escritor francés Michel Houellebecq
el mérito de haber sabido dibujar una fabulación distópica de este nuevo
poder del capitalismo global para fabricar la megafurcia y el megapollón:
en este contexto, el nuevo sujeto hegemónico es un cuerpo (a menudo codi-
ficado como masculino, blanco, heterosexual) farmacopornográficamente
suplementado (por el Viagra, la cocaína, la pornografía, etc.), consumidor
de servicios sexuales pauperizados (a menudo ejercidos por cuerpos codifi-
cados como femeninos, infantiles, racializados):

[…] Cuando puede, el occidental trabaja; su trabajo suele aburrirle


o exasperarle, pero él finge que le interesa. A los cincuenta años,
cansado de la enseñanza, de las matemáticas y de todo lo demás,
decidí descubrir el mundo. Acababa de divorciarme por tercera
vez; a nivel sexual, no esperaba nada de particular. Primero viajé
a Tailandia; inmediatamente después fui a Madagascar. Desde
entonces no he vuelto a follar con una blanca; ni siquiera he vuelto
a tener ganas de hacerlo. Créame –dijo, poniendo una mano firme
en el antebrazo de Lionel–, ya no encontrará en una blanca el coño
suave, dócil, flexible y musculoso, todo eso ha desaparecido por
completo (Houellebecq 2004: 104).

Aquí la potencia no se encuentra simplemente en el cuerpo (“femenino” o


“infantil”) como espacio tradicionalmente imaginado como prediscursivo
y natural, sino en un conjunto de representaciones que lo transforman en
sexual y deseable. Se trata en todo caso de un cuerpo siempre farmacopor-
nográfico, un cuerpo efecto de un amplio dispositivo de representación y
producción cultural.

262 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Revelar nuestra condición de trabajadores/consumidores farmacoporno-
gráficos es la condición de posibilidad de toda teoría crítica contempo-
ránea. Si la actual teoría de la feminización del trabajo esconde el cum-
shot, la eyaculación videográfica detrás de la pantalla de la comunicación
cooperante, es quizá porque los filósofos de la biopolítica, a diferencia de
Houellebecq, prefieren no revelar su calidad de clientes del farmacoporno-
mercado global.

En el primer tomo de Homo Sacer, Giogio Agamben retoma el concepto


de “vida desnuda” de Walter Benjamin para designar el estatuto biopolíti-
co del sujeto después de Auschwitz, cuyo paradigma serían el interno del
campo de concentración o el inmigrante ilegal retenido en un centro de
permanencia temporal: ser reducido a existencia física, despojado de todo
estatuto jurídico o de ciudadanía (Agamben 1998). Podríamos añadir a esta
noción de vida desnuda la de “vida farmacopornográfica”, pues lo propio
del cuerpo despojado de todo estatuto legal o político en nuestras socieda-
des postindustriales es servir como fuente de producción de potentia gau-
dendi. En este sentido, lo que caracterizaría a aquellos que según Agamben
se ven reducidos a “vida desnuda” tanto en las sociedades democráticas
como en los regímenes fascistas es precisamente poder ser objeto de una
explotación farmacopornográfica máxima. Por ello no es de extrañar que
códigos similares de representación pornográfica dominen las imágenes de
los prisioneros de Abu Ghraib o Guantánamo, la representación erotizada
de los adolescentes tailandeses y las páginas de Hot Magazine. Todos estos
cuerpos funcionan ya, y de manera inagotable, como fuentes carnales y
numéricas de capital eyaculante. La distinción aristotélica entre zoe y bios,
vida animal desprovista de toda intencionalidad frente a la vida digna, vida
dotada de sentido, de autodeterminación y sustrato del gobierno biopolí-
tico, habría que sustituirla hoy por la distinción entre raw y bio-tech, entre
crudo y biotecnoculturalmente producido, siendo esta última la condición
de la vida en la era farmacopornista. La realidad biotecnológica desprovista
de toda condición cívica (el cuerpo del emigrante, del deportado, del colo-
nizado, de la actriz o del actor porno, de la trabajadora sexual, del animal
de laboratorio, etc.) es la del corpus (ya no homo) pornograficus, cuya vida
(condición técnica más que puramente biológica), desprovista de derechos
de ciudadanía, autor y trabajo, está expuesta a y es construida por aparatos

L A E R A FA R M AC O P O R N O G R Á F I C A 263
de autovigilancia, publicitación y mediatización globales. Y todo ello en
nuestras democracias postindustriales no tanto bajo el modelo distópico
del campo de concentración o de exterminio, fácilmente denunciable como
dispositivo de control, sino formando parte de un burdel-laboratorio global
integrado multimedia, en el que el control de los flujos y los afectos se lleva
a cabo a través de la forma pop de la excitación-frustación.

E XC I TA R Y CON T ROL A R

La transformación progresiva de la cooperación sexual en principal fuerza


productiva no podría darse sin el control técnico de la reproducción. De
modo que no hay porno sin píldora y sin Viagra. O, inversamente, no hay
Viagra ni píldora sin porno. En realidad, el nuevo tipo de producción sexual
implica un control detallado y estricto de las fuerzas de reproducción de la
especie. No hay pornografía sin una vigilancia y un control farmacopolíti-
co paralelo. A ello se añade la actual industrialización de la reproducción:
in vitro, inseminación artificial, vigilancia del embarazo, motorización y
previsión intencional del parto, etc. Se desmorona así progresivamente la
división sexual del trabajo tradicional. El capitalismo farmacopornográfico
inaugura una nueva era en la que el mejor negocio es la producción de la
especie misma, de su alma y de su cuerpo, de sus deseos y afectos. El bio-
capitalismo contemporáneo no produce “nada”, excepto la propia especie.
A pesar de que estamos acostumbrados a hablar de sociedad de consumo,
los objetos que consumimos son el confeti sólido de una producción vir-
tual psicotóxica. Consumimos aire, sueños, identidad, relación, alma. Este
nuevo capitalismo farmacopornográfico funciona en realidad gracias a la
gestión biomediática de la subjetividad, a través de su control molecular y
de producción de conexiones virtuales audiovisuales.

La industria farmacéutica y la industria audiovisual del sexo son los dos pi-
lares sobre los que se apoya el capitalismo contemporáneo, los dos tentácu-
los de un gigantesco y viscoso circuito integrado. Controlar la sexualidad
de los cuerpos codificados como mujeres y hacer que se corran los cuerpos
codificados como hombres; he aquí el que fue el farmacopornoprograma
de la segunda mitad del siglo XX . La píldora, el Prozac y el Viagra son a la

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industria farmacéutica lo que la pornografía, con su gramática de mamada,
penetración y cum-shot, es a la industria cultural: el jackpot del biocapita-
lismo postindustrial.

El cuerpo posmoderno se vuelve al mismo tiempo colectivamente deseable


y real gracias a su gestión farmacológica y a su promoción audiovisual.
Vivimos en una era tóxico-porno. Dos dominios en los que Estado Uni-
dos detenta, por el momento y quizá no por mucho tiempo, la hegemonía
mundial. Estas dos fuerzas de creación de capital no dependen de una
economía de la producción, sino de una economía de la invención. Como
señala Philippe Pignarre, “la industria farmacéutica es uno de los secto-
res económicos en los que el coste de la investigación y el desarrollo es
muy elevado mientras que los costes de fabricación son extremadamente
bajos. A diferencia de la industria del automóvil, no hay nada más fácil
que reproducir un medicamento, que asegurar su síntesis química masiva,
mientras que no hay nada más difícil y costoso que inventarlo” (Pignarre
2004: 18). Del mismo modo, nada menos costoso que filmar una mamada,
una penetración vaginal o anal con una cámara de vídeo. Las drogas, como
los orgasmos y los libros, son relativamente fáciles y baratos de fabricar. Lo
difícil es su concepción, su distribución y su consumo (Lazzarato 2002).
El biocapitalismo farmacopornográfico no produce cosas. Produce ideas
móviles, órganos vivos, símbolos, deseos, reacciones químicas y estados
del alma. En biotecnología y en pornocomunicación no hay objeto que
producir, se trata de inventar un sujeto y producirlo a escala global.

En el biocapitalismo, una enfermedad adviene al dominio de la realidad


como consecuencia de un modelo médico y farmacéutico, como resultado
de un soporte técnico e institucional capaz de explicarla discursivamente, de
materializarla y tratarla de forma más o menos operativa. Desde un punto
de vista farmacopolítico, el tercio de la población africana afectada por el
sida no está realmente enferma. Los miles de seropositivos que mueren cada
día en el continente africano son biocuerpos precarios cuya supervivencia
no ha sido todavía capitalizada por la industria farmacéutica occidental.
Para el sistema farmacopornográfico estos cuerpos no están ni muertos, ni
vivos. Existen en un estado prefarmacopornográfico, o, lo que es lo mis-
mo, sus vidas no son susceptibles de producir beneficio eyaculante. Son

L A E R A FA R M AC O P O R N O G R Á F I C A 265
simplemente cuerpos excluidos del régimen tecnobiopolítico. Es posible
imaginar el surgimiento de una industria farmacéutica oriental o africana
que pudiera abastecer de triterapias o terapias retroviales similares a bajo
coste a todos los países de Asia y África. Igualmente, si no hay programas
de investigación farmacológica para conseguir una vacuna de la malaria
(cinco millones de muertos anuales en el continente africano) es porque
los países que la necesitan no podrán pagarla. Mientras tanto, las multi-
nacionales occidentales se embarcan en costosos programas de producción
de Viagra o de nuevos tratamientos contra el cáncer de próstata. Fuera de
cálculos de rentabilidad farmacopornográfica, ni las disfunciones eréctiles
ni el cáncer de próstata resultan prioritarios en países donde la esperanza
de vida del cuerpo humano, atacado por la tuberculosis, la malaria y el sida,
no pasa de los cincuenta y cinco años (Kramen y Snyder 2006).

En el capitalismo farmacopornográfico, el deseo sexual y la enfermedad


comparten una misma plataforma de producción y cultivo: no existen sin
soportes técnicos, farmacéuticos y mediáticos capaces de materializarlos.

266 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


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E L FÁ R M A C O N C O L O N I A L :
LA BIOISL A*
Miriam Muñiz Varela

* De Miriam Muñiz Varela, “El fármacon colonial: ‘The Biosisland’”, Adiós a la Economía (San
Juan, Callejón, 2013), pp. 129-166.

E L FÁ R M AC O N C O L O N I A L : L A B I O I S L A 269
D I AG RA M A CO N C EP T UA L

En este ensayo  destinado a otra manera de


pensar la economía y el ca-
pitalismo, me propongo combinar los discursos filosóficos de Deleuze,
Guattari y Bataille con una reflexión sobre las transformaciones biotec-
nológicas del último cuarto del siglo XX . Esto requiere ir más allá de las
categorías tradicionales modernas y a la misma vez establecer un alerta
sobre nuestros modos de existencia, que en el caso específico de Puerto
Rico represento con el término del fármacon. En cuanto al concepto de
bioeconomía, lo propongo para dar cuenta del cambio operado en las mu-
taciones del capital a la luz de un modo de producción/consumo donde la
vida es tomada a cargo por la ciencia y la tecnología en el desarrollo de la
valoración y acumulación de nuevas riquezas y modos de vida. Es este el
motivo que me lleva a cuestionar la pertinencia actual del papel que Mi-
chel Foucault le asignó a la biopolítica moderna a la luz del declive de las
regulaciones biopolíticas a finales del siglo XX , sobre todo en los llamados
sistemas de salud y de intervenciones médicas. Hoy, tanto en Estados
Unidos como en Puerto Rico, el biopoder, los dispositivos de salud/en-
fermedad y sus consecuentes intervenciones médicas se dirigen a la vida
individual y en función de las ganancias globales del complejo biopharma-
co y de las poderosas compañías de seguros. De ahí que no solo partimos
de la crítica que hace George Bataille sobre lo que se ha entendido por
economía, sino también de la crítica a la matriz eurocéntrica mediante el
concepto de la “colonialidad del poder” acuñado por Aníbal Quijano. El

E L FÁ R M AC O N C O L O N I A L : L A B I O I S L A 271
concepto de “colonialidad del poder” se dirige justamente a destacar lo
que el análisis del poder político de la modernidad había encubierto: la
permanencia histórica por más de 500 años en América, y posteriormen-
te en el resto del mundo, de la exclusión/subordinación a poblaciones,
diferenciadas por raza, género y clase. Condición que en la reflexión de
Agamben recaería para los que él designa como “nuda vida” (mera vida) lo
que le sirve para destacar y a la vez diferenciar o problematizar el concepto
de biopolítica acuñado por Michel Foucault, destacando cómo el “poder
soberano” sigue actuando al interior de la biopolítica moderna, asunto
éste que Foucault había minimizado.

[…]

PLUS DE BIOS

Puerto Rico ha sido, sobre todo durante la segunda mitad del siglo XX , “the
experimental island” insertada en un primer momento en las tácticas de la
eugenesia biopolítica del control de la población.1 Se la bautizó como “La
Isla del Encanto”. La fase fordista caracterizada por el consumo masivo
fue acompañada por la frase publicitaria de “lo mejor de dos mundos”. No
era para menos: parecía haber logrado extender el “American way of life”
sin el establecimiento industrial que lo acompañaba y sin la generalización
del asalariado moderno, de manera que el Estado no solo debía ocuparse
del cuidado y salud de la población, sino también ocuparse de su control
reproductivo y disponer sobre su exceso. Esto anticipaba en la Isla las for-
mas postindustriales contemporáneas, con seis de cada diez personas fuera
del mercado laboral, además de una masiva emigración, a la vez que se
producía la expansión de un sujeto consumidor y letrado con altísimo nivel
de población diplomada (incluyendo grado universitario), endeudado pero
propietario, con lo cual no hacía más que confirmarse “el milagro puerto-
rriqueño” del siglo XX .

1 Ana María García, en su documental La Operación (San Juan, 1982) identifica como“genoci-
dio”la campaña masiva de esterilización de la mujeres en Puerto Rico. La Isla sirvió también
como terreno experimental de la pastilla anticonceptiva. Para un análisis de estos temas, veáse
también el libro de Marelen Duprey, Bioislas: Ensayos sobre biopolítica y gubernamentalidad.

272 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Se trató de una particular combinatoria que reprodujo las formas avanza-
das del capitalismo como sociedad de consumo y Estado del Bienestar con
la regulación biopolítica de la población. Lo que conllevó la extensión de
cuidados a la vida en la implantación de los sistemas higiénicos, de medi-
calización y salud pública, pero atravesados por la “colonialidad del poder”,
vigentes en las medidas biotécnicas aplicadas, que en un primer momento,
operaban tanto en la política de control reproductivo isleño como de la
emigración poblacional. Es la colonialidad la que distribuye los diversos
tratamientos y exclusiones de esas poblaciones y construye la jerarquización
de los saberes/discursos universalistas modernos, en particular los que co-
rresponden a la “ciencia occidental” y la “economía moderna” y su derivado
discurso del desarrollo, con una clara matriz de dominio eurocéntrico, y la
que finalmente mantiene el poder de “hacer morir” no solo por la amenaza
de la pena de muerte sino también en la “violencia soberana” que produce
la suspensión o abandono de la ley sobre los cuerpos para los que el “estado
de excepción” sobre determinadas poblaciones adquiere permanencia.

[…]

El problema es que estas interpretaciones, aún las más potentes, dejan de


lado las formas en que dentro del “Imperio” actúa la “colonialidad” como
poder tanto en sus formas históricas/globales, pero también en la manera
de reorganización posfordista/biotecnológica. A nivel mundial se integran
zonas de miseria y núcleos de hiperexplotación con zonas de opulencia e
intervenciones biotecnológicas múltiples. La mejor manera de ilustrar esto
último es aludiendo a la empresa biotécnológica transnacional Monsanto,
establecida por todo el planeta con una encomienda muy distinta a la que
impulsó la colonización moderna. Ahora, le corresponde un nuevo meca-
nismo de “acumulación originaria” que, como expresión de la colonialidad,
se convierte en una máquina de apropiación de saberes, incluso aquellos
que habían sido despreciados por la racionalidad científica moderna. La
biopropiedad (patentes, copyright, etc.) permite apropiarse de la vida, su
forma y de las fuentes de la biodiversidad del planeta y por tanto del control
de fabricar lo viviente. Esa nueva “colonización” y “conquista” va dirigida a
los lugares donde esa biodiversidad se encuentra, que es en las zonas tropi-
cales y subtropicales por lo que aquí también América del Sur vuelve a ser

E L FÁ R M AC O N C O L O N I A L : L A B I O I S L A 273
un destino preferente. Una nueva explotación y expropiación de riquezas
a partir de lo que podíamos llamar un “plusvalor de segundo grado” ya
no basado en la “fuerza de trabajo”, sino en un “cerebro colectivo”. Esta
bioacumulación necesita controlar los conocimientos locales que las pobla-
ciones del planeta han producido por cientos de años, sus técnicas para el
manejo de la existencia como parte de la riqueza común planetaria, y que
ahora es expropiada y mercantilizada por la biopropiedad de las empresas
de la Vida Inc.

Lo que propongo es que cuando las riquezas globales dejan de ser produ-
cidas por “la fuerza” ligada al asalariado y cuando el conocimiento y las
“ciencias de la vida” se han convertido en el motor de las “fuerzas producti-
vas” y su producto es la vida misma como en el posfordismo, tanto la “eco-
nomía política” como la “biopolítica” se transforman en “bioeconomía”.
Como vemos, el paradigma bioeconómico basado en la relación capital/
vida ya no necesita desarrollar las formas de regulación política asignadas
al proletariado. Con el pasaje a la genética y a lo molecular se ha producido
una ruptura cualitativa con la política, degradándose las formas regulato-
rias modernas de tipo orgánico tradicionales. Tanto la política tradicional
referida a la “comunidad” y al “sujeto de derecho” como la biopolítica re-
ferida a las estrategias de “gobernabilidad de las poblaciones” partían de
la relación entre los valores de capital y trabajo. Mientras que el nuevo
biocapital produce y se reproduce sin necesidad de la filiación de “sujetos”,
llámese “proletariado” o “clase trabajadora” y su “plusvalor” lo extrae no del
trabajo asalariado/industrial, sino del llamado “capital humano” apropián-
dose de todas las fuentes de su constitución: afectos, saberes, técnicas, etc.,
denominadas “externalidades positivas” en el vocabulario economicista. La
vida como vida sociobiológica está hoy en el corazón de los sistemas de
producción, financiamiento y mercantilización, los cuales forman parte de
la máquina de captura que el capital ejerce, especialmente, vía el crédito y
el endeudamiento.

Es ella, la vida, la que ofrece el nuevo material especulativo, redefiniéndose


sus formas a través de procesos diversos, contradictorios y paradójicos de
mercantilización, consumo, cura, etc... La manipulación del código ge-
nético y la experimentación con las cualidades o artificios potenciales del

274 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


operativo con lo “natural” se instalan directamente en “lo real” del cuerpo.
“Sujetos/objetos experimentales” compuestos por objetos parciales, prótesis
temporales y variadas combinatorias maquínicas. Lo cual implica que las
técnicas de poder ya no dependen y pueden desligarse del registro de lo
simbólico, desafiliados de la autoridad de la ley, como también de las estra-
tegias gramaticales que sostienen los discursos. La “fuerza de ley” procede
directamente de la bioeconomía y su control. Las mutaciones tecnocientí-
ficas son las que aseguran la rentabilidad de los mercados y el vínculo con
los sistemas financieros a escala global. Podemos adelantar la conclusión
del hecho de que en las finanzas, en tanto producción a la vez de valor
dinerario y de deuda, logra desplazar a la gubernabilidad, heredera de la
pastoral cristiana con la que Foucault asociaba la biopolítica. El resultado es
que minimiza el componente político como mecanismo de regulación, tal y
como Foucault lo pensó, este se incorpora a la dinámica de reproducción del
nuevo biocapital, sin necesidad de intervención de lo que se había entendido
como sistema político para la gubernamentalidad de poblaciones, a menos
que no sea bajo las formas excluyentes del “estado de excepción” ya sea el de
la crisis o el de emergencia económica y del narcotráfico.

[…]

EL FÁR M ACON

La propuesta del “fármacon colonial” me lleva a otra mirada sobre la Isla,


primero como laboratorio de la modernidad fordista y ahora como campo
de experimentación de la bioeconomía posfordista. Al modo del fármacon
griego que sostiene a la misma vez efectos con sentidos opuestos.

Por un lado, como ya hemos analizado, una sociedad que puede a la vez
reproducir la vida, ya fuera por la nobleza en la función “curativa” de su es-
tablecimiento biophármaco o en las formas más extendidas de su consumo,
en particular los que se refieren a los gastos de salud, en el que la Isla ocupa
el segundo lugar en el mundo. A la vez que son desechadas poblaciones,
ya fueran recluidas en las cárceles, expulsadas a la emigración o destina-
das a enfermedades crónicas y hasta la muerte no solo por la guerra del

E L FÁ R M AC O N C O L O N I A L : L A B I O I S L A 275
narcotráfico, sino en muchas otras formas de experimentación de sustan-
cias químicas y de intervenciones médicas. Otra vez particularizamos en
lo que venimos indagando: “bios” y “zoe” de manera diferenciada, ambigua
y simultánea. A la vez, las formas dinerarias en que se asume el cuidado
de la vida, destinada y capturada por las corporaciones biopharmas y la
bioeconomía walgreenizada.

La idea del “fármacon” combina, al modo de la figura gramatical del oxí-


moron, en una misma estructura sintáctica, dos significados opuestos que
originan un nuevo sentido, de modo que “el remedio es también veneno”,
o que “lo que cura también mata”; cualquiera puede constatar esta doble
función con simplemente leer las advertencias de los efectos secundarios
de cualquier medicamento. Sin embargo, mi estrategia al usar el concepto
derridiano tiene un alcance más amplio. Lo propongo para representar
el modo en el que se reorganizan y resignifican las transformaciones más
recientes del capitalismo bioeconómico en Puerto Rico incluyendo su en-
cubrimiento en los discursos de moda con que se revive y se reanima el
espectro del desarrollo. Este dejó de estar referido al paradigma industria-
lista que animó el proyecto de “manos a la obra” fracasado con la crisis del
fordismo y a tono con los tiempos posmodernos lanza el proyecto de “men-
tes a la obra”, matriz de la llamada “economía del conocimiento” en la que
la Isla parece tener ventajas comparativas. Curiosamente es esta ventaja la
que en los últimos años parece estar en peligro dado los datos alarmantes
del éxodo de ingenieros, médicos y una amplia gama de profesionales. Ha-
bría que añadir que las grandes corporaciones de la biopharma ubican fuera
de Puerto Rico a los profesionales puertorriqueños especializados, por su
conocimiento de las reglamentaciones federales sobre los medicamentos
producidos por esa industria globalizada. Pero lo más alarmante es que
eso que llamamos el modo bioeconómico parece no tener la capacidad de
emplear al personal de alta cualificación educativa desarrollado en Puerto
Rico, sino que hay que recordar lo que aparece a la vez de manera paradó-
jica como el fracaso del sistema educativo con un alto porcentaje de estu-
diantes desertores, que abandonan tanto la escuela superior sin terminarla
y como la educación universitaria sin graduarse.

276 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Podríamos convenir que esta fase de la emigración posfordista forma parte
de lo que se ha llamado la “fuga de cerebros”, que no es otra cosa que la
distribución global de los asociados a la corporación biocapitalista trans-
nacional con una repartición global de los cuerpos. La emigración fordista,
no solo era producto del sobrante de una reducida implantación fabril, en
el tránsito de una economía agrícola a una manufacturera, sino que además
correspondía a una suerte de blanqueamiento de la población isleña que a
su vez diferenciaba racial y sexualmente los que iban a ser incluidos en los
puestos de trabajo y aquellos y aquellas que quedarían irreversiblemente
excluidos del mismo. Por tanto, el tránsito al posfordismo en los ochenta
se dio con una gran parte de la población desafecta a la “ética del trabajo”;
de manera que estaban lejos de reproducirse las subjetividades propias de la
sociedad disciplinaria. De otro lado, las técnicas biopolíticas asociadas con
el fordismo, esas a las que Foucault les asignó encargarse de la vida, cuidar-
la, hacerla productiva, no reprimirla ni matarla, se extendían ampliamente
a la población. Eso fue así tanto en el aparato sanitario/higiénico como en
el escolar/superior. Se trataba de una población adaptada al sistema médico/
hospitalario y su derivado farmacológico, segmentado por clase en su ma-
nejo público o privado. El sistema educativo corría la misma suerte, amplia-
mente extendido, aunque de manera progresiva diferenciando su calidad en
las opciones públicas o privadas y sometiendo a efectos multiplicadores de
discrimen y exclusión social, según la población escolarizada viniera de una
u otra opción educativa y por tanto de clase social. También esto tenía efec-
tos en la continuidad de los estudios universitarios, aunque ahí de manera
más amortiguada no solo por la importancia de la universidad pública, sino
porque desde finales de la década del setenta se extiende la forma educativa
universitaria norteamericana lo cual traza una transformación masiva al
acceso de la educación universitaria privada, ampliándose las instituciones
encargadas de ofrecer, también de manera masiva, los grados asociados y
graduados. El sistema de becas y de préstamos federales de forma genera-
lizada se torna también un modo de vida para una juventud que rechaza el
trabajo taylorizado, en el que no se le reconoce sus capacidades cognitivas y
creativas dado el estrecho mercado de trabajo, ya ampliamente flexibilizado
y desregulado, con salarios estancados. No por casualidad la variante puer-
torriqueña del fordismo ya había determinado durante las últimas décadas
del siglo XX que había “demasiadas manos”, ahora el posfordismo parece

E L FÁ R M AC O N C O L O N I A L : L A B I O I S L A 277
advertirnos que hay “demasiadas mentes”. Curiosa paradoja esta con los
discursos económicos de moda acerca de la “economía del conocimiento” y
del “capital humano” representados muy bien en la “bioisla”.

[…]

Durante la década de los ochenta, la Isla se convirtió en un enclave de la


producción farmacológica norteamericana, enclave porque la investigación
y el desarrollo (I+D) de los nuevos productos y nuevas patentes que sirvie-
ron para el relanzamiento y hegemonía de esa industria norteamericana en
el mundo, se mantenía en la costa este de los Estados Unidos, asignándose
a Puerto Rico la manufactura de sus medicinas. De esa forma, Puerto
Rico fue por varias décadas una de las zonas productoras más importantes
del capital y la producción global de esa industria. Se vendía desde Puerto
Rico todo el Advil que se consumía en el mundo, pero también Prozac,
Xanax, Viagra, Zocor, Lipitor, etc. A nivel global esa industria tuvo en
un primer momento sus mercados repartidos: a Irlanda le correspondía el
europeo, a Singapur el asiático y a Puerto Rico le correspondió por unas
décadas, el mercado de las Américas.

[…]

Siguiendo por el lado de las ventajas que ofrece la bioisla, habría que des-
tacar que el gobierno de Estados Unidos ha ubicado esa producción bio-
tecnológica a un nivel estratégico, subsidiando el 90% de su investigación.
[…] Lo que sí parece ser un terreno en expansión es lo que corresponde a
la fase de ensayo del nuevo producto y su aplicación a una población bajo
control, sirviendo también la Bioisla como isla experimental. De manera
que se continúa una larga tradición de tener a la población puertorriqueña
como “conejillo de indias”, como lo fue con el “agente naranja”, las pastillas
anticonceptivas, o las mujeres esterilizadas entre otros tantos experimen-
tos; Puerto Rico ocupa el segundo lugar en el mundo, solo precedida por
Panamá, en mujeres esterilizadas. La demógrafa Judith Rodríguez seña-
laba este dato, resaltando que 25 años después de la campaña de esterili-
zación masiva que abarcó 1/3 parte de las mujeres en edad reproductiva,
ahora la cifra alcanza el 60% de féminas casadas o en relación estable entre

278 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


15-49 años de edad. Se estima que esta cifra aumentará en los próximos
años a un 80%, sobre todo, si se toma en cuenta que en las mujeres con un
hijo, pacientes de la Reforma de Salud, las esterilizaciones alcanzaron el
90% en el 2006. Con la diferencia de que ahora ese papel experimental
es de forma sistemática, dada la fase expansiva de investigaciones y ex-
perimentos de la biomedicina. Es de sobra conocido que la biotecnología
es el sector de punta de la creación de nuevos productos para el siglo XXI
y la Isla aparece como un lugar extremadamente valioso para las pruebas
clínicas del bioproducto, en particular, los que serán los sustitutos de los
medicamentos químicos.

[…]

Si la bioisla sostiene los sentidos opuestos que el “fármacon” permite, co-


rrespondería recordar que en Puerto Rico operan 20 de las 60 organizacio-
nes mafiosas del mundo. Entran más de 150 toneladas métricas de droga
al año con un valor de más de 20 mil millones de dólares y aquí se quedan
cinco mi millones de dólares con alrededor de 1500 puntos de droga, el
resto se ubica en Estados Unidos, y solo se verifican el 2% de los 10 mi-
llones de furgones que llegan al año. Además, como ejemplo de los bienes
de importación para el consumo, el automóvil ocupa un lugar privilegiado,
con ventas de más de 130 mil anuales (hay 2.8 millones de carros en la
Isla), ocupando el primer lugar del mundo en proporción por milla cuadra-
da. También la Isla alcanza los primeros lugares del mundo en celulares,
computadoras, conexión de Internet, solo por mencionar algunos ejemplos
y el “rico puerto” es el cuarto en volumen de carga de los Estados Unidos.
Además de que somos el noveno país que más gasta en energía (petróleo)
proporcional a la población, sin que la Autoridad de Energía Eléctrica haya
financiado la investigación de fuentes alternas de energía en lo que tiene de
historia. Curiosamente, la droga, los medicamentos, la gasolina, los carros,
el petróleo, están todos relacionados en el origen de la farmacología y la
biotecnología, y son ellas también las que protagonizan el gran negocio y a
la vez el lado oscuro del fármacon que se oculta con la Bioisla.

El abandono de “la política” por “la economía”, tal y como lo hemos des-
crito, nos obliga a recomponer desde una perspectiva ética, lo político del

E L FÁ R M AC O N C O L O N I A L : L A B I O I S L A 279
modo de ser humano, donde la vida no quede sometida al cálculo restricti-
vo, ni del salario, ni de la deuda, ni de las equivalencias del mercado, para
satisfacer los mecanismos de obtención de superganancias y de la corrup-
ción. Por el contrario, partir recordando a Félix Guattari y su valoración
ecológica de la vida y de la inmensa riqueza producida por los nuevos
agentes colectivos que abonan justamente a la abundancia y requieren su
distribución o gasto desde otra perspectiva, aquella que obligaría al cambio
copernicano de “la economía” propuesto por Georges Bataille.

280 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


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HABITUS F URIBUNDO
EN EL GUETO
E S TA D O U N I D E N S E *

Phillipe Bourgois, Fernando Montero Castrillo,


Laurie Hart y George Karandinos

* De Phillipe Bourgois, Fernando Montero Castrillo, Laurie Hart y George Karandinos, “Habi-
tus furibundo en el gueto estadounidense” (Espacio Abierto. Cuaderno Venezolano de Sociología.
22. 2, abril-junio, 2013), pp. 201–220. Todas las fotografías fueron tomadas por Fernando
Montero Castrillo, excepto la foto 1 que es de George Karandinos, foto 6 que es de Jorge
Oswaldo Nunez Vega y foto 9 que es de Jeff Schonberg, quienes también mantienen los de-
rechos de sus fotos.

H A B I T U S F U R I B U N D O E N E L G U E T O E S TA D O U N I D E N S E 283
INTRODUCCIÓN

Somos un equipo  colaborativo de etnó-


grafos que desde finales
de 2007 ha llevado a cabo un estudio de observación participante en una
cuadra del vecindario puertorriqueño en el gueto del Norte de Filadelfia
en los EE.UU.

Fernando y George viven a tiempo completo en un apartamento sobre la


calle que estudiamos. El 47% de los habitantes de la zona censal donde
trabajamos vive bajo el nivel de pobreza, casi el doble de la tasa del 24% que
tiene la ciudad en su totalidad, y casi el tripe de la tasa nacional de 13.5%.
Tres de las zonas censales a nuestro alrededor tienen tasas de pobreza que
sobrepasan el 54%. Cinco de las ocho zonas más pobres de la ciudad se
encuentran en este gueto puertorriqueño de Filadelfia.

H A B I T U S F U R I B U N D O E N E L G U E T O E S TA D O U N I D E N S E 285
Recordemos que durante la segunda mitad del siglo diecinueve y la primera
mitad del siglo veinte, Filadelfia había sido el centro urbano industrial más
dinámico de la Costa Atlántica de los Estados Unidos. Esto hizo que la
ciudad fuera especialmente vulnerable a los efectos de la globalización. Ya
para el 2013 Filadelfia era la más pobre entre las 10 áreas metropolitanas
más grandes del país. Su población se redujo cada año entre 1951 y 2009
(Philadelphia Research Initiative 2011). Los demógrafos categorizan la ciu-
dad como una de las cinco metrópolis “hipersegregadas” del país (Wilkes
and Iceland 2004).

Los puertorriqueños comenzaron a inmigrar a Filadelfia en números masi-


vos justo después de la Segunda Guerra Mundial, en busca de trabajos in-
dustriales, que rápidamente desaparecieron en el transcurso de las siguien-
tes tres décadas. Como en muchas otras áreas urbanas estadounidenses
afectadas por la segregación y por la ausencia de inversión pública o privada,
en nuestro vecindario el mercado de las drogas ha venido a llenar el vacío
económico que dejó la desindustralización y se ha convertido en la forma
de empleo más igualitaria y fácil de acceder para los hombres jóvenes que
abandonan sus estudios. No es casualidad que este antiguo corazón indus-
trial de Filadelfia, área de asentamiento de la mayoría de los inmigrantes
puertorriqueños en la ciudad, se haya convertido en el principal mercado al
aire libre de heroína y cocaína en la región con los precios más bajos y las
tazas de pureza más altas de todo el país (Rosenblum et al., en prensa).

286 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Los consumidores son en su mayoría personas blancas provenientes de
otros vecindarios pobres de Filadelfia y del gran conglomerado de subur-
bios de la región donde se ubican los estados de Pensilvania, Nueva Jersey
y Delaware. Este mercado multimillonario valoriza las destrezas cultura-
les, el conocimiento de las calles y la habilidad para infligir violencia de los
residentes más pobres de la inner city, pero a la vez los condena a una vida
marcada por el encarcelamiento crónico en el contexto de la guerra contra
las drogas y las políticas de “cero tolerancia” implantadas por el gobierno
estadounidense desde la década de 1980.

Nuestra intención en este trabajo es adaptar el concepto de acumulación


primitiva de Marx para explicar las razones y los mecanismos median-
te los cuales se imponen estos niveles tan altos de violencia criminal e
interpersonal en el vecindario que estamos estudiando. La acumulación
primitiva aquí opera extrayendo recursos del vecindario que terminan
en manos de sectores sociales acomodados como los abogados, jueces,
compañías contratistas que construyen las cárceles, guardas carcela-
rios sindicalizados, doctores, psicólogos, trabajadores sociales y grandes
compañías farmacéuticas, así como los traficantes de nivel intermedio, la
narcoélite latinoamericana y sus servicios financieros de lavado de dinero.
Para todos estos sectores sociales, estas ganancias económicas se extraen
por medio de la rabia corporalizada, una dinámica violenta, destructiva y
psicológicamente cruel que las fuerzas estructurales, psicodinámicas y de

H A B I T U S F U R I B U N D O E N E L G U E T O E S TA D O U N I D E N S E 287
gubernamentalidad que rigen en el gueto estadounidense de la inner city
fomentan sistemáticamente.

Planteamos que el alto nivel de violencia personal y criminal no es el re-


sultado de un exceso aislado de barbarie urbana, sino que se encuentra en-
marañado en las lógicas de una “economía moral”. La violencia es tanto un
riesgo como un recurso que se administra a través de las relaciones sociales
(los amigos, la familia) porque los mecanismos estatales de regulación son
ineficaces. La reputación de ser capaz de movilizar eficazmente la violencia
y la furia pasa a ser una forma de capital cultural que se transforma en ca-
pital social útil a través de redes de reciprocidad basadas en el parentesco,
la amistad, el amor y la lógica económica utilitaria.

Para explicar esta dinámica, hemos traído al caso los estudios del historiador
E.P. Thompson sobre los mercados rurales británicos y los del antropólogo
James Scott sobre los movimientos campesinos de resistencia en Vietnam.
Thompson y Scott han enfatizado las maneras en que los medios princi-
pales de supervivencia –el precio del pan, los acuerdos entre terratenientes
y aparceros, el acceso a tierras comunes, etc.– se hallan sujetos a expecta-
tivas en torno a las obligaciones de los sectores poderosos (terratenientes,
mercaderes, soldados de policía) respecto de los sectores vulnerables. Las
economías morales en zonas rurales forman parte de sistemas clientelistas
que benefician a los sectores poderosos, pero no son inmunes al desgaste y
pueden motivar huelgas y amotinamientos si las condiciones cambian y las
expectativas no se cumplen, sobre todo en momentos históricos en los que
las fuerzas brutales del mercado destruyen las relaciones entre patrones y
clientes y quebrantan los derechos y las solidaridades comunales.

El concepto de la “economía del don”, elaborado por el antropólogo francés


Marcel Mauss en la década de 1930 para describir las formas de intercam-
bio en sociedades sin estado que se hallan fuera o en los márgenes de la
economía de mercado, es útil para analizar el modo en que las economías
morales movilizan represalias colectivas violentas, a menudo explosivas.
Ningún obsequio es gratis. Todo regalo crea una deuda que exige recipro-
cación en el futuro. Con el tiempo, los intercambios exitosos establecen
jerarquías de respeto y prestigio y trazan los límites de las redes sociales.

288 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


La disposición de ser generoso, y la expectativa de ser un beneficiario de
la generosidad, son las condiciones necesarias para la existencia de una
vigorosa economía del don. El intercambio de violencia asistencial, como
el intercambio de cualquier tipo de recurso, da origen a una deuda mutua y
crea relaciones duraderas entre los protagonistas del intercambio.

Ser partícipe de la violencia para ayudar a un amigo o familiar se convierte


en una obligación tanto práctica como moral, parte del sentido común.
En estos casos, quien permanezca al margen de la violencia se expone a
la difamación, los rumores, el aislamiento social y, ulteriormente, a actos
violentos futuros. Los jóvenes carismáticos, sociables y ambiciosos quedan
atrapados trágicamente en redes sociales violentas, a veces en contra de su
voluntad. Se ven obligados a participar a raíz de una noción de dignidad y
obligación moral de defender a su familia, sus amigos y su propia reputa-
ción de masculinidad agresiva.

Irónicamente, la economía moral de la violencia no podría existir sin la


disposición a la generosidad que se inculca en aquellas personas que buscan
seguridad en la economía de la reciprocidad, donde los intercambios de
recursos básicos se llevan a cabo cara a cara. La mayor parte del tiempo, el
vecindario es un lugar agradable. Muchos de nuestros vecinos responden al
aburrimiento cotidiano impuesto por el desempleo y la pobreza invirtiendo
su energía en la sociabilidad.

H A B I T U S F U R I B U N D O E N E L G U E T O E S TA D O U N I D E N S E 289
En medio de esta densa trama de sociabilidad, sin embargo, con frecuencia
irrumpen incidentes aparatosos de violencia. Durante nuestra primera pri-
mavera en el vecindario, hubo 15 tiroteos, 3 de ellos mortales, en un radio
de 4 cuadras alrededor de nuestro apartamento. Además hubo 3 apuñala-
mientos y 11 ataques a mano armada. La siguiente primavera fue igual de
violenta y aparatosa. En una ocasión, un extenso tiroteo a varias cuadras de
distancia dejó a un hombre herido con 15 impactos de bala.

En un principio, nos tentó explicar estos niveles de violencia principal-


mente como parte de un esfuerzo pragmático por mantener el control de la
venta de drogas, un mercado altamente rentable que carece de regulación
oficial. Aunque muchos de los homicidios efectivamente están relaciona-
dos con la imposición del control territorial del mercado y la resolución de
disputas y deudas, los protagonistas de la mayor parte de los actos violentos
entienden su participación ya sea como una muestra de dignidad personal
o como el efecto de un arrebato incontrolable de furia.

Cuando las personas discuten las peleas con nosotros retrospectivamente,


es común que utilicen frases como: “Me cegué”; “Perdí la mente”; “Me vol-
ví loco”, etc. Tales arrebatos se entienden como un atributo incontrolable
de su personalidad. Sin embargo, ello explica su habilidad de movilizar la
violencia eficazmente.

290 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Por ejemplo, Don Ricardo, un vecino de 50 años que hace varias décadas fue
un bichote (palabra utilizada para referirse al dueño de un punto de drogas,
proveniente de la hispanización del término big shot, aunque también es un
juego de palabras que utiliza el término puertorriqueño “bicho”, que quiere
decir pene) y que pasó 7 años en prisión por un homicidio de tercer grado,
aún explota en ráfagas de furia como respuesta a insultos insignificantes a
pesar de haberse reconstruido como un patriarca empleado en el mercado
laboral legal y un modelo a seguir para los jóvenes de la cuadra. Su suegra,
sus dos hijas y sus nietos todos viven en las casas a su alrededor, que él
compró y remodeló para ellos. Sin embargo, él no es capaz de contenerse
y habla con orgullo de sus arrebatos violentos. Al compartir una cerveza,
se entretiene contándonos sobre los incidentes: “Todavía tengo el mismo
carácter, pero lo trato de controlar”.

La violencia de Don Ricardo le confiere credibilidad incluso entre los


jóvenes más agresivos del vecindario. Todos ellos recuerdan con respeto
varios incidentes en los que Don Ricardo demostró su capacidad de infligir
violencia eficazmente. Tito, un vecino de 21 años que se halla en la cárcel
cumpliendo una condena de 8 años por matar accidentalmente a su mejor
amigo durante una borrachera, nos describió el día antes de recibir su sen-
tencia la manera en que Don Ricardo sujetó en el suelo a un vendedor de
drogas irrespetuoso y disparó su arma en la cuneta al lado de la mejilla del
joven, ordenándole a salir de la cuadra: “Don Ricardo le mete a cualquiera;
nadie jode con él”.

Aunque en el vecindario puertorriqueño este modelo intergeneracional de


furia se entiende como una cualidad personal, es evidente que el sistema
carcelario lo reproduce y lo sobredetermina institucionalmente. Tito nos
contó esta historia en una celda en la que se enfrentaba a la primera senten-
cia de su vida adulta. Un joven bajo de estatura, de 21 años y con cara de
adolescente, Tito buscaba desesperadamente una estrategia para navegar
los inevitables conflictos de alto riesgo que caracterizan la vida cotidiana
en la cárcel, especialmente para los hombres con un aspecto físico como el
suyo que suelen tener temor a una posible violación y que sufren constantes
intimidaciones. Una semana después, George y Fernando visitaron a Tito
en la cárcel a la que las autoridades lo habían transferido. A Tito lo habían

H A B I T U S F U R I B U N D O E N E L G U E T O E S TA D O U N I D E N S E 291
colocado en la sección de máxima seguridad, utilizada para confinar a los
reclusos acusados de cometer crímenes violentos.

Nota de campo de Fernando y George:

Tito tiene rasgaduras y moretes en la cara pero entra con una son-
risa cuando nos ve en el salón de visitas. Nos dice: “Brother, qué
bueno que vinieran ahora porque si hubieran llegado un poco más
tarde me hubieran traído aquí en cadenas. Hoy me peleé con un
tipo. Mira, ¡hasta me mordió!” Se levanta la camisa y nos enseña el
moretón en forma de círculo que tiene en el pecho.

“Yo estaba en la celda mía y este tipo entra y me da un cantazo


atrás de la cabeza, y se queda ahí como si yo no fuera a hacer nada.
Pero cuando él me puso la mano encima fue como si se me hubiera
metido el diablo. Fue como si el diablo me hubiera poseído. La
mente se me puso en blanco y me le tiré encima. En eso se le cayó
una cuchilla que tenía encima, y yo pensé, “Puñeta, ¡este tipo me
quiere apuñalar!”

Lo que pasa es que yo vine aquí con la idea de no meterme con na-
die, calladito, y ellos vieron que yo soy pequeño y entonces piensan
que se pueden aprovechar de mí. Yo sé que si yo hubiera venido
aquí como un salvaje no hubieran pensado eso. Yo sé que no. Eso
me pasa por tratar de no meterme con nadie. La gente piensa que
uno es pendejo.

El guardia cerró la celda y nos dejó que peleáramos, pa que no nos


castigaran. Pero cuando yo vi el cuchillo yo le dije al guardia “No
cierres la puerta” pero él la cerró de todas maneras. No todos los
guardias son así. Uno tiene que saber cuáles son chéveres y te dejan
pelear y cuáles te van a meter al hoyo.

Esta sección está bien heavy, brother, mucha gente no sabe lo que
va a pasar con los casos que tienen y están como desesperados,

292 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


tienen esa incertidumbre. No saben si van a salir de acá en poco
tiempo, o si nunca van a salir.

Ahora es capaz que yo termine matando al pana este, porque cuan-


do yo me enfogono yo de veras me enfogono y no me doy cuenta de
lo que estoy haciendo. Yo era así en la calle también. Me encabro-
naba por cualquier cosita y me cegaba. Me volvía loco.

Pero yo estoy tranquilo con la manera en que he manejado mi tiem-


po aquí. No te voy a mentir, yo me sentí mucho mejor después de la
pelea. Tenía tantas cosas en la cabeza, brother, fue como un alivio
explotar así, me sirvió pa relajarme un poco.

I NCR EM EN TO DE CA RCELIZ ACIÓN


EN EE.U U.

Loic Wacquant (2007), junto con otros sociólogos y criminólogos, ha


documentado la expansión extraordinaria del sistema carcelario estadou-
nidense. A partir de 1980, el número de presos en los EEUU se ha multi-
plicado por cinco. Desde los años setenta, la lógica del castigo ha sustituido
la lógica de la rehabilitación tanto a nivel de política pública como a nivel
institucional. Tal como ha demostrado Wacquant, esto representa una
criminalización de la pobreza y un método para disciplinar a los hombres
negros y latinos, cuya mano de obra se ha vuelto redundante a raíz de las
transformaciones económicas mundiales. El crecimiento de la población
presidiaria ha continuado acelerándose a pesar de la reducción de las tasas
de criminalidad a partir de mediados de los años noventa. Las prisiones
estadounidenses se han convertido en escuelas de preparación de gladiado-
res y, como se puede apreciar en el caso de Tito, han llegado a operar como
incubadoras de crimen tanto organizado como desorganizado.

Asimismo, el encarcelamiento perjudica las posibilidades de obtener


empleo legal, a la vez que aumenta el capital cultural violento y prepa-
ra a los jóvenes para su reingreso inmediato al crimen callejero. Incluso
aquellos que aspiran a romper el ciclo del crimen y de la violencia hallan

H A B I T U S F U R I B U N D O E N E L G U E T O E S TA D O U N I D E N S E 293
casi imposible el intento de ingresar al mercado laboral legal al cumplir su
condena, pues su expediente criminal y la escasez de habilidades impuesta
por años de inactividad forzosa en un ambiente carcelario decididamente
hostil, falto de programas de rehabilitación, funcionan como una condena
de desempleo perpetuo.

Luego de tres décadas de respuestas institucionales a la pobreza mediante


políticas punitivas, ya son varias las generaciones que comparten esta forma
extrema de violencia institucional y que ya han perfeccionado los mecanis-
mos para evaluar los riesgos y las respuestas adecuadas al conflicto violento.

[…]

Es necesario hablar también sobre la mano del estado (Bourdieu 1998) y la


manera en que administra la pobreza y el desempleo en los guetos estadou-
nidenses mediante una biopolítica de la discapacidad mental liderada por
psiquiatras que entienden la furia como un problema estrictamente médico.
Un discurso cultural y específicamente colonial-militar se halla disponible
para aquellos de nuestros vecinos que buscan explicar sus arrebatos de la
furia como acciones legítimas: la idea del “ataque de nervios”, y lo que el
campo de la psiquiatría ha clasificado como el “síndrome puertorriqueño”
o el “síndrome circum-mediterráneo”.

294 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Durante la Guerra de Corea a principios de los años cincuenta, cuando el
ejército estadounidense integró a los diferentes grupos étnicos en tropas
mixtas por primera vez, un grupo de médicos militares estadounidenses
describió a un gran número de soldados puertorriqueños como víctimas de
“paroxismos de ansiedad, furia, síntomas psicóticos… y a menudo amnesia
respecto a las crisis aparatosas" (Gherovici 2003: 29). Este diagnóstico to-
davía aparece en el “Apéndice de síndromes culturales” (“Culture-Bound
Syndromes Appendix”) de la presente edición del Manual de Diagnósticos y
Estadísticas (4ta edición) de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría.
El diagnóstico del síndrome popular de la furia incontrolable adquiere un
nuevo significado al articularse con las prácticas psiquiátricas alrededor
del otorgamiento de subsidios a personas con discapacidades mentales en
el contexto del desmoronamiento del estado benefactor. El pago de “SSI”
(Supplemental Security Income) a personas con ciertos diagnósticos psi-
quiátricos es uno de los pocos medios que quedan para exigirle derechos
de ciudadanía a lo poco que queda del estado benefactor (Hansen, et al.,
en prensa.). Los hombres y mujeres solteros son ahora inelegibles para re-
cibir ingresos estables de la oficina del bienestar social a menos que posean
documentos que comprueben que padecen de alguna discapacidad mental
o física. Muchos de nuestros vecinos han adoptado todo un vocabulario de
salud mental tanto como un método para exigir asistencia pública como
también para comprender su predisposición a la violencia. Es común que
los psiquiatras los diagnostiquen con síndrome bipolar, esquizofrenia y a
veces PTSD (Síndrome de Estrés Postraumático).

Nota de campo de Philippe Bourgois:

Nuestro vecino, Manny, que vive en el primer piso bajo nuestro


apartamento, se presenta a sí mismo con algo de timidez, dicién-
dome que su apodo de juventud en Puerto Rico era “El Samurai”
debido a su habilidad con el puñal. Tal vez porque yo no le presto
suficiente atención a su historia, me confiesa algo que no parece
tener relación alguna con lo que me acababa de decir: “Y soy ma-
níaco-depresivo… ah, y esquizofrénico también”.

H A B I T U S F U R I B U N D O E N E L G U E T O E S TA D O U N I D E N S E 295
Luego sonríe, tuerce la cabeza a un lado de una manera extraña
y abre la boca con los ojos mirando hacia la derecha, transfor-
mándose inmediatamente en una caricatura convincente de un
paciente psicótico.

En un principio, me siento confundido por la timidez sincera de la


confesión de Manny y la admisión simultánea de ser tanto un pe-
leador eficaz como un paciente psiquiátrico acreditado. De hecho,
me pongo un poco nervioso cuando se me acerca con sus 360 libras
de peso para contarme que tiene un demonio adentro. Empieza a
enojarse cuando me cuenta sobre un incidente hace varios meses
en el que la policía le disparó con una pistola eléctrica mientras
fumaba un cigarrillo en la escalera frente a nuestro apartamento.

“El guardia se me vino encima y yo alcé las manos pa enseñarle que


no tengo nada y le dije “No Inglich”.

Él pensó que yo estaba vendiendo perico [cocaína] porque yo estaba


sentado enfrente de mi casa, pero ese día yo no estaba vendiendo.
Vino y me disparó con la pistola eléctrica en el cuello, aquí mismo
en la arteria. Y me dio otra vez, y otra vez, y me disparó aquí en
el pecho también. Me dio como 20 veces. Yo caí en el piso y me
esposaron. Y ahí fue que me empezaron a dar con los bastones
[señala la vereda al lado de las escaleras].”

Yo no estoy bien, yo estoy enfermo: soy esquizofrénico y manía-


co-depresivo y a mí me dan medicamentos para todo eso. Eso fue
una locura lo que ellos hicieron [señala el cuello donde tiene la piel
descolorada por los disparos con la pistola eléctrica].”
[Su esposa lo interrumpe en inglés] Lucía: Se supone que le dis-
paren en áreas del cuerpo que tienen grasa, pero ellos no, ellos le
dispararon en las arterias del cuello. Él dice que desde el primer
disparo sentía como si tuviera la sangre hirviendo. Yo le saqué re-
tratos ese día y vamos a demandar a los guardias.

296 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Al acogerse a la enfermedad mental y a los mínimos derechos de ciudada-
nía biopolítica a los que un diagnóstico de discapacidad psiquiátrica provee
acceso, las personas como Manny son capaces de reconstruirse como vícti-
mas en vez victimarios cuando se ven literalmente vapuleados por el puño
derecho del estado carcelario.

Es importante reconocer lo útil que es saber cómo movilizar la violencia


dentro del único mercado laboral que provee empleo igualitario en los
guetos estadounidenses. En el mercado de drogas, tener un habitus (Bour-
dieu 1990) de peleador furibundo es una cualidad que favorece el éxito.
La venta callejera de drogas, una empresa altamente rentable, refuerza y
se adhiere como parásito a las proclividades a la furia y a la solidaridad
generosa y violenta que se inculcan durante la infancia temprana. El tráfico
de drogas extrae capital de las habilidades que adquieren los jóvenes caris-
máticos para las peleas de puños, los tiroteos y el despliegue de amenazas
agresivas así como la evaluación de las amenazas de otros. Ya hemos visto
el modo en que las cárceles fomentan sistemáticamente tales habilidades,
con lo cual el sistema carcelario aumenta exponencialmente el número de
jóvenes capaces de enfrentar riesgos enormes, y dispuestos a llenar las filas
del narcotráfico callejero.

H A B I T U S F U R I B U N D O E N E L G U E T O E S TA D O U N I D E N S E 297
De manera más sutil, la importancia fundamental de los ingresos de la ven-
ta de drogas y el aprecio por el capital cultural de la violencia generan una
dinámica de violencia simbólica (Bourdieu 2000: 164-205) que equipara
la dignidad masculina con la avidez por absorber los riesgos que debería
asumir un bichote en defensa de su monopolio sobre su punto de drogas.
Jay, el dueño de un punto de heroína y cocaína en una cuadra cercana, se
rió cuando le preguntamos cuánto dinero tendría que pagarle a alguien
para darle una golpiza a un cliente que le robara drogas o dinero. “Yo no
tengo que pagar por esas cosas, la gente mía brega con eso”. Por ejemplo,
el primer arresto de nuestro vecino Roland fue por posesión de un arma
que había traído al punto donde trabajaba como “joseador” [hispanización
de hustler, término callejero para un vendedor de drogas al detalle] para
ahuyentar a una persona que solía invadir su territorio desde el punto de
venta de un bichote rival. A Roland no se le ocurrió exigirle al bichote
que lo empleaba que defendiera su propio territorio. En cambio, Roland
interpretó la cercanía no autorizada del joseador rival como un insulto
personal. De hecho, si Roland le hubiera pedido ayuda a su bichote para
ahuyentar al otro joseador, seguramente hubiera recibido el típico insulto
misógeno: pussy (literalmente “vagina”, aunque empleado de manera simi-
lar a “maricón” o “pendejo”). Afirmar la hípermasculinidad defendiendo
los intereses económicos del jefe con violencia letal es una demostración
clásica de la economía de la violencia simbólica que yace en la raíz misma
de las jerarquías lucrativas del narcotráfico.

[…]

Para concluir, tanto a hombres como a mujeres se les ha impuesto un ha-


bitus, o una subjetividad, que se caracteriza por una gran sensibilidad ante
los insultos y por la facilidad para movilizar arrebatos incontrolables de
furia ante la humillación y la falta de respeto. La violencia económica,
interpersonal, química e institucional que sufre la inner city estadouni-
dense ha producido una situación cotidiana de emergencia que incita a
los residentes a perfeccionar técnicas del cuerpo violentas: agresividad en
la postura, habilidad con los puños, furia disociativa, orgullo por haber
recibido o infligido golpizas y, en el caso de los hombres, orgullo y emoción
durante los tiroteos. En el plano económico y pragmático, la reputación

298 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


de ser violento produce un tipo de capital social que resulta de gran valor
para la venta de drogas. Además, sirve como protección ante los agresores
potenciales. La red de arrastre carcelaria y la administración de la pobreza
por medios punitivos proveen bases institucionales adicionales para el cul-
tivo de la furia masculina. La mano “izquierda” del estado también fomen-
ta estas proclividades mediante la distribución de subsidios a personas con
discapacidades y traumas cognicitivos, como vimos en el caso de Manny, el
“samurai” esquizofrénico. De hecho, la manera más eficaz de comprobarle
a un psiquiatra que uno merece un diagnóstico de discapacidad mental
es irrumpir periódicamente en actos violentos contra los familiares, los
vecinos o incluso uno mismo.

El capital de la violencia es útil por razones que se extienden mucho más


allá de la economía de las drogas y los subsidios públicos. Penetra incluso
el sentido común de lo que se considera valioso dentro de la familia, las
amistades y los amoríos y sirve como un ancla para las subjetividades lum-
penizadas carentes de opciones reproductivas estables. Además, este tipo
de capital se adquiere a través de la destrucción física y la discapacidad de
los habitantes de la inner city, que por muchas razones se ven obligados a
sobresalir en dinámicas violentas. De un modo más perverso, en esta di-
námica que podría entenderse como una forma de acumulación primitiva,
la destrucción y el sacrificio físico y cognitivo de los habitantes pobres de
los guetos estadounidenses generan ganancias fuera de la comunidad para
sectores más privilegiados (a veces sólo un poco más privilegiados).

H A B I T U S F U R I B U N D O E N E L G U E T O E S TA D O U N I D E N S E 299
Estos sectores incluyen, entre otros: 1) a nivel local, los bichotes, dueños de
puntos que generan capital a partir de las destrezas violentas de sus josea-
dores que asumen todos los costos del negocio, como el encarcelamiento
crónico y la mutilación física por rivales y ladrones; 2) de manera menos
evidente, la narcoélite y los sistemas financieros de lavado de dinero, que
operan a nivel internacional. La dinámica de acumulación primitiva es
particularmente evidente en este vecindario porque además se nutre de
los cuerpos adictos de los clientes y los joseadores, que se destruyen a sí
mismos y crean una demanda inelástica por su adicción física a las drogas,
la mercancía venta local, lo que amplifica artificialmente las ganancias. El
tercer sector lo representa el sistema judicial, la policía y el sistema carcela-
rio. Lo primero que un oficial de policía comenta sobre el vecindario es la
gran cantidad de dinero que se gana trabajando en él por la gran cantidad
de horas extra que deben trabajar. Como nos dijo un oficial: “la guerra
contra las drogas pagó la educación de mi hija, que ahora es abogada”.

Como nos declara un defensor público, “la guerra contra las drogas paga mi
hipoteca”. Una de las primeras reformas instituidas en 2008 por el nuevo
Comisario de la policía de Filadelfia, Charles Ramsey, fue la de tratar de
limitar el número de policías que pueden servir como testigos en un caso
de drogas, porque los oficiales reciben horas extra por atender los juicios y
por ello se encontraban inflando el número de testigos. Muchos oficiales
doblan el salario que reciben cada año por medio de las horas extra. La
reforma fracasó, y los oficiales sindicalizados continúan multiplicando sus
sueldos arrestando adictos y joseadores. En el plano estructural, la industria
carcelaria crea trabajos sindicalizados para la población blanca de clase tra-
bajadora en zonas rurales pobres del país. Estos puestos de trabajo sindica-
lizados dependen del encarcelamiento prolongado de criminales violentos,
de los cuales un número desproporcionado son afroamericanos y latinos
desempleados radicados en la inner city. Por último, y quizá de manera más
perversa, el subsidio público a las personas con discapacidades cognocitivas
expande los mercados para los productos de las compañías farmacéuticas.

300 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


En el gueto estadounidense, un contexto de segregación extrema y de
exclusión de la fuerza laboral, la economía moral de la violencia despo-
litiza profundamente a la población pobre y contiene el sufrimiento y
la mutilación dentro de esa misma población, una dinámica de vecinos
contra vecinos. La violencia que los noticieros locales cubren irregular
pero escandalosamente transforma la imagen de la pobreza en una ima-
gen patológica, lo que legitima la represión carcelaria de cero tolerancia
en nombre de la seguridad pública y las represalias brutales, dándole im-
pulso a mayor violencia institucional y estructural: ausencia de inversión
del sector privado, recortes presupuestarios en los programas de asistencia
pública, salud, educación y vivienda y aumentos de inversión en el sistema
de confinamiento carcelario.

H A B I T U S F U R I B U N D O E N E L G U E T O E S TA D O U N I D E N S E 301
Pero quizá el punto más importante sea que los límites del apartheid en los
guetos estadounidenses se ven normalizados simbólicamente por el hecho
de que la mayoría de las personas de clase media y clase trabajadora en
los EEUU temen que de poner un pie en un gueto como el vecindario que
estudiamos, los vecinos los descuartizarían –lo que no es objetivamente
cierto, aunque quizá para algunos sea una posibilidad remota.

302 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


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H A B I T U S F U R I B U N D O E N E L G U E T O E S TA D O U N I D E N S E 303
E L CA P I TA L I S MO
COMO CONSTRUCCIÓN
C U LT U R A L*

Sayak Valencia

* De Sayak Valencia, “El capitalismo como construcción cultural”, Capitalismo gore (Barcelona,
Melusina, 2010), pp. 49-63.

E L C A P I TA L I S M O C O M O C O N S T R U C C I Ó N C U LT U R A L 305
Soñábamos con utopía y nos despertamos gritando.
Roberto Bolaño

Una pregunta  fundamental cruza este texto:


¿qué ha pasado con el trabajo?
Como hemos revisado en el apartado sobre emprendedores económicos, el
concepto de trabajo se ha reconfigurado. Ahora que las prácticas gore
trastocan el modelo marxista de producción-consumo, nos encontramos
inmersos en un cambio radical respecto a lo que se refiere al trabajo equi-
parable en alcances con el gran cambio que sucedió con la revolución in-
dustrial. La carencia objetiva a la que se refería Marx y en la cual basaba
su teoría del Estado, de la lucha de clases y la división del trabajo, ha
sido trastocada por las revoluciones tecnológicas y electrónicas que hemos
venido viviendo en los últimos veinticinco años, aunque:

...hemos salido radicalmente del imperio, del reino, de la necesidad


y hemos entrado en el reino de la abundancia. Y la paradoja trágica
que marca nuestro tiempo es que por primera vez la utopía de la
felicidad en el planeta sería posible... pero estamos viviendo una
refeudalización del mundo, la captación de las riquezas por esas
oligarquías del capitalismo financiero que son infinitamente más
poderosas que todos los otros poderes que puedan existir en el pla-
neta (Estévez y Taibo 2008: 111-112).

Como afirma Ziegler, esta utopía se ha visto empañada, con miras lejanas
a cumplirse dada la radicalización del capitalismo en neofeudalismo y la
irrupción de un fenómeno ultraviolento, que se ha venido recrudeciendo
en los últimos años, y que aquí denominamos prácticas gore, las cuales
instauran el advenimiento del capitalismo gore.

E L C A P I TA L I S M O C O M O C O N S T R U C C I Ó N C U LT U R A L 307
Este capitalismo lo encontramos ya en todos los países considerados tercer-
mundistas así como en los países de Europa oriental. Sin embargo, no se
encuentra muy lejano de alcanzar e instaurarse en los centros neurálgicos
del poder conocidos como Primer Mundo. Es importante pensar el capita-
lismo gore porque, más tarde o más temprano, llegará y afectará a la parte
primermundista del planeta; ya que la globalización acorta las distancias en
muchos sentidos es innegable que si “estamos dentro de un pueblo global,
no puede existir la salvación de una minoría de la humanidad” (Estévez y
Taibo 2008: 290). El capitalismo gore nos dice: nada es intocable, todos
los tabúes económicos y de respeto hacia la vida han sido rotos, ya no hay
lugar para la restricción ni para la salvación, todos nos veremos afectados.

Consideramos también que el devenir gore del capitalismo no es una cues-


tión aislada, sino que abarca al capitalismo entero. Por lo cual es necesario
abordarlo desde una visión de conjunto, que englobe a dicho fenómeno y
analice el problema desde diversos ángulos.

En primera instancia es importante poner de relieve que el capitalismo,


además de ser un sistema de producción, ha devenido una construcción
cultural. Es importante evidenciar este hecho, ya que mediante nuestras
reflexiones no nos referiremos únicamente a la economía sino también a
sus efectos como construcción cultural biointegrada.

El capitalismo de consumo no nació automáticamente con las téc-


nicas industriales capaces de producir mercancías estandarizadas
en grandes series. Es también una construcción cultural y social
que requirió por igual de la educación de los consumidores y del
espíritu visionario de los empresarios creativos, la mano visible de
los directivos (Lipovetsky 2007: 24).

Si bien es cierto que el devenir del capitalismo es histórico y ha sido teo-


rizado desde distintas perspectivas económicas, sociales y ahora, incluso,
virtuales, también lo es que existe una fisura en el seguimiento que se hace
de éste en las últimas décadas donde se ha desbordado de los confines
teoréticos para convertirse en realidad pura, palpable y extremadamente
cercana en el espacio y en el tiempo, por tanto, difícil de teorizar.

308 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Dada la dificultad que conlleva crear genealogías para un fenómeno y un
término que designen la realidad contemporánea, nos vemos en el com-
promiso de recurrir a una genealogía temporalmente prestada para poner
las boyas pertinentes en el océano del discurso sobre el capitalismo gore.

Así, siguiendo a Beatriz Preciado, pondremos la primera boya en los años


conocidos como postfordismo, estos años que siguen a la crisis energética
y a la caída de las cadenas de montaje, en los cuales se inicia la búsqueda de
“nuevos sectores portadores de las transformaciones de la economía global.
Se hablará así de las industrias bioquímicas, electrónicas, informáticas o
de la comunicación como nuevos soportes industriales del capitalismo”
(Preciado 2008: 26). A partir de ahí Preciado señala, pertinentemente, la
insuficiencia teórico-conceptual-explicativa que existe en estos discursos
para explicar la producción del valor y de la vida en la sociedad actual.

“Es preciso elaborar un nuevo concepto filosófico equivalente en el domi-


nio [gore] al concepto de fuerza de trabajo en el dominio de la economía
clásica” (Preciado 2008: 26). En el capitalismo gore, la fuerza de trabajo se
sustituye por medio de practicas gore, entendidas como el ejercicio siste-
mático y repetido de la violencia mas explícita para producir capital.

Preciado dibuja también “una cronología de las transformaciones de la pro-


ducción industrial del último siglo desde el punto de vista del que se con-
vertirá progresivamente en el negocio del nuevo milenio: la gestión política
del cuerpo, del sexo y de la sexualidad” (Preciado 2008: 38); y agregamos:
la gestión de la violencia desde los medios autorizados para ello (el Estado)
y los desautorizados; es decir, desde los Otros que se hacen con el poder
de gestionar, por medio de la aplicación de violencia en los cuerpos de
distintos individuos, sin pertenecer al sistema legítimo de gestión de estos
medios y acciones generadores de capital.

Adyacente a estas nuevas búsquedas de transformación de la economía


global, inicia el trazado de una fina línea para el florecimiento y estableci-
miento del capitalismo gore.

E L C A P I TA L I S M O C O M O C O N S T R U C C I Ó N C U LT U R A L 309
Este proceso se empieza a concebir a través de la confluencia de varios
fenómenos, tales como: la subversión de los procesos tradicionales para ge-
nerar capital, el acrecentamiento del desprecio hacia la condición obrera y
hacia la cultura laboral, el rechazo a la política y el crecimiento del número
de los desfavorecidos, tanto en los cinturones periféricos de las grandes
urbes económicas como en el Tercer Mundo.

Dichos fenómenos aunados a la creciente socialización por el consumo –como


única vía de mantener vínculos sociales– y al hecho de que “las presiones
y las actitudes consumistas no se detienen en las fronteras de la pobreza y
hoy se extienden por todas las capas sociales, incluidas las que viven de la
seguridad social” (Lipovetsky 2007: 185); así como la desculpabilización,
la trivialización [y la heroificación] de la delincuencia [tanto] en las zo-
nas sociales de exclusión (184), como a través del bombardeo televisivo, el
ocio, la violencia decorativa y el biomercado, nos conducen a la ejecución
de prácticas gore como algo lógico y legítimo dentro del desarrollo de la
sociedad hiperconsumista. La violencia y las prácticas delictivas no son
concebidas ya como una vía éticamente distópica, sino como estrategias al
alcance de tod@s para gestionar el uso de la violencia, entendida como
herramienta, para hacerse con el dinero que les permitirá costearse tanto
bienes comerciales como valoración social.

El concepto tradicional de trabajo se desmantela, y con ello, se ve amena-


zado el cumplimiento de la demanda masculinista del macho proveedor1, ya
que trabajar precariamente es considerado una deshonra, como lo argu-
menta Roberto Saviano:

trabajar como aprendiz de camarero o en una obra [entre los jóve-


nes de los barrios desfavorecidos de Nápoles] es como una deshon-
ra. Además de los eternos motivos habituales –trabajo clandestino,
fiestas y baja por enfermedad no remuneradas, diez horas de media
diarias–, no tienes esperanzas de poder mejorar tu situación. El

1 Para profundizar en el tema consúltese: Jiménez y Tena (2007).

310 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Sistema 2 al menos ofrece la ilusión de que el esfuerzo sea reconoci-
do, de que haya posibilidades de hacer carrera. Un afiliado nunca
será considerado como un aprendiz, las chavalas nunca pensarán
que las corteja un fracasado (Saviano 2008: 124).

Es precisamente este entramado el que permitirá que, posteriormente, el


capitalismo gore (aunque no con este nombre) se vuelva indisociable, como
lo es a día de hoy, de las prácticas gore que son parte del proceso de pro-
ducción de capital y que tienen sus raíces en la educación consumista de la
sociedad del hiperconsumo, la desregulación tanto económica como social
y la división sexual del trabajo.3

Con esto no afirmamos que el uso y abuso de la violencia como estrategia


para conseguir el enriquecimiento rápido no haya existido en otras épo-
cas sino que lo que buscamos dejar claro es que este hecho se recrudece
a partir de la caída en crisis de los grandes ejes económicos, conocidos
como Primer Mundo (o potencias económicas mundiales). Esta descom-
pensación en los ejes en los cuales se detenta el Poder crea una onda de
efecto anti-doppler, una onda expansiva que afecta de forma directa a los
territorios más alejados de estos centros conocidos como Tercer Mundo;
sin embargo, este efecto se deja sentir inmediatamente en los centros,
pero las respuestas desde las últimas ondas, que llegan de los territorios
más alejados, se están dejando sentir actualmente no como un fenómeno
espontáneo sino como una respuesta directa a la crisis postfordista, tan
olvidada ya en el centro, pero que aún muestra sus efectos en otros puntos
del planeta, en los cuales las crisis han sido acumulativas y las respuestas
a éstas han creado dinámicas económicas y sociales tales como el capi-
talismo gore.

Las reacciones del Tercer Mundo frente a las exigencias del orden eco-
nómico actual conducen a la creación de un orden subyacente que hace
de la violencia un arma de producción y la globaliza. De esta manera, el
capitalismo gore podría ser entendido como una lucha intercontinental de

2 Sistema es el término con el cual la camorra napolitana se designa a sí misma.


3 Cfr. Carrasco (2003).

E L C A P I TA L I S M O C O M O C O N S T R U C C I Ó N C U LT U R A L 311
postcolonialismo extremo y recolonizado a través de los deseos de consu-
mo, autoafirmación y empoderamiento.

La forma lógica de explicar estas derivas económicas que crean sujetos y


acciones distópicas (en adelante sujetos endriagos y prácticas gore) no es a
través de la vía moral, sino por medio de la revisión de los fenómenos que
reinterpretan y dinamitan los postulados humanistas que tenían valía en
un mundo estructurado socialmente bajo el discurso del sistema benefactor
y no en el mundo contemporáneo basado en la dictadura del hipercon-
sumo. Así pues, uno de los cambios fundamentales que se han derivado
del orden económico actual, entendido como globalización, es la propia
concepción del concepto trabajo, lo que ha traído como consecuencia una
brutal desregulación de éste.

Ante la precarización extrema y el descuido de los gobiernos y de las


empresas hacia el campo –un sector productivo que no reporta beneficios
rápidos ni elevados– surgen por lo menos dos consecuencias notables. Por
un lado, la masiva migración del campo a las ciudades que descompensa al
sistema y lo vuelve inviable a mediano y largo plazo, lo cual hace que crezca
la clase precaria, que desarraigada, ya no puede englobarse en la categoría
de pobreza ya que:

Hasta hace poco la pobreza describía a grupos sociales tradicional-


mente estables e identificables, que conseguían subsistir gracias a las
solidaridades vecinales. Esa época ha pasado, las poblaciones invali-
dadas de la sociedad postindustrial no constituyen, hablando con pro-
piedad, una clase social determinada. El paisaje de la exclusión hiper-
moderna se presenta como una nebulosa sin cohesión de situaciones y
recorridos particulares. En esta constelación de dimensiones plurales
no hay ni conciencia de clase, ni solidaridad de grupo, ni destino co-
mún, sino trayectorias e historias personales muy diferentes. Víctimas
de descalificación o invalidación social, de situaciones y dificultades
individuales, los nuevos desafiliados aparecen en una sociedad que, por
ser brutalmente desigualitaria, también es hiperindividualista al mis-
mo tiempo o, dicho de otro modo, se ha liberado del marco cultural y
social de las clases tradicionales (Lipovetsky 2007: 182).

312 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Esta liberación de las clases tradicionales crea mayor dificultad para lograr
una socialización y cohesión reales y, por tanto, obstaculiza una resistencia
crítica y efectiva. Por otro lado, el hecho de que, actualmente, el narcotrá-
fico sea un factor sobradamente potente que dispone de los elementos sufi-
cientes (tanto económicos como políticos) para oponerse al Estado, ofrecer
puestos de trabajo y revalorizar el campo, hace que este se convierta en una
opción de trabajo terriblemente tentadora y rentable.

La desafiliación social y la oferta de trabajo criminal al alza hacen que


la reinterpretación del trabajo esté completamente alejada de los sistemas
éticos y humanistas, tanto por el lado de las empresas como por el lado de
la economía ilegal.

Dos ejemplos claros de esta ruptura con los pactos ético y humanista son:
por un lado, en el marco de la economía legal, la privatización y comer-
cialización que hace la industria farmacéutica de ciertos fármacos que
podrían salvar millones de vidas; dicha industria antepone el beneficio
económico antes que respetar el derecho humano de preservar la vida.
Por el otro, en el marco de la economía ilegal, están las organizacio-
nes criminales quienes, en la misma lógica empresarial de las empre-
sas legales, buscan la mayor rentabilidad obviando los costes humanos.
Beneficiándose además de la rentabilidad simbólica y material que ge-
nera la espectacularización de la violencia. En concreto, el narcotráfico
reinterpreta el concepto de trabajo, dado que lo enlaza con transversales
como hiperconsumismo y reafirmación individual, al mismo tiempo que
preserva su obediencia a las demandas de género hechas a los varones,
cristalizadas por medio del trabajo.

El narcotráfico hunde su raíces en la revalorización del campo4 como ma-


teria prima para elaborar su producto, al mismo tiempo que está impreg-
nado de la educación consumista, que le lleva a hacer uso de la violencia
como herramienta para satisfacer sus necesidades de consumo como para

4 Aunque lo que se les paga a los campesinos en Latinoamérica o en el sur de Asia por la droga
sea una cantidad muy escasa de los beneficios (1 %), para éstos supone un importante beneficio
y una mejora notable de su nivel de vida. Sin embargo, como afirma Curbet: “bastaría con un
aumento del 2% en la ayuda mundial al desarrollo para compensar el déficit de estos agricul-
tores si quisieran dedicarse al cultivo de productos agrícolas legales” (Curbet 2007: 69-70).

E L C A P I TA L I S M O C O M O C O N S T R U C C I Ó N C U LT U R A L 313
afirmarse como sujeto pertinente, en tanto que participa de un nivel adqui-
sitivo que legitima su existencia y lo transforma en un sujeto económica-
mente aceptable y lo reafirma en las narrativas del género que posicionan a
los varones como machos proveedores y refuerzan su virilidad a través del
ejercicio activo de la violencia. Es decir, en un sujeto aceptable, tanto eco-
nómica como socialmente, porque participa de las lógicas de la economía
contemporánea como hiperconsumidor pudiente. Sin embargo, esta par-
ticipación se hace desde el lado oscuro de la economía, lo cual es juzgado por
los Estados desde presupuestos financieros. De ahí que lo conciban como
enemigo dada su evasión de impuestos; hecho que desencadena cuantiosas
pérdidas económicas para el sistema capitalista.

La economía del narcotráfico reinterpreta al mercado, a las herramientas


de trabajo, al concepto mismo de trabajo y, de una forma fundamental, a la
revalorización del campo, como lo explica Lorena Mancilla:

Recuerdo que los marxistas siempre buscaban vincular sin éxito


a la lucha urbana con la lucha campesina, sin embargo ahora el
narco [los cárteles de droga] produce un fenómeno de guerrilla
urbana bien organizada que tiene centros de entrenamiento (ayer
encontraron uno en el sótano de una casa en Tijuana), están arma-
dos, tienen fortalezas disfrazadas de casas en puntos estratégicos,
pueden sostener una lucha a tiros de tres horas contra el ejército, la
policía estatal, la federal y la municipal. Todo ello es consecuencia
de una lucha campesina, porque la droga se produce en el campo.
Es interesante porque estamos hablando de una rebelión campe-
sina que tiene como consecuencia una guerrilla urbana. Otra cosa
interesante es que por lo regular este tipo de movimientos se dan
en una sola región del mundo, o en un solo país, pero en este caso
se trata de un fenómeno que incluye a los países productores, a los
de tránsito y a los de consumo. Hablamos de una revolución inter-
nacional (quizá intercontinental) desorganizada, sin teóricos que la
escriban, sin héroes, sin banderas, sin manifestaciones, sin unifor-
mes, sin historias heroicas de barquitos que llegan a playas inhós-
pitas, sin ideales, una revolución con fines puramente económicos,

314 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


musicalizada por los tartamudeos de las armas automáticas y por
los corridos norteños que recuerdan personajes y batallas.5

Resulta interesante que dicha reflexión nos lleve a pensar que el fenómeno
de la violencia vinculada al narcotráfico reinterprete la lucha de clases y
conduzca a un postcolonialismo in extremis, es decir, recolonizado a tra-
vés del hiperconsumismo y la frustración –resultado de las condiciones
económicas que dominan el mundo actual– y que en dicha lucha se hayan
eliminado los intermediarios, dejando paso sólo a los sujetos endriagos que
actúan de forma radical e ilegítima para autoafirmarse.

Así, es importante destacar que la genealogía del capitalismo gore nace y


se sustenta en procesos iniciados en las potencias económicas mundiales
y sus exigencias para todo el mundo. El capitalismo gore es consecuencia
directa del devenir del capitalismo primermundista, derivado en globali-
zación, cuyas prácticas son difíciles de teorizar porque resultan frontales
en un mundo que se rige y crea realidad discursiva con las características
del mercado financiero global: lo fluido, lo eufemístico, lo diferido, lo es-
pectral, al mismo tiempo que “la sociedad de hiperconsumo se caracteriza
por una escalada de búsquedas de experiencias comerciales que emocionen
y distraigan, también es contemporánea del sufrimiento del casi nada y del
miedo al cada vez menos” (Lipovetsky 2007: 180-181).

Las lógicas y derivas económicas de este tipo de capitalismo hacen que


resulte filosóficamente pertinente un análisis del mismo y de su impac-
to en la creación de una epistemología mundial en cuanto a búsqueda
de sentido y producción de narrativas o giros discursivos que crean ca-
tegorías de pensamiento. El capitalismo, a través de la implantación del
hiperconsumismo, como única lógica de relación en el horizonte, tanto
material como epistemológico, crea una neo-ontología en cuyo fin subyace
el replanteamiento de las preguntas fundamentales del sujeto: ¿quién soy?,
¿cuál es el sentido de mi existencia?, ¿qué lugar ocupo en el mundo?, ¿por
qué?, respondiéndolas desde la obsesión consumista que se conjuga con la
exigencia antropológica del Hacer.

5 Mancilla, Lorena (21/01/2008). Recuperado de http://lorenamancilla.blogspot.com

E L C A P I TA L I S M O C O M O C O N S T R U C C I Ó N C U LT U R A L 315
Así se da paso a la integración de estas lógicas de consumo-acción como
algo que no se confronta ni intenta eliminarse, sino que se híbrida y natu-
raliza, permitiendo de esta ·manera la incardinación de éstas en nuestros
cuerpos. La asimilación de este proceso deviene un fenómeno que podría-
mos denominar como biomercado.

También es pertinente que nos preguntemos: ¿cómo llegan a convertirse la


violencia extrema, el género, la muerte y la tanatopolítica, en un nuevo tipo
de capitalismo de una fiereza frontal que no pide disculpas? ¿Cómo estos
sujetos endriagos han decidido participar del mercado mundial y se han
empoderado dentro de una economía criminal paralela y sustentada por
la economía formal? ¿Cómo han adoptado los sujetos endriagos por cierta
competencia individualista, hecha de activismo brutal, de desafío, de puesta
en peligro? (Lipovetsky 2007: 189). Estas preguntas tienen sus respuestas
en una sociedad que deifica la violencia mediatizada (¿controlada?) y cuyas
principales potencias económicas, en el caso específico de los Estados Uni-
dos, tienen el fundamento de su economía en la carrera armamentista –que
en la actualidad ha derivado en una modalidad que denominamos violencia
decorativa– la guerra y la gestión de otorgar, o no, la muerte a todos aquellos
cuerpos-sujetos-territorios o capitales que disientan del suyo.

Cuanto más mejoran las condiciones materiales generales, más se inten-


sifica la subjetivación-psicologización de la pobreza. En la sociedad de
hiperconsumo, la situación de precariedad económica no engendra sólo a
gran escala nuevas vivencias de privaciones materiales, también propaga
sufrimiento moral, la vergüenza de ser diferente, la autodepreciación de los
individuos, una reflexividad negativa. La brusca reaparición de la infelici-
dad exterior avanza en sentido paralelo a la felicidad interior o existencial
(Lipovetsky 2007: 191).

Dado lo anterior, resulta cuanto menos lógico que los sujetos sometidos
empiecen a cuestionarse la coherencia y la infalibilidad de ese orden. Que
empiecen también a reclamar un empoderamiento, a ejercer sus posibili-
dades destructoras como motor de creación de capital y enriquecimiento,
por medio de la instauración de una subjetividad transgresora que no coin-
cidirá con la subjetividad de los triunfadores ni con la de los resignados,

316 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


sino que excederá los marcos de las teorizaciones sobre las subjetividades
contemporáneas, creando una subjetividad endriaga, que tendrá como base
el “buscar modos de acción ilegítima y de autoafirmación para exorcizar la
imagen y la condición de víctima” (189). Acciones que generarán “deman-
das de orden y represión” (189).

Así, el capitalismo, en su versión gore, surge de la pobreza y no sólo de


los elementos gore en sí mismos (sobreexposición de los individuos a la
violencia televisada o los videojuegos, como por ejemplo Grand Theft Auto),
ya que la economía es una forma de violencia. Sin embargo, esta violencia
es consecuencia no sólo de una violencia explícita sino de una violencia
infiltrada en nuestros cuerpos de forma implícita y desodorizada, que se
envasa en empaques inofensivos y publicitarios que nos ponen de frente a
nuestra imposibilidad de consumirlo todo, y que desemboca en frustración
constante y ésta, a su vez, en agresividad y violencia explícitas; o como lo
explica Gilles Lipovetsky:

por donde más influye la televisión en la violencia... es por esta


vía feliz , incitante y publicitaria, y no, como se suele afirmar, por
la inflación mediática de escenas de sangre... Lo que incita a la
violencia real no es tanto el alud de imágenes violentas como la
diferencia entre la realidad y lo que se especularía como modelo
ideal, la brecha que separa la exhortación al consumo del coste real
de éste. Si es verdad que la televisión fabrica una violencia feliz , es
decir, una violencia rápida, indolora, concebida para no molestar
en cuanto llega a una conclusión feliz, no es menos cierto que la
televisión de la fase III [postfordista] es asimismo el medio que
pone imágenes de felicidad consumista ante los más sensibles a la
violencia (185-186).

Mucho se ha teorizado sobre el nuevo capitalismo global. Sin embargo,


las perspectivas, las consideraciones y los resultados de estas teorizaciones
parten de un eje primermundista y sólo se considera al Tercer Mundo como
Países-Fábrica-de-Repuestos, países proveedores de mano de obra barata, de
los cuales parte la migración. O, bajo juicios de valor que si bien toman
en cuenta categorías como género, clase y raza, éstas no son consideradas

E L C A P I TA L I S M O C O M O C O N S T R U C C I Ó N C U LT U R A L 317
como atributos deseables e importantes, con peso suficiente para detentar
un discurso autónomo y válido fuera de su comunidad; no se les concede el
derecho de universalizarse.

No defendemos el derecho de universalizar ningún discurso frente a otros,


sin embargo, resulta fundamental destacar que no se cuenta con la posibi-
lidad de hacerlo; es decir, a estos sujetos no se les considera como sujetos
activos en las teorizaciones, ya que no se les da voz ni autoridad para hablar/
teorizar sobre su realidad por sí mismos y tampoco se escucha de forma
seria a aquell@s que han tomado la palabra. Como afirma Walter Mignolo:

[La] relación de poder marcada por la diferencia colonial y esta-


tuida la colonialidad del poder (es decir, el discurso que justifica la
diferencia colonial) es la que revela que el conocimiento, como la
economía, está organizado mediante centros de poder y regiones
subalternas. La trampa es que el discurso de la modernidad creó la
ilusión de que el conocimiento es desincorporado y deslocalizado
y que es necesario, desde todas las regiones del planeta, “subir” a la
epistemología de la modernidad (Mignolo 2003: 2).

A los sujetos del Tercer Mundo no se les encuentra regularmente fuera de


visiones victimizantes, jerárquicas o cargadas de buenas y obtusas inten-
ciones, como lo demuestran las teorizaciones sobre la “feminización del
trabajo”6 como sinónimo de precariedad y como señal, clara e inequívoca,
de la gran ola de migración femenina.

Otra forma parcial de leer las subjetividades tercermundistas es estandari-


zándolas bajo las siguientes etiquetas: proveedores de mercancías ilegales,
criminales o delincuentes en potencia. Estas etiquetas visibilizan sólo un
lado de la díada del consumo gore: el lado del proveedor. No obstante, si
seguimos la lógica del mercado, que nos habla de una ley que se basa en la
6 Es interesante destacar aquí que el concepto de feminización del trabajo lleva implícita una doble
carga sexista. En primer lugar, se invisibiliza el trabajo de las mujeres a través de la Historia, ya
que al hablar de feminización del trabajo parece que esta es la única época en las que las mujeres
han trabajado, obviándose así todo el trabajo no pagado como un destino manifiesto y naturali-
zado. En segundo lugar, hay una retórica del género de la cual se deduce que los adjetivos flexible,
móvil, mutable, mal pagado y precario son propios del trabajo de las mujeres, mientras que, y en
contraposición, los adjetivos como seguro, estable, bien remunerado y definitivo se entienden
como propios del trabajo masculino. A este respecto consúltese: Precarias a la Deriva (2004).

318 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


oferta y la demanda, nos damos cuenta de que el lado del consumidor de
mercancías ilegales queda invisibilizado. Dicho lado, el del consumidor, es
regularmente ocupado por sujetos primermundistas.

CONSUMO GOR E

Iniciamos este apartado tratando de visibilizar el lado del consumidor gore


entendido como aquel ciudadano con un nivel adquisitivo medio que consu-
me para su uso y disfrute mercancías ofertadas en el mercado gore, en el cual
se ofertan bajo la categoría de productos y servicios: drogas, prostitución,
venta de órganos humanos, venta de violencia intimidatoria, asesinato por
encargo, etc. Estas demandas tienen una posición geopolítica específica, que
concibe a los países en vías de desarrollo como las fábricas productoras de
mercancías gore para el consumo y la satisfacción de las demandas prácticas
y lúdicas internacionales. De esta manera, “la demanda internacional es la
que promueve esta multiplicidad de actividades criminales que son, cada vez
más, transnacionales en su carácter” (Curbet 2007: 63). Sin embargo, como
es bien sabido, estas prácticas de consumo no son nuevas, pues como explica
Courtwright refiriéndose a las drogas: “el comercio de productos psicoactivos
constituye un elemento esencial en la formación del mundo moderno, pues
supone la manifestación externa del giro radical de un capitalismo maduro
que centra su interés en el placer y la gratificación emocional en detrimento
de las necesidades materiales de los consumidores” (Curbet 2007: 67). A
propósito del tema, Misha Glenny afirma en su libro McMafia:

Ya en julio de 1981, la revista Time le dedicaba su portada a una


copa de cóctel llena de cocaína, y de la cual se afirmaba en páginas
interiores: “Ya no es un secreto pecaminoso de la élite acaudalada,
ni tampoco un reflejo fugaz de la decadencia que reina en ciertos
círculos sórdidos de la sociedad, como pareció durante décadas.
Ya no es un lujo exclusivo de los más glamorosos empresarios y
artistas de Hollywood... es la forma más llamativa de consumo, y
se encuentra en las mesitas de café más chic... porque es un símbolo
de riqueza y prestigio social, hoy la coca es la droga preferida por
ciudadanos convencionales” (Glenny 2008: 340).

E L C A P I TA L I S M O C O M O C O N S T R U C C I Ó N C U LT U R A L 319
Lo que resulta nuevo de estas prácticas es, por un lado, la forma como se
han ido recrudeciendo y naturalizando artificialmente,7 hasta convertirse
en prácticas de consumo abiertamente demandadas por la sociedad; y, por
otro lado, el hecho de que estas prácticas escapen del juicio moral para ser
interpretadas como pertinentes bajo los criterios de la teoría económica.
Como nos muestra la cita anterior, el consumo de drogas ha escapado a su
categorización de bien de lujo, lo cual hace que, siguiendo las lógicas eco-
nómicas, se produzca “un incremento en los mercados donde la demanda
está creciendo más deprisa a medida que nos vamos haciendo cada vez más
prósperos” (Coyle 2006: 7).

A través de la implantación del consumismo hedonista como fenómeno


masivo se ha sobredesarrollado una parte de nuestras vidas: la mentalidad
del que lo consigue todo y demuestra su éxito social y su posicionamiento
en el mundo por medio del consumo masivo. Se ha importado esta idea a
lugares donde las cosas no se pueden comprar con seguridad, sino a golpe
de violencia, creándose así una realidad disonante donde los criterios de
consumo son el motor para “acceder al lujo aunque sea en la periferia…”
(Saviano 2008: 104).

Este tipo de interacción desigual entre los mundos (los económicamente


potentes y los periféricos, económicamente deprimidos), ha causado que el
discurso del Primer Mundo, en su velocidad vertiginosa, su ascenso y su
carrera por el “progreso” se convierta en un discurso de importación acep-
tado por los países económicamente deprimidos, quienes crean estrategias
non gratas, es decir, tanato-estrategias 8 o prácticas gore, para incorporarse a
la carrera de consumismo global, redimensionando las lógicas del consumo
e implantando con ello una soberanía gore paralela leitmotiv al Estado. O
como lo explica Achille Mbembe:

7 Entendemos el concepto de naturalización artificial, en el sentido que le otorgó Bourdieu, al


hablar de las prácticas y los conceptos como construcciones socialmente naturalizadas que
deshistorizan e implantan una falsa genealogía que remite a una temporalidad que se desdibuja
en el tiempo y crea la idea de que ciertos hechos han sido así desde el principio y que por ello
son fenómenos o conceptos que deben ser tomados como naturales (Bourdieu 2000).
8 Estrategias basadas en la muerte de otros como herramienta de enriquecimiento.

320 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Cuando se ponen recursos en circulación, es una desconexión
entre personas y cosas más acentuada que en el pasado, porque el
valor de las cosas supera por lo general al de las personas. Éste es
uno de los motivos por los que las formas resultantes de violencia
tienen como principal objetivo la destrucción física de personas
(masacres de civiles, genocidios, distintas formas de asesinato) y
la explotación primaria de cosas. Estas formas de violencia (de las
que la guerra no es sino una faceta) contribuyen al establecimiento
de la soberanía fuera del Estado y están basadas en una confusión
entre poder y hechos, entre asuntos públicos y gobierno privado
(Mbembe 2008: 169).9

El uso de la violencia como práctica cotidiana y desculpabilizada hace


que esta soberanía fuera del Estado vuelva complejas las relaciones entre
la violencia y la economía, así como limitadas las teorizaciones existentes
acerca de la verdadera función que cumple la violencia en el mundo actual,
ya que lleva a “reivindicar la delincuencia como una forma de vida normal
en un universo percibido como una jungla en donde [muchas personas] no
puede vivir como todo el mundo” (Lipovetsky 2007: 184-185). Esta serie de
hechos fluidifica, extiende los alcances y las consecuencias de la violen-
cia y las naturaliza, haciendo indiscernibles los fenómenos de economía
ilegal, que crean un Estado alterno y cimentado en la violencia, de los fe-
nómenos basados en economías legales, puesto que ambos desembocan en
el mantenimiento de la sociedad del hiperconsumo. En la actualidad, el
mundo en su complejidad de relaciones no puede ser entendido ni descrito
sin considerar a la violencia y al consumo como fenómenos vertebradores
del mismo.

9 Véase también: Mbembe (1999).

E L C A P I TA L I S M O C O M O C O N S T R U C C I Ó N C U LT U R A L 321
REFERENCIAS

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322 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


L A N A RC O M ÁQ U I N A
Y EL T R A BAJO DE L A
V I O L E N C I A : A P U N T E S PA R A
S U D E C O D I F I C AC I Ó N *

Rossana Reguillo

* De Rossana Reguillo, “La narcomáquina y el trabajo de la violencia: Apuntes para su


decodificación” (E-misférica 8.2., 2013), http://hemisphericinstitute.org/hemi/es/e-misfe-
rica-82/reguillo.

LA NARCOM ÁQU INA Y EL TR A BAJO DE LA V IOLENCI A: APU NTES PAR A SU DECODIFICACIÓN 323
Cuando Leonardo Da Vinci da instrucciones para pintar una
batalla, hace hincapié en que los artistas tengan el coraje y la
imaginación para mostrar la guerra en todo su horror.
Susan Sontag, Ante el dolor de los demás

Cuando a mediados  del 2010, recibí


la invitación de
los editores de e-misférica para preparar un número sobre narcotráfico y
violencia, como editora invitada, pensé durante varios días cuál debería
ser el sentido, el encuadre y especialmente, el tipo de acercamiento a un
fenómeno tan potente como desarticulador, tan abismático y al mismo
tiempo, tan cotidiano. En aquellos días, en México se volvió más que evi-
dente que la violencia y las ejecuciones brutales habían pasado a otra esca-
la –me refiero a las masacres de jóvenes en Ciudad Juárez, Tepic, Tijuana
y Ciudad de México y, de manera especial a las llamadas “narco-fosas” y
el asesinato masivo de migrantes.

En la medida en que pensaba sobre el tema, venía de manera recurrente


a mi cabeza una poderosa frase de Michael Löwy, que había leído un par
de años antes: “el dispositivo no existe ahí para ejecutar al hombre, sino
que éste está precisamente ahí por el dispositivo, para proveer un cuerpo
sobre el cual pueda escribir su obra maestra estética, su registro ilustrado
sangriento lleno de florilegios y adornos. El propio oficial no es más que
un criado de la Máquina” (41). Fue esta clave la que me posibilitó elabo-
rar la propuesta de la narcomáquina como eje vertebrador del número de
la revista y, desde luego, de mi propio acercamiento que desarrollo aquí.
Siguiendo la cita de Löwy, se puede decir que tratándose de la violencia
vinculada al narcotráfico, la máquina precede a sus criados.

LA NARCOM ÁQU INA Y EL TR A BAJO DE LA V IOLENCI A: APU NTES PAR A SU DECODIFICACIÓN 325
Así, lo que me interesa discutir es lo que voy a llamar el “trabajo de la
violencia”, siguiendo de algún modo las elaboraciones de Hannah Aren-
dt sobre los campos de exterminio nazi en Los orígenes del totalitarismo
(1987), en los que la autora ilumina una zona fundamental para comprender
este horror. También me baso en las estremecedoras reflexiones de Primo
Levi, sobreviviente de Aushwitz, en Los hundidos y los salvados (2002),
en torno a la producción de cuerpos para el sacrificio que suponen un fino
y sistemático trabajo de disolución de la persona, una reducción paulatina
pero brutal a una condición no humana que autoriza los más extremos
“ejercicios” de sometimiento, tortura y control sobre el cuerpo otro.

El trabajo de la violencia vinculado a la máquina narco se asemeja al des-


crito por Levi en la Alemania Nazi en dos dimensiones, cuya profundidad
(y perversidad) resultan difíciles de abordar, y se distingue o diferencia en
una cuestión que resulta crucial para calibrar el poder de la máquina narco.

Como primera semejanza, los cuerpos desmembrados que el narco (así en


singular como se dice en México) deja tirados diariamente por la geogra-
fía nacional, pierden su singularidad, al igual que con los prisioneros del
campo de exterminio. Ya no se trata de María, Pedro o Juan, sino de cuer-
pos anónimos que entonces se revisten de una dimensión ontológica en
tres sentidos: se convierten en unidades de sentido común (cuerpos rotos,
desarticulados); se transforman en universales (los ejecutados del narco,
los muertos de la guerra, los daños colaterales); son cuerpos transforma-
dos –por el trabajo de la violencia–, en entidades abstractas (encajuelados,
decapitados, encobijados). La disolución de la persona es el primer trabajo
exitoso de la máquina.

Para colocar la segunda semejanza, apelo al extraordinario libro de Adria-


na Cavarero, cuando al discutir el problema del “inerme”, ella dice “el cuer-
po muerto en tanto que masacrado, es sólo un residuo de la escena de la
tortura” (2009: 60). Así, al igual que en los campos de exterminio, las fosas
posteriormente descubiertas y los cadáveres vivientes de los prisioneros,
los cuerpos masacrados por la narcoviolencia (en México) operan como
índices “degenerados” (Eco 1992) de la máquina y su trabajo. Los cuerpos
son residuos de una escena anterior a la que ya no tenemos acceso, como

326 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


bien apunta Cavarero, son especialmente índices de un poder previo al que
no podemos acceder por la experiencia inmediata. En este nivel, encuentro
especialmente útil la teoría perciana sobre el papel “instructivo” del índice,
que intentaré desarrollar más adelante a través de la noción de violencia
expresiva con la que he venido trabajando varios años.1

La tercera relación, en este caso de diferencia, estriba en la ubicación y en la


localización. Mientras el poder nazi, instala edificaciones y sus criados son
claramente percibibles y sostiene una localización para la realización de su
trabajo de violencia, el narco se deslocaliza, su poder apela justamente a la
dimensión más densa del sentido de la máquina: su ubicuidad ilocalizable,
que actúa de manera silenciosa pero eficaz: su presencia es fantasmagó-
rica. La máquina narco es un fantasma. Su dominio deriva de ocupar un
espacio insimbolizable (en el sentido freudiano) deslocalizado, que apela y
despierta las más profundas fisuras entre lo que concebimos como real y los
temores que se dislocan. La imposibilidad de la simbolización trabaja en
el imaginario, en la obturación de cualquier posibilidad de significación.
La máquina narco es ubicua, elusiva, fantasmagórica y permanece ahí, por
más que aparezcan y sean –momentáneamente– sometidos, sus criados.

Así, una primera aproximación a la máquina, permite aislar –para el


análisis– tres niveles: la disolución de la persona (transmutada en cuerpo
desmembrado); el cuerpo roto que actúa como índice de una escena y de un
poder previo y su presencia fantasmagórica.

1 En la teoría lingüística de Peirce, se distingue entre índice, ícono y símbolo. Con respecto al
índice, dice: “Un índice o sema es un representamen cuyo carácter representativo consiste en que
es un segundo individual. Si la segundidad (es decir, el referente) es una relación existencial, el
índice es genuino. Si la segundidad es una referencia (como es el caso que nos ocupa, “el nar-
co” como entidad abstracta), el índice es degenerado. (Y lo que es más importante:) Algunos
índices son instrucciones más o menos detalladas de lo que el oyente ha de hacer para ponerse
en conexión experiencial directa o en otra conexión con la cosa significada”. Los paréntesis son
míos. Ver Eco (1992).

LA NARCOM ÁQU INA Y EL TR A BAJO DE LA V IOLENCI A: APU NTES PAR A SU DECODIFICACIÓN 327
FISUR AS

A estas alturas de lo que se conoce en México como “la guerra contra el


narco”2 resulta imposible cualquier intento serio por documentar de ma-
nera precisa y cierta el número de muertas y muertos que se acumulan
cotidianamente como testimonio del “horrorismo” (Cavarero, Op. Cit.).
¿Cuarenta mil?, ¿Cincuenta mil? O, ¿sesenta y dos mil?, como rezaba una
manta en una de las últimas marchas contra la violencia en México, una
más en lo que va del sexenio de Felipe Calderón. ¿Es la cantidad de muertos
que nadie puede ya contar, porque los cuerpos quedan tirados en caminos
imposibles, lo que otorga a esta violencia su dimensión más importante?
Indudablemente los datos son centrales, los que logramos articular por
fuera de las cifras oficiales, los que aparecen de vez en vez en la boca de
funcionarios desprevenidos, los que se cuelan en el llamado “ejecutóme-
tro”.3 Pero el dato buscado como un gesto desesperado por acceder a un
mínimo nivel de inteligibilidad, no logra atrapar lo sustantivo: el trabajo
de la violencia de la máquina.

El escalofrío epistemológico que produce el horror de los cuerpos que se


acumulan como evidencia del fracaso de una política que no alcanzó a
constituirse como tal, la de Felipe Calderón, se deriva de la incapacidad
del pensamiento que piensa las violencias, de situarse en la interface entre
lo singular y lo universal (en una dimensión ontológica), de estos cuerpos
que, por entregas, van poblando el mapa de una geografía colapsada por el
terror propagado (de Cherán a Ciudad Mier; de Culiacán a Ciudad Juárez;
de Monterrey a Guadalajara).

Contamos muertos, pero el gesto es inútil porque no se logra reponer


humanidad, ni zurcir la rotura que la máquina produce tras su paso. La

2 La guerra contra el narco, declarada por el Presidente Calderón a principios de su sexenio,


en 2006, consistió básicamente en: sacar al Ejército a las calles, es decir militarizar las tareas
de combate al narcotráfico; y, un aumento al gasto en seguridad. Sugiero al lector interesado
que para una comprensión de fondo sobre esto, consulte los artículos del especialista Eduar-
do Buscaglia.
3 El “ejecutómetro” es un contador diario de los muertos en el país. De uso común entre los
periodistas (El diario Reforma, tiene una sección titulada así), pasó a ser parte de las hablas
populares. Como si fuera el reporte del tiempo, “hoy amanecimos a 72 muertos”.

328 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


violencia es unidireccional, no hay violencia recíproca en virtud de la con-
dición fantasmagórica de la máquina.

Entre septiembre y octubre del 2011, a los horrores de las llamadas “nar-
co-fosas” (Turati 2011), al espanto de los cuerpos arrojados a la vía pública
en Veracruz, se sumó el horror de los cuerpos de dos jóvenes torturados y
luego colgados en un puente en Nuevo Laredo Tamaulipas (ella como si
fuera ganado, él sostenido de sus dos brazos) y, dos semanas después, la
“aparición” del cuerpo desmembrado de una periodista y su cabeza colo-
cada en una maceta en performance macabra, acompañada de un teclado,
un mouse, audífonos y altavoces. Estos dos últimos “casos”, implicaron
la advertencia explícita de que eso “les pasa” por usar las redes sociales e
internet para divulgar noticias o información que compromete las activi-
dades del crimen organizado.

Frente a estas violencias, el lenguaje naufraga, se agota en el mismo acto


de tratar de producir una explicación, una razón; las violencias en el país
hacen colapsar nuestros sistemas interpretativos pero al mismo tiempo,
estos cuerpos rotos, vulnerados, violentados, destrozados con saña, se con-
vierten en un mensaje claro: acallar y someter. Silencio y control que, desde
la violencia total, avanzan en el territorio mexicano sin contención alguna.

La máquina se especializa en la producción de fisuras, tanto aquella que


separa las capas de una misma herida (cuerpos de narcomenudistas, ayu-
dantes, vigilantes, socios ahora castigados), como aquella que separa las
heridas superpuestas (cuerpos de civiles inocentes, “daños colaterales” que
alimentan la voracidad de la máquina).

En el Casino Royale en la ciudad de Monterrey, en agosto de 2011, un


comando de sicarios4 prendió fuego a las instalaciones, el resultado sumó
más de 50 muertos y un sin fin de preguntas y miedos desatados en la que
había sido (antes de la llegada de la “máquina”) la ciudad más próspera de

4 La noticia sobre el incendio intencionado del Casino Royale en Monterrey (http://www.


milenio.com/cdb/doc/noticias2011/b969338e9136051cf54e4a5225248d48), me hizo pensar
en la emergencia de un verbo que detecté a principios de 2009 en una entrevista realizada a
una joven que había estado vinculada al Cartel de Tijuana. Ella me dijo: “mi hermano aprendió
a sicariar” desde bien chavito.

LA NARCOM ÁQU INA Y EL TR A BAJO DE LA V IOLENCI A: APU NTES PAR A SU DECODIFICACIÓN 329
México. No hubo, no ha habido posibilidad de ubicar el atentado en un
marco medianamente inteligible: fisura de la narcomáquina.

En el mes de octubre del 2011 se hizo público que en Boca del Río en Ve-
racruz, “aparecieron” por lo menos 35 cuerpos en la calle. Con señales de
tortura, apilados, los cuerpos de Veracruz reactivaron la discusión sobre la
eficacia de la máquina narco y de la indefensión ciudadana. Las imágenes
son brutales pero, en el intento de resistir el vértigo de lo espeluznante,
quiero apelar aquí a las capas “geológicas” a las que interpela la fisura.

La imagen es clara y no por ello nítida, en un camino, calle, glorieta ca-


rretera, un “grupo” de cuerpos tanto esparcidos como apiñados al interior
de camionetas fúnebres, como en un campo de exterminio ambulante,
develan el horror: el poder de la máquina se auto-autoriza para escalar un
nivel: descargar el espanto en el camino, sin apelar a ningún otro mensaje.
El acto de entrega es formalmente afásico, pero simbólicamente, total.

V I O L E N C I A S E X P R E S I VA S

Cuando empecé a estudiar la violencia (en singular), me pareció que ese


“singular”, subsumía en un mismo anclaje y espacio analítico un conjunto
de formas violentas cuya variabilidad, modos de operación, consecuencias
no cabían en un sola expresión; empecé a hablar de violencias (en plural),
lo que me obligó a elaborar una tipología que, si bien no agota el espectro
de las violencias posibles, me permitió avanzar en la comprensión de su
multidimensionalidad. No voy a desarrollar aquí el esquema que propuse,
simplemente voy a enumerar las cuatro formas de violencia que logré aislar
con fines analíticos:

(a) La estructural: que nombra las violencias vinculadas a las consecuen-


cias y efectos de los sistemas (económicos, políticos, culturales) que operan
sobre aquellos cuerpos considerados “excedentes”, pobres y grupos exclui-
dos, principalmente.

330 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


(b) La histórica: la violencia que golpea a los grupos considerados “anóma-
los”, salvajes, inferiores (mujeres, indígenas, negros) y que hunde sus raíces
en una especie de justificación de larga data.

(c) La disciplinante: aquella que pretende nombrar las formas de violencia


que se ejercen para someter, mediante el castigo ejemplar, a las y los otros
(pienso en los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez o en el asesinato
selectivo de jóvenes de los sectores populares en Brasil).

(d) La difusa: aquella violencia “gaseosa” cuyo origen no es posible atribuir


más que a entes fantasmagóricos (el narco, el terrorismo), y que resulta casi
imposible de prever porque no sigue un patrón inteligible.

Todas estas formas de violencia, suelen presentarse de manera combinada,


pero de cara a una comprensión más fina, resulta útil mantener atado el
análisis a sus diferentes lógicas, orígenes y formas de operación.

La narcomáquina se sirve de estas cuatro formas de violencia y las combina


de maneras intercambiables, como si fuera un “lego”, empalmando piezas
sociopolíticas y culturales para producir efectos diferenciados. Sin embargo,
la máquina acude principalmente a la violencia disciplinante y a la difusa.
Su caligrafía brutal se inscribe en la producción de control y sometimiento
y se parapeta en su inasibilidad; como ya señalé, los cuerpos disciplinados
mediante el trabajo de la violencia, actúan como índices de su poder.

Considero que no basta con estos cuatro elementos y sus combinaciones


para una aproximación a las violencias de la máquina. Por ello, propuse
una distinción más, que se desprende de las cuatro formas anteriores: la
violencia utilitaria y la violencia expresiva.5

Aunque no se trata de formas antagónicas ni excluyentes, a partir de los


análisis que he venido desarrollando, considero que la narcomáquina ha
ido incrementando su acción expresiva, es decir, el ejercicio de aquellas
violencias cuyo sentido parece centrado en la exhibición de un poder total e

5 Ver Reguillo (2005). Esta elaboración debe mucho al trabajo excepcional de la antropóloga
Rita Segato; y en diálogo con ella y su investigación, pude arribar a esta propuesta (2004).

LA NARCOM ÁQU INA Y EL TR A BAJO DE LA V IOLENCI A: APU NTES PAR A SU DECODIFICACIÓN 331
incuestionable que apela a las más brutales y al mismo tiempo sofisticadas
formas de violencia sobre el cuerpo ya despojado de su humanidad (los de-
capitados, los colgados en los puentes, los cuerpos desmembrados y tirados
en la calle), en detrimento de la violencia utilitaria, cuyos fines son legibles
o aprehensibles para la experiencia (te mato para robarte, te aniquilo por-
que tu presencia estorba mis planes, etc., la muerte del otro es suficiente).

La violencia expresiva, es sin duda, precedida de un complejo sistema de


persecución de “ganancia”, pero ésta permanece oculta, cifrada, escondida
como elemento residual en el “mensaje” que se entrega a través de los
miles y miles de cuerpos rotos que se acumulan en la llamada “guerra
contra el narco”. De una manera radical y citando a Sontag (2010), es-
tos mensajes encriptados en el espacio de un cuerpo finito y ya roto para
siempre, pueden ser leídos como memento mori (“recuerda que morirás”) y,
morirás tres veces: la de tu suplicio (la tortura previa que es casi siempre
inimaginable), y la de tu muerte y, tu muerte convertida en dato mediático
(por ejemplo, cinco cabezas fueron encontradas frente a la Procuraduría
de Justicia). La cadena significativa de las violencias expresivas no podrían
ser más elocuente, en un pasaje por tres estadios, la muerte total es ex-
presión pura, ya no importan aquí los fines y la ganancia pasa a segundo
plano, lo relevante es la exhibición de la narcomáquina como un reperto-
rio infinito e inevitable.

En esta infinitud e inevitabilidad radica el poder de las violencias expresi-


vas, los cuerpos están al servicio de la máquina, incluso, sus criados, como
bien lo expresa Löwy.

SERV I R A L A M ÁQU I NA : L A LENGUA

Cuando realicé las primeras notas para este ensayo, consideré que un tí-
tulo pertinente podía ser el “narcoñol, la lengua como dispositivo de la
narcomáquina”. La complejidad y las múltiples aristas del fenómeno me
llevaron a considerar que el narcoñol, como quisiera llamar a las hablas que
se derivan del narco, es más bien un apéndice, es decir, un complemento de
la narcomáquina y no su epicentro.

332 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Arribé a esta formulación de la mano –otra vez– de Primo Levi. Al leer y
profundizar en sus libros sobre los campos de exterminio nazi y su propia
experiencia como sobreviviente, me pareció que una clave importante era
el habla del campo de concentración (del lager, como se lo denomina). El
habla configuraba (y ordenaba) la experiencia de la violencia: por ejemplo,
la figura del “musulmán”, aludía a esos hombres ya sometidos, “peleles,
sórdidos”, entregados ya a su destino trágico y en vías de su propia disolu-
ción humana (Levi 2002). El “musulmán”, guardia, testigo, sobreviviente,
cómplice incluso de su propia tragedia, es la producción más terrible del
trabajo de la violencia y la aparición de una lengua intermedia, balbuceante,
que intenta nombrar con las categorías a mano la abyección, la indignidad,
el dolor (que sea la figura del “musulmán” en los campos de concentración
nazis la que centre el espacio reflexivo de la abyección es un tema que no
abordaré aquí, pero que merece, sin duda, un análisis de fondo).

Me interesa especialmente la formulación de Levi, cuando señala que se


da cuenta de que la lengua, “su lengua”, no dispone de las palabras que se
necesitan para nombrar “la destrucción del hombre” (39).

Bajo esta hipótesis, me parece que la emergencia de un cada vez más nu-
trido y sofisticado “narcoñol” se explica por sí misma. Cuando la violencia
avanza como lengua franca (Segato 2004), requiere encontrar palabras,
términos, modos, metáforas para decirse a sí misma (con la colaboración
de los medios de comunicación). El narcoñol es entonces un ejercicio que
pretende producir una cierta inteligibilidad sobre las lógicas, modos, es-
trategias, valores, figuras y especialmente, impactos de la máquina narco.

No es este el espacio para intentar el análisis de una genealogía de las hablas


vinculadas al narco. Sin embargo, es posible aislar algunos campos semán-
ticos que posibilitan calibrar sus impactos en el lenguaje, asumiendo que
éste es clave para la producción de lo social. Apelo a continuación al símbo-
lo popularizado por Twitter y los llamados hashtag que se encabezan con el
símbolo #; que sirven, en la conversación colectiva, tanto para ponderar el
impacto de un tema como para orientar y centrar una discusión.

LA NARCOM ÁQU INA Y EL TR A BAJO DE LA V IOLENCI A: APU NTES PAR A SU DECODIFICACIÓN 333
Los campos semánticos que quiero discutir aquí son tres:

#CUER POSROTOS

En esta “etiqueta” aludo a las formas en que, en el castellano en México


(pero pienso también en el parlache colombiano), se han nombrado, bau-
tizado a los cadáveres, asesinados y muertos en las violencias espirales de
la narcomáquina.

Ejecutados (nombre genérico para todos los muertos de y por la máqui-


na); ahorcados (modalidad en la ejecución, alude a un final específico pero
ambiguo); colgados (modalidad en la ejecución, principalmente vista en
el norte); decapitados (modalidad, nombra de manera fantasmagórica los
hallazgos de cuerpos incompletos); encajuelados (cadáveres que “aparecen”
en las cajuelas de autos abandonados); deslenguados (cuerpos a los que se
les ha arrebatado el habla); encobijados (cuerpos que se “entregan” –para-
dójicamente– en cobijas o mantas que deberían servir para proteger6; en-
tambados (cuerpos que “aparecen” o no aparecen porque han sido disueltos
en ácido); embolsados (cuerpos que se “entregan” en bolsas negras, para
basura); las hieleras (cabezas que se encuentran en recipientes o “cajas” para
almacenar hielo). Y así podría seguir el inventario de palabras que sirven
hoy para nombrar el complejo y escalofriante ejercicio de la narcomáquina
sobre los cuerpos.

# P R ÁC T I C A S Y C U LT U R A

Sin duda, una de las mayores “contribuciones” de la máquina en diálogo


tenso con la sociedad es el uso del prefijo “narco” añadido a un conjunto tan
amplio como disperso de prácticas, productos y concreciones de la cultura.

6 En 2006, la artista Teresa Margolles exhibió en distintos espacios museográficos su polémica


obra “Encobijados”, utilizando para su instalación cobijas reales y ensangrentadas utilizadas
por el narco para envolver cadáveres.

334 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


Quizás, el uso más antiguo se remonta a los narcocorridos (así, sin guión),
como sustantivo emergente para denominar un género musical que narra
los avatares de la máquina; pero junto a éste, aparecen palabras ya esta-
bilizadas en el habla común de México: narcoarquitectura (término que
alude a un estilo que se reconoce como propio de la máquina para hacerse
presente en el espacio); narcoestado (que alude de formas diversas a la ca-
pacidad de penetración de la máquina en el Estado); o bien la narcocultura,
como una palabra ya del dominio popular para nombrar (sin nombrar), los
impactos de la máquina en la vida cotidiana de la sociedad.

Aunque resulte difícil documentar de manera precisa el dato, se habla en


México, del “Culiacán Tardío” o, del “Miami Temprano”, para aludir a
ciertas configuraciones arquitectónicas. La ropa, los accesorios, las pistolas
de oro adornadas con diamantes, relicarios, escapularios, santos, autos,
conforman lo que se reconoce como la narcocultura.

#L AGU ER R A L AJ ERGA

Uno de los campos más complejos del “narcoñol” es sin duda, la guerra y
sus derivas. Puesto a flotar por el actual presidente de México, Felipe Cal-
derón, la guerra contra el narco ha generado una “lengua” tan espeluznante
como popular.

La expresión central en este nivel de hablas es la de “daños colaterales”.


Se alude, siguiendo la terminología de las guerras convencionales a los
impactos “no buscados”, sobre el cuerpo del inerme, sobre la víctima ino-
cente o propiciatoria. Pero este narcoñol, está plagado de tropos: trabajo de
inteligencia, sospechosos, “se dijo”, “se sabe”, “estaba vinculado a”.

Las combinatorias y sus posibilidades son, en este nivel, infinitas. Por lo


que me limitaré a señalar que el narcoñol de #laguerra, avanza fortalecién-
dose de dos elementos claves: la figura del enemigo total (por lo que no im-
portan los llamados “daños colaterales”) y el colapso en nuestros sistemas
interpretativos que termina por producir “muertos buenos” y “muertos ma-
los”, en una dicotomía demencial. Cuando faltan las palabras para llamar

LA NARCOM ÁQU INA Y EL TR A BAJO DE LA V IOLENCI A: APU NTES PAR A SU DECODIFICACIÓN 335
o nombrar a la muerte inútil, excedente, brutal, la jerga es un instrumento
pertinente tanto para los poderes oficiales como para la narcomáquina.
Mientras los cuerpos no trascienden la categoría de “daños colaterales”, es
posible instaurar una lengua que obture su emergencia como evidenciade
los límites de la barbarie. “Daños colaterales” es el índice, en este caso ofi-
cial, que equivale al de cuerpo roto.

CON T R A M ÁQU I NA

En un sentido laxo de la dialéctica se puede afirmar que al poder de toda


máquina se opone una contra máquina.7 Bajo los planteamientos que aquí
he intentado esbozar, una posibilidad sería ubicar a la contra máquina en la
zona del Estado y sus o las instituciones. Lamentablemente, la corrupción,
la impunidad, la suma de estrategias fallidas y una política centrada en la
militarización del territorio, del gobierno actual, no permiten derivar que
la contra máquina provenga de las instituciones del Estado. Entonces, el
planteamiento aquí es que la contra máquina, por el poder fantasmagórico
y radicalmente disciplinante de la máquina, no puede venir más que de
la sociedad, de los ciudadanos en sus múltiples roles (activistas, artistas,
periodistas, cronistas, profesores, padres, madres, estudiantes, críticos).

Entiendo por contra máquina (en el contexto del trabajo de la violencia del
narcotráfico) al conjunto de dispositivos frágiles, intermitentes, expresivos
y fragmentados que la sociedad despliega para resistir, visibilizar o sus-
traer poder a la narcomáquina. Si como apunta Deleuze (1999) “es sencillo
buscar correspondencias entre tipos de sociedad y tipos de máquinas, no
porque las máquinas sean determinantes, sino porque expresan las forma-
ciones sociales que las han originado y que las utilizan”, propongo que en
tanto dispositivos de “respuesta”, la contra máquina abreva en los saberes
de las distintas formaciones sociales (la colombiana, frente al poder de los
“mágicos” como se llamaba a los grandes señores de la droga; o la formación

7 Debo esta formulación a Marcial Godoy, durante una de las muchas reuniones editoriales
para la publicación de este número. Él me hizo ver la importancia central de las expresiones
de resistencia ciudadana –por más desarticuladas que puedan parecer– para enfrentar el poder
de la narcomáquina. Intento aquí elaborar un concepto intermedio, a partir de sus sugerencias,
con el convencimiento de que es necesario seguir elaborando.

336 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


mexicana, de cara al poder indudable de los capos, por ejemplo): y, por otro
lado, navega en busca de formas o alternativas en el espacio-tiempo que
abre la narcomáquina para explorar horizontes de respuestas posibles.

Así, parafraseando a Raymond Williams (1982), podría decirse que


hay contra máquinas “residuales”, aquellas que operan con los saberes a
la mano (marchas, creación de organismos y asociaciones no guberna-
mentales, desplegados de prensa, plantones) y, “emergentes”, aquellas que
operan en un espacio/tiempo distinto y que apelan a la movilización de
información y expresividad performativa y de viralización para minar el
piso en el que se asienta la máquina (principalmente los sitios de internet,
los blogs, o las performances intrusivas en el espacio público, entre otras).
Desde luego puede haber formas mixtas o combinadas en los dispositivos
de la contra máquina.

Por razones de espacio voy a centrarme en dos casos o ejemplos:

(a) El portal Nuestra Aparente Rendición, fundado en octubre de 2010, por


la escritora Lolita Bosch. Se trata de un dispositivo emergente y articula-
dor de distintos mecanismos sociales de respuesta; es en este sentido un
dispositivo de dispositivos. Su contribución indudable a la visibilización
y discusión abierta en torno al narcotráfico en México (principalmente)
radica en su capacidad para moverse en diferentes planos y registros: del
ensayo sociohistórico y político, a la crónica puntual de un acontecimiento
en una pequeña localidad; de la palabra a la imagen; de la imagen fija a la
imagen en movimiento; de la denuncia a la demanda de justicia; de las mo-
vilizaciones en México a sus réplicas en el mundo. Los múltiples registros
de Nuestra Aparente Rendición apelan fundamentalmente a volver visible
el trabajo de la violencia a través de la restitución o reposición de lo que
la máquina borra de manera perversa: la disolución del cuerpo individual.
Como dice Sontag, a propósito de una frase de Virginia Woolf, “sobre unas
fotografías que mostraban el cadáver de un hombre o mujer tan mutilado,
el cual bien habría podido ser el de un cerdo muerto, su punto es que la
dimensión homicida de la guerra destruye lo que identifica a la gente como
individuos, incluso como seres humanos” (2010: 57).

LA NARCOM ÁQU INA Y EL TR A BAJO DE LA V IOLENCI A: APU NTES PAR A SU DECODIFICACIÓN 337
El trabajo de NAR emerge como una forma de respuesta y movilización
activa frente a la máquina y las consecuencias fatales de la llamada “guerra
contra el narco”, activa sentidos críticos, coloca a sus “lectores, videntes,
visitantes, colaboradores en una posición de reflexividad, hace posible que
la naturalización común de las violencias choque con el cuestionamiento
de fondo”.

(b) La crónica en dos niveles, como narrativa del periodismo de investi-


gación y como fotoperiodismo. En un artículo que escribí en el 2000 a
propósito de la emergencia de la crónica como forma narrativa epocal, dije:
“La crónica, en femenino, relación ordenada de los hechos; y en mascu-
lino, lo crónico, como enfermedad larga y habitual, se instaura hoy como
forma de relato, para contar aquello que no se deja encerrar en los marcos
asépticos de un género. ¿Será más bien que el acontecimiento instaura sus
propias reglas, sus propias formas de dejarse contar?”

Narrar la muerte, la violencia, el “horrorismo” en palabras de Cavare-


ro, exige acudir a lo que en aquel entonces llamé “una escritura a la in-
temperie”. Pienso aquí en el trabajo de tres periodistas/cronistas, cuyo
trabajo sostenida en el tiempo y avalada por un trabajo en el terreno, ha
iluminado zonas confusas y normalmente invisibles en los medios de co-
municación convencionales: Cristián Alarcón, que desde Argentina ha
sabido tejer lazos y complicidades con los periodistas y académicos que
trabajamos en torno a las violencias, pero cuyo trabajo como cronista en
el extremo se ocupa de esa zona en la que el contexto y el victimario o
delincuente, desestabilizan –por decir lo menos– la tendencia a ubicar en
la monstruosidad total a los “criados” de la máquina; Alarcón hace posible
que exploremos calles, casas, conversaciones, modos en los que de manera
cotidiana la máquina avanza sobre la producción de una cierta subjetivad,
funcional a sus objetivos.

De manera notable, el trabajo de la periodista Marcela Turati, cuya capa-


cidad de hacer hablar a las víctimas sin reducirlas a una condición inerme,
trae al centro de la escena esa escena posterior: la desolación y destrucción
total que la máquina deja tras su paso. La producción en serie no sólo de

338 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


cuerpos rotos, sino de ciudadanos que en el epicentro del horror son aún
capaces de narrar y, por lo tanto, de vivir.

Y, el trabajo de Diego Osorno, cuya preocupación nodal ha sido la de dotar


de inteligibilidad los entresijos del poder en los espacios que la máquina
moviliza. Osorno ha sabido, como nadie, colocar las preguntas pertinentes,
ir de lo estructural al relato subjetivo; moverse en un terreno minado en el
que cada frase, figura o acontecimiento, se articulan a una interrogación
vital: el tejido complejo, oscuro, fatal que la máquina teje en su devenir
poder total.

Es mucho lo que puede decirse de la contra máquina, considero que es un


tema que nos interpela a todos y que exige el mejor de nuestros esfuerzos
analíticos, aquí sólo trato unos pocos ejemplos de las formas en que “la
gente” ha logrado producir un dispositivo de respuesta al poder casi total
de la máquina, proponiendo espacios, lenguajes, modos de una intelección
que ayuda a calibrar nuestros precarios instrumentos para descifrar un po-
der que se asienta en el trabajo de la violencia y en la producción sistemática
de horror.

Quedan por nombrar el trabajo de los fotoperiodistas, como el de Fernan-


do Brito, cuya potencia radica en su capacidad de resistir dos tentaciones
cuando se trata de la violencia de la máquina: una estetización del horror
que termina por borrar sus anclajes estructurales y, de otro lado, la evita-
ción de una “pornografía” en la exhibición de cuerpos rotos. Brito se coloca
en el justo lugar de un testigo que se con-duele y que es al mismo tiempo
lo suficientemente templado para “estar ahí”, diría Geertz (1988) y reve-
lar-nos la caligrafía de la máquina en una secuencia temporal que ahonda
en la sistematicidad del aparato guerrerista de la máquina.

Quedan por reflexionar las performances que desde propuestas artísticas


o activistas señalan, apuntan que hay un contra poder que es capaz de
resistir el vértigo de la violencia total. Pienso, especialment,e en el trabajo
de Violeta Luna, que los lectores de e-misférica podrán ver y calibrar.

LA NARCOM ÁQU INA Y EL TR A BAJO DE LA V IOLENCI A: APU NTES PAR A SU DECODIFICACIÓN 339
En su fragilidad, intermitencia y expresividad, los dispositivos de la contra
máquina, que de manera residual o emergente están ahí como espacios,
narrativas, imágenes y prácticas, cuyo objetivo es el de evidenciar el poder
de la máquina y socavar el piso de su capacidad de operación.

FUGAS

Para Deleuze, la tarea del pensamiento crítico es la de detectar y reforzar


las líneas de fuga (aquellos espacios que se escapan al poder de la narcomá-
quina, en este caso) que puedan conducir a nuevos espacios-tiempos. Ante
una máquina que ha bloqueado la singularidad de lo humano y que se ha
esforzado, con éxito y con la colaboración de los medios de comunicación,
en producir en una misma frecuencia, un tono normalizado en el que los
cuerpos de los inermes queden abandonados a la matemática siniestra o la
acumulación de datos estadísticos, lo contra-maquínico radica en la posi-
bilidad de ubicar y potenciar las “líneas de fuga” que se presentan o “cuáles
se pueden construir, por dónde puede abrirse paso lo inesperado, el acon-
tecimiento, el ‘devenir revolucionario’ que produzca una transformación”,
dirá Deleuze.

Si el trabajo de la violencia de la narcomáquina consiste –centralmente– en


la disolución de lo humano, la línea de fuga radica en nuestra capacidad
intelectual, crítica, artística, periodística, ciudadana de levantar, hacer vi-
sible, enfatizar el crimen ontológico, aquel que borra la singularidad en pos
de su ganancia cifrada.

340 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


REFERENCIAS

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CAVARERO, A DRIANA (2009). Horrorismo: Nombrando la violencia contemporánea. Mé-
xico: Anthropos/UAM-I.
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ECO, UMBERTO (1992). Los límites de la interpretación. Barcelona: Lumen.
GEERTZ , CLIFFORD (1988). La interpretación de las culturas. Barcelona: Gedisa.
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la escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez”. En
Ciudad Juárez: De este lado del puente. México: Instituto Nacional de las Mu-
jeres / Epikeia / Nuestras Hijas de Regreso a Casa. También disponible en:
http://www.unb.br/ics/dan/Serie362empdf.pdf
SONTAG, SUSAN (2010). Ante el dolor de los demás. España: Debolsillo.

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TURATI, M ARCELA (2011). Fuego Cruzado: Las víctimas atrapadas en la guerra del narco.
México: Grijalbo.
WILLIAMS, R AYMOND (1982). Cultura: Sociología de la comunicación y el arte. Barcelona:
Paidós.

342 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


SOBR E LOS AU TOR ES

Philippe Bourgois
Estados Unidos, 1956. Antropólogo, ha realizado trabajo etnográfico de
campo sobre droga y pobreza en Nueva York, Filadelfia y San Francisco, con
particular interés por las comunidades latinas. Tiene un doctorado de antro-
pología de la Universidad de Stanford y actualmente es profesor en Antropo-
logía en la Universidad de California en Los Ángeles, donde dirige el Centro
de Medicina Social y Humanidades en la Facultad de Psiquiatría. Su trabajo
etnográfico incluye los libros In Search of Respect: Selling Crack in the Barrio,
y Righteous Dopefiend, escrito en colaboración con fotógrafo Jeff Schonberg.

Susan Buck-Morss
Estados Unidos. Actualmente es profesora de Ciencias Políticas en el Gra-
duate Center de CUNY y profesora emérita de Cornell University. Entre sus
publicaciones traducidas al español se encuentran Dialéctica de la mirada, El
origen de la dialéctica negativa: T. W. Adorno, W. Benjamin y la Escuela de Frank-
furt; Hegel, Haití y la historia universal, entre otros influyentes volúmenes sobre
filosofía y teoría cultural contemporánea.

Henrique Carneiro
Brasil. Es profesor de Historia Moderna en la Universidad de São Paulo y la
Universidad Federal de Ouro Preto. Entre sus múltiples publicaciones sobre
las políticas del cuerpo y de la intoxicación se encuentra Bebida, abstinencia e
temperança na história antiga e moderna, además de su colaboración en la pre-
paración el volumen colectivo Drogas y cultura auspiciado por el Ministerio
de Cultura del Brasil.

Juan Duchesne Winter


Puerto Rico, 1953. Actualmente es profesor de Literatura Latinoamericana
en la Universidad de Pittsburgh y director de publicaciones del Instituto In-
ternacional de Literatura Iberoamericana. Entre sus publicaciones resaltan el
Ciudadano insano; Fugas incomunistas; Comunismo literario y teorías deseantes;

LA NARCOM ÁQU INA Y EL TR A BAJO DE LA V IOLENCI A: APU NTES PAR A SU DECODIFICACIÓN 343
La narrativa de testimonio en América Latina y el Caribe; y Caribana: cosmogra-
fías literarias.

Diana Esther Guzmán


Colombia. Abogada con una especialización en derecho constitucional.
Cuenta además con una maestría en derecho de la Universidad Nacional de
Colombia y una maestría en investigación socio jurídica de Stanford Univer-
sity. Actualmente es candidata a doctora en Stanford University, y profeso-
ra asociada en la Universidad Nacional de Colombia. Se desempeñó durante
varios años como coordinadora de investigaciones en las áreas de género y
políticas de drogas en Dejusticia.

Lizardo Herrera
Ecuador, 1975. Es profesor asociado en Whittier College, California. Obtuvo
su doctorado en la Universidad de Pittsburgh con la disertación: Ética, utopía e
intoxicación en Rodrigo D. No futuro y La vendedora de rosas. Ha publicado
en revistas como Iberoamericana, Chasqui, Estudios de la Filmoteca, Argus-a,
Cultural Studies Review, Procesos, Quipus y Hotel Abismo.

Curtis Marez
Nació y se educó en California, Estados Unidos, donde actualmente es pro-
fesor de Estudios Étnicos en la Universidad de California, San Diego. Se
doctoró en literatura norteamericana por la Universidad de California, Ber-
keley. Sus publicaciones incluyen Farm Worker Futurism and Technologies of
Resistance y Drug Wars: The Political Economy of Narcotics.

Miriam Muniz Varela


Puerto Rico, nacida en Cuba. Es profesora de Sociología y Antropología en la
Universidad de Puerto Rico. Formó parte de la directiva de la revista Bordes en
Puerto Rico que puso bajo una renovada mira teórica al paradigma histórico
de las ciencias sociales, a la luz del debate sobre la modernidad y la crisis del
modelo industrial. Su libro principal es Adiós a la economía.

Fernando Ortiz
Cuba, 1881-1969. Ensayista, antropólogo, musicólogo, folclorista e historia-
dor. Su libro principal, Contrapunteo cubano del tabaco y del azúcar (1940), es

344 D RO G A , C U LT U RA Y FA RM ACO LO N I ALI DAD : LA A LT ERAC I Ó N NARCO G RÁF I CA


un referente clave de la antropología latinoamericana y un antecedente de los
debates poscoloniales en la teoría cultural contemporánea.

Jorge Parra Norato


Colombia. Abogado de la Universidad Nacional de Colombia y estudiante de
la Especialización en Derecho Constitucional de la misma institución. Ac-
tualmente se desempeña en Dejusticia como investigador asistente en el área
de Estado de Derecho, y se dedica a temas relacionados con las políticas de
drogas.

Néstor Osvaldo Perlongher


Argentina 1949-1992. Poeta, ensayista y antropólogo. Entre sus muchas pu-
blicaciones destacan Alambres (poesía) y Prosa plebeya (ensayos), además de
otras contribuciones al debate sobre el neo-barroco latinoamericano y al acti-
vismo LGBTQ.

Paul Beatriz Preciado


España, 1970. Actualmente es profesor titular en la Universidad de París. En-
tre sus publicaciones destacan Testo Yonki, Pornotopía: arquitectura y sexualidad
en Playboy durante la guerra fría y el Manifiesto contrasexual.

Julio Ramos
Puerto Rico, 1957. Autor de Sujeto al límite: ensayos sobre cultura literaria y
visual, Desencuentros de la modernidad en América Latina: literatura y política en
el siglo XIX , Paradojas de la letra, y editor del importante volumen de escritos
de la anarquista puertoriqueña Luisa Capetillo, Amor y anarquía. Realizador
de varios documentales, entre ellos Mar Arriba: Los conjuros de Silvia Rive-
ra Cusicanqui y Retornar a La Habana con Guillén Landrián (co-dirigido con
Raydel Araoz).

Rossana Reguillo
México, 1955. Profesora en la Universidad ITESO, ha escrito ampliamente
sobre la relación entre la crisis del Estado y la violencia en su país. Entre sus
publicaciones se encuentran: En la calle otra vez. Las Bandas juveniles; Identi-
dad urbana y usos de la comunicación; y Culturas Juveniles. Formas políticas del
desencanto.

S O B R E L O S AU T O R E S 345
Avital Ronell
Estados Unidos, nacida en Praga, 1952. Filósofa, teórica literaria y cultu-
ral. Entre sus libros se encuentra Crack Wars: Literature, Adiction, Mania; The
Telephone Book; y Trauma TV: Twelve Steps Beyond the pleasure Principle. Ac-
tualmente es profesora en el Departamento de Alemán de la Universidad de
Nueva York.

Eve Kosofsky Sedgwick


Estados Unidos, 1950-2009. Obtuvo un doctorado en la Universidad de Yaley
fue profesora en Boston College y en Amherst College. Entre sus contri-
buciones principales al debate LGBTQ se encuentran Between Men: English
Literature and Male Homosocial Desire; Epistemology of the Closet, y Tendencies.

Michael Taussing
Australia, 1940. Profesor de antropología en la Universidad de Columbia. En-
tre sus publicaciones se destacan My Cocaine Museum; The Devil and Commo-
dity Fetishism in South America; Shamanism, Colonialism and The Wild Man: A
Study in Terror and Healing; The Nervous System; Mimesis and Alterity.

Rodrigo Uprimny
Colombia, 1959. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia en Dere-
cho Constitucional, Teoría del Estado y Derechos Humanos. Fue magistrado
auxiliar de la Corte Constitucional de Colombia. Ha sido también perito de
la Corte Interamericana de Derechos Humanos y juez de la Corte Constitu-
cional. Entre sus publicaciones destacan El laboratorio colombiano: narcotráfico
y administración de justicia en Colombia; Derechos humanos y conflicto armado en
Colombia con Gustavo Gallón Giraldo y La adicción punitiva. La desproporción
de leyes de drogas en América Latina con Diana Esther Guzmán y Jorge Parra
Norato.

Sayak Valencia
México, 1980. Es filósofa, poeta, ensayista y performera. Actualmente es pro-
fesora e investigadora titular del Departamento de Estudios Culturales en el
Colegio de la Frontera Norte, Tijuana. Sus publicaciones incluyen Capitalismo
Gore; El reverso exacto del texto; Alforja y Hoja de Poesia. Se doctoró en filosofía,
teoría feminista por la Universidad Complutense de Madrid.

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AGR EDECI M I EN TOS

Agradecemos especialmente la generosidad de los autores que han colabo-


rado con este volumen.

Droga, cultura y farmacolonialidad: la alteración narcográfica no habría sido


posible sin la lectura atenta y el apoyo constante de raúl rodríguez freire,
codirector de la colección Trazos, publicada por la Universidad Central de
Chile. El volumen, inicialmente pensado bajo el título de Narcografías,
incluía un archivo mayor de materiales literarios, teóricos y antropológi-
cos que, si bien nos ayudaron luego a recortar la selección actual, por su
extensión no pudo ser publicado por la editorial Palinodia, que nos había
propuesto una antología sobre el tema de las drogas en el 2011. Nuestro
agradecimiento a Alejandra Castillo de Palinodia por las sugerencias y el
estímulo en aquella etapa inicial del proyecto.

Varios de los trabajos aquí incluidos fueron traducidos especialmente para


este volumen: nuestro agradecimiento a Lucía Herrera Montero por su ex-
traordinaria traducción del complejo texto de Eve Kosofsky Sedwick y por
sus sugerencias a lo largo del proceso de selección y edición del libro en ge-
neral. Agradecemos también las cuidadosas traducciones de Mónica Gon-
zález García, Isabel Cristina Lanio Posada y también de Mariano López
Seoane, quien generosamente nos autorizó a reproducir aquí sus magnífi-
cas traducciones de los trabajos de Avital Ronell y de Susan Buck-Morss.

En las notas al pie de cada texto que hemos incluido aparecen los crédi-
tos de las publicaciones o editoriales de donde provienen. Consignamos
aquí el agradecimiento a los editores, quienes en consulta con los autores,
nos cedieron los derechos de reproducción. Una mención especial corres-
ponde a Elizardo Martínez de la Editorial Callejón en Puerto Rico, que
nos facilitó los derechos de los trabajos de Duchesne y de Muñiz Varela.
Agradecemos también a Jasmín Elena Bedoya González, Directora Ge-
neral de publicaciones de la Universidad del Cauca, y a Luis Guillermo

AG R A D E C I M I E N T O S 347
Jaramillo Echeverri, Vicerrector académico de la misma Universidad, por
facilitarnos el permiso de publicación de su traducción de Taussig. A Elvia
Sáenz, asistente de la Subdirección de Dejusticia ediciones, que nos ayudó
a conseguir la autorizaron para publicar el texto de Uprimny y compañía.
A Nathalie Edén Jornales, de la Agencia Literaria Casanovas & Lynch,
por ayudarnos con el permiso de publicación del capítulo que hemos se-
leccionado de Testo Yonqui, de Paúl B. Preciado. Victoria Villalba, de La
Marca Editora, agradecemos la autorización para la publicación del texto
de Susan Buck-Morss. A Marcial Godoy, de la revista emisférica, por el
permiso para reproducir el artículo de Rossana Reguillo y facilitar el con-
tacto con su autora. Agradecemos a Gustavo Geirola por sus sugerencias.
Y a Leonor Jurado Laspina y Ana Ochoa Gautier les agradecemos su apo-
yo incondicional y paciencia a lo largo del proceso.

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